Queridos amigos:
Un día me informaron que uno al que visitaba con frecuencia en su casa,
porque se encontraba enfermo, había sido ingresado en el hospital. Se había
agravado su situación. Es una persona a la que conocí al poco de llegar a Panda
por primera vez. Tendría entonces unos 17-18 años, un gamberro que solía venir
a la iglesia con una botella de cerveza para ponerse a beber durante la Eucaristía.
En aquel tiempo, había dos o tres bandas de jóvenes cuya ilusión consistía
en dar guerra y molestar lo más posible en la iglesia. De entre los curas que
estábamos en la parroquia yo era el más joven y me tocaba hacer frente a éstas
bandas, pensando que con mi presencia me iba a hacer respetar por ellos. Por
eso, tenía la costumbre de ponerme a la puerta de la iglesia y en cuanto venían
los jóvenes les invitaba a que dirigieran sus pasos en otra dirección,
imposibilitándoles la entrada.
A pesar de todo, siempre había quienes ponían cara de corderos
degollados y se filtraban, lo cual ya era un triunfo para ellos, y comenzaban a
hablar, sacar las botellas de cerveza y levantar el codo durante la ceremonia. Yo
tenía que pasearme por donde se encontraban éstos jóvenes para sacarlos a la
calle cada vez que comenzaban a armar camorra. Y lo que me extrañaba era que
eran obedientes a mis indicaciones y salían del recinto, aun provocando las risas
de los que se quedaban. En aquel entonces se celebraban varias misas los
domingos y ellos tenían la costumbre de asistir a la de los niños, que era la menos
frecuentada.
Durante mi primera estancia
en tierras congoleñas, los jóvenes
eran bastante bullangueros y tenían
especial interés en molestar lo más
posible en todos los actos que
tuvieran lugar en la parroquia.
Luego, fueron creciendo y
desaparecieron del entorno parroquial, se dedicaron a otras actividades, pero
nosotros estábamos en paz. Fue pasando el tiempo y el paso de los años ayuda a
pensar las cosas de otra forma y más o menos todos ellos, han vuelto a la iglesia,
pero esta vez en plan formal. Se casaron hace mucho tiempo, pero han asentado
la cabeza e incluso algunos de ellos, como éste del que os estoy hablando, ha
participado activamente en las actividades parroquiales.
Pero ahora se encontraba con un cáncer de próstata que le estaba minando
sus fuerzas. Le visitaba con frecuencia en el hospital y me encontré con la triste
situación de que tenía que soportar unos dolores muy fuertes porque no podían
comprarle unos calmantes que atenuaran su sufrimiento. El hospital invitaba a los
enfermos a que se procuraran las medicinas necesarias porque ellos no podían
hacer nada por el enfermo. La familia, tampoco tenía un duro, afortunadamente,
le pude suministrar lo que necesitaba y hacer que sus últimas horas no fueran tan
crueles. Falleció, pero al menos pude, gracias a vuestra colaboración, suavizar su
situación en la última etapa de su vida. Muchas gracias..
Un día, estando en la parroquia, me legó un mensajero que venía desde
Kabulumbu con un mensaje en el que se me solicitaban mi presencia en ese
lugar, lo antes posible, porque los boniatos que habían cultivado para nuestros
niños habían comenzado a podrirse porque llevaban tiempo que los habían
cosechado. Me decían que habían arreglado la carretera y que ahora era
practicable. Kabulumbu es un pueblo que hemos empezado a construir y se
encuentra a 55 Km de casa.
Me puse en camino y efectivamente, pude comprobar que la peor parte la
habían arreglado y a pesar de su mal estado general, pude realizar el trayecto en
dos horas y media. Habían preparado tres sacos de boniatos, patatas dulces, como
aquí les llaman y un saco de alubias. Fui a visitar la capilla. Daba una impresión
muy pobre, sucia, sin bancos, con la imagen de la Virgen de Uríbarri a la que
llamábamos la Virgen de Kabulumbu,
y el sagrario vacío traído de Erandio La
Campa. Daba pena, pero es una imagen
de la situación en la que se encuentra el
pueblo en este momento. La gente
dividida, inmersos en el tribalismo,
victimas de sus creencias en la
hechicería, con una escuela que va a
menos y con unos enfermeros
descontentos con su situación
económica.
Me pidieron que les ayudara
para salir del bache en el que se encuentran por el momento, pero les dije que
durante años he tratado de concientizarles de que si se unen podrán salir de la
miseria en la que se encuentran y trasformar el pueblo en un lugar de paz y
desarrollo, pero han querido seguir sus costumbres y se han hundido. Podríamos
comenzar de nuevo, pero en cuanto les dejara de la mano iban a volver a la
misma situación. Lo primero que tenían que hacer es darse cuenta de su situación
actual y estudiar los medios para salir de ella. Mientras tanto, que no contaran
con mi compromiso porque estoy ocupado con otros problemas a los que debería
buscar solución.
Fui a visitar el “hospital”, en el que acababa de nacer una preciosa criatura
de cuatro kilos y medio. Su madre se encontraba radiante y el crío era precioso.
Era el séptimo hijo de la familia y la madre parecía apenas una primeriza.
Y mientras daba una vuelta por el pueblo, saludando a unos y a otros,
fueron llenando los sacos, preparando la vuelta. Las mujeres de Kabulumbu
decidieron que no podríamos volver sin comer y nos prepararon una clásica
comida del pueblo: harina de maíz cocida, con unos pescaditos secos y salados,
que cuando hay hambre resultan deliciosos.
Y una vez comidos y cargado el coche, iniciamos la vuelta. Otras dos
horas y media de recorrido, así es que llegué con ganas de descansar, pero eso no
fue posible porque había un grupo de personas que esperaba mi regreso.
El que me ayuda en casa para el mantenimiento del coche y se encarga al
mismo tiempo de conducir el
camión, me esperaba para
recordarme que las ruedas de
ambos vehículos dejaban
bastante que desear y que sería
bueno el pensar cambiarlas.
Era otro gasto que no lo había
pensado pero que no podía
esperar más tiempo porque
cada viaje del camión se hacía
cada vez más largo debido al
tiempo que perdía cambiando las ruedas pinchadas. Preguntó por el precio y me
gasté 3.000 $ solo en esta compra.
Entre los que se encontraban para saludarme, estaba también Ilunga, una
chavala de unos 20 años, muy guapa, recatada, a la que le estoy pagando sus
estudios porque anteriormente nadie se había preocupado de ella.
La conocí por casualidad. En una de las visitas que tengo costumbre de
efectuar a las personas mayores o imposibilitadas, frecuentaba la casa de mama
Victorine, una mujer mayor, que había pasado temporadas en el hospital sin que
los médicos acertaran en curar su enfermedad. Su capacidad de movimientos era
cada menor, hasta el punto que llegó a no poder andar y permanecía en la
“cama”, sobre un colchón tirado en el suelo, en una habitación que al mismo
tiempo les servía de trastero. No tenía si sábanas ni mantas y en más de una
ocasión tuve que suministrarla lo necesario para que estuviera atendida
convenientemente.
Cada vez que llegaba a su casa, alguno de la familia me proporcionaba
una silla o cualquier objeto sobre el que podría sentarme y pasar un rato con la
enferma en la habitación. Un día vi a una niña de unos 9 ó 10 años y al
preguntarla sobre su nombre, edad, donde vivía, qué es lo que hacía, etc.,
descubrí que estaba todo el día en casa porque no podía ir a la escuela ya que
nadie se ocupaba de ella.
No conocía a su padre, al hombre que vivía con su madre, porque en
cuanto este se dio cuenta que su “querida” estaba embarazada, desapareció del
pueblo y nadie ha sabido más de él. Su madre la tuvo a ella pero luego se arrimó
a otro hombre con el que ha formado una familia y el nuevo padre no quiere
saber nada de ella y es la razón por la que vive, ya sea con los abuelos o en casa
de algún tío, siempre sin domicilio fijo, porque nadie está dispuesto a hacerse
cargo de ella ya que en las circunstancias actuales, la comida, el vestido, la
atención sanitaria, la escuela, resultan muy caros para cualquier familia y cada
cual tiene más que suficiente con atender a los suyos.
Me dio mucha pena conocer todos los detalles que me contaba y como
tenemos una escuela en la parroquia hablé con las monjas y la admitieron
encantadas. Desde entonces ella es feliz. Yo me encargo de todos los gastos y
ahora su abuelo se encarga de atenderla en todo lo demás. Es inteligente, saca
buenas notas. De vez en cuando pasa por casa para interesarse por mí,
especialmente, cuando voy de vacaciones o vengo, siempre acude para
informarse de cómo ha sido el viaje, de cómo he encontrado a la familia, de
cómo me encuentro personalmente, etc. Es un encanto. También esta vez llegó
para lo mismo. Hacía frio y casualidad, tenía una chaqueta guardada, se la di
porque la caía muy bien y se marchó feliz y abrigada.
Después me vino una noticia más triste. Llegó un hombre para contarme
lo que había sucedido en su familia. Era Philemon, el hombre que nos había
acogido en Kabulumbu cuando fuimos recorriendo la selva en busca de buenas
tierras para cultivar. Su hijo mayor, tendría unos 30 ó 32 años. Se encontraba sin
un trabajo estable y la familia se había hecho numerosa. Como todos sus intentos
de encontrar un trabajo resultaron vanos, se metió en una mina de entre tantas
que se han abierto últimamente. Para ello, tenían que formar un grupo de cinco,
que trabajaban de forma solidaria, y se repartían las ganancias al final de la
semana.
La empresa no se hacía cargo de nada, se contentaba con analizar el
mineral presentado, pesarlo y pagar lo estipulado. Pero en caso de accidente,
enfermedad, defunción, etc., no se hacía responsable de nada. Así es como se
trabaja en la mayoría de las nuevas minas que han abierto. Lo importante para los
chinos es sacar cuanto más
mineral posible para que de
esa forma las ganancias
fueran más sustanciales. Y
como tenían mucha prisa en
avanzar en la galería y
tampoco tenían medios para
ir apuntalando en la medida
en la que avanzaban, un día
se derrumbó la mina y les
cogió a los cinco.
Avisaron a las
familias, recurrieron a los
amigos y demás
compañeros de la mina, trataron de desescombrar el lugar del desprendimiento a
lo largo de toda la semana pero no pudieron llegar hasta el lugar del desastre y
las autoridades suspendieron la búsqueda porque había peligro de más
desprendimientos y los cinco mineros quedaron enterrados en aquel lugar para
siempre.
La mina se encuentra a escasos 20 km de casa. Este joven tenía ya seis
hijos, el pequeño de escasos días. Los dos pequeños se quedaron con la madre y
los otros cuatro los repartieron entre los tíos, primos y abuelos para solucionarles
de esta forma sus necesidades materiales.
Y para no hablar exclusivamente de temas personales, tengo que
comunicaros también que para hacer frente a la continua crisis que estamos
padeciendo, ha surgido una nueva economía paralela en la que el microcomercio
ocupa el lugar central. Las señoras de buena posición que han podido hacerse con
unos elegantes zapatos de tacón alto, procedentes del extranjero los venden en su
barrio. Los enfermeros que trabajan en el hospital se llevan los medicamentos a
casa para revenderlos. Los chóferes de las empresas de transporte, roban algunos
bidones de gasoil o gasolina. Los funcionarios regatean sobre cada papel que
deben sellar. Los agentes se alegran de las infracciones de tráfico. Siempre se
puede llegar a un acuerdo. Todo tiene un “precio”.
En respuesta a un Estado
que se desentiende constantemente
de los ciudadanos, estos le pagan
con la misma moneda. Es lo que se
denomina ”Artículo 15” según un
artículo ficticio de la Constitución
que viene a indicar ¡Aprovéchate! .
Con mucha frecuencia se trata de
actividades ilegales (contrabando,
robo, fraude), pero qué significa
ilegal, cuando el propio país es
criminal. La corrupción del pueblo
es la mejor manera de contrarrestar la de los dirigentes, los impuestos
debidamente pagados acabarían desapareciendo. Y para justificar su manera de
actuar repiten lo que había dicho hace tiempo, Mobutu, en un mitin que tuvo
lugar en el estadio de fútbol de Kinshasa: “Si tienes que robar, roba un poco y
deja un poco para la nación”.
La corrupción, que en Occidente es juzgada como un comportamiento
irresponsable, en el Congo se percibe a menudo como una conducta muy
responsable: el verdadero irresponsable es aquel que desaprovecha una
oportunidad para alimentar a su familia. Un director de escuela me dijo una vez:
“No olvide que nuestros gobernantes son hijos de pobres”.
Un abrazo.
Xabier
KILIMA   nº  150   de   Julio  de   2025

KILIMA nº 150 de Julio de 2025

  • 1.
    Queridos amigos: Un díame informaron que uno al que visitaba con frecuencia en su casa, porque se encontraba enfermo, había sido ingresado en el hospital. Se había agravado su situación. Es una persona a la que conocí al poco de llegar a Panda por primera vez. Tendría entonces unos 17-18 años, un gamberro que solía venir a la iglesia con una botella de cerveza para ponerse a beber durante la Eucaristía. En aquel tiempo, había dos o tres bandas de jóvenes cuya ilusión consistía en dar guerra y molestar lo más posible en la iglesia. De entre los curas que estábamos en la parroquia yo era el más joven y me tocaba hacer frente a éstas bandas, pensando que con mi presencia me iba a hacer respetar por ellos. Por eso, tenía la costumbre de ponerme a la puerta de la iglesia y en cuanto venían los jóvenes les invitaba a que dirigieran sus pasos en otra dirección, imposibilitándoles la entrada. A pesar de todo, siempre había quienes ponían cara de corderos degollados y se filtraban, lo cual ya era un triunfo para ellos, y comenzaban a hablar, sacar las botellas de cerveza y levantar el codo durante la ceremonia. Yo tenía que pasearme por donde se encontraban éstos jóvenes para sacarlos a la calle cada vez que comenzaban a armar camorra. Y lo que me extrañaba era que eran obedientes a mis indicaciones y salían del recinto, aun provocando las risas de los que se quedaban. En aquel entonces se celebraban varias misas los domingos y ellos tenían la costumbre de asistir a la de los niños, que era la menos frecuentada. Durante mi primera estancia en tierras congoleñas, los jóvenes eran bastante bullangueros y tenían especial interés en molestar lo más posible en todos los actos que tuvieran lugar en la parroquia. Luego, fueron creciendo y
  • 2.
    desaparecieron del entornoparroquial, se dedicaron a otras actividades, pero nosotros estábamos en paz. Fue pasando el tiempo y el paso de los años ayuda a pensar las cosas de otra forma y más o menos todos ellos, han vuelto a la iglesia, pero esta vez en plan formal. Se casaron hace mucho tiempo, pero han asentado la cabeza e incluso algunos de ellos, como éste del que os estoy hablando, ha participado activamente en las actividades parroquiales. Pero ahora se encontraba con un cáncer de próstata que le estaba minando sus fuerzas. Le visitaba con frecuencia en el hospital y me encontré con la triste situación de que tenía que soportar unos dolores muy fuertes porque no podían comprarle unos calmantes que atenuaran su sufrimiento. El hospital invitaba a los enfermos a que se procuraran las medicinas necesarias porque ellos no podían hacer nada por el enfermo. La familia, tampoco tenía un duro, afortunadamente, le pude suministrar lo que necesitaba y hacer que sus últimas horas no fueran tan crueles. Falleció, pero al menos pude, gracias a vuestra colaboración, suavizar su situación en la última etapa de su vida. Muchas gracias.. Un día, estando en la parroquia, me legó un mensajero que venía desde Kabulumbu con un mensaje en el que se me solicitaban mi presencia en ese lugar, lo antes posible, porque los boniatos que habían cultivado para nuestros niños habían comenzado a podrirse porque llevaban tiempo que los habían cosechado. Me decían que habían arreglado la carretera y que ahora era practicable. Kabulumbu es un pueblo que hemos empezado a construir y se encuentra a 55 Km de casa. Me puse en camino y efectivamente, pude comprobar que la peor parte la habían arreglado y a pesar de su mal estado general, pude realizar el trayecto en dos horas y media. Habían preparado tres sacos de boniatos, patatas dulces, como aquí les llaman y un saco de alubias. Fui a visitar la capilla. Daba una impresión muy pobre, sucia, sin bancos, con la imagen de la Virgen de Uríbarri a la que llamábamos la Virgen de Kabulumbu, y el sagrario vacío traído de Erandio La Campa. Daba pena, pero es una imagen de la situación en la que se encuentra el pueblo en este momento. La gente dividida, inmersos en el tribalismo, victimas de sus creencias en la hechicería, con una escuela que va a menos y con unos enfermeros descontentos con su situación económica. Me pidieron que les ayudara para salir del bache en el que se encuentran por el momento, pero les dije que durante años he tratado de concientizarles de que si se unen podrán salir de la miseria en la que se encuentran y trasformar el pueblo en un lugar de paz y desarrollo, pero han querido seguir sus costumbres y se han hundido. Podríamos comenzar de nuevo, pero en cuanto les dejara de la mano iban a volver a la misma situación. Lo primero que tenían que hacer es darse cuenta de su situación actual y estudiar los medios para salir de ella. Mientras tanto, que no contaran
  • 3.
    con mi compromisoporque estoy ocupado con otros problemas a los que debería buscar solución. Fui a visitar el “hospital”, en el que acababa de nacer una preciosa criatura de cuatro kilos y medio. Su madre se encontraba radiante y el crío era precioso. Era el séptimo hijo de la familia y la madre parecía apenas una primeriza. Y mientras daba una vuelta por el pueblo, saludando a unos y a otros, fueron llenando los sacos, preparando la vuelta. Las mujeres de Kabulumbu decidieron que no podríamos volver sin comer y nos prepararon una clásica comida del pueblo: harina de maíz cocida, con unos pescaditos secos y salados, que cuando hay hambre resultan deliciosos. Y una vez comidos y cargado el coche, iniciamos la vuelta. Otras dos horas y media de recorrido, así es que llegué con ganas de descansar, pero eso no fue posible porque había un grupo de personas que esperaba mi regreso. El que me ayuda en casa para el mantenimiento del coche y se encarga al mismo tiempo de conducir el camión, me esperaba para recordarme que las ruedas de ambos vehículos dejaban bastante que desear y que sería bueno el pensar cambiarlas. Era otro gasto que no lo había pensado pero que no podía esperar más tiempo porque cada viaje del camión se hacía cada vez más largo debido al tiempo que perdía cambiando las ruedas pinchadas. Preguntó por el precio y me gasté 3.000 $ solo en esta compra. Entre los que se encontraban para saludarme, estaba también Ilunga, una chavala de unos 20 años, muy guapa, recatada, a la que le estoy pagando sus estudios porque anteriormente nadie se había preocupado de ella. La conocí por casualidad. En una de las visitas que tengo costumbre de efectuar a las personas mayores o imposibilitadas, frecuentaba la casa de mama Victorine, una mujer mayor, que había pasado temporadas en el hospital sin que los médicos acertaran en curar su enfermedad. Su capacidad de movimientos era cada menor, hasta el punto que llegó a no poder andar y permanecía en la “cama”, sobre un colchón tirado en el suelo, en una habitación que al mismo tiempo les servía de trastero. No tenía si sábanas ni mantas y en más de una ocasión tuve que suministrarla lo necesario para que estuviera atendida convenientemente. Cada vez que llegaba a su casa, alguno de la familia me proporcionaba una silla o cualquier objeto sobre el que podría sentarme y pasar un rato con la enferma en la habitación. Un día vi a una niña de unos 9 ó 10 años y al preguntarla sobre su nombre, edad, donde vivía, qué es lo que hacía, etc., descubrí que estaba todo el día en casa porque no podía ir a la escuela ya que nadie se ocupaba de ella.
  • 4.
    No conocía asu padre, al hombre que vivía con su madre, porque en cuanto este se dio cuenta que su “querida” estaba embarazada, desapareció del pueblo y nadie ha sabido más de él. Su madre la tuvo a ella pero luego se arrimó a otro hombre con el que ha formado una familia y el nuevo padre no quiere saber nada de ella y es la razón por la que vive, ya sea con los abuelos o en casa de algún tío, siempre sin domicilio fijo, porque nadie está dispuesto a hacerse cargo de ella ya que en las circunstancias actuales, la comida, el vestido, la atención sanitaria, la escuela, resultan muy caros para cualquier familia y cada cual tiene más que suficiente con atender a los suyos. Me dio mucha pena conocer todos los detalles que me contaba y como tenemos una escuela en la parroquia hablé con las monjas y la admitieron encantadas. Desde entonces ella es feliz. Yo me encargo de todos los gastos y ahora su abuelo se encarga de atenderla en todo lo demás. Es inteligente, saca buenas notas. De vez en cuando pasa por casa para interesarse por mí, especialmente, cuando voy de vacaciones o vengo, siempre acude para informarse de cómo ha sido el viaje, de cómo he encontrado a la familia, de cómo me encuentro personalmente, etc. Es un encanto. También esta vez llegó para lo mismo. Hacía frio y casualidad, tenía una chaqueta guardada, se la di porque la caía muy bien y se marchó feliz y abrigada. Después me vino una noticia más triste. Llegó un hombre para contarme lo que había sucedido en su familia. Era Philemon, el hombre que nos había acogido en Kabulumbu cuando fuimos recorriendo la selva en busca de buenas tierras para cultivar. Su hijo mayor, tendría unos 30 ó 32 años. Se encontraba sin un trabajo estable y la familia se había hecho numerosa. Como todos sus intentos de encontrar un trabajo resultaron vanos, se metió en una mina de entre tantas que se han abierto últimamente. Para ello, tenían que formar un grupo de cinco, que trabajaban de forma solidaria, y se repartían las ganancias al final de la semana. La empresa no se hacía cargo de nada, se contentaba con analizar el mineral presentado, pesarlo y pagar lo estipulado. Pero en caso de accidente, enfermedad, defunción, etc., no se hacía responsable de nada. Así es como se trabaja en la mayoría de las nuevas minas que han abierto. Lo importante para los chinos es sacar cuanto más mineral posible para que de esa forma las ganancias fueran más sustanciales. Y como tenían mucha prisa en avanzar en la galería y tampoco tenían medios para ir apuntalando en la medida en la que avanzaban, un día se derrumbó la mina y les cogió a los cinco. Avisaron a las familias, recurrieron a los amigos y demás
  • 5.
    compañeros de lamina, trataron de desescombrar el lugar del desprendimiento a lo largo de toda la semana pero no pudieron llegar hasta el lugar del desastre y las autoridades suspendieron la búsqueda porque había peligro de más desprendimientos y los cinco mineros quedaron enterrados en aquel lugar para siempre. La mina se encuentra a escasos 20 km de casa. Este joven tenía ya seis hijos, el pequeño de escasos días. Los dos pequeños se quedaron con la madre y los otros cuatro los repartieron entre los tíos, primos y abuelos para solucionarles de esta forma sus necesidades materiales. Y para no hablar exclusivamente de temas personales, tengo que comunicaros también que para hacer frente a la continua crisis que estamos padeciendo, ha surgido una nueva economía paralela en la que el microcomercio ocupa el lugar central. Las señoras de buena posición que han podido hacerse con unos elegantes zapatos de tacón alto, procedentes del extranjero los venden en su barrio. Los enfermeros que trabajan en el hospital se llevan los medicamentos a casa para revenderlos. Los chóferes de las empresas de transporte, roban algunos bidones de gasoil o gasolina. Los funcionarios regatean sobre cada papel que deben sellar. Los agentes se alegran de las infracciones de tráfico. Siempre se puede llegar a un acuerdo. Todo tiene un “precio”. En respuesta a un Estado que se desentiende constantemente de los ciudadanos, estos le pagan con la misma moneda. Es lo que se denomina ”Artículo 15” según un artículo ficticio de la Constitución que viene a indicar ¡Aprovéchate! . Con mucha frecuencia se trata de actividades ilegales (contrabando, robo, fraude), pero qué significa ilegal, cuando el propio país es criminal. La corrupción del pueblo es la mejor manera de contrarrestar la de los dirigentes, los impuestos debidamente pagados acabarían desapareciendo. Y para justificar su manera de actuar repiten lo que había dicho hace tiempo, Mobutu, en un mitin que tuvo lugar en el estadio de fútbol de Kinshasa: “Si tienes que robar, roba un poco y deja un poco para la nación”. La corrupción, que en Occidente es juzgada como un comportamiento irresponsable, en el Congo se percibe a menudo como una conducta muy responsable: el verdadero irresponsable es aquel que desaprovecha una oportunidad para alimentar a su familia. Un director de escuela me dijo una vez: “No olvide que nuestros gobernantes son hijos de pobres”. Un abrazo. Xabier