Los laicos en el documento de Aparecida
Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús
Luz del mundo
1. 210. Los fieles laicos son “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que
forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos
realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”1
.
Son “hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la
Iglesia”2
.
2. 211. Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y
su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras
justas según los criterios del Evangelio. “El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el
mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como
también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los ‘mass
media’, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la
educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”3
. Además,
tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan mostrando autenticidad y coherencia en su
conducta.
3. 212. Los laicos también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero
con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la
evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado según las necesidades locales
bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a
confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera
responsable su compromiso cristiano. A los catequistas, delegados de la Palabra y animadores
de comunidades, que cumplen una magnífica labor dentro de la Iglesia4
, les reconocemos y
animamos a continuar el compromiso que adquirieron en el bautismo y en la confirmación.
4. 213. Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida
formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio
de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural.
5. 214. Hoy toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión. La
evangelización del Continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la
colaboración de los fieles laicos5
. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y
ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los
pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer”
del laico en la Iglesia, quien por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de
Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un
espíritu de comunión y participación6
.
1
Cf. LG 31
2
DP 786
3
EN 70
4
Cf. LG 31.33; GS 43; AA 2
5
Cf. EAm 44
6
Cf. PG 11
6. 215. En este contexto, el fortalecimiento de variadas asociaciones laicales, movimientos
apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana, y comunidades eclesiales y nuevas
comunidades, que deben ser apoyados por los pastores, son un signo esperanzador. Ellos
ayudan a que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor
responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión
evangelizadora. En las últimas décadas, varias asociaciones y movimientos apostólicos laicales
han desarrollado un fuerte protagonismo. Por ello, un adecuado discernimiento, animación,
coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles,
contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia7
.
7. 216. Reconocemos el valor y la eficacia de los Consejos parroquiales, Consejos diocesanos y
nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su
presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía en el sentido más amplio y la
construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento.
8. 372. El proyecto pastoral de la Diócesis, camino de pastoral orgánica, debe ser una respuesta
consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy con “indicaciones
programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los
agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue
a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los
valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”8
. Los laicos deben participar del
discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución9
. Este proyecto diocesano
exige un seguimiento constante por parte del obispo, los sacerdotes y los agentes pastorales,
con una actitud flexible que les permita mantenerse atentos a los reclamos de la realidad
siempre cambiante.
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA VITA CONSECRATA
Comunión y colaboración con los laicos
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos años
ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar
esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de participar
más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a presentar una
imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar
respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los
diferentes dones. En el caso de los Institutos monásticos y contemplativos, las
relaciones con los laicos se caracterizan principalmente por una vinculación espiritual,
mientras que, en aquellos Institutos comprometidos en la dimensión apostólica, se
traducen en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos seculares,
laicos o clérigos, por su parte, entran en contacto con los otros fieles en las formas
ordinarias de la vida cotidiana. Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos
7
Cf. BENEDICTO XVI, Homilía en la Celebración de las primeras vísperas en la Vigilia de Pentecostés,
Encuentro con los movimientos y nuevas comunidades eclesiales, 3 de junio de 2006.
8
Ibid. 29
9
Cf. ChL 51
han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos.
Estos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en la espiritualidad y
en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas de las
diversas Órdenes seculares o Terceras Órdenes, se puede decir que se ha comenzado
un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las
personas consagradas y el laicado.
Para un renovado dinamismo espiritual y apostólico
55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados por
diversos motivos. En efecto, de ello se podrá derivar ante todo una irradiación activa
de la espiritualidad más allá de las fronteras del Instituto, que contará con nuevas
energías, asegurando así a la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas más
típicas de servicio. Otra consecuencia positiva podrá consistir también en el aunar
esfuerzos entre personas consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el
ejemplo de santidad de las personas consagradas, los laicos serán introducidos en la
experiencia directa del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir y
testimoniar el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo según el
corazón de Dios. No es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir
inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando una
interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar válidas indicaciones para
nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la actividad o el ministerio que
ejerzan, las personas consagradas recordarán por tanto su deber de ser ante todo
guías expertas de vida espiritual, y cultivarán en esta perspectiva « el talento más
precioso: el espíritu ». A su vez, los laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica
aportación de su secularidad y de su servicio específico.
Laicos voluntarios y asociados
56. Una manifestación significativa de participación laical en la riqueza de la vida
consagrada es la adhesión de fieles laicos a los varios Institutos bajo la fórmula de los
llamados miembros asociados o, según las exigencias de algunos ambientes culturales,
de personas que comparten, durante un cierto tiempo, la vida comunitaria y la
particular entrega a la contemplación o al apostolado del Instituto, siempre que,
obviamente, no sufra daño alguno la identidad del Instituto en su vida interna. Es justo
tener en gran estima el voluntariado que se nutre de las riquezas de la vida
consagrada; pero es preciso cuidar su formación, con el fin de que los voluntarios
tengan siempre, además de competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en
su propósito y un vivo sentido comunitario y eclesial en sus proyectos. Debe tenerse
presente también que, para que sean consideradas como obras de un determinado
Instituto, aquellas iniciativas en las que los laicos están implicados con capacidad de
decisión, deben perseguir los fines propios del Instituto y ser realizadas bajo su
responsabilidad. Por tanto, si los laicos se hacen cargo de la dirección, éstos
responderán de la misma a los Superiores y Superioras competentes. Es conveniente
que todo esto sea considerado y regulado por normas específicas de cada Instituto,
aprobadas por la Autoridad Superior, en las cuales se prevean las competencias
respectivas del Instituto mismo, de las comunidades y de los miembros asociados o de
los voluntarios. Las personas consagradas, enviadas por sus Superiores o Superioras y
permaneciendo bajo su dependencia, pueden participar con formas específicas de
colaboración en iniciativas laicales, particularmente en organismos e instituciones que
se ocupan de los marginados y que tienen como finalidad aliviar el sufrimiento
humano. Esta colaboración, si está sustentada y animada por una fuerte y clara
identidad cristiana, y respeta el carácter propio de la vida consagrada, puede hacer
brillar la fuerza iluminadora del Evangelio en las situaciones más oscuras de la
existencia humana. En estos años no pocas personas consagradas han entrado a
formar parte de alguno de los movimientos eclesiales surgidos en nuestro tiempo. Con
frecuencia los interesados se benefician especialmente en lo que se refiere a la
renovación espiritual. Sin embargo, no se puede negar que en algunos casos esto crea
malestar y desorientación a nivel personal y comunitario, sobre todo cuando tales
experiencias entran en conflicto con las exigencias de la vida comunitaria y de la
espiritualidad del propio Instituto. Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que
la adhesión a los movimientos eclesiales se efectúe siempre respetando el carisma y la
disciplina del propio Instituto, con el consentimiento de los Superiores y de las
Superioras, y con disponibilidad para aceptar sus decisiones.
SEGUIR A JESUCRISTO POR LOS CAMINOS DE Mª EMILIA (Pags 15-18)
EL “POR QUIÉN” Y EL “POR QUÉ”
DE Mª EMILIA Y EL NUESTRO
Para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21)
1.El centro del Centro
Para conocer a fondo a una persona no basta con admirar sus obras, ni basta
conocer el “cómo” de su estilo personal realizándolas. Es necesario conocer Qué le
mueve a realizarlas. Valemos lo que valen los por qué (motivos) de nuestra vida y de
nuestras acciones voluntarias. A Mª Emilia Riquelme se la conoce de verdad cuando se
conoce su central interior (el núcleo de los motivos que interesan su voluntad), su
sentido de la vida, su por qué, su razón, su tesoro10
, fuente de sus convicciones
efectivas, no teóricas. Por ellas libremente, y al precio que en cada momento le fue
10
Mt 13, 44-46.
requerido, tomó, y mantuvo, la decisión más importante de su vida: la de arriesgarla
por entero, de una vez, sin reservarse, sin poner condiciones y sin guardarse salidas de
emergencia, por hacer presente a Dios en su mundo.
Su CENTRO es lo primero que se ve en Mª Emilia. Lo recibe desde su nacimiento
en un clima de piedad honda. Va haciéndose luego consciente y manifestándose como
tal centro en abundantes experiencias, -no programadas-, de despojo de criaturas, aun
las naturalmente más necesarias. A través de una cadena de situaciones de desarraigo
interior de otras criaturas, de la que voluntariamente se empeñará en no salir y que ya
no le abandonará nunca, se afianza su conciencia profunda del “Único necesario”11
. Lo
percibe con creciente luz como el Dios que “Tanto amó al mundo, que no dudó en
entregarle a su Hijo único,... para que todo el que crea en Él no perezca...”12
; se
experimenta particularmente atraída por ese amor levantado sobre lo alto13
, absorbida
por el extremo vigoroso de ese amor: la PASCUA y por la PRESENCIA permanente de
ese amor: la EUCARISTÍA14
.
La PASCUA es su centro personal. Toda su vida resulta fuertemente marcada
por ese Amor, que sigue siendo el Centro divino de la historia humana. Nada extraño
que termine polarizada por la traducción sacramental viva del mismo, la EUCARISTÍA y
que este sacramento del amor que no se reserva, que no discrimina destinatarios (por
vosotros y por todos) y que busca precisamente a cuantos el egoísmo humano ha
discriminado, sea para ella el centro de ese Centro15
.
El encuentro con la Persona del Hijo, “nuestra Pascua y nuestra paz
definitiva”16
, da un vuelco también definitivo a su vida17
. Un centro personal así,
consciente y apasionadamente asumido es, por esencia, transformador. Recoloca toda
la persona y su mundo en torno a él: afectividad, ideas, sueños, intereses, cuerpo,
deseos, medios, obras, el mundo (“los otros”)... La persona entera de Mª Emilia
comenzó a ser transformada, reabsorbida por la conciencia, que va tomando, del
proceso pascual que fue toda la vida de Jesús. Y vive la EUCARISTIA como llamada a esa
transformación18
y como fuente y alimento permanente de la misma.
11
“Hijas, solo Dios, y todo lo demás sólo por Dios” Cartas 15.02.1906. “Es lo único que
absorbe mi vida, servir a Dios y agradarle y, como causa principalísima, cuidar a mis hijas”
Carta 20.09.1911.
12
Jn 3,16.
13
Jn 12,32.
14
“Jesús Sacramentado es el centro de la Misionera”. Pensamientos 79.
15
Const/90, 3.1 “La Eucaristía, corazón de nuestra vida..., síntesis de todas las realidades
sobrenaturales..., eje de nuestra Comunidad...
16
Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación I.
17
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y,
con ello, una orientación decisiva” BENEDICTO XVI, Dios es Amor, 1.
18
“En la sagrada Comunión es donde mejor conoce el alma a Jesús; bebe allí, por decirlo así,
la dicha inmensa de la transformación eucarística; ya no respira el alma más que en Jesús,
por Jesús, para Jesús; allí siente su amor y crece en su amor y lo ama cada vez más y más,
Mª Emilia, llamada a su transformación personal más profunda: la de
comprometerse a vivir su propia Pascua; la de pasar de la muerte a la vida; la de dejar
de vivir para sí y vivir del todo, inseparablemente, para Él y para sus intereses, que son
todos los seres humanos. Esa es también esencialmente nuestra misma llamada, que
lleva consigo la renuncia a exigir vida a otros, el permanente agradecimiento a cuantos
nos dan la suya y el poner definitivamente nuestra vida a disposición de todos a fondo
perdido. Este es el pleno sentido de nuestra inmolación como respuesta, por la que nos
asociamos al sacrificio eucarístico de Cristo y cooperamos de la manera más profunda a
su obra redentora19
.
La misma y única voluntad divina, Centro del Hijo, realizada en su plenitud en su
PASCUA: “que te reconozcan a ti como único Dios verdadero y a Jesucristo como tu
enviado” (Jn 17,3), continúa eficazmente presente en la EUCARISTÍA. De esta fuente
mana y se alimenta el celo apostólico de Mª Emilia: “ganar sus almas para Dios, que es
nuestro único objetivo... por todos los medios posibles...”20
. De la misma fuente nace su
sensibilidad para la inconsciencia y la ignorancia que tiene nuestro mundo de esta
revelación y su intuición de que ellas son la raíz de la increencia y la injusticia, que
impregnan culturas, relaciones sociales, políticas, estilos de vida..., de su mundo. Hoy
siguen siéndolo en el nuestro. Nace también su honda preocupación por la Iglesia, por
un lado, fuertemente combatida desde fuera por violentas formas de anticlericalismo,
y por otro debilitada en su fervor misionero y evangelizador más puro. Fenómenos
ambos que, en formas más sutiles, es fácil verificar cómo están presentes en nuestra
sociedad y en nuestra Iglesia hoy21
.
No es que nuestro mundo, en su conjunto, sea menos cristiano que el que
conoció y vivió Mª Emilia. Ni nuestra Iglesia menos auténtica. Sin duda no. Hay, más
Evangelio penetrando capas profundas del ser humano y de la sociedad, e inspirando
leyes y criterios de actuación, incluso en grupos humanos que no se dicen cristianos, y
moviendo a muchos que no se remiten en sus vidas conscientemente al Evangelio. Y
hay en nuestra Iglesia una inquietud más viva por hacer presente el evangelio en una
sociedad fuertemente tocada de laicismo, junto al reconocimiento humilde de sus
propias debilidades como Iglesia22
. Pero, si somos responsables de que la PASCUA, no
y en su amor se abrasa, consume y quema con ese fuego divino que vino a traer a la tierra y
del cual Él mismo dice: ¡y qué quiero, sino que arda!” Pensamientos, 74.
19
Const/90, 3. 1; IV, 51.
20
Const/1896 c.2, 3.
21
“La Iglesia, nuestra santísima Madre, siempre tuvo y tendrá enemigos. Siempre he creído
ser llamada por Dios para defender mi Santa Madre. Joven yo me reía de mí. ¿Qué hará
nuestro Señor para poderse servir de este muñequito? Pues, ¡oh poder de Dios!, fui monja,
tuve conventos, empezaron enormes persecuciones; seguí mi pequeño caminito: callar y
sufrir” Cuad. Esp. Noviembre 1927.
22
Preocupaciones que recientemente la Conferencia Episcopal española relaciona justamente
con la Eucaristía, no sólo como lugar de intercesión, sino como fuente del compromiso más
profundo por erradicar sus causas, el de la Pascua de la que la Iglesia es portadora viviente:
las que tienen su origen en un humanismo inmanentista que se manifiesta en“las tendencias
laicistas en la organización de la sociedad, la desidentificación de la realidad misma del
sólo sea anunciada, sino de que sea experimentable, llegue a todos y actúe
eficazmente quitando el pecado del mundo, es la donación entera y permanente de
nuestras personas por todos, como la de Mª Emilia, la que obrará como levadura
pascual, en nuestra Iglesia y, con ella, en nuestro mundo23
.
Me respondo:
- ¿Vivo movida/o, como M. Mª Emilia, por hacer presente a Dios en este mundo?
- ¿Pueden ver los demás mi CENTRO puramente por el amor pascual que
experimentan tratándome?
- ¿Exploro cada vez más la PASCUA como el mayor amor, inagotable, que nadie, -
sólo Dios- , me ha tenido nunca?
- ¿Vivo la EUCARISTÍA como ese Amor, que transforma el mío; de la Eucaristía como
alimento real del sentido de mi vida; para la Eucaristía, como lo que debo ser ante
todo ser humano?
- Desde lo que la Eucaristía significa para mi, ¿siento el mundo, la Iglesia, la
Congregación, dispuesta/o a que mi vida pascual los fermente de Evangelio?
matrimonio y la familia, los atentados contra el concebido no nacido, el recorte de libertades
en materia educativa, la deriva de una parte de la juventud, sometida a nuevas formas de
esclavitud” y las que surgen en la misma vida interna de la Iglesia: “la débil transmisión de la
fe a las generaciones jóvenes; la desorientación que afecta a un buen número de
sacerdotes, religiosos y laicos; la disminución de vocaciones para el sacerdocio y para los
institutos de vida consagrada; la pobreza de vida litúrgica y sacramental de no pocas
comunidades cristianas; la aparición de nuevas formas de disenso teológico y eclesial y la
escasa presencia pública de los católicos”. Problema de fondo: la secularización interna de
la Iglesia. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Plan Pastoral 2006-2010, “Yo soy el
pan de vida” (Jn 6,35). Vivir de la Eucaristía, nº 4.
23
Mt 13,33; Const./90, V, 54.

Missami documentos de reflexión

  • 1.
    Los laicos enel documento de Aparecida Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo 1. 210. Los fieles laicos son “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”1 . Son “hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”2 . 2. 211. Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio. “El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los ‘mass media’, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”3 . Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan mostrando autenticidad y coherencia en su conducta. 3. 212. Los laicos también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano. A los catequistas, delegados de la Palabra y animadores de comunidades, que cumplen una magnífica labor dentro de la Iglesia4 , les reconocemos y animamos a continuar el compromiso que adquirieron en el bautismo y en la confirmación. 4. 213. Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural. 5. 214. Hoy toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión. La evangelización del Continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos5 . Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación6 . 1 Cf. LG 31 2 DP 786 3 EN 70 4 Cf. LG 31.33; GS 43; AA 2 5 Cf. EAm 44 6 Cf. PG 11
  • 2.
    6. 215. Eneste contexto, el fortalecimiento de variadas asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana, y comunidades eclesiales y nuevas comunidades, que deben ser apoyados por los pastores, son un signo esperanzador. Ellos ayudan a que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión evangelizadora. En las últimas décadas, varias asociaciones y movimientos apostólicos laicales han desarrollado un fuerte protagonismo. Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia7 . 7. 216. Reconocemos el valor y la eficacia de los Consejos parroquiales, Consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía en el sentido más amplio y la construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento. 8. 372. El proyecto pastoral de la Diócesis, camino de pastoral orgánica, debe ser una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy con “indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”8 . Los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución9 . Este proyecto diocesano exige un seguimiento constante por parte del obispo, los sacerdotes y los agentes pastorales, con una actitud flexible que les permita mantenerse atentos a los reclamos de la realidad siempre cambiante. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA VITA CONSECRATA Comunión y colaboración con los laicos 54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes dones. En el caso de los Institutos monásticos y contemplativos, las relaciones con los laicos se caracterizan principalmente por una vinculación espiritual, mientras que, en aquellos Institutos comprometidos en la dimensión apostólica, se traducen en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos seculares, laicos o clérigos, por su parte, entran en contacto con los otros fieles en las formas ordinarias de la vida cotidiana. Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos 7 Cf. BENEDICTO XVI, Homilía en la Celebración de las primeras vísperas en la Vigilia de Pentecostés, Encuentro con los movimientos y nuevas comunidades eclesiales, 3 de junio de 2006. 8 Ibid. 29 9 Cf. ChL 51
  • 3.
    han llegado ala convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas de las diversas Órdenes seculares o Terceras Órdenes, se puede decir que se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado. Para un renovado dinamismo espiritual y apostólico 55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados por diversos motivos. En efecto, de ello se podrá derivar ante todo una irradiación activa de la espiritualidad más allá de las fronteras del Instituto, que contará con nuevas energías, asegurando así a la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas más típicas de servicio. Otra consecuencia positiva podrá consistir también en el aunar esfuerzos entre personas consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el ejemplo de santidad de las personas consagradas, los laicos serán introducidos en la experiencia directa del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir y testimoniar el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo según el corazón de Dios. No es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando una interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar válidas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la actividad o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán por tanto su deber de ser ante todo guías expertas de vida espiritual, y cultivarán en esta perspectiva « el talento más precioso: el espíritu ». A su vez, los laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica aportación de su secularidad y de su servicio específico. Laicos voluntarios y asociados 56. Una manifestación significativa de participación laical en la riqueza de la vida consagrada es la adhesión de fieles laicos a los varios Institutos bajo la fórmula de los llamados miembros asociados o, según las exigencias de algunos ambientes culturales, de personas que comparten, durante un cierto tiempo, la vida comunitaria y la particular entrega a la contemplación o al apostolado del Instituto, siempre que, obviamente, no sufra daño alguno la identidad del Instituto en su vida interna. Es justo tener en gran estima el voluntariado que se nutre de las riquezas de la vida consagrada; pero es preciso cuidar su formación, con el fin de que los voluntarios tengan siempre, además de competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en su propósito y un vivo sentido comunitario y eclesial en sus proyectos. Debe tenerse presente también que, para que sean consideradas como obras de un determinado Instituto, aquellas iniciativas en las que los laicos están implicados con capacidad de decisión, deben perseguir los fines propios del Instituto y ser realizadas bajo su responsabilidad. Por tanto, si los laicos se hacen cargo de la dirección, éstos responderán de la misma a los Superiores y Superioras competentes. Es conveniente que todo esto sea considerado y regulado por normas específicas de cada Instituto, aprobadas por la Autoridad Superior, en las cuales se prevean las competencias respectivas del Instituto mismo, de las comunidades y de los miembros asociados o de
  • 4.
    los voluntarios. Laspersonas consagradas, enviadas por sus Superiores o Superioras y permaneciendo bajo su dependencia, pueden participar con formas específicas de colaboración en iniciativas laicales, particularmente en organismos e instituciones que se ocupan de los marginados y que tienen como finalidad aliviar el sufrimiento humano. Esta colaboración, si está sustentada y animada por una fuerte y clara identidad cristiana, y respeta el carácter propio de la vida consagrada, puede hacer brillar la fuerza iluminadora del Evangelio en las situaciones más oscuras de la existencia humana. En estos años no pocas personas consagradas han entrado a formar parte de alguno de los movimientos eclesiales surgidos en nuestro tiempo. Con frecuencia los interesados se benefician especialmente en lo que se refiere a la renovación espiritual. Sin embargo, no se puede negar que en algunos casos esto crea malestar y desorientación a nivel personal y comunitario, sobre todo cuando tales experiencias entran en conflicto con las exigencias de la vida comunitaria y de la espiritualidad del propio Instituto. Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que la adhesión a los movimientos eclesiales se efectúe siempre respetando el carisma y la disciplina del propio Instituto, con el consentimiento de los Superiores y de las Superioras, y con disponibilidad para aceptar sus decisiones. SEGUIR A JESUCRISTO POR LOS CAMINOS DE Mª EMILIA (Pags 15-18) EL “POR QUIÉN” Y EL “POR QUÉ” DE Mª EMILIA Y EL NUESTRO Para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21) 1.El centro del Centro Para conocer a fondo a una persona no basta con admirar sus obras, ni basta conocer el “cómo” de su estilo personal realizándolas. Es necesario conocer Qué le mueve a realizarlas. Valemos lo que valen los por qué (motivos) de nuestra vida y de nuestras acciones voluntarias. A Mª Emilia Riquelme se la conoce de verdad cuando se conoce su central interior (el núcleo de los motivos que interesan su voluntad), su sentido de la vida, su por qué, su razón, su tesoro10 , fuente de sus convicciones efectivas, no teóricas. Por ellas libremente, y al precio que en cada momento le fue 10 Mt 13, 44-46.
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    requerido, tomó, ymantuvo, la decisión más importante de su vida: la de arriesgarla por entero, de una vez, sin reservarse, sin poner condiciones y sin guardarse salidas de emergencia, por hacer presente a Dios en su mundo. Su CENTRO es lo primero que se ve en Mª Emilia. Lo recibe desde su nacimiento en un clima de piedad honda. Va haciéndose luego consciente y manifestándose como tal centro en abundantes experiencias, -no programadas-, de despojo de criaturas, aun las naturalmente más necesarias. A través de una cadena de situaciones de desarraigo interior de otras criaturas, de la que voluntariamente se empeñará en no salir y que ya no le abandonará nunca, se afianza su conciencia profunda del “Único necesario”11 . Lo percibe con creciente luz como el Dios que “Tanto amó al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único,... para que todo el que crea en Él no perezca...”12 ; se experimenta particularmente atraída por ese amor levantado sobre lo alto13 , absorbida por el extremo vigoroso de ese amor: la PASCUA y por la PRESENCIA permanente de ese amor: la EUCARISTÍA14 . La PASCUA es su centro personal. Toda su vida resulta fuertemente marcada por ese Amor, que sigue siendo el Centro divino de la historia humana. Nada extraño que termine polarizada por la traducción sacramental viva del mismo, la EUCARISTÍA y que este sacramento del amor que no se reserva, que no discrimina destinatarios (por vosotros y por todos) y que busca precisamente a cuantos el egoísmo humano ha discriminado, sea para ella el centro de ese Centro15 . El encuentro con la Persona del Hijo, “nuestra Pascua y nuestra paz definitiva”16 , da un vuelco también definitivo a su vida17 . Un centro personal así, consciente y apasionadamente asumido es, por esencia, transformador. Recoloca toda la persona y su mundo en torno a él: afectividad, ideas, sueños, intereses, cuerpo, deseos, medios, obras, el mundo (“los otros”)... La persona entera de Mª Emilia comenzó a ser transformada, reabsorbida por la conciencia, que va tomando, del proceso pascual que fue toda la vida de Jesús. Y vive la EUCARISTIA como llamada a esa transformación18 y como fuente y alimento permanente de la misma. 11 “Hijas, solo Dios, y todo lo demás sólo por Dios” Cartas 15.02.1906. “Es lo único que absorbe mi vida, servir a Dios y agradarle y, como causa principalísima, cuidar a mis hijas” Carta 20.09.1911. 12 Jn 3,16. 13 Jn 12,32. 14 “Jesús Sacramentado es el centro de la Misionera”. Pensamientos 79. 15 Const/90, 3.1 “La Eucaristía, corazón de nuestra vida..., síntesis de todas las realidades sobrenaturales..., eje de nuestra Comunidad... 16 Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación I. 17 “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” BENEDICTO XVI, Dios es Amor, 1. 18 “En la sagrada Comunión es donde mejor conoce el alma a Jesús; bebe allí, por decirlo así, la dicha inmensa de la transformación eucarística; ya no respira el alma más que en Jesús, por Jesús, para Jesús; allí siente su amor y crece en su amor y lo ama cada vez más y más,
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    Mª Emilia, llamadaa su transformación personal más profunda: la de comprometerse a vivir su propia Pascua; la de pasar de la muerte a la vida; la de dejar de vivir para sí y vivir del todo, inseparablemente, para Él y para sus intereses, que son todos los seres humanos. Esa es también esencialmente nuestra misma llamada, que lleva consigo la renuncia a exigir vida a otros, el permanente agradecimiento a cuantos nos dan la suya y el poner definitivamente nuestra vida a disposición de todos a fondo perdido. Este es el pleno sentido de nuestra inmolación como respuesta, por la que nos asociamos al sacrificio eucarístico de Cristo y cooperamos de la manera más profunda a su obra redentora19 . La misma y única voluntad divina, Centro del Hijo, realizada en su plenitud en su PASCUA: “que te reconozcan a ti como único Dios verdadero y a Jesucristo como tu enviado” (Jn 17,3), continúa eficazmente presente en la EUCARISTÍA. De esta fuente mana y se alimenta el celo apostólico de Mª Emilia: “ganar sus almas para Dios, que es nuestro único objetivo... por todos los medios posibles...”20 . De la misma fuente nace su sensibilidad para la inconsciencia y la ignorancia que tiene nuestro mundo de esta revelación y su intuición de que ellas son la raíz de la increencia y la injusticia, que impregnan culturas, relaciones sociales, políticas, estilos de vida..., de su mundo. Hoy siguen siéndolo en el nuestro. Nace también su honda preocupación por la Iglesia, por un lado, fuertemente combatida desde fuera por violentas formas de anticlericalismo, y por otro debilitada en su fervor misionero y evangelizador más puro. Fenómenos ambos que, en formas más sutiles, es fácil verificar cómo están presentes en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia hoy21 . No es que nuestro mundo, en su conjunto, sea menos cristiano que el que conoció y vivió Mª Emilia. Ni nuestra Iglesia menos auténtica. Sin duda no. Hay, más Evangelio penetrando capas profundas del ser humano y de la sociedad, e inspirando leyes y criterios de actuación, incluso en grupos humanos que no se dicen cristianos, y moviendo a muchos que no se remiten en sus vidas conscientemente al Evangelio. Y hay en nuestra Iglesia una inquietud más viva por hacer presente el evangelio en una sociedad fuertemente tocada de laicismo, junto al reconocimiento humilde de sus propias debilidades como Iglesia22 . Pero, si somos responsables de que la PASCUA, no y en su amor se abrasa, consume y quema con ese fuego divino que vino a traer a la tierra y del cual Él mismo dice: ¡y qué quiero, sino que arda!” Pensamientos, 74. 19 Const/90, 3. 1; IV, 51. 20 Const/1896 c.2, 3. 21 “La Iglesia, nuestra santísima Madre, siempre tuvo y tendrá enemigos. Siempre he creído ser llamada por Dios para defender mi Santa Madre. Joven yo me reía de mí. ¿Qué hará nuestro Señor para poderse servir de este muñequito? Pues, ¡oh poder de Dios!, fui monja, tuve conventos, empezaron enormes persecuciones; seguí mi pequeño caminito: callar y sufrir” Cuad. Esp. Noviembre 1927. 22 Preocupaciones que recientemente la Conferencia Episcopal española relaciona justamente con la Eucaristía, no sólo como lugar de intercesión, sino como fuente del compromiso más profundo por erradicar sus causas, el de la Pascua de la que la Iglesia es portadora viviente: las que tienen su origen en un humanismo inmanentista que se manifiesta en“las tendencias laicistas en la organización de la sociedad, la desidentificación de la realidad misma del
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    sólo sea anunciada,sino de que sea experimentable, llegue a todos y actúe eficazmente quitando el pecado del mundo, es la donación entera y permanente de nuestras personas por todos, como la de Mª Emilia, la que obrará como levadura pascual, en nuestra Iglesia y, con ella, en nuestro mundo23 . Me respondo: - ¿Vivo movida/o, como M. Mª Emilia, por hacer presente a Dios en este mundo? - ¿Pueden ver los demás mi CENTRO puramente por el amor pascual que experimentan tratándome? - ¿Exploro cada vez más la PASCUA como el mayor amor, inagotable, que nadie, - sólo Dios- , me ha tenido nunca? - ¿Vivo la EUCARISTÍA como ese Amor, que transforma el mío; de la Eucaristía como alimento real del sentido de mi vida; para la Eucaristía, como lo que debo ser ante todo ser humano? - Desde lo que la Eucaristía significa para mi, ¿siento el mundo, la Iglesia, la Congregación, dispuesta/o a que mi vida pascual los fermente de Evangelio? matrimonio y la familia, los atentados contra el concebido no nacido, el recorte de libertades en materia educativa, la deriva de una parte de la juventud, sometida a nuevas formas de esclavitud” y las que surgen en la misma vida interna de la Iglesia: “la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes; la desorientación que afecta a un buen número de sacerdotes, religiosos y laicos; la disminución de vocaciones para el sacerdocio y para los institutos de vida consagrada; la pobreza de vida litúrgica y sacramental de no pocas comunidades cristianas; la aparición de nuevas formas de disenso teológico y eclesial y la escasa presencia pública de los católicos”. Problema de fondo: la secularización interna de la Iglesia. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Plan Pastoral 2006-2010, “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,35). Vivir de la Eucaristía, nº 4. 23 Mt 13,33; Const./90, V, 54.