DON BOSCO, HOMBRE BÍBLICO I
P. Josué Costa do Nascimiento, sdb
En mis estudios, investigaciones y lecturas de la Biblia me di cuenta de que hay una singular
coherencia que atraviesa toda la Sagrada Escritura, una especie de trasfondo, una íntima convicción
forjada en el diálogo con los grandes relatos de la tradición bíblica del mito del jardín del Edén a los
Profetas, del primer relato de la creación al Decálogo, del sacrificio de Abrahán a las primicias y al
diezmo del hijo del arameo errante. Lo mismo puedo decir que, observando, leyendo, estudiando e
investigando a don Bosco, se puede individuar en él muchas características propias de un hombre
bíblico. La imagen del ser humano que emerge de algunos relatos están presentes en el ser y en el
obrar de don Bosco: Un ser humano abierto al conocimiento auténtico de la alteridad: la del
universo, la del otro, la de Dios y también la del sí mismo. Un ser humano que, en la escuela de la
alteridad, descubre la libertad que se le ofrece y aprende a asumirla, sin transformarla en un reducto
de individualismo y de autosuficiencia, sino haciendo de ella un lugar de alianza. Un ser humano
consciente de que recibe su vida de otro y que la acoge con espíritu de agradecimiento que le lleva
a abrir las manos y el corazón a la justicia, a la solidaridad, al servicio, a compartir la donación y la
entrega. En resumen, un ser humano, cuya grandeza es estar en camino con los otros, para nacer
poco a poco a la liberad de reconocer en Dios, y en el otro (particularmente en el joven pobre), a la
fuente de vida.
En el libro del Éxodo se despliega lo esencial de lo que Israel ha descubierto de su Señor y de sí
mismo a lo largo de la historia: el Señor es un Dios cuyo poder está al servicio de la vida y de la
libertad de los oprimidos, un Dios que ofrece libertad y vida, pero como un camino a recorrer
responsablemente; Israel es un pueblo en camino hacia una tierra que permanecerá prometida,
este es el horizonte propicio para enseñar el gusto del camino.
Daremos una mirada rápida al Antiguo y al Nuevo Testamento, lo que nos permitirá ilustra como el
ideal de justicia y de solidaridad ha exigido al pueblo de la alianza que vuelve a definir su concepción
del poder, y que denuncie los modos de ejercicios poco respetuosos de los seres humanos. Pero
antes, veremos la evolución del amor de don Bosco a la Palabra del amor de don Bosco a la Palabra
de Dios y por qué lo consideramos un hombre bíblico.
Conocemos justamente en don Bosco su lucha y su esfuerzo en buscar la justicia y actuar con
solidaridad por el bien de los muchachos pobres y abandonados de su época, y como eso le causó
problemas, rechazos, incomprensiones, contrariedades, persecuciones, justamente porque actuaba
en contra de la mentalidad vigente, sea política, religiosa y social. Su vivir y actuar fue una denuncia,
una crítica, un incomodar, a una sociedad de dirigentes que explotan menores y a una iglesia que
no se lanzaba proféticamente en defensa de los seres humanos no respetando en sus derechos y
necesidades.
El P. Pascual Chávez, en su carta Hacer la Eucaristía para hacerse Eucaristía, comprometido en
“volver a don Bosco”, en la recuperación creativa de sus geniales opciones carismáticas, de sus
atinadas intuiciones pedagógicas, describe y define a don Bosco, hombre eucarístico: “Sin vida
eucarística no hay, pues, vida apostólica. Don Bosco, “hombre eucarístico”, es para nosotros hombre
ejemplar, la prueba decisiva: “él prometió a Dios que incluso su último aliento habría sido para los
jóvenes. Y así fue realmente. La participación sacramental en el sacrificio de Cristo lleva a
identificarse en sus sentimientos apostólicos y en su generosa entrega por las exigencias del Reino”.
Así escribía don Vecchi, añadiendo: “el elemento que más que ningún otro revela hasta qué punto
el misterio eucarístico marca la vida de don Bosco (…) es la relación con a caridad pastoral que él
expresó en el lema Da mihi animas, cetera tolle. Estas palabras (…) son el propósito y el camino de
don Bosco para configurarse con Cristo, que ofrece al Padre la propia vida por la salvación de los
hombres”.
Para comprender a don Bosco y su amor a la Palabra de Dios es necesario comenzar por las
enseñanzas que él mismo recibió de su madre. Margarita Occhiena era analfabeta, pero conocía
muy bien el catecismo, una exposición concisa y sistemática de las verdades de la divina Revelación,
que era ilustrada por ejemplos extraídos de la Historia Sagrada y de la vida de los santos. “No era
raro en aquellos tiempos encontrar en casa de los campesinos más acomodados la Historia Sagrada
y libros de vida de santos. Algún buen anciano (…) solía leer sus páginas a la familia reunida los
domingos por la tarde, en el establo en invierno o en la era bajo el emparrado en verano y otoño.
Gracias a esto, mamá Margarita recordaba muchos ejemplos sacados de la Sagrada Escritura y de la
vida de los santos, sobre los premios que el Señor otorga a los hijos obedientes y los castigos que
inflige a los desobedientes; y con frecuencia los contaba a sus hijos, despertando hábilmente su
curiosidad, con rasgos vivos, por la infancia del divino Salvador, siempre obediente a su Santísima
Madre, y presentarlo como modelo de humildad a los niños”, (MB I, 59-60).
Después de la enseñanza de su madre Margarita, don Bosco entró en contacto con la palabra de
Dios frecuentando el catecismo y asistiendo a las predicciones. El sueño que tuvo a los nueve años,
testimonia que conocía la figura de Jesús, Buen Pastor y de su madre María (MO 6). Con diez años
era capaz de narrar a sus compañeros “la explicación del evangelio que había oído por la mañana
en la iglesia, o contar hechos y ejemplos que había escuchado o que aprendía en mis lecturas (MO
8). A los once años, en el momento de acercarse a la primera comunión escribirá: “Yo me sabía de
memoria el pequeño catecismo” (MO 9). Ciertamente es ese camino de acercamiento al gusto por
la Palabra de Dios tuvo gran influencia el encuentro con don Calosso. Juan con sus catorce años,
donde dice que “desde entonces comencé a gustar lo que era la vida espiritual. (…) Me estimuló a
la frecuencia de la confesión y de la comunión y me enseñó la manera de hacer cada día una breve
meditación, o mejor, un poco de lectura espiritual” (MO 10).
Durante los estudios en el colegio de Chieri (1831 – 1835), Juan Bosco participaba de numerosas
prácticas religiosas que en esta época hacían parte del programa eclesiástico: catecismo, lectura
espiritual, explicación del Evangelio, instrucciones, rezo del Oficio de la Bienaventurada Virgen
María de los Salmos, triduo de Navidad y ejercicios espirituales durante la Semana Santa. Junto con
sus amigos más cercanos él frecuentaba también la iglesia de San Antonio, donde los jesuitas “tenían
una catequesis estupenda, siempre ilustrada con ejemplos que todavía recuerdo (MO 15).

Don bosco

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    DON BOSCO, HOMBREBÍBLICO I P. Josué Costa do Nascimiento, sdb En mis estudios, investigaciones y lecturas de la Biblia me di cuenta de que hay una singular coherencia que atraviesa toda la Sagrada Escritura, una especie de trasfondo, una íntima convicción forjada en el diálogo con los grandes relatos de la tradición bíblica del mito del jardín del Edén a los Profetas, del primer relato de la creación al Decálogo, del sacrificio de Abrahán a las primicias y al diezmo del hijo del arameo errante. Lo mismo puedo decir que, observando, leyendo, estudiando e investigando a don Bosco, se puede individuar en él muchas características propias de un hombre bíblico. La imagen del ser humano que emerge de algunos relatos están presentes en el ser y en el obrar de don Bosco: Un ser humano abierto al conocimiento auténtico de la alteridad: la del universo, la del otro, la de Dios y también la del sí mismo. Un ser humano que, en la escuela de la alteridad, descubre la libertad que se le ofrece y aprende a asumirla, sin transformarla en un reducto de individualismo y de autosuficiencia, sino haciendo de ella un lugar de alianza. Un ser humano consciente de que recibe su vida de otro y que la acoge con espíritu de agradecimiento que le lleva a abrir las manos y el corazón a la justicia, a la solidaridad, al servicio, a compartir la donación y la entrega. En resumen, un ser humano, cuya grandeza es estar en camino con los otros, para nacer poco a poco a la liberad de reconocer en Dios, y en el otro (particularmente en el joven pobre), a la fuente de vida. En el libro del Éxodo se despliega lo esencial de lo que Israel ha descubierto de su Señor y de sí mismo a lo largo de la historia: el Señor es un Dios cuyo poder está al servicio de la vida y de la libertad de los oprimidos, un Dios que ofrece libertad y vida, pero como un camino a recorrer responsablemente; Israel es un pueblo en camino hacia una tierra que permanecerá prometida, este es el horizonte propicio para enseñar el gusto del camino. Daremos una mirada rápida al Antiguo y al Nuevo Testamento, lo que nos permitirá ilustra como el ideal de justicia y de solidaridad ha exigido al pueblo de la alianza que vuelve a definir su concepción del poder, y que denuncie los modos de ejercicios poco respetuosos de los seres humanos. Pero antes, veremos la evolución del amor de don Bosco a la Palabra del amor de don Bosco a la Palabra de Dios y por qué lo consideramos un hombre bíblico. Conocemos justamente en don Bosco su lucha y su esfuerzo en buscar la justicia y actuar con solidaridad por el bien de los muchachos pobres y abandonados de su época, y como eso le causó problemas, rechazos, incomprensiones, contrariedades, persecuciones, justamente porque actuaba en contra de la mentalidad vigente, sea política, religiosa y social. Su vivir y actuar fue una denuncia, una crítica, un incomodar, a una sociedad de dirigentes que explotan menores y a una iglesia que no se lanzaba proféticamente en defensa de los seres humanos no respetando en sus derechos y necesidades. El P. Pascual Chávez, en su carta Hacer la Eucaristía para hacerse Eucaristía, comprometido en “volver a don Bosco”, en la recuperación creativa de sus geniales opciones carismáticas, de sus atinadas intuiciones pedagógicas, describe y define a don Bosco, hombre eucarístico: “Sin vida eucarística no hay, pues, vida apostólica. Don Bosco, “hombre eucarístico”, es para nosotros hombre ejemplar, la prueba decisiva: “él prometió a Dios que incluso su último aliento habría sido para los jóvenes. Y así fue realmente. La participación sacramental en el sacrificio de Cristo lleva a
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    identificarse en sussentimientos apostólicos y en su generosa entrega por las exigencias del Reino”. Así escribía don Vecchi, añadiendo: “el elemento que más que ningún otro revela hasta qué punto el misterio eucarístico marca la vida de don Bosco (…) es la relación con a caridad pastoral que él expresó en el lema Da mihi animas, cetera tolle. Estas palabras (…) son el propósito y el camino de don Bosco para configurarse con Cristo, que ofrece al Padre la propia vida por la salvación de los hombres”. Para comprender a don Bosco y su amor a la Palabra de Dios es necesario comenzar por las enseñanzas que él mismo recibió de su madre. Margarita Occhiena era analfabeta, pero conocía muy bien el catecismo, una exposición concisa y sistemática de las verdades de la divina Revelación, que era ilustrada por ejemplos extraídos de la Historia Sagrada y de la vida de los santos. “No era raro en aquellos tiempos encontrar en casa de los campesinos más acomodados la Historia Sagrada y libros de vida de santos. Algún buen anciano (…) solía leer sus páginas a la familia reunida los domingos por la tarde, en el establo en invierno o en la era bajo el emparrado en verano y otoño. Gracias a esto, mamá Margarita recordaba muchos ejemplos sacados de la Sagrada Escritura y de la vida de los santos, sobre los premios que el Señor otorga a los hijos obedientes y los castigos que inflige a los desobedientes; y con frecuencia los contaba a sus hijos, despertando hábilmente su curiosidad, con rasgos vivos, por la infancia del divino Salvador, siempre obediente a su Santísima Madre, y presentarlo como modelo de humildad a los niños”, (MB I, 59-60). Después de la enseñanza de su madre Margarita, don Bosco entró en contacto con la palabra de Dios frecuentando el catecismo y asistiendo a las predicciones. El sueño que tuvo a los nueve años, testimonia que conocía la figura de Jesús, Buen Pastor y de su madre María (MO 6). Con diez años era capaz de narrar a sus compañeros “la explicación del evangelio que había oído por la mañana en la iglesia, o contar hechos y ejemplos que había escuchado o que aprendía en mis lecturas (MO 8). A los once años, en el momento de acercarse a la primera comunión escribirá: “Yo me sabía de memoria el pequeño catecismo” (MO 9). Ciertamente es ese camino de acercamiento al gusto por la Palabra de Dios tuvo gran influencia el encuentro con don Calosso. Juan con sus catorce años, donde dice que “desde entonces comencé a gustar lo que era la vida espiritual. (…) Me estimuló a la frecuencia de la confesión y de la comunión y me enseñó la manera de hacer cada día una breve meditación, o mejor, un poco de lectura espiritual” (MO 10). Durante los estudios en el colegio de Chieri (1831 – 1835), Juan Bosco participaba de numerosas prácticas religiosas que en esta época hacían parte del programa eclesiástico: catecismo, lectura espiritual, explicación del Evangelio, instrucciones, rezo del Oficio de la Bienaventurada Virgen María de los Salmos, triduo de Navidad y ejercicios espirituales durante la Semana Santa. Junto con sus amigos más cercanos él frecuentaba también la iglesia de San Antonio, donde los jesuitas “tenían una catequesis estupenda, siempre ilustrada con ejemplos que todavía recuerdo (MO 15).