Corporación Universitaria Minuto de Dios 
Facultad de ciencias humanas y sociales 
Departamento de Filosofía 
María Alejandra Quiñones Quiñones id: 418143 
NRC:656 
Ensayo 
El caballero de la armadura oxidada 
Robert Fisher 
Una armadura gruesa recubre mi cuerpo, o lo recubría, el proceso que he iniciado 
para que esta sea debilitada lo he empecé años atrás, cuando pude darme cuenta de 
las cadenas que rodeaban mi vida y que debilitaban toda mi existencia, para poder 
llegar a este punto recorrí un camino inconsistente donde mis pies se hundían al 
andar en un sendero lleno de trampas; no he llegado a desintegrar por completo la 
armadura, pero la conciencia de tener que deshacerme de ella me acompaña. 
Las capas del material grueso se hicieron una por una, cada día, cada año le aportaba 
rigidez al metal que me envolvía, la armadura empezó a hacer presencia desde que 
era muy pequeña y con el paso del tiempo esta se tornó color piel, volviéndose una 
conmigo. ¿Cómo poder identificar el residente que habitaba en mí, y que yo misma 
ignoraba?, ¿Cómo poder señalar un elemento que no se distingue de los otros 
presentes? El desarrollo de la conciencia sobre lo que habitaba en mi llego después 
de una búsqueda que inició a raíz de acontecimientos que marcaron mi vida, solo así 
puede entender que debía despegarme del peso que se acumulaba en mi espalda y 
que yo misma había puesto ahí. Fue una revelación, y recuerdo muy bien el 
momento que llego a mí. 
Una noche estaba sentada en mi habitación, por esa época había desertado a la 
universidad, no tenía trabajo y había vuelto con el rabo entre las piernas a la casa de 
mis padres, los cuales a pesar de su enojo me recibieron con mucho amor; no sabía 
qué hacer, no me veía desempañado ningún roll en un futuro, los pensamientos que 
venían a mi cabeza no eran positivos y yo me hallaba inmersa en una nube de 
pesimismo y decepción; cuando digo que recuerdo muy bien el momento que llego 
la revelación a mí, lo digo en el sentido que en este instante puedo palpar la 
delgadísima línea que separa mi yo antiguo y mi nuevo yo con sus ansias 
desenfrenadas de darle un nuevo sentido a mi vida.
¿De dónde salió el rayo que hizo que retumbara mi cabeza y que me obligo a dar el 
suspiro del cambio? Hasta ahora me lo sigo preguntando, no sé de donde, o porque 
llego a mí, pero lo agradezco; desde ese momento la conciencia de mí pesada 
armadura se hizo presente y por primera vez la vi brillar hasta el punto de encandilar 
mis ojos. 
La mañana siguiente me recibió con un vacío en el estómago, tenía miedo, y esta 
sensación no era como las anteriores, era un miedo desconocido que nunca había 
enfrentado, aun así, me sentía extrañamente esperanzada y después de poner mis 
pies en el frio piso, el relámpago apareció de nuevo y un pensamiento contundente 
se marcó en mi cabeza: tal vez solo tal vez pueda que la filosofía pueda ser el 
salvavidas de mi naufragio. La idea me atravesó y me dejo desarmada, si la noche 
anterior no tenía ni la más mínima idea de qué hacer con mi vida ahora en mi pecho 
se encontraba el germen de la ilusión. 
Durante los siguientes días me sentía extraña, la comida sabia distinto, las noches 
pasaban despacio, el aire no pegaba bofetadas, acariciaba y silbaba mientras rozaba 
mi piel, hasta el agua sabia más dulce y entre el desespero y el recorrido que hacia 
una y otra vez en mi casa le conté a mis padres la nueva idea que tenía en mente; 
mis padres reaccionaron con el silencio, respuesta que puede llegar a causar más 
tensión que 11 frases de descuerdo y después de algunas horas y entre el capítulo de 
la novela de la noche, mi padre aprobó aquella idea e hicimos un acuerdo, que a mi 
parecer fue firmado con las palabras que dijimos. 
Unos meses después me encontraba en un salón de clase, rodeada de personas que 
no conocía, personas menores que yo y con vidas totalmente distintas; el corazón lo 
tenía en la frente y mi cerebro en el estómago, era un nuevo comienzo y estaba 
aterrada al respecto. Mi armadura se veía fuerte, se sentía pesada, pero podía atisbar 
que de ella se desprendía partículas como aserrín, como si estuviese desvaneciendo 
una fina capa de su superficie, no mentiré que la ansiedad invadió mi pecho, quería 
que desapareciera de una vez por todas, pero un relámpago me visito nueva mente y 
comprendí que solo con trabajo y entendimiento podía arrancar hasta la última parte 
de hierro que invadía mi cuerpo. Esta armadura no es más que el muro que he 
construido desde muy pequeña, muro que aprieta y restringe la entrada y salida, 
aunque mis pies se pongan en puntas no lograre nunca ver lo que hay afuera, muro 
que no tiene puertas ni ventanas, muro que tiene que ser destruido, ladrillo por 
ladrillo, armadura que tiene que evaporarse para que la vida pueda invadir hasta el 
último rincón de mi existencia; el hierro de la armadura todavía es fuerte, tal vez en 
un futuro mi fuerza lo debilite.

Caballero

  • 1.
    Corporación Universitaria Minutode Dios Facultad de ciencias humanas y sociales Departamento de Filosofía María Alejandra Quiñones Quiñones id: 418143 NRC:656 Ensayo El caballero de la armadura oxidada Robert Fisher Una armadura gruesa recubre mi cuerpo, o lo recubría, el proceso que he iniciado para que esta sea debilitada lo he empecé años atrás, cuando pude darme cuenta de las cadenas que rodeaban mi vida y que debilitaban toda mi existencia, para poder llegar a este punto recorrí un camino inconsistente donde mis pies se hundían al andar en un sendero lleno de trampas; no he llegado a desintegrar por completo la armadura, pero la conciencia de tener que deshacerme de ella me acompaña. Las capas del material grueso se hicieron una por una, cada día, cada año le aportaba rigidez al metal que me envolvía, la armadura empezó a hacer presencia desde que era muy pequeña y con el paso del tiempo esta se tornó color piel, volviéndose una conmigo. ¿Cómo poder identificar el residente que habitaba en mí, y que yo misma ignoraba?, ¿Cómo poder señalar un elemento que no se distingue de los otros presentes? El desarrollo de la conciencia sobre lo que habitaba en mi llego después de una búsqueda que inició a raíz de acontecimientos que marcaron mi vida, solo así puede entender que debía despegarme del peso que se acumulaba en mi espalda y que yo misma había puesto ahí. Fue una revelación, y recuerdo muy bien el momento que llego a mí. Una noche estaba sentada en mi habitación, por esa época había desertado a la universidad, no tenía trabajo y había vuelto con el rabo entre las piernas a la casa de mis padres, los cuales a pesar de su enojo me recibieron con mucho amor; no sabía qué hacer, no me veía desempañado ningún roll en un futuro, los pensamientos que venían a mi cabeza no eran positivos y yo me hallaba inmersa en una nube de pesimismo y decepción; cuando digo que recuerdo muy bien el momento que llego la revelación a mí, lo digo en el sentido que en este instante puedo palpar la delgadísima línea que separa mi yo antiguo y mi nuevo yo con sus ansias desenfrenadas de darle un nuevo sentido a mi vida.
  • 2.
    ¿De dónde salióel rayo que hizo que retumbara mi cabeza y que me obligo a dar el suspiro del cambio? Hasta ahora me lo sigo preguntando, no sé de donde, o porque llego a mí, pero lo agradezco; desde ese momento la conciencia de mí pesada armadura se hizo presente y por primera vez la vi brillar hasta el punto de encandilar mis ojos. La mañana siguiente me recibió con un vacío en el estómago, tenía miedo, y esta sensación no era como las anteriores, era un miedo desconocido que nunca había enfrentado, aun así, me sentía extrañamente esperanzada y después de poner mis pies en el frio piso, el relámpago apareció de nuevo y un pensamiento contundente se marcó en mi cabeza: tal vez solo tal vez pueda que la filosofía pueda ser el salvavidas de mi naufragio. La idea me atravesó y me dejo desarmada, si la noche anterior no tenía ni la más mínima idea de qué hacer con mi vida ahora en mi pecho se encontraba el germen de la ilusión. Durante los siguientes días me sentía extraña, la comida sabia distinto, las noches pasaban despacio, el aire no pegaba bofetadas, acariciaba y silbaba mientras rozaba mi piel, hasta el agua sabia más dulce y entre el desespero y el recorrido que hacia una y otra vez en mi casa le conté a mis padres la nueva idea que tenía en mente; mis padres reaccionaron con el silencio, respuesta que puede llegar a causar más tensión que 11 frases de descuerdo y después de algunas horas y entre el capítulo de la novela de la noche, mi padre aprobó aquella idea e hicimos un acuerdo, que a mi parecer fue firmado con las palabras que dijimos. Unos meses después me encontraba en un salón de clase, rodeada de personas que no conocía, personas menores que yo y con vidas totalmente distintas; el corazón lo tenía en la frente y mi cerebro en el estómago, era un nuevo comienzo y estaba aterrada al respecto. Mi armadura se veía fuerte, se sentía pesada, pero podía atisbar que de ella se desprendía partículas como aserrín, como si estuviese desvaneciendo una fina capa de su superficie, no mentiré que la ansiedad invadió mi pecho, quería que desapareciera de una vez por todas, pero un relámpago me visito nueva mente y comprendí que solo con trabajo y entendimiento podía arrancar hasta la última parte de hierro que invadía mi cuerpo. Esta armadura no es más que el muro que he construido desde muy pequeña, muro que aprieta y restringe la entrada y salida, aunque mis pies se pongan en puntas no lograre nunca ver lo que hay afuera, muro que no tiene puertas ni ventanas, muro que tiene que ser destruido, ladrillo por ladrillo, armadura que tiene que evaporarse para que la vida pueda invadir hasta el último rincón de mi existencia; el hierro de la armadura todavía es fuerte, tal vez en un futuro mi fuerza lo debilite.