Debía de prestar atención a lo que escribía. Eran ya las once de la noche cuando aún pensaba en el principio de aquel cuento que había mandado la profesora de Lengua. Justo cuando más concentrada estaba, llega ese momento. Si, ese momento en el que tu madre entra en tu habitación diciéndote que te duermas, que al siguiente día hay colegio. Como siempre, obedezco sus órdenes.En la cama, a través de la ventana, al igual que siempre, miro las estrellas;  pero esa noche ocurría algo, lo presentía. Las estrellas se movían – o al menos me lo parecía-.De repente, vi que todas se juntaron de golpe, y cada vez estaban más y más cerca, hasta que ya con la luz no se veía nada. Todo se desvaneció.Pareció  haber pasado la noche cuando aparecí en la orilla de una playa que se veía algo desierta. Miré   alrededor, pero nada. Era como una especie de paraíso, aquella playa de arena blanca sin pisadas y el agua cristalina a la que a todo el mundo le gustaría ir. Pero me di cuenta de que aquello no era un verdadero paraíso. Allí me faltaba algo, mi familia. Empecé a gritar el nombre de mi madre, pero nadie respondía. Lloré y lloré corriendo a ver si veía a alguien, aunque sólo fuese una miserable cabina: hubiera sido mi salvación, mi regreso a casa. Volví al sitio en el que aparecí después de cinco horas andando.  Se escuchaba como una especie de campana, un timbre o algo así. Seguí  ese ruido hasta que llegué a un raro faro que marcaba la hora. Eran las siete y media  de la mañana. Subí hasta arriba, algo me dijo que lo hiciera. Allí, vi una nota que decía: “Este es tu futuro”. Todo volvió a desvanecerse y vi aquella cara que estuve buscando  durante cinco horas, la de mi madre. Me despertaba para ir al colegio. Ahora, tengo veinte años, y estoy en esa playa con la que un día soñé.

Microcuento

  • 1.
    Debía de prestar atención a lo que escribía. Eran ya las once de la noche cuando aún pensaba en el principio de aquel cuento que había mandado la profesora de Lengua. Justo cuando más concentrada estaba, llega ese momento. Si, ese momento en el que tu madre entra en tu habitación diciéndote que te duermas, que al siguiente día hay colegio. Como siempre, obedezco sus órdenes.En la cama, a través de la ventana, al igual que siempre, miro las estrellas; pero esa noche ocurría algo, lo presentía. Las estrellas se movían – o al menos me lo parecía-.De repente, vi que todas se juntaron de golpe, y cada vez estaban más y más cerca, hasta que ya con la luz no se veía nada. Todo se desvaneció.Pareció haber pasado la noche cuando aparecí en la orilla de una playa que se veía algo desierta. Miré alrededor, pero nada. Era como una especie de paraíso, aquella playa de arena blanca sin pisadas y el agua cristalina a la que a todo el mundo le gustaría ir. Pero me di cuenta de que aquello no era un verdadero paraíso. Allí me faltaba algo, mi familia. Empecé a gritar el nombre de mi madre, pero nadie respondía. Lloré y lloré corriendo a ver si veía a alguien, aunque sólo fuese una miserable cabina: hubiera sido mi salvación, mi regreso a casa. Volví al sitio en el que aparecí después de cinco horas andando. Se escuchaba como una especie de campana, un timbre o algo así. Seguí ese ruido hasta que llegué a un raro faro que marcaba la hora. Eran las siete y media de la mañana. Subí hasta arriba, algo me dijo que lo hiciera. Allí, vi una nota que decía: “Este es tu futuro”. Todo volvió a desvanecerse y vi aquella cara que estuve buscando durante cinco horas, la de mi madre. Me despertaba para ir al colegio. Ahora, tengo veinte años, y estoy en esa playa con la que un día soñé.