Este sermón defiende la doctrina de la soberanía divina, especialmente en la distribución de los dones de Dios. Argumenta que Dios tiene derecho a distribuir sus dones como quiera, ya sean dones temporales como la belleza física, la inteligencia o la riqueza, o dones salvadores como la elección para la vida eterna. El sermón insta a los que reciben más dones a no jactarse y en su lugar usarlos para servir a Dios, y a los que reciben menos a bendecir a Dios por su bondad.