El absolutismo en Europa en el siglo XVI se caracterizó por la centralización del poder estatal, la subordinación de la iglesia al monarca y una política independiente de la teología. Reinos como España, Francia e Inglaterra experimentaron un fortalecimiento de su administración y militarización, mientras que las guerras religiosas y la Paz de Westfalia transformaron el panorama político y religioso del continente. La figura del rey se exaltó, consolidando un poder absoluto que limitó la injerencia de autoridades externas y reprimió la disidencia.