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LA ÚLTIMA REVELACIÓN
Una expedición arqueológica encuentra en Jordania un enigmático papiro. Parece
ser el testamento de la Virgen María, que habría recogido San Lucas pocos días
antes de morir. Y contiene una terrible profecía para el mundo. Pero tras una serie
de incidentes y muertes misteriosas, el documento desaparece. La papiróloga Kate
Duncan consigue salvar un fragmento y huye con él para salvarlo. Mientras, en el
otro extremo del mundo, su marido, John Costa, es un periodista a punto de
realizar un descubrimiento sensacional: quién mueve los hilos de la campaña
contra la Iglesia por los casos de pederastia. Kate y John acabarán comprendiendo
que sus vidas corren peligro, y que sus respectivas investigaciones tienen mucho
que ver. Ambas responden a la lucha secular entre el hombre que guarda la Iglesia
en el Vaticano y una fuerza poderosa que le cerca, más próxima de lo que él
mismo cree…
Joseph Thornborn
LA ÚLTIMA REVELACIÓN
Capítulo 1
EL paso inexorable del tiempo no había alterado la belleza de su rostro, que se había vuelto aún más
diáfano. Había pasado la jornada como cualquier otra, trabajando y rezando. En su vida era todo ya
memoria y oración. Solía volver a pensar en lo que había sucedido. También aquella tarde, cuando un
imprevisto e inesperado rayo de luz que se había abierto camino por el angosto perímetro de la
ventana capturó su mirada, volvió con la mente a aquel momento. Ella, aún jovencísima, casi una
niña, con el odre de terracota bajo el brazo, mientras caminaba despreocupaba entre aquel puñado de
pobres casas de piedra blanca y de cuevas excavadas en las rocas. Un rincón perdido del mundo,
quizás el más perdido. ¿Qué iba a salir de bueno de un lugar así? ¿Qué valor tenían aquellos agujeros
en la roca, aquella desnuda pobreza? Y, sin embargo, era precisamente aquella franja insignificante de
tierra la que había elegido. Todavía percibía el aroma del viento tibio que aquella mañana, muchos
años antes, le había acariciado la piel de color aceituna haciendo ondear levemente su tosca túnica
clara. Después, un rayo de luz, una figura misteriosa, sus palabras… Había tenido mucho miedo en
aquel instante. Ahora, en cambio, sonreía mientras las imágenes grabadas de modo indeleble en la
memoria se le presentaban de nuevo con tal nitidez que confundía pasado y presente. Para ella, aquel
pasado seguía siendo presente, siempre. Salió de lo que podía parecer poco más que una cueva a la
cual unas manos piadosas habían añadido algún refuerzo de ladrillo rojo. Era una casa. Su casa.
Alrededor, una zona de olivos y más abajo, al fondo, una franja de mar sobre el que se reflejaban los
últimos rayos de sol.
La llamaban todos «Madre», con una mezcla de ternura y veneración. Todavía eran pocos los que
se reunían allí. Ella, contemplando los mil destellos de luz que se filtraban entre las hojas, sabía que
volvería a ser así de nuevo en un futuro lejanísimo. Sabía que serían pocos, pero que su alegría nunca
iría a menos. Precisamente ésa parecía ser la oculta vocación de aquel lugar.
Todos la llamaban «Madre», pero sólo uno de ellos lo hacía considerándola su única verdadera
madre, que le había sido confiada en el momento más trágico de sus vidas, al cual habían asistido
como testigos. Se la había llevado inmediatamente a vivir con él. Y ahora era él quien venía a avisarle
de la presencia de un grupúsculo de caminantes recién llegados de Jerusalén. Querían verla. Sonrió
asistiendo. De hecho, lo había reconocido enseguida, aun en la lejanía, a pesar de que su rostro había
cambiado y de que los cabellos todavía negros, llenos de polvo y sudor, cubriesen parte de sus ojos.
Los tres hombres y las dos mujeres corrieron a su encuentro. Estuvieron a punto de arrodillarse ante
ella, pero no les dejó.
—Madre, hemos venido a verte —dijo uno de ellos.
—Estás aquí de nuevo… —respondió ella, dirigiéndose al primero que se le había acercado.
—Sí, estoy aquí para escuchar lo que me tienes que decir.
—Mi tiempo está a punto de acabar… y de comenzar —susurró, abriendo las manos en señal de
acogida.
—Nuestros hermanos y hermanas en Jerusalén te envían sus saludos.
—Dadles las gracias y decidles que rezo cada día por ellos.
Las dos mujeres la miraban sin abrir la boca, como atemorizadas.
—Venid dentro, comeremos todos juntos —dijo, acercándose a ellas y tomándolas de la mano. Y
le bastó apenas una mirada para que el dueño de la casa, aquel «hijo» que le había sido confiado en el
momento más trágico de su historia, los invitase a todos a entrar en el pequeño patio a lavarse las
manos. Se reunieron en torno al fogón, en la habitación desnuda. Había algunas esterillas sobre el
pavimento de tierra batida, estanterías de madera, pocos platos. A pesar de la pobreza de la sala, todo
apuntaba a que había sido pensada para albergar pequeñas reuniones. Al otro lado se adivinaba una
pequeña habitación separada, poco más de un cubículo, con un humilde colchón de paja en el suelo.
Compartieron el pan recién cocido y un poco de queso.
—¿Cómo te encuentras aquí, Madre? —preguntaron los huéspedes, que de pronto parecían haber
olvidado el cansancio de los largos días de camino y los peligros que habían corrido para llegar hasta
Éfeso.
Ella sonrió. Lanzó una mirada hacia el umbral de la puerta y hacia la loma de los olivos. Las hojas
temblaban ligeramente, acariciadas por la brisa.
—«He aquí que el Señor pasó. Hubo un viento impetuoso y gallardo capaz de romper los montes y
dispersar las rocas ante el Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un
terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego, pero el
Señor no estaba en el fuego. Después del fuego vino el susurro de una brisa suave…» —repitió de
memoria los versículos de la Escritura.
Después añadió:
—Aquí es más fácil reconocerlo en la brisa suave.
Permanecieron en torno al fuego durante una hora, hasta que las brasas, ya extinguidas no pudieron
contra el frío punzante de la tarde. Juan acompañó a los visitantes hacia una casa cercana, donde dos
hermanos les habían ofrecido un lecho. Se citaron nuevamente para el día siguiente. La noche
transcurrió tranquila, aunque uno de los peregrinos no consiguió pegar ojo. A la mañana siguiente, la
Madre lo mandó llamar muy temprano. Quería hablar con él.
—Te pido que recuerdes esto que estoy a punto de decirte…
La mujer habló. Y el peregrino, que ya la había interrogado en el pasado sobre la infancia de su
hijo, fijó en su mente cada palabra como si estuviera grabada en bronce, escrutando al mismo tiempo
cada línea de su rostro. «Cuanto más pasan los años», pensaba, «más intemporal me parece su rostro,
un icono de la eternidad». Fue entonces cuando por primera vez se le vino la idea de fijar, además de
las palabras, también alguna imagen de la Madre. El la había visto, la había conocido. Había tocado
las manos que habían cuidado al hijo. Había escrito ya un día el relato que ella le había contado,
describiéndole cómo había comenzado todo.
Ya de vuelta en la casa en la que estaba hospedado, mientras sus compañeros de viaje dormitaban
a la sombra después de haber comido carne asada, abrió la bolsa de cuero que había traído consigo
como el bien más preciado. Sacó todo lo que necesitaba y comenzó a escribir, en griego, el mensaje
que acababa de recibir…
Capítulo 2
JOHN Costa tenía la mirada fija y perdida. Estaba encorvado sobre la mesa de la cocina ante un vaso
medio lleno de un líquido amarillento que soltaba las últimas burbujitas.
—Maldita dieta —susurró.
Pensaba en cómo había cambiado su vida en los últimos tres años. La mujer que le había dejado
llevándose consigo a listados Unidos a su única hija, el estado de semiabandono en que vivía en
aquella casa de Via delle Fornaci, construida en los años 50 por los dueños de los palacetes romanos.
Habían pasado solo tres años, pero parecía una eternidad. Repasaba los acontecimientos que lo habían
tenido como involuntario protagonista: aquella investigación que había llevado a cabo como
vaticanista de la Reuters sobre el Cuarto Secreto de Fátima, el cónclave que había elegido a un papa
mexicano, el viaje a Portugal, el encuentro con Kate Duncan, la joven investigadora de la cual se había
enamorado locamente y con la que se había casado a los dos meses de conocerla. Era como si su
existencia hubiera estado sometida a una aceleración imprevista, elevada a la enésima potencia. Se
había encontrado de repente con la fama de un prestigioso reportero, conocido en todo el mundo.
Había escrito un libro que se había convertido en un best seller. Había decidido abandonar Reuters, la
gran agencia de noticias inglesa fundada a mediados del XIX por el homónimo y distinguido
empresario alemán. Había querido dejar atrás el runrún cotidiano de la búsqueda y revisión de
noticias, las llamadas con el corazón en un puño a cualquier hora del día o de la noche, las
conversaciones sarcásticas con sus jefes. Podía permitírselo gracias a las ventas de su último libro. Y
también gracias a Kate, que se había convertido en el verdadero elemento de estabilidad en su vida. El
punto de amarre, la roca. Sin lugar a dudas, aquel trabajo nunca le faltaría. Se equivocaba.
John Costa pensaba en todo esto mientras aquel líquido amarillento en el vaso había consumido
hasta el último destello de efervescencia y descansaba inmóvil a la espera de ser bebido.
—Maldita dieta —repitió el periodista mirando fijamente la fotocopia donde estaba, negro sobre
blanco, el régimen alimenticio al que debía someterse. Se le habían quedado en la mente las palabras
que el anciano médico, el doctor Adeodato Gasparroni, le había dicho con algo de brusquedad dos días
antes, después de haberlo estudiado con atención: —Debe usted cambiar el régimen alimenticio—. La
única palabra que recordaba era «régimen»… Habían pasado dos días, solo cuarenta y ocho horas, dos
mil ochocientos ochenta minutos. Pero sentía, en la mente y en el estómago, todo el peso del nuevo —
régimen—. Nada de pasta, nada de pan, nada de dulces, nada de azúcar. —Solo proteínas, verduras y
alimentos integrales en esta primera fase—, le había dicho el médico, con una sonrisa de
condescendencia que John había considerado una tomadura de pelo. Estas eran las ocasiones en las
que más lamentaba no estar ya en los Estados Unidos. Echaba de menos no ser ya un verdadero
americano, aunque había nacido allí, de hijos de inmigrantes italianos. «Si estuviera allí», pensaba, «el
doctor no me habría sometido a regímenes, me habría dado unas pastillas y todo se habría acabado.
Los italianos, en cambio, con sus manías saludables…» Había probado un montón de dietas durante
los últimos tres lustros. De vez en cuando adelgazaba; después, puntualmente, volvía a coger peso.
Ahora, a los cincuenta y tres años cumplidos, con el colesterol al doble de lo normal, solo había una
drástica decisión que tomar. «Usted tendrá serios problemas cardiovasculares si no se cuida», le había
dicho aquel condenado médico, flaco como un palillo, todo piel, huesos y cigarrillos. «¡Maldito pájaro
de mal agüero!» Lo había odiado, cómo lo había odiado cuando se había encontrado ante sus narices
con la miserable hojita con los alimentos permitidos. Estaba dividida en cinco puntos. John la había
analizado palabra por palabra, letra por letra. Le había dado varias vueltas buscando algo a lo que
agarrarse, un indicio. Tenía que haber algo que le gustara. Sin embargo, no había nada que hacer.
«Debe usted comer cinco veces al día, se lo ruego», le había advertido Gasparroni. El periodista no
había respondido, aguantando apenas las palabras que tenía en la punta de la lengua: «Hinojo,
calabacines y ensalada de la mañana a la noche… ¡Cómaselos usted y ya iré a verle al zoo al recinto
de los rumiantes!»
Kate entró en la cocina y sus ojos se llenaron de ternura al verlo. Se había levantado muy temprano,
porque tenía que salir de viaje. Había desayunado abundantemente, pero en la semioscuridad, con
sigilo, para no despertar a su marido. Había limpiado cada huella, abriendo también la ventana para
que no quedara ni siquiera el olor de los cruasanes precocinados que había calentado usando el modo
grill del microondas. Pero el olfato de John había sido más potente que el de un sabueso. Aquel
agradable efluvio le había sumido en la desazón.
—Cariño, estás a dieta desde hace sólo dos días.
—Dos días de régimen.
—Venga, no seas así… ¿Que por qué me voy? Sabes que es importante.
—Lo sé, Kate. Lo sé… es que…
—¿Qué pasa?
—¡Es que no sé si resistiré sin comida y sin ti!
Ella no respondió. Se acercó a la cafetera todavía humeante para echar el café en la taza de John.
Dos pastillitas de Hermeseta Gold, puro espartamo, se diluyeron al contacto con el líquido negro y
denso. Y Costa sintió deseos de tomar azúcar.
—¿No sabes cuánto tiempo estarás fuera?
—No, pero es posible que no nos veamos por un tiempo. La expedición es muy costosa, tendremos
que trabajar duro, espero que consigamos resultados…
—Lo conseguiréis, lo conseguiréis… En el fondo nadie ha excavado nunca en esos lugares…
También la vida de Kate Duncan había sufrido una aceleración y un vuelco en los últimos tres
años. La investigadora, especializada en paleopatología, el estudio de los signos de las enfermedades
que atacaron a los individuos del pasado, había dejado definitivamente Londres. Tras la muerte de su
madre, ya no había ningún cordón umbilical que la mantuviera unida a Gran Bretaña. Su infancia en
Manchester, los estudios en Berkeley sobre criptobiosis —la posibilidad para los microorganismos de
volver a la vida cuando se dan condiciones ambientales favorables—, el doctorado en el Instituto
Nacional para las Investigaciones Médicas de Mili Hill en Londres, su aventura en los laboratorios de
una multinacional farmacéutica en la capital británica… Todo eso representaba para ella sólo el
pasado. Un pasado que de algún modo ya no le pertenecía. El encuentro con John, los acontecimientos
que habían hecho que se cruzaran y después se unieran sus vidas, lo habían trastornado todo. Kate se
había trasladado a Roma, había obtenido un cargo en una universidad privada, dedicada a san Pío V,
había comenzado a colaborar con los Museos Vaticanos. De los microorganismos que pueden matar al
hombre resucitando desde el pasado había llegado a aquellos que matan los papiros y los antiguos
pergaminos. Era entusiasta de su nuevo trabajo, lo encontraba excitante. Se trataba de salvar un
patrimonio de la humanidad. Kate era emprendedora. Se había hecho todavía más ágil y dinámica
desde que había abrazado la «romanidad» en todo y para todo. Vivía bien, es más, vivía
estupendamente, en la capital de Italia y en la «cuna de la cristiandad», como llamaba su marido a la
antigua y somnolienta ciudad de la que ya no conseguía separarse. Se había convertido en la mano
derecha de un arqueólogo arribista, autor de un libro famosísimo, Los Evangelios y la arqueología, en
cuyo equipo trabajaban diversos especialistas. Lo que iba a comenzar dentro de pocas horas iba a ser
su primera misión de verdad.
John la había animado. Pero ahora la idea de que se fuera por un mes, quizá dos o tres, lo había
puesto contra las cuerdas, al menos tanto como el odiado régimen alimenticio al cual había
comenzado a someterse. Lo había hecho sobre todo por ella. Y después también por su hija, Clarice,
que ahora tenía t rece años y soñaba con ser periodista, siguiendo las huellas del padre. Eran sus dos
mujeres las que le habían hecho sentirse verdaderamente amado.
—Papá, tienes que ponerte a adelgazar en serio… —le había dicho Clarice la última vez que se
habían visto. Se había reflejado en la mirada de su hija y finalmente había comprendido. Kate, en
cambio, nunca le había dicho nada. Pero John notaba el brillo que relampagueaba en su mirada y una
mal disimulada satisfacción en el momento en que le había anunciado la decisión, con cierta
solemnidad, antes de consumar su última cena de persona normal.
—Es mi última cena… —había repetido mientras gozaba con su joven mujer un plato de trenette
ai frutti di mare1
regadas con vino rosé, y seguidas de una imperial fritura mixta, tan abundante como
crujiente. Para concluir, sabiendo que la abstinencia iba a durar mucho, había pedido una tartita de
chocolate y pera, una delicia digna de descubrir lentamente, para sacar a la luz el relleno cremoso y
fundido. Kate lo había visto comer como una madre mira a su cachorro.
—Estaré a tu lado en esta batalla —le había dicho mientras ambos tomaban la última gota de vino
antes de salir del restaurante. Había sido una velada fantástica. También Pino, el fiel dueño del
restaurante Arlú de Borgo Pio, había comprendido que se trataba de una ocasión especial. Había
pensado en un aniversario matrimonial, en un cumpleaños, pero no conseguía comprender el porqué
de aquel velo de tristeza que le había parecido captar en los ojos de John al final de la cena.
—Os espero cuando queráis… —había dicho mientras John y Kate se alejaban abrazados,
olvidándose de los ruidosos turistas que llenaban las mesas de las trattorie al aire libre.
Finalmente Costa se había decidido. Había bebido el suplemento alimenticio en polvo disuelto en agua
y se disponía a comenzar la jornada, aunque su humor fuera pésimo y su moral estuviera por los
suelos. Estaba fascinado por la habilidad de Kate a la hora de hacer las maletas: cada cosa entraba
mágicamente en su sitio, no dejaba intersticios, espacios inutilizados. El resultado final aparecía ante
sus ojos casi como un puzzle, como un mosaico. Eran dos las grandes maletas que su mujer había
hecho, una de color cereza y otra de rojo amaranto, ambas de buena marca, porque «no hay que
escatimar gastos en estas cosas».
—¿De verdad no quieres que te acompañe al aeropuerto? — le preguntó en voz baja.
—No, John, ya sabes que vienen a recogerme con el microbús, viajamos todos juntos…
—Ah, es verdad… —añadió él, mostrando cierta desilusión. Aunque estaba orgulloso de la
delicada misión que le habían confiado a ella, le pesaba verse excluido. Él no formaba parte del
equipo.
—Acuérdate del pasaporte…
—Lo tengo ya colgado al cuello, bajo la camisa… —dijo ella, señalándole un ligero bulto.
—¡Espero que no te tengas que desnudar para enseñarlo! — le respondió con una sonrisa de oreja a
oreja mientras la seguía con la mirada—. ¿Cuándo llegáis a Amán? —le preguntó.
—Esta tarde. Aquí serán las seis.
—Da señales.
—Por supuesto. Pero no estés tan triste. Me voy a Jordania, no a la prisión de Guantánamo ni a un
laogai chino.
—No estoy triste, sólo estoy preocupado por que todo vaya bien.
—Por favor, resiste. Acuérdate de que la primera semana de dieta es la peor. Después el hambre
pasa, te sientes notablemente mejor, tienes más energías, y olvidarás las tentaciones y las chucherías.
John la miraba. Quizás a causa de las punzadas del hambre o de la rabia que tenía en el cuerpo,
durante algunos instantes la imagen de Kate, su mujer, se confundió ante sus ojos con la del doctor
Gasparroni. ¿Era ella o él quien le estaba hablando ahora? «En el fondo dicen las mismas cosas»,
pensó desconsolado.
—¿Cuándo vais a Pella? —le cortó de golpe, esperando vivamente tener ante sí a su consorte y no
al filiforme y anciano dietista.
—Mañana. El profesor tiene prisa. Y como sabes, tenemos recursos limitados.
—¿Pero no había llegado la financiación de aquella fundación americana?
—Sí, claro, y en parte gracias a ti.
—Gracias al Vaticano, querida, gracias al Vaticano. Esos ancianos señores que viven en el Palacio
Apostólico al otro lado del Tíbar todavía tienen algo de poder en los Estados Unidos, a pesar de todo.
—Cierto… A pesar de todo… —añadió ella con el rostro repentinamente entristecido. La
referencia era clarísima para ambos. Habían hablado muchas veces del escándalo de la pedofilia que
abrumaba a la Iglesia americana. John se había tenido que ocupar de ello por asuntos de trabajo, y ella
había seguido el desarrollo del asunto porque convivía con un periodista que, como todos sus colegas,
ya no estaba en condiciones de separar la vida laboral de la vida privada. Era como una herida para él,
americano y católico, bautizado con el nombre de Antonio Rosario, hijo de un policía y de una
modista que había muerto alcoholizada. El había crecido entre curas y en la calle, «y no me vengáis
diciendo que el Brooklyn de hace cincuenta años era más seguro que el de hoy», repetía. Había oído
hablar de unos hechos algo sucios ocurridos en una parroquia cercana a la suya. Pero nada más. Y
aunque después había ido abandonando lentamente la fe, liberándose como quien se limpia de una
toxina nociva, lavada poco a poco, los curas irlandeses de Brooklyn para él seguían siendo una
institución. Las vicisitudes familiares, la separación de Rosemary, el amor por Kate, la aventura
vivida hacía poco le habían hecho redescubrir algo de aquellas raíces que habían estado sepultadas
durante tanto tiempo pero que evidentemente no habían sido extirpadas del todo de su corazón.
Aunque el acercamiento tenía que ser gradual, lento, bien asimilado, de la misma manera que lo había
sido la separación.
Por fin ella terminó con los preparativos.
—Tengo tres tarjetas de memoria de repuesto para la cámara fotográfica. ¿Bastarán, John?
—¡Por favor! ¿Participas en una expedición arqueológica o vas a hacerle el book a un centenar de
aspirantes a Miss Mundo? —respondió él con su habitual ironía.
—Quieres decir que son suficientes, ¿verdad? —repitió ella. Como en cada momento crucial, y
aquella partida lo era, Kate necesitaba asegurarse de todos los detalles. Hasta de los más
insignificantes. Mientras él, en esas ocasiones, necesitaba asegurarse de lo esencial, algo que nunca
daba por hecho. Su mujer seguiría preguntándole detalles sobre la tarjeta de crédito, el candado de la
maleta, el cargador del teléfono móvil, el ratón inalámbrico para insertar en el puerto USB del
portátil, que «es tan cómodo», mientras él hubiera preferido escuchar que lo amaba más que a
cualquier cosa en el mundo y que le gustaría volver pronto para verlo de nuevo.
—Me llevo el adaptador universal… ¡Nunca se sabe —añadió.
—Kate, las tomas de corriente en Jordania son exactamente como las nuestras. No vas a Londres
ni a Estados Unidos…
—Bueno, es mejor prevenir…
—Sí, claro. Quizá descubráis que alguna gruta o algún palacio subterráneo ya ha sido descubierto
y cableado por la compañía eléctrica tejana TXU o por la Kansas City Power & Light…
Kate no reaccionaba a la ironía de su marido, estaba a lo suyo.
—¿Sabes si el área arqueológica de Pella está cubierta por la señal GSM o GPRS? —preguntó ella,
indagando una vez más sobre el equipo.
—No lo sé, no creo. Pero ¿no llevas el teléfono móvil por satélite?
—Sí, claro…
—Entonces, si el normal no funciona, utilízalo —dijo John con el mismo tono de una madre que le
explica a su hijo de dos años cómo tiene que abrir un caramelo.
—A propósito, ¿sabes quién vendrá en caso de que lo necesitemos?
—No tengo ni idea.
—El padre Maximilian Fustenberg.
Los ojos de John se encendieron al oír aquel nombre. Estaba muy unido al viejo dominico, que
había pasado toda su vida en Jerusalén: la persona más competente en las Sagradas Escrituras y
también la más humilde que había conocido jamás. A sus ochenta años era capaz de entusiasmarse
todavía como un niño ante la solución de un problema exegético. La edición crítica de los Evangelios
y su famoso comentario a las fuentes de San Lucas eran piedras angulares desde hacía decenios. Costa
había esperado muchas ver al anciano fraile belga elevado a la púrpura cardenalicia, pero en vano.
Entre los biblistas, el padre Fustenberg no era particularmente querido por aquella insistencia suya en
recordar la historicidad de los Evangelios y en refutar, a veces con expresiones cortantes, muchas
reconstrucciones simbólicas banales que terminaban por reducir la vida de Jesús a una piadosa
leyenda y ratificaban la imposibilidad de conocer nada objetivo sobre su vida terrena.
—Si acaso lo ves, salúdalo, es más, abrázalo de mi parte. Es verdaderamente un buen amigo —dijo
John.
Sonó el telefonillo. Tres timbrazos en rápida secuencia. El minibús había llegado. Costa se levantó
de inmediato para ayudar a Kate a arrastrar las maletas escaleras abajo. Aquel viejo, maldito ascensor,
estaba todavía en reparación. Un estado ya crónico, tanto que en los cada vez más raros periodos de
funcionamiento, los inquilinos evitaban subir en él por miedo a que les tocase a ellos el consabido
bloqueo y el consiguiente salvamento por parte de los bomberos. No le preocupó ir en pijama y en
zapatillas. Se detuvo en el portal sin salir, dejando que fuese su mujer la que empujara las maletas
durante el último trecho. La abrazó intensamente y la besó.
—Acuérdate de la webcam, cariño. Nos veremos a través de ella.
—Sí, de acuerdo… Yo seguiré visitando tu blog.
El conductor bajó a ayudarla. Pudo entrever tras las largas ventanillas el rostro afilado y un poco
torvo del profesor Gian Claudio Antonelli, sus dos becarios —en realidad jóvenes y malpagados
chicos para todo—, y su secretaria y ayudante. Kate no se dio la vuelta para saludarlo por última vez,
creyendo que ya se había ido. Apenas oyó encenderse el motor, John subió las escaleras y se cruzó en
el rellano del primer piso con la anciana y compungidísima señora Trimeloni, que entre sus logros se
vanagloriaba de una experiencia juvenil trabajando para la casa Saboya. La viejecilla miró a John de
arriba a abajo, aunque fuese bastante más bajita que él, haciéndolo sentirse un gusano. Se sintió en la
obligación de excusarse.
—Una emergencia—, musitó, abriéndose camino rápidamente.
Cuando abrió la puerta de casa, advirtió enseguida la ausencia de Kate. Cómo había cambiado aquel
apartamento después de su matrimonio. En el periodo en que había vivido allí como soltero, el
apartamento se había ido convirtiendo poco a poco en un antro en el que reinaban el desorden y la
suciedad. Todavía so acordaba de la vergüenza que había pasado una tarde mientras veía el telediario.
Un reportaje mostraba la cueva, en el Aspromonte, donde había estado prisionero durante veinticuatro
meses un joven empresario secuestrado por la Anónima Sekuestri. Viendo aquellas imágenes, había
sentido cierta sensación de hogar y se había dado cuenta finalmente de que había sobrepasado la línea,
como le seguía repitiendo —en vano— la mujer que dos veces a la semana desafiaba lo desconocido
intentando arreglar su habitación. Tras su matrimonio, Kate había intervenido con fuerza en la
decoración, simplificándola y modernizándola. No es que fuera necesario, lo que en verdad hacía falta
era un poco de limpieza y orden. Pero para ella había sido un modo, quizás inconsciente, de tomar
posesión del territorio, borrando al máximo las huellas de la antigua dueña de la casa, la ex mujer de
John. Todos los muebles eran claros: roble decapado, las dos palabras mágicas capaces de entusiasmar
a la doctora Duncan. Le habría gustado tener en doble decapado también el ordenador, si hubiera sido
posible sustituir el plástico y las tiras de metal por alguna tablilla contrachapada. En una zona bien
iluminada del amplio salón había colocado un escritorio que más que un escritorio parecía el cuadro
de mandos de una nave espacial. Teclados, altavoces, webcam, discos duros, memorias externas,
escáneres, fax y teléfono, una pantalla plana de televisión al lado de otra, todavía más grande y
futurista, del ordenador.
También esto era mérito de Kate. Tenía, más que él, el gusanillo de la tecnología, pero sobre todo
sabía asociar esa característica suya al orden y a la racionalidad a la hora de aprovechar los espacios.
No se veían cables externos, todo estaba ordenado, o por lo menos lo iba a estar aún durante algunas
horas, antes de que Costa se pusiera manos a la obra sin poder contar con la amorosa y discreta
operación de reajuste nocturno que su mujer solía hacer.
—Seguiré visitando tu blog…— habían sido las últimas palabras que le había dicho Kate antes de
marcharse. Ya, el blog. Desde que se había despedido de la Reuters, John se había puesto a trabajar
por su cuenta. No es que tuviera necesidad (si hubiera sido así, no habría abandonado su puesto de
trabajo), sino por mantenerse entrenado. Había creado un sitio web (www.segretivaticani.net), donde
ofrecía noticias y reportajes del Vaticano muy solicitados por las mayores cabeceras internacionales.
Dos semanas antes, había firmado por cuarta vez el reportaje de portada del Time. Además, sus firmas
y análisis semanales sobre política vaticana eran puntualmente publicados en los medios de todo el
mundo. Pero lo que más le había entusiasmado, su último descubrimiento, el juguete que siempre
había buscado, se llamaba blog. En él escribía pequeños artículos, reseñas, impresiones, noticias,
primicias, comentarios… dejando después a los lectores y a los visitantes la posibilidad de intervenir,
discutir, debatir, dialogar. El éxito de la iniciativa había sido espectacular, muy por encima de sus
expectativas. Muchas veces al día, cada sacrosanto día, fines de semanas y fiestas de guardar
incluidos, Costa se sentaba ante aquella pared de engendros electrónicos y con un clic abría ante sí el
mundo. Leía los comentarios, autorizaba su publicación haciéndolos visibles para todos en el sitio. A
menudo respondía. Estaba a punto de abrir la larga lista de comentarios que se habían añadido aquella
noche —noche y día eran categorías totalmente inútiles para un blog que se leía en París, Nueva York,
Tokio y Sydney, pero también Astana, Dubái y Ciudad del Cabo— cuando sonó el teléfono de casa. En
aquel momento, John se dio cuenta de que había dejado apagados los dos teléfonos móviles que
utilizaba a diario: el privado y el de trabajo. Se preocupó, mascando unos instantes, antes de contestar,
la idea de que Kate hubiese intentado llamarlo o le hubiese enviado un mensaje. «Quizá sea ella»,
pensó.
—Buenos díaaaas… —la voz salió inconfundible y como siempre impetuosa del auricular.
—Hola, monseñor, ¿cómo estás?
—¿Cómo te encuentras ahora que estás temporalmente soltero? —respondió el prelado.
—Don Stefano, Kate acaba de irse. Me parece un poco pronto para preguntarme cómo me siento al
estar nuevamente soltero —susurró el periodista.
—Escucha, amigo mío. Tengo una propuesta que hacerte… ¿Te apetece que quedemos para
comer?
«Comer.» Esa palabra le trepanó el cerebro. ¿Qué podría comer? Verdura, verdura y más verdura.
Acompañada de cuatro tostaditas con jamón —asesinadas al quitarles el único y vital hilo de tocino—,
sutiles como un velo de papel de aluminio. Y a aquello se supone que debería llamarlo «comida». John
sabía que si decía que sí no iba a poder resistir.
—Stefano, estoy a dieta, a dieta férrea. No puedo comer fuera. ¿Te apetece un buen café en mi
casa?
—Hecho.
—¿A qué hora?
—Estaré contigo a las dos… Pero mientras, empieza a preparar la maleta, porque mañana por la
mañana podrías tener que salir de viaje…
—¿Salir? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Con quién?
—Vale que seas un periodista, pero no te pases con las preguntas. Te lo explicaré todo cara a cara,
¿ok?
—De acuerdo.
John pasó las siguientes dos horas actualizando el blog. Después fue a la cocina para el amargo
rito del almuerzo dietético, soñando con berenjenas al parmesano, fusilli a los cuatro quesos,
espaguetis a la carbonara. «Es increíble cómo se rebaja el umbral del gusto con unas pocas horas de
dieta», pensó intentando apartar aquellas incómodas ideas llenas de calorías. Arregló rápidamente la
cocina, como cualquiera habría hecho después de comer jamón y una ensaladita; después preparó la
cafetera, esperando a que su amigo llamara al telefonillo. A los dos en punto sonó el timbre. Monseñor
Stefano Majorana era un joven prelado de la Secretaría de Estado. Pertenecía al grupo de los «cantores
gregorianos»: así se les llamaba desde hacía dos años en el Palacio Apostólico a los hombres de
confianza del nuevo papa Gregorio XVII, el primer pontífice mexicano de la historia de la Iglesia. No
es que el Papa se fiara de los citados gregorianos. A veces ni él mismo parecía serlo. Pero don Stefano,
como John seguía llamándolo, gozaba verdaderamente de la confianza del Papa. Trabajaba en la
sección de relaciones con los Estados, el «Ministerio de Exteriores» de la Santa Sede. Y se encontraba
entre aquellos que, aun contando con la amistad del número uno, nunca jamás se había aprovechado de
ello, como en cambio habían hecho otros, logrando obtener significativas promociones.
—Pues bien, querido amigo, necesito que mañana salgas para Moscú…
—¿Por qué?
—Bueno, verás, nos ha llegado la noticia de que allí, en los últimos días, ha ocurrido algo… Han
encontrado algo que… quizá haga falta… en fin…
—Stefano, me parece estar hablando con mi vieja portera, que tiene alzhéimer…
—Bueno… verás, parece que ha ocurrido algo en la Basílica de la Dormición, la del Kremlin, la
iglesia más antigua de la ciudad.
—¿Pero algo de qué tipo?
—Un descubrimiento clamoroso, pero no me preguntes más, porque no tengo más información.
Tampoco el nuncio apostólico ha sido capaz de explicarnos más. Lo único que sé es que se Irata de un
descubrimiento ligado a un antiguo icono…
—Los iconos siempre me han apasionado… —murmuró John, dirigiendo la mirada a la pared del
salón, donde se encontraban algunas piezas raras, como una natividad cinquecentesca y una pequeña
desis, un tríptico con Jesús, el Bautista y la Virgen, miniada por la famosísima Escuela de Palech.
—Te sumarás a una delegación: el arzobispo de Bari viaja mañana a Rusia por invitación del
patriarca Nikon. Tú serás el periodista que cubrirá la información.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
—Oficialmente, nada. Pero quizá consigamos una entrevista con Nikon. A propósito… nos
interesaría que le hicieras una pregunta concreta…
—¿Cuál?
—¿Podrías preguntarle qué piensa de la liberalización del misal antiguo, el rito preconciliar, que
el Papa tanto ha deseado? Una palabra de apoyo de los hermanos ortodoxos nos ayudaría en este
momento.
—Lo intentaré… A propósito, ¿cómo hago para salir sin el visado…? No tengo tiempo…
—Ya hemos pensado en ello. ¿Por quién nos has tomado?
Cuando el monseñor de orígenes sicilianos hablaba en plural mayestático, se podía estar seguro de
que el objeto de su razonamiento eran sus propias capacidades, ocultas tras las de la Secretaría de
Estado.
—¿Qué quieres que te diga…? Está bien… —dijo Costa.
—¡Perfecto! Lo sabía. Aquí tienes el billete. Como ves, está ya a tu nombre. Estaba seguro de que
no me ibas a traicionar dijo sonriendo.
—¿Cómo está el Papa? —preguntó Costa cambiando de tema.
—Con algunos achaques, pero aun así está estupendo. Como puedes imaginar, está
preocupadísimo por los episodios ocurridos en Estados Unidos. Las cuatro manifestaciones contra la
Iglesia católica que han tenido lugar simultáneamente ante las catedrales de Nueva York, Boston, Los
Ángeles y San Francisco lo han herido personalmente. No sé si has visto los carteles y las pintadas…
—Por desgracia, sí —susurró John, casi avergonzándose de ser americano.
—Pero no es sólo eso… Hay algo más —añadió monseñor en tono confidencial.
Costa permaneció en silencio.
—¿Has visto el éxito de esa novela dedicada a María Magdalena, a su unión con Jesús y a su
presunta descendencia?
—Cincuenta millones de copias vendidas…
—¡Setenta, no cincuenta! ¡Setenta! Y casi todas han sido vendidas en países que se suponen
cristianos.
—No pienses en ello, Stefano. Una novela es sólo una novela. Un libro para leer en la playa, de
vacaciones. Es ficción…
—Son muchos los que piensan como tú —añadió el prelado siciliano liberando el rígido
alzacuellos blanco que llevaba en el clergyman—. Son muchos… pero verás, no es justo hacer como si
no pasara nada. No podemos decir que sólo es una novela, que qué mal va a hacer.
—¿Y qué se debería hacer, según tú?
—Verás, he conocido a muchos sacerdotes en estos últimos meses que me han contado siempre la
misma historia. Adultos, pero sobre todo jóvenes, que han leído la novela y después han dicho:
«Vosotros, los sacerdotes católicos, nos habéis estafado durante dos mil años». Y muchos han perdido
la fe.
—No estoy yo ciertamente en condiciones de escupir sentencias sobre el argumento, como bien
sabes… pero si se pierde la fe leyendo una novela, significa que esa fe ya no estaba antes, o era un
reclamo muy débil, un hilo muy sutil, como para ser tronzado al primer golpe de viento…
—Tienes razón, John, y a la vez te equivocas… Tienes razón, porque si uno pierde su fe leyendo
una obra de fantasía, es porque la fe no estaba arraigada, le faltaban razones, fundamentos sólidos.
Pero te has equivocado, porque no nos lo podemos permitir… No podemos decir: bueno, es una
novela, si hace entrar en crisis a unos cuantos, mejor, porque así a nosotros nos quedan los más
convencidos. Pero no es tan sencillo. Hay un profundo dolor que atraviesa el corazón del Santo Padre
en este momento. Le están confundiendo a la grey, ¿no lo entiendes? Están poniendo en duda todo
aquello en lo que creemos, el fundamento mismo de nuestra fe…
—¿Pero cuál es la novedad, Stefano? —preguntó John, echando en la tacita la última gota de café,
ya frío—. Desde siempre ha sido así. ¿No ha sido así incluso desde el inicio y después a lo largo de los
siglos?
—Sí, pero verás, John, hay una diferencia fundamental. Hasta hace unos años estos ataques contra
la fe, que son ataques contra la historicidad de los Evangelios y de Jesucristo, se daban en el ámbito
académico por parte de intelectuales, estudiosos, y permanecían encerrados en esos ámbitos. Discutían
los teólogos, se enzarzaban los biblistas, pero los simples fieles, la gente común, casi no se daba
cuenta. Eran ataques directos, tremendos, no lo niego… pero la fe de los sencillos permanecía intacta.
Costa seguía el razonamiento de su amigo con la intención y la tensión de quien está a punto de
hacer un importante descubrimiento.
—Hoy, en cambio —continuó don Majorana—, algunas leyendas se venden en los escaparates de
los supermercados y de los quioscos. Ya no pasan a través de las universidades, los ámbitos
académicos, los centros de investigación. Es más, éstos están sistemáticamente apartados, quizá
porque esas tesis no son nuevas en absoluto y ningún estudioso serio las tomaría en consideración. Se
ha pasado a la difusión en masa. Y si quien lee no tiene formación, queda tocado, fascinado,
hechizado. Hojea las páginas de una novela y cree estar leyendo un ensayo científico. Le parece tener
ante sí un texto histórico. Son publicaciones eficacísimas…
—¿Por qué hablas en plural? ¿No era sólo una novela la que le preocupaba?
—No, John, no hay sólo una. Hay muchos otros libros, ensayos, opúsculos. Hay programas de
televisión, investigaciones en Internet… ¿No te has dado cuenta del renovado interés que existe en
torno a la figura de Jesús?
—Me parecía que eso llevaba interesando dos mil años — respondió el periodista.
—Hay libros que intentan explicar las apariciones de resucitados como episodios de histeria y
pintan a la Magdalena como víctima de alucinaciones…
—Bueno, se intenta dar una explicación racional… ¡a la resurrección!
—Racional no, John, una explicación humana, o si quieres psicoanalítica, quizá sociológica…
Pero recuerda que absolutamente todos deben reconocer que existe un cambio en aquellos primeros
discípulos entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua, un inexplicable cambio, para comprender el
cual no bastan todas las categorías de la sociología. Algo debió de ocurrir realmente cuando aquel
grupúsculo de desbandados, destruidos y afligidos tras la ignominiosa muerte de su Maestro, de
pronto partió y se dispersó por todo el mundo entonces conocido, dejándose matar por dar testimonio
de que había resucitado y de que lo habían visto de nuevo entre ellos…
—Te sigo, pero no te entiendo.
—Muchas valiosas y buenas personas, leyendo ávidamente ciertos libros, atribuirán un valor
decisivo a aquellos pasajes, quizá porque la fuente es un estimado biblista, cuya autoridad sirve en
cambio para cubrir hipótesis no demostradas e indemostrables…
—¿Y el Papa qué dice?
—Hemos hablado de ello —admitió don Stefano. Pero no era necesario que se lo dijera. Ya otras
veces el prelado había confiado a John el fruto de sus largos diálogos con Gregorio XVII.
—Dice que la difusión de estos libros, la campaña publicitaria, ciertas reacciones dirigidas
parecen el resultado de un proyecto maquinado por una únicamente…
—O sea, un complot.
—No utilices en vano esa palabra. Yo hablaría más bien de mi ataque bien orquestado.
—¿Por quién? —le interrumpió el periodista.
—No lo sé, John. Nuestro enemigo debería saberlo, en el fondo es sólo uno, pero estamos
convencidos de que no lo conseguirá: et portae inferi non praevalebunt adversus eam2
.
Costa y Majorana permanecieron algunos minutos en silencio. Los dos habían escogido un punto
de fuga para la mirada, fijándose en algún detalle de la pared.
Después, finalmente, el sacerdote se levantó, volviéndose a colocar el alzacuellos que antes se
había aflojado.
—Bien, John, gracias por el café y perdona por la charla excesiva.
—Gracias a ti, don Stefano. Te llamo mañana desde Moscú.
—Mantén los ojos abiertos. Debemos saber más…
Mientras decía estas palabras, pasó al periodista, con actitud insólitamente circunspecta, una
tarjeta de visita. Estaba escrita por las dos caras, una en cirílico y la otra en caracteres latinos.
—Ponte en contacto con él si lo necesitas… Te ayudará. Pero no puede exponerse personalmente.
¿Entendido?
—Ok —dijo Costa, asintiendo.
Apenas despidió a su amigo, se puso a preparar la maleta. Decidió viajar sólo con el equipaje de
mano. Tres mil doscientos kilómetros lo separaban de la capital de la Federación Rumi y de un
descubrimiento sensacional. En poco más de tres horas de vuelo, los habría recorrido.
Capítulo 3
EL jumbo de la Royal Jordan Airlines aterrizó sobre la pista con la delicadeza y la ligereza de un
albatros. Puntualísimo, a las cuatro de la tarde, hora local. Kate se había quedado encantada con el
servicio de a bordo. John se lo había descrito en términos entusiastas, pero ella no le había dado
mucha importancia: en el fondo, su marido había viajado desde Amán a Tel Aviv en un vuelo especial
de la compañía, puesto a disposición del rey Abdallah para llevar al Papa desde Jordania a Israel a
mediados del Año Santo del 2000. «Me imagino que el trato habrá estado a la altura… de su alteza y
del "soberano" Pontífice», le había dicho ella subrayando con la voz la palabra «soberano» cuando su
marido se lo había recordado. «Figúrate», había apostillado él con el talante de quien se las sabe todas.
Pero John tenía razón. Al viajero se le trataba realmente con una cortesía especial, tanto como la
cuidadísima preparación de la comida servida en el avión. Un delicioso pollo al curry, tortilla de
queso, dátiles frescos, ensalada de fruta, dulces de miel y canela y zumos naturales. Menú de business
class. Los miembros de la expedición la habían conseguido sin pagar más que en clase turista gracias
a la intervención de la embajada de Jordania en Italia, que había favorecido a la misión italiana de
todas las maneras posibles, a cuenta del gobierno de Amán. Toda iniciativa que creara un nuevo
interés por los lugares arqueológicos del país era considerada una bendición del cielo.
Mientras aguardaban a la facturación, a la doctora Duncan le había tocado sentarse al lado del jefe
de la expedición, el profesor Antonelli, y éste la había incomodado un poco. Trabajaba desde hacía
tiempo con él, pero el estilo del arqueólogo era el de mantener las distancias y no conceder
familiaridad a nadie. Lo había observado largo rato, mientras hacían cola con aquella sólida mole de
maletas. Aunque no todo su equipaje estaba allí: la semana anterior habían enviado muchas cajas, y
bastantes cosas las alquilarían aún al llegar a su destino. Durante la espera, el profesor había estado
todo el tiempo pegado al móvil, charlando con una amiga. Era un tipo que se hacía notar. Cuarenta y
ocho años muy bien llevados, un físico atlético, cabellos encrespados, piel perennemente bronceada
incluso en los meses invernales que pasaba en la universidad, lo cual hacía deducir a sus subalternos
que algo de rayos uva había en todo aquello. Llevaba una sahariana color tabaco, calzado especial y un
reloj-brújula-localizador-GPS que por sí solo habría bastado para pagar todo lo que Kate llevaba en la
maleta, ordenador incluido. El toque final era un sombrero de tela mimético con largos faldones —del
tipo que usaba el ejército de los Estados Unidos— que llevaba involuntariamente un poco torcido. Al
verlo llegar a la Terminal B, más de uno se había girado para mirarlo. Un grupito de estudiantes
romanos, camino de un fin de semana en Londres, lo habían saludado con un «ahí va Indiana Jones».
En efecto, Antonelli tenía más de un punto en común con el Harrison Ford de la exitosa serie
fantástico-arqueológica. Empezando por la vestimenta.
Kate no logró enterarse de quién estaba al otro lado del teléfono mientras ayudaba a los maleteros
a empujar el equipaje, incluido el del profesor. Sabía que Antonelli estaba casado con una brillante
abogada florentina y que tenía un hijo, Guidalberto, un nombre que era toda una declaración de
intenciones. Pertenecía a una familia de nobles orígenes, era dueño de un palacio en el Montefeltro, un
lujoso apartamento en Roma, un piso bajo en Nueva York. Quién sabe por qué Kate ya estaba
convencida de que aquellos remilgos a través del teléfono móvil, insólitos incluso para este personaje,
no estaban dirigidos a su esposa, sino a otra mujer. Probablemente detrás de su convicción no había
tanto intuición femenina como experiencia: dos personas casadas no se hablan así. Por lo menos, ella
y John no lo habrían hecho jamás. Él era controlado y enemigo de romanticismos —excepto en algún
caso raro—; ella, reservada y sentimentalmente introvertida. A ambos les producían urticaria ciertos
ademanes vistosos, cierto afecto exhibicionista, ciertos guiños y movimientos de pestañas
enamoradas. No era que aquello significase falta de afecto, de pequeñas atenciones, de caricias. No.
Pero ninguno de los dos creía que ciertas cosas se tuvieran que airear. Aquella atención hacia la
llamada de su jefe había sido percibida por su secretaria, la señorita Francine Smith. Una mujer que
rondaba la treintena, baja y más bien gordita, pero no privada de cierto encanto que intentaba
aumentar con escotes audaces y sostenes capaces de revalorizarla. Se sabía poco de ella, más allá de
que había llenado a Italia muy jovencita con sus padres americanos, y que la familia no se había
vuelto a marchar. En los pasillos de la Universidad se susurraba que había sido alumna de Antonelli y
que había mantenido una relación con él. No pudiendo hacer ella carrera en el instituto, el profesor
había conseguido que la hicieran adjunta a la secretaría. A Francine no le había agradado aquella
vigilancia sobre las llamadas privadas del arqueólogo y un par de veces había lanzado elocuentes e
imperiosas miradas a Kate para disuadirla. La doctora Duncan permaneció con dudas durante todo el
viaje.
A bordo, Antonelli sacó de la bolsa unos mapas y el plan de trabajo de las excavaciones. Ella no
sabía cómo comportarse, no consiguió relajarse más que durante la brevísima pausa para alcanzar el
baño. El profesor no le había prestado particular atención. Se había limitado a unas pocas palabras de
circunstancias, pregúntale cómo estaba y si estaba con las pilas lo suficientemente «cargadas» para la
misión que iban a desarrollar. Sólo después de haber terminado el óptimo almuerzo, compuesto de una
selección de chocolate negro acompañado de un vaso de brandy, Kate se había armado de valor y le
había preguntado:
—¿Está usted seguro de que yo le pueda ayudar?
—Claro que estoy seguro —dijo él de inmediato. Y añadió enseguida: —Verá, doctora Duncan, en
una de esas pequeñas colinas artificiales de Pella, formadas por ruinas sepultadas, en los alrededores
de la iglesia de época bizantina, se ha hecho un hallazgo importante. En aquella estancia
subterránea…
—Sí, lo sé, han encontrado un fragmento de papiro —lo interrumpió ella.
—Esto es lo que sabemos y de lo que hemos discutido en estos días. El hecho es que… yo tengo
alguna información más, que no quería revelar antes de nuestra partida. ¿Sabe? Es mejor ser prudente.
En Roma, hasta las paredes oyen. Y además, si no me equivoco, usted es mujer de un periodista…
Esta última afirmación sacudió a Kate, pero había preferido encajar el golpe, pensando para sí:
«¡Será cabrón…!»—Las cosas no están exactamente así —prosiguió Antonelli—. En realidad,
nuestros colegas jordanos han encontrado bastante más que un fragmento… Varios rollos… El
problema es que después de haberlos sacado a la luz, al contacto con el aire prácticamente se han
disuelto. Un fragmento importante se ha salvado porque había sido el primero en ser desenterrado y
era lo bastante pequeño como para ser introducido en la funda plastificada de un pasaporte…
—Lástima. Un comportamiento criminal…
—No sea tan severa: el que estaba excavando buscaba piedra, seguía el perímetro de una antigua
vivienda. No esperaba encontrarse unos papiros.
Kate estaba a punto de continuar con otra pregunta, cuando un azafato se dio cuenta de que el
reloj-brújula-GPS de Antonelli tenía la señal de satélite todavía encendida y como tal habría podido
perturbar el vuelo. Fiel a su vocación de amabilidad y hospitalidad, el joven se había acercado y
susurrado al oído del arqueólogo la orden tajante de apagar el aparato.
Prácticamente nadie se había dado cuenta de nada, ni siquiera Francine, que al otro lado del pasillo
habría querido registrar cada palabra que su jefe dirigía a la agradable doctora Duncan, a quien ella
consideraba a la altura de una rival amorosa. Solo Kate había comprendido, y esa apariencia un poco
alocada y distraída, más que el hecho de ser causa de peligro para todos los viajeros, había
incomodado al profesor, que de pronto se dio cuenta de que había perdido parte de su atractivo ante
ella. Desde aquel momento casi no volvieron a hablar.
En cambio, quienes no habían dejado un solo instante de charlar habían sido los dos becarios,
Luigi Grano y Luigi Orlandi, conocidos entre ellos como —Luigi & Luigi—, dos jóvenes romanos con
grandes expectativas y con la pasión de la arqueología en las venas. Ambos, licenciados con las
mejores notas, estaban atravesando el Mar Rojo del aprendizaje. Atrapados como tantos coetáneos en
el limbo de los precarios, teman contratos de tiempo parcial y varias becas de estudio. Su dependencia
de Antonelli era total. Más de una vez el profesor había pedido —más bien pretendido— y conseguido
que uno de los dos lo siguiera de cerca, armado con un cronómetro, mientras intentaba mejorar su
pequeño récord en canoa. Grano tema el sobrenombre de «Gigi», y sabía el griego antiguo al dedillo.
A Orlandi le llamaban «Luigino» y ya era todo un experto en las excavaciones.
Kate no había podido por menos que escuchar algún fragmento de su conversación. Durante más
de tres horas habían hablado sólo de aventuras amorosas.
Apenas tocó tierra el jumbo de la Royal Jordan Airlines, la cahuín fue un espectáculo de musiquitas.
Cada pasajero había reiniciado su móvil. También Kate lo hizo, pero tuvo que esperar bastante hasta
que su aparato recuperó la señal en roaming. Quería llamar a John, decirle que todo había ido bien,
pero él ya lo sabía. Cada diez minutos había interrumpido la preparación de su equipaje para verificar
online el aterrizaje del vuelo en el que viajaba su amor. Era también un modo como otro cualquiera de
ordenar las ideas: cuando le tocaba hacerse la maleta solo, siempre se le olvidaba algo esencial. Como
aquella vez en Barcelona cuando tuvo que presentar un libro en el Instituto di Cultura italiana: se
había dado cuenta en el último minuto de que no se había llevado la corbata. Había conseguido una in
extremis, suplicándole al director del hotel. La debacle había sido total cuando vio que también se
había dejado los zapatos negros en casa, y así, dado que el coche estaba esperando en la entrada del
hotel, y él claramente no tenía tiempo de irse de compras, había ido a la conferencia con un traje gris
de lana, la corbata de seda negra y los zapatos de gamuza marrón de trekking. Un toque un poco snob,
evidentemente no deseado, que no había escapado a sus —pocos oyentes de aquella tarde.
El teléfono de casa sonó.
—John, acabo de aterrizar.
—¿Cómo ha ido el viaje?
—Todo bien. Te dejo porque vamos a bajar.
—Sólo quería decirte que yo también me voy…
—¿En serio? ¿Adónde vas?
—A Moscú.
—¿A qué?
—Me uno a una delegación, pero ahora no te puedo explicar…
—De acuerdo —dijo Kate, antes de cortar la comunicación, llena de curiosidad.
No tuvo tiempo de volver a pensar en su marido. Se vio casi atrapada por el frenesí de los
pasajeros de las filas traseras que intentaban alcanzar la salida. Viajaba a menudo y estaba preparada
para la escena. No comprendía el porqué de aquel comportamiento, dado que todos iban a salir antes o
después, y que ganar una o dos posiciones no habría significado nada, entre otras cosas porque casi
todos volaban con enormes maletas en el depósito de carga y la espera ante la cinta de equipajes iba a
descompaginar las eventuales clasificaciones.
Antonelli, que había bajado el primero y a través del finger había alcanzado la sala de llegadas y
de control de pasaportes, esperó también a Kate, Francine y los dos Luigi antes de ponerse en la fila.
La misión había comenzado. Las formalidades se agilizaron con una velocidad excepcional, mérito
una vez más de la embajada de Jordania. También las maletas llegaron en un santiamén. La primera
impresión de un país para la doctora Duncan estaba siempre representada por su aeropuerto: un
criterio muy subjetivo, a la par que discutible, pero que ella aplicaba inexorablemente. El Queen Alia
International Airport se le apareció como una larva en proceso de transformación, a mitad de camino
entre la oruga y la mariposa: por todas partes había obras abiertas para trabajos de ampliación. Le
sorprendió la amabilidad del personal. Esperando al grupo ante un minibús Mercedes bastante lucido,
había un conductor de mediana edad, más bien robusto, y un joven alto con gafitas redondas,
esperando al grupo.
—Buenos días, profesor… ¡Bienvenido a Amán! —dijo en un perfecto italiano, inclinándose
ligeramente ante Antonelli. Hizo lo mismo con los otros componentes de la misión.
—¿Cuál es el programa para esta tarde? —cortó el arqueólogo, irritado por las zalamerías (parecía
un hombre completamente distinto a aquel que pocas horas antes besuqueaba el móvil).
—Ahora nos vamos al hotel, a Amán. Y para esta noche he hecho una reserva en el mejor
restaurante libanés de la ciudad. Os encontraréis bien. Os gustará. Y mañana…
—Salimos hacia Pella. ¡Al amanecer! —volvió a cortar Antonelli, que en todo momento parecía
tener que reafirmar sus prerrogativas de jefe de expedición.
El recorrido desde el aeropuerto al hotel Le Meridien Amán, un cinco estrellas en el centro del
barrio comercial de la ciudad, fue para Kate la primera desilusión. Sus ojos esperaban ávidamente ver
los shuks33
, las ruinas del anfiteatro romano, las características de una capital de Oriente Medio llena
de historia. En cambio, se encontró ante rascacielos nuevos de ceca, casi todos iguales al primer golpe
de vista. Y ante edificios, palacios y casas muy recientes, construidas en piedra blanca, también todas
ellas iguales. La primera sensación fue la de encontrarse inmersa en una realidad un poco falsa,
precisamente la misma sensación que había sentido cuando aterrizó por primera vez en Astana, la
nueva capital de Kazajstán.
Karim, que así se llamaba el joven licenciado en Cambridge que les hacía de guía, desgranaba al
micrófono algunos datos sobre la ciudad, sin que los integrantes del Mercedes le hicieran mucho caso.
—La población de Amán es de casi tres millones de personas, pero en los últimos tres años ha
crecido vertiginosamente a causa de la llegada de un millón de prófugos iraquíes huyendo de la
guerra.
Nadie comentó aquella información.
—La ciudad está viviendo un momento de gran expansión y se divide en dos partes: la occidental,
con los rascacielos, los pubs, los centros comerciales, las discotecas, los hoteles de nivel
internacional… En la parte oriental, en cambio, están los viejos mercados y el anfiteatro romano…
—A saber por qué vivimos siempre en la parte equivocada de las ciudades… —susurró Kate, que
habría preferido una pequeña pensión con vistas a las ruinas o al shuk, más que el confort anónimo de
los grandes hoteles, siempre iguales tanto si estás en El Cairo, en Hong Kong o en Las Vegas. Viendo
aquellas casas todas iguales y las pancartas coloreadas suspendidas hacia el exterior que anunciaban
su venta o su alquiler, no pudo evitar pensar que aquélla era la misma sensación que había
experimentado John cuando había llegado con el séquito del Papa.
Le Meridien Amán estaba compuesto por dos torres blancas de nueve pisos cada una. La entrada
estaba inmersa en un jardín lleno de flores y esparcidos por el hotel se encontraban más de cinco
restaurantes que ofrecían menús americanos, internacionales, libaneses, japoneses, e incluso
especialidades de Mongolia. Las habitaciones eran confortables y Kate lanzó un suspiro de alivio al
encontrar en la pared en la que se apoyaba el escritorio la entrada de red para conectar inmediatamente
el portátil. Se asomó a la enorme ventana sellada, lanzando una mirada panorámica sobre aquella
extensión de edificios. No podía saber aún que participaba en una misión que le iba a cambiar la vida.
No eran todavía las seis de la tarde y tenía ganas de darse una ducha antes de bajar con los demás para
cenar. Pero le ganó, como siempre, la curiosidad: encendió el ordenador, le echó un vistazo al blog de
su marido sin encontrar ninguna actualización y descargó el correo electrónico. Allí estaba el email
que John le mandaba puntualmente al inicio de cada viaje con el habitual «Estoy a tu lado» escrito en
mayúsculas. Después, finalmente, se metió en la ducha y se quedó allí largo rato.
Amigos, es un placer veros de nuevo, espero que hayáis descansado. Y sobre todo espero que tengáis
mucha, mucha hambre —dijo Karim a los componentes del grupo reunido en el vestíbulo. El microbús
se vació ante la entrada del restaurante Tannoureen, después de un recorrido de casi un cuarto de hora.
El ambiente era sugerente y rico en olores. Había hombres de negocios que cenaban y discutían,
alguna parejita, una comitiva de turistas ingleses. Para el «Profesor Antonelli y sus colaboradores» se
había dispuesto una mesa en una sala aparte. El aire de la tarde, que penetraba desde una ventana
semiabierta, era cortante y todos tenían apetito. Como era de esperar, fue una cena pantagruélica.
Karim se afanaba en explicar el menú y en dar consejos no solicitados. Pero en aquella mesa había
gente de mundo, no era la primera vez que probaban la cocina libanesa, la más refinada de Oriente
Medio. A pesar de lo cual hubo sorpresas, como una rara especialidad a base de pescado frito, e
insospechables variedades de carnes a la brasa, todo ello obviamente precedido de los inevitables
entrantes de salsas y verduras especiadas servidas con el óptimo pan ligero, recién cocido. Sésamo,
garbanzos, berenjenas, ajo, guindillas, ensalada de perejil, crepes de hojas de vid con carne y arroz…
Cuencos y tacitas de terracota decoradas a mano con hummus y tajine, tabule, falafel y yebraq, un
torbellino de colores y sabores estimulantes. Todo se servía en un gran plato central giratorio de
madera que señoreaba el centro de la mesa. Y un ir y venir de camareros de Alí Babá amenizaba la
velada.
Después del viaje, Antonelli parecía más relajado. Esta vez, Kate había conseguido apartarse un
poco y se había sentado al lado de Karim. A la derecha del profesor estaba la fidelísima Francine, que
no perdía una sola palabra y asentía a cualquier cosa que dijera él.
—Permitidme que os lea un pasaje que no nos es desconocido… —atacó el arqueólogo,
extrayendo de su bandolera un libro que tenía toda la pinta de ser antiguo. En la sala se hizo un
silencio de espera.
—Ya sabéis muchos detalles de nuestra misión: tenemos que contribuir a sacar a la luz restos del
siglo I antes de Cristo que han sido descubiertos justo al lado de la iglesia bizantina de Pella. Tenemos
una orden precisa para esto y la financiación necesaria para llevar a cabo al menos un par de meses de
excavaciones. Teniendo en cuenta que el área en cuestión es muy restringida, yo creo que, si todos dan
el máximo —y no me refiero a vosotros, que ya sé que os vais a entregar, de otro modo no estaríais
aquí, pienso en nuestros colaboradores locales—, confío en poder terminar el trabajo a tiempo…
Quedó en suspenso mirando a cada uno a los ojos. Todos habían comprendido que iba a añadir algo
más, entre otras cosas porque había abierto el libro en una página concreta, pero aún no había leído
nada. Sólo Karim aprovechó aquel momento para entrometerse y anunciar la inminente llegada de las
bandejas de dulces hechos con pasta de hojaldre, almendra, miel y pistachos. El profesor lo fulminó
con la mirada y él se dio prisa en detener con un simple gesto de la mano una nueva procesión de
camareros, con notable disgusto por parte de Kate y también de los dos becarios.
—Como sabéis, una misión arqueológica debe estar siempre abierta a lo imprevisto —era una
frase tópica que Antonelli repetía a menudo durante sus lecciones, explicando cómo muchos
descubrimientos extraordinarios habían ocurrido por casualidad—. Y la nuestra no va a ser menos. Me
permito señalaros estas líneas escritas por Eusebio de Cesarea al comienzo del siglo cuarto de nuestra
era. Esta que tengo en la mano es su Historia Eclesiástica… Libro tercero, capítulo quinto, tercer
párrafo.
Todos, excepto Francine y Karim, comprendieron anticipadamente cuál iba a ser la cita. Antonelli
leyó con la voz impostada, como si recitara, contribuyendo a hacer un poco ridícula la situación: «Los
fieles de Cristo se encaminaron a Pella, después de haber salido de Jerusalén para que los hombres
santos abandonaran completamente la metrópolis real de los judíos y toda la región de Judea».
Lo miraron permaneciendo aún en silencio. En sus rostros se podía leer la pregunta: «¿Y bien?».
—Como ya sabéis —dijo Antonelli—, en la ciudad a la que nos dirigiremos mañana se refugiaron
los cristianos al inicio de la revuelta judía, cuando los hebreos se levantaron contra los romanos y todo
terminó en un baño de sangre y la destrucción de Jerusalén y del templo por orden de Tito en el año
70…
Todavía silencio. Eran cosas conocidas. Y no se sabía a donde quería ir a parar el arqueólogo.
—Siempre he pensado, leyendo este pasaje, en el hecho de que ciertamente la primera comunidad
de seguidores de Jesús se habría llevado consigo todo lo posible…
—¡Compatible con una huida! —lo interrumpió Luigi Grano.
—Sí, cierto —siguió el profesor con un gesto de impaciencia que traicionaba su aversión a ser
interrumpido—. Pero hay algo que seguramente aquellos hombres y mujeres habrían llevado consigo
en la huida… la biblioteca de la comunidad.
Otra larga pausa de silencio… Grano se abrió paso de nuevo.
—Profesor, usted da por descontado que había una biblioteca.
—No, Gigi. Yo imagino que habría manuscritos… los logia, la antología de los dichos de Jesús, y
los Evangelios…
—Una hipótesis fascinante… —dijo Francine con aire vagamente ensoñador, atraída sólo por el
innegable encanto de su jefe.
—Algo más que una hipótesis —añadió Antonelli—, porque está aceptado por casi todos los
biblistas el hecho de que los Evangelios fueron redactados durante el 70 y el 90 después de Cristo.
—Pero la huida de Jerusalén a Pella de la que habla Eusebio de Cesarea ocurrió poco antes del 70
— observó Kate, interviniendo en la discusión.
—Estaba diciendo que si ese lapso de tiempo es la datación comúnmente aceptada, nuevas
investigaciones llevan, en cambio, a retrasar la fecha de creación de los Evangelios.
«Ahora sacará lo del 7Q5», pensó Luigi Grano mordiéndose la lengua.
Antonelli prosiguió como si lo hubiera oído.
—Por ejemplo, está la prueba del fragmento 7Q5 de las grutas de Qumram, el lugar donde vivía la
comunidad judía de los esenios, un grupo que tenía puntos de contacto con los primeros
judeocristianos. En las grietas que se abren inesperadamente en las paredes en vertical sobre el Mar
Muerto, hace más de cincuenta años, se encontró un verdadero tesoro, una biblioteca. Oficialmente se
trató de un descubrimiento casual hecho por un beduino palestino que perseguía a una cabra que se
había escapado de su rebaño. Se llamaba Muhammad Ahmed el-Hamed, apodado ed-Dib, «el Lobo».
Junto a otros jóvenes, al lanzar una piedra en dirección a la gruta, se dio cuenta de que la piedra había
golpeado y que el ruido era extraño. Dos días después, al amanecer, sin esperar a sus compañeros, ed-
Dib comenzó a explorar el lugar, topándose con algunas tinajas, una de las cuales contenía tres rollos
de pergamino, dos de ellos envueltos en paños de lino. A continuación, se descubrieron más grutas y el
valioso material aumentó considerablemente. Nunca me he creído esta leyenda, y creo que más bien
que se trató de un descubrimiento guiado, de un acuerdo entre ladrones de tumbas y autoridades. Los
primeros se habían dado cuenta de que habían puesto las manos en un tesoro demasiado grande para
ser gestionado, y las segundas aceptaron la oferta dejándoles en cambio vía libre para robos menores.
—¿Qumrán era por tanto la biblioteca de los esenios? —preguntó Karim, que después de detener
las bandejas de dulces había hecho lo mismo con la bailarina del vientre acompañada de una
orquestita y encargada de amenizar con sus sensuales movimientos el fin de fiesta de la comitiva del
Tannoureen.
—Creo que no —respondió el arqueólogo— porque en las grandes ánforas custodiadas dentro de
las grutas se descubrieron pergaminos, óstraka, es decir, fragmentos de barro con inscripciones, y,
sobre todo, rollos de papiro que se corresponden de manera perfecta con la Biblia judía y por tanto con
el Antiguo Testamento cristiano. Pero se encontraron también muchísimos textos apócrifos, como por
ejemplo los libros de Enoch o el llamado rollo de la guerra. La inmensidad del hallazgo hace
considerar muy improbable que se tratase «sólo» de la biblioteca de los esenios y alguno adelantó la
hipótesis de que aquellas grutas, que suponían un microclima ideal para la conservación de los
manuscritos y cuyas entradas fueron cerradas antes de la huida, custodiasen en realidad la biblioteca
del templo de Jerusalén, toda o en parte. En cualquier caso, se trata de documentos que datan de un
periodo anterior al del abandono del monasterio esenio, se presume en torno al año 68, a continuación
de la primera revuelta judía. Y aquí viene lo extraordinario: en la gruta número cinco se halló un
fragmento de papiro grande del tamaño de un sello, el número 7. Un gran papirólogo, el jesuita José
O'Callaghan, tras años de estudios, demostró que se trataba de un pasaje del Evangelio de Marcos en
lengua griega. ¡Pero atención! No de una frase de Jesús que habría podido pertenecer a los dichos que
servían como base a los Evangelios, y ser por tanto preexistente, no, se trataba de un pasaje narrativo,
descriptivo, salido de la pluma del autor… ¿Comprendéis lo que esto significa?
—Sí. Si realmente fuese así, significa que en aquella gruta estaba el texto del Evangelio de
Marcos, y que éste tuvo que ser escrito bastante antes del 70 —concluyó Kate, subrayando las
primeras palabras, demostrando creer que la del jesuita no era más que una hipótesis de trabajo y no
una certeza.
Antonelli le siguió el juego.
—Comprendo lo que quieres decir. Una parte de la comunidad científica no acepta la tesis de
O'Callaghan, en la cual sin embargo yo personalmente creo… Pero os ruego que la consideréis sólo
como una mera hipótesis de trabajo, la premisa para el razonamiento que estoy a punto de hacer. Es
decir, si ya antes del 68 existían versiones escritas del Evangelio de Marcos en griego, no podemos
excluir que las hubiera también de otros evangelistas o que existieran versiones originales en arameo
o en hebreo traducidas al inglés de entonces, el idioma que todos comprendían: el griego. Esto
significa, y estoy hablando siempre en hipótesis, que la comunidad que huyó de Jerusalén a Pella
podría haber llevado consigo y custodiado como un valioso tesoro aquellos escritos que contaban la
vida de Jesús. ¿No creéis?
Ahora todos lo veían claro. La verdadera vocación del profesor Antonelli se definía cada vez más.
Seguía siendo un arqueólogo, un buen arqueólogo, pero con el paso del tiempo se comprendía que
habría preferido los instrumentos para dedicarse al estudio de los papiros, a su datación, a su
interpretación. Por eso había iniciado su colaboración con Kate Duncan.
—La comunidad cristiana de Pella —objetó Grano—, después de algunos años de exilio, volvió a
Jerusalén, y presumo que se llevarían consigo algunos escritos…
—Tienes razón, Gigi, pero los testimonios arqueológicos que tenemos, sobre los que trabajaremos
también nosotros —y tú los conoces bien porque hace un año que hacemos estudios topográficos—
están demostrando que en Pella se quedó una comunidad cristiana. ¿Crees realmente que en los años
que pasaron allí, a salvo de la guerra, no hicieron copias para uso de la comunidad?
—Una hipótesis fascinante, pero esto lo podríamos imaginar también en Antioquía, Éfeso, y otras
tantas ciudades…
—No estoy de acuerdo. ¿Ves?, aquí hay una diferencia. Tenemos una fecha precisa para la huida
de los primeros cristianos de Jerusalén.
Finalmente quedó clara para todos la secreta esperanza de Antonelli: encontrar una huella, aunque
fuera debilísima, de los primeros escritos de la comunidad judeocristiana.
—Me doy cuenta de que esto es solamente un sueño, que por tanto pertenece a una de esas
imponderables categorías existenciales que nuestra ciencia no contempla. Quería de todos modos
haceros partícipes de este sueño…
Sólo una persona, en aquella mesa, sabía que lo del profesor Antonelli era algo más que un sueño.
Y su propia presencia lo demostraba. ¿No era ella experta en la primera fase de conservación de los
papiros? Muchos de los textos de Qumrán se habían deteriorado con el paso de los años y ahora
algunos fragmentos originales eran casi inservibles: la única salvación estaba en las fotografías hechas
poco tiempo después del descubrimiento.
Kate, a la que no se le escapaba prácticamente nada, notó que el rostro de Karim se había
ensombrecido un poco, pensativo. Era difícil imaginar que se tratase sólo de una reacción de
incomodidad ante la gélida mirada que le había dedicado poco antes. Su rostro, ya oscuro de por sí, se
había oscurecido poco a poco conforme el arqueólogo revelaba sus sueños. Fue un detalle
insignificante que inquietó a la doctora, mientras todos los demás estaban distraídos por la llegada de
los dulces, traídos por camareros que parecían haber sufrido por la excesiva inactividad y que
invadieron la sala con una cantidad considerable de bandejas: el golpe de gracia calórico para una cena
ya abundantísima.
También había triunfado la bailarina del vientre que, al darle vía libre, entró extasiando a todos
con su arte. Solo Kate, engullendo considerables porciones de dulces, no sonrió. Le daba vueltas a
aquella repentina mirada de odio que se había materializado detrás de las gafitas redondas del hombre
que les hacía de guía.
Capítulo 4
—DURANTE la próxima media hora le agradecería que no me pasara con nadie. Me siento al
ordenador para terminar un trabajo. Tome usted nota de cada llamada —dijo en voz alta, con tono
amable, el hombre que se asomó al umbral de la secretaría.
Volvió a entrar en el despacho, espacioso y bien decorado, abrió la puerta a espaldas del escritorio
de madera de haya, rebosante de papeles, carpetas y documentos, todos perfectamente ordenados, y
entró en la segunda salita, menos amplia pero más familiar, donde se encontraba el ordenador ya
encendido. Cerró la puerta, pero en lugar de sentarse ante la pantalla, se acercó a la pared de la
derecha, donde había una monumental librería compuesta por simples estanterías de madera rústica,
llena de volúmenes, también ordenadísimos y sin una mota de polvo. En el centro de la librería había
un rectángulo vertical con un cierre de cristal donde se custodiaban los volúmenes más valiosos, entre
los cuales había un par de libros del siglo XVI y un rarísimo incunable que valía una fortuna.
El hombre se quitó la chaqueta, se desabrochó los dos últimos botones de la camisa, insertó una
minúscula llave electrónica parecida a las de las alarmas antirrobo detrás de un pequeño libro rojo, la
edición del Novum Testamentum Graece et Latine de Augustinus Merk, y de repente la vitrina
comenzó a girar lentamente sobre sí misma dejando ver una estrecha abertura. Con una habilidad
envidiable, el hombre se introdujo en ella y se encontró en una habitación oscura y sin ventanas que se
iluminó automáticamente conforme entró. El temporizador oculto en la librería cerró silenciosamente
la abertura. El espacio no era angosto, pero la presencia de varias pantallas de televisión y al menos
tres ordenadores situados en tres lados diferentes la llenaban casi totalmente.
Se acercó a uno de los teléfonos. Tuvo que esperar bastante hasta que alguien le respondió.
—Soy yo —dijo en voz baja.
—Maestro… Aquí estoy… Discúlpeme el retraso… Todavía no estaba despierto —respondió
alguien desde el otro lado de la línea telefónica.
—Hay un problema en Moscú… —retomó el otro, ignorando el huso horario.
—Sí, pero lo estamos resolviendo. No debe preocuparse.
—Muchos de nuestros hermanos están preocupados…
—¿Y cómo lo han sabido?
—Las noticias vuelan, mi querido James. Y nosotros no podemos detenerlas…
—Pero podemos neutralizarlas, dirigirlas, manipularlas.
—Espero realmente que esta vez también suceda así. Pero no te oculto mi preocupación…
—Maestro, nuestra victoria será total. ¿Ha leído los periódicos americanos estos días?
—No sólo los americanos, también los irlandeses —dijo con una sonrisa en los labios, dejando
traslucir una evidente satisfacción—. No debemos bajar la guardia, James — añadió.
—No lo haremos, Maestro.
—¿Y cómo pensáis resolver el problema ruso?
—Con el motor secreto del mundo…
—¿El conocimiento? —preguntó con cierta ironía.
—No, Maestro, el dinero.
—Me lo imaginaba.
—Hay óptimas posibilidades de encubrimiento. ¡Deje hacer a nuestros hermanos… de la Santa
Madre Rusia! —dijo recalcando con desprecio las últimas tres palabras.
—¡Pero obviamente espero resultados en muy poco tiempo!
—Lo haré, Maestro. Lo haré como siempre. A todo esto, ¿qué me dice de nuestro «siervo inútil»?
—Lo tengo constantemente vigilado, estudio cada uno de sus movimientos, escucho cada una de
sus conversaciones privadas… Cuando no puedo hacerlo directamente, lo grabo. ¡Pobrecillo! Intuye
algo, pero es como si se encontrase ante un puzzle de diez mil piezas e intentase reconstruir la imagen
partiendo del punto equivocado… También ahora… —mientras hablaba, pulsó uno de los botones que
tenía a su derecha y sobre la pantalla más grande apareció la imagen transmitida por una cámara
oculta—. También ahora, está solo, se sujeta la cabeza con las manos… ¿Y sabes ante qué está
llorando?
—No puedo saberlo, Maestro.
—Ante la primera página de Los Ángeles Times de ayer. Sobre el titular a cinco columnas.
—Me parece que era: El cardenal y sus jovencísimos amiguitos.
—Recuerdas bien, James.
—A lo mejor porque ese titular es mío.
—Ah… tendría que haberlo imaginado. ¿Te dedicas también a los titulares de los periódicos,
James?
—Hombre, si puedo proporcionar alguna buena sugerencia…
—Estoy deseando ver cómo se lanza la noticia en Italia.
—Con mucho escándalo, supongo.
—Sí, también yo lo creo.
—Y sólo es el principio, Maestro… Tenemos preparados más cartuchos.
—Lo sé, habéis hecho un trabajo excepcional… Lo demuestran los sondeos.
—He leído uno hace un par de días según el cual en Estados Unidos la confianza de los ciudadanos
en la vieja puta se ha rebajado veinte puntos. Cada vez menos creíble: predica el bien pero sus
ministros destilan el mal, malísimo…
—Es necesario trabajar para que esto sucede cuanto antes también en Italia, donde hay ahora una
notable resistencia. Sabes que venceremos sólo cuando Roma sea expugnada.
—Lo sé, Maestro, y estoy seguro de poder contemplar con estos ojos la victoria.
—No sueñes, James, y sigue adelante con tu óptimo trabajo. A propósito: ¿cómo van los
preparativos para el secuestro?
—No le he comentado nada, porque va todo tal como estaba previsto. No ha habido trabas. El
equipo que nuestros amigos han puesto a nuestra disposición está allí desde hace varios días.
—Te lo ruego, debe ser una operación limpia, pero también espectacular.
—Claro, Maestro. No queremos que pase desapercibida.
—El «siervo inútil» se ha arrodillado, James… Si supiera cuánta necesidad tiene de rezar…
—¿Hay órdenes o instrucciones particulares?
—No, nada más. La reunión por tanto se confirma para la fecha que hemos elegido…
—… tras el secuestro.
—Eso es.
—Ya hablaremos, Maestro.
—Adiós, James. Y perdona si te he despertado.
El hombre permaneció durante algunos instantes con el auricular en la mano, como hipnotizado
por los fotogramas que la cámara oculta hacía llegar a su pantalla. A primera vista, se diría que estaba
viendo una imagen congelada: la persona espiada estaba inmóvil, profundamente absorta en oración.
Un sutil rumor le advirtió de que había llegado «el correo». Abrió la tapadera de una caja de
plástico fijada a la pared y encontró dentro un sobre sellado con un timbre fácilmente reconocible. Lo
abrió y leyó el folio que contenía las citas de aquella jornada. Por el momento podía volver a su
escritorio. Marcó algunos códigos en el teclado y las pantallas de plasma pasaron a la función de stand
by. Antes de salir de la sala secreta, el hombre se volvió a abrochar los botones de la camisa, se
introdujo en el paso que la pared rotatoria le había dejado disponible y volvió a la parte trasera de su
despacho. Tenía que prepararse para lo que iba a ocurrir en los próximos días. Después de asegurar
con llave la hermética clausura del pasaje secreto, cogió el libro con las tapas rojas que había quedado
apoyado a la altura de la cerradura. Lo abrió hojeando lentamente las páginas finales en busca de un
pasaje bien preciso. Lo encontró. Lo leyó en voz alta remarcando cada palabra.
Era como si cada músculo de su cuerpo se tensara mientras imaginaba la realización de aquellas
palabras. Su mirada terminó como siempre sobre aquel pequeño cuadro, una pintura del ochocientos
que recreaba a un hombre hermoso y elegante, con el rostro alargado y enmarcado por una barba de
color castaño y poblada. Sólo los ojos contrastaban con la atmósfera de paz y serenidad que el pintor
había conseguido transmitir. Eran ojos profundos pero inquietantes. Mirándolos, también los suyos
adquirieron el mismo aspecto, el del acceso a una dimensión innombrable, el umbral que separa del
precipicio más oscuro. Pero fue cuestión de un instante. Se recompuso inmediatamente.
—¡Señoritaaaa… Venga aquí! —gritó. Y la secretaria apareció diligentemente ante su escritorio.
Capítulo 5
JOHN Costa no había estado nunca en Moscú. Podía parecer increíble para un periodista que hasta
hacía poco había trabajado en una agencia de información internacional como la Reuters. No había
entrado nunca en Rusia, pero de algún modo la había circunnavegado, gracias a los viajes papales.
Tras la caída del Muro de Berlín, de hecho, el Papa precedente había ido a Lituania, Georgia, Ucrania,
Armenia, Kazajistán, todas ellas ex repúblicas soviéticas. Visitarlas, por muy difícil que fuera recortar
el tiempo de hacer turismo en el curso de las visitas pontificias, había significado para John conocer
un poco mejor la periferia del imperio. Pero su corazón y su cerebro habían permanecido vírgenes
para él.
Con el visado, un equipaje ligero y ropa bastante pesada («me parece haber oído que en Moscú
siempre hace frío», había musitado para sí mientras hacía la maleta, a pesar de que las previsiones
meteorológicas para aquella semana estimasen una temperatura variable con máximas de treinta
grados), el periodista se dirigió a pie a la estación de ferrocarril de San Pedro, que distaba pocos
centenares de metros de su edificio. Desde allí tomó el trenino y se bajó un par de paradas después
esperando el tren lanzadera para Fiumicino. Cuanto más pasaba el tiempo, más le gustaba viajar en
tren. Es verdad que los ferrocarriles italianos en cuanto a puntualidad y limpieza dejaban bastante que
desear, al contrario que los eficacísimos y bastantes más costosos ferrocarriles de Estados Unidos.
Pero también era cierto que gracias al ordenador y a la potente pantalla de transmisión de datos, el
compartimento de un tren siempre se podía transformar en una mini oficina, optimizando los tiempos
de espera y los eventuales retrasos. Encendió el portátil, se conectó a la Red y leyó los mensajes de
correo. Había uno de Kate.
«Cariño, he cenado estupendamente. Ahora me voy a la cama. Te quiero. Que tengas un buen viaje.
Ya me explicarás mejor el porqué de este imprevisto viaje a Moscú. Por aquí todo bien, aunque me
parece que mi jefe tiene unas ambiciones un poquito exageradas. Besos. Kate.»
Sonrió y respondió: «¡Suerte en tu misión! Estoy siempre a tu lado. Hablamos cuando llegue a
Moscú.»
Después abrió el blog, que actualizaba constantemente. En la primera página estaba el aviso que
había escrito la tarde anterior advirtiendo que a causa del viaje no iba a poder moderar los
comentarios de los lectores con frecuencia y que por tanto iba a haber retrasos. Eran muchas las
intervenciones que aguardaban su aprobación y su publicación. Una de ellas le impactó de manera
particular. Estaba firmada por una persona que no se había presentado antes.
«Mensaje de Mr. ROLF, Church Interfaithful Unification Enterprise. Baja California. Estimado
señor Costa, disculpe si mi italiano no es perfecto. Sigo desde hace mucho tiempo su trabajo, que me
ayuda en lo que considero mi misión, contribuir al renacimiento espiritual de la sociedad occidental
en decadencia. Quería desearle buen viaje a Moscú. La senda que conduce a la Verdad es a menudo
tortuosa, pero hace falta seguirla hasta el final. Le deseo que encuentre lo que está buscando. Rolf,
C.I.U.E.»
«Qué extraño», pensó John. «Un americano que escribe a otro americano en italiano perfecto y que
además se excusa…» Lo que inquietaba al periodista, tan inmerso en su trabajo que no se dio cuenta
de que el tren estaba entrando en la estación elevada del aeropuerto romano, eran aquellas palabras
finales. ¿A qué se refería aquel misterioso visitante? ¿Y qué sabía de la misión en Rusia que le había
confiado la tarde anterior don Stefano Majorana? Quizá nada, concluyó Costa. En el fondo, todo el que
comienza un viaje va en busca de algo: evasión, fuga, distensión, diversión…
El tren frenó bruscamente, haciendo caer al suelo la moleskine donde John acostumbraba a anotar
pensamientos y números de teléfono. Sólo entonces se dio cuenta de quiénes habían sido sus
compañeros de viaje durante aquella media hora. Una pareja de jóvenes musulmanes (lo supo por el
inconfundible velo que llevaba la muchacha) y un sacerdote de mediana edad vestido con un traje
oscuro bastante ajado. John recogió rápidamente sus cosas, intentando ganar la salida antes de que los
pasajeros del viaje de vuelta, que ya esperaban en la marquesina, invadieran el vagón. Después se
dirigió a la Terminal.
Aquella mañana, el aeropuerto de Fiumicino estaba sumido en el caos más absoluto. Largas
comitivas de turistas sobrecargados de equipaje vagaban en busca de su mostrador de embarque;
fuera, un grupo de taxistas aguardaba con los brazos cruzados a causa de una huelga contra la
administración del Ayuntamiento de Roma. Un grupo compuesto por una decena de hare-krishna se le
quedó mirando precisamente a él. Los vio acercarse a paso veloz, con la sonrisa estampada en la cara,
y apenas intentó cambiar de dirección se dio cuenta de que también ellos se habían movido siguiendo
su trayectoria. Tuvo la impresión de ver un simpático banco de peces (tropicales por su color naranja)
que se movían en perfecta sincronía. Pero se equivocaba. Los hare-krishna pasaron sin prestarle la
menor atención. Realizó la tramitación de embarque sin problemas, admirado por el hecho de que no
hubiera una gran cola para el vuelo de Alitalia Roma-Moscú de aquella mañana. Superó con no pocas
dificultades el control de equipaje de mano. Como ya le había ocurrido una vez, un agente de
seguridad demasiado competente le obligó a echar en el cestillo el frasco de costoso champú
anticaspa.
—No puede subirlo a bordo, señor… ¡Son las reglas! Motivos de seguridad…
—Pero por favor —saltó Costa haciéndose oír por los demás pasajeros de la fila—. Esto del
explosivo líquido es un cuento de mucho cuidado, una tremenda gilipollez. ¿Sabe que los presuntos
«terroristas» paquistaníes que fueron arrestados en Londres han sido puestos todos en libertad? No
había ningún explosivo líquido. Probablemente alguna casa productora de los chismes que usáis para
los controles necesitaba finiquitar sus existencias o colaros un nuevo detector… ¡Me juego el cuello!
El hombre de uniforme que estaba ante John ni se inmutó.
—Usted puede decir lo que quiera, pero éstas son las reglas.
John se alejó rápidamente. Percibía a sus espaldas la rabia de los demás pasajeros, obligados a
esperar a que concluyese su trifulca con el guardia. Gracias a Dios, no hubo impedimentos en el
control de pasaportes. El arzobispo de Bari, Adeodato Dini, su vicario general don Anacleto Punzoni y
la responsable de la touroperadora que había organizado el viaje, estaban ya allí, esperando la llamada
para el embarque, aunque faltase todavía una hora. Costa no supo si acercarse y presentarse o esperar
un poco, dando una vuelta por las tiendas del dutyfree. Escogió la segunda opción, arrastrando tras de
sí la pequeña maleta trolley y la bolsa con el ordenador. Le atrajeron los escaparates donde una
conocida marca de equipajes exponía sus últimas novedades para viajeros: monederos y
portapasaportes que cabían bajo la axila. Cajitas que se transformaban en cojines, candados
tecnológicos para maletas, riñoneras y mochilas de todo tipo y condición, transformadores para las
tomas de corriente. Costa permaneció durante algunos minutos absorto, en riguroso silencio. Si fuera
por él, lo habría comprado todo. Pero se daba cuenta de que aquel ataque de shopping compulsivo no
era racional. Y sobre todo, temía el juicio de Kate, que le tomaba el pelo con buen humor cuando
alguna vez llegaba a casa con algún hallazgo totalmente innecesario, como aquella vez que se había
presentado radiante porque había comprado en un puestecillo de Porta Portese un catalejo montado
sobre un par de gafas.
—¡Mira, es precioso! —había dicho mostrándoselo con cierto orgullo—. Fabricación rusa, lentes
potentísimas… Y gracias a las patillas puedo usar el catalejo teniendo las manos libres para tomar
apuntes…
—Pero, cariño, ¿cómo vas a hacer para ponértelo encima de las gafas que ya llevas puestas? —le
había respondido ella, dejándolo helado. No había considerado aquel pequeño pero importante detalle.
El anteojo ruso iba muy bien para quienes no usaban gafas.
Frenó su apetito de compra y deseó volver con sus nuevos compañeros de viaje, saltándose la
canónica parada en el bar, que solía hacer antes de embarcar en un vuelo. La dieta no se lo permitía.
Traía en la bolsa una galleta dietética de improbable sabor a chocolate preparada con fibra de soja y
tan parecida a las verdaderas galletas como el ornitorrinco al hipopótamo.
—Buenos días, excelencia, soy John Costa —dijo, acercándose a la comitiva.
—Ah, es usted el periodista —respondió el arzobispo, levantándose de un salto, a pesar de sus
setenta años, del incómodo asiento situado a pocos metros de la puerta de embarque.
—Buenos días a todos… Sí, soy yo. Y me siento verdaderamente honrado de sumarme a vuestro
grupo —entonces se dio cuenta de que don Punzoni, el vicario general, era el sacerdote descuidado
que había viajado con él en el tren lanzadera.
—¿Y para qué periódico escribe? —preguntó el arzobispo.
—Antes trabajaba para Reuters, ahora trabajo como freelance.
—¡Ah, muy bien! ¿Y de qué se ocupa? —quiso saber, demostrando que no conocía en absoluto a la
persona que tenía delante.
—Bueno, normalmente de temas del Vaticano.
—Claro, claro —añadió el prelado—. Y así aprovecha para tomarse algún día de vacaciones en
Moscú…
Después de oír aquellas palabras, John tuvo la certeza de que nadie del Vaticano le había contado
al arzobispo el motivo de su presencia allí.
—Nuestro programa para hoy prevé a nuestra llegada un rato breve de descanso en el hotel,
después el traslado a la catedral de Cristo Salvador para asistir a la celebración de las vísperas de la
Dormición presididas por el patriarca Nikon. Después, tarde libre… —dijo la touroperadora, una
mujer de edad imprecisa, de aire juvenil y vestida de oscuro.
Durante la siguiente hora, la conversación languideció, lo cual le permitió a John actualizar el
blog. El arzobispo parecía absorto en la oración, pero también se podría decir que estaba durmiendo.
Don Punzoni, agitado, trajinaba con el móvil. La agente de viajes seguía las repetitivas noticias de la
agencia Ansa que una pantalla de plasma suspendida sobre la puerta de embarque hacía pasar ante los
ojos de los viajeros. En el momento previsto para el embarque, cuando ya se había formado la cola,
una voz metálicamente amable avisó de que el vuelo iba a sufrir un retraso de una hora. Costa, que no
se había levantado, bufó lanzando una mirada de reproche a la mujer que organizaba el viaje como si
la culpa fuera suya. Ella se encogió de hombros y sin hablar levantó la mirada al cielo, como si
quisiera decir: «¿Y qué esperabais volando con esta compañía?». Costa no pudo menos que recordar el
chiste que circulaba entre los vaticanistas veteranos de los viajes del anterior Pontífice: «¿Sabes por
qué en cuanto llega el Papa a un país nuevo besa el suelo? Porque vuela con Alitalia». Pero aquel
retraso «técnico», motivado por otro avión que traía a la tripulación de su vuelo, no le inquietó más de
lo que ya lo estaba. Sin embargo, ese retraso llenó de pánico al arzobispo y a su estrecho colaborador.
—¿Cómo vamos a hacer para llegar a tiempo a la catedral? ¿Dónde nos vamos a vestir?
—Excelencia, no se preocupe, encontraremos la manera… ¡Estamos en las manos de Dios —se
oyó decir un poco divertido el periodista.
El avión para Moscú dejó el aeropuerto de Fiumicino con ciento ochenta minutos de retraso sobre
el horario previsto. Durante el viaje, John no pudo probar prácticamente nada del raquítico almuerzo
que le sirvieron a bordo. Para él, solo una barrita dietética con sabor manzana-yogur y agua, mucha,
mucha agua. «¡Me tiene que beber al menos dos litros! ¿Me ha oído bien?» El eco de las severas
palabras del anciano doctor resonaba en su cabeza cada vez que tenía que dejar su asiento y recorrer la
mitad del avión para alcanzar el baño. Estaba sentado justo detrás del arzobispo, que durante tres
horas seguidas se había relajado contando historietas sobre el Vaticano y había terminado por aturdir a
la pobre agente de viajes, que hubiese preferido dormitar y que en cambio era continuamente
solicitada por la voz un poco estridente del prelado: «Signorina Silvia, oiga esta otra…»
La Terminal 2 del aeropuerto Sheremétievo de Moscú era un bloque de cemento con predominio
de los colores blanco y marrón. El blanco era sucio, el marrón contribuía a dar la impresión de una
capa de plomo bastante agobiante… También la iluminación era escasa. Los cristales que daban al
exterior eran ahumados, a la vez que las luces de neón de los soportes publicitarios —escritos todos
exclusivamente en cirílico— contribuían a hacer más triste la atmósfera.
El golpe final fue la extenuante espera en el control de pasaportes. Los pasajeros del vuelo
esperaron más de una hora en la cola. Fue entonces cuando los papeles se invirtieron. John, que hasta
entonces había mantenido la calma y había tranquilizado al arzobispo de Bari, comenzó a perder la
paciencia maldiciendo contra el sistema soviético que seguía en vigor. El prelado y su acompañante,
en cambio, se quedaron desplazados, callados. En la cola, monseñor Dini y el vicario general estaban
justo ante un grupito de italianos que, ignorando la presencia de los dos eclesiásticos, seguían
haciendo chistes vulgares e inapropiados, con un lenguaje que terminó por molestar incluso a Costa, y
eso que ya estaba bastante vacunado.
—Esta lentitud en el control de los visados es una especie de huelga de celo —dijo abatida la
agente de viajes—. Lo hacen para pedir salarios mejores.
La explicación no sirvió para levantar los ánimos de la comitiva. Finalmente, tras lograr atravesar
las horcas caudinas4
representadas por la cabina de cristal con una jovencísima agente de cabellos
rubios y ojos de color aguamarina, se encontraron en la sala de llegadas. Había un caos indescriptible
también allí. Una vez más, John se sorprendió al ver que la mayor parte de los carteles indicadores
estaban escritos solamente en ruso.
—Por favor, y ahora, szeñoreeees, exzelenziasss —la voz baritonal de Boris Gudonov pareció
hacer temblar las columnas del aeropuerto.
—Aquí estamos, Boris —dijo la organizadora del viaje, encontrando entre la selva de hojas y
carteles levantados el del hombre encargado de acompañarlos durante los días que iban a pasar en
Moscú. Alcanzaron rápidamente el pequeño minibús que los iba a llevar a la ciudad. Al salir de la sala
de llegadas fue embestido por una oleada de calor. «Como siempre, me he equivocado de vestuario»,
pensó. Le había pesado no poco hacer el viaje llevando chaqueta y corbata, prendas a las cuales era
físicamente alérgico y que evitaba en la medida de lo posible. Ahora se daba cuenta de que la chaqueta
—indispensable para la ceremonia en la que estaban a punto de participar— era demasiado calurosa.
El trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era una única e ininterrumpida columna de
automóviles.
—Vamos a tomar una ataja —dijo Gudonov, que aún no dominaba muy bien la lengua italiana.
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  • 1.
  • 2. LA ÚLTIMA REVELACIÓN Una expedición arqueológica encuentra en Jordania un enigmático papiro. Parece ser el testamento de la Virgen María, que habría recogido San Lucas pocos días antes de morir. Y contiene una terrible profecía para el mundo. Pero tras una serie de incidentes y muertes misteriosas, el documento desaparece. La papiróloga Kate Duncan consigue salvar un fragmento y huye con él para salvarlo. Mientras, en el otro extremo del mundo, su marido, John Costa, es un periodista a punto de realizar un descubrimiento sensacional: quién mueve los hilos de la campaña contra la Iglesia por los casos de pederastia. Kate y John acabarán comprendiendo que sus vidas corren peligro, y que sus respectivas investigaciones tienen mucho que ver. Ambas responden a la lucha secular entre el hombre que guarda la Iglesia en el Vaticano y una fuerza poderosa que le cerca, más próxima de lo que él mismo cree…
  • 4. Capítulo 1 EL paso inexorable del tiempo no había alterado la belleza de su rostro, que se había vuelto aún más diáfano. Había pasado la jornada como cualquier otra, trabajando y rezando. En su vida era todo ya memoria y oración. Solía volver a pensar en lo que había sucedido. También aquella tarde, cuando un imprevisto e inesperado rayo de luz que se había abierto camino por el angosto perímetro de la ventana capturó su mirada, volvió con la mente a aquel momento. Ella, aún jovencísima, casi una niña, con el odre de terracota bajo el brazo, mientras caminaba despreocupaba entre aquel puñado de pobres casas de piedra blanca y de cuevas excavadas en las rocas. Un rincón perdido del mundo, quizás el más perdido. ¿Qué iba a salir de bueno de un lugar así? ¿Qué valor tenían aquellos agujeros en la roca, aquella desnuda pobreza? Y, sin embargo, era precisamente aquella franja insignificante de tierra la que había elegido. Todavía percibía el aroma del viento tibio que aquella mañana, muchos años antes, le había acariciado la piel de color aceituna haciendo ondear levemente su tosca túnica clara. Después, un rayo de luz, una figura misteriosa, sus palabras… Había tenido mucho miedo en aquel instante. Ahora, en cambio, sonreía mientras las imágenes grabadas de modo indeleble en la memoria se le presentaban de nuevo con tal nitidez que confundía pasado y presente. Para ella, aquel pasado seguía siendo presente, siempre. Salió de lo que podía parecer poco más que una cueva a la cual unas manos piadosas habían añadido algún refuerzo de ladrillo rojo. Era una casa. Su casa. Alrededor, una zona de olivos y más abajo, al fondo, una franja de mar sobre el que se reflejaban los últimos rayos de sol. La llamaban todos «Madre», con una mezcla de ternura y veneración. Todavía eran pocos los que se reunían allí. Ella, contemplando los mil destellos de luz que se filtraban entre las hojas, sabía que volvería a ser así de nuevo en un futuro lejanísimo. Sabía que serían pocos, pero que su alegría nunca iría a menos. Precisamente ésa parecía ser la oculta vocación de aquel lugar. Todos la llamaban «Madre», pero sólo uno de ellos lo hacía considerándola su única verdadera madre, que le había sido confiada en el momento más trágico de sus vidas, al cual habían asistido como testigos. Se la había llevado inmediatamente a vivir con él. Y ahora era él quien venía a avisarle de la presencia de un grupúsculo de caminantes recién llegados de Jerusalén. Querían verla. Sonrió asistiendo. De hecho, lo había reconocido enseguida, aun en la lejanía, a pesar de que su rostro había cambiado y de que los cabellos todavía negros, llenos de polvo y sudor, cubriesen parte de sus ojos. Los tres hombres y las dos mujeres corrieron a su encuentro. Estuvieron a punto de arrodillarse ante ella, pero no les dejó. —Madre, hemos venido a verte —dijo uno de ellos. —Estás aquí de nuevo… —respondió ella, dirigiéndose al primero que se le había acercado. —Sí, estoy aquí para escuchar lo que me tienes que decir. —Mi tiempo está a punto de acabar… y de comenzar —susurró, abriendo las manos en señal de acogida. —Nuestros hermanos y hermanas en Jerusalén te envían sus saludos. —Dadles las gracias y decidles que rezo cada día por ellos. Las dos mujeres la miraban sin abrir la boca, como atemorizadas. —Venid dentro, comeremos todos juntos —dijo, acercándose a ellas y tomándolas de la mano. Y le bastó apenas una mirada para que el dueño de la casa, aquel «hijo» que le había sido confiado en el
  • 5. momento más trágico de su historia, los invitase a todos a entrar en el pequeño patio a lavarse las manos. Se reunieron en torno al fogón, en la habitación desnuda. Había algunas esterillas sobre el pavimento de tierra batida, estanterías de madera, pocos platos. A pesar de la pobreza de la sala, todo apuntaba a que había sido pensada para albergar pequeñas reuniones. Al otro lado se adivinaba una pequeña habitación separada, poco más de un cubículo, con un humilde colchón de paja en el suelo. Compartieron el pan recién cocido y un poco de queso. —¿Cómo te encuentras aquí, Madre? —preguntaron los huéspedes, que de pronto parecían haber olvidado el cansancio de los largos días de camino y los peligros que habían corrido para llegar hasta Éfeso. Ella sonrió. Lanzó una mirada hacia el umbral de la puerta y hacia la loma de los olivos. Las hojas temblaban ligeramente, acariciadas por la brisa. —«He aquí que el Señor pasó. Hubo un viento impetuoso y gallardo capaz de romper los montes y dispersar las rocas ante el Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego vino el susurro de una brisa suave…» —repitió de memoria los versículos de la Escritura. Después añadió: —Aquí es más fácil reconocerlo en la brisa suave. Permanecieron en torno al fuego durante una hora, hasta que las brasas, ya extinguidas no pudieron contra el frío punzante de la tarde. Juan acompañó a los visitantes hacia una casa cercana, donde dos hermanos les habían ofrecido un lecho. Se citaron nuevamente para el día siguiente. La noche transcurrió tranquila, aunque uno de los peregrinos no consiguió pegar ojo. A la mañana siguiente, la Madre lo mandó llamar muy temprano. Quería hablar con él. —Te pido que recuerdes esto que estoy a punto de decirte… La mujer habló. Y el peregrino, que ya la había interrogado en el pasado sobre la infancia de su hijo, fijó en su mente cada palabra como si estuviera grabada en bronce, escrutando al mismo tiempo cada línea de su rostro. «Cuanto más pasan los años», pensaba, «más intemporal me parece su rostro, un icono de la eternidad». Fue entonces cuando por primera vez se le vino la idea de fijar, además de las palabras, también alguna imagen de la Madre. El la había visto, la había conocido. Había tocado las manos que habían cuidado al hijo. Había escrito ya un día el relato que ella le había contado, describiéndole cómo había comenzado todo. Ya de vuelta en la casa en la que estaba hospedado, mientras sus compañeros de viaje dormitaban a la sombra después de haber comido carne asada, abrió la bolsa de cuero que había traído consigo como el bien más preciado. Sacó todo lo que necesitaba y comenzó a escribir, en griego, el mensaje que acababa de recibir…
  • 6. Capítulo 2 JOHN Costa tenía la mirada fija y perdida. Estaba encorvado sobre la mesa de la cocina ante un vaso medio lleno de un líquido amarillento que soltaba las últimas burbujitas. —Maldita dieta —susurró. Pensaba en cómo había cambiado su vida en los últimos tres años. La mujer que le había dejado llevándose consigo a listados Unidos a su única hija, el estado de semiabandono en que vivía en aquella casa de Via delle Fornaci, construida en los años 50 por los dueños de los palacetes romanos. Habían pasado solo tres años, pero parecía una eternidad. Repasaba los acontecimientos que lo habían tenido como involuntario protagonista: aquella investigación que había llevado a cabo como vaticanista de la Reuters sobre el Cuarto Secreto de Fátima, el cónclave que había elegido a un papa mexicano, el viaje a Portugal, el encuentro con Kate Duncan, la joven investigadora de la cual se había enamorado locamente y con la que se había casado a los dos meses de conocerla. Era como si su existencia hubiera estado sometida a una aceleración imprevista, elevada a la enésima potencia. Se había encontrado de repente con la fama de un prestigioso reportero, conocido en todo el mundo. Había escrito un libro que se había convertido en un best seller. Había decidido abandonar Reuters, la gran agencia de noticias inglesa fundada a mediados del XIX por el homónimo y distinguido empresario alemán. Había querido dejar atrás el runrún cotidiano de la búsqueda y revisión de noticias, las llamadas con el corazón en un puño a cualquier hora del día o de la noche, las conversaciones sarcásticas con sus jefes. Podía permitírselo gracias a las ventas de su último libro. Y también gracias a Kate, que se había convertido en el verdadero elemento de estabilidad en su vida. El punto de amarre, la roca. Sin lugar a dudas, aquel trabajo nunca le faltaría. Se equivocaba. John Costa pensaba en todo esto mientras aquel líquido amarillento en el vaso había consumido hasta el último destello de efervescencia y descansaba inmóvil a la espera de ser bebido. —Maldita dieta —repitió el periodista mirando fijamente la fotocopia donde estaba, negro sobre blanco, el régimen alimenticio al que debía someterse. Se le habían quedado en la mente las palabras que el anciano médico, el doctor Adeodato Gasparroni, le había dicho con algo de brusquedad dos días antes, después de haberlo estudiado con atención: —Debe usted cambiar el régimen alimenticio—. La única palabra que recordaba era «régimen»… Habían pasado dos días, solo cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos. Pero sentía, en la mente y en el estómago, todo el peso del nuevo — régimen—. Nada de pasta, nada de pan, nada de dulces, nada de azúcar. —Solo proteínas, verduras y alimentos integrales en esta primera fase—, le había dicho el médico, con una sonrisa de condescendencia que John había considerado una tomadura de pelo. Estas eran las ocasiones en las que más lamentaba no estar ya en los Estados Unidos. Echaba de menos no ser ya un verdadero americano, aunque había nacido allí, de hijos de inmigrantes italianos. «Si estuviera allí», pensaba, «el doctor no me habría sometido a regímenes, me habría dado unas pastillas y todo se habría acabado. Los italianos, en cambio, con sus manías saludables…» Había probado un montón de dietas durante los últimos tres lustros. De vez en cuando adelgazaba; después, puntualmente, volvía a coger peso. Ahora, a los cincuenta y tres años cumplidos, con el colesterol al doble de lo normal, solo había una drástica decisión que tomar. «Usted tendrá serios problemas cardiovasculares si no se cuida», le había dicho aquel condenado médico, flaco como un palillo, todo piel, huesos y cigarrillos. «¡Maldito pájaro de mal agüero!» Lo había odiado, cómo lo había odiado cuando se había encontrado ante sus narices con la miserable hojita con los alimentos permitidos. Estaba dividida en cinco puntos. John la había
  • 7. analizado palabra por palabra, letra por letra. Le había dado varias vueltas buscando algo a lo que agarrarse, un indicio. Tenía que haber algo que le gustara. Sin embargo, no había nada que hacer. «Debe usted comer cinco veces al día, se lo ruego», le había advertido Gasparroni. El periodista no había respondido, aguantando apenas las palabras que tenía en la punta de la lengua: «Hinojo, calabacines y ensalada de la mañana a la noche… ¡Cómaselos usted y ya iré a verle al zoo al recinto de los rumiantes!» Kate entró en la cocina y sus ojos se llenaron de ternura al verlo. Se había levantado muy temprano, porque tenía que salir de viaje. Había desayunado abundantemente, pero en la semioscuridad, con sigilo, para no despertar a su marido. Había limpiado cada huella, abriendo también la ventana para que no quedara ni siquiera el olor de los cruasanes precocinados que había calentado usando el modo grill del microondas. Pero el olfato de John había sido más potente que el de un sabueso. Aquel agradable efluvio le había sumido en la desazón. —Cariño, estás a dieta desde hace sólo dos días. —Dos días de régimen. —Venga, no seas así… ¿Que por qué me voy? Sabes que es importante. —Lo sé, Kate. Lo sé… es que… —¿Qué pasa? —¡Es que no sé si resistiré sin comida y sin ti! Ella no respondió. Se acercó a la cafetera todavía humeante para echar el café en la taza de John. Dos pastillitas de Hermeseta Gold, puro espartamo, se diluyeron al contacto con el líquido negro y denso. Y Costa sintió deseos de tomar azúcar. —¿No sabes cuánto tiempo estarás fuera? —No, pero es posible que no nos veamos por un tiempo. La expedición es muy costosa, tendremos que trabajar duro, espero que consigamos resultados… —Lo conseguiréis, lo conseguiréis… En el fondo nadie ha excavado nunca en esos lugares… También la vida de Kate Duncan había sufrido una aceleración y un vuelco en los últimos tres años. La investigadora, especializada en paleopatología, el estudio de los signos de las enfermedades que atacaron a los individuos del pasado, había dejado definitivamente Londres. Tras la muerte de su madre, ya no había ningún cordón umbilical que la mantuviera unida a Gran Bretaña. Su infancia en Manchester, los estudios en Berkeley sobre criptobiosis —la posibilidad para los microorganismos de volver a la vida cuando se dan condiciones ambientales favorables—, el doctorado en el Instituto Nacional para las Investigaciones Médicas de Mili Hill en Londres, su aventura en los laboratorios de una multinacional farmacéutica en la capital británica… Todo eso representaba para ella sólo el pasado. Un pasado que de algún modo ya no le pertenecía. El encuentro con John, los acontecimientos que habían hecho que se cruzaran y después se unieran sus vidas, lo habían trastornado todo. Kate se había trasladado a Roma, había obtenido un cargo en una universidad privada, dedicada a san Pío V, había comenzado a colaborar con los Museos Vaticanos. De los microorganismos que pueden matar al hombre resucitando desde el pasado había llegado a aquellos que matan los papiros y los antiguos pergaminos. Era entusiasta de su nuevo trabajo, lo encontraba excitante. Se trataba de salvar un
  • 8. patrimonio de la humanidad. Kate era emprendedora. Se había hecho todavía más ágil y dinámica desde que había abrazado la «romanidad» en todo y para todo. Vivía bien, es más, vivía estupendamente, en la capital de Italia y en la «cuna de la cristiandad», como llamaba su marido a la antigua y somnolienta ciudad de la que ya no conseguía separarse. Se había convertido en la mano derecha de un arqueólogo arribista, autor de un libro famosísimo, Los Evangelios y la arqueología, en cuyo equipo trabajaban diversos especialistas. Lo que iba a comenzar dentro de pocas horas iba a ser su primera misión de verdad. John la había animado. Pero ahora la idea de que se fuera por un mes, quizá dos o tres, lo había puesto contra las cuerdas, al menos tanto como el odiado régimen alimenticio al cual había comenzado a someterse. Lo había hecho sobre todo por ella. Y después también por su hija, Clarice, que ahora tenía t rece años y soñaba con ser periodista, siguiendo las huellas del padre. Eran sus dos mujeres las que le habían hecho sentirse verdaderamente amado. —Papá, tienes que ponerte a adelgazar en serio… —le había dicho Clarice la última vez que se habían visto. Se había reflejado en la mirada de su hija y finalmente había comprendido. Kate, en cambio, nunca le había dicho nada. Pero John notaba el brillo que relampagueaba en su mirada y una mal disimulada satisfacción en el momento en que le había anunciado la decisión, con cierta solemnidad, antes de consumar su última cena de persona normal. —Es mi última cena… —había repetido mientras gozaba con su joven mujer un plato de trenette ai frutti di mare1 regadas con vino rosé, y seguidas de una imperial fritura mixta, tan abundante como crujiente. Para concluir, sabiendo que la abstinencia iba a durar mucho, había pedido una tartita de chocolate y pera, una delicia digna de descubrir lentamente, para sacar a la luz el relleno cremoso y fundido. Kate lo había visto comer como una madre mira a su cachorro. —Estaré a tu lado en esta batalla —le había dicho mientras ambos tomaban la última gota de vino antes de salir del restaurante. Había sido una velada fantástica. También Pino, el fiel dueño del restaurante Arlú de Borgo Pio, había comprendido que se trataba de una ocasión especial. Había pensado en un aniversario matrimonial, en un cumpleaños, pero no conseguía comprender el porqué de aquel velo de tristeza que le había parecido captar en los ojos de John al final de la cena. —Os espero cuando queráis… —había dicho mientras John y Kate se alejaban abrazados, olvidándose de los ruidosos turistas que llenaban las mesas de las trattorie al aire libre. Finalmente Costa se había decidido. Había bebido el suplemento alimenticio en polvo disuelto en agua y se disponía a comenzar la jornada, aunque su humor fuera pésimo y su moral estuviera por los suelos. Estaba fascinado por la habilidad de Kate a la hora de hacer las maletas: cada cosa entraba mágicamente en su sitio, no dejaba intersticios, espacios inutilizados. El resultado final aparecía ante sus ojos casi como un puzzle, como un mosaico. Eran dos las grandes maletas que su mujer había hecho, una de color cereza y otra de rojo amaranto, ambas de buena marca, porque «no hay que escatimar gastos en estas cosas». —¿De verdad no quieres que te acompañe al aeropuerto? — le preguntó en voz baja. —No, John, ya sabes que vienen a recogerme con el microbús, viajamos todos juntos… —Ah, es verdad… —añadió él, mostrando cierta desilusión. Aunque estaba orgulloso de la
  • 9. delicada misión que le habían confiado a ella, le pesaba verse excluido. Él no formaba parte del equipo. —Acuérdate del pasaporte… —Lo tengo ya colgado al cuello, bajo la camisa… —dijo ella, señalándole un ligero bulto. —¡Espero que no te tengas que desnudar para enseñarlo! — le respondió con una sonrisa de oreja a oreja mientras la seguía con la mirada—. ¿Cuándo llegáis a Amán? —le preguntó. —Esta tarde. Aquí serán las seis. —Da señales. —Por supuesto. Pero no estés tan triste. Me voy a Jordania, no a la prisión de Guantánamo ni a un laogai chino. —No estoy triste, sólo estoy preocupado por que todo vaya bien. —Por favor, resiste. Acuérdate de que la primera semana de dieta es la peor. Después el hambre pasa, te sientes notablemente mejor, tienes más energías, y olvidarás las tentaciones y las chucherías. John la miraba. Quizás a causa de las punzadas del hambre o de la rabia que tenía en el cuerpo, durante algunos instantes la imagen de Kate, su mujer, se confundió ante sus ojos con la del doctor Gasparroni. ¿Era ella o él quien le estaba hablando ahora? «En el fondo dicen las mismas cosas», pensó desconsolado. —¿Cuándo vais a Pella? —le cortó de golpe, esperando vivamente tener ante sí a su consorte y no al filiforme y anciano dietista. —Mañana. El profesor tiene prisa. Y como sabes, tenemos recursos limitados. —¿Pero no había llegado la financiación de aquella fundación americana? —Sí, claro, y en parte gracias a ti. —Gracias al Vaticano, querida, gracias al Vaticano. Esos ancianos señores que viven en el Palacio Apostólico al otro lado del Tíbar todavía tienen algo de poder en los Estados Unidos, a pesar de todo. —Cierto… A pesar de todo… —añadió ella con el rostro repentinamente entristecido. La referencia era clarísima para ambos. Habían hablado muchas veces del escándalo de la pedofilia que abrumaba a la Iglesia americana. John se había tenido que ocupar de ello por asuntos de trabajo, y ella había seguido el desarrollo del asunto porque convivía con un periodista que, como todos sus colegas, ya no estaba en condiciones de separar la vida laboral de la vida privada. Era como una herida para él, americano y católico, bautizado con el nombre de Antonio Rosario, hijo de un policía y de una modista que había muerto alcoholizada. El había crecido entre curas y en la calle, «y no me vengáis diciendo que el Brooklyn de hace cincuenta años era más seguro que el de hoy», repetía. Había oído hablar de unos hechos algo sucios ocurridos en una parroquia cercana a la suya. Pero nada más. Y aunque después había ido abandonando lentamente la fe, liberándose como quien se limpia de una toxina nociva, lavada poco a poco, los curas irlandeses de Brooklyn para él seguían siendo una institución. Las vicisitudes familiares, la separación de Rosemary, el amor por Kate, la aventura vivida hacía poco le habían hecho redescubrir algo de aquellas raíces que habían estado sepultadas durante tanto tiempo pero que evidentemente no habían sido extirpadas del todo de su corazón. Aunque el acercamiento tenía que ser gradual, lento, bien asimilado, de la misma manera que lo había sido la separación. Por fin ella terminó con los preparativos. —Tengo tres tarjetas de memoria de repuesto para la cámara fotográfica. ¿Bastarán, John? —¡Por favor! ¿Participas en una expedición arqueológica o vas a hacerle el book a un centenar de
  • 10. aspirantes a Miss Mundo? —respondió él con su habitual ironía. —Quieres decir que son suficientes, ¿verdad? —repitió ella. Como en cada momento crucial, y aquella partida lo era, Kate necesitaba asegurarse de todos los detalles. Hasta de los más insignificantes. Mientras él, en esas ocasiones, necesitaba asegurarse de lo esencial, algo que nunca daba por hecho. Su mujer seguiría preguntándole detalles sobre la tarjeta de crédito, el candado de la maleta, el cargador del teléfono móvil, el ratón inalámbrico para insertar en el puerto USB del portátil, que «es tan cómodo», mientras él hubiera preferido escuchar que lo amaba más que a cualquier cosa en el mundo y que le gustaría volver pronto para verlo de nuevo. —Me llevo el adaptador universal… ¡Nunca se sabe —añadió. —Kate, las tomas de corriente en Jordania son exactamente como las nuestras. No vas a Londres ni a Estados Unidos… —Bueno, es mejor prevenir… —Sí, claro. Quizá descubráis que alguna gruta o algún palacio subterráneo ya ha sido descubierto y cableado por la compañía eléctrica tejana TXU o por la Kansas City Power & Light… Kate no reaccionaba a la ironía de su marido, estaba a lo suyo. —¿Sabes si el área arqueológica de Pella está cubierta por la señal GSM o GPRS? —preguntó ella, indagando una vez más sobre el equipo. —No lo sé, no creo. Pero ¿no llevas el teléfono móvil por satélite? —Sí, claro… —Entonces, si el normal no funciona, utilízalo —dijo John con el mismo tono de una madre que le explica a su hijo de dos años cómo tiene que abrir un caramelo. —A propósito, ¿sabes quién vendrá en caso de que lo necesitemos? —No tengo ni idea. —El padre Maximilian Fustenberg. Los ojos de John se encendieron al oír aquel nombre. Estaba muy unido al viejo dominico, que había pasado toda su vida en Jerusalén: la persona más competente en las Sagradas Escrituras y también la más humilde que había conocido jamás. A sus ochenta años era capaz de entusiasmarse todavía como un niño ante la solución de un problema exegético. La edición crítica de los Evangelios y su famoso comentario a las fuentes de San Lucas eran piedras angulares desde hacía decenios. Costa había esperado muchas ver al anciano fraile belga elevado a la púrpura cardenalicia, pero en vano. Entre los biblistas, el padre Fustenberg no era particularmente querido por aquella insistencia suya en recordar la historicidad de los Evangelios y en refutar, a veces con expresiones cortantes, muchas reconstrucciones simbólicas banales que terminaban por reducir la vida de Jesús a una piadosa leyenda y ratificaban la imposibilidad de conocer nada objetivo sobre su vida terrena. —Si acaso lo ves, salúdalo, es más, abrázalo de mi parte. Es verdaderamente un buen amigo —dijo John. Sonó el telefonillo. Tres timbrazos en rápida secuencia. El minibús había llegado. Costa se levantó de inmediato para ayudar a Kate a arrastrar las maletas escaleras abajo. Aquel viejo, maldito ascensor, estaba todavía en reparación. Un estado ya crónico, tanto que en los cada vez más raros periodos de funcionamiento, los inquilinos evitaban subir en él por miedo a que les tocase a ellos el consabido bloqueo y el consiguiente salvamento por parte de los bomberos. No le preocupó ir en pijama y en zapatillas. Se detuvo en el portal sin salir, dejando que fuese su mujer la que empujara las maletas durante el último trecho. La abrazó intensamente y la besó. —Acuérdate de la webcam, cariño. Nos veremos a través de ella.
  • 11. —Sí, de acuerdo… Yo seguiré visitando tu blog. El conductor bajó a ayudarla. Pudo entrever tras las largas ventanillas el rostro afilado y un poco torvo del profesor Gian Claudio Antonelli, sus dos becarios —en realidad jóvenes y malpagados chicos para todo—, y su secretaria y ayudante. Kate no se dio la vuelta para saludarlo por última vez, creyendo que ya se había ido. Apenas oyó encenderse el motor, John subió las escaleras y se cruzó en el rellano del primer piso con la anciana y compungidísima señora Trimeloni, que entre sus logros se vanagloriaba de una experiencia juvenil trabajando para la casa Saboya. La viejecilla miró a John de arriba a abajo, aunque fuese bastante más bajita que él, haciéndolo sentirse un gusano. Se sintió en la obligación de excusarse. —Una emergencia—, musitó, abriéndose camino rápidamente. Cuando abrió la puerta de casa, advirtió enseguida la ausencia de Kate. Cómo había cambiado aquel apartamento después de su matrimonio. En el periodo en que había vivido allí como soltero, el apartamento se había ido convirtiendo poco a poco en un antro en el que reinaban el desorden y la suciedad. Todavía so acordaba de la vergüenza que había pasado una tarde mientras veía el telediario. Un reportaje mostraba la cueva, en el Aspromonte, donde había estado prisionero durante veinticuatro meses un joven empresario secuestrado por la Anónima Sekuestri. Viendo aquellas imágenes, había sentido cierta sensación de hogar y se había dado cuenta finalmente de que había sobrepasado la línea, como le seguía repitiendo —en vano— la mujer que dos veces a la semana desafiaba lo desconocido intentando arreglar su habitación. Tras su matrimonio, Kate había intervenido con fuerza en la decoración, simplificándola y modernizándola. No es que fuera necesario, lo que en verdad hacía falta era un poco de limpieza y orden. Pero para ella había sido un modo, quizás inconsciente, de tomar posesión del territorio, borrando al máximo las huellas de la antigua dueña de la casa, la ex mujer de John. Todos los muebles eran claros: roble decapado, las dos palabras mágicas capaces de entusiasmar a la doctora Duncan. Le habría gustado tener en doble decapado también el ordenador, si hubiera sido posible sustituir el plástico y las tiras de metal por alguna tablilla contrachapada. En una zona bien iluminada del amplio salón había colocado un escritorio que más que un escritorio parecía el cuadro de mandos de una nave espacial. Teclados, altavoces, webcam, discos duros, memorias externas, escáneres, fax y teléfono, una pantalla plana de televisión al lado de otra, todavía más grande y futurista, del ordenador. También esto era mérito de Kate. Tenía, más que él, el gusanillo de la tecnología, pero sobre todo sabía asociar esa característica suya al orden y a la racionalidad a la hora de aprovechar los espacios. No se veían cables externos, todo estaba ordenado, o por lo menos lo iba a estar aún durante algunas horas, antes de que Costa se pusiera manos a la obra sin poder contar con la amorosa y discreta operación de reajuste nocturno que su mujer solía hacer. —Seguiré visitando tu blog…— habían sido las últimas palabras que le había dicho Kate antes de marcharse. Ya, el blog. Desde que se había despedido de la Reuters, John se había puesto a trabajar por su cuenta. No es que tuviera necesidad (si hubiera sido así, no habría abandonado su puesto de trabajo), sino por mantenerse entrenado. Había creado un sitio web (www.segretivaticani.net), donde ofrecía noticias y reportajes del Vaticano muy solicitados por las mayores cabeceras internacionales.
  • 12. Dos semanas antes, había firmado por cuarta vez el reportaje de portada del Time. Además, sus firmas y análisis semanales sobre política vaticana eran puntualmente publicados en los medios de todo el mundo. Pero lo que más le había entusiasmado, su último descubrimiento, el juguete que siempre había buscado, se llamaba blog. En él escribía pequeños artículos, reseñas, impresiones, noticias, primicias, comentarios… dejando después a los lectores y a los visitantes la posibilidad de intervenir, discutir, debatir, dialogar. El éxito de la iniciativa había sido espectacular, muy por encima de sus expectativas. Muchas veces al día, cada sacrosanto día, fines de semanas y fiestas de guardar incluidos, Costa se sentaba ante aquella pared de engendros electrónicos y con un clic abría ante sí el mundo. Leía los comentarios, autorizaba su publicación haciéndolos visibles para todos en el sitio. A menudo respondía. Estaba a punto de abrir la larga lista de comentarios que se habían añadido aquella noche —noche y día eran categorías totalmente inútiles para un blog que se leía en París, Nueva York, Tokio y Sydney, pero también Astana, Dubái y Ciudad del Cabo— cuando sonó el teléfono de casa. En aquel momento, John se dio cuenta de que había dejado apagados los dos teléfonos móviles que utilizaba a diario: el privado y el de trabajo. Se preocupó, mascando unos instantes, antes de contestar, la idea de que Kate hubiese intentado llamarlo o le hubiese enviado un mensaje. «Quizá sea ella», pensó. —Buenos díaaaas… —la voz salió inconfundible y como siempre impetuosa del auricular. —Hola, monseñor, ¿cómo estás? —¿Cómo te encuentras ahora que estás temporalmente soltero? —respondió el prelado. —Don Stefano, Kate acaba de irse. Me parece un poco pronto para preguntarme cómo me siento al estar nuevamente soltero —susurró el periodista. —Escucha, amigo mío. Tengo una propuesta que hacerte… ¿Te apetece que quedemos para comer? «Comer.» Esa palabra le trepanó el cerebro. ¿Qué podría comer? Verdura, verdura y más verdura. Acompañada de cuatro tostaditas con jamón —asesinadas al quitarles el único y vital hilo de tocino—, sutiles como un velo de papel de aluminio. Y a aquello se supone que debería llamarlo «comida». John sabía que si decía que sí no iba a poder resistir. —Stefano, estoy a dieta, a dieta férrea. No puedo comer fuera. ¿Te apetece un buen café en mi casa? —Hecho. —¿A qué hora? —Estaré contigo a las dos… Pero mientras, empieza a preparar la maleta, porque mañana por la mañana podrías tener que salir de viaje… —¿Salir? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Con quién? —Vale que seas un periodista, pero no te pases con las preguntas. Te lo explicaré todo cara a cara, ¿ok? —De acuerdo. John pasó las siguientes dos horas actualizando el blog. Después fue a la cocina para el amargo rito del almuerzo dietético, soñando con berenjenas al parmesano, fusilli a los cuatro quesos, espaguetis a la carbonara. «Es increíble cómo se rebaja el umbral del gusto con unas pocas horas de dieta», pensó intentando apartar aquellas incómodas ideas llenas de calorías. Arregló rápidamente la cocina, como cualquiera habría hecho después de comer jamón y una ensaladita; después preparó la cafetera, esperando a que su amigo llamara al telefonillo. A los dos en punto sonó el timbre. Monseñor Stefano Majorana era un joven prelado de la Secretaría de Estado. Pertenecía al grupo de los «cantores
  • 13. gregorianos»: así se les llamaba desde hacía dos años en el Palacio Apostólico a los hombres de confianza del nuevo papa Gregorio XVII, el primer pontífice mexicano de la historia de la Iglesia. No es que el Papa se fiara de los citados gregorianos. A veces ni él mismo parecía serlo. Pero don Stefano, como John seguía llamándolo, gozaba verdaderamente de la confianza del Papa. Trabajaba en la sección de relaciones con los Estados, el «Ministerio de Exteriores» de la Santa Sede. Y se encontraba entre aquellos que, aun contando con la amistad del número uno, nunca jamás se había aprovechado de ello, como en cambio habían hecho otros, logrando obtener significativas promociones. —Pues bien, querido amigo, necesito que mañana salgas para Moscú… —¿Por qué? —Bueno, verás, nos ha llegado la noticia de que allí, en los últimos días, ha ocurrido algo… Han encontrado algo que… quizá haga falta… en fin… —Stefano, me parece estar hablando con mi vieja portera, que tiene alzhéimer… —Bueno… verás, parece que ha ocurrido algo en la Basílica de la Dormición, la del Kremlin, la iglesia más antigua de la ciudad. —¿Pero algo de qué tipo? —Un descubrimiento clamoroso, pero no me preguntes más, porque no tengo más información. Tampoco el nuncio apostólico ha sido capaz de explicarnos más. Lo único que sé es que se Irata de un descubrimiento ligado a un antiguo icono… —Los iconos siempre me han apasionado… —murmuró John, dirigiendo la mirada a la pared del salón, donde se encontraban algunas piezas raras, como una natividad cinquecentesca y una pequeña desis, un tríptico con Jesús, el Bautista y la Virgen, miniada por la famosísima Escuela de Palech. —Te sumarás a una delegación: el arzobispo de Bari viaja mañana a Rusia por invitación del patriarca Nikon. Tú serás el periodista que cubrirá la información. —¿Y qué se supone que tengo que hacer? —Oficialmente, nada. Pero quizá consigamos una entrevista con Nikon. A propósito… nos interesaría que le hicieras una pregunta concreta… —¿Cuál? —¿Podrías preguntarle qué piensa de la liberalización del misal antiguo, el rito preconciliar, que el Papa tanto ha deseado? Una palabra de apoyo de los hermanos ortodoxos nos ayudaría en este momento. —Lo intentaré… A propósito, ¿cómo hago para salir sin el visado…? No tengo tiempo… —Ya hemos pensado en ello. ¿Por quién nos has tomado? Cuando el monseñor de orígenes sicilianos hablaba en plural mayestático, se podía estar seguro de que el objeto de su razonamiento eran sus propias capacidades, ocultas tras las de la Secretaría de Estado. —¿Qué quieres que te diga…? Está bien… —dijo Costa. —¡Perfecto! Lo sabía. Aquí tienes el billete. Como ves, está ya a tu nombre. Estaba seguro de que no me ibas a traicionar dijo sonriendo. —¿Cómo está el Papa? —preguntó Costa cambiando de tema. —Con algunos achaques, pero aun así está estupendo. Como puedes imaginar, está preocupadísimo por los episodios ocurridos en Estados Unidos. Las cuatro manifestaciones contra la Iglesia católica que han tenido lugar simultáneamente ante las catedrales de Nueva York, Boston, Los Ángeles y San Francisco lo han herido personalmente. No sé si has visto los carteles y las pintadas…
  • 14. —Por desgracia, sí —susurró John, casi avergonzándose de ser americano. —Pero no es sólo eso… Hay algo más —añadió monseñor en tono confidencial. Costa permaneció en silencio. —¿Has visto el éxito de esa novela dedicada a María Magdalena, a su unión con Jesús y a su presunta descendencia? —Cincuenta millones de copias vendidas… —¡Setenta, no cincuenta! ¡Setenta! Y casi todas han sido vendidas en países que se suponen cristianos. —No pienses en ello, Stefano. Una novela es sólo una novela. Un libro para leer en la playa, de vacaciones. Es ficción… —Son muchos los que piensan como tú —añadió el prelado siciliano liberando el rígido alzacuellos blanco que llevaba en el clergyman—. Son muchos… pero verás, no es justo hacer como si no pasara nada. No podemos decir que sólo es una novela, que qué mal va a hacer. —¿Y qué se debería hacer, según tú? —Verás, he conocido a muchos sacerdotes en estos últimos meses que me han contado siempre la misma historia. Adultos, pero sobre todo jóvenes, que han leído la novela y después han dicho: «Vosotros, los sacerdotes católicos, nos habéis estafado durante dos mil años». Y muchos han perdido la fe. —No estoy yo ciertamente en condiciones de escupir sentencias sobre el argumento, como bien sabes… pero si se pierde la fe leyendo una novela, significa que esa fe ya no estaba antes, o era un reclamo muy débil, un hilo muy sutil, como para ser tronzado al primer golpe de viento… —Tienes razón, John, y a la vez te equivocas… Tienes razón, porque si uno pierde su fe leyendo una obra de fantasía, es porque la fe no estaba arraigada, le faltaban razones, fundamentos sólidos. Pero te has equivocado, porque no nos lo podemos permitir… No podemos decir: bueno, es una novela, si hace entrar en crisis a unos cuantos, mejor, porque así a nosotros nos quedan los más convencidos. Pero no es tan sencillo. Hay un profundo dolor que atraviesa el corazón del Santo Padre en este momento. Le están confundiendo a la grey, ¿no lo entiendes? Están poniendo en duda todo aquello en lo que creemos, el fundamento mismo de nuestra fe… —¿Pero cuál es la novedad, Stefano? —preguntó John, echando en la tacita la última gota de café, ya frío—. Desde siempre ha sido así. ¿No ha sido así incluso desde el inicio y después a lo largo de los siglos? —Sí, pero verás, John, hay una diferencia fundamental. Hasta hace unos años estos ataques contra la fe, que son ataques contra la historicidad de los Evangelios y de Jesucristo, se daban en el ámbito académico por parte de intelectuales, estudiosos, y permanecían encerrados en esos ámbitos. Discutían los teólogos, se enzarzaban los biblistas, pero los simples fieles, la gente común, casi no se daba cuenta. Eran ataques directos, tremendos, no lo niego… pero la fe de los sencillos permanecía intacta. Costa seguía el razonamiento de su amigo con la intención y la tensión de quien está a punto de hacer un importante descubrimiento. —Hoy, en cambio —continuó don Majorana—, algunas leyendas se venden en los escaparates de los supermercados y de los quioscos. Ya no pasan a través de las universidades, los ámbitos académicos, los centros de investigación. Es más, éstos están sistemáticamente apartados, quizá porque esas tesis no son nuevas en absoluto y ningún estudioso serio las tomaría en consideración. Se ha pasado a la difusión en masa. Y si quien lee no tiene formación, queda tocado, fascinado, hechizado. Hojea las páginas de una novela y cree estar leyendo un ensayo científico. Le parece tener
  • 15. ante sí un texto histórico. Son publicaciones eficacísimas… —¿Por qué hablas en plural? ¿No era sólo una novela la que le preocupaba? —No, John, no hay sólo una. Hay muchos otros libros, ensayos, opúsculos. Hay programas de televisión, investigaciones en Internet… ¿No te has dado cuenta del renovado interés que existe en torno a la figura de Jesús? —Me parecía que eso llevaba interesando dos mil años — respondió el periodista. —Hay libros que intentan explicar las apariciones de resucitados como episodios de histeria y pintan a la Magdalena como víctima de alucinaciones… —Bueno, se intenta dar una explicación racional… ¡a la resurrección! —Racional no, John, una explicación humana, o si quieres psicoanalítica, quizá sociológica… Pero recuerda que absolutamente todos deben reconocer que existe un cambio en aquellos primeros discípulos entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua, un inexplicable cambio, para comprender el cual no bastan todas las categorías de la sociología. Algo debió de ocurrir realmente cuando aquel grupúsculo de desbandados, destruidos y afligidos tras la ignominiosa muerte de su Maestro, de pronto partió y se dispersó por todo el mundo entonces conocido, dejándose matar por dar testimonio de que había resucitado y de que lo habían visto de nuevo entre ellos… —Te sigo, pero no te entiendo. —Muchas valiosas y buenas personas, leyendo ávidamente ciertos libros, atribuirán un valor decisivo a aquellos pasajes, quizá porque la fuente es un estimado biblista, cuya autoridad sirve en cambio para cubrir hipótesis no demostradas e indemostrables… —¿Y el Papa qué dice? —Hemos hablado de ello —admitió don Stefano. Pero no era necesario que se lo dijera. Ya otras veces el prelado había confiado a John el fruto de sus largos diálogos con Gregorio XVII. —Dice que la difusión de estos libros, la campaña publicitaria, ciertas reacciones dirigidas parecen el resultado de un proyecto maquinado por una únicamente… —O sea, un complot. —No utilices en vano esa palabra. Yo hablaría más bien de mi ataque bien orquestado. —¿Por quién? —le interrumpió el periodista. —No lo sé, John. Nuestro enemigo debería saberlo, en el fondo es sólo uno, pero estamos convencidos de que no lo conseguirá: et portae inferi non praevalebunt adversus eam2 . Costa y Majorana permanecieron algunos minutos en silencio. Los dos habían escogido un punto de fuga para la mirada, fijándose en algún detalle de la pared. Después, finalmente, el sacerdote se levantó, volviéndose a colocar el alzacuellos que antes se había aflojado. —Bien, John, gracias por el café y perdona por la charla excesiva. —Gracias a ti, don Stefano. Te llamo mañana desde Moscú. —Mantén los ojos abiertos. Debemos saber más… Mientras decía estas palabras, pasó al periodista, con actitud insólitamente circunspecta, una tarjeta de visita. Estaba escrita por las dos caras, una en cirílico y la otra en caracteres latinos. —Ponte en contacto con él si lo necesitas… Te ayudará. Pero no puede exponerse personalmente. ¿Entendido? —Ok —dijo Costa, asintiendo. Apenas despidió a su amigo, se puso a preparar la maleta. Decidió viajar sólo con el equipaje de
  • 16. mano. Tres mil doscientos kilómetros lo separaban de la capital de la Federación Rumi y de un descubrimiento sensacional. En poco más de tres horas de vuelo, los habría recorrido.
  • 17. Capítulo 3 EL jumbo de la Royal Jordan Airlines aterrizó sobre la pista con la delicadeza y la ligereza de un albatros. Puntualísimo, a las cuatro de la tarde, hora local. Kate se había quedado encantada con el servicio de a bordo. John se lo había descrito en términos entusiastas, pero ella no le había dado mucha importancia: en el fondo, su marido había viajado desde Amán a Tel Aviv en un vuelo especial de la compañía, puesto a disposición del rey Abdallah para llevar al Papa desde Jordania a Israel a mediados del Año Santo del 2000. «Me imagino que el trato habrá estado a la altura… de su alteza y del "soberano" Pontífice», le había dicho ella subrayando con la voz la palabra «soberano» cuando su marido se lo había recordado. «Figúrate», había apostillado él con el talante de quien se las sabe todas. Pero John tenía razón. Al viajero se le trataba realmente con una cortesía especial, tanto como la cuidadísima preparación de la comida servida en el avión. Un delicioso pollo al curry, tortilla de queso, dátiles frescos, ensalada de fruta, dulces de miel y canela y zumos naturales. Menú de business class. Los miembros de la expedición la habían conseguido sin pagar más que en clase turista gracias a la intervención de la embajada de Jordania en Italia, que había favorecido a la misión italiana de todas las maneras posibles, a cuenta del gobierno de Amán. Toda iniciativa que creara un nuevo interés por los lugares arqueológicos del país era considerada una bendición del cielo. Mientras aguardaban a la facturación, a la doctora Duncan le había tocado sentarse al lado del jefe de la expedición, el profesor Antonelli, y éste la había incomodado un poco. Trabajaba desde hacía tiempo con él, pero el estilo del arqueólogo era el de mantener las distancias y no conceder familiaridad a nadie. Lo había observado largo rato, mientras hacían cola con aquella sólida mole de maletas. Aunque no todo su equipaje estaba allí: la semana anterior habían enviado muchas cajas, y bastantes cosas las alquilarían aún al llegar a su destino. Durante la espera, el profesor había estado todo el tiempo pegado al móvil, charlando con una amiga. Era un tipo que se hacía notar. Cuarenta y ocho años muy bien llevados, un físico atlético, cabellos encrespados, piel perennemente bronceada incluso en los meses invernales que pasaba en la universidad, lo cual hacía deducir a sus subalternos que algo de rayos uva había en todo aquello. Llevaba una sahariana color tabaco, calzado especial y un reloj-brújula-localizador-GPS que por sí solo habría bastado para pagar todo lo que Kate llevaba en la maleta, ordenador incluido. El toque final era un sombrero de tela mimético con largos faldones —del tipo que usaba el ejército de los Estados Unidos— que llevaba involuntariamente un poco torcido. Al verlo llegar a la Terminal B, más de uno se había girado para mirarlo. Un grupito de estudiantes romanos, camino de un fin de semana en Londres, lo habían saludado con un «ahí va Indiana Jones». En efecto, Antonelli tenía más de un punto en común con el Harrison Ford de la exitosa serie fantástico-arqueológica. Empezando por la vestimenta. Kate no logró enterarse de quién estaba al otro lado del teléfono mientras ayudaba a los maleteros a empujar el equipaje, incluido el del profesor. Sabía que Antonelli estaba casado con una brillante abogada florentina y que tenía un hijo, Guidalberto, un nombre que era toda una declaración de intenciones. Pertenecía a una familia de nobles orígenes, era dueño de un palacio en el Montefeltro, un lujoso apartamento en Roma, un piso bajo en Nueva York. Quién sabe por qué Kate ya estaba convencida de que aquellos remilgos a través del teléfono móvil, insólitos incluso para este personaje, no estaban dirigidos a su esposa, sino a otra mujer. Probablemente detrás de su convicción no había tanto intuición femenina como experiencia: dos personas casadas no se hablan así. Por lo menos, ella y John no lo habrían hecho jamás. Él era controlado y enemigo de romanticismos —excepto en algún
  • 18. caso raro—; ella, reservada y sentimentalmente introvertida. A ambos les producían urticaria ciertos ademanes vistosos, cierto afecto exhibicionista, ciertos guiños y movimientos de pestañas enamoradas. No era que aquello significase falta de afecto, de pequeñas atenciones, de caricias. No. Pero ninguno de los dos creía que ciertas cosas se tuvieran que airear. Aquella atención hacia la llamada de su jefe había sido percibida por su secretaria, la señorita Francine Smith. Una mujer que rondaba la treintena, baja y más bien gordita, pero no privada de cierto encanto que intentaba aumentar con escotes audaces y sostenes capaces de revalorizarla. Se sabía poco de ella, más allá de que había llenado a Italia muy jovencita con sus padres americanos, y que la familia no se había vuelto a marchar. En los pasillos de la Universidad se susurraba que había sido alumna de Antonelli y que había mantenido una relación con él. No pudiendo hacer ella carrera en el instituto, el profesor había conseguido que la hicieran adjunta a la secretaría. A Francine no le había agradado aquella vigilancia sobre las llamadas privadas del arqueólogo y un par de veces había lanzado elocuentes e imperiosas miradas a Kate para disuadirla. La doctora Duncan permaneció con dudas durante todo el viaje. A bordo, Antonelli sacó de la bolsa unos mapas y el plan de trabajo de las excavaciones. Ella no sabía cómo comportarse, no consiguió relajarse más que durante la brevísima pausa para alcanzar el baño. El profesor no le había prestado particular atención. Se había limitado a unas pocas palabras de circunstancias, pregúntale cómo estaba y si estaba con las pilas lo suficientemente «cargadas» para la misión que iban a desarrollar. Sólo después de haber terminado el óptimo almuerzo, compuesto de una selección de chocolate negro acompañado de un vaso de brandy, Kate se había armado de valor y le había preguntado: —¿Está usted seguro de que yo le pueda ayudar? —Claro que estoy seguro —dijo él de inmediato. Y añadió enseguida: —Verá, doctora Duncan, en una de esas pequeñas colinas artificiales de Pella, formadas por ruinas sepultadas, en los alrededores de la iglesia de época bizantina, se ha hecho un hallazgo importante. En aquella estancia subterránea… —Sí, lo sé, han encontrado un fragmento de papiro —lo interrumpió ella. —Esto es lo que sabemos y de lo que hemos discutido en estos días. El hecho es que… yo tengo alguna información más, que no quería revelar antes de nuestra partida. ¿Sabe? Es mejor ser prudente. En Roma, hasta las paredes oyen. Y además, si no me equivoco, usted es mujer de un periodista… Esta última afirmación sacudió a Kate, pero había preferido encajar el golpe, pensando para sí: «¡Será cabrón…!»—Las cosas no están exactamente así —prosiguió Antonelli—. En realidad, nuestros colegas jordanos han encontrado bastante más que un fragmento… Varios rollos… El problema es que después de haberlos sacado a la luz, al contacto con el aire prácticamente se han disuelto. Un fragmento importante se ha salvado porque había sido el primero en ser desenterrado y era lo bastante pequeño como para ser introducido en la funda plastificada de un pasaporte… —Lástima. Un comportamiento criminal… —No sea tan severa: el que estaba excavando buscaba piedra, seguía el perímetro de una antigua vivienda. No esperaba encontrarse unos papiros. Kate estaba a punto de continuar con otra pregunta, cuando un azafato se dio cuenta de que el reloj-brújula-GPS de Antonelli tenía la señal de satélite todavía encendida y como tal habría podido perturbar el vuelo. Fiel a su vocación de amabilidad y hospitalidad, el joven se había acercado y susurrado al oído del arqueólogo la orden tajante de apagar el aparato. Prácticamente nadie se había dado cuenta de nada, ni siquiera Francine, que al otro lado del pasillo
  • 19. habría querido registrar cada palabra que su jefe dirigía a la agradable doctora Duncan, a quien ella consideraba a la altura de una rival amorosa. Solo Kate había comprendido, y esa apariencia un poco alocada y distraída, más que el hecho de ser causa de peligro para todos los viajeros, había incomodado al profesor, que de pronto se dio cuenta de que había perdido parte de su atractivo ante ella. Desde aquel momento casi no volvieron a hablar. En cambio, quienes no habían dejado un solo instante de charlar habían sido los dos becarios, Luigi Grano y Luigi Orlandi, conocidos entre ellos como —Luigi & Luigi—, dos jóvenes romanos con grandes expectativas y con la pasión de la arqueología en las venas. Ambos, licenciados con las mejores notas, estaban atravesando el Mar Rojo del aprendizaje. Atrapados como tantos coetáneos en el limbo de los precarios, teman contratos de tiempo parcial y varias becas de estudio. Su dependencia de Antonelli era total. Más de una vez el profesor había pedido —más bien pretendido— y conseguido que uno de los dos lo siguiera de cerca, armado con un cronómetro, mientras intentaba mejorar su pequeño récord en canoa. Grano tema el sobrenombre de «Gigi», y sabía el griego antiguo al dedillo. A Orlandi le llamaban «Luigino» y ya era todo un experto en las excavaciones. Kate no había podido por menos que escuchar algún fragmento de su conversación. Durante más de tres horas habían hablado sólo de aventuras amorosas. Apenas tocó tierra el jumbo de la Royal Jordan Airlines, la cahuín fue un espectáculo de musiquitas. Cada pasajero había reiniciado su móvil. También Kate lo hizo, pero tuvo que esperar bastante hasta que su aparato recuperó la señal en roaming. Quería llamar a John, decirle que todo había ido bien, pero él ya lo sabía. Cada diez minutos había interrumpido la preparación de su equipaje para verificar online el aterrizaje del vuelo en el que viajaba su amor. Era también un modo como otro cualquiera de ordenar las ideas: cuando le tocaba hacerse la maleta solo, siempre se le olvidaba algo esencial. Como aquella vez en Barcelona cuando tuvo que presentar un libro en el Instituto di Cultura italiana: se había dado cuenta en el último minuto de que no se había llevado la corbata. Había conseguido una in extremis, suplicándole al director del hotel. La debacle había sido total cuando vio que también se había dejado los zapatos negros en casa, y así, dado que el coche estaba esperando en la entrada del hotel, y él claramente no tenía tiempo de irse de compras, había ido a la conferencia con un traje gris de lana, la corbata de seda negra y los zapatos de gamuza marrón de trekking. Un toque un poco snob, evidentemente no deseado, que no había escapado a sus —pocos oyentes de aquella tarde. El teléfono de casa sonó. —John, acabo de aterrizar. —¿Cómo ha ido el viaje? —Todo bien. Te dejo porque vamos a bajar. —Sólo quería decirte que yo también me voy… —¿En serio? ¿Adónde vas? —A Moscú. —¿A qué? —Me uno a una delegación, pero ahora no te puedo explicar… —De acuerdo —dijo Kate, antes de cortar la comunicación, llena de curiosidad.
  • 20. No tuvo tiempo de volver a pensar en su marido. Se vio casi atrapada por el frenesí de los pasajeros de las filas traseras que intentaban alcanzar la salida. Viajaba a menudo y estaba preparada para la escena. No comprendía el porqué de aquel comportamiento, dado que todos iban a salir antes o después, y que ganar una o dos posiciones no habría significado nada, entre otras cosas porque casi todos volaban con enormes maletas en el depósito de carga y la espera ante la cinta de equipajes iba a descompaginar las eventuales clasificaciones. Antonelli, que había bajado el primero y a través del finger había alcanzado la sala de llegadas y de control de pasaportes, esperó también a Kate, Francine y los dos Luigi antes de ponerse en la fila. La misión había comenzado. Las formalidades se agilizaron con una velocidad excepcional, mérito una vez más de la embajada de Jordania. También las maletas llegaron en un santiamén. La primera impresión de un país para la doctora Duncan estaba siempre representada por su aeropuerto: un criterio muy subjetivo, a la par que discutible, pero que ella aplicaba inexorablemente. El Queen Alia International Airport se le apareció como una larva en proceso de transformación, a mitad de camino entre la oruga y la mariposa: por todas partes había obras abiertas para trabajos de ampliación. Le sorprendió la amabilidad del personal. Esperando al grupo ante un minibús Mercedes bastante lucido, había un conductor de mediana edad, más bien robusto, y un joven alto con gafitas redondas, esperando al grupo. —Buenos días, profesor… ¡Bienvenido a Amán! —dijo en un perfecto italiano, inclinándose ligeramente ante Antonelli. Hizo lo mismo con los otros componentes de la misión. —¿Cuál es el programa para esta tarde? —cortó el arqueólogo, irritado por las zalamerías (parecía un hombre completamente distinto a aquel que pocas horas antes besuqueaba el móvil). —Ahora nos vamos al hotel, a Amán. Y para esta noche he hecho una reserva en el mejor restaurante libanés de la ciudad. Os encontraréis bien. Os gustará. Y mañana… —Salimos hacia Pella. ¡Al amanecer! —volvió a cortar Antonelli, que en todo momento parecía tener que reafirmar sus prerrogativas de jefe de expedición. El recorrido desde el aeropuerto al hotel Le Meridien Amán, un cinco estrellas en el centro del barrio comercial de la ciudad, fue para Kate la primera desilusión. Sus ojos esperaban ávidamente ver los shuks33 , las ruinas del anfiteatro romano, las características de una capital de Oriente Medio llena de historia. En cambio, se encontró ante rascacielos nuevos de ceca, casi todos iguales al primer golpe de vista. Y ante edificios, palacios y casas muy recientes, construidas en piedra blanca, también todas ellas iguales. La primera sensación fue la de encontrarse inmersa en una realidad un poco falsa, precisamente la misma sensación que había sentido cuando aterrizó por primera vez en Astana, la nueva capital de Kazajstán. Karim, que así se llamaba el joven licenciado en Cambridge que les hacía de guía, desgranaba al micrófono algunos datos sobre la ciudad, sin que los integrantes del Mercedes le hicieran mucho caso. —La población de Amán es de casi tres millones de personas, pero en los últimos tres años ha crecido vertiginosamente a causa de la llegada de un millón de prófugos iraquíes huyendo de la guerra. Nadie comentó aquella información. —La ciudad está viviendo un momento de gran expansión y se divide en dos partes: la occidental, con los rascacielos, los pubs, los centros comerciales, las discotecas, los hoteles de nivel internacional… En la parte oriental, en cambio, están los viejos mercados y el anfiteatro romano… —A saber por qué vivimos siempre en la parte equivocada de las ciudades… —susurró Kate, que habría preferido una pequeña pensión con vistas a las ruinas o al shuk, más que el confort anónimo de
  • 21. los grandes hoteles, siempre iguales tanto si estás en El Cairo, en Hong Kong o en Las Vegas. Viendo aquellas casas todas iguales y las pancartas coloreadas suspendidas hacia el exterior que anunciaban su venta o su alquiler, no pudo evitar pensar que aquélla era la misma sensación que había experimentado John cuando había llegado con el séquito del Papa. Le Meridien Amán estaba compuesto por dos torres blancas de nueve pisos cada una. La entrada estaba inmersa en un jardín lleno de flores y esparcidos por el hotel se encontraban más de cinco restaurantes que ofrecían menús americanos, internacionales, libaneses, japoneses, e incluso especialidades de Mongolia. Las habitaciones eran confortables y Kate lanzó un suspiro de alivio al encontrar en la pared en la que se apoyaba el escritorio la entrada de red para conectar inmediatamente el portátil. Se asomó a la enorme ventana sellada, lanzando una mirada panorámica sobre aquella extensión de edificios. No podía saber aún que participaba en una misión que le iba a cambiar la vida. No eran todavía las seis de la tarde y tenía ganas de darse una ducha antes de bajar con los demás para cenar. Pero le ganó, como siempre, la curiosidad: encendió el ordenador, le echó un vistazo al blog de su marido sin encontrar ninguna actualización y descargó el correo electrónico. Allí estaba el email que John le mandaba puntualmente al inicio de cada viaje con el habitual «Estoy a tu lado» escrito en mayúsculas. Después, finalmente, se metió en la ducha y se quedó allí largo rato. Amigos, es un placer veros de nuevo, espero que hayáis descansado. Y sobre todo espero que tengáis mucha, mucha hambre —dijo Karim a los componentes del grupo reunido en el vestíbulo. El microbús se vació ante la entrada del restaurante Tannoureen, después de un recorrido de casi un cuarto de hora. El ambiente era sugerente y rico en olores. Había hombres de negocios que cenaban y discutían, alguna parejita, una comitiva de turistas ingleses. Para el «Profesor Antonelli y sus colaboradores» se había dispuesto una mesa en una sala aparte. El aire de la tarde, que penetraba desde una ventana semiabierta, era cortante y todos tenían apetito. Como era de esperar, fue una cena pantagruélica. Karim se afanaba en explicar el menú y en dar consejos no solicitados. Pero en aquella mesa había gente de mundo, no era la primera vez que probaban la cocina libanesa, la más refinada de Oriente Medio. A pesar de lo cual hubo sorpresas, como una rara especialidad a base de pescado frito, e insospechables variedades de carnes a la brasa, todo ello obviamente precedido de los inevitables entrantes de salsas y verduras especiadas servidas con el óptimo pan ligero, recién cocido. Sésamo, garbanzos, berenjenas, ajo, guindillas, ensalada de perejil, crepes de hojas de vid con carne y arroz… Cuencos y tacitas de terracota decoradas a mano con hummus y tajine, tabule, falafel y yebraq, un torbellino de colores y sabores estimulantes. Todo se servía en un gran plato central giratorio de madera que señoreaba el centro de la mesa. Y un ir y venir de camareros de Alí Babá amenizaba la velada. Después del viaje, Antonelli parecía más relajado. Esta vez, Kate había conseguido apartarse un poco y se había sentado al lado de Karim. A la derecha del profesor estaba la fidelísima Francine, que no perdía una sola palabra y asentía a cualquier cosa que dijera él. —Permitidme que os lea un pasaje que no nos es desconocido… —atacó el arqueólogo, extrayendo de su bandolera un libro que tenía toda la pinta de ser antiguo. En la sala se hizo un silencio de espera.
  • 22. —Ya sabéis muchos detalles de nuestra misión: tenemos que contribuir a sacar a la luz restos del siglo I antes de Cristo que han sido descubiertos justo al lado de la iglesia bizantina de Pella. Tenemos una orden precisa para esto y la financiación necesaria para llevar a cabo al menos un par de meses de excavaciones. Teniendo en cuenta que el área en cuestión es muy restringida, yo creo que, si todos dan el máximo —y no me refiero a vosotros, que ya sé que os vais a entregar, de otro modo no estaríais aquí, pienso en nuestros colaboradores locales—, confío en poder terminar el trabajo a tiempo… Quedó en suspenso mirando a cada uno a los ojos. Todos habían comprendido que iba a añadir algo más, entre otras cosas porque había abierto el libro en una página concreta, pero aún no había leído nada. Sólo Karim aprovechó aquel momento para entrometerse y anunciar la inminente llegada de las bandejas de dulces hechos con pasta de hojaldre, almendra, miel y pistachos. El profesor lo fulminó con la mirada y él se dio prisa en detener con un simple gesto de la mano una nueva procesión de camareros, con notable disgusto por parte de Kate y también de los dos becarios. —Como sabéis, una misión arqueológica debe estar siempre abierta a lo imprevisto —era una frase tópica que Antonelli repetía a menudo durante sus lecciones, explicando cómo muchos descubrimientos extraordinarios habían ocurrido por casualidad—. Y la nuestra no va a ser menos. Me permito señalaros estas líneas escritas por Eusebio de Cesarea al comienzo del siglo cuarto de nuestra era. Esta que tengo en la mano es su Historia Eclesiástica… Libro tercero, capítulo quinto, tercer párrafo. Todos, excepto Francine y Karim, comprendieron anticipadamente cuál iba a ser la cita. Antonelli leyó con la voz impostada, como si recitara, contribuyendo a hacer un poco ridícula la situación: «Los fieles de Cristo se encaminaron a Pella, después de haber salido de Jerusalén para que los hombres santos abandonaran completamente la metrópolis real de los judíos y toda la región de Judea». Lo miraron permaneciendo aún en silencio. En sus rostros se podía leer la pregunta: «¿Y bien?». —Como ya sabéis —dijo Antonelli—, en la ciudad a la que nos dirigiremos mañana se refugiaron los cristianos al inicio de la revuelta judía, cuando los hebreos se levantaron contra los romanos y todo terminó en un baño de sangre y la destrucción de Jerusalén y del templo por orden de Tito en el año 70… Todavía silencio. Eran cosas conocidas. Y no se sabía a donde quería ir a parar el arqueólogo. —Siempre he pensado, leyendo este pasaje, en el hecho de que ciertamente la primera comunidad de seguidores de Jesús se habría llevado consigo todo lo posible… —¡Compatible con una huida! —lo interrumpió Luigi Grano. —Sí, cierto —siguió el profesor con un gesto de impaciencia que traicionaba su aversión a ser interrumpido—. Pero hay algo que seguramente aquellos hombres y mujeres habrían llevado consigo en la huida… la biblioteca de la comunidad. Otra larga pausa de silencio… Grano se abrió paso de nuevo. —Profesor, usted da por descontado que había una biblioteca. —No, Gigi. Yo imagino que habría manuscritos… los logia, la antología de los dichos de Jesús, y los Evangelios… —Una hipótesis fascinante… —dijo Francine con aire vagamente ensoñador, atraída sólo por el innegable encanto de su jefe. —Algo más que una hipótesis —añadió Antonelli—, porque está aceptado por casi todos los biblistas el hecho de que los Evangelios fueron redactados durante el 70 y el 90 después de Cristo. —Pero la huida de Jerusalén a Pella de la que habla Eusebio de Cesarea ocurrió poco antes del 70 — observó Kate, interviniendo en la discusión.
  • 23. —Estaba diciendo que si ese lapso de tiempo es la datación comúnmente aceptada, nuevas investigaciones llevan, en cambio, a retrasar la fecha de creación de los Evangelios. «Ahora sacará lo del 7Q5», pensó Luigi Grano mordiéndose la lengua. Antonelli prosiguió como si lo hubiera oído. —Por ejemplo, está la prueba del fragmento 7Q5 de las grutas de Qumram, el lugar donde vivía la comunidad judía de los esenios, un grupo que tenía puntos de contacto con los primeros judeocristianos. En las grietas que se abren inesperadamente en las paredes en vertical sobre el Mar Muerto, hace más de cincuenta años, se encontró un verdadero tesoro, una biblioteca. Oficialmente se trató de un descubrimiento casual hecho por un beduino palestino que perseguía a una cabra que se había escapado de su rebaño. Se llamaba Muhammad Ahmed el-Hamed, apodado ed-Dib, «el Lobo». Junto a otros jóvenes, al lanzar una piedra en dirección a la gruta, se dio cuenta de que la piedra había golpeado y que el ruido era extraño. Dos días después, al amanecer, sin esperar a sus compañeros, ed- Dib comenzó a explorar el lugar, topándose con algunas tinajas, una de las cuales contenía tres rollos de pergamino, dos de ellos envueltos en paños de lino. A continuación, se descubrieron más grutas y el valioso material aumentó considerablemente. Nunca me he creído esta leyenda, y creo que más bien que se trató de un descubrimiento guiado, de un acuerdo entre ladrones de tumbas y autoridades. Los primeros se habían dado cuenta de que habían puesto las manos en un tesoro demasiado grande para ser gestionado, y las segundas aceptaron la oferta dejándoles en cambio vía libre para robos menores. —¿Qumrán era por tanto la biblioteca de los esenios? —preguntó Karim, que después de detener las bandejas de dulces había hecho lo mismo con la bailarina del vientre acompañada de una orquestita y encargada de amenizar con sus sensuales movimientos el fin de fiesta de la comitiva del Tannoureen. —Creo que no —respondió el arqueólogo— porque en las grandes ánforas custodiadas dentro de las grutas se descubrieron pergaminos, óstraka, es decir, fragmentos de barro con inscripciones, y, sobre todo, rollos de papiro que se corresponden de manera perfecta con la Biblia judía y por tanto con el Antiguo Testamento cristiano. Pero se encontraron también muchísimos textos apócrifos, como por ejemplo los libros de Enoch o el llamado rollo de la guerra. La inmensidad del hallazgo hace considerar muy improbable que se tratase «sólo» de la biblioteca de los esenios y alguno adelantó la hipótesis de que aquellas grutas, que suponían un microclima ideal para la conservación de los manuscritos y cuyas entradas fueron cerradas antes de la huida, custodiasen en realidad la biblioteca del templo de Jerusalén, toda o en parte. En cualquier caso, se trata de documentos que datan de un periodo anterior al del abandono del monasterio esenio, se presume en torno al año 68, a continuación de la primera revuelta judía. Y aquí viene lo extraordinario: en la gruta número cinco se halló un fragmento de papiro grande del tamaño de un sello, el número 7. Un gran papirólogo, el jesuita José O'Callaghan, tras años de estudios, demostró que se trataba de un pasaje del Evangelio de Marcos en lengua griega. ¡Pero atención! No de una frase de Jesús que habría podido pertenecer a los dichos que servían como base a los Evangelios, y ser por tanto preexistente, no, se trataba de un pasaje narrativo, descriptivo, salido de la pluma del autor… ¿Comprendéis lo que esto significa? —Sí. Si realmente fuese así, significa que en aquella gruta estaba el texto del Evangelio de Marcos, y que éste tuvo que ser escrito bastante antes del 70 —concluyó Kate, subrayando las primeras palabras, demostrando creer que la del jesuita no era más que una hipótesis de trabajo y no una certeza. Antonelli le siguió el juego. —Comprendo lo que quieres decir. Una parte de la comunidad científica no acepta la tesis de
  • 24. O'Callaghan, en la cual sin embargo yo personalmente creo… Pero os ruego que la consideréis sólo como una mera hipótesis de trabajo, la premisa para el razonamiento que estoy a punto de hacer. Es decir, si ya antes del 68 existían versiones escritas del Evangelio de Marcos en griego, no podemos excluir que las hubiera también de otros evangelistas o que existieran versiones originales en arameo o en hebreo traducidas al inglés de entonces, el idioma que todos comprendían: el griego. Esto significa, y estoy hablando siempre en hipótesis, que la comunidad que huyó de Jerusalén a Pella podría haber llevado consigo y custodiado como un valioso tesoro aquellos escritos que contaban la vida de Jesús. ¿No creéis? Ahora todos lo veían claro. La verdadera vocación del profesor Antonelli se definía cada vez más. Seguía siendo un arqueólogo, un buen arqueólogo, pero con el paso del tiempo se comprendía que habría preferido los instrumentos para dedicarse al estudio de los papiros, a su datación, a su interpretación. Por eso había iniciado su colaboración con Kate Duncan. —La comunidad cristiana de Pella —objetó Grano—, después de algunos años de exilio, volvió a Jerusalén, y presumo que se llevarían consigo algunos escritos… —Tienes razón, Gigi, pero los testimonios arqueológicos que tenemos, sobre los que trabajaremos también nosotros —y tú los conoces bien porque hace un año que hacemos estudios topográficos— están demostrando que en Pella se quedó una comunidad cristiana. ¿Crees realmente que en los años que pasaron allí, a salvo de la guerra, no hicieron copias para uso de la comunidad? —Una hipótesis fascinante, pero esto lo podríamos imaginar también en Antioquía, Éfeso, y otras tantas ciudades… —No estoy de acuerdo. ¿Ves?, aquí hay una diferencia. Tenemos una fecha precisa para la huida de los primeros cristianos de Jerusalén. Finalmente quedó clara para todos la secreta esperanza de Antonelli: encontrar una huella, aunque fuera debilísima, de los primeros escritos de la comunidad judeocristiana. —Me doy cuenta de que esto es solamente un sueño, que por tanto pertenece a una de esas imponderables categorías existenciales que nuestra ciencia no contempla. Quería de todos modos haceros partícipes de este sueño… Sólo una persona, en aquella mesa, sabía que lo del profesor Antonelli era algo más que un sueño. Y su propia presencia lo demostraba. ¿No era ella experta en la primera fase de conservación de los papiros? Muchos de los textos de Qumrán se habían deteriorado con el paso de los años y ahora algunos fragmentos originales eran casi inservibles: la única salvación estaba en las fotografías hechas poco tiempo después del descubrimiento. Kate, a la que no se le escapaba prácticamente nada, notó que el rostro de Karim se había ensombrecido un poco, pensativo. Era difícil imaginar que se tratase sólo de una reacción de incomodidad ante la gélida mirada que le había dedicado poco antes. Su rostro, ya oscuro de por sí, se había oscurecido poco a poco conforme el arqueólogo revelaba sus sueños. Fue un detalle insignificante que inquietó a la doctora, mientras todos los demás estaban distraídos por la llegada de los dulces, traídos por camareros que parecían haber sufrido por la excesiva inactividad y que invadieron la sala con una cantidad considerable de bandejas: el golpe de gracia calórico para una cena ya abundantísima. También había triunfado la bailarina del vientre que, al darle vía libre, entró extasiando a todos con su arte. Solo Kate, engullendo considerables porciones de dulces, no sonrió. Le daba vueltas a aquella repentina mirada de odio que se había materializado detrás de las gafitas redondas del hombre que les hacía de guía.
  • 25. Capítulo 4 —DURANTE la próxima media hora le agradecería que no me pasara con nadie. Me siento al ordenador para terminar un trabajo. Tome usted nota de cada llamada —dijo en voz alta, con tono amable, el hombre que se asomó al umbral de la secretaría. Volvió a entrar en el despacho, espacioso y bien decorado, abrió la puerta a espaldas del escritorio de madera de haya, rebosante de papeles, carpetas y documentos, todos perfectamente ordenados, y entró en la segunda salita, menos amplia pero más familiar, donde se encontraba el ordenador ya encendido. Cerró la puerta, pero en lugar de sentarse ante la pantalla, se acercó a la pared de la derecha, donde había una monumental librería compuesta por simples estanterías de madera rústica, llena de volúmenes, también ordenadísimos y sin una mota de polvo. En el centro de la librería había un rectángulo vertical con un cierre de cristal donde se custodiaban los volúmenes más valiosos, entre los cuales había un par de libros del siglo XVI y un rarísimo incunable que valía una fortuna. El hombre se quitó la chaqueta, se desabrochó los dos últimos botones de la camisa, insertó una minúscula llave electrónica parecida a las de las alarmas antirrobo detrás de un pequeño libro rojo, la edición del Novum Testamentum Graece et Latine de Augustinus Merk, y de repente la vitrina comenzó a girar lentamente sobre sí misma dejando ver una estrecha abertura. Con una habilidad envidiable, el hombre se introdujo en ella y se encontró en una habitación oscura y sin ventanas que se iluminó automáticamente conforme entró. El temporizador oculto en la librería cerró silenciosamente la abertura. El espacio no era angosto, pero la presencia de varias pantallas de televisión y al menos tres ordenadores situados en tres lados diferentes la llenaban casi totalmente. Se acercó a uno de los teléfonos. Tuvo que esperar bastante hasta que alguien le respondió. —Soy yo —dijo en voz baja. —Maestro… Aquí estoy… Discúlpeme el retraso… Todavía no estaba despierto —respondió alguien desde el otro lado de la línea telefónica. —Hay un problema en Moscú… —retomó el otro, ignorando el huso horario. —Sí, pero lo estamos resolviendo. No debe preocuparse. —Muchos de nuestros hermanos están preocupados… —¿Y cómo lo han sabido? —Las noticias vuelan, mi querido James. Y nosotros no podemos detenerlas… —Pero podemos neutralizarlas, dirigirlas, manipularlas. —Espero realmente que esta vez también suceda así. Pero no te oculto mi preocupación… —Maestro, nuestra victoria será total. ¿Ha leído los periódicos americanos estos días? —No sólo los americanos, también los irlandeses —dijo con una sonrisa en los labios, dejando traslucir una evidente satisfacción—. No debemos bajar la guardia, James — añadió. —No lo haremos, Maestro. —¿Y cómo pensáis resolver el problema ruso? —Con el motor secreto del mundo… —¿El conocimiento? —preguntó con cierta ironía. —No, Maestro, el dinero. —Me lo imaginaba.
  • 26. —Hay óptimas posibilidades de encubrimiento. ¡Deje hacer a nuestros hermanos… de la Santa Madre Rusia! —dijo recalcando con desprecio las últimas tres palabras. —¡Pero obviamente espero resultados en muy poco tiempo! —Lo haré, Maestro. Lo haré como siempre. A todo esto, ¿qué me dice de nuestro «siervo inútil»? —Lo tengo constantemente vigilado, estudio cada uno de sus movimientos, escucho cada una de sus conversaciones privadas… Cuando no puedo hacerlo directamente, lo grabo. ¡Pobrecillo! Intuye algo, pero es como si se encontrase ante un puzzle de diez mil piezas e intentase reconstruir la imagen partiendo del punto equivocado… También ahora… —mientras hablaba, pulsó uno de los botones que tenía a su derecha y sobre la pantalla más grande apareció la imagen transmitida por una cámara oculta—. También ahora, está solo, se sujeta la cabeza con las manos… ¿Y sabes ante qué está llorando? —No puedo saberlo, Maestro. —Ante la primera página de Los Ángeles Times de ayer. Sobre el titular a cinco columnas. —Me parece que era: El cardenal y sus jovencísimos amiguitos. —Recuerdas bien, James. —A lo mejor porque ese titular es mío. —Ah… tendría que haberlo imaginado. ¿Te dedicas también a los titulares de los periódicos, James? —Hombre, si puedo proporcionar alguna buena sugerencia… —Estoy deseando ver cómo se lanza la noticia en Italia. —Con mucho escándalo, supongo. —Sí, también yo lo creo. —Y sólo es el principio, Maestro… Tenemos preparados más cartuchos. —Lo sé, habéis hecho un trabajo excepcional… Lo demuestran los sondeos. —He leído uno hace un par de días según el cual en Estados Unidos la confianza de los ciudadanos en la vieja puta se ha rebajado veinte puntos. Cada vez menos creíble: predica el bien pero sus ministros destilan el mal, malísimo… —Es necesario trabajar para que esto sucede cuanto antes también en Italia, donde hay ahora una notable resistencia. Sabes que venceremos sólo cuando Roma sea expugnada. —Lo sé, Maestro, y estoy seguro de poder contemplar con estos ojos la victoria. —No sueñes, James, y sigue adelante con tu óptimo trabajo. A propósito: ¿cómo van los preparativos para el secuestro? —No le he comentado nada, porque va todo tal como estaba previsto. No ha habido trabas. El equipo que nuestros amigos han puesto a nuestra disposición está allí desde hace varios días. —Te lo ruego, debe ser una operación limpia, pero también espectacular. —Claro, Maestro. No queremos que pase desapercibida. —El «siervo inútil» se ha arrodillado, James… Si supiera cuánta necesidad tiene de rezar… —¿Hay órdenes o instrucciones particulares? —No, nada más. La reunión por tanto se confirma para la fecha que hemos elegido… —… tras el secuestro. —Eso es. —Ya hablaremos, Maestro.
  • 27. —Adiós, James. Y perdona si te he despertado. El hombre permaneció durante algunos instantes con el auricular en la mano, como hipnotizado por los fotogramas que la cámara oculta hacía llegar a su pantalla. A primera vista, se diría que estaba viendo una imagen congelada: la persona espiada estaba inmóvil, profundamente absorta en oración. Un sutil rumor le advirtió de que había llegado «el correo». Abrió la tapadera de una caja de plástico fijada a la pared y encontró dentro un sobre sellado con un timbre fácilmente reconocible. Lo abrió y leyó el folio que contenía las citas de aquella jornada. Por el momento podía volver a su escritorio. Marcó algunos códigos en el teclado y las pantallas de plasma pasaron a la función de stand by. Antes de salir de la sala secreta, el hombre se volvió a abrochar los botones de la camisa, se introdujo en el paso que la pared rotatoria le había dejado disponible y volvió a la parte trasera de su despacho. Tenía que prepararse para lo que iba a ocurrir en los próximos días. Después de asegurar con llave la hermética clausura del pasaje secreto, cogió el libro con las tapas rojas que había quedado apoyado a la altura de la cerradura. Lo abrió hojeando lentamente las páginas finales en busca de un pasaje bien preciso. Lo encontró. Lo leyó en voz alta remarcando cada palabra. Era como si cada músculo de su cuerpo se tensara mientras imaginaba la realización de aquellas palabras. Su mirada terminó como siempre sobre aquel pequeño cuadro, una pintura del ochocientos que recreaba a un hombre hermoso y elegante, con el rostro alargado y enmarcado por una barba de color castaño y poblada. Sólo los ojos contrastaban con la atmósfera de paz y serenidad que el pintor había conseguido transmitir. Eran ojos profundos pero inquietantes. Mirándolos, también los suyos adquirieron el mismo aspecto, el del acceso a una dimensión innombrable, el umbral que separa del precipicio más oscuro. Pero fue cuestión de un instante. Se recompuso inmediatamente. —¡Señoritaaaa… Venga aquí! —gritó. Y la secretaria apareció diligentemente ante su escritorio.
  • 28. Capítulo 5 JOHN Costa no había estado nunca en Moscú. Podía parecer increíble para un periodista que hasta hacía poco había trabajado en una agencia de información internacional como la Reuters. No había entrado nunca en Rusia, pero de algún modo la había circunnavegado, gracias a los viajes papales. Tras la caída del Muro de Berlín, de hecho, el Papa precedente había ido a Lituania, Georgia, Ucrania, Armenia, Kazajistán, todas ellas ex repúblicas soviéticas. Visitarlas, por muy difícil que fuera recortar el tiempo de hacer turismo en el curso de las visitas pontificias, había significado para John conocer un poco mejor la periferia del imperio. Pero su corazón y su cerebro habían permanecido vírgenes para él. Con el visado, un equipaje ligero y ropa bastante pesada («me parece haber oído que en Moscú siempre hace frío», había musitado para sí mientras hacía la maleta, a pesar de que las previsiones meteorológicas para aquella semana estimasen una temperatura variable con máximas de treinta grados), el periodista se dirigió a pie a la estación de ferrocarril de San Pedro, que distaba pocos centenares de metros de su edificio. Desde allí tomó el trenino y se bajó un par de paradas después esperando el tren lanzadera para Fiumicino. Cuanto más pasaba el tiempo, más le gustaba viajar en tren. Es verdad que los ferrocarriles italianos en cuanto a puntualidad y limpieza dejaban bastante que desear, al contrario que los eficacísimos y bastantes más costosos ferrocarriles de Estados Unidos. Pero también era cierto que gracias al ordenador y a la potente pantalla de transmisión de datos, el compartimento de un tren siempre se podía transformar en una mini oficina, optimizando los tiempos de espera y los eventuales retrasos. Encendió el portátil, se conectó a la Red y leyó los mensajes de correo. Había uno de Kate. «Cariño, he cenado estupendamente. Ahora me voy a la cama. Te quiero. Que tengas un buen viaje. Ya me explicarás mejor el porqué de este imprevisto viaje a Moscú. Por aquí todo bien, aunque me parece que mi jefe tiene unas ambiciones un poquito exageradas. Besos. Kate.» Sonrió y respondió: «¡Suerte en tu misión! Estoy siempre a tu lado. Hablamos cuando llegue a Moscú.» Después abrió el blog, que actualizaba constantemente. En la primera página estaba el aviso que había escrito la tarde anterior advirtiendo que a causa del viaje no iba a poder moderar los comentarios de los lectores con frecuencia y que por tanto iba a haber retrasos. Eran muchas las intervenciones que aguardaban su aprobación y su publicación. Una de ellas le impactó de manera particular. Estaba firmada por una persona que no se había presentado antes. «Mensaje de Mr. ROLF, Church Interfaithful Unification Enterprise. Baja California. Estimado señor Costa, disculpe si mi italiano no es perfecto. Sigo desde hace mucho tiempo su trabajo, que me ayuda en lo que considero mi misión, contribuir al renacimiento espiritual de la sociedad occidental en decadencia. Quería desearle buen viaje a Moscú. La senda que conduce a la Verdad es a menudo tortuosa, pero hace falta seguirla hasta el final. Le deseo que encuentre lo que está buscando. Rolf, C.I.U.E.» «Qué extraño», pensó John. «Un americano que escribe a otro americano en italiano perfecto y que además se excusa…» Lo que inquietaba al periodista, tan inmerso en su trabajo que no se dio cuenta de que el tren estaba entrando en la estación elevada del aeropuerto romano, eran aquellas palabras finales. ¿A qué se refería aquel misterioso visitante? ¿Y qué sabía de la misión en Rusia que le había
  • 29. confiado la tarde anterior don Stefano Majorana? Quizá nada, concluyó Costa. En el fondo, todo el que comienza un viaje va en busca de algo: evasión, fuga, distensión, diversión… El tren frenó bruscamente, haciendo caer al suelo la moleskine donde John acostumbraba a anotar pensamientos y números de teléfono. Sólo entonces se dio cuenta de quiénes habían sido sus compañeros de viaje durante aquella media hora. Una pareja de jóvenes musulmanes (lo supo por el inconfundible velo que llevaba la muchacha) y un sacerdote de mediana edad vestido con un traje oscuro bastante ajado. John recogió rápidamente sus cosas, intentando ganar la salida antes de que los pasajeros del viaje de vuelta, que ya esperaban en la marquesina, invadieran el vagón. Después se dirigió a la Terminal. Aquella mañana, el aeropuerto de Fiumicino estaba sumido en el caos más absoluto. Largas comitivas de turistas sobrecargados de equipaje vagaban en busca de su mostrador de embarque; fuera, un grupo de taxistas aguardaba con los brazos cruzados a causa de una huelga contra la administración del Ayuntamiento de Roma. Un grupo compuesto por una decena de hare-krishna se le quedó mirando precisamente a él. Los vio acercarse a paso veloz, con la sonrisa estampada en la cara, y apenas intentó cambiar de dirección se dio cuenta de que también ellos se habían movido siguiendo su trayectoria. Tuvo la impresión de ver un simpático banco de peces (tropicales por su color naranja) que se movían en perfecta sincronía. Pero se equivocaba. Los hare-krishna pasaron sin prestarle la menor atención. Realizó la tramitación de embarque sin problemas, admirado por el hecho de que no hubiera una gran cola para el vuelo de Alitalia Roma-Moscú de aquella mañana. Superó con no pocas dificultades el control de equipaje de mano. Como ya le había ocurrido una vez, un agente de seguridad demasiado competente le obligó a echar en el cestillo el frasco de costoso champú anticaspa. —No puede subirlo a bordo, señor… ¡Son las reglas! Motivos de seguridad… —Pero por favor —saltó Costa haciéndose oír por los demás pasajeros de la fila—. Esto del explosivo líquido es un cuento de mucho cuidado, una tremenda gilipollez. ¿Sabe que los presuntos «terroristas» paquistaníes que fueron arrestados en Londres han sido puestos todos en libertad? No había ningún explosivo líquido. Probablemente alguna casa productora de los chismes que usáis para los controles necesitaba finiquitar sus existencias o colaros un nuevo detector… ¡Me juego el cuello! El hombre de uniforme que estaba ante John ni se inmutó. —Usted puede decir lo que quiera, pero éstas son las reglas. John se alejó rápidamente. Percibía a sus espaldas la rabia de los demás pasajeros, obligados a esperar a que concluyese su trifulca con el guardia. Gracias a Dios, no hubo impedimentos en el control de pasaportes. El arzobispo de Bari, Adeodato Dini, su vicario general don Anacleto Punzoni y la responsable de la touroperadora que había organizado el viaje, estaban ya allí, esperando la llamada para el embarque, aunque faltase todavía una hora. Costa no supo si acercarse y presentarse o esperar un poco, dando una vuelta por las tiendas del dutyfree. Escogió la segunda opción, arrastrando tras de sí la pequeña maleta trolley y la bolsa con el ordenador. Le atrajeron los escaparates donde una conocida marca de equipajes exponía sus últimas novedades para viajeros: monederos y portapasaportes que cabían bajo la axila. Cajitas que se transformaban en cojines, candados tecnológicos para maletas, riñoneras y mochilas de todo tipo y condición, transformadores para las tomas de corriente. Costa permaneció durante algunos minutos absorto, en riguroso silencio. Si fuera por él, lo habría comprado todo. Pero se daba cuenta de que aquel ataque de shopping compulsivo no era racional. Y sobre todo, temía el juicio de Kate, que le tomaba el pelo con buen humor cuando alguna vez llegaba a casa con algún hallazgo totalmente innecesario, como aquella vez que se había
  • 30. presentado radiante porque había comprado en un puestecillo de Porta Portese un catalejo montado sobre un par de gafas. —¡Mira, es precioso! —había dicho mostrándoselo con cierto orgullo—. Fabricación rusa, lentes potentísimas… Y gracias a las patillas puedo usar el catalejo teniendo las manos libres para tomar apuntes… —Pero, cariño, ¿cómo vas a hacer para ponértelo encima de las gafas que ya llevas puestas? —le había respondido ella, dejándolo helado. No había considerado aquel pequeño pero importante detalle. El anteojo ruso iba muy bien para quienes no usaban gafas. Frenó su apetito de compra y deseó volver con sus nuevos compañeros de viaje, saltándose la canónica parada en el bar, que solía hacer antes de embarcar en un vuelo. La dieta no se lo permitía. Traía en la bolsa una galleta dietética de improbable sabor a chocolate preparada con fibra de soja y tan parecida a las verdaderas galletas como el ornitorrinco al hipopótamo. —Buenos días, excelencia, soy John Costa —dijo, acercándose a la comitiva. —Ah, es usted el periodista —respondió el arzobispo, levantándose de un salto, a pesar de sus setenta años, del incómodo asiento situado a pocos metros de la puerta de embarque. —Buenos días a todos… Sí, soy yo. Y me siento verdaderamente honrado de sumarme a vuestro grupo —entonces se dio cuenta de que don Punzoni, el vicario general, era el sacerdote descuidado que había viajado con él en el tren lanzadera. —¿Y para qué periódico escribe? —preguntó el arzobispo. —Antes trabajaba para Reuters, ahora trabajo como freelance. —¡Ah, muy bien! ¿Y de qué se ocupa? —quiso saber, demostrando que no conocía en absoluto a la persona que tenía delante. —Bueno, normalmente de temas del Vaticano. —Claro, claro —añadió el prelado—. Y así aprovecha para tomarse algún día de vacaciones en Moscú… Después de oír aquellas palabras, John tuvo la certeza de que nadie del Vaticano le había contado al arzobispo el motivo de su presencia allí. —Nuestro programa para hoy prevé a nuestra llegada un rato breve de descanso en el hotel, después el traslado a la catedral de Cristo Salvador para asistir a la celebración de las vísperas de la Dormición presididas por el patriarca Nikon. Después, tarde libre… —dijo la touroperadora, una mujer de edad imprecisa, de aire juvenil y vestida de oscuro. Durante la siguiente hora, la conversación languideció, lo cual le permitió a John actualizar el blog. El arzobispo parecía absorto en la oración, pero también se podría decir que estaba durmiendo. Don Punzoni, agitado, trajinaba con el móvil. La agente de viajes seguía las repetitivas noticias de la agencia Ansa que una pantalla de plasma suspendida sobre la puerta de embarque hacía pasar ante los ojos de los viajeros. En el momento previsto para el embarque, cuando ya se había formado la cola, una voz metálicamente amable avisó de que el vuelo iba a sufrir un retraso de una hora. Costa, que no se había levantado, bufó lanzando una mirada de reproche a la mujer que organizaba el viaje como si la culpa fuera suya. Ella se encogió de hombros y sin hablar levantó la mirada al cielo, como si quisiera decir: «¿Y qué esperabais volando con esta compañía?». Costa no pudo menos que recordar el chiste que circulaba entre los vaticanistas veteranos de los viajes del anterior Pontífice: «¿Sabes por qué en cuanto llega el Papa a un país nuevo besa el suelo? Porque vuela con Alitalia». Pero aquel retraso «técnico», motivado por otro avión que traía a la tripulación de su vuelo, no le inquietó más de lo que ya lo estaba. Sin embargo, ese retraso llenó de pánico al arzobispo y a su estrecho colaborador.
  • 31. —¿Cómo vamos a hacer para llegar a tiempo a la catedral? ¿Dónde nos vamos a vestir? —Excelencia, no se preocupe, encontraremos la manera… ¡Estamos en las manos de Dios —se oyó decir un poco divertido el periodista. El avión para Moscú dejó el aeropuerto de Fiumicino con ciento ochenta minutos de retraso sobre el horario previsto. Durante el viaje, John no pudo probar prácticamente nada del raquítico almuerzo que le sirvieron a bordo. Para él, solo una barrita dietética con sabor manzana-yogur y agua, mucha, mucha agua. «¡Me tiene que beber al menos dos litros! ¿Me ha oído bien?» El eco de las severas palabras del anciano doctor resonaba en su cabeza cada vez que tenía que dejar su asiento y recorrer la mitad del avión para alcanzar el baño. Estaba sentado justo detrás del arzobispo, que durante tres horas seguidas se había relajado contando historietas sobre el Vaticano y había terminado por aturdir a la pobre agente de viajes, que hubiese preferido dormitar y que en cambio era continuamente solicitada por la voz un poco estridente del prelado: «Signorina Silvia, oiga esta otra…» La Terminal 2 del aeropuerto Sheremétievo de Moscú era un bloque de cemento con predominio de los colores blanco y marrón. El blanco era sucio, el marrón contribuía a dar la impresión de una capa de plomo bastante agobiante… También la iluminación era escasa. Los cristales que daban al exterior eran ahumados, a la vez que las luces de neón de los soportes publicitarios —escritos todos exclusivamente en cirílico— contribuían a hacer más triste la atmósfera. El golpe final fue la extenuante espera en el control de pasaportes. Los pasajeros del vuelo esperaron más de una hora en la cola. Fue entonces cuando los papeles se invirtieron. John, que hasta entonces había mantenido la calma y había tranquilizado al arzobispo de Bari, comenzó a perder la paciencia maldiciendo contra el sistema soviético que seguía en vigor. El prelado y su acompañante, en cambio, se quedaron desplazados, callados. En la cola, monseñor Dini y el vicario general estaban justo ante un grupito de italianos que, ignorando la presencia de los dos eclesiásticos, seguían haciendo chistes vulgares e inapropiados, con un lenguaje que terminó por molestar incluso a Costa, y eso que ya estaba bastante vacunado. —Esta lentitud en el control de los visados es una especie de huelga de celo —dijo abatida la agente de viajes—. Lo hacen para pedir salarios mejores. La explicación no sirvió para levantar los ánimos de la comitiva. Finalmente, tras lograr atravesar las horcas caudinas4 representadas por la cabina de cristal con una jovencísima agente de cabellos rubios y ojos de color aguamarina, se encontraron en la sala de llegadas. Había un caos indescriptible también allí. Una vez más, John se sorprendió al ver que la mayor parte de los carteles indicadores estaban escritos solamente en ruso. —Por favor, y ahora, szeñoreeees, exzelenziasss —la voz baritonal de Boris Gudonov pareció hacer temblar las columnas del aeropuerto. —Aquí estamos, Boris —dijo la organizadora del viaje, encontrando entre la selva de hojas y carteles levantados el del hombre encargado de acompañarlos durante los días que iban a pasar en Moscú. Alcanzaron rápidamente el pequeño minibús que los iba a llevar a la ciudad. Al salir de la sala de llegadas fue embestido por una oleada de calor. «Como siempre, me he equivocado de vestuario», pensó. Le había pesado no poco hacer el viaje llevando chaqueta y corbata, prendas a las cuales era físicamente alérgico y que evitaba en la medida de lo posible. Ahora se daba cuenta de que la chaqueta —indispensable para la ceremonia en la que estaban a punto de participar— era demasiado calurosa. El trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era una única e ininterrumpida columna de automóviles. —Vamos a tomar una ataja —dijo Gudonov, que aún no dominaba muy bien la lengua italiana.