¿¿??
     Un mar de almas en pena se extendía por los laberínticos túneles
que conformaban la caverna.
     Tan solo iluminado por el poco resplandor que manaba de cada
uno de los espectros carmesíes que componían los ríos que se
bifurcaban por entre los subterráneos, un varón de raza negra se
mantenía en pie, extraño, sobre una pequeña superficie de roca
alrededor de la cual fluctuaba aquel tenebroso remolino de pseudo
humanos.
     Su cabello rizado negro casi le llegaba a los hombros, por lo que
tenía que apartarse algunos mechones de su rostro para contemplar el
lugar en que se hallaba. Quizás fuera La Nada.
     Vestía un pantalón de camuflaje urbano, cuyos tonos grises,
blancos y negros quedaban casi consumidos por el crudo resplandor
de los cuerpos espectrales. Su chaleco amarillento, donde poseía casi
dos decenas de bolsillos, dejaba al descubierto sus brazos y torso
musculosos.
     Se llevó la mano a las dos pistolas que guardaba en el cinto
desgastado y apoyó sobre la gastada roca sus pesadas botas negras,
reforzadas con platas de hierro tanto en la suela como a la altura de la
tibia y los tobillos.
     A pesar de que sus pies se mantenían firmes y divisaba su
alrededor, aún no se fiaba de que aquel lugar fuera tangible.
     En sus ojos se vislumbraba la imagen de la sorpresa, la
admiración, y a la vez se asomaba el miedo que le invadía, la
incertidumbre, el colapso.
     <<No olvides quién eres –se dijo-, no lo olvides>>.
     Se percató de que sobre la roca en que se hallaba había una tela
gris de gran tamaño, pero no le prestó demasiada atención, pues había
cosas más inquietantes allí; el lugar en sí era pura inquietud.
     Un titubeo se había apoderado de todo su cuerpo y los dientes le
castañeaban ligeramente. Quizás tenía frío, pero no estaba seguro de si
lo que le embargaba realmente era ansiedad. Tampoco podía decir con
certeza que sintiera el más leve atisbo palpable de temperatura.


                                   1
No hacía frío ni calor, pero tampoco el clima era neutro, sino que
era una sensación completamente nueva para él.
     Aquellos seres fantasmales que mugían mientras se desplazaban
como si nadasen los unos sobre los otros en una extraña orgía, a pesar
de las siniestras cacofonías y la glacial voz que emitían, impregnaban
su alrededor de una macabra belleza casi artística.
     De entre los sonidos que se arremolinaban, una voz casi humana
repetía una y otra vez algo imperceptible, haciendo eco en todas las
cavidades.
     Los sudores caían por el rostro mal afeitado del transeúnte de
aquel inframundo, que apuntaba con sus armas en todas direcciones,
cada vez que el retumbar de la voz se propagaba. Sus cejas
arremolinadas le daban un aspecto aún más miserable, y sus labios
gruesos y secos estaban entreabiertos para dejar ver unos dientes
blancos, con un hilillo de saliva entre la mandíbula superior y la
inferior.
     <<Tengo fiebre…>>.
     El olor a rancio espeso y frío se apelmazaba en sus grandes fosas
nasales, provocándole arcadas. El hedor parecía provenir de todas las
cavidades a la vez que del propio río fantasmagórico. O quizás
manaba de él mismo.
     Aunque gritó, no obtuvo más respuesta que el infinito lamento de
aquellos seres de pesadilla, y sintió más que nunca que la voz se le
ahogaba en la garganta, recordándole al sabor de la bilis de un vómito
en un mal día.
     - A-0-0… -decía la voz que se escuchaba a lo lejos y se
difuminaba por entre cada uno de los túneles del lugar.
     Miró en todas las direcciones, pero no halló más que un erial de
severos espíritus.
     - ¡¿Quién eres tú?! ¡muéstrate! –se irritó el hombre, desesperado.
     Con los dedos temblándole, finalmente pudo atinar a introducir la
mano en un bolsillo y sacar el aplastado paquete de cigarrillos, al
tiempo que echaba mano a otro de sus innumerables bolsillos en busca
de un mechero.
     La pequeña llama era la única luz natural que podía contemplar, y
las inhalaciones del tabaco le produjeron cierta tranquilidad: al fin el

                                   2
aire agrio que se respiraba allí empezaba a saberle familiar, pero no
había dejado de apuntar con la pistola que tenía en una de sus manos.
     <<Estoy muerto, la pistola no me sirve de nada… mi última
voluntad es un cigarrillo… ahora sí que no pueden hacerme daño estos
cigarros… ahora que…>>.
     A lo lejos comenzaba a vislumbrarse una figura diferente del
resto: parecía una vieja barca que surcaba por el océano de espectros,
y, sobre ella, una andrajosa manta misteriosa formaba una silueta casi
humana.
     - A-0-0… o como sea tu nombre… quizás no le importe a nadie.
Ni a ti mismo, si puede decirse que eres alguien. -Decía la figura en
lóbrego tono-. Muy pronto te olvidarás de ti, si es que alguna vez
exististe… muy pronto te unirás a ellos…
     Alzando un huesudo dedo, la figura señaló las almas que vagaban
atormentadas.
     En lo que podría ser una parodia de un gesto alegre, las almas
rugieron y se elevaron unos pocos centímetros, alzando sus manos,
queriendo alcanzar al hombre que se hallaba sobre la roca.
     El hombre tensó la mandíbula y se le cayó el cigarrillo al río de
almas, abriendo un agujero en el cauce que hizo que la parte del
cuerpo de los espectros tocados se disipara como si de un humo rojizo
se tratase.
     En aquel instante su mano volvió a tomar la pistola y empezó a
plantearse si era cuestión de tiempo que la roca en que se hallaba se
tornara tangible y fuera engullido con los demás.
     La sola idea le provocó más sudores, esta vez fríos y enfermizos.
     El eterno desasosiego era realzado por cada uno de los suspiros de
aquellas almas que tan inquieto dejaban al desorientado hombre.
     - ¡¿Quién eres?! –gritó de nuevo, apuntando con sus pistolas a la
figura que había sobre la pequeña barcaza.
     - Jaja… -reía por lo bajo con voz cascada-. No puedes matarme
con eso, insignificante humano…
     A medida que se acercaba, se vislumbraba un anciano bajo la
mugrienta túnica.
     - Dime quién eres…
     - Deberías controlar tu lenguaje, joven. Yo presido este reino.

                                   3
- ¿Reino? –se sorprendió el hombre, bajando las armas y
contemplando su alrededor.
     - Estás en el Limbo. –Sus palabras eran secas y cortantes, pero
parecían pringosas y escurridizas, llenando los huecos de su inestable
cerebro con aviesas fantasías.
     Cuando pronunció aquellas palabras, las almas que formaban
aquellos tenebrosos ríos gritaron repetidas veces, formando un coro
cacofónico. Quizás entonaran un himno.
     - Todas las vidas tocan su fin, y tú seguiste a la diosa
equivocada… Kourai no podía llevarte al Asgard –explicó el anciano,
sin la más leve alteración en su tono.
     - ¿Por qué no he ido al reino de la diosa aliada tampoco?
     - Quizás eres un pecador, es posible que ni siquiera te arrepientas
de lo que has hecho –sonreía malévolamente-… pronto tu conciencia
será mía, pero entonces, las respuestas no te valdrán, no serás
diferente de estos sin mente que forman los ríos de mi reino. A fin de
cuentas, no encontrarás análogo que mejor se adapte a ti, A-0-0.
     - ¡Deja de llamarme así! –gritó, y el sonido chocó contra las
paredes y se convirtió en otra bruma fantasmal que se repetía en ecos
burlones y se convertía en carcajadas.
     <<No me jodas… no estoy muerto… no recuerdo haber muerto.
No he podido haber muerto. A ver, piensa en lo último que
hiciste…>>.
     Entre los seres de pesadilla que fluían por el río que ellos mismos
componían no eran diferentes de lo que podía encontrarse en Midgard:
los había gordos, flacos, velludos, hombres feos y enfermizos, otros
sanos… hasta mujeres bellas.
     Pero había algo que los diferenciaba: no tenían sentimiento alguno
en el rostro, y sus ojos eran blancos sin pupilas, con una mirada
perdida en un punto medio entre La Nada y su propio vacío interior.
     <<No estoy muerto, esto es solo una ilusión. –Trataba de
convencerse a sí mismo-. Este tipo está tan loco como todos con los
que he tratado a lo largo de mi vida, no será diferente de convencer,
no será difícil de persuadir. –Recapacitó-. Me han drogado, seguro.
¿Qué fue lo último que hice antes de estar aquí?>>.


                                   4
Sus ojos se desviaron hacia la tela gris que había a sus pies.
Pareció comprenderlo durante un instante.
     - Revélame tu nombre, viejo –le dijo a aquel maltrecho ser
envuelto en la zarrapastrosa túnica, apretando los dientes, sin saber si
lo que sentía era ira, miedo… o placer. Los sentimientos allí se
confundían con facilidad.
     - Caronte…
     <<¿Qué cojones significa todo esto?>>.
     Sintió un mareo; los ojos se le desviaron hacia el techo de aquellas
cuevas y la barriga le tembló, sintiendo un vacío interior.
     Su estómago parecía contener un nido de escorpiones que le
daban tijeretazos y le inyectaban veneno.
     El vómito le recorrió el cauce de la garganta como si de un volcán
en erupción se tratase, dejándole un áspero tacto en la nuez y el agrio
sabor de la digestión cortada en la campanilla.
     Sus manos le temblaron y una vez más no estuvo seguro de si
estaban frías o demasiado ardientes.
     Las pistolas le resbalaron de sus manos y cayeron al río de almas.
Cuando se miró las manos no podía reconocer si lo que le fallaba era
la vista o si sus manos estaban disipándose.
     <<Los dioses me han abandonado. –Le decía su cabeza. No, no
era su cabeza, era otra parte de sí. O sí que era su cabeza. No, no podía
afirmarlo-. Si voy a tu asgard después de esto te mataré, Kourai,
Ikiryo, o quien seas… ¿A quién quieres engañar? Ahora mismo no
eres capaz de acabar ni contigo mismo. –El hombre miró las almas
que parecían no sentir nada y deseó ser como ellos para acabar con su
pena-. No olvides quién eres. –Le recordó una nueva voz, que ya no
podía saber si era suya o no>>.
     - A-0-0 –repetía el hombre de la barcaza, cada vez más cerca
suyo, guiándose sobre sus traslúcidos huéspedes.
     - ¡Arghhh! –gritó, arrodillándose y sosteniéndose la cabeza.
Golpeó la roca que había a sus pies con tanta fuerza que debería
haberse roto los nudillos, pero nada le afectaba.
     - En la muerte todos sois iguales, A-0-0 –decía con voz lúgubre
Caronte-. Aquí no existe el poderoso. El único poderoso soy yo, el que
decide si vas al asgard o vagas eternamente por el Limbo.

                                    5
- ¡Repite ese nombre si tienes valor! –se irritó aquel a quien
llamaba A-0-0. Cuanto más repetía ese nombre, más fuerzas le daba.
El odio lo mantenía vivo, lo mantenía despierto, y segregaba cierta
adrenalina.
     - El valor no es una opción aquí, jejeje. –Su sonrisa cascada lo
sacaba de quicio.
     <<Esto no es el Limbo, no estás muerto… no estás muerto…
recuerda lo último que hiciste…>>. Pero lo último que había hecho
era estar sobre esa roca, desesperarse y gritar. Se había fumado un
cigarrillo, pero ya no sabía si lo había hecho o no. ¿Y sus armas? No
las tenía. ¿Alguna vez fue un soldado? ¿Qué era en aquel momento, o
qué fue? Si es que fue algo…
     <<Recuerda lo último que hiciste. –Su mirada se topó de nuevo
con la tela gris que había en el suelo. Algo pareció brillar en la poca
cordura que albergaba-: Claro…>>.
     A pesar de la sorpresa, el graznido de un cuervo hizo al hombre
desviar su atención. Incluso Caronte parecía fascinado.
     Aquel lóbrego sonido, que en una noche podría haberle helado el
corazón, en aquel momento le pareció la melodía más agradable del
cielo.
     El graznido no se convirtió en un eco espantoso como todos los
que había escuchado hasta entonces, sino que se repitió, una y otra
vez.
     - Vaya mierda de sitio para sitiarse –dijo la voz cómica del
diminuto ser que se aproximaba-. Pero si me cago aquí, nadie lo
notará notándolo.
     Caronte miraba a su espalda, y dos ojos redondos y rojos brillaron
en las profundidades de la laberíntica cueva.
     - ¿Quién anda ahí?
     - No ando, gilipollas –respondió repelente la voz chillona, seguida
de un graznido-: vuelo volando. Coño, me he perdido ¿por dónde se
llegaba, joder?
     La indecisión se apoderó de Caronte, y hasta su vieja barcaza se
detuvo.
     Se oyó el chocar de algo en seco y la posterior queja.
     - Hijo de puta, vástago de la meretriz, bastardo de… de…

                                   6
<<Ya lo recuerdo>>. Sonrió el hombre.
    - No tienes poder absoluto sobre este reino –alzó la voz, en tono
chulesco, a la vez que su sonrisa se convertía en un gesto triunfal.
    Se agachó y hurgó entre la tela gris que había a sus pies.
    <<Hugin y Munin vuelan todos los días alrededor del mundo… -
se decía inquieto, al ver que Caronte parecía entender la situación-;
temo menos por Hugin de que no regrese, aún más temo por
Munin…>>.
    El miedo se reflejó en la mirada de Caronte cuando contempló lo
que el joven tenía en su poder…




                                  7

¿¿¿¿; 7 páginas

  • 1.
    ¿¿?? Un mar de almas en pena se extendía por los laberínticos túneles que conformaban la caverna. Tan solo iluminado por el poco resplandor que manaba de cada uno de los espectros carmesíes que componían los ríos que se bifurcaban por entre los subterráneos, un varón de raza negra se mantenía en pie, extraño, sobre una pequeña superficie de roca alrededor de la cual fluctuaba aquel tenebroso remolino de pseudo humanos. Su cabello rizado negro casi le llegaba a los hombros, por lo que tenía que apartarse algunos mechones de su rostro para contemplar el lugar en que se hallaba. Quizás fuera La Nada. Vestía un pantalón de camuflaje urbano, cuyos tonos grises, blancos y negros quedaban casi consumidos por el crudo resplandor de los cuerpos espectrales. Su chaleco amarillento, donde poseía casi dos decenas de bolsillos, dejaba al descubierto sus brazos y torso musculosos. Se llevó la mano a las dos pistolas que guardaba en el cinto desgastado y apoyó sobre la gastada roca sus pesadas botas negras, reforzadas con platas de hierro tanto en la suela como a la altura de la tibia y los tobillos. A pesar de que sus pies se mantenían firmes y divisaba su alrededor, aún no se fiaba de que aquel lugar fuera tangible. En sus ojos se vislumbraba la imagen de la sorpresa, la admiración, y a la vez se asomaba el miedo que le invadía, la incertidumbre, el colapso. <<No olvides quién eres –se dijo-, no lo olvides>>. Se percató de que sobre la roca en que se hallaba había una tela gris de gran tamaño, pero no le prestó demasiada atención, pues había cosas más inquietantes allí; el lugar en sí era pura inquietud. Un titubeo se había apoderado de todo su cuerpo y los dientes le castañeaban ligeramente. Quizás tenía frío, pero no estaba seguro de si lo que le embargaba realmente era ansiedad. Tampoco podía decir con certeza que sintiera el más leve atisbo palpable de temperatura. 1
  • 2.
    No hacía fríoni calor, pero tampoco el clima era neutro, sino que era una sensación completamente nueva para él. Aquellos seres fantasmales que mugían mientras se desplazaban como si nadasen los unos sobre los otros en una extraña orgía, a pesar de las siniestras cacofonías y la glacial voz que emitían, impregnaban su alrededor de una macabra belleza casi artística. De entre los sonidos que se arremolinaban, una voz casi humana repetía una y otra vez algo imperceptible, haciendo eco en todas las cavidades. Los sudores caían por el rostro mal afeitado del transeúnte de aquel inframundo, que apuntaba con sus armas en todas direcciones, cada vez que el retumbar de la voz se propagaba. Sus cejas arremolinadas le daban un aspecto aún más miserable, y sus labios gruesos y secos estaban entreabiertos para dejar ver unos dientes blancos, con un hilillo de saliva entre la mandíbula superior y la inferior. <<Tengo fiebre…>>. El olor a rancio espeso y frío se apelmazaba en sus grandes fosas nasales, provocándole arcadas. El hedor parecía provenir de todas las cavidades a la vez que del propio río fantasmagórico. O quizás manaba de él mismo. Aunque gritó, no obtuvo más respuesta que el infinito lamento de aquellos seres de pesadilla, y sintió más que nunca que la voz se le ahogaba en la garganta, recordándole al sabor de la bilis de un vómito en un mal día. - A-0-0… -decía la voz que se escuchaba a lo lejos y se difuminaba por entre cada uno de los túneles del lugar. Miró en todas las direcciones, pero no halló más que un erial de severos espíritus. - ¡¿Quién eres tú?! ¡muéstrate! –se irritó el hombre, desesperado. Con los dedos temblándole, finalmente pudo atinar a introducir la mano en un bolsillo y sacar el aplastado paquete de cigarrillos, al tiempo que echaba mano a otro de sus innumerables bolsillos en busca de un mechero. La pequeña llama era la única luz natural que podía contemplar, y las inhalaciones del tabaco le produjeron cierta tranquilidad: al fin el 2
  • 3.
    aire agrio quese respiraba allí empezaba a saberle familiar, pero no había dejado de apuntar con la pistola que tenía en una de sus manos. <<Estoy muerto, la pistola no me sirve de nada… mi última voluntad es un cigarrillo… ahora sí que no pueden hacerme daño estos cigarros… ahora que…>>. A lo lejos comenzaba a vislumbrarse una figura diferente del resto: parecía una vieja barca que surcaba por el océano de espectros, y, sobre ella, una andrajosa manta misteriosa formaba una silueta casi humana. - A-0-0… o como sea tu nombre… quizás no le importe a nadie. Ni a ti mismo, si puede decirse que eres alguien. -Decía la figura en lóbrego tono-. Muy pronto te olvidarás de ti, si es que alguna vez exististe… muy pronto te unirás a ellos… Alzando un huesudo dedo, la figura señaló las almas que vagaban atormentadas. En lo que podría ser una parodia de un gesto alegre, las almas rugieron y se elevaron unos pocos centímetros, alzando sus manos, queriendo alcanzar al hombre que se hallaba sobre la roca. El hombre tensó la mandíbula y se le cayó el cigarrillo al río de almas, abriendo un agujero en el cauce que hizo que la parte del cuerpo de los espectros tocados se disipara como si de un humo rojizo se tratase. En aquel instante su mano volvió a tomar la pistola y empezó a plantearse si era cuestión de tiempo que la roca en que se hallaba se tornara tangible y fuera engullido con los demás. La sola idea le provocó más sudores, esta vez fríos y enfermizos. El eterno desasosiego era realzado por cada uno de los suspiros de aquellas almas que tan inquieto dejaban al desorientado hombre. - ¡¿Quién eres?! –gritó de nuevo, apuntando con sus pistolas a la figura que había sobre la pequeña barcaza. - Jaja… -reía por lo bajo con voz cascada-. No puedes matarme con eso, insignificante humano… A medida que se acercaba, se vislumbraba un anciano bajo la mugrienta túnica. - Dime quién eres… - Deberías controlar tu lenguaje, joven. Yo presido este reino. 3
  • 4.
    - ¿Reino? –sesorprendió el hombre, bajando las armas y contemplando su alrededor. - Estás en el Limbo. –Sus palabras eran secas y cortantes, pero parecían pringosas y escurridizas, llenando los huecos de su inestable cerebro con aviesas fantasías. Cuando pronunció aquellas palabras, las almas que formaban aquellos tenebrosos ríos gritaron repetidas veces, formando un coro cacofónico. Quizás entonaran un himno. - Todas las vidas tocan su fin, y tú seguiste a la diosa equivocada… Kourai no podía llevarte al Asgard –explicó el anciano, sin la más leve alteración en su tono. - ¿Por qué no he ido al reino de la diosa aliada tampoco? - Quizás eres un pecador, es posible que ni siquiera te arrepientas de lo que has hecho –sonreía malévolamente-… pronto tu conciencia será mía, pero entonces, las respuestas no te valdrán, no serás diferente de estos sin mente que forman los ríos de mi reino. A fin de cuentas, no encontrarás análogo que mejor se adapte a ti, A-0-0. - ¡Deja de llamarme así! –gritó, y el sonido chocó contra las paredes y se convirtió en otra bruma fantasmal que se repetía en ecos burlones y se convertía en carcajadas. <<No me jodas… no estoy muerto… no recuerdo haber muerto. No he podido haber muerto. A ver, piensa en lo último que hiciste…>>. Entre los seres de pesadilla que fluían por el río que ellos mismos componían no eran diferentes de lo que podía encontrarse en Midgard: los había gordos, flacos, velludos, hombres feos y enfermizos, otros sanos… hasta mujeres bellas. Pero había algo que los diferenciaba: no tenían sentimiento alguno en el rostro, y sus ojos eran blancos sin pupilas, con una mirada perdida en un punto medio entre La Nada y su propio vacío interior. <<No estoy muerto, esto es solo una ilusión. –Trataba de convencerse a sí mismo-. Este tipo está tan loco como todos con los que he tratado a lo largo de mi vida, no será diferente de convencer, no será difícil de persuadir. –Recapacitó-. Me han drogado, seguro. ¿Qué fue lo último que hice antes de estar aquí?>>. 4
  • 5.
    Sus ojos sedesviaron hacia la tela gris que había a sus pies. Pareció comprenderlo durante un instante. - Revélame tu nombre, viejo –le dijo a aquel maltrecho ser envuelto en la zarrapastrosa túnica, apretando los dientes, sin saber si lo que sentía era ira, miedo… o placer. Los sentimientos allí se confundían con facilidad. - Caronte… <<¿Qué cojones significa todo esto?>>. Sintió un mareo; los ojos se le desviaron hacia el techo de aquellas cuevas y la barriga le tembló, sintiendo un vacío interior. Su estómago parecía contener un nido de escorpiones que le daban tijeretazos y le inyectaban veneno. El vómito le recorrió el cauce de la garganta como si de un volcán en erupción se tratase, dejándole un áspero tacto en la nuez y el agrio sabor de la digestión cortada en la campanilla. Sus manos le temblaron y una vez más no estuvo seguro de si estaban frías o demasiado ardientes. Las pistolas le resbalaron de sus manos y cayeron al río de almas. Cuando se miró las manos no podía reconocer si lo que le fallaba era la vista o si sus manos estaban disipándose. <<Los dioses me han abandonado. –Le decía su cabeza. No, no era su cabeza, era otra parte de sí. O sí que era su cabeza. No, no podía afirmarlo-. Si voy a tu asgard después de esto te mataré, Kourai, Ikiryo, o quien seas… ¿A quién quieres engañar? Ahora mismo no eres capaz de acabar ni contigo mismo. –El hombre miró las almas que parecían no sentir nada y deseó ser como ellos para acabar con su pena-. No olvides quién eres. –Le recordó una nueva voz, que ya no podía saber si era suya o no>>. - A-0-0 –repetía el hombre de la barcaza, cada vez más cerca suyo, guiándose sobre sus traslúcidos huéspedes. - ¡Arghhh! –gritó, arrodillándose y sosteniéndose la cabeza. Golpeó la roca que había a sus pies con tanta fuerza que debería haberse roto los nudillos, pero nada le afectaba. - En la muerte todos sois iguales, A-0-0 –decía con voz lúgubre Caronte-. Aquí no existe el poderoso. El único poderoso soy yo, el que decide si vas al asgard o vagas eternamente por el Limbo. 5
  • 6.
    - ¡Repite esenombre si tienes valor! –se irritó aquel a quien llamaba A-0-0. Cuanto más repetía ese nombre, más fuerzas le daba. El odio lo mantenía vivo, lo mantenía despierto, y segregaba cierta adrenalina. - El valor no es una opción aquí, jejeje. –Su sonrisa cascada lo sacaba de quicio. <<Esto no es el Limbo, no estás muerto… no estás muerto… recuerda lo último que hiciste…>>. Pero lo último que había hecho era estar sobre esa roca, desesperarse y gritar. Se había fumado un cigarrillo, pero ya no sabía si lo había hecho o no. ¿Y sus armas? No las tenía. ¿Alguna vez fue un soldado? ¿Qué era en aquel momento, o qué fue? Si es que fue algo… <<Recuerda lo último que hiciste. –Su mirada se topó de nuevo con la tela gris que había en el suelo. Algo pareció brillar en la poca cordura que albergaba-: Claro…>>. A pesar de la sorpresa, el graznido de un cuervo hizo al hombre desviar su atención. Incluso Caronte parecía fascinado. Aquel lóbrego sonido, que en una noche podría haberle helado el corazón, en aquel momento le pareció la melodía más agradable del cielo. El graznido no se convirtió en un eco espantoso como todos los que había escuchado hasta entonces, sino que se repitió, una y otra vez. - Vaya mierda de sitio para sitiarse –dijo la voz cómica del diminuto ser que se aproximaba-. Pero si me cago aquí, nadie lo notará notándolo. Caronte miraba a su espalda, y dos ojos redondos y rojos brillaron en las profundidades de la laberíntica cueva. - ¿Quién anda ahí? - No ando, gilipollas –respondió repelente la voz chillona, seguida de un graznido-: vuelo volando. Coño, me he perdido ¿por dónde se llegaba, joder? La indecisión se apoderó de Caronte, y hasta su vieja barcaza se detuvo. Se oyó el chocar de algo en seco y la posterior queja. - Hijo de puta, vástago de la meretriz, bastardo de… de… 6
  • 7.
    <<Ya lo recuerdo>>.Sonrió el hombre. - No tienes poder absoluto sobre este reino –alzó la voz, en tono chulesco, a la vez que su sonrisa se convertía en un gesto triunfal. Se agachó y hurgó entre la tela gris que había a sus pies. <<Hugin y Munin vuelan todos los días alrededor del mundo… - se decía inquieto, al ver que Caronte parecía entender la situación-; temo menos por Hugin de que no regrese, aún más temo por Munin…>>. El miedo se reflejó en la mirada de Caronte cuando contempló lo que el joven tenía en su poder… 7