Viven entre la basura y los escombros de La Rocar tratando de sacar a flote
lo poco que ha dejado de ellos la droga, intentado sobrevivir un día más
Un pico para desayunar. Así comienzan el día muchos de los inquilinos de La
Rocar. Y hace frío. Enero no perdona a los que no tienen techo, y ellos hace
mucho que no piensan en sábanas limpias y en café caliente por la mañana.
El pico hace las veces de comida, de calefacción y hasta de familia si es
necesario, porque la droga es lo que tiene, que te deja solo, muy solo, aunque
estés rodeado de gente.
Muchos de los
que ahora viven
en La Rocar,
antes vivieron en
el Gran Hotel.
Nº1.227 /26.01.200712 / Lancelot
ergio, Quico y
Juan Antonio se
acaban de levan-
tar y se están me-
tiendo un pico en el salón
improvisado que se han mon-
tado en las entrañas de La
Rocar con cuatro cajas del
revés. Una hace las veces de
mesa y las otras tres de
sillas. En el centro su mayor
enemiga, ésa sin la que no
pueden pasar a diario, repo-
sa en el interior de una
jeringuilla.
Después van a por agua
para asearse y comen algo,
un bocadillo con un zumito
que sacan de una bolsa.
Eso, y lo que por la tarde
les den en el comedor de Sor
Ana, será lo único que to-
men en todo el día, aunque
lo cierto es que la comida
no es lo que más echan de
menos.
Los tres son de Lanzarote
“de toda la vida”, y sus
historias tienen cierto pare-
cido. En realidad, no dejan
de ser la misma historia que
se repite una y otra vez. Las
malas amistades, la falta de
información, mucha calle…
demasiada.
Comenzaron a los 13 o 14
años con los porros, pero no
se quedaron en eso. Fueron a
más, a mucho más. Hasta que
no hubo vuelta atrás.
Historias pequeñas
Juan Antonio lleva ocho
años en La Rocar, Sergio nue-
ve meses y Quico apenas unos
días. Su nuevo hogar es de
todo menos acogedor. Detrás
de ellos, tapada con una espe-
cie de puerta móvil que po-
nen y quitan su antojo, está su
habitación, en realidad un an-
tiguo cuarto de congeladores
de la fábrica. Un par de col-
chones por el suelo y algunas
bolsas con sus cosas: un pei-
ne, un espejo, alguna foto…
Por las noches cogen garrafas
de agua y se “duchan” allí
mismo porque “aquí vivimos
muchos y no sólo hay cucara-
chas y ratas, también hay pul-
gas y chinches, y piojos”.
Detrás de ellos, como en
otras casas, cuelga la “cola-
da”: jerseys, camisetas, pan-
talones y otras prendas que
les han regalado en Cáritas.
“Vivimos tres ahora porque
tuvimos que echar a uno a la
calle”, explica Sergio. “La
convivencia no era buena y
aquí el respeto es fundamen-
tal para que la cosa vaya
bien”.
A pesar de las circunstan-
cias todos los días salen a
buscarse la vida. “Vende-
mos chatarra, trabajamos
aparcando coches, hacemos
lo que podemos”, explica
Quico. “Lo peor de estar
aquí es el frío que se te mete
en los huesos hasta que los
empapa y no te lo quitas ni
poniéndote ropa, ni de nin-
guna manera”.
Cuando les preguntas por-
qué comenzaron todos asegu-
ran que lo están dejando.
“Estoy con lo de la metado-
na”, dice Quico, más como si
fuera un deseo en voz alta que
una realidad. “Ya no me
queda mucho para estar lim-
pio, ¿sabes?”.
Mar Arias / Fotos: Javier Sáenz
S
Nada más
levantarse se han
metido el primer
pico. Comen un
bocadillo entre la
basura de La
Rocar.
Lancelot / 13Nº1.227/26.01.2007
14 / Lancelot Nº1.227/26.01.2007
Sergio tiene que esperar. Ya
ha estado en muchas ocasiones
en tratamientos de metadona
con anterioridad y siempre lo
deja. La última vez no fue
distinta. “Es que llega un mo-
mento que me entra un flash y
lo dejo todo, y vuelvo a la
calle otra vez. Después me
arrepiento de haberlo dejado.
Ahora tengo que esperar a que
me llamen”, señala. “Pero ten-
go que dejarlo porque esto no
es vida. Me da pena por los
pibitos que se enganchan aho-
ra, con todo lo que se sabe
ya…, ¿es que no ven como
estamos nosotros? Si supieran
lo que les espera”.
Sergio no era un estudiante
brillante, destacaba sobre todo
en el terreno deportivo, pero
tampoco era de los peores.
Entonces era un chico normal.
Luego comenzaron los porros,
las malas compañías, las ra-
yas, el no escuchar a los
padres ni a la gente que se
preocupaba por él, el pico…
“Yo no me quito mi parte de
culpa en todo esto, pero sí es
cierto que había menos infor-
mación que ahora y cuando
me quise dar cuenta estaba
enganchado”, explica. “Tenía
14 años”.
Lo peor vino a los tres años
cuando la adicción era supe-
rior a su voluntad. “Intenté
desengancharme varias veces,
sobre todo por mis padres que
estaban fatal”, añade.
Fueron ellos los que insis-
tieron en sacarlo de ese am-
biente y lo mandaron a un
centro de rehabilitación de la
península, concretamente a
Cáceres. “Al principio no que-
ría ir. Intente escaparme en
varias ocasiones pero al mes y
medio ya no me quería mar-
char”, continúa contando.
“Reconozco que me comieron
el coco con la religión pero,
mirando hacia atrás, ahora me
parece una época muy feliz”.
“A los nueve meses mi madre,
que estaba loca porque vol-
viera a casa, me mandó de
regalo de Navidad un billete
de vuelta, y volví a Lanzarote
con 72 kilos de peso”, comen-
ta riendo y señalándose los
brazos y las piernas finas como
el alambre. “Es que se comía
muy bien en aquella tierra,
¡Unos chorizos y unos jamo-
nes…!”.
Sergio está convencido de
que el fallo, porque siempre
está buscando el origen de los
errores cometidos, estuvo en
volver. “Me tendría que haber
quedado porque allí estaba
bien”, asegura. “Cuando re-
gresé ingresé en el centro de
Zonzamas abierto, pero a los
dos meses estaba otra vez en
la calle, con las mismas com-
pañías y peor que antes”.
Ninguno tiene más de 40
años y han pasado la mayor
parte de su vida en la calle.
No ven a sus familias. Si acaso
alguna vez se acercan a pedir-
les dinero. Saben que sólo con
verlos es suficiente para que
se vuelvan a preguntar en qué
se equivocaron con ellos. Por-
qué sus hermanos tienen vi-
das normales y ellos han aca-
bado así de mal.
También Quico empezó por
probar. Su historia es parecida
a la de Sergio y a la de Juan
Antonio, y a la de otros mu-
chos que han pasado por allí.
“Empiezas por curiosidad y
luego no puedes dejarlo”, ase-
gura. “Muy pocos salen, y los
que lo consiguen siempre es-
tán en peligro de recaer. Vives
con eso. Con ese temor”.
Son inquilinos de la calle.
Antes de acabar en La Rocar
vivieron en el Gran Hotel o en
Una de las estancias de La Rocar empapelada con
periódicos.
Lancelot / 15Nº1.227/ 26.01.2007
la Guardería, y ahora temen
que llegue el momento en que
también tengan que marchar-
se de ahí porque “aunque me
desenganche, ¿quién le va a
dar trabajo a un ex drogadic-
to? Lo tenemos muy mal para
qué engañarnos”.
Una salida a la miseria
Juan y su mujer, Adriana,
explican que están “con lo de
la metadona” desde hace me-
ses y que sólo están esperando
una ayuda para poder salir de
allí. Concretamente la fianza
de un piso pequeñito de al-
quiler. “Sólo la entrada por-
que luego el alquiler mensual
lo pagaría yo, ¡eh! Yo no
quiero vivir del cuento, sólo
quiero una ayudita porque
tanto dinero junto no lo pue-
do conseguir”, explica este
grancanario que lleva en Lan-
zarote más años de los que
puede recordar.
Juan protesta por las condi-
ciones en que están viviendo.
En realidad, es bastante rei-
vindicativo. “El Ayuntamien-
to antes nos recogía la basura,
pero ya ha dejado de hacerlo
y se nos amontona en la
entrada, y además nos han
cortado el agua de la que
bebíamos y con la que nos
lavábamos”, señala. “En reali-
dad, nos la cortaron pero como
nos buscamos la vida y les
hicimos un estropicio”, con-
fiesa, “nos la han vuelto a dar.
Pero así estamos todo el día y
bastante tenemos nosotros con
lo que tenemos”, añade. “Y
además, están haciendo catas.
Yo lo sé porque era maestro
albañil en mis buenos tiem-
pos y sé lo que se hace en un
terreno cuando se prepara para
construir en él”.
Se gana la vida como apar-
cacoches y no recurre a la
caridad de las ONGs para co-
mer. “Yo tengo mi comida, y
la hago en mi casa, en mi
cocina”, dice, y muestra un
pequeño aparador con alimen-
tos básicos. “Antes trabajaba
en Playa Blanca pero tuve
que dejarlo porque tenía que
subir a diario a Arrecife a las
10 de la mañana para la meta-
dona y claro, así… los jefes
tampoco nos quieren. Pero es
cuestión de tiempo”, asegura
convencido.
Su casa es poco más que un
cuarto con dos camas y una
cocina. En ella vive con su
mujer, su perro y su gato,
Sergio, Quico y
Juan Antonio a
primera hora de la
mañana.
La cocina de Juan y Adriana.
El problema de la droga en Arrecife fue el tema central del
programa Callejeros, que Cuatro emitió el pasado viernes 19 de
enero bajo el título de “El Arrecife”. Más de un millón de personas
vieron este programa especial. También la semana pasada
Televisión Española dedicaba un programa de España Directo a
esta misma cuestión. La droga y la manera en que viven los
drogadictos en La Rocar han sido tratado en numerosas ocasiones
en los medios de comunicación de la isla, en general, y en este
semanario en particular desde hace muchos años. Las soluciones,
tanto entonces como ahora, quedan lejanas, si es que existen.
Un problema televisado
Fotograma del programa
de Cuatro “El Arrecife”.
Juan bebe agua del grifo del que se surten todos los
inquilinos de La Rocar.
El pico es el desayuno de cada mañana.
16 / Lancelot Nº1.227/26.01.2007
junto al estiércol de ambos
bajo las camas. Dentro de la
terrible situación, Adriana se
las apaña para tener la ropa
doblada y las camas hechas.
Ella tiene artrosis y le han
descubierto varios quistes en
el estómago. Debería cuidarse
pero dadas las circunstancias
lo único que puede hacer es
no trabajar demasiado. “Fui-
mos a sacarle una minusvalía
pero no se la quieren dar
porque sólo tiene un 33% y al
parecer tiene que estar aún
peor. No sé cómo quieren que
esté si no se puede ni mover”,
dice Juan. “Cuando salgamos
de aquí mejorará”.
Llevan en La Rocar doce
años. Doce años de no salir por
las noches para nada, ni para
orinar o defecar. “Hacemos
nuestras necesidades aquí, en
un orinal y por las mañanas lo
limpiamos, que no somos nin-
gunos guarros”, dicen. “Yo no
quiero que Adriana salga por la
noche porque me da miedo
que le den el palo. Aquí se
pasa mucho miedo. Mucho
miedo y mucho frío, pero sobre
todo miedo”.
“Yo me recuperé y conseguí
trabajo, pero tuve una recaída”,
explica Juan. “Y pedí ayuda,
pero la única que nos ha ayu-
dado ha sido Lolina Curbelo,
ella sí se porta bien con noso-
tros. Es la única”.
Para defenderse ha fabrica-
do dos armas tan curiosas
como espeluznantes. Un ha-
cha y un cuchillo de carnice-
ro pegados, cada uno, a un
palo punzante como si de una
guadaña se tratara. “Con esto
estoy preparado para lo que
pudiera pasar”, explica, con-
vencido, sin embargo, de que
no pasará nada porque pronto
se verán libres de toda esta
pesadilla.
Los ojos bien abiertos
Mohamed lleva nueve me-
ses viviendo en La Rocar.
Llegó a Lanzarote hace cua-
tro años para trabajar en lo
suyo: la mar. Estuvo embar-
cado mucho tiempo hasta que
lo tuvo que dejar porque cayó
en la droga. Los motivos no
son muy diferentes: el mal
ambiente, las malas compa-
ñías. Aunque en el caso de
Mohamed no puede echarle
la culpa al desconocimiento,
ni a la falta de madurez por-
que tiene cuarenta años y
sólo hace tres que cayó en
ese pozo sin salida. “Estoy
esperando para ver si sale una
plaza en el programa de me-
tadona y apuntarme para salir
de esto, para salir de aquí”,
explica. “Quiero volver a tra-
bajar y vivir como la gente
normal. Esto no le gusta a
nadie”.
Mientras tanto Mohamed,
como el resto, se busca la
vida. Aparca coches en Arre-
cife, los domingos va al mer-
cadillo de La Villa en gua-
gua, y come en el comedor de
Sor Ana por la tarde el único
alimento caliente que se lle-
va a la boca. “El resto del día
tomamos galletas, chocolati-
nas, tonterías para engañar el
hambre”, relata.
Vive con otro compañero
en una de las naves abando-
nadas y también él hace refe-
rencia al miedo, a los temores
con que se acuestan por las
noches porque en La Rocar lo
peor llega al anochecer. “Aho-
ra, por ejemplo, desde hace
unas semanas por las noches
alguien se dedica a quemar
cosas y nos da miedo que se
propague. Nos da terror que
nos quemen mientras dormi-
mos”, señala. “Igual lo hacen
para que nos vayamos porque
a mucha gente le molesta
vernos aquí dentro. Les mo-
lesta que existamos. Dormi-
mos con un ojo abierto”.
La vida de frente
Carolina Cabrera Navarro
es la única que dice su nom-
bre y apellidos alto y claro.
Tal vez porque es la única
que los recuerda. Dice, a quién
quiera escucharla, que nunca
ha estado enganchada y que
viven en La Rocar porque no
tiene otro sitio donde hacer-
lo, y porque ahí vivía con su
marido hasta que hace dos
años muriera de un infarto.
En el rostro de Carolina se
refleja el sufrimiento de una
vida muy dura y, aparente-
mente, mucho más larga de lo
que ha sido en realidad. Y es
que esta grancanaria que lle-
gó hace cuatro años a la isla
sólo tiene cuarenta años. “Yo
trabajo aquí de aparcacoches
y me apaño con lo que saco
al día”, explica. “Un día mío
normal es levantarme, traba-
jar, llevar mi casa, ducharme,
comer y volver a trabajar”.
No tiene miedo de nadie.
Entre otras cosas porque a su
marido lo respetaban todos y
ella se ha ganado el mismo
respeto. “Aquí seguiré hasta
que quiten esto, y después,
pues ya me buscaré cómo
sacarme los garbanzos. La
vida es así, hay que mirarla
de frente y salir para delante
como sea. Sobrevivir”.
Adriana se toma un zumo sentada en su cama. El cuarto, a pesar de la miseria, tiene un
toque femenino que le ha logrado dar ella misma.
Dentro de la casa Juan y Adriana
tienen un gato y un perro. Al fondo la
despensa con la que se apaña este
matrimonio.
Carolina se busca la vida trabajando de
aparcacoches.

Reportaje: La rocar

  • 1.
    Viven entre labasura y los escombros de La Rocar tratando de sacar a flote lo poco que ha dejado de ellos la droga, intentado sobrevivir un día más Un pico para desayunar. Así comienzan el día muchos de los inquilinos de La Rocar. Y hace frío. Enero no perdona a los que no tienen techo, y ellos hace mucho que no piensan en sábanas limpias y en café caliente por la mañana. El pico hace las veces de comida, de calefacción y hasta de familia si es necesario, porque la droga es lo que tiene, que te deja solo, muy solo, aunque estés rodeado de gente. Muchos de los que ahora viven en La Rocar, antes vivieron en el Gran Hotel. Nº1.227 /26.01.200712 / Lancelot
  • 2.
    ergio, Quico y JuanAntonio se acaban de levan- tar y se están me- tiendo un pico en el salón improvisado que se han mon- tado en las entrañas de La Rocar con cuatro cajas del revés. Una hace las veces de mesa y las otras tres de sillas. En el centro su mayor enemiga, ésa sin la que no pueden pasar a diario, repo- sa en el interior de una jeringuilla. Después van a por agua para asearse y comen algo, un bocadillo con un zumito que sacan de una bolsa. Eso, y lo que por la tarde les den en el comedor de Sor Ana, será lo único que to- men en todo el día, aunque lo cierto es que la comida no es lo que más echan de menos. Los tres son de Lanzarote “de toda la vida”, y sus historias tienen cierto pare- cido. En realidad, no dejan de ser la misma historia que se repite una y otra vez. Las malas amistades, la falta de información, mucha calle… demasiada. Comenzaron a los 13 o 14 años con los porros, pero no se quedaron en eso. Fueron a más, a mucho más. Hasta que no hubo vuelta atrás. Historias pequeñas Juan Antonio lleva ocho años en La Rocar, Sergio nue- ve meses y Quico apenas unos días. Su nuevo hogar es de todo menos acogedor. Detrás de ellos, tapada con una espe- cie de puerta móvil que po- nen y quitan su antojo, está su habitación, en realidad un an- tiguo cuarto de congeladores de la fábrica. Un par de col- chones por el suelo y algunas bolsas con sus cosas: un pei- ne, un espejo, alguna foto… Por las noches cogen garrafas de agua y se “duchan” allí mismo porque “aquí vivimos muchos y no sólo hay cucara- chas y ratas, también hay pul- gas y chinches, y piojos”. Detrás de ellos, como en otras casas, cuelga la “cola- da”: jerseys, camisetas, pan- talones y otras prendas que les han regalado en Cáritas. “Vivimos tres ahora porque tuvimos que echar a uno a la calle”, explica Sergio. “La convivencia no era buena y aquí el respeto es fundamen- tal para que la cosa vaya bien”. A pesar de las circunstan- cias todos los días salen a buscarse la vida. “Vende- mos chatarra, trabajamos aparcando coches, hacemos lo que podemos”, explica Quico. “Lo peor de estar aquí es el frío que se te mete en los huesos hasta que los empapa y no te lo quitas ni poniéndote ropa, ni de nin- guna manera”. Cuando les preguntas por- qué comenzaron todos asegu- ran que lo están dejando. “Estoy con lo de la metado- na”, dice Quico, más como si fuera un deseo en voz alta que una realidad. “Ya no me queda mucho para estar lim- pio, ¿sabes?”. Mar Arias / Fotos: Javier Sáenz S Nada más levantarse se han metido el primer pico. Comen un bocadillo entre la basura de La Rocar. Lancelot / 13Nº1.227/26.01.2007
  • 3.
    14 / LancelotNº1.227/26.01.2007 Sergio tiene que esperar. Ya ha estado en muchas ocasiones en tratamientos de metadona con anterioridad y siempre lo deja. La última vez no fue distinta. “Es que llega un mo- mento que me entra un flash y lo dejo todo, y vuelvo a la calle otra vez. Después me arrepiento de haberlo dejado. Ahora tengo que esperar a que me llamen”, señala. “Pero ten- go que dejarlo porque esto no es vida. Me da pena por los pibitos que se enganchan aho- ra, con todo lo que se sabe ya…, ¿es que no ven como estamos nosotros? Si supieran lo que les espera”. Sergio no era un estudiante brillante, destacaba sobre todo en el terreno deportivo, pero tampoco era de los peores. Entonces era un chico normal. Luego comenzaron los porros, las malas compañías, las ra- yas, el no escuchar a los padres ni a la gente que se preocupaba por él, el pico… “Yo no me quito mi parte de culpa en todo esto, pero sí es cierto que había menos infor- mación que ahora y cuando me quise dar cuenta estaba enganchado”, explica. “Tenía 14 años”. Lo peor vino a los tres años cuando la adicción era supe- rior a su voluntad. “Intenté desengancharme varias veces, sobre todo por mis padres que estaban fatal”, añade. Fueron ellos los que insis- tieron en sacarlo de ese am- biente y lo mandaron a un centro de rehabilitación de la península, concretamente a Cáceres. “Al principio no que- ría ir. Intente escaparme en varias ocasiones pero al mes y medio ya no me quería mar- char”, continúa contando. “Reconozco que me comieron el coco con la religión pero, mirando hacia atrás, ahora me parece una época muy feliz”. “A los nueve meses mi madre, que estaba loca porque vol- viera a casa, me mandó de regalo de Navidad un billete de vuelta, y volví a Lanzarote con 72 kilos de peso”, comen- ta riendo y señalándose los brazos y las piernas finas como el alambre. “Es que se comía muy bien en aquella tierra, ¡Unos chorizos y unos jamo- nes…!”. Sergio está convencido de que el fallo, porque siempre está buscando el origen de los errores cometidos, estuvo en volver. “Me tendría que haber quedado porque allí estaba bien”, asegura. “Cuando re- gresé ingresé en el centro de Zonzamas abierto, pero a los dos meses estaba otra vez en la calle, con las mismas com- pañías y peor que antes”. Ninguno tiene más de 40 años y han pasado la mayor parte de su vida en la calle. No ven a sus familias. Si acaso alguna vez se acercan a pedir- les dinero. Saben que sólo con verlos es suficiente para que se vuelvan a preguntar en qué se equivocaron con ellos. Por- qué sus hermanos tienen vi- das normales y ellos han aca- bado así de mal. También Quico empezó por probar. Su historia es parecida a la de Sergio y a la de Juan Antonio, y a la de otros mu- chos que han pasado por allí. “Empiezas por curiosidad y luego no puedes dejarlo”, ase- gura. “Muy pocos salen, y los que lo consiguen siempre es- tán en peligro de recaer. Vives con eso. Con ese temor”. Son inquilinos de la calle. Antes de acabar en La Rocar vivieron en el Gran Hotel o en Una de las estancias de La Rocar empapelada con periódicos.
  • 4.
    Lancelot / 15Nº1.227/26.01.2007 la Guardería, y ahora temen que llegue el momento en que también tengan que marchar- se de ahí porque “aunque me desenganche, ¿quién le va a dar trabajo a un ex drogadic- to? Lo tenemos muy mal para qué engañarnos”. Una salida a la miseria Juan y su mujer, Adriana, explican que están “con lo de la metadona” desde hace me- ses y que sólo están esperando una ayuda para poder salir de allí. Concretamente la fianza de un piso pequeñito de al- quiler. “Sólo la entrada por- que luego el alquiler mensual lo pagaría yo, ¡eh! Yo no quiero vivir del cuento, sólo quiero una ayudita porque tanto dinero junto no lo pue- do conseguir”, explica este grancanario que lleva en Lan- zarote más años de los que puede recordar. Juan protesta por las condi- ciones en que están viviendo. En realidad, es bastante rei- vindicativo. “El Ayuntamien- to antes nos recogía la basura, pero ya ha dejado de hacerlo y se nos amontona en la entrada, y además nos han cortado el agua de la que bebíamos y con la que nos lavábamos”, señala. “En reali- dad, nos la cortaron pero como nos buscamos la vida y les hicimos un estropicio”, con- fiesa, “nos la han vuelto a dar. Pero así estamos todo el día y bastante tenemos nosotros con lo que tenemos”, añade. “Y además, están haciendo catas. Yo lo sé porque era maestro albañil en mis buenos tiem- pos y sé lo que se hace en un terreno cuando se prepara para construir en él”. Se gana la vida como apar- cacoches y no recurre a la caridad de las ONGs para co- mer. “Yo tengo mi comida, y la hago en mi casa, en mi cocina”, dice, y muestra un pequeño aparador con alimen- tos básicos. “Antes trabajaba en Playa Blanca pero tuve que dejarlo porque tenía que subir a diario a Arrecife a las 10 de la mañana para la meta- dona y claro, así… los jefes tampoco nos quieren. Pero es cuestión de tiempo”, asegura convencido. Su casa es poco más que un cuarto con dos camas y una cocina. En ella vive con su mujer, su perro y su gato, Sergio, Quico y Juan Antonio a primera hora de la mañana. La cocina de Juan y Adriana. El problema de la droga en Arrecife fue el tema central del programa Callejeros, que Cuatro emitió el pasado viernes 19 de enero bajo el título de “El Arrecife”. Más de un millón de personas vieron este programa especial. También la semana pasada Televisión Española dedicaba un programa de España Directo a esta misma cuestión. La droga y la manera en que viven los drogadictos en La Rocar han sido tratado en numerosas ocasiones en los medios de comunicación de la isla, en general, y en este semanario en particular desde hace muchos años. Las soluciones, tanto entonces como ahora, quedan lejanas, si es que existen. Un problema televisado Fotograma del programa de Cuatro “El Arrecife”. Juan bebe agua del grifo del que se surten todos los inquilinos de La Rocar. El pico es el desayuno de cada mañana.
  • 5.
    16 / LancelotNº1.227/26.01.2007 junto al estiércol de ambos bajo las camas. Dentro de la terrible situación, Adriana se las apaña para tener la ropa doblada y las camas hechas. Ella tiene artrosis y le han descubierto varios quistes en el estómago. Debería cuidarse pero dadas las circunstancias lo único que puede hacer es no trabajar demasiado. “Fui- mos a sacarle una minusvalía pero no se la quieren dar porque sólo tiene un 33% y al parecer tiene que estar aún peor. No sé cómo quieren que esté si no se puede ni mover”, dice Juan. “Cuando salgamos de aquí mejorará”. Llevan en La Rocar doce años. Doce años de no salir por las noches para nada, ni para orinar o defecar. “Hacemos nuestras necesidades aquí, en un orinal y por las mañanas lo limpiamos, que no somos nin- gunos guarros”, dicen. “Yo no quiero que Adriana salga por la noche porque me da miedo que le den el palo. Aquí se pasa mucho miedo. Mucho miedo y mucho frío, pero sobre todo miedo”. “Yo me recuperé y conseguí trabajo, pero tuve una recaída”, explica Juan. “Y pedí ayuda, pero la única que nos ha ayu- dado ha sido Lolina Curbelo, ella sí se porta bien con noso- tros. Es la única”. Para defenderse ha fabrica- do dos armas tan curiosas como espeluznantes. Un ha- cha y un cuchillo de carnice- ro pegados, cada uno, a un palo punzante como si de una guadaña se tratara. “Con esto estoy preparado para lo que pudiera pasar”, explica, con- vencido, sin embargo, de que no pasará nada porque pronto se verán libres de toda esta pesadilla. Los ojos bien abiertos Mohamed lleva nueve me- ses viviendo en La Rocar. Llegó a Lanzarote hace cua- tro años para trabajar en lo suyo: la mar. Estuvo embar- cado mucho tiempo hasta que lo tuvo que dejar porque cayó en la droga. Los motivos no son muy diferentes: el mal ambiente, las malas compa- ñías. Aunque en el caso de Mohamed no puede echarle la culpa al desconocimiento, ni a la falta de madurez por- que tiene cuarenta años y sólo hace tres que cayó en ese pozo sin salida. “Estoy esperando para ver si sale una plaza en el programa de me- tadona y apuntarme para salir de esto, para salir de aquí”, explica. “Quiero volver a tra- bajar y vivir como la gente normal. Esto no le gusta a nadie”. Mientras tanto Mohamed, como el resto, se busca la vida. Aparca coches en Arre- cife, los domingos va al mer- cadillo de La Villa en gua- gua, y come en el comedor de Sor Ana por la tarde el único alimento caliente que se lle- va a la boca. “El resto del día tomamos galletas, chocolati- nas, tonterías para engañar el hambre”, relata. Vive con otro compañero en una de las naves abando- nadas y también él hace refe- rencia al miedo, a los temores con que se acuestan por las noches porque en La Rocar lo peor llega al anochecer. “Aho- ra, por ejemplo, desde hace unas semanas por las noches alguien se dedica a quemar cosas y nos da miedo que se propague. Nos da terror que nos quemen mientras dormi- mos”, señala. “Igual lo hacen para que nos vayamos porque a mucha gente le molesta vernos aquí dentro. Les mo- lesta que existamos. Dormi- mos con un ojo abierto”. La vida de frente Carolina Cabrera Navarro es la única que dice su nom- bre y apellidos alto y claro. Tal vez porque es la única que los recuerda. Dice, a quién quiera escucharla, que nunca ha estado enganchada y que viven en La Rocar porque no tiene otro sitio donde hacer- lo, y porque ahí vivía con su marido hasta que hace dos años muriera de un infarto. En el rostro de Carolina se refleja el sufrimiento de una vida muy dura y, aparente- mente, mucho más larga de lo que ha sido en realidad. Y es que esta grancanaria que lle- gó hace cuatro años a la isla sólo tiene cuarenta años. “Yo trabajo aquí de aparcacoches y me apaño con lo que saco al día”, explica. “Un día mío normal es levantarme, traba- jar, llevar mi casa, ducharme, comer y volver a trabajar”. No tiene miedo de nadie. Entre otras cosas porque a su marido lo respetaban todos y ella se ha ganado el mismo respeto. “Aquí seguiré hasta que quiten esto, y después, pues ya me buscaré cómo sacarme los garbanzos. La vida es así, hay que mirarla de frente y salir para delante como sea. Sobrevivir”. Adriana se toma un zumo sentada en su cama. El cuarto, a pesar de la miseria, tiene un toque femenino que le ha logrado dar ella misma. Dentro de la casa Juan y Adriana tienen un gato y un perro. Al fondo la despensa con la que se apaña este matrimonio. Carolina se busca la vida trabajando de aparcacoches.