En 2 Corintios 3:1-4:18, Pablo destaca el privilegio de servir a Dios y la importancia de hacerlo guiados por el Espíritu Santo, enfatizando que los cristianos son llamados a ser siervos humildes y efectivos, sin buscar reconocimiento personal. Él contrasta el ministerio de la ley con el del nuevo pacto, subrayando que la gloria del evangelio se basa en el poder de Dios y no en las habilidades humanas. Además, Pablo recuerda que los sufrimientos actuales son insignificantes en comparación con la gloria venidera, instando a los creyentes a permanecer firmes en la fe a la luz de la eternidad.