La leyenda cuenta la historia de San Atilano, un noble que sintió una fuerte vocación religiosa y se convirtió en ermitaño. Más tarde, tanto él como su amigo Froilán fundaron monasterios y fueron nombrados obispos de Zamora y León, respectivamente. Atilano se sintió triste ante las dificultades que sufría Zamora, como plagas y ataques, por lo que decidió peregrinar a Tierra Santa para ganar indulgencia. Antes de irse, arrojó su anillo al río,