El caserón
José B. Adolph
NUESTRO CASERÓN ES REALMENTE GRANDE. Desde mi habitación
normal, en el tercer piso, en el frente de la casa, puedo ver la
plaza San Martín pero mi segundo dormitorio —que llamo
refugio—, en la parte de atrás aunque también en el tercer nivel,
da a la plaza de Armas o Mayor y me enfrenta directamente al
palacio presidencial y, más atrás y más arriba, al viejo cerro San
Cristóbal.
Desde uno de los balcones, cuando no hay demasiada bruma
invernal, veo el mar. Desde otro, los barrios de esteras, adobe o
ladrillo sin enlucir apiñados sobre cerros cuyo suelo ya no es
visible salvo como polvo.
Tengo documentos que me demuestran que nuestro caserón
siempre estuvo en este lugar, aunque no queda claro desde
cuándo. No sólo hay documentos coloniales y republicanos sino
también pinturas, generalmente óleos oscuros y brillosos, de
hombres a caballo y damas con cestos y flores.
No todo en el caserón es, como podría pensarse, oscuro,
húmedo y desgastado. Posee lugares luminosos, coloridos, hasta
alegres. A veces encuentro, en mis andanzas, huellas de pisadas
de un caniche silencioso y deyecciones de aves, probablemente
guacamayos.
Las huellas humanas son menos frecuentes. Alguna estría de
barro de garúa, dejada por un zapato, descuidada por la
servidumbre; una vez un breve pañuelo de material muy fino; en
otra oportunidad un anillo sobre el lavatorio de uno de los
inacabables baños de la segunda planta.
Pero lo que encuentro mucho en los tiempos recientes es algo
muy difícil de describir y explicar: una especie de hálito que no es
ni imagen ni sonido, una suerte de suspiro de la memoria que
posee resonancias musicales. Como si un espíritu, quizás el del
mayor de los Bach, hubiese encontrado aquí una patria
permanente, lejos de cualquier acoso amigo o enemigo. Porque,
según he sabido, lo que suele llamarse inmortalidad está en
realidad lleno de acosos, de intentos de asalto, de zancadillas
celosas aunque también —no es un consuelo— de afanes
amorosos. Si esto se supiera, me digo no sin sonreír un tanto
vengativo...
Cuando me sobrevuela un avión o un helicóptero me enfado,
no sé bien porqué. También desconozco la razón para que, en
cambio, no me moleste el ruido de automóviles o los gritos de
personas que venden, protestan o piden algo. El gran gato negro
que me ha adoptado y me acompaña en mis vagabundeos me
sugiere que hay una especie de envidia en mi enfado por lo que el
hombre ha inventado para alcanzar el cielo. Mi gato es muy
inteligente aunque suele disimularlo, al estilo de los gatos. Para
ellos hay sólo dos estados: festejados como divas u ocultos como
ladrones.
En la biblioteca, además, obviamente, de libros —la mayoría
muy hermosos, inclusive los que contienen insensateces— deben
sumar muchos miles los folios que he ido rellenando al paso de las
décadas. En uno de los sótanos, éstos sí mugrientos y un poco
repugnantes, hay toneles enteros de la tinta violeta que utilizo
para escribir. Mi gato afirma, irónico, que aquí el progreso se
detuvo antes de la máquina de escribir, para no hablar de las
computadoras. Estoy informado, no crean, pero vivo inmerso en
una descomunal indiferencia ante lo que los humanos, tan
insólitamente ingenuos, llaman progreso.
Relativamente. Más que primitivo, soy arcaico. Utilizo
cubiertos (¡y de plata de 925!), lamparines de algún derivado del
petróleo o de la oliva. Los mismos libros, hasta los hechos a
mano, son o fueron un progreso. Mis pensamientos y algunas de
mis acciones están teñidas de diversos tiempos.
Nunca me he preguntado quién soy. Ni siquiera qué soy. Las
identidades son tan ilusorias como todos los diagnósticos. Una vez
que se descubre cosas como la de que no hay futuro, pierden
interés presente y pasado y, en consecuencia, las definiciones.
¿De qué se trata, entonces?
De vagar. De recorrer pasillos, habitaciones, tejados, sótanos,
huertos y jardines. De orinar sobre tulipanes, de dormir sobre
pianos de cola enmudecidos, de sentarse a comer entre arbustos.
Esto funciona bien. Hay personas que trabajan para esta casa,
no tanto para mí. Sé que una vez al mes van a una institución
bancaria y reciben honorarios. No tengo idea del origen ni de la
cuantía de esos fondos. Ninguno vive en el caserón. Todos tienen
orden de invisibilidad. No puedo agradecer nada a nadie: ni
dinero, ni productos, ni servicios. Ni amor. Esta es la libertad.
Pero debo confesar que, además del gato —que parece ser
tan inmune a la muerte como el caserón y yo—, amo a esta
enorme fortaleza de la indiferencia que es el caserón. Es
maravilloso que él (o sus constructores que, por lo visto, también
siguen vivos) haya desarrollado mecanismos de defensa que
rotan, se modifican y renuevan constantemente. A menudo
aparecen en los alrededores cadáveres desangrados y a veces
decapitados. Cuando un gobierno ha querido invadir el caserón,
ha sido derrocado. Hace años que fue declarado intangible,
inteligente manera de dejar al caserón en paz. La gente cuenta
misterios y anécdotas y los turistas toman fotos y vídeos.
Más de una vez se me ha ocurrido que no soy sino un
apéndice o vocero del caserón. ¿Quién soy para negarlo o
afirmarlo? ¿No dije que las identidades son ejercicios de la
vanidad? Pero algo me dice que si esos de afuera son humanos,
yo no puedo serlo.
¿Y qué contienen esos folios y esos textos en tinta violeta?
Pues listas. Listas de cosas consideradas existentes y, como
comprenderá cualquiera, esas listas son infinitas. Siempre hay
más cosas. Siempre hay que seguir anotando. Ese es el sentido de
la vida: registrar lo que se cree que hay.
Por eso es que hoy he escrito esto. Para que exista un texto
que convierta en realidad que existe este texto.
1. En qué persona gramaticalmente hablando está escrita
esta narración?__________________________.
2. Cómo describirías al personaje de esta historia
físicamente?_____________________________________
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3. A qué se dedica este mismo
personaje?______________________________________
_______________________________________________
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4. En qué lugar se desarrollan los
aciontecimientos?_________________________________
_____________________________________________
5. Cómo describe a la libertad nuestro
personaje?______________________________________
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6. Elabora una lista de palabras que no conozcas, e investiga
su significado en el
diccionario______________________________________
_______________________________________________
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7. Una vez que conozcas el significado de todas las palabras,
elabora una síntesis del relato en no más de 5
renglones_______________________________________
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Lo que esconde la niebla___________________
María Aixa Sanz
...a Carlos
LA LUNA LLENA me suelta la lengua y por las noches no puedo
dormir, me desvela, me paso las noches con los ojos abiertos de par
en par, luego llega el día y a media tarde me quedo dormida,
traspuesta, como ahora que me he quedado dormida en el sofá de
terciopelo granate. Imaginaba que estaba acurrucada en tu cuerpo y
me he quedado dormida, he soñado contigo. Soñaba que íbamos en
un barco y he anotado algo en la última cuartilla de mi cuaderno, he
arrancado la hoja y he salido al pasillo del camarote y a un mozo que
pasaba le he dicho: «Désela al hombre del traje azul marino. Dele la
nota». Lo recuerdo perfectamente, sé que te he escrito una nota y sé
que se la he dado a un mozo del barco, tú debías estar en cubierta,
me he puesto un chal sobre los hombros y he mirado la mar por el
ojo de buey, todavía era de día. No sé que esconde esa nota, me lo
tendrás que decir tú. Todo eso he soñado y he sentido frío, frío en mi
cuerpo, y también he sentido un beso en la frente y entonces he
despertado. Estoy aquí con los párpados entreabiertos, me has
besado en la frente, tengo la sensualidad de tus labios en mi piel,
pero tú no estás, estoy sola acurrucada en el sofá de terciopelo
granate, aun así te pregunto: ¿Qué he escrito en la nota del sueño?
¿Tienes idea? ¿La has leído? ¿Te la llevó el mozo a cubierta? Me
quedo ensimismada en mis pensamientos, sé que cuántos más años
tengo el desarraigo vive en mí, que no me aferro ni a las gentes ni a
los lugares, que estos van y vienen según las etapas de la vida, que
hay lugares y gentes que son importantes y que un día dejan de
serlo, y borrón y cuenta nueva, y eso no deja de suceder en las
vidas, por lo menos en la mía, miles de gentes, miles de lugares
pasajeros siempre pasajeros, sé con certeza que he echado raíces en
ti, en tu cuerpo en tu forma de ser, sé que mis raíces están en ti, sé
que eres lo único que no es pasajero y de todo ello tienen la culpa
tus ojos. La forma de mirarme que tienes tú. Amor, eres la hoguera
en la que me quiero quemar, así de atractivo y erótico te siento.
¿Qué pone en la nota? ¿Me lo dirás algún día? Probablemente te
equivocaste de chica y te gustan más las mujeres comedidas,
reflexivas, prudentes. Pero muchacho soy valenciana, soy de quemar
la vida, de vivir para el placer, de quemar todos los cartuchos, de
sentir la mascletá en mi piel, soy tremenda y vehemente, sensual,
mediterránea y apasionada. Quemo la vida, la vida está para gastarla
y con los grandes amores estás para cometer imprudencias. Besarte
si tengo ganas de besarte. ¿O no? La reflexión me la guardo yo para
cuando vienen malas, para los problemas. A menudo te asalto sin
permiso, te devoro sin licencia, te acoso a preguntas, juego contigo a
un juego eterno, y es que no puedo vivir sin tu belleza. El ring del
teléfono ha hecho que mis pensamientos vuelen por la habitación
ocultándose de nuevo en el país de los pensamientos no
pronunciados. El ring ha roto mi cavilar, cojo el teléfono y eres tú.
Me dices: «Sí. Sí. Sí» Tres síes y la comunicación se corta. Me
pregunto a qué estabas contestando y caigo que estabas
respondiendo a la nota. A lo que sea que te haya escrito. A saber
cuándo se va a restablecer la comunicación, sé a ciencia cierta que a
veces tarda más de veinticuatro horas. Qué tarde más extraña, miro
por la ventana, tu voz resuena en mi cabeza. Tu voz. La tarde es
extraña, el día es extraño. En el exterior la niebla borra el paisaje
pero me guío entre la niebla con el azul de tus ojos, con el brillo de
tu mirada y veo cómo un papel planea en el cielo, entre la niebla y
cae tras una planta crasa. Salgo corriendo descalza tengo que
recoger el papel. Es la nota. Lo sé, sin ningún tipo de duda. La tengo
y sí, es la nota, reconozco el tacto del papel, y al abrirla reconozco
también mi letra y el signo de interrogación. Amor, ya sé a qué has
contestado. Creo que estamos comprometidos. Acabamos de
comprometernos como si esto fuese una historia de una novela
victoriana. Sonrío. Guardo la nota. Esto no es cuento, yo no soy Jane
Austen ni Charlotte Brontë, pero tampoco sabía lo que esconde la
niebla, hasta hoy.
1. Qué relación encuentras entre el título del texto y su
contenido?_________________________________________
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2. Cómo se describe a sí misma el personaje de esta
historia?__________________________________________
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3. De quién está hablando este mismo personaje en el
texto?____________________________________________
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4. Cuál es el tema central del texto que acabas de
leer?_____________________________________________
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5. Haz una lista de palabras desconocidas busca su significado
en el diccionario y enseguida realiza una síntesis del relato
leído_____________________________________________
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6. Qué diferencia existe entre un resumen y una
síntesis?__________________________________________
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María Aixa Sanz (España, 1973), escritora valenciana.
Tiene publicadas las novelas El pasado es un
regalo (2000), Laescena (2001), Antes del último suspiro(2006)
y Fragmentos de Carlota G. (2008). En mayo de 2008 publica el
ensayo El peligro de releer, recopilatorio de los artículos
literarios, con los que colabora en diversas revistas de España y
Latinoamérica. En junio también de 2008 la Editorial Séneca
publica el libro La escritura del no que recoge sus artículos más
importantes junto a los de una decena más de escritores
profesionales. Ganadora de varios premios de narrativa breve,
relato y cuento en distintos idiomas.
Muñeca triste
María Aixa Sanz
MUÑECA TRISTE quién te roba a ti los momentos. Muñeca
triste de apariencia embustera. Quién se cree dueño de quitarte los
instantes que te pertenecen, y ese viento que te da de cara, que roza
tus pómulos, ¿acaso tiene permiso?
Te gustaría ir a Alaska: a contemplar la aurora boreal, eso
lo sé desde tiempo, y pretendes conseguirlo en tu caminar con tacón
de aguja. Muñeca triste cargada de miedo. Podrías alzar la voz para
que alguien te oyera desde ese orificio en que andas metida. El
presente es absurdo pero es lo único que tienes.
¿Por qué te gustan tanto los hombres? ¿Porque te dan de
comer? Aparte de al estómago, también te alimentan el alma. Andas
triste porque una vez te enamoraste como una estúpida y te salió
mal, y ya no has querido volverlo a hacer. Lo de enamorarte digo. Y
vas por la vida luchando y como arma tu cuerpo. Piensas que lo que
sienten es cariño por ti y luego te das cuenta de que no sienten
nada, y te restriegas la piel con la esponja, tan dolorosamente para
quitarle el asco, que te deja rojeces como marcas.
Muñeca triste dime que aún sigues ahorrando para hacer un
día ese largo viaje. Sólo un billete de ida, por favor. La vuelta no la
quieres, no quieres volver. Y te preguntas si alguien se cuestionará
dónde te has metido, si a alguien le importará que te largues, que
desaparezcas. Sabes que no es tarde, que siempre existirá el día
oportuno, el señalado, el marcado. Sabes que sólo nunca sería
demasiado tarde. Porque nunca es no existir y lo que no existe no se
añora, no se extraña. ¿Muñeca triste seguirás luchando hasta
conseguirlo? Vengo a pedirte perdón, no me gusta verte llorar, si
quieres llorar hazlo en mi compañía. Nunca has tenido algo tuyo, ni
un querer que quisiera decir tu nombre verdadero. Vas andando por
la vida con un nombre falso que no quieres que yo pronuncie,
prefieres que te llame muñeca triste. Te gusta así más. No tienes
delante de mí que seguir con la farsa. Aunque debes contentarte con
lo que tienes, con este pequeño ratito, en que dejas que yo piense
por ti. Y tú silenciosa puedes dejar de pensar sin cerrar los ojos,
cansados los tienes ya de tanto cerrarlos para no ver lo que te rodea,
pero tus esfuerzos son en vano, alguien te lo sigue susurrando al
oído y el olor, ese olor que te acompaña desde el primer día, que no
te abandona, que te da asco, el olor sucio de ese dinero, se mete por
tu nariz ofendiéndote las entrañas. Pero todo lo haces, recuerda, por
la aurora boreal, que te aguarda en Alaska.
Prométeme muñeca triste que te vas a secar las lágrimas,
que no valen la pena. Atúsate el cabello, píntate los labios y vuelve a
sonreír, eso, así, colócate la máscara y sal de nuevo a patear las
calles.
Persigue tu sueño.
1. Quién es el personaje principal de este
texto?____________________________________________
2. Quién habla de el personaje
principal?__________________________________________
3. Cómo describirías físicamente al personaje
principal?__________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
4. “colócate la máscara”, es una metáfora: Qué significa dicha
metáfora?_________________________________________
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5. En este relato existen otras metáforas, localízalas y escríbelas
al igual que su
significado:________________________________________
_________________________________________________
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6. Realiza una síntesis del relato en no más de 3
renglones_________________________________________
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Los días de ayer
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María Aixa Sanz
ELLA ESTÁ SENTADA en una esquina del salón, la han dejado allí
junto a la ventana para que mire al exterior. Está sentada en una
esquina del salón, sola, como un mueble obsoleto o un estorbo.
¿Cuándo se rompió su vida? ¿Cuándo se rompió su memoria? Nadie
la escucha puesto que para todos sus frases no son coherentes, ella
sólo habla de los días de ayer. Todavía conserva en su rostro la
mirada dulce de la niña que fue, la piel de la cara se mantiene tersa,
pura, suave en cambio la piel de sus manos y de sus brazos se han
convertido en algo tan frágil como un papiro guardado en la
Biblioteca de Alejandría. Dicen que no habla, pero no es cierto, dicen
que habla sola o que le habla al aire y no es cierto: ella le habla a
algún ser de su pasado alojado en su memoria, esa que ha olvidado
el presente y se ha refugiado en los días de ayer. Ella está más a
gusto, agazapada en la realidad que no partió, en esa realidad que
se quedó inmaculada y detenida entre su infancia y su última
juventud madura. Ella, habla de como corría por las calles de polvo,
de como bebía del agua fresca que discurría por el arroyo del
bosque, ella habla de lobos y de príncipes pastores, de almas
muertas y de niños con la rodillas destrozadas, de hambre, de leche
en polvo, de escasas onzas de chocolate, de lazos en el cabello, de
muñecas de cartón, de veranos de trasiego... Dicen que no habla y
no es cierto, su memoria ha escogido su tiempo porque tal vez no le
gustaba lo que estaban viendo sus ojos o tal vez porque para que
siga existiendo el mundo, algunos seres deben dejar de recordar los
días de hoy, para dejar espacio a los recuerdos jóvenes. Quizás el
Universo sólo tenga una capacidad limitada de memoria, y sea ley de
vida o indispensable que haya gente como ella que olviden, quizás en
el Universo se inventaron los libros donde se escriben y se cuentan
historias con ese mismo fin: el de dejar memoria libre para que el
resto pueda seguir con sus vidas y pensar que el Alzheimer es una
enfermedad caprichosa. Pero ella sigue siendo la mujer de siempre:
suave, ligera como el algodón, ella no es un estorbo, ella es una
mujer a la que a veces se le enciende una luz en su cabecita y
reconoce un rostro, recuerda un nombre o formula un pregunta
sincera y «coherente». Ella es la misma mujer de siempre, que
quizás sólo le está haciendo un favor al Universo. ¿Quién sabe?
1. Quién es “ella”en este
relato?________________________________________
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____________________________________________
2. De qué enfermedad padece “ella” y en qué
consiste?______________________________________
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3. Quién es el personaje que habla de
“ella”?________________________________________
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4. Qué nombre te gustaría ponerle a
“ella”?________________________________________
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5. Conoces a alguna persona que padezca la misma
enfermedad que
“ella”?________________________________________
Mujeres en los árboles___________________
María Aixa Sanz
XX PIENSA QUE a veces dice muchas tonterías. Una ristra infinita de
tonterías. Habla por no callar. Por no oír su voz interior y cuando por
fin calla y deja que salga su voz interior que es la voz que entiende a
la razón y al corazón, a los dos por igual, y es la voz verdadera de
los deseos, cuando la oye, se asombra de lo que en verdad desea
pues nada tiene que ver con todas las tonterías que predica a lo
largo de los días. Sí, a veces piensa que sería mejor tener más
tiempo la boca cerrada. XX no sabe si la verborrea es virtud o
defecto de las mujeres pero piensa que todas tienden a hablar
demasiado, tienden a no saber tener la boca cerrada. Parecen
mujeres en los árboles, sí, en los árboles, como esos pajarillos que
no paran de piar en todo el día y que como ruido de fondo
acompañan la existencia. Las mujeres hablan y cuando hablan un
tanto por ciento de lo que sale por su boca son mentiras, todo para
no oír la voz interior. Todo por no asustarse de lo que en verdad
desean. Quizás la única verdad que sale de su boca es cuando a
escondidas le llaman: «Amor» a su amor. Tal vez es la única ocasión
en que son sinceras. ¿Por qué cuántas veces plantadas con los pies
bien firmes sobre la tierra se han preguntado si la existencia que
viven es la que conocen y no hay más, no hay otra? ¿Si existe otro
tipo de vida para ellas en alguna parte? ¿Si hay otros yos que tengan
vidas completamente distintas a las suyas en otro lugar? XX imagina
a veces que ella es ella, pero hay otra ella en algún lugar que es
madre de tres hijos y que lleva una vida muy familiar y también sabe
que hay otra ella que es ingeniera náutica y trabaja entre mástiles y
cascos de barcos. Y a veces le da una especie de locura y cuando oye
piar a los pájaros se subiría a los árboles, porque no se callan al igual
que ella pero teme que si sube pueda encontrarse con la vecina de
enfrente, con su mejor amiga, con su madre, con su tía, con la
mayoría de mujeres que conoce y teme ese momento de sentarse en
una rama poblada y mirar a una de esas mujeres a los ojos y que
ésta le verifique lo que ya sabe que en realidad todas ellas son
mujeres en los árboles difíciles de atrapar y cuando las atrapan es
con ardides aunque no sabe si conocen que se dejan atrapar, que los
ardides, las engañifas, las tretas, las ven venir pero en hacerse las
locas en eso tampoco nadie las gana, son en todo momento
conscientes de toda clase de ardides pues al fin y al cabo ellas fueron
las que los inventaron, y hablan para no oír su voz cuando les dice
en un tibio susurro: «Todo es mentira, no te creas nada», por eso
meten tanto ruido de fondo, por eso al amanecer ya hablan y al
anochecer también. Puesto que todo es mentira. Una gran mentira y
a las primeras a las que mienten es a ellas mismas. Eso es lo más
triste, lo descorazonador, por ello XX se queda de pie frente a un
árbol, mirándolo de hito a hito, sin atreverse a subir, y así un día tras
otro, una hora tras otra. Esperando no sabe qué.
1. Quién es
XX?______________________________________________
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2. Qué opina XX acerca de las
mujeres?__________________________________________
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3. Porqué crees que XX tenga ese concepto de las
mujeres?__________________________________________
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4. Qué nombre te gustaría ponerle a
XX?______________________________________________
5. Con quién compara XX a las
mujeres?__________________________________________
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6. Haz una lista de palabras desconocidas e investiga su
significado en el diccionario y enseguida realiza un resumen
del relato en 10
renglones_________________________________________
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La elección
Rosario Alba Álvarez
AQUELLA NOCHEVIEJA con catorce años, tuve que elegir entre Paco,
Jesús o Juan Pablo. Los tres confesaron adorarme. Fue una noche
gloriosa. Paco no debió besarme de aquella manera, ni Jesús tratar
de convencerme de que era la chica más guapa del guateque, ni
tampoco Juan Pablo tenía por qué deslumbrarme con los siete
sobresalientes que le habían coronado como el mejor alumno de
clase.
Se me quitaron las ganas de bailar, tenía que pensar en ellos, me
habían dado un ultimátum. Tuve que elegir entre la pasión de Paco,
los cumplidos de Jesús o el cerebro de Juan Pablo.
No dormí en toda la noche y al día siguiente andaba como
sonámbula por el pasillo de mi casa con sus caras metidas en la
memoria. Creo recordar que al final, después de tanto pensar, elegí
mal. La pasión de Paco me dio miedo, me inquietaba y la sabiduría
de Juan Pablo no me impresionó lo más mínimo, así que le dije a
Jesús que sí, que siguiese diciéndome aquellas cosas tan bonitas,
que insistiera en lo del color de mis ojos y en el tipo de bailarina que
se me estaba poniendo. Pero fue un error, un grandísimo error, al
principio estaba encantada con mi elección, pero pronto me cansé de
tener a mi alrededor aquel moscón que no sabía otra cosa que
dorarme la píldora constantemente.
No acerté con el chico de mis sueños pero aprendí la importancia
de las decisiones. Desde aquel día le cogí el gusto a elegir. Elegir
cualquier cosa: un árbol, un bombón, un cuadro, un personaje de
ficción, una casa, una mascota… Desde aquella noche me encantó
para siempre elegir cosas y bautizarlas, hacerlas mías.
Pero no es fácil acertar, hay que pensar un poco antes de
decidirse, el tiempo suficiente para rechazar las ofertas menos
apetecibles y estudiar despacio lo más interesante, tomarse un
tiempo; pero no excederse meditando, porque entonces se llega a un
punto en que ya no se sabe lo que se quiere y seguro, seguro, que
se elige mal.
Así también me pasó el día que mi padre me preguntó que qué
iba a ser de mi vida, que si no quería seguir estudiando que a qué
me iba a dedicar…
—¿Qué posibilidades tengo? —le pregunté.
—¡Y yo qué sé! —me contestó enfadado porque él quería que
fuera a la universidad.
Entonces le pregunté a mi madre: —¿Mamá, si no sigo
estudiando qué podría hacer?
Ella, conociéndome como me conocía me dio tres posibilidades:
—Hija, tú sabrás, pero podrías trabajar con papá en la farmacia,
o meterte en esa Escuela de Teatro de la que tanto hablas, o, o…
—¿O qué, mamá?, dilo de una vez.
—Pues, eso, que también tienes la pizzería de al lado, seguro que
no se te da mal lo de camarera.
Ya tenía las tres posibilidades, ya podía escoger. Me lo pensé
unos minutos y de momento me pareció más atractiva la idea de
estudiar teatro, pero luego también me sedujo el hecho de entrar a
trabajar, de ganar mi primer sueldo.
Rechacé, después de mucho pensar el puesto en la farmacia de
mi padre, así que por eliminación iba a terminar trabajando en la
pizzería. Sin embargo como tampoco estaba muy decidida volví a
replanteármelo todo y tanto lo pensé, tantas vueltas le di, que al
final me decidí por la farmacia de mi padre. Otro error, otro
tremendo error del que siempre me he arrepentido.
Y es que mi padre siempre tuvo la mente muy cuadrada y tenía
que ser siempre lo que él dijese. Yo pensaba que los medicamentos
se podrían colocar por el color de la caja, por ejemplo: los azules a la
derecha, los granates a la izquierda, los verdes de frente, o también
se podrían clasificar según su función, por ejemplo: analgésicos al
fondo, ansiolíticos en el centro, antiinflamatorios delante… o, ¿por
qué no?, también por el número de paquete, habría tres
posibilidades… podríamos elegir una de ellas…
Bueno, pues nada, mi padre decía que por alfabeto, que era la
única manera, que no me pusiera pesada, que si no entendía, que
me callara.
A pesar de haber cumplido ya lo veinte años continué teniendo
problemas para elegir a los chicos. Atravesé épocas en que hubiera
sido imposible decantarme por alguno, porque no se me cruzaba ni
una sola posibilidad. Sin embargo otras parecía que todo el barrio
estaba pendiente de mí, entonces le decía a mi madre que Goyo era
muy majo, que menudo tipo tenía, y vaya porvenir el de Sebas,
notario por lo menos… luego pensaba en Paco… madre mía Paco,
como seguía besando Paco, bueno, eso no se lo dije nunca a mi
madre… al final lo único que conseguía era liarle la cabeza a la pobre,
y casi siempre desaprovechaba la buena racha dándole vueltas a la
cabeza, y cuando me había decidido por uno, resultaba que se
habían desperdigado todos y ya no interesaba a nadie.
Pasé unos años muy aburridos, de la farmacia a casa y de casa a
la farmacia. Era tan soporífero todo que pensé en sacarme el permiso
de conducir a ver si me animaba.
Resultó una buena idea. Por fin salí del letargo, iba a todas partes
con el libro de test de maniobras y señales de Tráfico, era el Gran
Mundo de las Tres Posibilidades. Leía la pregunta despacio, me
quedaba pensando y luego cogía el lápiz y me decidía a señalar con
una equis la A, la B o la C… sí, era mejor girar a la derecha, no, no,
dar la vuelta a la glorieta, bueno yo creo que mejor seguir recto.
Todos los problemas tenían tres opciones y una solución acertada, yo
solo tenía que señalarla, estaba encantada, la vida me parecía
mucho más fácil, más feliz.
Roberto, mi vecino del 4º, a veces me ayudaba con los test y me
decía donde fallaba, y me explicaba las velocidades a las que se
podía ir en población y las máximas en autopistas. Lo pasábamos
bien y los domingos, cuando me invitaba a salir, siempre me ofrecía
tres posibilidades:
—Podemos ir al cine, me decía, echan una del espacio, pero
bueno, también podemos pasarnos por la cafetería de la Gran Vía,
esa que tiene tantos dulces en el escaparate… lo pasaremos bien,
pero bueno, si no quieres, cogemos el coche y practicamos el
aparcamiento, ¿qué te parece, por cuál te decides?
Cuando Roberto quiso que me casara con él, me lo dijo de tal
manera que tuve que decantarme por una de sus respuestas:
—Mira —me dijo—, he consultado con una agencia y me han
aconsejado estos viajes, a ver que te parecen: un crucero por las
islas del mar Egeo, quince días en un hotel de Ámsterdam y la última
posibilidad: Cartagena de Indias, ¿a ver, tú qué dices?
A mí no se me había pasado por la cabeza casarme y mucho
menos con Roberto, pero las opciones de la agencia eran tan
sugerentes que tuve que decidirme: —Pues yo me perdería por el
mar Egeo, ¿y tú?
—¡Estupendo! —dijo—, mañana después del trabajo nos
pasaremos por la agencia.
Y así fue como decidimos casarnos, de la manera más tonta,
cogiéndome a traición. Aunque debo reconocer que Roberto siempre
fue una gran persona, eso no se le puede negar.
Dos años después, en el paritorio, el médico me dio a elegir entre la
anestesia epidural, general o a pelo. Mi marido me miraba
aterrorizado y me suplicaba que me decidiera de una puñetera vez.
—¡Epidural!, grité aprovechando un paréntesis entre contracción
y contracción.
Tuve trillizos a la media hora, tres maravillas; ya en la habitación
del hospital mi madre lloraba de alegría, mi padre también, y yo no
sabía que hacer si descansar un poco, si pedirle a mi marido que nos
hiciera unas fotos a todos, o rogarle que me dejase mirar aquel
florero con tres rosas blancas que me trajo mi padre. Mi madre decía
que qué bonitas, yo le decía que no eran exactamente iguales, que la
tercera empezando por la derecha era la más perfecta, la más
deslumbrante.
Los críos empezaron a llorar y yo le pregunté a la puericultora
que qué podrían tener.
—Hambre —contestó muy segura.
—¿Hambre sólo? —le pregunté desolada esperando oír otras dos
posibilidades.
—Bueno —añadió mi madre—, también pueden tener gases ¿no?,
o sueño…, seguro que tienen sueño.
Todos sonrieron y yo mirando a mis niños se me caía la baba, luego
apoyé la cabeza en la almohada y pensando, pensando, en los tres
nombres más bonitos del mundo… me quedé completamente
dormida.
1. Para iniciar con el análisis de este hermoso relato ponle
nombre a nuestro personaje
principal___________________________________________
2. Cuántas y cuáles fueron las encrucijadas que la vida le
presentó y tuvo que elegir una opción? Descríbelas en los
siguientes
renglones:_________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
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_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
3. Alguna vez en tu vida te haz enfrentado a una situación
semejante a la del personaje principal de este
relato?____________________________________________
4. De las decisiones que tomó nuestro personaje principal cuál
consideras que fue la más acertada y cuál fue la más
equivocada?_______________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
5. De acuerdo a tu respuesta anterior; escribe el por qué de
cada una, de acuerdo a tu
opinión:___________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
Cat
Luis A. Alcocer
NO LE GUSTABAN LOS GATOS, en realidad no le gustaba ninguno de
los animales llamados «domésticos», sentía animadversión, asco,
hacia sus babas, sus pelos, sus excrementos..., pero, en particular,
desde muy pequeño odiaba a los gatos más que a ningún otro animal
casero. Por eso, cuando un día aparecieron su mujer y su hija con
uno de ellos en una cestita, cogió un cabreo monumental:
—¡Mira, Papá, me lo han comprado Mamá y la abuelita de regalo
de cumpleaños!
—Pero, vamos a ver... ¿no os he dicho mil veces que no quiero
animales en casa...? Y tú, Araceli... ¿Cómo le compras eso a la
niña...? ¡Claro, habrá sido tu madre que siempre anda buscando la
manera de tocarme las narices...!
—¿Te quieres callar, Enrique?... Vas a acabar haciendo llorar a
Toñi... ¿No ves lo ilusionada que está?
Era cierto, la niña había cambiado su sonrisa por un gesto
compungido..., estaba a punto de empezar a llorar.
Enrique era un buen hombre, no soportaba ver triste a un niño y
mucho menos a su única hija. Toñi, sólo tenía nueve años, era su
debilidad, su ojito derecho, nunca había sido capaz de negarle nada.
Trató de explicarse:
—Mira, Toñi, es que los animales son un problema dentro de las
casas... Al principio se hará caca en todos los lados, se pondrá
enfermo muchas veces, llenará todo de pelos..., luego, cuando sea
mayor tendrá otros problemas...
—¡Cuidado, Enrique, no seas animal...! ¿A ver que le vas a decir
a la niña?
Miró a su hija, dos pequeñas lágrimas estaban resbalando por sus
mejillas. Acarició su cabeza...
—Bueno, bien está, pero luego no digáis que no os he advertido.
Toñi volvió a alegrar su carita.
—Gracias, Papá... Ya verás como no te vas a enterar de que está
en casa... Va a ser muy bueno... ¿Verdad, Pichín?... Le vamos a
llamar Pichín, ¿sabes...?
Enrique sonrió con un gesto forzado y volvió a su despacho. El
gato, la suegra, su mujer y, sobre todo, su hija le habían ganado la
batalla casi sin esfuerzo. Procuró hacer, a partir de ese momento,
como si el gato, Pichín, no existiera.
Pasaron dos meses casi sin problemas. Él trataba, tal como se
había propuesto, de ignorar al gato... Durante ese tiempo, hizo como
si no viera las mierdas que el tal Pichín iba dejando en cualquier
lugar, se hizo el sordo ante los maullidos nocturnos, se cepillaba los
pelos que permanentemente llevaba pegados a la ropa... Y, como
única venganza, cuando nadie le veía, daba una leve, ligera patada al
gato en el culo; cuando esto pasaba, Pichín le miraba con auténtica
expresión de odio, enseñaba los dientes y bufaba al tiempo que
erizaba sus pelos. Enrique le sonreía, no le tenía ningún miedo, y
repetía su mínima patada. Esa era su única relación con el gato.
Una mañana de domingo, él estaba leyendo el periódico, se
acercó su hija:
—Papá, Pichín me ha dicho que no quiere que le volvamos a
llamar así... Que él es inglés y quiere que le llamemos Cat... Así que
ya sabes...
Enrique procuró esbozar su mejor sonrisa:
—Mira, Toñi, los gatos no hablan, ¿sabes?... Yo creía que sí lo
sabías... Los gatos maúllan..., pero, aunque sean tan guapos e
inteligentes como Pichín, no pueden hablar porque...
La niña le interrumpió:
—No seas bobo, Papá... Él habla desde hace mucho, pero sólo
conmigo y, ya te dicho, no vuelvas a llamarle Pichín, no le gusta.
Pensó que lo mejor era seguir la corriente a su hija. Ya se le pasaría,
eran cosas de niños.
Quince días después, su hija, antes de irse a la cama, volvió a
hablarle del gato:
—Papá, Cat me ha dicho que no le gustáis nada ni Mamá ni tú...
Que vosotros hacéis siempre lo que os da la gana y, a mí, no me
dejáis ni respirar... que no sois buenos conmigo.
Como es natural, Enrique se preocupó... Esa misma noche habló
con su mujer:
—Araceli, vamos a tener que regalar el gato... —le explicó lo que
su hija le había contado.
Su mujer, dudaba:
—No sé..., pueden ser cosas sin importancia, ya sabes la
imaginación desbordante que tiene Toñi... Aunque, por otro lado, eso
que dice de nosotros dos... Tal vez tengas razón, déjame que hable
con ella mañana y, si todo es como dic es, nos quitamos al gato de
encima; además, yo ya estoy empezando a cansarme de él...
A la mañana siguiente, Enrique encontró a su mujer muerta en el
suelo de la cocina. Dentro de la pila, había un vaso medio lleno de
líquido y una botella de lejía tumbada, el cuello sobre dicha pila.
—Está muy claro —le explicó la policía—, su mujer ha bebido,
pensando que era agua, de este vaso que por desgracia se había
llenado de lejía... Ha sido una triste casualidad, también es mala
suerte que se vuelque una botella sobre un vaso... No sé como ha
podido pasar...
Enrique estaba atónito, no asimilaba lo que había pasado, no
entendía nada..., hasta que vio, en un rincón de la cocina, al gato,
los ojos brillantes y, no cabía duda, una maligna sonrisa en su boca.
Cuando volvieron del tanatorio, le dijo a su hija:
—Toñi, vamos a llevar al gato a la tienda... y, si no le quieren allí,
lo regalaremos a quien sea, pero no puede seguir en casa.
La niña empezó a llorar con una rabia como nunca le había visto.
Temblando y a gritos le contestó:
—¡Ni lo sueñes Papá, si lo haces me escapo de casa... Cat es mi
único amigo, no podría estar sin él, le quiero más que a ti... Además,
no te lo había dicho, me ha asegurado que cuando pase un poco más
de tiempo, nos vamos a ir a vivir juntos los dos solos...!
Le siguió la corriente, ella estaba fuera de sí. Decidió ir al día
siguiente a un médico, a un psiquiatra infantil, su pobre hija no
estaba bien.
Cuando la niña se acostó, Enrique fue en busca del gato. Le odiaba
más que nunca.
Le vio en el pasillo, desafiante, la misma sonrisa de maldad en su
boca, en sus ojos.
—¡Maldito seas, gato! — le intentó dar una patada, pero el animal
se apartó:
—¡Maldito tú, cabronazo!... Y sé más obediente..., te han dicho
que me llames Cat... Ah, el próximo en caer vas a ser tú... —le
respondió, claramente, el gato.
Enrique quedó paralizado, pensó que se había vuelto loco..., pero
no, aquel monstruo asesino hablaba, la pobre Toñi tenía razón...
Estuvo toda la noche en vela; no podía decir la verdad a nadie
porque pensarían que se había vuelto loco, tampoco podía matar o
sacar al gato de la casa, su hija le odiaría siempre y, seguro,
acabaría traumatizada... Y, a él, quién realmente le importaba era su
hija.
A la mañana siguiente, tras dejar a Toñi en el colegio, fue a ver a
un psiquiatra, uno de los más conocidos. Le explicó, como
buenamente pudo, todo lo referente a la niña desde que compraron
el gato.
—Lo de su hija no es frecuente, pero está tipificado dentro de la
psiquiatría. Los niños tienen una imaginación tal que, en cuanto esta
confluye con aspectos emocionales, les hace confundir la realidad,
llegando a creer que aquello que imaginan ha sucedido realmente.
Su hija, a la que el cariño hacia su gato le hace suponer que este
habla...
—No, espere, —le cortó Enrique—, tal vez no me he explicado
bien... El gato habla, como usted y como yo..., anoche me llamó
cabronazo y dijo que me asesinaría igual que hizo con mi mujer.
El psiquiatra le miró, se levantó de su asiento:
—Venga, túmbese aquí y vuelva a contarme toda la historia del
gato a partir del día que lo compraron...
Hace dos años que conozco a Enrique. Cuando ingresó en el
Centro le asignaron la celda dónde yo estaba, habitación la llaman.
Yo llevaba allí tres años, desde que denuncié que mi perro hablaba,
había intentado asesinarme y se acostaba con mi mujer.
Enrique y yo hicimos buenas migas, es natural..., ambos
sabemos que el otro no está loco, no miente. El sábado pasado
estaba contento; por primera vez, desde que entró aquí, venía su
hija a verle. Como yo también tenía visita, salimos juntos a la sala de
encuentros. Enseguida reconocí a Toñi, él me había explicado como
era..., además, no cabía duda, llevaba en brazos a un gato que
sonreía maléficamente.
—Hola, Papá...
Miré a Enrique, su cara era una mezcla de dolor, asombro, pena,
estupor... No se puede explicar...
—Pero, Toñi...
—Espera, Papá, no digas nada aún... Él quiere saludarte.
Y el gato habló, lo juro...:
—Hola, cabrón... Procura portarte bien... y a ver que le dices a tu
hija o la próxima será ella... Ah, y no se te ocurra llamarme gato, me
llamo Cat.
Esa noche encontré al bueno de Enrique ahorcado en nuestra
celda... Era lógico, lo esperaba..., yo hubiera hecho igual.
1. Quién es el personaje principal de este
relato?____________________________________________
2. Cuáles son los nombres de los otros personajes del
relato?____________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
3. Cómo describirías física y psicológicamente a cada uno de los
personajes de este
cuento?___________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
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_________________________________________________
_______________________________________________
4. Qué opinas del personaje principal del
relato?____________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
________________________________________________
5. En qué lugar y cómo terminó
Enrique?__________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
6. Qué opinas de este cuento? : te gusto?___________ Por
qué?_____________________, qué final diferente
propondrías?_______________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
7. Qué le sucedió a
Araceli?___________________________________________
_________________________________________________
8. Qué nombre tuvo originalmente el
gato?_____________________________________________
9. Por qué le cambiaron el nombre al gato y cómo le pusieron la
segunda vez?______________________________________
10. Escribe una síntesis del
cuento____________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
Casi un cuento___________________
Carlos Almira Picazo
UNA MAÑANA DE 1944 B. resbaló en la escalinata de una Biblioteca
de Buenos Aires. El golpe en la cabeza, sin revestir gravedad, lo dejó
inconsciente durante varias horas. Nadie, especialmente el propio B.,
puede llenar ese intervalo. Cuando se despertó en el hospital ya era
de noche, y tuvieron que sedarlo porque quería a toda costa saber su
nombre. Le dijeron que se llamaba Jorge Luis Borges y que era un
amante de los libros raros y de Europa. Para demostrárselo, le
enseñaron su cédula y dos volúmenes que llevaba a devolver en el
momento del accidente: sendas antiguas sagas islandesas. Alguien le
mencionó su domicilio en Buenos Aires, sus viajes a Londres, su
vasta familia, su amor por los hoteles y las ruinas italianas.
Apabullado por tanta información, B. se durmió al fin.
Al día siguiente, en un discreto hotel de Buenos Aires, B. dedicó
toda la mañana a anotar su biografía: lo que había oído en el hospital
la víspera, y como fogonazos inverosímiles que le venían de algún
fondo del tiempo. Al cabo de pocas horas tenía una visión completa y
coherente de su vida. Hizo una comida frugal, durmió una corta
siesta, y salió al caer la tarde para familiarizarse con el escenario de
su nueva identidad.
El nombre de Jorge Luis Borges, la afición desmedida por los
libros raros y las épocas remotas y heroicas, y el gusto por los viajes,
le colmaron de satisfacción. Tras examinar la escalinata donde había
sufrido el accidente, paseó por los Parques y Avenidas cercanos a su
quinta familiar (donde por una mezcla de pudor y prudencia, decidió
no entrar aún, aunque vio las ventanas amarillas y oyó voces, quizás
de familiares, en lo que debía ser un patio ajardinado). Se sumergió
en un largo paseo por los arrabales, hasta que la noche le aconsejó
volver al hotel donde se había inscrito con un nombre supuesto.
Después de rescribir la biografía del tal Borges, para darle
coherencia y rellenar las muchas lagunas que lo acosaban, decidió
hacer un viaje a Europa. Descubrió con asombro que tenía dinero y
amigos, que la Segunda Guerra Mundial agonizaba, que su padre ya
había muerto, y que era amado por una desconocida.
En el barco una noche cierto camarero, para consolarlo tal vez,
le contó que él mismo había sufrido un accidente parecido años
atrás, y perdido la conciencia durante horas, y que al despertar le
habían tenido que recordar su nombre y su vida. B. cerró el libro de
SnorreSturluson que estaba leyendo: «¿Y usted les creyó?», le
preguntó. «¿Cómo no, quiere usted una manta?».
B. se quedó solo en la cubierta bajo las estrellas sonriendo como
Jorge Luis Borges.
1. De quién habla este
relato?___________________________________________
________________________________________________
2. Investiga la biografía del personaje de este relato y
escríbela_________________________________________
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________________________________________________
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3. Una vez que hayas realizado la actividad 2, compara si lo
que dice el relato coincide con lo que investigaste y escribe
tus
conclusiones______________________________________
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Carlos Almira Picazo, Castellón (España), 1965. Estudió y se doctoró en Historia
Contemporánea en la Universidad de Granada. En 1997 publicó su primer libro, un ensayo
histórico sobre la Dictadura del General Franco, en la editorial Comares. E inició su carrera
de profesor de Enseñanza Secundaria por diversos pueblos de Andalucía. El año 2005
publicó su primera obra de ficción, una novela histórica sobre la figura de Jesús de Nazaret,
con la Editorial Entrelíneas. En 2007 la revista virtual Prometheus le editó en formato
electrónico la novela Todo es Noche, una distopía sobre el posible futuro de un país de
América Latina. En noviembre de 2009 ha visto la luz una segunda novela en
papel, IssaNobunaga, sobre el paso del Japón feudal al Japón moderno, de la mano de la
Editorial Nowevolution. Desde el año 2007 ha publicado un centenar de cuentos y algunos
ensayos en revistas virtuales y en papel, de temática diversa (desde la Ciencia Ficción en
Axxon, hasta el cuento fantástico en El Coloquio de los Perros, realista y humorístico e n
Destiempos, Kiliedro, Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera). Ha recibido recientemente
el primer premio en el Certamen de Novela Corta Katharsis (2008) por El jardín de los
Bethencourt, y una mención como finalista en el mismo concurso de relatos por el texto No
se lo digas a nadie. Actualmente trabaja en una colección de microcuentos.
Flores secas
Thamar Álvarez Vega
AL PRINCIPIO FUERON SÓLO DOS O TRES FLORECILLASesparcidas bajo el
ventanal de la terraza. Estaban marchitas, abandonadas a ese final
seco y descolorido de todas las cosas, pero ella ni siquiera reparó en
su presencia. Descorrió las lánguidas y pesadas cortinas con
parsimonia y se quedó contemplando el frío amanecer de una
mañana más de otoño. Fue una hora después, cuando el sol había
perdido ya la batalla contra el cielo apagado y gris, y el día
comenzaba a emitir esa insinuante humedad de prados verdes y
nieblas sedosas y dispersas. Las percibió entre las perezosas brumas
del pensamiento, sin distinguirlas, mirándolas sin verlas. Entonces su
atención despertó de su indolente letargo y se quedó observándolas
con curiosidad, miró el ventanal por el que plausiblemente habían
entrado a caballo de alguna suave brisa y sonrió con tristeza: no le
gustaban las flores cortadas, las amaba en su sitio, entre espinosos y
frondosos arbustos o sobre mantos eternos de hierba húmeda. Pero
así no. Odiaba las flores cortadas, quizás porque se encontraban
demasiado cerca de la muerte para quererlas mucho tiempo, quizás
porque le recordaban que era a ella a quien no le quedaba ya mucho
tiempo para amar la vida. Las recogió una por una y las lanzó por la
ventana con un movimiento preciso: dentro de su casa no quería
flores secas.
Y lo olvidó. El hallazgo de tres flores marchitas no era una
anécdota digna de recuerdo ni de pasar a los anales de la historia
personal de nadie. A menos que, como ella, se encontrara una
semana después con cinco o seis florecillas de iguales características,
pequeñas, marchitas, de pétalos acartonados y tallo frágil y reseco,
junto a la escalera de acceso a las habitaciones del piso superior. Su
mente no relacionó ambos hallazgos, tenía ya setenta y seis años y a
esa edad los acontecimientos cercanos se difuminan en el aire en
idéntica armonía con que los antiguos se fijan a la memoria como
esculturas pétreas e irrompibles; pero al agacharse a recogerlas, se
encontró a sí misma repitiendo un gesto casual y repentinamente
familiar. Entonces recordó: hacía una semana había recogido dos o
tres florecillas al pie del ventanal de la terraza, y ahora tenía seis
unos metros más al interior de la casa.
—«Ha tenido que ser el viento —se dijo un poco malhumorada—
está visto que tendré que cerrar las ventanas».
Y las cerró, no sin antes recoger las seis florecillas mustias y
lanzarlas al vacío, como hiciera con sus predecesoras.
Tres días después, al volver de su paseo vespertino, agobiada por
la llovizna de finales de mayo, y arrastrando aún la amargura de un
paseo solitario y errabundo, se encontró con un pequeño montón de
flores secas en mitad de la escalera. Daba la impresión de que
alguien las hubiera cortado y transportado entre las manos para acto
seguido derramarlas en aquel peldaño de maderas lisas y barnizadas.
Esta vez se sobresaltó. Las ventanas estaban cerradas, la casa en
orden, todo era silencio y penumbra, pero era evidente que alguien
había estado allí y depositado aquel montículo de florecillas secas en
su escalera, y que había estado haciéndolo al menos dos veces,
cuando encontró las primeras junto al ventanal y las siguientes
varios metros más adentro. Alguien entraba a su casa, estando o no
ella en su interior, y depositaba aquellas flores mustias y resecas,
cada vez más al interior de la casa, cada vez más arriba. No
importaba cómo ni porqué, ni siquiera quién: lo cierto era que
entraba.
Aquella noche no durmió. Se sentó en su señorial cama adoselada
a esperar pacientemente, sin miedo, sin angustia, sólo a esperar,
atenta a cualquier ruido, a cualquier movimiento o cambio
sospechoso. Fue una espera infructuosa; mientras veía amanecer a
través de las tenues cortinas de su habitación, comenzó a pensar por
primera vez en la posibilidad de buscar ayuda. No le quedaban ya
muchos amigos ni parientes, pero sí más de uno en quien poder
confiar sin el temor de que la mirase con infinita condescendencia y
le recomendara contener su novelesca imaginación.
Se levantó de la cama preguntándose si, después de todo, había
realmente motivos para alarmarse: unas florecillas resecas y
descoloridas no constituían un serio peligro para nadie, pero al abrir
la puerta de su habitación, la pregunta se congeló en su mente: a
sus pies, y a todo lo largo del pasillo, una alfombra de flores
marchitas, más parecidas al papel que a la vida, cubría el suelo con
majestuosa elegancia, inundando el aire con el inconfundible y tétrico
aroma de las coronas funerarias, el aroma a flores muertas.
Ella emitió un sollozo y, convulsionada por el terror, corrió en
dirección a la escalera, percibiendo bajo sus pies descalzos el tacto
cortante y acartonado de las flores secas. Al final del pasillo observó
que el manto imposible se extendía escaleras abajo y culminaba a los
pies del ventanal de cortinas lánguidas. Bajó con cuidado, mareada
por el intenso aroma y agarrada a la baranda con manos poco
firmes; cogió el teléfono con dedos temblorosos, irresolutos. No hubo
nadie que recibiera esa llamada.
Días después, animados por el silencio y la quietud que emanaba
la casa, dos niños se introdujeron sin dificultad por el amplio
ventanal abierto. El interior estaba tranquilo, ordenado, silencioso...
Su aspecto era completamente normal a excepción de... de todas
aquellas flores marchitas, a centenares, a miles, cubriendo el suelo
de la entrada, de la cocina, del salón, de las escaleras... Los
pequeños, sin poder contener su naturaleza curiosa, subieron
cautelosamente los peldaños, sintiendo crujir las secas flores a su
paso, un crujido inquietante y claramente audible en el oscuro
silencio de la casa. Cruzaron el pasillo hablando entre ellos a media
voz, ya temerosos, ya asustados frente al estrecho y largo corredor.
A escasos metros vieron la puerta abierta de una habitación, se
asomaron desde el umbral y penetraron en ella. Todo parecía en
orden, en calma, fija cada cosa en su sitio a través del tenue manto
de la penumbra. El tiempo detenido a su suerte y el espacio
abandonado a la quietud de la soledad. Porque la habitación estaba
desierta y no había nada en ella que llamara excepcionalmente la
atención, ni siquiera ese otro manto de flores marchitas y tristes
depositadas encima de la cama, semiocultas bajo las sábanas,
esparcidas entre los pliegues de la almohada y derramadas sobre el
alto y vistoso dosel.
1. En qué lugar se desarrollan los sucesos de este
cuento?___________________________________________
_______________________________________________
2. Quiénes son los personajes de este cuento y qué edad
tienen?___________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
3. En qué estaciones del año suceden los acontecimientos del
relato?____________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
4. A lo largo del relato se mencionan elementos propios de la
naturaleza cuáles son y cómo los
describirías?_______________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
5. Qué sucedió al final con el primer personaje de este
relato?____________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
6. Qué motivó a 2 de los personajes a introducirse en la casa y
qué encontraron en la
misma?___________________________________________
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_________________________________________________
_______________________________________________
7. Escribe un final diferente que tú le darías a este
cuento:___________________________________________
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_________________________________________________
_________________________________________________
_________________________________________________
_______________________________________________
Fuera de juego
AnyaAmasova
EN EL DEVENIR VERTIGINOSO DE LAS HORAS, la ansiedad, el café, los
estimulantes a veces no alcanzan. Menos cuando se corre una
carrera vacía contra el tiempo. Parece que la concepción del tiempo
es otra. ¿Cómo podía ser que en un día, en veinticuatro horas todo
hubiera pasado tan velozmente y no se le había caído una sola idea?
Eso se preguntaba Ángel, el encargado del departamento de
creatividad de la agencia «Open minds». «Mentes trabajando», decía
un pretendidamente gracioso cartelito pegado en su puerta, una
especie de caricatura que le habían regalado para un cumpleaños
reciente. Y ya empezaba a mirar ese garabato sin ningún tipo de
humor, ya era una mueca siniestra; y daban ganas de arrancarlo y
hacerlo añicos.
A Ángel le resonaban en su cerebro las palabras de su jefe,
acerca de lo que era «la excelencia», y que competir era la regla.
Que no se podía quedar en veremos, que tenía que crear algo si
deseaba seguir perteneciendo a la agencia. Que no había plazos, que
no se podía dejar correr el tiempo como si fuera agua que fluye
eternamente sin destino alguno. «Esto es así, vos lo sabés, en
cualquier momento podés quedar fuera de juego...». Eso le había
dicho la noche anterior, cuando se había retirado agotado, a las 23
h., hacia su departamento.
A veces, vivir solo cuesta vida. A veces, para algunos. Se mira
todo el tiempo por la ventana del piso, se ve la vida desde allí, como
si nada. Los demás son los que hacen el trabajo, los demás ponen en
marcha su brillantez, sus increíbles y superlativas ideas. Otros, sólo
dirigen. Así se sentía Juan Laustro, el jefe. El era «el creador de
todo», todo era mérito de él. La agencia era idea de él, la elección
del personal era idea de él, la decoración del lugar era idea de él...
Estaba sentado en su escritorio mirando y hablando por teléfono,
pero él era «el creador».
La idea esplendorosa, única, sobrevino como una ráfaga hacia
Ángel. ¿Era una idea propia? Esa era otra historia, ¿a quién le
importa cómo se logra «la idea genial»? Así es. Su infinidad de cintas
de video de películas, de clips publicitarios, video clips de bandas de
música, y todo una serie de archivos que tenía en la computadora le
habían dado dividendo.
Su apoteósica idea se corporizó mientras miraba a los apurones
un clip publicitario de mediados de los años ochenta de una
publicidad de gaseosa cola, muy difundida en su momento. Allí
aparecía el cantante David Bowie interpretando a una especie de
científico que «buscaba la mujer perfecta», para lo que introducía en
una máquina ojos, piernas, cabellos, y otras partes del cuerpo de
bellas féminas.
Ángel salió al balcón y respiró aire profundamente, seguro de
haber encontrado la salvación a su puesto en la agencia más
importante de medios y marketing de Argentina. Si en el clip
publicitario se programa «una mujer perfecta», por qué no llevar eso
a la realidad. Pero adaptándolo a los realitys shows de música, esos
que tienen en trance a la audiencia, y que generan miles y miles de
llamados por teléfono de línea y teléfonos celulares, generando
millones de ganancia y provocando una manía en adolescentes, amas
de casa, mujeres maduras, abuelas, dueños de pequeños negocios y
cualquier persona, cualquier ser humano, digamos.
Mientras explicaba excitado su increíble idea los demás
escuchaban atentos. Pensaban qué podría funcionar de todo aquello.
Tal vez era el germen del negocio soñado. «Es simple, hay que idear
ya mismo los programas. Desde su casa, los niñas, o quién quiera,
eligen las opciones. Viste que cuando a las mujeres les preguntan
cuál es su hombre ideal hablan de sus ojos, de su pelo, de su físico,
etc... Nadie se va a salir a decir con que quiere a un hombre que
tiene que leer a Shakespeare o conocerse la obra de Borges de
memoria, o leer a Chejov. Es más fácil que soplar y hacer botella,
¿entendés?». «Se tratará de elegir una banda de pop, pero virtual,
nada de personas, sino seres digitalizados, como en los juegos de
computadora, como en el Play Station. ¡Es simple!».
Al jefe Laustro la idea le pareció un hallazgo, una ráfaga de
luminosidad genial. «Listo», pensó, esto es lo que necesitaba, de
aquí al tope de la medición de audiencia, de aquí a la guerra de los
medios y a ganarla sin atenuantes, porque para eso son los
ganadores.
En dos meses, en tiempo récord, ya todo estaba todo listo. Los
programas de computación ya se habían ideado. Laustro decidió que
el programa se llamaría «El gran juego». Sí, dijo, porque eso es la
vida, y el que mejor juega, el más audaz, es el que gana.
El día llegó. El rubio conductor, desbordante de ímpetu, simpatía
e histrionismo se abrió paso entre la iluminación deslumbrante y
empezó la presentación de «El gran juego». Explicó cómo sería el
mecanismo. Se trataba de elegir una banda de pop virtual. No habría
personas para elegir, sino que por medio de un programa uno
debería elegir desde su casa las características físicas de los cuatro
participantes de la banda, un nombre para cada uno y también optar
por un nombre para la formación. Todas las opciones estaban
digitadas en un programa (corte de cabello, color de ojos, tipo físico,
altura, etc.). Un grupo de expertos en música luego crearía las
canciones, y estas serían grabadas por cantantes ignotos, pero la
cara sería la de los ídolos virtuales.
En su casa, Laustro celebraba y pensaba en la genialidad de su
agencia, en que por algo ocupaba una buena posición en el mundo
de los negocios, y mientras tomaba Don Perignon en su jacuzzi,
celebraba su conquista...
La vorágine de votación y elección de personajes virtuales
empezó. Era una carrera infernal. Desde sus casas niñas,
adolescentes, mujeres grandes, gays, llamaban para votar por su
personaje preferido: algunos elegían ojos celestes, otros ojos verdes,
otros le ponían nariz respingada, otros le elegían un corte
demechado. Las opciones eran múltiples, y las votaciones no
decaían. También se podían mandar mensajes de texto apostando
quién sería en el programa del día el que saldría primero en la
votación, y así la facturación de las empresas telefónicas trepaban a
cifras siderales.
El programa tenía atrapado, hipnotizado, al país entero. Mientras
subían los precios de los alimentos básicos y los servicios, mientras
había huelgas, manifestaciones y protestas callejeras de todo tipo,
mientras los médicos de los hospitales reclamaban por insumos
básicos, nadie se privaba de hablar del programa: comerciantes,
docentes, médicos, piqueteros, amas de casa, estudiantes,
diputados, trabajadoras de la calle, pseudo delincuentes, dillers,
travestís, políticos part time, trabajadores free lance.
Paralelamente, se abrieron foros en Internet para opinar sobre
los favoritos que se iban creando, o para defenestrar a otros. No faltó
quiénes hablaran mal de un personaje que se iba gestando de piel
negra, al que algunos habían optado por ponerle ojos celestes. Pero
como otros elegían más veces la opción de los ojos verdes, su
aspecto actual era de piel negra y ojos verdes. Así es que en la
anarquía absoluta de Internet, alguien bajo el seudónimo de Hades
dejó un mensaje en el foro diciendo que «a quién se le ocurre crear
una estrella así, un negro de mierda, y encima con ojos claros...».
La guerra simbólica en los foros de Internet por la elección de
las características físicas de los integrantes de la banda virtual se
salió de su cauce. Fue como un huracán que avanzaba a pasos
agigantados. De simbólica pasó a ser real: varias adolescentes que
pugnaban por su ídolo creado, un blondo adonis con reflejos oscuros
en su cabello y fuertes brazos que parecían trabajados en un
gimnasio, se citaron con otras que defendían al moreno de ojos
verdes para dirimir la contienda a golpes. La cita fue en una plaza
cercana a un barrio residencial de Buenos Aires, luego de finalizada
la emisión número doce del programa. El enfrenamiento entre las
niñas dejó un saldo siniestro, varias con heridas cortantes,
hematomas, y una, con una fractura de brazo. Sin embargo, en
programas de espectáculos se animaban a adelantar quiénes serían
los ganadores, y cómo terminaría el juego, y hasta apostaban por
dinero. Usando los teléfonos celulares, claro está.
Mientras tanto, la medición de audiencia (rating) se había
disparado. El programa era un éxito arrollador, una bola de nieve
que crecía y crecía. El episodio del enfrentamiento entre jovencitas
disparó el debate: Psicólogos, sociólogos, psiquiatras, neurólogos,
terapeutas grupales, representantes de cultos religiosos discutían
sobre el fenómeno singular, escandalizados, horrorizados. Se
preguntaban, entre otras cosas, a qué se debía semejante
espectáculo dantesco, qué estaba pasando en el mundo, qué mundo
habíamos creado para nuestros hijos para que esto ocurriera, qué
valores reivindicaban estos siniestros emprendimientos, y un rosario
interminable de enigmas.
El país ya era un pandemónium. Hasta muchos casi se habían
olvidado de la contienda política eterna entre grupos hegemónic os
antagónicos. Entonces, sobrevino la solución drástica. Un juez (con
catorce pedidos de juicio político) prohibió por medio de un recurso
judicial el programa llamado «El gran juego», argumentando que
«violaba los principios básicos de la moral y las buenas costumbres,
y ponía en evidencia valores ajenos al pueblo argentino».
Final del juego, diría alguien. «Fin de la decadencia», tituló un
periódico conservador. Mejor así, decían muchos, eso ya no tenía
nombre, decían otros.
A Laustro se le derrumbó su sueño de grandeza, de plenitud. Y
lo primero que hizo fue comunicarle a Ángel, el de la radiante idea,
que «estaba fuera de juego...».
REALIZA UNA PARÁFRASIS DE ESTE CUENTO
OJO ( No se vale copiar párrafos del texto original y si
mencionas alguna frase, señálalo en tu propia narración )
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El M u r al l ón de
Si n dal er za
Santiago Javier Ambao
LOS SOLDADOS EN EL EXTREMO SUR DE LA PLANICIE, refugiados en altas
torres de ventanas diminutas, cubren día y noche la única salida de
la ciudad. Están dispuestos de modo tal que impedirían cualquier
intento de fuga. Las Montañas Nevadas al este y el Océano Infinito al
oeste son barreras naturales a las que nadie desafiaría: son todavía
más aterradoras que los soldados. En el lado norte, detrás del
mercado, del hospital y del barrio pobre,se levanta —descomunal,
severo— el murallón de Sindalerza.
El Murallón tiene una altura de doce metros; se extiende desde
las Montañas Nevadas hasta el Océano Infinito. Es de color gris
plomizo, de textura áspera. Varios remiendos interrumpen la
uniformidad de su aspecto.
Fue levantado hace más de trescientos años por quienes
impusieron el orden aún hoy vigente. Entonces, los primeros
habitantes de nuestras tierras lucharon por sus derechos; pero las
fuerzas imperiales eran superiores, feroces.
El Consejo Imperial no sólo implantó las leyes básicas, también
estableció un canon: a diario arrojamos por el desfiladero de Tankrua
el oro que extraemos de las Montañas Nevadas. Ése es el precio por
no ser saqueados.
Muchos insisten en que deberíamos pelear por la libertad. Otros
aseguran que la libertad es la paz que respiramos, es vivir sin las
incursiones sanguinarias tan comunes décadas atrás. En un punto
coincidimos todos: en una nostalgia por los lugares inaccesibles; es
una nostalgia hija de la imaginación y no de la memoria. Aquí
residen nuestros amigos, nuestras familias; aquí contamos con lo
necesario para vivir tranquilos. Aun así, cuando vemos el horizonte
inalcanzable sobre el océano, cuando sentimos en la piel los vientos
que bajan arremolinados de la montaña, cuando soñamos con el
mundo que existe más allá de las torres de vigía, añoramos lo
desconocido.
El Murallón es el único límite que no se piensa. Los remiendos
demuestran que hay quienes se ocupan de la manutención del muro
siniestro. De allí la certeza popular de que los soldados imperiales (o
quizá otros hombres al servicio de los mismos mandos) patrullan el
lado exterior reparando los daños.
A veces, en las noches cálidas de verano, el viento del norte
arrastra el bullicio de una muchedumbre lejana. No hay manera de
tomar contacto con esa gente. Años atrás, mediante un complicado
sistema de espejos y lentes de aumento, vimos el inmenso valle
prohibido: ríos caudalosos lo atraviesan, el verde de los pastizales es
quebrado con armonía por árboles frondosos. Pronto decidimos
abandonar el uso de aquel sistema: suponíamos un peligro en él. Tal
vez, de la misma manera en que recorrer esas tierras nos estaba
vedado, al mirarlas podríamos despertar la ira del Consejo.
Hace veinte años que no sufrimos ninguna incursión, que los
soldados permanecen escondidos en las torres. Eso se debe a que
hemos adquirido la capacidad de anticiparnos a sus designios.
Esta paz que ganamos con esfuerzo depende de todos nosotros.
Ayer, por ejemplo, yo mismo encontré un hueco en el Murallón.
Implicaba un peligro aterrador: a través de él no sólo se accedía a la
vista prohibida de los campos distantes, sino que cualquier persona
de contextura menuda, como yo, hubiera podido atravesarlo y
largarse a las praderas verdes seducido por la fantasía de la libertad.
Hoy al amanecer volví al lugar con algunas piedras y cemento.
Cerré el orificio lo mejor que pude; intenté asemejar el remiendo a
los demás. Después de todo, quizá los hombres al servicio del
Consejo hubieran tardado en detectar la falla y podría haber
sucedido una desgracia.
1.- Cuáles son las barreras naturales a las que se refiere
el texto?
2.- Cuánto mide de altura el murallón de Sindalerza y
describe qué características tiene?
3.- Qué representa un hueco en el murallón y por qué?
4.- Escribe el significado de las siguientes palabras:
1. Descomunal
2. Saquear
3. Inaccesible
4. Vigía
5. Añorar
6. Certeza
7. Incursión
La inocencia
______________________
Luis Amézaga
I
Abandonaste lo que en ti hay de niña entre un montón de
muñecas trasnochadas. Tus pómulos se iluminaron de un rojo
azaroso y te creíste rosa del invierno. Fue un descubrimiento el
poder imantado de tus caderas. Aprendiste los trucos de la falsa
sonrisa paseando la somnolencia lisiada por claridades provocativas
que no van a ninguna parte. Ya eres mujer, una pasión mal definida
que se siente centro de la fiesta mientras los fracasos te rompen en
mil pedazos. Descansas exhausta en los márgenes de un campo de
espliego evocando un ayer que no saluda. ¿Qué harás cuando las
arrugas y la flaccidez no acompañen tus movimientos de marioneta
seductora, cuando tus flujos cambien la dulzura por la acidez y nadie
quiera arribar en tu puerto de caricias? Entonces, recuerda a este
anciano con cara adolescente que hoy te susurra en el baúl
escondido bajo tus pestañas, porque donde hubo una niña, siempre
una niña puede resucitar.
II
Te noto excitada por las idas y venidas, por el roce inevitable con
la gente. Torna el atardecer, tus nervios descompensados no
encuentran acomodo. Me llamas y acudo. Vuelcas sobre mí la crónica
del día sin soslayar el más mínimo incidente. Recojo tus desechos e
intento hacerles hueco en mi vertedero mental. Me arrullas y me
dejo, me llenas de besos; te los devuelvo. Con una mano me
desnudas, con la otra desnudas tu cuerpo. Me introduces dentro.
Jadeas. Aprieto los dientes. Te clavo las uñas. Lanzas una bocanada
vaginal como declive de la tensión. Permanezco duro. Reiteras el
beso, ahora con mayor calidez. Me presto a ello como un buen chico
que recibe su premio. Soy tu desahogo, tu medicamento laxante.
Entras en territorio dormido de imágenes en blanco y negro con
música de armoniosos ronquidos. Mientras, mis músculos sufren
agarrotamiento. Estoy nervioso y mal corrido. Hablo con el insomnio,
trato de apaciguar el espíritu y sólo encuentro el silencio profundo,
ese mi alter ego sordo y mudo.
III
Te quejas de una extraña disipación que nubla cada uno de mis
actos. Cuando te abrazo dices no sentirme a tu lado, c omo si fuera a
esfumarme con hechizo de polvo. Al pasear percibes mi anhelo del
ocaso que cruza allá detrás los edificios. Cuando hablas me abstraigo
por encima de tu hombro, en un fondo neutro. Se te dilatan las
cuencas de los ojos al enclavarte con glorioso empinamiento.
Mezclamos salvajes alaridos de fatalismo. Pero por gusto estético
omito la eyaculación. Me gritas: —¡Perverso, disoluto! —voces del
ardor carnal. Luego, más tranquila, comentas que cumplo a la
perfección el cuadro del sicótico, porque ando ojeando sinónimos con
la polla tiesa. Aposentas mi cabeza en el canalillo de tus pechos,
pretendes así de tierna recuperarme para la cordura. Quieres saber
en qué pienso, y de quién me acuerdo, y por qué mi melancolía no
es la de un genio. Cómo explicar que su protagonismo depende de
mi discreción.
IV
En algunas refriegas te apreso encima de mí. En otras, debajo.
Ahora ceñida a mis articulaciones inquietas, silbas sueños. Nunca
estoy en realidad contigo. No cuestiono el por qué de la ausencia.
Huyo en cuanto me despierto. Intentas retenerme con brazo
somnoliento, pero es más fuerte el instinto de escapar que la
concupiscencia matinal. Te rindes ante la evidencia de un ánimo que
se escabulle entre tus piernas. ¿Acaso crees que nos conocemos
después de unas cuantas cenas con charla, prolongados paseos tras
extenuantes sesiones de cama, una mano que te eché en la última
mudanza, besos en un millar de lenguas mundanas, y un soporífero
viaje que hicimos a Tierra Santa? Pues no. Al callar voy lejos, lejos
de ti y de tu mundo, cerca de quien soy sin saberlo. Huyo en cuanto
me despierto pues temo despertar un día y comprobar que he
dormido un ensueño tuyo, sumido en el ungüento que subyace en
tus fiestas enceladas. Huyo para escribir mi versión original en medio
del común de los mortales. A mucha honra soy transitorio. De lo
común, reniego, me huele a farsa, y lo privado es general epitafio.
V
Las ventanas se proponen como obstáculos a la tullida luz de
diciembre. Caballero me abalanzo a tomarle la mano, y ella con las
rodillas rojas clavadas en la baldosa, frota que frota el templo de
comida dialogada. Me informa, me informa de todo: —Ayer te eché la
baraja gitana y saltó el cangrejo, el libro, y la montaña. Recibirás
noticias a corto plazo… —no atino con el espacio donde insertar un te
quiero. Y aquello que no se nombra pocos visos tiene de seguir
existiendo. Se levanta y me abraza como quien quita el polvo a una
figura de porcelana. Dice que la acompañe a poner un ambleo a San
Judas Tadeo, patrón de los imposibles, muy milagrero. —Un qué —
pregunto en un descuido. —Un cirio de kilo y medio; espero que no
llore la llama —se marcha pasillo abajo goteando un rastro de
inciensos en busca de una falda con vuelo. Se echa al cuello una
colección de fulares excéntricos. Sospecho que es una bruja Maruja
que con pintoresco ritual calma ansiedades y adormece el dolor de lo
tedioso. Regresa con su sombrero teja, me roza la mejilla con
chasquido de morritos. Habla y habla por no estar callada.
VI
En la antigua casa de mis padres prolongo la soltería como sotana
de cura viejo. El agua de la Antártida, recién licuada, casca por el
grifo con mal de gases. El bonito calentador de gas butano hace
siglos que no calienta, pero no lo toco, pues pretende colarse en el
estrellato del nuevo milenio como reliquia. Por suerte, como con las
plantas del vecino cuando marcha de vacaciones, cuido una amante.
Voy y la riego. Me recibe con su depresión endémica, llora por sus
hijos y por su marido. Parlotea de cosas que apenas se sostienen en
la boca. La escucho con los receptores muy bajos. Asiento encogidos
los hombros. Le tomo la mano. La comprendo. Disipada, me suelta
los botones de la camisa. Se vuelca en mi pecho y chupetea los
clavos que a martillazos cardiacos traspasan el tabique. Fornicamos
con el santo propósito de columbrar algo de amor entre tanta carne.
Endurezco el culo, grito, y me transformo en lava volcánica.
Reblandecida por el sudor, muy tierna, me ofrece su espléndida
bañera. Qué de agua caliente, qué de burbujas, qué de jabones, qué
disfrute. Me avergüenza reconocerlo, y no lo hago, pero
exclusivamente a esto del baño vine.
Este texto consta de 6 capítulos; en un enunciado describe la
idea principal de lo que trata cada uno:
I.-
II.-
III.-
IV.-
V.-
VI.-
_____________________
Luis Miguel García de Amézaga. Nacido en el año 1965,
en la ciudad de Vitoria. Ahí vive actualmente. Entre lecturas y escrituras
concibe la medida del tiempo. Un escritor con vocación y lector
profesional. Cuenta con varias participaciones en antologías poéticas de
editoriales españolas y latinoamericanas. Ha participado en la antología
de relatos Narrativa contemporánea española. Y en 60 Autores, 60
relatos, de la editorial Beta. También colabora con revistas literarias en
papel como Nitecuento (Barcelona); Resonancias (Suiza); La Nuez
(México); Los Papeles de la Manscupia (México); La Bolsa de Pipas
(Palma de Mallorca) y Cuadernos de Poesía TELIRA. Colaboró en el
último número de la publicación Luces y Sombras de la Fundación María
del Villar Berruezo. Así mismo impulsa con diferentes colaboraciones el
proyecto de la nueva revista El Generador. Colabora en el ambicioso
proyecto de poesía y arte de Amilamia (Vitoria). También escribe para la
revista Destiempos, Almiar-Margen Cero, o Palabras Diversas. Desde hace años cuelga
trabajos en distintas revistas y periódicos virtuales como Luke y Ariadna, y ha dirigido la
revista El Verso que Viene. Siglo XXI. Mantiene habitualmente el blog literario, EL POETA
MIRÓN: http://poetamiron.bitacoras.com y Diencéfalo: http://diencefalo.blogspot.com
y la página Asicrán en busca de la palabra (http://asicran.galeon.com)
Ha escrito diversos artículos, y es autor de dos libros de poemas: El Caos de la
Impresión publicado por la editorial madrileña Sinmar, del grupo Vitruvio. Y A Pesar de
Todo...Adelante, publicado por la editorial canaria Baile del Sol.
Una tarde de otoño
Romina Amodei
ERAN LAS CUATRO DE UNA TARDE DE OTOÑO. Gris, lluviosa, y bastante
fresca. Entré al salón donde se servía el té, en él se encontraban
ocho mujeres, entre abuelas y tías abuelas. El murmullo se acalló de
golpe. «Hola Patricia», dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en
coro todas las demás. Intentaron disimular sus caras tensas, pero no
todas lo consiguieron. Aurora la más charlatana me preguntó por las
materias del secundario, mis amigas, los boliches y los
pretendientes. Yo hablaba y todas me miraban calladas. Pregunté si
pasaba algo y en coro lo negaron, no les creí. Tampoco quise insistir
demasiado, parecían inquietas.
Teresa era la más nerviosa y cuando agarraba la taza de té se
salpicaba, enseguida Sara, que estaba al lado, la ayudaba. Era todo
tan extraño... Siempre fueron las ocho hermanas más alegres que yo
había conocido. Me siguieron haciendo preguntas y por un
comentario que hice sobre mi novio, Teresa histérica dijo: «Ven
todos los hombres son iguales. Las épocas no cambian nena».
La miré atónita, Teresa tiene un matrimonio increíble junto a mi
tío Ricardo. No la podía entender. El silencio invadió el salón, todas
quedaron perdidas en sus mentes, concentradas sólo en sus tés,
tortas y masitas...
Sara y Josefina se levantaron para traer agua caliente y otras
facturas y tortas. Los tés en esa casa eran de película, y la casa —de
cuando ellas eran chicas— era casi un baluarte y nunca la quisieron
vender. Estaba en una zona exclusiva de San Isidro y ahí siempre se
reunían las ocho a tomar el té. Muchas veces yo me quedaba a pasar
una semana o más.
La mesa, de roble, era muy larga, imponente y rodeada por ocho
rostros —algunos más agradables que otros— cargados de historias.
Cada una de ellas era un mundo.
Me fui a mi cuarto porque tenía que estudiar. Un parcial de
geografía me esperaba al día siguiente. Al cerrar la puerta del salón
el murmullo volvió con fuerza. Quise escuchar de qué se trataba,
pero en ese momento Sara salía a buscar más agua caliente.
—Patricia, necesitas algo, querida.
—No, gracias. Me voy a estudiar al cuarto. ¿Sara qué pasa?
—Nada, ¿por qué?
—Presiento algo extraño, entré y se callaron de golpe. Ninguna
dijo una palabra mientras estuve ahí, sólo habló Aurora. Ustedes no
son así. Me voy del salón y empieza el murmullo de nuevo.
—Pato, te debe parecer a vos. Mi amor, no te preocupes por
nosotras, hace tu vida. Subí tranquila a estudiar.
—Está bien, cualquier cosa avisame.
—Está todo bien.
Al día siguiente, a la misma hora, el murmullo no cesaba. Esta
vez era más escandaloso. Entré al salón. Teresa lloraba desconsola,
estaba despavorida. Aurora se acercó y me dijo: «falleció el marido
hace dos horas».
Mi tío Ricardo estaba internado hacía tres semanas, bastante mal.
Pero lo más extraño era que Teresa fue sólo los primeros tres días y
no quiso volver.
Decía que no lo podía ver así, y que los hospitales la ponían muy
tensa.
Susana, mi abuela, se arrimó y me abrazó.
—Abuela ¿por qué Teresa no volvió al hospital a verlo?
—Nena, sos muy jovencita, no creas que puedas entender lo que
pasó.
—No importa. Decímelo igual, esta atmósfera es sofocante.
—Cuando estemos solas y más tranquilas, prometo contártelo,
tesoro.
El clima no mejoraba y el pronóstico era poco favorable, como el
de esta tarde opaca.
Me era imposible suponer o adivinar qué había sucedido y nada
ayudaba para que me sintiera mejor. El pobre viejo muerto y todas
preocupadas en algo que sólo ellas sabían... De alguna manera a
«pedido» de Teresa todas lo habíamos «abandonado».
Ricardo y Teresa estaban casados hacía cuarenta y cinco años, no
tuvieron hijos. Y se culpaban mutuamente por eso.
Mi tía, más rabiosa que de costumbre, no quería ver a ningún
amigo de su marido. Estaba más que dolida, como desgarrada por
algo...
Llegó la noche y con ella el velorio del tío más cariñoso. Para
sorpresa de todos, menos de sus hermanas, Teresa no apareció. La
odié por estar haciéndole eso a su marido. Fue todo un escándalo,
que ninguna de sus hermanas pudo explicar con claridad.
Nos quedamos con las visitas, pero nada se había tranquilizado,
estaban todas alteradas. Llamaban a Teresa cada media hora para
ver cómo estaba.
A las cuatro de la madrugada no pude más y me acerqué a mi
abuela.
—Decímelo ahora, por favor.
—Bueno Patricia, vamos al pasillo.
—¿Qué pasó?
—No sé cómo empezar, es mi hermana...
—Ya lo sé, no des más vueltas.
—Ricardo durante treinta años tuvo una amante y la «aventura»
terminó ayer, cuando falleció.
—¿Cómo?, ¿cuándo lo supieron?, ¿están seguras?
—Sí, mi vida. Tu tía se enteró el tercer día que fue a verlo al
hospital.
La otra estaba dormida junto a su cama, con las manos
agarradas a él y la cabeza sobre su brazo. A Teresa le dio un ataque
de nervios y tuvimos que ir a buscarla la hospital.
—Pero Ricardo la quería...
—Sí, las amaba a las dos según él. Se casó con Teresa muy
enamorado, pero la vida al lado de tu tía no es nada fácil, te lo digo
yo que soy su hermana. Pero no lo justifico, de ninguna manera. A
mí se me parte el alma.
—¿Cómo sabes que las amaba a las dos?
—Hoy, cuando veníamos para acá, tu abuelo me lo dijo.
—¿El abuelo lo sabía?
—Era su primo...
—O sea que le guardó el secreto.
—Sí.
—¿Esa mujer hoy vino?
—Sí, está arriba. Llora desconsoladamente.
—¿Alguna habló con ella?
—Sí, Aurora.
—¿Cómo se llama?
—Cristina.
—¿Cómo es?
—Una mujer muy agradable.
—¿Y ahora qué va a pasar con Teresa?
—No sé, Pato. Habrá que esperar a que lean el testamento,
porque a tu tía no le importa otra cosa ahora. Se siente defraudada.
—Por eso está tan loca, ¿no?
—Sí, tiene mucho miedo de haberlo perdido todo. Habrá que
esperar. Él las quería a las dos, y además era una excelente persona.
Hizo lo que hizo, y ella es mi hermana, pero Ricardo no tenía
maldad.
—Es cuestión de esperar...
Pasaron dos semanas y en la lectura del testamento estábamos
todos. Fue duro y doloroso. Ricardo, como dijo mi abuela, no tenía
maldad, le dejó la mitad del dinero a cada una. Pero había una carta
dirigida «A mi verdadero amor, Cristina». El silencio congelado que
siguió a su lectura tuvo el poder de la palabra.
Teresa, muy alterada, era un lago de lágrimas. También Cristina,
una mujer frágil, que despertaba ternura, y pude entender a mi tío,
aunque con mucho dolor. Salimos y desapareció como un fantasma.
No me olvido más de esa mañana, parecía un cuento, una
pesadilla... Cualquier cosa, menos algo real.
Yo tenía quince años y el amor me comenzaba a dar temor.
1.- Cuál es el nombre y la edad del personaje que cuenta esta
historia?
_____________________________________________
2.- Cómo describirías psicológicamente a
Ricardo?__________________________________________
____
3.- Cómo te imaginas que es Cristina física y
psicológicamente?__________________________________
____
4.- Quién es Teresa y qué parentesco tiene con
Patricia?__________________________________________
____
5.- Cómo es el ambiente en el cual se desarrolla esta
historia?__________________________________________
_____
por
Marcelo Arancibia F.
EL HOMBRE CAMINA LENTO por sobre el crecido pastizal que, con suaves crujidos, se
inclina bajo sus pasos a medida que éste avanza. Carga en sus ojos una mirada
inquisidora que cambia de color por el efecto de la luz solar. Lleva sus manos tomadas
a la espalda; levemente encorvado, su melena leonina acompaña un rostro de
facciones duras, gruesas cejas alzadas y labios cerrados que denotan cierto
sufrimiento. Es agosto, época estival donde los rayos del sol calientan algo más y la
vegetación florece con mucha fuerza. El hombre se ha alejado de la aldea, donde
destaca la alta torre de la iglesia que muestra la quietud de las campanas. Es media
tarde y mientras pasea va sumergido en sus pensamientos, ido del mundo exterior. Su
médico le ha recomendado pasar una temporada en el campo; tal vez esto le ayude en
sus dolencias que no son pocas. La peor de todas es su creciente sordera que él se ha
encargado de encubrir públicamente.
«Qué lejos recuerdo ese primer concierto que di a mis seis años. Aquella vez
sentí que el ruido de los aplausos me aturdía y mi corazón se aceleraba por la
emoción. Y cuando a los trece le ofrecí al príncipe elector mis tres sonatinas, recuerdo
que le dije, altanero: “Desde los cuatro años mi ocupación primera ha sido la música.
No sé si Dios me encontró para llenar mi alma de armonías, o yo lo encontré a Él, para
llenar la suya de tanta belleza musical”.
Hoy en esta quietud me siento protegido; no tengo que ocultar nada a nadie.
No tengo que fingir distracción cuando me hablan y no logro escuchar más que
murmullos. Me consideran un misántropo y no saben la causa de este terrible mal que
me aqueja que me obliga a aislarme de todos. ¡Oh, mi Dios, ten compasión de esta
pobre alma. Ayúdame».
Una ligera brisa agita sus cabellos mientras prosigue su paseo con su
soliloquio a cuestas, siempre con sus manos tomadas a la espalda. El hombre, a sus
treinta y dos años siente que ya no vale la pena seguir viviendo, aún cuando una leve
esperanza lo mantiene: Que aquellos seis meses que lleva en el campo pueden hacer
el milagro de recuperar sus deteriorados oídos.
Decide volver a la aldea de Heiligenstadt, donde reside, en las afueras de
Viena. En el camino se topa con un grupo de ovejas cuyo pastor, detrás del piño va
tocando su flauta. El hombre siente que su corazón se agita: no escucha el sonido del
instrumento; luego piensa que el viento a su favor se lleva la melodía lejos de él.
Cerca ya de la aldea observa a una muchacha que, sentada al borde de una
noria, parece cantar una canción a una pequeña que le acompaña. La mujer está
cantando pero el hombre sólo la ve gesticular. Esta vez su corazón se acelera y la
angustia se apodera de su alma. «Pero, no. Ella sólo le está hablando en voz baja a la
pequeña», piensa.
Al entrar a la aldea fija su vista en la torre de la iglesia. Allá arriba, las
campanas oscilan una y otra vez llamando a la misa de la tarde. Pero él no las oye.
Definitivamente no las oye. Esta vez siente que algo, muy dentro de él, se quiebra
definitivamente. Ya no es sólo su mente, es también su alma que reconoce que está
sordo.
Y mientras la dureza de su rostro se acentúa y el rictus de su boca se
prolonga, llegan a su recuerdo, sólo a su recuerdo, las hermosas notas y los aplausos
de su primer concierto.
Ludwig Van Beethoven, el Grande, solloza. En silencio.
1.- Quién es el personaje principal de esta historia?
_________________________________________________________
2.- Qué edad tiene nuestro personaje?
_________________________________________________________
3.- Alguna vez antes había escuchado hablar de este personaje?
_________________________________________________________
4.- Qué es lo que más te gustó de esta historia?
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______________________________________________________________
5.- Propón un final diferente para esta historia, cuál
sería?_________________________________________________________
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Marcelo Arancibia Febres, tiene 60 años en la actualidad y es Técnico en construcción. Cuenta con algunas
publicaciones en su país y un trabajo incluído en una Antología de Cuentos, por editorial Pez de Plata, en España.
Ramona
Gustavo Arias
LA SIRVIENTA DE UNA CASA BURGUESA aparece todas las noches en
televisión. En sucesivas noches de horror, sus patrones la ven
dándole indicaciones a Michael Jordan en el torneo de la N.B.A.,
entre el Papa y Fidel en La Habana, en el telón de fondo de una
conferencia de prensa del atribulado Clinton departiendo con un alto
funcionario que la escucha con religiosa atención, del brazo del líder
de la O.L.P. en Helsinsky y recibiendo el Premio Nóbel de física en
Estocolmo.
Pese a sus gordas caderas y a su cuerpo tosco y sufriente de
fregona, la noche de entrega de los Oscar, Ramona, (que así se
llama la doméstica) baila en un número musical, y luego de un rato,
hace su entrada con un rutilante vestido y de la mano de Pavarotti,
para anunciar el premio al mejor film extranjero del año.
Todas las mañanas, a las seis y media, Ramona llega a su
trabajo, se pone las botas y el uniforme, y lampazo en mano
recomienza su inagotable tarea. Asiste a más de una casa. En total
sirve en siete, una por cada día de la semana y desde tiempos
inmemoriales. Pero hace rato que nota que las patronas la miran con
cierto recelo, los patrones con algo de libidinosa admiración, y que
los niños le hablan en un idioma que sólo entienden los niños de las
patronas, que nacen con los ojos pegados a una pantalla. Ante tales
cambios Ramona sube los hombros hasta las orejas, y continúa con
su trabajo tarareando bailanta.
Las familias burguesas que tienen como común denominador a
Ramona trabajando en sus hogares, se reúnen para comentar entre
sí la alucinación que padecen... Que a este punto no es la locura de
uno solo, ¡sino una alucinación colectiva...! «Demasiadas horas de
televisión, demasiadas deudas, demasiado stress, la culpa la tiene el
ajuste económico del gobierno...» Todos convienen en estos tópicos,
pero para ninguno son suficientes...
Nadie le dice a Ramona nada sobre el fenómeno. Ramona
continúa trabajando silenciosa, respetuosa y diligente para sus
patrones de la zona residencial, que ya no sólo la ven en televisión
todas las noches, sino que hasta graban los programas en los que
aparece, guardando las cintas en las cajas fuertes del banco,
atesorando (desconozco para qué) las pruebas del terrible y
enloquecedor fenómeno.
Encabezados por la tintineante Sra. de Peralta, los burgueses
elucubran un plan de seguimiento de Ramona en horarios fuera del
trabajo. El seguimiento dura una semana de ininterrumpida ausencia
de la empleada en la televisión. Las conclusiones que extraen de tal
tarea son las que a continuación se detallan:
Ramona deja el lampazo a las cinco de la tarde, cuelga el
uniforme, cobra las horas de trabajo, toma en la esquina el colectivo
132 que va a Villa Elisa, baja del transporte público en medio de la
ruta, avanza por un camino de barro, entra en una villa miseria y
camina hasta la casilla 345, a la sazón su hogar, donde la espera el
triple de trabajo que en casa de sus patrones. Luego de tomarse
unos mates, Ramona lava la ropa de sus diez hijos, atiende a su
anciana madre, da de comer a una docena de nietos, y cae rendida a
las once de la noche. En el lecho la espera su décimo tercer esposo
y/o concubino, hombre este que por más castigado que parezca
dadas las condiciones de vida infrahumanas, y a pesar del ambiente
poco propicio de la casilla de chapa, madera y piso de tierra, se
transforma al final del día en un verdadero semental y/o desaforado
latinlover.
(Nota: Esta última constancia trae como consecuencia los más
variados reproches de las señoras burguesas contra sus burgueses
esposos, y potencia la envidia de ellas hacia su mediática empleada.)
Hartos los patrones de escudriñar la fangosa, deprimente y poco
interesante vida de Ramona, abandonan la persecución en conjunto;
y a partir de ese momento, esa misma noche, ven a Ramona en el
noticiero de las 9 sentada al lado de Madeleine Albright en la
Asamblea General de Naciones Unidas, y más tarde en la Conferencia
del Grupo de los 8.
1.- Cómo describirías a Ramona?
___________________________________________________
2.- Cuáles son las múltiples actividades que realiza Ramona?
___________________________________________________
3.- Escribe los nombres de todos los personajes famosos que
aparecen en esta historia.
____________________________________________________
4.- Cuál es el tema principal de esta historia?
____________________________________________________
Jonás
Gricel Ávila Ortega
ME DIJO QUE MORIRÍA HOY PERO AÚN NO CUMPLE SU PROMESA, yo espero
lo que se pueda esperar.
No contribuí a su decisión de morir, sólo Jonás tuvo parte en ese
pensamiento. Le amaba pero mató poco a poco ese amor con el
tratar de encontrar en mí valores con los que no nací, atribuyéndolos
a mi físico y rostro —mido uno ochenta y cinco, tengo los ojos grises,
el cabello castaño claro, las pestañas largas y viradas que me dan un
aspecto muy tierno, el tono de mi piel es trigueña, de un bronceado
natural, tengo el abdomen marcado, las piernas y nalgas de muy
buen ver para cualquiera: no ha sido en balde ir al gimnasio por tres
años—; esa actitud me fastidió, enervó, él no pretendió conocerme;
tal vez no se enamoró de mí sino de alguien construido e idealizado y
mi cuerpo lo usó para materializar. Me he sentido utilizado todo el
tiempo de relación con él.
Jonás es el gay depresivo, voluble (en exceso), que tuvo varias
relaciones en donde sufrió, dejándole un mal sabor de boca. Él
empezó desde los quince años su vida sexual y como es natural
frecuentaba los antros gay donde conoció a la mayoría de sus
parejas —incluyéndome a mí—. No hay nada de sobresaliente en
ello, es el mejor sitio donde nosotros podemos estar a gusto,
«bien» —al menos en este país, todavía muy conservador—,
besarnos como se nos dé la gana, abrazarnos, acariciarnos; al igual
son buenos lugares donde los chichifos se dan cita pues para
chichifear, es decir para conquistar hombres de dinero y sacar
provecho de ello, son gigoloes para gay, así como también los hay
para mujeres y hombres bugas millonarios, los homosexuales no nos
quedamos atrás. Me estoy desviando de la descripción de Jonás con
circunstancias que no vienen al caso. Es alguien de la cual la gente
se aleja al conocerlo realmente por su volubilidad, no sabes qué
esperar, cómo reaccionará en determinado momento, sufre por
situaciones insignificantes o al menos no lo ameritan, es celoso y
estos últimos años ha pretendido alejarme de todas mis amistades,
no simpatiza con ninguna. Cree o atribuye a mi persona que soy tan
abnegado y dependiente que mi mundo debe ser él. Yo no nací así y
Jonás ha querido entrometerlo en mi inconsciente; es ahí donde trata
de materializar su ideal en mi físico y al igual es cuando me siento
utilizado.
Me faltó decir, Jonás se caracteriza por la envidia que le inunda y
por ello no encaja con mis amigos. A ellos se puede decir que la vida
no los ha tratado mal, han estudiado, aprovechado el tiempo y ahora
tienen muy buen presente y él, él... su destino es incierto por su
actuar voluble. Se dedicó a perder el tiempo desde los quince años
en coger e idealizar a sus parejas, no esperó un tiempo propicio para
disfrutar las cosas de la vida, corrió los momentos y ahora, pasado el
tiempo, se encuentra vacío y sin un porvenir; este era el momento
que él apresuró, por eso envidia a mis amigos y a lo mejor a mí, por
el sufrimiento que él propició, no entiende porqué padeció y nosotros
no. Se ha convertido en un ancla, no me permite avanzar, pero aún
así no lo considero un error en mi vida, con Jonás me di cuenta de lo
que no deseo en una próxima pareja.
El inicio de nuestra relación como en todo fue sumamente
agradable, lo vi en un antro, me gustó, le estuve viendo por espacio
de una hora, luego caminé por donde estaba con el pretexto de ir al
baño, después me guiñó el ojo (se dio cuenta que lo estaba
mirando), le dije «Hola» y comenzamos a platicar. De ahí
empezamos a salir, íbamos a bailar, nos gustaba quedarnos hasta
tarde en los antros ensimismados en nuestro gusto uno por el otro,
sin poner atención al show de las «vestidas» o de los chiquitos
preciosos que bailaban en la barra (eran bastante fresas, no
permitían que ningún gay le tocara, a menos que fuera mujer, yo no
sé qué trataban de ocultar, la mayoría de esos stripper son gay, ¿y
tratar de no aparentarlo en un antro con la bandera del arco iris?,
¡por favor!), al igual íbamos a la playa, caminábamos de la mano, le
rodeaba la cintura y bajaba aún más mi brazo para tocar sus
nalgas —está muy dotado de esa parte, las tiene como en forma de
corazón—, bueno otra vez me estoy saliendo del tema; dec ía que
todo en un principio fue agradable. Nos hicimos pareja e iniciamos a
pelear por cosas sin importancia.
Luego de un tiempo, decidimos que era el momento de vivir
juntos, y los problemitas se fueron haciendo grandes al paso de los
meses. La primera noche, cuando vino a vivir a mi departamento,
fue igual de agradable como en todas esas cursilerías de despertar al
lado de tu pareja. Los primeros meses nos dejábamos notitas:
«Amor, te quiero mucho, fui a la estética, no tardo, te amo: Jonás»,
donde se veía la ilusión de formar una relación duradera, pero como
bien se dice «¿Quieres conocer a Manuel?, vive con él», así conocí a
Jonás.
Los pequeños celos cuando le decía que saldría con mis amigos y
él me convencía de no ir con el pretexto: «Te quiero sólo para mi por
el día de hoy» —uno al principio lo ve como un gesto halagador—, se
fueron haciendo muy grandes, al grado de llorarme: toda una escena
de lágrimas, haciéndose al mártir, a la víctima de mi «maldito»
carácter; decía que lo tenía casi olvidado, no le atendía ni consentía
como él a mí y por último su clásica frase de pobre víctima: «No sé
porqué te quiero tanto, si eres un cabrón conmigo», ¡va!, es un
mártir disfrazado y en cualquier momento te clava el puñal. Jonás no
es un Jonás, ahora se volvió un Jodas en mi vida y me tengo la culpa
por permitir que esta relación avanzara y se convirtiera en una
enfermiza, en un círculo incurable.
Hubo una vez cuando llegué del trabajo —la noche anterior
habíamos discutido— me encontré a Jonás desalojando todo el
departamento, incluso mis cosas, estaba listo para irse sino fuera
que llegué a tiempo, un minuto más tarde y me quedaba sin todos
los artículos de mi casa. Hasta ese momento fui un idiota, seguí
creyendo que las cosas se podían solucionar arreglando los
problemas de ese momento.
Poco a poco, la mayoría de nuestras discusiones se empezaron a
resolver en la cama, tenía que haber una pelea para tener relaciones
con muchas ganas, ya no eran por estar contentos, felices por algo y
el sexo se diera por ello, no, se convirtió en una forma de solucionar
nuestros problemas. En momentos de fuertes peleas, la pasión con
que gritábamos daba lugar a besos casi obligados, lastimosos y de
ahí pasábamos a la cama, deshacíamos toda la furia en ella, uno con
el otro, casi salvaje; él me mordía los labios casi hasta sangrar y yo
el cuello, nos penetrábamos muchas veces con gran obsesión hasta
el amanecer. Al día siguiente él amanecía con moretones en el cuello
y yo con el labio partido. Lo nuestro se convirtió en una relación
enfermiza y estas nunca tienen buen final si continúan. Él y yo nos
jodimos la vida hasta hoy.
Hace un mes tomé la decisión de separarme, nada lo impedía, el
único lazo que nos unía (el amor), se acabó. Insisto, cuando dos
gays se unen para vivir juntos es para pasarla bien el tiempo que
dure las ganas del uno por el otro o más sentimentalmente, el amor.
Por ello no estaba dispuesto a continuar jodiéndome la vida a su
lado; pero no fue fácil reunir el valor suficiente para enfrentarlo, la
costumbre de dos años de convivencia es muy fuerte y tal vez la
soledad. Ayer reuní ese valor.
—Ya no quiero vivir contigo —le dije tranquilamente.
Él no decía nada.
—Regresa a tu departamento.
Continuaba en silencio.
—Te doy cuatro días en lo que empacas y te llevas tus cosas.
Continuó en silencio.
—¿No me escuchas?, no te me quedes viendo, di algo, ¿está bien
cuatro días como plazo o te vas en menos tiempo?
—Voy a joderme.
—¿Cómo?
—¡Qué voy a joderme!, coño, me mato. No se porqué te quiero
tanto si eres un cabrón conmigo. Me desaparezco y al carajo, te
quedas libre para coger con tus amigos.
—No te engañé en estos dos años. No me llores, esto termina
hoy.
—Te quieres olvidar de mí.
—No he dicho eso.
—Me mato para que puedas coger a gusto.
—Mátate si quieres, estoy hasta la madre de tus escenitas.
—Me mato mañana imbécil.
—Está bien, trataré de ir al velorio.
Todo ello es una síntesis de mi relación con Jonás, acabando con
una promesa de suicidio. Quién sabe si la cumpla, a lo mejor es uno
más de sus tediosos chantajes para ver si caigo de nuevo en el juego
de mártir y yo de perverso. Hasta calculó su promesa de muerte en
el día exacto (como bien sabía) en el cual tengo que viajar a un
importante congreso de trabajo, donde tengo grandes posibilidades
de propuestas para impartir conferencias en diferentes países, lo cual
daría un mayor impulso a mi carrera profesional. La promesa la hizo
para anclarme a él e impedir el desarrollo de mi porvenir, no sé si
quiera destruirme, no lo sé; espero que no llegue hasta ese punto de
amargura, en fin, pasará lo que tenga que pasar, pero sinceramente
la promesa es una estupidez y no la cumplirá.
—Ven aquí —me dijo.
—¿Qué quieres?
—Olvida lo de ayer, fue una pendejada decir que me mataría.
—Sabía que no lo dijiste en serio.
—Estoy de acuerdo, me voy, pero antes quiero ir a tomar un café
contigo, hoy te vas y cuando regreses ya no estaré.
—Sí. Quiero que terminemos como amigos, algo se tiene que
salvar de los buenos recuerdos de dos años.
—Ajá, vamos.
Me acarició el cabello y sonrió. Nos fuimos caminando hacia el
metro, mientras platicábamos como antes... antes que todo se
tornara insoportable.
—Te habló la bruja.
—¿Carlos?, ¿qué te dijo esa zorra?, Jonás.
—Si íbamos al antro cuando llegaras del congreso.
—¿Te comentó si iba a ir la Pepa?, ya sabes, esa maldita zorra
nada más va para ligar, mientras su pareja está en otra ciudad.
—Bueno pero de manita sudada no pasa, la Pepa solo coge con
su pareja.
—¿Ya lo comprobaste?
—Como eres cabrón.
—Dejemos tranquila a la pobre Pepa. ¿Sabe Pepa que le decimos
Pepa?
—No, se encabrona, para él sigue siendo José.
—Es Pepa coño, ni que fuera de closet.
—Pues sí, bien que se aloca cuando baila, se descose la zorra.
—¡Ya la vi bailar! No se tiene por qué molestar, todos tenemos
nuestro nombre de friega, tu por ejemplo eres la Joda.
—El tuyo tampoco se queda atrás.
—Yo no he dicho que no.
Llegamos a la estación y esperábamos el metro, tomaríamos un
café y de ahí me iría al aeropuerto, ya traía mi equipaje conmigo. Me
iba y Jonás se quedaría solo en el departamento y por la experiencia
pasada, encargué a Carlos para que lo vigilara y al igual las cosas
que se llevaba -por eso me habló y pretextó lo de ir al antro-. Un
café servirá como una pipa de paz y el metro se escucha venir.
Puedo ver las luces, su ruido es el arrullo de la ciudad.
La gente comienza a acercarse a las orillas para ganar lugar.
El metro está a menos de cuarenta metros. Y Jonás abraza los
rieles, el conductor no tiene oportunidad de verle; éste continúa su
rumbo hasta el final con el cuerpo de él. Cuando se detiene, t oda la
gente se arremolina a ver el abrazo de Jonás a los rieles, ellos
detienen su tiempo y porvenir, yo no.
El amor es sencillamente libre.
Ahora agarro mi equipaje y me voy de aquí, subo a un taxi que
me lleva al aeropuerto. Entrando a la sala de abordar suena mi
celular, es Carlos.
—¿Dónde estás?
—En el aeropuerto.
—Estoy yendo a vigilarlo.
—No te preocupes, ya no hay necesidad.
_____________________
Gricel Ávila Ortega es una escritora de Mérida (Yucatán - México)
A l g o m á s q u e u n p a s e o
Ángel Balzarino
APENAS LLEGARON A LA PLAZOLETA, él se desprendió de su mano
y comenzó a correr hacia el grupo de chicos que como todos
los días lo esperaba para jugar. Impetuoso. Profiriendo gritos
de alegría. Como un pájaro que abandona su jaula. Sin otra
preocupación que disfrutar estos momentos. Y una vez más
comprendió que también para ella permanecer allí,
observándolos, lograba contagiarle tanto júbilo y entusiasmo.
Está bien. No dispare. Yo le... Una sensación en la que se
mezclaban la ansiedad, el regocijo, la certeza de ser dueño de
un invencible poder, lo invadió al notar el temblor de la voz y el
sorpresivo pánico reflejado en el rostro de la muchacha cuando
le apuntó con la pistola. Imperativo. Con una seguridad que no
admitía duda. Casi tuvo ganas de lanzar una brusca carcajada,
como si fuera la única forma de manifestar el inefable placer
que alcanzaba en cada asalto, durante el breve e intensísimo
tiempo en que tenía el privilegio de ejercer un total dominio
sobre los otros. Poné aquí todo lo que tengas. Rápido. Luego
de sentarse en el banco habitual, sacó una revista de la
cartera, pero no llegó a concentrarse en la lectura y se limitó a
mirarla bastante distraída. Como siempre, toda su atención fue
ocupada por él, gratificada al observarlo reír y gritar y correr
infatigable junto a los otros chicos. Es lo más importante y
querido. Casi lo único que tengo ahora. No podía evitar cierto
desgarramiento al considerar el reducido universo que
formaban ellos dos después del abrupto alejamiento de
Rodrigo, y por eso, no sólo por amor sino fundamentalmente
por angustia y el anhelo de tener un sostén para sobrellevar la
soledad, se aferró a él. Nos necesitamos los dos. Ya nada
podremos hacer separados. Obsesiva se transformó la
necesidad de compartir cada momento, de gozar su compañía
pero también de hacer todo lo posible para protegerlo de
cualquier daño o peligro. Encendió un cigarrillo y, dispuesta a
eludir cualquier otra cosa, sólo quiso verlo jugar en la
plazoleta. Apurate. No vamos a estar aquí toda la tarde. La voz
perentoria y furiosa del Cholo quebró de pronto esa especie de
encandilamiento y repentino deseo que ella logró despertarle
con su cuerpo túrgido y provocativo dentro del vestido
demasiado ajustado. No. No es el momento para eso. Aunque
sería lo más agradable. Bruscamente tomó conciencia de lo que
debía hacer allí, en ese local y frente a la muchacha pálida y
temblorosa que con evidente torpeza sacaba los billetes del
cajón y los ponía en una bolsa. Aquí tiene. Es todo. Como si
hubiera concluido una fatigosa tarea, le tendió la bolsa
deformada por el cúmulo de billetes. ¿Estás segura? El tono
resultó entre amenazador y algo divertido mientras le apoyaba
la pistola entre el pronunciado pliegue de los senos, convertido
el caño en una prolongación de su mano, ávida por explorar la
tibieza de la carne suave y palpitante. Abrió otro cajón y en
forma maquinal retiró algunos billetes. Dale. Vamos. Esto se va
a llenar de gente en cualquier momento. Aferró la bolsa, ya
firme y decidido a cumplir su propósito con la eficacia de
siempre. Ni se te ocurra moverte de aquí. Agitó por última vez
la pistola frente a los ojos desorbitados y después corrió hacia
donde estaba el Cholo. Tropezaron con algunas personas, entre
desaforados gritos de sorpresa y alarma ante la visión de las
armas desnudas, al salir a la calle en vertiginosa carrera.
Apurate. Ya perdimos demasiado tiempo. Agrio y pleno de
reproche el tono del Cholo. No trató de justificarse ni de
esgrimir una disculpa. Sólo compartió la preocupación y
rabiosa premura por ponerse a salvo, sortear las numerosas
siluetas que dificultaban el paso y llegar hasta el coche donde
los esperaba Santillán. Pero todo pareció tornarse oscuro,
incomprensible, producto de una absurda pesadilla, cuando
surgió el grito convertido en orden escueta e inapelable. Alto.
No se muevan. Como ya era habitual, observó que un rictus
amargo reemplazaba la sonrisa y quedaba con el cuerpo rígido,
en súbita actitud de rebeldía o de muda protesta. Vamos. Ya es
tarde. Mañana vendremos otra vez. Debía apelar a su
paciencia, utilizar las palabras más tiernas y afectuosas,
ofrecer algún caramelo o barra de chocolate, para que el final
del juego no resultara tan doloroso. Aunque hubiera querido
que se prolongara indefinidamente, pues ella disfrutaba tanto
como él de los momentos que pasaban allí, era necesario poner
un límite. Cuando recuperó la sonrisa por obra de las
deslumbrantes promesas de otras jornadas de juego más
extensas y divertidas, abandonaron la plazoleta. La colmaba de
alivio cada vez que se restablecía entre ellos una comunicación
íntima y jubilosa, aunque siempre le tocaba ceder ante la
voluntad y los caprichos de él. Lo principal es verlo feliz. Y que
pueda tenerlo cerca, para abrazarlo y besarlo. Después de
marchar un rato, él soltó su mano y, libre, comenzó a correr
por la vereda, dando saltos y efectuando diestras jugadas con
alguna pelota imaginaria. Faltaban dos cuadras para llegar a la
casa cuando, al doblar una esquina, vio a varias personas
moverse en forma desordenada, profiriendo gritos y palabras
incoherentes. No tuvo tiempo de indagar el motivo de tanta
agitación. Quedó paralizada por el seco estampido de un
disparo. La reacción del Cholo fue rápida y contundente. Con el
rostro desfigurado por la bronca y vociferando maldiciones,
disparó contra la figura uniformada que pretendía cortarles el
paso. ¿Quién le avisó? ¿Cómo pudo...? Inútilmente procuró
encontrar una justificación a la trampa que de pronto los
cercaba. Corré. Dale. Abrumado por la confusión y el
desconcierto -con el policía haciendo fuego parapetado detrás
de un coche, la gente corriendo en busca de un lugar seguro, el
horror expresado en gritos histéricos-, sólo quiso eso. Escapar
de allí. Ponerse a salvo. A cualquier precio. Sobre todo después
de escuchar el quejido del Cholo y verlo desplomarse como una
especie de muñeco desarticulado, con los brazos abiertos y una
mancha roja en el pecho. Terminaré igual si no salgo de aquí.
Ya. Rápido. Convertida en el tesoro más preciado, aferró
fuertemente contra el pecho la bolsa llena de billetes, y apretó
el gatillo. Una vez y otra y otra. Descontrolado. Sin un blanco
definido. A cualquier figura que pretendiera frustrar su huida.
Sebastián. Urgida por el pánico y la desesperación, procuró
alcanzarlo para brindarle su amparo, mientras lo llamaba en un
clamor desolado. Y siguió repitiendo el nombre querido con voz
cada vez más débil, enronquecida, quebrada por el llanto,
después que cesaron los disparos y la gente ya se había
dispersado y un silencio ominoso comenzó a cubrir la calle casi
desierta, sin poder apartar los ojos del cuerpo diminuto y
quieto de él.
Cartas desde
las ruinas___________________
Miguel Baquero
Medlebrún (en la frontera oeste de la civilización)
Día tercero de la cuarta luna del año 527 desde la domesticación del caballo.
Mi querido maestro: (1)
A día de ayer he llegado a este lugar, después de larga y fatigosa travesía, y
después de múltiples calamidades, quesería prolijo detallar. Baste decir que,
cuando cruzaba las montañas, a la sazón cubiertas por la nieve, aquel buen
mulo con el que salí del seminario reventó de frío y de cansancio. Imbuido, no
obstante, por la grandeza de mi misión, seguí a pie la vía adelante, pero quiso la
suerte (mala suerteen este caso) que cayerasobre mí una de las muchas bandas
de salteadores que acechan estos pasos. La dicha banda me despojó de todo mi
equipaje, así víveres como vestuario, de tal manera queno exagero a vuesa
señoría si le digo que alcancéel valle desnudo por completo, depauperado y
aterido.
Encontré entonces, a la vera del camino, un monasterio,a cuyapuerta
me llegué a pedir auxilio. Me abrió el padreportero y, al verme de aquella guisa,
sin efectuar preguntas me hizo pasar al interior, me llevó al patio,y corrió luego
a tañer las campanas, convocando urgentementea la congregación. Se trataba
de la muy antigua, muy practicante, y muy numerosa además, orden de los
padres sodomitas. Entre ellos estuve quincedías, hasta que pudereemprender
camino. Lo cual fue una madrugada,furtivamente, y ataviado,puesto que no
pude encontrar otra ropa, con uno de sus típicos hábitos abierto por el culo.
Así fue como llegué hasta Medlebrún, y como me presenté en el lugar de
las excavaciones. Me encontré allí a un buen número de gente, atareada en la
pica y desempolvo de unas ruinas;según me vieron llegar con aquella
vestimenta, todos, sin excepción, tomándome por un monje sodomita
verdadero,se enderezaron al instantey formaron en un círculo cerrado. Me
asombraron,en verdad,tales muestras de respeto, pero al fin, y por las señas
que les di, las cartas de presentación de vuesa señoría, y otros detalles de
nuestro seminario, se deshizo el malentendido y accedieron a darme
alojamiento. Aunqueun tanto apartado del común, esa es la verdad.
Mañana iré a visitar, porprimera vez, el yacimiento arqueológico. De los
estudios que haga, hipótesis que siga, y conclusiones a las que llegue huelga
decir que le mantendré informado. Entretanto, beso a vuesa señoría la nuca,
como es preceptivo y en señal de respeto.
hg
Medlebrún
Día décimo de la cuarta luna del año 527 d.d.c.
Mi querido maestro:
Antes de entrar en detalles técnicos, creo necesario contarle cómo salieron a la
luz las ruinas que ahora nos ocupan, según oí de un maestro prospector. Había
atravesado este maestro, en compañía de su expedición, aquel gran río
llamado Ebrún, que hasta hace apenas cinco años delimitaba el avance de la
humanidad;nada más poner los pies en la otra orilla, ordenó hacer diferentes
sondeos por los alrededores, en busca de vestigios arqueológicos.
Apenas iniciados dichos sondeos, se descubrieron los restos de dos
edificios. Pronto advirtieron que se trataba deicglexias (2), como se decía en la
terminología de la época. O, lo que es lo mismo, de edificios civiles dedicados a
todavía no hemos concretado bien qué menesteres. Como es propio en estos
edificios, su salón principal se encuentra todo él rodeado por los retratos de
diferentes personalidades; en el cabecero, presidiendo el conjunto,
ineludiblementese halla el retrato bien del rey,medio desnudo y con los brazos
abiertos en señal de bienvenida hacia sus súbditos, o bien de la reina,
sosteniendo en sus rodillasal príncipeheredero. Esto era norma, al parecer, en
todas las dependencias y despachos oficiales de la época antigua, de igual
manera a como, en nuestros días, se cuelga en las paredes de los distintos
departamentos un retrato del monarca haciendo el pino puente, en señal de
honestidad, respeto hacia sus súbditos y buena forma.
En cualquiercaso, nada de esto era lo que se andaba buscando, por lo
que mandó el jefe de la expedición continuar la marcha apenas amaneciese.
Aquella noche, en torno a la hoguera, reunidos todos los miembros de la
expedición, trazamos rutas sobre la arena y compartimos nuestro sueño, el
deseo latenteen cuantos nos dedicamos a la búsqueda de santuarios de la
civilización antigua. En concreto, nuestros anhelos estaban puestos en hallar
aquel templo legendario que, durante muchas generaciones,ha sido poco más
que una quimera, un mito, un lugar de fábula. Ahora, gracias a los progresos de
la técnica (sobretodo gracias a la invención del pico y de la pala, aunque su
funcionamiento todavía nos resulte algo complejo),tal vez podamos en un
futuro no muy lejano ver con nuestros propios ojos tal maravilla. Con esa
esperanza, al menos,nos despertamos al alba, y con esa esperanza el jefe de
nuestra expedición se caló el gorro de orejeras, símbolo de su autoridad,se alzó
sobre los estribos de su burra, alargó el brazo con toda la pompa que exigía el
momento y gritó:
—¡Adelante!
Es cosa ciertamenteadmirablever cómo avanza una expedición de
arqueólogos. Con la misma sincronización, el mismo silencio, el mismo paso
corto y decidido que una manada de leonas hambrientas al acecho de una
presa, así es como la caravana emprende su camino. Tantas veces vuesa
señoría, desdela cama en nuestro monasterio donde se encuentrapostrado,me
ha expresado su frustración porno podercontemplar este hermoso espectáculo,
que hoy me veo en la obligación de describírselo cuan prolija y detalladamente
me sea posible.
Verá usía:a la cabeza de la expedición, unos pasos por delante de ella,
suele marchar el comúnmente conocido como maestro orientador. Apartede su
mayor o menorpericia en la ciencia orientativa, es condición sin duda
primordial paraestos doctores sostenerse bien sobre una mula. Ello es así
porque marchan a lomos de una, absortos en la contemplación de ese gran
mapa, la Guía Michelinia, documento del pasado de incalculable valorque
estos maestros protegerían, llegado el caso, con su vida. El citado mapa lo
llevan ante sí, desplegado en cuanto el brazo abarca, y solamentede vez en
cuando alzan la vista de este maremágnum de papel, otean el horizonte,
extienden la mano y gritan:«Es por allí». Al lado del maestro orientador,y por
andar éste tan sumido en su tarea, es costumbre que camine un mozuelo, con el
objeto de irle apartando las ramas de delante, el matorral de los lados y,más
por lo general, con el objeto de ayudarle a levantarsesi es que la brusca
aparición de una zanja o la repentina presencia de un peñasco derriban al buen
doctorde su montura.
Sigue a estos dos personajes, unos pasos por detrás, el jefe de la
expedición. Nombrado por Nuestra Alteza Real entre losindividuos que, de las
Seis Provincias, hayan sido escogidos en pública elección como los más
ahorradores, es su misión marcar los objetivos, las etapas, y, sobre todo,
fiscalizar los gastos de la partida;debido a ello es que, en su persona, se unen
los cargos de tesorero, pagador, contable, y encargado de las provisiones.
También es el que lleva el botiquín.
A su zaga van los maestros prospectores. La tarea de estos grandísimos
peritos comienza cuando el maestro orientador, bien por lo que le dicta el
mapa, bien por su instinto, cree haber llegado ante el posibleenclave de un
templo. «Íbidem!(3) Hic jacet!Non plus ultra!», grita, y el equipo de
prospectores toma a esta señal el protagonismo:se apean de sus burras,
mandan a sus operarios que descarguen de los carros el material y comienzan la
cala. En general, la gente dedicada a remover terreno,entremaestros, operarios
y mozos, alcanzacasi el centenar, de lo que vienen a resultar enormes
circunferencias de tierrahollada, impresionantes socavones en cuyo fondo,
como puedevuesa señoría suponer,no siempresurgen las ruinas tan ansiadas.
En tales casos, suelen volverse todas las miradas hacia el maestro orientador,
en claro signo de reproche.Entonces es cuando él, a manera de respuesta, lanza
el mapa al suelo y plantea un desafío en estos términos (latinos):«In prima
loci, intelectasumma»(4).
Tras de lo cual, indefectiblemente, todos los reprochadores vuelven la
mirada, el jefe de la expedición recoge el mapa del suelo, lo sacude y se lo tiende
al maestro orientador, al tiempo que con un arquear de cejas le hace seña al
mozo que le acompañapara que le ayude a subir al burro.
Detrás de estos que ya he dicho, marchan los maestros medidores. La
misión de estos maestros medidores (imprescindibles en toda expedición) es,
como vuesa señoríabien sabe, trasladar las antiguas cifras de distancia,
expresadas en ese enrevesado sistema métrico decimal, a nuestro moderno y
más práctico sistemapersonal aleatorio.Suelen requerirselos servicios de estos
maestros una vez las ruinas han salido ya a la luz, o cuando alguna
circunstancia en el camino así lo exige:determinar la distancia hasta un punto,
la altura de una montaña, la profundidad de un río, la hondura de un
barranco…. En el caso concreto de nuestra expedición, son tres los maestros
medidores quenos acompañan, cada uno de ellos acompañado por su
ejecutante principal (que son quienes,efectivamente, han de llevar a cabo las
medidas aleatorio-personales quesu maestro disponga) y un buen número de
sustitutos.
Es en pos de este grupo que voy yo, monjede la orden de los
comentaristas, experto en el estudio e interpretación de los textos antiguos. A
mí es a quien se consulta sobre la importancia, o no, de algún vestigio hallado;
sobre la conveniencia, o no, de insistir en una búsqueda; sobre la necesidad de
tal o cual esfuerzo;a quien se pide su autorizada opinión, en suma, y valga la
inmodestia. Cerrando la comitiva marcha el cuerpo de intendencia:
despenseros, cocineros, asistentes, encargados de las tiendas y los vestidos,
palafreneros, furrieles, etcétera,así como un pequeño destacamento de
soldados, quenos protegen de los posibles asaltantes,de los aventureros que no
han logrado hacermejorfortuna en estas tierras hostiles y semisalvajes.
¿Puede ya vuesa señoría, mi querido maestro, con esta somera
descripción que le he dado del grupo, hacerse idea del espectáculo maravilloso
que supone verlo avanzar a paso imperturbablepor estas tierras extensas,
llanas, interminables de la Dauguirria?Siete jornadas hace quesalimos de
Medlebrún. Siete jornadas durantelas cuales hemos tenido queatravesar
desfiladeros, donde, al oír el retumbo de los cascos de las caballerías y el
chirriar amplificado de los carros, salían de sus nidos en la roca buitres,
milanos, águilas, y otras aves quehasta entonces nunca habían visto alteradasu
tranquilidad;siete jornadas en las cuales hemos avanzado por bosques,sotos,
montañas, dehesas, valles, campos ubérrimos, agrestes peñascales, infectos
pantanos, polvorientas llanuras,tupidas malezas... Para mí que nos hemos
perdido. Eso al menos pensamos la mayoría, arrebujados en torno de una
hoguera mientras ahí, en la oscuridad,en el desierto vasto, aúllan los lobos y
silban las serpientes Pero, en fin, y como dijo uno de los soldados de la
expedición:«Mientras estemos aquí, no estamos en otro sitio».
Espero darle en mi próxima carta mejores nuevas. Entretanto, beso a
vuesa señoría, etcétera.
hg
Día sexto de la sexta luna del año 527 d.d.c.
En algún punto de la Dauguirria Magna.
Mi querido maestro:
El desánimo ha comenzado a cundir entre la gente de la expedición. Al mucho
tiempo que llevamos en camino, y a la incomodidad que ello comporta, ha
venido a sumarse la carencia, preocupanteya, de víveres. En los carros, llenos,
rebosantes cuando salimos de Medlebrún, apenas si puede encontrarseya
alguna hortaliza reseca, y el racionamiento ha alcanzado, por lo tanto, cotas
insoportables. ¡Ay de la falta de previsión y de las prisas!¡Con lo fácil que
hubiera sido reponer lo gastado en la época en que cruzábamos porregiones
fecundas!
Ahora todo en nuestro derredor es tierra, tierra ocre con desmandados
brotes amarillos, algún zarzal que nos da poco consuelo, pues la fruta, en este
tiempo, está muy ácida, algunos pocos árboles agrupados en torno a un regato ,
de los cuales apenas si obtenemos más que sombra. De la caza, por otra parte,
fuera inútil pretender algo.Si bien hay entre nosotros reputados cazadores, su
destreza sería proverbial en las montañas, no digo que no, donde osos, linces,
jabalíes, rebecos, cabras, y demás fieras andan a mano de un garrotazo, pero en
estos páramos desolados donde la más cercana pieza acaso sea un pato que
cruza raudo porlas alturas, o un conejo que, no menos veloz,huye de mata en
mata, ya se imaginará vuesa señoría en dóndevienen a concluir sus
persecuciones y sus lanzamientos:en una espesa nube de polvo.Alguno hay
que ha empezado a experimentar con ese reciente invento del arco y de las
flechas, pero en tanto no mejoren en su uso ha dictado el jefe de la expedición
que vayan a ejercitarse contra un árbol,a una distancia prudencial de los
integrantes de la caravana, quienes ya hemos tenido que sufrir varios
percances, sobre todo cuando disparaban hacia lo alto. Así las cosas, no ha
quedado más remedio quesacrificar algunos burros.
En medio de tan desdichada situación, alcanzamos a vislumbrarcierta
mañana un monasterio en la cumbrede un otero. Como vuesa señoría bien
sabe, hay varias órdenes monacales recoletas que, en su deseo de aislarse del
mundo, y entregarse con tranquilidad a sus prácticas, han venido a instalar sus
cenobios aquí, en estas tierras por civilizar. A simple vista, y más desde la
distancia, no hay señales quepermitan inferir dichos cenobios a qué orden
pertenezcan, pero como en el caso presente viéramos quede sus chimeneas
salía humo, e incluso parecían oírse voces,no nos cupo dudaalguna de que se
encontraba habitado. Dejando a un lado la cierta reticencia que, hacia las cosas
de los claustros y los monacatos, se tiene en la sociedad civil, se decidió queno
nos quedaba otra mas que acercarnos a ver si podían surtirnos de comida.
Decidido lo cual, y de manera unánime, todas las miradas se volvieron hacia mí,
pues no en vano soy monje, aunque comentarista, y había tenido ya, como le
conté en mi primera carta, cierta experiencia en lo tocante a monasterios.
Así pues, y pese a mis protestas, se me asignó el papel de comisionado.
En tal papel, y volviendo la vista atrás con mucha frecuencia para solicitar a los
soldados de la expedición que no me desamparasen,poco a poco me fui
acercando a la abadía. Y a estaba casi ante sus puertas cuando (sin duda debían
de haberme visto desde alguna tronera) éstas se abrieron y el hermano
mayordomo me salió a recibir. Por su hábito,corto y arremangado, por su gran
calvicie y por lo encallecido de sus manos, curtidas en innumerables rituales,
entendí al punto que me hallaba ante un convento de padres onanistas.
Ensimismados y pacíficos por demás, y tan absortos en sus ceremonias que,
según oyeron mi demanda, sin parar en mientes,me entregaron sacos y sacos
de comida, con los cuales bajé hasta el lugar dondemis compañeros esperaban,
acampados, el resultado de mi misión. Me recibieron, como yasupondrá usía,
con mucho alborozo, y no digo quese lanzaron sobrela comida y la devoraron
al instante porque,antes de ello, procedieron a lavarla en un arroyo que por ahí
cerca discurría,como es costumbre en los alimentos que proceden de tan pías
manos.
En este punto despido la carta, no bien repuesto todavía del susto.
Beso a vuesa señoría etcétera.
hg
Día decimotercero de la sexta luna del año 527 d.d.c.
Mi querido maestro:
¡Estamos en Maxdriz, ya sabe usía, esa ciudad que hasta hoy sólo era un
interrogante en los mapas!¡Hemos llegado, sí, a esa villa legendaria donde se
alzaba el celebérrimo santuario!Una emoción contenidaalumbra todos los
semblantes,incluso los de aquellos, como el capitán de los soldados o el jefe de
la expedición,que más fríos y circunspectos deberían mostrarse.
No ha sido fácil llegar hasta aquí. Después de haber saciado nuestro
apetito con las vituallas que obtuve del convento, a la mañana siguiente
reemprendimos el camino. Y no habíamos andado más allá de medio día
cuando encontramos un río. Preguntado el maestro orientador no acertó a
decirnos, con seguridad,si se trataba del Thajo, delIarama,del Enares, o del
famosísimo Manz-an-ares.Anchuroso era, por cierto, y caudaloso,y, en
tocante a su profundidad, se ordenó a uno de los maestros medidores
determinarlo. Tomó éstepara ello a su ejecutante principal, le hizo descalzarse,
subirse las perneras, le amarró a la cintura un cordel donde iban sujetas dos
medianas piedras,y de esta suerte le acercó a la orilla y le ordenó que
comenzasea andar. Al cabo de un buen rato de observación del agua, cuando
ésta definitivamente recuperó su tersura, fue que el maestro medidor se volvió
hacia nosotros y dictaminó:
—Es bastante profundo.
Con lo cual tuvimos que ascender su curso hasta que, yade noche,
dimos con un vado por donde pasar a la otra orilla.
Después de éste, pocos incidentes más nos ocurrieron durantela
marcha. Atravesábamos portierra rica, fructífera, agradable,el tiempo era
excelente, los arroyos y riachuelos abundantes, los trinos de los pájaros
formaban una deliciosa melodía, contrapunteada porel cantarlejano,
intermitente, de una chicharra.En éstas que, en lo alto de una pequeña loma
que ascendíamos,se detiene el maestro orientador, alza la mano, obligándonos
a todos a parar, pliega el mapa, se echa adelante sobre la cabeza de su montura,
frunce los ojos y al fin dice:
—Ahí está Maxdriz.
Al punto todos nos echamos abajo de nuestras caballerías, y los mozos,
cocineros, ayudantes, demás gente de a pie, presto soltaron lo que tenían entre
manos y todos corrimos raudos a unirnos al maestro orientador, sobrela loma.
Y el caso era que, mirando en la dirección que nos indicaba, no lográbamos ver
otra cosa sino una llanura extensa,surcada de pequeñas, perezosas corrientes
de agua, vegetación disforme con predominio del matorral, alguna encina, a lo
lejos un grupo de árboles... Campo, en fin. Y a alguna mirada se estaba
volviendo hacia el maestro orientador cuando,de pronto,uno de los mozos
grita:«Mirabili!», y dirigiendo todos nuestra vista hacia el punto donde
señalaba su brazo vemos cómo,por entre un matorral, refulgeal sol la punta
agudísima de un edificio. Y de ahí vino el comenzar todos a dar gritos, a
abrazarnos, a llorar incluso, a frotarnos la frente en señal de alegría.
—¡El mítico Pirulí!
Crecido por estejúbilo, y como si la cercanía de la ciudad le hubiera
dado renovadas fuerzas, el maestro orientador, que de unos días a aquella parte
se había mostrado apático y desganado, de pronto pareció recuperar el aplomo
de su conducta y el dominio de su ciencia. Ya había tomado aire para darnos
una idea aproximada de por dónde deberíamos avanzarcuando yo,que en
aquel punto me encontraba en terreno conocido por mis lecturas de los
documentos de la Antigüedad, no pude evitar interrumpir al maestro
orientador para decir:
—Y o pienso que lo mejor será —hice una pequeñapausa mientras me
acariciaba el mentón—, coger la M-30, dirección Este-Norte, hasta la salida de
Ramón y Cajal, cruzar Príncipe de Vergara, seguir luego por Concha Espina...
El maestro orientador escuchó ésta mi ruta con los brazos cruzados
sobre el pecho, la cabeza erguida, los labios apretados. Era obvio quese sentía
ofendido por mi súbita injerencia;el jefe de la expedición se dio cuenta de esto
y fue a ponerle una mano sobreel hombro,con ánimo de sosegarle. Pero el
maestro, tan pronto sintió el contacto,retiró el cuerpo,giró sobre sus talones,
frunció cuanto le era posible el ceño y se quedó mirándonos de soslayo.
—Venga —dijo en tono dulcísimo el jefe de la expedición—, micer
Favius, ande, no se enfade usía. Vamos a hacercaso por una vez al monje
comentarista, que no en vano es experto en los textos antiguos.
—Y a. Pero es que están todo el rato igual. Todo el rato igual —y según
dijo este último «igual», descruzó las manos del pecho y echó a andar,
braceando exageradamente y de modo rápido,hacia un lugar indeterminado.
No fue sino después de un largo rato que se empleó en convencerle, y
aun así a regañadientes, queel maestro orientador concedió en dirigir la
expedición haciadonde yo había señalado.Lugar que indicó no, como se suele,
con un brusco, firme, enérgico, vibrante alzardel brazo, seguido del grito ritual,
sino con un suave, lánguido, displicente caer de la mano.
—Aquí está vuestro templo. Hala. Aquí lo tenéis.
—Calad —ordenó el jefe de la expedición con voz tronante, hasta
entoncesdesconocida;y cuando hubo pasado todo el estruendo de descargar de
palas y de martillar de clavos para montar las tiendas, se dirigió con paso
resuelto hacia el maestro orientador, que se había sentado bajo un árbol e
indolentementemirabala actividad. Ya antes de llegarante él le iba diciendo lo
siguiente:
—Espero, micer Favius, que, de verdad, estéaquí el templo fabuloso
que buscamos, porque si no...
—Si no... ¿qué?
—Si no, cobra —concluyó el jefe de la expedición, y todos cuantos
observábamos esta escena no pudimos por menos de admirarle, por el modo
como había impuesto su autoridad.
A la mañana siguiente de haber comenzado esta excavación, una voz,
desde el fondo de uno de los hoyos, dio el grito siempreperturbador, siempre
inquietante,siempre estremecedor de «edificium!(5)». Al punto, se trasladaron
a aquel hoyo todos los operarios,se llevó todo el equipo y, poco antes de la
noche (en este momento quele escribo), ya se pueden vislumbrar los primeros
restos. En mi próxima carta, le contaré lo que pasó con esto y qué fue lo que,
finalmente, se descubrió.
Entretanto, beso a vuesa señoría etcétera.
hg
Maxdriz
Día décimo de la octava luna del año 527 d.d.c.
¿Cómo describirle a vuesa señoría el alborozo, el júbilo,la excitación que se
apoderó de todos los expedicionarios cuando advertimos, tras tres o cuatro días
de cavado, que nos hallábamos efectivamenteante el templo tan ansiado?¡El
mayor y más importante monumento de la Antigüedad!¡El más grande, más
hermoso y más histórico santuario de todo nuestro continente!
Tendrá, a falta de más exacta medición, cosa de 345 pasos,no muy
amplios, de largo, 280 ídem de ancho, y de 24 a 25 cuerpos como el mío de
altura. Esta altura me atrevo a darla por completada, puesto que han surgido
ya, en el fondo del cavado, restos de la hierba originaria. Aquí era donde, dentro
de un rectángulo perfecto, se inscribía el canpo (6), o lugar de ceremonias, que
a continuación le paso a detallar.
Con la ayuda de un maestro medidorevaluétoda la extensión del terreno
central, siendo la cifra resultante de ochenta y dos saltos seguidos sin tomar
carrerilla por un lado, y treinta y siete y el último dejándose caer por el otro.
Acto seguido, y como vuesa señoría me aconsejó, busqué en los lados más
estrechos del terreno esos dos agujeros donde, según las noticias que nos han
llegado trasmitidas de generación en generación, se incrustaban los dos postes
así de altos, con el otro atravesado, que eran, según parece, componente
fundamental de la ceremonia.Midiendo la distancia entre agujeros, resultó ser
de cinco volteretas hacia delante y un resbalón.
Después de esta primera fase, en la que he hecho acopio de cuanto dato
objetivo, medición y prueba me era posibleencontrar, paso ahora, conforme
ordena la teoría científico-arqueológica,a la segunda fase, en la que es
necesario servirsede la imaginación. Paso a la etapa intuitiva. Me hallo sentado
en las gradas del templo, arrebujado en una piel de cabra.La mañana se ha
presentado un tanto nublada, un viento frío desciende por las ruinas,
concretándose, aquí y allá, en pequeños remolinos de polvo;el silencio a mi
alrededor es casi absoluto,acaso roto porel sonido, pautado, de un pequeño
pico al impactar en la piedra.
Me imagino, en primer lugar, las gradas llenas de asistentes. Las
crónicas antiguas hablan de setenta, ochenta y hasta cien mil concurre ntes,
cifra seguramente exagerada si tenemos en cuenta que, tras la hecatombe,
apenas si quedaron sobre la Tierra cincuenta mil seres humanos. Es cierto que
el recinto tiene cabida para tantos como dicen las crónicas, siempre y cuando se
mantuvieran sentados, con las piernas encogidas, y sin poder moverse
prácticamente del asiento. Tal postura, salta a la vista, es insostenible, y más si,
como sabemos,era norma acudir a la ceremonia con banderas, pendones,
estandartes, y demás parafernalia cuya función en el culto, a decir verdad, aún
no hemos podido definir;es por esto que más pienso yo que andarían
tumbados, tendidos o repanchingados, cómodos en cualquier caso, y que ese
aforo apuntado de siete u ocho decenas de miles bien podría reducirse a la
mitad, o a una tercera parte.
Cuentan asimismo las crónicas antiguas con qué desaforado estruendo,
proveniente de este público, eran acogidos los oficiantes de la ceremonia
cuando saltaban alcanpo. Supongo yo que estealboroto tendría, sin duda, un
matiz reverencial, vendría a ser algo así como una impetración masiva a esos
ungidos, a esas cuasi divinidades;no en vano,según se aprecia en muchos
viejos grabados, eran numerosísimos los fieles que,alargando sus brazos hacia
esos semidioses, buscaban con ellos el contacto salutífero. Otros, los de más
arriba y alejados, según se dice cantaban a coro salmos de bienvenida y
alabanza, en un tono, presumo yo,de mucha religiosidad. Una vez así
cumplimentados los oficiantes, era cuando se presentaba en el terreno el sumo
sacerdote.
En realidad, un velo de misterio cubre a esta figura. Sabemos que se
acompañaba, para ejercer su magisterio, de un silbato, cuyo trino canoro (me lo
imagino aquí sentado) haría entrara la multitud en una especie de trance. Y
sabemos también que, porlo común, al acabar el ritual era acompañado hasta
la salida por los policiae (7),o soldados ciudadanos que, en cerrado círculo en
torno a él, le expresaban, sin duda, su admiración. Por lo demás, su
comportamiento sobre el terreno, razones por las que se guiaba y motivos de su
actuación continúan siendo un enigma.
Este arbitro, como se le llamaba, hacía su aparición en el terreno entre
un ondear de banderas, y portando el balon.Dicho balon era un objeto esférico,
comparablea una cabeza humana pero sólo en tamaño, no en tocante a
blandura o capacidadde bote (como, tras numerosas pruebas, han sentenciado
los maestros medidores). Su colocación, por parte del arbitro, en el centro del
terreno marcaba el inicio del ritual propiamente dicho. Éste consistía,
básicamente, en que los oficiantes, divididos en dos bandos, hacían rodar
dicho balondel uno al otro, y del otro al uno, y éste a un tercero, y éstea su vez a
un cuarto, con cuidado de no traspasarlas líneas que delimitaban el canpo,así
como de no ser tampoco interceptados porlos oficiantes contrarios.Para ello
ponían un especial empeño en triangular. Es de suponer que, de este modo,
resultarían unas evoluciones exquisitas, culmen del álgebra, la trigonometría, la
geometría, la aerodinámica, y otras ciencias del espacio;evoluciones que el
público, muy versado en estas cosas, contemplaría arrobado,casi en éxtasis,
pleno de trascendencia y muy cercano a la comunión con el Creador.
Al parecer, el objetivo último de estos ejercicios geométricos consistía
en introducir el tal balon en el tinglado anteriormentedicho de palos y redes.
Y o no tengo esto tan claro, sin embargo, quiero decirel gol como objetivo. Pues,
de ser así, ¿dónde radicaría la gracia del asunto?Bastaría con avanzaren línea
recta, sortear uno tras otro a todos los contrarios y... ¡patapum!, a la red. Y a me
dirá vuesa señoría qué puede haber en esto de bonito. Antes pienso que lo que
interesaba era el hecho, en sí, del movimiento del balon, el discurrir por
discurrir de la pelotha (como también se le llamaba). En verdadle digo que,
nada más por esto, debía de ser un espectáculo fascinante.
De hecho, puede leerseen las crónicas antiguas cómo eran muc has las
ceremonias en dondeno se producía ningún gol, o lo que es lo mismo, que
concluían a cero,y no por esto sabemos de quejas ni deserciones ni motines por
parte del público. Ah, me digo, cuántas veces no eran nuestros antepasadosmás
sabios y más cultivados quenosotros. A esta pregunta, como una respuesta
misteriosa,una repentina ráfaga de aire violento ha descendido por el graderío,
arrasando casi con mis papeles y levantando una gran nube de polvo.
La tarde comienza a caer sobre estas ruinas.El silencio, profundo y
sepulcral, ha ahogado con su pie de plomo la algarabía de aquel viejo mundo
invocado, y el espacio lo ocupan ya, tan sólo, los exánimes rumores
provenientes del cercano bosque. Ha tiempo ya quelos maestros prospectores
cesaron en su labor y, por encima de la mellada línea del templo,comienza a
elevarse y a lucharcon la ventisca el humo azul de las hogueras del
campamento. Hasta aquí llega, signo único de civilización, el olor agrio de la
carne de cordero asándoseen los espetones. Así pues, voy a ir recogiendo. Pero
antes de ello no quiero dejar de referirme a los héroes de todo aquel ritual, a
aquellos poco menos quesemidioses, ídolos en cualquier caso, que nosotros
llamamos los oficiantes.
De ellos nos han llegado muchos nombres,pero no importan tanto
éstos como su figura en general. Sabemos que los escogían entre lo mejorcito de
los hombres, queles educaban para su labor prácticamentedesde críos,
apartados del mundo, y queluego, cuando por razón de edad ya no podían
seguir rindiendo como de ellos se esperaba,entonces... lo cierto es que me
cuesta deciresto... entonces «les traspasaban». Sí, «les traspasaban» ¿A quién,
que tenga alma sensible, no se le pone al oír esto la carne de gallina?, ¿quién no
les compadecesinceramente desdeel fondo de su corazón?, ¿quién,cada vez
que lee éste su terrible fin, no vierte una sentida lágrima porellos?Y aunquelo
cierto es que burrada semejante obscurecela belleza del conjunto,la grandeza
de la ceremonia y lo avanzado de su civilización, ¿es que acaso nosotros, que
nos llamamos sucesores suyos y nos creemos pordemás instruidos, no
colgamos de los dedos gordos de los pies, cabezaabajo, a los actores queno nos
gustan?¿Será por esto por lo que nadie quiereser actor en nuestros días y hay
que tomar a gente de reemplazo?Me limito a sugerirlo, nada más.
Pero, volviendo a los antiguos, y aunque la brutalidadnunca tiene
disculpa, hay que apuntar también en su descargo que, durante los años en que
los citados oficiantes eran capaces de cumplircon su tarea a gusto del público,
se les trataba con las mayores deferencias y eran agasajados como si de reyes se
tratase. Tal demuestra, por ejemplo, la abundancia con que se les retrataba, y
no sólo la abundancia, sino el cuidado y la extrema perfección,el amor con que
se reproducía su imagen. Por desgracia, de este artesólo nos han llegado
referencias, y algunos pocos originales,a través de las crónicas antiguas;bastan
estos escasos restos, sin embargo,para apreciar el estilo notabilísimo de
aquellos grandes retratistas. ¿De qué manera que ignoramos conseguirían
ajustarse tan fielmente a la realidad?, ¿qué asombrosa técnica emplearían?
Mucho me temo que pasarán,entrenosotros,generaciones y generaciones
hasta que nazca alguno que consiga, siquiera, aproximarse a la calidad de aquel
famoso Foto Agencia;entretanto, nos debemos contentarcon admirar sus
obras, ya celebérrimas: Miguelón, delantero centro de Osasuna (retrato que se
ha tomado como canon de la belleza clásica); Paquito, duda para el derbi; y,
sobre todo, ese prodigio de movimiento, de intensidad, de furia y de pasión que
es Márquez rematando el córner que supondría,a la postre, el gol de la
victoria. Sencillamente impresionante.
Ahora debo despedirme de vuesaseñoría. Pido disculpas porlo extenso
de la carta, fruto de la emoción queme ha embargado. Daría, en verdad le digo,
la mitad de mi vida por que me fuera posible retrocederen el tiempo y
presenciar, siquiera unos instantes, el ritual que se celebraba en estos templos.
Sentimiento común, ya sé, a todos nuestros hermanos, monjes instruidos en la
lectura y comentario de esa magnífica colección de «Marcas» que se
encontraron hacesiglos entre las ruinas y queconstituyen lo que nosotros
denominamos «Crónicas antiguas». A partir de ellas hemos acertado a
reconstruir gran partedel pensamiento y la cultura de nuestros antepasados,
una cultura cuyos logros nunca alcanzaremos a igualar, como nítidamente
advierte uno aquí sentado, en las gradas de este magnífico templo,el Sant Y ago
Bernabíu. No es momento, en fin, de ponerse triste, porque ya debe de estar el
cordero en su punto.
Beso con infinito respeto a vuesa señoría la nuca.
IeronimusMarcello
(fraile comentarista)
Leyenda
Miguel Baquero
CUENTA LA LEYENDA que, en el año 137 a.C., una legión romana al
mando del general Décimo Junio Bruto llego ante el río Limia. Tras la
breve corriente de agua se extendía la Gallaecia, un inmenso
territorio por conquistar.
—¡Adelante! —gritó el general, mientras descendía por el ribazo
hacia la orilla.
Pero Décimo Junio sintió a sus espaldas el callar de tambores,
entrechocar de hierros, pifiar de caballos, las señales propias de un
ejército que duda y retrocede. Sabía las causas de aquella vacilación.
Las había estado oyendo desde hacía un mes.
—La Gallaecia —susurraban los más veteranos—, está llena de
oro, sí, pero ¡ay del que cruce el río Limia! Perderá la memoria y
nunca más volverá a ser quien fue.
Así había oído una noche en que, cerradas las tinieblas, se acercó
a un fuego en torno al cual comían su rancho los legionarios. Oyó
entonces, oculto en las sombras, aquella lúgubre voz del veterano,
punteada por el lejano aullido de los lobos, y vio, a la luz crepitante
de la hoguera, cómo la soldadesca, otrora fiera y aguerrida en la
lucha contra el bárbaro, se contraía temerosa y asustadiza. Cómo
cada soldado buscaba el contacto con el vecino; cómo a todos
estremecía y llenaba de pavor la idea de acabar errantes por los
montes, igual que lobos, olvidada su patria, su religión, su lengua...
—¡Panda de...! —murmuró el general Décimo Junio, y se metió
decidido en el agua. Una vez en la otra orilla alzó la voz y comenzó a
gritar los nombres de los decuriones, con toda la genealogía de su
familia; nombró también a todos sus esclavos, sin olvidar uno; y
recitó, por último, toda una rapsodia de Homero.
Los legionarios se miraron entre sí y poco a poco fueron bajando
al río. Al fin, se alejó el ejército por el territorio adelante, entre el
retumbar de los tambores, el pifiar de los caballos, el entrechocar de
los hierros. Décimo Junio Bruto, a la cabeza, sonreía orgulloso,
aunque con cierta frialdad porque, de pronto, no se acordaba del
nombre de la tribu bárbara contra la que debía dirigirse, ni cómo
exactamente se llamaba el emperador a cuyas ordenes combatía, ni
qué era un emperador, ni...
Los pasos de los duendes sobre las hojas
caídas del otoño
por
Ana María Manceda
SER DOCENTE y atender a una familia no es poca cosa. Llego
corriendo a cocinar, luego de tirar la cartera y los libros en un sillón,
me coloco el delantal y comienzo a preparar la salsa, luego pondré el
agua a hervir para los fideos. Me encanta sentir el olor del ajo, el
perejil y el laurel dorándose con la carne picada ¡Ay!, se me fue la
mano con la sal. ¡También! Me quedé enganchada con la clase.
¡Cómo me podría sustraer al apasionado mundo del cosmos! ¡Las
caritas de los chicos cuando una explica el Big-Bang, la expansión del
universo, los cuásares, los agujeros negros!
Al tomar conciencia me admiro de todo lo que podemos hacer
las mujeres en una hora ¡Ni que decir en un día! Mientras abro la lata
de pomarola recuerdo que tengo que poner la ropa de color en el
lavarropas. Con un pie cierro la heladera y cuando paso por un
pequeño espejo que coloqué estratégicamente en un lugar aledaño a
la cocina me asombra ver mi imagen. Antes de volver al colegio por
la tarde, necesito un buen retoque, con este aspecto no puedo
presentarme ante los alumnos.
Todo listo para comer, escucho la puerta, suena el cencerro de
bronce, seguramente es mi eternidad. Siempre me emociona su
llegada. ¡Lucio fue tan esperado! ¡Lo amo tanto! Como todo pre-
adolescente tiene días que está comunicativo y otros que las únicas
palabras son: —Bien; —Nada. Lo que sí le gusta y se devora es lo
que cocino. Su padre llega más tarde y la vorágine cotidiana nos
envuelve. Hoy es un día que no charla mucho, está pensativo, me
sumo en mis pensamientos. ¡Hm! Por la tarde tengo que dar
fotosíntesis: —¡Chicos, este proceso es la base de la vida! Sin las
plantas en el planeta no existiríamos, las hojas poseen clorofila para
captar la luz del sol y las raíces absorben el agua de la tierra, con
estos elementos…
—¡Mami… Fito escuchó a los duendes… —mi mente parece un
torbellino y aterriza.
—Perdón hijo ¿Qué me decías?
—Ves, después me decís que no te cuento nada.
—Bueno… bueno, te pedí disculpas, por favor explícame lo de
los duendes.
—Lo que pasa es que a vos no te gusta ir de campamento.
¡Hm! Pensé en mi pobre columna, en mi cómodo colchón y todo
lo demás que necesitaba para el bienestar.
—Lucio, sabés que los fines de semana corrijo trabajos, el
tiempo me es escaso.
—¡No! A vos te gusta estar con los libros, además no creés en
los duendes para vos si todo no está comprobado no existe.
Me sentí angustiada y culpable, como todas las madres que
trabajan.
—No es tan así Lucio, por favor, contame la historia de los
duendes —su cara se iluminó.
Seguimos charlando sobre el tema, en esta zona de la
Patagonia es muy común escuchar leyendas de origen mapuche,
historias de ovnis u otras con matices mágicos. Llegamos a un
acuerdo, el próximo fin de semana largo iríamos de campamento ya
que pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas.
Camino hacia la escuela se mezclaban en mi mente dos temas;
la fotosíntesis y el campamento… ¡Uy… uy…! Utensilios, víveres, anti-
inflamatarios. En fin, debo dejar de rumiar los preparativos y poner
manos a la obra. En algo tenía razón mi hijo.
Y llegó «El Gran Día», elegimos Semana Santa, que para
nuestra suerte cayó los primeros días de abril. San Martín de Los
Andes es muy estable, climáticamente hablando, para esta época,
noches y mañanas frías, soleadas y tibias a la hora de la siesta. El
colorido impresiona los sentidos, uno se enfrenta con luminosos
colores verdes, ocres, rojos, amarillos… el cielo azul… muy azul.
Durante el trayecto a Yuco, lugar elegido para acampar,
observamos con detenimiento el paisaje. El Cerro Chapelco empieza
a mostrar manchones de nieve y los senderos del bosque se
alfombran de otoño. Ni bien llegamos nos dedicamos a armar la
carpa, el tiempo apremiaba, teníamos que ganarle al crepúsculo. En
realidad este trabajo no me gusta mucho pero es tanto lo que hay
que hacer y el entorno es tan bello que mi fastidio se esconde en las
tareas. Sammy, la perrita Foxterrier, tan querida por nosotros, corre
como loca hasta el lago y vuelve alegre a recibir mimos para luego
retomar su circuito. Los animales captan de manera extraordinaria
la libertad de la naturaleza.
Desde la entrada a la carpa se ve el majestuoso lago Lácar
¡Cuánta belleza y misterio encierra! Dejo volar mi mente recreando
la época de las glaciaciones que lo formaron y una agradece que el
destino nos haya traído millones de años después a vivir en esta
geografía. Hay que hacer la hoguera, Lucio y su padre buscan ramas
para alimentar el fuego. Preparo el mate, lo compartiremos junto a la
fogata mientras se hace la comida, la noche se está anunciando y el
frío también.
Comemos cordero con papas, a la olla y bien condimentados,
bebemos vino, gaseosas y charlamos. Las ideas surgen como una
lluvia benefactora, nos olvidamos de discutir sobre la economía
hogareña, la ropa tirada, los platos sucios. Conversamos sobre
leyendas, sobre elCuero del lago que muchos nativos vieron flotar en
distintas épocas, de los ovnis que estacionan detrás de algún cerro, o
de los que salen velozmente desde las profundidades del lago. No
puedo con mi genio y al mirar el cielo espectacular, con la Cruz del
Sur indicando soberana nuestro hemisferio, pienso en voz alta lo
maravilloso que es estar viajando en esta nave azul, acompañando al
sol en su viaje por el espacio ¿Qué seres de otras galaxias o desde la
nuestra, nos acompañarán en este fascinante deambular por el
cosmos? Los ojos de mi hijo se encuentran con los de su padre,
cómplices, como resignados a esta mujer educadora. Luego, el
silencio. Al acostarnos solo se escucha el murmullo del bosque.
La mañana nos sorprendió muy fría, vigorizante, y le
devolvimos la sorpresa con nuestras risas, no es común que
despertemos con tan buen ánimo, siempre apurados y conscientes
de nuestras obligaciones. Sammy, feliz con los paseos. Lucio y su
padre tratando de aprovechar los últimos días de pesca permitida.
Me deleito observando la vegetación, la riqueza de este bosque
patagónico, la mente medita y goza.
En vísperas de nuestro regreso al hogar decidimos como cena
de despedida asar las truchas pescadas. ¡Un manjar! Luego de las
tareas posteriores a la cena nos preparamos para dormir, hacía frío,
me acerqué para abrazar el cuerpito caliente de mi hijo ¡Doce años!
¿Cuántas ilusiones jugarían en su cabeza? El tiempo pasaba y seguía
abrazada a él, pensaba que la rutina no nos permite preguntarnos
estas cosas. ¿O será que el futuro nos da cierto temor? Los padres
siempre estamos ayudándoles a construir su propio destino pero
pocas veces tratamos de conversar con ellos sobre sus sueños, sus
anhelos, sus miedos. Es como si quisiéramos empujar el tiempo,
pero en realidad ellos nos necesitan. ¡Ya! ¡Ahora!
Mi marido dormía y Sammy estaba descansando arrollada a los
pies de Lucio, cuando en el silencio de la noche se escuchó el crujir
de las hojas sobre el suelo otoñal. La perra se incorporó, movió las
orejas como buscando la dirección de los sonidos. Lució se sentó
como un resorte y me miró, nuestras miradas se cruzaron y recordé
que se parecían a las milagrosas miradas de ese único e
irrepetible momento en que lo amamantaba. Con una voz casi
quebrada me dijo: —¡Los duendes! Escuchamos juntos, abrazados,
cómo los reposados pasos hacían sonar las hojas, como teclas de un
piano. Luego se alejaron, suavemente, dejándonos una milagrosa
melodía en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Lucio seguía
mirándome, en ese momento quise atrapar el instante en que su
niñez huía hacia la adolescencia y supe que sea cual fuere su
destino, jamás olvidaría que cuando escuchó el paso de los duendes
sobre las hojas caídas del otoño, estaba abrazado a su madre.
_______________________
Ana María Manceda. Escritora de San Martín de los Andes. Neuquen.
Patagonia Argentina. Nace en Tucumán (Argentina). Desde el año de
vida se afinca con sus padres en la ciudad de La Plata donde realiza
sus estudios primarios, secundarios y universitarios. Estudia Ecología
en la Universidad Nacional de La Plata. Hace treinta y cinco años vive
en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Realizó trabajos
deinvestigación como docente de nivel secundario(fue profesora de
geografía y biología en el C.E.P.E.N.Nª 13 de San Martín de los
Andes hasta su retiro) en las cátedras de geografía y biología.
Coautora del Libro de los cien años, historia, geología, antropología,
geografía, educación de San Martín de los Andes (premio especial
de editores argentinos) y ¿Quién fue el verdadero fundador de San
Martín de los Andes?, para FUNDACIÓN SAN MARTÍN DE LOS
ANDES. Hace diez años participa públicamente en literatura.
Seleccionada con Mención de Honor y primeros premios para
diversas antologías por certámenes convocados a nivel nacional e
internacional en poesía y narrativa(en forma continua desde el año
2000). En octubre de 2008 recibe el 1º Premio en Certamen
Internacional ARTES Y LETRAS 2008 en narrativa por su
obra Derrumbe (Editorial Novelarte. Córdoba; Argentina).
Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español); de
SEA (Sociedad Escritores de Argentina); de POETAS DEL MUNDO,
de WORLD POETS SOCIETY; de UNIÓN HISPANOAMERICANA DE
ESCRITORES. Miembro de Asociación de Escritores y Artistas del
Orbe y JURADO DEL CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín
de Los Andes).
La cosa
Eduardo Martos Gómez
ACASO POR EL CALOR EXCESIVO, por una desconocida reacción
corporal, o por alguna causa inexplicable, su cuerpo se convirtió por
completo en agua mientras dormía, empapando las sábanas. Por la
mañana, cuando su madre fue a despertarlo, sólo encontró el cerco
de humedad y las lavó.
Pasaron días sin que nadie se preocupara por la súbita
desaparición del hijo mayor.
Una tarde casi anochecida sonó el timbre. Al abrir la puerta,
una deforme criatura de carne y arterias y cartílagos y huesos
visibles se tambaleó y entró en la casa ante el silencio, asombro y
repugnancia de la familia. Un olor putrefacto inundó la entrada. El
innominable ser miró con ojos ensangrentados, uno en lo que alguna
vez debió de ser la frente, y otro en la mejilla, bajo un orificio que
tenía que ser la boca; miró a la familia y emitió un sonido
inexplicable y terrible, ajeno a la sensibilidad humana, procedente de
las pesadillas y los infiernos. Algo después habló sin dientes, que
estaban repartidos por sus múltiples miembros incompletos; se
dirigió a la madre, murmurando torpemente:
—Tuberías, cloacas... Mamá, ¿por qué me metiste en la
lavadora?
«It’snowornever»
Luis Enrique Mejía Godoy
A MIS TRECE AÑOS, como a la mayoría de los niños, me
gustaban la mujeres mayores. Mis tías solían reunirse en el
corredor de la casa por lo menos una vez a la semana con mi
madre que ya andaba en los cuarenta. Me divertía escuchar
sus risas, contándose chistes picantes mientras tomaban café,
sentadas en círculo alrededor de una mesa llena de pastelitos,
rosquillas, semitas y otras delicias del pan segoviano que mi
propia madre hacía en el horno de la casa. Yo tenía algunas
tías realmente jóvenes pero ninguna soltera. Con sus vestidos
discretamente escotados, el pelo rizado con la técnica de
pinzas calientes y sus bellos rostros apenas maquillados,
frescos y morenos. Perfectos dientes remataban una sonrisa,
digna sin duda, de un primer lugar en el certamen de Miss
Nicaragua. Una estampa que competía con la de una artista del
cine azteca, inevitable y obligada referencia de la belleza
femenina de América Latina a finales de los años cincuenta,
como las fotografías de María Félix, Elsa Aguirre y Rosita
Quintana que mi papá tenía debajo del vidrio de su escritorio.
Me gustaba ver pasar por la acera de mi casa a la esposa
del gerente del Banco Nacional. Una cuarentona de piernas
firmes que escoltada por sus hijas no menos bellas, pero como
decía el vecino: «nada que ver con la hembrona de su madre».
Venía por la acera de la casa bajando hacia la Iglesia. Mujer
"Centaura" de tierras chontaleñas, —mitad mujer, mitad
potranca— de pelo negrísimo y ojos almendrados, con un
movimiento de caderas «que a cualquiera deja enclochado y
con los cables pelados», comentaba emocionado, mi primo
René, que al verla venir a la mitad de la cuadra, imitaba el
relincho de un potrillo y pelaba los dientes.
También me gustaba la mujercita del telegrafista. Maestra
de primaria, veinte años, rostro aindiado y baja estatura, pero
con unas pantorrillas bien torneadas y unos pies menudos
metidos en unos zapatos de tacones altísimos que hacía sonar
como la clave de un danzón de Lara y que yo escuchaba desde
cualquier rincón de la casa. Salía entonces a la puerta para
verla pasar olorosa a perfume barato, con sus nalgas
respingaditas y juguetonas, como enjuagándose. Vestida de
rojo, desplazándose debajo de una sombrilla azul con
mariposas amarillas que movía coquetamente en su camino a
la escuela pública muy a las seis y media de la mañana, a la
misma hora en que el Poeta Selva le improvisaba Sonetos de
amor, Ovillejos y versos Alejandrinos a las empleadas
domésticas que iban con su pichelito a traer la leche y la
cuajada donde los Briceño.
Había también una mujer muy especial. Andaba en los
veintitrés años aunque parecía menor. Decían que era la
querida del Jefe Político a quien le había botado un hijo cuando
no se quiso casar con ella. Se llamaba Ángela Rosa y le hacía
honor a su nombre porque era una sencilla flor de la calle con
cara de ángel y unos pechos bien duritos que parecían nísperos
debajo de su blusa de hombros desnudos. Peinada siempre una
trenza larguísima que le caía como un cascada hasta las
nalgas. Altísima como una palmera; caminaba como en el aire
con sus sandalias de cuero crudo. Lo que más me gustaba de
ella era que aunque todo mundo la criticaba de ser una mujer
fácil, se desplazaba en las calles como en una pasarela de la
alta costura internacional, con un porte y una dignidad que
jamás he visto en nadie. Debajo de su vestido de algodón,
hecho por ella misma, yo adivinaba su bello cuerpo de sirena
de río y me la imaginaba bañándose en chibolas en el río Inalí.
Pero bueno, de quien realmente quiero hablarles en este
relato es de la mujer del Comandante. Hermosísima dama de
familia andaluza mezclada con sangre negra del Caribe, casada
con un hombrón somoteño que fue Jefe de una Patrulla de la
Guardia en las montañas de las Segovias y que en menos de
diez años había ascendido a Capitán, después a Mayor y luego
a Teniente Coronel. Conoció a doña Esther, como se llamaba su
mujer, en República Dominicana, cuando se fue a entrenar en
un curso especial que el Ejército Gringo organizó para instruir a
los ejércitos de las dictaduras de Centroamérica y del Caribe.
Se la trajo a Somoto donde se casaron y procrearon tres hijos.
Era un matrimonio amigo de mi familia, razón por la cual yo
llegaba a su casa a cualquier hora y entraba hasta la cocina,
allí la encontré muchas veces en bata de levantarse, con el
pelo suelto, haciendo café fuerte como le había enseñado
durante su niñez en Santo Domingo su tía Clarisa, una mulata
hija de franceses y haitianos. Siempre con su olor a mentol y a
tabaco por los dos paquetes de Kool que se fumaba
diariamente. Doña Esther era una de las mujeres más
hermosas del pueblo. Ella lo sabía, el Comandante también, y
ahora yo lo estaba confirmando con el corazón agitado, cuando
al final de las vacaciones de verano, cumplía mis trece años de
edad.
La primera vez que reparé en ella fue cuando, vestida de
pantalones ajustados y camisa a cuadros, un sombrero
hondureño de ala ancha y unas botas vaqueras estelianas que
le llegaban hasta las pantorrillas, montaba un hermoso caballo
en el tope de toros de las fiestas del 11 de noviembre. Todo el
pueblo se fijaba en el cuadrúpedo que era de pura raza árabe y
que unos turcos de San Marcos de Colón le habían regalado al
Comandante en muestra de agradecimiento por los
contrabandos de telas que los árabes pasaban por la frontera
de El Espino. En cambio yo, sólo me fijaba en sus caderas y
sus hermosas nalgas que daban pequeños saltos sobre la
montura negra con adornos de plata. Sus pechos, seguramente
sin sostén, también brincaban al ritmo del Son de Toros que los
Chicheros tocaban en el desfile. Podía ver los círculos de sudor
de sus pezones rozando la camisa vaquera, y ella, con la
sonrisa grande y su ceja arqueada —como la de la Greta
Garbo— me hacía perder el control, diciendo adiós con sus
manos largas enguantadas que llevaban las riendas del brioso
animal, sofrenándolo, sacándole el paso, «como a su marido el
Comandante...» —pensé con envidia. Sentí un escalofrío en la
nuca.
Un día que había quedado de pasar por Manuel, el hijo
mayor del Comandante, para ir a tirar con hulera palomas y
garrobos al Cerro de la Cruz, vi que la puerta de la sala estaba
abierta. Entré hasta el comedor y busqué en la cocina, llamé
varias veces a Manuel pero nadie respondió. Cuando decidí
salir de la casa, algo me obligó a regresar y empujé la puerta
de uno de los cuartos que resultó ser el aposento matrimonial.
Allí estaba ella, despernancada en la cama, con la bata abierta
hasta la cintura, mostrándose como una preciosa escultura de
ébano, evidencia genética de sus ancestros africanos. El
corazón me dio tres pataditas y la sangre me recorrió en un
segundo todo mi cuerpo flaco. Me puse nervioso, no supe qué
hacer, sabía que estaba invadiendo la privacidad de una
familia, me lo había dicho tantas veces mi mamá: «Uno no
entra en casa ajena hasta que le dicen que puede entrar, de
otra manera, lo confunden con un ladrón...» Pero yo estaba
ahí, y no me arrepentía de ver lo que estaban viendo mis ojos.
Tuve el impulso de tocarla, de decirle que ya había soñado
muchas veces con ella, que no era mi culpa, que me atraía más
que a mi propia novia de doce años a quien apenas le
empezaban a crecer los limoncitos. En esos pensamientos
estaba, sudando, petrificado, cuando ella despertó
suavemente, como una boa después de comerse a su presa, o
como una leona después de hacer el sexo con su macho para
preservar la especie... Cuando decidí retirarme, deslizándome
en las sombras, escuché su voz casi en el tronco de mi oreja.
Un río helado me bajó por la espalda hasta la misma
separación de mis nalgas. «Me estabas viendo, ¿verdad...?» —
me dijo casi en susurro, sin levantarse de la cama,
acomodándose en su nido revuelto de sábanas, recogiéndose el
pelo ensortijado para hacerse un moño detrás de la cabeza.
Entonces volví mis ojos hacia el rincón. A pesar de la
penumbra del cuarto podía ver claramente su piernón mulato,
ahora con delicadas pinceladas de luz, gracias al Zippo con el
que encendió su primer cigarrillo después de la siesta y se
sentó en posición de yoga, con las nalgas sobre los talones.
Continué observando nítida su pierna de carne morena por la
abertura de su bata y a pesar del contraluz de la ventana del
dormitorio vi en el fondo de sus muslos el perfecto triángulo
encrespado como paste de montaña. Como un panal de
avispas negras —de miel prohibida—, me dije entusiasmado.
«Buscaba a Manuel» —dije entonces tartamudeando. «¿Pero
encontraste otra cosa, no...?» —respondió ella sonriendo.
«Está con sus tragos» —pensé. Sólo habían pasado tres
minutos desde que había entrado a la casa del Comandante
pero a mí me parecía una eternidad... Mejor dicho, el tiempo
se había detenido. El techo de zinc traqueteaba al cambiar el
clima del bochorno del mediodía al frescor de la tarde. No sabía
si salir corriendo y dejar atrás este asunto o enfrentarme a la
realidad, alimentada ahora por mi fantasía que me obligaba a
escuchar que la doña me llamaba, expulsando el humo por su
nariz, como una hermosa dragona enrollada en su propio
cuerpo, con un hombro desnudo, mostrando la mitad del
hermoso jícaro de su pecho izquierdo, «Vení, sentate aquí, y
no te preocupés porque el Comandante anda en Ocotal» —me
dijo, y después de dar un largo sorbo al cigarrillo continuó: «Y
la Lola, la sirvienta, anda trayendo la ropa planchada donde la
María...» Pero pudo más el miedo que el deseo, y salí como
quien se quita un tizón del trasero. Crucé el parque en cuatro
zancadas y fui a meterme a la pulpería de una tía a pedirle un
pocillo de agua. «Parece que viste al Diablo» —me dijo al
verme agitado y todavía pálido del susto. «Es que casi me
muerde el Buldog de los Ríos», mentí rápidamente y recordé la
cara de perro que ponía el chofer y escolta del Comandante
cuando llegaba a las cantinas y los puteros.
No habían pasado ni cuatro días, cuando fuimos invitados a
la fiesta de cumpleaños del Comandante. Al principio me negué
a ir, poniendo como pretexto que me iba a aburrir en una fiesta
de gente mayor, todavía con vergüenza de haber entrado a la
habitación de doña Esther y verla acostada, con aquel piernón
desnudo que no lograba sacar de mi cerebro; pero el
Comandante y doña Esther le habían comprado un tocadiscos
portátil y varios discos de Elvis Presley a sus hijos y estaban
organizado un fiesta en el garaje para los chavalos de nuestra
edad que ya empezábamos a «escupir en rueda». Así que
fuimos al cumpleaños. Allí la vi de nuevo, más bella aún,
vestida con todos los fierros, siempre el centro de la fiesta y las
miradas de todos los hombres, bailando con todos los
invitados, sirviendo bocas y también, de vez en cuando,
llegando al garaje para ver si todavía quedaba refresco en la
bolera. Me acerqué a ella, y valientemente, agarrando fuerzas
de no sé donde ni cómo, cuando ella estaba poniendo más licor
mezclado con refresco, le dije al oído: «No he dormido desde
aquel día...» Ella, enseñándome su perfectos dientes,
blanquísimos, a pesar de la nicotina, con su aliento a
aguardiente, casi quemándome el lóbulo de mi oreja enrojecida
por la pasión infantil, acariciándome la cabeza, me dijo: «¿Por
qué tenés que ser tan joven...?» Y adiviné en sus ojos el deseo
de una mujer hecha y derecha, cuando apenas me crecían los
primeros pelitos debajo del ombligo y me masturbaba en
colectivo con mis primos, viendo a las hermosas bailarinas del
Cabaret Tropicana en la página de Farándula de las revistas
Bohemia y Carteles.
Le conté todo a mi primo Gustavo, y él me confesó que le
había pasado algo parecido con una vieja que se lo quiso
«echar al pico» en un paseo en el Ocotal. «Esas roconolas
quieren comer pipiancito con nosotros...» —me dijo riéndose.
Pero yo le dije que la mujer del Comandante no era ninguna
vieja, y que además de gustarme mucho, apenas tenía treinta
y dos años y que con ella yo había experimentado una
sensación nueva, que no sabía si era amor a primera vista, o
simplemente templazón y que sólo lo comparaba con la vez
que vi aquel afiche en el Cine Venus que anunciaba la película
«Arroz Amargo» con la Silvana Mangano, donde aparecía la
actriz italiana metida en un arrozal con sus pechos mojados y
una pierna desnuda hacia adelante que no olvidé jamás hasta
que conocí un año después, los inmensos pechos rosados de la
Gloria, mi primera relación sexual.
«La mujer del Comandante es pecado capital...»—me dijo
mi primo—, «mejor soñá lo que querrás con la Jane Mansfield o
la Sofía Loren... ¿No tenés miedo de caer preso...?» —me
advirtió tomándome de las muñecas y zarandeándome. Yo me
arreché porque creía que él me podía entender, pero me di
cuenta que sólo doña Esther y yo sabíamos de qué se trataba
este clavo que teníamos que sacarnos. Así que decidí no volver
a comentar del asunto con nadie y me volví a quedar solo con
mis pensamientos, mis fantasías sexuales y mis sueños
mojados...
El día que mi papá me hizo cantar y tocar guitarra con él en
aquel paseo al Río Grande, mientras todos los chavalos se
bañaban en la poza, supe que la mujer del Comandante se me
estaba metiendo demasiado adentro. La celaba si la miraba
restregándose con su marido mientras bailaban, como que no
era su derecho. En la rockonola sonaba el disquito de 45rpm.
con el éxito de Bienvenido Granda: «...No quiero ni que el
viento te me toque, se llena de egoísmo mi dulzura, cariño
como el tuyo me disloca...» Después, mi papá poniéndole una
venda en los ojos, para hacer un acto de magia, le susurró al
oído no sé que cosas... Yo me quedé como con un estorbo en
la garganta y no se lo dije jamás a mi padre. Bienvenido
Granda insistía desde el parlante: «Tu vida va enterrándose en
mi vida...» La música me quemaba el alma y sentía confusos
mis sentidos.
Ese día ella me pidió que cantara «Nunca», de Gutty
Cárdenas. Lo hizo a propósito, porque creo que sabía que yo
nunca podría besar aquella boca de púrpura encendida... Mi
papá y yo la cantamos a dos voces, y ella nos quedaba viendo
con sus ojazos, haciendo rosquillitas de humo con su boca
grande. Ya con sus tragos, me pidió que bailáramos y mi
mamá empujándome me dijo: «No seas tan tímido, andá, que
así vas a aprender a bailar antes que tus hermanos, tonto...»
Las manos me sudaban a mares. Sólo doña Esther y yo en
medio del salón construido sobre zancos a la orilla de río, el
piso de tablas de madera, regado con aserrín y pino. Ella
descalza y con un shortcito azul, una camisa de hombre
anudada un poco más arriba de su ombligo perfecto, «puede
caber un nacite en él...» pensé excitado. Me apretó la mano.
Yo le llegaba al hombro. Sentí su respiración y su olor a cigarro
mezclado con aguardiente Santa Cecilia. Sus pechos sin sostén
rozaban mis clavículas y sentí su pezón erecto y suave a la vez,
«como el borrador de un lápiz» —fantaseé. En una de las
vueltas del baile, más cerca de la rockonola que de la mesa de
tragos donde estaba la gente mayor, cuando José Alfredo
Jiménez cantaba: «Poco a poco me voy acercando a ti, poco a
poco, la distancia se va haciendo menos...» casi sin abrir la
boca, me dijo: «Te espero el lunes en la casa a las cuatro de la
tarde...». Me puse nervioso moviendo los ojos hacia los lados.
Ella entonces agregó: «No te preocupés, el Comandante se va
a Managua con los chavalos...» Esa noche tampoco dormí y mi
mamá insistió en ponerme el termómetro dos veces. Al día
siguiente mi abuela me purgó con Aceite de Castor,
argumentando que seguramente tenía parásitos. Riéndose,
como una adivina, la abuela me advirtió con el dedo: «También
sirve para los malos pensamientos».
Disfrutaba de las vacaciones de fin de año. Mis padres me
acababan de matricular interno en un colegio religioso de
Carazo para el próximo curso y mi madre, amorosamente, me
marcaba con un bordado a máquina los pañuelos, y con tinta
china los calzoncillos, las camisolas y los pantalones. Todos los
días me bañaba alrededor de las cuatro de la tarde y a las
cinco solíamos ir con mis primos a jugar al billar y a tomar
cervezas. Mi padre me había dado permiso de tomar un par de
cervezas, pero no de tomar aguardiente, «hasta que sepa
trabajar carajito... y no ande creyendo la vida es chorizo y el
porvenir moronga...» —me decía. De todas formas, con mis
amigos tomábamos a escondidas en los estancos del pueblo y
después masticábamos papel periódico y semillitas picantes de
«sensen» para quitarnos el aliento pesado a «guaro pelón».
Pero ese lunes, por la cita con la mujer del Comandante, me
bañé a las tres y media en punto para no llegar tarde y salir de
dudas para siempre y saber si lo que me estaba sucediendo era
un sueño que no me dejaba dormir tranquilo o una realidad
que tampoco me dejaba dormir y debía enfrentarla cara a cara
lo más pronto. Mi mamá se extrañó de que me metiera al baño
tan temprano y me preguntó: «¿Para dónde vas a estas
horas...?» Yo le salí con el cuento de que íbamos a practicar
guitarra con Gustavo y que después posiblemente iríamos
hasta al Drive de la Shell de Palacagüina. «No vengan noche, a
esa hora hay mucho animal en la carretera» —fue lo único que
me dijo. Mi corazón estaba tan acelerado que pensé que mi
madre lo escucharía, entonces salí por el zaguán, sin
despedirme.
Me bañé casi a las carreras, me puse mi pantalón de dril
blanco y mi camisa de lino negro con una ancla roja bordada a
la derecha, y salí con mi copete embrillantinado dejando un
rastro de Old Pice con aroma a Pino Silvestre que se sentía a
una cuadra de distancia. Pasé por la casa de Gustavo a quien
tuve que confiarle mi cita y montar con él mi plan para tener
una coartada en caso de cualquier emergencia. «Yo que vos no
me meto con la guardia...» —me dijo en serio. Pero yo a esas
alturas ya había tomado mi decisión, entonces nos abrazamos
despidiéndome para una nueva aventura que después de todo
no dejaba de tener sus riesgos.
En el reloj de pared de la tienda de mi tía Evelina dieron las
cuatro y treinta, le pedí me regalara tres cigarrillos Esfinge que
metí en la bolsa de la camisa y salí casi corriendo rumbo a la
casa del Comandante. De la Iglesia salía un grupo chavalos de
recibir clases de catecismo, igual que yo hace apenas cinco
años atrás. Entré al bar de la esquina pedí un trago estraic de
Santa Cecilia con limón. Cuando toqué la puerta ya eran las
5:00, hora en que arriaban la bandera del Cuartel, lo supe
porque escuché el clarín destemplado de la rutina militar. Ella
vino a abrirme y me sonrió con la misma dulzura de siempre,
me hizo pasar a la sala de muebles modernos tapizados de
cuero café. Nos sentamos, yo en el sofá, ella frente a mí con su
bata de seda china, descalza y con el pelo aún húmedo, recién
bañada. Olía a jabón Camay y a Colonia Inglesa y vi en su
cuerpo felino una sensualidad y un garbo que me envolvió en
una especie de borrachera erótica. Ella me sacó de mis
pensamientos cuando me dijo: «¿Querés tomar una
cerveza...?, sé que tenés permiso de tu papá, además ya no
sos un niño»—sonrió levantando la ceja de María Félix. Sin
dejarme tiempo para contestarle que sí, que me estaba
quemando por dentro y que necesitaba refrescarme la
garganta, el corazón y el estómago, se levantó y fue al
refrigerador a sacar dos Victorias heladas que puso en la
mesita del centro, haciendo a un lado el jarrón con flores de
seda. Destapó las botellas con el abridor que tenía en un
llavero y entregándome la cerveza me dijo: «Salud, por
nuestra amistad y nuestro secreto...» Tomé un trago grande.
Poniendo la botella en la mesa me atreví a decirle: «No sé si
hago bien en entrar a su casa cuando está sola». «No me
tratés de usted»—me dijo frunciendo el ceño y sonriendo con
picardía. «Esta tarde quiero ser un poco más joven para vos...»
Sus ojos brillantes eran de cómo los de una pantera al
acecho... Tragué saliva.
Cruzó la pierna y la bata de seda china resbaló en su muslo
hasta quedar desnudo mostrando nuevamente su pierna
izquierda de caoba, recién rasurada, con un brillo como de
madera pulida. Sentí un escalofrío y decidí desenguaracar mis
sentimientos y ponerlos allí sobre la mesa, junto al jarrón con
flores de seda, el paquete de Kool mentolados, el encendedor
Zippo y el llavero. Viéndola directamente a los ojos y
tuteándola como a una vieja amiga le dije: «Sos realmente
hermosa, la mujer más bella del pueblo, cada vez que te veo
siento hormigas en mis labios y mariposas en mi estómago...»
No me contestó, quizás porque mis metáforas eran frases
cajoneras y gastadas. Tampoco la vi sorprenderse por mi
confesión, la misma que una semana después yo le estaría
reproduciendo exactamente al Cura Salcedo, tartamudeando a
través del cedazo de la ventanilla del costado izquierdo del
confesionario. Ella se puso de pie, fue a cerrar las persianas de
madera de la única ventana que daba a la calle, encendió la
lámpara de sombra de la esquina de la sala, colocó varios
discos en el cilindro al centro del plato de la consola JVC,
accionó el mecanismo del tocadiscos y fue a sentarse a mi lado
pegadita a mi costillar. Puso su brazo izquierdo sobre mi nuca y
tomándome la cara con su mano derecha me dijo: «Besame
que me muero por mordisquear tus labios, jocotitos en miel...»
También sus palabras me sonaron ridículas, pero su ternura,
casi maternal, y la braza de su boca me pusieron las piernas
como de trapo. Entonces, sin experiencia alguna metí mi mano
dentro de su bata y acaricié sus pechos hirviendo, sin saber
exactamente qué hacer después, pues con mi novia que tenía
trece años, a lo sumo que habíamos llegado había sido a
intercambiar de boca a boca una pastilla de chiclets, a
mordernos las orejas y a besuquearnos la nuca en la última fila
de bancas del palco del Cine Iris, la llamada «Zona de Fuego».
Después de la introducción de guitarras, contrabajo y
batería, la voz de Elvis se escuchó nítidamente en el acetato de
cinco pulgadas: «It'snowornever, come hold me tight, Kiss me
mydarling, be mine tonightTomorrowwill be too late,
it'snoworneverMylovewon'twait». Las campanas dieron el
tercer repique para el Santo Rosario. Un revoloteo de Palomas
de Castilla sentí en el campanario de mi corazón cuando la
mujer del Comandante me hizo el amor como quiso. El mareo
me duró como una semana. Mi primo Gustavo nunca me lo
creyó, más bien me dijo burlándose: «A vos te dieron sopa de
calzón...»
Su olor a café con canela quedó impregnado en mi cuerpo.
Mis hermanos se quejaron porque según ellos yo había llevado
al cuarto un tufo a guapote. Mi mamá me volvió a purgar y
cambió la ropa de mi cama. Fue el año en que me aplazaron en
el examen de matemáticas y terminé con mi novia. Ya nada
fue igual.
Las Marías___________________
Luis E. Mejía Godoy
«LA CANTINA ESTÁ ALEGRE. No si para qué... mas sin embargo, en
estos tiempos, ni se sabe...», dijo la Leoncia secándose las manos en
el delantal blanco con vuelos y adornos de bordes de trencilla azul,
metiendo la mano en la bolsa repleta de dinero. Desenredó tres
billetes de a peso y le dio el vuelto a Jerónimo por el trago doble que
le había servido. Luego sacó dos cervezas de la hielera, les escurrió
el agua helada con la mano, las abrió en el clavo que tenía en la
esquina del mostrador, y las puso en la mesa de latón en donde
EbertoPinell y el Renco Guillén tenían acumuladas cuatro tandas de
las cervezas bebidas en media hora.
Juancito Urrutia tocaba la mandolina como nadie. No había
pieza que le pusiera bozal ni espuela. Lo mismo interpretaba una
mazurca silvestre levanta polvo que un complicado vals del maestro
Mena, o simplemente inventaba en cuestión de segundos una
melodía que aunque nadie la hubiera oído nunca, provocaba dulces
mareos en las muchachas y era capaz de hacer llorar como un niño
hasta al más hombre. La Leoncia le pidió que tocara Las Marías. No
se hizo rogar y arrancó con la antigua melodía que había aprendido
de niño, de los rústicos dedos de Leandro Torres, el Capataz de la
finca de Los Gutiérrez, en los descansos, a la hora del almuerzo, en
las temporadas de los cortes de café en la montaña.
Juancito andaba ya jineteando el segundo estribillo,
jamaqueando la mazurca, con la oreja pegadita al diapasón, la mano
izquierda jugueteando cerca del borde adornado con incrustaciones
de concha nácar en la boca de la mandolina, y la mano derecha
pulsando las cuerdas de metal marca La Jarochita, traídas de
contrabando desde México por Don Arturo Rosa Garmendia. Con la
uñeta verde hecha de una jabonera de plástico, le sacaba colochos
de música al pequeño instrumento de cuerpo ovalado que él mismo
había hecho a mano en el taller de carpintería de Don Casimiro Ponce
donde hacía rumbos como asistente, copiado a puro ojo, del dibujo
de la Chalupa. En eso entró a la cantina Cresencio Cuevas y se sintió
inmediatamente un ambiente tenso entre los clientes de la cantina
humilde, instalada casi en el guindo, a la orilla del río. Una casita
hecha de ripios de madera, adobe y tejas, con cuatro mesas de latón
y diez silletas plegadizas en un espacio no mayor de seis metros
cuadrados con un piso de tierra bien apelmazado recién barrido y
pringado con agua y aserrín. La Leoncia achicó los ojos como
tratando de hurgar el futuro. A pesar de que disfrutaba oyendo la
polkita que Juancito paseaba alegremente por todo el caserío, tuvo el
presentimiento de una fatalidad...
Todos en el pueblo sabían que a Cresencio Cuevas el guaro le
dormía los sentidos, le arrinconaba la cordura y le oscurecía aún más
su carácter agrio y pendenciero. Caminó hacia el mostrador con el
machete reposando en su vaina de cuero con adornos de flecos de
plásticos de colores. La Leoncia acomodaba las botellas de cerveza
en el cancel y se hacía la desentendida de su presencia para no
provocarlo. Lo conocía de sobra y sobre todo en los días malos.
Había sido su mujer durante dos años, en los tiempos que recién se
había graduado de maestra y él era Jefe de Cuadrilla en la
construcción de la Carretera Panamericana en el tramo de Somoto a
la frontera de El Espino, en esos años ganaba mucha plata y
agarraba parranda desde el sábado al mediodía, después del pago de
la planilla. «¡Poneme un trago de a dospesos...!», dijo casi gritando
con su vocerrón de anunciador de gallera. «Viendo la plata baila el
perro...», le contestó la Leoncia con tranquilidad pero firme. Y
sonriéndole, casi coqueteándole, agregó: «¿Así que aquí venís
pasado de guaro a tomarte lo que no te permiten en otra parte,
verdad...?». Cresencio encendió un Valencia que andaba prensado en
la oreja izquierda, expulsó el humo por la nariz, y pasándose la
lengua por el labio superior adornado con un bigotito recortado a lo
Benny Moré, le dijo: «Jesús amorcito, vos sabés que soy el que más
te ha querido en este pueblo, aunque te me pongas reparona...».
Juancito terminó la última vuelta del último compás de Las Marías,
puso la uñeta y la mandolina sobre la mesa y dispuso tomarse el
resto de cerveza que aún tenía en el vaso. Cresencio sacó un billete
de a cinco y hecho un puño lo tiró sobre el mostrador. La Leoncia lo
agarró, lo estiró y lo metió en medio del fajo que tenía en la bolsa
del delantal y puso sobre el mostrador un vaso de vidrio esmerilado
que llenó de guaro lija hasta el borde. «Vos sabés que me arrecha
que vengás pasado de tragos... y peor cuando andás armado».
Le puso los tres pesos del vuelto bien estirados sobre el
mostrador y le dijo: «Menos mal que hoy por lo menos no veniste
con el Sargento Reyes que siempre le da por sacar la pistola...». Le
puso el tapón de corcho a la botella y la acomodó de nuevo en el
estante verde. Y dirigiéndose a Juancito le dijo desde el mostrador
«¡YdeayJuancitó por qué no te tocás una de esas arranca polvo para
que vean que en este estanco somos pobres pero alegres....!». Y con
la aprobación de los cuatro clientes que había en la Cantina de la
Leoncia Idiáquez, Juancito Urrutia tomó nuevamente la uñeta y se
puso la mandolina cerca del corazón, afinó como siempre las dos
primeras cuerdas, mojando con saliva y apretando las clavijas de
madera, y después de un grito imitando a un borracho, arrancó con
la introducción de la polkita segoviana El grito del bolo. Cástulo, con
la mirada turbia por la neblina del éter y los c uarenta y cinco grados
del alcohol del guarón que vendían por galones en la Administración
de Renta, pegó un cinchazo con el lomo del machete que se oyó
como un rayo en seco sobre una de las mesas de latón y gritó: «¡Un
momento jueputa! ¡Aquí nadie se anda burlando de Cresencio
Cuevas, jodido...!». Juancito sólo bajó un poco el volumen de su
interpretación, y sin dejar de tocar quedó viendo con el rabo del ojo
el machete que el borracho agitaba. «YdeayCresencio, se te subió el
guaro o ahora te picás con sopa’e chancho...?», le dijo Alberto
Carazo, el escribiente y leguleyo que a todo el mundo daba bromas,
sentado desde una de las mesas del rincón, donde se sacaba la goma
con su amigo Mario Diablo. Pero Cresencio, sin dejar de dibujar
líneas en el aire con el machete, escupiendo en el piso le dijo:
«Callate Chancho peinado. O tal vez vos me podés decir quién
autorizó a este chichero de mierda a tocar esa chochada... Mejor
tocame La Perra renca pendejo, y si lo hacés mejor que Los
Sandovales te doy diez pesos...», le dijo acercándose hasta la mesa
donde estaba Juancito subiendo y bajando comarcas y caseríos
campesinos tañendo su instrumento preñado de grillos y todavía con
la cerveza entera sobre la mesa. Dejó de tocar, se quitó el sombrero,
se pasó la mano sobre la cabeza, se quitó el sudor de la frente con la
manga de la camisa de manta, se volvió a poner el sombrero y le
dijo: «Ni que me pague cien pesos... Yo toco lo que quiero...».
Cresencio arrimó una silla y se sentó en la mesa de Juancito, apagó
el Valencia sobre la mesa y se le tomó lo que le quedaba en la
botella de cerveza.
Escupió grueso entre sus piernas, le sacó de la bolsa de la
camisa un cigarrillo, se lo puso en la boca sin encenderlo y con los
ojos más vidriosos y riéndose le dijo: «¡Así que el muy hijueputa no
quiere complacer a Cresencio Cuevas...! ¿Vos sabés que te puedo
dejar tullido de por vida y sin poder tocar ese chunche que es lo que
te da de hartar...?», lo amenazó Cresencio poniéndole el machete
sobre el brazo. «Entonces peor para usted...», le dijo Juancito
quitando su brazo de la mesa y sin perder la serenidad... La Leoncia,
al ver que la conversación iba por camino retorcido buscando los
guindos de la provocación y que no había razón para manchar de
sangre un domingo que pintaba tan bonito, se le ocurrió llevarle una
cerveza a Juancito y un doble de lija a Cresencio, y les dijo a ambos
dándoles una palmadita en la espalda: «Vamos muchachos, déjense
de chochadas, aquí estamos como en familia...». Pero el guaro ya
había enchichado el cerebro de Cresencio que en un desorden de
palabras se iba poniendo cada vez más agresivo. «A mí ni la Guardia
me anda con vergas, cabrón...».
Fue un instante para ver representar la danza de la muerte a
su machete desnudo, relampagueando en el aire y hundirse sobre la
muñeca de Juancito sin ni siquiera rozar la mandolina, y de un tajo
dejarlo sin su mano derecha tan diestra para tocar con su uñeta las
melodías más complicadas. Un río de sangre corrió sobre la mesa
confundiéndose con las letras de Cerveza Victoria, después del grito
del músico. La mano pálida pero aún con vida, como un náufrago,
buscaba desesperadamente la mandolina en el suelo. Entonces la
Leoncia agarró la botella más grande, la quebró en la cabeza de
Cástulo que cayó como un animal sobre las mesas y silletas y le dijo
con gritos de desesperación y arrechura pateándole las costillas:
«¡Jayán, por tu pésimo guaro te cagaste en el mejor domingo del
año y en el mejor mazurquero de las Segoviashijueputa...!». Alberto
Carazo y Mario Diablo atendieron inmediatamente a Juancito que se
retorcía como un ataquiento, buscando con su mano izquierda su
mano derecha debajo de la mesa. Le amarraron un mecate como
torniquete para que no se le desangrara el brazo, mientras el Renco
Guillén que en compañía de Chico Chihuahua entraba en el momento
del bochinche, se fue saltando con su pierna de trapo a llamar al
doctor Lara a su casa, y Chico, al Comando a avisarle a la Guardia
para que se llevaran preso a Cresencio antes de que despertara del
botellazo.
Al día siguiente el Sargento Reyes preparó la fuga de su
íntimo amigo y le pidió a un Juez de Mesta le ayudara a cruzar la
frontera por veredas. Dos semanas después, la Leoncia le puso a su
negocio «Las Marías», en honor a la última mazurka que Juancito
Mendoza tocó completa en su estanco. Y colocó un rótulo a la
entrada: «Se prohíbe venir pasado de tragos. No se sirve licor a
uniformados ni a los que cargan machetes... Por favor deje la rabia
amarrada al palenque de la entrada». Juancito Mendoza terminó
yéndose de Somoto con el Circo de Firuliche, contratado como el
único músico de Centroamérica que era capaz de tocar la mandolina
con una uñeta hecha del mango de un cepillo de dientes amarrado a
su brazo manco. Fue una novedad.
Varios años anduvo Cresencio Cuevas errante y sobreviviendo
a pleitos de cuchillo en estancos y galleras de Honduras, y ya con
varios muertos en su cuenta personal. Amaneció un día de tantos en
el cuarto de un putero de La Ceiba, ahorcado con una cuerda de
mandolina y una nota escrita con letras inclinadas hacia la derecha,
casi ilegibles que decía: «La justicia es ciega y hasta sorda pero tiene
buena memoria, tarda pero no olvida ni perdona... Y con la zurda...».
ViolentStories
_____________________
Dos relatos del libro*
de
Víctor Montoya
They Can Kill Me But I Will Not Die
“THEY ARE HUNTING you down to kill you,” her father said for the
tenth time. She counted the nine scars on her body and answered:
“They can kill me, but I won’t die.”
When she raises her head in the cell with its chalky walls, she
confronts the savage faces of her torturers. The biggest one, with a
bushy mustache and a pistol in his belt, smiles and looks into her
eyes. “So you’re the immortal one?” he says, removing her shoes,
belt, buttons, and wristwatch so she can neither run nor know what
hour or day it is.
Blindfolding her, they take her by the arms and lead her through a
passageway. She can barely move, as though walking along the edge
of a cliff. They put her in a room that stinks of death, yank off her
clothes and tear the blindfold from her eyes.
For a while, still hardly able to see because of the painful light,
she observes men entering and leaving the room, and a dog wagging
its tail. The animal’s mouth is flecked with drool. He sniffs. He licks.
He moves away, crawling between his master’s legs. In the next
room, she sees a table with electronic controls; a bright light, a
bucket, a radio, a cot, and several hooks chained to the wall. On the
other side of the window is a dark, cold street where the wind blows
so violently it can lift rocks and hurl them against the doors.
One of the torturers comes up behind her and puts a hood over
her head. Another manhandles her body and cuffs her wrists. The
torture ritual begins. First there is the simulated execution, then the
“submarine” in a bucket filled with urine and spit. They tilt her and
submerge her head again, pulling her nipples with iron hooks. On the
verge of asphyxiation, she opens her mouth and faints.
They remove the hood...
When she regains consciousness, she hears far-away voices, as if
she were waking from a nightmare. She is tied to the cot, her arms
and legs spread. She looks at the ceiling and has the sensation of
floating in midair. A man’s shadow passes before her eyes and a
burning cigarette comes down toward her breast. She screams and
they turn up the volume on the radio.
They run the picana – an instrument for delivering electric shocks
– from one end of her body to the other. The picana has two well-
braided and spliced cables. They put one cable in her mouth and the
other in her rectum. With the first shock, she feels her head and
body explode. Then, one after another, the men and the dog rape
her until her insides split. Not satisfied, some of them urinate in her
face and others beat her with their rifle butts. They pick her up, her
blood dripping in the emptiness, and drag her through the hallways
to the last cell, where she remains in solitary confinement,
handcuffed to the wall, bread and water her only consolation.
When she awakens from her nightmare, she sees a ray of light
that breaks through the darkness of the cell. She touches her body,
which feels as though it isn’t there, and with a thread of blood on her
lips she repeats: They can kill me but I will not die…
Me podrán matar, pero no morir
TE BUSCAN PARA MATARTE, le dice su padre por décima vez. Ella
cuenta las nueve cicatrices de su cuerpo y contesta:Me podrán
matar, pero no morir...
Al levantar la cabeza entre paredes calcáreas, se enfrenta al
rostro salvaje de sus torturadores. Uno de ellos, el más corpulento,
bigote poblado y pistola al cinto, le sonríe mirándole a los ojos. ¿Así
que tú eres la inmortal?, dice, mientras le quita los zapatos, el
cinturón, los botones y el reloj, para que no pueda huir ni sepa qué
hora o qué día es.
Le cubren los ojos con una venda y la conducen asida de los
brazos por un pasillo. Ella se mueve apenas, como caminando en
falso al borde de un precipicio. La introducen en una habitación que
apesta a muerte. La desnudan a zarpazos y le arrancan la venda de
los ojos.
Por un tiempo, dificultada todavía por la luz hiriente, observa a
hombres que entran, salen y entran, y a un perro que bate la cola. El
animal tiene el hocico babeante. Huele. Lame. Se aleja y se mete
entre las piernas de su amo. En la habitación contigua, mira una
mesa con mandos electrónicos: un reflector, un recipiente, una radio,
un catre y varios ganchos con cadenas en la pared. Al otro lado de la
ventana hay una calle oscura y fría, donde el viento sopla con una
violencia capaz de levantar piedras y arrojarlas contra las puertas.
Un torturador se le acerca por la espalda y la encapucha. Otro le
manosea el cuerpo y la esposa las muñecas. Comienza el ritual de la
tortura. Primero es el simulacro de fusilamiento, después el
submarino en el recipiente de orines y escupitajos. La inclinan y
sumergen en la bañera, tirando de sus pezones con ganchos de
hierro. Ella, a punto de asfixiarse, abre la boca y se desmaya.
Le retiran la capucha…
Recobra el conocimiento y escucha voces lejanas, como
despertando de una pesadilla. Está atada al somier, los brazos y las
piernas abiertas. Clava la mirada en el techo y tiene la sensación de
estar flotando a cielo abierto. La sombra de un hombre cruza por sus
ojos y una brasa de cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un
alarido y ellos suben el volumen de la radio.
Le recorren la picana de punta a punta. La picana tiene dos cables
bien trenzados, bien empalmados. Aplican un cable en la boca y el
otro en el ano. A la primera descarga, ella siente estallar su cabeza y
cuerpo como vuelto esquirlas. Seguidamente, los hombres y el perro
la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con esto, unos le
orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan
esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos
hasta la última celda; allí queda incomunicada, con las manos
esposadas a la pared y sin más consuelo que pan y agua.
Cuando despierta de su pesadilla, mira un rayito de luz
atravesando la oscuridad de la celda. Se toca el cuerpo que parece
inexistente y, con un hilo de sangre en los labios, repite: Me podrán
matar, pero no morir...
Confessions of a Fugitive
I
RESTING MY HEAD on the pillow I remembered the event that
marked me for life. It was noontime on a Saturday, the sky gray and
the streets crowded with people. The president arrived at the main
plaza, escorted by a caravan of jeeps and motorcycles that opened
the way among the people who stood waving signs with his picture. I
walked toward the speakers’ platform with no thought in mind but to
do away with history’s most abominable dictator.
He got out of the armored car and walked through his supporters,
who chanted, “Long live the President! Long live the General!” I
followed close behind him, evading his bodyguards as they looked
around to hold back the euphoric crowd.
The president climbed the platform steps where his female
admirerers, with their made-up faces and cleavage-revealing
dresses, swooped down to embrace and kiss him. I stood to one
side, ready to fire the pistol I had hidden in my overcoat. The
president, standing before the bevy of microphones and placards,
raised his arms in response to his followers’ ovation. This was the
instant I chose to assassinate him. I drew the pistol, firing four shots
which hit him in the left side, exactly where the bullet-proof vest did
not cover him. The fifth shot struck him in the head, and blood
spurted out. The bullet made his brains spill out and knocked him
down, his smile congealing on his face, while his bodyguards,
bewildered, shouting and shooting, tried to cover him as he lay on
the platform. I took advantage of the chaos and made my way
through the crowd of people fleeing and stumbling over each other.
That same day a state of siege was declared, as a net extended
around the city and the security forces began to search the homes of
the government’s opponents. The raids went on for several days, but
failed to produce the author of the crime since the author, as you
know, was myself, none other than myself, a man accustomed to
living in shadow and silence, always ready to recover his freedom at
any price.
II
Two months after the event that shook the country and touched
off a barracks revolt, I fell into the hands of those who had been
hunting me down.
Once they had caught the scent of my trail, they captured me and
held me in a safe house before taking me to jail, where for several
days and nights they tortured me to within an inch of my life. I don’t
remember everything, but I do remember the mistreatment of the
prisoners, who bleated like pigs in the torture chambers. Actually, if
you allow me to be more precise, I would say that in all the jails the
same torture methods were employed: electric shocks to the most
sensitive areas of the body, gas masks to cause suffocation, the
“parrot’s perch” and the fearsome “submarine,” in which the
prisoner, hanging like a side of beef in a butcher’s shop, is
submerged in a container of filthy water.
I remember the night they locked me up in a foul-smelling solitary
confinement cell. Through the small window opening onto the
adjacent cell, I witnessed a crime that I can no longer keep to
myself. It began with the shouts of one of the torturers:
“Bring in the terrorist!”
I looked between the bars in the little window and saw other
torturers dragging a prisoner’s body into a cell lit by a bulb that hung
from the ceiling. One of the three torturers, whose face was scarred
and who held a dog by its collar, ordered:
“Take off his clothes!”
The captive, still and silent, lay naked before the dog who stared
at him, ferocious, anxious and drooling.
Two torturers held his arms, bent his body and separated his legs,
allowing the third to sodomize him with a broom handle. Then they
led the dog by its muzzle toward the legs of the prisoner, who
appeared to be about to speak, cry out loud or shout, but did none of
these things. He bit his lips and his eyes filled with tears. The dog,
egged on by his keeper, rose up on its hind legs and with one bite
tore off the prisoner’s genitals. Blood streaming from his wound, the
torturers hauled him out of the cell.
They returned after midnight, accompanied by a little girl and a
pregnant woman who was naked and disheveled.
“What did this piece of shit do to deserve to be killed?” one of
them asked.
“She’s a terrorist’s woman,” another answered.
The woman closed her eyes and tears ran down her cheeks. The
child holding on to her mother’s arm was clearly frightened but
remained quiet.
The three torturers moved like shadows under the beam of light,
filling me with fear.
“Sit in the chair!” ordered the one with the scar, wiping sweat
from his forehead.
The woman sat down, crossing her hands over her stomach. They
tied her to the back of the chair, separating her from the child. One
of them, cold-eyed and thuggish, gave her the back of his hand,
splitting her lips. Raising her chin with a finger, he said, “You refused
to talk when we asked you nicely, now you will talk when we’re not
so nice.”
The child, her back to the wall, covered her face with her hands
and burst into tears.
“Where is your husband?”
The woman said nothing. She stared ahead with watery eyes.
“I asked you something, whore!” he shouted with a force that
shook him from head to toe.
The torturers threw her against the bloody floor, then picked her
up by the arms. They held her against the chair and beat her in front
of the child, who appeared to be about five years old. Terrorized by
this human bestiality, the girl was forced to look on as one torturer
used pliers on her mother’s nipples and another stuck a rifle barrel
between her legs. The child screamed as her mother was cursed and
assaulted with these implements of destruction. The beating was so
violent that, just hearing the voices and the moaning, it almost
sounded like they were shoving the child through its mother’s ribs
and into her chest. At the end of the session, the biggest and most
sadistic one grabbed the child by the feet, dangled her in front of her
mother’s face and warned, “If you don’t talk we’re going to kill her.
We’re going to kill her, goddamnit!”
“No! Not her,” the mother begged, her hair covering her face and
her voice broken with sobs.
“Then talk, bitch! Talk!”
The woman, covered in blood and sweat, kept begging them not
to touch the child. Spurred by their savage instincts, the men
decided to subject the child to the “submarine” in front of her
mother. As the little girl was submerged in water, the mother, tied to
the chair, screamed and begged until a sudden seizure overcame her
and knocked her onto the floor.
Two of the torturers, finding that the woman was dead, dragged
her out of the cell by the hair. The third, breathing like an excited
beast, grabbed the child by her feet and swung her around in the air,
slamming her head against the wall, making a dry hollow sound. The
child fell to the floor. Overcome by the scene, I looked away from the
little window and went back to sit in the corner, trembling with fear
and cold.
III
The next day two torturers came to my cell. They put a hood on
me, led me down a corridor and up some stairs, where they threw
me into a second-floor cell like a sack of potatoes. They took off the
hood and looked at me with bottomless contempt. One of them, who
sported a thick gold ring, gave me a backhanded blow that left my
face burning.
“Not even your shadow will escape from here, fucker!” he
shouted, rubbing his hands together.
I looked at him without speaking and looked around, thinking that
his threat wasn’t enough to stop me dreaming of freedom.
The torturers left the cell and locked the door behind them,
leaving me to be swallowed up by darkness.
From that day on, for several weeks, I planned my escape from
the jail, until the idea occurred to me to dig a tunnel under the wall
that made up one side of a blind alley. That same night I pried off
the tiles and dedicated myself to boring into the wall with a nail I had
hidden behind the door frame in a small plastic bag. When the task
was finished, I covered the hole with the same tiles, replacing them
carefully and precisely, and threw the fistfuls of dirt I had removed
from the hole into the drain that served as a toilet. The whole
painstaking process began at midnight and ended shortly before the
jailer arrived to inspect the cell.
When everything was finished, the only thing that remained was
to wait for the right moment to escape. I waited patiently until the
night before New Year’s festivities were due to begin. That night, just
before the bells tolled in the birth of the New Year, the jailer walked
by the cell and glanced through the peephole. Seeing me stretched
out on the cot, the back of my head resting against the wall and my
arms on my chest, he walked on, his keys rattling against his belt
buckle.
The cell lights were turned off and I prepared as I had planned. I
took the tiles from the wall, got through the opening, which was just
over a foot in diameter, and fled with the agility of a cat. I jumped
into the alleyway, climbed up an adobe wall to the neighboring
houses’ rooftops, and let myself down into a garden with the help of
a sheet twisted into a rope. Standing in the middle of the cold,
empty, barely moonlit street, I stayed close to the wall and ran,
thinking that the dream of freedom cannot be kept within the thick
walls of a jail.
Confesiones de un fugitivo
I
AL RECLINAR LA NUCA sobre la almohada, recordé aquel suceso que
me marcó de por vida; era sábado al mediodía, el cielo estaba gris y
la muchedumbre se agolpaba en las calles. El Presidente llegó a la
plaza principal, escoltado por una caravana de jeeps y motos que
abrían paso entre quienes agitaban pancartas con su retrato. Avancé
hacia la tarima de oradores, sin más ilusión que acabar con la vida
del dictador más abominable de la historia.
Salió del coche blindado y caminó entre sus partidarios, que
voceaban al unísono: ¡Viva el Presidente! ¡Viva el General! Lo seguí
de cerca, burlando la vigilancia de sus guardaespaldas, quienes
miraban alrededor poniendo en jaque a la multitud en estado de
euforia.
El Presidente subió los escalones de la tarima, donde sus
admiradoras, de rostros maquillados y vestidos escotados, se
abalanzaban para abrazarlo y besarlo. Me paré en el flanco,
dispuesto a descargar la pistola que escondía en el abrigo. El dictador
se paró frente a la hilera de micrófonos y pancartas, y levantó los
brazos para responder a las ovaciones de sus seguidores. Ése fue el
instante que aproveché para asesinarlo. Saqué la pistola y disparé
cuatro tiros que le penetraron por el costado izquierdo, justo por
donde estaba desguarnecido su chaleco antibalas. El quinto tiro le
alcanzó en la frente, de donde brotó la sangre a borbotones. La bala
le destapó los sesos y lo tumbó con la sonrisa congelada, mientras
sus guardaespaldas, protegiéndolo sobre las tablas, disparaban y
gritaban aturdidos. Aproveché el oscuro caos y me escabullí entre la
gente que huía a tropezones.
Ese mismo día se decretó estado de sitio, se tendió un cerco
alrededor de la ciudad y las fuerzas de seguridad empezaron a
requisar las casas de los opositores. Los allanamientos se
prolongaron varios días, pero no se dio con el autor del crimen,
porque el autor, como ustedes ya lo saben, fui yo, nadie más que yo;
un hombre acostumbrado a convivir con la oscuridad y el silencio, y
dispuesto siempre a recobrar su libertad a cualquier precio.
II
Dos meses después de aquel suceso que conmocionó al país y
provocó un amotinamiento cuartelario, caí a merced de mis
perseguidores, quienes, a poco de seguir mis huellas y detenerme en
una casa de seguridad, me condujeron a la cárcel, donde me
torturaron varios días y varias noches, hasta dejarme a un pelo de la
muerte. No recuerdo todo, pero sí el maltrato que recibían los
presos, que berreaban como cerdos en las cámaras de tortura. En
realidad, si me permiten ser más preciso, diré que en todas las
cárceles ponían en práctica los mismos métodos de suplicio: los
choques eléctricos en las zonas sensibles del cuerpo, la máscara
antigás para provocar la muerte por asfixia, la percha del loro y el
temible submarino, donde zambullían al preso en un recipiente de
agua mugrienta, colgado como una res en el matadero.
Todavía recuerdo la noche que me encerraron en una celda
solitaria y maloliente, desde cuya ventanilla, que daba a la celda
contigua, me hice testigo de un crimen que ya no puedo callar por
más tiempo. Todo comenzó con los gritos de un torturador:
—¡Traigan al terrorista!
Asomé los ojos por la rendija de la ventanilla y divisé a otros
torturadores que, arrastrando el cuerpo de un preso, entraron en la
celda iluminada por el foco pendido del techo. Uno de los tres, que
sujetaba a un perro por la correa y con una cicatriz en la cara,
ordenó:
—¡Desvístanlo!
El preso, que permanecía inmóvil y callado, quedó desnudo ante
el perro que lo miraba inquieto, feroz y babeante.
Dos torturadores lo sujetaron por los brazos, le inclinaron el
cuerpo y le separaron las piernas, dejando que el tercero lo
sodomizara con el palo de la escoba. Después acercaron el hocico del
perro hacia las piernas del preso, quien, a ratos, parecía que iba a
hablar, llorar, gritar; pero nada. Se mordió los labios y las lágrimas
le estallaron en los ojos. El perro, azuzado por su amo, se levantó
sobre las patas traseras y arrancó de un bocado los genitales del
desgraciado. La sangre manó a chorros y los torturadores lo sacaron
de la celda.
Pasada la media noche, volvieron acompañados por una niña y
una mujer embarazada, desnuda y desgreñada.
—¿Qué hizo esta mierda para merecer la muerte? —preguntó uno.
—Es la querida de un terrorista —contestó otro.
La mujer cerró los ojos y las lágrimas le surcaron las mejillas. La
niña, sujeta al brazo de su madre, permanecía callada pero asustada.
Los tres torturadores se movían como sombras bajo el chorro de
luz, infundiéndome una sensación de miedo.
—¡A la silla! —ordenó el de la cicatriz, limpiándose el sudor de la
frente.
La mujer se sentó con las manos cruzadas sobre el vientre. La
sujetaron contra el respaldo, apartándola de la niña. Uno de ellos,
aspecto de matón y mirada fría, le dio un revés de mano que le
reventó los labios. Luego, levantándole el mentón con el dedo, dijo:
—¡Ya que te negaste a hablar por las buenas, ahora hablarás por
las malas!
La niña, adosada contra la pared, rompió a llorar con las manos
en la cara.
—¿Dónde está tu marido?
La mujer no dijo nada. Tenía los ojos fijos pero aguados.
—¡Te he preguntado, gran puta! —prorrumpió con un bramido que
lo sacudió de pies a cabeza.
Los torturadores la tiraron contra el piso sanguinolento. La
volvieron a levantar por los brazos. La sujetaron contra la silla y la
golpearon delante de su hija, una niña de unos cinco años, quien,
aterrada por la bestialidad humana, fue obligada a mirar cómo un
torturador tiraba con pinzas de los pezones de su madre, mientras
otro le introducía el cañón del fusil entre las piernas. La niña lloraba
a gritos, a medida que su madre era insultada y agredida con objetos
contundentes. La golpiza fue tan violenta que, de sólo escuchar las
voces y los quejidos, me dio la impresión de que su criatura se le
metía entre las costillas. Al final de la sesión, uno de ellos, el más
sádico y corpulento, tomó a la niña por los pies, la puso ante los ojos
de su madre y advirtió:
—¡Si no hablas, la vamos a matar!... ¡La vamos a matar, carajo!
—¡No!... A ella no... —suplicó la madre, la cabellera cubriéndole la
cara y la voz quebrada por el llanto.
—Entonces, ¡habla pues, gran puta! ¡Habla!...
La mujer, empapada en sangre y sudor, seguía implorando que no
tocaran a la niña. Pero ellos, movidos por sus instintos salvajes,
decidieron hacerle el submarino delante de su madre, quien, atada al
respaldo de la silla, no cesó de gritar ni de implorar, hasta que le
sobrevino un ataque repentino que la tumbó contra el piso.
Dos torturadores, al constatar el fallecimiento de la mujer, la
arrastraron de los cabellos y la sacaron de la celda. El tercero,
respirando como una bestia excitada, sujetó a la niña por los pies y
la batió en el aire, golpeándole la cabeza contra la pared que sonó
seca y hueca. La niña cayó al suelo, y yo, conmocionado por la
escena, retiré los ojos de la rendija y volví a sentarme en un rincón,
temblando de miedo y de frío.
III
Al día siguiente entraron dos torturadores en mi celda. Me
pusieron una capucha, me condujeron por un pasillo, me subieron
por unas gradas y me introdujeron en una celda del segundo piso,
donde me arrojaron como un costal de papas. Después me quitaron
la capucha mirándome con infinito desprecio. Uno de ellos, que lucía
un anillo de oro macizo, me dio un revés de mano que me hizo arder
la cara.
—¡De aquí no se escapará ni tu sombra, carajo! —dijo frotándose
las manos.
Lo miré taciturno y luego ojeé en derredor, pensando que su
amenaza no era suficiente para que dejara de soñar con la libertad.
Los torturadores abandonaron la celda y trancaron la puerta a sus
espaldas, dejándome sumido en la oscuridad.
Desde ese día, y por el transcurso de varias semanas, planeé
cómo fugarme de la cárcel, hasta que se me ocurrió la idea de cavar
un túnel a través de la pared que daba a un callejón sin salida. Esa
misma noche quité los mosaicos y me dediqué a horadar la pared
con la ayuda de un clavo que, envuelto en una pequeña bolsa de
plástico, había escondido detrás del marco de la puerta. Al concluir la
faena, tapaba el agujero con los mismos mosaicos, que unía con
precisión y cuidado; en tanto los puñados de tierra que extraía del
orificio, los echaba en el desagüe que servía de baño; un proceso
minucioso que empezaba a la media noche y concluía poco antes de
que llegara el carcelero a inspeccionar la celda.
Cuando todo estuvo acabado, sólo me quedó aguardar el
momento preciso de la fuga. Esperé pacientemente hasta las
vísperas de los festejos del Año Nuevo. Esa noche, minutos antes del
toque de campana que anunciaba el nacimiento del nuevo año, el
carcelero cruzó por la celda, asomó su rostro por la mirilla. Al verme
tendido en la cama, la nuca reclinada contra la pared y los brazos
sobre el pecho, se retiró haciendo tintinear su llavero contra las
hebillas de su cinto.
Se apagó la luz de la celda y me alisté como estaba previsto.
Quité los mosaicos de la pared, atravesé el boquete de unos treinta
centímetros de diámetro y me fugué con la agilidad de un gato. Salté
hacia el callejón sin salida, trepé hasta el tejado de las viviendas
aledañas por una pared de adobes y bajé a un jardín exterior con la
ayuda de una sábana retorcida como cuerda. Estando en medio de la
calle vacía y fría, apenas iluminada por la luz de la luna, me pegué a
la pared y corrí pensando en que el sueño de la libertad no puede
estar encerrado entre los gruesos muros de una cárcel.
_____________________
Víctor Montoya. Writer, cultural journalist,
and pedagogue. He was born in La Paz, Bolivia, on
June 21, 1958. From early childhood he lived in the
mining towns of Siglo XX and Llallagua, in northern
Potosí department, where he learned of human
suffering and took part in the struggle of the workers
of the underground. In 1976, as a result of his
political activities, he was persecuted, tortured, and
jailed by the military dictatorship of Hugo
BanzerSuárez. While imprisoned in the National
Panopticon of San Pedro and in the top-security jail
of Chonchocoro-Viacha, he wrote his eyewitness
book.
Some of his significant publications are: Strike and repression (1979),Days and Nights of
Anguish (1982), Violent Stories (1991), The Laberynth of Sin (1993), The Echo of
Conscience (1994), Anthology of the Latin American Short Story in Sweden (1995), Word on
Fire (1996), The Child in the Bolivian Short Story (1999), Stories from the
Mine (2000), Between Tombs and Nightmares (2002), Escapes and Underground
Tunnels (2002),Children’s Literature: Language and Fantasy (2003), Bolivian Poetry in
Sweden (2005), Portraits (2006), Stories in Exile (2008).
Freed from prison through a campaign of Amnesty International, he arrived in Sweden as an
exile in 1977. He graduated from the Stockholm Higher Teacher’s Institute, in whose
Pedagogic Institution he took specialized courses. He gave classes on the Quechua
language, coordinated cultural projects in a library, led literature workshops, and worked as
a teacher for several years. He was director of the literary
magazines PuertAbierta and Contraluz. His work won him awards and literary scholarships.
His stories have been translated and published in international anthologies. Currently, he
writes for publications in Latin America, Europe, and the United States.
_____________________
Escritor, periodista cultural y pedagogo. Nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958.
Vivó desde su infancia en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua, al norte de la
ciudad de Potosí,donde conoció el sufrimiento humano y compartió la lucha de los
trabajadores del subsuelo. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue
perseguido, torturado y encarcelado por la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez.
Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de
Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio.
En su extensión obra, que abarca el género de la novela, el cuento, el ensayo y crónica
periodística, destacan: Huelga y represión (1979),Días y noches de
angustia (1982), Cuentos Violentos (1991), El laberinto del pecado (1993), El eco de la
conciencia (1994), Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995), Palabra
encendida (1996), El niño en el cuento boliviano (1999), Cuentos de la mina (2000), Entre
tumbas y pesadillas (2002), Fugas y socavones (2002), Literatura infantil: Lenguaje y
fantasía (2003), Poesía boliviana en Suecia (2005), Crónicas(2006) y Cuentos en el
exilio (2008).
Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en
1977. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en cuya Institución Pedagógica
cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de idioma quechua, coordinó proyectos
culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y ejerció la docencia durante varios
años. Dirigió las revistas literariasPuertAbierta y Contraluz. Su obra mereció premios y
becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales.
Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos.
Los diarios de Lem
La Perla de Córdoba
(1ª parte)
_____________________
Carlos Montuenga
¿ESTARÉ CONDENADO A VAGAR sin fin por este mundo extraño?
Hasta ahora todos mis esfuerzos por encontrar una ruta de regreso
han resultado vanos. Peor aún, creo que cada nuevo intento me aleja
cada vez más de los míos.
Al menos, puedo asegurar que el lugar al que he venido a parar
esta vez no tiene nada de inhóspito. Es una fértil llanura que se
extiende hasta donde alcanza la vista, salpicada por cuadros de tierra
roja y manchas verdes de vides y hortalizas. El agua borbotea en los
canales que riegan las huertas y discurre entre árboles frutales y
grandes palmeras. Aquí y allá se perfilan los contornos de pequeñas
casas blancas junto a las que se levantan establos y graneros de
adobe.
Llevo un tiempo viviendo con Ahmed y su mujer Ummara. Me
encontraron entre los juncos del río cuando apenas era capaz de
moverme, aturdido aún por las secuelas del tránsito. No dudaron en
llevarme a su casa y gracias a sus cuidados pude restablecerme en
poco tiempo. Hablan una lengua extraña que al principio me
desconcertó; es muy diferente a todas las que conozco y, sólo
después de no pocos esfuerzos, he conseguido empezar a
entenderla. Ahmed, es un hombre fornido, tiene el rostro marcado
por varias cicatrices y cojea de una pierna. Según he podido
entender, antes de dedicarse a las faenas del c ampo llevaba una vida
mucho más agitada, como oficial al mando de una sección de
arqueros. Me ha contado algunas historias sobre las guerras que han
sacudido esta tierra. Fue herido en el transcurso de una gran batalla
y se vio forzado a dejar la milicia y buscar otro modo de ganarse la
vida. Entonces, con algunos recursos de que disponía decidió
establecerse con su mujer en una pequeña hacienda que explota con
la ayuda de varios criados. Tiene viñas, en las que crecen grandes
uvas rojas, olivos, limoneros y almendros. A veces, viaja a las
ciudades vecinas buscando los mejores mercados para dar salida a
sus cosechas.
Ayer tras terminar el almuerzo, me palmeó el hombro y dijo:
—Muchacho, creo que ya estás completamente restablecido.
Debo ir a Córdoba para cerrar la venta de una partida de uvas y tal
vez quieras acompañarme. No te veo aún en condiciones para
trabajar en el campo y dudo que aquí puedas serme de mucha
ayuda. Además, me parece que estás impaciente por levantar el
vuelo. Eres decidido y tienes una inteligencia despierta; estoy seguro
de que en una gran ciudad como Córdoba no te faltarán ocasiones
para hacer fortuna.
—Ahmed, estoy en deuda con vosotros y siento dejaros, pero yo
también creo que no debo permanecer aquí más tiempo —respondí.
—Cada hombre ha de encontrar su propio camino —dijo él—.
Hace ya mucho tiempo, yo decidí cual era el mío. Nací en Granada de
padres cristianos y fui bautizado con el nombre de Juan. Mi padre
tenía muchas bocas que alimentar; sólo a duras penas conseguía
sacarnos adelante con su trabajo de alfarero. Con quince años me
escapé de casa y decidí abrazar la fe del Profeta. Como tantos otros,
lo hice por conveniencia; en aquel entonces yo era sólo un muchacho
que soñaba con salir de la miseria y llegar a lo más alto. Pero cuando
me hice hombre, vi con claridad que el dios de los musulmanes es el
único verdadero.
—Lo mío es la acción —continuó Ahmed— y no estoy versado en
cuestiones religiosas; aun así creo que ciertas verdades son
evidentes. Ningún hombre de bien puede dudar de que Allah, en su
misericordia infinita, nos ha mostrado a los mortales el verdadero
camino al hablar por boca de hombres santos como el profeta
Muhammad. Sólo aquellos que observan los preceptos del Corán
pueden ser dignos de convertirse en instrumentos del Altísimo; por
eso, los reinos cristianos están condenados a permanecer sumidos en
la ignorancia y acabarán doblegándose ante nuestra fuerza.
—Pero alguna vez me has dicho que los cristianos han obtenido
grandes victorias sobre vuestros ejércitos —dije yo.
—Es cierto —respondió Ahmed—. Mi abuelo me contó que siendo
él un niño, Toledo fue conquistado por el rey Alfonso VI. Entonces,
los musulmanes se vieron obligados a pagarle tributo y muchos
debieron pensar que estas tierras jamás volverían a conocer
un esplendor comparable al del califato omeya, cuando Córdoba
rivalizaba en lujo y grandeza con Bizancio o Bagdad. Es triste
reconocerlo, pero tras iluminar al mundo, el pueblo de los creyentes
fue languideciendo bajo el reinado de reyezuelos que sólo
destacaban por su codicia. Sin embargo, la torpeza de algunos
hombres no basta para cambiar lo que está escrito.
—¿Lo que está escrito? ¿Qué quieres decir? —pregunté.
Ahmed se rascó la barba y quedó pensativo.
—Es voluntad de Allah que llevemos la verdad revelada hasta el
último rincón de la Tierra —dijo al cabo—. Cuando al-Andalus
estaba en peligro de sucumbir ante el empuje de los cristianos,
nuestros hermanos de al Magrib atravesaron el estrecho e
irrumpieron en nuestras ciudades como un huracán purificador,
decididos a terminar con los indignos. Derrotaron a Alfonso y
sembraron el desconcierto entre los príncipes cristianos, que a partir
de entonces fueron incapaces de volver a recuperar la iniciativa.
Muchos años después, un califa almohade se convirtió en señor de
al-Andalus e hizo retroceder todavía más a los infieles. Su sucesor,
Abu YusufYaqub, es nuestro actual soberano, un hombre santo que
hace poco más de dos años asestó en Alarcos el golpe definitivo a
esos necios castellanos. Yo estuve allí y aún resuenan en mis oídos
los gritos de los hombres y el relinchar enloquecido de los caballos.
Acababa de amanecer sobre la llanura y los caballeros cristianos
se habían lanzado contra nuestra vanguardia, abatiendo a cientos de
arqueros situados en primera línea. La confusión era terrible y
apenas conseguíamos ver nada entre las nubes de polvo que nos
envolvían. Recuerdo que sangraba por varias heridas, pero apenas
sentía dolor; en aquel momento, sólo pensaba en mantener
agrupados a mis hombres para evitar que perecieran bajo los cascos
de los caballos. Nuestro señor Abu Yusuf ¡las bendiciones de Allah se
derramen sobre él! había previsto la carga de los cristianos y ordenó
que nuestras unidades de infantería abrieran las filas centrales y se
reagruparan a ambos lados; entonces, la masa de los atacantes se
precipitó como un torrente a través de la brecha y su tremendo
impulso les forzó a dividirse en grupos desorganizados. Antes de que
pudieran reagruparse, lanzamos contra ellos una lluvia de flechas;
muchos jinetes fueron abatidos y otros cayeron de sus monturas,
quedando aturdidos en el suelo a merced de nuestros hombres. Una
segunda oleada de caballería cristiana cargó contra los Hintata, una
fuerza almohade que había pasado a situarse en vanguardia. Pero
una vez más, nuestras filas se abrieron y el empuje de los atacantes
volvió a perderse en el vacío. Los caballeros cristianos iban
protegidos por pesadas cotas de malla que dificultaban sus
movimientos, y quedaron trabados en combates cuerpo a cuerpo,
incapaces de progresar en su avance. Aquél páramo se había
convertido en un mar de cadáveres y ninguno de los dos bandos
parecía dispuesto a ceder un solo palmo de terreno. Pudimos ver
entonces como nuestra caballería, que hasta entonces había
permanecido en los flancos sin intervenir en el combate, realizaba un
rápido movimiento envolvente para caer sobre retaguardia enemiga;
el pánico cundió entre los cristianos, que huyeron en el más absoluto
desorden, y nos lanzamos en su persecución mientras miles de
gargantas se fundían en un clamor de victoria.
Tras ese descalabro, los cristianos quedaron más desunidos que
nunca. Ahora ya sólo es cuestión de tiempo… no me cabe la menor
duda de que nuestros ejércitos terminarán por reconquistar todos los
territorios perdidos, para luego proseguir su avance al otro lado de
los Pirineos. ¡Créeme muchacho, nada puede detenernos!
Ahmed conoce a mucha gente en Córdoba. Al poco de llegar, me
pidió que lo acompañara a casa de un buen amigo suyo, un tal Hafid,
que trabaja desde hace años en el taller de un viejo maestro joyero
muy apreciado en la ciudad. Hafid, un hombrecillo afable de voz
aflautada y manos regordetas, es el oficial más antiguo del t aller y
dirige el trabajo de varios artesanos. Conoce a la perfección técnicas
que pocos orfebres dominan y tiene una extraordinaria habilidad para
combinar los metales preciosos con las gemas más diversas:
lapislázuli, granates, marcasitas o rubíes. Desde hace muchos años,
cuenta con la confianza del dueño para dirigir la fabricación de los
encargos más importantes, casi siempre caprichos de grandes
personajes que buscan distinguirse con muestras de su poderío
económico. Por las manos expertas de Hafid pasan innumerables
objetos de gran belleza, como brazaletes, ajorcas para los tobillos o
empuñaduras de espadas.
Hasta hace poco, había en el taller un mozo que se ocupaba de
las tareas más comunes, como encender y alimentar el horno de
fundición y limpiar crisoles que emplean los artesanos para preparar
sus aleaciones. Parece ser que era bastante gandul y descuidado, lo
que creaba continuos retrasos en el trabajo. Terminaron por echarle
a patadas y necesitaban con urgencia que alguien lo sustituyera. Al
enterarme, no vacilé un momento: me ofrecí para realizar esas
labores, pensando que así podría observar de cerca el trabajo del
taller y llegar a conocer las técnicas que emplean. Hafid consintió en
que entrara como aprendiz; me dijo que a cambio podía compartir la
comida de los operarios y dormir sobre un jergón de paja, en una
pieza contigua, llena de grandes tinajas y herramientas de trabajo,
que se utiliza como almacén.
El viejo orfebre que regenta el taller es un anciano alto y
huesudo, de mirada ausente. Vive en una casa separada del taller
por un jardín interior flanqueado por naranjos, donde mirtos y
rosales rodean un estanque en el que flotan grandes nenúfares. Allí,
en la quietud que sólo turba el murmullo del agua, pasa mucho
tiempo absorto en sus pensamientos o enfrascado en la lectura.
Hafid me ha contado que el viejo posee una gran biblioteca con obras
muy antiguas, tratados de un arte milenario que muy pocos son
capaces de descifrar. Si he entendido bien, en algunos de esos libros
se encontrarían las claves para aislar un misterioso principio que
constituye la quintaesencia de la materia. Ese principio, que se
designa según asegura Hafid, con nombres tan extravagantes como
agua de plata, tierra de estrella o piedra de los filósofos, permitiría
obrar todo tipo de prodigios, desde transformar plomo en oro hasta
curar enfermedades e incluso otorgar la inmortalidad a quien se
somete a su poder ilimitado. En fin, no me cabe duda de que se trata
sólo de fantasías, pero para estas gentes tan aficionadas a lo
maravilloso, la frontera entre realidad y ficción parece ser muy
tenue…
Ayer a mediodía, se presentó en el taller una mujer
deslumbrante acompañada por varias esclavas. Los operarios no
dejaban de mirar a la dama con disimulo y hablaban por lo bajo
entre ellos. Hafid les hizo callar dando unas palmadas y en seguida
todos volvieron a afanarse en su trabajo. Yo estaba casi oculto tras el
horno, cargando en un barril los residuos de la última fundición, y
tuve ocasión de observar con detenimiento a la recién llegada. No
recuerdo haber visto nunca a una mujer tan bella; sus ademanes
eran distinguidos como los de una princesa y al moverse, su cuerpo
parecía un junco mecido por la brisa. Comprobé con sorpresa que no
llevaba el rostro cubierto por velo alguno; en su lugar, un tocado de
seda rojo bordado con filigranas de oro y ceñido a la frente con una
gran esmeralda, coronaba su larga cabellera negra, que caía
ondulante entre los hombros hasta alcanzar la cintura.
Hafid se adelantó con paso inseguro para recibir a la dama y tras
inclinarse tanto como le permitía su voluminosa barriga, le rogó que
pasara al interior del taller. Después de mostrarle varias piezas de
gran valor, sacó de un cofre una hermosa diadema de oro y rubíes
que la visitante examinó con interés. Luego oí que ella preguntaba
por el maestro y Hafid, tras una nueva reverencia, la acompañó al
jardín para llevarla en presencia del anciano.
Al cabo de un rato, cuando la dama salía camino de la calle, miró
hacia el horno y se detuvo. Tras dudar un instante, se acercó a
donde yo estaba, y clavó en mí sus grandes ojos color de miel con tal
fuerza, que me vi obligado a bajar la mirada.
—¿Eres extranjero? —preguntó.
—Así es señora. Mi nombre es Lem —balbucí.
—¿De dónde vienes Lem? ¿Acaso eres uno de esos eslavos
llegados del norte? —añadió ella.
—Señora, procedo de un lugar muy lejano… ni siquiera sé como
se nombra en vuestra lengua.
—Un buen amigo mío lo encontró medio muerto cerca de su casa
y cuidó de él hasta que se recuperó —terció Hafid, mientras se
atusaba la barba con gesto nervioso.
La dama quedó pensativa, mientras hacía girar una de las
sortijas que adornaban sus bellas manos; luego dirigiéndose a Hafid
dijo en tono autoritario: —Ocúpate de que este joven me traiga
mañana las joyas que he adquirido.
Y sin esperar respuesta, salió del taller rodeada por sus
esclavas.
Hafid me miró con malicia y dijo:
—Vaya, parece que has despertado el interés de la señora.
—¿Quién es? —dije yo, todavía aturdido por el encuentro.
—¿Qué quién es? —respondióHafid levantando los brazos— pues
nada menos que Sehr-es-Krimm, una mujer verdaderamente
extraordinaria. Según se dice, desciende de los príncipes omeyas que
reinaron en al-Andalus hace ya muchos años. Nadie sabe a ciencia
cierta desde cuándo está entre nosotros, pero se diría que su
hermosura no se marchita con el paso del tiempo. Algunos aseguran
que tiene poderes mágicos y su fama ha llegado hasta los reinos
cristianos; allí es conocida como la perla de Córdoba.
Sehr-es-Krimm me recibió en una sala de su palacio, recostada
entre almohadones de seda. Varias lámparas suspendidas por
cadenas de plata iluminaban suavemente el lecho con sus llamas
ondulantes, dejando en penumbra el resto de la estancia. A través de
dos ventanas gemelas adornadas con esbeltas columnitas, llegaba el
murmullo de un surtidor.
Sonrió al verme y me indicó que me sentara a su lado.
—Me alegro de que estés aquí Lem —dijo con su voz cálida—.
Supongo que habrás oído decir muchas cosas sobre mí. La gente de
esta ciudad siempre está pendiente de lo que hago y nadie ignora
que mi casa es frecuentada por filósofos y poetas venidos de todas
partes. En los tiempos que corren, algunos no ven con buenos ojos
que cualquiera exprese libremente sus opiniones. Y sobre todo, les
parece intolerable que una mujer se meta en asuntos reservados a
los hombres. Pero en realidad, nada de eso me inquieta. Lo
importante es actuar con cautela y tener siempre presente que
algunos conocimientos jamás deben ser divulgados… no quiero
imaginar lo que podría ocurrir si los utilizara alguien sin escrúpulos,
alguien como nuestro califa Abu YusufYaqub, un tirano que ha
amenazado con el destierro a IbnRushd.
—¿Quién es IbnRushd? —pregunté.
—¿Es posible que no hayas oído hablar de él? Los cristianos le
llaman Averroes —respondió ella—. Es un sabio eminente, cuyo único
delito consiste en defender el pensamiento de Aristóteles frente a
quienes afirman que la filosofía está en contradicción con las
enseñanzas del Islam.
La dama hizo una pausa y volvió a mirarme como lo había hecho
en el taller. Yo, a costa de realizar un gran esfuerzo, conseguí
sostener su mirada, pero empecé a sentir por todo el cuerpo un
hormigueo que no presagiaba nada bueno.
—Sin duda querrás conocer el verdadero motivo por el que te he
hecho venir —prosiguió ella—.Necesito serte franca Lem. No puedo
dejar de pensar en ti. Son muchos los hombres a quienes he
conocido y acaso haya llegado a sentir verdadero amor por alguno.
Pero cuando te vi, me invadieron sensaciones que nunca había
experimentado. No sé como explicarlo, es como si al mirarte
penetrara en un mundo extraño en el que nada parece imposible.
Se aproximó a mí y me acarició el rostro con sus manos
delicadas. Sentí que me sumergía en una fragancia de jazmines.
—Lem, rodéame con tus brazos…—susurró.
La abracé sin pararme a pensar en lo que hacía y rocé sus labios
con los míos. Entonces ocurrió algo que debía haber previsto: me
sentí sacudido por un violento temblor y mi cuerpo comenzó a lanzar
destellos que iluminaron la estancia, creando mil reflejos fugaces en
las filigranas del techo.
Cuando recuperé mi apariencia habitual, vi a Sehr-es-Krimm de
pie frente a las ventanas, con la mirada perdida en el vacío. La luz de
la luna creaba un halo blanquecino en torno a su esbelta figura.
—Verdad es que no basta tener ojos para ver. Sólo quien ha
alcanzado la sabiduría puede rasgar el velo de las apariencias —
murmuró con voz solemne, como quien recita una lección aprendida
de memoria.
La situación no me hacía ni pizca de gracia. Aquella mujer era
muy capaz de crearme serias complicaciones¿qué iba a hacer con
ella?
Los diarios de Lem
La Perla de Córdoba
(final)
_____________________
Carlos Montuenga
ESTA CIUDAD ME ATRAE de un modo extraño. He pensado en
marcharme lejos, pero al final no me decido. Es como si una fuerza
desconocida me retuviera aquí, algo indefinible que parece estar en
todas partes. A veces, puedo sentirlo vibrar en el aire luminoso de la
mañana, cuando sobre el rumor de sus fuentes se eleva la llamada a
la oración de los muecines. Otras, lo veo brillar por un instante en los
ojos negros de alguna muchacha, que me mira con curiosidad por
encima del velo y luego se apresura a seguir su camino sin volver la
vista.
Ninguna ciudad de las que he conocido se parece a ésta.
Córdoba es muchas cosas a la vez. Encrucijada de caminos, lugar
donde se encuentran viajeros venidos de tierras lejanas y fieles que
se purifican antes de la oración, junto a los muros de su grandiosa
mezquita. Es la quietud de mil rincones escondidos, donde el tiempo
parece a punto de detenerse, pero también la animación de sus
plazas y mercados. El bullicio del zoco es algo indescriptible; me
gusta dejarme arrastrar por la multitud que va de un lado para otro
como un enjambre ruidoso, deambular indolente entre mujeres,
esclavos con grandes cestos, viejos desdentados que revuelven con
descaro las baratijas expuestas por los artesanos. A veces, me
detengo a escuchar los chismes que circulan por los corrillos y
observo de reojo a mercaderes orondos de manos enjoyadas, y a
esclavas que discuten a gritos con los vendedores, mientras
manosean las aves colgadas de grandes ganchos o los higos y dátiles
traídos de al Magrib.
Al anochecer, la ciudad me hace pensar en un laberinto
misterioso donde nada es lo que parece. Las lámparas de aceite
proyectan mil sombras extrañas por las esquinas, y las calles se
enroscan a paredes y torrecillas blancas con ventanucos cubiertos de
celosías.
Sehr-es-Krimm me ha enviado varios mensajes a los que no he
contestado. Más de una vez me ha parecido que se encontraba muy
cerca de mí, atenta a mis movimientos. Sé que está impaciente por
volver a verme, pero yo prefiero ignorarla. Cuando nos conocimos
aquella mañana en el taller de los orfebres, ella se dio cuenta
enseguida de que mi aspecto vulgar era sólo una apariencia. Debo
confesar que, en algún momento, sus grandes ojos me hicieron
perder la cabeza y no supe resistirme al plac er de abrazarla. Aún no
he podido olvidar las sensaciones que me asaltaron mientras mis
manos recorrían la tibia suavidad de su piel. Debía haber previsto lo
que sucedió entonces. Comprendo que cometí una grave imprudencia
al provocar una alteración tan visible en mi apariencia humana. Si los
superiores llegaran a enterarse de lo ocurrido, no tengo la menor
duda de que me expulsarían sin la menor contemplación, pero ¿cómo
van a saberlo? llevo mucho tiempo perdido y las señales que consigo
captar son ya muy débiles. En estas condiciones, tengo pocas
probabilidades de encontrar alguna trayectoria segura. Lo curioso es
que la idea de que quizá el regreso es imposible, me inquieta cada
vez menos. Tal vez, este mundo extraño se está convirtiendo en algo
mío.
Ayer, cuando volvía al taller después de cumplir unos encargos
que me habían ordenado los artesanos, oí a alguien pedir auxilio.
Apresuré el paso y, al doblar la esquina, vi al final de un callejón
empinado a un hombre de baja estatura que gritaba, mientras dos
individuos intentaban sujetarle. Aunque estaba mediado el día, no
había nadie más en aquel lugar sombrío. Estaba pensando en irme
de allí, cuando observé que uno de los hombres blandía un enorme
cuchillo. No podía quedarme impasible presenciando aquello, pero
me encontraba demasiado lejos para intervenir. Entonces, sin
pensármelo dos veces, cogí impulso y me elevé por el aire,
lanzándome calle arriba. Pero con la excitación del momento, calculé
mal mis fuerzas y fui a caer sobre el grupo con tanta violencia, que
todos rodamos por el suelo. El hombrecillo quedó tendido, mientras
que sus asaltantes, dos individuos de tez tostada por el sol, cubiertos
con túnicas llenas de mugre, no tardaron ni un momento en
incorporarse y se quedaron observándome, c omo si no lograran
entender de dónde diablos había salido yo. Pero en seguida,
empuñaron sus dagas y saltaron sobre mí, gritando como salvajes.
Entonces, su sorpresa debió superar todo lo imaginable cuando, con
un simple empujón, los hice rodar de nuevo por el suelo. Se miraron
entre ellos con gesto incrédulo y escaparon corriendo callejón arriba.
El hombrecillo recuperó el sentido cuando le empapé la cara en
una fuente cercana. Abrió los ojos y me miró con sorpresa, mientras
se palpaba el cuerpo como si quisiera asegurarse de que estaba
entero. Luego, dijo con voz temblorosa:
—¿Qué ha pasado? ¿Quién eres tú?
—Señor, estabais en un grave aprieto y pensé que debía
ayudaros.
—¿Y dónde están los truhanes que querían robarme? —dijo él,
mirando con inquietud a derecha e izquierda.
—Salieron huyendo —respondí.
—¿Tú solo pusiste en fuga a esos dos desalmados? Me has
salvado la vida muchacho. ¡Que el Cielo te colme de bendiciones!
¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Lem señor; soy aprendiz del maestro joyero.
—Ah, sí…creo que te he visto alguna vez en el taller. Yo soy
Isaac Ben Guriol, un buen amigo del viejo maestro. Nos conocemos
desde hace muchos años y le visito con cierta frecuencia.
—¿Estáis bien señor? —pregunté.
—Bueno, al menos estoy vivo —respondió él, sacudiéndose el
polvo de su túnica—, pero te ruego que me acompañes hasta mi
casa. Gracias a tu intervención, esos dos se han quedado con las
ganas de desplumarme, y no creo que vuelvan a intentarlo mientras
te vean conmigo.
Después del incidente del callejón, he visto a Ben Guriol en
varias ocasiones. Ayer me presenté en su casa, cuando la tarde
empezaba a declinar, para entregarle un encargo del taller. Al verme
aparecer en el zaguán, me cogió amablemente por el brazo y me
condujo al interior. Está claro que me ha tomado afecto. Además,
tengo la impresión de que le intrigo; seguro que le gustaría averiguar
unas cuantas cosas sobre mí. Es un hombre a quien pesan ya los
años, pero conserva en la mirada ese brillo propio de quienes sienten
una gran curiosidad por todo cuanto les rodea.
Pasamos al patio de la casa y nos acomodamos junto a una gran
higuera de tronco retorcido que crece cerca del pozo. Al poco,
aparecieron varios criados llevando bandejas de plata repletas de
manjares: pichones aderezados con hierbas aromáticas, pastelillos
de calabaza y almendras, dulces de queso, frutos secos y cerezas
traídas de Granada.
Mientras dábamos cuenta de aquel festín, Ben Guriol me
preguntó si llevaba mucho tiempo trabajando con el maestro joyero,
y se interesó por las razones que me habían llevado hasta Córdoba.
A medida que hablábamos, pude percibir cómo su afán por hurgar en
mis asuntos iba en aumento, así que opté por responderle con
vaguedades. Eso tuvo el efecto de excitar más su curiosidad, pero al
final se debió cansar del juego y terminó hablando de sí mismo. Me
contó que en su juventud se dedicó al estudio del Talmud. Luego
viajó sin rumbo fijo por varias ciudades de al Andalus, trabajando en
los oficios más dispares. Vivió algún tiempo en Almería, donde
conoció a Maimonides, un joven filósofo, con quien llegó a trabar
gran amistad. Años después, consiguió amasar una importante
fortuna. Se estableció en Córdoba donde se casó y formó una
familia.
Las sombras se iban alargando y los criados empezaron a
encender lámparas de aceite. Ben Guriol llevaba un rato en silencio,
con la mirada perdida en el vacío, cuando algo aleteó sobre nuestras
cabezas. Mi anfitrión dio un respingo y estuvo a punto de caerse. A
pocos pies de nosotros, un cuervo de gran tamaño agitaba las alas
observándonos en actitud desafiante. Me levanté para ahuyentarle y
el pajarraco alzó el vuelo, describió varios círculos en el aire y fue a
posarse en una rama de la higuera mientras graznaba como un
condenado. Ben Guriol había empalidecido. Se pasó una mano por la
frente con gesto cansado mientras decía:
—Me he asustado de un simple pájaro. Debe ser que me estoy
haciendo viejo. El tiempo pasa deprisa, muchacho, y el vigor de la
juventud se escapa con él. Las ilusiones se van apagando y
empezamos a sufrir el asedio de la soledad. Hace unos años murió
Sara, mi esposa, y entonces sentí en mi interior un terrible vacío.
Pasé días muy amargos, pero tuve la fortuna de contar con el apoyo
de buenos amigos que me apreciaban, como el poeta Alfaraquí. Él
me animó a que saliera del encierro, que yo mismo me había
impuesto, y frecuentara su casa, donde solía reunirse con filósofos y
artistas. Allí coincidí en varias ocasiones con Averroes, uno de los
hombres más sabios que he conocido.
—Señor, se dice en la ciudad que Averroes fue recluido en
Lucena por mandato del califa Abu YusufYaqub. ¿Es eso cierto? —
pregunté.
—Así es. Averroes es un profundo conocedor de la filosofía de
Aristóteles, el más grande filósofo de la Antigüedad.
—¿Y sólo por eso fue desterrado? —respondí.
—Ya veo que no sabes nada de ese asunto, Lem. Las obras de
Averroes contienen opiniones que algunos consideran una afrenta a
las enseñanzas del Islam. Por eso sus libros han sido prohibidos.
Intentaré explicártelo con un ejemplo: Averroes afirma, de acuerdo
con la filosofía aristotélica, que Dios sólo conoce las formas
universales, no a los individuos sensibles, por cuya suerte se
desinteresa. Para los musulmanes, una afirmación como esa es
inaceptable.
—Pero entonces ¿Averroes reniega de su religión? —dije yo.
—Verás Lem, él afirma que la filosofía no está en contradicción
con la fe; sin embargo cada una se expresa por medio de lenguajes
diferentes. Para que puedas entenderlo mejor: el Corán se dirige a
todos los hombres, pero se pueden hacer de él distintas
interpretaciones de acuerdo con la capacidad de cada cual. Así pues,
las deducciones de los sabios, basadas en la demostración, no tienen
por qué estar en contradicción con los argumentos de los teólogos ni
con las creencias del vulgo. En fin, se ha hecho ya muy tarde y me
siento fatigado. Vuelve por aquí otro día, muchacho, y si quieres,
haré lo posible por aclararte más todo esto.
Esta mañana, la ciudad se despertó adornada con sus mejores
galas y la gente se agolpaba en plazas y calles en medio de un gran
alboroto. Se diría que no quedaba ni un alma en las casas, los baños,
las mezquitas, los talleres de los artesanos… Nadie, ni los más
ancianos querían dejar de presenciar la comitiva del califa Abu
YusufYaqub, quien se disponía a atravesar la ciudad de paso hacia su
palacio de Sevilla. Contagiado por aquella explosión de júbilo, me
dejé conducir por la muchedumbre hacía una de las plazas
principales y, a eso del mediodía, en medio del retumbar
ensordecedor de los tambores, vi pasar al califa rodeado de su
guardia almohade. Abu Yusuf, avanzaba con gran majestad a lomos
de un soberbio caballo negro, cuya gualdrapa, reluciente como el
oro, barría el suelo cubierto de flores.¡AllahAkbar! ¡Dios es grande! —
gritaba la multitudenfervorizada— ¡Larga vida al vencedor de los
infieles!
Cuando el ambiente se serenó y el gentío empezó a dispersarse,
me fijé en una muchacha alta, situada al otro lado de la calle, que no
dejaba de mirarme. La joven iba acompañada por una mujer entrada
en años. Se acercó a mí y sonrió con timidez, mientras decía:
—Tú eres Lem, el extranjero que trabaja en el taller de
orfebrería.
—¿Me conoces? —respondí asombrado.
—Soy hija de Isaac Ben Guriol y cuido de él desde que enviudó.
Padre me ha hablado mucho de ti; dice que te debe la vida.
Demostraste un gran valor al enfrentarte a esos hombres que
querían robarle. Padre está siempre con la cabeza en otra parte, y
ese día cometió el error de meterse por la parte más solitaria de la
ciudad, sin pedir a ningún criado que lo acompañara. No sé qué
habría sido de él, si tú no llegas a intervenir. Esos ladrones son gente
sin escrúpulos, ¿no temes que vayan tras de ti para vengarse?
—Pues… la verdad, dudo mucho de que lo hagan y confío en que
no vuelvan a molestar a tu padre —respondí—. Pero dime, ¿cómo me
has reconocido? ¿Nos hemos visto alguna vez?
La joven se ruborizó. Bajo una cinta bordada con hilo de plata,
sus ojos azules brillaban como dos zafiros. Iba vestida con una ligera
túnica blanca ceñida a la cintura, que acentuaba la esbeltez de su
cuerpo.
—Te vi la otra tarde desde una ventana, mientras hablabas con
padre en el patio de casa -dijo en un susurro-. Y ahora debo
marcharme.
—Espera, aún no me has dicho tu nombre.
—Me llamo Jezabel.
—Jezabel, yo quisiera… me gustaría que… ¿Cuándo puedo volver
a verte?
Ella volvió a ruborizarse y bajó la mirada. La mujer que la
acompañaba se acercó y me hizo un gesto de complicidad. Luego
dijo:
—Vamos señora, se hace tarde, vuestro padre os espera.
Desde hace unas semanas, me ocurre algo extraño. Nunca
había sentido nada igual. Siempre estoy distraído y no consigo
centrarme en lo que hago. El otro día, mientras limpiaba el horno en
el taller de los orfebres, rompí una vasija llena de un líquido
corrosivo que emplean allí para dorar la plata. Al ver el estropicio,
salí corriendo a coger una tinaja de agua para verterla sobre el
líquido y, con la precipitación, tropecé y le eché el agua encima a
Hafid, el oficial del taller, que se había acercado al oír el ruido de
vidrios rotos. Hafid quedó empapado hasta los pies. Se puso como
loco y me lanzó una retahíla de insultos, amenazándome con los
puños.
Después de lo ocurrido, no puedo volver por el taller. Me paso el
día vagando por ahí, sin rumbo fijo. Prefiero no pedir ayuda a Ben
Guriol. Él ignora que me veo con su hija y es mejor no complicar las
cosas, bastante confundido estoy ya con todo esto. La verdad es que
yo mismo no consigo entender lo que me ocurre con Jezabel. En el
fondo, ¿qué puede ella importarme? Sin embargo, sólo pienso en
verla; me paso el día contando las horas que faltan para que
anochezca y volvamos a encontrarnos. Lo más sorprendente, es que
cuando la besé por primera vez no sentí ninguna alteración, ni la
más mínima sacudida. Vamos, como si aquello que estaba haciendo
fuera para mí lo más natural del mundo. Sin duda, ella debió creerlo
así, porque se abrazó a mí con tanto ímpetu que casi no me dejaba
respirar. Y eso que me había parecido tan tímida y pudorosa… pues
de pudorosa nada, es ardiente como el viento del desierto.
Esto se está complicando más allá de lo imaginable. Ayer,
cuando vi a Jezabel, todo estaba en calma. El sol se había ocultado
ya tras la torres de Córdoba y, como otras veces, nos habíamos
encontrado en secreto bajo los álamos, cerca del río. La brisa
temblaba en las hojas de los árboles, y el bullicio alegre de los
pájaros se imponía a los rumores lejanos. Entonces me pareció que
Jezabel se estremecía.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté.
—No lo sé, he sentido algo muy extraño, como si me rozara un
soplo helado.
En ese momento se oyó muy cerca un graznido y ella se aferró
a mí.
—¿Has oído eso Lem?
—Sí, no temas, es sólo un cuervo. Parece que abundan en esta
ciudad.
—¡Lem! —gritó ella—. ¡Hay alguien detrás de los árboles!
Me volví y pude ver la silueta borrosa de una mujer que surgía
entre los álamos y se aproximaba a nosotros. El velo negro que la
cubría sólo dejaba al descubierto sus ojos.
—No esperabas verme aquí, ¿verdad? Supongo que soy
inoportuna —dijo con sorna.
Aquella voz…no lo podía creer ¡era Sher es Krimm!
—Vaya, vaya, muchacho, por lo que veo ya eres capaz de
abrazar a una mujer sin empezar a brillar como una luciérnaga. No
se puede negar que aprendes muy deprisa —añadió, escupiendo las
palabras.
—¿Pero…quién es esa mujer, Lem? ¿De qué está hablando? —
balbució Jezabel, que se había quedado tan pálida como la manteca.
—¡Silencio estúpida! —gritó la aparecida—; y luego, clavando en
mí sus grandes ojos, añadió en tono amenazador:
—Te lo advierto Lem: apártate de ella, o te juro que lo vas a
lamentar.
Y dicho eso, dio media vuelta y desapareció entre la bruma.
Sher es Krimm es capaz de todo si no me doblego a sus
deseos. Desde luego, podría eliminarla; nada sería tan fácil, pero no
sé… no me acaba de gustar la idea; bastante he transgredido ya el
reglamento como para saltarme ahora alegremente la norma más
importante. Además, ya nada me retiene aquí ¿para qué voy a
complicar más las cosas?
Jezabel no es la misma de antes. Claro que ¿a quién podría
sorprenderle eso? Aquel encuentro junto al río, habría bastado para
trastornar a cualquiera. A veces, me parece estar viendo otra vez lo
que ocurrió cuando Sher es Krimm se alejó de nosotros: Jezabel
estaba junto a mí, rígida como una estatua, incapaz de pronunciar
palabra. Pensé entonces que el terror se había adueñado de la pobre
muchacha y cogí sus manos, deseoso de infundirle ánimo. Pero ella
me apartó con brusquedad y se quedó mirándome de un modo
extraño. Nunca la había visto así. Sus ojos azules fulguraban,
lanzándome saetas envenenadas. Lo peor llegó cuando, por fin,
recuperó el habla y comenzó a brotar de su boca un torrente de
reproches. Dijo que yo no era más que un farsante, me acusó de
engañarla, de ocultarle mi relación con aquella mujer… Hice lo
posible por tranquilizarla, pero sólo conseguí enfurecerla aún más.
Estalló en un mar de lágrimas y se alejó corriendo sin atender a mis
razones. El lugar se quedó solitario y una gran luna amarilla empezó
a elevarse sobre el ramaje, derramando su luz en las aguas
tranquilas del río. Me recosté sobre el tronco seco de un álamo caído
y permanecí allí hasta el amanecer, acompañado por el croar
monótono de las ranas.
Esta ciudad ya no tiene poder sobre mí. Al fin se ha
desvanecido su sortilegio y es tiempo de volver a emprender la
marcha. Mañana mismo me voy de aquí para siempre; cuanto más
lejos, mejor.
E l H a d a
_____________________
Jéssica de la Portilla Montaño
HACE VARIOS AÑOS ENCONTRÉ UN HADA EN MI JARDÍN. Dijo que era
un hada del amor, que me traería buena suerte, que sólo tenía que
hacerme cargo de ella mientras pasaba el invierno. Acepté. Pensé
que sería sencillo, como cuidar de una catarina o de una luciérnaga.
Le mostré una cajita dorada con forro de terciopelo, pero ella prefirió
habitar un frasco de mermelada de fresa. Cumplí su deseo. La dejé
en un recipiente que en realidad parecía una burbuja sin tapa. La
cubrí con hojas de manzanilla para darle calor. Cada mañana la veía
limpiar sus cuatro alas con infinito cuidado. Por las noches me
contaba historias sobre sirenas y otros seres desconocidos. El hada
no abandonó su nuevo hogar ni un solo instante. Los primeros días
se alimentó con pétalos de rosas que yo le daba, pero de pronto dejó
de prestarles atención. Ya no se limpiaba por las mañanas; sus alas
se cubrieron con un fino polvo plateado. El hada comenzó a entonar
canciones tristes por las noches, canciones que me hacían tener
sueños tristes también. El hada iba perdiendo color. Sus alas rosa y
azul tornasol se volvieron blancas. Pensé que el invierno era el
culpable de que mi hada se fuese volviendo cada vez más
transparente, pero justo el día antes de que comenzara la primavera
vi que mi hada estaba muerta. Utilizó una telaraña como soga, se la
ató al cuello y apretó el minúsculo nudo corredizo mientras yo
dormía. Miré al hada. Ella yacía inmóvil en el fondo de un frasco de
mermelada de fresa. Yo no sabía que tenía que cuidarla de ella
misma... De sus ojos en blanco brotaban lágrimas que el aire volvía
cristal y que el piso rompió al estrellarse contra ellas. Le arranqué las
alas poco a poco para conservar al menos un recuerdo de ella y
enterré a mi hada en el jardín, bajo un arbusto marchito, justo en el
mismo lugar donde la había encontrado tan pocos meses atrás. El día
que mi hada murió, dejé de creer en fantasías. Las hadas no existen.
Jamás volví a encontrarme otra.
_____________________
JÉSSICA DE LA PORTILLA MONTAÑO, es una autora mexicana.
Cara de rata
Tomás Richards
SOLEMOS DECIR CON POCA GRACIA que tal o cual persona tiene cara
de ratón, de pájaro, de caballo o de cualquier otro animal. Lo
comentamos al oído de alguien que nos acompaña en el tren,
indicándole a la vez a cuál de todos los pasajeros debe observar. Una
carcajada, rápidamente reprimida, se escapa de las fauces de
nuestro acompañante, quien, acto seguido, nos dirige una fugaz y
divertida mirada de aprobación, al tiempo que sentencia en baja voz:
«Es verdad».
Cuando hacemos un comentario de este tipo, nos referimos a
ciertos rasgos muy comunes del rostro humano que, ampliados y
exagerados en nuestra imaginación, nos recuerdan alguna de las
varias especies animales que conocemos. Pero lo cierto es que ese
rostro que hemos calificado como perteneciente al género de los
equinos o de los simios no deja jamás, por espantoso que sea, de
poseer rasgos humanos.
En el caso que nos ocupa, decir que tenía cara de rata no era,
en modo alguno, una exageración. Lo que en cualquier otro caso no
hubiera sido más que un chiste, la vulgar verbalización de una
característica más o menos corriente de la fisonomía humana, era
aquí la pura, absurda y horrible verdad: tenía cara de rata. Una rata
sin pelo, es cierto, pero una rata a fin de cuentas. Era hombre en
parte, en parte rata.
Nació así: feo, deforme, repugnante. Si a la cabeza de una
rata se la hubiera aumentado varias veces de tamaño y se le
hubiesen quitado todos los pelos con una pinza de depilar, se hubiera
obtenido una representación benévola de su cabeza. Era asqueroso
ver su hocico sin bigote, rosado como el de un chancho o un bebé,
alargado hacia delante, husmeando el mundo al que acababa de
llegar, y sus ojos humanos que se defendían de la luz con párpados
de roedor. Si mediante el sentido de la vista se hubiesen podido
percibir olores, aquel rostro hubiese sido el más nauseabundo de
todos.
Su madre, hecho extraño para la época, murió al dar a luz.
Su padre lo vio una única vez, lo maldijo, lo entregó en adopción y
desapareció. En el orfanato donde transcurrió su infancia alguien le
puso el nombre de Witold. En aquel lugar vivió encerrado; jamás fue
presentado a ninguno de esos matrimonios estériles que llegaban
buscando adoptar. Los otros huérfanos no lo molestaban; nunca
nadie se burló de su deformidad. En realidad, ninguno de aquellos
huérfanos se le acercó nunca lo suficiente como para burlarse de él:
todos le temían por igual; él era el mosntruo que los visitaba en
sueños, la representación palpable de todos sus miedos sin padre.
A los ocho o nueve años comenzó a comer en un turno
apartado de todos los demás huérfanos: verlo comer, y más que
verlo, oírlo comer, se había vuelto insoportable para ese entonces.
Varios huérfanos se habían descompuesto en diferentes
oportunidades y otros se habían negado a comer durante días
cuando todavía compartían turno. Al final, el director del orfanato
decidió crear turnos especiales de desayuno, almuerzo, merienda y
cena para Witold. Pero ni siquiera los encargados de servirle la
comida, profesionales esperimentados, querían verlo cuando,
babeando, comía lo que había en su plato, masticando primero con
los dientes delanteros y tragando con gran estruendo después; por
eso, optaron por servirle la comida y retirarse antes de que se
presentase en el comedor.
Durante aquellos años pueriles aprendió a leer y escribir casi
por su propia cuenta. La soledad obligada trajo consigo la afición a
los libros. Más tarde, durante la adolescencia, esa soledad y esa
afición se combinaron con la desdicha y la costumbre de observar
detenidamente el entorno; así surgió la necesidad de expresarse y la
voluntad de crear los propios libros fue afirmándose en él.
Cuando alcanzó la mayoría de edad, el director del orfanato le
propició un generoso empujón a la calle y lo dejó librado a su suerte
y solo como siempre había estado. Witold se percató entonces de su
absoluta ignorancia en las cuestiones básicas de la supervivencia,
pero cierto instinto social o urbano le permitió encontrar ocupac ión
en un circo, como fenómeno. El trabajo era de noche y bastante
humillante (¡Pasen a ver a la rata humana!) pero al cabo de unas
semanas ya tenía techo, comida y hasta una vieja máquina de
escribir.
Ayudado por su fealdad, que lo impulsaba a recluirse en su
cuarto de pensión mientras duraba la luz solar, pudo leer y, sobre
todo, escribir. Desde el pasillo de la pensión podía oírse a toda hora
el sonido percusivo producido por las teclas de hierro de la vieja
máquina, que se empeñaban en dejar su huella entintada en papel
blanco enrollado al carretel. Algunos vecinos se detenían ante la
angosta puerta del cuarto para oír aquella verdadera batucada
letrística que comenzaba a la mañana y terminaba siempre al
atardecer, cuando ya el sol no alumbraba. Entonces, desde sus
puertas entornadas y sus mirillas, veían al músico de los dedos
manchados con tinta recorrer a tientas la penumbra del pasillo y la
profundidad de la escalera en busca del aire fresco de la calle.
A veces, después del trabajo, Witold recorría la ciudad. A pie
siempre y tarde, veía desde la vereda todo lo que sucedía adentro de
los bares y otros lugares de reunión. Pero nunca entraba en ellos: su
deformidad, esa joroba que a él le había tocado llevar en el rostro,
no le permitía acercarse a nadie. Alguna vez lo había intentado, pero
no era aceptado ni en el más infame de los prostíbulos del puerto;
era marginado hasta por los marginales, y sabía que estaba
condenado a ser, él solo, el margen de todo margen.
Así pasaron varios años. La rutina, la disciplina y el
aislamiento llegaron a convertirlo en un buen poeta.
Un día, una casualidad afortunada lo puso en contacto con un
editor y al poco tiempo, Witold publicó su primer libro de poemas. El
mismo fue un éxito en el mundillo literario y pronto publicó otro más.
Al tercero todo el mundo habló de él. Los críticos competían
por elogiarlo, los lectores lo amaban y su editor también. «La voz del
pueblo», lo llamaban las señoras progres de los barrios del norte; «el
poeta del amor», le decían los jóvenes periodistas en los medios
gráficos. De golpe, todo el mundo lo amaba.
Witold, conciente de su fealdad, optó desde el principio por no
exponerse ante su público. Ganó el suficiente dinero como para
abandonar el trabajo de rata humana en el circo y mudarse a un
lugar recluido para dedicarse con exclusividad a la poesía. Con el
tiempo también incursionó en otros géneros, los cuales recorrió con
igual éxito. Esto, y el hecho no menor de que la casa en que vivía no
tuviese ni un solo espejo, fue haciendo que lentamente se olvidase
del problema de su rostro.
Luego, un día, lo recordó bruscamente: su editor le pedía
desde el teléfono que rompiese su ostracismo y accediese a concurrir
a una presentación en público de su último libro.
Durante algunos días se debatió sin descanso entre la
posibilidad de aceptar o no la propuesta. Se sentía tentado.
Últimamente su autoestima había crecido y no pudo evitar decirse
que si su público lo amaba, era por sus libros, por sus versos, y no
por su aspecto físico. Quizá fue eso lo que finalmente lo decidió.
Algunas semanas después, Witold se encontró metido en un
traje tras la cortina de un salón bien iluminado y decorado con muy
buen gusto, repleto de gente bien vestida que llevaba libros en la
mano y estiraba de a ratos el cuello tratando de ver qué había detrás
de la cortina. En una mesa ubicada sobre una tarima, de frente al
público, un hombre bien educado y de voz apacible daba un discurso.
Era el editor, y todo lo que decía era referido a él, a Witold, que lo
escuchaba con nerviosismo y orgullo crecientes.
Luego el discurso terminó y el editor miró hacia un costado
buscando a Witold. El público se puso de pie y aplaudió con
entusiasmo, mirando en la misma dirección que el editor. Witold
respiró hondo y dio un paso hacia el frente. Los pasos que siguieron
se dieron solos y él hizo su aparición.
Cuando la luz blanca del salón bañó su cara, los aplausos
cesaron de un golpe. Nadie habló más que con los gestos de la cara.
El editor, que era bastante miope, no entendió qué pasaba. Pero
Witold sí lo hizo: vio la expresión unívoca de repugnancia en el rostro
del público, vio la decepción y el asco pintados en ése único rostro
colectivo y entendió. Sin embargo, siguió andando hasta la mesa, se
sentó y miró al frente. Un reflector que colgaba del techo le apuntaba
justo a la cara. Su luz lo cegaba; no podía ver nada. Creyó distinguir
a una mujer de la primera fila que se levantaba descompuesta de su
asiento y corría hacia afuera, pero no pudo estar seguro de que fuera
cierto. Todo era silencio y luz. Estaba mareado. Desde el fondo del
salón una voz distorsionada gritó algo ininteligible. Witold dirigió
hacia allí su mirada pero fue en vano. Estaba comenzando a sentir
miedo. Los pocos rostros que logró distinguir, los de las primeras
filas, eran un reflejo fiel del suyo. Volvió a oír la voz distorsionada,
pero esta vez le pareció que provenía de otra parte. Sus ojos rodaron
buscando, pero sólo vio un destello, una estrella plateada en su sien:
un libro había volado hasta su cabeza. Enseguida volaron más y más
libros, hasta que uno de ellos consiguió derribarlo. Witold se llevó
una mano a su frente de rata y sintió cómo se humedecía; la retiró y
vio la sangre. Con cuidado, apoyó la cabeza en el piso de madera y
aceptó su suerte. Los libros seguían cayendo, sepultándolo de a
poco. Eran libros suyos, hijos suyos. El último en caer sobre él fue un
ejemplar de su más reciente libro de poesía, La ostra.
Cuentos (redes)
Cuentos (redes)

Cuentos (redes)

  • 1.
    El caserón José B.Adolph NUESTRO CASERÓN ES REALMENTE GRANDE. Desde mi habitación normal, en el tercer piso, en el frente de la casa, puedo ver la plaza San Martín pero mi segundo dormitorio —que llamo refugio—, en la parte de atrás aunque también en el tercer nivel, da a la plaza de Armas o Mayor y me enfrenta directamente al palacio presidencial y, más atrás y más arriba, al viejo cerro San Cristóbal. Desde uno de los balcones, cuando no hay demasiada bruma invernal, veo el mar. Desde otro, los barrios de esteras, adobe o ladrillo sin enlucir apiñados sobre cerros cuyo suelo ya no es visible salvo como polvo. Tengo documentos que me demuestran que nuestro caserón siempre estuvo en este lugar, aunque no queda claro desde cuándo. No sólo hay documentos coloniales y republicanos sino también pinturas, generalmente óleos oscuros y brillosos, de hombres a caballo y damas con cestos y flores. No todo en el caserón es, como podría pensarse, oscuro, húmedo y desgastado. Posee lugares luminosos, coloridos, hasta alegres. A veces encuentro, en mis andanzas, huellas de pisadas de un caniche silencioso y deyecciones de aves, probablemente
  • 2.
    guacamayos. Las huellas humanasson menos frecuentes. Alguna estría de barro de garúa, dejada por un zapato, descuidada por la servidumbre; una vez un breve pañuelo de material muy fino; en otra oportunidad un anillo sobre el lavatorio de uno de los inacabables baños de la segunda planta. Pero lo que encuentro mucho en los tiempos recientes es algo muy difícil de describir y explicar: una especie de hálito que no es ni imagen ni sonido, una suerte de suspiro de la memoria que posee resonancias musicales. Como si un espíritu, quizás el del mayor de los Bach, hubiese encontrado aquí una patria permanente, lejos de cualquier acoso amigo o enemigo. Porque, según he sabido, lo que suele llamarse inmortalidad está en realidad lleno de acosos, de intentos de asalto, de zancadillas celosas aunque también —no es un consuelo— de afanes amorosos. Si esto se supiera, me digo no sin sonreír un tanto vengativo... Cuando me sobrevuela un avión o un helicóptero me enfado, no sé bien porqué. También desconozco la razón para que, en cambio, no me moleste el ruido de automóviles o los gritos de personas que venden, protestan o piden algo. El gran gato negro que me ha adoptado y me acompaña en mis vagabundeos me sugiere que hay una especie de envidia en mi enfado por lo que el hombre ha inventado para alcanzar el cielo. Mi gato es muy inteligente aunque suele disimularlo, al estilo de los gatos. Para ellos hay sólo dos estados: festejados como divas u ocultos como ladrones. En la biblioteca, además, obviamente, de libros —la mayoría muy hermosos, inclusive los que contienen insensateces— deben sumar muchos miles los folios que he ido rellenando al paso de las décadas. En uno de los sótanos, éstos sí mugrientos y un poco repugnantes, hay toneles enteros de la tinta violeta que utilizo para escribir. Mi gato afirma, irónico, que aquí el progreso se detuvo antes de la máquina de escribir, para no hablar de las computadoras. Estoy informado, no crean, pero vivo inmerso en una descomunal indiferencia ante lo que los humanos, tan
  • 3.
    insólitamente ingenuos, llamanprogreso. Relativamente. Más que primitivo, soy arcaico. Utilizo cubiertos (¡y de plata de 925!), lamparines de algún derivado del petróleo o de la oliva. Los mismos libros, hasta los hechos a mano, son o fueron un progreso. Mis pensamientos y algunas de mis acciones están teñidas de diversos tiempos. Nunca me he preguntado quién soy. Ni siquiera qué soy. Las identidades son tan ilusorias como todos los diagnósticos. Una vez que se descubre cosas como la de que no hay futuro, pierden interés presente y pasado y, en consecuencia, las definiciones. ¿De qué se trata, entonces? De vagar. De recorrer pasillos, habitaciones, tejados, sótanos, huertos y jardines. De orinar sobre tulipanes, de dormir sobre pianos de cola enmudecidos, de sentarse a comer entre arbustos. Esto funciona bien. Hay personas que trabajan para esta casa, no tanto para mí. Sé que una vez al mes van a una institución bancaria y reciben honorarios. No tengo idea del origen ni de la cuantía de esos fondos. Ninguno vive en el caserón. Todos tienen orden de invisibilidad. No puedo agradecer nada a nadie: ni dinero, ni productos, ni servicios. Ni amor. Esta es la libertad. Pero debo confesar que, además del gato —que parece ser tan inmune a la muerte como el caserón y yo—, amo a esta enorme fortaleza de la indiferencia que es el caserón. Es maravilloso que él (o sus constructores que, por lo visto, también siguen vivos) haya desarrollado mecanismos de defensa que rotan, se modifican y renuevan constantemente. A menudo aparecen en los alrededores cadáveres desangrados y a veces decapitados. Cuando un gobierno ha querido invadir el caserón, ha sido derrocado. Hace años que fue declarado intangible, inteligente manera de dejar al caserón en paz. La gente cuenta misterios y anécdotas y los turistas toman fotos y vídeos. Más de una vez se me ha ocurrido que no soy sino un apéndice o vocero del caserón. ¿Quién soy para negarlo o afirmarlo? ¿No dije que las identidades son ejercicios de la vanidad? Pero algo me dice que si esos de afuera son humanos, yo no puedo serlo.
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    ¿Y qué contienenesos folios y esos textos en tinta violeta? Pues listas. Listas de cosas consideradas existentes y, como comprenderá cualquiera, esas listas son infinitas. Siempre hay más cosas. Siempre hay que seguir anotando. Ese es el sentido de la vida: registrar lo que se cree que hay. Por eso es que hoy he escrito esto. Para que exista un texto que convierta en realidad que existe este texto. 1. En qué persona gramaticalmente hablando está escrita esta narración?__________________________. 2. Cómo describirías al personaje de esta historia físicamente?_____________________________________ _______________________________________________ _______________________________________________ _____________________________________________ 3. A qué se dedica este mismo personaje?______________________________________ _______________________________________________ _____________________________________________ 4. En qué lugar se desarrollan los aciontecimientos?_________________________________ _____________________________________________ 5. Cómo describe a la libertad nuestro personaje?______________________________________ _______________________________________________ _____________________________________________ 6. Elabora una lista de palabras que no conozcas, e investiga su significado en el diccionario______________________________________ _______________________________________________ _____________________________________________ 7. Una vez que conozcas el significado de todas las palabras, elabora una síntesis del relato en no más de 5 renglones_______________________________________
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    Lo que escondela niebla___________________ María Aixa Sanz ...a Carlos LA LUNA LLENA me suelta la lengua y por las noches no puedo dormir, me desvela, me paso las noches con los ojos abiertos de par en par, luego llega el día y a media tarde me quedo dormida, traspuesta, como ahora que me he quedado dormida en el sofá de terciopelo granate. Imaginaba que estaba acurrucada en tu cuerpo y me he quedado dormida, he soñado contigo. Soñaba que íbamos en un barco y he anotado algo en la última cuartilla de mi cuaderno, he arrancado la hoja y he salido al pasillo del camarote y a un mozo que pasaba le he dicho: «Désela al hombre del traje azul marino. Dele la nota». Lo recuerdo perfectamente, sé que te he escrito una nota y sé que se la he dado a un mozo del barco, tú debías estar en cubierta, me he puesto un chal sobre los hombros y he mirado la mar por el ojo de buey, todavía era de día. No sé que esconde esa nota, me lo tendrás que decir tú. Todo eso he soñado y he sentido frío, frío en mi
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    cuerpo, y tambiénhe sentido un beso en la frente y entonces he despertado. Estoy aquí con los párpados entreabiertos, me has besado en la frente, tengo la sensualidad de tus labios en mi piel, pero tú no estás, estoy sola acurrucada en el sofá de terciopelo granate, aun así te pregunto: ¿Qué he escrito en la nota del sueño? ¿Tienes idea? ¿La has leído? ¿Te la llevó el mozo a cubierta? Me quedo ensimismada en mis pensamientos, sé que cuántos más años tengo el desarraigo vive en mí, que no me aferro ni a las gentes ni a los lugares, que estos van y vienen según las etapas de la vida, que hay lugares y gentes que son importantes y que un día dejan de serlo, y borrón y cuenta nueva, y eso no deja de suceder en las vidas, por lo menos en la mía, miles de gentes, miles de lugares pasajeros siempre pasajeros, sé con certeza que he echado raíces en ti, en tu cuerpo en tu forma de ser, sé que mis raíces están en ti, sé que eres lo único que no es pasajero y de todo ello tienen la culpa tus ojos. La forma de mirarme que tienes tú. Amor, eres la hoguera en la que me quiero quemar, así de atractivo y erótico te siento. ¿Qué pone en la nota? ¿Me lo dirás algún día? Probablemente te equivocaste de chica y te gustan más las mujeres comedidas, reflexivas, prudentes. Pero muchacho soy valenciana, soy de quemar la vida, de vivir para el placer, de quemar todos los cartuchos, de sentir la mascletá en mi piel, soy tremenda y vehemente, sensual, mediterránea y apasionada. Quemo la vida, la vida está para gastarla y con los grandes amores estás para cometer imprudencias. Besarte si tengo ganas de besarte. ¿O no? La reflexión me la guardo yo para cuando vienen malas, para los problemas. A menudo te asalto sin permiso, te devoro sin licencia, te acoso a preguntas, juego contigo a un juego eterno, y es que no puedo vivir sin tu belleza. El ring del teléfono ha hecho que mis pensamientos vuelen por la habitación ocultándose de nuevo en el país de los pensamientos no pronunciados. El ring ha roto mi cavilar, cojo el teléfono y eres tú. Me dices: «Sí. Sí. Sí» Tres síes y la comunicación se corta. Me pregunto a qué estabas contestando y caigo que estabas respondiendo a la nota. A lo que sea que te haya escrito. A saber cuándo se va a restablecer la comunicación, sé a ciencia cierta que a veces tarda más de veinticuatro horas. Qué tarde más extraña, miro
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    por la ventana,tu voz resuena en mi cabeza. Tu voz. La tarde es extraña, el día es extraño. En el exterior la niebla borra el paisaje pero me guío entre la niebla con el azul de tus ojos, con el brillo de tu mirada y veo cómo un papel planea en el cielo, entre la niebla y cae tras una planta crasa. Salgo corriendo descalza tengo que recoger el papel. Es la nota. Lo sé, sin ningún tipo de duda. La tengo y sí, es la nota, reconozco el tacto del papel, y al abrirla reconozco también mi letra y el signo de interrogación. Amor, ya sé a qué has contestado. Creo que estamos comprometidos. Acabamos de comprometernos como si esto fuese una historia de una novela victoriana. Sonrío. Guardo la nota. Esto no es cuento, yo no soy Jane Austen ni Charlotte Brontë, pero tampoco sabía lo que esconde la niebla, hasta hoy. 1. Qué relación encuentras entre el título del texto y su contenido?_________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 2. Cómo se describe a sí misma el personaje de esta historia?__________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 3. De quién está hablando este mismo personaje en el texto?____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 4. Cuál es el tema central del texto que acabas de leer?_____________________________________________ _________________________________________________ 5. Haz una lista de palabras desconocidas busca su significado en el diccionario y enseguida realiza una síntesis del relato leído_____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________
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    _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 6. Qué diferenciaexiste entre un resumen y una síntesis?__________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ _____________________ María Aixa Sanz (España, 1973), escritora valenciana. Tiene publicadas las novelas El pasado es un regalo (2000), Laescena (2001), Antes del último suspiro(2006) y Fragmentos de Carlota G. (2008). En mayo de 2008 publica el ensayo El peligro de releer, recopilatorio de los artículos literarios, con los que colabora en diversas revistas de España y Latinoamérica. En junio también de 2008 la Editorial Séneca publica el libro La escritura del no que recoge sus artículos más importantes junto a los de una decena más de escritores profesionales. Ganadora de varios premios de narrativa breve, relato y cuento en distintos idiomas.
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    Muñeca triste María AixaSanz MUÑECA TRISTE quién te roba a ti los momentos. Muñeca triste de apariencia embustera. Quién se cree dueño de quitarte los instantes que te pertenecen, y ese viento que te da de cara, que roza tus pómulos, ¿acaso tiene permiso? Te gustaría ir a Alaska: a contemplar la aurora boreal, eso lo sé desde tiempo, y pretendes conseguirlo en tu caminar con tacón de aguja. Muñeca triste cargada de miedo. Podrías alzar la voz para que alguien te oyera desde ese orificio en que andas metida. El presente es absurdo pero es lo único que tienes. ¿Por qué te gustan tanto los hombres? ¿Porque te dan de comer? Aparte de al estómago, también te alimentan el alma. Andas triste porque una vez te enamoraste como una estúpida y te salió mal, y ya no has querido volverlo a hacer. Lo de enamorarte digo. Y vas por la vida luchando y como arma tu cuerpo. Piensas que lo que sienten es cariño por ti y luego te das cuenta de que no sienten nada, y te restriegas la piel con la esponja, tan dolorosamente para quitarle el asco, que te deja rojeces como marcas. Muñeca triste dime que aún sigues ahorrando para hacer un
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    día ese largoviaje. Sólo un billete de ida, por favor. La vuelta no la quieres, no quieres volver. Y te preguntas si alguien se cuestionará dónde te has metido, si a alguien le importará que te largues, que desaparezcas. Sabes que no es tarde, que siempre existirá el día oportuno, el señalado, el marcado. Sabes que sólo nunca sería demasiado tarde. Porque nunca es no existir y lo que no existe no se añora, no se extraña. ¿Muñeca triste seguirás luchando hasta conseguirlo? Vengo a pedirte perdón, no me gusta verte llorar, si quieres llorar hazlo en mi compañía. Nunca has tenido algo tuyo, ni un querer que quisiera decir tu nombre verdadero. Vas andando por la vida con un nombre falso que no quieres que yo pronuncie, prefieres que te llame muñeca triste. Te gusta así más. No tienes delante de mí que seguir con la farsa. Aunque debes contentarte con lo que tienes, con este pequeño ratito, en que dejas que yo piense por ti. Y tú silenciosa puedes dejar de pensar sin cerrar los ojos, cansados los tienes ya de tanto cerrarlos para no ver lo que te rodea, pero tus esfuerzos son en vano, alguien te lo sigue susurrando al oído y el olor, ese olor que te acompaña desde el primer día, que no te abandona, que te da asco, el olor sucio de ese dinero, se mete por tu nariz ofendiéndote las entrañas. Pero todo lo haces, recuerda, por la aurora boreal, que te aguarda en Alaska. Prométeme muñeca triste que te vas a secar las lágrimas, que no valen la pena. Atúsate el cabello, píntate los labios y vuelve a sonreír, eso, así, colócate la máscara y sal de nuevo a patear las calles. Persigue tu sueño. 1. Quién es el personaje principal de este texto?____________________________________________ 2. Quién habla de el personaje principal?__________________________________________ 3. Cómo describirías físicamente al personaje principal?__________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    4. “colócate lamáscara”, es una metáfora: Qué significa dicha metáfora?_________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 5. En este relato existen otras metáforas, localízalas y escríbelas al igual que su significado:________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 6. Realiza una síntesis del relato en no más de 3 renglones_________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    Los días deayer ___________________________________ María Aixa Sanz ELLA ESTÁ SENTADA en una esquina del salón, la han dejado allí junto a la ventana para que mire al exterior. Está sentada en una esquina del salón, sola, como un mueble obsoleto o un estorbo. ¿Cuándo se rompió su vida? ¿Cuándo se rompió su memoria? Nadie la escucha puesto que para todos sus frases no son coherentes, ella sólo habla de los días de ayer. Todavía conserva en su rostro la mirada dulce de la niña que fue, la piel de la cara se mantiene tersa, pura, suave en cambio la piel de sus manos y de sus brazos se han convertido en algo tan frágil como un papiro guardado en la Biblioteca de Alejandría. Dicen que no habla, pero no es cierto, dicen que habla sola o que le habla al aire y no es cierto: ella le habla a algún ser de su pasado alojado en su memoria, esa que ha olvidado el presente y se ha refugiado en los días de ayer. Ella está más a gusto, agazapada en la realidad que no partió, en esa realidad que se quedó inmaculada y detenida entre su infancia y su última
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    juventud madura. Ella,habla de como corría por las calles de polvo, de como bebía del agua fresca que discurría por el arroyo del bosque, ella habla de lobos y de príncipes pastores, de almas muertas y de niños con la rodillas destrozadas, de hambre, de leche en polvo, de escasas onzas de chocolate, de lazos en el cabello, de muñecas de cartón, de veranos de trasiego... Dicen que no habla y no es cierto, su memoria ha escogido su tiempo porque tal vez no le gustaba lo que estaban viendo sus ojos o tal vez porque para que siga existiendo el mundo, algunos seres deben dejar de recordar los días de hoy, para dejar espacio a los recuerdos jóvenes. Quizás el Universo sólo tenga una capacidad limitada de memoria, y sea ley de vida o indispensable que haya gente como ella que olviden, quizás en el Universo se inventaron los libros donde se escriben y se cuentan historias con ese mismo fin: el de dejar memoria libre para que el resto pueda seguir con sus vidas y pensar que el Alzheimer es una enfermedad caprichosa. Pero ella sigue siendo la mujer de siempre: suave, ligera como el algodón, ella no es un estorbo, ella es una mujer a la que a veces se le enciende una luz en su cabecita y reconoce un rostro, recuerda un nombre o formula un pregunta sincera y «coherente». Ella es la misma mujer de siempre, que quizás sólo le está haciendo un favor al Universo. ¿Quién sabe? 1. Quién es “ella”en este relato?________________________________________ ______________________________________________ ____________________________________________ 2. De qué enfermedad padece “ella” y en qué consiste?______________________________________ ______________________________________________ ______________________________________________ ______________________________________________ ____________________________________________ 3. Quién es el personaje que habla de “ella”?________________________________________ _____________________________________________
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    4. Qué nombrete gustaría ponerle a “ella”?________________________________________ _____________________________________________ 5. Conoces a alguna persona que padezca la misma enfermedad que “ella”?________________________________________
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    Mujeres en losárboles___________________ María Aixa Sanz XX PIENSA QUE a veces dice muchas tonterías. Una ristra infinita de tonterías. Habla por no callar. Por no oír su voz interior y cuando por fin calla y deja que salga su voz interior que es la voz que entiende a la razón y al corazón, a los dos por igual, y es la voz verdadera de los deseos, cuando la oye, se asombra de lo que en verdad desea pues nada tiene que ver con todas las tonterías que predica a lo largo de los días. Sí, a veces piensa que sería mejor tener más tiempo la boca cerrada. XX no sabe si la verborrea es virtud o defecto de las mujeres pero piensa que todas tienden a hablar demasiado, tienden a no saber tener la boca cerrada. Parecen mujeres en los árboles, sí, en los árboles, como esos pajarillos que no paran de piar en todo el día y que como ruido de fondo acompañan la existencia. Las mujeres hablan y cuando hablan un tanto por ciento de lo que sale por su boca son mentiras, todo para no oír la voz interior. Todo por no asustarse de lo que en verdad desean. Quizás la única verdad que sale de su boca es cuando a escondidas le llaman: «Amor» a su amor. Tal vez es la única ocasión en que son sinceras. ¿Por qué cuántas veces plantadas con los pies bien firmes sobre la tierra se han preguntado si la existencia que viven es la que conocen y no hay más, no hay otra? ¿Si existe otro tipo de vida para ellas en alguna parte? ¿Si hay otros yos que tengan vidas completamente distintas a las suyas en otro lugar? XX imagina
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    a veces queella es ella, pero hay otra ella en algún lugar que es madre de tres hijos y que lleva una vida muy familiar y también sabe que hay otra ella que es ingeniera náutica y trabaja entre mástiles y cascos de barcos. Y a veces le da una especie de locura y cuando oye piar a los pájaros se subiría a los árboles, porque no se callan al igual que ella pero teme que si sube pueda encontrarse con la vecina de enfrente, con su mejor amiga, con su madre, con su tía, con la mayoría de mujeres que conoce y teme ese momento de sentarse en una rama poblada y mirar a una de esas mujeres a los ojos y que ésta le verifique lo que ya sabe que en realidad todas ellas son mujeres en los árboles difíciles de atrapar y cuando las atrapan es con ardides aunque no sabe si conocen que se dejan atrapar, que los ardides, las engañifas, las tretas, las ven venir pero en hacerse las locas en eso tampoco nadie las gana, son en todo momento conscientes de toda clase de ardides pues al fin y al cabo ellas fueron las que los inventaron, y hablan para no oír su voz cuando les dice en un tibio susurro: «Todo es mentira, no te creas nada», por eso meten tanto ruido de fondo, por eso al amanecer ya hablan y al anochecer también. Puesto que todo es mentira. Una gran mentira y a las primeras a las que mienten es a ellas mismas. Eso es lo más triste, lo descorazonador, por ello XX se queda de pie frente a un árbol, mirándolo de hito a hito, sin atreverse a subir, y así un día tras otro, una hora tras otra. Esperando no sabe qué. 1. Quién es XX?______________________________________________ _________________________________________________ 2. Qué opina XX acerca de las mujeres?__________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 3. Porqué crees que XX tenga ese concepto de las mujeres?__________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 4. Qué nombre te gustaría ponerle a XX?______________________________________________ 5. Con quién compara XX a las mujeres?__________________________________________ _________________________________________________
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    6. Haz unalista de palabras desconocidas e investiga su significado en el diccionario y enseguida realiza un resumen del relato en 10 renglones_________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________
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    La elección Rosario AlbaÁlvarez AQUELLA NOCHEVIEJA con catorce años, tuve que elegir entre Paco, Jesús o Juan Pablo. Los tres confesaron adorarme. Fue una noche gloriosa. Paco no debió besarme de aquella manera, ni Jesús tratar de convencerme de que era la chica más guapa del guateque, ni tampoco Juan Pablo tenía por qué deslumbrarme con los siete sobresalientes que le habían coronado como el mejor alumno de clase. Se me quitaron las ganas de bailar, tenía que pensar en ellos, me habían dado un ultimátum. Tuve que elegir entre la pasión de Paco, los cumplidos de Jesús o el cerebro de Juan Pablo. No dormí en toda la noche y al día siguiente andaba como sonámbula por el pasillo de mi casa con sus caras metidas en la memoria. Creo recordar que al final, después de tanto pensar, elegí mal. La pasión de Paco me dio miedo, me inquietaba y la sabiduría de Juan Pablo no me impresionó lo más mínimo, así que le dije a Jesús que sí, que siguiese diciéndome aquellas cosas tan bonitas, que insistiera en lo del color de mis ojos y en el tipo de bailarina que se me estaba poniendo. Pero fue un error, un grandísimo error, al
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    principio estaba encantadacon mi elección, pero pronto me cansé de tener a mi alrededor aquel moscón que no sabía otra cosa que dorarme la píldora constantemente. No acerté con el chico de mis sueños pero aprendí la importancia de las decisiones. Desde aquel día le cogí el gusto a elegir. Elegir cualquier cosa: un árbol, un bombón, un cuadro, un personaje de ficción, una casa, una mascota… Desde aquella noche me encantó para siempre elegir cosas y bautizarlas, hacerlas mías. Pero no es fácil acertar, hay que pensar un poco antes de decidirse, el tiempo suficiente para rechazar las ofertas menos apetecibles y estudiar despacio lo más interesante, tomarse un tiempo; pero no excederse meditando, porque entonces se llega a un punto en que ya no se sabe lo que se quiere y seguro, seguro, que se elige mal. Así también me pasó el día que mi padre me preguntó que qué iba a ser de mi vida, que si no quería seguir estudiando que a qué me iba a dedicar… —¿Qué posibilidades tengo? —le pregunté. —¡Y yo qué sé! —me contestó enfadado porque él quería que fuera a la universidad. Entonces le pregunté a mi madre: —¿Mamá, si no sigo estudiando qué podría hacer? Ella, conociéndome como me conocía me dio tres posibilidades: —Hija, tú sabrás, pero podrías trabajar con papá en la farmacia, o meterte en esa Escuela de Teatro de la que tanto hablas, o, o… —¿O qué, mamá?, dilo de una vez. —Pues, eso, que también tienes la pizzería de al lado, seguro que no se te da mal lo de camarera. Ya tenía las tres posibilidades, ya podía escoger. Me lo pensé unos minutos y de momento me pareció más atractiva la idea de estudiar teatro, pero luego también me sedujo el hecho de entrar a trabajar, de ganar mi primer sueldo. Rechacé, después de mucho pensar el puesto en la farmacia de mi padre, así que por eliminación iba a terminar trabajando en la pizzería. Sin embargo como tampoco estaba muy decidida volví a replanteármelo todo y tanto lo pensé, tantas vueltas le di, que al
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    final me decidípor la farmacia de mi padre. Otro error, otro tremendo error del que siempre me he arrepentido. Y es que mi padre siempre tuvo la mente muy cuadrada y tenía que ser siempre lo que él dijese. Yo pensaba que los medicamentos se podrían colocar por el color de la caja, por ejemplo: los azules a la derecha, los granates a la izquierda, los verdes de frente, o también se podrían clasificar según su función, por ejemplo: analgésicos al fondo, ansiolíticos en el centro, antiinflamatorios delante… o, ¿por qué no?, también por el número de paquete, habría tres posibilidades… podríamos elegir una de ellas… Bueno, pues nada, mi padre decía que por alfabeto, que era la única manera, que no me pusiera pesada, que si no entendía, que me callara. A pesar de haber cumplido ya lo veinte años continué teniendo problemas para elegir a los chicos. Atravesé épocas en que hubiera sido imposible decantarme por alguno, porque no se me cruzaba ni una sola posibilidad. Sin embargo otras parecía que todo el barrio estaba pendiente de mí, entonces le decía a mi madre que Goyo era muy majo, que menudo tipo tenía, y vaya porvenir el de Sebas, notario por lo menos… luego pensaba en Paco… madre mía Paco, como seguía besando Paco, bueno, eso no se lo dije nunca a mi madre… al final lo único que conseguía era liarle la cabeza a la pobre, y casi siempre desaprovechaba la buena racha dándole vueltas a la cabeza, y cuando me había decidido por uno, resultaba que se habían desperdigado todos y ya no interesaba a nadie. Pasé unos años muy aburridos, de la farmacia a casa y de casa a la farmacia. Era tan soporífero todo que pensé en sacarme el permiso de conducir a ver si me animaba. Resultó una buena idea. Por fin salí del letargo, iba a todas partes con el libro de test de maniobras y señales de Tráfico, era el Gran Mundo de las Tres Posibilidades. Leía la pregunta despacio, me quedaba pensando y luego cogía el lápiz y me decidía a señalar con una equis la A, la B o la C… sí, era mejor girar a la derecha, no, no, dar la vuelta a la glorieta, bueno yo creo que mejor seguir recto. Todos los problemas tenían tres opciones y una solución acertada, yo solo tenía que señalarla, estaba encantada, la vida me parecía
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    mucho más fácil,más feliz. Roberto, mi vecino del 4º, a veces me ayudaba con los test y me decía donde fallaba, y me explicaba las velocidades a las que se podía ir en población y las máximas en autopistas. Lo pasábamos bien y los domingos, cuando me invitaba a salir, siempre me ofrecía tres posibilidades: —Podemos ir al cine, me decía, echan una del espacio, pero bueno, también podemos pasarnos por la cafetería de la Gran Vía, esa que tiene tantos dulces en el escaparate… lo pasaremos bien, pero bueno, si no quieres, cogemos el coche y practicamos el aparcamiento, ¿qué te parece, por cuál te decides? Cuando Roberto quiso que me casara con él, me lo dijo de tal manera que tuve que decantarme por una de sus respuestas: —Mira —me dijo—, he consultado con una agencia y me han aconsejado estos viajes, a ver que te parecen: un crucero por las islas del mar Egeo, quince días en un hotel de Ámsterdam y la última posibilidad: Cartagena de Indias, ¿a ver, tú qué dices? A mí no se me había pasado por la cabeza casarme y mucho menos con Roberto, pero las opciones de la agencia eran tan sugerentes que tuve que decidirme: —Pues yo me perdería por el mar Egeo, ¿y tú? —¡Estupendo! —dijo—, mañana después del trabajo nos pasaremos por la agencia. Y así fue como decidimos casarnos, de la manera más tonta, cogiéndome a traición. Aunque debo reconocer que Roberto siempre fue una gran persona, eso no se le puede negar. Dos años después, en el paritorio, el médico me dio a elegir entre la anestesia epidural, general o a pelo. Mi marido me miraba aterrorizado y me suplicaba que me decidiera de una puñetera vez. —¡Epidural!, grité aprovechando un paréntesis entre contracción y contracción. Tuve trillizos a la media hora, tres maravillas; ya en la habitación del hospital mi madre lloraba de alegría, mi padre también, y yo no sabía que hacer si descansar un poco, si pedirle a mi marido que nos hiciera unas fotos a todos, o rogarle que me dejase mirar aquel florero con tres rosas blancas que me trajo mi padre. Mi madre decía
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    que qué bonitas,yo le decía que no eran exactamente iguales, que la tercera empezando por la derecha era la más perfecta, la más deslumbrante. Los críos empezaron a llorar y yo le pregunté a la puericultora que qué podrían tener. —Hambre —contestó muy segura. —¿Hambre sólo? —le pregunté desolada esperando oír otras dos posibilidades. —Bueno —añadió mi madre—, también pueden tener gases ¿no?, o sueño…, seguro que tienen sueño. Todos sonrieron y yo mirando a mis niños se me caía la baba, luego apoyé la cabeza en la almohada y pensando, pensando, en los tres nombres más bonitos del mundo… me quedé completamente dormida. 1. Para iniciar con el análisis de este hermoso relato ponle nombre a nuestro personaje principal___________________________________________ 2. Cuántas y cuáles fueron las encrucijadas que la vida le presentó y tuvo que elegir una opción? Descríbelas en los siguientes renglones:_________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    3. Alguna vezen tu vida te haz enfrentado a una situación semejante a la del personaje principal de este relato?____________________________________________ 4. De las decisiones que tomó nuestro personaje principal cuál consideras que fue la más acertada y cuál fue la más equivocada?_______________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ 5. De acuerdo a tu respuesta anterior; escribe el por qué de cada una, de acuerdo a tu opinión:___________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    Cat Luis A. Alcocer NOLE GUSTABAN LOS GATOS, en realidad no le gustaba ninguno de los animales llamados «domésticos», sentía animadversión, asco, hacia sus babas, sus pelos, sus excrementos..., pero, en particular, desde muy pequeño odiaba a los gatos más que a ningún otro animal casero. Por eso, cuando un día aparecieron su mujer y su hija con uno de ellos en una cestita, cogió un cabreo monumental: —¡Mira, Papá, me lo han comprado Mamá y la abuelita de regalo de cumpleaños! —Pero, vamos a ver... ¿no os he dicho mil veces que no quiero animales en casa...? Y tú, Araceli... ¿Cómo le compras eso a la niña...? ¡Claro, habrá sido tu madre que siempre anda buscando la manera de tocarme las narices...! —¿Te quieres callar, Enrique?... Vas a acabar haciendo llorar a Toñi... ¿No ves lo ilusionada que está? Era cierto, la niña había cambiado su sonrisa por un gesto compungido..., estaba a punto de empezar a llorar. Enrique era un buen hombre, no soportaba ver triste a un niño y mucho menos a su única hija. Toñi, sólo tenía nueve años, era su debilidad, su ojito derecho, nunca había sido capaz de negarle nada.
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    Trató de explicarse: —Mira,Toñi, es que los animales son un problema dentro de las casas... Al principio se hará caca en todos los lados, se pondrá enfermo muchas veces, llenará todo de pelos..., luego, cuando sea mayor tendrá otros problemas... —¡Cuidado, Enrique, no seas animal...! ¿A ver que le vas a decir a la niña? Miró a su hija, dos pequeñas lágrimas estaban resbalando por sus mejillas. Acarició su cabeza... —Bueno, bien está, pero luego no digáis que no os he advertido. Toñi volvió a alegrar su carita. —Gracias, Papá... Ya verás como no te vas a enterar de que está en casa... Va a ser muy bueno... ¿Verdad, Pichín?... Le vamos a llamar Pichín, ¿sabes...? Enrique sonrió con un gesto forzado y volvió a su despacho. El gato, la suegra, su mujer y, sobre todo, su hija le habían ganado la batalla casi sin esfuerzo. Procuró hacer, a partir de ese momento, como si el gato, Pichín, no existiera. Pasaron dos meses casi sin problemas. Él trataba, tal como se había propuesto, de ignorar al gato... Durante ese tiempo, hizo como si no viera las mierdas que el tal Pichín iba dejando en cualquier lugar, se hizo el sordo ante los maullidos nocturnos, se cepillaba los pelos que permanentemente llevaba pegados a la ropa... Y, como única venganza, cuando nadie le veía, daba una leve, ligera patada al gato en el culo; cuando esto pasaba, Pichín le miraba con auténtica expresión de odio, enseñaba los dientes y bufaba al tiempo que erizaba sus pelos. Enrique le sonreía, no le tenía ningún miedo, y repetía su mínima patada. Esa era su única relación con el gato. Una mañana de domingo, él estaba leyendo el periódico, se acercó su hija: —Papá, Pichín me ha dicho que no quiere que le volvamos a llamar así... Que él es inglés y quiere que le llamemos Cat... Así que ya sabes... Enrique procuró esbozar su mejor sonrisa: —Mira, Toñi, los gatos no hablan, ¿sabes?... Yo creía que sí lo
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    sabías... Los gatosmaúllan..., pero, aunque sean tan guapos e inteligentes como Pichín, no pueden hablar porque... La niña le interrumpió: —No seas bobo, Papá... Él habla desde hace mucho, pero sólo conmigo y, ya te dicho, no vuelvas a llamarle Pichín, no le gusta. Pensó que lo mejor era seguir la corriente a su hija. Ya se le pasaría, eran cosas de niños. Quince días después, su hija, antes de irse a la cama, volvió a hablarle del gato: —Papá, Cat me ha dicho que no le gustáis nada ni Mamá ni tú... Que vosotros hacéis siempre lo que os da la gana y, a mí, no me dejáis ni respirar... que no sois buenos conmigo. Como es natural, Enrique se preocupó... Esa misma noche habló con su mujer: —Araceli, vamos a tener que regalar el gato... —le explicó lo que su hija le había contado. Su mujer, dudaba: —No sé..., pueden ser cosas sin importancia, ya sabes la imaginación desbordante que tiene Toñi... Aunque, por otro lado, eso que dice de nosotros dos... Tal vez tengas razón, déjame que hable con ella mañana y, si todo es como dic es, nos quitamos al gato de encima; además, yo ya estoy empezando a cansarme de él... A la mañana siguiente, Enrique encontró a su mujer muerta en el suelo de la cocina. Dentro de la pila, había un vaso medio lleno de líquido y una botella de lejía tumbada, el cuello sobre dicha pila. —Está muy claro —le explicó la policía—, su mujer ha bebido, pensando que era agua, de este vaso que por desgracia se había llenado de lejía... Ha sido una triste casualidad, también es mala suerte que se vuelque una botella sobre un vaso... No sé como ha podido pasar... Enrique estaba atónito, no asimilaba lo que había pasado, no entendía nada..., hasta que vio, en un rincón de la cocina, al gato, los ojos brillantes y, no cabía duda, una maligna sonrisa en su boca. Cuando volvieron del tanatorio, le dijo a su hija:
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    —Toñi, vamos allevar al gato a la tienda... y, si no le quieren allí, lo regalaremos a quien sea, pero no puede seguir en casa. La niña empezó a llorar con una rabia como nunca le había visto. Temblando y a gritos le contestó: —¡Ni lo sueñes Papá, si lo haces me escapo de casa... Cat es mi único amigo, no podría estar sin él, le quiero más que a ti... Además, no te lo había dicho, me ha asegurado que cuando pase un poco más de tiempo, nos vamos a ir a vivir juntos los dos solos...! Le siguió la corriente, ella estaba fuera de sí. Decidió ir al día siguiente a un médico, a un psiquiatra infantil, su pobre hija no estaba bien. Cuando la niña se acostó, Enrique fue en busca del gato. Le odiaba más que nunca. Le vio en el pasillo, desafiante, la misma sonrisa de maldad en su boca, en sus ojos. —¡Maldito seas, gato! — le intentó dar una patada, pero el animal se apartó: —¡Maldito tú, cabronazo!... Y sé más obediente..., te han dicho que me llames Cat... Ah, el próximo en caer vas a ser tú... —le respondió, claramente, el gato. Enrique quedó paralizado, pensó que se había vuelto loco..., pero no, aquel monstruo asesino hablaba, la pobre Toñi tenía razón... Estuvo toda la noche en vela; no podía decir la verdad a nadie porque pensarían que se había vuelto loco, tampoco podía matar o sacar al gato de la casa, su hija le odiaría siempre y, seguro, acabaría traumatizada... Y, a él, quién realmente le importaba era su hija. A la mañana siguiente, tras dejar a Toñi en el colegio, fue a ver a un psiquiatra, uno de los más conocidos. Le explicó, como buenamente pudo, todo lo referente a la niña desde que compraron el gato. —Lo de su hija no es frecuente, pero está tipificado dentro de la psiquiatría. Los niños tienen una imaginación tal que, en cuanto esta confluye con aspectos emocionales, les hace confundir la realidad, llegando a creer que aquello que imaginan ha sucedido realmente.
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    Su hija, ala que el cariño hacia su gato le hace suponer que este habla... —No, espere, —le cortó Enrique—, tal vez no me he explicado bien... El gato habla, como usted y como yo..., anoche me llamó cabronazo y dijo que me asesinaría igual que hizo con mi mujer. El psiquiatra le miró, se levantó de su asiento: —Venga, túmbese aquí y vuelva a contarme toda la historia del gato a partir del día que lo compraron... Hace dos años que conozco a Enrique. Cuando ingresó en el Centro le asignaron la celda dónde yo estaba, habitación la llaman. Yo llevaba allí tres años, desde que denuncié que mi perro hablaba, había intentado asesinarme y se acostaba con mi mujer. Enrique y yo hicimos buenas migas, es natural..., ambos sabemos que el otro no está loco, no miente. El sábado pasado estaba contento; por primera vez, desde que entró aquí, venía su hija a verle. Como yo también tenía visita, salimos juntos a la sala de encuentros. Enseguida reconocí a Toñi, él me había explicado como era..., además, no cabía duda, llevaba en brazos a un gato que sonreía maléficamente. —Hola, Papá... Miré a Enrique, su cara era una mezcla de dolor, asombro, pena, estupor... No se puede explicar... —Pero, Toñi... —Espera, Papá, no digas nada aún... Él quiere saludarte. Y el gato habló, lo juro...: —Hola, cabrón... Procura portarte bien... y a ver que le dices a tu hija o la próxima será ella... Ah, y no se te ocurra llamarme gato, me llamo Cat. Esa noche encontré al bueno de Enrique ahorcado en nuestra celda... Era lógico, lo esperaba..., yo hubiera hecho igual. 1. Quién es el personaje principal de este relato?____________________________________________
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    2. Cuáles sonlos nombres de los otros personajes del relato?____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 3. Cómo describirías física y psicológicamente a cada uno de los personajes de este cuento?___________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 4. Qué opinas del personaje principal del relato?____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ ________________________________________________ 5. En qué lugar y cómo terminó Enrique?__________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 6. Qué opinas de este cuento? : te gusto?___________ Por qué?_____________________, qué final diferente propondrías?_______________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 7. Qué le sucedió a Araceli?___________________________________________ _________________________________________________
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    8. Qué nombretuvo originalmente el gato?_____________________________________________ 9. Por qué le cambiaron el nombre al gato y cómo le pusieron la segunda vez?______________________________________ 10. Escribe una síntesis del cuento____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    Casi un cuento___________________ CarlosAlmira Picazo UNA MAÑANA DE 1944 B. resbaló en la escalinata de una Biblioteca de Buenos Aires. El golpe en la cabeza, sin revestir gravedad, lo dejó inconsciente durante varias horas. Nadie, especialmente el propio B., puede llenar ese intervalo. Cuando se despertó en el hospital ya era de noche, y tuvieron que sedarlo porque quería a toda costa saber su nombre. Le dijeron que se llamaba Jorge Luis Borges y que era un amante de los libros raros y de Europa. Para demostrárselo, le enseñaron su cédula y dos volúmenes que llevaba a devolver en el momento del accidente: sendas antiguas sagas islandesas. Alguien le mencionó su domicilio en Buenos Aires, sus viajes a Londres, su vasta familia, su amor por los hoteles y las ruinas italianas. Apabullado por tanta información, B. se durmió al fin. Al día siguiente, en un discreto hotel de Buenos Aires, B. dedicó toda la mañana a anotar su biografía: lo que había oído en el hospital la víspera, y como fogonazos inverosímiles que le venían de algún fondo del tiempo. Al cabo de pocas horas tenía una visión completa y coherente de su vida. Hizo una comida frugal, durmió una corta siesta, y salió al caer la tarde para familiarizarse con el escenario de su nueva identidad.
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    El nombre deJorge Luis Borges, la afición desmedida por los libros raros y las épocas remotas y heroicas, y el gusto por los viajes, le colmaron de satisfacción. Tras examinar la escalinata donde había sufrido el accidente, paseó por los Parques y Avenidas cercanos a su quinta familiar (donde por una mezcla de pudor y prudencia, decidió no entrar aún, aunque vio las ventanas amarillas y oyó voces, quizás de familiares, en lo que debía ser un patio ajardinado). Se sumergió en un largo paseo por los arrabales, hasta que la noche le aconsejó volver al hotel donde se había inscrito con un nombre supuesto. Después de rescribir la biografía del tal Borges, para darle coherencia y rellenar las muchas lagunas que lo acosaban, decidió hacer un viaje a Europa. Descubrió con asombro que tenía dinero y amigos, que la Segunda Guerra Mundial agonizaba, que su padre ya había muerto, y que era amado por una desconocida. En el barco una noche cierto camarero, para consolarlo tal vez, le contó que él mismo había sufrido un accidente parecido años atrás, y perdido la conciencia durante horas, y que al despertar le habían tenido que recordar su nombre y su vida. B. cerró el libro de SnorreSturluson que estaba leyendo: «¿Y usted les creyó?», le preguntó. «¿Cómo no, quiere usted una manta?». B. se quedó solo en la cubierta bajo las estrellas sonriendo como Jorge Luis Borges. 1. De quién habla este relato?___________________________________________ ________________________________________________ 2. Investiga la biografía del personaje de este relato y escríbela_________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________
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    ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ 3. Una vezque hayas realizado la actividad 2, compara si lo que dice el relato coincide con lo que investigaste y escribe tus conclusiones______________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ ________________________________________________ _____________________ Carlos Almira Picazo, Castellón (España), 1965. Estudió y se doctoró en Historia Contemporánea en la Universidad de Granada. En 1997 publicó su primer libro, un ensayo histórico sobre la Dictadura del General Franco, en la editorial Comares. E inició su carrera de profesor de Enseñanza Secundaria por diversos pueblos de Andalucía. El año 2005 publicó su primera obra de ficción, una novela histórica sobre la figura de Jesús de Nazaret, con la Editorial Entrelíneas. En 2007 la revista virtual Prometheus le editó en formato electrónico la novela Todo es Noche, una distopía sobre el posible futuro de un país de América Latina. En noviembre de 2009 ha visto la luz una segunda novela en papel, IssaNobunaga, sobre el paso del Japón feudal al Japón moderno, de la mano de la Editorial Nowevolution. Desde el año 2007 ha publicado un centenar de cuentos y algunos ensayos en revistas virtuales y en papel, de temática diversa (desde la Ciencia Ficción en Axxon, hasta el cuento fantástico en El Coloquio de los Perros, realista y humorístico e n Destiempos, Kiliedro, Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera). Ha recibido recientemente el primer premio en el Certamen de Novela Corta Katharsis (2008) por El jardín de los Bethencourt, y una mención como finalista en el mismo concurso de relatos por el texto No se lo digas a nadie. Actualmente trabaja en una colección de microcuentos.
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    Flores secas Thamar ÁlvarezVega AL PRINCIPIO FUERON SÓLO DOS O TRES FLORECILLASesparcidas bajo el ventanal de la terraza. Estaban marchitas, abandonadas a ese final seco y descolorido de todas las cosas, pero ella ni siquiera reparó en su presencia. Descorrió las lánguidas y pesadas cortinas con parsimonia y se quedó contemplando el frío amanecer de una mañana más de otoño. Fue una hora después, cuando el sol había perdido ya la batalla contra el cielo apagado y gris, y el día comenzaba a emitir esa insinuante humedad de prados verdes y nieblas sedosas y dispersas. Las percibió entre las perezosas brumas del pensamiento, sin distinguirlas, mirándolas sin verlas. Entonces su atención despertó de su indolente letargo y se quedó observándolas con curiosidad, miró el ventanal por el que plausiblemente habían entrado a caballo de alguna suave brisa y sonrió con tristeza: no le gustaban las flores cortadas, las amaba en su sitio, entre espinosos y frondosos arbustos o sobre mantos eternos de hierba húmeda. Pero así no. Odiaba las flores cortadas, quizás porque se encontraban demasiado cerca de la muerte para quererlas mucho tiempo, quizás porque le recordaban que era a ella a quien no le quedaba ya mucho
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    tiempo para amarla vida. Las recogió una por una y las lanzó por la ventana con un movimiento preciso: dentro de su casa no quería flores secas. Y lo olvidó. El hallazgo de tres flores marchitas no era una anécdota digna de recuerdo ni de pasar a los anales de la historia personal de nadie. A menos que, como ella, se encontrara una semana después con cinco o seis florecillas de iguales características, pequeñas, marchitas, de pétalos acartonados y tallo frágil y reseco, junto a la escalera de acceso a las habitaciones del piso superior. Su mente no relacionó ambos hallazgos, tenía ya setenta y seis años y a esa edad los acontecimientos cercanos se difuminan en el aire en idéntica armonía con que los antiguos se fijan a la memoria como esculturas pétreas e irrompibles; pero al agacharse a recogerlas, se encontró a sí misma repitiendo un gesto casual y repentinamente familiar. Entonces recordó: hacía una semana había recogido dos o tres florecillas al pie del ventanal de la terraza, y ahora tenía seis unos metros más al interior de la casa. —«Ha tenido que ser el viento —se dijo un poco malhumorada— está visto que tendré que cerrar las ventanas». Y las cerró, no sin antes recoger las seis florecillas mustias y lanzarlas al vacío, como hiciera con sus predecesoras. Tres días después, al volver de su paseo vespertino, agobiada por la llovizna de finales de mayo, y arrastrando aún la amargura de un paseo solitario y errabundo, se encontró con un pequeño montón de flores secas en mitad de la escalera. Daba la impresión de que alguien las hubiera cortado y transportado entre las manos para acto seguido derramarlas en aquel peldaño de maderas lisas y barnizadas. Esta vez se sobresaltó. Las ventanas estaban cerradas, la casa en orden, todo era silencio y penumbra, pero era evidente que alguien había estado allí y depositado aquel montículo de florecillas secas en su escalera, y que había estado haciéndolo al menos dos veces,
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    cuando encontró lasprimeras junto al ventanal y las siguientes varios metros más adentro. Alguien entraba a su casa, estando o no ella en su interior, y depositaba aquellas flores mustias y resecas, cada vez más al interior de la casa, cada vez más arriba. No importaba cómo ni porqué, ni siquiera quién: lo cierto era que entraba. Aquella noche no durmió. Se sentó en su señorial cama adoselada a esperar pacientemente, sin miedo, sin angustia, sólo a esperar, atenta a cualquier ruido, a cualquier movimiento o cambio sospechoso. Fue una espera infructuosa; mientras veía amanecer a través de las tenues cortinas de su habitación, comenzó a pensar por primera vez en la posibilidad de buscar ayuda. No le quedaban ya muchos amigos ni parientes, pero sí más de uno en quien poder confiar sin el temor de que la mirase con infinita condescendencia y le recomendara contener su novelesca imaginación. Se levantó de la cama preguntándose si, después de todo, había realmente motivos para alarmarse: unas florecillas resecas y descoloridas no constituían un serio peligro para nadie, pero al abrir la puerta de su habitación, la pregunta se congeló en su mente: a sus pies, y a todo lo largo del pasillo, una alfombra de flores marchitas, más parecidas al papel que a la vida, cubría el suelo con majestuosa elegancia, inundando el aire con el inconfundible y tétrico aroma de las coronas funerarias, el aroma a flores muertas. Ella emitió un sollozo y, convulsionada por el terror, corrió en dirección a la escalera, percibiendo bajo sus pies descalzos el tacto cortante y acartonado de las flores secas. Al final del pasillo observó que el manto imposible se extendía escaleras abajo y culminaba a los pies del ventanal de cortinas lánguidas. Bajó con cuidado, mareada por el intenso aroma y agarrada a la baranda con manos poco firmes; cogió el teléfono con dedos temblorosos, irresolutos. No hubo nadie que recibiera esa llamada. Días después, animados por el silencio y la quietud que emanaba
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    la casa, dosniños se introdujeron sin dificultad por el amplio ventanal abierto. El interior estaba tranquilo, ordenado, silencioso... Su aspecto era completamente normal a excepción de... de todas aquellas flores marchitas, a centenares, a miles, cubriendo el suelo de la entrada, de la cocina, del salón, de las escaleras... Los pequeños, sin poder contener su naturaleza curiosa, subieron cautelosamente los peldaños, sintiendo crujir las secas flores a su paso, un crujido inquietante y claramente audible en el oscuro silencio de la casa. Cruzaron el pasillo hablando entre ellos a media voz, ya temerosos, ya asustados frente al estrecho y largo corredor. A escasos metros vieron la puerta abierta de una habitación, se asomaron desde el umbral y penetraron en ella. Todo parecía en orden, en calma, fija cada cosa en su sitio a través del tenue manto de la penumbra. El tiempo detenido a su suerte y el espacio abandonado a la quietud de la soledad. Porque la habitación estaba desierta y no había nada en ella que llamara excepcionalmente la atención, ni siquiera ese otro manto de flores marchitas y tristes depositadas encima de la cama, semiocultas bajo las sábanas, esparcidas entre los pliegues de la almohada y derramadas sobre el alto y vistoso dosel. 1. En qué lugar se desarrollan los sucesos de este cuento?___________________________________________ _______________________________________________ 2. Quiénes son los personajes de este cuento y qué edad tienen?___________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 3. En qué estaciones del año suceden los acontecimientos del relato?____________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 4. A lo largo del relato se mencionan elementos propios de la naturaleza cuáles son y cómo los describirías?_______________________________________
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    _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 5. Qué sucedióal final con el primer personaje de este relato?____________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 6. Qué motivó a 2 de los personajes a introducirse en la casa y qué encontraron en la misma?___________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________ 7. Escribe un final diferente que tú le darías a este cuento:___________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _________________________________________________ _______________________________________________
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    Fuera de juego AnyaAmasova ENEL DEVENIR VERTIGINOSO DE LAS HORAS, la ansiedad, el café, los estimulantes a veces no alcanzan. Menos cuando se corre una carrera vacía contra el tiempo. Parece que la concepción del tiempo es otra. ¿Cómo podía ser que en un día, en veinticuatro horas todo hubiera pasado tan velozmente y no se le había caído una sola idea? Eso se preguntaba Ángel, el encargado del departamento de creatividad de la agencia «Open minds». «Mentes trabajando», decía un pretendidamente gracioso cartelito pegado en su puerta, una especie de caricatura que le habían regalado para un cumpleaños reciente. Y ya empezaba a mirar ese garabato sin ningún tipo de humor, ya era una mueca siniestra; y daban ganas de arrancarlo y hacerlo añicos. A Ángel le resonaban en su cerebro las palabras de su jefe, acerca de lo que era «la excelencia», y que competir era la regla.
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    Que no sepodía quedar en veremos, que tenía que crear algo si deseaba seguir perteneciendo a la agencia. Que no había plazos, que no se podía dejar correr el tiempo como si fuera agua que fluye eternamente sin destino alguno. «Esto es así, vos lo sabés, en cualquier momento podés quedar fuera de juego...». Eso le había dicho la noche anterior, cuando se había retirado agotado, a las 23 h., hacia su departamento. A veces, vivir solo cuesta vida. A veces, para algunos. Se mira todo el tiempo por la ventana del piso, se ve la vida desde allí, como si nada. Los demás son los que hacen el trabajo, los demás ponen en marcha su brillantez, sus increíbles y superlativas ideas. Otros, sólo dirigen. Así se sentía Juan Laustro, el jefe. El era «el creador de todo», todo era mérito de él. La agencia era idea de él, la elección del personal era idea de él, la decoración del lugar era idea de él... Estaba sentado en su escritorio mirando y hablando por teléfono, pero él era «el creador». La idea esplendorosa, única, sobrevino como una ráfaga hacia Ángel. ¿Era una idea propia? Esa era otra historia, ¿a quién le importa cómo se logra «la idea genial»? Así es. Su infinidad de cintas de video de películas, de clips publicitarios, video clips de bandas de música, y todo una serie de archivos que tenía en la computadora le habían dado dividendo. Su apoteósica idea se corporizó mientras miraba a los apurones un clip publicitario de mediados de los años ochenta de una publicidad de gaseosa cola, muy difundida en su momento. Allí aparecía el cantante David Bowie interpretando a una especie de científico que «buscaba la mujer perfecta», para lo que introducía en una máquina ojos, piernas, cabellos, y otras partes del cuerpo de bellas féminas. Ángel salió al balcón y respiró aire profundamente, seguro de haber encontrado la salvación a su puesto en la agencia más importante de medios y marketing de Argentina. Si en el clip publicitario se programa «una mujer perfecta», por qué no llevar eso
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    a la realidad.Pero adaptándolo a los realitys shows de música, esos que tienen en trance a la audiencia, y que generan miles y miles de llamados por teléfono de línea y teléfonos celulares, generando millones de ganancia y provocando una manía en adolescentes, amas de casa, mujeres maduras, abuelas, dueños de pequeños negocios y cualquier persona, cualquier ser humano, digamos. Mientras explicaba excitado su increíble idea los demás escuchaban atentos. Pensaban qué podría funcionar de todo aquello. Tal vez era el germen del negocio soñado. «Es simple, hay que idear ya mismo los programas. Desde su casa, los niñas, o quién quiera, eligen las opciones. Viste que cuando a las mujeres les preguntan cuál es su hombre ideal hablan de sus ojos, de su pelo, de su físico, etc... Nadie se va a salir a decir con que quiere a un hombre que tiene que leer a Shakespeare o conocerse la obra de Borges de memoria, o leer a Chejov. Es más fácil que soplar y hacer botella, ¿entendés?». «Se tratará de elegir una banda de pop, pero virtual, nada de personas, sino seres digitalizados, como en los juegos de computadora, como en el Play Station. ¡Es simple!». Al jefe Laustro la idea le pareció un hallazgo, una ráfaga de luminosidad genial. «Listo», pensó, esto es lo que necesitaba, de aquí al tope de la medición de audiencia, de aquí a la guerra de los medios y a ganarla sin atenuantes, porque para eso son los ganadores. En dos meses, en tiempo récord, ya todo estaba todo listo. Los programas de computación ya se habían ideado. Laustro decidió que el programa se llamaría «El gran juego». Sí, dijo, porque eso es la vida, y el que mejor juega, el más audaz, es el que gana. El día llegó. El rubio conductor, desbordante de ímpetu, simpatía e histrionismo se abrió paso entre la iluminación deslumbrante y empezó la presentación de «El gran juego». Explicó cómo sería el mecanismo. Se trataba de elegir una banda de pop virtual. No habría personas para elegir, sino que por medio de un programa uno debería elegir desde su casa las características físicas de los cuatro
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    participantes de labanda, un nombre para cada uno y también optar por un nombre para la formación. Todas las opciones estaban digitadas en un programa (corte de cabello, color de ojos, tipo físico, altura, etc.). Un grupo de expertos en música luego crearía las canciones, y estas serían grabadas por cantantes ignotos, pero la cara sería la de los ídolos virtuales. En su casa, Laustro celebraba y pensaba en la genialidad de su agencia, en que por algo ocupaba una buena posición en el mundo de los negocios, y mientras tomaba Don Perignon en su jacuzzi, celebraba su conquista... La vorágine de votación y elección de personajes virtuales empezó. Era una carrera infernal. Desde sus casas niñas, adolescentes, mujeres grandes, gays, llamaban para votar por su personaje preferido: algunos elegían ojos celestes, otros ojos verdes, otros le ponían nariz respingada, otros le elegían un corte demechado. Las opciones eran múltiples, y las votaciones no decaían. También se podían mandar mensajes de texto apostando quién sería en el programa del día el que saldría primero en la votación, y así la facturación de las empresas telefónicas trepaban a cifras siderales. El programa tenía atrapado, hipnotizado, al país entero. Mientras subían los precios de los alimentos básicos y los servicios, mientras había huelgas, manifestaciones y protestas callejeras de todo tipo, mientras los médicos de los hospitales reclamaban por insumos básicos, nadie se privaba de hablar del programa: comerciantes, docentes, médicos, piqueteros, amas de casa, estudiantes, diputados, trabajadoras de la calle, pseudo delincuentes, dillers, travestís, políticos part time, trabajadores free lance. Paralelamente, se abrieron foros en Internet para opinar sobre los favoritos que se iban creando, o para defenestrar a otros. No faltó quiénes hablaran mal de un personaje que se iba gestando de piel negra, al que algunos habían optado por ponerle ojos celestes. Pero como otros elegían más veces la opción de los ojos verdes, su
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    aspecto actual erade piel negra y ojos verdes. Así es que en la anarquía absoluta de Internet, alguien bajo el seudónimo de Hades dejó un mensaje en el foro diciendo que «a quién se le ocurre crear una estrella así, un negro de mierda, y encima con ojos claros...». La guerra simbólica en los foros de Internet por la elección de las características físicas de los integrantes de la banda virtual se salió de su cauce. Fue como un huracán que avanzaba a pasos agigantados. De simbólica pasó a ser real: varias adolescentes que pugnaban por su ídolo creado, un blondo adonis con reflejos oscuros en su cabello y fuertes brazos que parecían trabajados en un gimnasio, se citaron con otras que defendían al moreno de ojos verdes para dirimir la contienda a golpes. La cita fue en una plaza cercana a un barrio residencial de Buenos Aires, luego de finalizada la emisión número doce del programa. El enfrenamiento entre las niñas dejó un saldo siniestro, varias con heridas cortantes, hematomas, y una, con una fractura de brazo. Sin embargo, en programas de espectáculos se animaban a adelantar quiénes serían los ganadores, y cómo terminaría el juego, y hasta apostaban por dinero. Usando los teléfonos celulares, claro está. Mientras tanto, la medición de audiencia (rating) se había disparado. El programa era un éxito arrollador, una bola de nieve que crecía y crecía. El episodio del enfrentamiento entre jovencitas disparó el debate: Psicólogos, sociólogos, psiquiatras, neurólogos, terapeutas grupales, representantes de cultos religiosos discutían sobre el fenómeno singular, escandalizados, horrorizados. Se preguntaban, entre otras cosas, a qué se debía semejante espectáculo dantesco, qué estaba pasando en el mundo, qué mundo habíamos creado para nuestros hijos para que esto ocurriera, qué valores reivindicaban estos siniestros emprendimientos, y un rosario interminable de enigmas. El país ya era un pandemónium. Hasta muchos casi se habían olvidado de la contienda política eterna entre grupos hegemónic os antagónicos. Entonces, sobrevino la solución drástica. Un juez (con catorce pedidos de juicio político) prohibió por medio de un recurso
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    judicial el programallamado «El gran juego», argumentando que «violaba los principios básicos de la moral y las buenas costumbres, y ponía en evidencia valores ajenos al pueblo argentino». Final del juego, diría alguien. «Fin de la decadencia», tituló un periódico conservador. Mejor así, decían muchos, eso ya no tenía nombre, decían otros. A Laustro se le derrumbó su sueño de grandeza, de plenitud. Y lo primero que hizo fue comunicarle a Ángel, el de la radiante idea, que «estaba fuera de juego...». REALIZA UNA PARÁFRASIS DE ESTE CUENTO OJO ( No se vale copiar párrafos del texto original y si mencionas alguna frase, señálalo en tu propia narración ) ___________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _______________________________________________________ _____________________________________________________
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    El M ur al l ón de Si n dal er za Santiago Javier Ambao
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    LOS SOLDADOS ENEL EXTREMO SUR DE LA PLANICIE, refugiados en altas torres de ventanas diminutas, cubren día y noche la única salida de la ciudad. Están dispuestos de modo tal que impedirían cualquier intento de fuga. Las Montañas Nevadas al este y el Océano Infinito al oeste son barreras naturales a las que nadie desafiaría: son todavía más aterradoras que los soldados. En el lado norte, detrás del mercado, del hospital y del barrio pobre,se levanta —descomunal, severo— el murallón de Sindalerza. El Murallón tiene una altura de doce metros; se extiende desde las Montañas Nevadas hasta el Océano Infinito. Es de color gris plomizo, de textura áspera. Varios remiendos interrumpen la uniformidad de su aspecto. Fue levantado hace más de trescientos años por quienes impusieron el orden aún hoy vigente. Entonces, los primeros habitantes de nuestras tierras lucharon por sus derechos; pero las fuerzas imperiales eran superiores, feroces. El Consejo Imperial no sólo implantó las leyes básicas, también estableció un canon: a diario arrojamos por el desfiladero de Tankrua el oro que extraemos de las Montañas Nevadas. Ése es el precio por no ser saqueados. Muchos insisten en que deberíamos pelear por la libertad. Otros aseguran que la libertad es la paz que respiramos, es vivir sin las incursiones sanguinarias tan comunes décadas atrás. En un punto coincidimos todos: en una nostalgia por los lugares inaccesibles; es una nostalgia hija de la imaginación y no de la memoria. Aquí residen nuestros amigos, nuestras familias; aquí contamos con lo necesario para vivir tranquilos. Aun así, cuando vemos el horizonte inalcanzable sobre el océano, cuando sentimos en la piel los vientos que bajan arremolinados de la montaña, cuando soñamos con el mundo que existe más allá de las torres de vigía, añoramos lo desconocido. El Murallón es el único límite que no se piensa. Los remiendos demuestran que hay quienes se ocupan de la manutención del muro siniestro. De allí la certeza popular de que los soldados imperiales (o quizá otros hombres al servicio de los mismos mandos) patrullan el lado exterior reparando los daños.
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    A veces, enlas noches cálidas de verano, el viento del norte arrastra el bullicio de una muchedumbre lejana. No hay manera de tomar contacto con esa gente. Años atrás, mediante un complicado sistema de espejos y lentes de aumento, vimos el inmenso valle prohibido: ríos caudalosos lo atraviesan, el verde de los pastizales es quebrado con armonía por árboles frondosos. Pronto decidimos abandonar el uso de aquel sistema: suponíamos un peligro en él. Tal vez, de la misma manera en que recorrer esas tierras nos estaba vedado, al mirarlas podríamos despertar la ira del Consejo. Hace veinte años que no sufrimos ninguna incursión, que los soldados permanecen escondidos en las torres. Eso se debe a que hemos adquirido la capacidad de anticiparnos a sus designios. Esta paz que ganamos con esfuerzo depende de todos nosotros. Ayer, por ejemplo, yo mismo encontré un hueco en el Murallón. Implicaba un peligro aterrador: a través de él no sólo se accedía a la vista prohibida de los campos distantes, sino que cualquier persona de contextura menuda, como yo, hubiera podido atravesarlo y largarse a las praderas verdes seducido por la fantasía de la libertad. Hoy al amanecer volví al lugar con algunas piedras y cemento. Cerré el orificio lo mejor que pude; intenté asemejar el remiendo a los demás. Después de todo, quizá los hombres al servicio del Consejo hubieran tardado en detectar la falla y podría haber sucedido una desgracia.
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    1.- Cuáles sonlas barreras naturales a las que se refiere el texto? 2.- Cuánto mide de altura el murallón de Sindalerza y describe qué características tiene? 3.- Qué representa un hueco en el murallón y por qué? 4.- Escribe el significado de las siguientes palabras: 1. Descomunal 2. Saquear 3. Inaccesible 4. Vigía 5. Añorar 6. Certeza 7. Incursión La inocencia ______________________ Luis Amézaga I
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    Abandonaste lo queen ti hay de niña entre un montón de muñecas trasnochadas. Tus pómulos se iluminaron de un rojo azaroso y te creíste rosa del invierno. Fue un descubrimiento el poder imantado de tus caderas. Aprendiste los trucos de la falsa sonrisa paseando la somnolencia lisiada por claridades provocativas que no van a ninguna parte. Ya eres mujer, una pasión mal definida que se siente centro de la fiesta mientras los fracasos te rompen en mil pedazos. Descansas exhausta en los márgenes de un campo de espliego evocando un ayer que no saluda. ¿Qué harás cuando las arrugas y la flaccidez no acompañen tus movimientos de marioneta seductora, cuando tus flujos cambien la dulzura por la acidez y nadie quiera arribar en tu puerto de caricias? Entonces, recuerda a este anciano con cara adolescente que hoy te susurra en el baúl escondido bajo tus pestañas, porque donde hubo una niña, siempre una niña puede resucitar. II Te noto excitada por las idas y venidas, por el roce inevitable con la gente. Torna el atardecer, tus nervios descompensados no encuentran acomodo. Me llamas y acudo. Vuelcas sobre mí la crónica del día sin soslayar el más mínimo incidente. Recojo tus desechos e intento hacerles hueco en mi vertedero mental. Me arrullas y me dejo, me llenas de besos; te los devuelvo. Con una mano me desnudas, con la otra desnudas tu cuerpo. Me introduces dentro. Jadeas. Aprieto los dientes. Te clavo las uñas. Lanzas una bocanada vaginal como declive de la tensión. Permanezco duro. Reiteras el beso, ahora con mayor calidez. Me presto a ello como un buen chico que recibe su premio. Soy tu desahogo, tu medicamento laxante. Entras en territorio dormido de imágenes en blanco y negro con música de armoniosos ronquidos. Mientras, mis músculos sufren agarrotamiento. Estoy nervioso y mal corrido. Hablo con el insomnio, trato de apaciguar el espíritu y sólo encuentro el silencio profundo, ese mi alter ego sordo y mudo.
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    III Te quejas deuna extraña disipación que nubla cada uno de mis actos. Cuando te abrazo dices no sentirme a tu lado, c omo si fuera a esfumarme con hechizo de polvo. Al pasear percibes mi anhelo del ocaso que cruza allá detrás los edificios. Cuando hablas me abstraigo por encima de tu hombro, en un fondo neutro. Se te dilatan las cuencas de los ojos al enclavarte con glorioso empinamiento. Mezclamos salvajes alaridos de fatalismo. Pero por gusto estético omito la eyaculación. Me gritas: —¡Perverso, disoluto! —voces del ardor carnal. Luego, más tranquila, comentas que cumplo a la perfección el cuadro del sicótico, porque ando ojeando sinónimos con la polla tiesa. Aposentas mi cabeza en el canalillo de tus pechos, pretendes así de tierna recuperarme para la cordura. Quieres saber en qué pienso, y de quién me acuerdo, y por qué mi melancolía no es la de un genio. Cómo explicar que su protagonismo depende de mi discreción. IV En algunas refriegas te apreso encima de mí. En otras, debajo. Ahora ceñida a mis articulaciones inquietas, silbas sueños. Nunca estoy en realidad contigo. No cuestiono el por qué de la ausencia. Huyo en cuanto me despierto. Intentas retenerme con brazo somnoliento, pero es más fuerte el instinto de escapar que la concupiscencia matinal. Te rindes ante la evidencia de un ánimo que se escabulle entre tus piernas. ¿Acaso crees que nos conocemos después de unas cuantas cenas con charla, prolongados paseos tras extenuantes sesiones de cama, una mano que te eché en la última mudanza, besos en un millar de lenguas mundanas, y un soporífero viaje que hicimos a Tierra Santa? Pues no. Al callar voy lejos, lejos de ti y de tu mundo, cerca de quien soy sin saberlo. Huyo en cuanto me despierto pues temo despertar un día y comprobar que he dormido un ensueño tuyo, sumido en el ungüento que subyace en tus fiestas enceladas. Huyo para escribir mi versión original en medio
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    del común delos mortales. A mucha honra soy transitorio. De lo común, reniego, me huele a farsa, y lo privado es general epitafio. V Las ventanas se proponen como obstáculos a la tullida luz de diciembre. Caballero me abalanzo a tomarle la mano, y ella con las rodillas rojas clavadas en la baldosa, frota que frota el templo de comida dialogada. Me informa, me informa de todo: —Ayer te eché la baraja gitana y saltó el cangrejo, el libro, y la montaña. Recibirás noticias a corto plazo… —no atino con el espacio donde insertar un te quiero. Y aquello que no se nombra pocos visos tiene de seguir existiendo. Se levanta y me abraza como quien quita el polvo a una figura de porcelana. Dice que la acompañe a poner un ambleo a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, muy milagrero. —Un qué — pregunto en un descuido. —Un cirio de kilo y medio; espero que no llore la llama —se marcha pasillo abajo goteando un rastro de inciensos en busca de una falda con vuelo. Se echa al cuello una colección de fulares excéntricos. Sospecho que es una bruja Maruja que con pintoresco ritual calma ansiedades y adormece el dolor de lo tedioso. Regresa con su sombrero teja, me roza la mejilla con chasquido de morritos. Habla y habla por no estar callada. VI En la antigua casa de mis padres prolongo la soltería como sotana de cura viejo. El agua de la Antártida, recién licuada, casca por el grifo con mal de gases. El bonito calentador de gas butano hace siglos que no calienta, pero no lo toco, pues pretende colarse en el estrellato del nuevo milenio como reliquia. Por suerte, como con las plantas del vecino cuando marcha de vacaciones, cuido una amante. Voy y la riego. Me recibe con su depresión endémica, llora por sus hijos y por su marido. Parlotea de cosas que apenas se sostienen en la boca. La escucho con los receptores muy bajos. Asiento encogidos los hombros. Le tomo la mano. La comprendo. Disipada, me suelta
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    los botones dela camisa. Se vuelca en mi pecho y chupetea los clavos que a martillazos cardiacos traspasan el tabique. Fornicamos con el santo propósito de columbrar algo de amor entre tanta carne. Endurezco el culo, grito, y me transformo en lava volcánica. Reblandecida por el sudor, muy tierna, me ofrece su espléndida bañera. Qué de agua caliente, qué de burbujas, qué de jabones, qué disfrute. Me avergüenza reconocerlo, y no lo hago, pero exclusivamente a esto del baño vine. Este texto consta de 6 capítulos; en un enunciado describe la idea principal de lo que trata cada uno: I.- II.- III.- IV.- V.- VI.- _____________________ Luis Miguel García de Amézaga. Nacido en el año 1965, en la ciudad de Vitoria. Ahí vive actualmente. Entre lecturas y escrituras concibe la medida del tiempo. Un escritor con vocación y lector profesional. Cuenta con varias participaciones en antologías poéticas de editoriales españolas y latinoamericanas. Ha participado en la antología de relatos Narrativa contemporánea española. Y en 60 Autores, 60 relatos, de la editorial Beta. También colabora con revistas literarias en papel como Nitecuento (Barcelona); Resonancias (Suiza); La Nuez (México); Los Papeles de la Manscupia (México); La Bolsa de Pipas (Palma de Mallorca) y Cuadernos de Poesía TELIRA. Colaboró en el último número de la publicación Luces y Sombras de la Fundación María del Villar Berruezo. Así mismo impulsa con diferentes colaboraciones el proyecto de la nueva revista El Generador. Colabora en el ambicioso proyecto de poesía y arte de Amilamia (Vitoria). También escribe para la revista Destiempos, Almiar-Margen Cero, o Palabras Diversas. Desde hace años cuelga trabajos en distintas revistas y periódicos virtuales como Luke y Ariadna, y ha dirigido la
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    revista El Versoque Viene. Siglo XXI. Mantiene habitualmente el blog literario, EL POETA MIRÓN: http://poetamiron.bitacoras.com y Diencéfalo: http://diencefalo.blogspot.com y la página Asicrán en busca de la palabra (http://asicran.galeon.com) Ha escrito diversos artículos, y es autor de dos libros de poemas: El Caos de la Impresión publicado por la editorial madrileña Sinmar, del grupo Vitruvio. Y A Pesar de Todo...Adelante, publicado por la editorial canaria Baile del Sol. Una tarde de otoño Romina Amodei ERAN LAS CUATRO DE UNA TARDE DE OTOÑO. Gris, lluviosa, y bastante fresca. Entré al salón donde se servía el té, en él se encontraban ocho mujeres, entre abuelas y tías abuelas. El murmullo se acalló de golpe. «Hola Patricia», dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en coro todas las demás. Intentaron disimular sus caras tensas, pero no todas lo consiguieron. Aurora la más charlatana me preguntó por las materias del secundario, mis amigas, los boliches y los pretendientes. Yo hablaba y todas me miraban calladas. Pregunté si pasaba algo y en coro lo negaron, no les creí. Tampoco quise insistir demasiado, parecían inquietas. Teresa era la más nerviosa y cuando agarraba la taza de té se salpicaba, enseguida Sara, que estaba al lado, la ayudaba. Era todo tan extraño... Siempre fueron las ocho hermanas más alegres que yo había conocido. Me siguieron haciendo preguntas y por un comentario que hice sobre mi novio, Teresa histérica dijo: «Ven todos los hombres son iguales. Las épocas no cambian nena».
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    La miré atónita,Teresa tiene un matrimonio increíble junto a mi tío Ricardo. No la podía entender. El silencio invadió el salón, todas quedaron perdidas en sus mentes, concentradas sólo en sus tés, tortas y masitas... Sara y Josefina se levantaron para traer agua caliente y otras facturas y tortas. Los tés en esa casa eran de película, y la casa —de cuando ellas eran chicas— era casi un baluarte y nunca la quisieron vender. Estaba en una zona exclusiva de San Isidro y ahí siempre se reunían las ocho a tomar el té. Muchas veces yo me quedaba a pasar una semana o más. La mesa, de roble, era muy larga, imponente y rodeada por ocho rostros —algunos más agradables que otros— cargados de historias. Cada una de ellas era un mundo. Me fui a mi cuarto porque tenía que estudiar. Un parcial de geografía me esperaba al día siguiente. Al cerrar la puerta del salón el murmullo volvió con fuerza. Quise escuchar de qué se trataba, pero en ese momento Sara salía a buscar más agua caliente. —Patricia, necesitas algo, querida. —No, gracias. Me voy a estudiar al cuarto. ¿Sara qué pasa? —Nada, ¿por qué? —Presiento algo extraño, entré y se callaron de golpe. Ninguna dijo una palabra mientras estuve ahí, sólo habló Aurora. Ustedes no son así. Me voy del salón y empieza el murmullo de nuevo. —Pato, te debe parecer a vos. Mi amor, no te preocupes por nosotras, hace tu vida. Subí tranquila a estudiar. —Está bien, cualquier cosa avisame. —Está todo bien. Al día siguiente, a la misma hora, el murmullo no cesaba. Esta vez era más escandaloso. Entré al salón. Teresa lloraba desconsola, estaba despavorida. Aurora se acercó y me dijo: «falleció el marido hace dos horas». Mi tío Ricardo estaba internado hacía tres semanas, bastante mal. Pero lo más extraño era que Teresa fue sólo los primeros tres días y no quiso volver. Decía que no lo podía ver así, y que los hospitales la ponían muy
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    tensa. Susana, mi abuela,se arrimó y me abrazó. —Abuela ¿por qué Teresa no volvió al hospital a verlo? —Nena, sos muy jovencita, no creas que puedas entender lo que pasó. —No importa. Decímelo igual, esta atmósfera es sofocante. —Cuando estemos solas y más tranquilas, prometo contártelo, tesoro. El clima no mejoraba y el pronóstico era poco favorable, como el de esta tarde opaca. Me era imposible suponer o adivinar qué había sucedido y nada ayudaba para que me sintiera mejor. El pobre viejo muerto y todas preocupadas en algo que sólo ellas sabían... De alguna manera a «pedido» de Teresa todas lo habíamos «abandonado». Ricardo y Teresa estaban casados hacía cuarenta y cinco años, no tuvieron hijos. Y se culpaban mutuamente por eso. Mi tía, más rabiosa que de costumbre, no quería ver a ningún amigo de su marido. Estaba más que dolida, como desgarrada por algo... Llegó la noche y con ella el velorio del tío más cariñoso. Para sorpresa de todos, menos de sus hermanas, Teresa no apareció. La odié por estar haciéndole eso a su marido. Fue todo un escándalo, que ninguna de sus hermanas pudo explicar con claridad. Nos quedamos con las visitas, pero nada se había tranquilizado, estaban todas alteradas. Llamaban a Teresa cada media hora para ver cómo estaba. A las cuatro de la madrugada no pude más y me acerqué a mi abuela. —Decímelo ahora, por favor. —Bueno Patricia, vamos al pasillo. —¿Qué pasó? —No sé cómo empezar, es mi hermana... —Ya lo sé, no des más vueltas.
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    —Ricardo durante treintaaños tuvo una amante y la «aventura» terminó ayer, cuando falleció. —¿Cómo?, ¿cuándo lo supieron?, ¿están seguras? —Sí, mi vida. Tu tía se enteró el tercer día que fue a verlo al hospital. La otra estaba dormida junto a su cama, con las manos agarradas a él y la cabeza sobre su brazo. A Teresa le dio un ataque de nervios y tuvimos que ir a buscarla la hospital. —Pero Ricardo la quería... —Sí, las amaba a las dos según él. Se casó con Teresa muy enamorado, pero la vida al lado de tu tía no es nada fácil, te lo digo yo que soy su hermana. Pero no lo justifico, de ninguna manera. A mí se me parte el alma. —¿Cómo sabes que las amaba a las dos? —Hoy, cuando veníamos para acá, tu abuelo me lo dijo. —¿El abuelo lo sabía? —Era su primo... —O sea que le guardó el secreto. —Sí. —¿Esa mujer hoy vino? —Sí, está arriba. Llora desconsoladamente. —¿Alguna habló con ella? —Sí, Aurora. —¿Cómo se llama? —Cristina. —¿Cómo es? —Una mujer muy agradable. —¿Y ahora qué va a pasar con Teresa? —No sé, Pato. Habrá que esperar a que lean el testamento, porque a tu tía no le importa otra cosa ahora. Se siente defraudada. —Por eso está tan loca, ¿no? —Sí, tiene mucho miedo de haberlo perdido todo. Habrá que esperar. Él las quería a las dos, y además era una excelente persona. Hizo lo que hizo, y ella es mi hermana, pero Ricardo no tenía maldad. —Es cuestión de esperar...
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    Pasaron dos semanasy en la lectura del testamento estábamos todos. Fue duro y doloroso. Ricardo, como dijo mi abuela, no tenía maldad, le dejó la mitad del dinero a cada una. Pero había una carta dirigida «A mi verdadero amor, Cristina». El silencio congelado que siguió a su lectura tuvo el poder de la palabra. Teresa, muy alterada, era un lago de lágrimas. También Cristina, una mujer frágil, que despertaba ternura, y pude entender a mi tío, aunque con mucho dolor. Salimos y desapareció como un fantasma. No me olvido más de esa mañana, parecía un cuento, una pesadilla... Cualquier cosa, menos algo real. Yo tenía quince años y el amor me comenzaba a dar temor. 1.- Cuál es el nombre y la edad del personaje que cuenta esta historia? _____________________________________________ 2.- Cómo describirías psicológicamente a Ricardo?__________________________________________ ____ 3.- Cómo te imaginas que es Cristina física y psicológicamente?__________________________________ ____ 4.- Quién es Teresa y qué parentesco tiene con Patricia?__________________________________________ ____ 5.- Cómo es el ambiente en el cual se desarrolla esta historia?__________________________________________ _____
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    por Marcelo Arancibia F. ELHOMBRE CAMINA LENTO por sobre el crecido pastizal que, con suaves crujidos, se inclina bajo sus pasos a medida que éste avanza. Carga en sus ojos una mirada inquisidora que cambia de color por el efecto de la luz solar. Lleva sus manos tomadas a la espalda; levemente encorvado, su melena leonina acompaña un rostro de facciones duras, gruesas cejas alzadas y labios cerrados que denotan cierto sufrimiento. Es agosto, época estival donde los rayos del sol calientan algo más y la vegetación florece con mucha fuerza. El hombre se ha alejado de la aldea, donde destaca la alta torre de la iglesia que muestra la quietud de las campanas. Es media tarde y mientras pasea va sumergido en sus pensamientos, ido del mundo exterior. Su médico le ha recomendado pasar una temporada en el campo; tal vez esto le ayude en sus dolencias que no son pocas. La peor de todas es su creciente sordera que él se ha encargado de encubrir públicamente. «Qué lejos recuerdo ese primer concierto que di a mis seis años. Aquella vez sentí que el ruido de los aplausos me aturdía y mi corazón se aceleraba por la emoción. Y cuando a los trece le ofrecí al príncipe elector mis tres sonatinas, recuerdo que le dije, altanero: “Desde los cuatro años mi ocupación primera ha sido la música. No sé si Dios me encontró para llenar mi alma de armonías, o yo lo encontré a Él, para llenar la suya de tanta belleza musical”. Hoy en esta quietud me siento protegido; no tengo que ocultar nada a nadie. No tengo que fingir distracción cuando me hablan y no logro escuchar más que murmullos. Me consideran un misántropo y no saben la causa de este terrible mal que me aqueja que me obliga a aislarme de todos. ¡Oh, mi Dios, ten compasión de esta pobre alma. Ayúdame».
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    Una ligera brisaagita sus cabellos mientras prosigue su paseo con su soliloquio a cuestas, siempre con sus manos tomadas a la espalda. El hombre, a sus treinta y dos años siente que ya no vale la pena seguir viviendo, aún cuando una leve esperanza lo mantiene: Que aquellos seis meses que lleva en el campo pueden hacer el milagro de recuperar sus deteriorados oídos. Decide volver a la aldea de Heiligenstadt, donde reside, en las afueras de Viena. En el camino se topa con un grupo de ovejas cuyo pastor, detrás del piño va tocando su flauta. El hombre siente que su corazón se agita: no escucha el sonido del instrumento; luego piensa que el viento a su favor se lleva la melodía lejos de él. Cerca ya de la aldea observa a una muchacha que, sentada al borde de una noria, parece cantar una canción a una pequeña que le acompaña. La mujer está cantando pero el hombre sólo la ve gesticular. Esta vez su corazón se acelera y la angustia se apodera de su alma. «Pero, no. Ella sólo le está hablando en voz baja a la pequeña», piensa. Al entrar a la aldea fija su vista en la torre de la iglesia. Allá arriba, las campanas oscilan una y otra vez llamando a la misa de la tarde. Pero él no las oye. Definitivamente no las oye. Esta vez siente que algo, muy dentro de él, se quiebra definitivamente. Ya no es sólo su mente, es también su alma que reconoce que está sordo. Y mientras la dureza de su rostro se acentúa y el rictus de su boca se prolonga, llegan a su recuerdo, sólo a su recuerdo, las hermosas notas y los aplausos de su primer concierto. Ludwig Van Beethoven, el Grande, solloza. En silencio. 1.- Quién es el personaje principal de esta historia? _________________________________________________________ 2.- Qué edad tiene nuestro personaje? _________________________________________________________ 3.- Alguna vez antes había escuchado hablar de este personaje? _________________________________________________________ 4.- Qué es lo que más te gustó de esta historia? _________________________________________________________ ______________________________________________________________ 5.- Propón un final diferente para esta historia, cuál sería?_________________________________________________________ ____________________________________________________________
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    ________________ Marcelo Arancibia Febres,tiene 60 años en la actualidad y es Técnico en construcción. Cuenta con algunas publicaciones en su país y un trabajo incluído en una Antología de Cuentos, por editorial Pez de Plata, en España. Ramona Gustavo Arias LA SIRVIENTA DE UNA CASA BURGUESA aparece todas las noches en televisión. En sucesivas noches de horror, sus patrones la ven dándole indicaciones a Michael Jordan en el torneo de la N.B.A., entre el Papa y Fidel en La Habana, en el telón de fondo de una conferencia de prensa del atribulado Clinton departiendo con un alto funcionario que la escucha con religiosa atención, del brazo del líder de la O.L.P. en Helsinsky y recibiendo el Premio Nóbel de física en Estocolmo. Pese a sus gordas caderas y a su cuerpo tosco y sufriente de
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    fregona, la nochede entrega de los Oscar, Ramona, (que así se llama la doméstica) baila en un número musical, y luego de un rato, hace su entrada con un rutilante vestido y de la mano de Pavarotti, para anunciar el premio al mejor film extranjero del año. Todas las mañanas, a las seis y media, Ramona llega a su trabajo, se pone las botas y el uniforme, y lampazo en mano recomienza su inagotable tarea. Asiste a más de una casa. En total sirve en siete, una por cada día de la semana y desde tiempos inmemoriales. Pero hace rato que nota que las patronas la miran con cierto recelo, los patrones con algo de libidinosa admiración, y que los niños le hablan en un idioma que sólo entienden los niños de las patronas, que nacen con los ojos pegados a una pantalla. Ante tales cambios Ramona sube los hombros hasta las orejas, y continúa con su trabajo tarareando bailanta. Las familias burguesas que tienen como común denominador a Ramona trabajando en sus hogares, se reúnen para comentar entre sí la alucinación que padecen... Que a este punto no es la locura de uno solo, ¡sino una alucinación colectiva...! «Demasiadas horas de televisión, demasiadas deudas, demasiado stress, la culpa la tiene el ajuste económico del gobierno...» Todos convienen en estos tópicos, pero para ninguno son suficientes... Nadie le dice a Ramona nada sobre el fenómeno. Ramona continúa trabajando silenciosa, respetuosa y diligente para sus patrones de la zona residencial, que ya no sólo la ven en televisión todas las noches, sino que hasta graban los programas en los que aparece, guardando las cintas en las cajas fuertes del banco, atesorando (desconozco para qué) las pruebas del terrible y enloquecedor fenómeno. Encabezados por la tintineante Sra. de Peralta, los burgueses elucubran un plan de seguimiento de Ramona en horarios fuera del trabajo. El seguimiento dura una semana de ininterrumpida ausencia de la empleada en la televisión. Las conclusiones que extraen de tal
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    tarea son lasque a continuación se detallan: Ramona deja el lampazo a las cinco de la tarde, cuelga el uniforme, cobra las horas de trabajo, toma en la esquina el colectivo 132 que va a Villa Elisa, baja del transporte público en medio de la ruta, avanza por un camino de barro, entra en una villa miseria y camina hasta la casilla 345, a la sazón su hogar, donde la espera el triple de trabajo que en casa de sus patrones. Luego de tomarse unos mates, Ramona lava la ropa de sus diez hijos, atiende a su anciana madre, da de comer a una docena de nietos, y cae rendida a las once de la noche. En el lecho la espera su décimo tercer esposo y/o concubino, hombre este que por más castigado que parezca dadas las condiciones de vida infrahumanas, y a pesar del ambiente poco propicio de la casilla de chapa, madera y piso de tierra, se transforma al final del día en un verdadero semental y/o desaforado latinlover. (Nota: Esta última constancia trae como consecuencia los más variados reproches de las señoras burguesas contra sus burgueses esposos, y potencia la envidia de ellas hacia su mediática empleada.) Hartos los patrones de escudriñar la fangosa, deprimente y poco interesante vida de Ramona, abandonan la persecución en conjunto; y a partir de ese momento, esa misma noche, ven a Ramona en el noticiero de las 9 sentada al lado de Madeleine Albright en la Asamblea General de Naciones Unidas, y más tarde en la Conferencia del Grupo de los 8.
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    1.- Cómo describiríasa Ramona? ___________________________________________________ 2.- Cuáles son las múltiples actividades que realiza Ramona? ___________________________________________________ 3.- Escribe los nombres de todos los personajes famosos que aparecen en esta historia. ____________________________________________________ 4.- Cuál es el tema principal de esta historia? ____________________________________________________ Jonás Gricel Ávila Ortega ME DIJO QUE MORIRÍA HOY PERO AÚN NO CUMPLE SU PROMESA, yo espero lo que se pueda esperar. No contribuí a su decisión de morir, sólo Jonás tuvo parte en ese pensamiento. Le amaba pero mató poco a poco ese amor con el tratar de encontrar en mí valores con los que no nací, atribuyéndolos a mi físico y rostro —mido uno ochenta y cinco, tengo los ojos grises, el cabello castaño claro, las pestañas largas y viradas que me dan un aspecto muy tierno, el tono de mi piel es trigueña, de un bronceado
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    natural, tengo elabdomen marcado, las piernas y nalgas de muy buen ver para cualquiera: no ha sido en balde ir al gimnasio por tres años—; esa actitud me fastidió, enervó, él no pretendió conocerme; tal vez no se enamoró de mí sino de alguien construido e idealizado y mi cuerpo lo usó para materializar. Me he sentido utilizado todo el tiempo de relación con él. Jonás es el gay depresivo, voluble (en exceso), que tuvo varias relaciones en donde sufrió, dejándole un mal sabor de boca. Él empezó desde los quince años su vida sexual y como es natural frecuentaba los antros gay donde conoció a la mayoría de sus parejas —incluyéndome a mí—. No hay nada de sobresaliente en ello, es el mejor sitio donde nosotros podemos estar a gusto, «bien» —al menos en este país, todavía muy conservador—, besarnos como se nos dé la gana, abrazarnos, acariciarnos; al igual son buenos lugares donde los chichifos se dan cita pues para chichifear, es decir para conquistar hombres de dinero y sacar provecho de ello, son gigoloes para gay, así como también los hay para mujeres y hombres bugas millonarios, los homosexuales no nos quedamos atrás. Me estoy desviando de la descripción de Jonás con circunstancias que no vienen al caso. Es alguien de la cual la gente se aleja al conocerlo realmente por su volubilidad, no sabes qué esperar, cómo reaccionará en determinado momento, sufre por situaciones insignificantes o al menos no lo ameritan, es celoso y estos últimos años ha pretendido alejarme de todas mis amistades, no simpatiza con ninguna. Cree o atribuye a mi persona que soy tan abnegado y dependiente que mi mundo debe ser él. Yo no nací así y Jonás ha querido entrometerlo en mi inconsciente; es ahí donde trata de materializar su ideal en mi físico y al igual es cuando me siento utilizado. Me faltó decir, Jonás se caracteriza por la envidia que le inunda y por ello no encaja con mis amigos. A ellos se puede decir que la vida no los ha tratado mal, han estudiado, aprovechado el tiempo y ahora tienen muy buen presente y él, él... su destino es incierto por su actuar voluble. Se dedicó a perder el tiempo desde los quince años en coger e idealizar a sus parejas, no esperó un tiempo propicio para disfrutar las cosas de la vida, corrió los momentos y ahora, pasado el
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    tiempo, se encuentravacío y sin un porvenir; este era el momento que él apresuró, por eso envidia a mis amigos y a lo mejor a mí, por el sufrimiento que él propició, no entiende porqué padeció y nosotros no. Se ha convertido en un ancla, no me permite avanzar, pero aún así no lo considero un error en mi vida, con Jonás me di cuenta de lo que no deseo en una próxima pareja. El inicio de nuestra relación como en todo fue sumamente agradable, lo vi en un antro, me gustó, le estuve viendo por espacio de una hora, luego caminé por donde estaba con el pretexto de ir al baño, después me guiñó el ojo (se dio cuenta que lo estaba mirando), le dije «Hola» y comenzamos a platicar. De ahí empezamos a salir, íbamos a bailar, nos gustaba quedarnos hasta tarde en los antros ensimismados en nuestro gusto uno por el otro, sin poner atención al show de las «vestidas» o de los chiquitos preciosos que bailaban en la barra (eran bastante fresas, no permitían que ningún gay le tocara, a menos que fuera mujer, yo no sé qué trataban de ocultar, la mayoría de esos stripper son gay, ¿y tratar de no aparentarlo en un antro con la bandera del arco iris?, ¡por favor!), al igual íbamos a la playa, caminábamos de la mano, le rodeaba la cintura y bajaba aún más mi brazo para tocar sus nalgas —está muy dotado de esa parte, las tiene como en forma de corazón—, bueno otra vez me estoy saliendo del tema; dec ía que todo en un principio fue agradable. Nos hicimos pareja e iniciamos a pelear por cosas sin importancia. Luego de un tiempo, decidimos que era el momento de vivir juntos, y los problemitas se fueron haciendo grandes al paso de los meses. La primera noche, cuando vino a vivir a mi departamento, fue igual de agradable como en todas esas cursilerías de despertar al lado de tu pareja. Los primeros meses nos dejábamos notitas: «Amor, te quiero mucho, fui a la estética, no tardo, te amo: Jonás», donde se veía la ilusión de formar una relación duradera, pero como bien se dice «¿Quieres conocer a Manuel?, vive con él», así conocí a Jonás. Los pequeños celos cuando le decía que saldría con mis amigos y él me convencía de no ir con el pretexto: «Te quiero sólo para mi por el día de hoy» —uno al principio lo ve como un gesto halagador—, se
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    fueron haciendo muygrandes, al grado de llorarme: toda una escena de lágrimas, haciéndose al mártir, a la víctima de mi «maldito» carácter; decía que lo tenía casi olvidado, no le atendía ni consentía como él a mí y por último su clásica frase de pobre víctima: «No sé porqué te quiero tanto, si eres un cabrón conmigo», ¡va!, es un mártir disfrazado y en cualquier momento te clava el puñal. Jonás no es un Jonás, ahora se volvió un Jodas en mi vida y me tengo la culpa por permitir que esta relación avanzara y se convirtiera en una enfermiza, en un círculo incurable. Hubo una vez cuando llegué del trabajo —la noche anterior habíamos discutido— me encontré a Jonás desalojando todo el departamento, incluso mis cosas, estaba listo para irse sino fuera que llegué a tiempo, un minuto más tarde y me quedaba sin todos los artículos de mi casa. Hasta ese momento fui un idiota, seguí creyendo que las cosas se podían solucionar arreglando los problemas de ese momento. Poco a poco, la mayoría de nuestras discusiones se empezaron a resolver en la cama, tenía que haber una pelea para tener relaciones con muchas ganas, ya no eran por estar contentos, felices por algo y el sexo se diera por ello, no, se convirtió en una forma de solucionar nuestros problemas. En momentos de fuertes peleas, la pasión con que gritábamos daba lugar a besos casi obligados, lastimosos y de ahí pasábamos a la cama, deshacíamos toda la furia en ella, uno con el otro, casi salvaje; él me mordía los labios casi hasta sangrar y yo el cuello, nos penetrábamos muchas veces con gran obsesión hasta el amanecer. Al día siguiente él amanecía con moretones en el cuello y yo con el labio partido. Lo nuestro se convirtió en una relación enfermiza y estas nunca tienen buen final si continúan. Él y yo nos jodimos la vida hasta hoy. Hace un mes tomé la decisión de separarme, nada lo impedía, el único lazo que nos unía (el amor), se acabó. Insisto, cuando dos gays se unen para vivir juntos es para pasarla bien el tiempo que dure las ganas del uno por el otro o más sentimentalmente, el amor. Por ello no estaba dispuesto a continuar jodiéndome la vida a su lado; pero no fue fácil reunir el valor suficiente para enfrentarlo, la costumbre de dos años de convivencia es muy fuerte y tal vez la
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    soledad. Ayer reuníese valor. —Ya no quiero vivir contigo —le dije tranquilamente. Él no decía nada. —Regresa a tu departamento. Continuaba en silencio. —Te doy cuatro días en lo que empacas y te llevas tus cosas. Continuó en silencio. —¿No me escuchas?, no te me quedes viendo, di algo, ¿está bien cuatro días como plazo o te vas en menos tiempo? —Voy a joderme. —¿Cómo? —¡Qué voy a joderme!, coño, me mato. No se porqué te quiero tanto si eres un cabrón conmigo. Me desaparezco y al carajo, te quedas libre para coger con tus amigos. —No te engañé en estos dos años. No me llores, esto termina hoy. —Te quieres olvidar de mí. —No he dicho eso. —Me mato para que puedas coger a gusto. —Mátate si quieres, estoy hasta la madre de tus escenitas. —Me mato mañana imbécil. —Está bien, trataré de ir al velorio. Todo ello es una síntesis de mi relación con Jonás, acabando con una promesa de suicidio. Quién sabe si la cumpla, a lo mejor es uno más de sus tediosos chantajes para ver si caigo de nuevo en el juego de mártir y yo de perverso. Hasta calculó su promesa de muerte en el día exacto (como bien sabía) en el cual tengo que viajar a un importante congreso de trabajo, donde tengo grandes posibilidades de propuestas para impartir conferencias en diferentes países, lo cual daría un mayor impulso a mi carrera profesional. La promesa la hizo para anclarme a él e impedir el desarrollo de mi porvenir, no sé si quiera destruirme, no lo sé; espero que no llegue hasta ese punto de amargura, en fin, pasará lo que tenga que pasar, pero sinceramente la promesa es una estupidez y no la cumplirá. —Ven aquí —me dijo. —¿Qué quieres?
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    —Olvida lo deayer, fue una pendejada decir que me mataría. —Sabía que no lo dijiste en serio. —Estoy de acuerdo, me voy, pero antes quiero ir a tomar un café contigo, hoy te vas y cuando regreses ya no estaré. —Sí. Quiero que terminemos como amigos, algo se tiene que salvar de los buenos recuerdos de dos años. —Ajá, vamos. Me acarició el cabello y sonrió. Nos fuimos caminando hacia el metro, mientras platicábamos como antes... antes que todo se tornara insoportable. —Te habló la bruja. —¿Carlos?, ¿qué te dijo esa zorra?, Jonás. —Si íbamos al antro cuando llegaras del congreso. —¿Te comentó si iba a ir la Pepa?, ya sabes, esa maldita zorra nada más va para ligar, mientras su pareja está en otra ciudad. —Bueno pero de manita sudada no pasa, la Pepa solo coge con su pareja. —¿Ya lo comprobaste? —Como eres cabrón. —Dejemos tranquila a la pobre Pepa. ¿Sabe Pepa que le decimos Pepa? —No, se encabrona, para él sigue siendo José. —Es Pepa coño, ni que fuera de closet. —Pues sí, bien que se aloca cuando baila, se descose la zorra. —¡Ya la vi bailar! No se tiene por qué molestar, todos tenemos nuestro nombre de friega, tu por ejemplo eres la Joda. —El tuyo tampoco se queda atrás. —Yo no he dicho que no. Llegamos a la estación y esperábamos el metro, tomaríamos un café y de ahí me iría al aeropuerto, ya traía mi equipaje conmigo. Me iba y Jonás se quedaría solo en el departamento y por la experiencia pasada, encargué a Carlos para que lo vigilara y al igual las cosas que se llevaba -por eso me habló y pretextó lo de ir al antro-. Un café servirá como una pipa de paz y el metro se escucha venir. Puedo ver las luces, su ruido es el arrullo de la ciudad.
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    La gente comienzaa acercarse a las orillas para ganar lugar. El metro está a menos de cuarenta metros. Y Jonás abraza los rieles, el conductor no tiene oportunidad de verle; éste continúa su rumbo hasta el final con el cuerpo de él. Cuando se detiene, t oda la gente se arremolina a ver el abrazo de Jonás a los rieles, ellos detienen su tiempo y porvenir, yo no. El amor es sencillamente libre. Ahora agarro mi equipaje y me voy de aquí, subo a un taxi que me lleva al aeropuerto. Entrando a la sala de abordar suena mi celular, es Carlos. —¿Dónde estás? —En el aeropuerto. —Estoy yendo a vigilarlo. —No te preocupes, ya no hay necesidad. _____________________ Gricel Ávila Ortega es una escritora de Mérida (Yucatán - México) A l g o m á s q u e u n p a s e o Ángel Balzarino
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    APENAS LLEGARON ALA PLAZOLETA, él se desprendió de su mano y comenzó a correr hacia el grupo de chicos que como todos los días lo esperaba para jugar. Impetuoso. Profiriendo gritos de alegría. Como un pájaro que abandona su jaula. Sin otra preocupación que disfrutar estos momentos. Y una vez más comprendió que también para ella permanecer allí, observándolos, lograba contagiarle tanto júbilo y entusiasmo. Está bien. No dispare. Yo le... Una sensación en la que se mezclaban la ansiedad, el regocijo, la certeza de ser dueño de un invencible poder, lo invadió al notar el temblor de la voz y el sorpresivo pánico reflejado en el rostro de la muchacha cuando le apuntó con la pistola. Imperativo. Con una seguridad que no admitía duda. Casi tuvo ganas de lanzar una brusca carcajada, como si fuera la única forma de manifestar el inefable placer que alcanzaba en cada asalto, durante el breve e intensísimo tiempo en que tenía el privilegio de ejercer un total dominio sobre los otros. Poné aquí todo lo que tengas. Rápido. Luego de sentarse en el banco habitual, sacó una revista de la cartera, pero no llegó a concentrarse en la lectura y se limitó a mirarla bastante distraída. Como siempre, toda su atención fue ocupada por él, gratificada al observarlo reír y gritar y correr infatigable junto a los otros chicos. Es lo más importante y querido. Casi lo único que tengo ahora. No podía evitar cierto desgarramiento al considerar el reducido universo que formaban ellos dos después del abrupto alejamiento de Rodrigo, y por eso, no sólo por amor sino fundamentalmente por angustia y el anhelo de tener un sostén para sobrellevar la soledad, se aferró a él. Nos necesitamos los dos. Ya nada podremos hacer separados. Obsesiva se transformó la necesidad de compartir cada momento, de gozar su compañía pero también de hacer todo lo posible para protegerlo de cualquier daño o peligro. Encendió un cigarrillo y, dispuesta a eludir cualquier otra cosa, sólo quiso verlo jugar en la plazoleta. Apurate. No vamos a estar aquí toda la tarde. La voz perentoria y furiosa del Cholo quebró de pronto esa especie de encandilamiento y repentino deseo que ella logró despertarle
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    con su cuerpotúrgido y provocativo dentro del vestido demasiado ajustado. No. No es el momento para eso. Aunque sería lo más agradable. Bruscamente tomó conciencia de lo que debía hacer allí, en ese local y frente a la muchacha pálida y temblorosa que con evidente torpeza sacaba los billetes del cajón y los ponía en una bolsa. Aquí tiene. Es todo. Como si hubiera concluido una fatigosa tarea, le tendió la bolsa deformada por el cúmulo de billetes. ¿Estás segura? El tono resultó entre amenazador y algo divertido mientras le apoyaba la pistola entre el pronunciado pliegue de los senos, convertido el caño en una prolongación de su mano, ávida por explorar la tibieza de la carne suave y palpitante. Abrió otro cajón y en forma maquinal retiró algunos billetes. Dale. Vamos. Esto se va a llenar de gente en cualquier momento. Aferró la bolsa, ya firme y decidido a cumplir su propósito con la eficacia de siempre. Ni se te ocurra moverte de aquí. Agitó por última vez la pistola frente a los ojos desorbitados y después corrió hacia donde estaba el Cholo. Tropezaron con algunas personas, entre desaforados gritos de sorpresa y alarma ante la visión de las armas desnudas, al salir a la calle en vertiginosa carrera. Apurate. Ya perdimos demasiado tiempo. Agrio y pleno de reproche el tono del Cholo. No trató de justificarse ni de esgrimir una disculpa. Sólo compartió la preocupación y rabiosa premura por ponerse a salvo, sortear las numerosas siluetas que dificultaban el paso y llegar hasta el coche donde los esperaba Santillán. Pero todo pareció tornarse oscuro, incomprensible, producto de una absurda pesadilla, cuando surgió el grito convertido en orden escueta e inapelable. Alto. No se muevan. Como ya era habitual, observó que un rictus amargo reemplazaba la sonrisa y quedaba con el cuerpo rígido, en súbita actitud de rebeldía o de muda protesta. Vamos. Ya es tarde. Mañana vendremos otra vez. Debía apelar a su paciencia, utilizar las palabras más tiernas y afectuosas, ofrecer algún caramelo o barra de chocolate, para que el final del juego no resultara tan doloroso. Aunque hubiera querido que se prolongara indefinidamente, pues ella disfrutaba tanto
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    como él delos momentos que pasaban allí, era necesario poner un límite. Cuando recuperó la sonrisa por obra de las deslumbrantes promesas de otras jornadas de juego más extensas y divertidas, abandonaron la plazoleta. La colmaba de alivio cada vez que se restablecía entre ellos una comunicación íntima y jubilosa, aunque siempre le tocaba ceder ante la voluntad y los caprichos de él. Lo principal es verlo feliz. Y que pueda tenerlo cerca, para abrazarlo y besarlo. Después de marchar un rato, él soltó su mano y, libre, comenzó a correr por la vereda, dando saltos y efectuando diestras jugadas con alguna pelota imaginaria. Faltaban dos cuadras para llegar a la casa cuando, al doblar una esquina, vio a varias personas moverse en forma desordenada, profiriendo gritos y palabras incoherentes. No tuvo tiempo de indagar el motivo de tanta agitación. Quedó paralizada por el seco estampido de un disparo. La reacción del Cholo fue rápida y contundente. Con el rostro desfigurado por la bronca y vociferando maldiciones, disparó contra la figura uniformada que pretendía cortarles el paso. ¿Quién le avisó? ¿Cómo pudo...? Inútilmente procuró encontrar una justificación a la trampa que de pronto los cercaba. Corré. Dale. Abrumado por la confusión y el desconcierto -con el policía haciendo fuego parapetado detrás de un coche, la gente corriendo en busca de un lugar seguro, el horror expresado en gritos histéricos-, sólo quiso eso. Escapar de allí. Ponerse a salvo. A cualquier precio. Sobre todo después de escuchar el quejido del Cholo y verlo desplomarse como una especie de muñeco desarticulado, con los brazos abiertos y una mancha roja en el pecho. Terminaré igual si no salgo de aquí. Ya. Rápido. Convertida en el tesoro más preciado, aferró fuertemente contra el pecho la bolsa llena de billetes, y apretó el gatillo. Una vez y otra y otra. Descontrolado. Sin un blanco definido. A cualquier figura que pretendiera frustrar su huida. Sebastián. Urgida por el pánico y la desesperación, procuró alcanzarlo para brindarle su amparo, mientras lo llamaba en un clamor desolado. Y siguió repitiendo el nombre querido con voz cada vez más débil, enronquecida, quebrada por el llanto,
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    después que cesaronlos disparos y la gente ya se había dispersado y un silencio ominoso comenzó a cubrir la calle casi desierta, sin poder apartar los ojos del cuerpo diminuto y quieto de él. Cartas desde las ruinas___________________ Miguel Baquero Medlebrún (en la frontera oeste de la civilización) Día tercero de la cuarta luna del año 527 desde la domesticación del caballo. Mi querido maestro: (1) A día de ayer he llegado a este lugar, después de larga y fatigosa travesía, y después de múltiples calamidades, quesería prolijo detallar. Baste decir que, cuando cruzaba las montañas, a la sazón cubiertas por la nieve, aquel buen
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    mulo con elque salí del seminario reventó de frío y de cansancio. Imbuido, no obstante, por la grandeza de mi misión, seguí a pie la vía adelante, pero quiso la suerte (mala suerteen este caso) que cayerasobre mí una de las muchas bandas de salteadores que acechan estos pasos. La dicha banda me despojó de todo mi equipaje, así víveres como vestuario, de tal manera queno exagero a vuesa señoría si le digo que alcancéel valle desnudo por completo, depauperado y aterido. Encontré entonces, a la vera del camino, un monasterio,a cuyapuerta me llegué a pedir auxilio. Me abrió el padreportero y, al verme de aquella guisa, sin efectuar preguntas me hizo pasar al interior, me llevó al patio,y corrió luego a tañer las campanas, convocando urgentementea la congregación. Se trataba de la muy antigua, muy practicante, y muy numerosa además, orden de los padres sodomitas. Entre ellos estuve quincedías, hasta que pudereemprender camino. Lo cual fue una madrugada,furtivamente, y ataviado,puesto que no pude encontrar otra ropa, con uno de sus típicos hábitos abierto por el culo. Así fue como llegué hasta Medlebrún, y como me presenté en el lugar de las excavaciones. Me encontré allí a un buen número de gente, atareada en la pica y desempolvo de unas ruinas;según me vieron llegar con aquella vestimenta, todos, sin excepción, tomándome por un monje sodomita verdadero,se enderezaron al instantey formaron en un círculo cerrado. Me asombraron,en verdad,tales muestras de respeto, pero al fin, y por las señas que les di, las cartas de presentación de vuesa señoría, y otros detalles de nuestro seminario, se deshizo el malentendido y accedieron a darme alojamiento. Aunqueun tanto apartado del común, esa es la verdad. Mañana iré a visitar, porprimera vez, el yacimiento arqueológico. De los estudios que haga, hipótesis que siga, y conclusiones a las que llegue huelga decir que le mantendré informado. Entretanto, beso a vuesa señoría la nuca, como es preceptivo y en señal de respeto. hg
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    Medlebrún Día décimo dela cuarta luna del año 527 d.d.c. Mi querido maestro: Antes de entrar en detalles técnicos, creo necesario contarle cómo salieron a la luz las ruinas que ahora nos ocupan, según oí de un maestro prospector. Había atravesado este maestro, en compañía de su expedición, aquel gran río llamado Ebrún, que hasta hace apenas cinco años delimitaba el avance de la humanidad;nada más poner los pies en la otra orilla, ordenó hacer diferentes sondeos por los alrededores, en busca de vestigios arqueológicos. Apenas iniciados dichos sondeos, se descubrieron los restos de dos edificios. Pronto advirtieron que se trataba deicglexias (2), como se decía en la terminología de la época. O, lo que es lo mismo, de edificios civiles dedicados a todavía no hemos concretado bien qué menesteres. Como es propio en estos edificios, su salón principal se encuentra todo él rodeado por los retratos de diferentes personalidades; en el cabecero, presidiendo el conjunto, ineludiblementese halla el retrato bien del rey,medio desnudo y con los brazos abiertos en señal de bienvenida hacia sus súbditos, o bien de la reina, sosteniendo en sus rodillasal príncipeheredero. Esto era norma, al parecer, en todas las dependencias y despachos oficiales de la época antigua, de igual manera a como, en nuestros días, se cuelga en las paredes de los distintos departamentos un retrato del monarca haciendo el pino puente, en señal de honestidad, respeto hacia sus súbditos y buena forma. En cualquiercaso, nada de esto era lo que se andaba buscando, por lo que mandó el jefe de la expedición continuar la marcha apenas amaneciese. Aquella noche, en torno a la hoguera, reunidos todos los miembros de la expedición, trazamos rutas sobre la arena y compartimos nuestro sueño, el deseo latenteen cuantos nos dedicamos a la búsqueda de santuarios de la civilización antigua. En concreto, nuestros anhelos estaban puestos en hallar aquel templo legendario que, durante muchas generaciones,ha sido poco más que una quimera, un mito, un lugar de fábula. Ahora, gracias a los progresos de la técnica (sobretodo gracias a la invención del pico y de la pala, aunque su
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    funcionamiento todavía nosresulte algo complejo),tal vez podamos en un futuro no muy lejano ver con nuestros propios ojos tal maravilla. Con esa esperanza, al menos,nos despertamos al alba, y con esa esperanza el jefe de nuestra expedición se caló el gorro de orejeras, símbolo de su autoridad,se alzó sobre los estribos de su burra, alargó el brazo con toda la pompa que exigía el momento y gritó: —¡Adelante! Es cosa ciertamenteadmirablever cómo avanza una expedición de arqueólogos. Con la misma sincronización, el mismo silencio, el mismo paso corto y decidido que una manada de leonas hambrientas al acecho de una presa, así es como la caravana emprende su camino. Tantas veces vuesa señoría, desdela cama en nuestro monasterio donde se encuentrapostrado,me ha expresado su frustración porno podercontemplar este hermoso espectáculo, que hoy me veo en la obligación de describírselo cuan prolija y detalladamente me sea posible. Verá usía:a la cabeza de la expedición, unos pasos por delante de ella, suele marchar el comúnmente conocido como maestro orientador. Apartede su mayor o menorpericia en la ciencia orientativa, es condición sin duda primordial paraestos doctores sostenerse bien sobre una mula. Ello es así porque marchan a lomos de una, absortos en la contemplación de ese gran mapa, la Guía Michelinia, documento del pasado de incalculable valorque estos maestros protegerían, llegado el caso, con su vida. El citado mapa lo llevan ante sí, desplegado en cuanto el brazo abarca, y solamentede vez en cuando alzan la vista de este maremágnum de papel, otean el horizonte, extienden la mano y gritan:«Es por allí». Al lado del maestro orientador,y por andar éste tan sumido en su tarea, es costumbre que camine un mozuelo, con el objeto de irle apartando las ramas de delante, el matorral de los lados y,más por lo general, con el objeto de ayudarle a levantarsesi es que la brusca aparición de una zanja o la repentina presencia de un peñasco derriban al buen doctorde su montura. Sigue a estos dos personajes, unos pasos por detrás, el jefe de la expedición. Nombrado por Nuestra Alteza Real entre losindividuos que, de las Seis Provincias, hayan sido escogidos en pública elección como los más
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    ahorradores, es sumisión marcar los objetivos, las etapas, y, sobre todo, fiscalizar los gastos de la partida;debido a ello es que, en su persona, se unen los cargos de tesorero, pagador, contable, y encargado de las provisiones. También es el que lleva el botiquín. A su zaga van los maestros prospectores. La tarea de estos grandísimos peritos comienza cuando el maestro orientador, bien por lo que le dicta el mapa, bien por su instinto, cree haber llegado ante el posibleenclave de un templo. «Íbidem!(3) Hic jacet!Non plus ultra!», grita, y el equipo de prospectores toma a esta señal el protagonismo:se apean de sus burras, mandan a sus operarios que descarguen de los carros el material y comienzan la cala. En general, la gente dedicada a remover terreno,entremaestros, operarios y mozos, alcanzacasi el centenar, de lo que vienen a resultar enormes circunferencias de tierrahollada, impresionantes socavones en cuyo fondo, como puedevuesa señoría suponer,no siempresurgen las ruinas tan ansiadas. En tales casos, suelen volverse todas las miradas hacia el maestro orientador, en claro signo de reproche.Entonces es cuando él, a manera de respuesta, lanza el mapa al suelo y plantea un desafío en estos términos (latinos):«In prima loci, intelectasumma»(4). Tras de lo cual, indefectiblemente, todos los reprochadores vuelven la mirada, el jefe de la expedición recoge el mapa del suelo, lo sacude y se lo tiende al maestro orientador, al tiempo que con un arquear de cejas le hace seña al mozo que le acompañapara que le ayude a subir al burro. Detrás de estos que ya he dicho, marchan los maestros medidores. La misión de estos maestros medidores (imprescindibles en toda expedición) es, como vuesa señoríabien sabe, trasladar las antiguas cifras de distancia, expresadas en ese enrevesado sistema métrico decimal, a nuestro moderno y más práctico sistemapersonal aleatorio.Suelen requerirselos servicios de estos maestros una vez las ruinas han salido ya a la luz, o cuando alguna circunstancia en el camino así lo exige:determinar la distancia hasta un punto, la altura de una montaña, la profundidad de un río, la hondura de un barranco…. En el caso concreto de nuestra expedición, son tres los maestros medidores quenos acompañan, cada uno de ellos acompañado por su ejecutante principal (que son quienes,efectivamente, han de llevar a cabo las
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    medidas aleatorio-personales quesumaestro disponga) y un buen número de sustitutos. Es en pos de este grupo que voy yo, monjede la orden de los comentaristas, experto en el estudio e interpretación de los textos antiguos. A mí es a quien se consulta sobre la importancia, o no, de algún vestigio hallado; sobre la conveniencia, o no, de insistir en una búsqueda; sobre la necesidad de tal o cual esfuerzo;a quien se pide su autorizada opinión, en suma, y valga la inmodestia. Cerrando la comitiva marcha el cuerpo de intendencia: despenseros, cocineros, asistentes, encargados de las tiendas y los vestidos, palafreneros, furrieles, etcétera,así como un pequeño destacamento de soldados, quenos protegen de los posibles asaltantes,de los aventureros que no han logrado hacermejorfortuna en estas tierras hostiles y semisalvajes. ¿Puede ya vuesa señoría, mi querido maestro, con esta somera descripción que le he dado del grupo, hacerse idea del espectáculo maravilloso que supone verlo avanzar a paso imperturbablepor estas tierras extensas, llanas, interminables de la Dauguirria?Siete jornadas hace quesalimos de Medlebrún. Siete jornadas durantelas cuales hemos tenido queatravesar desfiladeros, donde, al oír el retumbo de los cascos de las caballerías y el chirriar amplificado de los carros, salían de sus nidos en la roca buitres, milanos, águilas, y otras aves quehasta entonces nunca habían visto alteradasu tranquilidad;siete jornadas en las cuales hemos avanzado por bosques,sotos, montañas, dehesas, valles, campos ubérrimos, agrestes peñascales, infectos pantanos, polvorientas llanuras,tupidas malezas... Para mí que nos hemos perdido. Eso al menos pensamos la mayoría, arrebujados en torno de una hoguera mientras ahí, en la oscuridad,en el desierto vasto, aúllan los lobos y silban las serpientes Pero, en fin, y como dijo uno de los soldados de la expedición:«Mientras estemos aquí, no estamos en otro sitio». Espero darle en mi próxima carta mejores nuevas. Entretanto, beso a vuesa señoría, etcétera. hg
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    Día sexto dela sexta luna del año 527 d.d.c. En algún punto de la Dauguirria Magna. Mi querido maestro: El desánimo ha comenzado a cundir entre la gente de la expedición. Al mucho tiempo que llevamos en camino, y a la incomodidad que ello comporta, ha venido a sumarse la carencia, preocupanteya, de víveres. En los carros, llenos, rebosantes cuando salimos de Medlebrún, apenas si puede encontrarseya alguna hortaliza reseca, y el racionamiento ha alcanzado, por lo tanto, cotas insoportables. ¡Ay de la falta de previsión y de las prisas!¡Con lo fácil que hubiera sido reponer lo gastado en la época en que cruzábamos porregiones fecundas! Ahora todo en nuestro derredor es tierra, tierra ocre con desmandados brotes amarillos, algún zarzal que nos da poco consuelo, pues la fruta, en este tiempo, está muy ácida, algunos pocos árboles agrupados en torno a un regato , de los cuales apenas si obtenemos más que sombra. De la caza, por otra parte, fuera inútil pretender algo.Si bien hay entre nosotros reputados cazadores, su destreza sería proverbial en las montañas, no digo que no, donde osos, linces, jabalíes, rebecos, cabras, y demás fieras andan a mano de un garrotazo, pero en estos páramos desolados donde la más cercana pieza acaso sea un pato que cruza raudo porlas alturas, o un conejo que, no menos veloz,huye de mata en mata, ya se imaginará vuesa señoría en dóndevienen a concluir sus persecuciones y sus lanzamientos:en una espesa nube de polvo.Alguno hay que ha empezado a experimentar con ese reciente invento del arco y de las flechas, pero en tanto no mejoren en su uso ha dictado el jefe de la expedición que vayan a ejercitarse contra un árbol,a una distancia prudencial de los integrantes de la caravana, quienes ya hemos tenido que sufrir varios percances, sobre todo cuando disparaban hacia lo alto. Así las cosas, no ha quedado más remedio quesacrificar algunos burros. En medio de tan desdichada situación, alcanzamos a vislumbrarcierta mañana un monasterio en la cumbrede un otero. Como vuesa señoría bien sabe, hay varias órdenes monacales recoletas que, en su deseo de aislarse del mundo, y entregarse con tranquilidad a sus prácticas, han venido a instalar sus cenobios aquí, en estas tierras por civilizar. A simple vista, y más desde la distancia, no hay señales quepermitan inferir dichos cenobios a qué orden pertenezcan, pero como en el caso presente viéramos quede sus chimeneas salía humo, e incluso parecían oírse voces,no nos cupo dudaalguna de que se encontraba habitado. Dejando a un lado la cierta reticencia que, hacia las cosas de los claustros y los monacatos, se tiene en la sociedad civil, se decidió queno nos quedaba otra mas que acercarnos a ver si podían surtirnos de comida. Decidido lo cual, y de manera unánime, todas las miradas se volvieron hacia mí,
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    pues no envano soy monje, aunque comentarista, y había tenido ya, como le conté en mi primera carta, cierta experiencia en lo tocante a monasterios. Así pues, y pese a mis protestas, se me asignó el papel de comisionado. En tal papel, y volviendo la vista atrás con mucha frecuencia para solicitar a los soldados de la expedición que no me desamparasen,poco a poco me fui acercando a la abadía. Y a estaba casi ante sus puertas cuando (sin duda debían de haberme visto desde alguna tronera) éstas se abrieron y el hermano mayordomo me salió a recibir. Por su hábito,corto y arremangado, por su gran calvicie y por lo encallecido de sus manos, curtidas en innumerables rituales, entendí al punto que me hallaba ante un convento de padres onanistas. Ensimismados y pacíficos por demás, y tan absortos en sus ceremonias que, según oyeron mi demanda, sin parar en mientes,me entregaron sacos y sacos de comida, con los cuales bajé hasta el lugar dondemis compañeros esperaban, acampados, el resultado de mi misión. Me recibieron, como yasupondrá usía, con mucho alborozo, y no digo quese lanzaron sobrela comida y la devoraron al instante porque,antes de ello, procedieron a lavarla en un arroyo que por ahí cerca discurría,como es costumbre en los alimentos que proceden de tan pías manos. En este punto despido la carta, no bien repuesto todavía del susto. Beso a vuesa señoría etcétera. hg Día decimotercero de la sexta luna del año 527 d.d.c. Mi querido maestro: ¡Estamos en Maxdriz, ya sabe usía, esa ciudad que hasta hoy sólo era un interrogante en los mapas!¡Hemos llegado, sí, a esa villa legendaria donde se alzaba el celebérrimo santuario!Una emoción contenidaalumbra todos los semblantes,incluso los de aquellos, como el capitán de los soldados o el jefe de la expedición,que más fríos y circunspectos deberían mostrarse. No ha sido fácil llegar hasta aquí. Después de haber saciado nuestro apetito con las vituallas que obtuve del convento, a la mañana siguiente reemprendimos el camino. Y no habíamos andado más allá de medio día cuando encontramos un río. Preguntado el maestro orientador no acertó a
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    decirnos, con seguridad,sise trataba del Thajo, delIarama,del Enares, o del famosísimo Manz-an-ares.Anchuroso era, por cierto, y caudaloso,y, en tocante a su profundidad, se ordenó a uno de los maestros medidores determinarlo. Tomó éstepara ello a su ejecutante principal, le hizo descalzarse, subirse las perneras, le amarró a la cintura un cordel donde iban sujetas dos medianas piedras,y de esta suerte le acercó a la orilla y le ordenó que comenzasea andar. Al cabo de un buen rato de observación del agua, cuando ésta definitivamente recuperó su tersura, fue que el maestro medidor se volvió hacia nosotros y dictaminó: —Es bastante profundo. Con lo cual tuvimos que ascender su curso hasta que, yade noche, dimos con un vado por donde pasar a la otra orilla. Después de éste, pocos incidentes más nos ocurrieron durantela marcha. Atravesábamos portierra rica, fructífera, agradable,el tiempo era excelente, los arroyos y riachuelos abundantes, los trinos de los pájaros formaban una deliciosa melodía, contrapunteada porel cantarlejano, intermitente, de una chicharra.En éstas que, en lo alto de una pequeña loma que ascendíamos,se detiene el maestro orientador, alza la mano, obligándonos a todos a parar, pliega el mapa, se echa adelante sobre la cabeza de su montura, frunce los ojos y al fin dice: —Ahí está Maxdriz. Al punto todos nos echamos abajo de nuestras caballerías, y los mozos, cocineros, ayudantes, demás gente de a pie, presto soltaron lo que tenían entre manos y todos corrimos raudos a unirnos al maestro orientador, sobrela loma. Y el caso era que, mirando en la dirección que nos indicaba, no lográbamos ver otra cosa sino una llanura extensa,surcada de pequeñas, perezosas corrientes de agua, vegetación disforme con predominio del matorral, alguna encina, a lo lejos un grupo de árboles... Campo, en fin. Y a alguna mirada se estaba volviendo hacia el maestro orientador cuando,de pronto,uno de los mozos grita:«Mirabili!», y dirigiendo todos nuestra vista hacia el punto donde señalaba su brazo vemos cómo,por entre un matorral, refulgeal sol la punta
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    agudísima de unedificio. Y de ahí vino el comenzar todos a dar gritos, a abrazarnos, a llorar incluso, a frotarnos la frente en señal de alegría. —¡El mítico Pirulí! Crecido por estejúbilo, y como si la cercanía de la ciudad le hubiera dado renovadas fuerzas, el maestro orientador, que de unos días a aquella parte se había mostrado apático y desganado, de pronto pareció recuperar el aplomo de su conducta y el dominio de su ciencia. Ya había tomado aire para darnos una idea aproximada de por dónde deberíamos avanzarcuando yo,que en aquel punto me encontraba en terreno conocido por mis lecturas de los documentos de la Antigüedad, no pude evitar interrumpir al maestro orientador para decir: —Y o pienso que lo mejor será —hice una pequeñapausa mientras me acariciaba el mentón—, coger la M-30, dirección Este-Norte, hasta la salida de Ramón y Cajal, cruzar Príncipe de Vergara, seguir luego por Concha Espina... El maestro orientador escuchó ésta mi ruta con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza erguida, los labios apretados. Era obvio quese sentía ofendido por mi súbita injerencia;el jefe de la expedición se dio cuenta de esto y fue a ponerle una mano sobreel hombro,con ánimo de sosegarle. Pero el maestro, tan pronto sintió el contacto,retiró el cuerpo,giró sobre sus talones, frunció cuanto le era posible el ceño y se quedó mirándonos de soslayo. —Venga —dijo en tono dulcísimo el jefe de la expedición—, micer Favius, ande, no se enfade usía. Vamos a hacercaso por una vez al monje comentarista, que no en vano es experto en los textos antiguos. —Y a. Pero es que están todo el rato igual. Todo el rato igual —y según dijo este último «igual», descruzó las manos del pecho y echó a andar, braceando exageradamente y de modo rápido,hacia un lugar indeterminado. No fue sino después de un largo rato que se empleó en convencerle, y aun así a regañadientes, queel maestro orientador concedió en dirigir la expedición haciadonde yo había señalado.Lugar que indicó no, como se suele,
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    con un brusco,firme, enérgico, vibrante alzardel brazo, seguido del grito ritual, sino con un suave, lánguido, displicente caer de la mano. —Aquí está vuestro templo. Hala. Aquí lo tenéis. —Calad —ordenó el jefe de la expedición con voz tronante, hasta entoncesdesconocida;y cuando hubo pasado todo el estruendo de descargar de palas y de martillar de clavos para montar las tiendas, se dirigió con paso resuelto hacia el maestro orientador, que se había sentado bajo un árbol e indolentementemirabala actividad. Ya antes de llegarante él le iba diciendo lo siguiente: —Espero, micer Favius, que, de verdad, estéaquí el templo fabuloso que buscamos, porque si no... —Si no... ¿qué? —Si no, cobra —concluyó el jefe de la expedición, y todos cuantos observábamos esta escena no pudimos por menos de admirarle, por el modo como había impuesto su autoridad. A la mañana siguiente de haber comenzado esta excavación, una voz, desde el fondo de uno de los hoyos, dio el grito siempreperturbador, siempre inquietante,siempre estremecedor de «edificium!(5)». Al punto, se trasladaron a aquel hoyo todos los operarios,se llevó todo el equipo y, poco antes de la noche (en este momento quele escribo), ya se pueden vislumbrar los primeros restos. En mi próxima carta, le contaré lo que pasó con esto y qué fue lo que, finalmente, se descubrió. Entretanto, beso a vuesa señoría etcétera. hg
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    Maxdriz Día décimo dela octava luna del año 527 d.d.c. ¿Cómo describirle a vuesa señoría el alborozo, el júbilo,la excitación que se apoderó de todos los expedicionarios cuando advertimos, tras tres o cuatro días de cavado, que nos hallábamos efectivamenteante el templo tan ansiado?¡El mayor y más importante monumento de la Antigüedad!¡El más grande, más hermoso y más histórico santuario de todo nuestro continente! Tendrá, a falta de más exacta medición, cosa de 345 pasos,no muy amplios, de largo, 280 ídem de ancho, y de 24 a 25 cuerpos como el mío de altura. Esta altura me atrevo a darla por completada, puesto que han surgido ya, en el fondo del cavado, restos de la hierba originaria. Aquí era donde, dentro de un rectángulo perfecto, se inscribía el canpo (6), o lugar de ceremonias, que a continuación le paso a detallar. Con la ayuda de un maestro medidorevaluétoda la extensión del terreno central, siendo la cifra resultante de ochenta y dos saltos seguidos sin tomar carrerilla por un lado, y treinta y siete y el último dejándose caer por el otro. Acto seguido, y como vuesa señoría me aconsejó, busqué en los lados más estrechos del terreno esos dos agujeros donde, según las noticias que nos han llegado trasmitidas de generación en generación, se incrustaban los dos postes así de altos, con el otro atravesado, que eran, según parece, componente fundamental de la ceremonia.Midiendo la distancia entre agujeros, resultó ser de cinco volteretas hacia delante y un resbalón. Después de esta primera fase, en la que he hecho acopio de cuanto dato objetivo, medición y prueba me era posibleencontrar, paso ahora, conforme ordena la teoría científico-arqueológica,a la segunda fase, en la que es necesario servirsede la imaginación. Paso a la etapa intuitiva. Me hallo sentado en las gradas del templo, arrebujado en una piel de cabra.La mañana se ha presentado un tanto nublada, un viento frío desciende por las ruinas, concretándose, aquí y allá, en pequeños remolinos de polvo;el silencio a mi alrededor es casi absoluto,acaso roto porel sonido, pautado, de un pequeño pico al impactar en la piedra.
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    Me imagino, enprimer lugar, las gradas llenas de asistentes. Las crónicas antiguas hablan de setenta, ochenta y hasta cien mil concurre ntes, cifra seguramente exagerada si tenemos en cuenta que, tras la hecatombe, apenas si quedaron sobre la Tierra cincuenta mil seres humanos. Es cierto que el recinto tiene cabida para tantos como dicen las crónicas, siempre y cuando se mantuvieran sentados, con las piernas encogidas, y sin poder moverse prácticamente del asiento. Tal postura, salta a la vista, es insostenible, y más si, como sabemos,era norma acudir a la ceremonia con banderas, pendones, estandartes, y demás parafernalia cuya función en el culto, a decir verdad, aún no hemos podido definir;es por esto que más pienso yo que andarían tumbados, tendidos o repanchingados, cómodos en cualquier caso, y que ese aforo apuntado de siete u ocho decenas de miles bien podría reducirse a la mitad, o a una tercera parte. Cuentan asimismo las crónicas antiguas con qué desaforado estruendo, proveniente de este público, eran acogidos los oficiantes de la ceremonia cuando saltaban alcanpo. Supongo yo que estealboroto tendría, sin duda, un matiz reverencial, vendría a ser algo así como una impetración masiva a esos ungidos, a esas cuasi divinidades;no en vano,según se aprecia en muchos viejos grabados, eran numerosísimos los fieles que,alargando sus brazos hacia esos semidioses, buscaban con ellos el contacto salutífero. Otros, los de más arriba y alejados, según se dice cantaban a coro salmos de bienvenida y alabanza, en un tono, presumo yo,de mucha religiosidad. Una vez así cumplimentados los oficiantes, era cuando se presentaba en el terreno el sumo sacerdote. En realidad, un velo de misterio cubre a esta figura. Sabemos que se acompañaba, para ejercer su magisterio, de un silbato, cuyo trino canoro (me lo imagino aquí sentado) haría entrara la multitud en una especie de trance. Y sabemos también que, porlo común, al acabar el ritual era acompañado hasta la salida por los policiae (7),o soldados ciudadanos que, en cerrado círculo en torno a él, le expresaban, sin duda, su admiración. Por lo demás, su comportamiento sobre el terreno, razones por las que se guiaba y motivos de su actuación continúan siendo un enigma.
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    Este arbitro, comose le llamaba, hacía su aparición en el terreno entre un ondear de banderas, y portando el balon.Dicho balon era un objeto esférico, comparablea una cabeza humana pero sólo en tamaño, no en tocante a blandura o capacidadde bote (como, tras numerosas pruebas, han sentenciado los maestros medidores). Su colocación, por parte del arbitro, en el centro del terreno marcaba el inicio del ritual propiamente dicho. Éste consistía, básicamente, en que los oficiantes, divididos en dos bandos, hacían rodar dicho balondel uno al otro, y del otro al uno, y éste a un tercero, y éstea su vez a un cuarto, con cuidado de no traspasarlas líneas que delimitaban el canpo,así como de no ser tampoco interceptados porlos oficiantes contrarios.Para ello ponían un especial empeño en triangular. Es de suponer que, de este modo, resultarían unas evoluciones exquisitas, culmen del álgebra, la trigonometría, la geometría, la aerodinámica, y otras ciencias del espacio;evoluciones que el público, muy versado en estas cosas, contemplaría arrobado,casi en éxtasis, pleno de trascendencia y muy cercano a la comunión con el Creador. Al parecer, el objetivo último de estos ejercicios geométricos consistía en introducir el tal balon en el tinglado anteriormentedicho de palos y redes. Y o no tengo esto tan claro, sin embargo, quiero decirel gol como objetivo. Pues, de ser así, ¿dónde radicaría la gracia del asunto?Bastaría con avanzaren línea recta, sortear uno tras otro a todos los contrarios y... ¡patapum!, a la red. Y a me dirá vuesa señoría qué puede haber en esto de bonito. Antes pienso que lo que interesaba era el hecho, en sí, del movimiento del balon, el discurrir por discurrir de la pelotha (como también se le llamaba). En verdadle digo que, nada más por esto, debía de ser un espectáculo fascinante. De hecho, puede leerseen las crónicas antiguas cómo eran muc has las ceremonias en dondeno se producía ningún gol, o lo que es lo mismo, que concluían a cero,y no por esto sabemos de quejas ni deserciones ni motines por parte del público. Ah, me digo, cuántas veces no eran nuestros antepasadosmás sabios y más cultivados quenosotros. A esta pregunta, como una respuesta misteriosa,una repentina ráfaga de aire violento ha descendido por el graderío, arrasando casi con mis papeles y levantando una gran nube de polvo. La tarde comienza a caer sobre estas ruinas.El silencio, profundo y sepulcral, ha ahogado con su pie de plomo la algarabía de aquel viejo mundo
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    invocado, y elespacio lo ocupan ya, tan sólo, los exánimes rumores provenientes del cercano bosque. Ha tiempo ya quelos maestros prospectores cesaron en su labor y, por encima de la mellada línea del templo,comienza a elevarse y a lucharcon la ventisca el humo azul de las hogueras del campamento. Hasta aquí llega, signo único de civilización, el olor agrio de la carne de cordero asándoseen los espetones. Así pues, voy a ir recogiendo. Pero antes de ello no quiero dejar de referirme a los héroes de todo aquel ritual, a aquellos poco menos quesemidioses, ídolos en cualquier caso, que nosotros llamamos los oficiantes. De ellos nos han llegado muchos nombres,pero no importan tanto éstos como su figura en general. Sabemos que los escogían entre lo mejorcito de los hombres, queles educaban para su labor prácticamentedesde críos, apartados del mundo, y queluego, cuando por razón de edad ya no podían seguir rindiendo como de ellos se esperaba,entonces... lo cierto es que me cuesta deciresto... entonces «les traspasaban». Sí, «les traspasaban» ¿A quién, que tenga alma sensible, no se le pone al oír esto la carne de gallina?, ¿quién no les compadecesinceramente desdeel fondo de su corazón?, ¿quién,cada vez que lee éste su terrible fin, no vierte una sentida lágrima porellos?Y aunquelo cierto es que burrada semejante obscurecela belleza del conjunto,la grandeza de la ceremonia y lo avanzado de su civilización, ¿es que acaso nosotros, que nos llamamos sucesores suyos y nos creemos pordemás instruidos, no colgamos de los dedos gordos de los pies, cabezaabajo, a los actores queno nos gustan?¿Será por esto por lo que nadie quiereser actor en nuestros días y hay que tomar a gente de reemplazo?Me limito a sugerirlo, nada más. Pero, volviendo a los antiguos, y aunque la brutalidadnunca tiene disculpa, hay que apuntar también en su descargo que, durante los años en que los citados oficiantes eran capaces de cumplircon su tarea a gusto del público, se les trataba con las mayores deferencias y eran agasajados como si de reyes se tratase. Tal demuestra, por ejemplo, la abundancia con que se les retrataba, y no sólo la abundancia, sino el cuidado y la extrema perfección,el amor con que se reproducía su imagen. Por desgracia, de este artesólo nos han llegado referencias, y algunos pocos originales,a través de las crónicas antiguas;bastan estos escasos restos, sin embargo,para apreciar el estilo notabilísimo de aquellos grandes retratistas. ¿De qué manera que ignoramos conseguirían
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    ajustarse tan fielmentea la realidad?, ¿qué asombrosa técnica emplearían? Mucho me temo que pasarán,entrenosotros,generaciones y generaciones hasta que nazca alguno que consiga, siquiera, aproximarse a la calidad de aquel famoso Foto Agencia;entretanto, nos debemos contentarcon admirar sus obras, ya celebérrimas: Miguelón, delantero centro de Osasuna (retrato que se ha tomado como canon de la belleza clásica); Paquito, duda para el derbi; y, sobre todo, ese prodigio de movimiento, de intensidad, de furia y de pasión que es Márquez rematando el córner que supondría,a la postre, el gol de la victoria. Sencillamente impresionante. Ahora debo despedirme de vuesaseñoría. Pido disculpas porlo extenso de la carta, fruto de la emoción queme ha embargado. Daría, en verdad le digo, la mitad de mi vida por que me fuera posible retrocederen el tiempo y presenciar, siquiera unos instantes, el ritual que se celebraba en estos templos. Sentimiento común, ya sé, a todos nuestros hermanos, monjes instruidos en la lectura y comentario de esa magnífica colección de «Marcas» que se encontraron hacesiglos entre las ruinas y queconstituyen lo que nosotros denominamos «Crónicas antiguas». A partir de ellas hemos acertado a reconstruir gran partedel pensamiento y la cultura de nuestros antepasados, una cultura cuyos logros nunca alcanzaremos a igualar, como nítidamente advierte uno aquí sentado, en las gradas de este magnífico templo,el Sant Y ago Bernabíu. No es momento, en fin, de ponerse triste, porque ya debe de estar el cordero en su punto. Beso con infinito respeto a vuesa señoría la nuca. IeronimusMarcello (fraile comentarista)
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    Leyenda Miguel Baquero CUENTA LALEYENDA que, en el año 137 a.C., una legión romana al mando del general Décimo Junio Bruto llego ante el río Limia. Tras la breve corriente de agua se extendía la Gallaecia, un inmenso territorio por conquistar. —¡Adelante! —gritó el general, mientras descendía por el ribazo hacia la orilla. Pero Décimo Junio sintió a sus espaldas el callar de tambores, entrechocar de hierros, pifiar de caballos, las señales propias de un ejército que duda y retrocede. Sabía las causas de aquella vacilación. Las había estado oyendo desde hacía un mes. —La Gallaecia —susurraban los más veteranos—, está llena de oro, sí, pero ¡ay del que cruce el río Limia! Perderá la memoria y nunca más volverá a ser quien fue. Así había oído una noche en que, cerradas las tinieblas, se acercó a un fuego en torno al cual comían su rancho los legionarios. Oyó
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    entonces, oculto enlas sombras, aquella lúgubre voz del veterano, punteada por el lejano aullido de los lobos, y vio, a la luz crepitante de la hoguera, cómo la soldadesca, otrora fiera y aguerrida en la lucha contra el bárbaro, se contraía temerosa y asustadiza. Cómo cada soldado buscaba el contacto con el vecino; cómo a todos estremecía y llenaba de pavor la idea de acabar errantes por los montes, igual que lobos, olvidada su patria, su religión, su lengua... —¡Panda de...! —murmuró el general Décimo Junio, y se metió decidido en el agua. Una vez en la otra orilla alzó la voz y comenzó a gritar los nombres de los decuriones, con toda la genealogía de su familia; nombró también a todos sus esclavos, sin olvidar uno; y recitó, por último, toda una rapsodia de Homero. Los legionarios se miraron entre sí y poco a poco fueron bajando al río. Al fin, se alejó el ejército por el territorio adelante, entre el retumbar de los tambores, el pifiar de los caballos, el entrechocar de los hierros. Décimo Junio Bruto, a la cabeza, sonreía orgulloso, aunque con cierta frialdad porque, de pronto, no se acordaba del nombre de la tribu bárbara contra la que debía dirigirse, ni cómo exactamente se llamaba el emperador a cuyas ordenes combatía, ni qué era un emperador, ni...
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    Los pasos delos duendes sobre las hojas caídas del otoño por Ana María Manceda SER DOCENTE y atender a una familia no es poca cosa. Llego corriendo a cocinar, luego de tirar la cartera y los libros en un sillón, me coloco el delantal y comienzo a preparar la salsa, luego pondré el agua a hervir para los fideos. Me encanta sentir el olor del ajo, el perejil y el laurel dorándose con la carne picada ¡Ay!, se me fue la mano con la sal. ¡También! Me quedé enganchada con la clase. ¡Cómo me podría sustraer al apasionado mundo del cosmos! ¡Las caritas de los chicos cuando una explica el Big-Bang, la expansión del universo, los cuásares, los agujeros negros! Al tomar conciencia me admiro de todo lo que podemos hacer las mujeres en una hora ¡Ni que decir en un día! Mientras abro la lata de pomarola recuerdo que tengo que poner la ropa de color en el lavarropas. Con un pie cierro la heladera y cuando paso por un
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    pequeño espejo quecoloqué estratégicamente en un lugar aledaño a la cocina me asombra ver mi imagen. Antes de volver al colegio por la tarde, necesito un buen retoque, con este aspecto no puedo presentarme ante los alumnos. Todo listo para comer, escucho la puerta, suena el cencerro de bronce, seguramente es mi eternidad. Siempre me emociona su llegada. ¡Lucio fue tan esperado! ¡Lo amo tanto! Como todo pre- adolescente tiene días que está comunicativo y otros que las únicas palabras son: —Bien; —Nada. Lo que sí le gusta y se devora es lo que cocino. Su padre llega más tarde y la vorágine cotidiana nos envuelve. Hoy es un día que no charla mucho, está pensativo, me sumo en mis pensamientos. ¡Hm! Por la tarde tengo que dar fotosíntesis: —¡Chicos, este proceso es la base de la vida! Sin las plantas en el planeta no existiríamos, las hojas poseen clorofila para captar la luz del sol y las raíces absorben el agua de la tierra, con estos elementos… —¡Mami… Fito escuchó a los duendes… —mi mente parece un torbellino y aterriza. —Perdón hijo ¿Qué me decías? —Ves, después me decís que no te cuento nada. —Bueno… bueno, te pedí disculpas, por favor explícame lo de los duendes. —Lo que pasa es que a vos no te gusta ir de campamento. ¡Hm! Pensé en mi pobre columna, en mi cómodo colchón y todo lo demás que necesitaba para el bienestar. —Lucio, sabés que los fines de semana corrijo trabajos, el tiempo me es escaso. —¡No! A vos te gusta estar con los libros, además no creés en los duendes para vos si todo no está comprobado no existe.
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    Me sentí angustiaday culpable, como todas las madres que trabajan. —No es tan así Lucio, por favor, contame la historia de los duendes —su cara se iluminó. Seguimos charlando sobre el tema, en esta zona de la Patagonia es muy común escuchar leyendas de origen mapuche, historias de ovnis u otras con matices mágicos. Llegamos a un acuerdo, el próximo fin de semana largo iríamos de campamento ya que pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas. Camino hacia la escuela se mezclaban en mi mente dos temas; la fotosíntesis y el campamento… ¡Uy… uy…! Utensilios, víveres, anti- inflamatarios. En fin, debo dejar de rumiar los preparativos y poner manos a la obra. En algo tenía razón mi hijo. Y llegó «El Gran Día», elegimos Semana Santa, que para nuestra suerte cayó los primeros días de abril. San Martín de Los Andes es muy estable, climáticamente hablando, para esta época, noches y mañanas frías, soleadas y tibias a la hora de la siesta. El colorido impresiona los sentidos, uno se enfrenta con luminosos colores verdes, ocres, rojos, amarillos… el cielo azul… muy azul. Durante el trayecto a Yuco, lugar elegido para acampar, observamos con detenimiento el paisaje. El Cerro Chapelco empieza a mostrar manchones de nieve y los senderos del bosque se alfombran de otoño. Ni bien llegamos nos dedicamos a armar la carpa, el tiempo apremiaba, teníamos que ganarle al crepúsculo. En realidad este trabajo no me gusta mucho pero es tanto lo que hay que hacer y el entorno es tan bello que mi fastidio se esconde en las tareas. Sammy, la perrita Foxterrier, tan querida por nosotros, corre como loca hasta el lago y vuelve alegre a recibir mimos para luego retomar su circuito. Los animales captan de manera extraordinaria la libertad de la naturaleza.
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    Desde la entradaa la carpa se ve el majestuoso lago Lácar ¡Cuánta belleza y misterio encierra! Dejo volar mi mente recreando la época de las glaciaciones que lo formaron y una agradece que el destino nos haya traído millones de años después a vivir en esta geografía. Hay que hacer la hoguera, Lucio y su padre buscan ramas para alimentar el fuego. Preparo el mate, lo compartiremos junto a la fogata mientras se hace la comida, la noche se está anunciando y el frío también. Comemos cordero con papas, a la olla y bien condimentados, bebemos vino, gaseosas y charlamos. Las ideas surgen como una lluvia benefactora, nos olvidamos de discutir sobre la economía hogareña, la ropa tirada, los platos sucios. Conversamos sobre leyendas, sobre elCuero del lago que muchos nativos vieron flotar en distintas épocas, de los ovnis que estacionan detrás de algún cerro, o de los que salen velozmente desde las profundidades del lago. No puedo con mi genio y al mirar el cielo espectacular, con la Cruz del Sur indicando soberana nuestro hemisferio, pienso en voz alta lo maravilloso que es estar viajando en esta nave azul, acompañando al sol en su viaje por el espacio ¿Qué seres de otras galaxias o desde la nuestra, nos acompañarán en este fascinante deambular por el cosmos? Los ojos de mi hijo se encuentran con los de su padre, cómplices, como resignados a esta mujer educadora. Luego, el silencio. Al acostarnos solo se escucha el murmullo del bosque. La mañana nos sorprendió muy fría, vigorizante, y le devolvimos la sorpresa con nuestras risas, no es común que despertemos con tan buen ánimo, siempre apurados y conscientes de nuestras obligaciones. Sammy, feliz con los paseos. Lucio y su padre tratando de aprovechar los últimos días de pesca permitida. Me deleito observando la vegetación, la riqueza de este bosque patagónico, la mente medita y goza. En vísperas de nuestro regreso al hogar decidimos como cena de despedida asar las truchas pescadas. ¡Un manjar! Luego de las tareas posteriores a la cena nos preparamos para dormir, hacía frío,
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    me acerqué paraabrazar el cuerpito caliente de mi hijo ¡Doce años! ¿Cuántas ilusiones jugarían en su cabeza? El tiempo pasaba y seguía abrazada a él, pensaba que la rutina no nos permite preguntarnos estas cosas. ¿O será que el futuro nos da cierto temor? Los padres siempre estamos ayudándoles a construir su propio destino pero pocas veces tratamos de conversar con ellos sobre sus sueños, sus anhelos, sus miedos. Es como si quisiéramos empujar el tiempo, pero en realidad ellos nos necesitan. ¡Ya! ¡Ahora! Mi marido dormía y Sammy estaba descansando arrollada a los pies de Lucio, cuando en el silencio de la noche se escuchó el crujir de las hojas sobre el suelo otoñal. La perra se incorporó, movió las orejas como buscando la dirección de los sonidos. Lució se sentó como un resorte y me miró, nuestras miradas se cruzaron y recordé que se parecían a las milagrosas miradas de ese único e irrepetible momento en que lo amamantaba. Con una voz casi quebrada me dijo: —¡Los duendes! Escuchamos juntos, abrazados, cómo los reposados pasos hacían sonar las hojas, como teclas de un piano. Luego se alejaron, suavemente, dejándonos una milagrosa melodía en nuestros oídos y en nuestros espíritus. Lucio seguía mirándome, en ese momento quise atrapar el instante en que su niñez huía hacia la adolescencia y supe que sea cual fuere su destino, jamás olvidaría que cuando escuchó el paso de los duendes sobre las hojas caídas del otoño, estaba abrazado a su madre. _______________________ Ana María Manceda. Escritora de San Martín de los Andes. Neuquen. Patagonia Argentina. Nace en Tucumán (Argentina). Desde el año de vida se afinca con sus padres en la ciudad de La Plata donde realiza sus estudios primarios, secundarios y universitarios. Estudia Ecología en la Universidad Nacional de La Plata. Hace treinta y cinco años vive en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Realizó trabajos
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    deinvestigación como docentede nivel secundario(fue profesora de geografía y biología en el C.E.P.E.N.Nª 13 de San Martín de los Andes hasta su retiro) en las cátedras de geografía y biología. Coautora del Libro de los cien años, historia, geología, antropología, geografía, educación de San Martín de los Andes (premio especial de editores argentinos) y ¿Quién fue el verdadero fundador de San Martín de los Andes?, para FUNDACIÓN SAN MARTÍN DE LOS ANDES. Hace diez años participa públicamente en literatura. Seleccionada con Mención de Honor y primeros premios para diversas antologías por certámenes convocados a nivel nacional e internacional en poesía y narrativa(en forma continua desde el año 2000). En octubre de 2008 recibe el 1º Premio en Certamen Internacional ARTES Y LETRAS 2008 en narrativa por su obra Derrumbe (Editorial Novelarte. Córdoba; Argentina). Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español); de SEA (Sociedad Escritores de Argentina); de POETAS DEL MUNDO, de WORLD POETS SOCIETY; de UNIÓN HISPANOAMERICANA DE ESCRITORES. Miembro de Asociación de Escritores y Artistas del Orbe y JURADO DEL CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín de Los Andes).
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    La cosa Eduardo MartosGómez ACASO POR EL CALOR EXCESIVO, por una desconocida reacción corporal, o por alguna causa inexplicable, su cuerpo se convirtió por completo en agua mientras dormía, empapando las sábanas. Por la mañana, cuando su madre fue a despertarlo, sólo encontró el cerco de humedad y las lavó. Pasaron días sin que nadie se preocupara por la súbita desaparición del hijo mayor. Una tarde casi anochecida sonó el timbre. Al abrir la puerta, una deforme criatura de carne y arterias y cartílagos y huesos visibles se tambaleó y entró en la casa ante el silencio, asombro y repugnancia de la familia. Un olor putrefacto inundó la entrada. El innominable ser miró con ojos ensangrentados, uno en lo que alguna vez debió de ser la frente, y otro en la mejilla, bajo un orificio que tenía que ser la boca; miró a la familia y emitió un sonido inexplicable y terrible, ajeno a la sensibilidad humana, procedente de las pesadillas y los infiernos. Algo después habló sin dientes, que estaban repartidos por sus múltiples miembros incompletos; se dirigió a la madre, murmurando torpemente: —Tuberías, cloacas... Mamá, ¿por qué me metiste en la lavadora?
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    «It’snowornever» Luis Enrique MejíaGodoy A MIS TRECE AÑOS, como a la mayoría de los niños, me gustaban la mujeres mayores. Mis tías solían reunirse en el corredor de la casa por lo menos una vez a la semana con mi madre que ya andaba en los cuarenta. Me divertía escuchar sus risas, contándose chistes picantes mientras tomaban café, sentadas en círculo alrededor de una mesa llena de pastelitos, rosquillas, semitas y otras delicias del pan segoviano que mi propia madre hacía en el horno de la casa. Yo tenía algunas tías realmente jóvenes pero ninguna soltera. Con sus vestidos discretamente escotados, el pelo rizado con la técnica de pinzas calientes y sus bellos rostros apenas maquillados, frescos y morenos. Perfectos dientes remataban una sonrisa, digna sin duda, de un primer lugar en el certamen de Miss Nicaragua. Una estampa que competía con la de una artista del cine azteca, inevitable y obligada referencia de la belleza femenina de América Latina a finales de los años cincuenta, como las fotografías de María Félix, Elsa Aguirre y Rosita Quintana que mi papá tenía debajo del vidrio de su escritorio. Me gustaba ver pasar por la acera de mi casa a la esposa del gerente del Banco Nacional. Una cuarentona de piernas firmes que escoltada por sus hijas no menos bellas, pero como decía el vecino: «nada que ver con la hembrona de su madre». Venía por la acera de la casa bajando hacia la Iglesia. Mujer "Centaura" de tierras chontaleñas, —mitad mujer, mitad
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    potranca— de pelonegrísimo y ojos almendrados, con un movimiento de caderas «que a cualquiera deja enclochado y con los cables pelados», comentaba emocionado, mi primo René, que al verla venir a la mitad de la cuadra, imitaba el relincho de un potrillo y pelaba los dientes. También me gustaba la mujercita del telegrafista. Maestra de primaria, veinte años, rostro aindiado y baja estatura, pero con unas pantorrillas bien torneadas y unos pies menudos metidos en unos zapatos de tacones altísimos que hacía sonar como la clave de un danzón de Lara y que yo escuchaba desde cualquier rincón de la casa. Salía entonces a la puerta para verla pasar olorosa a perfume barato, con sus nalgas respingaditas y juguetonas, como enjuagándose. Vestida de rojo, desplazándose debajo de una sombrilla azul con mariposas amarillas que movía coquetamente en su camino a la escuela pública muy a las seis y media de la mañana, a la misma hora en que el Poeta Selva le improvisaba Sonetos de amor, Ovillejos y versos Alejandrinos a las empleadas domésticas que iban con su pichelito a traer la leche y la cuajada donde los Briceño. Había también una mujer muy especial. Andaba en los veintitrés años aunque parecía menor. Decían que era la querida del Jefe Político a quien le había botado un hijo cuando no se quiso casar con ella. Se llamaba Ángela Rosa y le hacía honor a su nombre porque era una sencilla flor de la calle con cara de ángel y unos pechos bien duritos que parecían nísperos debajo de su blusa de hombros desnudos. Peinada siempre una trenza larguísima que le caía como un cascada hasta las nalgas. Altísima como una palmera; caminaba como en el aire con sus sandalias de cuero crudo. Lo que más me gustaba de ella era que aunque todo mundo la criticaba de ser una mujer fácil, se desplazaba en las calles como en una pasarela de la alta costura internacional, con un porte y una dignidad que jamás he visto en nadie. Debajo de su vestido de algodón,
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    hecho por ellamisma, yo adivinaba su bello cuerpo de sirena de río y me la imaginaba bañándose en chibolas en el río Inalí. Pero bueno, de quien realmente quiero hablarles en este relato es de la mujer del Comandante. Hermosísima dama de familia andaluza mezclada con sangre negra del Caribe, casada con un hombrón somoteño que fue Jefe de una Patrulla de la Guardia en las montañas de las Segovias y que en menos de diez años había ascendido a Capitán, después a Mayor y luego a Teniente Coronel. Conoció a doña Esther, como se llamaba su mujer, en República Dominicana, cuando se fue a entrenar en un curso especial que el Ejército Gringo organizó para instruir a los ejércitos de las dictaduras de Centroamérica y del Caribe. Se la trajo a Somoto donde se casaron y procrearon tres hijos. Era un matrimonio amigo de mi familia, razón por la cual yo llegaba a su casa a cualquier hora y entraba hasta la cocina, allí la encontré muchas veces en bata de levantarse, con el pelo suelto, haciendo café fuerte como le había enseñado durante su niñez en Santo Domingo su tía Clarisa, una mulata hija de franceses y haitianos. Siempre con su olor a mentol y a tabaco por los dos paquetes de Kool que se fumaba diariamente. Doña Esther era una de las mujeres más hermosas del pueblo. Ella lo sabía, el Comandante también, y ahora yo lo estaba confirmando con el corazón agitado, cuando al final de las vacaciones de verano, cumplía mis trece años de edad. La primera vez que reparé en ella fue cuando, vestida de pantalones ajustados y camisa a cuadros, un sombrero hondureño de ala ancha y unas botas vaqueras estelianas que le llegaban hasta las pantorrillas, montaba un hermoso caballo en el tope de toros de las fiestas del 11 de noviembre. Todo el pueblo se fijaba en el cuadrúpedo que era de pura raza árabe y que unos turcos de San Marcos de Colón le habían regalado al Comandante en muestra de agradecimiento por los contrabandos de telas que los árabes pasaban por la frontera
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    de El Espino.En cambio yo, sólo me fijaba en sus caderas y sus hermosas nalgas que daban pequeños saltos sobre la montura negra con adornos de plata. Sus pechos, seguramente sin sostén, también brincaban al ritmo del Son de Toros que los Chicheros tocaban en el desfile. Podía ver los círculos de sudor de sus pezones rozando la camisa vaquera, y ella, con la sonrisa grande y su ceja arqueada —como la de la Greta Garbo— me hacía perder el control, diciendo adiós con sus manos largas enguantadas que llevaban las riendas del brioso animal, sofrenándolo, sacándole el paso, «como a su marido el Comandante...» —pensé con envidia. Sentí un escalofrío en la nuca. Un día que había quedado de pasar por Manuel, el hijo mayor del Comandante, para ir a tirar con hulera palomas y garrobos al Cerro de la Cruz, vi que la puerta de la sala estaba abierta. Entré hasta el comedor y busqué en la cocina, llamé varias veces a Manuel pero nadie respondió. Cuando decidí salir de la casa, algo me obligó a regresar y empujé la puerta de uno de los cuartos que resultó ser el aposento matrimonial. Allí estaba ella, despernancada en la cama, con la bata abierta hasta la cintura, mostrándose como una preciosa escultura de ébano, evidencia genética de sus ancestros africanos. El corazón me dio tres pataditas y la sangre me recorrió en un segundo todo mi cuerpo flaco. Me puse nervioso, no supe qué hacer, sabía que estaba invadiendo la privacidad de una familia, me lo había dicho tantas veces mi mamá: «Uno no entra en casa ajena hasta que le dicen que puede entrar, de otra manera, lo confunden con un ladrón...» Pero yo estaba ahí, y no me arrepentía de ver lo que estaban viendo mis ojos. Tuve el impulso de tocarla, de decirle que ya había soñado muchas veces con ella, que no era mi culpa, que me atraía más que a mi propia novia de doce años a quien apenas le empezaban a crecer los limoncitos. En esos pensamientos estaba, sudando, petrificado, cuando ella despertó suavemente, como una boa después de comerse a su presa, o
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    como una leonadespués de hacer el sexo con su macho para preservar la especie... Cuando decidí retirarme, deslizándome en las sombras, escuché su voz casi en el tronco de mi oreja. Un río helado me bajó por la espalda hasta la misma separación de mis nalgas. «Me estabas viendo, ¿verdad...?» — me dijo casi en susurro, sin levantarse de la cama, acomodándose en su nido revuelto de sábanas, recogiéndose el pelo ensortijado para hacerse un moño detrás de la cabeza. Entonces volví mis ojos hacia el rincón. A pesar de la penumbra del cuarto podía ver claramente su piernón mulato, ahora con delicadas pinceladas de luz, gracias al Zippo con el que encendió su primer cigarrillo después de la siesta y se sentó en posición de yoga, con las nalgas sobre los talones. Continué observando nítida su pierna de carne morena por la abertura de su bata y a pesar del contraluz de la ventana del dormitorio vi en el fondo de sus muslos el perfecto triángulo encrespado como paste de montaña. Como un panal de avispas negras —de miel prohibida—, me dije entusiasmado. «Buscaba a Manuel» —dije entonces tartamudeando. «¿Pero encontraste otra cosa, no...?» —respondió ella sonriendo. «Está con sus tragos» —pensé. Sólo habían pasado tres minutos desde que había entrado a la casa del Comandante pero a mí me parecía una eternidad... Mejor dicho, el tiempo se había detenido. El techo de zinc traqueteaba al cambiar el clima del bochorno del mediodía al frescor de la tarde. No sabía si salir corriendo y dejar atrás este asunto o enfrentarme a la realidad, alimentada ahora por mi fantasía que me obligaba a escuchar que la doña me llamaba, expulsando el humo por su nariz, como una hermosa dragona enrollada en su propio cuerpo, con un hombro desnudo, mostrando la mitad del hermoso jícaro de su pecho izquierdo, «Vení, sentate aquí, y no te preocupés porque el Comandante anda en Ocotal» —me dijo, y después de dar un largo sorbo al cigarrillo continuó: «Y la Lola, la sirvienta, anda trayendo la ropa planchada donde la María...» Pero pudo más el miedo que el deseo, y salí como quien se quita un tizón del trasero. Crucé el parque en cuatro
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    zancadas y fuia meterme a la pulpería de una tía a pedirle un pocillo de agua. «Parece que viste al Diablo» —me dijo al verme agitado y todavía pálido del susto. «Es que casi me muerde el Buldog de los Ríos», mentí rápidamente y recordé la cara de perro que ponía el chofer y escolta del Comandante cuando llegaba a las cantinas y los puteros. No habían pasado ni cuatro días, cuando fuimos invitados a la fiesta de cumpleaños del Comandante. Al principio me negué a ir, poniendo como pretexto que me iba a aburrir en una fiesta de gente mayor, todavía con vergüenza de haber entrado a la habitación de doña Esther y verla acostada, con aquel piernón desnudo que no lograba sacar de mi cerebro; pero el Comandante y doña Esther le habían comprado un tocadiscos portátil y varios discos de Elvis Presley a sus hijos y estaban organizado un fiesta en el garaje para los chavalos de nuestra edad que ya empezábamos a «escupir en rueda». Así que fuimos al cumpleaños. Allí la vi de nuevo, más bella aún, vestida con todos los fierros, siempre el centro de la fiesta y las miradas de todos los hombres, bailando con todos los invitados, sirviendo bocas y también, de vez en cuando, llegando al garaje para ver si todavía quedaba refresco en la bolera. Me acerqué a ella, y valientemente, agarrando fuerzas de no sé donde ni cómo, cuando ella estaba poniendo más licor mezclado con refresco, le dije al oído: «No he dormido desde aquel día...» Ella, enseñándome su perfectos dientes, blanquísimos, a pesar de la nicotina, con su aliento a aguardiente, casi quemándome el lóbulo de mi oreja enrojecida por la pasión infantil, acariciándome la cabeza, me dijo: «¿Por qué tenés que ser tan joven...?» Y adiviné en sus ojos el deseo de una mujer hecha y derecha, cuando apenas me crecían los primeros pelitos debajo del ombligo y me masturbaba en colectivo con mis primos, viendo a las hermosas bailarinas del Cabaret Tropicana en la página de Farándula de las revistas Bohemia y Carteles.
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    Le conté todoa mi primo Gustavo, y él me confesó que le había pasado algo parecido con una vieja que se lo quiso «echar al pico» en un paseo en el Ocotal. «Esas roconolas quieren comer pipiancito con nosotros...» —me dijo riéndose. Pero yo le dije que la mujer del Comandante no era ninguna vieja, y que además de gustarme mucho, apenas tenía treinta y dos años y que con ella yo había experimentado una sensación nueva, que no sabía si era amor a primera vista, o simplemente templazón y que sólo lo comparaba con la vez que vi aquel afiche en el Cine Venus que anunciaba la película «Arroz Amargo» con la Silvana Mangano, donde aparecía la actriz italiana metida en un arrozal con sus pechos mojados y una pierna desnuda hacia adelante que no olvidé jamás hasta que conocí un año después, los inmensos pechos rosados de la Gloria, mi primera relación sexual. «La mujer del Comandante es pecado capital...»—me dijo mi primo—, «mejor soñá lo que querrás con la Jane Mansfield o la Sofía Loren... ¿No tenés miedo de caer preso...?» —me advirtió tomándome de las muñecas y zarandeándome. Yo me arreché porque creía que él me podía entender, pero me di cuenta que sólo doña Esther y yo sabíamos de qué se trataba este clavo que teníamos que sacarnos. Así que decidí no volver a comentar del asunto con nadie y me volví a quedar solo con mis pensamientos, mis fantasías sexuales y mis sueños mojados... El día que mi papá me hizo cantar y tocar guitarra con él en aquel paseo al Río Grande, mientras todos los chavalos se bañaban en la poza, supe que la mujer del Comandante se me estaba metiendo demasiado adentro. La celaba si la miraba restregándose con su marido mientras bailaban, como que no era su derecho. En la rockonola sonaba el disquito de 45rpm. con el éxito de Bienvenido Granda: «...No quiero ni que el viento te me toque, se llena de egoísmo mi dulzura, cariño como el tuyo me disloca...» Después, mi papá poniéndole una
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    venda en losojos, para hacer un acto de magia, le susurró al oído no sé que cosas... Yo me quedé como con un estorbo en la garganta y no se lo dije jamás a mi padre. Bienvenido Granda insistía desde el parlante: «Tu vida va enterrándose en mi vida...» La música me quemaba el alma y sentía confusos mis sentidos. Ese día ella me pidió que cantara «Nunca», de Gutty Cárdenas. Lo hizo a propósito, porque creo que sabía que yo nunca podría besar aquella boca de púrpura encendida... Mi papá y yo la cantamos a dos voces, y ella nos quedaba viendo con sus ojazos, haciendo rosquillitas de humo con su boca grande. Ya con sus tragos, me pidió que bailáramos y mi mamá empujándome me dijo: «No seas tan tímido, andá, que así vas a aprender a bailar antes que tus hermanos, tonto...» Las manos me sudaban a mares. Sólo doña Esther y yo en medio del salón construido sobre zancos a la orilla de río, el piso de tablas de madera, regado con aserrín y pino. Ella descalza y con un shortcito azul, una camisa de hombre anudada un poco más arriba de su ombligo perfecto, «puede caber un nacite en él...» pensé excitado. Me apretó la mano. Yo le llegaba al hombro. Sentí su respiración y su olor a cigarro mezclado con aguardiente Santa Cecilia. Sus pechos sin sostén rozaban mis clavículas y sentí su pezón erecto y suave a la vez, «como el borrador de un lápiz» —fantaseé. En una de las vueltas del baile, más cerca de la rockonola que de la mesa de tragos donde estaba la gente mayor, cuando José Alfredo Jiménez cantaba: «Poco a poco me voy acercando a ti, poco a poco, la distancia se va haciendo menos...» casi sin abrir la boca, me dijo: «Te espero el lunes en la casa a las cuatro de la tarde...». Me puse nervioso moviendo los ojos hacia los lados. Ella entonces agregó: «No te preocupés, el Comandante se va a Managua con los chavalos...» Esa noche tampoco dormí y mi mamá insistió en ponerme el termómetro dos veces. Al día siguiente mi abuela me purgó con Aceite de Castor, argumentando que seguramente tenía parásitos. Riéndose,
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    como una adivina,la abuela me advirtió con el dedo: «También sirve para los malos pensamientos». Disfrutaba de las vacaciones de fin de año. Mis padres me acababan de matricular interno en un colegio religioso de Carazo para el próximo curso y mi madre, amorosamente, me marcaba con un bordado a máquina los pañuelos, y con tinta china los calzoncillos, las camisolas y los pantalones. Todos los días me bañaba alrededor de las cuatro de la tarde y a las cinco solíamos ir con mis primos a jugar al billar y a tomar cervezas. Mi padre me había dado permiso de tomar un par de cervezas, pero no de tomar aguardiente, «hasta que sepa trabajar carajito... y no ande creyendo la vida es chorizo y el porvenir moronga...» —me decía. De todas formas, con mis amigos tomábamos a escondidas en los estancos del pueblo y después masticábamos papel periódico y semillitas picantes de «sensen» para quitarnos el aliento pesado a «guaro pelón». Pero ese lunes, por la cita con la mujer del Comandante, me bañé a las tres y media en punto para no llegar tarde y salir de dudas para siempre y saber si lo que me estaba sucediendo era un sueño que no me dejaba dormir tranquilo o una realidad que tampoco me dejaba dormir y debía enfrentarla cara a cara lo más pronto. Mi mamá se extrañó de que me metiera al baño tan temprano y me preguntó: «¿Para dónde vas a estas horas...?» Yo le salí con el cuento de que íbamos a practicar guitarra con Gustavo y que después posiblemente iríamos hasta al Drive de la Shell de Palacagüina. «No vengan noche, a esa hora hay mucho animal en la carretera» —fue lo único que me dijo. Mi corazón estaba tan acelerado que pensé que mi madre lo escucharía, entonces salí por el zaguán, sin despedirme. Me bañé casi a las carreras, me puse mi pantalón de dril blanco y mi camisa de lino negro con una ancla roja bordada a la derecha, y salí con mi copete embrillantinado dejando un rastro de Old Pice con aroma a Pino Silvestre que se sentía a
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    una cuadra dedistancia. Pasé por la casa de Gustavo a quien tuve que confiarle mi cita y montar con él mi plan para tener una coartada en caso de cualquier emergencia. «Yo que vos no me meto con la guardia...» —me dijo en serio. Pero yo a esas alturas ya había tomado mi decisión, entonces nos abrazamos despidiéndome para una nueva aventura que después de todo no dejaba de tener sus riesgos. En el reloj de pared de la tienda de mi tía Evelina dieron las cuatro y treinta, le pedí me regalara tres cigarrillos Esfinge que metí en la bolsa de la camisa y salí casi corriendo rumbo a la casa del Comandante. De la Iglesia salía un grupo chavalos de recibir clases de catecismo, igual que yo hace apenas cinco años atrás. Entré al bar de la esquina pedí un trago estraic de Santa Cecilia con limón. Cuando toqué la puerta ya eran las 5:00, hora en que arriaban la bandera del Cuartel, lo supe porque escuché el clarín destemplado de la rutina militar. Ella vino a abrirme y me sonrió con la misma dulzura de siempre, me hizo pasar a la sala de muebles modernos tapizados de cuero café. Nos sentamos, yo en el sofá, ella frente a mí con su bata de seda china, descalza y con el pelo aún húmedo, recién bañada. Olía a jabón Camay y a Colonia Inglesa y vi en su cuerpo felino una sensualidad y un garbo que me envolvió en una especie de borrachera erótica. Ella me sacó de mis pensamientos cuando me dijo: «¿Querés tomar una cerveza...?, sé que tenés permiso de tu papá, además ya no sos un niño»—sonrió levantando la ceja de María Félix. Sin dejarme tiempo para contestarle que sí, que me estaba quemando por dentro y que necesitaba refrescarme la garganta, el corazón y el estómago, se levantó y fue al refrigerador a sacar dos Victorias heladas que puso en la mesita del centro, haciendo a un lado el jarrón con flores de seda. Destapó las botellas con el abridor que tenía en un llavero y entregándome la cerveza me dijo: «Salud, por nuestra amistad y nuestro secreto...» Tomé un trago grande. Poniendo la botella en la mesa me atreví a decirle: «No sé si
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    hago bien enentrar a su casa cuando está sola». «No me tratés de usted»—me dijo frunciendo el ceño y sonriendo con picardía. «Esta tarde quiero ser un poco más joven para vos...» Sus ojos brillantes eran de cómo los de una pantera al acecho... Tragué saliva. Cruzó la pierna y la bata de seda china resbaló en su muslo hasta quedar desnudo mostrando nuevamente su pierna izquierda de caoba, recién rasurada, con un brillo como de madera pulida. Sentí un escalofrío y decidí desenguaracar mis sentimientos y ponerlos allí sobre la mesa, junto al jarrón con flores de seda, el paquete de Kool mentolados, el encendedor Zippo y el llavero. Viéndola directamente a los ojos y tuteándola como a una vieja amiga le dije: «Sos realmente hermosa, la mujer más bella del pueblo, cada vez que te veo siento hormigas en mis labios y mariposas en mi estómago...» No me contestó, quizás porque mis metáforas eran frases cajoneras y gastadas. Tampoco la vi sorprenderse por mi confesión, la misma que una semana después yo le estaría reproduciendo exactamente al Cura Salcedo, tartamudeando a través del cedazo de la ventanilla del costado izquierdo del confesionario. Ella se puso de pie, fue a cerrar las persianas de madera de la única ventana que daba a la calle, encendió la lámpara de sombra de la esquina de la sala, colocó varios discos en el cilindro al centro del plato de la consola JVC, accionó el mecanismo del tocadiscos y fue a sentarse a mi lado pegadita a mi costillar. Puso su brazo izquierdo sobre mi nuca y tomándome la cara con su mano derecha me dijo: «Besame que me muero por mordisquear tus labios, jocotitos en miel...» También sus palabras me sonaron ridículas, pero su ternura, casi maternal, y la braza de su boca me pusieron las piernas como de trapo. Entonces, sin experiencia alguna metí mi mano dentro de su bata y acaricié sus pechos hirviendo, sin saber exactamente qué hacer después, pues con mi novia que tenía trece años, a lo sumo que habíamos llegado había sido a intercambiar de boca a boca una pastilla de chiclets, a
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    mordernos las orejasy a besuquearnos la nuca en la última fila de bancas del palco del Cine Iris, la llamada «Zona de Fuego». Después de la introducción de guitarras, contrabajo y batería, la voz de Elvis se escuchó nítidamente en el acetato de cinco pulgadas: «It'snowornever, come hold me tight, Kiss me mydarling, be mine tonightTomorrowwill be too late, it'snoworneverMylovewon'twait». Las campanas dieron el tercer repique para el Santo Rosario. Un revoloteo de Palomas de Castilla sentí en el campanario de mi corazón cuando la mujer del Comandante me hizo el amor como quiso. El mareo me duró como una semana. Mi primo Gustavo nunca me lo creyó, más bien me dijo burlándose: «A vos te dieron sopa de calzón...» Su olor a café con canela quedó impregnado en mi cuerpo. Mis hermanos se quejaron porque según ellos yo había llevado al cuarto un tufo a guapote. Mi mamá me volvió a purgar y cambió la ropa de mi cama. Fue el año en que me aplazaron en el examen de matemáticas y terminé con mi novia. Ya nada fue igual. Las Marías___________________
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    Luis E. MejíaGodoy «LA CANTINA ESTÁ ALEGRE. No si para qué... mas sin embargo, en estos tiempos, ni se sabe...», dijo la Leoncia secándose las manos en el delantal blanco con vuelos y adornos de bordes de trencilla azul, metiendo la mano en la bolsa repleta de dinero. Desenredó tres billetes de a peso y le dio el vuelto a Jerónimo por el trago doble que le había servido. Luego sacó dos cervezas de la hielera, les escurrió el agua helada con la mano, las abrió en el clavo que tenía en la esquina del mostrador, y las puso en la mesa de latón en donde EbertoPinell y el Renco Guillén tenían acumuladas cuatro tandas de las cervezas bebidas en media hora. Juancito Urrutia tocaba la mandolina como nadie. No había pieza que le pusiera bozal ni espuela. Lo mismo interpretaba una mazurca silvestre levanta polvo que un complicado vals del maestro Mena, o simplemente inventaba en cuestión de segundos una melodía que aunque nadie la hubiera oído nunca, provocaba dulces mareos en las muchachas y era capaz de hacer llorar como un niño hasta al más hombre. La Leoncia le pidió que tocara Las Marías. No se hizo rogar y arrancó con la antigua melodía que había aprendido de niño, de los rústicos dedos de Leandro Torres, el Capataz de la finca de Los Gutiérrez, en los descansos, a la hora del almuerzo, en las temporadas de los cortes de café en la montaña. Juancito andaba ya jineteando el segundo estribillo, jamaqueando la mazurca, con la oreja pegadita al diapasón, la mano izquierda jugueteando cerca del borde adornado con incrustaciones de concha nácar en la boca de la mandolina, y la mano derecha pulsando las cuerdas de metal marca La Jarochita, traídas de contrabando desde México por Don Arturo Rosa Garmendia. Con la uñeta verde hecha de una jabonera de plástico, le sacaba colochos de música al pequeño instrumento de cuerpo ovalado que él mismo
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    había hecho amano en el taller de carpintería de Don Casimiro Ponce donde hacía rumbos como asistente, copiado a puro ojo, del dibujo de la Chalupa. En eso entró a la cantina Cresencio Cuevas y se sintió inmediatamente un ambiente tenso entre los clientes de la cantina humilde, instalada casi en el guindo, a la orilla del río. Una casita hecha de ripios de madera, adobe y tejas, con cuatro mesas de latón y diez silletas plegadizas en un espacio no mayor de seis metros cuadrados con un piso de tierra bien apelmazado recién barrido y pringado con agua y aserrín. La Leoncia achicó los ojos como tratando de hurgar el futuro. A pesar de que disfrutaba oyendo la polkita que Juancito paseaba alegremente por todo el caserío, tuvo el presentimiento de una fatalidad... Todos en el pueblo sabían que a Cresencio Cuevas el guaro le dormía los sentidos, le arrinconaba la cordura y le oscurecía aún más su carácter agrio y pendenciero. Caminó hacia el mostrador con el machete reposando en su vaina de cuero con adornos de flecos de plásticos de colores. La Leoncia acomodaba las botellas de cerveza en el cancel y se hacía la desentendida de su presencia para no provocarlo. Lo conocía de sobra y sobre todo en los días malos. Había sido su mujer durante dos años, en los tiempos que recién se había graduado de maestra y él era Jefe de Cuadrilla en la construcción de la Carretera Panamericana en el tramo de Somoto a la frontera de El Espino, en esos años ganaba mucha plata y agarraba parranda desde el sábado al mediodía, después del pago de la planilla. «¡Poneme un trago de a dospesos...!», dijo casi gritando con su vocerrón de anunciador de gallera. «Viendo la plata baila el perro...», le contestó la Leoncia con tranquilidad pero firme. Y sonriéndole, casi coqueteándole, agregó: «¿Así que aquí venís pasado de guaro a tomarte lo que no te permiten en otra parte, verdad...?». Cresencio encendió un Valencia que andaba prensado en la oreja izquierda, expulsó el humo por la nariz, y pasándose la lengua por el labio superior adornado con un bigotito recortado a lo Benny Moré, le dijo: «Jesús amorcito, vos sabés que soy el que más te ha querido en este pueblo, aunque te me pongas reparona...». Juancito terminó la última vuelta del último compás de Las Marías,
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    puso la uñetay la mandolina sobre la mesa y dispuso tomarse el resto de cerveza que aún tenía en el vaso. Cresencio sacó un billete de a cinco y hecho un puño lo tiró sobre el mostrador. La Leoncia lo agarró, lo estiró y lo metió en medio del fajo que tenía en la bolsa del delantal y puso sobre el mostrador un vaso de vidrio esmerilado que llenó de guaro lija hasta el borde. «Vos sabés que me arrecha que vengás pasado de tragos... y peor cuando andás armado». Le puso los tres pesos del vuelto bien estirados sobre el mostrador y le dijo: «Menos mal que hoy por lo menos no veniste con el Sargento Reyes que siempre le da por sacar la pistola...». Le puso el tapón de corcho a la botella y la acomodó de nuevo en el estante verde. Y dirigiéndose a Juancito le dijo desde el mostrador «¡YdeayJuancitó por qué no te tocás una de esas arranca polvo para que vean que en este estanco somos pobres pero alegres....!». Y con la aprobación de los cuatro clientes que había en la Cantina de la Leoncia Idiáquez, Juancito Urrutia tomó nuevamente la uñeta y se puso la mandolina cerca del corazón, afinó como siempre las dos primeras cuerdas, mojando con saliva y apretando las clavijas de madera, y después de un grito imitando a un borracho, arrancó con la introducción de la polkita segoviana El grito del bolo. Cástulo, con la mirada turbia por la neblina del éter y los c uarenta y cinco grados del alcohol del guarón que vendían por galones en la Administración de Renta, pegó un cinchazo con el lomo del machete que se oyó como un rayo en seco sobre una de las mesas de latón y gritó: «¡Un momento jueputa! ¡Aquí nadie se anda burlando de Cresencio Cuevas, jodido...!». Juancito sólo bajó un poco el volumen de su interpretación, y sin dejar de tocar quedó viendo con el rabo del ojo el machete que el borracho agitaba. «YdeayCresencio, se te subió el guaro o ahora te picás con sopa’e chancho...?», le dijo Alberto Carazo, el escribiente y leguleyo que a todo el mundo daba bromas, sentado desde una de las mesas del rincón, donde se sacaba la goma con su amigo Mario Diablo. Pero Cresencio, sin dejar de dibujar líneas en el aire con el machete, escupiendo en el piso le dijo: «Callate Chancho peinado. O tal vez vos me podés decir quién autorizó a este chichero de mierda a tocar esa chochada... Mejor
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    tocame La Perrarenca pendejo, y si lo hacés mejor que Los Sandovales te doy diez pesos...», le dijo acercándose hasta la mesa donde estaba Juancito subiendo y bajando comarcas y caseríos campesinos tañendo su instrumento preñado de grillos y todavía con la cerveza entera sobre la mesa. Dejó de tocar, se quitó el sombrero, se pasó la mano sobre la cabeza, se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa de manta, se volvió a poner el sombrero y le dijo: «Ni que me pague cien pesos... Yo toco lo que quiero...». Cresencio arrimó una silla y se sentó en la mesa de Juancito, apagó el Valencia sobre la mesa y se le tomó lo que le quedaba en la botella de cerveza. Escupió grueso entre sus piernas, le sacó de la bolsa de la camisa un cigarrillo, se lo puso en la boca sin encenderlo y con los ojos más vidriosos y riéndose le dijo: «¡Así que el muy hijueputa no quiere complacer a Cresencio Cuevas...! ¿Vos sabés que te puedo dejar tullido de por vida y sin poder tocar ese chunche que es lo que te da de hartar...?», lo amenazó Cresencio poniéndole el machete sobre el brazo. «Entonces peor para usted...», le dijo Juancito quitando su brazo de la mesa y sin perder la serenidad... La Leoncia, al ver que la conversación iba por camino retorcido buscando los guindos de la provocación y que no había razón para manchar de sangre un domingo que pintaba tan bonito, se le ocurrió llevarle una cerveza a Juancito y un doble de lija a Cresencio, y les dijo a ambos dándoles una palmadita en la espalda: «Vamos muchachos, déjense de chochadas, aquí estamos como en familia...». Pero el guaro ya había enchichado el cerebro de Cresencio que en un desorden de palabras se iba poniendo cada vez más agresivo. «A mí ni la Guardia me anda con vergas, cabrón...». Fue un instante para ver representar la danza de la muerte a su machete desnudo, relampagueando en el aire y hundirse sobre la muñeca de Juancito sin ni siquiera rozar la mandolina, y de un tajo dejarlo sin su mano derecha tan diestra para tocar con su uñeta las melodías más complicadas. Un río de sangre corrió sobre la mesa confundiéndose con las letras de Cerveza Victoria, después del grito
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    del músico. Lamano pálida pero aún con vida, como un náufrago, buscaba desesperadamente la mandolina en el suelo. Entonces la Leoncia agarró la botella más grande, la quebró en la cabeza de Cástulo que cayó como un animal sobre las mesas y silletas y le dijo con gritos de desesperación y arrechura pateándole las costillas: «¡Jayán, por tu pésimo guaro te cagaste en el mejor domingo del año y en el mejor mazurquero de las Segoviashijueputa...!». Alberto Carazo y Mario Diablo atendieron inmediatamente a Juancito que se retorcía como un ataquiento, buscando con su mano izquierda su mano derecha debajo de la mesa. Le amarraron un mecate como torniquete para que no se le desangrara el brazo, mientras el Renco Guillén que en compañía de Chico Chihuahua entraba en el momento del bochinche, se fue saltando con su pierna de trapo a llamar al doctor Lara a su casa, y Chico, al Comando a avisarle a la Guardia para que se llevaran preso a Cresencio antes de que despertara del botellazo. Al día siguiente el Sargento Reyes preparó la fuga de su íntimo amigo y le pidió a un Juez de Mesta le ayudara a cruzar la frontera por veredas. Dos semanas después, la Leoncia le puso a su negocio «Las Marías», en honor a la última mazurka que Juancito Mendoza tocó completa en su estanco. Y colocó un rótulo a la entrada: «Se prohíbe venir pasado de tragos. No se sirve licor a uniformados ni a los que cargan machetes... Por favor deje la rabia amarrada al palenque de la entrada». Juancito Mendoza terminó yéndose de Somoto con el Circo de Firuliche, contratado como el único músico de Centroamérica que era capaz de tocar la mandolina con una uñeta hecha del mango de un cepillo de dientes amarrado a su brazo manco. Fue una novedad. Varios años anduvo Cresencio Cuevas errante y sobreviviendo a pleitos de cuchillo en estancos y galleras de Honduras, y ya con varios muertos en su cuenta personal. Amaneció un día de tantos en el cuarto de un putero de La Ceiba, ahorcado con una cuerda de mandolina y una nota escrita con letras inclinadas hacia la derecha,
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    casi ilegibles quedecía: «La justicia es ciega y hasta sorda pero tiene buena memoria, tarda pero no olvida ni perdona... Y con la zurda...». ViolentStories _____________________ Dos relatos del libro* de Víctor Montoya They Can Kill Me But I Will Not Die “THEY ARE HUNTING you down to kill you,” her father said for the tenth time. She counted the nine scars on her body and answered: “They can kill me, but I won’t die.” When she raises her head in the cell with its chalky walls, she confronts the savage faces of her torturers. The biggest one, with a bushy mustache and a pistol in his belt, smiles and looks into her eyes. “So you’re the immortal one?” he says, removing her shoes,
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    belt, buttons, andwristwatch so she can neither run nor know what hour or day it is. Blindfolding her, they take her by the arms and lead her through a passageway. She can barely move, as though walking along the edge of a cliff. They put her in a room that stinks of death, yank off her clothes and tear the blindfold from her eyes. For a while, still hardly able to see because of the painful light, she observes men entering and leaving the room, and a dog wagging its tail. The animal’s mouth is flecked with drool. He sniffs. He licks. He moves away, crawling between his master’s legs. In the next room, she sees a table with electronic controls; a bright light, a bucket, a radio, a cot, and several hooks chained to the wall. On the other side of the window is a dark, cold street where the wind blows so violently it can lift rocks and hurl them against the doors. One of the torturers comes up behind her and puts a hood over her head. Another manhandles her body and cuffs her wrists. The torture ritual begins. First there is the simulated execution, then the “submarine” in a bucket filled with urine and spit. They tilt her and submerge her head again, pulling her nipples with iron hooks. On the verge of asphyxiation, she opens her mouth and faints. They remove the hood... When she regains consciousness, she hears far-away voices, as if she were waking from a nightmare. She is tied to the cot, her arms and legs spread. She looks at the ceiling and has the sensation of floating in midair. A man’s shadow passes before her eyes and a burning cigarette comes down toward her breast. She screams and they turn up the volume on the radio. They run the picana – an instrument for delivering electric shocks – from one end of her body to the other. The picana has two well- braided and spliced cables. They put one cable in her mouth and the other in her rectum. With the first shock, she feels her head and
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    body explode. Then,one after another, the men and the dog rape her until her insides split. Not satisfied, some of them urinate in her face and others beat her with their rifle butts. They pick her up, her blood dripping in the emptiness, and drag her through the hallways to the last cell, where she remains in solitary confinement, handcuffed to the wall, bread and water her only consolation. When she awakens from her nightmare, she sees a ray of light that breaks through the darkness of the cell. She touches her body, which feels as though it isn’t there, and with a thread of blood on her lips she repeats: They can kill me but I will not die… Me podrán matar, pero no morir TE BUSCAN PARA MATARTE, le dice su padre por décima vez. Ella cuenta las nueve cicatrices de su cuerpo y contesta:Me podrán matar, pero no morir... Al levantar la cabeza entre paredes calcáreas, se enfrenta al rostro salvaje de sus torturadores. Uno de ellos, el más corpulento, bigote poblado y pistola al cinto, le sonríe mirándole a los ojos. ¿Así que tú eres la inmortal?, dice, mientras le quita los zapatos, el cinturón, los botones y el reloj, para que no pueda huir ni sepa qué hora o qué día es. Le cubren los ojos con una venda y la conducen asida de los brazos por un pasillo. Ella se mueve apenas, como caminando en falso al borde de un precipicio. La introducen en una habitación que apesta a muerte. La desnudan a zarpazos y le arrancan la venda de los ojos. Por un tiempo, dificultada todavía por la luz hiriente, observa a hombres que entran, salen y entran, y a un perro que bate la cola. El
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    animal tiene elhocico babeante. Huele. Lame. Se aleja y se mete entre las piernas de su amo. En la habitación contigua, mira una mesa con mandos electrónicos: un reflector, un recipiente, una radio, un catre y varios ganchos con cadenas en la pared. Al otro lado de la ventana hay una calle oscura y fría, donde el viento sopla con una violencia capaz de levantar piedras y arrojarlas contra las puertas. Un torturador se le acerca por la espalda y la encapucha. Otro le manosea el cuerpo y la esposa las muñecas. Comienza el ritual de la tortura. Primero es el simulacro de fusilamiento, después el submarino en el recipiente de orines y escupitajos. La inclinan y sumergen en la bañera, tirando de sus pezones con ganchos de hierro. Ella, a punto de asfixiarse, abre la boca y se desmaya. Le retiran la capucha… Recobra el conocimiento y escucha voces lejanas, como despertando de una pesadilla. Está atada al somier, los brazos y las piernas abiertas. Clava la mirada en el techo y tiene la sensación de estar flotando a cielo abierto. La sombra de un hombre cruza por sus ojos y una brasa de cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un alarido y ellos suben el volumen de la radio. Le recorren la picana de punta a punta. La picana tiene dos cables bien trenzados, bien empalmados. Aplican un cable en la boca y el otro en el ano. A la primera descarga, ella siente estallar su cabeza y cuerpo como vuelto esquirlas. Seguidamente, los hombres y el perro la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con esto, unos le orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos hasta la última celda; allí queda incomunicada, con las manos esposadas a la pared y sin más consuelo que pan y agua. Cuando despierta de su pesadilla, mira un rayito de luz atravesando la oscuridad de la celda. Se toca el cuerpo que parece inexistente y, con un hilo de sangre en los labios, repite: Me podrán matar, pero no morir...
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    Confessions of aFugitive I RESTING MY HEAD on the pillow I remembered the event that marked me for life. It was noontime on a Saturday, the sky gray and the streets crowded with people. The president arrived at the main plaza, escorted by a caravan of jeeps and motorcycles that opened the way among the people who stood waving signs with his picture. I walked toward the speakers’ platform with no thought in mind but to do away with history’s most abominable dictator. He got out of the armored car and walked through his supporters, who chanted, “Long live the President! Long live the General!” I followed close behind him, evading his bodyguards as they looked around to hold back the euphoric crowd. The president climbed the platform steps where his female admirerers, with their made-up faces and cleavage-revealing dresses, swooped down to embrace and kiss him. I stood to one side, ready to fire the pistol I had hidden in my overcoat. The president, standing before the bevy of microphones and placards, raised his arms in response to his followers’ ovation. This was the instant I chose to assassinate him. I drew the pistol, firing four shots which hit him in the left side, exactly where the bullet-proof vest did not cover him. The fifth shot struck him in the head, and blood spurted out. The bullet made his brains spill out and knocked him down, his smile congealing on his face, while his bodyguards, bewildered, shouting and shooting, tried to cover him as he lay on
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    the platform. Itook advantage of the chaos and made my way through the crowd of people fleeing and stumbling over each other. That same day a state of siege was declared, as a net extended around the city and the security forces began to search the homes of the government’s opponents. The raids went on for several days, but failed to produce the author of the crime since the author, as you know, was myself, none other than myself, a man accustomed to living in shadow and silence, always ready to recover his freedom at any price. II Two months after the event that shook the country and touched off a barracks revolt, I fell into the hands of those who had been hunting me down. Once they had caught the scent of my trail, they captured me and held me in a safe house before taking me to jail, where for several days and nights they tortured me to within an inch of my life. I don’t remember everything, but I do remember the mistreatment of the prisoners, who bleated like pigs in the torture chambers. Actually, if you allow me to be more precise, I would say that in all the jails the same torture methods were employed: electric shocks to the most sensitive areas of the body, gas masks to cause suffocation, the “parrot’s perch” and the fearsome “submarine,” in which the prisoner, hanging like a side of beef in a butcher’s shop, is submerged in a container of filthy water. I remember the night they locked me up in a foul-smelling solitary confinement cell. Through the small window opening onto the adjacent cell, I witnessed a crime that I can no longer keep to myself. It began with the shouts of one of the torturers: “Bring in the terrorist!”
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    I looked betweenthe bars in the little window and saw other torturers dragging a prisoner’s body into a cell lit by a bulb that hung from the ceiling. One of the three torturers, whose face was scarred and who held a dog by its collar, ordered: “Take off his clothes!” The captive, still and silent, lay naked before the dog who stared at him, ferocious, anxious and drooling. Two torturers held his arms, bent his body and separated his legs, allowing the third to sodomize him with a broom handle. Then they led the dog by its muzzle toward the legs of the prisoner, who appeared to be about to speak, cry out loud or shout, but did none of these things. He bit his lips and his eyes filled with tears. The dog, egged on by his keeper, rose up on its hind legs and with one bite tore off the prisoner’s genitals. Blood streaming from his wound, the torturers hauled him out of the cell. They returned after midnight, accompanied by a little girl and a pregnant woman who was naked and disheveled. “What did this piece of shit do to deserve to be killed?” one of them asked. “She’s a terrorist’s woman,” another answered. The woman closed her eyes and tears ran down her cheeks. The child holding on to her mother’s arm was clearly frightened but remained quiet. The three torturers moved like shadows under the beam of light, filling me with fear. “Sit in the chair!” ordered the one with the scar, wiping sweat from his forehead.
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    The woman satdown, crossing her hands over her stomach. They tied her to the back of the chair, separating her from the child. One of them, cold-eyed and thuggish, gave her the back of his hand, splitting her lips. Raising her chin with a finger, he said, “You refused to talk when we asked you nicely, now you will talk when we’re not so nice.” The child, her back to the wall, covered her face with her hands and burst into tears. “Where is your husband?” The woman said nothing. She stared ahead with watery eyes. “I asked you something, whore!” he shouted with a force that shook him from head to toe. The torturers threw her against the bloody floor, then picked her up by the arms. They held her against the chair and beat her in front of the child, who appeared to be about five years old. Terrorized by this human bestiality, the girl was forced to look on as one torturer used pliers on her mother’s nipples and another stuck a rifle barrel between her legs. The child screamed as her mother was cursed and assaulted with these implements of destruction. The beating was so violent that, just hearing the voices and the moaning, it almost sounded like they were shoving the child through its mother’s ribs and into her chest. At the end of the session, the biggest and most sadistic one grabbed the child by the feet, dangled her in front of her mother’s face and warned, “If you don’t talk we’re going to kill her. We’re going to kill her, goddamnit!” “No! Not her,” the mother begged, her hair covering her face and her voice broken with sobs. “Then talk, bitch! Talk!”
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    The woman, coveredin blood and sweat, kept begging them not to touch the child. Spurred by their savage instincts, the men decided to subject the child to the “submarine” in front of her mother. As the little girl was submerged in water, the mother, tied to the chair, screamed and begged until a sudden seizure overcame her and knocked her onto the floor. Two of the torturers, finding that the woman was dead, dragged her out of the cell by the hair. The third, breathing like an excited beast, grabbed the child by her feet and swung her around in the air, slamming her head against the wall, making a dry hollow sound. The child fell to the floor. Overcome by the scene, I looked away from the little window and went back to sit in the corner, trembling with fear and cold. III The next day two torturers came to my cell. They put a hood on me, led me down a corridor and up some stairs, where they threw me into a second-floor cell like a sack of potatoes. They took off the hood and looked at me with bottomless contempt. One of them, who sported a thick gold ring, gave me a backhanded blow that left my face burning. “Not even your shadow will escape from here, fucker!” he shouted, rubbing his hands together. I looked at him without speaking and looked around, thinking that his threat wasn’t enough to stop me dreaming of freedom. The torturers left the cell and locked the door behind them, leaving me to be swallowed up by darkness. From that day on, for several weeks, I planned my escape from the jail, until the idea occurred to me to dig a tunnel under the wall
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    that made upone side of a blind alley. That same night I pried off the tiles and dedicated myself to boring into the wall with a nail I had hidden behind the door frame in a small plastic bag. When the task was finished, I covered the hole with the same tiles, replacing them carefully and precisely, and threw the fistfuls of dirt I had removed from the hole into the drain that served as a toilet. The whole painstaking process began at midnight and ended shortly before the jailer arrived to inspect the cell. When everything was finished, the only thing that remained was to wait for the right moment to escape. I waited patiently until the night before New Year’s festivities were due to begin. That night, just before the bells tolled in the birth of the New Year, the jailer walked by the cell and glanced through the peephole. Seeing me stretched out on the cot, the back of my head resting against the wall and my arms on my chest, he walked on, his keys rattling against his belt buckle. The cell lights were turned off and I prepared as I had planned. I took the tiles from the wall, got through the opening, which was just over a foot in diameter, and fled with the agility of a cat. I jumped into the alleyway, climbed up an adobe wall to the neighboring houses’ rooftops, and let myself down into a garden with the help of a sheet twisted into a rope. Standing in the middle of the cold, empty, barely moonlit street, I stayed close to the wall and ran, thinking that the dream of freedom cannot be kept within the thick walls of a jail.
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    Confesiones de unfugitivo I AL RECLINAR LA NUCA sobre la almohada, recordé aquel suceso que me marcó de por vida; era sábado al mediodía, el cielo estaba gris y la muchedumbre se agolpaba en las calles. El Presidente llegó a la plaza principal, escoltado por una caravana de jeeps y motos que abrían paso entre quienes agitaban pancartas con su retrato. Avancé hacia la tarima de oradores, sin más ilusión que acabar con la vida del dictador más abominable de la historia. Salió del coche blindado y caminó entre sus partidarios, que voceaban al unísono: ¡Viva el Presidente! ¡Viva el General! Lo seguí de cerca, burlando la vigilancia de sus guardaespaldas, quienes miraban alrededor poniendo en jaque a la multitud en estado de euforia. El Presidente subió los escalones de la tarima, donde sus admiradoras, de rostros maquillados y vestidos escotados, se abalanzaban para abrazarlo y besarlo. Me paré en el flanco, dispuesto a descargar la pistola que escondía en el abrigo. El dictador se paró frente a la hilera de micrófonos y pancartas, y levantó los brazos para responder a las ovaciones de sus seguidores. Ése fue el instante que aproveché para asesinarlo. Saqué la pistola y disparé cuatro tiros que le penetraron por el costado izquierdo, justo por donde estaba desguarnecido su chaleco antibalas. El quinto tiro le alcanzó en la frente, de donde brotó la sangre a borbotones. La bala le destapó los sesos y lo tumbó con la sonrisa congelada, mientras sus guardaespaldas, protegiéndolo sobre las tablas, disparaban y gritaban aturdidos. Aproveché el oscuro caos y me escabullí entre la gente que huía a tropezones.
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    Ese mismo díase decretó estado de sitio, se tendió un cerco alrededor de la ciudad y las fuerzas de seguridad empezaron a requisar las casas de los opositores. Los allanamientos se prolongaron varios días, pero no se dio con el autor del crimen, porque el autor, como ustedes ya lo saben, fui yo, nadie más que yo; un hombre acostumbrado a convivir con la oscuridad y el silencio, y dispuesto siempre a recobrar su libertad a cualquier precio. II Dos meses después de aquel suceso que conmocionó al país y provocó un amotinamiento cuartelario, caí a merced de mis perseguidores, quienes, a poco de seguir mis huellas y detenerme en una casa de seguridad, me condujeron a la cárcel, donde me torturaron varios días y varias noches, hasta dejarme a un pelo de la muerte. No recuerdo todo, pero sí el maltrato que recibían los presos, que berreaban como cerdos en las cámaras de tortura. En realidad, si me permiten ser más preciso, diré que en todas las cárceles ponían en práctica los mismos métodos de suplicio: los choques eléctricos en las zonas sensibles del cuerpo, la máscara antigás para provocar la muerte por asfixia, la percha del loro y el temible submarino, donde zambullían al preso en un recipiente de agua mugrienta, colgado como una res en el matadero. Todavía recuerdo la noche que me encerraron en una celda solitaria y maloliente, desde cuya ventanilla, que daba a la celda contigua, me hice testigo de un crimen que ya no puedo callar por más tiempo. Todo comenzó con los gritos de un torturador: —¡Traigan al terrorista! Asomé los ojos por la rendija de la ventanilla y divisé a otros torturadores que, arrastrando el cuerpo de un preso, entraron en la celda iluminada por el foco pendido del techo. Uno de los tres, que
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    sujetaba a unperro por la correa y con una cicatriz en la cara, ordenó: —¡Desvístanlo! El preso, que permanecía inmóvil y callado, quedó desnudo ante el perro que lo miraba inquieto, feroz y babeante. Dos torturadores lo sujetaron por los brazos, le inclinaron el cuerpo y le separaron las piernas, dejando que el tercero lo sodomizara con el palo de la escoba. Después acercaron el hocico del perro hacia las piernas del preso, quien, a ratos, parecía que iba a hablar, llorar, gritar; pero nada. Se mordió los labios y las lágrimas le estallaron en los ojos. El perro, azuzado por su amo, se levantó sobre las patas traseras y arrancó de un bocado los genitales del desgraciado. La sangre manó a chorros y los torturadores lo sacaron de la celda. Pasada la media noche, volvieron acompañados por una niña y una mujer embarazada, desnuda y desgreñada. —¿Qué hizo esta mierda para merecer la muerte? —preguntó uno. —Es la querida de un terrorista —contestó otro. La mujer cerró los ojos y las lágrimas le surcaron las mejillas. La niña, sujeta al brazo de su madre, permanecía callada pero asustada. Los tres torturadores se movían como sombras bajo el chorro de luz, infundiéndome una sensación de miedo. —¡A la silla! —ordenó el de la cicatriz, limpiándose el sudor de la frente. La mujer se sentó con las manos cruzadas sobre el vientre. La sujetaron contra el respaldo, apartándola de la niña. Uno de ellos, aspecto de matón y mirada fría, le dio un revés de mano que le reventó los labios. Luego, levantándole el mentón con el dedo, dijo:
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    —¡Ya que tenegaste a hablar por las buenas, ahora hablarás por las malas! La niña, adosada contra la pared, rompió a llorar con las manos en la cara. —¿Dónde está tu marido? La mujer no dijo nada. Tenía los ojos fijos pero aguados. —¡Te he preguntado, gran puta! —prorrumpió con un bramido que lo sacudió de pies a cabeza. Los torturadores la tiraron contra el piso sanguinolento. La volvieron a levantar por los brazos. La sujetaron contra la silla y la golpearon delante de su hija, una niña de unos cinco años, quien, aterrada por la bestialidad humana, fue obligada a mirar cómo un torturador tiraba con pinzas de los pezones de su madre, mientras otro le introducía el cañón del fusil entre las piernas. La niña lloraba a gritos, a medida que su madre era insultada y agredida con objetos contundentes. La golpiza fue tan violenta que, de sólo escuchar las voces y los quejidos, me dio la impresión de que su criatura se le metía entre las costillas. Al final de la sesión, uno de ellos, el más sádico y corpulento, tomó a la niña por los pies, la puso ante los ojos de su madre y advirtió: —¡Si no hablas, la vamos a matar!... ¡La vamos a matar, carajo! —¡No!... A ella no... —suplicó la madre, la cabellera cubriéndole la cara y la voz quebrada por el llanto. —Entonces, ¡habla pues, gran puta! ¡Habla!... La mujer, empapada en sangre y sudor, seguía implorando que no tocaran a la niña. Pero ellos, movidos por sus instintos salvajes, decidieron hacerle el submarino delante de su madre, quien, atada al respaldo de la silla, no cesó de gritar ni de implorar, hasta que le sobrevino un ataque repentino que la tumbó contra el piso.
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    Dos torturadores, alconstatar el fallecimiento de la mujer, la arrastraron de los cabellos y la sacaron de la celda. El tercero, respirando como una bestia excitada, sujetó a la niña por los pies y la batió en el aire, golpeándole la cabeza contra la pared que sonó seca y hueca. La niña cayó al suelo, y yo, conmocionado por la escena, retiré los ojos de la rendija y volví a sentarme en un rincón, temblando de miedo y de frío. III Al día siguiente entraron dos torturadores en mi celda. Me pusieron una capucha, me condujeron por un pasillo, me subieron por unas gradas y me introdujeron en una celda del segundo piso, donde me arrojaron como un costal de papas. Después me quitaron la capucha mirándome con infinito desprecio. Uno de ellos, que lucía un anillo de oro macizo, me dio un revés de mano que me hizo arder la cara. —¡De aquí no se escapará ni tu sombra, carajo! —dijo frotándose las manos. Lo miré taciturno y luego ojeé en derredor, pensando que su amenaza no era suficiente para que dejara de soñar con la libertad. Los torturadores abandonaron la celda y trancaron la puerta a sus espaldas, dejándome sumido en la oscuridad. Desde ese día, y por el transcurso de varias semanas, planeé cómo fugarme de la cárcel, hasta que se me ocurrió la idea de cavar un túnel a través de la pared que daba a un callejón sin salida. Esa misma noche quité los mosaicos y me dediqué a horadar la pared con la ayuda de un clavo que, envuelto en una pequeña bolsa de plástico, había escondido detrás del marco de la puerta. Al concluir la faena, tapaba el agujero con los mismos mosaicos, que unía con precisión y cuidado; en tanto los puñados de tierra que extraía del
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    orificio, los echabaen el desagüe que servía de baño; un proceso minucioso que empezaba a la media noche y concluía poco antes de que llegara el carcelero a inspeccionar la celda. Cuando todo estuvo acabado, sólo me quedó aguardar el momento preciso de la fuga. Esperé pacientemente hasta las vísperas de los festejos del Año Nuevo. Esa noche, minutos antes del toque de campana que anunciaba el nacimiento del nuevo año, el carcelero cruzó por la celda, asomó su rostro por la mirilla. Al verme tendido en la cama, la nuca reclinada contra la pared y los brazos sobre el pecho, se retiró haciendo tintinear su llavero contra las hebillas de su cinto. Se apagó la luz de la celda y me alisté como estaba previsto. Quité los mosaicos de la pared, atravesé el boquete de unos treinta centímetros de diámetro y me fugué con la agilidad de un gato. Salté hacia el callejón sin salida, trepé hasta el tejado de las viviendas aledañas por una pared de adobes y bajé a un jardín exterior con la ayuda de una sábana retorcida como cuerda. Estando en medio de la calle vacía y fría, apenas iluminada por la luz de la luna, me pegué a la pared y corrí pensando en que el sueño de la libertad no puede estar encerrado entre los gruesos muros de una cárcel. _____________________ Víctor Montoya. Writer, cultural journalist, and pedagogue. He was born in La Paz, Bolivia, on June 21, 1958. From early childhood he lived in the mining towns of Siglo XX and Llallagua, in northern Potosí department, where he learned of human suffering and took part in the struggle of the workers of the underground. In 1976, as a result of his political activities, he was persecuted, tortured, and jailed by the military dictatorship of Hugo BanzerSuárez. While imprisoned in the National Panopticon of San Pedro and in the top-security jail of Chonchocoro-Viacha, he wrote his eyewitness book. Some of his significant publications are: Strike and repression (1979),Days and Nights of Anguish (1982), Violent Stories (1991), The Laberynth of Sin (1993), The Echo of Conscience (1994), Anthology of the Latin American Short Story in Sweden (1995), Word on Fire (1996), The Child in the Bolivian Short Story (1999), Stories from the Mine (2000), Between Tombs and Nightmares (2002), Escapes and Underground
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    Tunnels (2002),Children’s Literature:Language and Fantasy (2003), Bolivian Poetry in Sweden (2005), Portraits (2006), Stories in Exile (2008). Freed from prison through a campaign of Amnesty International, he arrived in Sweden as an exile in 1977. He graduated from the Stockholm Higher Teacher’s Institute, in whose Pedagogic Institution he took specialized courses. He gave classes on the Quechua language, coordinated cultural projects in a library, led literature workshops, and worked as a teacher for several years. He was director of the literary magazines PuertAbierta and Contraluz. His work won him awards and literary scholarships. His stories have been translated and published in international anthologies. Currently, he writes for publications in Latin America, Europe, and the United States. _____________________ Escritor, periodista cultural y pedagogo. Nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Vivó desde su infancia en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua, al norte de la ciudad de Potosí,donde conoció el sufrimiento humano y compartió la lucha de los trabajadores del subsuelo. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado por la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio. En su extensión obra, que abarca el género de la novela, el cuento, el ensayo y crónica periodística, destacan: Huelga y represión (1979),Días y noches de angustia (1982), Cuentos Violentos (1991), El laberinto del pecado (1993), El eco de la conciencia (1994), Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995), Palabra encendida (1996), El niño en el cuento boliviano (1999), Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002), Fugas y socavones (2002), Literatura infantil: Lenguaje y fantasía (2003), Poesía boliviana en Suecia (2005), Crónicas(2006) y Cuentos en el exilio (2008). Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en cuya Institución Pedagógica cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de idioma quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y ejerció la docencia durante varios años. Dirigió las revistas literariasPuertAbierta y Contraluz. Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Los diarios de Lem
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    La Perla deCórdoba (1ª parte) _____________________ Carlos Montuenga ¿ESTARÉ CONDENADO A VAGAR sin fin por este mundo extraño? Hasta ahora todos mis esfuerzos por encontrar una ruta de regreso han resultado vanos. Peor aún, creo que cada nuevo intento me aleja cada vez más de los míos. Al menos, puedo asegurar que el lugar al que he venido a parar esta vez no tiene nada de inhóspito. Es una fértil llanura que se extiende hasta donde alcanza la vista, salpicada por cuadros de tierra roja y manchas verdes de vides y hortalizas. El agua borbotea en los canales que riegan las huertas y discurre entre árboles frutales y grandes palmeras. Aquí y allá se perfilan los contornos de pequeñas casas blancas junto a las que se levantan establos y graneros de adobe. Llevo un tiempo viviendo con Ahmed y su mujer Ummara. Me encontraron entre los juncos del río cuando apenas era capaz de moverme, aturdido aún por las secuelas del tránsito. No dudaron en llevarme a su casa y gracias a sus cuidados pude restablecerme en poco tiempo. Hablan una lengua extraña que al principio me desconcertó; es muy diferente a todas las que conozco y, sólo después de no pocos esfuerzos, he conseguido empezar a entenderla. Ahmed, es un hombre fornido, tiene el rostro marcado por varias cicatrices y cojea de una pierna. Según he podido entender, antes de dedicarse a las faenas del c ampo llevaba una vida mucho más agitada, como oficial al mando de una sección de arqueros. Me ha contado algunas historias sobre las guerras que han sacudido esta tierra. Fue herido en el transcurso de una gran batalla y se vio forzado a dejar la milicia y buscar otro modo de ganarse la vida. Entonces, con algunos recursos de que disponía decidió establecerse con su mujer en una pequeña hacienda que explota con
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    la ayuda devarios criados. Tiene viñas, en las que crecen grandes uvas rojas, olivos, limoneros y almendros. A veces, viaja a las ciudades vecinas buscando los mejores mercados para dar salida a sus cosechas. Ayer tras terminar el almuerzo, me palmeó el hombro y dijo: —Muchacho, creo que ya estás completamente restablecido. Debo ir a Córdoba para cerrar la venta de una partida de uvas y tal vez quieras acompañarme. No te veo aún en condiciones para trabajar en el campo y dudo que aquí puedas serme de mucha ayuda. Además, me parece que estás impaciente por levantar el vuelo. Eres decidido y tienes una inteligencia despierta; estoy seguro de que en una gran ciudad como Córdoba no te faltarán ocasiones para hacer fortuna. —Ahmed, estoy en deuda con vosotros y siento dejaros, pero yo también creo que no debo permanecer aquí más tiempo —respondí. —Cada hombre ha de encontrar su propio camino —dijo él—. Hace ya mucho tiempo, yo decidí cual era el mío. Nací en Granada de padres cristianos y fui bautizado con el nombre de Juan. Mi padre tenía muchas bocas que alimentar; sólo a duras penas conseguía sacarnos adelante con su trabajo de alfarero. Con quince años me escapé de casa y decidí abrazar la fe del Profeta. Como tantos otros, lo hice por conveniencia; en aquel entonces yo era sólo un muchacho que soñaba con salir de la miseria y llegar a lo más alto. Pero cuando me hice hombre, vi con claridad que el dios de los musulmanes es el único verdadero. —Lo mío es la acción —continuó Ahmed— y no estoy versado en cuestiones religiosas; aun así creo que ciertas verdades son evidentes. Ningún hombre de bien puede dudar de que Allah, en su misericordia infinita, nos ha mostrado a los mortales el verdadero camino al hablar por boca de hombres santos como el profeta Muhammad. Sólo aquellos que observan los preceptos del Corán pueden ser dignos de convertirse en instrumentos del Altísimo; por eso, los reinos cristianos están condenados a permanecer sumidos en la ignorancia y acabarán doblegándose ante nuestra fuerza. —Pero alguna vez me has dicho que los cristianos han obtenido grandes victorias sobre vuestros ejércitos —dije yo.
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    —Es cierto —respondióAhmed—. Mi abuelo me contó que siendo él un niño, Toledo fue conquistado por el rey Alfonso VI. Entonces, los musulmanes se vieron obligados a pagarle tributo y muchos debieron pensar que estas tierras jamás volverían a conocer un esplendor comparable al del califato omeya, cuando Córdoba rivalizaba en lujo y grandeza con Bizancio o Bagdad. Es triste reconocerlo, pero tras iluminar al mundo, el pueblo de los creyentes fue languideciendo bajo el reinado de reyezuelos que sólo destacaban por su codicia. Sin embargo, la torpeza de algunos hombres no basta para cambiar lo que está escrito. —¿Lo que está escrito? ¿Qué quieres decir? —pregunté. Ahmed se rascó la barba y quedó pensativo. —Es voluntad de Allah que llevemos la verdad revelada hasta el último rincón de la Tierra —dijo al cabo—. Cuando al-Andalus estaba en peligro de sucumbir ante el empuje de los cristianos, nuestros hermanos de al Magrib atravesaron el estrecho e irrumpieron en nuestras ciudades como un huracán purificador, decididos a terminar con los indignos. Derrotaron a Alfonso y sembraron el desconcierto entre los príncipes cristianos, que a partir de entonces fueron incapaces de volver a recuperar la iniciativa. Muchos años después, un califa almohade se convirtió en señor de al-Andalus e hizo retroceder todavía más a los infieles. Su sucesor, Abu YusufYaqub, es nuestro actual soberano, un hombre santo que hace poco más de dos años asestó en Alarcos el golpe definitivo a esos necios castellanos. Yo estuve allí y aún resuenan en mis oídos los gritos de los hombres y el relinchar enloquecido de los caballos. Acababa de amanecer sobre la llanura y los caballeros cristianos se habían lanzado contra nuestra vanguardia, abatiendo a cientos de arqueros situados en primera línea. La confusión era terrible y apenas conseguíamos ver nada entre las nubes de polvo que nos envolvían. Recuerdo que sangraba por varias heridas, pero apenas sentía dolor; en aquel momento, sólo pensaba en mantener agrupados a mis hombres para evitar que perecieran bajo los cascos de los caballos. Nuestro señor Abu Yusuf ¡las bendiciones de Allah se derramen sobre él! había previsto la carga de los cristianos y ordenó que nuestras unidades de infantería abrieran las filas centrales y se
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    reagruparan a amboslados; entonces, la masa de los atacantes se precipitó como un torrente a través de la brecha y su tremendo impulso les forzó a dividirse en grupos desorganizados. Antes de que pudieran reagruparse, lanzamos contra ellos una lluvia de flechas; muchos jinetes fueron abatidos y otros cayeron de sus monturas, quedando aturdidos en el suelo a merced de nuestros hombres. Una segunda oleada de caballería cristiana cargó contra los Hintata, una fuerza almohade que había pasado a situarse en vanguardia. Pero una vez más, nuestras filas se abrieron y el empuje de los atacantes volvió a perderse en el vacío. Los caballeros cristianos iban protegidos por pesadas cotas de malla que dificultaban sus movimientos, y quedaron trabados en combates cuerpo a cuerpo, incapaces de progresar en su avance. Aquél páramo se había convertido en un mar de cadáveres y ninguno de los dos bandos parecía dispuesto a ceder un solo palmo de terreno. Pudimos ver entonces como nuestra caballería, que hasta entonces había permanecido en los flancos sin intervenir en el combate, realizaba un rápido movimiento envolvente para caer sobre retaguardia enemiga; el pánico cundió entre los cristianos, que huyeron en el más absoluto desorden, y nos lanzamos en su persecución mientras miles de gargantas se fundían en un clamor de victoria. Tras ese descalabro, los cristianos quedaron más desunidos que nunca. Ahora ya sólo es cuestión de tiempo… no me cabe la menor duda de que nuestros ejércitos terminarán por reconquistar todos los territorios perdidos, para luego proseguir su avance al otro lado de los Pirineos. ¡Créeme muchacho, nada puede detenernos! Ahmed conoce a mucha gente en Córdoba. Al poco de llegar, me pidió que lo acompañara a casa de un buen amigo suyo, un tal Hafid, que trabaja desde hace años en el taller de un viejo maestro joyero muy apreciado en la ciudad. Hafid, un hombrecillo afable de voz aflautada y manos regordetas, es el oficial más antiguo del t aller y dirige el trabajo de varios artesanos. Conoce a la perfección técnicas que pocos orfebres dominan y tiene una extraordinaria habilidad para combinar los metales preciosos con las gemas más diversas:
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    lapislázuli, granates, marcasitaso rubíes. Desde hace muchos años, cuenta con la confianza del dueño para dirigir la fabricación de los encargos más importantes, casi siempre caprichos de grandes personajes que buscan distinguirse con muestras de su poderío económico. Por las manos expertas de Hafid pasan innumerables objetos de gran belleza, como brazaletes, ajorcas para los tobillos o empuñaduras de espadas. Hasta hace poco, había en el taller un mozo que se ocupaba de las tareas más comunes, como encender y alimentar el horno de fundición y limpiar crisoles que emplean los artesanos para preparar sus aleaciones. Parece ser que era bastante gandul y descuidado, lo que creaba continuos retrasos en el trabajo. Terminaron por echarle a patadas y necesitaban con urgencia que alguien lo sustituyera. Al enterarme, no vacilé un momento: me ofrecí para realizar esas labores, pensando que así podría observar de cerca el trabajo del taller y llegar a conocer las técnicas que emplean. Hafid consintió en que entrara como aprendiz; me dijo que a cambio podía compartir la comida de los operarios y dormir sobre un jergón de paja, en una pieza contigua, llena de grandes tinajas y herramientas de trabajo, que se utiliza como almacén. El viejo orfebre que regenta el taller es un anciano alto y huesudo, de mirada ausente. Vive en una casa separada del taller por un jardín interior flanqueado por naranjos, donde mirtos y rosales rodean un estanque en el que flotan grandes nenúfares. Allí, en la quietud que sólo turba el murmullo del agua, pasa mucho tiempo absorto en sus pensamientos o enfrascado en la lectura. Hafid me ha contado que el viejo posee una gran biblioteca con obras muy antiguas, tratados de un arte milenario que muy pocos son capaces de descifrar. Si he entendido bien, en algunos de esos libros se encontrarían las claves para aislar un misterioso principio que constituye la quintaesencia de la materia. Ese principio, que se designa según asegura Hafid, con nombres tan extravagantes como agua de plata, tierra de estrella o piedra de los filósofos, permitiría obrar todo tipo de prodigios, desde transformar plomo en oro hasta curar enfermedades e incluso otorgar la inmortalidad a quien se somete a su poder ilimitado. En fin, no me cabe duda de que se trata
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    sólo de fantasías,pero para estas gentes tan aficionadas a lo maravilloso, la frontera entre realidad y ficción parece ser muy tenue… Ayer a mediodía, se presentó en el taller una mujer deslumbrante acompañada por varias esclavas. Los operarios no dejaban de mirar a la dama con disimulo y hablaban por lo bajo entre ellos. Hafid les hizo callar dando unas palmadas y en seguida todos volvieron a afanarse en su trabajo. Yo estaba casi oculto tras el horno, cargando en un barril los residuos de la última fundición, y tuve ocasión de observar con detenimiento a la recién llegada. No recuerdo haber visto nunca a una mujer tan bella; sus ademanes eran distinguidos como los de una princesa y al moverse, su cuerpo parecía un junco mecido por la brisa. Comprobé con sorpresa que no llevaba el rostro cubierto por velo alguno; en su lugar, un tocado de seda rojo bordado con filigranas de oro y ceñido a la frente con una gran esmeralda, coronaba su larga cabellera negra, que caía ondulante entre los hombros hasta alcanzar la cintura. Hafid se adelantó con paso inseguro para recibir a la dama y tras inclinarse tanto como le permitía su voluminosa barriga, le rogó que pasara al interior del taller. Después de mostrarle varias piezas de gran valor, sacó de un cofre una hermosa diadema de oro y rubíes que la visitante examinó con interés. Luego oí que ella preguntaba por el maestro y Hafid, tras una nueva reverencia, la acompañó al jardín para llevarla en presencia del anciano. Al cabo de un rato, cuando la dama salía camino de la calle, miró hacia el horno y se detuvo. Tras dudar un instante, se acercó a donde yo estaba, y clavó en mí sus grandes ojos color de miel con tal fuerza, que me vi obligado a bajar la mirada. —¿Eres extranjero? —preguntó. —Así es señora. Mi nombre es Lem —balbucí. —¿De dónde vienes Lem? ¿Acaso eres uno de esos eslavos llegados del norte? —añadió ella. —Señora, procedo de un lugar muy lejano… ni siquiera sé como
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    se nombra envuestra lengua. —Un buen amigo mío lo encontró medio muerto cerca de su casa y cuidó de él hasta que se recuperó —terció Hafid, mientras se atusaba la barba con gesto nervioso. La dama quedó pensativa, mientras hacía girar una de las sortijas que adornaban sus bellas manos; luego dirigiéndose a Hafid dijo en tono autoritario: —Ocúpate de que este joven me traiga mañana las joyas que he adquirido. Y sin esperar respuesta, salió del taller rodeada por sus esclavas. Hafid me miró con malicia y dijo: —Vaya, parece que has despertado el interés de la señora. —¿Quién es? —dije yo, todavía aturdido por el encuentro. —¿Qué quién es? —respondióHafid levantando los brazos— pues nada menos que Sehr-es-Krimm, una mujer verdaderamente extraordinaria. Según se dice, desciende de los príncipes omeyas que reinaron en al-Andalus hace ya muchos años. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo está entre nosotros, pero se diría que su hermosura no se marchita con el paso del tiempo. Algunos aseguran que tiene poderes mágicos y su fama ha llegado hasta los reinos cristianos; allí es conocida como la perla de Córdoba. Sehr-es-Krimm me recibió en una sala de su palacio, recostada entre almohadones de seda. Varias lámparas suspendidas por cadenas de plata iluminaban suavemente el lecho con sus llamas ondulantes, dejando en penumbra el resto de la estancia. A través de dos ventanas gemelas adornadas con esbeltas columnitas, llegaba el murmullo de un surtidor. Sonrió al verme y me indicó que me sentara a su lado. —Me alegro de que estés aquí Lem —dijo con su voz cálida—. Supongo que habrás oído decir muchas cosas sobre mí. La gente de esta ciudad siempre está pendiente de lo que hago y nadie ignora que mi casa es frecuentada por filósofos y poetas venidos de todas partes. En los tiempos que corren, algunos no ven con buenos ojos
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    que cualquiera expreselibremente sus opiniones. Y sobre todo, les parece intolerable que una mujer se meta en asuntos reservados a los hombres. Pero en realidad, nada de eso me inquieta. Lo importante es actuar con cautela y tener siempre presente que algunos conocimientos jamás deben ser divulgados… no quiero imaginar lo que podría ocurrir si los utilizara alguien sin escrúpulos, alguien como nuestro califa Abu YusufYaqub, un tirano que ha amenazado con el destierro a IbnRushd. —¿Quién es IbnRushd? —pregunté. —¿Es posible que no hayas oído hablar de él? Los cristianos le llaman Averroes —respondió ella—. Es un sabio eminente, cuyo único delito consiste en defender el pensamiento de Aristóteles frente a quienes afirman que la filosofía está en contradicción con las enseñanzas del Islam. La dama hizo una pausa y volvió a mirarme como lo había hecho en el taller. Yo, a costa de realizar un gran esfuerzo, conseguí sostener su mirada, pero empecé a sentir por todo el cuerpo un hormigueo que no presagiaba nada bueno. —Sin duda querrás conocer el verdadero motivo por el que te he hecho venir —prosiguió ella—.Necesito serte franca Lem. No puedo dejar de pensar en ti. Son muchos los hombres a quienes he conocido y acaso haya llegado a sentir verdadero amor por alguno. Pero cuando te vi, me invadieron sensaciones que nunca había experimentado. No sé como explicarlo, es como si al mirarte penetrara en un mundo extraño en el que nada parece imposible. Se aproximó a mí y me acarició el rostro con sus manos delicadas. Sentí que me sumergía en una fragancia de jazmines. —Lem, rodéame con tus brazos…—susurró. La abracé sin pararme a pensar en lo que hacía y rocé sus labios con los míos. Entonces ocurrió algo que debía haber previsto: me sentí sacudido por un violento temblor y mi cuerpo comenzó a lanzar destellos que iluminaron la estancia, creando mil reflejos fugaces en las filigranas del techo. Cuando recuperé mi apariencia habitual, vi a Sehr-es-Krimm de pie frente a las ventanas, con la mirada perdida en el vacío. La luz de la luna creaba un halo blanquecino en torno a su esbelta figura.
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    —Verdad es queno basta tener ojos para ver. Sólo quien ha alcanzado la sabiduría puede rasgar el velo de las apariencias — murmuró con voz solemne, como quien recita una lección aprendida de memoria. La situación no me hacía ni pizca de gracia. Aquella mujer era muy capaz de crearme serias complicaciones¿qué iba a hacer con ella? Los diarios de Lem La Perla de Córdoba (final) _____________________ Carlos Montuenga ESTA CIUDAD ME ATRAE de un modo extraño. He pensado en marcharme lejos, pero al final no me decido. Es como si una fuerza desconocida me retuviera aquí, algo indefinible que parece estar en todas partes. A veces, puedo sentirlo vibrar en el aire luminoso de la mañana, cuando sobre el rumor de sus fuentes se eleva la llamada a la oración de los muecines. Otras, lo veo brillar por un instante en los ojos negros de alguna muchacha, que me mira con curiosidad por encima del velo y luego se apresura a seguir su camino sin volver la vista. Ninguna ciudad de las que he conocido se parece a ésta.
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    Córdoba es muchascosas a la vez. Encrucijada de caminos, lugar donde se encuentran viajeros venidos de tierras lejanas y fieles que se purifican antes de la oración, junto a los muros de su grandiosa mezquita. Es la quietud de mil rincones escondidos, donde el tiempo parece a punto de detenerse, pero también la animación de sus plazas y mercados. El bullicio del zoco es algo indescriptible; me gusta dejarme arrastrar por la multitud que va de un lado para otro como un enjambre ruidoso, deambular indolente entre mujeres, esclavos con grandes cestos, viejos desdentados que revuelven con descaro las baratijas expuestas por los artesanos. A veces, me detengo a escuchar los chismes que circulan por los corrillos y observo de reojo a mercaderes orondos de manos enjoyadas, y a esclavas que discuten a gritos con los vendedores, mientras manosean las aves colgadas de grandes ganchos o los higos y dátiles traídos de al Magrib. Al anochecer, la ciudad me hace pensar en un laberinto misterioso donde nada es lo que parece. Las lámparas de aceite proyectan mil sombras extrañas por las esquinas, y las calles se enroscan a paredes y torrecillas blancas con ventanucos cubiertos de celosías. Sehr-es-Krimm me ha enviado varios mensajes a los que no he contestado. Más de una vez me ha parecido que se encontraba muy cerca de mí, atenta a mis movimientos. Sé que está impaciente por volver a verme, pero yo prefiero ignorarla. Cuando nos conocimos aquella mañana en el taller de los orfebres, ella se dio cuenta enseguida de que mi aspecto vulgar era sólo una apariencia. Debo confesar que, en algún momento, sus grandes ojos me hicieron perder la cabeza y no supe resistirme al plac er de abrazarla. Aún no he podido olvidar las sensaciones que me asaltaron mientras mis manos recorrían la tibia suavidad de su piel. Debía haber previsto lo que sucedió entonces. Comprendo que cometí una grave imprudencia al provocar una alteración tan visible en mi apariencia humana. Si los superiores llegaran a enterarse de lo ocurrido, no tengo la menor duda de que me expulsarían sin la menor contemplación, pero ¿cómo van a saberlo? llevo mucho tiempo perdido y las señales que consigo
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    captar son yamuy débiles. En estas condiciones, tengo pocas probabilidades de encontrar alguna trayectoria segura. Lo curioso es que la idea de que quizá el regreso es imposible, me inquieta cada vez menos. Tal vez, este mundo extraño se está convirtiendo en algo mío. Ayer, cuando volvía al taller después de cumplir unos encargos que me habían ordenado los artesanos, oí a alguien pedir auxilio. Apresuré el paso y, al doblar la esquina, vi al final de un callejón empinado a un hombre de baja estatura que gritaba, mientras dos individuos intentaban sujetarle. Aunque estaba mediado el día, no había nadie más en aquel lugar sombrío. Estaba pensando en irme de allí, cuando observé que uno de los hombres blandía un enorme cuchillo. No podía quedarme impasible presenciando aquello, pero me encontraba demasiado lejos para intervenir. Entonces, sin pensármelo dos veces, cogí impulso y me elevé por el aire, lanzándome calle arriba. Pero con la excitación del momento, calculé mal mis fuerzas y fui a caer sobre el grupo con tanta violencia, que todos rodamos por el suelo. El hombrecillo quedó tendido, mientras que sus asaltantes, dos individuos de tez tostada por el sol, cubiertos con túnicas llenas de mugre, no tardaron ni un momento en incorporarse y se quedaron observándome, c omo si no lograran entender de dónde diablos había salido yo. Pero en seguida, empuñaron sus dagas y saltaron sobre mí, gritando como salvajes. Entonces, su sorpresa debió superar todo lo imaginable cuando, con un simple empujón, los hice rodar de nuevo por el suelo. Se miraron entre ellos con gesto incrédulo y escaparon corriendo callejón arriba. El hombrecillo recuperó el sentido cuando le empapé la cara en una fuente cercana. Abrió los ojos y me miró con sorpresa, mientras se palpaba el cuerpo como si quisiera asegurarse de que estaba entero. Luego, dijo con voz temblorosa: —¿Qué ha pasado? ¿Quién eres tú? —Señor, estabais en un grave aprieto y pensé que debía ayudaros. —¿Y dónde están los truhanes que querían robarme? —dijo él, mirando con inquietud a derecha e izquierda.
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    —Salieron huyendo —respondí. —¿Túsolo pusiste en fuga a esos dos desalmados? Me has salvado la vida muchacho. ¡Que el Cielo te colme de bendiciones! ¿Cuál es tu nombre? —Me llamo Lem señor; soy aprendiz del maestro joyero. —Ah, sí…creo que te he visto alguna vez en el taller. Yo soy Isaac Ben Guriol, un buen amigo del viejo maestro. Nos conocemos desde hace muchos años y le visito con cierta frecuencia. —¿Estáis bien señor? —pregunté. —Bueno, al menos estoy vivo —respondió él, sacudiéndose el polvo de su túnica—, pero te ruego que me acompañes hasta mi casa. Gracias a tu intervención, esos dos se han quedado con las ganas de desplumarme, y no creo que vuelvan a intentarlo mientras te vean conmigo. Después del incidente del callejón, he visto a Ben Guriol en varias ocasiones. Ayer me presenté en su casa, cuando la tarde empezaba a declinar, para entregarle un encargo del taller. Al verme aparecer en el zaguán, me cogió amablemente por el brazo y me condujo al interior. Está claro que me ha tomado afecto. Además, tengo la impresión de que le intrigo; seguro que le gustaría averiguar unas cuantas cosas sobre mí. Es un hombre a quien pesan ya los años, pero conserva en la mirada ese brillo propio de quienes sienten una gran curiosidad por todo cuanto les rodea. Pasamos al patio de la casa y nos acomodamos junto a una gran higuera de tronco retorcido que crece cerca del pozo. Al poco, aparecieron varios criados llevando bandejas de plata repletas de manjares: pichones aderezados con hierbas aromáticas, pastelillos de calabaza y almendras, dulces de queso, frutos secos y cerezas traídas de Granada. Mientras dábamos cuenta de aquel festín, Ben Guriol me preguntó si llevaba mucho tiempo trabajando con el maestro joyero, y se interesó por las razones que me habían llevado hasta Córdoba. A medida que hablábamos, pude percibir cómo su afán por hurgar en mis asuntos iba en aumento, así que opté por responderle con vaguedades. Eso tuvo el efecto de excitar más su curiosidad, pero al
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    final se debiócansar del juego y terminó hablando de sí mismo. Me contó que en su juventud se dedicó al estudio del Talmud. Luego viajó sin rumbo fijo por varias ciudades de al Andalus, trabajando en los oficios más dispares. Vivió algún tiempo en Almería, donde conoció a Maimonides, un joven filósofo, con quien llegó a trabar gran amistad. Años después, consiguió amasar una importante fortuna. Se estableció en Córdoba donde se casó y formó una familia. Las sombras se iban alargando y los criados empezaron a encender lámparas de aceite. Ben Guriol llevaba un rato en silencio, con la mirada perdida en el vacío, cuando algo aleteó sobre nuestras cabezas. Mi anfitrión dio un respingo y estuvo a punto de caerse. A pocos pies de nosotros, un cuervo de gran tamaño agitaba las alas observándonos en actitud desafiante. Me levanté para ahuyentarle y el pajarraco alzó el vuelo, describió varios círculos en el aire y fue a posarse en una rama de la higuera mientras graznaba como un condenado. Ben Guriol había empalidecido. Se pasó una mano por la frente con gesto cansado mientras decía: —Me he asustado de un simple pájaro. Debe ser que me estoy haciendo viejo. El tiempo pasa deprisa, muchacho, y el vigor de la juventud se escapa con él. Las ilusiones se van apagando y empezamos a sufrir el asedio de la soledad. Hace unos años murió Sara, mi esposa, y entonces sentí en mi interior un terrible vacío. Pasé días muy amargos, pero tuve la fortuna de contar con el apoyo de buenos amigos que me apreciaban, como el poeta Alfaraquí. Él me animó a que saliera del encierro, que yo mismo me había impuesto, y frecuentara su casa, donde solía reunirse con filósofos y artistas. Allí coincidí en varias ocasiones con Averroes, uno de los hombres más sabios que he conocido. —Señor, se dice en la ciudad que Averroes fue recluido en Lucena por mandato del califa Abu YusufYaqub. ¿Es eso cierto? — pregunté. —Así es. Averroes es un profundo conocedor de la filosofía de Aristóteles, el más grande filósofo de la Antigüedad. —¿Y sólo por eso fue desterrado? —respondí. —Ya veo que no sabes nada de ese asunto, Lem. Las obras de
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    Averroes contienen opinionesque algunos consideran una afrenta a las enseñanzas del Islam. Por eso sus libros han sido prohibidos. Intentaré explicártelo con un ejemplo: Averroes afirma, de acuerdo con la filosofía aristotélica, que Dios sólo conoce las formas universales, no a los individuos sensibles, por cuya suerte se desinteresa. Para los musulmanes, una afirmación como esa es inaceptable. —Pero entonces ¿Averroes reniega de su religión? —dije yo. —Verás Lem, él afirma que la filosofía no está en contradicción con la fe; sin embargo cada una se expresa por medio de lenguajes diferentes. Para que puedas entenderlo mejor: el Corán se dirige a todos los hombres, pero se pueden hacer de él distintas interpretaciones de acuerdo con la capacidad de cada cual. Así pues, las deducciones de los sabios, basadas en la demostración, no tienen por qué estar en contradicción con los argumentos de los teólogos ni con las creencias del vulgo. En fin, se ha hecho ya muy tarde y me siento fatigado. Vuelve por aquí otro día, muchacho, y si quieres, haré lo posible por aclararte más todo esto. Esta mañana, la ciudad se despertó adornada con sus mejores galas y la gente se agolpaba en plazas y calles en medio de un gran alboroto. Se diría que no quedaba ni un alma en las casas, los baños, las mezquitas, los talleres de los artesanos… Nadie, ni los más ancianos querían dejar de presenciar la comitiva del califa Abu YusufYaqub, quien se disponía a atravesar la ciudad de paso hacia su palacio de Sevilla. Contagiado por aquella explosión de júbilo, me dejé conducir por la muchedumbre hacía una de las plazas principales y, a eso del mediodía, en medio del retumbar ensordecedor de los tambores, vi pasar al califa rodeado de su guardia almohade. Abu Yusuf, avanzaba con gran majestad a lomos de un soberbio caballo negro, cuya gualdrapa, reluciente como el oro, barría el suelo cubierto de flores.¡AllahAkbar! ¡Dios es grande! — gritaba la multitudenfervorizada— ¡Larga vida al vencedor de los infieles!
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    Cuando el ambientese serenó y el gentío empezó a dispersarse, me fijé en una muchacha alta, situada al otro lado de la calle, que no dejaba de mirarme. La joven iba acompañada por una mujer entrada en años. Se acercó a mí y sonrió con timidez, mientras decía: —Tú eres Lem, el extranjero que trabaja en el taller de orfebrería. —¿Me conoces? —respondí asombrado. —Soy hija de Isaac Ben Guriol y cuido de él desde que enviudó. Padre me ha hablado mucho de ti; dice que te debe la vida. Demostraste un gran valor al enfrentarte a esos hombres que querían robarle. Padre está siempre con la cabeza en otra parte, y ese día cometió el error de meterse por la parte más solitaria de la ciudad, sin pedir a ningún criado que lo acompañara. No sé qué habría sido de él, si tú no llegas a intervenir. Esos ladrones son gente sin escrúpulos, ¿no temes que vayan tras de ti para vengarse? —Pues… la verdad, dudo mucho de que lo hagan y confío en que no vuelvan a molestar a tu padre —respondí—. Pero dime, ¿cómo me has reconocido? ¿Nos hemos visto alguna vez? La joven se ruborizó. Bajo una cinta bordada con hilo de plata, sus ojos azules brillaban como dos zafiros. Iba vestida con una ligera túnica blanca ceñida a la cintura, que acentuaba la esbeltez de su cuerpo. —Te vi la otra tarde desde una ventana, mientras hablabas con padre en el patio de casa -dijo en un susurro-. Y ahora debo marcharme. —Espera, aún no me has dicho tu nombre. —Me llamo Jezabel. —Jezabel, yo quisiera… me gustaría que… ¿Cuándo puedo volver a verte? Ella volvió a ruborizarse y bajó la mirada. La mujer que la acompañaba se acercó y me hizo un gesto de complicidad. Luego dijo: —Vamos señora, se hace tarde, vuestro padre os espera.
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    Desde hace unassemanas, me ocurre algo extraño. Nunca había sentido nada igual. Siempre estoy distraído y no consigo centrarme en lo que hago. El otro día, mientras limpiaba el horno en el taller de los orfebres, rompí una vasija llena de un líquido corrosivo que emplean allí para dorar la plata. Al ver el estropicio, salí corriendo a coger una tinaja de agua para verterla sobre el líquido y, con la precipitación, tropecé y le eché el agua encima a Hafid, el oficial del taller, que se había acercado al oír el ruido de vidrios rotos. Hafid quedó empapado hasta los pies. Se puso como loco y me lanzó una retahíla de insultos, amenazándome con los puños. Después de lo ocurrido, no puedo volver por el taller. Me paso el día vagando por ahí, sin rumbo fijo. Prefiero no pedir ayuda a Ben Guriol. Él ignora que me veo con su hija y es mejor no complicar las cosas, bastante confundido estoy ya con todo esto. La verdad es que yo mismo no consigo entender lo que me ocurre con Jezabel. En el fondo, ¿qué puede ella importarme? Sin embargo, sólo pienso en verla; me paso el día contando las horas que faltan para que anochezca y volvamos a encontrarnos. Lo más sorprendente, es que cuando la besé por primera vez no sentí ninguna alteración, ni la más mínima sacudida. Vamos, como si aquello que estaba haciendo fuera para mí lo más natural del mundo. Sin duda, ella debió creerlo así, porque se abrazó a mí con tanto ímpetu que casi no me dejaba respirar. Y eso que me había parecido tan tímida y pudorosa… pues de pudorosa nada, es ardiente como el viento del desierto. Esto se está complicando más allá de lo imaginable. Ayer, cuando vi a Jezabel, todo estaba en calma. El sol se había ocultado ya tras la torres de Córdoba y, como otras veces, nos habíamos encontrado en secreto bajo los álamos, cerca del río. La brisa temblaba en las hojas de los árboles, y el bullicio alegre de los pájaros se imponía a los rumores lejanos. Entonces me pareció que Jezabel se estremecía. —¿Qué te ocurre? —le pregunté.
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    —No lo sé,he sentido algo muy extraño, como si me rozara un soplo helado. En ese momento se oyó muy cerca un graznido y ella se aferró a mí. —¿Has oído eso Lem? —Sí, no temas, es sólo un cuervo. Parece que abundan en esta ciudad. —¡Lem! —gritó ella—. ¡Hay alguien detrás de los árboles! Me volví y pude ver la silueta borrosa de una mujer que surgía entre los álamos y se aproximaba a nosotros. El velo negro que la cubría sólo dejaba al descubierto sus ojos. —No esperabas verme aquí, ¿verdad? Supongo que soy inoportuna —dijo con sorna. Aquella voz…no lo podía creer ¡era Sher es Krimm! —Vaya, vaya, muchacho, por lo que veo ya eres capaz de abrazar a una mujer sin empezar a brillar como una luciérnaga. No se puede negar que aprendes muy deprisa —añadió, escupiendo las palabras. —¿Pero…quién es esa mujer, Lem? ¿De qué está hablando? — balbució Jezabel, que se había quedado tan pálida como la manteca. —¡Silencio estúpida! —gritó la aparecida—; y luego, clavando en mí sus grandes ojos, añadió en tono amenazador: —Te lo advierto Lem: apártate de ella, o te juro que lo vas a lamentar. Y dicho eso, dio media vuelta y desapareció entre la bruma. Sher es Krimm es capaz de todo si no me doblego a sus deseos. Desde luego, podría eliminarla; nada sería tan fácil, pero no sé… no me acaba de gustar la idea; bastante he transgredido ya el reglamento como para saltarme ahora alegremente la norma más importante. Además, ya nada me retiene aquí ¿para qué voy a complicar más las cosas? Jezabel no es la misma de antes. Claro que ¿a quién podría sorprenderle eso? Aquel encuentro junto al río, habría bastado para
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    trastornar a cualquiera.A veces, me parece estar viendo otra vez lo que ocurrió cuando Sher es Krimm se alejó de nosotros: Jezabel estaba junto a mí, rígida como una estatua, incapaz de pronunciar palabra. Pensé entonces que el terror se había adueñado de la pobre muchacha y cogí sus manos, deseoso de infundirle ánimo. Pero ella me apartó con brusquedad y se quedó mirándome de un modo extraño. Nunca la había visto así. Sus ojos azules fulguraban, lanzándome saetas envenenadas. Lo peor llegó cuando, por fin, recuperó el habla y comenzó a brotar de su boca un torrente de reproches. Dijo que yo no era más que un farsante, me acusó de engañarla, de ocultarle mi relación con aquella mujer… Hice lo posible por tranquilizarla, pero sólo conseguí enfurecerla aún más. Estalló en un mar de lágrimas y se alejó corriendo sin atender a mis razones. El lugar se quedó solitario y una gran luna amarilla empezó a elevarse sobre el ramaje, derramando su luz en las aguas tranquilas del río. Me recosté sobre el tronco seco de un álamo caído y permanecí allí hasta el amanecer, acompañado por el croar monótono de las ranas. Esta ciudad ya no tiene poder sobre mí. Al fin se ha desvanecido su sortilegio y es tiempo de volver a emprender la marcha. Mañana mismo me voy de aquí para siempre; cuanto más lejos, mejor.
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    E l Ha d a _____________________ Jéssica de la Portilla Montaño HACE VARIOS AÑOS ENCONTRÉ UN HADA EN MI JARDÍN. Dijo que era un hada del amor, que me traería buena suerte, que sólo tenía que hacerme cargo de ella mientras pasaba el invierno. Acepté. Pensé que sería sencillo, como cuidar de una catarina o de una luciérnaga. Le mostré una cajita dorada con forro de terciopelo, pero ella prefirió habitar un frasco de mermelada de fresa. Cumplí su deseo. La dejé en un recipiente que en realidad parecía una burbuja sin tapa. La cubrí con hojas de manzanilla para darle calor. Cada mañana la veía limpiar sus cuatro alas con infinito cuidado. Por las noches me contaba historias sobre sirenas y otros seres desconocidos. El hada no abandonó su nuevo hogar ni un solo instante. Los primeros días se alimentó con pétalos de rosas que yo le daba, pero de pronto dejó de prestarles atención. Ya no se limpiaba por las mañanas; sus alas
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    se cubrieron conun fino polvo plateado. El hada comenzó a entonar canciones tristes por las noches, canciones que me hacían tener sueños tristes también. El hada iba perdiendo color. Sus alas rosa y azul tornasol se volvieron blancas. Pensé que el invierno era el culpable de que mi hada se fuese volviendo cada vez más transparente, pero justo el día antes de que comenzara la primavera vi que mi hada estaba muerta. Utilizó una telaraña como soga, se la ató al cuello y apretó el minúsculo nudo corredizo mientras yo dormía. Miré al hada. Ella yacía inmóvil en el fondo de un frasco de mermelada de fresa. Yo no sabía que tenía que cuidarla de ella misma... De sus ojos en blanco brotaban lágrimas que el aire volvía cristal y que el piso rompió al estrellarse contra ellas. Le arranqué las alas poco a poco para conservar al menos un recuerdo de ella y enterré a mi hada en el jardín, bajo un arbusto marchito, justo en el mismo lugar donde la había encontrado tan pocos meses atrás. El día que mi hada murió, dejé de creer en fantasías. Las hadas no existen. Jamás volví a encontrarme otra. _____________________ JÉSSICA DE LA PORTILLA MONTAÑO, es una autora mexicana.
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    Cara de rata TomásRichards SOLEMOS DECIR CON POCA GRACIA que tal o cual persona tiene cara de ratón, de pájaro, de caballo o de cualquier otro animal. Lo comentamos al oído de alguien que nos acompaña en el tren, indicándole a la vez a cuál de todos los pasajeros debe observar. Una carcajada, rápidamente reprimida, se escapa de las fauces de nuestro acompañante, quien, acto seguido, nos dirige una fugaz y divertida mirada de aprobación, al tiempo que sentencia en baja voz: «Es verdad». Cuando hacemos un comentario de este tipo, nos referimos a ciertos rasgos muy comunes del rostro humano que, ampliados y exagerados en nuestra imaginación, nos recuerdan alguna de las varias especies animales que conocemos. Pero lo cierto es que ese
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    rostro que hemoscalificado como perteneciente al género de los equinos o de los simios no deja jamás, por espantoso que sea, de poseer rasgos humanos. En el caso que nos ocupa, decir que tenía cara de rata no era, en modo alguno, una exageración. Lo que en cualquier otro caso no hubiera sido más que un chiste, la vulgar verbalización de una característica más o menos corriente de la fisonomía humana, era aquí la pura, absurda y horrible verdad: tenía cara de rata. Una rata sin pelo, es cierto, pero una rata a fin de cuentas. Era hombre en parte, en parte rata. Nació así: feo, deforme, repugnante. Si a la cabeza de una rata se la hubiera aumentado varias veces de tamaño y se le hubiesen quitado todos los pelos con una pinza de depilar, se hubiera obtenido una representación benévola de su cabeza. Era asqueroso ver su hocico sin bigote, rosado como el de un chancho o un bebé, alargado hacia delante, husmeando el mundo al que acababa de llegar, y sus ojos humanos que se defendían de la luz con párpados de roedor. Si mediante el sentido de la vista se hubiesen podido percibir olores, aquel rostro hubiese sido el más nauseabundo de todos. Su madre, hecho extraño para la época, murió al dar a luz. Su padre lo vio una única vez, lo maldijo, lo entregó en adopción y desapareció. En el orfanato donde transcurrió su infancia alguien le puso el nombre de Witold. En aquel lugar vivió encerrado; jamás fue presentado a ninguno de esos matrimonios estériles que llegaban buscando adoptar. Los otros huérfanos no lo molestaban; nunca nadie se burló de su deformidad. En realidad, ninguno de aquellos huérfanos se le acercó nunca lo suficiente como para burlarse de él: todos le temían por igual; él era el mosntruo que los visitaba en sueños, la representación palpable de todos sus miedos sin padre. A los ocho o nueve años comenzó a comer en un turno apartado de todos los demás huérfanos: verlo comer, y más que verlo, oírlo comer, se había vuelto insoportable para ese entonces. Varios huérfanos se habían descompuesto en diferentes oportunidades y otros se habían negado a comer durante días cuando todavía compartían turno. Al final, el director del orfanato
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    decidió crear turnosespeciales de desayuno, almuerzo, merienda y cena para Witold. Pero ni siquiera los encargados de servirle la comida, profesionales esperimentados, querían verlo cuando, babeando, comía lo que había en su plato, masticando primero con los dientes delanteros y tragando con gran estruendo después; por eso, optaron por servirle la comida y retirarse antes de que se presentase en el comedor. Durante aquellos años pueriles aprendió a leer y escribir casi por su propia cuenta. La soledad obligada trajo consigo la afición a los libros. Más tarde, durante la adolescencia, esa soledad y esa afición se combinaron con la desdicha y la costumbre de observar detenidamente el entorno; así surgió la necesidad de expresarse y la voluntad de crear los propios libros fue afirmándose en él. Cuando alcanzó la mayoría de edad, el director del orfanato le propició un generoso empujón a la calle y lo dejó librado a su suerte y solo como siempre había estado. Witold se percató entonces de su absoluta ignorancia en las cuestiones básicas de la supervivencia, pero cierto instinto social o urbano le permitió encontrar ocupac ión en un circo, como fenómeno. El trabajo era de noche y bastante humillante (¡Pasen a ver a la rata humana!) pero al cabo de unas semanas ya tenía techo, comida y hasta una vieja máquina de escribir. Ayudado por su fealdad, que lo impulsaba a recluirse en su cuarto de pensión mientras duraba la luz solar, pudo leer y, sobre todo, escribir. Desde el pasillo de la pensión podía oírse a toda hora el sonido percusivo producido por las teclas de hierro de la vieja máquina, que se empeñaban en dejar su huella entintada en papel blanco enrollado al carretel. Algunos vecinos se detenían ante la angosta puerta del cuarto para oír aquella verdadera batucada letrística que comenzaba a la mañana y terminaba siempre al atardecer, cuando ya el sol no alumbraba. Entonces, desde sus puertas entornadas y sus mirillas, veían al músico de los dedos manchados con tinta recorrer a tientas la penumbra del pasillo y la profundidad de la escalera en busca del aire fresco de la calle. A veces, después del trabajo, Witold recorría la ciudad. A pie siempre y tarde, veía desde la vereda todo lo que sucedía adentro de
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    los bares yotros lugares de reunión. Pero nunca entraba en ellos: su deformidad, esa joroba que a él le había tocado llevar en el rostro, no le permitía acercarse a nadie. Alguna vez lo había intentado, pero no era aceptado ni en el más infame de los prostíbulos del puerto; era marginado hasta por los marginales, y sabía que estaba condenado a ser, él solo, el margen de todo margen. Así pasaron varios años. La rutina, la disciplina y el aislamiento llegaron a convertirlo en un buen poeta. Un día, una casualidad afortunada lo puso en contacto con un editor y al poco tiempo, Witold publicó su primer libro de poemas. El mismo fue un éxito en el mundillo literario y pronto publicó otro más. Al tercero todo el mundo habló de él. Los críticos competían por elogiarlo, los lectores lo amaban y su editor también. «La voz del pueblo», lo llamaban las señoras progres de los barrios del norte; «el poeta del amor», le decían los jóvenes periodistas en los medios gráficos. De golpe, todo el mundo lo amaba. Witold, conciente de su fealdad, optó desde el principio por no exponerse ante su público. Ganó el suficiente dinero como para abandonar el trabajo de rata humana en el circo y mudarse a un lugar recluido para dedicarse con exclusividad a la poesía. Con el tiempo también incursionó en otros géneros, los cuales recorrió con igual éxito. Esto, y el hecho no menor de que la casa en que vivía no tuviese ni un solo espejo, fue haciendo que lentamente se olvidase del problema de su rostro. Luego, un día, lo recordó bruscamente: su editor le pedía desde el teléfono que rompiese su ostracismo y accediese a concurrir a una presentación en público de su último libro. Durante algunos días se debatió sin descanso entre la posibilidad de aceptar o no la propuesta. Se sentía tentado. Últimamente su autoestima había crecido y no pudo evitar decirse que si su público lo amaba, era por sus libros, por sus versos, y no por su aspecto físico. Quizá fue eso lo que finalmente lo decidió. Algunas semanas después, Witold se encontró metido en un traje tras la cortina de un salón bien iluminado y decorado con muy buen gusto, repleto de gente bien vestida que llevaba libros en la mano y estiraba de a ratos el cuello tratando de ver qué había detrás
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    de la cortina.En una mesa ubicada sobre una tarima, de frente al público, un hombre bien educado y de voz apacible daba un discurso. Era el editor, y todo lo que decía era referido a él, a Witold, que lo escuchaba con nerviosismo y orgullo crecientes. Luego el discurso terminó y el editor miró hacia un costado buscando a Witold. El público se puso de pie y aplaudió con entusiasmo, mirando en la misma dirección que el editor. Witold respiró hondo y dio un paso hacia el frente. Los pasos que siguieron se dieron solos y él hizo su aparición. Cuando la luz blanca del salón bañó su cara, los aplausos cesaron de un golpe. Nadie habló más que con los gestos de la cara. El editor, que era bastante miope, no entendió qué pasaba. Pero Witold sí lo hizo: vio la expresión unívoca de repugnancia en el rostro del público, vio la decepción y el asco pintados en ése único rostro colectivo y entendió. Sin embargo, siguió andando hasta la mesa, se sentó y miró al frente. Un reflector que colgaba del techo le apuntaba justo a la cara. Su luz lo cegaba; no podía ver nada. Creyó distinguir a una mujer de la primera fila que se levantaba descompuesta de su asiento y corría hacia afuera, pero no pudo estar seguro de que fuera cierto. Todo era silencio y luz. Estaba mareado. Desde el fondo del salón una voz distorsionada gritó algo ininteligible. Witold dirigió hacia allí su mirada pero fue en vano. Estaba comenzando a sentir miedo. Los pocos rostros que logró distinguir, los de las primeras filas, eran un reflejo fiel del suyo. Volvió a oír la voz distorsionada, pero esta vez le pareció que provenía de otra parte. Sus ojos rodaron buscando, pero sólo vio un destello, una estrella plateada en su sien: un libro había volado hasta su cabeza. Enseguida volaron más y más libros, hasta que uno de ellos consiguió derribarlo. Witold se llevó una mano a su frente de rata y sintió cómo se humedecía; la retiró y vio la sangre. Con cuidado, apoyó la cabeza en el piso de madera y aceptó su suerte. Los libros seguían cayendo, sepultándolo de a poco. Eran libros suyos, hijos suyos. El último en caer sobre él fue un ejemplar de su más reciente libro de poesía, La ostra.