La Inquisición fue establecida formalmente en 1231 por el papa Gregorio IX para localizar, procesar y sentenciar a personas culpables de herejía, con penas que incluían la excomunión. Los inquisidores tenían amplios poderes y podían utilizar varios instrumentos de tortura como el collar de puas, la ablación de pies y manos con fuego, y el aplastacabezas para extraer confesiones. Estas herramientas causaban un dolor intenso y a menudo conducían a la muerte de la víctima.