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Corpus Parroquial de San José, Cádiz. 1 al 8 de junio 2023.
5 de junio, 20:30, en el templo, ante el Santísimo.
Meditación eucarística, a partir de la catequesis de la vejez del Papa
Francisco (15 minutos).
Por Mª del Mar Manuz.
Señor mío, Jesucristo, que estás hoy aquí presente, con nosotros, como
prometiste.
Estoy ante ti para hacer oración mi vida en este templo lleno de personas,
cada una también con sus vidas. Todos ante ti, pequeños, llenos de
contradicciones y pecados, de ignorancia a veces hasta de nuestras
propias faltas, pero llenos también de deseo sincero de seguirte. Somos
tuyos por igual en la debilidad y en la esperanza de tu amor. Concédenos
recogernos y entrar en comunión adecuadamente, con el espíritu
arrodillado frente a Ti.
El Padre Alfonso me ha pedido unirme a esta meditación eucarística,
pensando en la preciosa misión que tiene por delante el Secretariado de
Personas Mayores. Y yo he venido hasta aquí por mis pies y con mi
libertad, pero creo que, a la vez, eres tú quien me trae, tu paciencia
incansable conmigo, Señor. Enséñame a caminar detrás de Ti, a no dudar,
a esperar, a vaciarme de mí. Siento una gratitud inmensa por el milagro
que es tu corazón, por la generosidad de tus llamadas y de tu perdón,
setenta veces siete.
Creo que vivir es acercarse a ti, y que, si tú nos alumbras, todo en la vida
puede ser una ocasión para acortar distancia. La vida en esta tierra es
iniciación, caminamos hacia lo eterno. Concédeme verlo, no olvidarlo, no
despistarme. A veces hay oscuridad, sufrimiento, pero he vivido en mi
carne que tu mano nunca me deja, y que, contigo, incluso lo más difícil
prepara mi alma, como un arado prepara la tierra. Eres quien nos salva de
nosotros mismos. Y yo confío en ti, SEÑOR.
2
Capacítanos para las pruebas y las misiones que nos llegan, háblanos al
corazón, espabila nuestra mente, ensancha nuestra fe para renacer de lo
alto, como pediste al anciano Nicodemo. Tu Palabra nos invita a ese
nacimiento de lo alto que nos abre la entrada a tu Reino, moldéanos para
que la entendamos en lo concreto del día a día. A través de Nicodemo Tú
nos explicaste que ser mayores no sólo no es un obstáculo para este
nacimiento de lo alto, sino que ser mayores se convierte en el tiempo
oportuno para esta misión espiritual.
Tú, Señor, nos otorgas vivir en este momento concreto de la historia para
que, gracias a la fe, tu nombre de paz siga resonando en toda la tierra, y
llegando a los hombres y mujeres de este tiempo, niños, jóvenes y adultos
de todas las edades, porque todos caben en tu misericordia. Nos quieres
atentos y dispuestos. Por todas partes vemos los signos de necesidad de
ti. No dejes que seamos higuera sin fruto, ayúdanos a no vivir la vida en
vano y a discernir dónde nos quieres.
Hoy nuestra Diócesis quiere seguir la llamada que ha hecho el Papa para
que los cristianos cuidemos más y mejor de nuestros mayores. En las
familias, en los trabajos, en las parroquias, en los hospitales, en las
residencias, en el barrio, en la sociedad. Vivimos un momento histórico; la
esperanza de vida nos permite ahora vivir más y es más frecuente que
nunca antes en la historia que convivan padres, hijos, abuelos, nietos e
incluso bisabuelos y bisnietos. Una larga vida es una bendición, Señor,
pero necesitamos comprender bien la gracia del tiempo, tomar conciencia
del don que es la vida en todas sus etapas, incluida la vejez. Llegar a ser
mayor es un regalo que agradecerte, Señor, no debe rechazarse, ni
disimularse; hay belleza en una vida que nos sigue ofreciendo nuevos días
para vivirla con plenitud, sin mirar atrás, sin dejar de avanzar hasta ti y de
sembrar las semillas que nos confiaste al bautizarnos. Ayúdanos a
combatir el espejismo de la eterna juventud y a hacer ver que el sentido
de la vida no está sólo en la edad adulta, de los 25 a los 60, sino que el
sentido de la vida está entero desde el nacimiento a la muerte y que la
vejez no es algo negativo, ni una carga; a demasiadas personas, Señor, hoy
se las hace sentir así, como una carga. Danos humildad y sabiduría para
valorar la bendición de la vejez, la riqueza que son sus años para las
familias, para la Iglesia y para la nación, danos inteligencia para
aprovecharla y sensibilidad para agradecerla.
3
Ya no es raro tener muchos años más de vida después de la jubilación; Tú
puedes suscitar en nosotros la inquietud por aprovechar este tiempo, por
llenarlo con sabiduría, crecer bajo tu buena sombra en autoridad y en
santidad. De mayores perdemos un poco la vista, pero la mirada interior se
hace más penetrante…Tú no encomiendas tus talentos sólo a los jóvenes y
los vigorosos y fuertes, sino que tienes talentos para todos, a la medida de
cada uno, también para los mayores. Llena de dones, Señor, el tiempo que
nos das.
Creo que la gratitud con Dios de una persona mayor por los dones
recibidos a lo largo de su vida tiene el poder de la alegría. Cuando esta
gratitud con Dios es sincera, se convierte en alegría. Líbranos, Señor, de
una vejez encerrada en el desconsuelo, porque esto sólo acarrea
desconsuelo alrededor para todos. Es cierto que el desencanto en la vejez
llega, pero por esto es tan decisivo el testimonio de los mayores, porque si
ellos, que han visto y vivido de todo, conservan su fe, su ánimo y su pasión
por seguir haciendo el bien, entonces la esperanza y el amor pueden
anidar más fácilmente en los más jóvenes. Es un ejercicio de justicia
acordarnos de todos los mayores que nos han precedido y que con su
buen ejemplo nos abrieron camino, nos enseñaron y nos dieron la mano
cuando éramos pequeños, cuando comenzábamos a crecer, y luego a
volar, tantas vivencias que llevamos grabadas, hay que recordar lo mucho
que debemos a nuestros padres y abuelos, a nuestros tíos, y no sólo a la
familia, a nuestros profesores, a los compañeros de trabajo mayores, a los
sacerdotes y las religiosas que también nos formaron. Cada uno lleva sus
nombres en su memoria. Más que nunca, nuestro mundo necesita una
vejez consciente, dotada de sentidos espirituales vivos, necesitamos
ancianos sabios, maduros en el espíritu, capaces de dar testimonio de Ti
con sus propias historias de vida. Es hermoso cuando un anciano puede
decir: he vivido la vida, esta es mi familia, he pecado, pero también he
hecho el bien, sin desesperar, y he conservado la fe. Te damos gracias por
ello, Señor Jesucristo, nuestro Señor.
Cuando pensamos en la herencia, a veces pensamos en los bienes
materiales y no tanto en el bien que hemos hecho en nuestra vejez, que es
la más valiosa herencia que podemos dejar. En nuestra cultura, estamos
viendo que la práctica de la fe cristiana sufre, no por violencia física como
padecen nuestros hermanos cristianos en otros países, pero sí por medios
sutiles, en forma de ironía o de desprecio, o con maneras provocadoras e
irrespetuosas, es una marginación astuta, que quiere invisibilizar la fe,
4
presentar su práctica como una exterioridad caduca, inútil, incluso
nociva…, como “cosa de viejos”. Quizá por eso corresponde precisamente a
los mayores la importante misión de restituir a la fe su honor, de hacerla
más patente y coherente. La fe recibida de nuestros padres merece
respeto y honor hasta el final de nuestros días: nos ha cambiado la vida,
nos ha purificado la mente, nos ha enseñado a conocernos, a respetar al
prójimo, a amar y a adorar a Dios. Es una bendición para todos, pero toda
la fe, no una parte. Y en la vejez, los mayores y los abuelos son quienes
mejor pueden demostrar, con humildad y alegría espiritual, que creer no
es cosa de viejos, sino de vida buena y auténtica. Infunde tu Espíritu sobre
tu feligresía mayor, Señor, por el bien de todas las generaciones, ensancha
sus corazones para reivindicar la verdad y la bondad de nuestra fe y
extenderla también a los mayores no creyentes o alejados de tu Iglesia.
Haznos solidarios entre las generaciones, pero también al mayor con el
mayor.
Tu ejemplo, Señor, es espíritu de servicio. A tus discípulos y seguidores,
hombres y mujeres, se lo inculcaste, y los mayores o ancianos no están
excluidos, también pueden servir a la comunidad. Dales Señor un corazón
libre para vencer la tentación de quedarse al margen, un corazón valeroso
para seguir aportando su voz cristiana y su experiencia, para pasar el
testigo. Te pedimos por jóvenes y ancianos, por la buena convivencia de
todas las generaciones. Haz fértil la riqueza que todas contienen y
multiplícala al unirlas.
Y Señor, ante la muerte, protege nuestra esperanza. Está expuesta cada
día y puede deshidratarse en una cultura que no quiere pensar en la
realidad de la muerte, para no tener que preguntarse seriamente por el
sentido de la existencia. Tú eres nuestro sanador, y cuentas de uno en
uno, no sólo vendrás al final del tiempo por todos, sino que vienes, cada
vez, por cada uno de nosotros. Eres la vida. No nos dejes huir de la
realidad, y ante el misterio de la resurrección, sostén en el fondo de
nuestro corazón la esperanza. Humanamente ponemos muchas veces
nuestra esperanza en este mundo: en nuestra salud, en nuestra familia, en
nuestros proyectos… aunque todo es pasajero… La pretensión de detener
el tiempo es imposible, el tiempo pasa, pero esto no es una amenaza, sino
una promesa. Podemos pensar que toda persona mayor puede ser
testimonio de esa promesa, ser luz para los demás en el ministerio de la
espera. Por eso, ayúdanos Señor a construir nuestra esperanza sobre roca,
porque el verdadero destino de la vida es un lugar en tu mesa y toda
5
nuestra vida es como una semilla que tendrá que ser enterrada para que
nazca su flor y su fruto. Y nacerá, lo mejor de la vida está por llegar y tu
mano fiel no nos va a dejar.
En la vejez, y en su progresiva fragilidad, danos amor para dejarnos cuidar
con paz. Puede que ser cuidados sea más difícil que ser los cuidadores.
Concédenos poder enseñar que no sólo los ancianos, sino todos,
necesitamos abandonarnos en Ti, invocar tu ayuda y ser cuidados por los
demás y por Dios mismo. Tú advertiste a Pedro diciéndole: “cuando eras
joven, eras autosuficiente, cuando seas viejo ya no serás tan dueño de ti ni
de tu vida”. En la dependencia de los demás también estás Tú, Señor, por
eso en la dependencia madura la fe. Dios nos habla en los más
vulnerables, en los que parece que ya no cuentan, en los enfermos.
Inspíranos para seguirte siempre, en la fortaleza y en la debilidad, en la
salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, seguirte siempre,
corriendo, a pie, en silla de ruedas o desde la cama, pero seguirte siempre.
No escondamos las fragilidades, son verdaderas, así es como somos y la
vejez nos grita una lección básica: que tal como queremos ser tratados al
llegar a ser ancianos, así debemos tratar hoy nosotros a los mayores y
abuelos. Y precisamente los que llevamos tu nombre de cristianos, Señor,
somos los que más debemos implicarnos, visitarlos, honrarlos, dulcificar
su soledad.
Te damos las gracias por tenerte cada día en el altar, por hacerte pan y
vino, transformándolos como don tuyo… Refuérzanos en la Eucaristía, en
su adecuado recibimiento. Gracias a ella volvemos a la sencillez de los
orígenes de la Iglesia y a la unidad de su historia, experimentamos el
misterio que nos desborda, la verdad atemporal reconciliada con la
belleza, el bien y la fuerza del amor cristiano. Acercándonos a la eucaristía
accedemos a Ti, dejamos que tu gracia penetre y trabaje dentro de
nosotros y por nosotros. Que no nos falte nunca, Señor, la comunión
contigo, el regalo del encuentro personal en lo más profundo, la
posibilidad de comprometernos con la espada de tu Palabra y de
reponernos en tu fuente para levantarnos cuando caemos y para no dejar
de admirarnos por todo lo que hiciste, haces y aún harás, abriéndonos las
puertas al Padre.
Además, la comunión que nos regalas nos introduce en la gran comunidad
de los fieles que te pertenecen y han atravesado ya la frontera de la vida y
6
la muerte. Te pedimos por todos nuestros antepasados que nos han
precedido y te damos gracias por la comunión con ellos, a través tuya.
Hoy aquí te presentamos la ofrenda de nuestra intención pastoral, el
cuidado espiritual de nuestros mayores, porque parece que este mundo
necesita conocer la vejez, reconocerla e incluso inventarla. Te pedimos por
todas las personas mayores, que sus vidas se llenen de plenitud. Te
necesitan Señor, necesitan tu estímulo, tu consuelo y tu esperanza. Tú
escuchas sus inquietudes; ábreles los oídos para que también ellos te
oigan a Ti, fortalece su oración y mueve el corazón de sus familiares y
amigos, de sus vecinos, para que se avive en ellos el reconocimiento, el
cariño y la honra que merece, no sólo nuestro padre o nuestra madre,
sino la propia vejez.
Y, por último, en esta misión que nos has encomendado, tengo que
pedirte por el pequeño Equipo diocesano que se ha subido a la barca de la
pastoral del mayor. Somos once, Señor, para navegar contigo. Te pido por
todos. Tú nos conoces mejor que nadie, y Tú has cruzado nuestras vidas
para esta misión. Te pido por el P. Antonio, por nuestros dos Luises, por
Concha, por Mónica, por Julia, por Angelines, por Teresa, por Julio y, en
especial, por Rafael, que ahora te necesita mucho. Te pido por todos, por
mí también, Señor, guíame. Tú eres el Logos, la luz que ayuda a distinguir.
Afianza nuestro compromiso y da generosidad a nuestras familias para
que acojan esta vocación. Que el Espíritu Santo eche raíces en nuestros
corazones y nos vaya limando y elevando nuestras intenciones, que nos
amolde a tus maneras, que nos limpie con tu pensamiento y que nos una
con amistad. Enséñanos y danos un poco de la discreción y laboriosidad de
San José y un poco también de la paciencia y la caridad de María, a los que
nos encomendamos para la auténtica prueba de todo cristiano, que es el
amor.
Te damos gracias por llamarnos y te ofrecemos lo que somos y también lo
que anhelamos ser.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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  • 1. 1 Corpus Parroquial de San José, Cádiz. 1 al 8 de junio 2023. 5 de junio, 20:30, en el templo, ante el Santísimo. Meditación eucarística, a partir de la catequesis de la vejez del Papa Francisco (15 minutos). Por Mª del Mar Manuz. Señor mío, Jesucristo, que estás hoy aquí presente, con nosotros, como prometiste. Estoy ante ti para hacer oración mi vida en este templo lleno de personas, cada una también con sus vidas. Todos ante ti, pequeños, llenos de contradicciones y pecados, de ignorancia a veces hasta de nuestras propias faltas, pero llenos también de deseo sincero de seguirte. Somos tuyos por igual en la debilidad y en la esperanza de tu amor. Concédenos recogernos y entrar en comunión adecuadamente, con el espíritu arrodillado frente a Ti. El Padre Alfonso me ha pedido unirme a esta meditación eucarística, pensando en la preciosa misión que tiene por delante el Secretariado de Personas Mayores. Y yo he venido hasta aquí por mis pies y con mi libertad, pero creo que, a la vez, eres tú quien me trae, tu paciencia incansable conmigo, Señor. Enséñame a caminar detrás de Ti, a no dudar, a esperar, a vaciarme de mí. Siento una gratitud inmensa por el milagro que es tu corazón, por la generosidad de tus llamadas y de tu perdón, setenta veces siete. Creo que vivir es acercarse a ti, y que, si tú nos alumbras, todo en la vida puede ser una ocasión para acortar distancia. La vida en esta tierra es iniciación, caminamos hacia lo eterno. Concédeme verlo, no olvidarlo, no despistarme. A veces hay oscuridad, sufrimiento, pero he vivido en mi carne que tu mano nunca me deja, y que, contigo, incluso lo más difícil prepara mi alma, como un arado prepara la tierra. Eres quien nos salva de nosotros mismos. Y yo confío en ti, SEÑOR.
  • 2. 2 Capacítanos para las pruebas y las misiones que nos llegan, háblanos al corazón, espabila nuestra mente, ensancha nuestra fe para renacer de lo alto, como pediste al anciano Nicodemo. Tu Palabra nos invita a ese nacimiento de lo alto que nos abre la entrada a tu Reino, moldéanos para que la entendamos en lo concreto del día a día. A través de Nicodemo Tú nos explicaste que ser mayores no sólo no es un obstáculo para este nacimiento de lo alto, sino que ser mayores se convierte en el tiempo oportuno para esta misión espiritual. Tú, Señor, nos otorgas vivir en este momento concreto de la historia para que, gracias a la fe, tu nombre de paz siga resonando en toda la tierra, y llegando a los hombres y mujeres de este tiempo, niños, jóvenes y adultos de todas las edades, porque todos caben en tu misericordia. Nos quieres atentos y dispuestos. Por todas partes vemos los signos de necesidad de ti. No dejes que seamos higuera sin fruto, ayúdanos a no vivir la vida en vano y a discernir dónde nos quieres. Hoy nuestra Diócesis quiere seguir la llamada que ha hecho el Papa para que los cristianos cuidemos más y mejor de nuestros mayores. En las familias, en los trabajos, en las parroquias, en los hospitales, en las residencias, en el barrio, en la sociedad. Vivimos un momento histórico; la esperanza de vida nos permite ahora vivir más y es más frecuente que nunca antes en la historia que convivan padres, hijos, abuelos, nietos e incluso bisabuelos y bisnietos. Una larga vida es una bendición, Señor, pero necesitamos comprender bien la gracia del tiempo, tomar conciencia del don que es la vida en todas sus etapas, incluida la vejez. Llegar a ser mayor es un regalo que agradecerte, Señor, no debe rechazarse, ni disimularse; hay belleza en una vida que nos sigue ofreciendo nuevos días para vivirla con plenitud, sin mirar atrás, sin dejar de avanzar hasta ti y de sembrar las semillas que nos confiaste al bautizarnos. Ayúdanos a combatir el espejismo de la eterna juventud y a hacer ver que el sentido de la vida no está sólo en la edad adulta, de los 25 a los 60, sino que el sentido de la vida está entero desde el nacimiento a la muerte y que la vejez no es algo negativo, ni una carga; a demasiadas personas, Señor, hoy se las hace sentir así, como una carga. Danos humildad y sabiduría para valorar la bendición de la vejez, la riqueza que son sus años para las familias, para la Iglesia y para la nación, danos inteligencia para aprovecharla y sensibilidad para agradecerla.
  • 3. 3 Ya no es raro tener muchos años más de vida después de la jubilación; Tú puedes suscitar en nosotros la inquietud por aprovechar este tiempo, por llenarlo con sabiduría, crecer bajo tu buena sombra en autoridad y en santidad. De mayores perdemos un poco la vista, pero la mirada interior se hace más penetrante…Tú no encomiendas tus talentos sólo a los jóvenes y los vigorosos y fuertes, sino que tienes talentos para todos, a la medida de cada uno, también para los mayores. Llena de dones, Señor, el tiempo que nos das. Creo que la gratitud con Dios de una persona mayor por los dones recibidos a lo largo de su vida tiene el poder de la alegría. Cuando esta gratitud con Dios es sincera, se convierte en alegría. Líbranos, Señor, de una vejez encerrada en el desconsuelo, porque esto sólo acarrea desconsuelo alrededor para todos. Es cierto que el desencanto en la vejez llega, pero por esto es tan decisivo el testimonio de los mayores, porque si ellos, que han visto y vivido de todo, conservan su fe, su ánimo y su pasión por seguir haciendo el bien, entonces la esperanza y el amor pueden anidar más fácilmente en los más jóvenes. Es un ejercicio de justicia acordarnos de todos los mayores que nos han precedido y que con su buen ejemplo nos abrieron camino, nos enseñaron y nos dieron la mano cuando éramos pequeños, cuando comenzábamos a crecer, y luego a volar, tantas vivencias que llevamos grabadas, hay que recordar lo mucho que debemos a nuestros padres y abuelos, a nuestros tíos, y no sólo a la familia, a nuestros profesores, a los compañeros de trabajo mayores, a los sacerdotes y las religiosas que también nos formaron. Cada uno lleva sus nombres en su memoria. Más que nunca, nuestro mundo necesita una vejez consciente, dotada de sentidos espirituales vivos, necesitamos ancianos sabios, maduros en el espíritu, capaces de dar testimonio de Ti con sus propias historias de vida. Es hermoso cuando un anciano puede decir: he vivido la vida, esta es mi familia, he pecado, pero también he hecho el bien, sin desesperar, y he conservado la fe. Te damos gracias por ello, Señor Jesucristo, nuestro Señor. Cuando pensamos en la herencia, a veces pensamos en los bienes materiales y no tanto en el bien que hemos hecho en nuestra vejez, que es la más valiosa herencia que podemos dejar. En nuestra cultura, estamos viendo que la práctica de la fe cristiana sufre, no por violencia física como padecen nuestros hermanos cristianos en otros países, pero sí por medios sutiles, en forma de ironía o de desprecio, o con maneras provocadoras e irrespetuosas, es una marginación astuta, que quiere invisibilizar la fe,
  • 4. 4 presentar su práctica como una exterioridad caduca, inútil, incluso nociva…, como “cosa de viejos”. Quizá por eso corresponde precisamente a los mayores la importante misión de restituir a la fe su honor, de hacerla más patente y coherente. La fe recibida de nuestros padres merece respeto y honor hasta el final de nuestros días: nos ha cambiado la vida, nos ha purificado la mente, nos ha enseñado a conocernos, a respetar al prójimo, a amar y a adorar a Dios. Es una bendición para todos, pero toda la fe, no una parte. Y en la vejez, los mayores y los abuelos son quienes mejor pueden demostrar, con humildad y alegría espiritual, que creer no es cosa de viejos, sino de vida buena y auténtica. Infunde tu Espíritu sobre tu feligresía mayor, Señor, por el bien de todas las generaciones, ensancha sus corazones para reivindicar la verdad y la bondad de nuestra fe y extenderla también a los mayores no creyentes o alejados de tu Iglesia. Haznos solidarios entre las generaciones, pero también al mayor con el mayor. Tu ejemplo, Señor, es espíritu de servicio. A tus discípulos y seguidores, hombres y mujeres, se lo inculcaste, y los mayores o ancianos no están excluidos, también pueden servir a la comunidad. Dales Señor un corazón libre para vencer la tentación de quedarse al margen, un corazón valeroso para seguir aportando su voz cristiana y su experiencia, para pasar el testigo. Te pedimos por jóvenes y ancianos, por la buena convivencia de todas las generaciones. Haz fértil la riqueza que todas contienen y multiplícala al unirlas. Y Señor, ante la muerte, protege nuestra esperanza. Está expuesta cada día y puede deshidratarse en una cultura que no quiere pensar en la realidad de la muerte, para no tener que preguntarse seriamente por el sentido de la existencia. Tú eres nuestro sanador, y cuentas de uno en uno, no sólo vendrás al final del tiempo por todos, sino que vienes, cada vez, por cada uno de nosotros. Eres la vida. No nos dejes huir de la realidad, y ante el misterio de la resurrección, sostén en el fondo de nuestro corazón la esperanza. Humanamente ponemos muchas veces nuestra esperanza en este mundo: en nuestra salud, en nuestra familia, en nuestros proyectos… aunque todo es pasajero… La pretensión de detener el tiempo es imposible, el tiempo pasa, pero esto no es una amenaza, sino una promesa. Podemos pensar que toda persona mayor puede ser testimonio de esa promesa, ser luz para los demás en el ministerio de la espera. Por eso, ayúdanos Señor a construir nuestra esperanza sobre roca, porque el verdadero destino de la vida es un lugar en tu mesa y toda
  • 5. 5 nuestra vida es como una semilla que tendrá que ser enterrada para que nazca su flor y su fruto. Y nacerá, lo mejor de la vida está por llegar y tu mano fiel no nos va a dejar. En la vejez, y en su progresiva fragilidad, danos amor para dejarnos cuidar con paz. Puede que ser cuidados sea más difícil que ser los cuidadores. Concédenos poder enseñar que no sólo los ancianos, sino todos, necesitamos abandonarnos en Ti, invocar tu ayuda y ser cuidados por los demás y por Dios mismo. Tú advertiste a Pedro diciéndole: “cuando eras joven, eras autosuficiente, cuando seas viejo ya no serás tan dueño de ti ni de tu vida”. En la dependencia de los demás también estás Tú, Señor, por eso en la dependencia madura la fe. Dios nos habla en los más vulnerables, en los que parece que ya no cuentan, en los enfermos. Inspíranos para seguirte siempre, en la fortaleza y en la debilidad, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, seguirte siempre, corriendo, a pie, en silla de ruedas o desde la cama, pero seguirte siempre. No escondamos las fragilidades, son verdaderas, así es como somos y la vejez nos grita una lección básica: que tal como queremos ser tratados al llegar a ser ancianos, así debemos tratar hoy nosotros a los mayores y abuelos. Y precisamente los que llevamos tu nombre de cristianos, Señor, somos los que más debemos implicarnos, visitarlos, honrarlos, dulcificar su soledad. Te damos las gracias por tenerte cada día en el altar, por hacerte pan y vino, transformándolos como don tuyo… Refuérzanos en la Eucaristía, en su adecuado recibimiento. Gracias a ella volvemos a la sencillez de los orígenes de la Iglesia y a la unidad de su historia, experimentamos el misterio que nos desborda, la verdad atemporal reconciliada con la belleza, el bien y la fuerza del amor cristiano. Acercándonos a la eucaristía accedemos a Ti, dejamos que tu gracia penetre y trabaje dentro de nosotros y por nosotros. Que no nos falte nunca, Señor, la comunión contigo, el regalo del encuentro personal en lo más profundo, la posibilidad de comprometernos con la espada de tu Palabra y de reponernos en tu fuente para levantarnos cuando caemos y para no dejar de admirarnos por todo lo que hiciste, haces y aún harás, abriéndonos las puertas al Padre. Además, la comunión que nos regalas nos introduce en la gran comunidad de los fieles que te pertenecen y han atravesado ya la frontera de la vida y
  • 6. 6 la muerte. Te pedimos por todos nuestros antepasados que nos han precedido y te damos gracias por la comunión con ellos, a través tuya. Hoy aquí te presentamos la ofrenda de nuestra intención pastoral, el cuidado espiritual de nuestros mayores, porque parece que este mundo necesita conocer la vejez, reconocerla e incluso inventarla. Te pedimos por todas las personas mayores, que sus vidas se llenen de plenitud. Te necesitan Señor, necesitan tu estímulo, tu consuelo y tu esperanza. Tú escuchas sus inquietudes; ábreles los oídos para que también ellos te oigan a Ti, fortalece su oración y mueve el corazón de sus familiares y amigos, de sus vecinos, para que se avive en ellos el reconocimiento, el cariño y la honra que merece, no sólo nuestro padre o nuestra madre, sino la propia vejez. Y, por último, en esta misión que nos has encomendado, tengo que pedirte por el pequeño Equipo diocesano que se ha subido a la barca de la pastoral del mayor. Somos once, Señor, para navegar contigo. Te pido por todos. Tú nos conoces mejor que nadie, y Tú has cruzado nuestras vidas para esta misión. Te pido por el P. Antonio, por nuestros dos Luises, por Concha, por Mónica, por Julia, por Angelines, por Teresa, por Julio y, en especial, por Rafael, que ahora te necesita mucho. Te pido por todos, por mí también, Señor, guíame. Tú eres el Logos, la luz que ayuda a distinguir. Afianza nuestro compromiso y da generosidad a nuestras familias para que acojan esta vocación. Que el Espíritu Santo eche raíces en nuestros corazones y nos vaya limando y elevando nuestras intenciones, que nos amolde a tus maneras, que nos limpie con tu pensamiento y que nos una con amistad. Enséñanos y danos un poco de la discreción y laboriosidad de San José y un poco también de la paciencia y la caridad de María, a los que nos encomendamos para la auténtica prueba de todo cristiano, que es el amor. Te damos gracias por llamarnos y te ofrecemos lo que somos y también lo que anhelamos ser. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.