Generated by Foxit PDF Creator © Foxit Software
                                            http://www.foxitsoftware.com For evaluation only.




                                Haciendo terapia

         Hay un primer paso en el tratamiento de cualquier afección que todo paciente
debe dar antes de enfrentarse a su problema; tiene que admitir que lo tiene. Bien, pues
aquí está mi primer paso; sí lo admito, estuve pillado, por una mujer –lo aclaro para
aquellos que dudan de mi heterosexualidad-. Una vez admitido este hecho, uso estas
líneas para hacer terapia y pasar página. Comencemos pues.
         Recuerdo la primera vez que la vi. Diremos que era una tarde soleada en una
ciudad de Sylvania. Con su primera visión encajé un opercut directo a mi mentón.
Cuenta de protección; uno, dos, tres… Ding, ding, ding. Salvado por la campana. Me
agarré como pude a las cuerdas y llegué hasta mi rincón. -¡Pero qué haces!-me grita
desencajado mi entrenador- ¡Estúpido, sube la guardia coño, que pareces nuevo! Allí,
sentado en mi rincón, intentaba borrar de mi mente la imagen de aquel rostro bañado en
timidez y nerviosismo, adornado por aquella sonrisa que convertiría a todos lo ángeles
de infierno en devotos creyentes. Si coño, vaya sonrisa.
         Todo se quedó ahí. Un error. No volverá a pasar. Guardia arriba y otra vez a
ocupar el centro del ring. Pero que va, esto no podía quedarse ahí. Poco después ocurrió
el desastre. Diremos que fue una noche fría en Shagri-La. Si hubiera sabido que aquella
noche iba a vivir Rocroix, Cannas y Waterloo todas juntas en mis propias carnes me
habría quedado en casa tricotando o leyendo el Código da Vinci. Pero el caso es que fui.
Y joder lo que vi. Simplemente ella, en todo su esplendor, en toda su feminidad y
sensualidad puesta al servicio de perturbar y enloquecer a los hombres. Allí estaba ella,
Helena, Cleopatra y Ana Bolena juntas en un mismo ser y en pleno siglo XXI.
Comprendí como una mujer puede hacer que los hombres destruyan su propia
civilización, traicionen a su patria o se inventen una nueva iglesia con tal de estar con
ellas un instante, o dos, o toda una vida. Sí, lo comprendí. Vaya si lo comprendí. Porque
allí, frente a mi, estaba hecha realidad todos aquellas palabras vacías que tantas veces
había leído y nunca había comprendido; belleza, sensualidad, erotismo, deseo,
voluptuosidad. Nada más, y nada menos. Cuando quise darme cuenta estaba tirado en la
lona, escuchando los gritos de mi entrenador: -¡levántate, levántate tonto del culo!
Mientras de fondo, y sin saber muy bien de dónde venían, percibía como una sucesión
de números iba en aumento. Ocho. Nueve. Diez. Ding, ding, ding. Fundido a blanco.
         Estaba KO y lo mejor de todo –o peor- es que me daba igual. Allí estaba esa
mujer, herencia de un mestizaje de siglos de esta España mía. Mezcla de la tierra y del
mar, de canela y azahar, de arena y nieve, de felicidad y melancolía, de azúcar y sal, de
desierto y verdor, de música y silencio. Una mujer ungida con una de esas noches en las
que el Hacedor decide bendecir a esta puerca humanidad con un regalo. Un regalo
resultado de moldear, a martillo y fragua, el material del que están hechos los sueños. El
material que transforman las más oscuras y desalentadoras noches en una fiesta de
esperanza y esplendor. Un regalo –o mejor dicho dos- que serán los faros que llevarán a
los navegantes a sus Ítacas, a sus Alenjandrías o a sus Indias particulares con las
bodegas de sus barcos repletas de riquezas. Pero que a su vez, llevarán a otros hacia los
rompientes, mandando a esos infelices marineros a las profundidades de la nada, donde
se perderán en el olvido del tiempo, solos, vacíos, acabados, vagando por la orilla de la
desesperación, mientras Caronte les niega el paso al más allá.
         Así que tras ver aquel sueño hecho materia, decidí tomarlo al asalto, sin
subterfugios ni rodeos. Embestir de frente, con todo, ni envolventes ni paridas de esas.
Tocar a arrebato, encender mechas, banderas en alto y al ataque. Por el Rey, por la
gloria y por el botín. Eso debería haber hecho pero no lo hice. En cambio, me subí
Generated by Foxit PDF Creator © Foxit Software
                                             http://www.foxitsoftware.com For evaluation only.




–ojala me hubiera caído rompiéndome la crisma- al carro de las nuevas tecnologías.
Esemeeses. Con esto traicioné todo en lo que yo creía, mancillando mi tradición militar.
Hice una guerra moderna, en la que se puede acabar con tu enemigo apretando un
botón. Una guerra donde el heroísmo, el valor, el honor, el sacrificio, la honra, la lealtad
son conceptos vacíos, sin semántica. Son nada. Yo que siempre había sido de trinchera
y barro hasta las rodillas, de espada y vizcaína, de escudos arriba y lanzad los pilums.
De esas guerras en las que ibas de frente, cara a cara, sin intermediarios ni código
binario. Guerras crueles, directas, duras, despiadadas, guerras como Dios manda. Pero
no, me hice moderno. Me cisco yo en lo moderno.
        Creo que es obvio el resultado de la contienda. Retirada sin gloria, pérdida de
banderas y armas, pabellón arriado, hecho prisionero y a cenar en el infierno que ya va
siendo hora. Justo resultado. Al menos me queda el consuelo de que era una guerra en la
que merecía la pena alistarse y luchar en ella –esto no siempre ocurre, creerme lo sé
bien-. Sirvan estas líneas como terapia, como principio del fin, para pasar página como
dije antes y aquí paz y después gloria, que ya va siendo hora de dejar de hacer el
gilipollas. Así que me despido citando las palabras que una vez escribió un poeta:
Adiós, adiós vida, / es hora de que me lleve el tiempo / no supe decir lo que deciros
quería / por eso muero mientras estoy viviendo.

Haciendo Terapia

  • 1.
    Generated by FoxitPDF Creator © Foxit Software http://www.foxitsoftware.com For evaluation only. Haciendo terapia Hay un primer paso en el tratamiento de cualquier afección que todo paciente debe dar antes de enfrentarse a su problema; tiene que admitir que lo tiene. Bien, pues aquí está mi primer paso; sí lo admito, estuve pillado, por una mujer –lo aclaro para aquellos que dudan de mi heterosexualidad-. Una vez admitido este hecho, uso estas líneas para hacer terapia y pasar página. Comencemos pues. Recuerdo la primera vez que la vi. Diremos que era una tarde soleada en una ciudad de Sylvania. Con su primera visión encajé un opercut directo a mi mentón. Cuenta de protección; uno, dos, tres… Ding, ding, ding. Salvado por la campana. Me agarré como pude a las cuerdas y llegué hasta mi rincón. -¡Pero qué haces!-me grita desencajado mi entrenador- ¡Estúpido, sube la guardia coño, que pareces nuevo! Allí, sentado en mi rincón, intentaba borrar de mi mente la imagen de aquel rostro bañado en timidez y nerviosismo, adornado por aquella sonrisa que convertiría a todos lo ángeles de infierno en devotos creyentes. Si coño, vaya sonrisa. Todo se quedó ahí. Un error. No volverá a pasar. Guardia arriba y otra vez a ocupar el centro del ring. Pero que va, esto no podía quedarse ahí. Poco después ocurrió el desastre. Diremos que fue una noche fría en Shagri-La. Si hubiera sabido que aquella noche iba a vivir Rocroix, Cannas y Waterloo todas juntas en mis propias carnes me habría quedado en casa tricotando o leyendo el Código da Vinci. Pero el caso es que fui. Y joder lo que vi. Simplemente ella, en todo su esplendor, en toda su feminidad y sensualidad puesta al servicio de perturbar y enloquecer a los hombres. Allí estaba ella, Helena, Cleopatra y Ana Bolena juntas en un mismo ser y en pleno siglo XXI. Comprendí como una mujer puede hacer que los hombres destruyan su propia civilización, traicionen a su patria o se inventen una nueva iglesia con tal de estar con ellas un instante, o dos, o toda una vida. Sí, lo comprendí. Vaya si lo comprendí. Porque allí, frente a mi, estaba hecha realidad todos aquellas palabras vacías que tantas veces había leído y nunca había comprendido; belleza, sensualidad, erotismo, deseo, voluptuosidad. Nada más, y nada menos. Cuando quise darme cuenta estaba tirado en la lona, escuchando los gritos de mi entrenador: -¡levántate, levántate tonto del culo! Mientras de fondo, y sin saber muy bien de dónde venían, percibía como una sucesión de números iba en aumento. Ocho. Nueve. Diez. Ding, ding, ding. Fundido a blanco. Estaba KO y lo mejor de todo –o peor- es que me daba igual. Allí estaba esa mujer, herencia de un mestizaje de siglos de esta España mía. Mezcla de la tierra y del mar, de canela y azahar, de arena y nieve, de felicidad y melancolía, de azúcar y sal, de desierto y verdor, de música y silencio. Una mujer ungida con una de esas noches en las que el Hacedor decide bendecir a esta puerca humanidad con un regalo. Un regalo resultado de moldear, a martillo y fragua, el material del que están hechos los sueños. El material que transforman las más oscuras y desalentadoras noches en una fiesta de esperanza y esplendor. Un regalo –o mejor dicho dos- que serán los faros que llevarán a los navegantes a sus Ítacas, a sus Alenjandrías o a sus Indias particulares con las bodegas de sus barcos repletas de riquezas. Pero que a su vez, llevarán a otros hacia los rompientes, mandando a esos infelices marineros a las profundidades de la nada, donde se perderán en el olvido del tiempo, solos, vacíos, acabados, vagando por la orilla de la desesperación, mientras Caronte les niega el paso al más allá. Así que tras ver aquel sueño hecho materia, decidí tomarlo al asalto, sin subterfugios ni rodeos. Embestir de frente, con todo, ni envolventes ni paridas de esas. Tocar a arrebato, encender mechas, banderas en alto y al ataque. Por el Rey, por la gloria y por el botín. Eso debería haber hecho pero no lo hice. En cambio, me subí
  • 2.
    Generated by FoxitPDF Creator © Foxit Software http://www.foxitsoftware.com For evaluation only. –ojala me hubiera caído rompiéndome la crisma- al carro de las nuevas tecnologías. Esemeeses. Con esto traicioné todo en lo que yo creía, mancillando mi tradición militar. Hice una guerra moderna, en la que se puede acabar con tu enemigo apretando un botón. Una guerra donde el heroísmo, el valor, el honor, el sacrificio, la honra, la lealtad son conceptos vacíos, sin semántica. Son nada. Yo que siempre había sido de trinchera y barro hasta las rodillas, de espada y vizcaína, de escudos arriba y lanzad los pilums. De esas guerras en las que ibas de frente, cara a cara, sin intermediarios ni código binario. Guerras crueles, directas, duras, despiadadas, guerras como Dios manda. Pero no, me hice moderno. Me cisco yo en lo moderno. Creo que es obvio el resultado de la contienda. Retirada sin gloria, pérdida de banderas y armas, pabellón arriado, hecho prisionero y a cenar en el infierno que ya va siendo hora. Justo resultado. Al menos me queda el consuelo de que era una guerra en la que merecía la pena alistarse y luchar en ella –esto no siempre ocurre, creerme lo sé bien-. Sirvan estas líneas como terapia, como principio del fin, para pasar página como dije antes y aquí paz y después gloria, que ya va siendo hora de dejar de hacer el gilipollas. Así que me despido citando las palabras que una vez escribió un poeta: Adiós, adiós vida, / es hora de que me lleve el tiempo / no supe decir lo que deciros quería / por eso muero mientras estoy viviendo.