Doña Rosa era una ascensorista en un viejo edificio de juzgados en Madrid. A pesar de trabajar en condiciones incómodas y estar mal pagada, Doña Rosa siempre estaba sonriente y entusiasta con los pasajeros. Ella cuidaba el ascensor como si fuera suyo y disfrutaba recordando los nombres de los pasajeros frecuentes. Un día alguien le preguntó cómo podía estar tan contenta con su trabajo, a lo que ella respondió que lo hacía por sí misma, para sentirse satisfecha y porque sabía que su tiempo de