El autor critica la hipocresía de la sociedad española por exigir conductas ejemplares a los líderes políticos cuando la sociedad en sí misma no es ejemplar. Señala que los partidos políticos, medios de comunicación, intelectuales y ciudadanos comunes no son completamente íntegros y a menudo violan las normas para su propio beneficio. Concluye que para que haya verdadera regeneración, cada persona debe empezar por mejorar su propia conducta en lugar de culpar a otros.