Juan sin miedo
Erase una vez, en una pequeña aldea, un anciano padre con sus dos hijos. El mayor
era trabajador y llenaba de alegría y de satisfacción el corazón de su padre, mientras
el más joven sólo le daba disgustos. Un día el padre le llamó y le dijo:
- Hijo mío, sabes que no tengo mucho que dejaros a tu hermano y a ti, y sin embargo
aún no has aprendido ningún oficio que te sirva para ganarte el pan. ¿Qué te gustaría
aprender?
Y le contestó Juan:
- Muchas veces oigo relatos que hablan de monstruos, fantasmas,… y al contrario de la
gente, no siento miedo. Padre, quiero aprender a sentir miedo.
El padre, enfadado, le gritó:
- Estoy hablando de tu porvenir, y ¿tú quieres aprender a tener miedo? Si es lo que
quieres, pues márchate a aprenderlo.
Juan recogió sus cosas, se despidió de su hermano y de su padre, y emprendió su
camino.

Cerca de un molino encontró a un sacristán con el que entabló conversación. Se
presentó como Juan Sin Miedo.
- ¿Juan Sin Miedo? ¡Extraño nombre! - Se admiró el sacristán.
- Verás, nunca he conocido el miedo, he partido de mi casa con la intención de que
alguien me pueda mostrar lo que es, - dijo Juan
- Quizá pueda ayudarte: Cuentan que más allá del valle, muy lejos, hay un castillo
encantado por un malvado mago. El monarca que allí gobierna ha prometido la mano
de su linda hija a aquel que consiga recuperar el castillo y el tesoro. Hasta ahora,
todos los que lo intentaron huyeron asustados o murieron de miedo.
- Quizá, quizá allí pueda sentir el miedo, se animó Juan.

Juan decidió caminar, vislumbró a lo lejos las torres más altas de un castillo en el que
no ondeaban banderas. Se acercó y se dirigió a la residencia del rey. Dos guardias
reales cuidaban la puerta principal. Juan se acercó y dijo:
- Soy Juan Sin Miedo, y deseo ver a vuestro Rey. Quizá me permita entrar en su
castillo y sentir a lo que llaman miedo.

El más fuerte le acompañó al Salón del Trono. El monarca expuso las condiciones que
ya habían escuchado otros candidatos: Si consigues pasar tres noches seguidas en el
castillo, derrotar a los espíritus y devolverme mi tesoro, te concederé la mano de mi
amada y bella hija, y la mitad de mi reino como dote.
- Se lo agradezco, Su Majestad, pero yo sólo he venido para saber lo que es el miedo,
le dijo Juan.
"Qué hombre tan valiente, qué honesto", pensó el rey, "pero ya guardo pocas
esperanzas de recuperar mis dominios,...tantos han sido los que lo han intentado
hasta ahora..."
Juan sin Miedo se dispuso a pasar la primera noche en el castillo. Le despertó un
alarido impresionante.
- ¡Uhhhhhhhhh! Un espectro tenebroso se deslizaba sobre el suelo sin tocarlo.
- ¿Quién eres tú, que te atreves a despertarme? Preguntó Juan.
Un nuevo alarido por respuesta, y Juan Sin Miedo le tapó la boca con una bandeja que
adornaba la mesa. El espectro quedó mudo y se deshizo en el aire.

A la mañana siguiente el soberano visitó a Juan Sin Miedo y pensó: "Es sólo una
pequeña batalla. Aún quedan dos noches". Pasó el día y se fue el sol. Como la noche
anterior, Juan Sin Miedo se disponía a dormir, pero esta vez apareció un fantasma
espantoso que lanzó un bramido: ¡Uhhhhhhhhhh! Juan Sin Miedo cogió un hacha que
colgaba de la pared, y cortó la cadena que el fantasma arrastraba la bola. Al no estar
sujeto, el fantasma se elevó y desapareció.
El rey le visitó al amanecer y pensó: "Nada de esto habrá servido si no repite la hazaña
una vez más". Llegó el tercer atardecer, y después, la noche. Juan Sin Miedo ya
dormía cuando escuchó acercarse a una momia espeluznante. Y preguntó:
- Dime qué motivo tienes para interrumpir mi sueño.
Como no contestara, agarró un extremo de la venda y tiró. Retiró todas las vendas y
encontró a un mago:
- Mi magia no vale contra ti. Déjame libre y romperé el encantamiento.

La ciudad en pleno se había reunido a las puertas del castillo, y cuando apareció Juan
Sin Miedo el soberano dijo: "¡Cumpliré mi promesa!" Pero no acabó aquí la historia:
Cierto día en que el ahora príncipe dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándole
una pecera. Pero tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre el
lecho que ocupaba Juan.
- ¡Ahhhhhh! - Exclamó Juan al sentir los peces en su cara - ¡Qué miedo! La princesa
reía viendo cómo unos simples peces de colores habían asustado al que permaneció
impasible ante espectros y aparecidos: Te guardaré el secreto, dijo la princesa. Y así
fue, y aún se le conoce como Juan Sin Miedo.



                           El caracol y el rosal
Había una vez...

... Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de la
extensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos.

El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores durante
todo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con todo lo que
representaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba su casa y sus
pertenencias.

Y se hablaba a sí mismo sobre su momento de ser útil en la vida: –¡Paciencia! –decía
el caracol–. Ya llegará mi hora. Haré mucho más que dar rosas o avellanas, muchísimo
más que dar leche como las vacas y las ovejas.

–Esperamos mucho de ti –dijo el rosal–. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo que
eres capaz de hacer?

–Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa. No,
así no se preparan las sorpresas.

Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes,
mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus rosas,
siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró sus
cuernecillos y los encogió de nuevo.

–Nada ha cambiado –dijo–. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal
sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace.

Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que
llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el
caracol se escondió bajo el suelo.

Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo
mismo.

–Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando en
morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor,
es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has
hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos
que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das
cuenta de lo que quiero decirte?

–Me asustas –dijo el rosal–. Nunca he pensado en ello.

–Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por
qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?

–No –contestó el caracol–. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol
era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa;
respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía
también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda
siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Esa era mi vida; no podía hacer otra
cosa.

–Tu vida fue demasiado fácil –dijo el caracol (Sin detenerse a observarse a sí mismo).

–Cierto –dijo el rosal–. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una
de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se
proponen asombrar al mundo algún día... algún día.... ¿Pero, ... de qué te sirve el
pasar los años pensando sin hacer nada útil por el mundo?

–No, no, de ningún modo –dijo el caracol–. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo
que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.

–¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos
ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en
cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?

–¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa
nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que
los avellanos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada
uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi
interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.

Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

–¡Qué pena! –dijo el rosal–. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo
intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis
rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre
guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se
prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida.
Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.

Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá
dentro de su casa. El mundo nada significaba para él.

Y pasaron los años.

El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la
memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban
los rosales nuevos, y los nuevos caracoles seguían con la misma filosofía que aquél, se
arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para
ellos.

Y a través del tiempo, la misma historia se continuó repitiendo...



                         El duende de la tienda
Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla y
nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en la
trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un duendecillo, al
que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un tazón de papas y un
buen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el duende continuaba en la
tienda, y esto explica muchas cosas.

Un atardecer entró el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y el
queso para su cena; no tenía a quien enviar, por lo que iba él mismo. Le dieron lo que
pedía, lo pagó, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto de
la cabeza. La mujer sabía hacer algo más que gesticular con la cabeza; era un pico de
oro.

El estudiante les correspondió de la misma manera y luego se quedó parado, leyendo
la hoja de papel que envolvía el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, que
jamás hubiera pensado que lo tratasen así, pues era un libro de poesía.

-Todavía nos queda más -dijo el tendero-; lo compré a una vieja por unos granos de
café; por ocho chelines se lo cedo entero.

-Muchas gracias -repuso el estudiante-. Démelo a cambio del queso. Puedo comer pan
solo; pero sería pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espléndido, un
hombre práctico, pero lo que es de poesía, entiende menos que esa cuba.

La verdad es que fue un tanto descortés al decirlo, especialmente por la cuba; pero
tendero y estudiante se echaron a reír, pues el segundo había hablado en broma. Con
todo, el duende se picó al oír semejante comparación, aplicada a un tendero que era
dueño de una casa y encima vendía una mantequilla excelente.

Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estaba
acostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la dueña, pues
no lo utilizaba mientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de la tienda, con lo
cual éstos adquirían voz y habla. Y podían expresar sus pensamientos y sentimientos
tan bien como la propia señora de la casa; pero, claro está, sólo podía aplicarlo a un
solo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¡menudo barullo!

El duende puso el pico en la cuba que contenía los diarios viejos.

-¿Es verdad que usted no sabe lo que es la poesía?

-Claro que lo sé -respondió la cuba-. Es una cosa que ponen en la parte inferior de los
periódicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay más en mí que en
el estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco más
o menos.

Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste!
Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieron
la opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda más
remedio que respetarla y darla por buena.

-¡Y ahora, al estudiante! -pensó; y subió calladito a la buhardilla, por la escalera de la
cocina. Había luz en el cuarto, y el duendecillo miró por el ojo de la cerradura y vio al
estudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¡qué claridad
irradiaba de él!

De las páginas emergía un vivísimo rayo de luz, que iba transformándose en un tronco,
en un poderoso árbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una de
sus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza de
doncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente límpidos. Los
frutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una música deliciosos
resonaban en la destartalada habitación.

Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás había
oído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que se
apagó la luz. Seguramente el estudiante había soplado la vela para acostarse; pero el
duende seguía en su sitio, pues continuaba oyéndose el canto, dulce y solemne, una
deliciosa canción de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso.

-¡Asombroso! -se dijo el duende-. ¡Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedo
con el estudiante... -

Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venció la sensatez y suspiró. -
¡Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla!-. Y se volvió; se volvió abajo, a
casa del tendero. Fue una suerte que no tardase más, pues la cuba había gastado casi
todo el pico de la dueña, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior,
echada siempre de un lado; y se disponía justamente a volverse para empezar a
contar por el lado opuesto, cuando entró el duende y le quitó el pico; pero en adelante
toda la tienda, desde el cajón del dinero hasta la leña de abajo, formaron sus
opiniones calcándolas sobre las de la cuba; todos la ponían tan alta y le otorgaban tal
confianza, que cuando el tendero leía en el periódico de la tarde las noticias de arte y
teatrales, ellos creían firmemente que procedían de la cuba.
En cambio, el duendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando toda
aquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luz
en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban
a las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentía
rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso,
cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero las
lágrimas le hacían un gran bien. ¡Qué magnífico debía de ser estarse sentado bajo el
árbol, junto al estudiante! Pero no había que pensar en ello, y se daba por satisfecho
contemplándolo desde el ojo de la cerradura. Y allí seguía, en el frío rellano, cuando ya
el viento otoñal se filtraba por los tragaluces, y el frío iba arreciando. Sólo que el
duendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosos
sones eran dominados por el silbar del viento. ¡Ujú, cómo temblaba entonces, y bajaba
corriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rincón, donde tan bien se estaba!
Y cuando volvió la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, se
declaró resueltamente en favor del tendero.

Pero a media noche despertó al duendecillo un alboroto horrible, un gran estrépito en
los escaparates, y gentes que iban y venían agitadas, mientras el sereno no cesaba de
tocar el pito. Había estallado un incendio, y toda la calle aparecía iluminada. ¿Sería su
casa o la del vecino? ¿Dónde? ¡Había una alarma espantosa, una confusión terrible! La
mujer del tendero estaba tan consternada, que se quitó los pendientes de oro de las
orejas y se los guardó en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogió sus láminas
de fondos públicos, y la criada, su mantilla de seda, que se había podido comprar a
fuerza de ahorros. Cada cual quería salvar lo mejor, y también el duendecillo; y de un
salto subió las escaleras y se metió en la habitación del estudiante, quien, de pie junto
a la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ardía en la casa de enfrente.
El duendecillo cogió el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, metiéndoselo en
el gorro rojo lo sujetó convulsivamente con ambas manos: el más precioso tesoro de la
casa estaba a salvo. Luego se dirigió, corriendo por el tejado, a la punta de la
chimenea, y allí se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambas
manos el gorro que contenía el tesoro. Sólo entonces se dio cuenta de dónde tenía
puesto su corazón; comprendió a quién pertenecía en realidad. Pero cuando el incendio
estuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo:

-Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causa
de las papillas.

Y en esto se comportó como un auténtico ser humano. Todos procuramos estar bien
con el tendero... por las papillas.



                          El genio y el pescador
Había una vez un pescador de bastante edad y tan pobre que apenas ganaba lo
necesario para alimentarse con su esposa y sus tres hijos. Todas las mañanas, muy
temprano, se iba a pescar y tenía por costumbre echar sus redes no más de cuatro
veces al día. Un día, antes de que la luna desapareciera totalmente, se dirigió a la
playa y, por tres veces, arrojó sus redes al agua. Cada vez sacó un bulto pesado. Su
desagrado y desesperación fueron grandes: la primera vez sacó un asno; la segunda,
un canasto lleno de piedras; y la tercera, una masa de barro y conchas.
En cuanto la luz del día empezó a clarear dijo sus oraciones, como buen musulmán; y
se encomendó a sí mismo y sus necesidades al Creador. Hecho esto, lanzó sus redes al
agua por cuarta vez y, como antes, las sacó con gran dificultad. Pero, en vez de peces,
no encontró otra cosa que un jarrón de cobre dorado, con un sello de plomo por
cubierta. Este golpe de fortuna regocijó al pescador.

—Lo venderé al fundidor —dijo—, y con el dinero compraré un almud de trigo.

Examinó el jarrón por todos lados y lo sacudió, para ver si su contenido hacía algún
ruido, pero nada oyó. Esto y el sello grabado sobre la cubierta de cobre le hicieron
pensar que encerraba algo precioso. Para satisfacer su curiosidad, tomó su cuchillo y
abrió la tapa. Puso el jarrón boca abajo, pero, con gran sorpresa suya, nada salió de su
interior. Lo colocó junto a sí y mientras se sentó a mirarlo atentamente, empezó a
surgir un humo muy espeso, que lo obligó a retirarse dos o tres pasos. El humo
ascendió hacia las nubes y, extendiéndose sobre el mar y la playa, formó una gran
niebla, con extremado asombro del pescador. Cuando el humo salió enteramente del
jarrón, se reconcentró y se transformó en una masa sólida: y ésta se convirtió en un
Genio dos veces más alto que el mayor de los gigantes.

A la vista de tal monstruo, el pescador hubiera querido escapar volando, pero se
asustó tanto que no pudo moverse.

El Genio lo observó con mirada fiera y, con voz terrible, exclamó:
—Prepárate a morir, pues con seguridad te mataré.
—¡Ay! —respondió el pescador—, ¿por qué razón me matarías?
Acabo de ponerte en libertad, ¿tan pronto has olvidado mi bondad?
—Sí, lo recuerdo —dijo el Genio—, pero eso no salvará tu vida. Sólo un favor puedo
concederte.
—¿Y cuál es? —preguntó el pescador.
—Es —contestó el Genio— darte a elegir la manera como te gustaría que te matase.
—Mas, ¿en qué te he ofendido? —preguntó el pescador—.
¿Esa es tu recompensa por el servicio que te he hecho? —No puedo tratarte de otro
modo —dijo el Genio—. Y si quieres saber la razón de ello, escucha mi historia:

―Soy uno de esos espíritus rebeldes que se opusieron a la voluntad de los cielos.
Salomón, hijo de David, me ordenó reconocer su poder y someterme a sus órdenes.
Rehusé hacerlo y le dije que más bien me expondría a su enojo que jurar la lealtad por
él exigida. Para castigarme, me encerró en este jarrón de cobre.

―Y a fin de que yo no rompiera mi prisión, él mismo estampó sobre esta etapa de
plomo su sello, con el gran nombre de Dios sobre él. Luego dio el jarrón a otro Genio,
con instrucciones de arrojarme al mar.

―Durante los primeros cien años de mi prisión, prometí que si alguien me liberaba
antes de ese período, lo haría rico. Durante el segundo, hice juramento de que
otorgaría todos los tesoros de la tierra a quien pudiera liberarme. Durante el tercero,
prometí hacer de mi libertador un poderoso monarca, estar siempre espiritualmente a
su lado y concederle cada día tres peticiones, cualquiera que fuese su naturaleza. Por
último, irritado por encontrarme bajo tan largo cautiverio, juré que, si alguien me
liberaba, lo mataría sin misericordia, sin concederle otro favor que darle a elegir la
manera de morir.‖

—Por lo tanto —concluyó el Genio—, dado que tú me has liberado hoy, te ofrezco esa
elección.

El pescador estaba extremadamente afligido, no tanto por sí mismo, como a causa de
sus tres hijos ,y la forma de mi muerte, te conjuro, por el gran nombre que estaba
grabado sobre el sello del profeta Salomón, hijo de David, a contestarme verazmente
la pregunta que voy a hacerte.

El Genio, encontrándose obligado a dar una respuesta afirmativa a este conjuro,
tembló. Luego, respondió al pescador:
—Pregunta lo que quieras, pero hazlo pronto.
—Deseo saber —consultó el pescador—, si efectivamente estabas en este jarrón. ¿Te
atreves a jurarlo por el gran nombre de Dios?
—Sí —replicó el Genio—, me atrevo a jurar, por ese gran nombre, que así era.
—De buena e —contestó el pescador— no te puedo creer. El jarrón no es capaz de
contener ninguno de tus miembros. ¿Cómo es posible que todo tu cuerpo pudiera
yacer en él?
—¿Es posible —replicó el Genio— que tú no me creas después del solemne juramento
que acabo de hacer?
—En verdad, no puedo creerte —dijo el pescador—. Ni podré creerte, a menos que tú
entres en el jarrón otra vez.

De inmediato, el cuerpo del Genio se disolvió y se cambio a sí mismo en humo,
extendiéndose como antes sobre la playa. Y, por último, recogiéndose, empezó a
entrar de nuevo en el jarrón, en lo cual continuó hasta que ninguna porción quedó
afuera. Apresuradamente, el pescador cogió la cubierta de plomo y con gran rapidez la
volvió a colocar sobre el ron.

—Genio —gritó—, ahora es tu turno de rogar mi favor y ayuda. Pero yo te arrojaré al
mar, d encontrabas. Después, construiré una casa playa, donde residiré y advertiré a
todos los pescadores que vengan a arrojar sus redes, para que se de un Genio tan
malvado como tú, que has hecho juramento de matar a la persona que te ponga e
libertad.

El Genio empezó a implorar al pescador —Abre el jarrón —decía—; dame la libertad te
prometo satisfacerte a tu entero agrado.
Eres un traidor —respondió el pescado. volvería a estar en peligro de perder mi vida,
tan loco como para confiar en ti.



                       El lobo y las 7 cabritillas
Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan
tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a
buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. ―Hijas mías,‖ les dijo, ―me voy al bosque;
mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un
pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz
y sus negras patas.‖ Las cabritas respondieron: ―Tendremos mucho cuidado,
madrecita. Podéis marcharos tranquila.‖ Despidióse la vieja con un balido y, confiada,
emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
―Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada
una.‖ Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. ―No te
abriremos,‖ exclamaron, ―no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa,
y la tuya es bronca: eres el lobo.‖ Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de
yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a
la puerta: ―Abrid hijitas,‖ dijo, ―vuestra madre os trae algo a cada una.‖ Pero el lobo
había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: ―No,
no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!‖
Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: ―Mira, me he lastimado un pie;
úntamelo con un poco de pasta.‖ Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del
molinero: ―Échame harina blanca en el pie,‖ díjole. El molinero, comprendiendo que el
lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: ―Si no lo
haces, te devoro.‖ El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: ―Abrid, pequeñas; es
vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.‖
Las cabritas replicaron: ―Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres
nuestra madre.‖ La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca,
creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien
entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una
debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina;
la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja
del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las
engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo
escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y,
llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta,
abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina,
rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no
aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna
contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: ―Madre
querida, estoy en la caja del reloj.‖ Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó
que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué
desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña,
y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente
que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y
agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que
se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa,
en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había
empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando
saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia,
en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto
cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo:
―Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia,
aprovechando que duerme.‖ Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las
fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel
con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor
movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el
estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba,
moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran
ruido, por lo que exclamó:
―¿Qué será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas.‖
Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo
caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron
corriendo y gritando jubilosas: ―¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!‖ Y, con su
madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.



                              El gigante egoísta
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era
un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y
suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y
había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores
color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los
pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que
los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
―¡Qué felices somos aquí!‖, -se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornish, y se
había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían
dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante
sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños
jugando en el jardín.
―¿Qué hacéis aquí?‖, surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
―Este jardín es mío. Es mi jardín propio‖, dijo el Gigante; ―todo el mundo debe
entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.‖
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta…
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar a
la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó.
A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y
recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
―¡Qué dichosos éramos allí!‖, se decían unos a otros.
―La Primavera se olvidó de este jardín‖, se dijeron, ―así que nos quedaremos aquí el
resto del año.‖

Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin
embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno. Como no había
niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una
lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste
por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que se sentían a gusto allí eran la Nieve y la Escarcha.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los
árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara
con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles
y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y
derribando las chimeneas.

―¡Qué lugar más agradable‖, dijo. ―Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar
con nosotros también.‖
Y vino el Granizo. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de
la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar
vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era
como el hielo.
―No entiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí‖, decía el Gigante Egoísta
cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, ―espero que
pronto cambie el tiempo.‖
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en
todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
―Es un gigante demasiado egoísta‖ decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el
Viento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los
árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy
hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía
que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que
estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no
escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más
bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de
rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
―¡Qué bien! Parece que por fin llegó la Primavera‖ dijo el Gigante, y saltó de la cama
para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro
habían entrado los niños, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño,
y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían
cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles.
Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era
realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón se mantenía el Invierno. Era el
rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niño, pero era tan pequeño
que no lograba alcanzar las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo
tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto
de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las
ramas, que parecían a punto de quebrarse.
―¡Súbete a mí, niñito!‖, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el
niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
―¡Cuán egoísta he sido!‖ exclamó. Ahora sé porqué la Primavera no quería venir hasta
aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a tirar el muro. Desde hoy mi
jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba realmente arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el
jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín
quedó en Invierno otra vez. Sólo quedó aquel pequeñín del rincón más alejado, porque
tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante
se le acercó por detrás, lo cogió suavemente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el
árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño se
abrazó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante
ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera volvió al
jardín.
―Desde ahora el jardín será para vosotros, hijos míos‖, dijo el Gigante, y asiendo un
hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante
jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse
del Gigante.
―Pero, ¿dónde está el más pequeñito?‖, preguntó el Gigante, ―¿ese niño que subí al
árbol del rincón?‖
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
―No lo sabemos‖ respondieron los niños, ―se marchó solito.‖
―Decidle que vuelva mañana‖ dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto
antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al
más pequeñito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El
Gigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer
amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
―¡Cómo me gustaría volverlo a ver!‖ repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante envejeció y sus fuerzas se debilitaron. Ya no
podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba
su jardín.
―Tengo muchas flores hermosas‖, decía, ―pero los niños son las flores más hermosas
de todas.‖
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el
Invierno, pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las
flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Lo que estaba viendo era realmente maravilloso. En el rincón más alejado del jardín
había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas,
y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a
quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría, el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero
cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de ira, y dijo:
―¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?‖ Porque en la palma de las manos del niño
había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
―¿Pero, quién se atrevió a herirte?‖, gritó el Gigante. ―Dímelo, para coger mi espada y
matarlo.‖
―¡No!‖, respondió el niño. ―Estas son las heridas del Amor.‖
―¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?‖, preguntó el Gigante, y un extraño temor lo
invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
―Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es el
Paraíso.‖
Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol.
Parecía dormir, y estaba enteramente cubierto de flores blancas…



                                  El patito feo
¡Qué lindos eran los días de verano!, ¡qué agradable resultaba pasear por e campo y
ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre
sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un
rato sobre cada pata. Alrededor de los campos había grandes bosques, en medio de los
cuales se abrían hermosísimos lagos.

Sí, era realmente encantador estar en el campo. Bañada de sol se alzaba allí una vieja
mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el
borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales
eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de
ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los
bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para
que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder
la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla. A los otros patos les interesaba más
nadar por el foso que llegarse a conversar con ella.

Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. "¡Pip, pip!", decían los patitos conforme
iban asomando sus cabezas a través del cascarón.

—¡Cuac, cuac! —dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan
rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La
mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.

—¡Oh, qué grande es el mundo! —dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un
espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.

—¿Creen acaso que esto es el mundo entero? —preguntó la pata—. Pues sepan que se
extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca
me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos —agregó, levantándose del
nido—. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo
entretenerme con él mucho tiempo.

Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.

—¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? —preguntó una pata vieja que venía de visita.

—Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… —dijo la pata echada—. No hay
forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos
que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no
vendrá a verme?
—Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper —dijo la anciana—. Te
apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El
trabajo que me dieron aquellos pavitos¡ ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no
había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me
servía… Pero, vamos a ver ese huevo… ¡Ah, ése es un huevo de pava, puedes estar
segura! Déjalo y enseña a nadar a los otros.

—Creo que me quedaré sobre él un ratito aún —dijo la pata—. He estado tanto tiempo
aquí sentada, que un poco más no me hará daño.

—Como quieras —dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.

Por fin se rompió el huevo. "¡Pip, pip!",, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La
pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:

—¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin
embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos. Habrá de meterse en
el agua, aunque tenga que empujarlo yo misma.

Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas
gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al
agua.

—¡Cuac, cuac! —llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El
agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando
magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos
en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.

—No es un pavo, por cierto —dijo la pata—. Fíjense en la elegancia con que nada, y en
lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira
bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos,
vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero
no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy
abiertos, por si viene el gato.

Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos
familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a
parar al estómago del gato.

—¡Vean! ¡Así anda el mundo! —dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella
la entusiasmaban las cabezas de anguila—. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden
ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es
la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan
regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más
alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en
deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres.
¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan
hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y
exclamaron en alta voz:

—¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también
con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.

Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.

—¡Déjenlo tranquilo! —dijo la mamá—. No le está haciendo daño a nadie.

—Sí, pero es tan desgarbado y extraño —dijo el que lo había picoteado—, que no
quedará más remedio que despachurrarlo.

—¡Qué lindos niños tienes, muchacha! —dijo la vieja pata de la cinta roja—. Todos son
muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras
hacerlo de nuevo.

—Eso ni pensarlo, señora —dijo la mamá de los patitos—. No es hermoso, pero tiene
muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un
poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se
le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió
tan bello como los otros.

Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas. —De todos modos, es macho y
no importa tanto —añadió—, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino
en la vida.

—Estos otros patitos son encantadores —dijo la vieja pata—. Quiero que se sientan
como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila,
pueden tráermela sin pena.

Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había
salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que
picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.

—¡Qué feo es! —decían.

Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi
un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un
cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía
dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el
mundo se burlaba de él en el corral.

Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre
patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de
vez en cuando y le decían:

—¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!

Hasta su misma mamá, deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo
pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las
aves le asestó un puntapié.

Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo, saltó por encima de la cerca, con
gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los
aires.

"¡Es porque soy tan feo!" —pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió
corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos
salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.

A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo
compañero.

—¿Y tú qué cosa eres? —le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en
todas direcciones, lo mejor que sabía.

—¡Eres más feo que un espantapájaros! —dijeron los patos salvajes—. Pero eso nos
importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.

¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar
tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que
habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.

—Mira, muchacho —comenzaron diciéndole—, eres tan feo que nos caes simpático.
¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas
salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la
oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.

—¡Bang, bang! —se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos
cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos
disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que
menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores
rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles
que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro
boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.

Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose
aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se
disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y
espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo
temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá
se fue otra vez sin tocarlo!

El patito dio un suspiro de alivio.

—Por suerte, soy tan feo, que ni los perros tienen ganas de comerme —se dijo. Y se
tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las
descargas, una tras otra, atronaban los aires.
Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a
levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en
cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a
correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo
mantenerse sobre sus pies.

Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado
que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba
tan ferozmente alrededor del patitoo, que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola,
para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había
caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la
estrecha abertura. Y así lo hizo.

En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana
llamaba "Hijito", sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas
si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto
por nombre "Chiquitita Piernascortas". Era una gran ponedora y la anciana la quería
como a su propia hija.

Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito.
El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.

—Pero, ¿qué pasa? —preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien
de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había
perdido—. ¡Qué suerte! —dijo—. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea
macho! Le daremos unos días de prueba.

Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales,
por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el
dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir:
"nosotros y el mundo", porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo ,
y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía
haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.

—¿Puedes poner huevos? —le preguntó.

—No.

—Pues entonces, ¡cállate!

Y el gato le preguntó:

—¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?

—No.

—Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.

Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto
recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el
agua que —¡no pudo evitarlo!— fue y se lo contó a la gallina.

—¡Vamos! ¿Qué te pasa? —le dijo ella—. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por
eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner
huevos o a ronronear.

—¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! —dijo el patito feo—. ¡Tan sabroso zambullir
la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!

—Sí, muy agradable —dijo la gallina—. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al
gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más
sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?

—No me comprendes —dijo el patito.

—Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De
seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no
mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto
cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no
eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que
si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen
las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar
chispas.

—Creo que me voy a recorrer el ancho mundo —dijo el patito.

—Sí, vete —dijo la gallina.

Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente
quería tratarse con él por lo feo que era.

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento
las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío.
Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse
en la tapia, graznaba "¡cau, cau!", de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno
escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.

Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre
los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca
unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos
y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron
sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia
los lagos abiertos y las tierras cálidas.

Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de
una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una
rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo.
¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los
perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí
cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas
aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que
todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo
se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por
satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!

¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar
incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche
el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan
fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que
mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo,
quedóse muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.

A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con
uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó
de revivirlo.

Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con
el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo
el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metióse de
un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzóse de cabeza al cajón de la
harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería
darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano.
¡Cómo gritaban y se reían!… Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito
se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién
caída.

Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo
que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando
las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa
primavera.

Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte
que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló
en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes
ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la
primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos,
rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo
reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y
se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.

—¡Volaré hasta esas regias aves! —se dijo—. Me darán de picotazos hasta matarme,
por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor
es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas,
los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.

Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le
acercaron con las plumas encrespadas.

—¡Sí, mátenme, mátenme! —gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia
el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente?
¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y
repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!

Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un
huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y
desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le
esperaban… Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con
sus picos.

En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y
semillas. El más pequeño exclamó:

—¡Ahí va un nuevo cisne!

Y los otros niños corearon con gritos de alegría:

—¡Sí, hay un cisne nuevo!

Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de
pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:

—¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!

Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza
bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no
había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y
mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía como todos decían
ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él,
bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó
entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:

—Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un
patito feo.



                                   El rey rana
En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un
rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa
que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos
se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real extendíase un bosque
grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más
calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se
aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, con
la mano, al caer; era su juguete favorito.

Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía
levantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la
siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo,
tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada
vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una
voz que decía: ―¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!‖ La
niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana
que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua. ―¡Ah!, ¿eres tú, viejo
chapoteador?‖ dijo, ―pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.‖ -
―Cálmate y no llores más,‖ replicó la rana, ―yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás
si te devuelvo tu juguete?‖ - ―Lo que quieras, mi buena rana,‖ respondió la niña, ―mis
vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.‖ Mas la rana
contestó: ―No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona
de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera
de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y
beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y
te traeré la pelota de oro.‖ – ―¡Oh, sí!‖ exclamó ella, ―te prometo cuanto quieras con
tal que me devuelvas la pelota.‖ Mas pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se le
ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que
te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?

Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir,
nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la
princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a
correr con él. ―¡Aguarda, aguarda!‖ gritóle la rana, ―llévame contigo; no puedo
alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!‖ Pero de nada le sirvió desgañitarse y
gritar ‗crocro‘ con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo
hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio
que volver a zambullirse en su charca.

Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los
cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que
algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba
a la puerta: ―¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!‖ Ella corrió a la puerta
para ver quién llamaba y, al abrir, encontrase con la rana allí plantada. Cerró de un
portazo y volviese a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el
corazón, le dijo: ―Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante
que quiere llevarte?‖ - ―No,‖ respondió ella, ―no es un gigante, sino una rana
asquerosa.‖ - ―Y ¿qué quiere de ti esa rana?‖ - ―¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el
bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo
lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera;
pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere
entrar.‖ Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:

―¡Princesita, la más niña, Ábreme! ¿No sabes lo que Ayer me dijiste Junto a la fresca
fuente? ¡Princesita, la más niña, Ábreme!‖

Dijo entonces el Rey: ―Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.‖ La
niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa,
la rana se plantó ante sus pies y le gritó: ―¡Súbeme a tu silla!‖ La princesita vacilaba,
pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y,
ya acomodado en ella, dijo: ―Ahora acércame tu platito de oro para que podamos
comer juntas.‖ La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía a
regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban
todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: ―¡Ay! Estoy ahíta y me siento
cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.‖ La
princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a
tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado,
le dijo: ―No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.‖
Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya
se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó: ―Estoy cansada y quiero
dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.‖ La
princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó
contra la pared: ―¡Ahora descansarás, asquerosa!‖

Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un
apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y
esposo de su hija. Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que
nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se
marcharían a su reino. Durmiéron se, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una
carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas
de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel
Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en
rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le
estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El
fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no
cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.

Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su
espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:

―¡Enrique, que el coche estalla!‖ ―No, no es el coche lo que falla, Es un aro de mi
corazón, Que ha estado lleno de aflicción Mientras viviste en la fontana Convertido en
rana.‖

Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó
el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del
corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.



                          El sastrecillo valiente
No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida
trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana;
risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la
calle una campesina que gritaba:

—¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.

Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la
ventana, llamó:

—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!

Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el
sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno
acercándoles la nariz y, por fin, dijo:

—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si
te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.

La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:

—¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me bendiga esta
mermelada y me de salud y fuerza!

Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Parece
que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.»

Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las
puntadas le salían cada vez mas largas.

Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban
las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron
en verdaderas legiones.

—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan
indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle
caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.

Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había
bajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sin
misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio
que por lo menos había aniquilado a veinte.

«¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia. «La ciudad entera
tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un
cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero:
SIETE DE UN GOLPE.

«¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!»

Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.

Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller
era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por
toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró
un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se
había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que
acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y
ligero de pies, no se cansaba nunca.

El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con
un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le
acercó animoso y le dijo:

—¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo,
precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?
El gigante lo miró con desprecio y dijo:

—¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura!

—¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el
cinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!

El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres
derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió
ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.

—¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte!

—¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños!

Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo.

—¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?

El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel
hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía
seguirla.

—Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.

—Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás —
y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad,
alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.

—¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito.

—Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga
digna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba
derribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este
árbol del bosque.

—Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me
encargaré del ramaje, que es lo más pesado .

En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de
modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de
todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella
tonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar
árboles fuese un juego de niños.

El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó:

—¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!

El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese
sostenido así todo el tiempo, y dijo:

—¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!

Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa,
donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del
sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para
sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición,
arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el
gigante le dijo:

—¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?

—No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que semejante minucia
es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol,
porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo
mismo, si puedes!

El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también
esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante:

—Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros.

El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron
a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado
y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho
más espacioso que mi taller.»

El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo,
era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se
acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría
profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro,
descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de
que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los
gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando,
de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo
que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada
uno por su lado.

El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras
mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se
echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varios
cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN
GOLPE.

—¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que
estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.

Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre
extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la
oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de
sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario
permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría
los ojos, le comunicó la proposición del rey.

—Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—. Estoy dispuesto a
servir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia
para él solo.

Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a
mil millas de distancia.

—¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos con él y la
emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda
enfrentársele.

Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del
ejército.

—No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre capaz de
matar a siete de un golpe.

El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles
servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se
habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con él
y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y
horas y, al fin, encontró una solución.

Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía
una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban
enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía
acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar
a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa.
Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.

«¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcan
una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Así
que contestó:

—Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los
cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos.

Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las
afueras del bosque, dijo a sus seguidores:

—Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.

Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al
cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y
roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni
corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos
y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima
de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar)
pues de lo contrario estaría perdido.

Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose
entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo:

—¿Por qué me pegas?

—Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado.

Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo.

—¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras?

—Yo no te he tirado nada —gruñó el primero.

Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas
como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas.
Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primer
gigante.

—¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra
su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse
hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se
enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron
aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del
árbol el sastrecito.

«Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenido
que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos
livianos.»

Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se
presentó donde estaban los caballeros y les dijo:

—Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron
a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, que
mata a siete de un golpe!

—¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes.

—No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado.

Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los
dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de
cuajo.

El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo
el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
—Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—, tendrás
que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace
grandes destrozos, y debes capturarlo primero.

—Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió el sastrecito—-Siete
de un golpe: ésa es mi especialidad.

Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus
seguidores que lo aguardasen afuera.

No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió
ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.

—Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito.

Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca
y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con
fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no
pudo sacarlo, y quedó prisionero.

«¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda al
cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey.

Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo.
Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que
rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los
cazadores.

—¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños!

Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal
modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas
de enfrentarse con él de nuevo.

Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca
espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se
precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de un
salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se
abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la
puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era
demasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se
apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos.

El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del
reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono».

Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey el
sastrecito valiente.
El soldadito de plomo
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían
fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como
estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que
oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue:
"¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas,
pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba
una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y
el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única
pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la
historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el
que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas
ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos
arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el
que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy
hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta
del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y
vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera
de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La
damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y
había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde
estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.

―Ésta es la mujer que me conviene para esposa‖, se dijo. ―¡Pero qué fina es; si hasta
vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya
habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que
pase trataré de conocerla.‖

Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa.
Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna
sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda
la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos,
recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también
querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja,
pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza
se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el
canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que
ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía
erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme
sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— abrióse la
tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí
había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.

—¡Soldadito de plomo! —gritó el duende—. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más
a la bailarina?

Pero el soldadito se hizo el sordo.

—Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.

Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la
ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de
repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída
terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la
bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco
para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí
estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía
uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en
un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.

—¡Qué suerte! —exclamó uno—. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo
navegar.

Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se
fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado
dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué
corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón.
El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el
soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando
hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura
como su propia caja de cartón.

"Me gustaría saber adónde iré a parar‖, pensó. ―Apostaría a que el duende tiene la
culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me
importaría que esto fuese dos veces más oscuro."

Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la
alcantarilla.

—¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más
fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah!
había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas
que pasaban por allí.
—¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!

La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir
la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido
atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes!
Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso
canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el
arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al
canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría
nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de
agua hasta los bordes; hallábase a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al
cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a
deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste
pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus
oídos:

¡Adelante, guerrero valiente!

¡Adelante, te aguarda la muerte!

En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió,
sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí
dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el
soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba
tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas
vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un
relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:

—¡Un soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la
cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al
soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel
hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no
le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir
en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado
antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el
mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre
una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había
sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar
lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado
llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la
chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de
resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible,
aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes
colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus
sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero
continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se
apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto
al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco
después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta
removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la
bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón



                               El tesoro perdido
El sol poniente se hundía de los picos helados de las montañas y éstos se tornaban
rojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volar
cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Los
niños corrían y brincaban entrelazándose —con las cometas siguiendo sus
movimientos—, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los
hilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, un
monje vestido con hábitos de color marrón. Observaban a la cometa del niño elevarse
cada vez más en el cielo. Sostenida por el viento, estaba tan alta, que parecía que no
se movía. Sin dejar de mirar a la cometa, el niño dijo:

—Cuéntame un cuento, tío.

El monje sonrió entre dientes.

—Una historia antigua, pues

―Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: `Voy a morir pronto, hijo mío.
Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Ni
siquiera de tu esposa´. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente su
consejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo.

―Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a la
escuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego del volante con el pie. Tamchu
vivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños.

―Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: `Cuando mi
padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie´. Pero cuando pensó en su amigo
Tamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No a
Tamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:
`Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padre
me dio al morir´.

Tamchu dijo: `Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuando
vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos
buenos amigos´.

―Así —continuó el monje—, pasó un año y Sonam volvió de su peregrinaje. Fue a casa
de Tamchu y le pidió a su amigo: `¿Puedes devolverme mi oro, Tamchu?´.

`¡Oh, lo siento muchísimo, Sonam!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡El oro se ha
convertido en arena!´, contestó Tamchu, mirando a su amigo con cara de estar muy
asombrado. Pero Sonam, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento,
no pareció sorprendido y, después de unos minutos de silencio, dijo: `Está bien,
Tamchu, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro´.

―Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido
olvidada por completo. Al atardecer, Sonam dijo a su amigo: `Tamchu, me gustaría
cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Me gustaría
darles buena comida y buena ropa. Serían muy felices en mi casa´.

`¡Muy buena idea, Sonam!´, dijo Tamchu, quien pensó: `Aunque ha perdido todo su
oro a mis manos, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona´. Y
así, añadió: `Desde luego, Sonam. Llévate a mis hijos todo el tiempo que quieras´.

Sonam se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien. Pero compró dos monos
pequeños y les puso los nombres de los niños. Durante los días que siguieron, adiestró
a los monos para que cuando él llamase `¡Tendxin, ven aquí!´, el mono mayor corriera
hacia él, y que cuando llamase `¡Thupten, ven aquí!´, el mono más joven fuera hacia
él. Los monos comprendieron muy bien y aprendieron muy rápido.

Cuando Tamchu fue a ver a sus hijos, Sonam mostró un triste semblante a su amigo:
`¡Oh lo siento muchísimo, Tamchu! —dijo— ¡Qué desgracia!, ¡qué desgracia! ¡Tus hijos
se han convertido en monos!´.

Tamchu quedó agobiado y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron
los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Tamchu y bailaron a su
alrededor como si fuesen chiquillos. Tamchu quedó muy apenado y preguntó a su
amigo: `Sonam, ¿qué podemos hacer?¿Cómo podemos hacer que estos monos se
conviertan de nuevo en mis hijos?´.

Sonam estuvo pensativo unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—Eso es fácil, pero para ello necesitamos mucho oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Tamchu.

—Unas dos bolsas de pepitas de oro, por lo menos.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Tamchu, que salió corriendo
hacia su casa.

Más tarde, volvió y le dio el oro a su amigo. Sonam lo cogió y le dijo a Tamchu que
esperase mientras él subía al piso de arriba. Al cabo de unos momentos, volvió a
bajar.
`Ahí tienes, Tamchu. He transformado de nuevo a los monos en seres humanos, en
tus hijos´.

Tamchu estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con empacho a Sonam.
Pero enseguida, los dos amigos no pudieron romper a reír‖.

Al terminar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa
de su sobrino había sido cortado mientras éste escuchaba el relato. Ambos
contemplaron a la cometa flotar sobre el valle de Lhasa y volar hacia los dorados
tejados del Potala.

TEN CUIDADO CON LA MIEL QUE SE TE OFRECE SOBRE UN CUCHILLO AFILADO



                         El traje del emperador
Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba
todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados,
ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera
para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la
misma manera que se dice de un rey que se encuentra en el Consejo, de él se decía
siempre:

-El Emperador está en el ropero.

La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por
numerosos turistas. Un día se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por
tejedores, asegurando que sabían tejer las telas más maravillosas que pudiera
imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que las
prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de convertirse en
invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran
irremediablemente estúpidos.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los llevase, podría averiguar
qué funcionarios del reino son indignos del cargo que desempeñan. Podría distinguir a
los listos de los tontos. Sí debo encargar inmediatamente que me hagan un traje.

Y entregó mucho dinero a los estafadores para que comenzasen su trabajo.

Instalaron dos telares y simularon que trabajaban en ellos; aunque estaba totalmente
vacíos. Con toda urgencia, exigieron las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor
calidad. Guardaron en sus alforjas todo esto y trabajaron en los telares vacíos hasta
muy entrada la noche.

«Me gustaría saber lo que ha avanzado con la tela», pensaba el Emperador, pero se
encontraba un poco confuso en su interior al pensar que el que fuese tonto o indigno
de su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que tuviera dudas sobre sí
mismo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para ver cómo andaban las
cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de
aquella tela, y todos estaban deseosos de ver lo tonto o inútil que era su vecino.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un
hombre honrado y el más indicado para ver si el trabajo progresa, pues tiene buen
juicio, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos pícaros, los
cuales seguían trabajando en los telares vacíos.

«¡Dios me guarde! -pensó el viejo ministro, abriendo unos ojos como platos-. ¡Pero si
no veo nada!». Pero tuvo buen cuidado en no decirlo.

Los dos estafadores le pidieron que se acercase y le preguntaron si no encontraba
preciosos el color y el dibujo. Al decirlo, le señalaban el telar vacío, y el pobre ministro
seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había.

«¡Dios mio! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que
saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No debo decir a nadie que no he visto
la tela».

-¿Qué? ¿No decís nada del tejido? -preguntó uno de los pillos.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los
lentes-. ¡Qué dibujos y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha
gustado extraordinariamente.

-Cuánto nos complace -dijeron los tejedores, dándole los nombres de los colores y
describiéndole el raro dibujo. El viejo ministro tuvo buen cuidado de quedarse las
explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, ya que lo
necesitaban para seguir tejiendo. Lo almacenaron todo en sus alforjas, pues ni una
hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en el telar
vacío.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el
estado del tejido y a informarse de si el traje quedaría pronto listo. Al segundo le
ocurrió lo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada
pudo ver.

-Precioso tejido, ¿verdad? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el
precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el funcionario-, luego, ¿será mi alto cargo el que no me
merezco? ¡Qué cosa más extraña! Pero, es preciso que nadie se dé cuenta».

Así es que elogió la tela que no veía, y les expresó su satisfacción por aquellos
hermosos colores y aquel precioso dibujo.

-¡Es digno de admiración! -informó al Emperador.
Todos hablaban en la ciudad de la espléndida tela, tanto que, el mismo Emperador
quiso verla antes de que la sacasen del telar.

Seguido de una multitud de personajes distinguidos, entre los cuales figuraban los dos
viejos y buenos funcionarios que habían ido antes, se encaminó a la sala donde se
encontraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo afanosamente, aunque sin
hebra de hilo.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados funcionarios-. Fíjese
Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -, y señalaban el telar vacío,
creyendo que los demás veían perfectamente la tela.

«¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto?
¿O es que no merezco ser emperador? ¡Resultaría espantoso que fuese así!».

-¡Oh, es bellísima! -dijo en voz alta-. Tiene mi real aprobación-. Y con un gesto de
agrado miraba el telar vacío, sin decir ni una palabra de que no veía nada.

Todos el séquito miraba y remiraba, pero ninguno veía absolutamente nada; no
obstante, exclamaban, como el Emperador:

-¡Oh, es bellísima!-, y le aconsejaron que se hiciese un traje con esa tela nueva y
maravillosa, para estrenarlo en la procesión que debía celebrarse próximamente.

-¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todos estaban
entusiasmados con ella.

El Emperador concedió a cada uno de los dos bribones una Cruz de Caballero para que
las llevaran en el ojal, y los nombró Caballeros Tejedores.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores
estuvieron levantados, con más de dieciséis lámparas encendidas. La gente pudo ver
que trabajaban activamente en la confección del nuevo traje del Emperador. Simularon
quitar la tela del telar, cortaron el aire con grandes tijeras y cosieron con agujas sin
hebra de hilo; hasta que al fin, gritaron:

-¡Mirad, el traje está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros más distinguidos, y los dos
truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-¡Estos son los pantalones! ¡La casaca! ¡El manto! ...Y así fueron nombrando todas las
piezas del traje. Las prendas son ligeras como si fuesen una tela de araña. Se diría que
no lleva nada en el cuerpo, pero esto es precisamente lo bueno de la tela.

-¡En efecto! -asintieron todos los cortesanos, sin ver nada, porque no había nada .

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad a quitarse el traje que lleva -dijeron los dos
bribones-, para que podamos probarle los nuevos vestidos ante el gran espejo?

El Emperador se despojó de todas sus prendas, y los pícaros simularon entregarle las
diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Luego
hicieron como si atasen algo a la cintura del Emperador: era la cola; y el Monarca se
movía y contoneaba ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaron todos-. ¡Qué dibujos!
¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio para la procesión os espera ya en la calle, Majestad -anunció el maestro de
ceremonias.

-¡Sí, estoy preparado! -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? -y de nuevo
se miró al espejo, haciendo como si estuviera contemplando sus vestidos.

Los chambelanes encargados de llevar la cola bajaron las manos al suelo como para
levantarla, y siguieron con las manos en alto como si estuvieran sosteniendo algo en el
aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Y de este modo marchó el Emperador en la procesión bajo el espléndido palio,
mientras que todas las gentes, en la calle y en las ventanas, decían:

-¡Qué precioso es el nuevo traje del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué bien le
sienta! -nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que no veían nada, porque
eso hubiera significado que eran indignos de su cargo o que eran tontos de remate.
Ningún traje del Emperador había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios mio, escuchad la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo empezó a
cuchichear sobre lo que acababa de decir el pequeño.

-¡Pero si no lleva nada puesto! ¡Es un niño el que dice que no lleva nada puesto!

-¡No lleva traje! -gritó, al fin, todo el pueblo.

Aquello inquietó al Emperador, porque pensaba que el pueblo tenía razón; pero se
dijo:

-Hay que seguir en la procesión hasta el final.

Y se irguió aún con mayor arrogancia que antes; y los chambelanes continuaron
portando la inexistente cola



                                  La gallina roja
Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de
muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo
vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un
estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una
familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de
trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos
sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? les preguntó.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.

Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito
en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró,
convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo? preguntó la gallinita roja.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.

Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito
uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo trillaré yo.

Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo
trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó,
volvió a preguntar:
-¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.

Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada,
muy tranquilamente preguntó:
- Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? volvió a preguntar la gallinita roja.
-¡Yo, yo! dijo el pato.
-¡Yo, yo! dijo el gato.
-¡Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo,
con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos.



                                     La hucha
El cuarto de los niños estaba lleno de juguetes. En lo más alto del armario estaba la
hucha; era de arcilla y tenía figura de cerdo, con una rendija en la espalda,
naturalmente, rendija que habían agrandado con un cuchillo para que pudiesen
introducirse escudos de plata; y contenía ya dos de ellos, amén de muchos chelines. El
cerdito-hucha estaba tan lleno, que al agitarlo ya no sonaba, lo cual es lo máximo que
a una hucha puede pedirse. Allí se estaba, en lo alto del armario, elevado y digno,
mirando altanero todo lo que quedaba por debajo de él; bien sabía que con lo que
llevaba en la barriga habría podido comprar todo el resto, y a eso se le llama estar
seguro de sí mismo.

Lo mismo pensaban los restantes objetos, aunque se lo callaban; pues no faltaban
temas de conversación. El cajón de la cómoda, medio abierto, permitía ver una gran
muñeca, más bien vieja y con el cuello remachado. Mirando al exterior, dijo:

-Ahora jugaremos a personas, que siempre es divertido.

-¡El alboroto que se armó! Hasta los cuadros se volvieron de cara a la pared -pues bien
sabían que tenían un reverso-, pero no es que tuvieran nada que objetar.

Era medianoche, la luz de la luna entraba por la ventana, iluminando gratis la
habitación. Era el momento de empezar el juego; todos fueron invitados, incluso el
cochecito de los niños, a pesar de que contaba entre los juguetes más bastos.

-Cada uno tiene su mérito propio -dijo el cochecito-. No todos podemos ser nobles.
Alguien tiene que hacer el trabajo, como suele decirse.

El cerdo-hucha fue el único que recibió una invitación escrita; estaba demasiado alto
para suponer que oiría la invitación oral. No contestó si pensaba o no acudir, y de
hecho no acudió. Si tenía que tomar parte en la fiesta, lo haría desde su propio lugar.
Que los demás obraran en consecuencia; y así lo hicieron.

El pequeño teatro de títeres fue colocado de forma que el cerdo lo viera de frente;
empezarían con una representación teatral, luego habría un té y debate general; pero
comenzaron con el debate; el caballo-columpio habló de ejercicios y de pura sangre, el
cochecito lo hizo de trenes y vapores, cosas todas que estaban dentro de sus
respectivas especialidades, y de las que podían disertar con conocimiento de causa. El
reloj de pared habló de los tiquismiquis de la política. Sabía la hora que había dado la
campana, aun cuando alguien afirmaba que nunca andaba bien. El bastón de bambú se
hallaba también presente, orgulloso de su virola de latón y de su pomo de plata, pues
iba acorazado por los dos extremos. Sobre el sofá yacían dos almohadones bordados,
muy monos y con muchos pajarillos en la cabeza. La comedia podía empezar, pues.

Se sentaron todos los espectadores, y se les dijo que podían chasquear, crujir y
repiquetear, según les viniera en gana, para mostrar su regocijo. Pero el látigo dijo
que él no chasqueaba por los viejos, sino únicamente por los jóvenes y sin
compromiso.

-Pues yo lo hago por todos -replicó el petardo.

-Bueno, en un sitio u otro hay que estar -opinó la escupidera.

Tales eran, pues, los pensamientos de cada cual, mientras presenciaba la función. No
es que ésta valiera gran cosa, pero los actores actuaban bien, todos volvían el lado
pintado hacia los espectadores, pues estaban construidos para mirarlos sólo por aquel
lado, y no por el opuesto. Trabajaron estupendamente, siempre en primer plano de la
escena; tal vez el hilo resultaba demasiado largo, pero así se veían mejor. La muñeca
remachada se emocionó tanto, que se le soltó el remache, y en cuanto al cerdo-hucha,
se impresionó también a su manera, por lo que pensó hacer algo en favor de uno de
los artistas; decidió acordarse de él en su testamento y disponer que, cuando llegase
su hora, fuese enterrado con él en el panteón de la familia.

Se divertían tanto con la comedia, que se renunció al té, contentándose con el debate.
Esto es lo que ellos llamaban jugar a «hombres y mujeres», y no había en ello ninguna
malicia, pues era sólo un juego. Cada cual pensaba en sí mismo y en lo que debía
pensar el cerdo; éste fue el que estuvo cavilando por más tiempo, pues reflexionaba
sobre su testamento y su entierro, que, por muy lejano que estuviesen, siempre
llegarían demasiado pronto. Y, de repente, ¡cataplum!, se cayó del armario y se hizo
mil pedazos en el suelo, mientras los chelines saltaban y bailaban, las piezas menores
gruñían, las grandes rodaban por el piso, y un escudo de plata se empeñaba en salir a
correr mundo. Y salió, lo mismo que los demás, en tanto que los cascos de la hucha
iban a parar a la basura; pero ya al día siguiente había en el armario una nueva hucha,
también en figura de cerdo. No tenía aún ni un chelín en la barriga, por lo que no podía
matraquear, en lo cual se parecía a su antecesora; todo es comenzar, y con este
comienzo pondremos punto final al cuento.



                            La liebre y el erizo
Tenéis que saber, muchachos, que esta historia, aunque se cuente de mentirijillas, es
totalmente verdadera, pues mi abuelo, que me la contó a mí, siempre decía: «Ha de
ser cierta, hijo mío, pues de lo contrario no podría contarse». Y así fue como ocurrió:

Sucedió un domingo de otoño por la mañana, precisamente cuando florecía el alforfón.
El sol brillaba en el cielo, el viento mañanero soplaba cálido sobre los rastrojos, las
alondras cantaban en los campos, las abejas zumbaban sobre la alfalfa y la gente iba a
oír misa vestida con el traje de los domingos. Todas las criaturas se sentían gozosas y
también, por supuesto, el erizo.

El erizo estaba en la puerta de su casa, mirando al cielo distraídamente mientras
tarareaba una cancioncilla, tan bien o tan mal como suele hacerlo cualquier erizo un
domingo por la mañana, cuando se le ocurrió de repente que, mientras su mujer vestía
a los niños, podía dar un pequeño paseo por los sembrados, para ver cómo iban sus
nabos. El sembrado estaba muy cerca de su casa y toda la familia comía de sus nabos
con frecuencia; por eso los consideraba de su propiedad. Y, en efecto, el erizo se
dirigió al sembrado.

No muy lejos de su casa, cuando se disponía a rodear el soto de endrinos que cercaba
el campo para llegar hasta sus nabos, le salió al paso la liebre, que iba ocupada en
parecidos asuntos: ella iba a ver cómo estaban sus coles.

Cuando el erizo vio a la liebre le deseó amablemente muy buenos días. Pero la liebre,
que era a su modo toda una señora, llena de exagerada arrogancia, en vez de
devolverle el saludo le preguntó, haciendo una mueca, con profundo sarcasmo:
-¿Cómo es que andas tan de mañana por los sembrados?

-Voy de paseo -respondió el erizo.

-¿De paseo, eh? -exclamó la liebre, rompiendo a reír-. A mí me parece que podrías
utilizar tus piernas con más provecho.

Tal respuesta indignó enormemente al erizo, que lo toleraba todo excepto las
observaciones sobre sus piernas, porque era patizambo por naturaleza.

-¿Acaso te imaginas -replicó el erizo- que las tuyas son mejores en algo?

-Eso pienso -dijo la liebre.

-Hagamos una prueba -propuso el erizo-; te apuesto lo que quieras a que te gano una
carrera.

-¡No me hagas reír! ¡Tú, con tus piernas torcidas! -dijo la liebre-; pero si tantas ganas
tienes, por mí que no sea. ¿Qué apostamos?

-Una moneda de oro y una botella de aguardiente -propuso el erizo-. Pero aún estoy
en ayunas; quiero ir antes a casa y desayunar un poco; regresaré en media hora.

Y el erizo se fue, pues la liebre se mostró conforme. Por el camino iba pensando el
erizo: «La liebre confía mucho en sus largas piernas, pero yo le daré su merecido. Es,
ciertamente, toda una señora, pero no por eso deja de ser una estúpida; me las
pagará». Cuando llegó a su casa dijo a su mujer:

-Mujer, vístete ahora mismo; tienes que venir conmigo al campo.

-¿Qué ocurre? -preguntó la mujer.

-He apostado con la liebre una moneda de oro y una botella de aguardiente; vamos a
hacer una carrera a ver quién gana, y necesito que estés presente.

-¡Oh, Dios mío! -comenzó a gritar la mujer del erizo-. ¿Eres un idiota? ¿Perdiste la
razón? ¿Cómo pretendes ganar una carrera a la liebre?

-¡Calla mujer -dijo el erizo-, eso es cosa mía! No te metas en cosas de hombres.
Andando, vístete y ven conmigo.

¿Y qué otra cosa podía hacer la mujer del erizo? Quisiera o no, tuvo que obedecer.

Por el camino dijo el erizo a su mujer:

-Y ahora pon atención a lo que te voy a decir. Mira, en ese largo sembrado que hay allí
vamos a correr. La liebre correrá por un surco y yo por otro, y empezaremos desde
allá arriba. Lo único que tienes que hacer es quedarte aquí abajo en el surco, y cuando
la liebre se acerque desde el otro lado, le sales al encuentro y le dices: «Ya estoy
aquí».

Y estando en estas charlas llegaron al sembrado. El erizo señaló a la mujer su puesto y
se fue al otro extremo del sembrado. Cuando llegó, la liebre ya estaba allí.

-¿Podemos empezar? -preguntó la liebre.

-¡Por supuesto! -dijo el erizo.

-¡Pues adelante!

Y cada uno de los dos se colocó en su surco. La liebre contó «uno, dos, tres» y salió
disparada como un rayo por el sembrado. El erizo apenas dio unos tres pasitos, se
agachó en el surco y se quedó quieto.

Cuando la liebre se acercó corriendo como un bólido a la parte baja del sembrado, la
mujer del erizo le gritó desde su puesto:

-¡Ya estoy aquí!

La liebre se quedó perpleja; y no fue pequeño su asombro, pues no pensó otra cosa
sino que era el mismo erizo quien le hablaba, ya que, como es sabido, la mujer del
erizo tiene exactamente el mismo aspecto que el marido. Pero la liebre pensó: «Aquí
hay gato encerrado», y gritó:

-¡A correr otra vez! ¡De vuelta!

Y de nuevo salió como un bólido, con las orejas ondeando al viento. La mujer del erizo
permaneció quieta en su puesto. Cuando la liebre llegó a la parte alta del campo el
erizo le gritó desde su puesto:

-¡Ya estoy aquí!

Pero la liebre, indignada y fuera de sí, gritó:

-¡A correr otra vez! ¡De vuelta!

-A mí eso no me importa -respondió el erizo-; por mí, las veces que tú quieras.

Y de esta manera corrió la liebre otras setenta y tres veces, y el erizo siempre accedía
a repetir la carrera. Y cada vez que la liebre llegaba a un extremo o al otro, decían el
erizo o su mujer:

-¡Ya estoy aquí!

Pero, a la septuagésima cuarta vuelta la liebre no pudo llegar hasta el final. En medio
del campo se desplomó, la sangre fluyó de su garganta y quedó muerta en el suelo. Y
el erizo tomó la moneda de oro y la botella de aguardiente que había ganado, llamó a
su mujer desde su surco y ambos se fueron contentos a casa; y si todavía no se han
muerto, seguirán con vida.

Así fue cómo sucedió que en las campiñas de Buxtehude el erizo hizo correr a la liebre
hasta la muerte, y desde ese día no se le ha vuelto a ocurrir a ninguna liebre apostar
en una carrera con un erizo de Buxtehude.

La moraleja de esta historia es: primero, que a nadie, por muy principal que se
considere, se le debe ocurrir burlarse de un hombre inferior, aun cuando se trate de un
erizo; y, segundo, que resulta aconsejable, cuando uno se quiere casar, tomar por
mujer a una de su condición y que sea igual de aspecto; o sea, un erizo ha de
preocuparse de que su mujer sea también un erizo, y así sucesivamente.



                                   La oca de oro
Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más pequeño lo llamaban Tontorrón
y era menospreciado por todos; se reían de él y le daban de lado a cada momento.

Un día el hijo mayor debía ir al bosque a cortar leña; su madre le preparó una
exquisita tortilla de patatas, añadiéndole una botella de buen vino de la tierra, para
que no pasase ni hambre ni sed. Al llegar al bosque se tropezó con un viejo
hombrecillo de pelo canoso, que le dio los buenos días y le dijo:

-Dame un trozo de la tortilla que llevas en el canasto y déjame beber un poco de vino;
tengo mucha hambre y estoy sediento.

Pero el hijo, que era un listillo, le contestó:

-Si te doy parte de mi tortilla y de mi vino, no tendré suficiente para mí ¡Apártate de
mi camino!

Y, dejando al hombrecillo allí plantado, siguió su marcha.

Llegado al lugar adecuado, se puso a talar un árbol; pero, no había transcurrido mucho
tiempo cuando, dando un mal golpe, se clavó el hacha en el brazo y tuvo que regresar
a casa para que le curasen la herida. Esto no había sido un simple accidente, pues
había sido provocado por el hombrecillo de pelo canoso.

Luego, tuvo que ir el segundo hijo al bosque a cortar algo de leña, y la madre le
preparó, igual que al hijo mayor, una exquisita tortilla de patatas y una botella de vino.
Él también se encontró con el viejo hombrecillo que, del mismo modo, le pidió un trozo
de tortilla y un trago de vino. Pero el segundo hijo también le habló con una gran
sensatez:

-Si te doy algo, tendré menos para mí. ¡Lárgate con viento fresco!

Y prosiguió su marcha.

Efectivamente, también a él le llegó pronto el castigo: no había hecho más que dar un
par de hachazos al árbol, cuando se golpeó en la pierna, con tanta fuerza, que tuvo
que ser llevado a casa.

Entonces dijo Tontorrón:

-Padre, déjame que vaya yo a cortar la leña.

A lo que el padre respondió:

-Lo único que han conseguido tus hermanos es hacerse daño; olvídate de esas cosas,
de las que tú no entiendes.

Pero Tontorrón le suplicó con tanta insistencia para que le permitiera ir que, al final, su
padre dijo:

-Está bien, puedes ir. Ya escarmentarás cuando te hagas daño.

La madre le preparó una tortilla con mondas de patata, que había hecho con agua y
sobre las cenizas; a la que añadió una botella de cerveza agria.

Cuando llegó al bosque se topó, como le había ocurrido a los otros, con el viejo y
canoso hombrecillo, quien, saludándole, le dijo:

-Dame un trozo de tortilla y un poquito de vino; tengo mucha hambre y me muero de
sed.

-Pero -le respondió Tontorrón- sólo tengo una tortilla de mondas de patata, hecha
sobre las cenizas, y cerveza agria; si te parece bien, nos sentaremos y comeremos
juntos.

Entonces se sentaron y, cuando el hijo menor sacó la esmirriada tortilla, ésta se había
convertido en una exquisita tortilla de patatas con mucha cebollita, y la cerveza agria
era un delicado vino. Y así, comieron y bebieron; y después habló el hombrecillo:

-Como tienes un buen corazón y estás dispuesto a compartir lo que posees, quiero que
recibas tu premio. Allí hay un viejo árbol, córtalo y encontrarás algo entre las raíces.

Y, diciendo esto, el hombrecillo canoso desapareció.

Tontorrón se acercó al árbol y lo cortó; al caer, vio entre sus raíces una oca que tenía
las plumas de oro puro. La cogió y se fue a una posada, donde había de pasar la
noche.

El posadero tenía tres hijas, que vieron la oca y sintieron curiosidad por saber qué
clase de pájaro maravilloso era aquel, y quisieron quitarle una de sus plumas de oro.
La mayor pensó: «Ya se presentará la ocasión de arrancarle una pluma». Y, en un
momento en que Tontorrón había salido, cogió la oca por las alas para quitarle una
pluma, pero la mano se le quedó pegada y no pudo soltarse.

Poco después apareció la segunda hija, con la intención también de llevarse una pluma
de oro; pero, apenas había tocado a su hermana, cuando se quedó pegada a ella.

Finalmente, llegó también la tercera hija con las mismas intenciones. Entonces gritaron
las otras:

-¡No te acerques, por todos los Santos, no te acerques!

Pero ella, que no entendía por qué no podía acercarse, pensó: «Ellas están ahí. ¿Por
qué no puedo estar yo también?». Y se acercó corriendo, pero en cuanto hubo tocado
a sus hermanas, se quedó pegada a ellas. Y, de esta manera, tuvieron las tres que
pasar la noche.

Por la mañana cogió Tontorrón a la oca en sus brazos y se marchó, no preocupándose
por las tres hermanas que iban pegadas detrás. Las muchachas tenían que seguirle
siempre a todo correr, procurando no tropezar entre ellas.

En medio del campo se les acercó el cura que, al ver la procesión, exclamó:

-¿No os avergonzáis, chicas descaradas? ¿Por qué corréis tras este joven por el
campo? ¿Os parece bien lo que estáis haciendo?

Entonces tomó a la menor de la mano para apartarla, pero se quedó igualmente
pegado y tuvo él también que ir corriendo detrás.

Al poco rato apareció el sacristán que, al ver al señor cura siguiendo los pasos a tres
muchachas, exclamó perplejo:

-¡Eh, señor cura! ¿A dónde va tan aprisa? ¡No olvide que hoy tenemos bautizo!

Y, dicho esto, se le acercó corriendo y lo cogió por la manga, quedándose también
pegado.

Y, cuando los cinco iban caminado de esta guisa, uno detrás del otro, aparecieron dos
campesinos, con sus azadones. El cura les pidió que liberaran al sacristán y luego a él,
pero, en cuanto tocaron al sacristán, se quedaron pegados; así que eran ya siete
personas corriendo detrás de Tontorrón y de su oca.

Llegaron después a una ciudad, donde gobernaba un rey cuya única hija era tan seria
que nadie podía hacerla reír jamás. Por eso el rey había proclamado una ley, según la
cual, quien pudiera hacerla reír se casaría con ella.

Cuando Tontorrón oyó esto, fue con su oca y toda su comitiva a presentarse ante la
hija del rey y, cuando ésta vio a las siete personas caminando siempre una detrás de
otra, comenzó a reír a grandes carcajadas, y parecía que no podría parar nunca.

Entonces la pidió Tontorrón como prometida, pero al rey no le gustó como yerno y le
puso toda tipo de condiciones. Primero pidió a Tontorrón que le trajera a un hombre
que fuera capaz beberse toda una bodega llena de vino.

Tontorrón se acordó del viejo hombrecillo canoso, que quizás pudiera ayudarle; se fue
al bosque a buscarlo, y en el sitio donde había cortado el árbol vio a un hombre
sentado, con una expresión muy triste en el rostro.

Tontorrón le preguntó qué le afligía de ese modo y el hombre contestó:

-Tengo mucha sed y no puedo saciarla. No soporto el agua fría y ya he vaciado un
tonel de vino, pero ¿qué hará una gota sobre una roca ardiendo?

-Creo que puedo ayudarte -dijo Tontorrón-. Vente conmigo y podrás beber vino hasta
que te hartes.

Lo condujo entonces a la bodega del rey, y el hombre se abalanzó sobre los grandes
toneles, y bebió y bebió, hasta que su cuerpo estaba a punto de reventar. Y al finalizar
el día había acabado con toda la bodega.

Tontorrón volvió a reclamar a su prometida, pero al rey le fastidiaba de que aquel
simple rapaz, llamado Tontorrón, se llevase a su hija, por lo que impuso nuevas
condiciones. Tendría que encontrar primero a un hombre que pudiera comerse una
montaña entera de pan.

Tontorrón no lo pensó mucho y se fue inmediatamente al bosque; allí estaba sentado,
exactamente en el mismo sitio, un hombre que se apretaba fuertemente el cuerpo con
un cinturón; tenía una expresión muy triste en su rostro, y dijo:

-Me he comido todo un horno lleno de pan; pero ¿de qué sirve eso si se tiene tanta
hambre como tengo yo? Mi estómago sigue estando vacío, y cada día tengo que
apretarme más el cinturón para no morir de hambre.

Tontorrón se puso muy contento y dijo:

-Levántate y ven conmigo, pues comerás hasta hartarte.

Lo condujo a la corte, donde el rey había hecho traer toda la harina de su reino para
cocer con ella una inmensa montaña de pan. Pero el hombre del bosque se colocó
frente a ella, comenzó a comer y a comer, y al final del día había desaparecido toda la
montaña.

Tontorrón reclamó por tercera vez a su prometida, pero el rey buscó de nuevo un
pretexto y pidió un barco que pudiera navegar tanto por tierra como por mar.

-En cuanto vengas navegando en él -dijo-, tendrás a mi hija por esposa.

Tontorrón se fue directamente al bosque; allí estaba sentado el viejo hombrecillo
canoso al que había dado su tortilla, que dijo:

-He bebido y he comido gracias a ti, y ahora te daré también ese barco; todo esto lo
hago porque fuiste compasivo y bondadoso conmigo.

Y le dio el barco que podía navegar por tierra y por mar, y cuando el rey lo vio no pudo
negarle por más tiempo a su hija. Se celebró la boda y, a la muerte del rey, Tontorrón
heredó el reino, y vivió feliz muchos años con su esposa.



                           La perla del dragón
Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto
del monte Kinabalu.

Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla. Tenía una perla
de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la
recogía con la boca.

Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla. Pero el dragón la
guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo.

El Emperador de la China decidió enviar a su hijo a la isla de Borneo; llamó al joven
Príncipe y le dijo:

-Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de
que encontrarás la forma de traérmela.

Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo.

A lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con
la perla.

De pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan. Llamó a sus
hombres y les dijo:

-Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el
aire.

Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel. Después
de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso
de un hombre. Al anochecer, comenzó a soplar el viento. El Príncipe montó en la
cometa y se elevó por los aires.

La noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y
se deslizó dentro de la cueva.

El dragón dormía profundamente. Con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla,
puso en su lugar la linterna de papel y escapó de la cueva. Entonces, montó en la
cometa y encendió una luz.

Cuando sus hombres vieron la señal, comenzaron a recoger la cuerda de la cometa. Al
cabo de algún tiempo, el Príncipe pisaba la cubierta de su barco.

-¡Levad anclas! -gritó.
El barco, aprovechando un viento suave, se hizo a la mar.

En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las
mañanas. Entonces, descubrió que le habían robado su perla. Comenzó a echar humo
y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones.

Recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla.
Entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al
agua y nadó velozmente hacia el barco.

-¡Ladrones! ¡Devolvedme mi perla! -gritaba el dragón.

Los marineros estaban muy asustados y lanzaban gritos de miedo.

La voz del Príncipe se elevó por encima de todos los gritos:

-¡Cargad el cañón grande!

Poco después hicieron fuego.

-¡Bruum!

El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón
que iba hacia él. La bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el
dragón pensó que le devolvían su perla. Por eso, abrió la boca y se tragó la bala.

Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer. Desde aquel
día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China.



                            La ratita presumida
Erase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su
casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla... una moneda de oro. La ratita
la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda.

- Ya sé me compraré caramelos... uy no que me dolerán los dientes. Pues me
comprare pasteles... uy no que me dolerá la barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito
de color rojo para mi rabito.-

La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el
mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su
casita. Al día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su lacito en la
colita y salió al balcón de su casa. En eso que aparece un gallo y le dice:

- Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? - .

Y la ratita le respondió: - No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces? -

Y el gallo le dice: - quiquiriquí- . - Ay no, contigo no me casaré que no me gusta el
ruido que haces- .

Se fue el gallo y apareció un perro. - Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres
casar conmigo? - . Y la ratita le dijo:

- No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces? - . - Guau, guau- . - Ay no, contigo
no me casaré que ese ruido me asusta- .

Se fue el perro y apareció un cerdo. - Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres
casar conmigo? - .

Y la ratita le dijo: - No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué ruido haces? - . - Oink, oink-
. - Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es muy ordinario- .

El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: -
Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le dijo:

- No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches? - . Y el gatito con voz suave y
dulce le dice: - Miau, miau- . - Ay sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.-

Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce voz. Los dos juntos
fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este



                                    La sirenita
Había una vez...

...Un hermoso lugar, en lo más profundo de los mares donde el agua es pura y
transparente como el cristal, y en ella abundan las plantas, las flores y los peces de
formas extraordinarias.

Allí existía un esplendoroso palacio que pertenecía al Rey de los Mares. Estaba
realizado de coral y de caracolas y adornado con perlas de todos tamaños, estrellas y
esponjas, y allí vivía el rey junto con sus seis lindas hijitas.

Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa;
cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para
escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusa al oírla dejaban
de flotar. La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía
levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través
de las aguas profundas. "¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin
el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el
perfume de las flores!" "Todavía eres demasiado joven". Respondió la madre. "Dentro
de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para salir a la superficie,
como a tus hermanas".

Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos
de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable
curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba
salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso
jardín ornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los
delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar,
quisquillosas, no respondían a su llamada. Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y,
durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre
la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una
hermosísima flor. "¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda
que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar
y no tenemos alma como los hombres, Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te
traerían desgracias!" Apenas su padre terminó de hablar, Sirenita le di un beso y se
dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera.

Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente
emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras
estrellas centelleantes al anochecer . El sol, que ya se había puesto en el horizonte,
había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas
revoloteaban por encima de Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de
bienvenida. "¡Qué hermoso es todo!" exclamó feliz, dando palmadas. Pero su asombro
y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde
estaba Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó
sobre la superficie del mar en calma. Sirenita escuchaba sus voces y comentarios.
"¡Cómo me gustaría hablar con ellos!". Pensó.

Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió
acongojada: "¡Jamás seré como ellos!". A bordo parecía que todos estuviesen poseídos
por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: "¡Viva
nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!". La pequeña sirena, atónita y extasiada,
había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto,
moreno, de porte real, sonreía feliz. sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña
sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con
anterioridad, le oprimió el corazón. La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba
cada vez más. Sirenita se dio cuenta enseguida del peligro que corrían aquellos
hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se
desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave
desprevenida. "¡Cuidado! ¡El mar...!" En vano Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada
vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados
de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un
siniestro fragor el barco se hundió. Sirenita, que momentos antes había visto cómo el
joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente
durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de
improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de
golpe lo tuvo en sus brazos. El joven estaba inconsciente, mientras Sirenita, nadando
con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura.

Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar
todavía lívido, Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo
del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a
su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con
su cuerpo. Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar
refugio en el mar. "¡Corred! ¡Corred!" gritaba una dama de forma atolondrada. "¡Hay
un hombre en la playa!" "¡Está vivo! ¡Pobrecito! ¡Ha sido la tormenta...! ¡ Llevémosleal
castillo!" "¡No!¡No! Es mejor pedir ayuda..." La primera cosa que vio el joven al
recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres
damas. "¡Gracias por haberme salvado!" Le susurró a la bella desconocida. Sirenita,
desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo,
ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo había salvado. Pausadamente nadó
hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo
que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas
transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos! Cuando llegó a
la mansión paterna, Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su
garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días
permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos.

Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella,
Sirenita, nunca podría casarse con un hombre. Sólo la Hechicera de los Abismos podía
socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla. "¡...por
consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos
piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies
en el suelo sentirás un terrible dolor." "¡No me importa" respondió Sirenita con
lágrimas en los ojos, "a condición de que pueda volver con él!" "¡No he terminado
todavía!" dijo la vieja." Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para
siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo
desaparecerá en el agua como la espuma de una ola. "¡Acepto!" dijo por último
Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa.
Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se
arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí,
vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe
allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con
su capa aquel cuerpo que el mar había traído. "No temas" le dijo de repente,"estás a
salvo. ¿De dónde vienes?" Pero Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo
responderle. "Te llevaré al castillo y te curaré."

Durante los días siguientes, para Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos
vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que
daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de
las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado.
Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía
afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la
desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio. Desde
entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama
tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con Sirenita, el príncipe le
profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y
la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría
aún más. Por las noches, Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a
la playa. Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón
del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió
ir a recibirla acompañado de Sirenita. La desconocida que el príncipe llevaba en el
corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro.

Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que
perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio
por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también
estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron
invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el
puerto. Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo. Al caer la
noche, Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a
cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y
a desaparecer en el mar.

Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos
nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos
obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que
amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y
olvidarás todas tus penas." Como en un sueño, Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió
hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo,
le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma
al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas,
dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y,
Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de
improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó
hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera
brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido
de campanillas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!" "¿Quienes sois?" murmuró la
muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz "¿Dónde estáis?" "Estas con
nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres,
pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia
ellos." Sirenita , conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el
barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le
susurraban: "¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se
transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Tenemos mucho trabajo.
¿Quieres ayudarnos?

-¡Claro que quiero! -gritó con alborozo la sirenita.

Y calmada, contenta, ligera, se lanzó en seguimiento de las hijas del aire.



                        La vendedora de cerillas
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de
Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con
la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho
tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que
la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los
carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del
frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y
tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se
había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía
mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se
posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello;
pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor
de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta
festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se
apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su
casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría,
y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento
soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y
trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le
causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a
frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y
cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó
con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran
chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente.
¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos
también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un
pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz
cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una
habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con
finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un
perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave
saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la
pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no
vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico
nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el
escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y
zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las
dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y
comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una
línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la
única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas
veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la
cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy
bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave
asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de
que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la
abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las
dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni
se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas
rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol
iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había
ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué
resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.



                        Las habichuelas mágicas
Periquinvivia con su madre, que era viuda, en una cabaña de bosque. Con el tiempo
fue empeorando la situacion familiar, la madre determino mandar a Periquin a la
ciudad, para que alli intentase vender la unica vaca que poseian. El niño se puso en
camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontro con un hombre que
llevaba un saquito de habichuelas. -Son maravillosas -explico aquel hombre-. Si te
gustan, te las dare a cambio de la vaca. Asi lo hizo Periquin, y volvio muy contento a
su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogio las
habichuelas y las arrojo a la calle.

Despues se puso a llorar. Cuando se levantoPeriquin al dia siguiente, fue grande su
sorpresa al ver que las habichuelas habian crecido tanto durante la noche, que las
ramas se perdian de vista. Se puso Periquin a trepar por la planta, y sube que sube,
llego a un pais desconocido. Entro en un castillo y vio a un malvado gigante que tenia
una gallina que ponia huevos de oro cada vez que el se lo mandaba. Espero el niño a
que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapo con ella. Llego a las ramas de
las habichuelas, y descolgandose, toco el suelo y entro en la cabaña.

La madre se puso muy contenta. Y asi fueron vendiendo los huevos de oro, y con su
producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murio y Periquin
tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiendose al castillo del gigante. Se escondio
tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando monedas de
oro que sacaba de un bolson de cuero.

En cuanto se durmio el gigante, salioPeriquin y, recogiendo el talego de oro, echo a
correr hacia la planta gigantesca y bajo a su casa. Asi la viuda y su hijo tuvieron dinero
para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llego un dia en que el bolson de cuero
del dinero quedo completamente vacio.

Se cogioPeriquin por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalandolas hasta
llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajon una cajita que, cada vez que
se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el gigante salio de la
estancia, cogio el niño la cajita prodigiosa y se la guardo. Desde su escondite vio
Periquin que el gigante se tumbaba en un sofa, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola,
sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada musica.
El gigante, mientras escuchaba aquella melodia, fue cayendo en el sueño poco a poco.
Apenas le vio asiPeriquin, cogio el arpa y echo a correr. Pero el arpa estaba encantada
y, al ser tomada por Periquin, empezo a gritar: -Eh, señor amo, despierte usted, que
me roban!Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la
calle los gritos acusadores: -Señor amo, que me roban! Viendo lo que ocurria, el
gigante salio en persecucion de Periquin.
Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas
empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que
tambien el gigante descendia hacia el.

No habia tiempo que perder, y asi que grito Periquin a su madre, que estaba en casa
preparando la comida: -Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el
gigante!Acudio la madre con el hacha, y Periquin, de un certero golpe, corto el tronco
de la tragica habichuela. Al caer, el gigante se estrello, pagando asi sus fechorias, y
Periquin y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba
caer una moneda de oro.



                              Los 12 hermanos
Éranse una vez un rey y una reina que vivían en buena paz y contentamiento con sus
doce hijos, todos varones. Un día, el Rey dijo a su esposa:
— Si el hijo que has de tener ahora es una niña, deberán morir los doce mayores, para
que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella.

Y, así, hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, colocando
además, en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una
habitación cerrada, y dio la llave a la Reina, con orden de no decir a nadie una palabra
de todo ello.
Pero la madre se pasaba los días triste y llorosa, hasta que su hijo menor, que nunca
se separaba de su lado y al que había puesto el nombre de Benjamín, como en la
Biblia, le dijo, al fin:
— Madrecita, ¿por qué estás tan triste?
— ¡Ay, hijito mío! -respondióle ella-, no puedo decírtelo.

Pero el pequeño no la dejó ya en reposo, y, así, un día ella le abrió la puerta del
aposento y le mostró los doce féretros llenos de virutas, diciéndole:
— Mi precioso Benjamín, tu padre mandó hacer estos ataúdes para ti y tus once
hermanos; pues si traigo al mundo una niña, todos vosotros habréis de morir y seréis
enterrados en ellos.
Y como le hiciera aquella revelación entre amargas lágrimas, quiso el hijo consolarla y
le dijo:
— No llores, querida madre; ya encontraremos el medio de salir del apuro. Mira, nos
marcharemos.

Respondió ella entonces:
— Vete al bosque con tus once hermanos y cuidad de que uno de vosotros esté
siempre de guardia, encaramado en la cima del árbol más alto y mirando la torre del
palacio. Si nace un niño, izaré una bandera blanca, y entonces podréis volver todos;
pero si es una niña, pondré una bandera roja. Huid en este caso tan deprisa como
podáis, y que Dios os ampare y guarde. Todas las noches me levantaré a rezar por
vosotros: en invierno, para que no os falte un fuego con que calentaros; y en verano,
para que no sufráis demasiado calor.

Después de bendecir a sus hijos, partieron éstos al bosque. Montaban guardia por
turno, subido uno de ellos a la copa del roble más alto, fija la mirada en la torre.
Transcurridos once días, llególe la vez a Benjamín, el cual vio que izaban una bandera.
¡Ay! No era blanca, sino roja como la sangre, y les advertía que debían morir. Al oírlo
los hermanos, dijeron encolerizados:
— ¡Qué tengamos que morir por causa de una niña! Juremos venganza. Cuando
encontremos a una muchacha, haremos correr su roja sangre. Adentráronse en la
selva, y en lo más espeso de ella, donde apenas entraba la luz del día, encontraron
una casita encantada y deshabitada:
— Viviremos aquí -dijeron-. Tú, Benjamín, que eres el menor y el más débil, te
quedarás en casa y cuidarás de ella, mientras los demás salimos a buscar comida.

Y fuéronse al bosque a cazar liebres, corzos, aves, palomitas y cuanto fuera bueno
para comer. Todo lo llevaban a Benjamín, el cual lo guisaba y preparaba para saciar el
hambre de los hermanos. Así vivieron juntos diez años, y la verdad es que el tiempo
no se les hacía largo.

Entretanto había crecido la niña que diera a luz la Reina; era hermosa, de muy buen
corazón, y tenía una estrella de oro en medio de la frente. Un día que en palacio
hacían colada, vio entre la ropa doce camisas de hombre y preguntó a su madre:
— ¿De quién son estas doce camisas? Pues a mi padre le vendrían pequeñas.
Le respondió la Reina con el corazón oprimido:
— Hijita mía, son de tus doce hermanos.
— ¿Y dónde están mis doce hermanos -dijo la niña-. Jamás nadie me habló de ellos:

La Reina le dijo entonces:
— Dónde están, sólo Dios lo sabe. Andarán errantes por el vasto mundo. Y, llevando a
su hija al cuarto cerrado, abrió la puerta y le mostró los doce ataúdes, llenos de virutas
y con sus correspondientes almohadillas:
— Estos ataúdes -díjole- estaban destinados a tus hermanos, pero ellos huyeron al
bosque antes de nacer tú -y le contó todo lo ocurrido. Dijo entonces la niña:
— No llores, madrecita mía, yo iré en busca de mis hermanos.
Y cogiendo las doce camisas se puso en camino, adentrándose en el espeso bosque.

Anduvo durante todo el día, y al anochecer llegó a la casita encantada. Al entrar en
ella encontróse con un mocito, el cual le preguntó:
— ¿De dónde vienes y qué buscas aquí? -maravillado de su hermosura, de sus regios
vestidos y de la estrella que brillaba en su frente.
— Soy la hija del Rey -contestó ella- y voy en busca de mis doce hermanos; y estoy
dispuesta a caminar bajo el cielo azul, hasta que los encuentre.

Mostróle al mismo tiempo las doce camisas, con lo cual Benjamín conoció que era su
hermana.
— Yo soy Benjamín, tu hermano menor- le dijo. La niña se echó a llorar de alegría,
igual que Benjamín, y se abrazaron y besaron con gran cariño. Después dijo el
muchacho:
— Hermanita mía, queda aún un obstáculo. Nos hemos juramentado en que toda niña
que encontremos morirá a nuestras manos, ya que por culpa de una niña hemos
tenido que abandonar nuestro reino.
A lo que respondió ella:
— Moriré gustosa, si de este modo puedo salvar a mis hermanos.
— No, no -replicó Benjamín-, no morirás; ocúltate debajo de este barreño hasta que
lleguen los once restantes; yo hablaré con ellos y los convenceré.

Hízolo así la niña.
Ya anochecido, regresaron de la caza los demás y se sentaron a la mesa. Mientras
comían preguntaron a Benjamín:
— ¿Qué novedades hay?
A lo que respondió su hermanito:
— ¿No sabéis nada?
— No -dijeron ellos.
— ¿Conque habéis estado en el bosque y no sabéis nada, y yo, en cambio, que me he
quedado en casa, sé más que vosotros? -replicó el chiquillo.
— Pues cuéntanoslo -le pidieron.
— ¿Me prometéis no matar a la primera niña que encontremos?
— Sí -exclamaron todos-, la perdonaremos; pero cuéntanos ya lo que sepas.
— Entonces dijo Benjamín:
— Nuestra hermana está aquí -y, levantando la cuba, salió de debajo de ella la
princesita con sus regios vestidos y la estrella dorada en la frente, más linda y delicada
que nunca ¡Cómo se alegraron todos y cómo se le echaron al cuello, besándola con
toda ternura!

La niña se quedó en casa con Benjamín para ayudarle en los quehaceres domésticos,
mientras los otros once salían al bosque a cazar corzos, aves y palomitas para llenar la
despensa. Benjamín y la hermanita cuidaban de guisar lo que traían.

Ella iba a buscar leña para el fuego, y hierbas comestibles, y cuidaba de poner siempre
el puchero en el hogar a tiempo, para que al regresar los demás encontrasen la comida
dispuesta. Ocupábase también en la limpieza de la casa y lavaba la ropa de las
camitas, de modo que estaban en todo momento pulcras y blanquísimas. Los
hermanos hallábanse contentísimos con ella, y así vivían todos en gran unión y
armonía. He aquí que un día los dos pequeños prepararon una sabrosa comida, y,
cuando todos estuvieron reunidos, celebraron un verdadero banquete; comieron y
bebieron, más alegres que unas pascuas.

Pero ocurrió que la casita encantada tenía un jardincito, en el que crecían doce lirios de
esos que también se llaman «estudiantes». La niña, queriendo obsequiar a sus
hermanos, cortó las doce flores, para regalar una a cada uno durante la comida. Pero
en el preciso momento en que acabó de cortarlas, los muchachos se transformaron en
otros tantos cuervos, que huyeron volando por encima del bosque, al mismo tiempo
que se esfumaba también la casa y el jardín. La pobre niña se quedó sola en plena
selva oscura, y, al volverse a mirar a su alrededor, encontróse con una vieja que
estaba a su lado y que le dijo:
— Hija mía. ¿qué has hecho? ¿Por qué tocaste las doce flores blancas?

Eran tus hermanos, y ahora han sido convertidos para siempre en cuervos. A lo que
respondió la muchachita, llorando:
— ¿No hay, pues, ningún medio de salvarlos?
— No -dijo la vieja-. No hay sino uno solo en el mundo entero, pero es tan difícil que
no podrás libertar a tus hermanos: pues deberías pasar siete años como muda, sin
hablar una palabra ni reír. Una palabra sola que pronunciases, aunque faltara
solamente una hora para cumplirse los siete años, y todo tu sacrificio habría sido
inútil: aquella palabra mataría a tus hermanos.
Díjose entonces la princesita, en su corazón: «Estoy segura de que redimiré a mis
hermanos». Y buscó un árbol muy alto, se encaramó en él y allí se estuvo hilando, sin
decir palabra ni reírse nunca.

Sucedió, sin embargo, que entró en el bosque un Rey, que iba de cacería. Llevaba un
gran lebrel, el cual echó a correr hasta el árbol que servía de morada a la princesita y
se puso a saltar en derredor, sin cesar en sus ladridos. Al acercarse el Rey y ver a la
bellísima muchacha con la estrella en la frente, quedó tan prendado de su hermosura
que le preguntó si quería ser su esposa. Ella no le respondió de palabra;• únicamente
hizo con la cabeza un leve signo afirmativo. Subió entonces el Rey al árbol, bajó a la
niña, la montó en su caballo y la llevó a palacio. Celebróse la boda con gran
solemnidad y regocijo, pero sin que la novia hablase ni riese una sola vez.•

Al cabo de unos pocos años de vivir felices el uno con el otro, la madre del Rey, mujer
malvada si las hay, empezó a calumniar a la joven Reina, diciendo a su hijo:
— Es una vulgar pordiosera esa que has traído a casa; quién sabe qué perversas
ruindades estará maquinando en secreto. Si es muda y no puede hablar, siquiera
podría reír; pero quien nunca ríe no tiene limpia la conciencia.

Al principio, el Rey no quiso prestarle oídos; pero tanto insistió la vieja y de tantas
maldades la acusó, que, al fin, el Rey se dejó convencer y la condenó a muerte.
Encendieron en la corte una gran pira, donde la reina debía morir abrasada. Desde una
alta ventana, el Rey contemplaba la ejecución con ojos llorosos, pues seguía
queriéndola a pesar de todo. Y he aquí que cuando ya estaba atada al poste y las
llamas comenzaban a lamerle los vestidos, sonó el último segundo de los siete años de
su penitencia.

Oyóse entonces un gran rumor de alas en el aire, y aparecieron doce cuervos, que
descendieron hasta posarse en el suelo. No bien lo hubieron tocado, se transformaron
en los doce hermanos, redimidos por el sacrificio de la princesa. Apresuráronse a
dispersar la pira y apagar las llamas, desataron a su hermana y la abrazaron y besaron
tiernamente.

Y puesto que ya podía abrir la boca y hablar, contó al Rey el motivo de su mutismo y
de por qué nunca se había reído. Mucho se alegró el Rey al convencerse de que era
inocente, y los dos vivieron juntos y muy felices hasta su muerte. La malvada suegra
hubo de comparecer ante un tribunal, y fue condenada. Metida en una tinaja llena de
aceite hirviente y serpientes venenosas, encontró en ella una muerte espantosa.



                                Los 3 cerditos
Al lado de sus padres , tres cerditos habian crecido alegres en una cabaña del bosque.
Y como ya eran mayores, sus papas decidieron que era hora de que construyeran ,
cada uno, su propia casa. Los tres cerditos se despidieron de sus papas, y fueron a ver
como era el mundo.

El primer cerdito, el perezoso de la familia ,decidio hacer una casa de paja. En un
minuto la choza estaba ya hecha. Y entonces se fue a dormir.
El segundo cerdito , un gloton , prefirio hacer la cabaña de madera. No tardo mucho en
construirla. Y luego se fue a comer manzanas.

El tercer cerdito , muy trabajador , opto por construirse una casa de ladrillos y
cemento. Tardaria mas en construirla pero estariamas protegido. Despues de un dia de
mucho trabajo, la casa quedo preciosa. Pero ya se empezaba a oir los aullidos del lobo
en el bosque.

No tardo mucho para que el lobo se acercara a las casas de los tres cerditos.
Hambriento , el lobo se dirigio a la primera casa y dijo: - ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme
la puerta o soplare y tu casa tirare!. Como el cerdito no la abrio, el lobo soplo con
fuerza, y derrumbo la casa de paja. El cerdito, temblando de miedo, salio corriendo y
entro en la casa de madera de su hermano. El lobo le siguio. Y delante de la segunda
casa, llamo a la puerta, y dijo: - ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu
casa tirare! Pero el segundo cerdito no la abrio y el lobo soplo y soplo, y la cabaña se
fue por los aires. Asustados, los dos cerditos corrieron y entraron en la casa de ladrillos
de su otro hermano. Pero, como el lobo estaba decidido a comerselos, llamo a la
puerta y grito: - ¡Ábreme la puerta!¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare! Y el
cerdito trabajador le dijo: - ¡Soplas lo que quieras, pero no la abrire!

Entonces el lobo soplo y soplo. Soplo con todas sus fuerzas, pero la casa ni se movio.
La casa era muy fuerte y resistente. El lobo se quedo casi sin aire. Pero aunque el lobo
estaba muy cansado, no desistia. Trajo una escalera ,subio al tejado de la casa y se
deslizo por el pasaje de la chimenea. Estaba empeñado en entrar en la casa y comer a
los tres cerditos como fuera. Pero lo que el no sabia es que los cerditos pusieron al
final de la chimenea, un caldero con agua hirviendo. Y el lobo , al caerse por la
chimenea acabo quemandose con el agua caliente. Dio un enorme grito y salio
corriendo y nunca masvolvio. Asi los cerditos pudieron vivir tranquilamente. Y tanto el
perezoso como el gloton aprendieron que solo con el trabajo se consigue las cosas



                             Los cisnes salvajes
Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a
nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once
hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la
escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de
memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran
príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un
libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.

¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar
siempre.

Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres
niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala
en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles
y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más
que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.

A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de
mucho tiempo le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste
acabó por desentenderse de ellos.

-¡A volar por el mundo y apáñense por su cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-;
¡a volar como grandes aves sin voz!

Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se
transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito
emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque,
desaparecieron en el bosque.

Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía
dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el
tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los
oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos
de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la
misma orilla del mar.

La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde,
único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y le
pareció como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del
sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.

Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes
setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:

-¿Qué puede haber más hermoso que ustedes?

Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían:

-Elisa es más hermosa.

Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el
viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro:

-¿Quién puede ser más piadoso que tú?

-Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era
la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.

Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince
años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría
transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en
seguida, porque el Rey quería ver a su hija.

Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de
mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres
sapos, los besó y dijo al primero:

-Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida
como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y
su padre no la reconozca.

Y al tercero:

-Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra.

Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando
a Elisa, la desnudó, mandándole entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le
puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña
pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera
aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido
besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas.
Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la
cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para
que los hechizos tuviesen acción sobre ella.

Al verlo la malvada Reina, la frotó con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquirió
un tinte pardo negruzco; le untó luego la cara con una pomada apestosa y le desgreñó
el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa.

Por eso se asustó su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoció,
excepto el perro mastín y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinión no
contaba.

La pobre Elisa rompió a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Salió,
angustiada, de palacio, y durante todo el día estuvo vagando por campos y eriales,
adentrándose en el bosque inmenso. No sabía adónde dirigirse, pero se sentía
acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andarían
también vagando por el amplio mundo. Hizo el propósito de buscarlos.

Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella había perdido el
camino. Se tendió sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclinó
la cabeza sobre un tronco de árbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y
en la hierba y el musgo que la rodeaban lucían las verdes lucecitas de centenares de
luciérnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caían
al suelo como estrellas fugaces.

Toda la noche estuvo soñando en sus hermanos. De nuevo los veía de niños, jugando,
escribiendo en la pizarra de oro con pizarrín de diamante y contemplando el
maravilloso libro de estampas que había costado medio reino; pero no escribían en el
tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadísimas gestas que habían realizado y
todas las cosas que habían visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pájaros
cantaban, y las personas salían de las páginas y hablaban con Elisa y sus hermanos;
pero cuando volvía la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen
confusiones en el texto.

Cuando despertó, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no podía verlo, pues los
altos árboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban allá
fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparcía sus aromas, y las avecillas
venían a posarse casi en sus hombros; oía el chapoteo del agua, pues fluían en
aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de
límpido fondo arenoso. Había, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los
ciervos habían hecho una ancha abertura, y por ella bajó Elisa al agua. Era ésta tan
cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habría
podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba
cada hoja, tanto las bañadas por el sol como las que se hallaban en la sombra.

Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se
hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvió a brillar su blanquísima
piel. Se desnudó y se metió en el agua pura; en el mundo entero no se habría
encontrado una princesa tan hermosa como ella.

Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigió a la fuente borboteante,
bebió del hueco de la mano y prosiguió su marcha por el bosque, a la ventura, sin
saber adónde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente
no la abandonaría: El hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los
hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el
peso del fruto. Comió de él, y, después de colocar apoyos para las ramas, se adentró
en la parte más oscura de la selva. Reinaba allí un silencio tan profundo, que la
muchacha oía el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban
bajo sus pies. No se veía ni un pájaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las
corpulentas y densas ramas de los árboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos
de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, le parecía verse rodeada por un enrejado
de vigas. Era una soledad como nunca había conocido.

La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luciérnaga brillaba en el musgo.
Ella se echó, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresión de que se apartaban las
ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Señor la miraba con ojos
bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos.

Al despertarse por la mañana, no sabía si había soñado o si todo aquello había sido
realidad.

Anduvo unos pasos y se encontró con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La
mujer le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si por casualidad había visto a los once
príncipes cabalgando por el bosque.

-No -respondió la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza,
que iban río abajo.

Acompañó a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los
árboles de sus orillas extendían sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de
otras, y allí donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las raíces salían al
exterior y formaban un entretejido por encima del agua.

Elisa dijo adiós a la vieja y siguió por la margen del río, hasta el punto en que éste se
vertía en el gran mar abierto.

Frente a la doncella se extendía el soberbio océano, pero en él no se divisaba ni una
vela, ni un bote. ¿Cómo seguir adelante? Consideró las innúmeras piedrecitas de la
playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo
acumulado allí había sido moldeado por el agua, a pesar de ser ésta mucho más
blanda que su mano. «La ola se mueve incesantemente y así alisa las cosas duras;
pues yo seré tan incansable como ella. Gracias por su lección, olas claras y saltarinas;
algún día, me lo dice el corazón, me llevarán al lado de mis hermanos queridos».

Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacían once blancas plumas de cisne,
que la niña recogió, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua,
rocío o lágrimas, ¿quién sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sentía la soledad,
pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba más veces que
los lagos en todo un año. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parecía decir:
«¡Ved, qué tenebroso puedo ponerme!». Luego soplaba viento, y las olas volvían al
exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dormían, el
mar podía compararse con un pétalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por
mucha calma que en él reinara, en la orilla siempre se percibía un leve movimiento; el
agua se levantaba débilmente, como el pecho de un niño dormido.

A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados
de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remontó
la ladera y se escondió detrás de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella,
agitando las grandes alas blancas.

No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, se desprendió el plumaje de las
aves y aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de Elisa. Lanzó ella un
agudo grito, pues aunque sus hermanos habían cambiado mucho, la muchacha
comprendió que eran ellos; algo en su interior le dijo que no podían ser otros. Se
arrojó en sus brazos, llamándolos por sus nombres, y los mozos se sintieron
indeciblemente felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa.
Reían y lloraban a la vez, y pronto se contaron mutuamente el cruel proceder de su
madrastra.

-Nosotros -dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el
sol está en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana;
por eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del
anochecer, pues entonces si volásemos hacia las nubes, nos precipitaríamos al abismo
al recuperar nuestra condición de hombres. No habitamos aquí; allende el océano hay
una tierra tan hermosa como ésta, pero el camino es muy largo, a través de todo el
mar, y sin islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo
para descansar en él pegados unos a otros; y si el mar está muy movido, sus olas
saltan por encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca
esté allí. En ella pasamos la noche en figura humana; si no la hubiera, nunca
podríamos visitar nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva dos de los días
más largos del año. Una sola vez al año podemos volver a la patria, donde nos está
permitido permanecer por espacio de once días, volando por encima del bosque, desde
el cual vemos el palacio en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto
campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Estando allí, nos parece
como si árboles y matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren
por la estepa, como los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas
canciones a cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria, que nos atrae y en
la que te hemos encontrado, hermanita querida. Tenemos aún dos días para
quedarnos aquí, pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra
espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte con nosotros? no poseemos
ningún barco, ni un mísero bote, nada en absoluto que pueda flotar.
-¿Cómo podría yo redimirlos? -preguntó la muchacha.

Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas.

Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus
hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero
uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en tierra; reclinó la cabeza en su
regazo y ella le acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el día. Al anochecer
regresaron los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural.

-Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta dentro de un año; pero no
podemos dejarte de este modo. ¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi
brazo es lo bastante robusto para llevarte a través del bosque, y, ¿no tendremos entre
todos la fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar?

-¡Sí, llévenme con ustedes! -dijo Elisa.

Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible
corteza de sauce. Se tendió en ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se
hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a
volar con su hermanita, que aún dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al
ver que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situó
volando sobre su cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.

Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despertó. Creía soñar aún, pues tan
extraño le parecía verse en los aires, transportada por encima del mar. A su lado tenía
una rama llena de exquisitas bayas rojas y un manojo de raíces aromáticas. El
hermano menor las había recogido y puesto junto a ella.

Elisa le dirigió una sonrisa de gratitud, pues lo reconoció; era el que volaba encima de
su cabeza, haciéndole sombra con las alas.

Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies parecía una blanca gaviota
posada sobre el agua. Tenían a sus espaldas una gran nube; era una montaña, en la
que se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes: ello demostraba la enorme
altura de su vuelo. El cuadro era magnífico, como jamás viera la muchacha; pero al
elevarse más el sol y quedar rezagada la nube, se desvaneció la hermosa silueta.

Siguieron volando durante todo el día, raudos como zumbantes saetas; y, sin
embargo, llevaban menos velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de la
hermanita. Se levantó mal tiempo, y el atardecer se acercaba; Elisa veía angustiada
cómo el sol iba hacia su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en la
superficie del mar. Se daba cuenta de que los cisnes aleteaban con mayor fuerza. ¡Ah!,
ella tenía la culpa de que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al
desaparecer el sol se transformarían en seres humanos, se precipitarían en el mar y se
ahogarían. Desde el fondo de su corazón elevó una plegaria a Dios misericordioso,
pero el acantilado no aparecía. Los negros nubarrones se aproximaban por momentos,
y las fuertes ráfagas de viento anunciaban la tempestad. Las nubes formaban un único
arco, grande y amenazador, que se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se
sucedían sin interrupción.
El sol se hallaba ya al nivel del mar. A Elisa le palpitaba el corazón; los cisnes
descendieron bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la sensación de
caerse; pero en seguida reanudaron el vuelo. El círculo solar había desaparecido en su
mitad debajo del horizonte cuando Elisa distinguió por primera vez el arrecife al fondo,
tan pequeño, que se habría dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El
sol seguía ocultándose rápidamente, ya no era mayor que una estrella, cuando su pie
tocó tierra firme, y en aquel mismo momento el astro del día se apagó cual la última
chispa en un papel encendido. Vio a sus hermanos rodeándola, cogidos todos del
brazo; había el sitio justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando sobre
ellos una lluvia de agua pulverizada; el cielo parecía una enorme hoguera, y los
truenos retumbaban sin interrupción. Los hermanos, cogidos de las manos, cantaban
salmos y encontraban en ellos confianza y valor.

Al amanecer, el cielo, purísimo, estaba en calma; no bien salió el sol, los cisnes
reemprendieron el vuelo, alejándose de la isla con Elisa. El mar seguía aún muy
agitado; cuando los viajeros estuvieron a gran altura, les pareció como si las blancas
crestas de espuma, que se destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones
de cisnes nadando entre las olas.

Al elevarse más el sol, Elisa vio ante sí, a lo lejos, flotando en el aire, una tierra
montañosa, con las rocas cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se
extendía un palacio, que bien mediría una milla de longitud, con atrevidas columnatas
superpuestas; debajo ondeaban palmerales y magníficas flores, grandes como ruedas
de molino. Preguntó si era aquél el país de destino, pero los cisnes sacudieron la
cabeza negativamente; lo que veía era el soberbio castillo de nubes de la
FataMorgana, eternamente cambiante; no había allí lugar para criaturas humanas.
Elisa clavó en él la mirada y vio cómo se derrumbaban las montañas, los bosques y el
castillo, quedando reemplazados por veinte altivos templos, todos iguales, con altas
torres y ventanales puntiagudos. Creyó oír los sones de los órganos, pero lo que en
realidad oía era el rumor del mar. Estaba ya muy cerca de los templos cuando éstos se
transformaron en una gran flota que navegaba debajo de ella; y al mirar al fondo vio
que eran brumas marinas deslizándose sobre las aguas. Visiones constantemente
cambiantes desfilaban ante sus ojos, hasta que al fin vislumbró la tierra real, término
de su viaje, con grandiosas montañas azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades
y palacios. Mucho antes de la puesta del sol se encontró en la cima de una roca, frente
a una gran cueva revestida de delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a
bordadas alfombras.

-Vamos a ver lo que sueñas aquí esta noche -dijo el menor de los hermanos,
mostrándole el dormitorio.

-¡Quiera el Cielo que sueñe la manera de salvarlos! -respondió ella; aquella idea no se
le iba de la mente, y rogaba a Dios de todo corazón pidiéndole ayuda; hasta en sueños
le rezaba. Y he aquí que le pareció como si saliera volando a gran altura, hacia el
castillo de la FataMorgana; el hada, hermosísima y reluciente, salía a su encuentro; y,
sin embargo, se parecía a la vieja que le había dado bayas en el bosque y hablado de
los cisnes con coronas de oro.

-Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero, ¿tendrás tú valor y constancia
suficientes? Cierto que el agua moldea las piedras a pesar de ser más blanda que tus
finas manos, pero no siente el dolor que sentirán tus dedos, y no tiene corazón, no
experimenta la angustia y la pena que tú habrás de soportar. ¿Ves esta ortiga que
tengo en la mano? Pues alrededor de la cueva en que duermes crecen muchas de su
especie, pero fíjate bien en que únicamente sirven las que crecen en las tumbas del
cementerio. Tendrás que recogerlas, por más que te llenen las manos de ampollas
ardientes; rompe las ortigas con los pies y obtendrás lino, con el cual tejerás once
camisones; los echas sobre los once cisnes, y el embrujo desaparecerá. Pero recuerda
bien que desde el instante en que empieces la labor hasta que la termines no te está
permitido pronunciar una palabra, aunque el trabajo dure años. A la primera que
pronuncies, un puñal homicida se hundirá en el corazón de tus hermanos. De tu lengua
depende sus vidas. No olvides nada de lo que te he dicho.

El hada tocó entonces con la ortiga la mano de la dormida doncella, y ésta despertó
como al contacto del fuego. Era ya pleno día, y muy cerca del lugar donde había
dormido crecía una ortiga idéntica a la que viera en sueños. Cayó de rodillas para dar
gracias a Dios misericordioso y salió de la cueva dispuesta a iniciar su trabajo.

Cogió con sus delicadas manos las horribles plantas, que quemaban como fuego, y se
le formaron grandes ampollas en manos y brazos; pero todo lo resistía gustosamente,
con tal de poder liberar a sus hermanos. Partió las ortigas con los pies descalzos y
trenzó el verde lino.

Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se asustaron al encontrar a Elisa muda.
Creyeron que se trataba de algún nuevo embrujo de su perversa madrastra; pero al
ver sus manos, comprendieron el sacrificio que su hermana se había impuesto por su
amor; el más pequeño rompió a llorar, y donde caían sus lágrimas se le mitigaban los
dolores y le desaparecían las abrasadoras ampollas.

Pasó la noche trabajando, pues no quería tomarse un momento de descanso hasta que
hubiese redimido a sus hermanos queridos; y continuó durante todo el día siguiente,
en ausencia de los cisnes; y aunque estaba sola, nunca pasó para ella el tiempo tan de
prisa. Tenía ya terminado un camisón y comenzó el segundo.

En esto resonó un cuerno de caza en las montañas, y la princesa se asustó. Los sones
se acercaban progresivamente, acompañados de ladridos de perros, por lo que Elisa
corrió a ocultarse en la cueva y, atando en un fajo las ortigas que había recogido y
peinado, se sentó encima.




                                   Peter Pan
 Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres.
 Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter
 Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.

 Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la
 habitación. campanilla

 Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo
 Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás,
donde vivían los Niños Perdidos...

- Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para
que podáis volar.

Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:

- Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un
cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora
Garfio cuando oye un tic-tac!

Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy,
así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una
flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al
suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida
se recuperó del golpe.

Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus
hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles
piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca
Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael
y a John.

Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle,
contando para ello con la ayuda de Campanilla, hada quien deseaba vengarse del
cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter
se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.

Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla,
arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar
que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para
matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos
los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como,
gracias a los niños, Campanilla se salvó.

Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a
punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía
que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:

- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!

Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de
evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un
tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El
cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es
muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio
nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.

El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos
acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan
y de los demás niños.

Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se
quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos
a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.

- ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños.

- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca.
Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De
ese modo seguiremos siempre juntos.

- ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós.



                               Piel de asno
Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por
todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas.
Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan
bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De
su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que
no se lamentaban de tan corta descendencia.

La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los
ministros eran hábiles y prudentes; los cortesanos virtuosos y leales, los
servidores fieles y laboriosos. Sus caballerizas eran grandes y llenas de los más
hermosos caballos del mundo, ricamente enjaezados. Pero lo que asombraba a
los visitantes que acudían a admirar estas hermosas cuadras, era que en el sitio
más destacado un señor asno exhibía sus grandes y largas orejas. Y no era por
capricho sino con razón que el rey le había reservado un lugar especial y
destacado. Las virtudes de este extraño animal merecían semejante distinción,
pues la naturaleza lo había formado de modo tan extraordinario que su pesebre,
en vez de suciedades, se cubría cada mañana con hermosos escudos y luises de
todos tamaños, que eran recogidos a su despertar.

Pues bien, como las vicisitudes de la vida alcanzan tanto a los reyes como a los
súbditos, y como siempre los bienes están mezclados con algunos males el cielo
permitió que la reina fuese aquejada repentinamente de una penosa enfermedad
para la cual, pese a la ciencia y a la habilidad de los médicos, no se pudo
encontrar remedio.

La desolación fue general. El rey, sensible y enamorado, a pesar del famoso
proverbio que dice que el matrimonio es la tumba del amor, sufría sin alivio, hacia
encendidos votos a todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la
de su esposa tan querida; pero dioses y hadas eran invocados en vano.

La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, dijo a su esposo que estaba
deshecho en llanto:

—Permitidme, antes de morir, que os exija una cosa; si quisierais volver a
casaros…

A estas palabras el rey, con quejas lastimosas, tomó las manos de su mujer, las
baño de lágrimas, y asegurándole que estaba de más hablarle de un segundo
matrimonio:

—No, no, dijo por fin, mi amada reina, habladme más bien de seguiros.

—El Estado, repuso la reina con una firmeza que aumentaba las lamentaciones de
este príncipe, el Estado que exige sucesores ya que sólo os he dado una hija,
debe apremiaros para que tengáis hijos que se os parezcan; mas os ruego, por
todo el amor que me habéis tenido, no ceder a los apremios de vuestros súbditos
sino hasta que encontréis una princesa más bella y mejor que yo. Quiero vuestra
promesa, y entonces moriré contenta.

Es de presumir que la reina, que no carecía de amor propio, había exigido esta
promesa convencida que nadie en el mundo podía igualarla, y se aseguraba de
este modo que el rey jamás volviera a casarse. Finalmente, ella murió. Nunca un
marido hizo tanto alarde: llorar, sollozar día y noche, menudo derecho que otorga
la viudez, fue su única ocupación.

Los grandes dolores son efímeros. Además, los consejeros del Estado se
reunieron y en conjunto fueron a pedirle al rey que volviera a casarse.

Esta proposición le pareció dura y le hizo derramar nuevas lágrimas. Invocó la
promesa hecha a la reina, y los desafió a todos a encontrar una princesa más
hermosa y más perfecta que su difunta esposa, pensando que aquello era
imposible.

Pero el consejo consideró tal promesa como una bagatela, y opinó que poco
importaba la belleza, con tal que una reina fuese virtuosa y nada estéril; que el
Estado exigía príncipes para su tranquilidad y paz; que, a decir verdad, la infante
tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero era preciso
elegirle a un extranjero por esposo; y que entonces, o el extranjero se la llevaba
con él o bien, si reinaba con ella, sus hijos no serían considerados del mismo
linaje y además, no habiendo príncipe de su dinastía, los pueblos vecinos podían
provocar guerras que acarrearían la ruina del reino. El rey, movido por estas
consideraciones, prometió que lo pensaría.

Efectivamente, buscó entre las princesas casaderas cuál podría convenirle. A
diario le llevaban retratos atractivos; pero ninguno exhibía los encantos de la
difunta reina. De este modo, no tomaba decisión alguna.

Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente
hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre
en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel,
inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta,
diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía
desligarlo de su promesa.

La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible
proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de
su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante.

El rey, que estaba empecinado con este descabellado proyecto, había consultado
a un anciano druida, para tranquilizar la conciencia de la joven princesa. Este
druida, más ambicioso que religioso, sacrificó la causa de la inocencia y la virtud
al honor de ser confidente de un poderoso rey. Se insinuó con tal destreza en el
espíritu del rey, le suavizó de tal manera el crimen que iba a cometer, que hasta
lo persuadió de estar haciendo una obra pía al casarse con su hija.

El rey, halagado por el discurso de aquel malvado, lo abrazó y salió más
empecinado que nunca con su proyecto: hizo dar órdenes a la infanta para que se
preparara a obedecerle.

La joven princesa, sobrecogida de dolor, pensó en recurrir a su madrina, el hada
de las Lilas. Con este objeto, partió esa misma noche en un lindo cochecito tirado
por un cordero que sabía todos los caminos. Llegó a su destino con toda felicidad.
El hada, que amaba a la infanta, le dijo que ya estaba enterada de lo que venía a
decirle, pero que no se preocupara: nada podía pasarle si ejecutaba fielmente
todo lo que le indicaría.

—Porque, mi amada niña, le dijo, sería una falta muy grave casaros con vuestro
padre; pero, sin necesidad de contradecirlo, podéis evitarlo: decidle que para
satisfacer un capricho que tenéis, es preciso que os regale un vestido color del
tiempo. Jamás, con todo su amor y su poder podrá lograrlo.

La princesa le dio las gracias a su madrina, y a la mañana siguiente le dijo al rey
su padre lo que el hada le había aconsejado y reiteró que no obtendrían de ella
consentimiento alguno hasta tener el vestido color del tiempo.

El rey, encantado con la esperanza que ella le daba, reunió a los más famosos
costureros y les encargó el vestido bajo la condición de que si no eran capaces dé
realizarlo los haría ahorcar a todos.

No tuvo necesidad de llegar a ese extremo: a los dos días trajeron el tan ansiado
traje. El firmamento no es de un azul más bello, cuando lo circundan nubes de
oro, que este hermoso vestido al ser desplegado. La infanta se sintió toda
acongojada y no sabía cómo salir del paso. El rey apremiaba la decisión. Hubo
que recurrir nuevamente a la madrina quien, asombrada porque su secreto no
había dado resultado, le dijo que tratara de pedir otro vestido del color de la luna.

El rey, que nada podía negarle a su hija, mandó buscar a los más diestros
artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna,
que entre ordenarlo y traerlo no mediaron ni veinticuatro horas. La infanta, más
deslumbrada por este soberbio traje que por la solicitud de su padre, se afligió
desmedidamente cuando estuvo con sus damas y su nodriza.

El hada de las Lilas, que todo lo sabía, vino en ayuda de la atribulada princesa y
le dijo:

—O me equivoco mucho, o creo que si pedís un vestido color del sol lograremos
desalentar al rey vuestro padre, pues jamás podrán llegar a confeccionar un
vestido así.

La infanta estuvo de acuerdo y pidió el vestido; y el enamorado rey entregó sin
pena todos los diamantes y rubíes de su corona para ayudar a esta obra
maravillosa, con la orden de no economizar nada para hacer esta prenda
semejante al sol: Fue así que cuando el vestido apareció, todos los que lo vieron
desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan deslumbrante era.

¡Cómo se puso la infanta ante esta visión! Jamás se había visto algo tan hermoso
y tan artísticamente trabajado. Se sintió confundida; y con el pretexto de que a la
vista del traje le habían dolido los ojos, se retiró a su aposento donde el hada la
esperaba, de lo más avergonzada. Fue peor aún, pues al ver el vestido color del
sol, se puso roja de ira.

—¡Oh!, como último recurso, hija mía, —le dijo a la princesa, vamos a someter al
indigno amor de vuestro padre a una terrible prueba. Lo creo muy empecinado
con este matrimonio, que él cree tan próximo; pero pienso que quedará un poco
aturdido si le hacéis el pedido que os aconsejo: la piel de ese asno que ama tan
apasionadamente y que subvenciona tan generosamente todos sus gastos. Id, y
no dejéis de decirle que deseáis esa piel.

La princesa, encantada de encontrar una nueva manera de eludir un matrimonio
que detestaba, y pensando que su padre jamás se resignaría a sacrificar su asno,
fue a verlo y le expuso su deseo de tener la piel de aquel bello animal.

Aunque extrañado por este capricho, el rey no vaciló en satisfacerlo. El pobre
asno fue sacrificado y su piel galantemente llevada a la infanta quien, no viendo
ya ningún otro modo de esquivar su desgracia, iba a caer en la desesperación
cuando su madrina acudió.

—¿Qué hacéis, hija mía?, dijo, viendo a la princesa arrancándose los cabellos y
golpeándose sus hermosas mejillas. Este es el momento más hermoso de vuestra
vida. Cubríos con esta piel, salid del palacio y partid hasta donde la tierra pueda
llevaros: cuando se sacrifica todo a la virtud, los dioses saben recompensarlo.
¡Partid! Yo me encargo de que todo vuestro tocador y vuestro guardarropa os
sigan a todas partes; dondequiera que os detengáis, vuestro cofre conteniendo
vestidos, alhajas, seguirá vuestros pasos bajo tierra; y he aquí mi varita, que os
doy: al golpear con ella el suelo cuando necesitéis vuestro cofre, éste aparecerá
ante vuestros ojos. Mas, apresuraos en partid, no tardéis más.

La princesa abrazó mil veces a su madrina, le rogó que no la abandonara, se
revistió con la horrible piel luego de haberse refregado con hollín de la chimenea,
y salió de aquel suntuoso palacio sin que nadie la reconociera.

La ausencia de la infanta causó gran revuelo. El rey, que había hecho preparar
una magnífica fiesta, estaba desesperado e inconsolable. Hizo salir a mas de cien
guardias y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el hada, que la
protegía, la hacía invisible a los más hábiles rastreos. De modo que al fin hubo
que resignarse.

Mientras tanto, la princesa caminaba. Llegó lejos, muy lejos, todavía más lejos,
en todas partes buscaba un trabajo. Pero, aunque por caridad le dieran de comer,
la encontraban tan mugrienta qué nadie la tomaba.

Andando y andando, entró a una hermosa ciudad, a cuyas puertas había una
granja; la granjera necesitaba una sirvienta para lavar la ropa de cocina, y limpiar
los pavos y las pocilgas de los puercos. Esta mujer, viendo a aquella viajera tan
sucia; le propuso entrar a servir a su casa, lo que la infanta aceptó con gusto, tan
cansada estaba de todo lo que había caminado.

La pusieron en un rincón apartado de la cocina donde, durante los primeros días,
fue el blanco de las groseras bromas de la servidumbre, así era la repugnancia
que inspiraba su piel de asno.

Al fin se acostumbraron; además ella ponía tanto empeño en cumplir con sus
tareas que la granjera la tomó bajo su protección. Estaba encargada de los
corderos, los metía al redil cuando era preciso: llevaba a los pavos a pacer, todo
con una habilidad como si nunca hubiese hecho otra cosa. Así pues, todo
fructificaba bajo sus bellas manos.

Un día estaba sentada junto a una fuente de agua clara, donde deploraba a
menudo su triste condición, se le ocurrió mirarse; la horrible piel de asno que
constituía su peinado y su ropaje, la espantó. Avergonzada de su apariencia, se
refregó hasta que se sacó toda la mugre de la cara y de las manos las que
quedaron más blancas que el marfil, y su hermosa tez recuperó su frescura
natural.

La alegría de verse tan bella le provocó el deseo de bañarse, lo que hizo; pero
tuvo que volver a ponerse la indigna piel para volver a la granja. Felizmente, el
día siguiente era de fiesta; así pues, tuvo tiempo para sacar su cofre, arreglar su
apariencia, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse su precioso traje color del
tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se podía extender la cola de aquel
magnífico vestido. La linda princesa se miraba y se admiraba a sí misma con
razón, de modo que, para no aburrirse, decidió ponerse por turno todas sus
hermosas tenidas los días de fiesta y los domingos, lo que hacía puntualmente.
Con un arte admirable, adornaba sus cabellos mezclando flores y diamantes; a
menudo suspiraba pensando que los únicos testigos de su belleza eran sus
corderos y sus pavos que la amaban igual con su horrible piel de asno, que había
dado origen al apodo con que la nombraban en la granja.

Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el
hijo del rey, a quien pertenecía esta granja, hizo allí un alto para descansar al
volver de caza. El príncipe era joven, hermoso y apuesto; era el amor de su padre
y de la reina su madre, y su pueblo lo adoraba. Ofrecieron a este príncipe una
colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos
los rincones.

Yendo así de un lugar a otro entró por un callejón sombrío al fondo del cual vio
una puerta cerrada. Llevado por la curiosidad, puso el ojo en la cerradura. ¿pero
qué le pasó al divisar a una princesa tan bella y ricamente vestida, que por su
aspecto noble y modesto, él tomó por una diosa? El ímpetu del sentimiento que lo
embargó en ese momento lo habría llevado a forzar la puerta, a no mediar el
respeto que le inspirara esta persona maravillosa.

Tuvo que hacer un esfuerzo para regresar por ese callejón oscuro y sombrío, pero
lo hizo para averiguar quién vivía en ese pequeño cuartito. Le dijeron que era una
sirvienta que se llamaba Piel de Asno a causa de la piel con que se vestía; y que
era tan mugrienta y sucia que nadie la miraba ni le hablaba, y que la habían
tomado por lástima para que cuidara los corderos y los pavos.

El príncipe, no satisfecho con estas referencias, se dio cuenta que estas gentes
rudas no sabían nada más y que era inútil hacerles más preguntas. Volvió al
palacio del rey su padre, indeciblemente enamorado, teniendo constantemente
ante sus ojos la imagen de esta diosa que había visto por el ojo de la cerradura.
Se lamentó de no haber golpeado a la puerta, y decidió que no dejaría de hacerlo
la próxima vez.

Pero la agitación de su sangre, causada por el ardor de su amor, le provocó esa
misma noche una fiebre tan terrible que pronto decayó hasta el más grave
extremo. La reina su madre, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que
todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas
recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada
mejoraba al príncipe. Finalmente, adivinaron que un sufrimiento mortal era la
causa de todo este daño; se lo dijeron a la reina quien, llena de ternura por su
hijo, fue a suplicarle que contara la causa de su mal; y aunque se tratara de que
le cedieran la corona, el rey su padre bajaría de su trono sin pena para hacerlo
subir a él; que si deseaba a alguna princesa, aunque se estuviera en guerra con el
rey su padre y hubiese justos motivos de agravio, sacrificarían todo para darle lo
que deseaba; pero le suplicaba que no se dejara morir, puesto que de su vida
dependía la de sus padres. La reina terminó este conmovedor discurso no sin
antes derramar un torrente de lágrimas sobre el rostro de su hijo.

—Señora, le dijo por fin el príncipe, con una voz muy débil, no soy tan
desnaturalizado como para desear la corona de mi padre; ¡quiera el cielo que él
viva largos años y me acepte durante mucho tiempo como el más respetuoso y
fiel de sus súbditos! En cuanto a las princesas que me ofrecéis; aún no he
pensado en casarme; y bien sabéis que, sumiso como soy a vuestras voluntades,
os obedeceré siempre, a cualquier precio.

—¡Ah!, hijo mío, repuso la reina, ningún precio es muy alto para salvarte la vida;
mas, querido hijo, salva la mía y la del rey tu padre, diciéndome lo que deseas, y
ten la plena seguridad que te será acordado.

—¡Pues bien!, señora, dijo él, si tengo que descubriros mi pensamiento, os
obedeceré. Me sentiría un criminal si pongo en peligro dos cabezas que me son
tan queridas. Sí, madre mía, deseo que Piel de Asno me haga una torta y tan
pronto como esté hecha, me la traigan.

La reina, sorprendida ante este extraño nombre, preguntó quién era Piel de Asno.

—Es, señora, replicó uno de sus oficiales que por casualidad había visto a esa
niña, el bicho más vil después del lobo; una negra, una mugrienta que vive en
vuestra granja y que cuida vuestros pavos.

—No importa, dijo la reina, mi hijo, al volver de caza, ha probado tal vez su
pastelería; es una fantasía de enfermo. En una palabra, quiero que Piel de Asno,
puesto que de Piel de Asno se trata le haga ahora mismo una torta.

Corrieron a la granja y llamaron a Piel de Asno para ordenarle que hiciera con el
mayor esmero una torta para el príncipe.

Algunos autores sostienen que Piel de Asno, cuando el príncipe había puesto sus
ojos en la cerradura, con los suyos lo había visto; y que en seguida, mirando por
su ventanuco, había mirado a aquel príncipe tan joven, tan hermoso y bien
plantado que no había podido olvidar su imagen y que a menudo ese recuerdo le
arrancaba suspiros.

Como sea, si Piel de Asno lo vio o había oído decir de él muchos elogios,
encantada de hallar una forma para darse a conocer, se encerró en su cuartucho,
se sacó su fea piel, se lavó manos y rostro, peinó sus rubios cabellos, se puso un
corselete de plata brillante, una falda igual, y se puso a hacer la torta tan
apetecida: usó la más pura harina, huevos y mantequilla fresca. Mientras
trabajaba, ya fuera de adrede o de otra manera, un anillo que llevaba en el dedo
cayó dentro de la masa y se mezcló a ella. Cuando la torta estuvo cocida, se
colocó su horrible piel y fue a entregar la torta al oficial, a quien le preguntó por
el príncipe; pero este hombre, sin dignarse contestar, corrió donde el príncipe a
llevarle la torta.

El príncipe la arrebató de manos de aquel hombre, y se la comió con tal avidez
que los médicos presentes no dejaron de pensar que este furor no era buen
signo. En efecto, el príncipe casi se ahogó con el anillo que encontró en uno de los
pedazos, pero se lo sacó diestramente de la boca; y el ardor con que devoraba la
torta se calmó, al examinar esta fina esmeralda montada en un junquillo de oro
cuyo círculo era tan estrecho que, pensó él, sólo podía caber en el más hermoso
dedito del mundo.

Besó mil veces el anillo, lo puso bajo sus almohadas, y lo sacaba cada vez que
sentía que nadie lo observaba. Se atormentaba imaginando cómo hacer venir a
aquélla a quien este anillo le calzara; no se atrevía a creer, si llamaba a Piel de
Asno que había hecho la torta, que le permitieran hacerla venir; no se atrevía
tampoco a contar lo que había visto por el ojo de la cerradura temiendo ser
objeto de burla y tomado por un visionario; acosado por todos estos
pensamientos simultáneos, la fiebre volvió a aparecer con fuerza. Los médicos, no
sabiendo ya qué hacer, declararon a la reina que el príncipe estaba enfermo de
amor. La reina acudió donde su hijo acompañada del rey que se desesperaba.

—Hijo mío, hijo querido, exclamó el monarca, afligido, nómbranos a la que
quieres. Juramos que te la daremos, aunque fuese la más vil de las esclavas.

Abrazándolo, la reina le reiteró la promesa del rey. El príncipe, enternecido por las
lágrimas y caricias de los autores de sus días, les dijo:

—Padre y madre míos, no me propongo hacer una alianza que os disguste. Y en
prueba de esta verdad, añadió, sacando la esmeralda que escondía bajo la
cabecera, me casaré con aquella a quien le venga este anillo; y no parece que la
que tenga este precioso dedo sea una campesina ordinaria.

El rey y la reina tomaron el anillo, lo examinaron con curiosidad, y pensaron, al
igual que el príncipe, que este anillo no podía quedarle bien sino a una joven de
alta alcurnia. Entonces el rey, abrazando a su hijo y rogándole que sanara, salió,
hizo tocar los tambores, los pífanos y las trompetas por toda la ciudad, y anunciar
por los heraldos que no tenían más que venir al palacio a probarse el anillo; y
aquella a quien le cupiera justo se casaría con el heredero del trono.

Las princesas acudieron primero, luego las duquesas, las marquesas y las
baronesas; pero por mucho que se hubieran afinado los dedos, ninguna pudo
ponerse el anillo. Hubo que pasar a las modistillas que, con ser tan bonitas,
tenían los dedos demasiado gruesos. El príncipe, que se sentía mejor, hacía él
mismo probar el anillo.

Al fin les tocó el turno a las camareras, que no tuvieron mejor resultado. Ya no
quedaba nadie que no hubiese ensayado infructuosamente la joya, cuando el
príncipe pidió que vinieran las cocineras, las ayudantes, las cuidadoras de
rebaños. Todas acudieron, pero sus dedos regordetes; cortos y enrojecidos no
dejaron pasar el anillo más allá de la una.

—¿Hicieron venir a esa Piel de Asno que me hizo una torta en días pasados? dijo
el príncipe.

Todos se echaron a reír y le dijeron que no, era demasiado inmunda y repulsiva.

—¡Que la traigan en el acto! dijo el rey. No se dirá que yo haya hecho una
excepción.

La princesa; que había escuchado los tambores y los gritos de los heraldos, se
imaginó muy bien que su anillo era lo que provocaba este alboroto. Ella amaba al
príncipe y como el verdadero amor es timorato y carece de vanidad,
continuamente la asaltaba el temor de que alguna dama tuviese el dedo tan
menudo como el suyo. Sintió, pues, una gran alegría cuando vinieron a buscarla y
golpearon a su puerta.
Desde que supo que buscaban un dedo adecuado a su anillo, no se sabe qué
esperanza la había llevado a peinarse cuidadosamente y a ponerse su hermoso
corselete de plata con la falda llena de adornos de encaje de plata, salpicados de
esmeraldas. Tan pronto como oyó que golpeaban a su puerta y que la llamaban
para presentarse ante el príncipe, se cubrió rápidamente con su piel de asno,
abrió su puerta y aquellas gentes, burlándose de ella, le dijeron que el rey la
llamaba para casarla con su hijo. Luego, en medio de estruendosas risotadas, la
condujeron donde el príncipe quien, sorprendido él mismo por el extraño atavío
de la joven, no se atrevió a creer que era la misma que había visto tan elegante y
bella. Triste y confundido por haberse equivocado, le dijo:

—Sois vos la que habitáis al fondo de ese callejón oscuro, en el tercer gallinero de
la granja?

—Sí, su señoría, respondió ella.

—Mostradme vuestra mano, dijo él temblando y dando un hondo suspiro.

¡Señores! ¿quién quedó asombrado? Fueron el rey y la reina, así como todos los
chambelanes y los grandes de la corte, cuando de adentro de esa piel negra y
sucia, se alzó una mano delicada, blanca y sonrosada, y el anillo entró sin
esfuerzo en el dedito más lindo del mundo; y, mediante un leve movimiento que
hizo caer la piel, la infanta apareció de una belleza tan deslumbrante que el
príncipe, aunque todavía estaba débil, Se puso a sus pies y le estrechó las rodillas
con un ardor que a ella la hizo enrojecer. Pero casi no se dieron cuenta pues el
rey y la reina fueron a abrazar a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su
hijo.

La princesa, confundida con tantas caricias y ante el amor que le demostraba el
joven príncipe, iba sin embargo a darles las gracias, cuando el techo del salón se
abrió, y el hada de las Lilas, bajando en un carro hecho de ramas y de las flores
de su nombre, contó, con infinita gracia, la historia de la infanta.

El rey y la reina, encantados al saber que Piel de Asno era una gran princesa,
redoblaron sus muestras de afecto; pero el príncipe fue más sensible ante la
virtud de la princesa, y su amor creció al saberlo. La impaciencia del príncipe por
casarse con la princesa fue tanta, que a duras penas dio tiempo para los
preparativos apropiados a este augusto matrimonio.

El rey y la reina, que estaban locos con su nuera, le hacían mil cariños y siempre
la tenían abrazada. Ella había declarado que no podía casarse con el príncipe sin
el consentimiento del rey su padre. De modo que fue el primero a quien le
enviaran una invitación, sin decirle quién era la novia; el hada de las Lilas, que
supervigilaba todo, como era natural, lo había exigido a causa de las
consecuencias.

Vinieron reyes de todos los países; unos en silla de manos, otros en calesa, unos
más distantes montados sobre elefantes, sobre tigres, sobre águilas: pero el más
imponente y magnífico de los ilustres personajes fue el padre de la princesa
quien, felizmente había olvidado su amor descarriado y había contraído nupcias
con una viuda muy hermosa que no le había dado hijos.

La princesa corrió a su encuentro; él la reconoció en el acto y la abrazó con una
gran ternura, antes que ella tuviera tiempo de echarse a sus pies. El rey y la reina
le presentaron a su hijo, a quien colmó de amistad. Las bodas se celebraron con
toda pompa imaginable. Los jóvenes esposos, poco sensibles a estas
magnificencias, sólo tenían ojos para ellos mismos.

El rey, padre del príncipe, hizo coronar a su hijo ese mismo día y, besándole la
mano, lo puso en el trono, pese a la resistencia de aquel hijo bien nacido; pero
había que obedecer.

Las fiestas de esta ilustre boda duraron cerca de tres meses y el amor de los dos
esposos todavía duraría si los dos no hubieran muerto cien años después.



                                   Pinocho
Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo,
cogió de su taller un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.

–¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me
gustaría que mi Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada
fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco.

–¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
–¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
–¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no
tenía dinero, así que decidió vender su abrigo para comprar los libros.

Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese
dinero compraré un buen abrigo a Gepeto.
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:

–¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin
embargo, pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos
hilos que llevaban atados a las manos y los pies.

–¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos.
–¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la
función.
–No porque tengo que ir al colegio.
–Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un
señor.
Pinocho siguió muy contento hacia el cole, cuando de pronto:
–¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso
que se encontró en el camino.
–Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero.
–¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un
buen abrigo. ¿No te gustaría tener más?
–Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho.
–Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros
crecerá una planta que te dará dinero.
–¿Y dónde está ese campo?
–Nosotros te llevaremos –dijo el zorro.

Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le
robaron las monedas y le ataron a un árbol.

Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul.

–¿Dónde perdiste las monedas?
–Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz.

Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar.

–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir –
dijo el Hada Azul.

Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban
muy contentos.

–¿Qué es lo que pasa? –preguntó.

–Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no
hay colegios ni profesores. ¿Te quieres venir?

–¡Venga, vamos!

Entonces, apareció el Hada Azul.

–¿No me prometiste ir al colegio? –preguntó.

–Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí.

Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta
de que le habían crecido por mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y
luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa con tan mala suerte
que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena.

–¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho.

Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que
le abrazó muy fuerte.

–Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la
ballena abra la boca.
Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco
no paraba de abrazarle. De repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño
de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo convirtió en un niño de verdad.



                                  Pulgarcito
Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego,
mientras su mujer hilaba, sentada a su lado.
Dijo el hombre: - ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa,
mientras en las otras todo es ruido y alegría! - Sí -respondió la mujer,
suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me
daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.


Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al
mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros,
no era más largo que un dedo pulgar.
Y dijeron los padres: - Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda
el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo
alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan
pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha,
y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en
cualquier cosa que emprendiera.


Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí,
hablando a media voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». - ¡Padre! -
exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora
debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo: - ¿Cómo te las
arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? - No
importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del
caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se
perderá nada con probarlo».
Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito
en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!».
Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero
consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al
doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos
forasteros.


- ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al
caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. - ¡Aquí hay algún misterio!
-asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el
bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña.


Al verlo Pulgarcito, gritó: - ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El
hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba
de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver
los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin,
llevando uno aparte al otro, le dijo: - Oye, esta menudencia podría hacer nuestra
fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al
leñador, dijeron: - Vendenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. - No -
respondió el padre-, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo.


Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los
calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: -
Padre, dejame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres
por una bonita pieza de oro. - ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. - Ponme
en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje:
ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez
Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y
anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: - Dejame bajar, lo
necesito. - ¡Bah!, no te muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el
enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en
cuando. - No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajame,
¡deprisa! El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo
que se extendía al borde del camino.

Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una
gazapera que había estado buscando. - ¡Buenas noches, señores, pueden seguir
sin mí! -les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y
estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez
más adentro; y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su
camino enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito estuvo seguro de
que se habían marchado, salió de su escondrijo. «Eso de andar por el campo a
oscuras es peligroso -díjo-; al menor descuido te rompes la crisma». Por fortuna
dio con una valva de caracol vacía: «¡Bendito sea Dios! -exclamó-. Aquí puedo
pasar la noche seguro». Y se metió en ella.

Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de
ellos decía. - ¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata
del cura? - Yo puedo decírtelo -gritó Pulgacito. - ¿Qué es esto? -preguntó,
asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a alguien. Sa pararon los dos a
escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevenme con ustedes, yo los ayudaré. -
¿Dónde estás? - Busca por el suelo, fijate de dónde viene la voz -respondió. Al fin
lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: - ¡Infeliz microbio! ¿Tú
pretendes ayudarnos? - Mira -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la
reja, en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. - Está bien -
dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas. Al llegar a la casa del cura,
Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus
fuerzas: - ¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron:
- ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien!
Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: - ¿Qué
quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay? Oyóle la cocinera, que dormía en una
habitación contigua, e, incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los
ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho
recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una
broma, retrocedieron y le dijeron: - Vamos, no juegues y pásanos algo.


Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus
pulmones: - ¡Se los daré todo enseguida; sólo tienen que alargar las manos! La
criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la
cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones echaron a correr como
alma que lleva el diablo.
La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se
aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie.
La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvió a la cama
convencida de que había estado soñando despierta.


Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a
propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse
luego a la casa de sus padres.
Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las
penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la
cama para ir a alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un brazado
de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo.


Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se
despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto
con la hierba. - ¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este
molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar
atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego
hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. - En este cuartito se han
olvidado de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita
siquiera.

El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno
por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, pse
puso a gritar con todas sus fuerzas: - ¡Basta de forraje, basta de forraje! La
criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando
que era la misma voz de la noche pasada, se espantó tanto que cayó de su
taburete y vertió toda la leche.
Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: - ¡Santo Dios, señor párroco, la
vaca ha hablado! - ¿Estás loca? -respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo
a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: - ¡Basta
de forraje, basta de forraje! Se pasmó el cura a su vez, pensando que algún mal
espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo
hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue
arrojado al estercolero.


Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho,
por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino
una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago
de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el
lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo: - Amigo lobo, sé de un lugar donde
podrás comer a gusto. - ¿Dónde está? -preguntó el lobo. - En tal y tal casa.
Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos
para darte un hartazgo -. Y le dio las señas de la casa de sus padres. El lobo no
se lo hizo repetir; se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se
hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal
modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito,
el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor
de sus pulmones. - ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la
casa. - ¡Y qué! -replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has llenado, ahora me toca a
mí divertirme -y reanudó el griterío.

Despertaron, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al
interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volvieron a buscar, el
hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. - Quédate tú detrás -dijo el hombre al
entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres
tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: - Padre mío,
estoy aquí, en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: -
¡Alabado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a su mujer que dejase la
hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la
cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto. Subieron entonces a
buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su
hijito. - ¡Ay! -exclamó el padre-, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar! - Sí,
padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro.


- ¿Y dónde estuviste? - ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de
una vaca y en la panza de un lobo. Pero desde hoy me quedaré con ustedes. - Y
no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres,
acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Le dieron de comer y de beber y le
encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante
sus correrías.



                                  Rapunzel
Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos.
Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron realidad.

La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía
agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de
esas lechugas.

Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se atrevía a
entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas lechugas, y por no
querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo, preocupado, resolvió
entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche, para coger algunas
lechugas.
La mujer se las comió todas, pero en vez de calmar su antojo, lo empeoró.
Entonces, el esposo regresó a la huerta. Esa noche, la bruja lo descubrió.

-¿Cómo te atreves a robar mis lechugas? -chilló.

Aterrorizado, el hombre le explicó a la bruja que todo se debía a los antojos de su
mujer.

-Puedes llevarte las lechugas que quieras -dijo la bruja -, pero a cambio tendrás
que darme al bebé cuando nazca.

El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto nació, la bruja se
llevó a la hermosa niña. La llamó Rapunzel. La belleza de Rapunzel aumentaba
día a día. La bruja resolvió entonces esconderla para que nadie más pudiera
admirarla. Cuando Rapunzel llegó a la edad de los doce años, la bruja se la llevó a
lo más profundo del bosque y la encerró en una torre sin puertas ni escaleras,
para que no se pudiera escapar. Cuando la bruja iba a visitarla, le decía desde
abajo:

-Rapunzel, tu trenza deja caer.

La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza rubia y la bruja subía. Al cabo
de unos años, el destino quiso que un príncipe pasara por el bosque y escuchara
la voz melodiosa de Rapunzel, que cantaba para pasar las horas. El príncipe se
sintió atraído por la hermosa voz y quiso saber de dónde provenía. Finalmente
halló la torre, pero no logró encontrar ninguna puerta para entrar. El príncipe
quedó prendado de aquella voz. Iba al bosque tantas veces como le era posible.
Por las noches, regresaba a su castillo con el corazón destrozado, sin haber
encontrado la manera de entrar. Un buen día, vio que una bruja se acercaba a la
torre y llamaba a la muchacha.

-Rapunzel, tu trenza deja caer.

El príncipe observó sorprendido. Entonces comprendió que aquella era la manera
de llegar hasta la muchacha de la hermosa voz. Tan pronto se fue la bruja, el
príncipe se acercó a la torre y repitió las mismas palabras:

-Rapunzel, tu trenza deja caer.

La muchacha dejó caer la trenza y el príncipe subió. Rapunzel tuvo miedo al
principio, pues jamás había visto a un hombre. Sin embargo, el príncipe le explicó
con toda dulzura cómo se había sentido atraído por su hermosa voz. Luego le
pidió que se casara con él. Sin dudarlo un instante, Rapunzel aceptó. En vista de
que Rapunzel no tenía forma de salir de la torre, el príncipe le prometió llevarle
un ovillo de seda cada vez que fuera a visitarla. Así, podría tejer una escalera y
escapar. Para que la bruja no sospechara nada, el príncipe iba a visitar a su
amada por las noches. Sin embargo, un día Rapunzel le dijo a la bruja sin pensar:

-Tú eres mucho más pesada que el príncipe.
-¡Me has estado engañando! -chilló la bruja enfurecida y cortó la trenza de la
muchacha.

Con un hechizo la bruja envió a Rapunzel a una tierra apartada e inhóspita.
Luego, ató la trenza a un garfio junto a la ventana y esperó la llegada del
príncipe. Cuando éste llegó, comprendió que había caído en una trampa.

-Tu preciosa ave cantora ya no está -dijo la bruja con voz chillona -, ¡y no
volverás a verla nunca más!

Transido de dolor, el príncipe saltó por la ventana de la torre. Por fortuna,
sobrevivió pues cayó en una enredadera de espinas. Por desgracia, las espinas le
hirieron los ojos y el desventurado príncipe quedó ciego.

¿Cómo buscaría ahora a Rapunzel?

Durante muchos meses, el príncipe vagó por los bosques, sin parar de llorar. A
todo aquel que se cruzaba por su camino le preguntaba si había visto a una
muchacha muy hermosa llamada Rapunzel. Nadie le daba razón.

Cierto día, ya casi a punto de perder las esperanzas, el príncipe escuchó a lo lejos
una canción triste pero muy hermosa. Reconoció la voz de inmediato y se dirigió
hacia el lugar de donde provenía, llamando a Rapunzel.

Al verlo, Rapunzel corrió a abrazar a su amado. Lágrimas de felicidad cayeron en
los ojos del príncipe. De repente, algo extraordinario sucedió:

¡El príncipe recuperó la vista!

El príncipe y Rapunzel lograron encontrar el camino de regreso hacia el reino. Se
casaron poco tiempo después y fueron una pareja muy feliz.



                                  Ricitos de oro
Erase una vez una tarde , se fue Ricitos de Oro al bosque y se puso a coger
flores. Cerca de alli, habia una cabaña muy bonita , y como Ricitos de Oro era una
niña muy curiosa , se acerco paso a paso hasta la puerta de la casita. Y empujo.

La puerta estaba abierta. Y vio una mesa.

Encima de la mesa habia tres tazones con leche y miel. Uno , era grande; otro,
mediano; y otro, pequeño. Ricitos de Oro tenia hambre, y probo la leche del tazon
mayor. ¡Uf! ¡Esta muy caliente!

Luego, probo del tazon mediano. ¡Uf! ¡Esta muy caliente! Despues, probo del
tazon pequeñito, y le supo tan rica que se la tomo toda, toda.

Habiatambien en la casita tres sillas azules: una silla era grande, otra silla era
mediana, y otra silla era pequeñita. Ricitos de Oro fue a sentarse en la silla
grande, pero esta era muy alta. Luego, fue a sentarse en la silla mediana. Pero
era muy ancha. Entonces, se sento en la silla pequeña, pero se dejo caer con
tanta fuerza, que la rompio.

Entro en un cuarto que tenia tres camas. Una, era grande; otra, era mediana; y
otra, pequeña.

La niña se acosto en la cama grande, pero la encontro muy dura. Luego, se
acosto en la cama mediana, pero tambien le perecio dura.

Despues, se acosto, en la cama pequeña. Y esta la encontro tan de su gusto, que
Ricitos de Oro se quedo dormida.

Estando dormida Ricitos de Oro, llegaron los dueños de la casita, que era una
familia de Osos, y venian de dar su diario paseo por el bosque mientras se
enfriaba la leche. Uno de los Osos era muy grande, y usaba sombrero, porque era
el padre. Otro, era mediano y usaba cofia, porque era la madre. El otro, era un
Osito pequeño y usaba gorrito: un gorrito muy pequeño.

El Oso grande, grito muy fuerte: -¡Alguien ha probado mi leche! El Oso mediano,
gruño un poco menos fuerte: -¡Alguien ha probado mi leche! El Osito pequeño
dijo llorando con voz suave: se han tomado toda mi leche!

Los tres Osos se miraron unos a otros y no sabian que pensar.

Pero el Osito pequeño lloraba tanto, que su papa quiso distraerle. Para
conseguirlo, le dijo que no hiciera caso , porque ahora iban a sentarse en las tres
sillas de color azul que tenian, una para cada uno.

Se levantaron de la mesa, y fueron a la salita donde estaban las sillas.

¿Que ocurrio entonces?.

El Oso grande grito muy fuerte: -¡Alguien ha tocado mi silla! El Oso mediano
gruño un poco menos fuerte.. -¡Alguien ha tocado mi silla! El Osito pequeño dijo
llorando con voz suave: se han sentado en mi silla y la han roto!

Siguieron buscando por la casa, y entraron en el cuarto de dormir. El Oso grande
dijo: -¡Alguien se ha acostado en mi cama! El Oso mediano dijo: -¡Alguien se ha
acostado en mi cama!

Al mirar la cama pequeñita, vieron en ella a Ricitos de Oro, y el Osito pequeño
dijo:

-¡Alguien esta durmiendo en mi cama!

Se desperto entonces la niña, y al ver a los tres Osos tan enfadados, se
asustotanto, que dio un salto y salio de la cama.

Como estaba abierta una ventana de la casita, salto`por ella Ricitos de Oro, y
corrio sin parar por el bosque hasta que encontro el camino de su casa.




                          Simbad el marino
Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado
Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar
pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.

- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!

Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa,
el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.

A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue
conducido hasta una sala de grandes dimensiones.

En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más
deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que
destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:

-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo
comprendas, te voy a contar mis aventuras...

" Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que
derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me
quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas,
hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos
todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude
subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla
hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el
primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..."

L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al
muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.

Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...

" Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y,
cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.

L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos
los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que
un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel
lugar."

Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de
oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...

"Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero
me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una
gran tormenta y el barco naufragó.

Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron
prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y
que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le
clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso
lugar.

De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo
contaré mañana..."

Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.

"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta
vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey,
con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el
reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último
momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus
viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De
este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino
le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su
fortuna.

El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido
como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un
día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante
agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que
Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un
cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar
más elefantes.

S imbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría
encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió
la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.

"Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el
anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo
de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."

Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara
quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo
que soportar el peso de ningún fardo...




                            ¡Baila, muñequita!
-Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas -aseguró tía Malle-. Yo, con la mejor
voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -Pero la
pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba
para que fuesen tan listas como tía Malle.

Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con
Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La
pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía
tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero
Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a
sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un
caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y
participó en ella.

¡Baila, baila, muñequita,
qué fina es la señorita!
Y también el caballero
con sus guantes y sombrero,
calzón blanco y frac planchado
y muy brillante calzado.
Son bien finos, a fe mía.
Baila, muñequita mía.
Ahí está Lisa, que es muy vieja,
aunque ahora no semeja,
con la cera que le han dado,
que sea del año pasado.
Como nueva está y entera.
Baila con tu compañera,
serán tres para bailar.
¡Bien nos vamos a alegrar!
Baila, baila, muñequita,
pie hacia fuera, tan bonita.
Da el primer paso, garbosa,
siempre esbelta y tan graciosa.
Gira y salta sin parar,
que muy sano es el saltar.
¡Vaya baile delicioso!
¡Son un grupo primoroso!

Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el
estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle
no la entendía; no estaba ya para niñerías.

-¡Es una bobada! -decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la
sabemos.



                       Como escribir un cuento

Consejos para escribir cuentos:

                                              1. Si quieres escribir un cuento, lo
                                              primero que debes hacer es leer libros,
                                              cuentos, etc... Para saber como el autor
                                              interpreta cada personaje y que
                                              problemas y casos plantea para que los
                                              lectores entiendan la historia.

                                              2. Muchos dias en el colegio, en el
                                              autobus... se nos ocurren ideas, estas a
                                              aveces pueden servir para escribir un
                                              cuento, por eso, te recomiendo que
                                              lleves una libreta, la grabadora del
                                              movil... para que si se te ocurre alguna
                                              idea, en un momento inesperado, que te
                                              la puedas apuntar para en otro momento
                                              recordarla.

                                              3. Un cuento normal, tiene que tener un
                                              comienzo en el que introduzcas a los
                                              lectores en tu historia. Tambien ha de
                                              tener una parte central en la que se
                                              plantee un problema o conflicto entre los
                                              personajes de tu cuento. Finalmente ha
                                              de tener un desenlace que debe ser el
                                              final o la solucionde el problema que se
                                              planteaba, en el desenlace debes
                                              intentar que el lector se quede con la
                                              idea que tu quieres expresar como final
                                              de tu cuento.

                                              4. Es fundamental que conozcas bien a
                                              los personajes de tu cuento,simplemente
                                              porque tu no puedes decir que un
                                              personaje que odia correr, se apunte a
                                              clases de atletismo. Y ademas esos datos
                                              no debes ponerlos en la historia, porque
                                              conforme los lectores van leyendo el
                                              cuento se iran dando cuenta de los
                                              gustos, miedos... que cada personaje
                                              tiene.
5. Generalmente, los cuentos, no son largos,estos suelen ser de 1 pagina y como
maximo 2. Normalmente no sera posible desarrollar mucho mas, porque entonces ya
no seria un cuento, seria una novela o un libro. Los cuentos suelen tener un escenario,
es decir, el sitio donde ocurre el conflicto, y unos cuantos personajes principales y
secundarios.

6. Para que la historia que quieres contar quede bien, tienes que decidir si tu cuento va
estar en 1º (yo), 2º (tu) o 3º persona ( el o ella). En algunas historias, es el narrador
el que cuenta tu historia, y despues, aparte ya esta el diálogo y lo que tu quieras
añadir.

7. Cuando ya has terminado de idear los detalles y conflictos que quieres que tu
historia contenga, ya será solamente escribir las palabras adecuadas. Es posible que
pienses que no conoces bien a tus personajes, pero segun vaya pasando el tiempo, los
conoceras mejor.

8. Si quieres atrapar al lector y que siga leyendo tu cuento, debe ser en la primera
oracion o parrafo, si haces que se aburra no seguira leyendo. Debe de ser un
comiezorapido y no es preciso dar muchos detalles del escenario, ves al centro de la
historia, y muestra detalles acerca de los personajes.

9. A la hora de escribir tu cuento, te encontraras con diferentes posibilidades, por eso
tienes que saber superarlas. Tambien has de saber, que te tienes que proponer un
objetivo, cada dia hacer 1 pagina o 2 es un buen objetivo.No pasa nada si lo que
escribes un dia, no te gusta y lo tiras a la basura, eso es normal, todos tenemos dias
malos. Ademas eso signnificara que has estado pensando en tu cuento, y eso es
bueno.

10. A medida que vayas escribiendo tu cuento, querras cambiar algun personaje, algun
trozo de tu cuento...son tus personajes los que eligen lo que debes hacer. Pero si tu
piensas que tienes que eliminar o cambiar algo, si crees que asi tu cuento quedará
mejor, hazlo.

11. Cuando hayas acabado tu historia revísala, corrige los errores y revisa que los
pasos que hemos visto antes, estan bien hechos. Si tienes tiempo deja la historia
descansar unos dias antes de revisarla.

12. Envia tu cuento a una persona de confianza para que te diga sugerencias... Estudia
sus propuestas y si te convencen añadelas a tu cuento. Pero sobre todo no te enfades
con tus revisores por sus críticas o sugerencias.

13. Escucha las críticas de la gente, no tienes que seguir todos los consejos y
propuestas, solo las que tu consideres que son buenas, porque al fin y al cabo, eres tu
el autor/a de la historia.




Claudia Pérez Soliveres, 5º de Primaria 11 años

Cuentos y mas cuentos

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    Juan sin miedo Eraseuna vez, en una pequeña aldea, un anciano padre con sus dos hijos. El mayor era trabajador y llenaba de alegría y de satisfacción el corazón de su padre, mientras el más joven sólo le daba disgustos. Un día el padre le llamó y le dijo: - Hijo mío, sabes que no tengo mucho que dejaros a tu hermano y a ti, y sin embargo aún no has aprendido ningún oficio que te sirva para ganarte el pan. ¿Qué te gustaría aprender? Y le contestó Juan: - Muchas veces oigo relatos que hablan de monstruos, fantasmas,… y al contrario de la gente, no siento miedo. Padre, quiero aprender a sentir miedo. El padre, enfadado, le gritó: - Estoy hablando de tu porvenir, y ¿tú quieres aprender a tener miedo? Si es lo que quieres, pues márchate a aprenderlo. Juan recogió sus cosas, se despidió de su hermano y de su padre, y emprendió su camino. Cerca de un molino encontró a un sacristán con el que entabló conversación. Se presentó como Juan Sin Miedo. - ¿Juan Sin Miedo? ¡Extraño nombre! - Se admiró el sacristán. - Verás, nunca he conocido el miedo, he partido de mi casa con la intención de que alguien me pueda mostrar lo que es, - dijo Juan - Quizá pueda ayudarte: Cuentan que más allá del valle, muy lejos, hay un castillo encantado por un malvado mago. El monarca que allí gobierna ha prometido la mano de su linda hija a aquel que consiga recuperar el castillo y el tesoro. Hasta ahora, todos los que lo intentaron huyeron asustados o murieron de miedo. - Quizá, quizá allí pueda sentir el miedo, se animó Juan. Juan decidió caminar, vislumbró a lo lejos las torres más altas de un castillo en el que no ondeaban banderas. Se acercó y se dirigió a la residencia del rey. Dos guardias reales cuidaban la puerta principal. Juan se acercó y dijo: - Soy Juan Sin Miedo, y deseo ver a vuestro Rey. Quizá me permita entrar en su castillo y sentir a lo que llaman miedo. El más fuerte le acompañó al Salón del Trono. El monarca expuso las condiciones que ya habían escuchado otros candidatos: Si consigues pasar tres noches seguidas en el castillo, derrotar a los espíritus y devolverme mi tesoro, te concederé la mano de mi amada y bella hija, y la mitad de mi reino como dote. - Se lo agradezco, Su Majestad, pero yo sólo he venido para saber lo que es el miedo, le dijo Juan. "Qué hombre tan valiente, qué honesto", pensó el rey, "pero ya guardo pocas esperanzas de recuperar mis dominios,...tantos han sido los que lo han intentado hasta ahora..." Juan sin Miedo se dispuso a pasar la primera noche en el castillo. Le despertó un alarido impresionante. - ¡Uhhhhhhhhh! Un espectro tenebroso se deslizaba sobre el suelo sin tocarlo. - ¿Quién eres tú, que te atreves a despertarme? Preguntó Juan. Un nuevo alarido por respuesta, y Juan Sin Miedo le tapó la boca con una bandeja que adornaba la mesa. El espectro quedó mudo y se deshizo en el aire. A la mañana siguiente el soberano visitó a Juan Sin Miedo y pensó: "Es sólo una pequeña batalla. Aún quedan dos noches". Pasó el día y se fue el sol. Como la noche
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    anterior, Juan SinMiedo se disponía a dormir, pero esta vez apareció un fantasma espantoso que lanzó un bramido: ¡Uhhhhhhhhhh! Juan Sin Miedo cogió un hacha que colgaba de la pared, y cortó la cadena que el fantasma arrastraba la bola. Al no estar sujeto, el fantasma se elevó y desapareció. El rey le visitó al amanecer y pensó: "Nada de esto habrá servido si no repite la hazaña una vez más". Llegó el tercer atardecer, y después, la noche. Juan Sin Miedo ya dormía cuando escuchó acercarse a una momia espeluznante. Y preguntó: - Dime qué motivo tienes para interrumpir mi sueño. Como no contestara, agarró un extremo de la venda y tiró. Retiró todas las vendas y encontró a un mago: - Mi magia no vale contra ti. Déjame libre y romperé el encantamiento. La ciudad en pleno se había reunido a las puertas del castillo, y cuando apareció Juan Sin Miedo el soberano dijo: "¡Cumpliré mi promesa!" Pero no acabó aquí la historia: Cierto día en que el ahora príncipe dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándole una pecera. Pero tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre el lecho que ocupaba Juan. - ¡Ahhhhhh! - Exclamó Juan al sentir los peces en su cara - ¡Qué miedo! La princesa reía viendo cómo unos simples peces de colores habían asustado al que permaneció impasible ante espectros y aparecidos: Te guardaré el secreto, dijo la princesa. Y así fue, y aún se le conoce como Juan Sin Miedo. El caracol y el rosal Había una vez... ... Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de la extensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos. El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores durante todo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con todo lo que representaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba su casa y sus pertenencias. Y se hablaba a sí mismo sobre su momento de ser útil en la vida: –¡Paciencia! –decía el caracol–. Ya llegará mi hora. Haré mucho más que dar rosas o avellanas, muchísimo más que dar leche como las vacas y las ovejas. –Esperamos mucho de ti –dijo el rosal–. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz de hacer? –Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa. No, así no se preparan las sorpresas. Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus rosas, siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo. –Nada ha cambiado –dijo–. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal
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    sigue con susrosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo. –Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte? –Me asustas –dijo el rosal–. Nunca he pensado en ello. –Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra? –No –contestó el caracol–. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Esa era mi vida; no podía hacer otra cosa. –Tu vida fue demasiado fácil –dijo el caracol (Sin detenerse a observarse a sí mismo). –Cierto –dijo el rosal–. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día... algún día.... ¿Pero, ... de qué te sirve el pasar los años pensando sin hacer nada útil por el mundo? –No, no, de ningún modo –dijo el caracol–. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo. –¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle? –¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los avellanos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa. Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló. –¡Qué pena! –dijo el rosal–. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre
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    guardaba una demis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida. Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles seguían con la misma filosofía que aquél, se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. Y a través del tiempo, la misma historia se continuó repitiendo... El duende de la tienda Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla y nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en la trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un duendecillo, al que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un tazón de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas cosas. Un atardecer entró el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y el queso para su cena; no tenía a quien enviar, por lo que iba él mismo. Le dieron lo que pedía, lo pagó, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto de la cabeza. La mujer sabía hacer algo más que gesticular con la cabeza; era un pico de oro. El estudiante les correspondió de la misma manera y luego se quedó parado, leyendo la hoja de papel que envolvía el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, que jamás hubiera pensado que lo tratasen así, pues era un libro de poesía. -Todavía nos queda más -dijo el tendero-; lo compré a una vieja por unos granos de café; por ocho chelines se lo cedo entero. -Muchas gracias -repuso el estudiante-. Démelo a cambio del queso. Puedo comer pan solo; pero sería pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espléndido, un hombre práctico, pero lo que es de poesía, entiende menos que esa cuba. La verdad es que fue un tanto descortés al decirlo, especialmente por la cuba; pero tendero y estudiante se echaron a reír, pues el segundo había hablado en broma. Con todo, el duende se picó al oír semejante comparación, aplicada a un tendero que era dueño de una casa y encima vendía una mantequilla excelente. Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estaba acostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la dueña, pues
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    no lo utilizabamientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de la tienda, con lo cual éstos adquirían voz y habla. Y podían expresar sus pensamientos y sentimientos tan bien como la propia señora de la casa; pero, claro está, sólo podía aplicarlo a un solo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¡menudo barullo! El duende puso el pico en la cuba que contenía los diarios viejos. -¿Es verdad que usted no sabe lo que es la poesía? -Claro que lo sé -respondió la cuba-. Es una cosa que ponen en la parte inferior de los periódicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay más en mí que en el estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco más o menos. Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste! Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieron la opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda más remedio que respetarla y darla por buena. -¡Y ahora, al estudiante! -pensó; y subió calladito a la buhardilla, por la escalera de la cocina. Había luz en el cuarto, y el duendecillo miró por el ojo de la cerradura y vio al estudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¡qué claridad irradiaba de él! De las páginas emergía un vivísimo rayo de luz, que iba transformándose en un tronco, en un poderoso árbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una de sus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza de doncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente límpidos. Los frutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una música deliciosos resonaban en la destartalada habitación. Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás había oído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que se apagó la luz. Seguramente el estudiante había soplado la vela para acostarse; pero el duende seguía en su sitio, pues continuaba oyéndose el canto, dulce y solemne, una deliciosa canción de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso. -¡Asombroso! -se dijo el duende-. ¡Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedo con el estudiante... - Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venció la sensatez y suspiró. - ¡Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla!-. Y se volvió; se volvió abajo, a casa del tendero. Fue una suerte que no tardase más, pues la cuba había gastado casi todo el pico de la dueña, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior, echada siempre de un lado; y se disponía justamente a volverse para empezar a contar por el lado opuesto, cuando entró el duende y le quitó el pico; pero en adelante toda la tienda, desde el cajón del dinero hasta la leña de abajo, formaron sus opiniones calcándolas sobre las de la cuba; todos la ponían tan alta y le otorgaban tal confianza, que cuando el tendero leía en el periódico de la tarde las noticias de arte y teatrales, ellos creían firmemente que procedían de la cuba.
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    En cambio, elduendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando toda aquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luz en la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontaban a las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentía rodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso, cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero las lágrimas le hacían un gran bien. ¡Qué magnífico debía de ser estarse sentado bajo el árbol, junto al estudiante! Pero no había que pensar en ello, y se daba por satisfecho contemplándolo desde el ojo de la cerradura. Y allí seguía, en el frío rellano, cuando ya el viento otoñal se filtraba por los tragaluces, y el frío iba arreciando. Sólo que el duendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosos sones eran dominados por el silbar del viento. ¡Ujú, cómo temblaba entonces, y bajaba corriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rincón, donde tan bien se estaba! Y cuando volvió la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, se declaró resueltamente en favor del tendero. Pero a media noche despertó al duendecillo un alboroto horrible, un gran estrépito en los escaparates, y gentes que iban y venían agitadas, mientras el sereno no cesaba de tocar el pito. Había estallado un incendio, y toda la calle aparecía iluminada. ¿Sería su casa o la del vecino? ¿Dónde? ¡Había una alarma espantosa, una confusión terrible! La mujer del tendero estaba tan consternada, que se quitó los pendientes de oro de las orejas y se los guardó en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogió sus láminas de fondos públicos, y la criada, su mantilla de seda, que se había podido comprar a fuerza de ahorros. Cada cual quería salvar lo mejor, y también el duendecillo; y de un salto subió las escaleras y se metió en la habitación del estudiante, quien, de pie junto a la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ardía en la casa de enfrente. El duendecillo cogió el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, metiéndoselo en el gorro rojo lo sujetó convulsivamente con ambas manos: el más precioso tesoro de la casa estaba a salvo. Luego se dirigió, corriendo por el tejado, a la punta de la chimenea, y allí se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambas manos el gorro que contenía el tesoro. Sólo entonces se dio cuenta de dónde tenía puesto su corazón; comprendió a quién pertenecía en realidad. Pero cuando el incendio estuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo: -Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causa de las papillas. Y en esto se comportó como un auténtico ser humano. Todos procuramos estar bien con el tendero... por las papillas. El genio y el pescador Había una vez un pescador de bastante edad y tan pobre que apenas ganaba lo necesario para alimentarse con su esposa y sus tres hijos. Todas las mañanas, muy temprano, se iba a pescar y tenía por costumbre echar sus redes no más de cuatro veces al día. Un día, antes de que la luna desapareciera totalmente, se dirigió a la playa y, por tres veces, arrojó sus redes al agua. Cada vez sacó un bulto pesado. Su desagrado y desesperación fueron grandes: la primera vez sacó un asno; la segunda, un canasto lleno de piedras; y la tercera, una masa de barro y conchas.
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    En cuanto laluz del día empezó a clarear dijo sus oraciones, como buen musulmán; y se encomendó a sí mismo y sus necesidades al Creador. Hecho esto, lanzó sus redes al agua por cuarta vez y, como antes, las sacó con gran dificultad. Pero, en vez de peces, no encontró otra cosa que un jarrón de cobre dorado, con un sello de plomo por cubierta. Este golpe de fortuna regocijó al pescador. —Lo venderé al fundidor —dijo—, y con el dinero compraré un almud de trigo. Examinó el jarrón por todos lados y lo sacudió, para ver si su contenido hacía algún ruido, pero nada oyó. Esto y el sello grabado sobre la cubierta de cobre le hicieron pensar que encerraba algo precioso. Para satisfacer su curiosidad, tomó su cuchillo y abrió la tapa. Puso el jarrón boca abajo, pero, con gran sorpresa suya, nada salió de su interior. Lo colocó junto a sí y mientras se sentó a mirarlo atentamente, empezó a surgir un humo muy espeso, que lo obligó a retirarse dos o tres pasos. El humo ascendió hacia las nubes y, extendiéndose sobre el mar y la playa, formó una gran niebla, con extremado asombro del pescador. Cuando el humo salió enteramente del jarrón, se reconcentró y se transformó en una masa sólida: y ésta se convirtió en un Genio dos veces más alto que el mayor de los gigantes. A la vista de tal monstruo, el pescador hubiera querido escapar volando, pero se asustó tanto que no pudo moverse. El Genio lo observó con mirada fiera y, con voz terrible, exclamó: —Prepárate a morir, pues con seguridad te mataré. —¡Ay! —respondió el pescador—, ¿por qué razón me matarías? Acabo de ponerte en libertad, ¿tan pronto has olvidado mi bondad? —Sí, lo recuerdo —dijo el Genio—, pero eso no salvará tu vida. Sólo un favor puedo concederte. —¿Y cuál es? —preguntó el pescador. —Es —contestó el Genio— darte a elegir la manera como te gustaría que te matase. —Mas, ¿en qué te he ofendido? —preguntó el pescador—. ¿Esa es tu recompensa por el servicio que te he hecho? —No puedo tratarte de otro modo —dijo el Genio—. Y si quieres saber la razón de ello, escucha mi historia: ―Soy uno de esos espíritus rebeldes que se opusieron a la voluntad de los cielos. Salomón, hijo de David, me ordenó reconocer su poder y someterme a sus órdenes. Rehusé hacerlo y le dije que más bien me expondría a su enojo que jurar la lealtad por él exigida. Para castigarme, me encerró en este jarrón de cobre. ―Y a fin de que yo no rompiera mi prisión, él mismo estampó sobre esta etapa de plomo su sello, con el gran nombre de Dios sobre él. Luego dio el jarrón a otro Genio, con instrucciones de arrojarme al mar. ―Durante los primeros cien años de mi prisión, prometí que si alguien me liberaba antes de ese período, lo haría rico. Durante el segundo, hice juramento de que otorgaría todos los tesoros de la tierra a quien pudiera liberarme. Durante el tercero, prometí hacer de mi libertador un poderoso monarca, estar siempre espiritualmente a su lado y concederle cada día tres peticiones, cualquiera que fuese su naturaleza. Por último, irritado por encontrarme bajo tan largo cautiverio, juré que, si alguien me liberaba, lo mataría sin misericordia, sin concederle otro favor que darle a elegir la manera de morir.‖ —Por lo tanto —concluyó el Genio—, dado que tú me has liberado hoy, te ofrezco esa
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    elección. El pescador estabaextremadamente afligido, no tanto por sí mismo, como a causa de sus tres hijos ,y la forma de mi muerte, te conjuro, por el gran nombre que estaba grabado sobre el sello del profeta Salomón, hijo de David, a contestarme verazmente la pregunta que voy a hacerte. El Genio, encontrándose obligado a dar una respuesta afirmativa a este conjuro, tembló. Luego, respondió al pescador: —Pregunta lo que quieras, pero hazlo pronto. —Deseo saber —consultó el pescador—, si efectivamente estabas en este jarrón. ¿Te atreves a jurarlo por el gran nombre de Dios? —Sí —replicó el Genio—, me atrevo a jurar, por ese gran nombre, que así era. —De buena e —contestó el pescador— no te puedo creer. El jarrón no es capaz de contener ninguno de tus miembros. ¿Cómo es posible que todo tu cuerpo pudiera yacer en él? —¿Es posible —replicó el Genio— que tú no me creas después del solemne juramento que acabo de hacer? —En verdad, no puedo creerte —dijo el pescador—. Ni podré creerte, a menos que tú entres en el jarrón otra vez. De inmediato, el cuerpo del Genio se disolvió y se cambio a sí mismo en humo, extendiéndose como antes sobre la playa. Y, por último, recogiéndose, empezó a entrar de nuevo en el jarrón, en lo cual continuó hasta que ninguna porción quedó afuera. Apresuradamente, el pescador cogió la cubierta de plomo y con gran rapidez la volvió a colocar sobre el ron. —Genio —gritó—, ahora es tu turno de rogar mi favor y ayuda. Pero yo te arrojaré al mar, d encontrabas. Después, construiré una casa playa, donde residiré y advertiré a todos los pescadores que vengan a arrojar sus redes, para que se de un Genio tan malvado como tú, que has hecho juramento de matar a la persona que te ponga e libertad. El Genio empezó a implorar al pescador —Abre el jarrón —decía—; dame la libertad te prometo satisfacerte a tu entero agrado. Eres un traidor —respondió el pescado. volvería a estar en peligro de perder mi vida, tan loco como para confiar en ti. El lobo y las 7 cabritillas Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. ―Hijas mías,‖ les dijo, ―me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.‖ Las cabritas respondieron: ―Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.‖ Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino. No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
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    ―Abrid, hijitas. Soyvuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.‖ Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. ―No te abriremos,‖ exclamaron, ―no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.‖ Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: ―Abrid hijitas,‖ dijo, ―vuestra madre os trae algo a cada una.‖ Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: ―No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!‖ Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: ―Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.‖ Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: ―Échame harina blanca en el pie,‖ díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: ―Si no lo haces, te devoro.‖ El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente. Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: ―Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.‖ Las cabritas replicaron: ―Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.‖ La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol. Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: ―Madre querida, estoy en la caja del reloj.‖ Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas! Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: ―Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme.‖ Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento. Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el
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    estómago le diesenmucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó: ―¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran seis cabritas, mas ahora me parecen chinitas.‖ Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: ―¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!‖ Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo. El gigante egoísta Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. ―¡Qué felices somos aquí!‖, -se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. ―¿Qué hacéis aquí?‖, surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. ―Este jardín es mío. Es mi jardín propio‖, dijo el Gigante; ―todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.‖ Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES Era un Gigante egoísta… Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar a la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. ―¡Qué dichosos éramos allí!‖, se decían unos a otros. ―La Primavera se olvidó de este jardín‖, se dijeron, ―así que nos quedaremos aquí el resto del año.‖ Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
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    Los únicos quese sentían a gusto allí eran la Nieve y la Escarcha. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. ―¡Qué lugar más agradable‖, dijo. ―Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.‖ Y vino el Granizo. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. ―No entiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí‖, decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, ―espero que pronto cambie el tiempo.‖ Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. ―Es un gigante demasiado egoísta‖ decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. ―¡Qué bien! Parece que por fin llegó la Primavera‖ dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón se mantenía el Invierno. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niño, pero era tan pequeño que no lograba alcanzar las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas, que parecían a punto de quebrarse. ―¡Súbete a mí, niñito!‖, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. ―¡Cuán egoísta he sido!‖ exclamó. Ahora sé porqué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a tirar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
  • 12.
    Estaba realmente arrepentidopor lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo quedó aquel pequeñín del rincón más alejado, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo cogió suavemente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño se abrazó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera volvió al jardín. ―Desde ahora el jardín será para vosotros, hijos míos‖, dijo el Gigante, y asiendo un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. ―Pero, ¿dónde está el más pequeñito?‖, preguntó el Gigante, ―¿ese niño que subí al árbol del rincón?‖ El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. ―No lo sabemos‖ respondieron los niños, ―se marchó solito.‖ ―Decidle que vuelva mañana‖ dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más pequeñito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. ―¡Cómo me gustaría volverlo a ver!‖ repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante envejeció y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. ―Tengo muchas flores hermosas‖, decía, ―pero los niños son las flores más hermosas de todas.‖ Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno, pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró… Lo que estaba viendo era realmente maravilloso. En el rincón más alejado del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría, el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de ira, y dijo: ―¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?‖ Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. ―¿Pero, quién se atrevió a herirte?‖, gritó el Gigante. ―Dímelo, para coger mi espada y matarlo.‖ ―¡No!‖, respondió el niño. ―Estas son las heridas del Amor.‖ ―¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?‖, preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
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    Entonces el niñosonrió al Gigante, y le dijo: ―Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es el Paraíso.‖ Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba enteramente cubierto de flores blancas… El patito feo ¡Qué lindos eran los días de verano!, ¡qué agradable resultaba pasear por e campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Alrededor de los campos había grandes bosques, en medio de los cuales se abrían hermosísimos lagos. Sí, era realmente encantador estar en el campo. Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla. A los otros patos les interesaba más nadar por el foso que llegarse a conversar con ella. Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. "¡Pip, pip!", decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón. —¡Cuac, cuac! —dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos. —¡Oh, qué grande es el mundo! —dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo. —¿Creen acaso que esto es el mundo entero? —preguntó la pata—. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos —agregó, levantándose del nido—. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo. Y fue a sentarse de nuevo en su sitio. —¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? —preguntó una pata vieja que venía de visita. —Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… —dijo la pata echada—. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?
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    —Déjame echar unvistazo a ese huevo que no acaba de romper —dijo la anciana—. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos¡ ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo… ¡Ah, ése es un huevo de pava, puedes estar segura! Déjalo y enseña a nadar a los otros. —Creo que me quedaré sobre él un ratito aún —dijo la pata—. He estado tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño. —Como quieras —dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose. Por fin se rompió el huevo. "¡Pip, pip!",, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó: —¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos. Habrá de meterse en el agua, aunque tenga que empujarlo yo misma. Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua. —¡Cuac, cuac! —llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros. —No es un pavo, por cierto —dijo la pata—. Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato. Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a parar al estómago del gato. —¡Vean! ¡Así anda el mundo! —dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila—. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac! Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y
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    exclamaron en altavoz: —¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo. Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello. —¡Déjenlo tranquilo! —dijo la mamá—. No le está haciendo daño a nadie. —Sí, pero es tan desgarbado y extraño —dijo el que lo había picoteado—, que no quedará más remedio que despachurrarlo. —¡Qué lindos niños tienes, muchacha! —dijo la vieja pata de la cinta roja—. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras hacerlo de nuevo. —Eso ni pensarlo, señora —dijo la mamá de los patitos—. No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros. Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas. —De todos modos, es macho y no importa tanto —añadió—, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida. —Estos otros patitos son encantadores —dijo la vieja pata—. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila, pueden tráermela sin pena. Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas. —¡Qué feo es! —decían. Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral. Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían: —¡Ojalá te agarre el gato, grandulón! Hasta su misma mamá, deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las
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    aves le asestóun puntapié. Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo, saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires. "¡Es porque soy tan feo!" —pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza. A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero. —¿Y tú qué cosa eres? —le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía. —¡Eres más feo que un espantapájaros! —dijeron los patos salvajes—. Pero eso nos importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas. ¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano. Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes. —Mira, muchacho —comenzaron diciéndole—, eres tan feo que nos caes simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres. —¡Bang, bang! —se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua. Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo! El patito dio un suspiro de alivio. —Por suerte, soy tan feo, que ni los perros tienen ganas de comerme —se dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.
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    Era muy tardecuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies. Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patitoo, que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo. En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba "Hijito", sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre "Chiquitita Piernascortas". Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija. Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo. —Pero, ¿qué pasa? —preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido—. ¡Qué suerte! —dijo—. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba. Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: "nosotros y el mundo", porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo. —¿Puedes poner huevos? —le preguntó. —No. —Pues entonces, ¡cállate! Y el gato le preguntó: —¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas? —No. —Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas. Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el
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    agua que —¡nopudo evitarlo!— fue y se lo contó a la gallina. —¡Vamos! ¿Qué te pasa? —le dijo ella—. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear. —¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! —dijo el patito feo—. ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo! —Sí, muy agradable —dijo la gallina—. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse? —No me comprendes —dijo el patito. —Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas. —Creo que me voy a recorrer el ancho mundo —dijo el patito. —Sí, vete —dijo la gallina. Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era. Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba "¡cau, cau!", de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien. Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas. Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que
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    todas las quehabía conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era! ¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedóse muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo. A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo. Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metióse de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzóse de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían!… Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída. Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera. Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía. —¡Volaré hasta esas regias aves! —se dijo—. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno. Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas. —¡Sí, mátenme, mátenme! —gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y
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    repugnante, no, sinoel reflejo de un cisne! Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban… Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos. En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó: —¡Ahí va un nuevo cisne! Y los otros niños corearon con gritos de alegría: —¡Sí, hay un cisne nuevo! Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía: —¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es! Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía como todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón: —Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo. El rey rana En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, con la mano, al caer; era su juguete favorito. Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una
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    voz que decía:―¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!‖ La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua. ―¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador?‖ dijo, ―pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.‖ - ―Cálmate y no llores más,‖ replicó la rana, ―yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?‖ - ―Lo que quieras, mi buena rana,‖ respondió la niña, ―mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.‖ Mas la rana contestó: ―No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.‖ – ―¡Oh, sí!‖ exclamó ella, ―te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.‖ Mas pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas? Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él. ―¡Aguarda, aguarda!‖ gritóle la rana, ―llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!‖ Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar ‗crocro‘ con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca. Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta: ―¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!‖ Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, encontrase con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volviese a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo: ―Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?‖ - ―No,‖ respondió ella, ―no es un gigante, sino una rana asquerosa.‖ - ―Y ¿qué quiere de ti esa rana?‖ - ―¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.‖ Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía: ―¡Princesita, la más niña, Ábreme! ¿No sabes lo que Ayer me dijiste Junto a la fresca fuente? ¡Princesita, la más niña, Ábreme!‖ Dijo entonces el Rey: ―Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.‖ La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó: ―¡Súbeme a tu silla!‖ La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella, dijo: ―Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.‖ La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: ―¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.‖ La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado,
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    le dijo: ―Nodebes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.‖ Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó: ―Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.‖ La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared: ―¡Ahora descansarás, asquerosa!‖ Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se marcharían a su reino. Durmiéron se, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor. Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo: ―¡Enrique, que el coche estalla!‖ ―No, no es el coche lo que falla, Es un aro de mi corazón, Que ha estado lleno de aflicción Mientras viviste en la fontana Convertido en rana.‖ Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz. El sastrecillo valiente No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba: —¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa. Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó: —¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía! Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo: —Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si
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    te pasas delcuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso. La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando: —¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza! Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.» Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas. Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones. —¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas. Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había bajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a veinte. «¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia. «La ciudad entera tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE. «¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!» Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito. Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca. El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo: —¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?
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    El gigante lomiró con desprecio y dijo: —¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura! —¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy! El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua. —¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte! —¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños! Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo. —¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece? El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla. —Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido. —Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás — y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista. —¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito. —Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque. —Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado . En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar árboles fuese un juego de niños. El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó: —¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol! El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese
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    sostenido así todoel tiempo, y dijo: —¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol! Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo: —¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque? —No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes! El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante: —Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros. El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller.» El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado. El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE. —¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero. Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de
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    sus nobles paraque le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey. —Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—. Estoy dispuesto a servir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia para él solo. Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a mil millas de distancia. —¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda enfrentársele. Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del ejército. —No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre capaz de matar a siete de un golpe. El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución. Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa. «¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Así que contestó: —Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos. Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores: —Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes. Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima
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    de los durmientes,y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido. Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo: —¿Por qué me pegas? —Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado. Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo. —¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras? —Yo no te he tirado nada —gruñó el primero. Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas. Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primer gigante. —¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito. «Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos livianos.» Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo: —Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, que mata a siete de un golpe! —¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes. —No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado. Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo. El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
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    —Antes de querecibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace grandes destrozos, y debes capturarlo primero. —Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió el sastrecito—-Siete de un golpe: ésa es mi especialidad. Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera. No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno. —Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito. Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero. «¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey. Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores. —¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños! Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo. Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos. El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono». Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey el sastrecito valiente.
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    El soldadito deplomo Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa. Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia. En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una. ―Ésta es la mujer que me conviene para esposa‖, se dijo. ―¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.‖ Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio. Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos. De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— abrióse la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí
  • 30.
    había era unduende negro, algo así como un muñeco de resorte. —¡Soldadito de plomo! —gritó el duende—. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina? Pero el soldadito se hizo el sordo. —Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro. Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle. La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar. Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle. —¡Qué suerte! —exclamó uno—. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar. Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro. De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón. "Me gustaría saber adónde iré a parar‖, pensó. ―Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro." Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla. —¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame tu pasaporte! Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
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    —¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡Noha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte! La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata. Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; hallábase a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos: ¡Adelante, guerrero valiente! ¡Adelante, te aguarda la muerte! En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era. Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba: —¡Un soldadito de plomo! El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello. Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra. De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de
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    resorte el quelo había movido a ello. El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón El tesoro perdido El sol poniente se hundía de los picos helados de las montañas y éstos se tornaban rojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Los niños corrían y brincaban entrelazándose —con las cometas siguiendo sus movimientos—, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color marrón. Observaban a la cometa del niño elevarse cada vez más en el cielo. Sostenida por el viento, estaba tan alta, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar a la cometa, el niño dijo: —Cuéntame un cuento, tío. El monje sonrió entre dientes. —Una historia antigua, pues ―Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: `Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Ni siquiera de tu esposa´. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente su consejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo. ―Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a la escuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego del volante con el pie. Tamchu vivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños. ―Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: `Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie´. Pero cuando pensó en su amigo Tamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No a Tamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo: `Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padre me dio al morir´. Tamchu dijo: `Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos
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    buenos amigos´. ―Así —continuóel monje—, pasó un año y Sonam volvió de su peregrinaje. Fue a casa de Tamchu y le pidió a su amigo: `¿Puedes devolverme mi oro, Tamchu?´. `¡Oh, lo siento muchísimo, Sonam!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡El oro se ha convertido en arena!´, contestó Tamchu, mirando a su amigo con cara de estar muy asombrado. Pero Sonam, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido y, después de unos minutos de silencio, dijo: `Está bien, Tamchu, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro´. ―Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo. Al atardecer, Sonam dijo a su amigo: `Tamchu, me gustaría cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Me gustaría darles buena comida y buena ropa. Serían muy felices en mi casa´. `¡Muy buena idea, Sonam!´, dijo Tamchu, quien pensó: `Aunque ha perdido todo su oro a mis manos, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona´. Y así, añadió: `Desde luego, Sonam. Llévate a mis hijos todo el tiempo que quieras´. Sonam se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien. Pero compró dos monos pequeños y les puso los nombres de los niños. Durante los días que siguieron, adiestró a los monos para que cuando él llamase `¡Tendxin, ven aquí!´, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase `¡Thupten, ven aquí!´, el mono más joven fuera hacia él. Los monos comprendieron muy bien y aprendieron muy rápido. Cuando Tamchu fue a ver a sus hijos, Sonam mostró un triste semblante a su amigo: `¡Oh lo siento muchísimo, Tamchu! —dijo— ¡Qué desgracia!, ¡qué desgracia! ¡Tus hijos se han convertido en monos!´. Tamchu quedó agobiado y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Tamchu y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Tamchu quedó muy apenado y preguntó a su amigo: `Sonam, ¿qué podemos hacer?¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´. Sonam estuvo pensativo unos instantes y luego le dijo a su amigo: —Eso es fácil, pero para ello necesitamos mucho oro. —¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Tamchu. —Unas dos bolsas de pepitas de oro, por lo menos. —Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Tamchu, que salió corriendo hacia su casa. Más tarde, volvió y le dio el oro a su amigo. Sonam lo cogió y le dijo a Tamchu que esperase mientras él subía al piso de arriba. Al cabo de unos momentos, volvió a bajar.
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    `Ahí tienes, Tamchu.He transformado de nuevo a los monos en seres humanos, en tus hijos´. Tamchu estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con empacho a Sonam. Pero enseguida, los dos amigos no pudieron romper a reír‖. Al terminar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras éste escuchaba el relato. Ambos contemplaron a la cometa flotar sobre el valle de Lhasa y volar hacia los dorados tejados del Potala. TEN CUIDADO CON LA MIEL QUE SE TE OFRECE SOBRE UN CUCHILLO AFILADO El traje del emperador Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey que se encuentra en el Consejo, de él se decía siempre: -El Emperador está en el ropero. La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por numerosos turistas. Un día se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las telas más maravillosas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran irremediablemente estúpidos. -¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los llevase, podría averiguar qué funcionarios del reino son indignos del cargo que desempeñan. Podría distinguir a los listos de los tontos. Sí debo encargar inmediatamente que me hagan un traje. Y entregó mucho dinero a los estafadores para que comenzasen su trabajo. Instalaron dos telares y simularon que trabajaban en ellos; aunque estaba totalmente vacíos. Con toda urgencia, exigieron las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor calidad. Guardaron en sus alforjas todo esto y trabajaron en los telares vacíos hasta muy entrada la noche. «Me gustaría saber lo que ha avanzado con la tela», pensaba el Emperador, pero se encontraba un poco confuso en su interior al pensar que el que fuese tonto o indigno de su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que tuviera dudas sobre sí mismo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para ver cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de
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    aquella tela, ytodos estaban deseosos de ver lo tonto o inútil que era su vecino. «Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para ver si el trabajo progresa, pues tiene buen juicio, y no hay quien desempeñe el cargo como él». El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos pícaros, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios me guarde! -pensó el viejo ministro, abriendo unos ojos como platos-. ¡Pero si no veo nada!». Pero tuvo buen cuidado en no decirlo. Los dos estafadores le pidieron que se acercase y le preguntaron si no encontraba preciosos el color y el dibujo. Al decirlo, le señalaban el telar vacío, y el pobre ministro seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios mio! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No debo decir a nadie que no he visto la tela». -¿Qué? ¿No decís nada del tejido? -preguntó uno de los pillos. -¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujos y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente. -Cuánto nos complace -dijeron los tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo ministro tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo. Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Lo almacenaron todo en sus alforjas, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en el telar vacío. Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado del tejido y a informarse de si el traje quedaría pronto listo. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver. -Precioso tejido, ¿verdad? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía. «Yo no soy tonto -pensó el funcionario-, luego, ¿será mi alto cargo el que no me merezco? ¡Qué cosa más extraña! Pero, es preciso que nadie se dé cuenta». Así es que elogió la tela que no veía, y les expresó su satisfacción por aquellos hermosos colores y aquel precioso dibujo. -¡Es digno de admiración! -informó al Emperador.
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    Todos hablaban enla ciudad de la espléndida tela, tanto que, el mismo Emperador quiso verla antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes distinguidos, entre los cuales figuraban los dos viejos y buenos funcionarios que habían ido antes, se encaminó a la sala donde se encontraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo afanosamente, aunque sin hebra de hilo. -¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados funcionarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -, y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían perfectamente la tela. «¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto? ¿O es que no merezco ser emperador? ¡Resultaría espantoso que fuese así!». -¡Oh, es bellísima! -dijo en voz alta-. Tiene mi real aprobación-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío, sin decir ni una palabra de que no veía nada. Todos el séquito miraba y remiraba, pero ninguno veía absolutamente nada; no obstante, exclamaban, como el Emperador: -¡Oh, es bellísima!-, y le aconsejaron que se hiciese un traje con esa tela nueva y maravillosa, para estrenarlo en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todos estaban entusiasmados con ella. El Emperador concedió a cada uno de los dos bribones una Cruz de Caballero para que las llevaran en el ojal, y los nombró Caballeros Tejedores. Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis lámparas encendidas. La gente pudo ver que trabajaban activamente en la confección del nuevo traje del Emperador. Simularon quitar la tela del telar, cortaron el aire con grandes tijeras y cosieron con agujas sin hebra de hilo; hasta que al fin, gritaron: -¡Mirad, el traje está listo! Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros más distinguidos, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron: -¡Estos son los pantalones! ¡La casaca! ¡El manto! ...Y así fueron nombrando todas las piezas del traje. Las prendas son ligeras como si fuesen una tela de araña. Se diría que no lleva nada en el cuerpo, pero esto es precisamente lo bueno de la tela. -¡En efecto! -asintieron todos los cortesanos, sin ver nada, porque no había nada . -¿Quiere dignarse Vuestra Majestad a quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones-, para que podamos probarle los nuevos vestidos ante el gran espejo? El Emperador se despojó de todas sus prendas, y los pícaros simularon entregarle las
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    diversas piezas delvestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Luego hicieron como si atasen algo a la cintura del Emperador: era la cola; y el Monarca se movía y contoneaba ante el espejo. -¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaron todos-. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso! -El palio para la procesión os espera ya en la calle, Majestad -anunció el maestro de ceremonias. -¡Sí, estoy preparado! -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? -y de nuevo se miró al espejo, haciendo como si estuviera contemplando sus vestidos. Los chambelanes encargados de llevar la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y siguieron con las manos en alto como si estuvieran sosteniendo algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo marchó el Emperador en la procesión bajo el espléndido palio, mientras que todas las gentes, en la calle y en las ventanas, decían: -¡Qué precioso es el nuevo traje del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué bien le sienta! -nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que no veían nada, porque eso hubiera significado que eran indignos de su cargo o que eran tontos de remate. Ningún traje del Emperador había tenido tanto éxito como aquél. -¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño. -¡Dios mio, escuchad la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo empezó a cuchichear sobre lo que acababa de decir el pequeño. -¡Pero si no lleva nada puesto! ¡Es un niño el que dice que no lleva nada puesto! -¡No lleva traje! -gritó, al fin, todo el pueblo. Aquello inquietó al Emperador, porque pensaba que el pueblo tenía razón; pero se dijo: -Hay que seguir en la procesión hasta el final. Y se irguió aún con mayor arrogancia que antes; y los chambelanes continuaron portando la inexistente cola La gallina roja Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una
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    familia de granjerosque cuidaba de todos los animales. Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos. -¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? les preguntó. - Yo no, dijo el pato. - Yo no, dijo el gato. - Yo no, dijo el perro. - Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita. Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró, convirtiéndose en una bonita planta. -¿Quién me ayudará a segar el trigo? preguntó la gallinita roja. - Yo no, dijo el pato. - Yo no, dijo el gato. - Yo no, dijo el perro. - Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina. Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros: -¿Quién me ayudará a trillar el trigo? - Yo no, dijo el pato. - Yo no, dijo el gato. - Yo no, dijo el perro. - Muy bien, lo trillaré yo. Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar: -¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina? - Yo no, dijo el pato. - Yo no, dijo el gato. - Yo no, dijo el perro. - Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina. Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó: - Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? volvió a preguntar la gallinita roja. -¡Yo, yo! dijo el pato. -¡Yo, yo! dijo el gato. -¡Yo, yo! dijo el perro. -¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos. La hucha El cuarto de los niños estaba lleno de juguetes. En lo más alto del armario estaba la hucha; era de arcilla y tenía figura de cerdo, con una rendija en la espalda, naturalmente, rendija que habían agrandado con un cuchillo para que pudiesen
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    introducirse escudos deplata; y contenía ya dos de ellos, amén de muchos chelines. El cerdito-hucha estaba tan lleno, que al agitarlo ya no sonaba, lo cual es lo máximo que a una hucha puede pedirse. Allí se estaba, en lo alto del armario, elevado y digno, mirando altanero todo lo que quedaba por debajo de él; bien sabía que con lo que llevaba en la barriga habría podido comprar todo el resto, y a eso se le llama estar seguro de sí mismo. Lo mismo pensaban los restantes objetos, aunque se lo callaban; pues no faltaban temas de conversación. El cajón de la cómoda, medio abierto, permitía ver una gran muñeca, más bien vieja y con el cuello remachado. Mirando al exterior, dijo: -Ahora jugaremos a personas, que siempre es divertido. -¡El alboroto que se armó! Hasta los cuadros se volvieron de cara a la pared -pues bien sabían que tenían un reverso-, pero no es que tuvieran nada que objetar. Era medianoche, la luz de la luna entraba por la ventana, iluminando gratis la habitación. Era el momento de empezar el juego; todos fueron invitados, incluso el cochecito de los niños, a pesar de que contaba entre los juguetes más bastos. -Cada uno tiene su mérito propio -dijo el cochecito-. No todos podemos ser nobles. Alguien tiene que hacer el trabajo, como suele decirse. El cerdo-hucha fue el único que recibió una invitación escrita; estaba demasiado alto para suponer que oiría la invitación oral. No contestó si pensaba o no acudir, y de hecho no acudió. Si tenía que tomar parte en la fiesta, lo haría desde su propio lugar. Que los demás obraran en consecuencia; y así lo hicieron. El pequeño teatro de títeres fue colocado de forma que el cerdo lo viera de frente; empezarían con una representación teatral, luego habría un té y debate general; pero comenzaron con el debate; el caballo-columpio habló de ejercicios y de pura sangre, el cochecito lo hizo de trenes y vapores, cosas todas que estaban dentro de sus respectivas especialidades, y de las que podían disertar con conocimiento de causa. El reloj de pared habló de los tiquismiquis de la política. Sabía la hora que había dado la campana, aun cuando alguien afirmaba que nunca andaba bien. El bastón de bambú se hallaba también presente, orgulloso de su virola de latón y de su pomo de plata, pues iba acorazado por los dos extremos. Sobre el sofá yacían dos almohadones bordados, muy monos y con muchos pajarillos en la cabeza. La comedia podía empezar, pues. Se sentaron todos los espectadores, y se les dijo que podían chasquear, crujir y repiquetear, según les viniera en gana, para mostrar su regocijo. Pero el látigo dijo que él no chasqueaba por los viejos, sino únicamente por los jóvenes y sin compromiso. -Pues yo lo hago por todos -replicó el petardo. -Bueno, en un sitio u otro hay que estar -opinó la escupidera. Tales eran, pues, los pensamientos de cada cual, mientras presenciaba la función. No es que ésta valiera gran cosa, pero los actores actuaban bien, todos volvían el lado pintado hacia los espectadores, pues estaban construidos para mirarlos sólo por aquel
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    lado, y nopor el opuesto. Trabajaron estupendamente, siempre en primer plano de la escena; tal vez el hilo resultaba demasiado largo, pero así se veían mejor. La muñeca remachada se emocionó tanto, que se le soltó el remache, y en cuanto al cerdo-hucha, se impresionó también a su manera, por lo que pensó hacer algo en favor de uno de los artistas; decidió acordarse de él en su testamento y disponer que, cuando llegase su hora, fuese enterrado con él en el panteón de la familia. Se divertían tanto con la comedia, que se renunció al té, contentándose con el debate. Esto es lo que ellos llamaban jugar a «hombres y mujeres», y no había en ello ninguna malicia, pues era sólo un juego. Cada cual pensaba en sí mismo y en lo que debía pensar el cerdo; éste fue el que estuvo cavilando por más tiempo, pues reflexionaba sobre su testamento y su entierro, que, por muy lejano que estuviesen, siempre llegarían demasiado pronto. Y, de repente, ¡cataplum!, se cayó del armario y se hizo mil pedazos en el suelo, mientras los chelines saltaban y bailaban, las piezas menores gruñían, las grandes rodaban por el piso, y un escudo de plata se empeñaba en salir a correr mundo. Y salió, lo mismo que los demás, en tanto que los cascos de la hucha iban a parar a la basura; pero ya al día siguiente había en el armario una nueva hucha, también en figura de cerdo. No tenía aún ni un chelín en la barriga, por lo que no podía matraquear, en lo cual se parecía a su antecesora; todo es comenzar, y con este comienzo pondremos punto final al cuento. La liebre y el erizo Tenéis que saber, muchachos, que esta historia, aunque se cuente de mentirijillas, es totalmente verdadera, pues mi abuelo, que me la contó a mí, siempre decía: «Ha de ser cierta, hijo mío, pues de lo contrario no podría contarse». Y así fue como ocurrió: Sucedió un domingo de otoño por la mañana, precisamente cuando florecía el alforfón. El sol brillaba en el cielo, el viento mañanero soplaba cálido sobre los rastrojos, las alondras cantaban en los campos, las abejas zumbaban sobre la alfalfa y la gente iba a oír misa vestida con el traje de los domingos. Todas las criaturas se sentían gozosas y también, por supuesto, el erizo. El erizo estaba en la puerta de su casa, mirando al cielo distraídamente mientras tarareaba una cancioncilla, tan bien o tan mal como suele hacerlo cualquier erizo un domingo por la mañana, cuando se le ocurrió de repente que, mientras su mujer vestía a los niños, podía dar un pequeño paseo por los sembrados, para ver cómo iban sus nabos. El sembrado estaba muy cerca de su casa y toda la familia comía de sus nabos con frecuencia; por eso los consideraba de su propiedad. Y, en efecto, el erizo se dirigió al sembrado. No muy lejos de su casa, cuando se disponía a rodear el soto de endrinos que cercaba el campo para llegar hasta sus nabos, le salió al paso la liebre, que iba ocupada en parecidos asuntos: ella iba a ver cómo estaban sus coles. Cuando el erizo vio a la liebre le deseó amablemente muy buenos días. Pero la liebre, que era a su modo toda una señora, llena de exagerada arrogancia, en vez de devolverle el saludo le preguntó, haciendo una mueca, con profundo sarcasmo:
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    -¿Cómo es queandas tan de mañana por los sembrados? -Voy de paseo -respondió el erizo. -¿De paseo, eh? -exclamó la liebre, rompiendo a reír-. A mí me parece que podrías utilizar tus piernas con más provecho. Tal respuesta indignó enormemente al erizo, que lo toleraba todo excepto las observaciones sobre sus piernas, porque era patizambo por naturaleza. -¿Acaso te imaginas -replicó el erizo- que las tuyas son mejores en algo? -Eso pienso -dijo la liebre. -Hagamos una prueba -propuso el erizo-; te apuesto lo que quieras a que te gano una carrera. -¡No me hagas reír! ¡Tú, con tus piernas torcidas! -dijo la liebre-; pero si tantas ganas tienes, por mí que no sea. ¿Qué apostamos? -Una moneda de oro y una botella de aguardiente -propuso el erizo-. Pero aún estoy en ayunas; quiero ir antes a casa y desayunar un poco; regresaré en media hora. Y el erizo se fue, pues la liebre se mostró conforme. Por el camino iba pensando el erizo: «La liebre confía mucho en sus largas piernas, pero yo le daré su merecido. Es, ciertamente, toda una señora, pero no por eso deja de ser una estúpida; me las pagará». Cuando llegó a su casa dijo a su mujer: -Mujer, vístete ahora mismo; tienes que venir conmigo al campo. -¿Qué ocurre? -preguntó la mujer. -He apostado con la liebre una moneda de oro y una botella de aguardiente; vamos a hacer una carrera a ver quién gana, y necesito que estés presente. -¡Oh, Dios mío! -comenzó a gritar la mujer del erizo-. ¿Eres un idiota? ¿Perdiste la razón? ¿Cómo pretendes ganar una carrera a la liebre? -¡Calla mujer -dijo el erizo-, eso es cosa mía! No te metas en cosas de hombres. Andando, vístete y ven conmigo. ¿Y qué otra cosa podía hacer la mujer del erizo? Quisiera o no, tuvo que obedecer. Por el camino dijo el erizo a su mujer: -Y ahora pon atención a lo que te voy a decir. Mira, en ese largo sembrado que hay allí vamos a correr. La liebre correrá por un surco y yo por otro, y empezaremos desde allá arriba. Lo único que tienes que hacer es quedarte aquí abajo en el surco, y cuando la liebre se acerque desde el otro lado, le sales al encuentro y le dices: «Ya estoy
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    aquí». Y estando enestas charlas llegaron al sembrado. El erizo señaló a la mujer su puesto y se fue al otro extremo del sembrado. Cuando llegó, la liebre ya estaba allí. -¿Podemos empezar? -preguntó la liebre. -¡Por supuesto! -dijo el erizo. -¡Pues adelante! Y cada uno de los dos se colocó en su surco. La liebre contó «uno, dos, tres» y salió disparada como un rayo por el sembrado. El erizo apenas dio unos tres pasitos, se agachó en el surco y se quedó quieto. Cuando la liebre se acercó corriendo como un bólido a la parte baja del sembrado, la mujer del erizo le gritó desde su puesto: -¡Ya estoy aquí! La liebre se quedó perpleja; y no fue pequeño su asombro, pues no pensó otra cosa sino que era el mismo erizo quien le hablaba, ya que, como es sabido, la mujer del erizo tiene exactamente el mismo aspecto que el marido. Pero la liebre pensó: «Aquí hay gato encerrado», y gritó: -¡A correr otra vez! ¡De vuelta! Y de nuevo salió como un bólido, con las orejas ondeando al viento. La mujer del erizo permaneció quieta en su puesto. Cuando la liebre llegó a la parte alta del campo el erizo le gritó desde su puesto: -¡Ya estoy aquí! Pero la liebre, indignada y fuera de sí, gritó: -¡A correr otra vez! ¡De vuelta! -A mí eso no me importa -respondió el erizo-; por mí, las veces que tú quieras. Y de esta manera corrió la liebre otras setenta y tres veces, y el erizo siempre accedía a repetir la carrera. Y cada vez que la liebre llegaba a un extremo o al otro, decían el erizo o su mujer: -¡Ya estoy aquí! Pero, a la septuagésima cuarta vuelta la liebre no pudo llegar hasta el final. En medio del campo se desplomó, la sangre fluyó de su garganta y quedó muerta en el suelo. Y el erizo tomó la moneda de oro y la botella de aguardiente que había ganado, llamó a su mujer desde su surco y ambos se fueron contentos a casa; y si todavía no se han
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    muerto, seguirán convida. Así fue cómo sucedió que en las campiñas de Buxtehude el erizo hizo correr a la liebre hasta la muerte, y desde ese día no se le ha vuelto a ocurrir a ninguna liebre apostar en una carrera con un erizo de Buxtehude. La moraleja de esta historia es: primero, que a nadie, por muy principal que se considere, se le debe ocurrir burlarse de un hombre inferior, aun cuando se trate de un erizo; y, segundo, que resulta aconsejable, cuando uno se quiere casar, tomar por mujer a una de su condición y que sea igual de aspecto; o sea, un erizo ha de preocuparse de que su mujer sea también un erizo, y así sucesivamente. La oca de oro Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más pequeño lo llamaban Tontorrón y era menospreciado por todos; se reían de él y le daban de lado a cada momento. Un día el hijo mayor debía ir al bosque a cortar leña; su madre le preparó una exquisita tortilla de patatas, añadiéndole una botella de buen vino de la tierra, para que no pasase ni hambre ni sed. Al llegar al bosque se tropezó con un viejo hombrecillo de pelo canoso, que le dio los buenos días y le dijo: -Dame un trozo de la tortilla que llevas en el canasto y déjame beber un poco de vino; tengo mucha hambre y estoy sediento. Pero el hijo, que era un listillo, le contestó: -Si te doy parte de mi tortilla y de mi vino, no tendré suficiente para mí ¡Apártate de mi camino! Y, dejando al hombrecillo allí plantado, siguió su marcha. Llegado al lugar adecuado, se puso a talar un árbol; pero, no había transcurrido mucho tiempo cuando, dando un mal golpe, se clavó el hacha en el brazo y tuvo que regresar a casa para que le curasen la herida. Esto no había sido un simple accidente, pues había sido provocado por el hombrecillo de pelo canoso. Luego, tuvo que ir el segundo hijo al bosque a cortar algo de leña, y la madre le preparó, igual que al hijo mayor, una exquisita tortilla de patatas y una botella de vino. Él también se encontró con el viejo hombrecillo que, del mismo modo, le pidió un trozo de tortilla y un trago de vino. Pero el segundo hijo también le habló con una gran sensatez: -Si te doy algo, tendré menos para mí. ¡Lárgate con viento fresco! Y prosiguió su marcha. Efectivamente, también a él le llegó pronto el castigo: no había hecho más que dar un par de hachazos al árbol, cuando se golpeó en la pierna, con tanta fuerza, que tuvo
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    que ser llevadoa casa. Entonces dijo Tontorrón: -Padre, déjame que vaya yo a cortar la leña. A lo que el padre respondió: -Lo único que han conseguido tus hermanos es hacerse daño; olvídate de esas cosas, de las que tú no entiendes. Pero Tontorrón le suplicó con tanta insistencia para que le permitiera ir que, al final, su padre dijo: -Está bien, puedes ir. Ya escarmentarás cuando te hagas daño. La madre le preparó una tortilla con mondas de patata, que había hecho con agua y sobre las cenizas; a la que añadió una botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque se topó, como le había ocurrido a los otros, con el viejo y canoso hombrecillo, quien, saludándole, le dijo: -Dame un trozo de tortilla y un poquito de vino; tengo mucha hambre y me muero de sed. -Pero -le respondió Tontorrón- sólo tengo una tortilla de mondas de patata, hecha sobre las cenizas, y cerveza agria; si te parece bien, nos sentaremos y comeremos juntos. Entonces se sentaron y, cuando el hijo menor sacó la esmirriada tortilla, ésta se había convertido en una exquisita tortilla de patatas con mucha cebollita, y la cerveza agria era un delicado vino. Y así, comieron y bebieron; y después habló el hombrecillo: -Como tienes un buen corazón y estás dispuesto a compartir lo que posees, quiero que recibas tu premio. Allí hay un viejo árbol, córtalo y encontrarás algo entre las raíces. Y, diciendo esto, el hombrecillo canoso desapareció. Tontorrón se acercó al árbol y lo cortó; al caer, vio entre sus raíces una oca que tenía las plumas de oro puro. La cogió y se fue a una posada, donde había de pasar la noche. El posadero tenía tres hijas, que vieron la oca y sintieron curiosidad por saber qué clase de pájaro maravilloso era aquel, y quisieron quitarle una de sus plumas de oro. La mayor pensó: «Ya se presentará la ocasión de arrancarle una pluma». Y, en un momento en que Tontorrón había salido, cogió la oca por las alas para quitarle una pluma, pero la mano se le quedó pegada y no pudo soltarse. Poco después apareció la segunda hija, con la intención también de llevarse una pluma
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    de oro; pero,apenas había tocado a su hermana, cuando se quedó pegada a ella. Finalmente, llegó también la tercera hija con las mismas intenciones. Entonces gritaron las otras: -¡No te acerques, por todos los Santos, no te acerques! Pero ella, que no entendía por qué no podía acercarse, pensó: «Ellas están ahí. ¿Por qué no puedo estar yo también?». Y se acercó corriendo, pero en cuanto hubo tocado a sus hermanas, se quedó pegada a ellas. Y, de esta manera, tuvieron las tres que pasar la noche. Por la mañana cogió Tontorrón a la oca en sus brazos y se marchó, no preocupándose por las tres hermanas que iban pegadas detrás. Las muchachas tenían que seguirle siempre a todo correr, procurando no tropezar entre ellas. En medio del campo se les acercó el cura que, al ver la procesión, exclamó: -¿No os avergonzáis, chicas descaradas? ¿Por qué corréis tras este joven por el campo? ¿Os parece bien lo que estáis haciendo? Entonces tomó a la menor de la mano para apartarla, pero se quedó igualmente pegado y tuvo él también que ir corriendo detrás. Al poco rato apareció el sacristán que, al ver al señor cura siguiendo los pasos a tres muchachas, exclamó perplejo: -¡Eh, señor cura! ¿A dónde va tan aprisa? ¡No olvide que hoy tenemos bautizo! Y, dicho esto, se le acercó corriendo y lo cogió por la manga, quedándose también pegado. Y, cuando los cinco iban caminado de esta guisa, uno detrás del otro, aparecieron dos campesinos, con sus azadones. El cura les pidió que liberaran al sacristán y luego a él, pero, en cuanto tocaron al sacristán, se quedaron pegados; así que eran ya siete personas corriendo detrás de Tontorrón y de su oca. Llegaron después a una ciudad, donde gobernaba un rey cuya única hija era tan seria que nadie podía hacerla reír jamás. Por eso el rey había proclamado una ley, según la cual, quien pudiera hacerla reír se casaría con ella. Cuando Tontorrón oyó esto, fue con su oca y toda su comitiva a presentarse ante la hija del rey y, cuando ésta vio a las siete personas caminando siempre una detrás de otra, comenzó a reír a grandes carcajadas, y parecía que no podría parar nunca. Entonces la pidió Tontorrón como prometida, pero al rey no le gustó como yerno y le puso toda tipo de condiciones. Primero pidió a Tontorrón que le trajera a un hombre que fuera capaz beberse toda una bodega llena de vino. Tontorrón se acordó del viejo hombrecillo canoso, que quizás pudiera ayudarle; se fue
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    al bosque abuscarlo, y en el sitio donde había cortado el árbol vio a un hombre sentado, con una expresión muy triste en el rostro. Tontorrón le preguntó qué le afligía de ese modo y el hombre contestó: -Tengo mucha sed y no puedo saciarla. No soporto el agua fría y ya he vaciado un tonel de vino, pero ¿qué hará una gota sobre una roca ardiendo? -Creo que puedo ayudarte -dijo Tontorrón-. Vente conmigo y podrás beber vino hasta que te hartes. Lo condujo entonces a la bodega del rey, y el hombre se abalanzó sobre los grandes toneles, y bebió y bebió, hasta que su cuerpo estaba a punto de reventar. Y al finalizar el día había acabado con toda la bodega. Tontorrón volvió a reclamar a su prometida, pero al rey le fastidiaba de que aquel simple rapaz, llamado Tontorrón, se llevase a su hija, por lo que impuso nuevas condiciones. Tendría que encontrar primero a un hombre que pudiera comerse una montaña entera de pan. Tontorrón no lo pensó mucho y se fue inmediatamente al bosque; allí estaba sentado, exactamente en el mismo sitio, un hombre que se apretaba fuertemente el cuerpo con un cinturón; tenía una expresión muy triste en su rostro, y dijo: -Me he comido todo un horno lleno de pan; pero ¿de qué sirve eso si se tiene tanta hambre como tengo yo? Mi estómago sigue estando vacío, y cada día tengo que apretarme más el cinturón para no morir de hambre. Tontorrón se puso muy contento y dijo: -Levántate y ven conmigo, pues comerás hasta hartarte. Lo condujo a la corte, donde el rey había hecho traer toda la harina de su reino para cocer con ella una inmensa montaña de pan. Pero el hombre del bosque se colocó frente a ella, comenzó a comer y a comer, y al final del día había desaparecido toda la montaña. Tontorrón reclamó por tercera vez a su prometida, pero el rey buscó de nuevo un pretexto y pidió un barco que pudiera navegar tanto por tierra como por mar. -En cuanto vengas navegando en él -dijo-, tendrás a mi hija por esposa. Tontorrón se fue directamente al bosque; allí estaba sentado el viejo hombrecillo canoso al que había dado su tortilla, que dijo: -He bebido y he comido gracias a ti, y ahora te daré también ese barco; todo esto lo hago porque fuiste compasivo y bondadoso conmigo. Y le dio el barco que podía navegar por tierra y por mar, y cuando el rey lo vio no pudo negarle por más tiempo a su hija. Se celebró la boda y, a la muerte del rey, Tontorrón
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    heredó el reino,y vivió feliz muchos años con su esposa. La perla del dragón Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto del monte Kinabalu. Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla. Tenía una perla de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la recogía con la boca. Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla. Pero el dragón la guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo. El Emperador de la China decidió enviar a su hijo a la isla de Borneo; llamó al joven Príncipe y le dijo: -Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de que encontrarás la forma de traérmela. Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo. A lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con la perla. De pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan. Llamó a sus hombres y les dijo: -Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el aire. Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel. Después de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso de un hombre. Al anochecer, comenzó a soplar el viento. El Príncipe montó en la cometa y se elevó por los aires. La noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y se deslizó dentro de la cueva. El dragón dormía profundamente. Con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla, puso en su lugar la linterna de papel y escapó de la cueva. Entonces, montó en la cometa y encendió una luz. Cuando sus hombres vieron la señal, comenzaron a recoger la cuerda de la cometa. Al cabo de algún tiempo, el Príncipe pisaba la cubierta de su barco. -¡Levad anclas! -gritó.
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    El barco, aprovechandoun viento suave, se hizo a la mar. En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las mañanas. Entonces, descubrió que le habían robado su perla. Comenzó a echar humo y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones. Recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla. Entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al agua y nadó velozmente hacia el barco. -¡Ladrones! ¡Devolvedme mi perla! -gritaba el dragón. Los marineros estaban muy asustados y lanzaban gritos de miedo. La voz del Príncipe se elevó por encima de todos los gritos: -¡Cargad el cañón grande! Poco después hicieron fuego. -¡Bruum! El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón que iba hacia él. La bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el dragón pensó que le devolvían su perla. Por eso, abrió la boca y se tragó la bala. Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer. Desde aquel día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China. La ratita presumida Erase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla... una moneda de oro. La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda. - Ya sé me compraré caramelos... uy no que me dolerán los dientes. Pues me comprare pasteles... uy no que me dolerá la barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.- La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casita. Al día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de su casa. En eso que aparece un gallo y le dice: - Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le respondió: - No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces? - Y el gallo le dice: - quiquiriquí- . - Ay no, contigo no me casaré que no me gusta el
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    ruido que haces-. Se fue el gallo y apareció un perro. - Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le dijo: - No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces? - . - Guau, guau- . - Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me asusta- . Se fue el perro y apareció un cerdo. - Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le dijo: - No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué ruido haces? - . - Oink, oink- . - Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es muy ordinario- . El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: - Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le dijo: - No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches? - . Y el gatito con voz suave y dulce le dice: - Miau, miau- . - Ay sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.- Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce voz. Los dos juntos fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este La sirenita Había una vez... ...Un hermoso lugar, en lo más profundo de los mares donde el agua es pura y transparente como el cristal, y en ella abundan las plantas, las flores y los peces de formas extraordinarias. Allí existía un esplendoroso palacio que pertenecía al Rey de los Mares. Estaba realizado de coral y de caracolas y adornado con perlas de todos tamaños, estrellas y esponjas, y allí vivía el rey junto con sus seis lindas hijitas. Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusa al oírla dejaban de flotar. La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas. "¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!" "Todavía eres demasiado joven". Respondió la madre. "Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para salir a la superficie, como a tus hermanas". Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso
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    jardín ornado conflores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada. Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor. "¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres, Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!" Apenas su padre terminó de hablar, Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer . El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida. "¡Qué hermoso es todo!" exclamó feliz, dando palmadas. Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. "¡Cómo me gustaría hablar con ellos!". Pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: "¡Jamás seré como ellos!". A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: "¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!". La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón. La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. Sirenita se dio cuenta enseguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida. "¡Cuidado! ¡El mar...!" En vano Sirenita gritó y gritó. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos. El joven estaba inconsciente, mientras Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo. Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar. "¡Corred! ¡Corred!" gritaba una dama de forma atolondrada. "¡Hay un hombre en la playa!" "¡Está vivo! ¡Pobrecito! ¡Ha sido la tormenta...! ¡ Llevémosleal
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    castillo!" "¡No!¡No! Esmejor pedir ayuda..." La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas. "¡Gracias por haberme salvado!" Le susurró a la bella desconocida. Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo había salvado. Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos! Cuando llegó a la mansión paterna, Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, Sirenita, nunca podría casarse con un hombre. Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla. "¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor." "¡No me importa" respondió Sirenita con lágrimas en los ojos, "a condición de que pueda volver con él!" "¡No he terminado todavía!" dijo la vieja." Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola. "¡Acepto!" dijo por último Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera. Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído. "No temas" le dijo de repente,"estás a salvo. ¿De dónde vienes?" Pero Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle. "Te llevaré al castillo y te curaré." Durante los días siguientes, para Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio. Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa. Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de Sirenita. La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también
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    estaba enamorada. Alcabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo. Al caer la noche, Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas." Como en un sueño, Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma. Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!" "¿Quienes sois?" murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz "¿Dónde estáis?" "Estas con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos." Sirenita , conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban: "¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Tenemos mucho trabajo. ¿Quieres ayudarnos? -¡Claro que quiero! -gritó con alborozo la sirenita. Y calmada, contenta, ligera, se lanzó en seguimiento de las hijas del aire. La vendedora de cerillas ¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos. Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas. La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se
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    había presentado, y,por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña. Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien! Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría. Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo. -Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios". Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante. -¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento! Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las
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    dos se elevaronen medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios. Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo. -¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien. Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos. Las habichuelas mágicas Periquinvivia con su madre, que era viuda, en una cabaña de bosque. Con el tiempo fue empeorando la situacion familiar, la madre determino mandar a Periquin a la ciudad, para que alli intentase vender la unica vaca que poseian. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontro con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas. -Son maravillosas -explico aquel hombre-. Si te gustan, te las dare a cambio de la vaca. Asi lo hizo Periquin, y volvio muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogio las habichuelas y las arrojo a la calle. Despues se puso a llorar. Cuando se levantoPeriquin al dia siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habian crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdian de vista. Se puso Periquin a trepar por la planta, y sube que sube, llego a un pais desconocido. Entro en un castillo y vio a un malvado gigante que tenia una gallina que ponia huevos de oro cada vez que el se lo mandaba. Espero el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapo con ella. Llego a las ramas de las habichuelas, y descolgandose, toco el suelo y entro en la cabaña. La madre se puso muy contenta. Y asi fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murio y Periquin tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiendose al castillo del gigante. Se escondio tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolson de cuero. En cuanto se durmio el gigante, salioPeriquin y, recogiendo el talego de oro, echo a correr hacia la planta gigantesca y bajo a su casa. Asi la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llego un dia en que el bolson de cuero del dinero quedo completamente vacio. Se cogioPeriquin por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalandolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajon una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el gigante salio de la estancia, cogio el niño la cajita prodigiosa y se la guardo. Desde su escondite vio Periquin que el gigante se tumbaba en un sofa, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada musica.
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    El gigante, mientrasescuchaba aquella melodia, fue cayendo en el sueño poco a poco. Apenas le vio asiPeriquin, cogio el arpa y echo a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquin, empezo a gritar: -Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores: -Señor amo, que me roban! Viendo lo que ocurria, el gigante salio en persecucion de Periquin. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que tambien el gigante descendia hacia el. No habia tiempo que perder, y asi que grito Periquin a su madre, que estaba en casa preparando la comida: -Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!Acudio la madre con el hacha, y Periquin, de un certero golpe, corto el tronco de la tragica habichuela. Al caer, el gigante se estrello, pagando asi sus fechorias, y Periquin y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro. Los 12 hermanos Éranse una vez un rey y una reina que vivían en buena paz y contentamiento con sus doce hijos, todos varones. Un día, el Rey dijo a su esposa: — Si el hijo que has de tener ahora es una niña, deberán morir los doce mayores, para que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella. Y, así, hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, colocando además, en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una habitación cerrada, y dio la llave a la Reina, con orden de no decir a nadie una palabra de todo ello. Pero la madre se pasaba los días triste y llorosa, hasta que su hijo menor, que nunca se separaba de su lado y al que había puesto el nombre de Benjamín, como en la Biblia, le dijo, al fin: — Madrecita, ¿por qué estás tan triste? — ¡Ay, hijito mío! -respondióle ella-, no puedo decírtelo. Pero el pequeño no la dejó ya en reposo, y, así, un día ella le abrió la puerta del aposento y le mostró los doce féretros llenos de virutas, diciéndole: — Mi precioso Benjamín, tu padre mandó hacer estos ataúdes para ti y tus once hermanos; pues si traigo al mundo una niña, todos vosotros habréis de morir y seréis enterrados en ellos. Y como le hiciera aquella revelación entre amargas lágrimas, quiso el hijo consolarla y le dijo: — No llores, querida madre; ya encontraremos el medio de salir del apuro. Mira, nos marcharemos. Respondió ella entonces: — Vete al bosque con tus once hermanos y cuidad de que uno de vosotros esté siempre de guardia, encaramado en la cima del árbol más alto y mirando la torre del palacio. Si nace un niño, izaré una bandera blanca, y entonces podréis volver todos; pero si es una niña, pondré una bandera roja. Huid en este caso tan deprisa como podáis, y que Dios os ampare y guarde. Todas las noches me levantaré a rezar por
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    vosotros: en invierno,para que no os falte un fuego con que calentaros; y en verano, para que no sufráis demasiado calor. Después de bendecir a sus hijos, partieron éstos al bosque. Montaban guardia por turno, subido uno de ellos a la copa del roble más alto, fija la mirada en la torre. Transcurridos once días, llególe la vez a Benjamín, el cual vio que izaban una bandera. ¡Ay! No era blanca, sino roja como la sangre, y les advertía que debían morir. Al oírlo los hermanos, dijeron encolerizados: — ¡Qué tengamos que morir por causa de una niña! Juremos venganza. Cuando encontremos a una muchacha, haremos correr su roja sangre. Adentráronse en la selva, y en lo más espeso de ella, donde apenas entraba la luz del día, encontraron una casita encantada y deshabitada: — Viviremos aquí -dijeron-. Tú, Benjamín, que eres el menor y el más débil, te quedarás en casa y cuidarás de ella, mientras los demás salimos a buscar comida. Y fuéronse al bosque a cazar liebres, corzos, aves, palomitas y cuanto fuera bueno para comer. Todo lo llevaban a Benjamín, el cual lo guisaba y preparaba para saciar el hambre de los hermanos. Así vivieron juntos diez años, y la verdad es que el tiempo no se les hacía largo. Entretanto había crecido la niña que diera a luz la Reina; era hermosa, de muy buen corazón, y tenía una estrella de oro en medio de la frente. Un día que en palacio hacían colada, vio entre la ropa doce camisas de hombre y preguntó a su madre: — ¿De quién son estas doce camisas? Pues a mi padre le vendrían pequeñas. Le respondió la Reina con el corazón oprimido: — Hijita mía, son de tus doce hermanos. — ¿Y dónde están mis doce hermanos -dijo la niña-. Jamás nadie me habló de ellos: La Reina le dijo entonces: — Dónde están, sólo Dios lo sabe. Andarán errantes por el vasto mundo. Y, llevando a su hija al cuarto cerrado, abrió la puerta y le mostró los doce ataúdes, llenos de virutas y con sus correspondientes almohadillas: — Estos ataúdes -díjole- estaban destinados a tus hermanos, pero ellos huyeron al bosque antes de nacer tú -y le contó todo lo ocurrido. Dijo entonces la niña: — No llores, madrecita mía, yo iré en busca de mis hermanos. Y cogiendo las doce camisas se puso en camino, adentrándose en el espeso bosque. Anduvo durante todo el día, y al anochecer llegó a la casita encantada. Al entrar en ella encontróse con un mocito, el cual le preguntó: — ¿De dónde vienes y qué buscas aquí? -maravillado de su hermosura, de sus regios vestidos y de la estrella que brillaba en su frente. — Soy la hija del Rey -contestó ella- y voy en busca de mis doce hermanos; y estoy dispuesta a caminar bajo el cielo azul, hasta que los encuentre. Mostróle al mismo tiempo las doce camisas, con lo cual Benjamín conoció que era su hermana. — Yo soy Benjamín, tu hermano menor- le dijo. La niña se echó a llorar de alegría, igual que Benjamín, y se abrazaron y besaron con gran cariño. Después dijo el muchacho: — Hermanita mía, queda aún un obstáculo. Nos hemos juramentado en que toda niña que encontremos morirá a nuestras manos, ya que por culpa de una niña hemos tenido que abandonar nuestro reino. A lo que respondió ella:
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    — Moriré gustosa,si de este modo puedo salvar a mis hermanos. — No, no -replicó Benjamín-, no morirás; ocúltate debajo de este barreño hasta que lleguen los once restantes; yo hablaré con ellos y los convenceré. Hízolo así la niña. Ya anochecido, regresaron de la caza los demás y se sentaron a la mesa. Mientras comían preguntaron a Benjamín: — ¿Qué novedades hay? A lo que respondió su hermanito: — ¿No sabéis nada? — No -dijeron ellos. — ¿Conque habéis estado en el bosque y no sabéis nada, y yo, en cambio, que me he quedado en casa, sé más que vosotros? -replicó el chiquillo. — Pues cuéntanoslo -le pidieron. — ¿Me prometéis no matar a la primera niña que encontremos? — Sí -exclamaron todos-, la perdonaremos; pero cuéntanos ya lo que sepas. — Entonces dijo Benjamín: — Nuestra hermana está aquí -y, levantando la cuba, salió de debajo de ella la princesita con sus regios vestidos y la estrella dorada en la frente, más linda y delicada que nunca ¡Cómo se alegraron todos y cómo se le echaron al cuello, besándola con toda ternura! La niña se quedó en casa con Benjamín para ayudarle en los quehaceres domésticos, mientras los otros once salían al bosque a cazar corzos, aves y palomitas para llenar la despensa. Benjamín y la hermanita cuidaban de guisar lo que traían. Ella iba a buscar leña para el fuego, y hierbas comestibles, y cuidaba de poner siempre el puchero en el hogar a tiempo, para que al regresar los demás encontrasen la comida dispuesta. Ocupábase también en la limpieza de la casa y lavaba la ropa de las camitas, de modo que estaban en todo momento pulcras y blanquísimas. Los hermanos hallábanse contentísimos con ella, y así vivían todos en gran unión y armonía. He aquí que un día los dos pequeños prepararon una sabrosa comida, y, cuando todos estuvieron reunidos, celebraron un verdadero banquete; comieron y bebieron, más alegres que unas pascuas. Pero ocurrió que la casita encantada tenía un jardincito, en el que crecían doce lirios de esos que también se llaman «estudiantes». La niña, queriendo obsequiar a sus hermanos, cortó las doce flores, para regalar una a cada uno durante la comida. Pero en el preciso momento en que acabó de cortarlas, los muchachos se transformaron en otros tantos cuervos, que huyeron volando por encima del bosque, al mismo tiempo que se esfumaba también la casa y el jardín. La pobre niña se quedó sola en plena selva oscura, y, al volverse a mirar a su alrededor, encontróse con una vieja que estaba a su lado y que le dijo: — Hija mía. ¿qué has hecho? ¿Por qué tocaste las doce flores blancas? Eran tus hermanos, y ahora han sido convertidos para siempre en cuervos. A lo que respondió la muchachita, llorando: — ¿No hay, pues, ningún medio de salvarlos? — No -dijo la vieja-. No hay sino uno solo en el mundo entero, pero es tan difícil que no podrás libertar a tus hermanos: pues deberías pasar siete años como muda, sin hablar una palabra ni reír. Una palabra sola que pronunciases, aunque faltara solamente una hora para cumplirse los siete años, y todo tu sacrificio habría sido inútil: aquella palabra mataría a tus hermanos.
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    Díjose entonces laprincesita, en su corazón: «Estoy segura de que redimiré a mis hermanos». Y buscó un árbol muy alto, se encaramó en él y allí se estuvo hilando, sin decir palabra ni reírse nunca. Sucedió, sin embargo, que entró en el bosque un Rey, que iba de cacería. Llevaba un gran lebrel, el cual echó a correr hasta el árbol que servía de morada a la princesita y se puso a saltar en derredor, sin cesar en sus ladridos. Al acercarse el Rey y ver a la bellísima muchacha con la estrella en la frente, quedó tan prendado de su hermosura que le preguntó si quería ser su esposa. Ella no le respondió de palabra;• únicamente hizo con la cabeza un leve signo afirmativo. Subió entonces el Rey al árbol, bajó a la niña, la montó en su caballo y la llevó a palacio. Celebróse la boda con gran solemnidad y regocijo, pero sin que la novia hablase ni riese una sola vez.• Al cabo de unos pocos años de vivir felices el uno con el otro, la madre del Rey, mujer malvada si las hay, empezó a calumniar a la joven Reina, diciendo a su hijo: — Es una vulgar pordiosera esa que has traído a casa; quién sabe qué perversas ruindades estará maquinando en secreto. Si es muda y no puede hablar, siquiera podría reír; pero quien nunca ríe no tiene limpia la conciencia. Al principio, el Rey no quiso prestarle oídos; pero tanto insistió la vieja y de tantas maldades la acusó, que, al fin, el Rey se dejó convencer y la condenó a muerte. Encendieron en la corte una gran pira, donde la reina debía morir abrasada. Desde una alta ventana, el Rey contemplaba la ejecución con ojos llorosos, pues seguía queriéndola a pesar de todo. Y he aquí que cuando ya estaba atada al poste y las llamas comenzaban a lamerle los vestidos, sonó el último segundo de los siete años de su penitencia. Oyóse entonces un gran rumor de alas en el aire, y aparecieron doce cuervos, que descendieron hasta posarse en el suelo. No bien lo hubieron tocado, se transformaron en los doce hermanos, redimidos por el sacrificio de la princesa. Apresuráronse a dispersar la pira y apagar las llamas, desataron a su hermana y la abrazaron y besaron tiernamente. Y puesto que ya podía abrir la boca y hablar, contó al Rey el motivo de su mutismo y de por qué nunca se había reído. Mucho se alegró el Rey al convencerse de que era inocente, y los dos vivieron juntos y muy felices hasta su muerte. La malvada suegra hubo de comparecer ante un tribunal, y fue condenada. Metida en una tinaja llena de aceite hirviente y serpientes venenosas, encontró en ella una muerte espantosa. Los 3 cerditos Al lado de sus padres , tres cerditos habian crecido alegres en una cabaña del bosque. Y como ya eran mayores, sus papas decidieron que era hora de que construyeran , cada uno, su propia casa. Los tres cerditos se despidieron de sus papas, y fueron a ver como era el mundo. El primer cerdito, el perezoso de la familia ,decidio hacer una casa de paja. En un minuto la choza estaba ya hecha. Y entonces se fue a dormir.
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    El segundo cerdito, un gloton , prefirio hacer la cabaña de madera. No tardo mucho en construirla. Y luego se fue a comer manzanas. El tercer cerdito , muy trabajador , opto por construirse una casa de ladrillos y cemento. Tardaria mas en construirla pero estariamas protegido. Despues de un dia de mucho trabajo, la casa quedo preciosa. Pero ya se empezaba a oir los aullidos del lobo en el bosque. No tardo mucho para que el lobo se acercara a las casas de los tres cerditos. Hambriento , el lobo se dirigio a la primera casa y dijo: - ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare!. Como el cerdito no la abrio, el lobo soplo con fuerza, y derrumbo la casa de paja. El cerdito, temblando de miedo, salio corriendo y entro en la casa de madera de su hermano. El lobo le siguio. Y delante de la segunda casa, llamo a la puerta, y dijo: - ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare! Pero el segundo cerdito no la abrio y el lobo soplo y soplo, y la cabaña se fue por los aires. Asustados, los dos cerditos corrieron y entraron en la casa de ladrillos de su otro hermano. Pero, como el lobo estaba decidido a comerselos, llamo a la puerta y grito: - ¡Ábreme la puerta!¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare! Y el cerdito trabajador le dijo: - ¡Soplas lo que quieras, pero no la abrire! Entonces el lobo soplo y soplo. Soplo con todas sus fuerzas, pero la casa ni se movio. La casa era muy fuerte y resistente. El lobo se quedo casi sin aire. Pero aunque el lobo estaba muy cansado, no desistia. Trajo una escalera ,subio al tejado de la casa y se deslizo por el pasaje de la chimenea. Estaba empeñado en entrar en la casa y comer a los tres cerditos como fuera. Pero lo que el no sabia es que los cerditos pusieron al final de la chimenea, un caldero con agua hirviendo. Y el lobo , al caerse por la chimenea acabo quemandose con el agua caliente. Dio un enorme grito y salio corriendo y nunca masvolvio. Asi los cerditos pudieron vivir tranquilamente. Y tanto el perezoso como el gloton aprendieron que solo con el trabajo se consigue las cosas Los cisnes salvajes Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino. ¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre. Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa. A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de
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    mucho tiempo lehabía ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos. -¡A volar por el mundo y apáñense por su cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz! Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque. Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar. La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y le pareció como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos. Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas: -¿Qué puede haber más hermoso que ustedes? Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían: -Elisa es más hermosa. Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro: -¿Quién puede ser más piadoso que tú? -Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir. Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su hija. Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero: -Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y
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    su padre nola reconozca. Y al tercero: -Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra. Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, mandándole entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella. Al verlo la malvada Reina, la frotó con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquirió un tinte pardo negruzco; le untó luego la cara con una pomada apestosa y le desgreñó el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa. Por eso se asustó su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoció, excepto el perro mastín y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinión no contaba. La pobre Elisa rompió a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Salió, angustiada, de palacio, y durante todo el día estuvo vagando por campos y eriales, adentrándose en el bosque inmenso. No sabía adónde dirigirse, pero se sentía acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andarían también vagando por el amplio mundo. Hizo el propósito de buscarlos. Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella había perdido el camino. Se tendió sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclinó la cabeza sobre un tronco de árbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban lucían las verdes lucecitas de centenares de luciérnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caían al suelo como estrellas fugaces. Toda la noche estuvo soñando en sus hermanos. De nuevo los veía de niños, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarrín de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que había costado medio reino; pero no escribían en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadísimas gestas que habían realizado y todas las cosas que habían visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pájaros cantaban, y las personas salían de las páginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volvía la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto. Cuando despertó, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no podía verlo, pues los altos árboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban allá fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparcía sus aromas, y las avecillas venían a posarse casi en sus hombros; oía el chapoteo del agua, pues fluían en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de
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    límpido fondo arenoso.Había, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos habían hecho una ancha abertura, y por ella bajó Elisa al agua. Era ésta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habría podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las bañadas por el sol como las que se hallaban en la sombra. Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvió a brillar su blanquísima piel. Se desnudó y se metió en el agua pura; en el mundo entero no se habría encontrado una princesa tan hermosa como ella. Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigió a la fuente borboteante, bebió del hueco de la mano y prosiguió su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber adónde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonaría: El hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comió de él, y, después de colocar apoyos para las ramas, se adentró en la parte más oscura de la selva. Reinaba allí un silencio tan profundo, que la muchacha oía el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban bajo sus pies. No se veía ni un pájaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las corpulentas y densas ramas de los árboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, le parecía verse rodeada por un enrejado de vigas. Era una soledad como nunca había conocido. La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luciérnaga brillaba en el musgo. Ella se echó, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresión de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Señor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos. Al despertarse por la mañana, no sabía si había soñado o si todo aquello había sido realidad. Anduvo unos pasos y se encontró con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si por casualidad había visto a los once príncipes cabalgando por el bosque. -No -respondió la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban río abajo. Acompañó a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los árboles de sus orillas extendían sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y allí donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las raíces salían al exterior y formaban un entretejido por encima del agua. Elisa dijo adiós a la vieja y siguió por la margen del río, hasta el punto en que éste se vertía en el gran mar abierto. Frente a la doncella se extendía el soberbio océano, pero en él no se divisaba ni una vela, ni un bote. ¿Cómo seguir adelante? Consideró las innúmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado allí había sido moldeado por el agua, a pesar de ser ésta mucho más
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    blanda que sumano. «La ola se mueve incesantemente y así alisa las cosas duras; pues yo seré tan incansable como ella. Gracias por su lección, olas claras y saltarinas; algún día, me lo dice el corazón, me llevarán al lado de mis hermanos queridos». Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacían once blancas plumas de cisne, que la niña recogió, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, rocío o lágrimas, ¿quién sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sentía la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba más veces que los lagos en todo un año. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parecía decir: «¡Ved, qué tenebroso puedo ponerme!». Luego soplaba viento, y las olas volvían al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dormían, el mar podía compararse con un pétalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en él reinara, en la orilla siempre se percibía un leve movimiento; el agua se levantaba débilmente, como el pecho de un niño dormido. A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remontó la ladera y se escondió detrás de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas. No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, se desprendió el plumaje de las aves y aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de Elisa. Lanzó ella un agudo grito, pues aunque sus hermanos habían cambiado mucho, la muchacha comprendió que eran ellos; algo en su interior le dijo que no podían ser otros. Se arrojó en sus brazos, llamándolos por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa. Reían y lloraban a la vez, y pronto se contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra. -Nosotros -dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana; por eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del anochecer, pues entonces si volásemos hacia las nubes, nos precipitaríamos al abismo al recuperar nuestra condición de hombres. No habitamos aquí; allende el océano hay una tierra tan hermosa como ésta, pero el camino es muy largo, a través de todo el mar, y sin islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo para descansar en él pegados unos a otros; y si el mar está muy movido, sus olas saltan por encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca esté allí. En ella pasamos la noche en figura humana; si no la hubiera, nunca podríamos visitar nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva dos de los días más largos del año. Una sola vez al año podemos volver a la patria, donde nos está permitido permanecer por espacio de once días, volando por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Estando allí, nos parece como si árboles y matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren por la estepa, como los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria, que nos atrae y en la que te hemos encontrado, hermanita querida. Tenemos aún dos días para quedarnos aquí, pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte con nosotros? no poseemos ningún barco, ni un mísero bote, nada en absoluto que pueda flotar.
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    -¿Cómo podría yoredimirlos? -preguntó la muchacha. Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas. Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en tierra; reclinó la cabeza en su regazo y ella le acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el día. Al anochecer regresaron los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural. -Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta dentro de un año; pero no podemos dejarte de este modo. ¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo es lo bastante robusto para llevarte a través del bosque, y, ¿no tendremos entre todos la fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar? -¡Sí, llévenme con ustedes! -dijo Elisa. Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible corteza de sauce. Se tendió en ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a volar con su hermanita, que aún dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situó volando sobre su cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas. Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despertó. Creía soñar aún, pues tan extraño le parecía verse en los aires, transportada por encima del mar. A su lado tenía una rama llena de exquisitas bayas rojas y un manojo de raíces aromáticas. El hermano menor las había recogido y puesto junto a ella. Elisa le dirigió una sonrisa de gratitud, pues lo reconoció; era el que volaba encima de su cabeza, haciéndole sombra con las alas. Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies parecía una blanca gaviota posada sobre el agua. Tenían a sus espaldas una gran nube; era una montaña, en la que se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes: ello demostraba la enorme altura de su vuelo. El cuadro era magnífico, como jamás viera la muchacha; pero al elevarse más el sol y quedar rezagada la nube, se desvaneció la hermosa silueta. Siguieron volando durante todo el día, raudos como zumbantes saetas; y, sin embargo, llevaban menos velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de la hermanita. Se levantó mal tiempo, y el atardecer se acercaba; Elisa veía angustiada cómo el sol iba hacia su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en la superficie del mar. Se daba cuenta de que los cisnes aleteaban con mayor fuerza. ¡Ah!, ella tenía la culpa de que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al desaparecer el sol se transformarían en seres humanos, se precipitarían en el mar y se ahogarían. Desde el fondo de su corazón elevó una plegaria a Dios misericordioso, pero el acantilado no aparecía. Los negros nubarrones se aproximaban por momentos, y las fuertes ráfagas de viento anunciaban la tempestad. Las nubes formaban un único arco, grande y amenazador, que se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se sucedían sin interrupción.
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    El sol sehallaba ya al nivel del mar. A Elisa le palpitaba el corazón; los cisnes descendieron bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la sensación de caerse; pero en seguida reanudaron el vuelo. El círculo solar había desaparecido en su mitad debajo del horizonte cuando Elisa distinguió por primera vez el arrecife al fondo, tan pequeño, que se habría dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El sol seguía ocultándose rápidamente, ya no era mayor que una estrella, cuando su pie tocó tierra firme, y en aquel mismo momento el astro del día se apagó cual la última chispa en un papel encendido. Vio a sus hermanos rodeándola, cogidos todos del brazo; había el sitio justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando sobre ellos una lluvia de agua pulverizada; el cielo parecía una enorme hoguera, y los truenos retumbaban sin interrupción. Los hermanos, cogidos de las manos, cantaban salmos y encontraban en ellos confianza y valor. Al amanecer, el cielo, purísimo, estaba en calma; no bien salió el sol, los cisnes reemprendieron el vuelo, alejándose de la isla con Elisa. El mar seguía aún muy agitado; cuando los viajeros estuvieron a gran altura, les pareció como si las blancas crestas de espuma, que se destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones de cisnes nadando entre las olas. Al elevarse más el sol, Elisa vio ante sí, a lo lejos, flotando en el aire, una tierra montañosa, con las rocas cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se extendía un palacio, que bien mediría una milla de longitud, con atrevidas columnatas superpuestas; debajo ondeaban palmerales y magníficas flores, grandes como ruedas de molino. Preguntó si era aquél el país de destino, pero los cisnes sacudieron la cabeza negativamente; lo que veía era el soberbio castillo de nubes de la FataMorgana, eternamente cambiante; no había allí lugar para criaturas humanas. Elisa clavó en él la mirada y vio cómo se derrumbaban las montañas, los bosques y el castillo, quedando reemplazados por veinte altivos templos, todos iguales, con altas torres y ventanales puntiagudos. Creyó oír los sones de los órganos, pero lo que en realidad oía era el rumor del mar. Estaba ya muy cerca de los templos cuando éstos se transformaron en una gran flota que navegaba debajo de ella; y al mirar al fondo vio que eran brumas marinas deslizándose sobre las aguas. Visiones constantemente cambiantes desfilaban ante sus ojos, hasta que al fin vislumbró la tierra real, término de su viaje, con grandiosas montañas azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades y palacios. Mucho antes de la puesta del sol se encontró en la cima de una roca, frente a una gran cueva revestida de delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a bordadas alfombras. -Vamos a ver lo que sueñas aquí esta noche -dijo el menor de los hermanos, mostrándole el dormitorio. -¡Quiera el Cielo que sueñe la manera de salvarlos! -respondió ella; aquella idea no se le iba de la mente, y rogaba a Dios de todo corazón pidiéndole ayuda; hasta en sueños le rezaba. Y he aquí que le pareció como si saliera volando a gran altura, hacia el castillo de la FataMorgana; el hada, hermosísima y reluciente, salía a su encuentro; y, sin embargo, se parecía a la vieja que le había dado bayas en el bosque y hablado de los cisnes con coronas de oro. -Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero, ¿tendrás tú valor y constancia suficientes? Cierto que el agua moldea las piedras a pesar de ser más blanda que tus finas manos, pero no siente el dolor que sentirán tus dedos, y no tiene corazón, no experimenta la angustia y la pena que tú habrás de soportar. ¿Ves esta ortiga que
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    tengo en lamano? Pues alrededor de la cueva en que duermes crecen muchas de su especie, pero fíjate bien en que únicamente sirven las que crecen en las tumbas del cementerio. Tendrás que recogerlas, por más que te llenen las manos de ampollas ardientes; rompe las ortigas con los pies y obtendrás lino, con el cual tejerás once camisones; los echas sobre los once cisnes, y el embrujo desaparecerá. Pero recuerda bien que desde el instante en que empieces la labor hasta que la termines no te está permitido pronunciar una palabra, aunque el trabajo dure años. A la primera que pronuncies, un puñal homicida se hundirá en el corazón de tus hermanos. De tu lengua depende sus vidas. No olvides nada de lo que te he dicho. El hada tocó entonces con la ortiga la mano de la dormida doncella, y ésta despertó como al contacto del fuego. Era ya pleno día, y muy cerca del lugar donde había dormido crecía una ortiga idéntica a la que viera en sueños. Cayó de rodillas para dar gracias a Dios misericordioso y salió de la cueva dispuesta a iniciar su trabajo. Cogió con sus delicadas manos las horribles plantas, que quemaban como fuego, y se le formaron grandes ampollas en manos y brazos; pero todo lo resistía gustosamente, con tal de poder liberar a sus hermanos. Partió las ortigas con los pies descalzos y trenzó el verde lino. Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se asustaron al encontrar a Elisa muda. Creyeron que se trataba de algún nuevo embrujo de su perversa madrastra; pero al ver sus manos, comprendieron el sacrificio que su hermana se había impuesto por su amor; el más pequeño rompió a llorar, y donde caían sus lágrimas se le mitigaban los dolores y le desaparecían las abrasadoras ampollas. Pasó la noche trabajando, pues no quería tomarse un momento de descanso hasta que hubiese redimido a sus hermanos queridos; y continuó durante todo el día siguiente, en ausencia de los cisnes; y aunque estaba sola, nunca pasó para ella el tiempo tan de prisa. Tenía ya terminado un camisón y comenzó el segundo. En esto resonó un cuerno de caza en las montañas, y la princesa se asustó. Los sones se acercaban progresivamente, acompañados de ladridos de perros, por lo que Elisa corrió a ocultarse en la cueva y, atando en un fajo las ortigas que había recogido y peinado, se sentó encima. Peter Pan Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter. Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación. campanilla Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás,
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    donde vivían losNiños Perdidos... - Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar. Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló: - Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac! Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe. Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John. Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, hada quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno. Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó. Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz: - ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo! Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo. El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan
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    y de losdemás niños. Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa. - ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños. - ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos. - ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós. Piel de asno Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que no se lamentaban de tan corta descendencia. La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los ministros eran hábiles y prudentes; los cortesanos virtuosos y leales, los servidores fieles y laboriosos. Sus caballerizas eran grandes y llenas de los más hermosos caballos del mundo, ricamente enjaezados. Pero lo que asombraba a los visitantes que acudían a admirar estas hermosas cuadras, era que en el sitio más destacado un señor asno exhibía sus grandes y largas orejas. Y no era por capricho sino con razón que el rey le había reservado un lugar especial y destacado. Las virtudes de este extraño animal merecían semejante distinción, pues la naturaleza lo había formado de modo tan extraordinario que su pesebre, en vez de suciedades, se cubría cada mañana con hermosos escudos y luises de todos tamaños, que eran recogidos a su despertar. Pues bien, como las vicisitudes de la vida alcanzan tanto a los reyes como a los súbditos, y como siempre los bienes están mezclados con algunos males el cielo permitió que la reina fuese aquejada repentinamente de una penosa enfermedad para la cual, pese a la ciencia y a la habilidad de los médicos, no se pudo encontrar remedio. La desolación fue general. El rey, sensible y enamorado, a pesar del famoso proverbio que dice que el matrimonio es la tumba del amor, sufría sin alivio, hacia encendidos votos a todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la de su esposa tan querida; pero dioses y hadas eran invocados en vano. La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, dijo a su esposo que estaba
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    deshecho en llanto: —Permitidme,antes de morir, que os exija una cosa; si quisierais volver a casaros… A estas palabras el rey, con quejas lastimosas, tomó las manos de su mujer, las baño de lágrimas, y asegurándole que estaba de más hablarle de un segundo matrimonio: —No, no, dijo por fin, mi amada reina, habladme más bien de seguiros. —El Estado, repuso la reina con una firmeza que aumentaba las lamentaciones de este príncipe, el Estado que exige sucesores ya que sólo os he dado una hija, debe apremiaros para que tengáis hijos que se os parezcan; mas os ruego, por todo el amor que me habéis tenido, no ceder a los apremios de vuestros súbditos sino hasta que encontréis una princesa más bella y mejor que yo. Quiero vuestra promesa, y entonces moriré contenta. Es de presumir que la reina, que no carecía de amor propio, había exigido esta promesa convencida que nadie en el mundo podía igualarla, y se aseguraba de este modo que el rey jamás volviera a casarse. Finalmente, ella murió. Nunca un marido hizo tanto alarde: llorar, sollozar día y noche, menudo derecho que otorga la viudez, fue su única ocupación. Los grandes dolores son efímeros. Además, los consejeros del Estado se reunieron y en conjunto fueron a pedirle al rey que volviera a casarse. Esta proposición le pareció dura y le hizo derramar nuevas lágrimas. Invocó la promesa hecha a la reina, y los desafió a todos a encontrar una princesa más hermosa y más perfecta que su difunta esposa, pensando que aquello era imposible. Pero el consejo consideró tal promesa como una bagatela, y opinó que poco importaba la belleza, con tal que una reina fuese virtuosa y nada estéril; que el Estado exigía príncipes para su tranquilidad y paz; que, a decir verdad, la infante tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero era preciso elegirle a un extranjero por esposo; y que entonces, o el extranjero se la llevaba con él o bien, si reinaba con ella, sus hijos no serían considerados del mismo linaje y además, no habiendo príncipe de su dinastía, los pueblos vecinos podían provocar guerras que acarrearían la ruina del reino. El rey, movido por estas consideraciones, prometió que lo pensaría. Efectivamente, buscó entre las princesas casaderas cuál podría convenirle. A diario le llevaban retratos atractivos; pero ninguno exhibía los encantos de la difunta reina. De este modo, no tomaba decisión alguna. Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta,
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    diciéndole que habíaresuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa. La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante. El rey, que estaba empecinado con este descabellado proyecto, había consultado a un anciano druida, para tranquilizar la conciencia de la joven princesa. Este druida, más ambicioso que religioso, sacrificó la causa de la inocencia y la virtud al honor de ser confidente de un poderoso rey. Se insinuó con tal destreza en el espíritu del rey, le suavizó de tal manera el crimen que iba a cometer, que hasta lo persuadió de estar haciendo una obra pía al casarse con su hija. El rey, halagado por el discurso de aquel malvado, lo abrazó y salió más empecinado que nunca con su proyecto: hizo dar órdenes a la infanta para que se preparara a obedecerle. La joven princesa, sobrecogida de dolor, pensó en recurrir a su madrina, el hada de las Lilas. Con este objeto, partió esa misma noche en un lindo cochecito tirado por un cordero que sabía todos los caminos. Llegó a su destino con toda felicidad. El hada, que amaba a la infanta, le dijo que ya estaba enterada de lo que venía a decirle, pero que no se preocupara: nada podía pasarle si ejecutaba fielmente todo lo que le indicaría. —Porque, mi amada niña, le dijo, sería una falta muy grave casaros con vuestro padre; pero, sin necesidad de contradecirlo, podéis evitarlo: decidle que para satisfacer un capricho que tenéis, es preciso que os regale un vestido color del tiempo. Jamás, con todo su amor y su poder podrá lograrlo. La princesa le dio las gracias a su madrina, y a la mañana siguiente le dijo al rey su padre lo que el hada le había aconsejado y reiteró que no obtendrían de ella consentimiento alguno hasta tener el vestido color del tiempo. El rey, encantado con la esperanza que ella le daba, reunió a los más famosos costureros y les encargó el vestido bajo la condición de que si no eran capaces dé realizarlo los haría ahorcar a todos. No tuvo necesidad de llegar a ese extremo: a los dos días trajeron el tan ansiado traje. El firmamento no es de un azul más bello, cuando lo circundan nubes de oro, que este hermoso vestido al ser desplegado. La infanta se sintió toda acongojada y no sabía cómo salir del paso. El rey apremiaba la decisión. Hubo que recurrir nuevamente a la madrina quien, asombrada porque su secreto no había dado resultado, le dijo que tratara de pedir otro vestido del color de la luna. El rey, que nada podía negarle a su hija, mandó buscar a los más diestros artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna, que entre ordenarlo y traerlo no mediaron ni veinticuatro horas. La infanta, más deslumbrada por este soberbio traje que por la solicitud de su padre, se afligió
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    desmedidamente cuando estuvocon sus damas y su nodriza. El hada de las Lilas, que todo lo sabía, vino en ayuda de la atribulada princesa y le dijo: —O me equivoco mucho, o creo que si pedís un vestido color del sol lograremos desalentar al rey vuestro padre, pues jamás podrán llegar a confeccionar un vestido así. La infanta estuvo de acuerdo y pidió el vestido; y el enamorado rey entregó sin pena todos los diamantes y rubíes de su corona para ayudar a esta obra maravillosa, con la orden de no economizar nada para hacer esta prenda semejante al sol: Fue así que cuando el vestido apareció, todos los que lo vieron desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan deslumbrante era. ¡Cómo se puso la infanta ante esta visión! Jamás se había visto algo tan hermoso y tan artísticamente trabajado. Se sintió confundida; y con el pretexto de que a la vista del traje le habían dolido los ojos, se retiró a su aposento donde el hada la esperaba, de lo más avergonzada. Fue peor aún, pues al ver el vestido color del sol, se puso roja de ira. —¡Oh!, como último recurso, hija mía, —le dijo a la princesa, vamos a someter al indigno amor de vuestro padre a una terrible prueba. Lo creo muy empecinado con este matrimonio, que él cree tan próximo; pero pienso que quedará un poco aturdido si le hacéis el pedido que os aconsejo: la piel de ese asno que ama tan apasionadamente y que subvenciona tan generosamente todos sus gastos. Id, y no dejéis de decirle que deseáis esa piel. La princesa, encantada de encontrar una nueva manera de eludir un matrimonio que detestaba, y pensando que su padre jamás se resignaría a sacrificar su asno, fue a verlo y le expuso su deseo de tener la piel de aquel bello animal. Aunque extrañado por este capricho, el rey no vaciló en satisfacerlo. El pobre asno fue sacrificado y su piel galantemente llevada a la infanta quien, no viendo ya ningún otro modo de esquivar su desgracia, iba a caer en la desesperación cuando su madrina acudió. —¿Qué hacéis, hija mía?, dijo, viendo a la princesa arrancándose los cabellos y golpeándose sus hermosas mejillas. Este es el momento más hermoso de vuestra vida. Cubríos con esta piel, salid del palacio y partid hasta donde la tierra pueda llevaros: cuando se sacrifica todo a la virtud, los dioses saben recompensarlo. ¡Partid! Yo me encargo de que todo vuestro tocador y vuestro guardarropa os sigan a todas partes; dondequiera que os detengáis, vuestro cofre conteniendo vestidos, alhajas, seguirá vuestros pasos bajo tierra; y he aquí mi varita, que os doy: al golpear con ella el suelo cuando necesitéis vuestro cofre, éste aparecerá ante vuestros ojos. Mas, apresuraos en partid, no tardéis más. La princesa abrazó mil veces a su madrina, le rogó que no la abandonara, se revistió con la horrible piel luego de haberse refregado con hollín de la chimenea,
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    y salió deaquel suntuoso palacio sin que nadie la reconociera. La ausencia de la infanta causó gran revuelo. El rey, que había hecho preparar una magnífica fiesta, estaba desesperado e inconsolable. Hizo salir a mas de cien guardias y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el hada, que la protegía, la hacía invisible a los más hábiles rastreos. De modo que al fin hubo que resignarse. Mientras tanto, la princesa caminaba. Llegó lejos, muy lejos, todavía más lejos, en todas partes buscaba un trabajo. Pero, aunque por caridad le dieran de comer, la encontraban tan mugrienta qué nadie la tomaba. Andando y andando, entró a una hermosa ciudad, a cuyas puertas había una granja; la granjera necesitaba una sirvienta para lavar la ropa de cocina, y limpiar los pavos y las pocilgas de los puercos. Esta mujer, viendo a aquella viajera tan sucia; le propuso entrar a servir a su casa, lo que la infanta aceptó con gusto, tan cansada estaba de todo lo que había caminado. La pusieron en un rincón apartado de la cocina donde, durante los primeros días, fue el blanco de las groseras bromas de la servidumbre, así era la repugnancia que inspiraba su piel de asno. Al fin se acostumbraron; además ella ponía tanto empeño en cumplir con sus tareas que la granjera la tomó bajo su protección. Estaba encargada de los corderos, los metía al redil cuando era preciso: llevaba a los pavos a pacer, todo con una habilidad como si nunca hubiese hecho otra cosa. Así pues, todo fructificaba bajo sus bellas manos. Un día estaba sentada junto a una fuente de agua clara, donde deploraba a menudo su triste condición, se le ocurrió mirarse; la horrible piel de asno que constituía su peinado y su ropaje, la espantó. Avergonzada de su apariencia, se refregó hasta que se sacó toda la mugre de la cara y de las manos las que quedaron más blancas que el marfil, y su hermosa tez recuperó su frescura natural. La alegría de verse tan bella le provocó el deseo de bañarse, lo que hizo; pero tuvo que volver a ponerse la indigna piel para volver a la granja. Felizmente, el día siguiente era de fiesta; así pues, tuvo tiempo para sacar su cofre, arreglar su apariencia, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse su precioso traje color del tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se podía extender la cola de aquel magnífico vestido. La linda princesa se miraba y se admiraba a sí misma con razón, de modo que, para no aburrirse, decidió ponerse por turno todas sus hermosas tenidas los días de fiesta y los domingos, lo que hacía puntualmente. Con un arte admirable, adornaba sus cabellos mezclando flores y diamantes; a menudo suspiraba pensando que los únicos testigos de su belleza eran sus corderos y sus pavos que la amaban igual con su horrible piel de asno, que había dado origen al apodo con que la nombraban en la granja. Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el hijo del rey, a quien pertenecía esta granja, hizo allí un alto para descansar al
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    volver de caza.El príncipe era joven, hermoso y apuesto; era el amor de su padre y de la reina su madre, y su pueblo lo adoraba. Ofrecieron a este príncipe una colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos los rincones. Yendo así de un lugar a otro entró por un callejón sombrío al fondo del cual vio una puerta cerrada. Llevado por la curiosidad, puso el ojo en la cerradura. ¿pero qué le pasó al divisar a una princesa tan bella y ricamente vestida, que por su aspecto noble y modesto, él tomó por una diosa? El ímpetu del sentimiento que lo embargó en ese momento lo habría llevado a forzar la puerta, a no mediar el respeto que le inspirara esta persona maravillosa. Tuvo que hacer un esfuerzo para regresar por ese callejón oscuro y sombrío, pero lo hizo para averiguar quién vivía en ese pequeño cuartito. Le dijeron que era una sirvienta que se llamaba Piel de Asno a causa de la piel con que se vestía; y que era tan mugrienta y sucia que nadie la miraba ni le hablaba, y que la habían tomado por lástima para que cuidara los corderos y los pavos. El príncipe, no satisfecho con estas referencias, se dio cuenta que estas gentes rudas no sabían nada más y que era inútil hacerles más preguntas. Volvió al palacio del rey su padre, indeciblemente enamorado, teniendo constantemente ante sus ojos la imagen de esta diosa que había visto por el ojo de la cerradura. Se lamentó de no haber golpeado a la puerta, y decidió que no dejaría de hacerlo la próxima vez. Pero la agitación de su sangre, causada por el ardor de su amor, le provocó esa misma noche una fiebre tan terrible que pronto decayó hasta el más grave extremo. La reina su madre, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada mejoraba al príncipe. Finalmente, adivinaron que un sufrimiento mortal era la causa de todo este daño; se lo dijeron a la reina quien, llena de ternura por su hijo, fue a suplicarle que contara la causa de su mal; y aunque se tratara de que le cedieran la corona, el rey su padre bajaría de su trono sin pena para hacerlo subir a él; que si deseaba a alguna princesa, aunque se estuviera en guerra con el rey su padre y hubiese justos motivos de agravio, sacrificarían todo para darle lo que deseaba; pero le suplicaba que no se dejara morir, puesto que de su vida dependía la de sus padres. La reina terminó este conmovedor discurso no sin antes derramar un torrente de lágrimas sobre el rostro de su hijo. —Señora, le dijo por fin el príncipe, con una voz muy débil, no soy tan desnaturalizado como para desear la corona de mi padre; ¡quiera el cielo que él viva largos años y me acepte durante mucho tiempo como el más respetuoso y fiel de sus súbditos! En cuanto a las princesas que me ofrecéis; aún no he pensado en casarme; y bien sabéis que, sumiso como soy a vuestras voluntades, os obedeceré siempre, a cualquier precio. —¡Ah!, hijo mío, repuso la reina, ningún precio es muy alto para salvarte la vida; mas, querido hijo, salva la mía y la del rey tu padre, diciéndome lo que deseas, y
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    ten la plenaseguridad que te será acordado. —¡Pues bien!, señora, dijo él, si tengo que descubriros mi pensamiento, os obedeceré. Me sentiría un criminal si pongo en peligro dos cabezas que me son tan queridas. Sí, madre mía, deseo que Piel de Asno me haga una torta y tan pronto como esté hecha, me la traigan. La reina, sorprendida ante este extraño nombre, preguntó quién era Piel de Asno. —Es, señora, replicó uno de sus oficiales que por casualidad había visto a esa niña, el bicho más vil después del lobo; una negra, una mugrienta que vive en vuestra granja y que cuida vuestros pavos. —No importa, dijo la reina, mi hijo, al volver de caza, ha probado tal vez su pastelería; es una fantasía de enfermo. En una palabra, quiero que Piel de Asno, puesto que de Piel de Asno se trata le haga ahora mismo una torta. Corrieron a la granja y llamaron a Piel de Asno para ordenarle que hiciera con el mayor esmero una torta para el príncipe. Algunos autores sostienen que Piel de Asno, cuando el príncipe había puesto sus ojos en la cerradura, con los suyos lo había visto; y que en seguida, mirando por su ventanuco, había mirado a aquel príncipe tan joven, tan hermoso y bien plantado que no había podido olvidar su imagen y que a menudo ese recuerdo le arrancaba suspiros. Como sea, si Piel de Asno lo vio o había oído decir de él muchos elogios, encantada de hallar una forma para darse a conocer, se encerró en su cuartucho, se sacó su fea piel, se lavó manos y rostro, peinó sus rubios cabellos, se puso un corselete de plata brillante, una falda igual, y se puso a hacer la torta tan apetecida: usó la más pura harina, huevos y mantequilla fresca. Mientras trabajaba, ya fuera de adrede o de otra manera, un anillo que llevaba en el dedo cayó dentro de la masa y se mezcló a ella. Cuando la torta estuvo cocida, se colocó su horrible piel y fue a entregar la torta al oficial, a quien le preguntó por el príncipe; pero este hombre, sin dignarse contestar, corrió donde el príncipe a llevarle la torta. El príncipe la arrebató de manos de aquel hombre, y se la comió con tal avidez que los médicos presentes no dejaron de pensar que este furor no era buen signo. En efecto, el príncipe casi se ahogó con el anillo que encontró en uno de los pedazos, pero se lo sacó diestramente de la boca; y el ardor con que devoraba la torta se calmó, al examinar esta fina esmeralda montada en un junquillo de oro cuyo círculo era tan estrecho que, pensó él, sólo podía caber en el más hermoso dedito del mundo. Besó mil veces el anillo, lo puso bajo sus almohadas, y lo sacaba cada vez que sentía que nadie lo observaba. Se atormentaba imaginando cómo hacer venir a aquélla a quien este anillo le calzara; no se atrevía a creer, si llamaba a Piel de Asno que había hecho la torta, que le permitieran hacerla venir; no se atrevía tampoco a contar lo que había visto por el ojo de la cerradura temiendo ser
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    objeto de burlay tomado por un visionario; acosado por todos estos pensamientos simultáneos, la fiebre volvió a aparecer con fuerza. Los médicos, no sabiendo ya qué hacer, declararon a la reina que el príncipe estaba enfermo de amor. La reina acudió donde su hijo acompañada del rey que se desesperaba. —Hijo mío, hijo querido, exclamó el monarca, afligido, nómbranos a la que quieres. Juramos que te la daremos, aunque fuese la más vil de las esclavas. Abrazándolo, la reina le reiteró la promesa del rey. El príncipe, enternecido por las lágrimas y caricias de los autores de sus días, les dijo: —Padre y madre míos, no me propongo hacer una alianza que os disguste. Y en prueba de esta verdad, añadió, sacando la esmeralda que escondía bajo la cabecera, me casaré con aquella a quien le venga este anillo; y no parece que la que tenga este precioso dedo sea una campesina ordinaria. El rey y la reina tomaron el anillo, lo examinaron con curiosidad, y pensaron, al igual que el príncipe, que este anillo no podía quedarle bien sino a una joven de alta alcurnia. Entonces el rey, abrazando a su hijo y rogándole que sanara, salió, hizo tocar los tambores, los pífanos y las trompetas por toda la ciudad, y anunciar por los heraldos que no tenían más que venir al palacio a probarse el anillo; y aquella a quien le cupiera justo se casaría con el heredero del trono. Las princesas acudieron primero, luego las duquesas, las marquesas y las baronesas; pero por mucho que se hubieran afinado los dedos, ninguna pudo ponerse el anillo. Hubo que pasar a las modistillas que, con ser tan bonitas, tenían los dedos demasiado gruesos. El príncipe, que se sentía mejor, hacía él mismo probar el anillo. Al fin les tocó el turno a las camareras, que no tuvieron mejor resultado. Ya no quedaba nadie que no hubiese ensayado infructuosamente la joya, cuando el príncipe pidió que vinieran las cocineras, las ayudantes, las cuidadoras de rebaños. Todas acudieron, pero sus dedos regordetes; cortos y enrojecidos no dejaron pasar el anillo más allá de la una. —¿Hicieron venir a esa Piel de Asno que me hizo una torta en días pasados? dijo el príncipe. Todos se echaron a reír y le dijeron que no, era demasiado inmunda y repulsiva. —¡Que la traigan en el acto! dijo el rey. No se dirá que yo haya hecho una excepción. La princesa; que había escuchado los tambores y los gritos de los heraldos, se imaginó muy bien que su anillo era lo que provocaba este alboroto. Ella amaba al príncipe y como el verdadero amor es timorato y carece de vanidad, continuamente la asaltaba el temor de que alguna dama tuviese el dedo tan menudo como el suyo. Sintió, pues, una gran alegría cuando vinieron a buscarla y golpearon a su puerta.
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    Desde que supoque buscaban un dedo adecuado a su anillo, no se sabe qué esperanza la había llevado a peinarse cuidadosamente y a ponerse su hermoso corselete de plata con la falda llena de adornos de encaje de plata, salpicados de esmeraldas. Tan pronto como oyó que golpeaban a su puerta y que la llamaban para presentarse ante el príncipe, se cubrió rápidamente con su piel de asno, abrió su puerta y aquellas gentes, burlándose de ella, le dijeron que el rey la llamaba para casarla con su hijo. Luego, en medio de estruendosas risotadas, la condujeron donde el príncipe quien, sorprendido él mismo por el extraño atavío de la joven, no se atrevió a creer que era la misma que había visto tan elegante y bella. Triste y confundido por haberse equivocado, le dijo: —Sois vos la que habitáis al fondo de ese callejón oscuro, en el tercer gallinero de la granja? —Sí, su señoría, respondió ella. —Mostradme vuestra mano, dijo él temblando y dando un hondo suspiro. ¡Señores! ¿quién quedó asombrado? Fueron el rey y la reina, así como todos los chambelanes y los grandes de la corte, cuando de adentro de esa piel negra y sucia, se alzó una mano delicada, blanca y sonrosada, y el anillo entró sin esfuerzo en el dedito más lindo del mundo; y, mediante un leve movimiento que hizo caer la piel, la infanta apareció de una belleza tan deslumbrante que el príncipe, aunque todavía estaba débil, Se puso a sus pies y le estrechó las rodillas con un ardor que a ella la hizo enrojecer. Pero casi no se dieron cuenta pues el rey y la reina fueron a abrazar a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su hijo. La princesa, confundida con tantas caricias y ante el amor que le demostraba el joven príncipe, iba sin embargo a darles las gracias, cuando el techo del salón se abrió, y el hada de las Lilas, bajando en un carro hecho de ramas y de las flores de su nombre, contó, con infinita gracia, la historia de la infanta. El rey y la reina, encantados al saber que Piel de Asno era una gran princesa, redoblaron sus muestras de afecto; pero el príncipe fue más sensible ante la virtud de la princesa, y su amor creció al saberlo. La impaciencia del príncipe por casarse con la princesa fue tanta, que a duras penas dio tiempo para los preparativos apropiados a este augusto matrimonio. El rey y la reina, que estaban locos con su nuera, le hacían mil cariños y siempre la tenían abrazada. Ella había declarado que no podía casarse con el príncipe sin el consentimiento del rey su padre. De modo que fue el primero a quien le enviaran una invitación, sin decirle quién era la novia; el hada de las Lilas, que supervigilaba todo, como era natural, lo había exigido a causa de las consecuencias. Vinieron reyes de todos los países; unos en silla de manos, otros en calesa, unos más distantes montados sobre elefantes, sobre tigres, sobre águilas: pero el más imponente y magnífico de los ilustres personajes fue el padre de la princesa quien, felizmente había olvidado su amor descarriado y había contraído nupcias
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    con una viudamuy hermosa que no le había dado hijos. La princesa corrió a su encuentro; él la reconoció en el acto y la abrazó con una gran ternura, antes que ella tuviera tiempo de echarse a sus pies. El rey y la reina le presentaron a su hijo, a quien colmó de amistad. Las bodas se celebraron con toda pompa imaginable. Los jóvenes esposos, poco sensibles a estas magnificencias, sólo tenían ojos para ellos mismos. El rey, padre del príncipe, hizo coronar a su hijo ese mismo día y, besándole la mano, lo puso en el trono, pese a la resistencia de aquel hijo bien nacido; pero había que obedecer. Las fiestas de esta ilustre boda duraron cerca de tres meses y el amor de los dos esposos todavía duraría si los dos no hubieran muerto cien años después. Pinocho Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho. –¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco. –¡Hola, padre! –saludó Pinocho. –¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes. –Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces? –¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo! Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió vender su abrigo para comprar los libros. Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba: –Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a Gepeto. De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó: –¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres! Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados a las manos y los pies. –¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos. –¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función. –No porque tengo que ir al colegio. –Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor. Pinocho siguió muy contento hacia el cole, cuando de pronto:
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    –¡Vaya, vaya! ¿Dóndevas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso que se encontró en el camino. –Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero. –¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un buen abrigo. ¿No te gustaría tener más? –Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho. –Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros crecerá una planta que te dará dinero. –¿Y dónde está ese campo? –Nosotros te llevaremos –dijo el zorro. Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le robaron las monedas y le ataron a un árbol. Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul. –¿Dónde perdiste las monedas? –Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz. Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar. –Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir – dijo el Hada Azul. Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban muy contentos. –¿Qué es lo que pasa? –preguntó. –Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no hay colegios ni profesores. ¿Te quieres venir? –¡Venga, vamos! Entonces, apareció el Hada Azul. –¿No me prometiste ir al colegio? –preguntó. –Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí. Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le habían crecido por mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena. –¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho. Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy fuerte. –Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca.
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    Así lo hicierony salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de abrazarle. De repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo convirtió en un niño de verdad. Pulgarcito Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: - ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! - Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida. Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar. Y dijeron los padres: - Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera. Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». - ¡Padre! - exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo: - ¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? - No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo». Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros. - ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. - ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña. Al verlo Pulgarcito, gritó: - ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El
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    hombre sujetó elcaballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: - Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al leñador, dijeron: - Vendenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. - No - respondió el padre-, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo. Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: - Padre, dejame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. - ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. - Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: - Dejame bajar, lo necesito. - ¡Bah!, no te muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. - No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajame, ¡deprisa! El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una gazapera que había estado buscando. - ¡Buenas noches, señores, pueden seguir sin mí! -les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su escondrijo. «Eso de andar por el campo a oscuras es peligroso -díjo-; al menor descuido te rompes la crisma». Por fortuna dio con una valva de caracol vacía: «¡Bendito sea Dios! -exclamó-. Aquí puedo pasar la noche seguro». Y se metió en ella. Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. - ¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? - Yo puedo decírtelo -gritó Pulgacito. - ¿Qué es esto? -preguntó, asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a alguien. Sa pararon los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevenme con ustedes, yo los ayudaré. - ¿Dónde estás? - Busca por el suelo, fijate de dónde viene la voz -respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: - ¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? - Mira -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. - Está bien - dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas. Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: - ¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: - ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien! Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: - ¿Qué quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay? Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho
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    recobraron ánimos, ypensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: - Vamos, no juegues y pásanos algo. Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: - ¡Se los daré todo enseguida; sólo tienen que alargar las manos! La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones echaron a correr como alma que lleva el diablo. La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvió a la cama convencida de que había estado soñando despierta. Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba. - ¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. - En este cuartito se han olvidado de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera. El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, pse puso a gritar con todas sus fuerzas: - ¡Basta de forraje, basta de forraje! La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, se espantó tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: - ¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado! - ¿Estás loca? -respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: - ¡Basta de forraje, basta de forraje! Se pasmó el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago
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    de un bocado.Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo: - Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto. - ¿Dónde está? -preguntó el lobo. - En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo -. Y le dio las señas de la casa de sus padres. El lobo no se lo hizo repetir; se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones. - ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la casa. - ¡Y qué! -replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has llenado, ahora me toca a mí divertirme -y reanudó el griterío. Despertaron, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volvieron a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. - Quédate tú detrás -dijo el hombre al entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: - Padre mío, estoy aquí, en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: - ¡Alabado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto. Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito. - ¡Ay! -exclamó el padre-, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar! - Sí, padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro. - ¿Y dónde estuviste? - ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo. Pero desde hoy me quedaré con ustedes. - Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Le dieron de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías. Rapunzel Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos. Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron realidad. La futura madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía agua la boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de esas lechugas. Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se atrevía a entrar en él. Pronto, la mujer ya no pensaba más que en esas lechugas, y por no querer comer otra cosa empezó a enfermarse. Su esposo, preocupado, resolvió entrar a escondidas en el huerto cuando cayera la noche, para coger algunas lechugas.
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    La mujer selas comió todas, pero en vez de calmar su antojo, lo empeoró. Entonces, el esposo regresó a la huerta. Esa noche, la bruja lo descubrió. -¿Cómo te atreves a robar mis lechugas? -chilló. Aterrorizado, el hombre le explicó a la bruja que todo se debía a los antojos de su mujer. -Puedes llevarte las lechugas que quieras -dijo la bruja -, pero a cambio tendrás que darme al bebé cuando nazca. El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto nació, la bruja se llevó a la hermosa niña. La llamó Rapunzel. La belleza de Rapunzel aumentaba día a día. La bruja resolvió entonces esconderla para que nadie más pudiera admirarla. Cuando Rapunzel llegó a la edad de los doce años, la bruja se la llevó a lo más profundo del bosque y la encerró en una torre sin puertas ni escaleras, para que no se pudiera escapar. Cuando la bruja iba a visitarla, le decía desde abajo: -Rapunzel, tu trenza deja caer. La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza rubia y la bruja subía. Al cabo de unos años, el destino quiso que un príncipe pasara por el bosque y escuchara la voz melodiosa de Rapunzel, que cantaba para pasar las horas. El príncipe se sintió atraído por la hermosa voz y quiso saber de dónde provenía. Finalmente halló la torre, pero no logró encontrar ninguna puerta para entrar. El príncipe quedó prendado de aquella voz. Iba al bosque tantas veces como le era posible. Por las noches, regresaba a su castillo con el corazón destrozado, sin haber encontrado la manera de entrar. Un buen día, vio que una bruja se acercaba a la torre y llamaba a la muchacha. -Rapunzel, tu trenza deja caer. El príncipe observó sorprendido. Entonces comprendió que aquella era la manera de llegar hasta la muchacha de la hermosa voz. Tan pronto se fue la bruja, el príncipe se acercó a la torre y repitió las mismas palabras: -Rapunzel, tu trenza deja caer. La muchacha dejó caer la trenza y el príncipe subió. Rapunzel tuvo miedo al principio, pues jamás había visto a un hombre. Sin embargo, el príncipe le explicó con toda dulzura cómo se había sentido atraído por su hermosa voz. Luego le pidió que se casara con él. Sin dudarlo un instante, Rapunzel aceptó. En vista de que Rapunzel no tenía forma de salir de la torre, el príncipe le prometió llevarle un ovillo de seda cada vez que fuera a visitarla. Así, podría tejer una escalera y escapar. Para que la bruja no sospechara nada, el príncipe iba a visitar a su amada por las noches. Sin embargo, un día Rapunzel le dijo a la bruja sin pensar: -Tú eres mucho más pesada que el príncipe.
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    -¡Me has estadoengañando! -chilló la bruja enfurecida y cortó la trenza de la muchacha. Con un hechizo la bruja envió a Rapunzel a una tierra apartada e inhóspita. Luego, ató la trenza a un garfio junto a la ventana y esperó la llegada del príncipe. Cuando éste llegó, comprendió que había caído en una trampa. -Tu preciosa ave cantora ya no está -dijo la bruja con voz chillona -, ¡y no volverás a verla nunca más! Transido de dolor, el príncipe saltó por la ventana de la torre. Por fortuna, sobrevivió pues cayó en una enredadera de espinas. Por desgracia, las espinas le hirieron los ojos y el desventurado príncipe quedó ciego. ¿Cómo buscaría ahora a Rapunzel? Durante muchos meses, el príncipe vagó por los bosques, sin parar de llorar. A todo aquel que se cruzaba por su camino le preguntaba si había visto a una muchacha muy hermosa llamada Rapunzel. Nadie le daba razón. Cierto día, ya casi a punto de perder las esperanzas, el príncipe escuchó a lo lejos una canción triste pero muy hermosa. Reconoció la voz de inmediato y se dirigió hacia el lugar de donde provenía, llamando a Rapunzel. Al verlo, Rapunzel corrió a abrazar a su amado. Lágrimas de felicidad cayeron en los ojos del príncipe. De repente, algo extraordinario sucedió: ¡El príncipe recuperó la vista! El príncipe y Rapunzel lograron encontrar el camino de regreso hacia el reino. Se casaron poco tiempo después y fueron una pareja muy feliz. Ricitos de oro Erase una vez una tarde , se fue Ricitos de Oro al bosque y se puso a coger flores. Cerca de alli, habia una cabaña muy bonita , y como Ricitos de Oro era una niña muy curiosa , se acerco paso a paso hasta la puerta de la casita. Y empujo. La puerta estaba abierta. Y vio una mesa. Encima de la mesa habia tres tazones con leche y miel. Uno , era grande; otro, mediano; y otro, pequeño. Ricitos de Oro tenia hambre, y probo la leche del tazon mayor. ¡Uf! ¡Esta muy caliente! Luego, probo del tazon mediano. ¡Uf! ¡Esta muy caliente! Despues, probo del tazon pequeñito, y le supo tan rica que se la tomo toda, toda. Habiatambien en la casita tres sillas azules: una silla era grande, otra silla era
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    mediana, y otrasilla era pequeñita. Ricitos de Oro fue a sentarse en la silla grande, pero esta era muy alta. Luego, fue a sentarse en la silla mediana. Pero era muy ancha. Entonces, se sento en la silla pequeña, pero se dejo caer con tanta fuerza, que la rompio. Entro en un cuarto que tenia tres camas. Una, era grande; otra, era mediana; y otra, pequeña. La niña se acosto en la cama grande, pero la encontro muy dura. Luego, se acosto en la cama mediana, pero tambien le perecio dura. Despues, se acosto, en la cama pequeña. Y esta la encontro tan de su gusto, que Ricitos de Oro se quedo dormida. Estando dormida Ricitos de Oro, llegaron los dueños de la casita, que era una familia de Osos, y venian de dar su diario paseo por el bosque mientras se enfriaba la leche. Uno de los Osos era muy grande, y usaba sombrero, porque era el padre. Otro, era mediano y usaba cofia, porque era la madre. El otro, era un Osito pequeño y usaba gorrito: un gorrito muy pequeño. El Oso grande, grito muy fuerte: -¡Alguien ha probado mi leche! El Oso mediano, gruño un poco menos fuerte: -¡Alguien ha probado mi leche! El Osito pequeño dijo llorando con voz suave: se han tomado toda mi leche! Los tres Osos se miraron unos a otros y no sabian que pensar. Pero el Osito pequeño lloraba tanto, que su papa quiso distraerle. Para conseguirlo, le dijo que no hiciera caso , porque ahora iban a sentarse en las tres sillas de color azul que tenian, una para cada uno. Se levantaron de la mesa, y fueron a la salita donde estaban las sillas. ¿Que ocurrio entonces?. El Oso grande grito muy fuerte: -¡Alguien ha tocado mi silla! El Oso mediano gruño un poco menos fuerte.. -¡Alguien ha tocado mi silla! El Osito pequeño dijo llorando con voz suave: se han sentado en mi silla y la han roto! Siguieron buscando por la casa, y entraron en el cuarto de dormir. El Oso grande dijo: -¡Alguien se ha acostado en mi cama! El Oso mediano dijo: -¡Alguien se ha acostado en mi cama! Al mirar la cama pequeñita, vieron en ella a Ricitos de Oro, y el Osito pequeño dijo: -¡Alguien esta durmiendo en mi cama! Se desperto entonces la niña, y al ver a los tres Osos tan enfadados, se
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    asustotanto, que dioun salto y salio de la cama. Como estaba abierta una ventana de la casita, salto`por ella Ricitos de Oro, y corrio sin parar por el bosque hasta que encontro el camino de su casa. Simbad el marino Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador. - ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía! Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven. A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones. En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera: -Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras... " Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdag..." L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente. Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas... " Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí. L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel
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    lugar." Terminado el relato,Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente... "Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó. Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar. De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..." Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro. "Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..." Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna. El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes. S imbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos. "Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos." Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo
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    que soportar elpeso de ningún fardo... ¡Baila, muñequita! -Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas -aseguró tía Malle-. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle. Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella. ¡Baila, baila, muñequita, qué fina es la señorita! Y también el caballero con sus guantes y sombrero, calzón blanco y frac planchado y muy brillante calzado. Son bien finos, a fe mía. Baila, muñequita mía. Ahí está Lisa, que es muy vieja, aunque ahora no semeja, con la cera que le han dado, que sea del año pasado. Como nueva está y entera. Baila con tu compañera, serán tres para bailar. ¡Bien nos vamos a alegrar! Baila, baila, muñequita, pie hacia fuera, tan bonita. Da el primer paso, garbosa, siempre esbelta y tan graciosa. Gira y salta sin parar, que muy sano es el saltar. ¡Vaya baile delicioso! ¡Son un grupo primoroso! Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle
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    no la entendía;no estaba ya para niñerías. -¡Es una bobada! -decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos. Como escribir un cuento Consejos para escribir cuentos: 1. Si quieres escribir un cuento, lo primero que debes hacer es leer libros, cuentos, etc... Para saber como el autor interpreta cada personaje y que problemas y casos plantea para que los lectores entiendan la historia. 2. Muchos dias en el colegio, en el autobus... se nos ocurren ideas, estas a aveces pueden servir para escribir un cuento, por eso, te recomiendo que lleves una libreta, la grabadora del movil... para que si se te ocurre alguna idea, en un momento inesperado, que te la puedas apuntar para en otro momento recordarla. 3. Un cuento normal, tiene que tener un comienzo en el que introduzcas a los lectores en tu historia. Tambien ha de tener una parte central en la que se plantee un problema o conflicto entre los personajes de tu cuento. Finalmente ha de tener un desenlace que debe ser el final o la solucionde el problema que se planteaba, en el desenlace debes intentar que el lector se quede con la idea que tu quieres expresar como final de tu cuento. 4. Es fundamental que conozcas bien a los personajes de tu cuento,simplemente porque tu no puedes decir que un personaje que odia correr, se apunte a clases de atletismo. Y ademas esos datos no debes ponerlos en la historia, porque conforme los lectores van leyendo el cuento se iran dando cuenta de los gustos, miedos... que cada personaje tiene.
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    5. Generalmente, loscuentos, no son largos,estos suelen ser de 1 pagina y como maximo 2. Normalmente no sera posible desarrollar mucho mas, porque entonces ya no seria un cuento, seria una novela o un libro. Los cuentos suelen tener un escenario, es decir, el sitio donde ocurre el conflicto, y unos cuantos personajes principales y secundarios. 6. Para que la historia que quieres contar quede bien, tienes que decidir si tu cuento va estar en 1º (yo), 2º (tu) o 3º persona ( el o ella). En algunas historias, es el narrador el que cuenta tu historia, y despues, aparte ya esta el diálogo y lo que tu quieras añadir. 7. Cuando ya has terminado de idear los detalles y conflictos que quieres que tu historia contenga, ya será solamente escribir las palabras adecuadas. Es posible que pienses que no conoces bien a tus personajes, pero segun vaya pasando el tiempo, los conoceras mejor. 8. Si quieres atrapar al lector y que siga leyendo tu cuento, debe ser en la primera oracion o parrafo, si haces que se aburra no seguira leyendo. Debe de ser un comiezorapido y no es preciso dar muchos detalles del escenario, ves al centro de la historia, y muestra detalles acerca de los personajes. 9. A la hora de escribir tu cuento, te encontraras con diferentes posibilidades, por eso tienes que saber superarlas. Tambien has de saber, que te tienes que proponer un objetivo, cada dia hacer 1 pagina o 2 es un buen objetivo.No pasa nada si lo que escribes un dia, no te gusta y lo tiras a la basura, eso es normal, todos tenemos dias malos. Ademas eso signnificara que has estado pensando en tu cuento, y eso es bueno. 10. A medida que vayas escribiendo tu cuento, querras cambiar algun personaje, algun trozo de tu cuento...son tus personajes los que eligen lo que debes hacer. Pero si tu piensas que tienes que eliminar o cambiar algo, si crees que asi tu cuento quedará mejor, hazlo. 11. Cuando hayas acabado tu historia revísala, corrige los errores y revisa que los pasos que hemos visto antes, estan bien hechos. Si tienes tiempo deja la historia descansar unos dias antes de revisarla. 12. Envia tu cuento a una persona de confianza para que te diga sugerencias... Estudia sus propuestas y si te convencen añadelas a tu cuento. Pero sobre todo no te enfades con tus revisores por sus críticas o sugerencias. 13. Escucha las críticas de la gente, no tienes que seguir todos los consejos y propuestas, solo las que tu consideres que son buenas, porque al fin y al cabo, eres tu el autor/a de la historia. Claudia Pérez Soliveres, 5º de Primaria 11 años