Jack el Destripador y
otros asesinos seriales

(artículos de PomboyPombo.blogspot.com)
1.
              Jack el Destripador enfrentado a la grafología
JACK      EL DESTRIPADOR BAJO               LA   LUPA DE       UNA GRAFOLOGA:
EL        DETALLADO   ESTUDIO               DE     MONICA       LAURA   ARRA:




La        doctora    en        medicina     y    grafóloga Mónica    Laura     Arra




Portada         de        la       interesante     y       pionera     investigación
Dibujo         del          Inspector            de            Scotland      Yard
Frederick                               George                            Abberline




Otra          imagen          supuesta                del Inspector       Abberline




En el año 2010 salió publicada, por cuenta de Ediciones Dos y Una (Buenos
Aires, Argentina), la primera edición de la investigación titulada "Jack el
Destripador", escrita por Mónica Laura Arra, médica y grafóloga de extensa y
prestigiosa trayectoria académica. Desde la solapa del citado libro se nos
informa que la autora es médica recibida en la Universidad de La Plata,
especialista en Psiquiatría y Psicología Médica, e integrante en tal carácter del
Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires. También resulta
especialista     en       Medicina       Legal,     y      perita      grafóloga.

Fuera de esta reseña profesional, debe añadirse que se trata de una entusiasta
de los misterios y, en particular, de uno de los más grandes arcanos de la
criminología mundial: El enigma sobre cuál fue la identidad del infame asesino
serial              victoriano Jack               el                Destripador.

En un valioso esfuerzo Arra intentará develar la antigua incógnita desde las
páginas de su libro. Su trabajo, no cabe vacilar, resultó pionero; no por ser la
primera autora en procurar desentrañar la identidad de ese homicida en serie
mediante la aplicación de disciplinas científicas, sino debido al sospechoso que
postula para ocupar el sitial del Ripper, a saber: El Inspector Detective de la
Policía          Metropolitana Frederick              George           Abberline.

No puede dejar de destacarse este hecho -que podrá sonar raro al lector-.
Mónica Laura Arra, sin duda alguna, fue la primera en proponer al aludido
Policía victoriano para el cargo del asesino a quien el mismo formalmente
persiguió. Un libro con contenido casi idéntico (sospechosamente idéntico) vio
la luz pública en su primera edición recién en el mes de julio de 2011. Se trató
de una indagatoria a cargo del perito español José Luís Abad y Benitez. Esa
obra gozó -a diferencia del trabajo de Arra- de una muy intensa difusión
mediática en Internet, con declaraciones rimbombantes en diversos medios de
prensa,obteniendo de ese modo su virtual "cuarto de hora de fama".

Sin embargo, la obra que aquí comentamos resulta claramente anterior en el
tiempo, pese a que en el libro del grafólogo español no se hace ninguna
referencia a ella. Parece obvio que las posibilidades de que estemos frente a
una coincidencia devienen casi imposibles. En fin: extraiga el lector sus propias
conclusiones.

Quienes siguen en este blog saben que no estoy de acuerdo con la hipótesis
de que el Inspector Frederick George Abberline hubiese sido Jack the Ripper.
No voy a cambiar ahora mi postura. Pero igualmente considero que, como
estudioso de este caso criminal, no me debo abstener de tratar -humildemente-
de contribuir desde aquí a que se haga algo de justicia, y de que se repare a la
autora que realmente trabajó. Esta investigación pionera quedó casi en el
anonimato sólo porque la escritora no movilizó recursos mediáticos, a
diferencia de los muchos medios que de sobra utilizó el autor del segundo libro
de                  tenor                 prácticamente                   igual.

Ingresando a la investigación de Arra, debe ponderarse que la escritora dedica
un meticuloso análisis grafológico al diario privado del célebre inspector, y lo
coteja con variados manuscritos atribuidos a Jack the Ripper. Entre ellos, la
carta conocida por su encabezado "Querido Jefe" y la misiva "Desde el
Infierno" enviada el 16 de octubre de 1888 a George Akin Lusk, Presidente del
Comité de Vigilancia de Whitechapel. También se aporta información muy
interesante sobre el Inspector Abberline, destacándose las rarezas y fobias del
Policía, así como lo escaso y contradictorio de los datos que se saben acerca
de                                   su                                   vida.

Pero el punto más llamativo está dado por el énfasis que la autora le otorga a
determinadas cartas -que fueron escasamente analizadas por otros expertos-
dentro del fárrago de correspondencia atribuido al victimario serial de
Whitechapel. Se trata de aquellas misivas donde el redactor sugiere ser
integrante de las fuerzas del orden. En más de una carta el emisor se jacta de
ser policía, y alega que precisamente debido a esa investidura era imposible
atraparlo.

Entre tales letras resalta una remitida el 6 de octubre de 1888 amenazando al
testigo Israel Schwartz -que sorprendió al homicida momentos previos a que
ultimase a Liz Stride-. Algunas referencias convierten a esa epístola en un
documento sumamente extraño, pues al parecer tan sólo un miembro de las
fuerzas del orden podía disponer de la información que allí se maneja. Tal vez
fuera       Frederick      George       Abberline      el    policía    felón.

No olvidemos que a pesar de que la opinión que en general se tiene sobre este
detective deviene muy positiva, al punto de que incluso filmes como "From
Hell" (2001)- donde es encarnado por Johnny Depp- lo representan como un
héroe, tal vez en verdad el hombre tuviera su lado oscuro.

No resulta novedoso recelar de Abberline. Lo esencial, no obstante, radica en
que las suspicacias anteriores al libro de Arra no postulaban que el Inspector
en verdad constituyese el asesino al cual persiguió. Más modestamente, esas
versiones acusaban al detective de complicidad en los crímenes del otoño de
terror de 1888. Más aún, ni siquiera lo indicaban como cómplice, sino
simplemente lo acusaban de dejarse sobornar y de no denunciar al culpable
por haberse dejado tentar y aceptar una fuerte suma de dinero a cambio de su
silencio.

Fungiendo en este triste rol lo muestran, alternativamente, el fallecido
escritor Stephen Knigth, en su "Jack the Ripper. The final solution" de 1976, y
el genial Alan Moore en su From Hell; obra gráfica concluida en 1996 que fue
precursora de la película homónima ya mencionada.




                                   2.
MAR

                                         13

 JAMES SADLER: andanzas de un sospechoso de haber sido
                 Jack el Destripador

JAMES THOMAS SADLER:

PERFIL                      DE                   UN         SOSPECHOSO




El rostro de James Sadler reflejado en una acuarela




Fotografía fúnebre de

 Frances                                                          Coles,
víctima                 y            novia            del     sospechoso




Cuando en la madrugada del 13 de febrero de 1891 se descubrió el cadáver
de Frances Coles -una bonita fémina pelirroja que ejercía la prostitución- los recelos
sobre quién había sido su asesino recayeron rápidamente en su acompañante habitual
de entonces. Aquel hombre era un marinero cincuentón y borrachín de nombre James
Thomas Sadler, con malos antecedentes debido a su alcoholismo habitual y a su
temperamento pendenciero. Para peor, parecía no disponer de una coartada apta a fin
de justificar su situación a la hora de acontecido el crimen de la chica.

Poco antes del deceso de la mujer Sadler la visitó, y se quedó conversando con ella
durante largo rato en la residencia para inquilinos donde ésta moraba. Allí el casero lo
vio por primera vez. Pero al arrendador de la casa de huéspedes le fue fácil reconocer
al visitante, pues luego de dejar a su amiga y retirarse el individuo regresó, un par de
horas más tarde, solicitando alojamiento. Se presentó con las ropas maltrechas y
manchado de sangre en sus manos y en su rostro. Alegó, muy descompuesto, que
unos gandules le habían apaleado para robarle su reloj de oro. Como se hallaba lejos
de su residencia necesitaba imperiosamente hospedarse en la pensión para pasar la
noche. El arrendador le sugirió que se dirigiera al hospital de Whitechapel a curarse
las heridas, y se negó a alojarlo, no sólo porque el requirente carecía de dinero para
pagar, sino porque lo atemorizó su apariencia: era claro que aquel tipo además de
alterado        estaba        ebrio,      y       podría        traerle      problemas.

Una vez que al día siguiente el portero de la pensión se enterase de la violenta muerte
sufrida por su inquilina, no vaciló en aportarle a la policía los datos que sabía acerca
de aquel sujeto. Tal vez la sangre no fuera suya, sino de la pobre Frances, y el
desastrado aspecto del individuo se debiera a la resistencia agónica ofrecida por la
muchacha                  al             repeler                 la            agresión.

Lo cierto fue que pronto se apresó al sospechoso, y lo condujeron a la comisaria de la
calle Leman. En ese reducto policial el detenido repitió su versión sobre el asalto de
que fuera objeto, y protestó ser inocente del delito que le endilgaban. Como en el East
End del Londres de ese entonces la información corría raudamente, se esparció por el
vecindario el rumor de que los polizontes habían echado el guante no sólo al asesino
de Coles, sino también al mutilador de rameras que llevaba ya tres años impune.
Muchos habitantes tenían entre ceja y ceja a aquel loco. Algunos sufrieron malos
tratos por parte de la policía en las desesperadas redadas para capturarlo. Otros eran
amigos, clientes o chulos de sus víctimas. Ahora tenían la ocasión de tomar venganza,
y antes de que lo derivaran al tribunal querían ponerle las manos encima al bastardo.

Así fue que cuando los agentes trataron de sacar al arrestado por una puerta lateral, a
fin de evitar chocarse con el tumulto que rondaba por la entrada principal del edificio,
la maniobra fue advertida por los sitiadores que arremetieron buscando hacerse
justicia por propia mano con el asustado marino mientras que, al grito de "Asesino" y
otros epítetos insultantes, amenazaban con lincharlo. Los policías tuvieron que
hacerse fuertes y blandieron sus porras golpeando las cabezas de los atacantes. Lo
pudieron salvar, pero el hombre resultó una vez más vapuleado, y llegó al tribunal con
sus      ropas      nuevamente      maltrechas     y     su     rostro     amoratado.

Las desventuras padecidas por el novio de la meretriz asesinada prosiguieron. La
justicia, como acto de precaución, mandó encerrarlo en la prisión de Holloway, y
seguidamente le instruyeron proceso penal bajo la acusación de haber victimado a
Frances Coles. Desesperado el preso pidió auxilio al gremio de los fogoneros al cual
pertenecía. Éstos contrataron a Harry Wilson, un hábil abogado que pudo probar la
inocencia del encausado en el curso de una encuesta judicial que, no obstante, duraría
más                         de                       un                          mes.

Durante el lapso de su reclusión el ambiente en contra del preso se volvió en extremo
tenso. La prensa sensacionalista no paraba de comunicar a su público que aquél no
sólo había matado a su novia prostituta sino que, sin duda alguna, era el tan buscado
matador serial que en 1888 se encarnizó brutalmente con las meretrices de
Whitechapel.

Finalmente, tras atravesar tantas tribulaciones, las andanzas de James Thomas Sadler
concluyeron bien. Se lo liberó y consiguió que el periódico Star le pagase una
indemnización por difamarlo y poner su vida en riesgo. Cuando concurrió al despacho
de su abogado a cobrar la suma que le correspondía, conoció a un industrial que
programaba un viaje de comercio hacia Sudamérica (en realidad el asunto era más
bien turbio, pues se trataba de un contrabando de armas). El comerciante mencionó
que en su embarcación estaba vacante un puesto de fogonero. La oferta de inmediato
interesó a Sadler. Pese a que su letrado procuró disuadirlo advirtiéndole que ese viaje
podía ser peligroso, el hombre aceptó sumarse a la tripulación de aquel buque. Se
cerró el trato, y al día entrante el marinero zarpó rumbo a tierras sudamericanas. Fue
lo           último            que           se          supo           de           él.

Los estudiosos del caso de Jack the Ripper localizaron registros donde constan dos
personas llamadas James Sadler fallecidas en diferentes localidades británicas; en un
caso en el año 1906 y en el otro en 1910. Estos datos, si fuesen veraces, acreditarían
que en algún momento el marino retornó a su patria tras su viaje de 1891 a suelo
norteamericano. Pero la realidad es que no se sabe a ciencia cierta si una de esas dos
defunciones corresponde a este antiguo sospechoso, por lo cual su rastro se pierde en
la bruma; bruma y opacidad que signó toda su existencia, y de la cual sólo lo sacaría
fugazmente su azarosa incursión en la cruenta historia de Jack el Destripador.

                       Publicado 4 weeks ago por Gabriel Pombo




                                       3.
MAR

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    El vendedor de uvas en la historia de Jack el Destripador
MATTHEW                                                                   PACKER:
LAS    UVAS,          EL        LAUDANO          y      JACK       THE     RIPPER




Dibujo               contemporáneo                   de Matthew             Packer:
el     comerciante     que    vendió      uvas        a     Jack   el    Destripador




Liz         Stride          y          su             anónimo         acompañante
comprando        racimos        de       uvas          a      Matthew      Packer
Cartel              publicitario            del filme              "From                Hell"


Si algo caracterizó al caso criminal de Jack el Destripador fueron las rarezas y los
pequeños              enigmas              que            lo             acompañaron.
No podía extrañar entonces que las películas estrenadas mucho después de los añejos
crímenes de 1888 se beneficiaran grandemente con las llamativas anécdotas y las muchas
curiosidades                   verificadas                  en                   torno.

Sonados ribetes mediáticos alcanzó, entre otras, la historia del tendero que relató a la
policía cómo, en horas previas al doble crimen de la madrugada del 30 de septiembre de
aquel año, le habría vendido uvas a un hombre cuya actitud le pareció particularmente
sospechosa.

Las uvas constituyeron un tópico recurrente en la mitología edificada alrededor
del monstruo de Londres. No en vano en la obra gráfica "From Hell" se insiste en que el
homicida serial ofrecía a sus víctimas racimos de esa fruta -que previamente empapaba en
narcotizante laudano- a fin de ganarse su confianza antes de agredirlas. El filme
homónimo retoma el tema de las uvas, y allí podemos observar al Inspector Frederick
Abberline -interpretado porJohnny Deep- olfateando y rozando con sus dedos los labios
de las mujeres muertas para comprobar la reciente ingestión de dicho alimento.

Cuando en esa película un intrigado Sargento George Godley le pregunta a su superior
por qué razón siempre hallaban restos de uvas próximos a los cadáveres, un meditabundo
Inspector Abberline le responde que las uvas se las daba el asesino a las mujeres "para
ganarse su confianza". Dado que, presuntamente, dicha fruta salía muy cara por entonces
en el mísero distrito, se especuló que únicamente un cliente rico estaba en condiciones de
convidar con ellas a sus futuras víctimas. Y como, a estar a lo argüido en aquella ficción, la
fruta había sido rociada con láudano, el efecto adormecedor consiguiente facilitaba la
faena                                                                            ultimadora.

Empero, todo esto resulta falso. Ni las uvas tenían el precio prohibitivo que se alega, ni
existen pruebas de que el victimario las obsequiase a su presas humanas en pos de
facilitar su mortífera tarea. Se adujo que en la escena del crimen de Catherine
Eddowes fueron localizadas cáscaras de uvas, pero tal dato no consta en los registros
policiales, sino que lo propaló un periódico sensacionalista, y no se volvió a mencionar
más                                       el                                     asunto.

Si el mito de las uvas salió de algún lado, cabría estimar que fue a partir de las
declaraciones vertidas por un anciano llamado Matthew Packer. Este comerciante le
contó a la policía que en horas precedentes al "doble acontecimiento" se personó a
comprarle unos racimos de uvas, a su tienda localizada en la calle Berner, un hombre en
compañía de una fémina, a la cual luego reconocería como la infortunada Elizabeth Stride.
Mr. Packer describió con minucioso detalle a dicho individuo, y esta descripción circuló de
inmediato, siendo ponderada un retrato fidedigno del posible matador.

Tiempo más tarde, en un artículo editado en el Evening News el 31 de octubre de 1888, el
negociante narró que había visto de nuevo a ese sujeto merodear cerca de su puesto de
frutas y verduras en Commercial Road, y se percató que aquél lo miraba fijamente con
expresión hosca. El sospechoso estaba rondando el negocio con aviesas intenciones, y
cuando el frutero salió a enfrentarlo, junto con un lustrabotas que le ofreció ayuda, dicho
individuo huyó subiéndose raudo a un tranvía que transitaba por las proximidades.

A modo de colofón de este relato cabe señalar que cuando Matthew Packer ya había
cobrado alguna notoriedad merced a sus declaraciones públicas, dos hombres se
allegaron a él y le contaron una curiosa anécdota. Los caballeros pretendían saber cuál
era la identidad del asesino a quien la prensa tildaba Jack the Ripper. Aseguraron al
verdulero que aquél no era otro sino un primo de ellos venido de los Estados Unidos. El
pariente estaba seriamente trastornado y los aires londinenses no habían hecho más que
agudizar                                  su                                 desquicio.

Preguntados por Packer sobre qué pruebas tenían de su culpabilidad, le contestaron que
el primo mostraba la compulsión de llamar a todo el mundo "Jefe", hábito adquirido en
tierras norteamericanas. La famosa misiva encabezada "Querido Jefe" sin duda era
creación suya; incluso la caligrafía le pertenecía. El problema consistía en que la policía
andaba muy despistada mientras el peligroso loco continuaba suelto, y con ánimo de
vengarse de los testigos que dieron datos suyos a las autoridades.

El viejo comerciante quedó sumamente impresionado, y se rumoreó que cerró sus
negocios durante varios días. Por precaución no salió de su casa por un buen tiempo.
Empero, afortunadamente, el "primo americano" no daría señales de vida, y se considera
que en realidad nunca existió. Se habría tratado de una broma que dos pícaros gastaron a
costa del bueno de Matthew Packer. (Fuente de esta anécdota: nota editada en el Daily
Telegraph el 15 de noviembre de 1888, citada por Stewart Evans y Keith Skinner, Jack el
Destripador. Cartas desde el Infierno. ediciones Jaguar, Madrid, España, 2003, pags. 156-
158)
4.
                                            MAR

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             El vidente que persiguió a Jack el Destripador
ROBERT JAMES LEES: UN VIDENTE EN EL CASO DE JACK THE RIPPER




                               Imagen      de Robert      James      Lees en         su   vejez




Arriba   a   la   izquierda:   Cartel   publicitario   del filme   "Muerte     por    Decreto"
Arriba       a         la       derecha: Dr.      William            Withey         Gull:
¿Fue       éste       el      médico      acusado       por          Robert        Lees?




Robert James Lees fue un psíquico, médium y espiritista cristiano que alcanzó rápida fama
en la corte de la reina Victoria. Apenas contaba con dieciseís años cuando fue presentado
ante la monarca para mostrarle sus dotes como precoz visionario. Tan grata impresión le
causó a la reina madre y su entorno que continuaría durante muchos años vinculado a la
corte en carácter de médium o vidente, cobrando el correspondiente estipendio por sus
servicios.

En la teoría de la conspiración monárquico masónica se incluye una ançecdota donde
aparece este hombre cumpliendo un papel importante en la historia del homicida
serial Jack the Ripper. Anécdota que fue repetida a través de distintos medios de prensa
hasta llegar a la pantalla grande en películas como "Muerte por Decreto", donde veremos a
Robert Lees colaborando codo a codo con el mítico Sherlock Holmes en la búsqueda del
elusivo                       asesino                   de                     meretrices.

Según esta añeja formulación, Lees ayudó a las autoridades británicas en las
investigaciones en pos de desenmascarar al Ripper. De esta manera, suministraría relatos
describiendo sus visiones respecto de los crímenes, e informando sobre cuál era el posible
aspecto del criminal y dónde podría éste estar escondido. En una de sus premoniciones,
en    particular,  habría    contemplado     claramente     el rostro   del    victimario.

Sucedió que una tarde viajando en uno de los autobuses tirados por caballos (que
constituían el medio de transporte habitual en el Londres de 1888), y mientras el rodado
avanzaba por Baywater Road, reconoció al Destripador en la persona del hombre que
ocasionalmente se hallaba sentado a su frente. Se trataba de un individuo de
características distinguidas que iba vestido de levita y portaba un sombrero de copa.

El vidente descendió raudo del transporte colectivo y siguió los pasos de su sospechoso
hasta verlo entrar en una finca sita en Park Lane. Dicha mansión era propiedad de un
afamado médico de la casa real y, aunque en la narración no se aclara, es de presumir
que Lees conocía al galeno porque también éste mantenía fluido contacto con la casa real
británica.
Cuando el psíquico requirió el auxilio de la policía fue rechazado en más de una
oportunidad. No obstante, su insistencia produciría frutos, y más adelante lograría que un
detective lo acompañase a inspeccionar la casa del facultativo. Una vez allí fueron
atendidos por la esposa de aquél, quien al principio se manifestó molesta ante la
intromisión, pero finalmente admitió que su esposo venía actuando de forma muy extraña
últimamente y temía que estuviese perdiendo la cordura. Tras ello accedió a que revisaran
las pertenencias de su marido, y el policía encontró en el maletín de cirujano un cuchillo de
trinchar, objeto que obviamente no tenía sentido lógico que estuviera guardado allí.

La investigación policial proseguiría avanzando hasta desembocar en la detención del
profesional quien, una vez examinado por sus pares médicos y tras determinarse que se
hallaba irremisiblemente fuera de sus cabales, resultaría encerrado en un manicomio por
el                  resto                  de                   su                 vida.

Al igual que sucediera con tantas otras, esta incomprobada conjetura sufriría diversos
ajustes en las ulteriores obras que retomaron el tema. Depurando la versión, se aseguraría
que el anónimo galeno sospechoso gracias a las visiones del espiritista no era otro más
que Sir William Withey Gull, el cual efectivamente residía en las cercanías de Park Lane,
más concretamente en el número 74 de Grosvenor Square. En su mansión recibiría la
impertinente visita de un detective de Scotland Yard -el Inspector Frederick Abberline,
conforme      con    algunas     propuestas-   asistido   por   el   médium      acusador.

La esposa del Dr. Gull se indignó por la intromisión de los extraños que requerían a su
cónyuge, pero luego intervendría el propio médico, apaciguando a su esposa y
encarándose con los intrusos. Sir William trató de desviar las suspicacias que recaían
sobre el príncipe Albert Víctor, paciente suyo al cual trataba por su progresiva sífilis, y de
cuya identidad como Jack el Destripador el doctor estaba al tanto. Aparentemente trató de
atraer -en un gesto de grandeza- esas sospechas hacia sí mismo pretextando que por
entonces padecía amnesia, y que en cierta ocasión se había despertado con las mangas
de            su            camisa             empapadas               de             sangre.

En fin: que el Dr. Gull constituía el médico oficial de la Corona inglesa por el año 1888 y
que se le había encomendado cuidar del enfermo de sangre real deviene una
circunstancia históricamente verificada. El resto pertenece al ámbito de la fabulación, o por
lo         menos           de          los         hechos          no          corroborados.

En cuanto a Robert James Lees, sin duda le gustaba el circo mediático y, de hecho, de ello
que era que se ganaba la vida. Nunca se animó, sin embargo, a afirmar publicamente esta
versión, pero dejó que en notas de prensa otros lo hicieran por él. La leyenda de la
relación del vidente mancomunado con las autoridades para capturar al Destripador
perduró en el tiempo. Ejemplo de esto es una carta despachada desde el correo en
noviembre de 1889 y que permanece en los archivos de la Policía Metropolitana. Stephen
Knigth, primordial promotor de la teoria de la conspiración, a través de su taquillera
obra Jack the Ripper: The final solution, Londres, Inglaterra, 1976, pretendió que esa
misiva representaba una prueba irrefutable de que Lees integró las pesquisas policiales en
pos             de              dar             caza              al             criminal.


En la letra referida un presunto "Jack el Destripador" se burlaba de la policía calificándolos
de        incompetentes.         Aparentemente           comenzaba           señalando:
"Querido                                                                            Jefe.
Ya ves que no me has atrapado todavía con toda tu astucia, con todos tus Lees, con todos
tus                                                                          maderos..."

Se suponía que si ya por 1889 había cobrado estado público que Lees participó en la
infructuosa búsqueda era claro que bien podía ser cierta la versión según la cual, fundado
en sus visiones, guió al detective hasta la casa del cirujano sospechoso.

No obstante, en la magnífica obra Jack el Destripador. Cartas desde el Infierno, escrita por
los expertos Stewart Evans y Keith Skinner (ediciones Jaguar, Madrid, España, 2003) se
estudia minuciosamente dicha carta y se descubre la verdad. En realidad allí no
decía "Lees", sino "Tecs", palabra ésta que evoca a un lunfardismo con el cual las clases
bajas del East End londinense calificaban despectivamente a los policías.

Por ende, ninguna prueba eficaz avala que el médium participase en la investigación y
persecusión del asesino de prostitutas. A despecho de la falta de evidencias, el mito de
que Lees le pisó los talones al Ripper ha perdurado desde que en 1931 se publicase un
artículo alusivo bajo el rótulo "El vidente que descubrió a Jack el Destripador".
5.
                                       FEB

                                       15

             From Hell: Jack el Destripador en el comic




Portada        de         una            edición         de FROM         HELL
mostrando      al      presunto         asesino        con     su      cuchillo




El        eximio          escritor           Alan          Moore          autor
de      este        comic        sobre          Jack       el       Destripador




Gran            actuación                de            Johnny           Deep
en      el       rol      de           Inspector       Frederick     Abberline
El excelso comic titulado "From Hell" ("Desde el infierno") demostró que aún desde esta
clase de literatura se puede dar cima a una obra seria sobre Jack the Ripper y la era
victoriana.
La novela gráfica escrita por Alan Moore, con dibujos de Eddie Campbell, sirvió de
inspiración a la película homónima estrenada en el año 2001 bajo la dirección de
los hermanos Hugues, y contó con las actuaciones protagónicas de Johnny
Deep interpretando al Inspector Abberline, Iam Holm en el doble papel de Jack el
Destripador y Dr. Gull, y Heather Graham encarnando a Mary Jane Kelly, entre otros
magníficos                     actores                      y                  actrices.

En su versión original Alan Moore ofrece un prólogo de su obra en el cual se nos muestra
a dos ancianos paseando, en el año 1923, por una playa de la localidad inglesa
Bournemouth, en el curso de un imaginario diálogo. El Inspector Frederick Abberline y
el mentalista y médium Robert Lees -pues son ellos los ancianos en cuestión- entrarán en
confidencias, y el primero en abrirse será el psíquico, quien le confesará a su amigo que
todas las visiones que durante su larga vida declaró experimentar no fueron más que
invenciones pergeñadas a fin de sacar provecho económico, o para satisfacer su vanidad
de           sentirse        foco          de           la         atención         ajena.

Habría comenzado elaborando distintas fábulas con el objeto de sorprender y agradar a
sus mayores ya desde muy pequeño. Por tal razón, cuando a los dieciseís años fue
presentado ante la corte para exhibir sus dotes a la Reina Victoria, se creyó obligado a
seguir el juego simulatorio -ahora estimulado por los beneficios financieros y los halagos-,
el   cual     continuaría    representando    por     el   resto     de    su    existencia.

Al caer la tarde, Lees acompaña a su amigo de regreso a la casa de éste, quien cada vez
más melancólico se quejará de lo mal que fue tratado por el cuerpo policial años atrás,
donde se le mintiera y se le faltara el respeto, según le señala Abberline, aunque sin
aclarar a qué se refiere. A su vez, Lees -aunque tampoco se muestra explícito- le
preguntará si no se siente culpable. Por su parte él sí parecería sentirse culpable, a juzgar
por     los     inquietos   comentarios      que      le     formula     a     su     amigo:
-¿Porqué           dejamos        que         lo         enterraran?- se         interrogará.
-¡Porque no queríamos que nos cortaran el cuello!- le responderá con énfasis el anciano
ex                                                                                 Inspector.

Luego sacarán a colación el asunto de un presunto dinero recibido para olvidarse de todo
lo     que       sabían;        y      un       abatido        Abberline       repasará:
-Una buena pensión, buenas ropas, una casa cara y bonita en Bournemouth frente al
mar...     No       me       salió      tan      mal       la      cosa,       ¿verdad?

En su apéndice de notas aclaratorias, Alan Moore explica que algunos indicios avalan que
ambas personas podrían haber continuado su relación después del año 1888 -en caso de
que realmente se hubiesen conocido por aquella fecha-. La sugerencia de que Abberline -y
quizás también Lees- hubiese aceptado un soborno para callar cuanto sabía acerca de la
identidad de Jack el Destripador proviene de varios autores, incluido Stephen Knight, pero
aquí se postulará sólo por interés literario, aclarándose que no existen pruebas para
confirmar esa suposición, la cual podría ser tanto falsa como verdadera.
En el desarrollo de la trama aparecen en forma algo marginal el pintor Walter Sickert y
el príncipe Albert Víctor, y se repite la consabida historia donde este último conoce a Annie
Crook, su casamiento, y el nacimiento de la bebé de ambos, Alice Margaret, en el hospital
de Marylebone por el mes de abril de 1885. Pero el personaje cardinal de la historia será
decididamente el Dr. William Withey Gull, en cuyas extrañas razones para convertirse en el
criminal de Whitechapel se buceará brillantemente en esta narración gráfica.

En 1871 el galeno fue elegido médico personal de Albert, el príncipe de Gales, padre de
Albert Víctor e hijo de laReina Victoria. Se alega que el cargo de médico oficial de la
Corona británica se le asignó al Dr. William Gull gracias a la influencia de sus amigos en la
masonería, integrantes del gobierno. También se describe, de manera muy pintoresca, la
ordalía de iniciación como maestro masón del protagonista del cómic. Podemos advertir
las referencias que se formulan respecto de presuntos secretos de la masonería; por
ejemplo, la consigna mediante la cual un masón requiere auxilio a otro en situaciones
problemáticas:      "¿No    hay      ayuda     para      el     hijo    de     la   viuda?".

Más adelante vemos como el matador le plantea esa consigna al jefe máximo de la Policía
Metropolitana, Sir Charles Warren, conminándolo a que le deje el campo libre para llevar a
cabo su tarea ultimadora sobre las peligrosas meretrices alineadas contra la Corona.
Asimismo observaremos el ataque cardíaco que en el año 1887 afectó al facultativo,
produciéndole ligeras lesiones físicas pero severos trastornos psíquicos. El desorden
cerebral le habría provocado afasia, enfermedad peculiarizada por causar a sus víctimas
toda               clase             de             extrañas               alucinaciones.

Se dedica un capítulo entero a los paseos que, en un carruaje guiado por el cochero
cómplice John Netley, efectuará el cirujano visitando lugares de Londres en los que
percibe símbolos y significados místicos, así como contenidos masónicos; por ejemplo, la
catedral de Hawksmoor con su impresionante campanario. La erudicción que el guionista
denota al ofrecer estas descripciones al lector prueba un profundo conocimiento de la
historia británica en general y de la ciudad de Londres en particular.

Del estado febril de la mente del Dr. William Gull, y del papel que considera le ha sido
deparado por el destino, dejan constancia las siguientes palabras que éste dirige a su
futuro     cómplice,      según       pone      en      su     boca     Alan      Moore:
-Nuestra historia ya está escrita Netley. Está escrita con sangre que ya hace tiempo se
secó

Luego, tal cual era de esperar, se llevan a efecto los asesinatos. A veces, el médico
matará a su presa dentro del propio carruaje, iniciando tranquilamente la disección ritual
para después, una vez concluida su macabra faena, trasladar los cuerpos con ayuda del
cochero hasta los distintos sitios donde finalmente éstos serán hallados.

Igualmente, le corresponde un rol destacado en la trama al Inspector Frederick Abberline,
presentado aquí como uno de los pocos policías que verdaderamente tenían deseos de
frenar la matanza y capturar al sádico criminal. Una anécdota, en apariencia marginal, que
terminará siendo trascendente en esta ficticia propuesta, está dadda por la relación más
bien platónica que Abberline sostendrá con una joven prostituta que le dice llamarse
Emma, y con la cual comparte ginebras en las tabernas de Whitechapel. Emma no
resultaría ser el auténtico nombre de esta mujer, a la cual el Inspector -quien también le
proporciona un nombre falso a ésta- accederá a prestarle el dinero que sutilmente aquella
le requiere. La cita donde al fin iría a producirse el encuentro amoroso entre Frederick
y "Emma" se difiere para el 9 de noviembre de ese año de 1888.

Esa mañana el policía concurrirá a verla al pub luciendo su mejor traje, pero sólo para
comprobar indignado que la fémina faltó a la cita y le dejó, a cambio, una carta de
despedida y disculpa. En el apéndice explicativo de From Hell el autor nos informa que
"Fair Emma" y "Ginger", entre otros, eran apodos a través de los cuales se daba a conocer
ante           sus             clientes           Mary             Jane             Kelly.

En las viñetas que cierran el cómic, se nos ofrece la -obviamente- ficticia ascención del
espíritu del Dr. William Gull tras su muerte en el hospicio donde concluyera sus días, y
vemos cómo los dioses paganos que habría idolatrado durante su existencia, lo trasladan
por el aire y le hacen contemplar una escena en un pueblito de Irlanda. Allí se encontrará
con una joven mujer rodeada de niñas -una de las cuales es Alice Margaret, la supuesta
bebé real- quien, al percibir la presencia del espectro, aferra a las infantes y lo amenaza
agitando          el       puño,         al        tiempo         que          le        grita:
-En cuanto a tí, viejo demonio... Sé que estás ahí, pero a éstas no te las llevas. Lárgate ya,
¡Vuelve            al         infierno         y          déjanos             en          paz!

Y es que quizás no hubiera sido Mary Jane Kelly quien fue destrozada en la mísera
habitación del número 13 de Miller´s Court. Tal vez en verdad -al menos así lo quiere el
sentimiento- una de las signadas como víctimas del Destripador pudiera haberlo burlado.
El pequeño habría derrotado al gigante pese a la tremenda desproporción de las fuerzas
en pugna.




                                           6.
FEB

                                   11

             El Loco del Hacha y Jack el Destripador
LA TEORIA SEGUN LA CUAL EL LOCO DEL HACHA                         DE     AUSTIN
Y JACK EL DESTRIPADOR FUERON UNA MISMA PERSONA




JAMES MAYBRICK: este sospechoso a la identidad          de Jack    the   Ripper
también podría haber sido El Loco del Hacha de Austin




Recreación         de         un          Loco           del              Hacha
La historia criminal registra dos casos paradigmáticos en los cuales a un anónimo y feroz
ultimador     se     lo    tildó   con    el   mote     de "El    Loco     del  Hacha".

El más conocido de los eventos refiere al llamado "Loco del Hacha de Nueva Orleans"
(u Hombre            del           Hacha           de          Nueva           Orleans).
Se trató aquí de un victimario impune que operó en aquella ciudad estadounidense, y cuya
secuencia de sangre abarcó de mayo de 1918 a octubre del año siguiente. Fue tristemente
famoso por su saña, y gracias a una truculenta carta donde se definía como un demonio e
invocaba que sus crímenes estaban inspirados en la música de jazz.

Menos reputados y mediáticos que los crímenes antes mencionados, resultaron los
cometidos por "El Loco del Hacha" de la también norteamericana ciudad de Austin. Este
misterioso asesino fue el causante de una ola de homicidios salvajes, macabros e impunes
acontecidos    en    las postrimerías de 1884            y durante el año          1885.
Nunca se capturó ni desenmascaró al culpable de tales fechorías, pero muchos años
después de estos sucesos se barajó un nombre por demás sorprendente: James Maybrick.

Doblemente asombroso deviene este candidato si consideramos que igualmente resultó
nominado a haber sido el hombre que se ocultaba bajo el mucho más infame seudónimo
delictivo de Jack el Destripador. El sospechoso procedía de una antigua y respetable
familia que a la fecha de su nacimiento -24 de octubre de 1838- llevaba sesenta años
instalada en la ciudad de Liverpool. De hecho, fue el primogénito, porque Williams, el
primer hijo del grabador de metales William Maybrick y su esposa Susannah, falleció
cuando apenas contaba con tres años de edad. A James le sucedieron Michael, nacido en
1841, quien de adulto se convirtió en un célebre compositor, Thomas, nacido en 1846, y
Edwin venido al mundo en 1851, estos dos últimos hermanos se inclinaron, igual que
James,                por              la             actividad              comercial.

El camino profesional tomado por Maybrick fue el comercio algodonero, notablemente
incrementado en Inglaterra a raiz de la Guerra Civil Norteamericana que provocó gran
escasez de algodón. Esta coyuntura tornó el negocio de compra-venta abierto a los hábiles
especuladores, actividad en la que este comerciante destacaba por condiciones innatas.
James Maybrick viajó bastante, y los Estados Unidos de Norteamércia configuró uno de
sus destinos favoritos. En 1880, durante el curso de uno de esos frecuentes periplos
marítimos, se ennovió con Florence Chandler, de diecinueve años; joven hermosa y
adinerada proveniente de una noble familia de Mobile, Alabama. Pero también se alega
que el individuo habría estado en suelo de Norteamérica a fines de 1884 y durante 1885,
más       en       concreto      en      la     sureña       ciudad     de        Austin.

Una de las más entusiastas propagandistas a la hora de identificar a James Maybrick con
Jack el Destripador esShirley Harrison. Esta escritora redactó los comentarios al
denominado "Diario de Maybrick"; vale decir, el manuscrito supuestamente hallado por el
desocupado liverpoolense Michael Barrett en 1991, el cual entre 1992 y 1993 vio su
publicación y generó enorme revuelo, pues se pretendía que aquellas letras eran obra del
mismísimo Jack the Ripper, que habría impreso allí su confesión póstuma.
Advirtiendo un sabroso filón, la autora publicó en 2004 una nueva indagatoria vinculada al
asunto: "The american connection"- ("La conexión americana"), editorial John Blake
Publishing,                               Londres,                              Inglaterra.
En dicho libro se esgrime presunta evidencia de que Maybrick se habría encontrado
presente -como ya se dijo- en la ciudad de Austin, Estado de Texas, Estados Unidos, a
finales de 1884 y durante 1885. La noticia en sí misma muy escasa trascendencias
revestiría, si no fuese porque en la citada metrópoli tuvo lugar una retahíla de
estremecedores asesinatos con mutilación que la posteridad recuerda como "La matanza
de                                                                                Austin".

La historia cuenta que un homicida en serie deambuló por las calles de Austin dejando un
reguero              de            sangre            a              su             paso.
El                 arma                asesina:                un                 hacha.

En su mayoría las víctimas resultaron jóvenes mujeres afrodescendientes que laboraban
de empleadas domésticas en fincas emplazadas en los suburbios, aunque por excepción
uno de los muertos lo constituyó un hombre, novio de una de aquellas, el cual,según se
conjetura, fue ultimado tras salir en defensa de la chica.La inicial presa humana la
conformó Mollie Smith, victimada el 30 de diciembre de 1884. A esta fémina le
acompañaron al siguiente año, en trágico desenlace, Eliza Shelley, el 6 de mayo, María
Ramey, el 29 de agosto, Gracie Vance y Washington Orange, ambos el 27 de septiembre,
Susan Hancock y Eula Phillips, las dos el 24 de diciembre de 1885.

Jamás se supo la identidad de aquel despiadado ejecutor múltiple. Se detuvo a tres
sospechosos, pero sólo uno de ellos -William Sydney- fue conducido a juicio y, al cabo,
devino exonerado por ausencia de pruebas. ¿Se trató de "trabajos tempraneros" de Jack
el                                                                        Destripador?

Aunque publicaciones contemporáneas a esos crímenes sostuvieron que tal extremo era
probable, y que el matador de Whitechapel era idéntico en su accionar al que, un lustro
antes de los homicidios victorianos, finiquitase a siete mujeres y a un hombre en Austin, es
casi seguro que ello no fue así. Ni la elección de la clase de víctimas, ni el modus
operandi utilizado                                                                coinciden.

No obstante, en el libro de Shirley Harrison se explora la eventualidad de que Maybrick,
por razones mercantiles, hubiese arribado a esa ciudad norteamericana en esas fechas
exactas -hecho no comprobado y que más bien se arguye como una posibilidad- y,
mezclando los negocios con la vesania criminal, dedicase su tiempo libre entre una
operación mercantil y otra a perpetrar, hacha en mano, esas espantosas crueldades.

¡Pobre     James      Maybrick!      No     le     permiten    descansar        en     paz.
Algunos ripperólogos insisten en transformarlo en un monstruo.
7.
                                           JAN

                                           7

      El fenómeno del asesino serial a través de la historia
ASESINOS SERIALES: EVOLUCION HISTORICA




El      fundador        de       la            secta   de   los   asesinos:
Hassan Ibn Sabbah




Luís                               Alfredo                        Garavito:
uno de los más prolíficos homicidas secuenciales
Asesinos                                                                             grupales:
Miembros                         de                    la "Familia                   Manson"




La palabra "asesinos" deriva de "hashishin" -adictos al consumo del haschis que mataban
bajo la influencia de esa droga- y refiere a los miembros de una secta musulmana que
perpetraba homicidos por motivaciones religiosas acatando órdenes de sus jefes y
profetas.

En particular, seguían fanaticamente a Hassan Ibn Sabbah, el cual pasó a la historia
como "El Viejo de la Montaña" -pues encaramado en la cima del macizo Elburz había
fortificado su inexpugnable castillo de Alamut ("Nido de Aguila")- y fue un líder ismailita que
arribó a ese sitio en el año 1090 al mando de unas menguadas huestes que cada vez se
fueron                     volviendo                     más                        poderosas.

Sin embargo, quienes se han constituido en épocas actuales en azote de sus semejantes
no son aquellos míticos ejecutores, sino personajes cuyo motivo para ultimar deviene
menos claro pues, a diferencia de los acólitos del Viejo de la Montaña, saben bien que no
irán al paraíso gracias a sus actos fatales. Otra compulsión mucho más oscura y personal
los                                                                                  guía.

Aunque el fenómeno del crimen en serie no es reciente, sino que goza de larga y triste
data, podemos afirmar sin titubeos que esta realidad se acentuó de manera alarmante en
nuestra                             sociedad                           contemporánea.

¿Cómo      define    la     criminología     a    un       homicida   serial   o    secuencial?

De acuerdo a una clasificación básica puede sostenerse que un asesino serial es aquel
que comete tres acciones letales diferentes con inervalos fríos (cool-off). En cada una de
éstas puede producir más de un homicidio. Habitualmente cada criminal de esta especie
posee una conducta ritualizada que le es propia, y que mantiene sin modificaciones
durante              la                retahíla                de                crímenes.

Esto    permite     dividirlos    en   dos       grandes     categorías: asesinos   en    serie
organizados y asesinos                en                serie               desorganizados.

Igualmente configura una particularidad inherente al comportamiento asumido por esta
clase de matadores el hecho de que usualmente observan de manera fiel un patrón
específico en su forma de finiquitar. Aún cuando pueden operarse algunas variaciones en
el concreto modo de eliminar a una u otra víctima, en lo esencial se advierte un común
denominador delator de que el crimen fue llevado a cabo por la mano de un mismo
atacante.

La incapacidad para detenerse una vez emprendida la saga terminal conforma una
peculiaridad que los teóricos resaltan en la actitud del homicida secuencial. Ninguna
consideración de orden moral frena al perpetrador una vez que se ha lanzado a la
realización de su raid vesánico. Ni siquiera ponderaciones de sentido común, o la
necesidad de obrar con cautela a fin de evitar la aprehensión inminente determinan que el
delincuente             se               abstenga                de             asesinar.

Sólo dejará de matar si lo capturan, se enferma o se muere, o si un hecho externo ajeno a
su voluntad -por ejemplo, ser apresado en el curso de la comisión de otro delito- le priva de
llevar a término sus violencias. Su compulsión no se debe a factores aleatorios, pues no
depende tanto de la sociedad en que vive, sino que está básicamente configurada por su
carga génetica, según la opinón predominante de los modernos especialistas en el
fenómeno                 de              la              criminalidad                seriada.

Se ha sustentado que los finiquitadores en cadena nunca se suicidan antes de ser
aprehendidos, y que rara vez lo hacen en la cárcel. Aunque con ecos de la vieja escuela
lombrosiana, expertos del prominente calibre de la Dra. Helen Morrison han enfatizado que
el ultimador serial lo es ya en el vientre de su madre durante el embarazo, que lo es en
estado de feto, y aún desde que el espermaozoide fecunda al óvulo y establece la
composición de un nuevo ser. Los genes originarían un cerebro trastornado y enfermo con
tendencia a generar un asesino en serie (cfe:Morrison, Helen, Mi vida con los asesinos en
serie, traducción de Gema Deza Guil, editorial Océano, Barcelona, España, pag. 305)

La lista de matadores secuenciales modernos es muy extensa, y no se avizora que se
vaya a detener en un futuro próximo. En la Edad Media esta incapacidad para comprender
los crímenes en serie hizo que éstos se atribuyeran a hombres lobos o a vampiros. Antes
de la era freudiana las causas sobrenaturales constituían la única explicación para los
asesinatos extremadamente violentos que incluían desangramientos y otras
monstruosidades semejantes. El pueblo creía que tales desmanes únicamente se
justificaban merced a la presencia de elementos demoníacos y a la intervención de
entidades                                                                     malignas.

Pese a que ya en la antigua Roma hubo criminales en cadena, el paradigmático caso
de Jack el Destripador en la Inglaterra victoriana de postrimerías del siglo XIX suele
tomarse como el primer caso que gozó de fuerte resonancia mediática.

En varios de los más espectaculares episodios la lúgubre trascendencia de los mismos fue
causada por la brutal crueldad empleada por el agresor. En otras situaciones, en cambio,
lo que primó consistió en la cantidad desproporcionada de muertes cobradas en la
emergencia. En algunos victimarios seriales prevalece la psicopatía, mientras que en otros
la razón de sus delitos descansa en el impulso sexual. Hay asesinos en serie que buscan
ejercer dominio sobre la víctima, pero también hay aquellos que sólo se interesan por el
cadáver, y que matan procurando ocasionar el menor dolor o terror posible sobre sus
presas                                                                         humanas.

La mayoría de los homicidas secuenciales actúan en solitario. Por caso: Luís Alfredo
Garavito, Ted Bundy, Peter Sutcliffe, Henri Landrú, John Wayne Gacy, Andrei Chikatilo, y
muchos otros más. Pero, igualmente, existen oportunidades donde se trata de un grupo
que comete los crimenes seriales. Ejemplo típico de asesinatos perpetrados por un grupo
resultaron los homicidios del clan de hippies liderado por el lunático Charles Manson
conocido con el mote de "La Familia Manson".
8.
                                               DEC

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   La conspiración policial para encubrir a Jack el Destripador
DESDE THOMAS CUTBUSH AL CORONEL CONDER




Coronel Claude Reignier Conder: oficial de inteligencia británica nominado a haber
sido Jack                              el                              Destripador




Un nuevo candidato a asumir la identidad del elusivo Jack el Destripador ha aparecido en
el horizonteripperiano (y van...). Se trata, en esta oportunidad, de un militar que revistaba
en la inteligencia británica y fue contemporáneo a los homicidios de Whitechapel. Para
más datos, conforme parece, era buen amigo del Comisionado de la Policía Metropolitana
Sir     Charles     Warren.      Su      nombre: coronel     Claude     Reignier     Conder.

El creador de la llamativa teoría es Tom Slemen, prolífico escritor de ficciones vinculadas a
los géneros de suspenso y de terror. En conjunción con el criminólogo Keith Andrews,
desarrolla la conjetura de que el prenombrado coronel Conder y Jack the
Ripper. constituían la misma persona.
Tom Slemen: novelista que se pasa al ensayo y denuncia al coronel Conder




¿Las         pruebas          que           aportan         estos        escritores?
No parecen ser muy efectivas. Señalan que Conder era un militar de inteligencia
preparado en misiones cuasi suicidas y entrenado para matar. Habría desempeñado un
papel clave en la persecusión de los rebeldes irlandeses que en la era victoriana
jaqueaban al imperio de la Gran Albión a fuerza de bombas y atentados.

Aseguran que el coronel era íntimo del máximo jefe de la Policía Metropolitana de
entonces, el general Charles Warren. Los dos militares fueron compañeros de estudios en
el colegio de Chelteham (de hecho los restos de Claude Conder reposan en el cementerio
de                 esa                ciudad                 desde               1927).

Otras aventuras habrían hermanado a Warren y Conder. Es sabido que el primero,
además de su vasta y prestigiosa carrera castrense, actuó como arqueólogo. De acuerdo
destacan, en escavaciones arqueológicas practicadas en Oriente Medio, Warren fue
asistido por Conder, y también trabajaron buscando tesoros y reliquias en el casi mítico
templo del rey Salomón en Jerusalén.
El general             Charles             Warren en                 una            fotografía
donde           se           lo          aprecia           vestido           de           civil




Una vez que Sir Charles se percató de las pistas rituales que el verdugo de rameras
dejaba adrede en las escenas de los crímenes, se valió de su poder a fin de desactivar la
marcha de la indagatoria policial destinada a capturar al responsable de las atrocidades.

Entre tales indicios se cuentan los anillos quitados a Annie Chapman y la prolija colocación
de monedas en torno a su cadáver. Señal más diáfana aún la configuró el mensaje pintado
sobre la pared de la calle Goulston, donde se imprimiera la enigmática
palabra "Juwes" que el general Warren mandó borrar en forma perentorea.

La conspiración policial- militar se impuso para embozar los crímenes que ensangrentaron
aquel otoño de 1888. Sir Charles se negó a perseguir a su colega y amigo. Empero, su
desidia no se debíó únicamente a lealtad y camadería, sino a saber que el coronel Conder
cumplía con órdenes superiores al eliminar ceremonialmente a las meretrices.

¿Motivos? No quedan claras las razones de los asesinatos. No olvidemos que Tom
Slemen, el propulsor de esta hipótesis conspiranoica, constituye un novelista dedicado a
producir cuentos de suspenso y de terror que en esta emergencia innova e incursiona en
el terreno de la pesquisa histórica. Y, a decir verdad, el suministro de pruebas sólidas y de
argumentos          lógicos       no        parece         representar       su        fuerte.

No deviene la primera vez que se maneja una teoría propugnando que una conspiración
de la policía dejó impune los crímenes del matador serial victoriano. La versión del
encubrimiento policial surgió inicialmente en el año 1894, cuando fue redactado
un memorandum de circulación policial interna por cuenta de un connotado mandamás de
Scotland Yard: Sir Melville Leslie Macnaghten.
Sir                  Melville               Macnagthen: fue                    sospechado
de           participar          en          un          encubrimiento             policial




El memorandum escrito por dicho jefe se hizo famoso y sirvió a fin de echar luz sobre tres
presuntos sospechosos (Druitt, Ostrog y Kosminsky), pero en realidad esas notas sólo
tuvieron por móvil la intención de exculpar a un demente llamado Thomas Cutbush, quien
a la sazón era objeto de virulentos ataques por el periódico sensacionalista The Sun, en
los cuales se lo sindicaba de ser el ejecutor de las prostitutas mutiladas por Jack.

El tío del desequilibrado Thomas fungía de Superintendente en el Scotland Yard de esa
época y, sabedor de la culpabilidad de su sobrino, lo habría protegido. Charles Cutbush, el
presunto encubridor, contó con el auxilio de camaradas y de jerarcas para evitar que el
escándalo        no        manchase         a        las       autoridades       inglesas.

De allí que la policía habría preferido desviar las sospechas (a traves
del memorandum realizado por Sir Melville Macnagthen) y se enfocaron en un suicida de
hábitos extraños: Montague John Druitt, que se había arrojado a las aguas del río Támesis
poco después del último homicidio consumado por el Destripador. Al menos así se
pretende en"Jack: the Myth", ensayo fruto del ingenio creativo de la escritora A.P. Wolf,
que           fuese         editado          en           el          año           1993.

Vale expresar, pues, la teoría de la conspiración policial, con su carga de ocultamiento de
pruebas y de deliberado desvío de sospechas, no resulta cosa inédita. Ahora, Tom Slemen
repite en su formulación las tesis conspiranoicas de sesgo militar-policial, cuando propone
al desconocido coronel Claude Reignier Conder para ocupar el sitial reservado al sádico
asesino      del    este      de      Londres.     Nada       nuevo      bajo     el    sol.
DEC

                                    8

 ¿Y si Vincent Van Gogh hubiese sido Jack el Destripador?               LA
                   INSOLITA TEORIA DE DALE LARNER




                  Autoretrato del genial Vincent Van Gogh




Dale   Larner:      este      escritor     y      pintor      estadounidense
es     el        propulsor        de        la        inédita       hipótesis
Por internet se viene, desde el pasado año de 2011, propagandeando la inminente
publicación de "Vincent alias Jack", obra de no ficción en la cual se planteará que el
sobresaliente pintor impresionista Vincent Van Gogh(nacido en Paises Bajos el 30 de
marzo de 1853 y fallecido en Francia el 29 de julio de 1890) habría sido -además de un
orate genial- nada menos que el terrible y elusivo Jack the Ripper.

El artífice de este ingenio lo configura un pintor y escritor afincado en Jacksonville, de
nombre Dale Larner. Desde su sitio web, y a través de videos colgados en la web, el
norteamericano promociona su sensacional conjetura: Jack el Destripador y Vincent Van
Gogh fueron una misma y única persona, lo cual es tanto como afirmar que el bien y el mal
están unidos, y que la brillantez artística y la vesanía criminal han quedado encarnados en
un sólo individuo. A ciento veinticuatro años de consumados aquellos horrendos
asesinatos saldría a luz la verdad, según pretende esta versión de la historia.

Vincent Van Gogh vino al mundo -conforme anticipamos- el 30 de marzo de 1853, siendo
hijo del pastor protestante Theodurus Van Gogh y de la ama de casa Anne Cornélis
Carbentus. Contaba con treinta y cinco años al tiempo en que sucedieron los crímenes del
otoño         de        terror       en          el      este        de         Londres.

No resulta éste el espacio apropiado para siquiera bosquejar la biografía de tan conocido
artista, por lo que a los efectos de esta nota nos limitamos a adelantar que todos los
biógrafos están contestes en que Vincent se hallaba en Arles (sur de Francia) durante el
año de los homicidios victorianos. Residía en su "casa amarilla", pues de ese color era la
fachaba de la vivienda que alquilaba, y donde soñaba con montar un atellier donde
integraría         a        muchos          otros        pintores          impresionistas.

De hecho en 1888, tras insistentes cartas exhortantes, logró que su amigo y mentor, el no
menos genial Paul Gaugin, se trasladase hasta Arles y aceptara compartir con él aquella
finca a la cual arribó el 21 de octubre de ese año. Los lugareños vieron juntos a ambos
artistas retratando sitios históricos de esa localidad y haciendo proyectos, hasta que el 23
de diciembre se dio cita el drama. De acuerdo consigna la versión oficial, presa de uno de
sus empujes psicóticos y luego de una discusión cuyo motivo sigue siendo confuso, Van
Gogh esgrimiendo una navaja de muelle amenazó con matar a Gaugin.

El episodio no culminó en agresión, pero al parecer cuando más tarde Vincent recobró sus
cabales se sintió tan culpable que decidió amputarse, a modo de castigo, el lóbulo de su
oreja derecha. Que continuaba bajo el influjo del desquicio quedó muy claro si
consideramos que, acto seguido, se dirigió al burdel en que laboraba Rachel, su prostituta
favorita,   y   le   ofreció   como     regalo    el   sangrante   trozo   de    órgano.

De la circunstancia de que las meretrices jugaron un rol preponderante en la existencia del
malogrado esteta da cuenta que años atrás, en 1882, convivió con una de ellas, a la cual
recogió de las calles hambrienta y con un hijo en camino. Se vio forzado a cortar la
relación pues, a estar a los dichos de la mujer, su hermano Theo (que le enviaba
regularmente las remesas con que el indigente Vincent se mantenía) se oponía a esos
amoríos. Además, Clasina María Hornik -que así se llamaba aquella-, apodada "Sien",
trasmitió las enfermedades venereas de gonorrea y de sífilis a su protector.
Retrato      de       "Sien"       a      cargo       de      Vincent       Van       Gogh




¿Esta desgracia habría generado en el pintor un afán de venganza y un odio acérrimo
contra las prostitutas?. Tal vez -si en verdad hubiera sido el victimario de aquellas, como
postula Dale Larner- allí podría residir un móvil que, sumado a la desintegración psíquica
que fue sufriendo este hombre, explicaría que hubiera llegado a convertirse en el homicida
serial             más              famoso             de             la            historia.

Pero toda la formulación parece disparatada. Sin entrar a realizar mayores críticas: ¿cómo
explica Dale Larner que Vincent Van Gogh estuviera en el este de Londres, cuando todos
lo     ubican      viviendo     en     el     sur      de       Francia     en       1888?.

Bueno, tendremos que aguardar a la publicación del libro para saberlo, pues no informa de
ello en su sitio web ni en sus videos promocionales. En estos últimos sí proporciona una
pista de cómo fue que concibió la responsabilidad criminal de Vincent: Lo hizo tras analizar
una de las obras pictóricas más célebres producidas por el artista titulada"Los lirios".
Una         de        las        muchas      versiones               de "Los      lirios",
donde      el     pintor     habría   dejado   claves           de     su    culpabilidad




En el aludido cuadro -atento es dable apreciar en sus videos- el acusador cree advertir que
se dibujó el rostro y otras partes del cuerpo de la infortunada víctima Mary Jane Kelly. O
sea, el investigador recurre a la noción de que hay mensajes crípticos plantados adrede, a
manera de gestos satíricos, en las pinturas de Vincent Van Gogh. Propone que si sabemos
leer inteligentemente esos "mensajes ocultos" descubriremos por fin al taimado asesino de
Whitechapel. Pero, honestamente, debe uno gozar de una muy frondosa imaginación para
poder "ver" a la patética Mary Jane Kelly escondida dentro de esa pintura.

Es de lamentar que el autor que venimos citando no exponga sus ideas en forma de
novela, confinándolas exclusivamente en el terreno de la ficción, donde lo estrafalario -si
está presentado con destreza- reviste la virtud de tornar interesante y atractiva a una
lectura. El paso que amenaza con dar Dale Larner deviene mucho más peligroso porque
anuncia claramente que él cree a pies juntillas en lo que pregona, y que lo suyo constituyó
una        ardua      investigación,      una         sólida     hipótesis       científica.

Todo apunta, sin embargo, a que dentro del ámbito de la no ficción esta tan arriesgada
teoría quedará empantanada naufragando en medio de la burla y el descrédito. Pero, en
fín, para dejar sentada una opinión definitiva no tenemos más remedio que aguardar a que
el escritor cumpla con su "amenaza", y que su libro acusando a Vincent Van Gogh de
haber sido Jack el Destripador quede finalmente a disposición del público.
9.
                                            OCT

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            La verdadera historia de Jack el Destripador
UN       CUENTO          "ESCALOFRIANTE" escrito            por Gabriel        Pombo.




Aquel otoño de 1888 había sido espantoso para los habitantes de Londres.
Y no porque la niebla y el frío resultasen más agobiantes que de costumbre, pues al mal
clima       los        ciudadanos          británicos     estaban        acostumbrados.
Lo que llenaba de terror a la población inglesa consistía en unos sucesos mucho más
macabros.
No era para menos. Desde aquel mes de agosto los periódicos no paraban de informar
que en los barrios bajos del este de la capital -sobre todo en el maltrecho distrito de
Whitechapel- un maníaco venía asesinando a mujeres de vida alegre.
Los crímenes tuvieron su inicio en la noche del 7 de agosto cuando Martha Tabran murió
violentamente,       tras        recibir       treinta   y       nueve       puñaladas.
A esa desdichada la acompañaron en fatídico destino Mary Ann Nichols, el 31 de agosto,
Annie Chapman, el 8 de septiembre, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas
durante la madrugada del 30 de ese mes y -después de una engañosa interrupción- la
joven     y     bella      Mary        Jane       Kelly  el    9      de     noviembre.
Algunas        de       las       víctimas       de       Jack        el      Destripador




Con cada nuevo homicidio el ejecutor se tornaba más feroz y más convencido de que
nunca                   lo                 iban                a                   detener.
La espantosa lista de víctimas, lejos de concluir, proseguía agrandándose, y la policía
británica -la famosa Scotland Yard- se mostraba impotente para capturar al sádico
delincuente.
Por si fuera poco, esa tarde se volvió inesperadamente sombría: una falla en el sistema de
farolas a gas, que por entonces iluminaba a la Inglaterra gobernada por la reina Victoria,
sumergió a los londinenses en la más tétrica de las penumbras.
La     reina     Victoria     era    monarca       de      los    ingleses      en     1888




Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador"
estaba             decidido             a           atacar             de             nuevo.
Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, camisa y saco negro, y
corbatín de seda gris. Por último, tras echar encima de sus hombros una amplia capa, se
cubrió       la      testa     con        su     sombrero        de      copa       favorito.
Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín
de cuero -similar al que usaban los médicos de esa época- en cuyo interior escondía un
juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar.
Una vez que avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada
oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún faltaba bastante para que cayera
la                                                                                    noche.
¡Maldito               apagón!,              se               dijo              contrariado.
Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde
solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas.
"Taberna        en        Whitechapel":         pintura       de       Gustave         Doré




Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente las acechaba sigilosamente, y
aguardaba que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por
sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les
cercenaba                                     la                                  garganta.
Esta noche no sería la excepción- pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro.
Sin embargo, esta vez Jack, quien usualmente apenas bebía alcohol, precisaba un trago
de whisky. No lo necesitaba a fin de infundirse coraje antes de matar, pues para él la vida
humana                                   nada                                   significaba.
Deseaba ingerir una generosa ración de licor antes de ponerse a conversar con un extraño
al cual contarle las ideas que rondaban por su cabeza. Quería jactarse de sus tristes
hazañas, y anunciar a otros las maldades que, en un futuro cercano, planeaba cometer.
-Uno será muy asesino, pero es un ser humano al fin y al cabo- se dijo.
La ocasión le venía de perillas porque no se veía nada a causa del apagón, por lo cual
nadie     lo     iría    a    reconocer     ni     podría,   por     ende,     denunciarlo.
Llegaría a una taberna, pediría al cantinero que le sirviera un trago, y hallaría a algún
parroquiano a quien hacer partícipe de sus confidencias y, de paso, pegar un gran susto.
Caminó y caminó, hasta advertir unas luces muy tenues cuyo reflejo le permitió vislumbrar
una      entrada.       Una      taberna       abierta     y     oscura,     sin       duda.
Ingresó, y enseguida oyó el parloteo de varias personas dialogando. Voces masculinas
todas       ellas,      ninguna      voz        femenina      alcanzó      a       percibir.
Tal cosa era normal porque a esa hora tan temprana las mujeres de vida alegre aún no
comenzaban su labor. Sólo había hombres: marineros, oficinistas aburridos, y obreros que
cansados de su jornada en las fábricas acudían a las cantinas para relajarse bebiendo
licor.
Tropezó en medio de la penumbra con una silla sobre la cual se sentó, al tiempo que se
quitaba                  su               sombrero                 de                  copa.
-¡Boby!-                llamó              con                voz                autoritaria.
Cuando no conocía el nombre del tabernero nunca le fallaba requerir ser atendido por
algún empleado que se llamara Boby, dado que el diminutivo de Robert era muy común en
la                                      Inglaterra                                          victoriana.
No fue diferente esta vez, y de inmediato escuchó el rumor de unos pasos aproximarse.
- ¿Qué                   se                   le                   ofrece                      mister?
- Pues que me sirvan una jarra de cerveza.¡No! mejor sírveme un vaso de whisky. Escocés
por supuesto. Esta noche tengo muchas ganas de hablar con alguien, y beberme un
whisky será un buen comienzo- hizo una pausa mientras procuraba distinguir entre las
sombras              las           facciones               de             su              interlocutor.
-En realidad mister, no creo que aquí podamos ayudarlo. Si usted busca con quien hablar
deberá       dirigirse      a        otro       sitio-      fue       la         fría       respuesta.
Jack hirvió en cólera. Era hombre de pocas pulgas al cual le disgustaba que lo
contradijesen.
-Claro que me servirás, cantinerito de cuarta- rugió con mal humor. -Me traerás el trago
que te ordeno, y me escucharás muy atento, te guste o no.-realizó un paréntesis a fin de
dar más énfasis a sus amenazas- ¿Sabes con quién estás tratando mocito? Pues nada
menos que con el tipo al cual todos llaman Jack el Destripador. No necesito aclararte
porqué              me               apodan                así.             ¿No                 crees?
Las rudas palabras del criminal parecieron surtir efecto. El sujeto anónimo pareció tragar
saliva,      y        cambiando         de        tono        le      dijo          respetuosamente:
-Disculpe usted. Con esta tremenda oscuridad uno no puede saber con quien está
tratando. Claro que haremos todo lo posible por servirlo- repuso, y con un gesto rápido de
su             mano                llamó                a              un                 compañero.
Cuando unos pasos se aproximaron Jack oyó que el primero le decía al otro:
-El señor es Jack el Destripador. Nos hace el honor de visitarnos. Ve a la trastienda en
busca      de      una      botella       de     scotch,        de     la       máxima         calidad.
Más calmado, al comprobar que sus órdenes eran obedecidas, el delincuente prosiguió:
-Bien muchacho, así está mejor... Bueno, como te decía, no sé porqué razón, pero
mientras caminaba rumbo a esta taberna me vinieron una enormes ganas de hablar con
alguien, con un desconocido. Y ahora que te has puesto amable creo que te elegiré a ti
para                     hacerte                        algunas                         confesiones...
Jack pudo sentir que la respiración de su anónimo oyente se tornaba más pesada... Este
pobre cantinerito debe estar muerto de miedo, ja, ja - pensó, y esa idea lo puso de ánimo
alegre.
Siempre resultaba bueno sentirse distendido en aquellas noches cuando se aprestaba a
salir      a        "trabajar"        provisto         de        sus         filosos         cuchillos.
Consideraba cosa positiva la adrenalina que le corría al oír los gritos de sus víctimas, y
mientras emprendía la huída por las estrechas callejuelas burlando a los estúpidos
policías. No obstante, sabía que soportar mucho stress era malo para su salud.
- Lo escucharé con toda la atención que usted se merece- respondió suavemente el otro.
- Bien Boby, te contaré porqué maté a la primera. A esa gorda fea, la cual- al día siguiente
leyendo los periódicos- supe que se llamaba Martha Tabran. Yo estaba en la taberna "El
Angel y La Corona" y me aprontaba para retirarme cuando la mujer iba saliendo del brazo
con un guardia de la Torre de Londres. Un muchachito que -se veía a la legua- estaba
gozando de su día franco, y al cual no se le ocurrió mejor idea que gastarse la paga con
una                         apestosa                             como                              esa.
¿Sabes? La muy furcia estaba borracha, y al pasar me dio un pisotón. Sé que lo hizo sin
querer. Pero, ¡por mil diablos! ¡cómo me dolió!, me apretó justo la uña encarnada. Bueno,
claro que no decidí matarla sólo por eso. Pero la seguí hasta la calle para insultarla a ella y
al mequetrefe que tenía por cliente, y al aproximarme logré verle bien la cara...y ahí fue
que me vinieron unas ganas bárbaras de cortar su grueso pescuezo. ¿Quieres saber
porqué?
-No               me              puedo              imaginar.             Dígamelo             mister
-Pues porque la cretina era idéntica a mi tía Etelvina. La muy zorra de mi tía que me hacía
la vida imposible cuando yo era chico. La vieja hace años que está muerta. De niño
siempre quise vengarme de ella, pero se murió antes de que yo llegase a ser adulto. Y
ahora, al verle el rostro bajo la luz de aquella farola a gas a Martha Tabran, supe que mi tía
se                    había                     reencarnado                      en               ella.
Esa fue la primera vez que lo hice. Treinta y nueve tajos le pegué. Tuve que darle tantos
para         liquidarla         porque         el       puñal        lo       llevaba      desafilado.
Después de esa vez siempre voy preparado y llevo al menos un par de cuchillos bien
afiladitos,                                              ja,                                        ja.
-Y a las demás mujeres: ¿También las asesinó porque se parecían a su tía?
-No te hagas el chistoso Boby... Las maté porque le agarré el gustito a la sangre, ja,ja.
Además, con lo idiota que es nuestra policía de seguro nunca me van a atrapar,
-No tengo el gusto de compartir su mala opinión sobre la policía de Londres.
-¿Y tú que sabes de eso infeliz?- como ya hemos dicho al criminal no le agradaba que lo
contradijeran- Aquí en Inglaterra todos los policías son idiotas, ¿me oyes? Y dicho sea de
paso:                     ¿para                    cuándo                    el              whisky?
-Disculpe mister, mi compañero demora porque fue hasta la bodega a buscar un whisky
acorde        a     la      calidad      de      un     distinguido      visitante    como      usted.
-Bueno, pero que no tarde. Me muero de ganas por beber un buen trago. Como te venía
contando, una vez que uno le agarra la mano a esto de cortar cuellos y destripar ya no se
puede parar- hizo una interrupción teatral para asustar a su interlocutor, y remató:
-Y esta noche, cuando salga de esta taberna, pienso despachar a un par de prostitutas
más,                               por                            lo                         menos.
Se quedó aguardando el efecto que surtían sus amenazas. El tipo a esta altura debe
haberse hecho encima de los pantalones , ja,ja, supuso, mientras saboreaba la agradable
sensación                             de                         causar                        miedo.
Sin embargo, un nuevo comentario de "Boby" volvió a sacarlo de sus casillas.
-Como ya le dije, pienso que la policía de acá no es tan tonta como usted cree. Es más,
me parece que su carrera criminal ha terminado, y que ya no podrá asesinar a ninguna
mujer        más-        le      retrucó       con        inesperada       serenidad      el      otro.
-Claro que seguiré despanzurrando prostitutas a diestra y siniestra. ¡No dejaré de matarlas
hasta          que          me         harte!-        bramó         el        homicida       múltiple.
¿Quien se piensa este desgraciado que es?- se dijo-. Como me siga llevando la contraria
abriré mi maletín, tomaré uno de mis cuchillos y le rebanaré el cuello. Lástima que no
puedo                verlo             con             esta             maldita           oscuridad...
Pero antes de que pudiera ejecutar movimiento alguno escuchó a su oponente repetir:
-Le aseguro que su carrera criminal ha terminado y que ya no volverá a lastimar a nadie
más-        el      timbre       del      otro      sonaba       curiosamente         muy     seguro.
Tanta rabia le provocó esa afirmación y el tono con que la misma fue dicha que, por
instinto, Jack adelantó sus manos con ambos puños crispados amenazando hacia las
sombras, hacia donde provenía la voz de aquel impertinente fastidioso.
-¿Cómo te atreves a decirme que ya no podré volver a matar a quien a mí se me antoje?-
rugió            totalmente            fuera           de          sí           el       Destripador.
-Porque usted no se encuentra dentro de una taberna. ¡Estas son las oficinas de la jefatura
de policía de Scotland Yard!- le espetó secamente el agente, al tiempo que cerraba un par
de esposas en torno a las muñecas del atónito asesino en serie.
Cuerpo   de   policía   de   la         época   de   Jack   el   Destripador




                                  10.
OCT

                                       25

   Médicos forenses en los crímenes de Jack el Destripador
AUTOPSIAS Y OPINIONES FORENSES EN LOS ASESINATOS DE JACK THE RIPPER




Dr. George Bagster Phillips: Fue el galeno que participó en más autopsias de las
víctimas canónicas.




Dr.                  Frederick                    Gordon                Brown:
Médico forense de la Policía de la Ciudad de Londres
Dr. Thomas Openshaw: Examinó el famoso trozo de riñón




Dr. Thomas Bond: Intervino en la autopsia de Mary Kelly y opinó que el asesino no
ostentaba     siquiera      los      conocimientos       de      un       matarife




Desde el comienzo fueron motivo de encendida polémica, y de arduo dilema, los
eventuales conocimientos clínicos que pudiera poseer el criminal que durante el otoño de
1888     se    encarnizara     con     las    prostitutas   del East    End londinense.

Un puñado de médicos forenses participaron en autopsias, así como en la elaboración de
reportes vinculados a las víctimas atribuidas a aquel homicida serial. Descuella entre todos
esos profesionales el Dr. George Bagster Phillips, médico forense de la Policía
Metropolitana. Resultó lógico que este galeno apareciera en forma preponderante, en tanto
la mayoría de los asesinatos ocurrieron dentro de la jurisdicción asignada a la Policía de la
Metro                 para                  la                cual                revistaba.

La excepción la conformó el homicidio perpetrado contra Catherine Eddowes a primeras
horas de la madrugada del 30 de septiembre de 1888 en la Plaza Mitre, pues ese crimen
cayó bajo la competencia de la Policía de la City de Londres. Debido a esta circunstancia
jurídica, el médico forense encargado de aquella autopsia devino el cirujano oficial de la
Policía       de       dicha        ciudad: Dr.       Frederick        Gordon        Brown.

También le cupo una actuación subrayable al médico Thomas Bond. Este profesional se
encargó, junto al Dr. George Bagster Phillips, de elaborar el informe de la autopsia
realizada al destrozado cuerpo de Mary Jane Kelly.Pero más llamativo aún fue que Bond
redactó (a solicitud de Scotland Yard) un reporte suministrando el perfil criminológico de la
plausible      la     personalidad      que      tendría     el      matador        múltiple.

En tal sentido, este cirujano representó un precursor en cuanto a los modernos estudios de
perfilación criminal que practican el FBI y otras instituciones policiales y, por ende,
precedió a emblemáticos expertos en materia de perfiles homicidas como, por
ejemplo, Robert K. Ressler. También se recuerda a dicho galeno debido a sus comentarios
enfáticos de que el victimario de aquellas infelices mujeres no había acreditado ostentar
siquiera los rudimentos de disección que cabría esperar en un carnicero o en un matarife.

Otro médico que tuvo un papel de interés, y pasó a la historia relacionado con Jack el
Destripador, fue el Dr. Thomas Openshaw. Este prestigioso patólogo examinó y dio su
parecer respecto del trozo de riñón que llegó por correo, dentro de una caja de cartón
dirigida al Presidente del Cómité de Vigilancia de Whitechapel, el 16 de octubre de 1888.
Openshaw ratificó la naturaleza humana de aquel órgano, y el hecho de que el mismo
pertenecía a un mujer de cuarenta a cuarenta y cinco años de edad, la cual estaba
aquejada, en un estadio avanzado, por una enfermedad característica en los alcohólicos.

Sin embargo, preguntado acerca de si aquella víscera casaba con la de Kate Eddowes (a
quien dos semanas atrás el asesino le quitase su riñón izquierdo) el especialista se mostró
dubitativo, y más bien dejó entrever que el órgano no pertenecía a dicha occisa, sino que
podría haberle sido extraído a un cadáver dispuesto para la disección; o sea, tal vez el
truculento obsequio sólo constituyese una broma gastada por un estudiante de medicina a
costa del entonces mediático George Akin Lusk, que presidía el grupo de perseguidores
civiles              del              mutilador              de                Whitechapel.

Presionados por los jueces en las encuestas judiciales donde debían aportar su testimonio,
y acosados por los periodistas, estos médicos se defendieron como pudieron. Con
excepción del Dr. Thomas Bond, todos los citados (y otros más) dieron a entender que el
feroz maníaco disponía de algún grado de conocimiento anatómico. Aunque no lo
afirmaron rotundamente, tras sus palabras se trasuntaba la sospecha de que el
perpetrador era un colega médico, o un estudiante de cirugía muy diligente, o bien ( en la
última de las hipótesis) podría tratarse de un carnicero o de un matarife particularmente
rápido y habilidoso a la hora de usar el cuchillo.
11.
                                   OCT

                                       8

    El torso de la calle Pinchin: ¿Otro asesinato de Jack el
                          Destripador?
EL   EXTRAÑO   CASO      DEL  TORSO   DE            LA     CALLE     PINCHIN:
¿OTRO       CRIMEN         DE      JACK                  THE         RIPPER?




             El agente William Pennett realizó el macabro hallazgo
El forense Frederick Gordon Brown

se                  encargó                   de                 la                 autopsia




Aún resonaban con insistencia los ecos del llamado "Otoño de Terror" de 1888. El entrante
año de 1889 parecía ir dejando en el olvido aquellos sórdidos crímenes irresueltos. La
excepción se había verificado en el mes de julio, cuando lejos de Whitechapel -coto de
caza del asesino serial- perdió en forma trágica su vida la prostituta Alice McKenzie, a
quien, conforme a la clase de heridas que provocaron su deceso, pronto se la descartó
como posible víctima del mismo maníaco operante en el año anterior.

Pero 1889 estaba destinado a deparar nuevos sobresaltos a la policía británica. El 10 de
septiembre de ese año fue hallado un cadáver femenino con sus miembros amputados
bajo el arco ferroviario de la calle Pinchin, esquina Blackchuch Lane, en San George en el
este,         zona          aledaña          al        distrito     de        Whitechapel.

El agente William Pennett fue el policía que al cual le cupo realizar el hallazgo, en el curso
de una acción de un grupo de uniformados de la división G, comandado por el Inspector
Charles Ledger de la Policía Metropolitana. En las pesquisas emprendidas de inmediato
intervinieron los Sargentos George Godley, Stephen White y William Trick. Pero a pesar
del celo y del esfuerzo expuesto por estos detectives, quienes recorrieron pensiones,
tabernas y alojamientos de mal vivir en busca de información, no se localizaron datos
aptos         para       develar        la       identidad         de         la       occisa.

La tarea principal la llevó a cabo el forense Frederick Gordon Brown que efectuó la
autopsia sobre aquellos restos humanos. También se recabó la opinión de los doctores
George Bagster Phillips y Thomas Bond, los cuales habían participado en autopsias y
reportes de necropsias realizados a varias de las víctimas canónicas del Destripador. La
labor médica desplegada resultó muy concienzuda, pero tampoco echó mayor luz sobre el
caso. Sólo se pudo constatar que la difunta era una mujer morena y robusta que rondaba
los                treinta                 y                cinco                 años.

Lo más relevante consistió en que todos los profesionales actuantes estuvieron de acuerdo
con que en el caso del "Torso de la calle Pinchin" el victimario (si realmente se hubiera
tratado de un homicidio) empleó un método de eliminación del cadáver muy distinto
al modus operandi que utilizaba el ejecutor de 1888. La presunta víctima había sido
desmembrada pero no eviscerada, pues no le habían removido ni sustraído órganos a
aquel cuerpo cercenado. Los miembros que nunca se hallaron devinieron aserrados
cuando              la            mujer            ya             estaba            muerta.
Además, se concluyó que el trabajo de mutilación fue emprendido dentro de una casa u
otro lugar cerrado donde el matador -sin la premura de un ataque consumado en la calle-
dispuso de tiempo y de medios para llevar a término su abominable faena, lo cual
constituía otra de las diferencias con los tradicionales asesinatos del verdugo de
prostitutas victoriano. Y, por último, al desconocerse la identidad, estaba claro que no
podía afirmarse con certeza que la finada ejerciera el oficio más viejo del mundo.
La prensa, a despecho de los rápidos desmentidos oficiales, propaló la versión de que el
torso hallado en la calle Pinchin bien pudo constituir otra obra del asesino de Whitechapel.
La idea no prosperó, ante la falta de aval médico y por la notoria disimilitud con los
crímenes atribuidos a Jack the Ripper. El amputado cuerpo pudo ser material clínico del
cual se deshicieron estudiantes de medicina, y esta fue la posición que prevaleció.

Pese a todo, nunca se descartó totalmente que hubiera sido una lúgubre broma de un
asesino,  aunque    éste   no     fuera   necesariamente    Jack   el   Destripador.
Viajando en el tiempo para atrapar a Jack el Destripador: Una
                       ingeniosa teoría
LA METICULOSA INVESTIGACION DE EDUARDO CUITIÑO




                  El matemático uruguayo Eduardo Cuitiño
              autor de novedosa teoría sobre Jack el Destripador




     Algunas pruebas grafológicas de la caligrafía del máximo sospechoso
Presunta y única fotografía conocida del Dr. Frederick Gordon Brown que le fuera
tomada en 1899 mientras posaba junto a un grupo de policías de la comisaria de
Moor                   Lane (imagen                    de                 abajo)




En la madrugada del 26 de julio de 1882 la joven Ann Bisoph se retiró de su casa en el
Mile End, zona distante del pobre distrito de Whitechapel, luego de una violenta disputa
con su marido. Sin duda, iba muy perturbada a causa de ese enfrentamiento marital y no
advirtió la presencia de un sujeto que sigilosamente la seguía y, sin mediar palabras, la
embistió desde atrás acuchillándola en el cuello. La agresión no fue mortal, y alertados por
los gritos de la víctima acudieron vecinos y policías. Un agente fue a buscar al esposo de
la mujer y lo llevó detenido. A su vez, un vecino reconoció a un médico de treinta años que
transitaba            por         allí         y          le         pidió          socorro.

El galeno, que también era obstetra y por entonces trabajaba humildemente en el London
Hospital de Whitechapel, brindó los primeros auxilios a la agredida y días más tarde,
convocado a la encuesta judicial, aportó su testimonio. Resultaron muy llamativas sus
declaraciones, en tanto opinó que la fémina se había autoinfligido las heridas, y que las
mismas (en cualquier caso) no eran graves. Puesto que el marido de Ann Bishop fue
exonerado por el juez actuante, nunca se desenmascaró al agresor de la mujer, y el
testimonio del obstetra, poniendo en entredicho la credibilidad de la denunciante, ayudó a
que     no      se      llevase    a     cabo      una       pesquisa     policial   seria.

El médico testificante se llamaba Stephen Herbert Appleford, y constituye el primordial
sospechoso que postula la teoría presentada por el matemático uruguayo Eduardo
Cuitiño en su investigación novelesca: "Viajando en el tiempo para atrapar a Jack el
Destripador", texto disponible en formato digital en la web a través de la editorial Amazón.
Algunos especialistas (por ejemplo, Trevor Marriott, creador de "Jack el Destripador.
Investigación del siglo 21", editorial John Blake Publishing, Londres, Inglaterra, 2007)
rescataron a Ann Bishop de los registros, y la nominaron como una primeriza víctima no
fatal de Jack the Ripper. Posee su lógica que el infame asesino haya ido avanzando en
un "in crescendo" de vesanía en su conducta, y que sus iniciales acometidas deviniesen
frustradas, y ejecutadas a manera de torpe ensayo. "La práctica hace al maestro", y este
refrán popular se torna aplicable incluso a los homicidas secuenciales, tal cual nos lo
demuestran          modernos         casos       que      la       criminología       analiza.
El atentado que venimos reseñando opera a guisa de punto de partida en la investigación
de Eduardo Cuitiño quien, transitando por el ámbito de una atractiva novela, permite al
lector descubrir sus impactantes conjeturas acerca de la identidad del exteminador de
rameras victoriano. Appleford, en esta hipótesis, funge de principal ejecutor. Hace las
veces del "Jack el Destripador" que conoce la historia criminal. Pero no hubiera obtenido
sus lúgubres triunfos sin la complicidad de otros dos perpetradores; en especial, del más
connotado de ambos: el cirujano que revistaba para la Policía de la ciudad de
Londres Frederick                                 Gordon                               Brown.
Brown, a diferencia de Appleford, no representa un personaje marginal en la historia
oficial ripperiana. Por el contrario, todos los libros de estudio en la materia recogen su
actuación como realizador de autopsias de víctimas canónicas y colaborador en exámenes
clínicos de otras occisas. Su mayor logro radicó en elaborar el informe de la necropsia
sobre el cuerpo de la cuarta presa humana tradicional de Jack el Destripador, Catherine
Eddowes, mutilada en la Plaza Mitre durante la madrugada del 30 de septiembre de 1888.
En el análisis clínico que practicó al cadáver de aquella víctima, este forense dejó
constancia de que estaban ausentes el útero y el riñón izquierdo. Además, pormenorizó en
forma exhaustiva la entidad de las mutilaciones infligidas, el tipo de arma que suponía se
había empleado para provocarlas, y el orden en el cual -conforme su parecer- se habrían
producido                                aquellas                               laceraciones.
Al declarar en la encuesta judicial subsecuente, respondiendo a una pregunta del
procurador Crawford, el cirujano dio a entender que sólo una persona con avanzados
conocimientos de anatomía humana era capaz de ocasionar esas heridas con tanta
rapidez (aproximadamente en cinco minutos y a oscuras). Destacó que, si bien algunos
órganos como los intestinos eran bastante fáciles de ubicar y retirar, para extirpar el riñón
era necesario poseer gran destreza. Se debía tener en cuenta que el matador lo había
cortado limpiamente, a pesar de que dicho órgano se halla recubierto por una gruesa
membrana                 que              dificulta            su              localización.
Precisamente, este reporte tan minucioso y sugestivo induce los recelos del autor. ¿Qué
mejor manera de saber con tanta certeza cómo fueron las secuencias de aquellas
mutilaciones que haber sido el perpetrador, o el cómplice, del asesinato?. A su vez, Brown
y Appleford eran cuñados, en tanto la hermana del último estaba casada con el primero.
También llama la atención en el ensayo que ambos galenos se convirtieran, a su turno, en
presidentes      de     la     muy     prestigiosa    Sociedad      Médica       Hunteriana.
Los homicidios cometidos por Appleford habrían abierto el camino para el ascenso de su
cuñado, quien adquirió fama gracias a practicar las mediáticas autopsias. Brown, por su
parte, cooperaría en la mejoría socio-financiera de su pariente político. Dato no poco
relevante, si consideramos que la frustración económica que experimentaba el joven
Appleford (contaba con 36 años en 1888 cuando acaecieron los crímenes más resonantes)
configuró uno de los motores de su accionar letal, sumado a su odio a las prostitutas, en
consonancia           con          su          perfil       de "asesino           misionero".
Frederick Gordon Brown tenía una hermana de nombre Frances, de 56 años en 1891. El
24 de abril de aquel año una veterana prostituta británica de la misma edad, recién
arribada a Nueva Jersey, resultó brutalmente masacrada sobre el lecho de un mísero
hotel. Este cruel deceso fue estimado un homicidio tardío consumado por Jack el
Destripador a su paso por los Estados Unidos de Norteamérica. La meretriz sabría de las
sórdidas andanzas de su hermano y su concuñado. Los cómplices temían que la mujer,
creyéndose lejos de su alcance, se aprestase a delatarlos, y por tal razón decidieron
eliminarla. La difunta era conocida bajo el apodo de "Vieja Shakespeare", en lugar de su
verdadero      nombre       la    llamaban Carrie,      y     su    apellido      era Brown.
El libro de Eduardo Cuitiño deviene pródigo en la aplicación de diversas ciencias; desde
matemáticas y estadística, hasta cálculo de probabilidades y grafología. Y a lo largo de sus
doscientas ochenta páginas el lector tendrá ocasión de sorprenderse con sus argumentos
y deducciones, ya sea que comparta o no las arriesgadas conclusiones que en ese texto le
son                                                                               ofrecidas.
Estamos en presencia de una obra polémica, innovadora y transgresora. Un valeroso
esfuerzo investigativo que insumió al escritor dos años de estudio, esculcando en la web
numerosos datos e informaciones que le posibilitaron el armado de esta teoría discutible
(como todas) pero rica en méritos. En un gesto de honestidad intelectual el autor no
asegura que los candidatos por él postulados constituyan el esquivo asesino que aterrorizó
a Londres. Eduardo Cuitiño nos habla de probabilidades, de perfiles criminales. Propone,
eso sí, que resulta extremadamente alto el grado de aproximación que arroja su tesis.
Sin ingresar a la materia científica, la cual escapa al dominio de quienes (como quien
escribe estas líneas) somos legos en las ciencias, no se puede dejar de valorar, sin
embargo, que la información suministrada en esta obra es veraz, y que la forma en que el
escritor plantea su teoría la vuelve por demás entretenida y novedosa.
El texto elaborado por este matemático conforma un esfuerzo intelectual digno de ser
puesto de relieve; a la vez, que implica una aportación legítima que bien debiera hacerse
de un espacio dentro de la muy vasta literatura ripperológica.
12.
                                       SEP

                                       20

            El carretero que no fue Jack el Destripador
OTRA        TEORIA         SIN         FUNDAMENTO                       ALGUNO:
CHARLES CROSS HABRIA SIDO JACK THE RIPPER




A las 3,45 de la madrugada del 31 de agosto de 1888 el agente John Neildescubre el
    cuerpo de Polly Nichols que minutos atrás fuera hallado por Charles Cross




              Buck Row, la sórdida zona donde apareció el cadáver
Mary     Ann     Nichols,    presunta     víctima     del carretero    Charles     Cross




Las teorías e hipótesis sin fundamento pretendiendo determinar y "descubrir" la identidad
del esquivo asesino serial Jack el Destripador no paran de salir a la luz pública.
Prácticamente no transcurren un par de meses sin que otro libro, ensayo o artículo
periodístico   aparezca       presentando   una     nueva    conjetura     al     efecto.

Ahora le toca el turno a un par de supuestos expertos británicos, a saber: Christer
Holmgren y Edward Stow. Circula en Internet que estos dos estudiosos (que con todo
respeto diré que no tengo el gusto de tener de ellos la menor noticia previa) postulan la
tesis de que Jack the Ripper no fue otro sino el carretero Charles Cross.

El carretero Cross, quien según los ripperólogos Colin Wilson y Robin Odell, (JED,
Recapitulación y Veredicto, Editorial Planeta, España, Barcelona, 1989) tenía por nombre
de pila George, pero al cual otros autores designan por el nombre de Charles, fue el
primero en toparse, en la sórdida zona de Buck Row, con el mutilado cadáver de la inicial
presa humana (canónica) atribuida a Jack el Destripador: Mary Ann ("Polly") Nichols.

Las pruebas de la culpa de este casi anónimo individuo se fundarían en que fue visto al
lado (agachado) de la inerme víctima por el segundo hombre que arribó a la escena del
crimen (Robert Paul), quien al igual que él laboraba en el mercado de Billinsgate. Charles
(George) Cross trabajaba para una compañía y transitaba regularmente determinado
trayecto rumbo a ese mercado con su carretón arrastrado por uno o más caballos, el cual
constituía un medio usual de transporte en la Inglaterra victoriana.

De esta circunstancia, quienes lo postulan como flamante candidato, infieren que en
realidad el carretero acababa de asesinar a la mujer y que fingió haberse aproximado por
curiosidad hasta el exámime cuerpo. Al darse cuenta de la cercana presencia de Robert
Paul, muy hábilmente habría disimulado y le pidió ayuda a su compañero.

-Hey, ven a ver a esta mujer, parece que está borracha.- habría exclamado.
A    lo    cual   el otro,   aproximándose,    le    respondió    algo    así:
-No     creo    que   esté    borracha,   esta    tipa     parece      muerta.
Cabe preguntarse empero: ¿Cómo hizo Cross para esconder las manchas de sangre que
necesariamente debían impregnar sus manos y su ropa, tras mutilar a la mujer?.
Nadie tuvo entonces por sospechoso a este hombre, el cual declaró en la encuesta judicial
como mero testigo, y ni la policía ni la prensa le prestaron mayor atención.

Se sostiene asimismo en la nueva teoría que el sujeto suministró un nombre falso y en
realidad no se llamaría Cross. En fin: cabe esperar las pruebas de tal afirmación, pero,
aunque así fuese, parece ser un salto muy arriesgado el que dan los flamantes postulantes
a develar el misterio ripperiano cuando concluyen que este hombre ocultó su apellido
porque en verdad era Jack el Destripador. (¿Nadie se dio cuenta? ¿Tan tonta era la policía
y         la        justicia        británica        de          aquella        época?)

Otra presunta evidencia que apunta sobre Charles Cross como homicida de Whitechapel
estaría dada porque sería más lógico que el Ripper fuera un sujeto gris, común y corriente
que, debido a esa misma opacidad, se mantuvo para siempre impune.

En lo personal -como ya saben los seguidores de este blog- no estoy de acuerdo con que
el notorio asesino constituyese un personaje de alta alcurnia o famoso, ni que fuese
política o socialmente destacado. Me inclino, en cambio, por que el culpable mostraba el
perfil de un individuo común. Un psicópata sin brillo, pero astuto, taimado e inteligente, sin
embargo. No creo que sólo la buena suerte y la casualidad le concedieran su impunidad, a
despecho de haberse generado, en pos de su aprehensión, la mayor búsqueda policial de
aquel                                                                                 tiempo.

Ciertamente un trabajador con un empleo estable como era Cross llena el requisito de no
ser excepcional, sino común, anodino y corriente; pero de ahí a pretender que los
escenarios de los crímenes coincidían con la ruta que recorría en su labor cotidiana, y que
de tanto en tanto (para distraerse quizás) perpetraba un asesinato brutal, parecería que es
llevar las cosas demasiado lejos en lo que a fantasía se refiere.

En fin: Charles Cross, el trabajador de mercado tuvo la desgracia de encontrarse con el
patético cadáver de Mary Ann Nichols esa neblinosa mañana del 31 de agosto de 1888.
Llegó un poco antes que un compañero de labor. Narró ante la prensa y en la encuesta
judicial que detuvo su carro, y que se bajó de él porque un bulto le cerraba el paso en la
calle. Creyó que se trataba de una lona alquitranada que podría serle de utilidad para su
trabajo.

El testigo aseguró que al aproximarse a la figura yacente en las sombras comprendió que
no se trataba de una lona caída, sino del cuerpo inerte de una mujer. Insistió en que,
minutos más tarde en compañía de Robert Paul, advirtió con horror que la fémina estaba
muerta, que la habían asesinado. Espantado salió presuroso junto a su compañero en
busca     de   un    policía, a    quien informarle       del   trágico descubrimiento.

Durante 124 años nadie puso en duda su versión de aquellos hechos. Y todo parece
indicar que no ha surgido prueba alguna que permita poner en tela de juicio ahora lo que el
gris carretero afirmó una y otra vez tanto tiempo atrás.



                                          13.
SEP

                                             9

                La misteriosa muerte de Mary Jane Kelly

MARY JANE KELLY: EL MAS ENIGMATICO DE LOS CRIMENES COMETIDOS POR
JACK EL DESTRIPADOR



 Sin duda la joven y bella irlandesa pelirroja de ojos azules conocida por los motes
de "Ginger", "Fair Emma" o "Jeannette" Kelly resulta la víctima deJack the Ripper cuya
muerte                  arroja                   mayores                    incógnitas.

El 8 de noviembre de 1888, penúltimo día en la existencia de esta mujer, su casi
adolescente vecinaLizzie Albroock había acudido hasta su pieza a visitarla, y allí
emprendieron una ánimada plática que fue interrumpida bruscamente por Mary Kelly,
quien le aconsejó a su oyente: "Hagas lo que hagas, no termines como yo", palabras
sombrías           y           premonitorias         si          las          hay.

El testigo más relevante que informó respecto a las horas postreras vividas por la joven
meretriz fue George Hutchinson, el cual en una tardía denuncia declaró haber visto a la
chica caminando del brazo con un cliente muy particular. El deponente describió con
minucia el aspecto de aquel sujeto, a quien calificó como "extranjero, posiblemente judío".

Tras la defunción de Mary Kelly uno de los testimonios registrados en la encuesta judicial
devendría especialmente conflictivo. Se trató del vertido por un sastre de la calle Dorset
llamado Maurice Lewis. Este caballero insistió que conocía muy bien a la fallecida y al
hombre que fuera hasta pocos días antes su concubino -Joseph Barnett- al cual él
identificaba por el apodo de "Danny". Señaló que vio a ambos de jarana y bebiendo licor
en la taberna "The Horn o´Pienty" en compañía de una vecina de nombre Julia Venturney.

Lo preocupante de esa deposición se centró en la hora en que el testigo aseguró haber
observado al alegre trío, a saber: las diez de la mañana del 9 de noviembre de 1888.
Ocurre que -de atenernos a los reportes forenses- la infeliz muchacha ya había sido
brutalmente masacrada horas atrás y, desde entonces, su destrozado cadáver debía
irremisiblemente estar yaciendo encima del tétrico camastro de la habitación sita en el
número         13       de        la       pensión      de       Miller´s       Courts.

El testimonio del sastre se sumó a otro que dio no pocos quebraderos de cabeza a los
investigadores: el aportado porCaroline Maxwell. Pese a ser contradichas sus afirmaciones
en la instrucción judicial, la mujer se mostró muy sólida en sostener que se había visto
cara a cara con Mary Jane Kelly después de cuándo aquella debía estar muerta. El
encuentro se habría producido entre las 8 y las 8 y 30 del aludido 9 de noviembre en la
esquina de Miller´s Courts. La declarante repitió que no le quedaba la más mínima duda
acerca del horario porque su esposo siempre regresaba de trabajar a las ocho de la
mañana.

A la testificante le llamó la atención comprobar que la atractiva prostituta se hallaba con su
ánimo sumamente decaído, dando indicios de obvios síntomas de malestar, por lo cual le
ofreció ron a fin de levantarle el espíritu en el curso de una breve conversación. También
indicó que, una hora más tarde, la volvió a contemplar hablando con un individuo en el
club Britannia, popularmente conocido como el "Ringers" en honor al apellido del
propietario                    de                     ese                  establecimiento.

Caroline suministró un recuento detallado tanto del aspecto que exhibía aquel hombre
como de la ropa que vestía en ese momento la fémina. La presunta Kelly lucía una falda
oscura, corpiño de terciopelo y un chal marrón. Maxwell expresó que dicha vestimenta era
habitual en Mary, y reiteró que en esa segunda emergencia tampoco se había equivocado
al identificarla. El inspector Frederick Abberline interrogó personalmente a la testigo, la
cual         se         mantuvo         inflexible       en       sus      aseveraciones.

Estas curiosas versiones testimoniales dieron pie a la suspicacia. Por ejemplo, en una
dudosa versión, se atribuyó al inspector Abberline haber consultado con un médico
llamado Thomas Dutton si no era posible que Mary Jane Kelly hubiese sido finiquitada por
una mujer que escapó del teatro del crimen usando las ropas de su víctima para disimular,
y que fuera a ésta a quien los testigos confundieran aquella mañana con la occisa.

Otras conjeturas más estrafalarias aún se formularon, aunque fueron presentadas a través
de obras de ficción. En"The Michaelmas girls" ("Las muchachas de San Miguel"), publicada
en 1975, el autor John Barry Brooks propuso que aquellos testimonios no estaban
equivocados ni eran falsos. Efectivamente fue Mary Jane Kelly la mujer a la cual vieron los
testigos       en        horas       tan        tardías     de        esa         mañana.

¿La explicación?: la chica no fue la víctima cuyo mutilado cuerpo halló la policía en la
lóbrega habitación. Por el contrario, Mary -con la asistencia de un cómplice masculino-
constituía la victimaria, y el lacerado cadáver pertenecía a una pordiosera a la cual el
perverso dúo atrajo con engaños. En consecuencia, Mary y su compinche fueron los
responsables       de     los    crímenes   atribuidos    a    Jack   el    Destripador.

En el mundo de los hechos reales la policía concluyó, sin embargo, que los testigos Lewis
y Maxwell se habían confundido en cuanto al horario o con respecto a las personas que
creyeron ver. No quedaba otra opción que considerar erróneos estos testimonios. El
informe de la autopsia redactado por los médicos forenses George Bagster
Phillips y Thomas Bond precisaba con exactitud el tiempo en que acaeció el óbito, el cual
quedó fijado, como mucho, próximo a la hora cinco de la madrugada del 9 de noviembre.
AUG

                                      25

                    Tipología de asesinos seriales
TIPOS             DE              ASESINOS                 EN            SERIE:
VISIONARIO,        MISIONERO,         HEDONISTA             y        LUJURIOSO




              El "Hijo de Sam", ejemplo de asesino visionario




               "Jack the Ripper", tal vez fue un asesino misionero
Richard Ramirez puede ser conceptuado de asesino hedonista o de asesino
satánico -subespecie dentro de los asesinos misioneros-, pues exhibió rasgos
inherentes a ambos tipos




Theodore "Ted" Bundy, prototípico asesino sexual clasificable dentro del grupo de
los asesinos                                                            lujuriosos
Dentro de las variadas formas de clasificar a los criminales seriales está aquella que
analiza la razón por la cual matan, es decir: la que atiende a los móviles que guían su
conducta                                                                            homicida.
Lo habitual es que tales razones -o falta de ellas- se sepan recién cuando los victimarios
son capturados, y tras entrevistas y exámenes que los psicólogos, los psiquiatras forenses
y otros peritos les realizan en la cárcel. El modus operandi utilizado sirve, asimismo, para
determinar esos motivos propulsores de las matanzas en cadena. Tales estudios han
permitido          sub          clasificar        a        los           asesinos          en
serie            en            varias           categorías             o           tipologías.
Siguiendo una tradicional proposición criminológica, los homicidas secuenciales pueden
catalogarse       dentro      de       cuatro    perfiles    o       tipos,     a       saber:

EL                                  ASESINO                                     VISIONARIO

Resulta tal aquel homicida que llega al crimen luego de creer oír voces en su interior, o
imagina     visiones   que    lo   impelen     a    cometer    sus    fatídicos   actos.

En algunos casos estos fenómenos que experimenta se deben a graves cuadros de
esquizofrenia. Esta clase de perturbado es capaz, no obstante, de separar su vida habitual
de sus crímenes, dado que no se siente en absoluto responsable de ellos.

Un ejemplo de tal psicopatía lo representa David Berkowitz, quien alcanzara oscura
celebridad bajo el alias de "El Hijo de Sam". Este abominable matador aterrorizó a la
población de Estados Unidos durante la década de los años setenta de la pasada centuria.
Ultimaba a balazos a parejas de enamorados que se abrazaban en sus coches a la salida
de cines o de reuniones bailables. Los homicidios los llevaba a cabo cumpliendo -según
adujo- los dictados impartidos por un demonio milenario que había llegado a gobernar su
mente y a quien reconocía cómo "Sam", el cual le transmitía, por intermedio del perro de
un     vecino,    las    órdenes     de    salir    a     las   calles    a    asesinar.

El asesino visionario perpetra sus atrocidades poseído por un estado de trance. Pero una
vez atravesada esa mórbida etapa literalmente "despierta", y puede luego regresar a
atender          sus          ocupaciones         e         intereses         habituales.

Las voces y-o visiones que percibe se recrudecen después de inferir cada desmán. Por
más que el sujeto afectado se resista termina por sucumbir y obedece
los "mandatos" implacables                        que                         recibe.

EL                                  ASESINO                                   MISIONERO
En esta hipótesis, el criminal secuencial se siente embargado por la creencia de que debe
hacer algo en favor de la sociedad. Se considera un elegido, y está persuadido de que sus
víctimas merecen la muerte. Su creencia de estar embarcado en una misión de
saneamiento moral que lo trasciende determina que su autoestima crezca.

Aunque es discutible, el casi mítico Jack el Destripador podría ser catalogado de asesino
misionero. Al menos esta fue una de las primeras conjeturas que se elaboraron para
explicar las motivaciones de sus crueles asesinatos sobre prostitutas, a quienes tal vez
consideraba lacras sociales que debían desaparecer bajo su mano vengadora.
El victimario misionero a veces ataca a miembros de cierto          grupo etáreo o racial,
basándose en traumas de su infancia donde se vio amenazado          por integrantes de ese
colectivo sobre el cual -ahora que es adulto- descarga su           venganza, usualmente
exagerando la importancia de las ofensas recibidas, si es que       las mismas en verdad
existieron.

Se puede incluir dentro de este elenco a los llamados "asesinos satánicos", que se ven
imbuidos por la obligación de asesinar para, de tal suerte, obtener una alta recompensa
por   cuenta    de    entidades    demoníacas     o    de    carácter   supra    natural.

Muchos ejemplos hay de asesinos que podrían conceptuarse satánicos, aunque cabe
resaltar que estos psicópatas generalmente presentan también rasgos inherentes a otras
categorías. Por caso, Richard Ramirez. Este perturbado fue un ultimador en cadena que
se proclamó servidor de Satán, aun cuando su comportamiento sádico de recreación en el
tormento infligido a sus víctimas lo encuadra igualmente dentro del sub grupo de los
homicidas                                                                  hedonistas.

EL                                 ASESINO                                    HEDONISTA
Este tipo de homicida serial innova con cada asesinato puesto que le excitan los desafíos.
El homicidio representa para él una fuente de goce que se torna adictivo, en tanto necesita
repetir la satisfacción alcanzada, viéndose compelido a buscar regularmente nuevas
personas                        a                    quienes                        agredir.

Se recrea percibiendo la agonía que hace sufrir al objeto de su crimen, y alarga el
momento del deceso de éste con el fin de regodearse en su tortura.

Es corriente que introduzca elementos místicos o rituales durante la consumación de sus
fechorías, pudiendo hurtar prendas usadas por sus víctimas, e incluso extraer órganos a
los cadáveres, a manera de trofeos con los cuales buscará reproducir el placer sentido en
el                        acto                          de                         matar.

EL                                ASESINO                                LUJURIOSO
Este elenco criminal abarca a los asesinos sexuales. Estos acostumbran vejar y violar a
sus presas mientras permanecen con vida, y también, tras el fallecimiento de éstas,
practican sobre los cadáveres lúgubres actos de necrofilia y de profanación.

Tal vez el arquetípico asesino sexual de tiempos modernos lo haya constituido el
norteamericano Theodore "Ted" Bundy quien fue ejecutado, tras serle impuesta la pena
máxima por la comisión de catorce feminicidios precedidos de violación.

Los asesinos lujuriosos devienen individuos incapaces de concretar una relación carnal
normal y de mantener vínculos estables, y -al igual que los homicidas hedonistas- se
solazan con el suplicio a que someten a los objetos de su agresión y pugnan por conseguir
la mayor satisfacción posible a través del dolor y del terror que provocan.

Al matador serial lujurioso también se lo conoce como "controlador", en tanto su disfrute lo
obtiene a raíz de la malsana sensación de dominio sobre sus presas humanas, cuya
sumisión          y          sojuzgamiento        absoluto        procura          ejercer.
14.
                                   AUG

                                        1

         Las mujeres que no fueron Jack el Destripador
DE    MARY   ELEANOR           PEARCEY    A       ELIZABETH    WILLIAMS:
MUJERES  ACUSADAS  DE          HABER   SIDO     JACK   EL   DESTRIPADOR




"Lizzie" Williams: la fémina más recientemente acusada de haber sido Jack el
Destripador.
Mary Eleanor Pearcey: asesina ejecutada poco después de los crímenes de
Whitechapel




Elizabeth "Lizzie" Williams, esposa del afamado médico galés de la casa real
británica John Williams es la última candidata presentada para ocupar la esquiva identidad
de Jack the Ripperen su versión femenina. Así se sostiene en una obra de reciente
aparición donde, con peregrinos argumentos, se la postula como asesina de las prostitutas
mutiladas         durante          el       otoño         europeo         de        1888.

Se pretende que Lizzie disponía de algunos esenciales conocimientos de anatomía y
disección gracias a ser cónyuge de un connotado cirujano, y que sus móviles para
asesinar y amputar fincaban en el cerril odio que sentía hacia las prostitutas, porque éstas
podían concebir hijos mientras que ella era infértil. Asimismo se sugiere que la víctima
Mary      Jane     Kelly    era      amante       de      su     esposo,       etc,    etc...

Vale decir, todas las alegaciones utilizadas a fin de fundar la responsabilidad de esta mujer
carecen de cualquier base, devienen disparatadas, y en verdad cuesta creer que la
formulación continúe -hasta el momento en que se escriben estas líneas- circulando con
tanta insistencia a través de Internet, a despecho de tratarse de una hipótesis
notoriamente                                                                        absurda.

Debe subrayarse, empero, que no es novedoso culpar a una mujer de haber constituido el
homicida serial designado"Jack el Destripador". Estas conjeturas siempre han sido
estrafalarias, y en este caso la proposición no es diferente de otras antiguas nominaciones
que                       también                       fueron                     ridículas.

Viendo la fotografía de la cónyuge del galeno John William, y advirtiendo su frágil
constitución, bastaría con ello para descartarla cómo plausible homicida. Pues si algo
caracteriza al brutal matador en cuestión es que debía tratarse de una persona que
gozaba de gran vigor y fuerza muscular. Cabe recordar que precisamente el tema de la
fortaleza física desplegada por quien perpetró los ataques conformó uno de los débiles
argumentos esgrimidos a fin de culpar -años después de su ejecución- a una joven
británica contemporánea a los crímenes del Ripper llamada Mary Eleanor Pearcey.

Esta muy peligrosa fémina consumó sus homicidios en el año 1890, llevando a término el
despiadado acuchillamiento de la esposa e hijo del hombre que por entonces era su
amante. El 23 de diciembre de aquel año, Mrs. Pearcey, contando a la sazón con sólo
veinticuatro años, subiría al cadalso de la prisión de Newgate expiando la culpa impuesta
por sus violentos crímenes. Las fotografías que de ella se conservan la retratan como una
chica delgada, de rostro poco agraciado y hombruno, en el cual resalta una amplia y
prominente                                                                      dentadura.

Se llevó a la tumba varios secretos. Entre éstos, el motivo que la impulsó a realizar un
críptico mensaje que en periódicos de Madrid, España, su abogado hiciera publicar en
cumplimiento de la última voluntad manifestada por su defendida. El texto de dicho
comunicado mentaba: "Para M.E.C.P último pensamiento de M.E.W. No te he
traicionado". Esta extraña acción de la condenada a muerte se interpretó como un aviso
dejado a un cómplice haciéndole saber que, pese a las presiones recibidas, mantuvo la
boca cerrada y no delató ante la policía la participación de aquél en los asesinatos que la
enviaron                         a                         la                       horca.

Nunca se acusó formalmente durante su proceso penal a Mary Eleanor Pearcey, la
matadora de la época victoriana, de haber resultado la pretensa "Jill la Destripadora". Su
postulación para tan oscuro cargo exclusivamente se debió a especulaciones muy
ulteriores             a                su                 trágico                deceso.

Desde el mundo de la ficción se propuso a varias mujeres para el papel de haber sido Jack
el Destripador. Uno de los libros más destacados se editó en 1939 y tuvo por autor al
periodista australiano William Stewart. Su título fue "Jack el Destripador: Una nueva
teoría".

En la trama del mismo la criminal resultaba ser una partera u obstetra de tremenda
potencia física. La comadrona de marras era muy torpe en la práctica de su oficio, y sus
abortos solían concluir fatídicamente con el fallecimiento de sus pacientes. Para cubrir las
huellas de sus errores letales la mujer comenzó a mutilar los cuerpos sin vida de aquellas,
fingiendo que se trataba de los bestiales homicidios cometidos por un loco. La prensa, en
su afán de vender periódicos, fabricó el mito del asesino "Jack el Destripador", extremo
que fue aprovechado por la partera -quien seguía matando involuntariamente a sus
sucesivas pacientes prostitutas- a fin de desviar de sí las sospechas y la investigación
policial.

Dos años antes -en 1937- se había publicado el libro de Edwind Woodhall "Cuando en
Londres caminaba el terror". Aquí una ficticia modista rusa (Olga Tchkersoff ),de
descomunal fuerza, era la asesina que en las brumosas noches se vestía de hombre y
ultimaba a las meretrices. Y es que Olga estaba furiosa con las prostitutas por haber
inducido en el viejo oficio a su inocente hermana menor, la cual murió de una septicemia
tras un aborto mal realizado. Mary Jane Kelly, según esta versión, fue la inductora que
condujo por el mal sendero a la hermana de la modista, y ello determinó que la
desquiciada vengadora desfigurase con mayor saña el cuerpo de aquella infortunada.

Tiempo más tarde, en una sucesión de artículos editados en agosto de 1972 por el
periódico The Sun, un ex policía de nombre Arthur Butler insistió con la teoría de William
Stewart aportando mayores presuntos datos. Según Butler, la innominada partera contaba
con un cómplice masculino que fue el encargado de consumar los crímenes. Y ello porque,
de acuerdo con esta formulación, además de mediar errores abortivos que provocaron los
decesos de las meretrices, al menos dos de las posibles víctimas del Destripador
perecieron          a            manos          de              este           compinche.

Se pretendió que Emma Elizabeth Smith chantajeaba a la partera amenazándola con
denunciarla a las autoridades si no le pagaba una gruesa suma de dinero a cambio de su
silencio. Las prácticas abortivas eran castigadas duramente por la legislación inglesa de la
época, y la desesperación por evitar una denuncia que suponía largos años de cárcel
indujo a la amenazada mujer al asesinato de la chantajista. Su amigo la eliminó, y entre
ambos apalearon con ferocidad a esta fémina, la cual fallecería el 3 de abril de 1888 en el
hospital      de      Whitechapel       tras     sufrir   una        barbárica      golpiza.

Igual desgracia recayó el 7 de agosto de ese año sobre Martha Tabram, quien resultó
victimada mediante múltiples cuchilladas por el sanguinario cómplice de la obstetra. La
razón argüida aquí fue que Martha acompañó a una joven compañera de oficio de nombre
Rossie para que la partera le ejercitase un aborto. La chica desapareció presa de la
torpeza ejecutiva de la comadrona. Como Tabram los importunaba, con sus insistentes
preguntas    acerca     del   paradero    de     su   amiga,    decidieron    ultimarla.

Estos homicidios se consideraron labor de un criminal demente y salvaje. El "Asesino de
Whitechapel" al cual más adelante se bautizaría "Jack el Destripador". Luego sobrevino
una retahíla de errores abortivos que precipitaron a la muerte a las ´victimas "canónicas",
desde "Polly" Nichols a Mary Jane Kelly, y las amputaciones post mórtem infligidas a los
cadáveres tuvieron por finalidad hacer creer a los investigadores que aquellos óbitos por
fallidos abortos en realidad constituían la abominable faena de un matador de prostitutas.

En fin: tal cual cabe advertir, tras este breve repaso, las muestras de fantasía literaria
donde se atribuye a mujeres la condición de haber sido Jack the Ripper ya han recorrido
un largo y azaroso camino, y no parecería que el libro en el cual se responsabiliza a la
cónyuge del médico John Williams resulte ser la última perla de este collar.
15.
                                     JUL

                                     26

          Asesinos satánicos: Daniel y Manuela Ruda
ASESINANDO POR SATANAS: DANIEL Y MANUELA RUDA




          La pareja de desequilibrados con su excéntrico atuendo




Manuela   Ruda     en     su    juicio     haciendo   una     señal   satánica
En el año 2001 en la pequeña localidad alemana de Bochum tuvo efecto un extraño y
horroroso crimen. A lo largo de su sensacional proceso penal, ventilado al siguiente año,
los acusados -el joven matrimonio formado porDaniel y Manuela Ruda- trataron de
justificar la razón de su delito invocando haber recibido órdenes superiores provenientes -
según                  ellos-              del               propio              Demonio.

También mencionaron frases de famosos ocultistas como Anton Lavey y Alesteir Crowley,
buscando de tal suerte ofrecer una perturbada explicación a su brutal homicidio. Y es que
el salvaje asesinato perpetrado por los cónyuges Ruda configuró uno de los más
repugnantes    y    vesánicos     que     la   mente     humana      soporta     imaginar.

La presa humana del desalmado dúo devino ultimada en el mes de julio de 2001. Se trató
de Frank Haagen, de treinta y tres años, compañero de trabajo y amigo de Daniel Ruda.
Los agresores lo habían invitado a su casa a pasar una velada nocturna, pero en cierto
momento Daniel lo atacó de improviso con un martillo, aporreándolo repetidamente en la
cabeza. Manuela colaboró impidiendo la huida del atontado y desesperado Haagen
asestándole frenéticas cuchilladas en el corazón antes de que éste pudiera trasponer la
puerta                                    en                                   entrada.

Mientras su amigo agonizaba caído sobre el piso de la sala de estar, tras la tormenta de
golpes y tajos padecida, los sádicos procedieron a quemarle la espalda con cigarrillos y
bebieron la sangre que manaba copiosamente desde las numerosas heridas abiertas. Se
ocuparon de dejar impresas en la piel de la fallecida víctima las marcas de la estrella de
cinco puntas o pentagrama. En unas notas halladas entre sus pertenencias al momento de
ser capturados la policía encontró párrafos que explicaban esta conducta en cuanto a los
sangrientos                                                                     grabados.

Allí se describía el valor místico del pentagrama o telegramatón como símbolo de
dominación del espíritu sobre los elementos de la naturaleza. El matrimonio Ruda
compartía la creencia de que cuando se imprimía, sobre la piel de una víctima, ese
símbolo mágico dibujado con la punta hacia abajo, se invocaba y obtenía la protección de
los tenebrosos. De acuerdo refirieron los homicidas a sus aprehensores, el
pentagrama: "Es la Estrella Flamígera, es el verbo hecho carne, y cuando su rayo apunta
hacia           abajo          representa           al          Macho            Cabrío"

En su consiguiente juicio criminal estos enajenados insistieron en que actuaron dirigidos
por las palabras de sus guías espirituales en materia demoníaca inspirándose, en
particular, en las ideas propugnadas por los aludidos profetas esotéricos Anton Lavey y
Alesteir                                                                        Crowley.

No dieron muestra alguna de arrepentimiento porque estaban convencidos de haber
obrado a modo de vehículo de irresistibles fuerzas que los trascendían. La mujer, con la
testa rapada y una cruz invertida tatuada encima de su calva, proclamó: "¡No fue un
asesinato! ¡Fue la ejecución de una orden! ¡Satán nos lo ordenó! Simplemente tenía que
ser hecho. Nosotros queríamos que la víctima sufriera bastante antes de morir".
Ambos desquiciados aseguraron estar persuadidos que una vez fallezcan se trasmutarán
en vampiros, alcanzando así la vida eterna. En una de las sesiones de su causa judicial
Manuela rogó que cerrasen las ventanas del tribunal porque no podía tolerar la claridad de
la luz solar, puesto que ella era una criatura de la noche. También relataron haber vivido
durante largo tiempo en Escocia e Inglaterra, y detallaron cómo conocieron a vampiros
reales                                      en                                    Londres.

Acostumbraban vagar en horas nocturnas por los cementerios en ruinas y por los bosques.
Habrían dormido dentro de ataúdes enterrados, y disfrutaron con esa sensación. La
asesina, en especial, refirió que dos años antes de cometer el crimen había pactado con el
Diablo, a quien entregó su alma en estricto acatamiento de los compromisos asumidos. El
demencial asesinato por el cual fueron condenados representaba parte ineludible del
convenio      satánico      arribado    con     el    Príncipe     de    las     Tinieblas.

El tribunal provincial de Bochum no tardó en pronunciar sentencia. Se sancionó a la
perturbada pareja a purgar un total de quince años de cárcel, así como a recibir
tratamiento psiquiátrico hospitalario hasta que muestren síntomas de recuperación de sus
severos trastornos mentales; progreso que daría la impresión de resultar muy poco
factible,         a            la           luz         de          los          hechos.

Sin embargo, algunas de las respuestas brindadas por los encausados al contestar
preguntas del fiscal no parecieron sugeridas tanto por la locura cuanto por el cinismo. Por
ejemplo, Daniel Ruda se declaró inocente y requirió que lo dejaran en libertad en forma
inmediata     alegando      constituir   una     mera      herramienta     del      Maligno.

En apoyo de su petición el imputado ofreció a jueces y jurados el pérfido razonamiento de
que: "Cuando un borracho provoca un accidente de tránsito, a nadie se le ocurriría acusar
al automóvil".
16.
                                    JUL

                                    19

   Alesteir Crowley. ¿Agente demoníaco, místico, charlatán?




           El presunto iluminado vestido con su particular atuendo




Alesteir        Crowley             en             clásica           fotografía
Un       juvenil        Crowley        portando         su        exótica        ornamenta




De casi todo se ha acusado a Alesteir Crowley.¿Agente de Lucifer, místico, charlatán?. Tal
vez fue un poco de cada una de estas cosas. Personaje extraordinario del siglo XX, sin
embargo, este hombre dejó su singular impronta sobre las sociedades ocultistas.

En una de las más recientes acusaciones que se le endilgan lo imputan de ser el
responsable de la sucesión de misteriosas muertes acaecidas luego del descubrimiento de
la                   tumba                   del faraón                   Tutankamón.

Edward Alexander Crowley vino a este mundo el 12 de octubre de 1875 en el seno de una
familia inglesa acomodada (su padre fue un magnate cervecero). El dinero que heredó de
su acaudalado progenitor le posibilitó llevar una existencia de leyenda, aunque con el
andar el tiempo supo acrecentar sus arcas por méritos propios, ya que decenas de
seguidores          solventarían        sus        emprendimientos          mesiánicos.

Fue igualmente un poeta y un escritor radical, además de mago, drogadicto y bisexual. La
prensa lo fustigaría con acritud aplicándole epítetos tales como "El hombre más malvado
del mundo" y "La gran bestia 666". Definió a su doctrina esotérica "Iluminismo científico",
método que, conforme adujo, cuando deviene utilizado e interpretado adecuadamente,
sintetiza la sabiduría humana suprema. Los mensajes crípticos de sus teorías resultaron
difundidos     por     conducto     de     la    revista The   Equinox -El    Equinocio-.

Entre otras curiosidades, se cuenta que Alesteir fue quién le sugirió al líder Winston
Churchill el empleo del símbolo de la "V" de la victoria, mediante la exhibición de los dedos
mayor e índice de la mano derecha. Durante la Segunda Guerra Mundial se presentó ante
la opinión pública como un patriota inglés, y apoyó a los soldados en lucha remitiéndoles
panfletos con inflamados poemas y pentagramas místicos que -de conformidad pretendía-
garantizaban      el   triunfo    bélico     de    las    fuerzas    armadas      aliadas.

Logró comandar la antigua asociación hermética Golden Dawn, no sin antes chocar contra
miembros prominentes de la misma. Por caso, el literato William Butler Years, y S.L. Mac
Gregor Matthers. En dicha entidad Crowley principió a ejercitar ceremoniales exóticos,
inspirándose en las instrucciones de un remoto manuscrito del siglo XV conocido por el
nombre     de "El   libro    de   la   magia    sagrada      de   Merlín    el    Mago".

Lo radiaron de esa secta por causa de sus actitudes rebeldes y contestatarias, pero pronto
fundaría la Astrum Argentum. También actuó con singular brillo dentro de la renombrada
orden ocultista OTO (Ordo Templis Orientalis), sociedad másónica rosacruz para la cual
redactó          los        textos        de          una          misa          gnóstica.

Años más tarde, se retiró a Escocia donde instaló una magnífica mansión emplazada a las
orillas de lago Nees, a la cual bautizó: "Palacio de Boleskine". Observaba la manía de
cambiarse de alias y, entre los muchos que utilizó al cabo de su luenga vida, se cuentan
los de Conde Vladimir Svareff, Master Terrino, Príncipe Chiog Kim, Baphomet, y Lord
Boleskine.

En el correr de su estadía en Norteamérica, una vez concluida la Primera Guerra Mundial,
estrechó relaciones con personas de variopinta opción sexual para -según alegara-
reforzar así el alcance y poderío de sus ceremoniales gnósticos. En este país conoció a su
segunda esposa, Leah Hirsing, a quien calificó herméticamente "Mujer Escarlata", y la cual
contó     con     la Baronesa    Vittoria   Cremers como     su    primordial    asistente.

Estando en Italia fundó la llamada Abadía Thelema, en la ciudad de Cefalú, Sicilia. Allí se
dedicó a organizar a un reducido grupo de devotos con los cuales consumaba orgías
sexuales en pos de potenciar la eficacia de sus rituales mágicos. El régimen fascista
de Benito Mussolini lo expusó de esa nación, tras el escándalo desatado a raíz de la
muerte de un adepto a la orden, debida a intoxicación por la ingesta estupefacientes.
Aparte de ese trágico hecho, las autoridades itálicas lo consideraron un espía británico y,
pese a que dicha acusación era falsa, el propio Crowley se encargó de propalarla con el
objeto                      de                     auto                    promocionarse.

Ya había despertado -gracias a sus actitudes excéntricas- la atención pública desde
tiempo atrás. Por ejemplo, en el transcurso del año 1901 se encontraba residiendo en
México cuando se enteró del fallecimiento de la reina Victoria. Acto seguido, delante de
testigos, se puso a bailar una pretendida danza ceremonial azteca, al tiempo que
exclamaba jubiloso que por fin vendría la era de la luz. Y es que, conteste con la opinión
de este seudo profeta, la anciana monarca representaba el símbolo del más arcaico
oscurantismo y de la máxima intolerancia política, social y religiosa. En aquel país
centroamericano, asimismo afirmó haber descubierto y perfeccionado un sistema centrado
en      fórmulas     alquímicas      que       le      permitía     volverse     invisible.

Poco después, avanzando el año 1904, sacó a publicidad el primigenio de sus ensayos de
largo aliento, a saber: "El libro de la Ley", cuyo principio crucial consistía en "Haz lo que
quieras", de consuno con el cual no existe otra ley por encima de la voluntad individual. A
través de ese trabajo literario desarrolló una intensa apología a la libertad sexual, así como
al consumo sin trabas de las drogas, los alucinógenos, y al ejercicio de las prácticas
mágicas. Todo ello se relaciona con lo que dio en llamarse "Cultura Thelémica",
manifestación social que, de hecho, configuró un adelanto temporal al
movimiento hippie operante en Estados Unidos por la década sesenta de la pasada
centuria.

Para las sociedades demoníacas la obra y el ejemplo proporcionado por este gran adepto
conformó una fuerte influencia de la cual daría cuenta, años más adelante, la fundación de
la denominada "Iglesia de Satán", a cargo deAnton Lavey, en California, la cual lo tuvo por
uno            de            sus             más            fecundos             mentores.

El extravagante iluminado murió en plena ruina económica durante el decurso del año
1946 en una casa de huéspedes situada en la localidad de Hasting, condado de Sussex,
Gran Bretaña, a consecuencia del agravamiento de una enfermedad asmática crónica. De
acuerdo comentó la enfermera que lo atendiese en sus instantes postreros, sus últimas
palabras fueron: "A veces me odio a mí mismo".
17.
                                      JUL

                                      13

            Jack el Destripador en el teatro uruguayo
JACK   EL      DESTRIPADOR            EN      EL          TEATRO   URUGUAYO:

UNA         ORIGINAL              Y            TALENTOSA            APUESTA.




                 Cartel publicitario de la obra teatral




                 Daniel Salomone: Guionista y director
La   actriz    María    Inés    Caramelli     interpreta    a   una     de    las   víctimas


En estas vacaciones de julio viene teniendo cabida una original y talentosa versión teatral
sobre Jack el Destripador. Un prometedor y juvenil elenco artístico de la Compañía Teatral
Aventura asume el desafío de adaptar al particular ambiente del Castillo Pittamiglio una
versión libre de los crímenes y la identidad del asesino serial más enigmático de la historia.
Daniel Salomone es el guionista y director responsable de esta escenificación, y posee el
gran mérito de capitalizar, con inusual destreza, un corto elenco compuesto por los
actores Román Indart (que personifica a un ficticio reportero obsesionado por Jack),
y Fabián Bragunde, y por las actrices Noelia, María Inés Caramelli y Fernanda Prieto,
quienes            fungen           en          el         rol          de          víctimas.
¿Cómo con apenas cinco protagonistas puede llevarse adelante la convincente
representación de un caso criminal donde intervinieron, en la vida real decenas, y hasta
centenares,                                   de                                personajes?
La explicación la proporciona la pericia del director, el cual maneja a la perfección los
tiempos y los cambios de escenario. Cabe destacar que en el teatro del Castillo Pitamiglio
los espectadores van recorriendo distintas salas en una peregrinación por los sórdidos y
muy logrados ambientes de ese recinto dotan de intenso dinamismo a la acción.
Poco importa que el guión refleje una hipótesis creíble respecto a la identidad del matador.
Se trata de una versión libre y su virtud consiste, precisamente, en eso. La puesta en
escena mantiene la atención del espectador mediante ingeniosos ardides teatrales y
prolijas interpretaciones. Durante algo más de una hora el espectador se sentirá
participante, y le costará sustraerse a la atmósfera de una recreación que lo irá alejando
del Uruguay actual y lo transportará al brumoso Londres victoriano de fines del siglo XIX.
Una taberna-burdel constituye el epicentro del drama. Allí se recordarán las muertes de
Mary Ann Nichols y de Annie Chapman, para posteriormente concretarse los decesos de
Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly a manos del Destripador. En medio
de la tragedia un atribulado periodista se enamora de una de las chicas y emprende su
personal búsqueda del homicida, el cual es representado -en esta atractiva ficción- como
un                                   fantasma                                 enmascarado.
En suma: una obra disfrutable y plena de mérito. Una demostración de que jóvenes
actores uruguayos pueden personificar con soltura un drama emblemático en los anales
del horror de la criminología mundial.
JUN

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         Asesinos seriales de la antigüedad: Gilles de Rais
LOS ANTIGUOS Y HORRIBLES CRIMENES DE GILLES DE RAIS




                     El Barón Gilles de Rais en su gallardo esplendor




Representación     de   Juana    de   Arco    y   su   fiel   Escudero   Gilles   de   Rais




Uno de los primeros -o tal vez el primero- de los asesinos en serie que registra la historia
lo configuró el Barón Gilles de Rais, motejado como "Barba Azul". Se trató de un personaje
casi mítico al cual se consideró un héroe medieval de los franceses, dado que fue un
notable guerrero en la lucha de su pueblo contra los británicos, llegando incluso a ser
nombrado Escudero de la gran heroína y visionaria cristiana Juana de Arco.

Empero, lastimosamente, de muy poco le valdrían estos méritos y las altas prendas
personales que en apariencia lo engalanaban, pues había un costado oscuro dentro de
este hombre, y ese lado siniestro se fue apoderando cada vez más de él con el andar del
tiempo.

El individuo que estaría destinado a constituirse en uno de los criminales secuenciales más
espantosos de todos los tiempos tuvo su nacimiento en el año 1404 en el castillo de
Champctocé, región cercana a la actual ciudad de Nantes, Francia, y creció en el seno de
una ilustre familia (Laval-Montmorency). Su madre, Marie de Craon, formaba parte de una
de las prosapias más poderosas y acaudaladas del reino. Su padre, a su vez, era un noble
que se destacó por su carrera militar al servicio del rey de Francia.

Cuando muere asesinado su progenitor en la batalla de Azincourt en 1415, y ulteriormente
fallece su madre, Gilles de Rais pasa a ser el exclusivo heredero de una enorme hacienda
familiar que abarcaba desde Gran Bretaña hasta Poitou, y desde Maine hasta Anjou.
Quedaría bajo su control, pues, una riqueza y un poderío inmensos para esa época, los
cuales sólo cedían frente a la opulencia y fuerza bélica del propio rey francés.

Tras quedar huérfano, su educación pasó a manos de su abuelo materno, Jean de Craon,
aristócrata despótico y violento. A partir de temprana edad, Gilles ingresó bajo las órdenes
del monarca galo Carlos VII y fue sumando honores militares ganados en los campos de
batalla hasta alcanzar el grado de Mariscal de ejércitos franceses.

Cuando Juana de Arco resultó capturada por los ingleses y, posteriormente, ejecutada, su
Escudero volvió desconsolado a sus posesiones, abandonando para siempre la vida
castrense. En sus castillos se dedicó a la nigromancia y a la búsqueda de la piedra filosofal
de los alquimistas. Para ello contrató a Preslatti, un presunto mago y alquimista italiano
que lo vinculó a la magia negra y a las prácticas de hechicería, como forma de conseguir la
preciada                y               esquiva                piedra              filosofal.

Gilles De Rais seguía gastando ingentes cantidades de dinero sin encontrar la ansiada
contraprestación, así que, desesperado, aceptó el consejo de Preslatti de celebrar misas
demoníacas donde, a cambio de la obtención de poderes supremos, suscribió un pacto
con Satán. El Príncipe de las Tinieblas -conforme aduciría el Mariscal- lo conminó a
sacrificar                                                                        niños.

Luego de realizada su primera ofrenda al Maligno, el noble adquirió el gusto por la sangre
y, secundado por sus subordinados, empezó a seducir infantes de clase baja, a los cuales
atraía mediante la promesa de que servirían de criados en sus posesiones. Una vez dentro
de sus castillos, el enajenado los haría asesinar sádicamente. Arrancaría las cabezas de
las jóvenes víctimas, no sin antes sujetarlas a inenarrables tormentos y vejámenes. En su
ulterior proceso se estimó que había victimado a más de doscientos niños y adolescentes,
por más de que nunca se determinó con certeza la cifra exacta.

Los rumores de estos homicidios seriales llegaron a oídos del Obispo de Nantes, Jean de
Malestroit, el cual ordenó que se abriera una investigación de los hechos. En lugar de
conducirse con prudencia, al saber que estaba bajo vigilancia, esa noticia enfureció al
aristócrata tornándolo desafiante. El día de Pentescostés el Barón irrumpió en una misa,
penetrando en la Iglesia de Saint Etienne de Mer Norte montado a caballo y al mando de
sesenta hombres armados. En esa ocasión, hizo prisionero al Fraile Jean de Le Ferón,
religioso que -días atrás- lo había acusado de comprar ilegalmente un terreno.

En definitiva, aquel insensato acto de violencia se convertiría en su perdición porque -por
más que la justicia gala de entonces no le concedía mayor importancia a las denuncias por
desapariciones de niños y adolescentes plebeyos- una cosa muy diferente era atentar en
perjuicio de la dominante Iglesia Romana. Así fue como el 13 de septiembre de 1440 el
Obispo de Nantes atribuyó oficialmente al Barón Gilles de Rais los cargos de herejía,
asesinato de menores, pactos demoníacos, y numerosos delitos contra natura.

Dos días después, las tropas monárquicas lo detuvieron sin que ofreciera resistencia. El
juicio se formalizó durante un mes en el castillo de Nantes. Aunque al principio el arrestado
negó la responsabilidad que se le imputaba y trató con desprecio a sus interrogadores,
más tarde -ante el temor de ser torturado por la Inquisición- cambió de parecer, y se
declaró culpable de haber inferido muerte, sodomizado, y sometido a suplicio a -al menos-
trescientos                                                                             niños.

El 22 de octubre de 1440 el reo pidió públicamente perdón por sus desmanes y, cuatro
días más adelante, sería ahorcado junto a dos cómplices. En atención a su calidad de
noble los jueces mandaron que sólo fuera quemada una parte de su cuerpo -y no la
totalidad del cadáver, cual era la costumbre-, y sus restos fueron incinerados. Antes de ser
segada su vida, el condenado recibió la asistencia espiritual que había solicitado a manera
de última voluntad.
18.
                                           JUN

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   Pablo Borrás y sus homicidios: Un caso uruguayo de Spree
                             Killer


PABLO              BORRAS                      Y            SUS               CRIMENES:
LA            FAENA       DE                       UN        "SPREE              KILLER"




El 5 de marzo de 2008 un brutal asesinato múltiple llevado a cabo a cuchilladas en
perjuicio de cuatro personas en una lejana estancia del Departamento de Colonia se erigió
en tapa de portada de todos los periódicos uruguayos. Escasos días más tarde caerían
presos los participantes de la matanza, incluido el único ejecutor personal e ideólogo de la
acción: un sujeto de 31 años llamadoPablo Cesar Borrás, pariente de dos de las víctimas.

El móvil fue el robo. Pablo imaginaba hacerse con una abultada cantidad de dinero -
doscientos mil dólares aproximadamente- que suponía ocultos en la estancia "La Teoría",
asiento del establecimiento comercial quesero de su abuela Alicia Schewyn, de 72 años.

El rápidamente confeso victimario actuó movido por una mezcla de afán de rapiña
económica y sed de venganza. Al parecer, desde pequeño su abuelo le contaba historias
de acuerdo con las cuales la rama de su familia a la que pertenecía la señora Schewyn
había estafado a los parientes directos del muchacho, apropiándose de valiosas tierras
emplazadas       en       la     feraz      localidad     de      Nueva       Helvecia.

Borrás era enfermero y vivía en concubinato con la madre de una menor hija suya de 9
años. Aquellos que lo trataban no lo conceptuaban peligroso, si bien era de talante
taciturno y dado a explosiones de mal genio. Se pasó un año rumiando y planeando los
pormenores      de     su     ataque    al    establecimiento   de     su    abuela.

La tardanza en concretar la tropelía no se debió tanto a la inseguridad o la vacilación de
quien hasta ese entonces sólo había incurrido en el modesto delito de hurto de energía
eléctrica, que dos años atrás le valiera una corta condena. La verdadera dificultad radicó
en conseguir cómplices determinados a embarcarse en aquella peligrosa aventura. Pero
por el mes de febrero de 2008 ya había convencido a cuatro jóvenes para que lo asistieran
en                       su                        empresa                        delictiva.

A ninguno de sus compinches el futuro asesino le confió abiertamente su propósito de
matar, sino que se limitó a tentarlos con un apetitoso cebo destinado a inducirlos a la
acción: los supuestos doscientos mil dólares que su abuela guardaba en un cofre. Sin
embargo, los secuaces deberían haber comprendido que su cabecilla estaba resuelto a
asesinar cuando se negó a aceptar la sugerencia de ir munidos de capuchas que evitaran
la                                                                       identificación.
Deviene posible que los embriagantes efectos de la cocaína, que consumieron horas antes
de subirse a las motocicletas que los conducirían a la escena del crimen, fuera la causa de
que sus seguidores no advirtieran la ostensible intención homicida que animaba a su líder.

Aparentemente el jefe de la pandilla, quien no frecuentaba la estancia desde hacía más de
quince años, creía que sólo iría a hallar allí a su abuela, a la cual había decidido ultimar. La
realidad consistió en que esa tarde, cuando los asaltantes llegaron al casco de la estancia,
los salió a recibir Daniel Bentancourt, de 42 años, responsable de la producción quesera y
concubino de la hija de la dueña, Alicia Borrás Schewyn, prima de Pablo Borrás.

Tras un escueto intercambio de palabras el mandamás de la banda encañonó al
desprevenido encargado y, acto seguido, a su prima, quien había salido a ver qué pasaba,
y le ordenó a sus subalternos que los amarrasen a un árbol. Lo propio se hizo a
continuación con el peón de 74 años Higinio Mesa. A la anciana dueña, por su parte, la
ataron en la misma silla desde donde miraba televisión en la cocina de la estancia. Con
todos los presentes reducidos los malhechores se pusieron a buscar dinero localizando
únicamente      una      cifra    próxima      a     los     veinte      mil     dólares.

La decepción del cabecilla era notoria. En particular pensó que Daniel Bentancourt -quien
lo trató de apaciguar entregándole un billete de cien y otro de veinte dólares que, según le
aseguró, era todo cuanto tenía- se estaba burlando de él. Esa mal interpretada resistencia
pareció ser el detonante de la tragedia porque, seguidamente, muy excitado Borrás
exclamó a sus compañeros: ¡Estamos hasta las manos! ¡Nos vieron y tenemos que
matarlos                                       a                                      todos!

Como ninguno de ellos se decidía, el asesino puso manos a la letal faena por sí mismo.
Degolló a Daniel Bentancourt y, luego, infiriendo feroces incisiones con su cuchilla de
veinte centímetros de hoja, le segó la vida a su abuela, a su prima Alicia -que estaba
embarazada-         y         al       anciano         peón        Higinio       Mesa.

No le resultó nada difícil a la policía de Colonia atrapar, pocos días después, al múltiple
matador y a sus secuaces; ya que estos últimos fueron tan torpes que, no bien huyeron, se
dedicaron a comprar costosos equipos deportivos y electrodomésticos, exhibiendo de
todas las maneras posibles los cuatro mil dólares que la fechoría le había reportado a cada
uno.

Al victimario se le condenó a cumplir la sanción máxima que admite el Código Penal
uruguayo, a saber: treinta años de penitenciaría, más quince años de medidas de
seguridad. Sus tres cómplices directos fueron condenados en calidad de coautores por el
delito de homicidio especialmente agravado, y se los envió a purgar su castigo al penal de
Libertad junto con el ejecutor. Otro sujeto recibió una condena menor como encubridor, la
cual cumple en la cárcel de Piedra de los Indios en el Departamento de Colonia.

Pablo Borrás -sin duda- no podría ser catalogado como un asesino serial. Tampoco es un
homicida masivo, pese a haber arrancado múltiples vidas durante el curso de su único
accionar criminal. Su vesánica conducta encuadra en el concepto de asesino itinerante u
oportunista; o sea, conforme lo estimarían los expertos en criminología, se trata
claramente                     de                   un "Spree                    Killer".

Su intención, además de robar y vengarse, consistía en finiquitar a una única víctima a la
cual había elegido desde mucho tiempo atrás. Al toparse en la estancia con la presencia
de otras tres personas decidió asesinarlas, para impedir ser denunciado por éstas.




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            Pablo Goncalvez y los crímenes de Carrasco
PABLO GONCALVEZ Y LOS CRIMENES DE CARRASCO (Segunda y última parte)




María Victoria Williams: La última víctima
Dr.     Rolando      Vomero,      uno       de    los     jueces     de      la    causa




Pablo        Goncalvez          conducido         a          la     Sede          Judicial




LAS            PRUEBAS                QUE               LO         INCRIMINARON

Una vez enterada la opinión pública que este joven era reputado el matador de las chicas
Andrea Castro y María Victoria Williams, se propaló el rumor de que el tercer homicidio
que le fuera atribuido (el de Ana Luisa Miller) no constituía obra suya, sino que se lo
habían endilgado, a fin de resolver de hecho un misterio que venía, desde largo tiempo,
manteniendo en jaque a los investigadores. Aún al presente estos recelos persisten. Basta
leer los blogs de internet que tratan sobre el caso para comprobar que muchos
comentarios de usuarios (generalmente anónimos) sostienen la inocencia de Pablo
Goncalvez       con       respecto     a      este      asesinato      en      particular.

Sin embargo: ¿con qué pruebas contó el magistrado de esa causa penal para imputarle
también          la         consumación            de          este          óbito?
Una evidencia convictiva muy sólida se cristalizó cuando se llevó a cabo la reconstrucción
del crimen de Ana Luisa Miller. Al escenario fatal acudió el sospechoso, junto con la
policía,  el    juez,    el    fiscal   y      los    abogados      de     su    defensa.

El cadáver había sido descubierto yaciendo sobre las dunas de la playa de Solymar, a
escasos metros de la prefectura naval. El asesino no intentó ocultar a la víctima y, menos
aún, sepultarla. El exánime cuerpo quedó en una postura arrollada debido a que fue
lanzado desde un pequeño terraplén, cayendo luego de ser empujado por la abierta puerta
del     acompañante        del     vehículo       en      que       lo       transportaron.

Aquel coche (propiedad de la muchacha) quedó estacionado de determinada manera, y
fotografías forenses tomadas a las huellas producidas por sus neumáticos así lo
denotaban. Vale decir, que el rodado no podía quedar detenido de cualquier manera para
coincidir con la forma en que se encontró el cadáver, y desde dónde el mismo fuera
arrojado. Al iniciarse la reconstrucción forense el indagado solicitó al juez que lo autorizara
a conducir el automóvil policial que lo había trasladado hasta allí y, después de maniobrar
con él, lo posicionó con precisión en el lugar, y de la forma, en que se efectuó en el acto de
desembarazarse del cuerpo del delito, según los registros del expediente penal.

Esta acción la realizó por iniciativa propia el encausado, ante testigos y con las garantías
legales. No parecería válido aducir que se estuviera frente a una prueba "plantada", u
obtenida mediante apremios. Se trataba, a su vez, de una evidencia de aquellas que "sólo
el                       culpable                      podía                       conocer".
En el dorso de las manos y sobre los puños de esta joven, la autopsia, a cargo del Dr.
Guido Berro, constató marcas coincidentes con las huellas que imprimieron en su piel las
ligaduras que le fueron practicadas previo a trasladarla inconsciente hasta la playa de
Solymar donde se la ultimara. Pablo Goncalvez declaró haberla atado valiéndose de los
cordones de sus zapatos náuticos. Tales cordones consisten en unas delgadas tirillas de
cuero, aptas para dejar trazas semejantes a las detectadas sobre los puños y el dorso de
las            manos              de            la          desafortunada             mujer.
En los otros dos casos las pruebas se mostrarían también concluyentes.
El sepultado cuerpo de la adolescente Andrea Castro lucia una corbata a franjas blancas y
verdes anudada en su cuello. No resultó estrangulada por medio de dicha prenda, sino que
fue sofocada manualmente hasta serle quitada la vida. La colocación de la corbata
entrañaba una ritualidad inherente a un crimen ejecutado por un homicida secuencial.
Implicaba una suerte de "marca personal" o "sello" impreso por el victimario sobre su presa
humana.
Pues bien, durante el allanamiento de la vivienda del sospechoso -legitimado por orden
judicial y con garantías procesales- se incautó una fotografía de niño de Pablo Goncalvez
portando una corbata análoga. Más aún, se ubicaron otras prendas de igual corte y
similares colores. Todas componían una colección expedida por una fábrica inglesa
cerrada treinta años atrás y propiedad del diplomático Hamlet Goncalvez, padre del
indagado. Estas prendas se vendían en conjuntos de tres, y faltaba una de ellas dentro del
juego. Este dato apunta, con un grado de probabilidad casi absoluta, a que la corbata
restante no podría ser otra sino la encontrada en torno al cuello de la infortunada víctima.
En cuanto al crimen de María Víctoria Williams, fue determinante la proximidad entre la
finca del encausado y el inmueble donde residía la chica. La joven desapareció en el corto
tramo que discurría de su domicilio a la parada del ómnibus, cuando esa lluviosa mañana
del 8 de febrero de 1993 se dirigía a su trabajo. No se advirtieron signos de lucha ni se la
vio subir al automóvil de algún extraño, lo cual hubiera sido contrario a los recatados
hábitos de esta muchacha. María Víctoria no se iría con un extraño, pero sí (en gesto
samaritano acorde a su noble personalidad) aceptaría ingresar a la casa de su vecino,
quien le urgiera a ayudarlo pretextando que su anciana abuela había sufrido un ataque.
Asimismo, en deposiciones formuladas a la policía el requerido manifestó haber arrojado
pertenencias de sus víctimas en un baldío sito en el barrio de Maroñas, a saber: una libreta
de notas de Andrea Castro, así como una agenda parcialmente quemada y un monedero
de María Victoria Williams. En presencia del juez Dr. Rolando Vomero y de integrantes de
la Policía Técnica, tales recaudos se recogieron del sitio previamente indicado.
Por último, cabe recordar que el detenido confesó la comisión de los asesinatos en sede
policial y luego ratificó -aportando profusos detalles- sus relatos frente al juez, el fiscal y el
actuario del juzgado; y en presencia de sus dos iniciales abogadas defensoras. Se desdijo
posteriormente, después de cambiar de patrocinio legal, y mantiene esa negativa hasta el
presente.




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             Pablo Goncalvez y los crímenes de Carrasco

PABLO GONCALVEZ y LOS CRIMENES DE CARRASCO
(PRIMERA PARTE)
El             imputado               en              prisión




Su        rostro          de           aire        intelectual




El      detenido          conducido           al    Juzgado




SEMBLANZA DE PABLO GONCALVEZ y BREVE RESEÑA DE
LOS          HOMICIDIOS               QUE           SE         LE         ATRIBUYEN.


Pablo José Goncalvez Gallarreta nació en España, en Bilbao (Viscaya) el 6 de marzo de
1970 cuando su padre, el diplomático Hamlet Goncalvez, cumplía funciones representando
a nuestra nación ante la Madre Patria. Desde sus nueve años se afincó en Montevideo, en
el                                    barrio                                 Carrasco.

No obstante, parte de su niñez y su adolescencia la pasó fuera de Uruguay debido a la
labor diplomática de su progenitor, conociendo varios países, a saber: Suecia, Brasil,
Paraguay y Perú. En nuestro país cursó la primaria en el colegio Christian Brothers.
Culminó sus estudios en el liceo público no. 15 de Carrasco, y posteriormente ingresó a la
Facultad de Ciencias Económicas. Su padre falleció el 16 de julio de 1992, hecho que
habría repercutido en la eficacia de sus estudios, mermando su normalmente alto
rendimiento                                                                     curricular.

Hasta mediados de 1991 tenía novia estable. En su amplia casa sita en la calle Lieja había
instalado un taller de reparaciones de motos en sociedad con otro joven.

Su inicial entredicho con la ley lo tuvo al ser denunciado por una empleada de veintiocho
años de la desaparecida mutualista Cima España. La denunciante adujo haber sido
violada por el joven, tras ser amenazada con un revólver y luego amarrada al asiento del
acompañante del vehículo de aquél por medio de un juego de esposas. Ese día era feriado
y no había locomoción pública, por lo cual ella aceptó la invitación del conductor, quien se
ofreciera            a            acercarla           hasta             su           trabajo

Como prueba la mujer presentó la cédula de identidad del acusado, pero el muchacho
logró salir indemne al declarar que la relación sexual fue consentida, y que ella le había
hurtado la billetera. Fue cuestión de palabra contra palabra. No quedó registrado
antecedente penal, pero la policía tomó conocimiento del hecho, y esa tacha enfocaría las
sospechas rumbo a la persona de Pablo Goncalvez cuando, tiempo más adelante,
comenzaron las pesquisas emprendidas a raíz de una retahíla de homicidios.

A pesar de que terminó constituyendo el último de los crímenes en resolverse, el primero
de ellos en orden cronológico lo representó el cometido contra Ana Luisa Miller Sichero.
Ésta era una muchacha de veintiséis años, hermana de la renombrada tenista Patricia
Miller, licenciada en historia y docente en ejercicio. Residía en Carrasco junto a sus padres
y dos de sus hermanas. Estaba de novia con Hugo Sapelli, ingeniero de veintinueve años.

Su cadáver apareció denotando signos de haber padecido una muerte mediante
sofocación, con hematomas en el rostro y arrojado sobre las dunas de la playa de Solymar
a escasos metros de la prefectura naval, próximo a la hora 8 del 1 de enero de 1992. La
habían conducido hasta ese sitio trasladándola en su propio coche, el cual horas más
tarde resultó abandonado por su agresor a una cuadra de donde se asentaba el domicilio
de                                  Pablo                                     Goncalvez.

La segunda víctima la conformó Andrea Gabriela Castro Pena, de quince años. Vivía con
sus padres en Malvín, y cursaba cuarto año de secundaria en el liceo no.20. La asesinaron
el domingo 20 de septiembre de 1992 luego de salir del club bailable England. También
devino victimada en el interior de un coche, y falleció a consecuencia de la asfixia
provocada por un agresor que aplicó sobre su garganta enérgicas maniobras de
sofocación.

A manera de ritual, su matador le enroscó alrededor del cuello una corbata a franjas
blancas y verdes. Cabe destacar que en una fotografía de niño el luego imputado lucía una
prenda semejante a aquella, y en el allanamiento de su morada localizaron juegos de
corbatas          de         la         misma            marca           y          estilo.

El cuerpo sin vida de la adolescente se descubrió parcialmente sepultado bajo la arena de
una playa en el balneario de Punta del Este, yaciendo dentro de una precaria tumba que el
perpetrador            cavó          con           sus           propias          manos.

La última presa humana fue María Victoria Williams, de veintidós años. Era oriunda del
Departamento de Salto, y por entonces residía a una cuadra de la casa del ulteriormente
condenado. Desapareció el 8 de febrero de 1993. Estaba aguardando el ómnibus para ir a
su                                                                               trabajo.

Según la versión que en un primer momento proporcionó Pablo Goncalvez a la policía y al
juez de esa causa -Dr. Rolando Vomero-, la vio desde la ventana de su residencia y,
cediendo ante un abrupto impulso, salió a la calle a abordarla. La excusa: la abuela del
victimario estaba "enferma", había sufrido un repentino "infarto", se encontraba desmayada
y no reaccionaba. El nieto necesitaba auxilio urgente, y la solidaria chica aceptó
acompañarlo                                                                       presurosa.
Una vez dentro de la casa, su vecino le habría pedido que tomara el teléfono a fin de
comunicarse con la emergencia, mientras él subía al segundo piso para "reanimar" a la
anciana. Cuando la joven intentó realizar la llamada resultó agredida por la espalda y, al
cabo de un desesperado forcejeo, terminó siendo reducida a través de una férrea
maniobra de sofocación manual que le hizo perder la consciencia. Acto seguido, su
ofensor le colocó una bolsa de nylon en la cabeza y la ató a su cuello, asegurando de esa
forma                                        el                                        óbito.




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               Andrei Chikatilo: El "Hannibal Lecter ruso"




SEMBLANZA DE ANDREI CHIKATILO:
El mayor asesino en serie ruso




Impresionante   imagen   del   homicida   serial   Andrei   Chikatilo
En los bosques de Rostov aparecieron los cadáveres de algunas víctimas




El rostro de un juvenil Chikatilo, cuando nada hacía presagiar el monstruo en que se
convertiría




Andrei Romanovich Chikatilo nació el 16 de octubre de 1936 en Ucrania, estado integrante
de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, con el correr del tiempo, gozó
del infame mérito de ser reputado el peor asesino en serie ruso de la época moderna. Su
lista mortuoria incluye cincuenta y tres homicidios, y fueron hallados cincuenta y dos
cadáveres                       de                     sus                        víctimas.

Encontrado culpable por la referida cifra de homicidios y también, en algún caso, por el
conexo delito de violación, resultó condenado a muerte, y finalmente ejecutado, mediante
un disparo en la nuca que le fuera propinado en su celda, en el año 1994. Se trataba de un
hombre de familia de apariencia normal, casado y con dos hijas.

Su asesinato primerizo lo cometió en el año 1978, cuando ya contaba con mas´de
cuarenta años, y su presa humana la constituyó una niña a la cual quiso violar, pero su
natural impotencia se lo impidió, por lo que encauzó en el apuñalamiento y en la visión de
la   sangre     el    único    desahogo       posible  a     sus   perversos     instintos.

Otro individuo sobre el cual recaían antecedente penales a causa de un anterior homicidio
-Alexander Kravchenko- terminó, por trágico error, siendo condenado a muerte en su lugar
y, gracias a ello, el verdadero culpable pudo eludir a la justicia ya en su inicial crimen.
Continuaría sumando agresiones hasta llegar a perpetrar -tal cual hemos señalado-
cincuenta           y            tres             horribles            asesinatos.

Las carencias del sistema penal y policial soviético dieron alas al trastornado, quien
durante largo tiempo creyó que podía salir impune. El sujeto varias veces fue estimado
como serio sospechoso, e indagado por las autoridades; aunque logró escapar del peligro
merced            a         una           circunstancia          casi         increíble.

La policía buscaba a un ejecutor con determinado grupo sanguíneo en atención al tipo de
semen que los médicos forenses habían detectado en los cuerpos de las víctimas, y este
hombre constituía uno de esos muy raros casos -literalmente uno en un millón- donde no
concordaba el grupo sanguíneo con el de su esperma. Dado que lo usual consistía en
obtener una muestra de sangre del sospechoso, y compararla con las muestras seminales
que disponían del asesino, al no casar las mismas el individuo era puesto en libertad. Su
suerte cambió un día -tras otra de sus reiteradas detenciones, pues a menudo lo
sorprendían merodeando por el escenario de los crímenes- cuando a un avispado
detective se le ocurrió que, para mayor seguridad, debía extraerse una muestra de semen
de                                    Andrei                                    Chikatilo.

Una vez practicado dicho examen, y ante el asombro de la policía, se comprobó que su
grupo sanguíneo y el de su esperma eran diferentes, y que su semen efectivamente
coincidía con el hallado en los cadáveres. La pieza que faltaba para incriminar al
escurridizo depredador por fin aparecía, y el rompecabezas había sido completado.

Esta persona, contra lo que pudiera creerse, no era un demente declarado ni mucho
menos, sino que aparentaba ser un ciudadano modelo. A la inversa de lo que podría
esperarse de un marginal desorientado, llevaba una existencia clásica y era miembro del
entonces dominante Partido Comunista Soviético. Fungió de maestro en varias
instituciones educativas -aunque al menos dos veces lo expulsaron por conducta
indecorosa- y luego desempeñaría el cargo de gerente en más de una fábrica.
Precisamente, su trabajo le permitía recorrer bajo las órdenes de sus patronos el inmenso
país.

Fue durante sus paradas laborales -especialmente en la ciudad de Rostov, lo cual le valió
el innoble mote de"Carnicero de Rostov"- mientras aguardaba la salida de los trenes para
volver al calor de su hogar, donde se dedicaba a seducir con algo de dinero, o por medio
de la promesa de darles comida en su "dacha" -casa de campo soviética- a prostitutas,
vagabundos, e incluso niños, a los cuales ultimaba con inaudita saña en los bosques de
Rostov                       y                    otras                      localidades.

Conforme le enseñó a los pesquisas, a través de muñecos durante las reconstrucciones
forenses de sus tropelías, su método a la hora de finiquitar observaba una pauta regular.
Siempre blandía el cuchillo con su mano izquierda, y se conservaba a prudente distancia
del objeto de su agresión, a fin de evitar mancharse con la sangre. Sin embargo, el
depredador mutaba sus tácticas de abordaje letal de acuerdo con la clase de presas que
en                     cada                     oportunidad                     escogía.

Si se trataba de infantes el asesino los tentaba con chicles, dulces o hipotéticos regalos de
sellos, videocasetes, o deliciosas comidas que les iría a preparar en su "dacha" imaginaria,
siempre situada en la otra punta del camino del bosque. El verdugo había tomado cursos
de educación a nivel universitario y trabajó con niños durante muchos años. Quedo claro
que, pese a haber fracasado como profesor, sabía muy bien que cosas debía prometer a
sus     víctimas      para        facilitar    el     éxito     de     sus     ataques.

Si, por el contrario, la víctima elegida era una mujer de baja moralidad o una meretriz, el
homicida le ofrecía dinero o alcohol a efectos de que lo acompañasen a algún sitio
apartado. En ocasiones se limitaba a ofrecerles un encuentro sexual. La potencia viril que
aparentaba tener el matador las inducía a aceptar gustosas su propuesta sin, por cierto,
imaginarse       el       cruel      desenlace     que      les      estaba     deparado.

Al igual que Jack el Destripador hiciera en Londres a fines del siglo XX, el psicópata ruso
también mostraba el hábito de extraer órganos a los cuerpos de aquellos a quienes
ferozmente acuchillaba. Y sucedió que, en medio de su extraordinario proceso penal, el
ultimador serial confesó que consumía esas partes internas humanas, cumpliendo de ese
modo con un extraño y místico ritual. Asimismo, este sanguinario maníaco puede ser
asociado con el Ripperbritánico por el hecho de que, cuando acometía sus desmanes, los
cuchillos configuraban su exclusiva herramienta mortal. Fue localizada una terrorífica
cantidad     de      estas    armas       blancas    al     requisarse     su      vivienda.

De aquí que el sádico comportamiento criminal de Andrei Chikatilo nos recuerda en este
punto los ecos de la conducta del mutilador victoriano quien, en una de sus burlonas
cartas, se lamentaba por haber extraviado uno de sus "bonitos cuchillos" en el curso de
sus                                 letales                                 incursiones.




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          Cayetano Santos Godino. El infanticida argentino
             LA SORDIDA HISTORIA DEL PETISO OREJUDO
Cayetano Santos Godino mostrando las cuerdas con que amarraba a los
infortunados                                                  niños.




Portada del filme "El niño de barro" inspirado en las tristes

hazañas                      del                    juvenil                     asesino.




Cayetano Santos Godino nació el 31 de octubre de 1896 en Buenos Aires, capital de
Argentina, fruto del matrimonio de dos humildes inmigrantes calabrases: Fiore Godino y
Lucía Ruffo. Tenía siete hermanos: Josefa, Julia, Rosa, Margarita, Antonio, Bambina y
José. Su progenitor, quien laboraba de farolero, era alcohólico y castigaba a su esposa e
hijos. Para peor, había contraído sífilis años antes de nacer el futuro infanticida,
padecimiento que contribuyó a la debilidad física y psíquica que signó a la criatura. Otros
rasgos representativos del muchacho los constituirían su muy escasa estatura y dos
prominentes apéndices auditivos que le valdrían los apodos de "El Oreja" o "El Petiso
Orejudo", alias este último destinado a ser notoriamente recordado en las más negras
páginas                                     del                                      delito.

Durante su niñez estuvo varias veces al borde de la muerte por causa de diversas
enfermedades; en especial, debido a un agudo cuadro de enteritis. No fue el único hijo de
aquella pareja de italianos pobres que sufriría graves afecciones. Su hermano Antonio era
epiléptico y, además, siguiendo el mal ejemplo de su padre, se convirtió en un bebedor
irrecuperable. Más tarde se sumaría a Fiore en los castigos aplicados sobre su hermano
menor.

Entre sus cinco y diez años el ya por entonces muy peligroso chico asistió a diferentes
escuelas de las cuales invariablemente terminaba siendo expulsado, en razón de su
pésima conducta y de su temperamento intolerable. Raramente concurría a las clases y
solía     desperdiciar      el      tiempo      vagando       por      su        barrio.

Su primer acometimiento criminal lo llevó a cabo con apenas ocho años el 28 de
septiembre de 1904, cuando atacó a Miguel Paoli de veintiún meses. Ese día,
aprovechando un descuido de la madre del infante, lo tomó de la mano y se dirigió con él
hasta un baldío próximo a uno de los conventillos que tiempo atrás la familia Godino Ruffo
había ocupado. Llegado a ese lugar golpeó con sus puños al chiquito y lo arrojó sobre un
montón de basura y espinas que allí se acumulaban. Por fortuna, un vigilante de la
comisaría local que recorría la zona se percató de lo que estaba ocurriendo, y frenó la
agresión llevándose consigo a ambos menores hasta la estación de policía.

Al año entrante Godino repitió su modo de operar y, tras tomar de la mano a una vecinita
llamada Ana Neri, la condujo hasta un baldío sito en las calles Loria y San Carlos.
Depositó a la niña en el suelo, y con una pesada piedra trató de aplastarle el cráneo. Un
policía lo sorprendió y salvó a la criatura. Llevaron al ofensor a la comisaría, pero
insólitamente        lo       dejaron        libre       esa        misma          noche.

Cayetano tenía un socio con el cual cometía pequeños hurtos (Alfredo Tersi). Era su único
amigo, lo cual no impidió que, en un arranque de ira, apalease bárbaramente al hermanito
de su cómplice, golpeándolo en la cabeza con saña, ataque que estuvo a punto de
costarle                la               existencia              al               herido.

En marzo de 1906 (con menos de diez años) el chico captura en la esquina de las calles
José María Moreno y Rivadavia a una niña de dieciocho meses y la encamina hacia un
terreno baldío. Allí la asfixia hasta quitarle la vida. Luego sepulta el cadáver en una zanja y
lo cubre con latas, escombros y basura. Este inicial asesinato no trascendió, y recién sería
confesado         por          el       matador          luego       de       su       arresto.

Con diez años el infantil maníaco se lanza a una vertiginosa escalada de violencia. Sus
padres no pueden con él, y se destaca por torturar animales y producir incendios. Hsstiado
por los continuos problemas que le trae su hijo, el farolero Fiore lo denuncia a las
autoridades, y se lo recluye en un reformatorio en la Alcaldía Segunda División durante
dos meses a partir del 5 de abril de 1906. Una vez salido del correccional, lejos de
regenerarse,       proseguirá      con        su       sucesión         de      crímenes.
El 9 de septiembre de 1908 secuestra en la puerta de su hogar a Severino Caló de
veintidós meses. Lo conduce hacia una acequia de caballos donde sumerge al infante
dentro de una tina procurando ahogarlo. Un empleado se percata de la dramática situación
y alerta al dueño del corralón. Entre ambos hombres trabajosamente sacan del agua al
niño y aprehenden al atacante, quien intentaba escapar. Detenido en la comisaría, al día
siguiente            lo           devuelven           a            su            madre.

El 15 de septiembre de ese año quema al menor de veinte meses Julio Botte, aplicándole
un cigarro encendido en uno de sus párpados. Logra huir, pero varios vecinos lo identifican
y se vuelve conocida su peligrosidad. Se libra de tener que enfrentar a la justicia porque
los       progenitores      de        la       víctima      no        lo       denuncian.

El 14 de diciembre el juez de turno ordena su encierro en la colonia para menores
infractores de Marcos Paz, correccional donde permanecerá recluido a lo largo de tres
años. Allí aprende a escribir toscamente y, asimismo, se adiestra en la práctica de nuevos
delitos. Además, los castigos de que resulta objeto lo tornan más irrecuperable aún, y
cuando recobra su libertad su sed de sangre está en apogeo. El 17 de enero de 1912
provoca un incendio en el corralón situado en las calles Corrientes y Pueyrredón. Oculto
tras un árbol contempla la intensa labor de los bomberos y disfruta con el caos creado.

El 26 de enero de 1912 tiene efecto el suceso policial que el periodismo de la época
calificó "El crimen de la calle Pavón". Arturo Laurora de trece años fue la víctima, y su
cadáver apareció dentro de una casa deshabitada emplazada en dicha calle. Cuando
tiempo después se capturó a Cayetano se pensó que era culpable de ese homicidio, pues
llegó a confesar la comisión del reato. No obstante, prevalece la teoría de que el
desgraciado Laurora fue ejecutado por "La mano negra", organización delictiva dedicada al
tráfico               de              mujeres                y              adolescentes.

El posterior ataque del Petiso Orejudo devino el 7 de marzo de aquel año contra la niña
Reyna Bonita Vainicoff de cinco años. El joven criminal lanzó fórforos encendidos sobre el
inflamable vestido que lucía la pequeña, la que en breves segundos se convirtió en una tea
ardiente. Fueron estériles los esfuerzos de un valiente vigilante que se arrojó encima de
ella tratando de apagar el fuego con una manta. La desgracia se cebó ese día con la
familia Vainicoff recayendo también sobre el abuelo de la nena. El anciano vio a lo lejos a
su nieta envuelta por las llamas y cruzó la calzada corriendo sin mirar para socorrerla, al
tiempo que un automóvil lo atropelló segándole la vida en el acto.

El 8 de noviembre siguiente Godino rapta, mediante engaños, al menor Roberto Russo en
la puerta de la casa de éste. En un baldío de la calle Quinto Bocayuba lo agrede cuando
previamente lo había amarrado con cuerdas que portaba a tal fin. Fue sorprendido en su
ataque y detenido, pero una vez más escapó impune. Luego de sólo sufrir cuatro días de
arresto el magistrado dispuso su liberación el 12 de noviembre. El error judicial costaría
caro a la sociedad. El 16 de noviembre el diabólico adolescente agredió a la niña Carmen
Ghittoni, a quién había conducido hasta un baldío de las calles Chiclana y Funes. La
cercana presencia de un policía salvo a la menor, y el ofensor huyó sin poder concretar su
malvado                                                                           objetivo.

A fines de noviembre el delincuente prende fuego a dos galpones, pero los siniestros
alcanzan escasa magnitud. Estos atentados frustrados configuran el preludio del más
escalofriante de los asesinatos consumados por el infanticida. La víctima será Jesualdo
Giordano. El 3 de diciembre de 1912 el psicópata observa al chiquito jugando en la puerta
de su casa en Progreso 2585. Lo tienta prometiéndole entregarle caramelos, y logra que lo
acompañe a hacer un "mandado". Conduce al infante al recodo que une a un muro con la
ochava de un portón sito en Catamarca y calle 25 de noviembre de 1889. Tras extraer de
sus ropas unas cuerdas lo ata e intenta estrangularlo. El niño se resiste con desesperación
y, ante la resistencia, el agresor toma una pesada piedra y le aplasta el cráneo. Sale del
cubículo y en el recorrido de regreso a su casa ve sobre la acera un gran clavo. Se hace
del mismo y vuelve al lugar del crimen. Para asegurar la muerte de la víctima, usa a modo
de martillo la piedra que había empleado para golpearlo, y le introduce el clavo en el
cráneo.
Un niño de nueve años de apellido Peluso y una niña de siete llamada Antonia de Rici
informan a la policía que vieron a Gesualdo mientras era llevado por un chico de corta
estatura y grandes orejas. Los policías ya saben de quien se trata, y en la madrugada del 4
de diciembre de 1912 lo aprehenden en el conventillo donde vive con sus padres. La
noche anterior el pequeño monstruo había asistido al velatorio del niño Giordano, y se
aproximó al féretro a fin de comprobar la marca dejada por el clavo en el cráneo del
difunto.
La justicia lo consideró en primera instancia como inimputable, aunque por razones de
seguridad se lo mantuvo encerrado en el Hospicio de las Mercedes, donde perpetró varias
agresiones graves contra menores allí internados. Un año más tarde, en la segunda
instancia del proceso, el juez de alzada Dr. Ramos Mejía confirmó la sentencia de no
imputabilidad legal. El juvenil infanticida había sido declarado irresponsable para el
derecho penal y los informes médicos parecían avalar esa resolución. Pero el 12 de
noviembre de 1915, cediendo ante el clamor e indignación de la prensa y el público, los
tribunales reabrieron su causa. Se declaró finalmente que al momento de cometer sus
crímenes era plenamente consciente y, a partir de tal revisión, fue condenado a
confinamiento por tiempo indeterminado en una cárcel común, tal cual si fuera adulto.
El 28 de marzo de 1923 lo trasladan a la prisión de Ushuaia en la gélida localidad sureña
de Tierra del Fuego. Allí el preso será el habitante de la celda número 90. Desde 1935
hasta su fallecimiento el 15 de noviembre de 1944 estuvo enfermo afectado por
numerosas                                                                         dolencias.
Resultó brutalmente apaleado en aquella prisión al menos dos veces. La leyenda cuenta
que pereció de resultas de las lesiones originadas por una última paliza a manos de sus
compañeros de cautiverio. Los reclusos trataron de lincharlo en venganza por haber
torturado y dado muerte a dos gatitos que eran sus mascotas predilectas.
Sin embargo, este rumor nunca fue ratificado. De acuerdo con el reporte del penal de
Ushuaia, obrante en el archivo del servicio penitenciario, el reo expiró en el hospital
carcelario a consecuencia de una hemorragia interna derivada de una úlcera
gastrointestinal que lo aquejaba desde años atrás. Según otras versiones, murió de
tuberculosis, o por complicaciones a raíz de una pulmonía.



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             Carlos Robledo Puch: El Angel de la Muerte
Su juvenil aspecto ocultaba a uno de los peores asesinos.




Esta foto muestra su envejecimiento a causa de una larga prisión.
El joven criminal recapturado tras su breve fuga.




Carlos Eduardo Robledo Puch Habendank recibió por cuenta de la prensa y del público el
alias criminal de "El Angel de la Muerte" o "El Angel Negro" (conforme se titula un reciente
     libro que le dedicó el periodista Rodolfo Palacios (Editorial Aguilar, Buenos Aires,
                                       Argentina, 2010).

   Hizo honor a esos lúgubres apodos, pues ya antes de cumplir sus veinte años había
asesinado a once personas, aunque es posible que su cuenta mortuoria devenga aún más
                                       elevada.
Nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Buenos Aires, Argentina, en el seno de un hogar
    de clase media, siendo sus progenitores Víctor Elías Robledo Puch y Aida Josefa
                                     Habendank.

"A los veinte años no se puede estar sin coche y sin plata", se excusaría el muchacho ante
    el juez instructor de su causa penal, explicando las motivaciones que lo indujeron a
                                  consumar sus homicidios.
  No constituyó esa la única muestra de desparpajo exhibida por el matador múltiple a lo
 largo de su proceso. Preguntado por el magistrado sobre el motivo por el cual acribilló a
balazos a dos cuidadores mientras éstos dormían cuando -junto con un cómplice - irrumpió
                         para robar en un club nocturno, contestaría:
                    "¿Y qué quería Ud que hiciera? ¿Que los despertara?

Cinismo, desprecio por la vida humana -salvo por la suya propia-, desconcertante sangre
fría y distanciamiento total con respecto a sus salvajadas, caracterizaron la conducta de
                                  este joven delincuente.
 Y que su existencia era la única que le preocupaba quedó patentizado en más de una
ocasión. La única oportunidad en que, tras su primera detención, logró escaparse, eludió
                          durante dos días la búsqueda policial.
             Sin embargo, dio pruebas de paupérrima organización y cautela.
Un grupo de agentes, previamente alertados por una denuncia anónima, localizaron al
 prófugo quien -aparentemente ajeno al riesgo que corría- se hallaba sentado terminando
   su almuerzo en un coqueto restaurante de comidas alemanas emplazado en Olivos.
  Al ver ingresar a los uniformados que se dirigían rumbo a su mesa sintió miedo por su
                                           vida.
  Levantó sus brazos, al tiempo de muy agitado exclamaba: "¡No me tiren. Soy Robledo
 Puch!", luego de lo cual se entregó mansamente. Sabía que la fuerte difusión mediática
                         que había adquirido su nombre lo protegía.
  Continúa confinado en el presidio de Sierra Chica hasta el instante en que se escriben
                                       estas líneas.

   No se ha arrepentido, y protesta alegando que la notoriedad alcanzada lo perjudica.
                 También se queja de su juicio, al cual califica de ilegal.
  "Conmigo no hubo una prueba, una huella ¿Cristo fue culpable de algo? ¡Si no pecó
 nunca! Ahora, si lo dice Robledo Puch, es un cínico que no está arrepentido. Yo no digo
 que soy inocente. Soy un condenado, pero quisiera saber algún día en qué se basaron
            aquellos que me juzgaron", declaró el recluso en una entrevista.

    Este chico perteneciente a la clase media, cuyo padre fungía de gerente en la fábrica
   General Motors, y que desde sus quince años asistía con regularidad a misa, y tomaba
 clases de piano y solfeo, no parecía en absoluto destinado a erigirse en un despiadado y
  prematuro homicida. No obstante, la providencia tendría para él otros planes y adoptó, a
   manera de hado fatídico, la encarnación de una mala compañía: Jorge Antonio Ibañez.
Este último muchacho era un ladrón profesional algunos años mayor que Carlos Eduardo.
 Fue él quien le impartió sus primerizas clases prácticas de malviviente despertando en el
 jovencito el gusto por el dinero fácil, y la enfermiza pasión por el peligro que una vivencia
    al margen de la ley es capaz de provocar sobre las personalidades no consolidadas.
  Junto a su maestro en el delito emprendió una secuencia de robos de escasa magnitud,
destacándose en esta etapa el atraco a una joyería, donde por vez inicial esgrimió un arma
  de fuego con la cual amenazó a los empleados, mientras su socio vaciaba la caja fuerte.

   El 14 de febrero de 1969 hurtó una motocicleta estacionada en la escuela de Artes y
Oficios de la Plata. A causa de este incidente sus padres se enteraron de las inclinaciones
        delictivas de su hijo, dado que resultó detenido durante tres semanas en un
                      establecimiento destinado a menores infractores.
 Al salir del correccional prosiguió con sus actividades ilícitas, y en compañía de Ibañez
     perpetró varios asaltos, donde su socio llevó la voz cantante en base a su mayor
experiencia como "levantador" de los automóviles que emplean para darse a la fuga luego
de consumar cada acto criminal. Ocasionalmente, el propio padre de Ibañez los asiste en
sus incursiones, al punto tal de que este hombre devendría procesado en la misma causa
                                           criminal.

   En la noche del 9 de mayo el dúo de atracadores escaló por la pared lindera de una
                                    estación de servicio.
 Acto seguido, saltaron hacia el techo de un negocio de venta de repuestos automotrices
desde donde sorprendieron al encargado de apellido Bianchi y a su cónyuge, los cuales -
    por entero ajenos al peligro- dormían separados sobre sendos catres. En una cuna
             ubicada entre ambos lechos descansaba la hijita del matrimonio.
Sin mediar palabra, ni aguardar a que sus víctimas despertaran, Robledo Puch les disparó
a quemarropa dos tiros en la cara a cada uno. El hombre falleció al instante y la esposa
  quedó agonizante. En tal estado Ibañez procedió a violarla. Los agresores se dieron al
    escape creyendo que el infeliz matrimonio había muerto, pero la mujer sobrevivió.
A pesar de sus graves heridas, se arrastró por el piso unos cuarenta metros hasta llegar a
                 la estación de servicio donde pudo dar aviso a la policía.
Ya en el hospital, brindó una descripción de sus atacantes señalando que uno de ellos era
                        un joven con cabello largo, rubio y ondulado.

   El 15 de mayo de 1971 la peligrosa pareja de ladrones incurre en un nuevo atentado,
    ahora contra la boite"Enamour" sita en Olivos. A los fondose de ese boliche bailable
       discurría un jardín aledaño al río y por allí, en esa desapacible noche otoñal, los
                        delincuentes entraron a través de una ventana.
    Una vez adentro, comprueban que yacen dormidos los encargados del lugar, Pedro
                                 Nastronardi y Manuel Godoy.
 Nuevamente, a traición y haciendo gala de impresionante sangre fría, el juvenil psicópata
acribilla a los durmientes con una ráfaga de explosivos que atraviesan sus cráneos. Ambos
                               agredidos expiraron de inmediato.

              Otro delincuente novato se une a la pequeña y mortífera banda.
 Se trata de Héctor Somoza, de diecisiete años, ladrón ocasional que, a su vez, laboraba
 de cadete en la panadería de su madre. Ahora fue Carlos Eduardo quién se encargó de
        iniciar en el delito al bisoño compinche, y lo adiestró en el uso del revólver.
        La pandilla prosiguió concretando hurtos y rapiñas de menguado importe.

    El 24 de mayo de 1971 copan el supermercado "Tanty". En este caso, el sereno -de
    nombre Juan Scattone- estaba despierto y salió al cruce intentando ahuyentar a los
intrusos. Pero no iba armado, y fue presa fácil para la frialdad vesánica de Robledo Puch,
 quién le descerrajó dos disparos que le perforaron la mejilla izquierda eliminándolo en el
                                           acto.
 Consumada la agresión fatal, los criminales abrieron la caja registradora repartiéndose el
   dinero. Antes de huir destaparon una botella de Whisky y brindaron en festejo por su
                                     sangriento éxito.

    El 13 de junio de aquel año, mientras los delincuentes circulaban por la avenida del
Libertador en un automóvil marca Dodge, modelo Polara, de color amarillo, avistaron a una
                                llamativa prostituta callejera.
  Ibañez pidió a su socio que frenase la marcha para abordar a la joven Higinia Eleuteria
   Rodríguez. Se bajó del rodado y, pistola en mano, obligó a la chica a subir. Tomaron
rumbo hacia la avenida Panamericana hasta arribar a la localidad de Pilar, y se detuvieron
       en la banquina. Arrojaron a su víctima sobre la acera donde el socio la agredió
  sexualmente. Finalizado el violento coito Robredo Puch la ejecutó a mansalva mediante
                             disparos con su revólver calibre 22.
   Al alejarse sufren una colisión, tras la cual descienden raudamente dejando el coche
        abandonado. El vehículo nunca fue recuperado y se piensa que acabó en un
                                        desarmadero.
   Los matadores retornaron tranquilamente a su barrio de Olivos tomando un colectivo.

           El 24 de junio vuelven a atacar, ahora en la zona de Vicente López.
 Frente al club nocturno "Katoa", y bajo amenazas con sus armas de fuego, conminan a
subir a su coche a una atractiva modelo de veintitrés años llamada Ana María Dinardo, la
cual recién salía de visitar la casa de su novio. La muchacha se resiste a la violación
intentada por Ibañez, y termina siendo ejecutada por los dos asesinos, quienes le disparan
                     simultáneamente con sus pistolas y se dan a la fuga.
El 5 de agosto de ese año, un automóvil hurtado por los criminales padece un accidente al
  estrellarse violentamente en la provincia de Entre Ríos. Se localizó el cadáver de Ibañez
   dentro del vehículo, con el cráneo destrozado, y se llegó a sospechar que, por razones
   desconocidas, Robledo Puch habría segado la vida de su socio y fingido el accidente.

 El 15 de noviembre de 1971 Carlos Eduardo y su secuaz superviviente -Héctor Somoza-
  se introducen en un supermercado del barrio de Boulogne. Violentando la claraboya del
techo, y sirviéndose de unas cuerdas, descienden hasta el interior del negocio y se dirigen
  hacia el dormitorio ocupado por el sereno Raúl del Bene. El depredador dispara con su
 pistola calibre 22 a la cara del empleado provocándole el deceso de manera instantánea.

  En la noche del 17 de noviembre del mismo año, el dúo se abre paso a la fuerza en la
          agencia de automotores "Pasquet" sita en la avendida del Libertador.
           Allí Robledo Puch finiquita a balazos al sereno Juan Carlos Rosas.

 El 25 de noviembre, el victimario y su cómplice penetran en la automotora Puigmartu y
     Compañía situada en la calle Santa Fé de la localidad bonaerense de Martínez.
Ambos atracadores, muñidos con sus consabidos revólveres calibre 22, ingresan al salón
  donde -tras aporrearlo ferozmente a golpes con las culatas- dejan exánime al sereno
            Bienvenido Serapio Ferrini, al cual el ejecutor remata a balazos.

El 3 de febrero de 1972, abordan la ferretería industrial Masseiro Hermanos en la localidad
                                         de Carupa.
 A tal fin escalaron por una ventana y, al estar dentro, encuentran al sereno haciendo uso
                                          del baño.
El implacable ultimador acciona dos veces el gatillo y le dispara a quemarropa en el cráneo
                  asesinando al trabajador, que fallece de forma inmediata.

 Pero la mayor novedad consistió en qué al día siguiente, cuando los policías arribaron al
  local, se llevaron la sorpresa de hallar el cuerpo de una segunda víctima desconocida.
     Esta vez el verdugo también había acabado con la vida de su cómplice, a quien le
                             descerrajó un balazo en pleno rostro.
La cara y las manos del muchacho aparecieron con terribles quemaduras causadas por el
fuego del soplete que Robledo Puch utilizó a fin de forzar la caja de caudales. Valiéndose
  de la misma herramienta quemó a su cómplice, mientras éste estaba todavía con vida,
                                 según determinó la autopsia.
 En un bolsillo del pantalón del muerto se localizó la cédula de identidad de aquél, que su
                               asesino había olvidado quitarle.
Así fue que, prontamente, el desconocido cadáver resultó identificado como perteneciente
     a Héctor Somoza, de sólo dieciocho años, y con antecedentes penales por ilícitos
                                           menores.

   Este descuido terminó siendo fatal para el asesino en serie, porque se indagó a los
  compañeros habituales del fallecido, los cuales aportaron los datos que delataron a su
                                    compinche y jefe.

   Cinco días después del doble crimen, los agentes policiales rodearon la finca donde
moraba el joven criminal de cabello rubio ondulado y, a través de un altavoz, le impartieron
                                  la orden de entregarse.
   Carlos Eduardo, de veinte años recién cumplidos, salió con sus manos en alto y fue
                             capturado sin ofrecer resistencia.
 Lo trasladaron por orden judicial al penal de Sierra Chica, establecimiento penitenciario
            desde donde protagonizó una evasión en el mes de junio de 1973.

   Se mantuvo suelto únicamente durante un par de días. Fue aprehendido -como ya
 señalamos- en un restaurante de Olivos, y se lo condujo de nuevo a la misma cárcel. En
    ella sigue confinado hasta el presente, y se encuentra alojado dentro del pabellón
     carcelario número siete, en un espacio reservado a los reclusos homosexuales.

  Sólo se le conoció una novia durante sus días de libertad, y está comprobado que no
  participó activamente en las violaciones de las mujeres a las cuales implacablemente
                                         victimó.




                                         23.
                                           MAY
31

               Ted Bundy: El seductor sádico

 HISTORIA DE UN SADICO: Los crímenes de Ted Bundy




Elegante y seductor: Clásica imagen de Theodore Robert "Ted" Bundy




               El cadáver del asesino serial
Conjunto          de          fotografías         de víctimas          de          Bundy




Una chica que hacía autostop constituyó la inicial presa humana de Theodore Robert
Bundy. Prosiguiendo su frenesí vesánico el psicópata agredió el 4 de enero de 1974 a Joni
Lenz, a quien introdujo una barra de hierro en la vagina. La muchacha sobrevivió
milagrosamente. Menos suerte tendrían siete estudiantes de las universidades de Utah,
Oregon y Washington, que desaparecieron durante el verano de ese año. Todas eran
jóvenes blancas de larga melena oscura peinada con raya al medio.

Los primeros restos óseos se descubrieron en aquel agosto, y pertenecían a Janice Ott y a
Denise Nanslund. Los testigos describieron a un sospechoso que avistaron mientras
hablaba con las víctimas. Llevaba un brazo enyesado y les había pedido ayuda para subir
unos trastos a su coche. El mismo modus operandi de pérfido engaño fue utilizado contra
otras desaparecidas, sólo que a veces el desconocido portaba un brazo en cabestrillo, y en
otras          ocasiones          lucía         una          pierna          escayolada.

El 18 de octubre de 1974 el cuerpo de una joven de diecisiete años fue hallado con signos
de estrangulamiento, sodomía y violación. Era hija de un policía de Utah. A esa altura ya
no cabían dudas. Cundió la alarma pública y se supo que un asesino en serie acechaba a
las féminas. Se diseñó un retrato robot que salió publicado en los diarios de mayor
circulación de Estados Unidos. Un amigo de Meg Sander -antigua novia de Ted- lo
denunció a las autoridades, luego de advertir su semejanza con el retrato robot. Pero por
entonces    Bundy    estaba    bien   conceptuado     y   la   acusación   se    desestimó.

El 8 de agosto de aquel año el homicida sexual cometió su primer error serio. Pretendió
asesinar a Carol DaRonch, de dieciocho años, haciéndose pasar por policía de civil. La
chica se subió al coche del supuesto agente pero pronto desconfió. El agresor intentó
esposarla, forcejearon, y ella consiguió arrojarse del vehículo en marcha. Antes de que el
criminal volviera en pos de su presa, una pareja que transitaba por la zona en su automóvil
le brindó auxilio. La víctima en estado de shock fue trasladada a la comisaría donde aportó
las                   señas                 de                 su                 atacante.

Bundy había fallado esa vez, pero no cejó en su empeño criminal. Cary Campbell fue su
próxima víctima el 12 de enero de 1975. Tiempo después, el cadáver de la mujer sería
encontrado con trazas de violación y el cráneo destrozado. En la región donde se localizó
aquel cuerpo pronto fueron descubiertos otros dos cadáveres. Pertenecían a quienes en
vida fueran Susan Rancourt y a Linda Healy, y mostraban signos de haber sufrido una
muerte brutal. Meses después, en Colorado, se ubicaron otros cinco cuerpos femeninos
con               trazas               de               similar              vandalismo.

El 16 de agosto de 1975 el maníaco conducía su automóvil y no se detuvo frente a una
comprobación policial de rutina. Lo persiguieron y, tras arrestarlo, detectaron dentro de su
rodado elementos sospechosos que justificaban conducirlo ante un Juez, pues en el
interior del baúl guardaba una barra de hierro, una máscara de esquí, unas cuerdas, y un
rollo de alambre. Pensaron al principio que se trataba de un ladrón.

Sometido el 2 de octubre a una ronda de identificación lo desenmascararon como el
agresor de Carol DaRonch, y también como el sujeto que fuera observado con varias
víctimas momentos previos a sus decesos. Antes de comenzar su proceso criminal logró
fugarse. Lo capturaron de inmediato, aunque más tarde volvió a evadirse.

En el intervalo que duró su vida de prófugo continuó violando y matando. Atacó a jóvenes
mujeres en una residencia estudiantil, y luego vejó y asesinó a una adolescente de doce
años. Una vez más lo aprehendieron y lo llevaron a juicio. En el curso del procedimiento
penal     pidió,  y    obtuvo,    el   derecho    a    patrocinarse   por   sí    mismo.

Disfrutaba con sus actuaciones mediáticas y al sentirse centro de la atención pública. No
obstante, poco podía hacer para evitar la condena. Las pruebas en su contra resultaban
aplastantes. Entre otras evidencias, un odontólogo forense demostró que su dentadura
casaba exactamente con las marcas de los salvajes mordiscos impresos en las nalgas de
una víctima. Hallado culpable se lo condenó a la pena capital por catorce homicidios
especialmente                                                                     agravados.
Durante su encierro trató de retrasar al máximo el instante de su ejecución. Pretendió
haber perpetrado más asesinatos que los acreditados. Suministró datos falsos e inventó
detalles, a fin de ganar tiempo con la frustrada búsqueda de esas posibles víctimas. Llegó
al colmo de proponer ayudar a la policía en la resolución de otros asesinatos seriales
cuando el caso de los "crímenes del Río Verde" -una secuencia de homicidios violentos
contra       prostitutas-     tenía      desconcertados        a      los     investigadores.
Su hora final llegó el 24 de enero de 1989. Luego de varias apelaciones y alargaderas, Ted
Bundy expiró ejecutado en la silla eléctrica. A los psiquiatras que le examinaron durante su
última estadía carcelaria les aseguró que mataba para vengarse de su madre, y que elegía
a sus víctimas por su parecido con una antigua novia que lo había despreciado.
24.
                                      MAY

                                      27

           Peter Sutcliffe: El Destripador de Yorkshire

          PETER SUTCLIFFE: EL DESTRIPADOR DE YORKSHIRE




         Imagen de Peter William Sutcliffe. "The Yorkshire Ripper"




La parafernalia del crimen: Conjunto de armas requisadas al homicida.

 Fotografías de abajo: El depredador luego de ser atacado en la cárcel
Muy altos atronaron los ecos del recuerdo que las pérfidas andanzas de Jack el
Destripador dejaron instaladas en la memoria colectiva de los británicos cuando, en la
década de mil novecientos setenta, se supo de la existencia de un asesino secuencial que,
al igual que su notable antecesor, se caracterizó por mutilar sañudamente a las féminas
que finiquitaba, y cuyas despiadadas hazañas mantuvieron en vilo a la población del Reino
Unido.

Peter William Sutcliffe se llamaba el mortífero psicópata y, según pretendió -luego de ser
aprehendido-, asesinaba en la creencia de oír voces que así se lo ordenaban, mientras
llevaba a cabo su labor de enterrador en el cementerio de su natal pueblo de Bingley,
situado a doscientas millas al norte de Londres. Una tarde, cuando ejercía su fúnebre
labor, Peter escuchó la voz por primera vez. Se inquietó, y dejó caer la pala con la cual
venía cavando un hoyo para introducir en la tierra el ataud que yacía a sus pies. Siguió el
eco, y llegó a identificar de dónde procedía aquel llamado: venía desde la vetusta tumba
de        un      hombre         polaco       fallecido     muchos       años        atrás.

La voz luego se tornó más clara y comenzó a darle consejos, a la vez que lo trataba con
deferencia y calidez. Al final de esa jornada mística el joven regresó a su casa
enteramente cautivado por esa extraña experiencia. Definió a aquellos sonidos como "La
voz de Dios", y pensaba que éste lo había elegido para realizar una misión. Al correr de los
días, supo de qué trataba ese cometido: la voz ahora ya no era amable, sino que le
mandaba que debía volverse violento y liquidar a todas las rameras posibles, en tanto
éstas desvergonzadas eran responsables por la mayoría de las lacras sociales.

Aún cuando proclamó que sólo quería eliminar a prostitutas para librar al mundo de la
corrupción, no vaciló en ultimar a mujeres que claramente no ejercían ese oficio. Bastaba
que éstas despertasen su deseo de agredirlas y de matarlas. Tal fue el caso de Upadhya
Bandara, joven médica oriunda de Singapur, quien se hallaba de paso por Inglaterra
gozando de una beca. Tampoco se justificó que victimase a Jayne Mc Donald, chica de
dieciséis años, empleada de una tienda, ni a Barbara Leach, estudiante de la universidad
de                                                                               Bradford.

A pesar de su trastorno psíquico el criminal dejó traslucir suma astucia antes y durante sus
ataques, los cuales, aunque eran brutales, iban precedidos por un minucioso estudio del
terreno, y sabía cómo escapar luego de cada acometida. Siempre portaba consigo las
armas fatales, lo cual da cuenta de planificada organización a la hora de llevar a término
los                                                                             desmanes.

A despecho de la intensa cacería emprendida para atraparlo, su captura se debió a la
buena suerte de la policía. El 2 de enero de 1981 el sargento Bob Ring y el agente Robert
Hides se apersonaron al conductor de un automovil mal aparcado. Dentro del vehículo,
sentada en el asiento del acompañante, estaba una prostituta. Al chequear la matrícula los
custodios comprobaron que las placas visibles habían sido torpemente adosadas encima
de las placas originales, lo cual sugería que el coche era robado. Antes de su arresto el
infractor se desembarazó de las armas, con las cuales planeaba matar a la meretriz,
arrojándolas bajo una pila de hojas secas de árbol. Una vez derivado a la comisaría otras
pruebas incriminaron al acusado. Allí podía apreciarse un retrato robot del Destripador de
Yorkshire. Sus asombrados captores no podían dar crédito al chocante parecido que
advertían entre esa imagen y la cara del hombre a quien instantes atrás habían detenido
por           el          muy            menor           delito         de           hurto.

No versarían sobre el robo de un coche las preguntas que comenzaron a formularle los
investigadores, sino por su participación en calidad de autor de alevosos homicidios. Peter
Sutcliffe cayó en gruesas contradicciones. Después de un maratónico interrogatorio que
duró dieciséis horas, acabó confesando plenamente su culpa y aportó certeros detalles de
sus sádicas tropelías. En primera instancia, la corte que lo juzgó lo condenó a purgar
cadena      perpetua     bajo    el    cargo     de    trece    homicidios   acreditados.

Fue llevado a un presidio de alta seguridad donde quedó confinado a partir del mes de
mayo de 1981. Pero sólo permaneció preso allí durante un año y cuatro meses. Los
médicos psiquiatras que lo examinaron concluyeron que debía pasar a residir en un
instituto destinado a enfermos mentales, y es en el hospital inglés de Broadmoor donde
aún hoy en día prosigue confinado, luego de haber sido transferido desde la prisión de
Parkhurst. Para la integridad física de este maníaco resultó una bendición su traslado al
hospicio,    porque    en    la    cárcel  común    su    vida    corría  serio   riesgo.

La más grave de las agresiones que sufriera fue a manos de dos indignados compañeros
de celda, quienes lo apalearon con saña provocándose heridas en su cabeza y rostro, y
estuvo al borde de perder un ojo. La razón de su definitiva internación, y de su previo
encarcelamiento, lo constituyeron sus desalmados crímenes. Para consumarlos empleaba
un arsenal de instrumentos improvisados muy dispar. Acometía tanto con martillos y
cuchillos como con cortafierros y sierras metálicas. Sin embargo, su arma letal favorita
eran los destornilladores, cuyas puntas afilaba y blandía a guisa de puñales.

Su encarnizamiento devenía tan atroz que en una autopsia los forenses lograron contar
cincuenta y dos puñaladas infligidas al cadáver de turno. Aunque de baja estatura era muy
fornido, y el frenesí que lo dominaba cuando emprendía sus asaltos lo tornaba en extremo
peligroso. Merodeaba alrededor de sus presas humanas y, en el momento propicio, las
aporreaba con un martillo hasta romperles el cráneo. Cuando podía, derribaba a la mujer
pateándola tan ferozmente con su botas de cuero que las marcas de las suelas quedaban
impresas en la piel. Una vez que la víctima estaba indefensa, tendida en el piso, el
trastornado la remataba asestándole golpes en la cabeza y, acto seguido, le infería hondos
cortes en el vientre con un cuchillo o mediante un agudo destornillador.
En ciertas ocasiones, sustrajo órganos a los cadáveres, crueldad que le valió el mote
de "Destripador", al cual se adicionaba el nombre de la británica ciudad de Yorkshire,
teatro de aquellas inhumanas matanzas.
25.
                                     MAY

                                     21

                  John Haigh: El señor del ácido

JOHN GEORGE HAIGH: EL VAMPIRO DE LONDRES o EL SEÑOR DEL ACIDO




          Atildado y cínico: John Haigh, el asesino del baño de ácido




La    señora      Durand       Deacon,       una       de       las     víctimas.
En                 la                 fotografía                  de                  abajo:
el criminal detenido por la policía




John George Haigh asesinó a seis personas adineradas para robarlas, luego de pergeñar
sendas estafas. Su modus operandiultimador consistía en introducir los cadáveres dentro
de amplios recipientes metálicos, y sumergirlos en un corrosivo baño de ácido sulfúrico
con el objeto de diluir todo rastro de los organismos. Esta innoble práctica de exterminio le
valió el apodo de "Señor del ácido". Otro seudónimo delictivo con que el periodismo lo
bautizó fue "Vampiro de Londres", pues concretó sus atentados en la capital inglesa, y se
jactó      de       haber       probado        la    sangre       de       sus      víctimas.

El crimen que precipitaría la caída en desgracia de este victimario, y pondría al descubierto
su serie mortuoria, lo representó el consumado en perjuicio de una elegante y obesa dama
de sesenta y nueve años llamada Olivia Durand Deacon. Esta señora fue vista por última
vez durante la mañana del 18 de febrero de 1949 cuando acudía a una cita con el atildado
Mr. Haigh. El caballeroso estafador condujo a la fémina hasta su fábrica instalada en la
localidad de Crawley, Sussex, con el pretexto de finiquitar los detalles del ficticio negocio
de manufactura de uñas postizas, en el cual le había propuesto invertir a la acaudalada
Olivia.

Resultó el propio Haigh quien, acompañado de una amiga de la desaparecida -la señora
Constantine Lane-, se presentó el 20 de febrero de ese año ante las autoridades
denunciando la extraña ausencia de su futura socia. El hombre se apresuró a informar que
Mrs. Durand Deacon no había concurrido al encuentro fijado, y que tampoco volvió nunca
a ponerse en contacto con él. Luego de chequear los antecedentes del denunciante los
investigadores supieron que aquél era responsable de estafas y timos varios contra
mujeres, y este dato determinó que el sujeto fuera citado nuevamente a declarar.

En su testimonio el sospechoso afirmó ser director de la empresa Hurslea Product Limited.
Pronto se comprobó que esa aseveración era otra de sus falsedades. Lo único cierto
radicaba en que el pretenso empresario arrendaba un espacioso almacén y depósito que
dicha firma tenía instalado en la calle Leopold. El gerente de la empresa declaró a la
policía que John Haigh rentaba ese depósito alegando ser ingeniero, y lo usaba para
trabajo                  experimental                    no                 especificado.

El 28 de febrero de 1949 la policía obtuvo orden judicial para revisar el recinto, y en el
mismo se ubicaron pruebas que culpabilizaban al individuo. Hallaron varias bombonas
metálicas con etiquetas que indicaban "ácido sulfúrico". También localizaron una bomba
manual, un par de guantes de goma y un delantal manchado de sangre, a la vez que
advirtieron salpicaduras sanguinolentas esparcidas sobre la entrada de tierra. Más
comprometedor aún fue el hallazgo de un revolver calibre 38 con rastros de haber sido
usado                                                                      recientemente.

Otro documento en apariencia inofensivo -pero que terminaría siendo vital- fue un recibo
expedido por una tintorería en pago por la limpieza de un abrigo de lana persa propiedad
de la desaparecida Olivia. Más tarde su supo que las costosas joyas de la dama fueron
entregadas a una casa de empeños donde su sedicente socio las había vendido.
Mediaban     evidencias     suficientes  para     llevar  a    juicio  al   sospechoso.

El 28 de febrero de ese año el ya factible culpable fue conducido a la misma comisaría
donde escasos días atrás se presentase voluntariamente para denunciar la desaparición
de su asociada. Enfrentado a las pruebas el indagado admitió haberse apropiado de los
bienes de la mujer. Trató de ganar tiempo y endosó a los investigadores una versión
fantástica acerca de un supuesto chantaje en se vio implicado, y del cual se excusaba de
suministrar más datos para no verse obligado a involucrar a personas inocentes.

Pero la confianza del criminal en salir impune estaba cifraba en la ausencia del cuerpo del
delito. Así se lo confesó directamente a los agentes que lo habían detenido: ¿Cómo
podrán demostrar que la he matado si no queda ningún rastro de ella?, les preguntó.

El matador cometía un grave error, pues aunque hizo desaparecer el cuerpo de su socia
mediante el ácido, no todo había desaparecido. Una pericia en el macabro depósito,
dirigida por el patólogo Keigh Simpson, acreditó la presencia de una dentadura postiza
intacta, unos cálculos biliares, y los fragmentos óseos de un pie de la víctima, que habían
resistido la corrosión a que fueran sometidos. Con pruebas suficientes se inició el proceso
penal. La defensa del depredador se aferró al único argumento que le pareció potable:
invocar         el        desequilibrio       mental       de        su         patrocinado.

El acusado hizo todo lo posible por librarse fingiéndose orate, y alegó creerse un vampiro
que bebía la sangre de sus víctimas. Cabía ya hablar de víctimas en plural, dado que
pronto se descubrió que Haigh había repetido su esquema ultimador años atrás. Se supo
de otros cinco decesos, cuyas víctimas desaparecieron aniquiladas a consecuencia del
baño     de     ácido     que     el      estafador    y     asesino     les    propinaba.

El inicial homicidio databa de 1944 y fue concretado en desmedro de William Mc Swan,
opulento empresario. A este asesinato le siguió el perpetrado contra los parientes del
difunto, los jóvenes Donald y Ami Mc Swan en 1946. A su vez, en 1948, el matrimonio
formado por el doctor Archibald Henderson y su esposa Rosalie correría igual destino.

El victimario adujo haber bebido ritualmente sorbos de sangre de todos estos cadáveres, a
los que luego desintegró sumergiéndolos en ácido sulfúrico. Casi parece de más acotar
que la defensa basada en enajenación mental no tuvo éxito. Todo indicaba que John
George Haigh estaba lúcido al momento de inferir sus desmanes. El motivo de sus
crímenes consistió en una mezcla de afán de lucro y de perverso placer.

En la mañana del lunes 10 de agosto de 1949, en acatamiento de la sentencia impuesta, el
responsable de las criminales desapariciones fue colgado hasta morir. La ejecución
pública la llevó a cabo Mr. Pierrepoint, el cual era el más célebre de los verdugos oficiales
de Gran Bretaña por aquellos tiempos, cuando todavía imperaba la pena capital en ese
país.
26.
                           MAY

                            18

     Henri Landrú: El "Barba Azul" francés

HENRI LANDRU: LA INCREIBLE HISTORIA DEL "MATAVIUDAS"




      Clásica imagen del criminal Henri Desiré Landrú
El asesino de señoras en una caricatura de la época.- En la fotografía de abajo: La
ejecución pública de Landrú




El pasado siglo XX ha sido, ya desde sus albores, extremadamente pródigo en materia de
homicidas en cadena. Un ejecutor francés que mereció el mote de "Barba Azul" lo
constituyó Henri Desiré Landrú. Este hombre menudito y de apariencia sosegada resultó
ser, no obstante, un muy prolífico matador serial que victimó a diez mujeres y a un
muchacho -hijo de una de sus infortunadas amantes-, y el suyo es recordado como uno de
los nombres más tristemente destacados dentro de los anales del delito.

El móvil que lo impulsaba a emprender sus fechorías era de carácter económico, pues
ultimaba para extraer beneficios financieros de las cándidas féminas a las cuales estafaba.
En realidad, les provocaba la muerte en procura de impedir ser delatado una vez que las
mujeres timadas se percatasen de haber sido burladas en su buena fe por su prometido. Y
es que el individuo las conocía por conducto de anuncios matrimoniales en los cuales se
presentaba como un solitario caballero poseedor de considerable fortuna en busca de una
buena compañera y, tras relacionarse con aquellas que acudían a las galantes citas,
lograba hacerles bajar la guardia ganándose su confianza merced a promesas de
matrimonio.

Henri Desiré Landrú, también apodado el "Mataviudas", nació el 12 de abril de 1869 en el
ámbito de una familia respetable y de menguados recursos. A sus veinte años dejó
embarazada a una prima, Marie Catherine Remy, y se casó con ella. Viviría con su esposa
y sus hijos hasta el término de su existencia llevando una doble vida. Por un lado, era un
esposo ejemplar que proveía a las necesidades de su prole. Pero también poseía una
parte secreta donde se dedicaba a los timos apropiándose del dinero y de los bienes de
las víctimas que engatusaba. Nunca se supo a ciencia cierta si su cónyuge y sus hijos eran
cómplices conscientes de sus delitos. En todo caso, cuando andando el tiempo se juzgó a
Landrú, el fiscal se mostró clemente y no levantó cargos contra la familia del acusado.

Entre los años 1902 a 1904 incurrió en la comisión de algunos delitos de magra monta que
lo condujeron a la cárcel. Su primera pena se le aplicó el 21 de julio de 1904 al ser hallado
responsable de una estafa. Tras este castigo se le impondrían otras sanciones leves,
siendo la última pronunciada el 26 de julio de 1914, en víspera de que Alemania declarase
la guerra a Francia. Dicha condena no la purgó efectivamente, sino que fue juzgado in
absentia al no poder ser ubicado. La Primera Guerra Mundial estaba a punto de estallar, y
problemas de mayor envergadura acuciaban al gobierno galo, por lo cual su justicia no se
molestaba          en         perseguir         a        pequeños           embaucadores.

Mientras permanecía recluido a raíz de uno de aquellos procesamientos recibió la ingrata
noticia de que su anciano padre se había suicidado colgándose de un árbol, al no poder
superar el dolor moral y el bochorno producido por la indecorosa conducta de su hijo. No
obstante, el mozo no recapacitó sino que -como vimos- una vez liberado de su
confinamiento volvió a las andadas. Ya por entonces había refinado su modus
operandi delictivo, y se entregó en cuerpo y alma a la innoble tarea de estafar a señoras
incautas. La denuncia que radicó una de sus despechadas enamoradas le valió el último y
más        prolongado         de      esos       períodos        a      la       sombra.

En su nueva estadía en la cárcel el prisionero rumió su venganza contra aquellas ingratas
que eran capaces de conducirlo a tan comprometida situación, y adoptó una resolución
implacable: para terminar con las denuncias debía acabar con la existencia de las
denunciantes. Se juró que así obraría en el futuro. A partir de allí perfeccionó su técnica
defraudatoria. Comenzó a poner publicaciones en las secciones de los periódicos donde
los usuarios de ambos sexos buscaban encuentros amorosos. En esos artículos se
promocionaba como un viudo de mediana edad y cómodo pasar financiero deseoso de
restaurar su vida relacionándose con una dama de condición semejante.

Arribó el año 1914, y con él la Primera Guerra Mundial a la cual su patria se volcaría de
lleno. El horrible conflicto bélico que costó la existencia a millones de seres humanos y
aparejó tantas desgracias devendría, paradójicamente, un ciclo de bonanza e impunidad
para este refinado malhechor. Y es que la policía francesa estaba demasiado ocupada
atendiendo problemas más graves y urgentes que las denuncias por las misteriosas
desapariciones         de         unas      cuantas        divorciadas      o      viudas.

El criminal intuía que al concluir la conflagración terminaría asimismo su anonimato. Ahora
sí los pesquisas estarían en condiciones de ocuparse de su persona, y de poco le servirían
los numerosos alias que usaba para despistar y las tretas de las cuales se valía a fin de
borrar sus huellas. Tanto es así que cuando su joven amante Fernande Segret -única
mujer a la cual parece haber amado y cuya vida respetó- le anunció emocionada que la
guerra había por fin concluido, Henri Landrú -cabizbajo y con tono de voz sombrío- le
contestó. "Sé que ahora no lo puedes llegar a comprender, pero esa es la peor noticia que
podrías              haberme                dado,             querida               mía"

Cierta madrugada de 1919 oficiales de policía golpearon a la puerta de la vivienda parisina
del número 76 de la calle Rochechouart que el ultimador compartía con su novia. Henri,
recién levantado, se vistió con prontitud y atendió al detective jefe que le exhibió la orden
judicial de arresto. Con amable firmeza negó cada una de las acusaciones que los agentes
le formularon delante de su atónita amante, la cual no podía dar crédito al ver cómo se
llevaban detenido al hombre con quien escasos momentos antes compartía el lecho.

El galante verdugo tenía un defecto que a la postre lo condujo a su perdición. Era tan
meticuloso que hasta el mínimo acontecimiento lo anotaba en una serie de pequeñas
libretas de apuntes. En ellas podía leerse desde las compras de comestibles hasta las
fechas cuando hizo desaparecer a una docena de desprevenidas mujeres y a un chico,
cuyos nombre había consignado. Todas las prometidas del abominable novio acabaron
con sus cuerpos desmembrados, y sus restos fueron incinerados dentro del horno de una
amplia cocina económica que el verdugo tenía instalada en su chalet de campo en la
localidad de Gambias. Abundantes datos de sus homicidios estaban relacionados con
pulcra caligrafía en las páginas de aquellas delatoras libretitas, y conformaron la primordial
prueba             esgrimida          por            la             acusación           fiscal.

El 30 de noviembre de 1921 el jurado regresó a la sala de justicia con el veredicto, y su
portavoz leyó en voz alta la fatídica e inapelable decisión. Horas previas a su muerte el
penado rechazó cortésmente los servicios que el Capellán de la cárcel le ofreció para
descargar su conciencia, mientras los guardias esperaban fuera de la celda a fin de
encaminarlo hacia el patíbulo. "Debo acompañar a estos señores", se excusó ante el
religioso y, luego de hacer una pausa, con tono melodramático añadió: "La muerte es una
dama y no resulta propio de un caballero hacerla esperar" En la gélida mañana del 25 de
febrero de 1922 la cabeza guillotinada del "Barba Azul" caería dentro de un canasto en la
sala de ejecuciones de una cárcel cuyo frente daba al palacio de Versalles.

En el curso de su última estadía en prisión se había transformado en un fenómeno
mediático tan extraordinario que, en tanto aguardaba su triste destino, el reo recibió
decenas de cartas escritas por admiradores de ambos sexos, y por mujeres que le
ofrecían amor y le solicitaban matrimonio.
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              TORSO: El descuartizador de Cleveland
Horror en Cleveland: Los crímenes de "Torso"




       Agentes policiales desenterrando macabros hallazgos




    Mutilado cadáver femenino de una anónima víctima del descuartizador
El médico Frank Sweeney fue el principal sospechoso. Fotografía de abajo: El
célebre Elliot Ness, que persiguió sin éxito al sanguinario psicópata
Un tenebroso asesino en serie aterrorizó a la población de los barrios bajos de Cleveland,
estado de Ohio, Estados Unidos, durante la década del treinta en el pasado siglo. Los
periódicos lo calificaron con el seudónimo de "El descuartizador de Cleveland", en atención
a la zona donde cometía sus agresiones, y debido al desmembramiento que infligía sobre
los organismos de sus víctimas. Más sencillamente se lo conoció como "Torso" a causa de
la extraña y cruel manía que manifestaba, a saber: de los cadáveres sólo aparecían los
torsos, pues a todos ellos les habían aserrado cuidadosamente sus miembros y, además,
aparecían                                                                    decapitados.

Los crímenes de Cleveland comenzaron en el año 1934 y el descuartizador jamás fue
capturado. Su perfil concuerda con el de un sádico. Los periódicos también tildaron a este
implacable psicópata "El loco carnicero de Kinsbury Rum", y entre los meses de
septiembre de 1934 y agosto de 1938 asesinó a una docena de hombres y mujeres, en su
mayor parte prostitutas y vagabundos. Decapitaba a las víctimas, y en seis casos la
cabeza nunca fue encontrada. En dos ocasiones mató a dos personas a la vez,
desmembrando                                  los                                cuerpos.

Elliot Ness, el célebre Policía vencedor del hampa de Chicago, llegó a ocupar el cargo de
Director de Seguridad Pública de Cleveland desde 1935, luego de alcanzar notoriedad
gracias a sus brillantes triunfos contra la delincuencia organizada. En declaraciones
formuladas a la prensa el jerarca expuso su parecer de que el criminal debía ser un
hombre alto y fuerte que poseía un coche y, probablemente, era propietario de una casa
donde podía tozar y disponer de los cadáveres sin ser molestado.

Las investigaciones practicadas revelaron la existencia de un sujeto cuyas características
se ajustaban a dicha descripción. Desde los años de la denominada "Gran Depresión
Norteamericana" la localidad de Kinsbury Rum próxima al río en Cleveland se nutrió de
abundante cantidad de vagabundos y desocupados que hallaban allí un precario refugio.
Esta población iba en aumento al estar en ruta de paso de los ferrocarriles, en cuyas
estaciones descendían en número creciente pasajeros desalojados de las grandes
ciudades.

El 5 de septiembre de 1934 fue encontrado el que se llamó "Torso Playero", o sea, un
cadáver de mujer decapitado con muñones cercenados a la altura de las rodillas. Nunca
fueron rescatados ni la cabeza ni los brazos. la autopsia sugirió que el cuerpo había sido
conservado durante un tiempo en cal. También se motejó a estos restos humanos con el
sobrenombre                de "La               dama               del              lago".

Precisamente un año más tarde, en septiembre de 1935, dos adolescentes se toparon con
un segundo cadáver al fondo de una pendiente conocida como "La colina del asno". Se
trataba del cuerpo desnudo -excepto por unos calcetines negros que enfundaban los
muñones de las piernas- de un varón caucásico cuyas piernas estaban estiradas y sus
brazos yacían a los costados. Lo habían decapitado, sus extremidades estaban
cercenadas             y             los            genitales             arrancados.

Al revisar el área los policías detectaron otro cadáver mutilado de igual manera, pero en
peor estado, que mostraba marcas en las muñecas, en indicio de haber sido atado antes
de fallecer. Otra señal, más terrible todavía, era que los músculos del cuello estaban
retractados, lo que significaba que el hombre se hallaba vivo y consciente cuando lo
decapitaron. El cercenamiento fue producto de una sucesión de violentos golpes
asestados         con         un        cuchillo      en       extremo        filoso.

Dos meses después de arreciar esta ola de crímenes se designó a Elliot Ness para el
puesto de Investigador Principal de la Oficina de Seguridad Pública de Cleveland. En aquel
cargo emprendió una decidida campaña para limpiar la corrupción en la policía y en los
cuerpos de bomberos locales, y atacar al juego clandestino. A partir del hallazgo del cuarto
cuerpo despedazado el jerarca se involucró de lleno en la labor. Se ofreció una
recompensa de un millón de dólares a quienes aportaran datos aptos para capturar al
homicida,          suma             sideral          por           ese           entonces.

El ulterior cadáver desmembrado pertenecía al sexo femenino y apareció dentro de una
cesta. Uno de los muslos iba envuelto en papel de un periódico editado el día anterior y
faltaban partes del cuerpo, incluida la cabeza. La testa de otra víctima fue descubierta por
dos niños de color que paseaban por Kingbury Rum, y estaba oculta dentro de la tela de
dos pantalones cortados. Al siguiente día se localizó el resto del cuerpo a unos quinientos
metros de distancia. Se identificó al occiso como un varón joven, alto, de
aproximadamente veinte años y con varios tatuajes. Lo habían decapitado mientras aún
vivía.

El público estaba aterrorizado. La ausencia de miembros tornaba imposible la
individualización al no existir huellas dactilares ni registros dentales para cotejar. Otra
curiosidad del asunto radicó en las cartas remitidas presuntamente por el asesino, las
cuales     se    consideró     que    provenían     de    bromistas    de    mal    gusto.

El 22 de julio de 1936 una joven de diecisiete años halló otro cadáver desnudo y
cercenado que había sido arrojado a un barranco. Cerca de allí se ubicó ropa barata,
indicio de que el muerto era un pordiosero que podía estar residiendo provisoriamente en
uno de los míseros campamentos afincados en ese lugar. Algunos borrachos y
vagabundos describieron a un hombre sospechosos y, en base a estos relatos, se trazó un
retrato                                                                           robot.

El 10 de septiembre de ese año un menesteroso literalmente se tropezó con un torso
humano al cual le faltaban la cabeza y los brazos. Los restos habían sido lavados en una
cloaca. Según determinó la autopsia, el desmembrado difunto apenas llevaba cinco horas
muerto.

En total, al atroz verdugo se le atribuyeron doce homicidios de mujeres y hombres, y sólo
dos víctimas resultaron identificadas. Hubo varios sospechosos, aunque ninguno de ellos
fue enjuiciado. La infructuosa búsqueda duró diez años y los últimos cadáveres
aparecieron en 1938. Se especuló por el Juez del condado, Samuel Gerber, que el
matador era un médico, o disponía de conocimientos clínicos sobre disección, y que
drogaba           a         sus         presas        antes         de        ultimarlas.

Elliot Ness devino muy criticado por usar tácticas propias de "Los Intocables". Ordenó
prender fuego a un asentamiento de desocupados emplazado en la zona. Ardieron
bodegas y casas de madera en Kinsbury Rum durante una noche en la cual la policía
arrestó a los lugareños. Esta acción despertó indignación popular, y se dijo que sus
métodos brutales delataban frustración ante el fracaso. Más de sesenta sujetos fueron
detenidos en esa ocasión, aunque finalmente todos tuvieron que ser dejados en libertad
por                     ausencia                      de                     pruebas.

Se apresó, poco tiempo más tarde, a un cirujano que padecía desórdenes mentales
llamado Frank Sweeney, e incluso lo habrían sometido a torturas, pero no mediaban
pruebas eficaces de que fuera el asesino. Los crímenes cesaron cuando el acosado
médico se internó por su cuenta en un hospital psiquiátrico. Algunos pensaron que el
auténtico criminal aprovechó la oportunidad buscando que se culpase a este hombre en su
lugar.

El afamado jerarca policial dimitió en 1942 e, insólitamente, se volvió adicto al alcohol pese
a haber sido enemigo acérrimo de los traficantes de whisky durante los años de la
depresión. Incluso sufrió un accidente de automóvil mientras conducía en estado etílico.
Una década más tarde, el ex jefe recibió en su domicilio tarjetas postales enviadas por el
presunto culpable, donde éste se burlaba y amenazaba con reiniciar la retahíla sangrienta.

El casi mítico Elliot Ness falleció el 16 de mayo de 1957, siendo el caso del Asesino del
Torso el único que no logró resolver en su larga y destacada carrera en la lucha contra el
crimen.




Portada del libro HISTORIAS DE ASESINOS. Texto extraído de dicha obra, pags. 91 a
98.
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                      H.H. HOLMES. El doctor torturador
LA HISTORIA DE H.H.HOLMES EL MEDICO TORTURADOR




Fotografía del sádico médico que se hacía llamar H.H.HOLMES.




El   castillo   del   horror   donde   el    psicópata   atormentaba   a   sus   víctimas.
Abajo: inocentes    víctimas    del   asesino:   Los    hijos   de   Benjamín     Pitizel   .




Herman Webster Mudget nació en el año 1860 en la localidad de Gilmanton, Norteamérica,
   en una familia honesta y puritana. A muy temprana edad manifestó un interés enfermizo
por las mujeres que lo transformó con el tiempo en un obseso sexual y en un sádico. A los
                 dieciocho años se casó con una joven adinerada, Clara Louering.
  Se aprovechó de la fortuna de su mujer para concluir sus estudios de medicina y obtener
su doctorado con honores en la Universidad de Michigan. Una vez cumplido su objetivo, y
     dejando a su cónyuge en la ruina, huye y se instala en la casa de huéspedes de una
      respetable y hermosa viuda que lo mantiene gracias a la renta de su pequeño hotel.
     Sin embargo, no conforme con los beneficios que recibe, transcurrido cierto tiempo el
futuro victimario múltiple también abandona a esta mujer y se instala durante un año en el
estado de Nueva York donde pasa a ejercer su profesión de médico. Finalmente se radica
en al ciudad de Chicago, donde prevaleciéndose de su imagen de hombre distinguido, alto
                         y elegante consigue muchas conquistas amorosas.
          En sus redes cae una joven bonita y millonaria, Myrta Belknap, pero la chica no
    corresponde a sus galanteos, razón por la cual, para evitar que se descubra que sigue
   casado, Mudget decide cambiar su nombre por el de doctor H.H.Holmes. Con su nueva
 identidad logra desposar a la muchacha. Se transforma en bígamo y, de tal suerte, estafa
   a la familia de su nueva esposa en cinco mil dólares, cantidad descomunal para aquella
época. Con ese dinero mal habido manda edificar una residencia palaciega en la localidad
                                            de Wilmette.
 Entre tanto, y siguiendo su impulso amoroso y su irrefrenable codicia, obtiene el cargo de
     gerente de una farmacia en Englewood, cuya dueña es una viuda a la cual engatusa
     fácilmente. Mudget/Holmes se convierte en su amante y logra que ella le deposite su
  confianza. Valiéndose de un ardid tuvo en su poder la contabilidad del negocio, lo cual le
  permitió falsificar los libros contables y apropiarse de los fondos. Una vez culminado con
        éxito el plan delictivo se adueña directamente de la totalidad de los bienes, y hace
     desaparecer a su incauta enamorada, en lo que posiblemente representaría su inicial
                                              homicidio.
      En el año 1893 estaba próxima a verificarse una importante exposición en Chicago,
       llamada "La primera feria mundial", y el doctor Holmes pensó que esa devendría la
   oportunidad de su vida, pues dicho evento iba a atraer a numerosa cantidad de mujeres
  jóvenes, atractivas, solteras y millonarias. Por medio de una sucesión de estafas compró
  un terreno y emprendió la construcción de un fastuoso hotel que semejaba una fortaleza
                     medieval (que luego se conoció como "El castillo Holmes").
El criminal diseñó personalmente el interior del lugar, dado que las compañías que habían
   iniciado las trabajos edilicios abandonaron la empresa. De esa forma Herman Webster
     Mudget resultó el único que conocía los escondrijos de la imponente estructura. Las
     habitaciones contaban con trampas y puertas corredizas que desembocaban en un
 laberinto de pasillos secretos, y en las paredes de éstos había mirillas disimuladas desde
donde el vesánico galeno observaba a sus desprevenidas invitadas deambular por la finca.
 Debajo de los pisos de madera instaló una conexión eléctrica que le posibilitaba, a través
  de un panel indicador dispuesto en su oficina, rastrear a sus futuras víctimas. Manejaba,
 además, grifos para bombear gas, los cuales, conectados a las habitaciones, le permitían
                  eliminar a varias mujeres sin tener que moverse de su sitio.

Cuando tiempo más adelante los errores incurridos por el terrible cirujano determinaron su
 aprehensión, los policías que allanaron aquella extraña morada en busca de pruebas se
    llevarían una sorpresa rayana en el estupor. Descubrieron que el "castillo" había sido
utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones. Encontraron cámaras herméticas
   dentro de las que se podía bombear gas, un horno muy grande capaz de contener un
    cuerpo humano, cubas con ácido, así como habitaciones equipadas con instrumental
                 quirúrgico de disección, y toda la parafernalia de la tortura.

  Este aberrante artificio estuvo concluido un año antes de inaugurarse la exposición de
Chicago, el 1 de mayo de 1893, y el doctor Holmes puso en funcionamiento su mansión de
 los horrores llevando hasta ella a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria.
 Procuraba que éstas residieran en estados alejados a fin de evitar la inoportuna visita de
  parientes y amigos. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante
 promesa de matrimonio, y luego el médico las forzaba bajo tortura a firmar poderes en su
favor donde le cedían toda su fortuna. A otras chicas las asesinaba con el objeto de cobrar
                     los seguros cuyas pólizas obligaba a transferirle.

   En el macabro hotel las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente,
 asesinadas. Acto seguido, el psicópata transportaba los cadáveres sobre montacargas y
los trasladaba hacia los sótanos, donde los disolvía en grandes piletas con ácido sulfúrico
  o los cremaba dentro de una enorme estufa. Otro método de eliminación consistía en
                          sumergir despojos humanos en cal viva.

   Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de
   saciar los perversos instintos de su dueño. Había construido una habitación en cuyo
 interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio. Entre ellos -y aunque
   parezca increíble- instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies, con la cual
 mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los organismos
        solía desmembrarlos o despellejarlos para practicar bestiales experimentos.

   Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron pronunciadamente al terminar la
 exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su
 empobrecida economía. Elucubró entonces prender fuego al último piso de su mansión,
    con el propósito de que la compañía de seguros tuviera que pagarle una cuantiosa
 indemnización de sesenta mil dólares de aquella época. El proyecto delictivo se frustró
            pues la empresa aseguradora indagó a fondo y constató el fraude.
Al quedar en descubierto, se fugó hacia Texas. En esa ciudad cometió varias estafas que
      lo condujeron por primera vez a la cárcel. Salió bajo fianza y tramó una nueva
defraudación. Junto con un cómplice llamado Benjamín Pitizel ideó un plan. Su compañero
   debía contratar un seguro de vida en la ciudad de Filadelfia y, transcurrido un tiempo
 prudencial, la esposa de este hombre se presentaría reclamando la prima. Antes la mujer
      debía concurrir a la policía llevando consigo un cadáver anónimo, previasmente
     desfigurado, pretendiendo que era el de su infeliz marido muerto en un incendio.

No obstante, tal cual era de suponer, el médico se resistió a compartir las ganancias con la
      beneficiaria. En realidad, su plan siempre consistió en asesinar a su cándido socio
   fingiendo un accidente, y presentarse él directamente a requerir el importe del seguro.
 También proyectaba deshacerse de la señora Pitizel y sus dos hijos. Una vez concretado
el homicidio contra su socio, se dirigió a la morgue pretendiendo ser un amigo del occiso y
 pidió reconocer el cuerpo. Luego buscó a la viuda para que fuese a cobrar el dinero de la
                                             poliza.

Lo que el estafador no tuvo en cuenta fue que un ex compañero de celda -quien estaba al
 tanto del complot- iría a delatarlo. La compañía de seguros se negó a abonar, contrató a
      investigadores privados y denunció el fraude a las autoridades. Los inquisidores
emprendieron una minuciosa pesquisa hasta que el doctor Holmes confesó ser el autor de
 los crímenes de Pitizel y de sus hijos menores. Aunque muchos policías mancomunaron
esfuerzos en pos de la resolución del enigma, el investigador que tuvo el mérito de revelar
    el caso fue Frank Geyer, quien trabajaba para la renombrada agencia de detectives
                    Pinkerton contratada entonces por la aseguradora.

 Una vez iniciado su proceso penal Mudget/Holmes sorprendió a fiscales y jueces por su
habilidad para manipular y mentir. Acosado por la esposa de Pitizel a fin de que confesara
      ser el matador de su marido y de sus hijos trató de disuadirla escribiéndole una
  melodramática carta, donde terminaba exhortándola:"Ud. me conoce bien señora. No
          puede creerme capaz de asesinar a niños inocentes sin ningún motivo"

El pérfido reo se divertía adjudicándose asesinatos que no había consumado de personas
     que aún estaban con vida en ese tiempo. De paso, mientras se comprobaba si la
 información era verídica, lograba retrasar la dilucidación de su juicio criminal. No existe
una cifra segura del número de muertes que provocó. Aunque en unas memorias escritas
 durante el lapso en que estuvo recluido previo a sus ejecución confesó ser culpable de
haber cometido veintisiete homicidios, las pruebas forenses recogidas en su fúnebre hotel
    apuntan a que la sumatoria de víctimas podría haber excedido las ciento cincuenta.

   El "doctor torturador" -alias con el cual lo tildó el periodismo de aquellos tiempos- fue
   condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia y la sentencia se llevó a
 efecto el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y seis años al momento de
                                  acaecer su forzado deceso.




 * Texto extraído de "Historias de Asesinos" del autor, editorial Carlos Alvarez, Uruguay,
 2010, ISBN 978-9974-611-38-2, pags.35 a 39. Portada del libro "Historias de Asesinos"
29.
                                    APR

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              Jack el Destripador y la reforma social

       JACK EL DESTRIPADOR COMO REFORMISTA: TEORIA IRONICA




Como un espíritu maligno y vengador ("Némesis de la negligencia") fue
representado el criminal por la prensa contemporánea




El dramaturgo George Bernard Shaw postuló irónicamente la teoría del asesino
reformista
El dramaturgo y escritor George Bernard Shaw, contemporáneo a los asesinatos de Jack
el Destripador, apuntó, entre otros conceptos, en una carta dirigida al
periódico Star publicada el 24 de septiembre de 1888: "...mientras nosotros
convencionales Social Demócratas, desperdiciábamos nuestro tiempo en educación,
agitación y organización (de las clases bajas) cierto genio independiente tomó el asunto en
sus manos y mediante el simple asesinato y destripamientos de cuatro mujeres convirtió a
la     prensa     propietaria     en     una     forma      inepta    de     comunismo...".

Shaw hablaba en broma, pero en el fondo no le faltaba alguna razón: lastimosamente
tuvieron que acaecer aquellas espantosas muertes para que el pueblo y la sociedad
británica se despertara, comprendiera la enorme gravedad del drama instalado en sus
regiones marginales, y adoptase medidas de emergencia a fin de paliar tan
desesperanzadora                                                          situación.

Ocurrió que la masacre cometida en el paupérrimo distrito de Whitechapel y sus aledaños
por aquel psicópata victoriano -en tanto emprendió su matanza durante el otoño de 1888,
en pleno reinado de la Reina Victoria- revistieron, paradojalmente, algún efecto positivo. Al
menos sirvieron a modo de llamado de atención para el gobierno inglés de la época hacia
los profundos problemas sociales existentes en el país por entonces más poderoso del
mundo. Ello no se hubiera conseguido de no ser gracias a la intensa difusión mediática
que se le confirió al asunto, y por la tremenda conmoción que esos luctuosos
acontecimientos                                                                  generaron.

Al poco tiempo, se formarían fundaciones benéficas para auxiliar a los sumergidos de los
barrios bajos, y se aliviarían las condiciones miserables en que malvivían los pobladores
de los suburbios pobres de la zona este de Londres, como el distrito de Whitechapel,
donde tuvieron cabida los homicidios. Aún sin habérselo propuesto, Jack el Destripador
logró sacudir poderosamente a la opinión pública, al punto de dejar al desnudo la miseria y
promiscuidad reinante en los arrabales londinenses. Su tétrica irrupción en escena
fomentó la noble labor que venían emprendiendo instituciones caritativas, como el Centro
Comunitario de "Toynbee Hall" dirigido por el reverendo Samuel Barnett y su esposa.

Así sería como -de esa retorcida forma- el atroz criminal devino un reformador positivo de
su sociedad o, al menos inconcientemente, cumplió con dicha función. Pese a que casi
seguramente se trató de una noción errada, la hipótesis de un "Jack reformista" contó con
sus adeptos desde el inicio y la prensa no se tomó precisamente a broma los comentarios
irónicos                                  del                                dramaturgo.

De tal manera, por ejemplo, el fallecido escritor estadounidense Tom Cullen, en su muy
documentado libro"Otoño de Terror", inicialmente publicado en el año 1964, presenta al
Ripper fungiendo en el rol de enajenado reformista de su comunidad cuando expresa>.
"...qué mejor escenario paa sus crímenes que el East End de Londres, suponiendo que
desease despertar la conciencia pública con respecto a la injusticia social... ¿Qué medio
mejor para provocar el horror que enfrentar a tales multitudes con manchas de sangre aún
no secas sobre la calzada?... opino que la evidencia interna del caso indica el empleo de
losa sesinatos como un medio de protesta social. La prueba radicaría en la reforma que los
asesinatos pudieron traer consigo..." (Otoño del Terror, Editorial Ultramar, Barcelona,
españa,                        1993,                        pp.                     234.).
También la autora Judit Walkowitz en su ensayo "La ciudad de las pasiones
terribles",ediciones Cátedra,Valencia, España, 1992, pp.428 se hace eco de la teoría
reformista, al contar una anécdota que, de ser verídica, apuntala esa tesis. Según parece,
una desapacible noche de otoño de 1888 una honesta madre de familia se vio obligada a
internarse por las callejuelas del distrito rumbo al Hospital de Londres, sito en corazón de
Whitechapel -y en cuyos alrededores ya se habían consumado algunos homicidios- a fin
de obtener medicinas para su marido enfermo. A mitad de camino la señora fue
interceptada por un individuo de recia constitución física y aspecto respetable
quien: "...después de interrogarla sobre el tipo de emergencia médica que la forzaba a salir
de su casa, el hombre misterioso se había dado cuenta de que era "pobre" pero "honrada"
y la había dejado ir. A la mañana siguiente se encontró el cuerpo mutilado de una
prostituta        a       unos          doscientos       metros        de         distancia..."

Incluso reputados científicos de aquel momento, por caso el médico psiquiatra Forbes
Winslow, propusieron que el victimario actuaba movido por una religiosidad enfermiza.
Este alinenista victoriano estimaba que el matador constituía: "...un desorientado con
dogmáticas convicciones religiosas creído de estar llamado a cumplir en la tierra un
destino aniquilador (de prostitutas) asignado por Dios...", y así se lo manifestó a la prensa.

Pero parece muy claro, no obstante, que las razones del asesino no eran altruistas.
Aunque la desconcertante compulsión que lo llevaba a matar una y otra vez continúa
siendo objeto de polémica hasta nuestros días, ciertamente habría que descartar cualquier
interés moral detrás de sus destructivos actos.
30.
                                    APR

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    Jack el Destripador: Modus operandi y legado criminal




       El asesino atacando a una víctima según una viñeta contemporánea




El criminólogo Robert Ressler también expresó su opinión sobre el modus
operandi de               Jack                the               Ripper.
Según el eminente criminólogo Robert Ressler la policía se equivocó al diseñar un perfil
para Jack el Destripador y buscar a éste entre individuos de clase alta, cuando el tipo de
víctimas y los lugares donde perpetraba sus agresiones señalaban, sin sombra de dudas,
que el ejecutor debía pertenecer a la misma zona donde vivían sus asesinadas y ser de
clase                                    social                                       baja.

También consideró que el asesino era desorganizado en su modus operandi, pues se
trataba de: "...un hombre perturbado, y cada vez más perturbado con cada nueva víctima.
La intensificación de la violencia, las amputaciones y el desorden general que reinaba en
el lugar de los hechos eran buena prueba de ello..." (Robert Ressler, "Dentro del
monstruo",       Alba   editorial,    Barcelona,   España,     2003,    pp.77     y   78)

Aunque cabe coincidir con Robert Ressler en que predomina en el modo de operar de este
delincuente un sesgo desorganizado hay, sin embargo, algunas facetas de sus asesinatos
que desconciertan, y determinan que pueda ser catalogado como un victimario serial de
tipo mixto, en el cual confluyen rasgos propios del homicida desorganizado junto con
rasgos                    inherentes                  al                   organizado.

Resultan aspectos propios de un accionar organizado, la planificación concienzuda y
rigurosa de sus ataques. Conocía a la perfección el terreno y sabía dónde se localizaban
cada una de las posible vías de escape. Asimismo, era evidente que portaba consigo uno
o más cuchillos a la hora de acometer sus tropelías; patrones conductuales, todos ellos,
sólo           dables           en           un            asesino          organizado.

La paradoja consistió en que efectuaba igualmente actos de jaez casi ritual que claramente
se asignan al comportamiento de los matadores en cadena desorganizados. El más
notorio de estos actos residía en las extensas y salvajes mutilaciones que infería post
mórtem a los cadáveres. En los crímenes del Destripador no se aprecia el ingrediente de
brutalidad y sadismo previo a ocasionar la muerte a las agredidas.

No se solazaba en provocarles agonía, ni las sometía a un intenso terror. Se cree que las
desgraciadas rameras fallecían en forma rápida y "eficaz", merced a un limpio y certero
tajo asestado de izquierda a derecha en sus gargantas, con un fuerte y afilado cuchillo que
les cercenaba la vena yugular. Tal vez las mujeres habían sido previamente desmayadas,
por medio de una enérgica maniobra de estrangulamiento que tenía por objeto hacerles
perder la consciencia para facilitar el corte decisivo pero, al mismo tiempo, ese diestro
accionar    conllevaba     el    efecto     de    ahorrarles    sufrimiento   y    pánico.

El criterio más aceptado se inclina por que Jack the Ripper no era un sádico, no se
regodeaba infligiendo miedo o dolor a sus presas humanas mientras estas permanecían
con vida, sino que su primordial interés radicaba en la extracción de órganos, a fin de
conservarlos cual si constituyesen trofeos, o para ingerirlos en el marco de un impío
ceremonial                     místico                    o                    caníbal.

Empero, ya fuese que predominara en él la organización o la desorganización criminal, de
lo que hay consenso es que se trataba de un conocedor del terreno o coto de caza en el
cual operaba. Perpetró sus ataques dentro de un estrecho perímetro equivalente a poco
más de una milla cuadrada, en el distrito de Whitechapel y sus aledaños.

Tanto si residía o no en los barrios marginales de Londres, se tornó patente que dominaba
perfectamente la configuración de las calles y la localización de los albergues, pensiones y
tabernas allí existentes. En particular conocía la manera de evadirse una vez concluido
cada avance letal. Estaba al corriente de todos los callejones y las calles que terminaban
sin    salida,     y     sabía     cómo      huir     desde      un      patio    a    otro.

En definitiva: ¿Era un ultimador serial organizado?, y gracias a tal talento pudo mantenerse
impune por siempre. O, por el contrario, ¿Fue un asesino secuencial desorganizado? Y
logró el anonimato sólo a causa de su buena suerte, o por ser encarcelado por otros
delitos,         o          por          fallecer        tiempo            más         tarde.

En cuanto atañe a la historia conocida, baste con recordar que durante el transcurso del
año 1889 se fue bajando el telón del drama protagonizado por el criminal y sus víctimas.
Aún cuando nuevas mujeres morirían de forma sospechosa, la policía se negó a creer que
sus   decesos resultaran       obra del mismo victimario del             año    anterior.

Mucho se ha fustigado a Scotland Yard, pero vale quebrar una lanza a favor de esa señera
institución. Nunca buscaron un chivo expiatorio para enjugar su responsabilidad por no
haber podido capturar al verdadero homicida. Y eso que los manicomios de aquel
entonces rebozaban de candidatos que pudieron sin dificultad haber sido acusados, y
pasar                    por                     culpables                    plausibles.

Con el andar del tiempo, otras noticias sensacionalistas ocuparon el puesto dejado por sus
crímenes, y la ominosa sombra del Destripador se fue diluyendo paulatinamente. Más no
sucedería así con su aciago recuerdo, el cual se instaló dentro del inconsciente colectivo
como arquetipo del terror. Un mundo conmocionado y una sociedad británica aterrorizada
quedaban como testimonio de la locura sanguinaria de Jack.
31.
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          Jack el Destripador. ICONO DEL TERROR
            JACK EL DESTRIPADOR: UN LEGADO DE TERROR




Imágenes: Arriba. Portada de la edición en inglés de "Gente del abismo". Abajo:
                 Fotografía del insigne escritor Jack London.
Representación            popular          de           Jack           the         Ripper




Las difuntas que encontraron su patético destino bajo el cuchillo de aquel depredador de
estertores del siglo XIX sufrieron la desgracia de haber habitado dentro de uno de los
sectores urbanos más conflictivos y miserables de la capital inglesa: el East End; y más
precisamente, en el sumergido distrito de Whitechapel (literalmente: "Capilla Blanca", en
honor a la iglesia homónima allí emplazada). Dicho segmento de la populosa urbe británica
fue calificado indistintamente con los motes de "El abismo" o "El infierno", observándose
aquí la nomenclatura que a su respecto acuñase el insigne escritor norteamericano Jack
London.

En el año 1902 el artista decidió ir a convivir durante un período con los desamparados en
las callejuelas y los albergues situados en los suburbios de la Inglaterra victoriana para
redactar, cimentado en sólido conocimiento de primera mano, su impresionante alegato de
denuncia social contra las infrahumanas condiciones de vida en el Este de Londres
("Gente                del               Abismo",                Jack             London)

La escabrosa celebridad adquirida por el asesino serial Jack el Destripador se construyó a
lo largo de un lapso inferior a las diez semanas. De hecho, desde el 31 de agosto de 1888
-óbito de la primera víctima canónica- pasando por la llamada "Noche del doble
acontecimiento", y al cabo de aquel octubre, donde su matanza devino novedad de
portada en los rotativos británicos, se consolidó su reinado de terror.

A partir de la fatal madrugada del 30 de septiembre de ese truculento año, la prensa y el
público se enterarían del alias que se había puesto a sí mismo el criminal. Y aún cuando al
presente existen pertinaces recelos de que el inquietante seudónimo se lo atribuyeron
periodistas sedientos por vender noticias, lo cierto fue que en todo el orbe se llegó a
identificar por medio de aquel pegadizo apodo a ese homicida sin parangón.
Esas escasas semanas fueron suficientes para que el mundo contara con un nuevo icono
del miedo. Y, tras transcurrir un mes de octubre bajo una tensa calma precursora de
tempestad, el pánico escalaría hasta sus cotas más elevadas. El 9 de noviembre de 1888
el desmembrador concretó la más espeluznante de sus malévolas hazañas cuando en el
amanecer de ese día destrozó a Marie Jeannette Kelly, en el interior de un lóbrego
cuartucho que aquella atrayente cortesana rentaba en la pensión de Miller´s Court, en el
número              26             de            la             calle           Dorset.

Luego saldría para siempre de escena, esfumándose tan abruptamente cuán repentina
había devenido su irrupción. Dejaría detrás de sí la sangrienta estela de un puñado de
hechos acreditados y las semillas de una persistente leyenda que, de tanto prolongarse en
el tiempo, pareciera no alcanzar nunca su fin.
32.
                                    APR

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                 Los rostros de Jack el Destripador

EN    BUSCA      DE     UN     ROSTRO       PARA    JACK     THE     RIPPER




Imágenes:

Jack el Destripador según un retrato robot, y la investigadora Laura Richards
Modernos estudios en la confección de perfiles psicológicos sobre la identidad y
personalidad que quién pudo haber sido Jack el Destripador determinaron que, el 20 de
noviembre del año 2006, un grupo de expertos en criminalística reconstruyera el contorno
facial           de          ese            mítico         ultimador           en          serie.
A tal fin se valieron de los testimonios que consideraron más fiables, porque describían a
sospechosos observados con las víctimas en momentos previos a los atentados de Jack.
De allí estos investigadores policiales construyeron una imagen robot de cómo podría
haber lucido el rostro del escurridizo homicida, y recrearon su plausible apariencia
fisonómica.
Laura Richards, Jefa del Comando de Crímenes Violentos de Scotland Yard fue la
encargada de coordinar a un calificado equipo que incluyó a patólogos, historiadores y
especialistas en la elaboración de análisis criminales, entre otros peritos.
La evidencia recopilada indujo a estimar que el perpetrador debía contar, en el tiempo en
que ejecutó la carnicería, con una edad promedial de entre veinticinco y treinta años, y
medir      entre      el   metro    sesenta       y   el   metro      setenta    de    estatura.
Además, debía gozar de complexión robusta, portar un poblado bigote negro, lucir cejas
espesas          y       una      faz       angulosa       con        acentuados       pómulos.
Su exterior parecería irreprochable, y para su entorno social daría la impresión de ser una
persona perfectamente cuerda. Aunque en realidad era capaz de alcanzar las cotas de
violencia                más              explosivas              y             sobrecogedoras.
La apariencia de normalidad que exhibía el sujeto se habría erigido en un factor crucial a la
hora      de      no     despertar     sospechas,      imposibilitando     así    su    captura.
El equipo de teóricos concluyó que resultaba casi seguro que el finiquitador morase en
forma permanente en la región donde se cometieron las fechorías, pues probablemente se
tratase de uno de los tantos ocupantes de aquellos atestados edificios sitos en los
alrededores        de    las   populosas       calles    Dorset     y   Flower     and    Dean.
Los pesquisantes que compusieron su perfil físico coincidieron en señalar que, si las
autoridades a cargo hubiesen contado con la tecnología forense moderna, Jack el
destripador no habría podido escapar impune al accionar de la justicia.
El ex Comisario de Scotland Yard, John Grieve, concuerda que si en el presente se
efectuase una indagatoria reuniendo todas las descripciones testimoniales se daría con el
tipo     de    fisonomía     que      tenía    la    persona     buscada     por    la   policía.
A partir de ese rostro compuesto podría irse con certeza tras el victimario, en tanto las
autoridades ya disponían de una cara completa sobre la cual centrar su labor. Todo
sospechoso dotado de tales rasgos fisonómicos sería detenido e indagado
exhaustivamente comprobándose sus coartadas. Cualquier fragilidad de las mismas
pondría a los inquisidores en camino firme, y el auténtico culpable no podría eludir su
condena.
El citado ex Jefe alabó la profesionalidad del trabajo encabezado por la Jefa Laura
Richards, y manifestó que su grupo de peritos llegó más lejos de lo que nadie había
logrado antes, al punto tal que, si la policía de aquella época hubiese dispuesto de ese
diagrama psicológico y físico del criminal, les habría bastado con salir a tocar las puertas
de las casas del distrito y forzosamente hubiesen aprehendido al responsable.
El retrato robot que dio la vuelta al mundo incluye los aludidos rasgos faciales y, en su
conjunto, la impresión que provoca es que no se trataba de un ciudadano inglés, y ni
siquiera                         de                        un                        anglosajón.
Por cierto que no se parece en nada al clásico rostro británico. Por el contrario, el retrato
refleja la fisonomía de un extranjero. Representa la faz de uno de los tantos inmigrantes
rusos, polacos o judíos, que en las postrimerías del siglo XIX pululaban en los barrios
pobres ingleses.

Jack el Destripador y otros asesinos seriales

  • 1.
    Jack el Destripadory otros asesinos seriales (artículos de PomboyPombo.blogspot.com)
  • 2.
    1. Jack el Destripador enfrentado a la grafología JACK EL DESTRIPADOR BAJO LA LUPA DE UNA GRAFOLOGA: EL DETALLADO ESTUDIO DE MONICA LAURA ARRA: La doctora en medicina y grafóloga Mónica Laura Arra Portada de la interesante y pionera investigación
  • 3.
    Dibujo del Inspector de Scotland Yard Frederick George Abberline Otra imagen supuesta del Inspector Abberline En el año 2010 salió publicada, por cuenta de Ediciones Dos y Una (Buenos Aires, Argentina), la primera edición de la investigación titulada "Jack el Destripador", escrita por Mónica Laura Arra, médica y grafóloga de extensa y prestigiosa trayectoria académica. Desde la solapa del citado libro se nos informa que la autora es médica recibida en la Universidad de La Plata, especialista en Psiquiatría y Psicología Médica, e integrante en tal carácter del Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires. También resulta especialista en Medicina Legal, y perita grafóloga. Fuera de esta reseña profesional, debe añadirse que se trata de una entusiasta de los misterios y, en particular, de uno de los más grandes arcanos de la
  • 4.
    criminología mundial: Elenigma sobre cuál fue la identidad del infame asesino serial victoriano Jack el Destripador. En un valioso esfuerzo Arra intentará develar la antigua incógnita desde las páginas de su libro. Su trabajo, no cabe vacilar, resultó pionero; no por ser la primera autora en procurar desentrañar la identidad de ese homicida en serie mediante la aplicación de disciplinas científicas, sino debido al sospechoso que postula para ocupar el sitial del Ripper, a saber: El Inspector Detective de la Policía Metropolitana Frederick George Abberline. No puede dejar de destacarse este hecho -que podrá sonar raro al lector-. Mónica Laura Arra, sin duda alguna, fue la primera en proponer al aludido Policía victoriano para el cargo del asesino a quien el mismo formalmente persiguió. Un libro con contenido casi idéntico (sospechosamente idéntico) vio la luz pública en su primera edición recién en el mes de julio de 2011. Se trató de una indagatoria a cargo del perito español José Luís Abad y Benitez. Esa obra gozó -a diferencia del trabajo de Arra- de una muy intensa difusión mediática en Internet, con declaraciones rimbombantes en diversos medios de prensa,obteniendo de ese modo su virtual "cuarto de hora de fama". Sin embargo, la obra que aquí comentamos resulta claramente anterior en el tiempo, pese a que en el libro del grafólogo español no se hace ninguna referencia a ella. Parece obvio que las posibilidades de que estemos frente a una coincidencia devienen casi imposibles. En fin: extraiga el lector sus propias conclusiones. Quienes siguen en este blog saben que no estoy de acuerdo con la hipótesis de que el Inspector Frederick George Abberline hubiese sido Jack the Ripper. No voy a cambiar ahora mi postura. Pero igualmente considero que, como estudioso de este caso criminal, no me debo abstener de tratar -humildemente- de contribuir desde aquí a que se haga algo de justicia, y de que se repare a la autora que realmente trabajó. Esta investigación pionera quedó casi en el anonimato sólo porque la escritora no movilizó recursos mediáticos, a diferencia de los muchos medios que de sobra utilizó el autor del segundo libro de tenor prácticamente igual. Ingresando a la investigación de Arra, debe ponderarse que la escritora dedica un meticuloso análisis grafológico al diario privado del célebre inspector, y lo coteja con variados manuscritos atribuidos a Jack the Ripper. Entre ellos, la carta conocida por su encabezado "Querido Jefe" y la misiva "Desde el Infierno" enviada el 16 de octubre de 1888 a George Akin Lusk, Presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel. También se aporta información muy interesante sobre el Inspector Abberline, destacándose las rarezas y fobias del Policía, así como lo escaso y contradictorio de los datos que se saben acerca
  • 5.
    de su vida. Pero el punto más llamativo está dado por el énfasis que la autora le otorga a determinadas cartas -que fueron escasamente analizadas por otros expertos- dentro del fárrago de correspondencia atribuido al victimario serial de Whitechapel. Se trata de aquellas misivas donde el redactor sugiere ser integrante de las fuerzas del orden. En más de una carta el emisor se jacta de ser policía, y alega que precisamente debido a esa investidura era imposible atraparlo. Entre tales letras resalta una remitida el 6 de octubre de 1888 amenazando al testigo Israel Schwartz -que sorprendió al homicida momentos previos a que ultimase a Liz Stride-. Algunas referencias convierten a esa epístola en un documento sumamente extraño, pues al parecer tan sólo un miembro de las fuerzas del orden podía disponer de la información que allí se maneja. Tal vez fuera Frederick George Abberline el policía felón. No olvidemos que a pesar de que la opinión que en general se tiene sobre este detective deviene muy positiva, al punto de que incluso filmes como "From Hell" (2001)- donde es encarnado por Johnny Depp- lo representan como un héroe, tal vez en verdad el hombre tuviera su lado oscuro. No resulta novedoso recelar de Abberline. Lo esencial, no obstante, radica en que las suspicacias anteriores al libro de Arra no postulaban que el Inspector en verdad constituyese el asesino al cual persiguió. Más modestamente, esas versiones acusaban al detective de complicidad en los crímenes del otoño de terror de 1888. Más aún, ni siquiera lo indicaban como cómplice, sino simplemente lo acusaban de dejarse sobornar y de no denunciar al culpable por haberse dejado tentar y aceptar una fuerte suma de dinero a cambio de su silencio. Fungiendo en este triste rol lo muestran, alternativamente, el fallecido escritor Stephen Knigth, en su "Jack the Ripper. The final solution" de 1976, y el genial Alan Moore en su From Hell; obra gráfica concluida en 1996 que fue precursora de la película homónima ya mencionada. 2.
  • 6.
    MAR 13 JAMES SADLER: andanzas de un sospechoso de haber sido Jack el Destripador JAMES THOMAS SADLER: PERFIL DE UN SOSPECHOSO El rostro de James Sadler reflejado en una acuarela Fotografía fúnebre de Frances Coles, víctima y novia del sospechoso Cuando en la madrugada del 13 de febrero de 1891 se descubrió el cadáver
  • 7.
    de Frances Coles-una bonita fémina pelirroja que ejercía la prostitución- los recelos sobre quién había sido su asesino recayeron rápidamente en su acompañante habitual de entonces. Aquel hombre era un marinero cincuentón y borrachín de nombre James Thomas Sadler, con malos antecedentes debido a su alcoholismo habitual y a su temperamento pendenciero. Para peor, parecía no disponer de una coartada apta a fin de justificar su situación a la hora de acontecido el crimen de la chica. Poco antes del deceso de la mujer Sadler la visitó, y se quedó conversando con ella durante largo rato en la residencia para inquilinos donde ésta moraba. Allí el casero lo vio por primera vez. Pero al arrendador de la casa de huéspedes le fue fácil reconocer al visitante, pues luego de dejar a su amiga y retirarse el individuo regresó, un par de horas más tarde, solicitando alojamiento. Se presentó con las ropas maltrechas y manchado de sangre en sus manos y en su rostro. Alegó, muy descompuesto, que unos gandules le habían apaleado para robarle su reloj de oro. Como se hallaba lejos de su residencia necesitaba imperiosamente hospedarse en la pensión para pasar la noche. El arrendador le sugirió que se dirigiera al hospital de Whitechapel a curarse las heridas, y se negó a alojarlo, no sólo porque el requirente carecía de dinero para pagar, sino porque lo atemorizó su apariencia: era claro que aquel tipo además de alterado estaba ebrio, y podría traerle problemas. Una vez que al día siguiente el portero de la pensión se enterase de la violenta muerte sufrida por su inquilina, no vaciló en aportarle a la policía los datos que sabía acerca de aquel sujeto. Tal vez la sangre no fuera suya, sino de la pobre Frances, y el desastrado aspecto del individuo se debiera a la resistencia agónica ofrecida por la muchacha al repeler la agresión. Lo cierto fue que pronto se apresó al sospechoso, y lo condujeron a la comisaria de la calle Leman. En ese reducto policial el detenido repitió su versión sobre el asalto de que fuera objeto, y protestó ser inocente del delito que le endilgaban. Como en el East End del Londres de ese entonces la información corría raudamente, se esparció por el vecindario el rumor de que los polizontes habían echado el guante no sólo al asesino de Coles, sino también al mutilador de rameras que llevaba ya tres años impune. Muchos habitantes tenían entre ceja y ceja a aquel loco. Algunos sufrieron malos tratos por parte de la policía en las desesperadas redadas para capturarlo. Otros eran amigos, clientes o chulos de sus víctimas. Ahora tenían la ocasión de tomar venganza, y antes de que lo derivaran al tribunal querían ponerle las manos encima al bastardo. Así fue que cuando los agentes trataron de sacar al arrestado por una puerta lateral, a fin de evitar chocarse con el tumulto que rondaba por la entrada principal del edificio, la maniobra fue advertida por los sitiadores que arremetieron buscando hacerse justicia por propia mano con el asustado marino mientras que, al grito de "Asesino" y otros epítetos insultantes, amenazaban con lincharlo. Los policías tuvieron que hacerse fuertes y blandieron sus porras golpeando las cabezas de los atacantes. Lo pudieron salvar, pero el hombre resultó una vez más vapuleado, y llegó al tribunal con sus ropas nuevamente maltrechas y su rostro amoratado. Las desventuras padecidas por el novio de la meretriz asesinada prosiguieron. La justicia, como acto de precaución, mandó encerrarlo en la prisión de Holloway, y
  • 8.
    seguidamente le instruyeronproceso penal bajo la acusación de haber victimado a Frances Coles. Desesperado el preso pidió auxilio al gremio de los fogoneros al cual pertenecía. Éstos contrataron a Harry Wilson, un hábil abogado que pudo probar la inocencia del encausado en el curso de una encuesta judicial que, no obstante, duraría más de un mes. Durante el lapso de su reclusión el ambiente en contra del preso se volvió en extremo tenso. La prensa sensacionalista no paraba de comunicar a su público que aquél no sólo había matado a su novia prostituta sino que, sin duda alguna, era el tan buscado matador serial que en 1888 se encarnizó brutalmente con las meretrices de Whitechapel. Finalmente, tras atravesar tantas tribulaciones, las andanzas de James Thomas Sadler concluyeron bien. Se lo liberó y consiguió que el periódico Star le pagase una indemnización por difamarlo y poner su vida en riesgo. Cuando concurrió al despacho de su abogado a cobrar la suma que le correspondía, conoció a un industrial que programaba un viaje de comercio hacia Sudamérica (en realidad el asunto era más bien turbio, pues se trataba de un contrabando de armas). El comerciante mencionó que en su embarcación estaba vacante un puesto de fogonero. La oferta de inmediato interesó a Sadler. Pese a que su letrado procuró disuadirlo advirtiéndole que ese viaje podía ser peligroso, el hombre aceptó sumarse a la tripulación de aquel buque. Se cerró el trato, y al día entrante el marinero zarpó rumbo a tierras sudamericanas. Fue lo último que se supo de él. Los estudiosos del caso de Jack the Ripper localizaron registros donde constan dos personas llamadas James Sadler fallecidas en diferentes localidades británicas; en un caso en el año 1906 y en el otro en 1910. Estos datos, si fuesen veraces, acreditarían que en algún momento el marino retornó a su patria tras su viaje de 1891 a suelo norteamericano. Pero la realidad es que no se sabe a ciencia cierta si una de esas dos defunciones corresponde a este antiguo sospechoso, por lo cual su rastro se pierde en la bruma; bruma y opacidad que signó toda su existencia, y de la cual sólo lo sacaría fugazmente su azarosa incursión en la cruenta historia de Jack el Destripador. Publicado 4 weeks ago por Gabriel Pombo 3.
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    MAR 8 El vendedor de uvas en la historia de Jack el Destripador MATTHEW PACKER: LAS UVAS, EL LAUDANO y JACK THE RIPPER Dibujo contemporáneo de Matthew Packer: el comerciante que vendió uvas a Jack el Destripador Liz Stride y su anónimo acompañante comprando racimos de uvas a Matthew Packer
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    Cartel publicitario del filme "From Hell" Si algo caracterizó al caso criminal de Jack el Destripador fueron las rarezas y los pequeños enigmas que lo acompañaron. No podía extrañar entonces que las películas estrenadas mucho después de los añejos crímenes de 1888 se beneficiaran grandemente con las llamativas anécdotas y las muchas curiosidades verificadas en torno. Sonados ribetes mediáticos alcanzó, entre otras, la historia del tendero que relató a la policía cómo, en horas previas al doble crimen de la madrugada del 30 de septiembre de aquel año, le habría vendido uvas a un hombre cuya actitud le pareció particularmente sospechosa. Las uvas constituyeron un tópico recurrente en la mitología edificada alrededor del monstruo de Londres. No en vano en la obra gráfica "From Hell" se insiste en que el homicida serial ofrecía a sus víctimas racimos de esa fruta -que previamente empapaba en narcotizante laudano- a fin de ganarse su confianza antes de agredirlas. El filme homónimo retoma el tema de las uvas, y allí podemos observar al Inspector Frederick Abberline -interpretado porJohnny Deep- olfateando y rozando con sus dedos los labios de las mujeres muertas para comprobar la reciente ingestión de dicho alimento. Cuando en esa película un intrigado Sargento George Godley le pregunta a su superior por qué razón siempre hallaban restos de uvas próximos a los cadáveres, un meditabundo Inspector Abberline le responde que las uvas se las daba el asesino a las mujeres "para ganarse su confianza". Dado que, presuntamente, dicha fruta salía muy cara por entonces en el mísero distrito, se especuló que únicamente un cliente rico estaba en condiciones de convidar con ellas a sus futuras víctimas. Y como, a estar a lo argüido en aquella ficción, la fruta había sido rociada con láudano, el efecto adormecedor consiguiente facilitaba la faena ultimadora. Empero, todo esto resulta falso. Ni las uvas tenían el precio prohibitivo que se alega, ni existen pruebas de que el victimario las obsequiase a su presas humanas en pos de
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    facilitar su mortíferatarea. Se adujo que en la escena del crimen de Catherine Eddowes fueron localizadas cáscaras de uvas, pero tal dato no consta en los registros policiales, sino que lo propaló un periódico sensacionalista, y no se volvió a mencionar más el asunto. Si el mito de las uvas salió de algún lado, cabría estimar que fue a partir de las declaraciones vertidas por un anciano llamado Matthew Packer. Este comerciante le contó a la policía que en horas precedentes al "doble acontecimiento" se personó a comprarle unos racimos de uvas, a su tienda localizada en la calle Berner, un hombre en compañía de una fémina, a la cual luego reconocería como la infortunada Elizabeth Stride. Mr. Packer describió con minucioso detalle a dicho individuo, y esta descripción circuló de inmediato, siendo ponderada un retrato fidedigno del posible matador. Tiempo más tarde, en un artículo editado en el Evening News el 31 de octubre de 1888, el negociante narró que había visto de nuevo a ese sujeto merodear cerca de su puesto de frutas y verduras en Commercial Road, y se percató que aquél lo miraba fijamente con expresión hosca. El sospechoso estaba rondando el negocio con aviesas intenciones, y cuando el frutero salió a enfrentarlo, junto con un lustrabotas que le ofreció ayuda, dicho individuo huyó subiéndose raudo a un tranvía que transitaba por las proximidades. A modo de colofón de este relato cabe señalar que cuando Matthew Packer ya había cobrado alguna notoriedad merced a sus declaraciones públicas, dos hombres se allegaron a él y le contaron una curiosa anécdota. Los caballeros pretendían saber cuál era la identidad del asesino a quien la prensa tildaba Jack the Ripper. Aseguraron al verdulero que aquél no era otro sino un primo de ellos venido de los Estados Unidos. El pariente estaba seriamente trastornado y los aires londinenses no habían hecho más que agudizar su desquicio. Preguntados por Packer sobre qué pruebas tenían de su culpabilidad, le contestaron que el primo mostraba la compulsión de llamar a todo el mundo "Jefe", hábito adquirido en tierras norteamericanas. La famosa misiva encabezada "Querido Jefe" sin duda era creación suya; incluso la caligrafía le pertenecía. El problema consistía en que la policía andaba muy despistada mientras el peligroso loco continuaba suelto, y con ánimo de vengarse de los testigos que dieron datos suyos a las autoridades. El viejo comerciante quedó sumamente impresionado, y se rumoreó que cerró sus negocios durante varios días. Por precaución no salió de su casa por un buen tiempo. Empero, afortunadamente, el "primo americano" no daría señales de vida, y se considera que en realidad nunca existió. Se habría tratado de una broma que dos pícaros gastaron a costa del bueno de Matthew Packer. (Fuente de esta anécdota: nota editada en el Daily Telegraph el 15 de noviembre de 1888, citada por Stewart Evans y Keith Skinner, Jack el Destripador. Cartas desde el Infierno. ediciones Jaguar, Madrid, España, 2003, pags. 156- 158)
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    4. MAR 2 El vidente que persiguió a Jack el Destripador ROBERT JAMES LEES: UN VIDENTE EN EL CASO DE JACK THE RIPPER Imagen de Robert James Lees en su vejez Arriba a la izquierda: Cartel publicitario del filme "Muerte por Decreto"
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    Arriba a la derecha: Dr. William Withey Gull: ¿Fue éste el médico acusado por Robert Lees? Robert James Lees fue un psíquico, médium y espiritista cristiano que alcanzó rápida fama en la corte de la reina Victoria. Apenas contaba con dieciseís años cuando fue presentado ante la monarca para mostrarle sus dotes como precoz visionario. Tan grata impresión le causó a la reina madre y su entorno que continuaría durante muchos años vinculado a la corte en carácter de médium o vidente, cobrando el correspondiente estipendio por sus servicios. En la teoría de la conspiración monárquico masónica se incluye una ançecdota donde aparece este hombre cumpliendo un papel importante en la historia del homicida serial Jack the Ripper. Anécdota que fue repetida a través de distintos medios de prensa hasta llegar a la pantalla grande en películas como "Muerte por Decreto", donde veremos a Robert Lees colaborando codo a codo con el mítico Sherlock Holmes en la búsqueda del elusivo asesino de meretrices. Según esta añeja formulación, Lees ayudó a las autoridades británicas en las investigaciones en pos de desenmascarar al Ripper. De esta manera, suministraría relatos describiendo sus visiones respecto de los crímenes, e informando sobre cuál era el posible aspecto del criminal y dónde podría éste estar escondido. En una de sus premoniciones, en particular, habría contemplado claramente el rostro del victimario. Sucedió que una tarde viajando en uno de los autobuses tirados por caballos (que constituían el medio de transporte habitual en el Londres de 1888), y mientras el rodado avanzaba por Baywater Road, reconoció al Destripador en la persona del hombre que ocasionalmente se hallaba sentado a su frente. Se trataba de un individuo de características distinguidas que iba vestido de levita y portaba un sombrero de copa. El vidente descendió raudo del transporte colectivo y siguió los pasos de su sospechoso hasta verlo entrar en una finca sita en Park Lane. Dicha mansión era propiedad de un afamado médico de la casa real y, aunque en la narración no se aclara, es de presumir que Lees conocía al galeno porque también éste mantenía fluido contacto con la casa real británica.
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    Cuando el psíquicorequirió el auxilio de la policía fue rechazado en más de una oportunidad. No obstante, su insistencia produciría frutos, y más adelante lograría que un detective lo acompañase a inspeccionar la casa del facultativo. Una vez allí fueron atendidos por la esposa de aquél, quien al principio se manifestó molesta ante la intromisión, pero finalmente admitió que su esposo venía actuando de forma muy extraña últimamente y temía que estuviese perdiendo la cordura. Tras ello accedió a que revisaran las pertenencias de su marido, y el policía encontró en el maletín de cirujano un cuchillo de trinchar, objeto que obviamente no tenía sentido lógico que estuviera guardado allí. La investigación policial proseguiría avanzando hasta desembocar en la detención del profesional quien, una vez examinado por sus pares médicos y tras determinarse que se hallaba irremisiblemente fuera de sus cabales, resultaría encerrado en un manicomio por el resto de su vida. Al igual que sucediera con tantas otras, esta incomprobada conjetura sufriría diversos ajustes en las ulteriores obras que retomaron el tema. Depurando la versión, se aseguraría que el anónimo galeno sospechoso gracias a las visiones del espiritista no era otro más que Sir William Withey Gull, el cual efectivamente residía en las cercanías de Park Lane, más concretamente en el número 74 de Grosvenor Square. En su mansión recibiría la impertinente visita de un detective de Scotland Yard -el Inspector Frederick Abberline, conforme con algunas propuestas- asistido por el médium acusador. La esposa del Dr. Gull se indignó por la intromisión de los extraños que requerían a su cónyuge, pero luego intervendría el propio médico, apaciguando a su esposa y encarándose con los intrusos. Sir William trató de desviar las suspicacias que recaían sobre el príncipe Albert Víctor, paciente suyo al cual trataba por su progresiva sífilis, y de cuya identidad como Jack el Destripador el doctor estaba al tanto. Aparentemente trató de atraer -en un gesto de grandeza- esas sospechas hacia sí mismo pretextando que por entonces padecía amnesia, y que en cierta ocasión se había despertado con las mangas de su camisa empapadas de sangre. En fin: que el Dr. Gull constituía el médico oficial de la Corona inglesa por el año 1888 y que se le había encomendado cuidar del enfermo de sangre real deviene una circunstancia históricamente verificada. El resto pertenece al ámbito de la fabulación, o por lo menos de los hechos no corroborados. En cuanto a Robert James Lees, sin duda le gustaba el circo mediático y, de hecho, de ello que era que se ganaba la vida. Nunca se animó, sin embargo, a afirmar publicamente esta versión, pero dejó que en notas de prensa otros lo hicieran por él. La leyenda de la relación del vidente mancomunado con las autoridades para capturar al Destripador perduró en el tiempo. Ejemplo de esto es una carta despachada desde el correo en noviembre de 1889 y que permanece en los archivos de la Policía Metropolitana. Stephen Knigth, primordial promotor de la teoria de la conspiración, a través de su taquillera obra Jack the Ripper: The final solution, Londres, Inglaterra, 1976, pretendió que esa misiva representaba una prueba irrefutable de que Lees integró las pesquisas policiales en pos de dar caza al criminal. En la letra referida un presunto "Jack el Destripador" se burlaba de la policía calificándolos
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    de incompetentes. Aparentemente comenzaba señalando: "Querido Jefe. Ya ves que no me has atrapado todavía con toda tu astucia, con todos tus Lees, con todos tus maderos..." Se suponía que si ya por 1889 había cobrado estado público que Lees participó en la infructuosa búsqueda era claro que bien podía ser cierta la versión según la cual, fundado en sus visiones, guió al detective hasta la casa del cirujano sospechoso. No obstante, en la magnífica obra Jack el Destripador. Cartas desde el Infierno, escrita por los expertos Stewart Evans y Keith Skinner (ediciones Jaguar, Madrid, España, 2003) se estudia minuciosamente dicha carta y se descubre la verdad. En realidad allí no decía "Lees", sino "Tecs", palabra ésta que evoca a un lunfardismo con el cual las clases bajas del East End londinense calificaban despectivamente a los policías. Por ende, ninguna prueba eficaz avala que el médium participase en la investigación y persecusión del asesino de prostitutas. A despecho de la falta de evidencias, el mito de que Lees le pisó los talones al Ripper ha perdurado desde que en 1931 se publicase un artículo alusivo bajo el rótulo "El vidente que descubrió a Jack el Destripador".
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    5. FEB 15 From Hell: Jack el Destripador en el comic Portada de una edición de FROM HELL mostrando al presunto asesino con su cuchillo El eximio escritor Alan Moore autor de este comic sobre Jack el Destripador Gran actuación de Johnny Deep en el rol de Inspector Frederick Abberline
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    El excelso comictitulado "From Hell" ("Desde el infierno") demostró que aún desde esta clase de literatura se puede dar cima a una obra seria sobre Jack the Ripper y la era victoriana. La novela gráfica escrita por Alan Moore, con dibujos de Eddie Campbell, sirvió de inspiración a la película homónima estrenada en el año 2001 bajo la dirección de los hermanos Hugues, y contó con las actuaciones protagónicas de Johnny Deep interpretando al Inspector Abberline, Iam Holm en el doble papel de Jack el Destripador y Dr. Gull, y Heather Graham encarnando a Mary Jane Kelly, entre otros magníficos actores y actrices. En su versión original Alan Moore ofrece un prólogo de su obra en el cual se nos muestra a dos ancianos paseando, en el año 1923, por una playa de la localidad inglesa Bournemouth, en el curso de un imaginario diálogo. El Inspector Frederick Abberline y el mentalista y médium Robert Lees -pues son ellos los ancianos en cuestión- entrarán en confidencias, y el primero en abrirse será el psíquico, quien le confesará a su amigo que todas las visiones que durante su larga vida declaró experimentar no fueron más que invenciones pergeñadas a fin de sacar provecho económico, o para satisfacer su vanidad de sentirse foco de la atención ajena. Habría comenzado elaborando distintas fábulas con el objeto de sorprender y agradar a sus mayores ya desde muy pequeño. Por tal razón, cuando a los dieciseís años fue presentado ante la corte para exhibir sus dotes a la Reina Victoria, se creyó obligado a seguir el juego simulatorio -ahora estimulado por los beneficios financieros y los halagos-, el cual continuaría representando por el resto de su existencia. Al caer la tarde, Lees acompaña a su amigo de regreso a la casa de éste, quien cada vez más melancólico se quejará de lo mal que fue tratado por el cuerpo policial años atrás, donde se le mintiera y se le faltara el respeto, según le señala Abberline, aunque sin aclarar a qué se refiere. A su vez, Lees -aunque tampoco se muestra explícito- le preguntará si no se siente culpable. Por su parte él sí parecería sentirse culpable, a juzgar por los inquietos comentarios que le formula a su amigo: -¿Porqué dejamos que lo enterraran?- se interrogará. -¡Porque no queríamos que nos cortaran el cuello!- le responderá con énfasis el anciano ex Inspector. Luego sacarán a colación el asunto de un presunto dinero recibido para olvidarse de todo lo que sabían; y un abatido Abberline repasará: -Una buena pensión, buenas ropas, una casa cara y bonita en Bournemouth frente al mar... No me salió tan mal la cosa, ¿verdad? En su apéndice de notas aclaratorias, Alan Moore explica que algunos indicios avalan que ambas personas podrían haber continuado su relación después del año 1888 -en caso de que realmente se hubiesen conocido por aquella fecha-. La sugerencia de que Abberline -y quizás también Lees- hubiese aceptado un soborno para callar cuanto sabía acerca de la identidad de Jack el Destripador proviene de varios autores, incluido Stephen Knight, pero aquí se postulará sólo por interés literario, aclarándose que no existen pruebas para confirmar esa suposición, la cual podría ser tanto falsa como verdadera.
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    En el desarrollode la trama aparecen en forma algo marginal el pintor Walter Sickert y el príncipe Albert Víctor, y se repite la consabida historia donde este último conoce a Annie Crook, su casamiento, y el nacimiento de la bebé de ambos, Alice Margaret, en el hospital de Marylebone por el mes de abril de 1885. Pero el personaje cardinal de la historia será decididamente el Dr. William Withey Gull, en cuyas extrañas razones para convertirse en el criminal de Whitechapel se buceará brillantemente en esta narración gráfica. En 1871 el galeno fue elegido médico personal de Albert, el príncipe de Gales, padre de Albert Víctor e hijo de laReina Victoria. Se alega que el cargo de médico oficial de la Corona británica se le asignó al Dr. William Gull gracias a la influencia de sus amigos en la masonería, integrantes del gobierno. También se describe, de manera muy pintoresca, la ordalía de iniciación como maestro masón del protagonista del cómic. Podemos advertir las referencias que se formulan respecto de presuntos secretos de la masonería; por ejemplo, la consigna mediante la cual un masón requiere auxilio a otro en situaciones problemáticas: "¿No hay ayuda para el hijo de la viuda?". Más adelante vemos como el matador le plantea esa consigna al jefe máximo de la Policía Metropolitana, Sir Charles Warren, conminándolo a que le deje el campo libre para llevar a cabo su tarea ultimadora sobre las peligrosas meretrices alineadas contra la Corona. Asimismo observaremos el ataque cardíaco que en el año 1887 afectó al facultativo, produciéndole ligeras lesiones físicas pero severos trastornos psíquicos. El desorden cerebral le habría provocado afasia, enfermedad peculiarizada por causar a sus víctimas toda clase de extrañas alucinaciones. Se dedica un capítulo entero a los paseos que, en un carruaje guiado por el cochero cómplice John Netley, efectuará el cirujano visitando lugares de Londres en los que percibe símbolos y significados místicos, así como contenidos masónicos; por ejemplo, la catedral de Hawksmoor con su impresionante campanario. La erudicción que el guionista denota al ofrecer estas descripciones al lector prueba un profundo conocimiento de la historia británica en general y de la ciudad de Londres en particular. Del estado febril de la mente del Dr. William Gull, y del papel que considera le ha sido deparado por el destino, dejan constancia las siguientes palabras que éste dirige a su futuro cómplice, según pone en su boca Alan Moore: -Nuestra historia ya está escrita Netley. Está escrita con sangre que ya hace tiempo se secó Luego, tal cual era de esperar, se llevan a efecto los asesinatos. A veces, el médico matará a su presa dentro del propio carruaje, iniciando tranquilamente la disección ritual para después, una vez concluida su macabra faena, trasladar los cuerpos con ayuda del cochero hasta los distintos sitios donde finalmente éstos serán hallados. Igualmente, le corresponde un rol destacado en la trama al Inspector Frederick Abberline, presentado aquí como uno de los pocos policías que verdaderamente tenían deseos de frenar la matanza y capturar al sádico criminal. Una anécdota, en apariencia marginal, que terminará siendo trascendente en esta ficticia propuesta, está dadda por la relación más bien platónica que Abberline sostendrá con una joven prostituta que le dice llamarse Emma, y con la cual comparte ginebras en las tabernas de Whitechapel. Emma no resultaría ser el auténtico nombre de esta mujer, a la cual el Inspector -quien también le proporciona un nombre falso a ésta- accederá a prestarle el dinero que sutilmente aquella
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    le requiere. Lacita donde al fin iría a producirse el encuentro amoroso entre Frederick y "Emma" se difiere para el 9 de noviembre de ese año de 1888. Esa mañana el policía concurrirá a verla al pub luciendo su mejor traje, pero sólo para comprobar indignado que la fémina faltó a la cita y le dejó, a cambio, una carta de despedida y disculpa. En el apéndice explicativo de From Hell el autor nos informa que "Fair Emma" y "Ginger", entre otros, eran apodos a través de los cuales se daba a conocer ante sus clientes Mary Jane Kelly. En las viñetas que cierran el cómic, se nos ofrece la -obviamente- ficticia ascención del espíritu del Dr. William Gull tras su muerte en el hospicio donde concluyera sus días, y vemos cómo los dioses paganos que habría idolatrado durante su existencia, lo trasladan por el aire y le hacen contemplar una escena en un pueblito de Irlanda. Allí se encontrará con una joven mujer rodeada de niñas -una de las cuales es Alice Margaret, la supuesta bebé real- quien, al percibir la presencia del espectro, aferra a las infantes y lo amenaza agitando el puño, al tiempo que le grita: -En cuanto a tí, viejo demonio... Sé que estás ahí, pero a éstas no te las llevas. Lárgate ya, ¡Vuelve al infierno y déjanos en paz! Y es que quizás no hubiera sido Mary Jane Kelly quien fue destrozada en la mísera habitación del número 13 de Miller´s Court. Tal vez en verdad -al menos así lo quiere el sentimiento- una de las signadas como víctimas del Destripador pudiera haberlo burlado. El pequeño habría derrotado al gigante pese a la tremenda desproporción de las fuerzas en pugna. 6.
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    FEB 11 El Loco del Hacha y Jack el Destripador LA TEORIA SEGUN LA CUAL EL LOCO DEL HACHA DE AUSTIN Y JACK EL DESTRIPADOR FUERON UNA MISMA PERSONA JAMES MAYBRICK: este sospechoso a la identidad de Jack the Ripper también podría haber sido El Loco del Hacha de Austin Recreación de un Loco del Hacha
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    La historia criminalregistra dos casos paradigmáticos en los cuales a un anónimo y feroz ultimador se lo tildó con el mote de "El Loco del Hacha". El más conocido de los eventos refiere al llamado "Loco del Hacha de Nueva Orleans" (u Hombre del Hacha de Nueva Orleans). Se trató aquí de un victimario impune que operó en aquella ciudad estadounidense, y cuya secuencia de sangre abarcó de mayo de 1918 a octubre del año siguiente. Fue tristemente famoso por su saña, y gracias a una truculenta carta donde se definía como un demonio e invocaba que sus crímenes estaban inspirados en la música de jazz. Menos reputados y mediáticos que los crímenes antes mencionados, resultaron los cometidos por "El Loco del Hacha" de la también norteamericana ciudad de Austin. Este misterioso asesino fue el causante de una ola de homicidios salvajes, macabros e impunes acontecidos en las postrimerías de 1884 y durante el año 1885. Nunca se capturó ni desenmascaró al culpable de tales fechorías, pero muchos años después de estos sucesos se barajó un nombre por demás sorprendente: James Maybrick. Doblemente asombroso deviene este candidato si consideramos que igualmente resultó nominado a haber sido el hombre que se ocultaba bajo el mucho más infame seudónimo delictivo de Jack el Destripador. El sospechoso procedía de una antigua y respetable familia que a la fecha de su nacimiento -24 de octubre de 1838- llevaba sesenta años instalada en la ciudad de Liverpool. De hecho, fue el primogénito, porque Williams, el primer hijo del grabador de metales William Maybrick y su esposa Susannah, falleció cuando apenas contaba con tres años de edad. A James le sucedieron Michael, nacido en 1841, quien de adulto se convirtió en un célebre compositor, Thomas, nacido en 1846, y Edwin venido al mundo en 1851, estos dos últimos hermanos se inclinaron, igual que James, por la actividad comercial. El camino profesional tomado por Maybrick fue el comercio algodonero, notablemente incrementado en Inglaterra a raiz de la Guerra Civil Norteamericana que provocó gran escasez de algodón. Esta coyuntura tornó el negocio de compra-venta abierto a los hábiles especuladores, actividad en la que este comerciante destacaba por condiciones innatas. James Maybrick viajó bastante, y los Estados Unidos de Norteamércia configuró uno de sus destinos favoritos. En 1880, durante el curso de uno de esos frecuentes periplos marítimos, se ennovió con Florence Chandler, de diecinueve años; joven hermosa y adinerada proveniente de una noble familia de Mobile, Alabama. Pero también se alega que el individuo habría estado en suelo de Norteamérica a fines de 1884 y durante 1885, más en concreto en la sureña ciudad de Austin. Una de las más entusiastas propagandistas a la hora de identificar a James Maybrick con Jack el Destripador esShirley Harrison. Esta escritora redactó los comentarios al denominado "Diario de Maybrick"; vale decir, el manuscrito supuestamente hallado por el desocupado liverpoolense Michael Barrett en 1991, el cual entre 1992 y 1993 vio su publicación y generó enorme revuelo, pues se pretendía que aquellas letras eran obra del mismísimo Jack the Ripper, que habría impreso allí su confesión póstuma.
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    Advirtiendo un sabrosofilón, la autora publicó en 2004 una nueva indagatoria vinculada al asunto: "The american connection"- ("La conexión americana"), editorial John Blake Publishing, Londres, Inglaterra. En dicho libro se esgrime presunta evidencia de que Maybrick se habría encontrado presente -como ya se dijo- en la ciudad de Austin, Estado de Texas, Estados Unidos, a finales de 1884 y durante 1885. La noticia en sí misma muy escasa trascendencias revestiría, si no fuese porque en la citada metrópoli tuvo lugar una retahíla de estremecedores asesinatos con mutilación que la posteridad recuerda como "La matanza de Austin". La historia cuenta que un homicida en serie deambuló por las calles de Austin dejando un reguero de sangre a su paso. El arma asesina: un hacha. En su mayoría las víctimas resultaron jóvenes mujeres afrodescendientes que laboraban de empleadas domésticas en fincas emplazadas en los suburbios, aunque por excepción uno de los muertos lo constituyó un hombre, novio de una de aquellas, el cual,según se conjetura, fue ultimado tras salir en defensa de la chica.La inicial presa humana la conformó Mollie Smith, victimada el 30 de diciembre de 1884. A esta fémina le acompañaron al siguiente año, en trágico desenlace, Eliza Shelley, el 6 de mayo, María Ramey, el 29 de agosto, Gracie Vance y Washington Orange, ambos el 27 de septiembre, Susan Hancock y Eula Phillips, las dos el 24 de diciembre de 1885. Jamás se supo la identidad de aquel despiadado ejecutor múltiple. Se detuvo a tres sospechosos, pero sólo uno de ellos -William Sydney- fue conducido a juicio y, al cabo, devino exonerado por ausencia de pruebas. ¿Se trató de "trabajos tempraneros" de Jack el Destripador? Aunque publicaciones contemporáneas a esos crímenes sostuvieron que tal extremo era probable, y que el matador de Whitechapel era idéntico en su accionar al que, un lustro antes de los homicidios victorianos, finiquitase a siete mujeres y a un hombre en Austin, es casi seguro que ello no fue así. Ni la elección de la clase de víctimas, ni el modus operandi utilizado coinciden. No obstante, en el libro de Shirley Harrison se explora la eventualidad de que Maybrick, por razones mercantiles, hubiese arribado a esa ciudad norteamericana en esas fechas exactas -hecho no comprobado y que más bien se arguye como una posibilidad- y, mezclando los negocios con la vesania criminal, dedicase su tiempo libre entre una operación mercantil y otra a perpetrar, hacha en mano, esas espantosas crueldades. ¡Pobre James Maybrick! No le permiten descansar en paz. Algunos ripperólogos insisten en transformarlo en un monstruo.
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    7. JAN 7 El fenómeno del asesino serial a través de la historia ASESINOS SERIALES: EVOLUCION HISTORICA El fundador de la secta de los asesinos: Hassan Ibn Sabbah Luís Alfredo Garavito: uno de los más prolíficos homicidas secuenciales
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    Asesinos grupales: Miembros de la "Familia Manson" La palabra "asesinos" deriva de "hashishin" -adictos al consumo del haschis que mataban bajo la influencia de esa droga- y refiere a los miembros de una secta musulmana que perpetraba homicidos por motivaciones religiosas acatando órdenes de sus jefes y profetas. En particular, seguían fanaticamente a Hassan Ibn Sabbah, el cual pasó a la historia como "El Viejo de la Montaña" -pues encaramado en la cima del macizo Elburz había fortificado su inexpugnable castillo de Alamut ("Nido de Aguila")- y fue un líder ismailita que arribó a ese sitio en el año 1090 al mando de unas menguadas huestes que cada vez se fueron volviendo más poderosas. Sin embargo, quienes se han constituido en épocas actuales en azote de sus semejantes no son aquellos míticos ejecutores, sino personajes cuyo motivo para ultimar deviene menos claro pues, a diferencia de los acólitos del Viejo de la Montaña, saben bien que no irán al paraíso gracias a sus actos fatales. Otra compulsión mucho más oscura y personal los guía. Aunque el fenómeno del crimen en serie no es reciente, sino que goza de larga y triste data, podemos afirmar sin titubeos que esta realidad se acentuó de manera alarmante en nuestra sociedad contemporánea. ¿Cómo define la criminología a un homicida serial o secuencial? De acuerdo a una clasificación básica puede sostenerse que un asesino serial es aquel que comete tres acciones letales diferentes con inervalos fríos (cool-off). En cada una de éstas puede producir más de un homicidio. Habitualmente cada criminal de esta especie posee una conducta ritualizada que le es propia, y que mantiene sin modificaciones durante la retahíla de crímenes. Esto permite dividirlos en dos grandes categorías: asesinos en serie
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    organizados y asesinos en serie desorganizados. Igualmente configura una particularidad inherente al comportamiento asumido por esta clase de matadores el hecho de que usualmente observan de manera fiel un patrón específico en su forma de finiquitar. Aún cuando pueden operarse algunas variaciones en el concreto modo de eliminar a una u otra víctima, en lo esencial se advierte un común denominador delator de que el crimen fue llevado a cabo por la mano de un mismo atacante. La incapacidad para detenerse una vez emprendida la saga terminal conforma una peculiaridad que los teóricos resaltan en la actitud del homicida secuencial. Ninguna consideración de orden moral frena al perpetrador una vez que se ha lanzado a la realización de su raid vesánico. Ni siquiera ponderaciones de sentido común, o la necesidad de obrar con cautela a fin de evitar la aprehensión inminente determinan que el delincuente se abstenga de asesinar. Sólo dejará de matar si lo capturan, se enferma o se muere, o si un hecho externo ajeno a su voluntad -por ejemplo, ser apresado en el curso de la comisión de otro delito- le priva de llevar a término sus violencias. Su compulsión no se debe a factores aleatorios, pues no depende tanto de la sociedad en que vive, sino que está básicamente configurada por su carga génetica, según la opinón predominante de los modernos especialistas en el fenómeno de la criminalidad seriada. Se ha sustentado que los finiquitadores en cadena nunca se suicidan antes de ser aprehendidos, y que rara vez lo hacen en la cárcel. Aunque con ecos de la vieja escuela lombrosiana, expertos del prominente calibre de la Dra. Helen Morrison han enfatizado que el ultimador serial lo es ya en el vientre de su madre durante el embarazo, que lo es en estado de feto, y aún desde que el espermaozoide fecunda al óvulo y establece la composición de un nuevo ser. Los genes originarían un cerebro trastornado y enfermo con tendencia a generar un asesino en serie (cfe:Morrison, Helen, Mi vida con los asesinos en serie, traducción de Gema Deza Guil, editorial Océano, Barcelona, España, pag. 305) La lista de matadores secuenciales modernos es muy extensa, y no se avizora que se vaya a detener en un futuro próximo. En la Edad Media esta incapacidad para comprender los crímenes en serie hizo que éstos se atribuyeran a hombres lobos o a vampiros. Antes de la era freudiana las causas sobrenaturales constituían la única explicación para los asesinatos extremadamente violentos que incluían desangramientos y otras monstruosidades semejantes. El pueblo creía que tales desmanes únicamente se justificaban merced a la presencia de elementos demoníacos y a la intervención de entidades malignas. Pese a que ya en la antigua Roma hubo criminales en cadena, el paradigmático caso de Jack el Destripador en la Inglaterra victoriana de postrimerías del siglo XIX suele tomarse como el primer caso que gozó de fuerte resonancia mediática. En varios de los más espectaculares episodios la lúgubre trascendencia de los mismos fue causada por la brutal crueldad empleada por el agresor. En otras situaciones, en cambio, lo que primó consistió en la cantidad desproporcionada de muertes cobradas en la emergencia. En algunos victimarios seriales prevalece la psicopatía, mientras que en otros la razón de sus delitos descansa en el impulso sexual. Hay asesinos en serie que buscan
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    ejercer dominio sobrela víctima, pero también hay aquellos que sólo se interesan por el cadáver, y que matan procurando ocasionar el menor dolor o terror posible sobre sus presas humanas. La mayoría de los homicidas secuenciales actúan en solitario. Por caso: Luís Alfredo Garavito, Ted Bundy, Peter Sutcliffe, Henri Landrú, John Wayne Gacy, Andrei Chikatilo, y muchos otros más. Pero, igualmente, existen oportunidades donde se trata de un grupo que comete los crimenes seriales. Ejemplo típico de asesinatos perpetrados por un grupo resultaron los homicidios del clan de hippies liderado por el lunático Charles Manson conocido con el mote de "La Familia Manson".
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    8. DEC 16 La conspiración policial para encubrir a Jack el Destripador DESDE THOMAS CUTBUSH AL CORONEL CONDER Coronel Claude Reignier Conder: oficial de inteligencia británica nominado a haber sido Jack el Destripador Un nuevo candidato a asumir la identidad del elusivo Jack el Destripador ha aparecido en el horizonteripperiano (y van...). Se trata, en esta oportunidad, de un militar que revistaba en la inteligencia británica y fue contemporáneo a los homicidios de Whitechapel. Para más datos, conforme parece, era buen amigo del Comisionado de la Policía Metropolitana Sir Charles Warren. Su nombre: coronel Claude Reignier Conder. El creador de la llamativa teoría es Tom Slemen, prolífico escritor de ficciones vinculadas a los géneros de suspenso y de terror. En conjunción con el criminólogo Keith Andrews, desarrolla la conjetura de que el prenombrado coronel Conder y Jack the Ripper. constituían la misma persona.
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    Tom Slemen: novelistaque se pasa al ensayo y denuncia al coronel Conder ¿Las pruebas que aportan estos escritores? No parecen ser muy efectivas. Señalan que Conder era un militar de inteligencia preparado en misiones cuasi suicidas y entrenado para matar. Habría desempeñado un papel clave en la persecusión de los rebeldes irlandeses que en la era victoriana jaqueaban al imperio de la Gran Albión a fuerza de bombas y atentados. Aseguran que el coronel era íntimo del máximo jefe de la Policía Metropolitana de entonces, el general Charles Warren. Los dos militares fueron compañeros de estudios en el colegio de Chelteham (de hecho los restos de Claude Conder reposan en el cementerio de esa ciudad desde 1927). Otras aventuras habrían hermanado a Warren y Conder. Es sabido que el primero, además de su vasta y prestigiosa carrera castrense, actuó como arqueólogo. De acuerdo destacan, en escavaciones arqueológicas practicadas en Oriente Medio, Warren fue asistido por Conder, y también trabajaron buscando tesoros y reliquias en el casi mítico templo del rey Salomón en Jerusalén.
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    El general Charles Warren en una fotografía donde se lo aprecia vestido de civil Una vez que Sir Charles se percató de las pistas rituales que el verdugo de rameras dejaba adrede en las escenas de los crímenes, se valió de su poder a fin de desactivar la marcha de la indagatoria policial destinada a capturar al responsable de las atrocidades. Entre tales indicios se cuentan los anillos quitados a Annie Chapman y la prolija colocación de monedas en torno a su cadáver. Señal más diáfana aún la configuró el mensaje pintado sobre la pared de la calle Goulston, donde se imprimiera la enigmática palabra "Juwes" que el general Warren mandó borrar en forma perentorea. La conspiración policial- militar se impuso para embozar los crímenes que ensangrentaron aquel otoño de 1888. Sir Charles se negó a perseguir a su colega y amigo. Empero, su desidia no se debíó únicamente a lealtad y camadería, sino a saber que el coronel Conder cumplía con órdenes superiores al eliminar ceremonialmente a las meretrices. ¿Motivos? No quedan claras las razones de los asesinatos. No olvidemos que Tom Slemen, el propulsor de esta hipótesis conspiranoica, constituye un novelista dedicado a producir cuentos de suspenso y de terror que en esta emergencia innova e incursiona en el terreno de la pesquisa histórica. Y, a decir verdad, el suministro de pruebas sólidas y de argumentos lógicos no parece representar su fuerte. No deviene la primera vez que se maneja una teoría propugnando que una conspiración de la policía dejó impune los crímenes del matador serial victoriano. La versión del encubrimiento policial surgió inicialmente en el año 1894, cuando fue redactado un memorandum de circulación policial interna por cuenta de un connotado mandamás de Scotland Yard: Sir Melville Leslie Macnaghten.
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    Sir Melville Macnagthen: fue sospechado de participar en un encubrimiento policial El memorandum escrito por dicho jefe se hizo famoso y sirvió a fin de echar luz sobre tres presuntos sospechosos (Druitt, Ostrog y Kosminsky), pero en realidad esas notas sólo tuvieron por móvil la intención de exculpar a un demente llamado Thomas Cutbush, quien a la sazón era objeto de virulentos ataques por el periódico sensacionalista The Sun, en los cuales se lo sindicaba de ser el ejecutor de las prostitutas mutiladas por Jack. El tío del desequilibrado Thomas fungía de Superintendente en el Scotland Yard de esa época y, sabedor de la culpabilidad de su sobrino, lo habría protegido. Charles Cutbush, el presunto encubridor, contó con el auxilio de camaradas y de jerarcas para evitar que el escándalo no manchase a las autoridades inglesas. De allí que la policía habría preferido desviar las sospechas (a traves del memorandum realizado por Sir Melville Macnagthen) y se enfocaron en un suicida de hábitos extraños: Montague John Druitt, que se había arrojado a las aguas del río Támesis poco después del último homicidio consumado por el Destripador. Al menos así se pretende en"Jack: the Myth", ensayo fruto del ingenio creativo de la escritora A.P. Wolf, que fuese editado en el año 1993. Vale expresar, pues, la teoría de la conspiración policial, con su carga de ocultamiento de pruebas y de deliberado desvío de sospechas, no resulta cosa inédita. Ahora, Tom Slemen repite en su formulación las tesis conspiranoicas de sesgo militar-policial, cuando propone al desconocido coronel Claude Reignier Conder para ocupar el sitial reservado al sádico asesino del este de Londres. Nada nuevo bajo el sol.
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    DEC 8 ¿Y si Vincent Van Gogh hubiese sido Jack el Destripador? LA INSOLITA TEORIA DE DALE LARNER Autoretrato del genial Vincent Van Gogh Dale Larner: este escritor y pintor estadounidense es el propulsor de la inédita hipótesis
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    Por internet seviene, desde el pasado año de 2011, propagandeando la inminente publicación de "Vincent alias Jack", obra de no ficción en la cual se planteará que el sobresaliente pintor impresionista Vincent Van Gogh(nacido en Paises Bajos el 30 de marzo de 1853 y fallecido en Francia el 29 de julio de 1890) habría sido -además de un orate genial- nada menos que el terrible y elusivo Jack the Ripper. El artífice de este ingenio lo configura un pintor y escritor afincado en Jacksonville, de nombre Dale Larner. Desde su sitio web, y a través de videos colgados en la web, el norteamericano promociona su sensacional conjetura: Jack el Destripador y Vincent Van Gogh fueron una misma y única persona, lo cual es tanto como afirmar que el bien y el mal están unidos, y que la brillantez artística y la vesanía criminal han quedado encarnados en un sólo individuo. A ciento veinticuatro años de consumados aquellos horrendos asesinatos saldría a luz la verdad, según pretende esta versión de la historia. Vincent Van Gogh vino al mundo -conforme anticipamos- el 30 de marzo de 1853, siendo hijo del pastor protestante Theodurus Van Gogh y de la ama de casa Anne Cornélis Carbentus. Contaba con treinta y cinco años al tiempo en que sucedieron los crímenes del otoño de terror en el este de Londres. No resulta éste el espacio apropiado para siquiera bosquejar la biografía de tan conocido artista, por lo que a los efectos de esta nota nos limitamos a adelantar que todos los biógrafos están contestes en que Vincent se hallaba en Arles (sur de Francia) durante el año de los homicidios victorianos. Residía en su "casa amarilla", pues de ese color era la fachaba de la vivienda que alquilaba, y donde soñaba con montar un atellier donde integraría a muchos otros pintores impresionistas. De hecho en 1888, tras insistentes cartas exhortantes, logró que su amigo y mentor, el no menos genial Paul Gaugin, se trasladase hasta Arles y aceptara compartir con él aquella finca a la cual arribó el 21 de octubre de ese año. Los lugareños vieron juntos a ambos artistas retratando sitios históricos de esa localidad y haciendo proyectos, hasta que el 23 de diciembre se dio cita el drama. De acuerdo consigna la versión oficial, presa de uno de sus empujes psicóticos y luego de una discusión cuyo motivo sigue siendo confuso, Van Gogh esgrimiendo una navaja de muelle amenazó con matar a Gaugin. El episodio no culminó en agresión, pero al parecer cuando más tarde Vincent recobró sus cabales se sintió tan culpable que decidió amputarse, a modo de castigo, el lóbulo de su oreja derecha. Que continuaba bajo el influjo del desquicio quedó muy claro si consideramos que, acto seguido, se dirigió al burdel en que laboraba Rachel, su prostituta favorita, y le ofreció como regalo el sangrante trozo de órgano. De la circunstancia de que las meretrices jugaron un rol preponderante en la existencia del malogrado esteta da cuenta que años atrás, en 1882, convivió con una de ellas, a la cual recogió de las calles hambrienta y con un hijo en camino. Se vio forzado a cortar la relación pues, a estar a los dichos de la mujer, su hermano Theo (que le enviaba regularmente las remesas con que el indigente Vincent se mantenía) se oponía a esos amoríos. Además, Clasina María Hornik -que así se llamaba aquella-, apodada "Sien", trasmitió las enfermedades venereas de gonorrea y de sífilis a su protector.
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    Retrato de "Sien" a cargo de Vincent Van Gogh ¿Esta desgracia habría generado en el pintor un afán de venganza y un odio acérrimo contra las prostitutas?. Tal vez -si en verdad hubiera sido el victimario de aquellas, como postula Dale Larner- allí podría residir un móvil que, sumado a la desintegración psíquica que fue sufriendo este hombre, explicaría que hubiera llegado a convertirse en el homicida serial más famoso de la historia. Pero toda la formulación parece disparatada. Sin entrar a realizar mayores críticas: ¿cómo explica Dale Larner que Vincent Van Gogh estuviera en el este de Londres, cuando todos lo ubican viviendo en el sur de Francia en 1888?. Bueno, tendremos que aguardar a la publicación del libro para saberlo, pues no informa de ello en su sitio web ni en sus videos promocionales. En estos últimos sí proporciona una pista de cómo fue que concibió la responsabilidad criminal de Vincent: Lo hizo tras analizar una de las obras pictóricas más célebres producidas por el artista titulada"Los lirios".
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    Una de las muchas versiones de "Los lirios", donde el pintor habría dejado claves de su culpabilidad En el aludido cuadro -atento es dable apreciar en sus videos- el acusador cree advertir que se dibujó el rostro y otras partes del cuerpo de la infortunada víctima Mary Jane Kelly. O sea, el investigador recurre a la noción de que hay mensajes crípticos plantados adrede, a manera de gestos satíricos, en las pinturas de Vincent Van Gogh. Propone que si sabemos leer inteligentemente esos "mensajes ocultos" descubriremos por fin al taimado asesino de Whitechapel. Pero, honestamente, debe uno gozar de una muy frondosa imaginación para poder "ver" a la patética Mary Jane Kelly escondida dentro de esa pintura. Es de lamentar que el autor que venimos citando no exponga sus ideas en forma de novela, confinándolas exclusivamente en el terreno de la ficción, donde lo estrafalario -si está presentado con destreza- reviste la virtud de tornar interesante y atractiva a una lectura. El paso que amenaza con dar Dale Larner deviene mucho más peligroso porque anuncia claramente que él cree a pies juntillas en lo que pregona, y que lo suyo constituyó una ardua investigación, una sólida hipótesis científica. Todo apunta, sin embargo, a que dentro del ámbito de la no ficción esta tan arriesgada teoría quedará empantanada naufragando en medio de la burla y el descrédito. Pero, en fín, para dejar sentada una opinión definitiva no tenemos más remedio que aguardar a que el escritor cumpla con su "amenaza", y que su libro acusando a Vincent Van Gogh de haber sido Jack el Destripador quede finalmente a disposición del público.
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    9. OCT 25 La verdadera historia de Jack el Destripador UN CUENTO "ESCALOFRIANTE" escrito por Gabriel Pombo. Aquel otoño de 1888 había sido espantoso para los habitantes de Londres. Y no porque la niebla y el frío resultasen más agobiantes que de costumbre, pues al mal clima los ciudadanos británicos estaban acostumbrados. Lo que llenaba de terror a la población inglesa consistía en unos sucesos mucho más macabros. No era para menos. Desde aquel mes de agosto los periódicos no paraban de informar que en los barrios bajos del este de la capital -sobre todo en el maltrecho distrito de Whitechapel- un maníaco venía asesinando a mujeres de vida alegre. Los crímenes tuvieron su inicio en la noche del 7 de agosto cuando Martha Tabran murió violentamente, tras recibir treinta y nueve puñaladas. A esa desdichada la acompañaron en fatídico destino Mary Ann Nichols, el 31 de agosto, Annie Chapman, el 8 de septiembre, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas durante la madrugada del 30 de ese mes y -después de una engañosa interrupción- la joven y bella Mary Jane Kelly el 9 de noviembre.
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    Algunas de las víctimas de Jack el Destripador Con cada nuevo homicidio el ejecutor se tornaba más feroz y más convencido de que nunca lo iban a detener. La espantosa lista de víctimas, lejos de concluir, proseguía agrandándose, y la policía británica -la famosa Scotland Yard- se mostraba impotente para capturar al sádico delincuente. Por si fuera poco, esa tarde se volvió inesperadamente sombría: una falla en el sistema de farolas a gas, que por entonces iluminaba a la Inglaterra gobernada por la reina Victoria, sumergió a los londinenses en la más tétrica de las penumbras.
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    La reina Victoria era monarca de los ingleses en 1888 Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador" estaba decidido a atacar de nuevo. Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, camisa y saco negro, y corbatín de seda gris. Por último, tras echar encima de sus hombros una amplia capa, se cubrió la testa con su sombrero de copa favorito. Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín de cuero -similar al que usaban los médicos de esa época- en cuyo interior escondía un juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar. Una vez que avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún faltaba bastante para que cayera la noche. ¡Maldito apagón!, se dijo contrariado. Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas.
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    "Taberna en Whitechapel": pintura de Gustave Doré Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente las acechaba sigilosamente, y aguardaba que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta. Esta noche no sería la excepción- pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro. Sin embargo, esta vez Jack, quien usualmente apenas bebía alcohol, precisaba un trago de whisky. No lo necesitaba a fin de infundirse coraje antes de matar, pues para él la vida humana nada significaba. Deseaba ingerir una generosa ración de licor antes de ponerse a conversar con un extraño al cual contarle las ideas que rondaban por su cabeza. Quería jactarse de sus tristes hazañas, y anunciar a otros las maldades que, en un futuro cercano, planeaba cometer. -Uno será muy asesino, pero es un ser humano al fin y al cabo- se dijo. La ocasión le venía de perillas porque no se veía nada a causa del apagón, por lo cual nadie lo iría a reconocer ni podría, por ende, denunciarlo. Llegaría a una taberna, pediría al cantinero que le sirviera un trago, y hallaría a algún parroquiano a quien hacer partícipe de sus confidencias y, de paso, pegar un gran susto. Caminó y caminó, hasta advertir unas luces muy tenues cuyo reflejo le permitió vislumbrar una entrada. Una taberna abierta y oscura, sin duda. Ingresó, y enseguida oyó el parloteo de varias personas dialogando. Voces masculinas todas ellas, ninguna voz femenina alcanzó a percibir. Tal cosa era normal porque a esa hora tan temprana las mujeres de vida alegre aún no comenzaban su labor. Sólo había hombres: marineros, oficinistas aburridos, y obreros que cansados de su jornada en las fábricas acudían a las cantinas para relajarse bebiendo licor. Tropezó en medio de la penumbra con una silla sobre la cual se sentó, al tiempo que se quitaba su sombrero de copa. -¡Boby!- llamó con voz autoritaria. Cuando no conocía el nombre del tabernero nunca le fallaba requerir ser atendido por
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    algún empleado quese llamara Boby, dado que el diminutivo de Robert era muy común en la Inglaterra victoriana. No fue diferente esta vez, y de inmediato escuchó el rumor de unos pasos aproximarse. - ¿Qué se le ofrece mister? - Pues que me sirvan una jarra de cerveza.¡No! mejor sírveme un vaso de whisky. Escocés por supuesto. Esta noche tengo muchas ganas de hablar con alguien, y beberme un whisky será un buen comienzo- hizo una pausa mientras procuraba distinguir entre las sombras las facciones de su interlocutor. -En realidad mister, no creo que aquí podamos ayudarlo. Si usted busca con quien hablar deberá dirigirse a otro sitio- fue la fría respuesta. Jack hirvió en cólera. Era hombre de pocas pulgas al cual le disgustaba que lo contradijesen. -Claro que me servirás, cantinerito de cuarta- rugió con mal humor. -Me traerás el trago que te ordeno, y me escucharás muy atento, te guste o no.-realizó un paréntesis a fin de dar más énfasis a sus amenazas- ¿Sabes con quién estás tratando mocito? Pues nada menos que con el tipo al cual todos llaman Jack el Destripador. No necesito aclararte porqué me apodan así. ¿No crees? Las rudas palabras del criminal parecieron surtir efecto. El sujeto anónimo pareció tragar saliva, y cambiando de tono le dijo respetuosamente: -Disculpe usted. Con esta tremenda oscuridad uno no puede saber con quien está tratando. Claro que haremos todo lo posible por servirlo- repuso, y con un gesto rápido de su mano llamó a un compañero. Cuando unos pasos se aproximaron Jack oyó que el primero le decía al otro: -El señor es Jack el Destripador. Nos hace el honor de visitarnos. Ve a la trastienda en busca de una botella de scotch, de la máxima calidad. Más calmado, al comprobar que sus órdenes eran obedecidas, el delincuente prosiguió: -Bien muchacho, así está mejor... Bueno, como te decía, no sé porqué razón, pero mientras caminaba rumbo a esta taberna me vinieron una enormes ganas de hablar con alguien, con un desconocido. Y ahora que te has puesto amable creo que te elegiré a ti para hacerte algunas confesiones... Jack pudo sentir que la respiración de su anónimo oyente se tornaba más pesada... Este pobre cantinerito debe estar muerto de miedo, ja, ja - pensó, y esa idea lo puso de ánimo alegre. Siempre resultaba bueno sentirse distendido en aquellas noches cuando se aprestaba a salir a "trabajar" provisto de sus filosos cuchillos. Consideraba cosa positiva la adrenalina que le corría al oír los gritos de sus víctimas, y mientras emprendía la huída por las estrechas callejuelas burlando a los estúpidos policías. No obstante, sabía que soportar mucho stress era malo para su salud. - Lo escucharé con toda la atención que usted se merece- respondió suavemente el otro. - Bien Boby, te contaré porqué maté a la primera. A esa gorda fea, la cual- al día siguiente leyendo los periódicos- supe que se llamaba Martha Tabran. Yo estaba en la taberna "El Angel y La Corona" y me aprontaba para retirarme cuando la mujer iba saliendo del brazo con un guardia de la Torre de Londres. Un muchachito que -se veía a la legua- estaba gozando de su día franco, y al cual no se le ocurrió mejor idea que gastarse la paga con una apestosa como esa. ¿Sabes? La muy furcia estaba borracha, y al pasar me dio un pisotón. Sé que lo hizo sin querer. Pero, ¡por mil diablos! ¡cómo me dolió!, me apretó justo la uña encarnada. Bueno, claro que no decidí matarla sólo por eso. Pero la seguí hasta la calle para insultarla a ella y al mequetrefe que tenía por cliente, y al aproximarme logré verle bien la cara...y ahí fue que me vinieron unas ganas bárbaras de cortar su grueso pescuezo. ¿Quieres saber
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    porqué? -No me puedo imaginar. Dígamelo mister -Pues porque la cretina era idéntica a mi tía Etelvina. La muy zorra de mi tía que me hacía la vida imposible cuando yo era chico. La vieja hace años que está muerta. De niño siempre quise vengarme de ella, pero se murió antes de que yo llegase a ser adulto. Y ahora, al verle el rostro bajo la luz de aquella farola a gas a Martha Tabran, supe que mi tía se había reencarnado en ella. Esa fue la primera vez que lo hice. Treinta y nueve tajos le pegué. Tuve que darle tantos para liquidarla porque el puñal lo llevaba desafilado. Después de esa vez siempre voy preparado y llevo al menos un par de cuchillos bien afiladitos, ja, ja. -Y a las demás mujeres: ¿También las asesinó porque se parecían a su tía? -No te hagas el chistoso Boby... Las maté porque le agarré el gustito a la sangre, ja,ja. Además, con lo idiota que es nuestra policía de seguro nunca me van a atrapar, -No tengo el gusto de compartir su mala opinión sobre la policía de Londres. -¿Y tú que sabes de eso infeliz?- como ya hemos dicho al criminal no le agradaba que lo contradijeran- Aquí en Inglaterra todos los policías son idiotas, ¿me oyes? Y dicho sea de paso: ¿para cuándo el whisky? -Disculpe mister, mi compañero demora porque fue hasta la bodega a buscar un whisky acorde a la calidad de un distinguido visitante como usted. -Bueno, pero que no tarde. Me muero de ganas por beber un buen trago. Como te venía contando, una vez que uno le agarra la mano a esto de cortar cuellos y destripar ya no se puede parar- hizo una interrupción teatral para asustar a su interlocutor, y remató: -Y esta noche, cuando salga de esta taberna, pienso despachar a un par de prostitutas más, por lo menos. Se quedó aguardando el efecto que surtían sus amenazas. El tipo a esta altura debe haberse hecho encima de los pantalones , ja,ja, supuso, mientras saboreaba la agradable sensación de causar miedo. Sin embargo, un nuevo comentario de "Boby" volvió a sacarlo de sus casillas. -Como ya le dije, pienso que la policía de acá no es tan tonta como usted cree. Es más, me parece que su carrera criminal ha terminado, y que ya no podrá asesinar a ninguna mujer más- le retrucó con inesperada serenidad el otro. -Claro que seguiré despanzurrando prostitutas a diestra y siniestra. ¡No dejaré de matarlas hasta que me harte!- bramó el homicida múltiple. ¿Quien se piensa este desgraciado que es?- se dijo-. Como me siga llevando la contraria abriré mi maletín, tomaré uno de mis cuchillos y le rebanaré el cuello. Lástima que no puedo verlo con esta maldita oscuridad... Pero antes de que pudiera ejecutar movimiento alguno escuchó a su oponente repetir: -Le aseguro que su carrera criminal ha terminado y que ya no volverá a lastimar a nadie más- el timbre del otro sonaba curiosamente muy seguro. Tanta rabia le provocó esa afirmación y el tono con que la misma fue dicha que, por instinto, Jack adelantó sus manos con ambos puños crispados amenazando hacia las sombras, hacia donde provenía la voz de aquel impertinente fastidioso. -¿Cómo te atreves a decirme que ya no podré volver a matar a quien a mí se me antoje?- rugió totalmente fuera de sí el Destripador. -Porque usted no se encuentra dentro de una taberna. ¡Estas son las oficinas de la jefatura de policía de Scotland Yard!- le espetó secamente el agente, al tiempo que cerraba un par de esposas en torno a las muñecas del atónito asesino en serie.
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    Cuerpo de policía de la época de Jack el Destripador 10.
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    OCT 25 Médicos forenses en los crímenes de Jack el Destripador AUTOPSIAS Y OPINIONES FORENSES EN LOS ASESINATOS DE JACK THE RIPPER Dr. George Bagster Phillips: Fue el galeno que participó en más autopsias de las víctimas canónicas. Dr. Frederick Gordon Brown: Médico forense de la Policía de la Ciudad de Londres
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    Dr. Thomas Openshaw:Examinó el famoso trozo de riñón Dr. Thomas Bond: Intervino en la autopsia de Mary Kelly y opinó que el asesino no ostentaba siquiera los conocimientos de un matarife Desde el comienzo fueron motivo de encendida polémica, y de arduo dilema, los eventuales conocimientos clínicos que pudiera poseer el criminal que durante el otoño de 1888 se encarnizara con las prostitutas del East End londinense. Un puñado de médicos forenses participaron en autopsias, así como en la elaboración de reportes vinculados a las víctimas atribuidas a aquel homicida serial. Descuella entre todos esos profesionales el Dr. George Bagster Phillips, médico forense de la Policía Metropolitana. Resultó lógico que este galeno apareciera en forma preponderante, en tanto la mayoría de los asesinatos ocurrieron dentro de la jurisdicción asignada a la Policía de la Metro para la cual revistaba. La excepción la conformó el homicidio perpetrado contra Catherine Eddowes a primeras horas de la madrugada del 30 de septiembre de 1888 en la Plaza Mitre, pues ese crimen cayó bajo la competencia de la Policía de la City de Londres. Debido a esta circunstancia jurídica, el médico forense encargado de aquella autopsia devino el cirujano oficial de la
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    Policía de dicha ciudad: Dr. Frederick Gordon Brown. También le cupo una actuación subrayable al médico Thomas Bond. Este profesional se encargó, junto al Dr. George Bagster Phillips, de elaborar el informe de la autopsia realizada al destrozado cuerpo de Mary Jane Kelly.Pero más llamativo aún fue que Bond redactó (a solicitud de Scotland Yard) un reporte suministrando el perfil criminológico de la plausible la personalidad que tendría el matador múltiple. En tal sentido, este cirujano representó un precursor en cuanto a los modernos estudios de perfilación criminal que practican el FBI y otras instituciones policiales y, por ende, precedió a emblemáticos expertos en materia de perfiles homicidas como, por ejemplo, Robert K. Ressler. También se recuerda a dicho galeno debido a sus comentarios enfáticos de que el victimario de aquellas infelices mujeres no había acreditado ostentar siquiera los rudimentos de disección que cabría esperar en un carnicero o en un matarife. Otro médico que tuvo un papel de interés, y pasó a la historia relacionado con Jack el Destripador, fue el Dr. Thomas Openshaw. Este prestigioso patólogo examinó y dio su parecer respecto del trozo de riñón que llegó por correo, dentro de una caja de cartón dirigida al Presidente del Cómité de Vigilancia de Whitechapel, el 16 de octubre de 1888. Openshaw ratificó la naturaleza humana de aquel órgano, y el hecho de que el mismo pertenecía a un mujer de cuarenta a cuarenta y cinco años de edad, la cual estaba aquejada, en un estadio avanzado, por una enfermedad característica en los alcohólicos. Sin embargo, preguntado acerca de si aquella víscera casaba con la de Kate Eddowes (a quien dos semanas atrás el asesino le quitase su riñón izquierdo) el especialista se mostró dubitativo, y más bien dejó entrever que el órgano no pertenecía a dicha occisa, sino que podría haberle sido extraído a un cadáver dispuesto para la disección; o sea, tal vez el truculento obsequio sólo constituyese una broma gastada por un estudiante de medicina a costa del entonces mediático George Akin Lusk, que presidía el grupo de perseguidores civiles del mutilador de Whitechapel. Presionados por los jueces en las encuestas judiciales donde debían aportar su testimonio, y acosados por los periodistas, estos médicos se defendieron como pudieron. Con excepción del Dr. Thomas Bond, todos los citados (y otros más) dieron a entender que el feroz maníaco disponía de algún grado de conocimiento anatómico. Aunque no lo afirmaron rotundamente, tras sus palabras se trasuntaba la sospecha de que el perpetrador era un colega médico, o un estudiante de cirugía muy diligente, o bien ( en la última de las hipótesis) podría tratarse de un carnicero o de un matarife particularmente rápido y habilidoso a la hora de usar el cuchillo.
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    11. OCT 8 El torso de la calle Pinchin: ¿Otro asesinato de Jack el Destripador? EL EXTRAÑO CASO DEL TORSO DE LA CALLE PINCHIN: ¿OTRO CRIMEN DE JACK THE RIPPER? El agente William Pennett realizó el macabro hallazgo
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    El forense FrederickGordon Brown se encargó de la autopsia Aún resonaban con insistencia los ecos del llamado "Otoño de Terror" de 1888. El entrante año de 1889 parecía ir dejando en el olvido aquellos sórdidos crímenes irresueltos. La excepción se había verificado en el mes de julio, cuando lejos de Whitechapel -coto de caza del asesino serial- perdió en forma trágica su vida la prostituta Alice McKenzie, a quien, conforme a la clase de heridas que provocaron su deceso, pronto se la descartó como posible víctima del mismo maníaco operante en el año anterior. Pero 1889 estaba destinado a deparar nuevos sobresaltos a la policía británica. El 10 de septiembre de ese año fue hallado un cadáver femenino con sus miembros amputados bajo el arco ferroviario de la calle Pinchin, esquina Blackchuch Lane, en San George en el este, zona aledaña al distrito de Whitechapel. El agente William Pennett fue el policía que al cual le cupo realizar el hallazgo, en el curso de una acción de un grupo de uniformados de la división G, comandado por el Inspector Charles Ledger de la Policía Metropolitana. En las pesquisas emprendidas de inmediato intervinieron los Sargentos George Godley, Stephen White y William Trick. Pero a pesar del celo y del esfuerzo expuesto por estos detectives, quienes recorrieron pensiones, tabernas y alojamientos de mal vivir en busca de información, no se localizaron datos aptos para develar la identidad de la occisa. La tarea principal la llevó a cabo el forense Frederick Gordon Brown que efectuó la autopsia sobre aquellos restos humanos. También se recabó la opinión de los doctores George Bagster Phillips y Thomas Bond, los cuales habían participado en autopsias y reportes de necropsias realizados a varias de las víctimas canónicas del Destripador. La
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    labor médica desplegadaresultó muy concienzuda, pero tampoco echó mayor luz sobre el caso. Sólo se pudo constatar que la difunta era una mujer morena y robusta que rondaba los treinta y cinco años. Lo más relevante consistió en que todos los profesionales actuantes estuvieron de acuerdo con que en el caso del "Torso de la calle Pinchin" el victimario (si realmente se hubiera tratado de un homicidio) empleó un método de eliminación del cadáver muy distinto al modus operandi que utilizaba el ejecutor de 1888. La presunta víctima había sido desmembrada pero no eviscerada, pues no le habían removido ni sustraído órganos a aquel cuerpo cercenado. Los miembros que nunca se hallaron devinieron aserrados cuando la mujer ya estaba muerta. Además, se concluyó que el trabajo de mutilación fue emprendido dentro de una casa u otro lugar cerrado donde el matador -sin la premura de un ataque consumado en la calle- dispuso de tiempo y de medios para llevar a término su abominable faena, lo cual constituía otra de las diferencias con los tradicionales asesinatos del verdugo de prostitutas victoriano. Y, por último, al desconocerse la identidad, estaba claro que no podía afirmarse con certeza que la finada ejerciera el oficio más viejo del mundo. La prensa, a despecho de los rápidos desmentidos oficiales, propaló la versión de que el torso hallado en la calle Pinchin bien pudo constituir otra obra del asesino de Whitechapel. La idea no prosperó, ante la falta de aval médico y por la notoria disimilitud con los crímenes atribuidos a Jack the Ripper. El amputado cuerpo pudo ser material clínico del cual se deshicieron estudiantes de medicina, y esta fue la posición que prevaleció. Pese a todo, nunca se descartó totalmente que hubiera sido una lúgubre broma de un asesino, aunque éste no fuera necesariamente Jack el Destripador.
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    Viajando en eltiempo para atrapar a Jack el Destripador: Una ingeniosa teoría LA METICULOSA INVESTIGACION DE EDUARDO CUITIÑO El matemático uruguayo Eduardo Cuitiño autor de novedosa teoría sobre Jack el Destripador Algunas pruebas grafológicas de la caligrafía del máximo sospechoso
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    Presunta y únicafotografía conocida del Dr. Frederick Gordon Brown que le fuera tomada en 1899 mientras posaba junto a un grupo de policías de la comisaria de Moor Lane (imagen de abajo) En la madrugada del 26 de julio de 1882 la joven Ann Bisoph se retiró de su casa en el Mile End, zona distante del pobre distrito de Whitechapel, luego de una violenta disputa con su marido. Sin duda, iba muy perturbada a causa de ese enfrentamiento marital y no advirtió la presencia de un sujeto que sigilosamente la seguía y, sin mediar palabras, la embistió desde atrás acuchillándola en el cuello. La agresión no fue mortal, y alertados por
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    los gritos dela víctima acudieron vecinos y policías. Un agente fue a buscar al esposo de la mujer y lo llevó detenido. A su vez, un vecino reconoció a un médico de treinta años que transitaba por allí y le pidió socorro. El galeno, que también era obstetra y por entonces trabajaba humildemente en el London Hospital de Whitechapel, brindó los primeros auxilios a la agredida y días más tarde, convocado a la encuesta judicial, aportó su testimonio. Resultaron muy llamativas sus declaraciones, en tanto opinó que la fémina se había autoinfligido las heridas, y que las mismas (en cualquier caso) no eran graves. Puesto que el marido de Ann Bishop fue exonerado por el juez actuante, nunca se desenmascaró al agresor de la mujer, y el testimonio del obstetra, poniendo en entredicho la credibilidad de la denunciante, ayudó a que no se llevase a cabo una pesquisa policial seria. El médico testificante se llamaba Stephen Herbert Appleford, y constituye el primordial sospechoso que postula la teoría presentada por el matemático uruguayo Eduardo Cuitiño en su investigación novelesca: "Viajando en el tiempo para atrapar a Jack el Destripador", texto disponible en formato digital en la web a través de la editorial Amazón. Algunos especialistas (por ejemplo, Trevor Marriott, creador de "Jack el Destripador. Investigación del siglo 21", editorial John Blake Publishing, Londres, Inglaterra, 2007) rescataron a Ann Bishop de los registros, y la nominaron como una primeriza víctima no fatal de Jack the Ripper. Posee su lógica que el infame asesino haya ido avanzando en un "in crescendo" de vesanía en su conducta, y que sus iniciales acometidas deviniesen frustradas, y ejecutadas a manera de torpe ensayo. "La práctica hace al maestro", y este refrán popular se torna aplicable incluso a los homicidas secuenciales, tal cual nos lo demuestran modernos casos que la criminología analiza. El atentado que venimos reseñando opera a guisa de punto de partida en la investigación de Eduardo Cuitiño quien, transitando por el ámbito de una atractiva novela, permite al lector descubrir sus impactantes conjeturas acerca de la identidad del exteminador de rameras victoriano. Appleford, en esta hipótesis, funge de principal ejecutor. Hace las veces del "Jack el Destripador" que conoce la historia criminal. Pero no hubiera obtenido sus lúgubres triunfos sin la complicidad de otros dos perpetradores; en especial, del más connotado de ambos: el cirujano que revistaba para la Policía de la ciudad de Londres Frederick Gordon Brown. Brown, a diferencia de Appleford, no representa un personaje marginal en la historia oficial ripperiana. Por el contrario, todos los libros de estudio en la materia recogen su actuación como realizador de autopsias de víctimas canónicas y colaborador en exámenes clínicos de otras occisas. Su mayor logro radicó en elaborar el informe de la necropsia sobre el cuerpo de la cuarta presa humana tradicional de Jack el Destripador, Catherine Eddowes, mutilada en la Plaza Mitre durante la madrugada del 30 de septiembre de 1888. En el análisis clínico que practicó al cadáver de aquella víctima, este forense dejó constancia de que estaban ausentes el útero y el riñón izquierdo. Además, pormenorizó en forma exhaustiva la entidad de las mutilaciones infligidas, el tipo de arma que suponía se había empleado para provocarlas, y el orden en el cual -conforme su parecer- se habrían producido aquellas laceraciones. Al declarar en la encuesta judicial subsecuente, respondiendo a una pregunta del procurador Crawford, el cirujano dio a entender que sólo una persona con avanzados conocimientos de anatomía humana era capaz de ocasionar esas heridas con tanta rapidez (aproximadamente en cinco minutos y a oscuras). Destacó que, si bien algunos órganos como los intestinos eran bastante fáciles de ubicar y retirar, para extirpar el riñón era necesario poseer gran destreza. Se debía tener en cuenta que el matador lo había
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    cortado limpiamente, apesar de que dicho órgano se halla recubierto por una gruesa membrana que dificulta su localización. Precisamente, este reporte tan minucioso y sugestivo induce los recelos del autor. ¿Qué mejor manera de saber con tanta certeza cómo fueron las secuencias de aquellas mutilaciones que haber sido el perpetrador, o el cómplice, del asesinato?. A su vez, Brown y Appleford eran cuñados, en tanto la hermana del último estaba casada con el primero. También llama la atención en el ensayo que ambos galenos se convirtieran, a su turno, en presidentes de la muy prestigiosa Sociedad Médica Hunteriana. Los homicidios cometidos por Appleford habrían abierto el camino para el ascenso de su cuñado, quien adquirió fama gracias a practicar las mediáticas autopsias. Brown, por su parte, cooperaría en la mejoría socio-financiera de su pariente político. Dato no poco relevante, si consideramos que la frustración económica que experimentaba el joven Appleford (contaba con 36 años en 1888 cuando acaecieron los crímenes más resonantes) configuró uno de los motores de su accionar letal, sumado a su odio a las prostitutas, en consonancia con su perfil de "asesino misionero". Frederick Gordon Brown tenía una hermana de nombre Frances, de 56 años en 1891. El 24 de abril de aquel año una veterana prostituta británica de la misma edad, recién arribada a Nueva Jersey, resultó brutalmente masacrada sobre el lecho de un mísero hotel. Este cruel deceso fue estimado un homicidio tardío consumado por Jack el Destripador a su paso por los Estados Unidos de Norteamérica. La meretriz sabría de las sórdidas andanzas de su hermano y su concuñado. Los cómplices temían que la mujer, creyéndose lejos de su alcance, se aprestase a delatarlos, y por tal razón decidieron eliminarla. La difunta era conocida bajo el apodo de "Vieja Shakespeare", en lugar de su verdadero nombre la llamaban Carrie, y su apellido era Brown. El libro de Eduardo Cuitiño deviene pródigo en la aplicación de diversas ciencias; desde matemáticas y estadística, hasta cálculo de probabilidades y grafología. Y a lo largo de sus doscientas ochenta páginas el lector tendrá ocasión de sorprenderse con sus argumentos y deducciones, ya sea que comparta o no las arriesgadas conclusiones que en ese texto le son ofrecidas. Estamos en presencia de una obra polémica, innovadora y transgresora. Un valeroso esfuerzo investigativo que insumió al escritor dos años de estudio, esculcando en la web numerosos datos e informaciones que le posibilitaron el armado de esta teoría discutible (como todas) pero rica en méritos. En un gesto de honestidad intelectual el autor no asegura que los candidatos por él postulados constituyan el esquivo asesino que aterrorizó a Londres. Eduardo Cuitiño nos habla de probabilidades, de perfiles criminales. Propone, eso sí, que resulta extremadamente alto el grado de aproximación que arroja su tesis. Sin ingresar a la materia científica, la cual escapa al dominio de quienes (como quien escribe estas líneas) somos legos en las ciencias, no se puede dejar de valorar, sin embargo, que la información suministrada en esta obra es veraz, y que la forma en que el escritor plantea su teoría la vuelve por demás entretenida y novedosa. El texto elaborado por este matemático conforma un esfuerzo intelectual digno de ser puesto de relieve; a la vez, que implica una aportación legítima que bien debiera hacerse de un espacio dentro de la muy vasta literatura ripperológica.
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    12. SEP 20 El carretero que no fue Jack el Destripador OTRA TEORIA SIN FUNDAMENTO ALGUNO: CHARLES CROSS HABRIA SIDO JACK THE RIPPER A las 3,45 de la madrugada del 31 de agosto de 1888 el agente John Neildescubre el cuerpo de Polly Nichols que minutos atrás fuera hallado por Charles Cross Buck Row, la sórdida zona donde apareció el cadáver
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    Mary Ann Nichols, presunta víctima del carretero Charles Cross Las teorías e hipótesis sin fundamento pretendiendo determinar y "descubrir" la identidad del esquivo asesino serial Jack el Destripador no paran de salir a la luz pública. Prácticamente no transcurren un par de meses sin que otro libro, ensayo o artículo periodístico aparezca presentando una nueva conjetura al efecto. Ahora le toca el turno a un par de supuestos expertos británicos, a saber: Christer Holmgren y Edward Stow. Circula en Internet que estos dos estudiosos (que con todo respeto diré que no tengo el gusto de tener de ellos la menor noticia previa) postulan la tesis de que Jack the Ripper no fue otro sino el carretero Charles Cross. El carretero Cross, quien según los ripperólogos Colin Wilson y Robin Odell, (JED, Recapitulación y Veredicto, Editorial Planeta, España, Barcelona, 1989) tenía por nombre de pila George, pero al cual otros autores designan por el nombre de Charles, fue el primero en toparse, en la sórdida zona de Buck Row, con el mutilado cadáver de la inicial presa humana (canónica) atribuida a Jack el Destripador: Mary Ann ("Polly") Nichols. Las pruebas de la culpa de este casi anónimo individuo se fundarían en que fue visto al lado (agachado) de la inerme víctima por el segundo hombre que arribó a la escena del crimen (Robert Paul), quien al igual que él laboraba en el mercado de Billinsgate. Charles (George) Cross trabajaba para una compañía y transitaba regularmente determinado trayecto rumbo a ese mercado con su carretón arrastrado por uno o más caballos, el cual constituía un medio usual de transporte en la Inglaterra victoriana. De esta circunstancia, quienes lo postulan como flamante candidato, infieren que en realidad el carretero acababa de asesinar a la mujer y que fingió haberse aproximado por curiosidad hasta el exámime cuerpo. Al darse cuenta de la cercana presencia de Robert Paul, muy hábilmente habría disimulado y le pidió ayuda a su compañero. -Hey, ven a ver a esta mujer, parece que está borracha.- habría exclamado. A lo cual el otro, aproximándose, le respondió algo así: -No creo que esté borracha, esta tipa parece muerta.
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    Cabe preguntarse empero:¿Cómo hizo Cross para esconder las manchas de sangre que necesariamente debían impregnar sus manos y su ropa, tras mutilar a la mujer?. Nadie tuvo entonces por sospechoso a este hombre, el cual declaró en la encuesta judicial como mero testigo, y ni la policía ni la prensa le prestaron mayor atención. Se sostiene asimismo en la nueva teoría que el sujeto suministró un nombre falso y en realidad no se llamaría Cross. En fin: cabe esperar las pruebas de tal afirmación, pero, aunque así fuese, parece ser un salto muy arriesgado el que dan los flamantes postulantes a develar el misterio ripperiano cuando concluyen que este hombre ocultó su apellido porque en verdad era Jack el Destripador. (¿Nadie se dio cuenta? ¿Tan tonta era la policía y la justicia británica de aquella época?) Otra presunta evidencia que apunta sobre Charles Cross como homicida de Whitechapel estaría dada porque sería más lógico que el Ripper fuera un sujeto gris, común y corriente que, debido a esa misma opacidad, se mantuvo para siempre impune. En lo personal -como ya saben los seguidores de este blog- no estoy de acuerdo con que el notorio asesino constituyese un personaje de alta alcurnia o famoso, ni que fuese política o socialmente destacado. Me inclino, en cambio, por que el culpable mostraba el perfil de un individuo común. Un psicópata sin brillo, pero astuto, taimado e inteligente, sin embargo. No creo que sólo la buena suerte y la casualidad le concedieran su impunidad, a despecho de haberse generado, en pos de su aprehensión, la mayor búsqueda policial de aquel tiempo. Ciertamente un trabajador con un empleo estable como era Cross llena el requisito de no ser excepcional, sino común, anodino y corriente; pero de ahí a pretender que los escenarios de los crímenes coincidían con la ruta que recorría en su labor cotidiana, y que de tanto en tanto (para distraerse quizás) perpetraba un asesinato brutal, parecería que es llevar las cosas demasiado lejos en lo que a fantasía se refiere. En fin: Charles Cross, el trabajador de mercado tuvo la desgracia de encontrarse con el patético cadáver de Mary Ann Nichols esa neblinosa mañana del 31 de agosto de 1888. Llegó un poco antes que un compañero de labor. Narró ante la prensa y en la encuesta judicial que detuvo su carro, y que se bajó de él porque un bulto le cerraba el paso en la calle. Creyó que se trataba de una lona alquitranada que podría serle de utilidad para su trabajo. El testigo aseguró que al aproximarse a la figura yacente en las sombras comprendió que no se trataba de una lona caída, sino del cuerpo inerte de una mujer. Insistió en que, minutos más tarde en compañía de Robert Paul, advirtió con horror que la fémina estaba muerta, que la habían asesinado. Espantado salió presuroso junto a su compañero en busca de un policía, a quien informarle del trágico descubrimiento. Durante 124 años nadie puso en duda su versión de aquellos hechos. Y todo parece indicar que no ha surgido prueba alguna que permita poner en tela de juicio ahora lo que el gris carretero afirmó una y otra vez tanto tiempo atrás. 13.
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    SEP 9 La misteriosa muerte de Mary Jane Kelly MARY JANE KELLY: EL MAS ENIGMATICO DE LOS CRIMENES COMETIDOS POR JACK EL DESTRIPADOR Sin duda la joven y bella irlandesa pelirroja de ojos azules conocida por los motes de "Ginger", "Fair Emma" o "Jeannette" Kelly resulta la víctima deJack the Ripper cuya muerte arroja mayores incógnitas. El 8 de noviembre de 1888, penúltimo día en la existencia de esta mujer, su casi adolescente vecinaLizzie Albroock había acudido hasta su pieza a visitarla, y allí emprendieron una ánimada plática que fue interrumpida bruscamente por Mary Kelly, quien le aconsejó a su oyente: "Hagas lo que hagas, no termines como yo", palabras sombrías y premonitorias si las hay. El testigo más relevante que informó respecto a las horas postreras vividas por la joven meretriz fue George Hutchinson, el cual en una tardía denuncia declaró haber visto a la chica caminando del brazo con un cliente muy particular. El deponente describió con minucia el aspecto de aquel sujeto, a quien calificó como "extranjero, posiblemente judío". Tras la defunción de Mary Kelly uno de los testimonios registrados en la encuesta judicial devendría especialmente conflictivo. Se trató del vertido por un sastre de la calle Dorset llamado Maurice Lewis. Este caballero insistió que conocía muy bien a la fallecida y al hombre que fuera hasta pocos días antes su concubino -Joseph Barnett- al cual él identificaba por el apodo de "Danny". Señaló que vio a ambos de jarana y bebiendo licor en la taberna "The Horn o´Pienty" en compañía de una vecina de nombre Julia Venturney. Lo preocupante de esa deposición se centró en la hora en que el testigo aseguró haber observado al alegre trío, a saber: las diez de la mañana del 9 de noviembre de 1888. Ocurre que -de atenernos a los reportes forenses- la infeliz muchacha ya había sido brutalmente masacrada horas atrás y, desde entonces, su destrozado cadáver debía irremisiblemente estar yaciendo encima del tétrico camastro de la habitación sita en el número 13 de la pensión de Miller´s Courts. El testimonio del sastre se sumó a otro que dio no pocos quebraderos de cabeza a los investigadores: el aportado porCaroline Maxwell. Pese a ser contradichas sus afirmaciones en la instrucción judicial, la mujer se mostró muy sólida en sostener que se había visto cara a cara con Mary Jane Kelly después de cuándo aquella debía estar muerta. El encuentro se habría producido entre las 8 y las 8 y 30 del aludido 9 de noviembre en la esquina de Miller´s Courts. La declarante repitió que no le quedaba la más mínima duda acerca del horario porque su esposo siempre regresaba de trabajar a las ocho de la mañana. A la testificante le llamó la atención comprobar que la atractiva prostituta se hallaba con su
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    ánimo sumamente decaído,dando indicios de obvios síntomas de malestar, por lo cual le ofreció ron a fin de levantarle el espíritu en el curso de una breve conversación. También indicó que, una hora más tarde, la volvió a contemplar hablando con un individuo en el club Britannia, popularmente conocido como el "Ringers" en honor al apellido del propietario de ese establecimiento. Caroline suministró un recuento detallado tanto del aspecto que exhibía aquel hombre como de la ropa que vestía en ese momento la fémina. La presunta Kelly lucía una falda oscura, corpiño de terciopelo y un chal marrón. Maxwell expresó que dicha vestimenta era habitual en Mary, y reiteró que en esa segunda emergencia tampoco se había equivocado al identificarla. El inspector Frederick Abberline interrogó personalmente a la testigo, la cual se mantuvo inflexible en sus aseveraciones. Estas curiosas versiones testimoniales dieron pie a la suspicacia. Por ejemplo, en una dudosa versión, se atribuyó al inspector Abberline haber consultado con un médico llamado Thomas Dutton si no era posible que Mary Jane Kelly hubiese sido finiquitada por una mujer que escapó del teatro del crimen usando las ropas de su víctima para disimular, y que fuera a ésta a quien los testigos confundieran aquella mañana con la occisa. Otras conjeturas más estrafalarias aún se formularon, aunque fueron presentadas a través de obras de ficción. En"The Michaelmas girls" ("Las muchachas de San Miguel"), publicada en 1975, el autor John Barry Brooks propuso que aquellos testimonios no estaban equivocados ni eran falsos. Efectivamente fue Mary Jane Kelly la mujer a la cual vieron los testigos en horas tan tardías de esa mañana. ¿La explicación?: la chica no fue la víctima cuyo mutilado cuerpo halló la policía en la lóbrega habitación. Por el contrario, Mary -con la asistencia de un cómplice masculino- constituía la victimaria, y el lacerado cadáver pertenecía a una pordiosera a la cual el perverso dúo atrajo con engaños. En consecuencia, Mary y su compinche fueron los responsables de los crímenes atribuidos a Jack el Destripador. En el mundo de los hechos reales la policía concluyó, sin embargo, que los testigos Lewis y Maxwell se habían confundido en cuanto al horario o con respecto a las personas que creyeron ver. No quedaba otra opción que considerar erróneos estos testimonios. El informe de la autopsia redactado por los médicos forenses George Bagster Phillips y Thomas Bond precisaba con exactitud el tiempo en que acaeció el óbito, el cual quedó fijado, como mucho, próximo a la hora cinco de la madrugada del 9 de noviembre.
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    AUG 25 Tipología de asesinos seriales TIPOS DE ASESINOS EN SERIE: VISIONARIO, MISIONERO, HEDONISTA y LUJURIOSO El "Hijo de Sam", ejemplo de asesino visionario "Jack the Ripper", tal vez fue un asesino misionero
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    Richard Ramirez puedeser conceptuado de asesino hedonista o de asesino satánico -subespecie dentro de los asesinos misioneros-, pues exhibió rasgos inherentes a ambos tipos Theodore "Ted" Bundy, prototípico asesino sexual clasificable dentro del grupo de los asesinos lujuriosos
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    Dentro de lasvariadas formas de clasificar a los criminales seriales está aquella que analiza la razón por la cual matan, es decir: la que atiende a los móviles que guían su conducta homicida. Lo habitual es que tales razones -o falta de ellas- se sepan recién cuando los victimarios son capturados, y tras entrevistas y exámenes que los psicólogos, los psiquiatras forenses y otros peritos les realizan en la cárcel. El modus operandi utilizado sirve, asimismo, para determinar esos motivos propulsores de las matanzas en cadena. Tales estudios han permitido sub clasificar a los asesinos en serie en varias categorías o tipologías. Siguiendo una tradicional proposición criminológica, los homicidas secuenciales pueden catalogarse dentro de cuatro perfiles o tipos, a saber: EL ASESINO VISIONARIO Resulta tal aquel homicida que llega al crimen luego de creer oír voces en su interior, o imagina visiones que lo impelen a cometer sus fatídicos actos. En algunos casos estos fenómenos que experimenta se deben a graves cuadros de esquizofrenia. Esta clase de perturbado es capaz, no obstante, de separar su vida habitual de sus crímenes, dado que no se siente en absoluto responsable de ellos. Un ejemplo de tal psicopatía lo representa David Berkowitz, quien alcanzara oscura celebridad bajo el alias de "El Hijo de Sam". Este abominable matador aterrorizó a la población de Estados Unidos durante la década de los años setenta de la pasada centuria. Ultimaba a balazos a parejas de enamorados que se abrazaban en sus coches a la salida de cines o de reuniones bailables. Los homicidios los llevaba a cabo cumpliendo -según adujo- los dictados impartidos por un demonio milenario que había llegado a gobernar su mente y a quien reconocía cómo "Sam", el cual le transmitía, por intermedio del perro de un vecino, las órdenes de salir a las calles a asesinar. El asesino visionario perpetra sus atrocidades poseído por un estado de trance. Pero una vez atravesada esa mórbida etapa literalmente "despierta", y puede luego regresar a atender sus ocupaciones e intereses habituales. Las voces y-o visiones que percibe se recrudecen después de inferir cada desmán. Por más que el sujeto afectado se resista termina por sucumbir y obedece los "mandatos" implacables que recibe. EL ASESINO MISIONERO En esta hipótesis, el criminal secuencial se siente embargado por la creencia de que debe hacer algo en favor de la sociedad. Se considera un elegido, y está persuadido de que sus víctimas merecen la muerte. Su creencia de estar embarcado en una misión de saneamiento moral que lo trasciende determina que su autoestima crezca. Aunque es discutible, el casi mítico Jack el Destripador podría ser catalogado de asesino misionero. Al menos esta fue una de las primeras conjeturas que se elaboraron para explicar las motivaciones de sus crueles asesinatos sobre prostitutas, a quienes tal vez consideraba lacras sociales que debían desaparecer bajo su mano vengadora.
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    El victimario misioneroa veces ataca a miembros de cierto grupo etáreo o racial, basándose en traumas de su infancia donde se vio amenazado por integrantes de ese colectivo sobre el cual -ahora que es adulto- descarga su venganza, usualmente exagerando la importancia de las ofensas recibidas, si es que las mismas en verdad existieron. Se puede incluir dentro de este elenco a los llamados "asesinos satánicos", que se ven imbuidos por la obligación de asesinar para, de tal suerte, obtener una alta recompensa por cuenta de entidades demoníacas o de carácter supra natural. Muchos ejemplos hay de asesinos que podrían conceptuarse satánicos, aunque cabe resaltar que estos psicópatas generalmente presentan también rasgos inherentes a otras categorías. Por caso, Richard Ramirez. Este perturbado fue un ultimador en cadena que se proclamó servidor de Satán, aun cuando su comportamiento sádico de recreación en el tormento infligido a sus víctimas lo encuadra igualmente dentro del sub grupo de los homicidas hedonistas. EL ASESINO HEDONISTA Este tipo de homicida serial innova con cada asesinato puesto que le excitan los desafíos. El homicidio representa para él una fuente de goce que se torna adictivo, en tanto necesita repetir la satisfacción alcanzada, viéndose compelido a buscar regularmente nuevas personas a quienes agredir. Se recrea percibiendo la agonía que hace sufrir al objeto de su crimen, y alarga el momento del deceso de éste con el fin de regodearse en su tortura. Es corriente que introduzca elementos místicos o rituales durante la consumación de sus fechorías, pudiendo hurtar prendas usadas por sus víctimas, e incluso extraer órganos a los cadáveres, a manera de trofeos con los cuales buscará reproducir el placer sentido en el acto de matar. EL ASESINO LUJURIOSO Este elenco criminal abarca a los asesinos sexuales. Estos acostumbran vejar y violar a sus presas mientras permanecen con vida, y también, tras el fallecimiento de éstas, practican sobre los cadáveres lúgubres actos de necrofilia y de profanación. Tal vez el arquetípico asesino sexual de tiempos modernos lo haya constituido el norteamericano Theodore "Ted" Bundy quien fue ejecutado, tras serle impuesta la pena máxima por la comisión de catorce feminicidios precedidos de violación. Los asesinos lujuriosos devienen individuos incapaces de concretar una relación carnal normal y de mantener vínculos estables, y -al igual que los homicidas hedonistas- se solazan con el suplicio a que someten a los objetos de su agresión y pugnan por conseguir la mayor satisfacción posible a través del dolor y del terror que provocan. Al matador serial lujurioso también se lo conoce como "controlador", en tanto su disfrute lo obtiene a raíz de la malsana sensación de dominio sobre sus presas humanas, cuya sumisión y sojuzgamiento absoluto procura ejercer.
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    14. AUG 1 Las mujeres que no fueron Jack el Destripador DE MARY ELEANOR PEARCEY A ELIZABETH WILLIAMS: MUJERES ACUSADAS DE HABER SIDO JACK EL DESTRIPADOR "Lizzie" Williams: la fémina más recientemente acusada de haber sido Jack el Destripador.
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    Mary Eleanor Pearcey:asesina ejecutada poco después de los crímenes de Whitechapel Elizabeth "Lizzie" Williams, esposa del afamado médico galés de la casa real británica John Williams es la última candidata presentada para ocupar la esquiva identidad de Jack the Ripperen su versión femenina. Así se sostiene en una obra de reciente aparición donde, con peregrinos argumentos, se la postula como asesina de las prostitutas mutiladas durante el otoño europeo de 1888. Se pretende que Lizzie disponía de algunos esenciales conocimientos de anatomía y disección gracias a ser cónyuge de un connotado cirujano, y que sus móviles para asesinar y amputar fincaban en el cerril odio que sentía hacia las prostitutas, porque éstas podían concebir hijos mientras que ella era infértil. Asimismo se sugiere que la víctima Mary Jane Kelly era amante de su esposo, etc, etc... Vale decir, todas las alegaciones utilizadas a fin de fundar la responsabilidad de esta mujer carecen de cualquier base, devienen disparatadas, y en verdad cuesta creer que la formulación continúe -hasta el momento en que se escriben estas líneas- circulando con tanta insistencia a través de Internet, a despecho de tratarse de una hipótesis notoriamente absurda. Debe subrayarse, empero, que no es novedoso culpar a una mujer de haber constituido el homicida serial designado"Jack el Destripador". Estas conjeturas siempre han sido
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    estrafalarias, y eneste caso la proposición no es diferente de otras antiguas nominaciones que también fueron ridículas. Viendo la fotografía de la cónyuge del galeno John William, y advirtiendo su frágil constitución, bastaría con ello para descartarla cómo plausible homicida. Pues si algo caracteriza al brutal matador en cuestión es que debía tratarse de una persona que gozaba de gran vigor y fuerza muscular. Cabe recordar que precisamente el tema de la fortaleza física desplegada por quien perpetró los ataques conformó uno de los débiles argumentos esgrimidos a fin de culpar -años después de su ejecución- a una joven británica contemporánea a los crímenes del Ripper llamada Mary Eleanor Pearcey. Esta muy peligrosa fémina consumó sus homicidios en el año 1890, llevando a término el despiadado acuchillamiento de la esposa e hijo del hombre que por entonces era su amante. El 23 de diciembre de aquel año, Mrs. Pearcey, contando a la sazón con sólo veinticuatro años, subiría al cadalso de la prisión de Newgate expiando la culpa impuesta por sus violentos crímenes. Las fotografías que de ella se conservan la retratan como una chica delgada, de rostro poco agraciado y hombruno, en el cual resalta una amplia y prominente dentadura. Se llevó a la tumba varios secretos. Entre éstos, el motivo que la impulsó a realizar un críptico mensaje que en periódicos de Madrid, España, su abogado hiciera publicar en cumplimiento de la última voluntad manifestada por su defendida. El texto de dicho comunicado mentaba: "Para M.E.C.P último pensamiento de M.E.W. No te he traicionado". Esta extraña acción de la condenada a muerte se interpretó como un aviso dejado a un cómplice haciéndole saber que, pese a las presiones recibidas, mantuvo la boca cerrada y no delató ante la policía la participación de aquél en los asesinatos que la enviaron a la horca. Nunca se acusó formalmente durante su proceso penal a Mary Eleanor Pearcey, la matadora de la época victoriana, de haber resultado la pretensa "Jill la Destripadora". Su postulación para tan oscuro cargo exclusivamente se debió a especulaciones muy ulteriores a su trágico deceso. Desde el mundo de la ficción se propuso a varias mujeres para el papel de haber sido Jack el Destripador. Uno de los libros más destacados se editó en 1939 y tuvo por autor al periodista australiano William Stewart. Su título fue "Jack el Destripador: Una nueva teoría". En la trama del mismo la criminal resultaba ser una partera u obstetra de tremenda potencia física. La comadrona de marras era muy torpe en la práctica de su oficio, y sus abortos solían concluir fatídicamente con el fallecimiento de sus pacientes. Para cubrir las huellas de sus errores letales la mujer comenzó a mutilar los cuerpos sin vida de aquellas, fingiendo que se trataba de los bestiales homicidios cometidos por un loco. La prensa, en su afán de vender periódicos, fabricó el mito del asesino "Jack el Destripador", extremo que fue aprovechado por la partera -quien seguía matando involuntariamente a sus sucesivas pacientes prostitutas- a fin de desviar de sí las sospechas y la investigación policial. Dos años antes -en 1937- se había publicado el libro de Edwind Woodhall "Cuando en Londres caminaba el terror". Aquí una ficticia modista rusa (Olga Tchkersoff ),de
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    descomunal fuerza, erala asesina que en las brumosas noches se vestía de hombre y ultimaba a las meretrices. Y es que Olga estaba furiosa con las prostitutas por haber inducido en el viejo oficio a su inocente hermana menor, la cual murió de una septicemia tras un aborto mal realizado. Mary Jane Kelly, según esta versión, fue la inductora que condujo por el mal sendero a la hermana de la modista, y ello determinó que la desquiciada vengadora desfigurase con mayor saña el cuerpo de aquella infortunada. Tiempo más tarde, en una sucesión de artículos editados en agosto de 1972 por el periódico The Sun, un ex policía de nombre Arthur Butler insistió con la teoría de William Stewart aportando mayores presuntos datos. Según Butler, la innominada partera contaba con un cómplice masculino que fue el encargado de consumar los crímenes. Y ello porque, de acuerdo con esta formulación, además de mediar errores abortivos que provocaron los decesos de las meretrices, al menos dos de las posibles víctimas del Destripador perecieron a manos de este compinche. Se pretendió que Emma Elizabeth Smith chantajeaba a la partera amenazándola con denunciarla a las autoridades si no le pagaba una gruesa suma de dinero a cambio de su silencio. Las prácticas abortivas eran castigadas duramente por la legislación inglesa de la época, y la desesperación por evitar una denuncia que suponía largos años de cárcel indujo a la amenazada mujer al asesinato de la chantajista. Su amigo la eliminó, y entre ambos apalearon con ferocidad a esta fémina, la cual fallecería el 3 de abril de 1888 en el hospital de Whitechapel tras sufrir una barbárica golpiza. Igual desgracia recayó el 7 de agosto de ese año sobre Martha Tabram, quien resultó victimada mediante múltiples cuchilladas por el sanguinario cómplice de la obstetra. La razón argüida aquí fue que Martha acompañó a una joven compañera de oficio de nombre Rossie para que la partera le ejercitase un aborto. La chica desapareció presa de la torpeza ejecutiva de la comadrona. Como Tabram los importunaba, con sus insistentes preguntas acerca del paradero de su amiga, decidieron ultimarla. Estos homicidios se consideraron labor de un criminal demente y salvaje. El "Asesino de Whitechapel" al cual más adelante se bautizaría "Jack el Destripador". Luego sobrevino una retahíla de errores abortivos que precipitaron a la muerte a las ´victimas "canónicas", desde "Polly" Nichols a Mary Jane Kelly, y las amputaciones post mórtem infligidas a los cadáveres tuvieron por finalidad hacer creer a los investigadores que aquellos óbitos por fallidos abortos en realidad constituían la abominable faena de un matador de prostitutas. En fin: tal cual cabe advertir, tras este breve repaso, las muestras de fantasía literaria donde se atribuye a mujeres la condición de haber sido Jack the Ripper ya han recorrido un largo y azaroso camino, y no parecería que el libro en el cual se responsabiliza a la cónyuge del médico John Williams resulte ser la última perla de este collar.
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    15. JUL 26 Asesinos satánicos: Daniel y Manuela Ruda ASESINANDO POR SATANAS: DANIEL Y MANUELA RUDA La pareja de desequilibrados con su excéntrico atuendo Manuela Ruda en su juicio haciendo una señal satánica
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    En el año2001 en la pequeña localidad alemana de Bochum tuvo efecto un extraño y horroroso crimen. A lo largo de su sensacional proceso penal, ventilado al siguiente año, los acusados -el joven matrimonio formado porDaniel y Manuela Ruda- trataron de justificar la razón de su delito invocando haber recibido órdenes superiores provenientes - según ellos- del propio Demonio. También mencionaron frases de famosos ocultistas como Anton Lavey y Alesteir Crowley, buscando de tal suerte ofrecer una perturbada explicación a su brutal homicidio. Y es que el salvaje asesinato perpetrado por los cónyuges Ruda configuró uno de los más repugnantes y vesánicos que la mente humana soporta imaginar. La presa humana del desalmado dúo devino ultimada en el mes de julio de 2001. Se trató de Frank Haagen, de treinta y tres años, compañero de trabajo y amigo de Daniel Ruda. Los agresores lo habían invitado a su casa a pasar una velada nocturna, pero en cierto momento Daniel lo atacó de improviso con un martillo, aporreándolo repetidamente en la cabeza. Manuela colaboró impidiendo la huida del atontado y desesperado Haagen asestándole frenéticas cuchilladas en el corazón antes de que éste pudiera trasponer la puerta en entrada. Mientras su amigo agonizaba caído sobre el piso de la sala de estar, tras la tormenta de golpes y tajos padecida, los sádicos procedieron a quemarle la espalda con cigarrillos y bebieron la sangre que manaba copiosamente desde las numerosas heridas abiertas. Se ocuparon de dejar impresas en la piel de la fallecida víctima las marcas de la estrella de cinco puntas o pentagrama. En unas notas halladas entre sus pertenencias al momento de ser capturados la policía encontró párrafos que explicaban esta conducta en cuanto a los sangrientos grabados. Allí se describía el valor místico del pentagrama o telegramatón como símbolo de dominación del espíritu sobre los elementos de la naturaleza. El matrimonio Ruda compartía la creencia de que cuando se imprimía, sobre la piel de una víctima, ese símbolo mágico dibujado con la punta hacia abajo, se invocaba y obtenía la protección de los tenebrosos. De acuerdo refirieron los homicidas a sus aprehensores, el pentagrama: "Es la Estrella Flamígera, es el verbo hecho carne, y cuando su rayo apunta hacia abajo representa al Macho Cabrío" En su consiguiente juicio criminal estos enajenados insistieron en que actuaron dirigidos por las palabras de sus guías espirituales en materia demoníaca inspirándose, en particular, en las ideas propugnadas por los aludidos profetas esotéricos Anton Lavey y Alesteir Crowley. No dieron muestra alguna de arrepentimiento porque estaban convencidos de haber obrado a modo de vehículo de irresistibles fuerzas que los trascendían. La mujer, con la testa rapada y una cruz invertida tatuada encima de su calva, proclamó: "¡No fue un asesinato! ¡Fue la ejecución de una orden! ¡Satán nos lo ordenó! Simplemente tenía que ser hecho. Nosotros queríamos que la víctima sufriera bastante antes de morir".
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    Ambos desquiciados aseguraronestar persuadidos que una vez fallezcan se trasmutarán en vampiros, alcanzando así la vida eterna. En una de las sesiones de su causa judicial Manuela rogó que cerrasen las ventanas del tribunal porque no podía tolerar la claridad de la luz solar, puesto que ella era una criatura de la noche. También relataron haber vivido durante largo tiempo en Escocia e Inglaterra, y detallaron cómo conocieron a vampiros reales en Londres. Acostumbraban vagar en horas nocturnas por los cementerios en ruinas y por los bosques. Habrían dormido dentro de ataúdes enterrados, y disfrutaron con esa sensación. La asesina, en especial, refirió que dos años antes de cometer el crimen había pactado con el Diablo, a quien entregó su alma en estricto acatamiento de los compromisos asumidos. El demencial asesinato por el cual fueron condenados representaba parte ineludible del convenio satánico arribado con el Príncipe de las Tinieblas. El tribunal provincial de Bochum no tardó en pronunciar sentencia. Se sancionó a la perturbada pareja a purgar un total de quince años de cárcel, así como a recibir tratamiento psiquiátrico hospitalario hasta que muestren síntomas de recuperación de sus severos trastornos mentales; progreso que daría la impresión de resultar muy poco factible, a la luz de los hechos. Sin embargo, algunas de las respuestas brindadas por los encausados al contestar preguntas del fiscal no parecieron sugeridas tanto por la locura cuanto por el cinismo. Por ejemplo, Daniel Ruda se declaró inocente y requirió que lo dejaran en libertad en forma inmediata alegando constituir una mera herramienta del Maligno. En apoyo de su petición el imputado ofreció a jueces y jurados el pérfido razonamiento de que: "Cuando un borracho provoca un accidente de tránsito, a nadie se le ocurriría acusar al automóvil".
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    16. JUL 19 Alesteir Crowley. ¿Agente demoníaco, místico, charlatán? El presunto iluminado vestido con su particular atuendo Alesteir Crowley en clásica fotografía
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    Un juvenil Crowley portando su exótica ornamenta De casi todo se ha acusado a Alesteir Crowley.¿Agente de Lucifer, místico, charlatán?. Tal vez fue un poco de cada una de estas cosas. Personaje extraordinario del siglo XX, sin embargo, este hombre dejó su singular impronta sobre las sociedades ocultistas. En una de las más recientes acusaciones que se le endilgan lo imputan de ser el responsable de la sucesión de misteriosas muertes acaecidas luego del descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón. Edward Alexander Crowley vino a este mundo el 12 de octubre de 1875 en el seno de una familia inglesa acomodada (su padre fue un magnate cervecero). El dinero que heredó de su acaudalado progenitor le posibilitó llevar una existencia de leyenda, aunque con el andar el tiempo supo acrecentar sus arcas por méritos propios, ya que decenas de seguidores solventarían sus emprendimientos mesiánicos. Fue igualmente un poeta y un escritor radical, además de mago, drogadicto y bisexual. La prensa lo fustigaría con acritud aplicándole epítetos tales como "El hombre más malvado del mundo" y "La gran bestia 666". Definió a su doctrina esotérica "Iluminismo científico", método que, conforme adujo, cuando deviene utilizado e interpretado adecuadamente, sintetiza la sabiduría humana suprema. Los mensajes crípticos de sus teorías resultaron difundidos por conducto de la revista The Equinox -El Equinocio-. Entre otras curiosidades, se cuenta que Alesteir fue quién le sugirió al líder Winston Churchill el empleo del símbolo de la "V" de la victoria, mediante la exhibición de los dedos mayor e índice de la mano derecha. Durante la Segunda Guerra Mundial se presentó ante
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    la opinión públicacomo un patriota inglés, y apoyó a los soldados en lucha remitiéndoles panfletos con inflamados poemas y pentagramas místicos que -de conformidad pretendía- garantizaban el triunfo bélico de las fuerzas armadas aliadas. Logró comandar la antigua asociación hermética Golden Dawn, no sin antes chocar contra miembros prominentes de la misma. Por caso, el literato William Butler Years, y S.L. Mac Gregor Matthers. En dicha entidad Crowley principió a ejercitar ceremoniales exóticos, inspirándose en las instrucciones de un remoto manuscrito del siglo XV conocido por el nombre de "El libro de la magia sagrada de Merlín el Mago". Lo radiaron de esa secta por causa de sus actitudes rebeldes y contestatarias, pero pronto fundaría la Astrum Argentum. También actuó con singular brillo dentro de la renombrada orden ocultista OTO (Ordo Templis Orientalis), sociedad másónica rosacruz para la cual redactó los textos de una misa gnóstica. Años más tarde, se retiró a Escocia donde instaló una magnífica mansión emplazada a las orillas de lago Nees, a la cual bautizó: "Palacio de Boleskine". Observaba la manía de cambiarse de alias y, entre los muchos que utilizó al cabo de su luenga vida, se cuentan los de Conde Vladimir Svareff, Master Terrino, Príncipe Chiog Kim, Baphomet, y Lord Boleskine. En el correr de su estadía en Norteamérica, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, estrechó relaciones con personas de variopinta opción sexual para -según alegara- reforzar así el alcance y poderío de sus ceremoniales gnósticos. En este país conoció a su segunda esposa, Leah Hirsing, a quien calificó herméticamente "Mujer Escarlata", y la cual contó con la Baronesa Vittoria Cremers como su primordial asistente. Estando en Italia fundó la llamada Abadía Thelema, en la ciudad de Cefalú, Sicilia. Allí se dedicó a organizar a un reducido grupo de devotos con los cuales consumaba orgías sexuales en pos de potenciar la eficacia de sus rituales mágicos. El régimen fascista de Benito Mussolini lo expusó de esa nación, tras el escándalo desatado a raíz de la muerte de un adepto a la orden, debida a intoxicación por la ingesta estupefacientes. Aparte de ese trágico hecho, las autoridades itálicas lo consideraron un espía británico y, pese a que dicha acusación era falsa, el propio Crowley se encargó de propalarla con el objeto de auto promocionarse. Ya había despertado -gracias a sus actitudes excéntricas- la atención pública desde tiempo atrás. Por ejemplo, en el transcurso del año 1901 se encontraba residiendo en México cuando se enteró del fallecimiento de la reina Victoria. Acto seguido, delante de testigos, se puso a bailar una pretendida danza ceremonial azteca, al tiempo que exclamaba jubiloso que por fin vendría la era de la luz. Y es que, conteste con la opinión de este seudo profeta, la anciana monarca representaba el símbolo del más arcaico oscurantismo y de la máxima intolerancia política, social y religiosa. En aquel país centroamericano, asimismo afirmó haber descubierto y perfeccionado un sistema centrado en fórmulas alquímicas que le permitía volverse invisible. Poco después, avanzando el año 1904, sacó a publicidad el primigenio de sus ensayos de largo aliento, a saber: "El libro de la Ley", cuyo principio crucial consistía en "Haz lo que quieras", de consuno con el cual no existe otra ley por encima de la voluntad individual. A través de ese trabajo literario desarrolló una intensa apología a la libertad sexual, así como
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    al consumo sintrabas de las drogas, los alucinógenos, y al ejercicio de las prácticas mágicas. Todo ello se relaciona con lo que dio en llamarse "Cultura Thelémica", manifestación social que, de hecho, configuró un adelanto temporal al movimiento hippie operante en Estados Unidos por la década sesenta de la pasada centuria. Para las sociedades demoníacas la obra y el ejemplo proporcionado por este gran adepto conformó una fuerte influencia de la cual daría cuenta, años más adelante, la fundación de la denominada "Iglesia de Satán", a cargo deAnton Lavey, en California, la cual lo tuvo por uno de sus más fecundos mentores. El extravagante iluminado murió en plena ruina económica durante el decurso del año 1946 en una casa de huéspedes situada en la localidad de Hasting, condado de Sussex, Gran Bretaña, a consecuencia del agravamiento de una enfermedad asmática crónica. De acuerdo comentó la enfermera que lo atendiese en sus instantes postreros, sus últimas palabras fueron: "A veces me odio a mí mismo".
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    17. JUL 13 Jack el Destripador en el teatro uruguayo JACK EL DESTRIPADOR EN EL TEATRO URUGUAYO: UNA ORIGINAL Y TALENTOSA APUESTA. Cartel publicitario de la obra teatral Daniel Salomone: Guionista y director
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    La actriz María Inés Caramelli interpreta a una de las víctimas En estas vacaciones de julio viene teniendo cabida una original y talentosa versión teatral sobre Jack el Destripador. Un prometedor y juvenil elenco artístico de la Compañía Teatral Aventura asume el desafío de adaptar al particular ambiente del Castillo Pittamiglio una versión libre de los crímenes y la identidad del asesino serial más enigmático de la historia. Daniel Salomone es el guionista y director responsable de esta escenificación, y posee el gran mérito de capitalizar, con inusual destreza, un corto elenco compuesto por los actores Román Indart (que personifica a un ficticio reportero obsesionado por Jack), y Fabián Bragunde, y por las actrices Noelia, María Inés Caramelli y Fernanda Prieto, quienes fungen en el rol de víctimas. ¿Cómo con apenas cinco protagonistas puede llevarse adelante la convincente representación de un caso criminal donde intervinieron, en la vida real decenas, y hasta centenares, de personajes? La explicación la proporciona la pericia del director, el cual maneja a la perfección los tiempos y los cambios de escenario. Cabe destacar que en el teatro del Castillo Pitamiglio los espectadores van recorriendo distintas salas en una peregrinación por los sórdidos y muy logrados ambientes de ese recinto dotan de intenso dinamismo a la acción. Poco importa que el guión refleje una hipótesis creíble respecto a la identidad del matador. Se trata de una versión libre y su virtud consiste, precisamente, en eso. La puesta en escena mantiene la atención del espectador mediante ingeniosos ardides teatrales y prolijas interpretaciones. Durante algo más de una hora el espectador se sentirá participante, y le costará sustraerse a la atmósfera de una recreación que lo irá alejando del Uruguay actual y lo transportará al brumoso Londres victoriano de fines del siglo XIX. Una taberna-burdel constituye el epicentro del drama. Allí se recordarán las muertes de Mary Ann Nichols y de Annie Chapman, para posteriormente concretarse los decesos de Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly a manos del Destripador. En medio de la tragedia un atribulado periodista se enamora de una de las chicas y emprende su personal búsqueda del homicida, el cual es representado -en esta atractiva ficción- como un fantasma enmascarado. En suma: una obra disfrutable y plena de mérito. Una demostración de que jóvenes actores uruguayos pueden personificar con soltura un drama emblemático en los anales del horror de la criminología mundial.
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    JUN 30 Asesinos seriales de la antigüedad: Gilles de Rais LOS ANTIGUOS Y HORRIBLES CRIMENES DE GILLES DE RAIS El Barón Gilles de Rais en su gallardo esplendor Representación de Juana de Arco y su fiel Escudero Gilles de Rais Uno de los primeros -o tal vez el primero- de los asesinos en serie que registra la historia lo configuró el Barón Gilles de Rais, motejado como "Barba Azul". Se trató de un personaje casi mítico al cual se consideró un héroe medieval de los franceses, dado que fue un notable guerrero en la lucha de su pueblo contra los británicos, llegando incluso a ser nombrado Escudero de la gran heroína y visionaria cristiana Juana de Arco. Empero, lastimosamente, de muy poco le valdrían estos méritos y las altas prendas personales que en apariencia lo engalanaban, pues había un costado oscuro dentro de este hombre, y ese lado siniestro se fue apoderando cada vez más de él con el andar del
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    tiempo. El individuo queestaría destinado a constituirse en uno de los criminales secuenciales más espantosos de todos los tiempos tuvo su nacimiento en el año 1404 en el castillo de Champctocé, región cercana a la actual ciudad de Nantes, Francia, y creció en el seno de una ilustre familia (Laval-Montmorency). Su madre, Marie de Craon, formaba parte de una de las prosapias más poderosas y acaudaladas del reino. Su padre, a su vez, era un noble que se destacó por su carrera militar al servicio del rey de Francia. Cuando muere asesinado su progenitor en la batalla de Azincourt en 1415, y ulteriormente fallece su madre, Gilles de Rais pasa a ser el exclusivo heredero de una enorme hacienda familiar que abarcaba desde Gran Bretaña hasta Poitou, y desde Maine hasta Anjou. Quedaría bajo su control, pues, una riqueza y un poderío inmensos para esa época, los cuales sólo cedían frente a la opulencia y fuerza bélica del propio rey francés. Tras quedar huérfano, su educación pasó a manos de su abuelo materno, Jean de Craon, aristócrata despótico y violento. A partir de temprana edad, Gilles ingresó bajo las órdenes del monarca galo Carlos VII y fue sumando honores militares ganados en los campos de batalla hasta alcanzar el grado de Mariscal de ejércitos franceses. Cuando Juana de Arco resultó capturada por los ingleses y, posteriormente, ejecutada, su Escudero volvió desconsolado a sus posesiones, abandonando para siempre la vida castrense. En sus castillos se dedicó a la nigromancia y a la búsqueda de la piedra filosofal de los alquimistas. Para ello contrató a Preslatti, un presunto mago y alquimista italiano que lo vinculó a la magia negra y a las prácticas de hechicería, como forma de conseguir la preciada y esquiva piedra filosofal. Gilles De Rais seguía gastando ingentes cantidades de dinero sin encontrar la ansiada contraprestación, así que, desesperado, aceptó el consejo de Preslatti de celebrar misas demoníacas donde, a cambio de la obtención de poderes supremos, suscribió un pacto con Satán. El Príncipe de las Tinieblas -conforme aduciría el Mariscal- lo conminó a sacrificar niños. Luego de realizada su primera ofrenda al Maligno, el noble adquirió el gusto por la sangre y, secundado por sus subordinados, empezó a seducir infantes de clase baja, a los cuales atraía mediante la promesa de que servirían de criados en sus posesiones. Una vez dentro de sus castillos, el enajenado los haría asesinar sádicamente. Arrancaría las cabezas de las jóvenes víctimas, no sin antes sujetarlas a inenarrables tormentos y vejámenes. En su ulterior proceso se estimó que había victimado a más de doscientos niños y adolescentes, por más de que nunca se determinó con certeza la cifra exacta. Los rumores de estos homicidios seriales llegaron a oídos del Obispo de Nantes, Jean de Malestroit, el cual ordenó que se abriera una investigación de los hechos. En lugar de conducirse con prudencia, al saber que estaba bajo vigilancia, esa noticia enfureció al aristócrata tornándolo desafiante. El día de Pentescostés el Barón irrumpió en una misa, penetrando en la Iglesia de Saint Etienne de Mer Norte montado a caballo y al mando de sesenta hombres armados. En esa ocasión, hizo prisionero al Fraile Jean de Le Ferón, religioso que -días atrás- lo había acusado de comprar ilegalmente un terreno. En definitiva, aquel insensato acto de violencia se convertiría en su perdición porque -por
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    más que lajusticia gala de entonces no le concedía mayor importancia a las denuncias por desapariciones de niños y adolescentes plebeyos- una cosa muy diferente era atentar en perjuicio de la dominante Iglesia Romana. Así fue como el 13 de septiembre de 1440 el Obispo de Nantes atribuyó oficialmente al Barón Gilles de Rais los cargos de herejía, asesinato de menores, pactos demoníacos, y numerosos delitos contra natura. Dos días después, las tropas monárquicas lo detuvieron sin que ofreciera resistencia. El juicio se formalizó durante un mes en el castillo de Nantes. Aunque al principio el arrestado negó la responsabilidad que se le imputaba y trató con desprecio a sus interrogadores, más tarde -ante el temor de ser torturado por la Inquisición- cambió de parecer, y se declaró culpable de haber inferido muerte, sodomizado, y sometido a suplicio a -al menos- trescientos niños. El 22 de octubre de 1440 el reo pidió públicamente perdón por sus desmanes y, cuatro días más adelante, sería ahorcado junto a dos cómplices. En atención a su calidad de noble los jueces mandaron que sólo fuera quemada una parte de su cuerpo -y no la totalidad del cadáver, cual era la costumbre-, y sus restos fueron incinerados. Antes de ser segada su vida, el condenado recibió la asistencia espiritual que había solicitado a manera de última voluntad.
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    18. JUN 25 Pablo Borrás y sus homicidios: Un caso uruguayo de Spree Killer PABLO BORRAS Y SUS CRIMENES: LA FAENA DE UN "SPREE KILLER" El 5 de marzo de 2008 un brutal asesinato múltiple llevado a cabo a cuchilladas en perjuicio de cuatro personas en una lejana estancia del Departamento de Colonia se erigió en tapa de portada de todos los periódicos uruguayos. Escasos días más tarde caerían presos los participantes de la matanza, incluido el único ejecutor personal e ideólogo de la acción: un sujeto de 31 años llamadoPablo Cesar Borrás, pariente de dos de las víctimas. El móvil fue el robo. Pablo imaginaba hacerse con una abultada cantidad de dinero - doscientos mil dólares aproximadamente- que suponía ocultos en la estancia "La Teoría", asiento del establecimiento comercial quesero de su abuela Alicia Schewyn, de 72 años. El rápidamente confeso victimario actuó movido por una mezcla de afán de rapiña económica y sed de venganza. Al parecer, desde pequeño su abuelo le contaba historias de acuerdo con las cuales la rama de su familia a la que pertenecía la señora Schewyn había estafado a los parientes directos del muchacho, apropiándose de valiosas tierras emplazadas en la feraz localidad de Nueva Helvecia. Borrás era enfermero y vivía en concubinato con la madre de una menor hija suya de 9 años. Aquellos que lo trataban no lo conceptuaban peligroso, si bien era de talante taciturno y dado a explosiones de mal genio. Se pasó un año rumiando y planeando los pormenores de su ataque al establecimiento de su abuela. La tardanza en concretar la tropelía no se debió tanto a la inseguridad o la vacilación de quien hasta ese entonces sólo había incurrido en el modesto delito de hurto de energía eléctrica, que dos años atrás le valiera una corta condena. La verdadera dificultad radicó en conseguir cómplices determinados a embarcarse en aquella peligrosa aventura. Pero por el mes de febrero de 2008 ya había convencido a cuatro jóvenes para que lo asistieran en su empresa delictiva. A ninguno de sus compinches el futuro asesino le confió abiertamente su propósito de matar, sino que se limitó a tentarlos con un apetitoso cebo destinado a inducirlos a la acción: los supuestos doscientos mil dólares que su abuela guardaba en un cofre. Sin embargo, los secuaces deberían haber comprendido que su cabecilla estaba resuelto a asesinar cuando se negó a aceptar la sugerencia de ir munidos de capuchas que evitaran la identificación.
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    Deviene posible quelos embriagantes efectos de la cocaína, que consumieron horas antes de subirse a las motocicletas que los conducirían a la escena del crimen, fuera la causa de que sus seguidores no advirtieran la ostensible intención homicida que animaba a su líder. Aparentemente el jefe de la pandilla, quien no frecuentaba la estancia desde hacía más de quince años, creía que sólo iría a hallar allí a su abuela, a la cual había decidido ultimar. La realidad consistió en que esa tarde, cuando los asaltantes llegaron al casco de la estancia, los salió a recibir Daniel Bentancourt, de 42 años, responsable de la producción quesera y concubino de la hija de la dueña, Alicia Borrás Schewyn, prima de Pablo Borrás. Tras un escueto intercambio de palabras el mandamás de la banda encañonó al desprevenido encargado y, acto seguido, a su prima, quien había salido a ver qué pasaba, y le ordenó a sus subalternos que los amarrasen a un árbol. Lo propio se hizo a continuación con el peón de 74 años Higinio Mesa. A la anciana dueña, por su parte, la ataron en la misma silla desde donde miraba televisión en la cocina de la estancia. Con todos los presentes reducidos los malhechores se pusieron a buscar dinero localizando únicamente una cifra próxima a los veinte mil dólares. La decepción del cabecilla era notoria. En particular pensó que Daniel Bentancourt -quien lo trató de apaciguar entregándole un billete de cien y otro de veinte dólares que, según le aseguró, era todo cuanto tenía- se estaba burlando de él. Esa mal interpretada resistencia pareció ser el detonante de la tragedia porque, seguidamente, muy excitado Borrás exclamó a sus compañeros: ¡Estamos hasta las manos! ¡Nos vieron y tenemos que matarlos a todos! Como ninguno de ellos se decidía, el asesino puso manos a la letal faena por sí mismo. Degolló a Daniel Bentancourt y, luego, infiriendo feroces incisiones con su cuchilla de veinte centímetros de hoja, le segó la vida a su abuela, a su prima Alicia -que estaba embarazada- y al anciano peón Higinio Mesa. No le resultó nada difícil a la policía de Colonia atrapar, pocos días después, al múltiple matador y a sus secuaces; ya que estos últimos fueron tan torpes que, no bien huyeron, se dedicaron a comprar costosos equipos deportivos y electrodomésticos, exhibiendo de todas las maneras posibles los cuatro mil dólares que la fechoría le había reportado a cada uno. Al victimario se le condenó a cumplir la sanción máxima que admite el Código Penal uruguayo, a saber: treinta años de penitenciaría, más quince años de medidas de seguridad. Sus tres cómplices directos fueron condenados en calidad de coautores por el delito de homicidio especialmente agravado, y se los envió a purgar su castigo al penal de Libertad junto con el ejecutor. Otro sujeto recibió una condena menor como encubridor, la cual cumple en la cárcel de Piedra de los Indios en el Departamento de Colonia. Pablo Borrás -sin duda- no podría ser catalogado como un asesino serial. Tampoco es un homicida masivo, pese a haber arrancado múltiples vidas durante el curso de su único accionar criminal. Su vesánica conducta encuadra en el concepto de asesino itinerante u oportunista; o sea, conforme lo estimarían los expertos en criminología, se trata claramente de un "Spree Killer". Su intención, además de robar y vengarse, consistía en finiquitar a una única víctima a la
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    cual había elegidodesde mucho tiempo atrás. Al toparse en la estancia con la presencia de otras tres personas decidió asesinarlas, para impedir ser denunciado por éstas. 19. JUN 23 Pablo Goncalvez y los crímenes de Carrasco PABLO GONCALVEZ Y LOS CRIMENES DE CARRASCO (Segunda y última parte) María Victoria Williams: La última víctima
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    Dr. Rolando Vomero, uno de los jueces de la causa Pablo Goncalvez conducido a la Sede Judicial LAS PRUEBAS QUE LO INCRIMINARON Una vez enterada la opinión pública que este joven era reputado el matador de las chicas Andrea Castro y María Victoria Williams, se propaló el rumor de que el tercer homicidio que le fuera atribuido (el de Ana Luisa Miller) no constituía obra suya, sino que se lo habían endilgado, a fin de resolver de hecho un misterio que venía, desde largo tiempo, manteniendo en jaque a los investigadores. Aún al presente estos recelos persisten. Basta leer los blogs de internet que tratan sobre el caso para comprobar que muchos comentarios de usuarios (generalmente anónimos) sostienen la inocencia de Pablo Goncalvez con respecto a este asesinato en particular. Sin embargo: ¿con qué pruebas contó el magistrado de esa causa penal para imputarle también la consumación de este óbito?
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    Una evidencia convictivamuy sólida se cristalizó cuando se llevó a cabo la reconstrucción del crimen de Ana Luisa Miller. Al escenario fatal acudió el sospechoso, junto con la policía, el juez, el fiscal y los abogados de su defensa. El cadáver había sido descubierto yaciendo sobre las dunas de la playa de Solymar, a escasos metros de la prefectura naval. El asesino no intentó ocultar a la víctima y, menos aún, sepultarla. El exánime cuerpo quedó en una postura arrollada debido a que fue lanzado desde un pequeño terraplén, cayendo luego de ser empujado por la abierta puerta del acompañante del vehículo en que lo transportaron. Aquel coche (propiedad de la muchacha) quedó estacionado de determinada manera, y fotografías forenses tomadas a las huellas producidas por sus neumáticos así lo denotaban. Vale decir, que el rodado no podía quedar detenido de cualquier manera para coincidir con la forma en que se encontró el cadáver, y desde dónde el mismo fuera arrojado. Al iniciarse la reconstrucción forense el indagado solicitó al juez que lo autorizara a conducir el automóvil policial que lo había trasladado hasta allí y, después de maniobrar con él, lo posicionó con precisión en el lugar, y de la forma, en que se efectuó en el acto de desembarazarse del cuerpo del delito, según los registros del expediente penal. Esta acción la realizó por iniciativa propia el encausado, ante testigos y con las garantías legales. No parecería válido aducir que se estuviera frente a una prueba "plantada", u obtenida mediante apremios. Se trataba, a su vez, de una evidencia de aquellas que "sólo el culpable podía conocer". En el dorso de las manos y sobre los puños de esta joven, la autopsia, a cargo del Dr. Guido Berro, constató marcas coincidentes con las huellas que imprimieron en su piel las ligaduras que le fueron practicadas previo a trasladarla inconsciente hasta la playa de Solymar donde se la ultimara. Pablo Goncalvez declaró haberla atado valiéndose de los cordones de sus zapatos náuticos. Tales cordones consisten en unas delgadas tirillas de cuero, aptas para dejar trazas semejantes a las detectadas sobre los puños y el dorso de las manos de la desafortunada mujer. En los otros dos casos las pruebas se mostrarían también concluyentes. El sepultado cuerpo de la adolescente Andrea Castro lucia una corbata a franjas blancas y verdes anudada en su cuello. No resultó estrangulada por medio de dicha prenda, sino que fue sofocada manualmente hasta serle quitada la vida. La colocación de la corbata entrañaba una ritualidad inherente a un crimen ejecutado por un homicida secuencial. Implicaba una suerte de "marca personal" o "sello" impreso por el victimario sobre su presa humana. Pues bien, durante el allanamiento de la vivienda del sospechoso -legitimado por orden judicial y con garantías procesales- se incautó una fotografía de niño de Pablo Goncalvez portando una corbata análoga. Más aún, se ubicaron otras prendas de igual corte y similares colores. Todas componían una colección expedida por una fábrica inglesa cerrada treinta años atrás y propiedad del diplomático Hamlet Goncalvez, padre del indagado. Estas prendas se vendían en conjuntos de tres, y faltaba una de ellas dentro del juego. Este dato apunta, con un grado de probabilidad casi absoluta, a que la corbata restante no podría ser otra sino la encontrada en torno al cuello de la infortunada víctima. En cuanto al crimen de María Víctoria Williams, fue determinante la proximidad entre la finca del encausado y el inmueble donde residía la chica. La joven desapareció en el corto tramo que discurría de su domicilio a la parada del ómnibus, cuando esa lluviosa mañana del 8 de febrero de 1993 se dirigía a su trabajo. No se advirtieron signos de lucha ni se la vio subir al automóvil de algún extraño, lo cual hubiera sido contrario a los recatados
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    hábitos de estamuchacha. María Víctoria no se iría con un extraño, pero sí (en gesto samaritano acorde a su noble personalidad) aceptaría ingresar a la casa de su vecino, quien le urgiera a ayudarlo pretextando que su anciana abuela había sufrido un ataque. Asimismo, en deposiciones formuladas a la policía el requerido manifestó haber arrojado pertenencias de sus víctimas en un baldío sito en el barrio de Maroñas, a saber: una libreta de notas de Andrea Castro, así como una agenda parcialmente quemada y un monedero de María Victoria Williams. En presencia del juez Dr. Rolando Vomero y de integrantes de la Policía Técnica, tales recaudos se recogieron del sitio previamente indicado. Por último, cabe recordar que el detenido confesó la comisión de los asesinatos en sede policial y luego ratificó -aportando profusos detalles- sus relatos frente al juez, el fiscal y el actuario del juzgado; y en presencia de sus dos iniciales abogadas defensoras. Se desdijo posteriormente, después de cambiar de patrocinio legal, y mantiene esa negativa hasta el presente. 20. JUN 19 Pablo Goncalvez y los crímenes de Carrasco PABLO GONCALVEZ y LOS CRIMENES DE CARRASCO (PRIMERA PARTE)
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    El imputado en prisión Su rostro de aire intelectual El detenido conducido al Juzgado SEMBLANZA DE PABLO GONCALVEZ y BREVE RESEÑA DE
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    LOS HOMICIDIOS QUE SE LE ATRIBUYEN. Pablo José Goncalvez Gallarreta nació en España, en Bilbao (Viscaya) el 6 de marzo de 1970 cuando su padre, el diplomático Hamlet Goncalvez, cumplía funciones representando a nuestra nación ante la Madre Patria. Desde sus nueve años se afincó en Montevideo, en el barrio Carrasco. No obstante, parte de su niñez y su adolescencia la pasó fuera de Uruguay debido a la labor diplomática de su progenitor, conociendo varios países, a saber: Suecia, Brasil, Paraguay y Perú. En nuestro país cursó la primaria en el colegio Christian Brothers. Culminó sus estudios en el liceo público no. 15 de Carrasco, y posteriormente ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas. Su padre falleció el 16 de julio de 1992, hecho que habría repercutido en la eficacia de sus estudios, mermando su normalmente alto rendimiento curricular. Hasta mediados de 1991 tenía novia estable. En su amplia casa sita en la calle Lieja había instalado un taller de reparaciones de motos en sociedad con otro joven. Su inicial entredicho con la ley lo tuvo al ser denunciado por una empleada de veintiocho años de la desaparecida mutualista Cima España. La denunciante adujo haber sido violada por el joven, tras ser amenazada con un revólver y luego amarrada al asiento del acompañante del vehículo de aquél por medio de un juego de esposas. Ese día era feriado y no había locomoción pública, por lo cual ella aceptó la invitación del conductor, quien se ofreciera a acercarla hasta su trabajo Como prueba la mujer presentó la cédula de identidad del acusado, pero el muchacho logró salir indemne al declarar que la relación sexual fue consentida, y que ella le había hurtado la billetera. Fue cuestión de palabra contra palabra. No quedó registrado antecedente penal, pero la policía tomó conocimiento del hecho, y esa tacha enfocaría las sospechas rumbo a la persona de Pablo Goncalvez cuando, tiempo más adelante, comenzaron las pesquisas emprendidas a raíz de una retahíla de homicidios. A pesar de que terminó constituyendo el último de los crímenes en resolverse, el primero de ellos en orden cronológico lo representó el cometido contra Ana Luisa Miller Sichero. Ésta era una muchacha de veintiséis años, hermana de la renombrada tenista Patricia Miller, licenciada en historia y docente en ejercicio. Residía en Carrasco junto a sus padres y dos de sus hermanas. Estaba de novia con Hugo Sapelli, ingeniero de veintinueve años. Su cadáver apareció denotando signos de haber padecido una muerte mediante sofocación, con hematomas en el rostro y arrojado sobre las dunas de la playa de Solymar a escasos metros de la prefectura naval, próximo a la hora 8 del 1 de enero de 1992. La habían conducido hasta ese sitio trasladándola en su propio coche, el cual horas más tarde resultó abandonado por su agresor a una cuadra de donde se asentaba el domicilio de Pablo Goncalvez. La segunda víctima la conformó Andrea Gabriela Castro Pena, de quince años. Vivía con sus padres en Malvín, y cursaba cuarto año de secundaria en el liceo no.20. La asesinaron el domingo 20 de septiembre de 1992 luego de salir del club bailable England. También
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    devino victimada enel interior de un coche, y falleció a consecuencia de la asfixia provocada por un agresor que aplicó sobre su garganta enérgicas maniobras de sofocación. A manera de ritual, su matador le enroscó alrededor del cuello una corbata a franjas blancas y verdes. Cabe destacar que en una fotografía de niño el luego imputado lucía una prenda semejante a aquella, y en el allanamiento de su morada localizaron juegos de corbatas de la misma marca y estilo. El cuerpo sin vida de la adolescente se descubrió parcialmente sepultado bajo la arena de una playa en el balneario de Punta del Este, yaciendo dentro de una precaria tumba que el perpetrador cavó con sus propias manos. La última presa humana fue María Victoria Williams, de veintidós años. Era oriunda del Departamento de Salto, y por entonces residía a una cuadra de la casa del ulteriormente condenado. Desapareció el 8 de febrero de 1993. Estaba aguardando el ómnibus para ir a su trabajo. Según la versión que en un primer momento proporcionó Pablo Goncalvez a la policía y al juez de esa causa -Dr. Rolando Vomero-, la vio desde la ventana de su residencia y, cediendo ante un abrupto impulso, salió a la calle a abordarla. La excusa: la abuela del victimario estaba "enferma", había sufrido un repentino "infarto", se encontraba desmayada y no reaccionaba. El nieto necesitaba auxilio urgente, y la solidaria chica aceptó acompañarlo presurosa. Una vez dentro de la casa, su vecino le habría pedido que tomara el teléfono a fin de comunicarse con la emergencia, mientras él subía al segundo piso para "reanimar" a la anciana. Cuando la joven intentó realizar la llamada resultó agredida por la espalda y, al cabo de un desesperado forcejeo, terminó siendo reducida a través de una férrea maniobra de sofocación manual que le hizo perder la consciencia. Acto seguido, su ofensor le colocó una bolsa de nylon en la cabeza y la ató a su cuello, asegurando de esa forma el óbito. 21. JUN 10 Andrei Chikatilo: El "Hannibal Lecter ruso" SEMBLANZA DE ANDREI CHIKATILO:
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    El mayor asesinoen serie ruso Impresionante imagen del homicida serial Andrei Chikatilo
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    En los bosquesde Rostov aparecieron los cadáveres de algunas víctimas El rostro de un juvenil Chikatilo, cuando nada hacía presagiar el monstruo en que se convertiría Andrei Romanovich Chikatilo nació el 16 de octubre de 1936 en Ucrania, estado integrante de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, con el correr del tiempo, gozó del infame mérito de ser reputado el peor asesino en serie ruso de la época moderna. Su lista mortuoria incluye cincuenta y tres homicidios, y fueron hallados cincuenta y dos cadáveres de sus víctimas. Encontrado culpable por la referida cifra de homicidios y también, en algún caso, por el conexo delito de violación, resultó condenado a muerte, y finalmente ejecutado, mediante un disparo en la nuca que le fuera propinado en su celda, en el año 1994. Se trataba de un hombre de familia de apariencia normal, casado y con dos hijas. Su asesinato primerizo lo cometió en el año 1978, cuando ya contaba con mas´de cuarenta años, y su presa humana la constituyó una niña a la cual quiso violar, pero su natural impotencia se lo impidió, por lo que encauzó en el apuñalamiento y en la visión de la sangre el único desahogo posible a sus perversos instintos. Otro individuo sobre el cual recaían antecedente penales a causa de un anterior homicidio -Alexander Kravchenko- terminó, por trágico error, siendo condenado a muerte en su lugar y, gracias a ello, el verdadero culpable pudo eludir a la justicia ya en su inicial crimen.
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    Continuaría sumando agresioneshasta llegar a perpetrar -tal cual hemos señalado- cincuenta y tres horribles asesinatos. Las carencias del sistema penal y policial soviético dieron alas al trastornado, quien durante largo tiempo creyó que podía salir impune. El sujeto varias veces fue estimado como serio sospechoso, e indagado por las autoridades; aunque logró escapar del peligro merced a una circunstancia casi increíble. La policía buscaba a un ejecutor con determinado grupo sanguíneo en atención al tipo de semen que los médicos forenses habían detectado en los cuerpos de las víctimas, y este hombre constituía uno de esos muy raros casos -literalmente uno en un millón- donde no concordaba el grupo sanguíneo con el de su esperma. Dado que lo usual consistía en obtener una muestra de sangre del sospechoso, y compararla con las muestras seminales que disponían del asesino, al no casar las mismas el individuo era puesto en libertad. Su suerte cambió un día -tras otra de sus reiteradas detenciones, pues a menudo lo sorprendían merodeando por el escenario de los crímenes- cuando a un avispado detective se le ocurrió que, para mayor seguridad, debía extraerse una muestra de semen de Andrei Chikatilo. Una vez practicado dicho examen, y ante el asombro de la policía, se comprobó que su grupo sanguíneo y el de su esperma eran diferentes, y que su semen efectivamente coincidía con el hallado en los cadáveres. La pieza que faltaba para incriminar al escurridizo depredador por fin aparecía, y el rompecabezas había sido completado. Esta persona, contra lo que pudiera creerse, no era un demente declarado ni mucho menos, sino que aparentaba ser un ciudadano modelo. A la inversa de lo que podría esperarse de un marginal desorientado, llevaba una existencia clásica y era miembro del entonces dominante Partido Comunista Soviético. Fungió de maestro en varias instituciones educativas -aunque al menos dos veces lo expulsaron por conducta indecorosa- y luego desempeñaría el cargo de gerente en más de una fábrica. Precisamente, su trabajo le permitía recorrer bajo las órdenes de sus patronos el inmenso país. Fue durante sus paradas laborales -especialmente en la ciudad de Rostov, lo cual le valió el innoble mote de"Carnicero de Rostov"- mientras aguardaba la salida de los trenes para volver al calor de su hogar, donde se dedicaba a seducir con algo de dinero, o por medio de la promesa de darles comida en su "dacha" -casa de campo soviética- a prostitutas, vagabundos, e incluso niños, a los cuales ultimaba con inaudita saña en los bosques de Rostov y otras localidades. Conforme le enseñó a los pesquisas, a través de muñecos durante las reconstrucciones forenses de sus tropelías, su método a la hora de finiquitar observaba una pauta regular. Siempre blandía el cuchillo con su mano izquierda, y se conservaba a prudente distancia del objeto de su agresión, a fin de evitar mancharse con la sangre. Sin embargo, el depredador mutaba sus tácticas de abordaje letal de acuerdo con la clase de presas que en cada oportunidad escogía. Si se trataba de infantes el asesino los tentaba con chicles, dulces o hipotéticos regalos de sellos, videocasetes, o deliciosas comidas que les iría a preparar en su "dacha" imaginaria, siempre situada en la otra punta del camino del bosque. El verdugo había tomado cursos
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    de educación anivel universitario y trabajó con niños durante muchos años. Quedo claro que, pese a haber fracasado como profesor, sabía muy bien que cosas debía prometer a sus víctimas para facilitar el éxito de sus ataques. Si, por el contrario, la víctima elegida era una mujer de baja moralidad o una meretriz, el homicida le ofrecía dinero o alcohol a efectos de que lo acompañasen a algún sitio apartado. En ocasiones se limitaba a ofrecerles un encuentro sexual. La potencia viril que aparentaba tener el matador las inducía a aceptar gustosas su propuesta sin, por cierto, imaginarse el cruel desenlace que les estaba deparado. Al igual que Jack el Destripador hiciera en Londres a fines del siglo XX, el psicópata ruso también mostraba el hábito de extraer órganos a los cuerpos de aquellos a quienes ferozmente acuchillaba. Y sucedió que, en medio de su extraordinario proceso penal, el ultimador serial confesó que consumía esas partes internas humanas, cumpliendo de ese modo con un extraño y místico ritual. Asimismo, este sanguinario maníaco puede ser asociado con el Ripperbritánico por el hecho de que, cuando acometía sus desmanes, los cuchillos configuraban su exclusiva herramienta mortal. Fue localizada una terrorífica cantidad de estas armas blancas al requisarse su vivienda. De aquí que el sádico comportamiento criminal de Andrei Chikatilo nos recuerda en este punto los ecos de la conducta del mutilador victoriano quien, en una de sus burlonas cartas, se lamentaba por haber extraviado uno de sus "bonitos cuchillos" en el curso de sus letales incursiones. JUN 7 Cayetano Santos Godino. El infanticida argentino LA SORDIDA HISTORIA DEL PETISO OREJUDO
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    Cayetano Santos Godinomostrando las cuerdas con que amarraba a los infortunados niños. Portada del filme "El niño de barro" inspirado en las tristes hazañas del juvenil asesino. Cayetano Santos Godino nació el 31 de octubre de 1896 en Buenos Aires, capital de Argentina, fruto del matrimonio de dos humildes inmigrantes calabrases: Fiore Godino y Lucía Ruffo. Tenía siete hermanos: Josefa, Julia, Rosa, Margarita, Antonio, Bambina y José. Su progenitor, quien laboraba de farolero, era alcohólico y castigaba a su esposa e hijos. Para peor, había contraído sífilis años antes de nacer el futuro infanticida,
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    padecimiento que contribuyóa la debilidad física y psíquica que signó a la criatura. Otros rasgos representativos del muchacho los constituirían su muy escasa estatura y dos prominentes apéndices auditivos que le valdrían los apodos de "El Oreja" o "El Petiso Orejudo", alias este último destinado a ser notoriamente recordado en las más negras páginas del delito. Durante su niñez estuvo varias veces al borde de la muerte por causa de diversas enfermedades; en especial, debido a un agudo cuadro de enteritis. No fue el único hijo de aquella pareja de italianos pobres que sufriría graves afecciones. Su hermano Antonio era epiléptico y, además, siguiendo el mal ejemplo de su padre, se convirtió en un bebedor irrecuperable. Más tarde se sumaría a Fiore en los castigos aplicados sobre su hermano menor. Entre sus cinco y diez años el ya por entonces muy peligroso chico asistió a diferentes escuelas de las cuales invariablemente terminaba siendo expulsado, en razón de su pésima conducta y de su temperamento intolerable. Raramente concurría a las clases y solía desperdiciar el tiempo vagando por su barrio. Su primer acometimiento criminal lo llevó a cabo con apenas ocho años el 28 de septiembre de 1904, cuando atacó a Miguel Paoli de veintiún meses. Ese día, aprovechando un descuido de la madre del infante, lo tomó de la mano y se dirigió con él hasta un baldío próximo a uno de los conventillos que tiempo atrás la familia Godino Ruffo había ocupado. Llegado a ese lugar golpeó con sus puños al chiquito y lo arrojó sobre un montón de basura y espinas que allí se acumulaban. Por fortuna, un vigilante de la comisaría local que recorría la zona se percató de lo que estaba ocurriendo, y frenó la agresión llevándose consigo a ambos menores hasta la estación de policía. Al año entrante Godino repitió su modo de operar y, tras tomar de la mano a una vecinita llamada Ana Neri, la condujo hasta un baldío sito en las calles Loria y San Carlos. Depositó a la niña en el suelo, y con una pesada piedra trató de aplastarle el cráneo. Un policía lo sorprendió y salvó a la criatura. Llevaron al ofensor a la comisaría, pero insólitamente lo dejaron libre esa misma noche. Cayetano tenía un socio con el cual cometía pequeños hurtos (Alfredo Tersi). Era su único amigo, lo cual no impidió que, en un arranque de ira, apalease bárbaramente al hermanito de su cómplice, golpeándolo en la cabeza con saña, ataque que estuvo a punto de costarle la existencia al herido. En marzo de 1906 (con menos de diez años) el chico captura en la esquina de las calles José María Moreno y Rivadavia a una niña de dieciocho meses y la encamina hacia un terreno baldío. Allí la asfixia hasta quitarle la vida. Luego sepulta el cadáver en una zanja y lo cubre con latas, escombros y basura. Este inicial asesinato no trascendió, y recién sería confesado por el matador luego de su arresto. Con diez años el infantil maníaco se lanza a una vertiginosa escalada de violencia. Sus padres no pueden con él, y se destaca por torturar animales y producir incendios. Hsstiado por los continuos problemas que le trae su hijo, el farolero Fiore lo denuncia a las autoridades, y se lo recluye en un reformatorio en la Alcaldía Segunda División durante dos meses a partir del 5 de abril de 1906. Una vez salido del correccional, lejos de regenerarse, proseguirá con su sucesión de crímenes.
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    El 9 deseptiembre de 1908 secuestra en la puerta de su hogar a Severino Caló de veintidós meses. Lo conduce hacia una acequia de caballos donde sumerge al infante dentro de una tina procurando ahogarlo. Un empleado se percata de la dramática situación y alerta al dueño del corralón. Entre ambos hombres trabajosamente sacan del agua al niño y aprehenden al atacante, quien intentaba escapar. Detenido en la comisaría, al día siguiente lo devuelven a su madre. El 15 de septiembre de ese año quema al menor de veinte meses Julio Botte, aplicándole un cigarro encendido en uno de sus párpados. Logra huir, pero varios vecinos lo identifican y se vuelve conocida su peligrosidad. Se libra de tener que enfrentar a la justicia porque los progenitores de la víctima no lo denuncian. El 14 de diciembre el juez de turno ordena su encierro en la colonia para menores infractores de Marcos Paz, correccional donde permanecerá recluido a lo largo de tres años. Allí aprende a escribir toscamente y, asimismo, se adiestra en la práctica de nuevos delitos. Además, los castigos de que resulta objeto lo tornan más irrecuperable aún, y cuando recobra su libertad su sed de sangre está en apogeo. El 17 de enero de 1912 provoca un incendio en el corralón situado en las calles Corrientes y Pueyrredón. Oculto tras un árbol contempla la intensa labor de los bomberos y disfruta con el caos creado. El 26 de enero de 1912 tiene efecto el suceso policial que el periodismo de la época calificó "El crimen de la calle Pavón". Arturo Laurora de trece años fue la víctima, y su cadáver apareció dentro de una casa deshabitada emplazada en dicha calle. Cuando tiempo después se capturó a Cayetano se pensó que era culpable de ese homicidio, pues llegó a confesar la comisión del reato. No obstante, prevalece la teoría de que el desgraciado Laurora fue ejecutado por "La mano negra", organización delictiva dedicada al tráfico de mujeres y adolescentes. El posterior ataque del Petiso Orejudo devino el 7 de marzo de aquel año contra la niña Reyna Bonita Vainicoff de cinco años. El joven criminal lanzó fórforos encendidos sobre el inflamable vestido que lucía la pequeña, la que en breves segundos se convirtió en una tea ardiente. Fueron estériles los esfuerzos de un valiente vigilante que se arrojó encima de ella tratando de apagar el fuego con una manta. La desgracia se cebó ese día con la familia Vainicoff recayendo también sobre el abuelo de la nena. El anciano vio a lo lejos a su nieta envuelta por las llamas y cruzó la calzada corriendo sin mirar para socorrerla, al tiempo que un automóvil lo atropelló segándole la vida en el acto. El 8 de noviembre siguiente Godino rapta, mediante engaños, al menor Roberto Russo en la puerta de la casa de éste. En un baldío de la calle Quinto Bocayuba lo agrede cuando previamente lo había amarrado con cuerdas que portaba a tal fin. Fue sorprendido en su ataque y detenido, pero una vez más escapó impune. Luego de sólo sufrir cuatro días de arresto el magistrado dispuso su liberación el 12 de noviembre. El error judicial costaría caro a la sociedad. El 16 de noviembre el diabólico adolescente agredió a la niña Carmen Ghittoni, a quién había conducido hasta un baldío de las calles Chiclana y Funes. La cercana presencia de un policía salvo a la menor, y el ofensor huyó sin poder concretar su malvado objetivo. A fines de noviembre el delincuente prende fuego a dos galpones, pero los siniestros alcanzan escasa magnitud. Estos atentados frustrados configuran el preludio del más
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    escalofriante de losasesinatos consumados por el infanticida. La víctima será Jesualdo Giordano. El 3 de diciembre de 1912 el psicópata observa al chiquito jugando en la puerta de su casa en Progreso 2585. Lo tienta prometiéndole entregarle caramelos, y logra que lo acompañe a hacer un "mandado". Conduce al infante al recodo que une a un muro con la ochava de un portón sito en Catamarca y calle 25 de noviembre de 1889. Tras extraer de sus ropas unas cuerdas lo ata e intenta estrangularlo. El niño se resiste con desesperación y, ante la resistencia, el agresor toma una pesada piedra y le aplasta el cráneo. Sale del cubículo y en el recorrido de regreso a su casa ve sobre la acera un gran clavo. Se hace del mismo y vuelve al lugar del crimen. Para asegurar la muerte de la víctima, usa a modo de martillo la piedra que había empleado para golpearlo, y le introduce el clavo en el cráneo. Un niño de nueve años de apellido Peluso y una niña de siete llamada Antonia de Rici informan a la policía que vieron a Gesualdo mientras era llevado por un chico de corta estatura y grandes orejas. Los policías ya saben de quien se trata, y en la madrugada del 4 de diciembre de 1912 lo aprehenden en el conventillo donde vive con sus padres. La noche anterior el pequeño monstruo había asistido al velatorio del niño Giordano, y se aproximó al féretro a fin de comprobar la marca dejada por el clavo en el cráneo del difunto. La justicia lo consideró en primera instancia como inimputable, aunque por razones de seguridad se lo mantuvo encerrado en el Hospicio de las Mercedes, donde perpetró varias agresiones graves contra menores allí internados. Un año más tarde, en la segunda instancia del proceso, el juez de alzada Dr. Ramos Mejía confirmó la sentencia de no imputabilidad legal. El juvenil infanticida había sido declarado irresponsable para el derecho penal y los informes médicos parecían avalar esa resolución. Pero el 12 de noviembre de 1915, cediendo ante el clamor e indignación de la prensa y el público, los tribunales reabrieron su causa. Se declaró finalmente que al momento de cometer sus crímenes era plenamente consciente y, a partir de tal revisión, fue condenado a confinamiento por tiempo indeterminado en una cárcel común, tal cual si fuera adulto. El 28 de marzo de 1923 lo trasladan a la prisión de Ushuaia en la gélida localidad sureña de Tierra del Fuego. Allí el preso será el habitante de la celda número 90. Desde 1935 hasta su fallecimiento el 15 de noviembre de 1944 estuvo enfermo afectado por numerosas dolencias. Resultó brutalmente apaleado en aquella prisión al menos dos veces. La leyenda cuenta que pereció de resultas de las lesiones originadas por una última paliza a manos de sus compañeros de cautiverio. Los reclusos trataron de lincharlo en venganza por haber torturado y dado muerte a dos gatitos que eran sus mascotas predilectas. Sin embargo, este rumor nunca fue ratificado. De acuerdo con el reporte del penal de Ushuaia, obrante en el archivo del servicio penitenciario, el reo expiró en el hospital carcelario a consecuencia de una hemorragia interna derivada de una úlcera gastrointestinal que lo aquejaba desde años atrás. Según otras versiones, murió de tuberculosis, o por complicaciones a raíz de una pulmonía. 22. JUN 4 Carlos Robledo Puch: El Angel de la Muerte
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    Su juvenil aspectoocultaba a uno de los peores asesinos. Esta foto muestra su envejecimiento a causa de una larga prisión.
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    El joven criminalrecapturado tras su breve fuga. Carlos Eduardo Robledo Puch Habendank recibió por cuenta de la prensa y del público el alias criminal de "El Angel de la Muerte" o "El Angel Negro" (conforme se titula un reciente libro que le dedicó el periodista Rodolfo Palacios (Editorial Aguilar, Buenos Aires, Argentina, 2010). Hizo honor a esos lúgubres apodos, pues ya antes de cumplir sus veinte años había asesinado a once personas, aunque es posible que su cuenta mortuoria devenga aún más elevada. Nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Buenos Aires, Argentina, en el seno de un hogar de clase media, siendo sus progenitores Víctor Elías Robledo Puch y Aida Josefa Habendank. "A los veinte años no se puede estar sin coche y sin plata", se excusaría el muchacho ante el juez instructor de su causa penal, explicando las motivaciones que lo indujeron a consumar sus homicidios. No constituyó esa la única muestra de desparpajo exhibida por el matador múltiple a lo largo de su proceso. Preguntado por el magistrado sobre el motivo por el cual acribilló a balazos a dos cuidadores mientras éstos dormían cuando -junto con un cómplice - irrumpió para robar en un club nocturno, contestaría: "¿Y qué quería Ud que hiciera? ¿Que los despertara? Cinismo, desprecio por la vida humana -salvo por la suya propia-, desconcertante sangre fría y distanciamiento total con respecto a sus salvajadas, caracterizaron la conducta de este joven delincuente. Y que su existencia era la única que le preocupaba quedó patentizado en más de una ocasión. La única oportunidad en que, tras su primera detención, logró escaparse, eludió durante dos días la búsqueda policial. Sin embargo, dio pruebas de paupérrima organización y cautela.
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    Un grupo deagentes, previamente alertados por una denuncia anónima, localizaron al prófugo quien -aparentemente ajeno al riesgo que corría- se hallaba sentado terminando su almuerzo en un coqueto restaurante de comidas alemanas emplazado en Olivos. Al ver ingresar a los uniformados que se dirigían rumbo a su mesa sintió miedo por su vida. Levantó sus brazos, al tiempo de muy agitado exclamaba: "¡No me tiren. Soy Robledo Puch!", luego de lo cual se entregó mansamente. Sabía que la fuerte difusión mediática que había adquirido su nombre lo protegía. Continúa confinado en el presidio de Sierra Chica hasta el instante en que se escriben estas líneas. No se ha arrepentido, y protesta alegando que la notoriedad alcanzada lo perjudica. También se queja de su juicio, al cual califica de ilegal. "Conmigo no hubo una prueba, una huella ¿Cristo fue culpable de algo? ¡Si no pecó nunca! Ahora, si lo dice Robledo Puch, es un cínico que no está arrepentido. Yo no digo que soy inocente. Soy un condenado, pero quisiera saber algún día en qué se basaron aquellos que me juzgaron", declaró el recluso en una entrevista. Este chico perteneciente a la clase media, cuyo padre fungía de gerente en la fábrica General Motors, y que desde sus quince años asistía con regularidad a misa, y tomaba clases de piano y solfeo, no parecía en absoluto destinado a erigirse en un despiadado y prematuro homicida. No obstante, la providencia tendría para él otros planes y adoptó, a manera de hado fatídico, la encarnación de una mala compañía: Jorge Antonio Ibañez. Este último muchacho era un ladrón profesional algunos años mayor que Carlos Eduardo. Fue él quien le impartió sus primerizas clases prácticas de malviviente despertando en el jovencito el gusto por el dinero fácil, y la enfermiza pasión por el peligro que una vivencia al margen de la ley es capaz de provocar sobre las personalidades no consolidadas. Junto a su maestro en el delito emprendió una secuencia de robos de escasa magnitud, destacándose en esta etapa el atraco a una joyería, donde por vez inicial esgrimió un arma de fuego con la cual amenazó a los empleados, mientras su socio vaciaba la caja fuerte. El 14 de febrero de 1969 hurtó una motocicleta estacionada en la escuela de Artes y Oficios de la Plata. A causa de este incidente sus padres se enteraron de las inclinaciones delictivas de su hijo, dado que resultó detenido durante tres semanas en un establecimiento destinado a menores infractores. Al salir del correccional prosiguió con sus actividades ilícitas, y en compañía de Ibañez perpetró varios asaltos, donde su socio llevó la voz cantante en base a su mayor experiencia como "levantador" de los automóviles que emplean para darse a la fuga luego de consumar cada acto criminal. Ocasionalmente, el propio padre de Ibañez los asiste en sus incursiones, al punto tal de que este hombre devendría procesado en la misma causa criminal. En la noche del 9 de mayo el dúo de atracadores escaló por la pared lindera de una estación de servicio. Acto seguido, saltaron hacia el techo de un negocio de venta de repuestos automotrices desde donde sorprendieron al encargado de apellido Bianchi y a su cónyuge, los cuales - por entero ajenos al peligro- dormían separados sobre sendos catres. En una cuna ubicada entre ambos lechos descansaba la hijita del matrimonio. Sin mediar palabra, ni aguardar a que sus víctimas despertaran, Robledo Puch les disparó
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    a quemarropa dostiros en la cara a cada uno. El hombre falleció al instante y la esposa quedó agonizante. En tal estado Ibañez procedió a violarla. Los agresores se dieron al escape creyendo que el infeliz matrimonio había muerto, pero la mujer sobrevivió. A pesar de sus graves heridas, se arrastró por el piso unos cuarenta metros hasta llegar a la estación de servicio donde pudo dar aviso a la policía. Ya en el hospital, brindó una descripción de sus atacantes señalando que uno de ellos era un joven con cabello largo, rubio y ondulado. El 15 de mayo de 1971 la peligrosa pareja de ladrones incurre en un nuevo atentado, ahora contra la boite"Enamour" sita en Olivos. A los fondose de ese boliche bailable discurría un jardín aledaño al río y por allí, en esa desapacible noche otoñal, los delincuentes entraron a través de una ventana. Una vez adentro, comprueban que yacen dormidos los encargados del lugar, Pedro Nastronardi y Manuel Godoy. Nuevamente, a traición y haciendo gala de impresionante sangre fría, el juvenil psicópata acribilla a los durmientes con una ráfaga de explosivos que atraviesan sus cráneos. Ambos agredidos expiraron de inmediato. Otro delincuente novato se une a la pequeña y mortífera banda. Se trata de Héctor Somoza, de diecisiete años, ladrón ocasional que, a su vez, laboraba de cadete en la panadería de su madre. Ahora fue Carlos Eduardo quién se encargó de iniciar en el delito al bisoño compinche, y lo adiestró en el uso del revólver. La pandilla prosiguió concretando hurtos y rapiñas de menguado importe. El 24 de mayo de 1971 copan el supermercado "Tanty". En este caso, el sereno -de nombre Juan Scattone- estaba despierto y salió al cruce intentando ahuyentar a los intrusos. Pero no iba armado, y fue presa fácil para la frialdad vesánica de Robledo Puch, quién le descerrajó dos disparos que le perforaron la mejilla izquierda eliminándolo en el acto. Consumada la agresión fatal, los criminales abrieron la caja registradora repartiéndose el dinero. Antes de huir destaparon una botella de Whisky y brindaron en festejo por su sangriento éxito. El 13 de junio de aquel año, mientras los delincuentes circulaban por la avenida del Libertador en un automóvil marca Dodge, modelo Polara, de color amarillo, avistaron a una llamativa prostituta callejera. Ibañez pidió a su socio que frenase la marcha para abordar a la joven Higinia Eleuteria Rodríguez. Se bajó del rodado y, pistola en mano, obligó a la chica a subir. Tomaron rumbo hacia la avenida Panamericana hasta arribar a la localidad de Pilar, y se detuvieron en la banquina. Arrojaron a su víctima sobre la acera donde el socio la agredió sexualmente. Finalizado el violento coito Robredo Puch la ejecutó a mansalva mediante disparos con su revólver calibre 22. Al alejarse sufren una colisión, tras la cual descienden raudamente dejando el coche abandonado. El vehículo nunca fue recuperado y se piensa que acabó en un desarmadero. Los matadores retornaron tranquilamente a su barrio de Olivos tomando un colectivo. El 24 de junio vuelven a atacar, ahora en la zona de Vicente López. Frente al club nocturno "Katoa", y bajo amenazas con sus armas de fuego, conminan a subir a su coche a una atractiva modelo de veintitrés años llamada Ana María Dinardo, la
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    cual recién salíade visitar la casa de su novio. La muchacha se resiste a la violación intentada por Ibañez, y termina siendo ejecutada por los dos asesinos, quienes le disparan simultáneamente con sus pistolas y se dan a la fuga. El 5 de agosto de ese año, un automóvil hurtado por los criminales padece un accidente al estrellarse violentamente en la provincia de Entre Ríos. Se localizó el cadáver de Ibañez dentro del vehículo, con el cráneo destrozado, y se llegó a sospechar que, por razones desconocidas, Robledo Puch habría segado la vida de su socio y fingido el accidente. El 15 de noviembre de 1971 Carlos Eduardo y su secuaz superviviente -Héctor Somoza- se introducen en un supermercado del barrio de Boulogne. Violentando la claraboya del techo, y sirviéndose de unas cuerdas, descienden hasta el interior del negocio y se dirigen hacia el dormitorio ocupado por el sereno Raúl del Bene. El depredador dispara con su pistola calibre 22 a la cara del empleado provocándole el deceso de manera instantánea. En la noche del 17 de noviembre del mismo año, el dúo se abre paso a la fuerza en la agencia de automotores "Pasquet" sita en la avendida del Libertador. Allí Robledo Puch finiquita a balazos al sereno Juan Carlos Rosas. El 25 de noviembre, el victimario y su cómplice penetran en la automotora Puigmartu y Compañía situada en la calle Santa Fé de la localidad bonaerense de Martínez. Ambos atracadores, muñidos con sus consabidos revólveres calibre 22, ingresan al salón donde -tras aporrearlo ferozmente a golpes con las culatas- dejan exánime al sereno Bienvenido Serapio Ferrini, al cual el ejecutor remata a balazos. El 3 de febrero de 1972, abordan la ferretería industrial Masseiro Hermanos en la localidad de Carupa. A tal fin escalaron por una ventana y, al estar dentro, encuentran al sereno haciendo uso del baño. El implacable ultimador acciona dos veces el gatillo y le dispara a quemarropa en el cráneo asesinando al trabajador, que fallece de forma inmediata. Pero la mayor novedad consistió en qué al día siguiente, cuando los policías arribaron al local, se llevaron la sorpresa de hallar el cuerpo de una segunda víctima desconocida. Esta vez el verdugo también había acabado con la vida de su cómplice, a quien le descerrajó un balazo en pleno rostro. La cara y las manos del muchacho aparecieron con terribles quemaduras causadas por el fuego del soplete que Robledo Puch utilizó a fin de forzar la caja de caudales. Valiéndose de la misma herramienta quemó a su cómplice, mientras éste estaba todavía con vida, según determinó la autopsia. En un bolsillo del pantalón del muerto se localizó la cédula de identidad de aquél, que su asesino había olvidado quitarle. Así fue que, prontamente, el desconocido cadáver resultó identificado como perteneciente a Héctor Somoza, de sólo dieciocho años, y con antecedentes penales por ilícitos menores. Este descuido terminó siendo fatal para el asesino en serie, porque se indagó a los compañeros habituales del fallecido, los cuales aportaron los datos que delataron a su compinche y jefe. Cinco días después del doble crimen, los agentes policiales rodearon la finca donde
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    moraba el jovencriminal de cabello rubio ondulado y, a través de un altavoz, le impartieron la orden de entregarse. Carlos Eduardo, de veinte años recién cumplidos, salió con sus manos en alto y fue capturado sin ofrecer resistencia. Lo trasladaron por orden judicial al penal de Sierra Chica, establecimiento penitenciario desde donde protagonizó una evasión en el mes de junio de 1973. Se mantuvo suelto únicamente durante un par de días. Fue aprehendido -como ya señalamos- en un restaurante de Olivos, y se lo condujo de nuevo a la misma cárcel. En ella sigue confinado hasta el presente, y se encuentra alojado dentro del pabellón carcelario número siete, en un espacio reservado a los reclusos homosexuales. Sólo se le conoció una novia durante sus días de libertad, y está comprobado que no participó activamente en las violaciones de las mujeres a las cuales implacablemente victimó. 23. MAY
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    31 Ted Bundy: El seductor sádico HISTORIA DE UN SADICO: Los crímenes de Ted Bundy Elegante y seductor: Clásica imagen de Theodore Robert "Ted" Bundy El cadáver del asesino serial
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    Conjunto de fotografías de víctimas de Bundy Una chica que hacía autostop constituyó la inicial presa humana de Theodore Robert Bundy. Prosiguiendo su frenesí vesánico el psicópata agredió el 4 de enero de 1974 a Joni Lenz, a quien introdujo una barra de hierro en la vagina. La muchacha sobrevivió milagrosamente. Menos suerte tendrían siete estudiantes de las universidades de Utah, Oregon y Washington, que desaparecieron durante el verano de ese año. Todas eran jóvenes blancas de larga melena oscura peinada con raya al medio. Los primeros restos óseos se descubrieron en aquel agosto, y pertenecían a Janice Ott y a Denise Nanslund. Los testigos describieron a un sospechoso que avistaron mientras hablaba con las víctimas. Llevaba un brazo enyesado y les había pedido ayuda para subir unos trastos a su coche. El mismo modus operandi de pérfido engaño fue utilizado contra otras desaparecidas, sólo que a veces el desconocido portaba un brazo en cabestrillo, y en otras ocasiones lucía una pierna escayolada. El 18 de octubre de 1974 el cuerpo de una joven de diecisiete años fue hallado con signos de estrangulamiento, sodomía y violación. Era hija de un policía de Utah. A esa altura ya no cabían dudas. Cundió la alarma pública y se supo que un asesino en serie acechaba a las féminas. Se diseñó un retrato robot que salió publicado en los diarios de mayor circulación de Estados Unidos. Un amigo de Meg Sander -antigua novia de Ted- lo denunció a las autoridades, luego de advertir su semejanza con el retrato robot. Pero por
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    entonces Bundy estaba bien conceptuado y la acusación se desestimó. El 8 de agosto de aquel año el homicida sexual cometió su primer error serio. Pretendió asesinar a Carol DaRonch, de dieciocho años, haciéndose pasar por policía de civil. La chica se subió al coche del supuesto agente pero pronto desconfió. El agresor intentó esposarla, forcejearon, y ella consiguió arrojarse del vehículo en marcha. Antes de que el criminal volviera en pos de su presa, una pareja que transitaba por la zona en su automóvil le brindó auxilio. La víctima en estado de shock fue trasladada a la comisaría donde aportó las señas de su atacante. Bundy había fallado esa vez, pero no cejó en su empeño criminal. Cary Campbell fue su próxima víctima el 12 de enero de 1975. Tiempo después, el cadáver de la mujer sería encontrado con trazas de violación y el cráneo destrozado. En la región donde se localizó aquel cuerpo pronto fueron descubiertos otros dos cadáveres. Pertenecían a quienes en vida fueran Susan Rancourt y a Linda Healy, y mostraban signos de haber sufrido una muerte brutal. Meses después, en Colorado, se ubicaron otros cinco cuerpos femeninos con trazas de similar vandalismo. El 16 de agosto de 1975 el maníaco conducía su automóvil y no se detuvo frente a una comprobación policial de rutina. Lo persiguieron y, tras arrestarlo, detectaron dentro de su rodado elementos sospechosos que justificaban conducirlo ante un Juez, pues en el interior del baúl guardaba una barra de hierro, una máscara de esquí, unas cuerdas, y un rollo de alambre. Pensaron al principio que se trataba de un ladrón. Sometido el 2 de octubre a una ronda de identificación lo desenmascararon como el agresor de Carol DaRonch, y también como el sujeto que fuera observado con varias víctimas momentos previos a sus decesos. Antes de comenzar su proceso criminal logró fugarse. Lo capturaron de inmediato, aunque más tarde volvió a evadirse. En el intervalo que duró su vida de prófugo continuó violando y matando. Atacó a jóvenes mujeres en una residencia estudiantil, y luego vejó y asesinó a una adolescente de doce años. Una vez más lo aprehendieron y lo llevaron a juicio. En el curso del procedimiento penal pidió, y obtuvo, el derecho a patrocinarse por sí mismo. Disfrutaba con sus actuaciones mediáticas y al sentirse centro de la atención pública. No obstante, poco podía hacer para evitar la condena. Las pruebas en su contra resultaban aplastantes. Entre otras evidencias, un odontólogo forense demostró que su dentadura casaba exactamente con las marcas de los salvajes mordiscos impresos en las nalgas de una víctima. Hallado culpable se lo condenó a la pena capital por catorce homicidios especialmente agravados. Durante su encierro trató de retrasar al máximo el instante de su ejecución. Pretendió haber perpetrado más asesinatos que los acreditados. Suministró datos falsos e inventó detalles, a fin de ganar tiempo con la frustrada búsqueda de esas posibles víctimas. Llegó al colmo de proponer ayudar a la policía en la resolución de otros asesinatos seriales cuando el caso de los "crímenes del Río Verde" -una secuencia de homicidios violentos contra prostitutas- tenía desconcertados a los investigadores. Su hora final llegó el 24 de enero de 1989. Luego de varias apelaciones y alargaderas, Ted Bundy expiró ejecutado en la silla eléctrica. A los psiquiatras que le examinaron durante su última estadía carcelaria les aseguró que mataba para vengarse de su madre, y que elegía a sus víctimas por su parecido con una antigua novia que lo había despreciado.
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    24. MAY 27 Peter Sutcliffe: El Destripador de Yorkshire PETER SUTCLIFFE: EL DESTRIPADOR DE YORKSHIRE Imagen de Peter William Sutcliffe. "The Yorkshire Ripper" La parafernalia del crimen: Conjunto de armas requisadas al homicida. Fotografías de abajo: El depredador luego de ser atacado en la cárcel
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    Muy altos atronaronlos ecos del recuerdo que las pérfidas andanzas de Jack el Destripador dejaron instaladas en la memoria colectiva de los británicos cuando, en la década de mil novecientos setenta, se supo de la existencia de un asesino secuencial que, al igual que su notable antecesor, se caracterizó por mutilar sañudamente a las féminas que finiquitaba, y cuyas despiadadas hazañas mantuvieron en vilo a la población del Reino Unido. Peter William Sutcliffe se llamaba el mortífero psicópata y, según pretendió -luego de ser aprehendido-, asesinaba en la creencia de oír voces que así se lo ordenaban, mientras llevaba a cabo su labor de enterrador en el cementerio de su natal pueblo de Bingley, situado a doscientas millas al norte de Londres. Una tarde, cuando ejercía su fúnebre labor, Peter escuchó la voz por primera vez. Se inquietó, y dejó caer la pala con la cual venía cavando un hoyo para introducir en la tierra el ataud que yacía a sus pies. Siguió el eco, y llegó a identificar de dónde procedía aquel llamado: venía desde la vetusta tumba de un hombre polaco fallecido muchos años atrás. La voz luego se tornó más clara y comenzó a darle consejos, a la vez que lo trataba con deferencia y calidez. Al final de esa jornada mística el joven regresó a su casa enteramente cautivado por esa extraña experiencia. Definió a aquellos sonidos como "La voz de Dios", y pensaba que éste lo había elegido para realizar una misión. Al correr de los días, supo de qué trataba ese cometido: la voz ahora ya no era amable, sino que le mandaba que debía volverse violento y liquidar a todas las rameras posibles, en tanto éstas desvergonzadas eran responsables por la mayoría de las lacras sociales. Aún cuando proclamó que sólo quería eliminar a prostitutas para librar al mundo de la corrupción, no vaciló en ultimar a mujeres que claramente no ejercían ese oficio. Bastaba que éstas despertasen su deseo de agredirlas y de matarlas. Tal fue el caso de Upadhya Bandara, joven médica oriunda de Singapur, quien se hallaba de paso por Inglaterra gozando de una beca. Tampoco se justificó que victimase a Jayne Mc Donald, chica de dieciséis años, empleada de una tienda, ni a Barbara Leach, estudiante de la universidad de Bradford. A pesar de su trastorno psíquico el criminal dejó traslucir suma astucia antes y durante sus ataques, los cuales, aunque eran brutales, iban precedidos por un minucioso estudio del terreno, y sabía cómo escapar luego de cada acometida. Siempre portaba consigo las armas fatales, lo cual da cuenta de planificada organización a la hora de llevar a término
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    los desmanes. A despecho de la intensa cacería emprendida para atraparlo, su captura se debió a la buena suerte de la policía. El 2 de enero de 1981 el sargento Bob Ring y el agente Robert Hides se apersonaron al conductor de un automovil mal aparcado. Dentro del vehículo, sentada en el asiento del acompañante, estaba una prostituta. Al chequear la matrícula los custodios comprobaron que las placas visibles habían sido torpemente adosadas encima de las placas originales, lo cual sugería que el coche era robado. Antes de su arresto el infractor se desembarazó de las armas, con las cuales planeaba matar a la meretriz, arrojándolas bajo una pila de hojas secas de árbol. Una vez derivado a la comisaría otras pruebas incriminaron al acusado. Allí podía apreciarse un retrato robot del Destripador de Yorkshire. Sus asombrados captores no podían dar crédito al chocante parecido que advertían entre esa imagen y la cara del hombre a quien instantes atrás habían detenido por el muy menor delito de hurto. No versarían sobre el robo de un coche las preguntas que comenzaron a formularle los investigadores, sino por su participación en calidad de autor de alevosos homicidios. Peter Sutcliffe cayó en gruesas contradicciones. Después de un maratónico interrogatorio que duró dieciséis horas, acabó confesando plenamente su culpa y aportó certeros detalles de sus sádicas tropelías. En primera instancia, la corte que lo juzgó lo condenó a purgar cadena perpetua bajo el cargo de trece homicidios acreditados. Fue llevado a un presidio de alta seguridad donde quedó confinado a partir del mes de mayo de 1981. Pero sólo permaneció preso allí durante un año y cuatro meses. Los médicos psiquiatras que lo examinaron concluyeron que debía pasar a residir en un instituto destinado a enfermos mentales, y es en el hospital inglés de Broadmoor donde aún hoy en día prosigue confinado, luego de haber sido transferido desde la prisión de Parkhurst. Para la integridad física de este maníaco resultó una bendición su traslado al hospicio, porque en la cárcel común su vida corría serio riesgo. La más grave de las agresiones que sufriera fue a manos de dos indignados compañeros de celda, quienes lo apalearon con saña provocándose heridas en su cabeza y rostro, y estuvo al borde de perder un ojo. La razón de su definitiva internación, y de su previo encarcelamiento, lo constituyeron sus desalmados crímenes. Para consumarlos empleaba un arsenal de instrumentos improvisados muy dispar. Acometía tanto con martillos y cuchillos como con cortafierros y sierras metálicas. Sin embargo, su arma letal favorita eran los destornilladores, cuyas puntas afilaba y blandía a guisa de puñales. Su encarnizamiento devenía tan atroz que en una autopsia los forenses lograron contar cincuenta y dos puñaladas infligidas al cadáver de turno. Aunque de baja estatura era muy fornido, y el frenesí que lo dominaba cuando emprendía sus asaltos lo tornaba en extremo peligroso. Merodeaba alrededor de sus presas humanas y, en el momento propicio, las aporreaba con un martillo hasta romperles el cráneo. Cuando podía, derribaba a la mujer pateándola tan ferozmente con su botas de cuero que las marcas de las suelas quedaban impresas en la piel. Una vez que la víctima estaba indefensa, tendida en el piso, el trastornado la remataba asestándole golpes en la cabeza y, acto seguido, le infería hondos cortes en el vientre con un cuchillo o mediante un agudo destornillador. En ciertas ocasiones, sustrajo órganos a los cadáveres, crueldad que le valió el mote de "Destripador", al cual se adicionaba el nombre de la británica ciudad de Yorkshire, teatro de aquellas inhumanas matanzas.
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    25. MAY 21 John Haigh: El señor del ácido JOHN GEORGE HAIGH: EL VAMPIRO DE LONDRES o EL SEÑOR DEL ACIDO Atildado y cínico: John Haigh, el asesino del baño de ácido La señora Durand Deacon, una de las víctimas.
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    En la fotografía de abajo: el criminal detenido por la policía John George Haigh asesinó a seis personas adineradas para robarlas, luego de pergeñar sendas estafas. Su modus operandiultimador consistía en introducir los cadáveres dentro de amplios recipientes metálicos, y sumergirlos en un corrosivo baño de ácido sulfúrico con el objeto de diluir todo rastro de los organismos. Esta innoble práctica de exterminio le valió el apodo de "Señor del ácido". Otro seudónimo delictivo con que el periodismo lo bautizó fue "Vampiro de Londres", pues concretó sus atentados en la capital inglesa, y se jactó de haber probado la sangre de sus víctimas. El crimen que precipitaría la caída en desgracia de este victimario, y pondría al descubierto su serie mortuoria, lo representó el consumado en perjuicio de una elegante y obesa dama de sesenta y nueve años llamada Olivia Durand Deacon. Esta señora fue vista por última vez durante la mañana del 18 de febrero de 1949 cuando acudía a una cita con el atildado Mr. Haigh. El caballeroso estafador condujo a la fémina hasta su fábrica instalada en la localidad de Crawley, Sussex, con el pretexto de finiquitar los detalles del ficticio negocio de manufactura de uñas postizas, en el cual le había propuesto invertir a la acaudalada Olivia. Resultó el propio Haigh quien, acompañado de una amiga de la desaparecida -la señora Constantine Lane-, se presentó el 20 de febrero de ese año ante las autoridades denunciando la extraña ausencia de su futura socia. El hombre se apresuró a informar que Mrs. Durand Deacon no había concurrido al encuentro fijado, y que tampoco volvió nunca a ponerse en contacto con él. Luego de chequear los antecedentes del denunciante los investigadores supieron que aquél era responsable de estafas y timos varios contra
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    mujeres, y estedato determinó que el sujeto fuera citado nuevamente a declarar. En su testimonio el sospechoso afirmó ser director de la empresa Hurslea Product Limited. Pronto se comprobó que esa aseveración era otra de sus falsedades. Lo único cierto radicaba en que el pretenso empresario arrendaba un espacioso almacén y depósito que dicha firma tenía instalado en la calle Leopold. El gerente de la empresa declaró a la policía que John Haigh rentaba ese depósito alegando ser ingeniero, y lo usaba para trabajo experimental no especificado. El 28 de febrero de 1949 la policía obtuvo orden judicial para revisar el recinto, y en el mismo se ubicaron pruebas que culpabilizaban al individuo. Hallaron varias bombonas metálicas con etiquetas que indicaban "ácido sulfúrico". También localizaron una bomba manual, un par de guantes de goma y un delantal manchado de sangre, a la vez que advirtieron salpicaduras sanguinolentas esparcidas sobre la entrada de tierra. Más comprometedor aún fue el hallazgo de un revolver calibre 38 con rastros de haber sido usado recientemente. Otro documento en apariencia inofensivo -pero que terminaría siendo vital- fue un recibo expedido por una tintorería en pago por la limpieza de un abrigo de lana persa propiedad de la desaparecida Olivia. Más tarde su supo que las costosas joyas de la dama fueron entregadas a una casa de empeños donde su sedicente socio las había vendido. Mediaban evidencias suficientes para llevar a juicio al sospechoso. El 28 de febrero de ese año el ya factible culpable fue conducido a la misma comisaría donde escasos días atrás se presentase voluntariamente para denunciar la desaparición de su asociada. Enfrentado a las pruebas el indagado admitió haberse apropiado de los bienes de la mujer. Trató de ganar tiempo y endosó a los investigadores una versión fantástica acerca de un supuesto chantaje en se vio implicado, y del cual se excusaba de suministrar más datos para no verse obligado a involucrar a personas inocentes. Pero la confianza del criminal en salir impune estaba cifraba en la ausencia del cuerpo del delito. Así se lo confesó directamente a los agentes que lo habían detenido: ¿Cómo podrán demostrar que la he matado si no queda ningún rastro de ella?, les preguntó. El matador cometía un grave error, pues aunque hizo desaparecer el cuerpo de su socia mediante el ácido, no todo había desaparecido. Una pericia en el macabro depósito, dirigida por el patólogo Keigh Simpson, acreditó la presencia de una dentadura postiza intacta, unos cálculos biliares, y los fragmentos óseos de un pie de la víctima, que habían resistido la corrosión a que fueran sometidos. Con pruebas suficientes se inició el proceso penal. La defensa del depredador se aferró al único argumento que le pareció potable: invocar el desequilibrio mental de su patrocinado. El acusado hizo todo lo posible por librarse fingiéndose orate, y alegó creerse un vampiro que bebía la sangre de sus víctimas. Cabía ya hablar de víctimas en plural, dado que pronto se descubrió que Haigh había repetido su esquema ultimador años atrás. Se supo de otros cinco decesos, cuyas víctimas desaparecieron aniquiladas a consecuencia del baño de ácido que el estafador y asesino les propinaba. El inicial homicidio databa de 1944 y fue concretado en desmedro de William Mc Swan, opulento empresario. A este asesinato le siguió el perpetrado contra los parientes del
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    difunto, los jóvenesDonald y Ami Mc Swan en 1946. A su vez, en 1948, el matrimonio formado por el doctor Archibald Henderson y su esposa Rosalie correría igual destino. El victimario adujo haber bebido ritualmente sorbos de sangre de todos estos cadáveres, a los que luego desintegró sumergiéndolos en ácido sulfúrico. Casi parece de más acotar que la defensa basada en enajenación mental no tuvo éxito. Todo indicaba que John George Haigh estaba lúcido al momento de inferir sus desmanes. El motivo de sus crímenes consistió en una mezcla de afán de lucro y de perverso placer. En la mañana del lunes 10 de agosto de 1949, en acatamiento de la sentencia impuesta, el responsable de las criminales desapariciones fue colgado hasta morir. La ejecución pública la llevó a cabo Mr. Pierrepoint, el cual era el más célebre de los verdugos oficiales de Gran Bretaña por aquellos tiempos, cuando todavía imperaba la pena capital en ese país.
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    26. MAY 18 Henri Landrú: El "Barba Azul" francés HENRI LANDRU: LA INCREIBLE HISTORIA DEL "MATAVIUDAS" Clásica imagen del criminal Henri Desiré Landrú
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    El asesino deseñoras en una caricatura de la época.- En la fotografía de abajo: La ejecución pública de Landrú El pasado siglo XX ha sido, ya desde sus albores, extremadamente pródigo en materia de homicidas en cadena. Un ejecutor francés que mereció el mote de "Barba Azul" lo constituyó Henri Desiré Landrú. Este hombre menudito y de apariencia sosegada resultó ser, no obstante, un muy prolífico matador serial que victimó a diez mujeres y a un muchacho -hijo de una de sus infortunadas amantes-, y el suyo es recordado como uno de los nombres más tristemente destacados dentro de los anales del delito. El móvil que lo impulsaba a emprender sus fechorías era de carácter económico, pues ultimaba para extraer beneficios financieros de las cándidas féminas a las cuales estafaba. En realidad, les provocaba la muerte en procura de impedir ser delatado una vez que las mujeres timadas se percatasen de haber sido burladas en su buena fe por su prometido. Y es que el individuo las conocía por conducto de anuncios matrimoniales en los cuales se presentaba como un solitario caballero poseedor de considerable fortuna en busca de una buena compañera y, tras relacionarse con aquellas que acudían a las galantes citas, lograba hacerles bajar la guardia ganándose su confianza merced a promesas de
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    matrimonio. Henri Desiré Landrú,también apodado el "Mataviudas", nació el 12 de abril de 1869 en el ámbito de una familia respetable y de menguados recursos. A sus veinte años dejó embarazada a una prima, Marie Catherine Remy, y se casó con ella. Viviría con su esposa y sus hijos hasta el término de su existencia llevando una doble vida. Por un lado, era un esposo ejemplar que proveía a las necesidades de su prole. Pero también poseía una parte secreta donde se dedicaba a los timos apropiándose del dinero y de los bienes de las víctimas que engatusaba. Nunca se supo a ciencia cierta si su cónyuge y sus hijos eran cómplices conscientes de sus delitos. En todo caso, cuando andando el tiempo se juzgó a Landrú, el fiscal se mostró clemente y no levantó cargos contra la familia del acusado. Entre los años 1902 a 1904 incurrió en la comisión de algunos delitos de magra monta que lo condujeron a la cárcel. Su primera pena se le aplicó el 21 de julio de 1904 al ser hallado responsable de una estafa. Tras este castigo se le impondrían otras sanciones leves, siendo la última pronunciada el 26 de julio de 1914, en víspera de que Alemania declarase la guerra a Francia. Dicha condena no la purgó efectivamente, sino que fue juzgado in absentia al no poder ser ubicado. La Primera Guerra Mundial estaba a punto de estallar, y problemas de mayor envergadura acuciaban al gobierno galo, por lo cual su justicia no se molestaba en perseguir a pequeños embaucadores. Mientras permanecía recluido a raíz de uno de aquellos procesamientos recibió la ingrata noticia de que su anciano padre se había suicidado colgándose de un árbol, al no poder superar el dolor moral y el bochorno producido por la indecorosa conducta de su hijo. No obstante, el mozo no recapacitó sino que -como vimos- una vez liberado de su confinamiento volvió a las andadas. Ya por entonces había refinado su modus operandi delictivo, y se entregó en cuerpo y alma a la innoble tarea de estafar a señoras incautas. La denuncia que radicó una de sus despechadas enamoradas le valió el último y más prolongado de esos períodos a la sombra. En su nueva estadía en la cárcel el prisionero rumió su venganza contra aquellas ingratas que eran capaces de conducirlo a tan comprometida situación, y adoptó una resolución implacable: para terminar con las denuncias debía acabar con la existencia de las denunciantes. Se juró que así obraría en el futuro. A partir de allí perfeccionó su técnica defraudatoria. Comenzó a poner publicaciones en las secciones de los periódicos donde los usuarios de ambos sexos buscaban encuentros amorosos. En esos artículos se promocionaba como un viudo de mediana edad y cómodo pasar financiero deseoso de restaurar su vida relacionándose con una dama de condición semejante. Arribó el año 1914, y con él la Primera Guerra Mundial a la cual su patria se volcaría de lleno. El horrible conflicto bélico que costó la existencia a millones de seres humanos y aparejó tantas desgracias devendría, paradójicamente, un ciclo de bonanza e impunidad para este refinado malhechor. Y es que la policía francesa estaba demasiado ocupada atendiendo problemas más graves y urgentes que las denuncias por las misteriosas desapariciones de unas cuantas divorciadas o viudas. El criminal intuía que al concluir la conflagración terminaría asimismo su anonimato. Ahora sí los pesquisas estarían en condiciones de ocuparse de su persona, y de poco le servirían los numerosos alias que usaba para despistar y las tretas de las cuales se valía a fin de borrar sus huellas. Tanto es así que cuando su joven amante Fernande Segret -única
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    mujer a lacual parece haber amado y cuya vida respetó- le anunció emocionada que la guerra había por fin concluido, Henri Landrú -cabizbajo y con tono de voz sombrío- le contestó. "Sé que ahora no lo puedes llegar a comprender, pero esa es la peor noticia que podrías haberme dado, querida mía" Cierta madrugada de 1919 oficiales de policía golpearon a la puerta de la vivienda parisina del número 76 de la calle Rochechouart que el ultimador compartía con su novia. Henri, recién levantado, se vistió con prontitud y atendió al detective jefe que le exhibió la orden judicial de arresto. Con amable firmeza negó cada una de las acusaciones que los agentes le formularon delante de su atónita amante, la cual no podía dar crédito al ver cómo se llevaban detenido al hombre con quien escasos momentos antes compartía el lecho. El galante verdugo tenía un defecto que a la postre lo condujo a su perdición. Era tan meticuloso que hasta el mínimo acontecimiento lo anotaba en una serie de pequeñas libretas de apuntes. En ellas podía leerse desde las compras de comestibles hasta las fechas cuando hizo desaparecer a una docena de desprevenidas mujeres y a un chico, cuyos nombre había consignado. Todas las prometidas del abominable novio acabaron con sus cuerpos desmembrados, y sus restos fueron incinerados dentro del horno de una amplia cocina económica que el verdugo tenía instalada en su chalet de campo en la localidad de Gambias. Abundantes datos de sus homicidios estaban relacionados con pulcra caligrafía en las páginas de aquellas delatoras libretitas, y conformaron la primordial prueba esgrimida por la acusación fiscal. El 30 de noviembre de 1921 el jurado regresó a la sala de justicia con el veredicto, y su portavoz leyó en voz alta la fatídica e inapelable decisión. Horas previas a su muerte el penado rechazó cortésmente los servicios que el Capellán de la cárcel le ofreció para descargar su conciencia, mientras los guardias esperaban fuera de la celda a fin de encaminarlo hacia el patíbulo. "Debo acompañar a estos señores", se excusó ante el religioso y, luego de hacer una pausa, con tono melodramático añadió: "La muerte es una dama y no resulta propio de un caballero hacerla esperar" En la gélida mañana del 25 de febrero de 1922 la cabeza guillotinada del "Barba Azul" caería dentro de un canasto en la sala de ejecuciones de una cárcel cuyo frente daba al palacio de Versalles. En el curso de su última estadía en prisión se había transformado en un fenómeno mediático tan extraordinario que, en tanto aguardaba su triste destino, el reo recibió decenas de cartas escritas por admiradores de ambos sexos, y por mujeres que le ofrecían amor y le solicitaban matrimonio.
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    27. MAY 13 TORSO: El descuartizador de Cleveland Horror en Cleveland: Los crímenes de "Torso" Agentes policiales desenterrando macabros hallazgos Mutilado cadáver femenino de una anónima víctima del descuartizador
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    El médico FrankSweeney fue el principal sospechoso. Fotografía de abajo: El célebre Elliot Ness, que persiguió sin éxito al sanguinario psicópata
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    Un tenebroso asesinoen serie aterrorizó a la población de los barrios bajos de Cleveland, estado de Ohio, Estados Unidos, durante la década del treinta en el pasado siglo. Los periódicos lo calificaron con el seudónimo de "El descuartizador de Cleveland", en atención a la zona donde cometía sus agresiones, y debido al desmembramiento que infligía sobre los organismos de sus víctimas. Más sencillamente se lo conoció como "Torso" a causa de la extraña y cruel manía que manifestaba, a saber: de los cadáveres sólo aparecían los torsos, pues a todos ellos les habían aserrado cuidadosamente sus miembros y, además, aparecían decapitados. Los crímenes de Cleveland comenzaron en el año 1934 y el descuartizador jamás fue capturado. Su perfil concuerda con el de un sádico. Los periódicos también tildaron a este implacable psicópata "El loco carnicero de Kinsbury Rum", y entre los meses de septiembre de 1934 y agosto de 1938 asesinó a una docena de hombres y mujeres, en su mayor parte prostitutas y vagabundos. Decapitaba a las víctimas, y en seis casos la cabeza nunca fue encontrada. En dos ocasiones mató a dos personas a la vez, desmembrando los cuerpos. Elliot Ness, el célebre Policía vencedor del hampa de Chicago, llegó a ocupar el cargo de Director de Seguridad Pública de Cleveland desde 1935, luego de alcanzar notoriedad gracias a sus brillantes triunfos contra la delincuencia organizada. En declaraciones formuladas a la prensa el jerarca expuso su parecer de que el criminal debía ser un hombre alto y fuerte que poseía un coche y, probablemente, era propietario de una casa donde podía tozar y disponer de los cadáveres sin ser molestado. Las investigaciones practicadas revelaron la existencia de un sujeto cuyas características se ajustaban a dicha descripción. Desde los años de la denominada "Gran Depresión Norteamericana" la localidad de Kinsbury Rum próxima al río en Cleveland se nutrió de abundante cantidad de vagabundos y desocupados que hallaban allí un precario refugio. Esta población iba en aumento al estar en ruta de paso de los ferrocarriles, en cuyas estaciones descendían en número creciente pasajeros desalojados de las grandes ciudades. El 5 de septiembre de 1934 fue encontrado el que se llamó "Torso Playero", o sea, un cadáver de mujer decapitado con muñones cercenados a la altura de las rodillas. Nunca fueron rescatados ni la cabeza ni los brazos. la autopsia sugirió que el cuerpo había sido conservado durante un tiempo en cal. También se motejó a estos restos humanos con el sobrenombre de "La dama del lago". Precisamente un año más tarde, en septiembre de 1935, dos adolescentes se toparon con un segundo cadáver al fondo de una pendiente conocida como "La colina del asno". Se trataba del cuerpo desnudo -excepto por unos calcetines negros que enfundaban los muñones de las piernas- de un varón caucásico cuyas piernas estaban estiradas y sus brazos yacían a los costados. Lo habían decapitado, sus extremidades estaban cercenadas y los genitales arrancados. Al revisar el área los policías detectaron otro cadáver mutilado de igual manera, pero en peor estado, que mostraba marcas en las muñecas, en indicio de haber sido atado antes de fallecer. Otra señal, más terrible todavía, era que los músculos del cuello estaban
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    retractados, lo quesignificaba que el hombre se hallaba vivo y consciente cuando lo decapitaron. El cercenamiento fue producto de una sucesión de violentos golpes asestados con un cuchillo en extremo filoso. Dos meses después de arreciar esta ola de crímenes se designó a Elliot Ness para el puesto de Investigador Principal de la Oficina de Seguridad Pública de Cleveland. En aquel cargo emprendió una decidida campaña para limpiar la corrupción en la policía y en los cuerpos de bomberos locales, y atacar al juego clandestino. A partir del hallazgo del cuarto cuerpo despedazado el jerarca se involucró de lleno en la labor. Se ofreció una recompensa de un millón de dólares a quienes aportaran datos aptos para capturar al homicida, suma sideral por ese entonces. El ulterior cadáver desmembrado pertenecía al sexo femenino y apareció dentro de una cesta. Uno de los muslos iba envuelto en papel de un periódico editado el día anterior y faltaban partes del cuerpo, incluida la cabeza. La testa de otra víctima fue descubierta por dos niños de color que paseaban por Kingbury Rum, y estaba oculta dentro de la tela de dos pantalones cortados. Al siguiente día se localizó el resto del cuerpo a unos quinientos metros de distancia. Se identificó al occiso como un varón joven, alto, de aproximadamente veinte años y con varios tatuajes. Lo habían decapitado mientras aún vivía. El público estaba aterrorizado. La ausencia de miembros tornaba imposible la individualización al no existir huellas dactilares ni registros dentales para cotejar. Otra curiosidad del asunto radicó en las cartas remitidas presuntamente por el asesino, las cuales se consideró que provenían de bromistas de mal gusto. El 22 de julio de 1936 una joven de diecisiete años halló otro cadáver desnudo y cercenado que había sido arrojado a un barranco. Cerca de allí se ubicó ropa barata, indicio de que el muerto era un pordiosero que podía estar residiendo provisoriamente en uno de los míseros campamentos afincados en ese lugar. Algunos borrachos y vagabundos describieron a un hombre sospechosos y, en base a estos relatos, se trazó un retrato robot. El 10 de septiembre de ese año un menesteroso literalmente se tropezó con un torso humano al cual le faltaban la cabeza y los brazos. Los restos habían sido lavados en una cloaca. Según determinó la autopsia, el desmembrado difunto apenas llevaba cinco horas muerto. En total, al atroz verdugo se le atribuyeron doce homicidios de mujeres y hombres, y sólo dos víctimas resultaron identificadas. Hubo varios sospechosos, aunque ninguno de ellos fue enjuiciado. La infructuosa búsqueda duró diez años y los últimos cadáveres aparecieron en 1938. Se especuló por el Juez del condado, Samuel Gerber, que el matador era un médico, o disponía de conocimientos clínicos sobre disección, y que drogaba a sus presas antes de ultimarlas. Elliot Ness devino muy criticado por usar tácticas propias de "Los Intocables". Ordenó prender fuego a un asentamiento de desocupados emplazado en la zona. Ardieron bodegas y casas de madera en Kinsbury Rum durante una noche en la cual la policía arrestó a los lugareños. Esta acción despertó indignación popular, y se dijo que sus métodos brutales delataban frustración ante el fracaso. Más de sesenta sujetos fueron
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    detenidos en esaocasión, aunque finalmente todos tuvieron que ser dejados en libertad por ausencia de pruebas. Se apresó, poco tiempo más tarde, a un cirujano que padecía desórdenes mentales llamado Frank Sweeney, e incluso lo habrían sometido a torturas, pero no mediaban pruebas eficaces de que fuera el asesino. Los crímenes cesaron cuando el acosado médico se internó por su cuenta en un hospital psiquiátrico. Algunos pensaron que el auténtico criminal aprovechó la oportunidad buscando que se culpase a este hombre en su lugar. El afamado jerarca policial dimitió en 1942 e, insólitamente, se volvió adicto al alcohol pese a haber sido enemigo acérrimo de los traficantes de whisky durante los años de la depresión. Incluso sufrió un accidente de automóvil mientras conducía en estado etílico. Una década más tarde, el ex jefe recibió en su domicilio tarjetas postales enviadas por el presunto culpable, donde éste se burlaba y amenazaba con reiniciar la retahíla sangrienta. El casi mítico Elliot Ness falleció el 16 de mayo de 1957, siendo el caso del Asesino del Torso el único que no logró resolver en su larga y destacada carrera en la lucha contra el crimen. Portada del libro HISTORIAS DE ASESINOS. Texto extraído de dicha obra, pags. 91 a 98.
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    28. MAY 6 H.H. HOLMES. El doctor torturador LA HISTORIA DE H.H.HOLMES EL MEDICO TORTURADOR Fotografía del sádico médico que se hacía llamar H.H.HOLMES. El castillo del horror donde el psicópata atormentaba a sus víctimas.
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    Abajo: inocentes víctimas del asesino: Los hijos de Benjamín Pitizel . Herman Webster Mudget nació en el año 1860 en la localidad de Gilmanton, Norteamérica, en una familia honesta y puritana. A muy temprana edad manifestó un interés enfermizo por las mujeres que lo transformó con el tiempo en un obseso sexual y en un sádico. A los dieciocho años se casó con una joven adinerada, Clara Louering. Se aprovechó de la fortuna de su mujer para concluir sus estudios de medicina y obtener su doctorado con honores en la Universidad de Michigan. Una vez cumplido su objetivo, y dejando a su cónyuge en la ruina, huye y se instala en la casa de huéspedes de una respetable y hermosa viuda que lo mantiene gracias a la renta de su pequeño hotel. Sin embargo, no conforme con los beneficios que recibe, transcurrido cierto tiempo el futuro victimario múltiple también abandona a esta mujer y se instala durante un año en el estado de Nueva York donde pasa a ejercer su profesión de médico. Finalmente se radica en al ciudad de Chicago, donde prevaleciéndose de su imagen de hombre distinguido, alto y elegante consigue muchas conquistas amorosas. En sus redes cae una joven bonita y millonaria, Myrta Belknap, pero la chica no corresponde a sus galanteos, razón por la cual, para evitar que se descubra que sigue casado, Mudget decide cambiar su nombre por el de doctor H.H.Holmes. Con su nueva identidad logra desposar a la muchacha. Se transforma en bígamo y, de tal suerte, estafa a la familia de su nueva esposa en cinco mil dólares, cantidad descomunal para aquella época. Con ese dinero mal habido manda edificar una residencia palaciega en la localidad de Wilmette. Entre tanto, y siguiendo su impulso amoroso y su irrefrenable codicia, obtiene el cargo de gerente de una farmacia en Englewood, cuya dueña es una viuda a la cual engatusa fácilmente. Mudget/Holmes se convierte en su amante y logra que ella le deposite su confianza. Valiéndose de un ardid tuvo en su poder la contabilidad del negocio, lo cual le permitió falsificar los libros contables y apropiarse de los fondos. Una vez culminado con éxito el plan delictivo se adueña directamente de la totalidad de los bienes, y hace desaparecer a su incauta enamorada, en lo que posiblemente representaría su inicial homicidio. En el año 1893 estaba próxima a verificarse una importante exposición en Chicago, llamada "La primera feria mundial", y el doctor Holmes pensó que esa devendría la oportunidad de su vida, pues dicho evento iba a atraer a numerosa cantidad de mujeres jóvenes, atractivas, solteras y millonarias. Por medio de una sucesión de estafas compró un terreno y emprendió la construcción de un fastuoso hotel que semejaba una fortaleza medieval (que luego se conoció como "El castillo Holmes").
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    El criminal diseñópersonalmente el interior del lugar, dado que las compañías que habían iniciado las trabajos edilicios abandonaron la empresa. De esa forma Herman Webster Mudget resultó el único que conocía los escondrijos de la imponente estructura. Las habitaciones contaban con trampas y puertas corredizas que desembocaban en un laberinto de pasillos secretos, y en las paredes de éstos había mirillas disimuladas desde donde el vesánico galeno observaba a sus desprevenidas invitadas deambular por la finca. Debajo de los pisos de madera instaló una conexión eléctrica que le posibilitaba, a través de un panel indicador dispuesto en su oficina, rastrear a sus futuras víctimas. Manejaba, además, grifos para bombear gas, los cuales, conectados a las habitaciones, le permitían eliminar a varias mujeres sin tener que moverse de su sitio. Cuando tiempo más adelante los errores incurridos por el terrible cirujano determinaron su aprehensión, los policías que allanaron aquella extraña morada en busca de pruebas se llevarían una sorpresa rayana en el estupor. Descubrieron que el "castillo" había sido utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones. Encontraron cámaras herméticas dentro de las que se podía bombear gas, un horno muy grande capaz de contener un cuerpo humano, cubas con ácido, así como habitaciones equipadas con instrumental quirúrgico de disección, y toda la parafernalia de la tortura. Este aberrante artificio estuvo concluido un año antes de inaugurarse la exposición de Chicago, el 1 de mayo de 1893, y el doctor Holmes puso en funcionamiento su mansión de los horrores llevando hasta ella a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria. Procuraba que éstas residieran en estados alejados a fin de evitar la inoportuna visita de parientes y amigos. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante promesa de matrimonio, y luego el médico las forzaba bajo tortura a firmar poderes en su favor donde le cedían toda su fortuna. A otras chicas las asesinaba con el objeto de cobrar los seguros cuyas pólizas obligaba a transferirle. En el macabro hotel las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente, asesinadas. Acto seguido, el psicópata transportaba los cadáveres sobre montacargas y los trasladaba hacia los sótanos, donde los disolvía en grandes piletas con ácido sulfúrico o los cremaba dentro de una enorme estufa. Otro método de eliminación consistía en sumergir despojos humanos en cal viva. Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de saciar los perversos instintos de su dueño. Había construido una habitación en cuyo interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio. Entre ellos -y aunque parezca increíble- instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies, con la cual mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los organismos solía desmembrarlos o despellejarlos para practicar bestiales experimentos. Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron pronunciadamente al terminar la exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su empobrecida economía. Elucubró entonces prender fuego al último piso de su mansión, con el propósito de que la compañía de seguros tuviera que pagarle una cuantiosa indemnización de sesenta mil dólares de aquella época. El proyecto delictivo se frustró pues la empresa aseguradora indagó a fondo y constató el fraude. Al quedar en descubierto, se fugó hacia Texas. En esa ciudad cometió varias estafas que lo condujeron por primera vez a la cárcel. Salió bajo fianza y tramó una nueva
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    defraudación. Junto conun cómplice llamado Benjamín Pitizel ideó un plan. Su compañero debía contratar un seguro de vida en la ciudad de Filadelfia y, transcurrido un tiempo prudencial, la esposa de este hombre se presentaría reclamando la prima. Antes la mujer debía concurrir a la policía llevando consigo un cadáver anónimo, previasmente desfigurado, pretendiendo que era el de su infeliz marido muerto en un incendio. No obstante, tal cual era de suponer, el médico se resistió a compartir las ganancias con la beneficiaria. En realidad, su plan siempre consistió en asesinar a su cándido socio fingiendo un accidente, y presentarse él directamente a requerir el importe del seguro. También proyectaba deshacerse de la señora Pitizel y sus dos hijos. Una vez concretado el homicidio contra su socio, se dirigió a la morgue pretendiendo ser un amigo del occiso y pidió reconocer el cuerpo. Luego buscó a la viuda para que fuese a cobrar el dinero de la poliza. Lo que el estafador no tuvo en cuenta fue que un ex compañero de celda -quien estaba al tanto del complot- iría a delatarlo. La compañía de seguros se negó a abonar, contrató a investigadores privados y denunció el fraude a las autoridades. Los inquisidores emprendieron una minuciosa pesquisa hasta que el doctor Holmes confesó ser el autor de los crímenes de Pitizel y de sus hijos menores. Aunque muchos policías mancomunaron esfuerzos en pos de la resolución del enigma, el investigador que tuvo el mérito de revelar el caso fue Frank Geyer, quien trabajaba para la renombrada agencia de detectives Pinkerton contratada entonces por la aseguradora. Una vez iniciado su proceso penal Mudget/Holmes sorprendió a fiscales y jueces por su habilidad para manipular y mentir. Acosado por la esposa de Pitizel a fin de que confesara ser el matador de su marido y de sus hijos trató de disuadirla escribiéndole una melodramática carta, donde terminaba exhortándola:"Ud. me conoce bien señora. No puede creerme capaz de asesinar a niños inocentes sin ningún motivo" El pérfido reo se divertía adjudicándose asesinatos que no había consumado de personas que aún estaban con vida en ese tiempo. De paso, mientras se comprobaba si la información era verídica, lograba retrasar la dilucidación de su juicio criminal. No existe una cifra segura del número de muertes que provocó. Aunque en unas memorias escritas durante el lapso en que estuvo recluido previo a sus ejecución confesó ser culpable de haber cometido veintisiete homicidios, las pruebas forenses recogidas en su fúnebre hotel apuntan a que la sumatoria de víctimas podría haber excedido las ciento cincuenta. El "doctor torturador" -alias con el cual lo tildó el periodismo de aquellos tiempos- fue condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia y la sentencia se llevó a efecto el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y seis años al momento de acaecer su forzado deceso. * Texto extraído de "Historias de Asesinos" del autor, editorial Carlos Alvarez, Uruguay, 2010, ISBN 978-9974-611-38-2, pags.35 a 39. Portada del libro "Historias de Asesinos"
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    29. APR 30 Jack el Destripador y la reforma social JACK EL DESTRIPADOR COMO REFORMISTA: TEORIA IRONICA Como un espíritu maligno y vengador ("Némesis de la negligencia") fue representado el criminal por la prensa contemporánea El dramaturgo George Bernard Shaw postuló irónicamente la teoría del asesino reformista
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    El dramaturgo yescritor George Bernard Shaw, contemporáneo a los asesinatos de Jack el Destripador, apuntó, entre otros conceptos, en una carta dirigida al periódico Star publicada el 24 de septiembre de 1888: "...mientras nosotros convencionales Social Demócratas, desperdiciábamos nuestro tiempo en educación, agitación y organización (de las clases bajas) cierto genio independiente tomó el asunto en sus manos y mediante el simple asesinato y destripamientos de cuatro mujeres convirtió a la prensa propietaria en una forma inepta de comunismo...". Shaw hablaba en broma, pero en el fondo no le faltaba alguna razón: lastimosamente tuvieron que acaecer aquellas espantosas muertes para que el pueblo y la sociedad británica se despertara, comprendiera la enorme gravedad del drama instalado en sus regiones marginales, y adoptase medidas de emergencia a fin de paliar tan desesperanzadora situación. Ocurrió que la masacre cometida en el paupérrimo distrito de Whitechapel y sus aledaños por aquel psicópata victoriano -en tanto emprendió su matanza durante el otoño de 1888, en pleno reinado de la Reina Victoria- revistieron, paradojalmente, algún efecto positivo. Al menos sirvieron a modo de llamado de atención para el gobierno inglés de la época hacia los profundos problemas sociales existentes en el país por entonces más poderoso del mundo. Ello no se hubiera conseguido de no ser gracias a la intensa difusión mediática que se le confirió al asunto, y por la tremenda conmoción que esos luctuosos acontecimientos generaron. Al poco tiempo, se formarían fundaciones benéficas para auxiliar a los sumergidos de los barrios bajos, y se aliviarían las condiciones miserables en que malvivían los pobladores de los suburbios pobres de la zona este de Londres, como el distrito de Whitechapel, donde tuvieron cabida los homicidios. Aún sin habérselo propuesto, Jack el Destripador logró sacudir poderosamente a la opinión pública, al punto de dejar al desnudo la miseria y promiscuidad reinante en los arrabales londinenses. Su tétrica irrupción en escena fomentó la noble labor que venían emprendiendo instituciones caritativas, como el Centro Comunitario de "Toynbee Hall" dirigido por el reverendo Samuel Barnett y su esposa. Así sería como -de esa retorcida forma- el atroz criminal devino un reformador positivo de su sociedad o, al menos inconcientemente, cumplió con dicha función. Pese a que casi seguramente se trató de una noción errada, la hipótesis de un "Jack reformista" contó con sus adeptos desde el inicio y la prensa no se tomó precisamente a broma los comentarios irónicos del dramaturgo. De tal manera, por ejemplo, el fallecido escritor estadounidense Tom Cullen, en su muy documentado libro"Otoño de Terror", inicialmente publicado en el año 1964, presenta al Ripper fungiendo en el rol de enajenado reformista de su comunidad cuando expresa>. "...qué mejor escenario paa sus crímenes que el East End de Londres, suponiendo que desease despertar la conciencia pública con respecto a la injusticia social... ¿Qué medio mejor para provocar el horror que enfrentar a tales multitudes con manchas de sangre aún no secas sobre la calzada?... opino que la evidencia interna del caso indica el empleo de losa sesinatos como un medio de protesta social. La prueba radicaría en la reforma que los asesinatos pudieron traer consigo..." (Otoño del Terror, Editorial Ultramar, Barcelona, españa, 1993, pp. 234.).
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    También la autoraJudit Walkowitz en su ensayo "La ciudad de las pasiones terribles",ediciones Cátedra,Valencia, España, 1992, pp.428 se hace eco de la teoría reformista, al contar una anécdota que, de ser verídica, apuntala esa tesis. Según parece, una desapacible noche de otoño de 1888 una honesta madre de familia se vio obligada a internarse por las callejuelas del distrito rumbo al Hospital de Londres, sito en corazón de Whitechapel -y en cuyos alrededores ya se habían consumado algunos homicidios- a fin de obtener medicinas para su marido enfermo. A mitad de camino la señora fue interceptada por un individuo de recia constitución física y aspecto respetable quien: "...después de interrogarla sobre el tipo de emergencia médica que la forzaba a salir de su casa, el hombre misterioso se había dado cuenta de que era "pobre" pero "honrada" y la había dejado ir. A la mañana siguiente se encontró el cuerpo mutilado de una prostituta a unos doscientos metros de distancia..." Incluso reputados científicos de aquel momento, por caso el médico psiquiatra Forbes Winslow, propusieron que el victimario actuaba movido por una religiosidad enfermiza. Este alinenista victoriano estimaba que el matador constituía: "...un desorientado con dogmáticas convicciones religiosas creído de estar llamado a cumplir en la tierra un destino aniquilador (de prostitutas) asignado por Dios...", y así se lo manifestó a la prensa. Pero parece muy claro, no obstante, que las razones del asesino no eran altruistas. Aunque la desconcertante compulsión que lo llevaba a matar una y otra vez continúa siendo objeto de polémica hasta nuestros días, ciertamente habría que descartar cualquier interés moral detrás de sus destructivos actos.
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    30. APR 29 Jack el Destripador: Modus operandi y legado criminal El asesino atacando a una víctima según una viñeta contemporánea El criminólogo Robert Ressler también expresó su opinión sobre el modus operandi de Jack the Ripper.
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    Según el eminentecriminólogo Robert Ressler la policía se equivocó al diseñar un perfil para Jack el Destripador y buscar a éste entre individuos de clase alta, cuando el tipo de víctimas y los lugares donde perpetraba sus agresiones señalaban, sin sombra de dudas, que el ejecutor debía pertenecer a la misma zona donde vivían sus asesinadas y ser de clase social baja. También consideró que el asesino era desorganizado en su modus operandi, pues se trataba de: "...un hombre perturbado, y cada vez más perturbado con cada nueva víctima. La intensificación de la violencia, las amputaciones y el desorden general que reinaba en el lugar de los hechos eran buena prueba de ello..." (Robert Ressler, "Dentro del monstruo", Alba editorial, Barcelona, España, 2003, pp.77 y 78) Aunque cabe coincidir con Robert Ressler en que predomina en el modo de operar de este delincuente un sesgo desorganizado hay, sin embargo, algunas facetas de sus asesinatos que desconciertan, y determinan que pueda ser catalogado como un victimario serial de tipo mixto, en el cual confluyen rasgos propios del homicida desorganizado junto con rasgos inherentes al organizado. Resultan aspectos propios de un accionar organizado, la planificación concienzuda y rigurosa de sus ataques. Conocía a la perfección el terreno y sabía dónde se localizaban cada una de las posible vías de escape. Asimismo, era evidente que portaba consigo uno o más cuchillos a la hora de acometer sus tropelías; patrones conductuales, todos ellos, sólo dables en un asesino organizado. La paradoja consistió en que efectuaba igualmente actos de jaez casi ritual que claramente se asignan al comportamiento de los matadores en cadena desorganizados. El más notorio de estos actos residía en las extensas y salvajes mutilaciones que infería post mórtem a los cadáveres. En los crímenes del Destripador no se aprecia el ingrediente de brutalidad y sadismo previo a ocasionar la muerte a las agredidas. No se solazaba en provocarles agonía, ni las sometía a un intenso terror. Se cree que las desgraciadas rameras fallecían en forma rápida y "eficaz", merced a un limpio y certero tajo asestado de izquierda a derecha en sus gargantas, con un fuerte y afilado cuchillo que les cercenaba la vena yugular. Tal vez las mujeres habían sido previamente desmayadas, por medio de una enérgica maniobra de estrangulamiento que tenía por objeto hacerles perder la consciencia para facilitar el corte decisivo pero, al mismo tiempo, ese diestro accionar conllevaba el efecto de ahorrarles sufrimiento y pánico. El criterio más aceptado se inclina por que Jack the Ripper no era un sádico, no se regodeaba infligiendo miedo o dolor a sus presas humanas mientras estas permanecían con vida, sino que su primordial interés radicaba en la extracción de órganos, a fin de conservarlos cual si constituyesen trofeos, o para ingerirlos en el marco de un impío ceremonial místico o caníbal. Empero, ya fuese que predominara en él la organización o la desorganización criminal, de lo que hay consenso es que se trataba de un conocedor del terreno o coto de caza en el cual operaba. Perpetró sus ataques dentro de un estrecho perímetro equivalente a poco más de una milla cuadrada, en el distrito de Whitechapel y sus aledaños. Tanto si residía o no en los barrios marginales de Londres, se tornó patente que dominaba
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    perfectamente la configuraciónde las calles y la localización de los albergues, pensiones y tabernas allí existentes. En particular conocía la manera de evadirse una vez concluido cada avance letal. Estaba al corriente de todos los callejones y las calles que terminaban sin salida, y sabía cómo huir desde un patio a otro. En definitiva: ¿Era un ultimador serial organizado?, y gracias a tal talento pudo mantenerse impune por siempre. O, por el contrario, ¿Fue un asesino secuencial desorganizado? Y logró el anonimato sólo a causa de su buena suerte, o por ser encarcelado por otros delitos, o por fallecer tiempo más tarde. En cuanto atañe a la historia conocida, baste con recordar que durante el transcurso del año 1889 se fue bajando el telón del drama protagonizado por el criminal y sus víctimas. Aún cuando nuevas mujeres morirían de forma sospechosa, la policía se negó a creer que sus decesos resultaran obra del mismo victimario del año anterior. Mucho se ha fustigado a Scotland Yard, pero vale quebrar una lanza a favor de esa señera institución. Nunca buscaron un chivo expiatorio para enjugar su responsabilidad por no haber podido capturar al verdadero homicida. Y eso que los manicomios de aquel entonces rebozaban de candidatos que pudieron sin dificultad haber sido acusados, y pasar por culpables plausibles. Con el andar del tiempo, otras noticias sensacionalistas ocuparon el puesto dejado por sus crímenes, y la ominosa sombra del Destripador se fue diluyendo paulatinamente. Más no sucedería así con su aciago recuerdo, el cual se instaló dentro del inconsciente colectivo como arquetipo del terror. Un mundo conmocionado y una sociedad británica aterrorizada quedaban como testimonio de la locura sanguinaria de Jack.
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    31. APR 22 Jack el Destripador. ICONO DEL TERROR JACK EL DESTRIPADOR: UN LEGADO DE TERROR Imágenes: Arriba. Portada de la edición en inglés de "Gente del abismo". Abajo: Fotografía del insigne escritor Jack London.
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    Representación popular de Jack the Ripper Las difuntas que encontraron su patético destino bajo el cuchillo de aquel depredador de estertores del siglo XIX sufrieron la desgracia de haber habitado dentro de uno de los sectores urbanos más conflictivos y miserables de la capital inglesa: el East End; y más precisamente, en el sumergido distrito de Whitechapel (literalmente: "Capilla Blanca", en honor a la iglesia homónima allí emplazada). Dicho segmento de la populosa urbe británica fue calificado indistintamente con los motes de "El abismo" o "El infierno", observándose aquí la nomenclatura que a su respecto acuñase el insigne escritor norteamericano Jack London. En el año 1902 el artista decidió ir a convivir durante un período con los desamparados en las callejuelas y los albergues situados en los suburbios de la Inglaterra victoriana para redactar, cimentado en sólido conocimiento de primera mano, su impresionante alegato de denuncia social contra las infrahumanas condiciones de vida en el Este de Londres ("Gente del Abismo", Jack London) La escabrosa celebridad adquirida por el asesino serial Jack el Destripador se construyó a lo largo de un lapso inferior a las diez semanas. De hecho, desde el 31 de agosto de 1888 -óbito de la primera víctima canónica- pasando por la llamada "Noche del doble acontecimiento", y al cabo de aquel octubre, donde su matanza devino novedad de portada en los rotativos británicos, se consolidó su reinado de terror. A partir de la fatal madrugada del 30 de septiembre de ese truculento año, la prensa y el público se enterarían del alias que se había puesto a sí mismo el criminal. Y aún cuando al presente existen pertinaces recelos de que el inquietante seudónimo se lo atribuyeron periodistas sedientos por vender noticias, lo cierto fue que en todo el orbe se llegó a identificar por medio de aquel pegadizo apodo a ese homicida sin parangón.
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    Esas escasas semanasfueron suficientes para que el mundo contara con un nuevo icono del miedo. Y, tras transcurrir un mes de octubre bajo una tensa calma precursora de tempestad, el pánico escalaría hasta sus cotas más elevadas. El 9 de noviembre de 1888 el desmembrador concretó la más espeluznante de sus malévolas hazañas cuando en el amanecer de ese día destrozó a Marie Jeannette Kelly, en el interior de un lóbrego cuartucho que aquella atrayente cortesana rentaba en la pensión de Miller´s Court, en el número 26 de la calle Dorset. Luego saldría para siempre de escena, esfumándose tan abruptamente cuán repentina había devenido su irrupción. Dejaría detrás de sí la sangrienta estela de un puñado de hechos acreditados y las semillas de una persistente leyenda que, de tanto prolongarse en el tiempo, pareciera no alcanzar nunca su fin.
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    32. APR 6 Los rostros de Jack el Destripador EN BUSCA DE UN ROSTRO PARA JACK THE RIPPER Imágenes: Jack el Destripador según un retrato robot, y la investigadora Laura Richards
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    Modernos estudios enla confección de perfiles psicológicos sobre la identidad y personalidad que quién pudo haber sido Jack el Destripador determinaron que, el 20 de noviembre del año 2006, un grupo de expertos en criminalística reconstruyera el contorno facial de ese mítico ultimador en serie. A tal fin se valieron de los testimonios que consideraron más fiables, porque describían a sospechosos observados con las víctimas en momentos previos a los atentados de Jack. De allí estos investigadores policiales construyeron una imagen robot de cómo podría haber lucido el rostro del escurridizo homicida, y recrearon su plausible apariencia fisonómica. Laura Richards, Jefa del Comando de Crímenes Violentos de Scotland Yard fue la encargada de coordinar a un calificado equipo que incluyó a patólogos, historiadores y especialistas en la elaboración de análisis criminales, entre otros peritos. La evidencia recopilada indujo a estimar que el perpetrador debía contar, en el tiempo en que ejecutó la carnicería, con una edad promedial de entre veinticinco y treinta años, y medir entre el metro sesenta y el metro setenta de estatura. Además, debía gozar de complexión robusta, portar un poblado bigote negro, lucir cejas espesas y una faz angulosa con acentuados pómulos. Su exterior parecería irreprochable, y para su entorno social daría la impresión de ser una persona perfectamente cuerda. Aunque en realidad era capaz de alcanzar las cotas de violencia más explosivas y sobrecogedoras. La apariencia de normalidad que exhibía el sujeto se habría erigido en un factor crucial a la hora de no despertar sospechas, imposibilitando así su captura. El equipo de teóricos concluyó que resultaba casi seguro que el finiquitador morase en forma permanente en la región donde se cometieron las fechorías, pues probablemente se tratase de uno de los tantos ocupantes de aquellos atestados edificios sitos en los alrededores de las populosas calles Dorset y Flower and Dean. Los pesquisantes que compusieron su perfil físico coincidieron en señalar que, si las autoridades a cargo hubiesen contado con la tecnología forense moderna, Jack el destripador no habría podido escapar impune al accionar de la justicia. El ex Comisario de Scotland Yard, John Grieve, concuerda que si en el presente se efectuase una indagatoria reuniendo todas las descripciones testimoniales se daría con el tipo de fisonomía que tenía la persona buscada por la policía. A partir de ese rostro compuesto podría irse con certeza tras el victimario, en tanto las autoridades ya disponían de una cara completa sobre la cual centrar su labor. Todo sospechoso dotado de tales rasgos fisonómicos sería detenido e indagado exhaustivamente comprobándose sus coartadas. Cualquier fragilidad de las mismas pondría a los inquisidores en camino firme, y el auténtico culpable no podría eludir su condena. El citado ex Jefe alabó la profesionalidad del trabajo encabezado por la Jefa Laura Richards, y manifestó que su grupo de peritos llegó más lejos de lo que nadie había logrado antes, al punto tal que, si la policía de aquella época hubiese dispuesto de ese diagrama psicológico y físico del criminal, les habría bastado con salir a tocar las puertas de las casas del distrito y forzosamente hubiesen aprehendido al responsable. El retrato robot que dio la vuelta al mundo incluye los aludidos rasgos faciales y, en su conjunto, la impresión que provoca es que no se trataba de un ciudadano inglés, y ni siquiera de un anglosajón. Por cierto que no se parece en nada al clásico rostro británico. Por el contrario, el retrato refleja la fisonomía de un extranjero. Representa la faz de uno de los tantos inmigrantes rusos, polacos o judíos, que en las postrimerías del siglo XIX pululaban en los barrios pobres ingleses.