VERÓNICA ROTH
Verónica Roth, en Orión Literaria, suplemento de diario Despertar de Oaxaca, México, 3 de marzo
de 2018
Introducción
Verónica Roth es una escritora estadounidense de padre alemán y madre norteamericana de
ascendencia polaca. Nació en Nueva York el 19 de agosto de 1988.
Estudió escritura creativa en la Northwestern University y sus principales influencias literarias son
George Orwell, Lois Lowry, Aldous Huxley, Orson Scott Card o Flannery O’Connor.
Verónica alcanzó la fama internacional gracias a su trilogía juvenil de ciencia-ficción distópica
titulada Divergente compuesta por las novelas Divergente (2011), Insurgente (2012) y Leal (2013).
Esta trilogía nos presenta una sociedad futurista en la cual la sociedad se divide en una especie de
clases sociales de acuerdo a sus aptitudes o habilidades personales.
En la historia, las personas se dividen en cinco facciones: Verdad, Abnegación, Osadía, Cordialidad
y Erudición. Cuando los jóvenes de la ciudad cumplen dieciséis años, todos realizan unas pruebas
y deciden a qué facción quieren pertenecer en función de aquella virtud que posean.
Sin embargo, para el personaje de Beatrice Prior esto no es tan fácil ya que ella no es como los
demás, es divergente y podría pertenecer a más de una facción pero nadie debe saberlo.
Esta trilogía, con un enfoque similar a obras de Suzanne Collins, Lauren Oliver o Marie Lu, fue
complementada con relatos como The Transfer (2013), The Initiate (2013), The Son (2014) o The
Traitor (2014), textos recopilados en el libro Cuatro.
La primera entrega de la trilogía Divergente fue llevada a la pantalla grande en el año 2014 por el
cineasta Neil Burger y en su reparto contó con las actuaciones de Shailene Woodley, Theo James,
Kate Winslet, entre otros.
En el año 2017, Verónica Roth comenzó una nueva saga titulada Las Marcas De La Muerte con el
título homónimo como primera entrega.
Divergente
(Fragmento)
Hay un espejo en mi casa. Está detrás de un panel corredizo en el pasillo de arriba. Nuestra
Facción me permite estar de pie delante de él en el segundo día del tercer mes, el día en que mi
madre me corta el pelo.
Me siento en el taburete y mi madre se para detrás de mí con las tijeras, recortando. Las hebras
caen al suelo en un opaco anillo rubio.
Cuando termina, saca el pelo de mi cara y lo retuerce en un rodete. Noto cuan tranquila se ve y
cuan enfocada esta. Ella está bien, estrenada en el arte de perderse a sí misma. No puedo decir lo
mismo de mi misma.
Le doy un vistazo a mi reflejo cuando ella no está prestando atención–no por el bien de la vanidad,
sino por curiosidad. Muchas cosas pueden pasarle a la apariencia de una persona en tres meses.
En mi reflejo, veo una cara delgada, grandes ojos redondos y una delgada nariz larga—todavía me
veo como una niña pequeña, aunque en algún momento de los últimos meses cumplí los dieciséis
años. Las otras facciones celebran los cumpleaños, pero nosotros no lo hacemos. Seria auto-
indulgente.
—Ahí— dice ella cuando acomoda el rodete en su lugar. Sus ojos capturan los míos en el espejo. Es
demasiado tarde para mirar hacia otro lado, pero en vez de regañarme, sonríe nuestro reflejo.
Frunzo el ceño un poco. ¿Por qué no me regaña por mirarme a mí misma?
—Así que hoy es el día—dice ella.
—Si—respondo.
— ¿Estas nerviosa?
Miro a mis propios ojos por un momento. Hoy es el día de la prueba de aptitud que va amostrar a
cuál de las cinco Facciones pertenezco. Y mañana, en la Ceremonia de Elección, me decidiré por
una Facción; decidiré el resto de mi vida voy a decidir quedarme con mi familia o abandonarlos.
—No—le digo—. Las pruebas no tienen que cambiar nuestras elecciones.
—Correcto—sonríe—. Vamos a comer el desayuno.
—Gracias. Por cortarme el pelo.
Ella me besa en la mejilla y desliza el panel sobre el espejo. Creo que mi madre podría ser
hermosa, en un mundo diferente. Su cuerpo es delgado debajo de la túnica gris. Tiene unos altos
pómulos y largas pestañas, cuando se suelta el pelo por la noche, este cuelga en ondas sobre sus
hombros. Pero ella debe ocultar esa belleza en Abnegación.
Caminamos juntas hasta la cocina. En estas mañanas, cuando mi hermano hace el desayuno, y la
mano de mi padre, roza mi pelo mientras lee el periódico, y mi madre tararea mientras limpia la
mesa, es en estas mañanas que me siento más culpable de querer dejarlos.
El autobús apesta a gases de escape. Cada vez que choca con un trozo de pavimento irregular, me
hace moverme de lado a lado, a pesar de que estoy agarrando el asiento para mantenerme quieta.
Mi hermano mayor, Caleb, se encuentra en el pasillo, agarrado de una barandilla encima de su
cabeza para mantenerse firme. No nos parecemos. Él tiene el pelo oscuro y la nariz aguileña de mi
madre. Cuando él era más joven, esa características le deban un aspecto extraño, pero ahora le
favorecen. Si él no fuera de abnegación, estoy segura de que las chicas de la escuela se le
quedarían mirando.
También heredo el talento de mi madre por el desinterés. Él le dio su asiento a un hosco hombre
Sinceridad en el autobús sin pensarlo dos veces.
El hombre Sinceridad lleva un traje negro con una corbata blanca; el uniforme estándar de
Sinceridad. Su Facción valora la honestidad y ve la verdad en blanco y negro, por lo que es lo que
llevan puesto.
Las diferencias entre los edificios estrecho y los caminos son más suaves cada vez que nos
acercamos más al corazón de la cuidad. La edificación que una vez fue llamada la torre Sears—
nosotros lo llamamos el “Cubo”— emerge de la niebla, un pilar negro en el horizonte. El autobús
pasa por debajo de las vías elevadas. Nunca he estado en un tren, aunque nunca deja de correr y
hay huellas por todas partes. Solo los Intrepidez pueden usarlo.
Insurgente
(Fragmento)
Despierto con su nombre en los labios.
Will.
Antes de abrir los ojos, lo veo derrumbarse de nuevo sobre la acera. Muerto.
Obra mía.
Tobias está agachado frente a mí, con una mano apoyada sobre mi hombro izquierdo. El tren salta
sobre los raíles, y Marcus, Peter y Caleb se encuentran junto a la puerta. Respiro profundamente y
contengo el aliento para intentar liberar parte de la presión que se me acumula en el pecho.
Hace una hora, nada de lo ocurrido me parecía real. Ahora, sí. Dejo escapar el aire, aunque la
presión sigue ahí.
—Tris, vamos —dice Tobias, buscando mi mirada—, tenemos que saltar.
La oscuridad nos impide ver dónde nos encontramos, pero, si nos bajamos, será porque estaremos
cerca de la valla. Tobias me ayuda a ponerme en pie y me guía a la puerta.
Los otros saltan de uno en uno: primero Peter, después Marcus y después Caleb. Le doy la mano a
Tobias. Se levanta más viento cuando nos ponemos al borde del tren, como si una mano me
empujara hacia el interior, hacia la seguridad.
Sin embargo, nos lanzamos a la oscuridad y nos damos un buen golpe al aterrizar en el suelo. Noto
el impacto en la herida de bala del hombro y me muerdo el labio para no gritar mientras busco
con la mirada a mi hermano.
—¿Bien? —pregunto cuando lo veo sentado en la hierba, a pocos metros de mí, restregándose la
rodilla.
Él asiente con la cabeza, aunque lo oigo sorberse los mocos, como si intentara reprimir las
lágrimas, y no me queda más remedio que mirar hacia otro lado.
Hemos aterrizado en la hierba cercana a la valla, a varios metros del desgastado camino que
recorren los camiones de Cordialidad para repartir comida a la ciudad y de la puerta que los deja
salir..., la puerta que está cerrada en estos momentos, impidiéndonos entrar. La valla se yergue
ante nosotros, demasiado alta y flexible para treparla, demasiado resistente para derribarla.
—Se supone que debería haber guardias de Osadía —comenta
Marcus—. ¿Dónde están?
—Seguramente estaban en la simulación —dice Tobias—.
Y ahora están... —empieza, pero hace una pausa—. Quién sabe dónde haciendo quién sabe qué.
Detuvimos la simulación (me lo recuerda el peso del disco duro que llevo en el bolsillo de atrás),
pero no nos paramos a ver los resultados. ¿Qué ha pasado con nuestros amigos, nuestros colegas,
nuestros líderes y nuestras facciones? No hay forma de saberlo.
Tobias se acerca a una cajita metálica situada en el lateral de la puerta, la abre y deja al
descubierto un teclado numérico.
—Esperemos que a los eruditos no se les ocurriera cambiar la configuración —dice mientras teclea
una serie de números; se detiene en el octavo, y la puerta se abre.
—¿Cómo sabías eso? —pregunta Caleb; se le nota tal emoción en la voz que me sorprende que no
se ahogue al decirlo.
—Trabajaba en la sala de control de Osadía, supervisando el sistema de seguridad. Solo
cambiamos los códigos dos veces al año —explica Tobias.
—Qué suerte —dice Caleb, mirándolo con recelo.
—La suerte no tiene nada que ver con esto. Solo trabajaba allí porque quería asegurarme de poder
salir. Me estremezco. Habla de salir como si pensara que estamos atrapados. Nunca se me había
ocurrido analizarlo desde ese punto de vista, y ahora me siento tonta.
Caminamos muy juntos, Peter con el brazo ensangrentado pegado al pecho (el brazo en el que le
pegué un tiro) y Marcus con la mano en el hombro de Peter para ayudarlo a mantener el
equilibrio. Caleb se seca las mejillas cada pocos segundos, y sé que está llorando, aunque no sé
cómo consolarlo; ni siquiera sé si yo también lloro.
Leal
(Fragmento)
No paro de dar vueltas por nuestra celda de la sede de Erudición mientras sus palabras me
resuenan en la cabeza: «Mi nombre será Edith Prior, y hay muchas cosas que estoy deseando
olvidar».
—Entonces ¿no la habías visto nunca? ¿Ni siquiera en foto? —me pregunta Christina, que tiene la
pierna herida apoyada en una almohada.
Recibió el disparo durante nuestro desesperado intento de revelar el vídeo de Edith Prior a la
ciudad. En aquel momento no teníamos ni idea de lo que habría en él, ni de que haría temblar los
cimientos de nuestra sociedad, de las facciones, de nuestras identidades.
—¿Es tu abuela, tu tía o qué? —sigue preguntando.
—Ya te he dicho que no —respondo, volviéndome al llegar a la pared—. Prior es... era el apellido
de mi padre, así que tendría que ser alguien de su familia. Pero Edith es un nombre de
Abnegación, y los parientes de mi padre tenían que ser de Erudición, así que...
—Así que debe de ser mayor —concluyó Cara por mí, recostando la cabeza en la pared. Desde este
ángulo se parece mucho a su hermano Will, mi amigo, el que maté de un tiro. Después se
endereza, y el fantasma de Will desaparece—. De hace unas cuantas generaciones. Una
antepasada.
—Antepasada.
La palabra me suena a viejo, como un ladrillo que se desmorona. Toco una pared de la celda al
darme la vuelta: el panel es blanco y frío. Mi antepasada, y esta es la herencia que me ha dejado:
libertad de las facciones y el conocimiento de que mi identidad como divergente es más
importante de lo que imaginaba. Mi existencia es una señal que nos indica que tenemos que
abandonar esta ciudad y ofrecer nuestra ayuda a quien haya ahí fuera.
—Quiero saberlo —dice Cara, pasándose la mano por el rostro—. Necesito saber cuánto tiempo
llevamos aquí. ¿Podrías dejar de moverte un minuto?
Me detengo en el centro de la celda y la miro con las cejas arqueadas.
—Lo siento —masculla.
—No pasa nada —dice Christina—. Llevamos demasiado tiempo aquí dentro. Hace días que Evelyn
controló el caos del vestíbulo de la sede de Erudición dando un par de órdenes y encerró a todos
los prisioneros en las celdas de la tercera planta. Una mujer sin facción apareció para curarnos las
heridas y distribuir analgésicos, y hemos comido y nos hemos duchado varias veces, pero nadie
nos ha dicho qué está pasando fuera. A pesar de que lo hemos preguntado con insistencia.
—Suponía que Tobias vendría a vernos —comento, dejándome caer en el borde de mi catre—.
¿Dónde está? —A lo mejor todavía está enfadado porque le mentiste y trabajaste con su padre a
sus espaldas —responde Cara.
Le lanzo una mirada asesina.
—Cuatro no sería tan mezquino —asegura Christina, no sé si para regañar a Cara o para
consolarme—. Seguro que algo le impide venir. Te pidió que confiaras en él.
En medio del caos, mientras todos gritaban y los abandonados intentaban empujarnos hacia las
escaleras, me enganché al dobladillo de su camisa para no perderlo. Él me agarró por las muñecas,
me apartó y me dijo: «Confía en mí. Ve adonde te digan».
—Eso intento —respondo.
Y es cierto, intento confiar en él, pero todo mi cuerpo, cada fibra de mí ser, me pide liberarme, no
solo de esta celda, sino de la prisión de la ciudad que espera al otro lado.
Necesito ver qué hay detrás de la valla.

Verónica Roth

  • 1.
    VERÓNICA ROTH Verónica Roth,en Orión Literaria, suplemento de diario Despertar de Oaxaca, México, 3 de marzo de 2018 Introducción Verónica Roth es una escritora estadounidense de padre alemán y madre norteamericana de ascendencia polaca. Nació en Nueva York el 19 de agosto de 1988. Estudió escritura creativa en la Northwestern University y sus principales influencias literarias son George Orwell, Lois Lowry, Aldous Huxley, Orson Scott Card o Flannery O’Connor. Verónica alcanzó la fama internacional gracias a su trilogía juvenil de ciencia-ficción distópica titulada Divergente compuesta por las novelas Divergente (2011), Insurgente (2012) y Leal (2013). Esta trilogía nos presenta una sociedad futurista en la cual la sociedad se divide en una especie de clases sociales de acuerdo a sus aptitudes o habilidades personales. En la historia, las personas se dividen en cinco facciones: Verdad, Abnegación, Osadía, Cordialidad y Erudición. Cuando los jóvenes de la ciudad cumplen dieciséis años, todos realizan unas pruebas y deciden a qué facción quieren pertenecer en función de aquella virtud que posean. Sin embargo, para el personaje de Beatrice Prior esto no es tan fácil ya que ella no es como los demás, es divergente y podría pertenecer a más de una facción pero nadie debe saberlo. Esta trilogía, con un enfoque similar a obras de Suzanne Collins, Lauren Oliver o Marie Lu, fue complementada con relatos como The Transfer (2013), The Initiate (2013), The Son (2014) o The Traitor (2014), textos recopilados en el libro Cuatro. La primera entrega de la trilogía Divergente fue llevada a la pantalla grande en el año 2014 por el cineasta Neil Burger y en su reparto contó con las actuaciones de Shailene Woodley, Theo James, Kate Winslet, entre otros. En el año 2017, Verónica Roth comenzó una nueva saga titulada Las Marcas De La Muerte con el título homónimo como primera entrega. Divergente (Fragmento) Hay un espejo en mi casa. Está detrás de un panel corredizo en el pasillo de arriba. Nuestra Facción me permite estar de pie delante de él en el segundo día del tercer mes, el día en que mi madre me corta el pelo. Me siento en el taburete y mi madre se para detrás de mí con las tijeras, recortando. Las hebras caen al suelo en un opaco anillo rubio.
  • 2.
    Cuando termina, sacael pelo de mi cara y lo retuerce en un rodete. Noto cuan tranquila se ve y cuan enfocada esta. Ella está bien, estrenada en el arte de perderse a sí misma. No puedo decir lo mismo de mi misma. Le doy un vistazo a mi reflejo cuando ella no está prestando atención–no por el bien de la vanidad, sino por curiosidad. Muchas cosas pueden pasarle a la apariencia de una persona en tres meses. En mi reflejo, veo una cara delgada, grandes ojos redondos y una delgada nariz larga—todavía me veo como una niña pequeña, aunque en algún momento de los últimos meses cumplí los dieciséis años. Las otras facciones celebran los cumpleaños, pero nosotros no lo hacemos. Seria auto- indulgente. —Ahí— dice ella cuando acomoda el rodete en su lugar. Sus ojos capturan los míos en el espejo. Es demasiado tarde para mirar hacia otro lado, pero en vez de regañarme, sonríe nuestro reflejo. Frunzo el ceño un poco. ¿Por qué no me regaña por mirarme a mí misma? —Así que hoy es el día—dice ella. —Si—respondo. — ¿Estas nerviosa? Miro a mis propios ojos por un momento. Hoy es el día de la prueba de aptitud que va amostrar a cuál de las cinco Facciones pertenezco. Y mañana, en la Ceremonia de Elección, me decidiré por una Facción; decidiré el resto de mi vida voy a decidir quedarme con mi familia o abandonarlos. —No—le digo—. Las pruebas no tienen que cambiar nuestras elecciones. —Correcto—sonríe—. Vamos a comer el desayuno. —Gracias. Por cortarme el pelo. Ella me besa en la mejilla y desliza el panel sobre el espejo. Creo que mi madre podría ser hermosa, en un mundo diferente. Su cuerpo es delgado debajo de la túnica gris. Tiene unos altos pómulos y largas pestañas, cuando se suelta el pelo por la noche, este cuelga en ondas sobre sus hombros. Pero ella debe ocultar esa belleza en Abnegación. Caminamos juntas hasta la cocina. En estas mañanas, cuando mi hermano hace el desayuno, y la mano de mi padre, roza mi pelo mientras lee el periódico, y mi madre tararea mientras limpia la mesa, es en estas mañanas que me siento más culpable de querer dejarlos. El autobús apesta a gases de escape. Cada vez que choca con un trozo de pavimento irregular, me hace moverme de lado a lado, a pesar de que estoy agarrando el asiento para mantenerme quieta. Mi hermano mayor, Caleb, se encuentra en el pasillo, agarrado de una barandilla encima de su cabeza para mantenerse firme. No nos parecemos. Él tiene el pelo oscuro y la nariz aguileña de mi madre. Cuando él era más joven, esa características le deban un aspecto extraño, pero ahora le
  • 3.
    favorecen. Si élno fuera de abnegación, estoy segura de que las chicas de la escuela se le quedarían mirando. También heredo el talento de mi madre por el desinterés. Él le dio su asiento a un hosco hombre Sinceridad en el autobús sin pensarlo dos veces. El hombre Sinceridad lleva un traje negro con una corbata blanca; el uniforme estándar de Sinceridad. Su Facción valora la honestidad y ve la verdad en blanco y negro, por lo que es lo que llevan puesto. Las diferencias entre los edificios estrecho y los caminos son más suaves cada vez que nos acercamos más al corazón de la cuidad. La edificación que una vez fue llamada la torre Sears— nosotros lo llamamos el “Cubo”— emerge de la niebla, un pilar negro en el horizonte. El autobús pasa por debajo de las vías elevadas. Nunca he estado en un tren, aunque nunca deja de correr y hay huellas por todas partes. Solo los Intrepidez pueden usarlo. Insurgente (Fragmento) Despierto con su nombre en los labios. Will. Antes de abrir los ojos, lo veo derrumbarse de nuevo sobre la acera. Muerto. Obra mía. Tobias está agachado frente a mí, con una mano apoyada sobre mi hombro izquierdo. El tren salta sobre los raíles, y Marcus, Peter y Caleb se encuentran junto a la puerta. Respiro profundamente y contengo el aliento para intentar liberar parte de la presión que se me acumula en el pecho. Hace una hora, nada de lo ocurrido me parecía real. Ahora, sí. Dejo escapar el aire, aunque la presión sigue ahí. —Tris, vamos —dice Tobias, buscando mi mirada—, tenemos que saltar. La oscuridad nos impide ver dónde nos encontramos, pero, si nos bajamos, será porque estaremos cerca de la valla. Tobias me ayuda a ponerme en pie y me guía a la puerta. Los otros saltan de uno en uno: primero Peter, después Marcus y después Caleb. Le doy la mano a Tobias. Se levanta más viento cuando nos ponemos al borde del tren, como si una mano me empujara hacia el interior, hacia la seguridad. Sin embargo, nos lanzamos a la oscuridad y nos damos un buen golpe al aterrizar en el suelo. Noto el impacto en la herida de bala del hombro y me muerdo el labio para no gritar mientras busco con la mirada a mi hermano.
  • 4.
    —¿Bien? —pregunto cuandolo veo sentado en la hierba, a pocos metros de mí, restregándose la rodilla. Él asiente con la cabeza, aunque lo oigo sorberse los mocos, como si intentara reprimir las lágrimas, y no me queda más remedio que mirar hacia otro lado. Hemos aterrizado en la hierba cercana a la valla, a varios metros del desgastado camino que recorren los camiones de Cordialidad para repartir comida a la ciudad y de la puerta que los deja salir..., la puerta que está cerrada en estos momentos, impidiéndonos entrar. La valla se yergue ante nosotros, demasiado alta y flexible para treparla, demasiado resistente para derribarla. —Se supone que debería haber guardias de Osadía —comenta Marcus—. ¿Dónde están? —Seguramente estaban en la simulación —dice Tobias—. Y ahora están... —empieza, pero hace una pausa—. Quién sabe dónde haciendo quién sabe qué. Detuvimos la simulación (me lo recuerda el peso del disco duro que llevo en el bolsillo de atrás), pero no nos paramos a ver los resultados. ¿Qué ha pasado con nuestros amigos, nuestros colegas, nuestros líderes y nuestras facciones? No hay forma de saberlo. Tobias se acerca a una cajita metálica situada en el lateral de la puerta, la abre y deja al descubierto un teclado numérico. —Esperemos que a los eruditos no se les ocurriera cambiar la configuración —dice mientras teclea una serie de números; se detiene en el octavo, y la puerta se abre. —¿Cómo sabías eso? —pregunta Caleb; se le nota tal emoción en la voz que me sorprende que no se ahogue al decirlo. —Trabajaba en la sala de control de Osadía, supervisando el sistema de seguridad. Solo cambiamos los códigos dos veces al año —explica Tobias. —Qué suerte —dice Caleb, mirándolo con recelo. —La suerte no tiene nada que ver con esto. Solo trabajaba allí porque quería asegurarme de poder salir. Me estremezco. Habla de salir como si pensara que estamos atrapados. Nunca se me había ocurrido analizarlo desde ese punto de vista, y ahora me siento tonta. Caminamos muy juntos, Peter con el brazo ensangrentado pegado al pecho (el brazo en el que le pegué un tiro) y Marcus con la mano en el hombro de Peter para ayudarlo a mantener el equilibrio. Caleb se seca las mejillas cada pocos segundos, y sé que está llorando, aunque no sé cómo consolarlo; ni siquiera sé si yo también lloro.
  • 5.
    Leal (Fragmento) No paro dedar vueltas por nuestra celda de la sede de Erudición mientras sus palabras me resuenan en la cabeza: «Mi nombre será Edith Prior, y hay muchas cosas que estoy deseando olvidar». —Entonces ¿no la habías visto nunca? ¿Ni siquiera en foto? —me pregunta Christina, que tiene la pierna herida apoyada en una almohada. Recibió el disparo durante nuestro desesperado intento de revelar el vídeo de Edith Prior a la ciudad. En aquel momento no teníamos ni idea de lo que habría en él, ni de que haría temblar los cimientos de nuestra sociedad, de las facciones, de nuestras identidades. —¿Es tu abuela, tu tía o qué? —sigue preguntando. —Ya te he dicho que no —respondo, volviéndome al llegar a la pared—. Prior es... era el apellido de mi padre, así que tendría que ser alguien de su familia. Pero Edith es un nombre de Abnegación, y los parientes de mi padre tenían que ser de Erudición, así que... —Así que debe de ser mayor —concluyó Cara por mí, recostando la cabeza en la pared. Desde este ángulo se parece mucho a su hermano Will, mi amigo, el que maté de un tiro. Después se endereza, y el fantasma de Will desaparece—. De hace unas cuantas generaciones. Una antepasada. —Antepasada. La palabra me suena a viejo, como un ladrillo que se desmorona. Toco una pared de la celda al darme la vuelta: el panel es blanco y frío. Mi antepasada, y esta es la herencia que me ha dejado: libertad de las facciones y el conocimiento de que mi identidad como divergente es más importante de lo que imaginaba. Mi existencia es una señal que nos indica que tenemos que abandonar esta ciudad y ofrecer nuestra ayuda a quien haya ahí fuera. —Quiero saberlo —dice Cara, pasándose la mano por el rostro—. Necesito saber cuánto tiempo llevamos aquí. ¿Podrías dejar de moverte un minuto? Me detengo en el centro de la celda y la miro con las cejas arqueadas. —Lo siento —masculla. —No pasa nada —dice Christina—. Llevamos demasiado tiempo aquí dentro. Hace días que Evelyn controló el caos del vestíbulo de la sede de Erudición dando un par de órdenes y encerró a todos los prisioneros en las celdas de la tercera planta. Una mujer sin facción apareció para curarnos las heridas y distribuir analgésicos, y hemos comido y nos hemos duchado varias veces, pero nadie nos ha dicho qué está pasando fuera. A pesar de que lo hemos preguntado con insistencia.
  • 6.
    —Suponía que Tobiasvendría a vernos —comento, dejándome caer en el borde de mi catre—. ¿Dónde está? —A lo mejor todavía está enfadado porque le mentiste y trabajaste con su padre a sus espaldas —responde Cara. Le lanzo una mirada asesina. —Cuatro no sería tan mezquino —asegura Christina, no sé si para regañar a Cara o para consolarme—. Seguro que algo le impide venir. Te pidió que confiaras en él. En medio del caos, mientras todos gritaban y los abandonados intentaban empujarnos hacia las escaleras, me enganché al dobladillo de su camisa para no perderlo. Él me agarró por las muñecas, me apartó y me dijo: «Confía en mí. Ve adonde te digan». —Eso intento —respondo. Y es cierto, intento confiar en él, pero todo mi cuerpo, cada fibra de mí ser, me pide liberarme, no solo de esta celda, sino de la prisión de la ciudad que espera al otro lado. Necesito ver qué hay detrás de la valla.