El documento nombra a la persona como un "atalaya de Dios" con la responsabilidad de advertir a otros sobre el mensaje de salvación de Jesucristo para que puedan arrepentirse de sus pecados y tener vida eterna. Explica que si la persona no cumple con advertir a los demás, será responsable de las consecuencias de sus acciones y Dios demandará su sangre. Finalmente, enfatiza la gran responsabilidad que conlleva ser un atalaya y la necesidad de llevar el mensaje del evangelio a los demás.