El documento argumenta que los obispos deben ser creídos y amados porque son los sucesores de los apóstoles y han recibido el carisma de la verdad del Espíritu Santo. El Espíritu Santo preserva la apostolicidad de la Iglesia y asegura su unidad y fidelidad a través de los obispos. Amar y creer en el obispo es amar y creer en Cristo mismo.