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NEFER WILLIAMS
PANTHĔON SACRĀTUS
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Hechos históricos
Me queda muy poco tiempo para escribir este relato, muy poco
tiempo. Incluso mientras se seca la tinta en mi pergamino, siento
que se aproxima el destino que se cierne sobre nosotros y, aunque
no poseo la visión de un dios ni de un alto hechicero, sé que no
confundo su causa ni propósito. Es mí deber legar a la posteridad
todo lo que pueda sobre los sucesos que ocasionarán nuestro más
que posible final: la muerte del Dragón Real Salmanasar y la
extinción de la Edad de Fuego. No eludiré este deber, si los dioses de
Fuego me conceden el tiempo necesario para llevar a cabo mis
deseos.
El poder del Panthéon Sacrátus, se está derrumbando. Cuando
vuelvan a salir las dos lunas, veremos la horda en nuestro portal,
vociferando por el triunfo del Poder Negro, y un presentimiento me
dice que muy pronto veremos la maldita cara de Apofis y
moriremos.
Nuestra lealtad ha sido siempre para los dragones Salmanasar,
a los que hemos servido fielmente durante generaciones; pero ahora
ni siquiera estos tres grandes dioses de fuego pueden salvarnos,
pues su poder se ha debilitado al morir el Dragón Real. Merced a la
traición de aquellos a quienes gobernamos, el dios Apofis y sus
secuaces han roto el destierro y han vuelto al mundo; el eterno
enemigo, las Tinieblas han desafiado a los dragones y han ganado.
Nuestros dioses se están retirando y no pueden hacer nada por
nosotros. Hemos apelado a las más poderosas fuerzas ocultas que
conoce nuestra raza, pero no hay solución; no pueden ayudarnos.
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Y así nos prepararemos para abandonar este mundo y afrontar
el destino que nos depare la vida futura. Los que vendrán,
inmortales y humanos; partidarios del cambio de Era, unos y de la
oscuridad, otros; destruirán el arte y la sabiduría que nuestra
cultura nos ha concedido y que hemos acumulado durante muchos
siglos de nuestro gobierno en Antiguo Mundo. Se regocijaran con
la destrucción de nuestra hechicería, celebraran la aniquilación de
nuestros sacros conocimientos arcanos. Morarán en nuestro
Templo y se considerarán libres. Nosotros, que situamos orígenes
por encima y más allá de su inmortalidad, casi podríamos sentir
compasión por ellos. Pero no puede haber compasión para esos
inmortales y humanos traidores que han vuelto la espalda a las
verdaderas sendas para seguir a otros dioses. Lo vaticino, habrá
derramamiento de sangre; instauración de profecías; terror… Pero
nuestra hechicería y poder no puede hacer frente por sí sola a los
falsos dioses del Poder Negro, invocados por necios humanos
oscuros para que abandonen el destierro impuesto por nuestro
ancestro, el Dragón Real Salmanasar y desafíen nuestro orden.
Prevalecerán; y nuestro tiempo habrá llegado a su fin.
Los dioses Salmanasar sobrevivientes y sus siervos se
encaminan hacia el exilio; nosotros, vamos hacia la destrucción.
Aunque nos consuela el hecho de que el reinado de los oscuros y sus
vasallos, los humanos, no puede durar siempre. Pasarán milenios,
pero el círculo se cerrará una vez más. Los dioses de fuego son
pacientes, y a su debido tiempo se lanzará el desafío. La Era del
Dragón volverá.
Firmo este documento de mi puño y letra antes de la caída…
Barac, primer Gran Maestre del Panthéon Sacrátus.
Este manuscrito es unos de los pocos fragmentos que se
salvaron de la destrucción, en la Gran Guerra de Fuego, hace
5547 años, después de la caída y destierro definitivo de los
dioses dragones.
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En tierras lejanas, más allá de la mítica, mágica y sagrada Jhodam,
se mantiene una encarnizada disputa por heredar el pequeño reino
de Esdras…
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Introducción
Después de la muerte de su esposa en una triste noche, al dar a luz
a su primogénito, el rey Ciro de Esdras se sumió en las
profundidades de una gran depresión. Una agonía lenta que acabó
con su fortaleza física.
Al llegar el frío y crudo invierno, cayó enfermo de pulmonía y
murió presa de altísimas fiebres, poco después. En aquellos tristes
momentos, no se había encendido la columnata de humo, en lo alto
de la torre, por el alma del difunto, cuando el ambicioso hermano
del rey, el conde Nabuc, un joven de veintidós años, que no deseaba
manchar sus manos, contrató los servicios extraoficiales de dos
sanguinarios sicarios para eliminar al heredero del trono de Esdras,
una criatura de tan sólo seis meses que tenía que crecer, antes de
comprender lo que significaba ser príncipe heredero. Una infancia
que el conde Nabuc no estaba dispuesto a que tuviera lugar. Su
ciega ambición por reinar en Esdras, la pequeña ciudad amurallada
al norte de Haraney, no tenía límites y el príncipe era un serio
obstáculo que podría disparatar sus planes en un plazo de tiempo
muy corto. Gracias a varios personajes del clero, que ambicionaban
una posición importante dentro del poder y a una legión importante
de la milicia, se propuso llevar a cabo sus planes.
Finalizado el Funeral de Estado, la muchedumbre se dispersó y dos
figuras que habían permanecido ocultas en un callejón, echaron a
caminar en dirección al castillo. Los dos hombres iban vestidos con
túnicas negras y capuchones que les caían sobre sus ojos.
Su presencia no había sido detectada por la muchedumbre,
porque ambos, por orden de Nabuc, estaban obligados a pasar
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inadvertidos, permaneciendo allí de pie, observando en silencio el
transcurrir de la procesión fúnebre. Luego, sin mirar atrás
ascendieron la empinada callejuela de resquebrajadas losas.
La muralla defensiva de la ciudad se extendía a lo largo de todo el
perímetro de Esdras y se accedía al castillo cruzando el torreón que
custodiaba el portón principal y el puente levadizo. Los dos sicarios
cruzaron la entrada, y ante ellos la vasta silueta de un edificio,
silencioso y helado, se erguía dominante.
Les envolvió un silencio sepulcral.
El cortejo fúnebre aún no había regresado.
En lo alto de la rampa, el conde Nabuc les esperaba
acompañado de su gato. Un extraño animal dotado de aptitudes
telepáticas, regalo del hechicero Aquís. Uno de los sicarios, Enós,
notó como la criatura felina le sondeaba la mente; éste miró al
animal.
⎯¿Podéis decirle a vuestro gato que deje de mirarme?
Nabuc entornó las cejas.
⎯¿Acaso le tenéis miedo?
⎯Miedo, no. Pero tengo la impresión de que trata de
desnudarme con su mirada.
Nabuc se echó a reír. Luego, miró a su gato; éste vaciló y
entornando su fino cuerpo y rabo bien alzado, se adentró en el
interior del castillo, ronroneando.
El conde saludó con cortesía al segundo sicario, éste se
presentó.
⎯Mi señor, soy Gamaliel, para servirle.
Nabuc lo miró con arrogancia. Su rostro aguileño, de ojos
verdes y cabellos negros como el azabache, no infundía confianza.
Gamaliel se dio cuenta de ello nada más verle. A una seña del
conde, los dos sicarios entraron en el interior.
⎯Seguidme ⎯les dijo.
Después de cruzar la sala hipóstila, llegaron a un amplió salón
rodeado, a ambos lados con grandes columnas dotadas de bellos y
ornamentados capiteles campaniformes. Al fondo, el trono vacío.
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Nabuc se acercó al estrado y se retrepó en el sillón tapizado en oro;
luego los contempló, por unos instantes, en silencio. A la débil luz
de la sala, Enós pensó que parecía tenso.
⎯No hace falta que os diga lo importante que es el trabajo que
tenéis que llevar a cabo. La discreción es primordial.
Gamaliel sonrió débilmente.
⎯Desde luego ⎯respondió Enós⎯. ¿Quién es la víctima?
⎯Un niño.
Gamaliel se escandalizó al oír aquellas secas dos palabras. Él
no se consideraba un asesino de niños.
⎯¿No hablará en serio, Nabuc?
El conde se levantó del trono y echó a caminar alrededor de
ellos, los miró y su amplia sonrisa resultó súbitamente
amenazadora.
⎯Muy en serio.
Enós, que le importaba muy poco el tamaño de sus víctimas, le
preguntó:
⎯¿De quién se trata?
⎯Del príncipe heredero ⎯les respondió, pero al ver las caras
de pasmo que tenía frente a él, se aventuró a ofrecerles algo que
sabía, no rechazarían⎯. No temáis. Os pagaré con monedas de oro.
⎯El trabajo comporta sus riesgos y por eso me veo obligado a
solicitar el cobro por anticipado.
⎯No ⎯la voz firme de Nabuc no aceptaba réplicas⎯. Ahora
cobraréis la mitad, y cuando hayáis acabado con vuestro trabajo os
daré el resto. ¿Estamos de acuerdo, señores?
⎯Sí, pero ¿qué dirá el clero…? ⎯preguntó Enós.
Nabuc lo interrumpió.
⎯Lo que opine el clero y la milicia me trae sin cuidado.
Además, los tengo a casi todos en el bolsillo ⎯hizo una pausa⎯. El
pueblo es quién debe importarnos, a ellos no será fácil ocultarles la
verdad. Culparemos de la muerte del príncipe a su nodriza Maia,
así se disiparan los posibles rumores que pueda fomentar la
desaparición del niño.
Mientras los tres hombres maquinaban; en la oscuridad de una
esquina, una joven cubierta con una capa tan negra como el carbón
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y que se confundía con las sombras, escuchó todo cuanto se dijo en
el salón del trono. Ella al asimilar las palabras y comprobar que era
el objetivo, junto al niño, de los tres hombres se quedó confusa y
alarmada. Se llevó una mano a la boca para ahogar el grito que su
garganta trataba de emitir. Ya no tenía dudas, se había convertido
en el blanco de la conspiración de aquellos tres hombres y el
nerviosismo se cebó en ella.
⎯¡Ra, te lo suplico, ayúdame! ¡Dame valor para salvar al
niño! ⎯rezó una súplica a la deidad viviente que veneraba.
Maia, la nodriza de la criatura, nació en Jhodam pero sus
padres emigraron a Esdras en los tiempos en que ser un forjador de
armas era considerado un trabajo privilegiado. En la actualidad, los
herreros, para ganarse el sustento, ya no suelen buscar empleo en
otros lugares, pues son necesarios en sus ciudades de origen. La
nueva era instaurada por el rey-dios trajo profundos cambios
políticos, y los levantamientos de proscritos estaban a la orden del
día. El mal no había desaparecido totalmente, pues ahora éste no
estaba promovido por dioses, sino por hombres. Fueron ellos, los
proscritos, quienes tomaron el testigo dejado por las fuerzas del
oscuras. Sin embargo, estos grupos armados, al carecer de poder, no
podían enfrentarse al rey-dios ni a los inmortales, y se dedicaban a
causar alborotos de más o menos importancia a lo largo y ancho de
Nuevo Mundo. En algunos territorios, los saqueos y las violaciones
ocurrían casi a diario y Jhodam no pudiendo abarcarlo todo, delegó
a muchos núcleos habitados todo el control de sus tierras. De esta
forma nacieron pequeñas ciudades amuralladas, como Esdras en el
norte y Bilsán en el sur, que con un gobierno independiente
trataban de luchar por sobrevivir en un mundo cada vez más
complicado.
Maia, totalmente asustada, giró sobre sus talones y salió corriendo
de la estancia. Al girar, apresurada, la esquina, tropezó, y esto
alertó a los tres conspiradores. Desviaron la mirada hacia el lugar
de dónde provenía el sonido y Gamaliel avanzó unos pasos; no vio
nada. La joven desapareció antes de que ellos pudieran averiguar de
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quién se trataba.
⎯El gato, supongo ⎯dijo el sicario Gamaliel.
Nabuc y Enós se miraron en silencio.
⎯¡Acabemos de una vez! ⎯El conde les hizo entrega de una
bolsita de terciopelo rojo con las monedas de oro pactadas en su
interior.
Enós y Gamaliel lo miraron sorprendidos. El primero
carraspeó, antes de preguntarle:
⎯¿Ahora, Señor?
⎯¡Sí, ahora! ⎯El conocimiento de que estaba haciendo algo
cruel y traicionando los principios morales de las leyes de Esdras no
pareció importarle. La existencia del niño era como un grano en el
culo y tenía que hacerlo desaparecer antes de que fuera demasiado
tarde.
En esos momentos, Maia sólo tenía un objetivo y era sacar a
escondidas al niño y huir al bosque. El infortunio acechaba a la
criatura y como si de un presentimiento se tratase, comenzó a
berrear a pleno pulmón. La nodriza que corría por el corredor oyó el
llanto del niño y aceleró con el corazón en el puño. Tras ella, a
cierta distancia, los sicarios que con un cuchillo en mano se
dirigían al aposento del niño para cometer el más vil y cruel acto: el
asesinato de una criatura inocente.
«No hay tiempo», pensó.
Maia entró en el aposento. Sin verlo, ella podía sentir como el
diminuto cuerpo se estremecía cada vez que un débil sollozo lo
sacudía.
Rápidamente, apartó el dosel que protegía la cuna, contempló
al niño, unos instantes, y luego, lo cogió entre sus brazos,
acunándole. Al sentir el calor de su madre adoptiva, el príncipe
emitió un profundo y entrecortado suspiro, dejando de llorar. Lo
cubrió con una mantita negra y salió del aposento. Una vez en el
pasillo, tuvo miedo; oyó voces, alguien se acercaba. Cuando llegó al
final del vestíbulo, se detuvo y pudo vislumbrar a lo lejos a dos
figuras negras encapuchadas: eran los sicarios que estaban a sólo
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unos metros del aposento.
Maia sintió un escalofrío y, dando media vuelta, echó a
caminar deprisa en dirección opuesta.
«Te pondré a salvo, mi niño», dijo mentalmente.
Atravesó corriendo el último corredor y salió por una puerta
trasera, al exterior. Los rayos solares se habían perdido y una
neblina gris y espesa se cernió sobre la ciudad como un manto,
acompañando a las primeras sombras de la oscuridad. Maia,
totalmente encapuchada, se adentró en las lúgubres callejuelas,
ocultándose de un grupo de guardias que conversaba en corrillo
antes de realizar la ronda por la ciudad. Por lo demás, las calles
estaban silenciosas y vacías. Cuando cruzó la torreta de la entrada a
la ciudad, Maia, cegada por el hecho de conseguir poner a salvo al
niño, echó a correr ladera abajo sin mirar atrás. Sentía pánico sólo
con pensar que los sicarios irían tras ella para cazarla como a un
animal salvaje.
Enós apoyó su mano en la cerradura y ésta chirrió, se entreabrió la
puerta, los dos sicarios se encontraron con una estancia a oscuras;
al fondo, junto a la ventana: una cunita oculta bajo un traslucido y
sedoso dosel.
Se quedaron inmóviles en el umbral. Gamaliel empujó la
puerta con decisión, que se abrió del todo dando un portazo contra
la pared. La evidencia de que el heredero del trono de Esdras no
estaba en su cunita les abofeteó bruscamente.
⎯Se lo han llevado… ⎯murmuró Gamaliel.
⎯¡Silencio! Puede haber otra explicación ¡No te pongas
nervioso!
Entraron en el aposento, cautelosamente, sin ruido y
avanzaron hacia la cuna. Enós apartó con brusquedad el dosel y
efectivamente el niño no estaba allí.
Gamaliel miró a su compañero, preocupado.
⎯¿Y ahora, qué hacemos?
Enós iba a responderle, cuando la puerta se cerró a sus
espaldas, con un ruido que puso los pelos de punta a los dos.
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Ambos se dieron la vuelta en redondo. El conde Nabuc estaba
entre ellos y la puerta. Sonrió, sin humor.
⎯¿No me digáis que se os ha perdido?
Gamaliel palideció. A Nabuc le desconcertaba el hecho de que
los dos sicarios no hubieran conseguido impedir la huida de Maia
con el niño, pues él no tenía ninguna duda. Sólo ella, podía hacer
algo así. El supuesto gato del salón no era tal.
⎯Mi señor, no sé cómo ha podido pasar. Nunca antes…
Nabuc, enfurecido, lo interrumpió.
⎯Enós, encontrad a la joven y al niño; ¡matadlos! Bajo
ningún concepto deben llegar a Jhodam. Si ella consigue llegar
hasta el Rey emperador, la ira de Nathan caerá sobre todos
nosotros.
⎯Pero desconocemos cómo es ella, mi señor.
⎯El bosque no es un lugar adecuado para una mujer y menos
aún, si ésta va acompañada de un bebe. ¡Quiero resultados! ⎯los
miró con ojos glaciales⎯. No regreséis a Esdras sin haber cumplido
con vuestra parte del trato.
⎯¿Qué hacemos con los cuerpos? Supongo que no los querrá
aquí.
⎯Entregádselos a los leones —les dijo con expresión
desdeñosa—. Por una vez, comerán algo suculento.
Nabuc pensaba amargadamente en una posibilidad, remota,
pero que cobraba fuerza a medida que pasaban los minutos; un niño
perdido en las montañas, difícilmente podría sobrevivir…
⎯¡Largaros! ⎯les gritó.
Después de una hora corriendo por el bosque, Maia no podía más.
El agotamiento se había ensañado con ella y el niño empezó a llorar
de hambre. No le quedó más remedio que buscar un escondrijo,
cobijarse en el y amamantar al niño.
Hacía frío, mucho frío…
A la mañana siguiente, Maia despertó sobresaltada. El niño
aún seguía cogido a su pecho, profundamente dormido. Suavemente
lo apartó y arrebujándose bien con la capa, tapó al niño y se
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levantó. Echó a correr a través del claro, pero pronto se quedó sin
aliento.
Algo jadeante, se acercó a una roca de bordes contorneados y se
apoyó en ella un instante, tratando de contener los dolorosos latidos
del corazón. En ese momento algo llamó su atención.
Había sido localizada.
Cascos de caballos. El terror se apoderó de ella. Tuvo el fatal
presentimiento de que iba a morir. No tenía elección, debía buscar
un lugar donde esconder el niño, pero no tuvo tiempo.
Una flecha le atravesó la espalda y el niño cayó de sus brazos.
Su cuerpecito empezó a rodar por la ladera hasta caer, a muchos
metros de allí, en un foso de pocos centímetros de profundidad.
Maia se tambaleó y apoyó su mano sobre un viejo tronco. Su
rostro había palidecido por el dolor. Vio la sangre brotar; después,
cayó de rodillas, sus ojos entreabiertos consiguieron vislumbrar
brevemente a dos jinetes negros que se acercaban a ella con rapidez,
antes de que la muerte la arrancara del mundo de los vivos.
Los dos sicarios desmontaron de los caballos.
⎯¡Busca al niño! No debe estar muy lejos.
Gamaliel obedeció al instante. Inspeccionó los alrededores y no
encontró nada. Mientras que Enós, había arrastrado el cuerpo de la
mujer hasta un claro, dejándolo allí para que el olor de la sangre
atrajera a los depredadores.
⎯¿Ni rastro del niño? ⎯preguntó Enós.
Gamaliel negó con la cabeza, sin atreverse a pronunciar
palabra alguna.
⎯Bien, no pasa nada. Si está en algún lugar de este bosque no
sobrevivirá ⎯hizo una pausa y miró a su alrededor⎯. Le diremos a
Nabuc, que lo matamos junto a la nodriza.
⎯No colará…
⎯Eso es lo de menos. Dudo que el conde desee cerciorarse, se
pondría en evidencia.
Enós acarició la bolsa de terciopelo. Las apreciadas monedas de
oro tintineaban orgullosas por ser tan nobles, pero sólo en
apariencia. La ambición del hombre por el oro no tenía límites y casi
siempre estaban empañadas de sangre.
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Horas después…
El llanto de un niño alertó a un jinete que cabalgaba rumbo a
Bilsán y que había optado atajar por el bosque de Esdras, sin saber
muy bien por qué. Detuvo su caballo y desmontó. Él no estaba muy
seguro, pero lo había oído… ¿un sollozo, un gimoteo? Era
consciente de que cerca de él, latía un pequeño corazón humano.
El llanto se hizo más intenso.
Se guió por el desgarrador llanto y pronto dio con él. Debajo de
un matorral, había un pequeño foso cubierto de maleza. El hombre
levantó las hojas y hierbas que cubrían la zanja y, para su sorpresa,
se encontró a una pequeñísima criatura. Era un bebe de unos seis
meses, muy bien arropado, envuelto en una mullida manta negra,
ceñida con un cinturón bajo la barriguita. El foso y las malezas lo
ocultaron tan bien, que había pasado desapercibido durante horas.
Hasta que un joven hechicero inmortal llamado Morpheus, lo
encontró.
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Capítulo 1
Sanctasanctórum
In diebus illis…
Un pórtico con dos columnas papiriformes de capiteles
cerrados, que preceden a la entrada del templo y éste mismo,
es lo único que se mantiene en pie en la Ciudad Perdida, a
dos kilómetros de Bilsán, al sureste de Jhodam.
El Panthĕon Sacrātus es un templo mágico, milenario,
con dos espacios claramente diferenciados; el recinto que
evoca el universo, y cualquiera puede acceder a sus salas
hipóstilas; y el subterráneo, con el espacio sagrado cerrado, el
Sanctasanctórum; un lugar dónde se supone, residen los Seres
y las Dryadis que integran el codex sacrosanctus deus Dracōnis
Salmanasar. En su interior, el mundo sagrado queda aislado
del mundo exterior por un portón sellado, inviolado; es la
entrada al Panthĕon, un ingente mausoleo, suntuoso,
reservado y misterioso que, regido por la Quintus Essentĭa,
oculta un terrible secreto, un velo hermético que sólo puede
ser descubierto invocando al Basilisco.
Con el paso de los siglos el mágico Sanctasanctórum se
ha mantenido milagrosamente en pie. Esto ha contribuido a
que los habitantes de los territorios cercanos idealizaran
multitud de fantasías sobre el Panteón que no estaban
alejadas de la realidad. Había mucho de cierto en aquellas
leyendas.
A pocos metros del templo, una explanada con multitud
de columnas arruinadas se había convertido en la zona de
juegos, por excelencia, de los niños bilsaníes, que utilizaban
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las ruinas de la Ciudad Perdida para jugar a batallitas entre
inmortales y demonios. No muy lejos de allí, los aldeanos
recogían la cosecha de la semana anterior, mientras sus hijos
se sumergían de lleno en sus juegos infantiles.
Recientemente se había unido a los habitantes de Bilsán,
una gran colonia de agricultores y ganaderos poblando una
buena parte de los territorios de labranza.
Bilsán era una pequeña ciudad relativamente reciente, y
no tenía historia. Su antigüedad se remonta a tan sólo veinte
años y actualmente está bajo la jurisdicción del senescal
jhodamíe Baal Zebub III, cargo otorgado por el Rey
emperador Nathan Falcon-Nekhbet I. La mayor parte de sus
habitantes habían abandonado la urbe de Jhodam para vivir
la tranquila y dura vida del campo, tan poco frecuente en la
ciudad imperial. Otros, eran colonos que no deseaban vivir
en ciudades amuralladas, como Esdras o Rhodes.
En la lejanía, con los ojos puestos en el norte, se podían
vislumbrar grandes montañas; enormes masas de granito
que se elevaban a tremenda altura y sus picos estaban
nevados todo el año, era Haraney.
Los campesinos limpiaban la tierra y luego la sembraban. No
había quejas ni rumores de rebelión, nadie se metía con los
agricultores. El trabajo les gustaba, estaba muy bien pagado y
lo realizaban con entusiasmo. En uno de esos momentos de
arduo trabajo, mientras los niños jugaban en la explanada,
unos campesinos apartaron su atención del campo para
posarla sobre dos figuras que habían aparecido en el camino
que llevaba, a través de los bosques, a las llanuras de
labranza. Al acercarse, los campesinos curiosos observaron
claramente que se trataba de dos hombres de apariencia
joven y elegancia aristocrática; iban lujosamente ataviados y
montados en bellísimos y enjaezados corceles.
El hechicero inmortal Morpheus, capataz de los
campesinos, de aspecto sencillo, pero de constitución fuerte y
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cálidos ojos verdes, los reconoció de lejos y corriendo se abrió
paso entre los trabajadores. No podía creérselo, igualmente
no sabía que hacían Halmir, el padre del rey-dios, y el
alquimista Ishtar en aquellas tierras. Eran los inmortales más
venerados después del Rey de reyes o emperador, Nathan.
⎯¡Por todos los dioses! ¡No me lo puedo creer!
⎯exclamó Morpheus, mostrándose loco de alegría.
Ishtar y Halmir detuvieron sus caballos y desmontaron.
Se saludaron con un buen estrechón de manos y luego, los
tres se alejaron a paso tranquilo de la zona de labranza, en
dirección a las ruinas de la Ciudad Perdida.
⎯Tenéis buen aspecto —dijo Morpheus—. Pero…
parecéis cansados. ¿Qué os trae por aquí?
Halmir caminaba sosegado, con las manos tras la
espalda. Ishtar no se apartaba de su lado, parecía su sombra.
—Cansados —dijo Ishtar, apartándose de Halmir—. Si.
Oh, sí, mucho.
Morpheus vio cómo le cambió el rostro al padre del rey;
éste estaba agotado de reuniones, pero no se había percatado
de ello hasta que Ishtar abrió la boca.
⎯Disturbios en los alrededores de Esdras —respondió—
. Venimos de tratar este asunto con el senescal Baal Zebub.
Morpheus bufó y pensó en el problema de siempre.
⎯¡Baal Zebub! —exclamó Morpheus—. No es de
extrañar que estéis cansados —dijo—. La senescalía al
completo anda reventada tras él.
—El asunto que hemos tratado es de la máxima
prioridad.
Morpheus se apresuró en preguntar.
—¿Bandidos? ⎯preguntó.
⎯Sí ⎯afirmó Halmir⎯. Una escoria difícil de erradicar.
Morpheus miró hacia el grupo de niños y levantó el
brazo, hizo una seña a su hijo para que acudiera ante ellos,
pero éste no lo vio; sin embargo, un amiguito, si. El niño
gritó como si le fuera la vida en ello.
—¡Jadlaaaaaaay! —todos los niños se volvieron hacia él y
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se echaron a reír—. ¡Te llamaaaaan!
Los inmortales no prestaron atención a los berridos del
chiquillo y continuaron conversando como si nada.
⎯¿A qué se debe el gran crecimiento de estos grupos?
⎯Realmente no lo sabemos —respondió Halmir—. Mi
hijo pretende aniquilarlos, pero yo estoy retrasando
deliberadamente sus decisiones ―suspiró―. La verdad,
Morpheus, estoy harto de tantas muertes.
⎯Por cierto, Halmir ¿cómo está tu hijo? Hace siete años
que no lo veo.
⎯Sufre altibajos, pero por lo general se encuentra bien.
¿Y tú que me cuentas? Me llegaron rumores de que tenías un
hijo ¿Te has casado sin yo saberlo?
Morpheus se detuvo un instante y miró fijamente a los
dos venerables inmortales.
—¿Tu hijo no te ha comentado nada del niño?
Halmir sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro.
—Nathan tiene por costumbre no contarme nada que yo
deba desconocer.
—Qué extraño —dijo Morpheus.
—Mi hijo es un ser insondable; me consta que eso, tú, ya
lo sabes.
Se detuvieron unos instantes.
⎯Bien, pues entonces, te lo diré yo; pero que quede
entre nosotros… ⎯dijo⎯. Tiene siete años y lo encontré
abandonado en el bosque de Esdras cuando tan sólo era un
bebe de unos pocos meses.
Ishtar, como extraordinario psíquico que era, ató cabos
de inmediato e intervino.
⎯¿No será…?
Morpheus le interrumpió.
⎯¿El hijo del rey Ciro? Sí, lo es.
Ishtar se quedó pensativo, y Halmir, sin sorprenderse en
absoluto, le asaltó una duda.
⎯¿El niño lo sabe?
⎯No —respondió tajantemente—. Y la verdad, tal y
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como están las cosas, con Nabuc en el poder, no me parece
buena idea que lo sepa.
Pese a todo, Halmir creyó conveniente…
⎯Deberías plantearte su educación en Jhodam —dijo—.
Es posible que algún día recupere lo que le pertenece y en ese
caso, debería estar a la altura de las circunstancias.
⎯Sí, eso es algo que he pensado en multitud de
ocasiones, pero no es una opción viable —repuso
Morpheus—. Su mundo es otro, y Jhodam es demasiado
imperial para un príncipe de rango inferior.
⎯¿Qué tontería dices? —espetó a Morpheus. Halmir no
era un hombre que midiera sus palabras y menos aún si las
consideraba injustas—. ¿Rango inferior? ¿Se puede saber a
que te refieres?
⎯Halmir, no nos engañemos —dijo Morpheus—. Esdras
es una ciudad pequeña, Jhodam un vasto imperio gobernado
por una criatura divina… a buen seguro que adquiriría
grandes complejos. Créeme es mejor así. Jadlay será un
guerrero, lo lleva en la sangre.
Aquellas palabras no le gustaron en absoluto, y tuvo que
hacer un esfuerzo para mantener la sonrisa y que no se
notara que estaba tenso.
⎯Supongo que cuando te refieres a una criatura divina
que gobierna un vasto imperio estás hablando de mi hijo —
replicó Halmir, con la sonrisa forzada—, pues bien te
puntualizaré algo, Nathan es más guerrero de lo que crees,
yo le he visto matar a sangre fría y no es nada agradable. Es
cierto, es un dios, pero sabe ser un hombre despiadado
cuando no le queda otra.
⎯Eso es lo que lo hace diferente a todos —dijo
Morpheus—. Si Jadlay creciera bajo su influencia, querría ser
como él y nadie puede ser como él.
Ishtar prestó atención al grupo de niños que jugaba en la
explanada de las columnas. Corrían y gritaban felices, ajenos
a todo el mal que se estaba gestando a su alrededor. En ese
instante se acercó hasta ellos un niño vivaracho, de grandes
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ojos verdes y cabello negro, muy rizado.
⎯¿Me has mandado llamar, padre? —de tanto correr de
un lado para otro, su rostro estaba rojo como un tomate.
Morpheus se inclinó ligeramente y puso una mano sobre
la cabeza de su hijo, removiendo, a su vez, sus cabellos.
⎯Sí, Jadlay —dijo, mientras señalaba a los dos hombres
que estaban junto a él—. Te he mandado llamar porque
quiero que conozcas a estos dos caballeros.
El niño miró a los dos hombres con curiosidad.
Halmir se inclinó y le ofreció la mano en señal de saludo.
⎯¿Qué tal muchachote?
Jadlay correspondió al saludo y luego hizo lo mismo con
Ishtar.
⎯Muy bien, señor —dijo cortésmente—. Pero ya no soy
un muchachote, he crecido. Ahora soy un hombre —terminó
de decir el niño con mucha expresividad.
Los tres inmortales se echaron a reír.
⎯Mira yo tengo un hijo al que no dejo crecer… Y ¿sabes
por qué?
El niño lo miró con los ojos bien abiertos. Las palabras
del inmortal provocaron su curiosidad. Aquella expresión
era nueva para él. Negó con la cabeza.
⎯Porque un día me dijo lo mismo que tú ⎯le respondió,
Halmir, quedándose con el pequeño⎯. Si te desvelo quién es,
quizá comprendas mis palabras. ¿Deseas saberlo?
Jadlay no supo que responder, miró decidido a su padre,
como queriendo recibir su aprobación. Morpheus miró a su
hijo, sonriente. Finalmente, el niño asintió.
⎯Es Nathan, el indomable, el rey-dios de Jhodam —dijo
sonriente—. Tu emperador.
El niño al oír aquellas palabras, palideció. Miró de nuevo
a su padre.
⎯¿Es cierto, padre?
Morpheus le dedicó a Jadlay su sonrisa más zalamera, y
puso una mano en su hombro.
⎯Sí, hijo.
24
De repente al niño se le ocurrió algo descabellado, o eso
era lo que pensaban los tres inmortales en un principio.
⎯Entonces, si vosotros sois amigos… ¿podré conocerle?
Halmir decidió que tenía que ser él quien respondiera a
la pregunta del niño. Su deseo no era tan fácil de cumplir,
antes…
⎯Para conocer al Rey, debes crecer —le dijo—. Hacerte
un hombre de verdad, sólo así podrás conocerle algún día.
Jadlay dio un brinco y pataleó el suelo, enojado.
⎯¿Acaso los niños…?
Halmir lo interrumpió, obligándole a dejar inconclusa la
frase.
⎯¿Ahora eres un niño?
Jadlay se ruborizó y bajó la cabeza, avergonzado. Se dio
cuenta de que el altivo Halmir lo había desnudado por
completo utilizando un sutil juego de palabras.
Las sonoras carcajadas de su padre y de los dos
inmortales provocaron que el niño huyera corriendo, rumbo
a la aldea.
⎯Espero no haberle ofendido ⎯repuso Halmir.
⎯¡Oh, no…! —dijo Morpheus, sonriendo—. Reconozco
que debe madurar y tú has sido un buen ejemplo. En serio,
creo que esta noche, mi hijo soñará contigo.
Los tres hombres se encaminaron hacia el templo. Una vez
allí, entraron en el interior; Ishtar, miraba a su alrededor,
totalmente sorprendido por el estado del recinto. La estancia
que seguía al pórtico tenía una longitud de veinticinco
metros y en el interior se encontraban cuatro nichos de roca
labrada, vacíos. La entrada subterránea, inviolada. Sellada
desde hace milenios
Halmir que caminaba cabizbajo, alzó la vista. Al
contemplar la bóveda, tan alta y aparentemente lejana, le
invadió el vértigo.
La voz de Morpheus tronó en sonoros ecos.
25
⎯Las inundaciones y las constantes reocupaciones no
han podido con este templo milenario. Realmente, se puede
afirmar que es la casa de los dioses ⎯vio como Halmir no
apartaba la vista de la bóveda, incómodo o asombrado, la
verdad es que no lo supo captar ni adivinar; el padre del rey
se había cerrado en banda. Pero por si acaso, alzó la mirada a
la techumbre⎯. Si os fijáis en el techo, éste es una
representación simbólica del universo conocido y por
conocer. Intrigante, ¿verdad?
—No tengo pensado entretenerme en este lugar —
murmuró Halmir.
«Por lo visto, al padre del rey no le gusta nada este
templo»
Morpheus casi prefirió oportuno dejar de seguir hablando
sobre el Sanctasanctórum.
Halmir se mantuvo en silencio. Él más que nadie sabía lo
que representaba aquel templo, no sólo la bóveda
astronómica sino lo que se ocultaba bajo sus pies. Tenía que
salir de allí, un terrible escalofrío lo inundó de pies a cabeza.
Un presagio, y por unos instantes, recordó el pasado… Su
hijo estaba muy ligado al Sanctasanctórum; pues ese lugar,
prohibido a todo ser viviente que no fuera un dios o tuviera
ascendencia divina, ocultaba algo terrible. Morpheus, como
buen hechicero inmortal que era, no tuvo problemas para
captar los pensamientos de Halmir y le pidió disculpas.
⎯Siento mucho que todo esto te haya hecho recordar los
trágicos momentos vividos con las muertes de los Septĭmus
—dijo—. Perdóname, no era mi intención.
«No es sólo eso… Hay algo más», pensó.
⎯No te preocupes —dijo, aparentemente más
tranquilo—. Pero si no os molesta, prefiero esperaros fuera.
—Morpheus hizo un gesto con la mano, señalándole el
umbral, a lo que Halmir respondió—: Conozco el camino
⎯luego, miró fugazmente a Ishtar⎯. Hemos de regresar
cuanto antes a Jhodam.
Cómo siempre, a Halmir le inquietaba dejar a su hijo
26
solo durante tantos días. Y con el retraso que llevaban no
veía el día de regreso. Ishtar y Morpheus salieron tras él y
regresaron en silencio a los campos; allí les esperaban los
caballos.
⎯¿Nos volveremos a ver? —preguntó Morpheus.
Halmir encajó un pie en el estribo y subió al caballo, asió
la rienda.
⎯Es posible.
Los dos inmortales espolearon los flancos y
emprendieron el galope veloz por las llanuras de Bilsán. El
resonar de los cascos de los caballos fue perdiéndose en la
lejanía. Unos minutos después, habían dejado atrás las aldeas
de los campesinos para adentrarse en los extensos dominios
de Jhodam.
Por delante, más de doce horas de agotador galope.
27
Capítulo 2
El Forjador De Espadas
A los quince años, Jadlay ocupó su lugar en los campos, junto
con los otros hijos de los campesinos. Trabajaba duro. Las
tareas de labranza las realizaba por la mañana y por la tarde
acudía entusiasmado a la herrería del viejo Caleb, donde
aprendía el oficio de forjador de espadas.
Morpheus no veía el momento de iniciarlo en sus artes
hechiceras. Consideraba que aún era demasiado joven y
alocado, y su mortalidad era, realmente, un obstáculo. Su hijo
no sólo era un muchacho inteligente y sociable, sino que
además estaba extraordinariamente dotado para las artes
guerreras. Un líder nato. Su demostrada habilidad para tratar
el hierro y otros metales le impresionaron tanto que,
persuadido por el viejo armero, decidió enviarlo a la herrería.
Con la seguridad de que el viejo forjador de armas Caleb, lo
instruiría correctamente y haría de él un hombre de
provecho.
Así las cosas, la iniciación arcana tendría que esperar.
La forja estaba situada en la Plaza Magna, en el centro de
la ciudad. Y los días que se hacían mercadillos acudía tanta
gente de las comarcas vecinas que el herrero, para trabajar el
exceso de pedidos, se veía obligado a contratar aprendices y
así, poder cumplir con los encargos de cortes, guerreros y
soldados de muy diversas nacionalidades que acudían a él
para que forjara nuevas y robustas espadas, armaduras,
lanzas… o simplemente, las afilaran o repararan las
28
bolladuras. Jadlay disfrutaba como nadie con los encargos
porque eso le permitía aprender más, y más deprisa. Entre
sus objetivos estaba el de ser guerrero del imperio jhodamíe,
pero no uno cualquiera, sino que soñaba con ser uno de los
hombres del Rey Nathan y defender en su nombre a los
oprimidos de déspotas como el rey Nabuc de Esdras, entre
otros.
Tenía en muy alta consideración todo lo referente al Rey
de reyes y su máxima aspiración como persona era parecerse
a él.
Jadlay y sus dos amigos Yejiel y Najat, con su
entusiasmo y trabajo, habían emprendido, sin ser
conscientes, el camino que les conduciría, en un futuro, a
liderar la resistencia.
Aquel invierno fue más frío que ningún otro, la nieve
descendió hasta la costa y el frío penetró en las casas y
cabañas de los campesinos. Todas las mañanas amanecía un
día helado y en los ríos flotaban planchas de hielo.
Al caer la noche…
Morpheus y su hijo cenaban junto al hogar encendido. El
olor a estofado había embriagado toda la casa. Sobre la mesa,
la cazuela, pan, dos platos y dos vasos de arcilla y un buen
vino de Shantany. El inmortal, sentado en la mesa frente a él,
pudo ver en sus ojos el cansancio acumulado después de una
intensa jornada en la forja.
El muchacho trabajaba muy duro y su padre se sentía
muy orgulloso de él, aunque a veces pensaba que se excedía
en el trabajo y tampoco era tan necesario. Vivían bien y no les
faltaba de nada; además, Morpheus estaba emparentado con
la dinastía Nekhbet: él y Halmir eran primos lejanos y en sus
venas corría sangre real. Con una ascendencia tan sugerente
no hacía falta reventarse a trabajar.
A esas horas de la noche, el cansancio se apoderaba del
chico y en su mente no dejaban de sonar los golpes
29
incesantes de la forja. No podía quitárselos de la cabeza, ya
formaban parte de sí mismo. Estaba aprendiendo el arte de
forjar el hierro y cada día que pasaba en la herrería más
enamorado estaba de su trabajo.
Ese ruido… Esos golpes… La herrería.
Gracias a ese duro trabajo, y con tan solo quince años,
había aprendido a dominarse. Había conseguido forjar su
carácter, frío y duro como la piedra.
Sus pensamientos se trasladaban a la forja con relativa
facilidad. Pensaba en la inmensa chimenea que aspiraba los
vapores nocivos y el calor generados por gran cantidad de
carbones incandescentes, depositados en una gran
plataforma de piedra con forma de polígono. Los martilleos,
los siseos y la respiración del aparato que caía sobre la
plataforma lanzando bocanadas de aire sobre los tizones.
Golpear el hierro hasta darle la forma que se desea. Enfriar y
moldear.
Las llameantes sombras.
Una voz lejana lo llamaba.
Estaba tan ensimismado pensando que la voz no era real,
sino fruto de un sueño.
⎯¡Jadlay! ¿Me oyes?
El chico seguía ausente.
Morpheus hizo un chasquido frente al rostro de su hijo.
El joven despertó de su ensueño, sobresaltado.
⎯¿Qué…?
⎯¿Estás bien? —le preguntó—. Te noto extraño.
Vio a su padre como lo miraba fijamente y se ruborizó,
incómodo.
⎯¡Oh, sí…! Lo siento.
El chico tiene quince años, pronto será un hombre
adulto. Morpheus pensó que había llegado el momento de
enseñarle todo lo que necesitaba saber para hacerse un
hombre, incluso que era adoptado. Por un instante se hizo un
silencio, hasta que el inmortal reunió el valor suficiente para
plantear una verdad cuya respuesta y reacción más temía.
30
⎯Hijo, es hora de que hablemos.
Jadlay, con el tenedor en las manos, lo interrumpió.
⎯¿De qué, padre? ¿Un sermón? ⎯dijo con tristeza a la
vez que lo miraba⎯. Es eso, ¿verdad? Me vas a echar un
sermón.
⎯No ⎯respondió Morpheus⎯. Quiero hablarte de mí.
A Jadlay le habían llegado rumores sobre la
inmortalidad de su padre. Pero siempre había aguardado la
esperanza de que esos rumores fueran falsos, porque si eran
ciertos sólo podía significar una cosa: que él no era su padre,
y entonces se tendría que plantear la pregunta que no quería
hacerse: ¿quién era él? Temía no estar preparado para
escuchar la verdad.
Jadlay, en el fondo, lo sabía y aunque no quería
admitirlo, ya sentía el peso de la soledad.
Morpheus abordó el tema directamente, sin rodeos.
Sabía todo sobre los comentarios que le habían llegado a su
hijo y ya no podía ocultarlo por más tiempo.
⎯Los rumores que has estado oyendo por ahí, son
ciertos… —el hombre dejó en suspenso sus palabras y esperó
la reacción de su hijo antes de continuar.
Jadlay miró a su padre con una tristeza que le llegaba a
los pies. En esos momentos su coraza fría y dura se rompió
en múltiples pedazos.
⎯¡No puede ser!
⎯Sí, lo es —afirmó, cabizbajo—. Soy inmortal, y tú…
Jadlay a punto de lagrimar, se levantó y apartó de la
mesa. Se encaminó hacia la ventana y clavó sus ojos en la
oscuridad. Morpheus alzó la mirada, ligeramente hastiado.
Sintió en su ser el sufrimiento del chico.
Cuando por fin se alejó de la ventana, volvió a la mesa.
⎯Escúchame, Jadlay. Para mí tú eres mi hijo. Te
encontré en el bosque, abandonado.
El chico miró a su padre angustiado.
⎯¿Me robaste?
⎯¡No! ⎯Morpheus decidió ocultar el verdadero origen
31
de su hijo y lo hizo por dos motivos: por su propio bien, y
porque el muchacho no estaba preparado para escuchar una
verdad que, seguro, le dolería. Sin embargo, se inventó una
historia con la esperanza de que Jadlay acabara aceptándola.
Tenía que seguir protegiéndole, era su deber⎯. Nadie te
reclamó.
El inmortal no pudo reprimir un escalofrío. Dirigió una
rápida mirada al muchacho, pero Jadlay tenía sus ojos
clavados en el fuego del hogar, pensativo.
Morpheus, abatido, inclinó la cabeza. El cuenco de
comida, medio lleno…
⎯Perdóname por ser tu padre ⎯empezó diciendo⎯.
Pero quiero que sepas que el código ético de los inmortales es
muy estricto y no contempla el hecho de recoger un niño
abandonado y criarlo. Mi raza es nómada. Por nuestra
condición perenne, no podemos atarnos a nada, y sin
embargo, yo lo hice.
Acogerte fue un gran sacrificio, del cual me siento muy
orgulloso ―terminó de decir.
El hombre se levantó de la mesa, muy afligido. No podía
continuar conversando con su hijo, tenía miedo a su rechazo.
Con un lienzo se limpió las manos y luego, se encaminó
hacia su aposento. No había llegado al umbral cuando su hijo
lo detuvo.
Jadlay pensó rápido. Fuera quien fuese su verdadero
padre, ya no le importaba. Sin embargo, la persona que lo
había criado y que se había preocupado por él en todo
momento no podía perderla, lo tenía claro.
⎯Espera, padre.
Morpheus sintió como se le desbocaba el corazón, por un
momento llegó a pensar que perdía a su hijo y eso era difícil
de soportar. Había llegado a querer a Jadlay con todo su
amor de padre, pese a su condición de inmortal nómada. Se
dio la vuelta y miró al muchacho.
⎯Lo siento ⎯Jadlay se acercó a él⎯. Perdóname. No
tengo derecho a renegar de ti y aunque no tengamos la
32
misma sangre, siempre serás mi padre.
Morpheus se emocionó al escuchar las sinceras palabras
de su hijo y alzando la mano, le hizo callar.
⎯No digas nada ⎯le dijo⎯. Ahora, ve a acostarte. Es
tarde.
Un fuerte viento helado procedente del norte atrajo hacia el
sureste tormentosas nubes.
El cielo cubierto por nubes negras de lluvia se volvió
gris y denso. Los relámpagos restallaban erráticos, sin cesar.
Jadlay, en su camino a la forja, se vio envuelto de lleno en la
tormenta. El viento soplaba con mucha fuerza y violencia,
zarandeándole sin piedad. Caleb que miraba, a través de la
ventana de la herrería, con sus ojos color miel y facciones
endurecidas por la edad, vio que el chico tenía apuros para
llegar y salió a su encuentro.
La capucha que cubría la cabeza del viejo cayó hacia
atrás, y la lluvia se precipitó sobre su cabeza como si
repentinamente le hubieran lanzado un cubo de agua fría.
Fría, no… ¡helada! La furia del viento parecía ensañarse con
ellos. Cuando alcanzó al muchacho, lo arrebujó en su capa.
⎯¡Vamos, muchacho, cógete a mí!
⎯Gracias, señor ⎯consiguió decir Jadlay, mientras era
duramente azotado por el vendaval.
Los dos corrieron apresurados hacia la forja y entraron
con precipitación, jadeantes y con los rostros congestionados.
La puerta se cerró de un golpe tras ellos, parecía empujada
por el mismo diablo. El calor interior contrarrestaba con el
frío casi glacial del exterior.
Jadlay bufó y se frotó las manos. Las tenía heladas.
⎯Hoy deberías haberte quedado en casa ―dijo Caleb―.
¿Sabe tu padre qué estás aquí?
El muchacho sacudió la cabeza.
⎯No ―respondió―. Ha salido está mañana temprano y
no regresará hasta dentro de dos días ⎯le respondió, con
33
cierto aire de irritación⎯. ¡Se ha ido a Jhodam y no me ha
querido llevar con él! ―suspiró―. No lo entiendo, siempre
me pone alguna que otra excusa para que no le acompañe.
Caleb echó una mirada furtiva hacia la puerta,
cerciorándose de que estuviera bien cerrada, pues estaba
siendo violentamente azotada por el viento y su rugido
endiablado se colaba a través de los bajos.
⎯¿Excusa? ―preguntó extrañado―. ¿Por qué?
⎯Siempre he deseado conocer al rey-dios y nunca me lo
permite. Nunca.
Caleb lo miró con asombro. No sabía si creerle o pensar
que estaba tomándole el pelo.
―¡Conocer al dios! Jajá jajá… ―estalló en carcajadas y
éstas resonaron en todo el recinto―. Pero, eso es imposible
¡Vaya cosas que se te ocurren, muchacho!
Y más carcajadas.
Aquellas palabras de Caleb consternaron al joven que
soltó una maldición. Jadlay estaba tan furioso que el rostro se
le puso rojo como un tomate.
―¡No es justo! ―exclamó.
―No hay nada justo ―dijo Caleb.
El viejo se acercó al chico y le revolvió el pelo.
⎯Me temo, Jadlay que ese privilegio no está a tu alcance,
ni al mío. Es un ser divino y por tanto, intocable. ¿No te lo ha
dicho tu padre?
⎯La verdad nunca hemos hablado sobre eso ―dijo el
chico con más calma.
⎯Años atrás, era posible. Pero en la actualidad, no
―afirmó Caleb―. Por lo que sé, todas las audiencias recaen
en su padre, y la deidad sólo acude si la situación lo requiere.
Dicen que está totalmente prohibido mirarle a los ojos ⎯hizo
una pausa⎯. Será mejor que lo olvides, muchacho.
Jadlay al oír las palabras de Caleb quedó muy afectado.
Se volvió, y su mirada se dirigió a la ventana.
Caleb siguió con sus ojos al muchacho. Lo vio tomar una
silla y sentarse junto a la tosca ventana, contemplando la
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lluvia que en esos momentos estaba cayendo. Una cortina
inmensa que no dejaba ver casi nada.
⎯¡Jadlay!
El muchacho no se dio la vuelta. Siguió con su mirada
fija, clavada en aquel intenso aguacero. Caleb se acercó a él.
⎯¿Estás decepcionado? ⎯le preguntó.
⎯Es mi ídolo ―murmuró Jadlay.
⎯Él no es humano ―afirmo Caleb, mientras se retorcía
el bigote―. Además, el rey-dios está situado en el puesto
más alto del escalafón divino ―con suavidad, apoyó una
mano en el hombro del chico―. No entiendo… ¿por qué
estás tan cegado en él?
⎯No lo sé ―murmuró―. Es algo que he deseado
siempre.
⎯Escúchame ⎯le dijo, Caleb, apremiante⎯. ¡Olvida
esto! Olvida cualquier idea que tengas de desafiar al rey-dios.
¡Oh, vamos, Jadlay! Estás loco si piensas que…
El chico lo interrumpió directamente.
⎯¿Desafiar, dices? —Jadlay miró a Caleb, sin
comprender sus palabras—. Yo no pretendo desafiarle, sólo
conocerle. ¿Tan difícil es de entender?
⎯¿Difícil? ⎯repitió Caleb, exasperado⎯. ¡Es imposible!
Frunciendo el entrecejo, Jadlay mantuvo la mirada fija en
el maestro forjador de armas.
⎯Me da igual lo que pienses tú y los demás —dijo―.
Algún día, seré guerrero y lucharé en su nombre o quizá,
llegue a tener el privilegio de pertenecer a su guardia
personal. Sí, algún día… lo conseguiré.
―¿Sabías que los seis integrantes de su guardia personal
no tienen esposa ni hijos y que viven sólo para servirle?
―Eso que dices, no es más que una leyenda ―repuso
Jadlay muy convencido porque se sabía de memoria todas
las leyendas; además, desde hacía un año, su padre era uno
de los tres escoltas reales; por esa razón viajaba tan a menudo
a Jhodam―. Él sólo se deja escoltar por inmortales.
―¿Tu crees? ¿No has oído nada sobre los dragones
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negros?
―Buf… Leyendas.
El joven bajó la cabeza, azorado, sintiendo que el corazón
le palpitaba con fuerza. El viejo sacudió la cabeza, con un
suspiro, y concluyó:
⎯Quizá sí, quizá no.
Finalmente, Jadlay, incapaz de controlar su
temperamento, acabó por enfurecerse. No podía entender ni
consentir que todo el mundo a su alrededor le dijera lo
mismo con respecto a la deidad. No podía aceptarlo.
Y dando un sonoro portazo detrás de él, salió de la forja
precipitadamente. El intenso aguacero cayó sobre él como
una losa, aplastante.
Mirando por la ventana, Caleb lo vio alejarse, cabizbajo.
Suspiró profundamente; luego, se sumergió en el silencio con
la mirada fija en la lluvia y expresión meditabunda.
En la taberna, el ambiente era agobiante. El humo de los
puros formaba una capa neblinosa que se alzaba por encima
de las cabezas de los clientes.
Jadlay irrumpió con brusquedad y al abrir la puerta,
entró en el interior una ráfaga de viento helado que enfrió el
local de repente. Por un instante, aquel espacio envenenado
de humo y alcohol se refrescó con aire nuevo. El tabernero,
un pelirrojo cuadrado de ojos azules y cejas bien pobladas,
cuando vio entrar a un chiquillo en su taberna, no le dio
opciones.
⎯Muchacho será mejor que salgas de aquí y regreses a
tu casa ―dijo con voz tajante―. Este no es un lugar para
niños.
El muchacho lo miró a medio camino entre la cólera y la
frustración. Pero se contuvo, el hombre era demasiado fuerte
para él y podría estamparlo contra el suelo en menos que
canta un gallo.
⎯Sólo quiero resguardarme del aguacero ―dijo―.
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Prometo irme en cuanto cese la lluvia.
El tabernero lo miró con extrañeza. Se preguntó cómo
era posible que su padre le permitiese salir de casa con el
temporal que estaba cayendo. Definitivamente, aquél no era
un lugar para un niño.
⎯De acuerdo ―consintió―. Pero una vez deje de llover,
te vas.
El muchacho asintió, y sin hacer ruido se sentó
acurrucado en el suelo, en una esquina, muy cerca de la
chimenea. En su mente bullía un torbellino de pensamientos.
En ese momento, empapado hasta los huesos, era incapaz de
enfrentarse a la negativa de todo el mundo. Pensó que nadie
tenía autoridad para impedirle ver al rey-dios, sólo la deidad
podía negarse.
«¿Por qué es todo tan difícil?», se preguntó.
El humo penetró en sus ojos, se los frotó. Sintió como si
tuviera arenilla, le escocían.
Suspiró.
Cerró sus ojos y dejó que su mente vagara y se inundara
de pensamientos regocijantes. El corazón se le aceleró. Se
veía a sí mismo frente al mismísimo rey-dios Nathan…
Sonrió en sueños.
37
Capítulo 3
¿Crees qué me conoces, ínfima criatura humana?
Nathan est Imperare Orbi Universo
La cabellera de Nathan era la gran belleza que le había
legado su herencia Falcon. Su hermosura no tenía igual. Sus
cabellos eran tan rubios que parecían plateados.
En su infancia, su madre, la reina Nora, jamás había
permitido que le cortaran la melena a su hijo; osar hacerlo era
lo mismo que cometer un sacrilegio. Pero al llegar a la
adolescencia, la reina permitió que se la cortaran, pero sólo
las puntas y sólo cuando la enmarañada mata de pelo
superaba cierta longitud. Su cabellera, una masa de rizos
enmarañados, era la admiración de todos aquellos que tenían
la oportunidad de conocerle en persona.
En la calidez de los aposentos reales, Kali, la prometida
del rey, se dedicaba a peinarle la hermosa cabellera todas las
noches y la impregnaba en aceites aromáticos, luego la
adornaba con hilillos de oro, siguiendo un ritual ancestral.
Los largos cabellos le llegaban más allá de la cintura y le
caían en largos zarcillos rubios sobre los hombros desnudos.
Aunque Nathan no lo admitía, su cabellera era uno de
sus grandes orgullos y en ocasiones la llevaba peinada en
una trenza gruesa, adornada con una cinta de oro, que le
colgaba por la espalda.
Nathan era una criatura, no humana, hermosa. Rodeada
siempre de un aura que muy pocos ojos mortales podían
tener el lujo de observar; ese hecho en particular estaba
reservado a unos pocos. Sus ojos, intensamente azules y con
38
ribetes violetas, eran grandes y expresivos, otorgándole una
mirada profunda y enigmática. Su aire meditabundo y
severo contrarrestaba con su porte eternamente juvenil.
Halmir Nekhbet, su padre, se sentía extremadamente
orgulloso de la inteligencia y belleza de su hijo divino. Con el
paso de los años, Nathan había adquirido ese aire misterioso,
que pese a su edad indefinida, causaba una profunda
veneración entre todos los cortesanos. A Halmir se le
iluminaba el rostro cada vez que hablaba de su hijo. Era su
mayor obra, sangre de su sangre. Lo admitía sin ningún tipo
de reparo. Sin embargo, además de la extraordinaria belleza
de su hijo, Halmir no dejaba de sorprenderse cada vez que le
miraba fijamente a los ojos. Aquellos enormes y relucientes
ojos, rodeados de espesas y largas pestañas, que no
mostraban temor y que eran capaces de matar… Lo que sí
veía en ellos, era una sombra de dolor que Nathan nunca
había conseguido paliar. Halmir era consciente de que para
su hijo, la divinidad era una pesada carga que a buen seguro
no hubiera deseado para sí. Pero el destino lo eligió y contra
eso nada se pudo hacer.
En muchas ocasiones, Nathan observaba a su alrededor
con la mirada extraviada, sintiendo cómo le invadía un gran
alivio al poder encontrar un refugio seguro en sí mismo y en
otras, perdía su confianza y caía en una extraña oscuridad
que le duraba días. Esa era su herencia divina, sus estigmas.
Iba a tener siglos de existencia a menos, que por alguna
razón, él decidiera poner fin a su eterna vida.
Atrás quedaron sus lamentos, aquellos sollozos que le
invadían cada vez que sufría un zarpazo violento de su
esencia divina. A partir del momento en que se convirtió en
el último dios, si Nathan lloró alguna vez, nadie vio nunca
sus lágrimas.
Tal día como hoy, hace veinte años, Morpheus encontró a un
bebe de apenas unos meses de edad. Desde el mismo instante
39
que vio al niño supo de quién se trataba. No tuvo dudas. El
tatuaje del tobillo se lo confirmó de inmediato. Una señal de
identidad que sólo conocían los allegados a la familia real de
Esdras y por supuesto, los inmortales. Le puso de nombre el
mismo que su padre, el rey Ciro, le dio al nacer: Jadlay.
El inmortal Morpheus después de considerar que su hijo
estaba preparado para conocer la estirpe inmortal de la que
era originario, decidido hacerle el más deseado de los
regalos: Llevárselo consigo a Jhodam, para que conociera al
mismísimo rey-dios. Era un regalo que no tenía precio. La
ilusión de un joven que veneraba a la divinidad por encima
de todas las cosas, se iba a ver, por fin, recompensada.
Después de años anhelando ese momento.
⎯¿Podré mirarle a los ojos? ⎯preguntó Jadlay, mientras
ensillaba la montura sobre el caballo.
En ese momento, Morpheus recogía su capa que colgaba
de un gancho, cerca de la puerta del establo, y se volvió hacia
su hijo.
⎯Sólo si él te lo permite —dijo—. De lo contrario,
deberás mostrarte ante él con la cabeza inclinada.
A Jadlay le parecía excesivo. No era de extrañar que la
gente se inventara leyendas.
⎯Ese protocolo, ¿es necesario?
Morpheus se detuvo ante su caballo y escudriñó el rostro
de su hijo. Sólo esperaba que Jadlay actuara frente al rey con
la misma nobleza con la que había sido educado. Eso era
todo lo que quería. Pero algo en su interior le decía que no
iba a ser así.
⎯En principio, sí.
Jadlay era un muchacho muy corpulento y
excesivamente enérgico. De carácter pendenciero. La
simpatía que mostraba cuando era niño y adolescente fue
desapareciendo a medida que pasaron los años. Ahora, con
veinte años, miraba las cosas desde otro prisma y los juegos
de niños de su infancia iban camino de convertirse en
realidad.
40
Él y un grupo de jóvenes habían formado una pequeña
milicia que se dedicaba, después de sus jornadas de trabajo, a
proteger a las víctimas de cualquier tipo de asalto, por parte
de bandidos o proscritos. Eran conocidos como los Héroes de
Bilsán y su éxito entre las gentes de aquellas tierras era
arrollador.
Morpheus no veía con buenos ojos que su hijo fuese uno
de los integrantes de los héroes de Bilsán. La batalla que
libraban no les conduciría a ninguna parte, más que para
irritar al senescal Baal Zebub III. Pero por mucho que lo
intentaba no conseguía inculcarle nada bueno. Jadlay había
elegido su destino y éste era ser un héroe para los oprimidos,
un guerrero al fin y al cabo, pero no el tipo de guerrero que
Morpheus hubiese deseado para su hijo, sino otro menos
noble. Forjaba espadas con una maestría extraordinaria, pero
su destino era otro. Esperaba, o más bien confiaba, en que la
visita al rey-dios fuese de lo más instructiva posible. Pues sí
había alguien que podía inculcarle los valores correctos de la
vida, ese alguien era Nathan. La cuestión era sí la deidad
estaría dispuesta a ayudarle.
Últimamente, Jadlay no aceptaba de buen agrado las
normas y solía enfrentarse a todo aquel que tuviera más
estrellas que él. Era cómo si su herencia monárquica, surgiese
de lo más profundo de su ser, revelando la sangre real que
corría por sus venas.
⎯Creo que no cumpliré el protocolo ⎯dijo⎯. Considero
que es una falta de respeto no mirarle a los ojos cuando él te
está hablando.
⎯¿Cómo puedes decir eso, Jadlay? ⎯replicó Morpheus,
molestó por la actitud de su hijo⎯. Sí lo haces, puedes recibir
un golpe que lamentarás toda tu vida.
⎯Los golpes forman parte de la vida, padre ⎯respondió
Jadlay con una madurez que dejó pasmado a su padre⎯.
Aprenderé a recibirlos o a evitarlos.
Morpheus se quedó sin palabras y volvió su atención al
caballo, aunque parecía preocupado. Mientras que Jadlay,
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una vez acabado de ensillar la montura, encajó un pie en el
estribo y saltó sobre el caballo.
El inmortal elevó la vista al cielo.
En un día claro habrían podido ver frente a ellos, una
enorme extensión de tierras de labranza, pero en aquel
momento, aunque se había despejado la niebla, apenas
podían distinguir el cercano lindero del bosque, hacia el este,
y las llanuras de Jhodam.
⎯Pongámonos en marcha ⎯dijo Morpheus a la vez que
saltaba sobre la montura⎯. Halmir nos espera pasado
mañana.
Espolearon los caballos y emprendieron el viaje.
Pasaron las horas y la mañana se hizo cada vez más gris
y caía una llovizna persistente. Morpheus y Jadlay
cabalgaron a buena marcha durante los primeros kilómetros,
pero luego disminuyeron el ritmo para no cansar a los
caballos.
El rey Nabuc de Esdras estaba seguro de lograr el apoyo de
sus ministros para que le apoyaran en su indignante
proyecto: subir los impuestos y ahogar a los habitantes de la
ciudad y de los poblados vecinos, aunque éstos perteneciesen
a Jhodam. Pero si conseguía el apoyo no era porque
simpatizaran con sus ideas, sino porque le tenían pánico. Eso
es lo que había conseguido Nabuc, que todos sus súbditos le
tuvieran un miedo atroz. Él era el amo y señor de Esdras; y
hacia cuanto quería, donde quería y como quería. Los
aldeanos le tenían miedo y pagaban los altos tributos que
exigía; estaban amenazados de muerte y el temor les impedía
informar al rey de Jhodam del abuso al que estaban
expuestos. Pero el rey-dios sabía más de lo que ellos
pensaban y sólo esperaba el momento adecuado para exigirle
las cuentas a Nabuc, éste que nunca había sido querido por
su pueblo, lo sabía y no le importaba.
Esdras se había convertido en una urbe acaudalada,
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gracias a la opresión económica que obligaba a los habitantes
a pagar cuatro veces más impuestos que el resto de las
poblaciones. Y ahora, Nabuc quería añadir un impuesto más.
Lo quería todo, tierras, habitantes, rebaños, minas… todo.
¡Era indignante! Eso es lo que pensaban algunos de los
integrantes del clero, pero poco podían hacer contra su
creciente poder. La tiranía del rey no tenía precedentes en
todo el Nuevo Mundo.
Incluso le había puesto el ojo a la bella hija de un levita
del Templo de Esdras, Aby. Quería desposar a la joven, pero
de ella no había recibido más que negativas. Los repetidos
rechazos de la joven le enfurecían de tal forma que su ira
acababa estallando sobre sus arruinados súbditos,
imponiéndoles más cargas y gravámenes y adueñándose de
esta forma, de todas sus cosechas o ganados. Los altos
sacerdotes del clero que, eran conocedores de sus intenciones
de contraer matrimonio con la hija de un integrante de la
orden, no dejaban de pensar, ¿qué nueva maldad estará
concibiendo? ¿Qué gana con ese matrimonio? ¿Lo hace por
despecho al verse rechazado?
Lo cierto es que no podían hacer nada. La mayoría de los
integrantes eran cómplices, con su silencio, de la muerte del
príncipe heredero hacía unos veinte años. No podían
confesar la verdad al pueblo sin delatarse, pues ellos
estuvieron gravemente implicados en la conspiración. Eran
tan culpables como él.
Aparte de los impuestos, Nabuc quería los condados de
los alrededores. Pequeñas aldeas de ganaderos que
disfrutaban de una cantera y un gran bosque, del cual sus
maderas eran muy apreciadas por Jhodam. El rey Nabuc,
quería esas maderas y el granito para construirse un nuevo
palacio, fuera de la ciudad amurallada. Estaba dispuesto a
incendiar esas aldeas con todos sus habitantes sí no le
entregaban lo que él pedía. Pero conseguirlo no era tan fácil,
la cantera y los bosques pertenecían a Jhodam, no a Esdras.
Nabuc consciente del gran problema que existiría con el rey
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del imperio jhodamíe, si él osara llevar a cabo sus planes,
decidió actuar con misivas zalameras para convencer al rey
de Jhodam de que le otorgara la concesión de esas tierras.
Pero Nathan que no tenía ni un pelo de tonto, se negó en
rotundo. Nabuc gozaba de una reputación siniestra y el rey-
dios no quería tener nada que ver con él. Ni siquiera se
conocían en persona.
Jadlay apenas podía contener su excitación al aparecer la
mítica Jhodam antes sus ojos.
Él y su padre habían cabalgado, sin prisas, durante casi
dos días, pero Jadlay no estaba cansado. Se sentía tan
exultante como nervioso. Estaba a punto de conocer a
Nathan en persona.
Cuando divisaron el puente fronterizo, redujeron la
marcha a medio galope, luego al trote; al cruzarlo, ya iban al
paso. Cuando llegaron a la encrucijada, tomaron el camino
real que comunicaba directamente con la primera de las
avenidas que conducía al palacio.
Morpheus miró recto, a través de la gran avenida que se
alzaba majestuosa ante ellos. El palacio se encontraba a más
de dos kilómetros de distancia. Los caballos avanzaban al
paso y resoplando, mientras Jadlay observaba los jardines y
las fuentes embelesado por tanta belleza. Justo al acabar la
primera avenida ajardinada se alzaba otra que conducía
directamente al palacio, pero esta no estaba bordeada de
jardines sino de monolitos de más de dos metros de altura.
Esta avenida era de creación reciente y reflejaba la riqueza de
Jhodam en toda su magnitud. Se inauguró hace dos inviernos
y finalizaba en un espectacular ninfeo que iba precedido de
tres estanques circulares, situados estratégicamente en una
perfecta triangulación, con fuentes de luz ornamentadas. El
palacio estaba situado frente a los bellos jardines siguiendo
un orden jerarquizado. La majestuosidad de todo el conjunto
cortó la respiración a Jadlay, que se quedó sin palabras.
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Unos metros antes de llegar a la escalinata principal, un
gran obelisco de más de veinte metros parecía controlar a
todo aquel que iba a poner un pie en el palacio, Jadlay pensó
que iba a desmayarse de la emoción. Acostumbrado a las
rudimentarias casas de las aldeas de Bilsán, el suntuoso
palacio rodeado de inmensos jardines hipóstilos, ninfeo,
pilones, estatuas y obeliscos construidos en granito y
forrados de cristal era una pequeña muestra de la
grandiosidad del imperio de Jhodam.
La esterilizada escalinata de mármol dorado, precedía a
la espectacular fachada de piedra roja cristalina que junto con
las arcadas, columnas, pórticos y estatuas daban al palacio el
aire divino que ostentaba desde hacía unos veinticinco años.
Los capiteles de las columnas eran en su mayoría
campaniformes multilobulados, mientras que en los patios,
los capiteles tenían forma papiriformes. En el ala este, no
muy lejos de las termas y después de los jardines interiores,
había un templo reservado al culto privado del rey y
constaba de un santuario, sin estatuas, sala hipóstila y patio
porticado. Igualmente, las dependencias reales comprendían
varias estancias, todas ellas iluminadas por claraboyas en los
techos abovedados y lámparas tridentes colgadas en
ménsulas de oro en las propias columnas.
La guardia real al verles llegar les detuvo un instante.
Halmir salió a recibirles. Iba vestido con una larga túnica
negra, sin ceñir, bordada en oro. Engarzada en dos broches
situados en cada hombro, portaba una hermosa capa de color
púrpura que llegaba hasta el suelo. Su porte esbelto y
elegante hacía juego con su cabello rubio que caía lacio sobre
los broches dorados de la capa. Sus ojos grises, eran muy
expresivos, casi tanto como los de su hijo. La expresión de su
rostro mostraba a un hombre muy seguro de sí mismo y sus
facciones suaves y dulces contradecían su carácter firme y
autoritario.
Morpheus y Jadlay se apearon de los caballos y se los
entregaron al mozo de las caballerizas.
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Jadlay se quedó muy sorprendido por el aspecto de
Halmir. Su elegancia le causaba fascinación.
⎯¡Morpheus! ¡Amigo mío! —exclamó el padre del rey.
Ambos inmortales se estrecharon las manos y luego, se
abrazaron efusivamente. En esos momentos, apenas
prestaron atención a Jadlay que permanecía detrás de su
padre, más tieso que un palo.
Unas palmadas en las espaldas y Halmir miró por
encima del hombro de Morpheus, quedándose sorprendido.
⎯¿Es…?
El inmortal se apresuró a responderle, interrumpiéndole.
Le presentó nuevamente a su hijo, pues la última vez que
Halmir vio a Jadlay tenía tan solo siete años.
⎯Sí, Halmir. Es mi hijo, Jadlay.
El padre del rey se apartó de Morpheus, deseaba ver al
joven con más perspectiva.
⎯¡Muchacho es increíble lo que has crecido!
Jadlay respondió y le recordó algo…
⎯Ahora ya soy un hombre, mi señor.
Halmir sonrió al comprobar que el joven no había
olvidado el único encuentro que tuvieron hace trece años,
pensó que era porque en esos años, él no había envejecido
nada en absoluto. Jadlay no dejaba de mirar a su alrededor,
asombrado por estar en un palacio de verdad.
⎯¿Te gusta lo que has visto hasta ahora?
Jadlay desvió su mirada hacia Halmir.
⎯Sí ⎯afirmó⎯. Me habían contado muchas cosas sobre
este palacio. Reconozco que tenía una idea preconcebida de
cómo era y ahora puedo asegurar que mis informantes no se
acercaron a la realidad ni en sueños.
El joven dejó escapar un suspiro.
⎯Bueno, lo que ves es la parte externa —repuso
Halmir—. El interior es mucho más espectacular, ya lo verás.
Los tres accedieron al interior del recinto.
Un laberinto de corredores se abrió frente a ellos y cada
uno conducía a las diferentes dependencias del suntuoso
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edificio. Halmir, independiente de que Morpheus conociese
el palacio, hizo de guía y les enseñó la parte visible del
palacio, excepto la residencia real. A ella, se accedía a través
de una suave rampa, cerca de los jardines interiores.
⎯Este lado del palacio esta compuesto de cámaras
ministeriales y estudios de la administración ⎯alzó la mano
y señaló una gran doble puerta en forma de arco⎯. Allí está
la biblioteca. Tiene un patio interior ajardinado y acristalado
para facilitar la concentración y la lectura.
Morpheus conocía muy bien el palacio, pero su hijo, no;
éste tenía los ojos abiertos como platos. Toda aquella
arquitectura y suntuosidad le habían dejado tan fascinado,
que no se atrevía a pronunciar palabra alguna. Envuelto en la
magia de aquel lugar, miraba, asombrado, sin perder detalle
y escuchaba a Halmir con mucha atención.
⎯En el sector norte, a la altura de la sala hipóstila, cerca
de la escalera caracol que conduce a la torre, se encuentra la
entrada al complejo residencial de mi hijo. Abarca desde el
norte hasta el sector este, incluye biblioteca privada, jardines,
lago, termas… Todo para un descanso optimo. El lado sur
conduce al Salón del Trono, Audiencias y Cónclave.
Siguieron avanzando a través de los iluminados
corredores. Mientras Halmir seguía con su exposición.
⎯En este palacio hay nueve salas hipóstilas y cada una
de ellas tiene seis anexos. La mayoría están destinados al
culto de los Iniciados y los inmortales.
Llegaron al suntuoso y muy iluminado Salón del Trono.
Halmir se detuvo en el estrado, junto al trono de su hijo; alzó
la mirada y señalo al techo. Jadlay miró, embelesado, el sillón
de oro macizo y luego, desvió la mirada a lo alto y se quedó
perplejo: el techo estaba decorado con un espectacular cielo
astronómico.
⎯El Universo conocido y por conocer ⎯afirmó
Halmir⎯. A continuación de esta estancia está el vestíbulo,
con la Sala de los Cónclaves a la izquierda. No os lo puedo
enseñar, es un lugar sacro. A parte de todo esto, tenemos
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varios templos con criptas en su interior. Y por supuesto, el
mausoleo.
⎯¡Es increíble! ⎯exclamó Jadlay.
Halmir siguió hablando.
⎯Después de la cruel masacre que infligió Apofis en
Jhodam, hace veinticinco años, se tuvieron que reconstruir
muchas salas que los rebeldes destruyeron totalmente. Ya no
queda nada de todo aquello, sólo el mal recuerdo de aquellos
días.
Y de entre todo aquello, de entre toda aquella singular
belleza arquitectónica y fantasía, lo único que realmente le
interesaba a Jadlay era el rey-dios. Halmir estaba allí,
guiando y controlando, dueño de sí mismo. Pero en ningún
momento le había insinuado que iba a presentarles. Jadlay
estaba que se moría de impaciencia y no deseaba que a
Halmir se le olvidara algo tan importante.
⎯Perdonad que os interrumpa, mi señor, pero mi padre
me ha traído aquí para conocer al dios —dijo sin titubear—.
La verdad me gustaría verle cuando os parezca oportuno.
A Morpheus se le subieron los colores a las mejillas, un
poco avergonzado por las palabras de su hijo. Halmir ni se
inmutó.
⎯Sí. Pero no tendréis la oportunidad de conocerle hasta
la cena, jovencito. En estos momentos, mi hijo tiene
demasiadas cosas de las que preocuparse ⎯refunfuñó
Halmir⎯. Cosas tales como gobernar un país.
Jadlay estaba dispuesto a decir algo, pero se tragó la
lengua.
Halmir le dirigió una rápida mirada a Morpheus, éste se
sintió un poco incómodo por la insistencia de su hijo.
⎯Será una cena privada ⎯repuso Halmir—. Aparte de
vosotros acudirán Ishtar, su hija Kali y por supuesto, Nathan.
Jadlay frunció el entrecejo y su padre, bajó la mirada.
Notó a su hijo, impaciente y temió que Halmir se diera
cuenta de ello. Pero el padre del rey no le prestó atención.
⎯Mi hijo se siente muy honrado de estar aquí, ¿verdad
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Jadlay? ⎯dijo Morpheus, mirando a su hijo por el rabillo del
ojo.
El joven al sentir los ojos de su padre clavados en él,
desvió la mirada hacia otro lado.
Durante un buen rato, los tres permanecieron allí, en el
umbral del Salón del Trono, conversando hasta que Halmir
tuvo la necesidad de seguir con el trabajo que había dejado
aparcado y que no era otro que continuar la conversación
que tenía con su hijo, sobre Esdras. Tenía muy claras sus
prioridades.
⎯Jadlay te permitiré que vaguéis por el palacio. Espero
que no os perdáis ⎯le dijo, sonriendo⎯. O sí lo preferís un
guardia os llevará hasta vuestros aposentos —desvió la
mirada hacia Morpheus—. Debéis estar cansados del viaje.
A Morpheus le pareció bien la idea de descansar unas
horas. Miró a su hijo y por la expresión de su rostro
comprendió que éste no estaba dispuesto a descansar.
⎯No te preocupes por nosotros, estaremos bien.
El venerable inmortal decidió dejarles solos para que
descubrieran el resto del palacio. Sus gentes. Su decoración
más profunda. Con noble educación hizo una ligera
reverencia y se dispuso a marcharse. La larga capa púrpura
era arrastrada por el brillante suelo de mármol. Jadlay le
observaba perplejo. Le gustaba la forma de vestir de Halmir.
Su elegancia aristocrática le fascinaba, sin duda.
El ir y venir de gente era continuo. Un grupo de consejeros,
con carpeta bajo el brazo y vestidos con túnicas drapeadas y
lujosas togas granates, caminaban apresurados hacia algún
lugar del palacio. La servidumbre, limpiando los aposentos.
Los cocineros, atareados en sus quehaceres diarios. Guardias
por todas partes y sobre todo escoltas reales, ataviados con
jubones de cuero negro, capa, botas y espadas colgadas de
vainas en la espalda, vigilaban los corredores, salas y terrazas
de posibles intrusos.
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«Este palacio es tan inmenso que encontrar al dios por
casualidad es totalmente imposible», pensó Jadlay.
Morpheus y su hijo, acompañados de un guardia se
dirigían a los aposentos que Halmir les había concedido,
cuando a lo lejos, Jadlay vislumbró una figura negra, alta y
lúgubre que caminaba muy por delante de ellos, con cierta
rapidez. Palideció de inmediato. No podía creer…
Agarró a su padre por el brazo, obligándole a detenerse.
⎯¿Es quién creo qué es…? ⎯le preguntó excitado.
Morpheus miró al frente, abrió la boca y la volvió a
cerrar de inmediato, cuando el guardia se apresuró a
responder.
⎯Sí, es Su Majestad.
Jadlay se detuvo. Era un acontecimiento tan inesperado
que su mente se bloqueó por completo. Lo reconoció al
instante de verlo. Su larga cabellera rubia con sus rizos
pendientes en espiral contrastaba con sus negros atuendos.
De repente, supo que iba a hacer una locura y no hizo nada
para contenerse, era superior a sus fuerzas.
Gritó, reclamando la atención del rey.
⎯¡Majestad…!
En ese instante, Morpheus y el guardia se abalanzaron
sobre él para tratar de hacerle callar, tapándole la boca. Pero
Nathan ya lo había oído. Se detuvo, levantó la vista y se
volvió hacia ellos.
Jadlay estaba hecho un flan.
El rey se encaminó hacia ellos con parsimonia.
Morpheus, ruborizado, puso una rodilla en el suelo y obligó
a su hijo a hacer lo mismo. El guardia hizo una profunda
reverencia y se disculpó por la actuación del joven.
⎯Majestad, siento mucho…
Nathan con firmeza glacial, alzó una mano e interrumpió
al guardia. Inmediatamente después, miró a los dos hombres
que seguían con una pierna arrodillada en el suelo,
cabizbajos.
⎯¡Retírate! ⎯le ordenó al guardia.
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El guardia hizo otra reverencia y se alejó sin dar la
espalda al rey.
Morpheus que no se atrevía a levantar la cabeza, sintió
como una mano delgada y enguantada le tocaba el hombro.
⎯Hola, Morpheus —dijo—. Mi padre me ha informado
de vuestra visita ⎯entonces, Nathan desvió fugazmente la
mirada hacia el joven, que parecía estar besando el suelo⎯.
Por favor, levantaros. Los dos.
Aliviados, el padre y el hijo obedecieron, en silencio. Al
enderezarse, Jadlay se atrevió a mirar al rey a los ojos,
fijamente. Quería comprobar por sí mismo si todo lo que
decían de él era cierto.
⎯Perdonad a mi hijo —se disculpó Morpheus—. Se ha
dejado llevar por sus arrebatos impulsivos. Os venera,
majestad.
Nathan sonrió ligeramente. Miró al joven, exploró su
mente con la velocidad del pensamiento, y captó todas sus
inquietudes. Jadlay ante él, estaba completamente desnudo.
El rey, con sus casi dos metros de estatura, se inclinó
ligeramente, susurrando al oído del inmortal:
⎯Quisiera compartir con vos una confidencia…
El corazón de Morpheus palpitó. No se atrevía a
imaginar las palabras que el rey iba a pronunciar. Notó como
su hijo le clavaba la mirada, celoso.
Lo miró.
⎯Yo soy más impulsivo que vuestro hijo.
Morpheus vio a Nathan sonreír, tenso. Aquella sonrisa le
torturó como un relámpago o era su imaginación… Sus
pensamientos se hicieron confusos.
Nathan se enderezó y miró al joven.
⎯No creo haberos concedido audiencia.
Jadlay tragó saliva. Se dio cuenta de que era él quien
tenía que disculparse, no su padre.
⎯Perdonar por haberos llamado a gritos ⎯se excusó⎯,
pero deseaba conoceros. Llevo esperando este momento
mucho tiempo.
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Nathan alzó la mano, con expresión despreocupada.
⎯No te preocupes —dijo—. No tiene importancia. Sin
embargo, debéis aprender a esperar. La paciencia es una
virtud y por lo que veo, careces de ella.
Morpheus escuchó en silencio las palabras de Nathan y
presintió una tormenta. Y no estaba equivocado. Unas
palabras que, Jadlay, no aceptó de ningún modo. Sin
embargo, pensó que la reprimenda a su hijo era la adecuada
dadas las circunstancias. De eso, no tenía dudas.
Jadlay notó que le temblaban las piernas y haciendo
acopio de todo su aplomo se enfrentó al rey.
⎯Os conozco bien —dijo sin pensárselo dos veces—. No
creo que exista un ser más insondable que vos, Majestad.
Nathan se sintió agraviado por aquellas palabras, pero
no lo demostró. ¿Cómo pretendía conocerle un desconocido,
aunque éste fuese el hijo del rey Ciro, si él a veces dudaba
hasta de su identidad?
Morpheus no daba crédito a lo que habían escuchado sus
oídos, incómodo, bajó la vista de nuevo. Si no iba con
cuidado acabaría pagando él, los platos rotos.
La deidad clavó la vista en Jadlay hasta que él comenzó a
sentirse molesto.
⎯¿Crees qué me conoces, ínfima criatura humana?
El tono de Nathan se hizo muy severo. Jadlay se inquietó
al mismo tiempo que se llenaba de ira. Ambos se fulminaron
mutuamente con la mirada.
⎯¡No creo merecer vuestras crueles palabras!
⎯masculló Jadlay, desafiante.
Nathan no aceptó que cuestionaran su autoridad.
⎯¡Vuestra insolencia merece un castigo! ⎯replicó el
dios.
Morpheus miró a su hijo, preocupado. El fuerte carácter
de Jadlay había sido aplacado de forma arrolladora.
Reconoció que el trato de inferioridad que le había aplicado
Nathan, destruyó, por algunos momentos, la coraza
pendenciera de su hijo.
52
En ese momento, Nathan decidió no seguir con su juego
y les dio la espalda. Antes de irse les dijo:
⎯Os espero a los dos en la cena de esta noche.
Morpheus, aprovechando ese instante en que Nathan
seguía aún allí…
⎯Mi hijo es muy joven —dijo—. Es fogoso e intolerante
y sólo piensa en ponerse de relieve y esto le ha hecho
cometer una grave imprudencia.
A lo que Nathan respondió:
⎯Sin duda tenéis razón, Morpheus. A vuestro lado y
bajo vuestra responsabilidad, tales incidentes no pueden
producirse. Os hago personalmente responsable. Sin
embargo y puesto que estás emparentado con mi padre, seré
transigente y olvidaré lo ocurrido ⎯miró fugazmente al
joven⎯. Pero os lo advierto, haced que vuestro hijo aprenda
que la autoridad se respeta o de lo contrario tomaré cartas en
el asunto.
Dichas estas palabras, Nathan se alejó de ellos y
desapareció al girar una esquina.
Con la rabia en el corazón, Morpheus le propinó a su hijo
un bofetón. Jadlay sorprendido se llevó las manos a la mejilla
golpeada. Nunca antes, le habían pegado.
⎯Lo siento, padre ⎯se excusó, cabizbajo.
Morpheus apretó los dientes.
⎯No vuelvas a ponerme en evidencia.
Jadlay dejó fluir su carácter pendenciero, sintió un
arrebato de furia y se enfrentó a su padre.
⎯¡Él me ha depreciado! ⎯masculló.
⎯No, hijo. El rey te ha puesto en tu sitio. ¡No lo olvides!
Las palabras de Morpheus hicieron efecto en el arrogante
joven y sobre ellos se abatió un silencio abominable, una
sensación casi apática, de derrota que Jadlay no pudo
controlar.
Era una noche especial. El vasto salón de banquetes y sus
53
terrazas estaban perfectamente iluminados con bellas
lámparas tridentes de cristal encrustradas en las columnas.
Había música y vino, y el relato de la antigua profecía
contado por Halmir; y más vino, afrutado, ácido, seco…,
para todos los gustos. Sin embargo, en aquel salón faltaban
dos personas: Kali y Nathan, aún no habían hecho acto de
presencia. Ishtar supuso que la tardanza era debida a algún
arrumaco de la pareja en la intimidad de sus aposentos.
Sonrió sólo con pensar en ello.
La música sonaba suave y lenta, con el sólo propósito de
amenizar el ambiente. Era una cena íntima, sin protocolo y
por supuesto, sin heraldo. Nathan lo había decidido así. No
deseaba que pronunciaran sus títulos entre los que él
consideraba su familia.
Morpheus, en pie junto a su hijo, conversaba
animadamente con Ishtar y Halmir. Mientras que Jadlay
permanecía ajeno, ensimismado, sin prestarles atención.
Sabía que había hecho el ridículo frente al rey y no
encontraba la forma de disculparse. Es más, eso de
disculparse no iba con él; el sólo hecho de tener que rebajarse
ante alguien tan poderoso le provocaba dolor de estómago.
Es cierto, no podía negar que lo admiraba y en el fondo hasta
lo envidiaba; quería ser como él y tener su poder.
En ese instante, una punzada de remordimiento lo atacó
en los más recóndito de su ser y por un momento tuvo unas
ganas…
«¿Debería escabullirme y huir del palacio? No, seré
realista y trataré de sobrevivir a la tormenta», se dijo con aire
sombrío.
Deseaba poder confiar en alguien. Pensó en su padre, él
era la mejor opción que tenía, pero Morpheus, era un
inmortal y no podía esperar que le defendiese siempre. Tenía
que ser él y sólo él, quien se rebajara ante el rey. Temía el
momento que Nathan hiciera su aparición, realmente lo
temía.
Sólo pasaron unos minutos cuando Nathan y Kali
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entraron en el salón de banquetes amorosamente cogidos de
la mano. El rey iba majestuosamente vestido. Su aspecto era
impresionante. Llevaba un jubón de cuero negro, con el
blasón real bordado en oro sobre su pecho y una capa
granate de terciopelo sujetada en sendos broches, de los
hombros. Los tres inmortales al verles llegar se volvieron
hacia ellos.
⎯¡Por fin podremos cenar! ⎯exclamó Halmir.
Nathan se excusó rápidamente.
⎯Perdonad mi retraso, pero tenía asuntos urgentes que
tratar.
Halmir miró a su hijo con expresión pícara. Sabía muy
bien lo que significaban esos asuntos urgentes. Con
contemplarla a ella bastaba para adivinarlo. Ningún hombre
en su sano juicio podría desperdiciar un momento de placer
con una mujer tan hermosa.
⎯Ya, ¿con qué asunto urgentes, eh? ⎯bromeó Halmir.
⎯Sí, padre. Asuntos que no podían demorarse.
Halmir no pudo contener la carcajada.
⎯¿De veras? ¡No me digas!
Está vez Nathan no le respondió; le miró con el ceño
fruncido y regresó junto a Kali. Ella se había alejado unos
metros de él y estaba conversando con su padre; sin ser ajena
a la mirada ardiente que Jadlay le dispensaba.
El joven nunca había visto una mujer tan hermosa.
Kali estaba bellísima con su larga cabellera rubia cobriza,
recogida hacia atrás y sujeta con un prendedor de oro. Sus
ojos de un azul clarísimo, casi albinos, brillaban con una
intensidad hipnótica. Nadie de los allí presentes era
indiferente a tanta hermosura. Vestía una túnica de seda azul
celeste que le llegaba hasta los pies; éstos, enfundados en
unas sandalias bordadas con hilo de oro, estaban
delicadamente enjoyados. En los tobillos, unas tobilleras
portaban unos pequeños cascabeles, con forma de
campanillas, de oro, plata y pequeños diamantes, que al
caminar tintineaban perfectamente acompasados. Jadlay,
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nada más verla se enamoró de ella, la contemplaba fascinado,
con la respiración acelerada y los ojos brillantes por el deseo.
Se le olvidó que tenía que disculparse ante Nathan por su
comportamiento, en esos momentos sólo tenía ojos para ella.
Morpheus se dio cuenta y se apresuró a susurrarle al
oído:
⎯La dama es inaccesible, Jadlay.
El joven al escuchar las palabras de su padre sintió una
oleada de rabia y admiración hacia Nathan.
«Debería contentarme con amarla platónicamente, pero
es difícil… ¡Es una diosa!», pensó.
Cada uno de ellos tomó su asiento en la mesa redonda,
ricamente decorada. Kali se sentó junto al rey, ambos estaban
flanqueados por Ishtar y Halmir; frente a ellos, Jadlay y su
padre. Unos escanciadores se acercaron a la mesa y
ofrecieron los mejores caldos provenientes de los viñedos de
Shantany, que sirvieron con precaución en copas de cristal.
Las fuentes de alabastro estaban repletas de ricos
manjares, su presencia invitaba a probar de todo: pepinos
rellenos, pato asado, carne asada con nueces y confitura, uva
y pasas amenizadas con ambrosía, manjar especial para
Nathan, y todo tipo de frutas caramelizadas.
El rey levantó su copa.
⎯Bebed ahora, amigos míos ⎯les dijo a los presentes
con una sonrisa. Vació su copa y volvió a colocarla sobre la
mesa con un golpe. Se volvió hacia el joven que tenía en
frente⎯. Y bien, Jadlay, por lo que me ha comentado tu
padre, deseas ser guerrero e incluso, me ha llegado a mis
oídos que aspiras a algo más, como ser rey… ¿no es así?
⎯No se trata sólo de lo que desee, Majestad
⎯respondió⎯. Creo que Bilsán necesita un rey, no un
senescal como Baal Zebub, y yo deseo ser ese rey.
⎯¿De veras? Jadlay, no puedes reclamar lo que no es
tuyo. Bilsán es mía por derecho ⎯Nathan no salía de su
asombro. Bilsán pertenecía a Jhodam y él era el rey de
Jhodam. Realmente el muchacho tenía carácter, igual que su
56
verdadero padre, el rey Ciro. Pues Nathan era quién más
informado estaba sobre los orígenes del joven, pero él al
igual que Morpheus y el resto de los inmortales no
consideraban que fuera el momento adecuado para decírselo.
Esa verdad, tendría que esperar⎯. Sin embargo, si es eso lo
que quieres… Bien, ¡gánatelo! Pero si te ofrezco un reino,
puedes estar seguro de que no será Bilsán.
Morpheus, que no perdía detalle, tenía tensos todos los
músculos del cuerpo. Al escuchar que su hijo quería ser rey
le cogió totalmente desprevenido. No tenía ni idea. «¿Quién
le habrá inculcado esa idea en la cabeza?», se preguntó.
Halmir le hizo una seña para que se calmase. Sabía cuales
eran las intenciones de su hijo y el asunto no iría a más.
⎯¿En serio? ⎯preguntó Jadlay casi sin creérselo⎯. En
las pocas horas que llevo aquí, jamás hemos estado de
acuerdo con nada.
⎯Ya, pero tal vez podamos trabajar juntos por una causa
común.
⎯¿Una causa común? ¿A qué os referís, Majestad?
⎯Si deseas ser rey, primero has de derrotar al rey
Nabuc. Tiene oprimido a todo su pueblo. Concédeles la
libertad y yo bendeciré tu coronación.
Jadlay no podía dar crédito a sus oídos. ¿Acaso Nathan
estaba hablando de una declaración de guerra oculta?
—¿Me ofrecéis Esdras? —preguntó asombrado—. ¿Sin
presentar batalla? Lo veo un poco difícil, Majestad. Dudo que
Nabuc se quede de manos cruzadas
Sin duda, Nathan jugaba fuerte; más fuerte de lo que
jamás hubiera pensado Jadlay.
⎯¿Batalla? Es posible… Sin embargo, si se hace bien, no
creo que sea necesario declarar la guerra —dijo el rey—.
¿Estás de acuerdo conmigo? —preguntó—. ¿Acaso no
puedes abordar la responsabilidad que se te ofrece?
¡Demuéstrame que vales!
Jadlay tragó saliva, carraspeó.
⎯Debo pensar qué me estáis ofreciendo una alianza, ¿es
57
así?
⎯Por supuesto que sí ⎯respondió Nathan⎯. A ninguno
de los dos le queda otra alternativa. Tú quieres ser rey, y yo
quiero el derrocamiento de Nabuc.
Jadlay levantó la copa, aceptando el pacto.
—No os fallaré, Majestad.
—Eso espero, Jadlay —respondió el rey—. Tengo
puestas todas mis esperanzas en ti, no me defraudes.
Nathan satisfecho recorrió con la mirada a los que
habían mantenido silencio, éstos lo miraban atónitos.
⎯Ahora bebed y comed todos conmigo.
Morpheus suspiró, aliviado.
Un rato después de firmar la alianza…
Nathan, como era costumbre en él, no tenía hambre. La
comida de su plato se enfrió, y lo hizo a un lado. Ligeramente
embriagado por el vino blanco que tanto apreciaba,
observaba. En un determinado momento creyó captar una
mirada intencionada y fugaz entre Kali y Jadlay y algo se
encendió en su interior. De repente, sus pensamientos se
volvieron tan sombríos como la oscuridad de la noche.
Nathan sintió que faltaba mucho para que él perdiera el
dominio en sí mismo. No era celoso, pero temía perderla.
A pesar de que no faltaban los ingredientes
indispensables para el buen transcurrir de la velada; aunque
la conversación no decaía y se había sellado una alianza entre
Nathan y Jadlay, Halmir percibió cierto malestar entre
ambos. Por un momento, creyó que eran imaginaciones
suyas, pero pronto se dio cuenta de que no, efectivamente
ambos estaban afectados por algo. Y ese algo no tenía
relación con la reprimenda anterior, ni con el pacto, sino con
Kali. Si su intuición no le fallaba auguraba una fuerte
tormenta.
Sin embargo, ocurrió lo inesperado.
Kali, al sentirse deseada por el joven mortal, se dio
58
cuenta de lo mucho que amaba a Nathan. Porque de pronto,
deseó su cuerpo casi con voracidad. Aquél joven había
despertado la fiera que ella llevaba en su interior y el disfrute
era exclusivo para su dios, al que amaba con una pasión
incontrolable.
Se acercó al oído de Nathan, susurrándole:
⎯Vayámonos ⎯le susurró al oído⎯. No puedo contener
mis deseos de amarte.
Nathan, azorado, dejó el vino y se puso de pie.
Los demás comensales alzaron la vista, extrañados.
Jadlay apretó la mandíbula, tenso.
⎯¡Quedaos, comed, bebed y disfrutad de la velada! ⎯les
dijo a los presentes.
Y, mientras todos caían de bruces, sorprendidos; Nathan
se encontró arrastrado hacia la puerta, y luego por el
vestíbulo, por una hermosa mujer que le susurraba cosas que
lo excitaban más y más. Kali no deseaba ir al aposento sino
que lo condujo al jardín, junto al lago, y fue allí mismo, a la
luz de las dos lunas, donde la poseyó por segunda vez en
unas horas, con delicadeza.
Satisfecho sus deseos, ambos permanecieron un rato
juntos sobre el suave césped, jadeando, mientras en el gélido
aire de la noche resonaban los ecos suaves de la música
inspiradora que amenizaba el salón de banquetes.
⎯Te amo, Nathan —dijo—. Sólo deseo ser tuya. Mi
cuerpo te desea y sabes que me humillo ante ti, buscando
encontrar tu amor o tu total indiferencia. ¡Abrázame!
Nathan la atrajo hacia sí, susurrándole palabras llenas de
pasión.
⎯Kali, no dejes de amarme. No sé que sería de mí si te
perdiera.
Ella le miró extrañada.
⎯¿Por qué dices eso? ⎯preguntó.
Nathan inclinó la cabeza. Tenía tanto miedo de perderla,
que sería capaz de matar por ella.
⎯Jadlay ⎯dijo⎯. He visto como te miraba…
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Ella no le dejó seguir. Puso su dedo índice sobre sus
labios y le obligó a mantener silencio. Luego, le besó con
voracidad.
Nathan totalmente encendido de pasión, la depositó
sobre el fresco manto verde, sosteniendo con un gozo tan
intenso que hasta sintió dolor, ese cuerpo aterciopelado que
se le brindaba; olvidó su naturaleza divina, olvidó su linaje
real, lo único que deseaba era amarla durante toda la
eternidad. La poseyó, de nuevo, con actitud insaciable; con
los ojos fijos en su rostro, observando cómo sus facciones
hermosas se transfiguraban con el éxtasis. Después
permanecieron tendidos, sonriendo, la brisa gélida de la
noche secándoles la transpiración del cuerpo, abrazados,
pensando ambos en el mañana.
⎯Deseo tanto tener un hijo tuyo… ⎯confesó ella, con
voz melosa.
Nathan sonrió, cansado.
«Un hijo…», pensó.
Tenía miedo de ser padre. Hace años, casado con Selen,
apunto estuvo de serlo. Pero el destino hizo que la muerte, en
forma del perverso hechicero Odin, se llevara a su esposa y al
hijo que ésta esperaba. Nunca se ha recuperado de aquello,
nunca.
Nathan se puso las calzas, el jubón y se colocó la capa.
Un cansancio extremo le amenazaba con hacerlo dormir
varios días seguidos. Ella se dio cuenta de su temor y no
insistió, lo besó en los labios antes de levantarse y recorrer
vacilantes el sendero de regreso al aposento.
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Capítulo 4
Los Sicarios de Nabuc
Enós y Gamaliel eran muy buenos en su trabajo. Sicarios,
asesinos sin remordimientos, que seguían después de casi
veinte años a las órdenes de Nabuc. El rey les dio aposento
en el castillo y trato preferente.
Desde el asesinato de la joven nodriza Maia y también,
supuestamente, del príncipe heredero no habían vuelto a
matar a cambio de oro. Después de aquel incidente, el rey
usurpador les cedió el control de las recaudaciones de
impuestos y eran ellos, junto con un grupo de soldados, los
encargados de cobrar a los ganaderos y agricultores.
Eran la extensión del rey. A dónde no llegaba Nabuc,
llegaban ellos.
Ante los agobiados súbditos, los sicarios se mostraban
implacables. Cuando los campesinos y ganaderos advertían
su presencia se apresuraban en proteger sus pocas
propiedades, ocultando en algún lugar seguro objetos
personales o el poco dinero que disponían. A veces, éstas
pobres gentes conseguían sus propósitos y con lo poco que
tenían guardado subsistían el duro invierno; pero en otras
ocasiones, los sicarios, que eran muy astutos, descubrían en
las inspecciones el dinero escondido en cualquier bote, caja o
bajo las baldosas de piedra que adornaban el suelo.
Sin dinero, los campesinos se enfrentaban a la hambruna
y eso en los tiempos que corrían era lamentable. El rey de
Jhodam era muy consciente de lo que ocurría, pero no podía
intervenir. Si quería actuar, debía hacerlo oculto bajo la
61
máscara de alguien dispuesto a servirle y ese alguien, era
Jadlay.
La represión había llegado a los límites soportables. Una
situación que amenazaba a todos los trabajadores del campo;
éstos sin medios para subsistir, se veían obligados a suplicar
ayuda a los monjes del Monasterio de Hermes, un lugar
donde se adoraba el culto a Ra.
En medio del patio porticado y junto al pozo había dos
grandes sacas cargadas de patatas, nabos y zanahorias, a la
espera de que dos fornidos monjes las trasladaran a la cocina
del monasterio. Aprovechando que el portón del muro
estaba abierto y no había vigilancia, dos hombres, vestidos
con ropas andrajosas y capas grises, entraron apresurados en
el recinto monacal y cruzaron el patio en dirección a las
escaleras que conducían a la cocina.
La atmósfera en la cocina era densa. Hacía calor y el olor
a guiso de ganso invadía todos los rincones. Se escuchaba el
sonido estridente de los cucharones cuando los monjes
cocineros removían los sabrosos guisos que se cocían muy
lentamente en las cacerolas. Dos cocineros, con los rostros
sudados por el calor, estaban preparando la comida con la
ayuda de cinco mozos aprendices. Había tres grandes
hornos, dos en los extremos y el otro con una gran chimenea,
en el centro de la cocina. Uno de ellos lo usaban
exclusivamente para hornear el pan y los otros dos, para
carnes y pescados. En uno de aquellos hornos, estaban
asando un cordero ensartado en un espetón al que daba
vueltas sin cesar uno de los aprendices. En unas grandes
ollas de hierro, llenas de agua, hervían zanahorias y patatas.
El pan ya horneado era sacado del horno por dos jóvenes,
que luego cortaban sobre un tajo de mármol rebanadas que
colocaban sobre unos cestos de mimbre. El Abad Tadeo, que
tenía fama de ser un gran cocinero, supervisaba todo aquel
trabajo mientras afilaba su cuchillo favorito. Observaba la
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frenética actividad, envuelta en un caos aparente cuando
irrumpieron en la densa cocina dos hombres harapientos.
Estaban hambrientos y venían a suplicar comida para sus
familias.
Tadeo se acercó a ellos, estaba afilando el cuchillo del
queso. Era un hombre corpulento y activo, de ojos grandes y
cabellos oscuros, vestido con atuendos monacales.
⎯No les preguntaré cómo han entrado en el monasterio
―dijo―, pero el hecho de que estén aquí es por algo, y
espero que ese algo sea importante. ¿Puedo ayudarles en
algo?
Los ganaderos Isacar y Onán, le dedicaron al abad una
profunda reverencia; éste les hizo una seña con el cuchillo
para que se dejaran de formalidades.
⎯Los secuaces de Nabuc nos han dejado sin cosechas ni
ganado, ni dinero… ―dijo Isacar―. Y no tenemos con qué
alimentar a nuestras familias, nos presentamos ante vos para
suplicarle algo de alimento.
Tadeo frunció el entrecejo. El problema de siempre.
Estaba harto de Nabuc y sus impuestos. El monasterio, para
conservar su integridad, también se veía sujeto a parte de
esos gravámenes, pero no les molestaban tanto porque el rey
de Esdras sabía que Jhodam estaba detrás. Reconoció que a
los pobres trabajadores del campo, no sólo los explotaban a
trabajar, sino que encima, luego, les robaban el dinero,
alegando pago de impuestos. Una deuda ilegal que, bajo
serias amenazas, se veían obligados a saldar. Aquella
situación era insostenible.
⎯Mi primera preocupación es sobrevivir en este
monasterio con el resto de mis hermanos y conservar nuestro
edificio. Pero, en ciertos casos es prioritario el bienestar de
los aldeanos y por tanto suplir la falta de alimentos es una
obligación moral que nosotros podemos satisfacer.
⎯Agradecemos su ayuda. Pero sabe Ra que esto no
puede seguir así. ¡Nos están matando de hambre! ⎯dijo
Isacar.
63
Onán escuchó a su compañero, en silencio. En las
callejuelas de la ciudad amurallada escuchaba a las gentes
hablar sobre levantamientos contra la monarquía, pero de
eso hacía mucho tiempo. Conspiraban, pero no servía para
nada, el temor los echaba para atrás. Y aún, en los tiempos
aciagos que corren, siguen hablando. Es un problema de
difícil solución, pues están solos ante el enemigo y éste es
muy poderoso. Decidió exponer su punto de vista al monje,
pues éste parecía muy interesado en la situación que estaba
viviendo Esdras.
⎯El problema es que nadie levanta la voz ―dijo―.
Nabuc ha de ser derrocado y pronto. Me parece una
hipocresía como la gente habla a diario de enfrentarse al rey
y al clero y luego, cuando llega el momento de la verdad
nadie hace nada.
Tadeo escuchó a los dos hombres. Por un momento,
quedó desconcertado. La situación, en las proximidades de
Esdras, era peor de lo que esperaba. Cómo siervos de Ra, los
monjes del monasterio no podían dejarles morir de hambre.
Iba contra las leyes arcanas. Sin embargo, comprendió que
aunque diesen de comer a esas gentes el problema seguiría
existiendo.
⎯En cualquier caso, no ganamos nada lamentándonos
―dijo Tadeo―. La cuestión es conocer nuestras limitaciones.
Podemos seguir aguantando, o revelarnos y provocar un
estado de guerra.
Isacar se quedó perplejo. ¡Un monje hablando de
provocar una guerra!
⎯¿Un estado de guerra? ―Isacar preguntó con
celeridad―. ¿Y cómo cree que vamos a defendernos? No
tenemos armas y nuestros jóvenes ni siquiera saben empuñar
una espada.
Tadeo trató desesperadamente de encontrar algo que
decir. Los ganaderos tenían razón. Estaban siendo matados
de hambre y todo para que un rey usurpador acaudalara más
y más dinero para construir su nuevo palacio. Era un acto
64
egoísta y alguien tenía que ponerle fin.
Hace años, Tadeo fue testigo de una escaramuza entre
un grupo de albañiles y los sicarios de Nabuc. Había visto
como familias enteras perdían sus casas y cabañas, éstas de
madera ardieron como represalia a esos incidentes. De modo
que aceptar un enfrentamiento, era exponer sus vidas, sus
hogares y todo cuanto amaban a la ira del rey.
Agar, el monje que estaba cocinando el guiso de ganso,
se unió a la conversación. Él también estaba muy interesado.
Todo lo relacionado con una posible revuelta contra la
monarquía de Esdras le interesaba. Tenía su propia opinión
al respecto y ésta era sorprendente dada su condición
religiosa. Eran monjes, si; pero él pensaba que eso no era
impedimento para hacer la guerra. Si tenían que tomar las
armas, no era cuestión de pensarlo, sino de actuar. Este
hombre de cabellos claros, aspecto torpe y sonrisa amable
sabía que en Bilsán existía una especie de milicia, creada por
jóvenes que trataban de luchar contra la opresión y la
injusticia. Aquel era un ejemplo a seguir.
⎯Podemos unirnos a la milicia de Bilsán ―dijo, ante la
mirada atónita de Tadeo―. Creo que ellos no tienen
problemas de armas. Tengo entendido que el rey de Jhodam
está metido en el asunto.
Onán se retorció el bigote.
⎯Lo dudo. Esdras no es competencia de Jhodam.
Agar tenía información de primera mano. Sabía muy
bien lo que afirmaba.
⎯Lo sé. Pero esos son los rumores y están en las calles.
Se está tramando algo muy gordo y nuestro rey-dios está
metido hasta el cuello, aunque él no intervenga directamente;
seguro que los militantes están apoyados por él y eso es
suficiente.
Tadeo que había estado escuchando en silencio, hizo una
seña a uno de los ayudantes; éste acudió de inmediato.
⎯Trae queso, pan y alimentos primarios; carne y
pescado. Ponlo todo en un cesto.
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El mozo asintió y corriendo se dispuso a reunir lo
ordenado por su abad.
Justo en el momento que el abad ofrecía pan y queso a
los dos hombres oyeron gritar a alguien.
Un grupo de hombres vestidos de negro y armados hasta
los dientes habían tirado abajo el portón y degollado a los
dos monjes que custodiaban la entrada. A partir de ahí, los
sicarios Enós y Gamaliel y sus hombres sembraron el terror
en todo el monasterio. Prendieron fuego a los establos; y a las
cabañas, porque en su interior se guardaban los víveres.
En esos momentos de desconcierto, el pánico se apoderó
de los humildes monjes que empezaron a correr
despavoridos en todas direcciones.
En las cocinas, los monjes y los dos visitantes seguían
con la mosca tras la oreja.
⎯¿Qué ocurre?
⎯No lo sé. Viene del exterior.
Los dos monjes se precipitaron hacia la ventana de
cristales romboidales, asustados.
⎯¡Nos atacan! ⎯gritó Agar.
Isacar y Onán se cruzaron la mirada, sorprendidos.
¿Quién podía atreverse a atacar un monasterio? Los sicarios,
cómo no.
⎯¿Quéeee?
⎯¡Que nos están atacando! ⎯exclamó Agar.
No podían creerlo.
⎯¿Qué nos están atacando? ⎯repitió⎯. ¿Quiénes?
Divisaron entonces a cuatro hombres enzarzados en una
brutal lucha cuerpo a cuerpo junto al pozo, en el claustro.
Monjes jóvenes trataban de impedir a toda costa la incursión
de los asesinos en las dependencias del monasterio. El abad
miró a Agar, ambos se dieron cuenta de que no tenían
posibilidades; enfrentarse a los rebeldes, era un suicidio. Por
el momento, no tenían más opción que la huída.
De pronto la puerta de la cocina se abrió dando un
portazo contra la pared; dos monjes entraron, nerviosos.
66
⎯¡Son los sicarios y no han venido solos…! ―dijo uno
de ellos―. ¡Están prendiendo fuego a las cabañas y establos!
El abad Tadeo, los cocineros, aprendices y los dos
ganaderos atravesaron la cocina y salieron al corredor.
Mientras tanto, en el vestíbulo y pasillos, grupos de monjes
gritaban desesperados.
⎯¡Nos están atacando! ⎯dijo uno.
⎯¡Fuego! ⎯dijo otro.
Llegaron al comedor y Agar se dirigió a ellos.
⎯Olvidaros del fuego. ¡Todos al comedor!
El humo se fue introduciendo en las dependencias. Les
nublaba la visión y pronto empezaron a toser. En los
establos, dos mozos se internaron a través del fuego para
soltar a los caballos antes de que fuese demasiado tarde. En
aquel preciso instante, los rebeldes irrumpieron en el interior
del monasterio, atravesaron los corredores y dieron muerte a
todo aquel que se cruzaba en su camino.
Los sicarios buscaban la estancia donde los monjes
tenían guardadas las maderas. Ese era su único objetivo,
conseguir a la fuerza el preciado tributo.
En el comedor, Tadeo empezó a dar órdenes a diestro y
siniestro. No tenían armas. Tenían que huir o morirían todos.
⎯Decid a los novicios que abandonen inmediatamente
el monasterio. ¡Todos al bosque! ⎯Tadeo miró a los que
estaban con él, les señaló el armario y entre dos lo arrastraron
y lo hicieron a un lado; ante ellos una puerta, era un pasadizo
secreto que conducía al exterior⎯. ¡Rápido… por aquí!
El último de los monjes, uno escuálido y larguirucho,
colocó falsamente el armario entre él y la puerta, tomó aire y
se coló tras ella.
Atravesaron corriendo el pasadizo, uno detrás del otro,
con el corazón en la garganta. Ninguno de ellos entendía por
qué tanta represalia. Ellos eran hombres de fe, no guerreros.
Enós era el líder de la avanzadilla y el ataque no era más que
67
la respuesta a la negativa del abad de entregarles las maderas
que custodiaban, provocando con ello la ira de Nabuc. Esas
maderas procedentes de los bosques de Haraney eran talas
exclusivas para Jhodam, que luego el administrador central
del imperio repartía a las aldeas de Haraney para que
construyeran robustas cabañas capaces de soportar el crudo
invierno norteño. Al igual que el granito de las canteras,
Nabuc no frenaría su avance hasta ver cumplido su deseo:
construir su nuevo palacio, fuera de las murallas. Pero Nabuc
se había encontrado un hueso difícil de roer, y ese hueso era
Nathan, que hacía lo imposible para frustrar sus planes en
todo momento.
A los sicarios no les hizo falta mucho empeño para
lograr sus propósitos. En un abrir y cerrar de ojos habían
localizado las maderas y apresado al joven novicio que las
custodiaba; éste se había escondido bajo una mesa y
acurrucado, verde de miedo. Al descubrir al monje, el rostro
de Enós adoptó una expresión de satisfacción altiva. El
ataque había dado resultado. Habían ganado la partida a
Jhodam.
―¡Sal de ahí, ahora mismo!
⎯¿Por qué nos habéis hecho esto? ⎯dijo el novicio entre
sollozos, al momento de ser sacado de su escondite.
Nadie le respondió.
Enós se acercó a él, lo agarró del brazo y lo arrojó contra
la pared. Gamaliel siguió su recorrido.
⎯Cortadle las orejas ⎯ordenó Enós.
El muchacho gritó, asustado.
Gamaliel sacó su cuchillo del cinto y lo acercó a la oreja
del aterrado muchacho. No vaciló, con un movimiento
certero le cortó la oreja de cuajo y luego, hizo lo mismo con la
otra.
El monje completamente lívido se desmayó, mientras la
sangre manaba de sus orejas a raudales.
Gamaliel dio un puntapié al novicio y lo hizo rodar por
el suelo. Enós, a su vez, realizó un chasquido con los dedos
68
de una mano y varios de sus hombres acudieron a él,
inmediatamente.
⎯Recoged las maderas ―dijo con tono autoritario.
⎯¿Y el chico? ¿Qué hacemos con él? ―preguntó
Gamaliel mientras limpiaba la sangre de la hoja de su
cuchillo.
―Mátalo.
―¿Quieres que lo remate? ―Gamaliel entornó las
cejas―. Pero, si no tardará más de quince minutos en
morir…
―¡He dicho que lo mates!
Enós no tuvo que volver a repetirlo. Gamaliel, con
expresión hosca, guardó el cuchillo en el cinto y desenvainó
su daga y sin pensárselo ni un instante, atravesó el corazón
del muchacho de una sola estacada; el cuerpo del chico se
tensó como una tabla y de su garganta salió un gemido
parecido al aullido de un gato. Luego, el silencio.
Y mientras unos recogían las maderas, Enós llamó a uno
de sus vasallos y le murmuró una orden.
⎯Haz que algunos hombres recorran el monasterio y
recojan todo aquello que tenga algo de valor.
Al rato, Enós y Gamaliel salieron al patio. Habían
logrado el objetivo que les había impuesto Nabuc. A pesar de
que los monjes no les habían ofrecido ningún tipo de
resistencia, se sentían tan victoriosos como si se hubieran
enfrentado a una legión armada hasta los dientes. Los
sicarios vaciaron las arcas del monasterio, prendieron piras
para quemar los víveres y se llevaron todos los objetos de
valor que encontraron.
Los monjes lo habían perdido todo; ahora, lo peor, era la
incertidumbre y el hambre.
Dos días después del cruel ataque, los monjes supervivientes
regresaron al monasterio por el mismo pasadizo que usaron
para huir, mientras que los ganaderos se dirigieron corriendo
69
a sus casas, temerosos de que los sicarios pudieran
emprender un ataque en sus aldeas.
La situación era difícil para todos.
Enterraron a los monjes asesinados en el panteón común
y después de la salmodia y réquiem por los muertos, Tadeo y
Agar se dirigieron al salón comedor; a cierta distancia les
seguía Edom, custodiándoles.
⎯Nabuc se está excediendo ⎯dijo Agar a Tadeo⎯. Ya
no estamos seguros, ni aquí ni en ninguna parte. Sus
secuaces han cruzado la línea y han pasado a las armas. ¡Qué
futuro nos espera, más que batallas por todas partes! ¿Eh?
Tadeo se encogió de hombros. Dándole la espalda a
Agar, se dirigió a la ventana y, apartando la pequeña cortina
a un lado con una mano, miró al exterior, vio pequeñas
hiladas de humo que aún emanaban de los establos.
⎯Hay que informar al rey de Jhodam sobre el ataque y
el robo de las maderas ―dijo―. No hemos sido capaces de
defender estos muros; me siento humillado.
Tadeo dejó caer la cortina bruscamente, sumergiendo la
estancia en la penumbra. Luego, se apartó de la ventana
volviéndose hacia Agar, éste parpadeaba, esforzándose por
ajustar su visión a la tenue oscuridad.
⎯Humillarnos ante el Rey de Jhodam a causa de este
incidente, no creo que sea lo adecuado ⎯dijo Agar.
Con el semblante pensativo, Tadeo se puso las manos a
la espalda.
⎯No podemos ocultárselo ―repuso―. Va en contra de
nuestros preceptos. Sin embargo… ⎯dejó inconclusa la frase.
Tadeo, preocupado, únicamente pudo decir una evasiva.
⎯Considero ⎯continuó⎯, que sería mejor para nosotros
y el monasterio que este incidente fuera olvidado.
⎯¿Olvidado? ⎯repitió Agar, sin comprender por qué el
abad trataba de evadirse. El ataque no se pudo evitar, ¿cómo
íbamos a luchar sin armas?, pensó.⎯. En unos días, Jhodam
reclamará las maderas. Dime, cómo vamos a restituirlas,
apenas hay tiempo.
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Tadeo frunció el entrecejo y mantuvo la vista fija en
Agar.
⎯Ordenaremos una nueva tala.
⎯¿Sin permiso del imperio? ⎯Agar no podía dar crédito
a sus oídos⎯. Perdóname, pero desapruebo tu decisión.
El abad no había informado a Agar sobre las reformas
del contrato que el monasterio había firmado con el rey de
Jhodam. Ahora, era el momento de poner al día al monje
cocinero.
⎯El bosque y la cantera pertenecen a Jhodam, pero la
explotación, no. Para ayudar a los aldeanos, el rey nos cedió
los derechos y nos hizo responsables de todas las talas, con la
única condición de que Esdras no se beneficiara de las
maderas.
⎯Comprendo ⎯dijo Agar.
⎯El rey, si nos ve incapaces de hacer bien nuestro
trabajo, puede retirarnos la concesión ―afirmó Tadeo,
preocupado―. El problema es que Nabuc considera que los
bosques son suyos y no es cierto; las tierras son fronterizas y
pertenecen a Haraney, no a Esdras.
⎯¡Estamos entre la espada y la pared!
⎯Exacto ⎯afirmó Tadeo⎯. Es cierto, hemos sido
atacados, y han muerto varios de nuestros hermanos, pero
también es cierto que no podemos mostrar nuestras
debilidades ante el Rey. Sin la concesión maderera, no hay
dinero y si no hay dinero, no hay comida. Creo que soy
bastante claro.
Los dedos de las manos del abad se enroscaron unos con
otros nerviosos, mientras permanecían escondidos, a su
espalda. La situación era muy complicada. Los ganaderos y
agricultores no tenían nada para comer; todas sus cosechas
habían sido arrebatadas por los hombres de Nabuc y ahora,
ellos habían corrido la misma suerte. Y el invierno está cada
vez más cerca.
Sin víveres y sin madera, tenían que enfrentarse a una
hambruna irremediable y todo por no querer informar al Rey
71
de Jhodam. Para el abad Tadeo, todo valía menos la
humillación que suponía confesar al venerado rey-dios su
ineptitud para el comercio maderero.
Agar suspiró, pero no lo hizo aliviado.
Pensó que lo ocurrido hace dos días no podía
considerarse como un descrédito a la capacidad del
monasterio para seguir trabajando la madera. De no haber
existido el ataque, las cosas hubieran seguido tal y como
estaban encauzadas. Pero de los infortunios no se salvaba
nadie, ni siquiera ellos que eran hombres de fe. Una fe que no
se vio sacudida por los embistes de opresión e injusticia que
Nabuc y sus sicarios les infligían cada vez más a menudo.
72
Capítulo 5
Sin Piedad
Enós y Gamaliel atravesaron el umbral del salón del trono.
Allí, les esperaba el rey Nabuc con una sonrisa que le llegaba
de oreja a oreja. Nunca antes había estado tan orgulloso de
sus hombres. La victoria había sido aplastante.
A Nabuc poco le importaba si los monjes estaban
armados, o no; si podían defenderse, o no; a él sólo le
importaba la madera y el fuerte hachazo que le infligía a
Nathan, al arrebatársela. Desde la negativa del rey de
Jhodam a las concesiones de la cantera y la tala de árboles
procedentes del bosque que linda con Esdras, Nabuc había
visto crecer en sí mismo un odio incontrolable hacia el rey-
dios. Un odio, letal.
Franqueado por dos altos funcionarios del clero, Nabuc
descendió del estrado y se encaminó hacia los dos sicarios.
En ese instante, se oyó un murmullo de comentarios; los
cortesanos de Esdras no veían con buenos ojos nada de lo
que hacía Nabuc, pero no podían alzarle la voz. Sus
decisiones eran irrevocables y estaban exentas de votación.
Era lo que él decía, y punto.
Enós y Gamaliel le dedicaron una profunda reverencia.
Sonriendo, Nabuc les ordenó incorporarse.
⎯Majestad ⎯dijo Enós⎯, vuestros estandartes y
banderas ondean por doquier.
Eso a él poco le importaba.
⎯¿Y las maderas? ―preguntó.
⎯En el patio, majestad.
73
⎯Bien, estoy impaciente por verlas ⎯dijo Nabuc, sin
perder la sonrisa⎯. Un triunfo importante sobre Jhodam, ¿no
crees?
Enós miró fugazmente a Gamaliel. Sólo con pensar en el
rey-dios y en su posible ataque de ira les provocaba
escalofríos.
Nabuc resplandecía de alegría.
Los funcionarios del clero permanecían perplejos.
⎯Confieso que estoy disfrutando con todo esto. Ahora
hay que esperar la reacción del gran rey.
En ese instante, irrumpió en la sala una figura alta y
lúgubre, era el Hechicero del Oráculo, Festo. Su aura inundó
toda la estancia y nadie fue ajeno a la siniestra energía que
emanaba de su imponente cuerpo. Sus cabellos rizados,
negros como el azabache, y sus pérfidos ojos azules
complementaban un rostro de facciones severas tan
hipnotizante como sus hechizos. Su energía invisible erizaba
la piel a cualquiera que estuviera cerca de él. Festo con tan
sólo cuarenta años, provocaba en sus semejantes un respeto
indescriptible.
Su magistral entrada hizo que su capa negra diese un
bandazo.
⎯Una maniobra peligrosa, majestad. ¿De verdad, no
teméis la reacción de Jhodam? ⎯dijo desde el umbral.
Se oyó un murmullo de voces a su alrededor, nada más
pronunciar esas palabras.
Festo, era el más alto hechicero de Esdras, mano derecha
del rey. Iba totalmente encapuchado y con su espada
ceremonial colgada tras la espalda; avanzó hacia el rey;
palideció al ver los perversos ojos de Nabuc clavados en él.
Festo no estaba muy de acuerdo.
Se retiró la capucha.
⎯Esperar, es la peor de las soluciones.
⎯El rey Nathan debe ser apartado del poder, molesta
⎯insinuó Nabuc.
⎯¿Cómo? ⎯interrogó Festo, sorprendido por la decisión
74
de su rey.
⎯Por todos los medios ⎯respondió Nabuc⎯. A diario
pone en peligro mis planes, debe ser eliminado.
⎯¡Majestad, la vida y la muerte están en sus manos! No
creo que esa sea una solución viable.
Nabuc se mostró visiblemente molesto.
⎯Tomaré una decisión sobre él y puedo aseguraros que
ésta será irrevocable. Nathan ama a su pueblo con amor de
hombre, no de dios. Encontraré una forma de romper la
barrera que le protege. Después de todo no es más que un
sentimental.
«Si, un sentimental con mucho poder», pensó Festo.
Se hizo un largo silencio.
Enós y Gamaliel se reservaron sus opiniones. Nathan era
arena de otro costal. Sólo para hablar de él había que emplear
palabras mayores y aniquilarlo era inconcebible. Todos los
allí presentes, excepto Nabuc, sabían que su decisión
comprometería
la suerte de Esdras.
El rey, mostrando total indiferencia a las advertencias de
Festo, apoyó su mano sobre el hombro de Enós. Nabuc
volvió al tema de las maderas.
⎯Vayamos a lo que de verdad importa, ¡enseñadme las
maderas! ⎯exigió Nabuc, a la vez que dirigía una mirada
fugaz a su hechicero.
El rostro de Festo era grave, casi sombrío. Con intención
de insistir, detuvo el avance del rey.
⎯Vos, estáis equivocado si pensáis que podéis
destruirlo.
⎯¡Bah! ⎯Nabuc hizo un desdeñoso ademán.
Insistió.
⎯Fracasaréis, majestad.
El rey apretó los dientes. Festo intentaba hacerle perder
su sangre fría.
⎯Si has venido para insultarme, será mejor…
Festo lo interrumpió.
75
⎯¿Estáis informado de los acontecimientos que tienen
lugar en la frontera de Jhodam?
Nabuc se volvió hacia él, crispado.
⎯Que yo sepa no está ocurriendo nada.
⎯Desengañaos, majestad.
Nabuc arqueó las cejas, intrigado. Pensaba que lo sabía
todo, que estaba informado de todo cuanto acontecía fuera
de Esdras, pero parece ser que no era así.
⎯Si tienes algo que decirme hazlo ahora o cállate.
El hechicero le entregó un documento que unos
proscritos habían robado a un mensajero que, procedente de
Jhodam, se dirigía a Bilsán. Nabuc, sorprendido, lo leyó
rápidamente. El rey de Jhodam enviará próximamente una
legión de arqueros a las fronteras de Bilsán para ponerse bajo
las órdenes de Jadlay. También se informaba que las fuerzas
militares del imperio se mantendrán en alerta hasta que se
solucionen los problemas relacionados con Esdras.
⎯Estamos en el punto de mira del rey de Jhodam,
majestad ⎯afirmó Festo con una seguridad aplastante⎯.
Creo que la construcción de su nuevo palacio debería
esperar. Jhodam o cualquiera de sus aliados puede
declararnos la guerra y…
Nabuc alzó la mano para que callara. Se quedó pensativo
unos instantes.
Algo se agitaba en su interior, el nombre de la persona
que se mencionaba en el documento le trajo unos recuerdos
que creyó tener olvidados. También pensó que la forma de
proceder del rey de Jhodam era más que sorprendente,
inesperada.
«¿Quién era ese Jadlay?», pensó.
Nabuc se quedó inmóvil durante un momento, luego se
volvió hacia el estrado, dio unos pasos y se sentó lentamente
en el trono, con el semblante preocupado. Las maderas
habían quedado en el olvido, ahora su pensamiento más
acuciante era descubrir quién era ese Jadlay y qué relación
tenía con el rey de Jhodam. Pues eran muy pocos los que
76
tenían la suerte de tener al mismísimo rey Nathan como
amigo y aliado. ¿Tan importante era cómo para contar con su
divino favor? La incertidumbre le roía el cerebro.
Nabuc le hizo una seña a Festo, éste echó a caminar hacia
él. En ese momento, el rey ordenó a todo los presentes que
abandonaran el salón, incluidos los sicarios. Cuando no
quedó nadie, se volvió hacia su fiel hechicero; éste paseaba
por entre las columnas, esperando a que los dos estuviesen
completamente solos.
El suave resplandor de las lámparas de aceite iluminaba
sus rostros. Nabuc siguió la mirada de Festo, lentamente,
consciente de que iban a tratar un tema extremadamente
confidencial.
⎯¿Qué sugieres que hagamos? ⎯le preguntó en voz
baja.
⎯Nadie puede quitar la vida al rey de Jhodam, excepto
él mismo ―afirmó Festo―. Es la encarnación de Ra. Pero
podemos provocarle un estado de sufrimiento extremo y
permanente. Un estado que roce la muerte. Una muerte que
nunca llegará a producirse, pero que lo dejará inútil para
gobernar.
⎯¿Cómo un vegetal?
Festo sacudió la cabeza.
―No, exactamente.
⎯Bien. ¿Y cómo pretendes hacerlo?
⎯Envenenándole —sugirió.
Nabuc apoyó su espalda contra el respaldo del trono,
sintiéndose un poco incómodo. Hizo una mueca extraña
como dudando de que esa fuese la solución a sus problemas.
Levantó la mirada hacia él, algo sorprendido.
⎯El veneno es el arma de los débiles ⎯dijo⎯. No me
gusta apelar al recurso que habitualmente emplean los
cobardes.
⎯Cierto, majestad ⎯afirmó Festo⎯. Pero es lo único
que realmente funciona con los inmortales. Cuanto más
mortífero sea el veneno, más posibilidades tendremos de
77
alcanzar nuestros objetivos.
⎯¿Acaso se te ha olvidado que Nathan es de origen
divino? ―preguntó Nabuc, no muy convencido―. Es posible
que tu idea de envenenarlo no funcione.
⎯Eso, ya lo he tenido en cuenta, majestad
⎯respondió⎯. Consultaré al Oráculo. Un poco de veneno en
la ambrosía, y ya está.
⎯¡Oh, sí… ambrosía! ―exclamó Nabuc, con un
expresivo ademán como queriendo decir… «Sólo me faltaba
oír eso»―. ¿Acaso crees que es fácil conseguirla?
⎯No estoy hablando de conseguir la ambrosía, sino de
utilizar un veneno conjurado por el Oráculo; luego alguien
bien dispuesto hará el trabajo por nosotros.
⎯¿Estás tratando de decirme qué pretendes comprar a
alguien de su círculo privado para que envenene a su rey, un
ser al que venera?
⎯Exacto.
⎯¡Eso es de locos!
⎯Déjemelo a mí. Llevará su tiempo, pero lo conseguiré.
⎯Bien, si eres capaz, adelante ⎯dijo Nabuc⎯. Si
después de todo tu plan funciona, te recompensaré como te
mereces.
La mera visión de Nathan envenenado le produjo, a
Nabuc, un temor cuya causa no podía explicarse. Apreciaba a
su fiel hechicero. ¿Por qué desconfiar de él? Con el rey de
Jhodam en un estado de agonía permanente podría dedicarse
a gobernar Nuevo Mundo sin trabas. Un plan empezó a
tomar forma en la mente de Nabuc, un plan en dónde todo y
todos estaban a sus pies. En ese momento en que
reflexionaba sobre sus ambiciones futuras, un recuerdo le
vino a la mente, un recuerdo de alguien al que él mando
matar.
«Muerto. Ha de estar muerto; mis sicarios no pueden
haberme fallado» ―pensó―. «El niño está muerto», si no
fuera así, Enós me lo hubiera dicho.
Volviendo la mirada a Festo, se despidió de él; pero
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antes, insistió.
⎯Hay que parar a Nathan, como sea.
⎯Sí ⎯respondió el hechicero.
⎯Puedes retirarte.
Festo le hizo una reverencia y luego, echó a caminar
hacia el umbral. Antes de que llegará, Nabuc se levantó del
tronó y lo detuvo.
⎯¡Espera!
El hechicero se volvió hacia él.
⎯Localiza a Enós y Gamaliel, diles que deseo verles de
inmediato.
Inmóvil junto a una columna y luego paseándose como un
león enjaulado, Nabuc esperaba a sus dos confiados sicarios.
Esperaba que le confirmaran que efectivamente mataron al
niño, pues la mera posibilidad de que estuviese vivo le
revolvía el estómago.
⎯Quiero hablaros de un asunto grave ⎯esas fueron sus
palabras nada más recibirles, luego, directo al grano⎯.
¿Matasteis al príncipe?
Los dos sicarios palidecieron en el acto. No sabían a qué
venía esa pregunta, después de veinte años.
⎯Hablad. Os escucho ⎯dijo, cruzando la mano.
Como siempre, fue Enós quién se atrevió a responder.
⎯Matamos a la mujer, como vos ordenasteis…
Nabuc, bajo una gran incertidumbre, lo interrumpió.
⎯¿Y qué más?
⎯Majestad, ¿qué os preocupa? ⎯preguntó Enós,
extrañado. No creía necesario hablar de algo que ocurrió
hace tanto tiempo.
Los dos sicarios se cruzaron la mirada, inmóviles,
plantados en el suelo, más tiesos que un palo.
⎯Creo que no matasteis al niño. Ella debió esconderlo,
antes de morir. ¿No es así?
⎯No vimos el cuerpo, si es eso a lo que vos os referís.
79
Un niño de pocos meses, perdido en el bosque… ¡Es
imposible que haya logrado sobrevivir!
Nabuc los miró con los ojos encendidos en cólera,
inmóvil, durante un rato tan prolongado que los dos sicarios
se preguntaron si no se habría olvidado de ellos. Pero, no; el
rey fuera de sus casillas, golpeó brutalmente con las manos la
columna que tenía al lado.
Enós y Gamaliel se sobresaltaron. El fuerte golpe parecía
haber movido los cimientos en los que se sustentaba el
castillo.
⎯¿Por qué, ahora, majestad? Han pasado veinte años.
⎯Jadlay es el nombre de mi sobrino. Sólo él puede ser
llamado así. Su nombre fue otorgado por el Oráculo de
Aquís ―afirmó Nabuc―. Si realmente está muerto, cómo es
qué ha aparecido alguien con ese nombre, ¿podéis
explicármelo?
Gamaliel sintió un nudo en la garganta, carraspeó
tratando de despejarlo.
⎯Vuelvo a repetirlo, es imposible que sobreviviera…
Recuerdo que hacía un frío de mil demonios.
Nabuc echó a caminar de una dirección a otra,
apretándose los nudillos, nervioso. Repitiéndose
mentalmente sin cesar: «El niño está muerto, no temas… el
niño está muerto», cuando se volvió hacia ellos, su larga capa
dio un bandazo.
⎯No hace falta que os diga las consecuencias de vuestra
ineptitud.
Por un momento, se hizo un silencio pesado.
Enós le seguía con la mirada, temeroso de su reacción.
Eran muy conscientes de que Nabuc podía matarles allí
mismo.
⎯Majestad, realmente ignoramos si está muerto o sigue
con vida. En aquel bosque no había ni rastro del bebe, pudo
haber caído a un foso o algún león hambriento se debió
lamer las pezuñas mientras se lo comía. No hay forma de
saberlo.
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⎯¿Qué no hay forma? ⎯les preguntó⎯. Un tatuaje en el
tobillo derecho con forma de araña, esa es la identidad de
Jadlay.
⎯A momentos desesperados, medidas desesperadas. Si
es cierto que está vivo, yo mismo lo encontraré y le daré
muerte, majestad.
En los labios del rey se dibujó una sonrisa perversa.
⎯No. Hay un cambio de planes ⎯le respondió Nabuc⎯.
Ahora quiero que os hagáis con un buen grupo de hombres y
caballos rápidos, y os ponéis rumbo a Haraney, es época de
contrabando. Un buen número de contrabandistas utilizaran
los atajos cerca de la frontera para introducirse ilegalmente
en Jhodam. Tenemos una oportunidad de oro para reclutar a
los mejores. Luego ya hablaremos de Jadlay y Bilsán. Cuando
llegue el momento ya iréis en su busca. No quiero que nadie
me quite el placer de matarlo yo mismo.
Nabuc les dio la espalda.
⎯Ahora, marcharos.
Los dos sicarios hicieron una reverencia que el rey no
vio, y abandonaron la estancia. Nabuc comenzó a caminar de
un lado a otro, inquieto. Las cosas no estaban saliendo como
él quería; Nathan, le atosigaba por todos lados, tenía que
aplastarlo como a una mosca, y para colmo, sus sicarios no
mataron a su sobrino hace veinte años. Estos dos
inconvenientes impedían que su victoria fuese plena.
Con aspecto meditabundo, Nabuc salió a la terraza y
prestó atención a una bella joven; la vio correr como una
exhalación hacia el portal oeste del palacio. Supuso que iba a
ver a su padre, Joab, levita del Templo de Esdras. En ese
momento, recordó su último encuentro con Aby y volvió a
sentir como ella le traspasaba con su mirada helada.
«Tarde o temprano, serás mía», pensó.
Su mente empezó a vagar. Los repetidos rechazos de la
joven le dejaban muy perturbado y volver a pensar en ello
era cómo si volviese a ser rechazado de nuevo. Tenía la
mirada fija ante sí, los labios apretados, el rostro pálido y su
81
expresión eran una máscara de furia contenida.
Golpeó la pared con los nudillos, fuera de sí; luego,
desvió sus pensamientos a los planes de Festo. Si su
hechicero conseguía llevar a cabo su plan de envenenar a
Nathan, el resultado sería la recompensa que recibiría con
más alegría. Con el rey de Jhodam fuera de combate y Jadlay
muerto, podría respirar tranquilo. Aquella idea le
proporcionó más calor que el fuego que despedía la
chimenea.
82
Capítulo 6
Regreso a Bilsán
Jadlay partió de Jhodam una semana después de haber
llegado. Durante ese tiempo, conoció en profundidad al rey
de Jhodam. Él, Nathan Falcon-Nekhbet, tan alto y tan regio.
No podía quitárselo de la cabeza, estaba tan fascinado por su
carisma y su humanidad que se prometió a sí mismo
aprender de él y aunque ambos chocaban por tener
personalidades temperamentales, una gran amistad se había
forjado sin que ellos se diesen cuenta.
Viajaba solo. Su padre había decidido quedarse en
Jhodam para atender las necesidades del rey. Con la misión
que tenía por delante, Jadlay no pensaba en nada más que no
fuese reunir a un nutrido grupo de hombres que estuviesen
dispuestos a luchar por su causa. Nathan le había prometido
su ayuda y eso le hacía sentirse aliviado.
Cabalgó sin detenerse ni siquiera por la noche. Su
expresión era solemne, triunfal y disfrutaba cabalgando
veloz como el viento. Su vida había dado un giro radical,
había dejado de ser forjador de espadas para convertirse en
un guerrero a las órdenes del rey de Jhodam y éste como Rey
de reyes, «el Ser al que se le atribuye la divinidad del último
dios Ra-Nathan», reconoció su milicia.
Regresaba a su ciudad convertido en un guerrero
respetable con una misión igual de respetable. Estaba
orgulloso de sí mismo. Realmente su enfrentamiento con el
rey de Jhodam dio unos resultados que a buen seguro,
83
Jadlay, nunca imaginó. Le habían inculcado desde pequeño
tanto miedo hacia la divinidad que ahora, al conocerle, se
sentía más confiado que nunca. Tenía veinte años y ansiaba
conquistar el mundo, en el buen sentido de la palabra.
«Nathan está de mi parte. Todo aquél que se atreva a
desafiarme tendrá su merecido», pensó con una sonrisa
dibujada en sus labios. El nombre del rey-dios, Ra-Nathan,
quedó grabado con letras de fuego en su cerebro.
Estaba tan ensimismado que había olvidado la
exuberante belleza del bosque que lindaba con Bilsán, ahora
azotado por una tempestad de viento y lluvia. La ferocidad
de la naturaleza le inspiraba un entusiasmo casi fervoroso.
No sentía frío, pese a que la intensa lluvia caía copiosa, ésta
resbalaba por su capa impermeable, manteniendo su cuerpo
seco; sólo las piernas y sus manos notaban la humedad al
colarse el agua entre las telas de sus vestiduras.
Llegó a una bifurcación de caminos. Una señal de
madera le indicó el sendero a seguir; Bilsán ya estaba
relativamente cerca. Tiró de las riendas y obligó a su caballo
a virar hacia la derecha. El animal rechinó a modo de
protesta, estaba cansado.
⎯Venga, amigo. Ya queda poco ⎯habló Jadlay a su
caballo para tranquilizarlo.
Más de media hora le costó atravesar el peñascal que
conducía al puente. Una vez allí, la pequeña ciudad se alzaba
a menos de dos kilómetros. Inspiró profundamente, llenando
sus pulmones con la fragancia fresca del aire y la lluvia. En
ese momento, distinguió una silueta montada a caballo que
avanzaba a toda prisa hacia el puente. Aquel jinete acabó
escurriéndose en la espesura.
Jadlay lo siguió a buen ritmo, intrigado. Sin embargo,
tanto el caballo como el jinete desaparecieron cuando llegó al
puente, supuso que se dirigía a Bilsán igual que él.
Cesó la lluvia.
84
Bilsán apareció ante sus ojos cuando el sol ya despuntaba
sobre las nubes rotas. Del trote rápido pasó a cabalgar al paso
tranquilo por las calles de la ciudad. Se dirigió a la plaza, allí
el dueño de la taberna más concurrida de la ciudad estaría
dando gritos a sus amigos para que no armasen jaleo o harto
ya de sus borracheras, abandonasen su casa como él la
llamaba. Aquella taberna que apestaba a humo de tabaco y a
alcohol era la casa de todos los jaleos. Las esposas echaban a
sus hombres de casa y éstos, como en una procesión, acudían
a beber litros y litros de cerveza con especias; unos, la
prefería caliente; otros, fría. Pero en ambos casos la cerveza
especiada era un deleite para los sentidos. Afianzada la
noche, el tabernero se empeñaba en sacar a sus clientes
borrachos de la taberna o bien por las buenas o bien, por las
malas con unos buenos azotes en el culo. La verdad es que
aquél hombre rollizo no tenía pelos en la lengua. Allí, en su
famosa casa, se planificaban contiendas, se chismorreaba e
incluso, los más atrevidos, poseían a alguna que otra
mujercita que ávida de sensaciones peligrosas se dejaba caer
en la taberna atiborrada de hombres.
La Taberna de Bilsán, era el eje de toda la ciudad; un
lugar dónde la cerveza y el vino se servían a raudales.
Jadlay estaba atando las riendas de su caballo alrededor del
tronco de un árbol, cuando oyó los gritos que provenían de la
taberna. En ese momento, por la puerta abierta aparecieron
dos ballesteros harapientos que ayudaban a caminar a un
tercero, los tres dando tumbos de un lado a otro, totalmente
borrachos.
Jadlay se acercó para ayudarles, pero uno de ellos le
miró a la cara y se interpuso con un puñal en la mano.
Estando así las cosas, no se le ocurrió otra cosa que sonreír
con resignación.
—¿Quién eres, chico?
—Nadie que os interese —los miró de pies a cabeza—.
85
Pero no os da vergüenza… ¡Estáis borrachos! —afirmó
Jadlay.
—¿Borrachos? ¿Nosotros? —el ballestero del cuchillo
soltó unas carcajadas y el aliento apestaba a cerveza.
—Vámonos —le aconsejó el otro, mientras cargaba con el
que no se sostenía en pie.
—Será mejor, chico que ahí dentro hables poco —dijo a
la vez que señalaba la posada con su cuchillo—. Bébete la
cerveza y cierra el pico, o le diré al posadero que te dé con la
escoba, jejejejeje…
Los tres ballesteros se alejaron sin más.
Jadlay bufó, aliviado.
«En Bilsán, hay cosas que nunca cambian», pensó.
Se enfundó los guantes de cuero y echó a caminar los
pocos pasos que le separaban de la taberna. No había llegado
al umbral cuando una botella salió disparada por la ventana,
haciendo estallar los cristales. Por suerte, la esquivó.
Cuando abrió las pesadas puertas de madera, un joven
salió disparado a toda velocidad, pero uno de los clientes lo
agarró por el brazo y lo obligó a entrar de nuevo.
—¡Tú, ven aquí! ¿Adónde te crees que vas?
Jadlay se apartó y al ver a su amigo, se quedó de una
pieza.
Entonces oyó gritos. Se volvió. Un hombre cuadrado iba
a por su amigo. Lo agarró del pescuezo.
⎯¡Idiota!
Gritó uno desde el interior de la taberna.
⎯Dicen por ahí que estás a favor de Nabuc, ¿es eso
cierto?
⎯No. Todo es mentira —el chico se deshizo de ellos.
Se inclinó, cogió la botella de vino y se la arrojó. Najat la
esquivó y echó a correr por la taberna. Le cerraron el paso.
Otro de los hombres le siguió riéndose a carcajadas.
⎯¡Eres un inútil!
Agarraron a Najat por las axilas, como era delgado no
86
tuvieron problemas para zarandearlo, pero era muy
escurridizo y rápidamente se soltó. No había dado ni un paso
cuando dos manos robustas lo sujetaron y lo hicieron caer.
Todo eran carcajadas. El resto de clientes se apartaron de
ellos, por experiencia sabían que era mejor no cruzarse en el
camino de aquellos cinco hombres; conocidos por su
actuaciones violentas. Pensaban que si nadie lo impedía,
acabarían matando al muchacho.
El tabernero gritando y maldiciendo a todo el mundo.
⎯¡Si queréis pelearos, hacerlo fuera!
Nadie le hizo caso. Era inútil razonar con aquellas
bestias. Se hizo a un lado, si no iba con cuidado acabaría
recibiendo él.
Tres hombres inmovilizaron a Najat contra el suelo.
Jadlay no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: su amigo
metido en una monumental pelea. El tabernero al verle
entrar vio la luz, desesperado acudió a él.
⎯A ver si tú eres capaz de poner un poco de orden. A
mí no me hacen caso.
⎯¿Yo? ⎯Bromeó Jadlay.
Entonces, Najat recibió una patada en plena cara.
—¡Ésa para tu querido Nabuc…! ¡Y ésta de parte mía!
El pie de su adversario se hundió en sus costillas. Najat
lanzó un grito de dolor. Los golpes llovieron luego sobre él.
Soltó el brazo derecho y atrapó a uno de los hombres por el
pelo. Jadlay decidió ayudarle, era su amigo de la infancia,
Najat; no sabía cómo se había metido en semejante lío. Uno
de los hombres recibió un buen golpe en la cabeza,
propinado por Jadlay, perdió el equilibrio y cayó al suelo,
aturdido.
⎯¡Jadlay! ⎯gritó el joven apaleado.
⎯Exijo una explicación, ¿de acuerdo?
Najat asintió y ambos se enzarzaron en la pelea con los
tres hombres. Jadlay le encajó una patada en el mentón del
que tenía más próximo y lo lanzó contra la pared. El hombre
que cayó al suelo volvió a levantarse, pero Najat le golpeó,
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quedando, aparentemente, fuera de combate. El tercer
hombre intentó detener a Jadlay dándole un golpe en el
cráneo, éste quedó un poco aturdido, pero el golpe no
consiguió derribarle, Jadlay tenía una cabeza de acero. Najat
acudió en su defensa y le estampó su puño contra la nariz,
haciéndole crujir los huesos. El hombre se llevó las manos al
rostro cubierto de sangre y salió de la taberna despavorido.
El resto de los violentos se habían levantado.
Jadlay y Najat se prepararon para el asalto.
⎯Tú, Cusa, por la izquierda. Nabot, por la derecha.
Samuel, tú ven conmigo. Vamos a hacerlos polvo entre todos.
Los dos jóvenes juntaron sus fuerzas, esperando a que
los cuatro hombres se lanzaran sobre ellos. Cusa fue el más
rápido. Jadlay giró de repente y le dio un rodillazo en la
entrepierna. Cusa soltó una maldición, se dobló en dos y
cayó al suelo, el dolor le hizo ver las estrellas. Entre tanto,
Najat le había asestado a Nabot un puñetazo en la nariz,
como a su anterior compañero que huyó sangrando.
⎯¡Dos fuera de combate! ⎯gritaron Najat y Jadlay al
unísono.
El tercer violento, ante la perspectiva que se le
presentaba, huyó corriendo. Con las prisas chocó contra la
puerta de la taberna, justo en el momento en que ésta se
abría, cayó de espaldas al suelo; en el umbral Yejiel,
acompañado de sus dos espadas, que llevaba colgadas en
vainas en la espalda, y unos compañeros de la milicia.
Oyeron a uno lanzar risotadas.
—Idiotas, idiotas, idiotas… ¡son idiotas! Siempre
peleando, ¿podéis creerlo? —les dijo a los recién llegados que
tuvieron que apartarse en más de una ocasión para evitar los
golpes.
Jadlay sintió a Samuel a su espalda, pero cuando se dio
cuenta ya era tarde, ni siquiera Najat pudo evitarlo: el palo
que sostenía Samuel en alto se estrelló con violencia contra
su cráneo.
Una espesa negrura cayó sobre sus ojos. Se desplomó
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sobre las rodillas. Entonces, Najat estrelló su puño contra el
rostro de Samuel y Yejiel que avanzó rápidamente hacia su
espalda, le golpeó severamente en la nuca.
Media hora después…
El cerebro de Jadlay parecía que iba a estallar. Pestañeó,
abrió los ojos. Yejiel se inclinó por encima de él y lo miró con
gesto preocupado.
⎯¿Estás bien?
Jadlay se incorporó y sacudió la cabeza.
⎯¡Menudo golpe!
Se puso en pie, sin apenas esfuerzo.
Estaba extraordinariamente lúcido, no podía creérselo.
Se alegró, porque, pese al violento golpe, se encontraba bien.
⎯Yejiel, cuánto me alegro de verte… ¿Cuándo has
llegado?
El joven pelirrojo alzó la vista.
⎯Hace unos minutos ⎯respondió⎯. Supuse que Najat
estaba aquí, la verdad me alegro de no haberme equivocado
⎯miró bien a su amigo⎯. No se que habría ocurrido si yo no
llego a tiempo para…
El tabernero se acercó a ellos con cara de pocos amigos,
interrumpiéndoles.
⎯Espero que alguien me pague los desperfectos.
Jadlay, Yejiel y Najat se cruzaron la mirada, cómplices y
luego se echaron a reír.
⎯Zenás, quizá te interesaría más reclamar a los violentos
que han atacado a mis amigos. Jadlay y Najat se defendían,
¿acaso crees que iban a dejarse matar?
El tabernero, de nombre Zenás, abrió la boca para
replicar, pero la mirada glacial de Yejiel provocó que la
cerrara de inmediato.
Jadlay intervino.
⎯Te ayudaremos a poner un poco de orden, pero no nos
pidas nada más.
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El tabernero aceptó y sin más palabras, volvió tras la
barra, cogió una escoba y empezó a barrer los cristales
esparcidos por el suelo.
Un hombre flaco y bigotudo, que había presenciado el
espectáculo de golpes con sus ojos de águila, se acercó a
ellos.
—Idiotas, ¿es qué no aprenderéis nunca? —oyeron decir
a uno que pasó por su lado y se alejó rumbo a la salida.
—Y ese, ¿quién es? —preguntó Jadlay a Najat.
El joven se encogió de hombros.
—A mí no me mires —dijo, al la vez que se apartaba un
mechón de pelo rubio que había caído sobre su frente—. No
tengo ni idea.
Yejiel se echó a reír. Yo tampoco sé quién es, pero al
parecer le ha gustado la fiesta.
Poco a poco todo volvía a la normalidad y la taberna
adquiría su típico carácter. Algunos clientes que
presenciaron la pelea, ocuparon sus mesas cuando éstas
estuvieron listas y otros, se marcharon. Ahora tenían un
motivo más de conversación.
Najat se sentía culpable. Una simple conversación sobre
Nabuc había sido el detonante de la escaramuza. Los
violentos dieron un significado erróneo a sus palabras.
Jadlay, que tenía un severo dolor de cabeza por su culpa, se
volvió hacia él, tenía algo que preguntarle.
⎯Por cierto, ¿se puede saber que significa eso de que
estás a favor de Nabuc?
Najat tragó saliva.
⎯¡Palabras! Eso lo dijeron ellos, yo jamás he afirmado tal
cosa.
⎯¿Les has hablado de nosotros?
⎯No, ¿por qué lo preguntas?
⎯Puede ser una trampa ⎯afirmó Jadlay, con cierto tono
preocupado⎯. Hay que andarse con cuidado.
Jadlay se volvió de espaldas a ellos, pensativo. Sintió la
leve llama de la esperanza arder en su interior. No tenían
90
nada que temer, si era una trampa, no habían caído en ella.
Recordó las condiciones de su alianza con Nathan y la
posibilidad de reinar la pequeña Esdras. La mera idea le
resultaba enormemente sugestiva.
⎯El rey de Jhodam nos ha otorgado apoyo militar
⎯alegó de todas formas⎯. Entregará Esdras a quién pueda
contribuir con la muerte de Nabuc.
Najat y Yajiel no daban crédito a sus oídos, sorprendidos
dieron unos pasos hasta situarse frente a su amigo.
⎯¿Has hecho un trato con el rey-dios? ⎯preguntó Najat.
⎯Si.
Najat y Yajiel se cruzaron las miradas. Una alianza entre
Jadlay y Nathan era lo último que podían imaginar. Ahora
estaban seguros que Nabuc estaba completamente ajeno a
ello, por lo que cualquier ataque de la milicia de Bilsán le
cogería desprevenido.
⎯¿Algún plan?
⎯Si. Primeramente, reclutaremos a todos aquellos que
estén dispuestos a seguirnos, no importa condición —dijo—.
Si no saben luchar, les enseñaremos. Una vez bien
entrenados, le plantaremos cara a Nabuc. Protegeremos a los
oprimidos y a sus propiedades, si es que las siguen
manteniendo y finalmente, nos enfrentaremos al enemigo. Le
prometí a Nathan que derrocaría a Nabuc y pienso cumplir
mi promesa.
⎯Es un buen plan, pero ¿te has enterado de lo ocurrido
en el Monasterio de Hermes?
⎯No ⎯respondió Jadlay, intrigado⎯. ¿Qué ha pasado?
⎯Los sicarios de Nabuc, perpetraron el robo de las
maderas de Jhodam. Incendiaron los establos, quemaron las
provisiones para el invierno y asesinaron a varios monjes.
Pero eso no es todo, las aldeas próximas a las canteras
también han sido víctimas de la despiadada ambición de
Nabuc; les han arrebatado el ganado y las siembras. En pocas
palabras, los han dejado con el culo al aire.
⎯¡Eso es una declaración de guerra contra Jhodam!
91
⎯Sí, pero nadie se atreve a hacer nada. Son gente de paz,
no saben empuñar una espada, ni luchar con lanzas.
⎯Bien, eso se acabará pronto ⎯afirmó Jadlay⎯. Con
nuestra resistencia y la ayuda del rey Nathan podremos
formar un auténtico ejército que nos permita enfrentarnos a
Nabuc y a todo su séquito de sicarios.
El tabernero se acercó a ellos con una bandeja en las
manos; traía pan, queso, carne y vino para los tres jóvenes.
Pensó que después de la pelea tendrían hambre. Y no se
equivocó. Mientras preparaba la comida y sin haberlo
pretendido escuchó la conversación de los jóvenes y se
encontró en la obligación de intervenir. Le importaba poco si
le dejaban o no, hablar. La cuestión era que él tenía que
decirlo o reventaba.
Zenás puso sobre la mesa que estaba junto a la chimenea,
la bandeja con los alimentos y se volvió hacia ellos.
⎯Pero, muchachos… —empezó diciendo—. ¿A quién
pretendéis enfrentaros? Vamos a ver, ¿cuántos años tenéis
veinte… veintidós años? Los soldados de Nabuc son
auténticos asesinos, os harán pedazos.
Jadlay, Najat y Yejiel se volvieron hacia él. No les
importó que él estuviese escuchando, no tenían nada que
ocultar, pero lo que sí les importó era el trato que les daba. Es
verdad, eran jóvenes, pero si Nathan había confiado en
Jadlay era por algo.
⎯Nuestra edad no es un impedimento, Zenás ⎯repuso
Jadlay, mientras miraba la comida, ávido por probar bocado.
No había tomado alimento desde que abandonó Jhodam y
estaba muerto de hambre.
El tabernero parecía reflexionar sobre las escuetas
palabras de Jadlay. Comprendió sólo a medias que el
muchacho tenía razón, pero él seguía opinando que eran
demasiado jóvenes para embarcarse en contiendas
peligrosas. Los hombres de Nabuc no se andaban con
chiquilladas. El propio rey de Esdras era un hombre brutal e
inhumano, los aplastará como a las hormigas.
92
⎯Sentaros a comer ⎯les dijo⎯. Invita la casa.
Los tres jóvenes, sorprendidos, se sentaron en la mesa.
Zenás les sirvió la jarra de vino para que se sirvieran a
voluntad. Yejiel, que estaba sediento, vació el vaso de vino.
Najat se sentó frente a Jadlay y lo miró con sus ojos
verdes. Tenía curiosidad por saber algunas cosas sobre el
rey-dios. Había escuchado muchas leyendas sobre él y
aspiraba a que fuesen ciertas.
⎯¿Cómo es?
Jadlay le miró sin comprender.
⎯El rey Nathan… ⎯Najat esclareció la pregunta.
⎯Imponente ⎯respondió llanamente el joven al tiempo
que se llevaba un trozo de queso a la boca.
⎯Dicen que puede fulminar a cualquier persona con
solo mirarla a los ojos, como los basiliscos, ¿es cierto?
Jadlay bebió de su copa. El vino pareció gustarle.
⎯Posiblemente. Sin embargo, no des crédito a todo lo
que se dice por ahí. Nathan es una divinidad, eso es
indiscutible; pero también es cierto, que es más humano de lo
que nos han hecho creer.
⎯¿Humano? Tengo entendido que…
Jadlay interrumpió a Yejiel.
⎯Ya se que no es humano, es una forma de hablar…
⎯repuso⎯. Vamos, que él tiene sentimientos y sensaciones
humanas; emociones, dolor y quizá, temor. Eso no lo hace ser
muy diferente de nosotros.
Se hizo un pesado silencio.
Jadlay pensaba mientras comía. Los frecuentes saqueos
de las tropas enemigas, el reclutamiento de los futuros
guerreros de Bilsán, los misterios de Nathan; ahora que lo
conocía, tenía una visión diferente de él, pero no dejaba de
preocuparle. Sabía que el Rey de reyes, el dios de todos los
dioses maquinaba algo, ¿por qué le ofreció Esdras? Esta era
una pregunta sin respuesta, por más que lo intentaba no la
hallaba. Él se conformaba con gobernar en Bilsán, pero no
podía ser. Bilsán era propiedad de Jhodam y formaba parte
93
del imperio. ¿Acaso, Nathan, sabía algo y lo ocultaba? Estaba
en su derecho, por supuesto. Nadie podía cuestionar sus
decisiones.
«Esdras…», pronunció mentalmente.
«El rey Nabuc no se quedará de brazos cruzados,
mientras la resistencia de Bilsán le amenaza con declararle la
guerra. Actuará», Jadlay estaba seguro.
⎯Lo que estamos planeando no es una incursión
cualquiera —dijo—. Hay de derrocar a Nabuc… Esas fueron
las órdenes de Nathan, pero estoy seguro que nuestro rey
estaría más tranquilo si le diéramos muerte. Ese tirano no
merece más que la muerte ⎯dijo en voz alta, ante la sorpresa
de sus dos compañeros que comían placidamente.
Yejiel se apresuró en contestar.
⎯Estoy de acuerdo contigo. Pero no olvides que sigue
existiendo la posibilidad de que Nabuc tome represalias
contra nosotros o lo que es peor, contra Bilsán —dijo—. La
ciudad debe estar debidamente protegida y tener capacidad
de respuesta inmediata. Planificar la defensa de la ciudad es
tan importante como nuestros planes de incursión.
⎯¿De cuántos hombres disponemos, en este momento?
⎯Unos veinte ⎯respondió Yejiel.
⎯Es una cifra irrisoria. Necesitamos formar una gran
legión. Con veinte hombres no vamos a ninguna parte.
⎯¿Cuántos soldados te enviará el rey?
⎯Lo desconozco.
Najat les escuchaba sin perder de vista el plato. Para él,
en estos momentos, era más importante la comida que
planificar la guerra. Para eso siempre hay tiempo, se decía.
Jadlay se volvió hacia la ventana, desde allí se podía ver
la Forja de Caleb.
⎯Necesitaremos espadas y lanzas. Espero que el viejo
Caleb nos ayude.
⎯No creo que ponga objeciones ⎯dijo Najat, con la boca
llena, incorporándose a la conversación⎯. Ayer estuve con él
y ha acumulado una buena colección.
94
En eso que se acercó, Zenás con una nueva jarra de vino.
⎯¿Más vino, muchachos?
Los tres jóvenes alzaron la vista, sonrientes. El sí de los
jóvenes fue rotundo. Con los vasos llenos a rebosar, Jadlay
siguió con la conversación.
⎯La muralla que rodea Esdras es muy alta, será difícil
escalarla. Además, he oído decir que el castillo de Nabuc es
inexpugnable, protegido por una fortaleza de grandes
muros. Los centinelas de la torre nos divisaran muy rápido.
Si hemos de entrar, aconsejo hacerlo por la noche.
⎯Comparto tu idea, pero el enorme portón estará
cerrado.
⎯Escalaremos por el lado norte ⎯respondió Jadlay⎯.
Es el más oscuro.
Najat hizo un gesto para hablar.
⎯¿Me permitís decir algo?
Sus compañeros le miraron, sorprendidos.
⎯Por supuesto.
⎯¿Qué pasa si ellos nos atacan primero? —preguntó,
preocupado—. Estáis hablando de una incursión a Esdras,
pero no hay que olvidar que divisiones de sus tropas
cabalgan por los bosques, saqueando y matando.
Jadlay lo interrumpió.
⎯Aclárate. ¿Adónde quieres ir a parar?
⎯Nosotros podemos ser su siguiente objetivo
⎯respondió Najat⎯. Existe la posibilidad de que antes de
invadir Esdras, tengamos que defendernos de ellos.
⎯¿Qué motivos tienen ellos para atacarnos?
⎯¿Motivos? Muchos… Nos conocen, saben quiénes
somos.
Jadlay no quería pensar en las efectivas palabras de
Najat. Sus presentimientos no eran nada descabellados, sabía
que en el fondo, tenía razón. Habían pensado hasta la
saciedad como introducirse en Esdras, pero nunca idearon
un plan para defenderse de un más que posible ataque o lo
que era peor, una emboscada. Frecuentaban los bosques y
95
sus enemigos, también. Idear una trampa en uno u otro lado
era relativamente fácil, la cuestión era no caer en ella. Los
sicarios se habrán cubierto las espaldas, pero ellos… aún no
estaban preparados.
Pasó la tarde y los tres jóvenes abandonaron la taberna. Tras
ellos, un grupo de jóvenes que habían escuchado todo sobre
lo concerniente a buscar gente para reclutar y formar parte
de la resistencia. Era una gran oportunidad la que se les
presentaba y estaban dispuestos a servirles por una buena
causa.
Desataban las riendas de sus caballos cuando
observaron, atónitos al grupo de interesados que salían de la
taberna. Se cruzaron las miradas, sorprendidos. En ese
instante, se acercó a ellos un extraño jinete encapuchado. Era
el Comandante Jefe del Ejército de Élite de Jhodam. Jadlay al
ver a ese imponente jinete, comprendió… la élite del rey
Nathan, aquella era la mayor fuerza existente, pero ¿cómo
era posible? ⎯se preguntó⎯. ¿Tanta confianza había
depositado el rey de Jhodam en él como para enviarle a su
más valiente guerrero?
Jadlay estaba que se salía de asombro. Sus amigos le
dirigieron una mirada interrogadora ¿Qué significaba todo
aquello?
⎯¿Jadlay? ⎯preguntó el jinete.
Junto a él, dos jinetes más, con caballos negros muy
bravos y bellamente enjaezados. El joven dio un paso hacia
delante.
⎯Yo mismo.
⎯Nos presentamos ante vos en nombre del rey de
Jhodam. Mi nombre es Áquila, comandante jefe de las
fuerzas de élite, para servirle.
Los dos jinetes que le escoltaban mantenían un silencio
absoluto. Jadlay abrió los ojos como platos, nunca imaginó
que Nathan se tomase tan en serio su causa.
96
⎯Supongo que no habéis venido solos, ¿y el resto de tus
hombres?
Áquila se apeó del caballo y con prestancia se acercó a él.
⎯En los Abismos de Roccá, escoltando a los arqueros,
tardaran cuatro días en llegar.
Jadlay no supo si sentirse excitado o aterrado. Era un
gran honor el ser elegido para presentar batalla junto a aquél
hombre del rey. Era consciente de que era una táctica
suprema. Nathan lo colocaba en una situación peligrosa,
pues sería juzgado por Áquila, éste seguramente ha sido
enviado para informar al rey sobre su actuación, lo cual le
obligaba a mostrarse arrojado y tomar la iniciativa llevando
la lucha a las filas enemigas.
En aquellos instantes de perplejidad, Yejiel, Najat y los
jóvenes de Bilsán que deseaban unirse a la resistencia,
dejaron de existir ante ellos. Mientras Jadlay parecía estar en
otro mundo junto al comandante Áquila, sus dos amigos
conversaban con los aspirantes a formar parte de las futuras
tropas. El manifiesto de los derechos y obligaciones de todo
guerrero era redactado y comunicado por Yejiel. Najat lo
miraba perplejo, su amigo se estaba inventado toda aquella
palabrería y los aspirantes se los estaban tragando.
«¡Increíble!», pensó.
Áquila, era imponente; debía medir casi dos metros y su
edad no superaba los treinta y cinco años, de cabellos y ojos
claros, tenía un definitivo aspecto ario; vestía una armadura
de escamas de cuero negra, en forma de corpiño sin mangas,
y sobre su cadera se podía distinguir un par de bumeranes,
éstos estaban unidos a la faja estrecha cincelada que
rodeaban su cintura; en su espalda cargaba un carcaj con
gran cantidad de flechas con astiles de junco, su arco angular
sobresalía a un lado de la montura. Jadlay observó las armas,
los arcos y flechas que despertaron un interés supremo.
Nunca había visto un arco como aquel, formado con láminas
de oro sobre un núcleo de madera forrada por delante o por
detrás con tendones y envuelto en corteza, era bellísimo. Sus
97
ojos se clavaron en el arco, hipnotizados. Áquila se dio
cuenta de la admiración que causaba su arco, lo extrajo del
arnés y se lo mostró.
Jadlay lo tomó y observó en detalle, sus compañeros
avanzaron unos pasos para ver aquella obra de arte. Tensó el
arco con una flecha que le había cedido Áquila, probándolo,
sin llegar a lanzarla.
⎯Fue un regalo del rey ⎯les dijo.
⎯¿Dónde os hospedaréis, mi casa es pequeña? ⎯le
preguntó Jadlay, entregándole el arco.
⎯No os preocupéis por esta insignificancia, estamos
preparados para afrontar estas situaciones ⎯respondió
Áquila con seguridad⎯. Armaremos un campamento en las
afueras de la ciudad.
El tiempo pasó rápido y el crepúsculo daba pasó a las
primeras sombras de la noche. El día había sido agotador,
sobre todo para Jadlay. Regresó de Jhodam, se enzarzó en
una violenta pelea, recibió un fuerte golpe en la cabeza y
conoció a un auténtico guerrero de élite, pero no uno
cualquiera, sino el comandante jefe de la unidad secreta del
rey Nathan. A estos hombres, el rey les ordenaba los asuntos
militares más peligroso, espinosos, complejos y ortodoxos.
Hacían un trabajo impecable y no solían dejar huellas. Si era
cierto que Nathan enviaría una legión de arqueros a Bilsán, la
resistencia acabaría siendo un ejército temible.
Áquila fustigó su caballo con las riendas y desapareció en la
oscuridad de la noche, seguido fielmente de sus dos
escuderos. Mientras, Jadlay y sus dos amigos echaban a
andar, junto a sus caballos, en dirección a sus casas.
98
Capítulo 7
Nathan y la Conexión del Silencio
El suntuoso y majestuoso salón del trono había sufrido
múltiples transformaciones a lo largo del tiempo.
El salón estaba formado por dos estancias claramente
diferenciadas; la recepción, a la que se accedía traspasando la
arcada, ésta era una gran sala hipóstila con forma rectangular
y rodeada de columnas laminadas en oro que llegaban al
techo. El suelo era un espejo de oro puro, sus placas estaban
talladas con runas protectoras y en el centro, el blasón real:
«un halcón con las alas extendidas». La estancia contigua, era
el salón real con forma circular, y rodeado de bellas
columnas pentagonales. Las paredes de todo el conjunto eran
de mármol y estaban forradas de cristal tallado. El trono real,
de oro macizo, estaba situado al fondo de la sala y sobre una
tarima de mármol, ésta cubierta con una majestuosa
alfombra roja con el blasón real bordado en el centro, cubría
a su vez, los peldaños semicirculares del estrado.
A ambos lados y a pies del estrado, había dos estatuas
de dos metros de altura, magistralmente esculpidas que, con
sus miradas puestas hacia el umbral y en clara actitud
reverencial, franqueaban el acceso, obligando a los admitidos
en audiencia a mostrarle pleitesía al rey.
Si el rey estaba sentado en el trono, nadie podía osar
poner un pie en los peldaños del estrado sagrado, ni siquiera
Halmir, que era su padre. El techo del salón real era una
bóveda celeste y la espectacular cúpula estaba decorada con
99
una representación veraz del universo.
La impresión era, que si alguien alzaba la vista hacia la
bóveda podía sentir un vértigo atroz, y si la inclinaba hacia el
suelo, un abismo se abría ante sus pies. Cualquiera podría
tener la turbadora sensación de que si se daba un paso hacia
cualquier lado se precipitaría al vacío. El salón del trono
era un lugar para contemplarlo atemorizado.
Juntadas las manos en actitud de oración, Nathan se volvió
de espaldas al trono sagrado. Estaba solo bajo aquel cielo
estrellado, pensativo. Sus largos y rizados cabellos rubios
hacían destacar la suntuosa capa negra de terciopelo que
portaba, tan larga que la arrastraba al caminar.
Nathan estaba tan ausente, que no oyó los pasos de
alguien que se acercaba hasta el pie del estrado. Con sigilo,
Ishtar hizo una profunda reverencia con una pierna
arrodillada sobre el suelo.
⎯Majestad…
Nathan volvió a la realidad y miró al inmortal.
⎯¡Levántate!
Ishtar obedeció. El rey dio unos pasos y bajó lentamente
los peldaños del estrado con la capa ondeando en la espalda;
se situó frente al inmortal y lo contempló con una agradable
sonrisa. Estaba majestuoso, vestido con un jubón de cuero
negro, y ceñido a la cintura portaba el cinto con la Daga de
Oro.
El inmortal cruzó las manos, su semblante serio alertó al
rey.
⎯¿Qué sucede? ⎯preguntó Nathan, mientras deslizaba
una mano hacia la empuñadura de su daga.
Ishtar levantó la mirada.
⎯Hemos recibido un despacho urgente procedente del
Monasterio de Hermes, Majestad ―dijo―. Los sicarios de
Nabuc perpetraron un ataque contra los monjes, robaron las
maderas y asesinaron a varios hermanos.
100
Nathan frunció el entrecejo, no muy sorprendido.
⎯¿Quién firma la misiva? ―preguntó, disgustado.
⎯Agar, Majestad ⎯afirmó Ishtar⎯. Al parecer el abad
os tiene miedo y teme vuestra reacción. Tadeo no se ha
atrevido a comunicaros la noticia personalmente.
El rey no pudo evitar sorprenderse.
⎯¿Miedo, dices?
⎯El abad Tadeo teme que le retiréis la concesión
maderera.
Nathan se volvió de espaldas a Ishtar, en actitud
reflexiva. Cómo era posible que le tuvieran tanto miedo sí
nunca había actuado contra ellos, es más se desvivía por
facilitarles la vida, ya de por sí bastante complicada al estar
situado el monasterio tan cerca de Esdras y del mismo rey
Nabuc. Esa situación fue nueva para él, por mucho que lo
intentaba no alcanzaba a comprender la actitud del abad.
De repente, se giró y cambió de tema.
⎯¿Dónde está mi padre?
Los ojos de Ishtar se abrieron como platos, alarmado, al
ver el pálido rostro de Nathan. La noticia no le había sentado
bien. Sintió un nudo en la garganta, carraspeó.
⎯Tranquilizaros, Majestad ⎯dijo Ishtar, con voz
ronca⎯. Está reunido con Morpheus.
Nathan decidió retirarse. Estaba trastocado por las
últimas noticias del monasterio. Pero no le preocupaba el
robo en sí, sino el ataque de los rebeldes y el supuesto miedo
del abad hacia su persona. En esos momentos, la situación le
superaba.
Antes de irse le comunicó sus intenciones a Ishtar.
⎯Bien ―dijo―, decidle que me confinaré unos días en el
templo. Necesito tiempo para pensar; al menos, espero
descubrir el origen de ese miedo.
Ishtar lo miró y comprendió, sin lugar a dudas, lo que el
rey quería decir con lo de confinarse en el templo y no se
sintió confortado. El retiro forzado del rey era una medida
drástica, una medida que dejó al inmortal muy preocupado.
101
Instantes después, Nathan se retiró a su templo privado
y el inmortal permaneció inmóvil unos minutos junto a las
escaleras del estrado, pensativo. En esos momentos, no sabía
que decirle a Halmir, pues intuía que éste se preocuparía en
exceso por su hijo, siempre lo hacía. Pero la decisión de
Nathan era firme y nadie podía inmiscuirse en sus asuntos,
por mucho que le pesase a su padre no se podía hacer nada,
más que aceptarlo. Era consciente de que después de su
confinamiento, podrían suceder dos cosas; una, que el rey se
volviese manso o todo lo contrario, airado y desafiante.
Ishtar aspiró profundamente y luego, abandonó el salón
del trono a grandes zancadas.
En el templo sagrado…
Nathan estaba sentado sobre sus rodillas, vivía el
silencio y la soledad. Buscando respuestas a sus preguntas,
comunicando con su divinidad.
Cuando llevaba tres días sumido en una meditación
sobre sí mismo, recuerdos amargos de su pasado atravesaron
su espíritu, haciéndole sufrir nuevamente. Llevaba varios
días sin comer ni beber y su cuerpo estaba muy débil. Lo
sentía, estaba a punto de traspasar la línea de la lucidez, pero
se había impuesto el silencio más absoluto porque necesitaba
escucharse.
El ayuno era obligatorio.
Su cuerpo, para evitar el desfallecimiento, empezó a
emitir energía, pero él no aceptó esa medida de salvación.
Rechazó toda la ayuda de procedencia divina que su ser
generaba. Quería sentir el dolor, sentir su cuerpo. Quería
hallar la respuesta a su pregunta: ¿por qué me tienen tanto
miedo? Era consciente de que si rechazaba a Ra, aunque
fuese por sólo unos instantes, sufriría como un mortal y eso
no le asustaba.
¿Había algo peor que el sufrimiento? Para él, sí.
Nathan evocaba una y otra vez, los principios
102
espirituales que habían guiado toda su vida y se privó de sus
últimas fuerzas para escucharse. ¿Qué tenía que decir su Yo
al respecto?
Nada. Y ya no podía más.
Transcurrían las horas y Nathan, sumido en un estado
febril, lloraba. Tenía que cumplir el propósito de su
confinamiento, pero con la garganta ardiente y la cabeza
pesada, no soportaba la soledad de su silencio.
De repente, se derrumbó, fulminado. Tendido de lado,
no se movía.
Halmir velaba al rey.
El inmortal se vio obligado a romper el confinamiento de
su hijo. Él, Ishtar y Morpheus se lo encontraron inconsciente
en el suelo. Un estado próximo al coma provocado por la
fiebre y el debilitamiento extremo. La conexión del silencio
que Nathan había provocado fue la causa de su grave estado.
El rey era cuidado día y noche por médicos y hechiceros.
Muchos días de angustia en los que la existencia inmortal del
soberano había permanecido en el más absoluto de los
silencios. Nathan lo había conseguido, romper con la
realidad; hallar su respuesta. Pero su cuerpo no pudo
soportarlo. Poco a poco el espíritu divino de Nathan parecía
vincularse de nuevo a la vida.
La respiración del rey se acentuó. Abrió los ojos, ladeó la
cabeza y miró a su alrededor… Y fue entonces cuando lo vio.
⎯Padre…
⎯Aquí estoy ⎯respondió Halmir enseguida,
precipitándose hacia el lecho de su hijo. Le cogió la mano.
⎯¿Por qué lo has hecho? ⎯preguntó Nathan.
Halmir sabía a lo que se refería su hijo. No le iba a
mentir, estaba dispuesto a decirle la verdad.
⎯El confinamiento duraba mucho, me preocupé. Fui al
templo con Ishtar y Morpheus, desobedeciendo tus órdenes y
te encontramos, yacías en el frío suelo, inconsciente. No
103
estabas meditando, hijo ⎯hizo una pausa⎯. Tenía que
sacarte de allí. Perdóname, si hice mal. Pero no tuve más
alternativa que actuar con rapidez.
Nathan no replicó a su padre. Cerró los ojos. Volvió a
sumir su conciencia en el olvido, permaneciendo así unas
horas, que a Halmir le parecieron interminables.
Pasado ese tiempo, la inconsciencia cedió, y Nathan
empezó a delirar, presa de fiebres muy altas. Halmir
mantenía sobre su frente un lienzo fresco. Maya, el médico
preparaba una infusión vigorizante.
⎯El rey debería pasear al aire libre, disfrutar de la vida,
no encerrarse en un templo, obligándose a mantener un
ayuno peligroso ⎯le decía a Halmir.
⎯Lo sé, Maya ⎯respondió el hombre
apesadumbrado⎯. Lo sé. Pero soy incapaz de inculcarle esas
premisas que tú profesas.
Nathan dormía.
El aroma del sándalo y el incienso perfumaba el
aposento.
Halmir agotado, no podía conciliar el sueño. El estado de
su hijo y las preocupaciones, le absorbían. El mundo se
derrumbaba a su alrededor. Durante los últimos días habían
aumentado los disturbios en Esdras y Bilsán. Los
sufrimientos de los aldeanos eran intolerables. Nabuc se
había enterado de la indisposición del rey de Jhodam y se
aprovechaba de la situación. La unidad secreta del rey,
establecida en las afueras de Bilsán, seguía esperando bajo
las órdenes de Áquila y Jadlay a que el rey otorgara su
consentimiento definitivo a una incursión militar en Esdras.
El inmortal lloró de rabia. Su hijo merecía ser feliz, tener
un heredero legítimo… La juventud de su hijo se marchitaba,
pero su destino…
Nathan, como encarnación de Ra, vivía agobiado. Las
gentes de las ciudades habían inventado todo tipo de
leyendas acerca de sus poderes, que no hacían más que
acrecentar el miedo a su presencia. Eran fantasías, ¿o no?
104
Realmente, Nathan tenía mucho poder, pero no lo empleaba.
Su voz y su palabra tenían la fuerza suficiente para que la
gente cayese rendida a sus pies. Halmir comprendió que su
hijo, desde que se convirtió en el último dios, estaba viviendo
una falsa tranquilidad.
Maya, después de un descanso, regresó al aposento real, y no
lo hizo solo, iba acompañado de Ishtar. Ambos estaban
dispuestos a sacar a Halmir de la cámara de su hijo y si era
necesario lo harían arrastras. Era vital que descansase.
Se lo encontraron arrodillado con la cabeza apoyada
sobre el suelo. Ishtar y Maya lo levantaron. El inmortal los
miró con los ojos turbios.
⎯¿Adónde me lleváis? ⎯preguntó, al verse
sorprendido—. No podéis separarme de mi rey. Mi hijo…
Necesito a mi hijo.
No le respondieron, pero si les oyó hablar entre ellos.
⎯Maya, quédate tú con el rey. Yo llevaré a Halmir hasta
su aposento.
⎯De acuerdo, pero asegúrate de que se acuesta.
⎯No te preocupes, si es necesario lo ato a la cama.
Nathan era ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.
Estaba sedado, obligado a mantener un descanso absoluto.
No vio como se llevaban a su padre, sumido en una crisis
nerviosa, ni oyó nada. Su mente estaba a años luz de allí.
Transcurrieron seis días. Nathan, después de adoptar un
estado de sosiego interno y en intuir silenciosamente los
trastornos de los ritmos de su cuerpo, recobraba la salud. En
parte, también había sido gracias a las secretas infusiones de
Maya, durante todos estos días alimentó al rey con una
mezcla de sustancias extrañas, que al hervir juntas, daban
lugar a un líquido oscuro, amargo y poco denso que estaban
dotadas de asombrosas propiedades curativas. El médico
105
había permanecido con el rey día y noche, esperando una
mejoría. Mientras Halmir, postrado en la cama de su
aposento, se recuperaba de una violenta crisis nerviosa.
Mantener en cama al inmortal fue más difícil de lo que se
habían creído en un principio, pues no hacía más que pensar
en su hijo; el amor que sentía por Nathan era obsesivo y casi
enfermizo.
El rey nada más despertar, preguntó por su padre.
Cuando le informaron de que estaba enfermo, se levantó de
la cama de un salto.
⎯Abrígate, hace frío ⎯le dijo Maya, en actitud paternal,
dejando de lado el protocolo y las formas.
Nathan se arrebujó en una capa de descanso y se fue directo
al aposento de su padre. La absoluta serenidad que mostró el
rey impresionó a Maya, nunca lo había visto así.
Algo había cambiado en Nathan.
La forma en que se levantó de la cama. Los gestos. Era
como si hubiese retrocedido en el tiempo. Después de largos
años vagando en su interior para encontrar su senda;
después de que su divinidad se interpusiera día a día en su
camino como los arrecifes que hacen zozobrar a un barco;
después del mazazo que supuso perder a sus hermanos
dioses como él, bajo las manos ensangrentadas de Apofis,
había logrado encontrarse a sí mismo y aceptado lo que es.
Nathan había descubierto su Yo oculto, su Yo casi humano,
una esencia que fue desterrada de su mente justo en el
instante que cumplió la profecía.
Ahora, se sentía más vivo que nunca y con unas ganas
tremendas de recuperar su juventud perdida en aras de la
inmortalidad y la divinidad.
«La divinidad me persigue, me acosa ⎯se lamentó
Nathan⎯. No me permite vivir. No puedo dormir, sin soñar. Soy
consciente de lo que represento, yo mismo lo he aceptado infinidad
de veces. Pero quiero ser yo mismo, ser normal y corriente. Puedo
106
lograr una integración perfecta si se me permite actuar con
normalidad. No quiero que nadie me tenga miedo, sólo deseo que se
me respete y nada más», se dijo a sí mismo, pues a nadie más
podía apelar.
Nathan es en muchos sentidos una persona excelsa, pero
apegada a la tierra, mientras que en otros parece un ser de
otra era o galaxia, pues tanta es su satisfacción con las cosas
más sencillas, tan espontánea su divinidad y tan
inquebrantable su fe y confianza en sí mismo y en sus genes
inmortales, que no podía causar más que admiración, en
unos casos y temor, en otros. Aunque, en su condición de
último dios vivo, iba vestido con el esplendor de sus
orígenes, los que compartían su vida con él, vivían con
intensidad sus ceremonias, impresionantes hasta el punto de
ser incomprensibles para las mentes más eruditas. El poder
elemental de sus palabras sagradas, sus arrebatos, su alegría
y su misterio. Nathan es como la música que evoca a su vez
el sonido del viento, el rugir de los torrentes en Roccá y el
retumbar de los truenos de una furiosa tempestad.
Muchos, en Jhodam y a lo largo y ancho de Nuevo
Mundo, se hacen la misma preguntan, ¿cuál es la naturaleza
de su poder, blanco o negro? La respuesta no es una u otra,
sino las dos. Nathan es la suprema encarnación de Poder
Dual, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo hasta el fin de
los días.
Ishtar vio a Nathan pasar como una exhalación por el
corredor. Trató de alcanzarle, pero él ya había desaparecido.
El inmortal tuvo que conformarse con perseguir su sombra,
que serpenteaba por las paredes y se alargaba entre una y
otra lámpara tridente, estratégicamente colocadas en
columnas de dieciséis lados.
Nathan llegó a la lujosa sala de recepción de su padre, la
atravesó a grandes zancadas y al llegar al umbral del
aposento se detuvo unos instantes, meditabundo.
107
Abrió la puerta y entró. El aposento estaba a oscuras. Las
cortinas corridas y ni una sola vela que iluminará las
sombras. Su padre acostado, dormía de lado. Nathan se
acercó al lecho. Una mano de Halmir colgaba del borde de la
cama.
⎯Padre…⎯dijo en voz muy baja al mismo tiempo que
colocaba su mano caída sobre las sábanas. Nathan sintió los
dedos de su padre, fríos.
En ese instante, Ishtar apareció en el umbral y se quedó
allí, en silencio.
Halmir abrió los ojos.
Una voz lejana había alarmado su corazón, no podía
creer que fuera su hijo.
Nathan miró a su padre, su rostro febril, perlado por el
sudor le causó gran impresión y su aplomó cayó en picado.
Por primera vez en su vida, se dejó llevar por un sentimiento
humano y se arrojó junto a su padre, y hundió su cabeza en
su pecho. Halmir dejó escapar un gemido y se movió.
⎯Nathan…
El joven levantó la vista y miró a su padre, con los ojos a
punto de lagrimar.
⎯¡Has sanado! ⎯exclamó Halmir con una leve sonrisa.
⎯Sí, padre.
Halmir acarició su larga melena a la vez que empezaba a
notar una mejoría conseguida gracias a la presencia de su
hijo.
⎯Padre, yo no elegí mi destino ―dijo―. Tú lo deseabas
para mí, pero yo no. Lo único que deseo es… paz.
Nathan, arrebatado por su soledad, agarró la túnica de
su padre por ambos hombros, zarandeándole y gritándole:
⎯¿Por qué, padre? ⎯las lágrimas invadieron sus ojos⎯.
¿Por qué tuviste que interponerte en mi destino? ¿Por qué…?
Halmir se incorporó de un brinco y abrazó a su hijo con
fuerza. Comprendió que Nathan, había conseguido destruir
la coraza divina que lo protegía, arrojando la máscara férrea
para descubrir a un muchacho lleno de sentimientos. No
108
sabía como lo había logrado, pero lo cierto es que, su hijo,
había conseguido su propia liberación.
⎯Por favor, Nathan. No te atormentes. ¡Te quiero!
Nathan se sacudía en los brazos de su padre, llorando
con gran desespero. Su padre hacía mucho tiempo que no le
veía llorar. Halmir miró por encima del hombro de su hijo y
vio a Ishtar en el umbral, observando en silencio. Unas
lágrimas brotaron de aquellos ojos grises, los cerró para
unirse en silencio a su hijo. Cuando volvió a abrirlos, miró
hacia el umbral…
Ishtar se había marchado.
Halmir apartó a su hijo. Se sintió obligado a calmar sus
emociones, ahora a flor de piel.
⎯Escúchame, Nathan ⎯alzó el mentón de su hijo⎯. La
oscuridad te impide ver la luz que hay en tu interior. Sé lo
que deseas, conozco tus aspiraciones, pero no me culpes a
mí. Yo fui un títere en manos de Justice, él nos utilizó a los
dos; a mí, para engendrarte y a ti, para encarnarse.
Nathan lo interrumpió entre sollozos.
⎯Sólo deseo ser yo mismo ⎯repuso⎯. Mi Yo existe,
padre. Lo he descubierto.
⎯Lo sé, hijo. Pero la única forma que tienes de
disfrutarlo plenamente es deshaciendo el lazo que te une a la
divinidad de la que formas parte, ¿es eso lo que quieres?
Nathan lo miró con una tristeza absoluta.
⎯Sí, padre. Eso es lo que quiero.
⎯Perderás tu inmortalidad.
⎯No me importa.
Al escuchar la respuesta de su hijo, Halmir sintió una
estacada en el corazón. Se hundió sin aire en los pulmones,
luchó por salir a la superficie.
⎯No puedo… ⎯Halmir titubeó, temblando por la
respuesta de su hijo⎯. No puedo permitirlo, lo siento.
Nathan se levantó, con el semblante pálido. Incapaz de
asumir las palabras de su padre.
⎯Debes entenderlo ―dijo Halmir―. No puedes
109
eximirte. Si lo haces, tu destino es la muerte.
Sobresaltado por aquellas palabras, que en cierto modo
ya sabía, Nathan estudió a fondo los ojos serenos de su padre
y observó en ellos un cambio sutil. Halmir no desvió la
mirada, dejó que su hijo siguiera escudriñándole. Las
circunstancias que rodeaban a Nathan señalaban en una sola
dirección. No le cabía la menor duda que los intentos de su
hijo por escapar de su destino eran cada vez más certeros y
temía que algún día se saliese con la suya. No podía sentirse
aliviado, su hijo podía tomar una lamentable decisión que
para él podría resultar difícil y angustiosa.
En el trasfondo de la mente de Nathan comenzó a
esbozarse un plan, todavía impreciso, pero que iba tomando
forma con rapidez. Halmir no dejó de mirar a su hijo en
ningún momento, éste parecía resignado, pero también
pensó en la máscara y en la posibilidad de cubrirlo
nuevamente.
⎯¿Por qué no quieres aceptarlo? —dijo—. Eres superior
a la raza humana y a las leyes del espacio y del tiempo.
Justice te lo transfirió a ti, así me lo dijo expresamente.
Nathan sintió un desagradable escalofrío al recordar la
muerte de la deidad que a su vez, fue su hermano y maestro.
Su padre siguió hablándole, tratando de convencerle para
que no tomara una decisión tan arriesgada.
⎯Tú has sido forjado en un molde diferente y aunque no
te guste, eres Ra. Si deseas hacer una pausa en tu vida y
dedicarte a vivir como un simple mortal, hazlo. Nadie tiene
autoridad para cuestionar tu forma de vivir, pero aún así
debes tener mucho cuidado con lo que haces —hizo una
pausa—. Eres el rey de Jhodam, nunca lo olvides.
Halmir apartó las sábanas que cubrían sus piernas. Se
levantó, cruzó el aposento y descorrió las cortinas. Los rayos
solares entraron en la estancia endiabladamente intensos.
Bruscamente se apartó de la ventana, pues llevaba muchos
días sumido en la penumbra y la luz le deslumbraba.
Se volvió hacia su hijo.
110
⎯Eres una deidad y eso no te impide renunciar a tus
sueños.
El sermón sensato y tranquilizador de su padre le dejó
perplejo. Halmir se percató y sonrió. Su hijo solía
desobedecerle muy a mundo así que no encontró extraño que
por su mente pasara la idea de hacerlo de nuevo.
⎯No has tenido reparos en desobedecerme en otras
ocasiones ⎯dijo, apoyando su mano sobre el hombro de
Nathan ⎯. Pero basta de hablar de destinos futuros y
volvamos al presente. Dime, ¿te gustaría realizar un viaje al
Monasterio de Hermes?
Nathan se quedó de piedra.
⎯¿Qué?
⎯¿No quieres ser normal y corriente? —preguntó
Halmir—. Pues empieza por ahí… Muéstrate ante tu gente,
vive sus penas y sus alegrías. Ellos te perderán el miedo y tú
te encontrarás en paz contigo mismo.
Ambos permanecieron un buen rato contemplándose
mutuamente. Nathan, pese a su fuerte carácter, permanecía
extrañamente en silencio. Su padre le había sorprendido y
fue incapaz de replicarle. Comprendió que tenía razón. Tenía
que cambiar el enfoque de su vida, no su destino. El prisma
era muy diferente mirando hacia un lado o hacia otro.
111
Capítulo 8
La Sangre Nunca Llega al Río
El cascabeleo de los arneses, los caballos, el crujido del cuero
y el golpear de las botas sobre las hojas caídas de los árboles.
Hace días que el tranquilo bosque de Bilsán, invadido de
carpas, dejó sus ritmos cotidianos y simples para unirse a
aquella inusual y sorprendente cacofonía.
La milicia de Bilsán se unió en el bosque, al grupo de
élite y arqueros de Jhodam. Estaban estratégicamente
acampados no muy lejos de un arroyo en el que a todas horas
chispeaba el agua; sus orillas y rocas estaban cubiertas de
musgo húmedo de un color verde esmeralda brillante.
Por el momento permanecían a la espera de nuevas
órdenes. Cuando desde Jhodam, llegó un mensajero con una
notificación firmada por el rey, ordenando que los arqueros
destinados a Bilsán partieran urgentemente rumbo a
Haraney, para controlar el paso de los contrabandistas y
evitar nuevos saqueos en las aldeas lindantes. El rey Nabuc,
que no conocía los planes del rey de Jhodam, había
movilizado un grupo de hombres con el propósito de
atraerlos a Esdras y negociar con ellos. Mientras tanto, Jadlay
y los guerreros mataban el tiempo entrenando sus
habilidades, algo esencial para enfrentarse con garantías a las
tropas de Nabuc.
Las órdenes habían sido muy concretas: al margen del
nuevo destino de los arqueros, ellos tenían la orden expresa
de no atacar y permanecer en silencio; sólo si las
circunstancias lo requerían podían desobedecer esa orden.
112
Por supuesto, que esas circunstancias se referían a un ataque
enemigo. Áquila trató de recalcar a Jadlay la importancia de
obedecer las órdenes del rey al pie de la letra, pero se
encontró con problemas.
A Jadlay no se le daba bien aceptar las órdenes de los
demás ni siquiera las del mismísimo rey, y sin pensar dijo
algo que levantó la ira del comandante.
—¿No hablará en serio?
Áquila entornó las cejas, intrigado.
—¿Quién?
—El rey —respondió Jadlay—. No me lo puedo creer. Se
echa atrás… —Y como un niño pequeño, habló demasiado—.
¡No pienso obedecer esa orden!
—¿Has perdido la cabeza? —Áquila clavó en él unos ojos
claros llenos de ira.
Jadlay retrocedió un paso para alejarse del comandante.
La ira le había encendido el rostro.
—No sé por qué te pones así —dijo—. La resistencia
puede actuar libremente y darle un buen escarmiento a ese
tirano. No por eso va a declararnos la guerra.
—Escúchame bien, Jadlay… —empezó diciendo
Áquila—. He cazado con él; me he entrenado con él; he
compartido con él odres de agua y vino. Me he ganado su
confianza. ¿Acaso piensas que voy a tirar por tierra todo lo
que he conseguido, permitiéndote a ti actuar a tu antojo? —
Áquila hizo una pausa para pensar un instante. Por un lado,
comprendía al chico, sus ganas por darse a conocer y
demostrar que es un guerrero valiente, pero ese camino no
era el correcto; y por otro, tenía la orden de controlar su
impulsividad, para evitar precipitaciones indeseables—.
Mira, muchacho… Valoro mi vida, ¿entiendes? Y tú deberías
hacer lo mismo —le tendió a Jadlay el rollo de pergamino
para que leyera las órdenes él mismo—. Nunca, nunca
traiciones al rey de Jhodam, porque no habrá lugar en esta
tierra dónde puedas esconderte.
El chico no había terminado de leer cuando Áquila le
113
quitó el pergamino de las manos.
—Ya has leído bastante.
En el fondo, Nathan sabía que Jadlay sería difícil de
amansar y decidió enviar a Áquila, para domar su carácter
pendenciero.
—Lo siento, no sé que me ha pasado —murmuró el
chico—. Me he dejado llevar… Juro que no volverá a pasar.
—Bueno —suspiró el comandante—. Si estás
arrepentido, olvidaré tus palabras y aquí no ha pasado nada.
Después de la inesperada discusión que mantuvieron Áquila
y Jadlay, las aguas volvieron a su cauce.
Habiéndose marchado los arqueros, quedaron ellos: la
élite, con Áquila de jefe indiscutible, y la milicia de los
libertadores, conocida como la Resistencia, liderada por
Jadlay. Olvidado el enfrentamiento verbal entre los dos jefes,
el joven se sumió en el reclutamiento y entrenamiento de
jóvenes dispuestos a todo por defender sus tierras. Pero
Jadlay se dio de bruces al comprobar que no estaba
resultando nada fácil formar campesinos en guerreros.
El joven estaba desbordado y Áquila no hacía más que
reírse de él. Ambos habían forjado una buena amistad y
formaban un buen equipo, esto les permitía reírse el uno del
otro sin llegar a ofenderse.
Al llegar la noche, encendían una hoguera junto a un
viejo árbol, en el centro del mismo campamento, y allí,
sentados en corrillo, cenaban y conversaban todos juntos
sobre asuntos serios o triviales hasta altas horas de la
madrugada.
La camarería se había convertido en la piedra angular de
la alianza Jhodam-Bilsán. La resistencia especialmente creada
para defender a los lugareños, campesinos y víctimas en
general, de hombres tan despiadados como Nabuc y sus
sicarios, se vio de la noche a la mañana imposibilitada para
actuar libremente y a sus líderes no les quedó más remedio
114
que acatar las órdenes. Lo reconocían, incluso el clero de
Esdras merecía un escarmiento al permitir los saqueos y
asesinatos que cada día se perpetraban en los territorios de la
Confederación Soberana Jhodamíe.
Jadlay se mordía la lengua y lo que hiciese falta para
ocultarle a Áquila sus deseos de combatir. Todo lo que estaba
ocurriendo le reventaba, pero aún así mantendría la boca
cerrada. Y era difícil, dado su fuerte carácter. Pero lo había
jurado.
Los saqueos que soportaban los territorios lindantes con
Esdras habían llegado al vértice con lo ocurrido en el
Monasterio de Hermes. Atacar a una hermandad de monjes
indefensos, seres amables que ayudaban a los pobres
dándoles alimentos y consejo, era el colmo. La situación se
había vuelto insostenible; por esta razón, el rey Nathan y sus
escuderos los inmortales Halmir, Ishtar y Morpheus
partieron de Jhodam en un viaje de incógnito con destino al
monasterio, las canteras y las colonias de campesinos y
ganaderos. Por unos días estarían muy cerca de Esdras y eso
era motivo más que suficiente para ocultar sus identidades,
sobre todo la del rey.
Nadie sabía nada de este viaje, ni siquiera habían
informado a los arqueros ni al Consejo de Jhodam. Lo único
que sabían en palacio era que el rey estaría ausente unos
días. El secretismo era absoluto.
Áquila estaba en el árbol, cómodamente sentado en una rama
gruesa, contemplando a Jadlay y a sus amigos; su gran
estatura no parecía ningún impedimento para trepar por el
tronco. Era un hombre ágil y habilidoso, forjado en el
combate y la lucha por la supervivencia. A Jadlay no le costó
nada comprender por qué ese hombre de gran tamaño y
corpulencia era el guerrero favorito del rey, saltaba a la vista.
115
⎯¿Vas a quedarte ahí arriba toda la noche?
Áquila se echó a reír.
⎯Es posible. La vista desde aquí es maravillosa.
Yejiel al escucharle se sorprendió. Miró a su alrededor. El
cielo nublado. La única luz que había en el bosque era la
emitida por la hoguera. El cañizo, la maleza y los pequeños
troncos ardían y crepitaban otorgándoles luz y calor.
⎯¿Y con esta negrura puedes distinguir algo?
⎯Si estás debidamente entrenado puedes ver en la
oscuridad con la misma precisión que si estuvieras a pleno
sol.
Jadlay, Yejiel y Najat se cruzaron las miradas. No
querían llevarle la contraria al gran Áquila, pero de algo si
estaban seguros, ellos no tenían la facultad de ver en la noche
con la perfección que él afirmaba. Eran tres jóvenes
corrientes, pero Áquila… al parecer, era un dotado.
Los dos escuderos de Áquila se levantaron, se
despidieron del grupo y se dirigieron a sus carpas. A
algunos, el sueño empezó a acecharles sin piedad.
La noche estaba muy avanzada.
Áquila apoyó su espalda contra el tronco. Respiró y
exhaló la brisa nocturna y luego, alzó la vista. Un ligero
viento rompió una capa de nubes y el manto estrellado se
dejó ver a través del espacio abierto, brillando con gran
intensidad, pero su luz no iluminaba el bosque, era como si
éste estuviera protegido por una misteriosa atmósfera,
espesa; impidiendo a la luz natural, penetrar. Los árboles y la
espesura, en la oscuridad, eran de un color gris plateado, casi
mortecino. Eran los colores de la noche, pero al llegar el día y
el sol todo cambiaba, y los colores pálidos y tenebrosos se
convertían en radiantes y vivos.
La conversación se fue apagando hasta agotarse. La
hoguera con el paso de las horas quedó baja y caliente como
un lecho de brasas. Yajiel se levantó y estiró las piernas.
Jadlay se volvió hacia él.
⎯¿Vas a acostarte?
116
⎯Sí, estoy cansado y mañana tenemos una dura jornada
de entrenamiento ⎯hizo una pausa, dirigiendo la mirada a
todos los que aún se mantenían activos⎯. Todos vosotros
deberíais hacer lo mismo.
Jadlay asintió.
Había refrescado.
Áquila descendió del árbol sin hacer ruido. Todos se
habían ido a dormir. Se encaminaba en dirección a su carpa
cuando un murciélago pasó volando delante de él. Áquila,
sorprendido, lo siguió con la mirada hasta que el quiróptero
insectívoro desapareció entre las sombras. Entró en la carpa.
Se frotó los ojos, soñoliento. Se quitó la armadura, las botas y
sentado sobre un pequeño cajón de madera, sacó del bolsillo
interior de su túnica el pergamino con las órdenes del rey.
Volvió a leerlo.
«Si así lo quiere el rey, así se hará», pensó.
Áquila se llevó el escrito al corazón, cómo si fuera un
talismán. El caos que vivían los territorios cercanos a Esdras
tenía que llegar a su fin y cuanto antes mejor. Eso es lo que él
opinaba. Sin embargo, desconocía los motivos que tenía el
rey para frenar el avance de las tropas, optando por hacer
preferente el asunto de los contrabandistas. ¿Por qué un
cambio tan radical de planes? Hasta hace unos días, Nathan
tenía muy claras sus prioridades y ahora… ¿Qué había
pasado? ¿Acaso Nabuc tenía intenciones de reclutarlos para
sus despiadados fines? Sí, eso debía ser. Áquila era
consciente de que no podía cuestionar una orden directa de
retroceso y menos aún cuando ésta orden procedía
personalmente del rey, escrita en un pergamino real de su
puño y letra. Algunos de aquellos contrabandistas eran
guerreros proscritos de gran valía. Hombres que, en su día,
fueron leales al imperio jhodamíe hasta que cometieron
algún error que les llevó a ser condenados y exiliados.
Suspiró.
Áquila volvió a guardar el pergamino en el bolsillo. Se
levantó, colocó el cajón de madera en su sitió y se acostó de
117
espaldas sobre la manta.
Cerró los ojos.
Jadlay se despertó cuando el alba se filtraba en la tela de la
carpa. Se desperezó para desprenderse del sueño, se
incorporó sentado en la cama y luego, decidido, se levantó.
Fue el primero, pues el resto de sus compañeros seguían
aparentemente dormidos. La tertulia nocturna se alargó
hasta altas horas de la noche y al llegar el amanecer no había
quién los despertara. Pero no, Áquila, apenas había dormido,
estaba sentado sobre la alfombra de musgos y helechos que
la orilla del arroyo le brindaba.
Oyó el crujir de las hojas caídas sobre el suelo. Intuyó
que alguien más, a parte de él, se había levantado. Se volvió.
Vio a Jadlay que se acercaba a él.
⎯¿Has dormido bien? ⎯preguntó el comandante,
mientras contemplaba el aspecto desaliñado del joven.
⎯No ⎯Jadlay, se sentó juntó a él y se rascó la cabeza⎯.
Anoche, los mosquitos se propusieron devorarme y casi lo
han conseguido.
Áquila se echó a reír.
⎯Si se hubieran encaprichado contigo no estarías tan
flamante ⎯replicó Jadlay.
⎯Los mosquitos huyen de mí.
⎯Será porque te conocen.
Ambos bromearon contentos, despertando con sus voces
a todo el campamento.
Había llegado el momento de pensar en el entrenamiento con
las pértigas cortas: una lucha simulada para adquirir la
técnica de combate con espadas reales. También estaba el
arco, pues tener buena puntería no es nada fácil; pero para
eso está Áquila, él es un experto lanzador de flechas; todas
dan en la diana. Jadlay y Yejiel lo observaban cada vez que
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tensaba el arco y lanzaba la flecha, mudos de asombro. No en
vano, Nathan, le regaló un precioso arco; posiblemente
porque él también quedó admirado de sus aptitudes. Debió
ver en él, un hombre de grandes y potenciales recursos.
Jadlay era consciente de que no era buen lanzador. Él
prefería la espada, creía tener desarrollada una buena técnica
que había aprendido desde niño y esos conocimientos
ansiaba trasmitirlos ahora, que era líder de su propia milicia.
Lo que Jadlay tenía en estos momentos era más de lo que
cualquier persona podía conseguir en toda su vida: conocía
en persona al rey de Jhodam hasta el punto de firmar una
alianza con él; convivía en el campamento con Áquila, un
guerrero de extraordinarias cualidades, con el que compartía
el liderazgo de las tropas hasta Bilsán estacionadas, y su
padre adoptivo Morpheus estaba emparentado con la
legendaria e inmortal Dinastía Nekhbet. Sin embargo, tenía
una espina clavada en su corazón… ¿Quién eran sus padres?
¿Por qué lo abandonaron? ¿Estarían muertos? Muchas
preguntas que no tenían respuestas.
Y puestos ya, empezó el entrenamiento.
Áquila lanzó una larga pértiga de madera, parecida a
una lanza, que Jadlay tomó al aire; el otro contrincante, un
joven campesino que aspiraba a formar parte de la milicia.
Jadlay no iba a ser transigente con Yael, el aspirante. Estaba
dispuesto a hacerle sudar de lo lindo. ¿Por qué?… En la
batalla no hay concesiones; si no sirves, mueres.
Sobre los peñascos, junto al río, observaban Áquila y el
resto de militantes. Con sus gritos apoyaban a uno o a otro.
La cuestión era que ambos debían sentirse igualmente
arropados con todo aquel griterío. Aquella muestra de
simulado fanatismo servía para levantar el ánimo, por si
acaso éste se veía flaqueado por algún lado.
A Jadlay se le disparó la adrenalina. Forzó a Yael más de
lo necesario, este tenía miedo de caer al agua. La pértiga se le
desprendió de las manos justo en el momento que Jadlay
arremetía contra él. Para evitar el golpe, echó a correr y sin
119
darse cuenta se introdujo en el arroyo. Áquila observaba su
forma de defenderse, tan poco inusual. Esa actuación en un
lucha encarnizada, en la que se debate la vida o la muerte, le
conduciría directamente a la tumba.
Jadlay lo siguió. No iba a matarle, pero Yael sintió
miedo. Cayó al agua.
⎯Te toca nadar, amigo ⎯gritó Jadlay.
Yael oyó como gritaban su nombre, alentándole a
continuar.
Jadlay no fue compasivo, se precipitó sobre él y
cogiéndole por el pescuezo, lo sacó del agua.
⎯¿Te rindes?
Yael actuaba como si estuviera ahogándose, abriendo la
boca, desesperado para respirar. Pensó que iba a morir, allí
en la orilla de un arroyo. Se imaginó su sangre correr por su
cuerpo y teñir aquellas cristalinas aguas… Pero ni tan
siquiera el agua le cubría las piernas, era el miedo que le
estaba jugando una mala pasada.
Reaccionó.
⎯No sé nadar, ten piedad de mí.
Jadlay completamente sumido en su papel de matón,
repitió la pregunta que le había formulado con anterioridad,
pero esta vez con una seriedad implacable.
⎯¿Te rindes?
Resignado, respondió:
⎯Sí.
⎯Ahora, apoya los pies…
Yael se avergonzó por su mala actuación y fue incapaz
de mirar a Jadlay a los ojos, éste no le prestó atención.
Salieron del agua y luego, Yael huyó del arroyo como
perseguido por el diablo.
Jadlay alzó la vista.
Las risotadas de sus compañeros habían desaparecido de
sus rostros. No sabían si salir corriendo o quedarse allí, en los
peñascos, más tiesos que un palo.
La voz de Jadlay tronó severa.
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⎯¿Quién quiere ser el siguiente?
Al escuchar la evidente pregunta, todos echaron a correr.
Áquila al observar la escampada estalló en carcajadas, no
pudo evitarlo. Jadlay, con el ceño fruncido pasó muy cerca de
él, encendido como estaba, le estrelló el puño contra el
estómago. Áquila, sorprendido, gimió y se dobló por la
cintura, con las manos apoyadas en las rodillas, intentando
recuperar el aliento.
⎯¡Uf, qué dolor! ⎯se burló Áquila, partiéndose de risa.
El joven no se volvió, siguió caminando hacia su carpa,
pataleando la tierra y apartando con brusquedad las lianas
rotas que yacían en el suelo, visiblemente malhumorado.
⎯¡Cobardes! ⎯gritó Jadlay⎯. ¡Estoy rodeado de un
atajo de cobardes!
Entró en su tienda y nadie más supo de él hasta la noche.
Najat y Yejiel se cruzaron las miradas. Su amigo estaba
realmente enfadado.
⎯Dejémosle hasta que se le enfríe el enfado ⎯repuso
Yejiel.
Áquila se acercó a ellos.
⎯¿Siempre se pone así?
⎯Si se juega algo importante, sí.
⎯Hmmm. ⎯Áquila se acarició el mentón⎯. Estáis
rodeados de simples campesinos, no han nacido para luchar.
¿No pretenderéis convertirlos en guerreros en una abrir y
cerrar de ojos, verdad?
A Yejiel pensó que quizá estuvieran precipitándose.
⎯Supongo que no.
⎯Bien —dijo Áquila—. El aprendizaje es complicado y
esos hombres necesitan tiempo.
⎯¡Un tiempo que no tienen! ⎯replicó Yejiel.
⎯Estás equivocado, jovencito ⎯repuso Áquila⎯.
Mientras el rey no se decida a dar el visto bueno a la
incursión a Esdras, hay tiempo ⎯hizo una pausa⎯. Mis
hombres se ocuparan de vuestros aspirantes. En dos semanas
pueden estar listos.
121
⎯¿Dos semanas? —preguntó Yejiel abriendo los ojos
como platos—. ¿Y qué ocurrirá si Nabuc decide atacarnos? O
lo que es peor, el rey puede decidir activar el plan y…
Áquila lo interrumpió.
⎯En estos momentos, lo realmente importante es el
presente. No pienses en el futuro antes de tiempo, ¡cabeza de
chorlito!
⎯¿Cabeza de chorlito? ⎯repitió Yejiel, con el semblante
rojo.
Najat se echó a reír a carcajadas. Su amigo lo miró de
reojo, con malas pulgas.
⎯Y tú, ¿de qué te ríes?
Najat cerró la boca, guardándose las risas y cabizbajo se
alejó de ellos. No tenía ganas de soportar las broncas de su
amigo, con Jadlay ya tenía bastante.
Áquila reunió a los campesinos aspirantes a guerreros y
después de una hora hablando con ellos para conocerles,
hizo grupos de tres y a cada grupo le adjudicó a uno de sus
hombres. La táctica era buena y una vez más, la juventud de
los tres jóvenes se puso en evidencia ante el gran guerrero
que demostraba así, su indiscutible liderazgo. Era consciente
de que Nathan había puesto muchas ilusiones en el joven
Jadlay, pero éste aún tenía mucho que aprender.
«¿Qué vio el rey en Jadlay?», se preguntó.
Esa pregunta se unió a otras tantas que tenía acumuladas
en su mente; preguntas sin respuesta. Con el enigma sin
resolver, no le quedó más remedio que guardar silencio y
seguir con el plan establecido, siguiendo al pie de la letra las
instrucciones que Nathan le había dado antes de abandonar
Jhodam. Sólo esperaba que él no estuviera equivocado, pues
algunos secretos llevan a la destrucción.
Pensativo, se sentó sobre una roca. Áquila no dejaba de
observar a su alrededor. Su mente pensaban en Jadlay y en
sus arrebatos, su impulsividad le preocupaba, mientras que
122
sus ojos contemplaban las actuaciones de los jóvenes
reclutados por Jadlay. No eran realmente tan malos,
simplemente necesitaban buenos maestros que les guiaran
por el buen camino, y Jadlay, al igual que sus amigos, era
demasiado joven para enseñar técnicas de combate. Nathan
lo sabía, no era tonto. Cuando el guerrero comprendió los
motivos del rey para enviarle a él y no a otro, no pudo hacer
nada más que enorgullecerse.
El mediodía llegó y pasó.
Más entrenamientos…
Hasta que él sol había decidido, por fin, comenzar a
declinar. El lento crepúsculo se alzó y el cielo pincelado de
rojo hacia presagiar una futura ventisca, seguramente
procedente del noroeste.
Con las primeras sombras de la noche, y muertos de hambre
por el gasto extra de energía, los reclutas de Jadlay se dejaron
caer en la fresca hierba, despatarrados, sin aliento. Los
entrenamientos se endurecieron con los hombres de Áquila
al frente. Incluso Najat y Yejiel se sorprendieron por la buena
marcha de la jornada. Hubo risas, por supuesto. ¡No estaban
en un funeral! No se trataba de una batalla a campo abierto
donde las posibilidades de perder la vida eran altas, sino en
un simulacro y los resultados fueron muy satisfactorios. Yael,
acabó su jornada habiendo mejorado mucho; ahora, eso sí,
aún le quedaba mucho camino por recorrer.
Jadlay se mantuvo confinado, malhumorado, durante
horas, hasta que finalmente, quedó dormido. En el
campamento habían estado todos tan ocupados que nadie le
echó en falta, excepto Áquila. Éste harto de que el joven
actuara como un niño mimado entró en la tienda como una
exhalación.
⎯¡Levántate!
La punta de la bota de Áquila golpeó a Jadlay en las
costillas, con brusquedad. Sobresaltado, el joven se incorporó
123
sentado.
⎯Qué…
⎯He dicho que te levantes ⎯repitió.
Áquila estaba de pie ante Jadlay contemplándolo,
sonriente.
Jadlay se restregó los ojos y miró a su alrededor.
⎯¿Cuánto he dormido?
⎯No lo sé, pero llevas en la tienda todo el día.
⎯¿Qué sucede? ⎯preguntó fríamente, frunciendo los
labios en una mueca, mientras estudiaba a Áquila con sus
ojos verdes, tratando de descubrir sus verdaderas
intenciones.
⎯¿Por qué el rey te envío a ti y no a otro?
Áquila se sorprendió por la pregunta del joven.
⎯Eres muy joven para liderar a tus hombres, necesitas
que alguien te ayude y te proteja.
⎯¿Protegerme? ¿Por qué? —preguntó Jadlay—. No me
vengas con el cuento de que soy joven, porque no me lo creo.
⎯Si quieres la respuesta tendrás que preguntárselo al
rey, sólo él lo sabe.
Jadlay extendió el brazo para tomar su capa, pero Áquila
puso un pie sobre ella.
⎯No, no, amigo mío ⎯rechazó Áquila⎯, pronto habrás
entrado en calor.
El joven se levantó, no menos enfadado que por la
mañana. Áquila le puso una mano en un hombro. El guerrero
lo vio tan alterado, que añadió amablemente:
⎯Haré lo que esté en mis manos para ayudarte. De
hecho, me he tomado la libertad de hacerlo.
Jadlay cogió su espada. Parecía más calmado.
⎯¿Hacer el qué? ⎯preguntó intrigado.
⎯Entrenar a tus hombres.
⎯¿Y no han salido corriendo?
⎯No.
⎯Pues dime cómo lo has hecho, porque yo, solo yo, soy
el responsable de mis hombres ¿Acaso me estas poniendo
124
una zancadilla, para caerme ante ellos?
⎯Mi querido, muchacho ⎯dijo Áquila, encogiéndose de
hombros⎯. Deberías enseñar a tus hombres, antes de nada,
que el honor es algo magnifico, pero no les sirve de mucho a
los muertos. Cuando cualquiera de ellos desenvaine su
espada en serio, será cuestión de vida o muerte. Yo soy un
espadachín experto y tú con veinte años no puedes haber
luchado mucho, amigo mío. Déjame que ponga en duda tus
capacidades, por lo menos hasta que me demuestres lo que
sabes hacer. Se necesitan muchos años para aprender las
complejas técnicas de la lucha con espada y tú alardeas
mucho. Hay un claro en el bosque, no muy lejos del arroyo
donde podemos practicar sin ser molestados ¿Te apetece?
Jadlay sacó humo por las orejas. Áquila le estaba
desafiando.
⎯¿Ahora, en la oscuridad de la noche?
⎯Si. Vamos.
Una hora más tarde, ambos estaban tumbados en el suelo, sin
aliento. Sus compañeros, sin ser ajenos a las prácticas
combativas que estaban realizando los dos líderes, cenaban
junto al calor de la hoguera. Durante un rato habían
escuchado el sonido del entrechocar de las espadas, hasta
que el silencio volvió al bosque. Yejiel supuso que ambos
debían estar dando boqueadas de extenuación. Lo que ellos
no sabían es que el cansancio que sentían Jadlay y Áquila era,
pese a los arañazos y cortes que ambos tenían, agradable. Sin
embargo, hasta el respirar les suponía un gran esfuerzo.
Las espadas, clavadas en la tierra.
⎯No ha sido una lucha justa ⎯masculló Jadlay,
jadeante.
⎯Si hubiera sido un combate real, estarías muerto —
respondió Áquila—. Necesitas entrenar más.
⎯¡Bien! Sin embargo, sigo pensando que me pusiste la
zancadilla.
125
⎯Eso no es cierto.
⎯¡Si lo es!
⎯Eres rápido y fuerte, pero necesitas mejorar.
Áquila se puso en pie. Se situó en posición de ataque,
levantó su larga espada y le hizo una mueca a Jadlay.
⎯¿Lo intentamos de nuevo?
Jadlay no podía creer que… Será mejor no pensar; se
levantó, asombrado por la energía de su amigo.
⎯¿Es qué no te cansas nunca?
⎯Por supuesto que me canso, pero eso tú jamás lo verás.
El viento empezó a silbar por entre los árboles. Áquila y
Jadlay dieron por terminadas sus prácticas por ese día.
Durante un rato permanecieron sentados sobre una piedra,
descansando. En silencio.
Jadlay pensó en aquel extraño silencio. Habían hecho
tanto ruido como un regimiento. Sin embargo, nadie asomó
la cabeza por el claro. Supuso que Áquila había ordenado a
sus hombres que se mantuvieran alejados para no
desconcentrarle. De pronto, Áquila se levantó.
⎯Bien, chico… Lo estás haciendo bien ⎯le dijo el
guerrero, ya casi recuperado del esfuerzo⎯. Si sigues así,
tanto tú como tus hombres estaréis listos en menos de dos
semanas.
⎯¡Vaya, por lo que veo me has metido en el lote!
Áquila sonrió.
⎯Por supuesto.
Jadlay pensó que había alguien detrás de las decisiones
del guerrero. Por un momento se le pasó por la cabeza el rey,
pero inmediatamente después rechazó ese pensamiento;
quizá, su padre. Sí, si. Sólo esperaba que él le confirmara sus
sospechas.
⎯¿Esto no ha sido idea tuya, verdad?
Áquila apretó la mandíbula.
⎯No.
126
«¡Lo sabía… mi padre!», pensó. Por sí acaso, decidió
preguntar.
⎯¿De quién ha sido, entonces?
⎯Del rey.
La respuesta de Áquila le heló la sangre.
«¿Cómo era posible? —se preguntó—. ¿Si el rey hizo un
trato conmigo es porque me consideraba una persona
preparada, o no?» Jadlay no podía creerlo.
⎯¡Mientes!
⎯No ⎯Áquila fue tajante en su respuesta⎯. Nathan
creyó oportuno que te observara y si no eras merecedor de
mi visto bueno…
Jadlay enrojeció, irritado. Interrumpió a Áquila, al que
no dejó terminar de hablar.
⎯No puedo creerte. Yo hice un trato con él. Me
prometió…
Esta vez, fue el guerrero quién le interrumpió. No tenía
ni idea de lo que le prometió el rey ni quería saberlo.
⎯Por supuesto que hiciste un trato con él, pero el rey
considera que eres inmaduro, impulsivo y lo que es peor, no
aceptas las órdenes de nadie ⎯hizo una pausa para ver como
el rostro del joven se oscurecía, quizá, de rabia⎯. ¿Cómo
pretendes hacer que te obedezcan si tú no eres capaz de
obedecer a nadie? Muchacho, para ser un auténtico líder
necesitas crecer… Por desgracia, aún eres un niño.
Jadlay miró a Áquila, enojado.
⎯¿Estás burlándote de mí?
⎯No —respondió Áquila tajantemente—. El rey me
ordenó que te forjara, que te hiciera un líder. Pero,
muchacho, no me estás poniendo las cosas fáciles.
Las palabras del guerrero dieron en el blanco.
Jadlay lo contempló, incrédulo.
Sin embargo, tras esa fachada férrea que le envolvía, el
joven desgarrado y sangrando por dentro, enmudeció. Trató
de replicarle, pero sus intentos se ahogaron en su garganta.
Después de todo, Áquila tenía razón.
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El comandante calló y mientras dejaba escapar un
profundo suspiro, se encaminó hacia el campamento. Jadlay,
reflexionando sobre todo lo que le había dicho el guerrero, lo
siguió en silencio.
128
Capítulo 9
La Pasión de Nabuc
Nabuc quería desposarse con la bellísima Aby. Ella no sentía
nada por el rey ni siquiera quería tenerlo cerca, pero eso a él
no le importaba. Lo había planeado hasta la saciedad: la
liturgia del desposorio se llevaría a cabo en el momento de
tomarla, consumándolo de inmediato.
Para llevar a cabo su perverso plan, reunió a tres
hombres de su total confianza. Tres hombres que
simpatizaban con él y que ahora estaban predestinados a
convertirse en testigos de una violación que consumaría un
enlace que estaba condenado al fracaso desde un principio.
El Sumo Sacerdote, Ajior, actuaría como oficiante de la
ceremonia y los otros dos, escoltas reales, Lamec y Ticio,
como testigos.
Al poco de comenzar a reinar, Nabuc se rodeó de
hechiceros y conjuntamente con varios integrantes del clero
creó su propia orden no religiosa, pero que actuaba como
iglesia, y su liturgia.
En Esdras, y sólo bajo el mandato del despiadado Nabuc,
los enlaces matrimoniales tenían lugar de dos formas: o bien,
en el Templo de Esdras, de mutuo acuerdo entre la pareja, lo
que se consideraba un desposorio típico; o bien, tomando la
vía ortodoxa y a través de una liturgia perversa y esclavista,
se violentaba sexualmente a la mujer; este rito exigía la
presencia en el momento del acto sexual, del oficiante Ajior y
dos testigos; en este caso, la mujer era tomada a la fuerza en
129
el mismo instante que se celebraba la liturgia matrimonial.
En Esdras, ambos matrimonios eran legales pero con la
diferencia que en el primer caso, era consentido y en el
segundo, no.
A Nabuc no le gustaba ser observado mientras realizaba
el acto sexual, pero estaba obligado a ceder si quería
desposar a la joven. Aby por propia decisión jamás se casaría
con él. Lo sabía Nabuc y todos los que la conocían.
La celebración de este perverso acto que uniría a Aby
con el rey tenía la fecha fijada desde hacía unos días. El levita
Joab, el padre de la joven, no presintió en ningún momento el
cruel acto al que iba a ser sometida su hija para ser
desposada con el rey. En otras circunstancias, casarse con un
rey era todo un honor y más aún, para una joven plebeya,
como era el caso de Aby. Sin embargo, ella vivía ajena a todo
lo que se preparaba. Ni de lejos podía intuir que Nabuc sería
capaz de violarla para consumar su propósito. Es cierto, sería
reina; pero el precio a pagar era muy alto y ella no era más
que una chica sencilla y hogareña, sin apenas pretensiones y
que soñaba con casarse algún día con un apuesto joven
trabajador del campo. Nabuc tenía la esperanza de que ella
acabase aceptándole, tarde o temprano.
Ajior convenció al rey para que ordenase la partida de
Joab al Monasterio de Hermes, como una maniobra de
despiste, pues su presencia era un problema. Los monjes,
adoradores de Ra, no pondrían ninguna objeción a que un
levita del Templo de Esdras les hiciese una visita. Un par de
días eran suficientes; el pretexto: la entrega de alimentos. Así
de esta forma, Joab no sospecharía nada y los monjes,
tampoco. Sin Joab cerca de su hija, ésta sería totalmente
vulnerable.
La joven acudía diariamente al palacio para ayudar en la
cocina y Nabuc tenía pensado aprovechar el momento, para
que sus dos escoltas, Lamec y Ticio, la condujeran a su
aposento; allí se celebraría la posesión sexual y consumación
del matrimonio.
130
Joab se arrodilló ante el altar para orar y permaneció allí por
un instante, consciente de que iba a hacer una buena obra.
Una vez que hubo acabado de orar a los dioses que veneraba,
que no eran otros que la Tríada, formada por los dioses de la
justicia, las almas y la guerra… Justice, Azazel y Nihasa, se
puso en pie y abandonó el templo. Se encaminó a paso ligero,
arrebujado en su capa con capucha, hacia la plaza, había
mercadillo y supuso que su hija estaría allí. Buscó entre el
gentío, pero ni rastro. Preguntó a los mercaderes, pero nadie
la había visto.
La encontró en casa, entre pucheros y verduras,
haciendo la comida para un grupo de niños que a diario
acudían a ella para que les diera de comer. Eran criaturas
hambrientas que sus padres, esclavizados por el rey Nabuc,
apenas podían alimentar y acudían a la ciudad amurallada
suplicando alimento a las gentes de caridad como ella.
Aby era una joven muy cordial y sobre todo, muy bonita.
Su cabellera castaña clara, suelta, le llegaba hasta la cintura,
pero casi siempre la llevaba recogida en una trenza. Su rostro
fino, siempre sonrojado y sus ojos ambarinos eran risueños,
los típicos de una muchacha que suele soñar despierta. Era
delgada y de baja estatura, no debía medir más de un metro
sesenta y parecía una muñeca. Nabuc, el primer día que la
vio se enamoró de ella como un loco y su pasión por ella no
conoce límites.
El ruido de las cacerolas sonaba alegre en la cocina.
―¿Estás en casa? ―preguntó aliviado―. Yo pensé que
irías al mercado. He estado buscándote.
Joab y su hija se dieron un abrazo.
―Sólo estaré fuera dos días… ―murmuró Joab.
Aby lo miró con ojos risueños.
⎯Padre, rezaré para que tengas un buen viaje.
Joab besó a su hija en la frente.
⎯El monasterio está cerca. No debes temer nada ⎯le
131
dijo⎯. En un abrir y cerrar de ojos estaré de vuelta.
⎯Abrígate bien, padre. Afuera hace frío.
⎯Lo haré.
Joab salió de la casa seguido de su hija. El carro con las
provisiones esperaba fuera, la yegua que iba a tirar de la
carreta relinchó contenta por partir.
Efectivamente hacía frío, mucho frío. El aire helado,
procedente de Haraney, soplaba más intenso que de
costumbre. El levita se arrebujó en su capa abrigo y subió al
carro, tiró de las riendas y gritando al caballo, se puso en
marcha. Su hija, en el umbral de la casa, se despedía con un
ademán.
Cuando su padre se perdió en la lejanía, ella entró en la
casa. Tenía trabajo. Después de dar de comer a los niños,
debía acudir al palacio para ayudar al cocinero en sus
quehaceres.
Aby regresó al palacio real como todos los días. Pero hoy,
debido a la marcha de su padre, la comida de los niños se
había retrasado y llegó tarde a su trabajo. Al traspasar el
umbral de la densa cocina se encontró a Ketar, el cocinero, de
pie, frente a ella, con aspecto malhumorado.
⎯¡Llegas tarde! ⎯dijo.
Aby se quitó la capa y la dejó doblada sobre el respaldo
de una silla.
⎯Lo siento, Ketar. Pero…
El rollizo cocinero no quería saber sus motivos; levantó
una mano y la obligó a mantener silencio. Para él era
suficiente con recriminar su tardanza.
⎯¡Qué sea la última vez! Ahora, ponte a trabajar.
Aby se colocó un delantal y se puso a trabajar la masa
del pan. Ketar, horneaba una gran oca y en los fogones
cocían las verduras y un guiso de cordero con especias. Hoy,
el rey Nabuc le había dado instrucciones precisas sobre la
que deseaba comer. Ketar desconocía si él tenía invitados,
132
simplemente le dijo que quería comer oca y cordero guisado.
Estaba tan acostumbrado a las excentricidades de Nabuc, que
aquella petición tan inusual no le sorprendió.
Después de una hora, la comida estaba lista. Aby se
lavaba las manos y Ketar terminaba de presentar la bandeja
de plata con la oca colocada en el centro, el guiso de cordero
en los bordes y la guarnición compuesta por patatas,
zanahorias y judías en una bandeja de arcilla cuando
entraron en la cocina dos escoltas reales. Tenían orden de
llevarse a la joven. Aby, lo desconocía, pero ella estaba
invitada a la velada que el rey había preparado. Nabuc
quería darle la oportunidad de que aceptara casarse con él
por el método tradicional, pues ante su negativa, tenía muy
claro los pasos a seguir.
⎯Mi lady, os comunico que debéis acudir con premura
al salón comedor. Os espera Su Majestad ⎯dijo Lamec.
Ketar escuchó, sorprendido.
Aby arqueó las cejas, intrigada. No sabía a qué venía
tanta cordialidad. Nabuc no hacía más que rondarla,
proponiéndole en cada encuentro un compromiso
matrimonial que ella siempre rechazaba, incordiándola
constantemente.
⎯¿Y si me niego?
⎯Por vuestro bien, será mejor que acudáis de inmediato.
Aby aceptó a regañadientes. Nada ganaría con oponerse;
se trataba de una comida, qué podía temer.
⎯Muy bien ⎯dijo.
Ella pasó, altiva, por al lado de los dos hombres y los
miró con ojos fríos. No dejó que la amargura se notara en su
rostro. En ese momento, lo que ella más lamentaba era no
tener una daga para intimidarles y dejar clara su posición.
Luego, salió.
Avanzó con paso rápido por el lúgubre pasillo. Lamec y
Ticio se apresuraron tras ella. Sin embargo, algo cambió en
Aby porque por su mente pasó la idea de echar a correr.
Sintió miedo. Se dio cuenta de que la invitación no era más
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que una trampa; su sexto sentido le estaba advirtiendo como
una vocecilla interior.
⎯¡Huye!
«No puedo. No debo», se aconsejó a sí misma.
⎯¡Déjate de remilgos! ¡Huye!
Aby miró atrás, sólo un instante. Los dos jóvenes la
estaban mirando, pero uno de ellos, el de los cabellos negros
como el plumaje de un cuervo, tenía además una expresión
lasciva en su rostro. Los dos enviados de Nabuc planeaban
algo, lo supo en ese mismo momento, desterró su indecisión
y con el corazón palpitándole a todo gas, aceleró el paso.
Ellos también. Lamec hizo una seña a Ticio para que se
adelantara y le cortara el paso.
Aby echó a correr, mirando atrás, nerviosa.
⎯¡Ticio, detenla!
Ella en su alocada huída, tropezó con el saliente de un
ladrillo y cayó al suelo. Los dos hombres se precipitaron
sobre ella; la agarraron rápidamente y la levantaron. Aby,
furiosa, forcejeó mostrando la fiera que llevaba en su interior;
mordió una mano de Lamec y le arañó la cara. El joven
escolta, rubio, de bellos ojos grises y sumamente atractivo,
con aspecto de no saber cual era su lugar, malhumorado, la
abofeteó con tanta brutalidad que la lanzó directamente al
suelo.
⎯Se te acabó el viajecito ⎯dijo, mientras caminaba hacia
ella.
Aby reptó por el suelo como una gata herida,
acurrucándose en la esquina del corredor. Al ver a Lamec
que se inclinaba para levantarla, se llevó las manos a la cara,
tratando de impedir otro bofetón.
⎯¡No! ¡Dejadme! ⎯suplicó ella.
Unos guardias acudieron rápidamente al lugar,
alarmados por los gritos; tras ellos iba el rey que les había
seguido con tanto sigilo que no se habían percatado de su
presencia. De pronto, su voz tronó severa.
⎯¿Qué está ocurriendo aquí? ⎯preguntó con soberana
134
autoridad.
Los guardias se volvieron hacia él, atemorizados. Nabuc
se abrió pasó con la capa ondeando a su espalda y entonces
la vio, allí, en el suelo, acurrucada y llorando, estaba su
invitada y futura esposa. De nuevo, se sintió rechazado.
⎯Ya veo que no habéis aceptado mi invitación ⎯Nabuc
hizo una mueca desdeñosa.
Al acercarse más, Lamec se hizo a un lado.
⎯¿Esto es todo lo qué sabes hacer, llorar? ⎯le preguntó,
al mismo tiempo que le ofrecía su mano para ayudarla a
levantarse del suelo.
Aby le escupió en la mano. Desde ese momento, ella
intuyó lo que iba a ocurrirle… Nabuc la quería a toda costa,
iban a someterla a un ritual de posesión sexual. El rey la
desposaría a través de un acto vil y cruel. Sintió que se
asfixiaba, la ansiedad se apoderó de ella y empezó a
desmoronarse como el polvo.
⎯¡Llevadla a mi aposento! ⎯dijo.
Los dos escoltas obedecieron y ella, totalmente sumisa,
era agarrada por ambos brazos y conducida a través del
lúgubre corredor al aposento real. Aby tenía la mirada
extraviada y la boca seca; las lágrimas volvieron a sus ojos,
empañándolos, mientras pensaba en la mano negra de
Nabuc, ésta no dejaba de extender su alcance. Una vez
sometida, dejará de ser ella para convertirse en un alma en
pena.
Nabuc se volvió a uno de los guardias.
⎯¡Volved a vuestro trabajo! ⎯miró al más joven⎯. ¡Tú,
ve en busca del Sumo Sacerdote y decidle que le espero en el
comedor! No te demores, es urgente.
El guardia le hizo una reverencia y escampó
rápidamente de allí. El rey, con el corazón acelerado, se
encaminó hacia el salón.
Nabuc y el hombre de cabellos blancos y aspecto sosegado,
135
vestido con túnica blanca y toga gris, Ajior, comieron y
bebieron juntos. La carne de oca y el cordero estaban
deliciosos y el vino, de buena añada, se les subió pronto a la
cabeza. Un escriba llegó al salón y redactó los papeles
necesarios por los cuales, Aby pasaba a convertirse en reina
tras contraer matrimonio con el rey. Ajior los revisó a
conciencia y firmó el acta de matrimonio, luego le entregó el
escrito al rey para que sellara el registro.
En cuanto el escriba se hubo marchado, Nabuc dijo:
⎯Desde el momento que la posea, estaré maldito. Lo sé
con absoluta certidumbre, amigo mío —suspiró—.
Demuéstrame que mi acto merece una recompensa.
Ajior se sorprendió por las palabras de su rey, notó cierto
aire de arrepentimiento en él o era su imaginación.
⎯Bebed vino, majestad, y reconfortad vuestro corazón.
La mujer que amáis os espera en vuestra alcoba.
Nabuc se tragó de un golpe todo el vino de la copa.
Luego, volvió a llenarla. Levantó la copa, sonriente.
⎯A tu salud, Ajior.
Brindaron y minutos después, el Sumo Sacerdote
abandonó el salón. Era su obligación estar en el lugar de la
ceremonia antes que el contrayente. El rey siguió bebiendo
vino, hasta que llegó el momento que tanto ansiaba.
Abandonó el salón y se dirigió a la cámara del guardarropa,
allí se cambió los atuendos regios y propios de su cargo y se
puso ropas cómodas.
Aby le estaba esperando en el aposento real.
Cuando Nabuc llegó a su aposento y la vio a ella tan hermosa
y frágil, de pie junto a sus tres vasallos, sintió la garganta
seca. Aby, desvalida y temblorosa, vestía una túnica
matrimonial de seda que le había entregado una doncella
para la ceremonia. Él se acercó y tocó la tela, dio un fuerte
tirón. La túnica se rasgó. Siguió tirando hasta dejarla media
desnuda. Ella se ruborizó y se cubrió sus zonas íntimas con
136
las manos, se quedó inmóvil; estaba tan aterrada que no fue
capaz de mover ni un solo músculo de su cuerpo, y aquel
hombre pretendía arrebatarle su virginidad. Estaba dispuesta
a luchar para que ese desalmado no la tomara. Nabuc, que
estaba bajó los efectos del vino, sacó del cinto su puñal, la
agarró por el pelo. La atrajo violentamente hacia sí, la hizo
dar media vuelta y le rasgó la túnica por la espalda. Observó
su cuerpo aterciopelado, ávido. La apretó contra él frotando
sus caderas contra las nalgas de ella. Él, bajo la capa, sólo
vestía una camisola ligera y las calzas, que permitían intuir
un cuerpo perfecto, musculoso y elástico. Aby al sentir su
masculinidad hinchada empezó a sollozar. Nabuc la tiró
sobre la cama y la aprisionó contra su cuerpo, tratando de
inmovilizarla, pero ella se debatió, forcejeando y arañando
sus mejillas. Esa muestra de fiereza le gustó y sin dejar de
aprisionarla con una mano, se arrancó la camisola con la otra
de un tirón y se bajó, nervioso, las calzas de algodón; estaba
terriblemente embriagado y sumamente excitado, intentó
separarle los muslos, pero Aby seguía resistiéndose como
una leona.
―Hoy serás mía. Y mañana, también.
―¿Violentándome? ―jadeó ella.
Aby forcejeó de nuevo.
⎯Sujetádmela, muchachos ⎯dijo Nabuc a sus dos
testigos, mientras Ajior observaba, atónito.
Lamec y Ticio, obedeciendo la orden del rey, se subieron
a la cama y se arrodillaron alrededor de la joven, sujetándola
hasta inmovilizarla.
Nabuc metió, insensiblemente, el dedo dentro de ella.
Aby soltó un alarido que más de dolor, fue de sorpresa. Él al
oírla gritar movió el dedo con mayor brusquedad. Aby sufría
y sufría. Ladeó la cabeza y pudo ver como Ajior se colocaba
tras ella, dispuesto a comenzar la cruel liturgia que la uniría a
Nabuc para siempre.
―Nooo… ―sollozó ella.
Nabuc la abofeteó con fuerza. Aby chilló y el labio
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empezó a sangrarle.
Volvió a golpearla.
Aby comenzó a llorar.
Nabuc alzó la vista, clavándola en Ajior.
⎯¡Empieza con el ritual! ⎯le gritó.
El Sumo Sacerdote tragó saliva y comenzó a pronunciar
las primeras palabras, entonando un perverso cántico. Nabuc
se detuvo un momento disfrutando el miedo de ella.
―¿Aceptas ser complaciente? ―preguntó él.
―¡Nunca!
Lamec, mientras agarraba a la joven, observaba la escena
horrorizado; Ticio, con avidez.
«¡Que feliz sería si pudiera gozarla!», pensó.
Aby perdió toda esperanza. En unos minutos se
convertiría, sometida a la fuerza, en la esposa del rey Nabuc.
Cerró los ojos. Quería olvidar donde se encontraba.
El rey siguiendo el ritual, y acogiéndose al ritmo de Ajior
se dispuso a penetrarla. El cántico subió de nivel, alcanzando
un éxtasis indescriptible. Nabuc aferró con sus manos las
caderas de Aby hacía sí y empujó con todas sus fuerzas y tan
hondo como pudo. Aby gritó tan fuerte que se le desgarró la
garganta. Él sintió la resistencia completamente virginal y
con perversidad volvió a empujar brutalmente.
Aby gritó de nuevo.
Nabuc arremetió una vez más, olvidando su virginidad,
con más brutalidad, a la vez que sentía una satisfacción
inesperada y grata. Disfrutó del momento como nadie.
Ajior pronunciaba las últimas palabras de una salmodia
maldita, que sellarían la alianza matrimonial de Nabuc y
Aby. A partir de ese momento, ella estaría obligada de por
vida a ser su esposa, a satisfacerle en todo momento. Sólo la
muerte les separaría. En segundos se convertiría en su
esclava y en su reina. Nadie podía evitar ese destino, ni
siquiera su padre. Joab había viajado hasta el Monasterio de
Hermes y ahora, seguramente estaría cenando con los
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venerables monjes, sin presentir para nada los crueles
momentos que estaba sufriendo su hija.
Nabuc se movía dentro de ella con violencia,
empujándola una y otra vez contra el borde de la cama
cuando de repente se sintió sacudido por espasmos muy
convulsos que le condujeron hacia el inicio de un clímax
brutal. Las sacudidas eran tan fuertes que arremetió contra
ella sin piedad, la agarró del cabello con violencia y la obligó
a mirarle a la cara. Quería que ella viera su rostro extasiado
de placer. Su simiente se derramó dentro de aquel cuerpo
torturado y envuelto en sudor. Él riendo sin cesar de triunfo
y deleite, se inclinó para besarla. Aby trató de evitarlo, pero
él fue más rápido y la besó con violencia, mientras seguía
moviéndose dentro de ella hasta que por fin, quedó
exhausto.
Cuando él hubo acabado de satisfacer sus necesidades,
salió de ella y ordenó a sus fieles que abandonaran
inmediatamente el aposento. El ritual había finalizado, ahora
eran marido y mujer, ya no necesitaba testigos. Aby era
completamente suya.
Ella, rota por dentro y por fuera, sintió repentinamente
un dolor agudo en el bajo vientre, y al rato sintió un líquido
tibio correr por la ingle, empañando las sábanas.
El rey cerró la puerta del aposento y se volvió hacia la
cama. Al ver las sábanas manchadas de sangre, ni se inmutó.
Aby imploraba piedad entre un mar de lágrimas. Él le dirigió
una mirada hastiada, aquella mujer que amaba le estaba
estropeando el día. Se dirigió a ella con frialdad.
―¿Lloras por tu virginidad? ―Nabuc se río con
sarcasmo―. Un día u otro la hubieses perdido, y
posiblemente con un desgraciado. Considera un honor que
haya sido yo el primero. Soy el rey y espero que tengas claro
que ahora, eres mi esposa ―dijo―. Quiero tu obediencia, o
tu padre lo lamentará.
«Un honor… ¡Una humillación!», pensó ella al tiempo
que comprendía el significado de aquella espantosa
139
amenaza. Para evitar la muerte de su padre estaba obligada a
someterse a la voluntad de Nabuc.
Pero él no había acabado de vejarla, aún quería más.
Nabuc apoyó una rodilla sobre la cama, se inclinó; frotó
las palmas de sus manos sobre la ingle ensangrentada. Le
metió, de nuevo los dedos. Ella en frío sintió un dolor atroz.
El sufrimiento de Aby le excitaba.
⎯Si te esfuerzas un poco, podrás amarme ⎯dijo,
mientras sus dedos hurgaban dentro de ella.
⎯¡Jamás! ⎯gritó ella, escupiéndole en la cara.
Nabuc, irritado, la abofeteó. Se aportó de ella, terminó de
vestirse, tomó la capa que estaba colgada en la percha y salió
del aposento dando un portazo.
Cuando él se hubo ido, Aby rompió a llorar,
desesperada.
⎯¿Por qué a mí? ¿Por qué?
Estaba sangrando. Desgarrada su virginidad y tomando
conciencia de todo lo ocurrido, se puso lívida. Se desmayó.
Y así se casó Aby con Nabuc, en un lecho perverso,
violada y fuera del Templo de Esdras.
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Capítulo 10
Los cuatro jinetes negros
Nathan y sus escoltas, Morpheus, Ishtar y su padre Halmir,
iban vestidos para viajar de incógnito. La túnica negra de
manga larga era de cuero curtido con ribetes bordados en oro
en torno al cuello y los puños, les llegaba a la altura de las
caderas y estaba ceñida a la cintura con un cinto, también de
cuero. A la espalda, llevaban una toga de terciopelo de un
negro lúgubre sujeta a los hombros por sendos broches de
oro y sobre ésta, una regia capa para resguardarse del frío,
sujeta con una hebilla bajo el cuello. Sobre sus cabezas las
capuchas, cubriéndoles los ojos.
Hasta los corceles eran negros.
El sol naciente resplandecía en las espadas y las bridas
relucientes. Iban muy bien armados por el riesgo existente de
sufrir un ataque de algún grupo de bandidos o proscritos que
habitualmente se escondían en las espesuras de los bosques.
Nathan, como rey de Jhodam, se encontraba
constantemente bajo amenazas de rebeldes dentro de su
propia nación y fuera de ella, y también de los soberanos
vecinos, que aunque eran pocos, solían incordiar demasiado;
como era el caso del rey Josiac de Rhodes y el rey Nabuc de
Esdras. Un rey siempre necesita aliados y Nathan no era
ajeno a esa necesidad. Su condición divina también era la
causa de envidias letales. Sin embargo, todos acudían a él
cada vez que era necesario buscar justicia; en ese terreno su
éxito era contundente. Nadie le hacía sombra. Por este
motivo, cuando se enteró de que el abad Tadeo no quiso
141
comunicarle personalmente lo ocurrido en su monasterio por
temor a una represalia suya, se sintió mortalmente herido. La
palabra miedo se le quedó grabada con fuego en el cerebro.
Nathan tenía una necesidad imperiosa de hablar con el abad,
no podía soportar que las buenas gentes sintieran miedo de
él.
Su destino era el Monasterio de Hermes y debido a la
cercanía con Esdras, pues los bosques que rodeaban el
monasterio lindaban con la pequeña ciudad amurallada, él y
los inmortales debían tomar todas las precauciones para no
ser reconocidos. Nabuc si tuviera conocimiento de su
presencia cerca de sus territorios, lo consideraría una
personal declaración de guerra.
Habían calculado cuatro días de viaje desde Jhodam y no
tenían previsto cruzar Bilsán en el viaje de ida, sino en el de
vuelta. Nathan a su regreso, tenía pensado acudir al
campamento de Áquila y Jadlay con el propósito de darles el
visto bueno a sus futuras acciones militares.
Ya desde un principio marcharon hacia el norte,
siguiendo el curso de los bosques tenebrosos y las ruinas de
las Cavernas de Hielo. Una ruta que Nathan conocía muy
bien. Los recuerdos que tenía de aquellos lugares no eran
buenos, precisamente.
Con la energía y el optimismo propios que le
caracterizaban, el rey estaba de muy buen humor y cabalgaba
intercambiando recuerdos y escuchando historias de
acontecimientos pasados. Mientras cabalgaban discutían
entre ellos sobre los temas más variopintos. Halmir había
dejado atrás sus crisis de ansiedad y se encontraba jovial,
alegre y emprendedor.
Cabalgaron durante una hora por las llanuras de
Jhodam. Cuando se adentraron en el sombrío bosque repleto
de senderos tortuosos y de todo tipo de habitantes
indeseables como los insectos, sus alegres y, en ocasiones,
triviales conversaciones fueron cediendo hasta apagarse por
completo. Aquel tenebroso bosque precisaba de la mayor de
142
las atenciones, pues cualquier despiste los conduciría
directamente al suelo. Tomaron el camino menos transitado,
el que solían usar los bandidos para huir de sus
perseguidores. Eran conscientes de que se metían de lleno en
la boca del lobo, pero también existía la posibilidad de que
no encontraran a nadie, pues muchos de los proscritos que
los frecuentaban estaban ahora en Haraney o quizá, en
Esdras, posiblemente reclutados por el rey Nabuc.
Cuando se puso el sol, Nathan y sus escoltas salieron del
camino para descansar durante la noche. Después de que
Morpheus hubiera inspeccionado la zona, se instalaron junto
a unas oquedades poco profundas muy cerca de un
riachuelo. Con calma, los tres inmortales, desensillaron los
caballos y estos se pusieron a pastar muy cerca de ellos.
Halmir estaba agotado, se quitó las botas y se dejó caer
de espaldas sobre el musgo, estirando sus miembros;
entumecidos de tanto cabalgar. Ishtar y Morpheus sacaron de
sus alforjas algo de comida y un odre lleno de agua.
Nathan permanecía de pie, observando a su padre.
Llevaba su caballo por la brida. Halmir al verle plantado
frente suya, se incorporó.
⎯Nathan, ¿por qué no descansas un rato?
El rey soltó las riendas. El animal se alejó unos metros y
se puso a pastar tranquilamente, mientras él miraba a su
alrededor; luego, se soltó el arnés de la espada y se sentó
junto a su padre.
⎯No estoy cansado.
Su padre no se mostró de acuerdo.
⎯Me temía que dirías eso.
Cenaron junto al calor de una pequeña hoguera que
habían levantado y después de saciar sus apetitos, los tres
inmortales se tumbaron en la fresca hierba y Nathan,
sentado, se apoyó contra el tronco de un árbol. Al rato los
inmortales se quedaron dormidos, excepto el rey, por mucho
que lo intentó, no pudo conciliar el sueño.
La noche fue larga, oscura y ventosa.
143
Joab llegó a Esdras con las primeras sombras de la noche. Los
centinelas de la torre abrieron el portón para que el levita y
su yegua entraran en la ciudad. Uno de los centinelas dejó la
torre para comunicar al rey Nabuc que Joab había regresado.
Ascendió por el camino de piedra que conducía a su
casa. Vio las luces apagadas y supuso que su hija estaría
dormida. Sin hacer ruido dejó a su yegua en la cuadra y con
aspecto cansino subió los peldaños de la pequeña escalera.
La puerta se abrió con un chirrido.
El silencio era inquietante.
La casa estaba fría. La chimenea totalmente apagada, no
había rastro de brasas. Joab con el corazón en la garganta
subió las escaleras que conducían a los dormitorios.
Abrió la puerta de la alcoba de su hija.
No había nadie. La cama estaba impoluta.
«Que extraño…», pensó.
Bajó las escalera y corrió hasta la cocina, empezaba a
preocuparse. Todo estaba en su sitio. La mesa sin mantel y el
cesto de las frutas sobre ella. El horno frío.
⎯¡Aby! ⎯la llamó esperando oír, «aquí estoy, padre»,
pero no obtuvo respuesta.
De pronto, oyó golpes en la puerta. Alarmado, cruzó el
pequeño vestíbulo. Abrió la puerta; en el umbral, Lamec con
cara de pocos amigos.
⎯¿Dónde está mi hija?
Lamec lo miró con una expresión de triunfo.
⎯No se preocupe por ella. Está bien —respondió—. Su
hija, es ahora, la reina de Esdras. Ayer fue desposada
siguiendo los rituales establecidos por el Sumo Sacerdote
Ajior y el rey.
Joab después de escuchar aquellas palabras, lo miró con
expresión de incredulidad. Abrió la boca para decir algo,
pero la cerró de inmediato. Abatido por las palabras de
Lamec se sentó bruscamente en una silla.
144
Se produjo un silencio terrible. La noticia del matrimonio
de su hija con el rey Nabuc podía considerarse mala en todos
los aspectos. A Joab se le cayó el alma a los pies.
⎯Joab, debe acompañarme.
Lamec lo arrestó.
El levita lo miró temeroso y comprendió que no tenía
alternativas.
⎯Lamec, te conozco desde que eras un niño… Dime la
verdad, ¿el rey ha abusado de mi hija para desposarla?
No hizo falta que le respondiese. La expresión de los ojos
del joven hablaba por sí solos.
⎯Nabuc me ha condenado a muerte sin un juicio previo,
¿verdad? Él piensa que puedo ser un estorbo para sus planes.
Joab estaba profundamente abatido. No tenía esperanzas
y su hija, tampoco.
Lamec, por fin, habló.
⎯Desconozco las intenciones del rey, levita.
Resignado, Joab, se levantó de la silla y cogió la capa.
⎯De acuerdo. ¡Vámonos! ⎯Joab no pudo evitar que le
temblara la voz⎯. No le temo a la muerte. Sólo lo siento
porque cuando yo no esté, nadie protegerá a mi hija.
Lamec empujó la puerta. Ambos bajaron las escaleras y
echaron a caminar, en silencio, por las callejuelas que
bordeaban el palacio. Mientras caminaban, Joab pensaba en
la desgracia que se había cebado con su hija y en la suprema
perversidad de los propósitos de Nabuc. «¡Maldito seas,
Nabuc! Más te valdrá tratarla bien», dijo mentalmente a
modo de maldición. «Eres un ser despreciable»
Mientras subía los peldaños de la escalera que conducía
al vestíbulo del castillo, Joab, sintió un estremecimiento de
temor. Un instante después, vio al rey; Nabuc, caminaba
hacia ellos con expresión solemne.
Joab no le temía. Se enfrentó a él.
⎯¿Cómo has sido capaz?
Nabuc levantó una mano, en actitud amenazante.
⎯Calla y escucha ⎯empezó diciéndole⎯. Ahora, tu hija,
145
es mi esposa y por ella te permitiré vivir, pero no dejaré que
te entrometas. Te pudrirás en una celda todo lo que te resta
de vida ⎯A continuación, Nabuc hizo una seña a uno de los
guardias que se hallaba situado a unos metros por delante de
él⎯. Enciérralo en una mazmorra y luego tiras la llave al
foso.
El guardia amenazó con su lanza al levita.
⎯¡Camina! ⎯le ordenó.
Joab echó a andar una vez más por la oscuridad de los
corredores, parecía que arrastraba un cortejo de fantasmas. El
guardia no dejaba de amenazarle, empujándole con su lanza.
Joab aceptando su demoledor destino miró a su alrededor,
oyendo el eco moribundo de sus pasos, de camino hacia la
muerte lenta.
«Estoy perdido», pensó totalmente derrotado.
Lamec no vio del todo clara la decisión del rey. La idea
de encerrar al levita no le pareció correcta. Pensó que Aby
tenía mucho que decir al respecto, pero también era verdad
que ella no tenía poder para alzarle la voz al rey. Sin duda,
Nabuc podría tomar represalias y Joab sería el receptor de su
ira. Sin embargo, no se lo pensó dos veces, Lamec, se
enfrentó al rey.
⎯Me parece que vuestra decisión es un poco
precipitada.
El rey frunció el entrecejo, claramente enojado por la
intromisión del joven.
⎯Cuando quiera tu opinión, te la pediré ⎯contestó
Nabuc, con tono áspero.
Lamec tragó saliva y cerró la boca. En esos momentos no
sabía que hacer, si marcharse o quedarse. Nabuc lo miró con
ojos glaciales como si quisiera estrangularlo y luego, dio
media vuela y cruzó como un rayo el pasillo.
Al quedarse solo y reflexionar sobre la actuación del rey,
Lamec se preguntó si estaba en el bando correcto. En ese
momento, oyó voces. Un hombre con hábito de monje
secular se le acercó.
146
⎯Joven, deberíais retiraros no son horas para
vagabundear por los pasillos.
Lamec jamás había visto a ese monje, pero reconoció que
tenía razón. Ni siquiera le respondió, echó a caminar bajo la
atenta mirada del monje, éste se dedicaba a cerrar las puertas
de los salones principales y a apagar las lámparas y
antorchas que colgaban de las paredes. En momentos, el
castillo se unió a las sombras de la noche.
Al alba, Nathan y sus escuderos, los inmortales,
emprendieron la marcha con lentitud, desperezándose poco
a poco, envueltos en la niebla matutina que subía del río.
Salieron del bosque donde habían dormido, y cruzaron un
largo prado, flanqueado de árboles de oscuro follaje para
adentrarse en otro bosque frondoso.
El resplandeciente sol había subido y la niebla fundida;
brillaba intensamente en las copas de los árboles, iluminando
el lado norte del bosque abierto. Cabalgaron a lo largo del
borde de los acantilados, muy cerca de las Cavernas de Hielo
y de los árboles centenarios. A Nathan le embargó un
profundo escalofrío al recordar los terribles días que vivió en
las cavernas a manos del hechicero Odin. Todo volvía a su
mente como si fuera ayer.
«Aquí estoy otra vez, como si disfrutara de ello», pensó.
En una bifurcación, tomaron el sendero que se dirigía a
Haraney. El camino, tortuoso, tenía unas cuestas largas y
cubiertas de árboles, y más allá, del ramal más lejano, se
alzaba, afilado y blanco, el pico más elevado de una
montaña; las cimas de Haraney se alzaban majestuosas, con
sus picos nevados, imponentes.
El cielo se pinceló de blanco. Las nubes, arrastradas por
un fuerte viento que soplaba del norte, amenazaban con
empañar el hermoso día.
⎯Hace fresco ⎯dijo Halmir.
⎯Si ⎯dijo Morpheus, mirando al cielo⎯. Temo que
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estas nubes traerán tormenta. ¡Qué lástima!
De pronto, unos gritos claros y fuertes resonaron en el
bosque. Con una rapidez y una habilidad asombrosas,
Nathan y sus escuderos refrenaron los caballos, dieron media
vuelta, y se dirigieron hacía el lugar de donde procedían los
gritos.
Era una pequeña avanzadilla de expertos arqueros de
Jhodam, que cabalgaban veloces como el viento por el
sendero del este, rumbo al sur, cuando fueron emboscados
por un grupo de proscritos armados hasta los dientes. Los
arqueros no se amilanaron y el cercado del enemigo se
convirtió en una trampa mortal para los rebeldes. Los
arqueros que estaban bien entrenados para salvar sus vidas
disparaban hábilmente sus flechas desde sus caballos,
mientras que los rebeldes arremetían contra ellos con sus
espadas, algunos cayeron y ya no se levantaron.
Cuando los cuatro jinetes llegaron al lugar de la
contienda poco pudieron hacer. Había jóvenes arqueros que
yacían muertos sobre las hojas caídas de los árboles y
también proscritos; éstos, seguramente no habían pensado en
la posibilidad de caer tan pronto. Los dos únicos rebeldes,
que sobrevivieron al ataque de los arqueros, al escuchar el
ruido de los cascos al galope, escamparon con endiablada
rapidez.
Nathan se apeó.
Los arqueros supervivientes no le reconocieron en ese
instante, el líder se acercó a los recién llegados.
⎯¿Quién eres, y qué haces en esta tierra? ⎯el arquero
miró en primer lugar al encapuchado que tenía frente a él y
luego desvió la mirada a los otros tres, extrañado.
Nathan se apartó la capucha del rostro y se mostró ante
ellos. Los tres inmortales hicieron lo mismo.
⎯Soy Nathan, vuestro rey.
El arquero al reconocerle, hizo una profunda reverencia
al igual que el resto de arqueros.
⎯Majestad, perdonad por no haberos reconocido
148
⎯dijo⎯. Pero en estos tiempos que corren no podemos
fiarnos de nadie.
⎯Lo creo ⎯respondió Nathan⎯. ¿La división principal,
sigue en Haraney?
⎯Sí, majestad, tal y como vos ordenasteis. Pero los
hombres de Nabuc se anticiparon a nosotros, no hay nada
que hacer allí. Nos dirigíamos a Bilsán para ponernos a las
órdenes de Áquila, cuando fuimos cercados por los rebeldes.
Halmir se apeó del caballo y se acercó a su hijo.
⎯Nathan, será prudente que nuestras tropas regresen a
Jhodam cuanto antes. Cuando nosotros estemos de vuelta
podremos estudiar con calma la estrategia a seguir.
El rey asintió, no muy convencido.
Era cierto que la incertidumbre estaba creciendo, pero
los ejércitos de Nabuc se estaban haciendo fuertes y eso les
convertía en una seria amenaza.
Nathan, con la mirada inexpresiva, avanzó unos pasos.
Se agachó junto a uno de los caídos; en seguida se volvió
hacia el arquero jefe.
⎯Recoged los cadáveres ⎯dijo Nathan, con solemne
seriedad⎯. Quiero que uno de vosotros vuelva a Haraney y
comunique a quién esté al mando el regreso inmediato a
Jhodam de la división, excepto de un grupo de veinte
hombres que deben de ponerse, sin demora, a las órdenes de
Áquila, en Bilsán.
De pronto hubo un silencio entre ellos, pues era el
momento de recoger los cadáveres. Eran cuatro jóvenes que
no vieron crecer sus aptitudes en batalla al truncarse
prematuramente sus vidas.
La pérdida de vidas era algo que enfurecía a Nathan
hasta el punto de pensar en eliminarlos rápidamente, a su
manera. «Son una maldita molestia», pensó. Pero luego,
recapacitaba; no era correcto abusar de su poder. Su ejército
estaba preparado para enfrentarse a quién hiciese falta,
quería darles ese voto de confianza. Nathan no quería
parecer un rey autosuficiente y prepotente, pues eso
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acrecentaba el temor en sus súbditos. Ante todo tenía que
actuar con normalidad y hacer valer la premisa de que el rey
necesitaba a sus hombres, pues los guerreros de Jhodam se
empeñaban a diario en demostrarle que sabían guerrear y
que eran capaces de vencer cualquier contienda. Si Nathan
eliminaba esa posibilidad, era lo mismo que echar por tierra
todas las ilusiones de los jóvenes que durante meses han
estado entrenándose para ser extremadamente eficientes en
batalla. No podía permitir que perdieran su auto estima,
aunque eso significara perder vidas mortales.
Después de cargar los cadáveres, ayudados por los tres
inmortales, los arqueros se alejaron rápidamente. Cuando
poco después Nathan montó a su caballo y volvió la cabeza,
el grupo de arqueros era ya una mancha pequeña y distante
que se confundía entre los árboles.
El día se nubló.
Espesos nubarrones crecían amenazantes hacia ellos.
Nathan estaba muy callado, sumido en inquietos
pensamientos. Su padre, mientras cabalgaba lo observaba,
preocupado. Pocas veces veía a su hijo así y cuando eso
ocurría todos echaban a temblar. Pensó que los cadáveres de
los cuatro jóvenes lo habían desencajado un poco.
Empezó a llover.
Cabalgaban tranquilamente, a dúo, por un estrecho,
empinado y agreste sendero, entre hileras de árboles muy
altos y viejos. Sus frondosas copas lo dominaban todo con su
altura. Al llegar a lo alto, el sendero descendía lentamente,
viraba y se enroscaba sobre sí mismo.
Nathan sentía las miradas de los inmortales sobre él.
Incómodo se enderezó sobre la montura y tras echar un
rápido vistazo a su alrededor, habló:
⎯La situación cambia diariamente. A medida que los
hombres de Nabuc se hacen fuertes, aumentando sus
divisiones, los caminos de la esperanza se vuelven cada vez
150
más peligrosos.
Ishtar asintió con la cabeza.
⎯Estoy de acuerdo contigo, Nathan. Dentro de poco,
cualquier viaje será arriesgado y no debes emprender ningún
proyecto que te suponga abandonar Jhodam.
⎯Soy perfectamente capaz de cuidarme solo. Soy hábil
con el arco y la espada. Nadie sospechará jamás que yo…
Halmir, que cabalgaba junto a su hijo, escuchó
atentamente la conversación de ambos, levantó una mano y
lo interrumpió.
⎯Hijo, no pongo en duda tu osadía ni tu valor, pero si
en su momento te dije que era necesario que te acercaras a tu
gente, ahora creo que fue un error. El anonimato es la
solución.
Nathan suspiró y sin soltar las riendas se volvió hacia su
padre.
⎯No argumentaré nada en tu contra ⎯le dijo⎯. Sin
embargo, deberás respetar mi decisión.
Finalmente, no hubo nada más que decir. La lluvia
empezó caer con cierta intensidad y el frío aumentó al caer
las primeras sombras de la noche. Estaban calados hasta los
huesos y por mucho que ellos acamparan no conseguirán
encender ningún fuego. Así las cosas, siguieron la ruta hasta
que la fuerte lluvia les obligó a buscar cobijo.
Aquella tormentosa noche acamparon en lo más
profundo de una cañada, abrigados en una gruta poco
profunda. Se alimentaron sólo de lo necesario, para no acabar
con las provisiones, y luego el cansancio se apoderó de sus
cuerpos.
A causa del frío y la humedad, Nathan, sentía el cuerpo
helado y no conseguía dormir y llevaba así dos noches.
Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, y apoyado
sobre la pared rocosa, observaba a sus compañeros, éstos
dormían a pierna suelta.
El sonido de la lluvia que goteaba, le amodorraba. Los
ruidos nocturnos: el viento en las grietas de las rocas,
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crujidos de finas ramas que caían en la tierra encharcada por
efecto del viento; una cacofonía que no conseguía dormirle.
Estaban en un lugar inhóspito, cada vez más cerca de las
cumbres de Haraney y así mismo, de Esdras y el Monasterio
de Hermes.
La lluvia no amainaba y el viento helado soplaba con
intensidad. Nathan temblando de pies a cabeza, cerró los
ojos. Unos minutos después dormitaba acurrucado y
arrebujado en su capa.
Cuando despertaron por la mañana, había dejado de llover.
Las nubes eran todavía espesas y todo apuntaba a que
seguiría lloviendo. Sin embargo, lo que más temían era que
nevase. Estaban cerca de Haraney y la altitud era elevada. El
frío, glacial.
Emprendieron la marcha, cabalgando con rapidez.
Habían llegado a las faldas de las grandes montañas blancas
de Haraney. Tomaron un sendero abrupto que bordeaba los
acantilados a la izquierda y a la derecha se abría un abismo
en el sitio en que el terreno descendía en una profundidad
infernal.
La nieve apareció en el camino en forma de diminutos
copos. El frío, en esos momentos, era penetrante. Cambiaron
el rumbo y se dirigieron por un camino empedrado, rumbo
al noreste. Los viajeros estaban a un día de Esdras.
Se detuvieron un instante. La nieve caía, ahora, copiosa y
se les acumulaba en las capuchas y en los hombros, era
necesario quitarla para que no se les calara el frío. Nathan se
cubrió la cabeza con la capucha.
Continuaron.
No pararon en toda la mañana, ni en toda la tarde. La
nieve les acompañó durante todo el trayecto. Estaban
entumecidos por el frío. Una gran somnolencia cayó sobre
Nathan y sintió que se hundía en un sueño confuso. Llevaba
muchas horas sin dormir y ahora, no era capaz de sujetar las
152
riendas, ni sostenerse sobre la montura. Su padre captó la
necesidad de descanso de su hijo y ordenó un alto.
Estaba anocheciendo. Halmir refrenó el caballo de su
hijo.
⎯No podemos avanzar más esta noche ⎯dijo Halmir⎯.
Nathan puede desplomarse de un momento a otro.
Ishtar y Morpheus asintieron y el rey, estaba doblado a
punto de caerse. Se apearon rápidamente y bajaron al joven
del caballo.
⎯Necesito descansar ⎯dijo Nathan con gran esfuerzo.
Ni siquiera tenían un refugio, ni nada que se le pareciese,
sólo la oquedad de unas grandes rocas. Las nubes cargadas
de nieve estaban a punto de descargar con mucha más
intensidad. El decaimiento del rey les obligó a improvisar. Se
apretaron todos juntos, de espaldas a una de las rocas. Los
caballos se mantenían en pie, abatidos.
La nieve seguía cayendo muy espesa y el viento era
terriblemente helado. Sin que pudieran hacer nada para
evitarlo, quedaron profundamente dormidos, excepto
Nathan, él como medida de defensa natural y obedeciendo a
los biorritmos de su cuerpo, perdió el conocimiento.
Los tres inmortales despertaron al amanecer, medio
sepultados por la nieve. Los caballos tenían las patas
cubiertas de nieve y rechinaban protestando. El sol había
salido, pero el frío era intenso. Halmir, al ver que su hijo no
despertaba le dio unas palmaditas en las mejillas.
⎯Nathan…
Como no recuperaba el conocimiento, lo levantaron.
Tenía la capa cubierta de nieve y su rostro estaba helado. Sus
manos cubiertas con unos guantes de cuero estaban
igualmente heladas.
Nathan oyó voces, pero le parecieron muy lejanas; luego,
sintió que lo sacudían, y recuperó dolorosamente la
conciencia.
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⎯¿Qué…? ¿Dónde estoy? ⎯preguntó, desorientado.
Halmir abrazó a su hijo, pues lo vio temblar de frío.
Nathan necesitaba entrar en calor junto al fuego de una gran
hoguera y el único lugar que podía ofrecerles esa dicha era el
monasterio.
Estaban a diez horas del hogar monacal y a once de
Esdras.
⎯Nathan, ¿crees que puedes montar a caballo?
El rey asintió, tiritando de frío.
Emprendieron rápidamente la marcha.
El sol subió al mediodía y luego descendió lentamente por el
cielo.
Dejaron las montañas del noroeste a sus espaldas.
A la luz del crepúsculo, llegaron a un sendero que
comunicaba con las ruinas de un camino milenario que
descendía hacia el valle. Lo recorrieron cabalgando a buen
ritmo. Había poca nieve, pero el frío era cruel.
Al acechar la creciente oscuridad, el Monasterio de
Hermes se podía vislumbrar en la lejanía como una mancha
negra sobre un valle hundido en una densa sombra.
Cruzaron unos pastos, salpicados de arbustos y matorrales;
cabalgaban en silencio; y al fin aparecieron delante de ellos
las rojizas paredes de ladrillo del monasterio.
Los cuatro jinetes, muy cansados del largo viaje, tiraron
de las riendas y, se apearon de los caballos. El alto muro
estaba ahora frente a ellos. El portón con su rejilla, cerrado.
Ishtar se volvió hacia sus compañeros.
⎯Dejadme a mí, yo hablare.
Nathan se cubrió el rostro con la capucha. Ishtar golpeó
la puerta. A los pocos minutos, se abrió la portezuela de
seguridad. Un monje con una lámpara en mano, les
interrogó.
⎯¿Qué quieren y de dónde vienen? ⎯preguntó con tono
áspero.
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⎯Deseamos ver al abad ⎯respondió Ishtar⎯. Somos de
Jhodam.
El monje los examinó un momento con aire sombrío, y
luego abrió lentamente la puerta, como si tuviera cierto
temor, y los dejó entrar.
⎯Nuestro abad, últimamente no suele recibir visitas
⎯afirmó el monje⎯. ¿Me excusarán si les pregunto por qué
desean verle? ¿Cómo se llaman ustedes?
Morpheus, Halmir y Nathan se cruzaron las miradas, en
silencio. Mientras tanto, el erudito Ishtar, era interrogado por
el monje centinela. Demasiadas preguntas…
⎯El patio de un monasterio no nos parece un lugar
indicado para darle a conocer nuestros nombres ni los
motivos de nuestra presencia aquí. Deberá confiar en
nosotros ⎯dijo Ishtar.
⎯De acuerdo ⎯dijo el monje⎯, pero mi obligación es
preguntar, después del saqueo que sufrimos no nos fiamos
de nadie.
⎯Comprendo. Llévenos ante el abad, sólo en su
presencia les diremos nuestros nombres.
El monje se volvió de espaldas a ellos e hizo una seña a
un mozo que cerraba en esos momentos la puerta del establo.
El jovencito acudió de inmediato.
⎯Llévate los caballos de estos señores a las cuadras.
El mozo se llevó los animales y el monje hizo una
ademán a los inmortales para que le siguieran.
⎯Van ustedes armados, ¿son acaso guerreros?
Ninguno de los cuatro le respondió. Nathan
perfectamente oculto en su capa, sonrió. Seguía tan helado
que sus cuerdas vocales se negaban a trabajar. Confiaba
entrar en calor pronto. En esos momentos, lo único que
deseaba era una cama donde dormir.
El monje se ocultó las manos en el interior de su túnica y
suspiró.
En el monasterio, los monjes acudían en grupos al
comedor para cenar. Al advertir la presencia de extraños, los
155
miraban sorprendidos. Los inmortales que seguían ocultos
bajo sus capuchas esperaban el momento en que Nathan
decidiera mostrar su identidad, aunque no todos lo conocían,
sólo Tadeo y Agar habían tenido un encuentro con él y fue
hace dos años para firmar la concesión maderera.
Se detuvieron delante del pequeño pórtico de la
biblioteca. El monje empujó la puerta y haciendo un ademán
les invitó a entrar.
⎯Esperen aquí, avisaré al abad.
Cuando el monje se hubo ido, Nathan se apartó la
capucha y miró a su alrededor. Montones de libros,
desordenados y apilados sobre dos grandes mesas de cedro y
desparramados sobre las losas. Dondequiera que pusiese las
manos, había libros y manuscritos e incluso rollos de
pergamino, enteros. La biblioteca estaba patas arriba, las
macizas estanterías llenas de polvo y telarañas, estaban
vacías.
«Posiblemente estén organizándolos, porque no intuyo
ningún otro motivo para tal desorden», pensó Nathan.
⎯Nada que ver con tu biblioteca, ¿verdad hijo?
Nathan esbozó una sonrisa.
⎯No. La verdad es que, no ⎯extendió un brazo y tomó
un viejo libro⎯. No alcanzo a comprender cómo es posible
que un monasterio como este tenga una biblioteca tan
desordenada.
Ishtar estornudó una vez, otra y otra. El polvo se había
colado en sus fosas nasales.
Morpheus se echó a reír, sin disimulo. Pensaba que las
alergias eran cosas de humanos. Ishtar se sentía
extremadamente incómodo en aquella estancia llena de
polvo.
El abad Tadeo, seguido de Agar y del monje Necó, caminaba
por el corredor que comunicaba con la biblioteca a grandes
zancadas. Mientras seguía avanzando, se quejaba a voces de
la incompetencia de algunos de sus monjes.
⎯¡No me extrañaría que volviésemos a ser saqueados!
156
⎯dijo, irritado.
⎯Lo siento, mi señor. No parecen malas personas.
⎯¡Silencio! ¡No quiero oírte!
Necó recibió una reprimenda por haber permitido la
entrada al monasterio de unos extraños que se habían
negado a identificarse.
Tadeo empujó violentamente la puerta, ésta golpeó
ruidosamente las paredes, desgarrando el silencio.
Entraron en la biblioteca como una tempestad.
Nathan, sobresaltado, se volvió hacia el umbral, lo
mismo que su padre y los dos inmortales.
Entonces, Tadeo y Agar lo vieron y lo reconocieron al
instante. El abad notó su corazón palpitar con una fuerza
endiablada, creyó que le iba a estallar. Tadeo se encontró
frente a frente con el rey de Jhodam, el último dios vivo.
Enmudeció.
Nathan se acercó para estrechar la mano al abad. El rey
notó que al hombre le temblaba la mano.
⎯Majestad, yo…
Nathan alzó la mano, interrumpiéndole.
⎯Ya sé que mi visita es inoportuna ⎯se excusó⎯, pero
no se me ocurrió otra cosa que presentarme en el monasterio
de incógnito. Perdone mi atrevimiento.
Tadeo al mirar a su alrededor se sintió avergonzado.
Los tres inmortales estaban plantados a espaldas del rey,
como escuderos. Nathan se volvió hacia ellos y les hizo un
ademán para que se distendieran. Aprovechando la rápida
acción del rey, Tadeo miró de reojo a Necó, reprimiéndole
con la mirada el hecho de haberles dejado en la destartalada
biblioteca. Aquel no era un lugar digno para un rey, pero
luego recapacitó, pues el monje desconocía quiénes eran.
⎯Perdonad, Majestad. Esta estancia llena de polvo no es
el lugar indicado para vos ni para vuestros escuderos, por
favor síganme.
Debido a la inesperada visita del rey, Tadeo tenía mucho
en qué pensar. El viaje desde Jhodam era largo, habrían
157
pasado mucho frío y hambre. «Una buena cena, sí eso es.
Cenaran con nosotros, los monjes se sentirán muy dichosos al
tener unos invitados tan ilustres», pero tenían poco que
ofrecerles, aparte de una cama limpia y el calor de una gran
chimenea. Nabuc, les dejó sin nada y sin embargo, él mismo
ordenó a un levita que les entregara alimentos… La
actuación del rey de Esdras, reconoció que le dejó atónito;
primero les saquearon las maderas y los alimentos y luego,
contra todo pronóstico, les hizo entrega de todo tipo de
verduras y frutas. La carne y el pescado, la conseguían
cazando pues no tenían otro medio. Los ganaderos se
quedaron sin ganado y los agricultores, sin cosechas.
Necó salió corriendo para avisar a los monjes. Muchos
de ellos esperaban en el comedor y otros, empezaban a salir
de sus dormitorios.
Agar observaba, mientras caminaban, al rey. Estaba
asombrado, no sabía cómo una persona de su elevada
entidad estuviese allí, con ellos.
⎯Supongo ⎯dijo Tadeo⎯, que las inclemencias del
tiempo les habrán acompañado durante todo el viaje.
⎯Sí. Lluvia, viento, nieve y sobre todo, mucho frío.
Caminaban a lo largo del pasillo, cuando se encontraron
rezagados a un grupo de cuatro monjes. Éstos se fijaron en la
majestuosidad del joven de cabellos largos, había algo en él
que les llamaba la atención, pero no dijeron nada, esperaron
a que fuese el abad o Agar quién le informase. Sin embargo,
echaron a caminar con premura.
⎯¡Esperad! ⎯exclamó Tadeo, al ver que los monjes se
alejaban rápidamente.
Se volvieron, sobresaltados por el tono de voz de su
abad.
⎯¿Sois vosotros, los últimos?
El más alto de ellos, respondió:
⎯Sí, mi señor.
⎯Bien, os quiero a todos en el comedor. Sin demora.
Tadeo se volvió hacia el rey.
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⎯Perdonad sus actuaciones, pero desconocen quién sois
vos.
Nathan sonrió.
⎯No debéis preocuparos por algo tan insignificante.
Hay cosas más importantes que reconocer mi identidad.
El rey hizo una pausa y prosiguió:
⎯Es preciso que tengamos una conversación.
Las últimas palabras de Nathan, lo atravesaron como un
puñal. El temor surgió en él, amenazando su aplomo.
Ya podían sentir el calor del fuego que emanaba de la
inmensa chimenea del comedor. El pórtico estaba abierto y el
último rezagado entró rápidamente. Un gran murmullo de
voces que procedían del interior del comedor llegó hasta
ellos. Ishtar y Halmir se cruzaron las miradas, y sonrieron.
¡Por fin, comerían algo en condiciones!
Los monjes hablaban en voz baja, sentados en su sitio en
la mesa, cuando el abad Tadeo, Agar y sus invitados
entraron en el comedor. Inmediatamente se pusieron en pie.
Se oyó el estruendo de una silla al caer. Miraron a los
visitantes, extrañados. Los atavíos negros, las armas que
portaban, todo eso hacía que pareciesen amenazadores.
«¿Quiénes son?», está pregunta surgió en la mente de los
monjes, sin excepción.
El abad levantó una mano, ordenando silencio.
Todos callaron. Nathan desvió rápidamente la mirada
hacia los comensales.
⎯Buenas noches, hermanos ⎯empezó diciendo⎯.
Tengo el placer de anunciaros que Su Divina Majestad, el rey
de Jhodam y sus escoltas cenaran con nosotros esta noche y
posiblemente pasen entre nosotros unos días.
Estalló un murmullo de voces. La sorpresa fue
monumental.
Nathan miró al abad, sorprendido, sin comprender. Los
tres inmortales se mostraron encantados, la alternativa de
quedarse unos días no era del todo despreciable, dadas las
condiciones climatológicas.
159
⎯La tempestad de nieve dificultará su viaje de regreso,
Majestad. Sería conveniente que partieran cuando amaine el
temporal.
La mayoría de monjes se quedaron de piedra. No sabían
si sentarse o permanecer en pie. En esos momentos, las
emociones estaban a flor de piel. Algunos de los monjes,
sobre todo los más jóvenes se sintieron maravillados al
conocer a tan divina persona y los más mayores, enfundados
en una camisa de temor, miraban con recelo. Pensaban que la
presencia del rey de Jhodam no era del todo positiva. El
imperio se traía algo entre manos.
⎯Acercaos al fuego, entraréis en calor ⎯les dijo el monje
cocinero Agar con gran prestancia⎯. ¿Tomarán vino caliente
para reconfortar el cuerpo? ⎯Hizo una seña al monje
sirviente, éste se apresuró a cumplir su orden.
Nathan se quitó la capa, los arneses con las armas y los
guantes. Un monje se llevó sus atuendos. Luego, se sentó en
el lado de la mesa que más cerca estaba del fuego. Lo mismo
hicieron, su padre, Ishtar y Morpheus.
El monje sirviente, con bandeja en mano, le tendió al rey
una copa de alabastro y luego, hizo lo mismo con el resto.
Nathan bebió un sorbo de vino, paladeándolo y apreciando
su aroma. Le gustó, nunca lo había probado servido de esa
forma, en caliente y especiado.
Halmir observaba a su hijo con expresión taciturna,
mientras un novicio joven se acercó al rey y le saludó con
una reverencia.
⎯Majestad, es un honor para mí conocerle.
Al comentario del monje siguió un prolongado silencio.
Luego, con voz serena, Nathan dijo:
⎯Incorpórate, novicio. Yo también estoy encantado de
conocerte. Espero que durante mi estancia aquí podamos
conocernos mejor.
Aquellas palabras del rey, le sonaron al novicio como
música celestial. Si alguna vez sintió miedo nada más
pronunciar su nombre, ahora ese miedo había desaparecido
160
por completo.
De pronto, el novicio se encontró con la mirada
escudriñadora del abad, éste le hizo una seña para que
volviera a su sitio en la mesa.
Cenaron pescado fresco, que ese mismo día dos monjes
habían cazado del río, al horno con romero, patatas y
zanahorias. Un plato modesto, que los invitados supieron
agradecer. Morpheus bebió más que comió y ligeramente
aturdido por la incipiente embriaguez solicitó un lugar
dónde descansar. El inmortal se retiró pronto, al igual que
Ishtar. De los inmortales, sólo Halmir aguantó la velada y lo
hizo para no dejar solo a su hijo. Pero Nathan tenía planes y
le pidió que lo dejara a solas con el abad.
Halmir aceptó, pero lo hizo a regañadientes. El hecho de
que su hijo prescindiera de él le ponía de muy malhumor.
Se marchó.
Durante el periodo de descanso que seguía a la cena,
Nathan se dirigió al abad, no quería postergar el asunto que
le había traído al monasterio.
⎯Ordena a tus monjes que se retiren, Tadeo ⎯dijo
Nathan, secamente⎯. Quiero hablar contigo en privado.
⎯Con vuestro permiso, Majestad, me gustaría que Agar
estuviese presente. Tengo en muy alta estima sus consejos.
El rey dudó un momento, pero al fin accedió.
⎯No necesitarás sus consejos, pero de acuerdo.
Ante las palabras del rey y puesto que éste había
ordenado a su propio padre que se retirase, el abad acabó
aceptando conversar sin testigos, tal y como quería Nathan.
Tadeo no podía negar que se sentía incómodo ante la idea de
que sus acciones previas al saqueo hubieran sido mal
interpretadas. Cuando descubrió que Agar había enviado un
despacho al rey, sin su consentimiento, ya era demasiado
tarde.
Se quedaron solos.
161
El abad se apresuró en hablar, tratando de defenderse de
una posible acusación.
⎯No lo hice intencionadamente.
Las palabras de Tadeo sorprendieron a Nathan.
⎯¡No tan deprisa! ⎯exclamó⎯. Aún no he formulado
ninguna pregunta.
⎯Perdonadme, majestad. Se que hice mal, pero me
acobardé.
⎯Lo sé ⎯Nathan miró a Tadeo a los ojos y continuó⎯.
Si te sirve de consuelo te diré que yo al ser informado de la
misiva de Agar, también me sentí mal. En aquellos
momentos, no comprendí tu miedo. ¿Temías perder la
concesión, verdad?
El abad, asintió.
⎯No temas, en ningún momento se me pasó por la
cabeza retirarla ⎯prosiguió Nathan⎯. La concesión es y será
vuestra, siempre.
⎯Vuestro poder está sobre todos nosotros. Es normal
que sintiese miedo, dadas las circunstancias.
⎯Comprendo ⎯dijo Nathan⎯. A mí lo que realmente
me interesa es el efecto colateral de ese miedo, Tadeo.
Necesito confiar en vos y no puedo hacerlo si me mostráis
tanto temor.
Tadeo estaba tan avergonzado por su actuación que
apenas se atrevía a mirar al rey a los ojos. Nathan no quería
hacerle sentir peor de lo que ya se sentía, por eso cambió de
tema. Los saqueos propiciados por los hombres de Nabuc le
preocupaban y ahora que estaba tan cerca de Esdras, era el
momento de informarse de la realidad que viven las aldeas
cercanas a la ciudad amurallada. Quería saberlo todo, para
actuar en consecuencia.
Nathan se levantó de la silla y comenzó a caminar por la
estancia. Tadeo observaba, preocupado, como el rey recorría
majestuosamente el comedor. En ese momento, tuvo un
escalofrío y colocó las manos bajo su túnica. De pronto,
Nathan giró bruscamente y lo encaró.
162
⎯Necesito conocer vuestra lealtad ¿A quién servís: a
Jhodam o a Nabuc?
El abad sintió la boca seca.
⎯Majestad, ya sabéis cuál es mi respuesta. Os sirvo a
vos.
⎯Acepto tu devoción, pero no tu miedo. Por eso he
venido a verte personalmente en lugar de convocarte en una
audiencia pública.
Tadeo se puso en pie y fue a atizar el fuego de la
chimenea. Temblaba violentamente y tenía frío. Apenas
había arrojado un poco de leña sobre las brasas, cuando
Nathan se situó tras él.
El abad sintió un escalofrío. Se volvió.
⎯Vivimos tiempos aciagos, Majestad —dijo—. Vos lo
sabéis. El miedo no es más que la manifestación de nuestra
incapacidad para defendernos de esos salvajes ⎯hizo una
pausa y prosiguió⎯. La hambruna acecha las aldeas que
lindan con Esdras y nosotros no tenemos capacidad para
alimentarlos a todos. Nabuc nos está exprimiendo, llegará un
día en que no nos quedaran huesos en el cuerpo. Lo que
todavía empeora más las cosas es saber a ciencia cierta que
Nabuc no cejará en su empeño de arrebatarnos todo cuanto
poseemos y vos sabéis que nuestra posesión más preciada es
la vida. Sí, él y su maldito palacio están causando la agonía
de nuestras aldeas, de sus cosechas; sus hombres violan a las
mujeres y a las niñas de los agricultores…
El abad se interrumpió unos instantes. Hablar de las
maldades del rey de Esdras, le causaba mucha aflicción.
Luego, prosiguió:
⎯No sé si estáis enterado, Majestad. Pero Nabuc, se ha
casado con la hija de un levita. Se oyen rumores de que el
enlace estuvo sometido bajo los dominios de una liturgia
hereje creada por el rey… un ritual de posesión sexual, creo.
Al parecer la joven fue violada en el mismo momento que era
desposada.
Nathan, sentado en un sillón y con la mirada clavada en
163
las llamas, parecía reflexionar sobre la situación de los
aldeanos, de los monjes y… ⎯dejó inconclusos sus propios
pensamientos.
⎯¿Cómo decís?
—Sí, Majestad —afirmó Tadeo—. Mancilló el honor de
esa muchacha.
—No tenía conocimiento de ese enlace —respondió el
rey—. ¿Qué le pasa a Nabuc? ¿Está loco? Realmente me
preocupa. Con respectó a todo lo demás, debo comunicaros
que he tomado las medidas adecuadas para combatir a esa
escoria.
Tadeo miró fijamente a Nathan.
⎯¿Queréis decir…? ⎯Se le quebró la voz, carraspeó⎯.
¿Queréis decir que habrá guerra?
⎯Habrá guerra ⎯confirmó Nathan⎯. Pero no hay fecha
de inicio, aún.
⎯Pero, Majestad… Nadie en este monasterio sabe
empuñar una espada o tirar del arco; lo mismo digo de los
ganaderos y agricultores.
⎯Soy yo quien ordeno la partida de mis tropas o la
desautorizo. Así que dejad de preocuparos, seréis
debidamente protegidos por una división de arqueros ⎯le
dijo⎯. La guerra será larga y costosa en vidas, y será mi
ejército y la milicia de Bilsán quiénes se enfrenten a Nabuc y
su ejército de sicarios; les daremos un buen escarmiento a
esos salvajes. Lo único que te pido es que no trasmitas tu
miedo a nadie.
Tadeo asintió, acongojado.
⎯¿Qué hay detrás de estos planes de guerra? ⎯le
preguntó.
⎯Un rey legítimo para Esdras.
El abad quedó atónito ante la respuesta del rey. El tono
de voz empleado por Nathan no dejaba lugar para las dudas.
«Un rey legítimo…», pensó. «¿Quién puede ser?»
De pronto, la voz de alarma surgió en él, quemándole
como una llama ardiendo.
164
⎯Majestad, si vos tenéis algo con lo que derrocar al rey
Nabuc y él lo descubre correréis peligro. Está rodeado de
altos hechiceros que os pueden hacer mucho daño, debéis
protegeros.
⎯Lo sé ⎯afirmó Nathan⎯. Pero he decidido correr ese
riesgo. Él está muy interesado en mí, eso le hará soñar
conmigo.
El abad contuvo el aliento.
⎯¿Qué opina vuestro padre de todo esto?
Nathan se encogió de hombros.
⎯Si quieres que te diga la verdad, Tadeo, no lo sé.
El rey apoyó su codo derecho sobre el brazo del sillón y
se llevó una mano a la sien, agotado.
El abad Tadeo observó ese rostro pálido que tenía ante
él, advirtiendo su extremo cansancio.
⎯Deberíais retiraros a descansar, Majestad.
⎯Estoy de acuerdo. Pero no sé si el cansancio me dejará
dormir.
⎯Ya, pero aun así debéis intentarlo ⎯le dijo⎯, sino
mañana no os aguantaréis en pie.
Nathan durmió profundamente durante varias horas,
agotado por el largo viaje. Despertó poco después del
amanecer. Sentado en la cama, reflexionó sobre la
conversación que mantuvo con Tadeo.
El futuro reinado de Esdras era una tarea primordial que
él no podía desatender.
Esa mañana, Nathan estaba muy ausente. Todos se
dieron cuenta y lo dejaron tranquilo. Paseaba arrebujado en
su capa por el patio, pensaba en su misticismo y cómo este
cada vez le absorbía más, haciéndole dejar de lado las
exigencias de lo cotidiano. Era consciente de que el destino
de todos se anunciaba adverso. Una parte de sus tropas de
élite estaban destacadas en Bilsán y los arqueros destinados
en Haraney se unirán a ellos para unirse a la milicia de
165
Jadlay. Estaba claro, la guerra era la única alternativa que
existía para combatir el creciente poder de Nabuc. Pero no
terminaba por decidirse, el pasado le azotaba y se interponía
en sus decisiones, sin poder evitarlo.
Cuando Nathan se disponía a entrar en el interior del
monasterio, preguntándose sí estaría haciendo lo correcto o
no, su padre salió a su encuentro. Tomándole del brazo lo
llevó hasta la cocina y allí lo obligó a desayunar.
Halmir arrastró una silla hasta la mesa más cercana y
luego, miró seriamente a su hijo.
⎯¡Siéntate y come!
Nathan estaba tan perplejo que no dijo absolutamente
nada. Dejó que su padre se desahogara, pues sabía que
estaba enfadado por haber prescindido de él anoche. Miró a
su alrededor y vio como dos monjes depositaban sobre una
mesa, junto al horno, varias cestas llenas de panes,
legumbres, pescado seco, carne de buey, dátiles y especias.
Se sorprendió de que los monjes comieran tanto, pero no;
luego pensó en las aldeas vecinas y supuso que parte de esos
alimentos serían para los aldeanos. Eso era lo justo, pensaba.
Mientras tanto, un monje de cráneo rasurado sirvió al
rey un manjar ideal para vigorizarle porque lo último que
querían los hermanos era que cayese enfermo. Halmir no
perdió el tiempo, informando al abad de la aversión que el
rey sentía por la comida.
Finalmente, habló.
⎯Padre, no sé por qué te molestas tanto —dijo—. Ya
sabes lo que pienso de la comida.
⎯Por eso mismo que lo sé, no pienso permitirlo.
Nathan al ver el bol de habas calientes, bostezó. No era
capaz de engullir nada, sólo tenía sed.
⎯Perdóname, hijo, por infligirte el tormento de tener
que comer habas, pero es lo único que te devolverá las
fuerzas. ¡Estás decrépito!
⎯¡Me ofendes, padre!
Halmir ni se inmutó.
166
⎯¡Sí no quieres que te ate a la silla, come!
Nathan frunció el ceño, enfurecido.
⎯No puedes obligarme a comer algo que no quiero. ¡Ya
no soy un niño!
El monje de cabeza rasurada, testigo mudo del
enfrentamiento entre el rey y su padre, decidió ofrecerle algo
que seguramente no rechazaría.
⎯Majestad, ¿leche fresca, dátiles y pasteles de miel y
nata?
Nathan, goloso, aceptó. Hizo a un lado el bol de habas y
degustó la leche, que le apetecía más. Su padre abrió la boca
para decir algo, pero inmediatamente después la cerró. Era
mejor no decir nada.
Dos días después, Nathan y los inmortales emprendieron el
viaje de regreso a Jhodam. Tenían previsto hacer un alto; el
rey quería valorar in situ a Jadlay y su milicia. Confiaba en
que Áquila hubiera hecho un buen trabajo con el impulsivo
joven, pues no era su intención descuidar sus
responsabilidades como rey de Jhodam.
«Haré que todos vosotros tengáis un buen destino. Nabuc no
tiene principios, entre todos lo derrotaremos. Sus tentáculos de
poder serán aniquilados y él, aplastado como una serpiente», les
dijo a los monjes antes de irse.
El abad Tadeo observó a los cuatro jinetes negros como
se alejaban del monasterio. Suspiró. Él no era un hechicero,
pero tuvo un fatal presentimiento. Su rostro se puso gris,
pues Nathan era el protagonista de esa intuición que no le
permitiría dormir de aquí en adelante.
167
Capítulo 11
La Cámara Secreta, el Maestro y el Oráculo
Hay ciertas perturbaciones en el Oráculo…
En los sótanos del palacio de Esdras se ocultaba una cámara.
Un mausoleo plagado de criptas. Un lúgubre lugar con fines
perversos, y frecuentado por un alto hechicero. El portón era
de hierro y su grosor de cuarenta centímetros hacía difícil su
apertura, y a menos que se tuviera mucha fuerza en los
brazos, era imposible acceder al interior. El portón
sustentado por un arco, estaba franqueado por dos colosales
estatuas que señalaban con sus respectivas varas hacía lo
alto: a una lápida de piedra con una siniestra inscripción: “La
vida es una condición frágil, necios mortales. No todas las cosas son
lo que parecen”.
Las llamas inextinguibles de dos antorchas iluminaban el
oscuro corredor; colgaban de ménsulas en las grises
columnas que soportaban la arcada a ambos lados del
portón. Ni el más atrevido osaría entrar en su interior, a
menos que deseara perder la vida. El Oráculo vigilaba
impidiendo con su ojo traicionero la presencia de extraños.
El hechicero Festo, ataviado con una túnica ceremonial
negra, caminaba de un lado a otro de la cámara secreta, como
un animal enjaulado. Cuando no se oprimía los nudillos de
las manos, se mordía las uñas. Festo trabajaba intensamente
para encontrar los componentes letales del veneno que debía
dejar a Nathan en un contundente jaque.
168
Buscar no es lo mismo que encontrar, el hechicero lo
tenía muy presente. Y él por más que buscaba no conseguía
dar con los ingredientes. Un veneno que provocara tanto mal
en un ser inmortal no podía ser ni buscado ni encontrado,
sólo el Oráculo podía dar con la fórmula exacta. Un veneno
del cual no existiese antídoto.
Mientras Festo trataba de encontrar una fórmula en su
libro de las sombras, una figura surgía de la misma
oscuridad. El aura que la rodeaba inundó la cámara y el
hechicero, al que no se le escapaba nada, notó un repentino
cambio en el ambiente.
Contuvo el aliento. Se volvió hacia los nichos.
La enigmática figura totalmente envuelta en sombras,
estaba allí, inmóvil, observándole. Festo sólo conocía su voz.
⎯Maestro…
El oscuro ser seguía oculto. Nada se veía de él, ni sus
manos ni su rostro… Nada.
De repente, su voz rompió el silencio de la ultratumba.
«Festo, res non verba… Mientras, él siga existiendo no
podremos actuar con libertad. Debes destruirlo»
El hechicero se apretó los nudillos y dio unos pasos sin
desviar la mirada de la oscura figura.
⎯Estoy en ello, Maestro ―dijo―. Pero es más difícil de
lo que me pensaba. La fórmula…
«Usa bien mi Oráculo, él te dará las claves. Si no las resuelves,
acude al Menhir»
Se hizo un silencio sofocante.
El Maestro prosiguió.
«Cumple la misión que se te ha encomendado, Festo. ―De
repente, cambió el tono de su voz y conjuró una severa y
cruel amenaza que se cumpliría inexorablemente, si Festo no
cumplía con las espectativas del oscuro ser―. Exsequi Opus
Pater Serpentis aut quia pulvis es et in pulverem revertis»
El hechicero se dio cuenta de que no podía especular con
la amenaza del Maestro. Pero más que polvo…
⎯Non, Domine. In pulvis non, in petra.
169
Si algo temía Festo, era acudir al Menhir.
Ipso facto, la siniestra figura evocó su poder y una
espiral de energía negra como el carbón acudió a él con
ráfagas de viento que lo levantaron todo.
Instantes después, el silencio.
Los destellos que emitía la esfera azul cegaban debido a su
intensidad. Medía cincuenta centímetros de diámetro y
estaba suspendida en el aire, girando sobre sí misma. Emitía
energía constantemente.
El Oráculo, alimentado por las mismas tinieblas,
indagaba en las profundidades de su poder visionario.
Todavía no existía respuesta a las peticiones de Festo. La
fórmula seguía sin ser encontrada.
Extrañas voces en el ambiente parecían deliberar entre
ellas.
Buscando en el mundo físico… Buscando en el Otro
Lado.
El cuervo que velaba la cámara, aún tenso por la
aparición del vil ser, de plumaje negro azabache con visos
pavonados, no dejaba de emitir chillidos estridentes a modo
de queja. Festo, ordenando silencio, recriminó la actuación
del cuervo con su vara ceremonial, golpeando bruscamente
el suelo.
Los chillidos cesaron y un silencio sepulcral invadió la
oscura estancia.
Aby investigaba las zonas del palacio que jamás antes pudo
ver por su condición de sirvienta. Ahora como esposa de
Nabuc, era libre de andar por donde quisiera, o eso creía ella.
Buscaba a su padre. El rey le dijo que él había decidido
quedarse una temporada en el Monasterio de Hermes, pero
ella no podía creer en su palabra. Su padre jamás la
abandonaría. Cuando consultaba a lo sirvientes del palacio y
170
a los cortesanos sobre el paradero de su padre, nadie le decía
nada al respecto, era como si todo el mundo hubiera firmado
un pacto de silencio.
Era la reina de Esdras, pero carecía de poder. Le estaba
terminantemente prohibido acudir a las reuniones del rey, y
su firma no valía nada. No tenía responsabilidades de
ningún tipo, y sus dos únicas preocupaciones eran: primero,
evitar a toda costa un embarazo, usando para ello todos lo
medios que estaban a su alcance para evitarlo y rezando a
diario para que el rey no se enterase de sus planes; segundo,
encontrar a su padre.
Aby era consciente de que sólo era importante para
llenar las noches de su señor esposo. Ambos dormían en
aposentos diferentes y se veían muy poco. El rey acudía
diariamente a su lecho para satisfacer sus necesidades y de
paso, hacerle un hijo. Un objetivo muy importante para
Nabuc, pues estaba seguro que si conseguía tener un
heredero varón aseguraría su trono de cualquier amenaza.
«Mi padre no se hubiera marchado sin decirme nada.
Todo esto es muy extraño», se dijo a sí misma.
Aprovechó que Nabuc estaba reunido con sus sicarios y
se adentró en la biblioteca. Alzó la mirada. Grandes
estanterías, llenas de libros, parecían precipitarse sobre ella.
Sintió vértigo y al mismo tiempo, miedo. La oscuridad era
dominante y el silencio, sofocante.
Apoyó su mano en el lateral de una estantería y sin
querer, su mano se deslizó hasta un pequeño tirador cuando
oyó un ruido que provenía de la pared que tenía delante. Un
crujido chirriante y de repente, una puerta camuflada tras un
cuadro, se abrió ante ella. No sabía bien si adentrarse y
seguir avanzando por el corredor oscuro o dar marcha atrás
y volver al silencio de su aposento. El sentido de la aventura
le incitaba a seguir, pero el miedo era superior y eso la hizo
vacilar por unos instantes.
Exhaló y respiró varias veces, armándose de valor.
Traspasó el umbral y en el otro lado, tomó una antorcha
171
y echó a caminar por el oscuro y fantasmagórico corredor.
Las crecientes sombras le provocaron congoja y pronto
perdió el sentido de la orientación. Aquel lugar era un
extraño laberinto de corredores. Cuando llegó al final del
pasillo que estaba transitando, vio que giraba a la derecha,
éste más oscuro y siniestro, imponía de tal forma que la
mano que sujetaba la antorcha empezó a temblar. Siguió
avanzando hasta dar con una puerta, puso la mano sobre el
agarrador y la abrió.
Sonó un terrorífico crujido.
Oyó voces, éstas parecían un murmullo tan lejano que
sólo llegaba hasta ella el eco. Agudizó el oído, pero no
consiguió descifrar nada.
Sólo buscaba a su padre, ¿dónde se había metido? o más
bien, ¿dónde lo habían escondido?
De nuevo oyó las voces, ahora parecían más cercanas.
Abrió otra puerta. Otro corredor se alzaba ante ella, éste
parecía no tener fin. De pronto, vio una sombra vaga y
oscura que se mezclaba con las sombras más profundas del
corredor. Comenzó a asustarse. Giró para echarse a correr,
cuando de repente sintió que una mano fuerte le aferraba el
hombro. Comenzó a forcejear, pero la mano la aferró con más
fuerza, y fue arrastrada inexorablemente hasta la salida de
este corredor. La oscuridad le impedía ver a su agresor, pues
éste estaba encapuchado y sus vestimentas se confundían
con la oscuridad.
Una voz de hombre tronó.
⎯¿No sabes que sería de ti si, Nabuc o el hechicero Festo
te sorprendieran traspasando el vado del Mausoleo? —
preguntó—. ¿Qué hacías allí?
Aby, asustada, trató de huir. Pero él la asió más fuerte y,
en un solo movimiento, se la cargó sobre el hombro.
⎯¿Quién eres? ¡Descúbrete! ⎯preguntó ella mientras le
golpeaba en la espalda.
No hubo respuesta.
Aby vio pasar debajo de ella las baldosas negras y
172
mohosas de los corredores, uno tras otro. Nada le resultaba
familiar. Pero cuando por fin él la descargó y la depositó de
pie en un oscuro corredor al que daban muchas puertas de
hierro cerradas, no tenía la menor idea de dónde se
encontraba; estaba segura de que no habían llegado a la
biblioteca, se desviaron en algún punto del laberinto. Él sin
dejarse descubrir la tomó de la mano y la condujo de prisa
por el pasillo. Abrió una de las puertas del otro extremo,
entró con ella y cerró la puerta. Entonces, la soltó. Una poco
de luz que provenía de una pequeña lámpara de aceite le
reveló el interior de una celda.
Él se volvió hacia ella y se quitó la capucha. Y entonces,
los temores de Aby desaparecieron.
⎯¡Lamec!
Él la obligó a sentarse sobre una destartalada silla.
⎯Muy bien ⎯dijo⎯. ¿Qué estabas haciendo en el
laberinto?
⎯Buscando a mi padre, ¿sabes dónde está?
Lamec asintió.
⎯Está en una celda como ésta —dijo—, pero al otro lado
del corredor.
⎯¿Encerrado? ¿Por qué? ⎯preguntó, sin comprender⎯.
Mi padre jamás cometería ningún delito. ¿Ha sido Nabuc,
verdad? Él lo ha encerrado.
⎯Ser tu padre —dijo Lamec—. Ese es su único delito.
Aby palideció. Se llevó una mano al pecho y los ojos se le
llenaron de lágrimas.
⎯¿Puedo verle? ⎯preguntó ella con la voz entrecortada.
⎯No tengo las llaves de la celda, pero podrás verle a
través de la rejilla. Eso es lo único que puedo hacer por ti,
pero has de prometerme que no le dirás nada a Nabuc. Si
guardas silencio, te prometo que le ayudaré.
⎯¿Ayudarle? ¿Cómo?
⎯Suministrándole comida y agua para que siga con vida
⎯respondió Lamec⎯. Pero para liberarlo necesitamos la
llave y me temo que sólo Nabuc tiene las llaves maestras. Si
173
quieres liberar a tu padre, tendrás que conseguir esa llave.
⎯Me lo pones difícil, pero lo intentaré.
⎯Bien, ahora te llevaré hasta la biblioteca y por favor, no
vuelvas a entrar en las cámaras, ese lugar está maldito.
⎯¿Maldito dices?
⎯Sí ⎯afirmó⎯. En el Mausoleo reside el Oráculo y sólo
el alto hechicero Festo, puede acceder a la cripta. Si te
hubieran descubierto, ahora estarías muerta.
⎯Lamec, no entiendo. ¿Por qué estás haciendo todo
esto? Pensaba que eras fiel a Nabuc.
⎯Le fui fiel hasta que él se pasó de poder con tu padre
⎯hizo una pausa, tratando de entenderse a sí mismo⎯. Lo
siento, mi señora. No pude hace nada, Nabuc lo había
planeado con antelación.
Aby no podía regresar a la biblioteca si antes no veía a su
padre. Necesitaba verlo con sus propios ojos, pues quería
confiar en la palabra de Lamec, pero en el fondo tenía miedo
de que él estuviese mintiendo por alguna razón oscura que
ella no comprendía.
⎯Por favor, llévame ante mi padre.
Lamec temía que ella se lo pidiese. Pero no podía negarle
algo que él mismo le ofreció. Finalmente, asintió y
dirigiéndose a la puerta, le hizo un ademán. Ella le siguió.
Ambos en silenció caminaron hacia el otro lado,
deteniéndose frente a una puerta negra; ésta tenía una
portezuela en la parte superior que se abría desde fuera.
Lamec, abrió la portezuela. Una rejilla de hierro permitía
ver lo mínimo del interior de la celda. Pero si se podía
apreciar claramente a un hombre con barba de hace días y
unas ojeras que le llegaban hasta los pies.
⎯Joab, tu hija está aquí.
El levita, que sólo dormitaba, se levantó del suelo a
duras penas. Sus ropas andrajosas y sucias, estaban
desgarradas y mordisqueadas desde los tobillos hasta las
rodillas. Los ratones que habitualmente frecuentan la celda,
accedían a ella a través de un pequeño agujero en la pared;
174
roían el lino, cuándo el monje dormía. No le habían
suministrado alimento sólido y estaba muy debilitado. Cruzó
la pequeña celda, trastabillando.
⎯¿Mi hija? ⎯preguntó con la voz rota⎯. ¿Aby?
La joven al ver el lamentable estado de su padre, rompió
a llorar.
⎯Padre —dijo—, te prometo que te sacaré de aquí.
Joab abrió los ojos como platos. No podía creer que su
hija estuviese allí, pero en verdad era ella.
⎯No, Aby; te pondrías en peligro.
De pronto, se oyeron unas siniestras voces que
invadieron las cámaras. El eco sonaba tan terrorífico que
erizaba la piel. No eran voces humanas y provenían del
mundo mágico y perverso del Oráculo. Eran muy lejanas,
pero se escuchaban como si estuvieran ante ellos.
Habían hallado una respuesta.
Joab, Aby y Lamec, enmudecieron de golpe.
El levita hacía días que notaba el ambiente enrarecido.
«Algo se estaba tramando», pensaba.
Y no estaba equivocado. Pero Joab no era capaz de
descubrir el motivo de aquellas perturbaciones del Oráculo,
que irrumpían de forma inesperada y en cualquier momento,
provocando que el aire se asfixiase y las sombras recuperasen
su dominio. Nada se podía hacer. El tenebroso hechicero
Festo había invocado a la oscuridad, para que le concediera
vil dominio sobre todas las cosas, con algún fin diabólico.
⎯¡Vete, hija! —dijo—. La oscuridad acecha. Este no es
un lugar seguro para ti. ¡Vete, antes de que sea demasiado
tarde!
Aby sacudió la cabeza enérgicamente.
⎯Padre, no puedo dejarte aquí.
Joab miró a Lamec, ambos se entendieron.
⎯¡Llévatela! ⎯ ordenó⎯. Nabuc, puede notar su
ausencia.
Lamec asintió. La cogió del brazo y se la llevó de allí de
inmediato, casi arrastrándola. Aby cedió, y con premura,
175
ambos llegaron a la biblioteca. Por suerte, nadie estaba allí.
El viaje de Aby por las cavernas había finalizado.
Nathan era el objetivo del Oráculo, y Festo temeroso de las
amenazas del Maestro, había maquinado un plan que no
podía fallar.
El Oráculo visionó el largo camino recorrido por la
deidad. Un veneno letal lo enfrentaría a su destino. Sus
verdugos: Nabuc y Festo, querían convertirlo en un despojo,
antes de que llegase el momento de declararle la guerra a
Jhodam y a todos los territorios aliados, y el oscuro Maestro
lo quería destruido; eliminado de la faz de Nuevo Mundo.
Sin Nathan, incordiando, la victoria sería fácil.
Festo sonreía de forma perversa. Frente a él un cáliz de
cristal rojo con el borde y la base en oro; desde ese momento
la copa se convertirá en la depositaria de los polvos
venenosos, tan sagrados como la misma deidad y tan letales
como su mirada.
El hechicero, en trance, cerró los puños y levantó los
brazos, salmodiando el ritual para conjurar el veneno. El
cáliz parecía tomar vida, sus destellos rojos como el fuego
hacían destacar las sombras propias del Mausoleo.
Las diabólicas voces que tronaban en la oscuridad del
Mausoleo, compañeras incondicionales del Oráculo, repetían
sin cesar las palabras:
⎯Plus Ultra… Venénum… Spectrum…
Mientras Festo entonaba siniestramente el conjuro, el
cáliz se elevaba un metro por encima del altar; suspendido en
el espacio, emitió una larga y lúgubre llama roja y negra que
crepitaba como la sal en el fuego.
⎯¡Maldito sea tu saber, maldita sea tu mirada, malditas sean
tus manos! Yo, que observo con ojos pérfidos tu sacro poder, te
condeno… Día y noche, sucumbirás ⎯entonó⎯. Cuando las dos
lunas se tiñan de rojo, dejarás de existir.
El cáliz, inducido por el conjuro, comenzó a emitir
176
destellos, fieramente, con deslumbrantes haces de coloreada
luz cuando de repente, la copa se llenó de sangre,
mezclándose con el veneno. En ese momento, cambió su luz
irisada por abrasadoras llamas.
El Oráculo le concedió a Festo, una visión:
«Vio a Nathan, golpeado por un rayo. Inmóvil contemplando a
la nada. Un cáliz de oro y restos de ambrosía esparcida por el suelo
de mármol…»
Festo sintió el penetrante olor del incienso de cedro,
intensificado por el picante olor del humo de las lámparas. A
su oído llegaron las oraciones, recitadas por Halmir,
luchando por la existencia de su hijo…
Y su rostro se iluminó por el éxtasis.
«Vio a Nathan, con el rostro perlado y mortecino, postrado en
su lecho por unas fiebres permanentes, provocadas por el
veneno…»
Sin embargo, Festo no pudo vislumbrar el final de la
deidad. El destino de Nathan no estaba sentenciado, aún no.
De Festo, dependía que el posible futuro concedido por el
Oráculo se convirtiera en una realidad. La siniestra visión era
un destino paralelo y el hechicero no estaba totalmente
convencido de que se cumpliera.
Se arrodilló frente al Oráculo. El cáliz dejó de emitir
haces de luz y las sombras envolvieron su mágico cristal. Su
oscura túnica se mezclaba y confundía con la oscuridad
reinante en el Mausoleo y su pálido rostro se asemejaba a un
espíritu sin cuerpo.
Tras exhalar un profundo suspiro, Festo se dispuso a
marcharse del Mausoleo, pero antes ocultó el cáliz con la
sangre envenenada en un arcón y luego, con un hechizo, lo
selló.
177
Capítulo 12
La Reunión Secreta
Seamos francos, majestad. Nathan, y no ese supuesto Jadlay,
es la causa del aumento de tropas militares en los
alrededores de Bilsán. Huele a una inminente guerra y vos lo
sabéis —afirmó el hechicero Festo. Era obvio que la
perspectiva no le parecía nada satisfactoria—. No debemos
subestimar a Nathan; una naturaleza divina y sombría como
la suya, combinada con su astucia y su poder, lo convierten
en un rival peligroso ⎯Sin embargo, en el fondo estaba
tranquilo, con el veneno en su poder, tenía a Nathan a su
alcance. Y Nabuc, desconocía ese detalle. Tenía que actuar
con discreción, el rey así lo había ordenado. Se lo diría luego,
cuando estuviesen solos⎯. Aconsejo el envío de
informadores para que descubran lo que se traen entre
manos —sus dedos tamborilearon la regia mesa de madera,
inquietos—. Supongo que no deseáis la paz, ¿cierto?
Nabuc se levantó del sillón, se inclinó hacia delante, sus
dos manos se posaron sobre la larga mesa rectangular. A
ambos lados de la mesa, los sicarios, Enós y Gamaliel,
escuchaban en silencio los comentarios del hechicero.
⎯Supones bien, Festo —dijo el rey—. La paz es lo último
que deseo en estos momentos.
Enós intervino.
⎯¿Cuál es su plan, majestad?
⎯Atacar Bilsán —respondió tajantemente.
Festo frunció el ceño.
⎯¿Atacar? ⎯repitió, levantándose del sillón⎯. Creo que
178
esa es una decisión precipitada, majestad. Hágame caso, me
consta que queréis hacer prisionero a ese tal Jadlay, pero
deberíamos centrarnos en lo realmente importante y el envío
de espías solucionaría nuestro problema más acuciante y nos
permitiría no sólo conocer sus intenciones más inmediatas,
sino ganar un poco de tiempo que nos iría muy bien para
reforzar nuestras tropas —La seguridad de Festo era
insultante, pero tenía razón y nadie podía afirmar lo
contrario—. Una guerra se debe planear con anticipación.
Puedo asegurarle que el número de las tropas jhodamíes es
superior a lo que habíamos previsto, pues calculo que el rey
Nathan, entre arqueros, guerreros, mercenarios y las milicias
de las ciudades aliadas, dispone de una cantidad más que
ingente de hombres. Nosotros sólo disponemos de sicarios,
proscritos y unos pocos guerreros de la guardia real que le
son fieles —hizo una pausa, carraspeó—. Majestad, no debéis
olvidar que la mayor parte de la población de Esdras no
confía en vos. En esas condiciones, será difícil reclutar a los
esdrianos.
Nabuc no aceptó las últimas palabras del hechicero.
⎯Quiero que entendáis bien una cosa ⎯empezó
diciendo el rey, mientras les miraba con severidad⎯: todos
los hombres sin excepción serán pasados a las armas. Me
importa un comino si son muy jóvenes o incluso, si son
niños. Esdras, al completo, tomará las armas o aseguro que
morirán todos degollados.
«¡Desdichados de ellos!», pensó Festo en silencio.
Enós miró a Gamaliel y luego, se dirigió al rey.
⎯Majestad, yo estoy de acuerdo con el plan de Festo —
dijo, confiando en no enfurecerle—. Gracias al reclutamiento
de un buen número de proscritos podemos tenderles una
trampa y capturar a Jadlay, si es eso lo que deseáis. Pero
tengo una duda…
—¿Qué duda?
—Su aspecto, majestad. Desconocemos cómo es él.
Nabuc se sentó cómodamente en el sillón. Su bota chirrió
179
contra el suelo. Contempló al sicario fría y pensativamente.
—Ese mal nacido tiene un parecido asombroso conmigo,
o por lo menos era así cuando tan sólo tenía seis meses —
dijo—. No tendréis ningún problema para reconocerle.
¿Conforme?
—Oh, sí, desde luego.
⎯De acuerdo, Enós ⎯respondió el rey⎯. Pondremos en
marcha el plan inicial. ¿Conocéis bien la región de Bilsán?
⎯Sí, majestad.
⎯Bien, bien. Entonces no perdamos más el tiempo
⎯repuso Nabuc, satisfecho⎯. Sólo os pido que no bajéis la
guardia en ningún momento. No es prudente ser demasiado
confiado.
El sicario se frotó las manos, excitado. Deseaba ponerse
en acción.
⎯¿Cuándo lo haremos? ⎯preguntó.
⎯Mañana partiréis rumbo a Bilsán. Seguramente estarán
acampados en las afueras de la ciudad; en el bosque, quizá
⎯apremió Nabuc⎯. Quiero que embosquéis a Jadlay cuanto
antes. Tras su captura podremos planear la estrategia a
seguir. Ahora marcharos, deseo hablar con Festo en privado.
Gamaliel y Enós se levantaron en silencio y se
marcharon con una sonrisa de oreja a oreja. Una vez fuera
del recinto, en el vestíbulo, ambos se detuvieron un instante.
⎯Bien, Enós, ¿tienes idea de cómo capturar a Jadlay? ¿Y
si está equivocado? Diga lo que diga el rey, el joven puede
haber cambiado mucho.
⎯Si, lo emboscaremos en el bosque —respondió—. En
cuanto a su rostro, no te preocupes; estoy totalmente seguro
que sigue pareciéndose a Nabuc. Sólo hemos de buscar a
cabellos de cuervo.
⎯¡Oh, claro! ⎯exclamó Gamaliel.
⎯No temas ⎯dijo Enós, muy convencido⎯. Lo tengo
todo muy bien planeado. Está vez no fallaremos.
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Nabuc y Festo se quedaron solos. Una de las lámparas se
apagó y la estancia se quedó casi a oscuras. La poca luz
reinante proyectaba las sombras de sus cabezas sobre las
grises paredes de ladrillos de granito. El rey no hizo nada
para aumentar la iluminación, pero sí se puso tenso. Su
hechicero apareció en la reunión cuando ya no lo esperaba.
⎯¿Dónde te has escondido durante tanto tiempo?
⎯Retirado en el Mausoleo, majestad —respondió
incipiente seriedad—. Después de largas horas, las visiones
del Oráculo han sido fructuosas. Por fin, tenemos el veneno.
Nabuc no estaba muy seguro de que el plan de su
hechicero diera resultados. Hizo una mueca de duda.
⎯Es posible que tú estés convencido de la viabilidad de
tu plan, pero yo no.
El rey agarró la jarra de vino que había sobre la mesa y
sirvió dos copas, una se la entregó a Festo y la suya se la
llevó a los labios y la dejó vacía. Se limpió la boca y se quedó
mirando al hechicero, éste nunca lo había visto tan nervioso.
Sin probar el vino, Festo, dejó la copa sobre la mesa.
⎯Lamento que penséis eso, majestad ⎯dijo⎯. Pero el
veneno ha sido conjurado por el mismo Oráculo, es tan letal
como la propia deidad.
⎯No me convence el hecho de que sea alguien de su
círculo privado quién tenga que envenenarle. Hay muchos
detalles que pueden fallar en tu plan. Y un error te puede
costar la vida, ¿lo sabes, verdad?
⎯En ese sentido podéis quedaros tranquilo, majestad.
Un hechizo podría surtir efecto, sólo hay que buscar a la
persona adecuada.
⎯¿Y cómo pretendes averiguarlo?
⎯A través del Oráculo.
Nabuc se puso en pie y echó a caminar por la estancia,
pensativo. Festo lo observó sin perder la calma,
contemplándolo fijamente, como mirando a través de él.
«No puedo hacer otra cosa. Si quiero eliminar a Nathan
del tablero de juego, debo confiar en Festo», pensó Nabuc.
181
⎯Quiero a Nathan liquidado ⎯dijo brutalmente.
⎯Por supuesto, majestad. Puede darlo por hecho.
Nabuc rió.
Festo prosiguió.
⎯Lo depositaré a vuestros pies, si es vuestro deseo.
La confianza que tenía Festo en sí mismo, le brindó a
Nabuc cierta dosis de tranquilidad. Sin embargo, al hechicero
se le hizo un nudo en la garganta, pues era preciso que
tuviera éxito.
⎯¿Supongo qué no existirá antídoto que los inmortales
puedan utilizar para salvarle la vida, verdad?
⎯Majestad, es un veneno creado por el Poder Negro —
afirmó sin dudarlo—. Si existe antídoto, puedo asegurarle
que no es de este mundo. Dudo mucho que localicen los
medios para evitarle el sufrimiento. Ni siquiera yo conozco
ese detalle.
⎯A los inmortales no se les puede dejar nada al azar.
⎯Lo sé, majestad.
Nabuc volvió a servirse vino. Lo bebió de un trago y
luego, depositó la copa sobre la mesa y permaneció un
instante con la mirada baja. La estancia se llenó de un silencio
expectante. Finalmente, miró a Festo a los ojos.
⎯Bien ⎯dijo⎯, voy a confiar plenamente en ti. Te
permitiré manejar este asunto a tu manera, espero que no me
defraudes.
⎯No os decepcionaré.
Nabuc se rascó la mejilla con su mano enguantada.
⎯De acuerdo. Entonces no hay más que hablar.
No hablaron más del asunto.
Ambos permanecieron unos instantes, en silencio, con
las miradas perdidas en la oscuridad de la estancia. Al rato,
el rey lo despidió y Festo se marchó, con la sensación de que
el tiempo se abalanzaba sobre él como una tormenta de
viento. Pensaba en todo lo que tenía que hacer a partir de
ahora y confiaba que no surgiera ningún imprevisto que
trastocara sus perversos planes. Sacudió la cabeza y
182
murmuró una plegaria a cualquier entidad oscura que
quisiera escucharle mientras se dirigía a su alcoba a
descansar lo que restaba de la noche.
El rey Nabuc permaneció un rato, junto a su estandarte, en la
tenebrosa terraza, contemplando la colina. El recuerdo de los
hechos pasados, cuando ordenó asesinar a su sobrino,
volvieron, desde las capas más profundas de su cerebro, de
nuevo. En ese momento, veía su futuro con pesimismo y se
preguntó si llevar a cabo sus planes sería la última aventura
de su vida.
En Esdras, ya nadie duda de que fué él quién mandó
matar al hijo de Ciro. En aquellos tiempos, los súbditos se
resignaron y pensaron en la posibilidad de que el joven
conde se convirtiera en un gran rey como anteriormente lo
había sido su hermano, pero no fue así.
Los ciudadanos pronto desconfiaron de él. Nunca
olvidarán el terrible acto que supuestamente cometió. Sin
embargo, y aún sabiéndolo, nunca se atrevieron a oponerse
al ya proclamado rey porque hacerlo era una invitación a la
decapitación. La amenaza era seria y la traición, aún no
siendo real, les condenaría de tal forma que sus cabezas
podrían verse desde lo alto de las torres, en las almenas,
clavadas en una pica como escarmiento y advertencia.
Cuando Nabuc se afianzó en el trono empezó a ejercer su
poder tiranizando a su propia gente. Su alma malévola y
oscura le hizo rodearse de ambiciosos consejeros tan
siniestros como él, y juntos emprendieron un gobierno
despiadado, atemorizando a los esdrianos con la
decapitación, esclavizando a los aldeanos y explotando a los
colonos.
Ahora, una inminente guerra puede poner las cosas en
su sitio. Nabuc es consciente de ello, pero no piensa
alarmarse, aún no.
183
Después de reflexionar unos instantes, Nabuc giró en
redondo y abandonó la terraza. Estaba muy tenso. Cruzó
rápidamente la estancia y en el umbral, vio a un guardia que
le esperaba.
⎯¿Os acompaño, majestad?
⎯No, puedes retirarte.
El guardia hizo una reverencia y se alejó por el corredor
particular que comunicaba con las alcobas de los sirvientes
que residían en el palacio. Nabuc volaba en dirección al
aposento de su esposa. La oscuridad que le embargaba en
esos momentos no era totalmente controlable.
Aby se apresuró en llegar a su aposento antes de que lo
hiciera el rey. Una vez en la soledad de su estancia privada,
se sentó frente al tocador. Miró su rostro en el espejo y no le
gustó lo que mostraba. Estaba cansada y preocupada por su
padre; pálida y ojerosa no veía la forma de huir de su
destino. No tenía aliados, excepto Lamec; él la ayudó y eso
era muy importante para ella porque le demostraba que
podía contar con su confianza, pese a que él estuvo de testigo
en su peculiar boda.
Se cepillaba sus cabellos, cuando algo la alertó. Las
lámparas centellearon con un ligero temblor. Oyó ruido de
pasos en el corredor. Dejó el cepillo sobre el tocador y se
levantó, sintiendo el corazón en su garganta; se acercaba a la
puerta cuando ésta se abrió de golpe y apareció Nabuc, allí,
en el umbral, plantado como un árbol con los ojos
desorbitados por un oscuro deseo, poseído por los demonios
lascivos que lo manipulaban hasta conseguir sus fines. Aby
sintió como el corazón iba a estallarle.
Contuvo el aliento.
Él cerró la puerta a sus espaldas, mirándola con una
sonrisa maliciosa. Ella, temerosa, retrocedió unos pasos. El
rey la agarró por el brazo y arrastrándola, la arrojó
184
violentamente sobre el lecho.
⎯Será mejor que te comportes.
Aby trató de incorporarse, apoyando sus codos sobre el
lecho. Él se inclinó y la golpeó brutalmente.
⎯¡Quieta!
Aby quedó tumbada en el lecho, sin atreverse a moverse.
El miedo la había inmovilizado por completo. Nabuc le
levantó la túnica y cayó sobre ella como una losa. Aby trató
de quitárselo de encima. Gritó. Sintió como él le abría las
piernas por la fuerza y la penetraba jadeando
incontrolablemente.
Aby hundió los dedos en las sábanas, resistiéndose a la
inexplicable ola de placer que crecía en su interior. Pero no lo
consiguió, su cuerpo se estremeció, retorciéndose ante los
ojos de Nabuc, y se avergonzó por su debilidad. Aby no
podía contener el estremecimiento. Ese hombre, al que
odiaba, la derrotó y la hizo claudicar sin ofrecer resistencia.
Cerró los ojos.
Olvidar… Olvidar. Eso era lo único que quería.
Nabuc, motivado por el placer que estaba sintiendo ella,
empujaba con extrema violencia, moviéndose dentro de ella
para embriagarse de sus sensaciones. Aby lanzó un agudo
grito, sacudida por un espasmo incontrolable; el clímax la
cogió por sorpresa. Nabuc observó con incredulidad el
iluminado rostro de su esposa, y se preguntó si ella, al fin,
había cedido. Él se estremeció. Esa idea le llenó de orgullo.
Cerró los ojos y en cuanto volvió a abrirlos sintió un éxtasis
indescriptible. Lanzó una serie de jadeos y hasta gritó,
sacudido por un violento orgasmo.
Aby, sin proponérselo, conseguía excitarlo al máximo. Él
se estremeció.
Al poco rato, Nabuc se abatió sobre ella y resbaló poco a
poco por el sudoroso cuerpo de Aby, respirando
agitadamente. La miró y volvió a acariciarle en lo más íntimo
y sus dedos la penetraron, sofocándola de nuevo.
Cuando él se dio por satisfecho, ella se volvió de
185
espaldas, crispada y llena de remordimientos. Las lágrimas
corrieron amargas por sus ojos. Sí, ciertamente, había cedido
ante él. Y no comprendía cómo había podido ocurrir.
«¡Lo odio!», dijo sin compartir su pensamiento.
Ya completamente recuperado del intenso gozo, Nabuc
se levantó del lecho y se ajustó la túnica. La expresión de su
rostro era triunfal.
⎯Has de reconocer, mi querida Aby, que no ha estado
tan mal, ¿verdad? ⎯comentó Nabuc, satisfecho.
⎯Déjame sola, te lo suplico.
Nabuc, contento por el gran paso que había dado en su
relación con su esposa, apagó las lámparas de aceite y se
marchó sin decir nada más. Aby, tumbada en la cama, en
completa oscuridad sollozaba por su debilidad. Cerró los
ojos con fuerza tratando frenéticamente de olvidar,
necesitaba huir de sus pensamientos o acabaría volviéndose
loca. Al comprenderlo todo se sintió invadida por el pánico.
Aby no conseguía liberar de su mente la creciente
repulsión que le provocaba el contacto físico con el rey, pese
a su atractivo. No podía hacerlo porque realmente había
sentido placer con él. Por mucho que lo intentaba no podía
disfrazar ese hecho. En esos momentos, se le cruzó por la
cabeza una idea: si realmente él la amaba y ella no ponía
impedimentos a su pasión y se dejaba arrastrar hasta donde
él quisiera llevarla; su amado padre, posiblemente, podría
recuperar la libertad.
«Eres una bestia incapaz de albergar un sentimiento
humano en tu corazón de piedra. Juro que en cuanto
recupere a mi padre, escaparé de tus garras. Lo juro»
Y cerrando los ojos, se quedó dormida.
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Capítulo 1
Los Valientes del Rey
Grandes y oscuros nubarrones se disputaban el cielo,
obligando al sol a esconderse. El viento, aliado, comenzó a
rugir fuerte atrayendo a las grandes nubes entre sí y
enfureciéndolas. Casi al instante, una sinfonía de relámpagos
y truenos, anunciaban el preludio de una tormenta
apocalíptica.
Los cuatro jinetes miraron al cielo.
Desde que Nathan y sus escuderos partieron del
Monasterio de Hermes habían tenido muy buen tiempo, pero
ahora parecía que todo iba a cambiar. Pasada la calma, venía
la tempestad y tenían que llegar cuanto antes a Bilsán si no
querían empaparse de nuevo.
Al principio, al comenzar el viaje, cabalgaron tranquilos
y no avanzaron mucho porque la oscuridad descendió sobre
ellos. Sin embargo, cuando ya habían recorrido casi todo el
trayecto y apenas les quedaban veinte kilómetros para llegar
a la ciudad, el rey que no dejaba de mirar las amenazantes
nubes, se volvió hacia sus acompañantes.
⎯¡Esto se está poniendo muy negroooo! ⎯exclamó
Nathan.
Y como si se tratase de una orden, los inmortales y la
deidad tiraron fuerte de las riendas para obligar a los
caballos a cabalgar más rápido, y pronto se convirtieron en
cuatro sombras negras que volaban a través de la espesura
del bosque.
187
Unos minutos después, el cielo se desplomó y grandes
gotas de agua se convirtieron, casí en el instante, en
pedruscos de granizo que caían sobre ellos y sus caballos, sin
piedad. Pero no se detuvieron, siguieron adelante con la loca
carrera, cabalgando todo lo veloces que podían. El asedio
tormentoso era ineludible. Parecía como si la tierra se abriera,
dispuesta a tragárselos.
Un auténtico infierno natural.
La lluvia de granizo era puntual; no duraría mucho, a lo
sumo unos minutos. La protesta de los caballos no se hizo
esperar, pero sus jinetes hicieron caso omiso.
La vertiginosa carrera no estaba exenta de peligros,
saltaban y salvaban los tramos irregulares del terreno.
Debido a lo complicado de la senda, los caballos resbalaban
fácilmente, pero poco a poco ganaron terreno rápidamente y
los jinetes llegaron a las vastas llanuras antes de lo previsto.
El intenso granizo dio paso a un aguacero más
soportable.
En la lejanía se podía vislumbrar las primeras torretas de
las aldeas próximas a Bilsán.
⎯¡Eahhhh! ⎯gritó Nathan.
En ese mismo instante, él fustigó ligeramente a su
caballo para que no bajase el ritmo.
Halmir, Ishtar y Morpheus, sosprendidos, se
encontraron con serios problemas para seguir la estela del
rey. Nathan, deseoso de llegar al campamento, se hizo con el
ritmo y pronto hubo entre ellos una buena separación.
Una hora después, los cuatro jinetes iban al paso por las
callejuelas de la ciudad. Bilsán, lugar de nacimiento de
gentes humildes y punto de encuentro de forjadores y
colonos, estaba nadando en un intenso aguacero. Nadie en
sus calles, excepto una cuadrilla de niños y adolescentes que,
vestidos con ropas andrajosas, sucios y desmelenados,
parecían disfrutar con la lluvia, saltando de charco en charco,
188
incansables. Sus voces y chillidos ensordecían, y no dejaban
dormir la siesta de los habitantes que vivian alrededor de la
plaza.
Los cuatro jinetes cruzaban la plaza cuando un viejo con
un garrote en la mano salió enfurecido de su casa. Aquellos
niños no le dejaban dormir y estaba realmente cabreado.
⎯¡Qué críos estos! ⎯decía, exaltado.
Morpheus detuvo su caballo y desmontó. El viejo al
verlo se fue hacia él. Sopesó con sus ojos la fisonomía de los
otros tres jinetes que seguían montados en sus caballos. Se
detuvo delante de Morpheus, a él lo conocía.
⎯¿Qué ocurre, señor? ⎯preguntó el inmortal.
⎯Hola, Morpheus ⎯lo saludó con garrote en mano⎯.
No te imaginas lo difíciles que son estos niños. Son los
maleducados hijos de los campesinos colonos y vienen de sus
aldeas hasta aquí a molestar a todo el vecindario.
Los niños corrían alrededor de ellos dos.
⎯Viejo, ¿por qué no te callas, ya? ⎯le gritó uno.
El hombre, harto de las insolencias de aquellos chavales,
dio media vuelta y alzó el garrote. El joven echó a correr,
riéndose a carcajadas.
⎯¡Fuera de aquí! ―gritó―. ¡Ir a molestar a vuestras
casas!
Nathan estaba deliberadamente silencioso. Observaba.
Su capucha no dejaba ver la sonrisa de oreja a oreja que le
había provocado la pequeña escaramuza del hombre y los
chiquillos.
⎯¡Viejo loco! ―gritó otro.
Los chavales echaron a correr huyendo del garrote del
viejo. Uno de ellos seguía riéndose a carcajadas y vociferando
todo tipo de palabras mal sonantes contra los residentes de la
plaza. Algunos vecinos al oír el griterío se acercaron a sus
ventanas, atisbando por entre los cristales, para enterarse de
que iba la cosa, pero no vieron nada interesante: cuatro
jinetes con sus caballos y al viejo Tobías, tan gruñón e
intolerante como siempre.
189
Instantes después, la lluvia amainó.
Tobías, más calmado, entró en su casa y cerró la puerta
dando un portazo, ni siquiera se despidió de Morpheus y sus
acompañantes.
Ishtar y Halmir no le dieron importancia al asunto y
bajaron de sus caballos. Nathan los imitó.
La taberna estaba al otro lado de la plaza. Sólo tenían
que caminar unos metros, algo que hicieron junto a sus
caballos. Al llegar, ataron las riendas en un poste. Nathan no
tenía ninguna intención de entrar en un lugar impregnado de
humo, algo que dejó muy claro con una simple mirada.
Morpheus que captó la incomodidad del rey se apresuró
en hablar.
⎯Entraré yo, sólo será un momento.
Ishtar, Halmir y el rey no dijeron nada. El padre de
Nathan se sentó en uno de los peldaños de la pequeña
escalera que conducía a la taberna, esperando pacientemente.
Mientras tanto, se iba apagando el día entre las piedras
húmedas de la ciudad.
La puerta de la taberna se abrió de par en par. En el umbral
aparecía Morpheus, como si fuese un fantasma. Antes era un
asiduo del local de copas, pero hacía bastantes días que
Zenás le había perdido de vista. Según su hijo, se marchó a
Jhodam para unirse al resto de sus hermanos inmortales.
En ese momento, algunos clientes se volvieron hacia él,
otros, ni caso. El tabernero, sorprendido por su presencia,
exclamó:
⎯¡Morpheus! ⎯Zenás dejó de limpiar los platos y cogió
un trapo⎯. No se como lo haces, pero siempre apareces de
repente.
El inmortal sonrió y avanzó hacia la barra.
⎯Hola, viejo amigo ―saludó―. ¿Has visto a mi hijo?
⎯¿Tu hijo? ⎯se echó a reír, a la vez que limpiaba la
barra⎯. ¿Ese loco joven, que acompañado de otros locos
190
como él, ansia enfrentarse a los lobos de Nabuc?
⎯Sí, el mismo.
⎯Han armado un campamento en las afueras. Suelen
venir a la ciudad para comprar provisiones, pero andan todo
el día liados con las espadas y los arcos. Están
revolucionando Bilsán con sus promesas de victoria.
Morpheus al escuchar las palabras de Zenás sintió un
atisbo de orgullo sano.
⎯Ellos son la esperanza de todos, nunca lo dudes.
Zenás se sintió un poco agraviado por aquellas palabras.
⎯Nunca lo he dudado, Morpheus, pero opino que son
muy jóvenes y poco experimentados.
⎯Quizá ⎯respondió, un poco incómodo. No le gustaba
en absoluto que hicieran juicios sobre su hijo, para eso estaba
él⎯. Pero gracias a sus ideales están bien encauzados. La
suya es la senda correcta; la de atiborrarse a cerveza, no.
Zenás lo miró boquiabierto, sin atreverse a soltar ni una
palabra más. Morpheus echó atrás la capa, apoyó la mano en
el pomo de su daga que le colgaba en el cinto, en un costado
y dio media vuelta. En silencio, abandonó la taberna.
Y prosiguieron la marcha.
El campamento estaba a unos cinco kilómetros de la
ciudad. La luz se extinguía rápidamente cuando llegaron a la
orilla del bosque. Ishtar husmeó el aire: olía a hoguera recién
levantada.
La oscuridad cayó temprano sobre el bosque. El cielo
cubierto, sin lunas ni estrellas, amenazaba más lluvia y
posiblemente, intensa. Con esas condiciones no sabían
cuánto tiempo podrían mantener la hoguera encendida, pues
les había costado una eternidad prender los troncos, debido a
la humedad de los mismos.
Los entrenamientos habían finalizado y ya era hora de
celebrarlo. Áquila estaba satisfecho de su trabajo y las
rencillas del principio se disiparon por completo. Ahora,
191
todos eran camaradas. En sus ratos libres, contaban chistes
variopintos y hablaban de leyendas y temas banales,
tratando de esparcirse y relajarse de los rigores de los últimos
combates, que aún siendo simulados les dejaban extenuados.
Hace dos días que se unieron a ellos una legión de
arqueros. Veinte hombres, la mayoría jóvenes, que siguieron
a rajatabla las órdenes del rey. Sin embargo, en ocasiones,
Áquila y Jadlay se preguntaban cuándo recibirían nuevas
instrucciones, pues éstas tardaban en llegar y la impaciencia
ya se dibujaba en sus rostros.
De pronto, unos ruidos los alertaron.
Oyeron algo extraño.
Por un momento, pensaron que estaban acorralados. Al
principio, no fueron capaces de asegurar de dónde provenía
el retumbo, pero en seguida, Áquila se dio cuenta: caballos.
Era el ruido firme de unos cascos cabalgando por los
alrededores.
¿Exploradores? ¿Rebeldes?
A lo lejos, atronaba una nueva tormenta, confundiéndose
los sonidos del cielo protestando y de los cascos de los
caballos que presumiblemente avanzaban hacia ellos.
Poco a poco, y tan silenciosamente como pudieron, se
levantaron del suelo. Jadlay y los demás agudizaron el oído.
Desenvainaron las espadas.
Un improvisado trueno retumbó en el bosque, muy cerca
de ellos. Los caballos, presas del pánico, relincharon y
piafaron.
De pronto, cuatro jinetes surgieron de entre las sombras.
Áquila se adelantó y se quedó de pie muy cerca de la
primera y silenciosa figura que a lomos de su caballo se
dirigió lentamente hacia él. Creyó reconocer el caballo, pero
no estaba muy seguro. Morpheus, que iba el último, no hizo
nada, pues sabía que le daría una sorpresa a su hijo.
La figura oscura alzó la cabeza y se descubrió la cara.
⎯¡Majestad! ⎯exclamaron Áquila y Jadlay.
Después de la gran sorpresa, Jadlay se quedó bloqueado,
192
en blanco. Sin embargo, Áquila estaba encantado con la
presencia del rey; nunca lo hubiese imaginado, pero ahí
estaba…, frente a ellos. Desconocía los motivos que le habían
conducido hasta el campamento, y la verdad, no quería
descubrirlos.
Morpheus desmontó.
Después de la sorpresa, Jadlay se apresuró en abrazar a
su padre. Tenía muchas ganas de verle y ahora estaba allí,
frente a él, rodeado de tan regias personalidades.
El resto… Yejiel, Najat, los demás militantes y los
arqueros, no abrieron la boca. Enmudecidos por la presencia
del excelso rey, observaban en silencio plantados en la tierra
como el resto de los árboles. Por un momento, Yejiel y Najat
se preguntaron si estaban dormidos y soñando; dudaban de
si la llegada del rey era real o fruto de un sueño.
Nathan, Ishtar y Halmir desmontaron.
Hubo un murmullo y todos volvieron los ojos al rey, que
en ese momento daba unos pasos hacia Áquila.
Y habló.
⎯Durante largo tiempo mi padre, Ishtar, Morpheus y yo
hemos cabalgado por sendas tortuosas, buscando la paz de la
que muchos hablan, pero pocos saben dónde está ⎯hizo una
pausa y prosiguió⎯. Mi poder representa la sabiduría y no
las armas, pero después de reflexionar durante estos largos
días, soportando un frío extremo, he llegado a la conclusión
de que busco aliados para una guerra que no es la mía.
Nuestro mundo está cambiando de nuevo, y la guerra se nos
presenta inminente.
Y luego de estas palabras Nathan estrechó la mano de su
fiel guerrero. Áquila estaba realmente sorprendido.
⎯Vuestras palabras me infunden esperanza, Majestad.
⎯Temo decirte, amigo mío, que no es esperanza de lo
que hablo, sino de guerra. La sombra de Nabuc se extiende
sobre todos nosotros ―hizo una pausa―. Vosotros sois la
esperanza.
Hubo un silencio. Luego Nathan prosiguió.
193
⎯Debéis ser prudentes ⎯dijo⎯. No os aconsejo que
dejéis Bilsán indefensa, protegedla. En estos momentos, no es
necesario que emprendáis un ataque contra Esdras, limitaros
a seguir las avanzadillas de Nabuc, muy de cerca. Dividiros.
Si presentan batalla, actuad.
⎯Me preocupan las aldeas, Majestad ―dijo Áquila―.
Ellos no tienen recursos.
⎯Lo sé ⎯afirmó Nathan⎯. Mis ejércitos se establecerán
a lo largo de las fronteras para tratar de impedir en la
medida de lo posible incursión, pero me temo que será difícil
repartir tantas divisiones en tan poco tiempo ⎯Nathan
apoyó una mano sobre el hombro de Áquila⎯. Lo
importante es impedir una masacre. Por eso, tú, te encargarás
de la defensa de la zona este y la milicia de Jadlay se dirigirá
al norte. Esdras es competencia suya.
Áquila miró al rey con extrañeza, sus últimas palabras le
dejaron muy confuso.
⎯¿Cómo dice, Majestad?
⎯Es una historia muy larga. Ya te la contaré en otra
ocasión.
En ese momento, se acercó Jadlay con un yelmo en una
mano y un lanza en la otra.
⎯Majestad…
Nathan se volvió.
⎯Necesitamos armaduras y lanzas.
⎯De acuerdo. En Bilsán hay una forja, ¿verdad?
Áquila y Jadlay asintieron.
⎯Haced trabajar al armero ―dijo―. Decidle que
presente el cobro de todos sus honorarios a Morpheus, él se
encargará del asunto económico.
Jadlay miró a su padre, éste le hizo un guiño. Él se
quedaría con ellos, controlando como siempre.
«Está claro que hay asuntos que el rey no quiere dejar en
manos de mortales», pensó.
⎯Es extraño, Majestad ―dijo Jadlay―. Estoy seguro que
el enemigo nos acecha, pero sigue sin mostrarse.
194
⎯No te fíes, Jadlay ―respondió Nathan―. Un grupo de
jóvenes arqueros fueron emboscados casi sin darse cuenta. Te
aconsejo que tengáis cuidado con el río que corre un poco
más abajo del sendero; es un lugar idóneo para atacar por
sorpresa.
Áquila intervino para acrecentar aún más el
presentimiento de su joven pupilo.
⎯Creo adivinar como se presentarán… ⎯dejó
inconclusa su frase con la intención de irritar a Jadlay. Su tira
y afloja siempre daba muy buenos resultados. El muchacho
tendría que vigilar la retaguardia.
⎯¿Ah, sí? ―asaltó Jadlay―. Díme, ¿cómo?
Nathan alzó una mano, para poner orden. Nunca
permitía este tipo de comportamientos.
⎯Vosotros, dos… ―recriminó―. Basta de bromas
Ambos callaron de inmediato.
Nathan habló de nuevo.
⎯Jadlay, trata de impedir que te capturen ―se volvió
hacia su comandante―. Y tú, Áquila, no permitas que la
sangre de los inocentes se esparza por estás tierras ni por
ninguna otra ⎯hizo una pequeña pausa⎯. No me gusta
nada cómo pinta esto. No es muy alentador; solo espero que
acabe pronto.
Una vez dichas estás palabras, dio media vuelta.
Nathan no dejaba de pensar que a él le había tocado la
peor parte: soportar el peso de una nueva guerra. Sangre y
muerte. Una dura carga, difícil de soportar para un cuerpo, y
un tormento para su ya, atormentada mente.
Repentinamente se llevó su mano derecha al pecho, presa de
una intuición extraña; y que luego, recuperando su dominio,
la soltó lentamente.
Halmir sentado sobre una roca, observaba al rey; no
pudo evitar preocuparse cuando su hijo se acercó hasta él
con una expresión tan sombría y meditabunda que le puso la
piel de gallina.
Se levantó.
195
⎯¿Estás bien?
Nathan asintió, no muy convencido; y su padre, menos.
⎯Es tan pesado ser quién soy, tan pesado…
⎯Lo comprendo, hijo.
El rey avanzó entre la maleza. Su padre a su espalda, lo
observaba, inquieto. Nathan meneó la cabeza, reflexionaba,
una intuición oscura, que se coló en su mente sin ser
invitada, como un espía tratando de robarle sus
pensamientos, creció poco a poco en él.
De repente, Nathan se volvió hacia su padre y lo miró
con ojos turbios. Halmir sintió como la mirada penetrante de
su hijo le traspasaba el corazón.
⎯Padre, si me sucediera algo…
Halmir no lo dejó continuar. Alzó la mano y obligó a su
hijo a cerrar la boca.
⎯No te pongas melodramático. No te sucederá nada.
Durante un rato los guerreros hablaron entre ellos, pensando
en la victoria que iban a conquistar. En sus mentes no había
opción para la derrota. El futuro se presentaba de dos
formas: bueno o malo. La cuestión era de qué lado se
ajustaría la balanza. Ahora ya sabían que senda seguir y
tenían muy claro que ganar una guerra donde posiblemente
no habría ganadores, sino vencidos, dependía de ellos, de su
valentía, esperanza y fe.
No todos los jóvenes eran igual de valientes ni todos
tenían la misma fe, pero algo si tenían en común: el deseo de
arrojar a Nabuc al valle de los leones. Demasiado tiempo
aguantando su tiranía y había que ponerle fin. El rey de
Jhodam les facilitó las claves para hacerse con la victoria,
ahora dependía de ellos.
Nathan, como dios estaba por encima de todas las cosas
y sabía que no podía inmiscuirse personalmente en una
guerra de mortales. No podía rebajarse ni humillarse, porque
él era el gran pilar que sustentaba los cimientos de un mundo
196
que había sido gobernado desde muy antiguo por los
Septĭmus. Un mundo que se extinguió hace veinticinco años
y que ahora, toda esa carga recaía sobre él con todo el peso
del pasado.
Su mundo, ya no existía.
Sin embargo, el arraigado sentimiento de compasión
que, desde su niñez, seguía permaneciendo en él, le obligaba
a seguir al frente de un mundo que aparentemente se le iba
de las manos.
Quizá, su tiempo, esté llegando a su fin y pensar en ello
le causaba dolor.
Estos, y otros pensamientos más oscuros formaban parte
de los tormentos de un dios que quería dejar de serlo. Pero
como ya le dijo su padre en su momento, su única salida era
la muerte.
Para Nathan no existía término medio.
«Ser o no ser»
Si finalmente, se decidiera a llevar a cabo sus planes, que
tanto tiempo llevaba debatiendo en su mente, él como
entidad divina, simplemente dejaría de existir en el mundo
de los mortales para ocupar su lugar en el mundo astral
como Quintus Essentia.
No quería pensar que, efectivamente, ese era su destino.
¿O había algo más que él desconocía?
En estos tiempos aciagos, nadie tiene la respuesta.
Ningún mortal, claro. Halmir cree haber hallado el enigma
de su hijo, pero está equivocado. Sólo Nathan está muy cerca
de conseguir la respuesta, tan cerca que el hechicero Festo le
entregará, sin querer, las llaves de su destino; y no es la
muerte, precisamente.
Mientras tanto, el cielo seguía quejándose.
197
Capítulo 2
Leyendas de la Oscuridad
In Obscurĭtas noctem…
Gamaliel, Enós y su grupo de sicarios, partieron de Esdras al
amanecer. Había dejado de llover, pero el cielo seguía
encapotado por nubarrones grises que hacía presagiar otro
día más de intensas lluvias, frío y quizá, nieve. El aire gélido
congelaba las ideas a más de uno.
Enfundados en capas negras como el carbón y mullidas,
de doble capa, guantes y botas de piel con forraje polar, el
grupo abandonó al paso las caballerizas del castillo.
Recorrieron silenciosamente las callejuelas descendientes
de la ciudad, bajo las miradas inquisidoras de los ciudadanos
que, sin importarles las inclemencias del tiempo, compraban
ropas y alimentos en el mercado ambulante.
Gamaliel y Enós habían servido fielmente al rey Nabuc
durante veinte años. Hoy siguen siendo fieles, pero el rey con
el paso del tiempo se ha vuelto más cruel y temen que un
error en esta misión acabe por enterrarlos bajo tierra. Son
conscientes de que el joven que han de capturar es la
principal causa de la irritación del rey, y no es para menos.
Sí, realmente, ese joven es su sobrino, el rey, tiene muchos
motivos para estar preocupado.
Gamaliel que era quien más se preocupaba por su vida,
no dejaba de pensar en el niño que no asesinaron, en la
deidad de Jhodam y en una guerra que no tenía sentido.
Tanta matanza para alimentar el odio de un rey que no
quiere dejar de serlo.
198
«Mi destino era ser monje para servir al dios solar, pero
me alejé de la senda correcta y ahora…», Gamaliel dejó
inconcluso el pensamiento que retomó poco después.
«Soy un asesino, sin escrúpulos. Que mata a sangre fría a
cambio de un buen puñado de monedas de oro»
Gamaliel suspiró.
«Sólo pensar en lo que pude haber sido, si en el pasado
hubiera tomado la senda correcta ―suspiró nuevamente―.
Si no hubiera conocido a Enós…»
Los remordimientos le atizaban el alma. Ahora, que ya
no podía volver atrás, sabía que su destino era arder en el
triángulo del infierno.
Descendieron la colina de Esdras con rapidez. Poco después,
al adentrarse en las orillas de los Bosques Tenebrosos
sintieron un cambio brusco en la temperatura y una espesa
niebla surgió de la nada y los envolvió de pies a cabeza,
apenas veían lo que tenían delante.
Pusieron todo su empeño en cabalgar más rápido, pero
el frío entumeció sus cuerpos y se vieron obligados a reducir
la marcha, no era lo correcto dadas las circunstancias, pero el
helor traspasó sus huesos y sus fuerzas, mermadas, no
dieron para más.
Cabalgaban al trote y en silencio cuando ante ellos
apareció una encrucijada de caminos. Ambas sendas
conducían al camino que les llevaría directamente a Bilsán.
Pero uno de ellos, el más fácil, también era el más largo y
bordeaba los bosques; y el otro, el más rápido, era el más
complicado y descendía un importante desnivel en muy poco
trecho. El descenso brusco era perjudicial para los caballos.
Un sendero tortuoso y enrevesado que ponía a prueba la
habilidad, tanto de jinetes como de caballos.
Se detuvieron.
Sólo tenían dos opciones, ni una más. Para los jinetes, era
más fácil la senda descendente, pero pensando en los
199
animales estaban obligados a elegir los senderos más
transitables, pues los caballos tenían que llevarlos hasta
Bilsán y de nuevo, de regreso a Esdras. No ganaban nada,
reventándolos en la ida para luego, no poder volver.
⎯No sé qué me desanima más, si los Bosques
Tenebrosos o la idea de recorrer a pie el largo camino hasta
Bilsán ⎯dijo Gamaliel.
⎯Pues bien, cabalguemos a través del bosque ⎯dijo
Enós.
Carpo, el informador del grupo, se enderezó en la
montura, incómodo. La perspectiva de cruzar los Bosques
Tenebrosos no era muy alentadora.
⎯Esos bosques son, realmente, un lugar oscuro.
Enós miró a Carpo, mostrándole un semblante serio. Se
giró y se dirigió a todo el grupo.
⎯El bosque no puede desanimarnos ―dijo―. Tenemos
una misión que cumplir y no podemos ir con remilgos.
El grupo emprendió la marcha. Dejaron atrás las orillas y se
adentraron en los siniestros bosques. El suelo embarrado por
las recientes lluvias. Pronto sintieron el aire pesado. El
bosque, muy denso, era mohoso y decrépito. Sus árboles eran
viejos, muy viejos. Poblado de una inquietante tenebrosidad
y de una espesa niebla que casi tocaba el suelo.
Lloviznaba.
Continuaron cabalgando hasta las primeras sombras, y
la noche caía. Se detuvieron y echaron un pie en tierra. El frío
les había entumecido los miembros y necesitaban descansar.
Pero a ninguno de ellos le hacía gracia acampar en un lugar
tan sombrío. La oscuridad al caer sobre el bosque lo
inundaba de extrañas sombras que parecían fantasmas al
acecho.
Acamparon bajo un árbol frondoso, de hojas anchas y
ocres. El viento de la noche murmuraba sin ser molesto. Las
condiciones para encender una hoguera no eran las
200
adecuadas, por lo que desistieron. Resignados a pasar la
noche bajo aquel frío, se acurrucaron unos junto a otros,
cubiertos hasta casi la cabeza con sus capas y algunas
mantas.
El frío era severo.
⎯No creo que pueda dormir esta noche ⎯dijo Gamaliel.
Enós sonrió.
⎯¿Por qué? ¿Acaso tienes miedo?
⎯Miedo, no. Pero este bosque me infunde respeto.
Gamaliel agudizó el oído. Los extraños sonidos de aquel
lugar le erizaban la piel.
«No; miedo, no. Pánico, esa es la palabra», pensó.
De pronto hubo un silencio entre ellos, pues el bosque
invadido por las sombras parecía animado por una presencia
extraña. En aquellas tierras y fuera de ellas, circulaban
leyendas que hablaban de apariciones fantasmagóricas; unos
decían que eran ciertas entidades que habitaban en el bosque;
otros, las voces de los muertos. La cercanía del Templo
Nigromante y del Templo de los Símbolos hacía acrecentar
todo tipo de rumores de tipo siniestro.
Al cabo de un rato, Gamaliel habló otra vez.
⎯¿Qué son esos cuentos que circulan por ahí y que
hablan de este bosque?
⎯No son más que leyendas. He oído muchas historias
en Esdras y en otros lugares ⎯dijo Enós⎯. No pienses más,
no son más que fábulas inventadas para alimentar la
imaginación de la gente.
⎯¿Estás seguro?
⎯Sí.
Gamaliel suspiró.
⎯Venga, duerme. Yo haré guardia ⎯dijo Enós.
Nada más amanecer, partieron de inmediato. El cielo seguía
tan gris y triste como el día anterior. Unos finísimos copos de
nieve aparecieron en el camino.
201
Enós alzó la vista al cielo. Estaba nevando.
Siguieron cabalgando para no perder tanto tiempo, ya se
habían demorado demasiado. Las condiciones climatológicas
les eran adversas y los sicarios eran conscientes de que eso
sería un serio problema. No podían permitirse el lujo de
hacer muchas paradas si querían llegar a Bilsán cuanto antes.
El terreno se hacía cada vez más pedregoso. Habían
llegado a las primeras cavernas del bosque. Pasaron de largo
como perseguidos por el diablo.
Un arroyo que había abandonado el curso mayor del río,
llevaba agua gélida y cristalina que corría junto al sendero y
se internaba en las profundidades del bosque. Una vez allí,
los jinetes redujeron la marcha y lo cruzaron. En el otro lado,
un aspecto diferente del mismo bosque; más iluminado, al
tener mayores espacios descubiertos, pero la esencia
tenebrosa era la misma.
Cabalgaron unos kilómetros más por el despejado
sendero y luego, abandonaron la senda que se dirigía a
Jhodam y pusieron rumbo hacia el sureste. Estaban a dos
días de Bilsán.
202
Capítulo 3
El Menhir
Ille Revelatiōnis
Las sombras de la oscuridad centelleaban bajo la luz de los
largos y gruesos cirios, éstos reposando en lúgubres
candelabros iluminaban tenuemente la cámara.
El ominoso silencio fue roto por un continuo murmullo de
voces. Una cantinela que formaba parte del preludio de un
ritual oscuro.
El Oráculo visionó de nuevo…
El hechicero Festo, al descubrir una extraña esencia
perturbando la oscuridad sintió como el terror encendía su
mente, como una llamarada, pero consiguió dominarlo.
Se arrodilló en el suelo, frente al Oráculo, con el corazón
latiéndole aceleradamente. Algo se retorcía en sus entrañas.
Un hormigueo le recorrió el cuerpo y le pareció oler a muerte
en aquella sofocante oscuridad de la cámara. Un conjunto de
extrañas sensaciones que expresaron temor y a la vez, sobria
severidad.
⎯¡Oh, no! ⎯murmuró Festo.
El Oráculo se estremeció. Sus destellos azules se
tornaban más oscuros, casi negros.
«No puede ser…», pensó.
Inquieto, se paseó por la estancia, mordiéndose las uñas.
Tomó su vara y golpeó con ella varias veces al suelo, a modo
de llamada.
Volvió a mirar los destellos del Oráculo. La visión era
clara.
203
«Unicornis Aurum… Ocŭlus et salīva Basiliscus»
⎯Pero, ¿cómo es posible…? ⎯preguntó en voz alta.
Las paredes de piedra de la cámara habían oscurecido de
repente. Una sombra negra azabache las cubrió desde el
suelo al techo. El Oráculo dejó de emitir su luz para sumirse
en la negrura. Festo agarraba con una mano la vara y la otra
se la llevó a su pecho, tratando de calmar los fuertes latidos
de su corazón.
Cayó en la cuenta de que necesitaba otra lectura. Debía
corroborar las visiones del Oráculo con sus piedras.
El cuervo que parecía dormido, chilló de repente y alateó
sus alas. Festo lo miró con ojos inexpresivos.
⎯Nabuc no debe jamás enterarse de esto ⎯masculló.
El cuervo volvió a aletear las alas como afirmando las
palabras del hechicero.
Dejó la vara ceremonial sobre el altar y cruzó la estancia.
Traspasó una puerta. En aquel cuarto sin luz, Festo guardaba
sus piedras sagradas. Tanteó con sus manos, la pared de
piedra y de una ranura extrajo una pequeña cajita de ébano
que ocultaba en la propia piedra y salió del cuarto. Su capa
dio un bandazo contra el marco de la puerta y levantó el
polvo del suelo.
Se arrodilló en el mugriento suelo y se hizo la capa a un
lado. Sacó las piedras de la caja y las removió en sus manos.
Después del gesto, las arrojó al suelo.
⎯¡In nomine dei nostri obscurĭtas…!
Las piedras rodaron por el círculo, diseñado para su uso
y lectura, hasta que se detuvieron. Sus ojos abiertos de par en
par miraron al vacío.
⎯No puede ser… Los Seres ⎯dijo.
En esos momentos, Festo, sintió unas terribles punzadas
en la cabeza, parecía que le iba a estallar. Se agarró la cabeza
con ambas manos y se estiró los cabellos, frenético. El cuervo
lo observaba en silencio.
Durante horas, el hechicero, caminó perdido y errante en
su propia oscuridad. Buscó la relación entre Nathan y los
204
Seres Mágicos y no encontró nada. Necesitaba más
información; datos más ocultos y que él no podía hallar. Lo
único que sabía cierto era que tenía el veneno en su poder,
pero le aterraba la idea de que los Seres trastocaran sus
planes.
En Nuevo Mundo existen dos mundos totalmente diferentes;
el mágico e invisible, regido por seres invisibles que
representan a la Quintus Essentia y que pertenecen a un
mundo extinguido; y el físico, dónde mortales e inmortales
conviven con más o menos acierto.
A Festo no le gustaba la idea, pero no le quedaba más
remedio que acudir al Menhir, una extraña criatura ambigua,
asexual, del mundo de las sombras que se entregaba a un
extraño ritual cada vez que alguien con alma oscura le hacía
una petición. Esta criatura de apariencia humana y frágil, de
largos cabellos blancos y ojos albinos, tan blancos que
cegaban al mirarlos, era un ser alado que fue expulsado de su
familia divina por ser simpatizante de las fuerzas oscuras; y
que, desde la expulsión, permenece, in perpétuum,
encaramada, casi hechizada, a un megalito, con forma de falo
y que hincado en la piedra verticalmente, le permite alcanzar
el éxtasis divino. A través de esos instantes de extraordinario
placer autoinducido consigue la visión deseada. Pero hay
una inquebrantable condición: sólo puede trasmitir la
información a la mente del peticionario si éste ha
permanecido durante el ritual invulnerable al deseo. El
Menhir tenía fama de ser poseedor de todas las verdades,
pero el precio a pagar si se caía en la tentación, era muy alto
y esto hacía retroceder al más osado. Contemplar el
excéntrico ritual y sentir la tenaza del deseo era asegurarse
un pasaje al infierno de la petrificación.
El Menhir podía ser encontrado casi oculto en una
caverna, más allá del camino que rodeaba el Manantial de
Aquís, llamado así en recuerdo al alto hechicero de mismo
205
nombre y que fue convertido en piedra al no superar el
éxtasis de la criatura alada. Una leyenda que era tan real
como el propio Menhir.
En plena noche, Festo, encapuchado y sin caballo,
abandonó su cámara para adentrarse en el bosquecillo.
Deseaba pasar totalmente desapercibido. Caminaba a un
costado del sendero, escurriéndose en la espesura.
Los sonidos nocturnos no le asustaban, pero el intenso
frío le azotaba sin piedad. Siguió el pequeño riachuelo; sus
orillas estaban salpicadas de grandes manojos de musgo.
Mientras caminaba, Festo pensaba en los secretos que
guardaba el Menhir y que podían desnudar a la mítica
deidad que tanto odiaba. Un odio sin límites, que Nabuc se
había encargado de alimentar hasta hacerlo desarrollar en su
propia mente. Realmente, el odio que sentía el hechicero
estaba injustificado, porque Nathan era una divinidad
excelsa y pura que casi siempre mantenía las distancias con
los seres humanos.
Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. La
sombría figura de Aquís estaba frente a él, piedra sobre
piedra; tal cual, con la mirada desorbitada y una mueca en
los labios que expresaban fielmente la crueldad de la
petrificación.
No pudo evitarlo, sintió pánico.
Con los oídos y los ojos en constante alerta, se detuvo.
Estaba frente a la entrada de la tenebrosa cueva. Dos
pequeños obeliscos flanquean el umbral. Los traspasó. En el
interior apenas había luz y el gorgoteo del agua le indicó que
parte de la cueva estaba inundada, pero no era así. A su
derecha corría agua por un conducto y el sendero por el que
caminaba era muy estrecho. El suelo resbalaba y tuvo que
apoyar su mano en la pared para no caerse.
Avanzó por el corredor torpemente, dando tumbos. Sus
pies tropezaban una y otra vez con salientes del propio suelo.
Sobre su cabeza, estalactitas con sus afilados picos de roca
recubiertos por una capa de hielo descendían amenazantes.
206
Hacía mucho frío.
Entró en una pequeña antecámara. La oscuridad se
iluminó de rojo y el ambiente se hizo sofocante a pesar del
frío. Hizo una pausa para escuchar algo, pero no oyó nada a
su alrededor. Bajo la extraña luz roja, le pareció estar en el
infierno del Triángulo de Fuego, allí dónde Nathan envía a
los condenados a muerte.
Se quedó sin aliento.
Sintió como una llovizna helada se le pegaba en la cara.
Miró al techo, eran las siniestras estalactitas que se derretían
bajo la caldeada iluminación. Cruzó la antecámara y traspasó
un arco construido en la propia roca.
Una portentosa luz le cegó por unos instantes. Se llevó
las manos a los ojos. Cuando el destelló se difuminó, alzó la
vista y entonces…
Lo vio. Una luz dorada centelleaba a su alrededor.
El Menhir estaba en lo alto del megalito. La criatura al
sentir una presencia humana, rugió como un animal salvaje y
se deslizó hasta encaramarse, prácticamente abrazada a la
piedra. Sus largas piernas, cruzadas. Arqueó su cuerpo y
emitió un desgarrador gemido. Estaba preparándose para
entrar en trance.
Un alma oscura había acudido hasta su morada para
hacerle una consulta. La criatura ya no recordaba cuando fue
la última vez que tuvo que realizar el ritual de placer para el
que estaba predestinada como castigo divino.
Festo contempló a aquella criatura no humana y se
quedó maravillado por su aspecto. Su silueta era perfecta; de
piel muy blanca y unos ojos… El hechicero no pudo soportar
la intensidad de su mirada. Era el ser más hermoso que había
visto jamás; estaba desnudo y no pudo apreciar si se parecía
más a un hombre o a una mujer, pues era ambas cosas.
La cabeza del Menhir se ladeó, mirándole. Escudriñó al
hechicero y comenzó a hipnotizarlo como parte del ritual.
Festo notó como el poder de aquella criatura lo
dominaba. De repente oyó una voz suave en su mente.
207
«¿Quid desidĭum sapĕre?», le preguntó.
Festo se quedó paralizado por unos instantes. El sonido
de la voz y su idioma, lo estremecieron hasta la médula.
Temía no superar el ritual. Luego, respiró profundamente y
recuperó su aplomo.
⎯Es Nathan, ¿la Quintus Essentia? —preguntó—. ¿Qué
relación tiene él con el Sanctasanctórum? Mi Oráculo ha
visionado un unicornio dorado y un Basilisco ¿Tienen estos
seres el antídoto de mi veneno?
La criatura se lo quedó mirando unos instantes. La
información que buscaba el hechicero formaba parte del
códice de la deidad. Era un enigma sellado; oculto dentro de
otro enigma.
«Esa información pertenece al Panthĕon Sacrātus. ¿Aceptas el
riesgo que conlleva saber una verdad oculta a los mortales?»,
respondió en la misma lengua del hechicero.
Festo asintió. Le daba lo mismo el riesgo, lo asumía sin
problemas. El éxito de su plan dependía de esa información.
El Menhir no dijo nada más.
Gimió con intensidad y su cuerpo se estremeció en el
megalito. Estaba frotándose y fundiéndose en la superficie de
la piedra. Jadeando de placer.
Festo observaba la escena con los ojos abiertos como
platos. Luchaba para no caer en la tentación, pero a cada
segundo que pasaba más difícil se le hacía apartar de su
mente la oleada de oscuro deseo que parecía aflorar
independientemente de sus pensamientos.
El cuerpo del Menhir seguía estremeciéndose,
retorciéndose ante sus ojos.
«Observāre. No dejes de mirarme y pronto obtendrás la
respuesta que buscas», le dijo la criatura.
Las palabras del Menhir retumbaron en la mente de
Festo, justo en el momento en que éste se estaba hundiendo
en un torbellino de pensamientos, tratando de apartar los
deseos de la carne para no caer en las redes de la criatura de
placer. Aquello era una cruel tortura.
208
Aguantaría. Se iba a volver loco con tanto deleite al
alcance de su mano, pero aguantaría. La información valía
todo el sufrimiento del mundo y más aún. Luchaba como un
jabato para que en su entrepierna siguiera el vacío y no se
contorneara su miembro sexual. Los incesantes jadeos del
Menhir le provocaban escalofríos. Se quedó inmóvil, sin
pestañear. De repente, una presencia extraña parecía
escudriñar su conciencia y una ola de deseo creció en su
interior. La rechazó de inmediato y eso sofocó el ímpetu del
momento. Descubrió que esa presencia extraña era una ninfa
creada por el Menhir para hacerle caer en la tentación.
Cerró los ojos.
El Menhir lanzó un grito, y todo su cuerpo se sacudió
envuelto en un éxtasis que emitía destellos de luz irisada.
Un instante de revelación. Una conexión con las energías
mágicas que fluyen en el aire y el enigma quedó resuelto en
la mente de Festo.
La voz del Menhir tronó en su mente con severidad.
«Nathan no debe acudir al Panthĕon jamás. El sagrado templo
es un potente antídoto. Si no lo remedias, los Seres inundarán la
vida de la deidad de magia pura y la saliva del Basilisco que tiene
capacidad para purificar su sangre, puede matarlo o salvarlo; de ti
depende. Si quieres convertirlo en un espectro o deseas su muerte
debes asegurarte de que no ponga un pie en el Sanctasanctórum. Si
él estuviera en peligro, la dryadis transformada en un unicornio
dorado y guiada por la Quintus Essentia, tiene como misión
llevarlo al sagrado recinto.
En cuanto a tu pregunta principal: Sí; la esencia pura rige el
destino de Nathan, pero no reside en él. La deidad sólo es vulnerable
a la Quintus Essentia, si destruyes el éter espiritual puro,
destruirás a Nathan.»
Se hizo un silencio sepulcral.
Luego, la criatura habló de nuevo.
«Las visiones de tu Oráculo son un posible destino. Tú eres
quién debe hacer lo posible para que se cumpla. Pero no lo olvides,
asegúrate de que no pone un pie en el templo sagrado antes de que
209
las dos lunas se tiñan de rojo. Una vez sangren, nada ni nadie
podrá impedir el destino que quieres para él.»
Después de estas palabras, el Menhir se abatió sobre el
megalito y todo su cuerpo se relajó. Alzó su siniestra mirada
y sonrió al hechicero, éste había superado el ritual.
«Vade retro», le dijo.
Festo satisfecho por hallar respuesta a sus enigmas,
volvió la espalda a la hermosa criatura y en silencio se alejó
de puntillas.
Esa noche, con permiso del Maestro, el hechicero se sintió el
hombre más poderoso de Nuevo Mundo. Tenía en su poder
una información que no tenía precio, porque nadie podría
pagarlo. Ahora que era consciente de que el destino de la
deidad pasaba por sus manos, no podía cometer ningún
error; no podía fallarse así mismo ni al Maestro, ni a Nabuc.
⎯Por fin, tu destino está en mis manos.
Y empezó a gritar, loco de alegría.
El bosque se llenó de ecos; y en la lejanía, Festo, oyó el
aullido lúgubre de los lobos que en la distancia se unían a él
como hermanados por la misma oscuridad
210
211
Capítulo 4
Oboedescêre est Vivere
Tempus Confessîo
Cum repeto noctem…
Aby estaba asomada en la terraza de la torre contemplando
el hermoso día. Atrás quedaron las nubes y sus señales
inequívocas de malos presagios.
La brisa que besaba su rostro era gélida, pero
bienvenida.
Pese a los tormentos que soportaba todas las noches… A
pesar de la repulsión que sentía por Nabuc, su cuerpo
respondía y obedecía como programado para sobrevivir en
aquella jungla de locos en que se había convertido el castillo.
Las intrigas y los chismorreos estaban a la orden del día y
ella no quería verse involucrada en nada que pusiera en
peligro tanto la vida de su padre, como la suya.
Su aposento era su refugio y apenas lo abandonaba. Era
una estancia cálida y amplia, poco decorada. El lecho, vestido
con mullidas colchas y sábanas de seda muy fina, se ocultaba
bajo el dosel; la tela, a modo de tapiz, que lo envolvía era
transparente y caía lacia, suave. En el fondo, una chimenea
construida en la propia pared y bellamente ornamentada,
ardía constantemente en llamas altas que crepitaban al
quemar los grandes troncos de madera; justo al lado, el
atizador y el cesto de la leña.
Aby se pasaba las horas leyendo, sentada en su sillón
favorito frente al calor de la hoguera, fantaseando con una
vida mejor. De vez en cuando, su sirvienta la acompañaba en
212
su soledad.
Cuando llegaba la tarde, apagaba las lámparas, descorría
las tupidas cortinas de terciopelo, y en la quietud de su
aposento en penumbra, le resultaba agradable cerrar los ojos
y dormirse sin tensiones.
Esa noche, como todas las noches…
El rey Nabuc entró en los aposentos de Aby. Después de
convertirse en su mujer, sometida a los rituales por él creados
para desposarla, ella parecía haber claudicado y eso le
llenaba de orgullo.
Su reina estaba de espaldas a él, observando a través de
los cristales romboidales, las pinceladas escarlata que poco a
poco cubrían el cielo de Esdras, anunciando el inicio del
crepúsculo.
Nabuc se acercó, sigiloso.
Con extraña delicadeza, le rodeó los frágiles hombros
con un brazo y la acercó hacia sí. Respiraba agitadamente y
acariciaba con los dedos la sonrosada y suave piel de Aby.
Ella al sentir el aliento de él, tras ella y el contacto de su
piel contra la suya, sus rodillas flaquearon e instintivamente
separó las piernas. Sentía un ardor incomprensible, parecía
hechizada. Pudo percibir el aroma del vino especiado que la
embriagaba sin remedio. Nabuc bajó sus manos y le rodeó
por la cintura, al mismo tiempo que le besaba el cuello.
Aby gimió. Si no fuera porque él era tan perverso,
posiblemente acabaría enamorándose de él.
⎯Eres muy hermosa ⎯comentó.
Ella no se animaba a volverse y mirarle a los ojos.
Permanecía de pie, temblorosa. Nabuc desabrochó los cierres
de la capa que cubría su túnica, apartándola y dejándola caer
en el suelo. Aby, jadeaba, y su pecho subía y bajaba al mismo
ritmo que su respiración. Cerró los ojos y trató de no pensar.
No consiguió liberarse de la repulsión que le provocaba
el contacto físico del rey, que en aquel momento le acariciaba
213
los senos. Pero estaba interpretando un papel y no podía
fallar. Él no debía sospechar nada.
Nabuc, apartó ligeramente la tela que cubría los pechos y
jugueteó con sus pezones, los pellizcó.
⎯Te quiero demasiado, Aby ⎯murmuró con la voz
ronca.
Las manos del rey le recorrieron la espalda, le aflojaron
el cierre de la túnica y la dejó caer al suelo. Observó ávido el
cuerpo desnudo de la mujer que amaba y suspiró. Sus ágiles
dedos se hundieron en sus firmes nalgas mientras la boca le
recorría el cuello. Aby alzó la cabeza y miró al techo como si
suplicase y comprendió que había ganado: tenía al rey
sumido a sus pies.
Suavemente las manos de él se deslizaron entre sus
piernas, presionando y tocando su zona íntima, húmeda por
un deseo impuesto. Aby abrió aún más las piernas,
permitiendo que Nabuc hurgara a su antojo. Notó como él
introducía un dedo dentro de ella, amando su intimidad.
Luego, la depositó sobre el lecho y después de un preludio
apasionado, la penetró. Aby, dejándose llevar por la corriente
del deseo, se estremeció de placer.
Satisfecho el deseo de él y ambos, abrazados en el lecho;
Nabuc la miraba como hipnotizado.
⎯Eres una buena chica, muy dispuesta ⎯dijo⎯. Deseo
hacerte un regalo, Aby. ¿Qué te gustaría recibir?
Ella contuvo el aliento y lo miró, relajada. Por su mente
se le cruzó la idea que llevaba días maquinando y se dio
cuenta de que ese era el momento idóneo para solicitar lo
que más ansiaba. Se apoyó sobre un codo y con serenidad le
dijo:
⎯Si te he satisfecho, majestad, si me amas y realmente
quieres hacerme un regalo, te pido que me confieses la
verdad sobre mi padre. Eso es lo único que quiero.
Aby ya sabía dónde estaba su padre, pero necesitaba
oírle confesar. Luego, estaba dispuesta a pedirle su libertad.
Nabuc quedó como petrificado.
214
⎯Es mi padre y le quiero ⎯replicó ella, emocionada al
recordar a la persona que, junto a su madre, le dio la vida⎯.
Si no piensas concederme ese deseo, será mejor que te vayas.
Finalmente, Nabuc lanzó un suspiro. Se incorporó
sentado y por un momento, miró al vacío.
Y contra todo pronóstico…
⎯Muy bien ⎯se apartó las sábanas y puso los pies en el
suelo⎯. No lo tenía planeado —dijo—. Pero cuándo él
regresó del monasterio, pensé que se entrometería en nuestra
relación y que te separaría de mí.
Aby sacudió la cabeza, desconcertada; escuchó a Nabuc
muy inquieta, mientras sus manos jugueteaban
nerviosamente con las sábanas. Luego, haciendo acopio de
todo su aplomo, alzó la mirada y contempló con atención su
rostro rebelde.
De pronto y siguiéndole la corriente, estalló.
⎯¿Has matado a mi padre?
⎯No; no está muerto. Bueno… eso creo ⎯titubeó él.
Nabuc no podía creérselo, estaba perdiendo los papeles.
En esos momentos sintió un gran alivió porque nadie,
excepto Aby, estaba observándole. Aquella era una terrible
humillación que difícilmente permitiría a otra persona,
impidiendo así que lo cuestionaran o pusieran en duda su
autoridad.
⎯Está encerrado en una mazmorra ⎯dijo, finalmente.
Nabuc se debatió de pronto en una lucha mental por
salir airoso de aquella engorrosa situación; incapaz de
sostener la mirada de su esposa, se puso las calzas, las botas
y se colocó la túnica, nervioso; luego, se levantó.
Aby no dijo nada, simplemente lo miraba.
Él antes de abandonar el aposento, le dijo:
⎯Ordenaré a Lamec que lo ponga en libertad.
En el umbral, Nabuc se detuvo y se volvió hacia ella y
volviendo a recuperar todo su aplomo, le dijo con sangre fría:
⎯Una vez esté en libertad, lo quiero en su casa o en el
templo. En mi castillo, ni verlo; espero que te haya quedado
215
bien claro.
Aby tomó la palabra.
⎯Majestad…
Nabuc alzó una mano, interrumpiéndola.
⎯Ahora, no. Has hecho que me retracte y eso es algo
que no suelo hacerlo con nadie; quizá, en otro momento.
Nabuc abrió bruscamente la puerta y al salir, dio un
portazo que hizo retumbar los cristales de los ventanales.
«Gracias», dijo ella mentalmente.
Aby desechó una carcajada que amenazaba con salir
desde lo más profundo de su alma. Se sentía tan afianzada
como mujer que se creyó por fin inmune. Contenta, porque
ya no haría falta arriesgar su vida tratando de encontrar una
llave que estaba en poder del rey. Ahora sólo tendría que
esperar y pronto, vería a su padre.
Al día siguiente, Nabuc se citó con Lamec en la biblioteca,
pues no deseaba que nadie se enterara de lo que tenía
previsto hacer.
El joven que desconocía los motivos de la reunión se vio
sacudido por una repentina oleada de temor, provocada por
la visión mental que tuvo del rey, privándole de la libertad o
algo peor, como la tortura. Por un momento pensó en
desaparecer, pero luego recapacitó; estaba obligado a
obedecer si quería vivir.
Tampoco le gustaba el lugar elegido por Nabuc para
citarse con él. Su comportamiento era muy extraño y
realmente, llegó a intrigarle. Sin embargo, dejó de comerse el
cerebro. En esos momentos, pensar le costaba un gran
esfuerzo y cuando pensaba que la situación se le estaba
escapando de las manos, pronto dejó de importarle.
Nabuc entró en la biblioteca como un ciclón.
Lamec se volvió hacia el umbral, sobresaltado, y le
sonrió brevemente, poniendo mucho empeño para que no se
notara su nerviosismo.
216
A Nabuc le resultaba muy difícil pronunciar las palabras
que retractarían una orden suya y antes de hacerlo se
atragantó. El joven se dio cuenta de inmediato qué quién
estaba nervioso era el rey. Aquella situación le cogió tan
desprevenido que no supo ni que hacer ni que decir,
simplemente esperó a que Nabuc hablase y éste, lo hizo.
El rey carraspeó.
⎯Es muy insólito lo que voy a ordenarte ⎯hizo una
pausa, por un momento pensó en dejarlo y no seguir
hablando. Pero luego, hizo un gesto desdeñoso con las
manos, como queriendo decir… “¡qué más da!“. Y lo soltó⎯,
pero es mi voluntad que pongas en libertad al levita.
Lamec abrió los ojos, incrédulo. Por más que le daba
vueltas no podía dar crédito a las palabras de Nabuc, y sin
pensarlo lo interrumpió.
⎯¿Cómo dice, majestad?
Los ojos del rey echaron chispas.
⎯Creo que he sido demasiado claro, Lamec —dijo—. No
pienso repetirlo.
«¡Hum…!», pensó Nabuc con aire distraído. «Lo hecho,
hecho»
Desde ese instante, el rey se prometió así mismo que
nunca volvería a retractarse. Esa era la primera vez y la
última. Caminó con pasos rápidos hacia el umbral de la
biblioteca, pues ya no tenía nada más que decir. De pronto,
se volvió. Lamec estaba observándole más tieso que un palo,
aún sin comprender los motivos que habían obligado a
Nabuc a dar la vuelta a la tortilla.
⎯¡Ah…! ⎯exclamó antes de irse⎯. Ni una palabra de
esto a nadie.
⎯Mi boca está sellada, majestad. Pero la reina…
Nabuc se giró y dio unos pasos hacia él.
⎯Ella ya lo sabe.
«¡Caray! Seguro que todo esto es idea de Aby, ¡menuda
mujer!», pensó Lamec.
Nabuc observó de refilón las ropas del joven y luego, lo
217
miró con desdén.
⎯¡Bah! ⎯exclamó⎯. ¿En dónde te has metido?
Apestas…
Se echó a reír y se marchó.
Lamec se sintió tan avergonzado por las palabras del rey
que bajó la cabeza y se husmeó la túnica. Anoche estuvo en
la mazmorra con el pobre levita, sentado en el mugriento
suelo y compartiendo con él y los ratones algo de comida.
⎯¡Arrea! ¡Qué olfato tiene el rey, yo no huelo nada!
Luego se quedó en silencio de repente, mirando a la
puerta, malhumorado por el inoportuno comentario. Poco
después, se marchó.
Mientras tanto en los Bosques Tenebrosos, los sicarios
enviados por Nabuc para capturar a Jadlay estaban cada vez
más cerca de Bilsán. Habían cabalgado sin descanso por
aquellas inhóspitas tierras, bordeando las Cavernas de Hielo
y los alrededores del Bosque de los Muertos, éste último
lugar estaba frecuentado por hechiceros nigromantes que no
se metían con nadie si se les ignoraba. Los sicarios,
conscientes del poder de la magia oscura, ni se lo pensaron.
Mejor bordear, que cruzar y encontrarse con alguno de ellos.
Al dejar atrás los bosques y adentrarse en las llanuras,
pronto se vieron galopando a través de los extensos campos
que rodeaban la Ciudad Perdida. Los labradores, cuando
divisaron a los fugaces jinetes, corrieron a esconderse en las
espesuras; pero los sicarios no se detuvieron, atravesaron
rápidamente las aldeas sin hablar con nadie.
Si a Gamaliel le asustaban las leyendas oscuras, las que
hablaban de la magia del Sanctasanctórum le provocaban un
terror atroz. Su rostro blanco como la leche era la causa de las
risotadas de su compañero Enós, que se divertía como un
enano cada vez que se acercaban a un lugar famoso por sus
fábulas. El templo al ser un lugar secreto y hermético
despertaba, aún más, la imaginación de la gente. Y por
218
supuesto, la suya.
Enós era un escéptico empedernido.
Al atardecer, los sicarios se detuvieron; comieron
presurosos y luego, emprendieron de nuevo la marcha.
Querían aprovechar la oscuridad de la noche para adentrarse
en los bosques de Bilsán y dar con el momento adecuado
para capturar al joven Jadlay. Tenían información de primera
mano; un proscrito que se encontraron en el camino les dijo
lo que ellos querían saber: que había un destacamento militar
acampado en el bosque sur, en las afueras de Bilsán.
Todo era cuestión de tiempo, Jadlay caería en la
emboscada que le tenían preparada, de un modo u otro. Enós
no tenía ninguna duda; esta vez, no se le escaparía.
Lamec no estaba de humor.
Las palabras de Nabuc le habían afectado tanto que
decidió asearse antes de liberar al levita.
Se bañó y se vistió con ropa limpia. Lo último que
deseaba era que alguien le hiciera un comentario tan directo
como el del rey, pero qué podía hacer… Era la verdad.
Olvidando todo lo ocurrido, Lamec abandonó su
aposento y se fue directo al laberinto del sótano. En el
corredor, tomó una antorcha y se adentró en las sombras de
aquellos putrefactos corredores. Las paredes y el suelo, llenos
de fisuras por los cuales se colaba agua y que vaporizada se
mezclaba con el aire, se habían convertido en un humedal.
Avanzó entre las siniestras sombras.
Cuando llegó, abrió la puerta negra y entró en la celda.
⎯¡Joab! ⎯le llamó.
Lamec se extrañó, al no obtener respuesta.
Colgó la antorcha en la pared y miró a su alrededor.
En la celda, la atmósfera era sofocante y hedionda. Joab
se encontraba acurrucado en una esquina arrebujado en su
sucia capa y rodeado de ratones que, buscando comida,
husmeaban a su alrededor. El fuerte hedor a podredumbre le
219
provocó náuseas y arcadas que difícilmente pudo combatir.
Pero Lamec haciendo acopio de un gran aplomo permaneció
impertérrito, mirándolo por unos instantes, Joab parecía
dormido o quizá, inconsciente, en ese momento no supo
precisarlo con exactitud, su rostro expresaba impasibilidad.
Lamec dio unos pasos y se agachó junto al levita, apoyó
su mano en el hombro del desdichado hombre. El hedor era
insoportable y se cubrió la nariz con las manos.
«¿Qué le había ocurrido al levita? Anoche había estado
con él haciéndole compañía y no recordaba que la celda
estuviera sumida en tanta miseria. ¿Acaso no se había dado
cuenta?… Sí, eso debe ser. A veces uno ve sólo lo que quiere
ver», pensó.
En ese momento, Joab, emitió un leve quejido. Se había
hecho sus necesidades encima y ese era, en parte, el origen
del hedor de la celda.
⎯Joab, hemos de irnos —dijo—. ¿Puedes levantarte?
El levita entreabrió los ojos. Creyó no haber oído bien…
⎯¿Pue… Puedes repetirlo? ⎯preguntó con la voz rota,
casi sin aliento. Su mirada era suplicante.
⎯Eres libre, Joab. El rey ha ordenado tu liberación.
El levita, al escuchar las palabras de Lamec, se vio
invadido por una sensación de alivio. Pero estaba tan
preocupado por su hija que no expresó ninguna emoción,
pues la procesión la llevaba por dentro. Se puso en pie con
lentitud y ayudado por Lamec, abandonaron la mugre
pocilga.
Joab con la vista al frente, soltó unas lágrimas. Sus ojos,
habituados a la oscuridad, se cegaron unos instantes al
traspasar el pasillo del sótano y entrar en el corredor
iluminado del castillo.
El padre de Aby sabía que Nabuc tenía planeado
mantenerle encerrado en la celda para el resto de su vida,
abandonado a su suerte, donde habría vivido prisionero
hasta que en su cuerpo no quedasen más que huesos; y
seguramente, después de su muerte, no acudiría nadie a
220
recoger sus restos.
No comprendía…
⎯El rey ha sido siempre firme en sus decisiones, ¿qué le
ha hecho cambiar? ⎯preguntó Joab en voz baja.
⎯No tengo ni idea ⎯respondió Lamec, mirando a su
vez a Joab⎯. Quizá su hija haya intercedido a su favor.
⎯¿Mi hija? —dijo, algo sorprendido—. Nabuc no da
nada sin recibir algo a cambio.
Lamec guardó silencio. Oyó a Joab, suspirar; éste
totalmente desconcertado a causa de la sorpresa y, como no,
del temor, no se fiaba del rey. Lo conocía demasiado bien,
como para confiar en él. Si había algo que no podía consentir,
era que su hija hubiese hecho un trato con el rey para
conseguir su libertad; si fuera así, Joab prefería la muerte a
que su hija se sacrificase por él; ya era viejo y ella, aún tenía
toda la vida por delante.
Mientras tanto, Aby estaba en su aposento, esperando
ansiosa el reencuentro con su amado padre. Con las cortinas
corridas y la chimenea encendida, caminaba de un rincón a
otro. De repente oyó pasos y luego, golpearon a la puerta.
El corazón se le desbocó. Corrió. Tragó saliva y abrió la
puerta.
Lamec y su padre estaban en el umbral. No hubo
palabras, la emoción era muy intensa. A Aby se le llenaron
los ojos de lágrimas.
Se miraron.
Ella se acercó a su padre, pálida, espantada por su
aspecto sucio y harapiento. Contempló fugazmente sus ropas
andrajosas y roídas por… ¡ratones!
Si en ese momento, Aby, hubiera tenido delante a Nabuc
le habría soltado toda clase de improperios.
«Esto no te lo perdonaré», dijo ella mentalmente.
Pero, acto seguido, la emoción que la embargaba le hizo
olvidar todo pensamiento negativo y ambos, padre e hija, se
221
fundieron en un cariñoso abrazo. Él con lágrimas en los ojos;
ella, ignorando el hedor y suciedad que acompañaba a su
padre, feliz.
Después del fatídico día en el que fue desposaba a la
fuerza, Aby no había tenido ni un instante de felicidad.
Lamec que estaba tras ellos, en el umbral, se marchó en
silencio.
⎯Aby, hija mía…
La joven se apartó un poco y besó a su padre en la frente,
luego, lo agarró de un brazo y se lo llevó hasta el cuarto de
aseo, dispuesta a bañarlo.
⎯No digas nada, padre ⎯dijo⎯. Sólo te pido que
confíes en mí, tengo un plan.
Joab había escuchado a su hija, pero no dijo nada.
Aby le preparó el baño con agua muy caliente, sal de
rosas y abundante espuma perfumada. Joab guardó silencio
mientras ella le ayudaba a quitarse las sucias ropas; luego, le
ayudó a ascender los escalones de la bañera. La debilidad de
su padre era evidente. Aby aprovechó el momento para
informarle de las exigencias del rey, por su liberación.
⎯Nabuc no quiere verte en el castillo —dijo—. Deberás
marcharte a casa.
⎯Lo suponía. ¿Tengo vetada la entrada en el templo?
⎯No ⎯le respondió con voz firme⎯. Eres libre de
acudir cuando quieras, incluso de practicar tus oficios; él no
se opondrá ⎯hizo una pausa⎯. No te preocupes, padre, yo
iré a visitarte a diario. Cuando llegue el momento
abandonaré al rey. Tú, Lamec y yo huiremos a Jhodam, allí
estaremos seguros.
Joab se volvió bruscamente.
⎯Hija, ese plan es muy arriesgado, dudo que Nabuc nos
permita huir, antes nos matará.
⎯Es un riesgo que asumo, padre.
En ese momento, ella observó su rostro cansado y
advirtió su extrema palidez, adquirida por tantos días de
encierro sin ver la luz del día.
222
—¿Cenarás conmigo está noche? —preguntó.
La petición de su hija era cuanto menos extraña. Joab la
miró, sin comprender.
⎯¿Y Nabuc? —preguntó—. Si él me encuentra aquí…
Ella no le permitió seguir hablando. Alzó una mano para
que su padre guardara silencio.
⎯Él no vendrá está noche, sabe que tú estás aquí.
⎯Sí, claro ⎯dijo Joab, mientras salía de la bañera⎯.
Llevo tanto tiempo sin tomar alimento decente que cualquier
cosa me sentará bien.
El levita se colocó una bata y se calzó unas sandalias de
su hija, le iban un poco pequeñas, pero no le importó.
⎯Mandaré quemar toda esta ropa maloliente, incluidas
las botas ⎯Aby se agachó y cogió las andrajosas prendas,
luego se volvió hacia su padre⎯. Ahora quiero que
descanses un rato.
Arrojó las ropas a la chimenea. Luego, a la espera de la
cena, se puso a leer un rato.
Joab no se atrevió a replicar a su hija. Realmente
necesitaba dormir en una cama limpia, un placer del que se
había visto privado a la fuerza. Con parsimonia se recostó en
el lecho y, bajo la suave y silenciosa luz de las velas, miró a
su hija; ésta se había sentado en un cómodo sillón, junto a la
chimenea, con un libro en las manos. Al poco rato, vencido
por el cansancio, Joab cerró los ojos y oró una plegaria a Ra.
Y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
223
Capítulo 5
Quo Vadis?
Los sicarios no cruzaron Bilsán, sino que bordearon la ciudad
para no levantar sospechas y aprovechando la oscuridad de
la noche, se adentraron en las espesuras del bosque y se
dejaron confundir entre las sombras.
Eran siete hombres bien armados y con una misión
concreta: capturar a Jadlay. Pero no era intención de Enós
apresarlo en la noche. Pensó que lo ideal sería actuar al
surgir las primeras luces del alba cuando menos
posibilidades había de qué sus planes se vieran frustrados
por la precipitación, y aprovechando que la mayor parte del
regimiento aún seguiría durmiendo.
Desmontaron.
Mientras los caballos pastaban tranquilamente, los
sicarios se dedicaban a inspeccionar los alrededores. Después
de unos minutos buscando, sin encontrar el campamento, se
extrañaron. Al parecer en aquel bosque sólo estaban ellos. En
principio, no encontraron indicios de carpas ni nada que se le
pareciese y eso llegó a despistarles. Pero nada más alejado de
la realidad: el campamento estaba a sólo dos kilómetros de
dónde ellos se encontraban.
Sin ceder en su empeño, dos sicarios se adentraron aún
más en el bosque detrás de Enós y Gamaliel, y Carpo que
caminaba tras ellos, siguiéndoles los talones. Avanzaban
cautelosos entre grandes árboles de hoja ancha y
enredaderas. Atravesaron zonas neblinosas cercadas con
224
árboles de más de cincuenta metros de altura. El sonido de
un arroyo en su correr por el bosque iba acompañado por el
sonido de las lechuzas y el ruido de sus respiraciones, algo
agitadas por el temor a ser descubiertos.
Siguieron caminando.
Más allá de la espesa arboleda, y dejando atrás una masa
de niebla que se hallaba diseminada a pocos centímetros del
suelo, observaron algo: un resplandor muy tenue y
supusieron que eran los restos de una hoguera.
«Tienen que ser ellos», pensó Enós.
Gamaliel miró a su compañero, adivinando lo que
pensaba.
⎯¿Es el campamento? ⎯preguntó en voz muy baja.
⎯Sí.
Los cinco se agazaparon contra las hierbas, ocultándose
entre arbustos y zarzales para observar sin ser vistos, estando
al acecho. De repente oyeron unos pasos. Al volverse, Enós
vio que se acercaba otro de sus hombres.
⎯Ahora ya sabemos dónde están ⎯murmuró Enós⎯.
Nos alejaremos lo suficiente para no ser localizados. No
debemos olvidar que si nosotros podemos verles, ellos
también.
El sicario les hizo un ademán para que retrocedieran. Un
paso en falso y los jóvenes de la resistencia se darían cuenta
de que no estaban solos. En ese momento, Enós pensó en los
caballos.
«Hay que esconderlos»
Apresuraron el ritmo. Enós se detuvo y agarró de un
brazo a Gamaliel a la vez, que llamaba a otro de sus hombres.
⎯¡Tú, ven aquí!
El hombre obedeció y acudió de inmediato; luego, Enós
miró a su amigo.
⎯Ocultad los caballos.
Gamaliel miró a su alrededor.
⎯¿Dónde?
⎯Descended hasta el arroyo ―dijo―, que uno de
225
vosotros los vigile.
Entre los dos sicarios tomaron las riendas de los caballos
y se los llevaron. Marcharon un rato tropezando a lo largo
del arroyo, hasta que encontraron en lugar adecuado.
Ocultos los caballos, sólo Gamaliel emprendió el regreso.
El silencio era tan denso que parecía sofocante. Gamaliel,
mientras ascendía a pie el sendero, pensó en lo irreal que
parecía todo. Últimamente su conciencia le estaba jugando
muy malas pasadas y sus sombríos presentimientos se
acrecentaron al estar tan cerca del joven que debían capturar;
el hijo del rey Ciro al que tenían que haber asesinado hace
veinte años y sin embargo, no pudieron llevar a cabo sus
planes porque no encontraron al bebé. Ahora, había llegado
el momento de encontrarse con el pasado y no sabía si era
para bien, o para mal.
Su trabajo no le reportaba ningún tipo de satisfacción y
con cuarenta y cinco años ya nada podía hacer para cambiar.
«¡Bah! No sé por qué pienso tanto. Soy un asesino. Yo
elegí mi destino, nadie lo hizo por mí ⎯suspiró⎯. He
matado a tanta gente…», se recriminó así mismo, en silencio,
en la soledad de sus pensamientos.
Transcurrió la larga noche sin sobresaltos, en paz.
Con las primeras luces del amanecer traspasando la
cortina de la carpa, Jadlay se despertó como siempre el
primero, y antes de levantarse, se sentó y se rascó la cabeza.
Bostezó.
Atenazado por una extraña sensación se dejó caer de
nuevo entre sus mantas.
¿Un mal presentimiento? Quizá…
Jadlay no tenía por costumbre interiorizarse y la verdad,
no quiso especular sobre ello. Durante un buen rato, luchó
contra el sueño que lo aplastaba, los entrenamientos eran
extenuantes y realmente, se sentía cansado. Pero no se dejó
vencer, y al fin se incorporó de nuevo, aunque
226
trabajosamente. De repente sintió la irresistible necesidad de
beber agua fresca.
«Iré al arroyo», pensó.
Al salir de la carpa, vio a sus amigos Yejiel y Najat que
abandonaban apresurados el campamento, seguramente con
la misma intención que él. Anoche bebieron mucho vino y
ahora, la resaca, les atizaba sin compasión… ¡Tenían las
bocas y las gargantas secas!
⎯¡Esperadme! ⎯dijo⎯. Tengo que refrescarme, antes de
que Áquila me vea con esta pinta de zombi.
Sus dos amigos se volvieron hacia él y se echaron a reír.
⎯¡Toma, cómo nosotros! ⎯exclamó Najat.
⎯¡Ya, ya! Pero es a mí a quién machaca, a vosotros ni os
mira.
⎯¡Je,je,je,je! ⎯se burló Yejiel.
Descendieron por la pendiente, contando chistes y
riéndose de las tonterías que solían hacer tan a menudo. Sin
embargo, Jadlay no se jactaba demasiado de sí mismo, su
orgullo se lo impedía.
Al poco rato, llegaron al arroyo. Atrás quedaron
numerosos charcos y hoyos de agua, rastros de las últimas
lluvias. Yejiel no se lo pensó dos veces, se desvistió
sorprendentemente rápido y se precipitó a las gélidas aguas.
Jadlay y Najat observaron la carrera de su amigo con los ojos
abiertos como platos.
Y con aquel frío…
¡Splashhhh!
El agua los salpicó.
En ese instante, ojos ajenos los observaban…
Al cabo de un rato, lavados y refrescados, se sentaron
sobre la hierba fresca.
Crujió una rama.
Los tres jóvenes, sobresaltados, se volvieron hacia el
lugar de dónde procedía el ruido. Se levantaron y
agudizaron sus oídos. En el arroyo había alguien más aparte
de ellos, Jadlay lo intuyó de inmediato.
227
⎯No estamos solos ⎯dijo.
Najat hizo una mueca con los labios.
⎯Alguna comadreja, seguro.
Jadlay lo miró sorprendido.
⎯¿Una comadreja…? ⎯repitió⎯. A plena luz del día,
no.
Unos ruidos extraños corrían entre los matorrales a
ambos lados del sendero, saltos de hojas y rápidas pisadas de
calzado duro… Los tres jóvenes miraban a todos lados,
preocupados.
Y fue entonces, cuando se dieron cuenta de que estaban
rodeados. Enós, Gamaliel y el resto de los sicarios
emboscaron a los tres jóvenes en un abrir y cerrar de ojos.
Repentinamente Jadlay, Yejiel y Najat se vieron rodeados de
afiladas lanzas que los amenazaban sin vacilar.
Sorprendidos, no fueron capaces de soltar palabra ni de
hacer movimiento alguno; en ese momento, no.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar y se inició
una lucha trepidante, cuerpo a cuerpo, que no llegó a
ninguna parte.
Jadlay no estaba dispuesto a dejarse capturar, recordó el
consejo del rey… Decididamente, no. Él y sus dos amigos se
enfrentaron nuevamente a los sicarios. Jadlay, aprovechando
un momento de confusión, trató de alejarse para pedir
ayuda, pero Enós y Gamaliel se dieron cuenta y lo
acorralaron rápidamente, privándole de toda posibilidad.
⎯¿Dónde vas? ⎯preguntó Enós, a la vez que le
amenazaba con una larga y afilada espada.
Jadlay se detuvo y ni siquiera reaccionó. Aquella voz
tronante le quemó el cerebro; tuvo de repente la convicción
de que estaba reviviendo algo, pero él qué… Se sintió tan
frustrado que sólo tenía ganas de patalear el suelo, pero
aquel no era el momento de mostrar una de sus chiquilladas,
así de simple. Posiblemente, se reirían de él.
Decidido, Jadlay, se llevó la mano a la cintura, en el cinto
reposaba su daga, pero Gamaliel captó el instante al vuelo.
228
⎯¡Ni te atrevas! ⎯dijo, con voz amenazante.
Jadlay se tensó. Todos los músculos de su cuerpo estaban
preparados para la acción. Sin embargo, permaneció quieto.
Gamaliel le golpeó la espalda.
―Camina ―ordenó.
En ese instante, la voz de Carpo tronó severa.
⎯¡Dejad las armas en el suelo!
El resto hombres se situaron en torno de Yejiel y Najat,
éstos conscientes de que no podían hacer nada para evitar
que los hiciesen prisioneros y actuando con cautela, tiraron
las armas al suelo.
Estaban metidos en un lío, muy, muy grande.
Los maniataron.
Mientras cuatro sicarios controlaban a los dos jóvenes,
Enós y Gamaliel, ataban las manos de Jadlay a la espalda.
Resignado, el chico de cabellos de cuervo, como lo llamaba
Enós, no dijo nada ni siquiera trató de batirse.
No había nada que hacer. Estaban perdidos. La
situación, caótica, acabó por sumirles en la desesperación.
En ese momento, el regocijo de Enós desbordaba los sentidos
de Jadlay que por unos instantes se ensimismó en el oscuro
mar de sus pensamientos, pues no alcanzaba a comprender
las ansias de aquellos hombres por hacerle prisionero.
«¿Por qué él? ¿Tan importante era?», se preguntó.
Cuando Jadlay recuperó su aplomo, sobreponiéndose al
hecho de que había sido capturado, les hizo una pregunta:
⎯¿Quiénes sois y qué queréis? ⎯preguntó mientras él y
sus dos amigos eran conducidos a un claro del bosque.
De repente, una maza le golpeó en el hombro.
⎯¡Calla y camina!
La cólera y la amargura por verse apresado se
confundían en su mente con el desespero. Enós disfrutaba
como nadie de su triunfo, sólo su compañero Gamaliel
parecía absorto en sus propios pensamientos; su silencio era
229
abrumador.
Jadlay bajó la cabeza, sintiéndose derrotado, mientras
que Yejiel y Najat, caminaban torpemente tras él, golpeados
de vez en cuando con las mazas de sus captores,
obligándoles así a no perder el ritmo. Tenían que alejarse del
bosque cuanto antes, pues eran conscientes de que la voz de
alarma se desataría de un momento a otro.
Ya en el claro, Enós saltó sobre la montura de su caballo.
Gamaliel obligó a Jadlay a montar su caballo, mientras Carpo
y Elías cargaban con los otros dos jóvenes.
Sin perder el tiempo se precipitaron entre los árboles.
Enós cabalgaba siempre por delante, guiándolos. Dejaron
atrás los bosques de Bilsán. Ascendieron por unas abruptas
pendientes y se alejaron como sombras aladas sobre una
tierra oscura a plena luz del día.
Los Bosques Tenebrosos se alzaban ante ellos,
victoriosos.
Rumbo a Esdras…
Mientras tanto en el campamento…
Áquila no tardó en echar en falta a los tres jóvenes.
Intuitivo como era, no dudó ni un instante: algo malo les
había ocurrido. En esos momentos su mayor preocupación
era saber el paradero de los chicos. Caminó solo unos metros
y se mezcló entre las enormes ramas de los grandes árboles,
éstas caían casi hasta el suelo. Buscó y no encontró.
Con la preocupación en el cuerpo, llamó de un grito a su
escudero, Abner; éste acudió corriendo, con el desayuno en
la garganta.
⎯¿Has visto a Jadlay esta mañana? ⎯preguntó Áquila.
Abner tragó el trozó de pan con el que se había
atragantado.
⎯No, comandante. ¿Algún problema?
⎯No están ⎯afirmó⎯. Los jóvenes, no están.
El escudero miró a su jefe, perplejo.
⎯¿Cómo qué no están? ⎯preguntó.
230
⎯Lo que has oído.
Áquila no dejaba de mirar a su alrededor. Su grito había
alertado al resto y la mayoría lo miraban perplejos.
⎯¿Dónde se habrán metido? ⎯preguntó.
⎯Cualquiera sabe… Su edad los hace imprevisibles.
Esa respuesta no era suficiente para Áquila. Con aquello
no bastaba. Jadlay estaba bajo su protección y perder al chico
para él era inaceptable.
⎯No podemos esperar. Hay que encontrarlos.
⎯¿Qué piensas entonces?
⎯Pienso en algo malo, amigo mío. Buscaremos sus
huellas, nos indicaran lo que ha pasado o el camino que han
tomado.
En seguida, Áquila echó a caminar entre los árboles con
largos pasos cautelosos, internándose más y más en el
bosque. Abner lo siguió, preocupado, sin dejar de hablar.
⎯¿Crees que se han marchado?
⎯No.
⎯Entonces…
⎯Hay algo más, me atrevería a pensar en los sicarios.
No es bueno toparse con el enemigo e intuyo que ellos lo han
hecho.
Más que caminar, los dos guerreros corrían.
⎯¿Crees qué han sido emboscados?
⎯Sí, eso mismo.
Abner entornó las cejas, sorprendido.
⎯Pero, cómo es posible… ⎯dijo Abner⎯. Sí, Jadlay y
sus amigos no son más que tres jóvenes insignificantes.
⎯Yo no estaría tan seguro de eso ―dijo―. Nuestro rey
sabe algo del chico que nosotros desconocemos y es muy
probable que Nabuc, también conozca algún detalle. Estoy
seguro de que Jadlay, por alguna razón, ha conseguido
encender la ira del rey de Esdras.
Abner lo miró, incrédulo.
⎯¿Creo que estás precipitándote? No se ven huellas ni
nada que pueda insinuarnos algo así.
231
Áquila se volvió, bruscamente.
⎯¿Qué ha sido de ellos entonces?
Abner se encogió de hombros.
⎯No lo sé. Quizá han ido a cazar y se han perdido, pero
si tú me dices que esto no puede ser, pues lo acepto ―hizo
una pausa―. Quizá, es como tú dices y han sido emboscados
por el enemigo, pero si es así ¿no crees que habríamos oído
algo?
⎯Es difícil estar seguro, pero hemos de pensar en lo
peor. Inspeccionaremos los alrededores y si no damos con
ellos, tú y yo regresaremos a Jhodam y pondremos esto en
conocimiento del rey.
Áquila y un grupo de sus hombres inspeccionaron todos
los rincones del bosque de Bilsán y no encontraron ningún
rastro de ellos, excepto varias huellas de botas, mezcladas
con otras, junto al arroyo, que no eran iguales. Áquila supuso
que aparte de los tres jóvenes había otros más y estos, por la
profundidad de algunas pisadas, eran altos y robustos.
El comandante miró con pesimismo a sus hombres y
éstos, después de dirigirle unos significativos movimientos
de cabeza, se lo quedaron mirando, esperando órdenes; éstas
llegaron rápidas como un rayo.
⎯Abandonad el campamento ―dijo―. Buscad a
Morpheus y decidle lo que ha ocurrido con su hijo, después
formar una muralla humana en Bilsán, proteger la ciudad y
sus gentes ―miró a su alrededor con el semblante muy
preocupado―. Me temo que el enemigo está al acecho y
pronto mostrará la cara.
Obed, el segundo al mando, asintió y luego, intervino.
⎯Áquila, ¿Piensas ir en busca de los jóvenes?
⎯No ⎯respondió con firmeza⎯. Si es lo que me temo,
ellos están fuera de nuestro alcance. Antes debo rendir
cuentas al rey.
Abner se volvió hacia él.
⎯No tenemos pruebas de que estén presos y menos aún
de qué los hombres de Nabuc hayan tenido algo que ver con
232
la desaparición de los jóvenes.
Áquila lo interrumpió.
⎯Cierto. Pruebas reales no tenemos. Pero, ¿quiénes
pueden ser sino…?
Abner sacudió la cabeza, dándole la razón.
⎯No olvidéis que cuando el rey nos visitó le dijo al chico
que tomara precauciones y que no se dejará capturar ⎯hizo
una pausa⎯. Partiremos hacia Jhodam ahora mismo.
Tras la partida de Áquila y Abner, el segundo al mando,
Obed desmanteló rápidamente el campamento y luego, se
dispusieron a emprender la marcha, dirigiendo las tropas
hasta Bilsán, tal y como había ordenado el comandante.
Obed se dirigió a todos los guerreros allí destacados,
incluso a los novatos de la resistencia.
⎯El destino pende de un hilo, amigos. Pero hay
esperanzas, si conseguimos resistir ⎯dijo⎯. Si fracasamos,
caeremos todos. Si triunfamos, viviremos en paz.
Un murmullo de acuerdo corrió entre los guerreros.
Obed miró a los hombres y comprendió que no podían
perder. La moral estaba muy alta. Era consciente de que
aquella mañana emprenderían el viaje rumbo a la esperanza.
Los caballos relincharon. Obed alzó al aire su espada y
sus hombres le secundaron haciendo chasquear sus lanzas
contra los escudos. Entonces, con un ímpetu semejante al de
un vendaval furioso, él incitó a la tropa que partió como un
relámpago rumbo a Bilsán.
233
Capítulo 6
Herencia de Sangre
Bajo los ribetes escarlatas del crepúsculo, los sicarios y sus
prisioneros cabalgaban a través de las inmensas llanuras que
separaban los Bosques Tenebrosos de las colinas que
conducían a la ciudad amurallada de Esdras.
Jadlay levantó la mirada hacia las lejanas murallas y un
leve resplandor de ansiedad apareció en sus ojos pálidos y
temerosos. Apretó los dientes. Sin embargo, notó una extraña
excitación que hizo palpitar su corazón con una fuerza
endiablada, algo que se ocultaba en lo más recóndito de sí
mismo. Por alguna razón que desconocía, sabía que volvía a
casa.
Ascendieron la colina con rapidez y atravesaron el
portón. Los vigías, en lo alto de la atalaya, los siguieron con
la mirada. Eran los sicarios con sus prisioneros.
Antes de que las largas sombras de la noche los
alcanzaran, Enós y Gamaliel se habían presentado ante el rey
Nabuc con la misión que éste les había encomendado,
totalmente cumplida: Jadlay capturado junto a dos jóvenes
que en principio, poco le importaban al rey.
El júbilo de Nabuc fue inmenso. Sin embargo, algo
empañó su alegría: pensó que el parecido del muchacho con
su hermano Ciro y consigo mismo no podía deberse a una
casualidad, pues era realmente sorprendente y aún así,
confiaba en que sólo fuese una percepción de su mente, no
algo real. Junto a él estaba Festo, que desnudaba al joven con
sus pérfidos ojos, tratando de captar sus orígenes y explorar
234
su mente para confirmarle al rey lo que ya sabía. Mientras, el
hechicero lo escudriñaba, Nabuc y Jadlay, en un silencio
opresivo se enfrentaban calibrándose, tensos.
Sospechas confirmadas.
Los ojos de Festo eran reveladores: el chico,
efectivamente, era su sobrino. No había lugar para la duda.
De repente, el rey se volvió hacia Enós.
⎯Encierra a sus amigos en una celda. Luego, ya veré
que hago con ellos.
Enós invistió con su lanza a los dos jóvenes.
⎯¡Caminad! ⎯gritó.
Yejiel y Najat obedecieron y echaron a caminar
torpemente. Antes de abandonar la sala, se volvieron
fugazmente para mirar a Jadlay. Enós arremetió contra ellos,
obligándoles a mirar de frente.
Nabuc con el rostro inexpresivo, pues ni siquiera saber la
verdad sobre el joven le había inmutado, se acercó al
hechicero y le preguntó:
⎯¿Realmente es él?
Festo asintió.
⎯Antes de que se reúna con mi difunto hermano, quiero
verle sufrir.
Jadlay contuvo el aliento, asustado.
«¿Su difunto hermano? ¿Qué habrá querido decir Nabuc
con eso?», se preguntó. Luego pensó en la evidencia, el rey
parecía saberlo todo sobre él y eso lo desencajó un poco.
El hechicero, siguiendo las órdenes de Nabuc, alzó la
vara de plata y cristal y ésta comenzó a vibrar en su mano, al
tiempo que un rayo de energía sorprendía a Jadlay y lo
lanzaba por los aires, estrellándose contra la pared.
Completamente aturdido, se arrastró por el suelo hasta que
consiguió levantarse tambaleante, mientras Gamaliel se
apresuraba a acudir en su ayuda.
Jadlay gimió, dolorido. Ese fue su primer contacto con la
magia y algo le decía que no sería el último.
⎯¡No, déjalo! ⎯gritó Nabuc⎯. Retírate Gamaliel, ahora
235
no te necesito.
El sicario se marchó en silencio. La autosuficiencia del
rey le molestaba, pero no podía replicarle.
Festo, eufórico, arremetió nuevamente contra el joven;
éste incapaz de levantarse reptaba por el suelo, sin
comprender a que venía tanto maltrato. Si querían sonsacarle
información, ese no era el camino correcto, pensaba.
Nabuc riéndose con grosería, le seguía de cerca. Al
llegar, se agachó.
⎯¡Por fin, estás arrastrándote ante mí, Jadlay! ⎯exclamó
el rey, jactándose del joven⎯. ¿Significa eso que te rindes?
Las palabras del rey cogieron a Jadlay desprevenido.
Miró perplejo al rey.
⎯No sé a qué te refieres. Yo no me rindo ante nadie
⎯dijo el joven en voz baja.
Nabuc dio un paso atrás, apartando con gesto arrogante
su larga capa de terciopelo roja para que Jadlay no la tocara.
⎯¿Qué te ocurre? ⎯gruñó⎯. ¿Qué andas husmeando
por el suelo?
―Esto no es justo ―murmuró Jadlay, sin comprender.
―Yo soy el único que puede decir qué es justo ―recalcó
Nabuc con voz glacial.
―¡Maldito seas! ―gritó el joven.
Nabuc se enderezó y volviéndose, miró al hechicero.
―Parece que vamos a divertirnos un rato, Festo ―dijo
con una sonrisa irónica―. Adelante…
Jadlay harto de tanta burla, cerró el puño de una mano y
tensó la mandíbula. Se puso en pie y de improviso unas
fuertes manos lo agarraron. Levantó la mirada y vio la pálida
piel y el rostro inexpresivo del hechicero, que lo sujetaba
oprimiendo cada vez más fuerte. De repente, sintió un
pinchazo en el cuello.
⎯¿Qué…? ⎯Jadlay no pudo seguir hablando.
El joven se debatió, pero sus esfuerzos no sirvieron de
nada, ni siquiera su garganta consiguió emitir sonido alguno.
Estaba perdido. Sin embargo, si notó como sus sentidos lo
236
abandonaban lentamente, le oyó decir algo al rey.
⎯La cámara de las espinas será un buen comienzo
―afirmó Festo―. El sufrimiento lo dejará listo para
capitular.
⎯De acuerdo.
Jadlay quedó aturdido.
Festo cargó al joven sobre su hombro y abandonó la
estancia con premura. Nabuc, satisfecho, descorchó una
botella de vino y se la bebió de un trago. Luego descargando
su ira contenida a lo largo de veinte años, estrelló la botella
de cristal contra la pared.
⎯¡Maldito seas, Jadlay! ⎯dijo, completamente fuera de
sí⎯. No permitiré que vivas más tiempo del necesario.
Por un instante, miró al vacío… Aún quedaba por
resolver su escollo más importante: Nathan. Y como un
pensamiento vil y retorcido, Nabuc, se limitó a proferir una
maldición…
⎯Nathan prepárate, porque tú serás el siguiente en caer.
Tu derrota y sufrimiento serán mi mayor triunfo ⎯sus
perversas palabras reverberaron en todo el castillo⎯. Carpe
diem, Nathan. Carpe diem.
Mientras caminaba con su carga humana por el corredor,
Festo pensaba en la buena marcha de sus planes, y que éstos
estaban a punto de consumarse. En primer lugar; Jadlay, su
muerte dará tranquilidad a Nabuc; y en segundo lugar, lo
que aún queda por consumar: Nathan. El jaque mate de la
deidad puede otorgarle a Nabuc un poder inimaginable,
permitiéndole controlar Nuevo Mundo. Y lo más inmediato,
él cómo hechicero podrá alzar la cabeza frente al Maestro y
además de salvar la vida, ser digno de su confianza.
Cuando llegó al Mausoleo, Festo se fue directo a la
cámara de las criptas; allí, arrojó a Jadlay al interior de un
habitáculo de piedra, aflojó una manivela y éste empezó a
cerrarse lentamente sobre él. El exterior, totalmente de
237
piedra, parecía una cripta, pero en su interior aguardaba un
cruel mecanismo de tortura.
Espinas afiladas como cuchillos de unos diez centímetros
de longitud, le atravesaron la carne; la sangre empezó a
manar tibia por su cuerpo.
Jadlay sólo pudo ver una cortina de color escarlata antes
de que su conciencia se sumiera en el olvido.
No descansaron al llegar la noche. Vadearon un río. Con la
brújula que Áquila llevaba en su mente, cruzaron las bajas
aguas y tomaron la invisible línea recta que les conduciría
hacia el sur por terrenos cada vez más llanos, extensos y sin
árboles. Como compañía, la luz de las dos lunas que les
iluminaban, cómplices, el camino.
Agotada la noche, amaneció un día sin nubes. La
mañana era brillante y durante muchas horas, Áquila y
Abner, más que cabalgar a lomos de sus caballos, volaban
atravesando las vastas llanuras de Jhodam aliados con el
viento, que susurraba fuerte de cola. Las praderas húmedas a
causa del rocío caído en la fría noche y las hierbas altas, que
les llegaban hasta las rodillas, se ondulaban al deslizarse el
vendaval sobre ellas.
El camino que les conduciría hasta la Ciudad de Cristal
se extendía claramente ante ellos. Pero era largo, muy largo.
Atravesado con las finas espinas, Jadlay, no pudo soportar el
dolor y se hundió en el profundo abismo de su mente. En
aquel habitáculo de tortura y muerte, sangrando y débil, se
deslizaba en un sueño sin sentido, inquieto, flotando en un
mar rojo y oscuro a la vez.
Jadlay seguía con vida, aunque ésta parecía que se le iba
de las manos a cada segundo que pasaba.
El silencio en los corredores era inquietante, sólo roto
por las pisadas de Nabuc que a grandes zancadas se dirigía
238
al Mausoleo del Oráculo. Atravesó el laberinto a toda
velocidad, mientras los bandazos de su capa levantaban el
polvo del mugriento suelo. Cuando llegó al umbral de la
cámara, se detuvo. El férreo portón se abrió al instante.
El hechicero lo esperaba en el otro lado, de pie,
dominando las sombras de la cámara, apoyado en su vara.
Nabuc torció los labios en una mueca sarcástica.
⎯Ahora, es cuando empieza la diversión ⎯la voz del
rey sonó fría.
Festo asintió ligeramente con la cabeza.
⎯Sí, majestad.
El rey entró en el recinto y pasó un brazo alrededor del
cuello del hechicero.
⎯Amigo mío ⎯Nabuc lo miró sonriente⎯, tu lealtad
merece una recompensa… ⎯Su mirada se dirigió al
habitáculo de tortura⎯. A propósito ⎯comentó Nabuc,
volviendo la cabeza para mirar a Festo⎯, ¿qué le has hecho?
⎯Las afiladas espinas han atravesado su carne
⎯respondió Festo, despreocupado.
Los ojos de Nabuc escudriñaban la cripta de piedra. Por
un momento, le pasó por la cabeza que su sobrino podía
estar ya muerto. Aquel pensamiento le hizo impacientarse,
pues él, en cierto modo, anhelaba contarle la verdad para
luego disfrutar de la impotencia que seguramente sentiría el
muchacho al descubrir quién era y que después de todo no le
serviría para nada, porque Nabuc pensaba matarlo poco
después. El rey estaba dispuesto a entregarle su Legado Real.
Una herencia de sangre que se llevaría a la tumba, porque los
muertos no reinan.
Tenía los ojos clavados en la cripta, las manos cruzadas a
la espalda, los nudillos blancos.
«Muerto, sí», pensó.
Tanto el hechicero como el cuervo chivato desde su
percha, un tronco de roble, lo observaban en silencio. En ese
instante, el Oráculo empezó a emitir intensos destellos de luz
fantasmal y transparente. Nabuc alzó la vista y pudo ver su
239
reflejo; su propia imagen, que lo miraba sombría y
vengativamente.
Nabuc estiró el cuello, incómodo. No le gustó nada verse
a sí mismo reflejado en la siniestra esfera cristalina. La visión
podía ser una premonición funesta, a modo de advertencia,
de un futuro próximo, pero no estaba dispuesto a que se
cumpliese. ¿Y si la imagen realmente no era una
representación suya? Entonces ¿quién podía ser? ¿Jadlay?
Mientras aquella visión le martilleaba el cerebro, el hechicero
Festo se le acercó sigilosamente.
⎯No prestéis atención al Oráculo, majestad.
Las palabras de Festo sacaron a Nabuc de su abstracción.
⎯¿Deseáis que saque al joven del nicho? ⎯le preguntó.
⎯Sí.
Festo apoyó su mano en la manivela para facilitar la
apertura de la tapa. Cómo se encontraría al joven, lo
desconocía. Muerto o quizá, no. Por el rabillo del ojo pudo
ver a Nabuc, que lo observaba atentamente.
Cuando el habitáculo quedó al descubierto pudieron ver
a Jadlay, inconsciente. Las espinas habían traspasado su
cuerpo, dejando ver pequeños orificios por los cuales
manaba sangre. Nabuc tuvo que desviar la mirada, la
impresión era fuerte para soportarla impasible. El hechicero
contemplaba al muchacho sin mostrar ni un ápice de
sentimiento.
Había algo patético y cruel en todo aquello.
No estaba muerto, no todavía.
Entonces, Festo oprimió un botón y la plancha que
contenía las espinas fue apartándose lentamente del cuerpo,
extrayendo las mortíferas agujas, afiladas como cuchillos, y
desgarrando la carne. No oyeron ni un gemido, nada.
Nabuc contemplaba a su sobrino en silencio. Y
superando la dolorosa imagen de ver a Jadlay torturado, la
ira aceleró los latidos de su corazón.
⎯Deberíamos colocarlo sobre el altar ⎯sugirió Festo⎯.
Lo que tengas que decirle será mejor que lo oiga, si es que
240
puede hacerlo, bajo la presión del Oráculo.
Nabuc sacudió la cabeza.
⎯Haz como quieras, entonces ⎯replicó con
brusquedad⎯. Pero quiero que esté en condiciones de
escucharme.
⎯No os prometo nada, majestad ⎯respondió Festo a
modo de defensa⎯. Este medio de tortura es realmente
efectivo y está concebido para causar una muerte muy lenta.
Es posible que sus sentidos se hayan visto afectados.
Nabuc miró de reojo a Festo, su expresión amenazante
hizo temblar al hechicero, éste sintió un nudo en la garganta.
Instantes después, ambos sacaron a Jadlay del habitáculo y lo
depositaron sobre el altar. Ninguno de los dos vio la
necesidad de maniatarle, el muchacho tal y como estaba no
podría huir por su propio pie.
⎯He oído decir que cuando un hombre es fuerte y su
voluntad es firme, puede lograr sobrevivir a esta tortura ¿Es
eso cierto? ―preguntó Nabuc.
⎯No siempre se cumple esa premisa. Pero, si realmente
lo queréis muerto, en la soledad de una celda, morirá sin
remedio. Siempre será mejor que fallezca a causa de las
heridas infligidas por la tortura que atravesándole vos, una
espada.
⎯Desde luego ⎯hizo una pausa y continuó⎯. Te debo
un favor por tus servicios y te recompensaré, pero antes
quiero ver a Nathan agonizando.
⎯Majestad, no me debéis nada. Es mi deber. En cuanto a
la deidad, tiene las horas contadas.
Nabuc lo escudriñó con la mirada, tratando de averiguar
si Festo estaba mintiéndole.
⎯¿Estás seguro? ⎯insistió.
El hechicero al escuchar las palabras del rey ni se
inmutó. Confiaba plenamente en sí mismo y no pensaba en
fracasar. Para él todo valía menos la humillación de verse
derrotado. Estaba obligado a satisfacer a dos hombres igual
de perversos y no sabía cuál de ellos era más peligroso, si el
241
Maestro o Nabuc.
⎯Sí; muy, muy seguro.
⎯Bien ⎯dijo Nabuc, tomando la palabra⎯.
¡Empecemos! Tengo ganas de acabar con esto cuanto antes.
⎯¡Háblele, despertará!
Nabuc no estaba muy seguro de que hablarle a una
persona inconsciente fuese a dar resultado, pero lo hizo.
⎯¡Despierta! ⎯le golpeó en las mejillas⎯. ¡Jadlay!
De repente, oyeron un gemido tembloroso.
⎯Acérquese más, la droga que le inyecté no le permite
ver de forma definida.
El rey lo miró y después, se inclinó.
⎯Jadlay, ¿me oyes?
El joven entreabrió los ojos. No había parte de su cuerpo
que no le doliese. Se quejó.
⎯Escucha lo que tengo que decirte, porque no lo
repetiré ⎯hizo una pausa para comprobar si realmente, su
sobrino estaba despierto y para eso, acercó su oído a los
labios secos y quebrados del joven: sus gemidos eran casi
imperceptibles, pero para el caso valía⎯. Tu padre era mi
hermano, ¿sabes lo que eso significa? ―no esperó la
respuesta, la soltó bruscamente―. Te lo diré: eres mi sobrino,
el legítimo heredero al trono de Esdras.
La respiración nerviosa de Jadlay lo interrumpió.
Aquellas palabras sonaron terribles en su aturdido cerebro.
De repente, se le fue el alma al suelo. No podía ser cierto.
Quería decirle algo, pero su cuerpo no reaccionaba.
Nabuc continuó:
⎯En el funeral de tu padre, yo ordené que te mataran,
pero mis sicarios fallaron ―hizo un ademán desdeñoso―.
No te encontraron, dicen ellos. Ahora, la cuestión es que
estás aquí, vivo. Pero no por mucho tiempo. Disfruta de tu
reinado durante lo poco que te queda de vida, porque no
vivirás lo suficiente para amenazar mi trono.
Jadlay parpadeó y se agitó con inquietud. Oyó a su tío
reírse a carcajadas.
242
⎯No eres más que un muchacho tonto y endeble. ¡Mira
que enfrentarte a mí! ¿Acaso crees que puedes
derrocarme?… Tú y tu resistencia, no sois más que un
manojo de idiotas que mis sicarios se servirán en la cena.
La confesión de Nabuc hizo que el joven se aferrara con
intensidad a la vida.
⎯Tal vez lo sea ⎯consiguió decir con voz rota y
habiendo hecho un gran esfuerzo⎯, pero…
Nabuc no le dejó acabar. Le hizo callar de inmediato.
⎯¡Silencio! ⎯gritó⎯. Más te vale que cierres esa boca,
pues aún no ha nacido la persona que sea capaz de
vencerme.
Al mirar en el interior de los enormes ojos verdes de su
sobrino, Nabuc vio una súplica, una terrible sensación de
derrota que le llenó de júbilo. No sentía compasión por él, ni
una pizca. También vio en aquellos ojos esmeralda, un
pavoroso desmoronamiento. El aplomo del chico parecía caer
en picado, hundido totalmente en su propia desesperación.
⎯El hoy y el mañana, me pertenecen ⎯repuso Nabuc,
con una calma glacial⎯. Tú no tienes futuro. Tu muerte está
muy cerca, más cerca de lo que crees.
El hechicero, sentado junto a la chimenea, se mantenía en
silencio. Su mirada extraviada y su mente parecían estar muy
lejos de allí. Resuelto el tema de Jadlay, no le quedaba más
escollo que Nathan. Pensar en la deidad y en su magno
poder, eran motivo suficiente para abstraerse; pues en su
interior, estaba a salvo de las amenazas del Maestro. En sus
reflexiones y visiones, Festo se veía al tanto de todo lo que
ocurría a su alrededor. Sopesó el asunto de Nathan y
reflexionó mucho sobre ello y finalmente, decidió resolver
con brutal celeridad todo lo relacionado con el
envenenamiento del rey jhodamíe y el control de cualquier
entidad del Sanctasanctórum que se atreviese a manifestarse
en el mundo físico con intenciones de ayudarle.
Tan ensimismado estaba que no se enteró del crudo
duelo verbal entre Nabuc y Jadlay. Cuando volvió a la
243
realidad, el joven seguía mostrándole los dientes al rey.
⎯Morirás, sobrino —dijo—. Pues, ¿qué sufrimiento
podría ser peor que verte desahuciado de tu propia herencia?
⎯No le temo a la muerte ⎯dijo Jadlay⎯. Pero mi
Legado… No pierdo las esperanzas.
Después de sus propias palabras, Jadlay pensó en el
color de su sangre y que ésta no sólo era roja, sino que estaba
teñida de muerte. Su tío era un asesino confeso y él, ¿qué
era? Tenía miedo de convertirse en una escoria como él. En
esos momentos de terrible confusión, no podía sentir más
que asco de sí mismo; luego, como un pensamiento fugaz,
pensó en Nathan… ¿Por qué no le comentó nada? Ahora
tenía la certeza absoluta de que el mítico rey de Jhodam sabía
quién era él y sin embargo, guardó silencio.
Nabuc se echó a reír. Su sobrino estaba en la antesala de
la muerte y aún se atrevía a desafiarle.
⎯Prepárate, tío, porque pronto transitarás por los
infiernos y no seré yo quién te envíe a él, sino Nathan.
Aquellas palabras de Jadlay encendieron su ira de tal
forma, que a punto estuvo de atravesar con su daga el
torturado cuerpo que tenía delante de sus ojos.
Nabuc echaba chispas.
Sin embargo, en vez de desahogar su furia, Nabuc hizo
un ademán de expresiva indiferencia y se volvió hacia Festo.
⎯Sácalo al corredor, dos guardias vendrán a buscarle.
Sólo Nabuc y Festo, tenían libre acceso al Mausoleo, por
esta razón el rey ordenó al hechicero que dejara al chico
tirado como un despojo en el mohoso suelo del corredor.
Festo asintió, él más que nadie deseaba que el chico
abandonase cuanto antes su territorio. Jadlay era un intruso y
el propio Oráculo se mantuvo extrañamente en silencio. No
era bienvenido.
Nabuc, vestido de oscuridad, dio media vuelta y
abandonó el recinto. Maldiciendo a voces, tanto a Jadlay
como a Nathan. Los siniestros ecos de aquellas palabras
hicieron retumbar los cimientos mentales del joven, que
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aquejado de severos dolores, luchaba por seguir vivo.
Instantes después…
Festo cargó con el cuerpo del muchacho, avanzó unos
pasos y, en el otro lado del umbral, lo dejó en el suelo; Luego,
sin más, entró en la estancia y cerró el portón tras él. Lo que
ocurriera después, ya no le interesaba. El muchacho, con
Nabuc al frente, no tenía nada que hacer.
Mientras el joven yacía en el suelo gimiendo a causa del
dolor y de la impotencia por verse en aquella situación, Festo
pensaba en lo cruel que era a veces el destino…
«Jadlay es fuerte. Es posible que sobreviva, pero de nada
le servirá. El joven es un problema que hay que eliminar de
raíz, cortar de cuajo»
De repente, el Oráculo clamó su atención. Sus ojos
parecían escudriñar hasta los rincones más oscuros de la
cámara.
Festo tomó un incensario y lo colocó en su
correspondiente soporte de hierro.
Y se hizo un profundo silencio.
El hechicero se situó frente al Oráculo, permaneciendo
así en actitud de veneración y espera, convencido de que
algo estaba a punto de suceder.
En Jhodam, la situación estaba al rojo vivo.
Áquila y Abner habían llegado a la ciudad. Sin perder el
tiempo se dirigieron a la sala de audiencias, en silencio.
Después de informar de todo cuanto había ocurrido en el
campamento, incluido la supuesta captura de Jadlay y sus
amigos, los dos guerreros embriagados de cierto temor,
esperaron la reacción del rey; éste les había escuchado con
atención, llenándose poco a poco de ira. De repente empezó a
soltar maldiciones y se dispuso a abandonar la sala, cuando
se volvió bruscamente y miró a Áquila fijamente; en esos
momentos, si tuviera a Nabuc delante no dudaría en matarlo.
Su padre lo observaba de lejos, con aire desdichado. Sabía
245
que los accesos furiosos de su hijo solían desvanecerse con la
misma rapidez qué surgían. Pero en esa ocasión… Halmir no
se atrevió a contrariarle en ningún momento; pues jamás lo
había visto de tan mal humor.
Los presentes en la sala temían la reacción de Nathan,
pues éste aún no se había pronunciado al respecto. El rey
estaba de espaldas a ellos, junto al trono… tenso, asimilando
la situación de Jadlay.
Áquila no había concluido, aún había más. Pero al ver
como el rey jugueteaba con la empuñadura de su daga, se
echó atrás. Con ese acto, aparentemente inocente, Nathan
inspiraba temor.
Después de ordenar a todos que abandonasen la sala y
de exigir a su fiel comandante que se quedase, el rey trató de
serenarse, sin mucho éxito. Le costaba un verdadero esfuerzo
controlar su ira. Con la captura de Jadlay no deseaba
mostrarse justo frente a la insensata lucha por el poder.
Cuando se quedaron solos, Nathan y Áquila frente a
frente, rodeados por lúgubres lámparas que iluminaban la
incipiente oscuridad que emanaba de la deidad, retomaron
serenamente la conversación. Nathan se preguntaba muchas
cosas, demasiadas quizá. Y aún tenía dudas.
⎯¿Estás seguro de que Jadlay ha sido capturado?
Áquila respiró hondo.
⎯Desearía que no fuera así, pero las huellas en el bosque
hablaban por sí solas ⎯respondió, plantándose ante el rey,
mirando de frente sus ojos azules⎯. ¿Quién es ese
muchacho? ¿Por qué vos tenéis tanto interés en él?
El rostro de Nathan, después de hacer un pequeño gesto
de desagrado, fue adquiriendo una expresión serena y sus
ojos lo escudriñaron con una mirada afiladísima.
⎯Es el hijo del rey Ciro —confesó—. Ese muchacho es el
legítimo rey de Esdras.
Áquila sacudió la cabeza, las palabras de Nathan lo
dejaron helado. Nathan se apoyó contra la pared, impávido;
miró a su guerrero y notó en él una mirada de duda y
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angustia por lo que acababa de oír.
Áquila tardó en asimilar la información y cuando lo hizo,
habló:
⎯Eso significa que Nabuc lo sabe. Tratará de matarlo…
Nathan se apartó de la pared y dio unos pasos hasta él.
⎯En principio, sí.
Áquila sopesó rápidamente la delicada situación del
chico. Conociendo la perversidad de Nabuc, éste no habría
dudado en quitarlo de en medio, pues su sobrino vivo era
una gran molestia. Para Nabuc era deseable que estuviera
bajo tierra antes de arriesgar su trono.
⎯Sabía que esto podía ocurrir, por esta razón hice que lo
tomaras bajo tu protección ⎯Nathan miró a su comandante,
angustiado⎯. Nabuc es avaricioso y me atrevería a decir,
que hasta ignorante, pues no sabe en dónde se ha metido
capturando a Jadlay. Pero no es completamente tonto. Él
piensa que su sobrino está ansioso por quitarle la corona, no
dudo que asesinaría al muchacho con tal de evitarlo.
Áquila clavó la mirada en el rey, estudiándolo
lentamente.
Nathan siguió hablando.
⎯Le ofrecí la oportunidad de gobernar en Esdras, pero
no le dije quién era, ¿entiendes?… A estas alturas, si esta
vivo, estará muy enfadado conmigo.
⎯Comprendo —dijo—. Jadlay es un príncipe de sangre
real y heredero de la corona de Esdras… ¿No creéis,
majestad, que ha llegado el momento de actuar? Mis
hombres están en Bilsán, con Morpheus. A una orden vuestra
los envío a Esdras. Combatirán, y si es necesario darán la
vida por vos y por Jadlay sin dudarlo.
⎯Lo sé —afirmó Nathan—. Pero tenemos que esperar el
siguiente movimiento de Nabuc, estoy seguro de que lo hará
y será antes de lo previsto.
⎯¿Los abandonamos?
⎯Por supuesto que no, Áquila ⎯contestó⎯. Enviaré a
Esdras un grupo de arqueros para que vigilen en la distancia.
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Si los tres jóvenes consiguen sobrevivir a las torturas, que
seguro les infligirá el rey, y huyen de su cautiverio, tendrán
con ellos a leales hombres que los traerán de vuelta a
Jhodam. Pero tú no quiero que tengas nada que ver, te
necesito aquí.
⎯¿Vos lo creéis factible?
Nathan se quedó un poco confuso.
⎯¿Factible? ⎯preguntó.
⎯Sí; la huida.
⎯Si están vivos, sí.
⎯Pero tal vez, convendría pensar en que algo puede
salir mal.
⎯Lo dudo. Si en palacio, los cortesanos descubren que
Jadlay es el hijo del rey Ciro se aliaran con él y tratarán de
liberarle, de eso estoy totalmente seguro. Nabuc merece ser
ejecutado y si no lo hago yo, lo hará su sobrino. En serio,
prefiero que sea él quién tome la iniciativa. Ahora que,
posiblemente, sepa quién es no habrá nada ni nadie que
pueda detenerlo y amigo mío… ⎯Nathan apoyó su mano
sobre el hombro de Áquila⎯, no seré yo quién lo haga. Estoy
cansado de ver lo que ocurre en los alrededores de Esdras;
cansado de la lucha que mantiene Nabuc por el poder;
cansado de que no exista alguien valioso o capaz de
controlarlo.
Nathan se quedó en silencio, reflexionando. En toda su
vida, o más bien vidas, se había sentido tan cansado.
248
Capítulo 7
En la oscuridad de una celda
Los fornidos guardias agarraron a Jadlay por las axilas y lo
arrastraron por los oscuros corredores; éste herido, frustrado
y resignado, no opuso resistencia. Uno tras otro, dejaron
atrás los pasillos y bajando por unas destartaladas escaleras
descendieron a las húmedas y mortecinas mazmorras.
Jadlay atenazado por el dolor de las heridas, no pudo
menos que gemir una y otra vez. La túnica estaba rasgada y
manchada de su propia sangre. La confusión dominaba su
mente y tuvo que reunir todas sus fuerzas para afrontar su
situación y burlar a la muerte, pues no pensaba morir; aún no
había llegado el momento.
Llegaron a los lóbregos corredores de la prisión
subterránea. La oscuridad y la humedad, que se filtraban por
las grietas, eran las únicas compañeras de los reos allí
encerrados.
Los guardias abrieron la puerta de la celda más oscura y
fría de las mazmorras y arrojaron a Jadlay al interior. El olor
a moho le provocó náuseas y un incipiente mareo turbó su
cabeza. De las sombras surgieron dos figuras que con
parsimonia se acercaron a él, pero éste estaba demasiado
perturbado para reconocerles.
⎯Jadlay…
Oyó su nombre. Pero la voz parecía muy, muy lejana.
⎯Jadlay… Somos nosotros, Yejiel y Najat.
Ambos jóvenes se agacharon junto a su amigo.
Observaron su túnica manchada de sangre, las feas heridas…
⎯Ese loco de Nabuc se ha ensañado con él ⎯afirmó
249
Najat.
Yejiel lo miró con el semblante preocupado.
⎯¡Ensartado como un pollo! —exclamó.
Gimiendo de dolor y con el rostro de un mortecino color
gris y ensangrentado, Jadlay reconoció a sus amigos. No
estaba solo y eso le hizo suspirar aliviado. Rápidamente
Najat se quitó la capa y lo cubrió para darle calor, el frío se
había calado en sus huesos y tiritaba incontroladamente.
Jadlay se acurrucó como un ovillo bajo la capa y sin dejar de
temblar, miró a sus amigos.
⎯Tenemos que salir de aquí.
⎯¿Qué? ¿Salir de aquí…? Sí me dices cómo… ⎯dijo
Yejiel, sorprendido. Observó a Jadlay y herido como estaba
no iría muy lejos. Parecía como si él no se hubiera percatado
de la gravedad de sus heridas y si lo había hecho, hacía caso
omiso.
Sin comprenderle, habló de nuevo.
⎯Estamos perdidos, Jadlay. Me sorprende que no te
hayas dado cuenta.
El joven tragó saliva. Sentía la garganta caliente.
⎯Si sigo aquí me matará. Él no cejará en su empeño
hasta haberlo conseguido. Me matará ⎯Jadlay agarró la
túnica de su amigo, exhortándole, le zarandeó.
Yejiel se deshizo bruscamente de la opresión, perplejo.
⎯¿Qué estás diciendo? ―preguntó hastiado―. ¿Acaso
no lo ves…? Estamos encerrados en esta apestosa celda y me
temo que Nabuc ha tirado las llaves al foso.
⎯Él es… ⎯Jadlay titubeó, apenas era capaz de
pronunciar las palabras que evidenciaban su origen, pero se
armó de valor y lo confesó⎯. Él es mi tío… Nabuc, es mi tío.
Los jóvenes, perplejos, necesitaron un tiempo para
asimilar las palabras de Jadlay. Yejiel sólo pensaba en las
consecuencias de aquella afirmación, pues si era cierto, él
era… Interrumpió sus propios pensamientos.
«¡No, imposible!», pensó.
⎯¿Qué? Repite eso, creo que no te he oído bien.
250
Jadlay se sentía tan débil que ni siquiera pudo responder
a su amigo, perdió el conocimiento antes de que pudiera
abrir la boca.
Yejiel lanzó un largo bufido.
⎯¿Lo has oído? ⎯preguntó, mirando incrédulo a Najat,
éste se había quedado con la boca abierta y no pudo hacer
nada más que asentir con un leve movimiento de cabeza.
⎯Necesita ayuda, sus delirios me están asustando y
encima, por si fuera poco… ¡ha perdido el conocimiento!
Yejiel no podía dar crédito a las palabras de su amigo. Se
apresuró a quejarse mentalmente, «¡cómo si fuese fácil salir
del maldito agujero en el que estaba obligado a pastar hasta
el fin de sus días»
⎯¿Ayuda? ¡Estamos en el culo de Nuevo Mundo! Nadie
va a encontrarnos jamás.
Najat comprendió el nerviosismo que estaba anidando
en su amigo. No replicó sus palabras; en su lugar, lanzó un
suspiro de frustración.
⎯¿Crees en lo que dice?
⎯Jadlay está herido ¡No son más que delirios!
⎯respondió Yejiel, exasperado.
⎯Sin embargo, creo que deberías estar de acuerdo
conmigo en que es bastante inusual que él afirme algo así, ¿y
si está diciendo la verdad y realmente, Nabuc es su tío?
⎯¡Bah! ⎯exclamó Yejiel con un ademán de
incredulidad⎯. ¿Qué tontería es esa, Najat? Eso no son más
que desvaríos.
El muchacho observó el rostro ligeramente enrojecido de
su amigo y llegó a la conclusión de que era mejor no insistir
más. Apoyó su espalda contra la pared y lanzó un sonoro
suspiro. El estómago le dolía, eran retorcijones de hambre.
Sus ojos otearon la insondable oscuridad de la celda, luego se
desviaron hacia su incrédulo amigo, éste examinaba las
heridas de Jadlay con cara de preocupación.
Pronto perdieron la noción del tiempo. Ya no sabían si
era de día o de noche, ni siquiera pudieron precisar cuánto
251
tiempo llevaban sin comer, ni beber.
La angustia se apoderó de ellos. Resignados, se
arrebujaron junto a Jadlay, éste seguía quejándose con la
respiración agitada. Su mente estaba sumida en turbulentos
sueños. Sueños de un pasado oscuro, de una identidad
perdida. La negrura parecía eterna en su mente, tan eterna
que tenía miedo de despertar.
Lamec informó a Aby de lo ocurrido con los jóvenes
capturados y lo extraño que parecía todo. Nabuc calló.
Después de insinuar que eran prisioneros de guerra, guardó
silencio. Lamec seguía sin comprender, ¿de qué guerra, si
puede saberse? Él no tenía conocimiento de que ésta hubiese
estallado aún, si conocía los disturbios que estaban
ocasionando uno y otro bando, pero nada más. Esa
circunstancia fue la precursora de muchas preguntas sin
respuesta.
Aby escuchó todo cuanto él tenía que decirle y
preocupada por el estado de los jóvenes decidió ir a verlos.
Ella era una joven humanitaria, no podía consentir ese trato
hacia sus semejantes. Su esposo, actuando con tanta
perversidad, demostraba su falta de sentimientos hacia todo
lo que tenía vida, pues a él sólo le interesaba una cosa: el
poder.
Caminaban en silencio por el entramado de pasillos, que a
modo de laberinto se alzaba ante ellos abofeteándoles con la
incipiente oscuridad, ésta era cada vez más acusada y a
medida que se iban alejando de las dependencias iluminadas
del castillo, la congoja se apoderaba de ella, asfixiándola.
Avanzaba casi ingrávida, bien pegada a Lamec; junto a él se
sentía protegida.
La atmósfera que suturaba los corredores era sofocante.
Últimamente, Nabuc no solía pedirle cuentas a su
252
esposa. Le importaba poco a dónde iba o lo que hacía. Sin
embargo, había un lugar que Aby tenía terminantemente
prohibido, y ese lugar era el sagrado y hermético mausoleo.
Cuando traspasaron el pútrido corredor que conducía al
portón de las mazmorras husmearon el ambiente: el fuerte
hedor era insoportable, Lamec casi había olvidado lo que se
sentía al entrar a allí. Al llegar se encontraron a dos guardias
custodiando la celda de los presos, éstos enarbolaron sus
lanzas, obligándoles a retroceder unos pasos.
Aby intervino.
⎯¡Abrid la puerta, deseo ver a los detenidos!
El guardia vaciló por un momento, pero inmediatamente
él y su compañero bajaron las lanzas.
Abrieron la puerta. Oyeron un crujido fantasmagórico
que procedía de las oxidadas bisagras. El guardia hizo un
gesto para entrar con ellos, pero Lamec alzó la mano,
deteniéndolo.
⎯No os preocupéis, estaremos bien.
⎯De acuerdo ⎯dijo⎯. Golpead la puerta cuando
deseéis abandonar la celda.
Lamec asintió.
Las sombras invadían la celda de rincón a rincón, apenas
se veía nada y si no fuera por las respiraciones, relajadas
como la de los durmientes, dudarían de que allí hubiese
alguien. Sus ojos se habituaron rápidamente a la oscuridad y
enseguida pudieron distinguir a tres figuras, que parecían
engullidas bajo sus capas, pegadas las tres, dándose calor.
Mientras Aby se agachaba y apoyaba su mano sobre el
joven que tenía más cerca, Lamec golpeaba ligeramente con
su recia bota a los otros dos.
⎯¡Vamos, muchachos! —exclamó—. ¡Despertad!
Yejiel y Najat se despertaron bruscamente, asustados por
la inesperada visita, retrocedieron aún más sus cuerpos,
golpeando sus huesos contra la pared. Por un instante,
pensaron que había más distancia entre ellos y el muro… Sin
embargo, Jadlay yacía inmóvil. Aby, preocupada, apartó la
253
capa y examinó al chico; sus ojos expresaron el horror al
contemplar las feas heridas, miró a Lamec, éste comprendió
lo que le había ocurrido.
⎯Ha sido torturado ⎯afirmó.
Aby miró a Lamec; por una parte, asustada y por la otra,
preocupada. Cerró los ojos por un instante, conmocionada,
cuando volvió a abrirlos, Lamec pudo ver en sus ojos
ambarinos el reflejo de los que estaba sintiendo en ese
momento. Todo su semblante lo expresaba fielmente.
⎯¿Por qué? No entiendo…
⎯Esto es obra del hechicero Festo
⎯¿Qui… quienes sois? ⎯titubeó Najat, con voz
temblorosa.
Lamec le ofreció la mano para saludarle, pero el joven la
rechazó, no confiaba en aquel gesto de aparente cordialidad.
⎯Estamos con vosotros. Somos amigos.
⎯Hay que curar estas heridas… ⎯dijo ella en un
susurro, sin prestar atención a los otros dos jóvenes. Algo se
despertó en su corazón al contemplar al chico en tan
lamentable estado. No podía creer que Nabuc hubiera sido
artífice de tan despiadada acción.
Yejiel y Najat se levantaron del mugriento suelo, dejando
atrás el temor provocado por la presencia de la pareja.
⎯Somos de Bilsán.
Lamec se apresuró a preguntar.
⎯¿Pertenecéis a la resistencia?
⎯Sí —respondió Yejiel.
De pronto oyeron un gemido y desviaron sus miradas
hacia el suelo: era Jadlay que estaba recuperando el
conocimiento. Al despertar el dolor volvió y todo su cuerpo
se convulsionó. Aby pensaba que era necesario desinfectar
las heridas para evitar una infección, y cuanto antes mejor.
Ella sabía que si él conseguía evitar una septicemia, las
heridas, con el tiempo cicatrizarían.
Aby le tocó la frente: no tenía fiebre y eso era una buena
señal.
254
Al abrir los ojos, Jadlay vio a la hermosa joven que lo
miraba con su mirada ambarina y lánguida. El joven, en una
fracción de segundo, pudo captar la fatiga que la embargaba.
⎯¿Quién sois? ⎯preguntó, con claros signos de afonía.
Ella que seguía escudriñándole con la mirada le
respondió:
⎯Soy Aby, la esposa de Nabuc, reina de Esdras, sí es
que se puede llamar así, porque carezco de poder. ¿Y tú
quién eres?
⎯Yo… ⎯vaciló, por un momento dudó de quién era⎯.
Jadlay.
Lamec al oír aquel nombre supo de inmediato de quién
se trataba. Conocía el significado de ese nombre. Un
conocimiento que estaba en poder de los esdrianos, desde
siempre. Él era unos de los pocos afortunados que sabía lo
que ocurrió tras la muerte del rey Ciro. Su padre, que fue un
alto mandatario de la orden religiosa, moribundo, en el lecho
de muerte, le confesó la verdad y le hizo jurar por lo más
sagrado que mantendría el secreto. El silencio de Lamec
estaba justificado, porque su vida dependía de ese silencio.
⎯Mi padre hace ungüentos medicinales, le pediré que
nos ayude. Tus heridas necesitan ser desinfectadas y curadas
⎯Aby apartó del torso las andrajosas vestiduras y observó
con ojos casi clínicos⎯. Veo que has perdido mucha sangre.
Jadlay se sintió totalmente desnudo ante ella. Sus
mejillas se ruborizaron y perdieron por un instante, la
palidez mortecina que reflejaba su rostro. Observó como las
miradas de Aby y Lamec se encontraban. Ambos sabían lo
que tenían que hacer, no estaban de acuerdo con la lucha que
mantenía el rey por el poder. Estaban hartos de tanta
desolación y muerte.
«¡Uf, esta dama me gusta mucho!», exclamó Jadlay para
sus adentros. Sin embargo, no dejó que ese sentimiento, tan
nuevo para él, le embargará lo suficiente cómo para no
volver a la cruda realidad.
⎯Los ungüentos no son necesarios, sobreviviré. Lo
255
único que quiero es salir de aquí, tengo que volver a Jhodam.
Yejiel y Najat se cruzaron las miradas, aliviados, porque
habían desaparecido los delirios de su amigo o eso pensaban
ellos. Jadlay no desveló nada de su pasado y eso les dio un
poco de tranquilidad. Pero no contaban con que Lamec
también ocultaba el gran secreto del joven. Si él era el sobrino
de Nabuc, significaba que era el hijo del rey Ciro, pues éste
sólo tenía un hermano. Los dos jóvenes temían la nueva
realidad de su amigo, pues si todo era cierto, las cosas
cambiarían mucho; más de lo que podían imaginarse en esos
momentos, encerrados en una celda con la incertidumbre de
sus destinos acechando sobre sus cabezas.
—Si Nabuc os sorprende tratando de huir, no dudará en
mataros, tan cierto como que el sol sale por las mañanas —
dijo ella.
Lamec se movió por la celda, inquieto.
«Pero antes…», dejó inconcluso su pensamiento.
⎯Tal y como están las cosas es casi imposible sacaros de
aquí —afirmó—. Necesitamos un plan. No es tan fácil salir
de aquí. Tras la puerta hay dos guardias armados y hemos de
evitar levantar sospechas. Si Nabuc llega a sospechar algo,
nos matará a todos ⎯Lamec miró cariñosamente a Aby⎯,
incluida tú… Aby. Hay que pensar muy bien lo que vamos a
hacer.
La joven escuchó atentamente las palabras de Lamec,
pero no le asustaron. Estaba decidida a ayudarles, pero no
entendía… Miró a Jadlay, éste tenía el semblante
preocupado, trataba de asimilar todo cuanto había dicho
Lamec.
⎯¿Por qué quieres ir a Jhodam, no eres de Bilsán?
⎯Necesito hablar con el rey, tengo algo pendiente con él.
Lamec intervino.
⎯¿Te refieres al rey Nathan?
⎯Sí —respondió—. Él me ocultó una información y
parece ser que lo hizo de forma deliberada. Necesito una
explicación y ésta tiene prioridad sobre todas las cosas ⎯hizo
256
una pausa⎯. Sí sigo aquí, Nabuc me matará. Él no me quiere
con vida, soy un estorbo muy peligroso.
⎯Bien, si es cómo dices, trataremos de acelerarlo
⎯repuso Lamec, comprendiendo el significado de estorbo,
sabía muy bien a lo que se refería Jadlay⎯, pero no te
prometo nada.
Miró a Aby.
⎯Debemos marcharnos ⎯dijo⎯. Nabuc puede
presentarse aquí de un momento a otro.
Aby asintió con un leve movimiento de cabeza, luego se
volvió hacia Jadlay.
⎯¿Estás seguro de qué no necesitas los ungüentos?
⎯No. Gracias de todos modos.
⎯Pero… esas heridas… Necesitan ser curadas.
⎯No os preocupéis por mí, curarán solas. Estoy
cansado, débil y dolorido, pero soy capaz de llegar muy lejos
si me lo propongo y si digo que no voy a morir, es que no
voy a morir.
Lamec golpeó la puerta de la celda y al instante, ésta se
abrió.
Aby y su escolta Lamec salieron al mohoso corredor y la
puerta se cerró tras ellos. Los tres jóvenes volvieron a
quedarse solos.
Yejiel y Najat miraron a Jadlay, éste insistió.
⎯Nabuc me lo ha quitado todo: familia, hogar,
esperanza… Mi herencia. El trono de Esdras me pertenece, y
Nathan lo sabe —dijo—. Siempre lo ha sabido.
Se oyó un largo bufido. Yejiel pensaba que su amigo
había vuelto a las andadas. Ese gesto no pasó desapercibido a
los ojos de Jadlay.
⎯¿No me creéis, verdad?
Los dos jóvenes dieron unos pasos y se sentaron en el
suelo, junto a él.
⎯Nos parece irreal, eso es todo ⎯dijo Yejiel.
⎯Nabuc me lo confesó con más odio del que podía
albergar. Supongo que debió pensar que yo moriría pronto.
257
Allí, en la losa de piedra no me consideraba una amenaza.
Pero ya veis, no estoy dispuesto a darme por vencido, aún no
⎯dijo⎯. Necesito hablar con el rey de Jhodam. Nathan
confesará. Juro que lo hará.
Najat se mordió el labio inferior, inquieto.
⎯Eso… Si salimos de aquí.
Yejiel se levantó y echó a caminar por la pequeña celda,
apretando los nudillos, tenso.
⎯Moriremos antes de que podamos poner un pie en el
exterior ⎯repuso.
Jadlay alzó la vista, siguiéndole con la mirada.
⎯Eso jamás ocurrirá.
⎯Si que sucederá, y lo sabes muy bien. Nabuc será
capaz de todo con tal de evitar que anuncies a diestro y
siniestro que tú eres el heredero de la corona.
Jadlay sacudió enérgicamente la cabeza, negando una y
otra vez. Pensaba combatir por Esdras, derrocar a Nabuc.
Matarlo y entregarle la cabeza de su tío a Nathan, para luego
revelar a su pueblo que él es el hijo del rey Ciro. Al pensar en
su verdadero padre, se le pasó por la cabeza una visión de su
padre adoptivo, Morpheus…
«Él también lo sabía y sin embargo, no me dijo nada»
Jadlay lanzó un suspiró y se llevó las manos a la cabeza.
Ya no podía aguantar más. Necesitaba huir.
Nabuc estaba sentado en su trono, solo. Dejando pasar las
horas, y esperando que su sobrino dejase de existir para él
afianzarse seguro en sus planes. De vez en cuando,
jugueteaba con la empuñadura de su daga, deseando
utilizarla. Así acabaría de una vez por todas con el pasado,
un pasado que cada vez pesaba más.
Después de un rato, se levantó y dio un paso adelante.
Descendió del estrado. Portaba una capa púrpura con
bordados de oro en los extremos inferiores y su aspecto
imponía. Nabuc echó a caminar por la lúgubre estancia, entre
258
las columnas, cabizbajo, con cierto aire meditabundo. No
sabía que hacer, si ir personalmente a las mazmorras, o dar la
orden para que otro lo hiciera por él. Necesitaba saber si el
chico había muerto o no, la incertidumbre le corroía
ferozmente.
De repente se volvió hacia el umbral.
Oyó voces que provenían del vestíbulo.
Enós, seguido de un séquito de gente, traía ante el rey a
un guerrero que había tratado de desertar. Nabuc no
permitía a nadie tal acción. Era una traición. En Esdras sé era
hombre de armas hasta la muerte; desertar significaba una
condena que se pagaba con la muerte. Un sacrificio ofrecido
al séquito de dioses oscuros. Brutales ceremonias sangrientas
que solían realizarse en el mismo salón del trono, luego los
sirvientes acudían temerosos a limpiar la sangre que el
condenado perdía a través de la paliza que el verdugo le
propinaba, siempre ante la presencia del rey; éste era el único
que podía absolver al condenado y casi nunca esta gracia la
otorgaba.
La reina paseaba por las dependencias con Lamec
cuando los gritos del reo la alarmaron. Ella jamás había
presenciado un espectáculo de esas características, realmente
no sabía lo que estaba ocurriendo. Lamec, que si conocía la
ceremonia, trató de persuadirla para que se olvidara de
acudir al sangriento ritual, quería ahorrarle un sufrimiento
innecesario. Pero ella no cambió de idea. Cuando llegaron al
corredor principal, delante de ella y Lamec, un grupo de
sacerdotes, vestidos con túnica blanca, acudían a presenciar
el acto.
De repente, la estancia se llenó de morbosos cortesanos
que querían presenciar la ofrenda al dios serpiente, Apofis.
El mismo al que Nathan hace veinticinco años quitó la vida.
Unos dicen que lograron revivir su cuerpo en Snake y otros,
que dejó de existir para unirse a la oscuridad eternamente.
Un espectro. Lo cierto, es que las mentes entregadas a la
oscuridad aún siguen adorándole y ofreciéndole sacrificios
259
de vez en cuando.
Nabuc dispuesto a sentenciar a muerte al reo, se sentó
cómodamente en el sillón real, tras él una colosal estatua que
representaba a un extraño ser ofidio al que ofrecería el
sacrificio.
Se oyó un murmullo de voces.
Todos parecían sedientos de sangre, era como si el
castillo hubiera caído en las redes de un extraño hechizo. El
sentenciado suplicaba perdón, pero el rey no estaba
dispuesto a escucharle.
Nabuc declaró al reo culpable a morir sacrificado a
golpes. Después miró a Enós y con simple gesto le dio el
visto bueno.
Y el sacrificio de sangre comenzó…
Enós extendió al guerrero sobre el suelo y, en una breve
y brutal ceremonia, el verdugo que había llegado justo
después que el sicario le propinó una serie de golpes en la
cabeza con una maza hasta reventarle el cerebro. La masa
gris y sanguinolenta quedó esparcida por el suelo.
Aby, perturbada por la sangrienta escena que había
presenciado, emitió un angustioso grito. Un alarido intenso
que fue oído por todos los presentes en la sala. Se volvieron
todos al mismo tiempo, ni una sola reverencia. Aby no era
más que una sombra. Pero Nabuc y Enós que habían
contemplado el rito, impasibles, ni se inmutaron ante el grito
de ella. El rey se limitó a mirar a Lamec, éste sintió cómo los
afilados ojos de Nabuc se clavaban en los suyos,
amenazándole directamente.
Lamec comprendió…
⎯Aby, vámonos.
La joven se había quedado como petrificada, incapaz de
mover un solo músculo de su cuerpo. Lamec la agarró de un
brazo y la sacó de allí, a rastras.
Cuando la respiración silbante y agónica del moribundo
cesó, Nabuc se le acercó y se quedó mirándolo, en su rostro
se reflejaba una perversa sonrisa.
260
⎯Esto es lo que ocurre cuando alguien me traiciona.
Espero que su muerte sirva de precedente —dijo en voz alta.
Algunos de los presentes murmuraron palabras de forma
inteligible, atemorizados por lo que acababan de presenciar.
Ninguno de ellos recordaba un sacrificio tan atroz.
Entonces, Nabuc, dando por finalizada la ceremonia,
caminó con sus botas de cuero negro sobre el charco de
sangre mezclada con restos de masa cerebral y se encaminó
hacia el vestíbulo, dispuesto a tener una seria conversación
con su esposa.
Instantes después, Nabuc entró como una furia en el
aposento de su esposa. Con Aby se encontraba Lamec, que
temía dejarla sola. La joven había quedado muy
impresionada y no hacía más que sollozar.
⎯¡Márchate! ⎯dijo Nabuc a Lamec.
El joven pasaba junto a él, cuando fue agarrado del
brazo.
Se midieron con la mirada.
⎯Qué sea la última vez que te encuentre en el aposento
de mi esposa.
Lamec tragó saliva.
⎯Majestad, sólo estaba consolándola. Está muy afectada.
⎯¡Vete!
El joven se marchó en silencio. No convenía nada
replicarle. Nabuc era el rey y su autoridad no era
cuestionable. Lamec tenía muy claro que no deseaba morir
sacrificado o ensartado como un pollo. Ya había tenido
bastante con ver lo que había hecho con Jadlay y con el
desdichado guerrero, éste había tenido peor suerte.
Durante breves segundos, Nabuc se quedó plantado
junto al umbral, contemplando a su joven esposa, segundos
que a ella le parecieron una eternidad. Reaccionando, Aby se
refugió junto al ventanal; cuanto más lejos de él mejor, pero
el rey avanzó, decidido, hasta ella.
261
⎯¿Qué te ocurre? —preguntó—. ¿Acaso me tienes
miedo?
Aby palideció. Jamás podrá olvidar las sangrientas
escenas, observadas en un momento fugaz. Él, su esposo, era
el artífice de tanta atrocidad. Ella llegó a pensar que podía
hacerle cambiar, pero estaba claro que no. La tortura de
Jadlay y el sacrificio del guerrero no eran un buen comienzo
para ese cambio.
⎯¿Cómo has podido? ¿Es qué no tienes piedad por
nadie?
⎯¿Piedad? ⎯repitió él, echándose a reír a carcajadas.
Aby observó como los ojos de él se encendían en cólera.
Sí; tenía miedo de él, mucho miedo. Sabía de lo que era capaz
y ella no quería seguir siendo su cómplice, pues aunque no
tenía nada que ver con sus decisiones, era su esposa.
Nabuc al verla plantada junto a la cortina, hermosa,
aunque pálida, sintió unos enormes deseos de… Se contuvo,
no era el momento. Sin embargo, se lamió los labios en un
acto lascivo.
Sin darle mucho tiempo para pensar, él continuó
hablando.
⎯Querida, lo que has visto en el salón del trono no es
nada comparado con lo que hice en el pasado…
De repente tomó una silla y la arrastró hasta situarla
muy cerca de ella.
⎯¡Siéntate!
Aby sacudió enérgicamente la cabeza.
⎯Prefiero estar de pie.
Nabuc insistió y esta vez alzó tanto el tono de su voz.
⎯¡He dicho que te sientes! ⎯ordenó.
Ella obedeció, no tuvo más remedio que hacerlo. El tono
de la voz de Nabuc, tan siniestra y dominante, dejaba bien
claro que él no pensaba permitirle pasar ni una. No sabía lo
que él quería decirle, pero Aby, no tuvo muchos problemas
para comprender que el asunto era serio, muy serio.
En ese momento, miles de imágenes pasaron por su
262
mente… imágenes pasadas, como la violación que tuvo que
soportar al ser desposada; su padre, encarcelado y
abandonado hasta que por fin, Nabuc le concedió la libertad;
los tres extraños jóvenes de la resistencia; Jadlay… Y ahora el
pobre guerrero, que había encontrado la muerte de una
forma tan desagradable. Ya no sabía que pensar, si quedarse
y suicidarse o tratar de huir.
⎯Soy un asesino sin escrúpulos y no me avergüenzo por
ello —dijo, sin pelos en la lengua—. Siempre he deseado el
poder, pero mi hermano Ciro era el heredero y yo, no era
nadie. No era más que un simple príncipe al que rebajaron al
grado de conde. Aquella ofensa creció en mí, hasta
convertirse en odio ⎯hizo una pausa, miró a su esposa, ésta
lo estaba contemplando con los ojos abiertos como platos y
con el rostro más blanco que la leche⎯. Cuando, por fin, mi
hermano murió, vi la luz. Pero él tenía un hijo; un
insignificante bebe, y yo podía gobernar como regente, pero
sabía que a su mayoría de edad estaba obligado a entregarle
el cetro del poder. Yo no quería eso, deseaba ostentar el
poder para mi solo, por este motivo hice lo que hice…
Aby recuperando parte de su aplomo, lo interrumpió.
⎯¿Por qué me cuentas todo esto?
Nabuc entornó las cejas.
⎯Porque quiero hacerte participe de mi gran secreto. Un
secreto que está a punto de finar… Si es que no lo ha hecho
ya.
⎯¿Qué hiciste, que mancha y envenena tu nombre?
Nabuc, convencido de que era lo mejor, decidió decir la
verdad tal cual era.
⎯Ordené el asesinato del niño.
⎯¿Qué? ⎯Aby se quedó alarmada por lo que acababa
de oír.
⎯No se consumó. Mis sicarios erraron.
Aby suspiró aliviada. Un alivio que duraría muy poco.
Nabuc dio unos pasos hasta el ventanal y con la miraba
fija en la lejanía nocturna, prosiguió:
263
⎯Después de tanto tiempo, el pasado ha vuelto a mí. El
niño ha crecido… Se parece mucho a su padre y a mí, pero
no pienso dejar que esa circunstancia me provoque
remordimientos ⎯dijo al mismo tiempo que se daba la
vuelta y caminaba hacia ella⎯. Los esfuerzos por localizar al
joven príncipe han dado sus frutos y hace unos días mis
sicarios consiguieron encontrarlo y apresadlo. Ahora, sólo
me falta concluir personalmente lo que tenía que haber hecho
aquel día que lo mandé matar —se echó a reír—. Sólo espero
que la tortura de Festo haya dado resultados y la muerte de
mi sobrino sea un hecho. Si hoy no recibo información al
respecto, mañana por la mañana me encargaré de matarlo yo
mismo. No puedo permitir que viva, ahora que él sabe la
verdad no dudaría en quitarme el trono.
—No hay hombre más maldito que el que mata a otro de
su sangre —murmuró Aby.
Nabuc arqueó las cejas, divertido.
—¿Crees que me importa estar maldito? La corona… eso
es lo único que me importa. Lo demás, carece de
importancia.
⎯La corona no es tuya —replicó ella—. Eso te convierte
en un usurpador ⎯hizo una pausa, para tratar de atar cabos;
algo que consiguió rápidamente: Jadlay era el príncipe⎯. Es
uno de los jóvenes que están en la celda, ¿verdad?
El rey asintió.
—Saca las conclusiones que quieras, Aby. Soy incapaz de
sentir remordimientos —hizo una pausa—. He ordenado
más muertes de lo que tú jamás podrás imaginar.
Aby miró a su esposo con ojos duros, tan duros como el
acero. La desfachatez con que él le había desvelado su secreto
le heló la sangre. Su semblante demacrado, parecía
transparentarse a la luz de la única lámpara de aceite que
permanecía encendida. De una cosa si estaba segura, no
quería pasar ni una noche más en el castillo. Tenía que huir;
llevarse a su padre lo más lejos posible de Esdras. Pensó en
Lamec y en los tres jóvenes, uno de ellos era el legitimo rey
264
de Esdras. Había que hacer algo antes del amanecer o el
joven no tendría salvación. Jadlay se verá cara a cara con la
muerte, porque Nabuc es la sombra que acecha quitando la
vida a justos e inocentes para su propio provecho.
Nabuc ni siquiera, después de confesar el tipo de
persona que era y toda la sangre que se había derramado
gracias a él, perdió la expresión exultante y confiada que le
caracterizaba.
Había concluido su exposición y estaba satisfecho
consigo mismo porque había pasado parte del peso de sus
atrocidades a una mujer tan justa como Aby. No se le pasó
por la cabeza que ella había planeado marcharse de su lado
ni tampoco que había acudido a las mazmorras para visitar a
los tres prisioneros, ni que pensaba liberarlos con la ayuda de
Lamec y su padre. Nada de eso se le pasaba por la cabeza.
Hubo un silencio sepulcral.
Nabuc no tenía nada más que decir, miró a su esposa,
pero ésta, al no poder sostener la mirada la desvió
rápidamente. Por esa noche, Aby había tenido bastante; no le
dijo que se marchará, espero a que fuese él quién tomara la
iniciativa. Ella lo estaba deseando, tenía que salir del castillo
en plena noche, hablar con su padre, con Lamec y luego,
liberar a los tres jóvenes… Todo en una noche y no podía
delatarse, sino la siguiente cabeza que correría por el suelo
sería la suya.
⎯Si no tienes nada que replicarme, me retiraré. Es tarde
y necesito descansar ⎯dijo él de repente.
El rey se dirigía al umbral del aposento cuando un
balbuceo le detuvo. Aby se había levantado de la silla y
pronunciado su nombre.
⎯Nabuc… ⎯Aby lo llamó sin saber por qué. Su voz
sonó tímida.
Él se volvió.
⎯Dime.
Aby sabía que era su última noche. De alguna forma
quería despedirse, pero inmediatamente cambió de idea; él
265
podía sospechar.
⎯Sólo quería desearte un buen descanso.
Nabuc se extrañó por las palabras de Aby, ella nunca se
había mostrado tan atenta con él, pero no quiso indagar.
Estaba mejor así. Cabizbajo, dio unos pasos y traspasó el
umbral. Cerró la puerta tras él y se encaminó, cruzando el
vestíbulo, hacia el corredor que comunicaba con sus
aposentos.
Cuando Nabuc se hubo ido Aby respiró hondo, aliviada. Sin
más dilación salió a la terraza, buscaba a Lamec.
La noche era muy oscura, sin rastro de las dos lunas; su
luz perlada no acompañaba al manto estrellado. No podían
perder tiempo, ahora o nunca. Las condiciones eran las
adecuadas para huir, sólo faltaba que el plan de Lamec no
fallase.
De pronto vio una sombra que se deslizaba por la hierba.
La figura encapuchada se confundía en la oscuridad. Ella
sonrió. Desde la terraza le hizo una seña indicándole el
camino libre. Estaba sola en el aposento.
Lamec trepó los tres metros que le separaban de ella, ágil
y rápido como una araña, demostrando su habilidad.
Cuando él estuvo lo suficientemente cerca de ella, lo agarró
de las axilas y lo atrajo hacia sí.
⎯¡Vaya nochecita! ⎯exclamó él con los pies en las losas
de la terraza.
⎯Lamec, no podemos perder el tiempo. Hemos de huir
hoy, mañana será tarde para los tres jóvenes. Nabuc me ha
confesado que Jadlay es…
Lamec la interrumpió. No estaba sorprendido, sabía que
tarde o temprano, el rey hablaría.
⎯¿Piensa Nabuc matar al príncipe?
Aby se quedó perpleja. Sinceramente, no esperaba que
su escolta lo supiera.
⎯¿Sabías quién era el chico? ⎯le preguntó.
266
⎯Sí.
⎯¿Y por qué no me lo dijiste?
⎯Le prometí a mi padre en su lecho de muerte que
guardaría silencio —respondió—. Desde ese momento, sellé
mis labios. Lo siento.
La prudencia había dominado la vida de Lamec, era
consciente de que hablar más de la cuenta podía traer
consigo malas consecuencias.
Ambos entraron en el interior del aposento. Aby se
dirigió corriendo a la mesita que estaba junto a la cama,
apagó la lámpara y luego, se sentaron sobre la cama.
En la oscuridad, planificaron la huida.
⎯Irás en busca de tu padre y lo traerás al castillo. Has de
evitar que te reconozcan, cámbiate de atuendos, ponte una
capa negra y cubre tu rostro. Luego accedéis al pasadizo a
través de la biblioteca y os dirigís al laberinto, no lo crucéis,
esperadnos en el inicio. Yo acudiré con los jóvenes en una
hora aproximadamente.
⎯¿Una hora?
⎯Sí, Aby… ¡una hora! Ese es el tiempo que tenemos
para escapar. No hay que olvidar que una vez los centinelas
cierren el torreón se activaran los drenajes subterráneos y los
conductos se inundaran de agua. Si no conseguimos
traspasarlos en menos de ese tiempo, moriremos ahogados.
Aby tenía muchas preguntas y apenas había tiempo para
las respuestas, pero tenía claro que no podía huir si no tenía
las cosas claras. No quería ser ella quién fallase.
⎯¿Y los centinelas? ¿Cómo piensas burlarlos?
⎯No te preocupes, de ellos me ocupo yo.
Más dudas asaltaron su inquieta mente…
⎯¿Ya has pensado cómo huiremos, no tenemos caballos?
⎯Correremos a través de los senderos sin mirar atrás.
Los monjes del Monasterio de Hermes tienen caballos de
sobra, se los pediremos prestados. ¿Tu padre ha estado allí,
verdad?
⎯Si.
267
De pronto, Lamec cambió de tema, pues al verla vestida
de forma tan femenina no pudo más que hacer una mueca en
los labios. No, no…
⎯¿Tienes ropa de hombre en tu ropero?
Aby se quedó perpleja con la petición del joven.
⎯¿Por qué?
Lamec insistió.
⎯¿Tienes o no?
⎯Sí, tengo algo de Nabuc, muy poca cosa: una par de
calzas, un par de botas y un juego de camisolas.
⎯Bien, con eso tenemos suficiente.
⎯¿Suficiente? ¿Para qué?
⎯¡Venga, no hay tiempo! ⎯dijo⎯. Quítate ese vestido y
ponte una camisola, las calzas y las botas, y no te olvides de
la capa, negra si es posible. ¡Rápido!
Aby con una sonrisa en los labios, se dirigió al ropero.
Miró atrás para cerciorarse de que él no estaba mirando, se
ocultó tras la mampara de mimbre. En ese momento, Lamec
se levantó de la cama y echó a caminar lentamente hacia el
ventanal de cristales romboidales, mientras ella se despojaba
del vestido, de sus complementos y de las enaguas, para
cambiar sus vestiduras femeninas por las rudas masculinas.
En un principio no fue fácil quitarse las ropas en la
oscuridad, pero pronto sus ojos se adaptaron al pequeño
espacio que proporcionaba la íntima mampara. Cuándo, por
fin, se cambió de atuendos, descalza y con las botas en la
mano, corrió hasta la cama; le daba vergüenza que él la viera
con esa guisa. Mientras ella se calzaba las botas, miró a
Lamec y le preguntó con aire desenfadado:
⎯Dime, ¿por qué he de vestir cómo un hombre?
Lamec se volvió hacia ella. Una bonita sonrisa se dibujó
en sus labios, al contemplarla: Aby estaba preciosa con las
calzas.
⎯¿Por qué? ⎯dijo él⎯. No pretenderás correr por el
bosque y cabalgar veloz a lomos de un caballo, ataviada con
un vestido, ¿verdad?
268
Aby lanzó un bufido.
⎯¡Ahhh! Ya comprendo…
Si iba vestida con atuendos de hombre le permitiría
actuar con más comodidad. Reconocía que él había tenido
una gran idea, al margen de que conseguiría también pasar
desapercibida.
Se puso en pie y él la ayudó a colocarse la capa.
⎯¿Lista?
Ella asintió con el semblante risueño.
⎯Bien. No lo olvides, Aby… una hora.
⎯No te preocupes, Lamec. Mi padre y yo estaremos en
el lugar convenido.
Aby sabía como salir al exterior sin ser vista: la cocina;
una puerta comunicaba con la lavandería y ésta a su vez,
tenía salida al almacén de provisiones. A través del almacén
se llegaba a las caballerizas y desde allí hasta el camino que
llevaba a su antigua casa sólo había unos pocos metros. A
esas horas de la noche, tan impropias, no creía que hubiese
alguien merodeando por allí.
Ambos abandonaron el aposento. Se dieron la mano,
deseándose suerte y se separaron. Aby echó a caminar,
sigilosa, por el corredor; tan sigilosa y liviana como un
fantasma. Lamec se perdió en la oscuridad.
269
Capítulo 8
Huída en la oscuridad
Aby, con el rostro cubierto bajo la capucha, se adentró en el
angosto pasillo que conducía a la cocina. En el silencio de su
mente murmuraba un rezo; un canto monótono que su padre
le había enseñado cuando era niña. Una salmodia que le
ayudaría a superar los momentos difíciles y que
curiosamente no usó el terrible día que fue poseída por
Nabuc, quizá, porque no se jugaba más vida que la suya.
Ahora era diferente, de ella dependía la suerte de otros.
El misterioso salmo adquiría proporciones mágicas sin
ella saberlo. Cada entonación pronunciada con cadencia
uniforme actuaba como un poderoso conjuro, atrapando a
todo aquél que pudiera convertirse en una amenaza en un
sueño muy profundo. Su padre, Joab, no era un mago, pero
aprendió diversos conjuros del afamado hechicero Aquís y se
los trasmitió a su hija sin desvelarle su utilidad real.
Auténticos talismanes que protegían a la persona que los
recitaba.
«…Vade retro, obscuritas… Aeternum praevalescĕre… Multis
cum lacrimis, supremus deĭtas magĭcus miserere mei… Vade retro,
obscuritas…»
Las llamas de las antorchas que estaban apoyadas en las
ménsulas de la pared del lúgubre corredor rugían y
ondeaban a uno y otro lado, perturbadas por la corriente que
la figura oscura de Aby generaba al pasar.
No había rastro de guardias. El silencio era absoluto.
Llegó al umbral de la cocina. Abrió la puerta sin hacer
270
ruido y se sumergió entre las sombras, para deslizarse hasta
otra puerta. Una vez la traspasó se sintió embriagada de una
emoción que no pudo contener, corrió y cruzó la lavandería,
sin respirar.
Lo había conseguido.
Dejó atrás las caballerizas y arrebujándose en su regía
capa se adentró en el oscuro y empedrado camino; con su fe
puesta en la salmodia, se confundió en la oscuridad de la
noche.
Oyó voces que la alertaron, pero éstas provenían de una
pareja que se hacía arrumacos en la soledad de una esquina.
Les saludó y siguió con su camino.
Los amantes ni le prestaron atención.
Aby llegó a su casa y a grandes zancadas ascendió los
cuatro peldaños de la escalera del cobertizo, sin aliento.
Había luz en la casa. Su padre estaba despierto.
Con decisión, golpeó la puerta.
⎯¡Padre, soy yo!
Joab que estaba leyendo un libro junto al calor de la
chimenea, se volvió sobresaltado. Creyó haber oído la voz de
su hija, pero eso no podía ser. Su hija…
De nuevo, Aby insistió.
⎯Padre, por favor, abre la puerta.
El levita se levantó del sillón, asustado y pensando que
algo malo le había ocurrido a su hija para que se presentara
en casa en plena noche. Corrió hacia la puerta. Desbloqueó el
cerrojo y abrió la puerta. En el umbral, estaba su hija.
Aby sin poder contenerse, se arrojó a los brazos de su
padre; éste no podía creerlo.
⎯Hija, ¿qué ocurre?
⎯He venido a buscarte, padre. ¡Nos vamos de Esdras!
Aby se apartó de su padre y se dirigió a la chimenea
para apagar el fuego. Su padre la siguió, atónito, sin
comprender.
⎯¿Cómo has dicho? ⎯Su hija se volvió, Joab la
contempló detenidamente⎯. ¿Se puede saber qué haces
271
vestida así?
⎯Padre, deja las preguntas para otro momento. No
tenemos tiempo ⎯dijo⎯. Ponte ropa de abrigo, tenemos un
largo camino por delante y hace frío.
⎯Pero, hija… ―titubeó―. Si me dijeras…
Aby miró a su padre. Estaba fatigada de tanto correr y
no tenía ganas para mucha palabrería.
⎯Tranquilizaos, padre ⎯repuso ella⎯. Nos esperan, en
el laberinto. Hemos… de viajar hasta Jhodam… ⎯Aby
titubeaba pesarosa.
Joab escuchó atentamente a su hija. La oyó pronunciar el
nombre de la mítica ciudad y no se atrevió a replicarle.
Siguió su mirada y comprendió inmediatamente lo que
quería decir, pero, en lugar de sentirse confortado por la
expectativa de una vida mejor, el levita pareció aún más
preocupado. Sin embargo, se dispuso a hacer todo cuanto
ella le había ordenado.
Minutos después, padre e hija, abandonaban la casa con
sólo lo puesto. Joab había cerrado la puerta y bloqueado el
cerrojo, pero sabía que esos intentos de proteger su casa
serían en vano, una vez, Nabuc se percatara de la huída. Lo
sabía: el rey tiraría la puerta abajo sin más dilación.
Con un suspiro largo y profundo, de total resignación,
Joab siguió a su hija; en instantes, sus sombras se perdieron
en la oscuridad.
Los enmarañados cabellos rubios de Lamec era lo único que
destacaba en tan siniestra oscuridad. Avanzaba a través del
mohoso corredor, cuando se llevó una mano al bolsillo
interior de su capa… Tomó entre sus dedos, dos piedras que
le permitirían, con ayuda de los dioses, acceder a la celda.
Dos trocitos de roca tallada, con una inscripción rúnica
labrada en cada una de ellas; dos talismanes, ehwis y eiwaz,
que siempre llevaba consigo y que esa noche se convertirían
en la maldición de Nabuc, porque con esas dos piedras
272
pensaba dejar fuera de combate a los dos robustos centinelas
que custodiaban la celda.
Ante él, las escaleras que conducían a las mazmorras. Se
detuvo y respiró tan profundamente como pudo. Se llevó las
piedras a los labios y las besó.
⎯Os necesito chicas… No me abandonéis ⎯murmuró
con los ojos cerrados.
Los agudos sentidos de Lamec se pusieron en alerta; le
inquietaba que algo pudiera fallar, pero sabía que no debía
pensar en cosas negativas, no debía tentar a la mala suerte,
pues ésta solía presentarse sin avisar.
A Lamec le palpitaba el corazón con molesta rapidez,
mientras descendía la angosta escalera. Estaba excitado y a la
vez, atemorizado. Se convenció a sí mismo de qué estaba a
punto de emprender una acción positiva. Una acción que en
un futuro muy cercano tendría consecuencias positivas para
Esdras. Sin embargo, el recuerdo de lo que había sucedido en
el salón del trono le hizo vacilar momentáneamente; si él
fallaba y Nabuc le prendía, el sacrificado a golpes sería él y la
verdad, no deseaba ese destino.
Miró atrás para asegurarse de que no le seguía nadie.
Creyó haber oído algo. Pero allí no había nadie…
Imaginaciones. La mente hacia toda clase de jugarretas
en circunstancias como ésta. Aliviado, Lamec, bajó el último
peldaño y siguió andando. Llegó a una bifurcación y tomó el
pasillo de las celdas, pero antes de llegar a la esquina, se
cobijó entre las sombras y desde allí, se limitó, por unos
instantes, a observar a los dos centinelas. Sabía que no tenía
mucho tiempo, pero el siguiente paso era decisivo para la
buena marcha del plan.
Ninguna sombra, aparte de la suya y de los centinelas, se
movía y el silencio era absoluto.
Con una rápida y furtiva mirada a su alrededor, para
asegurarse de que estaba solo, que no había nadie tras él,
Lamec caminó unos pasos y arrojó con fuerza una de las
piedras. En aquel tramo del pasillo, apenas había luz, los
273
centinelas no se habían dignado a encender las antorchas que
colgaban de las ménsulas y eso era algo positivo.
La piedra, impulsada por su propia magia y por los
deseos de Lamec, rodó por el mugriento suelo y alertó a los
centinelas, éstos se cruzaron la mirada.
⎯¿Has oído?
⎯Sí.
⎯¿Ratas?
⎯Quizá… Iré a ver.
La piedra se detuvo a medio camino entre el centinela y
Lamec. Pero se había confundido en la oscuridad y sólo los
ojos del joven podían vislumbrarla. El centinela avanzaba,
mirando a su vez, el suelo. Su otro compañero extrajo del
cinto su daga y le siguió.
Lamec retrocedió unos pasos y esperó a que él primero
estuviera cerca para propinarle el golpe de gracia que lo
dejaría tumbado en el suelo, luego, tendría que actuar con
endiablada rapidez, pues el otro venía por detrás.
Al llegar a la esquina, el centinela se detuvo un instante
y miró hacia uno y otro lado. Le hizo una seña a su
compañero… allí no había nadie. Retrocedían cuando oyeron
de nuevo el ruido. Lamec había lanzado hacia el otro lado, su
otra piedra. Ahora, los dos hombres si se pusieron nerviosos.
Uno de ellos se apresuró a encender una antorcha cuando
Lamec, le propinó un brutal golpe en la nuca al compañero,
éste no tuvo tiempo ni de abrir la boca. Cayó de bruces,
desplomado en los brazos de su atacante.
Un imperceptible golpe y fue arrastrado por el suelo.
El otro centinela, desenganchó la antorcha y con ella en
la mano se volvió y buscó en la oscuridad a su compañero,
que de repente había desaparecido.
⎯Abel… Venga no bromees conmigo, ya sabes que no
me gusta este apestoso lugar.
Lamec había escondido el cuerpo tras él, justo en el
recodo; luego, se volvió hacia su segunda víctima. El
centinela respiraba agitadamente, y sus ojos estaban abiertos
274
de par en par. De repente, escuchó un ruido a sus espaldas,
se volvió bruscamente y sólo tuvo tiempo para sentir como
un dolor atroz lo sumergía en la más completa oscuridad.
Arrastró el cuerpo del centinela junto al de su
compañero, los maniató con unas gruesas cuerdas y luego,
con nerviosismo, buscó entre las ropas, las llaves de la celda.
Por fin, lo había conseguido. Esa noche, les favorecían
los dioses. Sin más dilación, Lamec se irguió, recogió sus dos
piedras y a grandes zancadas se dirigió a la celda de los tres
jóvenes.
La puerta de la celda se abrió con un fuerte chasquido.
Una figura encapuchada tan oscura como las sombras de
la mazmorra, apareció en el umbral. Los tres jóvenes
dormitaban entre ratones cuando elevaron sus cabezas,
sobresaltados por la brusca irrupción.
Se plantó delante de ellos y mientras se echaba atrás la
capucha le dirigió a Jadlay una mirada rápida.
⎯Amigos, ha llegado el momento ―dijo―. ¡Nos vamos!
Yejiel se levantó de un salto, sorprendido.
⎯¡Bravo!
Najat ayudó a Jadlay a levantarse del duro y húmedo
suelo. Se le veía mejorado, pero no animado. Lamec, se
acercó a él.
⎯Sé quién sois realmente, pero… ⎯dijo al mismo
tiempo que le ofrecía su mano⎯, ahora no podemos
permitirnos el lujo de perder el tiempo en presentaciones
quizá, luego cuando hayamos logrado dejar atrás el castillo.
Hemos de huir antes de que se active el mecanismo de
drenaje.
⎯Entonces, vámonos y no perdamos más el tiempo.
⎯Le instó Jadlay mientras se apoyaba en el brazo de su
aliado.
Yejiel sacó, temeroso, la cabeza por la puerta, miró a su
alrededor y luego se volvió hacia Lamec que en ese
275
momento, avanzaba, junto a Jadlay y Najat, hacia el umbral.
⎯¿Y los centinelas? ¿Acaso los has despistado o
sobornado?
⎯Les he enviado al mundo de los sueños.
―¿Eh? ¿…?
Jadlay, al comprobar todo lo que Lamec estaba haciendo
por él y sus amigos, perdió ese aire desafiante que le
caracterizaba. Quería estar tranquilo y a salvo, pero era
consciente de que esa tranquilidad no sería real hasta que
estuviera muy, muy lejos de Esdras.
Abandonaron la celda apresuradamente y se adentraron
en el laberinto de pasillos. Lamec los guió por aquel
complicado entramado, del que nunca hubieran salido vivos
si no es por la gran ayuda recibida. Jadlay al pasar por el
corredor, comenzó a sufrir retorcijones de su estómago, unas
arcadas nauseabundas que amenazaban con hacerle vomitar
allí mismo. En la celda se había adaptado a las mugrientas
condiciones de vida, pero en los oscuros corredores, el hedor
que impregnaba el ambiente era insoportable. Era imposible
caminar por allí sin ponerse malo, aquel tenebroso lugar no
sólo necesitaba luz, sino una intensa lavativa.
Había muchas cámaras subterráneas del castillo
inexploradas, sobre todo aquellas que estaban más cerca de
los conductos de drenaje. El lugar de encuentro era
precisamente el inicio de esas cámaras, a las que se accedía
sin necesidad de penetrar en el laberinto. Mucho más allá, se
encontraba el Mausoleo.
Aby conocía bien el lugar, no hacía mucho que se
introdujo accidentalmente en aquel siniestro lugar y apunto
estuvo de ser descubierta, pero gracias a los dioses, Lamec
estaba cerca para evitarlo. Ahora, ella y su padre, deben
traspasar los corredores para huir de Nabuc, y luchar por
sobrevivir.
Cruzaron como una exhalación la cocina, sin mirar a su
276
alrededor. Se detuvieron ante la puerta, Aby la entreabrió y
sacó ligeramente su cabeza… ¡Corredor vacío, ni un alma
vagaba por allí!
Aby y su padre corrieron por el pasillo en dirección a la
biblioteca. Las antorchas, apagadas; y la oscuridad, aliada
con ellos, permitiéndoles avanzar en el más absoluto de los
silencios. Cuando llegaron a la biblioteca Aby abrió la puerta
con cuidado, confiando que no hubiera nadie en su interior.
Su padre, tras ella, miraba a todos lados, preocupado.
No había nadie.
Miró a su padre y ambos respiraron aliviados.
Penetraron en la sombría estancia y ella a grandes zancadas
se dirigió a la estantería que ocultaba el manubrio que
permitía abrir la puerta secreta. Presionó sobre la
empuñadura y el crujido chirriante que acompañaba a la
apertura del pasadizo sonó nuevamente, un sonido parecido
al siniestro crujido de las bisagras oxidadas. Aquel fantasmal
ruido produjo un escalofrío en Joab. Aby se volvió, de
repente, hacia él; fue tan rápida que su padre no pudo evitar
emitir un alarido casi ahogado del propio susto.
⎯¡Ah!
Aby sonrió al ver la cara de poema de su padre. Se llevó
un dedo a los labios.
⎯¡Chissss!
Ambos traspasaron rápidamente el umbral y echaron a
correr torpemente. La tenebrosidad era un obstáculo casi
insalvable, pero no había tiempo para encender una
antorcha. De pronto, notaron una sutil sustancia pegajosa,
una nubosidad real que parecía descender de las alturas, Aby
alzó la vista: el techo estaba cubierto de telarañas, algo de lo
que no se había percatado en su anterior visita; en aquella
ocasión, estaba demasiado acongojada para prestar atención
a su alrededor. En esos instantes, la situación era muy
diferente… Ella era dueña de sí misma y el miedo lo había
dejado en su aposento. El aspecto sedoso y blanquecino de la
tela, que pacientemente tejían las arañas segregando su hilo
277
tenue, les ofuscaba el camino.
Siguieron adelante.
Aby, más que su padre, estaba agobiada, pues la
sensación claustrofóbica que sentía al verse engullida por las
sombras de los siniestros corredores le hizo perder la noción
del tiempo. Y no habían llegado al inicio del laberinto cuando
oyeron pasos muy rápidos; ruidos propios de las duras botas
al pisar el rocoso suelo y el salpicado de los charcos de agua
que procedían de las goteras de los conductos. Ella no tuvo
dudas.
⎯¡Son ellos, padre! ¡Lo hemos conseguido!
Aby cogió a su padre de la mano y lo arrastró consigo
obligándole a correr más rápido; de repente oyó a Lamec.
⎯¡Seguidme, por aquí!
Otra voz…
⎯De acuerdo, tú eres el guía.
Apretaron el acelerador al estar cada vez más cerca del
punto de encuentro.
La bifurcación de caminos… Y los seis se dieron de
bruces.
⎯¡Caray, Aby! Ni hecho a propósito… ⎯exclamó
Lamec, sorprendido por la puntualidad de la dama y su
padre.
Jadlay se dirigió a ella y le hizo una ligera reverencia.
⎯Mi lady… o debo llamarla, majestad.
Aby palideció al escuchar las palabras cargadas de
reproche que Jadlay le había soltado, éste parecía dolido por
el trato que había sufrido por parte de Nabuc, que no dudó
en liberar su tensión; luego, se arrepintió. Sin embargo, no
rectificó porque Lamec se lo impidió con una gélida mirada.
Joab observó y escuchó con atención. Desconocía quién
era el muchacho o mejor dicho, los muchachos, pero era
evidente de que el joven de cabellos negros y aspecto
andrajoso era alguien importante, porque notó a su hija muy
nerviosa.
Lamec intervino antes de que desmadrara la situación.
278
No conocía al muchacho lo suficiente cómo para saber cual
sería su reacción ante una replica irritable de Aby, pero
entendía su postura. Había sido despojado de su herencia,
dado por muerto y torturado y eso era motivo suficiente para
mostrar rencor hacia todo lo que provenía del rey, y ella era
precisamente su esposa.
⎯¡Ahora, no! Hemos de salir de aquí inmediatamente
―dijo mirándolos a los dos.
Se hizo un silencio opresivo. Aby miró a Jadlay con el
cejo fruncido, éste no dejó de mirarla en ningún momento,
tuvo la vaga impresión de que a ella le gustaba.
Jadlay suspiró.
Lamec dio unos pasos y miró al suelo; el estrecho
conducto pasaba bajo sus pies, se agachó, y con sus manos
apartó el polvo y la mugre. El postigo estaba ahí casi oculto,
el asa de hierro, que encajaba perfectamente en su ranura no
sobresalía ni siguiera unos milímetros; sacó su daga del cinto
y con la punta de la hoja, lo levantó; luego, tiró de el y la
contrapuerta se abrió con un chirriante crujido. Por la
cantidad de suciedad que se había acumulado y el ruido,
Lamec supuso que nadie, en mucho tiempo, había
descendido hasta los suburbios de las ratas, como bien solía
decirse. Una vez abiertas las dos puertas que sellaban el
pasadizo, se inclinó y comprobó a primera vista el estado del
angosto y largo túnel… Los conductos de drenaje estaban
secos, pero húmedos y además, tendrían compañía: unos
animalejos de hocico puntiagudo, de unos treinta y cinco
centímetros y pelaje gris oscuro, correteaban de una
dirección a otra.
⎯¡Rápido! Abajo no hay espacio suficiente para caminar
holgados, así que correremos uno tras otro, sin mirar atrás y
sin detenernos ⎯dijo⎯. ¡Hay ratas! ⎯les advirtió,
inmediatamente después.
Aby miró a Lamec con cara de pasmo.
⎯¿Ratas?
Jadlay se apresuró en contestarle antes de que pudiera
279
hacerlo el escolta.
⎯Sí, mi dama… ¡Asquerosas rataaaas!
⎯¡Je, je, je! ⎯rió entre dientes, Najat.
Jadlay miró a su amigo con ojos desafiantes.
⎯¿Qué te hace tanta gracia? ―preguntó hastiado―. ¿Te
ríes de los temores ajenos…?
Aby se sintió incómoda por las burlas del joven.
Un codazo de Jadlay, le sirvió al joven risitas para que se
callara de golpe. Después de todo, había que mantener el
tipo y Najat no lo estaba demostrando al reírse con tanta
desfachatez de una dama.
⎯Lo siento…
Descendieron. El pasadizo estaba lleno de grietas, resbalaba
y apestaba a podrido. Miraran por dónde miraran siempre se
encontraban lo mismo: oscuridad, ratas y un hedor que
tumbaba de espaldas, pero con valentía se armaron de valor
y echaron a correr chapoteando por el conducto en busca de
la libertad.
El túnel de drenaje desaguaba en un arroyo, muy cerca
de dónde se encontraba la caverna del Menhir. El bosque
oscuro y siniestro era difícil de transitar en la oscuridad, pero
no tenían otra alternativa. Estaban obligados a tomar el
abrupto sendero que descendía hacia las llanura y luego
cruzarla para poder vislumbrar a los lejos los muros del
Monasterio de Hermes. Por delante, varias horas de intenso
gasto físico para tratar de llegar antes del amanecer.
Estaban atravesando el conducto cuando de pronto este
empezó a reducirse hasta convertirse en un tubo cilíndrico de
unos sesenta centímetros de diámetro.
Ante la imposibilidad de continuar el camino a pie, el
grupo se vio obligado reptar y, agazapados, avanzaron todo
lo más rápido que pudieron. Repentinamente una corriente
280
helada de aire limpio se coló a través de la obertura externa
del túnel. Lamec que reptaba el primero, husmeó no sólo el
aire, sino también la vegetación del bosque.
La salida estaba frente a ellos. La luz nocturna de la
libertad les abría el paso, sonriendo por tan valiente hazaña.
Salieron del agujero y pese al frío, sentían calor, sus
cuerpos estaban sudados del esfuerzo realizado para
traspasar el angosto túnel. Jadearon al verse libres y sus
corazones empezaron a bombear sangre fresca al doble de
velocidad, los incipientes nervios desataron la adrenalina y
todos sus sistemas se pusieron en marcha. No había marcha
atrás, se irguieron y echaron a correr, cruzaron el arroyo,
poco profundo, como perseguidos por el diablo. Joab, estaba
muy cansado, demasiado cansado para continuar, él ya no
era joven, no podía seguirles el ritmo. Por un instante, se
detuvo y doblándose, apoyó sus manos sobre sus rodillas,
tratando de recuperar el aliento. Nadie le recriminó por
haberse detenido, pero todos sabían que no tenían la menor
oportunidad de lograr sus objetivos si se paraban a
descansar, así que no lo secundaron. Joab, en esos momentos,
deseaba volar, pero no era más que un simple mortal. Hizo
acopio de todas las fuerzas que le quedaban y echó a correr
siguiendo la estela de su hija y sus jóvenes compañeros.
Corrían dando tumbos, pues la oscuridad y el cansancio
les hacia torpes. El sendero descendía de forma alarmante,
este muy abrupto serpenteaba entre árboles, grandes plantas
y rocas. Era peligroso. El extremo agotamiento acumulado
podía acabar con ellos si no lo hacía el terreno. Tenían que
permanecer atentos, para no tropezar con lianas o piedras y
acabar con sus cuerpos rodando sendero abajo.
Justo debajo, al finalizar el sendero, se abría un nuevo
camino. De inmediato, lo tomaron rápido y en silencio. A dos
kilómetros, grandes extensiones de terrenos de labranza,
campos de trigo y maizal se alzaban ante ellos bandeados
por la brisa. Cruzarlos era asquerosamente difícil y apenas
había separación entre ellos, pues los grandes maizales, con
281
sus tallos gruesos de tres metros de altura y sus hojas largas,
planas y puntiagudas se mezclaban con las grandes trigueras
que con sus voluminosas espigas les dificultaban la visión y
por tanto, la orientación.
Aquellos campos eran el último escollo a superar si
querían llegar al Monasterio de Hermes.
Ante la adversidad, elevaron el coraje y suplicaron al
cielo y a los dioses que no amaneciera antes de que llegasen
al hogar de los monjes. Llevaban más de cuatro horas
corriendo y aún no sabían de donde salían las fuerzas que les
incitaban a seguir adelante, pues hacía tiempo que el
agotamiento podría haberlos dejado tan extenuados, que la
conmoción les habría hecho perder el conocimiento,
dejándoles sin opciones, pero no fue así.
Era la fe.
Tenían tanta confianza en sí mismos que en sus mentes
no cabía la derrota. Eran conscientes de su huída levantaría
la ira de Nabuc, pero también alertarían a Nathan y era a él a
quién iban a apelar.
Había que poner fin al poder del rey de Esdras.
La aldea de Hermes comprendía un centenar de casas de
piedra de agricultores y ganaderos, una minoría sobre los
caminos que rodeaban al monasterio y el resto, se asentaban
sobre las faldas de las grandes cumbres de Haraney.
La posada de Hermes estaba muy cerca del monasterio.
La casa era lugar de reunión de los aldeanos más ociosos, y
un refugio temporal para los viajeros que tomaban los
caminos del este para ir a las cumbres, o volver de Haraney.
El amanecer les pisaba los talones.
El rostro de Aby expresaba fielmente el dolor que sentía
en sus pies, no podía con su alma. Su padre, hacía tiempo
que no sentía las piernas y el resto, trataban de ocultar a toda
costa su cansancio y sus dolores. Lo peor de todo, es que una
vez en el monasterio, no podrían permitirse el lujo de
282
descansar, sólo necesitaban prestados seis caballos para
seguir con su viaje a Jhodam.
Cuando llegaron ante la gran muralla que protegía el
monasterio, el silencio que inundaba el lugar fue roto por sus
jadeos y respiraciones al borde de la extenuación. Jadlay, que
aún seguía con las heridas sin cicatrizar apoyó sus manos en
los muros de piedra. Joab se dejó caer en el suelo, tan
agotado que estaba dispuesto a quedarse allí a plantar raíces.
No hubo palabras. No había tiempo.
Lamec golpeó con fuerza el portón, luego miró a sus
compañeros y sobre todo le dirigió una mirada fría a Joab,
éste comprendió la indirecta y pesadamente se incorporó; él
era el único de los allí presentes que conocía al abad; él era
quién tenía que conseguir convencer a los monjes para que
les prestaran unos caballos; sobre él recaía toda la
responsabilidad, lo sabía con absoluta certeza.
La rejilla del portón se abrió y el monje vigía con sotana
marrón y cubierto con una capa de abrigo los miró con ojos
interrogantes.
⎯Viajeros, ¿qué desean a estas horas tan tempranas?
Joab se abrió paso entre los jóvenes.
⎯Hermano, soy Joab; levita de la Orden de Esdras.
¿Deseo ver al abad? Es muy urgente.
Se oyó el crujir de las bisagras, afectadas por el frío y la
intemperie. El monje se dejó ver y los escudriñó un momento
con aire sombrío; luego, los dejó pasar.
⎯No tenemos mucho tiempo, frater ⎯dijo Joab,
mirando al monje⎯. Hemos huido de la tiranía de Nabuc.
El vigía que caminaba encorvado, soportando a duras
penas el paso de los años, levantó la vista. Aquellas últimas
palabras de Joab bastaron para que el monje se inquietara.
Tragó saliva.
Lamec se situó entre el monje y el levita, no podía
soportar tanta lentitud y más cuando estaban en juego sus
pellejos.
Intervino con decisión y directo al grano.
283
⎯Necesitamos ver al abad de inmediato ―dijo―. Si
duerme, sáquenlo de la cama.
⎯Joven ⎯replicó el monje⎯, le agradará saber que
nuestro abad lleva una hora despierto. Nuestras oraciones
comienzan muy temprano. Os ruego que mostréis un poco
de paciencia.
Joab le hizo una seña a Lamec para que guardara
silencio. No era prudente provocar el malestar de los monjes,
pues éstos podrían negarse a concederles ayuda, alegando
peligro para sus vidas. Bastante atemorizados están como
para poner más leña al fuego.
Los tres jóvenes y Aby mantenían un silencio sepulcral.
Era como si no existiesen. Pero ahí estaban, observando sin
mediar palabra. El monje vigía ni se había percatado de la
presencia de una mujer entre ellos. Su rostro y cabellos los
ocultaba bajo la capucha, mientras que Jadlay arrebujado en
su capa, ocultaba sus ropas ensangrentadas.
El monje guió a los visitantes hasta el vestíbulo, allí les
hizo esperar.
Mientras esperaban, Lamec dirigió una mirada a Joab. El
jóven estaba muy nervioso por el tiempo que estarían
retenidos en el monasterio.
⎯¿Tardará mucho el abad?
Joab que se había sentado en una vieja silla, lo miró.
⎯Es difícil saberlo ―dijo, encogiéndose de hombros―.
Depende del tiempo que lleven recitando la liturgia. Los
monjes no suelen interrumpir sus ceremonias cuando se han
iniciado.
Lamec lanzó un sonoro bufido.
Todos los días antes de la salida del sol, los monjes del
monasterio eran convocados por el sonido de un gong,
alternado con el batir de un tambor. Sólo el frater vigía podía
estar ausente en la liturgia, pues su deber era vigilar el
portón. Reunidos, recitaban las oraciones sagradas dedicadas
a los Septĭmus y pronunciaban fórmulas devocionales
dirigidas a la Quintus Essentĭa y a su encarnación, Ra-
284
Nathan.
La salmodia de los oradores llegó al vestíbulo como un
murmullo que luego, se intensificó. Un melodioso cántico de
una liturgia tan hermosa que los jóvenes se llegaron a sentir
tan fascinados que olvidaron por unos instantes, el motivo
que les había traído hasta allí.
En determinados momentos de la liturgia, el tambor
sonaba repetidamente:
¡Brong! ¡Brong!
Reverberando el eco en todo el monasterio.
Tan pronto como acabó la liturgia matinal, el abad Tadeo se
dirigió al vestíbulo de la entrada y en cuanto vio a Joab se
dirigió a él en voz vigorosa.
⎯Has cambiado, amigo mío. Y no puedo decir que
tengas buen aspecto. Has adelgazado. En cuanto a tu piel,
solías tener las mejillas más sonrosadas, y ahora…
⎯Tienes razón, Tadeo ⎯dijo Joab con una ligera
sonrisa⎯. ¡Hasta este estado me ha llevado el desalmado
Nabuc!
El abad sabía muy bien a lo que se refería el levita. Ellos
también habían sentido en propia piel los ataques del rey de
Esdras.
Contempló por unos instantes a los jóvenes, no los
conocía. Sin embargo, el chico de cabellos negros que estaba
apoyado en la pared con aire meditabundo le llamó
poderosamente la atención, le recordaba a alguien…
⎯¿Qué es lo que os ha traído hasta nuestra puerta en
esta fría mañana de invierno?
Joab se acercó a su hija y le apartó la capucha del rostro.
Tadeo al ver a la mujer no podía dar crédito a sus ojos.
⎯Sí, mi hija. La esposa de Nabuc.
⎯¿Y los muchachos? ―preguntó―. ¿Os acompañan?
⎯Sí.
Jadlay se apartó de la pared y avanzó hasta los dos
285
hombres. Ahora que se había alejado lo suficiente de la
tiranía de su tío ya no le importaba desvelar su secreto.
Cuanto antes lo supiera todo el mundo mejor.
⎯Me llamó Jadlay y para mi desgracia, soy el sobrino de
Nabuc.
Tadeo sintió un estremecimiento al escuchar las palabras
del joven. Un escalofrío intenso que le recorrió todo el cuerpo
y le hizo recordar la conversación mantenida con el rey de
Jhodam.
Recordó con exactitud las palabras de Nathan:
«Un rey legítimo para Esdras»
El abad, perplejo, parecía estar sufriendo un éxtasis
místico. Se produjo un momento de silencio, quebrado por
un suspiro ahogado. Lamec, impaciente y con ganas de irse
vio un gran cuenco de bronce que colgaba junto a un
candelabro del mismo material.
Lo hizo resonar, rompiendo el ensueño.
¡Clang!
Tadeo, volvió a la realidad con un sobresalto.
⎯¡Perdonad! ―se excusó―. La noticia me ha cogido de
sorpresa, no esperaba algo así…
Jadlay que también deseaba marcharse, habló claro.
⎯Si confío en la palabra de Nabuc, su hermano es mi
padre… ―afirmó―. Sin embargo, no me siento orgulloso de
tener sangre asesina en mis venas. Hubiera preferido que las
cosas fueran diferentes, pero al parecer no lo son.
Tadeo trató de mantener la compostura.
⎯Si es como dices y realmente eres el hijo de Ciro, eres
el futuro rey de Esdras y si dudas, una marca de nacimiento
en tu tobillo derecho te lo confirmará.
⎯¡La tengo! ―exclamó Jadlay―. Una diminuta marca
con forma arácnida. Nunca he sabido lo que significaba hasta
ahora. ¿Deseáis verla?
Tadeo apoyó su mano en el hombro del joven.
⎯No; no hace falta. Alguien me lo dijo entre líneas, pero
no lo capté en su momento. Ahora lo entiendo todo…
286
⎯¿Ese alguien, es Nathan?
Hubo un silencio.
El abad asintió, cabizbajo.
⎯Bien, siendo así, será mejor que os marchéis cuanto
antes. Nabuc no parará hasta encontraros ⎯Tadeo miró
especialmente a Jadlay y la joven⎯. Debéis protegeros, su ira
llegará muy lejos y deseo de todo corazón que no os alcance.
Joab se había mantenido en un silencio meditativo
durante unos minutos. A él también le sorprendieron las
palabras del muchacho. En el mismo momento que vio a
Jadlay le notó un cierto parecido con el mismo Nabuc, pero
nunca imaginó que el andrajoso chico fuese nada más ni
nada menos que el bebe que desapareció hace veinte años sin
dejar rastro; asesinado por su nodriza dijeron unos, pero la
gran mayoría pensaba que había muerto bajo la daga asesina
del hermano del rey. Realmente no había pruebas y si estas
existían, estaban a buen recaudo. Ahora ya no hacía falta
indagar, tenían el príncipe delante de sus narices.
⎯Necesitamos caballos…
⎯Sí, por supuesto ―dijo Tadeo―. Avisaré al mozo de
cuadras. Él os entregará seis briosos corceles ⎯volvió a
echarles una miradita y vio en ellos algo más que
cansancio⎯. Vamos a desayunar, ¿deseáis acompañarnos?
Lamec con el consentimiento de sus compañeros,
respondió al abad.
⎯Agradecemos su interés, pero como usted bien nos ha
dicho debemos marcharnos cuanto antes. No queremos
ponerles en peligro.
Tadeo no insistió.
Apresurados, se despidieron. La esperanza que
albergaba el abad en su corazón se hizo más fuerte al conocer
la identidad del muchacho que con aquellos ojos desafiantes
y cierta expresión de arrogancia en su rostro le había
encandilado como nadie lo había hecho antes.
Jadlay, sin duda, era el vivo reflejo de su padre.
287
Los jóvenes, Aby y su padre, olvidaron el hambre que
sentían, y los retorcijones que sufrían por esa causa; se
olvidaron del cansancio y de todas las penurias y sin
dilación, saltaron sobre las monturas. Y como relámpagos,
abandonaron el monasterio y emprendieron una carrera
veloz por las llanuras hasta que sus sombras se perdieron en
la lejanía.
Los Bosques Tenebrosos, su fauna siniestra, sus
fantasmas y sus leyendas esperaban, ansiosos a los viajeros,
como hacían con todo aquél que osaba perturbar el silencio
de la tenebrosa selva espectral: acechando con todo su
arsenal de siniestras sombras; sus senderos serpenteantes,
angostos y abruptos; sus peñascos, sus desniveles y sus
murmullos nocturnos.
288
Capítulo 9
La matanza
Casus Belli
El rey Nabuc, esa mañana, se despertó más temprano que de
costumbre.
Se sintió atenazado por un presentimiento y ni siquiera se
interesó por Aby, que aparentemente dormía en su aposento.
Dispuesto a desvelar la oscuridad que cubría su
premonición, abandonó su estancia privada y en el vestíbulo,
llamó a dos guardias y les ordenó que lo acompañasen a las
mazmorras.
Cruzaron los sombríos corredores, tenuemente
iluminados a esas horas tan tempranas, en dirección a la
prisión subterránea.
No había guardias en la entrada de las mazmorras.
La expresión del semblante de Nabuc era
suficientemente expresiva; para los dos hombres no había
duda, algo andaba mal.
⎯¿Dónde está el custodio? ⎯gruñó dirigiéndose hacia el
guardia que tenía justo al lado.
El guardia se encogió de hombros…
«¡No tenía ni idea!», pensó.
La tensión de Nabuc se puso por las nubes.
Traspasaron apresurados el umbral, nerviosos,
husmeando en el siniestro ambiente, problemas.
Descendieron la escalera y enfilaron rápidamente el pasillo
que conducía a la celda de los prisioneros. Antes de llegar a
289
la esquina para tomar el corredor principal, Nabuc tropezó
ruidosamente con algo más grande que sus pies. La
sensación inicial fue lo suficientemente alarmante como para
inquietarse.
Miró a sus hombres, quizá, pidiendo explicaciones; pero
la verdad, es que los dos guardias sintieron un nudo en la
garganta al notar la perversa mirada del rey clavada en sus
ojos.
No había centinelas custodiando las celdas porque
habían tropezado con ellos. Los guardias se echaron atrás y
Nabuc contempló a las víctimas con el semblante rojo de ira.
Los examinó, buscó sus pulsos y comprobó que estaban
vivos, pero inconscientes. El rey supuso que el golpe que
ambos recibieron fue muy fuerte. Se enderezó y con la
mirada puesta en el vacío se puso tenso, tan tenso como un
felino predador.
Nabuc gruñó, enfurecido; echó a caminar, con el
semblante, ahora, más negro que la noche. Todo su cuerpo
emitía maldad. Pasmados y a la vez, atemorizados, los
guardias, desenvainaron ruidosamente sus espadas. Cuando
llegaron, Nabuc se apresuró en abrir la puerta de la celda, se
detuvo unos momentos en el umbral para acostumbrar los
ojos a la oscuridad antes de comprobar que estaba vacía.
Ni su sobrino ni sus amigos, estaban allí.
En ese instante, los ojos de Nabuc echaron chispas. Su
gritó desgarrado resonó en las agrietadas paredes de la celda.
Los guardias se apartaron de él, temían que la tormenta
cayera sobre sus cabezas.
⎯¡Noooooo!
Trató de sobreponerse al disgusto.
⎯¡Maldita sea! ⎯Nabuc desenvainó furioso su daga⎯.
¿Cómo han podido…?
Agarró la empuñadura de la daga con fuerza y la lanzó
al vacío, lleno de ira. La daga golpeó estrepitosamente contra
la pared y luego, cayó al suelo, ruidosamente.
Se volvió hacia los guardias, la expresión de sus ojos les
290
provocó pánico.
⎯Decidme, ¿cómo ha podido suceder? ⎯preguntó a sus
guardias, con voz terriblemente amenazante.
⎯No lo sé, majestad ⎯dijo el guardia con más
liderato⎯. Pero, la única forma de salir de estas mazmorras
es con ayuda de alguien, es imposible que ellos…
Nabuc lo interrumpió. Se negaba a admitir que los tres
jóvenes hubiesen recibido ayuda, y si era así… ¿de quién?
⎯¡Basta de palabrería! ⎯gritó Nabuc, fuera de sí⎯.
Buscad a Enós y Gamaliel y salid en busca de Jadlay,
encontradlo, y traedlo vivo ante mi presencia. Ese mal nacido
se va a enterar de quién soy yo.
⎯¿Y los otros dos jóvenes?
El rey se quedó en silencio unos instantes, pensativo.
Estaba dispuesto a infligir a los amigos de su sobrino, un
castigo ejemplar: la muerte.
⎯A ellos… ¡Matadlos!
El guardia que tomó la responsabilidad de la búsqueda
afirmó con un silencioso y ligero cabeceo. Después, él y su
compañero dieron media vuelta y corrieron hacia el pasillo
en dirección a la salida. En ese momento, llegaron a las
mazmorras dos guardias que acudían a hacer el relevo.
Ambos preocupados porque habían visto a los centinelas en
el suelo, maniatados y sin sentido, preguntaron:
⎯¿Qué ha sucedido, majestad?
El rey los miró, pero no les respondió, estaba demasiado
malhumorado para hacerlo. Sin prestarles más atención, pasó
junto a ellos y acelerando el paso desapareció entre las
sombras.
Los guardias se quedaron solos, plantados como árboles,
sin saber que decirse. Estaban en ascuas y en blanco. De
pronto, uno de ellos reaccionó.
No había nada que custodiar.
⎯Vámonos. Este humedal mugriento que llaman
mazmorra me da escalofríos.
291
Los rumores de la huida de los tres jóvenes circularon por el
castillo rápidamente.
La huída había encendido la ira de Nabuc. Sin embargo,
éste ni siquiera podía imaginarse que esa mañana, además,
venía acompañada de otra sorpresa. Una sorpresa que el rey
no estaba preparado para asimilar y que a buen seguro,
traería graves consecuencias para la resistencia y sus aliados.
Arghy, la dama de compañía de Aby, una mujer fina y
de orígenes nobles acudía como todas las mañanas al
aposento de la reina. Era su amiga y confidente, la mujer en
la que Aby confiaba sus temores y sus ilusiones cuando
ambas se reunían en sus momentos de soledad. Por eso
cuando no la encontró en la estancia, después de cerciorarse
de que no había dormido allí porque las vestiduras de la
cama estaban intactas, se extrañó. Por un momento, dudó en
dar la voz de alarma. Pero pensó en el castigo que podría
infligirle Nabuc, si sabiéndolo mantenía silencio y fue
cuando decidió informar al rey.
Cómo era de esperar, Nabuc no podía dar crédito a las
palabras de Arghy. Ambos solos, en el vestíbulo, frente a
frente. Él, incrédulo; ella, nerviosa. La mujer no se atrevía a
levantar la voz ante la presencia del rey, por lo que hablaba
bajito. Su voz temblaba de miedo, un miedo que sentía cada
vez que estaba frente a Nabuc.
⎯¿Estás segura? ―preguntó―. ¿No es una invención
tuya?
⎯Majestad, ¿por qué tendría yo que inventarme algo
así? Aby, no está en su aposento y tampoco ha dormido en su
cama.
En ese momento, se acercó ante ellos el Sumo Sacerdote
Ajior, el hombre en quién más confiaba Nabuc, después del
hechicero Festo, iba ataviado con una túnica blanca larga y
de amplias mangas que le llegaba hasta los pies; un pectoral
rojo cubría sus hombros y una faja del mismo color ceñía su
cintura, portando a su izquierda el cinto con una daga
292
ceremonial. A él le habían llegado los rumores de lo ocurrido
en las mazmorras y no podía creérselo.
Nabuc deseaba gritar con todas sus fuerzas, esa mañana,
todo estaba saliendo mal, muy mal. Sin ni tan siquiera
saludar a Ajior, echó a caminar en dirección a los aposentos
de su esposa. Necesitaba comprobarlo por sí mismo, pues no
podía creer que ella hubiese osado abandonarle, esa idea no
la podía concebir. Presa de una furia animal, comenzó a
moverse más rápido. El Sumo Sacerdote tuvo dificultades
para seguirle los pasos. Arghy, asustada, no se movió de
dónde estaba.
El rey abrió la puerta del aposento real dando un
violento portazo. La chimenea apagada. No husmeó el
incienso de sándalo y loto que Aby solía quemar y vio su
vestido y enaguas tirados en el suelo, junto a la mampara.
El aroma exótico de su esposa había desaparecido.
«Vacío…», pensó.
Con todo lo ocurrido esa mañana, el rey ató cabos y eso
le hizo perder los nervios. El mazazo que recibió al
comprobar que en el aposento no estaba ella, fue
descomunal. La oscuridad que le embargaba se hizo más
negra y la inestabilidad mental hizo mella en él. Su rostro se
tornó lívido y su capa negra y púrpura revoloteaba guiada
por sus enérgicos movimientos. Lanzó frascos de perfume
contra los cristales; extrajo los vestidos del ropero y los echó
a la chimenea. Perdiendo los papeles, prendió fuego a las
ropas, a las sábanas…
Rugía como una fiera salvaje.
Ajior llegó al aposento con la lengua fuera, se apoyó en
la puerta, tratando de recuperar el aliento, pero algo se lo
impidió: se encontró al rey en un estado lamentable, casi
demente. No se atrevió a decirle nada.
Ticio que había sido alertado por Enós y Gamaliel de
todo cuanto había ocurrido con los prisioneros, llegó
corriendo al aposento, buscando al rey. Tenía que decirle que
su compañero, Lamec, no estaba ni en su aposento ni en
293
ninguna otra parte del castillo. Había desaparecido. Pero
Ajior, lo detuvo. Aquel no era el mejor momento. Lo que
tuviera que decirle, podía esperar.
Finalmente, el pánico se apoderó de ellos cuando Nabuc,
salió de la estancia con los ojos desorbitados y maldiciendo a
todo el mundo.
Nadie osó a detenerle.
Conforme las horas iban pasando y la reina Aby no hacía
acto de presencia al igual que su escolta, Lamec, el temor por
lo que pudiera decidir el rey fue en aumento.
Nabuc estaba sentado en su trono, completamente a
oscuras. Sin permitir que nadie encendiera ni una lámpara ni
antorcha. Estaba realmente perturbado y su mente parecía
maquinar una terrible venganza.
Festo, preocupado, decidió no separarse del rey y
caminaba silencioso, entre las columnas del salón, en actitud
pensativa. Ajior, que también estaba presente, ordenó a su
pupilo Ticio que inspeccionara junto a unos cuantos guardias
la casa del levita y el aposento de Lamec.
De pronto una voz, que procedía del fondo de la sala,
tronó con autoridad.
⎯Nathan debe estar detrás de todo esto ⎯Festo se
acercó al estrado⎯. No tengo ninguna duda, majestad.
Quién si no, puede a través de su divina esencia haber
manipulado la muerte que acechaba a Jadlay. Quién puede
actuar sobre la noche o el día, si no es él; incluso nuestros
sueños pueden estar a su merced si lo desea.
El rey al escuchar a Festo, se removió inquieto en su
trono. Odiaba a Nathan. Odiaba su poder. Frunció el
entrecejo, sus ojos centellearon inundados de cólera y sus
manos, se arrebujaron en el interior de su túnica, mientras
apretaba los nudillos, a punto de estallar.
⎯Espero que no sea necesario recordarte lo que debes
hacer ⎯ladró Nabuc asqueado con todo el mundo.
294
⎯No es necesario, mi señor.
⎯Bien ⎯dijo, sentado en su trono, apoyado en el
respaldo, envuelto en sombras⎯ Esta ofensa no quedará sin
castigo… ―hizo una pausa―. Traedme la cabeza del rey
jhodamíe, hasta entonces no permitiré ni un solo día de paz a
nadie.
⎯Nuestro plan se ha iniciado, majestad ―repuso
Festo―. Nuevo Mundo estará bajo vuestra jurisdicción, muy
pronto.
Nabuc desvió sus ojos del hechicero y miró a su
sacerdote, Ajior, dirigiéndole una mirada turbulenta.
⎯Lo único que lamento es no haber matado a Jadlay
cuando tuve la oportunidad. En cuanto a mi esposa, la
prenderé y luego disfrutaré degollándola. ⎯Dichas estas
palabras, el rey se volvió nuevamente hacia Festo⎯. Y tú…,
date prisa, porque a partir de mañana daré orden para que
aniquilen las aldeas con todos sus habitantes, una tras otra, y
así, hasta que me traigas la cabeza de Nathan.
Festo y Ajior sintieron un nudo en la garganta al
comprobar que la amenaza de Nabuc era seria, más seria de
lo que habrían podido pensar en un principio. Lo peor de
todo, es que serían los esclavizados agricultores y ganadores,
con sus pobres familias, quienes pagarían los platos rotos. El
Sumo Sacerdote no era un hombre de buenas palabras ni
siquiera de paz, pero algo se encendió en su interior al
comprender las intenciones macabras del rey. No estaba
demostrado que el rey de Jhodam hubiera tenido algo que
ver con la huida de los jóvenes, ni siquiera con la marcha de
Aby o del levita. Era una conclusión precipitada, una
acusación basada en especulaciones. Y preso de un
sentimiento repulsivo, Ajior, se enfrentó a él.
⎯Se equivoca, majestad ⎯dijo⎯. Actuar contra el
pueblo no es una medida correcta. Esto no hará más que
acrecentará el odio y la ira de sus súbditos hacia vos. La
resistencia no será benevolente…
El rey se levantó del trono, malhumorado.
295
⎯¿Cómo dice?
⎯Su pueblo no ha de pagar por la lucha que vos
mantenéis con Jadlay, o con el rey de Jhodam.
Nabuc bajó del estrado con el semblante rojo como un
tomate. La ira había prendido y crepitaba. Se acercó tanto a
Ajior que a éste le empezaron a temblar las piernas.
⎯¿Acaso consideráis normal que un ser que no es de
este mundo ostente tanto poder sobre todos nosotros?
⎯Pero, majestad… ―Ajior, tragó saliva―. ¿Cómo puede
pensar así? Nuestro mundo ha sido gobernado por los
Septĭmus desde la más remota antigüedad. No podemos
enfrentarnos al poder divino y vos lo sabéis… ⎯hizo una
pausa⎯: Nathan es nada más ni nada menos que Ra, el único
dios encarnado que queda vivo… ¡Nuestro propio clero lo
venera!
Nabuc soltó unas sonoras carcajadas.
⎯Vivo… sí. ―dijo―.Pero eso va a cambiar. Me temo
que nuestro eterno y siempre joven Nathan perderá su
cabeza muy pronto y sabes lo que haré con ella… ¡La
guardaré en una vitrina de cristal, como trofeo!
Festo echó a caminar por la estancia, reflexionando sobre
las últimas palabras del Sumo Sacerdote. Al poco su voz
tronó decidida, afirmando lo que el consideraba una gran
verdad. Una verdad a la que él y Nabuc no pertenecían. Para
ellos sólo había un dios y ese era Apofis. Su cruel muerte a
manos de Nathan, separó a mucha gente del camino de la luz
para caer en la trampa de la oscuridad. Incluso en el clero,
existían adoradores del dios serpiente.
⎯¡El clero lo venera porque le teme! ⎯exclamó⎯
Cuando yo lo despoje de su poder y divinidad, ¿seguiréis
venerándole?
Ajior no supo que responder a eso. Él fue educado en el
camino correcto, pero sabía que era muy fácil apartarse de el
y seguir la senda oscura. Se quedó a cuadros. En el momento
que aceptó el asesinato del hijo del rey Ciro, se apartó de la
senda. Esa era la verdad y no podía negarla.
296
Festo se situó entre el rey y Ajior. Le había hecho una
pregunta y ésta, aún estaba en el aire.
⎯No he oído su respuesta, Sumo Sacerdote.
⎯Lo siento. No la tengo.
⎯Con tu silencio corroboras mi afirmación, viejo amigo.
Nabuc los observaba taciturno, sin ganas de
entrometerse, pero la actitud de su hechicero le crispó un
poco. No se trataba de cuestionar la fe de su sacerdote.
Pensaba que la fe de cada uno era personal, Nabuc jamás se
metía en esos asuntos. Lo único que él exigía era lealtad hacia
su persona.
⎯Es posible… ⎯hizo una pausa⎯. No tengo nada más
que decir.
Tras estas palabras, Ajior le hizo una reverencia al rey,
dio media vuelta y abandonó la estancia.
Cuando el Sumo Sacerdote se hubo ido, Nabuc se
enfrentó a Festo.
⎯Creo que te has pasado de la raya.
⎯No lo creo, majestad ⎯replicó el hechicero.
⎯Festo, debes ser circunspecto.
⎯Ya lo soy, demasiado diría yo.
⎯Bien, dejémoslo así. Ahora te ruego que me dejes solo.
Necesito pensar.
En ese momento, un silencio opresivo cayó sobre la gran
estancia. El hechicero realizó una ligera reverencia y dio un
paso atrás; luego, se dirigió hacia el umbral; antes de que
llegase a traspasarlo, la voz de Nabuc lo detuvo unos
instantes.
⎯No te olvides de cumplir lo prometido, Festo
―insistió―. Quiero al rey de Jhodam envenenado y su
cabeza en este salón; y lo quiero, ya.
El hechicero, impasible, no añadió nada más, dio media
vuelta y abandonó con premura el salón del trono, dispuesto
a cumplir la orden del rey hasta sus últimas consecuencias.
297
A la mañana siguiente se presentó Enós ante el rey, éste
avanzó por la dependencia con pasos largos, inquietos,
retumbando sus pisadas en toda la sala.
Enós clavó su rodilla en el suelo de mármol, justo en el
primer peldaño de la escalera del estrado y le hizo una ligera
reverencia. Gamaliel y Ticio permanecían tras él, nerviosos,
ante la posible reacción del rey.
⎯¿Has encontrado a Jadlay? ―preguntó―. ¿Y a mi
esposa?
⎯No, mi señor.
Nabuc frunció el ceño, irritado.
⎯¿Entonces qué hacéis aquí?
⎯Cumpliendo con sus órdenes iniciamos la búsqueda,
ordenamos el cierre de todos los accesos en la ciudad. Hemos
inspeccionado palmo a palmo, casa por casa… Nada.
Tenemos motivos para pensar que ellos se dirigen a Bilsán o
quizá, a Jhodam. En estos dos casos, tratar de alcanzarles es
imposible; la milicia y la resistencia estacionada en los
alrededores de Bilsán les cubrirán las espaldas.
⎯¿Queréis decir que habéis abandonado la búsqueda?
⎯Majestad, ir tras ellos es perder el tiempo. Están muy
lejos de nuestro alcance ―recalcó Enós.
Crispado como estaba, Nabuc no aceptó las palabras de
su sicario.
⎯No me valen tus palabras, Enós. Te ordené que me
trajeras a Jadlay ante mi presencia y eso será lo que hagas y
bajo ningún concepto os quiero ver en Esdras si no habéis
cumplido con lo encomendado ¿Habéis entendido?
⎯Pero, majestad ⎯Enós no entendía la actitud del
rey⎯. Somos más útiles aquí con vos. Necesitáis protección.
Es muy posible que los aliados del rey Nathan nos ataquen,
debemos estar preparados para contraatacar.
⎯Ese no es tu trabajo ―replicó Nabuc―. Mi ejército está
preparado para enfrentarse a quién haga falta. Tú ocúpate de
traerme vivo a Jadlay, quiero matarlo con mis propias manos
⎯hizo un ademán de desdén⎯. Ahora, tú y tus hombres…
298
¡Largaros!
Enós, Gamaliel y Ticio abandonaron la estancia sin
replicar, osar hacerlo era poner en peligro sus vidas y no
estaban dispuestos a ello. Sabían que capturar de nuevo a
Jadlay era algo más que imposible, el asunto del joven se les
había ido de las manos. Pero las órdenes del rey eran
incuestionables, aunque el empeño de encontrar al chico
fuese inútil.
Inmediatamente después, Nabuc se reunió con una legión de
soldados. Cincuenta hombres sedientos de sangre y armados
hasta los dientes a los que encomendó órdenes precisas:
matar a todos los habitantes de las aldeas que forman el
territorio de Hermes, sin excepción. Pero no sólo eso,
además, deseaba verlo todo reducido a cenizas; ordenó que
incendiaran casas, campos, establos… e incluso el
monasterio. Los soldados tenían libertad para hacer cuanto
quisieran, siempre y cuando después de todo, las llamas
consumieran Hermes.
Llamó a un escriba para que redactara su edicto de
muerte. Una sangrienta declaración de guerra dirigida
exclusivamente al rey de Jhodam.
Una vez redactado el mensaje, un jinete mensajero partió
de Esdras rumbo a Jhodam con las condiciones de Nabuc a
buen recaudo en una de sus alforjas. La cuestión era muy
concisa: ó le entregaban a Jadlay o la carrera aniquiladora
sería cada día más devastadora; un inesperado jaque que a
buen seguro podría desestabilizar al rey jhodamíe.
Esa mañana un fenómeno premonitorio se alzó en el cielo de
Hermes, las nubes que lo cubrían se tiñeron de un siniestro
rojo escarlata. Un presagio que los aldeanos consideraron de
mal agüero. Sin embargo, aún presintiendo que algo malo
estaba a punto de ocurrir, las humildes y trabajadoras gentes
299
estaban muy lejos de poder vislumbrar a los jinetes de la
muerte, éstos cada vez más cerca de sus tierras, se iban a
cebar con ellos de forma indiscriminada.
Los agricultores, que eran los que más madrugaban,
enfaenados en sus quehaceres en los campos de labranza no
se percataron de que una gran sombra negra se acercaba
desde el oeste y sólo cuando la siniestra sombra estuvo lo
bastante cerca, escucharon el retumbe salvaje de cascos . A la
sombra humana le seguía una gran estela de humo que
procedía de las antorchas encendidas que algunos de los
jinetes portaban a modo de estandarte y que iban a lanzar
contra los campos y las casas.
Horrorizados, los labradores, echaron a correr para huir
del infierno que se les avecinaba, pero todo intento fue en
vano. No tuvieron tiempo de escapar. Los sádicos jinetes se
abalanzaron sobre ellos, traspasándoles con sus lanzas y sus
espadas, sin encontrar resistencia por parte de los
agricultores. Aquella pobre gente estaba desarmada.
Hubo gritos de dolor, gemidos y estertores agonizantes.
Lamentos ahogados y súplicas de los que aún quedaban
con vida. Eran conscientes de que no podrían escapar de la
muerte. Un joven agricultor echó a correr trastrabillando,
desesperado por salvar la vida antes de que un jinete asesino
se precipitara sobre él, y con espada en mano, lo atravesara
con su afilada hoja hasta la empuñadura.
A los pocos minutos, los cadáveres empezaron a invadir
los campos; estos se tiñeron de sangre y vísceras. Algunas
cabezas y miembros habían sido desprendidos de sus
cuerpos, seccionados brutalmente. Los jinetes, verdugos del
rey Nabuc, atacaron a los labradores sin piedad. Cuando se
cercioraron de que no quedaba ni uno solo con vida, los
porteadores de las antorchas lanzaron su munición en llamas
contra los campos y estos prendieron rápidamente.
Los campos fértiles fueron los primeros en convertirse en
pasto de las llamas. Después, les tocó a las aldeas y sus
cabañas, que corrieron igual suerte.
300
Mientras el grueso de la legión se dirigía a consumar la
masacre, un grupo de soldados la habían emprendido a
patadas con la puerta de una pequeña cabaña, la primera que
encabeza la aldea y, entre risotadas y palabras malsonantes
irrumpieron con violencia. Encontraron a sus moradores
acurrucados en una esquina, una familia entera y un viejo. Lo
que más les gustó a los soldados, era la presencia en la casa
de tres mujeres, una más mayorcita, la madre, y dos bellas
lozanas que al parecer, eran las hijas. Esa familia, no podía
esperar piedad de hombres como aquellos, impulsados por la
maldad que procedía del mismo Nabuc, no podían esperar
sobrevivir.
Se oyeron gritos que procedían del exterior. Mucha gente
que había observado desde sus ventanas la avalancha mortal
que se avecinaba sobre ellos, cerró a cal y canto sus casas,
pero de poco sirvió. Nada ni nadie iba a detenerles. Lo único
que podían hacer era esperar y encomendar sus almas a los
dioses, suplicándoles no sufrir.
Reconocían el Mal, pero aquello tenía otro nombre…
Un hombre de tez clara y ojos inexpresivos se plantó
ante ellos, escoltado por siete hombres. Tenía una cruel
autoridad y su mirada se fijó en las tres mujeres. Siguiendo
sus órdenes, los soldados sacaron a rastras a los dos hombres
de la casa, el anfitrión y el padre de éste, y en el exterior los
asesinaron sin contemplaciones.
Los gritos guturales de los dos hombres desataron el
pánico de las mujeres, que chillaron al ver como la sangre y
sesos grises del viejo salpicaron la ventana.
Al viejo le hincaron el acero de una robusta y afilada
espada en el cráneo y a su hijo, le hundieron una daga en el
pecho.
En el interior de la casa, uno de los soldados agarró a la
madre por el pelo y la arrojó al suelo, saltó sobre ella como
un animal salvaje, hambriento de sexo, la abrió de piernas y
la penetró tan profundamente como pudo. Él jadeaba y
babeaba de sádico placer y la mujer, sintiendo un dolor atroz,
301
lloraba, no por ella, sino por sus hijas. Sabía lo que les
esperaba y no podía hacer nada para evitarlo. Absolutamente
nada.
Las dos muchachas al ver como los soldados violaban a
su madre, uno tras otro, trataron de huir, pero los fuertes
brazos del capitán las agarraron a las dos. La rubia y dócil, la
más jovencita, no tendría más de quince años se la entregó a
uno de sus mercenarios, quién la tomó dispuesto a desahogar
sus deseos lascivos, y él se adueño de la morena, de unos
veinte años, que arañaba y mordía como una leona. De un
solo movimiento, la agarró por el cuello, le golpeó la cabeza
contra la pared y le desgarró el vestido. La chica gritó con
fuerza, empeñada en dar patadas y manotazos a la bestia que
quería violarla. El capitán harto, le propinó un severo
puñetazo en la cara.
La joven cayó de rodillas. El hombre se inclinó justo
detrás de ella, la agarró de la cintura, desgarrándole la túnica
de arriba abajo de un solo gesto, y la sodomizó brutalmente.
Sus desgarradores gritos, expresaban fielmente el dolor
que aquella bestia salvaje le estaba infligiendo. Un dolor que
se hizo insoportable cuando sus ojos se desviaron, un
instante, hacia su hermana y su madre, violadas una y otra
vez.
La joven no presenció sus muertes, estas ocurrieron poco
después. Cuando el capitán se hubo desfogado con ella, no le
dio la oportunidad a otro, sino que la arrojó como un despojo
de espaldas al suelo, sacó su daga del cinto y hundió la hoja
de fino acero en las entrañas de la chica. La sangre brotó
sobre su piel blanca y sus ojos quedaron abiertos, fijos; sin
vida.
El capitán, después de limpiar la hoja del arma con las
ropas de su víctima, se puso de pie. Miró a su alrededor, sus
hombres aún estaban con sus jodidas pollas fuera. Aquella
estampa lo sacó de quicio.
⎯¡Acabad de una vez con ellas y matadlas! Luego,
prender fuego a la casa… Ya nos hemos demorado
302
demasiado ¡Yaaa! ⎯ladró a grito pelado.
Los soldados se apresuraron a cumplir con las órdenes
de su autoritario capitán. Dos de ellos tuvieron serias
dificultades para bajar la temperatura de sus cuerpos, pero
un barreño de agua fría que les arrojó el capitán los dejó más
cortados que un pimiento rebanado.
Esa casa y otras ardieron ferozmente con sus habitantes
dentro. Habían cuerpos por todas partes, mutilados; ríos de
sangre.
La cálida brisa se embriagó del hedor a muerte y a
sangre. Los caballos de los asesinos, atados en las verjas y
zaguanes, piafaban y relinchaban agitados.
Los soldados entraban en las casas, arrancaban a los
niños de los brazos de sus madres y sus cuerpecitos eran
traspasados con puñales y espadas. Aquellos salvajes
mataron a todos los habitantes de las aldeas, de forma
indiscriminada. Sin piedad.
Hermes ardía.
El monasterio seguía en pie, pero tras sus murallas hacía
rato que se respiraba el olor férreo de la sangre y del humo
que desprendían las llamas. Los monjes, guiados por su
abad, se dirigieron a los pasadizos secretos para tratar de
escapar de la masacre. Agar, siguiendo instrucciones de
Tadeo, tomó un caballo y partió del monasterio echando
leches, rumbo a Jhodam. Huyó en el único momento que
pudo hacerlo, por una puerta trasera y dejando tras de sí el
horror que se vivía en Hermes. El abad Tadeo le prohibió
mirar atrás. Cabalgaba con un mensaje que no estaba escrito
en ningún pergamino; un testimonio que lo llevaba reflejado
en sus ojos, expresado con cruel realidad.
Mientras tanto, los salvajes mercenarios tiraron abajo el
portón del monasterio y penetraron en su interior. Sacaron
los caballos y prendieron fuego al establo. Saquearon todo
cuanto pudieron, pero no lograron matar a ningún monje ni
303
novicio. Éstos desaparecieron en la soledad del pasadizo
secreto, como seres invisibles.
El segundo miró a su capitán, preocupado.
⎯¿Han huido? ⎯le preguntó.
⎯Eso parece…
⎯¿Qué hacemos? ―preguntó―. ¿Salimos a buscarles?
El capitán sacudió la cabeza.
⎯No; los curitas no irán muy lejos. De todas formas, sus
vidas no valen nada.
El capitán miró a su alrededor, ya estaba aburrido;
examinó las dependencias una a una, se aseguró de no dejar
nada de valor y luego, ordenó a sus hombres que prendieran
fuego a todo aquello que era susceptible de ser consumido
por las llamas.
El capitán lanzó un bufido.
⎯Aquí hemos concluido ⎯repuso, mientras caminaba
hacia el patio⎯. La aniquilación de Hermes se ha
consumado, Nabuc estará orgulloso de su obra. Muy
orgulloso…
304
Capítulo 10
El testimonio de Agar
Testimoníum
El hermoso espectáculo que ofrecían las Cumbres de
Haraney a sus viajeros quedó tristemente eclipsado por las
torres de humo que desde sus cimientos se alzaban al cielo
en un intento desesperado de llamar la atención.
El silencio de aquellos inhóspitos parajes quedó roto por
el crepitar de las llamas bajas, las brasas y el viento; éste
silbaba desde el este, ruidoso, reverberando el eco
escalofriante de todos aquellos gritos y lamentos que
emitieron las víctimas antes de morir. El olor a carne
quemada inundaba aquellas tierras fértiles que se asentaban
en las faldas de las cumbres heladas.
Al llegar la noche, sólo quedaban cenizas y un silencio
sepulcral que producía escalofríos. Un silencio que llegó
hasta Esdras y que embargó al mismísimo Nabuc. Después
de haber dado la orden de aniquilar las aldeas se confinó en
su aposento y se rodeó de tinieblas. Era consciente de lo que
había hecho y a donde había llegado, pero aún así, no sentía
remordimientos.
Lo ocurrido en Hermes no dejó indiferente a nadie en
varios kilómetros a la redonda. El pánico se apoderó de las
aldeas vecinas, que enfundadas con el vestido del miedo, se
prepararon para abandonar sus casas en un intento
desesperado por huir de la muerte. Sus miradas estaban
puestas en el sur, y más concretamente, en Bilsán y en
Jhodam.
305
La cabalgada de Jadlay y sus compañeros para traspasar los
Bosques Tenebrosos cuanto antes fue una alocada carrera
bajo el miedo de caer en manos del enemigo, pues sabían que
sus redes llegaban muy lejos.
Una avanzadilla de arqueros, enviada por el rey de
Jhodam para localizar a Jadlay y a sus amigos, cabalgaba en
la misma dirección que ellos, pero en sentido opuestos. Sí
Lamec, Jadlay y los demás se dirigían sin descanso a Bilsán
para comunicar al inmortal Morpheus que estaban a salvo y
que pusiera en guardia a toda la milicia destacada en la
ciudad y luego, desde allí poner rumbo a Jhodam; los
arqueros, que habían partido de la Ciudad de Cristal se
dirigieron en primer lugar a Bilsán y desde allí, pusieron
rumbo a Esdras por el mismo camino que los jóvenes
desaparecidos, y no tardarían en darse todos de bruces.
Cuando en uno y otro grupo oyeron el retumbe de
cascos que se aproximaban rápidamente hacia ellos, se
irguieron en sus monturas, alarmados.
Todo fue muy rápido.
Un grito desesperado de Lamec.
⎯¡Cuidadoooo!
Tirones salvajes de las riendas que provocaron la frenada
en seco de los caballos. Lamec y Jadlay guiando a los suyos,
tiraron fuerte de las riendas con intención de evitar el golpe,
pero el encontronazo fue tan sorprendente e inesperado que
ni unos ni otros consiguieron reaccionar a tiempo.
Hubo jinetes que fueron a parar al suelo.
⎯¡Atiza… Pero, si son de los nuestros! ⎯exclamó Najat,
al levantarse del suelo. Él fue uno de los que dieron con sus
huesos en la húmeda tierra. Los que consiguieron
mantenerse en sus monturas, desmontaron. El jefe de los
arqueros se abrió paso entre sus hombres y se encontró frente
a frente con el motivo de su búsqueda.
Se dieron un apretón de manos.
⎯El rey nos ordenó localizarte, Jadlay. Mis hombres y
yo nos alegramos de que estéis todos bien y a salvo.
306
⎯Gracias, por vuestro interés y el del rey. Se agradece.
Jadlay se volvió hacia Aby, ella plantada tras él,
taciturna. Muy cerca de ella, su padre, con la lengua fuera y
arrastrándose por el lodo, él era otro de los que habían caído.
⎯Os presento a la reina Aby, esposa de Nabuc y a su
padre, el levita, Joab.
El jefe de los arqueros se quedó de piedra. Un murmullo
procedente de los arqueros daba a entender que ni ella ni su
padre eran bienvenidos a esas tierras Jhodam. Lamec que se
dio cuenta de la repulsión que levantaba la joven, se apresuró
en contestar.
⎯Ella ha arriesgado su vida para ayudarnos —dijo—.
Creo capitán, que el comportamiento de sus hombres para
con la dama no es el adecuado.
El hombre miró a la joven con ojos interrogativos.
⎯¿Es eso cierto, majestad? ¿Habéis desertado?
Aby con serenidad le respondió.
⎯Sí, es cierto. Pero os ruego, por favor, que no os dirijáis
a mí con esa formalidad, no la merezco. Debo decir en mi
defensa que no fue mi deseo convertirme en la esposa del rey
Nabuc, fui obligada; por tanto, mi estatus como reina lo
abandoné al huir del rey.
⎯Bien —respondió el capitán, al tiempo que dirigía una
mirada a sus hombres—. En ese caso, os pido humildemente
disculpas en mi propio nombre y en el de mis hombres, por
si algo os ha ofendido, no era nuestra intención. Debe
comprender que repudiamos todo lo que procede de Nabuc.
Prometo que no volverá a ocurrir.
Aby sonrió tímidamente. Jamás en toda su vida, se había
sentido tan halagada. Nunca antes había recibido un trato tan
cortés, ni siquiera Nabuc le dispensó, mientras vivía con él,
tanta cordialidad.
Jadlay puso un pie en el estribo y saltó sobre la montura,
tenían que emprender la marcha. El capitán dejó a la joven y
se volvió hacia el impetuoso muchacho.
⎯Debemos volver inmediatamente a Jhodam. Su
307
Majestad, está muy preocupado por vos.
Jadlay tenía muy claro lo que quería hacer.
⎯No lo dudo ⎯dijo⎯. Nuestro rey tiene muchos
motivos para estar preocupado.
El capitán realizó un cabeceo, sin comprender.
⎯¿Cómo?
⎯No, nada ⎯Jadlay no quiso profundizar en sus
palabras, él sabía a lo que se refería y con eso tenía
bastante⎯. Primero iremos a Bilsán, necesito ver a mi padre.
Tengo que hablar con él.
El arquero no replicó las palabras del muchacho y siguió
sus pasos. Mientras tanto el resto, ahora más tranquilos,
subieron a sus respectivas monturas dispuestos a emprender
la marcha de nuevo.
Lamec se acercó con su caballo hasta dónde estaba Aby
y su padre. Al llegar, él extendió su brazo y la cogió de la
mano.
⎯Aby, lo hemos conseguido. Estamos a salvo.
Ella no pronunció palabra alguna, asintió con un ligero
cabeceo y casi sin darse cuenta, desvió su mirada clavándola
en Jadlay, algo se encendía en su corazón cada vez que lo
tenía cerca, incluso su voz, despertaba en ella un sentimiento
puro y profundo; unas sensaciones que jamás había sentido
por nadie. Después de ver y sentir cómo Nabuc abusaba de
su cuerpo a su antojo, no se creía con ganas de amar
verdaderamente a nadie. Sin embargo, el sentimiento que
había nacido en ella era muy diferente. Ese gesto de la joven
no pasó desapercibido a los ojos de Lamec, éste sentía algo
muy profundo por ella, pero era incapaz de abrirle su
corazón y ahora, por su silencio, podía perderla para
siempre.
Y sin que nadie añadiera nada más, la comitiva
emprendió la marcha y poco a poco sus sombras se disiparon
en el camino hasta desparecer por completo.
308
La noche anterior a la matanza, el hechicero Festo había
partido rumbo a Jhodam con el veneno bien protegido en un
tubito de cristal. Gracias a sus influencias con el Oráculo del
hermético y siniestro Maestro, sabía quién era la persona
que, vulnerable a sus hechizos, era adecuada para envenenar
al rey de Jhodam. No podía servir cualquiera, era necesario
que esa persona tuviera carta blanca para entrar y salir de los
aposentos reales sin solicitar permiso, y esos atributos le
correspondían a la joven Male-Leel, ella se encargaba de
preparar y servir los exóticos manjares que solía comer el rey.
Nathan confiaba plenamente en ella y cuando él no dudaba
de la lealtad de un ser mortal a su servicio no indagaba en su
interior para tratar de desnudar su alma. Confiaba sin más.
Ese era el punto débil de Nathan.
El Maestro conocía muy bien al rey-dios, formaba parte
de su cruel pasado, pero éste como entidad espectral no
deseaba ser descubierto. Para actuar, el ente tenía que utilizar
a alguien con su mismo patrón; alguien, capaz de tejer la
telaraña que hiciera caer en la trampa que tenían planeada
para él. Porque el Maestro ha tenido veinticinco años para
pensar en su venganza. Mucho tiempo planificando como
destruirlo. Y el hechicero Festo, que se jactaba de ser un
siervo ideal, siempre dispuesto a todo por su Maestro y del
que sólo conocía su voz, era el más adecuado para destruir
los cimientos en los que se sustentaba la deidad.
Envuelto en sombras y ataviado de la cabeza a los pies
con ropas de un riguroso color negro, el hechicero Festo,
cabalgaba veloz a través de los serpenteantes senderos de los
Bosques Tenebrosos con la mirada recta, fija en la lejanía. Sin
descanso, directo. Atajando para llegar cuanto antes. Si en
circunstancias normales, parando para descansar y dormir al
llegar la noche, se tardaban cuatro días en llegar a la Ciudad
de Cristal, él tenía intenciones de recorrer las vastas tierras y
bosques que le separaban de la suntuosa ciudad, en menos
de dos días.
Sin embargo, quién si estaba llegando a la mítica ciudad
309
era Agar, el monje que huyó del monasterio justo antes de
que éste fuese atacado y habiendo traspasado el puente,
cabalgaba veloz a través de la avenida flanqueada por
monolitos. Las sombras habían caído ya, y la guardia real
realizaba la ronda nocturna como todas las noches.
Cuando llegó a la escalinata del palacio, descendió del
caballo sin previamente detenerlo. Su bota salió disparada
del estribo, impulsada por el nerviosismo y el pánico vivido,
pues aún lo llevaba en el cuerpo. Era consciente de que su
llegada truncaría el descanso del rey, pero las noticias que
traía consigo, iban enfundadas en sí mismo; no llevaba carta
de presentación, ni pergaminos… Sólo el olor de la sangre
que se había pegado en sus ropas como el pegamento.
Un joven mozo, habitualmente de guardia, acudió nada
más verle llegar para llevarse su caballo a las caballerizas;
tras él, un grupo de cuatro guardias reales, bien armados,
descendían con paso apresurado los peldaños de la
escalinata.
⎯Señor, sea usted bienvenido a Jhodam —dijo uno de
los guardias—. Pero dígame, ¿qué asunto tan urgente trae
consigo para verse obligado a presentarse en palacio a estas
horas de la noche?
El monje se ajustó la capa y respiró hondo, tratando de
coger un poco de aire.
⎯Necesito ver al rey. Lléveme ante él, se lo suplico.
Agar no necesitó explicarle los motivos, éstos los llevaba
reflejados en sus ojos. Los guardias escoltaron al monje hasta
la sala de recepción. Una vez allí, el guardia principal que iba
delante se volvió hacia el apesadumbrado monje.
⎯Espere aquí, señor.
El monje asintió, inquieto. El guardia se alejó por una
puerta trasera y los otros tres hombres se quedaron con él.
Uno de ellos, le ofreció al monje un cómodo sillón donde
sentarse. Agar estaba fatigado de cabalgar sin descanso, un
esfuerzo brutal para un hombre de su edad.
⎯Gracias, joven.
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El guardia sonrío y en silencio, él y sus compañeros se
dirigieron al umbral; allí, esperarían hasta la llegada del rey.
Agar miró a su alrededor.
Su respiración se había normalizado, pero seguía tenso.
La sala estaba tenuemente iluminada, y su ambiente,
acogedor, le relajó lo suficiente como para recuperar el
dominio de sí mismo. Le impresionó la belleza arquitectónica
de aquella estancia; el suelo parecía un espejo por lo mucho
que brillaba, al mirar su reflejo no pudo evitar sentirse
pequeño ante tanto resplandor. Alzó la vista y miró a ambos
lados, se percató de que la suntuosa sala era circular, rodeada
de grandes columnas; no contó los lados, estaba demasiado
cansado para hacerlo, pero vio muchos, las columnas no eran
totalmente esféricas. Había un gran portón con forma de
arco, sin puerta; en su lugar, majestuosos y tupidos
cortinajes, separaban la sala de recepción de otra estancia que
se ocultaba tras ellos, supuso que tras el arco se encontraba
un corredor. La pared que tenía frente a él, estaba bellamente
decorada con un impresionante lienzo, confeccionado en oro
y plata, con un estandarte finamente bordado: era el escudo
doble de las dinastías, Falcón y Nekhbet; el baluarte, la gran
insignia real: el halcón con sus alas abiertas y sobre su cabeza
un triángulo invertido que representa la Herencia Divina de
Nathan, el Grial; recibiendo los cetros del poder: el Triángulo
de Fuego y en su interior, la Daga de Oro protegida por las
llamas inmortales.
Fascinado, Agar, suspiró profundamente.
El guardia, siguiendo un férreo protocolo, no fue a despertar
al rey, sino a Halmir. Nadie se atrevía a causarle un
sobresalto al dios, él único que tenía autoridad para hacerlo
era su padre. Por esta razón, cuando Halmir, acostado en el
lecho y leyendo un libro arcano, oyó golpes en la puerta su
corazón le dio un vuelco y supo desde ese mismo instante
que algo malo había ocurrido.
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Dejó el libro a un lado de la cama, extendió su brazo para
coger la túnica de descanso que siempre dejaba en el borde
del colchón, se enfundó las sandalias y luego, se levantó.
Halmir dio unos pasos hasta el umbral del aposento, se
llevó las manos a la cabeza, recolocándose los cabellos que le
caían sobre la frente y abrió la puerta.
⎯Mi señor, siento mucho despertarle…
Halmir lo interrumpió.
⎯No estaba dormido. ¿Qué ocurre?
⎯Hemos recibido la visita de un monje de Hermes, creo
que es Agar, mi señor. Desea ver al rey, al parecer es muy
urgente.
El inmortal se quedó realmente sorprendido.
⎯¿Agar? ¿Qué hace Agar en Jhodam, si puede saberse?
⎯No lo se, mi señor.
⎯Bien, llévame ante él. Será mejor no hacerle esperar.
El guardia sin moverse miró a Halmir, extrañado.
⎯¿No piensa despertar al rey? ⎯preguntó.
Halmir le hizo un ademán para que echara a caminar.
⎯¿Lo harías tú sin saber el motivo?
⎯No; creo que no.
Los dos hombres apresurados, traspasaron el largo
corredor en poco tiempo. Halmir con la mirada fija, parecía
preocupado.
Corrieron los cortinajes y entraron en la estancia. Agar se
volvió, sobresaltado; nada más reconocer a Halmir se levantó
del sillón como si le hubieran dado un latigazo. Esperaba al
rey, pero éste no les acompañaba.
Halmir se volvió hacia el guardia.
⎯Puedes retirarte. Gracias.
El hombre, en silencio, salió por la puerta principal y se
llevó a sus tres hombres consigo. Cuando éstos abandonaron
el vestíbulo, Halmir se volvió hacia el monje, éste parecía un
manojo de nervios.
⎯Agar… ¿Qué haces aquí? ¿Ha ocurrido algo?
El monje no sabía como decir lo que tenía que decir,
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estaba tan nervioso que empezó a tartamudear.
⎯Ne.. Nece… Necesito ver al rey.
Halmir lo interrumpió.
⎯Tranquilícese. Respire hondo.
El monje hizo caso y empezó a respirar tan
profundamente como pudo. Unas lágrimas surgieron de sus
ojos tristones.
⎯¿Mejor…?
Agar asintió.
⎯Bien. Dígame, ¿qué ha pasado, para que estés así?
El monje se sentó en el sillón y se llevó las manos a las
sienes.
Y comenzó el infierno…
⎯Hermes… Miles de muertos en el espacio de una sola
mañana —dijo, con voz pausada—. Una matanza, Halmir.
Una matanza… Los sicarios, mataron a mujeres, niños… No
ha quedado nadie con vida. Lo han quemado todo.
Halmir abrió los ojos de par en par, creyó estar viviendo
una pesadilla; no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.
⎯Que ¿qué? —no sabía cómo preguntar, había
palidecido de repente—. ¿Qué me estás diciendo?
Agar siguió exponiendo el infierno vivido. Las lágrimas
ya invadían sus ojos.
⎯Cuerpos mutilados; ríos de sangre. Mujeres violadas,
cabezas arrancadas y mis hermanos… el monasterio…
Halmir recuperó todo su aplomó, parecía haberlo
perdido al escuchar el testimonio de Agar.
⎯La matanza de inocentes contradice todo código de
honor. Esto tendrá respuesta, juro que tendrá respuesta.
⎯Hay que informar al rey, Halmir. Ya sé que es muy
tarde y que Nathan tiene muchos problemas para conciliar el
sueño y descansar, pero…
Halmir lo interrumpió.
⎯Sí, por supuesto.
Agar se levantó del sillón, encogido por el recuerdo de la
experiencia vivida. Halmir le hizo un ademán para que le
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siguiera.
⎯Venga conmigo, despertaremos al rey de inmediato.
Ambos traspasaron el arco y tomaron el corredor que
conducía a los aposentos reales. Una de las cosas que más
odiaba Halmir, era despertar a su hijo en plena noche. Pero
en este caso, la gravedad de la noticia, así lo requería.
Mientras caminaba acompañado del silencioso monje,
su mente trataba de anticipar la posible reacción de Nathan
ante tal barbarie. Era consciente de que él podría reventar esa
noche. Un escalofrío le recorrió el cuerpo solo con pensarlo.
Sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva.
«La oscuridad se ha vuelto a cebar sobre todos nosotros.
Me temo que las cosas van a cambiar de nuevo», pensó, sin
desviar la vista de frente.
La sensación de mal presagio de Halmir se fue haciendo
más intensa a medida que se acercaba a los aposentos reales.
No soportaba la idea de lo que quizá vería en su hijo, pero no
podía detenerse. Tenía que seguir adelante.
Nada más doblar la esquina del largo corredor que
Halmir y Agar transitaban, penetraron en el amplio e
iluminado vestíbulo. Lo atravesaron a grandes zancadas.
Cuando los dos guardias reales que custodiaban el
acceso al aposento real vieron llegar al padre del rey y a su
acompañante, les permitieron entrar sin hacerles preguntas.
Halmir, Kali y Male-leel eran las únicas personas que poseían
un salvoconducto especial otorgado por el rey, podían entrar
y salir del aposento cuantas veces quisieran. Si lo centinelas
osasen poner algún tipo de objeción, impidiéndoles la
entrada, se las tendría que ver cara a cara con el rey, pues era
él, precisamente quién había otorgado ese privilegio y éste
era irrevocable.
Halmir entreabrió la puerta y llamó a su hijo en la
oscuridad. No hubo respuesta. Los dos hombres se
deslizaron dentro del aposento.
⎯Nathan ⎯volvió a susurrar.
Pestañearon para adaptar sus vistas a la oscuridad.
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Halmir se acercó a la cama, tanteó las sabanas, esperando
encontrar a su hijo dormido. Pero allí no estaba; en la cama
no había nadie.
⎯¿Nathan?
Tampoco hubo respuesta. Halmir miró a Agar, intrigado.
El monje estaba confuso.
Halmir con el semblante preocupado, miró a su
alrededor. Y fue entonces cuando vio algo fuera, en la
terraza, en plena noche y con el frío que estaba haciendo, una
figura ataviada con un faldellín llamó su atención. Ordenó a
Agar que encendiera una lámpara y esperara allí, mientras él
echó a caminar hacia la exótica terraza.
Abrió los grandes ventanales.
Nathan oyó que la puerta se abría con un ligero chirrido.
Halmir vaciló, más preocupado que nada. Su hijo se volvió
hacia él. La mirada del rey expresaba un sufrimiento inusual,
como recién salido de una pesadilla de las que no se acaban.
⎯¡Nathan! ⎯exclamó al tiempo que traspasaba, pálido,
el umbral del ventanal⎯. Soy yo. ¿Qué haces casi desnudo
en la terraza? Cogerás frío.
⎯No me importa.
Dichas estas palabras, Nathan se volvió de nuevo; sus
ojos se clavaron en la lejanía. Halmir estudió su
comportamiento, muy extraño. Se acercó lo suficiente y
apoyó una mano sobre el hombro desnudo de su hijo.
Agar observaba atentamente a través de los cristales, sin
perder detalle de lo que estaba ocurriendo en la terraza. Vio a
Halmir como se quitaba la túnica capa y se la ponía a su hijo,
cubriéndole hombros y espalda. Vio como ellos, comenzaban
a conversar, pero no podía oír nada desde su posición.
Esperó a que ambos, entraran en el aposento.
⎯Nathan, ha ocurrido algo en Hermes…
Nathan se volvió hacia su padre, lo interrumpió.
⎯Lo sé.
⎯¿Lo sabes? ⎯preguntó Halmir, sorprendido.
⎯Una pesadilla… Miles de voces gritando en mi
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mente… Sangre, fuego y muerte.
Halmir lo miró con atención.
⎯Agar, está aquí. Su testimonio es escalofriante.
Entremos.
Nathan asintió.
Cuando traspasaron el umbral se encontraron al monje
con una rodilla hincada en el suelo y la cabeza inclinada. El
rey le ordenó que se levantara.
⎯Habla, amigo.
Agar, conmocionado, miró al rey. Su voz se quebró.
⎯Ma… Majestad —empezó diciendo—. He visto
escenas que nadie debería ver y me faltan palabras para
expresar el horror que he vivido.
⎯¿Cuántos sobrevivieron?
⎯Desconozco lo ocurrido con mis hermanos, pero creo
que nadie.
Nathan echó a caminar por la estancia, tratando de
calmar la ira que estaba creciendo en su interior; tensó la
mandíbula y apretó los puños.
Halmir escuchaba en silencio.
⎯No comprendo cómo es posible que Nabuc, por muy
grande que sea su odio hacia mi persona, se haya atrevido a
dar muerte a inocentes totalmente desarmados.
⎯Las llamas eran tan feroces que lo arrasaron todo en
minutos —continuó Agar—. Yo no quería dejarles, pero el
abad me obligó a tomar un caballo y a huir para testimoniar
todo lo ocurrido ante vos —hizo una pausa—. Teníamos que
haber intuido que algo así podría ocurrir…
Agar dejó en suspenso sus últimas palabras.
Nathan se volvió hacia él, intrigado.
⎯¿Por qué dices eso?
El monje levantó la mirada.
⎯El día antes de la matanza, recibimos en el monasterio
la visita de unos jóvenes que habían huido de Esdras. Entre
ellos, un levita que solía visitarnos muy a menudo y su hija,
la esposa de Nabuc ⎯hizo una pausa, estaba cansado y cada
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vez se le hacía más difícil hablar⎯. Con ellos, había un joven
que afirmó ser el hijo de Ciro…
Nathan al escuchar las palabras de Agar, sintió un nudo
en la garganta. Algo se asfixiaba en su interior. Afligido por
el significado de aquella huida, se sentó sobre la cama.
Agar notó el malestar del rey y dejó, de nuevo, sus
palabras en suspenso para prestarle atención. Halmir se
sentó en un sillón con el rostro desencajado por la
preocupación. Sus presagios se estaban cumpliendo. Temía
lo que su hijo podía hacer, temía su ira.
Nathan había palidecido repentinamente.
Un espejismo, pues una expresión impasible y hermética
descendió sobre el rostro del rey.
⎯Entonces, él ya lo sabe… ⎯murmuró.
Agar sacudió la cabeza, sin comprender. Halmir se
levantó de un brinco.
⎯Hijo, por favor, no te tortures. Tú no eres culpable de
nada, ni siquiera la huida de los jóvenes es motivo para que
Nabuc se tomara la libertad de actuar contra los habitantes
de Hermes.
⎯La matanza, no ha sido más que una venganza.
⎯Responderemos…
⎯¿Cómo ha sido capaz de perpetrar tal atrocidad contra
personas inocentes…?
Halmir se sentó a su lado.
Agar guardó un mutismo absoluto, estaba sobrecogido
por el horror. Su mente seguía vagando, pensando en los
futuros acontecimientos; estaba completamente seguro que el
rey de Jhodam actuaría y que Nuevo Mundo temblaría ante
su ira. Nada ni nadie podría aplacar ese sentimiento de
venganza que hacía él. Las llamas de su interior amenazaban
con salir a la superficie. Nunca antes nadie se había atrevido
a tanto.
Sólo Nabuc. Un desafío de sangre que dio directo en la
diana.
Nathan cerró los ojos.
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Halmir miró a su hijo, horrorizado. De repente, Nathan
se levantó, se dio la vuelta y salió apresurado del aposento.
Fue todo tan rápido que Halmir y Agar no tuvieron
tiempo de reaccionar, cuando lo hicieron el rey ya había
traspasado el vestíbulo y penetraba en la sala de los
cónclaves; allí, se encerró.
Esa noche, la más larga de Jhodam, se ordenó despertar
a todos los integrantes del Consejo, sin excepción. Halmir
movió todos los hilos necesarios para activar el plan de
emergencia.
Volvían a respirar el ambiente de guerra.
En el vestíbulo, frente a la sala de los cónclaves, se
hicieron corrillos entre los consejeros y ministros. Nadie
sabía nada.
⎯¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo? ⎯se preguntaban
unos y otros.
⎯Han llegado noticias ⎯dijo un consejero, que había
tenido la oportunidad de hablar con Halmir y éste le había
informado muy por encima de los ocurrido en Hermes.
⎯¿Qué clase de noticias? ⎯preguntó un sacerdote de la
Orden Roja, el estamento clerical de Jhodam.
⎯Hermes ha caído… Una matanza.
El sacerdote se sentó en una silla, apesadumbrado por la
noticia.
⎯¡Por todos los dioses! ⎯exclamó un ministro,
llevándose las manos a la cabeza⎯. ¿Ha habido
supervivientes?
⎯Creen que no.
Otro de los consejeros se coló en la conversación de sus
colegas.
⎯¿Han muerto todos? ⎯preguntó.
⎯Eso parece.
⎯¿Qué pasará ahora?
El ministro se encogió de hombros.
⎯No lo sé ⎯respondió⎯. El rey es quién tiene la última
palabra y me han comentado que está muy trastornado por
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esta causa. Con las cosas así, puede pasar de todo.
Después de esas palabras, se hizo un silencio sepulcral.
La espera en el vestíbulo se alargaría el tiempo necesario
hasta que el rey hubiese tomado una decisión.
Nathan estuvo confinado en la sala hermética unos minutos
que a Halmir le parecieron eternos. Pensar que tenía que
llevar a su país de nuevo a la guerra le hacía sangrar el alma.
Necesitado de paz, había salido al jardín.
Estaba amaneciendo.
Después de dar un largo paseo por el inmenso jardín que
rodeaba su residencia, notó que estaba helado hasta los
huesos. Se envolvió apretadamente en la capa que lo
protegía y entró de nuevo en la sala magna, la estancia dónde
se celebraban los cónclaves. Halmir, Ishtar y el monje Agar
estaban esperándole, impacientes. A pesar de que las tres
chimeneas de la estancia estaban encendidas, él seguía
sintiendo frío; su cuerpo estaba destemplado. El testimonio
de Agar seguía retumbando en su mente, sin cesar.
Nathan estaba tan trastocado por las últimas noticias,
que todo su cuerpo pareció caer en un estado enfermizo.
Halmir percibió la tensión en torno a la boca de su hijo y
la ira apenas contenida en los ojos, bajo la gruesa capucha
negra de la capa.
Desde la sangrienta batalla acontecida en Jhodam hace
veinticinco años todo había ido más o menos bien. Tensión
por aquí tensión por allá, pero nada serio. Hasta aquella
noche. Aquella noche había algo diferente. La oscuridad
tenía un matiz que erizaba el vello. Llevaban varios días con
serías amenazas que procedían de los militantes de Esdras y
de toda su plaga de asesinos, contrabandistas y proscritos.
Cada día que pasaba, en estos últimos días, era peor que el
anterior, y aquel era el peor de todos. Nathan, últimamente,
se sentía observado, vigilado por algo muy oscuro e
implacable que no le deseaba nada bueno. Ishtar también lo
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había percibido. Ambos sabían que no había nada que
Nathan deseara más que la cabeza de Nabuc, después de
haberlo matado con sus propias manos.
El rey se echó hacia atrás la capucha y la corona real que
llevaba sobre su cabeza emitió un destello intenso. Se volvió
hacia el ventanal. El día había amanecido fresco y nublado.
Su voz tronó cargada de coraje, por la drástica conclusión a la
que había llegado. Una decisión difícil, pero que finalmente
tomó.
⎯Hacedles pasar.
Ishtar en silencio se acercó al umbral. Abrió la inmensa
puerta y permitió el acceso a la gran sala de los consejeros y
ministros que se habían reunido por orden de Halmir en el
vestíbulo.
Guiados por los dos inmortales, los consejeros tomaron
asiento en torno a la larga mesa rectangular. Nathan seguía
con la mirada fija en la lejanía, pensando que el frío en esos
momentos debía cortar como un cuchillo, porque él seguía
teniendo esa sensación gélida que le provocaba algún que
otro tiriteo que disimulaba con maestría.
Los recién llegados clavaron sus ojos en el monje que
estaba sentado, cabizbajo, en la diestra del sillón real. Agar
no se atrevió a levantar la vista y notó como todas aquellas
miradas se depositaron en su persona, sintiéndose incómodo.
El rey se volvió hacia ellos. Miró a los presentes como si
pasara revisión. Faltaba alguien, pero no dijo quién.
⎯¡Buenos días a todos!
Los presentes en la reunión le dedicaron un ligero
cabeceo a modo de reverencia, pues estaba terminantemente
prohibido levantarse de la mesa en una reunión, si el rey
permanecía de pie.
Nathan dio comienzo al cónclave y empezó a exponer lo
ocurrido en Hermes, ahorrándole a Agar el suplicio de
volver a testimoniar las duras horas vividas. De repente, un
golpe brusco en la puerta anunció la llegada del comandante
Áquila. Nathan se interrumpió y le dijo que entrara.
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Áquila hincó su rodilla en el suelo y le hizo una
reverencia al rey. Nathan entornó las cejas, visiblemente
malhumorado por su demora.
⎯Majestad, disculpe mi tardanza. Pero…
El rey alzó la mano para que se levantara.
⎯No hace falta que me des explicaciones ⎯replicó
Nathan, tuteándole, pero serio⎯. Toma asiento, comandante.
Áquila se levantó y se dirigió a su lugar en la mesa, junto
a Halmir. Todos le miraron con ojos inquisidores.
⎯Estimados señores, disculpen mi retraso ⎯dijo Áquila,
burlándose de todos aquellos viejos farrucos que
cuchicheaban siempre a sus espaldas. Era consciente de que
su amistad con el rey levantaba la envidia de todos ellos⎯.
He tenido asuntos muy importantes que atender.
El mariscal Addí, conocido por sus trifulcas y malos
modos, se atrevió a replicar el comportamiento del guerrero
en presencia del rey, dejándole en evidencia.
⎯En buena compañía femenina, ¿supongo?
Áquila cabeceó y bufó ante aquellas inoportunas
palabras. Se le estaba caldeando la sangre.
⎯Eso no es asunto suyo ⎯replicó encendido⎯
¡Retráctese! No pienso permitir…
El rey que se había sentado tan solo unos instantes antes
de su llegada, se levantó, furioso. Le gritó con severidad.
⎯¡Áquila!
⎯Pero, majestad… Él ha empezado —dijo al mismo
tiempo que le dedicaba una mirada indescifrable a Addí—.
¡Exijo que el mariscal revoque sus palabras!
La voz del rey tronó de nuevo y esta vez retumbaron los
cristales.
⎯¡Silencio!
Áquila enmudeció y se sentó junto a Halmir, éste lo miró
y le hizo comprender que no era el momento. Sin embargo, si
le preguntó en voz baja:
⎯¿Qué asuntos son esos, comandante? ¿Acaso no sabéis
lo ocurrido en Hermes? Me he encargado de correr la voz,
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deberías estar informado.
Áquila lo miró, perplejo.
⎯¡Dioses! —exclamó—. Nadie me ha informado de
nada. ¿Qué ha pasado?
Ni Halmir ni Áquila se habían dado cuenta de qué el rey
caminaba hacia ellos. Se situó a sus espaldas. Nunca antes, su
padre y su fiel guerrero, de conducta intachable, habían
tenido tanta osadía para interrumpir una reunión, que en
este caso era su reunión. Irritado como estaba y el resto de los
presentes, enmudecidos, Nathan apoyó una mano en el
hombro derecho de su padre y la otra mano en el hombro
izquierdo de Áquila.
Ambos sintieron un terrible escalofrío.
Su voz amenazante, tronó muy cerca de sus oídos.
Halmir, tembló; Áquila, se hizo pequeño.
⎯Podéis callaros de una vez, porque sino os pediría a
los dos que abandonaseis el cónclave.
Dichas esas palabras, el rey se dirigió de nuevo a su
asiento. Se acomodó. Nathan estuvo un rato tamborileando
las yemas de los dedos de una mano contra el cristal que
forraba la mesa de madera de cedro. Nadie de los allí
presentes, supo intuir, ni de cerca, lo que pasaba por la
mente del rey ni siquiera su padre, que temblaba a cada
tintineo de aquellos finos dedos.
⎯Nabuc se ha atrevido a perpetrar en territorios de
Jhodam una matanza de proporciones catastróficas. No hace
falta decir que una actuación de este tipo es una clara alusión
a un conflicto armado ⎯hizo un silencio⎯. Señores, estamos
en guerra.
Los presentes en la sala estallaron en murmullos. Hacia
mucho tiempo que tenían ganas de plantarle cara a Nabuc.
Nathan se volvió hacia su comandante.
⎯Áquila, ordena a los forjadores que preparen y revisen
la armería ⎯dijo⎯. Una vez hayas dado la orden, te
presentas ante mí. Una vez Jadlay haya regresado,
partiremos hacia Esdras.
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El guerrero afirmó con un cabeceo.
⎯¿Y mis hombres? Ahora mismo están destacados en
Bilsán como vos ordenasteis.
⎯Que sigan allí. Estoy seguro de que Jadlay se detendrá
en su ciudad antes de presentarse aquí. Él les dará
instrucciones, me fío de su instinto.
⎯¿Jadlay?
⎯Sí, Áquila. Han huido de Esdras.
El guerrero, perplejo, no pudo evitar asegurarse.
⎯Majestad, ¿eso es totalmente seguro?
⎯Sí; Agar, me lo ha confirmado.
El monje miró al rey. El fatigado hombre comprendió
que la guerra era inevitable.
⎯Una legión de mil ochocientos hombres partirán en
dos días rumbo a Esdras, quiero que por el camino
inspeccionen los alrededores por si existiesen supervivientes
de Hermes ⎯miró al mariscal Addí⎯. A vuestras órdenes os
dejo la milicia real que se encargará de proteger nuestra
ciudad de cualquier intento de asalto. Te autorizo a delegar
tus funciones a un segundo, pero asegúrate de que tiene
capacidad para el mando. Si es necesario, serás llamado para
liderar una legión en Esdras.
El mariscal se removió en su asiento.
⎯Hay que alertar al resto de nuestras fuerzas para que
se atrincheren a los largo de los Bosques Tenebrosos, los
rebeldes no dudaran en penetrar en ellos, para atacar Bilsán
⎯indicó Addí.
⎯Lo sé —dijo—. Ya he tomado medidas.
Nathan se volvió hacia Ishtar y le ordenó con decisión.
Halmir esperaba que su hijo le ordenase algo, pues no
pensaba quedarse de brazos cruzados. Pero Nathan, pasó de
él.
⎯Reúne a los mensajeros y a los más escurridizos para
que promulguen el edicto de guerra y ordena al halconero
Abirón que haga partir a sus halcones peregrinos rumbo a
todos los rincones de Nuevo Mundo. Quiero que todo el
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mundo sepa lo que se avecina y les permita prepararse. Yo
no puedo estar en todas partes.
Nathan se levantó del sillón y se dirigió hasta donde
estaba su senescal, éste había permanecido en silencio
durante toda la reunión.
⎯Ehúd, quiero que te encargues de proteger las
fronteras sur y este, incluido Roccá.
⎯De acuerdo, majestad.
Miró a todos, con el semblante extremadamente serio.
⎯No pienso permitir que Nabuc y sus tropas perpetren
una incursión en tierras Jhodamíes ⎯dijo el rey⎯. Quiero
que esa maldita escoria sea acorralada como a una bestia
salvaje. ¡Quiero que pague por lo que ha hecho!
Se hizo un opresivo silencio.
Inmediatamente después, el rey dio por acabada la
reunión y abandonó la estancia. Áquila se levantó para
seguirle, pero Halmir lo agarró de un brazo, deteniéndole.
⎯No; ahora, no —dijo—. Déjale tranquilo.
El guerrero se sentó, sin comprender. Miró al inmortal,
éste a su vez, miraba a Ishtar. La preocupación se reflejaba en
sus regios rostros.
Por fin, Nathan dio la orden que todo el mundo
esperaba, pero que nadie deseaba. Halmir tenía la mente
embotada de tanto pensar. Una guerra y sus efectos
colaterales no eran el camino que deseaba su hijo, pero era
consciente de que no tenían más alternativas. Si no lo
ordenaba Nathan lo haría Nabuc y eso, si no lo ha hecho ya.
Comprendieron lo difícil que debió ser para el rey tomar una
decisión tan drástica. Sin embargo, en esos momentos, lo que
más preocupaba a Halmir era que su hijo planeaba entrar en
combate cuerpo a cuerpo y sencillamente, no estaba de
acuerdo.
⎯Áquila, no quiero que Nathan participe en la guerra.
El guerrero se quedó perplejo ante la petición de Halmir.
⎯¿Qué quieres que haga? ⎯preguntó⎯. Yo no puedo
negarle ese derecho, él es el rey. Además, vuestro hijo, Jadlay
324
y yo partiremos hacia Esdras, independientemente del
grueso militar. Creo, Halmir, que su intención no es combatir
en la batalla, sino enfrentarse personalmente a Nabuc.
⎯Ese es un honor reservado para Jadlay, no para mi
hijo.
⎯Sí, entiendo —repuso Áquila—. Pero Nathan es la
víctima del plan de Nabuc, no Jadlay.
⎯No estoy de acuerdo contigo, pero si no se puede
evitar te exijo que protejas a mi hijo. No quiero que lo dejes
solo ni un instante, pues no deseo que ningún puñal traspase
su carne.
⎯El rey es, como diría Nabuc, un jodido inmortal —
sabía que sus palabras no eran las correctas, pero a veces
había que decir las cosas tal cual son—. Perdonar mi
expresión no trato de ofender al rey, pero se lo que piensa ese
maldito villano. Además, no nos pongamos tan pesimistas,
eso no tiene por qué suceder. Nathan tiene poder para
arrancar los pies de Nabuc del suelo y lanzarlo al infinito. No
entiendo a que se debe vuestro miedo.
⎯¿Tú crees?
⎯Por supuesto que lo creo. Lo que no entiendo es por
qué no usa su poder, me consta que lo tiene. Es como un
dragón, su sangre es de fuego.
Halmir se levantó, exasperado por las últimas palabras
de Áquila.
⎯Mi hijo no es un dragón. Es más que eso… Si desatara
su poder, sufriríamos todos.
⎯¿Estás diciéndome que no puede hacerlo? —preguntó
Áquila, sorprendido—. ¿Qué tiene que alzar su espada para
arrancarle la vida a ese maldito usurpador?
⎯Si puede, pero no debe.
Las palabras de Halmir fueron contundentes. Sin más,
puso fin a la conversación.
Halmir dio media vuelta y se dirigió al umbral, tras él,
Ishtar y Agar, con el semblante preocupado por las duras
decisiones que se habían tomado en aquella sala.
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Áquila se quedó solo, pensativo.
Los consejeros y ministros abandonaban tranquilamente
la sala, murmurando entre ellos. El rey había delegado
funciones a todos, sin excepción; y el inexorable paso del
tiempo empezó a descender del reloj de arena, iniciando el
final de la cuenta atrás.
Nathan regresó a su aposento. No había dormido en toda la
noche. Estaba cansado y mostraba un semblante pálido y
descompuesto.
Kali soñaba con él y al no encontrarle en su aposento,
esperó ansiosa su regreso. Hacía días que no coincidía con
Nathan.
El rey, nada más llegar al vestíbulo, saludó a los
centinelas, ellos le correspondieron con una profunda
reverencia.
Abrió la puerta.
Una exótica fragancia femenina lo embriagó,
hechizándolo. En el umbral, con su larga cabellera dorada
trenzada y colocada a un lado, le caía sobre el torso. Sus ojos
de un azul intenso, rodeados de ojeras, irradiaban la luz de
los dioses.
⎯Alfa et omega. Principius et finis… ⎯dijo él.
⎯Sol de mi vida, ¿qué ocurre?
Nathan pensaba en Nabuc, su mente seguía turbada.
⎯A veces desearía no ser rey —dijo—. Tengo que tomar
decisiones de las que no me siento orgulloso.
⎯Sea la que sea, la decisión que hayas tomado, ésta será
la correcta —dijo ella—. Posees un juicio justo y noble y te
seguiremos a dónde nos lleves.
⎯Quiero hacerle sufrir por todo el daño que ha causado
en Hermes. No está bien decirlo, pero…, quiero vengarme.
Su corazón latía muy deprisa, quizá por la proximidad
de ella. Kali dio unos pasos hasta él y suavemente le quitó la
corona que depositó sobre una pequeña mesa que había
326
junto al hogar encendido.
Nathan se quedó en silencio unos instantes, pensativo, se
acercó a la chimenea, junto al fuego, mirando el crepitar de
las llamas. Kali, dispuesta a relajarle, aflojó el pesado
cinturón que soportaba el cinto con la daga, y lo dejó caer al
suelo. Lo notó excesivamente tenso.
Mientras él frotaba sus manos para calentárselas,
inquieto, aunque en el aposento no hacía frío, ella aflojaba los
broches que sujetaban su larga túnica de los hombros que,
como el cinturón, cayó al suelo; luego se situó a su derecha,
se alzó de puntillas y lo besó en la frente. Nathan cerró,
momentáneamente, los ojos, dejándose amar. Ella le acarició
el rostro, recorrió la curva de sus orejas, le pasó un dedo por
los labios y percibió la fragancia de su piel, hipnotizadora.
Kali husmeó disimuladamente el suave y dorado lienzo que
cubría todo su cuerpo, distinguiendo el exótico perfume que
despedían las flores de Opium, mezcladas con Azahar.
Nathan cuidaba hasta el mínimo detalle de su persona.
La garganta de Kali emitió un profundo suspiró,
enamorada de aquél hombre, eternamente joven, que solía
ignorarla muy a menudo. Nathan no lo hacía a propósito,
sino inducido por sus obligaciones de estado.
Kali se detuvo unos instantes para sentarse en una
pequeña banqueta, dispuesta a contemplarle. Él estaba
ruborizado y casi sin aliento, pese a estar terriblemente
cansado. Pero ella estaba muy receptiva y necesitaba amarle.
Lo miró a los ojos.
⎯Contigo estoy a gusto. Pero me iré si tú me lo pides.
⎯No te vayas, quédate conmigo ⎯dijo Nathan⎯. Siento
la oscuridad en mi espalda. Una terrible oscuridad que me
persigue para devorarme. Kali, necesito tu luz para seguir
vivo.
Ella sintió el calor en su interior, pudo notar como el
corazón de Nathan ardía dentro del pecho. Él se arrodilló
frente a ella y apoyó la cabeza en su regazo. Kali le puso un
dedo bajo la barbilla y le obligó a que la mirase a los ojos.
327
Nadie conocía a la deidad como ella, nadie.
Y por primera vez en horas, Nathan olvidó quién era;
olvidó su tensión y se dejó arrastrar por aquella sensualidad
que le sedujo los sentidos. Kali alzó la mano y comenzó a
acariciarle sus cabellos rubios. Poco a poco y suavemente,
deshizo la trenza y la hermosa melena rizada de Nathan
quedó libre; olía al perfume de aceites aromáticos; suelta, le
caía los grandes mechones en espiral por debajo de la
cintura, más abajo incluso de las nalgas, y las puntas le
rozaban la parte trasera de los muslos. Era espesa y brillaba
como el oro.
Nathan permanecía quieto, en silencio. Ella le dirigió
unas palabras que desbocaron su afligido corazón.
⎯Te amo tanto que vivir sin ti es como si me faltara la
luz del día y las estrellas de la noche.
Nathan levantó la cabeza y clavó sus brillantes ojos en
los de ella. Kali irradiaba una mirada diferente; una pasión
profunda. Captó su deseo y estaba dispuesto a hacérselo
realidad.
Ella deslizó sus manos sobre la espesa cabellera,
enredando sus largos y finos dedos entre los rizos que
pendían en espiral.
⎯Quiero que me poseas bajo las estrellas y germines
vida en mi interior.
Nathan la besó.
⎯¿Bajo las estrellas…? Kali…
⎯Dime.
⎯Es de día —dijo él—. Pero si tú quieres, creo la noche y
las estrellas para ti.
⎯¿Lo harías?
⎯Si ⎯La respuesta de Nathan fue firme.
Kali sintió como un corpúsculo de luz, diminuto, invadía
todo su ser.
⎯Mi dios… ⎯susurró⎯. Iníciame… ilumíname.
A lo que él, contestó:
⎯Trasmíteme.
328
Dispuesto a realizar el Hieros Gamos Ancestral… Él
como divinidad dual, chasqueó los dedos y de repente, la
oscuridad invadió la luz del aposento. Kali, asombrada, miró
al techo y un cielo estrellado se abrió ante ellos. Surgió la
noche, sólo para el matrimonio sagrado, cómplice de su
pasión. Y allí en el recinto sagrado, bajo las brillantes estrellas
de aquel mundo mágico creado por la divinidad, dos seres
inmortales se unieron en una boda ritual entre el Sol y la Luna,
durante el cual el uno desaparece en el otro; fundiéndose en
presencia de la Quintus Essentĭa.
Nathan y Kali hicieron el amor apasionadamente, en la
roja alfombra, junto al fuego, escuchando el crepitar de las
llamas y el canto cósmico de los Seres que, trayendo consigo
la semilla de un nuevo despertar, en espíritu se unieron al
dios… Su dios.
329
Capítulo 11
Exhortación en la noche
Exhortatiōnis in noctem
La llegada a Bilsán fue extraña. Jadlay se sintió extranjero en
la tierra que lo había visto crecer.
Aquel día que estuvo encadenado en el maldito altar de
Festo, Jadlay, descubrió su verdadero origen en boca de
Nabuc. Y desde ese día algo cambió en él, era como si el rey
que llevaba en su interior se hubiese despertado de un
profundo letargo. Todos los poros de su piel transpiraban la
sangre real que corría por sus venas. Su carácter arrogante y
pendenciero se había apaciguado como por arte de magia.
Lamec, Najat y Yejiel, con el resto de la comitiva,
marchaban tras él cabalgando al paso por las calles de la
ciudad. El ambiente que se respiraba era el propio de los
inicios de una guerra. Había soldados por todas partes tanto
de Jhodam como de Bilsán. Los arqueros de Jhodam, la
unidad de élite del rey Nathan y la milicia de los
libertadores, la resistencia de Jadlay, patrullaban por la
ciudad dispuestos a todo por defender a su gente y a sus
tierras. Llegaron a la plaza, rodeada de pórticos, y allí,
Jadlay, se reencontró con su padre adoptivo. En la cara de
Morpheus brilló la alegría al ver a su hijo sano y salvo; sin
embargo, Jadlay, notó que algo lo enturbiaba. Detuvo su
caballo y desmontó, sin dejar de mirarle. Morpheus se acercó
a él y lo abrazó calurosamente.
⎯Me alegro mucho de verte, hijo ―dijo con el semblante
330
muy serio―. Cuando me dijeron que los sicarios te habían
capturado…
Jadlay no le dejó continuar.
⎯¿Qué ocurre?
⎯Los mercenarios del rey Nabuc atacaron Hermes
⎯hizo una pausa, recordar la cruel matanza le producía
molestias en todo el cuerpo⎯. Por orden de nuestro rey,
hemos enviado una expedición a la zona para comprobar si
hay supervivientes.
Lamec que estaba cerca de ellos no pudo evitar oírles.
Jadlay lo miró fijamente, por su cabeza pasó la terrible idea
de que ellos eran el motivo de la ira del rey de Esdras.
Los arqueros que escoltaron al grupo hasta Bilsán,
desmontaron y se relajaron junto a sus caballos, esperando
en silencio a que Jadlay decidiese emprender el viaje rumbo a
Jhodam. Morpheus se acercó al capitán y le dio las gracias
por ayudar a su hijo, pero éste aclaró que no habían hecho
nada. Los jóvenes ya estaban fuera de peligro cuando ellos
los encontraron. De todas formas, el capitán, para no ser
descortés con él aceptó sus buenos deseos.
Después, Morpheus se volvió hacia su hijo y le explicó la
situación que se estaba viviendo últimamente.
⎯Nabuc quiere conquistar Bilsán y para eso ha enviado
hacia aquí un contingente de más de quinientos hombres. El
estallido de la guerra es inminente, Jadlay.
Ni en Bilsán ni en Jhodam sabían cómo lo había logrado,
pero el rey de Esdras había conseguido entrenar para la
guerra a más de mil hombres en un abrir y cerrar de ojos.
Situados a lo largo y ancho de los bosques de Haraney, se
preparaban para avanzar hacia el sur.
Después de la matanza propiciada en las aldeas del este,
los mercenarios comenzaron a devastar los cultivos de los
poblados del oeste, amenazando a los aldeanos con violar a
sus mujeres y quemar sus casas, si no les entregaban sus
331
propiedades.
Y así empezaron los saqueos rebeldes.
⎯Interceptamos a varios mensajeros de Nabuc, pero se
nos escapó uno que creemos, se dirige a Jhodam.
⎯¿Y nosotros? ―preguntó Jadlay, muy preocupado por
lo mucho que habían cambiado las cosas en tan poco
tiempo―. ¿Cuál ha sido la respuesta del rey?
⎯La guerra ―respondió Morpheus―. Nuestro ejército
se distribuirá en varias partidas. Una división ya ha partido
hacia Esdras.
Jadlay escuchaba a su padre con el semblante tan serio,
que parecía petrificado mientras que sus compañeros de fuga
habían enmudecido ante las malas noticias. Aby y Joab no
podían creer que Nabuc haya sido capaz de llegar tan lejos.
La posibilidad de perder el trono lo había desquiciado por
completo.
Morpheus con un chasquido de los dedos despertó a los
jóvenes del letargo auto impuesto y éstos echaron a caminar
tras él. Se dirigieron tranquilamente a la posada de Zenás.
Mientras caminaban, Jadlay observaba intranquilo la plaza,
antes alegre; ahora… De repente, ya en el umbral de la
posada, Morpheus se detuvo antes de entrar y se volvió hacia
su hijo.
⎯Nuestro mundo ha cambiado ―dijo―, y nos
enfrentamos a grandes peligros. Ahora más que nunca,
debemos unirnos para hacer justicia y también, por una
causa común ⎯apoyó una mano sobre el hombro de
Jadlay⎯: recuperar tu legado. La herencia de tu padre, el rey
Ciro, y que Nabuc te robó. Él fue el instigador de tu
asesinato, como ya bien sabes, y se proclamó rey ⎯hizo una
pausa⎯. Por favor, te lo suplico, no culpes a Nathan por no
habértelo dicho. Por supuesto que él lo sabía, pero decidió
mantener el secreto sólo para protegerte. Él lo único que
quiere es devolverte lo que te arrebataron: tus posesiones, tu
ciudad y darte el lugar que te corresponde. Sin embargo,
quiero que sepas una cosa… Nosotros, los inmortales, somos
332
una raza ancestral muy unida, inquebrantable, diría yo, y
tenemos sospechas de que los planes de Nabuc esconden
algo retorcido, algo que no te relaciona a ti y que pone en
peligro la esencia misma de nuestro rey. Él mantiene silencio
porque no quiere que nos preocupemos, pero nosotros
intuimos que algo muy malo está a punto de ocurrirle y hay
que impedirlo.
⎯¿Cómo?
Mopheus abrió la puerta de la posada.
⎯Ese es el problema, qué no sabemos cómo ayudarle.
Por eso te pido que no arremetas contra él por no haberte
confesado tus orígenes ―suspiró él, apesadumbrado―. Tal y
como están las cosas, eso contribuiría a deteriorar aún más su
estado anímico, últimamente muy amedrentado por la
decisión de llevar a Jhodam a una nueva guerra. Él nunca ha
querido esto, pero lo ocurrido en Hermes ha detonado su ira.
Nathan siempre pensó que tú podrías optar a tu legado de
una manera más limpia, pero ha terminado por aceptar que
eso es imposible. Él sabe que el derramamiento de sangre es
inevitable ¿Prométemelo, Jadlay?
El joven pareció vacilar ante la petición de su padre, pero
finalmente accedió.
⎯De acuerdo, no le diré nada.
Morpheus pasó un brazo por los hombros de su hijo.
⎯Gracias, hijo. Ahora, entremos, quiero que me
presentes a tus amigos. No conozco a tres de ellos.
⎯Padre, no conoces a dos de ellos. El tercero es una
chica.
El inmortal se volvió hacia su hijo, perplejo. Aby se quitó
la capucha y sus ojos ambarinos, brillaron con todo su
esplendor. Jadlay iba a hacer las oportunas presentaciones
cuando su padre se dirigió a él, exaltado.
⎯Pero, Jadlay… ¿Qué hace una mujer con vosotros?
Jadlay tragó saliva, sabía qué lo que iba a decirle a su
padre cambiaría su modo de proceder y quizá, algo más.
⎯Ella es Aby, hija de Joab… La esposa de Nabuc.
333
Joab extendió su mano para saludarle y la joven, se
volvió a ocultar el rostro bajo la capucha, asustada. De
pronto se dio cuenta de que su presencia en tierras jhodamíes
no iba a ser bien aceptada. Morpheus correspondió al saludo
del levita, a la vez que seguía sosteniendo la mirada de su
hijo.
⎯¿Quéeee? ¿Te has vuelto loco?
Repentinamente, Jadlay se tragó la lengua. No se atrevió
a replicar al hombre que lo había criado.
Morpheus se volvió hacia ella, alarmado y preocupado,
por su presencia. Ahora comprendía por qué Nabuc había
actuado como lo había hecho.
Hasta que las puertas de la taberna no se cerraron tras
ellos y Aby se encontró de repente en aquella casa donde la
cerveza corría por doquier, no se había dado cuenta de lo
mucho que había cambiado su vida. No había visto jamás un
lugar como aquél, tan… En el ambiente cálido e impregnado
del humo de las pipas flotaba un murmullo: el rumor
constante de las conversaciones de todos aquellos hombres y
alguna que otra mujer, la mayoría guerreros, que llenaban el
aire y mantenían la taberna activa.
Últimamente, la taberna de Zenás, era frecuentada por
guerreros llegados de todas partes. Bilsán se había
convertido en un hervidero de hombres de armas, ansiosos
de entrar en combate, influenciados por el deseo de derrocar
a un rey que dominaba tiránicamente.
Por eso, cuando Zenás vio entrar a sus ilustres visitantes
no podía creérselo. Inmediatamente se fue hacia ellos, los
saludó y les ofreció una mesa alejada del resto de sus
ruidosos clientes, para que pudieran conversar tranquilos,
porque estaba seguro de que tendrían mucho de que hablar.
La resistencia se merecía eso y más…
⎯Vamos ⎯les instó Morpheus en voz alta para
asegurarse de que era oído.
Zenás llevó a la mesa, vino, cerveza y algo de comer.
Pero el grupo no prestó atención a las bebidas ni a la comida,
334
estaban demasiado preocupados por los recientes
acontecimientos.
«No ⎯pensó Morpheus⎯, no es posible»
Volvió a mirar a la joven. No podía creerlo, aquella joven
era realmente la esposa de Nabuc.
«¿Qué demonios estaba haciendo su hijo con ella? ¿Con
su padre y con el joven que les acompañaba?»
Para Morpheus todo encajaba.
Últimamente, los inmortales, solían quejarse de que
Nabuc estaba obsesionado con Nathan; sin embargo, la
presencia de aquella mujer, en una ciudad que no era la suya,
lejos de la mirada de su esposo… ―Morpheus suspiró―.
Aquella situación era políticamente incorrecta. «¿Sabría
Nabuc que su mujer había huido con los jóvenes? Seguro que
sí, sino no hubiera ordenado la matanza en Hermes»,
Morpheus se preguntó y se respondió a sí mismo.
⎯No puedo mantenerme indiferente ante lo que ha
ocurrido, hijo ⎯dijo⎯. ¿Qué crees que estás haciendo,
Jadlay? Permitiendo que ella os acompañe… ⎯movió el
índice con desaprobación hacia Aby.
⎯Padre ⎯Jadlay se irritó⎯, yo y mis amigos estamos
libres gracias a ellos. Arriesgaron sus vidas por nosotros y
merecen mi total confianza.
⎯Muy noble por tu parte ―respondió―. Pero con
vuestra irresponsabilidad, Hermes, ha padecido pasto de las
llamas y Nathan… No quiero ni pensar lo que puede
ocurrirle por esta causa. Nabuc ha sido abandonado por su
esposa y seguro que piensa que es nuestro rey el instigador
del plan que le permitió a ella ayudaros a escapar ¿Acaso no
lo entiendes? ―preguntó, hastiado―. Él será el más
perjudicado por tus acciones. No se trata de los que piense
yo, o incluso, tú, sino de lo que piense el mequetrefe ese que
te usurpó el trono ⎯Morpheus ya había oído demasiado.
Empujó la silla hacia atrás y se levantó.
Jadlay dejó que su padre desaprobara su actuación hasta
que se hartó de escucharle. Morpheus se había encaminado
335
hacia la salida cuando su hijo lo detuvo.
⎯¿De qué estás hablando, padre? ―preguntó―. Nabuc
no necesita un motivo para descargar su tiranía sobre los
demás. No te das cuenta, lo hubiera hecho de igual modo;
además, nuestras vidas estaban en juego. Estoy seguro de
que Nathan lo entenderá, cosa que tú no estás haciendo
―Jadlay se levantó y lo miró fijamente―. Me decepcionas,
padre.
Lamec intervino para que las aguas volvieran a su cauce.
⎯No deberíamos discutir ―dijo―. Somos aliados y
estamos embarcados en el mismo barco. Estemos en paz.
Se quedaron en silencio.
Morpheus miró a Joab y a su hija con recelo. Sabía de lo
que estaba hablando y de las consecuencias; sería un gran
problema para Nathan, pero por su hijo no le quedó más
remedio que aceptar.
⎯De acuerdo ⎯dijo con aire derrotado⎯. Sin embargo,
no podemos dejar a Nathan al margen. Partiremos hacia
Jhodam de inmediato.
Y todos en paz, salieron de la taberna.
Los arqueros, impacientes por regresar a Jhodam cuanto
antes se alegraron al verles salir. Los jóvenes subieron a sus
monturas, excepto, Yejiel y Najat, que no partieron con ellos.
Jadlay decidió que era mejor que se quedarán a cargo de la
resistencia, en Bilsán. La guerra había comenzado y no había
tiempo para los remilgos. Yejiel y Najat querían demostrar su
valía, era pues, primordial proteger Bilsán del enemigo.
Entre ellos no hubo despedidas, sino un hasta luego.
Al mensajero de Nabuc lo escoltaron hasta el estudio privado
del rey. Cruzaron los corredores del palacio, apresurados.
Nathan, en un intento desesperado de que los mensajes
le llegasen a él antes que a su padre, había dado orden a sus
subordinados de que cualquier despacho extranjero debía
serle entregado personalmente.
336
El rey aguardaba en su estudio, junto a su padre, todavía
con las ropas de descanso. Llevaba la melena suelta y su
semblante no había cambiado de color, seguía manteniendo
la palidez de las últimas horas. La estancia, cálida, y a la
vista, relajante, era un espacio amplio y poco amueblado,
para sus dimensiones; una chimenea de piedra, construida
en la propia pared y bellamente ornamentada; un lujoso
escritorio de madera de cedro, al que acompañaban dos
sillones, utilizados exclusivamente por los consejeros,
ministros, adeptos de la Orden de los Iniciados o cualquier
subdito, sin importar condición ni casta, que solicitaban
audiencia privada con el rey, también de cuero; sobre la
mesa, el sello real y el sello dinástico, pergaminos vírgenes y
material de escritura; el sillón real, mullido, de cuero; una
vitrina de oro y cristal, que ocupaba toda la pared y dónde
Nathan guardaba la mayor parte de la documentación
confidencial y una inmensa librería, llena de libros
milenarios, todos ellos arcanos. Justo detrás del sillón, un
lienzo, con la representación geográfica de Nuevo Mundo,
una cartografía marítima y la representación limítrofe de
Jhodam con sus vecinas Esdras y Rhodes; y a ambos lados,
sendas columnas laminadas en oro con un asta cada una de
ellas y de las cuales colgaban majestuosamente alzadas las
dos banderas más importantes del reino: la bandera dorada
de Jhodam, con el emblema del halcón en negro y la bandera
púrpura con el estandarte bordado en oro y plata de las dos
dinastías inmortales Falcon-Nekhbet. Sus grandes
ventanales, vestidos con suntuosos cortinajes aterciopelados
de color granate que cerraban los visillos de seda blancos que
cubrían los cristales, aprovechaban al máximo la luz solar. El
estudio real, era un lugar concebido para tratar los asuntos
de estado, totalmente insonorizado y con vigilancia
permanente. Sin duda, la estancia capital de todo el palacio.
La maciza puerta de oro se abrió.
Dos guardias reales, permitieron el acceso del mensajero
a las dependencias privadas del rey; éste le estaba esperando,
337
impaciente. El mensajero se deslizó por la estancia hasta
situarse ante el rey. No hubo reverencias. Halmir se acercó al
extranjero y le arrancó de las manos el pergamino para
entregárselo a su hijo.
Nathan escudriñó al joven y rompió el sello sin ni
siquiera apartar la vista del enviado.
Leyó.
«Es capital que toméis esta misiva en serio. El asunto que me
obliga a enviaros un mensajero, no es negociable. Entregadme a
Jadlay y a mi esposa; sino, Bilsán y Jhodam correrán la misma
suerte que Hermes. Si os mostráis indiferente, os destruiré a todos.
Si me entregas los que te pido, y te rindes, algunos sobrevivirán,
entre ellos vos, majestad. Firmado: Nabuc I, Rey de Esdras.»
Nathan, impasible, dejó el pergamino sobre la mesa y
luego, echó a caminar alrededor del joven mensajero; éste le
miraba de reojo, con miedo.
⎯¿Supongo qué debes regresar a Esdras con una
respuesta?
El mensajero tragó saliva. Sus piernas temblaron.
⎯Suponéis bien, majestad.
Nathan sonrió, sin ganas.
⎯Bien ⎯empezó diciendo⎯, decidle a vuestro rey que
no acepto el trato. Sus condiciones no son aceptables. No
rendiré a Jadlay, ni a su esposa real, ni siquiera le daré la
oportunidad de que ponga un pie en Bilsán, ni en Jhodam; y
si no atiende a mis amenazas, el único camino posible para
vuestro rey y todos vosotros, es la muerte.
El mensajero al sentir la proximidad de la deidad, notó
como se le erizaba la piel. Su garganta se negó a
pronunciarse.
El rey se volvió hacia los guardias.
⎯Llevaros a este hombre de aquí y aseguraros que
abandona la ciudad.
Cuando los guardias y el mensajero se hubieron ido, los
ojos del rey buscaron a su padre; éste, de pie junto a la
chimenea encendida, había enmudecido al escuchar la misiva
338
leída por su hijo.
⎯Nabuc es un cobarde. Pretende utilizar a Jadlay y a su
esposa como excusa para dominarnos. ⎯El rostro de Nathan
se volvió duro, sus rasgos parecían haberse afilado de
repente.
Halmir reaccionó.
⎯No hay esperanzas, hijo. Él sabe que no te rendirás, del
mismo modo que no entregarás a su sobrino, ni a la mujer
que lo acompaña.
⎯No. No la hay. La guerra es inevitable y sabes qué…
⎯dejó en suspenso lo que iba a decir, reflexionó sobre ellos
unos instantes.
Halmir cabeceó. No tenía ni idea de lo que iba a decirle
su hijo.
⎯En realidad, y aunque Nabuc no lo mencione, yo soy
la causa de esta guerra. Me quiere a mí, padre.
Dichas estas palabras, Nathan calló y abstraído en sí
mismo contempló una visión: «una guerra causada por la
envidia que generaba su poder; el enemigo que se desperezaba de la
noche atacando sin piedad a multitud de poblados y pequeñas
ciudades, incluso creyó reconocer en su visión a Bilsán. También
pudo ver estelas de humo y sangre…»
Repentinamente algo se encendió en él; su lado humano,
sintió ira. Mucha ira.
⎯Maldito seas, Nabuc. ⎯Cogió una jarra de cristal que
había sobre la mesa, llena de agua, y la estrelló contra la
pared⎯. Se me ha acabado la paciencia. Basta. Quiero a
Nabuc capitulado, y lo quiero ya.
Halmir se sobresaltó, asustado.
El fuerte estruendo que ocasionó la jarra al estrellarse; no
sólo contra la pared, sino contra el suelo, cuando cayeron sus
ínfimos fragmentos como en una lluvia de cristales,
reverberando el eco en toda la estancia, obligó a Halmir a
cubrirse la cara con las manos para protegerse de posibles
cortes por impacto. La reacción del rey y los cristales
esparcidos por todo el suelo, le dejaron totalmente aturdido.
339
Se quedó sin palabras. Miró a su hijo, apesadumbrado.
⎯Vete, padre. Quiero estar solo.
Halmir hizo una reverencia y dio media vuelta sin decir
ni una sola palabra. Sentía los ojos de su hijo clavados en la
espalda. Al salir, cerró la puerta tras él. Se apoyó unos
instantes en la pared, los centinelas que custodiaban la
entrada al estudio, lo miraron sorprendidos.
⎯Excelencia, ¿se encuentra bien? ⎯le preguntó uno de
ellos.
Halmir parecía confuso.
⎯¿Cómo?… Ah, sí… ⎯titubeó al hablar⎯. Estoy bien.
Gracias.
Se marchó, cabizbajo.
En las puertas de palacio, treinta minutos antes de la
medianoche, un pelotón de guardias reales hacía la ronda, tal
como hacían todas las noches. Los guardias, la mayoría muy
jóvenes, estaban muertos de frío y esperaban otra larga y
aburrida noche sin nada más que hacer que dar patadas al
suelo y burlarse de sí mismos para reír un poco y entrar en
calor.
Realizar la ronda nocturna era la prueba que debían
superar, si algún día querían aspirar a formar parte de la
escolta del rey. Y no bastaba con un día, sino que tenían que
coleccionar un buen número de ellos, antes de que el capitán
al mando diera cuenta al rey de las actitudes de algún que
otro guardia con posibilidades de ascender. Así de sencillo.
Cuando faltaban tan solo dos minutos para la
medianoche, una sombra más negra que la oscuridad que
llevaba un rato vigilando, tras unos setos, muy cerca de la
escalinata real, esperaba el momento de ver salir a Male-Leel
del palacio.
Era el hechicero Festo. Y no estaba solo.
Se confundía entre las sombras. Silencioso. De repente,
se giró un viento extraño que susurraba entre los árboles del
340
jardín. Era una extraña sombra que surgió de la nada y se
fundió con el aire, formando pequeños remolinos alrededor
del hechicero. El repentino movimiento de las hierbas y el
caer de algunas hojas de los árboles, alertaron a los guardias.
El hechicero, para no ser descubierto, echó a correr. Sus
aceleradas pisadas fueron escuchadas por el guardia que
instantes antes había estado más cerca de él.
Avisó a sus compañeros.
Los guardias desenvainaron sus espadas y observaron
cómo una figura envuelta en sombras se alejaba corriendo,
confundiéndose entre la niebla que se levantaba, gracias al
viento que surgió de repente.
Al extinguirse la sombra y cesar el viento, los guardias
enfundaron sus espadas y regresaron a sus puestos, sin darle
más importancia al asunto de la extraña figura oscura que
había surgido de repente. No se hicieron preguntas, por
tanto, no buscaron respuestas.
Poco después, los guardias, presenciaron la salida de la
hermosa muchacha a la que halagaron con hermosos
piropos. Ella como siempre les dirigió una bonita sonrisa y
después, descendió rápidamente la escalinata y se dirigió a
través de la avenida de los monolitos, a su casa.
La exótica joven realizaba cada día a medianoche el
mismo trayecto; del palacio a su casa, sin desviarse de la
rutinaria senda en ningún momento. Vivía con su perro Diky
y su gata Duna. El rey le había ofrecido en multitud de
ocasiones un aposento privado para ella en el palacio, pero
Male-Leel rechazó el ofrecimiento una y otra vez hasta que el
rey dejó de insistir. Quería tener libertad de movimientos, su
casa, sus cosas, sus animales… Todo eso no podía tenerlo en
palacio.
Male-Leel no se había alejado lo suficiente de la Avenida
de los Monolitos, cuando la figura volvió a surgir de entre las
sombras. El hechicero la siguió. Hacía frío. Se arrebujó en su
capa y aceleró el paso.
De pronto, ella oyó pasos. Se volvió, sin detenerse. No
341
vio a nadie. Aceleró su ritmo, asustada. Su caminar se hizo
torpe y su respiración se aceleró al mismo tiempo que los
latidos de su corazón se hacían más fuertes. Male-Leel intuyó
que la estaban siguiendo, por primera vez en su vida, se
desvió del camino y entró casi sin darse cuenta en un callejón
sin farolas, sin luz.
Oyó los pasos de nuevo y éstos parecían más cercanos,
como si alguien caminara justo tras ella. De repente, se
detuvo en seco, con el corazón en la garganta, asfixiada,
incapaz de respirar. Se volvió. Male-Leel abrió los ojos como
platos, palideció de repente. Una figura negra, alta y lúgubre
se alzó ante ella, amenazante.
Un grito ahogado en la oscuridad.
Un golpe repentino.
La negrura.
342
Capítulo 12
Luna llena
Pleniluníum
En las profundidades de Jhodam, se escondía una cripta oculta a los
ojos del Rey Nathan. Allí, en la más absoluta clandestinidad,
oficiaban sus rituales los hechiceros del Poder Negro. Eran siete.
Condenados a la oscuridad eterna por el Poder Blanco, y siervos del
Oráculo.
Veneraban al dios negro, Apofis, la serpiente; la sangre y la
muerte. Sus nombres eran malditos: Luther, Shyam, Adhe, Owan,
Andros, Elassar y Egho. Todos ellos, levitas del Gran Maestro.
Fieles a su culto y a sus enseñanzas. Desconocían la verdadera
identidad del Maestro, pues él nunca se dejaba ver. Se ocultaba tras
la negrura de su capa, siempre encapuchado y sus manos
enfundadas en guantes negros. Nadie conocía el color de su piel.
Una aureola oscura, como las tinieblas, lo envolvía, protegiéndole
del ambiente.
Los siete hechiceros endemoniados se encierran en sus
ceremonias con un objetivo único:
Sólo si la divinidad del Rey de Jhodam es destruida, ellos
podrán volver a presenciar el amanecer y por tanto, liberarse de su
cautiverio. Por eso, cuando el hechicero Festo les hizo la petición de
formar parte de un ritual para destruir a la deidad, no se opusieron.
Con él, visionaron su futuro…
Oyó murmullos. Sonidos lejanos.
Male-Leel ya era consciente de que se encontraba
343
prisionera. Pero no sabía quién era su captor, ni por qué la
había capturado. Una venda negra le cubría los ojos. Estaba
ciega. Atada de pies y manos contra una gran piedra.
La luna llena se alzaba en el cielo. Brillaba como la plata.
Ella lo sabía, aquella noche era un Pleniluníum. Male-Leel no
podía ver su luz, pero sí sintió sus lágrimas perladas caer
sobre su busto.
Un ritual.
Siete hechiceros, Festo y una sombra lúgubre.
Oyó como alguien se acercaba. Sintió unos dedos frescos
sobre su piel. Shyam le quitó la venda que cubría sus ojos. Su
visión borrosa, se volvió nítida. Ladeó su cabeza, buscando la
luz de la luna llena. Pero en aquel lugar no había ventanas,
era oscuro y mortecino. Siete figuras encapuchadas en torno
a ella. Sintió miedo.
Un conjunto de sensaciones…
Sintió en su boca el sabor amargo de algo que le habían
suministrado.
«Me han drogado», pensó.
Lo siguiente que percibió fue un ensordecedor eco a
intervalos regulares. Un péndulo. Su corazón. No fue capaz
de distinguir.
Unas antorchas colgaban de ménsulas, encendidas y sus
llamas anaranjadas iluminaban las extrañas figuras negras
que colocadas en círculo entonaban una salmodia siniestra.
En el centro, junto a la piedra, una figura totalmente vestida
de rojo sangre, portaba un cuenco en una mano y un brasero
pequeño con cadenillas y tapa, en la otra. Era un incensario.
«¿Dónde estoy?», se preguntó.
El sudor le perlaba la piel y le corría por la frente. Sentía
las miradas de aquellas figuras, a las que no pudo ver el
rostro porque iban encapuchadas.
Más cánticos…
Una fina columna de plata, con extrañas inscripciones, se
erguía triunfante por encima de su cabeza. Suspendida en el
aire. De pronto, Male-Leel, pensó que aquello era un
344
sacrificio y ella era la víctima. Su mente vagaba, aislada de
todo cuanto ocurría en ese mortecino lugar.
No se dio cuenta de que estaba bajo la sombra de un ente
espectral que guiaba el ritual. No se dio cuenta de la sangre
caliente, procedente del ritual, que le llenó la boca y le corrió
por la barbilla.
El ente espectral, el Maestro de Festo, con el rostro
impenetrable, permaneció frente a ella, mientras el hechicero
alzaba la cabeza de la joven, haciéndole comer el contenido
del cuenco, sangre medio cuajada con tiras de carne cruda.
Male-Leel no se resistió, la salmodia de los demás hechiceros
la mantenían hipnotizada para que no se negase. La
ceremonia había llegado a su cenit.
Luther, el príncipe de los hechiceros, golpeó su vara
ceremonial contra el suelo. Siete veces, una por cada
hechicero presente. En ese punto del ritual, se excluían al
oficiante y al espectro que lo protegía.
El sabor de la sangre le provocó arcadas. Él la obligó a
masticar la carne y a tragarse la sangre, pero no pudo
soportarlo; se atragantó con la carne y vomitó la sangre.
La voz del hechicero Festo tronó siniestra.
⎯¡Come!
Male-Leel gimió, asustada. Aquella voz la devolvió a la
realidad. Trató de decir algo, pero no pudo emitir palabra
alguna. Obedeció sin rechistar, pues no le permitieron hablar;
masticó la carne, que procedía de algún animal al que
debieron desangrar, y tragó la sangre. De repente, un humo
blanquecino ascendía desde el suelo, y los cánticos fueron
desvaneciéndose. Se hizo un silencio absoluto.
Male-Leel instantes antes de perder el conocimiento,
inducida por el conjuro al que estaba siendo sometida,
alcanzó a oír los cantos lejanos de las aves nocturnas, el siseo
y el crepitar de las antorchas. Siete hechiceros la observaban
con ojos siniestros, haciendo retumbar sus varas
ceremoniales en el suelo. A la espera del acto final.
La joven entró en trance. Tuvo una visión de ella misma.
345
Sus sensaciones eran reales.
Egho, portador de los cetros, alzó el Incensario de la
Vida y la Muerte, haciéndolo oscilar simbólicamente,
invocando los cinco puntos del pentagrama.
«Sintió que la vida se le escapaba, que su alma le era
arrebatada.» Pudo ver como la columna plateada que estaba
suspendida en el aire, se precipitaba sobre ella y la sangre
que manaba de su pecho. Vio la máscara del ente espectral y
supo que estaba muerta.
Adhe, custodio de los códigos negros, hizo oscilar a ras
del suelo, formando círculos, el Incensario de las Causas.
«Sintió como el fuego recorría y abrasaba sus entrañas.» Vio
un cáliz de cristal rojo que brillaba con una mortecina luz
dorada y la sagrada ambrosía en una bandeja de cristal.
Captó un silencio sepulcral.
Elassar, heraldo de los hechiceros, hizo oscilar sobre el
cuerpo de Male-Leel el Incensario de las Emociones.
«Sintió un escalofrío tan profundo que toda su piel se erizó.
Sintió sus pezones erectos.» Supo que iba a ser testigo de
horrores que sólo un dios se aventuraría a conocer.
Finalmente descubrió que ella era la ejecutora del ritual.
Supo que sería ella quién ofrecería al rey de Jhodam la
ambrosía envenenada.
Gritó al despertar del trance.
⎯¡Nooo!
Imploró a sus captores.
⎯No puedo hacerlo.
La voz de Festo tronó en su mente, abrasándola.
⎯Lo harás o la primera de tus visiones se cumplirá.
El rostro de Male-Leel se inundó de lágrimas. No podía
morir, pues ya estaba muerta. Aquel acompasado y
ensordecedor eco que le había acompañado durante todo el
ritual se apaciguó. Su cuerpo se había convertido en un
voluptuoso espejo; ahora ella era una sierva de la oscuridad.
Nada, ni nadie podría invertir el hechizo del Maestro. En ese
momento, Festo, supo que ella, ya estaba preparada. Su
346
cuerpo, hechizado; su mente, en blanco.
Su alma les pertenecía.
En Bilsán, el viento soplaba con fuerza.
El campamento de la resistencia se trasladó a la frontera
de la ciudad. Atrincherado, para evitar cualquier incursión
del enemigo. A la espera. Esa noche, de luna llena, a Najat le
tocó hacer guardia.
Hacia frío.
Mientras todos dormían, él se dedicaba a caminar de un
lado a otro, con los ojos clavados en las oscuras espesuras. De
pronto, divisó un movimiento por el rabillo del ojo. Unas
sombras que se deslizaban entre los árboles. En ese
momento, pensó que estaba cansado, helado y que
posiblemente serían aves nocturnas o su portentosa
imaginación; o quizá, estuviera equivocado y aquellos
extraños movimientos no eran más que el viento al agitar las
ramas.
Najat no estaba tranquilo.
La inseguridad se cebó con él y de pronto, sintió miedo.
Estaba solo, los demás dormían. Tuvo un presentimiento
extraño, y su cuerpo se estremeció con un escalofrío que le
recorrió entero, de pies a cabeza. Pensó, sin desearlo, en la
muerte. No sabía por qué, pues no le apetecía morir; esa
noche, no. Desterró sus funestos presentimientos y decidido
a despertar a su compañero, Yejiel, y tiritando de frío, echó a
caminar hacia la carpa, cuando varias sombras surgieron
repentinamente de la oscuridad del bosque. Se alzaron tras
él, con sigilo, con las espadas en mano.
Todo ocurrió muy rápido. Oyó pisadas. Se detuvo. Se
volvió y los reconoció… Eran los sicarios de Nabuc.
Unas sonoras carcajadas reverberaron en la oscuridad,
sólo rota por el brillos de los aceros que portaba el enemigo.
Enós se echó la larga capa hacia atrás sobre los hombros
para tener libertad de movimientos en los brazos. Najat,
347
vaciló, sorprendido por la presencia de los sicarios que
anteriormente les habían capturado junto al arroyo, al otro
lado del bosque.
Presa de un pánico repentino, solicitó ayuda a gritos.
⎯¡Estamos emboscados! ¡Despertad!
Gamaliel, con la ayuda de otros dos sicarios se acercaron
al joven, tratando de acorralarle.
⎯No te acerques más ⎯dijo Najat, haciendo oscilar su
espada en el aire.
Sus compañeros despertaron. Sin apenas tiempo, en
segundos, se colocaron las calzas y las botas. Se enfundaron
en sus cotas de malla y armaduras y salieron echando leches
de sus carpas. Con las espadas desenvainadas, se
precipitaron contra el enemigo, sin compasión. Najat se
enfrentó al sicario, con la espada bien empuñada con ambas
manos.
Enós y Najat, fulminándose con la mirada, se deslizaron
adelante con pasos sigilosos, desafiándose mutuamente. Las
espadas eran largas y pesadas.
⎯¡Qué empiece el baile! ⎯bromeó, Enós.
Najat alzó la espada por encima de su cabeza,
desafiándolo. Le temblaban las manos por el frío. Salieron
más rebeldes de entre las sombras. Entre unos y otros,
lanzaban gritos de aviso.
La espada de Enós rajó el aire.
Najat la detuvo. Cuando las hojas chocaron, se oyó un
estridente ruido metal contra metal; un sonido agudo,
silbante. Yejiel acudió en su ayuda, paró el primer golpe, el
segundo, y luego retrocedió. Hubo otro intercambio, eran
dos contra uno.
Retrocedieron.
Tras ellos, el resto de combatientes de uno y otro bando,
se enfrentaban de igual modo. Las espadas chocaban una y
otra vez. Algunos jadeaban por el esfuerzo; otros, con mejor
forma física, arremetían con fuerza, hundiendo sus espadas a
diestro y siniestro. El enemigo no se merecía más trato que el
348
que se merecían. Sí no morían, se remataban, así de simple.
Entonces, Enós, se dirigió a los dos jóvenes.
⎯¿Dónde está Jadlay?
⎯¡Ohh…! Él está muy lejos de aquí. ⎯Najat hizo de
bromista⎯. Je, je, je…
Enós apretó los dientes, enfurecido.
Yejiel blandió la espada con ambas manos, descargando
todo su peso en un ataque en arco paralelo al suelo. Enós
paró el golpe con un movimiento improvisado.
Cuando las hojas se encontraron, el acero de la espada de
Enós saltó en pedazos. Yejiel y Najat, ante el estallido,
retrocedieron de inmediato y se protegieron el rostro en un
acto reflejo.
Los restos de la espada habían salido disparados como
flechas. Se oyeron gritos de las víctimas de aquella lluvia de
restos. Uno joven de la resistencia recibió un impacto en los
ojos, chilló como un cerdo en el matadero, cayó de rodillas.
La sangre manaba de sus ojos a borbotones.
Yejiel y Najat, no soportaron aquella estampa y
desviaron la vista, cuando un rebelde, a traición, asestó una
puñalada en la espalda al joven que se debatía entre gritos de
insoportable dolor. Se desplomó, muerto, en el suelo. Los dos
jóvenes, no pudieron evitar la muerte de su compañero. Ellos
se salvaron por los pelos.
La resistencia combatía con una violencia inaudita, sin
bajar la guardia. Los duros entrenamientos de Áquila estaban
dando sus frutos. Dos jóvenes resistentes remataron a tres
sicarios rebeldes, con decisión, sin vacilamientos. Sin
compasión.
Siguieron combatiendo, mientras la luna llena se
deslizaba por el cielo estrellado. De repente, Yejiel oyó gritos
de dolor. Se volvió. La hoja afilada de un rebelde cortó la
cota de malla justo en el costado, de un compañero. De
inmediato supo que la vida se le escapaba a raudales por el
costado. Se llevó la mano a la herida, cerró los ojos y cayó
desplomado al suelo.
349
⎯¡Nooo! ⎯gritó Yejiel.
Lo intentó, pero no llegó a tiempo.
Eran los efectos colaterales de la guerra. En esta, como en
todas, se perdían vidas. Más de las deseadas.
⎯¡Adelante, no dejéis a ni uno con vida! ⎯gritó Enós,
eufórico.
Yejiel y Najat, corrieron hacia él, vengativos; y con sus
espadas en alto, arremetieron salvajemente. No estaban
dispuestos a permitir que los rebeldes se salieran con la suya,
no. Bilsán no caería como Hermes; eso, jamás.
Los aceros brillaban en la oscuridad. Rugían como el
viento. Najat hundió la hoja de la espada en el costado de
primer rebelde que le salió al paso. Yejiel, lanzaba su espada
en todas direcciones, sesgando la vida del que osaba a
enfrentarse a él.
Enós y Gamaliel, en un momento de confusión, se
sintieron desbordados por el ataque de los resistentes. Éstos
no se iban a dejar vencer, así por las buenas.
Se oyeron gritos sofocados. Gemidos de intenso dolor y
estertores agonizando. Los heridos se contaban por decenas y
había cadáveres de uno y otro bando.
Una voz jadeante tronó en el aire.
⎯¡Bastardos insensatos, entregadnos a Jadlay o moriréis
todos! ⎯masculló Enós.
Aquellas palabras le resultaron a Yejiel, excesivas.
⎯¡Vas a lamentar todas tus palabras, asesino!
De repente, ladró la voz de Najat. Su espada en alto
desafiaba al enemigo de nuevo, como nadie antes lo había
hecho.
⎯¡Fuera de nuestras tierras! ⎯gritó con una seguridad
que daba miedo.
Enós y Gamaliel retrocedieron, y no lo hicieron por el
acto de valentía que había mostrado Najat, sino por la súbita
aparición de una ingente cantidad de sombras que, tras él,
empuñaban espadas de luz.
¿Una ilusión?
350
Los dos sicarios palidecieron de repente. Enós era
escéptico, no podía creer que algo intangible pudiera
aparecer de la nada así por las buenas; sin embargo, a
Gamaliel, que era más susceptible, le vino a la memoria las
leyendas que hablaban de los fantasmas que habitaban en los
bosques. Sea como sea, ninguno de los dos era capaz de
asimilar lo ocurrido en el bosque aquella noche de
pleniluníum. ¿Hechiceros? ¿Espíritus? ¿Los Seres? El bosque
de Bilsán era el epicentro de la magia que se respiraba en el
aire, pues el Sanctasanctórum estaba cerca. Mudos de
espanto, echaron a correr ocultándose entre la espesura del
bosque. Los demás rebeldes supervivientes, imitaron a sus
líderes.
Se oyeron risas en la oscuridad. Las sombras se
difuminaron.
Sólo los rebeldes fueron testigos de la magia del bosque.
Los resistentes ante la huida despavorida del enemigo
cayeron de bruces. Incapaces de creer en su suerte.
⎯¿Qué ha pasado? ¿Acaso han visto fantasmas? ⎯dijo
Yejiel.
Najat se encogió de hombro. Enfundó su espada.
⎯ No lo sé. ¿Una alucinación colectiva, quizá?
Entre el grupo se oyeron murmullos.
⎯¡Por favor, esto es una completa locura! ⎯exclamó
Yejiel.
Aunque la huida de los rebeldes provocaba risas,
ninguno de ellos estaba de humor para las carcajadas. Yejiel
recuperando el liderato, se dirigió hacia sus compañeros de
batalla.
⎯Cojamos a nuestros muertos, a los heridos, y
regresemos a la ciudad. Hay que avisar a las tropas, de que
los rebeldes han hecho su primera incursión en Bilsán.
Najat lo miró, extrañado. Su compañero se mostró más
duro que de costumbre.
⎯Estarán durmiendo ⎯replicó.
⎯¡Pues que despierten! ⎯respondió, exaltado⎯. Los
351
rebeldes nos han atacado esta noche; así que no lo dudes,
Najat, ellos volverán a intentarlo. Me preocupa nuestra
ciudad. Temo que si empieza la lucha puede haber
problemas en las calles.
Varios guerreros se acercaron a ellos con tres rebeldes
levemente heridos. Los ataron y se los llevaron al
campamento, a la espera de ser desmantelado. La contienda
en la explanada había sido ganada, gracias a la inesperada
huida de los sicarios. Yejiel pensó que la escampada rebelde
era inexplicable, conociendo a los sicarios. Enós no era el tipo
de hombre que solía rendirse ante nadie. Pero aún así, no se
mostraban confiados, temían un ataque mayor. El enemigo
había traspasado la frontera sin que ellos se dieran cuenta,
eso demostraba que había fallos en las filas y tenían que
solucionarlos; de lo contrario, la siguiente batalla podría
convertirse en una carnicería.
Llegaron a Jhodam al amanecer. El cielo estaba encapotado y
una sinuosa bruma se abría paso entre los árboles de los
jardines que rodeaban la magna Avenida de los Monolitos.
Jadlay, cansado del largo viaje, sujetaba las riendas
dirigiendo a su caballo al paso. A su lado, su padre y tras
ellos, Lamec, Aby y Joab.
Por fin, habían llegado a su destino. Atrás quedaron las
torturas, la mohosa celda y las violaciones consentidas.
Jadlay se volvió buscando la mirada de Aby. Se encontraron.
Ambos habían sufrido lo suyo en el infierno de Nabuc. En
Jhodam, eran libres. Pero en Esdras, ella seguía siendo la
esposa del rey, pues sólo la muerte de éste los separaría. La
incertidumbre y la espera eran duras, pero ella no tenía otro
camino, sólo confiar en la providencia del rey dios.
Unas nubes negras despuntaban por el este, haciendo
presagiar una tormenta. El viento agitaba con fuerza las
ramas de los árboles y levantaba las hojas del suelo. La niebla
comenzó a disiparse empujada hacia las alturas.
352
Jadlay se colocó la capa de viaje, el viento que rugía con
ráfagas fuertes se la había apartado ligeramente del cuerpo
dejando al descubierto su túnica ensangrentada, pues no le
había dicho a su padre que Nabuc y su hechicero le
sometieron a una tortura cruel y perversa con el único
objetivo de quitarle la vida. Daba gracias a los septímus por
haber sobrevivido. En aquellos duros momentos, llegó a
pensar que no tenía más opción que la muerte. No deseaba
que su padre viese sus heridas; ahora, casi cicatrizadas. Lo
conocía muy bien y sabía que pondría el grito en el cielo.
No hablaron.
Cuando llegaron al palacio, tres mozos de cuadras se
acercaron a ellos para llevarse los caballos. Era un gran
detalle que demostraba la hospitalidad que ofrecía el rey,
siempre selecta.
Aby al poner los pies en el suelo, sintió como si flotara.
No notaba sus pies, éstos entumecidos se negaban a caminar.
Su padre la cogió del brazo, y juntos los dos, entraron por
primera vez en la suntuosa residencia real. Sus corazones
palpitaban con fuerza, ante la perspectiva de conocer en
persona al inmortal más sacro de todos.
Cuatro escoltas reales los condujeron a los frondosos
jardines del interior de la residencia, dónde los inmortales,
Halmir, Ishtar y Kali desayunaban como todas las mañanas
bajo la sinfonía de las aves y el murmullo de las aguas al caer
precipitadas por las cascadas.
En la mesa, manjares apetitosos, delicias para el paladar.
Frutas exóticas, zumos con sus pulpas, leche y pastelitos de
todo tipo. Halmir los vio llegar, dejó la manzana que estaba
comiendo sobre el plato y se puso en pie de inmediato; tras
él, Ishtar y su hija.
Los escoltas se retiraron, en silencio.
Unas cordiales y simpáticas sonrisas, se vislumbran en
los rostros de los tres inmortales, ante la esperada llegada del
inmortal, su hijo y acompañantes.
⎯¡Morpheus, ya te echábamos en falta!
353
⎯No será para tanto…
Se abrazaron y se dieron un cordial apretón de manos.
Volvían a estar juntos; eso bien, merecía una celebración.
Halmir no perdió su hermosa sonrisa en ningún
momento. Miró a los jóvenes que acompañaban a Jadlay y a
éste mismo.
⎯Me alegro de verte, Jadlay. Nathan está muy
preocupado por ti, pero ya veo que sus motivos no tienen
fundamento ⎯le dijo⎯. ¿Me presentas a tus amigos?
⎯Sí, por supuesto.
Jadlay se volvió hacia ellos.
⎯Mis amigos y yo conseguimos huir gracias a la
inestimable ayuda de Lamec, hasta el momento de nuestra
marcha de Esdras, era escolta real ⎯luego, señaló al
monje⎯. El es Joab, levita del templo de Esdras, y su hija,
Aby, esposa del rey Nabuc.
Halmir miró a la dama, se inclinó y le besó en la mano.
Morpheus se quedó perplejo ante la reacción del inmortal,
éste ni se inmutó al enterarse de la identidad de la joven y
él… Él le armó un escándalo a su hijo por esa causa. ¡Qué
ridículo! Se avergonzó solo con pensarlo, y un fuego extraño
le subió hasta las mejillas. Jadlay sonrió al ver a su padre, tan
ruborizado.
⎯Es un honor conoceros, Aby. Aquí en Jhodam, estáis a
salvo.
La joven hizo una reverencia.
⎯Gracias, excelencia. Solicito en el nombre de mi padre
y en el mío propio asilo político en Jhodam.
⎯No os preocupéis por eso, ahora. El exilio no está bien
visto por mi hijo. Cuando esta guerra haya acabado, Esdras
tendrá un nuevo rey y vos podréis volver a vuestra tierra, sin
problemas.
Halmir se volvió hacia el fatigado levita. Un apretón de
manos fue suficiente para sellar el principio de una buena
amistad. Ishtar y Kali, también fueron presentados. La dama
inmortal no dejó de observar a la joven de Esdras en ningún
354
momento. Le leyó su mente. Penetró en sus pensamientos y
captó el horror de las posesiones sexuales a las que fue
sometida. Suspiró apenada por esa causa.
⎯Supongo que debéis estar cansados del duro viaje. Os
propongo lo siguiente: compartir el desayuno con nosotros
ahora o acomodaros en cómodos aposentos para descansar
¿Qué preferís?
Halmir miró a Morpheus.
⎯A ti no te pregunto. Tú debes estar hambriento, como
siempre. ¿Me equivoco?
⎯No; no te equivocas.
El padre del rey se volvió hacia los jóvenes.
⎯Y, bien… ¿Habéis tomado una decisión?
⎯Preferimos descansar ⎯contestaron prácticamente al
únisono.
⎯De acuerdo ⎯repuso Halmir, pensando que la
decisión tomada por los jóvenes era la más sensata⎯. Los
guardias os conducirán hasta vuestros aposentos. Allí
encontraréis todo lo necesario para asearos y por supuesto,
ropa nueva ⎯los contempló detenidamente⎯; pues ¿no
pretenderéis presentaros ante mi hijo ataviados con esos
andrajosos harapos, verdad?
⎯Pues… ⎯Jadlay miró a su padre, vaciló⎯. La
verdad… es que no.
⎯¡Jadlay! ¿Qué te ha ocurrido?
⎯Hmmm ⎯le habían pillado⎯. Lo siento, padre. Se me
olvidó decírtelo.
⎯Dime, y por favor no me mientas… ¿Te han torturado?
Jadlay antes de contestar a la pregunta de su padre, miró
a sus compañeros. Lamec había inclinado la cabeza y Aby, lo
miraba con determinación.
⎯En realidad, si.
Halmir intervino.
⎯Morpheus, tranquilízate. No podía ser de otra manera.
El inmortal dio unos pasos hasta el joven, preocupado.
Recordó de forma automática las brutales torturas que sufrió
355
su hijo hace mucho tiempo y no era nada agradable. Sabía
exactamente como se sentía el muchacho. Le obligó a
quitarse la capa y la túnica.
⎯¿Espinas?
El inmortal hizo una mueca con los labios. Estaba harto
de que gente sin escrúpulos se dedicara a torturar como
medio para hacer sufrir a sus víctimas o sonsacarle algún
tipo de información. En Jhodam, este tipo de acciones estaba
totalmente erradicado.
⎯Si.
⎯¿Fue Nabuc?
Jadlay cabeceó.
⎯Él y su hechicero.
⎯¿Festo, supongo?
⎯Si.
Halmir se volvió hacia Morpheus.
⎯No te preocupes ⎯le dijo⎯. Maya se ocupará de sus
heridas.
Ahora, ya lo tenía claro; el perverso Nabuc se había
aliado con el endemoniado Festo. El inmortal buscó la
mirada de Ishtar, sus temores se estaban cumpliendo.
⎯No creo que sea capaz.
Jadlay vio sus rostros, expresaban una preocupación
extraña. Nunca antes había visto unos semblantes como
aquellos. Para él, eso significaba que los inmortales sabían
algo que él desconocía. Sin premeditarlo, recordó la
conversación de su padre en la taberna de Bilsán. Sus
temores empezaron a tener sentido. Estaba intrigado.
⎯¿Estás seguro? Te recuerdo que esos malditos
demonios, viven; ocultos en algún lugar. Aquí, en Jhodam.
Nathan lo sabe, tú lo sabes y yo… ¡Maldita sea! Espero que
ardan en el infierno si osan hacerle daño a mi hijo.
⎯En la clandestinidad, poco pueden hacer.
Halmir no podía seguir hablando con los jóvenes,
presentes. Hizo una seña al aire para llamar a los escoltas.
Éstos acudieron casi de inmediato.
356
⎯Excelencia…
⎯Conducidles a los aposentos y procurad que no les
falte de nada ⎯les ordenó, severamente⎯. Buscad a Maya y
decidle que examine las heridas de Jadlay, sin demora.
No hubo réplicas. Obedecieron, sin más.
Kali les acompañó. Jadlay mientras caminaba observaba
a las dos mujeres; hermosas, cada una a su manera.
Suspiró.
Cuando los guardias se hubieron ido con los jóvenes. Los
inmortales prosiguieron con la conversación que habían
dejado en suspenso unos minutos antes.
Ishtar captó la preocupación de Halmir.
⎯Los hechiceros negros sólo pueden esgrimir su débil
poder si mantienen en jaque a Nathan. Y sabes que eso no lo
vamos a permitir.
Halmir contempló a Ishtar. Morpheus había
enmudecido, se sentó en la silla, sin atreverse a pegar
bocado. Repentinamente, los tres inmortales, tuvieron clara
la gravedad de la situación. Halmir sabía perfectamente lo
que ocurría al otro lado de la puerta dimensional, que
separaba el mundo físico del mágico e irreal.
⎯Algo está fallando. Me temo que cuando lo
descubramos será demasiado tarde.
⎯¡Oh, vamos! No te pongas tan pesimista.
⎯¿Qué no me ponga pesimista? ⎯repitió exaltado,
Halmir⎯. No olvides que el cuerpo del maldito desapareció
del acantilado de Roccá sin dejar rastro. ¡Se lo ocultamos a
Nathan! ⎯hizo una pausa. Se había puesto tan nervioso que
el corazón parecía salirle por la garganta. Se llevó la mano al
pecho, tratando de tranquilizarse⎯. Dime, ¿cómo quieres
que me ponga?
⎯Han pasado veinticinco años de eso.
Morpheus se mordió el labio inferior, preocupado
porque Nathan podría verles discutir.
⎯Yo no estuve allí; así qué, no puedo opinar. Pero a ver,
decidme, ¿no creéis qué sería más prudente hablar de esto en
357
la noche, cuando Nathan esté acostado? Además, el jardín,
no es el lugar adecuado para tratar asuntos de tanta
importancia.
⎯Sí, tienes razón.
Permanecieron un rato en silencio. Se escuchó el ruido
de una cuchara golpeando el fondo de un bol. Era Morpheus
que, aunque trataba de mostrar tranquilidad, estaba
nervioso.
Era medio día. Las nubes tormentosas descargaron su lluvia,
pero el cielo seguía nuboso. Blanco. Posiblemente, al llegar la
noche y caer las temperaturas, nevaría. Los profundos ojos
de la divinidad miraban al cielo. Suspiraba, intranquilo.
El aire tenía la fragancia de la tierra y de las exóticas
plantas que crecían majestuosas en aquel esplendor mágico.
El verdor los engulló… El rey Nathan y Áquila caminaban
por la hierba que rodeaba el lago, conversando en privado,
sin oídos ajenos.
⎯¿Cuándo emprenderemos el viaje?
⎯En cuanto me confirme Maya, que Jadlay está
recuperado.
Nathan enfundó sus manos en unos guantes de cuero y
se arrebujó en su capa. Estaba un poco febril, tenía frío.
⎯¿Habéis hablado con él?
⎯No, aún no.
⎯Me han llegado nuevas noticias de nuestros espías en
Esdras. Aseguran que la mayor parte de los jóvenes en edad
de luchar no se atreven a tomar las armas y que está
aumentado el descontento de la población hacia la insensata
lucha de Nabuc y su gobierno.
⎯Estamos en guerra. Nabuc no puede esperar otra cosa,
más que eso… Descontento y desesperanza. Efectos
colaterales, a mí también me afectan y más de lo deseado. Te
mentiría si no te dijera que yo me tambaleó al borde de un
precipicio por esa causa. Jamás debí haberme entrometido.
358
⎯¿Por qué decís eso, majestad? Estáis preocupándome.
⎯Tú no debes preocuparte por mí. Tus obligaciones son
otras.
⎯Lo siento, majestad ⎯contestó⎯. No estoy conforme
con vuestras palabras, vos también sois mi obligación y mi
trabajo.
⎯Tu trabajo es destruir a aquel que intente entrar en
Jhodam sin autorización. Eso es todo.
Áquila meditó unos instantes.
⎯Cierto, majestad ⎯replicó⎯. Sin embargo, permitidme
deciros que no podéis prohibirme que me preocupe por vos.
A Nathan le dolía la cabeza. Estaba ligeramente resfriado
y se le notaba con pocas ganas de hablar. Áquila vio en su
rey, un creciente malestar y quizá, confusión.
⎯¿Habéis considerado quedaros en palacio? ⎯preguntó
Áquila a riesgo de una soberana reprimenda⎯. Si seguís con
vuestro empeño de acompañarnos, correréis un riesgo
innecesario.
Nathan hizo un gesto despreocupado. Se detuvo y
agarró a su fiel guerrero de un brazo.
⎯No insistas, comandante.
⎯Pero, majestad…
El rey lo interrumpió, ligeramente irritado.
⎯Ya basta, Áquila.
Emprendieron de nuevo el paseo. Nathan se llevó las
manos a la espalda, con la vista al frente.
⎯Tráeme a Jadlay y a Lamec ⎯ordenó.
La puerta del aposento de Jadlay estaba abierta. La estancia
estaba completamente iluminada; era amplia y sus paredes
forradas de placas de madera del norte con un ligero toque a
caoba, eran el complemento ideal del hermoso fuego que
ardía en la gran chimenea de piedra que dominaba toda la
estancia. Áquila, se detuvo unos instantes, nunca había
estado en ese aposento, reconoció que la decoración era un
359
regalo para los sentidos; luego, cruzó el umbral como una
exhalación. Se hizo la capa a un lado y miró a su alrededor.
El joven estaba en la sala contigua en compañía de Lamec. Se
habían bañado y puesto ropas limpias.
Áquila husmeó el ambiente. Olía a una fragancia
extraña, como a un ungüento medicinal. No había entrado en
la segunda estancia, cuando Maya salía de ella.
⎯Ese muchacho es un toro ⎯le dijo⎯. No sé cómo lo ha
hecho, pero sus heridas están prácticamente cicatrizadas.
¿Estás seguro de qué no es inmortal?
Áquila cabeceó, sonriente.
⎯Supongo que al ser criado por uno de ellos se le habrá
pegado algo, digo yo.
⎯Hmmm. Sí, es posible.
Dichas estas palabras, Maya abandonó el aposento.
Áquila entró en la segunda estancia, dio unas palmadas al
aire.
Los dos jóvenes se dieron la vuelta, sobresaltados.
⎯Hola, chicos. Debéis acompañadme, el rey quiere
veros a los dos de inmediato.
⎯Caramba, Áquila… Podrías haber preguntado algo
cómo, ¿qué tal o cómo estás? Pero, no… Tú como siempre,
haciéndote notar.
⎯Has demostrado que sabes cuidarte tu solito
⎯contestó⎯. ¿por qué tengo que preguntarte algo sobre lo
que ya sé la respuesta? Eres bueno, muchacho. Muy bueno.
Es eso lo que quieres que te diga… Pues entérate, chaval, no
hace falta que te lo repita cada vez que nos vemos. Además,
tengo otras preocupaciones aparte de ti.
⎯¡Oh, si…! ¡Se me olvidaba, el rey!
⎯Por supuesto. Y por tu propio bien, será mejor que no
le hagas esperar.
Lamec apoyado en la pared, se echó a reír.
⎯¿Os habéis puesto de acuerdo?
⎯¿A qué te refieres?
Áquila tocó la túnica del joven.
360
⎯Las ropas… ¡Negras! Chicos, no estamos en un
funeral.
⎯El rey viste de negro, ¿qué importancia tiene sí
nosotros también vestimos de negro? ⎯replicó Jadlay.
⎯¡El rey, es el rey! Y tú no eres más que un aspirante, no
trates de hacerle sombra, muchacho. Te podría fulminar con
la mirada, ¿supongo que lo sabes?
⎯Caray, Áquila ¿cómo estás hoy? ¿Acaso el rey te ha
soltado a los perros? Sí; si… Eso es… Ja, ja, ja, ja.
Áquila miró a Lamec, divertido.
⎯¿Es a este, a quién queréis por rey? ⎯le preguntó.
Lamec no contestó. Estaba tan pasmado por lo que oía y
veía que no se atrevía a interpretar su divertida trifulca.
Parecía que estaban acostumbrados a tratarse de ese modo,
tan informal.
Jadlay les adelantó, pasó por al lado de ellos.
⎯Por cierto, Áquila. Yo no trato de hacerle sombra, más
bien le admiro y le venero.
⎯¿Ah, sí?
⎯Si.
Áquila le dio un zarpazo cariñoso en la cabeza.
⎯Dejemos las bromas a un lado ⎯les dijo a los dos⎯.
En serio, chicos, el rey os está esperando en el jardín. Hace
frío y está resfriado. Será mejor no hacerle esperar.
Los tres cruzaron el vestíbulo y penetraron en el
corredor que conducía a las termas.
⎯¿Está enfermo? ⎯preguntó Jadlay.
⎯No, exactamente. Pero lleva unos días muy raro. Su
estado de ánimo es un claro indicio de que las cosas no van
muy bien en él. Procurad no ponerle nervioso, ¿de acuerdo?
Ambos jóvenes asintieron. Las indicaciones de Áquila le
hicieron recordar a Jadlay todo lo que su padre le había
comentado sobre el rey. La preocupación se respiraba en el
ambiente, ahora lo notaba muy claramente.
361
Un grupo de escoltas velaba por la seguridad del rey,
manteniendo cierta distancia prudencial con él. Vigilaban
atentamente sus pasos y controlaban todo a su alrededor.
Mientras el rey estuviese en los jardines se chaqueaba a todo
aquél que entraba o salía. No se permitían las armas en
presencia de Su Majestad y sólo él podía portarlas. Uno de
los guardias, cargaba en su brazo con una gruesa y larga
capa negra con la insignia real en el lado que daba al
corazón, de piel brillante en la parte externa y de terciopelo,
en la interna. No era suya, sino del rey; la llevaba más o
menos plegada en su antebrazo por si el rey necesitase
abrigarse con ella.
Nathan no se encontraba bien, a cada segundo que
pasaba tenía más frío. Se dio cuenta de que no podía esperar
por más tiempo a los jóvenes o Maya acabaría confinándolo
en la cama. El guardia que portaba la capa se dio cuenta del
malestar de su rey y acudió hasta él con premura.
⎯Majestad… ⎯hizo una reverencia.
Nathan se volvió hacia el joven.
⎯¿Si?
⎯Está helando, majestad. Sería conveniente que, si vos
seguís en los jardines, os abrigarais con la capa. Podéis caer
enfermo.
Nathan asintió. Se dejó aconsejar por el guardia, pues
éste tenía razón. Cuando se estaba colocando la capa con la
servicial ayuda del joven, llegaron Áquila, Jadlay y Lamec.
Los vio bajar por la escalera que conducía al lago y ordenó al
guardia que se retirase.
Lamec que no conocía al rey en persona sintió como su
corazón le palpitaba con fuerza, aumentando el ritmo de los
latidos a medida que se iban acercando.
Nathan dio unos pasos hasta ellos.
⎯Me alegro de verte, Jadlay ⎯miró a uno y a otro⎯.
¿Supongo que tú eres Lamec? Quiero darte las gracias
personalmente por haber arriesgado tu vida en detrimento
de la de Jadlay.
362
⎯Era mi deber, majestad.
⎯Tu nobleza te honra.
Áquila se situó tras ellos. Nathan se volvió hacia Jadlay,
esperaba que él hablase primero, pero no fue así.
⎯¿No tienes nada que decirme?
Jadlay tragó saliva.
⎯Realmente, no. Ya sé quién soy, aunque desconozco
por qué me lo ocultasteis, sabiéndolo. Ahora, ya no importa.
Me consta que os tengo de mi parte y eso para mi es
suficiente.
⎯Te lo oculté para protegerte de tu tío. Yo fui quién
manipuló la mente de Morpheus para que te encontrara
aquel día, hace veinte años, en el bosque. Yo impedí que los
sicarios alcanzaran su objetivo; sin embargo, no pude evitar
la muerte de tu nodriza. Lo siento, tuve que elegir ⎯hizo una
pausa⎯. Sí, Jadlay; yo soy quién dio al traste con los planes
asesinos de Nabuc. Cuando él descubrió que vivías, me
señaló a mí como posible instigador de su fracaso. Mi poder
conspiró contra él y sus ansias de controlarlo todo. No evité
que se alzara en el trono, pues sabía que al vivir tú, llegado el
momento, se lo arrebatarías.
⎯Entonces, sois vos ¿el blanco de su ira?
⎯En parte, sí ⎯afirmó Nathan⎯. A ti te quiere muerto
porque puedes arrojarlo del trono, y a mí… Bueno, mejor no
te lo cuento. No quiero que nada interfiera en tu lucha por
recuperar lo que te pertenece, te ayudaré en todo lo que
pueda. He llevado a mi pueblo a la guerra y lo he hecho por
ti, no me siento orgulloso de ello y lo único que deseo es que
esta maldita lucha que él mantiene por el poder acabe
pronto. Al margen de la guerra, quiero que sepas que al ser
yo el objetivo de su venganza, arremeterá contra mí usando
para ello cualquier medio que esté a su alcance. Se me
ocurren muchos, pero como te he dicho antes, es mejor que
no lo sepas.
Jadlay escuchaba todo lo que el rey tenía que decirle con
los ojos abiertos como platos, tratando de asimilarlo todo,
363
absolutamente todo. Sí, vivía… ¿Pero a qué precio? Jadlay
sintió una punzada de dolor, una sensación causada por la
destrucción de su orgullo. Cabizbajo, se miró las ropas…
Negras. Era como si estuviera de luto, un presagió que no
atinó a comprender. Alzó la mirada. El rey tenía sus ojos
fijos, clavados en él.
⎯Yo quiero recuperar lo que es mío, majestad. Pero no
pagando un precio tan alto. Haré que acabe pronto, con
apenas derramamiento de sangre y lo más importante, no
permitiré que os pase nada.
⎯Jadlay, lo que tenga que pasar, pasará; tú no podrás
evitarlo. Qué esta guerra ha de acabar pronto, estoy de
acuerdo contigo, pero también has de tener muy claro que
para derrocar un gobierno, es necesario el derramamiento de
sangre. Yo por mi parte, ya he ordenado la protección total
de Jhodam. Pero me temo, que de Esdras tendrás que
ocuparte tú. Yo te prometí mis tropas y las tienes, de hecho
dos importantes legiones ya han partido, dispuestos a
escoltarte y a seguirte en tus propósitos. Ellos no harán nada
si tú no lo ordenas, sólo intervendrán al margen de tus
órdenes si peligran sus vidas o la de cualquier habitante, sea
de la ciudad que sea. Yo sellé un pacto contigo y prometo
cumplirlo independiente de que a mí me ocurra algo o no.
Nathan vaciló unos instantes, parecía que iba a caerse.
Áquila que estaba tras él, lo sujetó de un brazo.
⎯Majestad, será mejor que entréis en la residencia.
Estáis fébril y podéis agarrar una pulmonía.
El rey asintió. Estaba helado. La temperatura de su
cuerpo era muy elevada. Pero aún así, no quería oír hablar de
pulmonía, ni ningún otro tipo de enfermedad.
⎯Entraré, pero no comentéis nada de esto a mi padre
¿entendido?
Nathan los miró a los tres. No necesitó decir nada más,
sus ojos amenazantes hablaban por sí mismos. Era su poder,
que emanaba con intensidad de su cuerpo febril.
Lo último que dijo Nathan antes de retirarse a su estudio
364
fue:
«Olvidad el pasado y arreglemos el presente, para construir el
futuro»
Áquila, Jadlay y Lamec se quedaron en el jardín,
observando como el rey se alejaba escoltado por la guardia
real. Sorprendidos por la extraordinaria serenidad que
trasmitía Nathan, no consiguieron abrir la boca, ni siquiera
para despedirse de él… No tenían palabras. De los tres, quién
más fascinado estaba era Lamec. Jamás pensó que conversar
con una entidad de su calibre fuese tan fácil.
Áquila, finalmente, rompió el silencio.
⎯Será mejor que entremos ⎯los miró y sonrió, estaban
tiesos, posiblemente del frío⎯. ¡Venga! ¿A qué esperáis?
Jadlay y Lamec tropezaron el uno con el otro en su afán
por entrar en la residencia. Áquila consiguió mantener una
expresión severa, hasta que entraron en el palacio. Luego se
dejó caer en un sillón, muerto de risa.
⎯¡Será posible, dos guerreros tan importantes como
vosotros, tropezando como niños!
Jadlay también se echó a reír. Hasta a Lamec se le escapó
una sonrisa.
⎯¡Qué ridículo hemos hecho, sólo espero que Nathan no
lo haya presenciado! ⎯exclamó Jadlay.
⎯No te preocupes, estaba demasiado turbado para
volverse.
Jadlay bufó.
Lamec seguía impresionado. El rey le fascinó tanto, que
quería saber más cosas de él.
⎯Parece un niño ⎯dijo.
Jadlay y Áquila se miraron, extrañados.
⎯¿Quién?
⎯El rey.
⎯Tanto como un niño, pues no sé que decirte…
⎯empezó diciendo Áquila⎯. Quizá tengas razón, pero para
nosotros, los humanos, el rey tiene sesenta y dos años,
aunque no aparente más de veinte. No obstante esta edad
365
que nosotros le atribuimos no es real, pues es un concepto
que no existe en los inmortales. En realidad, es un niño… Un
niño indómito. Tú no le conoces como yo. ⎯Suspiró y
sacudió la cabeza⎯. Aunque para buscar al niño que lleva
dentro hay que remover demasiado y ciertamente, Nathan es
insoldable.
Jadlay puestos a hablar sobre edades, se interesó por los
otros inmortales, incluido su padre adoptivo.
⎯¿Qué edad sugerís para Halmir, Ishtar y mi padre?
⎯¡Uf! Creo que ni ellos lo saben. ⎯respondió⎯. Yo
tengo treinta y cinco. Cuando tenga sesenta, pareceré un
viejo carcamal. Si pudiera pedir un deseo, pediría ser
inmortal ¡Vamos, sin dudarlo!
Jadlay y Lamec se partieron de risa por las ocurrencias
de Áquila.
⎯Sí, chicos. Un viejo carcamal ⎯se rascó la cabeza⎯-
¡Qué le vamos hacer! Cuando no hay más… No hay más.
Nathan estaba en su estudio firmando unos documentos,
cuando su padre, acompañado de Aby, entró en la estancia.
⎯Nathan, perdona que te moleste, pero ¿tienes unos
minutos para dedicarle a Aby, desea conocerte?
El joven levantó la mirada. Sus mejillas ruborizadas, por
la fiebre, se quedaron al descubierto ante su padre, éste se
alarmó.
⎯¿Estás enfermo?
Nathan se levantó y dio unos pasos hasta ellos.
⎯No, padre. Estoy bien, sólo he cogido un poco de frío.
Miró a la joven. Aby inclinó la cabeza. Halmir alzó su
mano para tocar la frente de su hijo, perlada por el sudor frío
que le provocaba su estado febril.
Nathan puso su dedo índice sobre la barbilla de la joven,
haciendo que ésta alzara su rostro.
⎯¿Nathan, me oyes? ⎯Halmir se olvidó del asunto que
le había traído hasta el estudio de su hijo⎯. Has de meterte
366
en la cama ahora mismo. Enfermo, no viajarás a Esdras.
⎯Siento mucho que hayas tenido que sufrir la tiranía de
Nabuc ⎯empezó diciéndole, haciendo caso omiso a su
padre⎯. Quiero que sepáis que vuestra boda, sí es que se
puede llamar así, no es legal, ni en Esdras ni en ninguna otra
parte. No puede reclamaros, mientras estéis en Jhodam, no.
Aby miró al rey y lo hizo detenidamente. Nunca había
visto a una persona tan hermosa como la que tenía delante.
Su majestuosidad, su largo cabello rubio, trenzado; sus ojos,
su rostro, su cuerpo… El negro le sentaba de maravilla. Era
muy fácil enamorarse de él, muy fácil.
Su voz, tan persuasiva…
⎯¿Estáis bien?
Aby estaba soñando despierta. Aquella poderosa voz, la
despertó.
Halmir miraba a su hijo como diciendo, ¡Ya te vale! Estás
ardiendo de fiebre y aquí, en el estudio… firmando
documentos cuando podrías hacerlo en otro momento.
⎯Sí; perdonad, majestad.
Nathan sonrió. Miró a su padre.
⎯¿Tengo que volver a repetirte que estoy bien? ⎯le
preguntó⎯. No es nada, un resfriado. Esta noche cenaré
exclusivamente ambrosía y por la mañana estaré como
nuevo, ya veras. No temas tanto, padre.
⎯De acuerdo. No insistiré, pero dime ¿cuándo pensáis
marcharos a Esdras?
⎯Mañana.
Halmir abrió los ojos como platos.
⎯¿Mañana? ¿Y estarás en condiciones?
⎯Sí, padre ⎯respondió⎯. El viaje es largo y no deseo
demorarlo por más tiempo. Quiero recuperar la paz cuanto
antes.
⎯Bien, bien…
Nathan se dirigió a la vitrina. Allí tenía un licor afrutado
que deseaba ofrecer a su ilustre invitada. Tomó la botella y
tres copas de oro, se volvió especialmente hacia ella.
367
⎯Decidme, Aby ¿os están tratando bien?
Sirvió licor en las copas. Le entregó una copa a su padre.
Se volvió hacia ella. Aby tomó la copa, pero antes de
llevársela a los labios, respondió a la pregunta del rey.
⎯Sí, majestad. Tanto el servicio como la atención, son
exquisitas.
Nathan se acercó más a ella. Con su mano tocó el cabello
y luego tomó sus manos, las observó detenidamente. Aby
tembló al notar el roce de su mano.
⎯Se nota que te han maltratado… ⎯desaprobó⎯.
Necesitas olvidar y sé que es difícil, pero aún así debes
intentarlo. La felicidad te espera a la vuelta de la esquina. No
lo olvides.
⎯Majestad, ¿cómo habéis sabido…? ⎯Aby se
interrumpió así misma, confusa; incapaz de pensar con
claridad.
⎯Lo dice tu piel.
Aby se quedó perpleja ante aquellas palabras.
Halmir se maravillaba cada vez que observaba el poder
de su hijo.
⎯Eres hermosa, pero nunca te has cuidado. Le pediré a
Kali que te ayude a recuperar tu autoestima, si me lo
permites claro.
Aby echó a llorar. Nathan, con sus palabras, la había
hecho sentir un mujer de verdad. Había sido tan esclavizada
hasta el momento de la huida de Esdras, que no alcanzaba a
comprender cómo se podía sentir tanta felicidad con tan solo
unas palabras como aquellas. Recordó por unos instantes el
pasado que aún palpitaba en su piel. En cómo deseaba morir,
hundirse una daga en las entrañas o buscar algún veneno.
Todo menos seguir con aquella asquerosa vida de cautiverio.
Se odió a sí misma porque llegó a sentir placer, al ser poseída
por Nabuc e inclusó pensó en darle un hijo y ahora se daba
cuenta, de que todo lo hacía para escapar de él.
Las palabras de Nathan seguían retumbando en su
mente, pese al infierno vivido.
368
⎯Deja las lágrimas. Con ellas no llegarás a ninguna
parte.
Él le ofreció un pañuelo.
⎯Majestad, yo…
Nathan la interrumpió.
⎯No digáis nada ⎯le dijo.
Transcurrieron los minutos muy lentamente, hasta que
Halmir comprendió que había llegado el momento de dejar
tranquilo a su hijo. Nathan mentalmente, lo pedía a gritos.
Estaba cansado, molesto por el resfriado y necesitaba
reflexionar.
Halmir se llevó consigo a la joven. Ella parecía flotar en
una nube, emocionada por las palabras que habían
enamorado sus sentidos. El inmortal leyó su mente; los
pensamientos de la joven lo dejaron muy preocupado. Lo
último que esperaba era que la muchacha se hubiese
enamorado de su hijo, pues éste tenía su corazón ocupado.
«Sólo está impresionada. Cualquiera en su lugar lo
estaría», pensó él, desterrando de su mente aquellos
pensamientos. Halmir estaba tan preocupado por su hijo, por
los hechiceros, la guerra… que no le cabían más
preocupaciones. Cuando dejó a la joven en manos de Kali, él
se retiró a descansar un rato, sin presentir nada de lo que iba
a ocurrir.
Nadie, en palacio, sabía que al llegar la noche, comenzaría el
terror…
Male-Leel llegó a la residencia real convertida en una
sierva de la oscuridad, dispuesta a cumplir con lo pactado en
el ritual. En sus manos portaba la destrucción de Nathan, de
su divinidad; y por tanto, de su inmortalidad.
Él estaba en sus manos…
369
Acto I
Consummantum est
«Vio a Nathan, golpeado por un rayo. Inmóvil, contemplando a la
nada. Un cáliz de oro y restos de ambrosía esparcida por el suelo de
mármol…»
Cuando la noche cayó, el bullicio típico de las dependencias
palaciegas cesó. Los consejeros abandonaron el palacio y se
fueron a sus casas, con sus familias; los sacerdotes de las
órdenes iniciáticas, regresaron a sus templos. En fin, que
todo volvió la calma.
El rey se confinó en sus aposentos después de la visita de
Aby. Estaba necesitado de descanso y los síntomas de su
resfriado se habían agravado. Estornudaba, tosía, tenía la
nariz tapada, y cuando no tenía calor, tenía frío. Estaba muy
congestionado, nada preocupante.
Se aligeró de ropa.
Le molestaba la luz, pestañeó. Apagó las lámparas.
Nathan sintió un cosquilleo por todo el cuerpo; un presagio,
quizá. La verdad es que ni él lo sabía. No hizo caso a las
señales de su cuerpo, estaba demasiado turbado para ello.
Con parsimonia se dejó caer en un sillón, frente a la
chimenea. El crepitar de las llamas, altas y anaranjadas, lo
hipnotizaron provocándole una ligera modorra. No pensó en
nada; simplemente, cerró los ojos.
Las llamas danzaron y se revolvieron, alimentadas por la
magia invisible que envolvía a la deidad que, como si fuera
un ser humano, se quejaba de sus debilidades.
Siempre que cerraba los ojos, una sombra negra como el
370
carbón e intermitente bailaba recortada contra la gris
oscuridad: el recuerdo de las llamas. El pasado. No sabía por
qué, pero tenía la impresión de volver al principio, cuando
no era más que un joven príncipe de diecinueve años con
toda una vida por delante. Una vida truncada por un destino
que nunca quiso. ¿Por qué volvían los recuerdos a él? Tenía
la certeza absoluta de que iba a pasarle algo, pero no podía
averiguar el qué. Por mucho que lo intentaba, no lo lograba.
Nathan respiró hondo, con tristeza. Todo su cuerpo se
estremeció a causa de un frío que al parecer sólo sentía él. Su
cerebro también parecía congelado.
En el exterior, el cielo se quebraba. La lluvia persistente
que había estado cayendo desde la tarde amainó hasta cesar.
Nathan, ligeramente dormido, tosió.
Se despertó. Sintió de nuevo el cosquilleo, pero está vez
fue más intenso. Se sentía tan desvalido que acabó
hundiendo la cabeza entre las manos. No podía pensar en
nada, el dolor de cabeza le provocaba un martilleó constante.
En las cocinas del palacio…
Con sumo cuidado, Male-Leel manipuló la ambrosía y ciertas
frutas caramelizadas que la acompañaban. Preparó el
recipiente de cristal e hizo una presentación artística del
manjar, como era costumbre en ella, y esparció lentamente el
veneno, gota a gota.
En silencio, con rapidez, se escurrió escaleras abajo hacia
el corredor que comunicaba con el aposento real. El tiempo
apremiaba y sabía que no podía demorarse mucho. Una vez
entregada la ambrosía, debía huir del palacio. Eso sería su
sentencia de muerte, pero no le importaba, pues ya estaba
muerta. Lo más que podían hacer con ella era rematarla.
Estando así las cosas, no tenía por qué tener miedo. Lo único
que tenía que hacer, era asegurarse de que Nathan
consumiese ambrosía suficiente para que el veneno lo dejara
paralizado quince minutos después; lo que ocurriese luego,
371
ya no le interesaba.
Male-Leel cruzó el corredor hasta llegar al vestíbulo del
aposento real. Allí se detuvo. Los guardias que flanqueaban
al arco de la entrada, la dejaron pasar. Pasó sin vacilar,
decidida.
Y se detuvo en seco.
La puerta del aposento estaba cerrada. Respiró hondo y
luego, sin golpear la puerta, apoyó su mano en el pomo.
Entró. Se deslizó en silencio, vio al rey sentado, frente a la
chimenea. Se acercó. Lo llamó.
⎯Majestad…
Nathan se volvió. Al verla, sonrió. Confiaba en ella. Se
levantó.
⎯Hola, Male-Leel.
Dio unos pasos hasta ella. La penumbra del aposentó
intensificaba el aura que emanaba de sí mismo, como un
escudo protector. Sólo en la oscuridad, cuando el fuego
alimenta la poca luz residual, se pueden observar los
mágicos destellos que emite su cuerpo.
Male-Leel, vaciló al ver su aura, dorada y pura. Seguía
con el recipiente en las manos. Lo dejó sobre la mesilla y se
tranquilizó.
⎯Os traigo la cena. La he preparado especialmente para
vos.
Nathan miró el recipiente. La ambrosía escarlata, casi
gelatinosa, lucía rodeada de grandes medallones de uva,
blanca y negra, naranjas y manzanas a cortes pequeños y
otras frutas exóticas; caramelizadas, con azúcar y licor… Un
auténtico placer para los sentidos. Ese manjar era el
reconstituyente que necesitaba para recuperarse de su
resfriado.
No tenía hambre, pero comería solo para complacerla; y
por supuesto, para recuperarse. Nathan se volvió hacia la
joven. Tomó sus manos y notó que éstas temblaban.
⎯¿Estáis nerviosa? Vuestras manos…
Male-Leel lo interrumpió.
372
⎯No, majestad. Solo tengo frío.
Nathan desvió la mirada a la nada, pensativo.
⎯Sí; es extraño ⎯dijo, nada más volver de su
abstracción⎯. Yo llevo varios días así y no consigo entrar en
calor.
Male-Leel dio unos pasos hasta la vitrina dónde se
guardaba el cáliz de oro. Lo extrajo con cuidado. De espaldas
al rey, deslizó su dedo índice por el borde; en sus dedos
todavía quedaban restos de veneno que, como una sombra
mortal, atraería a su víctima para cumplir los designios
malignos, impregnando el cáliz para llevársela consigo.
Cerró los ojos y recitó la consumación del conjuro
mentalmente; luego, se volvió.
Nathan no tenía escapatoria, ya no. Su vida estaba
sentenciada.
⎯Déjalo sobre la mesa, junto a la ambrosía.
Ella obedeció. Luego miró al rey, éste estaba ausente.
⎯Majestad…
Nathan no le respondió, tenía la cabeza muy lejos de allí.
Ella subió el tono de su voz, pero sin exagerar, solo un poco.
⎯¡Majestad!
El rey volvió a la realidad, sobresaltado.
⎯Perdóname. Dime…
Male-Leel no podía delatarse. Sabía que si insistía
demasiado, él podría desconfiar de ella y todo se iría al
traste. Decidió que una sola vez era suficiente.
⎯Debéis tomar alimento y acostaros. Os noto muy
cansado.
⎯Sí, creo que te haré caso.
Ella sonrió y después de una profunda reverencia,
abandonó el aposento sin levantar sospechas. Cuando cerró
la puerta, se apoyó unos instantes en ella, suplicando a la
oscuridad que la embarga, el éxito de su traición.
«He cumplido mi cometido», dijo mentalmente.
Después de esas palabras, suspiró profundamente; unas
lágrimas de dolor brotaron de sus ojos. Luego, en silencio, se
373
marchó.
Dejó atrás el palacio, dejó a tras su vida.
Cuando Male-Leel se hubo marchado, Nathan, sintió un
escalofrío extraño. Tuvo el presentimiento de que todo iba a
empeorar. En ningún momento relacionó el cáliz y la
ambrosía con la premonición, pues no era capaz de captar
una traición de alguien cercano a él. Confiaba demasiado en
la gente que le rodeaba y eso acabaría siendo su perdición. Él
no lo sabía, pero su cuerpo sí… El fatal presagio que helaba
su cuerpo había salido por la puerta tan solo unos instantes
antes de él, volver a sentirlo.
Y aún así, no hizo caso.
Por extraño que parezca, esa noche, Nathan no recibió más
visitas. La tranquilidad era sospechosa.
Nathan se acercó a la mesa, cogió con un cucharón de
plata un poco de ambrosía y la maceró en el cáliz con un
poco de licor de nuez. Poco a poco el contenido de la copa se
fue disolviendo hasta resultar totalmente líquido, de un
intenso color granate. El olor azucarado le despertó los
sentidos, hasta ese momento un poco dormidos.
El veneno no alteró su sabor.
Nathan se llevó el cáliz a los labios.
En ese mismo instante, en la biblioteca, Halmir, que
estaba reunido con los demás inmortales, sintió un violento
dolor en el pecho.
Con la mirada clavada en el infinito y su mente en
trance, pronunció unas palabras que dejó petrificado el aire.
⎯No, Nathan, no…
La puerta de la biblioteca quedó herméticamente
cerrada. Una sombra negra volaba por las dependencias del
palacio desatando su influjo sobre todo ser viviente que
estuviese despierto. Unos minutos serían suficientes, para
374
que nadie evitase el fatal desenlace que acechaba a Nathan.
El inexorable paso del tiempo iba en su contra.
El rey bebió el veneno. No intuyó nada, su sabor azucarado
era el de siempre. Rápidamente, la rapaz muerte inmortal,
entró en su sangre para conducirle por el camino del otro
mundo: el de los espectros.
Unos pocos minutos más tarde, Nathan se sentó junto al
fuego y contempló las llamas.
Se hizo un profundo silencio.
Nathan se puso en pie, tambaleante, sacudido por un
extraño rayo que lo atravesó. No comprendía lo que estaba
pasando. Abrió los ojos de par en par. Hundió su mirada en
el vacío.
⎯¡Nooo!
Se dio la vuelta, fue hacia la mesa. Le temblaban las
manos, tomó el cáliz… husmeó. Miró el recipiente con la
ambrosía bellamente decorado y comprendió…
No podía pensar, su cerebro se negaba a obedecerle.
Su respiración se volvió dificultosa y dolorosa. Se
retorció. Sufrió unas violentas arcadas de su estómago;
intentó vomitar, pero no lo consiguió.
Los ojos de Nathan lanzaron un destello y unas
imágenes aparecieron ante él: las llamas se llevaban su vida.
Llegaron las dolorosas convulsiones.
La mano que sostenía la copa tembló de forma
exagerada. El cáliz cayó ruidosamente al suelo. Nathan jadeó
y se tambaleó, trató de apoyarse en la mesa, pero erró y
bruscamente desplomó medio cuerpo sobre el recipiente, este
fue arrastrado con sus sacudidas, hasta que fue a parar al
suelo con el resto de la ambrosía líquida.
Nathan se desplomó. Perdió ligeramente la conciencia.
Morir era la parte fácil. Pero había alguien que lo quería
ver sufrir, sólo sufrir. Eso, si… durante toda la eternidad.
375
Las llamas oscilaban, inquietas…
Un estallido sordo y repentinamente, destellos por todas
partes.
Nathan entreabrió los ojos y pudo ver como una sombra
se alzaba en el aposento, percibió sus movimientos en el aire.
Jadeó de dolor, un dolor humano. Sentía como su cuerpo se
estaba abrasando.
La mente de Nathan, no soportó el dolor y se tambaleó
de nuevo al borde de la inconsciencia. Yacía tumbado de
espaldas al suelo, con los brazos extendidos, los puños
cerrados, tensos; se aflojaron y su energía fue
desvaneciéndose.
Una ráfaga de oscuridad se precipitó sobre él. Nathan
estaba empeñado en desmayarse, cerró los ojos. Pero la
extraña sombra le obligó a abrirlos; su esencia maligna,
penetró en él como un virus mortificante.
⎯¡Despierta!
Nathan abrió los ojos. Lo que vio le partió en dos: una
figura negra totalmente encapuchada le miraba fijamente con
los ojos inyectados en sangre. Incluso al borde de la
inconsciencia, Nathan pudo reconocer aquel rostro contraído
a causa de la ira. Todo su cuerpo tembló al verle… ¡vivo!
⎯jadeó a punto de ahogarse⎯. No podía ser cierto, era su
mente que deliraba… Trató de gritar, pero no podía pensar,
ni siquiera hablar, algo se lo impedía. Se debatió contra
aquella tortura, pero no consiguió nada. El veneno estaba
haciendo estragos en sus entrañas.
⎯Ha valido la pena esperar, Nathan ⎯se burló el
espectro⎯. Por fin te tengo dónde siempre he querido… ¡En
el suelo!
Era el siniestro Maestro de Festo. Sus carcajadas
retumbaron en la mente de Nathan, pero éste era incapaz de
reaccionar. El Ser espectral empuñaba una daga en la mano y
la hizo oscilar milímetro a milímetro por el rostro de su
víctima. Iba a infligirle de nuevo una terrible mutilación,
376
pero está vez contra su orgullo… Su larga y hermosa
cabellera.
A Nathan le costaba mantenerse despierto, su
inmortalidad se le escapaba a un ritmo vertiginoso y no
podía hacer nada para atraparla. Sus débiles pensamientos se
nublaron, cuando repentinamente su alma murió al sentir la
hoja plateada de la daga que rugía cerca de su oído; el
perverso Ser espectral no vaciló, le sesgó la larguísima trenza
de un solo golpe. Nathan sintió un vació profundo que
invadió todo su ser. Sin duda, estaba perdido.
⎯¿Es qué todavía no lo comprendes, criatura estúpida?
⎯dijo⎯. Dime, ¿quién es ahora el dios? ¿Eh?
Nathan gritó, pero sólo fue un pensamiento fugaz.
⎯¡A…!
Necesitaba hacerse con sus pensamientos, y sólo lo
consiguió a medias, porque inmediatamente después, su
mundo se oscureció. La negrura absoluta le invadió por
completo.
«Su nombre, ¡maldita sea! Debo pronunciar su nombre
para eliminar…», dejó inconclusas sus palabras mentales.
Empezó a vagar por el abismo que le había creado el veneno.
Dejaba de existir, de nuevo, otra vez.
El ser espectral se elevó en el aire con la trenza en la
mano. Sus carcajadas reverberaron en toda la estancia.
⎯Un regalito para Nabuc ⎯dijo⎯. Él quiere tu cabeza,
pero tendrá que conformarse con tu cabellera. Tú eres, sólo
mío.
El espectro descendió, quería ver el rostro de su triunfo.
Se situó junto a él, en silencio; Nathan entraba en un estado
delirante y gemía. Su espíritu se iba consumiendo lentamente
por el veneno, que avanzaba arrasando su sangre como un
huésped virulento, carcomiendo sus defensas, su oxígeno, su
sangre… Su vida. ⎯Aquél perverso ser sonrió satisfecho, con
solo pensar en su merecido triunfo⎯. Le tocó la frente…
Aquella misma frente que en el pasado, mutiló.
⎯El veneno te hará sufrir, no creo que aguantes mucho.
377
Míralo por el lado bueno, realmente te queda poco tiempo,
unos días o quizá, algo más, antes de que tu inmortalidad se
desvanezca por completo. Cuando el ciclo del veneno haya
concluido, conseguiré que con un simple chasquido de mis
dedos, te conviertas en cenizas. Y no creas que resurgirás
como el Ave Fénix; no, Nathan. Esta vez, no.
Nathan no oyó las perversas palabras del espectro, pues
ya había perdido por completo el conocimiento.
Con aquella anhelante esperanza en mente, el Ser
espectral se elevó de nuevo y con perversos ojos descendió la
mirada hacia su víctima, que yacía moribunda en el suelo de
mármol; sonrió y ascendió cada vez mas hasta desaparecer
en la oscuridad, mezclándose con las sombras de la noche.
Se hizo un silencio absoluto, sólo roto por el cántico
celestial de los Seres que en su despertar espiritual, lloraban
por tan aciago destino.
El caos estaba a punto de desatarse…
378
Capítulo 1
Acto II
Requiem Aeternam
«Vio a Nathan, con el rostro perlado y mortecino, postrado en su
lecho por unas fiebres permanentes, provocadas por el veneno…»
Una vez marchado el espectro, el palacio fue liberado del
hechizo que lo mantenía sumido en las redes de un profundo
y oscuro letargo. La telaraña que atrapaba a los inmortales en
la biblioteca se desvaneció sin dejar rastro, dejándoles libres
de repente. Golpeados por el destino, volvieron a la realidad.
Una realidad terrible, cruda como la carne.
Las llamas de todas las chimeneas de palacio se
agazaparon. Las paredes lloraban y gritaban, unidas al ritmo
de la melodía de un violín que sonaba al otro lado de la
realidad; y el suelo, resplandeciente, dejó de brillar. La vida
se escapaba de aquél palacio. El cielo volvía a soltar sus
lágrimas y el aire, derrotado, se había vuelto terriblemente
frío.
Un espíritu que había perdido su luz se debatía entre
jadeos y lamentos ahogados. Sumido en tormentos. Sumido
en gemidos de atroz dolor.
Halmir, atenazado por un dolor desconocido que le
hacía sangrar el espíritu, recuperó repentinamente su
angustioso recuerdo… Ishtar y Morpheus, igualmente
afligidos por las dudas y los temores, se sintieron
379
terriblemente azotados por la expresión de terror que se
reflejaba en aquellos ojos grises.
⎯No, Nathan, no…
Halmir estaba muy tenso, casi paralizado. Y no estaba
preparado para poder afrontar con templaza aquel preciso
momento en que encontrase a su hijo ahogándose en el
sufrimiento.
En silencio, abandonaron la biblioteca.
Con movimientos apresurados, Halmir, Ishtar y
Morpheus, avanzaron entre la incipiente oscuridad de los
corredores.
Se dio la voz de alarma y Jhodam despertó sumida en
tristes lágrimas.
Áquila, Jadlay y Lamec, por su parte y envueltos en
capas púrpuras y con las espadas en mano, corrían
apresurados por el pasillo que conducía a los aposentos
reales. En silencio. Con los corazones en la garganta.
Los guardias que escoltaban las dependencias privadas del
rey, no atinaban a comprender lo que había pasado.
Siguieron a Halmir, éste les dirigió una mirada fulminante.
Cuando irrumpió en el aposento, vio a su hijo yaciendo
en el suelo. En ese instante, sus temores se hicieron realidad.
Halmir, fuera de sí, recriminó la actuación de los guardias y
los echó del vestíbulo. Después, presa de una fuerte
conmoción, se hundió.
Hubo gritos a diestro y siniestro.
Halmir mostró su rostro menos amable, ya no podía
más… Estaba harto.
Ishtar y Morpheus, se empeñaron en hacerle reaccionar.
Al poco, Halmir se tranquilizó y recuperó todo su aplomo.
Su hijo merecía que él estuviese en perfectas condiciones,
pero era difícil mantenerse mucho tiempo así. La noticia del
envenenamiento del rey conmocionó a toda Jhodam, que no
380
acababan de creerse que algo así hubiese podido ocurrir, y él
no era menos.
Se agachó junto a su hijo. Lo llamó repetidas veces, sin
éxito.
⎯Respóndeme, Nathan, por favor…
El rey no respondió, ni tan siquiera reaccionó cuando los
dedos finos y cuidados de su padre le acariciaron el rostro,
perlado por el sudor frío, febril y descompuesto, y se
perdieron en su… cabellera.
La sorpresa dio paso al estupor.
«¿¿……..??»
⎯¡Nooo! ⎯Halmir se dobló totalmente, apoyándose en
el torso de su hijo, con los ojos invadidos de lágrimas,
mientras sus manos recorrían su melena que, después de la
mutilación, apenas le llegaba a los hombros⎯. Pero… ¿quién
te ha hecho esto?
Ishtar escuchó en silencio, cerró los ojos.
⎯Nabuc, Festo o los hechiceros. Cualquiera de ellos,
Halmir ⎯dijo, sumido en la más absoluta tristeza.
Halmir estaba derrotado.
⎯Sabíamos que esto ocurriría ―dijo―, y no hemos sido
capaces de evitarlo.
⎯No debes culparte por esto, tú no has tenido nada que
ver. Es cierto, no hemos sido capaces de intuirlo a tiempo,
pero… ⎯Ishtar dejó sus palabras en suspenso.
Escucharon algo.
En ese instante, Nathan se agitó convulsivamente, con
los ojos cerrados; gemía, rodeado de tinieblas y su rostro
mortecino, reflejaba el terror absoluto.
De repente un cambio sutil en el ambiente…
Halmir, inducido por su sexto sentido, levantó la cabeza
y miró al vacío. Por un momento, creyó ver una extraña
presencia camuflándose entre la oscuridad de un recodo sin
apenas luz, junto a los majestuosos cortinajes.
La sombra desapareció.
381
Los corredores de palacio eran un auténtico caos. Los
cortesanos iban y venían de un lado a otro informando del
envenenamiento del rey. Se sospechaba de la última persona
que había acudido a los aposentos reales: Male-Leel. Los
guardias la vieron salir del palacio, como todas las noches,
sobre medianoche, caminando tranquila hacia la escalinata
que conducía a los obeliscos, sin levantar sospechas.
En aquellos momentos, no podían imaginar que ella
hubiera sido capaz de semejante atentado.
Cuando Kali se enteró de lo ocurrido a Nathan
abandonó el aposento apresuradamente, mientras que Aby,
consciente del significado de aquel atentado, y segura de que
su esposo tenía algo que ver con el envenenamiento del rey,
fue al encuentro de su padre. Kali, descompuesta por el
temor de volver a vivir una situación parecida a la que vivió
hace cuarenta y dos años no podía creer que realmente lo que
decían los informadores fuese cierto. Estaba asustada. Su
corazón palpitaba con fuerza, a punto de quebrar su pecho.
Ishtar había abandonado el aposento real, presintiendo
que su hija estaba cerca. Tenía que hacerlo, impedir que ella
viese a Nathan de nuevo a las puertas de la muerte, eso la
destruiría. Estaba seguro de que su hija no podría soportarlo;
otra vez, no. Tenía miedo de que intentara algo, como poner
fin a su vida inmortal. Mucho miedo.
Ishtar, Áquila, Jadlay y Lamec se cruzaron. Ni hicieron
falta las palabras. Los ojos del inmortal lo decían todo.
Los tres guerreros traspasaron apresurados las
imponentes puertas de bronce que marcaban el inicio de las
dependencias reales. Morpheus aguardaba la llegada de su
hijo en el umbral del aposento real, muy preocupado.
Cuando los vio llegar sintió un estremecimiento, Áquila lo
miró y su rostro se volvió lívido de repente. El comandante
entró en la estancia. Jadlay pasó junto a su padre y éste lo
agarró del brazo, impidiendo que su hijo y Lamec cruzaran el
umbral.
382
Lamec obedeció sin hacer preguntas. Pero Jadlay no
estaba muy de acuerdo.
⎯Padre, ¿qué haces? ¿Quiero verle?
⎯Ahora, no. Maya está examinándole. Ha sido
envenenado.
Jadlay no había escuchado las últimas palabras de su
padre. Sólo tuvo vista para ver que Áquila había entrado y él
no. Sus oídos parecían sordos.
⎯¿Y Áquila? ⎯replicó Jadlay.
⎯¿Es qué no has oído lo que te he dicho, hijo?
⎯Le has dejado pasar a él, eso es lo que he visto
―replicó Jadlay―. No necesito oír nada.
Morpheus abofeteó a su hijo. Jadlay apretó los dientes,
presa de una incontenible irritación al verse humillado por
su propio padre, sin comprender. El inmortal al comprobar
que su hijo tardaba en asimilar la noticia más tiempo del
previsto, lo zarandeó bruscamente, tratando de hacerle
entender lo que realmente había ocurrido.
⎯¡El rey ha sido envenenado! ⎯le gritó.
Jadlay se quedó tieso, ante aquella horrible afirmación.
⎯¿Envenenado? ⎯repitió, creía no haber oído bien.
Miró a su padre, no había duda…⎯. ¿Quién ha sido capaz de
hacer algo así? ¿Quién, padre…?
En ese momento, el joven miró a su padre de frente.
Morpheus no respondió, bajó sus ojos. Estaba realmente
afligido.
Halmir en el interior del aposento, observaba en silencio
como Maya examinaba al rey y mientras lo hacía no dejaba
de sacudir la cabeza con gesto serio. Áquila no podía dar
crédito a lo que veían sus ojos.
⎯¡No, maldita sea! ⎯exclamó. Luego lanzó una
maldición en voz baja y abandonó el aposento apresurado.
Halmir no hizo nada para detenerle. En ese momento, el
inmortal había dejado de existir. Su mente estaba muy lejos
383
de allí. Se consideraba culpable de lo ocurrido a su hijo y no
se veía capaz de luchar contra los remordimientos.
Cabizbajo, se dejó caer arrodillado a los pies de la cama.
Nathan gemía, presa de fuertes espasmos dolorosos.
Un hilillo de sangre en la comisura de los labios, fue el
detonante que hizo estallar uno de los momentos más críticos
en la vida de Nathan. Maya, no podía hacer nada por él.
Estaba completamente en blanco. No conocía antídoto que
pudiera contraatacar los efectos del mortífero veneno, pues
éste era devastador. La fiebre consumía aquél cuerpo
cubierto por una fina película de sudor sobre la piel cobriza
que, con el paso de los minutos, había tomado un mortecino
color perlado.
En el vestíbulo, Morpheus, Jadlay y Lamec, miraron bajo
el manto del horror el semblante de Áquila, éste empezó a
patalear el suelo.
Ishtar que seguía en su empeño de detener a su hija, al girar
un recodo, se dio de bruces con ella. Ella rompió a llorar en
los brazos de su padre.
⎯¡Nooo!
⎯Kali…
⎯¡No es cierto! ⎯gritó⎯. ¡Dime qué no es cierto!
¡Quiero verle! ⎯se debatió, tratando de deshacerse de las
fuertes manos que la sujetaban, pero no lo consiguió. Su
padre no pensaba permitirle ver al rey en aquel estado.
Ishtar se puso tenso.
Kali gritaba de forma angustiada, desgarrando el aire
con su desdicha. Por unos momentos, perdió la razón; agarró
la túnica y golpeó el pecho de su padre, hasta causarle dolor,
éste le agarró los brazos al vuelo.
⎯Tienes que ser fuerte, hija.
⎯¿Por qué siempre tiene que sufrir? ⎯las lágrimas
corrían por su rostro como chorros de agua⎯. ¿Por qué,
padre?
384
Lloraba sin encontrar consuelo.
Destrozada, Kali, sintió un ligero mareó y se desvaneció
en los brazos de su padre. En ese momento, Aby y Joab
corrían hacia ellos, desencajados, mientras Ishtar cargaba con
su hija, directo a su aposento.
⎯Yo me quedaré con ella. No debéis preocuparos ⎯dijo
Aby.
⎯Gracias.
Ishtar se volvió hacia Joab, lo miró. Su pena le
embargaba el corazón, pero tenía que recuperar el aplomo
para ayudar a Halmir a superar el difícil trance. Estaban
obligados a encontrar una solución.
⎯Haré que Maya la examine en cuanto acabe con el rey.
No me ha gustado nada su desmayo.
Joab asintió.
⎯No debes temer nada ―dijo, para tranquilizarle―.
Seguro que es por la conmoción sufrida.
⎯Eso espero.
Ishtar apoyó una mano en el hombro de Joab y volvió a
hablar.
⎯Hoy es un día triste ―dijo―. Han atentado contra
nuestro rey y no me atrevo a imaginar las consecuencias de
esa osadía. Quién sea culpable de su envenenamiento, debe
morir ⎯hizo una pausa⎯. Sea quién sea, hombre o mujer,
debe padecer bajo la hoja afilada de los verdugos del rey. Sin
piedad.
Joab no tenía dudas en cuanto a la autoría del atentado.
⎯Es posible que todo esto sea obra de Nabuc.
⎯Si realmente es así, lo lamentará ⎯respondió Ishtar,
más malhumorado si cabe⎯. Juro por mi hija que lo
lamentará. Sin embargo, no creo que sea tan tonto como para
mancharse las manos con veneno.
⎯Festo es el brazo ejecutor de Nabuc. Si hay algún
culpable, es él. Claro está, que detrás de todo plan siniestro
385
está Nabuc, su Oráculo y los hechiceros que trabajan para él.
Créeme Ishtar, los enemigos de Nathan son muy poderosos.
Ishtar sabía por Halmir quién estaba detrás de todo. La
hipótesis de Joab no era nada descabellada. El levita sin
apenas saber nada del poder oscuro y de los hechizos que
usaba éste, se había acercado a la verdad. Una verdad que
quemaba como el fuego.
Aby se sentó en la cama y acarició los cabellos de Kali.
La miró detenidamente, comprobando que era una mujer
hermosa sumida en una cruel realidad. Sintiendo una pena
terrible, echó a llorar.
El inmortal estaba muy preocupado por su hija. No
quería que estuviera sola ni un instante. En el pasado se
quitó la vida con la Daga de Oro y temía que volviera a
intentarlo.
⎯Por favor, no la dejéis sola ―pidió Ishtar―. Mi deber
me obliga a estar junto al padre del rey.
⎯Puedes marcharte tranquilo.
Ishtar cabeceó muy agradecido.
Antes de abandonar el aposento se acercó a la cama y
besó a su hija en la frente. Luego se marchó.
Áquila sentía como la ira crecía en él, como una llama recién
prendida. De repente, se apoderó de él una extraña locura,
un ansia desesperada por matar. Era el fuego de la venganza
que ardía en su ser, embriagándole de los pies a la cabeza.
Pensó que sería su última oportunidad, pues no habría otra.
Había llegado el momento de actuar en nombre del rey.
Y Clamó venganza a gritos.
Morpheus, Jadlay y Lamec sintieron como se les helaba
la sangre ante la expresión de aquél rostro. Áquila sacó la
daga del cinto y la contempló durante unos instantes.
Morpheus, mostrando gran serenidad, dio unos pasos
hacia él. Reconocía ese acto y sabía su significado.
⎯Una daga de sangre ⎯dijo, a la vez que miraba el
386
arma⎯. ¿Estás dispuesto a convocarlos? ―levantó la vista y
la clavó en el comandante―. Es posible que pasen de ti,
sólo…
Áquila interrumpió a Morpheus, no tenía ganas de
escuchar pequeñeces. Sabía muy bien lo que hacía.
⎯No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer
nada. He de vengar a mi rey.
⎯Nathan no ha muerto, aún no.
⎯Es cierto. Pero no estoy dispuesto a esperar a que
ocurra. Quién haya sido lo lamentará.
Morpheus captó la ira en su voz. Le recordaba a su hijo y
pensó que hasta se le parecía.
⎯Los Dragones Negros, los verdugos del rey.
Jadlay miró a Lamec, ambos no comprendían nada.
⎯¿Podéis decidme de que estáis hablando?
Morpheus se volvió hacia su hijo.
⎯Los Sicarios de Fuego, fueron entrenados y
constituidos con los auspicios de Ra al convertirse Nathan,
en el último dios, y están bajo su mando directo o en su
ausencia, de la persona que posee la insignia real grabada
con fuego en su brazo derecho. La famosa llama del dragón
de la que todo el mundo habla y nadie ha visto. Sólo hay dos
motivos que pueden dar pie a convocarlos; primero, que la
vida del rey esté en peligro a causa de un atentado; y
segundo, en caso de finar, vengar la muerte del rey. ⎯El
inmortal miró a Áquila⎯. No puedo creer que tú tengas ese
derecho, ni siquiera Halmir, que es su padre, tiene poder
para solicitar la actuación de los Sicarios…
⎯Él no, pero yo si ⎯Áquila se apartó la manga hasta el
hombro y enseñó su estigma.
Morpheus al ver la insignia, que como una llaga marcaba
el brazo del guerrero, hizo una mueca de sentida
preocupación. Jadlay y Lamec, atónitos, enmudecieron ante
aquél secreto tan celosamente guardado.
⎯Como quieras ⎯dijo⎯. Si no hemos bailado antes, lo
haremos ahora. Recuerda que convocarlos es aceptar sus
387
condiciones y que no quedará títere sin cabeza, ¿lo sabes,
verdad?
⎯¿A qué temes, Morpheus? ¿Acaso no hueles la
traición?
⎯Prefiero no hablar de eso ahora ⎯contestó Morpheus;
la sola idea hacía que se estremeciera. Ante aquella
evidencia, se limitó a parpadear y desearle suerte. Era lo
menos que podía hacer. Estaba claro, si el rey le había
otorgado ese poder a él, era por algo. Era un privilegió, lo
sabía; por este motivo, no podía dudar de las decisiones del
rey.
La puerta del aposento de Nathan estaba abierta, y un grupo
de guardias enfundados en capas negras y doradas, se
encontraban custodiándola con sus lanzas preparadas para
ser utilizadas si era necesario.
El agobiado Maya hacía rato que se había marchado y
Halmir, necesitado de unos minutos de descanso abandonó
la estancia para refugiarse en los jardines, junto con Ishtar y
Morpheus que seguían tras él, incansables.
A Jadlay y a Lamec les permitieron la entrada, pero sólo
por unos minutos, después se vieron obligados a marcharse.
Los guardias eran tajantes, tenían severas órdenes de Halmir
y las hacían cumplir a rajatabla.
Kali había recibido la visita de Áquila. Él quería hacerle
partícipe de la noble decisión que había tomado. Buscaría a
los Dragones Negros para que vengasen al rey.
Era su deber.
Ella sintiéndose un poco mejor, pero vacilante, se acercó
a él. Áquila, después de conversar con ella, se dedicó a
contemplarla; sonrió, sombrío, mientras se colgaba una
espada larga del cinto.
Era tan hermosa y a la vez, tan prohibida… Suspiró.
388
⎯Áquila, Nathan confía en ti y yo también ―dijo ella―.
No lo dudes. Lo que tu decidas, bien hecho está, y si no hay
más alternativa, pues adelante. Tú eres el único que puede
hacerlo.
Kali le puso la capa negra de Nathan sobre los hombros
y se la cerró en el cuello con el broche propio de su cargo.
⎯¿Crees que la capa del rey me dará suerte? ⎯preguntó
él.
Ella asintió, segura.
⎯Quiero que su esencia viaje contigo.
Áquila se enorgulleció de aquellas palabras, tan sinceras.
Estaban impregnadas de magia, la magia de Kali.
⎯Cuando haya acabado con esta misión, cumpliré los
deseos de Nathan. Te lo prometo Kali ⎯tomó su mano y la
besó⎯. Acompañaré a Jadlay a Esdras y le ayudaré a
recuperar su Legado. Juro por mi vida que la cabeza de
Nabuc rodará por el suelo ―hizo una pausa para mirarla a
los ojos―. Sólo quiero que me prometas una cosa…
Kali lo miró, apunto de llorar. No; promesas, no.
⎯Has de prometerme, que pase lo que pase te
mantendrás firme y no harás ninguna tontería. Si te pasará
algo, y Nathan sobreviviera al veneno, él no lo soportaría. Se
volvería loco sin ti.
Ella inclinó la cabeza. Él le puso el dedo en la barbilla y
alzó su rostro.
⎯Prométemelo, Kali.
Ella necesitó su tiempo para responderle. Lo que él le
pedía no era fácil de cumplir, pues no se imaginaba la vida
sin Nathan. Lo amaba demasiado para aceptar su pérdida.
Se hizo un silencio entre ambos.
Finalmente, se llevó instintivamente una mano al vientre
y tomó una decisión.
⎯Sí, lo prometo.
El gesto de Kali no pasó desapercibido a los ojos de
Áquila. No hizo falta que ella hablara. Lo supo desde ese
momento.
389
⎯Kali, ¿estás…?
Ella apoyó su cabeza en el hombro de Áquila. Él la
abrazó.
«¡Por todos los dioses! ―pensó―. ¡Un heredero!»
Kali leyó sus pensamientos.
⎯Sí, Áquila ―afirmó―. un legítimo heredero del Linaje
de Sangre Real Divina e Inmortal de Nathan Falcon-
Nekhbet… ⎯hizo una pausa, parecía reflexionar sobre lo que
acababa de confesar⎯. Pero, por favor, te lo suplico, no digas
nada a nadie, ni a su padre ni al mío; Maya lo sabe, pero
confío en su silencio ⎯suspiró⎯. Los hechiceros negros me
lo pueden arrebatar, si llegan a enterarse de que en mi
vientre late vida de un dios. Sí, Áquila, un dios al que odian a
muerte.
Áquila sonrió satisfecho. En ese momento, tuvo la
certeza de que ella cumpliría su palabra y él, también.
Moriría con el secreto, antes de decir ni una sola palabra.
Mientras ellos conversaban, Aby y su padre habían
salido al vestíbulo y allí, se encontraron con Jadlay y Lamec.
Los dos se encontraban mal, prácticamente fuera de lugar.
Apenas les permitían visitar al rey. Por una parte lo
comprendían, Nathan estaba muy mal, deliraba y gemía sin
cesar sumido en intensos dolores. Era un sufrimiento nada
agradable. Los dos jóvenes trataron de encontrar consuelo en
Maya, pero éste iba como loco de un lado a otro, buscando
hierbas, infusiones o cualquier cosa que le sirviera para
reducir los efectos devastadores del veneno que consumía al
rey. Era consciente de que los inmortales necesitaban un
poco más de tiempo para encontrar una solución, pues ésta
se reducía exclusivamente a encontrar el antídoto.
Un ruido profundo de tambores reverberaba en el aire, su
eco llegaba a todos los confines de la ciudad y procedían de
la Gran Torre del palacio. Un homenaje que le dedicaban la
antiquísima Hermandad de los Caballeros Custodios de la
390
Luz y la Guardia Real a su rey. Un ritual de sonidos que
trataban de alejar las influencias oscuras que en esos
momentos, parecía impregnar el oxígeno de la vida con su
magia negra. El sonido acompañaba al clamor vengativo de
Áquila, llegando incluso a oídos de los hechiceros negros, y
más allá todavía… Un cuerpo sumido en tormentos febriles,
incapaz de percibir lo que ocurría a su alrededor y poseedor
de una mente poderosa, pero igualmente hundida en el
abismo inducido por el ente, lo escuchaba. Aquel potente
sonido que retumba en su cerebro lo despertó de la
oscuridad de sus pesadillas.
Por los ventanales del aposento real entraban los
destellos del atardecer y se derramaban por el suelo,
dibujando largas sombras rojas en las paredes, testigos en
silencio de la traición de Male-Leel.
Nathan podía oler el incienso, estaba allí, al otro lado de
la puerta, mientras las alas del espectro proyectaban sombras
sobre sus sueños febriles.
Flotaba en el aire inundado de recuerdos. Se vio a sí
mismo en el lecho, quejándose de dolor, con los ojos cerrados
y el rostro totalmente argentario.
Abrió la puerta…
Una puñalada de dolor le rajó el alma. Sintió morir.
⎯A… Apofis…
Una sonrisa perversa se dibujaba en aquél rostro
contraído por la ira.
⎯El último dios ⎯susurró⎯. El último.
El rostro de Nathan estaba lívido.
«Tengo que…»
Nathan no podía luchar ni en la realidad ni en sueños; se
desplomó, sin sentido.
En la oscuridad, tronaron unas carcajadas de intenso
júbilo. El espectro estaba muy satisfecho, demasiado diría yo.
Lo encontraron en la alfombra, arrastrándose hacia el fuego
391
de la chimenea. Maya y Halmir lo acostaron en la cama.
⎯Es necesario ⎯intentó decirles⎯. Tengo que…
⎯Dormid, majestad ⎯dijo Maya.
⎯No ⎯suplicó él⎯. Por favor… Tengo que…
Halmir lloraba de impotencia. No podían hacer nada por
su hijo, salvo esperar.
⎯Sí ⎯Maya lo cubrió con una manta aterciopelada,
aunque estaba ardiendo⎯. Dormid, majestad.
Nathan no era más que un espejismo de lo que había
sido. En esos momentos, su sufrimiento era extremo. Su
inmortalidad se alejaba cada vez más, al tiempo que el
veneno hacía estragos en su cuerpo. La vida se le escapaba,
pero su resolución seguía intacta. Luchaba contra la
oscuridad, contra el veneno y consigo mismo.
Maya le puso una copa en los labios. El antídoto, espeso
y amargo, no servía más que para mitigar en cierto modo el
sufrimiento del rey. El efecto duraba poco, pero durante ese
tiempo descansaba, sin delirios ni pesadillas. El médico se
había fundido el cerebro tratando de encontrar algo que
actuase como un antídoto realmente efectivo, pero lo único
que conseguía con ello, era alargar el fatal desenlace. Todos
eran conscientes, sin el antídoto de las tinieblas, él no tenía
salvación.
La infusión mantenía al rey despierto la mayor parte del
tiempo, pero no percibía lo que ocurría a su alrededor. Lo
único que conseguía decir con claridad era: “tengo que…”, y
luego se hundía en un mar negro, profundo y sin orillas,
dónde acercarse para poder salir a flote.
Nathan consiguió tragar algo de aquel líquido
vigorizante. Luego el sueño se apoderó de él.
Mientras dormía, Halmir se volvió hacia Maya.
⎯¿Qué valdrá la vida de mi hijo cuando haya perdido la
inmortalidad?
Maya no tenía una respuesta válida a la pregunta de
Halmir. Apesadumbrado, se encogió de hombros.
Entre ellos se hizo un silencio sepulcral.
392
Una hora después, Halmir se acercó al lecho y tocó la frente
perlada de su hijo. Ardía. Pasaban las horas y el rey estaba
cada vez más débil.
De repente, Nathan despertó.
⎯Traedme… ⎯mumuró con voz aletargada⎯.
Traedme…
⎯¿Sí? ⎯preguntó Halmir⎯. ¿Qué quieres que te traiga,
dímelo?
⎯Kali.
Halmir comprendía por qué su hijo quería verla; la
amaba más que a su vida. Sin embargo, no creyó muy
conveniente que ella lo viera en tan mal estado. Sin embargo,
no podía oponerse, pues era capital acceder a su petición.
Levantó la mirada y vio a Maya apoyado en la pared con el
rostro preocupado, enviarle a buscar a la joven le despejaría
un poco. Tanto el médico como él se pasaban las horas en
vela, cuidando de Nathan y esto podía acabar con la
templanza más arraigada. Repentinamente, hizo un ademán
indicándole la puerta, para que fuera a buscar a Kali. Maya
asintió con un cabeceó y abandonó el aposento.
Nathan sentía los párpados muy, muy pesados.
«Padre…» El pensamiento fue muy débil.
«¿Sí?» Halmir le respondió de igual modo,
telepáticamente.
«Me muero, padre. Y esta vez no hay retorno… ⎯hizo
una pausa, le costaba pensar.
«No morirás. No pienso permitirlo» Miró a su hijo.
Nathan perdió ligeramente el conocimiento. «Vuelve…
⎯Unas lágrimas brotaron de sus ojos⎯. Vuelve conmigo. No
te duermas… Por favor, hijo… Vuelve»
Al poco rato, Kali llegó acompañada de Maya. La joven
con lágrimas en los ojos dio unos pasos apresurados hasta el
lecho, el corazón se le había desbocado al traspasar el
umbral, y se sentó junto a él.
393
―Te quiero ―susurró, luego le besó en la frente, alzó la
mirada y vio dos lágrimas de cristal brotando de aquellos
bellos ojos azules, ahora mortalmente apagados; suavemente
Kali puso su dedo índice sobre los labios de Nathan, y le
besó.
Al deslizar sus manos por la sacra cabellera de Nathan,
Kali, se dio cuenta de que ésta había sido cortada. Se quedó
pensativa un instante, asimilando el significado de la salvaje
mutilación.
Miró a Nathan y pudo ver en sus ojos que él deseaba
estar a solas con ella. Kali, cabeceó y tomó las ardientes
manos entre las suyas. Acarició sus dedos, su piel y se las
llevó al corazón, oprimió fuerte. Nathan podía sentir el
palpitar de la mujer que amaba. Luchaba por mantenerse
despierto, pero los dolores eran intensos, haciendo que su
agonía fuera terrible. Se estremeció y sintió náuseas,
empeoró. Cerró los ojos, su visión se nubló.
Mientras tanto, Halmir, suplicaba por su hijo arrodillado
a los pies de la cama y Maya, uniéndose a su tristeza, apoyó
una mano sobre su hombro. Halmir, alzó la mirada, en
silencio.
Instantes después, Halmir se levantó del suelo y apoyó
los brazos sobre la pared mientras su lacio cabello le tapaba
la cara y su voz sonaba ronca, mostraba cansancio y
preocupación; sin embargo, Maya pudo notar cierto aire
vengativo en su ser.
⎯Un destino cruel ⎯dijo Halmir⎯, pero no tan cruel
como lo será el de Festo. Lo juro por mi hijo, Maya. Lo juro.
Antes de que acabe con él, Festo suplicará la misma piedad
que tuvo él con Nathan.
Maya dirigió una mirada rápida a la pareja, Kali se había
acostado justo al lado del rey, cuerpo contra cuerpo;
abrazados, con sus rostros mirándose. Nathan había perdido
ligeramente la conciencia; luego, se volvió hacia Halmir.
⎯Vengándote no conseguirás recuperarle.
Halmir no replicó esas palabras. Miró unos instantes a su
394
hijo, cerró los ojos y con paso decidido se dirigió al umbral,
tras él, el médico.
En el vestíbulo, se encontraron a Ishtar y Morpheus que
traían noticias: la población clamaba venganza. Mientras que
Jadlay y Lamec se presentaron ante ellos de improviso.
Estaban preparados para partir rumbo a Esdras. Pero Halmir
no autorizó la partida de los dos jóvenes, sabía que Áquila
tenía otros planes para ellos y estaban obligados a esperar su
regreso.
Las tropas de Jhodam y Bilsán, previamente enviadas
por Nathan, avanzaban lentamente hacia la ciudad
amurallada.
Nada se había detenido, nada.
Sólo un contratiempo. Sólo un ligero cambio de planes.
Poco a poco llegó la noche, Nathan se revolvió febril en su
lecho, mientras Kali sentada con las rodillas recogidas,
miraba las lunas a través del ventanal, altas en el cielo
oscuro.
Miró a Nathan. Su mente vagaba en pensamientos
tristes, muda por el dolor. De repente tuvo una visión que le
erizó la piel… Cerró los ojos, le pareció ver a su futuro hijo.
Buscó a Nathan en su visión, pero él no estaba. Sin embargo,
oyó una voz…
«Olvida el pasado. Una nueva vida se abre ante nosotros, no
mires atrás, nuestro futuro está ahí… Esperándonos»
Rompió a llorar, desesperada.
Nathan despertó. Su voz sonó casi sin vida.
⎯Ka…li…
Ella se volvió, sorprendida. Se inclinó y le acarició el
rostro, los labios… Le besó con ternura. Le tomó las manos,
le palpó la piel del pecho, le besó en el cuello…
⎯No me dejes mi amor. Por favor, te lo suplico.
Nathan ardía. La fiebre era endiabladamente alta y la
pasión de ella lo encendió aún más.
395
⎯Qui… Quiero pen… pensar que tú y yo tenemos un
futuro juntos. ⎯A Nathan le costaba un esfuerzo supremo
hablar, pero finalmente, lo consiguió.
⎯Sí; sí, mi amor.
⎯Pero… mírame bien. ¿Cuánto crees que aguantaré?
A Nathan le costaba respirar. Sus ojos se cerraban…
⎯No digas eso, mi amor ⎯Kali volvió a besarle,
tratando de evitar que perdiera el conocimiento de nuevo⎯.
Encontraremos el antídoto, te salvaremos.
Pero no pudo evitarlo. Nathan se hundió en las sombras
de nuevo. Kali rompió a llorar, desesperada. Se acurrucó
junto a él tocando con su espalda la cabecera del lecho,
acariciando aquella frente perlada por el sudor frío de la
fiebre y contraída por el incesante dolor.
Con voz temblorosa, Kali entonó una salmodia dedicada
a su amor y a la vida que latía en sus entrañas.
Se durmió.
Áquila descendió la escalinata del palacio. La noche era
gélida. Su caballo esperaba junto a los obeliscos, preparado.
Se echó la capucha sobre el rostro, saltó sobre su montura y
ambos, jinete y corcel, se alejaron en la oscuridad, en medio
del silencio de los jardines que rodeaban residencia real.
Mientras cabalgaba, alejándose cada vez más, recordaba
con nostalgia el día de su Iniciación arcana y el sagrado ritual
dónde fue estigmatizado con las poderosas llamas de fuego.
Recordó las palabras de Nathan…
«Allí, bajo el cielo negro, dónde las estrellas empezaban a
brillar, se encontraba la entrada secreta de una cripta…»
396
Capítulo 2
Áquila y los Dragones Negros
Áquila
Cabalgué deprisa, sabía que no había solución, sólo me quedaba
convocar a los Dragones y luego acompañar al joven Jadlay a
Esdras, para allí luchar con un enemigo que a todas luces parecía
superior en maldad, pero no en tropas. Un combate que estamos
obligados a ganar, por Nathan y por Jadlay.
No puedo contener mi ira en el cuerpo, pues estoy lleno de odio
contra Nabuc, Festo y sus secuaces. Lo sé, estoy casi cegado por un
sentimiento de venganza que me carcome el alma. Pero ver a
Nathan envenenado fue para mi suficiente. Mí única esperanza
eran ellos: los Jinetes Negros, el terror de la noche, más conocidos
como Dragones o verdugos del rey.
Cuando llegué a un claro, desmonté del caballo. La noche era
muy oscura y para encontrar la cripta de los dragones, me guíe
gracias a las señales que una vez me dio el rey. Miré a mí alrededor.
Até las riendas del caballo en el tronco de un viejo árbol y me
adentré en las profundidades del Bosque del Manantial, al otro lado
de los desfiladeros que conducen a Roccá.
Caminé, solo, por un sendero serpenteante, buscando el
escondrijo de los sicarios. Sabía que las señales me conducirían
directamente al lugar, no tenía perdida. De hecho, Nathan, cuando
me hizo partícipe de su confianza, no sólo me exigió pasar una
iniciación, sino que sufrí una estigmatización en mi brazo derecho,
pues no podía otorgarme el privilegio de representarle ante sus
Dragones, si alguna vez le pasaba algo, si no tenía el estigma. Era
un salvoconducto. Esa misma noche él me desveló el lugar dónde
397
los dragones se reunían siempre rodeados de hermetismo. ¿Por qué?
Le pregunté… Su respuesta me dio que pensar, pues los Dragones
eran originarios de una secta de hechiceros muy poderosa en
Jhodam, los más leales se quedaron con el rey y le prestaron
juramento exclusivo, mientras que siete de ellos no aceptaron las
condiciones y se separaron de la secta, formando a su vez, la temida
Orden de los Hechiceros Negros, éstos exiliados y perseguidos por
los Dragones y por las leyes de Jhodam, se esconden en la seguridad
que da la clandestinidad. Siempre ocultos a los ojos del rey.
Nathan tiene por costumbre reunirse con los Dragones en las
noches sin lunas, aprovechando la oscuridad. Aunque él realmente
no necesita la noche para camuflarse, lo puede hacer en pleno día.
Es su magia, el poder que fluye por su sangre como llamas de un
fuego que nunca se extingue; hasta ahora, claro. Esto lo sé yo y
nadie más. Su padre no tiene ni idea de las incursiones nocturnas
de su hijo. Él que siempre le sobreprotege, pondría el grito en el
cielo si se enterase de que Nathan es el principal Dragón de su
propia orden.
¡Qué frío hace! Si mantengo mi mente ocupada, me olvido del
frío y puedo seguir avanzando.
No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que los
Hechiceros Negros han tenido algo que ver en el envenenamiento de
mi rey. Sí, Halmir, no está equivocado y Nabuc es quién instiga a
Festo, éste puede haber solicitado los servicios de estos siniestros
personajes. Todos ellos odian a muerte a Nathan, son sus peores
enemigos. Les gustaría tener el poder que irradia mi rey y como no
pueden poseerlo se dedican a conspirar contra él. Lo malo de esto es
que a veces consiguen llevar a buen puerto sus planes, como ahora.
La verdad, no dejo de pensar en la conversación que tuve ayer
por la tarde con Nathan, en los jardines… Él presentía algo malo.
Podía haber confiado en mí y contármelo. Lo hubiéramos podido
evitar, ¿o no?
Es muy difícil que él te confiese algo que le atormenta, así por
las buenas. Nathan, como hombre inmortal, es insondable, y como
deidad, prefiero no pensar, pues me pierdo. Incluso su padre tiene
muchas dificultades para penetrar en los entresijos de su mente.
398
Ahora que recuerdo, cuando él me dijo que me dedicara a mi
trabajo, a qué se estaba refiriendo… No hay duda. Cuando pienso
en sus palabras… «Tú no debes preocuparte por mí. Tus
obligaciones son otras»… «Tu trabajo es destruir a aquél que
intente entrar en Jhodam sin autorización»
Exacto, Nathan tiene razón, ese es mi trabajo, pero sí él no
confiará tanto en la gente, posiblemente Male-Leel no hubiera
conseguido sus objetivos. Ese es su defecto. Porque estaba claro que
ella había envenenado la ambrosía que cenó Nathan esa noche.
Miro al cielo. Me guío por el brillo de las estrellas.
Aquí en el bosque hace un frío que te deja tieso. Por suerte, voy
muy bien abrigado y por cierto, muy protegido. La capa del rey que
me prestó la hermosa Kali, es extremadamente caliente.
Cuando pienso en ella y en el hijo que está esperando… Me da
ganas de rebanarle la cabeza a Nabuc para que deje en paz a Nathan
y ambos puedan disfrutar de la felicidad que supone ser padres.
¡Uf! Pero que he dicho, ¿Nathan, padre? ¡Ay, ay…! La verdad,
no me lo imagino con un bebe en los brazos. Él que siempre está
guerreando con espada en mano. A lo mejor es cierto y él nunca
verá nacer a su hijo o quizá, sí. Yo por mí parte, pienso emplearme
a fondo para que así sea. Nos divertiremos mucho el día que
presencie el nacimiento de su heredero, porque yo, me lo imagino en
el suelo, más blanco que la nieve.
Qué pensamientos más felices me envuelven y aunque sé que
es muy arriesgado aventurar algo así, tal y como está Nathan, pues
lo sé, yo y todos los que estamos cerca de él, sus posibilidades de
sobrevivir son…
No lo diré. Prefiero no pensar.
Espero que el destino del rey no esté escrito. Y lo que ha
ocurrido no sea más que una pesadilla.
Entro en la zona más espesa del bosque. Apenas veo el camino.
Grandes lianas y altos hierbajos me impiden ver lo que tengo
delante. Saco la daga del cinto y corto, las ramas, hojas… Las lianas
se me enredan en las botas.
399
¡Crack! ¡Crack!
Creo que he pisado ramas astilladas por el viento. Bajo mi
mirada. Sí, así es. Nada que temer. Sigo adelante. Ahora no pienso,
estoy tiritando de frío, mi mente se ha congelado.
Creo que estoy llegando. Veo algo raro en el camino que he
abierto a base de sesgar las enredaderas. Me acerco con cuidado. No
me fío ni de mi sombra y menos ahora con tanto hechicero suelto
por ahí.
Desenvaino mi espada por si acaso.
Oigo algo. Pisadas, lejanas. No; cerca, muy cerca. Me doy la
vuelta, no tengo miedo; bueno, eso creo. Abro los ojos y lo que veo
me deja tieso.
Una figura encapuchada se alza ante mí. Mi vista no alcanza a
mirarle de una sola vez. Es alta, diría que altísima y oscura como la
noche.
Su voz retumba en el aire.
⎯¿Quién eres y qué haces aquí? ⎯me pregunta.
Aparecen dos más como él. Me amenazan con sus largas
espadas.
⎯Soy Áquila, hijo de Lheoder, iniciado y comandante del Rey
Nathan.
Me mira con sus ojos oscuros. Me pongo a temblar. ¡Yo con
treinta y cinco años tiemblo como un renacuajo! ¡Será posible!
El encapuchado levanta su afilada espada y la hace oscilar
frente a mí. Señala con la punta la insignia que hay bordada en la
capa. No debo olvidarlo, llevo puesta la capa del rey.
⎯¿Te envía él?
⎯No.
⎯Entonces, ¿qué haces en este bosque? Nadie en su sano
juicio osaría penetrar en estos sombríos lugares sin un motivo
justo.
⎯Por vuestras palabras, veo que no os habéis enterado…
El encapuchado me interrumpe. Su rostro se contrae, creo que
he conseguido irritarle.
⎯¿Enterarme de qué?
⎯El rey fue envenenado anoche. Yo busco a los dragones.
400
Los tres encapuchados se miran. Parece que hacen un pacto en
silencio, no me incluyen.
⎯¿Está muerto?
⎯No, aún no. Por eso estoy aquí.
⎯¡Enséñame tu estigma! Si mientes, te mato ahora y aquí
mismo.
⎯No; yo no, miento ⎯me remango la manga rápidamente no
vaya a ser que dude de mí. Le enseño mi marquita, una llaga para
toda la vida⎯. Lo ves…
Los tres encapuchados miran mi estigma sin inmutarse. Se
alejan unos pasos de mí. Deliberan entre ellos. Vuelvo a cubrirme el
brazo. Agudizo mis ojos en la oscuridad y los observo
detenidamente. Sus capas son negras y felpadas, les llegan hasta el
suelo. No distingo el color de sus cabellos, la capucha les cubre
hasta los ojos. Como uno de ellos está de espaldas puedo ver el arco
y las flechas que porta. Los otros dos, visten igual y sus armas,
incluidas las espadas son iguales. Sin duda, ellos son los dragones;
bueno, tres de ellos. Faltan otros tres.
Él que parece ser líder, se acerca a mí. Me ofrece su mano.
⎯Bienvenido a nuestra morada, Áquila, hijo de Lheoder. Mi
nombre es Alfeo y soy quién está al mando de nuestra pequeña y
selecta orden.
Alfeo se vuelve hacia sus compañeros. Levanta el brazo y les
hace una seña con la mano, ellos vienen.
⎯Ellos son Ben Hadad y Galión.
Inclinan ligeramente sus cabezas. Yo hago lo mismo.
⎯Acompáñanos, Áquila.
Les sigo y mientras camino los observo. Son altos y van muy
armados. Aún no se han quitado las capuchas, por lo que no puedo
ver el color de sus cabellos, porque si son tan oscuros como sus
imponentes presencias, es para huir escopeteado del bosque.
Recuerdo las sabias palabras de Morpheus… «Ellos siempre
ponen las condiciones. No lo olvides»
Me rasco la nuca. Ya era hora de ponerse a trabajar.
Caminamos cerca de media hora por angostos senderos. Alfeo
no me quitaba el ojo de encima, supongo que no entendía como
401
Nathan me había elegido a mi como su representante cuando él
estuviese a las puertas de la muerte o muerto, así de simple. Yo, la
verdad, es que tampoco.
Galión miró a uno y otro lado, reparó en la insignia trasera de
mi capa, que no era mía. Un gran halcón. Se echó a reír.
Fruncí el entrecejo. Alfeo se dio cuenta de mí evidente
irritación y se apresuró en decirme por qué se reía Galión de mí.
⎯Esa capa que llevas es del rey. Nathan es un dios con ella.
Su porte es muy elegante. Tu, sin embargo, no.
Yo les rectifico.
⎯Nathan es un dios independientemente de que la porte o no.
⎯Sí, eso es cierto.
Abandonamos el sendero y penetramos en una espesura
diferente. Se oía el canto de las aves nocturnas. El rugir del viento y
nuestras pisadas, firmes y fuertes. Pronto el nuevo camino se
convirtió en otro, de piedra. Descendimos y bajamos por unas
escaleras, muy empinadas.
Me dio la sensación de que estábamos descendiendo un
acantilado, pero no podía ser. En aquel lugar, no. Miré al cielo, las
estrellas brillaban con intensidad.
Habíamos llegado.
Alfeo se detuvo y al agacharse tiró de un asa de hierro que
estaba en el suelo. Se abrió una trampilla.
⎯Todas las precauciones son pocas ⎯dijo Alfeo.
Galión me hizo un ademán para que bajase por aquel túnel. Yo
obedecí. Unos salientes de la propia roca facilitaron el descenso.
Una vez abajo, Ben Hadad cogió una antorcha que colgaba de la
ménsula en la pared y avanzamos.
Comprendí por qué Nathan llamaba a aquel lugar cripta,
estaba plagado de tumbas. Nichos a la izquierda y a la derecha, con
esqueletos, sin cubrir. Yo a ese lugar lo llamaría catacumbas. El
escondite era perfecto, nadie podía encontrarles, ni siquiera sus
siniestros enemigos, los Hechiceros Negros. Sólo una traición de
uno de ellos podría poner en peligro desvelando el lugar exacto y
entre ellos eso no parecía posible, pues había una camarería
excepcional. Se notaba que Nathan los controlaba.
402
Seguimos avanzando por el corredor.
Llegamos a un gran obertura. Giramos. Una puerta de madera
maciza.
Después de que Alfeo golpeará la puerta tres veces, ésta se
abrió y en el umbral otro gigantón, rubio y de ojos azules; sus
cabellos caían enmarañados sobre sus hombros.
⎯¿Tenemos compañía? ⎯preguntó, mirándome de los pies a
la cabeza.
⎯Es Áquila, representante del rey. Está aquí porque han
envenenado a Nathan.
Pasamos al interior.
⎯¿Queeeé?
El gigantón se quedó tieso. El color de su piel paso por todos
los colores.
Cerró la puerta. Aún no se había recuperado por la noticia.
Miré a mí alrededor. Era una caverna muy acogedora. Tenía
todo lo que tenía que tener para vivir en ella. La verdad, es que no
faltaba de nada.
Me presentan al resto. Asmodeo, con su cara de mil colores,
impresionado. Saphir, un joven con una cabellera increíblemente
larga y negra como el azabache, sus ojos azules, me recordaron a
Nathan; Necó, parecía el más serio de los seis, también de cabellos
rubios, sus ojos oscuros parecían desconfiar de todo.
Mis acompañantes se quitaron las capas y por fin, pude verles
los rostros. Me fije en todos, el más bajo no debía medir menos de
un metro ochenta y cinco y el más alto, un metro noventa y cinco
aproximadamente. Alfeo era también rubio y sus ojos verdes eran
grandes como los de Jadlay; Ben Hadad, era más normalito,
castaño, pelo muy corto y ojos oscuros. Su aspecto no imponía,
parecía el más noble; y Galión, también rubio, ojos azules… Se
parecía mucho a Nathan y cuando digo mucho, es que me dio la
impresión de tenerlo delante.
Sinceramente, no parecían ser sicarios; y realmente lo eran.
Cuando empuñaban un arma era para matar. Sus expresiones
vengativas estaban bien ocultas bajo la mascara de la cordialidad,
supongo que era así por mi presencia.
403
Se hizo un silencio muy profundo.
La noticia del envenenamiento del rey les había caído como un
jarrón de agua fría. Me preguntaron de todo. Si teníamos antídoto,
si sospechábamos de alguien… Yo les dije la verdad.
Sí; sospechábamos de alguien.
No; ningún antídoto de Maya estaba dando resultados.
Los seis dragones meditaron unos instantes antes de
pronunciarse y cuando lo hicieron fueron tajantes. Hablaron de
Nabuc, de Festo, parecía que lo conocían muy bien, de los
Hechiceros Negros y de Male-Leel, de ella aseguraron que la
convirtieron a su culto para sus fines. En pocas palabras, ella era
una víctima, pero su acto es imperdonable y merece la muerte. La
sentencia fue firme. Todos estaban de acuerdo, incluso yo. Sin
embargo, Alfeo dijo algo que no me esperaba.
⎯Detrás de todo, hay alguien superior. Alguien que se puede
medir con Nathan. Alguien de su mismo poder…
Sus palabras retumbaron en mi cerebro una y otra vez.
Pero, ¿quién? Me pregunté.
⎯Una venganza ⎯dijo Galión.
⎯Sí, es posible.
Alfeo me miró.
⎯Según tú, parece ser que el veneno no tiene antídoto
conocido, ¿verdad?
⎯Eso es.
Miré a Alfeo, este parecía atar cabos.
⎯Un veneno que puede destruir su inmortalidad, para
conducirlo a una muerte inevitable.
Hizo una pausa y prosiguió.
⎯Me atrevería a decir que sólo Nathan, sabe quién está detrás.
De todas formas, Áquila, nosotros nos ocuparemos de la chica y de
los hechiceros. En cuanto a Festo, habrá que vigilarle muy de cerca,
pues él nos puede llevar directamente al cerebro.
Se olvidaron de alguien.
⎯¿Nabuc? ⎯pregunté.
Se echaron a reír.
⎯Ese mequetrefe es un cobarde. Nunca actuaría contra
404
Nathan en su propio nombre. Después de todo, le teme.
Yo no lo tenía tan claro. Eso de mequetrefe le venía que ni
pintado, pero tenía muy mala uva. Lo había demostrado, y con
creces.
⎯No creo que tenga miedo, Alfeo. Ordenó la matanza de
Hermes.
⎯Lo sabemos. Sólo mata a gente inocente y manipula a quién
le debe algo. Pero Nathan, no es un ser al que se le pueda destruir
así por las buenas.
Galión estaba afilando la hoja de su puñal, cuando intervino.
⎯Las posibilidades de una alianza entre ellos, parece más que
evidente.
⎯Sí.
Se produjo un breve silencio.
De pronto, salté yo.
⎯Nathan tiene enemigos que desconocemos.
Alfeo me respondió con una seguridad aplastante.
⎯Sí, eso es cierto. Pero que tengan un poder tan grande cómo
el suyo, no. El último perdió la vida en sus manos. Desde esa fecha
hasta ahora, nadie ha podido hacerle sombra. Me temo que estamos
ante un problema de difícil solución.
Asmodeo que estaba sentando junto a la chimenea, con un
trozo de pan en la mano, intervino por sorpresa, pues no había
hablado en ningún momento desde que se sentaron alrededor de la
mesa de piedra.
⎯Nathan tiene una invulnerabilidad natural que desafía el
poder oscuro. Ha de haber una salida en alguna parte. Estoy seguro
de que a estas alturas, los inmortales, ya saben que hacer.
⎯Los hechiceros ⎯dije yo⎯, ostentan mucho poder. Ejercen
su voluntad y provocan un cambio. Pueden ser unos malditos
egoístas o estar motivados por una venganza ciega. No creo que
sean unos incompetentes.
⎯Gracias, Áquila. Nosotros somos hechiceros, pero no
ostentamos ese poder del que hablas. Sí ejercemos nuestra voluntad
y el cambio, es que el culpable se queda sin cabeza, así de claro. No
somos egoístas y sí, estamos motivados, casi siempre por una
405
venganza, pero ésta casi nunca es ciega… Siempre hay una causa.
Escuché con atención a Alfeo, me impresionó su seguridad.
Siguió hablando. Le di cuerda…
⎯En cuanto a la incompetencia, pues sí, somos incompetentes
si perdemos el control y eso nunca ocurre. En nuestro caso, es
imperdonable y Nathan podría decidir sobre nosotros.
⎯¿Y si es un espíritu quién está detrás de todo? ⎯pregunté.
⎯Demonios, Áquila, llámalos por su nombre. Hacen gala a su
perversidad y si no me crees te cuento un poco de historia y te hablo
de una serpiente llamada Apofis, él si era un demonio.
⎯No hace falta. Se muy bien quién era Apofis.
⎯Fantástico, pues él es el único que podía hacerle sombra a
Nathan. Es un mutilador nato.
Las últimas palabras de Alfeo encendieron una luz en mi
interior.
⎯¿Has dicho, un mutilador?
Asintió.
⎯Bien, siendo así. Me atrevería a decir sin riesgo a
equivocarme que hemos encontrado al culpable ⎯hice una pausa⎯.
No os lo he contado todo, perdonadme… A Nathan no sólo lo han
envenenado, sino que le han cortado su larga melena trenzada.
Alfeo golpeó la mesa de piedra. Ni una mueca de dolor, nada.
⎯Que ¿qué?
Todos clavaron sus miradas sobre mí, me asusté.
⎯¡Repite eso! Pues no lo he oído bien.
Tragué saliva. Me temblaron las piernas.
⎯Le han mutilado la cabellera.
⎯Pero eso no puede ser, ¡es un símbolo sagrado!
Alfeo se levantó del asiento, exaltado. Galión trató de
tranquilizarlo, sin mucho éxito, porque él líder sacó su daga del
cinto y la estrelló contra la puerta de madera.
Saphir, pensativo, se acarició la barbilla.
⎯Si eso es cierto, Nathan está perdido. Y si se trata realmente
de Apofis, es posible que sea un espectro, eso lo hace más poderoso.
⎯Muerto como un hombre, muerto como un dios. Sólo así
podrá Nathan combatirlo ⎯afirmó Galión.
406
Me perdí.
⎯No entiendo…
Alfeo había recuperado la serenidad.
⎯Está claro, Áquila. Nathan ha de traspasar la línea. Apofis,
solo es destruible en su dimensión y puesto que no tiene cuerpo,
porque realmente está muerto, Nathan tendrá que morir para
convertirse en un espectro o eso, o lo peor de todo, el Basilisco del
Panteón Sagrado…
⎯Engullido o bendecido ⎯repuso Asmodeo.
⎯Cierto. Si es engullido, el espectro de Apofis triunfará y
Nathan dejará de existir, pero si el Basilisco lo bendice con su
saliva, purificará su sangre, eliminará el veneno y los espectros que
campen a sus anchas, serán convertidos en cenizas. Incluido,
Apofis, siempre que realmente sea él, claro.
Empecé a cogerle el hilo, pero tenía alguna que otra duda.
⎯Una vuelta de tuerca interesante. Pero no entiendo… Sí
existe una posibilidad de salvación para Nathan, ¿cómo es qué ese
espectro o lo que sea no lo ha tenido en cuenta?
⎯Porque posiblemente se lo ha jugado todo a una carta
⎯afirmó Alfeo⎯. Imagino que Festo, los hechiceros negros y los
siervos del espectro tratarán de evitar a toda costa que los
inmortales, si es que éstos han pensado en ello, lleven al rey al
Sanctasanctórum.
Nos quedamos en silencio.
Esa noche no dormimos. La situación había dado un giro
inesperado y yo en ese momento, solo deseaba regresar a Jhodam
para hablar con Halmir. Necesitaba tener la certeza absoluta de que
los inmortales sabían que había detrás del envenenamiento del rey.
Tenía mis dudas, porque a Halmir lo vi muy abatido, cómo si no
tuviera respuestas a los problemas de su hijo. Existe la posibilidad
de que él y los demás inmortales no quisieran decir nada sobre el
asunto para no hacer correr la voz, pero no estaba seguro.
Había alguien muy importante que tenía que saberlo y esa
persona era Kali. Tenía que regresar, informarla de todo. Seguro
que recobraría la esperanza. Aunque realmente, todo pintaba muy
mal para Nathan, porque sus posibilidades seguían siendo tan bajas
407
que asustaba siquiera intentarlo. Pero cuando no hay más opción
que la muerte, todo intento por sobrevivir es válido.
Me levanté.
Ellos me miraron extrañados.
⎯He de regresar al palacio. Tengo que comunicar todo lo que
sé a los inmortales y después, he de partir hacia Esdras y elevar al
poder a un joven llamado Jadlay. Ganar una guerra y poner a los
pies de Nathan, la cabeza de Nabuc.
Alfeo se echó a reír.
⎯Mucho trabajo tienes, Áquila. Pero te comprendemos.
⎯Es mi deber.
⎯El nuestro es dar muerte a los culpables ⎯me dijo Alfeo⎯.
Mañana por la noche, sentenciaremos los actos que han llevado a
nuestro rey a las puertas de la muerte. Male-Leel, morirá y los
Hechiceros Negros, también. No nos detendremos hasta que les
hayamos dado muerte a los siete.
⎯Tened cuidado. Las fuerzas oscuras son peligrosas ⎯les dije.
Alfeo pasó su brazo sobre mis hombros.
⎯Somos los dragones del rey. Humeamos y hacemos arder
todo a nuestro paso, pero no derramamos ni una sola gota de sangre
nuestra, sólo la ajena y sí ésta es culpable de un delito de muerte.
Solo fuego, amigo mío. El fuego no mata a un dragón.
Poco después, los dragones y yo recorrimos la cripta en
dirección a la salida. Estaba amaneciendo. Miré al cielo. Ni una sola
nube que empeñara el manto azulado.
Un buen día para compartir ilusión y esperanza.
Me escoltaron hasta el lugar dónde dejé mi caballo. A la luz del
día, ellos no parecían tan siniestros. Estaba muy orgulloso de haber
compartido la noche con ellos. Yo, rodeado de auténticos dragones,
no sabía como agradecer la confianza que habían depositado en mí.
Nos despedimos.
⎯¿Nos volveremos a ver? ⎯pregunté a Alfeo.
⎯Es posible, pero no te prometo nada.
Desaté las riendas, puse un pie en el estribo y salté sobre la
montura. Tome las riendas.
Me dirigí a ellos.
408
⎯Pues entonces… Hasta luego, amigos.
⎯Id en paz.
Alfeo golpeó las ancas de mi caballo y yo espoleé. Partí rápido,
muy rápido. Casi tan veloz como el viento.
409
Capítulo 3
El Trofeo de Nabuc
Cuando por fin llegó el mensajero a Esdras, éste corrió al
encuentro del rey Nabuc. En el vestíbulo del salón del trono,
el heraldo le comunicó que estaba reunido.
Mientras esperaba que le llegara el momento de la
audiencia con el rey llegó el hechicero Festo, éste acudió
acompañado por uno de los sacerdotes del clero, portando en
sus manos la trenza del rey Nathan.
Una moneda con dos caras.
Un presente para Nabuc, inesperado. Pues él esperaba
otra cosa. Sea como sea, la sagrada trenza era un digno trofeo
para ser guardado en la vitrina más hermética del palacio. La
otra cara de la moneda, era el mensajero y las palabras del
rey Nathan que tenía grabadas en su cerebro.
Después de un buen rato esperando, por fin, el heraldo
apareció en el umbral y pronunció sus nombres en alto.
Entraron.
Nabuc los esperaba sentado en su trono, con el entrecejo
fruncido.
El mensajero se adelantó unos pasos.
⎯¡Majestad! ⎯exclamó arrodillándose, en clara
reverencia.
⎯¡Habla! ¿Tenéis la respuesta al mensaje?
El joven cabeceó, asintiendo. Sin poder remediarlo,
empezó a temblar, asustado por la posible reacción del rey,
sabía que la respuesta de Nathan enfurecería a Nabuc. Y él
que estaba allí delante, junto al estrado, con el rey mirándole
410
con ojos asesinos, recibiría seguro.
Se armó de valor y escupió la respuesta.
⎯El rey de Jhodam no acepta sus condiciones ni su trato.
Os prohíbe poner un pie en Bilsán y no rendirá a Jadlay ni a
nadie.
Bajó la cabeza.
El rey se levantó del trono y dio unos pasos hasta
situarse a unos escasos centímetros del mensajero.
⎯¿Algo más? ⎯ladró enfurecido.
El mensajero farfulló algo.
⎯No te he oído, ¿puedes hablar más alto?
⎯Sí, majestad… Perdonar…
Nabuc mostrándose impaciente, lo interrumpió.
⎯¡Quieres acabar de una vez, no tengo para todo el día!
⎯El rey dijo que vuestro único camino es la muerte.
⎯Muy bien. ⎯Nabuc se volvió hacia Festo y el
sacerdote, miró con atención al hombre con sotana; éste
llevaba algo en sus manos que le llamó poderosamente la
atención. Deseando saber lo ocurrido con el rey jhodamíe,
desvió de nuevo la mirada a su mensajero⎯. Podéis
retiraros.
El mensajero esperando una mala reacción del rey, se
sorprendió. Casi no podía creérselo y sin desear tentar a la
suerte, hizo la obligada reverencia y abandonó pitando la
sala del trono.
⎯Es difícil ser dios con Nathan cruzándose en mi
camino. ¿Eh? ―se jactó Nabuc.
Miró al hechicero y luego al sacerdote, a éste la arrancó la
trenza de las manos.
⎯¡Largo! ⎯le dijo.
Al sacerdote y a su sotana le faltaron pies para abandonar
la sala. Dio unos traspiés, mostrando gran torpeza. Pero eran
los nervios y el pánico. No miró atrás, estaba atemorizado.
Nabuc hizo una seña a su heraldo para que se acercase.
⎯Márchate y asegúrate de cerrar bien la puerta ⎯le
dijo⎯. No quiero ser molestado en los siguientes minutos.
411
El heraldo asintió en silencio.
Festo y Nabuc se quedaron solos en la estancia. El rey,
fuera de sí, aferró el brazo del hechicero con una mano,
mientras con la otra sujetaba la trenza.
⎯¿Quieres decidme que significa esto? Te pedí su cabeza,
no su cabellera ¿Acaso no fui suficientemente claro?
⎯Mi maestro quiere al dios. Él cortó la trenza para vos.
Me dijo que os contentarais con sus cabellos.
La tensión se elevó por las nubes.
Nabuc le clavó las uñas en el brazo. Festo hizo un gesto de
dolor.
⎯Por favor, majestad. Soltadme, me hacéis daño.
Nabuc lo soltó.
⎯No debéis temer nada. Todo ha salido según lo previsto
⎯Festo se miró el brazo y las marcas de los dedos del rey⎯.
Nathan agoniza en estos momentos.
⎯No te fíes, Festo. Nathan ha salido adelante en
situaciones peores.
⎯Lo sé. Por eso mi maestro y yo hemos puesto en marcha
la segunda parte del plan.
⎯¿Ah, sí? ¿Puedes decidme en qué consiste?
⎯Impedir sea trasladado al Sanctasanctórum. El antídoto
del veneno está allí.
Nabuc lanzó un sonoro bufido.
⎯Festo, si no recuerdo mal… Tú me aseguraste que no
existía antídoto para tu veneno. ¿Acaso me mentiste?
⎯No, majestad ―respondió―. Pero Nathan no es un ser
corriente, si los Seres y su magia se alían con él y consiguen
arrastrarlo hasta el Panthĕon Sacrātus puede salvarse. Y en ese
caso, no hace falta deciros que nos ocurrirá a nosotros.
Dejadme actuar a mí, sé lo que hago.
⎯Bien, Festo. Por tu propio bien, espero que no estés
equivocado.
⎯Mi maestro lo tiene claro. Yo confío en él.
⎯No sé quién es tu maestro, ni me importa. A mi lo único
que me vale es que tu seas consciente de que el rey de Jhodam,
412
el hombre, y el rey, el dios, son una misma y única persona.
¡No trates de separarlos, porque no conseguirás destruirlo!
Muchos antes que tú trataron de hacerlo y están muertos
⎯hizo una pausa⎯. No me falles, Festo, porque me obligarías
a matarte y te necesito a mi lado.
⎯Tengo plena conciencia de eso. Me lo habéis dicho en
varias ocasiones. No temáis, no se me olvida.
Nabuc gruñó y llamó a gritos a su heraldo, éste que
esperaba en el vestíbulo entró en la estancia tan rápido como
sus pies cruzaron el umbral.
⎯¿Sí, majestad?
⎯Encontrad al general Ghiolem y decidle que se
presente ante mí de inmediato.
Cuando el heraldo se hubo ido, Nabuc se volvió hacia
Festo y retomaron la conversación, centrada en el
surgimiento del nuevo ejército de Esdras. Compuesto por
hombres que ya habían demostrado su valía como asesinos
sin compasión en Hermes. Le son totalmente fieles y se siente
muy orgulloso de ellos.
⎯He llevado a cabo mi trabajo a la perfección ―dijo―.
Ahora, debemos estar preparados para las represalias que a
buen seguro se tomaran en Jhodam.
⎯Lo sé. En cuanto llegue el general, le daré
instrucciones. Ya he tomado medidas y he conseguido algo
que era impensable hace tan solo unos días. ⎯Hizo una
pausa⎯. Sí, Festo… Por fin, tengo un ejército que me sirve
con devoción.
⎯¿Cómo?
⎯Tú no eres el único que sabe hacer pactos con la
Oscuridad. ¿Eh? Yo también tengo mis contactos. Es cierto,
son proscritos, bandidos, asesinos, pero sirven a bien.
⎯¿Son los de siempre?
⎯No; hemos ampliado el número.
En ese momento irrumpió en la estancia el general
Ghiolem, un fornido hombre de unos cuarenta y cinco años,
de cabellos castaños, ojos color almendra y rostro aguileño,
413
frío como el hielo. Dio unos pasos hasta situarse frente al rey;
iba ataviado con la túnica roja, cruzada y unida al hombro
con un broche de oro, delatando el alto cargo que le había
concedido el rey Nabuc. Bajo la túnica, vestía una cota de
maya, armadura de cuero negra y en la mano derecha
sujetaba su yelmo.
Hizo una reverencia y se enderezó.
⎯Majestad, ¿me habéis mandado llamar?
⎯Sí, general ―respondió Nabuc―. ¿Tenéis noticias de
mi esposa y del joven Jadlay?
⎯Según el mensaje del halcón peregrino, ellos están en
Jhodam. Enós y Gamaliel, también confirmaron lo mismo.
Festo se apartó y echó a caminar por la estancia. Nabuc
apoyó una mano en el hombro del general.
⎯Bien. Ahora quiero que hagas algo… Reúne a mi
ejército y ve a por ellos, no dejes a nadie con vida.
⎯¿Eso significa qué debemos añadir a Jhodam en la
lista?
⎯Sí; el rey está muerto. Sus ejércitos flaquearan sin su
presencia.
Festo que había escuchado las últimas palabras del rey
creyó oportuno rectificarle. Desde el fondo de la sala,
interrumpió a Nabuc.
⎯Eso no es cierto, majestad. Vos sabéis que el rey de
Jhodam no ha muerto aún y por lo que tengo entendido
antes del envenenamiento se reunió con su consejo y dio
orden de atacar Esdras. ⎯Dio unos pasos decididos hasta
ellos⎯. Ahora mismo, varias tropas suyas se dirigen sin
demora hacia aquí. Yo mismo tuve que hacer largos rodeos
para no encontrarme con los soldados jhodamíes de camino a
Esdras. Majestad, hacedme caso, no subestiméis a ese
ejército. Están preparados para atacarnos sin piedad.
Nabuc permitió la interrupción de Festo al interesarse
por sus palabras. Realmente estaba intrigado por un
comentario.
⎯Decidme, ¿cómo sabéis lo del consejo? Tengo
414
entendido que se realizan bajo el hermetismo de un cónclave.
⎯Mi maestro, majestad ―respondió―. Para él no
existen obstáculos de ningún tipo, ni puertas ni cerrojos.
Lleva algún tiempo controlando al rey.
⎯¿Sin ser visto?
⎯Sí. Ni siquiera yo conozco su verdadera identidad ni
su rostro, ni siquiera sé si tiene cuerpo. Se difumina en las
sombras. Levita y camina invisible hacia todos lados. Es
poderoso, muy poderoso… Y conoce muy bien a Nathan.
⎯Estás asustándome.
⎯No es mi intención, majestad. Pero quiero que sepáis
que esta guerra podemos ganarla ―dijo―. Nathan está en
jaque. Dejadme a la deidad a mi y vos dedicaros a bloquear a
Jadlay, ahora él es vuestro verdadero peligro. La guerra de
Nathan es otra, él ha de luchar por sobrevivir y yo pienso
ponérselo muy difícil. Olvidaros de su cabeza y tomad la
trenza, guardarla de trofeo para cuando llegue el gran día,
celebrar la victoria bajo sus cabellos en llamas. Ese puede ser
vuestro máximo triunfo.
⎯Vaya, esto sí que no me lo esperaba… ¡Qué retorcido
te has vuelto!
El general Ghiolem escuchó en silencio todo cuanto se
dijo en el salón. Al no recibir una orden de Nabuc para
abandonar la estancia, éste decidió quedarse allí, plantado
como un árbol, a la espera. La reputación del rey de Esdras
había crecido de repente entre sus hombres.
Nabuc hablaba con Festo, caminando entre las columnas
de la estancia, dando paseos en círculo, atraídos por el vacío
de un poder oscuro que conducía a Esdras a su perdición,
ignorando por completo al general.
Repentinamente el hilo de la conversación, cambió.
⎯Sé cuanto te debo, Festo. Nathan está acabado y es
gracias a ti. Nunca lo olvidaré.
⎯Os lo he dicho muchas veces, majestad. Yo sólo
cumplo con mi deber.
⎯Después de la agonía, ¿qué será de Nathan?
415
⎯No soy yo quién debe decirlo. Su destino está en
manos del maestro. Sin embargo…
⎯¿Sin embargo…?
⎯Pondré todo mi empeño para que no falle
absolutamente nada ―respondió―. Dos mentes piensan
mejor que una. Eso es algo que he aprendido con el tiempo.
Nabuc contempló la Trenza de Nathan. Los cabellos
seguían brillando con tan intensamente que parecían hilos de
oro. Entrelazados a los cabellos se podía distinguir espirales
de plata, finas y sencillas que tenían como objetivo decorar la
melena.
⎯Estos cabellos serán guardados en un cofre, junto al
tesoro real. Me hubiera gustado estar presente cuando
vuestro maestro le cortó la Trenza ―dijo―, estoy seguro que
debió sentir un placer extremo. Yo lo sentiría, si hubiera
estado en su lugar. Dime, ¿cuáles fueron las sensaciones de
Nathan al sentir que le quitaban algo tan sagrado? ¿Lo sabes?
⎯Una dolorosa pérdida ⎯respondió Festo con
firmeza⎯. Según el maestro, Nathan se estremeció, pues al
parecer no se la había cortado nunca. Creo que el terrible
sufrimiento que invadió su mente le hizo perder el
conocimiento, majestad.
Al recibir la respuesta de su hechicero, Nabuc
experimentó una extraña sensación en lo más profundo de su
ser. Un fuego suave despertaba en él, como el sol que calienta
sin abrasar. En aquella noche, que el rey de Jhodam fue
envenenado, se perdió algo más que la inmortalidad de
Nathan. Se perdió el orgullo de un pueblo mítico y se
destruyeron los cimientos de un dios.
Con la Trenza Inmortal en la mano, Nabuc supo que
había ganado la batalla. Ahora, él era el dios. Sin embargo,
no contó con que el Maestro pensaba igual que él, y en el
universo no había cabida para dos dioses. Uno tenía que
desaparecer.
416
Capítulo 4
En nombre de nuestro Dios Nathan… ¡Muere!
In nomine dei nostri Nathan
El corazón de Halmir era una piedra cayendo en picado al
abismo. Estaba tramando una venganza. Él, que nunca había
mostrado los dientes a nadie, estaba dispuesto a todo por
Nathan.
Sentado inmóvil en la cama, junto a su hijo, escuchando
los azotes del viento contra los cristales y, a lo lejos, a Maya
dando violentos portazos mientras iba de anexo en anexo,
con los nervios erizados por la impotencia al no conseguir
algo con lo que detener el avance del mortífero veneno que
estaba sesgando la inmortalidad del rey, muy lentamente.
Repentinamente, un ligero escalofrío recorrió la espalda
de Halmir, sacándole de su ensimismamiento con un
respingo. Se volvió. Su corazón dio un vuelco.
En el umbral, estaba Áquila.
El consuelo de su presencia no alteró su estado de
ánimo. Pero, se levantó. El guerrero se merecía como mínimo
su atención. Áquila dio unos pasos hasta la cama, dobló una
pierna y la apoyó en el suelo, en venerada reverencia hacia
Nathan, pero esté estaba demasiado enfermo para darse
cuenta de su presencia. Áquila miró al rey fugazmente, luego
se volvió hacia Halmir que le miraba turbado.
⎯Excelencia…
⎯¿Qué ocurre? Me han informado que anoche
abandonaste el palacio sin decir nada a nadie.
⎯Sí, lo hice. Pero fue por una causa justa.
417
⎯¿Una causa justa? ⎯repitió ligeramente ofuscado⎯.
Tu deber es cumplir las órdenes de mi hijo. Jadlay ya debería
estar rumbo a Esdras y sin embargo, está aquí… esperándote.
⎯Eso es exactamente lo que he hecho, excelencia.
Cumplir con mi deber. He estado reunido toda la noche con
los Dragones Negros.
Halmir enmudeció de golpe. Se sentó de nuevo en la
cama, muy rígido, sosteniendo las manos de su hijo entre las
suyas. El aura de Nathan estaba empezando a apagarse poco
a poco.
⎯¿No tenéis nada qué decidme? ⎯preguntó, extrañado
por el silencio de Halmir.
⎯Perdonad ⎯se excusó⎯. Me habéis sorprendido, lo
que habéis hecho es la acción más sensata que nadie ha
hecho desde que mi hijo está así. ¿Cuándo actuarán?
Áquila agarró una silla con sus fuertes manos y la situó
junto a la cama. Se sentó.
⎯Esta noche.
⎯¿Sin piedad?
⎯Sí, excelencia. Sin piedad. Acabarán con la vida de
Male-Leel y luego, perseguirán a los hechiceros negros para
darles muerte. No cejarán en su empeño hasta que la sangre
de los culpables haya quedado esparcida por Jhodam.
⎯¿Cómo puedo agradecértelo? Estoy en deuda contigo.
⎯A mí no me debéis gratitud. No hecho más que
cumplir con mí deber. Es a él, ⎯señaló a Nathan⎯, a quién
hay que agradecérselo, pues es él quién confío en mí para
cumplir esta desagradable misión.
⎯¿Desagradable…?
⎯Sí; toda muerte violenta es desagradable y los
culpables…
Halmir lo interrumpió.
⎯No sigas, Áquila.
⎯Hay algo más… ⎯añadió⎯. Después de deliberar los
dragones y yo, atamos cabos y llegamos a la conclusión de
que Apofis está detrás de todo.
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Halmir soltó bruscamente las manos de su hijo. No
podía dar crédito a lo que habían escuchado sus oídos. «Eso
no puede ser ―pensó―. Mi hijo, lo mató»
Áquila continuó.
⎯No se encontró su cuerpo.
Halmir sacudió la cabeza, incapaz de creer en las
palabras del guerrero.
⎯Dejamos su cadáver en Roccá. Estaba allí, muerto
sobre un charco de sangre caliente ⎯hizo una pausa, para
recordar⎯. Mi hijo lo mató, no puede estar vivo. No;
después de tanto tiempo…
De súbito, Nathan abrió los ojos. Pero su mirada se
perdió en un pozo sin fondo.
El sedante que le había suministrado Maya, dejó de
hacerle efecto y sus quejidos de dolor se oyeron en un
principio como un murmullo para hacerse intensos segundos
después.
Halmir y Áquila, sorprendidos por el brusco despertar
del rey, guardaron un mutismo total en cuanto a la
conversación se refería. El inmortal no deseaba que su hijo
sufriera; sin perder ni un instante y bajo la atenta mirada de
Áquila, se dirigió al anexo del otro lado del aposento y llamó
a Maya. No hizo falta decir nada. El médico sabía muy bien
lo que tenía que hacer: volver a inyectarle el sedante. Sólo así
paliaban un poco la agonía del rey. Sin embargo, los efectos
positivos del narcótico duraban cada vez menos y Nathan
despertaba antes, envuelto en perlado sudor y dolores
lastimeros que afectaban mucho a su padre, porque se veía
impotente ante el sufrimiento de su hijo y también, porque
creía que no podía hacer nada por él, excepto vengarse, esto
último lo estaba destrozando.
No obstante, la llegada de Áquila con sus buenas nuevas
había despertado en el inmortal las ganas por emprender una
arriesgada misión.
Cuando Halmir llegó con Maya se encontraron a Áquila
sentado en la cama junto al rey, mostrándole una profunda
419
devoción al besarle la ardiente mano.
Esperaron en silencio.
Nathan había cerrado los ojos, pues le costaba un gran
esfuerzo mantenerlos abiertos y ya no le quedaban casi
energías para hablar. Solo conseguía farfullar palabras
sueltas sin sentido.
Pero reconoció a su fiel Áquila…
El guerrero sintió las miradas de Halmir y Maya
clavadas en su espalda como queriéndole decir, apártate que
tenemos que drogar al rey. Se volvió. Se iba a levantar,
cuando Nathan de improviso lo asió del brazo. Los dedos del
rey oprimieron con fuerza y Áquila, sorprendido,
comprendió que Nathan había dedicado todo su esfuerzo en
realizar ese gesto.
Halmir observó, esbozó una débil sonrisa, pero no dijo
nada. Le hizo una seña al médico y ambos abandonaron el
aposento. Esperaron tranquilos en el vestíbulo a que Áquila
saliera de la estancia, para entrar ellos.
Áquila
⎯¡Majestad! ⎯exclamé⎯. ¡Estás aquí, conmigo!
Me senté a su lado. Aún no me había soltado y la verdad, yo no
hice nada para liberarme.
Nathan se esforzaba en hablar. Me sentí muy mal al verle tan
desvalido. Él que era tan imponente, ahora apenas quedaba nada de
su arrogancia. Estaba destrozado. Lo vi en sus ojos, lo vi en su
cuerpo. No mentía.
Estoy seguro de que a Nathan no se le pasó nunca por la
cabeza que Male-Leel podía traicionarle como lo hizo. Eso debía
dolerle tanto como los dolores de su cuerpo mortificado por el
veneno.
Su mano seguía aferrada a mí, cuando sentí algo extraño en mi
mente. Su voz, sonaba en mi cerebro y supuse que el rey trataba de
comunicarse conmigo de la única manera que podía hacerlo:
telepáticamente. Pero eso, requería mucho esfuerzo por su parte,
420
aún así lo intentó y para mi asombro… Lo consiguió. Vaya, si lo
consiguió.
«Pare et Redi…»
No comprendí aquellas dos palabras. Él se dio cuenta de que no
entendí nada. Instantes después, volví a oír su voz en mi mente,
pero esta vez en mi idioma.
«Obedece y regresa… Estoy demasiado débil para acompañaros
a Esdras, no podría defenderme»
Nathan se detuvo. Su rostro se contrajo por el dolor y sentí
como la presión de sus dedos se aflojaba. Me soltó.
De pronto ocurrió algo. Algo que escapaba a mi comprensión.
Una presencia en el aposento que helaba el aire. Nathan no
solo lo sintió, sino que lo vio: el Ser espectral estaba en la estancia.
Me percaté porque los ojos del rey se abrieron como platos y
miraban al techo, casi desorbitados.
Se oyó un rugido siniestro y Nathan se encontró arrancado del
lecho y transportado por el aire. En ese momento, sentí pánico.
Grité pidiendo auxilio, pero la puerta del aposento se cerró con un
portazo. La extraña presencia que controlaba la levitación de
Nathan, bloqueó la cerradura.
Por unos segundos el ente, o lo que fuera, mantuvo a Nathan
suspendido en el aire. Yo vi como nunca había visto, otras
presencias a parte del ente. Grité angustiadamente, los vi… Eran
los hechiceros negros que bajo la presencia del ente, escoltaban su
estela.
Oí golpes en la puerta. Gritos que procedían de las gargantas
de Halmir y Maya y yo, mudo de espanto tuve que armarme de
valor y ayudar a Nathan. Seguía con los ojos abiertos, pero no podía
pronunciar palabra. Lo controlaban. El sabía, y yo sabía de qué ente
se trataba. Repentinamente, el rey se encontró boca abajo. Pendía
con la cabeza y los brazos colgando hacia el suelo, sin fuerzas. Yo leí
su mente, nunca antes había sido capaz de hacer algo así, supuse
que él tuvo algo que ver, porque comprendí inmediatamente que él
no podía soportar por más tiempo el sufrimiento y la humillación a
la que estaba siendo sometido; deseaba estar muerto. Nathan cerró
los ojos, le invadió la oscuridad.
421
Entonces, lo hice. Grité a los cuatro vientos el nombre del ente.
⎯¡Apofis! ⎯casi me dio un infarto⎯. ¡Suéltale!
Me precipité, porque el ente liberó a su presa de inmediato y
Nathan, aunque ya inconsciente, cayó golpeándose contra el suelo.
Di unos pasos rápidos hasta el rey, me agaché y comprobé su
pulso. Luego miré a mí alrededor… Ni rastro. Tal como
aparecieron, desaparecieron. Me pregunté, qué debió pensar Apofis,
cuando yo un simple mortal pronuncié su nombre a grito pelado.
Supongo que nada, no así, si hubiera sido Nathan quién lo
pronunciará. En ese caso, las cosas cambiaban abismalmente,
porque estoy completamente seguro de que Apofis controla la mente
de Nathan para evitar que él pronuncie su nombre. El problema,
ahora lo tengo yo, porque el ente puede pensar que puedo largar
demasiado mi vocabulario y soltar su maldito nombre como quién
no quiere la cosa, o ¿no?
De repente, oí un estruendo. Me di la vuelta. ¡Sorpresa!
Halmir había tirado la puerta abajo, tras él, Maya y cuatro escoltas
armados hasta los dientes.
Halmir corrió hacia mí.
⎯¿Qué ha ocurrido aquí?
Miró a su hijo, lo palpó; acarició su rostro, su ahora corta
melena. Levantamos su frágil cuerpo y con suavidad lo colocamos
de nuevo en la cama.
Yo miré a Halmir. Creo que mis ojos hablaban más de la
cuenta, porque él se apresuró en preguntar.
⎯¿Apofis?
⎯Sí ―respondí―. Elevó a Nathan hasta el techo como si
nada. Está claro, excelencia… Ese ente no piensa detenerse ante
nada, ni ante nadie.
⎯¡Eso ya lo veremos!
En ese momento fuimos interrumpidos por una bella dama que
apareció en el umbral, asustada por los ruidos y los gritos.
Era Kali.
Sus cabellos estaban recogidos por una diadema de perlas finas.
Llevaba los ojos sutilmente maquillados para ocultar las ojeras y la
mirada llorosa. Vestía una sedosa túnica verde esperanza, que le
422
llegaba hasta los tobillos, dejando ver sus finos pies, enfundados en
unas bonitas y sencillas sandalias trenzadas. En sus hombros, dos
broches sujetaban una hermosa capa granate que arrastraba al
caminar.
Creo que su presencia nos iluminó a todos. Solo una personita
muy enferma no pudo ver la magnificencia de aquella mujer, que
más que una dama parecía una diosa, con el cetro del poder en sus
manos lista para gobernar. Nathan estaba profundamente
enamorado de Kali y no era para menos. La hija de Ishtar era la
mujer más hermosa de Jhodam y posiblemente de Nuevo Mundo.
Con su típico caminar, lento y contorneando las caderas, se
acercó a nosotros. Ni yo, ni Halmir nos atrevimos a decirle lo que
había pasado. Vacilamos y se notó nuestra inseguridad, y más aún
cuando ella se arrodilló a los pies del lecho y vio la frente de Nathan
amoratada y con un soberano golpe.
Yo, tragué saliva; Halmir, se escurrió y desapareció del
aposento tan rápido que cuando nos quisimos dar cuenta, él ya no
estaba allí. Es más, cuando Kali estaba presente en el aposento de
Nathan, Halmir solía marcharse, sin más. Con el paso del tiempo, él
aprendió a mantener las distancias entre la pareja.
Ella se dirigió a mí.
⎯Has regresado muy pronto.
⎯Sí. Hice lo que tenía que hacer y regresé de inmediato.
Kali acariciaba la frente del rey, mientras me hablaba.
⎯¿Te gustó Alfeo?
La pregunta de Kali me dejó perplejo. No tenía idea de que ella
conociera al hechicero dragón.
⎯¿Acaso lo conoces?
Ella sonrió.
⎯Por supuesto, que lo conozco ⎯me dijo⎯. Él es mi
hermano. Su nombre de nacimiento es Shaiton y mi padre no sabe,
ni debe saberlo, que él está tan cerca.
La miré con cara de idiota.
⎯¿Tu hermano?
⎯Sí. Hace mucho tiempo, cuando asesinaron a la reina Selen
y Nathan, cayó en manos de mi padre para ser curado del estigma
423
de la Daga Negra, mi hermano decidió abandonarnos. Desde ese
día, mi padre perdió todo contacto con él, excepto yo y Nathan, por
supuesto. Gracias al rey, Alfeo tiene un sitió en la cúspide del
poder. Tal y como él siempre había deseado.
Lo reconozco. No tenía ni idea de que Ishtar tenía otro hijo. Me
quedé sorprendido. Mi mente volaba ante aquella información, a
todas luces valiosa.
Kali hizo un gesto para levantarse. Se enderezó. Yo la miraba,
totalmente atontado. Ella dio unos pasos hasta el ventanal, corrió
las cortinas y sin más, se desplomó en el suelo.
Grité su nombre, asustado.
⎯¡Kali!
Corrí hacia ella. Estaba más pálida que Nathan, y eso ya era
un decir.
Insistí de nuevo, si no despertaba estaba dispuesto a llamar a
su padre y sí este avisaba a Maya, podría descubrirse su embarazo.
Tenía que hacerla despertar. Me puse a ello con decisión.
Todo iba a salir bien, no tenía por qué preocuparme por nada.
De nada en absoluto. Bueno, esos eran mis pensamientos, que por
supuesto no saldrían como yo había planeado.
⎯Kali…
En ese instante oír unos gemidos. Miré hacia el lecho y vi a
Nathan que se estremecía a causa del sufrimiento, éste se había
hecho más intenso. Las manos le temblaban y su corazón bombeaba
muy rápido. Lo supe porque su respiración era endiabladamente
rápida.
Sin buscarlo me encontré entre la espada y el cáliz.
Kali se movió, estaba despertando y no quería que viera a
Nathan en el estado en que se encontraba en ese mismo momento,
hubiera sido peligroso para ella y temía que pudiera perder el niño
por llevarse una fuerte impresión. Así qué, me olvidé de Nathan y
me dediqué a ella. Kali se había desmayado, un síntoma muy propio
del embarazo. Yo me situé entre ella y la cama, aproveche el
momento en que Kali estaba desorientada y aturdida, pues Nathan
se quejaba y era casi imposible que ella no se enterase de lo que
estaba ocurriendo; aún así lo intente.
424
A Nathan le rondaba la muerte.
⎯Ahora mismo voy a llevarte a tu aposento.
⎯No; estoy bien.
Kali levantaba la cabeza para mirar por encima de mis hombros
y yo, seguía sus movimientos con mi cabeza, ocultándole totalmente
la cama.
Oyó gemidos.
Kali dio un respingo. Como yo obstaculizaba su mirada, a ella
no se le ocurrió otra cosa que darme un manotazo. Un bofetón que
me tumbó de lado. En serió, me dejó pasmado.
Se levantó del suelo, como si le hubieran golpeado con un
látigo y echó a caminar hacia la cama con dificultad, le flaqueaban
las piernas. No pude evitar que ella viera a la persona que más
quería en su vida al borde de sufrir un ataque de corazón. Pues para
mí, eso es lo que estaba sufriendo, pero claro yo no soy médico. Y al
parecer, no se trataba de eso, sino de convulsiones.
Kali, desesperada, llamó a Maya a gritos.
Un sollozo se abrió paso a través de los labios de Nathan y su
propio lastimero sonido lo sacó de la inconsciencia.
Halmir y Maya irrumpieron en el aposento, desbocados. Yo me
aparté y me mantuve lo más alejado posible, muy cerca del umbral.
Me di cuenta de que Kali me estaba observando. Yo desvié mi
mirada un instante, cuándo me volví hacia ella, Kali besaba la
frente de Nathan.
Era mejor así.
Cerré los ojos. La amaba. Desde el primer día que la vi me
enamoré de ella, pero jamás he intentado seducirla. Es la luna, el
cáliz sagrado de Nathan. Él me sentenciaría a muerte, si osase
arrebatársela. Mi amor por ella, era silencioso. Algo que llevaba
muy dentro de mí, en lo más profundo de mi corazón.
En esos instantes, que ella besaba al rey, sentí morir. Lo peor
de todo, es que ella se dio cuenta de mi turbación. Kali sabía que mi
amor por ella, rozaba lo imposible y era ahí, dónde tenía que
quedarse.
La amaría siempre. Mi corazón le pertenecería por siempre
jamás. De repente, los quejidos de Nathan me sacaron de mi
425
ensimismamiento.
Maya, como buen médico, se dedicaba por entero al rey. Entre
él y Halmir, lo incorporaron, colocándole un par de almohadones
tras la espalda, con eso consiguieron controlar su agitada
respiración. Le inyectaron algo en una vena del brazo, supuse que
sería algún sedante. Instantes después, él abrió los ojos y clavó su
mirada casi muerta en mí. Tuve el presentimiento de que deseaba
hablar conmigo en privado, pero no podía ser. Yo tenía que partir,
cumplir con mi deber y eso, él lo sabía.
No tuve la oportunidad de seguir hablando con Kali de su
hermano, ni siquiera pude decirle a Nathan que me había reunido
con sus dragones en la oscuridad de la noche. Nada de eso pude
decirle. Sabía que en el momento que yo cruzase el umbral del
aposento, no volvería a ver al rey en mucho tiempo. Que era muy
posible que a mi regreso el ya estuviera muerto y quizá, yo también
le acompañaría.
La guerra estaba ahí, esperándome.
Sin decir nada, abandoné el aposento. Fui en busca de Jadlay,
para llevármelo a Esdras y cumplir la voluntad de Nathan. En mi
mente, la llama de la esperanza comenzó a arder con fuerza.
Áquila y Jadlay partieron rumbo a Esdras al atardecer.
No llevaban consigo escoltas, pues tenían pensado
reunirse con las tropas asentadas en los Bosques Tenebrosos
para avanzar juntos a la ciudad amurallada.
Cuando abandonaron Jhodam lo hicieron en completo
silencio. Ni una mirada, nada. Ambos tenían sus mentes
puestas en el rey y sus corazones en las mujeres que amaban;
Jadlay, en Aby; Áquila, en su amor imposible, Kali. Sin
embargo, por encima de sus sentimientos amorosos, les
preocupaba el destino de Nathan. Sus mentes mortales no
alcanzaban a vislumbrar más que la muerte.
Antes de llegar a las vastas llanuras, pararon y mientras
sus caballos pastaban tranquilos, ellos decidieron tomaron
alimento. Pan de centeno, huevos de ganso cocidos y cebollas
426
fritas; en el odre, aguardaba un buen vino para calentar el
cuerpo. Tenían un largo camino que recorrer por delante y
no podían flaquear las fuerzas.
Una hora después, emprendieron el galope con energías
renovadas y con la mente más despejada.
Las llanuras se abrieron ante ellos. Cabalgaron veloces,
hasta que llegaron a los inicios del bosque, allí redujeron la
marcha y poco a poco se fundieron entre la espesura hasta
que sus sombras desaparecieron.
Tras ellos, la niebla.
Al llegar la noche, un rugido extraño surgió desde las
profundidades del Bosque del Manantial. La oscuridad tenía
un matiz siniestro. Un retumbe letal, un zumbido, una
vibración del aire que encogió los árboles y todo a su paso. El
suelo tembló ligeramente. Un oscuro acecho con tintes
sangrientos. Las aves nocturnas, espantadas volaron en
bandada, presintiendo la presencia de los Dragones Negros,
muy cerca. Demasiado cerca.
Un cuerno de invocación de la propia noche.
Un estallido en medio del bosque que provocó la
obertura de una gran grieta en un montecillo de tierra y de
su interior, surgieron unas sombras altas y lúgubres,
montadas en otras sombras, pero éstas de cuatro patas.
Los temibles Dragones Negros espolearon sus caballos y
emprendieron el galope sobre el túmulo que ocultaba la
cripta de los dragones, dejando a sus espaldas una lluvia de
tierra.
La muerte avanzaba hacia la ciudad de Jhodam
convertida en una sombra envenenada. Un rugido espantoso
con un único propósito, dar muerte a los que han causado el
envenenamiento del Dragón Real.
El rugido de furia inhumano irrumpió en la ciudad.
Seis corceles cabalgaban por las calles, helando el aire a
su paso y petrificando la vida a su alrededor. Husmeando el
427
olor de la sangre. Eran avispados y estaban muy bien
entrenados.
Cuando aparecieron frente a la Taberna Alhgud, situada
en la plaza del mismo nombre, detenidos, con sus negros
corceles piafando y pataleando, impacientes, algunos
residentes que aún vagaban por las frías calles, sorprendidos
y confusos se cobijaron en el interior de la caldeada taberna,
que como otros recintos similares, era grande y poco
iluminada, con suelos de mármol y techos altos, donde
algunos clientes ya los observaban atónitos a través de las
ventanas llenas de escarcha. Otros, más rezagados y que
tuvieron la oportunidad de darse un encontronazo con ellos
en la propia plaza, huyeron despavoridos a sus casas. La
muerte buscaba a su presa. Eran conscientes de lo que iba a
ocurrir. Unos y otros se miraban. Buscaban un culpable,
alguien con un crimen a sus espaldas tan espantoso que
había conseguido desatar la ira de los dragones.
En el recinto cervecero, envueltos en fragancias de
especias y tabaco, los clientes se preguntaban que hacían los
jinetes de la muerte, allí frente a ellos.
De repente, dos dragones negros desmontaron, los otros
cuatro permanecieron a la espera.
En el interior de la taberna, reinaba la confusión y luego
el miedo al comprobar los clientes que dos siniestros
encapuchados miraban desde su posición la tasca, tal y como
llamaban los residentes a ese lugar, lleno de holgazanes y
que apestaba a humo de tabaco.
⎯¿Crees que entraran en la taberna? ⎯preguntó uno a
otro.
⎯¡Buscan a alguien que ha cometido un crimen contra la
realeza! ⎯ladró uno que estaba sentado en un taburete
mientras sacaba brillo a su afilado puñal, en una esquina, al
fondo de la estancia⎯. Tened por seguro que entrarán.
⎯Seguro que buscan a quién envenenó al rey.
Una voz entre el gentío, preguntó:
⎯El rey… ¿ha muerto?
428
⎯Creo que no ⎯respondió una camarera que se había
acercado a la mesa para entregarle el vino que había
pedido⎯. Nadie comenta nada. Todo ese asunto está bajo
secreto real. Sin embargo, de camino al trabajo he podido
observar que las banderas del palacio ondeaban en los
mástiles a media asta. Es muy sospechoso.
⎯Sí, lo es.
El tabernero, muy preocupado por la posibilidad de una
mala reacción de los dragones y consciente de que podrían
irrumpir en su casa y armar un gran revuelo, optó por
dirigirse a sus clientes a grito pelado.
⎯¡Si la persona que buscan está aquí será mejor que se
entregue, sino pagaremos todos nosotros!
Una vez dichas esas palabras, se escudriñaron unos a
otros con miradas inquisidoras. Nadie, en aquella taberna,
parecía ser un asesino; nadie parecía sospechoso, excepto una
joven que, enfundada bajo una gruesa capa gris caminaba de
un lado a otro, mordiéndose las uñas, nerviosa.
Male-Leel lo sabía. La buscaban a ella. Sin duda, estaba
perdida. De la noche a la mañana la esclava de Festo se
encontró sola, traicionada, por aquellos que la iniciaron para
cometer el cruel delito que ahora los dragones le imputan.
De repente una voz ronca tronó en la estancia.
⎯¡Eh, muchacha! ¿No tendrás nada que ver con la ira de
los dragones, verdad?
Male-Leel sintió como todas las miradas se clavaban en
su espalda. Se volvió. Su rostro atemorizado se tornó lívido
cuando vio a través de la ventana a dos jinetes que
caminaban hacia la taberna.
El resplandor dorado de la insignia dinástica que
portaban los jinetes en la túnica titilaba en el frío aire
nocturno.
Mientras algunos se acercaban a la joven para evitar que
escapara, los que estaban cuchicheando junto a las ventanas,
retrocedieron espantados.
Un instante. Male-Leel sólo tenía eso, un instante antes
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de que los dos temibles jinetes irrumpieran en la taberna
dispuestos a ejecutar la sentencia de muerte.
No habló, sino que buscó con la mirada una vía de
escape.
La cocina. No se lo pensó dos veces y con gran habilidad
se escurrió entre los fornidos hombres que a punto
estuvieron de abalanzarse sobre ella.
La puerta de la taberna se abrió de golpe.
Un aire gélido y siniestro entró como una tromba y
extinguió el hermoso fuego que ardía en el hogar.
El suelo de mármol se escarchaba al paso de los dos
dragones. Las fuertes pisadas de sus botas hicieron crujir el
suelo ligeramente helado.
Se oyeron murmullos y algún que otro gritito sofocado.
Male-Leel penetró en la cocina y dio un paso al frente,
hacia la puerta interior que daba directamente al callejón de
las basuras. Su salvación. En su avance hacia la puerta,
extendió sus manos a ambos lados y comenzó a tirar al suelo
todo cuanto había sobre las mesas de madera, cacerolas,
vasos, platos, cestillos de mimbre cargados de patatas…
Todo fue al suelo en un intento desesperado por obstaculizar
la senda de sus perseguidores.
Ante ella, la salida.
Al tratar de salir, alguien desde el exterior propulsó la
puerta con fuerza hacia el interior, arrojando a la joven al
suelo. El hombre no tenía ni idea de lo que estaba pasando en
la taberna. Miró a los cocineros, éstos se encogieron de
hombros. Media atontada por el impacto contra la puerta,
Male-Leel trataba de ponerse en pie cuando vio que los dos
jinetes negros corrían hacia ella, incansables. Como golpeada
por un látigo, se enderezó, cruzó la puerta y salió al callejón.
Miró a su alrededor sólo una fracción de segundo. El
oscuro callejón aparentaba estar desierto.
Nadie a la vista. Y huyó, mezclándose entre las sombras,
vapores y el humo blanco y caliente que generaba el gran
horno de carbones incandescentes de la forja subterránea que
430
a través de los conductos interiores emergía hacia el exterior.
La Forja de Ocozías era considerada la armería más
importante de Jhodam y ocupaba todo el cuadrangular.
Male-Leel corrió deprisa, sabía que no tenía escapatoria,
sólo le quedaba luchar a muerte con un terrible adversario,
un combate por la vida que sabía, no podría ganar.
Oyó a cierta distancia el retumbe de unos cascos. El resto
de los dragones inspeccionaban los alrededores a lomos de
sus monturas. Los caballos con trote elegante, piafaban
sacudiendo el suelo y calentando el frío aire. Los jinetes
tiraban de las riendas conduciendo a sus corceles por los
oscuros callejones, de uno y otro lado del cuadrante.
Male-Leel se fundió en las sombras, aprovechando los
recodos y los portales para ir avanzando hasta su casa. Los
dos dragones que irrumpieron en la taberna no cejaban en su
empeño por atraparla. La joven, sugestionada, creyó percibir
el siniestro aliento de la muerte tras su nuca y en sus oídos;
una bocanada de aliento helado, un rugido infernal que la
perseguía incansablemente.
Los callejones oscuros…
Los bandazos de su capa gris al rozar, mientras corría,
las paredes de las casas. Agazapándose en las zonas
descubiertas.
Male-Leel estaba sin aliento.
Para escapar de los Jinetes de la Muerte había corrido sin
detenerse, por las callejuelas que rodeaban la zona
residencial donde vivía, tratando de despistarlos. Estaba
exhausta.
Llegó al portal. Dio un puntapié a la puerta y subió los
peldaños de la escalera de tres en tres, jadeando.
Entró en su casa.
Sus ojos, desorbitados, miraban a todas partes.
Desesperada, buscó a su perro Diky y a su gata Duna,
éstos no daban señales de vida; simplemente, porque no
431
estaban en la casa.
De pronto sintió una extraña sensación. Dio la vuelta.
⎯¡Oh, nooo!
La puerta estaba abierta, con las prisas y el nerviosismo,
se le olvidó de cerrarla.
Por un segundo, Male-Leel se quedó paralizada;
instantes después, corrió de nuevo hacia la puerta, pero antes
de llegar, se detuvo en seco. Su casa se había convertido en
una madriguera y ella había penetrado directamente en la
boca del lobo. Justo en ese momento, una ráfaga de viento
surgida de la misma nada cerró la puerta de golpe. Male-Leel
forcejeó con el pomo, tratando desesperadamente de huir o
se encontraría cara a cara con la muerte. Lo sabía, después de
todo, tenía que pagar su delito. Tiró del pomo con fuerza,
pero no consiguió abrir la puerta.
Por un momento fugaz, Male-Leel creyó haberlos
despistado. Pero, no; los dragones, la habían encontrado.
Recordó… Le había parecido ver la ventana abierta.
⎯Ahogó un grito.
Sofocada por el pánico, se dio media vuelta. Alfeo y
Asmodeo, vengativos, estaban frente a ella, amenazantes, con
atuendos negros como el azabache y la insignia dinástica de
Nathan brillando en sus pechos. A Male-Leel le temblaron las
piernas. Miró a su alrededor, quería huir. La muerte la
acechaba desde hacía una hora y no iba a liberarla hasta
conseguir su propósito.
Male-Leel comprendió que no tenía alternativas. Estaba
sentenciada. Miró a los dos verdugos con los ojos abiertos de
par en par. Los oyó decir algo…
«In nomine dei nostri Nathan»
Alfeo dio unos pasos hasta ella. Empuñaba una daga en
su mano derecha. Asmodeo tras él, esperó la acción de su
líder.
Male-Leel apenas respiraba. No se atrevía a moverse. La
afilada hoja de Alfeo osciló frente a su rostro. Ella sintió el
sabor de la bilis en la garganta, un instante antes de que la
432
sangre salpicara su rostro y su cabeza cayera rodando por el
suelo.
Alfeo miró el cadáver de la joven, impasible. Con sangre fría,
limpió los restos de sangre, que manchaban la afilada hoja,
con la capa de la joven y la enfundó de nuevo en el cinto;
luego, se recolocó la capa y se volvió hacia el dragón
Asmodeo, lo miró con sus ojos inmortales, asesinos y justos a
la vez. Una sonrisa perversa dibujaba sus labios.
⎯Se lo merecía.
⎯Sí.
⎯Vámonos. Aquí hemos acabado.
Abandonaron en silencio la casa. Los corceles les
esperaban junto al portal. De entre las sombras surgieron los
otros cuatro jinetes. El callejón antes desierto ahora estaba
ocupado por algunos curiosos que habían seguido la estela
de los dragones en un intento de saber lo que estaba
ocurriendo realmente.
⎯Todo ha salido según lo planeado ⎯dijo Alfeo,
mirando al resto de los dragones.
Asmodeo puso un pie en el estribo y saltó sobre la
montura. Alfeo esperó unos segundos, mirando, atónito, la
muchedumbre que se había congregado en el callejón.
⎯Estas gentes están ávidas de sensaciones fuertes.
⎯¿Tú, crees? ⎯preguntó Ben Hadad.
El líder de los dragones asintió.
⎯¿Vamos a por los hechiceros?
Alfeo, que como inmortal no se le escapaba nada, sabía
que los siervos de Apofis habrían presentido sus presencias
mucho antes de que ellos llegaran a la ciudad de Jhodam y
les estarían aguardando con su providencial y oscura
paciencia. Tenían que andarse con cuidado. Los hechiceros
estaban dotados de gran poder y como siervos del mal
personificado podían usarlo a su antojo contra ellos y contra
quién se les cruzara en el camino.
433
⎯Seremos prudentes ⎯dijo, mostrando una seguridad
aplastante ⎯. Inspeccionaremos los suburbios subterráneos
del lado norte de la ciudad.
Galión miró a su líder, sorprendido.
⎯¿El lado norte? ¿No sería mejor ir directamente al sur?
Alfeo cabeceó.
⎯No. El sur es poco profundo. La clandestinidad sólo se
consigue en las profundidades de las catacumbas del norte.
Además, estarán protegidos por una estrella de cinco puntas.
El pentagrama lo tendrán orientado hacia ese lado, no hacia
el sur.
Se hizo un silencio entre ellos, sólo roto por el murmullo
de las gentes que, manteniendo una distancia más que
prudente, trataban de adivinar de qué estaban hablando.
«Los hechiceros negros no cambian. Siguen siendo muy
góticos», pensó Alfeo, mientras montaba.
Se alejaron del lugar deprisa, cabalgando hacia el lado
más alejado de la ciudad.
Los hechiceros negros era muy astutos y sólo serían
encontrados si ellos así lo decidían. Últimamente seguían la
estela de Apofis, pero tres de ellos se vieron obligados a
seguir ocultos en su cueva clandestina. Su oráculo ya les
había informado de la presencia en la ciudad de los dragones
y esperaban que hicieran acto de presencia en las catacumbas
en poco tiempo. Estaban preparados para recibirles. Ellos
sabían que sólo uno era inmortal, el resto eran altos
hechiceros que servían al rey de Jhodam, exclusivamente.
Hombres jóvenes sin remordimientos que dominaban las
artes mágicas con mayor o menor habilidad.
Esa noche había mucha actividad en el cielo de Jhodam.
Estrellas fugaces surcaban el cielo negro, veloces. Entidades
que formaban parte de los ancestrales y mágicos Seres, se
habían desperdigado, de forma espontánea, en todas
direcciones.
Un presagio.
Alfeo mientras cabalgaba, miró al cielo un solo instante.
434
Su poderosa mente inmortal captaba, como nunca lo había
hecho antes, la incipiente aparición de entes astrales de todo
tipo.
«Algo malo está a punto de ocurrir, algo relacionado con
Nathan», pensó.
Era como si todas aquellas presencias hubieran sido
convocadas con alguna intención o para alguna tarea en
particular. Eso le hizo pensar en su hermana y en lo mal que
lo debería estar pasando. Cerró los ojos un segundo y tiró
fuerte de las riendas, desahogando una furia interior que le
estaba abrasando como un clavo ardiendo. El corcel relinchó,
irritado. Alfeo no prestó atención a las quejas del animal. Los
demás dragones se dieron cuenta de su turbación, pero
permanecieron en silencio. Pues a su líder, no sólo le
preocupaba su hermana, sino también su padre, Ishtar, al
que no veía desde que Nathan se propuso vengarse de Odin,
hace cuarenta y un años.
Alfeo recuerda con nostalgia aquellos tiempos en la
Fortaleza. Cuando él, su padre y unos cuantos siervos, de los
que ya no recuerda sus nombres, levantaron el templo y la
residencia que habían quedado parcialmente destruidos con
el advenimiento y cumplimiento de la Profecía y los
Septĭmus volvieron a residir en el Monte de Ánimas.
Recuerda la negación de su padre, ante su ansiada
marcha. No deseaba estar encerrado entre cuatro paredes,
quería ver mundo y vivir independiente. Recuerdas sus
palabras y sus advertencias. Recuerda la negación de Nathan
a sus peticiones y ahora, con mucho camino recorrido a sus
espaldas, entiende por qué el rey de Jhodam actuó como lo
hizo. Nathan le tenía reservado un puesto de elite en su
mundo oscuro, pero antes tenía que formarse, crecer
espiritualmente; formar una mente inquebrantable que
pudiera enfrentarse a cualquier obstáculo. En pocas palabras,
tenía que convertirse en un hechicero al servicio del Poder
Blanco. A él, se unieron otros doce ambiciosos jóvenes, que
luego formaron una poderosa secta de hechiceros. Algún
435
tiempo después, siete de ellos decidieron cambiar de bando y
se aliaron con el Poder Negro. Esta ruptura motivó una
alianza entre los seis que quedaban, y Nathan. Nacieron así,
los Dragones Negros.
Proteger a Nathan, con tantos enemigos al acecho, era
una tarea muy peligrosa y Alfeo lo asumió sin problemas.
Cuando Nathan se convirtió en el último dios, el hijo de
Ishtar vio cumplido su sueño. A partir de ese momento,
Nathan dio por finalizada la instrucción de su pupilo y le dio
plenos poderes para actuar en su nombre. Pues sólo Alfeo
podía quitar la vida en nombre del rey de Jhodam sin ser
ajusticiado por éste último. Sin embargo, el lado más
vengativo de los dragones quedaba siempre sujeto a la
convocación de un Iniciado que tenía como misión,
sentenciar cualquier acción contra el rey.
Después de una hora cabalgando, los Dragones Negros
penetraron en un pequeño bosque de hayas y nogales. El aire
estaba en calma y el silencio fue perturbado por el ruido de
los cascos al pisar el manto de hojas que cubría la tierra. El
corcel de Alfeo entrenado como el mejor de los magos, echó
las orejas atrás y piafó con recelo. El animal husmeaba
extrañas presencias en los alrededores. Alfeo, atento al
lenguaje corporal de su caballo, se tensó sobre la montura y
pensó en la premisa de Nathan y en sus consecuencias.
«Control sobre la oscuridad y sus criaturas, control sobre los
hechiceros y su magia»
Llegaron a los desfiladeros.
Avanzaban por un camino de piedra cuando divisaron
en lo alto de un montículo a una extraña figura que estaba
suspendida en el aire, más grande que cualquier otra que
hubieran visto antes. Se alzaba por encima del desfiladero en
una esponjosa nube negra que se confundía en la oscuridad,
con el rostro afilado y siniestro, parecía que iba a
desprenderse de la roca en cualquier momento.
436
La extraña figura estaba vestida con ropas rituales y
portaba en su mano derecha una vara de intensa luz roja. Su
rostro no era totalmente distinguible, pero si pudieron
apreciar ciertos colores pálidos y etéreos que la envolvían a
modo de aura. ¿Era un extraño dios, un ente emparentado
con los Seres o una representación corpórea de Apofis? Alfeo
no pudo adivinar de quién se trataba, pero sea quien sea, ese
ente tenía mucho poder, pues lo irradiaba formando
destellos a su alrededor. Parecía proteger algo, una cueva o
algo parecido.
Los dragones se miraron entre ellos, perplejos. Una
ilusión óptica… o de sus mentes. La figura seguía
resplandeciendo bajo la luz irisada de su propio campo
energético.
La estupefacción cercana al terror marcaba la expresión
de sus rostros. Si aquél extraño ser era Apofis nada podrían
hacer contra los hechiceros, pues su poder era tan grande que
nadie osaría a enfrentarse a él, sólo una persona podía
hacerlo y estaba fuera de combate.
Entre toda aquella luz, Alfeo pudo distinguir, lo que
desde abajo parecía una fisura estrecha en la roca, una
abertura que era… al parecer, la entrada a una cueva.
Los dragones desmontaban, cuando una voz femenina
tronó en el frondoso bosque y despertó un eco, conmoviendo
la oscuridad.
«¿Si os enseño el camino podréis mantener los pies en el
suelo?»
Petrificados. Así es como se quedaron los dragones por
unos instantes; incapaces de dar crédito ni a sus ojos, ni a sus
oídos.
La extraña entidad les hizo un ademán, invitándoles a
penetrar en el interior de la cueva. Alfeo no las tenía todas
consigo. Su agudo sexto sentido se había activado y parecía
estar en nivel cinco, máxima alerta. Asmodeo le iba a pasar
por delante, cuando él lo agarró de un brazo.
⎯Espera ⎯le dijo⎯. Puede ser una trampa.
437
Galión ante el gesto de Alfeo se detuvo, lo mismo que el
resto.
La voz femenina, tronó de nuevo.
«¿Acaso tenéis miedo?»
Alfeo dio un enérgico paso al frente, fulminando a la
extraña figura con la mirada.
⎯¡Preséntate! ¿Quién eres?
«Soy Saphira y represento a los Seres y dryadis»
⎯Vaya coincidencia. ¿Has visto, Saphir…? Si se llama
igual que tú, pero claro es una fémina.
El dragón no respondió, guardó silencio.
Saphira emperifollada en luz se mostró visiblemente
irritada ante el inoportuno comentario de Alfeo.
«La línea que separa la coincidencia del destino es muy
delgada»
Alfeo ante el significado de aquellas palabras, frunció el
entrecejo.
Asmodeo miró a Alfeo, extrañado por su
comportamiento.
⎯¿Estás de guasa? ⎯le preguntó, pensando que su líder
iba de bromas.
El dragón inmortal no respondió a su amigo, pero se
dirigió ferozmente a Saphira.
⎯Dime, si realmente eres una de los Seres… ¿qué haces
aquí custodiando la guarida de los hechiceros?
«No custodio la guarida como tú la llamas, os guío para que
encontréis la entrada. Estoy de vuestra parte»
⎯Y yo, como un tonto debería creerte, ¿no?
«Ven, acércate. Te demostraré que estás equivocado»
Alfeo dio unos pasos hasta el montículo y se detuvo
frente a ella.
«Toma mi mano»
Obedeció.
Una fuerza cósmica le obligó a cerrar los ojos. Y entonces
lo vio.
Una visión.
438
«El aire era frío y cristalino. Rocas talladas. Figuras de Seres
dispersas por las paredes en bajorrelieve. Imágenes mágicas,
misteriosas y muy complejas. Un pasadizo y antorchas encendidas
colgadas en ménsulas en la propia pared de roca. Un pentagrama;
en su lado norte, una espada; en el lado sur, un cáliz. Imágenes que
le envolvían y lo arrastraban a otro mundo, mágico y arcano.
Suspendido entre el cielo y la tierra, suspendido en el espacio. Un
sonido… siseante, como un cascabeleo, el Basilisco.»
Cuando la visión hubo acabado, Alfeo se quedó sin
palabras. La magia de Saphira le había conducido hasta el
Panthĕon Sacrātus y sólo los Seres y Nathan tenían poder
para traspasar los muros mágicos que lo protegían.
«¿Crees qué un hechicero negro puede mostrarte esta visión?»
Alfeo, cabizbajo, farfulló algo.
«Dilo en voz alta para que tus compañeros te oigan. Ellos
merecen tu respuesta.»
⎯No.
Esa forma de humillación caló hondo en el corazón de
Alfeo y le bajó los humos de golpe. Para él aquel castigo fue
peor que si le hubiera humillado Nathan en persona, pues
para eso estaba preparado, pero una mujer… le pilló
desprevenido.
Saphira dio por zanjado el asunto y lo desterró por
completo. Alfeo notó sus ojos brillantes, no había llorado
desde que dejó la infancia y las lágrimas que amenazaban
con salir a la superficie, lo avergonzaron tanto que se vio
obligado a retroceder y alejarse unos metros de sus
compañeros. No deseaba que lo vieran a punto de llorar.
La voz de Saphira retumbó exclusivamente en su mente:
«Es hora de recordarte quién eres, Shaiton. Elimina el rencor
de tu corazón y reconcíliate con tu padre. Esa es tu deuda por haber
sido testigo del Panthĕon Sacrātus. Si no la pagas, nunca vivirás en
paz contigo mismo.»
Alfeo se volvió bruscamente hacia ella, pero no se acercó.
En la distancia, asintió, aceptando una silenciosa alianza
entre la dryadis y él.
439
Saphira sonrío un instante antes de dirigirse a los
dragones.
«Descender a través de la grieta y seguir la senda. La cámara
de los hechiceros está más allá de la novena cripta. Tened cuidado,
os están esperando»
Pronunciadas estas palabras, Saphira se desintegró en el
aire. La oscuridad volvió al bosque. Ante los dragones, la
grieta que conducía a la cámara acorazada de los hechiceros.
Unos minutos después, los dragones estaban descendiendo
una especie de cornisa empinada. Sentían que retrocedían en
el tiempo. Abajo, la oscuridad inundaba el pasadizo. No
habían antorchas colgadas en las heladas paredes de roca,
que les permitieran iluminar el camino; en su lugar, sólo la
luz de sus mentes que, con gran derroche de poder psíquico,
conseguían iluminar la senda.
Avanzaron en silencio.
Alfeo captó el hermetismo de aquel lugar, y el por qué
había permanecido oculto durante tanto tiempo a los ojos y a
la mente de Nathan. Aquella cueva estaba impregnada de
Poder Negro, el aire que se respiraba allí dentro, era
asfixiante. Los dragones no tardaron mucho tiempo en
descubrir que estaban avanzando a través del interior de un
inmenso pentagrama invertido, porque lo sentían en sus
cuerpos. La energía oscura que emanaba del propio suelo les
restaba energía, lo sintieron como un profundo
estremecimiento que sacudió sus cuerpos. No tenían dudas,
la magia negra de la estrella de cinco puntas anulaba sus
poderes blancos, que a través de invocaciones conseguían
canalizar en sí mismos. Eran conscientes de que para acabar
con los hechiceros negros en sus propios dominios tendrían
que emplearse a fondo, o ellos disfrutarían del espectáculo
de ver morir a los poderosos e imbatibles Dragones Negros.
Si entre ellos había alguien que no le temía a la muerte,
ese era Alfeo. Su inmortalidad le protegía como un escudo
440
impenetrable.
Caminaban en silencio y con las espadas desenvainadas,
en alerta. Alfeo estaba absorto en sus propios pensamientos.
Después de la degradación sufrida por la dryadis, no parecía
tener muchas ganas de charlar. Sí, una Ser alada, pero en
definitiva… una mujer. No es que el hijo de Ishtar fuera un
machista, pero sólo con pensar que había caído tan bajo ante
una dama, le carcomía el alma.
El pasadizo serpenteaba y al girar, Alfeo y sus
compañeros vieron como un resplandor azul iba hacía ellos.
⎯¡Cuidado! ¡Esferas espías! ⎯gritó, de repente,
Asmodeo, anticipándose a su líder, que sólo pudo abrir la
boca para cerrarla inmediatamente después.
Los dragones se agazaparon, sorteando los centinelas
volantes, aquí y allá. Las esferas sobrevolaron sus cabezas,
captando la presencia de los hechiceros blancos.
Se alejaron.
⎯¿Y bien? ⎯preguntó Galión con sequedad⎯. ¿Qué se
supone que tenemos que hacer ante este inconveniente?
⎯El pentáculo anula nuestro poder y las esferas espías
nos han localizado ⎯Alfeo agachado en el suelo, hizo una
pregunta de examen a sus compañeros⎯. ¿Cuánto tiempo
creéis que tardarán en aparecer los demonios?
En ese momento de vacilación ante lo que tenían que
hacer, distintas emociones se agolpaban en cada uno de ellos.
El nerviosismo, la agitación y un ligero temor se reflejaban en
sus rostros con una desagradable expresión.
⎯Tienes razón Alfeo, estos malditos demonios son muy
góticos. ¡Mira que usar esferas de vigilancia! ⎯dijo Ben
Hadad.
Galión se echó a reír.
⎯Eso demuestra que son más inteligentes que nosotros.
Alfeo estaba que trinaba. Su silencio era preocupante.
Tenían que cambiar el modo de proceder y eso le sacaba de
quicio. Él era inmortal y su vida no peligraba, pero las de sus
compañeros, sí.
441
Se irguieron y echaron a correr hacia las cámaras. No
tenían ningún plan que les sirviera para enfrentarse a los
demonios, pues no había tiempo para ello. Estaban obligados
a improvisar.
Las esferas aparecieron de nuevo y esta vez lanzaban
descargas eléctricas por doquier.
⎯¡Atrás! ⎯el grito de Alfeo retumbó en la cueva.
Retrocedieron.
Pasaron muy cerca de ellos, tan cerca que Asmodeo
sintió el calor abrasante de las descargas mágicas en su piel.
Dio un respingo del susto.
Alfeo y Saphir alzaron sus espadas dispuestos a lanzar
las esferas al abismo del cual habían salido. Esperaron,
mientras sus compañeros se agazaparon en un intento de
evitar una descarga sobre ellos. Al rato las esferas
retrocedieron y veloces se precipitaron sobre ellos.
⎯¡Ahora! ⎯gritó Alfeo.
Las espadas del líder y de Saphir chocaron contra las dos
esferas, que en ese momento cruzaban la línea invisible que
habían marcado los dragones.
⎯¡Crash! ¡Crash!
Chasquearon sonoramente y al perder el control, las
esferas lanzaron sendas descargas aleatorias, éstas de menor
intensidad, se estrellaron en el techo rocoso, estallando con
gran resplandor. El punto de impacto en la roca se
resquebrajó y una lluvia de piedras cayó sobre ellos.
Después de las descargas, las esferas giraron sobre sí
mismas, humearon. El inesperado encontronazo con las
espadas no consiguió derribarlas, aunque sí logró
desequilibrar su eje interior. Después del impacto, volaban
como borrachas hacia el fondo del pasadizo.
⎯¡Jajá jajá! ⎯rió Necó⎯. ¡Dos ojos menos!
⎯Vamos… ⎯ordenó Alfeo.
Los dragones las siguieron, confiados en traspasar una o
dos cámaras que les permitieran acercarse cada vez más a la
guarida endemoniada.
442
A medida que se acercaban a la última de las cámaras,
Alfeo sintió que alguien les estaba mirando y agudizó la
vista. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y el de sus
compañeros, al percatarse de la presencia de una extraña
criatura, allá en el fondo del pasadizo. Una iluminación
tenue, casi mortecina, acompañaba a la terrible criatura e
iluminaba las profundidades dejándose vislumbrar un arco y
tras él, la cámara de los hechiceros.
No iba a dejarles pasar tan fácilmente.
Los dragones se detuvieron en seco. Se miraron entre
ellos.
Una cazadora. Una arpía.
Alfeo y Asmodeo que encabezaban el grupo, alzaron sus
espadas. El inmortal murmuró un conjuro para tratar de
proteger las vidas de sus compañeros mortales.
Los ojos amarillos de la arpía, una endemoniada criatura
invocada por los hechiceros negros para enfrentarse a los
dragones y a su magia, los escudriñaron con la única
intención de despedazarlos uno a uno. Sus ojos centellearon
furiosamente y sin más preámbulos se abalanzó sobre ellos.
Rugió. Su rostro femenino se afiló.
Los dragones retrocedieron con espadas en mano.
Aquella cosa era terrorífica. Los hechiceros negros la usaban
de escudo protector para proteger la entrada a la cripta de
sus dominios, sí la criatura fallaba en su misión, los
hechiceros quedarían desprotegidos y Alfeo, Asmodeo y los
demás podrían penetrar en la cámara sin problemas. En el
interior, igualarían sus poderes.
⎯Esa criatura es peligrosa ⎯afirmó Alfeo⎯. Una arpía,
entrenada para destruirnos y no abandonará la caza nunca,
y… ⎯vaciló un instante, al ver como la cosa estaba cada vez
más cerca de ellos⎯, de algún modo tenemos que detenerla.
La arpía se les echó encima. Rugió como una bestia y sus
garras alcanzaron a Necó, éste se retorció en sus fauces.
Alfeo, en un intento desesperado por salvar a su mortal
compañero, se enfrentó sin dudarlo, a la criatura, ésta le dio
443
un zarpazo y lo lanzó por los aires. El inmortal cayó al suelo,
aturdido. Se levantó, mareado, con la cabeza dándole
vueltas. Asmodeo acudió en su ayuda y ambos
contraatacaron con sus espadas conjuradas en un segundo.
Hundieron las armas en la carne de la criatura voladora, pero
no consiguieron derribarla. Aquél ser tenía más vidas que un
gato.
La criatura, se volvió hacia ellos bruscamente. Sus ojos
amarillos, echaban chispas. Soltó a su presa. Necó, una vez
liberado, reptó por el suelo tratando de alejarse del punto de
mira de la bestia con alas. Nervioso, se palpó todo el cuerpo,
buscando heridas… sólo una, en el pecho, de poca
importancia.
⎯¡Uf! ¡Estoy vivo!
⎯Sí, estas vivo. Toma… ⎯Galión le lanzó una espada⎯,
cógela.
La arpía aleteó y su sombra parecía que iba a alcanzarles,
cuando ellos se escurrieron hábilmente, por los bajos. Alfeo
se situó tras ella. La criatura no tuvo tiempo de reaccionar. Se
volvió. La hoja afilada de la espada de Alfeo penetró en su
cuerpo hasta la empuñadura. Asmodeo, aprovechando que
la arpía se tambaleaba de un lado a otro, golpeando su
cuerpo contra las paredes, asestó decidido su espada en el
costado de la criatura.
Un líquido verde viscoso brotó de las dos heridas
mortales. Alfeo, víctima de una incontenible ira, empujó más
adentro.
⎯¡Muere, maldita! ⎯gritó Alfeo, enrabiado hasta la
médula.
La arpía rugió, reverberando su eco por todas partes. Un
alarido agónico que fue el comienzo de su final.
Se desplomó.
Los dragones respiraron aliviados y echaron a correr en
dirección a la cámara de los hechiceros. Sólo unos metros los
separaban de los demonios, sólo unos metros.
En la cripta, los hechiceros Andros, Elassar y Owan les
444
estaban esperando con todo su arsenal mágico preparado. La
estrella de cinco puntas, dibujada en el suelo, crepitaba sin
llamas.
Cuando los dragones ya eran visibles desde las
posiciones de los hechiceros, éstos alzaron sus manos y
dispararon poderosas descargas que a punto estuvo de
alcanzarles, pero tuvieron suerte y estallaron a sus pies. El
suelo se movió bruscamente. Se tambalearon, pero no se
amilanaron y siguieron adelante. De nuevo, los demonios
lanzaron nuevas descargas, más destructivas que las
anteriores y que Alfeo contrarrestó con todo el poder que
alberga en su interior y que el pentáculo invertido no había
conseguido bloquear, reenviándolas a su origen. Los tres
hechiceros se agazaparon al ver, atónitos, como sus
descargas volvían a ellos, con nombre incluido.
Estallaron en la pared rocosa y en el techo. Los
hechiceros, aparte de agazaparse para evitar el impacto, ni se
inmutaron.
Elassar estalló en carcajadas… que fueron cortadas en
seco al desmoronarse parte del techo y la pared. La cámara se
partió en dos; el suelo cedió, abriéndose ante ellos un gran
abismo. La estrella de cinco puntas dejó de existir y la lluvia
de piedras se precipitaba al infierno, llevándose a los tres
hechiceros consigo. Todo se precipitó sobre ellos.
Los dragones se sujetaron a todo lo que pudieron para
no verse engullidos por el desplome de la cámara.
Retrocedieron unos pasos en aquel suelo movedizo,
luchando por mantener el equilibrio. Tras ellos, todo se
desplomaba. La gran fisura se hacía cada vez más grande y
un fuego abrasador de terroríficas proporciones surgió del
abismo y sus lenguas en llamas se dispararon veloces hacia la
superficie.
Se detuvieron un instante. Estaban exhaustos.
⎯Hemos conseguido destruir a tres de los siete
hechiceros negros y tenemos suerte de estar vivos. Pero
seamos conscientes, la ira de Apofis se ha dejado sentir en
445
este infierno y no podemos luchar contra un ser tan
poderoso. Nos viene grande, sólo Nathan puede repelerlo y
no está en disposición de hacerlo. ¡Huyamos! ⎯gritó Alfeo,
respirando profundamente y cogiendo bocanadas de aire
para recuperarse. Estaba sin aliento.
Era la venganza de los tres demonios, respaldada por el
rencoroso y ambicioso dios Apofis, que vuelto a la vida como
espectro, está dispuesto a acabar con cualquier manifestación
del Poder Blanco.
Los dragones corrían, desesperados, sin mirar atrás.
Todo se fundía, tras sus pasos. Todo desaparecía.
No muy lejos, la salida. La salvación.
La luz de un nuevo amanecer.
446
Capítulo 5
Reencuentro
Áquila y Jadlay se unieron a un destacamento de la
resistencia que estaba estacionado no muy lejos de las
Cavernas de Hielo, actualmente derruidas y de las cuales se
divisaban multitud de fisuras y agujeros.
Al campamento llegaron noticias de nuevas batallas. Se
rumoreaba que las aldeas próximas a Hermes habían caído
en poder de Nabuc. Se decía que un gran ejército enemigo se
aproximaba a Bilsán.
La situación era tensa.
El ambiente que se respiraba en los alrededores era el
típico de guerra, ni más ni menos. Columnas de humo,
sobresaliendo por las copas de los árboles, caballos muertos,
cadáveres desperdigados por todas partes, sangre seca
manchando los mantos verdes que cubrían la tierra de los
bosques y sobre todo, muchos guerreros; estaban por todas
partes, jóvenes llegados de todas partes, dispuestos a luchar
por una causa justa: instaurar la paz en todos los pueblos.
Cada vez más a menudo, pequeñas y medianas
avanzadillas de soldados enemigos traspasaban las fronteras
acordonadas por la milicia de Bilsán y se liaban a tortazos y
mazazos con los resistentes, que luchaban contra ellos a capa
y espada.
No lejos del campamento, que habían preparado Áquila
y Jadlay, se encontraban doce jóvenes que cabalgaban hacia
ellos, vestidos con cotas de malla, armaduras de cuero y
447
arropados bajo calientes capas con capucha.
Eran Yejiel y Najat que acompañados de un selecto
grupo de arqueros de Jhodam se dirigían a Esdras. Sus
intenciones era muy claras, ayudar a Jadlay y a las tropas
jhodamíes a combatir contra el ejército de Nabuc, que en
estos últimos días había visto crecer su número y poderío.
Y después del sorprendente encuentro, de los abrazos y
las muestras emocionales, los líderes de la resistencia
hicieron corrillo en torno al fuego y se pusieron al día en
cuanto a los últimos acontecimientos ocurridos en los últimos
días.
Jadlay se frotaba las manos para entrar en calor, mientras
Áquila se interesaba las noticias.
⎯¿Qué tenéis que contarnos? ¿Alguna batalla?
⎯Sí; distintos enfrentamientos en las fronteras de Bilsán.
La primera noche de ataques, murió la cuarta parte de la
guarnición acuartelada al oeste de Bilsán. Si no paramos
estas embestidas, toda la ciudad puede caer bajo el poder de
Nabuc.
⎯Nosotros también fuimos atacados en la noche ⎯dijo
Najat⎯. Eran los malditos sicarios, nuestros queridos amigos
Enós y Gamaliel.
⎯¿Qué ocurrió?
Yejiel se apresuró a contestar.
⎯Huyeron.
Jadlay entornó las cejas al oír la escueta palabra de su
amigo Yejiel.
⎯¿Así…? ¿Por las buenas?
⎯Sí; bueno, eso creo ―respondió Yejiel―. Ya sabes,
Jadlay, las entidades misteriosas de las que hablan las
leyendas, pues eso… Creo que ellos tuvieron algo que ver
con la estampida.
Jadlay se revolvió en el suelo, perplejo.
⎯Que ¿qué?
Áquila sabía muy bien de lo que hablaba Yejiel. Él
mismo había sido testigo de un poder inexplicable en el
448
aposento de Nathan.
⎯Magia, Jadlay. Todo el ambiente esta impregnado de
magia.
Otro de los resistentes habló:
⎯Ninguno de los aldeanos de Haraney se atreve a
desafiar a Nabuc abiertamente, su poder ha aumentado
sustancialmente.
⎯Consecuencias del envenenamiento de Nathan
⎯afirmó Áquila.
Najat cabeceó.
⎯Sí ⎯dijo, tajantemente⎯. Nuestro rey no puede
controlar personalmente las incursiones y los rebeldes se han
crecido ante la nueva situación. Es fácil de entender, Jhodam
está en estos momentos sin autoridad soberana. Nabuc hace
lo que le place, nadie le controla.
⎯Las revueltas son cada vez más numerosas ⎯afirmó
Yejiel⎯. Hacen esclavos. Los muertos se cuentan por miles.
Las aldeas arden bajo las llamas y saquean la armería
acumulada en las forjas ―bufó―. Un desastre. Los
mercaderes traen nuevas constantemente, Áquila.
⎯Hay que ganar esta guerra, chicos.
⎯Por supuesto. Pero son muchos frentes y no podemos
estar en todas partes; en las comarcas del nordeste, tienen
lugar luchas unas detrás de la otra. Los hombres de Nabuc,
atacaron hace dos días a los vigías de las torres centinelas y
lo hicieron silenciosamente, sin levantar sospechas.
Se hizo un silencio momentáneo.
⎯¿Qué plan tenéis para entrar en el castillo? ⎯preguntó
Yejiel.
⎯Necesitamos que alguien penetre en la ciudad
amurallada para abrirnos el paso cuando llegue el momento.
Yejiel miró a Jadlay, quizá buscando su aprobación para
hablar sobre el túnel que se encuentra en las profundidades
del castillo. El joven asintió, ellos no tenían el monopolio del
túnel.
⎯Conocemos un camino de entrada. Discurre bajo
449
tierra.
⎯¿Hay que cavar? ⎯preguntó Áquila.
⎯No; son los conductos de desagüe. Acceder a ellos es
fácil, pero es posible que estén vigilados o quizá, tapiada la
compuerta que se encuentra en las mazmorras. Nabuc sabe
que huimos a través de esos conductos, seguro que habrá
tomado medidas.
⎯Sí, es posible. Pero hay que intentarlo. Mientras
nuestras tropas mantienen a raya a los rebeldes dentro y
fuera de Esdras, nosotros hemos de entrar como sea y
sorprender a Nabuc en su propio terreno.
Jadlay no podía oír nada referente a Nabuc, ni tampoco
el derramamiento de sangre que se estaba produciendo por
su causa. Respiró hondo, se frotó los ojos e hizo un gesto con
la boca, apretó los dientes y se oprimió los nudillos de las
manos, realmente cabreado con su tío y consigo mismo. Se
alejó de sus compañeros y se dejó caer sobre las raíces de un
árbol milenario, pensativo.
«Un rey sin trono, eso es lo que soy», se dijo a sí mismo.
Áquila se volvió hacia el joven.
⎯¿Estás bien?
Jadlay levantó la mirada. Hizo una mueca de
indiferencia. No respondió.
Áquila decidió no insistir y lo dejó tranquilo. Se volvió
de nuevo hacia el grupo y siguieron hablando hasta muy
entrada la noche.
Al día siguiente, al alba, el grupo de Áquila al completo,
emprendió la marcha. Atravesaron los grandes bosques que
rodeaban los templos Nigromante y Símbolos, pasaron de
largo la comarca del Chamán y llegaron a las espesuras
iniciales de los Bosques Tenebrosos.
Por el camino se encontraron a un grupo numeroso de
monjes supervivientes la matanza acontecida en Hermes,
entre ellos el abad Tadeo. Huían hacia el sur, camuflándose
450
entre las espesuras, con aspecto harapiento; cabellos
enmarañados e impregnados de cenizas y barba de varios
días; los monjes presentaban un aspecto lamentable. Áquila
les ofreció caballos y escolta hasta Jhodam. En esos
momentos, la Ciudad de Cristal era la más segura de Nuevo
Mundo, pues no podían llevárselos consigo, entorpecerían la
misión que tenían que llevar a cabo y también, porque era
hombres de paz, no de guerra. Ellos oraban, no empuñaban
armas.
Después de la obligada pausa en su camino y habiéndose
despedido de los desafortunados monjes, el grupo prosiguió
con su senda, rumbo a Esdras.
Aquellos días llovió mucho, el agua empapaba las ropas
de Áquila, Jadlay y sus hombres. Estaban permanentemente
calados y cabalgaban deprisa a pesar de las copiosas lluvias.
El frío golpeaba sus rostros, sus cuerpos y la humedad se
calaba en sus huesos.
Pasaron por varios poblados que habían sido
desvastados y sólo quedaban cadáveres. Era una muestra
más de la crueldad de una guerra de poderes.
Cuando llegaron a la comarca de Aretas, la cosa se puso
peor. Dentro de la ciudad, estaban ardiendo las casas, y los
sicarios de Nabuc habían cumplido sus macabras amenazas.
Las callejuelas adoquinadas estaban llenas de cadáveres,
algunos decapitados.
El grupo avanzaba por la avenida central, montados en
sus caballos. Mirando con espanto los horrores de la masacre.
⎯Así es la guerra ⎯dijo Áquila, con el rostro impasible.
Ningún guerrero abrió la boca, habían enmudecido.
Jadlay no escuchó nada, su mente estaba en otro lugar. Las
escenas deprimentes que han pasado por delante de sus ojos,
solo aumentaban la frustración que bullía en su interior. Para
él, todo estaba fuera de control: la guerra, los rebeldes, la
situación de Nathan… Y todo por él, por el legítimo rey de
Esdras. Lo reconocía, no hacía más que atormentarse y esto
podría acarrearle serios problemas. Jadlay bajó la mirada
451
hasta el suelo embarrado de agua y sangre, visiblemente
hundido. Áquila que no dejaba de observarle, suspiró,
sintiendo en lo más profundo de su ser, la desdicha del
joven.
Al otro lado de la ciudad, un templo se derrumbó
delante de sus narices, en medio de una fuerte explosión de
fuego y humo. Los caballos relincharon asustados y algunos
jinetes fueron a parar al suelo. Unos instantes después, una
espesa nube de polvo se precipitó sobre ellos. Luego, el
silencio.
No había nada que salvar.
El sonido de un trueno lejano despertó a Kali. Abrió los ojos.
Se había quedado dormida en el sillón mientras velaba a
Nathan. Lo miró, había pasado muy mala noche,
retorciéndose de dolor entre las sábanas; y agotado, por fin,
cedió ante una incipiente negrura que acabó sumiéndole en
la inconsciencia.
Kali se desperezó, dio unos pasos hasta el lecho y se
sentó junto a él y lo contempló. Sus manos acariciaron aquel
rostro, antes hermoso y ahora, marcado por el terrible
sufrimiento al que estaba sometido. Al tocar su frente, Kali,
comprobó que seguía ardiendo; la fiebre era permanente,
envenenada para acabar con su vida inmortal. Suspiró
afligida y se volvió hacia la ventana, observó los nubarrones
negros que cubrían el cielo anunciando una tormenta.
Unos quejidos de dolor la hicieron volverse hacia el
lecho.
Las lágrimas invadieron sus ojos azules al escuchar los
gemidos de Nathan. Ella le acarició nuevamente el rostro.
«Kali…», balbuceó él mentalmente con un esfuerzo
abismal.
«Duerme, mi amor, estás ardiendo de fiebre.»
Las palabras de Kali sonaron vigorosas en lo más
profundo de su cabeza. Sintió como los dedos de ella se
452
enredaban en su corta melena, acariciándole suavemente.
Nathan se estremeció y poco después, volvió a sumergirse en
la oscuridad.
De pronto en el aposento, tronó una voz cálida y
persuasiva.
⎯La fiebre le consume.
Kali se volvió, sobresaltada.
⎯Hola, Halmir.
El inmortal, vestía una túnica larga negra ceñida en la
cintura por una faja dorada, de la cual pendía un cinto con
una daga ceremonial; sobre sus hombros y sujeta en las
hombreras de la propia túnica por sendos broches de oro,
caía, lacia y majestuosa, una capa granate que arrastraba al
caminar. Su imponente aspecto y el color de sus ropas
acentuaban su rostro, cansado, demacrado y triste. Con
lentitud, cruzó el aposento y se detuvo ante ella y le acarició
una mejilla, con un gesto y una actitud claramente
paternales.
⎯Debes descansar, Kali ⎯le dijo⎯. Llevas un día entero
velando a mi hijo, ahora deja que sea yo quién vele su
agonía.
⎯Me preocupa. Nathan está demasiado débil ⎯Kali
echó a llorar⎯. No puedo dejarle.
⎯Lo sé, y entiendo tus motivos. Pero tú también tienes
que cuidarte, no has tomado alimento en varios días y tu
cuerpo necesita sustento, sino caerás enferma.
Halmir apartó su mano del rostro empañado en lágrimas
de Kali. Ella desvió la mirada hacia Nathan, no deseaba
abandonar el aposento, pero comprendió que él tenía razón.
Estaba embarazada, sólo lo sabían Maya y Áquila, tenía que
pensar en su hijo. Sin embargo, Halmir, que era un inmortal
muy astuto y que además, estaba dotado de una mente
extraordinaria, intuyó que ella le ocultaba algo. Kali había
tomado todas las medidas necesarias para evitar que el padre
de Nathan o su propio padre descubrieran su gran secreto.
No deseaba decirles nada, no era el momento adecuado.
453
Sin embargo, las medidas tomadas por la joven no
valieron de nada ante la astucia de Halmir, pues éste
utilizando su poder psíquico no tuvo problemas para
descubrir lo que celosamente guardaba Kali en su
subconsciente. Leyó sus pensamientos como en un libro
abierto. Un secreto que se veló en su mente mientras ella
estaba en el aposento. Halmir, era un ser iluminado, una
inteligencia superior y como tal, hizo gala de un hermético
silencio. Por regla general, era muy difícil ocultarle algo, sólo
su hijo podía hacerlo.
Kali tomó las manos de Nathan entre las suyas, sólo un
instante. No deseaba irse sin llevarse consigo la esencia de su
ser amado. Posó su rostro sobre el pecho de él y estalló en un
llanto amargo. Había creído que su vida al fin, cambiaba; que
ambos serían felices juntos, cuando la desdicha volvió a
cebarse con ellos.
Halmir se acercó a ella y apoyó una mano sobre su
hombro.
⎯El estado de mi hijo puede hacer perder la cordura a
cualquiera, no dejes que te afecte. Tienes que ser fuerte, él lo
querría así.
Kali se irguió y con un pañuelo se secó las lágrimas.
⎯De acuerdo ⎯dijo, sin desviar su mirada de Nathan⎯.
Seguiré tus consejos.
Rompió de nuevo a llorar. Su angustia contagió a
Halmir, pero éste haciendo acopio de todo su aplomo la
ayudó a levantarse de la cama y cuando la tuvo frente a él, le
habló seriamente en un intento desesperado por trasmitirle la
serenidad que había perdido.
⎯Escúchame, Kali. Cuando veo a mi hijo que se retuerce
de dolor con la muerte siempre acechándole, yo también me
hundo y lloro como estás haciendo tú. Pero soy consciente de
que no arreglo nada llorando. Nathan no se recuperará por
mucho que nosotros nos hundamos. ¿Entiendes?
Kali asintió, sin pronunciar palabra.
Halmir cogió la capa y acompañó a la joven hasta el
454
umbral del aposento, allí se la puso sobre los hombros y
abrió la puerta.
⎯Descansa ⎯le dijo, luego le dio un beso en la frente.
La joven se adentró en el corredor, cabizbaja. Su estado
de ánimo oscilaba entre la euforia y la tristeza. Le había
prometido a Áquila que pasara lo que pasase seguiría
adelante, pero le ha bastado un día entero velando a Nathan
para llegar a pensar que no podrá cumplir su palabra. Lo
amaba demasiado y no podía concebir la vida sin él, ni
siquiera con un hijo suyo en sus entrañas. Lo quería a él, a
Nathan. Y sólo a él.
Halmir se apoyó en las puertas macizas del aposento de su
hijo y en un ataque de ira, golpeó con todas sus fuerzas la
madera revestida de oro con los puños hasta que le
sangraron los nudillos. Estaba agotado y atormentado por el
sufrimiento y la desesperación. Se dio cuenta de que él en
realidad estaba peor que Kali, mucho peor.
«Juro que si muere, le vengaré. Lo juro»
Nadie oyó los golpes, ni siquiera Nathan.
Cuando hubo descargado su rabia, Halmir se detuvo y
permaneció en pie, en silencio, un rato. Respiró
profundamente para tratar de serenarse. Luego, ya más
calmado echó a caminar hacia el lecho.
Halmir se sentó en el sillón al lado de su hijo.
Permaneció sentado en silencio, sin moverse, con la
mente confusa entre mil formas de venganza distintas. Al
rato, se levantó y encendió la lámpara de aceite que había
sobre la mesita, junto al lecho. Luego con delicadeza, apartó
los cabellos rizados que caían sobre la cara de su hijo y se
inclinó para depositar un beso en su frente. Mientras lo
contemplaba algo se agitó en su interior. «Siempre hay que
estar en condiciones de escoger entre dos sendas y mi hijo ni
siquiera tiene una», pensó.
455
Halmir estaba desgarrado hasta las profundidades de su
ser. Nathan se estaba muriendo, su inmortalidad pendía de
un hilo muy fino, y nadie tenía poder suficiente para
impedirlo.
Sintió frío. Puso leña en la chimenea y encendió un
fuego.
Envolviéndose en una capa mullida, el padre de Nathan
dio unos pasos hasta los ventanales. Corrió los cortinajes que
daban a la terraza. Inmóvil, de espaldas a su hijo, miró
nostálgico hacia los jardines. Lo recuerdos de Nathan eran
muy fuertes, no pudo soportarlo y volvió de nuevo al sillón.
Permaneció sentado en silencio más de una hora, con la capa
envuelta en torno a sus vestiduras, mientras su hijo seguía
inconsciente.
Lo oyó murmurar palabras sin sentido. El rostro de
Nathan estaba lívido y sus manos temblaban.
⎯Kali…
Su voz no fue más que un susurro.
Su padre se levantó del sillón y se sentó junto a él. Tomó
sus manos temblorosas entre las suyas.
⎯Kali…
Halmir al oírle sintió un intenso dolor en el corazón.
⎯Nathanian…
Acarició su rostro perlado a causa de la fiebre. Su hijo
abrió los ojos, pero éstos estaban vidriosos. La borrosidad le
impedía ver con claridad. Se revolvió entre las sábanas, con
la respiración muy agitada.
⎯Duerme, hijo.
⎯No…
⎯Estás muy enfermo. Debes dormir.
La voz de su padre llegó a la mente de Nathan muy
confusa.
⎯No… Jadlay… ⎯balbuceó⎯. No puedo morir, ten…
tengo… que ayu… ayudarle.
El mundo se volvió negro de nuevo. Las punzadas de
dolor recorrían todo su ser, dejándole sin aliento. Las
456
convulsiones que sacudían su cuerpo se hicieron más
intensas. Su corazón latía atropelladamente.
Sufrimiento y más sufrimiento, tal y como Apofis
deseaba. En su mente retumbaban las perversas carcajadas
del Ser espectral y la agonía de la fiebre volvía a él como la
peor de las pesadillas.
Gritó. Cerró los ojos. Volvió a gritar de nuevo.
Maya que hablaba en el vestíbulo con uno de sus
ayudantes, oyó los gritos y entró tromba en el aposento.
Nathan en su agonía buscó consuelo en ella, la mujer que
amaba.
⎯Kali…
Halmir, sobresaltado por la irrupción, se volvió hacia el
umbral
⎯¿Traes el sedante?
⎯Sí.
Maya preparó el inyectable tan rápido como pudo.
Estaba muy nervioso, gotas de sudor caían de su frente. De
pronto Nathan sintió un pinchazo en la muñeca, la apartó
bruscamente y la aguja, muy afilada, rajó la carne,
seccionando una gruesa vena, la sangre brotó a raudales.
Halmir trinó ante la negligencia.
⎯¡Joder, Maya! ¡A ver si tienes más cuidado!
El médico se secó el sudor de la frente, chorreaba.
⎯Lo siento, Halmir. De verdad que lo siento.
Entre jadeos, Nathan abrió los ojos y volvió a gritar.
⎯¡Nooo! ¡Kaliiii!
Maya paró la hemorragia rápidamente y vendó la
muñeca con un lienzo fino de algodón. Luego, con más calma
volvió a inyectarle el sedante.
⎯Padre…
⎯No hables, Nathan. ⎯Halmir acarició el rostro de su
hijo, con el corazón encogido⎯. Duerme.
Sus párpados se cerraron.
No quería dormir, tenía miedo de no despertar. Poco a
poco, los dolores y los delirios fueron cediendo y una
457
oscuridad muy profunda se lo llevó consigo.
Después de unos momentos de angustia en los que
Halmir creyó que iba a perder definitivamente a su hijo, éste
se relajó y su respiración se tornó tranquila.
La crisis había pasado.
Los Dragones Negros cabalgaban sin prisas rumbo al palacio.
Siguieron el curso del arroyo, escuchando el discurrir del
agua helada sobre las rocas, y luego cortaron a campo
traviesa para llegar al sendero del manantial. Se extendía
ante ellos, angosto y lleno de hierbajos. Aquel camino era el
más rápido para llegar al palacio.
Alfeo pensaba en lo qué diría su hermana al verlo
aparecer junto a sus compañeros en palacio. ¿Y su padre?
Tenía miedo a sus reacciones. Le asustaba la idea del
rechazo, pues la llama del recuerdo seguía viva en su mente.
Recordó el pasado, el día que el hijo inmortal de Ishtar,
Shaiton, dejó de existir para convertirse en Alfeo. La visión
de aquél día volvió a su mente.
«…Padre, no puedes confinarme en este odioso lugar. ¡Quiero
ver otro mundo aparte de este!»
Recordó como su padre se reía de él.
«¿Mundo? Tú no conoces más mundo que este. ¿Cómo crees
que te desenvolverás ahí fuera?»
Sus súplicas.
«Padre, quiero ir a Jhodam»
La negación de Nathan a su petición de formar parte de
su escolta. La desconfianza de su padre, el enfrentamiento
del rey con Halmir por su causa.
Y por último, las palabras que levantaron un muro
infranqueable entre él y su padre aquella mañana en el
Monte de las Ánimas, cuando Nathan se preparaba para irse
a las Cavernas de Hielo.
«Shaiton, si quieres irte, vete. Pero una vez abandones este
templo no te dignes en volver. Tú, sólo tú, serás responsable de tus
458
actos»
Cuando Nathan regresó a Jhodam, el hijo de Ishtar,
cansado de ir a ninguna parte le pidió ayuda en secreto. El
rey accedió en secreto a sus peticiones y a partir de ese
momento, se forjó una personalidad nueva que acabó
desembocando en lo que es ahora: Alfeo, un Dragón Negro al
servició secreto del rey de Jhodam. Con la nueva situación,
las diferencias entre Shaiton y su padre se volvieron
insalvables.
Tanto tiempo viviendo en la clandestinidad por no
querer encontrarse con su padre que ahora… no sabía como
enfrentarse a él.
En el palacio, los soldados de la guardia real vieron llegar a
los seis encapuchados y se dirigieron hacia ellos:
⎯¡Alto!
Los Dragones Negros detuvieron sus caballos. A la
espera.
Alfeo desmontó y desenvainó su espada, que brilló de
modo amenazador o eso le pareció al guardia, que retrocedió
un paso, igual que sus otros compañeros. Pero el jinete
encapuchado no tenía ninguna intención de usarla,
simplemente quería enseñar a los soldados la insignia
dinástica del rey de Jhodam.
⎯Dejémonos de bienvenidas ⎯anunció Alfeo⎯. Somos
los Dragones Negros y solicitamos el acceso al palacio, sin
demora.
La expresión del guardia era dura; sin embargo, tuvo
que ceder, no podía negarles la entrada. Eran emisarios del
rey. Miró a los demás soldados y con una seña suya, bajaron
sus armas.
⎯De acuerdo ―dijo―. Pero antes de pasar, estáis
obligados a entregarnos las armas; no se permiten en
presencia del rey.
⎯Ningún dragón ha entregado jamás su arma
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⎯masculló Alfeo⎯, no veo por qué tengo que hacerlo ahora.
⎯Estamos en guerra, señor. Nuestras medidas de
seguridad en estos momentos son especiales y no pueden ser
revocadas ⎯añadió el guardia sin perder la seriedad⎯.
Acate mi orden o no se le permitirá la entrada.
Necó miró a su líder, no convenía aumentar la tensión
que en ese momento existía.
⎯Alfeo, ellos tienen razón. En palacio no necesitamos las
armas.
⎯¿Y si tengo que defender a mi rey? ⎯le preguntó.
El guardia se apresuró en intervenir.
⎯Eso no será necesario. El rey ya está debidamente
protegido.
⎯¿Ah, sí? ¡Con esas vamos! ―exclamó Alfeo,
exasperado―. Pues permitirme que os diga una cosa… El rey
no estaba tan protegido cuando fue envenenado.
El resto de los dragones se quedaron de piedra antes las
palabras de su líder. Alfeo farruco no enfundó su espada,
sino que la alzó y muy alto.
⎯Voy a traspasar la arcada con mi arma y el primero
que trate de impedírmelo se las verá conmigo, y con el rey.
¿Ha quedado claro?
El guardia insistió.
⎯Pero, señor… ⎯dijo⎯. Tenéis que comprender…
nosotros también cumplimos órdenes.
Los soldados, preocupados porque la decisión que
habían tomado de no dejarles pasar podría acarrearles serios
problemas con el rey si éste se recuperaba, se quedaron un
instante indecisos. Realmente, ellos no sabían que hacer ante
aquella muestra de autoridad. Finalmente decidieron.
⎯Os permitiré la entrada, pero os ruego que enfundéis
vuestras armas.
Alfeo sonrió satisfecho. Se quitó la capucha, dejándose
ver.
⎯¡Eso está hecho!
Sus compañeros desmontaron en silencio, y mientras
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unos mozos se llevaban los corceles a las caballerizas, los
dragones eran escoltados hasta la sala de recepción. Mientras
caminaban, asombrados, por el suntuoso e iluminado
corredor, traspasando dependencias y más pasillos para
llegar al mismo centro del palacio, el líder de los dragones,
aún sabiendo lo que ocurría, no dejaba de hacer preguntas.
⎯¿Tan mal está el asunto? ⎯preguntó Alfeo, mirando al
guardia que tenía justo al lado. Era muy bajito comparado
con él.
⎯Sí. ⎯Afirmó⎯. En estos días se decidirá la suerte de
Jhodam.
⎯¿Supongo que nuestro rey sigue vivo?
⎯Sí, pero está muy grave.
El guardia levantó la cabeza para mirar a Alfeo.
⎯¿Me permitís que os haga una pregunta?
⎯Sí, por supuesto. ¡Desembucha!
⎯Si nadie, excepto el rey, os conoce ¿qué esperáis
encontrar aquí?
⎯Reencontrarme con mi padre y ver a mi hermana.
⎯¿Cómo dice?
⎯Sí, mi padre. Ishtar.
Al guardia lo miró con los ojos desorbitados. Se detuvo
en seco, tras él, todos.
⎯¿Vos sois hijo del venerable Ishtar? ⎯preguntó,
perplejo.
⎯Así es. Pero os rogaría que antes de ladrar a mi padre
que estoy aquí, llamarais a mi hermana Kali. Deseo verla a
ella primero.
El guardia tragó saliva.
⎯Veré que puedo hacer.
Llegaron a la sala de recepciones. Los guardias que los
habían escoltado se quedaron en el vestíbulo, mientras que
los Dragones y el guardia principal entraron en el interior.
⎯¿Cómo os llamáis, soldado? ―preguntó―. Me gusta
saber con quién hablo.
⎯Abner, señor.
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⎯Bien, Abner. ¿Me haréis el favor de avisar a mi
hermana, sin gritar a los cuatro vientos que los Dragones
Negros están en palacio? ―Alfeo sonrió―. No queremos
infundir el pánico sin motivo, ¿lo comprendes, verdad?
El guardia asintió y en silencio se marchó de la estancia,
casi con el rabo entre las piernas.
Cuando le comunicaron a Kali que su hermano Alfeo estaba
en palacio, sintió como se le desbocaba el corazón. Salió
apresurada de su aposento y echó a correr a través del
corredor. Si no tenía bastantes problemas, ahora debía de
añadir otro más.
Al llegar, entró en la estancia como una exhalación. Su
capa dio bandazos del nerviosismo que llevaba encima.
⎯¡Alfeo! ¿Se puede saber qué haces aquí?
El dragón miró a sus compañeros y luego, echó una
sonora bufada.
⎯Esperaba otro recibimiento, hermanita.
Kali le agarró del brazo.
⎯No has respondido a mi pregunta, ¿qué haces aquí?
⎯Vengo a ver a nuestro padre y a Nathan, por supuesto.
⎯Me temo que no podrás ver a ninguno de los dos.
Alfeo apartó los dedos de su hermana, que en ese
momento apretaban su piel con fuerza.
⎯¿Acaso vas a impedírmelo?
Los compañeros de Alfeo guardaron un estricto silencio.
De las acciones de su líder no podían opinar, pues si éste se
había presentado en palacio sin avisar era porque una
hermosa y misteriosa dama llamada Saphira así se lo había
aconsejado.
Kali estaba que trinaba.
⎯Después de cuarenta y un años sin tener contacto con
nuestro padre, ¿deseas verle? ―preguntó―. ¿Ahora?
¿Quieres que le dé un ataque al corazón?
⎯Tranquila, por muchos ataques que le den, no morirá.
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⎯¡Por los dioses, Alfeo! ―exclamó ella―. ¿Es qué no
corre sangre por tus venas?
Alfeo tensó la mandíbula ante la respuesta que iba a
darle a su hermana.
⎯Sí, tengo sangre en mis venas. Pero nuestro padre la
heló toda.
Kali vaciló, y con rapidez se apoyó en la pared para no
caerse. La presencia en palacio de Alfeo la había sorprendido
tanto que, desencajada, no sabía donde ponerse.
Alfeo se preocupó por el gesto de su hermana.
⎯¿Estás bien?
⎯No, Alfeo. Yo no estoy bien, nadie está bien. Me temo
que no has elegido un buen momento para…
De repente, una voz vigorosa y firme tronó como un
volcán en erupción, interrumpiéndoles desde el umbral de la
sala. Kali se llevó una mano al corazón, reconoció la voz de
su padre; por un momento, llegó a pensar que iba a
desmayarse. Alfeo, que no recordaba su voz después de
tanto tiempo, descubrió quién era al ver la expresión del
rostro de su hermana. No se atrevió a volverse. El momento
de la verdad había llegado: o huía como un cobarde o
aceptaba su destino.
⎯Un buen momento, ¿para qué, hija? ⎯preguntó Ishtar,
mientras se acercaba hasta el grupo.
Los Dragones Negros, excepto Alfeo, le dedicaron una
ligera reverencia. Ishtar les correspondió de la misma forma,
éste nada más ver las insignias, adivinó quiénes eran.
⎯Vaya, vaya ¿a qué debemos esta visita? Áquila
informó a Halmir de vuestra inmediata intervención. ⎯Les
preguntó.
Ishtar miró al joven que le mostraba la espalda y luego,
miró a su hija, ésta cabizbaja no se atrevía a elevar su rostro.
La verdad de lo que ocurría en la sala, lo delataban sus ojos.
Ishtar volvió a mirar al muchacho que estaba frente a su hija.
⎯¿Qué ocurre? ¿Por qué no te das la vuelta, muchacho?
Kali rompió su silencio.
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⎯Padre, tengo que decirte algo muy importante…
Ishtar alzó una mano e interrumpió a su hija.
⎯Ahora no, Kali.
El inmortal con un impulso arrebatador, agarró el brazo
de Alfeo, obligándole a mostrarse ante él.
⎯Estoy hablando contigo, muchacho.
Alfeo hizo un gesto de desdén y se deshizo de la
opresión. Inmediatamente después, se volvió, encarando la
situación.
⎯Yo… soy…
Ishtar al ver al muchacho frente a frente, creyó morir. No
podía dar crédito… Su misma cara, sus mismos ojos y su
misma arrogancia. El inmortal palideció de repente.
⎯¡Shaiton!
En ese instante, se hizo un silencio opresivo, que duró
tan sólo unos segundos.
⎯Hola, padre.
«Mi hijo…», pensó Ishtar. El corazón se le heló en el
pecho. Se pasó dieciocho años buscándole hasta que se hizo a
la idea de que estaba muerto, que había perdido su
inmortalidad en algún enfrentamiento con los hechiceros de
la oscuridad o que su propia ambición lo había engullido sin
dejar rastro. Hubo un emisario del norte que llegó a
informarle de su muerte… Le habían mentido.
Ishtar, sin moverse, dirigió a su hijo una mirada larga,
escudriñadora.
⎯Ya veo que las noticias de tu muerte eran infundadas.
⎯Lamento decepcionarte, padre ⎯repuso Alfeo⎯. No
hace falta que saltes para abrazarme; no quiero que te canses.
⎯¿Cómo has sido capaz? ⎯preguntó Ishtar
exasperado⎯. Nos olvidaste.
⎯¿Yo? ―preguntó, ofuscado―. Te recuerdo que fuiste
tú quien me dijo que no volviera a ti si me iba. Obedecí tus
órdenes.
Los compañeros de Alfeo parecían atónitos ante el cariz
que estaba tomando el enfrentamiento entre padre e hijo; sin
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duda, jamás habían pensado que su líder se atrevería a
reencontrarse con su padre. Sin decir nada, salieron al
vestíbulo. Eran asuntos familiares y tenían que arreglarlos
entre ellos.
En el interior de la sala, Ishtar y sus hijos seguían
sumidos en los ennegrecidos rencores del pasado, cuando de
repente fueron interrumpidos por Morpheus y Halmir, que
habiendo observado cierto alboroto en el vestíbulo central
decidieron averiguar lo que estaba ocurriendo.
La sorpresa fue mayúscula.
⎯¡Shaiton! ⎯dijo Halmir, sorprendido.
Alfeo dio unos pasos hacia él y le hizo una reverencia al
padre del rey.
⎯Excelencia… Me alegro de veros.
Halmir se quedó completamente tieso al comprobar que
Shaiton era nada más ni nada menos que un Dragón Negro.
Morpheus, por su parte, saludó al joven con un gesto y luego
se sentó en un sillón, pensativo; él no era el único que tenía
problemas con su hijo.
Kali parecía una estatua, nadie le prestaba atención, era
como si no estuviera allí. No se atrevía a decir nada, ni
siquiera a sonreír. Había hecho todo lo posible para
mostrarse fuerte; lo hacía por Nathan y por Alfeo, su
hermano tan testarudo. Dejó a un lado la desesperación y los
llantos, como si fueran vestiduras que no se ponía… Pero, no;
en aquel momento se dio cuenta de que siempre había estado
ataviada con ellas.
⎯No puedo más ⎯dijo, mientras miraba a su familia, a
Halmir y a Morpheus. Ellos se volvieron bruscamente hacia
ella. Las lágrimas nublaron sus ojos⎯. Nathan está
agonizando. Mi hermano está provocando un cataclismo
familiar con su regreso y tú, padre…
Ishtar sin entender lo que le ocurría a su hija y
olvidándose por un momento de Shaiton, la interrumpió.
⎯Kali… ¿Qué ocurre?
La joven miró a su padre y luego, a su hermano.
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⎯No sé quién de los dos me inspira más compasión… ⎯
dijo⎯. Pero, por favor, arreglar vuestras diferencias, porque
sino moriré con Nathan.
⎯No digas eso, hija.
⎯No tengo ilusiones, ni esperanzas ⎯lamentó Kali⎯.
Sólo deseo que la muerte venga a mí para aliviarme de tanto
sufrimiento.
Sin más que decir, la joven se marchó de la sala con el
rostro invadido de lágrimas. Ishtar afligido por el
sufrimiento de su hija, trató de detenerla, pero no lo
consiguió. Kali se perdió en los corredores, alejándose cada
vez más.
Ishtar, ofuscado, estrelló su puño contra la pared.
Halmir sacudió la cabeza, harto de tanta disputa. Ellos
eran inmortales, tenían que dar ejemplo de fraternidad y en
esos momentos, parecían de todo menos fraternales.
⎯Hasta un ciego podría ver que os despreciáis el uno al
otro. Sí Nathan estuviera bien, os rebanaría la cabeza a los
dos.
Ishtar fulminó a Halmir con la mirada y luego hizo lo
mismo con su hijo. Contempló sus ropas, su figura, sus
armas…
⎯Los Dragones Negros son sicarios, iniciados por el
propio rey de Jhodam ⎯afirmó con seguridad⎯. Nathan
sabía que estabas vivo, te ocultó, te instruyó en sus artes y no
me dijo nada…
Halmir se exaltó al oír aquellas palabras.
⎯¿Acaso le preguntaste a mi hijo? No. Decidiste que era
mejor creer en la palabra de un emisario desconocido.
⎯Dieciocho años, Halmir ―replicó Ishtar―. Ese es el
tiempo que pasé buscando a mi hijo y ahora aparece como si
no hubiera ocurrido nada.
Ishtar maldijo entre dientes. Ya no confiaba en nadie.
Nathan había ocultado deliberadamente a Shaiton, y siempre
con el beneplácito de éste último, claro; le ayudó desde
siempre. «¿Por qué, Nathan? Una palabra tuya, hubiera sido
466
suficiente para yo estar tranquilo; pero no, seguiste el juego de mi
hijo y me ocultaste la verdad.»
La lealtad de Ishtar hacia el rey se tambaleaba.
La tensión subió por las nubes.
Morpheus, cabizbajo, no hacía más que sacudir su
cabeza de izquierda a derecha, suspirando uno y otra vez, sin
encontrar alivio. Como inmortales, estaban perdiendo la
esencia que los caracterizaba. El estado actual de Nathan los
había conducido a todos hacia el camino de la amargura, la
desconfianza y el temor por sus destinos.
Se levantó del sillón y se marchó con la capa ondeando a
la espalda.
Ishtar y Halmir se carearon el uno al otro, ajenos a Alfeo,
que harto también de ver como discutían, abandonó la
estancia sin que los dos inmortales se percataran de ello.
En el vestíbulo, Alfeo se reunió con sus hombres y en
total silencio, echaron a caminar en dirección al aposento
real. Como desconocían su ubicación exacta, deambularon
por los pasillos, rodeados de columnas salomónicas
acanaladas, con graciosa forma espiral e iluminadas en lo
alto del fuste, muy próximos al capitel por unas lámparas
con forma de tridente y claraboyas colocadas en el techo. Los
Dragones eran almas inquietas y osadas, rasgos que habían
adquirido del mismo rey de Jhodam. Acostumbrados como
estaban a su austero confinamiento, bajo la superficie de la
tierra, en una cripta alejada de la ciudad, aquel derroche de
lujo y esplendor les pareció una irrealidad. Estaban
fascinados. Al llegar, justo delante de la maciza puerta, se
encontraron con un grupo de centinelas que les cerró el paso,
impidiéndoles acceder a la residencia real.
⎯¡Alto! ⎯les gritó⎯. No se permite el acceso a las
dependencias privadas del rey sin previa autorización.
Alfeo, exasperado, desenvainó su espada.
⎯Está es mi autorización. ⎯El Dragón enseñó la
insignia real al centinela⎯. Dejadme pasar o lo lamentaréis.
El guardia se meó, metafóricamente hablando, en sus
467
calzas. Miró a sus centinelas con los ojos desbordados por el
terror al comprender el significado de la insignia tallada en la
fina hoja de acero. Su rostro se tornó pálido y rápidamente
ordenó el descruce de las lanzas.
Alfeo, muy persuasivo, se volvió hacia sus hombres. Su
carta de presentación siempre daba los mismos resultados.
⎯Esperadme aquí, no tardaré.
Los dragones no replicaron la orden de su líder.
Instantes después de que Alfeo hubo entrado en la
estancia real, uno y otro bando intercambiaron miradas
inquisidoras. Fulminándose como si fueran enemigos. Eran
aliados; protegían al rey, unos y vengaban al rey, otros, pero
en esos momentos de tensión no lo parecía. La rivalidad era
patente porque los Dragones Negros, quizá por su condición
de sicarios sin escrúpulos eran muy famosos en todo Nuevo
Mundo y a la vez, envidiados.
Alfeo se deslizó a través del aposento con verdadero sigilo,
tenuemente iluminado gracias al hermoso fuego que
crepitaba en la chimenea. En la oscuridad, buscó el lecho real
y cuando lo encontró, en el fondo de la estancia y recubierto
con un dosel de seda blanca casi traslúcida, se acercó con el
corazón palpitándole a toda velocidad.
El rey, con el rostro cubierto por un fino velo perlado a
causa del sudor que le provocaba la fiebre, gemía sumido en
un intenso dolor. Alfeo se estremeció al verle en ese
estado. Era incapaz de dar crédito a los que estaba viendo. Se
dio cuenta de que todo lo que había dicho Áquila sobre el rey
era cierto. Y Su venganza adquirió un valor nunca antes tan
cotizado. Se sentó a un lado de la cama y tomó su mano
derecha, la besó.
El rey estaba despierto, pero las fiebres lo tenían
atrapado al otro lado de la realidad, sumido en un estado
delirante que desgarraba el alma. Nathan al sentir el contacto
de una mano fresca sobre la suya, ladeó la cabeza y
468
entreabrió los ojos, volviendo por unos instantes al mundo
de los vivos, más lúcido que de costumbre. Reconoció quién
era, sin dudarlo.
⎯Al… ⎯Cerró los ojos, incapaz de hablar, pues algo tan
sencillo le suponía un esfuerzo inconmensurable⎯. Alfeo…
El dragón acarició los cabellos del rey con una mano,
mientras la otra mano se cerró hasta quedar blancos los
nudillos, envuelto en una incontrolable furia al ver la sagrada
cabellera convertida en una sombra de lo que fue; estaba
mutilada a la altura de los hombros y había perdido su
increíble brillo. Con los ojos crispados y un rictus tenso en los
labios se dirigió al rey.
⎯Majestad… Áquila nos convocó y ejecutamos la
sentencia en vuestro nombre ⎯dijo⎯. Male-Leel y tres
hechiceros negros ya arden en el infierno.
Nathan era consciente del significado de aquellas
palabras. Male-Leel había traicionado su confianza y poco
importaba, si ella había actuado contra él por decisión propia
o influenciada por una entidad oscura como el Ser espectral,
Festo o cualquier otro hechicero al servicio de la Oscuridad.
En esos momentos, en los cuales estaba atormentado por la
fiebre y el dolor, no sintió ningún tipo de remordimiento, ni
compasión por sus almas.
De repente, Nathan alzó una mano y agarró la túnica de
Alfeo, éste, muy preocupado, siguió con sus ojos el gesto. El
rey observó las vestiduras desgarradas y sucias e
inmediatamente comprendió…
⎯Luchamos contra esferas centinelas ⎯dijo con un
gesto cargado de expresividad⎯. Fuimos emboscados por
una arpía y la cámara de los hechiceros, después de nuestro
mágico contraataque, se desplomó ante nuestras narices y a
punto estuvimos de ser engullidos. Las llamas diabólicas
trataron de alcanzarnos y…
Nathan le soltó e hizo un gesto como si tragara saliva.
⎯Ya… Alfeo, ya.
⎯Majestad, hay toda una conspiración contra vos. El Ser
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espectral que os mortifica es…
Nathan alzó la mano, interrumpiéndole.
⎯Lo sé, Alfeo. Pero ya no me importa, ellos han ganado.
Alfeo se inclinó y posó su cabeza sobre el torso del rey,
éste puso su mano izquierda sobre la cabellera del inmortal.
⎯No debéis rendiros ⎯susurró⎯. No pienso permitirlo.
Encontraremos un antídoto, os salvaremos.
Alfeo levantó la cabeza y miró al rey, éste le miraba con
ojos turbios y una expresión de dolor en su rostro.
⎯Es demasiado tarde ⎯Sentía que le faltaba la
respiración, el dolor era intenso, pero luchaba para mostrarse
todo lo íntegro que le permitía su estado⎯. Ningún antídoto
puede salvarme ⎯hizo una pausa para recuperar el aliento,
estaba agotado⎯. Escúchame, Alfeo… Quiero que protejas a
tu hermana, ella será reina de Jhodam cuando yo deje de
existir. Es posible que Kali este…
Nathan dejó en suspenso sus últimas palabras, no pudo
continuar; las náuseas angustiaban su boca, amenazándole
con vomitar.
Alfeo cabeceó.
⎯No os dejaré morir. Juro que lo impediré.
Nathan había traspasado el límite de sus fuerzas y sentía
los párpados muy pesados. Las sombras volvían a él para
llevárselo al abismo, allí lo atormentarían para no despertar
jamás.
Luchó.
Con un gran esfuerzo, Nathan se hizo con un poco de
aliento, el suficiente antes de cerrar los ojos y sumir su mente
en el olvido.
⎯Reconcíliate con tu padre ⎯dijo⎯. Por favor, Alfeo…
hazlo por mí.
Dichas esas palabras, el cuerpo de Nathan se relajó y
Alfeo, desgarrado, hundió los dedos en las sábanas,
liberando unas lágrimas de impotencia.
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Halmir se detuvo ante la puerta del aposento de su hijo, y
uno de los centinelas apartó la lanza, dejándole pasar. Antes
de cruzar el umbral, miró, extrañado, a los Dragones Negros
que esperaban pacientemente en el vestíbulo y supuso que
Alfeo estaba en el interior. Entró y sin mirar hacia el lecho,
dio unos pasos rápidos hasta el ventanal y descorrió
bruscamente los cortinajes. La luz entró, iluminando todo el
aposento.
Alfeo seguía con su rostro hundido en el pecho del rey
totalmente ensimismado, ni siquiera se percató de la
presencia de Halmir, éste sorprendido, se acercó al lecho. Su
rostro severo y sus ojos grises, ahora terriblemente fríos,
contemplaron unos instantes la estampa que tenía ante él: su
hijo era el ser más amado que existía en el universo, si alguna
vez tuvo dudas, ahora éstas se habían disipado por completo.
Halmir golpeó suavemente la espalda de Alfeo.
⎯Shaiton.
El joven inmortal despertó de su abstracción, se giró y
vio a Halmir de pie. Le dedicó una sonrisa y se irguió.
⎯Dígame, ¿cómo lleva está tragedia?
⎯La verdad es que no muy bien, Shaiton. No muy bien
⎯admitió Halmir con amargura⎯. La posibilidad de perder
a mi hijo me está enloqueciendo. Busco vengarme de Festo
como un loco y no cejaré en mi empeño hasta que mi espada
traspase sus entrañas ⎯suspiró, penosamente⎯. Las fuerzas
oscuras han jugado fuerte y esta vez, sí que están en
condiciones de llevarse a mi hijo, si no lo impedimos antes.
Caminaron hacia el umbral.
⎯Supongo que te preguntarás por qué he decidido
volver ⎯dijo Alfeo.
⎯Pues si me lo he preguntado, pero prefiero que seas tú
mismo quién me lo diga; si quieres, claro. No pienso
obligarte.
⎯Una entidad de los Seres, llamada Saphira, me
aconsejó olvidar los rencores del pasado ⎯empezó diciendo
Alfeo⎯. Me hizo testigo de una visión y adquirí una deuda
471
con mi propio destino. Fue una experiencia única. Debes
creerme, Halmir, la magia de los bosques, del mismo
Sanctasanctórum y de los Seres ha despertado y esto tiene
que ver con lo ocurrido al rey. Estoy completamente seguro.
⎯Lo sospechaba ¡Saphira! ⎯exclamó Halmir⎯. La
dryadis, la Guardiana del Panthĕon Sacrātus, que lleva en su
sangre los genes del Basilisco y que a su vez, es un dragón de
fuego.
Alfeo abrió los ojos como platos ante aquella afirmación.
⎯¿Dragón de fuego? ―preguntó, sorprendido―.
¿Basilisco? Pensaba que estaban extinguidos.
⎯Extinguidos, no; exiliados, latentes. Hasta ahora…
⎯hizo una pausa⎯, los Seres del Sanctasanctórum desean a
mi hijo y no sé si es para salvarle o destruirle.
⎯Para sanarle, supongo.
⎯O para engullirlo ⎯repuso Halmir, preocupado⎯. No
estamos seguros. Lo que si es cierto es que la saliva del
Basilisco es el antídoto que mi hijo necesita para salvarse.
⎯Entonces, si es así ―repuso Alfeo―. La salvación de
Nathan es más que posible… ¿sí?
⎯En cierto modo. ―Halmir no estaba muy
convencido―. Pero temo que el Basilisco engulla a mi hijo,
en vez de salvarlo. Tu padre no piensa igual que yo y está
firmemente decidido a llevarse a mi hijo al Panthĕon. Si aún
no ha llevado a cabo su propósito es porque yo no se lo he
permitido.
⎯¿Sabiendo que existe esa posibilidad, seriáis capaz de
dejar morir a vuestro hijo?
Halmir abrió la puerta del aposento e hizo un gesto para
que Alfeo saliera el primero. Él le siguió y cerró la puerta.
⎯¿Crees que debería arriesgarme? ⎯La preocupación se
reflejaba en los ojos de Halmir; tenía una sombra de duda en
la voz.
Alfeo hizo alarde de una veteranía increíble siendo tan
joven. Nathan, Alfeo y Kali tenía sólo sesenta y dos años, esa
edad física y mortal equivalía a unos veinte años inmortales;
472
es decir, que los tres eran realmente unos niños.
⎯Es la única alternativa que tenemos, ¿no?
Halmir quedó muy sorprendido por la serenidad que
mostraba el hijo de Ishtar.
⎯Sí.
⎯Si morirá de todas formas… ⎯afirmó Alfeo⎯. Dos
alternativas de muerte contra una de vida. Halmir, ya sé que
no es muy alentador, pero ¿no crees que vale la pena
intentarlo?
Halmir no respondió al joven; en vez de eso, le hizo una
pregunta.
⎯Dime, si tú fueras padre… ¿abandonarías a tu hijo,
dejándolo a merced de una bestia que podría fulminarlo con
solo mirarle?
Alfeo se dio cuenta de que el padre del rey había llegado
a un conclusión equivocada.
⎯No se trata de abandonarlo, Halmir ⎯respondió con
firmeza⎯. Yo jamás abandonaría a un hijo mío, pero si la
muerte es la única opción posible, no dudaría. Con tal de
tener una mínima esperanza, yo entregaría a mi hijo a quién
tuviera el poder en sus manos para cambiar su inevitable
destino.
Halmir reflexionó unos instantes la respuesta que le
había dado el joven. Justo en ese momento, una figura
ofuscada envuelta en una capa gris avanzaba lentamente por
el corredor. Era Ishtar.
Aguardaron un silencio mientras el venerable inmortal
se acercaba a ellos. Ishtar, miró a su hijo por el rabillo del ojo
al pasar junto a él, deseaba con todo su corazón correr a
abrazarlo, pero su mente se anteponía a esos deseos. Con voz
cansada, y un brillo húmedo en los ojos, saludó a los
centinelas y entró en el aposento del rey sin dirigir ni una
sola palabra a nadie más.
Alfeo no hizo nada ante la indiferencia mostrada por su
padre. No dejó que le afectara en absoluto y con un temple
extraordinario se despidió de Halmir hasta más tarde. Éste,
473
antes de que Alfeo abandonara el vestíbulo, llevándose
consigo a sus compañeros, le dirigió unas últimas palabras
de consuelo.
⎯Es posible que pasado algún tiempo tu padre cambie
de actitud.
Alfeo hizo un gesto de desdén como si no le importara.
⎯Sí, es posible ⎯dijo⎯. Pero no pienso quedarme
mucho tiempo para comprobarlo.
Halmir suspiró por aquellas palabras llenas de rencor.
Era tarde y estaba agotado. Necesitaba descansar, reflexionar
sobre la conversación mantenida con Alfeo y tomar una
decisión. Era consciente de que no podía demorarse, pues el
tiempo volaba.
Ese día extraño y tormentoso, cargado de grandes nubes
negras que no dejaron de descargar agua en todo el día, fue
un día de reencuentros.
La resistencia se reencontró con sus líderes, en los
bosques. Mientras que en el palacio real, el reencuentro entre
un padre y un hijo, después de cuarenta y un años sin verse,
no fue fructífero. Ishtar y Shaiton eran demasiado testaduros
para reconocer que ambos tenían razón y que al mismo
tiempo estaban equivocados.
La noche llegó y había que respetar su silencio.
474
Capítulo 6
Nathanian
Siento que me elevo.
He empezado a recordar.
Yo nací mortal o eso creía. Mi padre me puso el nombre de
Nathan al nacer, pero ahora, a las puertas de la muerte, recuerdo
que mi madre, de pequeño, me llamaba Nathanian. Nunca he sabido
el por qué y la verdad, en mi infancia, que sólo me ocupaba de
crecer y de jugar a batallitas con mi fiel amigo Deogor… —¡Uf, qué
tiempos aquellos! ¡Qué nostalgia!—… no me importó. Sin
embargo, ahora, que me debato entra la inconsciencia y la lucidez,
he descubierto que aquél nombre que yo odiaba, y que representaba
mis orígenes, había sido otorgado por mi verdadero padre, Halmir el
Inmortal.
«¡Qué destino, madre! Si lo hubiera sabido…»
Suelto unas lágrimas, pero creo que no son físicas. Oigo voces
a mí alrededor, no distingo.
Caigo… Caigo.
Las sombras quieren cubrir mis pensamientos, pero yo me
opongo. Aún sigo vivo y puedo… ¡Joder! ¡Toda mi vida luchando,
ya empiezo a estar un poco harto!
Alguien me incorpora. Mi cabeza se va. No puedo marearme
porque no percibo esa sensación, sino algo peor. Algo que me
arrastra, no sé lo que es; quizá mis recuerdos que vuelven a mi, de
nuevo. Trato de abrir los ojos. Me esfuerzo y por fin, lo consigo.
Veo… Están cerca, muy cerca.
Mi padre está sentado junto a mí, llorando.
Maya me toca la frente. Su rostro cambia de repente. Lo sé,
475
estoy ardiendo. La fiebre no baja, me está devorando.
Los oigo hablar, de mí.
«⎯No queda más remedio, Halmir. Tenemos que intentarlo.
No, esa voz… No es Maya. ¿Quién es? Una sutil niebla cubre
mis ojos. Parpadeo. Es Ishtar, creo. Sí; si, lo es.
⎯¿Qué estarán planeando? No se dan por vencidos.
Veo a mi padre que se vuelve hacia él.
«⎯No lo conseguiremos, es demasiado tarde.
Lo noto, mi padre está muy cansado. Lleva luchando contra
marea desde que yo nací. Las huellas del sufrimiento se reflejan en
su rostro, ahora desencajado por las circunstancias que me
envuelven.
Los tres están muy preocupados. Son conscientes de que
cuando el veneno destruya mi inmortalidad, yo moriré poco
después. Pues sí algo sé, es que no puedo vivir como un mortal más.
Es el pacto, el estigma de la Profecía. Sí; aquél vaticinio que me
truncó la vida y que me cambió para siempre. Desde ese día todo me
ha ido de mal en peor
No quiero recordar.
Mientras Maya prepara esa asquerosa pócima que me hace
tomar y que me permite olvidarme de los dolores que me
atormentan durante un rato, Ishtar y mi padre siguen conversando
sobre algo que quieren hacer y que es muy arriesgado. Pero mi
padre no está muy convencido, tiene mucho miedo de perderme.
Pero, ¿por qué?
«… Si de todas formas voy a morir, padre. ¡Qué más da!»,
pienso.
Jadeo. Siento mucho dolor. Gimo. Ellos no me prestan
atención, llevo muchas horas así y no parece que mi estado vaya a
mejorar, más bien, empeorará. Lo saben ellos y lo sé yo.
«⎯No te opongas, Halmir. Debes cumplir con el Juramento
Inmortal, no puedes negarte; esta vez, no. Cuando tu hijo pierda la
inmortalidad, iniciarás la liturgia para guiar su espíritu hacia el
otro lado y después, lo llevaremos al Sanctasanctórum. La saliva del
Basilisco es el único antídoto que puede luchar contra ese mortífero
veneno. Sí alguien puede salvarle, es él.
476
No puedo creer lo que he oído. Me agito entre las sábanas.
Ellos se han dado cuenta de mis movimientos. Se vuelven.
«Que ¿qué?»
¡La bestia, mitad dragón mitad serpiente! ¡Oh, nooo! ⎯Se me
revolvió el estómago⎯ ¡Qué bajo he caído, engullido por un
Basilisco! Bueno, si estoy muerto no me enteraré. ¿Es qué no van a
pedirme mi opinión? ¿Hay algo peor? No; creo que no.
«⎯¿Crees qué…?
«⎯No, imposible.
Ellos se entienden. Yo los entiendo, pero no comprendo.
Mi padre se vuelve a sentar en mi cama, a mi lado. Me coge la
mano y murmura, casi en silencio. Pero Ishtar que es muy sagaz le
escucha.
«⎯Si deseas llevar a cabo tu plan, mi invocación por sí sola no
basta, tú habrás de invocar a los Seres…
Ishtar interrumpe a mi padre, ambos se exaltan.
«⎯¿Habrás…? Creía que querías salvar a tu hijo. Me
sorprendes.
«⎯Por supuesto, que quiero salvarle.
«⎯Entonces, dame una razón para entenderte. Yo en tu lugar,
movería los cimientos de Nuevo Mundo con tal de salvar a mi hija.
No dudaría, y veo que tú lo haces.
Mi padre se calla. Reconoce que él tiene razón, pero a Ishtar se
le ha escapado un detalle, pues no sólo tiene una hija, sino que
Shaiton también es su hijo, aunque lo ignore. El resentimiento está
haciéndole daño, pero pone mucho empeño en que no se note. Yo
espero que pronto se reconcilien, aunque creo que eso, yo no lo veré.
Espero estar equivocado.
Un silencio.
Las palabras de Ishtar han hecho que me agite interiormente.
Hiervo. Me abraso.
Kali…
«Te quiero. No estás junto a mi, ¿dónde estás?», la llamo con
los pocos vestigios de vida que me quedan. No obtengo respuesta,
mental. Ella no está en mi aposento, de lo contrario me respondería
de la misma forma.
477
Me hundo. Caigo en el pozo de mis amarguras.
Unas lágrimas recorren mi rostro. Mi padre se da cuenta de
que estoy llorando. Ahora, estoy seguro, él ya sabe que yo estoy
escuchando y aunque el veneno no me permite apenas hablar, sí, en
ciertas ocasiones, cuando las emociones son muy intensas, puedo
manifestarme con todos los poros de mi piel.
Me vuelven a incorporar. Mi padre sostiene mi cabeza,
mientras Maya me suministra muy lentamente la pócima. Siento
nauseas. Vomito. Mi padre me abraza. Llora.
«⎯Lo siento ⎯me dice⎯. Te entregaré al Basilisco con la
esperanza de recuperarte, hijo.
Lo he oído muy bien, vaya si lo había oído.
No sé que decir a eso. Con la muerte acechándome y una vida
de incomparables hazañas a punto de irse al garete. Yo no quiero
que me lleven al Sanctasanctórum, pero cómo evitarlo.
Me besa en la frente.
«⎯Perdóname.
De repente empeoro. Me pongo malo, muy malo. Sufro una
intensa convulsión y me retuerzo en sus brazos.
«⎯Nathan, por favor… No nos dejes.
Maya aparta a mi padre. Ishtar lo agarra del brazo y lo saca a
rastras del aposento. Grita mi nombre, el que él me dio al nacer.
Nunca se había dirigido a mí con ese nombre, nunca, hasta ese
momento.
«⎯¡Nathanian!
Maya, con el semblante muy preocupado, me recuesta y me
toma el pulso. Me palpa, me toca aquí, allá. De improviso siento un
pinchazo. Me duele. Lo miró, pero sólo veo una niebla que lo
empaña todo. Me queda poco, lo sé. Esta vez, las convulsiones han
sido más violentas.
Mi cabeza me da vueltas. Me duermo y no sé si despertaré.
Mis ojos se cierran. Oigo a Maya que me llama.
«⎯Majestad…
Yo le contesto, pero no puedo articular palabra. Lo hago
mentalmente, no sé si podrá captarme. Sólo espero que sí.
«Dile a Kali de mi parte, que la quiero.»
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La negrura se me echa encima. Me azota y me lleva consigo.
Me voy.
479
Capítulo 7
Juramento Inmortal
El día siguiente…
Los inmortales Halmir e Ishtar, éste último después de hacer
las paces por el duro enfrentamiento que ambos tuvieron con
motivo de la llegada al palacio de Shaiton, no se separaba de
él ni un momento, acudieron juntos al aposento del rey.
Nada más cruzar el umbral y vieron a Maya en el interior,
intuyeron que no había tiempo, que sí tenían que llevarse a
Nathan al Panthĕon, debían hacerlo ya. No podían vacilar,
pues ya lo habían hecho durante mucho tiempo.
El hilo que unía a Nathan con su inmortalidad era cada
vez más fino y éste amenazaba con romperse en cualquier
momento. Maya había sedado a su paciente para evitarle las
convulsiones que últimamente no le dejaban ni respirar.
Pero cuando Halmir se acercó a él y lo vio tan pálido,
temió lo peor. Miró a Nathanian, y luego volvió sus ojos de
nuevo al apurado Maya. Farfulló algo.
⎯Mi hijo…
⎯No está muerto; aún, no.
Ishtar se acercó al ventanal y corrió las cortinas. Había
llegado el momento, tenían que llevarse al rey. Miró a
Halmir.
⎯Prepara a tu hijo. Nos marchamos.
⎯¿Y la invocación?
⎯No te preocupes por eso ahora. Lo haremos en el
bosque. Si queremos evitar lo inevitable, no podemos perder
el tiempo.
Maya los miró, nervioso. Preocupado por el desenlace
480
final.
⎯Te rogaría que nos echases una mano ⎯pidió Ishtar a
Maya.
El médico no sabía que hacer. La expresión de su cara
hizo sonreír al inmortal, sin ganas.
⎯Una forma de ayudarnos es yendo a buscar a mi hija y
a Morpheus. Ellos deben acompañarnos ⎯dijo, mientras
hacía un gesto para que se diera prisa y no se durmiera en los
laureles⎯. ¡Venga, no te quedes ahí parado!
⎯¿Vuestra hija? Eso no es una buena idea.
⎯¿Por qué?
⎯Ella está… ⎯dejó en suspenso lo que iba a decir, casi
se le va de la lengua. Le había prometido no decir nada y
tenía que cumplir su palabra, pues como Kali le dijo, no era
el momento.
Halmir no vio nada bien que Ishtar se olvidase de su
hijo, pues le gustase o no, él estaba en palacio.
⎯¿Y Shaiton? Él y sus dragones nos pueden
proporcionar una ayuda nada despreciable.
Ishtar se quedó en silencio unos segundos.
⎯Qué vengan si quieren, pero yo no pienso invitarles.
⎯Necesitamos mucha energía para invocar a los Seres y
puesto que con Nathan no podemos contar, tendremos que
hacerlo nosotros. Toda la ayuda debería ser bien recibida y
más si ésta procede de un hechicero del nivel de Alfeo. ¿Me
oyes, Ishtar? Es tu hijo, no lo olvides.
⎯Ya conoces mi postura. Haz lo que quieras.
⎯No tengo ganas de discutir contigo, Ishtar. Pero te
aseguro que lo haré, los Dragones tendrán mi invitación
formal. ¡A ver si así, dejáis este insensato rencor en el olvido,
que os está haciendo daño a los dos!
Entre los dos inmortales se hizo un silencio.
Con aire vacilante, Maya dio unos pasos hacia al umbral.
Se volvió.
⎯Venga, ¿a qué esperas? ⎯insistió Ishtar, rompiendo el
silencio.
481
El médico abandonó el aposento echando leches.
Halmir se dirigió al vestidor, muy nervioso y rebuscó a
tientas en los estantes, las prendas de maya y la armadura de
su hijo. También cogió la túnica y calzas de cuero y la capa
de viaje, la más felpada de todas.
Ishtar tocó la frente de Nathan, estaba helada. Miró hacia
el vestidor, Halmir estaba haciendo un ruido de mil
demonios, escarbando por todos lados.
⎯¿Qué estás buscando ahí dentro?
Halmir asomó la cabeza.
⎯Hay que proteger el cuerpo de mi hijo ⎯dijo.
⎯Bien, pero no te demores. Nathan no tiene tiempo. Si
se rompe el hilo de su inmortalidad, lo perderemos en
cuestión de segundos.
Cuando encontró lo que buscaba, llamó a Ishtar y entre
ambos vistieron a Nathan. El rey estaba profundamente
sedado. No oyeron de él ni un solo gemido ni jadeo,
absolutamente nada. Su respiración era casi imperceptible y
parecía que no respiraba. Los latidos de su corazón eran
lentos, muy lentos. Apenas palpitaba La temperatura de su
cuerpo había descendido drásticamente, se acercaba el final.
Halmir atenazado por las dudas, miró a Ishtar, éste
estudiaba al rey detenidamente.
⎯¿Y si no funciona?
⎯Halmir no empieces. Tú sabes también como yo que
no tenemos otra alternativa.
⎯El hechicero puede enterarse de nuestros planes.
Ishtar lo interrumpió.
⎯¿Eso crees? ¿Estás seguro?
⎯Sí. Las fuerzas oscuras harán lo que sea para
impedirnos llegar al Sanctasanctórum.
⎯Bien. Sí es así, lucharemos contra ellos.
Se hizo un silencio momentáneo mientras las mentes de
ambos luchaban por encontrar la forma de impedir a Festo o
al mismo Nabuc, si se atreviese a intervenir, cualquier acción
sobre Nathan.
482
Una vez vestido, Nathan fue acostado de nuevo pero sin
cubrir con las sábanas. Su rostro ya no tenía rastros de sudor.
Estaba mortalmente pálido. Le quedaban unas horas o como
mucho un par de días de vida, luego sobrevendría el óbito.
Ishtar y Halmir se sentaron a la espera de que Morpheus
y Kali hiciesen acto de presencia; el primero, en un sillón; y el
segundo, en el lecho, junto a su hijo, recordando momentos
de la vida de ambos. De repente, Ishtar se levantó de un
brinco igual que se le hubieran dado un latigazo y echó a
caminar hacia el umbral. Aquel inoportuno gesto sobresaltó a
halmir.
⎯¿Qué ocurre?
Ishtar se detuvo un instante y se volvió.
⎯Salgo un momento ⎯dijo⎯. Con las prisas se me ha
olvidado ordenar que preparen los caballos.
Halmir asintió en silencio. Se frotó los ojos. De repente se
sintió muy cansado y bostezó repetidas veces.
Unos minutos después, una voz firme lo sacó de su
letargo.
⎯Halmir, pareces a punto de caer redondo. ⎯Morpheus
estaba en el umbral, mirándole con su usual sonrisa.
⎯¿Eh? ¡Ah, hola!… Te estábamos esperando ⎯miró a su
alrededor, buscando a la joven⎯. ¿Y Kali, no está contigo?
⎯Sí, ella ahora viene. Se ha entretenido con su padre y
su hermano unos instantes. No creo que tarde.
El padre de Nathan cayó en la cuenta de que Morpheus
estaba muy al tanto de lo que ocurría en las ciudades que
luchaban contra los mercenarios de Nabuc, sus emisarios le
informaban de todo cuanto acontecía en la guerra.
⎯A propósito ⎯dijo Halmir⎯, ¿cómo van los asuntos
militares? ¿Te han llegado noticias de Jadlay y las tropas?
⎯De mi hijo, no tengo noticias. Pero de las batallas que
se han librado en los alrededores de las comarcas de Chamán
y Aretas no me han llegado más que malas noticias. La cifra
de muertos asciende minuto a minuto ―dijo―. Lo siento.
Todo va de mal en peor, nuestros soldados tienen la mente
483
puesta en Nathan, no en la guerra. Están deprimidos ⎯hizo
una pausa al observar el semblante afligido de Halmir⎯.
Espero que se le ocurra algo al todopoderoso Áquila y
consiga levantarles el ánimo, pues tal y como están las cosas,
yo no les veo futuro, Halmir. De verdad que lo siento.
Un suspiro, casi sin aliento. El inmortal inclinó la cabeza,
apesadumbrado.
⎯Estamos perdidos ⎯dijo.
⎯La única solución es que Nathan consiga sobrevivir; si
él muere, caeremos todos. Él es el motor que mueve Jhodam
y con la desgracia que le ha caído encima… ni los arqueros se
ven con fuerza de seguir adelante.
⎯¿Y la resistencia?
⎯Los resistentes sitiados en Bilsán aguantan bien, en
cuanto a la resistencia encabezada por Jadlay, no lo sé.
Espero que bien y sigan adelante, porque una rendición nos
dejaría a merced de Nabuc.
Halmir tomó las manos de su hijo entre las suyas. Las
notó sospechosamente heladas, sin vida. No dijo nada, pero
en su interior algo se derrumbaba al recordar los pasos que
tenía que realizar a partir de ahora.
⎯Bien, entonces hay posibilidades de que la cosa se
anime un poco ⎯dijo el inmortal, apretando con fuerza las
manos de su hijo, en un intento desesperado por trasmitirle
la realidad que se estaba viviendo en todo Nuevo Mundo,
pero Nathan estaba demasiado lejos de allí, demasiado lejos
para escucharle. Había traspasado la puerta que comunicaba
con el Otro Lado.
Había dejado de ser inmortal.
De repente, un suspiró de ultratumba invadió el
aposento.
Morpheus sintió un intenso escalofrío. Cerró los ojos.
Ahora, ya no valía la pena replicar las palabras de Halmir. El
óbito inmortal llegó y los dejó a los dos muy deprimidos.
El asunto distaba mucho de arreglarse, esa era la verdad.
Sin embargo, la duda surgió en ellos como las llamas recién
484
prendidas.
⎯¿Despertará?
⎯No parece muy probable ⎯respondió Halmir.
⎯Bien, en ese casó, será mejor que inicies la Liturgia de
Invocación de su espíritu ⎯dijo Morpheus⎯. Es necesario
que él pueda liberarse completamente para luchar por su
vida en el Otro Lado. Eso es lo único que nosotros podemos
hacer, el resto depende de lo que quieran hacer los Seres por
él.
Lo que era evidente es que los inmortales no sabían
cuánto tiempo podría seguir latiendo el corazón de Nathan
una vez perdida su inmortalidad. Era una incógnita. Halmir
nunca dejó de ser consciente de las aspiraciones de Apofis,
esta maligna entidad espectral deseaba lo único que no podía
tener: a Ra-Nathan de siervo.
Halmir respiró hondo, luego sacó su daga ceremonial del
cinto y la depositó sobre el pecho de su hijo; después, postró
su rodilla en el suelo a los pies del lecho, agachó la cabeza y
recitó una salmodia mágica. De pronto la afilada hoja de
plata, sujeta a una fuerza invisible conjurada por Halmir, se
elevó sobre sus cabezas, y comenzó a vibrar con un
resplandor que iluminó todo el aposento, permaneciendo así,
incluso, durante el siguiente salmo, una oración ancestral
para guiar al espíritu de Nathan hacia el despertar; al
finalizar su plegaria, se levantó.
La daga descendió y volvió a posarse de nuevo.
⎯Sangre de mi sangre ⎯murmuró Halmir, después de
besar la frente de su hijo.
⎯Sangre de nuestra sangre ⎯añadió Morpheus.
Justo después de la liturgia llegaron al aposento Ishtar,
Kali y Alfeo. Miraron a Morpheus. Ya estaban listos para la
partida. Morpheus asintió y apoyó su mano sobre el hombro
de Halmir, éste estaba exhausto.
⎯Suceda lo que suceda, os atendréis al Juramento
Inmortal. Sólo la muerte puede pagar el precio de una nueva
vida y los Seres pueden condicionar su regreso inmortal a
485
favor de la Quintus Essentĭa ⎯afirmó⎯. Supongo que lo
sabes, ¿verdad, Halmir?
⎯¿Acaso piensas que se está juzgando a mi hijo?
Ishtar puso el grito en el cielo al escuchar la pregunta de
Halmir. No podía creer que un inmortal de su talla tuviera
tantas dudas.
⎯¿Cómo dices? ⎯preguntó Ishtar, algo exaltado⎯.
Parece ser que tu sed de venganza te ha trastornado, amigo
mío.
⎯Me estás hablando de condicionamientos. ¿Qué
quieres que piense? Mi hijo ha perdido la inmortalidad,
porque nadie ha sabido controlar el poder de esa serpiente
llamada Apofis y ahora me hablas de la Quintus Essentĭa,
que se supone, es la divinidad de mi hijo, sumada a su ser.
⎯Sí, Halmir ―afirmó seriamente Ishtar―. Y nosotros
iremos al Sanctasanctórum, entregaremos su cuerpo carnal al
Basilisco para apelar a esa divinidad que no es más que el
otro lado de tu hijo; el dios, no el hombre.
Ellos tenían razón. Halmir no podía hacer nada más que
reconocer la verdad. La esencia del último dios seguía intacta
y por mucho que le pesara a las fuerzas oscuras, seguiría ahí.
Algo intangible que, en principio, no se podía destruir con
ningún veneno. El problema era que la Quintus Essentĭa,
aunque separada en el tiempo y en la distancia, estaba unida
a su hijo como éter espiritual, esencia con carne. Si muere el
cuerpo, se extinguirían juntos.
⎯Mi hijo olvida constantemente quién es.
⎯Sí; y tú, también.
Ishtar como alquimista, astrólogo, matemático y vidente
poseía las respuestas a muchos enigmas. Pero no tenía el don
de manipular el destino; sin embargo, Nathan, sí. Por esta
razón lo envenenaron, para eliminar esa posibilidad de cuajo.
Festo había jugado muy bien sus cartas.
⎯La divinidad de Nathan es vulnerable sólo a su propia
esencia ―afirmó Ishtar―. Festo y Apofis lo saben y no
dudarán en enfrentarse a nosotros con el propósito de
486
impedir que nos acerquemos al Panthĕon. Puedes estar
seguro, Halmir que si no conseguimos llegar antes de que las
lunas se tiñan de escarlata, los perderemos a los dos.
⎯¿Cuánto queda para ese fenómeno?
⎯Veinte horas.
Halmir estaba realmente sorprendido y no era para
menos, Kali y Alfeo, escucharon todo cuanto se dijo en la
estancia, más tiesos que un palo.
⎯¿Desde cuándo sabes todo esto?
⎯Desde anoche ⎯afirmó Ishtar⎯. No dormí pensando
en resolver el enigma de tu hijo y el por qué del veneno.
Estudié las cartas astrales, el cielo, la posición de las estrellas,
las runas, los oráculos y los libros sagrados. Los hallazgos
fueron iguales en todas las opciones. Halmir, nos guste o no,
estamos ante un cambio de era y ésta parece guiarse por el
destino de Nathan.
⎯Gracias, Ishtar. Sin embargo, siento pánico al pensar
que tengo que entregar a mi hijo al Basilisco.
⎯Lo comprendo. Pero no tenemos otra opción. Es un
riesgo que tenemos que correr.
Se hizo un silencio opresivo.
A medida que se acercaba la hora de partida, aumentaba
la tensión en palacio. Los inmortales sólo podían esperar que
los Seres oyeran sus súplicas.
A Nathan lo habían perdido y aunque su corazón seguía
latiendo, su inmortalidad se había desvanecido. La cuenta
atrás se había iniciado y los inmortales no dejaban de pensar
en el tiempo que podría aguantar con vida, ahora que se
había convertido en un ser mortal.
Sólo tenían veinte horas, para tratar de salvar la vida de
la deidad y las suyas propias.
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Capítulo 8
Regreso a Esdras
Aby miraba con ojos tristes a través de la ventana de su
aposento, la catedral. El magnifico templo se elevaba hacia el
cielo con paredes de piedra cristalina oscura. Dos obeliscos
de más de veinte metros de altura y construidos en piedra
jade de color verde, se alzaban majestuosos a ambos lados
del portón. Más allá no podía seguir vislumbrando, pues los
jardines de los alrededores le impedían la visión de todo el
conjunto.
Sentía nostalgia de Esdras, de su gente, de sus
aldeanos…
Suspiró.
Vestía una tupida y elegante túnica de seda, larga hasta
los pies, de color crema, ceñida a la cintura con una estrecha
faja roja y una capa granate de terciopelo, que caía tras su
espalda. Sus cabellos recogidos en espiral y hacia atrás,
estaban anudados a una cinta de oro que caía sobre su
espalda con unos cascabeles en sus extremos. Su bella mirada
ambarina estaba apunto de echar alguna que otra lágrima, de
esas que no se pueden contener, que emergen del alma y
florecen en la superficie convertidas en cristal.
El exilio era demasiado para ella. Era consciente de que
no podría volver a Esdras hasta que se hubiera producido el
derrocamiento del rey Nabuc y eso, la estaba torturando.
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza, uno tras
otro. El envenenamiento del rey. Su esposo, Nabuc… Un
488
hombre al que amaba y odiaba al mismo tiempo. No
comprendía, el odio tenía raíces profundas y el amor, era
extraño.
Estaba echa un verdadero lío.
Jadlay y Lamec… Lo reconocía, se sentía atraída por los
dos, pues ambos reunían el carácter que ella buscaba en un
hombre; Jadlay, era inquieto, audaz; Lamec, sosegado,
sereno. Por un instante, también pensó que estaba
enamorada de los dos. Sin embargo, a ellos los amaba de un
modo diferente, con el corazón. Al llegar a esa conclusión, se
dio cuenta de que sus sentimientos hacia Nabuc no eran más
que lascivia pasional. Esos sentimientos contradictorios no la
dejaban vivir en paz, porque él la violó brutalmente el día
que la desposó, bajo la liturgia de un cruel ritual al que se vio
sometida de la noche a la mañana, sin opción a negarse. Supo
que era un error, no podía estar enamorada de un déspota
como Nabuc. Y rechazó la idea inmediatamente.
En sus pensamientos también estaba Nathan, la criatura
más hermosa que habían visto sus ojos jamás. Su rostro, de
facciones perfectas y su piel cobriza, suave y perfumada,
eran un deleite para los sentidos. Su melena, rizada, cuidada
seguramente por Kali… Nathan era fuego y pasión.
Irresistible, enigmático, culto, educado, caballero… Un rey.
Un dios. Se notaba de lejos su linaje. La deidad era un manjar
exquisito, pero prohibido.
Tiempo. Necesitaba tiempo, para poner en orden sus
sentimientos.
De pronto, su padre y Lamec irrumpieron en el
aposento.
⎯Tenemos que hablar, Aby ⎯le dijo el joven.
Ella salió de su ensimismamiento y lo miró sin dirigirle
la palabra, luego dio unos pasos hasta el sillón; allí, se dejó
caer. Temblaba de tal manera que su padre, a grandes
zancadas, se acercó a ella, preocupado.
⎯Estás temblando ⎯afirmó Joab, tomando las manos de
su hija entre las suyas⎯. ¿Qué ocurre?
489
⎯Nada, padre ⎯Aby apartó sus manos⎯. Estoy bien
⎯alzó su rostro y miró al joven⎯. Dime, Lamec ¿de qué
tienes que habladme?
El levita se irguió y se sentó en una silla, junto a su hija.
Lamec se quitó la capa. En el aposento, hacia calor.
⎯Los inmortales se marchan en una hora y nosotros
podríamos pensar en regresar a Esdras, si te parece bien.
⎯No lo dirás en serio ⎯aseguró Aby mientras se
levantaba del sillón⎯. ¿Y permitir que la espada de Nabuc
caiga sobre nuestras cabezas?
⎯Eso no ocurrirá. Son cuatro días de viaje, seguramente
él habrá dejado de existir en ese tiempo.
⎯¿A qué viene esa seguridad?
Lamec iba a responderle cuando el padre de Aby alzó
una mano interrumpiéndole.
⎯Ha llegado un halcón peregrino con noticias
―afirmó―. La resistencia está a solo cinco kilómetros de
Esdras y no piensan detenerse. Atacarán.
⎯No puedo marcharme, no sin antes comunicárselo al
rey.
⎯Pero, Aby… Nathan no está en disposición de
escucharte y nuestra tierra nos necesita.
De pronto, un pensamiento fugaz.
«En medio del bosque oscuro como las tinieblas, hay una
ciudad amurallada llamada Esdras, una tierra hermosa y…»
Aby no pudo seguir pensando. Su tierra, ya no era hermosa;
estaba teñida de sangre y muerte. Recordó el sueño que tuvo
anoche y del cual no dijo nada a nadie.
⎯El laberinto subterráneo. Una espada…
Habló en voz tan baja, que parecía un susurro.
⎯De eso se trata, Aby ⎯dijo Lamec con inusual
calma⎯. Una espada para matar a Nabuc. Una espada que te
dará la libertad.
Joab agarró a su hija por los hombros, y le habló tratando
de hacerle razonar.
⎯Nosotros somos esdraníes ⎯afirmó⎯. Nuestro lugar
490
está en la tierra donde nacimos, no aquí. Cumplimos nuestra
misión, ayudamos a Jadlay a escapar del cautiverio y lo
acompañamos hasta Jhodam, pero ahora nuestro deber es
terminar lo que iniciamos.
⎯Ese deber es de Jadlay.
⎯Sí, es cierto ⎯afirmó Lamec mientras caminaba de un
lado a otro del aposento⎯. Pero, ¿y si falla? Él no es
inmortal. ¿No te has parado a pensar que ocurriría si él
muere antes de cumplir su propósito?
⎯No fallará. Es su destino.
⎯¡Por favor, Aby! Sé razonable ⎯dijo Lamec.
Aby se quedó en silencio, reflexionando. Parecía
asustada ante la perspectiva de reencontrarse con Nabuc.
Después de una larga y tensa pausa, Joab se dirigió a su hija.
⎯Debes decidirte, hija.
Aby miró a su padre. Lo hizo. Tomó una decisión.
⎯De acuerdo.
⎯¡Bien! ⎯exclamó el levita⎯. Esta es mi chica.
⎯Ya verás como todo saldrá bien ⎯dijo Lamec⎯.
Además, Agar vendrá con nosotros.
En aquel momento, al otro lado del palacio se escuchó el
estruendo de muchos tambores, perfectamente acompasados.
Las puertas del edificio se abrieron y de él salió un escuadrón
de arqueros, preparándose para dedicarle un homenaje al
rey, con la esperanza de que regresara liberado del veneno
que había consumido su divina inmortalidad.
La conversación entre los tres cesó.
Abandonaron el aposento.
En los corredores había una inusual afluencia de
cortesanos que se dirigían a la explanada rodeada de
obeliscos, junto a la escalinata real, frente a los jardines; en
sus rostros se reflejaba una expresión de tensa preocupación.
La situación del rey era crítica, pues un mal destino de la
deidad provocaría que la oscuridad se cerniese sobre ellos.
Aby, Lamec y Joab les siguieron, en silencio, avanzando con
decisión.
491
Llegaron al exterior, el gentío era abrumador. Nada
parecido con Esdras, en donde los súbditos no querían oír
hablar del rey Nabuc. En Jhodam, la población se vuelca con
su rey, se nota que lo aman. Aby, impresionada, notaba como
se le erizaba la piel al presenciar como testigo la ejemplar
muestra de cariño de todo un pueblo acostumbrado a la
lucha entre los poderes Blanco y Negro. Tenían un rey-dios
como máximo gobernante y eso les obligaba a estar
preparados para todo.
La nueva guerra, después de pasados veinticinco años de
la última, no les había pillado desprevenidos. Jhodam era un
pueblo guerrero, acostumbrados al uso de la magia y al
derramamiento de sangre de sus semejantes, esto último lo
soportaban con una estoicidad sin igual. Un don que el
propio Nathan, como conductor de su rebaño, se empeñó en
trasmitir y consiguió una vez, se convirtió en el último dios.
Un don que les permitiría superar los momentos difíciles,
convirtiéndolos en dueños de sí mismos y de su propio
control sobre la sensibilidad de sus corazones y mentes. Las
emociones era humanas y en Jhodam, nadie perdía el tiempo
en mostrarse humano, eso se consideraba una debilidad y las
debilidades se ocultaban. Nathan no era humano y su pueblo
quería ser como él, actuar con su frialdad y amar con su
pasión.
Aby aspiró la gélida brisa, embriagándose de la
heroicidad de aquellas gentes, que con sus manos alzadas
hacia el cielo victoreaban el nombre de su gran rey,
reverberando los ecos por doquier.
Los esdraníes se despedirían de Nathan y de los
inmortales, como hacían los jhodamíes para luego,
emprender el viaje de regreso a casa.
Se miraron los tres. Entre ellos, un vasto silencio.
492
Nathanian
Dentro del sueño inducido, se repetía insistentemente un
sonido, unos chillidos de halcón, pero cuando me desperté,
los ruidos procedentes de la realidad que al filtrarse en el
sueño habían provocado aquel efecto habían desaparecido.
Lo único que escuchaba eran las voces de mi padre y de
Ishtar, confusas, aunque podía distinguirlas; y eso sí,
tambores… Muy lejanos.
Al desaparecer bruscamente mi inmortalidad me sentí
como si estuviera flotando en el espacio, sin saber dónde
poner mis pies.
Abro los ojos y veo a mi padre frente a mí, mirándome y
a Ishtar que se acercaba acompañado de Maya.
Estaban conversando seriamente y sus rostros reflejaban
una preocupación que me puso los pelos de punta.
⎯Es normal, Halmir. Date un poco de tiempo.
Las palabras de Ishtar me sacaron de mis casillas.
¿Tiempo para qué?, pensé. Me costaba trabajo hablar. No
podía, después de unos segundos realizando unos esfuerzos
innecesarios me di por vencido. Me resigné.
¿Otra vez tengo que sacrificarme como cuando cumplí la
Profecía?
¿Realmente era necesario? ¿Por qué no me dejan morir
tranquilo? Ni siquiera se han dignado en preguntármelo.
¿Por qué estáis todos tan seguros de lo que hacéis?
Mi cabeza turbia por los sedantes me da vueltas.
Hay luz en el fondo. Oigo un tintineo. Agudizo el oído,
pues es lo único que parece funcionar bien en mi cuerpo.
Cascabeles.
Suenan desde fuera, cada vez más cerca, y unos instantes
después vislumbro una silueta que avanza hacia mí con paso
vacilante. Es Kali.
Yo estoy despierto, pero como he dejado de reaccionar a
cualquier estimulo externo, pues ella parece no darse cuenta.
493
Mi éter, o sea, yo, estoy preso en un cuerpo que dejará de
sentir la vida en cualquier momento.
Se acerca y me besa en la frente, Kali esboza una ligera
sonrisa y les dice a ellos:
⎯Ya está todo preparado.
⎯Perfecto. Es la hora ⎯afirma Ishtar.
⎯¿La hora de qué? ⎯me pregunto. De entregarme como
comida a una bestia. Claro, alguien se tiene que ocupar de él.
Debe estar rugiendo de hambre.
Yo, a través de mi éter, puedo ver a mi preocupado
padre. Él no está muy convencido, pero sé que está obligado
a seguir con los planes de Ishtar. Leo su mente, capto su
lucha.
No puede ser.
Pero es. Punto final.
Si me dejaran a mí elegir… No tendría dudas.
Muerto antes que entregado a las fauces de un Basilisco.
Pero ¿qué ve Ishtar en esa bestia inmunda? ¿Acaso saben
algo que no se yo?
La verdad, a estas alturas ya nada me importa. ¡Qué
hagan conmigo lo que quieran!
De pronto algo atrajo mi atención, era Kali que estaba a
punto de llorar, pero enseguida se repuso.
⎯Vivirá.
Ishtar y Halmir la miraron extrañados.
⎯Es posible ⎯dijo Ishtar.
⎯No es que sea posible, es que lo sé.
Mi padre se llevó las manos al corazón y la miró con
ahínco.
⎯¿Por qué estás tan segura?
⎯Un presentimiento.
Yo la miré desde lo alto, se puso pálida. Su padre
también se dio cuenta de su repentina lividez.
⎯¿Te encuentras bien?
⎯Estoy un poco mareada.
Yo también tenía un presentimiento y éste me mordió las
494
entrañas.
Kali… Un hijo…
⎯No deberías acompañarnos ⎯le dijo mi padre⎯. Este
viaje entraña muchos peligros y no es conveniente exponerte.
En tu estado lo que te conviene es descansar.
En ese instante, miré a Ishtar, él se dio la vuelta
bruscamente hacia ellos. Las palabras de Halmir lograron
encender su alarma interior, pero no llegó a captar el
mensaje. Yo, sí, y me irrité al pensar que él sólo pensaba en
una cosa: entregarme al Basilisco.
⎯La necesitamos, Halmir. Ella tiene que acompañarnos.
⎯No te preocupes ―murmuró Kali―. Ya se me pasará.
Prefiero estar con vosotros a sola aquí, en palacio.
En ese momento, yo sufrí una conmoción indescriptible.
Mi mundo se tambaleó y se me hizo incomprensible. Sentí
como si alguien hubiera cortado las amarras que me
mantenían atado a la realidad, y que me alejaba. Necesitaba
morir antes de que me cargaran a lomos de un caballo, sólo
así evitaría que ella expusiera su vida y la de mi hijo en una
lucha de la que era ajena. Con un hijo mío en sus entrañas,
Kali era más importante de lo que nadie pensaba. Era mi
heredera y con permiso de mi padre, regente, o sea, la reina
de Jhodam y mi hijo, mi sucesor directo.
De repente, algo cambió en Ishtar. Él y mi padre estaban
levantando mi pesado cuerpo, cuando preguntó algo que
obligó a Kali a confesar.
⎯¿Acaso me ocultáis algo?
Ishtar me soltó. Mi padre me sujetó con fuerza antes de
que diera con mi espalda de nuevo al colchón.
⎯Estoy en cinta, padre. Espero un hijo de Nathan.
Yo me quedé inmóvil, suspendido en el aire, escuchando
con atención. Mi aura vibraba sin control. Automáticamente
mis ojos etéreos se desviaron hacia Ishtar, parecía petrificado.
Supongo que nunca pensó en esa posibilidad. ¡Qué ingenuo!
¿Acaso creía que no podríamos tener hijos? Sí, eso debe ser,
porque otra respuesta, no tengo.
495
⎯No puede ser, Kali ―dijo de repente―. ¿Sabes lo que
ocurriría si Apofis descubriera algo así?
Ahora el que se quedó de piedra, fui yo. Otra vez ese
maldito nombre retumbando en mi cabeza. ¡Maldita seas,
demonio! No te bastó con envenenarme y cortarme la
cabellera que ahora, aspiras a dominar todo y a todos… Bien,
pero eso será solo por encima de mi cadáver y yo, aún no
estoy muerto.
En el fondo me hago ilusiones, lo sé.
Mi padre se exaltó al escuchar sus palabras. Me acostó y
se enfrentó a Ishtar.
⎯Tu hija está embarazada, y eso es una verdad como un
templo, independientemente de que tú quieras aceptarla o
no. De nada sirve negarse a la evidencia.
Kali cogió con fuerza un brazo de mi padre.
⎯Os acompañaré ―dijo―. Quiero estar con Nathan, si
el no vuelve a Jhodam, yo tampoco. Y no quiero objeciones a
mi decisión.
Yo no podía más. Tenía ganas de llorar, pero no podía.
De pronto, un estruendo infernal sacudió
repentinamente los cimientos de mi éter. Una explosión que
me dejó aturdido y que me devolvió a mi cuerpo.
Abrí mis ojos. Los miré, incapaz de creer lo que ocurría
entre ellos. Me sentí extrañamente humano.
Un silencio súbito los alcanzó.
Maya, sentado en un sillón junto a la chimenea, era el
único que mostraba su aplomo intacto. Había escuchado en
silencio, sin intervenir y aprovechando el silencio de los
inmortales, él se acercó hasta mí y me tocó la frente, me
palpó las venas de las muñecas y me auscultó el corazón.
Detrás de él, estaba Kali que me contemplaba con lágrimas
en los ojos.
⎯Nathan, te recuperarás. No permitiré que te pase nada.
Yo estaré contigo, siempre ⎯me besó.
Gemí. Me oyeron.
Se rompió el silencio.
496
⎯Ánimo, Nathan. Nos vamos.
Mi padre y Kali me levantaron del lecho y me pusieron
en pie. ¡Qué sensación! Había olvidado lo que se sentía al
caminar.
Salgo de mi agujero negro y de pronto me veo arrastrado
por el corredor, apoyado en mi padre y en Ishtar. En ese
momento, veo a Morpheus y a mi fiel amigo Alfeo. Lo miró.
Cae arrodillado a mis pies. Los dragones lo secundan. Intuyo
que van a acompañarme en estas mis horas finales.
Silencio a mi alrededor y luego el murmullo al salir al
exterior. Gentío. Mi pueblo. La luz del día me ciega y me
marea. En mi aturdido cerebro retumban muchos sonidos
distintos, que en ese momento soy incapaz de distinguir.
Noto como la sombra vuelve y se posa sobre mis párpados,
alcanzándome.
He llegado a los confines de una zona oscura y mi padre
y los demás inmortales están a punto de desencadenar un
ritual peligroso: el Rito de Muerte y Renacimiento de los
Seres. Ahora ya lo sé todo.
No me hago a la idea de que mi vida ha terminado.
Los inmortales y el rey, éste había perdido el conocimiento,
bien sujeto en la parte delantera de la montura con un arnés a
su padre, atravesaron los jardines, dejando atrás las fuentes
de luz irisada con pequeños obeliscos, el ninfeo y
descendieron al paso avenida abajo, fundiéndose poco a poco
en la lejanía, bajo el retumbe de miles de voces desgarradas
que victoreaban el nombre del rey a su paso. Los súbditos, no
dejaban de clamar esperanzados, deseándoles a los viajeros
buena suerte en su peregrinaje al Panthĕon Sacrātus.
Todavía no había escampado la muchedumbre en los
alrededores del palacio cuando Lamec, Joab, Agar y Aby
montados en sus caballos se disponían a marcharse de
Jhodam rumbo a Esdras.
Joab y Agar informaron de sus intenciones de partir de
497
inmediato al padre del rey, unos minutos antes de que éste
emprendiera el viaje con la venerable misión de salvar a su
hijo. Halmir no estaba muy conforme con la decisión que
habían tomado, pero era consciente de que no podía
obligarles a estar en palacio más tiempo, si ellos no querían
seguir allí. Era libres de hacer lo que les viniese en gana,
aunque con ello arriesgaran sus vidas.
Los esdraníes emprendieron la marcha, con tranquilidad,
sin precipitarse. Tenían cuatro días por delante. Cuatro días
de largo y peligroso viaje.
Aby tiraba de las riendas con la mirada al frente,
pensativa. Sintió la sangre latir en sus sienes y mil
pensamientos volvieron a su mente, confundiéndola de
nuevo. Era consciente de que regresarían en un momento en
que Esdras registraría los peores avatares de su historia
provocados por una guerra terrible que había ocasionado su
propio rey.
A sus espaldas, Jhodam se iba perdiendo en la lejanía.
Las llanuras se abrieron ante ellos invitándoles a una
cabalgadura rápida, para convertirse en sombras diminutas
que volaban, fundiéndose en la niebla.
En lo más profundo del Bosque Tenebroso, a tan sólo cinco
kilómetros de Esdras, la resistencia y el ejército de Jhodam se
preparaban para el ataque a la ciudad amurallada.
Hicieron un campamento en la nieve, que había caído en
la noche, en el suelo del bosque, manteniendo una distancia
prudencial con las torres centinelas de la ciudad amurallada.
Eran tan altas que desde la fortificación superior de los
torreones podía divisarse la humareda de una fogata en diez
kilómetros a la redonda.
Los halcones peregrinos iban y venían veloces de
Jhodam y Bilsán hasta ellos, incansables, sin tregua.
Informando de todo cuanto ocurría en las ciudades y fue en
498
uno de esos viajes cuando le llegó a Áquila un mensaje real,
firmado por Halmir, notificándole sobre la decisión que los
inmortales habían tomado para tratar de salvar al rey e
incitándoles a derrocar a Nabuc a la mayor brevedad posible.
El comandante respiró tranquilo al leer la escueta misiva
porque eso significaba que Nathan seguía vivo. Un aliciente
perfecto para las deprimidas tropas que a buen seguro
recibirían la noticia con alegría. Jadlay al ser informado sintió
una necesidad imperiosa de enfrentarse a su tío y de
atravesarle el cuerpo con su larga y afilada espada, una
muerte que pensaba dedicársela al rey de Jhodam. Sin
embargo, la respuesta de Áquila a sus deseos de acabar con
la vida de Nabuc antes del tiempo que se habían propuesto
para hacerlo no se hizo esperar y fue tajante en su decisión.
⎯Jadlay, no.
El joven frunció el entrecejo y agarró al comandante de
un brazo, zarandeándole.
⎯¿Cómo que no? ⎯preguntó⎯ ¿Acaso crees que voy a
dejarle gobernar un día más?
Áquila se soltó las garras de Jadlay con desdén.
⎯Tú harás lo que yo te diga. No pienso poner en peligro
la misión por una precipitación tuya. Hay que planear paso a
paso nuestros siguientes movimientos, si queremos coger a
Nabuc con los calzas bajadas.
Áquila hizo una pausa al ver que sus hombres les
estaban mirando, luego terminó diciendo:
⎯Si te precipitas auguro tu muerte, no la de Nabuc,
piénsatelo bien.
Jadlay escuchó las palabras del comandante con
disgusto. No se esperaba aquella reacción tan severa e
inesperada de su amigo. Durante un rato deambuló,
inquieto, por los alrededores sin dirigirle la palabra a nadie
hasta que se cansó de su propia actitud y entonces fue
cuando comprendió que tenía que acatar la orden. Áquila era
la mano derecha del rey, su comandante y si él quería
recuperar su legado, estaba obligado a obedecer sin rechistar.
499
Le estaban ayudando a conseguir lo que tanto ansiaba y él
sólo pensaba en sí mismo.
Contra todo pronóstico, Jadlay se excusó ante el
guerrero, éste perplejo, se quedó sin palabras.
⎯Lo siento ―murmuró Jadlay, cabizbajo―. Espero que
puedas perdonar mi conducta. Se hará como tú digas.
El joven volvió a alejarse del grupo, pero esta vez para
reflexionar sobre lo que acababa de hacer. Un paso de
gigante para apaciguar su carácter pendenciero.
Áquila se acercó al joven. Tenía algo que decirle, algo
muy serio.
⎯La guerra no es ningún juego, Jadlay. Cuando Nathan
decidió apoyarte lo hizo pensando con el corazón, porque su
mente fría y calculadora no apostaba por ti. Por favor, hazle
un favor y actúa como un hombre no como un niño que se
pone a gritar y patalear cuando alguien le dice no.
Jadlay que estaba sentado sobre una roca, al oír aquellas
palabras levantó la mirada.
⎯Ahora deja atrás esa cara de indiferencia y ponte en
pie, tenemos compañía ⎯dijo Áquila⎯. Najat y Yejiel han
localizado muy cerca de aquí a una avanzadilla rebelde.
Demuestra lo que vales enfrentándote al enemigo, no a mí.
Jadlay se quedó unos instantes inmóvil, con la mirada
perdida. El comandante sin comprenderle, recriminó su
actitud.
⎯¡Vamos! ⎯dijo Áquila⎯. ¿A qué esperas? ¡Ha llegado
la hora de empuñar las espadas!
Rápidos como un rayo, corrieron a lo largo del sendero,
treparon el montículo que les resguardaba y subieron a lo
alto. Yejiel y Najat estaban esperándoles, agazapados entre
unas grandes rocas. Mientras corrían, reunieron un grupo de
valientes guerreros, espadachines de sangre.
Desde lo alto del montículo vislumbraron un sendero
angosto que descendía hasta un arroyo; allí, observaron a un
puñado de guerreros rebeldes que caminaban con las
espadas preparadas.
500
Áquila y Jadlay descendieron rápidamente el montículo,
seguidos por sus hombres. Con decisión, desenvainaron sus
espadas.
⎯¡A por ellos, muchachos! ⎯gritó el comandante.
La euforia se apoderó de todos ellos y se precipitaron
sobre los rebeldes, sin compasión.
Un grito se elevó por encima de las copas de los árboles.
⎯¡Nathan! ¡Te dedico nuestra victoria! ⎯anticipó
Áquila.
Los rebeldes reaccionaron tarde y mal; enfurecidos por el
ataque sorpresa, se volvieron para combatir; pero la
resistencia formó un muro muy difícil de abatir. Algunos
vacilaron un instante y luego se lanzaron al ataque con una
tormenta de pedruscos; otros, se dispersaron y ataron desde
otro punto. Un grupo de arqueros y resistentes con Yejiel y
Najat al frente se amontonaron junto a un peñasco, lanzando
una lluvia de flechas contra los guerreros rebeldes. Najat se
descolgó del cinturón la ballesta y lanzó saetas a diestro y
siniestro. Algunas flechas y saetas dieron en el blanco; otras,
se perdieron en la espesura del bosque.
Las espadas rechinaron al chocar los aceros, ruidosas.
Los arqueros agotaron su primera provisión de flechas sin
ponzoña y cargaron en sus grandes arcos flechas
emponzoñadas que dispararon veloces como un rayo, sin
perder apenas tiempo. De súbito, de entre las espesuras,
llegaron montados en sus caballos un grupo de veinte
rebeldes atraídos por los alaridos y los gritos de guerra de
sus compañeros. Los enemigos se abalanzaron como una
marea salvaje, unos contra los arqueros, otros hacia la
explanada, donde Áquila luchaba incansable a capa y
espada. El comandante y Jadlay se vigilaban las espaldas uno
a otro, perfectamente sincronizados.
La espada de Áquila osciló como un péndulo,
amenazante. Tres rebeldes cayeron, decapitados; dos se
arrojaron al suelo, sigilosos como serpientes, y tomaron a
Jadlay por los talones lo hicieron trastabillar y caer, y se le
501
echaron encima, letales. Forcejearon y las espadas silbaron en
el aire.
Áquila vio de refilón la complicada situación de Jadlay.
En el momento en que el comandante acudía a auxiliarlo, el
joven, que había conseguido abatirles, se levantaba aturdido.
Los cadáveres se contaban por docenas en ambos
bandos.
Comenzó la desbandada.
En pocos minutos, los soldados rebeldes que siguieron
luchando fueron barridos, abatidos o arrojados al arroyo.
Fatigados, los resistentes supervivientes se
reorganizaron y luego comenzaron a contar los caídos en la
batalla.
⎯Las cosas andan mal ⎯dijo Áquila, enjugándose con el
brazo el sudor de la frente.
⎯Bastante mal ⎯confirmó Jadlay.
El comandante enfundó su espada.
⎯Confío en que el fin no esté lejano.
⎯No está lejano. Lo tenemos al alcance de la mano
⎯respondió Jadlay mientras miraba la tierra húmeda y
contaba mentalmente algunos cadáveres de compañeros.
Áquila no dijo nada.
De repente, tronó una voz.
⎯¡Dieciocho! ⎯gritó Najat, corriendo hasta ellos con el
rostro desencajado.
El comandante se volvió bruscamente.
⎯¿Qué? ⎯preguntó Áquila, sin comprender.
⎯Muertos. Tenemos dieciocho bajas.
⎯Entonces, démonos prisa ⎯dijo Áquila⎯. Enterremos
a nuestros compañeros caídos y después tratemos de cruzar
las líneas enemigas que nos separan de la ciudad amurallada.
Durante tres horas cavaron fosas, luego enterraron en
ellas a los soldados muertos en el combate. Oraron todos
juntos un réquiem e inmediatamente después, Áquila subió a
su caballo y se dirigió a sus hombres.
⎯Somos un ejército muy grande, no permitamos que el
502
enemigo nos pise los talones. ¡En marcha!
Las palabras del comandante fueron un bálsamo de
ánimo que embriagó a todos, sin excepción.
503
Capítulo 9
Asedio en el bosque
Sólo unos minutos tardó Nabuc en enterarse de lo ocurrido a
una avanzadilla de sus tropas. Encendido en ira comenzó a
repartir órdenes a los subordinados que pacientemente
esperaban sus decisiones en el lúgubre salón del trono; estos,
atemorizados, no se atrevieron a replicar ni una de sus
palabras. Caminaba de un lado a otro del estrado,
apretándose los nudillos, parecía un animal enjaulado, pero
sin jaula. Gruñía y rugía como una bestia acorralada, sin
salida.
⎯Esto no va a quedar así, Jadlay ⎯decía.
Después de lanzar un buen número de improperios,
Nabuc calló y se dirigió a la terraza, desde allí contempló
aquella guerra que él había causado. Estelas de humo allá
por donde miraba con ojos impasibles.
Ajior lo siguió, sigiloso. Hacía días que había dejado de
confiar en Nabuc y en sus planes. El Sumo Sacerdote se
sentía culpable por haber permitido la muerte de la joven
nodriza del heredero al trono hace veinte años e incluso,
como lo desconocía en un principio, del asesinato del bebe
real. Tampoco estaba de acuerdo con la planificación de la
guerra. Los habitantes de Esdras sufrirán en su piel una
lucha que no tenía nada que ver con ellos, ni con sus formas
de vida; la verdad es que tenían motivos, pero el culpable era
Nabuc, los había exprimido hasta la saciedad y lo único que
se merecía el rey, era morir.
Una voz sosegada y firme rompió el silencio del rey.
504
⎯Entonces consentirás la lucha hasta que caiga la
ciudad…
Nabuc no se molestó por la irrupción del sacerdote y
aceptó la conversación.
⎯No pienso consentir bajo ninguna circunstancia que lo
qué con tanto esfuerzo he conseguido y por lo que estamos
luchando sea tirado por tierra ―dijo―. Jadlay no tendrá
jamás mi trono.
⎯Quizá perdamos esta guerra ―repuso el sacerdote―.
El ejército de Jhodam es fuerte.
⎯Esdras no caerá ⎯replicó Nabuc⎯. Seguiremos
luchando hasta que no quede nadie con vida y eso me
incluye a mí.
El rostro de Nabuc se volvió duro, sus rasgos se afilaron.
No tenía conciencia ni dignidad. Sólo le importaba el trono.
Mientras observaba el paisaje, vio a Enós y Gamaliel
traspasar el puente levadizo. Se volvió hacia Ajior, éste le
miraba con ojos temerosos, envuelto en una sotana de
pánico. No quería seguir siendo cómplice de sus asesinatos
ni de su guerra, estaba harto. El Sumo Sacerdote retrocedió
unos pasos, quería huir de su presencia. Nabuc, astuto como
un zorro, captó sus miedos y antes de que abandonara la
terraza lo agarró de un brazo. Intuyó que iba a delatarle, que
cantaría como un canario a toda la población y no pensaba
permitirlo.
⎯¿Adónde vas?
⎯Majestad, suélteme.
Nabuc se echó a reír. Lo soltó.
⎯¿Qué ocurre? ¿Me tienes miedo?
Ajior tragó saliva. Su corazón palpitaba desbocado.
⎯Siempre has sido cruel. Cruel y malvado.
El rey no pareció inmutarse ante los insultos del
sacerdote.
⎯¿Crees qué me importan tus palabras? ⎯Nabuc
chasqueó los dedos llamando a un guardia, éste apresó al
sacerdote.
505
Ajior se debatió, tratando de liberarse.
⎯Eres un sanguinario. Un asesino de ni…
Al instante, Nabuc lo agarró del cuello justo en el
momento que Ajior pretendía confesar en voz alta lo
ocurrido hace veinte años. El sacerdote no podía seguir más
tiempo luchando con sus remordimientos, necesitaba liberar
el secreto que le quemaba el corazón.
⎯Si te atreves a decir algo, te mato.
Nabuc después de amenazarlo, lo soltó. Ajior tosió,
recuperó el aliento.
⎯No soy tu esclavo ⎯replicó⎯. Aunque sea lo último
que haga juro que el pueblo se enterará.
El rey gruñó encolerizado.
En aquel momento, Nabuc, fuera de sí extrajo su puñal
del cinto y acuchilló al sacerdote en el corazón. Ajior se
desplomó, muerto.
⎯No, hablarás; ya, no.
El rey miró al guardia, éste observaba el cadáver con
pavor.
⎯Llévate su cuerpo y tíralo al foso ―dijo―, que se lo
coman los cocodrilos.
Desde el lúgubre salón del trono se oyeron las voces de
los cortesanos que habían observado todo lo ocurrido en la
terraza. Nabuc había asesinado a un sacerdote a sangre fría,
sin piedad. Pasmados, los cortesanos, huían despavoridos
cuando Enós y Gamaliel irrumpieron en la estancia. Los
sicarios pasaban por al lado del guardia y miraron el bulto
que cargaba, era el cadáver de Ajior. Ambos se cruzaron las
miradas sin comprender.
⎯Majestad… ⎯Enós hizo una reverencia al rey, lo
mismo que Gamaliel, éste lo miraba de refilón.
A Nabuc le costó un gran esfuerzo controlar su
malhumor.
⎯¿Qué queréis? ―preguntó con voz seca y fría.
Enós tragó saliva. El rey estaba de un humor de perros.
⎯La resistencia y el ejército de Jhodam se han sitiado
506
frente a las murallas… ―empezó diciendo―. Creemos que
son más de mil hombres y tenemos noticias de que vienen
hacia aquí otra importante legión, ésta es muy superior en
número. Me temo que planean atacarnos de un momento a
otro.
Nabuc se echó a reír.
⎯¡Serán idiotas! ¿Cómo creen que van a entrar?
¡Volando!
⎯Majestad, ¿me ha escuchado? ―insistió―. Son dos mil
hombres. Parte de nuestras tropas luchan en Bilsán y la
legión negra ha perecido casi en su totalidad en un
enfrentamiento con los hombres de Jadlay.
⎯¡Bah! ―Nabuc hizo un ademán desdeñoso―. No les
temo en absoluto. La fortaleza está debidamente protegida y
muy pronto seremos imbatibles. ¿Habéis apuntalado el
portón y tapiado los accesos subterráneos?
⎯Sí, majestad. Hemos hecho todo cuanto nos ha
ordenado. Pero aún así…
Nabuc alzó la mano, interrumpiéndole.
⎯¡Cállate! ―ordenó―. Espero que sepas organizar a los
hombres en vez de estar aquí perdiendo el tiempo ―se
volvió de espaldas a ellos―. Festo tiene mayores problemas
que tú y sus planes parecen ir mejor que los tuyos, Nathan
está bajo su asedio; sin embargo, tú pareces patético, no has
sido capaz de traedme a mi esposa como te pedí. Tus
mercenarios han regresado con las manos vacías y…
⎯gruñó, a la vez que se volvía⎯, esos arqueros de pacotilla
parecen estar riéndose de ti.
Hizo una pequeña pausa y prosiguió.
―Te lo advierto Enós, si no quieres perder la cabeza te
aconsejo que cumplas con tu cometido y evites a toda costa
que caiga el portón ⎯hizo una pausa para mirarles a los dos
con ojos glaciales⎯. No quiero ver a ningún jhodamíe
asomando su cabeza por encima de la muralla, ¿habéis
entendido?
Enós volvió a tragar saliva. Gamaliel, como siempre, se
507
sentía incómodo al estar frente al rey.
⎯Sí, majestad.
Nabuc se volvió de espaldas a ellos.
⎯Bien, retiraros.
Los dos sicarios hicieron una reverencia y abandonaron
el salón. Enós y Gamaliel eran conscientes de que la defensa
del portón y de la muralla terminaría fatalmente por
derrumbarse y dar paso al duro resplandor de la realidad.
Pero estaba claro que, eso, al rey no se lo podían ni insinuar.
Ahora, Nabuc estaba totalmente solo.
En los bosques no había animal salvaje que pudiera
asustarles, a excepción de… Festo y los hechiceros negros.
Los inmortales decidieron hacer una parada para
descansar, necesitaban desentumecer sus piernas,
agarrotadas por el frío, y Nathan podría encontrar algo de
alivio para su cuerpo y mente. Unos minutos después de
abandonar Jhodam, el rey entró en una fase peligrosa en la
que los delirios y la agonía parecían dominarle por completo.
Ahora, más que nunca, corría peligro.
Halmir bajó a su hijo del caballo y lo acomodó en
compañía de Kali en un recoveco bien resguardado del
gélido aire. Los animales pastaban tranquilos, y los
inmortales se disponían a tomar algo de alimento cuando de
repente oyeron unos sonidos lejanos: caballos, y procedentes
del norte. Alfeo, que se había sentado en el manto de hierba
junto al rey, se puso en pie con rapidez y dio unos pasos. Él y
sus dragones desenvainaron las espadas, en alerta. Se
miraron entre ellos y en completo silencio, escuchaban.
Ishtar tuvo un mal presentimiento. Su piel se erizó y
gracias a su extrema sensibilidad para captar lo que
aparentemente no estaba a la vista pudo ver por el rabillo del
ojo una sombra que se movía entre los árboles. La Oscuridad
se hacía notar desde el Otro Lado, la dimensión espectral.
Ishtar sin perder tiempo se dirigió a sus compañeros, a voces.
508
Un caballo relinchó, asustado.
«Los hechiceros negros están cerca. Tan cerca que puedo
observar sus auras», pensó.
⎯Invocaremos a los Seres antes de que sea demasiado
tarde.
⎯¿Ahora? ⎯preguntó Halmir, sorprendido.
⎯Sí, ahora.
Pero antes de que el ritual de invocación diera comienzo,
unas sombras se precipitaron sobre ellos. Kali y Asmodeo,
reaccionando rápido, arrastraron a Nathan por las axilas y se
escabulleron entre las espesuras; allí, la pareja estaba oculta,
mientras Asmodeo observaba lo que ocurría al otro lado, en
silencio, aguantando la respiración, camuflado entre las
grandes hojas de los árboles, lianas y hierbajos que
alcanzaban casi el metro y medio de alto.
Las sombras tomaron forma y se dejaron ver.
Encapuchados, a primera vista, no mostraban apariencia
humana, sino que parecían engendros del mal, éste se
respiraba en el ambiente. Desmontaron de sus caballos, éstos
eran tan siniestros como sus jinetes. Alfeo clavó su mirada
rapaz y los identificó: eran los cuatro hechiceros negros.
Luther, Adhe, Egho y Shyam que salvaron la vida al no estar
presentes en la cámara la noche que los Dragones Negros
ejecutaron la sentencia real.
Festo a pie se abrió paso entre ellos, más siniestro que
nunca. Su júbilo era intenso y sus carcajadas reverberaron en
el bosque, helando el aire. Las hojas de los árboles se
escarcharon al sentir su maléfica presencia.
Halmir, fuera de sí, tensó la mandíbula y apretó los
dientes, no retrocedió ni un solo paso, pero sintió una oleada
de furia al ver ante él al maldito siervo de Apofis. Alzó su
espada y la hizo oscilar, rasgando el aire y silbando en la
oscuridad.
⎯Tú, Festo… ¿Te atreves a presentarte ante nosotros?
La amenaza era seria. La venganza estaba muy cerca; no
obstante, el padre de Nathan no podía satisfacer aquel deseo
509
que ardía en su interior y que le abrasaba lentamente. Ishtar
se lo impidió con una mirada tajante. Estaban obligados a
repelerlos con rapidez, pero utilizando la magia.
Los cuatro hechiceros negros no estaban solos, sino que
iban escoltados por sombras oscuras que revoloteaban en
torno a los inmortales, los fulminaban con la mirada,
creciéndose en poder.
⎯Vaya, vaya, Halmir ⎯dijo Festo mientras le cerraba el
paso empujándole con su vara ceremonial.
Los inmortales miraron a su alrededor, retrocediendo
unos pasos y tocando sus cuerpos espalda con espalda, a la
defensiva.
Festo levantó sus manos al cielo, murmuró unas palabras
oscuras y las bajó de nuevo. Un siseo serpentino acompañó a
esa acción que nada tenía de benévola. De pronto, Halmir
quedó envuelto por una sombra, una sombra imponente que
crecía a medida que se extendía sobre la tierra húmeda.
Halmir sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo.
Estaban atrapados.
⎯¿Dónde has escondido a tu poderoso hijo?
Si esperaba respuesta, no la obtuvo ni de Halmir ni de
ningún otro inmortal, éstos se cruzaron las miradas,
cómplices de una futura acción que sólo conocían ellos.
Festo, visiblemente irritado por la poca atención que le
prestaban los inmortales, hizo una seña a los hechiceros,
obligándoles a inspeccionar los alrededores. Sentía a Nathan
muy cerca.
Alfeo no hizo ningún movimiento. En ese momento,
temía por el rey y su mirada siguió a los hechiceros.
⎯No conseguirás vencer ―replicó Halmir―. Apofis, tú
y tus hechiceros arderéis en el infierno.
⎯¿No me digas? ⎯se burló Festo, caminando en torno al
inmortal ⎯. Una cosa es segura, Halmir: tu hijo nos
acompañará.
De repente, una voz tronó en aquel bosque escarchado
de oscuridad.
510
⎯¡Están aquí! ⎯gritó Luther jubiloso al encontrar a
Nathan, Kali y Asmodeo.
La joven inclinó medio cuerpo, tratando de proteger al
rey y Asmodeo tuvo tiempo de sacar su daga del cinto, pero
no pudo usarla; se la arrancaron de las manos.
⎯Lástima que Nathan tenga que morir ⎯murmuró
Festo, con una sonrisa dibujada en los labios.
Demasiado tarde.
El tiempo se les echaba encima y el Panthĕon Sacrātus
quedaba aún muy lejos, y si a esto se le añadía la
imposibilidad de invocar a los Seres, sólo les quedaba
suplicar en silencio y esperar que las entidades mágicas se
presentaran de improviso.
Confiaban que ocurriera un milagro.
Festo arqueó las cejas. Todo estaba saliendo a pedir de
boca.
⎯¡Tirad las armas al suelo! ⎯exigió.
Alfeo buscó la mirada de Halmir, tratando de encontrar
la manera de salir de la engorrosa situación. Ambos hicieron
unos movimientos, sin obedecer ni tirar las armas y los
hechiceros proyectaron sus hologramas precipitándose sobre
ellos con la intención de obstruirles el paso. Por su parte,
Adhe y Shyam blandieron sus largas y afiladas espadas justo
delante de sus rostros describiendo dos arcos sincronizados,
obligándoles a detenerse en seco.
Y mientras Halmir, absorto, no dejaba de darle vueltas a
sus pensamientos buscando una posibilidad entre un millón
en contra, Adhe consiguió desestabilizarle, obligándole a
tirar el arma al suelo. El inmortal no se amilanó y recibió otro
impacto que lo dejó aturdido. La espada se soltó de su mano
y cayó, camuflándose entre la hierba. Halmir se sintió
indefenso.
Buscó energía en su cuerpo, en el aire. Adhe se echó a
reír y se alejó del inmortal. Alguien lo había llamado.
Luther y Egho agarraron a Nathan de los brazos y lo
levantaron bruscamente del suelo. Kali trató de evitarlo, pero
511
sin éxito. Asmodeo y ella fueron víctimas de un poderoso
conjuro y sus cuerpos se quedaron paralizados.
Festo se dio la vuelta hacia los dos hechiceros.
⎯Subidlo al caballo ⎯ordenó con severidad.
Halmir replicó la orden de Festo.
⎯Soltad a mi hijo o…
Unas carcajadas siniestras lo interrumpieron.
⎯¿Me estás amenazando? No seas idiota, Halmir
⎯objetó Festo golpeando con su vara el suelo⎯. Mi escudo
impide que puedas utilizar tu magia contra mí.
Posiblemente, pero no todos eran cautivos de su
telaraña.
Con aire vacilante, Ishtar dio un paso hacia Festo y con
un cuidado deliberado, usó su poder psíquico; y con la
velocidad de un rayo, traspasó el escudo protector, y la vara
del hechicero se partió en dos y ambas mitades cayeron
ruidosas al suelo ante la estupefacción de Halmir.
Festo retrocedió, sorprendido. Miró a Luther.
⎯¿A qué esperas? ⎯replicó⎯. ¡Llévatelo!
Eso no sería tan fácil, pues ni lo inmortales ni los
dragones estaban dispuestos a ceder a los propósitos de los
oscuros.
Se hizo una afilada tensión. Transcurrió un minuto. A
Festo le resbalaba el sudor por la nariz, pero ninguno se
atrevía a pestañear; excepto, Alfeo y Saphir que
aprovecharon ese instante de confusión para abalanzarse
sobre los captores del rey. Forcejearon. Usaron su magia y
repentinamente estallaron poderosos rayos azules en torno a
ellos y Nathan, se soltó de los fuertes brazos que lo sujetaban
y se desplomó en la tierra encharcada, ajeno a todo.
Repentinamente Kali y Asmodeo se vieron libres del conjuro
que les mantenía inmovilizados y apresurados corrieron
hasta donde yacía el rey.
⎯Nathan…
No hubo respuesta. Asmodeo miró a Kali y la obligó a
esconderse. Ella no podía hacer nada contra el poder oscuro.
512
Los hechiceros no iban a permitirlo.
Halmir cogió su espada del suelo y lanzó un severo
ataque a Festo, éste desenvainó rápidamente su espada y
ambos se enfrascaron en una violenta lucha. Para
incredulidad del inmortal y de todos los demás, el cuerpo del
hechicero pareció estremecerse y escurrirse fuera de sí,
doblándose, creando una versión temporal de sí mismo, casi
transparente y envuelto en energía, se alzó por encima de
ellos.
La entidad clonada se elevó en el aire y fluyó hacia ellos.
Alfeo gritó varias órdenes a sus dragones y comenzó una
lucha mágica entre ellos. La forma espectral de Festo voló
hasta Nathan con intenciones de llevárselo consigo; pero
Asmodeo, a través de unas palabras mágicas, frustró los
planes del espectro y éste, de pronto, se convirtió en una
columna de partículas grises y se elevó, arremolinándose y
centelleando con luz propia. La espiral luminosa que se
formó estalló como en una explosión y su materia se
desvaneció en el aire sin dejar rastro.
Kali, horrorizada, reptaba por el suelo, buscando un
lugar dónde ocultarse. Ella no podía luchar contra aquellas
fuerzas oscuras. Sus capacidades psíquicas se habían
reducido al quedar embarazada. Luther muy avispado,
caminó tras ella y cuando la tuvo a su alcance, la agarró por
los cabellos.
Ella gritó. Luchó por liberarse de su atacante.
⎯No, preciosa. Tú no irás a ninguna parte.
Kali, pálida y desencajada, se dio la vuelta. Oyó como
Luther emitía una orden y, a continuación, vio como Egho se
abalanzaba sobre ella; en ese instante, Alfeo con un
movimiento rápido golpeaba la sien del hechicero, éste se
derrumbó inconsciente.
⎯¡Ocúltate! ⎯le dijo su hermano.
Ella echó a correr y se perdió de la vista de los
hechiceros.
Las espadas de Halmir y Festo seguían chocando
513
ruidosas y letales mientras el inmortal realizaba una
invocación mental que acabaría restándole energía, pero no
le importaba. Una última oportunidad para atraer el poder
de los Seres hasta ellos.
Repentinamente Halmir, y contra todo pronóstico, se
sintió colmado de una poderosa y extraña energía, algo que
no había experimentado nunca. Un poder cercano al de su
hijo que le hizo crecer ante su adversario. Era su venganza y
tenía ayuda, una ayuda que procedía de los Seres mágicos y
de la misma Quintus Essentĭa que suspendida en el aire,
respiraba en el ambiente confundiéndose en la oscuridad y
necesitaba un cuerpo para desatarse. Un poder que Halmir
estaba dispuesto a desarrollar para salvar a su hijo.
En uno de los choques con espadas, las dos fuerzas se
fulminaron con la mirada y el confrontación fue tan violenta
que los árboles se bambolearon y el fuerte estruendo que se
produjo ensordeció a todos: caballos, hechiceros, inmortales
y dragones. Nadie era indiferente a lo que estaba ocurriendo
entre Halmir y Festo.
Nathan se había quedado solo y su éter se convulsionaba
a cada embestida de su padre, perfectamente sincronizado y
hundido entre las hierbas y la maleza embarrada. Un
murmullo de voces se elevaba en su mente, pero apenas
conseguía distinguirlo. Se encontraba a merced de los
acontecimientos, con la mente embrujada y lo sentidos
aturdidos. Impotente…
Otros luchaban por él.
Los dragones negros, aprovecharon ese momento de
furia descontrolada y la emprendieron contra los hechiceros,
con magia y sin ella. Morpheus que había conseguido
escurrirse de la lluvia de golpes, rayos y maldiciones, llegó
hasta Nathan y comprobó que apenas respiraba. Estaba
demasiado lejos. Trató desesperadamente de despertarlo,
pero no hubo suerte.
⎯Nathan…
De pronto una bandada de halcones blancos surgió de la
514
misma nada, surcando el cielo a una velocidad endiablada.
Se precipitaron salvajes sobre ellos, volando a ras de sus
cabezas, intimidándoles. La súplica de Halmir dio resultado
y los Seres de luz habían contestado a su llamada,
intermediando el poder de Nathan y otorgándole una
energía brutal. El inmortal y Festo continuaron luchando,
incansables, con frenesí y a cada embestida con sus espadas,
convertidas en rayos de luz, la tierra se estremecía una y otra
vez. Los estallidos de los rayos antagónicos provocaron la
explosión de las grandes piedras, éstas volaban en todas
direcciones.
Los chillidos agudos de las aves rapaces traspasaron los
cerebros de los diabólicos hechiceros y como en un conjuro,
éstos empezaron a desvanecerse en el aire, convertidos en
polvo negro que se diluía sin contacto.
Kali llegó hasta Nathan y lo protegió con su cuerpo de
las piedras y las astillas fragmentadas de los árboles
pequeños que caían sobre la tierra y rocas como afilados
dardos, enfurecidos. Alfeo y Asmodeo se desplazaron hasta
la pareja para ayudarles.
De pronto, Festo se encontró luchando con Halmir, sólo,
sin la escolta de sus siervos. El poder del inmortal procedía
de la esencia de su hijo, pero él no lo sabía.
Era una lucha de titanes.
Un nuevo choque de las espadas provocó la caída de
varios árboles y el suelo temblaba a sus pies. Todo volaba a
su alrededor. Kali se estrechó con más fuerza a Nathan y
acercó la boca a su oído.
⎯No dejaré que te hagan daño.
De súbito una fuerza sobrenatural invisible produjo una
violenta explosión, está fue de tal magnitud que sacudió la
tierra hasta sus cimientos. Una ráfaga de aire helado,
impregnado de polvo y de doradas partículas, les azotó y
Festo, ante la imposibilidad de ganar el enfrentamiento, se
vio obligado a tomar una drástica decisión temporal y
cuando el polvo volvió a posarse sobre la tierra y la fina
515
hierba, sólo Halmir permanecía en pie. Festo había
abandonado la lucha y el bosque en el momento justo; su
cuerpo y su aura negra como el azabache se dispersaron y
desaparecieron ante la perplejidad del inmortal, que
exhausto dejó caer su espada al suelo.
Ishtar, perplejo, corrió hasta él.
⎯Halmir, eres una caja de sorpresas ―dijo―. ¿Dónde
tenías escondido tan magno poder?
El padre de Nathan, sin aliento, se encogió de hombros.
No lo sabía con certeza, pero tenía una ligera sospecha.
Jadeó. Recuperó unas bocanadas de aire y habló.
⎯Hemos de emprender el viaje cuanto antes. Festo
volverá y no lo hará solo… El espectro de Apofis vendrá con
él.
De repente, un cambió en el ambiente. Una sensación
que notaron todos. Y fue entonces cuando los inmortales y
los Dragones Negros contemplaron como una figura
envuelta en luz, surgida de improviso, se acercaba a ellos;
tras ella, más figuras resplandecientes.
Halmir, asombrado por aquella hermosa presencia, se
pasó la mano por la frente, pensando que el delirante
cansancio le estaba jugando una mala pasada. Pero, no;
aquella imagen era real, no fruto de una alucinación
colectiva.
Todos, excepto Nathan, contemplaron atónitos y en
silencio los cuerpos iluminados. Alfeo reconoció a la figura
que con grandes destellos emanaba poder irradiando todo a
su alrededor.
⎯¡Saphira!
Una luz blanca resplandeció en la espesura
envolviendo el cuerpo de Nathan y provocándole una
pequeña convulsión que cesó casi al momento. Entonces, sus
párpados temblaron y el joven hipnotizado por la presencia
de la Dryadis, abrió los ojos.
Kali, asustada, se hizo a un lado.
Los inmortales y los dragones se apartaron y dejaron a
516
Nathan a solas con la hermosa mujer. Saphira se acercó al
rey, se agachó y pronunció unas palabras mágicas
impronunciables, luego acarició su rostro mortecino y le
cerró los ojos.
Kali suplicaba con la mirada.
⎯¿Puedes salvarle?
Saphira levantó la mirada. No respondió. Kali se
apresuró a pensar en una decisión precipitada, aquel silencio
lo tomó como una mala noticia.
⎯Con tu silencio ―repuso Kali―. ¿acaso me estás
diciendo que es imposible?
La Ser se estremeció al escuchar la pregunta de la
inmortal.
⎯No, imposible, no, solo difícil.
De súbito, Halmir intervino.
⎯Saphira, por favor… ayuda a mi hijo, tenemos que
llevarlo al Sanctasanctórum antes de que las lunas se tiñan de
sangre y… ¡No tenemos tiempo!
La Ser alzó la mano.
⎯¿Qué tal si te olvidas del tiempo y confías en mí?
⎯Ni por asomo, Saphira. No podemos jugarnos la vida
de Nathan en vano ―replicó Halmir―. Las decisiones han
de ser rápidas, Festo y Apofis regresaran y entonces…
La Ser lo interrumpió con una sola mirada.
⎯Nathan es asunto nuestro, no vuestro.
Halmir frunció el ceño, ligeramente irritado por aquellas
palabras que él consideró ofensivas.
⎯No pienso aceptar tus palabras.
Ishtar trató de impedir que Halmir se encendiera de ira,
después de la muestra de poder de hacía un rato. Apoyó una
mano sobre el hombro del inmortal.
⎯Tranquilízate. Ella sabe lo que hace.
La Ser no replicó las palabras de Halmir, se dedicó a
hundir sus manos entre la cabellera del joven para trasmitirle
un poco de energía.
⎯Mi hijo es y será siempre asunto mío.
517
Halmir, enojado, apartó bruscamente la mano de Ishtar,
se obligó a respirar hondo y apretó con fuerza los nudillos de
sus manos.
⎯Muy bien, Saphira ⎯aceptó Halmir⎯. Exactamente,
¿qué es lo que queréis que hagamos?
⎯Nada.
⎯¿Nada? ¿Cómo que nada? ⎯al inmortal se le aceleró el
corazón y la cabeza le comenzó a dar vueltas.
Saphira habló de nuevo.
⎯Llevaré a Nathan al Panthĕon y lo entregaré al
Basilisco. No hay otra opción y me consta que tú lo sabes, de
la misma forma que sabes que ninguno de vosotros podéis
acceder al lugar sagrado.
Halmir se volvió hacia los demás, ligeramente ofuscado.
«¿Estoy obligado a acatarlo sin más?», se preguntó.
Después de sus palabras, Saphira hizo un círculo mágico
al aire y se abrió la puerta del Otro Lado, un pasadizo
envuelto en niebla. Traspasó la puerta dimensional y se
desvaneció; instantes después, una figura de luz apareció en
el umbral: un unicornio alado, dorado.
Todos comprendieron lo que había ocurrido en ese
preciso instante, Saphira se había transformado en el
hermoso animal y ella misma se llevaría a Nathan, surcando
los aires rumbo al Sanctasanctórum. Pero Halmir, que estaba
más pálido que un muerto y su cuerpo se estremecía a causa
del agotamiento causado por la dura confrontación con el
hechicero, permaneció apoyado contra el tronco de un árbol
con la mirada perdida. La idea de que el Basilisco podía
destrozar a su hijo le atormentaba hasta la médula.
Los Seres que acompañaban a Saphira levantaron el
cuerpo del rey y lo sostuvieron en pie. Kali no hacía más que
repetirse a sí misma que todo iba a salir bien, que no debía
preocuparse por nada. De nada, en absoluto. Sin embargo, el
temor se desató en los inmortales cuando un gemido se abrió
paso a través de los labios de Nathan y el débil y agónico
518
lamento doloroso sacó a Halmir de su ensimismamiento
desesperado y autocompasivo.
⎯De acuerdo ⎯dijo Halmir⎯. Sólo espero que esa
bestia no engulla a mi hijo.
Los Seres subieron a Nathan al unicornio. Uno de ellos
lanzó un conjuro y el rey quedó firmemente sujeto al animal
mágico. Tenían que actuar con rapidez, su vida mortal, la
única que tenía en esos momentos, se escapaba a un ritmo
vertiginoso.
Kali rompió a llorar. No podía cumplir su promesa de
estar junto a él y eso provocó el estallido de su corazón.
⎯Seguid vuestro camino ⎯les dijo uno de los Seres.
El unicornio con unos cuantos aleteos de sus hermosas y
mágicas alas, se impulsó y alzó el vuelo en las corrientes de
aire gélido, desapareciendo entre las copas de los árboles,
ganando altura. Casi al mismo tiempo, un gran vacío
sustituyó los sonidos típicos del bosque. Después de unos
instantes de profunda reflexión, los inmortales y los
dragones montaron en sus caballos e iniciaron la persecución
hacia el lejano Panthĕon. Confiaban en no tener que volver a
enfrentarse a Festo ni a nuevos seres tenebrosos, pero eran
conscientes de que eso no podrían evitarlo. El encuentro era
inevitable.
Y el crepúsculo se alzaba ya en el cielo.
519
Capítulo 10
Las Lunas Escarlatas
El hechicero Festo después de su derrota con Halmir se
adentró en las profundidades de sí mismo. Tenía que buscar
las palabras adecuadas para enfrentarse a su Maestro, pues
estaba seguro que éste le exigiría resultados y por el
momento, no había conseguido nada; excepto, envenenar a la
deidad.
Como ya le dijo, en su día, el Menhir:
“Si estuviera en peligro la divinidad y su inmortalidad misma,
el unicornio dorado, guiado por la Quintus Essentĭa, lo
transportaría, a través de los aires, al Panthĕon”
A falta de poco tiempo para teñirse las dos lunas de rojo,
Nathan y los Seres ya les llevaban una sustanciosa ventaja.
Una ventaja alada, imparable gracias al unicornio dorado.
«Debo impedirlo. Como sea, pero debo impedirlo», se
dijo a sí mismo.
Festo se mordía las uñas, mientras caminaba, inquieto,
de un lado a otro de la pequeña explanada que había junto al
Lago de las Ninfas, gruñendo, como un animal enjaulado. Su
larga capa negra se ondeaba a cada movimiento de sus
piernas y al pasar junto a los troncos de los árboles, daba
bandazos guiada por una tensión brutal que levantaba, a su
vez, una niebla mortecina camuflada en la tierra y
arremolinándose a su alrededor. En el lúgubre bosque, el
aire, vibraba con intensidad siniestra. Ramas y hojas
chasqueaban bajo sus pies.
520
«Ese maldito no debe poner un pie en el
Sanctasanctórum. No, hasta que las lunas se tiñan de rojo.
Pero, ¿cómo puedo evitarlo?
De repente, una mano sin materia y que apestaba a
muerte se posó sobre su hombro. El hechicero ahogó un grito
y luego, se volvió.
⎯¡Maestro!
Festo sintió que se ahogaba. Se llevó las manos al
corazón, éste empezó a latirle muy deprisa. El Ser espectral
estaba frente a él, tan cerca que pudo ver su rostro
demacrado y afilado como un cuchillo y unos ojos amarillos
relucientes, entre toda aquella oscuridad siniestra que le
embargaba.
Ni una voz ni una palabra.
De pronto, sintió la cabeza llena de sonidos extraños. No
eran palabras ni amenazas mentales, pero éstos daban
vueltas y más vueltas en su cabeza. Estaba conmocionado
por aquella presencia. Su silencio era una sentencia y Festo
tuvo la necesidad de huir. Tenía que alejarse de allí cuanto
antes. No sabía lo que estaba ocurriendo, sólo que tenía que
huir.
Festo echó a correr, trastabillando con las piedras y los
pedruscos que sobresalían de la tierra. Pero las palabras
ardían en su mente y se repetían como un mantra.
«…pulvis es et in pulverem revertis…»
El olor a musgo, líquenes y tierra hipnotizó a Festo, que
corría desesperado tratando de escapar de la ira del Maestro.
Husmeaba su muerte. La sombra del Ser espectral se alzó por
encima de él y lo atrapó con sus alas invisibles. Festo sintió
como el miedo le aguijoneaba la nuca. La siniestra entidad lo
agarró del cuello y lo empotró contra un árbol. Las piernas le
temblaban, la cabeza seguía dándole vueltas y de pronto se
encontró cayendo y cayendo, sintiéndose ingrávido. Intentó
combatirlo, deshacerse de la opresión que no le dejaba
respirar. Pero no le sirvió de nada. Todo dejó de tener
sentido para él, excepto aquellos ojos amarillos que le
521
fulminaban a punto de convertirlo en un cadáver.
⎯Yo… Lo siento.
El Ser espectral gruñó y lanzó a Festo contra las piedras;
luego se acercó y le dio un puntapié en la base de la espalda.
Un hechicero que no cumplía con su palabra no le servía
para nada.
El dolor de la humillación, arrancó a Festo, lágrimas de
los ojos. Levantó la cabeza y luchó por ponerse de pie, vio al
Maestro que lo miraba fijamente y tras él, una sombra grande
que aleteaba y rugía como una tormenta.
«¿Qué es esa cosa?», se preguntó.
Cuando sintió un golpe en la nuca y su cabeza volvió a
caer sobre el manto de tierra y hojas sueltas, antes de que la
oscuridad cayera sobre él, pudo escuchar un retumbe y todo
bajo sus pies se sacudió. De repente se vio violentamente
arrancado del suelo. La cosa batió en el aire las alas, se alzó y
ascendió hacia el manto cada vez más oscuro de la incipiente
noche.
Mientras la furia del combate arreciaba…
El ruido estruendoso de las armas crecía con los gritos de los
guerreros y los relinchos de los caballos.
Las faldas de la ciudad amurallada se habían convertido
en un campo de batalla sangriento. Resonaban los cuernos de
guerra. Al pie de la muralla, los arqueros luchaban contra las
tropas de Nabuc que se habían situado frente al portón. Las
flechas iban y venían desde todas las direcciones.
Jadlay se había tranquilizado, y tenía ahora la mente
clara. Él, Najat y Yejiel se dirigieron hacia los conductos
subterráneos, en el lado este de la ciudad, confiando en que
la entrada secreta seguiría abierta. Mientras, Áquila combatía
con sus hombres en el campo de batalla.
Desde un recodo muy oscuro, el comandante había
echado a correr escoltado por un nutrido grupo de guerreros,
buscando la forma de entrar en la fortaleza. Pero todos los
522
accesos estaban fuertemente escoltados y apuntalados.
El peligro estaba en todas partes.
Los hombres de Nabuc eran temerarios y encarnizados,
y feroces en la desesperación; los sicarios, incendiarios,
violadores y asesinos, se desperdigaban y volvían a
reorganizarse de forma casi inmediata. No concedían tregua
y la lucha parecía no tener fin.
El primer grupo de jhodamíes trató de tirar a bajo el
portón, pero pronto se dieron por vencidos. Era
desmoralizante para las tropas de Jhodam allí asentadas,
luchando con todas sus fuerzas y perdiendo vidas, mientras
el portón seguía apuntalado. Y no había forma de derribarlo.
La noche había caído ya y el enemigo no frenó su
ímpetu.
Los cuernos de guerra sonaron de nuevo presagiando
una noche muy larga. Poco a poco, aumentaban los caídos en
la violenta batalla, heridos, mutilados o muertos esparcidos
por el manto verde, ahora teñido de sangre. Una multitud de
arqueros comenzaron a escalar el alto muro, mientras desde
lo alto y desde las torres centinelas, los soldados rebeldes que
defendían la muralla, lanzaban sus flechas tratando de
impedir el avance.
Áquila y sus mejores hombres seguían ilesos. Sus
destrezas con las armas, el tesón y la fortuna, que parecía
estar de su parte, les habían permitido avanzar a través del
angosto sendero que seguía todo el perímetro de la muralla.
⎯¡Jhodamíes al ataqueeee! ⎯El mariscal Addí guiaba a
su legión sobre el caballo y con la espada alzada al aire,
espoleando los flancos de la montura y cabalgando sobre las
fuertes huestes enemigas.
Los vigorosos gritos de Addí fueron el detonante que
necesitaban los guerreros jhodamíes para levantar el ánimo,
frente a la desolación que se estaba produciendo a los pies de
la gran muralla.
A otro lado de la muralla, unos y otros se abalanzaron en
una marejada violenta. Desde lo alto de las almenas los
523
hombres de Nabuc seguían lanzando flechas y lanzas por
doquier. El mismo rey observaba con el ceño fruncido desde
la torre del castillo el transcurrir de la batalla y de tanto en
tanto, miraba las lunas, deseando que éstas se tiñeran de rojo
para ver por fin, cumplido su sueño de ver muerto al rey de
Jhodam.
De pronto, los rebeldes prorrumpieron en gritos
lanzando una lluvia de flechas contra todo cuanto se veía
aparecer por los terraplenes.
⎯¡Al portón! ⎯gritó Enós desde la rampa.
Un grupo numeroso de guerreros jhodamíes llegaron
por fin, a las puertas dispuestos a ayudar a sus compañeros.
El portón, seguía intacto y estaba muy bien apuntalado y
fornidos rebeldes, anticipándose al peligro, se apostaron tras
las gruesas maderas, tratando de evitar que los embates de
los troncos y arietes impulsados por fuertes brazos de la
resistencia de Bilsán, derribaran el portón. Los tablones de
recia madera crujían a cada golpe, resquebrajándose. Una y
otra vez los pesados troncos y grandes arietes golpearon la
puerta.
Áquila llegó al portón y ayudó a los soldados. Desde el
otro lado, los rebeldes oían el ruido de los arietes; de pronto,
advirtieron el peligro que amenazaba a las puertas. Lo
sabían, no conseguirían mantener el portón en pie.
Las fuerzas de la naturaleza se unirían a la batalla y de
repente, un viento inclemente comenzó a soplar desde el
norte. Por encima de las colinas que bordeaban los bosques,
las lunas surcaban el cielo, con un brillo cada vez más
anaranjado. Nabuc con una sonrisa de oreja a oreja, intuía su
victoria, pues para él, la muerte definitiva del rey jhodamíe
provocaría la rendición de su ejército. Reía, también, porque
sabía que Jadlay no era lo suficientemente fuerte como para
ganar una guerra con su resistencia; sin Nathan como
aliciente, no.
Y sin su poder, menos.
Los sicarios, cumpliendo órdenes de Nabuc, se
524
apostaron en el primer murete junto a las dos torres oblongas
que custodiaban la entrada principal y que a su vez,
ocultaban un foso interno accionado por una pasarela. La
rampa adoquinada y el puente levadizo se convertirían en
una trampa mortal para los guerreros jhodamíes que
intentaran traspasar el portón.
En la ciudad no quedaba nadie. Todos la habitantes, al
iniciarse las contiendas, se habían ocultado en las cámaras de
protección que hay en todo el subsuelo. Los enfrentamientos
se debatían en la fortaleza que rodeaba al castillo y allí,
estaban los guerreros, mercenarios, sicarios y toda la tropa
que Nabuc había conseguido reunir.
De súbito hubo un estruendo.
La bóveda de piedra de detrás del portón se derrumbó
convertida en polvo y humo. Los rebeldes allí apostados para
defender el portón se desperdigaron, la mayoría heridos.
Enós, estupefacto, corrió hasta la torre; si el rey no había
visto el hundimiento del techo, era capital comunicárselo.
Pero en el mismo momento que se desmoronaba la
bóveda, se desplomó el portón con un golpe preciso de los
arietes.
⎯¡Nabuc! ¡Muere! ⎯gritó Áquila.
Con ese alarido y un gran estrépito se lanzaron, los dos
bandos, al ataque. Hubo soldados de Bilsán y Jhodam que
cayeron al foso, nada más cruzar la rampa; otros,
consiguieron mantener el equilibrio y traspasarlo sin
problemas.
El comandante Áquila, hundía su espada una y otra vez
en todo rebelde que se acercaba a él. Un grupo de sicarios
con Gamaliel al frente se arremolinaron en torno a él, con sus
espadas largas de hojas finas y afiladas, pero el guerrero no
les concedía tregua alguna y su arma seguía ensartando a los
sicarios que seguían en pie. Trató de seguir avanzando para
llegar al castillo, pero los rebeldes no dejaban de asediarle.
Gamaliel iba a por él, éste reuniendo todas sus fuerzas para
derribar a un guerrero de la talla de Áquila, le asestó un
525
enérgico golpe con la empuñadura de su daga en la cabeza;
el guerrero, cayó al suelo, aturdido. De inmediato, el
comandante se levantó y ambos se enzarzaron en una lucha
de esgrima, desapareciendo en el tumulto que envolvían las
callejuelas de la ciudad. El acoso era continuo y pronto las
fuerzas empezaron a flaquear. Áquila pidió auxilio y un
grupo de soldados acudió todo lo pronto que pudo en su
ayuda, pero no fue suficiente, pues en la distancia que les
separaba seguían apareciendo como setas más y más
rebeldes que les cercaban el camino. El comandante, sumido
en una situación más que precaria, se dedicaba a defenderse
del ataque de Gamaliel, éste parecía un lobo sediento de
sangre. Aun así, Áquila seguía empuñando su espada con
destreza, moviéndose como una pantera enjaulada y
manteniendo a raya la furia descontrolada del sicario. El
comandante incapaz de detener al sicario, sólo tuvo tiempo
de ver como el acero de su espada brillaba en la oscuridad de
la noche antes de que el arma le atravesara el costado. El
comandante sufrió una severa convulsión y un hilillo de
sangre surgió en la comisura de sus labios. Se desplomó en el
suelo, sumido en un dolor atroz que le desgarraba el alma.
Iba a morir y no estaba preparado. Sólo pudo pensar una vez
en Jadlay antes de cerrar los ojos y sumirse en el olvido.
Gamaliel, eufórico por su triunfo personal, se acercó al
cuerpo de su adversario, apoyó su pie en el pecho y
empuñando su espada, que aún seguía ensartada en el
costado de Áquila, la extrajo de un solo impulso.
Entonces, una voz joven tronó desde la rampa.
⎯¡Nooo! ¡Áquilaaaa!
Era Jadlay que corría hacia Áquila con desespero. Sus
intentos de entrar en el castillo a través de los conductos de
desagüe no habían dado resultado. Al parecer, Nabuc mandó
tapiar todos los accesos y los tres jóvenes se vieron obligados
a regresar al campo de batalla. Fue justo en el instante que
cruzaban el portón derruido cuando vieron a Gamaliel
extraer su espada del cuerpo de Áquila.
526
La caída del comandante desconcertó a sus hombres,
éstos a modo de venganza arremetieron contra los rebeldes
con una violencia sin igual.
Jadlay se precipitó sobre el cuerpo del comandante, le
dio la vuelta.
⎯Áquila…
Najat y Yejiel estaba tras él, entristecidos.
La herida del costado sangraba mucho y Jadlay veía
impotente como se le escapaba la vida entre sus inútiles
manos; nada podía hacer. La herida era mortal o eso le
parecía. Sus ojos brillantes estuvieron a punto de romper a
llorar, pero contuvo las lágrimas; apretó los dientes y tensó la
mandíbula, luego sostuvo entre sus brazos al comandante, su
amigo, esperando… un milagro.
Yejiel se agachó, lo mismo que Najat. Estaban desolados,
perder a Áquila no entraba en sus planes. Y dispuestos a
seguir con él, no le dejarían morir solo y abandonado en
aquel campo de muerte y sangre. Jadlay descompuesto,
apartó las prendas de malla del comandante, pues ésta se le
clavaba en la piel, lacerando su herida. Najat levantó la
cabeza y buscó con la mirada a Gamaliel, dispuesto a
decapitarle si daba con él.
Áquila recuperó parcialmente la conciencia y se encontró
en brazos del joven Jadlay.
⎯Amigo mío… ⎯susurró sin fuerzas.
⎯Aquí estoy, aguanta, no hables ⎯Jadlay miró a Yejiel
con cara de preocupación⎯. Te salvarás, ya lo verás. No hay
nada que pueda derrotarnos.
⎯Mientes muy mal, Jadlay…
⎯Hoy no vas a morir, te lo prometo. No es tu final, ¿me
oyes?
Jadlay volvió a mirar la terrible herida por la que
manaba borbotones de sangre. Tuvo que hacer un esfuerzo
supremo para no romper a llorar.
⎯Antes sentía dolor. Pero, ahora… ya no siento nada.
Áquila sufrió un embiste de tos y vomitó gran cantidad
527
de sangre. Jadlay le estrechó fuerte entre sus brazos, no
quería llorar, pero las lágrimas amenazaban con salir a la
superficie.
⎯Calla, cuidaremos de ti.
Áquila, atenazado por el dolor, cerró los ojos, le costaba
mucho esfuerzo mantenerlos abiertos. Pensó en Kali, el amor
prohibido de su vida, y en Nathan, su rey, del cual no sabía
absolutamente nada. Dejó que su mente vagará, no podría
cumplir su promesa… Maldijo su suerte y comprendió que
había fracasado nada más iniciada la batalla.
⎯Nathan… Lo siento.
La respiración se volvió entrecortada y los estertores
agonizaban, pero su corazón seguía latiendo. En ese
momento se acercó hasta ellos Addí.
⎯¿Sigue con vida? ⎯preguntó.
Jadlay levantó la mirada.
⎯Sí.
⎯En ese caso ⎯dijo Addí⎯, será mejor que lo
traslademos a la carpa de curación.
Entre los cuatro lo transportaron a la carpa de primeros
auxilios, con grandes problemas porque los rebeldes les
cercaban el camino constantemente, pero aún así lo
consiguieron.
Los sanadores lo atendieron inmediatamente.
Pero eran conscientes de que la herida era mortal, aún
así harían todo lo posible para alargarle la vida, aunque eso
era algo difícil dada su situación. Jadlay no quería dejarlo
allí, solo. Najat le hizo cambiar de idea.
⎯Tenemos que volver a la batalla.
⎯No puedo dejarle solo. Le prometí que lo cuidaría.
Najat lo miró con compasión y Yejiel, salió al exterior.
Esperaron unos minutos más, luego Addí tomó la iniciativa y
les aconsejó volver a la lucha para distraer la mente. En la
carpa de curación no podían hacer nada y en el campo de
batalla se les necesitaba.
Finalmente, Jadlay recapacitó y con la espada en mano
528
abandonó la carpa, dispuesto a vengar a su amigo. Sus
amigos lo secundaron, en silencio.
En el bosque, camino del Panthĕon…
Kali, cabalgando veloz junto a al resto de los inmortales, tuvo
una visión mental: vio el presente inmediato en la batalla, en
la propia fortaleza de Esdras, a muchos kilómetros de
distancia, con sus propios ojos, como si de una película se
tratase y pudo ver a Áquila en un lecho mugriento, herido de
muerte.
Las lágrimas invadieron su bello rostro. Ella no podía
hacer nada por él, no tenía poder para salvarle la vida, pero
Nathan… Él era el único que podía obrar ese milagro. Sin
embargo, el rey de Jhodam también estaba hundido en el
abismo previo a la muerte, pero podía suplicar a su esencia.
Era su única alternativa, un último suspiro de vida, y no
estaba garantizado que diera resultados. Se concentró y
visionó como sus palabras traspasaban la realidad física y
llegaban al éter cósmico de Nathan, éste a lomos de un
unicornio dorado no parecía enterarse de nada.
«Nathan si puedes oírme… Ayuda a Áquila se está muriendo»
En la carpa de curación…
Áquila, era cuidado por una joven de Esdras que había
acudido hasta los guerreros jhodamíes con la intención de
ofrecerles sus servicios como sanadora. El comandante yacía
en un lecho, deliraba con el rostro perlado por el sudor.
Aquella larga noche soñó fragmentos de su vida pasada.
Soñó que estaba solo y perdido, vagando por un bosque
desconocido, enfundado en ropas blancas. Fue en el borde de
la conciencia, entre el sueño y la vigilia que una voz conocida
y desconocida al mismo tiempo le hablaba en susurros. Una
voz, amable y cruel, cálida y fría… Poderosa. De repente,
unas manos se posaron sobre su herida y entonces pudo
529
distinguir el rostro casi transparente de Nathan, aunque no
lo tenía claro si era él. Dudaba. Podía ser la joven que con sus
dedos frescos y delicados le acariciaba el rostro.
«No te precipites al abismo…»
⎯¿Por qué? Me estoy muriendo. Quiero dejar de sufrir.
La joven que lo cuidaba oyó sus delirios. Embebió un
lienzo con agua fresca y hierbas medicinales y lo posó sobre
la frente ardiente de Áquila, éste seguía sumido en una
conversación delirante con la deidad.
«Porque hoy no es un buen día para morir, al menos para ti»
⎯No tengo fuerzas para vivir. Tu vida está más
amenazada que la mía y… ¿aún tienes coraje de decidme que
debo seguir viviendo?
Se hizo un silencio mental.
El éter de Nathan parecía estar asimilando las palabras
de Áquila. En principio, no contestó; lo hizo, el comandante.
⎯No pierdas tu energía tratando de salvar mi vida. Yo
no valgo nada. ⎯Dijo, consumiéndose poco a poco⎯ .Te lo
advierto, Nathan, no te atrevas a concederme el privilegio de
burlar a la muerte, antes quiero que te salves tú. Si lo haces y
no vuelves, te odiaré toda la vida.
«Odiadme si queréis, pero no olvides que la vida es un don
precioso y no se toma a la ligera. Mereces la oportunidad de seguir
viviendo. Yo; quizá, no»
⎯¡Nooo!
«No seas injusto, Áquila. Otros se han ido y ya no tienen esa
posibilidad. Vive por ellos. Lucha y enfréntate a la vida, al dolor y a
la pena. Tu herida tardará en sanar, pero no permitiré que
abandones. Déjate curar y luego, vuelve a Jhodam»
⎯¡Nooo!
«Sí, Áquila. Lo harás. Es mi voluntad»
⎯Nathan, te lo suplico… No me obligues, por favor…
¡Nooo!
«Eres mi dragón más leal, te necesito al lado de Kali. Si yo no
vuelvo quiero que tú la ayudes a seguir adelante. Espera un hijo
mío y sólo a ti, puedo confiártelo. ¿Prométeme que te dejarás sanar
530
o te haré caminar por la tierra como un fantasma toda la eternidad?
Tú decides»
⎯¿Supongo que no tengo elección?
«No; no la tienes»
En la mente de Áquila se hizo un profundo silencio. La
joven que estaba limpiando su herida, lo miraba con
atención. Siguiendo su conversación, pero sin decir nada.
Volvió a tocarle la frente, estaba ardiendo.
⎯No hables más. Yo cuidaré de ti.
La voz de la joven trajo paz a su mente. Una paz mágica,
diferente. Sus manos se deslizaban por su rostro ardiendo y
le relajaban como si lo estuviesen hechizando. Comprendió
que el poder de Nathan llegaba muy lejos, incluso a las
puertas de la muerte y tras ella.
⎯¿Te ha enviado él, verdad?
La joven lo miró y sonrió.
⎯¿Él? ¿quién?
⎯Nuestro dios.
⎯Duerme… ⎯le dijo ella sin responderle a su
pregunta⎯. Tienes mucha fiebre. Duerme…
Áquila cerró los ojos, pero antes de acabar sumido en la
oscuridad piadosa que le estaban otorgando le hizo una
pregunta.
⎯¿Cómo te llamas?
⎯Saphira.
La joven con manos expertas cosió la profunda herida y
luego, la vendó. Áquila había perdido el conocimiento y la
verdad, era mejor así. Cuando finalizó, lo cubrió con una
manta y luego, miró a su alrededor. Heridos por todas
partes, efectos colaterales de un guerra sangrienta. Una
guerra que no era diferente a las anteriores. Los únicos
sonidos que se percibían en el silencio inmóvil de la carpa
eran los gritos de dolor de los pacientes y sus lamentos. En el
exterior, los sonidos de las armas al chocar entre ellas, los
siseos de las flechas, las respiraciones jadeantes de los
heridos y el olor a sangre embriagaban el aire.
531
Saphira miró al cielo. Suspiró. Quedaban sólo unos
minutos para que se iniciase el extraño fenómeno de las
lunas escarlatas y sin perder el tiempo, entonó una salmodia
mágica para unirse cósmicamente a la suerte de Nathan. La
parte de sí misma que se había separado del unicornio, se vio
obligada a actuar en respuesta a la súplica de Kali. El éter de
Nathan y la posesión del cuerpo de la joven por parte de
Saphira, permitiría salvar la vida de Áquila y aunque la
deidad no veía ni percibía nada, su poder, a través del éter,
seguía intacto.
El intenso silencio de la Quintus Essentĭa flotaba en el
aire. El éter parecía estar vigilando, aguardando. En silencio.
532
Acto III
La Senda del Silencio
La atmósfera cambió en cuanto el unicornio dorado franqueó
los altos portones de oro que se alzaban invisibles en el cielo
negro bajo el manto estrellado.
En las llanuras, el hermético Sanctasanctórum se dejaba
ver, majestuoso. Una visión diferente a los ojos del fabuloso
animal que surcaba el cielo. En el horizonte, grandes
columnas de humo, procedentes de las batallas en Bilsán,
pincelaban la oscuridad con una turbia capa blanquecina.
En lo más alto junto a las estrellas, las argentarías lunas
cambiaban poco a poco su tonalidad para acabar
convirtiéndose en dos cuerpos celestes que lagrimean sangre.
La sangre de una deidad inmortal a la que la vida legada por
los Septĭmus, antes de dejar de existir, como último dios no le
habían concedido ninguna tregua, sólo sufrimiento.
El unicornio descendió rápidamente y aterrizó justo
delante del templo sagrado. Los Seres alados que les habían
escoltado bajaron a Nathan. Su cabeza cayó a un lado, como
un resorte, casi sin vida y antes de que se desplomara en el
suelo, una de las entidades lo cogió en brazos y todos juntos
penetraron en el interior.
Miraron al cielo, casi rojo. Apenas tenían tiempo.
Cruzaban el amplio vestíbulo descubierto de culto solar,
rodeado de columnas, cuando fueron interrumpidos por una
entidad maligna que hablaba en nombre del Ser espectral,
éste había dejado a Festo en el bosque para que impidiera
533
que los inmortales se acercaran al templo y a falta de tiempo
material se había desdoblado a sí mismo, como una parte
innegable de su ser.
Se dejó ver en toda su magnitud. Ya no le interesaba
ocultar su identidad. Apofis brillaba con luz propia, aunque
ésta era muy, muy oscura.
⎯¡Habéis llegado demasiado tarde! ⎯dijo con voz
siniestra.
Saphira, que dejó su forma de unicornio para
transformarse de nuevo en una Dryadis de apariencia
humana, se atrevió a replicarle. Conocía muy bien al dios que
tenía delante. El Ser espectral ya estaba saboreando su
aplastante victoria cuando las palabras de Saphira cambiaron
toda su perspectiva.
⎯No; el que ha llegado tarde has sido tú.
Los Seres que custodiaban a Nathan trataron de avanzar,
pero Apofis, incapaz de asimilar una nueva derrota, levantó
una mano y las entidades se detuvieron en seco, quedando
atrapadas en el interior de un anillo de fuego.
El corazón de Nathan estaba a punto de pararse.
La tensión se disparó con una flecha.
La zona exterior del templo dejaba pasar la luz de las
lunas, éstas alzadas en el aterciopelado cielo negro, reflejaban
en el brillante suelo destellos rojizos como diamantes de
sangre sobre ellos.
Sin embargo, el ser maligno aún creía en su triunfo. De
su boca salían maldiciones en un idioma que sólo las
deidades conocían, mientras miraba al cielo con los puños
apretados y la mandíbula tensa.
⎯No habéis traspasado la arcada del Panthĕon ni su
portón. Ya nada podéis hacer por él. ¡Entregádmelo! ¡Es mío!
Saphira miró al suelo.
La luz roja de las lunas parecían antorchas en llamas y
éstas proyectaban sombras que iban ganando terreno, pero
aún no habían alcanzado a Nathan. Faltaba poco, pero los
dos cuerpos celestes no habían alcanzado el cenit. Existía una
534
posibilidad.
De pronto oyeron un rugido que hizo retumbar el suelo.
La criatura alada de Apofis surcaba el cielo en círculos,
amenazante.
⎯No lo conseguirás ―dijo Saphira―. Tú sabes lo que
soy realmente, no te conviene enfrentarte a mí.
⎯Eres un dragón que está a punto de extinguirse
⎯Apofis se echó a reír⎯. Eres tan necia que estás dispuesta a
morir por él. Extraño amor el tuyo.
Saphira miró fugazmente a los suyos y con un acto
sublime de alta magia hizo desaparecer el anillo y por tanto,
el hechizo que apresaban al Ser que portaba a Nathan en sus
brazos.
Gritó con voz desgarradora.
⎯¡Ahora! ¡Entrad!
Los grandes portones de oro se abrieron con un siniestro
crujido y Saphira alzando sus alas invisibles aleteó
salvajemente, lanzándolos al interior. De repente, un viento
huracanado surgió a su alrededor y su cuerpo humano
comenzó el proceso de transformación para proteger a los
Seres, que penetraron en el pasadizo del Panthĕon como una
tromba. Apofis, sorprendido, no pudo hacer nada.
Las sombras rojas se habían alargado tanto que
alcanzaron el portón, pero Nathan estaba a salvo, en la
oscuridad de la Senda del Silencio.
⎯Estás loca, Saphira ―replicó Apofis―. Sé lo que
planeas, no te lo permitiré. No puedes conseguirlo. El cuerpo
de Nathan no aguantará la transformación. Lo matarás. La
verdad me estás haciendo un gran favor y tendré que
recompensarte por ello.
De la garganta de Saphira surgió un rugido atronador.
Un eco que se elevó hasta los confines del universo. La
hermosa mujer, envuelta en convulsiones salvajes, se fue
transformando poco a poco y su piel se llenó de escamas
doradas. Ella no era un dragón corriente. Era un Basilisco-
Dragón Dorado de la Dinastía Salmanasar, un cruce de
535
sangre real entre dragones de fuego negros y basiliscos
dorados. La última de su especie que aún vagaba por Nuevo
Mundo y necesitaba perpetuar su linaje para revivir al
Dragón Real. Saphira había llegado al cenit de su vida dual y
ahora tenía que ceder el testigo a la única entidad que como
ella tenía la capacidad de transformarse, pues había nacido
con el estigma del fuego y de la dualidad, algo que no le
debía a su padre, sino a Ra. El único que fue mordido por
dos serpientes y sobrevivido. El único que superó la terrible
transformación del dios solar, Ra. El único cuerpo no
humano que puede sufrir metamorfosis y salir indemne.
Pero antes, Nathan tendrá que morir para renacer, eso sí, sólo
en las fauces del Basilisco. Un sacrificio letal y que a través de
un ritual espiritual, Nathan se convertirá en la reencarnación
del Dragón Real Salmanasar. Si el dios muere antes de ser
colocado en el pentagrama, todos los esfuerzos de Saphira
por perpetuar su legado habrán sido en vano.
La mirada hermosa del dragón se hizo letal. Sin
embargo, la transformación la había debilitado más de lo que
ella hubiese deseado. Su tiempo estaba llegando a su fin.
Tenía que traspasar su legado antes de que fuese demasiado
tarde.
Apofis, no pudiendo hacer nada en ese momento, alzó
los brazos y un remolino de polvo negro lo envolvió para
hacerlo desaparecer en el acto. El silencio fue roto por sus
siniestras carcajadas, éstas retumbaron en el templo sagrado
junto a una amenaza muy seria.
⎯Convertido en un cadáver o en dragón, Nathan no
saldrá del Panthĕon vivo. Yo me encargaré de que tus planes
fracasen.
Saphira rugió salvajemente, echándole del
Sanctasanctórum. Era consciente de que sólo había ganado
un poco de tiempo, antes de que Apofis irrumpiera de
nuevo. La temible serpiente no estaba dispuesta a permitir
que un dragón dorado surcara los cielos de nuevo y menos,
que éste fuera su eterno adversario, el mismísimo Nathan.
536
El dragón volvió a su forma humana.
Una extraña presencia surgió de las profundidades del
templo, arremolinándose en torno a la mujer. Vestía una
larga túnica blanca y sus cabellos albinos, hacían juego con el
iris de sus ojos, blanco como la nieve. Ojos, conocidos por su
letalidad. Su piel era nacarada y su aura, puro fuego.
Saphira se volvió hacia la entidad, no estaba sorprendida
por verle allí, frente a ella. Lo esperaba.
⎯Hola, padre.
El Ser dio unos pasos hasta ella y la besó en la frente.
⎯Estoy orgulloso de ti ―dijo―. Has sabido controlar
muy bien a esa bestia llamada Apofis. Pero, dime ¿los
inmortales han aceptado sacrificar a su deidad?
⎯Sí, excepto uno.
⎯¿Su padre?
Saphira asintió.
⎯¿Crees que depositamos nuestro legado en buenas
manos?
⎯Sí, padre ―afirmó ella―. Nathan no se transformará
sin un motivo, apenas usa su poder. Con él, nuestro legado
está a salvo, jamás pondrá en peligro nuestros genes. Espera
un hijo y esos genes están en la criatura, porque también
están en él.
⎯¿Y los inmortales?
⎯Ellos no saben nada. Bueno, lo único que saben es que
tu saliva es el antídoto que él necesita para vivir. Debo
reconocer que Ishtar me ha puesto las cosas muy difíciles,
pero no ha conseguido averiguar la verdad del todo.
⎯Lo sé ―afirmó el Ser―, pero Apofis lo ha descubierto
y él si puede provocarle. Esa criatura alada que surca los
cielos con él puede encender su ira y provocar una futura
transformación para derrotarle.
⎯Ese es un riesgo que hemos de correr –dijo Saphira―.
El mal existe, siempre ha existido y el poder que Nathan
posee le otorga innumerables enemigos, pero confío en su
sentido común y en su nobleza. La deidad se controlará,
537
siempre lo hace.
Saphira hizo una pausa y siguió hablando.
⎯Ahora, padre, será mejor que entremos en el Panthĕon,
estoy cansada. Los últimos vestigios de mi poder los he
utilizado para transformarme en un unicornio y darle a él la
oportunidad desafiar una muerte inevitable. Ahora ya no
tengo fuerzas. Si como Basilisco has de utilizar mi cuerpo,
será mejor que lo hagas cuanto antes, padre. Porque luego
dejaré de existir, seré como tú… Una esencia perdida en el
espacio. Invisible. ―Hizo una pausa―. Espero con esto darle
una oportunidad para que siga viviendo, aunque esto
suponga unos cambios muy drásticos que él, en principio, no
aceptará porque son impuestos. Pero Nathan es el único…
Mi hermano sólo puede reencarnarse en él. Estoy segura de
que si logra superar tu ritual, el dios hará honor a la Dinastía
Salmanasar. Hace mucho tiempo que Nathan es fuego, lo
demostró al extraer la Daga de Oro y al sufrir la
metamorfosis de Ra.
El Ser miró a su hija, complacido.
⎯Confío en ti ―dijo―. Pero piensa, que una vez yo me
haya transformado en Basilisco, existe la posibilidad de que
mi instinto salvaje y asesino desee matarlo antes de
entregarle algo que puede poner en peligro su propia
existencia en un futuro.
⎯Si muere, no podrá transformarse. Si vive, tendrá que
superar mi Hieros Gamos. Yo soy la única que puede
trasmitirle nuestro legado, si no sirve…
Su padre la interrumpió.
⎯Si no es digno, morirá.
Saphira dio unos pasos y se detuvo ante el umbral. Su
padre la seguía caminando con lentitud.
⎯Padre…
⎯Dime.
⎯Creo que durante unos días será necesario ocultar
nuestro legado en su nuevo destino y que una vez acabado
todo, no quede ni un resquicio de este templo ni de nuestras
538
huellas.
⎯No te preocupes. No quedará piedra sobre piedra.
En el pasadizo, el aire era frío. Las escaleras de caracol que
descendían estaban tenuemente iluminadas por antorchas
colgadas en ménsulas en la propia roca. Las llamas
anaranjadas proyectaban sombras que se retorcían formando
figuras dantescas, dando a todo el conjunto un aspecto muy
siniestro. Los escalones, muy resbaladizos les obligaban a
descender despacio.
Los muros negros que los rodeaban mostraban figuras
de Seres tallados en la roca. Imágenes misteriosas de un
pasado muy lejano. Dragones y Basiliscos, ancestros del
Nuevo Mundo, gobernaban en el Antiguo Mundo y se
erigían en las escenas, representadas en la roca, como reyes
en una mítica era de Fuego extinguida hace milenios.
Después de los poderosos dragones-hombres llegaron los
inmortales y con ellos, la sublevación del Poder Negro.
Leyendas que, en la actualidad, los mayores cuentan a sus
nietos…
«¿Qué pasaría si los dragones volvieran a gobernar como lo
hacían antaño… surcando los cielos y aplacando las guerras con
llamaradas de fuego, asolando la oscuridad o cualquiera de sus
manifestaciones?»
Los Seres, cargando con el inconsciente Nathan, Saphira
y su padre caminaban por el angosto sendero, en silencio.
Poco a poco, el pasadizo se fue abriendo cada vez más y
grandes estalactitas surgieron ante ellos, descendiendo del
techo; algunas de estas concreciones calcáreas eran tan largas
y puntiagudas que casi les rozaban las cabezas. Desde el
mismo suelo, las estalagmitas les daban la bienvenida al
Panthĕon Sacrātus, el templo subterráneo más antiguo de
todo el planeta. Tan antiguo como la extinta era de Fuego.
Un lugar sagrado donde sólo los ancestros de dragón y
las deidades tienen permitido el acceso. Nadie más puede
entrar en el templo sagrado. Nadie.
En el interior del Panthĕon no hay tesoros ni nada que
539
pueda suscitar la avaricia del hombre, sea éste mortal o
inmortal. En el interior, reside la Quintus Essentĭa, el éter
espiritual de una deidad llamada Nathanian o lo que es lo
mismo, Nathan; pues éste, desconociéndolo totalmente, lleva
en sus genes la sangre de sus ancestros que le fue legada por
los Septĭmus al morir éstos como mortales.
La oración del Septĭmus Justice que entonó antes de su
último suspiro hace casi veinticinco años tenía un doble
sentido. Un sentido que no captó Halmir, ni siquiera Nathan
cuando su padre se lo comunicó.
Era el Legado de las Siete Divinidades.
«Tú poder se ha alzado,
tu cólera se ha encendido,
tu estrella ha mostrado su fulgor,
y tu corazón…»
La oración del Septĭmus que sonó en el vacío del
Universo y que ningún oído humano pudo escuchar, estaba
inconclusa. El dios Justice murió antes de acabarla y ahora le
toca a Saphira continuar donde lo dejó él.
«…y tu corazón es puro dragón»
«Nathanian, tú eres uno de los nuestros. Siempre lo has sido»,
pensó ella.
Saphira con la mirada al frente no podía dejar de pensar
en lo que iba a dejar atrás… Años y años dedicados a
custodiar su legado, tratando de protegerse de las
manifestaciones del Poder Negro y que a raíz del nacimiento
de Nathanian Falcon-Nekhbet comenzaron a surgir uno tras
otro. Enemigos de la deidad y de ella misma, pero quién
siempre ha dado la cara es el joven que, inconsciente, era
arrastrado a través de la angosta senda rumbo al destino más
incierto que jamás haya tenido. Por primera vez en sesenta y
dos años físicos, Nathan se encontrará cara a cara con la
muerte. Pero no una muerte como las anteriores, esta le
conduciría directamente a su cuarta vida.
Seguían descendiendo.
El Panthĕon era un rompecabezas laberíntico de
540
angostos senderos empedrados y muros de piedra que se
distribuían en varias plantas descendentes. Aunque ocupaba
sólo doscientos metros cuadrados de superficie, estaba
atestado de nichos, cuevas sacras y símbolos arcanos
milenarios, éstos se hallaban tallados estratégicamente en las
paredes, en el suelo… Estrellas de cinco puntas, triángulos
con sus vértices enfrentados, cálices y espadas mágicas e
impresionantes escaleras de piedra que se ramificaban como
arterias hacia las profundidades del abismo. La esencia que
se respiraba en el ambiente podía tragarse a cualquiera sin
dejar rastro. Era el escenario perfecto para ocultar un
Basilisco u otra criatura similar.
Pasaron deprisa los nichos y llegaron a una arcada triple,
sin puertas. En el interior de esa majestuosa sala, todo el
suelo era un inmenso espejo; en el centro, en el mismo
vértice, una estrella de cinco puntas, un pentagrama con gran
cantidad de inscripciones talladas, escritas en un lengua
impronunciable.
En el extremo más alejado del pentagrama, un altar que
separaba el símbolo arcano de una inmensa puerta de oro
macizo. De pronto escucharon el ruido de unas garras que
arañaban el otro lado de la puerta. Había allí adentro algo
vivo, algo que era mejor no molestar. La extraña criatura
sintió la presencia de Nathanian y si abrían la puerta,
posiblemente arremetería contra él.
El padre de Saphira ya no estaba con ellos. Desapareció.
Había aprovechado la confusión de los Seres al escuchar el
temible ruido de las garras para fundirse en las sombras.
Tenía un cometido y era dejar libre su instinto animal, pues
Nathan ya estaba en el templo.
Saphira se abrió paso entre sus compañeros y caminó
deprisa, levantando a su paso una extraña nube de polvo
mágico que no provenía del suelo, atravesando el
pentagrama. Desde su posición ordenó que colocaran a
Nathan en el mismo centro de la estrella mágica, de espaldas
al suelo, perfectamente alineado longitudinalmente para
541
equilibrar su poder.
El aire estaba impregnado por el aroma del sándalo.
Cuando terminaron de situar a Nathan, con sus
extremidades extendidas hacia cada una de las puntas,
Saphira delicadamente lo desnudó y luego lanzó un
poderoso hechizo que encadenó a la deidad al pentagrama,
sin cuerdas ni cadenas. Finalizado este proceso, ella se puso
en pie y ordenó a los Seres que abandonaran el templo.
La mujer cogió un puñal del altar y tocó el filo de la hoja
con la yema de un dedo. Durante un momento, Saphira
permaneció inmóvil contemplando aquel fibroso y hermoso
cuerpo desnudo, pero finalmente, sometida a la mirada
penetrante de la Esencia que vigilaba todos sus movimientos,
se volvió hacia el altar, lo bordeó, dejó el puñal sobre la
tarima de mármol y se fue, cerrando la puerta a sus espaldas.
La criatura que con sus afiladas garras arañaba las
puertas desapareció en el mismo instante que la Quintus
Essentĭa hacía acto de presencia en el templo sagrado,
inundando con su aroma invisible y su silencio todo el
recinto. Nathan quedó a su merced.
Había llegado el momento de la verdad.
La Quintus Essentĭa conduciría a Nathanian a través de
la senda del silencio hasta la única salida posible, antes de
que el letal Basilisco decidiera si salvarle o no: el Ritual de
Muerte y Renacimiento.
La luna rojas habían alcanzado su cenit. Mientras los
inmortales perseguían una estela que habían perdido.
El Sanctasanctórum se podía vislumbrar en la lejanía.
542
Acto IV
El Ritual de Muerte y Renacimiento
El cielo estaba despejado y una ligera brisa ondeaba las copas
de los árboles. Las dos lunas escarlatas brillaban en lo más
alto con intensidad junto al manto estrellado.
Los inmortales muy preocupados por el destino de
Nathan, cabalgaban frenéticos saliendo del bosque y
adentrándose en las vastas llanuras de labranza, ya muy
cerca de Bilsán. A esas alturas podían husmear el olor de la
batalla que hasta allí se debatía sin fin. De pronto un
resplandor azul iluminó de un fogonazo la vanguardia de la
comitiva. Los caballos asustados, piafaron y relincharon
dando brincos. El rayo les golpeó, y los inmortales cayeron
todos al suelo, sólo Alfeo controló su caballo.
Ante ellos apareció el hechicero Festo y sobre sus
cabezas, Apofis a lomos de su dragón, una extraña criatura
creada en Snake, volaba en círculos envueltos en rugidos
atronadores y carcajadas siniestras.
Después de la esperada aparición de Festo e inesperada
presencia de Apofis y su criatura alada, Halmir y los demás
se levantaron del suelo, enfundados en tierra, y como un
rayo desenvainaron sus afiladas espadas, alzándolas
desafiantes hacia los pérfidos adversarios, que desde tierra y
cielo no dejaban de amenazarles, incansables. Al hechicero
no le fue suficiente con la derrota sufrida, sino que aún
quería más. Pero ahora, era más temible, estaba acompañado
del más temible dios negro que jamás haya existido. Los
inmortales, ante la siniestra amenaza, retrocedieron unos
543
pasos y acercaron sus cuerpos unos contra otros, espalda
contra espalda, unidos como una piña.
Los Dragones Negros con Alfeo al frente, fueron
rodeados por los inmortales, evitando que se situaran en la
primera línea donde más acuciante era el peligro. Pero ellos
no querían esa protección, eran poderosos hechiceros del
Poder Blanco y como tales podían defenderse perfectamente.
Si tenían que morir, lo harían encantados. No temían a la
muerte.
Halmir dirigió una mirada fugaz a su alrededor. Sopesó
las posibilidades que tenían y de pronto, gritó:
⎯¡Dispersaos entre los maizales!
Alfeo buscó a su hermana Kali. La encontró y la ocultó
entre grandes tallos de gramíneas.
⎯Pase lo que pase, no te muevas de aquí ⎯dijo.
La joven asintió en silencio y obedeciendo, se acurrucó
como un ovillo y se quedó allí, bajo la protección de los
grandes tallos de maíz, confiando en que la confrontación
con el enemigo se viera decantada felizmente hacia el bando
inmortal.
El hechicero tenía pendiente un asunto personal con
Halmir y quería atajarlo cuanto más rápido mejor. Sin
embargo, Apofis, cabalgando a lomos de su dragón se limitó
a realizar volandas y con las alas de la criatura los lanzaba de
un lado a otro como muñecos.
Los caballos huyeron espantados en dirección al bosque.
Halmir con expresión decidida en su semblante se
enfrentó a Festo, éste lo miró con recelo una milésima de
segundo antes de que la afilada espada del inmortal oscilara
frente a su rostro, dispuesto a guillotinarle.
El hechicero lanzó a Halmir una mirada asesina, pero el
inmortal no se dejó amilanar. Estaba en juego la vida de su
hijo y aunque era consciente de que no podía hacer nada
para cambiar su destino, si podía arrebatarle la vida al
hechicero y cumplir su ansiada venganza.
⎯Esta vez tu poder no funcionará conmigo. Tengo un
544
buen escudo protegiéndome ⎯bramó Festo, apartando con
su espada el arma del inmortal.
Halmir sonrió entre dientes y miró hacia lo alto. Apofis
estaba muy entretenido tratando de derribar a sus
compañeros de fatigas, pero estos se defendían muy bien de
su asedio.
⎯¿Lo dices por él? ¿Acaso crees que le tengo miedo?
Festo soltó una carcajada.
⎯No ⎯la respuesta fue tajante⎯. ¿Miedo…? Yo creo
que sí le tienes miedo, pero eres demasiado orgulloso para
reconocerlo.
Halmir no permitió que aquellas viperinas palabras de
Festo le incomodasen.
⎯Tú no tienes escudo, mequetrefe ⎯precipitó su espada
contra el hechicero y este, rápido como un felino, devolvió el
golpe. Ambos aceros chocaron ruidosamente⎯. A Apofis no
le importas nada, él sólo quiere a mi hijo. Tú no eres nadie.
⎯Guárdate tus sarcasmos ⎯masculló Festo.
⎯Parece que la cosa va en serio, ¿no?
El rostro de Festo se contrajo en un rictus frío y duro.
No se dirigieron ni una palabra más. Ambos se
enzarzaron en una violenta lucha con todo lo que tenían a
mano, incluida la magia. Para los inmortales, Halmir se había
convertido en un desconocido. Nunca en su larga vida había
guerreado tanto y con tanto empeño, pero el
envenenamiento de su hijo instigado por Festo hizo surgir el
lado más oscuro de su personalidad. En esos momentos, su
corazón estaba lleno de odio hacia ese ser despreciable. Su
corazón era de piedra.
Sin embargo, después de unos instantes, Ishtar observó a
Halmir en apuros, éste se vio repentinamente acuciado por
una severa fatiga, propiciada por el desgaste del combate
anterior, y acudió en su ayuda. Entre los dos acorralaron al
hechicero y éste se vio obligado a usar la magia para librarse
de ellos.
El hechicero dejó escapar un grito triunfal y luego, alzó
545
poderosamente su mano y una gran bola de fuego salió
disparada como un rayo hacia ellos. Halmir lo esquivó, pero
Ishtar fue alcanzado y el estallido lo lanzó a través del maizal
a una velocidad de vértigo; el impacto con la tierra fue duro
y perdió el conocimiento al instante.
La situación se volvió adversa para los inmortales.
Eran tres, Apofis, Festo y el dragón; y ellos, eran diez sin
contar con Kali, a la que no dejaban actuar por su estado,
pero nadie se atrevía a poner en riesgo su vida ni la vida del
hijo de Nathan, y no podían con ellos… El problema era que
Halmir estaba demasiado débil; Ishtar, inconsciente;
Morpheus y Alfeo ayudaban a los jóvenes dragones y
luchaban cuerpo a cuerpo contra el dios Negro. Éste como
espectro, era imbatible y su montura alada, parecía
contagiada por su poder. La situación se estaba complicando
más de lo esperado y la victoria parecía decantarse por el
lado que ostentaba menor número.
Kali, desde su escondite, ansiaba participar en la lucha.
Pero la criatura que llevaba en sus entrañas le obligaba a ser
sensata. De todas formas, no tenía ni fuerza ni poder para
enfrentarse a los oscuros y si lo hacía para demostrar de lo
que era capaz, pondría en evidencia, ante Apofis, su
embarazo y en ese caso, perdería todo por cuanto a luchado
y ese todo, es su hijo.
El regalo de Nathan.
En el cuerpo de Halmir todavía reverberaban los efectos
del último estallido cuando una nueva descarga eléctrica lo
traspasó por entero. Festo se reía a carcajadas, éstas
retumbaban en la mente del inmortal amplificadas hasta el
punto de convertirse en insoportables. En un intento
desesperado por no oírlas, se llevó las manos a los oídos y
trastrabilló alejándose del hechicero, sintiendo punzadas de
dolor que lo dejaban aturdido. Se sintió repentinamente
mareado. Tenía una terrible sensación de vértigo que hizo
que se desplomara justo muy cerca del lugar donde
permanecía oculta Kali. La joven, al verle inconsciente igual
546
que su padre, ahogó un grito y su corazón se desbocó.
El hechicero como no tenía capacidad para destruir a los
inmortales, una vez, derrotados dejó de interesarse por ellos.
Mentalmente recibió una orden de Apofis y ésta era tajante.
«Márchate al Sanctasanctórum y espérame allí. Yo acabaré con
ellos»
Y lo hizo.
Festo conjuró una espesa niebla en torno a él y se fundió
en ella, desapareciendo en el acto. Nadie, excepto Kali,
presenció su marcha.
Morpheus tomó el arco de Ishtar y disparó una flecha. Pasó
por encima de la cabeza del dragón. Necó también tendió su
arco y disparó, nada. Ambos volvieron a intentarlo, por
segunda vez. Era preciso que tuvieran éxito para derribar a
un Apofis cada vez más insultante y que les amenazaba con
reducirlos a cenizas.
Necó sacó una nueva flecha de su carcaj, y la lanzó,
poderosa y precisa, y golpeó el flanco del dragón.
Gritos de júbilo de Morpheus saludaron el buen tiro,
pero se apagaron cuando el dragón, emitió un amenazador
rugido y gobernado por Apofis voló en picado hasta ellos.
Ambos echaron a correr, tomaron sus dagas del cinto y
cuando tuvieron al dragón encima, se volvieron
bruscamente, provocando el jaque del animal, éste
sorprendido vaciló sólo un instante. Porque Morpheus y
Necó, sincronizados, hundieron las afiladas hojas en el cuello
de la bestia.
Pero no fue suficiente para derribarlo.
Sin embargo, la sorpresa vendría desde la retaguardia
del animal; allí, situado detrás del dragón, el inmortal Alfeo
disparó con extraordinaria rapidez dos flechas hechizadas y
rematadas con afiladas puntas de plata que alcanzaron el
objetivo; una, la espinada del dragón, atravesando en
diagonal toda la carne hasta lograr llegar al corazón; y la
547
otra, traspasó primeramente el cuerpo astral de Apofis, y
terminó por atravesar la cabeza de la criatura alada. Ésta
estiró el cuello hacia delante como una serpiente; se
convulsionó y fulminada, se derrumbó.
El Ser espectral se elevó en el aire, gruñendo.
Como venganza por la muerte de su dragón formó en el
suelo una nube de azufre encogida en una delgada columna
de humo y la hizo estallar con el lanzamiento de una letal
esfera cargada de fuego negro. Sus rayos poderosamente
malignos se dispararon hacia los cuatro puntos cardinales
con una fuerza imparable, rebotando hacia ellos.
Aturdidos, los inmortales Morpheus y Alfeo
bambolearon de un lado a otro y los dragones no conseguían
levantarse del suelo. El estallido fue como una bomba y eso,
los dejó fuera de combate.
Apofis los observaba desde las alturas, divertido.
Estaban tan débiles y aturdidos que jamás podrían ser un
obstáculo para sus propósitos. La verdad es que el dios
Negro se sintió tentado… Habría sido muy fácil para él
abalanzarse sobre sus cerebros y terminar de extinguir las
pocas energías que les quedaban. Un triunfo sobre los
inmortales que no tenía precio.
Pero eso no iba con él.
Su única tentación era Nathan y ahora, sólo los Seres y
su herencia dragontina impedían su dicha. Si él fracasaba en
su intento de evitar que la deidad sobreviviera, en un futuro
trataría de destruir la dragonites; la piedra fabulosa donde se
supone se concentrará el poder de Nathan y que con un
disparo certero en su cabeza podría conseguir destruirlo
totalmente.
La dualidad hombre-dragón que la extraordinaria
deidad pudiera albergar, podría convertirse en una fatalidad,
si Nathan osará enfrentarse al dios Negro transformado en
dragón. Esa puede ser su debilidad y el triunfo de Apofis es,
pues, conocer ese pequeño detalle.
548
En el Panthĕon, el trance espiritual de Nathan era
frenético…
Nathan despertó sumido en un extraño trance. Un sueño,
dónde él era la víctima y en el cual tenía que superar la
muerte, para renacer de nuevo.
En el sueño…
Nathan abrió la puerta de una extraña cámara. La
espaciosa estancia estaba caliente y muy bien iluminada por
un fuego que crepitaba en una ornamentada chimenea.
Confuso, no se atrevió a moverse del umbral.
«¿Qué hago en este lugar?»
Nathan no era muy consciente de lo que estaba
ocurriendo, ni siquiera podía asegurar si estaba vivo.
«¿Estoy soñando? ―se preguntó―. ¿Estoy muerto?»
Miró a su alrededor y luego a sí mismo. Su cuerpo estaba
cubierto de un fino velo…
«¿Cómo he llegado aquí?»
Su mente era un torbellino de preguntas; todas ellas, sin
respuesta. Estaba en un lugar desconocido, en el interior de
una estancia desconocida y junto a una chimenea
desconocida…
Se puso muy nervioso y echó a caminar de un lado a otro
de la estancia como un animal enjaulado. No había ventanas,
sólo la puerta y repentinamente, ésta se cerró de un portazo.
El golpe lo sobresaltó. Se giró y miró atrás. Sus cejas claras se
enarcaron, intrigadas y su rostro expresó incredulidad ante
lo que estaba ocurriéndole. Perturbado, trató de abrir la
puerta, pero el cerrojo estaba bloqueado.
Una extraña claustrofobia hizo mella en él. Su corazón
latía desbocado y su respiración jadeante le indicaba que algo
iba mal, rotundamente mal. No quería pensar en fatalidades
del destino, pero su agudo sentido le decía que la estancia en
la cual estaba preso, era el lugar elegido por su eterno
adversario, Apofis, para darle el mazazo final.
La muerte.
549
Pero si él, jamás había tenido miedo a la muerte… ¿Qué
estaba ocurriéndole? ¿Por qué de repente surgió ese temor?
No era humano, no tenía que temer a nadie, excepto a sí
mismo. Eso era… Por fin.
Nathan se sintió enteramente humano.
Despojado de su inmortalidad; ahora, si. Estaba muerto.
Los latidos de su corazón y su respiración, no eran más que
el deseo de perpetuar su vida más allá de la muerte. Pero, ¿le
dejarían morir definitivamente? Estaba cansado de luchar.
Sus enemigos no le dejaban respirar. Apofis, por fin, vería su
sueño convertido en realidad, ¿o no?
De repente, una voz tronó severa y no lo hizo
retumbando en su aturdida mente, sino en la estancia.
«¡Sí!»
La deidad miró a su alrededor. No había nadie con él,
pero no parecía absolutamente convencido.
⎯¿Cómo dices?
«Su sueño puede ser una realidad»
⎯¿Eres… la muerte? ⎯Nathan reconoció que había
hecho una pregunta estúpida.
La voz se echó a reír. Eso al joven, no le gustó.
⎯¿Qué te hace tanta gracia?
«Tú, mí querido Nathan. Tú…¿Mira que hacerme esta
pregunta a estas alturas?»
Nathan se quedó en silencio.
En ese momento, sintió a su alrededor la presencia del
pasado. Sintió como su espíritu su elevaba y alguien o algo le
tendía una mano, susurrándole y compartiendo con él sus
temores.
A través de su vínculo con la deidad, la Quintus Essentĭa
percibió el malestar, la incomodidad y el arrepentimiento
que le atenazaban, pero seguía sin comprender sus extrañas
preguntas. Sin embargo, la esencia decidió suavizar su voz,
haciéndola más consoladora. Nathan estaba con la moral por
los suelos y parecía que no creía en sí mismo ni siquiera en
su divinidad, ahora seriamente amenazada. Era como un
550
niño asustado al que hay que cuidar y proteger.
Pero el Ritual de Muerte y Renacimiento no era un juego
de niños. Era real y duro, muy duro; pues el objetivo
principal de esta liturgia es eliminar las ligaduras terrenales,
o sea, morir para renacer. Pero Nathan no estaba muy
convencido; incluso, muerto, dudaba.
Aquella noche tan larga había traído consigo la muerte
de la deidad, ahora todo dependía del Basilisco. Sólo la bestia
puede purificar su sangre envenenada y provocar su
renacimiento.
Llevar a Nathan a través de la senda correcta iba a ser
más difícil de lo que se pensaban los Seres. Para la Quintus
Essentĭa era puro trámite, superar los niveles era fácil, pero
sólo para alguien que esté totalmente desligado de la vida y
aceptado su condición. Sin embargo, ese no era el caso de la
deidad. Los Seres llegaron a la conclusión de que era
necesario actuar con más dureza, obligándole a volver a
entrar, como ya lo hizo en su primera vida, en la Cámara
Oscura y una vez allí, sacrificar su humanidad de una vez
por todas.
El ritual comenzó y el silencio les unió.
El cuerpo de la deidad seguía encadenado a la estrella de
cinco puntas, muerto. La única vida que latía en él estaba en
un nivel muy superior y no entre aquellos muros, tan cerca
del Basilisco.
Como parte de la liturgia, la voz desapareció, porque
Essentĭa y Nathan se fusionaron. Ahora, ambos eran un
único ser y por tanto, destruibles. Si Apofis deseaba eliminar
a Nathan, debía hacerlo ahora, porque ese es el único
momento en dónde éste es completamente vulnerable. El Ser
espectral era consciente de esto y para él no sería problema
colarse en alguno de los siete niveles y desde allí, induciendo
una brutal pesadilla, tenderle una emboscada.
Y mientras tanto Festo, empleaba toda su maligna magia
551
para tratar inútilmente de entrar en el Panthĕon, una
pesadilla trasladó a la deidad al primer nivel del ritual: el
umbral de la Cámara Oscura.
Al otro lado de la realidad…
Nathan, despojado de su cuerpo, se deslizaba a través de
un angosto y oscuro pasillo, en silencio, cuando de repente
oyó una voz conocida. Ante él, una encrucijada.
«¿Dudas?»
Nathan escuchó la voz de su éter, en sí mismo. Ahora,
eran uno solo.
⎯Dudo sobre el camino que debo escoger.
«Ahora, primero eres tú… Y después, también»
⎯No.
«Ante ti, dos caminos; a la derecha, la muerte definitiva; a la
izquierda, el renacimiento… ¿cuál escoges? No olvides que un
error no te permitiría seguir y tu muerte sería un hecho real.»
Nathan se detuvo, su éter se abrió a él.
⎯¿Acaso ya no estoy muerto?
«Sí, lo estás. Pero no es un destino definitivo, aún queda una
posibilidad…»
La deidad alzó una mano y acalló a su voz interior.
⎯Desde que cumplí la profecía he querido traspasar la
línea, pero vosotros y mi padre siempre lo habéis impedido
de una forma u otra. Ahora, soy libre. Puedo elegir.
La voz de la Quintus Essentĭa, enterrada en aquella
extraña forma incorpórea y que deseaba morir de una vez
por todas, sonó triste. Después de tanto mover los hilos…
«¿Realmente quieres dejar de existir?»
⎯Sí.
Hubo un silencio. Nathan, inmóvil, vaciló; no tenía tan
claro su dilema.
«¿Si realmente deseo morir, porque no soy capaz de
elegir? ¿Qué es lo que me detiene? Necesito saberlo», se
preguntó.
«La carne de tu carne… Sangre de tu sangre. Tu hija…»
Nathan al escuchar esas palabras se quedó muy callado.
552
Ya había tomado una decisión.
⎯Tranquilo. Has de conservar la calma o te arriesgas a
que te aniquilen ⎯se dijo Nathan a sí mismo.
Cerró los ojos y traspasó el umbral del Renacimiento y
entró en el primer nivel. Lo que le esperaba en el interior de
esa cámara, era una incógnita. Y el desconocimiento le
resultó extrañamente incómodo.
Su éter suspiró aliviado. Llegó a pensar que Nathan
elegiría la muerte. Era consciente de que la criatura que
llevaba Kali en sus entrañas le había hecho cambiar de idea.
«¿Te importaría abrir los ojos?»
La deidad abrió los ojos y miró a su alrededor. Al
principio lo veía todo doble, borroso y difuminado. La
Quintus Essentĭa actuó sobre su visión y las cosas se
aclararon. De pronto le envolvió un gran resplandor. Su aura
brillaba con fuerza. Su esencia de fuego estaba en plena
efervescencia.
De pronto una oleada de visiones le azotaron
duramente. Era el pasado, él que tanto odiaba, que volvía a él
para evitar que olvidara.
Revivió la profecía que le marcó para siempre. Revivió
su primera y dolorosa muerte. No lo aguantó y cayó
arrodillado al suelo. Nathan luchó para hacerse con el control
de su aplomo.
⎯¡Basta! No hace falta recordar… Sé quién soy.
La Essentĭa respondió a través de su boca.
«Tienes razón, Nathan. Ya hemos perdido demasiado tiempo
con tu pasado, pero a veces es necesario.»
Nathan se puso en pie y echó a caminar, dispuesto a
superar el siguiente nivel. Avanzaba como hipnotizado en la
oscuridad, su aura se había apagado al afirmar que sabía
quién era. Sus pensamientos conscientes danzaban libres,
tentándole con más flaquezas. Quería huir de su propia
debilidad. Su humanidad jugó desde siempre su destino.
Repentinamente una luz dorada inundó el pasillo. Nathan
cerró los ojos, buscando el equilibrio en su mente. Todo
553
volvió a la calma al darse cuenta de que había entrado al
siguiente nivel.
Al traspasar el tercer nivel, un rayo de luz blanca salió
disparado de la misma nada. Impactó frente a él, avisándole
de que no debía mover ni un solo músculo de su forma
incorpórea. El suelo se estremeció y Nathan se tambaleó,
aturdido. Cuando la luz blanca se disipó, nuevas visiones
invadieron su mente y éstas le provocaron mucho dolor. La
guerra de poderes que había iniciado Nabuc. La matanza de
Hermes. Jadlay. Áquila, en el momento de ser herido
mortalmente.
Jadeó.
Las visiones se hicieron cada vez más crueles. Sus
cimientos se tambalearon.
Se dobló, presa de un dolor insoportable. Sintió los
dolores de su cuerpo mortificado. Se desplomó en el suelo,
sumido en la agonía del envenenamiento. Lágrimas de
sangre brotaron de sus ojos al intuir la traición de Male-Leel.
Nathan, embestido por tantos frentes, no se sentía con
fuerzas para continuar su viaje hacia el Renacimiento. De
repente, unas carcajadas retumbaron en su mente: eran
Apofis y Festo, ambos en el umbral del Panthĕon Sacrātus le
maldecían para desequilibrarle.
Otra visión…
La deidad contemplo alicaído la matanza de Hermes,
como si estuviera allí. Su corazón incorpóreo, atenazado por
el dolor de aquellas muertes, latía desbocado. No eran
pensamientos. La Essentĭa a Nathan directamente al lugar
para que observara la desolación que invadía a los pocos
supervivientes, errantes. Y vio las tierras, sin vida.
«¿Qué esperabas?» ⎯la voz de su éter interrumpió por
sorpresa⎯. «No estás solo en este sufrimiento, tus súbditos te
acompañan. Debes superar los niveles y entregarte al Basilisco,
Nathan. Sólo tú puedes hacerlo, has de poner fin a esta guerra»
Nathan se levantó y avanzó con aire vacilante. Llorando.
Todo su ser se estremeció al sentir los gritos de su pueblo.
554
A medida que avanzaba a través de los planos astrales,
fue adquiriendo conciencia de una extraña división interna.
Algo estaba fallando en él. Jamás se había sentido tan débil;
pero no era una debilidad de su cuerpo, sino de su mente.
Era su propio caos. Se estaba desmoronando.
«Todas esas gentes que ves en las visiones necesitan tu ayuda.
Jadlay no tiene tu carisma ni tu poder. Él solo no puede. Su destino
es la muerte.»
Nathan se reveló.
⎯¡Nooo! Yo le envié a Esdras.
«Exacto. Y morirá por ti. Nabuc es mucho más fuerte»
⎯Áquila… ⎯se lamentó.
La Quintus Essentĭa le mostró imágenes de las luchas
que habían mantenido los inmortales con Festo y Apofis.
Nathan pudo ver a su padre, a Kali…
⎯¿Por qué me haces esto? Dime, ¿por qué?
«Tú eres el dios. Yo te juzgo, porque solo yo puedo hacerlo.
Llevas mucho tiempo lamentándote, deseando morir porque no
aguantas tu responsabilidad como divinidad. Dudando de ti mismo
y de tus capacidades. ¿No es eso lo que querías? ¿Acaso vas a
abandonar Nuevo Mundo a su suerte, o a la suerte del usurpador
Nabuc? Dime, ¿cuándo pondrás fin a esto?»
La Essentĭa hizo un silencio, deseaba salir de su cuerpo
astral un instante, para ver su propio rostro. Quería ver lo
que sentía un dios al ser juzgado por sí mismo.
Nathan acosado por los remordimientos se tambaleaba a
punto de perder el conocimiento astral.
«Una sola palabra tuya bastaría para colocar las piezas
correctas en el tablero que tú has creado. No lo olvides. Ahora,
sigue el viaje; esto que ves es sólo el principio, pues el Basilisco te
juzgará y contra su decisión, nadie podrá hacer nada, incluido yo»
⎯La bestia me destrozará ―dijo―. Pero ya no me
importa, estoy muerto.
Sin más dilación, Nathan fue caminando lentamente
hacia el siguiente nivel. Se tapó los oídos para no oír a su
propio éter, pero éste estaba dispuesto a abrirle los ojos.
555
Las imágenes volvieron a él; más crudas, si cabe. Y le
siguió hablando.
«Han perecido muchos humanos, Nathan. De ambos bandos.
Los que han podido escapar de los campos de muerte, deambulan
sin rumbo. La esencia derramada por ti, no es suficiente y no puede
acallar los gritos de los heridos. Te necesitan, vivo.»
La mirada de Nathan estaba perdida. Su corazón
sangraba y era una hemorragia mortal. El daño era profundo.
⎯Yo…
La Essentĭa lo interrumpió. Había conseguido su
objetivo. Nathan dio forma a su pensamiento inconcluso.
⎯Yo… Lo siento.
«No quiero hacerte daño, pero si el Basilisco ve algo de
debilidad en ti, te matará y yo desapareceré contigo. Tienes que
sufrir ahora, para que cuando llegue el momento de la verdad, te
muestres ante él tal y como eres. Tú eres fuego y tu vida les es
valiosa, no la desperdicies. Lo que ganarás, te hará supremo.»
Un destello luminoso en la oscuridad.
Al fondo del pasillo, una figura que se acercaba a él.
Unas llamas negras y anaranjadas se arremolinaron en torno
a la sombría figura. La luz se desvaneció y Nathan
totalmente perturbado por las visiones mentales, se frotó los
ojos, incapaz de dar crédito a la visión que tenía frente a él.
Pero no era una visión, sino Apofis dispuesto a darle el golpe
final, ahora que él estaba en sus horas más bajas, después del
envenenamiento.
⎯¡Fuera! ⎯gritó Nathan.
Apofis se echó a reír a carcajadas.
⎯Estás acabado, amigo mío.
⎯¡Yo no soy tu amigo!
El Ser espectral disfrutaba de lo lindo con las desgracias
de Nathan. En ese instante se unió a él, Festo que finalmente
consiguió destruir la coraza del Panthĕon y aunque los Seres
le mostraron batalla, no consiguieron evitar su entrada.
556
Ahora ya era demasiado tarde.
⎯Ja, ja, ja, ja… Mírate, das pena.
La Quintus Essentĭa enmudeció de golpe y dejó solo a su
entidad visible. Nathan se debatía como un borracho,
incapaz de hacer frente a su adversario que parecía llevarle
siempre la delantera. El nerviosismo crepitaba en él como
una descarga eléctrica al recordar como Apofis le mutiló su
cabellera.
Abandonado a su suerte, Nathan vaciló unos instantes y
a continuación, se abalanzó contra la maligna presencia. Pero
algo estalló entre los dos. Una fuerte explosión que dejó
totalmente aturdida a la deidad, trastabillando de un lado a
otro como un pato mareado, cegado y temporalmente sordo
por el estruendo. Apofis observaba como el desgraciado
joven sucumbía ante su poder. El Ser espectral se dio cuenta
de que en esos momentos su poder de destrucción era mucho
mayor que el de Nathan. Era como tener una superioridad
absoluta, como tener la posibilidad de ejercer el poder sin
restricciones, pues el joven dios en esos momentos no era
más que un despojo.
Envenenado, mutilado y abandonado por su propia
esencia, Nathan no tenía más destino que la desaparición de
todo su ser. Estaba muy cerca de la no existencia. La
certidumbre se precipitó sobre él como una losa.
Cayó desplomado.
Festo se acercó a él y le dio un puntapié en el costado.
Nathan no podía sentir dolor físico, pero sin embargo,
gritó. Estaba siendo avasallado. Y derrotado se dejó golpear
una y otra vez, maldecir y humillar hasta límites
insospechados.
Apofis bailaba en Nathan, éste sin ayuda de nadie, cerró
ojos y mente. Su aura había palidecido, apenas tenía energía.
Su forma astral se arrastró bajo aquella lluvia de golpes que
venían de todas partes. Ya no trataba de escapar, sino de
buscar un lugar donde acurrucarse y dejar de existir. Era su
aparente fin.
557
Unos minutos después, Nathan seguía oyendo las
carcajadas de Apofis y Festo y retumbaban en su cerebro
como una herida incandescente. Había perdido el
conocimiento astral y no pudo percatarse de que Saphira, y a
sabiendas de ir contra las leyes del ritual, había irrumpido en
los planos astrales para ayudarle y hacerle regresar al
pentagrama. La estrella de cinco puntas era en esos
momentos, su salvación; al margen de lo que ocurriera
después con su padre, el Basilisco.
Ella le mostró los dientes a Apofis, éste y su siervo
fueron expulsados de los planos astrales con un bestial e
inconfundible rugido acompañado de grandes muestras de
poder. Estaba claro, si no llega a ser por ella, Nathan se
habría convertido en cenizas, dando al traste con los planes
de los Seres de hacerle entrega del Legado Salmanasar y de la
Dragonites.
Después, un silencio sepulcral invadió la Cámara
Oscura.
Saphira volvió a tomar su apariencia humana, desnudo
su cuerpo de atavíos y solamente envuelto del aura que
emanaba de su espíritu, se acercó a paso lento hasta Nathan,
éste estaba distante, alejado y solo. De lo que no había duda,
era que el ser humillado que se lamentaba con las manos
tapándose el rostro, era un dios. Él más grande de todos. Su
orgullo había sido reducido a cenizas y el daño infligido por
Apofis era tal que posiblemente perdurase mucho tiempo,
incluso, superando Nathan, la transformación que lo
convertiría en un auténtico Dragón Salmanasar. Ella tenía sus
temores, pero confiaba en él.
La Dryadis era consciente de que Nathan, en esos malos
momentos, se consideraba un ser insignificante. Eso era parte
de lo que pretendía Apofis, que la deidad fuera tan
insignificante e inofensiva como una hormiga y al parecer lo
ha conseguido.
Saphira, angustiada por verle tan humillado, se agachó
junto a él. Trató de cogerle una mano, pero Nathan se resistió
558
a ser tocado. Lloraba como un niño.
⎯Nathan…
Saphira lo miraba sintiendo una profunda pena. Él hizo
un intento de apartarse de su lado, pero ella fue más rápida y
lo obligó a estarse quieto.
⎯Sólo pretendo ayudarte. Si no quieres darme tu mano,
por favor ponla tú, sobre mi pecho.
Saphira no obtuvo respuesta. Nathan parecía ido. Su
rostro era un fiel reflejo del terror vivido y no deseaba que
nadie lo viera en ese estado tan deplorable, pero a ella no le
interesaba su semblante…
⎯No quiero tu compasión ⎯dijo él, finalmente.
⎯Jamás pensé en dártela ―afirmó ella―. Esto que te ha
ocurrido te lo merecías.
En ese momento, un dios tan omnipotente como Nathan,
supo que debía mantener la boca cerrada. Llevaba todas las
de perder.
Ella siguió hablándole.
⎯No estoy de humor para escuchar tus lamentaciones,
Nathan. Pero, por favor, pon tu mano sobre mi pecho o me
veré obligada a actuar por las malas.
Saphira llevaba un estigma que, a modo de tatuaje,
llagaba la piel de su pecho izquierdo: un conjunto de líneas
diagonales que conectadas entre sí formaban un relámpago,
éste brillaba con luz propia en el interior de una estrella de
cinco puntas y sólo podía otorgar poder a un ser de su
misma especie. Ella no estaba equivocada en cuanto a la
dualidad de él. Era la insignia de la Dinastía Salmanasar, el
símbolo de poder de los Dragones Dorados.
Nathan habló.
⎯No me infundes confianza.
La máscara que le rodeaba empezaba a caerse por su
propio peso. Se desmoronaba poco a poco. Ella aprovechó
ese momento en que él era vulnerable.
⎯Debes confiar en mí. Yo escuché vuestras suplicas, la
de Kali y la tuya para salvar a Áquila, y lo hice. Tu éter me
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ayudó, ¿recuerdas? Tú amigo está muy mal, pero sobrevivirá
⎯hizo una pausa⎯. Escúchame, por favor… Si tú dejas de
existir, él morirá y nosotros y todo Nuevo Mundo, le
seguiremos. ¿No lo comprendes? Todos muertos antes que
volver a ser esclavos de del Poder Negro ―lo agarró por los
hombros, zarandeándole, casi perdiendo el control de sí
misma⎯. Además, has recorrido un largo camino como para
pensar que pueden existir más obstáculos. No te rindas, aún
tienes salvación.
Nathan no luchó contra ella. No podía. Sabía que no
existía una alternativa viable para él. Apofis se había
convertido en un ser muy poderoso y eso gracias a él. La idea
le repugnaba, pero así era. Su debilidad hacía que su
adversario se creciera en poder.
⎯No tengo salvación ⎯hizo una pausa para asimilar lo
que había dicho⎯. He sido juzgado y mi esencia me ha
abandonado.
⎯Eso no es cierto ⎯Saphira volvió a insistir y tomó
entre sus manos las de él⎯. Toca mi estigma y volverás a
recuperar tu esencia… y tu vida.
Nathan parecía reacio a seguirla. No sabía si creerle o no.
Pero el calor que desprendía el cuerpo de la fémina, lo atrajo
como si fuera un imán. Al mínimo roce con ella, él empezaba
a emitir energía pura, era mínima, pero la suficiente para que
ella pudiera sacarlo del nivel en el que se encontraba preso.
Repentinamente, él vio cómo se alzaba una sombra,
percibió un estremecimiento en su cuerpo y sintió miedo.
Cuando la palma de su mano contactó con el estigma de
aquel marmóreo pecho, se produjo un fuerte destello de luz
azul. Poderosos rayos de gran intensidad que salían
despedidos del cuerpo de Saphira, atrapándole sin remedio.
En el interior de ese infierno de luz, se desataron una serie de
sacudidas que dejaron al joven aturdido. Sintió como si un
rayo hubiera explotado en él, catapultándole hacia el infinito;
y su cuerpo, debilitado por las humillaciones y las
experiencias pasadas se resquebrajaba igual que el estallido
560
de un cristal.
Nathan gritó y Saphira junto a él… Ambos compartieron
el mismo tipo de dolor, casi humano. Al traspasar la
dimensión del Otro Lado y volver a su realidad, él se sintió
vivo. En aquellas sensaciones, perdidas en el tiempo que
había estado postrado en un lecho, envenenado, hubo algo
que hizo volver a su esencia. La sintió hervir en su sangre. En
ese momento, su mente se tambaleó al borde de la
inconsciencia. Su mano aflojó la presión sobre aquel pecho y
su energía, la mínima que había recuperado, se fue
apagando.
Nathan estaba empeñado en perder el conocimiento y
había cerrado los ojos. Estaba abrasado por un fuego que no
veía, pero sí sentía. Saphira le obligó a abrirlos, provocando
que la Quintus Essentĭa lo hormigueara por dentro.
⎯Nathan… Vuelve a mí. ¡Vives!
Oyó la voz en la lejanía. Muy lejos.
Una nueva descarga de aquella energía pura, que
envolvía como un manto a Saphira, alcanzó la esencia de la
deidad y su corazón físico comenzó a latir con fuerza.
Nathan yacía en el pentagrama, con un gran peso sobre él
que le impedía moverse.
En aquel momento, un atronador rugido hizo tambalear
los cimientos del Panthĕon Sacrātus.
Una sombra colosal que no pertenecía a la era actual se
deslizaba por el templo, lentamente, arrastrando su gran
peso, impidiendo el paso de la luz. Se fue acercando hasta el
dios que, dispuesto en sacrificio, yacía protegido por las
runas de Saphira.
Nathan escuchaba los ruidos con temor y veía como la
sombra iba acaparando poco a poco el terreno sagrado dónde
se hallaba. Algo se asfixiaba en él, tragó saliva. Ese era el
momento que su padre siempre había temido y ahora no
estaba con él para ayudarle ni para verle desaparecer del
mapa. Era mejor así.
⎯¡Qué bajo he caído! Engullido por un Basilisco. Lo
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único que me consuela, es que después de todo, podré
descansar en paz…
562
Acto V
La energía no se destruye, se transforma
Kali consiguió despertar a su padre, pero Halmir se negaba a
recuperar la conciencia. La descarga eléctrica que traspasó su
cuerpo fue brutal y el agotamiento que arrastraba era muy
acusado, lo que complicó su regreso a la realidad.
A Ishtar le bastó una simple mirada a su alrededor para
darse cuenta de lo que había ocurrido casi a las puertas del
Sanctasanctórum. Se volvió hacia su hija y vio que ésta
trataba de despertar a Halmir.
⎯Déjalo, hija. Si no recupera el conocimiento,
cargaremos con él.
Kali lo miró, preocupada.
⎯Los caballos huyeron asustados… ¿Cómo
pretendemos ayudar a Nathan? Y después… ¿cómo
regresaremos a Jhodam?
⎯Demasiadas preguntas para responder en este
momento.
Los Dragones Negros se fueron levantando uno a uno
del suelo. El estruendo de las explosiones aún retumbaba en
sus oídos. Alfeo se acercó a su aturdido padre. Ishtar
levantó la mirada para contemplar a su hijo, éste llevaba las
ropas sucias, llenas de polvo, casi destrozadas.
⎯Las explosiones os dieron de lleno.
⎯Sí, pero lo importante es que mis hombres están bien
⎯respondió⎯. Por lo que veo vosotros también, si
exceptuamos a Halmir.
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Ishtar se arrastró por la tierra hasta el cuerpo
inconsciente de su amigo y le tomó el pulso mientras hablaba
con su hijo.
⎯Hemos cometido muchos errores…
⎯Por supuesto que los hemos cometido ⎯respondió
Alfeo con dureza, enojado⎯. Nathan debe estar muerto a
estas alturas.
Se hizo un silencio, que fue roto al segundo.
―Cuando se juega una partida con Apofis, sólo se puede
ganar o morir. No hay puntos intermedios ¿Cómo es qué
nuestra inmortalidad sigue indemne?
Ishtar se volvió hacia su hijo.
⎯No lo sé.
Alfeo se giró de espaldas a su padre y miró a sus
hombres. Se echó la capucha sobre el rostro.
⎯Muchachos, no tenemos caballos. Continuaremos a
pie.
Sus respiraciones calientes humeaban en el aire gélido de
la noche. Estaban a menos de un kilómetro del
Sanctasanctórum, relativamente muy cerca, pero la distancia
parecía mayor.
Ishtar y Morpheus levantaron el pesado cuerpo de
Halmir. Kali les miraba sin poder eliminar de su rostro la
expresión preocupada que le embriagaba desde hacía mucho
rato. Las risas de Apofis aún le resonaban en los oídos
cuando Alfeo la agarró delicadamente de un brazo y se la
llevó consigo. Sus dragones les siguieron. Tras ellos se puso
en marcha la procesión de los inmortales hacia el Panthĕon
cargando prácticamente a rastras a Halmir, atravesando el
amplio campo de labranza de maizales que discurría hasta el
sendero del templo.
Caminaban con piernas temblorosas, apoyándose en las
lanzas que no habían utilizado en la confrontación y que
ahora les eran de utilidad para sostenerse. De pronto, Ishtar
hizo un gesto y alzó la mano. Se detuvieron.
Halmir había abierto los ojos y su corazón comenzó a
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latirle a toda velocidad, incluso Morpheus pudo sentirlo. Un
sobresalto de pánico arrancó los gritos del inmortal al
recuperar éste parcialmente la memoria.
⎯Mi hijo… ¿Dónde está mi hijo?
Kali y Alfeo inclinaron la cabeza justo en el mismo
momento que Halmir los miraba. Morpheus levantó la vista
hacia el cielo, suplicando que los malos presentimientos que
les atenazaban no fuesen ciertos. El color escarlata de las
lunas se había tornado tan oscuro que era como si éstas no
estuviesen allí, junto a las estrellas; en su lugar, un vasto
cosmos negro.
La aparente amnesia de Halmir era un gran problema.
⎯¿Acaso no lo recuerdas? ⎯preguntó Ishtar⎯. El
unicornio dorado se llevó a Nathan al Panthĕon.
Kali estaba agotada. No podía más y se dejó caer en el
suelo embarrado, esperando a que la tormenta que
vislumbraba entre su padre y Halmir, llegara a su fin. Alfeo
no podía intervenir, pero se impacientaba porque Nathan
seguía aún muy lejos de ellos.
⎯¡El ritual!
⎯Nathan no superó el ritual ⎯dijo Ishtar, casi
fulminando a Halmir⎯. Aunque es posible que el Basilisco lo
salve.
⎯¿Cómo sabes que no lo superó? ¿Acaso estuviste
presente?
⎯Por favor, Halmir, no me preguntes ⎯Ishtar fue
tajante en su respuesta⎯. Lo sé y punto.
Halmir se soltó del brazo que lo sujetaba y echó a
caminar como sonámbulo. Morpheus le dejó ir, al notarle
realmente ido.
Cuando dio unos pasos, el inmortal se volvió, tenso
como la cuerda de un arco y los miró, fríamente.
⎯Cada instante que nos retrasamos da al maldito Apofis
otra oportunidad para vengarse… ―afirmó―. Es demasiado
tarde para salvar a mi hijo, ¿no?
Ishtar no supo que responder a eso. Él rezaba para que
565
Nathan no muriese en las fauces de la bestia, más bien,
suplicaba un cambio en su destino, pero éste parecía que iba
a cumplirse irremediablemente. Lo vio en las runas, esperaba
que las piedras estuviesen equivocadas…
⎯Tengo que sacar a Nathan del Panthĕon ⎯dijo Halmir
de repente, igual que si le hubieran golpeado con un látigo⎯.
Este plan no ha sido más que un maldito error. Si muere, no
me lo perdonaré nunca.
⎯No parece muy probable ⎯mintió Ishtar para no
alterarlo más⎯. Ganar o morir, Halmir. No lo olvides.
⎯Pero, ¿qué dices? ⎯el inmortal no podía dar crédito a
las palabras de Ishtar⎯. Tú mismo has dicho antes que
Nathan no superó el ritual. Si es así, la bestia lo matará.
Alfeo bufaba impaciente.
Mientras ellos discutían, el rey podía estar debatiéndose
en una lucha infernal y él… allí, en el campo de labranza
haciendo de escolta de dos inmortales que se pasaban la vida
discutiendo.
⎯¡Basta! ⎯gritó, hastiado con los venerables
inmortales⎯. ¿Sería mucho pediros que dejéis de discutir?
Nathan puede estar necesitado de nuestra ayuda.
Morpheus intervino.
⎯Necesitado o no ―dijo―, nosotros no podemos
traspasar el umbral del Panthĕon, Alfeo. Me temo que
nuestro rey está solo frente a su destino ⎯el inmortal miró
de reojo al hijo de Ishtar, éste lo estaba fulminando con la
mirada⎯. Le guste o no, tendrá que apañárselas el solito.
⎯Todos estuvimos de acuerdo en este plan. Nathan
necesita un antídoto para combatir el veneno y la saliva del
Basilisco es lo único que puede combatirlo.
Halmir no estaba de acuerdo con las palabras de Ishtar.
⎯¿Todos…? No ⎯no dijo nada más, emprendió la
marcha hacia el templo a grandes zancadas. En esos
momentos lo único que deseaba era sacar a su hijo del
Panthĕon y si la muerte era su destino, él moriría también.
En silencio, la procesión siguió su estela.
566
Kali que se arrastraba sobre sus pies, fue cogida en
brazos por su hermano. Ella le rodeó el cuello con sus brazos,
apoyó la cabeza sobre los fuertes hombros y unas lágrimas
de impotencia se deslizaron por sus pálidas mejillas.
Y así, sollozando, parecía que iba a quedarse dormida.
Mientras tanto, en Esdras, la lucha seguía siendo
encarnizada…
Jadlay, seguido de Najat y de un grupo de arqueros, trataba
de romper el cerco que le impedía acceder al castillo. Sus
muros negros se alzaban ante ellos como sombras dantescas.
En sus baluartes brillaban y crepitaban las antorchas, y las
lunas escarlatas, con un color más parecido a la sangre
oscura, dejó de reflejar su brillo en las siniestras aguas
negras, infestadas de cocodrilos, del foso. El puente levadizo
seguía descendido, cuando de repente Najat escuchó los
chirriantes sonidos de las cadenas engrasadas que formaban
el conjunto de poleas, y el rastrillo empezó a descender para
elevar el puente.
⎯¡Cuidado! ⎯gritó Najat.
Los guardias que protegían el portón del siniestro
castillo retrocedieron sin bajar las armas. El puente levadizo
comenzó a elevarse, cada vez más. Jadlay y Najat tuvieron
tiempo de saltar y agarrarse a un saliente del murete,
mientras que los arqueros, unos saltaron a piso firme y otros,
al perder el equilibrio, se precipitaron al foso.
Los gritos de los caídos se ahogaron rápidamente al
quedar éstos atrapados en las fauces de una manada de
cocodrilos hambrientos de carne fresca.
Y allí, colgados en lo alto del murete, ambos jóvenes se
miraron, preocupados.
⎯La impaciencia me consume ⎯replicó Jadlay⎯.
¿Cómo vamos a subir?
567
Najat se encogió de hombros. Estaba demasiado
exhausto para pensar. Jadlay no dejaba de mirar el siniestro
edificio, dubitativo.
«No hay castillo inexpugnable», pensó.
⎯Creo que aquí estamos a salvo ⎯bromeó Najat.
Una broma que Jadlay se tomó muy en serio,
desaprobando totalmente sus palabras.
⎯No seas estúpido ―espetó―. Nadie está a salvo. Si
piensas que porque te hayas colgado en el muro, los rebeldes
se van a olvidar de ti, cometes un error. Yo no pienso
quedarme aquí para descubrirlo.
Najat lo miró con incredulidad. Pero si sólo tenían que
verse: estaban muy mal situados, lo sabía. Sin embargo…
⎯¿Y qué vas a hacer? ⎯preguntó⎯. ¿Tirarte al foso?
⎯¿Hay otra alternativa?
⎯Terminar de escalar el muro.
⎯Sí, y cuando llegues arriba una bandada de flechas te
atravesará esa cabeza de chorlito que tienes.
«Puede que sí o puede que no ⎯pensó Najat⎯. Puede
que sea eso lo que haga»
Mientras los dos jóvenes pensaban en un plan que los sacara
de la difícil situación, en las callejuelas que rodeaban el
palacio la lucha se había hecho más frenética. Los sicarios
embistieron con todo su arsenal contra los guerreros de
Áquila y pronto, muchos de ellos, se vieron empalados con
las lanzas enemigas.
Todos ellos tenían los rostros desbordados por la
tensión.
En el suelo adoquinado, algún que otro carcaj
abandonados, sin flechas que usar. Espadas cortadas de
cuajo, lanzas curvadas y escudos totalmente abollados.
Entre tanto, los mercenarios y sicarios, protegía a su rey
a capa y espada. Luchando incansables. Pero lo que
desconocía Jadlay, era que Nabuc ante la expectativa que se
568
le presentaba decidió luchar al lado de sus hombres y había
abandonado el castillo justo después de que uno de sus
sicarios hiriera de muerte a Áquila, sin embargo, iba siempre
escoltado por una muralla de hombres que hacía muy difícil
el acceso a su persona.
La intención del rey de Esdras era clara: deseaba matar él
mismo a su sobrino.
Y desde lejos, Jadlay pudo verle; en ese momento, no se
lo pensó dos veces; se tiraría al foso y esperaba que su
compañero hiciese lo mismo. Eso sí, el salto tenía que ser
preciso; pues una vez en el agua, apenas tendrían tiempo
para salir a nado antes de que los cocodrilos se precipitaran
sobre ellos.
Una idea suicida.
Ambos jóvenes se cruzaron la mirada. Eso de saltar, a
Najat no le hacía mucha gracia; se dejó llevar por el temor,
«tiene que haber otro modo de pisar tierra firme sin necesidad de
darse un peligroso chapuzón.»
Por suerte, Addí estaba cerca para ayudarles. Los
observó, sin entender completamente lo que estaban
haciendo los dos jóvenes allí, colgados en el murete, una
especie de pilón que estaba a cada lado del puente levadizo.
Un pilón grueso que servía de sujeción a las pesadas cadenas
y que no llegaba a la muralla; por esta razón, o se metían en
la boca del lobo o saltaban al foso. De todas formas, no les
hizo falta rebanarse el cerebro para llegar a una solución,
pues ésta llegó en el momento más oportuno: las poleas y sus
cadenas chirriaron de nuevo y eso significaba que desde el
castillo iban a bajar el puente, seguramente para que algún
grupo descendiera por la rampa o quizá, fue el rey quién lo
ordenó. Lo cierto, es que no lo sabían.
Jadlay se volvió, sorprendido. Miró a Najat, éste más
sorprendido aún, no comprendía nada de lo que estaba
ocurriendo con el puente levadizo. Él pensaba que los
rebeldes estaban todos guerreando en torno al castillo, pero
al parecer no era así.
569
Addí y sus hombres esperaban el momento oportuno
para cruzar la rampa del puente y destruir las poleas, cuando
en el umbral del puente levadizo apareció el sicario Gamaliel
y tras él, seis hombres; todos ellos vestidos de negro de pies a
cabeza. Su aspecto siniestro provocó la ira de Jadlay; en ese
momento, deseaba matarlo con sus propias manos. Sin
embargo, no lo iba a tener tan fácil, pues desde el parapeto,
un grupo de arqueros rebeldes escoltaban las espaldas de sus
compañeros con sus ballestas preparadas y a punto de
disparar afiladas saetas.
Addí, desde su posición, sopesó las posibilidades que
tenían de sobrevivir a un ataque de los arqueros y más,
cuando observó a tres de ellos correr por la pasarela hasta la
cabeza del puente. Estaba claro, los rebeldes intuían
problemas, pero ni Addí ni los dos jóvenes habían sido
vistos.
Las sombras de la noche se aliaron con ellos.
⎯¿Actuamos? ⎯preguntó un arquero.
⎯Esperaremos. Creo que Jadlay tiene otros planes.
En silencio, Addí y sus hombres se agazaparon,
cubriéndose entre cadáveres. Reptando como serpientes por
los adoquines manchados de sangre.
Al paso de Gamaliel y sus hombres, los gruesos listones
de madera de la larga rampa crujieron. Jadlay y Najat, ambos
sincronizados, se impulsaron hacia delante y saltaron sobre
el lado inferior, antes de que el sicario notara su presencia.
Ahora, permanecían colgados con sus manos agarradas en
los listones. Najat ahogó un grito, una astilla de madera
había penetrado profundamente en su piel. Tuvo que
soltarse y sujetarse con una sola mano.
De pronto Addí y sus hombres decidieron emboscarlos,
ya habían perdido demasiado tiempo. Se levantaron del
suelo y enarbolaron el estandarte de Jhodam. Un círculo de
lanzas y espadas rodearon al sicario Gamaliel y a sus
hombres, éstos, sorprendidos no tuvieron tiempo de hacer
ningún movimiento. Pero al frente, en dirección al parapeto,
570
allí donde esperaban la primera embestida violenta de los
arqueros rebeldes que con sus ballestas tenían la misión de
proteger a todo aquel que salía del castillo, aparecían en la
almena de la muralla, Yejiel y un grupo importante de
arqueros que habían escalado el alto muro, éstos estaban a
punto de sorprenderles.
Jadlay y Najat, con gran esfuerzo, lograron subir a la
rampa. Allí, incansables, se enderezaron y desenvainaron las
espadas.
El enfrentamiento estaba asegurado.
«Si pudiera matar con mi espada a ese maldito sicario
⎯pensó Jadlay⎯ al menos quedaríamos igualados. Áquila,
juro que te vengaré»
Y mientras pensaba esto, cayó sobre ellos un nuevo
ataque y con éste no contaban. Desde la pasarela y como una
tempestad, la guardia real que escoltaba al rey Nabuc y con
éste al frente, se abalanzaron sobre ellos. Iniciaron una
terrible lucha, golpeando unos y otros sus espadas y lanzas.
Jadlay aprovechó ese instante para lanzarse sobre el sicario
Gamaliel; en esos momentos, no le interesaba su tío, antes
tenía un asunto pendiente…
Gamaliel reconoció a Jadlay de inmediato.
Entonces, el joven heredero del trono de Esdras, en un
instante de vacilación del sicario, le hundió la centelleante
hoja en el esternón, penetrando en los órganos vitales; y la
sangre roja y caliente de Gamaliel manó a borbotones cuando
Jadlay extrajo la espada. El sicario se tambaleó, totalmente
sorprendido, y casi al instante, se desplomó en el duro suelo.
⎯Bueno, Gamaliel, esto termina como yo esperaba
⎯dijo, luego una sombra le obligó a levantar la mirada y se
encontró frente a frente con su tío, éste lo fulminó con la
mirada.
⎯Sí; en eso te doy la razón.
A Jadlay se le heló la sangre cuando de pronto, se
encontró de nuevo en manos del déspota Nabuc. El
enfrentamiento entre rebeldes y resistencia permitió al rey
571
llevarse a su sobrino al interior del castillo, tras ellos Enós,
que no dejaba de mirar hacia atrás para evitar cualquier
levantamiento contra el rey. Najat fue el único que vio como
se llevaban a Jadlay, pero no pudo ir en su ayuda; las
espadas del enemigo oscilaban ante él dispuestas a ensartarle
como a un pollo.
Estaban rodeados por todas partes.
Nabuc agarró a su sobrino y lo arrastró hasta el interior
del castillo, seguidos de Enós y dos centinelas. En silencio.
Ninguno de los dos se dirigió la palabra, sólo se escuchaba
algún que otro gruñido perverso del rey. Subieron
apresurados las empedradas escaleras caracol de la torre
homenaje para desde allí conducir al prisionero al patio del
pináculo.
Una vez allí, Nabuc empotró al enmudecido Jadlay
contra el voladizo, susurrándole al oído:
⎯Observa, sobrino ⎯le dijo, señalándoles la
empalizada, liza y albacara que rodeaban al castillo⎯. He
edificado un gran poder y tus amigos, los jhodamíes, van a
caer uno detrás del otro.
⎯Tal vez tengas razón ―replicó Jadlay―, pero nosotros
nos encaminamos hacia la victoria con entereza y los ojos
bien abiertos ⎯hizo una mueca de dolor al sentir como los
dedos de su tío le oprimían la nuca con fuerza⎯. Tenemos
algo que tú no tienes: esperanza.
Nabuc se echó a reír y tras él, Enós.
⎯Vosotros os burláis, pero es posible que todos
perezcamos en esta maldita batalla lejos de las tierras de los
vivos, y que aún en el caso de que Nathan sucumba, no
vivamos para ver una nueva era.
⎯¿Supongo que al hablar de la tierra de los vivos, te
refieres a la alianza Bilsán-Jhodam? ⎯el semblante de Nabuc
se tornó muy serio⎯. Bien, jovencito… déjame decirte que
Bilsán está padeciendo mi ira, y Jhodam, será reducida a
cenizas en el mismo instante que yo tenga la certeza real de
la muerte de Nathan.
572
Nabuc hincó sus uñas en el cuello de Jadlay, éste emitió
un gemido, pero no se calló.
⎯El rey de Jhodam es un dios. ¡No es tan fácil destruirlo!
⎯¡No me hagas reír! ⎯exclamó Nabuc con un gesto
muy expresivo⎯. Él está al borde del abismo, no tiene
esperanzas. Si vacila, cae.
⎯Decid lo que os venga en gana ⎯masculló Jadlay⎯.
Pero os aseguro que no ganaréis esta guerra. Os viene
grande.
Las palabras del joven encabritaron a Nabuc, éste con el
rostro enrojecido por la ira, le abofeteó con brutalidad.
Jadlay, sorprendido y con la mejilla dolorida, se bamboleó,
aturdido.
El joven siguió calentándolo.
⎯¿Por qué no me matas? ¿A qué esperas?
Nabuc echaba chispas. Matarle era la parte fácil, pero no
se conformaba con eso… quería que su muerte fuese
dolorosa. No había olvidado quién había facilitado la huida
de su esposa y eso requería una venganza especial. Decidido,
chasqueó los dedos y Enós, como un corderito, se acercó.
⎯¡Dame tu daga! ⎯le exigió.
El sicario sacó el arma del cinto y se la entregó. El rey la
tomó y sin avisar, volvió bruscamente a Jadlay hasta tenerlo
cara a cara y sin decirle ni una palabra, le asestó en el
estómago la afilada hoja hasta la empuñadura.
⎯¿Dónde está Aby? ―preguntó, a la vez que empujaba
más profundamente la empuñadura.
Jadlay emitió un entrecortado gemido.
Nunca en su vida había sentido tanto dolor como ahora.
Un hilillo de sangre surgió de entre la comisura de sus labios.
Tosió sangre.
⎯Muy lejos de ti, por suerte ⎯logró decir con voz ronca
después de un considerable esfuerzo.
Nuevamente gimió.
El rey le zarandeó brutalmente. Jadlay se dobló aquejado
de un dolor atroz y a punto estaba de desplomarse al suelo,
573
cuando su tío lo empotró de nuevo contra la piedra.
⎯¿Con qué esas tenemos? ¿Eh?
Volvió a toser, pero esta vez, la embestida fue más
fuerte.
Nabuc, impasible y no contento con las palabras del
chico, lo enderezó bruscamente y le extrajo brutalmente el
arma, para de inmediato volver a hundirla en el mismo
lugar. Jadlay, inmóvil, lo miró con los ojos fijos. No podía
creer que su destino fuese la muerte, no podía creerlo. Su
vida le estaba siendo arrebatada por un asesino cobarde.
La oscuridad le abofeteó bruscamente y cayó
desplomado a los pies de Nabuc, éste con una sonrisa
triunfal que le llegaba de oreja a oreja se limitó a dar una
orden a Enós.
⎯Esta vez, dudo que sobreviva. Pero, por si acaso,
llévatelo y encadénalo en el voladizo del matacán. Es mi
deseo que su resistencia de inútiles y los jhodamíes
contemplen su final ⎯zarandeó el cuerpo del joven con la
recia bota⎯. Sin duda, la muerte de mi sobrino provocará la
rendición de las tropas de Nathan.
⎯Majestad, ¿lo remato?
Nabuc guardó silencio, pensando en la petición de Enós.
⎯No ⎯respondió tajantemente⎯. Prefiero que tenga
una muerte dolorosa.
Enós asintió y obedeció la orden sin replicar. Cargó al
joven a hombros y seguido de los dos centinelas abandonó la
torre. Nabuc cuando se quedó solo, dio rienda suelta a su
alegría. Y, totalmente eufórico, golpeó la pared.
⎯¡Por fin!
Después de esas dos cortas palabras, descendió los
peldaños de la escalera caracol de tres en tres, rebosante de
felicidad. Sus objetivos se estaban cumpliendo uno tras otro,
tal y como los había planeado.
En el Panthĕon Sacrātus, las cosas no iban mejor…
574
Los destinos del rey de Jhodam, Jadlay y Áquila se antojaban
hermanados. La sombra de la muerte se había cebado con
ellos y sólo había un ser que tenía poder para cambiar el
amenazante destino. Pero, al igual que el heredero de Esdras
y el gran guerrero, estaba sumido en un calvario.
Y las expectativas no parecían favorables…
El sombrío templo parecía ahora más siniestro.
La respiración entrecortada de Nathan no hacía más que
indicar la ansiedad que estaba sufriendo, rozando los límites
de su control físico y mental, aunque esa capacidad que tan
bien le caracterizaba la había perdido hace algún tiempo;
ahora yacía, encadenado a unas cadenas invisibles en el
interior de una estrella de cinco puntas, estratégicamente
dispuesto, como si de un sacrificio humano se tratase, para
ser devorado o liberado. Hacia rato que no estaba solo.
Nathan había agudizado sus oídos, para tratar de escuchar lo
que ocurría a su alrededor, pero su encadenamiento no le
permitía ni si quiera intentarlo. Sin embargo, fue en ese
momento, en que era dueño de sí mismo cuando se percató
del templo. Intentó visualizar su poder, pero fue incapaz de
invocarlo. Estaba demasiado débil.
Saphira había desaparecido. En esos momentos, el
templo no era su lugar.
Al rato, los rugidos volvieron y ya no reverberaban como
un eco. Nathan sintió como si le susurrasen al oído, se
inquietó y empezó a moverse. Tensó brazos y pies y el dolor
le hizo emitir un alarido que le desgarró la garganta. Estaba
tan nervioso que una nube blanca y espesa invadió sus ojos,
para evitar que viese más de lo esperado.
El Basilisco le rondaba.
De inmediato, empezó a sentir como la energía que fluía
del pentagrama le absorbía las pocas fuerzas que le
quedaban, y no lo hacía lentamente, sino a una velocidad
vertiginosa. Recordó toda su vida en un solo fogonazo.
575
Recordó las palabras de su padre… El Basilisco podría
consumir todo su poder y quitarle la vida.
Nathan estaba desfallecido y el pánico afloró en su
pecho. Intento liberarse del hechizo, que lo mantenía preso
en la estrella de cinco puntas, usando el poco poder que le
quedaba, pero no pudo ser… Estaba bajo las redes del Ritual
de la Muerte y el Renacimiento y sólo podría liberarse si
completaba su tarea: o cumplía el ritual o moría. Después de
mucho insistir, aceptó su debilidad totalmente convencido de
que no saldría vivo del templo, tan convencido que la
rendición le roía las entrañas.
Los siseos del Basilisco se hicieron más agudos. Nathan a
cada sonido inarticulado sufría un intenso escalofrío que le
recorría todo el cuerpo.
⎯Schsssss…
El temblor de la deidad se hizo más acusado al sentir la
presencia de la bestia cada vez más cerca. Temía el momento
de ver aparecer, desde sus pies, su ingente cabeza con su
cresta tiesa como un palo, con la boca llena de babas, bien
abierta y sus marfiles, afilados, dispuestos a arrancarle la piel
a tiras.
Cerró los ojos.
No estaba preparado para soportar la tortura de ser
lamido y posteriormente, engullido. De repente pidió a
gritos, la muerte.
El Basilisco, era como una iguana gigante, toda su piel estaba
recubierta de escamas doradas con franjas negras que
abarcaban desde la punta de la larguísima cola,
perfectamente cónica, como la de las serpientes, hasta la cruz.
Sus patas, similares a las de una arpía, eran cortas y provistas
de unas afiladas garras pentadáctiles. Una cresta dorsal
escamosa recorría su cuerpo desde la base de la cabeza hasta
el final de la cola. Su cabeza ovalada y su boca grande, estaba
llena de agudos y afilados dientes. Su lengua, muy gruesa,
576
estaba adherida al paladar y su saliva era un potente
antídoto que fulminaba cualquier veneno, sea del tipo que
sea y de la procedencia que sea. Sus párpados, móviles; y sus
ojos, muy grandes, eran albinos y letales. Tenía la capacidad
de matar con la mirada, de la misma forma, sus víctimas
quedaban paralizadas si osaban mirarle fijamente unos
minutos antes de caer fulminados.
Tenía alas y éstas eran espinosas, su longitud se
aproximaba a los quince metros cada una. Su vientre blanco
solía rozar el suelo al caminar, y medía en su totalidad más
de veinte metros. Su enorme tamaño y peso no parecía
entorpecer su astucia ni tampoco, su agilidad.
A Nathan, el basilisco, le pareció una serpiente tan
grande que él parecía una hormiguita a su lado. Nunca había
temido a nadie, pero a la bestia… cuanto más lejos mejor. Por
un instante, recordó a la diosa de Apofis, Shue; ella solía
transformarse en serpiente y su parecido con el Basilisco no
era descabellado.
Repentinamente le llegó una ráfaga de aliento gélido que
le heló la sangre. El basilisco, situado en el sentido opuesto
de Nathan, desplegó las alas y su sombra cayó sobre su
cuerpo desnudo, que no paraba de moverse. Los rugidos
desgarraron las paredes y el pentagrama pareció desparecer
entre sus fauces.
⎯Schssss… Schssss…
Los siseos hechizados del letal basilisco atontaron al
joven, penetrando y retumbando en su cerebro hasta hacerse
cada vez más agudos. La bestia rugió de nuevo y esta vez, el
bramido fue tan horrible que Nathan se estremeció de
pánico. Seguía con los ojos cerrados, no quería ver a la bestia
cara a cara; sabía que no podía enfrentarse a él.
Nathan sentía miedo. Era imposible no sentirlo.
El Basilisco arrastró todo su peso y el suelo, desde sus
cimientos, se tambaleó. Conforme se aproximaba a la deidad,
su siniestra sombra le eclipsaba. De nuevo, la criatura se
comunicó con él. Los siseos afilados como cuchillos,
577
despertaron a Nathan de su atontamiento, obligándole a
abrir los ojos. El Basilisco puso una pata a cada lado de la
cintura del tembloroso cuerpo, éste se convulsionó; la
criatura parecía que iba a posarse sobre él.
«No aguantaré su peso. Me aplastará», pensó.
Basilisco y Nathan se miraron un instante midiendo sus
fuerzas y después la bestia le azotó ligeramente el rostro con
el extremo de una ala. Se inclinó y abrió su inmensa boca;
unas gotas de saliva corrieron de entre los afilados dientes y
cayeron sobre los amoratados labios de su víctima. Las
náuseas le invadieron y repentinamente se sintió morir. Su
cuerpo recordó que estaba al borde del cataclismo total. El
veneno de Festo había convertido su sangre en tóxica y su
hígado había dejado de funcionar, su cuerpo era una bomba
a punto de estallar y lo único que lo mantenía con vida, era la
energía que Saphira le había otorgado en el nivel que no
había logrado superar.
El caos de su cuerpo se prolongó unos segundos más,
pero cuando transcurrieron Nathan tuvo la sensación de que
estaba muerto. No sentía sus miembros y su vista se había
nublado totalmente, a la vez que un nubarrón negro le
amenazaba con la inconsciencia, pero no llegó a perder el
sentido; al menos, en ese momento. Esas gotas de saliva
habían cristalizado su sangre. Al principio sintió sus
músculos engarrotados, pero conforme la saliva iba haciendo
efecto, los efectos comenzaron a disminuir.
De pronto sintió un dolor horrible; después un
hormigueo en las venas caldeó su sangre.
Nathan arqueó el cuello al sentir las afiladas garras del
Basilisco sobre su cuerpo. Lo arañó y luego, se inclinó para
lamer la sangre que brotaba de las heridas como si fuera el
plato principal de un macabro banquete. La sangre de una
deidad dual era considerada un manjar exquisito, pero esa
sangre estaba envenenada. El Basilisco lo sabía, por eso se
dedicó a beber aquella sangre tóxica…
El vínculo se creó sin Nathan saberlo.
578
Un rugido espeluznante y el Basilisco liberó a su víctima
de las ataduras. El dolor lo atenazaba y sintió como su
conciencia se diluía. Un nuevo bramido crepitó en el templo
y llegó hasta su mente como una tormenta. Las paredes y el
suelo del templo se estremecieron como un papiro mecidas
por el aliento gélido de la criatura que inclinándose
totalmente, hundió sus garras en la cabellera del dios, alzó la
cabeza y con sus ojos albinos lo obligó a abrir la boca. Nathan
se resistió a ser engullido, pues eso era lo que él creía. Se
movió con brusquedad y logró apartarse, pero el Basilisco
enfurecido por ese acto lo golpeó con una de sus alas y lo
atrajo nuevamente hacia el centro del pentagrama. Los ojos
vidriosos de Nathan se clavaron en la criatura, cuando una
de sus garras oprimió su cuello, dispuesto a abrirle la boca a
la fuerza.
Trató de gritar, pero de su garganta no brotó ningún
sonido articulado; sólo gemidos entrecortados.
⎯Schssss…
«Vuestra sangre es fuego. Nuestro vínculo nos unirá para
siempre. Acéptalo o muere.»
Los siseos de la bestia se convirtieron en sonidos
articulados formando palabras que la deidad podía
comprender, pero sólo podía oírlas en su mente. Nathan, en
principio, hizo caso omiso a la comunicación mental. Creía
que estaba volviéndose loco.
¡Un basilisco hablándole…! ¡Eso ni de broma!
«¿Has escuchado mis palabras?», insistió el Basilisco.
Un rugido endiablado volvió a retumbar en el templo y
el suelo tembló de nuevo. Nathan demasiado asustado para
tratar de escapar, se quedó inmóvil y en silencio.
Mientras sus pensamientos se dispararon.
«Era un dios dotado de luz propia, incombustible.
Ahora, no soy más que una diminuta mota de polvo
desterrada al abismo»
En su mente retumbaron de nuevo los siseos convertidos
en palabras.
579
«Acepta lo que eres o muere…»
Nathan gimió.
⎯Ya lo he aceptado. ¿Acaso no me has oído?
«Tus pensamientos son confusos. Si eso es lo que piensas de ti,
me decepcionas»
La deidad con la muerte en los talones, se mostró
soberbio.
⎯Acaba de una vez por todas con mi agonía —dijo―.
No sé a qué esperas.
«Lo siento. No puedo matarte.»
En ese momento las alas del Basilisco se abrieron
creando un huracán a su alrededor. La fuerza del aire elevó
el cuerpo de Nathan, éste completamente sorprendido no
pudo reaccionar. Un instante después, cesó el aleteo y cayó
estrepitosamente al suelo, perdiendo el conocimiento en el
acto. La bestia rugiendo y con hilillos de saliva deslizándose
entre sus colmillos, inclinó su cuerpo, abrió a la fuerza la
boca de la deidad y escupió en ella un chorro espeso y
viscoso de saliva grisácea. El líquido fluía por la garganta de
Nathan como una bendición.
Después…
Un extraño humo blanco envolvió totalmente al
Basilisco. Había llegado su final, ahora su esencia ancestral y
salvaje descansaría por siempre en el joven que, inconsciente,
se retorcía y sacudía violentamente al sentir en su cuerpo
como el poderoso antídoto recorría sus venas y su sistema
nervioso, devolviendo a la sangre su pureza original y con
ello, su vida.
580
ACTO VI
Parte Primera
Hieros Gamos
“El Descenso y la Oscuridad”
La mente de Nathan vagaba sin rumbo. La experiencia, al
sufrir su propia muerte en el ritual del renacimiento, la
aparición de Saphira cuando él lo creía todo perdido y el
encuentro con el Basilisco, es lo que hace que se sienta
iniciado en el desconocimiento.
Los terrores del Sanctasanctórum.
Para él, no fue fácil comprender lo que estaba
ocurriendo. Aceptar definitivamente que por su sangre corre
fuego. Iniciarse o morir… Nathan hundido en el pentagrama,
sin atreverse a mover ni un solo músculo de su maltrecho
cuerpo, no hacía más que pensar, dando fatigosas vueltas a
las palabras del Basilisco. ¡Había desaparecido sin dejar
rastro! ¿En la nada? o quizá…
«¿Qué demonios está ocurriendo?», se preguntó.
Se había salvado de una muerte que era inevitable. Una
vez más, le habían permitido vencer a sus adversarios. Pero,
¿por qué? Era, pues, un ser privilegiado por el simple hecho
de ser un dios.
La experiencia había sido muy traumática. Era
consciente de que su muerte mística formaba parte de un
cambio en su estado como divinidad y el renacimiento era
considerado un nuevo nacimiento a través del útero de…
Dejó inconclusos sus pensamientos. Como dios sabía
todo lo que tenía que saber, pero había algo que se le
581
escapaba y no quería ni pensar lo que estaría por venir, pues
conocía en profundidad los entresijos de la muerte y en su
condición de muerto-vivo, no era apaz de ver más allá. Sin
embargo, cuando renaciese por medio del Ritual de la
Muerte y el Renacimiento esta experiencia le convertirá en un
ser nuevo, ¿o no? Y si es así, ¿qué tipo de ser?
Si el ritual le ha permitido experimentar la muerte física
con sus anteriores conocimientos y estigmas, ahora la
oportunidad concedida por el Basilisco le permitirá luchar
por un nuevo destino.
Y con todas estas dudas invadiendo su atormentada
mente, hace que siga haciéndose la misma pregunta…
¿Por qué?
Sin olvidar en ningún momento que Apofis está cerca,
siempre acechándole.
La gruta
Nathanian
«En este oculto templo he conocido seres sobrenaturales y con
mucha probabilidad pertenecen a otra dimensión o quizá, a otro
tiempo»
No tengo contacto con nadie del exterior. Sólo sé lo que le ha
ocurrido a Áquila y me preocupa la suerte que hayan podido correr
Jadlay, las tropas o incluso, mi padre y el resto de inmortales.
Kali…
Ella está bien, lo presiento.
Después de mucho esfuerzo por mi parte, consigo
incorporarme y sentarme en el suelo. Aún siento la energía del
pentagrama en mi ser. No está invertido, debería protegerme y sin
embargo, creo que no lo hace, ¿o sí? ¿Por eso no me mató el
Basilisco? La verdad es que no comprendo nada de lo me ocurre.
Me rodeo con mis brazos, tengo frío. Estoy desnudo.
⎯¿Dónde estarán mis ropas?
Busco. La oscuridad no me deja ver con claridad. Tanteó con
mis manos, el suelo y encuentro algo… Es mi capa.
582
Me cubro con ella y me levanto del suelo. Estoy entumecido,
pero me encuentro bien. Después de mucho tiempo, sumido en
terribles fiebres, puedo asegurarlo.
⎯¿Dónde estarán el resto de mis ropas? ¿Mis armas?
Trato de recordar y en mi mente surgen débiles imágenes y
sensaciones, como el volar. Por un momento, tuve la vaga
impresión de haber surcado el cielo a lomos de… ¡No, no puede ser!
⎯Un unicornio alado. ¡Ah, creo que estoy perdiendo la razón!
Me dispongo a abandonar el templo, para tratar de encontrar
una salida que me permita escapar, pero al cruzar el umbral me
encuentro un laberinto de pasillos. Parece que estoy solo, o eso creo.
Avanzo, descalzo, por un angosto pasillo oscuro. Realmente,
siniestro. De repente siento que el tiempo se ha detenido. Estoy en
un limbo, en el propio Panthĕon. Desconozco quién me mantiene
preso, o la extraña dama que responde al nombre de Saphira o el
mismo Apofis. La verdad es que no lo sé. Mi mente sigue demasiado
aturdida para pensar con claridad.
Camino despacio. Una espesa niebla surge del suelo
alcanzándome los tobillos. Miro a mí alrededor y observo los muros,
éstos fueron construidos con grandes bloques de piedra sin
argamasa.
Sigo avanzando y llego al final del pasillo. Estoy obligado a
girar a la derecha. Veo una ménsula en la pared que tengo en frente,
pero no hay antorcha en ella. Me resigno. Tengo que seguir
caminando en una oscuridad mortecina que me provoca escalofríos.
Necesito ver la luz, ni siquiera sé si es de día o de noche. No sé por
qué pero creo que voy a dar más vueltas que un pato mareado.
De repente, surge una extraña sensación en mí. Y esto sólo me
ocurre cuando el Poder Negro o cualquiera de sus manifestaciones
esta cerca. ¿Será Apofis? Ahora no estoy protegido en el
pentagrama, o me pongo a prueba usando mi poder, aunque dudo
tenerlo, o seré abatido por su sombra.
He de prepararme. Nunca hago caso omiso a mis intuiciones,
jamás. Con el tiempo he aprendido a valorarlas y darles su justo
valor. Y todo mi ser vibra avisándome de un peligro inminente. Mi
poder late en mí, lo noto. Siento como hierve mi sangre y al mirar
583
mis manos, éstas están envueltas de un halo dorado.
Mi aura.
⎯Gracias, Basilisco.
Palidecí de inmediato, cuando una voz interior me respondió.
Me quedé de piedra. Ahora si que estaba fuera de lugar.
«Mi esencia está en tu interior. No busques fuera, lo que tienes
dentro.»
Recuerdo sus palabras… “Tu sangre es fuego” y trato de
encontrarles un sentido, pero no me da tiempo. Algo o, más bien,
alguien me interrumpe.
Una presencia tenebrosa surge ante mi, amenazante. Se acerca
y toda su oscuridad con él. Lo identifico plenamente, es Apofis o
más bien, su espectro.
⎯Vaya, vaya… Nathan. Ya veo que te has salido con la tuya.
¿Es qué no piensas morirte nunca?
Retrocedí un paso. Su energía me hace daño.
⎯Mientras tu esencia se respire en el Universo, no.
Él se echó a reír. La verdad no sé dónde le ve la gracia.
⎯¡Oh! Eso significa, que tú y yo estamos condenados a ser
adversarios por toda la eternidad. Pues no puedes destruirme;
ahora, no. Sí tú existes, existo yo. Es el trato… Tú equilibrio.
Apofis se puso a caminar en torno mío. Trata de ponerme
nervioso, lo sé. Yo con las cejas arqueadas, le miro de reojo. Ese
maldito ser me saca de quicio.
⎯No osaré enfrentarme a ti ⎯me dijo⎯. En el Panthĕon, no
puedo hacerlo. Pero cuando salgas, te estaré esperando.
⎯Eso, sí salgo.
⎯¡Oh, sí! ¡Saldrás! No sabes la que te espera aquí y afuera.
Esas palabras me inquietaron. Él siguió soltando más palabras
viperinas.
⎯No puedo decir que les haya vencido, pues no valen la pena.
Los inmortales, incluido tu padre, están fundidos, sin poder ⎯se
echó a reír e hizo un ademán de desdén⎯ . Ahora vagan por ahí…
Apreté los dientes y tensé la mandíbula. Creo que si hubiera
podido, habría sacado fuego por la boca. En ese momento, no
comprendí porque tuve ese pensamiento. Estaba perplejo.
584
Apofis leyó mis pensamientos y sus palabras me dejaron casi,
casi petrificado. Se detuvo frente a mí.
⎯¡Uf! Ya empiezas a pensar como un dragón y eso, que aún
no lo eres. Tendré que cubrirme la retaguardia, puedes ser
realmente peligroso.
Todo mi ser se estremeció.
⎯Que, ¿qué?
Apofis puso cara de sorpresa.
⎯¿No lo sabes?
Me arrebujé aún más en mi capa, ocultando mi desnudez.
⎯No te andes con rodeos y no intentes que mi vida sea más
complicada de lo que ya es. ¿Qué es lo que debo saber?
⎯¿Tu vida? Eso si que es bueno. Nathan, tú naciste
complicado y no seré yo quién te diga lo que puedes llegar a ser.
Pero si como adversarios, jugamos a un juego es posible…
Le interrumpí. Eso de jugar no me entusiasmaba. Sus juegos
no sólo estaban plagados de trampas, sino que además solían ser
macabros. Y la verdad, después de la experiencia con el Basilisco no
me apetecía enrolarme en una lucha titánica. Para eso siempre
había tiempo.
⎯Tentador. Pero, no.
Apofis ahogó una risita. Yo le miré sorprendido.
⎯Bien, quiero que me escuches con atención, Nathan ⎯dijo
seriamente, inclinándose ligeramente hacia mí y dando unos
golpecitos en mi hombro con los dedos.
Le observé con atención. Estaba interesado en saber lo que
tuviera que decirme, pero no iba a desperdiciar una oportunidad
para tomarme la revancha.
⎯Adelante, te escucho.
⎯No deberías rechazar mi proposición tan a la ligera. Sabes
bien que no te dejaré salir de aquí transformado. Festo al
envenenarte te dejó en jaque y yo, iré más lejos. Acepta el juego y te
permitiré salir del Panthĕon, sino prepárate para sufrir las
consecuencias. Tu pueblo pagará tu osadía.
⎯¿Crees que voy a dejarme convencer por una alimaña como
tú?
585
⎯Es posible que, no. Pero no olvides que también eres el
objetivo de Nabuc y Festo, ellos con el oráculo y sus artes
hechiceras, tratarán de invocarte para destruirte.
⎯¿A mí? No sabes lo que dices.
⎯Pareces sorprendido.
Me puse tieso.
⎯No, en absoluto.
⎯¿Estás seguro?
Le miré con el ceño fruncido. Él continuó poniéndome
nervioso.
⎯Bueno, pueden ocurrirte cosas horribles ⎯me dijo⎯. Si
supieras cuáles son los planes de los Seres, te pondrías hecho una
furia. Me sorprende que no lo sepas.
Di un respingo.
⎯¿Qué?
Apofis echó a caminar de nuevo alrededor mía. Yo tragué
saliva, supongo que en ese instante estaba más blanco que la leche,
pues noté un sudor frío que me recorrió la espalda. Seguía sin
entender nada.
El endiablado espectro gruñó a mi espalda. En ese momento,
supe que él no me diría lo que yo quería saber.
⎯La enemistad entre tú y yo es evidente y me temo que será
eterna. Así ha sido siempre y así siempre será.
Apofis acabó de hablar en un tono retumbante que no admitía
réplica. Y yo, estaba tan perplejo que no atinaba ni con mis
pensamientos.
Le grité.
⎯¿Qué es lo que crees que sabes de mí?
De súbito noté un cambio en el ambiente mortecino de la
gruta. Una voz femenina que ya conocía, nos interrumpió. Apofis,
se volvió bruscamente y rugió estruendosamente como un felino.
Yo en alerta, retrocedí y me golpee la espalda con el muro.
Grité de nuevo, insistiendo.
⎯¿Qué sabes? ¡Dímelo!
Note a Apofis muy enojado con la esencia que poco a poco
invadía la gruta. Era ella, Saphira, la hermosa mujer que tenía una
586
especial habilidad para transformarse en cualquier cosa.
⎯¡Silencio! ⎯Me gritó ella, enfurecida. Nadie antes se había
atrevido a dirigirse a mí en ese tono. Me dejó atónito. Tras
pronunciar esa palabra, el estruendo que sacudió la gruta hizo
retumbar los muros.
Algo en mí se hizo añicos.
De repente, una ráfaga de viento, surgida de la misma nada,
cruzó el pasillo y la envolvió en un torbellino cara vez más violento.
Los muros se movieron, se desarmaban de sus cimientos y
uniéndose al torbellino, escupían los bloques de piedra al girar y no
dejaban de dar vueltas bajo el techo abovedado.
Apofis se echó a reír, maldiciéndome. Luego creó una espesa
niebla en torno suyo, se envolvió en su propio conjuro y se
desvaneció en la oscuridad.
El torbellino de Saphira seguía amenazándome. Todo giraba
sin cesar a punto de precipitarse sobre mí. Me dejé caer al suelo y
enterré la cabeza entre las rodillas, para protegerme.
⎯¡Para, por favor! ⎯grite, agobiado⎯. ¡Saphira, por favor!
El torbellino se detuvo.
Yo levanté la cabeza y allí estaba, majestuosa. Vestida
totalmente de blanco, con una túnica larga casi transparente
dejando ver los contornos de su cuerpo. Lo reconozco, me quedé
embelesado.
Me miró. Se acercó. Cuando volvió a dirigirse a mí, lo hizo con
más respeto. Yo de todas formas, me mostré enojado.
⎯Si ellos te invocan, te someterán ⎯me advirtió⎯. Lo más
sensato es que te mantengas alejado de su poder.
⎯¿Por qué? Son ellos los que osan molestarme.
⎯Buscarán la forma de provocarte para que despiertes lo que
hay en tu interior. Eres fuego, Nathan.
Otra vez con lo mismo. Fruncí el ceño, ligeramente irritado.
⎯Ya veo que tú también lo sabes.
Ella ni se inmutó al escuchar mis palabras.
⎯Sí, lo sé.
Con su afirmación me quedé callado unos instantes. Luego
recuperé mi aplomo. Hace tiempo sufrí una metamorfosis en mi
587
cuerpo que me convirtió en Ra. Recuerdo aquella experiencia como
la peor de mi vida o vidas, según como se mire. Por eso ahora, tenía
miedo de volver a vivir algo parecido. No sé, tenía un
presentimiento; algo en mi interior me decía que sufriría de nuevo.
⎯¿Qué quieres de mí?
⎯Que seas el depositario de mi legado.
Ahora que mis sospechas se habían confirmado, descubrí que
Saphira estaba disfrazada, oculta en aquel cuerpo de mujer. Era
algo curioso que me desconcertó, sobre todo al caer en la cuenta de
que estaba viendo la cara de una entidad que llevaba viviendo más
de tres mil años. Su apariencia era como una máscara, más o menos
como la que utilizo yo, cuando quiero ocultar mi verdadera
identidad. En esos momentos, mientras trataba de hacerme a la idea
de que todo era cierto: que yo era de fuego, que el Basilisco se había
fundido en mi ser y que el pensamiento de echar llamas por la boca
eran reales, llegué a la conclusión de que yo, y nadie más, era la
piedra angular de algo que escapaba a mi conocimiento y
sinceramente, tenía miedo de saber la verdad. Pero tarde o
temprano, la verdad vendría a mí.
Seguridad. Eso es lo que necesitaba. Seguridad para tener
confianza.
En mi mente, estaba claro que no podía evitar sentir esa
presencia oculta en ella y que era tan lejana en el tiempo.
⎯De acuerdo. Dime lo que tengas que decirme.
Saphira me sonrió.
Yo tenía el pelo mojado a causa de un sudor extraño. Tenía
calor y en la gruta hacía frío. Pasó una mano por mi cabello y secó
mi frente.
⎯Muy bien, escucha ⎯me dijo⎯. Llevo muchos años
arrastrando una dura carga. Mucho tiempo exiliada en el Panthĕon
Sacrātus, esperando el momento de encontrar a un ser divino que
lleve en su sangre el estigma de fuego. ¿Para qué? Soy un dragón
y, por tanto, soy leal y perversa. Debido al miedo de ser descubierta
y a mi instinto de supervivencia, al ser la última descendiente de la
Dinastía Salmanasar, me vi obligada a confinarme hasta que tú
sufriste la metamorfosis de Ra. Aquel momento de tu vida me hizo
588
entender que eras tú, mi heredero y por tanto, el legado tan
celosamente guardado, ya tenía destino. Eres tú, y sólo tú, la
reencarnación de mi hermano.
Saphira guardó silencio.
Supongo que al ver mi cara de poema no le quedó más remedio
que callar unos instantes, para que yo asimilara lo que había
escuchado.
«Un dragón… Reencarnación…», pensé.
⎯Nathan eres un ser excepcional ⎯me dijo suavemente⎯. Y
espero no haberte decepcionado. Pero ahora que lo sabes todo, sería
conveniente no demorar la transferencia de mi ser.
Yo suspiré hondo. Sentía un dolor espiritual que me
desgarraba el alma.
De repente, una ráfaga de aire nos azotó a los dos. Nos invadió
un extraño olor, parecido al incienso y de golpe, nos vimos
transportados a otro lugar del Panthĕon.
Habíamos descendido a la oscuridad del Sanctasanctórum.
Yo miré a mí alrededor y no tuve ningún problema para
descubrir el propósito de aquel lugar. Mi corazón, nervioso,
comenzó a latir desbocado. Saphira se dio cuenta de mi turbación,
porque me miró al mismo tiempo que tomó mis manos entre las
suyas.
⎯Esto es necesario, Nathan.
Saphira leyó mi mente. Yo me sentí desnudo ante ella. Bueno,
mentalmente.
⎯¿He de superar el proceso alquímico que me quieres
imponer? ⎯le pregunté, sintiendo ansiedad⎯. ¿Un Hieros
Gamos?
Saphira asintió en silencio.
Yo sacudí mi cabeza, incapaz.
⎯No puedo entregarme a nadie que no sea Kali.
⎯Esta unión sagrada no tiene nada que ver con ella. Tú no le
eres infiel. Necesito que entres en la Cámara Nupcial, sólo así
puedo trasmitirte mi legado. Sólo hay dos caminos posibles: la
muerte o el renacimiento. No puedes huir de tu destino, has de
elegir.
589
Ambos estábamos en el umbral. Yo no me atrevía a cruzarlo,
pues hacerlo era consentir el ritual sagrado.
Y, sin embargo, estaba obligado a cumplir con mi destino.
590
ACTO VI
Parte Segunda
Hieros Gamos
“La Unión Sagrada”
La Cámara Nupcial del Panthĕon Sacrātus hace referencia a
la verdadera alquimia.
La experiencia iluminatoria de los principios opuestos que
consiste en superar un nivel de la realidad normalmente
inaccesible. El ritual es la unión de dos seres opuestos para
convertirse en uno solo. Una unión sagrada cuyo fruto es la
piedra filosofal.
El Hiero Gamos de Saphira es un proceso alquímico que
permitirá a Nathan transmutarse de una forma maravillosa e
increíble en un dragón. Su piedra filosofal, la dragonites.
Nathan sintió una punzada de dolor, una sensación causada
por la destrucción de su santuario espiritual, por un súbito
torrente de confusión, provocado por la petición de Saphira y
por los recuerdos de su pasado real y caótico.
Sus ojos miraban fijamente sin ver a través del umbral;
de pie, más tieso que un palo. El pensamiento de que era
cualquier cosa menos humano le carcomía entero. Ahora
tenía muy claro que debía dejar atrás sus emociones
humanas.
Saphira fue su salvación. Ella le agarró de un brazo y
ambos cruzaron el umbral. Entraron en una sala tenuemente
iluminada. De súbito, el aura de Nathan palpitó, una sola
591
vez; el fuego que ardía en su interior salió a la superficie.
La Cámara Nupcial
Dieron unos pasos y se detuvieron. El suelo era como un
espejo, cristalino y aparentemente, resbaladizo. Nathan
cabizbajo se contemplaba así mismo en aquel mar. Saphira,
en silencio, esperaba a que él estuviese preparado. No
deseaba precipitar las cosas.
Sus ojos miraban en todas direcciones. La pared de
derecha estaba formada por nichos, encajados en la propia
roca, naturales. En el interior de aquellas pequeñas
cavidades, crepitaban las llamas de pequeñas hogueras
mágicas. Nathan alzó la mirada, mientras Saphira lo
contemplaba, descubriendo que él estaba más relajado.
El profundo abismo que se alzaba en lo alto parecía que
iba a precipitarse sobre ellos. Él no pudo distinguir nada en
aquella negrura, salvo que sabía que había descendido a los
anales de su origen. Ya no se trataba de profecías, sino de
algo más. Algo que había permanecido en él, desde siempre.
La Quintus Essentĭa era más, mucho más de lo que
aparentaba. Ahora tenía la certeza absoluta de que iba a
emprender el viaje más increíble de su vida y él era dueño,
por primera vez, de su destino.
Su padre no sabía nada de lo que estaba a punto de
ocurrirle, nada y eso le hacía sentirse aliviado. ¿Sabría
mantener el secreto? Tenía sus dudas, pues con él siempre se
había sincerado. ¿Y Kali…? ¿Cómo iba a decírselo? ¿Le
comprendería? Pero si él iba a propiciar el cambio de una
nueva era, lo correcto sería comunicárselo no sólo a ellos,
sino a todo el mundo. Claro, siempre y cuando la experiencia
resultada totalmente fructífera, porque si no llegará a ser así
no encontrarían de él, ni las cenizas.
En esos momentos, Nathan no podía pensar en Kali ni
Jadlay ni en Áquila, ni siquiera en la guerra. Era consciente
de que si debía superar el ritual con éxito, estaba obligado a
592
dejar a tras sus emociones y actuar en consecuencia. No le
quedaba otra, o eso, o la muerte.
La verdad, la expectativa de convertirse en cenizas no le
satisfacía en absoluto.
Siguió adelante. Saphira, tras él, suspiraba aliviada.
Un gran arco de piedra separaba el Templo Iniciático de
un pasillo oscuro. El arco estaba franqueado por dos grandes
ménsulas, también de piedra, que sujetaban dos antorchas de
fuego azul. Las piedras que formaban los muros estaban
unidas unas a otras, sin argamasa. Todo el Panthĕon era así.
Al fondo y en el centro, donde menos luz había, se erigía
una fuente alquímica; la fuente de la vida; y justo detrás, un
estrado y sobre su tarima de cristal, un altar hexagonal de
mármol.
El fulgor de aquel templo deshizo su férrea máscara.
Saphira que no había perdido la oportunidad de captar ese
momento, se sintió dichosa. De hecho, todos sus
pensamientos e intuiciones basadas en la deidad se hicieron
realidad. Tenía ante ella, al mejor depositario; el único
capacitado para transmutarse en cualquier momento. Dijese
lo que dijera, Apofis… Nathan era tal y como ella había
imaginado y por supuesto, pensado; no como quería él. El
Ser espectral estaba tan equivocado en cuanto a la deidad,
que ella estaba segura de que la oscuridad que envolvía al
sombrío ser e incluso su poder, desaparecerían durante algún
tiempo, nada más renacer Nathan en su nueva identidad.
Nathan ascendió, cariñosamente cogido de la mano por
Saphira, el primer peldaño del estrado y miró al suelo: cuatro
estrellas de seis puntas, rodeaban la fuente, se hallaban
estratégicamente situadas en cada uno de los puntos
cardinales: norte, sur, este y oeste. Trató de ver más allá de
los símbolos y vio dos triángulos, que le eran familiares, con
sus vértices opuestos. Su culto arcano le abofeteó de
inmediato.
Al este, el sol; al oeste, la luna.
La representación de la fuente, no era más que un
593
dragón de oro, inclinado hacia las aguas cristalinas,
dispuesto a devorar la oscuridad que amenazaba la vida.
Era como estar en su templo, en Jhodam.
Ambos se miraron. Saphira, sonrió.
⎯Estoy preparado. Pero… creo que he perdido el rastro
de mi esencia.
⎯No te preocupes. Iremos en su busca.
⎯¿Dónde?
⎯Buscaremos en nuestra unión sagrada. Cuando tú y yo
seamos una sola esencia, conseguiremos la iluminación
necesaria para iluminar la senda de la perfección y luego,
renacerás.
⎯¿Dejarás de existir? ―preguntó él.
⎯Sí, pero mi esencia vivirá en ti. El Legado Salmanasar,
será tuyo por deseo expreso del Gran Dragón, mi hermano.
Un silencio profundo los invadió.
Nathan era consciente de que el descenso y el encuentro
sagrado con Saphira, le conduciría a un mundo superior.
El descenso de un dios al mundo de los muertos servía
para devolverle al mundo de los vivos. La unión entre la
luna, Saphira, y entre el dios, Nathan, encontraba su apoyo
ritual en el sacro Hieros Gamos. Pero en este caso, ella era el
hierofante, celebrante de los misterios sagrados; y él, el rey.
Un Hieros Gamos para cambiar de era…
Nathan y Saphira: los principios opuestos. A punto de iniciarse la
unión química entre los dos seres y la Quintus Essentĭa como
elemento mediador.
Ambos cogidos de la mano terminaron de subir los peldaños
del estrado. Sin separarse, la Ser lo guió en el ritual. Él, se situó a
los pies del sol; y ella, de la luna.
Con sus manos entrelazadas, esperaban la llegada de la
Quintus Essentĭa. La divinidad de Nathan descendería sobre ellos
como dos triángulos de fuego, unidos entre sí formando la quinta
estrella de seis puntas. Al llegar, un rayo de luz dorada los separó.
594
El fulgor de la entidad divina inundó el altar hexagonal y Saphira,
dio comienzo al Hieros Gamos.
Se acercó a él. Nathan estaba ligeramente nervioso. Ella aligeró
el broche que unía la capa bajo su cuello y la dejó caer al suelo.
Luego, hizo lo mismo con su propia túnica. Sus ropas se deslizaron
a través de los peldaños hasta el suelo cristalino.
Él y ella desnudos entrecruzaron de nuevo las manos y
repentinamente fueron envueltos por un torbellino de luz que los
guió hasta el altar. Ambos se sentaron, uno frente al otro. Sus
cuerpos estaban rodeados de un aura irisada, emitiendo una luz
intensa que embriagó todo el templo.
Las llamas de las hogueras, crepitaron y chispearon, inducidas
por la magia del ritual. De repente, ella sintió miedo en él.
⎯¿A qué temes, Nathan? No te haré ningún mal. Nunca
podría lastimar algo tan bello ⎯susurró ella acercando las manos a
su cuello, tenso. Apartó el cabello y le acarició la nuca.
Nathan cerró los ojos.
Las manos inquietas de Saphira recorrieron el cuerpo del rey,
comprobando que su piel, un hermoso lienzo cobrizo, era suave,
tersa como el terciopelo.
Nathan se estremeció al sentir la humedad ardiente, que ella
con sus caricias le trasmitía. Los dedos finos de Saphira dejaron
estelas de fuego sobre su piel.
Esas manifestaciones, eran su manera de demostrarle de que
estaba hecha, de fuego y nada más que fuego.
El cuerpo de Nathan se relajó ante aquella lluvia de caricias.
Una sensación deliciosa le recorrió las entrañas. Ella se dio cuenta
y lo miró con detenimiento. Se perdonó a sí misma, por tomar al
rey, enteramente prohibido, a sus ojos y a los de cualquier otra
mujer; excepto, Kali. Pero su causa, lo exigía. Volvió a
contemplarlo. Excitado, Nathan tenía un cuerpo perfecto.
Musculoso y elástico. Era un hombre realmente atractivo.
Saphira con delicadeza posó el cuerpo de Nathan sobre el altar,
cargado de magia y simbolismo. Ella se dejó caer sobre él y sus
bocas se buscaron y se besaron profundamente. Junto a ellos,
seguían el sol y la luna, ahora vibraban mágicamente impulsados
595
por efectos del ritual.
Pronto, muy pronto llegaría la concepción, el hombre-dragón y
Nathan, permitiría a ella, descansar en sí mismo. Igual que un
hermafrodita, mitad hombre mitad mujer, pero esa condición sólo
funcionaría en caso de estar transformado, nunca en estado
aparentemente humano.
Cuando llegó el momento de la conjunción, la unificación
progresiva de los dos seres, Nathan no pudo evitar que los
movimientos de ella y sus besos lo arrastraran a un mundo
superior, embriagado por sensaciones exquisitas. Sintió dolor, las
paredes interiores de ella le oprimieron con fuerza. Una fuerza casi
animal y por un momento, deseó que acabara la tortura cuanto
antes. De repente, un destello los invadió absorbiendo sus cuerpos,
bañados en sudor y cargados de fuego en sus poros. Inducido por
un poder especial, Nathan alzó los brazos y se aferró a la espalda de
ella con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su pecho,
moviéndose junto a ella con desesperación.
Saphira al sentir las duras palpitaciones de su miembro viril,
gimió.
La sensualidad de la mujer lo estaba volviendo loco. Ambos se
dejaron arrastrar embriagados por la borrachera mágica de aquella
energía que a modo de destello inundó el templo, el altar, la fuente y
a ellos mismos.
Ya no importaba nada más que alcanzar la Iluminación que
ella le había prometido.
Y lo hicieron.
Un torbellino se desató y ambos gritaron al experimentar los
impulsos del Hieros, que unido al cosmos les impregnó el alma.
Una nube blanca y espesa se arremolinó en lo alto, descendiendo
poco a poco. Nathan sufrió repentinamente una visión que lo
desconcertó: estaba en un sepulcro, un pequeño ser espiritual
masculino apareció en la nube y ésta rompió a llorar lágrimas
cristalinas. Gotas de lluvia que purificaban su alma, su cuerpo, su
humanidad y su divinidad.
596
Después…
Una ser espiritual femenino descendió desde la nube y lo
condujo a través de la senda correcta.
Saphira seguía con él, pero enrollada por una serpiente dorada
y a su derecha, un cuervo; en su mano, portaba un cáliz con tres
serpientes. Simbolismos sexuales del Hieros Gamos. Nathan
levitaba a cierta altura. Ella se acercó a él y tomó sus manos,
atrayéndolo hacia sí.
⎯Ven conmigo, Nathan. Aún no ha finalizado el Hieros
Gamos.
El rey despertó del sueño inducido por la magia del ritual y fue
entonces, cuando vio a Saphira frente a él, y por última vez, antes
de que ésta se fundiera en sí mismo, llegó el momento de la
Fermentación: otra cópula, pero ésta era la única que lo conduciría
directamente a la Iluminación y luego, a la resurrección del nuevo
ser.
El sudor corría entre los pechos desnudos de ella y por la ligera
curva de su vientre hasta el ombligo. Nathan se dio cuenta de que el
clímax que ambos habían experimentado unos minutos antes, no
era nada comparado con lo que iba a sentir.
Había llegado el momento de la verdad.
De repente, Nathan sintió un calor sofocante que hizo que se
excitara mucho. Saphira lo miró con tanta lascivia que él se amilanó
por completo. Ambos unieron sus cuerpos con pasión. Gemidos de
placer escapaban de la garganta del rey, sin descanso.
La Quintus Essentĭa sometió a Saphira convirtiéndola en su
esclava.
Enseguida, ella empezó a moverse sobre él con el poder que le
otorgaba su estatus de hierofante, y los gemidos que escaparon de
los labios de él y el estremecimiento que le recorrió le demostraron
hasta que punto llegó su gozo, en un momento en que aún no había
llegado a la máxima perfección.
Saphira incrementó el ritmo. Se estaba acabando su tiempo.
Ambos perfectamente sincronizados ardieron de placer animal.
El cuerpo de él temblaba suplicante. El ritmo frenético que
alcanzaron hizo que no fueran conscientes de lo que estaba
597
ocurriendo entre ellos. Un halo de brillante luz salió despedido
como un torrente del cuerpo sudoso de Saphira y alcanzó de tal
forma a Nathan que éste emitió un grito desgarrador. Los destellos
eran tan intensos que parecía como si hubiera amanecido en el
Panthĕon. El estallido, y la energía de ella le embriagó totalmente y
separándolo bruscamente, lo trasladó a un nivel superior. Allí, ya
no estaba Saphira.
Sintió un regocijo especial, inexplicable. Un hilillo de sangre se
deslizaba entre la comisura de sus labios. Experimentó un nuevo
nacimiento de su alma.
Una visión real…
La esencia de Nathan había devorado, por así decirlo, a la
mujer. Su Legado de Sangre, el espíritu femenino, surcó la nube
blanca que ahora, era real, y despareció para descender instantes
después sobre su cuerpo. Nathan, se había convirtió en fuego: El rey
había conseguido la Iluminación.
Abrasado, ardió.
Debilitado, perdió el conocimiento.
Sobre el altar, un cuerpo renacido.
Los destellos, la fuente de la vida y las llamas anaranjadas de
los nichos desaparecieron. La oscuridad invadió el templo y sólo el
halo tenue que emitía la frente de Nathan y rodeaba su cuerpo,
iluminaba sutilmente la estancia. Pero, muy sutilmente. La
verdadera luz, ya estaba en su ser.
598
Acto Final
El nacimiento del Dragón Real
Nathan sumido en una profunda inconsciencia, yacía boca
abajo sobre el altar hexagonal; junto a él, su capa y el resto de
su vestimenta.
Su mano derecha colgaba del borde del altar, mientras de la
llaga de su muñeca, el estigma de su divinidad, brotaba
sangre que caía tintineante al suelo. Pero no sólo manaba
sangre de esa cicatriz, ahora abierta, sino que una nueva
llaga, un profundo estigma surcaba todo el antebrazo, desde
el codo a la muñeca. Un relámpago en el interior de una
estrella de cinco puntas, estaba grabado en su piel con fuego,
y del cual también goteaba sangre.
Había muerto y renacido. Por fin, había triunfado.
Los Seres dejaron de existir, pero la magia seguía
inundando el aire. El Legado Salmanasar descansaba en
Nathan, ahora el rey-dios, era un poderoso dragón oculto
bajo la mascara de su apariencia humana. Su naturaleza se
había transmutado y su poder, multiplicado.
Ni el dragón que es ni el hombre dios que representa son
buenos o malos por sí mismos; al igual que las espadas,
pueden aplicarse a fines buenos o malos; y la eficacia que
posea su poder dependerá del estado mental o físico que le
acompañe en un determinado momento.
Ahora, más que nunca, su confianza debe ser absoluta. Si
Nathan dudase de su integridad, poder o sabiduría, el
dragón que lleva en su interior y que forma parte de su
esencia se encontraría en la peligrosa tesitura de decidir
599
sobre algo o alguien que navega entre los arrecifes de un mar
oscuro y desconocido en un barco comandado por un patrón
en cuyo juicio nadie confía.
Para él, la situación es más complicada ahora que nunca.
Pues transformarse no es una acción gratuita; es por tanto,
un proceso muy debilitante. Su juicio sereno deberá controlar
su ira y no exponer ni su cuerpo ni su dragonites si no hay
necesidad, pues Apofis o cualquier otro ser maligno no
dudaría ni un instante en tratar de destruirlo.
Ahora, en su nueva condición y con más poder dual del
que nunca haya podido imaginar, la realidad le abofetearía
duramente. La guerra que afectaba a Jhodam, Bilsán y
Esdras. El embarazo de Kali. La suerte que hayan corrido sus
ejércitos y el estado de Áquila, Jadlay y de los inmortales
pueden hacer tambalear sus cimientos, pero está obligado
por su propio bien y el de su pueblo, a mostrar una
templanza ejemplar. Si lo consigue logrará ahuyentar por un
tiempo a Apofis, pues éste tendrá que estudiar una vía
diferente a las empleadas hasta ahora, para destruirle en el
peor de los casos, o sumirle, en el mejor.
El olor a sangre le despertó. Su cabeza comenzó a dar vueltas
y vueltas, sintiendo náuseas. Desorientado y aturdido, no fue
consciente de cuanto tiempo había permanecido sin sentido.
Una eternidad, quizá.
Al moverse, sintió un profundo dolor que provenía del
brazo, parecía como si le hubieran traspasado con una
espada. Gritó. Aturdido, miró su antebrazo y vio una
profunda marca sanguinolenta que llagaba toda la piel.
«No ha sido una pesadilla», pensó.
El dolor que sentía era tan intenso que apenas podía
moverse. Respiraba trabajosamente, estaba entumecido por
el frío. De pronto, un destello provocó que todo su cuerpo se
convulsionara. Preso de una subida de adrenalina, se apartó
del foco de luz y rodó sobre el altar; del fulgor, estalló un
600
rayo de luz azulado, alcanzándole.
Cayó al suelo.
El rayo de luz surcó las profundidades de la tierra y salió
despedido como un chorro de agua a presión hacia las
alturas, traspasando la bóveda que tras el abismo, existía y
que comunicaba con el suelo exterior del Sanctasanctórum.
Todo se movió.
Festo, que aguardaba en la entrada trastabilló de un lado
a otro, mareado. De lejos, vio a los inmortales que
habiéndose acercado lo suficiente también fueron alcanzados
por el inesperado movimiento de tierra. Unos y otros,
rodaron por el suelo adoquinado de las cercanías del templo.
Se abrió un profundo surco. Desde las profundidades,
Nathan alzó la mirada y pudo ver la incipiente luz del alba.
Desde la superficie, los allí presentes no pudieron distinguir
más que un profundo abismo. Festo tuvo que agarrarse a una
columna para no caer al foso.
En ese momento, comenzó una precipitada carrera entre
Halmir y el hechicero. El inmortal estaba dispuesto a darle
muerte, no pensaba dejarlo escapar; esta vez, no.
Mientras tanto, en las profundidades, Nathan
hipnotizado por la extraña luz que despedía el altar, se
levantaba y miraba a través del destello. Sus ojos se abrieron
como platos al vislumbrar, perfectamente encajada en la
profundidad del mármol, una espada.
Controló sus emociones antes de introducir su mano
derecha ensangrentada en la gran ranura, que a modo de
urna, había protegido durante milenios la poderosa Espada
Sagrada Salmanasar. El arma tenía la misma habilidad de
transformarse que su propietario. Era hermosa, brillaba con
luz propia y su longitud impresionaba. La hoja era larga de
acero, tan brillante que parecía transparente, su guarnición
era de oro macizo y estaba tallada con surcos y ondulaciones,
que aunque parecían haber sido hechos al azar, no era así.
Eran runas de poder y protección. Nathan las distinguió con
claridad. En ambos extremos de la guarnición un dragón en
601
miniatura; el de la derecha, tenía grabado sobre su cabeza
una serpiente diminuta; el de la izquierda, un halcón. Ambos
dragones, estaban representados en postura de ataque, como
si echaran fuego por la boca. En el centro de la guarnición, un
triángulo invertido, en el interior la insignia Salmanasar: un
relámpago custodiado por una estrella de cinco puntas. La
empuñadura también estaba hecha del mismo material que
la guarnición, oro puro; era cilíndrica y tenía tallada una
curva en forma de hélice que llegaba hasta el extremo
superior, todo ello rematado con un diamante negro.
Nathan se inclinó para observarla más detenidamente.
La hoja de acero tenía una serie de runas grabadas desde su
base hasta la punta, con el mismo objetivo que en la
guarnición. Era un conjuro de protección.
Todo estaba sumido en un silencio que únicamente era
interrumpido por el crepitar del haz de luz. Nathan miró su
antebrazo, todavía sangraba. Meditó unos instantes, luego
bajando la mirada al suelo, vio sus ropas. No faltaba nada.
Capa, túnica, calzas, prendas de maya, botas e incluso su
cinto con la daga. Se vistió rápidamente, un presentimiento le
alertó.
El Panthĕon iba a desaparecer y tenía que salir de allí,
echando leches o acabaría enterrado entre escombros y
piedras. En ese momento, no pensó en Apofis ni en nadie. Se
dirigió al umbral del templo; una vez allí, se detuvo. Había
olvidado algo muy importante.
La espada.
Dudó de sí llevársela o no. Un segundo después, Nathan
tomó una decisión.
Se volvió.
Corrió hasta el altar y sin miedo, la empuñó,
arrancándola del encaje. El mármol, al sentirse vacío, crujió y
se partió en dos. El haz de luz, desapareció y un violento
temblor de tierra ocupó su lugar.
Nathan se tambaleó. Polvo y piedras se precipitaron
sobre él, a punto de derrumbarse todo. Como pudo llegó al
602
umbral; estaba cruzándolo, cuando Apofis se materializó y le
salió al paso. La deidad, al verle, no se sintió eufórico
precisamente. Ni siquiera el derrumbe del Panthĕon iba a
parar las ansias vengativas del maligno. El panorama no se
presentaba muy halagüeño.
Nathan lo miró fijamente, implacable, pero no abrió la
boca. Apofis le clavó sus penetrantes ojos.
Y mientras ellos, se fulminaban con la mirada. Halmir y
Festo se enfrentaban en una violenta lucha con espadas sobre
el pétreo suelo a punto de resquebrajarse. El inmortal atacó
duramente, sin darle opciones. Estaba totalmente cegado, el
odio que sentía por el hechicero traspasaba los poros de su
piel.
En esos instantes, los demás inmortales, incluso Kali, se
acercaron corriendo para echarle una mano. Pero al verles
tan encendidos, no se atrevieron a intervenir. Eran
conscientes de que el asunto era personal. Aquella lucha
representaba la venganza, maquinada por Halmir, mientras
su hijo, presa de terribles fiebres, se debatía entre la vida y la
muerte.
Nadie osaría arrebatarle sus deseos.
Ambos forcejearon con desesperación. Halmir
sosteniendo la empuñadura de la espada con ambas manos,
lanzó una y otra vez el ataque, manteniendo en jaque a Festo,
éste no encontró ayuda de ningún tipo, ni mágica ni humana.
Estaba seriamente acorralado, por un hombre que deseaba
matarlo, harto de tanto sufrimiento.
Festo, con el rostro desencajado y mortecino, echó a
correr, pero sus movimientos eran torpes. Morpheus que lo
vio, lo cortó el paso. El hechicero, obligado a luchar, se
volvió, casi suplicante. Halmir, con los ojos llenos de
lágrimas, y el rostro convulsionado por el dolor que le
causaba creer a su hijo muerto, plantó cara a tan miserable
603
despojo de la vida.
⎯Te lo suplico ⎯dijo Festo⎯. No deseo morir. Haré lo
que pidáis, pero por favor… dejadme vivir.
Halmir sintió como su corazón latía de forma
endiablada. Una sonrisa maliciosa dibujó sus labios, mientras
las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. No necesitaba el
perdón para el acto que iba a ejecutar. La muerte de su hijo,
era suficiente motivo para liberar toda la tensión y la ira
acumulada, y antes de que Festo pronunciase otra palabra
más, Halmir esgrimió con más fuerza su espada. Fue una
estocada enérgica y rápida, tan rápida que en el acto decapitó
la cabeza del hechicero.
Alfeo agarró de un brazo a su hermana. La atrajo hacia sí
y le obligó a volverse. Kali se abrazó a su hermano, presa de
un angustioso llanto.
El cuerpo de Festo cayó desplomado, mutilado en el
suelo, mientras su cabeza rodaba por los adoquines yendo a
parar a los pies de Ishtar. Éste presa de unas incontenibles
náuseas, vomitó. Nunca había presenciado una mutilación de
esas características. Con el rostro lívido, se dejó caer en el
suelo.
En el mismo momento de la muerte de Festo…
Apofis, estaba peleando en las profundidades, tratando
por todos los medios de hundir a su poderoso adversario al
abismo. Era consciente de su poder, sabía en lo que se había
convertido. Aquella oportunidad era la última que tenía, si
no conseguía sus propósitos, debería esperar otra
oportunidad o quizá, otro tiempo.
En esos instantes en los que los repetidos bombeos del
suelo hicieron que ambos dioses saltasen salvajemente, la
simbólica Espada de Damocles recaía sobre Nathan, como
una persistente amenaza de peligro.
Cuando recuperaron el equilibrio, Apofis se enfrentó a
su eterno enemigo.
604
⎯No dejas de sorprenderme, Nathan ―dijo―. De
acuerdo, lo reconozco; tienes talento, pero también hay algo
sibilino en ti.
El dios del Poder Negro, avanzó hacia él.
La deidad no estaba dispuesta a conceder un instante de
su salvación para escuchar las palabras de Apofis. Como
nunca lo había hecho antes, Nathan alzó la mano y
pronunció una sola palabra.
⎯Shadba…
Y una nebulosa de luces irisadas se enroscaron alrededor
de su mano. Apofis, enmudecido por la inesperada muestra
de poder, se detuvo. Comenzó a oírse un zumbido y no
procedía del más que evidente derrumbe del Panthĕon, no;
era una vibración del aire. El suelo tembló ligeramente.
Apofis no podía dar crédito a sus ojos, ni a sus oídos.
⎯No puede… No puede haber dominado su nuevo
poder en tan poco tiempo ⎯murmuró⎯. No es posible; a la
primera, no.
La sonrisa de Nathan se hizo perversa. Tanto que Apofis,
confuso, se quedó tieso sin saber como responder. La
nebulosa salió despedida como un trueno de la palma de la
deidad y estalló a escasos milímetros de la entidad maligna.
Apofis se tambaleó y rápidamente se apartó de la vista
de Nathan, éste pronunció una serie de palabras en un
idioma que sólo entendía él y las nebulosas que generaba
cobraron gran intensidad. Las luces irisadas jugaban en tornó
a la deidad y animaban con sus destellos su rostro.
Un nuevo conjuro, y todas las nebulosas se unieron.
Apofis se frotó los ojos, no podía creer lo que estaba viendo.
Nathan estaba embriagado de un poder ingente, así no podía
vencerle. Pero aún tenía una carta, y la emplearía costase lo
que costara. Si conseguía derribarle, podría huir, sino
acabaría fundido a los pies del poderoso dragón.
Las nebulosas estaban suspendidas en el aire, cuando el
suelo volvió a tambalearse. Parte de un muro se resquebrajó
y como una lluvia de granizo, estalló, alcanzando a Nathan,
605
éste cayó y rodó por el suelo. Esta vez si era el Panthĕon, que
se estaba desmoronando a un ritmo vertiginoso. Apofis, que
sólo perdió ligeramente el equilibrio, sin llegar a caerse,
aprovechó ese instante para lanzarle una estocada a su
adversario.
Nathan, sin verse afectado, se levantó rápidamente, pero
no le dio tiempo a contraatacar. Apofis levantó ambas manos
e hizo estallar las nebulosas, éstas se expandieron hacia el
dios dragón. Estallaron, y el impacto lo dejó muy aturdido.
La deidad echó la cabeza hacia atrás con una violenta
sacudida, se vio levantado bruscamente del suelo y salió
disparado hacia la pared que quedaba a sus espaldas, contra
la que se golpeó con un ruido sordo y funesto.
Nathan se desplomó en el suelo. La Espada Salmanasar
se le cayó de la mano.
No hubo carcajadas. No había tiempo.
Por el momento, a Apofis le bastó con ganarle un tanto a
la deidad. Era consciente de que nada de lo que ocurriese a
partir de ahora, lo destruiría, pero no le importaba en
absoluto. Ya llegaría el momento en que las fuerzas de ambos
estuviesen igualmente equilibradas para vencerle. Por ahora,
se conformaba con haber usado el propio poder del dragón
para dejarlo inconsciente. Es posible, que el derrumbe del
Templo Sagrado acabe engulléndole o quizá, no. Si tenía algo
muy claro era que no iba a esperar para saberlo. Con su
típica manifestación de poder, Apofis, generó un remolino de
aire espeso en torno a él y desapareció del lugar un segundo
antes de que todo el Panthĕon estallase bajo sus pies.
En el exterior, el movimiento se hizo terrible. Una lluvia de
grandes piedras volaba en todas direcciones. Los inmortales
no podían detener aquella fuerza natural de ninguna forma.
⎯¡Oh, mierda! ⎯exclamó Alfeo.
Halmir se había vuelto hacia la puerta infranqueable del
Panthĕon, casi a cámara lenta, cuando de repente vio aquella
606
ingente mole que se precipitaba sobre ellos, gritó:
⎯¡¡Corred!!
Todos echaron a correr, desesperados. Sin mirar atrás,
cuando un repentino combe del suelo los arrojó de bruces, en
el mismo instante que un ruido estruendoso a punto estuvo
de atrofiar sus tímpanos. Realmente devastador.
La descarga de adrenalina brillaba en el aura de cada uno de
ellos. Se levantaron y echaron a correr, sin vacilar, hasta que
estuvieron lo suficientemente lejos, pero sin dejar de ver las
columnas del templo solar como iban cayendo una tras otra,
engullidas por las grandes fisuras que se estaba abriendo en
todo el perímetro del Sanctasanctórum.
Crujieron las grandes rocas, y los cimientos de la mole
cedieron a la profunda embestida de los poderes divinos. El
templo exterior se resquebrajó y se separó en dos. La
explosión, en las profundidades, del Panthĕon provocó que
volaran los muros, el mármol se desprendió y los suelos, uno
tras otro, estallaron en todas direcciones. Halmir siguió
atentamente el progresivo desmoronamiento hasta que al fin
todo empezó a remitir y después de unos minutos intensos,
en los cuales la tierra seguía moviéndose frenética, todo cesó.
Y un silencio sepulcral invadió el lugar.
Había amanecido un día hermoso. El cielo azulado sin nubes
quedó ligeramente empañado por las altas columnas de
polvo y humo que despedían las fisuras abiertas. La fisura
central era profunda, como si hubiera impactado un inmenso
meteorito.
La destrucción fue total. Tal y como fue vaticinado por la
forma humana del Basilisco a su hija, Saphira: del Panthĕon
no quedaría piedra sobre piedra.
Los inmortales, ensordecidos y aturdidos, se levantaron
y a pasos lentos, sumidos en una fatiga comprensible, se
acercaron al lugar, donde unos minutos antes se erigía el
Sanctasanctórum. Halmir y Kali, tenían los ojos inundados
607
en lágrimas.
Era desolador. No había quedado nada.
⎯Mi hijo…
Kali, rota por dentro y por fuera se acercó, sin que su
padre y el grupo se percataran, a la recién creada cornisa,
desesperada y con el cerebro paralizado, perdió el equilibrio,
tropezó y se precipitó al vacío…
Ishtar que se había vuelto hacia ella en ese mismo
instante, no tuvo tiempo material para evitarlo. Gritó.
⎯¡Kali! ¡¡Nooo!!
Alfeo desencajado por los gritos de su padre y con el
corazón en el puño, corrió hacia la cornisa. La sorpresa que
se llevó al mirar al vacío fue mayúscula…
Nathan agarró de un brazo a Kali justo en el último
instante, él con grandes síntomas de debilitamiento, escalaba
con la ayuda de su daga, hincándola en la pared de la
inmensa grieta, que en forma de cráter se alzaba ante él
desafiante. La empuñadura de la espada Salmanasar brillaba
por encima de su hombro. El esfuerzo que había realizado
para evitar que Kali cayese al abismo fue sobrehumano. Y
eso, junto con las hemorragias, que aún no habían cesado, lo
dejaron más flojo que la mantequilla.
⎯¡Nathan!
⎯Kali… ⎯dijo sin apenas voz.
Ella no podía dar crédito a sus ojos. Él estaba tan
extenuado que no podía casi hablar. Ella abrazó y besó aquel
cuerpo lleno de polvo y de heridas. Sangraba por tres sitios:
la sien izquierda, el costado del mismo lado y el brazo
derecho. Estaba destrozado.
Y allí, colgados, esperaron la ayuda de los inmortales.
⎯Te quiero ⎯dijo él, apoyando su cabeza sobre el pecho
de ella.
Kali acarició los cabellos de Nathan, éstos habían crecido
mucho desde la última vez que lo vio, y desde ese momento
hasta este instante, sólo había pasado una noche.
Sorprendida, suspiró.
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Cuando Alfeo comunicó a grito pelado y con la respiración
agitada que había localizado a su hermana y a Nathan, a
Halmir se le desbocó el corazón. Sorprendido, el inmortal no
atinaba con las palabras. Alfeo para tranquilizarlo apoyó una
mano sobre su hombro.
⎯Está hecho polvo, pero vivo.
Después de unos minutos de intensos esfuerzos por
parte de todos. La pareja real fue rescatada.
Una vez arriba, en tierra firme, Ishtar se abalanzó sobre
su hija y la abrazó con efusividad. Sin embargo, Halmir
cuando tuvo de frente a su hijo y lo contempló de pies a
cabeza, rompió a llorar como un niño al verlo tan débil y
frágil, a punto de hacerse añicos. Su aplomó se derrumbó.
Nathan con la mirada desencajada y la oscuridad cayendo
sobre él, sólo se mantuvo unos segundos en pie, antes de
desplomarse al suelo.
Lo último que sintió y oyó antes de sumir su mente en el
olvido fueron unos golpecitos suaves en sus mejillas, y a
Alfeo, su padre y otros que lo llamaban.
⎯Nathan…
Las voces sonaban cada vez más lejanas.
Perdidas en el tiempo.
609
Capítulo 11
No existe peor muerte, que el fin de la esperanza.
El sol subía y los tambores retumbaban sin cesar.
Hacía horas que había amanecido y nada ni nadie podía
poner fin a la sangrienta batalla que se estaba librando en
Esdras.
Jadlay había sido colgado, prácticamente crucificado, en
lo alto del voladizo del matacán y los jhodamíes
conjuntamente con la resistencia empezaban a notar el
cansancio en sus cuerpos, desmoralizados por el trágico final
del joven heredero.
El mariscal Addí, Yejiel y Najat y varios de sus hombres
después de su enfrentamiento con los arqueros rebeldes,
colocaron una viga de madera, larga y muy pesada entre los
engranajes de un lado y otro del puente levadizo,
impidiendo que éste pudiera elevarse. De esa forma, tendrían
acceso a toda la fortaleza. Lo único que tenían en mente era
bajar a Jadlay del voladizo, estuviera éste vivo o muerto.
La crucifixión del joven hizo mella en los soldados que,
luchando por su causa y la del rey de Jhodam, vieron sus
propósitos perdidos. Eran fieles a la realidad: las hazañas por
si solas carecen de sentido si no sirven a un fin o causa
elevada. Nathan era esa causa elevada que se respiraba en el
aire y Jadlay, el fin de la opresión que sufría Esdras.
Con ellos muertos, la sangre derramada no había servido
para nada. Nabuc, consciente de su provocación, disfrutó
como nadie de la desdicha ajena, y ordenó a Enós y a todo el
grueso de sus tropas, que no dejasen a nadie que pudiera
610
empuñar una espada, con vida.
Sin embargo, para Addí no existía peor muerte que el fin
de la esperanza. No iban a rendirse, eso jamás. Desde lo alto
del parapeto y con la espada alzada se dirigió a las tropas
jhodamíes que luchaban en las empalizadas, gritando
desgarradoramente.
⎯¡Honoooor!
Los gritos del mariscal fueron una inyección de vitalidad
para todos ellos, desatando una furia que hizo que los
guerreros recuperaran la fe.
Siguió gritando atronadoramente, para fastidio de
Nabuc que desde el patio de armas no pudo evitar oír los
alaridos del mariscal. Enfurecido, porque no había forma de
provocar la rendición de los soldados que formaban la
alianza Bilsán-Jhodam, echó a caminar en dirección al
interior del castillo, gruñendo como una bestia.
⎯¡Esta guerra la vamos a ganaaaaar! ⎯Yejiel y Najat le
cubrían las espaldas, acompañados de algunos arqueros.
El rey de Esdras cruzaba el umbral del vestíbulo, cuando
oyó de nuevo los alaridos de Addí. Con un chasquido de sus
dedos, Nabuc llamó a uno de sus oficiales.
⎯Dirígete con un grupo de hombres a la muralla noreste
y hacedle callar.
Asintieron y se marcharon apresurados. Tras ellos, las
puertas del castillo se cerraron a cal y canto.
Instantes después, Addí se vio acorralado. Pero Najat y su
grupo, desde la retaguardia, los emboscaron a todos.
⎯¡Soltad las armas!
Los rebeldes sorprendidos, no obedecieron al momento.
Yejiel les exigió premura.
⎯¡Vamos!
Addí, respiró aliviado al notar que la rápida actuación de
los jóvenes había hecho efecto. Saltó el terraplén.
⎯¡Tiradlas! ¡Ahora!
611
El enemigo obedeció y comenzó a dejar las armas sobre
los adoquines. Luego, maniatados, cuatro arqueros se los
llevaron como prisioneros al campamento.
Addí se dirigió a los dos jóvenes.
⎯No tenemos tiempo.
⎯¿Crees que Jadlay sigue vivo?
⎯Tengo esa esperanza.
Najat y Yejiel sin envainar las espadas, asintieron.
⎯Tú ve delante. ⎯Le dijo Yejiel.
Addí miró al joven. Por un momento, pensó que tenía
miedo.
⎯Tienes más experiencia en escalar murallas que
nosotros.
El mariscal no estaba de humor para reírse, pero aún así,
lo hizo. Pero, sólo ligeramente.
Los tres oyeron un zumbido que paso literalmente sobre
sus cabezas. Miraron al frente con los ojos desorbitados.
Había grandes hogueras repartidas por toda la
empalizada. Durante la emboscada propiciada por los dos
jóvenes, fue lanzada desde la torre del homenaje, una copiosa
lluvia de flechas impregnadas en llamas, dirigidas al grueso
de guerreros que con espadas y lanzas, luchaban fuera de la
fortaleza. La hierba y la maleza prendieron rápidamente y
algunos cuerpos alcanzados, gritaban de dolor, antes de caer
calcinados a la tierra inundada de cadáveres.
Hombres de unos y otro bando golpeaban sus lanzas
contra el brocal de los escudos. La columna de arqueros
jhodamíes respondieron a la lluvia de flechas, una vez; luego,
hicieron un alto de apenas unos segundos. Cargaron las
flechas en arcos y ballestas y embistieron de nuevo.
Addí, Najat y Yejiel contemplaron unos instantes la
estampa que tenían ante ellos. Horrorizados, se cruzaron las
miradas y dispuestos a seguir adelante con sus planes de
recuperar el cuerpo de Jadlay, no permitieron que aquel
violento ataque a la línea aliada les afectara.
Echaron a correr.
612
Saltaron una pequeña muralla y se dirigieron a la cabeza
del puente; una vez traspasado, corrieron por la pasarela a
través de la gran muralla, después al final se encontraron un
gran muro que unía la torre del homenaje con la torre del
sureste, desde allí se vieron obligados a escalar. Jadlay con la
cabeza caída, lívido, la toga granate que hacia de capa caía a
un lado y su túnica corta ensangrentada, estaba bien
amarrado con gruesas cadenas de hierro firmemente sujetas
a unas abrazaderas, éstas oprimían sus muñecas, causándole
heridas.
Aprovechando el desorden ruidoso del combate, los tres
valientes guerreros consiguieron llegar hasta los pies del
chico y contemplaron estupefactos como, transcurridas
varias horas, la sangre seguía manando de la herida que
tenía en el estómago. Eso significaba, que al parecer, Jadlay
seguía vivo. Pero una vez allí, comprobaron las dificultades
que entrañaba el rescate. Las gruesas cadenas tenían su
enganche principal en unas pequeñas columnas que
rodeaban el voladizo.
Najat miró a Yejiel, preocupado.
⎯¿Y ahora qué?
Addí se quedó en silencio. Miró hacia arriba y luego,
dirigió su mirada a los pies de la torre. En ese momento,
descubrió que ellos no eran los únicos que deseaban
recuperar el cuerpo, con la esperanza de que hubiera vida en
él.
Addí agarró la toga de Yejiel y lo zarandeó ligeramente.
⎯¡Mirad! Ahí abajo…
Hasta ese momento, ninguno de ellos se había percatado
de que un grupo de jóvenes que pertenecían a la resistencia,
habían tirado abajo el portón de la torre y penetrado en ella,
y subían con la lengua fuera, ya sin aliento la empinada
escalera caracol que bordeaba todo su interior, ni tampoco
que desde lo alto, tres rebeldes les apuntaban con los arcos,
bien cargados.
Cuando Addí vio a las tres cabezas enemigas asomarse
613
por las troneras superiores, avisó a sus compañeros gritando
a todo pulmón.
⎯¡¡A cubiertooooo!!
Los gritos del mariscal fueron escuchados por los
resistentes que a falta de subir la última planta,
desenvainaron rápidamente todas las armas que disponían.
El peligro les acechaba por todos lados.
Addí, Najat y Yejiel se agazaparon pegados al lado del
muro que más alejado estaba del enemigo y que más
dificultad les presentaba a la hora de disparar su munición; y
aún así, eran conscientes de que estaban al descubierto. Eran
una diana perfecta. No estaban desarmados, pero para el
caso era lo mismo, sin arco ni flechas poco podían hacer,
excepto protegerse al precio que sea. En ese momento,
rezaron para que los resistentes llegaran hasta ellos cuanto
antes.
Una pequeña ola de flechas impactaron en los adoquines
justo a unos milímetros de ellos. Emboscados de nuevo, sus
mentes trabajaban a marchas forzadas, tratando de buscar
una salida a su preocupante situación. De repente, oyeron
alaridos secos y no eran de alegría, sino de dolor. Miraron a
lo alto y observaron, complacidos como el enemigo era
atacado por la resistencia. Sus portentosos arcos y flechas no
pudieron hacer nada ante la avalancha de espadas y lanzas
que se les vinieron encima.
Los tres hombres retrocedieron unos pasos hasta que sus
espaldas golpearon el muro, no les dio tiempo ni de
desenvainar sus espadas. Las resplandecientes hojas
oscilaron ante ellos, enérgicas. Uno de los rebeldes
contraatacó, pero de poco le sirvió al sentir en su carne el frío
y cortante acero. Los otros dos, sucumbieron al momento.
Una vez pasado el peligro, dos jóvenes de la resistencia
llegaron hasta el lugar donde se amarraban las cadenas, que
no era más que un gancho de hierro con forma de hoz
614
encajado en la base de la columna, mientras otro de ellos con
un gesto rápido avisó a Najat de que sujetaran las piernas de
Jadlay, para evitar que cayera al suelo.
Al mismo tiempo, oyeron el retumbe de cascos. Un gran
retumbe. Era una legión entera que avanzaban hacia la
fortaleza galopando sin trabas. Capitanes y soldados de
Jhodam venían a Esdras a echar una mano a la resistencia,
después de haber puesto punto y final a la batalla en Bilsán;
con ellos iban, muy bien custodiados, Lamec, Aby y los dos
sacerdotes. Mientras en las empalizadas y en el campamento,
los soldados no podían resistir el ataque de los esdraníes.
Corrían, hacia el bosque unos; y hacia las carpas de curación,
otros. De espaldas a las espadas de los rebeldes y las lanzas
de los jinetes sicarios. Gritaban los que aún permanecían
imbatidos y gemían los que se arrastraban por la tierra y el
fango, heridos de pies a cabeza.
La gran legión cuando llegaron al machacado
campamento aliado se encontraron con eso, pánico y
desconcierto; además, de un número de bajas ingente.
Mientras las huestes de Jhodam, más de un millar,
seguían viendo más de lo mismo; Jadlay, más cerca del
mundo de los muertos que de los vivos iba cargado a
hombros de Addí, y los demás, una vez todos reunidos,
corrían apresurados por la pasarela, a las faldas de la
muralla, con el miedo en el cuerpo y sin descanso. De nuevo
sonó el cuerno de la torre del homenaje y desde las terrazas
se incitaba a las compañías rebeldes a no rendirse. El rey
encerrado en su castillo no veía la hora de celebrar su
victoria, caminaba de un lado a otro del salón del trono,
como un animal enjaulado. No tenía noticias de Festo, ni del
resto de los hechiceros. Las aves peregrinas del halconero a
su servicio, no le habían traído misivas informándole sobre la
muerte de Nathan. Con todos sus temores cayéndole encima,
su semblante tomó todos los colores de la locura.
Yejiel y Najat hundían una y otra vez sus espadas en los
cuerpos de todos aquellos que osaban impedir su avance. Los
615
hombres de Nabuc querían más sangre fresca, pues la
derramada hasta el momento no era suficiente para cubrir
sus ansias. Los chicos eran conscientes de que una nueva
embestida estaba al caer y debían darse prisa si querían
llegar a los refugios de las carpas de curación.
Jadlay, aún seguía vivo.
Algunos de los jinetes recién llegados se desplegaron
alrededor del campamento, mientras los que combatían en
las empalizadas se vieron obligados a replegarse más y más
en aquel infierno, llamado Esdras. Unos caían muertos, otros
peleaban mientras retrocedían lentamente hacia las carpas. El
enemigo que combatía fuera de la fortaleza, al ver la
impresionante hueste, regresaron a la ciudadela, para
refugiarse durante unas horas de necesaria tregua antes de
emprender de nuevo la lucha. Fue en ese alto el fuego,
cuando Lamec que en pie se erguía junto a la gruesa cortina
que cubría el umbral de la carpa de curación vio llegar al
mariscal y al resto de los jóvenes, trayendo consigo una carga
inesperada.
⎯¡Por Nathan! ¡¡Es Jadlay!!
Corrió hacia ellos para ayudarles.
⎯Todos nuestros compañeros que han podido escapar
están ahora a salvo, Lamec ⎯le dijo Addí.
Lamec observó por un instante a Jadlay y vio la
gravedad de su situación, no muy diferente de la que estaba
sufriendo Áquila en esos momentos; aunque éste último, por
la información del médico, había mejorado mucho en la
última hora.
⎯Regresemos a la carpa ¡Rápido!
Entraron en el interior del refugio. Estaba plagado de
heridos, algunos yacían en mantas, muertos. Detrás de una
improvisada camilla, estaba Áquila y junto a él, arrodillada
en el suelo, estaba Aby. La joven al oír voces, se dio la vuelta.
Su corazón le dio un vuelco al comprobar que el nuevo
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herido era Jadlay; asustada dio unos pasos hasta ellos.
Addí lo depositó en un lecho hecho con mantas, unas
tras otra formando un cálido colchón. Su aspecto se acercaba
más al propio de un cadáver, gris mate con cierto aire
morado, pero su corazón aún latía. Por sorprendente que
parezca, el joven estaba protegido, como cuando era bebe y
fue encontrado por el inmortal Morpheus, evitando una
muerte segura, por algo muy superior, igual que Áquila,
Jadlay gozaba de la gracia divina. La esencia que se respiraba
en el aire, la Quintus Essentĭa, tenía como noble misión que,
incluso en la distancia, se siguiera manteniendo el hilo de la
vida con el dios. La vida divina de Nathan latía en los
corazones de Áquila y Jadlay, una condición necesaria para
que los dos guerreros siguieran adelante.
Que ellos dos siguieran vivos, después de ser heridos
mortalmente, era algo que escapaba a la comprensión de
todos los guerreros que luchaban en el campo de batalla.
Pero allí, nadie hacia preguntas.
Desde el campo de batalla, Addí y Lyon, segundo arquero,
volvieron a Jhodam como mensajeros. Traían malas noticias:
las cosas andaban mal, Jadlay y Áquila heridos de gravedad;
y muchos muertos, heridos o algunos hechos prisioneros. Las
tropas de Nabuc resistían al asedio jhodamíe y la única
noticia buena que portaban era que Bilsán había sido
liberada de los ataques rebeldes, aunque también en esta
ciudad el derramamiento de sangre había sido muy acusado.
Los dos mensajeros se dirigieron al palacio de Jhodam,
donde Halmir asumía el gobierno mientras su hijo
permanecía convaleciente de las heridas sufridas en el
derrumbamiento del Panthĕon. Después de cumplir con su
deber de informar a la cúpula gubernamental, incluido a
Morpheus del estado de Jadlay y de todo cuanto había
ocurrido en los últimos días, regresaron al campo de batalla
con una gran noticia: el rey de Jhodam, había vencido la
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amenaza de muerte que se cernía sobre él, una noticia que a
buen seguro levantaría el ánimo de las tropas, severamente
afligidas por los últimos acontecimientos.
Cuando llegaron lo primero que hicieron fue ir a visitar a
los dos heridos. Áquila, tres días después de haber sido
herido se recuperaba satisfactoriamente, pero aún no podía
empuñar ningún tipo de arma. La guerra había acabado para
él.
El mariscal Addí, por orden expresa de Halmir, se vio
obligado a comunicar a Áquila los deseos reales y emprender
el regreso a Jhodam en cuanto pudiese cabalgar. En cuanto a
Jadlay, los monjes Agar y Joab, acompañados de Aby, se lo
llevaron al Monasterio de Hermes, para tratar de salvarlo y
mantenerlo oculto de los planes asesinos del rey de Esdras,
éste desconocía el hecho de que estaba vivo. Durante el
traslado de Jadlay al monasterio, un grupo de la resistencia
acompañó a la comitiva para velar por su seguridad. Allí los
monjes se encontraron con los supervivientes de la matanza
de Nabuc, entre ellos el abad Tadeo.
El monasterio, aunque seriamente dañado, seguía en pie
y los supervivientes de Hermes se habían atrincherado en su
interior, con un numeroso grupo de jóvenes soldados
Jhodamíes que heridos e incapaces de seguir combatiendo,
huyeron del campo de batalla en la oscuridad de la noche,
tratando de buscar la salvación.
Mientras tanto, en la ciudad amurallada, en toda su
fortaleza y en los alrededores, la batalla continuaba. Ríos y
ríos de sangre esparcida y multitud de jóvenes vidas
truncadas, yacían a lo largo y ancho de las empalizadas.
Nabuc ordenaba emboscadas, una tras otra; en donde,
muchos caían muertos, pero la gran mayoría conseguía salir
ilesos del enfrentamiento y volvían a emprender luchas
encarnizadas fuera y dentro de la fortaleza. Sin embargo,
cuando el rey ordenó a sus arqueros que disparasen flechas
con ponzoña, la cosa se complicó. Ya no eran los tajos de las
espadas ni las mutilaciones los que acababan con la vida de
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los soldados aliados, sino el veneno. Las callejuelas estaban
llenas de estos valientes muchachos que sufriendo una
muerte lenta y dolorosa caían como hojas en otoño sobre los
adoquines.
Las tropas, viendo como sus compañeros morían, se
armaron de valor y con las fuerzas que les quedaban y las
esperanzas renovadas por la noticia de que el rey estaba
vivo, trataban de tirar abajo el portón del castillo, pero sus
intentos fueron infructuosos.
Pero no sólo los soldados jhodamíes querían acabar con
la vida de Nabuc, también los ciudadanos de Esdras, los
agricultores… deseaban liberarse de él. El rey usurpador no
les había traído más que desgracias. La mayor parte de
mujeres, ancianos, niños y adolescentes permanecían ocultos
en las cavernas subterráneas que se desplegaban por toda la
ciudad, mientras los hombres, obligados por Nabuc,
combatían por algo que no creían, algunos de ellos huyeron a
Hermes en cuanto se les presentó la oportunidad. Al iniciarse
las contiendas, la ciudadanía, trancaron las compuertas y se
aislaron de la batalla y del mundo. De vez en cuando, estas
gentes se sumían en la desesperanza y la tristeza. Ya estaba
en boca de todos de que el hijo del rey Ciro no murió en el
intento de asesinato instigado por Nabuc, sino que fue
salvado de la muerte y criado por un inmortal,
permaneciendo lejos de Esdras por la propia seguridad del
príncipe. El pueblo entero había descubierto que tenían una
pequeña esperanza, muy pequeña y por eso, le guardaban
fidelidad a Jadlay, el legítimo rey, si éste moría, toda la lucha
quizás hubiera sido en vano.
Al anochecer del día que se efectuó el traslado de Jadlay a
Hermes, las estancias del monasterio se caldearon. Había
estado muchos días inhabitado y hacía un frío de mil
demonios. En sus dependencias aún se podía respirar el olor
a quemado, un olor muy difícil de erradicar y sólo el paso del
619
tiempo disiparía el olor a muerte.
Lamec no estaba con ellos, prefirió quedarse a combatir
junto a Yejiel, Najat, Addí y el grueso de las tropas. Quiénes
montaban guardia en el monasterio eran dos monjes, que
habían aprendido a usar las armas para proteger sus vidas y
Lyon, segundo capitán de los arqueros. Los tres se iban
turnando, para que su improvis
Panthĕon sacrātus
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  • 1.
  • 2.
  • 3.
    3 Hechos históricos Me quedamuy poco tiempo para escribir este relato, muy poco tiempo. Incluso mientras se seca la tinta en mi pergamino, siento que se aproxima el destino que se cierne sobre nosotros y, aunque no poseo la visión de un dios ni de un alto hechicero, sé que no confundo su causa ni propósito. Es mí deber legar a la posteridad todo lo que pueda sobre los sucesos que ocasionarán nuestro más que posible final: la muerte del Dragón Real Salmanasar y la extinción de la Edad de Fuego. No eludiré este deber, si los dioses de Fuego me conceden el tiempo necesario para llevar a cabo mis deseos. El poder del Panthéon Sacrátus, se está derrumbando. Cuando vuelvan a salir las dos lunas, veremos la horda en nuestro portal, vociferando por el triunfo del Poder Negro, y un presentimiento me dice que muy pronto veremos la maldita cara de Apofis y moriremos. Nuestra lealtad ha sido siempre para los dragones Salmanasar, a los que hemos servido fielmente durante generaciones; pero ahora ni siquiera estos tres grandes dioses de fuego pueden salvarnos, pues su poder se ha debilitado al morir el Dragón Real. Merced a la traición de aquellos a quienes gobernamos, el dios Apofis y sus secuaces han roto el destierro y han vuelto al mundo; el eterno enemigo, las Tinieblas han desafiado a los dragones y han ganado. Nuestros dioses se están retirando y no pueden hacer nada por nosotros. Hemos apelado a las más poderosas fuerzas ocultas que conoce nuestra raza, pero no hay solución; no pueden ayudarnos.
  • 4.
    4 Y así nosprepararemos para abandonar este mundo y afrontar el destino que nos depare la vida futura. Los que vendrán, inmortales y humanos; partidarios del cambio de Era, unos y de la oscuridad, otros; destruirán el arte y la sabiduría que nuestra cultura nos ha concedido y que hemos acumulado durante muchos siglos de nuestro gobierno en Antiguo Mundo. Se regocijaran con la destrucción de nuestra hechicería, celebraran la aniquilación de nuestros sacros conocimientos arcanos. Morarán en nuestro Templo y se considerarán libres. Nosotros, que situamos orígenes por encima y más allá de su inmortalidad, casi podríamos sentir compasión por ellos. Pero no puede haber compasión para esos inmortales y humanos traidores que han vuelto la espalda a las verdaderas sendas para seguir a otros dioses. Lo vaticino, habrá derramamiento de sangre; instauración de profecías; terror… Pero nuestra hechicería y poder no puede hacer frente por sí sola a los falsos dioses del Poder Negro, invocados por necios humanos oscuros para que abandonen el destierro impuesto por nuestro ancestro, el Dragón Real Salmanasar y desafíen nuestro orden. Prevalecerán; y nuestro tiempo habrá llegado a su fin. Los dioses Salmanasar sobrevivientes y sus siervos se encaminan hacia el exilio; nosotros, vamos hacia la destrucción. Aunque nos consuela el hecho de que el reinado de los oscuros y sus vasallos, los humanos, no puede durar siempre. Pasarán milenios, pero el círculo se cerrará una vez más. Los dioses de fuego son pacientes, y a su debido tiempo se lanzará el desafío. La Era del Dragón volverá. Firmo este documento de mi puño y letra antes de la caída… Barac, primer Gran Maestre del Panthéon Sacrátus. Este manuscrito es unos de los pocos fragmentos que se salvaron de la destrucción, en la Gran Guerra de Fuego, hace 5547 años, después de la caída y destierro definitivo de los dioses dragones.
  • 5.
  • 6.
    6 En tierras lejanas,más allá de la mítica, mágica y sagrada Jhodam, se mantiene una encarnizada disputa por heredar el pequeño reino de Esdras…
  • 7.
  • 8.
    8 Introducción Después de lamuerte de su esposa en una triste noche, al dar a luz a su primogénito, el rey Ciro de Esdras se sumió en las profundidades de una gran depresión. Una agonía lenta que acabó con su fortaleza física. Al llegar el frío y crudo invierno, cayó enfermo de pulmonía y murió presa de altísimas fiebres, poco después. En aquellos tristes momentos, no se había encendido la columnata de humo, en lo alto de la torre, por el alma del difunto, cuando el ambicioso hermano del rey, el conde Nabuc, un joven de veintidós años, que no deseaba manchar sus manos, contrató los servicios extraoficiales de dos sanguinarios sicarios para eliminar al heredero del trono de Esdras, una criatura de tan sólo seis meses que tenía que crecer, antes de comprender lo que significaba ser príncipe heredero. Una infancia que el conde Nabuc no estaba dispuesto a que tuviera lugar. Su ciega ambición por reinar en Esdras, la pequeña ciudad amurallada al norte de Haraney, no tenía límites y el príncipe era un serio obstáculo que podría disparatar sus planes en un plazo de tiempo muy corto. Gracias a varios personajes del clero, que ambicionaban una posición importante dentro del poder y a una legión importante de la milicia, se propuso llevar a cabo sus planes. Finalizado el Funeral de Estado, la muchedumbre se dispersó y dos figuras que habían permanecido ocultas en un callejón, echaron a caminar en dirección al castillo. Los dos hombres iban vestidos con túnicas negras y capuchones que les caían sobre sus ojos. Su presencia no había sido detectada por la muchedumbre, porque ambos, por orden de Nabuc, estaban obligados a pasar
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    9 inadvertidos, permaneciendo allíde pie, observando en silencio el transcurrir de la procesión fúnebre. Luego, sin mirar atrás ascendieron la empinada callejuela de resquebrajadas losas. La muralla defensiva de la ciudad se extendía a lo largo de todo el perímetro de Esdras y se accedía al castillo cruzando el torreón que custodiaba el portón principal y el puente levadizo. Los dos sicarios cruzaron la entrada, y ante ellos la vasta silueta de un edificio, silencioso y helado, se erguía dominante. Les envolvió un silencio sepulcral. El cortejo fúnebre aún no había regresado. En lo alto de la rampa, el conde Nabuc les esperaba acompañado de su gato. Un extraño animal dotado de aptitudes telepáticas, regalo del hechicero Aquís. Uno de los sicarios, Enós, notó como la criatura felina le sondeaba la mente; éste miró al animal. ⎯¿Podéis decirle a vuestro gato que deje de mirarme? Nabuc entornó las cejas. ⎯¿Acaso le tenéis miedo? ⎯Miedo, no. Pero tengo la impresión de que trata de desnudarme con su mirada. Nabuc se echó a reír. Luego, miró a su gato; éste vaciló y entornando su fino cuerpo y rabo bien alzado, se adentró en el interior del castillo, ronroneando. El conde saludó con cortesía al segundo sicario, éste se presentó. ⎯Mi señor, soy Gamaliel, para servirle. Nabuc lo miró con arrogancia. Su rostro aguileño, de ojos verdes y cabellos negros como el azabache, no infundía confianza. Gamaliel se dio cuenta de ello nada más verle. A una seña del conde, los dos sicarios entraron en el interior. ⎯Seguidme ⎯les dijo. Después de cruzar la sala hipóstila, llegaron a un amplió salón rodeado, a ambos lados con grandes columnas dotadas de bellos y ornamentados capiteles campaniformes. Al fondo, el trono vacío.
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    10 Nabuc se acercóal estrado y se retrepó en el sillón tapizado en oro; luego los contempló, por unos instantes, en silencio. A la débil luz de la sala, Enós pensó que parecía tenso. ⎯No hace falta que os diga lo importante que es el trabajo que tenéis que llevar a cabo. La discreción es primordial. Gamaliel sonrió débilmente. ⎯Desde luego ⎯respondió Enós⎯. ¿Quién es la víctima? ⎯Un niño. Gamaliel se escandalizó al oír aquellas secas dos palabras. Él no se consideraba un asesino de niños. ⎯¿No hablará en serio, Nabuc? El conde se levantó del trono y echó a caminar alrededor de ellos, los miró y su amplia sonrisa resultó súbitamente amenazadora. ⎯Muy en serio. Enós, que le importaba muy poco el tamaño de sus víctimas, le preguntó: ⎯¿De quién se trata? ⎯Del príncipe heredero ⎯les respondió, pero al ver las caras de pasmo que tenía frente a él, se aventuró a ofrecerles algo que sabía, no rechazarían⎯. No temáis. Os pagaré con monedas de oro. ⎯El trabajo comporta sus riesgos y por eso me veo obligado a solicitar el cobro por anticipado. ⎯No ⎯la voz firme de Nabuc no aceptaba réplicas⎯. Ahora cobraréis la mitad, y cuando hayáis acabado con vuestro trabajo os daré el resto. ¿Estamos de acuerdo, señores? ⎯Sí, pero ¿qué dirá el clero…? ⎯preguntó Enós. Nabuc lo interrumpió. ⎯Lo que opine el clero y la milicia me trae sin cuidado. Además, los tengo a casi todos en el bolsillo ⎯hizo una pausa⎯. El pueblo es quién debe importarnos, a ellos no será fácil ocultarles la verdad. Culparemos de la muerte del príncipe a su nodriza Maia, así se disiparan los posibles rumores que pueda fomentar la desaparición del niño. Mientras los tres hombres maquinaban; en la oscuridad de una esquina, una joven cubierta con una capa tan negra como el carbón
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    11 y que seconfundía con las sombras, escuchó todo cuanto se dijo en el salón del trono. Ella al asimilar las palabras y comprobar que era el objetivo, junto al niño, de los tres hombres se quedó confusa y alarmada. Se llevó una mano a la boca para ahogar el grito que su garganta trataba de emitir. Ya no tenía dudas, se había convertido en el blanco de la conspiración de aquellos tres hombres y el nerviosismo se cebó en ella. ⎯¡Ra, te lo suplico, ayúdame! ¡Dame valor para salvar al niño! ⎯rezó una súplica a la deidad viviente que veneraba. Maia, la nodriza de la criatura, nació en Jhodam pero sus padres emigraron a Esdras en los tiempos en que ser un forjador de armas era considerado un trabajo privilegiado. En la actualidad, los herreros, para ganarse el sustento, ya no suelen buscar empleo en otros lugares, pues son necesarios en sus ciudades de origen. La nueva era instaurada por el rey-dios trajo profundos cambios políticos, y los levantamientos de proscritos estaban a la orden del día. El mal no había desaparecido totalmente, pues ahora éste no estaba promovido por dioses, sino por hombres. Fueron ellos, los proscritos, quienes tomaron el testigo dejado por las fuerzas del oscuras. Sin embargo, estos grupos armados, al carecer de poder, no podían enfrentarse al rey-dios ni a los inmortales, y se dedicaban a causar alborotos de más o menos importancia a lo largo y ancho de Nuevo Mundo. En algunos territorios, los saqueos y las violaciones ocurrían casi a diario y Jhodam no pudiendo abarcarlo todo, delegó a muchos núcleos habitados todo el control de sus tierras. De esta forma nacieron pequeñas ciudades amuralladas, como Esdras en el norte y Bilsán en el sur, que con un gobierno independiente trataban de luchar por sobrevivir en un mundo cada vez más complicado. Maia, totalmente asustada, giró sobre sus talones y salió corriendo de la estancia. Al girar, apresurada, la esquina, tropezó, y esto alertó a los tres conspiradores. Desviaron la mirada hacia el lugar de dónde provenía el sonido y Gamaliel avanzó unos pasos; no vio nada. La joven desapareció antes de que ellos pudieran averiguar de
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    12 quién se trataba. ⎯Elgato, supongo ⎯dijo el sicario Gamaliel. Nabuc y Enós se miraron en silencio. ⎯¡Acabemos de una vez! ⎯El conde les hizo entrega de una bolsita de terciopelo rojo con las monedas de oro pactadas en su interior. Enós y Gamaliel lo miraron sorprendidos. El primero carraspeó, antes de preguntarle: ⎯¿Ahora, Señor? ⎯¡Sí, ahora! ⎯El conocimiento de que estaba haciendo algo cruel y traicionando los principios morales de las leyes de Esdras no pareció importarle. La existencia del niño era como un grano en el culo y tenía que hacerlo desaparecer antes de que fuera demasiado tarde. En esos momentos, Maia sólo tenía un objetivo y era sacar a escondidas al niño y huir al bosque. El infortunio acechaba a la criatura y como si de un presentimiento se tratase, comenzó a berrear a pleno pulmón. La nodriza que corría por el corredor oyó el llanto del niño y aceleró con el corazón en el puño. Tras ella, a cierta distancia, los sicarios que con un cuchillo en mano se dirigían al aposento del niño para cometer el más vil y cruel acto: el asesinato de una criatura inocente. «No hay tiempo», pensó. Maia entró en el aposento. Sin verlo, ella podía sentir como el diminuto cuerpo se estremecía cada vez que un débil sollozo lo sacudía. Rápidamente, apartó el dosel que protegía la cuna, contempló al niño, unos instantes, y luego, lo cogió entre sus brazos, acunándole. Al sentir el calor de su madre adoptiva, el príncipe emitió un profundo y entrecortado suspiro, dejando de llorar. Lo cubrió con una mantita negra y salió del aposento. Una vez en el pasillo, tuvo miedo; oyó voces, alguien se acercaba. Cuando llegó al final del vestíbulo, se detuvo y pudo vislumbrar a lo lejos a dos figuras negras encapuchadas: eran los sicarios que estaban a sólo
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    13 unos metros delaposento. Maia sintió un escalofrío y, dando media vuelta, echó a caminar deprisa en dirección opuesta. «Te pondré a salvo, mi niño», dijo mentalmente. Atravesó corriendo el último corredor y salió por una puerta trasera, al exterior. Los rayos solares se habían perdido y una neblina gris y espesa se cernió sobre la ciudad como un manto, acompañando a las primeras sombras de la oscuridad. Maia, totalmente encapuchada, se adentró en las lúgubres callejuelas, ocultándose de un grupo de guardias que conversaba en corrillo antes de realizar la ronda por la ciudad. Por lo demás, las calles estaban silenciosas y vacías. Cuando cruzó la torreta de la entrada a la ciudad, Maia, cegada por el hecho de conseguir poner a salvo al niño, echó a correr ladera abajo sin mirar atrás. Sentía pánico sólo con pensar que los sicarios irían tras ella para cazarla como a un animal salvaje. Enós apoyó su mano en la cerradura y ésta chirrió, se entreabrió la puerta, los dos sicarios se encontraron con una estancia a oscuras; al fondo, junto a la ventana: una cunita oculta bajo un traslucido y sedoso dosel. Se quedaron inmóviles en el umbral. Gamaliel empujó la puerta con decisión, que se abrió del todo dando un portazo contra la pared. La evidencia de que el heredero del trono de Esdras no estaba en su cunita les abofeteó bruscamente. ⎯Se lo han llevado… ⎯murmuró Gamaliel. ⎯¡Silencio! Puede haber otra explicación ¡No te pongas nervioso! Entraron en el aposento, cautelosamente, sin ruido y avanzaron hacia la cuna. Enós apartó con brusquedad el dosel y efectivamente el niño no estaba allí. Gamaliel miró a su compañero, preocupado. ⎯¿Y ahora, qué hacemos? Enós iba a responderle, cuando la puerta se cerró a sus espaldas, con un ruido que puso los pelos de punta a los dos.
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    14 Ambos se dieronla vuelta en redondo. El conde Nabuc estaba entre ellos y la puerta. Sonrió, sin humor. ⎯¿No me digáis que se os ha perdido? Gamaliel palideció. A Nabuc le desconcertaba el hecho de que los dos sicarios no hubieran conseguido impedir la huida de Maia con el niño, pues él no tenía ninguna duda. Sólo ella, podía hacer algo así. El supuesto gato del salón no era tal. ⎯Mi señor, no sé cómo ha podido pasar. Nunca antes… Nabuc, enfurecido, lo interrumpió. ⎯Enós, encontrad a la joven y al niño; ¡matadlos! Bajo ningún concepto deben llegar a Jhodam. Si ella consigue llegar hasta el Rey emperador, la ira de Nathan caerá sobre todos nosotros. ⎯Pero desconocemos cómo es ella, mi señor. ⎯El bosque no es un lugar adecuado para una mujer y menos aún, si ésta va acompañada de un bebe. ¡Quiero resultados! ⎯los miró con ojos glaciales⎯. No regreséis a Esdras sin haber cumplido con vuestra parte del trato. ⎯¿Qué hacemos con los cuerpos? Supongo que no los querrá aquí. ⎯Entregádselos a los leones —les dijo con expresión desdeñosa—. Por una vez, comerán algo suculento. Nabuc pensaba amargadamente en una posibilidad, remota, pero que cobraba fuerza a medida que pasaban los minutos; un niño perdido en las montañas, difícilmente podría sobrevivir… ⎯¡Largaros! ⎯les gritó. Después de una hora corriendo por el bosque, Maia no podía más. El agotamiento se había ensañado con ella y el niño empezó a llorar de hambre. No le quedó más remedio que buscar un escondrijo, cobijarse en el y amamantar al niño. Hacía frío, mucho frío… A la mañana siguiente, Maia despertó sobresaltada. El niño aún seguía cogido a su pecho, profundamente dormido. Suavemente lo apartó y arrebujándose bien con la capa, tapó al niño y se
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    15 levantó. Echó acorrer a través del claro, pero pronto se quedó sin aliento. Algo jadeante, se acercó a una roca de bordes contorneados y se apoyó en ella un instante, tratando de contener los dolorosos latidos del corazón. En ese momento algo llamó su atención. Había sido localizada. Cascos de caballos. El terror se apoderó de ella. Tuvo el fatal presentimiento de que iba a morir. No tenía elección, debía buscar un lugar donde esconder el niño, pero no tuvo tiempo. Una flecha le atravesó la espalda y el niño cayó de sus brazos. Su cuerpecito empezó a rodar por la ladera hasta caer, a muchos metros de allí, en un foso de pocos centímetros de profundidad. Maia se tambaleó y apoyó su mano sobre un viejo tronco. Su rostro había palidecido por el dolor. Vio la sangre brotar; después, cayó de rodillas, sus ojos entreabiertos consiguieron vislumbrar brevemente a dos jinetes negros que se acercaban a ella con rapidez, antes de que la muerte la arrancara del mundo de los vivos. Los dos sicarios desmontaron de los caballos. ⎯¡Busca al niño! No debe estar muy lejos. Gamaliel obedeció al instante. Inspeccionó los alrededores y no encontró nada. Mientras que Enós, había arrastrado el cuerpo de la mujer hasta un claro, dejándolo allí para que el olor de la sangre atrajera a los depredadores. ⎯¿Ni rastro del niño? ⎯preguntó Enós. Gamaliel negó con la cabeza, sin atreverse a pronunciar palabra alguna. ⎯Bien, no pasa nada. Si está en algún lugar de este bosque no sobrevivirá ⎯hizo una pausa y miró a su alrededor⎯. Le diremos a Nabuc, que lo matamos junto a la nodriza. ⎯No colará… ⎯Eso es lo de menos. Dudo que el conde desee cerciorarse, se pondría en evidencia. Enós acarició la bolsa de terciopelo. Las apreciadas monedas de oro tintineaban orgullosas por ser tan nobles, pero sólo en apariencia. La ambición del hombre por el oro no tenía límites y casi siempre estaban empañadas de sangre.
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    16 Horas después… El llantode un niño alertó a un jinete que cabalgaba rumbo a Bilsán y que había optado atajar por el bosque de Esdras, sin saber muy bien por qué. Detuvo su caballo y desmontó. Él no estaba muy seguro, pero lo había oído… ¿un sollozo, un gimoteo? Era consciente de que cerca de él, latía un pequeño corazón humano. El llanto se hizo más intenso. Se guió por el desgarrador llanto y pronto dio con él. Debajo de un matorral, había un pequeño foso cubierto de maleza. El hombre levantó las hojas y hierbas que cubrían la zanja y, para su sorpresa, se encontró a una pequeñísima criatura. Era un bebe de unos seis meses, muy bien arropado, envuelto en una mullida manta negra, ceñida con un cinturón bajo la barriguita. El foso y las malezas lo ocultaron tan bien, que había pasado desapercibido durante horas. Hasta que un joven hechicero inmortal llamado Morpheus, lo encontró.
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    18 Capítulo 1 Sanctasanctórum In diebusillis… Un pórtico con dos columnas papiriformes de capiteles cerrados, que preceden a la entrada del templo y éste mismo, es lo único que se mantiene en pie en la Ciudad Perdida, a dos kilómetros de Bilsán, al sureste de Jhodam. El Panthĕon Sacrātus es un templo mágico, milenario, con dos espacios claramente diferenciados; el recinto que evoca el universo, y cualquiera puede acceder a sus salas hipóstilas; y el subterráneo, con el espacio sagrado cerrado, el Sanctasanctórum; un lugar dónde se supone, residen los Seres y las Dryadis que integran el codex sacrosanctus deus Dracōnis Salmanasar. En su interior, el mundo sagrado queda aislado del mundo exterior por un portón sellado, inviolado; es la entrada al Panthĕon, un ingente mausoleo, suntuoso, reservado y misterioso que, regido por la Quintus Essentĭa, oculta un terrible secreto, un velo hermético que sólo puede ser descubierto invocando al Basilisco. Con el paso de los siglos el mágico Sanctasanctórum se ha mantenido milagrosamente en pie. Esto ha contribuido a que los habitantes de los territorios cercanos idealizaran multitud de fantasías sobre el Panteón que no estaban alejadas de la realidad. Había mucho de cierto en aquellas leyendas. A pocos metros del templo, una explanada con multitud de columnas arruinadas se había convertido en la zona de juegos, por excelencia, de los niños bilsaníes, que utilizaban
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    19 las ruinas dela Ciudad Perdida para jugar a batallitas entre inmortales y demonios. No muy lejos de allí, los aldeanos recogían la cosecha de la semana anterior, mientras sus hijos se sumergían de lleno en sus juegos infantiles. Recientemente se había unido a los habitantes de Bilsán, una gran colonia de agricultores y ganaderos poblando una buena parte de los territorios de labranza. Bilsán era una pequeña ciudad relativamente reciente, y no tenía historia. Su antigüedad se remonta a tan sólo veinte años y actualmente está bajo la jurisdicción del senescal jhodamíe Baal Zebub III, cargo otorgado por el Rey emperador Nathan Falcon-Nekhbet I. La mayor parte de sus habitantes habían abandonado la urbe de Jhodam para vivir la tranquila y dura vida del campo, tan poco frecuente en la ciudad imperial. Otros, eran colonos que no deseaban vivir en ciudades amuralladas, como Esdras o Rhodes. En la lejanía, con los ojos puestos en el norte, se podían vislumbrar grandes montañas; enormes masas de granito que se elevaban a tremenda altura y sus picos estaban nevados todo el año, era Haraney. Los campesinos limpiaban la tierra y luego la sembraban. No había quejas ni rumores de rebelión, nadie se metía con los agricultores. El trabajo les gustaba, estaba muy bien pagado y lo realizaban con entusiasmo. En uno de esos momentos de arduo trabajo, mientras los niños jugaban en la explanada, unos campesinos apartaron su atención del campo para posarla sobre dos figuras que habían aparecido en el camino que llevaba, a través de los bosques, a las llanuras de labranza. Al acercarse, los campesinos curiosos observaron claramente que se trataba de dos hombres de apariencia joven y elegancia aristocrática; iban lujosamente ataviados y montados en bellísimos y enjaezados corceles. El hechicero inmortal Morpheus, capataz de los campesinos, de aspecto sencillo, pero de constitución fuerte y
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    20 cálidos ojos verdes,los reconoció de lejos y corriendo se abrió paso entre los trabajadores. No podía creérselo, igualmente no sabía que hacían Halmir, el padre del rey-dios, y el alquimista Ishtar en aquellas tierras. Eran los inmortales más venerados después del Rey de reyes o emperador, Nathan. ⎯¡Por todos los dioses! ¡No me lo puedo creer! ⎯exclamó Morpheus, mostrándose loco de alegría. Ishtar y Halmir detuvieron sus caballos y desmontaron. Se saludaron con un buen estrechón de manos y luego, los tres se alejaron a paso tranquilo de la zona de labranza, en dirección a las ruinas de la Ciudad Perdida. ⎯Tenéis buen aspecto —dijo Morpheus—. Pero… parecéis cansados. ¿Qué os trae por aquí? Halmir caminaba sosegado, con las manos tras la espalda. Ishtar no se apartaba de su lado, parecía su sombra. —Cansados —dijo Ishtar, apartándose de Halmir—. Si. Oh, sí, mucho. Morpheus vio cómo le cambió el rostro al padre del rey; éste estaba agotado de reuniones, pero no se había percatado de ello hasta que Ishtar abrió la boca. ⎯Disturbios en los alrededores de Esdras —respondió— . Venimos de tratar este asunto con el senescal Baal Zebub. Morpheus bufó y pensó en el problema de siempre. ⎯¡Baal Zebub! —exclamó Morpheus—. No es de extrañar que estéis cansados —dijo—. La senescalía al completo anda reventada tras él. —El asunto que hemos tratado es de la máxima prioridad. Morpheus se apresuró en preguntar. —¿Bandidos? ⎯preguntó. ⎯Sí ⎯afirmó Halmir⎯. Una escoria difícil de erradicar. Morpheus miró hacia el grupo de niños y levantó el brazo, hizo una seña a su hijo para que acudiera ante ellos, pero éste no lo vio; sin embargo, un amiguito, si. El niño gritó como si le fuera la vida en ello. —¡Jadlaaaaaaay! —todos los niños se volvieron hacia él y
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    21 se echaron areír—. ¡Te llamaaaaan! Los inmortales no prestaron atención a los berridos del chiquillo y continuaron conversando como si nada. ⎯¿A qué se debe el gran crecimiento de estos grupos? ⎯Realmente no lo sabemos —respondió Halmir—. Mi hijo pretende aniquilarlos, pero yo estoy retrasando deliberadamente sus decisiones ―suspiró―. La verdad, Morpheus, estoy harto de tantas muertes. ⎯Por cierto, Halmir ¿cómo está tu hijo? Hace siete años que no lo veo. ⎯Sufre altibajos, pero por lo general se encuentra bien. ¿Y tú que me cuentas? Me llegaron rumores de que tenías un hijo ¿Te has casado sin yo saberlo? Morpheus se detuvo un instante y miró fijamente a los dos venerables inmortales. —¿Tu hijo no te ha comentado nada del niño? Halmir sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. —Nathan tiene por costumbre no contarme nada que yo deba desconocer. —Qué extraño —dijo Morpheus. —Mi hijo es un ser insondable; me consta que eso, tú, ya lo sabes. Se detuvieron unos instantes. ⎯Bien, pues entonces, te lo diré yo; pero que quede entre nosotros… ⎯dijo⎯. Tiene siete años y lo encontré abandonado en el bosque de Esdras cuando tan sólo era un bebe de unos pocos meses. Ishtar, como extraordinario psíquico que era, ató cabos de inmediato e intervino. ⎯¿No será…? Morpheus le interrumpió. ⎯¿El hijo del rey Ciro? Sí, lo es. Ishtar se quedó pensativo, y Halmir, sin sorprenderse en absoluto, le asaltó una duda. ⎯¿El niño lo sabe? ⎯No —respondió tajantemente—. Y la verdad, tal y
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    22 como están lascosas, con Nabuc en el poder, no me parece buena idea que lo sepa. Pese a todo, Halmir creyó conveniente… ⎯Deberías plantearte su educación en Jhodam —dijo—. Es posible que algún día recupere lo que le pertenece y en ese caso, debería estar a la altura de las circunstancias. ⎯Sí, eso es algo que he pensado en multitud de ocasiones, pero no es una opción viable —repuso Morpheus—. Su mundo es otro, y Jhodam es demasiado imperial para un príncipe de rango inferior. ⎯¿Qué tontería dices? —espetó a Morpheus. Halmir no era un hombre que midiera sus palabras y menos aún si las consideraba injustas—. ¿Rango inferior? ¿Se puede saber a que te refieres? ⎯Halmir, no nos engañemos —dijo Morpheus—. Esdras es una ciudad pequeña, Jhodam un vasto imperio gobernado por una criatura divina… a buen seguro que adquiriría grandes complejos. Créeme es mejor así. Jadlay será un guerrero, lo lleva en la sangre. Aquellas palabras no le gustaron en absoluto, y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la sonrisa y que no se notara que estaba tenso. ⎯Supongo que cuando te refieres a una criatura divina que gobierna un vasto imperio estás hablando de mi hijo — replicó Halmir, con la sonrisa forzada—, pues bien te puntualizaré algo, Nathan es más guerrero de lo que crees, yo le he visto matar a sangre fría y no es nada agradable. Es cierto, es un dios, pero sabe ser un hombre despiadado cuando no le queda otra. ⎯Eso es lo que lo hace diferente a todos —dijo Morpheus—. Si Jadlay creciera bajo su influencia, querría ser como él y nadie puede ser como él. Ishtar prestó atención al grupo de niños que jugaba en la explanada de las columnas. Corrían y gritaban felices, ajenos a todo el mal que se estaba gestando a su alrededor. En ese instante se acercó hasta ellos un niño vivaracho, de grandes
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    23 ojos verdes ycabello negro, muy rizado. ⎯¿Me has mandado llamar, padre? —de tanto correr de un lado para otro, su rostro estaba rojo como un tomate. Morpheus se inclinó ligeramente y puso una mano sobre la cabeza de su hijo, removiendo, a su vez, sus cabellos. ⎯Sí, Jadlay —dijo, mientras señalaba a los dos hombres que estaban junto a él—. Te he mandado llamar porque quiero que conozcas a estos dos caballeros. El niño miró a los dos hombres con curiosidad. Halmir se inclinó y le ofreció la mano en señal de saludo. ⎯¿Qué tal muchachote? Jadlay correspondió al saludo y luego hizo lo mismo con Ishtar. ⎯Muy bien, señor —dijo cortésmente—. Pero ya no soy un muchachote, he crecido. Ahora soy un hombre —terminó de decir el niño con mucha expresividad. Los tres inmortales se echaron a reír. ⎯Mira yo tengo un hijo al que no dejo crecer… Y ¿sabes por qué? El niño lo miró con los ojos bien abiertos. Las palabras del inmortal provocaron su curiosidad. Aquella expresión era nueva para él. Negó con la cabeza. ⎯Porque un día me dijo lo mismo que tú ⎯le respondió, Halmir, quedándose con el pequeño⎯. Si te desvelo quién es, quizá comprendas mis palabras. ¿Deseas saberlo? Jadlay no supo que responder, miró decidido a su padre, como queriendo recibir su aprobación. Morpheus miró a su hijo, sonriente. Finalmente, el niño asintió. ⎯Es Nathan, el indomable, el rey-dios de Jhodam —dijo sonriente—. Tu emperador. El niño al oír aquellas palabras, palideció. Miró de nuevo a su padre. ⎯¿Es cierto, padre? Morpheus le dedicó a Jadlay su sonrisa más zalamera, y puso una mano en su hombro. ⎯Sí, hijo.
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    24 De repente alniño se le ocurrió algo descabellado, o eso era lo que pensaban los tres inmortales en un principio. ⎯Entonces, si vosotros sois amigos… ¿podré conocerle? Halmir decidió que tenía que ser él quien respondiera a la pregunta del niño. Su deseo no era tan fácil de cumplir, antes… ⎯Para conocer al Rey, debes crecer —le dijo—. Hacerte un hombre de verdad, sólo así podrás conocerle algún día. Jadlay dio un brinco y pataleó el suelo, enojado. ⎯¿Acaso los niños…? Halmir lo interrumpió, obligándole a dejar inconclusa la frase. ⎯¿Ahora eres un niño? Jadlay se ruborizó y bajó la cabeza, avergonzado. Se dio cuenta de que el altivo Halmir lo había desnudado por completo utilizando un sutil juego de palabras. Las sonoras carcajadas de su padre y de los dos inmortales provocaron que el niño huyera corriendo, rumbo a la aldea. ⎯Espero no haberle ofendido ⎯repuso Halmir. ⎯¡Oh, no…! —dijo Morpheus, sonriendo—. Reconozco que debe madurar y tú has sido un buen ejemplo. En serio, creo que esta noche, mi hijo soñará contigo. Los tres hombres se encaminaron hacia el templo. Una vez allí, entraron en el interior; Ishtar, miraba a su alrededor, totalmente sorprendido por el estado del recinto. La estancia que seguía al pórtico tenía una longitud de veinticinco metros y en el interior se encontraban cuatro nichos de roca labrada, vacíos. La entrada subterránea, inviolada. Sellada desde hace milenios Halmir que caminaba cabizbajo, alzó la vista. Al contemplar la bóveda, tan alta y aparentemente lejana, le invadió el vértigo. La voz de Morpheus tronó en sonoros ecos.
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    25 ⎯Las inundaciones ylas constantes reocupaciones no han podido con este templo milenario. Realmente, se puede afirmar que es la casa de los dioses ⎯vio como Halmir no apartaba la vista de la bóveda, incómodo o asombrado, la verdad es que no lo supo captar ni adivinar; el padre del rey se había cerrado en banda. Pero por si acaso, alzó la mirada a la techumbre⎯. Si os fijáis en el techo, éste es una representación simbólica del universo conocido y por conocer. Intrigante, ¿verdad? —No tengo pensado entretenerme en este lugar — murmuró Halmir. «Por lo visto, al padre del rey no le gusta nada este templo» Morpheus casi prefirió oportuno dejar de seguir hablando sobre el Sanctasanctórum. Halmir se mantuvo en silencio. Él más que nadie sabía lo que representaba aquel templo, no sólo la bóveda astronómica sino lo que se ocultaba bajo sus pies. Tenía que salir de allí, un terrible escalofrío lo inundó de pies a cabeza. Un presagio, y por unos instantes, recordó el pasado… Su hijo estaba muy ligado al Sanctasanctórum; pues ese lugar, prohibido a todo ser viviente que no fuera un dios o tuviera ascendencia divina, ocultaba algo terrible. Morpheus, como buen hechicero inmortal que era, no tuvo problemas para captar los pensamientos de Halmir y le pidió disculpas. ⎯Siento mucho que todo esto te haya hecho recordar los trágicos momentos vividos con las muertes de los Septĭmus —dijo—. Perdóname, no era mi intención. «No es sólo eso… Hay algo más», pensó. ⎯No te preocupes —dijo, aparentemente más tranquilo—. Pero si no os molesta, prefiero esperaros fuera. —Morpheus hizo un gesto con la mano, señalándole el umbral, a lo que Halmir respondió—: Conozco el camino ⎯luego, miró fugazmente a Ishtar⎯. Hemos de regresar cuanto antes a Jhodam. Cómo siempre, a Halmir le inquietaba dejar a su hijo
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    26 solo durante tantosdías. Y con el retraso que llevaban no veía el día de regreso. Ishtar y Morpheus salieron tras él y regresaron en silencio a los campos; allí les esperaban los caballos. ⎯¿Nos volveremos a ver? —preguntó Morpheus. Halmir encajó un pie en el estribo y subió al caballo, asió la rienda. ⎯Es posible. Los dos inmortales espolearon los flancos y emprendieron el galope veloz por las llanuras de Bilsán. El resonar de los cascos de los caballos fue perdiéndose en la lejanía. Unos minutos después, habían dejado atrás las aldeas de los campesinos para adentrarse en los extensos dominios de Jhodam. Por delante, más de doce horas de agotador galope.
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    27 Capítulo 2 El ForjadorDe Espadas A los quince años, Jadlay ocupó su lugar en los campos, junto con los otros hijos de los campesinos. Trabajaba duro. Las tareas de labranza las realizaba por la mañana y por la tarde acudía entusiasmado a la herrería del viejo Caleb, donde aprendía el oficio de forjador de espadas. Morpheus no veía el momento de iniciarlo en sus artes hechiceras. Consideraba que aún era demasiado joven y alocado, y su mortalidad era, realmente, un obstáculo. Su hijo no sólo era un muchacho inteligente y sociable, sino que además estaba extraordinariamente dotado para las artes guerreras. Un líder nato. Su demostrada habilidad para tratar el hierro y otros metales le impresionaron tanto que, persuadido por el viejo armero, decidió enviarlo a la herrería. Con la seguridad de que el viejo forjador de armas Caleb, lo instruiría correctamente y haría de él un hombre de provecho. Así las cosas, la iniciación arcana tendría que esperar. La forja estaba situada en la Plaza Magna, en el centro de la ciudad. Y los días que se hacían mercadillos acudía tanta gente de las comarcas vecinas que el herrero, para trabajar el exceso de pedidos, se veía obligado a contratar aprendices y así, poder cumplir con los encargos de cortes, guerreros y soldados de muy diversas nacionalidades que acudían a él para que forjara nuevas y robustas espadas, armaduras, lanzas… o simplemente, las afilaran o repararan las
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    28 bolladuras. Jadlay disfrutabacomo nadie con los encargos porque eso le permitía aprender más, y más deprisa. Entre sus objetivos estaba el de ser guerrero del imperio jhodamíe, pero no uno cualquiera, sino que soñaba con ser uno de los hombres del Rey Nathan y defender en su nombre a los oprimidos de déspotas como el rey Nabuc de Esdras, entre otros. Tenía en muy alta consideración todo lo referente al Rey de reyes y su máxima aspiración como persona era parecerse a él. Jadlay y sus dos amigos Yejiel y Najat, con su entusiasmo y trabajo, habían emprendido, sin ser conscientes, el camino que les conduciría, en un futuro, a liderar la resistencia. Aquel invierno fue más frío que ningún otro, la nieve descendió hasta la costa y el frío penetró en las casas y cabañas de los campesinos. Todas las mañanas amanecía un día helado y en los ríos flotaban planchas de hielo. Al caer la noche… Morpheus y su hijo cenaban junto al hogar encendido. El olor a estofado había embriagado toda la casa. Sobre la mesa, la cazuela, pan, dos platos y dos vasos de arcilla y un buen vino de Shantany. El inmortal, sentado en la mesa frente a él, pudo ver en sus ojos el cansancio acumulado después de una intensa jornada en la forja. El muchacho trabajaba muy duro y su padre se sentía muy orgulloso de él, aunque a veces pensaba que se excedía en el trabajo y tampoco era tan necesario. Vivían bien y no les faltaba de nada; además, Morpheus estaba emparentado con la dinastía Nekhbet: él y Halmir eran primos lejanos y en sus venas corría sangre real. Con una ascendencia tan sugerente no hacía falta reventarse a trabajar. A esas horas de la noche, el cansancio se apoderaba del chico y en su mente no dejaban de sonar los golpes
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    29 incesantes de laforja. No podía quitárselos de la cabeza, ya formaban parte de sí mismo. Estaba aprendiendo el arte de forjar el hierro y cada día que pasaba en la herrería más enamorado estaba de su trabajo. Ese ruido… Esos golpes… La herrería. Gracias a ese duro trabajo, y con tan solo quince años, había aprendido a dominarse. Había conseguido forjar su carácter, frío y duro como la piedra. Sus pensamientos se trasladaban a la forja con relativa facilidad. Pensaba en la inmensa chimenea que aspiraba los vapores nocivos y el calor generados por gran cantidad de carbones incandescentes, depositados en una gran plataforma de piedra con forma de polígono. Los martilleos, los siseos y la respiración del aparato que caía sobre la plataforma lanzando bocanadas de aire sobre los tizones. Golpear el hierro hasta darle la forma que se desea. Enfriar y moldear. Las llameantes sombras. Una voz lejana lo llamaba. Estaba tan ensimismado pensando que la voz no era real, sino fruto de un sueño. ⎯¡Jadlay! ¿Me oyes? El chico seguía ausente. Morpheus hizo un chasquido frente al rostro de su hijo. El joven despertó de su ensueño, sobresaltado. ⎯¿Qué…? ⎯¿Estás bien? —le preguntó—. Te noto extraño. Vio a su padre como lo miraba fijamente y se ruborizó, incómodo. ⎯¡Oh, sí…! Lo siento. El chico tiene quince años, pronto será un hombre adulto. Morpheus pensó que había llegado el momento de enseñarle todo lo que necesitaba saber para hacerse un hombre, incluso que era adoptado. Por un instante se hizo un silencio, hasta que el inmortal reunió el valor suficiente para plantear una verdad cuya respuesta y reacción más temía.
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    30 ⎯Hijo, es horade que hablemos. Jadlay, con el tenedor en las manos, lo interrumpió. ⎯¿De qué, padre? ¿Un sermón? ⎯dijo con tristeza a la vez que lo miraba⎯. Es eso, ¿verdad? Me vas a echar un sermón. ⎯No ⎯respondió Morpheus⎯. Quiero hablarte de mí. A Jadlay le habían llegado rumores sobre la inmortalidad de su padre. Pero siempre había aguardado la esperanza de que esos rumores fueran falsos, porque si eran ciertos sólo podía significar una cosa: que él no era su padre, y entonces se tendría que plantear la pregunta que no quería hacerse: ¿quién era él? Temía no estar preparado para escuchar la verdad. Jadlay, en el fondo, lo sabía y aunque no quería admitirlo, ya sentía el peso de la soledad. Morpheus abordó el tema directamente, sin rodeos. Sabía todo sobre los comentarios que le habían llegado a su hijo y ya no podía ocultarlo por más tiempo. ⎯Los rumores que has estado oyendo por ahí, son ciertos… —el hombre dejó en suspenso sus palabras y esperó la reacción de su hijo antes de continuar. Jadlay miró a su padre con una tristeza que le llegaba a los pies. En esos momentos su coraza fría y dura se rompió en múltiples pedazos. ⎯¡No puede ser! ⎯Sí, lo es —afirmó, cabizbajo—. Soy inmortal, y tú… Jadlay a punto de lagrimar, se levantó y apartó de la mesa. Se encaminó hacia la ventana y clavó sus ojos en la oscuridad. Morpheus alzó la mirada, ligeramente hastiado. Sintió en su ser el sufrimiento del chico. Cuando por fin se alejó de la ventana, volvió a la mesa. ⎯Escúchame, Jadlay. Para mí tú eres mi hijo. Te encontré en el bosque, abandonado. El chico miró a su padre angustiado. ⎯¿Me robaste? ⎯¡No! ⎯Morpheus decidió ocultar el verdadero origen
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    31 de su hijoy lo hizo por dos motivos: por su propio bien, y porque el muchacho no estaba preparado para escuchar una verdad que, seguro, le dolería. Sin embargo, se inventó una historia con la esperanza de que Jadlay acabara aceptándola. Tenía que seguir protegiéndole, era su deber⎯. Nadie te reclamó. El inmortal no pudo reprimir un escalofrío. Dirigió una rápida mirada al muchacho, pero Jadlay tenía sus ojos clavados en el fuego del hogar, pensativo. Morpheus, abatido, inclinó la cabeza. El cuenco de comida, medio lleno… ⎯Perdóname por ser tu padre ⎯empezó diciendo⎯. Pero quiero que sepas que el código ético de los inmortales es muy estricto y no contempla el hecho de recoger un niño abandonado y criarlo. Mi raza es nómada. Por nuestra condición perenne, no podemos atarnos a nada, y sin embargo, yo lo hice. Acogerte fue un gran sacrificio, del cual me siento muy orgulloso ―terminó de decir. El hombre se levantó de la mesa, muy afligido. No podía continuar conversando con su hijo, tenía miedo a su rechazo. Con un lienzo se limpió las manos y luego, se encaminó hacia su aposento. No había llegado al umbral cuando su hijo lo detuvo. Jadlay pensó rápido. Fuera quien fuese su verdadero padre, ya no le importaba. Sin embargo, la persona que lo había criado y que se había preocupado por él en todo momento no podía perderla, lo tenía claro. ⎯Espera, padre. Morpheus sintió como se le desbocaba el corazón, por un momento llegó a pensar que perdía a su hijo y eso era difícil de soportar. Había llegado a querer a Jadlay con todo su amor de padre, pese a su condición de inmortal nómada. Se dio la vuelta y miró al muchacho. ⎯Lo siento ⎯Jadlay se acercó a él⎯. Perdóname. No tengo derecho a renegar de ti y aunque no tengamos la
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    32 misma sangre, siempreserás mi padre. Morpheus se emocionó al escuchar las sinceras palabras de su hijo y alzando la mano, le hizo callar. ⎯No digas nada ⎯le dijo⎯. Ahora, ve a acostarte. Es tarde. Un fuerte viento helado procedente del norte atrajo hacia el sureste tormentosas nubes. El cielo cubierto por nubes negras de lluvia se volvió gris y denso. Los relámpagos restallaban erráticos, sin cesar. Jadlay, en su camino a la forja, se vio envuelto de lleno en la tormenta. El viento soplaba con mucha fuerza y violencia, zarandeándole sin piedad. Caleb que miraba, a través de la ventana de la herrería, con sus ojos color miel y facciones endurecidas por la edad, vio que el chico tenía apuros para llegar y salió a su encuentro. La capucha que cubría la cabeza del viejo cayó hacia atrás, y la lluvia se precipitó sobre su cabeza como si repentinamente le hubieran lanzado un cubo de agua fría. Fría, no… ¡helada! La furia del viento parecía ensañarse con ellos. Cuando alcanzó al muchacho, lo arrebujó en su capa. ⎯¡Vamos, muchacho, cógete a mí! ⎯Gracias, señor ⎯consiguió decir Jadlay, mientras era duramente azotado por el vendaval. Los dos corrieron apresurados hacia la forja y entraron con precipitación, jadeantes y con los rostros congestionados. La puerta se cerró de un golpe tras ellos, parecía empujada por el mismo diablo. El calor interior contrarrestaba con el frío casi glacial del exterior. Jadlay bufó y se frotó las manos. Las tenía heladas. ⎯Hoy deberías haberte quedado en casa ―dijo Caleb―. ¿Sabe tu padre qué estás aquí? El muchacho sacudió la cabeza. ⎯No ―respondió―. Ha salido está mañana temprano y no regresará hasta dentro de dos días ⎯le respondió, con
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    33 cierto aire deirritación⎯. ¡Se ha ido a Jhodam y no me ha querido llevar con él! ―suspiró―. No lo entiendo, siempre me pone alguna que otra excusa para que no le acompañe. Caleb echó una mirada furtiva hacia la puerta, cerciorándose de que estuviera bien cerrada, pues estaba siendo violentamente azotada por el viento y su rugido endiablado se colaba a través de los bajos. ⎯¿Excusa? ―preguntó extrañado―. ¿Por qué? ⎯Siempre he deseado conocer al rey-dios y nunca me lo permite. Nunca. Caleb lo miró con asombro. No sabía si creerle o pensar que estaba tomándole el pelo. ―¡Conocer al dios! Jajá jajá… ―estalló en carcajadas y éstas resonaron en todo el recinto―. Pero, eso es imposible ¡Vaya cosas que se te ocurren, muchacho! Y más carcajadas. Aquellas palabras de Caleb consternaron al joven que soltó una maldición. Jadlay estaba tan furioso que el rostro se le puso rojo como un tomate. ―¡No es justo! ―exclamó. ―No hay nada justo ―dijo Caleb. El viejo se acercó al chico y le revolvió el pelo. ⎯Me temo, Jadlay que ese privilegio no está a tu alcance, ni al mío. Es un ser divino y por tanto, intocable. ¿No te lo ha dicho tu padre? ⎯La verdad nunca hemos hablado sobre eso ―dijo el chico con más calma. ⎯Años atrás, era posible. Pero en la actualidad, no ―afirmó Caleb―. Por lo que sé, todas las audiencias recaen en su padre, y la deidad sólo acude si la situación lo requiere. Dicen que está totalmente prohibido mirarle a los ojos ⎯hizo una pausa⎯. Será mejor que lo olvides, muchacho. Jadlay al oír las palabras de Caleb quedó muy afectado. Se volvió, y su mirada se dirigió a la ventana. Caleb siguió con sus ojos al muchacho. Lo vio tomar una silla y sentarse junto a la tosca ventana, contemplando la
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    34 lluvia que enesos momentos estaba cayendo. Una cortina inmensa que no dejaba ver casi nada. ⎯¡Jadlay! El muchacho no se dio la vuelta. Siguió con su mirada fija, clavada en aquel intenso aguacero. Caleb se acercó a él. ⎯¿Estás decepcionado? ⎯le preguntó. ⎯Es mi ídolo ―murmuró Jadlay. ⎯Él no es humano ―afirmo Caleb, mientras se retorcía el bigote―. Además, el rey-dios está situado en el puesto más alto del escalafón divino ―con suavidad, apoyó una mano en el hombro del chico―. No entiendo… ¿por qué estás tan cegado en él? ⎯No lo sé ―murmuró―. Es algo que he deseado siempre. ⎯Escúchame ⎯le dijo, Caleb, apremiante⎯. ¡Olvida esto! Olvida cualquier idea que tengas de desafiar al rey-dios. ¡Oh, vamos, Jadlay! Estás loco si piensas que… El chico lo interrumpió directamente. ⎯¿Desafiar, dices? —Jadlay miró a Caleb, sin comprender sus palabras—. Yo no pretendo desafiarle, sólo conocerle. ¿Tan difícil es de entender? ⎯¿Difícil? ⎯repitió Caleb, exasperado⎯. ¡Es imposible! Frunciendo el entrecejo, Jadlay mantuvo la mirada fija en el maestro forjador de armas. ⎯Me da igual lo que pienses tú y los demás —dijo―. Algún día, seré guerrero y lucharé en su nombre o quizá, llegue a tener el privilegio de pertenecer a su guardia personal. Sí, algún día… lo conseguiré. ―¿Sabías que los seis integrantes de su guardia personal no tienen esposa ni hijos y que viven sólo para servirle? ―Eso que dices, no es más que una leyenda ―repuso Jadlay muy convencido porque se sabía de memoria todas las leyendas; además, desde hacía un año, su padre era uno de los tres escoltas reales; por esa razón viajaba tan a menudo a Jhodam―. Él sólo se deja escoltar por inmortales. ―¿Tu crees? ¿No has oído nada sobre los dragones
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    35 negros? ―Buf… Leyendas. El jovenbajó la cabeza, azorado, sintiendo que el corazón le palpitaba con fuerza. El viejo sacudió la cabeza, con un suspiro, y concluyó: ⎯Quizá sí, quizá no. Finalmente, Jadlay, incapaz de controlar su temperamento, acabó por enfurecerse. No podía entender ni consentir que todo el mundo a su alrededor le dijera lo mismo con respecto a la deidad. No podía aceptarlo. Y dando un sonoro portazo detrás de él, salió de la forja precipitadamente. El intenso aguacero cayó sobre él como una losa, aplastante. Mirando por la ventana, Caleb lo vio alejarse, cabizbajo. Suspiró profundamente; luego, se sumergió en el silencio con la mirada fija en la lluvia y expresión meditabunda. En la taberna, el ambiente era agobiante. El humo de los puros formaba una capa neblinosa que se alzaba por encima de las cabezas de los clientes. Jadlay irrumpió con brusquedad y al abrir la puerta, entró en el interior una ráfaga de viento helado que enfrió el local de repente. Por un instante, aquel espacio envenenado de humo y alcohol se refrescó con aire nuevo. El tabernero, un pelirrojo cuadrado de ojos azules y cejas bien pobladas, cuando vio entrar a un chiquillo en su taberna, no le dio opciones. ⎯Muchacho será mejor que salgas de aquí y regreses a tu casa ―dijo con voz tajante―. Este no es un lugar para niños. El muchacho lo miró a medio camino entre la cólera y la frustración. Pero se contuvo, el hombre era demasiado fuerte para él y podría estamparlo contra el suelo en menos que canta un gallo. ⎯Sólo quiero resguardarme del aguacero ―dijo―.
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    36 Prometo irme encuanto cese la lluvia. El tabernero lo miró con extrañeza. Se preguntó cómo era posible que su padre le permitiese salir de casa con el temporal que estaba cayendo. Definitivamente, aquél no era un lugar para un niño. ⎯De acuerdo ―consintió―. Pero una vez deje de llover, te vas. El muchacho asintió, y sin hacer ruido se sentó acurrucado en el suelo, en una esquina, muy cerca de la chimenea. En su mente bullía un torbellino de pensamientos. En ese momento, empapado hasta los huesos, era incapaz de enfrentarse a la negativa de todo el mundo. Pensó que nadie tenía autoridad para impedirle ver al rey-dios, sólo la deidad podía negarse. «¿Por qué es todo tan difícil?», se preguntó. El humo penetró en sus ojos, se los frotó. Sintió como si tuviera arenilla, le escocían. Suspiró. Cerró sus ojos y dejó que su mente vagara y se inundara de pensamientos regocijantes. El corazón se le aceleró. Se veía a sí mismo frente al mismísimo rey-dios Nathan… Sonrió en sueños.
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    37 Capítulo 3 ¿Crees quéme conoces, ínfima criatura humana? Nathan est Imperare Orbi Universo La cabellera de Nathan era la gran belleza que le había legado su herencia Falcon. Su hermosura no tenía igual. Sus cabellos eran tan rubios que parecían plateados. En su infancia, su madre, la reina Nora, jamás había permitido que le cortaran la melena a su hijo; osar hacerlo era lo mismo que cometer un sacrilegio. Pero al llegar a la adolescencia, la reina permitió que se la cortaran, pero sólo las puntas y sólo cuando la enmarañada mata de pelo superaba cierta longitud. Su cabellera, una masa de rizos enmarañados, era la admiración de todos aquellos que tenían la oportunidad de conocerle en persona. En la calidez de los aposentos reales, Kali, la prometida del rey, se dedicaba a peinarle la hermosa cabellera todas las noches y la impregnaba en aceites aromáticos, luego la adornaba con hilillos de oro, siguiendo un ritual ancestral. Los largos cabellos le llegaban más allá de la cintura y le caían en largos zarcillos rubios sobre los hombros desnudos. Aunque Nathan no lo admitía, su cabellera era uno de sus grandes orgullos y en ocasiones la llevaba peinada en una trenza gruesa, adornada con una cinta de oro, que le colgaba por la espalda. Nathan era una criatura, no humana, hermosa. Rodeada siempre de un aura que muy pocos ojos mortales podían tener el lujo de observar; ese hecho en particular estaba reservado a unos pocos. Sus ojos, intensamente azules y con
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    38 ribetes violetas, erangrandes y expresivos, otorgándole una mirada profunda y enigmática. Su aire meditabundo y severo contrarrestaba con su porte eternamente juvenil. Halmir Nekhbet, su padre, se sentía extremadamente orgulloso de la inteligencia y belleza de su hijo divino. Con el paso de los años, Nathan había adquirido ese aire misterioso, que pese a su edad indefinida, causaba una profunda veneración entre todos los cortesanos. A Halmir se le iluminaba el rostro cada vez que hablaba de su hijo. Era su mayor obra, sangre de su sangre. Lo admitía sin ningún tipo de reparo. Sin embargo, además de la extraordinaria belleza de su hijo, Halmir no dejaba de sorprenderse cada vez que le miraba fijamente a los ojos. Aquellos enormes y relucientes ojos, rodeados de espesas y largas pestañas, que no mostraban temor y que eran capaces de matar… Lo que sí veía en ellos, era una sombra de dolor que Nathan nunca había conseguido paliar. Halmir era consciente de que para su hijo, la divinidad era una pesada carga que a buen seguro no hubiera deseado para sí. Pero el destino lo eligió y contra eso nada se pudo hacer. En muchas ocasiones, Nathan observaba a su alrededor con la mirada extraviada, sintiendo cómo le invadía un gran alivio al poder encontrar un refugio seguro en sí mismo y en otras, perdía su confianza y caía en una extraña oscuridad que le duraba días. Esa era su herencia divina, sus estigmas. Iba a tener siglos de existencia a menos, que por alguna razón, él decidiera poner fin a su eterna vida. Atrás quedaron sus lamentos, aquellos sollozos que le invadían cada vez que sufría un zarpazo violento de su esencia divina. A partir del momento en que se convirtió en el último dios, si Nathan lloró alguna vez, nadie vio nunca sus lágrimas. Tal día como hoy, hace veinte años, Morpheus encontró a un bebe de apenas unos meses de edad. Desde el mismo instante
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    39 que vio alniño supo de quién se trataba. No tuvo dudas. El tatuaje del tobillo se lo confirmó de inmediato. Una señal de identidad que sólo conocían los allegados a la familia real de Esdras y por supuesto, los inmortales. Le puso de nombre el mismo que su padre, el rey Ciro, le dio al nacer: Jadlay. El inmortal Morpheus después de considerar que su hijo estaba preparado para conocer la estirpe inmortal de la que era originario, decidido hacerle el más deseado de los regalos: Llevárselo consigo a Jhodam, para que conociera al mismísimo rey-dios. Era un regalo que no tenía precio. La ilusión de un joven que veneraba a la divinidad por encima de todas las cosas, se iba a ver, por fin, recompensada. Después de años anhelando ese momento. ⎯¿Podré mirarle a los ojos? ⎯preguntó Jadlay, mientras ensillaba la montura sobre el caballo. En ese momento, Morpheus recogía su capa que colgaba de un gancho, cerca de la puerta del establo, y se volvió hacia su hijo. ⎯Sólo si él te lo permite —dijo—. De lo contrario, deberás mostrarte ante él con la cabeza inclinada. A Jadlay le parecía excesivo. No era de extrañar que la gente se inventara leyendas. ⎯Ese protocolo, ¿es necesario? Morpheus se detuvo ante su caballo y escudriñó el rostro de su hijo. Sólo esperaba que Jadlay actuara frente al rey con la misma nobleza con la que había sido educado. Eso era todo lo que quería. Pero algo en su interior le decía que no iba a ser así. ⎯En principio, sí. Jadlay era un muchacho muy corpulento y excesivamente enérgico. De carácter pendenciero. La simpatía que mostraba cuando era niño y adolescente fue desapareciendo a medida que pasaron los años. Ahora, con veinte años, miraba las cosas desde otro prisma y los juegos de niños de su infancia iban camino de convertirse en realidad.
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    40 Él y ungrupo de jóvenes habían formado una pequeña milicia que se dedicaba, después de sus jornadas de trabajo, a proteger a las víctimas de cualquier tipo de asalto, por parte de bandidos o proscritos. Eran conocidos como los Héroes de Bilsán y su éxito entre las gentes de aquellas tierras era arrollador. Morpheus no veía con buenos ojos que su hijo fuese uno de los integrantes de los héroes de Bilsán. La batalla que libraban no les conduciría a ninguna parte, más que para irritar al senescal Baal Zebub III. Pero por mucho que lo intentaba no conseguía inculcarle nada bueno. Jadlay había elegido su destino y éste era ser un héroe para los oprimidos, un guerrero al fin y al cabo, pero no el tipo de guerrero que Morpheus hubiese deseado para su hijo, sino otro menos noble. Forjaba espadas con una maestría extraordinaria, pero su destino era otro. Esperaba, o más bien confiaba, en que la visita al rey-dios fuese de lo más instructiva posible. Pues sí había alguien que podía inculcarle los valores correctos de la vida, ese alguien era Nathan. La cuestión era sí la deidad estaría dispuesta a ayudarle. Últimamente, Jadlay no aceptaba de buen agrado las normas y solía enfrentarse a todo aquel que tuviera más estrellas que él. Era cómo si su herencia monárquica, surgiese de lo más profundo de su ser, revelando la sangre real que corría por sus venas. ⎯Creo que no cumpliré el protocolo ⎯dijo⎯. Considero que es una falta de respeto no mirarle a los ojos cuando él te está hablando. ⎯¿Cómo puedes decir eso, Jadlay? ⎯replicó Morpheus, molestó por la actitud de su hijo⎯. Sí lo haces, puedes recibir un golpe que lamentarás toda tu vida. ⎯Los golpes forman parte de la vida, padre ⎯respondió Jadlay con una madurez que dejó pasmado a su padre⎯. Aprenderé a recibirlos o a evitarlos. Morpheus se quedó sin palabras y volvió su atención al caballo, aunque parecía preocupado. Mientras que Jadlay,
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    41 una vez acabadode ensillar la montura, encajó un pie en el estribo y saltó sobre el caballo. El inmortal elevó la vista al cielo. En un día claro habrían podido ver frente a ellos, una enorme extensión de tierras de labranza, pero en aquel momento, aunque se había despejado la niebla, apenas podían distinguir el cercano lindero del bosque, hacia el este, y las llanuras de Jhodam. ⎯Pongámonos en marcha ⎯dijo Morpheus a la vez que saltaba sobre la montura⎯. Halmir nos espera pasado mañana. Espolearon los caballos y emprendieron el viaje. Pasaron las horas y la mañana se hizo cada vez más gris y caía una llovizna persistente. Morpheus y Jadlay cabalgaron a buena marcha durante los primeros kilómetros, pero luego disminuyeron el ritmo para no cansar a los caballos. El rey Nabuc de Esdras estaba seguro de lograr el apoyo de sus ministros para que le apoyaran en su indignante proyecto: subir los impuestos y ahogar a los habitantes de la ciudad y de los poblados vecinos, aunque éstos perteneciesen a Jhodam. Pero si conseguía el apoyo no era porque simpatizaran con sus ideas, sino porque le tenían pánico. Eso es lo que había conseguido Nabuc, que todos sus súbditos le tuvieran un miedo atroz. Él era el amo y señor de Esdras; y hacia cuanto quería, donde quería y como quería. Los aldeanos le tenían miedo y pagaban los altos tributos que exigía; estaban amenazados de muerte y el temor les impedía informar al rey de Jhodam del abuso al que estaban expuestos. Pero el rey-dios sabía más de lo que ellos pensaban y sólo esperaba el momento adecuado para exigirle las cuentas a Nabuc, éste que nunca había sido querido por su pueblo, lo sabía y no le importaba. Esdras se había convertido en una urbe acaudalada,
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    42 gracias a laopresión económica que obligaba a los habitantes a pagar cuatro veces más impuestos que el resto de las poblaciones. Y ahora, Nabuc quería añadir un impuesto más. Lo quería todo, tierras, habitantes, rebaños, minas… todo. ¡Era indignante! Eso es lo que pensaban algunos de los integrantes del clero, pero poco podían hacer contra su creciente poder. La tiranía del rey no tenía precedentes en todo el Nuevo Mundo. Incluso le había puesto el ojo a la bella hija de un levita del Templo de Esdras, Aby. Quería desposar a la joven, pero de ella no había recibido más que negativas. Los repetidos rechazos de la joven le enfurecían de tal forma que su ira acababa estallando sobre sus arruinados súbditos, imponiéndoles más cargas y gravámenes y adueñándose de esta forma, de todas sus cosechas o ganados. Los altos sacerdotes del clero que, eran conocedores de sus intenciones de contraer matrimonio con la hija de un integrante de la orden, no dejaban de pensar, ¿qué nueva maldad estará concibiendo? ¿Qué gana con ese matrimonio? ¿Lo hace por despecho al verse rechazado? Lo cierto es que no podían hacer nada. La mayoría de los integrantes eran cómplices, con su silencio, de la muerte del príncipe heredero hacía unos veinte años. No podían confesar la verdad al pueblo sin delatarse, pues ellos estuvieron gravemente implicados en la conspiración. Eran tan culpables como él. Aparte de los impuestos, Nabuc quería los condados de los alrededores. Pequeñas aldeas de ganaderos que disfrutaban de una cantera y un gran bosque, del cual sus maderas eran muy apreciadas por Jhodam. El rey Nabuc, quería esas maderas y el granito para construirse un nuevo palacio, fuera de la ciudad amurallada. Estaba dispuesto a incendiar esas aldeas con todos sus habitantes sí no le entregaban lo que él pedía. Pero conseguirlo no era tan fácil, la cantera y los bosques pertenecían a Jhodam, no a Esdras. Nabuc consciente del gran problema que existiría con el rey
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    43 del imperio jhodamíe,si él osara llevar a cabo sus planes, decidió actuar con misivas zalameras para convencer al rey de Jhodam de que le otorgara la concesión de esas tierras. Pero Nathan que no tenía ni un pelo de tonto, se negó en rotundo. Nabuc gozaba de una reputación siniestra y el rey- dios no quería tener nada que ver con él. Ni siquiera se conocían en persona. Jadlay apenas podía contener su excitación al aparecer la mítica Jhodam antes sus ojos. Él y su padre habían cabalgado, sin prisas, durante casi dos días, pero Jadlay no estaba cansado. Se sentía tan exultante como nervioso. Estaba a punto de conocer a Nathan en persona. Cuando divisaron el puente fronterizo, redujeron la marcha a medio galope, luego al trote; al cruzarlo, ya iban al paso. Cuando llegaron a la encrucijada, tomaron el camino real que comunicaba directamente con la primera de las avenidas que conducía al palacio. Morpheus miró recto, a través de la gran avenida que se alzaba majestuosa ante ellos. El palacio se encontraba a más de dos kilómetros de distancia. Los caballos avanzaban al paso y resoplando, mientras Jadlay observaba los jardines y las fuentes embelesado por tanta belleza. Justo al acabar la primera avenida ajardinada se alzaba otra que conducía directamente al palacio, pero esta no estaba bordeada de jardines sino de monolitos de más de dos metros de altura. Esta avenida era de creación reciente y reflejaba la riqueza de Jhodam en toda su magnitud. Se inauguró hace dos inviernos y finalizaba en un espectacular ninfeo que iba precedido de tres estanques circulares, situados estratégicamente en una perfecta triangulación, con fuentes de luz ornamentadas. El palacio estaba situado frente a los bellos jardines siguiendo un orden jerarquizado. La majestuosidad de todo el conjunto cortó la respiración a Jadlay, que se quedó sin palabras.
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    44 Unos metros antesde llegar a la escalinata principal, un gran obelisco de más de veinte metros parecía controlar a todo aquel que iba a poner un pie en el palacio, Jadlay pensó que iba a desmayarse de la emoción. Acostumbrado a las rudimentarias casas de las aldeas de Bilsán, el suntuoso palacio rodeado de inmensos jardines hipóstilos, ninfeo, pilones, estatuas y obeliscos construidos en granito y forrados de cristal era una pequeña muestra de la grandiosidad del imperio de Jhodam. La esterilizada escalinata de mármol dorado, precedía a la espectacular fachada de piedra roja cristalina que junto con las arcadas, columnas, pórticos y estatuas daban al palacio el aire divino que ostentaba desde hacía unos veinticinco años. Los capiteles de las columnas eran en su mayoría campaniformes multilobulados, mientras que en los patios, los capiteles tenían forma papiriformes. En el ala este, no muy lejos de las termas y después de los jardines interiores, había un templo reservado al culto privado del rey y constaba de un santuario, sin estatuas, sala hipóstila y patio porticado. Igualmente, las dependencias reales comprendían varias estancias, todas ellas iluminadas por claraboyas en los techos abovedados y lámparas tridentes colgadas en ménsulas de oro en las propias columnas. La guardia real al verles llegar les detuvo un instante. Halmir salió a recibirles. Iba vestido con una larga túnica negra, sin ceñir, bordada en oro. Engarzada en dos broches situados en cada hombro, portaba una hermosa capa de color púrpura que llegaba hasta el suelo. Su porte esbelto y elegante hacía juego con su cabello rubio que caía lacio sobre los broches dorados de la capa. Sus ojos grises, eran muy expresivos, casi tanto como los de su hijo. La expresión de su rostro mostraba a un hombre muy seguro de sí mismo y sus facciones suaves y dulces contradecían su carácter firme y autoritario. Morpheus y Jadlay se apearon de los caballos y se los entregaron al mozo de las caballerizas.
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    45 Jadlay se quedómuy sorprendido por el aspecto de Halmir. Su elegancia le causaba fascinación. ⎯¡Morpheus! ¡Amigo mío! —exclamó el padre del rey. Ambos inmortales se estrecharon las manos y luego, se abrazaron efusivamente. En esos momentos, apenas prestaron atención a Jadlay que permanecía detrás de su padre, más tieso que un palo. Unas palmadas en las espaldas y Halmir miró por encima del hombro de Morpheus, quedándose sorprendido. ⎯¿Es…? El inmortal se apresuró a responderle, interrumpiéndole. Le presentó nuevamente a su hijo, pues la última vez que Halmir vio a Jadlay tenía tan solo siete años. ⎯Sí, Halmir. Es mi hijo, Jadlay. El padre del rey se apartó de Morpheus, deseaba ver al joven con más perspectiva. ⎯¡Muchacho es increíble lo que has crecido! Jadlay respondió y le recordó algo… ⎯Ahora ya soy un hombre, mi señor. Halmir sonrió al comprobar que el joven no había olvidado el único encuentro que tuvieron hace trece años, pensó que era porque en esos años, él no había envejecido nada en absoluto. Jadlay no dejaba de mirar a su alrededor, asombrado por estar en un palacio de verdad. ⎯¿Te gusta lo que has visto hasta ahora? Jadlay desvió su mirada hacia Halmir. ⎯Sí ⎯afirmó⎯. Me habían contado muchas cosas sobre este palacio. Reconozco que tenía una idea preconcebida de cómo era y ahora puedo asegurar que mis informantes no se acercaron a la realidad ni en sueños. El joven dejó escapar un suspiro. ⎯Bueno, lo que ves es la parte externa —repuso Halmir—. El interior es mucho más espectacular, ya lo verás. Los tres accedieron al interior del recinto. Un laberinto de corredores se abrió frente a ellos y cada uno conducía a las diferentes dependencias del suntuoso
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    46 edificio. Halmir, independientede que Morpheus conociese el palacio, hizo de guía y les enseñó la parte visible del palacio, excepto la residencia real. A ella, se accedía a través de una suave rampa, cerca de los jardines interiores. ⎯Este lado del palacio esta compuesto de cámaras ministeriales y estudios de la administración ⎯alzó la mano y señaló una gran doble puerta en forma de arco⎯. Allí está la biblioteca. Tiene un patio interior ajardinado y acristalado para facilitar la concentración y la lectura. Morpheus conocía muy bien el palacio, pero su hijo, no; éste tenía los ojos abiertos como platos. Toda aquella arquitectura y suntuosidad le habían dejado tan fascinado, que no se atrevía a pronunciar palabra alguna. Envuelto en la magia de aquel lugar, miraba, asombrado, sin perder detalle y escuchaba a Halmir con mucha atención. ⎯En el sector norte, a la altura de la sala hipóstila, cerca de la escalera caracol que conduce a la torre, se encuentra la entrada al complejo residencial de mi hijo. Abarca desde el norte hasta el sector este, incluye biblioteca privada, jardines, lago, termas… Todo para un descanso optimo. El lado sur conduce al Salón del Trono, Audiencias y Cónclave. Siguieron avanzando a través de los iluminados corredores. Mientras Halmir seguía con su exposición. ⎯En este palacio hay nueve salas hipóstilas y cada una de ellas tiene seis anexos. La mayoría están destinados al culto de los Iniciados y los inmortales. Llegaron al suntuoso y muy iluminado Salón del Trono. Halmir se detuvo en el estrado, junto al trono de su hijo; alzó la mirada y señalo al techo. Jadlay miró, embelesado, el sillón de oro macizo y luego, desvió la mirada a lo alto y se quedó perplejo: el techo estaba decorado con un espectacular cielo astronómico. ⎯El Universo conocido y por conocer ⎯afirmó Halmir⎯. A continuación de esta estancia está el vestíbulo, con la Sala de los Cónclaves a la izquierda. No os lo puedo enseñar, es un lugar sacro. A parte de todo esto, tenemos
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    47 varios templos concriptas en su interior. Y por supuesto, el mausoleo. ⎯¡Es increíble! ⎯exclamó Jadlay. Halmir siguió hablando. ⎯Después de la cruel masacre que infligió Apofis en Jhodam, hace veinticinco años, se tuvieron que reconstruir muchas salas que los rebeldes destruyeron totalmente. Ya no queda nada de todo aquello, sólo el mal recuerdo de aquellos días. Y de entre todo aquello, de entre toda aquella singular belleza arquitectónica y fantasía, lo único que realmente le interesaba a Jadlay era el rey-dios. Halmir estaba allí, guiando y controlando, dueño de sí mismo. Pero en ningún momento le había insinuado que iba a presentarles. Jadlay estaba que se moría de impaciencia y no deseaba que a Halmir se le olvidara algo tan importante. ⎯Perdonad que os interrumpa, mi señor, pero mi padre me ha traído aquí para conocer al dios —dijo sin titubear—. La verdad me gustaría verle cuando os parezca oportuno. A Morpheus se le subieron los colores a las mejillas, un poco avergonzado por las palabras de su hijo. Halmir ni se inmutó. ⎯Sí. Pero no tendréis la oportunidad de conocerle hasta la cena, jovencito. En estos momentos, mi hijo tiene demasiadas cosas de las que preocuparse ⎯refunfuñó Halmir⎯. Cosas tales como gobernar un país. Jadlay estaba dispuesto a decir algo, pero se tragó la lengua. Halmir le dirigió una rápida mirada a Morpheus, éste se sintió un poco incómodo por la insistencia de su hijo. ⎯Será una cena privada ⎯repuso Halmir—. Aparte de vosotros acudirán Ishtar, su hija Kali y por supuesto, Nathan. Jadlay frunció el entrecejo y su padre, bajó la mirada. Notó a su hijo, impaciente y temió que Halmir se diera cuenta de ello. Pero el padre del rey no le prestó atención. ⎯Mi hijo se siente muy honrado de estar aquí, ¿verdad
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    48 Jadlay? ⎯dijo Morpheus,mirando a su hijo por el rabillo del ojo. El joven al sentir los ojos de su padre clavados en él, desvió la mirada hacia otro lado. Durante un buen rato, los tres permanecieron allí, en el umbral del Salón del Trono, conversando hasta que Halmir tuvo la necesidad de seguir con el trabajo que había dejado aparcado y que no era otro que continuar la conversación que tenía con su hijo, sobre Esdras. Tenía muy claras sus prioridades. ⎯Jadlay te permitiré que vaguéis por el palacio. Espero que no os perdáis ⎯le dijo, sonriendo⎯. O sí lo preferís un guardia os llevará hasta vuestros aposentos —desvió la mirada hacia Morpheus—. Debéis estar cansados del viaje. A Morpheus le pareció bien la idea de descansar unas horas. Miró a su hijo y por la expresión de su rostro comprendió que éste no estaba dispuesto a descansar. ⎯No te preocupes por nosotros, estaremos bien. El venerable inmortal decidió dejarles solos para que descubrieran el resto del palacio. Sus gentes. Su decoración más profunda. Con noble educación hizo una ligera reverencia y se dispuso a marcharse. La larga capa púrpura era arrastrada por el brillante suelo de mármol. Jadlay le observaba perplejo. Le gustaba la forma de vestir de Halmir. Su elegancia aristocrática le fascinaba, sin duda. El ir y venir de gente era continuo. Un grupo de consejeros, con carpeta bajo el brazo y vestidos con túnicas drapeadas y lujosas togas granates, caminaban apresurados hacia algún lugar del palacio. La servidumbre, limpiando los aposentos. Los cocineros, atareados en sus quehaceres diarios. Guardias por todas partes y sobre todo escoltas reales, ataviados con jubones de cuero negro, capa, botas y espadas colgadas de vainas en la espalda, vigilaban los corredores, salas y terrazas de posibles intrusos.
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    49 «Este palacio estan inmenso que encontrar al dios por casualidad es totalmente imposible», pensó Jadlay. Morpheus y su hijo, acompañados de un guardia se dirigían a los aposentos que Halmir les había concedido, cuando a lo lejos, Jadlay vislumbró una figura negra, alta y lúgubre que caminaba muy por delante de ellos, con cierta rapidez. Palideció de inmediato. No podía creer… Agarró a su padre por el brazo, obligándole a detenerse. ⎯¿Es quién creo qué es…? ⎯le preguntó excitado. Morpheus miró al frente, abrió la boca y la volvió a cerrar de inmediato, cuando el guardia se apresuró a responder. ⎯Sí, es Su Majestad. Jadlay se detuvo. Era un acontecimiento tan inesperado que su mente se bloqueó por completo. Lo reconoció al instante de verlo. Su larga cabellera rubia con sus rizos pendientes en espiral contrastaba con sus negros atuendos. De repente, supo que iba a hacer una locura y no hizo nada para contenerse, era superior a sus fuerzas. Gritó, reclamando la atención del rey. ⎯¡Majestad…! En ese instante, Morpheus y el guardia se abalanzaron sobre él para tratar de hacerle callar, tapándole la boca. Pero Nathan ya lo había oído. Se detuvo, levantó la vista y se volvió hacia ellos. Jadlay estaba hecho un flan. El rey se encaminó hacia ellos con parsimonia. Morpheus, ruborizado, puso una rodilla en el suelo y obligó a su hijo a hacer lo mismo. El guardia hizo una profunda reverencia y se disculpó por la actuación del joven. ⎯Majestad, siento mucho… Nathan con firmeza glacial, alzó una mano e interrumpió al guardia. Inmediatamente después, miró a los dos hombres que seguían con una pierna arrodillada en el suelo, cabizbajos. ⎯¡Retírate! ⎯le ordenó al guardia.
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    50 El guardia hizootra reverencia y se alejó sin dar la espalda al rey. Morpheus que no se atrevía a levantar la cabeza, sintió como una mano delgada y enguantada le tocaba el hombro. ⎯Hola, Morpheus —dijo—. Mi padre me ha informado de vuestra visita ⎯entonces, Nathan desvió fugazmente la mirada hacia el joven, que parecía estar besando el suelo⎯. Por favor, levantaros. Los dos. Aliviados, el padre y el hijo obedecieron, en silencio. Al enderezarse, Jadlay se atrevió a mirar al rey a los ojos, fijamente. Quería comprobar por sí mismo si todo lo que decían de él era cierto. ⎯Perdonad a mi hijo —se disculpó Morpheus—. Se ha dejado llevar por sus arrebatos impulsivos. Os venera, majestad. Nathan sonrió ligeramente. Miró al joven, exploró su mente con la velocidad del pensamiento, y captó todas sus inquietudes. Jadlay ante él, estaba completamente desnudo. El rey, con sus casi dos metros de estatura, se inclinó ligeramente, susurrando al oído del inmortal: ⎯Quisiera compartir con vos una confidencia… El corazón de Morpheus palpitó. No se atrevía a imaginar las palabras que el rey iba a pronunciar. Notó como su hijo le clavaba la mirada, celoso. Lo miró. ⎯Yo soy más impulsivo que vuestro hijo. Morpheus vio a Nathan sonreír, tenso. Aquella sonrisa le torturó como un relámpago o era su imaginación… Sus pensamientos se hicieron confusos. Nathan se enderezó y miró al joven. ⎯No creo haberos concedido audiencia. Jadlay tragó saliva. Se dio cuenta de que era él quien tenía que disculparse, no su padre. ⎯Perdonar por haberos llamado a gritos ⎯se excusó⎯, pero deseaba conoceros. Llevo esperando este momento mucho tiempo.
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    51 Nathan alzó lamano, con expresión despreocupada. ⎯No te preocupes —dijo—. No tiene importancia. Sin embargo, debéis aprender a esperar. La paciencia es una virtud y por lo que veo, careces de ella. Morpheus escuchó en silencio las palabras de Nathan y presintió una tormenta. Y no estaba equivocado. Unas palabras que, Jadlay, no aceptó de ningún modo. Sin embargo, pensó que la reprimenda a su hijo era la adecuada dadas las circunstancias. De eso, no tenía dudas. Jadlay notó que le temblaban las piernas y haciendo acopio de todo su aplomo se enfrentó al rey. ⎯Os conozco bien —dijo sin pensárselo dos veces—. No creo que exista un ser más insondable que vos, Majestad. Nathan se sintió agraviado por aquellas palabras, pero no lo demostró. ¿Cómo pretendía conocerle un desconocido, aunque éste fuese el hijo del rey Ciro, si él a veces dudaba hasta de su identidad? Morpheus no daba crédito a lo que habían escuchado sus oídos, incómodo, bajó la vista de nuevo. Si no iba con cuidado acabaría pagando él, los platos rotos. La deidad clavó la vista en Jadlay hasta que él comenzó a sentirse molesto. ⎯¿Crees qué me conoces, ínfima criatura humana? El tono de Nathan se hizo muy severo. Jadlay se inquietó al mismo tiempo que se llenaba de ira. Ambos se fulminaron mutuamente con la mirada. ⎯¡No creo merecer vuestras crueles palabras! ⎯masculló Jadlay, desafiante. Nathan no aceptó que cuestionaran su autoridad. ⎯¡Vuestra insolencia merece un castigo! ⎯replicó el dios. Morpheus miró a su hijo, preocupado. El fuerte carácter de Jadlay había sido aplacado de forma arrolladora. Reconoció que el trato de inferioridad que le había aplicado Nathan, destruyó, por algunos momentos, la coraza pendenciera de su hijo.
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    52 En ese momento,Nathan decidió no seguir con su juego y les dio la espalda. Antes de irse les dijo: ⎯Os espero a los dos en la cena de esta noche. Morpheus, aprovechando ese instante en que Nathan seguía aún allí… ⎯Mi hijo es muy joven —dijo—. Es fogoso e intolerante y sólo piensa en ponerse de relieve y esto le ha hecho cometer una grave imprudencia. A lo que Nathan respondió: ⎯Sin duda tenéis razón, Morpheus. A vuestro lado y bajo vuestra responsabilidad, tales incidentes no pueden producirse. Os hago personalmente responsable. Sin embargo y puesto que estás emparentado con mi padre, seré transigente y olvidaré lo ocurrido ⎯miró fugazmente al joven⎯. Pero os lo advierto, haced que vuestro hijo aprenda que la autoridad se respeta o de lo contrario tomaré cartas en el asunto. Dichas estas palabras, Nathan se alejó de ellos y desapareció al girar una esquina. Con la rabia en el corazón, Morpheus le propinó a su hijo un bofetón. Jadlay sorprendido se llevó las manos a la mejilla golpeada. Nunca antes, le habían pegado. ⎯Lo siento, padre ⎯se excusó, cabizbajo. Morpheus apretó los dientes. ⎯No vuelvas a ponerme en evidencia. Jadlay dejó fluir su carácter pendenciero, sintió un arrebato de furia y se enfrentó a su padre. ⎯¡Él me ha depreciado! ⎯masculló. ⎯No, hijo. El rey te ha puesto en tu sitio. ¡No lo olvides! Las palabras de Morpheus hicieron efecto en el arrogante joven y sobre ellos se abatió un silencio abominable, una sensación casi apática, de derrota que Jadlay no pudo controlar. Era una noche especial. El vasto salón de banquetes y sus
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    53 terrazas estaban perfectamenteiluminados con bellas lámparas tridentes de cristal encrustradas en las columnas. Había música y vino, y el relato de la antigua profecía contado por Halmir; y más vino, afrutado, ácido, seco…, para todos los gustos. Sin embargo, en aquel salón faltaban dos personas: Kali y Nathan, aún no habían hecho acto de presencia. Ishtar supuso que la tardanza era debida a algún arrumaco de la pareja en la intimidad de sus aposentos. Sonrió sólo con pensar en ello. La música sonaba suave y lenta, con el sólo propósito de amenizar el ambiente. Era una cena íntima, sin protocolo y por supuesto, sin heraldo. Nathan lo había decidido así. No deseaba que pronunciaran sus títulos entre los que él consideraba su familia. Morpheus, en pie junto a su hijo, conversaba animadamente con Ishtar y Halmir. Mientras que Jadlay permanecía ajeno, ensimismado, sin prestarles atención. Sabía que había hecho el ridículo frente al rey y no encontraba la forma de disculparse. Es más, eso de disculparse no iba con él; el sólo hecho de tener que rebajarse ante alguien tan poderoso le provocaba dolor de estómago. Es cierto, no podía negar que lo admiraba y en el fondo hasta lo envidiaba; quería ser como él y tener su poder. En ese instante, una punzada de remordimiento lo atacó en los más recóndito de su ser y por un momento tuvo unas ganas… «¿Debería escabullirme y huir del palacio? No, seré realista y trataré de sobrevivir a la tormenta», se dijo con aire sombrío. Deseaba poder confiar en alguien. Pensó en su padre, él era la mejor opción que tenía, pero Morpheus, era un inmortal y no podía esperar que le defendiese siempre. Tenía que ser él y sólo él, quien se rebajara ante el rey. Temía el momento que Nathan hiciera su aparición, realmente lo temía. Sólo pasaron unos minutos cuando Nathan y Kali
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    54 entraron en elsalón de banquetes amorosamente cogidos de la mano. El rey iba majestuosamente vestido. Su aspecto era impresionante. Llevaba un jubón de cuero negro, con el blasón real bordado en oro sobre su pecho y una capa granate de terciopelo sujetada en sendos broches, de los hombros. Los tres inmortales al verles llegar se volvieron hacia ellos. ⎯¡Por fin podremos cenar! ⎯exclamó Halmir. Nathan se excusó rápidamente. ⎯Perdonad mi retraso, pero tenía asuntos urgentes que tratar. Halmir miró a su hijo con expresión pícara. Sabía muy bien lo que significaban esos asuntos urgentes. Con contemplarla a ella bastaba para adivinarlo. Ningún hombre en su sano juicio podría desperdiciar un momento de placer con una mujer tan hermosa. ⎯Ya, ¿con qué asunto urgentes, eh? ⎯bromeó Halmir. ⎯Sí, padre. Asuntos que no podían demorarse. Halmir no pudo contener la carcajada. ⎯¿De veras? ¡No me digas! Está vez Nathan no le respondió; le miró con el ceño fruncido y regresó junto a Kali. Ella se había alejado unos metros de él y estaba conversando con su padre; sin ser ajena a la mirada ardiente que Jadlay le dispensaba. El joven nunca había visto una mujer tan hermosa. Kali estaba bellísima con su larga cabellera rubia cobriza, recogida hacia atrás y sujeta con un prendedor de oro. Sus ojos de un azul clarísimo, casi albinos, brillaban con una intensidad hipnótica. Nadie de los allí presentes era indiferente a tanta hermosura. Vestía una túnica de seda azul celeste que le llegaba hasta los pies; éstos, enfundados en unas sandalias bordadas con hilo de oro, estaban delicadamente enjoyados. En los tobillos, unas tobilleras portaban unos pequeños cascabeles, con forma de campanillas, de oro, plata y pequeños diamantes, que al caminar tintineaban perfectamente acompasados. Jadlay,
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    55 nada más verlase enamoró de ella, la contemplaba fascinado, con la respiración acelerada y los ojos brillantes por el deseo. Se le olvidó que tenía que disculparse ante Nathan por su comportamiento, en esos momentos sólo tenía ojos para ella. Morpheus se dio cuenta y se apresuró a susurrarle al oído: ⎯La dama es inaccesible, Jadlay. El joven al escuchar las palabras de su padre sintió una oleada de rabia y admiración hacia Nathan. «Debería contentarme con amarla platónicamente, pero es difícil… ¡Es una diosa!», pensó. Cada uno de ellos tomó su asiento en la mesa redonda, ricamente decorada. Kali se sentó junto al rey, ambos estaban flanqueados por Ishtar y Halmir; frente a ellos, Jadlay y su padre. Unos escanciadores se acercaron a la mesa y ofrecieron los mejores caldos provenientes de los viñedos de Shantany, que sirvieron con precaución en copas de cristal. Las fuentes de alabastro estaban repletas de ricos manjares, su presencia invitaba a probar de todo: pepinos rellenos, pato asado, carne asada con nueces y confitura, uva y pasas amenizadas con ambrosía, manjar especial para Nathan, y todo tipo de frutas caramelizadas. El rey levantó su copa. ⎯Bebed ahora, amigos míos ⎯les dijo a los presentes con una sonrisa. Vació su copa y volvió a colocarla sobre la mesa con un golpe. Se volvió hacia el joven que tenía en frente⎯. Y bien, Jadlay, por lo que me ha comentado tu padre, deseas ser guerrero e incluso, me ha llegado a mis oídos que aspiras a algo más, como ser rey… ¿no es así? ⎯No se trata sólo de lo que desee, Majestad ⎯respondió⎯. Creo que Bilsán necesita un rey, no un senescal como Baal Zebub, y yo deseo ser ese rey. ⎯¿De veras? Jadlay, no puedes reclamar lo que no es tuyo. Bilsán es mía por derecho ⎯Nathan no salía de su asombro. Bilsán pertenecía a Jhodam y él era el rey de Jhodam. Realmente el muchacho tenía carácter, igual que su
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    56 verdadero padre, elrey Ciro. Pues Nathan era quién más informado estaba sobre los orígenes del joven, pero él al igual que Morpheus y el resto de los inmortales no consideraban que fuera el momento adecuado para decírselo. Esa verdad, tendría que esperar⎯. Sin embargo, si es eso lo que quieres… Bien, ¡gánatelo! Pero si te ofrezco un reino, puedes estar seguro de que no será Bilsán. Morpheus, que no perdía detalle, tenía tensos todos los músculos del cuerpo. Al escuchar que su hijo quería ser rey le cogió totalmente desprevenido. No tenía ni idea. «¿Quién le habrá inculcado esa idea en la cabeza?», se preguntó. Halmir le hizo una seña para que se calmase. Sabía cuales eran las intenciones de su hijo y el asunto no iría a más. ⎯¿En serio? ⎯preguntó Jadlay casi sin creérselo⎯. En las pocas horas que llevo aquí, jamás hemos estado de acuerdo con nada. ⎯Ya, pero tal vez podamos trabajar juntos por una causa común. ⎯¿Una causa común? ¿A qué os referís, Majestad? ⎯Si deseas ser rey, primero has de derrotar al rey Nabuc. Tiene oprimido a todo su pueblo. Concédeles la libertad y yo bendeciré tu coronación. Jadlay no podía dar crédito a sus oídos. ¿Acaso Nathan estaba hablando de una declaración de guerra oculta? —¿Me ofrecéis Esdras? —preguntó asombrado—. ¿Sin presentar batalla? Lo veo un poco difícil, Majestad. Dudo que Nabuc se quede de manos cruzadas Sin duda, Nathan jugaba fuerte; más fuerte de lo que jamás hubiera pensado Jadlay. ⎯¿Batalla? Es posible… Sin embargo, si se hace bien, no creo que sea necesario declarar la guerra —dijo el rey—. ¿Estás de acuerdo conmigo? —preguntó—. ¿Acaso no puedes abordar la responsabilidad que se te ofrece? ¡Demuéstrame que vales! Jadlay tragó saliva, carraspeó. ⎯Debo pensar qué me estáis ofreciendo una alianza, ¿es
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    57 así? ⎯Por supuesto quesí ⎯respondió Nathan⎯. A ninguno de los dos le queda otra alternativa. Tú quieres ser rey, y yo quiero el derrocamiento de Nabuc. Jadlay levantó la copa, aceptando el pacto. —No os fallaré, Majestad. —Eso espero, Jadlay —respondió el rey—. Tengo puestas todas mis esperanzas en ti, no me defraudes. Nathan satisfecho recorrió con la mirada a los que habían mantenido silencio, éstos lo miraban atónitos. ⎯Ahora bebed y comed todos conmigo. Morpheus suspiró, aliviado. Un rato después de firmar la alianza… Nathan, como era costumbre en él, no tenía hambre. La comida de su plato se enfrió, y lo hizo a un lado. Ligeramente embriagado por el vino blanco que tanto apreciaba, observaba. En un determinado momento creyó captar una mirada intencionada y fugaz entre Kali y Jadlay y algo se encendió en su interior. De repente, sus pensamientos se volvieron tan sombríos como la oscuridad de la noche. Nathan sintió que faltaba mucho para que él perdiera el dominio en sí mismo. No era celoso, pero temía perderla. A pesar de que no faltaban los ingredientes indispensables para el buen transcurrir de la velada; aunque la conversación no decaía y se había sellado una alianza entre Nathan y Jadlay, Halmir percibió cierto malestar entre ambos. Por un momento, creyó que eran imaginaciones suyas, pero pronto se dio cuenta de que no, efectivamente ambos estaban afectados por algo. Y ese algo no tenía relación con la reprimenda anterior, ni con el pacto, sino con Kali. Si su intuición no le fallaba auguraba una fuerte tormenta. Sin embargo, ocurrió lo inesperado. Kali, al sentirse deseada por el joven mortal, se dio
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    58 cuenta de lomucho que amaba a Nathan. Porque de pronto, deseó su cuerpo casi con voracidad. Aquél joven había despertado la fiera que ella llevaba en su interior y el disfrute era exclusivo para su dios, al que amaba con una pasión incontrolable. Se acercó al oído de Nathan, susurrándole: ⎯Vayámonos ⎯le susurró al oído⎯. No puedo contener mis deseos de amarte. Nathan, azorado, dejó el vino y se puso de pie. Los demás comensales alzaron la vista, extrañados. Jadlay apretó la mandíbula, tenso. ⎯¡Quedaos, comed, bebed y disfrutad de la velada! ⎯les dijo a los presentes. Y, mientras todos caían de bruces, sorprendidos; Nathan se encontró arrastrado hacia la puerta, y luego por el vestíbulo, por una hermosa mujer que le susurraba cosas que lo excitaban más y más. Kali no deseaba ir al aposento sino que lo condujo al jardín, junto al lago, y fue allí mismo, a la luz de las dos lunas, donde la poseyó por segunda vez en unas horas, con delicadeza. Satisfecho sus deseos, ambos permanecieron un rato juntos sobre el suave césped, jadeando, mientras en el gélido aire de la noche resonaban los ecos suaves de la música inspiradora que amenizaba el salón de banquetes. ⎯Te amo, Nathan —dijo—. Sólo deseo ser tuya. Mi cuerpo te desea y sabes que me humillo ante ti, buscando encontrar tu amor o tu total indiferencia. ¡Abrázame! Nathan la atrajo hacia sí, susurrándole palabras llenas de pasión. ⎯Kali, no dejes de amarme. No sé que sería de mí si te perdiera. Ella le miró extrañada. ⎯¿Por qué dices eso? ⎯preguntó. Nathan inclinó la cabeza. Tenía tanto miedo de perderla, que sería capaz de matar por ella. ⎯Jadlay ⎯dijo⎯. He visto como te miraba…
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    59 Ella no ledejó seguir. Puso su dedo índice sobre sus labios y le obligó a mantener silencio. Luego, le besó con voracidad. Nathan totalmente encendido de pasión, la depositó sobre el fresco manto verde, sosteniendo con un gozo tan intenso que hasta sintió dolor, ese cuerpo aterciopelado que se le brindaba; olvidó su naturaleza divina, olvidó su linaje real, lo único que deseaba era amarla durante toda la eternidad. La poseyó, de nuevo, con actitud insaciable; con los ojos fijos en su rostro, observando cómo sus facciones hermosas se transfiguraban con el éxtasis. Después permanecieron tendidos, sonriendo, la brisa gélida de la noche secándoles la transpiración del cuerpo, abrazados, pensando ambos en el mañana. ⎯Deseo tanto tener un hijo tuyo… ⎯confesó ella, con voz melosa. Nathan sonrió, cansado. «Un hijo…», pensó. Tenía miedo de ser padre. Hace años, casado con Selen, apunto estuvo de serlo. Pero el destino hizo que la muerte, en forma del perverso hechicero Odin, se llevara a su esposa y al hijo que ésta esperaba. Nunca se ha recuperado de aquello, nunca. Nathan se puso las calzas, el jubón y se colocó la capa. Un cansancio extremo le amenazaba con hacerlo dormir varios días seguidos. Ella se dio cuenta de su temor y no insistió, lo besó en los labios antes de levantarse y recorrer vacilantes el sendero de regreso al aposento.
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    60 Capítulo 4 Los Sicariosde Nabuc Enós y Gamaliel eran muy buenos en su trabajo. Sicarios, asesinos sin remordimientos, que seguían después de casi veinte años a las órdenes de Nabuc. El rey les dio aposento en el castillo y trato preferente. Desde el asesinato de la joven nodriza Maia y también, supuestamente, del príncipe heredero no habían vuelto a matar a cambio de oro. Después de aquel incidente, el rey usurpador les cedió el control de las recaudaciones de impuestos y eran ellos, junto con un grupo de soldados, los encargados de cobrar a los ganaderos y agricultores. Eran la extensión del rey. A dónde no llegaba Nabuc, llegaban ellos. Ante los agobiados súbditos, los sicarios se mostraban implacables. Cuando los campesinos y ganaderos advertían su presencia se apresuraban en proteger sus pocas propiedades, ocultando en algún lugar seguro objetos personales o el poco dinero que disponían. A veces, éstas pobres gentes conseguían sus propósitos y con lo poco que tenían guardado subsistían el duro invierno; pero en otras ocasiones, los sicarios, que eran muy astutos, descubrían en las inspecciones el dinero escondido en cualquier bote, caja o bajo las baldosas de piedra que adornaban el suelo. Sin dinero, los campesinos se enfrentaban a la hambruna y eso en los tiempos que corrían era lamentable. El rey de Jhodam era muy consciente de lo que ocurría, pero no podía intervenir. Si quería actuar, debía hacerlo oculto bajo la
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    61 máscara de alguiendispuesto a servirle y ese alguien, era Jadlay. La represión había llegado a los límites soportables. Una situación que amenazaba a todos los trabajadores del campo; éstos sin medios para subsistir, se veían obligados a suplicar ayuda a los monjes del Monasterio de Hermes, un lugar donde se adoraba el culto a Ra. En medio del patio porticado y junto al pozo había dos grandes sacas cargadas de patatas, nabos y zanahorias, a la espera de que dos fornidos monjes las trasladaran a la cocina del monasterio. Aprovechando que el portón del muro estaba abierto y no había vigilancia, dos hombres, vestidos con ropas andrajosas y capas grises, entraron apresurados en el recinto monacal y cruzaron el patio en dirección a las escaleras que conducían a la cocina. La atmósfera en la cocina era densa. Hacía calor y el olor a guiso de ganso invadía todos los rincones. Se escuchaba el sonido estridente de los cucharones cuando los monjes cocineros removían los sabrosos guisos que se cocían muy lentamente en las cacerolas. Dos cocineros, con los rostros sudados por el calor, estaban preparando la comida con la ayuda de cinco mozos aprendices. Había tres grandes hornos, dos en los extremos y el otro con una gran chimenea, en el centro de la cocina. Uno de ellos lo usaban exclusivamente para hornear el pan y los otros dos, para carnes y pescados. En uno de aquellos hornos, estaban asando un cordero ensartado en un espetón al que daba vueltas sin cesar uno de los aprendices. En unas grandes ollas de hierro, llenas de agua, hervían zanahorias y patatas. El pan ya horneado era sacado del horno por dos jóvenes, que luego cortaban sobre un tajo de mármol rebanadas que colocaban sobre unos cestos de mimbre. El Abad Tadeo, que tenía fama de ser un gran cocinero, supervisaba todo aquel trabajo mientras afilaba su cuchillo favorito. Observaba la
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    62 frenética actividad, envueltaen un caos aparente cuando irrumpieron en la densa cocina dos hombres harapientos. Estaban hambrientos y venían a suplicar comida para sus familias. Tadeo se acercó a ellos, estaba afilando el cuchillo del queso. Era un hombre corpulento y activo, de ojos grandes y cabellos oscuros, vestido con atuendos monacales. ⎯No les preguntaré cómo han entrado en el monasterio ―dijo―, pero el hecho de que estén aquí es por algo, y espero que ese algo sea importante. ¿Puedo ayudarles en algo? Los ganaderos Isacar y Onán, le dedicaron al abad una profunda reverencia; éste les hizo una seña con el cuchillo para que se dejaran de formalidades. ⎯Los secuaces de Nabuc nos han dejado sin cosechas ni ganado, ni dinero… ―dijo Isacar―. Y no tenemos con qué alimentar a nuestras familias, nos presentamos ante vos para suplicarle algo de alimento. Tadeo frunció el entrecejo. El problema de siempre. Estaba harto de Nabuc y sus impuestos. El monasterio, para conservar su integridad, también se veía sujeto a parte de esos gravámenes, pero no les molestaban tanto porque el rey de Esdras sabía que Jhodam estaba detrás. Reconoció que a los pobres trabajadores del campo, no sólo los explotaban a trabajar, sino que encima, luego, les robaban el dinero, alegando pago de impuestos. Una deuda ilegal que, bajo serias amenazas, se veían obligados a saldar. Aquella situación era insostenible. ⎯Mi primera preocupación es sobrevivir en este monasterio con el resto de mis hermanos y conservar nuestro edificio. Pero, en ciertos casos es prioritario el bienestar de los aldeanos y por tanto suplir la falta de alimentos es una obligación moral que nosotros podemos satisfacer. ⎯Agradecemos su ayuda. Pero sabe Ra que esto no puede seguir así. ¡Nos están matando de hambre! ⎯dijo Isacar.
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    63 Onán escuchó asu compañero, en silencio. En las callejuelas de la ciudad amurallada escuchaba a las gentes hablar sobre levantamientos contra la monarquía, pero de eso hacía mucho tiempo. Conspiraban, pero no servía para nada, el temor los echaba para atrás. Y aún, en los tiempos aciagos que corren, siguen hablando. Es un problema de difícil solución, pues están solos ante el enemigo y éste es muy poderoso. Decidió exponer su punto de vista al monje, pues éste parecía muy interesado en la situación que estaba viviendo Esdras. ⎯El problema es que nadie levanta la voz ―dijo―. Nabuc ha de ser derrocado y pronto. Me parece una hipocresía como la gente habla a diario de enfrentarse al rey y al clero y luego, cuando llega el momento de la verdad nadie hace nada. Tadeo escuchó a los dos hombres. Por un momento, quedó desconcertado. La situación, en las proximidades de Esdras, era peor de lo que esperaba. Cómo siervos de Ra, los monjes del monasterio no podían dejarles morir de hambre. Iba contra las leyes arcanas. Sin embargo, comprendió que aunque diesen de comer a esas gentes el problema seguiría existiendo. ⎯En cualquier caso, no ganamos nada lamentándonos ―dijo Tadeo―. La cuestión es conocer nuestras limitaciones. Podemos seguir aguantando, o revelarnos y provocar un estado de guerra. Isacar se quedó perplejo. ¡Un monje hablando de provocar una guerra! ⎯¿Un estado de guerra? ―Isacar preguntó con celeridad―. ¿Y cómo cree que vamos a defendernos? No tenemos armas y nuestros jóvenes ni siquiera saben empuñar una espada. Tadeo trató desesperadamente de encontrar algo que decir. Los ganaderos tenían razón. Estaban siendo matados de hambre y todo para que un rey usurpador acaudalara más y más dinero para construir su nuevo palacio. Era un acto
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    64 egoísta y alguientenía que ponerle fin. Hace años, Tadeo fue testigo de una escaramuza entre un grupo de albañiles y los sicarios de Nabuc. Había visto como familias enteras perdían sus casas y cabañas, éstas de madera ardieron como represalia a esos incidentes. De modo que aceptar un enfrentamiento, era exponer sus vidas, sus hogares y todo cuanto amaban a la ira del rey. Agar, el monje que estaba cocinando el guiso de ganso, se unió a la conversación. Él también estaba muy interesado. Todo lo relacionado con una posible revuelta contra la monarquía de Esdras le interesaba. Tenía su propia opinión al respecto y ésta era sorprendente dada su condición religiosa. Eran monjes, si; pero él pensaba que eso no era impedimento para hacer la guerra. Si tenían que tomar las armas, no era cuestión de pensarlo, sino de actuar. Este hombre de cabellos claros, aspecto torpe y sonrisa amable sabía que en Bilsán existía una especie de milicia, creada por jóvenes que trataban de luchar contra la opresión y la injusticia. Aquel era un ejemplo a seguir. ⎯Podemos unirnos a la milicia de Bilsán ―dijo, ante la mirada atónita de Tadeo―. Creo que ellos no tienen problemas de armas. Tengo entendido que el rey de Jhodam está metido en el asunto. Onán se retorció el bigote. ⎯Lo dudo. Esdras no es competencia de Jhodam. Agar tenía información de primera mano. Sabía muy bien lo que afirmaba. ⎯Lo sé. Pero esos son los rumores y están en las calles. Se está tramando algo muy gordo y nuestro rey-dios está metido hasta el cuello, aunque él no intervenga directamente; seguro que los militantes están apoyados por él y eso es suficiente. Tadeo que había estado escuchando en silencio, hizo una seña a uno de los ayudantes; éste acudió de inmediato. ⎯Trae queso, pan y alimentos primarios; carne y pescado. Ponlo todo en un cesto.
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    65 El mozo asintióy corriendo se dispuso a reunir lo ordenado por su abad. Justo en el momento que el abad ofrecía pan y queso a los dos hombres oyeron gritar a alguien. Un grupo de hombres vestidos de negro y armados hasta los dientes habían tirado abajo el portón y degollado a los dos monjes que custodiaban la entrada. A partir de ahí, los sicarios Enós y Gamaliel y sus hombres sembraron el terror en todo el monasterio. Prendieron fuego a los establos; y a las cabañas, porque en su interior se guardaban los víveres. En esos momentos de desconcierto, el pánico se apoderó de los humildes monjes que empezaron a correr despavoridos en todas direcciones. En las cocinas, los monjes y los dos visitantes seguían con la mosca tras la oreja. ⎯¿Qué ocurre? ⎯No lo sé. Viene del exterior. Los dos monjes se precipitaron hacia la ventana de cristales romboidales, asustados. ⎯¡Nos atacan! ⎯gritó Agar. Isacar y Onán se cruzaron la mirada, sorprendidos. ¿Quién podía atreverse a atacar un monasterio? Los sicarios, cómo no. ⎯¿Quéeee? ⎯¡Que nos están atacando! ⎯exclamó Agar. No podían creerlo. ⎯¿Qué nos están atacando? ⎯repitió⎯. ¿Quiénes? Divisaron entonces a cuatro hombres enzarzados en una brutal lucha cuerpo a cuerpo junto al pozo, en el claustro. Monjes jóvenes trataban de impedir a toda costa la incursión de los asesinos en las dependencias del monasterio. El abad miró a Agar, ambos se dieron cuenta de que no tenían posibilidades; enfrentarse a los rebeldes, era un suicidio. Por el momento, no tenían más opción que la huída. De pronto la puerta de la cocina se abrió dando un portazo contra la pared; dos monjes entraron, nerviosos.
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    66 ⎯¡Son los sicariosy no han venido solos…! ―dijo uno de ellos―. ¡Están prendiendo fuego a las cabañas y establos! El abad Tadeo, los cocineros, aprendices y los dos ganaderos atravesaron la cocina y salieron al corredor. Mientras tanto, en el vestíbulo y pasillos, grupos de monjes gritaban desesperados. ⎯¡Nos están atacando! ⎯dijo uno. ⎯¡Fuego! ⎯dijo otro. Llegaron al comedor y Agar se dirigió a ellos. ⎯Olvidaros del fuego. ¡Todos al comedor! El humo se fue introduciendo en las dependencias. Les nublaba la visión y pronto empezaron a toser. En los establos, dos mozos se internaron a través del fuego para soltar a los caballos antes de que fuese demasiado tarde. En aquel preciso instante, los rebeldes irrumpieron en el interior del monasterio, atravesaron los corredores y dieron muerte a todo aquel que se cruzaba en su camino. Los sicarios buscaban la estancia donde los monjes tenían guardadas las maderas. Ese era su único objetivo, conseguir a la fuerza el preciado tributo. En el comedor, Tadeo empezó a dar órdenes a diestro y siniestro. No tenían armas. Tenían que huir o morirían todos. ⎯Decid a los novicios que abandonen inmediatamente el monasterio. ¡Todos al bosque! ⎯Tadeo miró a los que estaban con él, les señaló el armario y entre dos lo arrastraron y lo hicieron a un lado; ante ellos una puerta, era un pasadizo secreto que conducía al exterior⎯. ¡Rápido… por aquí! El último de los monjes, uno escuálido y larguirucho, colocó falsamente el armario entre él y la puerta, tomó aire y se coló tras ella. Atravesaron corriendo el pasadizo, uno detrás del otro, con el corazón en la garganta. Ninguno de ellos entendía por qué tanta represalia. Ellos eran hombres de fe, no guerreros. Enós era el líder de la avanzadilla y el ataque no era más que
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    67 la respuesta ala negativa del abad de entregarles las maderas que custodiaban, provocando con ello la ira de Nabuc. Esas maderas procedentes de los bosques de Haraney eran talas exclusivas para Jhodam, que luego el administrador central del imperio repartía a las aldeas de Haraney para que construyeran robustas cabañas capaces de soportar el crudo invierno norteño. Al igual que el granito de las canteras, Nabuc no frenaría su avance hasta ver cumplido su deseo: construir su nuevo palacio, fuera de las murallas. Pero Nabuc se había encontrado un hueso difícil de roer, y ese hueso era Nathan, que hacía lo imposible para frustrar sus planes en todo momento. A los sicarios no les hizo falta mucho empeño para lograr sus propósitos. En un abrir y cerrar de ojos habían localizado las maderas y apresado al joven novicio que las custodiaba; éste se había escondido bajo una mesa y acurrucado, verde de miedo. Al descubrir al monje, el rostro de Enós adoptó una expresión de satisfacción altiva. El ataque había dado resultado. Habían ganado la partida a Jhodam. ―¡Sal de ahí, ahora mismo! ⎯¿Por qué nos habéis hecho esto? ⎯dijo el novicio entre sollozos, al momento de ser sacado de su escondite. Nadie le respondió. Enós se acercó a él, lo agarró del brazo y lo arrojó contra la pared. Gamaliel siguió su recorrido. ⎯Cortadle las orejas ⎯ordenó Enós. El muchacho gritó, asustado. Gamaliel sacó su cuchillo del cinto y lo acercó a la oreja del aterrado muchacho. No vaciló, con un movimiento certero le cortó la oreja de cuajo y luego, hizo lo mismo con la otra. El monje completamente lívido se desmayó, mientras la sangre manaba de sus orejas a raudales. Gamaliel dio un puntapié al novicio y lo hizo rodar por el suelo. Enós, a su vez, realizó un chasquido con los dedos
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    68 de una manoy varios de sus hombres acudieron a él, inmediatamente. ⎯Recoged las maderas ―dijo con tono autoritario. ⎯¿Y el chico? ¿Qué hacemos con él? ―preguntó Gamaliel mientras limpiaba la sangre de la hoja de su cuchillo. ―Mátalo. ―¿Quieres que lo remate? ―Gamaliel entornó las cejas―. Pero, si no tardará más de quince minutos en morir… ―¡He dicho que lo mates! Enós no tuvo que volver a repetirlo. Gamaliel, con expresión hosca, guardó el cuchillo en el cinto y desenvainó su daga y sin pensárselo ni un instante, atravesó el corazón del muchacho de una sola estacada; el cuerpo del chico se tensó como una tabla y de su garganta salió un gemido parecido al aullido de un gato. Luego, el silencio. Y mientras unos recogían las maderas, Enós llamó a uno de sus vasallos y le murmuró una orden. ⎯Haz que algunos hombres recorran el monasterio y recojan todo aquello que tenga algo de valor. Al rato, Enós y Gamaliel salieron al patio. Habían logrado el objetivo que les había impuesto Nabuc. A pesar de que los monjes no les habían ofrecido ningún tipo de resistencia, se sentían tan victoriosos como si se hubieran enfrentado a una legión armada hasta los dientes. Los sicarios vaciaron las arcas del monasterio, prendieron piras para quemar los víveres y se llevaron todos los objetos de valor que encontraron. Los monjes lo habían perdido todo; ahora, lo peor, era la incertidumbre y el hambre. Dos días después del cruel ataque, los monjes supervivientes regresaron al monasterio por el mismo pasadizo que usaron para huir, mientras que los ganaderos se dirigieron corriendo
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    69 a sus casas,temerosos de que los sicarios pudieran emprender un ataque en sus aldeas. La situación era difícil para todos. Enterraron a los monjes asesinados en el panteón común y después de la salmodia y réquiem por los muertos, Tadeo y Agar se dirigieron al salón comedor; a cierta distancia les seguía Edom, custodiándoles. ⎯Nabuc se está excediendo ⎯dijo Agar a Tadeo⎯. Ya no estamos seguros, ni aquí ni en ninguna parte. Sus secuaces han cruzado la línea y han pasado a las armas. ¡Qué futuro nos espera, más que batallas por todas partes! ¿Eh? Tadeo se encogió de hombros. Dándole la espalda a Agar, se dirigió a la ventana y, apartando la pequeña cortina a un lado con una mano, miró al exterior, vio pequeñas hiladas de humo que aún emanaban de los establos. ⎯Hay que informar al rey de Jhodam sobre el ataque y el robo de las maderas ―dijo―. No hemos sido capaces de defender estos muros; me siento humillado. Tadeo dejó caer la cortina bruscamente, sumergiendo la estancia en la penumbra. Luego, se apartó de la ventana volviéndose hacia Agar, éste parpadeaba, esforzándose por ajustar su visión a la tenue oscuridad. ⎯Humillarnos ante el Rey de Jhodam a causa de este incidente, no creo que sea lo adecuado ⎯dijo Agar. Con el semblante pensativo, Tadeo se puso las manos a la espalda. ⎯No podemos ocultárselo ―repuso―. Va en contra de nuestros preceptos. Sin embargo… ⎯dejó inconclusa la frase. Tadeo, preocupado, únicamente pudo decir una evasiva. ⎯Considero ⎯continuó⎯, que sería mejor para nosotros y el monasterio que este incidente fuera olvidado. ⎯¿Olvidado? ⎯repitió Agar, sin comprender por qué el abad trataba de evadirse. El ataque no se pudo evitar, ¿cómo íbamos a luchar sin armas?, pensó.⎯. En unos días, Jhodam reclamará las maderas. Dime, cómo vamos a restituirlas, apenas hay tiempo.
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    70 Tadeo frunció elentrecejo y mantuvo la vista fija en Agar. ⎯Ordenaremos una nueva tala. ⎯¿Sin permiso del imperio? ⎯Agar no podía dar crédito a sus oídos⎯. Perdóname, pero desapruebo tu decisión. El abad no había informado a Agar sobre las reformas del contrato que el monasterio había firmado con el rey de Jhodam. Ahora, era el momento de poner al día al monje cocinero. ⎯El bosque y la cantera pertenecen a Jhodam, pero la explotación, no. Para ayudar a los aldeanos, el rey nos cedió los derechos y nos hizo responsables de todas las talas, con la única condición de que Esdras no se beneficiara de las maderas. ⎯Comprendo ⎯dijo Agar. ⎯El rey, si nos ve incapaces de hacer bien nuestro trabajo, puede retirarnos la concesión ―afirmó Tadeo, preocupado―. El problema es que Nabuc considera que los bosques son suyos y no es cierto; las tierras son fronterizas y pertenecen a Haraney, no a Esdras. ⎯¡Estamos entre la espada y la pared! ⎯Exacto ⎯afirmó Tadeo⎯. Es cierto, hemos sido atacados, y han muerto varios de nuestros hermanos, pero también es cierto que no podemos mostrar nuestras debilidades ante el Rey. Sin la concesión maderera, no hay dinero y si no hay dinero, no hay comida. Creo que soy bastante claro. Los dedos de las manos del abad se enroscaron unos con otros nerviosos, mientras permanecían escondidos, a su espalda. La situación era muy complicada. Los ganaderos y agricultores no tenían nada para comer; todas sus cosechas habían sido arrebatadas por los hombres de Nabuc y ahora, ellos habían corrido la misma suerte. Y el invierno está cada vez más cerca. Sin víveres y sin madera, tenían que enfrentarse a una hambruna irremediable y todo por no querer informar al Rey
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    71 de Jhodam. Parael abad Tadeo, todo valía menos la humillación que suponía confesar al venerado rey-dios su ineptitud para el comercio maderero. Agar suspiró, pero no lo hizo aliviado. Pensó que lo ocurrido hace dos días no podía considerarse como un descrédito a la capacidad del monasterio para seguir trabajando la madera. De no haber existido el ataque, las cosas hubieran seguido tal y como estaban encauzadas. Pero de los infortunios no se salvaba nadie, ni siquiera ellos que eran hombres de fe. Una fe que no se vio sacudida por los embistes de opresión e injusticia que Nabuc y sus sicarios les infligían cada vez más a menudo.
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    72 Capítulo 5 Sin Piedad Enósy Gamaliel atravesaron el umbral del salón del trono. Allí, les esperaba el rey Nabuc con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Nunca antes había estado tan orgulloso de sus hombres. La victoria había sido aplastante. A Nabuc poco le importaba si los monjes estaban armados, o no; si podían defenderse, o no; a él sólo le importaba la madera y el fuerte hachazo que le infligía a Nathan, al arrebatársela. Desde la negativa del rey de Jhodam a las concesiones de la cantera y la tala de árboles procedentes del bosque que linda con Esdras, Nabuc había visto crecer en sí mismo un odio incontrolable hacia el rey- dios. Un odio, letal. Franqueado por dos altos funcionarios del clero, Nabuc descendió del estrado y se encaminó hacia los dos sicarios. En ese instante, se oyó un murmullo de comentarios; los cortesanos de Esdras no veían con buenos ojos nada de lo que hacía Nabuc, pero no podían alzarle la voz. Sus decisiones eran irrevocables y estaban exentas de votación. Era lo que él decía, y punto. Enós y Gamaliel le dedicaron una profunda reverencia. Sonriendo, Nabuc les ordenó incorporarse. ⎯Majestad ⎯dijo Enós⎯, vuestros estandartes y banderas ondean por doquier. Eso a él poco le importaba. ⎯¿Y las maderas? ―preguntó. ⎯En el patio, majestad.
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    73 ⎯Bien, estoy impacientepor verlas ⎯dijo Nabuc, sin perder la sonrisa⎯. Un triunfo importante sobre Jhodam, ¿no crees? Enós miró fugazmente a Gamaliel. Sólo con pensar en el rey-dios y en su posible ataque de ira les provocaba escalofríos. Nabuc resplandecía de alegría. Los funcionarios del clero permanecían perplejos. ⎯Confieso que estoy disfrutando con todo esto. Ahora hay que esperar la reacción del gran rey. En ese instante, irrumpió en la sala una figura alta y lúgubre, era el Hechicero del Oráculo, Festo. Su aura inundó toda la estancia y nadie fue ajeno a la siniestra energía que emanaba de su imponente cuerpo. Sus cabellos rizados, negros como el azabache, y sus pérfidos ojos azules complementaban un rostro de facciones severas tan hipnotizante como sus hechizos. Su energía invisible erizaba la piel a cualquiera que estuviera cerca de él. Festo con tan sólo cuarenta años, provocaba en sus semejantes un respeto indescriptible. Su magistral entrada hizo que su capa negra diese un bandazo. ⎯Una maniobra peligrosa, majestad. ¿De verdad, no teméis la reacción de Jhodam? ⎯dijo desde el umbral. Se oyó un murmullo de voces a su alrededor, nada más pronunciar esas palabras. Festo, era el más alto hechicero de Esdras, mano derecha del rey. Iba totalmente encapuchado y con su espada ceremonial colgada tras la espalda; avanzó hacia el rey; palideció al ver los perversos ojos de Nabuc clavados en él. Festo no estaba muy de acuerdo. Se retiró la capucha. ⎯Esperar, es la peor de las soluciones. ⎯El rey Nathan debe ser apartado del poder, molesta ⎯insinuó Nabuc. ⎯¿Cómo? ⎯interrogó Festo, sorprendido por la decisión
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    74 de su rey. ⎯Portodos los medios ⎯respondió Nabuc⎯. A diario pone en peligro mis planes, debe ser eliminado. ⎯¡Majestad, la vida y la muerte están en sus manos! No creo que esa sea una solución viable. Nabuc se mostró visiblemente molesto. ⎯Tomaré una decisión sobre él y puedo aseguraros que ésta será irrevocable. Nathan ama a su pueblo con amor de hombre, no de dios. Encontraré una forma de romper la barrera que le protege. Después de todo no es más que un sentimental. «Si, un sentimental con mucho poder», pensó Festo. Se hizo un largo silencio. Enós y Gamaliel se reservaron sus opiniones. Nathan era arena de otro costal. Sólo para hablar de él había que emplear palabras mayores y aniquilarlo era inconcebible. Todos los allí presentes, excepto Nabuc, sabían que su decisión comprometería la suerte de Esdras. El rey, mostrando total indiferencia a las advertencias de Festo, apoyó su mano sobre el hombro de Enós. Nabuc volvió al tema de las maderas. ⎯Vayamos a lo que de verdad importa, ¡enseñadme las maderas! ⎯exigió Nabuc, a la vez que dirigía una mirada fugaz a su hechicero. El rostro de Festo era grave, casi sombrío. Con intención de insistir, detuvo el avance del rey. ⎯Vos, estáis equivocado si pensáis que podéis destruirlo. ⎯¡Bah! ⎯Nabuc hizo un desdeñoso ademán. Insistió. ⎯Fracasaréis, majestad. El rey apretó los dientes. Festo intentaba hacerle perder su sangre fría. ⎯Si has venido para insultarme, será mejor… Festo lo interrumpió.
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    75 ⎯¿Estáis informado delos acontecimientos que tienen lugar en la frontera de Jhodam? Nabuc se volvió hacia él, crispado. ⎯Que yo sepa no está ocurriendo nada. ⎯Desengañaos, majestad. Nabuc arqueó las cejas, intrigado. Pensaba que lo sabía todo, que estaba informado de todo cuanto acontecía fuera de Esdras, pero parece ser que no era así. ⎯Si tienes algo que decirme hazlo ahora o cállate. El hechicero le entregó un documento que unos proscritos habían robado a un mensajero que, procedente de Jhodam, se dirigía a Bilsán. Nabuc, sorprendido, lo leyó rápidamente. El rey de Jhodam enviará próximamente una legión de arqueros a las fronteras de Bilsán para ponerse bajo las órdenes de Jadlay. También se informaba que las fuerzas militares del imperio se mantendrán en alerta hasta que se solucionen los problemas relacionados con Esdras. ⎯Estamos en el punto de mira del rey de Jhodam, majestad ⎯afirmó Festo con una seguridad aplastante⎯. Creo que la construcción de su nuevo palacio debería esperar. Jhodam o cualquiera de sus aliados puede declararnos la guerra y… Nabuc alzó la mano para que callara. Se quedó pensativo unos instantes. Algo se agitaba en su interior, el nombre de la persona que se mencionaba en el documento le trajo unos recuerdos que creyó tener olvidados. También pensó que la forma de proceder del rey de Jhodam era más que sorprendente, inesperada. «¿Quién era ese Jadlay?», pensó. Nabuc se quedó inmóvil durante un momento, luego se volvió hacia el estrado, dio unos pasos y se sentó lentamente en el trono, con el semblante preocupado. Las maderas habían quedado en el olvido, ahora su pensamiento más acuciante era descubrir quién era ese Jadlay y qué relación tenía con el rey de Jhodam. Pues eran muy pocos los que
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    76 tenían la suertede tener al mismísimo rey Nathan como amigo y aliado. ¿Tan importante era cómo para contar con su divino favor? La incertidumbre le roía el cerebro. Nabuc le hizo una seña a Festo, éste echó a caminar hacia él. En ese momento, el rey ordenó a todo los presentes que abandonaran el salón, incluidos los sicarios. Cuando no quedó nadie, se volvió hacia su fiel hechicero; éste paseaba por entre las columnas, esperando a que los dos estuviesen completamente solos. El suave resplandor de las lámparas de aceite iluminaba sus rostros. Nabuc siguió la mirada de Festo, lentamente, consciente de que iban a tratar un tema extremadamente confidencial. ⎯¿Qué sugieres que hagamos? ⎯le preguntó en voz baja. ⎯Nadie puede quitar la vida al rey de Jhodam, excepto él mismo ―afirmó Festo―. Es la encarnación de Ra. Pero podemos provocarle un estado de sufrimiento extremo y permanente. Un estado que roce la muerte. Una muerte que nunca llegará a producirse, pero que lo dejará inútil para gobernar. ⎯¿Cómo un vegetal? Festo sacudió la cabeza. ―No, exactamente. ⎯Bien. ¿Y cómo pretendes hacerlo? ⎯Envenenándole —sugirió. Nabuc apoyó su espalda contra el respaldo del trono, sintiéndose un poco incómodo. Hizo una mueca extraña como dudando de que esa fuese la solución a sus problemas. Levantó la mirada hacia él, algo sorprendido. ⎯El veneno es el arma de los débiles ⎯dijo⎯. No me gusta apelar al recurso que habitualmente emplean los cobardes. ⎯Cierto, majestad ⎯afirmó Festo⎯. Pero es lo único que realmente funciona con los inmortales. Cuanto más mortífero sea el veneno, más posibilidades tendremos de
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    77 alcanzar nuestros objetivos. ⎯¿Acasose te ha olvidado que Nathan es de origen divino? ―preguntó Nabuc, no muy convencido―. Es posible que tu idea de envenenarlo no funcione. ⎯Eso, ya lo he tenido en cuenta, majestad ⎯respondió⎯. Consultaré al Oráculo. Un poco de veneno en la ambrosía, y ya está. ⎯¡Oh, sí… ambrosía! ―exclamó Nabuc, con un expresivo ademán como queriendo decir… «Sólo me faltaba oír eso»―. ¿Acaso crees que es fácil conseguirla? ⎯No estoy hablando de conseguir la ambrosía, sino de utilizar un veneno conjurado por el Oráculo; luego alguien bien dispuesto hará el trabajo por nosotros. ⎯¿Estás tratando de decirme qué pretendes comprar a alguien de su círculo privado para que envenene a su rey, un ser al que venera? ⎯Exacto. ⎯¡Eso es de locos! ⎯Déjemelo a mí. Llevará su tiempo, pero lo conseguiré. ⎯Bien, si eres capaz, adelante ⎯dijo Nabuc⎯. Si después de todo tu plan funciona, te recompensaré como te mereces. La mera visión de Nathan envenenado le produjo, a Nabuc, un temor cuya causa no podía explicarse. Apreciaba a su fiel hechicero. ¿Por qué desconfiar de él? Con el rey de Jhodam en un estado de agonía permanente podría dedicarse a gobernar Nuevo Mundo sin trabas. Un plan empezó a tomar forma en la mente de Nabuc, un plan en dónde todo y todos estaban a sus pies. En ese momento en que reflexionaba sobre sus ambiciones futuras, un recuerdo le vino a la mente, un recuerdo de alguien al que él mando matar. «Muerto. Ha de estar muerto; mis sicarios no pueden haberme fallado» ―pensó―. «El niño está muerto», si no fuera así, Enós me lo hubiera dicho. Volviendo la mirada a Festo, se despidió de él; pero
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    78 antes, insistió. ⎯Hay queparar a Nathan, como sea. ⎯Sí ⎯respondió el hechicero. ⎯Puedes retirarte. Festo le hizo una reverencia y luego, echó a caminar hacia el umbral. Antes de que llegará, Nabuc se levantó del tronó y lo detuvo. ⎯¡Espera! El hechicero se volvió hacia él. ⎯Localiza a Enós y Gamaliel, diles que deseo verles de inmediato. Inmóvil junto a una columna y luego paseándose como un león enjaulado, Nabuc esperaba a sus dos confiados sicarios. Esperaba que le confirmaran que efectivamente mataron al niño, pues la mera posibilidad de que estuviese vivo le revolvía el estómago. ⎯Quiero hablaros de un asunto grave ⎯esas fueron sus palabras nada más recibirles, luego, directo al grano⎯. ¿Matasteis al príncipe? Los dos sicarios palidecieron en el acto. No sabían a qué venía esa pregunta, después de veinte años. ⎯Hablad. Os escucho ⎯dijo, cruzando la mano. Como siempre, fue Enós quién se atrevió a responder. ⎯Matamos a la mujer, como vos ordenasteis… Nabuc, bajo una gran incertidumbre, lo interrumpió. ⎯¿Y qué más? ⎯Majestad, ¿qué os preocupa? ⎯preguntó Enós, extrañado. No creía necesario hablar de algo que ocurrió hace tanto tiempo. Los dos sicarios se cruzaron la mirada, inmóviles, plantados en el suelo, más tiesos que un palo. ⎯Creo que no matasteis al niño. Ella debió esconderlo, antes de morir. ¿No es así? ⎯No vimos el cuerpo, si es eso a lo que vos os referís.
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    79 Un niño depocos meses, perdido en el bosque… ¡Es imposible que haya logrado sobrevivir! Nabuc los miró con los ojos encendidos en cólera, inmóvil, durante un rato tan prolongado que los dos sicarios se preguntaron si no se habría olvidado de ellos. Pero, no; el rey fuera de sus casillas, golpeó brutalmente con las manos la columna que tenía al lado. Enós y Gamaliel se sobresaltaron. El fuerte golpe parecía haber movido los cimientos en los que se sustentaba el castillo. ⎯¿Por qué, ahora, majestad? Han pasado veinte años. ⎯Jadlay es el nombre de mi sobrino. Sólo él puede ser llamado así. Su nombre fue otorgado por el Oráculo de Aquís ―afirmó Nabuc―. Si realmente está muerto, cómo es qué ha aparecido alguien con ese nombre, ¿podéis explicármelo? Gamaliel sintió un nudo en la garganta, carraspeó tratando de despejarlo. ⎯Vuelvo a repetirlo, es imposible que sobreviviera… Recuerdo que hacía un frío de mil demonios. Nabuc echó a caminar de una dirección a otra, apretándose los nudillos, nervioso. Repitiéndose mentalmente sin cesar: «El niño está muerto, no temas… el niño está muerto», cuando se volvió hacia ellos, su larga capa dio un bandazo. ⎯No hace falta que os diga las consecuencias de vuestra ineptitud. Por un momento, se hizo un silencio pesado. Enós le seguía con la mirada, temeroso de su reacción. Eran muy conscientes de que Nabuc podía matarles allí mismo. ⎯Majestad, realmente ignoramos si está muerto o sigue con vida. En aquel bosque no había ni rastro del bebe, pudo haber caído a un foso o algún león hambriento se debió lamer las pezuñas mientras se lo comía. No hay forma de saberlo.
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    80 ⎯¿Qué no hayforma? ⎯les preguntó⎯. Un tatuaje en el tobillo derecho con forma de araña, esa es la identidad de Jadlay. ⎯A momentos desesperados, medidas desesperadas. Si es cierto que está vivo, yo mismo lo encontraré y le daré muerte, majestad. En los labios del rey se dibujó una sonrisa perversa. ⎯No. Hay un cambio de planes ⎯le respondió Nabuc⎯. Ahora quiero que os hagáis con un buen grupo de hombres y caballos rápidos, y os ponéis rumbo a Haraney, es época de contrabando. Un buen número de contrabandistas utilizaran los atajos cerca de la frontera para introducirse ilegalmente en Jhodam. Tenemos una oportunidad de oro para reclutar a los mejores. Luego ya hablaremos de Jadlay y Bilsán. Cuando llegue el momento ya iréis en su busca. No quiero que nadie me quite el placer de matarlo yo mismo. Nabuc les dio la espalda. ⎯Ahora, marcharos. Los dos sicarios hicieron una reverencia que el rey no vio, y abandonaron la estancia. Nabuc comenzó a caminar de un lado a otro, inquieto. Las cosas no estaban saliendo como él quería; Nathan, le atosigaba por todos lados, tenía que aplastarlo como a una mosca, y para colmo, sus sicarios no mataron a su sobrino hace veinte años. Estos dos inconvenientes impedían que su victoria fuese plena. Con aspecto meditabundo, Nabuc salió a la terraza y prestó atención a una bella joven; la vio correr como una exhalación hacia el portal oeste del palacio. Supuso que iba a ver a su padre, Joab, levita del Templo de Esdras. En ese momento, recordó su último encuentro con Aby y volvió a sentir como ella le traspasaba con su mirada helada. «Tarde o temprano, serás mía», pensó. Su mente empezó a vagar. Los repetidos rechazos de la joven le dejaban muy perturbado y volver a pensar en ello era cómo si volviese a ser rechazado de nuevo. Tenía la mirada fija ante sí, los labios apretados, el rostro pálido y su
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    81 expresión eran unamáscara de furia contenida. Golpeó la pared con los nudillos, fuera de sí; luego, desvió sus pensamientos a los planes de Festo. Si su hechicero conseguía llevar a cabo su plan de envenenar a Nathan, el resultado sería la recompensa que recibiría con más alegría. Con el rey de Jhodam fuera de combate y Jadlay muerto, podría respirar tranquilo. Aquella idea le proporcionó más calor que el fuego que despedía la chimenea.
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    82 Capítulo 6 Regreso aBilsán Jadlay partió de Jhodam una semana después de haber llegado. Durante ese tiempo, conoció en profundidad al rey de Jhodam. Él, Nathan Falcon-Nekhbet, tan alto y tan regio. No podía quitárselo de la cabeza, estaba tan fascinado por su carisma y su humanidad que se prometió a sí mismo aprender de él y aunque ambos chocaban por tener personalidades temperamentales, una gran amistad se había forjado sin que ellos se diesen cuenta. Viajaba solo. Su padre había decidido quedarse en Jhodam para atender las necesidades del rey. Con la misión que tenía por delante, Jadlay no pensaba en nada más que no fuese reunir a un nutrido grupo de hombres que estuviesen dispuestos a luchar por su causa. Nathan le había prometido su ayuda y eso le hacía sentirse aliviado. Cabalgó sin detenerse ni siquiera por la noche. Su expresión era solemne, triunfal y disfrutaba cabalgando veloz como el viento. Su vida había dado un giro radical, había dejado de ser forjador de espadas para convertirse en un guerrero a las órdenes del rey de Jhodam y éste como Rey de reyes, «el Ser al que se le atribuye la divinidad del último dios Ra-Nathan», reconoció su milicia. Regresaba a su ciudad convertido en un guerrero respetable con una misión igual de respetable. Estaba orgulloso de sí mismo. Realmente su enfrentamiento con el rey de Jhodam dio unos resultados que a buen seguro,
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    83 Jadlay, nunca imaginó.Le habían inculcado desde pequeño tanto miedo hacia la divinidad que ahora, al conocerle, se sentía más confiado que nunca. Tenía veinte años y ansiaba conquistar el mundo, en el buen sentido de la palabra. «Nathan está de mi parte. Todo aquél que se atreva a desafiarme tendrá su merecido», pensó con una sonrisa dibujada en sus labios. El nombre del rey-dios, Ra-Nathan, quedó grabado con letras de fuego en su cerebro. Estaba tan ensimismado que había olvidado la exuberante belleza del bosque que lindaba con Bilsán, ahora azotado por una tempestad de viento y lluvia. La ferocidad de la naturaleza le inspiraba un entusiasmo casi fervoroso. No sentía frío, pese a que la intensa lluvia caía copiosa, ésta resbalaba por su capa impermeable, manteniendo su cuerpo seco; sólo las piernas y sus manos notaban la humedad al colarse el agua entre las telas de sus vestiduras. Llegó a una bifurcación de caminos. Una señal de madera le indicó el sendero a seguir; Bilsán ya estaba relativamente cerca. Tiró de las riendas y obligó a su caballo a virar hacia la derecha. El animal rechinó a modo de protesta, estaba cansado. ⎯Venga, amigo. Ya queda poco ⎯habló Jadlay a su caballo para tranquilizarlo. Más de media hora le costó atravesar el peñascal que conducía al puente. Una vez allí, la pequeña ciudad se alzaba a menos de dos kilómetros. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones con la fragancia fresca del aire y la lluvia. En ese momento, distinguió una silueta montada a caballo que avanzaba a toda prisa hacia el puente. Aquel jinete acabó escurriéndose en la espesura. Jadlay lo siguió a buen ritmo, intrigado. Sin embargo, tanto el caballo como el jinete desaparecieron cuando llegó al puente, supuso que se dirigía a Bilsán igual que él. Cesó la lluvia.
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    84 Bilsán apareció antesus ojos cuando el sol ya despuntaba sobre las nubes rotas. Del trote rápido pasó a cabalgar al paso tranquilo por las calles de la ciudad. Se dirigió a la plaza, allí el dueño de la taberna más concurrida de la ciudad estaría dando gritos a sus amigos para que no armasen jaleo o harto ya de sus borracheras, abandonasen su casa como él la llamaba. Aquella taberna que apestaba a humo de tabaco y a alcohol era la casa de todos los jaleos. Las esposas echaban a sus hombres de casa y éstos, como en una procesión, acudían a beber litros y litros de cerveza con especias; unos, la prefería caliente; otros, fría. Pero en ambos casos la cerveza especiada era un deleite para los sentidos. Afianzada la noche, el tabernero se empeñaba en sacar a sus clientes borrachos de la taberna o bien por las buenas o bien, por las malas con unos buenos azotes en el culo. La verdad es que aquél hombre rollizo no tenía pelos en la lengua. Allí, en su famosa casa, se planificaban contiendas, se chismorreaba e incluso, los más atrevidos, poseían a alguna que otra mujercita que ávida de sensaciones peligrosas se dejaba caer en la taberna atiborrada de hombres. La Taberna de Bilsán, era el eje de toda la ciudad; un lugar dónde la cerveza y el vino se servían a raudales. Jadlay estaba atando las riendas de su caballo alrededor del tronco de un árbol, cuando oyó los gritos que provenían de la taberna. En ese momento, por la puerta abierta aparecieron dos ballesteros harapientos que ayudaban a caminar a un tercero, los tres dando tumbos de un lado a otro, totalmente borrachos. Jadlay se acercó para ayudarles, pero uno de ellos le miró a la cara y se interpuso con un puñal en la mano. Estando así las cosas, no se le ocurrió otra cosa que sonreír con resignación. —¿Quién eres, chico? —Nadie que os interese —los miró de pies a cabeza—.
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    85 Pero no osda vergüenza… ¡Estáis borrachos! —afirmó Jadlay. —¿Borrachos? ¿Nosotros? —el ballestero del cuchillo soltó unas carcajadas y el aliento apestaba a cerveza. —Vámonos —le aconsejó el otro, mientras cargaba con el que no se sostenía en pie. —Será mejor, chico que ahí dentro hables poco —dijo a la vez que señalaba la posada con su cuchillo—. Bébete la cerveza y cierra el pico, o le diré al posadero que te dé con la escoba, jejejejeje… Los tres ballesteros se alejaron sin más. Jadlay bufó, aliviado. «En Bilsán, hay cosas que nunca cambian», pensó. Se enfundó los guantes de cuero y echó a caminar los pocos pasos que le separaban de la taberna. No había llegado al umbral cuando una botella salió disparada por la ventana, haciendo estallar los cristales. Por suerte, la esquivó. Cuando abrió las pesadas puertas de madera, un joven salió disparado a toda velocidad, pero uno de los clientes lo agarró por el brazo y lo obligó a entrar de nuevo. —¡Tú, ven aquí! ¿Adónde te crees que vas? Jadlay se apartó y al ver a su amigo, se quedó de una pieza. Entonces oyó gritos. Se volvió. Un hombre cuadrado iba a por su amigo. Lo agarró del pescuezo. ⎯¡Idiota! Gritó uno desde el interior de la taberna. ⎯Dicen por ahí que estás a favor de Nabuc, ¿es eso cierto? ⎯No. Todo es mentira —el chico se deshizo de ellos. Se inclinó, cogió la botella de vino y se la arrojó. Najat la esquivó y echó a correr por la taberna. Le cerraron el paso. Otro de los hombres le siguió riéndose a carcajadas. ⎯¡Eres un inútil! Agarraron a Najat por las axilas, como era delgado no
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    86 tuvieron problemas parazarandearlo, pero era muy escurridizo y rápidamente se soltó. No había dado ni un paso cuando dos manos robustas lo sujetaron y lo hicieron caer. Todo eran carcajadas. El resto de clientes se apartaron de ellos, por experiencia sabían que era mejor no cruzarse en el camino de aquellos cinco hombres; conocidos por su actuaciones violentas. Pensaban que si nadie lo impedía, acabarían matando al muchacho. El tabernero gritando y maldiciendo a todo el mundo. ⎯¡Si queréis pelearos, hacerlo fuera! Nadie le hizo caso. Era inútil razonar con aquellas bestias. Se hizo a un lado, si no iba con cuidado acabaría recibiendo él. Tres hombres inmovilizaron a Najat contra el suelo. Jadlay no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: su amigo metido en una monumental pelea. El tabernero al verle entrar vio la luz, desesperado acudió a él. ⎯A ver si tú eres capaz de poner un poco de orden. A mí no me hacen caso. ⎯¿Yo? ⎯Bromeó Jadlay. Entonces, Najat recibió una patada en plena cara. —¡Ésa para tu querido Nabuc…! ¡Y ésta de parte mía! El pie de su adversario se hundió en sus costillas. Najat lanzó un grito de dolor. Los golpes llovieron luego sobre él. Soltó el brazo derecho y atrapó a uno de los hombres por el pelo. Jadlay decidió ayudarle, era su amigo de la infancia, Najat; no sabía cómo se había metido en semejante lío. Uno de los hombres recibió un buen golpe en la cabeza, propinado por Jadlay, perdió el equilibrio y cayó al suelo, aturdido. ⎯¡Jadlay! ⎯gritó el joven apaleado. ⎯Exijo una explicación, ¿de acuerdo? Najat asintió y ambos se enzarzaron en la pelea con los tres hombres. Jadlay le encajó una patada en el mentón del que tenía más próximo y lo lanzó contra la pared. El hombre que cayó al suelo volvió a levantarse, pero Najat le golpeó,
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    87 quedando, aparentemente, fuerade combate. El tercer hombre intentó detener a Jadlay dándole un golpe en el cráneo, éste quedó un poco aturdido, pero el golpe no consiguió derribarle, Jadlay tenía una cabeza de acero. Najat acudió en su defensa y le estampó su puño contra la nariz, haciéndole crujir los huesos. El hombre se llevó las manos al rostro cubierto de sangre y salió de la taberna despavorido. El resto de los violentos se habían levantado. Jadlay y Najat se prepararon para el asalto. ⎯Tú, Cusa, por la izquierda. Nabot, por la derecha. Samuel, tú ven conmigo. Vamos a hacerlos polvo entre todos. Los dos jóvenes juntaron sus fuerzas, esperando a que los cuatro hombres se lanzaran sobre ellos. Cusa fue el más rápido. Jadlay giró de repente y le dio un rodillazo en la entrepierna. Cusa soltó una maldición, se dobló en dos y cayó al suelo, el dolor le hizo ver las estrellas. Entre tanto, Najat le había asestado a Nabot un puñetazo en la nariz, como a su anterior compañero que huyó sangrando. ⎯¡Dos fuera de combate! ⎯gritaron Najat y Jadlay al unísono. El tercer violento, ante la perspectiva que se le presentaba, huyó corriendo. Con las prisas chocó contra la puerta de la taberna, justo en el momento en que ésta se abría, cayó de espaldas al suelo; en el umbral Yejiel, acompañado de sus dos espadas, que llevaba colgadas en vainas en la espalda, y unos compañeros de la milicia. Oyeron a uno lanzar risotadas. —Idiotas, idiotas, idiotas… ¡son idiotas! Siempre peleando, ¿podéis creerlo? —les dijo a los recién llegados que tuvieron que apartarse en más de una ocasión para evitar los golpes. Jadlay sintió a Samuel a su espalda, pero cuando se dio cuenta ya era tarde, ni siquiera Najat pudo evitarlo: el palo que sostenía Samuel en alto se estrelló con violencia contra su cráneo. Una espesa negrura cayó sobre sus ojos. Se desplomó
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    88 sobre las rodillas.Entonces, Najat estrelló su puño contra el rostro de Samuel y Yejiel que avanzó rápidamente hacia su espalda, le golpeó severamente en la nuca. Media hora después… El cerebro de Jadlay parecía que iba a estallar. Pestañeó, abrió los ojos. Yejiel se inclinó por encima de él y lo miró con gesto preocupado. ⎯¿Estás bien? Jadlay se incorporó y sacudió la cabeza. ⎯¡Menudo golpe! Se puso en pie, sin apenas esfuerzo. Estaba extraordinariamente lúcido, no podía creérselo. Se alegró, porque, pese al violento golpe, se encontraba bien. ⎯Yejiel, cuánto me alegro de verte… ¿Cuándo has llegado? El joven pelirrojo alzó la vista. ⎯Hace unos minutos ⎯respondió⎯. Supuse que Najat estaba aquí, la verdad me alegro de no haberme equivocado ⎯miró bien a su amigo⎯. No se que habría ocurrido si yo no llego a tiempo para… El tabernero se acercó a ellos con cara de pocos amigos, interrumpiéndoles. ⎯Espero que alguien me pague los desperfectos. Jadlay, Yejiel y Najat se cruzaron la mirada, cómplices y luego se echaron a reír. ⎯Zenás, quizá te interesaría más reclamar a los violentos que han atacado a mis amigos. Jadlay y Najat se defendían, ¿acaso crees que iban a dejarse matar? El tabernero, de nombre Zenás, abrió la boca para replicar, pero la mirada glacial de Yejiel provocó que la cerrara de inmediato. Jadlay intervino. ⎯Te ayudaremos a poner un poco de orden, pero no nos pidas nada más.
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    89 El tabernero aceptóy sin más palabras, volvió tras la barra, cogió una escoba y empezó a barrer los cristales esparcidos por el suelo. Un hombre flaco y bigotudo, que había presenciado el espectáculo de golpes con sus ojos de águila, se acercó a ellos. —Idiotas, ¿es qué no aprenderéis nunca? —oyeron decir a uno que pasó por su lado y se alejó rumbo a la salida. —Y ese, ¿quién es? —preguntó Jadlay a Najat. El joven se encogió de hombros. —A mí no me mires —dijo, al la vez que se apartaba un mechón de pelo rubio que había caído sobre su frente—. No tengo ni idea. Yejiel se echó a reír. Yo tampoco sé quién es, pero al parecer le ha gustado la fiesta. Poco a poco todo volvía a la normalidad y la taberna adquiría su típico carácter. Algunos clientes que presenciaron la pelea, ocuparon sus mesas cuando éstas estuvieron listas y otros, se marcharon. Ahora tenían un motivo más de conversación. Najat se sentía culpable. Una simple conversación sobre Nabuc había sido el detonante de la escaramuza. Los violentos dieron un significado erróneo a sus palabras. Jadlay, que tenía un severo dolor de cabeza por su culpa, se volvió hacia él, tenía algo que preguntarle. ⎯Por cierto, ¿se puede saber que significa eso de que estás a favor de Nabuc? Najat tragó saliva. ⎯¡Palabras! Eso lo dijeron ellos, yo jamás he afirmado tal cosa. ⎯¿Les has hablado de nosotros? ⎯No, ¿por qué lo preguntas? ⎯Puede ser una trampa ⎯afirmó Jadlay, con cierto tono preocupado⎯. Hay que andarse con cuidado. Jadlay se volvió de espaldas a ellos, pensativo. Sintió la leve llama de la esperanza arder en su interior. No tenían
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    90 nada que temer,si era una trampa, no habían caído en ella. Recordó las condiciones de su alianza con Nathan y la posibilidad de reinar la pequeña Esdras. La mera idea le resultaba enormemente sugestiva. ⎯El rey de Jhodam nos ha otorgado apoyo militar ⎯alegó de todas formas⎯. Entregará Esdras a quién pueda contribuir con la muerte de Nabuc. Najat y Yajiel no daban crédito a sus oídos, sorprendidos dieron unos pasos hasta situarse frente a su amigo. ⎯¿Has hecho un trato con el rey-dios? ⎯preguntó Najat. ⎯Si. Najat y Yajiel se cruzaron las miradas. Una alianza entre Jadlay y Nathan era lo último que podían imaginar. Ahora estaban seguros que Nabuc estaba completamente ajeno a ello, por lo que cualquier ataque de la milicia de Bilsán le cogería desprevenido. ⎯¿Algún plan? ⎯Si. Primeramente, reclutaremos a todos aquellos que estén dispuestos a seguirnos, no importa condición —dijo—. Si no saben luchar, les enseñaremos. Una vez bien entrenados, le plantaremos cara a Nabuc. Protegeremos a los oprimidos y a sus propiedades, si es que las siguen manteniendo y finalmente, nos enfrentaremos al enemigo. Le prometí a Nathan que derrocaría a Nabuc y pienso cumplir mi promesa. ⎯Es un buen plan, pero ¿te has enterado de lo ocurrido en el Monasterio de Hermes? ⎯No ⎯respondió Jadlay, intrigado⎯. ¿Qué ha pasado? ⎯Los sicarios de Nabuc, perpetraron el robo de las maderas de Jhodam. Incendiaron los establos, quemaron las provisiones para el invierno y asesinaron a varios monjes. Pero eso no es todo, las aldeas próximas a las canteras también han sido víctimas de la despiadada ambición de Nabuc; les han arrebatado el ganado y las siembras. En pocas palabras, los han dejado con el culo al aire. ⎯¡Eso es una declaración de guerra contra Jhodam!
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    91 ⎯Sí, pero nadiese atreve a hacer nada. Son gente de paz, no saben empuñar una espada, ni luchar con lanzas. ⎯Bien, eso se acabará pronto ⎯afirmó Jadlay⎯. Con nuestra resistencia y la ayuda del rey Nathan podremos formar un auténtico ejército que nos permita enfrentarnos a Nabuc y a todo su séquito de sicarios. El tabernero se acercó a ellos con una bandeja en las manos; traía pan, queso, carne y vino para los tres jóvenes. Pensó que después de la pelea tendrían hambre. Y no se equivocó. Mientras preparaba la comida y sin haberlo pretendido escuchó la conversación de los jóvenes y se encontró en la obligación de intervenir. Le importaba poco si le dejaban o no, hablar. La cuestión era que él tenía que decirlo o reventaba. Zenás puso sobre la mesa que estaba junto a la chimenea, la bandeja con los alimentos y se volvió hacia ellos. ⎯Pero, muchachos… —empezó diciendo—. ¿A quién pretendéis enfrentaros? Vamos a ver, ¿cuántos años tenéis veinte… veintidós años? Los soldados de Nabuc son auténticos asesinos, os harán pedazos. Jadlay, Najat y Yejiel se volvieron hacia él. No les importó que él estuviese escuchando, no tenían nada que ocultar, pero lo que sí les importó era el trato que les daba. Es verdad, eran jóvenes, pero si Nathan había confiado en Jadlay era por algo. ⎯Nuestra edad no es un impedimento, Zenás ⎯repuso Jadlay, mientras miraba la comida, ávido por probar bocado. No había tomado alimento desde que abandonó Jhodam y estaba muerto de hambre. El tabernero parecía reflexionar sobre las escuetas palabras de Jadlay. Comprendió sólo a medias que el muchacho tenía razón, pero él seguía opinando que eran demasiado jóvenes para embarcarse en contiendas peligrosas. Los hombres de Nabuc no se andaban con chiquilladas. El propio rey de Esdras era un hombre brutal e inhumano, los aplastará como a las hormigas.
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    92 ⎯Sentaros a comer⎯les dijo⎯. Invita la casa. Los tres jóvenes, sorprendidos, se sentaron en la mesa. Zenás les sirvió la jarra de vino para que se sirvieran a voluntad. Yejiel, que estaba sediento, vació el vaso de vino. Najat se sentó frente a Jadlay y lo miró con sus ojos verdes. Tenía curiosidad por saber algunas cosas sobre el rey-dios. Había escuchado muchas leyendas sobre él y aspiraba a que fuesen ciertas. ⎯¿Cómo es? Jadlay le miró sin comprender. ⎯El rey Nathan… ⎯Najat esclareció la pregunta. ⎯Imponente ⎯respondió llanamente el joven al tiempo que se llevaba un trozo de queso a la boca. ⎯Dicen que puede fulminar a cualquier persona con solo mirarla a los ojos, como los basiliscos, ¿es cierto? Jadlay bebió de su copa. El vino pareció gustarle. ⎯Posiblemente. Sin embargo, no des crédito a todo lo que se dice por ahí. Nathan es una divinidad, eso es indiscutible; pero también es cierto, que es más humano de lo que nos han hecho creer. ⎯¿Humano? Tengo entendido que… Jadlay interrumpió a Yejiel. ⎯Ya se que no es humano, es una forma de hablar… ⎯repuso⎯. Vamos, que él tiene sentimientos y sensaciones humanas; emociones, dolor y quizá, temor. Eso no lo hace ser muy diferente de nosotros. Se hizo un pesado silencio. Jadlay pensaba mientras comía. Los frecuentes saqueos de las tropas enemigas, el reclutamiento de los futuros guerreros de Bilsán, los misterios de Nathan; ahora que lo conocía, tenía una visión diferente de él, pero no dejaba de preocuparle. Sabía que el Rey de reyes, el dios de todos los dioses maquinaba algo, ¿por qué le ofreció Esdras? Esta era una pregunta sin respuesta, por más que lo intentaba no la hallaba. Él se conformaba con gobernar en Bilsán, pero no podía ser. Bilsán era propiedad de Jhodam y formaba parte
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    93 del imperio. ¿Acaso,Nathan, sabía algo y lo ocultaba? Estaba en su derecho, por supuesto. Nadie podía cuestionar sus decisiones. «Esdras…», pronunció mentalmente. «El rey Nabuc no se quedará de brazos cruzados, mientras la resistencia de Bilsán le amenaza con declararle la guerra. Actuará», Jadlay estaba seguro. ⎯Lo que estamos planeando no es una incursión cualquiera —dijo—. Hay de derrocar a Nabuc… Esas fueron las órdenes de Nathan, pero estoy seguro que nuestro rey estaría más tranquilo si le diéramos muerte. Ese tirano no merece más que la muerte ⎯dijo en voz alta, ante la sorpresa de sus dos compañeros que comían placidamente. Yejiel se apresuró en contestar. ⎯Estoy de acuerdo contigo. Pero no olvides que sigue existiendo la posibilidad de que Nabuc tome represalias contra nosotros o lo que es peor, contra Bilsán —dijo—. La ciudad debe estar debidamente protegida y tener capacidad de respuesta inmediata. Planificar la defensa de la ciudad es tan importante como nuestros planes de incursión. ⎯¿De cuántos hombres disponemos, en este momento? ⎯Unos veinte ⎯respondió Yejiel. ⎯Es una cifra irrisoria. Necesitamos formar una gran legión. Con veinte hombres no vamos a ninguna parte. ⎯¿Cuántos soldados te enviará el rey? ⎯Lo desconozco. Najat les escuchaba sin perder de vista el plato. Para él, en estos momentos, era más importante la comida que planificar la guerra. Para eso siempre hay tiempo, se decía. Jadlay se volvió hacia la ventana, desde allí se podía ver la Forja de Caleb. ⎯Necesitaremos espadas y lanzas. Espero que el viejo Caleb nos ayude. ⎯No creo que ponga objeciones ⎯dijo Najat, con la boca llena, incorporándose a la conversación⎯. Ayer estuve con él y ha acumulado una buena colección.
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    94 En eso quese acercó, Zenás con una nueva jarra de vino. ⎯¿Más vino, muchachos? Los tres jóvenes alzaron la vista, sonrientes. El sí de los jóvenes fue rotundo. Con los vasos llenos a rebosar, Jadlay siguió con la conversación. ⎯La muralla que rodea Esdras es muy alta, será difícil escalarla. Además, he oído decir que el castillo de Nabuc es inexpugnable, protegido por una fortaleza de grandes muros. Los centinelas de la torre nos divisaran muy rápido. Si hemos de entrar, aconsejo hacerlo por la noche. ⎯Comparto tu idea, pero el enorme portón estará cerrado. ⎯Escalaremos por el lado norte ⎯respondió Jadlay⎯. Es el más oscuro. Najat hizo un gesto para hablar. ⎯¿Me permitís decir algo? Sus compañeros le miraron, sorprendidos. ⎯Por supuesto. ⎯¿Qué pasa si ellos nos atacan primero? —preguntó, preocupado—. Estáis hablando de una incursión a Esdras, pero no hay que olvidar que divisiones de sus tropas cabalgan por los bosques, saqueando y matando. Jadlay lo interrumpió. ⎯Aclárate. ¿Adónde quieres ir a parar? ⎯Nosotros podemos ser su siguiente objetivo ⎯respondió Najat⎯. Existe la posibilidad de que antes de invadir Esdras, tengamos que defendernos de ellos. ⎯¿Qué motivos tienen ellos para atacarnos? ⎯¿Motivos? Muchos… Nos conocen, saben quiénes somos. Jadlay no quería pensar en las efectivas palabras de Najat. Sus presentimientos no eran nada descabellados, sabía que en el fondo, tenía razón. Habían pensado hasta la saciedad como introducirse en Esdras, pero nunca idearon un plan para defenderse de un más que posible ataque o lo que era peor, una emboscada. Frecuentaban los bosques y
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    95 sus enemigos, también.Idear una trampa en uno u otro lado era relativamente fácil, la cuestión era no caer en ella. Los sicarios se habrán cubierto las espaldas, pero ellos… aún no estaban preparados. Pasó la tarde y los tres jóvenes abandonaron la taberna. Tras ellos, un grupo de jóvenes que habían escuchado todo sobre lo concerniente a buscar gente para reclutar y formar parte de la resistencia. Era una gran oportunidad la que se les presentaba y estaban dispuestos a servirles por una buena causa. Desataban las riendas de sus caballos cuando observaron, atónitos al grupo de interesados que salían de la taberna. Se cruzaron las miradas, sorprendidos. En ese instante, se acercó a ellos un extraño jinete encapuchado. Era el Comandante Jefe del Ejército de Élite de Jhodam. Jadlay al ver a ese imponente jinete, comprendió… la élite del rey Nathan, aquella era la mayor fuerza existente, pero ¿cómo era posible? ⎯se preguntó⎯. ¿Tanta confianza había depositado el rey de Jhodam en él como para enviarle a su más valiente guerrero? Jadlay estaba que se salía de asombro. Sus amigos le dirigieron una mirada interrogadora ¿Qué significaba todo aquello? ⎯¿Jadlay? ⎯preguntó el jinete. Junto a él, dos jinetes más, con caballos negros muy bravos y bellamente enjaezados. El joven dio un paso hacia delante. ⎯Yo mismo. ⎯Nos presentamos ante vos en nombre del rey de Jhodam. Mi nombre es Áquila, comandante jefe de las fuerzas de élite, para servirle. Los dos jinetes que le escoltaban mantenían un silencio absoluto. Jadlay abrió los ojos como platos, nunca imaginó que Nathan se tomase tan en serio su causa.
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    96 ⎯Supongo que nohabéis venido solos, ¿y el resto de tus hombres? Áquila se apeó del caballo y con prestancia se acercó a él. ⎯En los Abismos de Roccá, escoltando a los arqueros, tardaran cuatro días en llegar. Jadlay no supo si sentirse excitado o aterrado. Era un gran honor el ser elegido para presentar batalla junto a aquél hombre del rey. Era consciente de que era una táctica suprema. Nathan lo colocaba en una situación peligrosa, pues sería juzgado por Áquila, éste seguramente ha sido enviado para informar al rey sobre su actuación, lo cual le obligaba a mostrarse arrojado y tomar la iniciativa llevando la lucha a las filas enemigas. En aquellos instantes de perplejidad, Yejiel, Najat y los jóvenes de Bilsán que deseaban unirse a la resistencia, dejaron de existir ante ellos. Mientras Jadlay parecía estar en otro mundo junto al comandante Áquila, sus dos amigos conversaban con los aspirantes a formar parte de las futuras tropas. El manifiesto de los derechos y obligaciones de todo guerrero era redactado y comunicado por Yejiel. Najat lo miraba perplejo, su amigo se estaba inventado toda aquella palabrería y los aspirantes se los estaban tragando. «¡Increíble!», pensó. Áquila, era imponente; debía medir casi dos metros y su edad no superaba los treinta y cinco años, de cabellos y ojos claros, tenía un definitivo aspecto ario; vestía una armadura de escamas de cuero negra, en forma de corpiño sin mangas, y sobre su cadera se podía distinguir un par de bumeranes, éstos estaban unidos a la faja estrecha cincelada que rodeaban su cintura; en su espalda cargaba un carcaj con gran cantidad de flechas con astiles de junco, su arco angular sobresalía a un lado de la montura. Jadlay observó las armas, los arcos y flechas que despertaron un interés supremo. Nunca había visto un arco como aquel, formado con láminas de oro sobre un núcleo de madera forrada por delante o por detrás con tendones y envuelto en corteza, era bellísimo. Sus
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    97 ojos se clavaronen el arco, hipnotizados. Áquila se dio cuenta de la admiración que causaba su arco, lo extrajo del arnés y se lo mostró. Jadlay lo tomó y observó en detalle, sus compañeros avanzaron unos pasos para ver aquella obra de arte. Tensó el arco con una flecha que le había cedido Áquila, probándolo, sin llegar a lanzarla. ⎯Fue un regalo del rey ⎯les dijo. ⎯¿Dónde os hospedaréis, mi casa es pequeña? ⎯le preguntó Jadlay, entregándole el arco. ⎯No os preocupéis por esta insignificancia, estamos preparados para afrontar estas situaciones ⎯respondió Áquila con seguridad⎯. Armaremos un campamento en las afueras de la ciudad. El tiempo pasó rápido y el crepúsculo daba pasó a las primeras sombras de la noche. El día había sido agotador, sobre todo para Jadlay. Regresó de Jhodam, se enzarzó en una violenta pelea, recibió un fuerte golpe en la cabeza y conoció a un auténtico guerrero de élite, pero no uno cualquiera, sino el comandante jefe de la unidad secreta del rey Nathan. A estos hombres, el rey les ordenaba los asuntos militares más peligroso, espinosos, complejos y ortodoxos. Hacían un trabajo impecable y no solían dejar huellas. Si era cierto que Nathan enviaría una legión de arqueros a Bilsán, la resistencia acabaría siendo un ejército temible. Áquila fustigó su caballo con las riendas y desapareció en la oscuridad de la noche, seguido fielmente de sus dos escuderos. Mientras, Jadlay y sus dos amigos echaban a andar, junto a sus caballos, en dirección a sus casas.
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    98 Capítulo 7 Nathan yla Conexión del Silencio El suntuoso y majestuoso salón del trono había sufrido múltiples transformaciones a lo largo del tiempo. El salón estaba formado por dos estancias claramente diferenciadas; la recepción, a la que se accedía traspasando la arcada, ésta era una gran sala hipóstila con forma rectangular y rodeada de columnas laminadas en oro que llegaban al techo. El suelo era un espejo de oro puro, sus placas estaban talladas con runas protectoras y en el centro, el blasón real: «un halcón con las alas extendidas». La estancia contigua, era el salón real con forma circular, y rodeado de bellas columnas pentagonales. Las paredes de todo el conjunto eran de mármol y estaban forradas de cristal tallado. El trono real, de oro macizo, estaba situado al fondo de la sala y sobre una tarima de mármol, ésta cubierta con una majestuosa alfombra roja con el blasón real bordado en el centro, cubría a su vez, los peldaños semicirculares del estrado. A ambos lados y a pies del estrado, había dos estatuas de dos metros de altura, magistralmente esculpidas que, con sus miradas puestas hacia el umbral y en clara actitud reverencial, franqueaban el acceso, obligando a los admitidos en audiencia a mostrarle pleitesía al rey. Si el rey estaba sentado en el trono, nadie podía osar poner un pie en los peldaños del estrado sagrado, ni siquiera Halmir, que era su padre. El techo del salón real era una bóveda celeste y la espectacular cúpula estaba decorada con
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    99 una representación verazdel universo. La impresión era, que si alguien alzaba la vista hacia la bóveda podía sentir un vértigo atroz, y si la inclinaba hacia el suelo, un abismo se abría ante sus pies. Cualquiera podría tener la turbadora sensación de que si se daba un paso hacia cualquier lado se precipitaría al vacío. El salón del trono era un lugar para contemplarlo atemorizado. Juntadas las manos en actitud de oración, Nathan se volvió de espaldas al trono sagrado. Estaba solo bajo aquel cielo estrellado, pensativo. Sus largos y rizados cabellos rubios hacían destacar la suntuosa capa negra de terciopelo que portaba, tan larga que la arrastraba al caminar. Nathan estaba tan ausente, que no oyó los pasos de alguien que se acercaba hasta el pie del estrado. Con sigilo, Ishtar hizo una profunda reverencia con una pierna arrodillada sobre el suelo. ⎯Majestad… Nathan volvió a la realidad y miró al inmortal. ⎯¡Levántate! Ishtar obedeció. El rey dio unos pasos y bajó lentamente los peldaños del estrado con la capa ondeando en la espalda; se situó frente al inmortal y lo contempló con una agradable sonrisa. Estaba majestuoso, vestido con un jubón de cuero negro, y ceñido a la cintura portaba el cinto con la Daga de Oro. El inmortal cruzó las manos, su semblante serio alertó al rey. ⎯¿Qué sucede? ⎯preguntó Nathan, mientras deslizaba una mano hacia la empuñadura de su daga. Ishtar levantó la mirada. ⎯Hemos recibido un despacho urgente procedente del Monasterio de Hermes, Majestad ―dijo―. Los sicarios de Nabuc perpetraron un ataque contra los monjes, robaron las maderas y asesinaron a varios hermanos.
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    100 Nathan frunció elentrecejo, no muy sorprendido. ⎯¿Quién firma la misiva? ―preguntó, disgustado. ⎯Agar, Majestad ⎯afirmó Ishtar⎯. Al parecer el abad os tiene miedo y teme vuestra reacción. Tadeo no se ha atrevido a comunicaros la noticia personalmente. El rey no pudo evitar sorprenderse. ⎯¿Miedo, dices? ⎯El abad Tadeo teme que le retiréis la concesión maderera. Nathan se volvió de espaldas a Ishtar, en actitud reflexiva. Cómo era posible que le tuvieran tanto miedo sí nunca había actuado contra ellos, es más se desvivía por facilitarles la vida, ya de por sí bastante complicada al estar situado el monasterio tan cerca de Esdras y del mismo rey Nabuc. Esa situación fue nueva para él, por mucho que lo intentaba no alcanzaba a comprender la actitud del abad. De repente, se giró y cambió de tema. ⎯¿Dónde está mi padre? Los ojos de Ishtar se abrieron como platos, alarmado, al ver el pálido rostro de Nathan. La noticia no le había sentado bien. Sintió un nudo en la garganta, carraspeó. ⎯Tranquilizaros, Majestad ⎯dijo Ishtar, con voz ronca⎯. Está reunido con Morpheus. Nathan decidió retirarse. Estaba trastocado por las últimas noticias del monasterio. Pero no le preocupaba el robo en sí, sino el ataque de los rebeldes y el supuesto miedo del abad hacia su persona. En esos momentos, la situación le superaba. Antes de irse le comunicó sus intenciones a Ishtar. ⎯Bien ―dijo―, decidle que me confinaré unos días en el templo. Necesito tiempo para pensar; al menos, espero descubrir el origen de ese miedo. Ishtar lo miró y comprendió, sin lugar a dudas, lo que el rey quería decir con lo de confinarse en el templo y no se sintió confortado. El retiro forzado del rey era una medida drástica, una medida que dejó al inmortal muy preocupado.
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    101 Instantes después, Nathanse retiró a su templo privado y el inmortal permaneció inmóvil unos minutos junto a las escaleras del estrado, pensativo. En esos momentos, no sabía que decirle a Halmir, pues intuía que éste se preocuparía en exceso por su hijo, siempre lo hacía. Pero la decisión de Nathan era firme y nadie podía inmiscuirse en sus asuntos, por mucho que le pesase a su padre no se podía hacer nada, más que aceptarlo. Era consciente de que después de su confinamiento, podrían suceder dos cosas; una, que el rey se volviese manso o todo lo contrario, airado y desafiante. Ishtar aspiró profundamente y luego, abandonó el salón del trono a grandes zancadas. En el templo sagrado… Nathan estaba sentado sobre sus rodillas, vivía el silencio y la soledad. Buscando respuestas a sus preguntas, comunicando con su divinidad. Cuando llevaba tres días sumido en una meditación sobre sí mismo, recuerdos amargos de su pasado atravesaron su espíritu, haciéndole sufrir nuevamente. Llevaba varios días sin comer ni beber y su cuerpo estaba muy débil. Lo sentía, estaba a punto de traspasar la línea de la lucidez, pero se había impuesto el silencio más absoluto porque necesitaba escucharse. El ayuno era obligatorio. Su cuerpo, para evitar el desfallecimiento, empezó a emitir energía, pero él no aceptó esa medida de salvación. Rechazó toda la ayuda de procedencia divina que su ser generaba. Quería sentir el dolor, sentir su cuerpo. Quería hallar la respuesta a su pregunta: ¿por qué me tienen tanto miedo? Era consciente de que si rechazaba a Ra, aunque fuese por sólo unos instantes, sufriría como un mortal y eso no le asustaba. ¿Había algo peor que el sufrimiento? Para él, sí. Nathan evocaba una y otra vez, los principios
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    102 espirituales que habíanguiado toda su vida y se privó de sus últimas fuerzas para escucharse. ¿Qué tenía que decir su Yo al respecto? Nada. Y ya no podía más. Transcurrían las horas y Nathan, sumido en un estado febril, lloraba. Tenía que cumplir el propósito de su confinamiento, pero con la garganta ardiente y la cabeza pesada, no soportaba la soledad de su silencio. De repente, se derrumbó, fulminado. Tendido de lado, no se movía. Halmir velaba al rey. El inmortal se vio obligado a romper el confinamiento de su hijo. Él, Ishtar y Morpheus se lo encontraron inconsciente en el suelo. Un estado próximo al coma provocado por la fiebre y el debilitamiento extremo. La conexión del silencio que Nathan había provocado fue la causa de su grave estado. El rey era cuidado día y noche por médicos y hechiceros. Muchos días de angustia en los que la existencia inmortal del soberano había permanecido en el más absoluto de los silencios. Nathan lo había conseguido, romper con la realidad; hallar su respuesta. Pero su cuerpo no pudo soportarlo. Poco a poco el espíritu divino de Nathan parecía vincularse de nuevo a la vida. La respiración del rey se acentuó. Abrió los ojos, ladeó la cabeza y miró a su alrededor… Y fue entonces cuando lo vio. ⎯Padre… ⎯Aquí estoy ⎯respondió Halmir enseguida, precipitándose hacia el lecho de su hijo. Le cogió la mano. ⎯¿Por qué lo has hecho? ⎯preguntó Nathan. Halmir sabía a lo que se refería su hijo. No le iba a mentir, estaba dispuesto a decirle la verdad. ⎯El confinamiento duraba mucho, me preocupé. Fui al templo con Ishtar y Morpheus, desobedeciendo tus órdenes y te encontramos, yacías en el frío suelo, inconsciente. No
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    103 estabas meditando, hijo⎯hizo una pausa⎯. Tenía que sacarte de allí. Perdóname, si hice mal. Pero no tuve más alternativa que actuar con rapidez. Nathan no replicó a su padre. Cerró los ojos. Volvió a sumir su conciencia en el olvido, permaneciendo así unas horas, que a Halmir le parecieron interminables. Pasado ese tiempo, la inconsciencia cedió, y Nathan empezó a delirar, presa de fiebres muy altas. Halmir mantenía sobre su frente un lienzo fresco. Maya, el médico preparaba una infusión vigorizante. ⎯El rey debería pasear al aire libre, disfrutar de la vida, no encerrarse en un templo, obligándose a mantener un ayuno peligroso ⎯le decía a Halmir. ⎯Lo sé, Maya ⎯respondió el hombre apesadumbrado⎯. Lo sé. Pero soy incapaz de inculcarle esas premisas que tú profesas. Nathan dormía. El aroma del sándalo y el incienso perfumaba el aposento. Halmir agotado, no podía conciliar el sueño. El estado de su hijo y las preocupaciones, le absorbían. El mundo se derrumbaba a su alrededor. Durante los últimos días habían aumentado los disturbios en Esdras y Bilsán. Los sufrimientos de los aldeanos eran intolerables. Nabuc se había enterado de la indisposición del rey de Jhodam y se aprovechaba de la situación. La unidad secreta del rey, establecida en las afueras de Bilsán, seguía esperando bajo las órdenes de Áquila y Jadlay a que el rey otorgara su consentimiento definitivo a una incursión militar en Esdras. El inmortal lloró de rabia. Su hijo merecía ser feliz, tener un heredero legítimo… La juventud de su hijo se marchitaba, pero su destino… Nathan, como encarnación de Ra, vivía agobiado. Las gentes de las ciudades habían inventado todo tipo de leyendas acerca de sus poderes, que no hacían más que acrecentar el miedo a su presencia. Eran fantasías, ¿o no?
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    104 Realmente, Nathan teníamucho poder, pero no lo empleaba. Su voz y su palabra tenían la fuerza suficiente para que la gente cayese rendida a sus pies. Halmir comprendió que su hijo, desde que se convirtió en el último dios, estaba viviendo una falsa tranquilidad. Maya, después de un descanso, regresó al aposento real, y no lo hizo solo, iba acompañado de Ishtar. Ambos estaban dispuestos a sacar a Halmir de la cámara de su hijo y si era necesario lo harían arrastras. Era vital que descansase. Se lo encontraron arrodillado con la cabeza apoyada sobre el suelo. Ishtar y Maya lo levantaron. El inmortal los miró con los ojos turbios. ⎯¿Adónde me lleváis? ⎯preguntó, al verse sorprendido—. No podéis separarme de mi rey. Mi hijo… Necesito a mi hijo. No le respondieron, pero si les oyó hablar entre ellos. ⎯Maya, quédate tú con el rey. Yo llevaré a Halmir hasta su aposento. ⎯De acuerdo, pero asegúrate de que se acuesta. ⎯No te preocupes, si es necesario lo ato a la cama. Nathan era ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba sedado, obligado a mantener un descanso absoluto. No vio como se llevaban a su padre, sumido en una crisis nerviosa, ni oyó nada. Su mente estaba a años luz de allí. Transcurrieron seis días. Nathan, después de adoptar un estado de sosiego interno y en intuir silenciosamente los trastornos de los ritmos de su cuerpo, recobraba la salud. En parte, también había sido gracias a las secretas infusiones de Maya, durante todos estos días alimentó al rey con una mezcla de sustancias extrañas, que al hervir juntas, daban lugar a un líquido oscuro, amargo y poco denso que estaban dotadas de asombrosas propiedades curativas. El médico
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    105 había permanecido conel rey día y noche, esperando una mejoría. Mientras Halmir, postrado en la cama de su aposento, se recuperaba de una violenta crisis nerviosa. Mantener en cama al inmortal fue más difícil de lo que se habían creído en un principio, pues no hacía más que pensar en su hijo; el amor que sentía por Nathan era obsesivo y casi enfermizo. El rey nada más despertar, preguntó por su padre. Cuando le informaron de que estaba enfermo, se levantó de la cama de un salto. ⎯Abrígate, hace frío ⎯le dijo Maya, en actitud paternal, dejando de lado el protocolo y las formas. Nathan se arrebujó en una capa de descanso y se fue directo al aposento de su padre. La absoluta serenidad que mostró el rey impresionó a Maya, nunca lo había visto así. Algo había cambiado en Nathan. La forma en que se levantó de la cama. Los gestos. Era como si hubiese retrocedido en el tiempo. Después de largos años vagando en su interior para encontrar su senda; después de que su divinidad se interpusiera día a día en su camino como los arrecifes que hacen zozobrar a un barco; después del mazazo que supuso perder a sus hermanos dioses como él, bajo las manos ensangrentadas de Apofis, había logrado encontrarse a sí mismo y aceptado lo que es. Nathan había descubierto su Yo oculto, su Yo casi humano, una esencia que fue desterrada de su mente justo en el instante que cumplió la profecía. Ahora, se sentía más vivo que nunca y con unas ganas tremendas de recuperar su juventud perdida en aras de la inmortalidad y la divinidad. «La divinidad me persigue, me acosa ⎯se lamentó Nathan⎯. No me permite vivir. No puedo dormir, sin soñar. Soy consciente de lo que represento, yo mismo lo he aceptado infinidad de veces. Pero quiero ser yo mismo, ser normal y corriente. Puedo
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    106 lograr una integraciónperfecta si se me permite actuar con normalidad. No quiero que nadie me tenga miedo, sólo deseo que se me respete y nada más», se dijo a sí mismo, pues a nadie más podía apelar. Nathan es en muchos sentidos una persona excelsa, pero apegada a la tierra, mientras que en otros parece un ser de otra era o galaxia, pues tanta es su satisfacción con las cosas más sencillas, tan espontánea su divinidad y tan inquebrantable su fe y confianza en sí mismo y en sus genes inmortales, que no podía causar más que admiración, en unos casos y temor, en otros. Aunque, en su condición de último dios vivo, iba vestido con el esplendor de sus orígenes, los que compartían su vida con él, vivían con intensidad sus ceremonias, impresionantes hasta el punto de ser incomprensibles para las mentes más eruditas. El poder elemental de sus palabras sagradas, sus arrebatos, su alegría y su misterio. Nathan es como la música que evoca a su vez el sonido del viento, el rugir de los torrentes en Roccá y el retumbar de los truenos de una furiosa tempestad. Muchos, en Jhodam y a lo largo y ancho de Nuevo Mundo, se hacen la misma preguntan, ¿cuál es la naturaleza de su poder, blanco o negro? La respuesta no es una u otra, sino las dos. Nathan es la suprema encarnación de Poder Dual, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo hasta el fin de los días. Ishtar vio a Nathan pasar como una exhalación por el corredor. Trató de alcanzarle, pero él ya había desaparecido. El inmortal tuvo que conformarse con perseguir su sombra, que serpenteaba por las paredes y se alargaba entre una y otra lámpara tridente, estratégicamente colocadas en columnas de dieciséis lados. Nathan llegó a la lujosa sala de recepción de su padre, la atravesó a grandes zancadas y al llegar al umbral del aposento se detuvo unos instantes, meditabundo.
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    107 Abrió la puertay entró. El aposento estaba a oscuras. Las cortinas corridas y ni una sola vela que iluminará las sombras. Su padre acostado, dormía de lado. Nathan se acercó al lecho. Una mano de Halmir colgaba del borde de la cama. ⎯Padre…⎯dijo en voz muy baja al mismo tiempo que colocaba su mano caída sobre las sábanas. Nathan sintió los dedos de su padre, fríos. En ese instante, Ishtar apareció en el umbral y se quedó allí, en silencio. Halmir abrió los ojos. Una voz lejana había alarmado su corazón, no podía creer que fuera su hijo. Nathan miró a su padre, su rostro febril, perlado por el sudor le causó gran impresión y su aplomó cayó en picado. Por primera vez en su vida, se dejó llevar por un sentimiento humano y se arrojó junto a su padre, y hundió su cabeza en su pecho. Halmir dejó escapar un gemido y se movió. ⎯Nathan… El joven levantó la vista y miró a su padre, con los ojos a punto de lagrimar. ⎯¡Has sanado! ⎯exclamó Halmir con una leve sonrisa. ⎯Sí, padre. Halmir acarició su larga melena a la vez que empezaba a notar una mejoría conseguida gracias a la presencia de su hijo. ⎯Padre, yo no elegí mi destino ―dijo―. Tú lo deseabas para mí, pero yo no. Lo único que deseo es… paz. Nathan, arrebatado por su soledad, agarró la túnica de su padre por ambos hombros, zarandeándole y gritándole: ⎯¿Por qué, padre? ⎯las lágrimas invadieron sus ojos⎯. ¿Por qué tuviste que interponerte en mi destino? ¿Por qué…? Halmir se incorporó de un brinco y abrazó a su hijo con fuerza. Comprendió que Nathan, había conseguido destruir la coraza divina que lo protegía, arrojando la máscara férrea para descubrir a un muchacho lleno de sentimientos. No
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    108 sabía como lohabía logrado, pero lo cierto es que, su hijo, había conseguido su propia liberación. ⎯Por favor, Nathan. No te atormentes. ¡Te quiero! Nathan se sacudía en los brazos de su padre, llorando con gran desespero. Su padre hacía mucho tiempo que no le veía llorar. Halmir miró por encima del hombro de su hijo y vio a Ishtar en el umbral, observando en silencio. Unas lágrimas brotaron de aquellos ojos grises, los cerró para unirse en silencio a su hijo. Cuando volvió a abrirlos, miró hacia el umbral… Ishtar se había marchado. Halmir apartó a su hijo. Se sintió obligado a calmar sus emociones, ahora a flor de piel. ⎯Escúchame, Nathan ⎯alzó el mentón de su hijo⎯. La oscuridad te impide ver la luz que hay en tu interior. Sé lo que deseas, conozco tus aspiraciones, pero no me culpes a mí. Yo fui un títere en manos de Justice, él nos utilizó a los dos; a mí, para engendrarte y a ti, para encarnarse. Nathan lo interrumpió entre sollozos. ⎯Sólo deseo ser yo mismo ⎯repuso⎯. Mi Yo existe, padre. Lo he descubierto. ⎯Lo sé, hijo. Pero la única forma que tienes de disfrutarlo plenamente es deshaciendo el lazo que te une a la divinidad de la que formas parte, ¿es eso lo que quieres? Nathan lo miró con una tristeza absoluta. ⎯Sí, padre. Eso es lo que quiero. ⎯Perderás tu inmortalidad. ⎯No me importa. Al escuchar la respuesta de su hijo, Halmir sintió una estacada en el corazón. Se hundió sin aire en los pulmones, luchó por salir a la superficie. ⎯No puedo… ⎯Halmir titubeó, temblando por la respuesta de su hijo⎯. No puedo permitirlo, lo siento. Nathan se levantó, con el semblante pálido. Incapaz de asumir las palabras de su padre. ⎯Debes entenderlo ―dijo Halmir―. No puedes
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    109 eximirte. Si lohaces, tu destino es la muerte. Sobresaltado por aquellas palabras, que en cierto modo ya sabía, Nathan estudió a fondo los ojos serenos de su padre y observó en ellos un cambio sutil. Halmir no desvió la mirada, dejó que su hijo siguiera escudriñándole. Las circunstancias que rodeaban a Nathan señalaban en una sola dirección. No le cabía la menor duda que los intentos de su hijo por escapar de su destino eran cada vez más certeros y temía que algún día se saliese con la suya. No podía sentirse aliviado, su hijo podía tomar una lamentable decisión que para él podría resultar difícil y angustiosa. En el trasfondo de la mente de Nathan comenzó a esbozarse un plan, todavía impreciso, pero que iba tomando forma con rapidez. Halmir no dejó de mirar a su hijo en ningún momento, éste parecía resignado, pero también pensó en la máscara y en la posibilidad de cubrirlo nuevamente. ⎯¿Por qué no quieres aceptarlo? —dijo—. Eres superior a la raza humana y a las leyes del espacio y del tiempo. Justice te lo transfirió a ti, así me lo dijo expresamente. Nathan sintió un desagradable escalofrío al recordar la muerte de la deidad que a su vez, fue su hermano y maestro. Su padre siguió hablándole, tratando de convencerle para que no tomara una decisión tan arriesgada. ⎯Tú has sido forjado en un molde diferente y aunque no te guste, eres Ra. Si deseas hacer una pausa en tu vida y dedicarte a vivir como un simple mortal, hazlo. Nadie tiene autoridad para cuestionar tu forma de vivir, pero aún así debes tener mucho cuidado con lo que haces —hizo una pausa—. Eres el rey de Jhodam, nunca lo olvides. Halmir apartó las sábanas que cubrían sus piernas. Se levantó, cruzó el aposento y descorrió las cortinas. Los rayos solares entraron en la estancia endiabladamente intensos. Bruscamente se apartó de la ventana, pues llevaba muchos días sumido en la penumbra y la luz le deslumbraba. Se volvió hacia su hijo.
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    110 ⎯Eres una deidady eso no te impide renunciar a tus sueños. El sermón sensato y tranquilizador de su padre le dejó perplejo. Halmir se percató y sonrió. Su hijo solía desobedecerle muy a mundo así que no encontró extraño que por su mente pasara la idea de hacerlo de nuevo. ⎯No has tenido reparos en desobedecerme en otras ocasiones ⎯dijo, apoyando su mano sobre el hombro de Nathan ⎯. Pero basta de hablar de destinos futuros y volvamos al presente. Dime, ¿te gustaría realizar un viaje al Monasterio de Hermes? Nathan se quedó de piedra. ⎯¿Qué? ⎯¿No quieres ser normal y corriente? —preguntó Halmir—. Pues empieza por ahí… Muéstrate ante tu gente, vive sus penas y sus alegrías. Ellos te perderán el miedo y tú te encontrarás en paz contigo mismo. Ambos permanecieron un buen rato contemplándose mutuamente. Nathan, pese a su fuerte carácter, permanecía extrañamente en silencio. Su padre le había sorprendido y fue incapaz de replicarle. Comprendió que tenía razón. Tenía que cambiar el enfoque de su vida, no su destino. El prisma era muy diferente mirando hacia un lado o hacia otro.
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    111 Capítulo 8 La SangreNunca Llega al Río El cascabeleo de los arneses, los caballos, el crujido del cuero y el golpear de las botas sobre las hojas caídas de los árboles. Hace días que el tranquilo bosque de Bilsán, invadido de carpas, dejó sus ritmos cotidianos y simples para unirse a aquella inusual y sorprendente cacofonía. La milicia de Bilsán se unió en el bosque, al grupo de élite y arqueros de Jhodam. Estaban estratégicamente acampados no muy lejos de un arroyo en el que a todas horas chispeaba el agua; sus orillas y rocas estaban cubiertas de musgo húmedo de un color verde esmeralda brillante. Por el momento permanecían a la espera de nuevas órdenes. Cuando desde Jhodam, llegó un mensajero con una notificación firmada por el rey, ordenando que los arqueros destinados a Bilsán partieran urgentemente rumbo a Haraney, para controlar el paso de los contrabandistas y evitar nuevos saqueos en las aldeas lindantes. El rey Nabuc, que no conocía los planes del rey de Jhodam, había movilizado un grupo de hombres con el propósito de atraerlos a Esdras y negociar con ellos. Mientras tanto, Jadlay y los guerreros mataban el tiempo entrenando sus habilidades, algo esencial para enfrentarse con garantías a las tropas de Nabuc. Las órdenes habían sido muy concretas: al margen del nuevo destino de los arqueros, ellos tenían la orden expresa de no atacar y permanecer en silencio; sólo si las circunstancias lo requerían podían desobedecer esa orden.
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    112 Por supuesto, queesas circunstancias se referían a un ataque enemigo. Áquila trató de recalcar a Jadlay la importancia de obedecer las órdenes del rey al pie de la letra, pero se encontró con problemas. A Jadlay no se le daba bien aceptar las órdenes de los demás ni siquiera las del mismísimo rey, y sin pensar dijo algo que levantó la ira del comandante. —¿No hablará en serio? Áquila entornó las cejas, intrigado. —¿Quién? —El rey —respondió Jadlay—. No me lo puedo creer. Se echa atrás… —Y como un niño pequeño, habló demasiado—. ¡No pienso obedecer esa orden! —¿Has perdido la cabeza? —Áquila clavó en él unos ojos claros llenos de ira. Jadlay retrocedió un paso para alejarse del comandante. La ira le había encendido el rostro. —No sé por qué te pones así —dijo—. La resistencia puede actuar libremente y darle un buen escarmiento a ese tirano. No por eso va a declararnos la guerra. —Escúchame bien, Jadlay… —empezó diciendo Áquila—. He cazado con él; me he entrenado con él; he compartido con él odres de agua y vino. Me he ganado su confianza. ¿Acaso piensas que voy a tirar por tierra todo lo que he conseguido, permitiéndote a ti actuar a tu antojo? — Áquila hizo una pausa para pensar un instante. Por un lado, comprendía al chico, sus ganas por darse a conocer y demostrar que es un guerrero valiente, pero ese camino no era el correcto; y por otro, tenía la orden de controlar su impulsividad, para evitar precipitaciones indeseables—. Mira, muchacho… Valoro mi vida, ¿entiendes? Y tú deberías hacer lo mismo —le tendió a Jadlay el rollo de pergamino para que leyera las órdenes él mismo—. Nunca, nunca traiciones al rey de Jhodam, porque no habrá lugar en esta tierra dónde puedas esconderte. El chico no había terminado de leer cuando Áquila le
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    113 quitó el pergaminode las manos. —Ya has leído bastante. En el fondo, Nathan sabía que Jadlay sería difícil de amansar y decidió enviar a Áquila, para domar su carácter pendenciero. —Lo siento, no sé que me ha pasado —murmuró el chico—. Me he dejado llevar… Juro que no volverá a pasar. —Bueno —suspiró el comandante—. Si estás arrepentido, olvidaré tus palabras y aquí no ha pasado nada. Después de la inesperada discusión que mantuvieron Áquila y Jadlay, las aguas volvieron a su cauce. Habiéndose marchado los arqueros, quedaron ellos: la élite, con Áquila de jefe indiscutible, y la milicia de los libertadores, conocida como la Resistencia, liderada por Jadlay. Olvidado el enfrentamiento verbal entre los dos jefes, el joven se sumió en el reclutamiento y entrenamiento de jóvenes dispuestos a todo por defender sus tierras. Pero Jadlay se dio de bruces al comprobar que no estaba resultando nada fácil formar campesinos en guerreros. El joven estaba desbordado y Áquila no hacía más que reírse de él. Ambos habían forjado una buena amistad y formaban un buen equipo, esto les permitía reírse el uno del otro sin llegar a ofenderse. Al llegar la noche, encendían una hoguera junto a un viejo árbol, en el centro del mismo campamento, y allí, sentados en corrillo, cenaban y conversaban todos juntos sobre asuntos serios o triviales hasta altas horas de la madrugada. La camarería se había convertido en la piedra angular de la alianza Jhodam-Bilsán. La resistencia especialmente creada para defender a los lugareños, campesinos y víctimas en general, de hombres tan despiadados como Nabuc y sus sicarios, se vio de la noche a la mañana imposibilitada para actuar libremente y a sus líderes no les quedó más remedio
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    114 que acatar lasórdenes. Lo reconocían, incluso el clero de Esdras merecía un escarmiento al permitir los saqueos y asesinatos que cada día se perpetraban en los territorios de la Confederación Soberana Jhodamíe. Jadlay se mordía la lengua y lo que hiciese falta para ocultarle a Áquila sus deseos de combatir. Todo lo que estaba ocurriendo le reventaba, pero aún así mantendría la boca cerrada. Y era difícil, dado su fuerte carácter. Pero lo había jurado. Los saqueos que soportaban los territorios lindantes con Esdras habían llegado al vértice con lo ocurrido en el Monasterio de Hermes. Atacar a una hermandad de monjes indefensos, seres amables que ayudaban a los pobres dándoles alimentos y consejo, era el colmo. La situación se había vuelto insostenible; por esta razón, el rey Nathan y sus escuderos los inmortales Halmir, Ishtar y Morpheus partieron de Jhodam en un viaje de incógnito con destino al monasterio, las canteras y las colonias de campesinos y ganaderos. Por unos días estarían muy cerca de Esdras y eso era motivo más que suficiente para ocultar sus identidades, sobre todo la del rey. Nadie sabía nada de este viaje, ni siquiera habían informado a los arqueros ni al Consejo de Jhodam. Lo único que sabían en palacio era que el rey estaría ausente unos días. El secretismo era absoluto. Áquila estaba en el árbol, cómodamente sentado en una rama gruesa, contemplando a Jadlay y a sus amigos; su gran estatura no parecía ningún impedimento para trepar por el tronco. Era un hombre ágil y habilidoso, forjado en el combate y la lucha por la supervivencia. A Jadlay no le costó nada comprender por qué ese hombre de gran tamaño y corpulencia era el guerrero favorito del rey, saltaba a la vista.
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    115 ⎯¿Vas a quedarteahí arriba toda la noche? Áquila se echó a reír. ⎯Es posible. La vista desde aquí es maravillosa. Yejiel al escucharle se sorprendió. Miró a su alrededor. El cielo nublado. La única luz que había en el bosque era la emitida por la hoguera. El cañizo, la maleza y los pequeños troncos ardían y crepitaban otorgándoles luz y calor. ⎯¿Y con esta negrura puedes distinguir algo? ⎯Si estás debidamente entrenado puedes ver en la oscuridad con la misma precisión que si estuvieras a pleno sol. Jadlay, Yejiel y Najat se cruzaron las miradas. No querían llevarle la contraria al gran Áquila, pero de algo si estaban seguros, ellos no tenían la facultad de ver en la noche con la perfección que él afirmaba. Eran tres jóvenes corrientes, pero Áquila… al parecer, era un dotado. Los dos escuderos de Áquila se levantaron, se despidieron del grupo y se dirigieron a sus carpas. A algunos, el sueño empezó a acecharles sin piedad. La noche estaba muy avanzada. Áquila apoyó su espalda contra el tronco. Respiró y exhaló la brisa nocturna y luego, alzó la vista. Un ligero viento rompió una capa de nubes y el manto estrellado se dejó ver a través del espacio abierto, brillando con gran intensidad, pero su luz no iluminaba el bosque, era como si éste estuviera protegido por una misteriosa atmósfera, espesa; impidiendo a la luz natural, penetrar. Los árboles y la espesura, en la oscuridad, eran de un color gris plateado, casi mortecino. Eran los colores de la noche, pero al llegar el día y el sol todo cambiaba, y los colores pálidos y tenebrosos se convertían en radiantes y vivos. La conversación se fue apagando hasta agotarse. La hoguera con el paso de las horas quedó baja y caliente como un lecho de brasas. Yajiel se levantó y estiró las piernas. Jadlay se volvió hacia él. ⎯¿Vas a acostarte?
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    116 ⎯Sí, estoy cansadoy mañana tenemos una dura jornada de entrenamiento ⎯hizo una pausa, dirigiendo la mirada a todos los que aún se mantenían activos⎯. Todos vosotros deberíais hacer lo mismo. Jadlay asintió. Había refrescado. Áquila descendió del árbol sin hacer ruido. Todos se habían ido a dormir. Se encaminaba en dirección a su carpa cuando un murciélago pasó volando delante de él. Áquila, sorprendido, lo siguió con la mirada hasta que el quiróptero insectívoro desapareció entre las sombras. Entró en la carpa. Se frotó los ojos, soñoliento. Se quitó la armadura, las botas y sentado sobre un pequeño cajón de madera, sacó del bolsillo interior de su túnica el pergamino con las órdenes del rey. Volvió a leerlo. «Si así lo quiere el rey, así se hará», pensó. Áquila se llevó el escrito al corazón, cómo si fuera un talismán. El caos que vivían los territorios cercanos a Esdras tenía que llegar a su fin y cuanto antes mejor. Eso es lo que él opinaba. Sin embargo, desconocía los motivos que tenía el rey para frenar el avance de las tropas, optando por hacer preferente el asunto de los contrabandistas. ¿Por qué un cambio tan radical de planes? Hasta hace unos días, Nathan tenía muy claras sus prioridades y ahora… ¿Qué había pasado? ¿Acaso Nabuc tenía intenciones de reclutarlos para sus despiadados fines? Sí, eso debía ser. Áquila era consciente de que no podía cuestionar una orden directa de retroceso y menos aún cuando ésta orden procedía personalmente del rey, escrita en un pergamino real de su puño y letra. Algunos de aquellos contrabandistas eran guerreros proscritos de gran valía. Hombres que, en su día, fueron leales al imperio jhodamíe hasta que cometieron algún error que les llevó a ser condenados y exiliados. Suspiró. Áquila volvió a guardar el pergamino en el bolsillo. Se levantó, colocó el cajón de madera en su sitió y se acostó de
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    117 espaldas sobre lamanta. Cerró los ojos. Jadlay se despertó cuando el alba se filtraba en la tela de la carpa. Se desperezó para desprenderse del sueño, se incorporó sentado en la cama y luego, decidido, se levantó. Fue el primero, pues el resto de sus compañeros seguían aparentemente dormidos. La tertulia nocturna se alargó hasta altas horas de la noche y al llegar el amanecer no había quién los despertara. Pero no, Áquila, apenas había dormido, estaba sentado sobre la alfombra de musgos y helechos que la orilla del arroyo le brindaba. Oyó el crujir de las hojas caídas sobre el suelo. Intuyó que alguien más, a parte de él, se había levantado. Se volvió. Vio a Jadlay que se acercaba a él. ⎯¿Has dormido bien? ⎯preguntó el comandante, mientras contemplaba el aspecto desaliñado del joven. ⎯No ⎯Jadlay, se sentó juntó a él y se rascó la cabeza⎯. Anoche, los mosquitos se propusieron devorarme y casi lo han conseguido. Áquila se echó a reír. ⎯Si se hubieran encaprichado contigo no estarías tan flamante ⎯replicó Jadlay. ⎯Los mosquitos huyen de mí. ⎯Será porque te conocen. Ambos bromearon contentos, despertando con sus voces a todo el campamento. Había llegado el momento de pensar en el entrenamiento con las pértigas cortas: una lucha simulada para adquirir la técnica de combate con espadas reales. También estaba el arco, pues tener buena puntería no es nada fácil; pero para eso está Áquila, él es un experto lanzador de flechas; todas dan en la diana. Jadlay y Yejiel lo observaban cada vez que
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    118 tensaba el arcoy lanzaba la flecha, mudos de asombro. No en vano, Nathan, le regaló un precioso arco; posiblemente porque él también quedó admirado de sus aptitudes. Debió ver en él, un hombre de grandes y potenciales recursos. Jadlay era consciente de que no era buen lanzador. Él prefería la espada, creía tener desarrollada una buena técnica que había aprendido desde niño y esos conocimientos ansiaba trasmitirlos ahora, que era líder de su propia milicia. Lo que Jadlay tenía en estos momentos era más de lo que cualquier persona podía conseguir en toda su vida: conocía en persona al rey de Jhodam hasta el punto de firmar una alianza con él; convivía en el campamento con Áquila, un guerrero de extraordinarias cualidades, con el que compartía el liderazgo de las tropas hasta Bilsán estacionadas, y su padre adoptivo Morpheus estaba emparentado con la legendaria e inmortal Dinastía Nekhbet. Sin embargo, tenía una espina clavada en su corazón… ¿Quién eran sus padres? ¿Por qué lo abandonaron? ¿Estarían muertos? Muchas preguntas que no tenían respuestas. Y puestos ya, empezó el entrenamiento. Áquila lanzó una larga pértiga de madera, parecida a una lanza, que Jadlay tomó al aire; el otro contrincante, un joven campesino que aspiraba a formar parte de la milicia. Jadlay no iba a ser transigente con Yael, el aspirante. Estaba dispuesto a hacerle sudar de lo lindo. ¿Por qué?… En la batalla no hay concesiones; si no sirves, mueres. Sobre los peñascos, junto al río, observaban Áquila y el resto de militantes. Con sus gritos apoyaban a uno o a otro. La cuestión era que ambos debían sentirse igualmente arropados con todo aquel griterío. Aquella muestra de simulado fanatismo servía para levantar el ánimo, por si acaso éste se veía flaqueado por algún lado. A Jadlay se le disparó la adrenalina. Forzó a Yael más de lo necesario, este tenía miedo de caer al agua. La pértiga se le desprendió de las manos justo en el momento que Jadlay arremetía contra él. Para evitar el golpe, echó a correr y sin
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    119 darse cuenta seintrodujo en el arroyo. Áquila observaba su forma de defenderse, tan poco inusual. Esa actuación en un lucha encarnizada, en la que se debate la vida o la muerte, le conduciría directamente a la tumba. Jadlay lo siguió. No iba a matarle, pero Yael sintió miedo. Cayó al agua. ⎯Te toca nadar, amigo ⎯gritó Jadlay. Yael oyó como gritaban su nombre, alentándole a continuar. Jadlay no fue compasivo, se precipitó sobre él y cogiéndole por el pescuezo, lo sacó del agua. ⎯¿Te rindes? Yael actuaba como si estuviera ahogándose, abriendo la boca, desesperado para respirar. Pensó que iba a morir, allí en la orilla de un arroyo. Se imaginó su sangre correr por su cuerpo y teñir aquellas cristalinas aguas… Pero ni tan siquiera el agua le cubría las piernas, era el miedo que le estaba jugando una mala pasada. Reaccionó. ⎯No sé nadar, ten piedad de mí. Jadlay completamente sumido en su papel de matón, repitió la pregunta que le había formulado con anterioridad, pero esta vez con una seriedad implacable. ⎯¿Te rindes? Resignado, respondió: ⎯Sí. ⎯Ahora, apoya los pies… Yael se avergonzó por su mala actuación y fue incapaz de mirar a Jadlay a los ojos, éste no le prestó atención. Salieron del agua y luego, Yael huyó del arroyo como perseguido por el diablo. Jadlay alzó la vista. Las risotadas de sus compañeros habían desaparecido de sus rostros. No sabían si salir corriendo o quedarse allí, en los peñascos, más tiesos que un palo. La voz de Jadlay tronó severa.
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    120 ⎯¿Quién quiere serel siguiente? Al escuchar la evidente pregunta, todos echaron a correr. Áquila al observar la escampada estalló en carcajadas, no pudo evitarlo. Jadlay, con el ceño fruncido pasó muy cerca de él, encendido como estaba, le estrelló el puño contra el estómago. Áquila, sorprendido, gimió y se dobló por la cintura, con las manos apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento. ⎯¡Uf, qué dolor! ⎯se burló Áquila, partiéndose de risa. El joven no se volvió, siguió caminando hacia su carpa, pataleando la tierra y apartando con brusquedad las lianas rotas que yacían en el suelo, visiblemente malhumorado. ⎯¡Cobardes! ⎯gritó Jadlay⎯. ¡Estoy rodeado de un atajo de cobardes! Entró en su tienda y nadie más supo de él hasta la noche. Najat y Yejiel se cruzaron las miradas. Su amigo estaba realmente enfadado. ⎯Dejémosle hasta que se le enfríe el enfado ⎯repuso Yejiel. Áquila se acercó a ellos. ⎯¿Siempre se pone así? ⎯Si se juega algo importante, sí. ⎯Hmmm. ⎯Áquila se acarició el mentón⎯. Estáis rodeados de simples campesinos, no han nacido para luchar. ¿No pretenderéis convertirlos en guerreros en una abrir y cerrar de ojos, verdad? A Yejiel pensó que quizá estuvieran precipitándose. ⎯Supongo que no. ⎯Bien —dijo Áquila—. El aprendizaje es complicado y esos hombres necesitan tiempo. ⎯¡Un tiempo que no tienen! ⎯replicó Yejiel. ⎯Estás equivocado, jovencito ⎯repuso Áquila⎯. Mientras el rey no se decida a dar el visto bueno a la incursión a Esdras, hay tiempo ⎯hizo una pausa⎯. Mis hombres se ocuparan de vuestros aspirantes. En dos semanas pueden estar listos.
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    121 ⎯¿Dos semanas? —preguntóYejiel abriendo los ojos como platos—. ¿Y qué ocurrirá si Nabuc decide atacarnos? O lo que es peor, el rey puede decidir activar el plan y… Áquila lo interrumpió. ⎯En estos momentos, lo realmente importante es el presente. No pienses en el futuro antes de tiempo, ¡cabeza de chorlito! ⎯¿Cabeza de chorlito? ⎯repitió Yejiel, con el semblante rojo. Najat se echó a reír a carcajadas. Su amigo lo miró de reojo, con malas pulgas. ⎯Y tú, ¿de qué te ríes? Najat cerró la boca, guardándose las risas y cabizbajo se alejó de ellos. No tenía ganas de soportar las broncas de su amigo, con Jadlay ya tenía bastante. Áquila reunió a los campesinos aspirantes a guerreros y después de una hora hablando con ellos para conocerles, hizo grupos de tres y a cada grupo le adjudicó a uno de sus hombres. La táctica era buena y una vez más, la juventud de los tres jóvenes se puso en evidencia ante el gran guerrero que demostraba así, su indiscutible liderazgo. Era consciente de que Nathan había puesto muchas ilusiones en el joven Jadlay, pero éste aún tenía mucho que aprender. «¿Qué vio el rey en Jadlay?», se preguntó. Esa pregunta se unió a otras tantas que tenía acumuladas en su mente; preguntas sin respuesta. Con el enigma sin resolver, no le quedó más remedio que guardar silencio y seguir con el plan establecido, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que Nathan le había dado antes de abandonar Jhodam. Sólo esperaba que él no estuviera equivocado, pues algunos secretos llevan a la destrucción. Pensativo, se sentó sobre una roca. Áquila no dejaba de observar a su alrededor. Su mente pensaban en Jadlay y en sus arrebatos, su impulsividad le preocupaba, mientras que
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    122 sus ojos contemplabanlas actuaciones de los jóvenes reclutados por Jadlay. No eran realmente tan malos, simplemente necesitaban buenos maestros que les guiaran por el buen camino, y Jadlay, al igual que sus amigos, era demasiado joven para enseñar técnicas de combate. Nathan lo sabía, no era tonto. Cuando el guerrero comprendió los motivos del rey para enviarle a él y no a otro, no pudo hacer nada más que enorgullecerse. El mediodía llegó y pasó. Más entrenamientos… Hasta que él sol había decidido, por fin, comenzar a declinar. El lento crepúsculo se alzó y el cielo pincelado de rojo hacia presagiar una futura ventisca, seguramente procedente del noroeste. Con las primeras sombras de la noche, y muertos de hambre por el gasto extra de energía, los reclutas de Jadlay se dejaron caer en la fresca hierba, despatarrados, sin aliento. Los entrenamientos se endurecieron con los hombres de Áquila al frente. Incluso Najat y Yejiel se sorprendieron por la buena marcha de la jornada. Hubo risas, por supuesto. ¡No estaban en un funeral! No se trataba de una batalla a campo abierto donde las posibilidades de perder la vida eran altas, sino en un simulacro y los resultados fueron muy satisfactorios. Yael, acabó su jornada habiendo mejorado mucho; ahora, eso sí, aún le quedaba mucho camino por recorrer. Jadlay se mantuvo confinado, malhumorado, durante horas, hasta que finalmente, quedó dormido. En el campamento habían estado todos tan ocupados que nadie le echó en falta, excepto Áquila. Éste harto de que el joven actuara como un niño mimado entró en la tienda como una exhalación. ⎯¡Levántate! La punta de la bota de Áquila golpeó a Jadlay en las costillas, con brusquedad. Sobresaltado, el joven se incorporó
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    123 sentado. ⎯Qué… ⎯He dicho quete levantes ⎯repitió. Áquila estaba de pie ante Jadlay contemplándolo, sonriente. Jadlay se restregó los ojos y miró a su alrededor. ⎯¿Cuánto he dormido? ⎯No lo sé, pero llevas en la tienda todo el día. ⎯¿Qué sucede? ⎯preguntó fríamente, frunciendo los labios en una mueca, mientras estudiaba a Áquila con sus ojos verdes, tratando de descubrir sus verdaderas intenciones. ⎯¿Por qué el rey te envío a ti y no a otro? Áquila se sorprendió por la pregunta del joven. ⎯Eres muy joven para liderar a tus hombres, necesitas que alguien te ayude y te proteja. ⎯¿Protegerme? ¿Por qué? —preguntó Jadlay—. No me vengas con el cuento de que soy joven, porque no me lo creo. ⎯Si quieres la respuesta tendrás que preguntárselo al rey, sólo él lo sabe. Jadlay extendió el brazo para tomar su capa, pero Áquila puso un pie sobre ella. ⎯No, no, amigo mío ⎯rechazó Áquila⎯, pronto habrás entrado en calor. El joven se levantó, no menos enfadado que por la mañana. Áquila le puso una mano en un hombro. El guerrero lo vio tan alterado, que añadió amablemente: ⎯Haré lo que esté en mis manos para ayudarte. De hecho, me he tomado la libertad de hacerlo. Jadlay cogió su espada. Parecía más calmado. ⎯¿Hacer el qué? ⎯preguntó intrigado. ⎯Entrenar a tus hombres. ⎯¿Y no han salido corriendo? ⎯No. ⎯Pues dime cómo lo has hecho, porque yo, solo yo, soy el responsable de mis hombres ¿Acaso me estas poniendo
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    124 una zancadilla, paracaerme ante ellos? ⎯Mi querido, muchacho ⎯dijo Áquila, encogiéndose de hombros⎯. Deberías enseñar a tus hombres, antes de nada, que el honor es algo magnifico, pero no les sirve de mucho a los muertos. Cuando cualquiera de ellos desenvaine su espada en serio, será cuestión de vida o muerte. Yo soy un espadachín experto y tú con veinte años no puedes haber luchado mucho, amigo mío. Déjame que ponga en duda tus capacidades, por lo menos hasta que me demuestres lo que sabes hacer. Se necesitan muchos años para aprender las complejas técnicas de la lucha con espada y tú alardeas mucho. Hay un claro en el bosque, no muy lejos del arroyo donde podemos practicar sin ser molestados ¿Te apetece? Jadlay sacó humo por las orejas. Áquila le estaba desafiando. ⎯¿Ahora, en la oscuridad de la noche? ⎯Si. Vamos. Una hora más tarde, ambos estaban tumbados en el suelo, sin aliento. Sus compañeros, sin ser ajenos a las prácticas combativas que estaban realizando los dos líderes, cenaban junto al calor de la hoguera. Durante un rato habían escuchado el sonido del entrechocar de las espadas, hasta que el silencio volvió al bosque. Yejiel supuso que ambos debían estar dando boqueadas de extenuación. Lo que ellos no sabían es que el cansancio que sentían Jadlay y Áquila era, pese a los arañazos y cortes que ambos tenían, agradable. Sin embargo, hasta el respirar les suponía un gran esfuerzo. Las espadas, clavadas en la tierra. ⎯No ha sido una lucha justa ⎯masculló Jadlay, jadeante. ⎯Si hubiera sido un combate real, estarías muerto — respondió Áquila—. Necesitas entrenar más. ⎯¡Bien! Sin embargo, sigo pensando que me pusiste la zancadilla.
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    125 ⎯Eso no escierto. ⎯¡Si lo es! ⎯Eres rápido y fuerte, pero necesitas mejorar. Áquila se puso en pie. Se situó en posición de ataque, levantó su larga espada y le hizo una mueca a Jadlay. ⎯¿Lo intentamos de nuevo? Jadlay no podía creer que… Será mejor no pensar; se levantó, asombrado por la energía de su amigo. ⎯¿Es qué no te cansas nunca? ⎯Por supuesto que me canso, pero eso tú jamás lo verás. El viento empezó a silbar por entre los árboles. Áquila y Jadlay dieron por terminadas sus prácticas por ese día. Durante un rato permanecieron sentados sobre una piedra, descansando. En silencio. Jadlay pensó en aquel extraño silencio. Habían hecho tanto ruido como un regimiento. Sin embargo, nadie asomó la cabeza por el claro. Supuso que Áquila había ordenado a sus hombres que se mantuvieran alejados para no desconcentrarle. De pronto, Áquila se levantó. ⎯Bien, chico… Lo estás haciendo bien ⎯le dijo el guerrero, ya casi recuperado del esfuerzo⎯. Si sigues así, tanto tú como tus hombres estaréis listos en menos de dos semanas. ⎯¡Vaya, por lo que veo me has metido en el lote! Áquila sonrió. ⎯Por supuesto. Jadlay pensó que había alguien detrás de las decisiones del guerrero. Por un momento se le pasó por la cabeza el rey, pero inmediatamente después rechazó ese pensamiento; quizá, su padre. Sí, si. Sólo esperaba que él le confirmara sus sospechas. ⎯¿Esto no ha sido idea tuya, verdad? Áquila apretó la mandíbula. ⎯No.
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    126 «¡Lo sabía… mipadre!», pensó. Por sí acaso, decidió preguntar. ⎯¿De quién ha sido, entonces? ⎯Del rey. La respuesta de Áquila le heló la sangre. «¿Cómo era posible? —se preguntó—. ¿Si el rey hizo un trato conmigo es porque me consideraba una persona preparada, o no?» Jadlay no podía creerlo. ⎯¡Mientes! ⎯No ⎯Áquila fue tajante en su respuesta⎯. Nathan creyó oportuno que te observara y si no eras merecedor de mi visto bueno… Jadlay enrojeció, irritado. Interrumpió a Áquila, al que no dejó terminar de hablar. ⎯No puedo creerte. Yo hice un trato con él. Me prometió… Esta vez, fue el guerrero quién le interrumpió. No tenía ni idea de lo que le prometió el rey ni quería saberlo. ⎯Por supuesto que hiciste un trato con él, pero el rey considera que eres inmaduro, impulsivo y lo que es peor, no aceptas las órdenes de nadie ⎯hizo una pausa para ver como el rostro del joven se oscurecía, quizá, de rabia⎯. ¿Cómo pretendes hacer que te obedezcan si tú no eres capaz de obedecer a nadie? Muchacho, para ser un auténtico líder necesitas crecer… Por desgracia, aún eres un niño. Jadlay miró a Áquila, enojado. ⎯¿Estás burlándote de mí? ⎯No —respondió Áquila tajantemente—. El rey me ordenó que te forjara, que te hiciera un líder. Pero, muchacho, no me estás poniendo las cosas fáciles. Las palabras del guerrero dieron en el blanco. Jadlay lo contempló, incrédulo. Sin embargo, tras esa fachada férrea que le envolvía, el joven desgarrado y sangrando por dentro, enmudeció. Trató de replicarle, pero sus intentos se ahogaron en su garganta. Después de todo, Áquila tenía razón.
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    127 El comandante callóy mientras dejaba escapar un profundo suspiro, se encaminó hacia el campamento. Jadlay, reflexionando sobre todo lo que le había dicho el guerrero, lo siguió en silencio.
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    128 Capítulo 9 La Pasiónde Nabuc Nabuc quería desposarse con la bellísima Aby. Ella no sentía nada por el rey ni siquiera quería tenerlo cerca, pero eso a él no le importaba. Lo había planeado hasta la saciedad: la liturgia del desposorio se llevaría a cabo en el momento de tomarla, consumándolo de inmediato. Para llevar a cabo su perverso plan, reunió a tres hombres de su total confianza. Tres hombres que simpatizaban con él y que ahora estaban predestinados a convertirse en testigos de una violación que consumaría un enlace que estaba condenado al fracaso desde un principio. El Sumo Sacerdote, Ajior, actuaría como oficiante de la ceremonia y los otros dos, escoltas reales, Lamec y Ticio, como testigos. Al poco de comenzar a reinar, Nabuc se rodeó de hechiceros y conjuntamente con varios integrantes del clero creó su propia orden no religiosa, pero que actuaba como iglesia, y su liturgia. En Esdras, y sólo bajo el mandato del despiadado Nabuc, los enlaces matrimoniales tenían lugar de dos formas: o bien, en el Templo de Esdras, de mutuo acuerdo entre la pareja, lo que se consideraba un desposorio típico; o bien, tomando la vía ortodoxa y a través de una liturgia perversa y esclavista, se violentaba sexualmente a la mujer; este rito exigía la presencia en el momento del acto sexual, del oficiante Ajior y dos testigos; en este caso, la mujer era tomada a la fuerza en
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    129 el mismo instanteque se celebraba la liturgia matrimonial. En Esdras, ambos matrimonios eran legales pero con la diferencia que en el primer caso, era consentido y en el segundo, no. A Nabuc no le gustaba ser observado mientras realizaba el acto sexual, pero estaba obligado a ceder si quería desposar a la joven. Aby por propia decisión jamás se casaría con él. Lo sabía Nabuc y todos los que la conocían. La celebración de este perverso acto que uniría a Aby con el rey tenía la fecha fijada desde hacía unos días. El levita Joab, el padre de la joven, no presintió en ningún momento el cruel acto al que iba a ser sometida su hija para ser desposada con el rey. En otras circunstancias, casarse con un rey era todo un honor y más aún, para una joven plebeya, como era el caso de Aby. Sin embargo, ella vivía ajena a todo lo que se preparaba. Ni de lejos podía intuir que Nabuc sería capaz de violarla para consumar su propósito. Es cierto, sería reina; pero el precio a pagar era muy alto y ella no era más que una chica sencilla y hogareña, sin apenas pretensiones y que soñaba con casarse algún día con un apuesto joven trabajador del campo. Nabuc tenía la esperanza de que ella acabase aceptándole, tarde o temprano. Ajior convenció al rey para que ordenase la partida de Joab al Monasterio de Hermes, como una maniobra de despiste, pues su presencia era un problema. Los monjes, adoradores de Ra, no pondrían ninguna objeción a que un levita del Templo de Esdras les hiciese una visita. Un par de días eran suficientes; el pretexto: la entrega de alimentos. Así de esta forma, Joab no sospecharía nada y los monjes, tampoco. Sin Joab cerca de su hija, ésta sería totalmente vulnerable. La joven acudía diariamente al palacio para ayudar en la cocina y Nabuc tenía pensado aprovechar el momento, para que sus dos escoltas, Lamec y Ticio, la condujeran a su aposento; allí se celebraría la posesión sexual y consumación del matrimonio.
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    130 Joab se arrodillóante el altar para orar y permaneció allí por un instante, consciente de que iba a hacer una buena obra. Una vez que hubo acabado de orar a los dioses que veneraba, que no eran otros que la Tríada, formada por los dioses de la justicia, las almas y la guerra… Justice, Azazel y Nihasa, se puso en pie y abandonó el templo. Se encaminó a paso ligero, arrebujado en su capa con capucha, hacia la plaza, había mercadillo y supuso que su hija estaría allí. Buscó entre el gentío, pero ni rastro. Preguntó a los mercaderes, pero nadie la había visto. La encontró en casa, entre pucheros y verduras, haciendo la comida para un grupo de niños que a diario acudían a ella para que les diera de comer. Eran criaturas hambrientas que sus padres, esclavizados por el rey Nabuc, apenas podían alimentar y acudían a la ciudad amurallada suplicando alimento a las gentes de caridad como ella. Aby era una joven muy cordial y sobre todo, muy bonita. Su cabellera castaña clara, suelta, le llegaba hasta la cintura, pero casi siempre la llevaba recogida en una trenza. Su rostro fino, siempre sonrojado y sus ojos ambarinos eran risueños, los típicos de una muchacha que suele soñar despierta. Era delgada y de baja estatura, no debía medir más de un metro sesenta y parecía una muñeca. Nabuc, el primer día que la vio se enamoró de ella como un loco y su pasión por ella no conoce límites. El ruido de las cacerolas sonaba alegre en la cocina. ―¿Estás en casa? ―preguntó aliviado―. Yo pensé que irías al mercado. He estado buscándote. Joab y su hija se dieron un abrazo. ―Sólo estaré fuera dos días… ―murmuró Joab. Aby lo miró con ojos risueños. ⎯Padre, rezaré para que tengas un buen viaje. Joab besó a su hija en la frente. ⎯El monasterio está cerca. No debes temer nada ⎯le
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    131 dijo⎯. En unabrir y cerrar de ojos estaré de vuelta. ⎯Abrígate bien, padre. Afuera hace frío. ⎯Lo haré. Joab salió de la casa seguido de su hija. El carro con las provisiones esperaba fuera, la yegua que iba a tirar de la carreta relinchó contenta por partir. Efectivamente hacía frío, mucho frío. El aire helado, procedente de Haraney, soplaba más intenso que de costumbre. El levita se arrebujó en su capa abrigo y subió al carro, tiró de las riendas y gritando al caballo, se puso en marcha. Su hija, en el umbral de la casa, se despedía con un ademán. Cuando su padre se perdió en la lejanía, ella entró en la casa. Tenía trabajo. Después de dar de comer a los niños, debía acudir al palacio para ayudar al cocinero en sus quehaceres. Aby regresó al palacio real como todos los días. Pero hoy, debido a la marcha de su padre, la comida de los niños se había retrasado y llegó tarde a su trabajo. Al traspasar el umbral de la densa cocina se encontró a Ketar, el cocinero, de pie, frente a ella, con aspecto malhumorado. ⎯¡Llegas tarde! ⎯dijo. Aby se quitó la capa y la dejó doblada sobre el respaldo de una silla. ⎯Lo siento, Ketar. Pero… El rollizo cocinero no quería saber sus motivos; levantó una mano y la obligó a mantener silencio. Para él era suficiente con recriminar su tardanza. ⎯¡Qué sea la última vez! Ahora, ponte a trabajar. Aby se colocó un delantal y se puso a trabajar la masa del pan. Ketar, horneaba una gran oca y en los fogones cocían las verduras y un guiso de cordero con especias. Hoy, el rey Nabuc le había dado instrucciones precisas sobre la que deseaba comer. Ketar desconocía si él tenía invitados,
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    132 simplemente le dijoque quería comer oca y cordero guisado. Estaba tan acostumbrado a las excentricidades de Nabuc, que aquella petición tan inusual no le sorprendió. Después de una hora, la comida estaba lista. Aby se lavaba las manos y Ketar terminaba de presentar la bandeja de plata con la oca colocada en el centro, el guiso de cordero en los bordes y la guarnición compuesta por patatas, zanahorias y judías en una bandeja de arcilla cuando entraron en la cocina dos escoltas reales. Tenían orden de llevarse a la joven. Aby, lo desconocía, pero ella estaba invitada a la velada que el rey había preparado. Nabuc quería darle la oportunidad de que aceptara casarse con él por el método tradicional, pues ante su negativa, tenía muy claro los pasos a seguir. ⎯Mi lady, os comunico que debéis acudir con premura al salón comedor. Os espera Su Majestad ⎯dijo Lamec. Ketar escuchó, sorprendido. Aby arqueó las cejas, intrigada. No sabía a qué venía tanta cordialidad. Nabuc no hacía más que rondarla, proponiéndole en cada encuentro un compromiso matrimonial que ella siempre rechazaba, incordiándola constantemente. ⎯¿Y si me niego? ⎯Por vuestro bien, será mejor que acudáis de inmediato. Aby aceptó a regañadientes. Nada ganaría con oponerse; se trataba de una comida, qué podía temer. ⎯Muy bien ⎯dijo. Ella pasó, altiva, por al lado de los dos hombres y los miró con ojos fríos. No dejó que la amargura se notara en su rostro. En ese momento, lo que ella más lamentaba era no tener una daga para intimidarles y dejar clara su posición. Luego, salió. Avanzó con paso rápido por el lúgubre pasillo. Lamec y Ticio se apresuraron tras ella. Sin embargo, algo cambió en Aby porque por su mente pasó la idea de echar a correr. Sintió miedo. Se dio cuenta de que la invitación no era más
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    133 que una trampa;su sexto sentido le estaba advirtiendo como una vocecilla interior. ⎯¡Huye! «No puedo. No debo», se aconsejó a sí misma. ⎯¡Déjate de remilgos! ¡Huye! Aby miró atrás, sólo un instante. Los dos jóvenes la estaban mirando, pero uno de ellos, el de los cabellos negros como el plumaje de un cuervo, tenía además una expresión lasciva en su rostro. Los dos enviados de Nabuc planeaban algo, lo supo en ese mismo momento, desterró su indecisión y con el corazón palpitándole a todo gas, aceleró el paso. Ellos también. Lamec hizo una seña a Ticio para que se adelantara y le cortara el paso. Aby echó a correr, mirando atrás, nerviosa. ⎯¡Ticio, detenla! Ella en su alocada huída, tropezó con el saliente de un ladrillo y cayó al suelo. Los dos hombres se precipitaron sobre ella; la agarraron rápidamente y la levantaron. Aby, furiosa, forcejeó mostrando la fiera que llevaba en su interior; mordió una mano de Lamec y le arañó la cara. El joven escolta, rubio, de bellos ojos grises y sumamente atractivo, con aspecto de no saber cual era su lugar, malhumorado, la abofeteó con tanta brutalidad que la lanzó directamente al suelo. ⎯Se te acabó el viajecito ⎯dijo, mientras caminaba hacia ella. Aby reptó por el suelo como una gata herida, acurrucándose en la esquina del corredor. Al ver a Lamec que se inclinaba para levantarla, se llevó las manos a la cara, tratando de impedir otro bofetón. ⎯¡No! ¡Dejadme! ⎯suplicó ella. Unos guardias acudieron rápidamente al lugar, alarmados por los gritos; tras ellos iba el rey que les había seguido con tanto sigilo que no se habían percatado de su presencia. De pronto, su voz tronó severa. ⎯¿Qué está ocurriendo aquí? ⎯preguntó con soberana
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    134 autoridad. Los guardias sevolvieron hacia él, atemorizados. Nabuc se abrió pasó con la capa ondeando a su espalda y entonces la vio, allí, en el suelo, acurrucada y llorando, estaba su invitada y futura esposa. De nuevo, se sintió rechazado. ⎯Ya veo que no habéis aceptado mi invitación ⎯Nabuc hizo una mueca desdeñosa. Al acercarse más, Lamec se hizo a un lado. ⎯¿Esto es todo lo qué sabes hacer, llorar? ⎯le preguntó, al mismo tiempo que le ofrecía su mano para ayudarla a levantarse del suelo. Aby le escupió en la mano. Desde ese momento, ella intuyó lo que iba a ocurrirle… Nabuc la quería a toda costa, iban a someterla a un ritual de posesión sexual. El rey la desposaría a través de un acto vil y cruel. Sintió que se asfixiaba, la ansiedad se apoderó de ella y empezó a desmoronarse como el polvo. ⎯¡Llevadla a mi aposento! ⎯dijo. Los dos escoltas obedecieron y ella, totalmente sumisa, era agarrada por ambos brazos y conducida a través del lúgubre corredor al aposento real. Aby tenía la mirada extraviada y la boca seca; las lágrimas volvieron a sus ojos, empañándolos, mientras pensaba en la mano negra de Nabuc, ésta no dejaba de extender su alcance. Una vez sometida, dejará de ser ella para convertirse en un alma en pena. Nabuc se volvió a uno de los guardias. ⎯¡Volved a vuestro trabajo! ⎯miró al más joven⎯. ¡Tú, ve en busca del Sumo Sacerdote y decidle que le espero en el comedor! No te demores, es urgente. El guardia le hizo una reverencia y escampó rápidamente de allí. El rey, con el corazón acelerado, se encaminó hacia el salón. Nabuc y el hombre de cabellos blancos y aspecto sosegado,
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    135 vestido con túnicablanca y toga gris, Ajior, comieron y bebieron juntos. La carne de oca y el cordero estaban deliciosos y el vino, de buena añada, se les subió pronto a la cabeza. Un escriba llegó al salón y redactó los papeles necesarios por los cuales, Aby pasaba a convertirse en reina tras contraer matrimonio con el rey. Ajior los revisó a conciencia y firmó el acta de matrimonio, luego le entregó el escrito al rey para que sellara el registro. En cuanto el escriba se hubo marchado, Nabuc dijo: ⎯Desde el momento que la posea, estaré maldito. Lo sé con absoluta certidumbre, amigo mío —suspiró—. Demuéstrame que mi acto merece una recompensa. Ajior se sorprendió por las palabras de su rey, notó cierto aire de arrepentimiento en él o era su imaginación. ⎯Bebed vino, majestad, y reconfortad vuestro corazón. La mujer que amáis os espera en vuestra alcoba. Nabuc se tragó de un golpe todo el vino de la copa. Luego, volvió a llenarla. Levantó la copa, sonriente. ⎯A tu salud, Ajior. Brindaron y minutos después, el Sumo Sacerdote abandonó el salón. Era su obligación estar en el lugar de la ceremonia antes que el contrayente. El rey siguió bebiendo vino, hasta que llegó el momento que tanto ansiaba. Abandonó el salón y se dirigió a la cámara del guardarropa, allí se cambió los atuendos regios y propios de su cargo y se puso ropas cómodas. Aby le estaba esperando en el aposento real. Cuando Nabuc llegó a su aposento y la vio a ella tan hermosa y frágil, de pie junto a sus tres vasallos, sintió la garganta seca. Aby, desvalida y temblorosa, vestía una túnica matrimonial de seda que le había entregado una doncella para la ceremonia. Él se acercó y tocó la tela, dio un fuerte tirón. La túnica se rasgó. Siguió tirando hasta dejarla media desnuda. Ella se ruborizó y se cubrió sus zonas íntimas con
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    136 las manos, sequedó inmóvil; estaba tan aterrada que no fue capaz de mover ni un solo músculo de su cuerpo, y aquel hombre pretendía arrebatarle su virginidad. Estaba dispuesta a luchar para que ese desalmado no la tomara. Nabuc, que estaba bajó los efectos del vino, sacó del cinto su puñal, la agarró por el pelo. La atrajo violentamente hacia sí, la hizo dar media vuelta y le rasgó la túnica por la espalda. Observó su cuerpo aterciopelado, ávido. La apretó contra él frotando sus caderas contra las nalgas de ella. Él, bajo la capa, sólo vestía una camisola ligera y las calzas, que permitían intuir un cuerpo perfecto, musculoso y elástico. Aby al sentir su masculinidad hinchada empezó a sollozar. Nabuc la tiró sobre la cama y la aprisionó contra su cuerpo, tratando de inmovilizarla, pero ella se debatió, forcejeando y arañando sus mejillas. Esa muestra de fiereza le gustó y sin dejar de aprisionarla con una mano, se arrancó la camisola con la otra de un tirón y se bajó, nervioso, las calzas de algodón; estaba terriblemente embriagado y sumamente excitado, intentó separarle los muslos, pero Aby seguía resistiéndose como una leona. ―Hoy serás mía. Y mañana, también. ―¿Violentándome? ―jadeó ella. Aby forcejeó de nuevo. ⎯Sujetádmela, muchachos ⎯dijo Nabuc a sus dos testigos, mientras Ajior observaba, atónito. Lamec y Ticio, obedeciendo la orden del rey, se subieron a la cama y se arrodillaron alrededor de la joven, sujetándola hasta inmovilizarla. Nabuc metió, insensiblemente, el dedo dentro de ella. Aby soltó un alarido que más de dolor, fue de sorpresa. Él al oírla gritar movió el dedo con mayor brusquedad. Aby sufría y sufría. Ladeó la cabeza y pudo ver como Ajior se colocaba tras ella, dispuesto a comenzar la cruel liturgia que la uniría a Nabuc para siempre. ―Nooo… ―sollozó ella. Nabuc la abofeteó con fuerza. Aby chilló y el labio
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    137 empezó a sangrarle. Volvióa golpearla. Aby comenzó a llorar. Nabuc alzó la vista, clavándola en Ajior. ⎯¡Empieza con el ritual! ⎯le gritó. El Sumo Sacerdote tragó saliva y comenzó a pronunciar las primeras palabras, entonando un perverso cántico. Nabuc se detuvo un momento disfrutando el miedo de ella. ―¿Aceptas ser complaciente? ―preguntó él. ―¡Nunca! Lamec, mientras agarraba a la joven, observaba la escena horrorizado; Ticio, con avidez. «¡Que feliz sería si pudiera gozarla!», pensó. Aby perdió toda esperanza. En unos minutos se convertiría, sometida a la fuerza, en la esposa del rey Nabuc. Cerró los ojos. Quería olvidar donde se encontraba. El rey siguiendo el ritual, y acogiéndose al ritmo de Ajior se dispuso a penetrarla. El cántico subió de nivel, alcanzando un éxtasis indescriptible. Nabuc aferró con sus manos las caderas de Aby hacía sí y empujó con todas sus fuerzas y tan hondo como pudo. Aby gritó tan fuerte que se le desgarró la garganta. Él sintió la resistencia completamente virginal y con perversidad volvió a empujar brutalmente. Aby gritó de nuevo. Nabuc arremetió una vez más, olvidando su virginidad, con más brutalidad, a la vez que sentía una satisfacción inesperada y grata. Disfrutó del momento como nadie. Ajior pronunciaba las últimas palabras de una salmodia maldita, que sellarían la alianza matrimonial de Nabuc y Aby. A partir de ese momento, ella estaría obligada de por vida a ser su esposa, a satisfacerle en todo momento. Sólo la muerte les separaría. En segundos se convertiría en su esclava y en su reina. Nadie podía evitar ese destino, ni siquiera su padre. Joab había viajado hasta el Monasterio de Hermes y ahora, seguramente estaría cenando con los
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    138 venerables monjes, sinpresentir para nada los crueles momentos que estaba sufriendo su hija. Nabuc se movía dentro de ella con violencia, empujándola una y otra vez contra el borde de la cama cuando de repente se sintió sacudido por espasmos muy convulsos que le condujeron hacia el inicio de un clímax brutal. Las sacudidas eran tan fuertes que arremetió contra ella sin piedad, la agarró del cabello con violencia y la obligó a mirarle a la cara. Quería que ella viera su rostro extasiado de placer. Su simiente se derramó dentro de aquel cuerpo torturado y envuelto en sudor. Él riendo sin cesar de triunfo y deleite, se inclinó para besarla. Aby trató de evitarlo, pero él fue más rápido y la besó con violencia, mientras seguía moviéndose dentro de ella hasta que por fin, quedó exhausto. Cuando él hubo acabado de satisfacer sus necesidades, salió de ella y ordenó a sus fieles que abandonaran inmediatamente el aposento. El ritual había finalizado, ahora eran marido y mujer, ya no necesitaba testigos. Aby era completamente suya. Ella, rota por dentro y por fuera, sintió repentinamente un dolor agudo en el bajo vientre, y al rato sintió un líquido tibio correr por la ingle, empañando las sábanas. El rey cerró la puerta del aposento y se volvió hacia la cama. Al ver las sábanas manchadas de sangre, ni se inmutó. Aby imploraba piedad entre un mar de lágrimas. Él le dirigió una mirada hastiada, aquella mujer que amaba le estaba estropeando el día. Se dirigió a ella con frialdad. ―¿Lloras por tu virginidad? ―Nabuc se río con sarcasmo―. Un día u otro la hubieses perdido, y posiblemente con un desgraciado. Considera un honor que haya sido yo el primero. Soy el rey y espero que tengas claro que ahora, eres mi esposa ―dijo―. Quiero tu obediencia, o tu padre lo lamentará. «Un honor… ¡Una humillación!», pensó ella al tiempo que comprendía el significado de aquella espantosa
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    139 amenaza. Para evitarla muerte de su padre estaba obligada a someterse a la voluntad de Nabuc. Pero él no había acabado de vejarla, aún quería más. Nabuc apoyó una rodilla sobre la cama, se inclinó; frotó las palmas de sus manos sobre la ingle ensangrentada. Le metió, de nuevo los dedos. Ella en frío sintió un dolor atroz. El sufrimiento de Aby le excitaba. ⎯Si te esfuerzas un poco, podrás amarme ⎯dijo, mientras sus dedos hurgaban dentro de ella. ⎯¡Jamás! ⎯gritó ella, escupiéndole en la cara. Nabuc, irritado, la abofeteó. Se aportó de ella, terminó de vestirse, tomó la capa que estaba colgada en la percha y salió del aposento dando un portazo. Cuando él se hubo ido, Aby rompió a llorar, desesperada. ⎯¿Por qué a mí? ¿Por qué? Estaba sangrando. Desgarrada su virginidad y tomando conciencia de todo lo ocurrido, se puso lívida. Se desmayó. Y así se casó Aby con Nabuc, en un lecho perverso, violada y fuera del Templo de Esdras.
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    140 Capítulo 10 Los cuatrojinetes negros Nathan y sus escoltas, Morpheus, Ishtar y su padre Halmir, iban vestidos para viajar de incógnito. La túnica negra de manga larga era de cuero curtido con ribetes bordados en oro en torno al cuello y los puños, les llegaba a la altura de las caderas y estaba ceñida a la cintura con un cinto, también de cuero. A la espalda, llevaban una toga de terciopelo de un negro lúgubre sujeta a los hombros por sendos broches de oro y sobre ésta, una regia capa para resguardarse del frío, sujeta con una hebilla bajo el cuello. Sobre sus cabezas las capuchas, cubriéndoles los ojos. Hasta los corceles eran negros. El sol naciente resplandecía en las espadas y las bridas relucientes. Iban muy bien armados por el riesgo existente de sufrir un ataque de algún grupo de bandidos o proscritos que habitualmente se escondían en las espesuras de los bosques. Nathan, como rey de Jhodam, se encontraba constantemente bajo amenazas de rebeldes dentro de su propia nación y fuera de ella, y también de los soberanos vecinos, que aunque eran pocos, solían incordiar demasiado; como era el caso del rey Josiac de Rhodes y el rey Nabuc de Esdras. Un rey siempre necesita aliados y Nathan no era ajeno a esa necesidad. Su condición divina también era la causa de envidias letales. Sin embargo, todos acudían a él cada vez que era necesario buscar justicia; en ese terreno su éxito era contundente. Nadie le hacía sombra. Por este motivo, cuando se enteró de que el abad Tadeo no quiso
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    141 comunicarle personalmente loocurrido en su monasterio por temor a una represalia suya, se sintió mortalmente herido. La palabra miedo se le quedó grabada con fuego en el cerebro. Nathan tenía una necesidad imperiosa de hablar con el abad, no podía soportar que las buenas gentes sintieran miedo de él. Su destino era el Monasterio de Hermes y debido a la cercanía con Esdras, pues los bosques que rodeaban el monasterio lindaban con la pequeña ciudad amurallada, él y los inmortales debían tomar todas las precauciones para no ser reconocidos. Nabuc si tuviera conocimiento de su presencia cerca de sus territorios, lo consideraría una personal declaración de guerra. Habían calculado cuatro días de viaje desde Jhodam y no tenían previsto cruzar Bilsán en el viaje de ida, sino en el de vuelta. Nathan a su regreso, tenía pensado acudir al campamento de Áquila y Jadlay con el propósito de darles el visto bueno a sus futuras acciones militares. Ya desde un principio marcharon hacia el norte, siguiendo el curso de los bosques tenebrosos y las ruinas de las Cavernas de Hielo. Una ruta que Nathan conocía muy bien. Los recuerdos que tenía de aquellos lugares no eran buenos, precisamente. Con la energía y el optimismo propios que le caracterizaban, el rey estaba de muy buen humor y cabalgaba intercambiando recuerdos y escuchando historias de acontecimientos pasados. Mientras cabalgaban discutían entre ellos sobre los temas más variopintos. Halmir había dejado atrás sus crisis de ansiedad y se encontraba jovial, alegre y emprendedor. Cabalgaron durante una hora por las llanuras de Jhodam. Cuando se adentraron en el sombrío bosque repleto de senderos tortuosos y de todo tipo de habitantes indeseables como los insectos, sus alegres y, en ocasiones, triviales conversaciones fueron cediendo hasta apagarse por completo. Aquel tenebroso bosque precisaba de la mayor de
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    142 las atenciones, puescualquier despiste los conduciría directamente al suelo. Tomaron el camino menos transitado, el que solían usar los bandidos para huir de sus perseguidores. Eran conscientes de que se metían de lleno en la boca del lobo, pero también existía la posibilidad de que no encontraran a nadie, pues muchos de los proscritos que los frecuentaban estaban ahora en Haraney o quizá, en Esdras, posiblemente reclutados por el rey Nabuc. Cuando se puso el sol, Nathan y sus escoltas salieron del camino para descansar durante la noche. Después de que Morpheus hubiera inspeccionado la zona, se instalaron junto a unas oquedades poco profundas muy cerca de un riachuelo. Con calma, los tres inmortales, desensillaron los caballos y estos se pusieron a pastar muy cerca de ellos. Halmir estaba agotado, se quitó las botas y se dejó caer de espaldas sobre el musgo, estirando sus miembros; entumecidos de tanto cabalgar. Ishtar y Morpheus sacaron de sus alforjas algo de comida y un odre lleno de agua. Nathan permanecía de pie, observando a su padre. Llevaba su caballo por la brida. Halmir al verle plantado frente suya, se incorporó. ⎯Nathan, ¿por qué no descansas un rato? El rey soltó las riendas. El animal se alejó unos metros y se puso a pastar tranquilamente, mientras él miraba a su alrededor; luego, se soltó el arnés de la espada y se sentó junto a su padre. ⎯No estoy cansado. Su padre no se mostró de acuerdo. ⎯Me temía que dirías eso. Cenaron junto al calor de una pequeña hoguera que habían levantado y después de saciar sus apetitos, los tres inmortales se tumbaron en la fresca hierba y Nathan, sentado, se apoyó contra el tronco de un árbol. Al rato los inmortales se quedaron dormidos, excepto el rey, por mucho que lo intentó, no pudo conciliar el sueño. La noche fue larga, oscura y ventosa.
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    143 Joab llegó aEsdras con las primeras sombras de la noche. Los centinelas de la torre abrieron el portón para que el levita y su yegua entraran en la ciudad. Uno de los centinelas dejó la torre para comunicar al rey Nabuc que Joab había regresado. Ascendió por el camino de piedra que conducía a su casa. Vio las luces apagadas y supuso que su hija estaría dormida. Sin hacer ruido dejó a su yegua en la cuadra y con aspecto cansino subió los peldaños de la pequeña escalera. La puerta se abrió con un chirrido. El silencio era inquietante. La casa estaba fría. La chimenea totalmente apagada, no había rastro de brasas. Joab con el corazón en la garganta subió las escaleras que conducían a los dormitorios. Abrió la puerta de la alcoba de su hija. No había nadie. La cama estaba impoluta. «Que extraño…», pensó. Bajó las escalera y corrió hasta la cocina, empezaba a preocuparse. Todo estaba en su sitio. La mesa sin mantel y el cesto de las frutas sobre ella. El horno frío. ⎯¡Aby! ⎯la llamó esperando oír, «aquí estoy, padre», pero no obtuvo respuesta. De pronto, oyó golpes en la puerta. Alarmado, cruzó el pequeño vestíbulo. Abrió la puerta; en el umbral, Lamec con cara de pocos amigos. ⎯¿Dónde está mi hija? Lamec lo miró con una expresión de triunfo. ⎯No se preocupe por ella. Está bien —respondió—. Su hija, es ahora, la reina de Esdras. Ayer fue desposada siguiendo los rituales establecidos por el Sumo Sacerdote Ajior y el rey. Joab después de escuchar aquellas palabras, lo miró con expresión de incredulidad. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato. Abatido por las palabras de Lamec se sentó bruscamente en una silla.
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    144 Se produjo unsilencio terrible. La noticia del matrimonio de su hija con el rey Nabuc podía considerarse mala en todos los aspectos. A Joab se le cayó el alma a los pies. ⎯Joab, debe acompañarme. Lamec lo arrestó. El levita lo miró temeroso y comprendió que no tenía alternativas. ⎯Lamec, te conozco desde que eras un niño… Dime la verdad, ¿el rey ha abusado de mi hija para desposarla? No hizo falta que le respondiese. La expresión de los ojos del joven hablaba por sí solos. ⎯Nabuc me ha condenado a muerte sin un juicio previo, ¿verdad? Él piensa que puedo ser un estorbo para sus planes. Joab estaba profundamente abatido. No tenía esperanzas y su hija, tampoco. Lamec, por fin, habló. ⎯Desconozco las intenciones del rey, levita. Resignado, Joab, se levantó de la silla y cogió la capa. ⎯De acuerdo. ¡Vámonos! ⎯Joab no pudo evitar que le temblara la voz⎯. No le temo a la muerte. Sólo lo siento porque cuando yo no esté, nadie protegerá a mi hija. Lamec empujó la puerta. Ambos bajaron las escaleras y echaron a caminar, en silencio, por las callejuelas que bordeaban el palacio. Mientras caminaban, Joab pensaba en la desgracia que se había cebado con su hija y en la suprema perversidad de los propósitos de Nabuc. «¡Maldito seas, Nabuc! Más te valdrá tratarla bien», dijo mentalmente a modo de maldición. «Eres un ser despreciable» Mientras subía los peldaños de la escalera que conducía al vestíbulo del castillo, Joab, sintió un estremecimiento de temor. Un instante después, vio al rey; Nabuc, caminaba hacia ellos con expresión solemne. Joab no le temía. Se enfrentó a él. ⎯¿Cómo has sido capaz? Nabuc levantó una mano, en actitud amenazante. ⎯Calla y escucha ⎯empezó diciéndole⎯. Ahora, tu hija,
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    145 es mi esposay por ella te permitiré vivir, pero no dejaré que te entrometas. Te pudrirás en una celda todo lo que te resta de vida ⎯A continuación, Nabuc hizo una seña a uno de los guardias que se hallaba situado a unos metros por delante de él⎯. Enciérralo en una mazmorra y luego tiras la llave al foso. El guardia amenazó con su lanza al levita. ⎯¡Camina! ⎯le ordenó. Joab echó a andar una vez más por la oscuridad de los corredores, parecía que arrastraba un cortejo de fantasmas. El guardia no dejaba de amenazarle, empujándole con su lanza. Joab aceptando su demoledor destino miró a su alrededor, oyendo el eco moribundo de sus pasos, de camino hacia la muerte lenta. «Estoy perdido», pensó totalmente derrotado. Lamec no vio del todo clara la decisión del rey. La idea de encerrar al levita no le pareció correcta. Pensó que Aby tenía mucho que decir al respecto, pero también era verdad que ella no tenía poder para alzarle la voz al rey. Sin duda, Nabuc podría tomar represalias y Joab sería el receptor de su ira. Sin embargo, no se lo pensó dos veces, Lamec, se enfrentó al rey. ⎯Me parece que vuestra decisión es un poco precipitada. El rey frunció el entrecejo, claramente enojado por la intromisión del joven. ⎯Cuando quiera tu opinión, te la pediré ⎯contestó Nabuc, con tono áspero. Lamec tragó saliva y cerró la boca. En esos momentos no sabía que hacer, si marcharse o quedarse. Nabuc lo miró con ojos glaciales como si quisiera estrangularlo y luego, dio media vuela y cruzó como un rayo el pasillo. Al quedarse solo y reflexionar sobre la actuación del rey, Lamec se preguntó si estaba en el bando correcto. En ese momento, oyó voces. Un hombre con hábito de monje secular se le acercó.
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    146 ⎯Joven, deberíais retirarosno son horas para vagabundear por los pasillos. Lamec jamás había visto a ese monje, pero reconoció que tenía razón. Ni siquiera le respondió, echó a caminar bajo la atenta mirada del monje, éste se dedicaba a cerrar las puertas de los salones principales y a apagar las lámparas y antorchas que colgaban de las paredes. En momentos, el castillo se unió a las sombras de la noche. Al alba, Nathan y sus escuderos, los inmortales, emprendieron la marcha con lentitud, desperezándose poco a poco, envueltos en la niebla matutina que subía del río. Salieron del bosque donde habían dormido, y cruzaron un largo prado, flanqueado de árboles de oscuro follaje para adentrarse en otro bosque frondoso. El resplandeciente sol había subido y la niebla fundida; brillaba intensamente en las copas de los árboles, iluminando el lado norte del bosque abierto. Cabalgaron a lo largo del borde de los acantilados, muy cerca de las Cavernas de Hielo y de los árboles centenarios. A Nathan le embargó un profundo escalofrío al recordar los terribles días que vivió en las cavernas a manos del hechicero Odin. Todo volvía a su mente como si fuera ayer. «Aquí estoy otra vez, como si disfrutara de ello», pensó. En una bifurcación, tomaron el sendero que se dirigía a Haraney. El camino, tortuoso, tenía unas cuestas largas y cubiertas de árboles, y más allá, del ramal más lejano, se alzaba, afilado y blanco, el pico más elevado de una montaña; las cimas de Haraney se alzaban majestuosas, con sus picos nevados, imponentes. El cielo se pinceló de blanco. Las nubes, arrastradas por un fuerte viento que soplaba del norte, amenazaban con empañar el hermoso día. ⎯Hace fresco ⎯dijo Halmir. ⎯Si ⎯dijo Morpheus, mirando al cielo⎯. Temo que
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    147 estas nubes traerántormenta. ¡Qué lástima! De pronto, unos gritos claros y fuertes resonaron en el bosque. Con una rapidez y una habilidad asombrosas, Nathan y sus escuderos refrenaron los caballos, dieron media vuelta, y se dirigieron hacía el lugar de donde procedían los gritos. Era una pequeña avanzadilla de expertos arqueros de Jhodam, que cabalgaban veloces como el viento por el sendero del este, rumbo al sur, cuando fueron emboscados por un grupo de proscritos armados hasta los dientes. Los arqueros no se amilanaron y el cercado del enemigo se convirtió en una trampa mortal para los rebeldes. Los arqueros que estaban bien entrenados para salvar sus vidas disparaban hábilmente sus flechas desde sus caballos, mientras que los rebeldes arremetían contra ellos con sus espadas, algunos cayeron y ya no se levantaron. Cuando los cuatro jinetes llegaron al lugar de la contienda poco pudieron hacer. Había jóvenes arqueros que yacían muertos sobre las hojas caídas de los árboles y también proscritos; éstos, seguramente no habían pensado en la posibilidad de caer tan pronto. Los dos únicos rebeldes, que sobrevivieron al ataque de los arqueros, al escuchar el ruido de los cascos al galope, escamparon con endiablada rapidez. Nathan se apeó. Los arqueros supervivientes no le reconocieron en ese instante, el líder se acercó a los recién llegados. ⎯¿Quién eres, y qué haces en esta tierra? ⎯el arquero miró en primer lugar al encapuchado que tenía frente a él y luego desvió la mirada a los otros tres, extrañado. Nathan se apartó la capucha del rostro y se mostró ante ellos. Los tres inmortales hicieron lo mismo. ⎯Soy Nathan, vuestro rey. El arquero al reconocerle, hizo una profunda reverencia al igual que el resto de arqueros. ⎯Majestad, perdonad por no haberos reconocido
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    148 ⎯dijo⎯. Pero enestos tiempos que corren no podemos fiarnos de nadie. ⎯Lo creo ⎯respondió Nathan⎯. ¿La división principal, sigue en Haraney? ⎯Sí, majestad, tal y como vos ordenasteis. Pero los hombres de Nabuc se anticiparon a nosotros, no hay nada que hacer allí. Nos dirigíamos a Bilsán para ponernos a las órdenes de Áquila, cuando fuimos cercados por los rebeldes. Halmir se apeó del caballo y se acercó a su hijo. ⎯Nathan, será prudente que nuestras tropas regresen a Jhodam cuanto antes. Cuando nosotros estemos de vuelta podremos estudiar con calma la estrategia a seguir. El rey asintió, no muy convencido. Era cierto que la incertidumbre estaba creciendo, pero los ejércitos de Nabuc se estaban haciendo fuertes y eso les convertía en una seria amenaza. Nathan, con la mirada inexpresiva, avanzó unos pasos. Se agachó junto a uno de los caídos; en seguida se volvió hacia el arquero jefe. ⎯Recoged los cadáveres ⎯dijo Nathan, con solemne seriedad⎯. Quiero que uno de vosotros vuelva a Haraney y comunique a quién esté al mando el regreso inmediato a Jhodam de la división, excepto de un grupo de veinte hombres que deben de ponerse, sin demora, a las órdenes de Áquila, en Bilsán. De pronto hubo un silencio entre ellos, pues era el momento de recoger los cadáveres. Eran cuatro jóvenes que no vieron crecer sus aptitudes en batalla al truncarse prematuramente sus vidas. La pérdida de vidas era algo que enfurecía a Nathan hasta el punto de pensar en eliminarlos rápidamente, a su manera. «Son una maldita molestia», pensó. Pero luego, recapacitaba; no era correcto abusar de su poder. Su ejército estaba preparado para enfrentarse a quién hiciese falta, quería darles ese voto de confianza. Nathan no quería parecer un rey autosuficiente y prepotente, pues eso
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    149 acrecentaba el temoren sus súbditos. Ante todo tenía que actuar con normalidad y hacer valer la premisa de que el rey necesitaba a sus hombres, pues los guerreros de Jhodam se empeñaban a diario en demostrarle que sabían guerrear y que eran capaces de vencer cualquier contienda. Si Nathan eliminaba esa posibilidad, era lo mismo que echar por tierra todas las ilusiones de los jóvenes que durante meses han estado entrenándose para ser extremadamente eficientes en batalla. No podía permitir que perdieran su auto estima, aunque eso significara perder vidas mortales. Después de cargar los cadáveres, ayudados por los tres inmortales, los arqueros se alejaron rápidamente. Cuando poco después Nathan montó a su caballo y volvió la cabeza, el grupo de arqueros era ya una mancha pequeña y distante que se confundía entre los árboles. El día se nubló. Espesos nubarrones crecían amenazantes hacia ellos. Nathan estaba muy callado, sumido en inquietos pensamientos. Su padre, mientras cabalgaba lo observaba, preocupado. Pocas veces veía a su hijo así y cuando eso ocurría todos echaban a temblar. Pensó que los cadáveres de los cuatro jóvenes lo habían desencajado un poco. Empezó a llover. Cabalgaban tranquilamente, a dúo, por un estrecho, empinado y agreste sendero, entre hileras de árboles muy altos y viejos. Sus frondosas copas lo dominaban todo con su altura. Al llegar a lo alto, el sendero descendía lentamente, viraba y se enroscaba sobre sí mismo. Nathan sentía las miradas de los inmortales sobre él. Incómodo se enderezó sobre la montura y tras echar un rápido vistazo a su alrededor, habló: ⎯La situación cambia diariamente. A medida que los hombres de Nabuc se hacen fuertes, aumentando sus divisiones, los caminos de la esperanza se vuelven cada vez
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    150 más peligrosos. Ishtar asintiócon la cabeza. ⎯Estoy de acuerdo contigo, Nathan. Dentro de poco, cualquier viaje será arriesgado y no debes emprender ningún proyecto que te suponga abandonar Jhodam. ⎯Soy perfectamente capaz de cuidarme solo. Soy hábil con el arco y la espada. Nadie sospechará jamás que yo… Halmir, que cabalgaba junto a su hijo, escuchó atentamente la conversación de ambos, levantó una mano y lo interrumpió. ⎯Hijo, no pongo en duda tu osadía ni tu valor, pero si en su momento te dije que era necesario que te acercaras a tu gente, ahora creo que fue un error. El anonimato es la solución. Nathan suspiró y sin soltar las riendas se volvió hacia su padre. ⎯No argumentaré nada en tu contra ⎯le dijo⎯. Sin embargo, deberás respetar mi decisión. Finalmente, no hubo nada más que decir. La lluvia empezó caer con cierta intensidad y el frío aumentó al caer las primeras sombras de la noche. Estaban calados hasta los huesos y por mucho que ellos acamparan no conseguirán encender ningún fuego. Así las cosas, siguieron la ruta hasta que la fuerte lluvia les obligó a buscar cobijo. Aquella tormentosa noche acamparon en lo más profundo de una cañada, abrigados en una gruta poco profunda. Se alimentaron sólo de lo necesario, para no acabar con las provisiones, y luego el cansancio se apoderó de sus cuerpos. A causa del frío y la humedad, Nathan, sentía el cuerpo helado y no conseguía dormir y llevaba así dos noches. Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, y apoyado sobre la pared rocosa, observaba a sus compañeros, éstos dormían a pierna suelta. El sonido de la lluvia que goteaba, le amodorraba. Los ruidos nocturnos: el viento en las grietas de las rocas,
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    151 crujidos de finasramas que caían en la tierra encharcada por efecto del viento; una cacofonía que no conseguía dormirle. Estaban en un lugar inhóspito, cada vez más cerca de las cumbres de Haraney y así mismo, de Esdras y el Monasterio de Hermes. La lluvia no amainaba y el viento helado soplaba con intensidad. Nathan temblando de pies a cabeza, cerró los ojos. Unos minutos después dormitaba acurrucado y arrebujado en su capa. Cuando despertaron por la mañana, había dejado de llover. Las nubes eran todavía espesas y todo apuntaba a que seguiría lloviendo. Sin embargo, lo que más temían era que nevase. Estaban cerca de Haraney y la altitud era elevada. El frío, glacial. Emprendieron la marcha, cabalgando con rapidez. Habían llegado a las faldas de las grandes montañas blancas de Haraney. Tomaron un sendero abrupto que bordeaba los acantilados a la izquierda y a la derecha se abría un abismo en el sitio en que el terreno descendía en una profundidad infernal. La nieve apareció en el camino en forma de diminutos copos. El frío, en esos momentos, era penetrante. Cambiaron el rumbo y se dirigieron por un camino empedrado, rumbo al noreste. Los viajeros estaban a un día de Esdras. Se detuvieron un instante. La nieve caía, ahora, copiosa y se les acumulaba en las capuchas y en los hombros, era necesario quitarla para que no se les calara el frío. Nathan se cubrió la cabeza con la capucha. Continuaron. No pararon en toda la mañana, ni en toda la tarde. La nieve les acompañó durante todo el trayecto. Estaban entumecidos por el frío. Una gran somnolencia cayó sobre Nathan y sintió que se hundía en un sueño confuso. Llevaba muchas horas sin dormir y ahora, no era capaz de sujetar las
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    152 riendas, ni sostenersesobre la montura. Su padre captó la necesidad de descanso de su hijo y ordenó un alto. Estaba anocheciendo. Halmir refrenó el caballo de su hijo. ⎯No podemos avanzar más esta noche ⎯dijo Halmir⎯. Nathan puede desplomarse de un momento a otro. Ishtar y Morpheus asintieron y el rey, estaba doblado a punto de caerse. Se apearon rápidamente y bajaron al joven del caballo. ⎯Necesito descansar ⎯dijo Nathan con gran esfuerzo. Ni siquiera tenían un refugio, ni nada que se le pareciese, sólo la oquedad de unas grandes rocas. Las nubes cargadas de nieve estaban a punto de descargar con mucha más intensidad. El decaimiento del rey les obligó a improvisar. Se apretaron todos juntos, de espaldas a una de las rocas. Los caballos se mantenían en pie, abatidos. La nieve seguía cayendo muy espesa y el viento era terriblemente helado. Sin que pudieran hacer nada para evitarlo, quedaron profundamente dormidos, excepto Nathan, él como medida de defensa natural y obedeciendo a los biorritmos de su cuerpo, perdió el conocimiento. Los tres inmortales despertaron al amanecer, medio sepultados por la nieve. Los caballos tenían las patas cubiertas de nieve y rechinaban protestando. El sol había salido, pero el frío era intenso. Halmir, al ver que su hijo no despertaba le dio unas palmaditas en las mejillas. ⎯Nathan… Como no recuperaba el conocimiento, lo levantaron. Tenía la capa cubierta de nieve y su rostro estaba helado. Sus manos cubiertas con unos guantes de cuero estaban igualmente heladas. Nathan oyó voces, pero le parecieron muy lejanas; luego, sintió que lo sacudían, y recuperó dolorosamente la conciencia.
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    153 ⎯¿Qué…? ¿Dónde estoy?⎯preguntó, desorientado. Halmir abrazó a su hijo, pues lo vio temblar de frío. Nathan necesitaba entrar en calor junto al fuego de una gran hoguera y el único lugar que podía ofrecerles esa dicha era el monasterio. Estaban a diez horas del hogar monacal y a once de Esdras. ⎯Nathan, ¿crees que puedes montar a caballo? El rey asintió, tiritando de frío. Emprendieron rápidamente la marcha. El sol subió al mediodía y luego descendió lentamente por el cielo. Dejaron las montañas del noroeste a sus espaldas. A la luz del crepúsculo, llegaron a un sendero que comunicaba con las ruinas de un camino milenario que descendía hacia el valle. Lo recorrieron cabalgando a buen ritmo. Había poca nieve, pero el frío era cruel. Al acechar la creciente oscuridad, el Monasterio de Hermes se podía vislumbrar en la lejanía como una mancha negra sobre un valle hundido en una densa sombra. Cruzaron unos pastos, salpicados de arbustos y matorrales; cabalgaban en silencio; y al fin aparecieron delante de ellos las rojizas paredes de ladrillo del monasterio. Los cuatro jinetes, muy cansados del largo viaje, tiraron de las riendas y, se apearon de los caballos. El alto muro estaba ahora frente a ellos. El portón con su rejilla, cerrado. Ishtar se volvió hacia sus compañeros. ⎯Dejadme a mí, yo hablare. Nathan se cubrió el rostro con la capucha. Ishtar golpeó la puerta. A los pocos minutos, se abrió la portezuela de seguridad. Un monje con una lámpara en mano, les interrogó. ⎯¿Qué quieren y de dónde vienen? ⎯preguntó con tono áspero.
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    154 ⎯Deseamos ver alabad ⎯respondió Ishtar⎯. Somos de Jhodam. El monje los examinó un momento con aire sombrío, y luego abrió lentamente la puerta, como si tuviera cierto temor, y los dejó entrar. ⎯Nuestro abad, últimamente no suele recibir visitas ⎯afirmó el monje⎯. ¿Me excusarán si les pregunto por qué desean verle? ¿Cómo se llaman ustedes? Morpheus, Halmir y Nathan se cruzaron las miradas, en silencio. Mientras tanto, el erudito Ishtar, era interrogado por el monje centinela. Demasiadas preguntas… ⎯El patio de un monasterio no nos parece un lugar indicado para darle a conocer nuestros nombres ni los motivos de nuestra presencia aquí. Deberá confiar en nosotros ⎯dijo Ishtar. ⎯De acuerdo ⎯dijo el monje⎯, pero mi obligación es preguntar, después del saqueo que sufrimos no nos fiamos de nadie. ⎯Comprendo. Llévenos ante el abad, sólo en su presencia les diremos nuestros nombres. El monje se volvió de espaldas a ellos e hizo una seña a un mozo que cerraba en esos momentos la puerta del establo. El jovencito acudió de inmediato. ⎯Llévate los caballos de estos señores a las cuadras. El mozo se llevó los animales y el monje hizo una ademán a los inmortales para que le siguieran. ⎯Van ustedes armados, ¿son acaso guerreros? Ninguno de los cuatro le respondió. Nathan perfectamente oculto en su capa, sonrió. Seguía tan helado que sus cuerdas vocales se negaban a trabajar. Confiaba entrar en calor pronto. En esos momentos, lo único que deseaba era una cama donde dormir. El monje se ocultó las manos en el interior de su túnica y suspiró. En el monasterio, los monjes acudían en grupos al comedor para cenar. Al advertir la presencia de extraños, los
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    155 miraban sorprendidos. Losinmortales que seguían ocultos bajo sus capuchas esperaban el momento en que Nathan decidiera mostrar su identidad, aunque no todos lo conocían, sólo Tadeo y Agar habían tenido un encuentro con él y fue hace dos años para firmar la concesión maderera. Se detuvieron delante del pequeño pórtico de la biblioteca. El monje empujó la puerta y haciendo un ademán les invitó a entrar. ⎯Esperen aquí, avisaré al abad. Cuando el monje se hubo ido, Nathan se apartó la capucha y miró a su alrededor. Montones de libros, desordenados y apilados sobre dos grandes mesas de cedro y desparramados sobre las losas. Dondequiera que pusiese las manos, había libros y manuscritos e incluso rollos de pergamino, enteros. La biblioteca estaba patas arriba, las macizas estanterías llenas de polvo y telarañas, estaban vacías. «Posiblemente estén organizándolos, porque no intuyo ningún otro motivo para tal desorden», pensó Nathan. ⎯Nada que ver con tu biblioteca, ¿verdad hijo? Nathan esbozó una sonrisa. ⎯No. La verdad es que, no ⎯extendió un brazo y tomó un viejo libro⎯. No alcanzo a comprender cómo es posible que un monasterio como este tenga una biblioteca tan desordenada. Ishtar estornudó una vez, otra y otra. El polvo se había colado en sus fosas nasales. Morpheus se echó a reír, sin disimulo. Pensaba que las alergias eran cosas de humanos. Ishtar se sentía extremadamente incómodo en aquella estancia llena de polvo. El abad Tadeo, seguido de Agar y del monje Necó, caminaba por el corredor que comunicaba con la biblioteca a grandes zancadas. Mientras seguía avanzando, se quejaba a voces de la incompetencia de algunos de sus monjes. ⎯¡No me extrañaría que volviésemos a ser saqueados!
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    156 ⎯dijo, irritado. ⎯Lo siento,mi señor. No parecen malas personas. ⎯¡Silencio! ¡No quiero oírte! Necó recibió una reprimenda por haber permitido la entrada al monasterio de unos extraños que se habían negado a identificarse. Tadeo empujó violentamente la puerta, ésta golpeó ruidosamente las paredes, desgarrando el silencio. Entraron en la biblioteca como una tempestad. Nathan, sobresaltado, se volvió hacia el umbral, lo mismo que su padre y los dos inmortales. Entonces, Tadeo y Agar lo vieron y lo reconocieron al instante. El abad notó su corazón palpitar con una fuerza endiablada, creyó que le iba a estallar. Tadeo se encontró frente a frente con el rey de Jhodam, el último dios vivo. Enmudeció. Nathan se acercó para estrechar la mano al abad. El rey notó que al hombre le temblaba la mano. ⎯Majestad, yo… Nathan alzó la mano, interrumpiéndole. ⎯Ya sé que mi visita es inoportuna ⎯se excusó⎯, pero no se me ocurrió otra cosa que presentarme en el monasterio de incógnito. Perdone mi atrevimiento. Tadeo al mirar a su alrededor se sintió avergonzado. Los tres inmortales estaban plantados a espaldas del rey, como escuderos. Nathan se volvió hacia ellos y les hizo un ademán para que se distendieran. Aprovechando la rápida acción del rey, Tadeo miró de reojo a Necó, reprimiéndole con la mirada el hecho de haberles dejado en la destartalada biblioteca. Aquel no era un lugar digno para un rey, pero luego recapacitó, pues el monje desconocía quiénes eran. ⎯Perdonad, Majestad. Esta estancia llena de polvo no es el lugar indicado para vos ni para vuestros escuderos, por favor síganme. Debido a la inesperada visita del rey, Tadeo tenía mucho en qué pensar. El viaje desde Jhodam era largo, habrían
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    157 pasado mucho fríoy hambre. «Una buena cena, sí eso es. Cenaran con nosotros, los monjes se sentirán muy dichosos al tener unos invitados tan ilustres», pero tenían poco que ofrecerles, aparte de una cama limpia y el calor de una gran chimenea. Nabuc, les dejó sin nada y sin embargo, él mismo ordenó a un levita que les entregara alimentos… La actuación del rey de Esdras, reconoció que le dejó atónito; primero les saquearon las maderas y los alimentos y luego, contra todo pronóstico, les hizo entrega de todo tipo de verduras y frutas. La carne y el pescado, la conseguían cazando pues no tenían otro medio. Los ganaderos se quedaron sin ganado y los agricultores, sin cosechas. Necó salió corriendo para avisar a los monjes. Muchos de ellos esperaban en el comedor y otros, empezaban a salir de sus dormitorios. Agar observaba, mientras caminaban, al rey. Estaba asombrado, no sabía cómo una persona de su elevada entidad estuviese allí, con ellos. ⎯Supongo ⎯dijo Tadeo⎯, que las inclemencias del tiempo les habrán acompañado durante todo el viaje. ⎯Sí. Lluvia, viento, nieve y sobre todo, mucho frío. Caminaban a lo largo del pasillo, cuando se encontraron rezagados a un grupo de cuatro monjes. Éstos se fijaron en la majestuosidad del joven de cabellos largos, había algo en él que les llamaba la atención, pero no dijeron nada, esperaron a que fuese el abad o Agar quién le informase. Sin embargo, echaron a caminar con premura. ⎯¡Esperad! ⎯exclamó Tadeo, al ver que los monjes se alejaban rápidamente. Se volvieron, sobresaltados por el tono de voz de su abad. ⎯¿Sois vosotros, los últimos? El más alto de ellos, respondió: ⎯Sí, mi señor. ⎯Bien, os quiero a todos en el comedor. Sin demora. Tadeo se volvió hacia el rey.
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    158 ⎯Perdonad sus actuaciones,pero desconocen quién sois vos. Nathan sonrió. ⎯No debéis preocuparos por algo tan insignificante. Hay cosas más importantes que reconocer mi identidad. El rey hizo una pausa y prosiguió: ⎯Es preciso que tengamos una conversación. Las últimas palabras de Nathan, lo atravesaron como un puñal. El temor surgió en él, amenazando su aplomo. Ya podían sentir el calor del fuego que emanaba de la inmensa chimenea del comedor. El pórtico estaba abierto y el último rezagado entró rápidamente. Un gran murmullo de voces que procedían del interior del comedor llegó hasta ellos. Ishtar y Halmir se cruzaron las miradas, y sonrieron. ¡Por fin, comerían algo en condiciones! Los monjes hablaban en voz baja, sentados en su sitio en la mesa, cuando el abad Tadeo, Agar y sus invitados entraron en el comedor. Inmediatamente se pusieron en pie. Se oyó el estruendo de una silla al caer. Miraron a los visitantes, extrañados. Los atavíos negros, las armas que portaban, todo eso hacía que pareciesen amenazadores. «¿Quiénes son?», está pregunta surgió en la mente de los monjes, sin excepción. El abad levantó una mano, ordenando silencio. Todos callaron. Nathan desvió rápidamente la mirada hacia los comensales. ⎯Buenas noches, hermanos ⎯empezó diciendo⎯. Tengo el placer de anunciaros que Su Divina Majestad, el rey de Jhodam y sus escoltas cenaran con nosotros esta noche y posiblemente pasen entre nosotros unos días. Estalló un murmullo de voces. La sorpresa fue monumental. Nathan miró al abad, sorprendido, sin comprender. Los tres inmortales se mostraron encantados, la alternativa de quedarse unos días no era del todo despreciable, dadas las condiciones climatológicas.
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    159 ⎯La tempestad denieve dificultará su viaje de regreso, Majestad. Sería conveniente que partieran cuando amaine el temporal. La mayoría de monjes se quedaron de piedra. No sabían si sentarse o permanecer en pie. En esos momentos, las emociones estaban a flor de piel. Algunos de los monjes, sobre todo los más jóvenes se sintieron maravillados al conocer a tan divina persona y los más mayores, enfundados en una camisa de temor, miraban con recelo. Pensaban que la presencia del rey de Jhodam no era del todo positiva. El imperio se traía algo entre manos. ⎯Acercaos al fuego, entraréis en calor ⎯les dijo el monje cocinero Agar con gran prestancia⎯. ¿Tomarán vino caliente para reconfortar el cuerpo? ⎯Hizo una seña al monje sirviente, éste se apresuró a cumplir su orden. Nathan se quitó la capa, los arneses con las armas y los guantes. Un monje se llevó sus atuendos. Luego, se sentó en el lado de la mesa que más cerca estaba del fuego. Lo mismo hicieron, su padre, Ishtar y Morpheus. El monje sirviente, con bandeja en mano, le tendió al rey una copa de alabastro y luego, hizo lo mismo con el resto. Nathan bebió un sorbo de vino, paladeándolo y apreciando su aroma. Le gustó, nunca lo había probado servido de esa forma, en caliente y especiado. Halmir observaba a su hijo con expresión taciturna, mientras un novicio joven se acercó al rey y le saludó con una reverencia. ⎯Majestad, es un honor para mí conocerle. Al comentario del monje siguió un prolongado silencio. Luego, con voz serena, Nathan dijo: ⎯Incorpórate, novicio. Yo también estoy encantado de conocerte. Espero que durante mi estancia aquí podamos conocernos mejor. Aquellas palabras del rey, le sonaron al novicio como música celestial. Si alguna vez sintió miedo nada más pronunciar su nombre, ahora ese miedo había desaparecido
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    160 por completo. De pronto,el novicio se encontró con la mirada escudriñadora del abad, éste le hizo una seña para que volviera a su sitio en la mesa. Cenaron pescado fresco, que ese mismo día dos monjes habían cazado del río, al horno con romero, patatas y zanahorias. Un plato modesto, que los invitados supieron agradecer. Morpheus bebió más que comió y ligeramente aturdido por la incipiente embriaguez solicitó un lugar dónde descansar. El inmortal se retiró pronto, al igual que Ishtar. De los inmortales, sólo Halmir aguantó la velada y lo hizo para no dejar solo a su hijo. Pero Nathan tenía planes y le pidió que lo dejara a solas con el abad. Halmir aceptó, pero lo hizo a regañadientes. El hecho de que su hijo prescindiera de él le ponía de muy malhumor. Se marchó. Durante el periodo de descanso que seguía a la cena, Nathan se dirigió al abad, no quería postergar el asunto que le había traído al monasterio. ⎯Ordena a tus monjes que se retiren, Tadeo ⎯dijo Nathan, secamente⎯. Quiero hablar contigo en privado. ⎯Con vuestro permiso, Majestad, me gustaría que Agar estuviese presente. Tengo en muy alta estima sus consejos. El rey dudó un momento, pero al fin accedió. ⎯No necesitarás sus consejos, pero de acuerdo. Ante las palabras del rey y puesto que éste había ordenado a su propio padre que se retirase, el abad acabó aceptando conversar sin testigos, tal y como quería Nathan. Tadeo no podía negar que se sentía incómodo ante la idea de que sus acciones previas al saqueo hubieran sido mal interpretadas. Cuando descubrió que Agar había enviado un despacho al rey, sin su consentimiento, ya era demasiado tarde. Se quedaron solos.
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    161 El abad seapresuró en hablar, tratando de defenderse de una posible acusación. ⎯No lo hice intencionadamente. Las palabras de Tadeo sorprendieron a Nathan. ⎯¡No tan deprisa! ⎯exclamó⎯. Aún no he formulado ninguna pregunta. ⎯Perdonadme, majestad. Se que hice mal, pero me acobardé. ⎯Lo sé ⎯Nathan miró a Tadeo a los ojos y continuó⎯. Si te sirve de consuelo te diré que yo al ser informado de la misiva de Agar, también me sentí mal. En aquellos momentos, no comprendí tu miedo. ¿Temías perder la concesión, verdad? El abad, asintió. ⎯No temas, en ningún momento se me pasó por la cabeza retirarla ⎯prosiguió Nathan⎯. La concesión es y será vuestra, siempre. ⎯Vuestro poder está sobre todos nosotros. Es normal que sintiese miedo, dadas las circunstancias. ⎯Comprendo ⎯dijo Nathan⎯. A mí lo que realmente me interesa es el efecto colateral de ese miedo, Tadeo. Necesito confiar en vos y no puedo hacerlo si me mostráis tanto temor. Tadeo estaba tan avergonzado por su actuación que apenas se atrevía a mirar al rey a los ojos. Nathan no quería hacerle sentir peor de lo que ya se sentía, por eso cambió de tema. Los saqueos propiciados por los hombres de Nabuc le preocupaban y ahora que estaba tan cerca de Esdras, era el momento de informarse de la realidad que viven las aldeas cercanas a la ciudad amurallada. Quería saberlo todo, para actuar en consecuencia. Nathan se levantó de la silla y comenzó a caminar por la estancia. Tadeo observaba, preocupado, como el rey recorría majestuosamente el comedor. En ese momento, tuvo un escalofrío y colocó las manos bajo su túnica. De pronto, Nathan giró bruscamente y lo encaró.
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    162 ⎯Necesito conocer vuestralealtad ¿A quién servís: a Jhodam o a Nabuc? El abad sintió la boca seca. ⎯Majestad, ya sabéis cuál es mi respuesta. Os sirvo a vos. ⎯Acepto tu devoción, pero no tu miedo. Por eso he venido a verte personalmente en lugar de convocarte en una audiencia pública. Tadeo se puso en pie y fue a atizar el fuego de la chimenea. Temblaba violentamente y tenía frío. Apenas había arrojado un poco de leña sobre las brasas, cuando Nathan se situó tras él. El abad sintió un escalofrío. Se volvió. ⎯Vivimos tiempos aciagos, Majestad —dijo—. Vos lo sabéis. El miedo no es más que la manifestación de nuestra incapacidad para defendernos de esos salvajes ⎯hizo una pausa y prosiguió⎯. La hambruna acecha las aldeas que lindan con Esdras y nosotros no tenemos capacidad para alimentarlos a todos. Nabuc nos está exprimiendo, llegará un día en que no nos quedaran huesos en el cuerpo. Lo que todavía empeora más las cosas es saber a ciencia cierta que Nabuc no cejará en su empeño de arrebatarnos todo cuanto poseemos y vos sabéis que nuestra posesión más preciada es la vida. Sí, él y su maldito palacio están causando la agonía de nuestras aldeas, de sus cosechas; sus hombres violan a las mujeres y a las niñas de los agricultores… El abad se interrumpió unos instantes. Hablar de las maldades del rey de Esdras, le causaba mucha aflicción. Luego, prosiguió: ⎯No sé si estáis enterado, Majestad. Pero Nabuc, se ha casado con la hija de un levita. Se oyen rumores de que el enlace estuvo sometido bajo los dominios de una liturgia hereje creada por el rey… un ritual de posesión sexual, creo. Al parecer la joven fue violada en el mismo momento que era desposada. Nathan, sentado en un sillón y con la mirada clavada en
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    163 las llamas, parecíareflexionar sobre la situación de los aldeanos, de los monjes y… ⎯dejó inconclusos sus propios pensamientos. ⎯¿Cómo decís? —Sí, Majestad —afirmó Tadeo—. Mancilló el honor de esa muchacha. —No tenía conocimiento de ese enlace —respondió el rey—. ¿Qué le pasa a Nabuc? ¿Está loco? Realmente me preocupa. Con respectó a todo lo demás, debo comunicaros que he tomado las medidas adecuadas para combatir a esa escoria. Tadeo miró fijamente a Nathan. ⎯¿Queréis decir…? ⎯Se le quebró la voz, carraspeó⎯. ¿Queréis decir que habrá guerra? ⎯Habrá guerra ⎯confirmó Nathan⎯. Pero no hay fecha de inicio, aún. ⎯Pero, Majestad… Nadie en este monasterio sabe empuñar una espada o tirar del arco; lo mismo digo de los ganaderos y agricultores. ⎯Soy yo quien ordeno la partida de mis tropas o la desautorizo. Así que dejad de preocuparos, seréis debidamente protegidos por una división de arqueros ⎯le dijo⎯. La guerra será larga y costosa en vidas, y será mi ejército y la milicia de Bilsán quiénes se enfrenten a Nabuc y su ejército de sicarios; les daremos un buen escarmiento a esos salvajes. Lo único que te pido es que no trasmitas tu miedo a nadie. Tadeo asintió, acongojado. ⎯¿Qué hay detrás de estos planes de guerra? ⎯le preguntó. ⎯Un rey legítimo para Esdras. El abad quedó atónito ante la respuesta del rey. El tono de voz empleado por Nathan no dejaba lugar para las dudas. «Un rey legítimo…», pensó. «¿Quién puede ser?» De pronto, la voz de alarma surgió en él, quemándole como una llama ardiendo.
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    164 ⎯Majestad, si vostenéis algo con lo que derrocar al rey Nabuc y él lo descubre correréis peligro. Está rodeado de altos hechiceros que os pueden hacer mucho daño, debéis protegeros. ⎯Lo sé ⎯afirmó Nathan⎯. Pero he decidido correr ese riesgo. Él está muy interesado en mí, eso le hará soñar conmigo. El abad contuvo el aliento. ⎯¿Qué opina vuestro padre de todo esto? Nathan se encogió de hombros. ⎯Si quieres que te diga la verdad, Tadeo, no lo sé. El rey apoyó su codo derecho sobre el brazo del sillón y se llevó una mano a la sien, agotado. El abad Tadeo observó ese rostro pálido que tenía ante él, advirtiendo su extremo cansancio. ⎯Deberíais retiraros a descansar, Majestad. ⎯Estoy de acuerdo. Pero no sé si el cansancio me dejará dormir. ⎯Ya, pero aun así debéis intentarlo ⎯le dijo⎯, sino mañana no os aguantaréis en pie. Nathan durmió profundamente durante varias horas, agotado por el largo viaje. Despertó poco después del amanecer. Sentado en la cama, reflexionó sobre la conversación que mantuvo con Tadeo. El futuro reinado de Esdras era una tarea primordial que él no podía desatender. Esa mañana, Nathan estaba muy ausente. Todos se dieron cuenta y lo dejaron tranquilo. Paseaba arrebujado en su capa por el patio, pensaba en su misticismo y cómo este cada vez le absorbía más, haciéndole dejar de lado las exigencias de lo cotidiano. Era consciente de que el destino de todos se anunciaba adverso. Una parte de sus tropas de élite estaban destacadas en Bilsán y los arqueros destinados en Haraney se unirán a ellos para unirse a la milicia de
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    165 Jadlay. Estaba claro,la guerra era la única alternativa que existía para combatir el creciente poder de Nabuc. Pero no terminaba por decidirse, el pasado le azotaba y se interponía en sus decisiones, sin poder evitarlo. Cuando Nathan se disponía a entrar en el interior del monasterio, preguntándose sí estaría haciendo lo correcto o no, su padre salió a su encuentro. Tomándole del brazo lo llevó hasta la cocina y allí lo obligó a desayunar. Halmir arrastró una silla hasta la mesa más cercana y luego, miró seriamente a su hijo. ⎯¡Siéntate y come! Nathan estaba tan perplejo que no dijo absolutamente nada. Dejó que su padre se desahogara, pues sabía que estaba enfadado por haber prescindido de él anoche. Miró a su alrededor y vio como dos monjes depositaban sobre una mesa, junto al horno, varias cestas llenas de panes, legumbres, pescado seco, carne de buey, dátiles y especias. Se sorprendió de que los monjes comieran tanto, pero no; luego pensó en las aldeas vecinas y supuso que parte de esos alimentos serían para los aldeanos. Eso era lo justo, pensaba. Mientras tanto, un monje de cráneo rasurado sirvió al rey un manjar ideal para vigorizarle porque lo último que querían los hermanos era que cayese enfermo. Halmir no perdió el tiempo, informando al abad de la aversión que el rey sentía por la comida. Finalmente, habló. ⎯Padre, no sé por qué te molestas tanto —dijo—. Ya sabes lo que pienso de la comida. ⎯Por eso mismo que lo sé, no pienso permitirlo. Nathan al ver el bol de habas calientes, bostezó. No era capaz de engullir nada, sólo tenía sed. ⎯Perdóname, hijo, por infligirte el tormento de tener que comer habas, pero es lo único que te devolverá las fuerzas. ¡Estás decrépito! ⎯¡Me ofendes, padre! Halmir ni se inmutó.
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    166 ⎯¡Sí no quieresque te ate a la silla, come! Nathan frunció el ceño, enfurecido. ⎯No puedes obligarme a comer algo que no quiero. ¡Ya no soy un niño! El monje de cabeza rasurada, testigo mudo del enfrentamiento entre el rey y su padre, decidió ofrecerle algo que seguramente no rechazaría. ⎯Majestad, ¿leche fresca, dátiles y pasteles de miel y nata? Nathan, goloso, aceptó. Hizo a un lado el bol de habas y degustó la leche, que le apetecía más. Su padre abrió la boca para decir algo, pero inmediatamente después la cerró. Era mejor no decir nada. Dos días después, Nathan y los inmortales emprendieron el viaje de regreso a Jhodam. Tenían previsto hacer un alto; el rey quería valorar in situ a Jadlay y su milicia. Confiaba en que Áquila hubiera hecho un buen trabajo con el impulsivo joven, pues no era su intención descuidar sus responsabilidades como rey de Jhodam. «Haré que todos vosotros tengáis un buen destino. Nabuc no tiene principios, entre todos lo derrotaremos. Sus tentáculos de poder serán aniquilados y él, aplastado como una serpiente», les dijo a los monjes antes de irse. El abad Tadeo observó a los cuatro jinetes negros como se alejaban del monasterio. Suspiró. Él no era un hechicero, pero tuvo un fatal presentimiento. Su rostro se puso gris, pues Nathan era el protagonista de esa intuición que no le permitiría dormir de aquí en adelante.
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    167 Capítulo 11 La CámaraSecreta, el Maestro y el Oráculo Hay ciertas perturbaciones en el Oráculo… En los sótanos del palacio de Esdras se ocultaba una cámara. Un mausoleo plagado de criptas. Un lúgubre lugar con fines perversos, y frecuentado por un alto hechicero. El portón era de hierro y su grosor de cuarenta centímetros hacía difícil su apertura, y a menos que se tuviera mucha fuerza en los brazos, era imposible acceder al interior. El portón sustentado por un arco, estaba franqueado por dos colosales estatuas que señalaban con sus respectivas varas hacía lo alto: a una lápida de piedra con una siniestra inscripción: “La vida es una condición frágil, necios mortales. No todas las cosas son lo que parecen”. Las llamas inextinguibles de dos antorchas iluminaban el oscuro corredor; colgaban de ménsulas en las grises columnas que soportaban la arcada a ambos lados del portón. Ni el más atrevido osaría entrar en su interior, a menos que deseara perder la vida. El Oráculo vigilaba impidiendo con su ojo traicionero la presencia de extraños. El hechicero Festo, ataviado con una túnica ceremonial negra, caminaba de un lado a otro de la cámara secreta, como un animal enjaulado. Cuando no se oprimía los nudillos de las manos, se mordía las uñas. Festo trabajaba intensamente para encontrar los componentes letales del veneno que debía dejar a Nathan en un contundente jaque.
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    168 Buscar no eslo mismo que encontrar, el hechicero lo tenía muy presente. Y él por más que buscaba no conseguía dar con los ingredientes. Un veneno que provocara tanto mal en un ser inmortal no podía ser ni buscado ni encontrado, sólo el Oráculo podía dar con la fórmula exacta. Un veneno del cual no existiese antídoto. Mientras Festo trataba de encontrar una fórmula en su libro de las sombras, una figura surgía de la misma oscuridad. El aura que la rodeaba inundó la cámara y el hechicero, al que no se le escapaba nada, notó un repentino cambio en el ambiente. Contuvo el aliento. Se volvió hacia los nichos. La enigmática figura totalmente envuelta en sombras, estaba allí, inmóvil, observándole. Festo sólo conocía su voz. ⎯Maestro… El oscuro ser seguía oculto. Nada se veía de él, ni sus manos ni su rostro… Nada. De repente, su voz rompió el silencio de la ultratumba. «Festo, res non verba… Mientras, él siga existiendo no podremos actuar con libertad. Debes destruirlo» El hechicero se apretó los nudillos y dio unos pasos sin desviar la mirada de la oscura figura. ⎯Estoy en ello, Maestro ―dijo―. Pero es más difícil de lo que me pensaba. La fórmula… «Usa bien mi Oráculo, él te dará las claves. Si no las resuelves, acude al Menhir» Se hizo un silencio sofocante. El Maestro prosiguió. «Cumple la misión que se te ha encomendado, Festo. ―De repente, cambió el tono de su voz y conjuró una severa y cruel amenaza que se cumpliría inexorablemente, si Festo no cumplía con las espectativas del oscuro ser―. Exsequi Opus Pater Serpentis aut quia pulvis es et in pulverem revertis» El hechicero se dio cuenta de que no podía especular con la amenaza del Maestro. Pero más que polvo… ⎯Non, Domine. In pulvis non, in petra.
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    169 Si algo temíaFesto, era acudir al Menhir. Ipso facto, la siniestra figura evocó su poder y una espiral de energía negra como el carbón acudió a él con ráfagas de viento que lo levantaron todo. Instantes después, el silencio. Los destellos que emitía la esfera azul cegaban debido a su intensidad. Medía cincuenta centímetros de diámetro y estaba suspendida en el aire, girando sobre sí misma. Emitía energía constantemente. El Oráculo, alimentado por las mismas tinieblas, indagaba en las profundidades de su poder visionario. Todavía no existía respuesta a las peticiones de Festo. La fórmula seguía sin ser encontrada. Extrañas voces en el ambiente parecían deliberar entre ellas. Buscando en el mundo físico… Buscando en el Otro Lado. El cuervo que velaba la cámara, aún tenso por la aparición del vil ser, de plumaje negro azabache con visos pavonados, no dejaba de emitir chillidos estridentes a modo de queja. Festo, ordenando silencio, recriminó la actuación del cuervo con su vara ceremonial, golpeando bruscamente el suelo. Los chillidos cesaron y un silencio sepulcral invadió la oscura estancia. Aby investigaba las zonas del palacio que jamás antes pudo ver por su condición de sirvienta. Ahora como esposa de Nabuc, era libre de andar por donde quisiera, o eso creía ella. Buscaba a su padre. El rey le dijo que él había decidido quedarse una temporada en el Monasterio de Hermes, pero ella no podía creer en su palabra. Su padre jamás la abandonaría. Cuando consultaba a lo sirvientes del palacio y
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    170 a los cortesanossobre el paradero de su padre, nadie le decía nada al respecto, era como si todo el mundo hubiera firmado un pacto de silencio. Era la reina de Esdras, pero carecía de poder. Le estaba terminantemente prohibido acudir a las reuniones del rey, y su firma no valía nada. No tenía responsabilidades de ningún tipo, y sus dos únicas preocupaciones eran: primero, evitar a toda costa un embarazo, usando para ello todos lo medios que estaban a su alcance para evitarlo y rezando a diario para que el rey no se enterase de sus planes; segundo, encontrar a su padre. Aby era consciente de que sólo era importante para llenar las noches de su señor esposo. Ambos dormían en aposentos diferentes y se veían muy poco. El rey acudía diariamente a su lecho para satisfacer sus necesidades y de paso, hacerle un hijo. Un objetivo muy importante para Nabuc, pues estaba seguro que si conseguía tener un heredero varón aseguraría su trono de cualquier amenaza. «Mi padre no se hubiera marchado sin decirme nada. Todo esto es muy extraño», se dijo a sí misma. Aprovechó que Nabuc estaba reunido con sus sicarios y se adentró en la biblioteca. Alzó la mirada. Grandes estanterías, llenas de libros, parecían precipitarse sobre ella. Sintió vértigo y al mismo tiempo, miedo. La oscuridad era dominante y el silencio, sofocante. Apoyó su mano en el lateral de una estantería y sin querer, su mano se deslizó hasta un pequeño tirador cuando oyó un ruido que provenía de la pared que tenía delante. Un crujido chirriante y de repente, una puerta camuflada tras un cuadro, se abrió ante ella. No sabía bien si adentrarse y seguir avanzando por el corredor oscuro o dar marcha atrás y volver al silencio de su aposento. El sentido de la aventura le incitaba a seguir, pero el miedo era superior y eso la hizo vacilar por unos instantes. Exhaló y respiró varias veces, armándose de valor. Traspasó el umbral y en el otro lado, tomó una antorcha
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    171 y echó acaminar por el oscuro y fantasmagórico corredor. Las crecientes sombras le provocaron congoja y pronto perdió el sentido de la orientación. Aquel lugar era un extraño laberinto de corredores. Cuando llegó al final del pasillo que estaba transitando, vio que giraba a la derecha, éste más oscuro y siniestro, imponía de tal forma que la mano que sujetaba la antorcha empezó a temblar. Siguió avanzando hasta dar con una puerta, puso la mano sobre el agarrador y la abrió. Sonó un terrorífico crujido. Oyó voces, éstas parecían un murmullo tan lejano que sólo llegaba hasta ella el eco. Agudizó el oído, pero no consiguió descifrar nada. Sólo buscaba a su padre, ¿dónde se había metido? o más bien, ¿dónde lo habían escondido? De nuevo oyó las voces, ahora parecían más cercanas. Abrió otra puerta. Otro corredor se alzaba ante ella, éste parecía no tener fin. De pronto, vio una sombra vaga y oscura que se mezclaba con las sombras más profundas del corredor. Comenzó a asustarse. Giró para echarse a correr, cuando de repente sintió que una mano fuerte le aferraba el hombro. Comenzó a forcejear, pero la mano la aferró con más fuerza, y fue arrastrada inexorablemente hasta la salida de este corredor. La oscuridad le impedía ver a su agresor, pues éste estaba encapuchado y sus vestimentas se confundían con la oscuridad. Una voz de hombre tronó. ⎯¿No sabes que sería de ti si, Nabuc o el hechicero Festo te sorprendieran traspasando el vado del Mausoleo? — preguntó—. ¿Qué hacías allí? Aby, asustada, trató de huir. Pero él la asió más fuerte y, en un solo movimiento, se la cargó sobre el hombro. ⎯¿Quién eres? ¡Descúbrete! ⎯preguntó ella mientras le golpeaba en la espalda. No hubo respuesta. Aby vio pasar debajo de ella las baldosas negras y
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    172 mohosas de loscorredores, uno tras otro. Nada le resultaba familiar. Pero cuando por fin él la descargó y la depositó de pie en un oscuro corredor al que daban muchas puertas de hierro cerradas, no tenía la menor idea de dónde se encontraba; estaba segura de que no habían llegado a la biblioteca, se desviaron en algún punto del laberinto. Él sin dejarse descubrir la tomó de la mano y la condujo de prisa por el pasillo. Abrió una de las puertas del otro extremo, entró con ella y cerró la puerta. Entonces, la soltó. Una poco de luz que provenía de una pequeña lámpara de aceite le reveló el interior de una celda. Él se volvió hacia ella y se quitó la capucha. Y entonces, los temores de Aby desaparecieron. ⎯¡Lamec! Él la obligó a sentarse sobre una destartalada silla. ⎯Muy bien ⎯dijo⎯. ¿Qué estabas haciendo en el laberinto? ⎯Buscando a mi padre, ¿sabes dónde está? Lamec asintió. ⎯Está en una celda como ésta —dijo—, pero al otro lado del corredor. ⎯¿Encerrado? ¿Por qué? ⎯preguntó, sin comprender⎯. Mi padre jamás cometería ningún delito. ¿Ha sido Nabuc, verdad? Él lo ha encerrado. ⎯Ser tu padre —dijo Lamec—. Ese es su único delito. Aby palideció. Se llevó una mano al pecho y los ojos se le llenaron de lágrimas. ⎯¿Puedo verle? ⎯preguntó ella con la voz entrecortada. ⎯No tengo las llaves de la celda, pero podrás verle a través de la rejilla. Eso es lo único que puedo hacer por ti, pero has de prometerme que no le dirás nada a Nabuc. Si guardas silencio, te prometo que le ayudaré. ⎯¿Ayudarle? ¿Cómo? ⎯Suministrándole comida y agua para que siga con vida ⎯respondió Lamec⎯. Pero para liberarlo necesitamos la llave y me temo que sólo Nabuc tiene las llaves maestras. Si
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    173 quieres liberar atu padre, tendrás que conseguir esa llave. ⎯Me lo pones difícil, pero lo intentaré. ⎯Bien, ahora te llevaré hasta la biblioteca y por favor, no vuelvas a entrar en las cámaras, ese lugar está maldito. ⎯¿Maldito dices? ⎯Sí ⎯afirmó⎯. En el Mausoleo reside el Oráculo y sólo el alto hechicero Festo, puede acceder a la cripta. Si te hubieran descubierto, ahora estarías muerta. ⎯Lamec, no entiendo. ¿Por qué estás haciendo todo esto? Pensaba que eras fiel a Nabuc. ⎯Le fui fiel hasta que él se pasó de poder con tu padre ⎯hizo una pausa, tratando de entenderse a sí mismo⎯. Lo siento, mi señora. No pude hace nada, Nabuc lo había planeado con antelación. Aby no podía regresar a la biblioteca si antes no veía a su padre. Necesitaba verlo con sus propios ojos, pues quería confiar en la palabra de Lamec, pero en el fondo tenía miedo de que él estuviese mintiendo por alguna razón oscura que ella no comprendía. ⎯Por favor, llévame ante mi padre. Lamec temía que ella se lo pidiese. Pero no podía negarle algo que él mismo le ofreció. Finalmente, asintió y dirigiéndose a la puerta, le hizo un ademán. Ella le siguió. Ambos en silenció caminaron hacia el otro lado, deteniéndose frente a una puerta negra; ésta tenía una portezuela en la parte superior que se abría desde fuera. Lamec, abrió la portezuela. Una rejilla de hierro permitía ver lo mínimo del interior de la celda. Pero si se podía apreciar claramente a un hombre con barba de hace días y unas ojeras que le llegaban hasta los pies. ⎯Joab, tu hija está aquí. El levita, que sólo dormitaba, se levantó del suelo a duras penas. Sus ropas andrajosas y sucias, estaban desgarradas y mordisqueadas desde los tobillos hasta las rodillas. Los ratones que habitualmente frecuentan la celda, accedían a ella a través de un pequeño agujero en la pared;
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    174 roían el lino,cuándo el monje dormía. No le habían suministrado alimento sólido y estaba muy debilitado. Cruzó la pequeña celda, trastabillando. ⎯¿Mi hija? ⎯preguntó con la voz rota⎯. ¿Aby? La joven al ver el lamentable estado de su padre, rompió a llorar. ⎯Padre —dijo—, te prometo que te sacaré de aquí. Joab abrió los ojos como platos. No podía creer que su hija estuviese allí, pero en verdad era ella. ⎯No, Aby; te pondrías en peligro. De pronto, se oyeron unas siniestras voces que invadieron las cámaras. El eco sonaba tan terrorífico que erizaba la piel. No eran voces humanas y provenían del mundo mágico y perverso del Oráculo. Eran muy lejanas, pero se escuchaban como si estuvieran ante ellos. Habían hallado una respuesta. Joab, Aby y Lamec, enmudecieron de golpe. El levita hacía días que notaba el ambiente enrarecido. «Algo se estaba tramando», pensaba. Y no estaba equivocado. Pero Joab no era capaz de descubrir el motivo de aquellas perturbaciones del Oráculo, que irrumpían de forma inesperada y en cualquier momento, provocando que el aire se asfixiase y las sombras recuperasen su dominio. Nada se podía hacer. El tenebroso hechicero Festo había invocado a la oscuridad, para que le concediera vil dominio sobre todas las cosas, con algún fin diabólico. ⎯¡Vete, hija! —dijo—. La oscuridad acecha. Este no es un lugar seguro para ti. ¡Vete, antes de que sea demasiado tarde! Aby sacudió la cabeza enérgicamente. ⎯Padre, no puedo dejarte aquí. Joab miró a Lamec, ambos se entendieron. ⎯¡Llévatela! ⎯ ordenó⎯. Nabuc, puede notar su ausencia. Lamec asintió. La cogió del brazo y se la llevó de allí de inmediato, casi arrastrándola. Aby cedió, y con premura,
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    175 ambos llegaron ala biblioteca. Por suerte, nadie estaba allí. El viaje de Aby por las cavernas había finalizado. Nathan era el objetivo del Oráculo, y Festo temeroso de las amenazas del Maestro, había maquinado un plan que no podía fallar. El Oráculo visionó el largo camino recorrido por la deidad. Un veneno letal lo enfrentaría a su destino. Sus verdugos: Nabuc y Festo, querían convertirlo en un despojo, antes de que llegase el momento de declararle la guerra a Jhodam y a todos los territorios aliados, y el oscuro Maestro lo quería destruido; eliminado de la faz de Nuevo Mundo. Sin Nathan, incordiando, la victoria sería fácil. Festo sonreía de forma perversa. Frente a él un cáliz de cristal rojo con el borde y la base en oro; desde ese momento la copa se convertirá en la depositaria de los polvos venenosos, tan sagrados como la misma deidad y tan letales como su mirada. El hechicero, en trance, cerró los puños y levantó los brazos, salmodiando el ritual para conjurar el veneno. El cáliz parecía tomar vida, sus destellos rojos como el fuego hacían destacar las sombras propias del Mausoleo. Las diabólicas voces que tronaban en la oscuridad del Mausoleo, compañeras incondicionales del Oráculo, repetían sin cesar las palabras: ⎯Plus Ultra… Venénum… Spectrum… Mientras Festo entonaba siniestramente el conjuro, el cáliz se elevaba un metro por encima del altar; suspendido en el espacio, emitió una larga y lúgubre llama roja y negra que crepitaba como la sal en el fuego. ⎯¡Maldito sea tu saber, maldita sea tu mirada, malditas sean tus manos! Yo, que observo con ojos pérfidos tu sacro poder, te condeno… Día y noche, sucumbirás ⎯entonó⎯. Cuando las dos lunas se tiñan de rojo, dejarás de existir. El cáliz, inducido por el conjuro, comenzó a emitir
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    176 destellos, fieramente, condeslumbrantes haces de coloreada luz cuando de repente, la copa se llenó de sangre, mezclándose con el veneno. En ese momento, cambió su luz irisada por abrasadoras llamas. El Oráculo le concedió a Festo, una visión: «Vio a Nathan, golpeado por un rayo. Inmóvil contemplando a la nada. Un cáliz de oro y restos de ambrosía esparcida por el suelo de mármol…» Festo sintió el penetrante olor del incienso de cedro, intensificado por el picante olor del humo de las lámparas. A su oído llegaron las oraciones, recitadas por Halmir, luchando por la existencia de su hijo… Y su rostro se iluminó por el éxtasis. «Vio a Nathan, con el rostro perlado y mortecino, postrado en su lecho por unas fiebres permanentes, provocadas por el veneno…» Sin embargo, Festo no pudo vislumbrar el final de la deidad. El destino de Nathan no estaba sentenciado, aún no. De Festo, dependía que el posible futuro concedido por el Oráculo se convirtiera en una realidad. La siniestra visión era un destino paralelo y el hechicero no estaba totalmente convencido de que se cumpliera. Se arrodilló frente al Oráculo. El cáliz dejó de emitir haces de luz y las sombras envolvieron su mágico cristal. Su oscura túnica se mezclaba y confundía con la oscuridad reinante en el Mausoleo y su pálido rostro se asemejaba a un espíritu sin cuerpo. Tras exhalar un profundo suspiro, Festo se dispuso a marcharse del Mausoleo, pero antes ocultó el cáliz con la sangre envenenada en un arcón y luego, con un hechizo, lo selló.
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    177 Capítulo 12 La ReuniónSecreta Seamos francos, majestad. Nathan, y no ese supuesto Jadlay, es la causa del aumento de tropas militares en los alrededores de Bilsán. Huele a una inminente guerra y vos lo sabéis —afirmó el hechicero Festo. Era obvio que la perspectiva no le parecía nada satisfactoria—. No debemos subestimar a Nathan; una naturaleza divina y sombría como la suya, combinada con su astucia y su poder, lo convierten en un rival peligroso ⎯Sin embargo, en el fondo estaba tranquilo, con el veneno en su poder, tenía a Nathan a su alcance. Y Nabuc, desconocía ese detalle. Tenía que actuar con discreción, el rey así lo había ordenado. Se lo diría luego, cuando estuviesen solos⎯. Aconsejo el envío de informadores para que descubran lo que se traen entre manos —sus dedos tamborilearon la regia mesa de madera, inquietos—. Supongo que no deseáis la paz, ¿cierto? Nabuc se levantó del sillón, se inclinó hacia delante, sus dos manos se posaron sobre la larga mesa rectangular. A ambos lados de la mesa, los sicarios, Enós y Gamaliel, escuchaban en silencio los comentarios del hechicero. ⎯Supones bien, Festo —dijo el rey—. La paz es lo último que deseo en estos momentos. Enós intervino. ⎯¿Cuál es su plan, majestad? ⎯Atacar Bilsán —respondió tajantemente. Festo frunció el ceño. ⎯¿Atacar? ⎯repitió, levantándose del sillón⎯. Creo que
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    178 esa es unadecisión precipitada, majestad. Hágame caso, me consta que queréis hacer prisionero a ese tal Jadlay, pero deberíamos centrarnos en lo realmente importante y el envío de espías solucionaría nuestro problema más acuciante y nos permitiría no sólo conocer sus intenciones más inmediatas, sino ganar un poco de tiempo que nos iría muy bien para reforzar nuestras tropas —La seguridad de Festo era insultante, pero tenía razón y nadie podía afirmar lo contrario—. Una guerra se debe planear con anticipación. Puedo asegurarle que el número de las tropas jhodamíes es superior a lo que habíamos previsto, pues calculo que el rey Nathan, entre arqueros, guerreros, mercenarios y las milicias de las ciudades aliadas, dispone de una cantidad más que ingente de hombres. Nosotros sólo disponemos de sicarios, proscritos y unos pocos guerreros de la guardia real que le son fieles —hizo una pausa, carraspeó—. Majestad, no debéis olvidar que la mayor parte de la población de Esdras no confía en vos. En esas condiciones, será difícil reclutar a los esdrianos. Nabuc no aceptó las últimas palabras del hechicero. ⎯Quiero que entendáis bien una cosa ⎯empezó diciendo el rey, mientras les miraba con severidad⎯: todos los hombres sin excepción serán pasados a las armas. Me importa un comino si son muy jóvenes o incluso, si son niños. Esdras, al completo, tomará las armas o aseguro que morirán todos degollados. «¡Desdichados de ellos!», pensó Festo en silencio. Enós miró a Gamaliel y luego, se dirigió al rey. ⎯Majestad, yo estoy de acuerdo con el plan de Festo — dijo, confiando en no enfurecerle—. Gracias al reclutamiento de un buen número de proscritos podemos tenderles una trampa y capturar a Jadlay, si es eso lo que deseáis. Pero tengo una duda… —¿Qué duda? —Su aspecto, majestad. Desconocemos cómo es él. Nabuc se sentó cómodamente en el sillón. Su bota chirrió
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    179 contra el suelo.Contempló al sicario fría y pensativamente. —Ese mal nacido tiene un parecido asombroso conmigo, o por lo menos era así cuando tan sólo tenía seis meses — dijo—. No tendréis ningún problema para reconocerle. ¿Conforme? —Oh, sí, desde luego. ⎯De acuerdo, Enós ⎯respondió el rey⎯. Pondremos en marcha el plan inicial. ¿Conocéis bien la región de Bilsán? ⎯Sí, majestad. ⎯Bien, bien. Entonces no perdamos más el tiempo ⎯repuso Nabuc, satisfecho⎯. Sólo os pido que no bajéis la guardia en ningún momento. No es prudente ser demasiado confiado. El sicario se frotó las manos, excitado. Deseaba ponerse en acción. ⎯¿Cuándo lo haremos? ⎯preguntó. ⎯Mañana partiréis rumbo a Bilsán. Seguramente estarán acampados en las afueras de la ciudad; en el bosque, quizá ⎯apremió Nabuc⎯. Quiero que embosquéis a Jadlay cuanto antes. Tras su captura podremos planear la estrategia a seguir. Ahora marcharos, deseo hablar con Festo en privado. Gamaliel y Enós se levantaron en silencio y se marcharon con una sonrisa de oreja a oreja. Una vez fuera del recinto, en el vestíbulo, ambos se detuvieron un instante. ⎯Bien, Enós, ¿tienes idea de cómo capturar a Jadlay? ¿Y si está equivocado? Diga lo que diga el rey, el joven puede haber cambiado mucho. ⎯Si, lo emboscaremos en el bosque —respondió—. En cuanto a su rostro, no te preocupes; estoy totalmente seguro que sigue pareciéndose a Nabuc. Sólo hemos de buscar a cabellos de cuervo. ⎯¡Oh, claro! ⎯exclamó Gamaliel. ⎯No temas ⎯dijo Enós, muy convencido⎯. Lo tengo todo muy bien planeado. Está vez no fallaremos.
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    180 Nabuc y Festose quedaron solos. Una de las lámparas se apagó y la estancia se quedó casi a oscuras. La poca luz reinante proyectaba las sombras de sus cabezas sobre las grises paredes de ladrillos de granito. El rey no hizo nada para aumentar la iluminación, pero sí se puso tenso. Su hechicero apareció en la reunión cuando ya no lo esperaba. ⎯¿Dónde te has escondido durante tanto tiempo? ⎯Retirado en el Mausoleo, majestad —respondió incipiente seriedad—. Después de largas horas, las visiones del Oráculo han sido fructuosas. Por fin, tenemos el veneno. Nabuc no estaba muy seguro de que el plan de su hechicero diera resultados. Hizo una mueca de duda. ⎯Es posible que tú estés convencido de la viabilidad de tu plan, pero yo no. El rey agarró la jarra de vino que había sobre la mesa y sirvió dos copas, una se la entregó a Festo y la suya se la llevó a los labios y la dejó vacía. Se limpió la boca y se quedó mirando al hechicero, éste nunca lo había visto tan nervioso. Sin probar el vino, Festo, dejó la copa sobre la mesa. ⎯Lamento que penséis eso, majestad ⎯dijo⎯. Pero el veneno ha sido conjurado por el mismo Oráculo, es tan letal como la propia deidad. ⎯No me convence el hecho de que sea alguien de su círculo privado quién tenga que envenenarle. Hay muchos detalles que pueden fallar en tu plan. Y un error te puede costar la vida, ¿lo sabes, verdad? ⎯En ese sentido podéis quedaros tranquilo, majestad. Un hechizo podría surtir efecto, sólo hay que buscar a la persona adecuada. ⎯¿Y cómo pretendes averiguarlo? ⎯A través del Oráculo. Nabuc se puso en pie y echó a caminar por la estancia, pensativo. Festo lo observó sin perder la calma, contemplándolo fijamente, como mirando a través de él. «No puedo hacer otra cosa. Si quiero eliminar a Nathan del tablero de juego, debo confiar en Festo», pensó Nabuc.
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    181 ⎯Quiero a Nathanliquidado ⎯dijo brutalmente. ⎯Por supuesto, majestad. Puede darlo por hecho. Nabuc rió. Festo prosiguió. ⎯Lo depositaré a vuestros pies, si es vuestro deseo. La confianza que tenía Festo en sí mismo, le brindó a Nabuc cierta dosis de tranquilidad. Sin embargo, al hechicero se le hizo un nudo en la garganta, pues era preciso que tuviera éxito. ⎯¿Supongo qué no existirá antídoto que los inmortales puedan utilizar para salvarle la vida, verdad? ⎯Majestad, es un veneno creado por el Poder Negro — afirmó sin dudarlo—. Si existe antídoto, puedo asegurarle que no es de este mundo. Dudo mucho que localicen los medios para evitarle el sufrimiento. Ni siquiera yo conozco ese detalle. ⎯A los inmortales no se les puede dejar nada al azar. ⎯Lo sé, majestad. Nabuc volvió a servirse vino. Lo bebió de un trago y luego, depositó la copa sobre la mesa y permaneció un instante con la mirada baja. La estancia se llenó de un silencio expectante. Finalmente, miró a Festo a los ojos. ⎯Bien ⎯dijo⎯, voy a confiar plenamente en ti. Te permitiré manejar este asunto a tu manera, espero que no me defraudes. ⎯No os decepcionaré. Nabuc se rascó la mejilla con su mano enguantada. ⎯De acuerdo. Entonces no hay más que hablar. No hablaron más del asunto. Ambos permanecieron unos instantes, en silencio, con las miradas perdidas en la oscuridad de la estancia. Al rato, el rey lo despidió y Festo se marchó, con la sensación de que el tiempo se abalanzaba sobre él como una tormenta de viento. Pensaba en todo lo que tenía que hacer a partir de ahora y confiaba que no surgiera ningún imprevisto que trastocara sus perversos planes. Sacudió la cabeza y
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    182 murmuró una plegariaa cualquier entidad oscura que quisiera escucharle mientras se dirigía a su alcoba a descansar lo que restaba de la noche. El rey Nabuc permaneció un rato, junto a su estandarte, en la tenebrosa terraza, contemplando la colina. El recuerdo de los hechos pasados, cuando ordenó asesinar a su sobrino, volvieron, desde las capas más profundas de su cerebro, de nuevo. En ese momento, veía su futuro con pesimismo y se preguntó si llevar a cabo sus planes sería la última aventura de su vida. En Esdras, ya nadie duda de que fué él quién mandó matar al hijo de Ciro. En aquellos tiempos, los súbditos se resignaron y pensaron en la posibilidad de que el joven conde se convirtiera en un gran rey como anteriormente lo había sido su hermano, pero no fue así. Los ciudadanos pronto desconfiaron de él. Nunca olvidarán el terrible acto que supuestamente cometió. Sin embargo, y aún sabiéndolo, nunca se atrevieron a oponerse al ya proclamado rey porque hacerlo era una invitación a la decapitación. La amenaza era seria y la traición, aún no siendo real, les condenaría de tal forma que sus cabezas podrían verse desde lo alto de las torres, en las almenas, clavadas en una pica como escarmiento y advertencia. Cuando Nabuc se afianzó en el trono empezó a ejercer su poder tiranizando a su propia gente. Su alma malévola y oscura le hizo rodearse de ambiciosos consejeros tan siniestros como él, y juntos emprendieron un gobierno despiadado, atemorizando a los esdrianos con la decapitación, esclavizando a los aldeanos y explotando a los colonos. Ahora, una inminente guerra puede poner las cosas en su sitio. Nabuc es consciente de ello, pero no piensa alarmarse, aún no.
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    183 Después de reflexionarunos instantes, Nabuc giró en redondo y abandonó la terraza. Estaba muy tenso. Cruzó rápidamente la estancia y en el umbral, vio a un guardia que le esperaba. ⎯¿Os acompaño, majestad? ⎯No, puedes retirarte. El guardia hizo una reverencia y se alejó por el corredor particular que comunicaba con las alcobas de los sirvientes que residían en el palacio. Nabuc volaba en dirección al aposento de su esposa. La oscuridad que le embargaba en esos momentos no era totalmente controlable. Aby se apresuró en llegar a su aposento antes de que lo hiciera el rey. Una vez en la soledad de su estancia privada, se sentó frente al tocador. Miró su rostro en el espejo y no le gustó lo que mostraba. Estaba cansada y preocupada por su padre; pálida y ojerosa no veía la forma de huir de su destino. No tenía aliados, excepto Lamec; él la ayudó y eso era muy importante para ella porque le demostraba que podía contar con su confianza, pese a que él estuvo de testigo en su peculiar boda. Se cepillaba sus cabellos, cuando algo la alertó. Las lámparas centellearon con un ligero temblor. Oyó ruido de pasos en el corredor. Dejó el cepillo sobre el tocador y se levantó, sintiendo el corazón en su garganta; se acercaba a la puerta cuando ésta se abrió de golpe y apareció Nabuc, allí, en el umbral, plantado como un árbol con los ojos desorbitados por un oscuro deseo, poseído por los demonios lascivos que lo manipulaban hasta conseguir sus fines. Aby sintió como el corazón iba a estallarle. Contuvo el aliento. Él cerró la puerta a sus espaldas, mirándola con una sonrisa maliciosa. Ella, temerosa, retrocedió unos pasos. El rey la agarró por el brazo y arrastrándola, la arrojó
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    184 violentamente sobre ellecho. ⎯Será mejor que te comportes. Aby trató de incorporarse, apoyando sus codos sobre el lecho. Él se inclinó y la golpeó brutalmente. ⎯¡Quieta! Aby quedó tumbada en el lecho, sin atreverse a moverse. El miedo la había inmovilizado por completo. Nabuc le levantó la túnica y cayó sobre ella como una losa. Aby trató de quitárselo de encima. Gritó. Sintió como él le abría las piernas por la fuerza y la penetraba jadeando incontrolablemente. Aby hundió los dedos en las sábanas, resistiéndose a la inexplicable ola de placer que crecía en su interior. Pero no lo consiguió, su cuerpo se estremeció, retorciéndose ante los ojos de Nabuc, y se avergonzó por su debilidad. Aby no podía contener el estremecimiento. Ese hombre, al que odiaba, la derrotó y la hizo claudicar sin ofrecer resistencia. Cerró los ojos. Olvidar… Olvidar. Eso era lo único que quería. Nabuc, motivado por el placer que estaba sintiendo ella, empujaba con extrema violencia, moviéndose dentro de ella para embriagarse de sus sensaciones. Aby lanzó un agudo grito, sacudida por un espasmo incontrolable; el clímax la cogió por sorpresa. Nabuc observó con incredulidad el iluminado rostro de su esposa, y se preguntó si ella, al fin, había cedido. Él se estremeció. Esa idea le llenó de orgullo. Cerró los ojos y en cuanto volvió a abrirlos sintió un éxtasis indescriptible. Lanzó una serie de jadeos y hasta gritó, sacudido por un violento orgasmo. Aby, sin proponérselo, conseguía excitarlo al máximo. Él se estremeció. Al poco rato, Nabuc se abatió sobre ella y resbaló poco a poco por el sudoroso cuerpo de Aby, respirando agitadamente. La miró y volvió a acariciarle en lo más íntimo y sus dedos la penetraron, sofocándola de nuevo. Cuando él se dio por satisfecho, ella se volvió de
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    185 espaldas, crispada yllena de remordimientos. Las lágrimas corrieron amargas por sus ojos. Sí, ciertamente, había cedido ante él. Y no comprendía cómo había podido ocurrir. «¡Lo odio!», dijo sin compartir su pensamiento. Ya completamente recuperado del intenso gozo, Nabuc se levantó del lecho y se ajustó la túnica. La expresión de su rostro era triunfal. ⎯Has de reconocer, mi querida Aby, que no ha estado tan mal, ¿verdad? ⎯comentó Nabuc, satisfecho. ⎯Déjame sola, te lo suplico. Nabuc, contento por el gran paso que había dado en su relación con su esposa, apagó las lámparas de aceite y se marchó sin decir nada más. Aby, tumbada en la cama, en completa oscuridad sollozaba por su debilidad. Cerró los ojos con fuerza tratando frenéticamente de olvidar, necesitaba huir de sus pensamientos o acabaría volviéndose loca. Al comprenderlo todo se sintió invadida por el pánico. Aby no conseguía liberar de su mente la creciente repulsión que le provocaba el contacto físico con el rey, pese a su atractivo. No podía hacerlo porque realmente había sentido placer con él. Por mucho que lo intentaba no podía disfrazar ese hecho. En esos momentos, se le cruzó por la cabeza una idea: si realmente él la amaba y ella no ponía impedimentos a su pasión y se dejaba arrastrar hasta donde él quisiera llevarla; su amado padre, posiblemente, podría recuperar la libertad. «Eres una bestia incapaz de albergar un sentimiento humano en tu corazón de piedra. Juro que en cuanto recupere a mi padre, escaparé de tus garras. Lo juro» Y cerrando los ojos, se quedó dormida.
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    186 Capítulo 1 Los Valientesdel Rey Grandes y oscuros nubarrones se disputaban el cielo, obligando al sol a esconderse. El viento, aliado, comenzó a rugir fuerte atrayendo a las grandes nubes entre sí y enfureciéndolas. Casi al instante, una sinfonía de relámpagos y truenos, anunciaban el preludio de una tormenta apocalíptica. Los cuatro jinetes miraron al cielo. Desde que Nathan y sus escuderos partieron del Monasterio de Hermes habían tenido muy buen tiempo, pero ahora parecía que todo iba a cambiar. Pasada la calma, venía la tempestad y tenían que llegar cuanto antes a Bilsán si no querían empaparse de nuevo. Al principio, al comenzar el viaje, cabalgaron tranquilos y no avanzaron mucho porque la oscuridad descendió sobre ellos. Sin embargo, cuando ya habían recorrido casi todo el trayecto y apenas les quedaban veinte kilómetros para llegar a la ciudad, el rey que no dejaba de mirar las amenazantes nubes, se volvió hacia sus acompañantes. ⎯¡Esto se está poniendo muy negroooo! ⎯exclamó Nathan. Y como si se tratase de una orden, los inmortales y la deidad tiraron fuerte de las riendas para obligar a los caballos a cabalgar más rápido, y pronto se convirtieron en cuatro sombras negras que volaban a través de la espesura del bosque.
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    187 Unos minutos después,el cielo se desplomó y grandes gotas de agua se convirtieron, casí en el instante, en pedruscos de granizo que caían sobre ellos y sus caballos, sin piedad. Pero no se detuvieron, siguieron adelante con la loca carrera, cabalgando todo lo veloces que podían. El asedio tormentoso era ineludible. Parecía como si la tierra se abriera, dispuesta a tragárselos. Un auténtico infierno natural. La lluvia de granizo era puntual; no duraría mucho, a lo sumo unos minutos. La protesta de los caballos no se hizo esperar, pero sus jinetes hicieron caso omiso. La vertiginosa carrera no estaba exenta de peligros, saltaban y salvaban los tramos irregulares del terreno. Debido a lo complicado de la senda, los caballos resbalaban fácilmente, pero poco a poco ganaron terreno rápidamente y los jinetes llegaron a las vastas llanuras antes de lo previsto. El intenso granizo dio paso a un aguacero más soportable. En la lejanía se podía vislumbrar las primeras torretas de las aldeas próximas a Bilsán. ⎯¡Eahhhh! ⎯gritó Nathan. En ese mismo instante, él fustigó ligeramente a su caballo para que no bajase el ritmo. Halmir, Ishtar y Morpheus, sosprendidos, se encontraron con serios problemas para seguir la estela del rey. Nathan, deseoso de llegar al campamento, se hizo con el ritmo y pronto hubo entre ellos una buena separación. Una hora después, los cuatro jinetes iban al paso por las callejuelas de la ciudad. Bilsán, lugar de nacimiento de gentes humildes y punto de encuentro de forjadores y colonos, estaba nadando en un intenso aguacero. Nadie en sus calles, excepto una cuadrilla de niños y adolescentes que, vestidos con ropas andrajosas, sucios y desmelenados, parecían disfrutar con la lluvia, saltando de charco en charco,
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    188 incansables. Sus vocesy chillidos ensordecían, y no dejaban dormir la siesta de los habitantes que vivian alrededor de la plaza. Los cuatro jinetes cruzaban la plaza cuando un viejo con un garrote en la mano salió enfurecido de su casa. Aquellos niños no le dejaban dormir y estaba realmente cabreado. ⎯¡Qué críos estos! ⎯decía, exaltado. Morpheus detuvo su caballo y desmontó. El viejo al verlo se fue hacia él. Sopesó con sus ojos la fisonomía de los otros tres jinetes que seguían montados en sus caballos. Se detuvo delante de Morpheus, a él lo conocía. ⎯¿Qué ocurre, señor? ⎯preguntó el inmortal. ⎯Hola, Morpheus ⎯lo saludó con garrote en mano⎯. No te imaginas lo difíciles que son estos niños. Son los maleducados hijos de los campesinos colonos y vienen de sus aldeas hasta aquí a molestar a todo el vecindario. Los niños corrían alrededor de ellos dos. ⎯Viejo, ¿por qué no te callas, ya? ⎯le gritó uno. El hombre, harto de las insolencias de aquellos chavales, dio media vuelta y alzó el garrote. El joven echó a correr, riéndose a carcajadas. ⎯¡Fuera de aquí! ―gritó―. ¡Ir a molestar a vuestras casas! Nathan estaba deliberadamente silencioso. Observaba. Su capucha no dejaba ver la sonrisa de oreja a oreja que le había provocado la pequeña escaramuza del hombre y los chiquillos. ⎯¡Viejo loco! ―gritó otro. Los chavales echaron a correr huyendo del garrote del viejo. Uno de ellos seguía riéndose a carcajadas y vociferando todo tipo de palabras mal sonantes contra los residentes de la plaza. Algunos vecinos al oír el griterío se acercaron a sus ventanas, atisbando por entre los cristales, para enterarse de que iba la cosa, pero no vieron nada interesante: cuatro jinetes con sus caballos y al viejo Tobías, tan gruñón e intolerante como siempre.
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    189 Instantes después, lalluvia amainó. Tobías, más calmado, entró en su casa y cerró la puerta dando un portazo, ni siquiera se despidió de Morpheus y sus acompañantes. Ishtar y Halmir no le dieron importancia al asunto y bajaron de sus caballos. Nathan los imitó. La taberna estaba al otro lado de la plaza. Sólo tenían que caminar unos metros, algo que hicieron junto a sus caballos. Al llegar, ataron las riendas en un poste. Nathan no tenía ninguna intención de entrar en un lugar impregnado de humo, algo que dejó muy claro con una simple mirada. Morpheus que captó la incomodidad del rey se apresuró en hablar. ⎯Entraré yo, sólo será un momento. Ishtar, Halmir y el rey no dijeron nada. El padre de Nathan se sentó en uno de los peldaños de la pequeña escalera que conducía a la taberna, esperando pacientemente. Mientras tanto, se iba apagando el día entre las piedras húmedas de la ciudad. La puerta de la taberna se abrió de par en par. En el umbral aparecía Morpheus, como si fuese un fantasma. Antes era un asiduo del local de copas, pero hacía bastantes días que Zenás le había perdido de vista. Según su hijo, se marchó a Jhodam para unirse al resto de sus hermanos inmortales. En ese momento, algunos clientes se volvieron hacia él, otros, ni caso. El tabernero, sorprendido por su presencia, exclamó: ⎯¡Morpheus! ⎯Zenás dejó de limpiar los platos y cogió un trapo⎯. No se como lo haces, pero siempre apareces de repente. El inmortal sonrió y avanzó hacia la barra. ⎯Hola, viejo amigo ―saludó―. ¿Has visto a mi hijo? ⎯¿Tu hijo? ⎯se echó a reír, a la vez que limpiaba la barra⎯. ¿Ese loco joven, que acompañado de otros locos
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    190 como él, ansiaenfrentarse a los lobos de Nabuc? ⎯Sí, el mismo. ⎯Han armado un campamento en las afueras. Suelen venir a la ciudad para comprar provisiones, pero andan todo el día liados con las espadas y los arcos. Están revolucionando Bilsán con sus promesas de victoria. Morpheus al escuchar las palabras de Zenás sintió un atisbo de orgullo sano. ⎯Ellos son la esperanza de todos, nunca lo dudes. Zenás se sintió un poco agraviado por aquellas palabras. ⎯Nunca lo he dudado, Morpheus, pero opino que son muy jóvenes y poco experimentados. ⎯Quizá ⎯respondió, un poco incómodo. No le gustaba en absoluto que hicieran juicios sobre su hijo, para eso estaba él⎯. Pero gracias a sus ideales están bien encauzados. La suya es la senda correcta; la de atiborrarse a cerveza, no. Zenás lo miró boquiabierto, sin atreverse a soltar ni una palabra más. Morpheus echó atrás la capa, apoyó la mano en el pomo de su daga que le colgaba en el cinto, en un costado y dio media vuelta. En silencio, abandonó la taberna. Y prosiguieron la marcha. El campamento estaba a unos cinco kilómetros de la ciudad. La luz se extinguía rápidamente cuando llegaron a la orilla del bosque. Ishtar husmeó el aire: olía a hoguera recién levantada. La oscuridad cayó temprano sobre el bosque. El cielo cubierto, sin lunas ni estrellas, amenazaba más lluvia y posiblemente, intensa. Con esas condiciones no sabían cuánto tiempo podrían mantener la hoguera encendida, pues les había costado una eternidad prender los troncos, debido a la humedad de los mismos. Los entrenamientos habían finalizado y ya era hora de celebrarlo. Áquila estaba satisfecho de su trabajo y las rencillas del principio se disiparon por completo. Ahora,
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    191 todos eran camaradas.En sus ratos libres, contaban chistes variopintos y hablaban de leyendas y temas banales, tratando de esparcirse y relajarse de los rigores de los últimos combates, que aún siendo simulados les dejaban extenuados. Hace dos días que se unieron a ellos una legión de arqueros. Veinte hombres, la mayoría jóvenes, que siguieron a rajatabla las órdenes del rey. Sin embargo, en ocasiones, Áquila y Jadlay se preguntaban cuándo recibirían nuevas instrucciones, pues éstas tardaban en llegar y la impaciencia ya se dibujaba en sus rostros. De pronto, unos ruidos los alertaron. Oyeron algo extraño. Por un momento, pensaron que estaban acorralados. Al principio, no fueron capaces de asegurar de dónde provenía el retumbo, pero en seguida, Áquila se dio cuenta: caballos. Era el ruido firme de unos cascos cabalgando por los alrededores. ¿Exploradores? ¿Rebeldes? A lo lejos, atronaba una nueva tormenta, confundiéndose los sonidos del cielo protestando y de los cascos de los caballos que presumiblemente avanzaban hacia ellos. Poco a poco, y tan silenciosamente como pudieron, se levantaron del suelo. Jadlay y los demás agudizaron el oído. Desenvainaron las espadas. Un improvisado trueno retumbó en el bosque, muy cerca de ellos. Los caballos, presas del pánico, relincharon y piafaron. De pronto, cuatro jinetes surgieron de entre las sombras. Áquila se adelantó y se quedó de pie muy cerca de la primera y silenciosa figura que a lomos de su caballo se dirigió lentamente hacia él. Creyó reconocer el caballo, pero no estaba muy seguro. Morpheus, que iba el último, no hizo nada, pues sabía que le daría una sorpresa a su hijo. La figura oscura alzó la cabeza y se descubrió la cara. ⎯¡Majestad! ⎯exclamaron Áquila y Jadlay. Después de la gran sorpresa, Jadlay se quedó bloqueado,
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    192 en blanco. Sinembargo, Áquila estaba encantado con la presencia del rey; nunca lo hubiese imaginado, pero ahí estaba…, frente a ellos. Desconocía los motivos que le habían conducido hasta el campamento, y la verdad, no quería descubrirlos. Morpheus desmontó. Después de la sorpresa, Jadlay se apresuró en abrazar a su padre. Tenía muchas ganas de verle y ahora estaba allí, frente a él, rodeado de tan regias personalidades. El resto… Yejiel, Najat, los demás militantes y los arqueros, no abrieron la boca. Enmudecidos por la presencia del excelso rey, observaban en silencio plantados en la tierra como el resto de los árboles. Por un momento, Yejiel y Najat se preguntaron si estaban dormidos y soñando; dudaban de si la llegada del rey era real o fruto de un sueño. Nathan, Ishtar y Halmir desmontaron. Hubo un murmullo y todos volvieron los ojos al rey, que en ese momento daba unos pasos hacia Áquila. Y habló. ⎯Durante largo tiempo mi padre, Ishtar, Morpheus y yo hemos cabalgado por sendas tortuosas, buscando la paz de la que muchos hablan, pero pocos saben dónde está ⎯hizo una pausa y prosiguió⎯. Mi poder representa la sabiduría y no las armas, pero después de reflexionar durante estos largos días, soportando un frío extremo, he llegado a la conclusión de que busco aliados para una guerra que no es la mía. Nuestro mundo está cambiando de nuevo, y la guerra se nos presenta inminente. Y luego de estas palabras Nathan estrechó la mano de su fiel guerrero. Áquila estaba realmente sorprendido. ⎯Vuestras palabras me infunden esperanza, Majestad. ⎯Temo decirte, amigo mío, que no es esperanza de lo que hablo, sino de guerra. La sombra de Nabuc se extiende sobre todos nosotros ―hizo una pausa―. Vosotros sois la esperanza. Hubo un silencio. Luego Nathan prosiguió.
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    193 ⎯Debéis ser prudentes⎯dijo⎯. No os aconsejo que dejéis Bilsán indefensa, protegedla. En estos momentos, no es necesario que emprendáis un ataque contra Esdras, limitaros a seguir las avanzadillas de Nabuc, muy de cerca. Dividiros. Si presentan batalla, actuad. ⎯Me preocupan las aldeas, Majestad ―dijo Áquila―. Ellos no tienen recursos. ⎯Lo sé ⎯afirmó Nathan⎯. Mis ejércitos se establecerán a lo largo de las fronteras para tratar de impedir en la medida de lo posible incursión, pero me temo que será difícil repartir tantas divisiones en tan poco tiempo ⎯Nathan apoyó una mano sobre el hombro de Áquila⎯. Lo importante es impedir una masacre. Por eso, tú, te encargarás de la defensa de la zona este y la milicia de Jadlay se dirigirá al norte. Esdras es competencia suya. Áquila miró al rey con extrañeza, sus últimas palabras le dejaron muy confuso. ⎯¿Cómo dice, Majestad? ⎯Es una historia muy larga. Ya te la contaré en otra ocasión. En ese momento, se acercó Jadlay con un yelmo en una mano y un lanza en la otra. ⎯Majestad… Nathan se volvió. ⎯Necesitamos armaduras y lanzas. ⎯De acuerdo. En Bilsán hay una forja, ¿verdad? Áquila y Jadlay asintieron. ⎯Haced trabajar al armero ―dijo―. Decidle que presente el cobro de todos sus honorarios a Morpheus, él se encargará del asunto económico. Jadlay miró a su padre, éste le hizo un guiño. Él se quedaría con ellos, controlando como siempre. «Está claro que hay asuntos que el rey no quiere dejar en manos de mortales», pensó. ⎯Es extraño, Majestad ―dijo Jadlay―. Estoy seguro que el enemigo nos acecha, pero sigue sin mostrarse.
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    194 ⎯No te fíes,Jadlay ―respondió Nathan―. Un grupo de jóvenes arqueros fueron emboscados casi sin darse cuenta. Te aconsejo que tengáis cuidado con el río que corre un poco más abajo del sendero; es un lugar idóneo para atacar por sorpresa. Áquila intervino para acrecentar aún más el presentimiento de su joven pupilo. ⎯Creo adivinar como se presentarán… ⎯dejó inconclusa su frase con la intención de irritar a Jadlay. Su tira y afloja siempre daba muy buenos resultados. El muchacho tendría que vigilar la retaguardia. ⎯¿Ah, sí? ―asaltó Jadlay―. Díme, ¿cómo? Nathan alzó una mano, para poner orden. Nunca permitía este tipo de comportamientos. ⎯Vosotros, dos… ―recriminó―. Basta de bromas Ambos callaron de inmediato. Nathan habló de nuevo. ⎯Jadlay, trata de impedir que te capturen ―se volvió hacia su comandante―. Y tú, Áquila, no permitas que la sangre de los inocentes se esparza por estás tierras ni por ninguna otra ⎯hizo una pequeña pausa⎯. No me gusta nada cómo pinta esto. No es muy alentador; solo espero que acabe pronto. Una vez dichas estás palabras, dio media vuelta. Nathan no dejaba de pensar que a él le había tocado la peor parte: soportar el peso de una nueva guerra. Sangre y muerte. Una dura carga, difícil de soportar para un cuerpo, y un tormento para su ya, atormentada mente. Repentinamente se llevó su mano derecha al pecho, presa de una intuición extraña; y que luego, recuperando su dominio, la soltó lentamente. Halmir sentado sobre una roca, observaba al rey; no pudo evitar preocuparse cuando su hijo se acercó hasta él con una expresión tan sombría y meditabunda que le puso la piel de gallina. Se levantó.
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    195 ⎯¿Estás bien? Nathan asintió,no muy convencido; y su padre, menos. ⎯Es tan pesado ser quién soy, tan pesado… ⎯Lo comprendo, hijo. El rey avanzó entre la maleza. Su padre a su espalda, lo observaba, inquieto. Nathan meneó la cabeza, reflexionaba, una intuición oscura, que se coló en su mente sin ser invitada, como un espía tratando de robarle sus pensamientos, creció poco a poco en él. De repente, Nathan se volvió hacia su padre y lo miró con ojos turbios. Halmir sintió como la mirada penetrante de su hijo le traspasaba el corazón. ⎯Padre, si me sucediera algo… Halmir no lo dejó continuar. Alzó la mano y obligó a su hijo a cerrar la boca. ⎯No te pongas melodramático. No te sucederá nada. Durante un rato los guerreros hablaron entre ellos, pensando en la victoria que iban a conquistar. En sus mentes no había opción para la derrota. El futuro se presentaba de dos formas: bueno o malo. La cuestión era de qué lado se ajustaría la balanza. Ahora ya sabían que senda seguir y tenían muy claro que ganar una guerra donde posiblemente no habría ganadores, sino vencidos, dependía de ellos, de su valentía, esperanza y fe. No todos los jóvenes eran igual de valientes ni todos tenían la misma fe, pero algo si tenían en común: el deseo de arrojar a Nabuc al valle de los leones. Demasiado tiempo aguantando su tiranía y había que ponerle fin. El rey de Jhodam les facilitó las claves para hacerse con la victoria, ahora dependía de ellos. Nathan, como dios estaba por encima de todas las cosas y sabía que no podía inmiscuirse personalmente en una guerra de mortales. No podía rebajarse ni humillarse, porque él era el gran pilar que sustentaba los cimientos de un mundo
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    196 que había sidogobernado desde muy antiguo por los Septĭmus. Un mundo que se extinguió hace veinticinco años y que ahora, toda esa carga recaía sobre él con todo el peso del pasado. Su mundo, ya no existía. Sin embargo, el arraigado sentimiento de compasión que, desde su niñez, seguía permaneciendo en él, le obligaba a seguir al frente de un mundo que aparentemente se le iba de las manos. Quizá, su tiempo, esté llegando a su fin y pensar en ello le causaba dolor. Estos, y otros pensamientos más oscuros formaban parte de los tormentos de un dios que quería dejar de serlo. Pero como ya le dijo su padre en su momento, su única salida era la muerte. Para Nathan no existía término medio. «Ser o no ser» Si finalmente, se decidiera a llevar a cabo sus planes, que tanto tiempo llevaba debatiendo en su mente, él como entidad divina, simplemente dejaría de existir en el mundo de los mortales para ocupar su lugar en el mundo astral como Quintus Essentia. No quería pensar que, efectivamente, ese era su destino. ¿O había algo más que él desconocía? En estos tiempos aciagos, nadie tiene la respuesta. Ningún mortal, claro. Halmir cree haber hallado el enigma de su hijo, pero está equivocado. Sólo Nathan está muy cerca de conseguir la respuesta, tan cerca que el hechicero Festo le entregará, sin querer, las llaves de su destino; y no es la muerte, precisamente. Mientras tanto, el cielo seguía quejándose.
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    197 Capítulo 2 Leyendas dela Oscuridad In Obscurĭtas noctem… Gamaliel, Enós y su grupo de sicarios, partieron de Esdras al amanecer. Había dejado de llover, pero el cielo seguía encapotado por nubarrones grises que hacía presagiar otro día más de intensas lluvias, frío y quizá, nieve. El aire gélido congelaba las ideas a más de uno. Enfundados en capas negras como el carbón y mullidas, de doble capa, guantes y botas de piel con forraje polar, el grupo abandonó al paso las caballerizas del castillo. Recorrieron silenciosamente las callejuelas descendientes de la ciudad, bajo las miradas inquisidoras de los ciudadanos que, sin importarles las inclemencias del tiempo, compraban ropas y alimentos en el mercado ambulante. Gamaliel y Enós habían servido fielmente al rey Nabuc durante veinte años. Hoy siguen siendo fieles, pero el rey con el paso del tiempo se ha vuelto más cruel y temen que un error en esta misión acabe por enterrarlos bajo tierra. Son conscientes de que el joven que han de capturar es la principal causa de la irritación del rey, y no es para menos. Sí, realmente, ese joven es su sobrino, el rey, tiene muchos motivos para estar preocupado. Gamaliel que era quien más se preocupaba por su vida, no dejaba de pensar en el niño que no asesinaron, en la deidad de Jhodam y en una guerra que no tenía sentido. Tanta matanza para alimentar el odio de un rey que no quiere dejar de serlo.
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    198 «Mi destino eraser monje para servir al dios solar, pero me alejé de la senda correcta y ahora…», Gamaliel dejó inconcluso el pensamiento que retomó poco después. «Soy un asesino, sin escrúpulos. Que mata a sangre fría a cambio de un buen puñado de monedas de oro» Gamaliel suspiró. «Sólo pensar en lo que pude haber sido, si en el pasado hubiera tomado la senda correcta ―suspiró nuevamente―. Si no hubiera conocido a Enós…» Los remordimientos le atizaban el alma. Ahora, que ya no podía volver atrás, sabía que su destino era arder en el triángulo del infierno. Descendieron la colina de Esdras con rapidez. Poco después, al adentrarse en las orillas de los Bosques Tenebrosos sintieron un cambio brusco en la temperatura y una espesa niebla surgió de la nada y los envolvió de pies a cabeza, apenas veían lo que tenían delante. Pusieron todo su empeño en cabalgar más rápido, pero el frío entumeció sus cuerpos y se vieron obligados a reducir la marcha, no era lo correcto dadas las circunstancias, pero el helor traspasó sus huesos y sus fuerzas, mermadas, no dieron para más. Cabalgaban al trote y en silencio cuando ante ellos apareció una encrucijada de caminos. Ambas sendas conducían al camino que les llevaría directamente a Bilsán. Pero uno de ellos, el más fácil, también era el más largo y bordeaba los bosques; y el otro, el más rápido, era el más complicado y descendía un importante desnivel en muy poco trecho. El descenso brusco era perjudicial para los caballos. Un sendero tortuoso y enrevesado que ponía a prueba la habilidad, tanto de jinetes como de caballos. Se detuvieron. Sólo tenían dos opciones, ni una más. Para los jinetes, era más fácil la senda descendente, pero pensando en los
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    199 animales estaban obligadosa elegir los senderos más transitables, pues los caballos tenían que llevarlos hasta Bilsán y de nuevo, de regreso a Esdras. No ganaban nada, reventándolos en la ida para luego, no poder volver. ⎯No sé qué me desanima más, si los Bosques Tenebrosos o la idea de recorrer a pie el largo camino hasta Bilsán ⎯dijo Gamaliel. ⎯Pues bien, cabalguemos a través del bosque ⎯dijo Enós. Carpo, el informador del grupo, se enderezó en la montura, incómodo. La perspectiva de cruzar los Bosques Tenebrosos no era muy alentadora. ⎯Esos bosques son, realmente, un lugar oscuro. Enós miró a Carpo, mostrándole un semblante serio. Se giró y se dirigió a todo el grupo. ⎯El bosque no puede desanimarnos ―dijo―. Tenemos una misión que cumplir y no podemos ir con remilgos. El grupo emprendió la marcha. Dejaron atrás las orillas y se adentraron en los siniestros bosques. El suelo embarrado por las recientes lluvias. Pronto sintieron el aire pesado. El bosque, muy denso, era mohoso y decrépito. Sus árboles eran viejos, muy viejos. Poblado de una inquietante tenebrosidad y de una espesa niebla que casi tocaba el suelo. Lloviznaba. Continuaron cabalgando hasta las primeras sombras, y la noche caía. Se detuvieron y echaron un pie en tierra. El frío les había entumecido los miembros y necesitaban descansar. Pero a ninguno de ellos le hacía gracia acampar en un lugar tan sombrío. La oscuridad al caer sobre el bosque lo inundaba de extrañas sombras que parecían fantasmas al acecho. Acamparon bajo un árbol frondoso, de hojas anchas y ocres. El viento de la noche murmuraba sin ser molesto. Las condiciones para encender una hoguera no eran las
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    200 adecuadas, por loque desistieron. Resignados a pasar la noche bajo aquel frío, se acurrucaron unos junto a otros, cubiertos hasta casi la cabeza con sus capas y algunas mantas. El frío era severo. ⎯No creo que pueda dormir esta noche ⎯dijo Gamaliel. Enós sonrió. ⎯¿Por qué? ¿Acaso tienes miedo? ⎯Miedo, no. Pero este bosque me infunde respeto. Gamaliel agudizó el oído. Los extraños sonidos de aquel lugar le erizaban la piel. «No; miedo, no. Pánico, esa es la palabra», pensó. De pronto hubo un silencio entre ellos, pues el bosque invadido por las sombras parecía animado por una presencia extraña. En aquellas tierras y fuera de ellas, circulaban leyendas que hablaban de apariciones fantasmagóricas; unos decían que eran ciertas entidades que habitaban en el bosque; otros, las voces de los muertos. La cercanía del Templo Nigromante y del Templo de los Símbolos hacía acrecentar todo tipo de rumores de tipo siniestro. Al cabo de un rato, Gamaliel habló otra vez. ⎯¿Qué son esos cuentos que circulan por ahí y que hablan de este bosque? ⎯No son más que leyendas. He oído muchas historias en Esdras y en otros lugares ⎯dijo Enós⎯. No pienses más, no son más que fábulas inventadas para alimentar la imaginación de la gente. ⎯¿Estás seguro? ⎯Sí. Gamaliel suspiró. ⎯Venga, duerme. Yo haré guardia ⎯dijo Enós. Nada más amanecer, partieron de inmediato. El cielo seguía tan gris y triste como el día anterior. Unos finísimos copos de nieve aparecieron en el camino.
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    201 Enós alzó lavista al cielo. Estaba nevando. Siguieron cabalgando para no perder tanto tiempo, ya se habían demorado demasiado. Las condiciones climatológicas les eran adversas y los sicarios eran conscientes de que eso sería un serio problema. No podían permitirse el lujo de hacer muchas paradas si querían llegar a Bilsán cuanto antes. El terreno se hacía cada vez más pedregoso. Habían llegado a las primeras cavernas del bosque. Pasaron de largo como perseguidos por el diablo. Un arroyo que había abandonado el curso mayor del río, llevaba agua gélida y cristalina que corría junto al sendero y se internaba en las profundidades del bosque. Una vez allí, los jinetes redujeron la marcha y lo cruzaron. En el otro lado, un aspecto diferente del mismo bosque; más iluminado, al tener mayores espacios descubiertos, pero la esencia tenebrosa era la misma. Cabalgaron unos kilómetros más por el despejado sendero y luego, abandonaron la senda que se dirigía a Jhodam y pusieron rumbo hacia el sureste. Estaban a dos días de Bilsán.
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    202 Capítulo 3 El Menhir IlleRevelatiōnis Las sombras de la oscuridad centelleaban bajo la luz de los largos y gruesos cirios, éstos reposando en lúgubres candelabros iluminaban tenuemente la cámara. El ominoso silencio fue roto por un continuo murmullo de voces. Una cantinela que formaba parte del preludio de un ritual oscuro. El Oráculo visionó de nuevo… El hechicero Festo, al descubrir una extraña esencia perturbando la oscuridad sintió como el terror encendía su mente, como una llamarada, pero consiguió dominarlo. Se arrodilló en el suelo, frente al Oráculo, con el corazón latiéndole aceleradamente. Algo se retorcía en sus entrañas. Un hormigueo le recorrió el cuerpo y le pareció oler a muerte en aquella sofocante oscuridad de la cámara. Un conjunto de extrañas sensaciones que expresaron temor y a la vez, sobria severidad. ⎯¡Oh, no! ⎯murmuró Festo. El Oráculo se estremeció. Sus destellos azules se tornaban más oscuros, casi negros. «No puede ser…», pensó. Inquieto, se paseó por la estancia, mordiéndose las uñas. Tomó su vara y golpeó con ella varias veces al suelo, a modo de llamada. Volvió a mirar los destellos del Oráculo. La visión era clara.
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    203 «Unicornis Aurum… Ocŭluset salīva Basiliscus» ⎯Pero, ¿cómo es posible…? ⎯preguntó en voz alta. Las paredes de piedra de la cámara habían oscurecido de repente. Una sombra negra azabache las cubrió desde el suelo al techo. El Oráculo dejó de emitir su luz para sumirse en la negrura. Festo agarraba con una mano la vara y la otra se la llevó a su pecho, tratando de calmar los fuertes latidos de su corazón. Cayó en la cuenta de que necesitaba otra lectura. Debía corroborar las visiones del Oráculo con sus piedras. El cuervo que parecía dormido, chilló de repente y alateó sus alas. Festo lo miró con ojos inexpresivos. ⎯Nabuc no debe jamás enterarse de esto ⎯masculló. El cuervo volvió a aletear las alas como afirmando las palabras del hechicero. Dejó la vara ceremonial sobre el altar y cruzó la estancia. Traspasó una puerta. En aquel cuarto sin luz, Festo guardaba sus piedras sagradas. Tanteó con sus manos, la pared de piedra y de una ranura extrajo una pequeña cajita de ébano que ocultaba en la propia piedra y salió del cuarto. Su capa dio un bandazo contra el marco de la puerta y levantó el polvo del suelo. Se arrodilló en el mugriento suelo y se hizo la capa a un lado. Sacó las piedras de la caja y las removió en sus manos. Después del gesto, las arrojó al suelo. ⎯¡In nomine dei nostri obscurĭtas…! Las piedras rodaron por el círculo, diseñado para su uso y lectura, hasta que se detuvieron. Sus ojos abiertos de par en par miraron al vacío. ⎯No puede ser… Los Seres ⎯dijo. En esos momentos, Festo, sintió unas terribles punzadas en la cabeza, parecía que le iba a estallar. Se agarró la cabeza con ambas manos y se estiró los cabellos, frenético. El cuervo lo observaba en silencio. Durante horas, el hechicero, caminó perdido y errante en su propia oscuridad. Buscó la relación entre Nathan y los
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    204 Seres Mágicos yno encontró nada. Necesitaba más información; datos más ocultos y que él no podía hallar. Lo único que sabía cierto era que tenía el veneno en su poder, pero le aterraba la idea de que los Seres trastocaran sus planes. En Nuevo Mundo existen dos mundos totalmente diferentes; el mágico e invisible, regido por seres invisibles que representan a la Quintus Essentia y que pertenecen a un mundo extinguido; y el físico, dónde mortales e inmortales conviven con más o menos acierto. A Festo no le gustaba la idea, pero no le quedaba más remedio que acudir al Menhir, una extraña criatura ambigua, asexual, del mundo de las sombras que se entregaba a un extraño ritual cada vez que alguien con alma oscura le hacía una petición. Esta criatura de apariencia humana y frágil, de largos cabellos blancos y ojos albinos, tan blancos que cegaban al mirarlos, era un ser alado que fue expulsado de su familia divina por ser simpatizante de las fuerzas oscuras; y que, desde la expulsión, permenece, in perpétuum, encaramada, casi hechizada, a un megalito, con forma de falo y que hincado en la piedra verticalmente, le permite alcanzar el éxtasis divino. A través de esos instantes de extraordinario placer autoinducido consigue la visión deseada. Pero hay una inquebrantable condición: sólo puede trasmitir la información a la mente del peticionario si éste ha permanecido durante el ritual invulnerable al deseo. El Menhir tenía fama de ser poseedor de todas las verdades, pero el precio a pagar si se caía en la tentación, era muy alto y esto hacía retroceder al más osado. Contemplar el excéntrico ritual y sentir la tenaza del deseo era asegurarse un pasaje al infierno de la petrificación. El Menhir podía ser encontrado casi oculto en una caverna, más allá del camino que rodeaba el Manantial de Aquís, llamado así en recuerdo al alto hechicero de mismo
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    205 nombre y quefue convertido en piedra al no superar el éxtasis de la criatura alada. Una leyenda que era tan real como el propio Menhir. En plena noche, Festo, encapuchado y sin caballo, abandonó su cámara para adentrarse en el bosquecillo. Deseaba pasar totalmente desapercibido. Caminaba a un costado del sendero, escurriéndose en la espesura. Los sonidos nocturnos no le asustaban, pero el intenso frío le azotaba sin piedad. Siguió el pequeño riachuelo; sus orillas estaban salpicadas de grandes manojos de musgo. Mientras caminaba, Festo pensaba en los secretos que guardaba el Menhir y que podían desnudar a la mítica deidad que tanto odiaba. Un odio sin límites, que Nabuc se había encargado de alimentar hasta hacerlo desarrollar en su propia mente. Realmente, el odio que sentía el hechicero estaba injustificado, porque Nathan era una divinidad excelsa y pura que casi siempre mantenía las distancias con los seres humanos. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. La sombría figura de Aquís estaba frente a él, piedra sobre piedra; tal cual, con la mirada desorbitada y una mueca en los labios que expresaban fielmente la crueldad de la petrificación. No pudo evitarlo, sintió pánico. Con los oídos y los ojos en constante alerta, se detuvo. Estaba frente a la entrada de la tenebrosa cueva. Dos pequeños obeliscos flanquean el umbral. Los traspasó. En el interior apenas había luz y el gorgoteo del agua le indicó que parte de la cueva estaba inundada, pero no era así. A su derecha corría agua por un conducto y el sendero por el que caminaba era muy estrecho. El suelo resbalaba y tuvo que apoyar su mano en la pared para no caerse. Avanzó por el corredor torpemente, dando tumbos. Sus pies tropezaban una y otra vez con salientes del propio suelo. Sobre su cabeza, estalactitas con sus afilados picos de roca recubiertos por una capa de hielo descendían amenazantes.
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    206 Hacía mucho frío. Entróen una pequeña antecámara. La oscuridad se iluminó de rojo y el ambiente se hizo sofocante a pesar del frío. Hizo una pausa para escuchar algo, pero no oyó nada a su alrededor. Bajo la extraña luz roja, le pareció estar en el infierno del Triángulo de Fuego, allí dónde Nathan envía a los condenados a muerte. Se quedó sin aliento. Sintió como una llovizna helada se le pegaba en la cara. Miró al techo, eran las siniestras estalactitas que se derretían bajo la caldeada iluminación. Cruzó la antecámara y traspasó un arco construido en la propia roca. Una portentosa luz le cegó por unos instantes. Se llevó las manos a los ojos. Cuando el destelló se difuminó, alzó la vista y entonces… Lo vio. Una luz dorada centelleaba a su alrededor. El Menhir estaba en lo alto del megalito. La criatura al sentir una presencia humana, rugió como un animal salvaje y se deslizó hasta encaramarse, prácticamente abrazada a la piedra. Sus largas piernas, cruzadas. Arqueó su cuerpo y emitió un desgarrador gemido. Estaba preparándose para entrar en trance. Un alma oscura había acudido hasta su morada para hacerle una consulta. La criatura ya no recordaba cuando fue la última vez que tuvo que realizar el ritual de placer para el que estaba predestinada como castigo divino. Festo contempló a aquella criatura no humana y se quedó maravillado por su aspecto. Su silueta era perfecta; de piel muy blanca y unos ojos… El hechicero no pudo soportar la intensidad de su mirada. Era el ser más hermoso que había visto jamás; estaba desnudo y no pudo apreciar si se parecía más a un hombre o a una mujer, pues era ambas cosas. La cabeza del Menhir se ladeó, mirándole. Escudriñó al hechicero y comenzó a hipnotizarlo como parte del ritual. Festo notó como el poder de aquella criatura lo dominaba. De repente oyó una voz suave en su mente.
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    207 «¿Quid desidĭum sapĕre?»,le preguntó. Festo se quedó paralizado por unos instantes. El sonido de la voz y su idioma, lo estremecieron hasta la médula. Temía no superar el ritual. Luego, respiró profundamente y recuperó su aplomo. ⎯Es Nathan, ¿la Quintus Essentia? —preguntó—. ¿Qué relación tiene él con el Sanctasanctórum? Mi Oráculo ha visionado un unicornio dorado y un Basilisco ¿Tienen estos seres el antídoto de mi veneno? La criatura se lo quedó mirando unos instantes. La información que buscaba el hechicero formaba parte del códice de la deidad. Era un enigma sellado; oculto dentro de otro enigma. «Esa información pertenece al Panthĕon Sacrātus. ¿Aceptas el riesgo que conlleva saber una verdad oculta a los mortales?», respondió en la misma lengua del hechicero. Festo asintió. Le daba lo mismo el riesgo, lo asumía sin problemas. El éxito de su plan dependía de esa información. El Menhir no dijo nada más. Gimió con intensidad y su cuerpo se estremeció en el megalito. Estaba frotándose y fundiéndose en la superficie de la piedra. Jadeando de placer. Festo observaba la escena con los ojos abiertos como platos. Luchaba para no caer en la tentación, pero a cada segundo que pasaba más difícil se le hacía apartar de su mente la oleada de oscuro deseo que parecía aflorar independientemente de sus pensamientos. El cuerpo del Menhir seguía estremeciéndose, retorciéndose ante sus ojos. «Observāre. No dejes de mirarme y pronto obtendrás la respuesta que buscas», le dijo la criatura. Las palabras del Menhir retumbaron en la mente de Festo, justo en el momento en que éste se estaba hundiendo en un torbellino de pensamientos, tratando de apartar los deseos de la carne para no caer en las redes de la criatura de placer. Aquello era una cruel tortura.
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    208 Aguantaría. Se ibaa volver loco con tanto deleite al alcance de su mano, pero aguantaría. La información valía todo el sufrimiento del mundo y más aún. Luchaba como un jabato para que en su entrepierna siguiera el vacío y no se contorneara su miembro sexual. Los incesantes jadeos del Menhir le provocaban escalofríos. Se quedó inmóvil, sin pestañear. De repente, una presencia extraña parecía escudriñar su conciencia y una ola de deseo creció en su interior. La rechazó de inmediato y eso sofocó el ímpetu del momento. Descubrió que esa presencia extraña era una ninfa creada por el Menhir para hacerle caer en la tentación. Cerró los ojos. El Menhir lanzó un grito, y todo su cuerpo se sacudió envuelto en un éxtasis que emitía destellos de luz irisada. Un instante de revelación. Una conexión con las energías mágicas que fluyen en el aire y el enigma quedó resuelto en la mente de Festo. La voz del Menhir tronó en su mente con severidad. «Nathan no debe acudir al Panthĕon jamás. El sagrado templo es un potente antídoto. Si no lo remedias, los Seres inundarán la vida de la deidad de magia pura y la saliva del Basilisco que tiene capacidad para purificar su sangre, puede matarlo o salvarlo; de ti depende. Si quieres convertirlo en un espectro o deseas su muerte debes asegurarte de que no ponga un pie en el Sanctasanctórum. Si él estuviera en peligro, la dryadis transformada en un unicornio dorado y guiada por la Quintus Essentia, tiene como misión llevarlo al sagrado recinto. En cuanto a tu pregunta principal: Sí; la esencia pura rige el destino de Nathan, pero no reside en él. La deidad sólo es vulnerable a la Quintus Essentia, si destruyes el éter espiritual puro, destruirás a Nathan.» Se hizo un silencio sepulcral. Luego, la criatura habló de nuevo. «Las visiones de tu Oráculo son un posible destino. Tú eres quién debe hacer lo posible para que se cumpla. Pero no lo olvides, asegúrate de que no pone un pie en el templo sagrado antes de que
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    209 las dos lunasse tiñan de rojo. Una vez sangren, nada ni nadie podrá impedir el destino que quieres para él.» Después de estas palabras, el Menhir se abatió sobre el megalito y todo su cuerpo se relajó. Alzó su siniestra mirada y sonrió al hechicero, éste había superado el ritual. «Vade retro», le dijo. Festo satisfecho por hallar respuesta a sus enigmas, volvió la espalda a la hermosa criatura y en silencio se alejó de puntillas. Esa noche, con permiso del Maestro, el hechicero se sintió el hombre más poderoso de Nuevo Mundo. Tenía en su poder una información que no tenía precio, porque nadie podría pagarlo. Ahora que era consciente de que el destino de la deidad pasaba por sus manos, no podía cometer ningún error; no podía fallarse así mismo ni al Maestro, ni a Nabuc. ⎯Por fin, tu destino está en mis manos. Y empezó a gritar, loco de alegría. El bosque se llenó de ecos; y en la lejanía, Festo, oyó el aullido lúgubre de los lobos que en la distancia se unían a él como hermanados por la misma oscuridad
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    211 Capítulo 4 Oboedescêre estVivere Tempus Confessîo Cum repeto noctem… Aby estaba asomada en la terraza de la torre contemplando el hermoso día. Atrás quedaron las nubes y sus señales inequívocas de malos presagios. La brisa que besaba su rostro era gélida, pero bienvenida. Pese a los tormentos que soportaba todas las noches… A pesar de la repulsión que sentía por Nabuc, su cuerpo respondía y obedecía como programado para sobrevivir en aquella jungla de locos en que se había convertido el castillo. Las intrigas y los chismorreos estaban a la orden del día y ella no quería verse involucrada en nada que pusiera en peligro tanto la vida de su padre, como la suya. Su aposento era su refugio y apenas lo abandonaba. Era una estancia cálida y amplia, poco decorada. El lecho, vestido con mullidas colchas y sábanas de seda muy fina, se ocultaba bajo el dosel; la tela, a modo de tapiz, que lo envolvía era transparente y caía lacia, suave. En el fondo, una chimenea construida en la propia pared y bellamente ornamentada, ardía constantemente en llamas altas que crepitaban al quemar los grandes troncos de madera; justo al lado, el atizador y el cesto de la leña. Aby se pasaba las horas leyendo, sentada en su sillón favorito frente al calor de la hoguera, fantaseando con una vida mejor. De vez en cuando, su sirvienta la acompañaba en
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    212 su soledad. Cuando llegabala tarde, apagaba las lámparas, descorría las tupidas cortinas de terciopelo, y en la quietud de su aposento en penumbra, le resultaba agradable cerrar los ojos y dormirse sin tensiones. Esa noche, como todas las noches… El rey Nabuc entró en los aposentos de Aby. Después de convertirse en su mujer, sometida a los rituales por él creados para desposarla, ella parecía haber claudicado y eso le llenaba de orgullo. Su reina estaba de espaldas a él, observando a través de los cristales romboidales, las pinceladas escarlata que poco a poco cubrían el cielo de Esdras, anunciando el inicio del crepúsculo. Nabuc se acercó, sigiloso. Con extraña delicadeza, le rodeó los frágiles hombros con un brazo y la acercó hacia sí. Respiraba agitadamente y acariciaba con los dedos la sonrosada y suave piel de Aby. Ella al sentir el aliento de él, tras ella y el contacto de su piel contra la suya, sus rodillas flaquearon e instintivamente separó las piernas. Sentía un ardor incomprensible, parecía hechizada. Pudo percibir el aroma del vino especiado que la embriagaba sin remedio. Nabuc bajó sus manos y le rodeó por la cintura, al mismo tiempo que le besaba el cuello. Aby gimió. Si no fuera porque él era tan perverso, posiblemente acabaría enamorándose de él. ⎯Eres muy hermosa ⎯comentó. Ella no se animaba a volverse y mirarle a los ojos. Permanecía de pie, temblorosa. Nabuc desabrochó los cierres de la capa que cubría su túnica, apartándola y dejándola caer en el suelo. Aby, jadeaba, y su pecho subía y bajaba al mismo ritmo que su respiración. Cerró los ojos y trató de no pensar. No consiguió liberarse de la repulsión que le provocaba el contacto físico del rey, que en aquel momento le acariciaba
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    213 los senos. Peroestaba interpretando un papel y no podía fallar. Él no debía sospechar nada. Nabuc, apartó ligeramente la tela que cubría los pechos y jugueteó con sus pezones, los pellizcó. ⎯Te quiero demasiado, Aby ⎯murmuró con la voz ronca. Las manos del rey le recorrieron la espalda, le aflojaron el cierre de la túnica y la dejó caer al suelo. Observó ávido el cuerpo desnudo de la mujer que amaba y suspiró. Sus ágiles dedos se hundieron en sus firmes nalgas mientras la boca le recorría el cuello. Aby alzó la cabeza y miró al techo como si suplicase y comprendió que había ganado: tenía al rey sumido a sus pies. Suavemente las manos de él se deslizaron entre sus piernas, presionando y tocando su zona íntima, húmeda por un deseo impuesto. Aby abrió aún más las piernas, permitiendo que Nabuc hurgara a su antojo. Notó como él introducía un dedo dentro de ella, amando su intimidad. Luego, la depositó sobre el lecho y después de un preludio apasionado, la penetró. Aby, dejándose llevar por la corriente del deseo, se estremeció de placer. Satisfecho el deseo de él y ambos, abrazados en el lecho; Nabuc la miraba como hipnotizado. ⎯Eres una buena chica, muy dispuesta ⎯dijo⎯. Deseo hacerte un regalo, Aby. ¿Qué te gustaría recibir? Ella contuvo el aliento y lo miró, relajada. Por su mente se le cruzó la idea que llevaba días maquinando y se dio cuenta de que ese era el momento idóneo para solicitar lo que más ansiaba. Se apoyó sobre un codo y con serenidad le dijo: ⎯Si te he satisfecho, majestad, si me amas y realmente quieres hacerme un regalo, te pido que me confieses la verdad sobre mi padre. Eso es lo único que quiero. Aby ya sabía dónde estaba su padre, pero necesitaba oírle confesar. Luego, estaba dispuesta a pedirle su libertad. Nabuc quedó como petrificado.
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    214 ⎯Es mi padrey le quiero ⎯replicó ella, emocionada al recordar a la persona que, junto a su madre, le dio la vida⎯. Si no piensas concederme ese deseo, será mejor que te vayas. Finalmente, Nabuc lanzó un suspiro. Se incorporó sentado y por un momento, miró al vacío. Y contra todo pronóstico… ⎯Muy bien ⎯se apartó las sábanas y puso los pies en el suelo⎯. No lo tenía planeado —dijo—. Pero cuándo él regresó del monasterio, pensé que se entrometería en nuestra relación y que te separaría de mí. Aby sacudió la cabeza, desconcertada; escuchó a Nabuc muy inquieta, mientras sus manos jugueteaban nerviosamente con las sábanas. Luego, haciendo acopio de todo su aplomo, alzó la mirada y contempló con atención su rostro rebelde. De pronto y siguiéndole la corriente, estalló. ⎯¿Has matado a mi padre? ⎯No; no está muerto. Bueno… eso creo ⎯titubeó él. Nabuc no podía creérselo, estaba perdiendo los papeles. En esos momentos sintió un gran alivió porque nadie, excepto Aby, estaba observándole. Aquella era una terrible humillación que difícilmente permitiría a otra persona, impidiendo así que lo cuestionaran o pusieran en duda su autoridad. ⎯Está encerrado en una mazmorra ⎯dijo, finalmente. Nabuc se debatió de pronto en una lucha mental por salir airoso de aquella engorrosa situación; incapaz de sostener la mirada de su esposa, se puso las calzas, las botas y se colocó la túnica, nervioso; luego, se levantó. Aby no dijo nada, simplemente lo miraba. Él antes de abandonar el aposento, le dijo: ⎯Ordenaré a Lamec que lo ponga en libertad. En el umbral, Nabuc se detuvo y se volvió hacia ella y volviendo a recuperar todo su aplomo, le dijo con sangre fría: ⎯Una vez esté en libertad, lo quiero en su casa o en el templo. En mi castillo, ni verlo; espero que te haya quedado
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    215 bien claro. Aby tomóla palabra. ⎯Majestad… Nabuc alzó una mano, interrumpiéndola. ⎯Ahora, no. Has hecho que me retracte y eso es algo que no suelo hacerlo con nadie; quizá, en otro momento. Nabuc abrió bruscamente la puerta y al salir, dio un portazo que hizo retumbar los cristales de los ventanales. «Gracias», dijo ella mentalmente. Aby desechó una carcajada que amenazaba con salir desde lo más profundo de su alma. Se sentía tan afianzada como mujer que se creyó por fin inmune. Contenta, porque ya no haría falta arriesgar su vida tratando de encontrar una llave que estaba en poder del rey. Ahora sólo tendría que esperar y pronto, vería a su padre. Al día siguiente, Nabuc se citó con Lamec en la biblioteca, pues no deseaba que nadie se enterara de lo que tenía previsto hacer. El joven que desconocía los motivos de la reunión se vio sacudido por una repentina oleada de temor, provocada por la visión mental que tuvo del rey, privándole de la libertad o algo peor, como la tortura. Por un momento pensó en desaparecer, pero luego recapacitó; estaba obligado a obedecer si quería vivir. Tampoco le gustaba el lugar elegido por Nabuc para citarse con él. Su comportamiento era muy extraño y realmente, llegó a intrigarle. Sin embargo, dejó de comerse el cerebro. En esos momentos, pensar le costaba un gran esfuerzo y cuando pensaba que la situación se le estaba escapando de las manos, pronto dejó de importarle. Nabuc entró en la biblioteca como un ciclón. Lamec se volvió hacia el umbral, sobresaltado, y le sonrió brevemente, poniendo mucho empeño para que no se notara su nerviosismo.
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    216 A Nabuc leresultaba muy difícil pronunciar las palabras que retractarían una orden suya y antes de hacerlo se atragantó. El joven se dio cuenta de inmediato qué quién estaba nervioso era el rey. Aquella situación le cogió tan desprevenido que no supo ni que hacer ni que decir, simplemente esperó a que Nabuc hablase y éste, lo hizo. El rey carraspeó. ⎯Es muy insólito lo que voy a ordenarte ⎯hizo una pausa, por un momento pensó en dejarlo y no seguir hablando. Pero luego, hizo un gesto desdeñoso con las manos, como queriendo decir… “¡qué más da!“. Y lo soltó⎯, pero es mi voluntad que pongas en libertad al levita. Lamec abrió los ojos, incrédulo. Por más que le daba vueltas no podía dar crédito a las palabras de Nabuc, y sin pensarlo lo interrumpió. ⎯¿Cómo dice, majestad? Los ojos del rey echaron chispas. ⎯Creo que he sido demasiado claro, Lamec —dijo—. No pienso repetirlo. «¡Hum…!», pensó Nabuc con aire distraído. «Lo hecho, hecho» Desde ese instante, el rey se prometió así mismo que nunca volvería a retractarse. Esa era la primera vez y la última. Caminó con pasos rápidos hacia el umbral de la biblioteca, pues ya no tenía nada más que decir. De pronto, se volvió. Lamec estaba observándole más tieso que un palo, aún sin comprender los motivos que habían obligado a Nabuc a dar la vuelta a la tortilla. ⎯¡Ah…! ⎯exclamó antes de irse⎯. Ni una palabra de esto a nadie. ⎯Mi boca está sellada, majestad. Pero la reina… Nabuc se giró y dio unos pasos hacia él. ⎯Ella ya lo sabe. «¡Caray! Seguro que todo esto es idea de Aby, ¡menuda mujer!», pensó Lamec. Nabuc observó de refilón las ropas del joven y luego, lo
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    217 miró con desdén. ⎯¡Bah!⎯exclamó⎯. ¿En dónde te has metido? Apestas… Se echó a reír y se marchó. Lamec se sintió tan avergonzado por las palabras del rey que bajó la cabeza y se husmeó la túnica. Anoche estuvo en la mazmorra con el pobre levita, sentado en el mugriento suelo y compartiendo con él y los ratones algo de comida. ⎯¡Arrea! ¡Qué olfato tiene el rey, yo no huelo nada! Luego se quedó en silencio de repente, mirando a la puerta, malhumorado por el inoportuno comentario. Poco después, se marchó. Mientras tanto en los Bosques Tenebrosos, los sicarios enviados por Nabuc para capturar a Jadlay estaban cada vez más cerca de Bilsán. Habían cabalgado sin descanso por aquellas inhóspitas tierras, bordeando las Cavernas de Hielo y los alrededores del Bosque de los Muertos, éste último lugar estaba frecuentado por hechiceros nigromantes que no se metían con nadie si se les ignoraba. Los sicarios, conscientes del poder de la magia oscura, ni se lo pensaron. Mejor bordear, que cruzar y encontrarse con alguno de ellos. Al dejar atrás los bosques y adentrarse en las llanuras, pronto se vieron galopando a través de los extensos campos que rodeaban la Ciudad Perdida. Los labradores, cuando divisaron a los fugaces jinetes, corrieron a esconderse en las espesuras; pero los sicarios no se detuvieron, atravesaron rápidamente las aldeas sin hablar con nadie. Si a Gamaliel le asustaban las leyendas oscuras, las que hablaban de la magia del Sanctasanctórum le provocaban un terror atroz. Su rostro blanco como la leche era la causa de las risotadas de su compañero Enós, que se divertía como un enano cada vez que se acercaban a un lugar famoso por sus fábulas. El templo al ser un lugar secreto y hermético despertaba, aún más, la imaginación de la gente. Y por
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    218 supuesto, la suya. Enósera un escéptico empedernido. Al atardecer, los sicarios se detuvieron; comieron presurosos y luego, emprendieron de nuevo la marcha. Querían aprovechar la oscuridad de la noche para adentrarse en los bosques de Bilsán y dar con el momento adecuado para capturar al joven Jadlay. Tenían información de primera mano; un proscrito que se encontraron en el camino les dijo lo que ellos querían saber: que había un destacamento militar acampado en el bosque sur, en las afueras de Bilsán. Todo era cuestión de tiempo, Jadlay caería en la emboscada que le tenían preparada, de un modo u otro. Enós no tenía ninguna duda; esta vez, no se le escaparía. Lamec no estaba de humor. Las palabras de Nabuc le habían afectado tanto que decidió asearse antes de liberar al levita. Se bañó y se vistió con ropa limpia. Lo último que deseaba era que alguien le hiciera un comentario tan directo como el del rey, pero qué podía hacer… Era la verdad. Olvidando todo lo ocurrido, Lamec abandonó su aposento y se fue directo al laberinto del sótano. En el corredor, tomó una antorcha y se adentró en las sombras de aquellos putrefactos corredores. Las paredes y el suelo, llenos de fisuras por los cuales se colaba agua y que vaporizada se mezclaba con el aire, se habían convertido en un humedal. Avanzó entre las siniestras sombras. Cuando llegó, abrió la puerta negra y entró en la celda. ⎯¡Joab! ⎯le llamó. Lamec se extrañó, al no obtener respuesta. Colgó la antorcha en la pared y miró a su alrededor. En la celda, la atmósfera era sofocante y hedionda. Joab se encontraba acurrucado en una esquina arrebujado en su sucia capa y rodeado de ratones que, buscando comida, husmeaban a su alrededor. El fuerte hedor a podredumbre le
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    219 provocó náuseas yarcadas que difícilmente pudo combatir. Pero Lamec haciendo acopio de un gran aplomo permaneció impertérrito, mirándolo por unos instantes, Joab parecía dormido o quizá, inconsciente, en ese momento no supo precisarlo con exactitud, su rostro expresaba impasibilidad. Lamec dio unos pasos y se agachó junto al levita, apoyó su mano en el hombro del desdichado hombre. El hedor era insoportable y se cubrió la nariz con las manos. «¿Qué le había ocurrido al levita? Anoche había estado con él haciéndole compañía y no recordaba que la celda estuviera sumida en tanta miseria. ¿Acaso no se había dado cuenta?… Sí, eso debe ser. A veces uno ve sólo lo que quiere ver», pensó. En ese momento, Joab, emitió un leve quejido. Se había hecho sus necesidades encima y ese era, en parte, el origen del hedor de la celda. ⎯Joab, hemos de irnos —dijo—. ¿Puedes levantarte? El levita entreabrió los ojos. Creyó no haber oído bien… ⎯¿Pue… Puedes repetirlo? ⎯preguntó con la voz rota, casi sin aliento. Su mirada era suplicante. ⎯Eres libre, Joab. El rey ha ordenado tu liberación. El levita, al escuchar las palabras de Lamec, se vio invadido por una sensación de alivio. Pero estaba tan preocupado por su hija que no expresó ninguna emoción, pues la procesión la llevaba por dentro. Se puso en pie con lentitud y ayudado por Lamec, abandonaron la mugre pocilga. Joab con la vista al frente, soltó unas lágrimas. Sus ojos, habituados a la oscuridad, se cegaron unos instantes al traspasar el pasillo del sótano y entrar en el corredor iluminado del castillo. El padre de Aby sabía que Nabuc tenía planeado mantenerle encerrado en la celda para el resto de su vida, abandonado a su suerte, donde habría vivido prisionero hasta que en su cuerpo no quedasen más que huesos; y seguramente, después de su muerte, no acudiría nadie a
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    220 recoger sus restos. Nocomprendía… ⎯El rey ha sido siempre firme en sus decisiones, ¿qué le ha hecho cambiar? ⎯preguntó Joab en voz baja. ⎯No tengo ni idea ⎯respondió Lamec, mirando a su vez a Joab⎯. Quizá su hija haya intercedido a su favor. ⎯¿Mi hija? —dijo, algo sorprendido—. Nabuc no da nada sin recibir algo a cambio. Lamec guardó silencio. Oyó a Joab, suspirar; éste totalmente desconcertado a causa de la sorpresa y, como no, del temor, no se fiaba del rey. Lo conocía demasiado bien, como para confiar en él. Si había algo que no podía consentir, era que su hija hubiese hecho un trato con el rey para conseguir su libertad; si fuera así, Joab prefería la muerte a que su hija se sacrificase por él; ya era viejo y ella, aún tenía toda la vida por delante. Mientras tanto, Aby estaba en su aposento, esperando ansiosa el reencuentro con su amado padre. Con las cortinas corridas y la chimenea encendida, caminaba de un rincón a otro. De repente oyó pasos y luego, golpearon a la puerta. El corazón se le desbocó. Corrió. Tragó saliva y abrió la puerta. Lamec y su padre estaban en el umbral. No hubo palabras, la emoción era muy intensa. A Aby se le llenaron los ojos de lágrimas. Se miraron. Ella se acercó a su padre, pálida, espantada por su aspecto sucio y harapiento. Contempló fugazmente sus ropas andrajosas y roídas por… ¡ratones! Si en ese momento, Aby, hubiera tenido delante a Nabuc le habría soltado toda clase de improperios. «Esto no te lo perdonaré», dijo ella mentalmente. Pero, acto seguido, la emoción que la embargaba le hizo olvidar todo pensamiento negativo y ambos, padre e hija, se
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    221 fundieron en uncariñoso abrazo. Él con lágrimas en los ojos; ella, ignorando el hedor y suciedad que acompañaba a su padre, feliz. Después del fatídico día en el que fue desposaba a la fuerza, Aby no había tenido ni un instante de felicidad. Lamec que estaba tras ellos, en el umbral, se marchó en silencio. ⎯Aby, hija mía… La joven se apartó un poco y besó a su padre en la frente, luego, lo agarró de un brazo y se lo llevó hasta el cuarto de aseo, dispuesta a bañarlo. ⎯No digas nada, padre ⎯dijo⎯. Sólo te pido que confíes en mí, tengo un plan. Joab había escuchado a su hija, pero no dijo nada. Aby le preparó el baño con agua muy caliente, sal de rosas y abundante espuma perfumada. Joab guardó silencio mientras ella le ayudaba a quitarse las sucias ropas; luego, le ayudó a ascender los escalones de la bañera. La debilidad de su padre era evidente. Aby aprovechó el momento para informarle de las exigencias del rey, por su liberación. ⎯Nabuc no quiere verte en el castillo —dijo—. Deberás marcharte a casa. ⎯Lo suponía. ¿Tengo vetada la entrada en el templo? ⎯No ⎯le respondió con voz firme⎯. Eres libre de acudir cuando quieras, incluso de practicar tus oficios; él no se opondrá ⎯hizo una pausa⎯. No te preocupes, padre, yo iré a visitarte a diario. Cuando llegue el momento abandonaré al rey. Tú, Lamec y yo huiremos a Jhodam, allí estaremos seguros. Joab se volvió bruscamente. ⎯Hija, ese plan es muy arriesgado, dudo que Nabuc nos permita huir, antes nos matará. ⎯Es un riesgo que asumo, padre. En ese momento, ella observó su rostro cansado y advirtió su extrema palidez, adquirida por tantos días de encierro sin ver la luz del día.
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    222 —¿Cenarás conmigo estánoche? —preguntó. La petición de su hija era cuanto menos extraña. Joab la miró, sin comprender. ⎯¿Y Nabuc? —preguntó—. Si él me encuentra aquí… Ella no le permitió seguir hablando. Alzó una mano para que su padre guardara silencio. ⎯Él no vendrá está noche, sabe que tú estás aquí. ⎯Sí, claro ⎯dijo Joab, mientras salía de la bañera⎯. Llevo tanto tiempo sin tomar alimento decente que cualquier cosa me sentará bien. El levita se colocó una bata y se calzó unas sandalias de su hija, le iban un poco pequeñas, pero no le importó. ⎯Mandaré quemar toda esta ropa maloliente, incluidas las botas ⎯Aby se agachó y cogió las andrajosas prendas, luego se volvió hacia su padre⎯. Ahora quiero que descanses un rato. Arrojó las ropas a la chimenea. Luego, a la espera de la cena, se puso a leer un rato. Joab no se atrevió a replicar a su hija. Realmente necesitaba dormir en una cama limpia, un placer del que se había visto privado a la fuerza. Con parsimonia se recostó en el lecho y, bajo la suave y silenciosa luz de las velas, miró a su hija; ésta se había sentado en un cómodo sillón, junto a la chimenea, con un libro en las manos. Al poco rato, vencido por el cansancio, Joab cerró los ojos y oró una plegaria a Ra. Y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
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    223 Capítulo 5 Quo Vadis? Lossicarios no cruzaron Bilsán, sino que bordearon la ciudad para no levantar sospechas y aprovechando la oscuridad de la noche, se adentraron en las espesuras del bosque y se dejaron confundir entre las sombras. Eran siete hombres bien armados y con una misión concreta: capturar a Jadlay. Pero no era intención de Enós apresarlo en la noche. Pensó que lo ideal sería actuar al surgir las primeras luces del alba cuando menos posibilidades había de qué sus planes se vieran frustrados por la precipitación, y aprovechando que la mayor parte del regimiento aún seguiría durmiendo. Desmontaron. Mientras los caballos pastaban tranquilamente, los sicarios se dedicaban a inspeccionar los alrededores. Después de unos minutos buscando, sin encontrar el campamento, se extrañaron. Al parecer en aquel bosque sólo estaban ellos. En principio, no encontraron indicios de carpas ni nada que se le pareciese y eso llegó a despistarles. Pero nada más alejado de la realidad: el campamento estaba a sólo dos kilómetros de dónde ellos se encontraban. Sin ceder en su empeño, dos sicarios se adentraron aún más en el bosque detrás de Enós y Gamaliel, y Carpo que caminaba tras ellos, siguiéndoles los talones. Avanzaban cautelosos entre grandes árboles de hoja ancha y enredaderas. Atravesaron zonas neblinosas cercadas con
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    224 árboles de másde cincuenta metros de altura. El sonido de un arroyo en su correr por el bosque iba acompañado por el sonido de las lechuzas y el ruido de sus respiraciones, algo agitadas por el temor a ser descubiertos. Siguieron caminando. Más allá de la espesa arboleda, y dejando atrás una masa de niebla que se hallaba diseminada a pocos centímetros del suelo, observaron algo: un resplandor muy tenue y supusieron que eran los restos de una hoguera. «Tienen que ser ellos», pensó Enós. Gamaliel miró a su compañero, adivinando lo que pensaba. ⎯¿Es el campamento? ⎯preguntó en voz muy baja. ⎯Sí. Los cinco se agazaparon contra las hierbas, ocultándose entre arbustos y zarzales para observar sin ser vistos, estando al acecho. De repente oyeron unos pasos. Al volverse, Enós vio que se acercaba otro de sus hombres. ⎯Ahora ya sabemos dónde están ⎯murmuró Enós⎯. Nos alejaremos lo suficiente para no ser localizados. No debemos olvidar que si nosotros podemos verles, ellos también. El sicario les hizo un ademán para que retrocedieran. Un paso en falso y los jóvenes de la resistencia se darían cuenta de que no estaban solos. En ese momento, Enós pensó en los caballos. «Hay que esconderlos» Apresuraron el ritmo. Enós se detuvo y agarró de un brazo a Gamaliel a la vez, que llamaba a otro de sus hombres. ⎯¡Tú, ven aquí! El hombre obedeció y acudió de inmediato; luego, Enós miró a su amigo. ⎯Ocultad los caballos. Gamaliel miró a su alrededor. ⎯¿Dónde? ⎯Descended hasta el arroyo ―dijo―, que uno de
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    225 vosotros los vigile. Entrelos dos sicarios tomaron las riendas de los caballos y se los llevaron. Marcharon un rato tropezando a lo largo del arroyo, hasta que encontraron en lugar adecuado. Ocultos los caballos, sólo Gamaliel emprendió el regreso. El silencio era tan denso que parecía sofocante. Gamaliel, mientras ascendía a pie el sendero, pensó en lo irreal que parecía todo. Últimamente su conciencia le estaba jugando muy malas pasadas y sus sombríos presentimientos se acrecentaron al estar tan cerca del joven que debían capturar; el hijo del rey Ciro al que tenían que haber asesinado hace veinte años y sin embargo, no pudieron llevar a cabo sus planes porque no encontraron al bebé. Ahora, había llegado el momento de encontrarse con el pasado y no sabía si era para bien, o para mal. Su trabajo no le reportaba ningún tipo de satisfacción y con cuarenta y cinco años ya nada podía hacer para cambiar. «¡Bah! No sé por qué pienso tanto. Soy un asesino. Yo elegí mi destino, nadie lo hizo por mí ⎯suspiró⎯. He matado a tanta gente…», se recriminó así mismo, en silencio, en la soledad de sus pensamientos. Transcurrió la larga noche sin sobresaltos, en paz. Con las primeras luces del amanecer traspasando la cortina de la carpa, Jadlay se despertó como siempre el primero, y antes de levantarse, se sentó y se rascó la cabeza. Bostezó. Atenazado por una extraña sensación se dejó caer de nuevo entre sus mantas. ¿Un mal presentimiento? Quizá… Jadlay no tenía por costumbre interiorizarse y la verdad, no quiso especular sobre ello. Durante un buen rato, luchó contra el sueño que lo aplastaba, los entrenamientos eran extenuantes y realmente, se sentía cansado. Pero no se dejó vencer, y al fin se incorporó de nuevo, aunque
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    226 trabajosamente. De repentesintió la irresistible necesidad de beber agua fresca. «Iré al arroyo», pensó. Al salir de la carpa, vio a sus amigos Yejiel y Najat que abandonaban apresurados el campamento, seguramente con la misma intención que él. Anoche bebieron mucho vino y ahora, la resaca, les atizaba sin compasión… ¡Tenían las bocas y las gargantas secas! ⎯¡Esperadme! ⎯dijo⎯. Tengo que refrescarme, antes de que Áquila me vea con esta pinta de zombi. Sus dos amigos se volvieron hacia él y se echaron a reír. ⎯¡Toma, cómo nosotros! ⎯exclamó Najat. ⎯¡Ya, ya! Pero es a mí a quién machaca, a vosotros ni os mira. ⎯¡Je,je,je,je! ⎯se burló Yejiel. Descendieron por la pendiente, contando chistes y riéndose de las tonterías que solían hacer tan a menudo. Sin embargo, Jadlay no se jactaba demasiado de sí mismo, su orgullo se lo impedía. Al poco rato, llegaron al arroyo. Atrás quedaron numerosos charcos y hoyos de agua, rastros de las últimas lluvias. Yejiel no se lo pensó dos veces, se desvistió sorprendentemente rápido y se precipitó a las gélidas aguas. Jadlay y Najat observaron la carrera de su amigo con los ojos abiertos como platos. Y con aquel frío… ¡Splashhhh! El agua los salpicó. En ese instante, ojos ajenos los observaban… Al cabo de un rato, lavados y refrescados, se sentaron sobre la hierba fresca. Crujió una rama. Los tres jóvenes, sobresaltados, se volvieron hacia el lugar de dónde procedía el ruido. Se levantaron y agudizaron sus oídos. En el arroyo había alguien más aparte de ellos, Jadlay lo intuyó de inmediato.
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    227 ⎯No estamos solos⎯dijo. Najat hizo una mueca con los labios. ⎯Alguna comadreja, seguro. Jadlay lo miró sorprendido. ⎯¿Una comadreja…? ⎯repitió⎯. A plena luz del día, no. Unos ruidos extraños corrían entre los matorrales a ambos lados del sendero, saltos de hojas y rápidas pisadas de calzado duro… Los tres jóvenes miraban a todos lados, preocupados. Y fue entonces, cuando se dieron cuenta de que estaban rodeados. Enós, Gamaliel y el resto de los sicarios emboscaron a los tres jóvenes en un abrir y cerrar de ojos. Repentinamente Jadlay, Yejiel y Najat se vieron rodeados de afiladas lanzas que los amenazaban sin vacilar. Sorprendidos, no fueron capaces de soltar palabra ni de hacer movimiento alguno; en ese momento, no. Sin embargo, la reacción no se hizo esperar y se inició una lucha trepidante, cuerpo a cuerpo, que no llegó a ninguna parte. Jadlay no estaba dispuesto a dejarse capturar, recordó el consejo del rey… Decididamente, no. Él y sus dos amigos se enfrentaron nuevamente a los sicarios. Jadlay, aprovechando un momento de confusión, trató de alejarse para pedir ayuda, pero Enós y Gamaliel se dieron cuenta y lo acorralaron rápidamente, privándole de toda posibilidad. ⎯¿Dónde vas? ⎯preguntó Enós, a la vez que le amenazaba con una larga y afilada espada. Jadlay se detuvo y ni siquiera reaccionó. Aquella voz tronante le quemó el cerebro; tuvo de repente la convicción de que estaba reviviendo algo, pero él qué… Se sintió tan frustrado que sólo tenía ganas de patalear el suelo, pero aquel no era el momento de mostrar una de sus chiquilladas, así de simple. Posiblemente, se reirían de él. Decidido, Jadlay, se llevó la mano a la cintura, en el cinto reposaba su daga, pero Gamaliel captó el instante al vuelo.
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    228 ⎯¡Ni te atrevas!⎯dijo, con voz amenazante. Jadlay se tensó. Todos los músculos de su cuerpo estaban preparados para la acción. Sin embargo, permaneció quieto. Gamaliel le golpeó la espalda. ―Camina ―ordenó. En ese instante, la voz de Carpo tronó severa. ⎯¡Dejad las armas en el suelo! El resto hombres se situaron en torno de Yejiel y Najat, éstos conscientes de que no podían hacer nada para evitar que los hiciesen prisioneros y actuando con cautela, tiraron las armas al suelo. Estaban metidos en un lío, muy, muy grande. Los maniataron. Mientras cuatro sicarios controlaban a los dos jóvenes, Enós y Gamaliel, ataban las manos de Jadlay a la espalda. Resignado, el chico de cabellos de cuervo, como lo llamaba Enós, no dijo nada ni siquiera trató de batirse. No había nada que hacer. Estaban perdidos. La situación, caótica, acabó por sumirles en la desesperación. En ese momento, el regocijo de Enós desbordaba los sentidos de Jadlay que por unos instantes se ensimismó en el oscuro mar de sus pensamientos, pues no alcanzaba a comprender las ansias de aquellos hombres por hacerle prisionero. «¿Por qué él? ¿Tan importante era?», se preguntó. Cuando Jadlay recuperó su aplomo, sobreponiéndose al hecho de que había sido capturado, les hizo una pregunta: ⎯¿Quiénes sois y qué queréis? ⎯preguntó mientras él y sus dos amigos eran conducidos a un claro del bosque. De repente, una maza le golpeó en el hombro. ⎯¡Calla y camina! La cólera y la amargura por verse apresado se confundían en su mente con el desespero. Enós disfrutaba como nadie de su triunfo, sólo su compañero Gamaliel parecía absorto en sus propios pensamientos; su silencio era
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    229 abrumador. Jadlay bajó lacabeza, sintiéndose derrotado, mientras que Yejiel y Najat, caminaban torpemente tras él, golpeados de vez en cuando con las mazas de sus captores, obligándoles así a no perder el ritmo. Tenían que alejarse del bosque cuanto antes, pues eran conscientes de que la voz de alarma se desataría de un momento a otro. Ya en el claro, Enós saltó sobre la montura de su caballo. Gamaliel obligó a Jadlay a montar su caballo, mientras Carpo y Elías cargaban con los otros dos jóvenes. Sin perder el tiempo se precipitaron entre los árboles. Enós cabalgaba siempre por delante, guiándolos. Dejaron atrás los bosques de Bilsán. Ascendieron por unas abruptas pendientes y se alejaron como sombras aladas sobre una tierra oscura a plena luz del día. Los Bosques Tenebrosos se alzaban ante ellos, victoriosos. Rumbo a Esdras… Mientras tanto en el campamento… Áquila no tardó en echar en falta a los tres jóvenes. Intuitivo como era, no dudó ni un instante: algo malo les había ocurrido. En esos momentos su mayor preocupación era saber el paradero de los chicos. Caminó solo unos metros y se mezcló entre las enormes ramas de los grandes árboles, éstas caían casi hasta el suelo. Buscó y no encontró. Con la preocupación en el cuerpo, llamó de un grito a su escudero, Abner; éste acudió corriendo, con el desayuno en la garganta. ⎯¿Has visto a Jadlay esta mañana? ⎯preguntó Áquila. Abner tragó el trozó de pan con el que se había atragantado. ⎯No, comandante. ¿Algún problema? ⎯No están ⎯afirmó⎯. Los jóvenes, no están. El escudero miró a su jefe, perplejo. ⎯¿Cómo qué no están? ⎯preguntó.
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    230 ⎯Lo que hasoído. Áquila no dejaba de mirar a su alrededor. Su grito había alertado al resto y la mayoría lo miraban perplejos. ⎯¿Dónde se habrán metido? ⎯preguntó. ⎯Cualquiera sabe… Su edad los hace imprevisibles. Esa respuesta no era suficiente para Áquila. Con aquello no bastaba. Jadlay estaba bajo su protección y perder al chico para él era inaceptable. ⎯No podemos esperar. Hay que encontrarlos. ⎯¿Qué piensas entonces? ⎯Pienso en algo malo, amigo mío. Buscaremos sus huellas, nos indicaran lo que ha pasado o el camino que han tomado. En seguida, Áquila echó a caminar entre los árboles con largos pasos cautelosos, internándose más y más en el bosque. Abner lo siguió, preocupado, sin dejar de hablar. ⎯¿Crees que se han marchado? ⎯No. ⎯Entonces… ⎯Hay algo más, me atrevería a pensar en los sicarios. No es bueno toparse con el enemigo e intuyo que ellos lo han hecho. Más que caminar, los dos guerreros corrían. ⎯¿Crees qué han sido emboscados? ⎯Sí, eso mismo. Abner entornó las cejas, sorprendido. ⎯Pero, cómo es posible… ⎯dijo Abner⎯. Sí, Jadlay y sus amigos no son más que tres jóvenes insignificantes. ⎯Yo no estaría tan seguro de eso ―dijo―. Nuestro rey sabe algo del chico que nosotros desconocemos y es muy probable que Nabuc, también conozca algún detalle. Estoy seguro de que Jadlay, por alguna razón, ha conseguido encender la ira del rey de Esdras. Abner lo miró, incrédulo. ⎯¿Creo que estás precipitándote? No se ven huellas ni nada que pueda insinuarnos algo así.
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    231 Áquila se volvió,bruscamente. ⎯¿Qué ha sido de ellos entonces? Abner se encogió de hombros. ⎯No lo sé. Quizá han ido a cazar y se han perdido, pero si tú me dices que esto no puede ser, pues lo acepto ―hizo una pausa―. Quizá, es como tú dices y han sido emboscados por el enemigo, pero si es así ¿no crees que habríamos oído algo? ⎯Es difícil estar seguro, pero hemos de pensar en lo peor. Inspeccionaremos los alrededores y si no damos con ellos, tú y yo regresaremos a Jhodam y pondremos esto en conocimiento del rey. Áquila y un grupo de sus hombres inspeccionaron todos los rincones del bosque de Bilsán y no encontraron ningún rastro de ellos, excepto varias huellas de botas, mezcladas con otras, junto al arroyo, que no eran iguales. Áquila supuso que aparte de los tres jóvenes había otros más y estos, por la profundidad de algunas pisadas, eran altos y robustos. El comandante miró con pesimismo a sus hombres y éstos, después de dirigirle unos significativos movimientos de cabeza, se lo quedaron mirando, esperando órdenes; éstas llegaron rápidas como un rayo. ⎯Abandonad el campamento ―dijo―. Buscad a Morpheus y decidle lo que ha ocurrido con su hijo, después formar una muralla humana en Bilsán, proteger la ciudad y sus gentes ―miró a su alrededor con el semblante muy preocupado―. Me temo que el enemigo está al acecho y pronto mostrará la cara. Obed, el segundo al mando, asintió y luego, intervino. ⎯Áquila, ¿Piensas ir en busca de los jóvenes? ⎯No ⎯respondió con firmeza⎯. Si es lo que me temo, ellos están fuera de nuestro alcance. Antes debo rendir cuentas al rey. Abner se volvió hacia él. ⎯No tenemos pruebas de que estén presos y menos aún de qué los hombres de Nabuc hayan tenido algo que ver con
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    232 la desaparición delos jóvenes. Áquila lo interrumpió. ⎯Cierto. Pruebas reales no tenemos. Pero, ¿quiénes pueden ser sino…? Abner sacudió la cabeza, dándole la razón. ⎯No olvidéis que cuando el rey nos visitó le dijo al chico que tomara precauciones y que no se dejará capturar ⎯hizo una pausa⎯. Partiremos hacia Jhodam ahora mismo. Tras la partida de Áquila y Abner, el segundo al mando, Obed desmanteló rápidamente el campamento y luego, se dispusieron a emprender la marcha, dirigiendo las tropas hasta Bilsán, tal y como había ordenado el comandante. Obed se dirigió a todos los guerreros allí destacados, incluso a los novatos de la resistencia. ⎯El destino pende de un hilo, amigos. Pero hay esperanzas, si conseguimos resistir ⎯dijo⎯. Si fracasamos, caeremos todos. Si triunfamos, viviremos en paz. Un murmullo de acuerdo corrió entre los guerreros. Obed miró a los hombres y comprendió que no podían perder. La moral estaba muy alta. Era consciente de que aquella mañana emprenderían el viaje rumbo a la esperanza. Los caballos relincharon. Obed alzó al aire su espada y sus hombres le secundaron haciendo chasquear sus lanzas contra los escudos. Entonces, con un ímpetu semejante al de un vendaval furioso, él incitó a la tropa que partió como un relámpago rumbo a Bilsán.
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    233 Capítulo 6 Herencia deSangre Bajo los ribetes escarlatas del crepúsculo, los sicarios y sus prisioneros cabalgaban a través de las inmensas llanuras que separaban los Bosques Tenebrosos de las colinas que conducían a la ciudad amurallada de Esdras. Jadlay levantó la mirada hacia las lejanas murallas y un leve resplandor de ansiedad apareció en sus ojos pálidos y temerosos. Apretó los dientes. Sin embargo, notó una extraña excitación que hizo palpitar su corazón con una fuerza endiablada, algo que se ocultaba en lo más recóndito de sí mismo. Por alguna razón que desconocía, sabía que volvía a casa. Ascendieron la colina con rapidez y atravesaron el portón. Los vigías, en lo alto de la atalaya, los siguieron con la mirada. Eran los sicarios con sus prisioneros. Antes de que las largas sombras de la noche los alcanzaran, Enós y Gamaliel se habían presentado ante el rey Nabuc con la misión que éste les había encomendado, totalmente cumplida: Jadlay capturado junto a dos jóvenes que en principio, poco le importaban al rey. El júbilo de Nabuc fue inmenso. Sin embargo, algo empañó su alegría: pensó que el parecido del muchacho con su hermano Ciro y consigo mismo no podía deberse a una casualidad, pues era realmente sorprendente y aún así, confiaba en que sólo fuese una percepción de su mente, no algo real. Junto a él estaba Festo, que desnudaba al joven con sus pérfidos ojos, tratando de captar sus orígenes y explorar
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    234 su mente paraconfirmarle al rey lo que ya sabía. Mientras, el hechicero lo escudriñaba, Nabuc y Jadlay, en un silencio opresivo se enfrentaban calibrándose, tensos. Sospechas confirmadas. Los ojos de Festo eran reveladores: el chico, efectivamente, era su sobrino. No había lugar para la duda. De repente, el rey se volvió hacia Enós. ⎯Encierra a sus amigos en una celda. Luego, ya veré que hago con ellos. Enós invistió con su lanza a los dos jóvenes. ⎯¡Caminad! ⎯gritó. Yejiel y Najat obedecieron y echaron a caminar torpemente. Antes de abandonar la sala, se volvieron fugazmente para mirar a Jadlay. Enós arremetió contra ellos, obligándoles a mirar de frente. Nabuc con el rostro inexpresivo, pues ni siquiera saber la verdad sobre el joven le había inmutado, se acercó al hechicero y le preguntó: ⎯¿Realmente es él? Festo asintió. ⎯Antes de que se reúna con mi difunto hermano, quiero verle sufrir. Jadlay contuvo el aliento, asustado. «¿Su difunto hermano? ¿Qué habrá querido decir Nabuc con eso?», se preguntó. Luego pensó en la evidencia, el rey parecía saberlo todo sobre él y eso lo desencajó un poco. El hechicero, siguiendo las órdenes de Nabuc, alzó la vara de plata y cristal y ésta comenzó a vibrar en su mano, al tiempo que un rayo de energía sorprendía a Jadlay y lo lanzaba por los aires, estrellándose contra la pared. Completamente aturdido, se arrastró por el suelo hasta que consiguió levantarse tambaleante, mientras Gamaliel se apresuraba a acudir en su ayuda. Jadlay gimió, dolorido. Ese fue su primer contacto con la magia y algo le decía que no sería el último. ⎯¡No, déjalo! ⎯gritó Nabuc⎯. Retírate Gamaliel, ahora
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    235 no te necesito. Elsicario se marchó en silencio. La autosuficiencia del rey le molestaba, pero no podía replicarle. Festo, eufórico, arremetió nuevamente contra el joven; éste incapaz de levantarse reptaba por el suelo, sin comprender a que venía tanto maltrato. Si querían sonsacarle información, ese no era el camino correcto, pensaba. Nabuc riéndose con grosería, le seguía de cerca. Al llegar, se agachó. ⎯¡Por fin, estás arrastrándote ante mí, Jadlay! ⎯exclamó el rey, jactándose del joven⎯. ¿Significa eso que te rindes? Las palabras del rey cogieron a Jadlay desprevenido. Miró perplejo al rey. ⎯No sé a qué te refieres. Yo no me rindo ante nadie ⎯dijo el joven en voz baja. Nabuc dio un paso atrás, apartando con gesto arrogante su larga capa de terciopelo roja para que Jadlay no la tocara. ⎯¿Qué te ocurre? ⎯gruñó⎯. ¿Qué andas husmeando por el suelo? ―Esto no es justo ―murmuró Jadlay, sin comprender. ―Yo soy el único que puede decir qué es justo ―recalcó Nabuc con voz glacial. ―¡Maldito seas! ―gritó el joven. Nabuc se enderezó y volviéndose, miró al hechicero. ―Parece que vamos a divertirnos un rato, Festo ―dijo con una sonrisa irónica―. Adelante… Jadlay harto de tanta burla, cerró el puño de una mano y tensó la mandíbula. Se puso en pie y de improviso unas fuertes manos lo agarraron. Levantó la mirada y vio la pálida piel y el rostro inexpresivo del hechicero, que lo sujetaba oprimiendo cada vez más fuerte. De repente, sintió un pinchazo en el cuello. ⎯¿Qué…? ⎯Jadlay no pudo seguir hablando. El joven se debatió, pero sus esfuerzos no sirvieron de nada, ni siquiera su garganta consiguió emitir sonido alguno. Estaba perdido. Sin embargo, si notó como sus sentidos lo
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    236 abandonaban lentamente, leoyó decir algo al rey. ⎯La cámara de las espinas será un buen comienzo ―afirmó Festo―. El sufrimiento lo dejará listo para capitular. ⎯De acuerdo. Jadlay quedó aturdido. Festo cargó al joven sobre su hombro y abandonó la estancia con premura. Nabuc, satisfecho, descorchó una botella de vino y se la bebió de un trago. Luego descargando su ira contenida a lo largo de veinte años, estrelló la botella de cristal contra la pared. ⎯¡Maldito seas, Jadlay! ⎯dijo, completamente fuera de sí⎯. No permitiré que vivas más tiempo del necesario. Por un instante, miró al vacío… Aún quedaba por resolver su escollo más importante: Nathan. Y como un pensamiento vil y retorcido, Nabuc, se limitó a proferir una maldición… ⎯Nathan prepárate, porque tú serás el siguiente en caer. Tu derrota y sufrimiento serán mi mayor triunfo ⎯sus perversas palabras reverberaron en todo el castillo⎯. Carpe diem, Nathan. Carpe diem. Mientras caminaba con su carga humana por el corredor, Festo pensaba en la buena marcha de sus planes, y que éstos estaban a punto de consumarse. En primer lugar; Jadlay, su muerte dará tranquilidad a Nabuc; y en segundo lugar, lo que aún queda por consumar: Nathan. El jaque mate de la deidad puede otorgarle a Nabuc un poder inimaginable, permitiéndole controlar Nuevo Mundo. Y lo más inmediato, él cómo hechicero podrá alzar la cabeza frente al Maestro y además de salvar la vida, ser digno de su confianza. Cuando llegó al Mausoleo, Festo se fue directo a la cámara de las criptas; allí, arrojó a Jadlay al interior de un habitáculo de piedra, aflojó una manivela y éste empezó a cerrarse lentamente sobre él. El exterior, totalmente de
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    237 piedra, parecía unacripta, pero en su interior aguardaba un cruel mecanismo de tortura. Espinas afiladas como cuchillos de unos diez centímetros de longitud, le atravesaron la carne; la sangre empezó a manar tibia por su cuerpo. Jadlay sólo pudo ver una cortina de color escarlata antes de que su conciencia se sumiera en el olvido. No descansaron al llegar la noche. Vadearon un río. Con la brújula que Áquila llevaba en su mente, cruzaron las bajas aguas y tomaron la invisible línea recta que les conduciría hacia el sur por terrenos cada vez más llanos, extensos y sin árboles. Como compañía, la luz de las dos lunas que les iluminaban, cómplices, el camino. Agotada la noche, amaneció un día sin nubes. La mañana era brillante y durante muchas horas, Áquila y Abner, más que cabalgar a lomos de sus caballos, volaban atravesando las vastas llanuras de Jhodam aliados con el viento, que susurraba fuerte de cola. Las praderas húmedas a causa del rocío caído en la fría noche y las hierbas altas, que les llegaban hasta las rodillas, se ondulaban al deslizarse el vendaval sobre ellas. El camino que les conduciría hasta la Ciudad de Cristal se extendía claramente ante ellos. Pero era largo, muy largo. Atravesado con las finas espinas, Jadlay, no pudo soportar el dolor y se hundió en el profundo abismo de su mente. En aquel habitáculo de tortura y muerte, sangrando y débil, se deslizaba en un sueño sin sentido, inquieto, flotando en un mar rojo y oscuro a la vez. Jadlay seguía con vida, aunque ésta parecía que se le iba de las manos a cada segundo que pasaba. El silencio en los corredores era inquietante, sólo roto por las pisadas de Nabuc que a grandes zancadas se dirigía
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    238 al Mausoleo delOráculo. Atravesó el laberinto a toda velocidad, mientras los bandazos de su capa levantaban el polvo del mugriento suelo. Cuando llegó al umbral de la cámara, se detuvo. El férreo portón se abrió al instante. El hechicero lo esperaba en el otro lado, de pie, dominando las sombras de la cámara, apoyado en su vara. Nabuc torció los labios en una mueca sarcástica. ⎯Ahora, es cuando empieza la diversión ⎯la voz del rey sonó fría. Festo asintió ligeramente con la cabeza. ⎯Sí, majestad. El rey entró en el recinto y pasó un brazo alrededor del cuello del hechicero. ⎯Amigo mío ⎯Nabuc lo miró sonriente⎯, tu lealtad merece una recompensa… ⎯Su mirada se dirigió al habitáculo de tortura⎯. A propósito ⎯comentó Nabuc, volviendo la cabeza para mirar a Festo⎯, ¿qué le has hecho? ⎯Las afiladas espinas han atravesado su carne ⎯respondió Festo, despreocupado. Los ojos de Nabuc escudriñaban la cripta de piedra. Por un momento, le pasó por la cabeza que su sobrino podía estar ya muerto. Aquel pensamiento le hizo impacientarse, pues él, en cierto modo, anhelaba contarle la verdad para luego disfrutar de la impotencia que seguramente sentiría el muchacho al descubrir quién era y que después de todo no le serviría para nada, porque Nabuc pensaba matarlo poco después. El rey estaba dispuesto a entregarle su Legado Real. Una herencia de sangre que se llevaría a la tumba, porque los muertos no reinan. Tenía los ojos clavados en la cripta, las manos cruzadas a la espalda, los nudillos blancos. «Muerto, sí», pensó. Tanto el hechicero como el cuervo chivato desde su percha, un tronco de roble, lo observaban en silencio. En ese instante, el Oráculo empezó a emitir intensos destellos de luz fantasmal y transparente. Nabuc alzó la vista y pudo ver su
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    239 reflejo; su propiaimagen, que lo miraba sombría y vengativamente. Nabuc estiró el cuello, incómodo. No le gustó nada verse a sí mismo reflejado en la siniestra esfera cristalina. La visión podía ser una premonición funesta, a modo de advertencia, de un futuro próximo, pero no estaba dispuesto a que se cumpliese. ¿Y si la imagen realmente no era una representación suya? Entonces ¿quién podía ser? ¿Jadlay? Mientras aquella visión le martilleaba el cerebro, el hechicero Festo se le acercó sigilosamente. ⎯No prestéis atención al Oráculo, majestad. Las palabras de Festo sacaron a Nabuc de su abstracción. ⎯¿Deseáis que saque al joven del nicho? ⎯le preguntó. ⎯Sí. Festo apoyó su mano en la manivela para facilitar la apertura de la tapa. Cómo se encontraría al joven, lo desconocía. Muerto o quizá, no. Por el rabillo del ojo pudo ver a Nabuc, que lo observaba atentamente. Cuando el habitáculo quedó al descubierto pudieron ver a Jadlay, inconsciente. Las espinas habían traspasado su cuerpo, dejando ver pequeños orificios por los cuales manaba sangre. Nabuc tuvo que desviar la mirada, la impresión era fuerte para soportarla impasible. El hechicero contemplaba al muchacho sin mostrar ni un ápice de sentimiento. Había algo patético y cruel en todo aquello. No estaba muerto, no todavía. Entonces, Festo oprimió un botón y la plancha que contenía las espinas fue apartándose lentamente del cuerpo, extrayendo las mortíferas agujas, afiladas como cuchillos, y desgarrando la carne. No oyeron ni un gemido, nada. Nabuc contemplaba a su sobrino en silencio. Y superando la dolorosa imagen de ver a Jadlay torturado, la ira aceleró los latidos de su corazón. ⎯Deberíamos colocarlo sobre el altar ⎯sugirió Festo⎯. Lo que tengas que decirle será mejor que lo oiga, si es que
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    240 puede hacerlo, bajola presión del Oráculo. Nabuc sacudió la cabeza. ⎯Haz como quieras, entonces ⎯replicó con brusquedad⎯. Pero quiero que esté en condiciones de escucharme. ⎯No os prometo nada, majestad ⎯respondió Festo a modo de defensa⎯. Este medio de tortura es realmente efectivo y está concebido para causar una muerte muy lenta. Es posible que sus sentidos se hayan visto afectados. Nabuc miró de reojo a Festo, su expresión amenazante hizo temblar al hechicero, éste sintió un nudo en la garganta. Instantes después, ambos sacaron a Jadlay del habitáculo y lo depositaron sobre el altar. Ninguno de los dos vio la necesidad de maniatarle, el muchacho tal y como estaba no podría huir por su propio pie. ⎯He oído decir que cuando un hombre es fuerte y su voluntad es firme, puede lograr sobrevivir a esta tortura ¿Es eso cierto? ―preguntó Nabuc. ⎯No siempre se cumple esa premisa. Pero, si realmente lo queréis muerto, en la soledad de una celda, morirá sin remedio. Siempre será mejor que fallezca a causa de las heridas infligidas por la tortura que atravesándole vos, una espada. ⎯Desde luego ⎯hizo una pausa y continuó⎯. Te debo un favor por tus servicios y te recompensaré, pero antes quiero ver a Nathan agonizando. ⎯Majestad, no me debéis nada. Es mi deber. En cuanto a la deidad, tiene las horas contadas. Nabuc lo escudriñó con la mirada, tratando de averiguar si Festo estaba mintiéndole. ⎯¿Estás seguro? ⎯insistió. El hechicero al escuchar las palabras del rey ni se inmutó. Confiaba plenamente en sí mismo y no pensaba en fracasar. Para él todo valía menos la humillación de verse derrotado. Estaba obligado a satisfacer a dos hombres igual de perversos y no sabía cuál de ellos era más peligroso, si el
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    241 Maestro o Nabuc. ⎯Sí;muy, muy seguro. ⎯Bien ⎯dijo Nabuc, tomando la palabra⎯. ¡Empecemos! Tengo ganas de acabar con esto cuanto antes. ⎯¡Háblele, despertará! Nabuc no estaba muy seguro de que hablarle a una persona inconsciente fuese a dar resultado, pero lo hizo. ⎯¡Despierta! ⎯le golpeó en las mejillas⎯. ¡Jadlay! De repente, oyeron un gemido tembloroso. ⎯Acérquese más, la droga que le inyecté no le permite ver de forma definida. El rey lo miró y después, se inclinó. ⎯Jadlay, ¿me oyes? El joven entreabrió los ojos. No había parte de su cuerpo que no le doliese. Se quejó. ⎯Escucha lo que tengo que decirte, porque no lo repetiré ⎯hizo una pausa para comprobar si realmente, su sobrino estaba despierto y para eso, acercó su oído a los labios secos y quebrados del joven: sus gemidos eran casi imperceptibles, pero para el caso valía⎯. Tu padre era mi hermano, ¿sabes lo que eso significa? ―no esperó la respuesta, la soltó bruscamente―. Te lo diré: eres mi sobrino, el legítimo heredero al trono de Esdras. La respiración nerviosa de Jadlay lo interrumpió. Aquellas palabras sonaron terribles en su aturdido cerebro. De repente, se le fue el alma al suelo. No podía ser cierto. Quería decirle algo, pero su cuerpo no reaccionaba. Nabuc continuó: ⎯En el funeral de tu padre, yo ordené que te mataran, pero mis sicarios fallaron ―hizo un ademán desdeñoso―. No te encontraron, dicen ellos. Ahora, la cuestión es que estás aquí, vivo. Pero no por mucho tiempo. Disfruta de tu reinado durante lo poco que te queda de vida, porque no vivirás lo suficiente para amenazar mi trono. Jadlay parpadeó y se agitó con inquietud. Oyó a su tío reírse a carcajadas.
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    242 ⎯No eres másque un muchacho tonto y endeble. ¡Mira que enfrentarte a mí! ¿Acaso crees que puedes derrocarme?… Tú y tu resistencia, no sois más que un manojo de idiotas que mis sicarios se servirán en la cena. La confesión de Nabuc hizo que el joven se aferrara con intensidad a la vida. ⎯Tal vez lo sea ⎯consiguió decir con voz rota y habiendo hecho un gran esfuerzo⎯, pero… Nabuc no le dejó acabar. Le hizo callar de inmediato. ⎯¡Silencio! ⎯gritó⎯. Más te vale que cierres esa boca, pues aún no ha nacido la persona que sea capaz de vencerme. Al mirar en el interior de los enormes ojos verdes de su sobrino, Nabuc vio una súplica, una terrible sensación de derrota que le llenó de júbilo. No sentía compasión por él, ni una pizca. También vio en aquellos ojos esmeralda, un pavoroso desmoronamiento. El aplomo del chico parecía caer en picado, hundido totalmente en su propia desesperación. ⎯El hoy y el mañana, me pertenecen ⎯repuso Nabuc, con una calma glacial⎯. Tú no tienes futuro. Tu muerte está muy cerca, más cerca de lo que crees. El hechicero, sentado junto a la chimenea, se mantenía en silencio. Su mirada extraviada y su mente parecían estar muy lejos de allí. Resuelto el tema de Jadlay, no le quedaba más escollo que Nathan. Pensar en la deidad y en su magno poder, eran motivo suficiente para abstraerse; pues en su interior, estaba a salvo de las amenazas del Maestro. En sus reflexiones y visiones, Festo se veía al tanto de todo lo que ocurría a su alrededor. Sopesó el asunto de Nathan y reflexionó mucho sobre ello y finalmente, decidió resolver con brutal celeridad todo lo relacionado con el envenenamiento del rey jhodamíe y el control de cualquier entidad del Sanctasanctórum que se atreviese a manifestarse en el mundo físico con intenciones de ayudarle. Tan ensimismado estaba que no se enteró del crudo duelo verbal entre Nabuc y Jadlay. Cuando volvió a la
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    243 realidad, el jovenseguía mostrándole los dientes al rey. ⎯Morirás, sobrino —dijo—. Pues, ¿qué sufrimiento podría ser peor que verte desahuciado de tu propia herencia? ⎯No le temo a la muerte ⎯dijo Jadlay⎯. Pero mi Legado… No pierdo las esperanzas. Después de sus propias palabras, Jadlay pensó en el color de su sangre y que ésta no sólo era roja, sino que estaba teñida de muerte. Su tío era un asesino confeso y él, ¿qué era? Tenía miedo de convertirse en una escoria como él. En esos momentos de terrible confusión, no podía sentir más que asco de sí mismo; luego, como un pensamiento fugaz, pensó en Nathan… ¿Por qué no le comentó nada? Ahora tenía la certeza absoluta de que el mítico rey de Jhodam sabía quién era él y sin embargo, guardó silencio. Nabuc se echó a reír. Su sobrino estaba en la antesala de la muerte y aún se atrevía a desafiarle. ⎯Prepárate, tío, porque pronto transitarás por los infiernos y no seré yo quién te envíe a él, sino Nathan. Aquellas palabras de Jadlay encendieron su ira de tal forma, que a punto estuvo de atravesar con su daga el torturado cuerpo que tenía delante de sus ojos. Nabuc echaba chispas. Sin embargo, en vez de desahogar su furia, Nabuc hizo un ademán de expresiva indiferencia y se volvió hacia Festo. ⎯Sácalo al corredor, dos guardias vendrán a buscarle. Sólo Nabuc y Festo, tenían libre acceso al Mausoleo, por esta razón el rey ordenó al hechicero que dejara al chico tirado como un despojo en el mohoso suelo del corredor. Festo asintió, él más que nadie deseaba que el chico abandonase cuanto antes su territorio. Jadlay era un intruso y el propio Oráculo se mantuvo extrañamente en silencio. No era bienvenido. Nabuc, vestido de oscuridad, dio media vuelta y abandonó el recinto. Maldiciendo a voces, tanto a Jadlay como a Nathan. Los siniestros ecos de aquellas palabras hicieron retumbar los cimientos mentales del joven, que
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    244 aquejado de severosdolores, luchaba por seguir vivo. Instantes después… Festo cargó con el cuerpo del muchacho, avanzó unos pasos y, en el otro lado del umbral, lo dejó en el suelo; Luego, sin más, entró en la estancia y cerró el portón tras él. Lo que ocurriera después, ya no le interesaba. El muchacho, con Nabuc al frente, no tenía nada que hacer. Mientras el joven yacía en el suelo gimiendo a causa del dolor y de la impotencia por verse en aquella situación, Festo pensaba en lo cruel que era a veces el destino… «Jadlay es fuerte. Es posible que sobreviva, pero de nada le servirá. El joven es un problema que hay que eliminar de raíz, cortar de cuajo» De repente, el Oráculo clamó su atención. Sus ojos parecían escudriñar hasta los rincones más oscuros de la cámara. Festo tomó un incensario y lo colocó en su correspondiente soporte de hierro. Y se hizo un profundo silencio. El hechicero se situó frente al Oráculo, permaneciendo así en actitud de veneración y espera, convencido de que algo estaba a punto de suceder. En Jhodam, la situación estaba al rojo vivo. Áquila y Abner habían llegado a la ciudad. Sin perder el tiempo se dirigieron a la sala de audiencias, en silencio. Después de informar de todo cuanto había ocurrido en el campamento, incluido la supuesta captura de Jadlay y sus amigos, los dos guerreros embriagados de cierto temor, esperaron la reacción del rey; éste les había escuchado con atención, llenándose poco a poco de ira. De repente empezó a soltar maldiciones y se dispuso a abandonar la sala, cuando se volvió bruscamente y miró a Áquila fijamente; en esos momentos, si tuviera a Nabuc delante no dudaría en matarlo. Su padre lo observaba de lejos, con aire desdichado. Sabía
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    245 que los accesosfuriosos de su hijo solían desvanecerse con la misma rapidez qué surgían. Pero en esa ocasión… Halmir no se atrevió a contrariarle en ningún momento; pues jamás lo había visto de tan mal humor. Los presentes en la sala temían la reacción de Nathan, pues éste aún no se había pronunciado al respecto. El rey estaba de espaldas a ellos, junto al trono… tenso, asimilando la situación de Jadlay. Áquila no había concluido, aún había más. Pero al ver como el rey jugueteaba con la empuñadura de su daga, se echó atrás. Con ese acto, aparentemente inocente, Nathan inspiraba temor. Después de ordenar a todos que abandonasen la sala y de exigir a su fiel comandante que se quedase, el rey trató de serenarse, sin mucho éxito. Le costaba un verdadero esfuerzo controlar su ira. Con la captura de Jadlay no deseaba mostrarse justo frente a la insensata lucha por el poder. Cuando se quedaron solos, Nathan y Áquila frente a frente, rodeados por lúgubres lámparas que iluminaban la incipiente oscuridad que emanaba de la deidad, retomaron serenamente la conversación. Nathan se preguntaba muchas cosas, demasiadas quizá. Y aún tenía dudas. ⎯¿Estás seguro de que Jadlay ha sido capturado? Áquila respiró hondo. ⎯Desearía que no fuera así, pero las huellas en el bosque hablaban por sí solas ⎯respondió, plantándose ante el rey, mirando de frente sus ojos azules⎯. ¿Quién es ese muchacho? ¿Por qué vos tenéis tanto interés en él? El rostro de Nathan, después de hacer un pequeño gesto de desagrado, fue adquiriendo una expresión serena y sus ojos lo escudriñaron con una mirada afiladísima. ⎯Es el hijo del rey Ciro —confesó—. Ese muchacho es el legítimo rey de Esdras. Áquila sacudió la cabeza, las palabras de Nathan lo dejaron helado. Nathan se apoyó contra la pared, impávido; miró a su guerrero y notó en él una mirada de duda y
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    246 angustia por loque acababa de oír. Áquila tardó en asimilar la información y cuando lo hizo, habló: ⎯Eso significa que Nabuc lo sabe. Tratará de matarlo… Nathan se apartó de la pared y dio unos pasos hasta él. ⎯En principio, sí. Áquila sopesó rápidamente la delicada situación del chico. Conociendo la perversidad de Nabuc, éste no habría dudado en quitarlo de en medio, pues su sobrino vivo era una gran molestia. Para Nabuc era deseable que estuviera bajo tierra antes de arriesgar su trono. ⎯Sabía que esto podía ocurrir, por esta razón hice que lo tomaras bajo tu protección ⎯Nathan miró a su comandante, angustiado⎯. Nabuc es avaricioso y me atrevería a decir, que hasta ignorante, pues no sabe en dónde se ha metido capturando a Jadlay. Pero no es completamente tonto. Él piensa que su sobrino está ansioso por quitarle la corona, no dudo que asesinaría al muchacho con tal de evitarlo. Áquila clavó la mirada en el rey, estudiándolo lentamente. Nathan siguió hablando. ⎯Le ofrecí la oportunidad de gobernar en Esdras, pero no le dije quién era, ¿entiendes?… A estas alturas, si esta vivo, estará muy enfadado conmigo. ⎯Comprendo —dijo—. Jadlay es un príncipe de sangre real y heredero de la corona de Esdras… ¿No creéis, majestad, que ha llegado el momento de actuar? Mis hombres están en Bilsán, con Morpheus. A una orden vuestra los envío a Esdras. Combatirán, y si es necesario darán la vida por vos y por Jadlay sin dudarlo. ⎯Lo sé —afirmó Nathan—. Pero tenemos que esperar el siguiente movimiento de Nabuc, estoy seguro de que lo hará y será antes de lo previsto. ⎯¿Los abandonamos? ⎯Por supuesto que no, Áquila ⎯contestó⎯. Enviaré a Esdras un grupo de arqueros para que vigilen en la distancia.
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    247 Si los tresjóvenes consiguen sobrevivir a las torturas, que seguro les infligirá el rey, y huyen de su cautiverio, tendrán con ellos a leales hombres que los traerán de vuelta a Jhodam. Pero tú no quiero que tengas nada que ver, te necesito aquí. ⎯¿Vos lo creéis factible? Nathan se quedó un poco confuso. ⎯¿Factible? ⎯preguntó. ⎯Sí; la huida. ⎯Si están vivos, sí. ⎯Pero tal vez, convendría pensar en que algo puede salir mal. ⎯Lo dudo. Si en palacio, los cortesanos descubren que Jadlay es el hijo del rey Ciro se aliaran con él y tratarán de liberarle, de eso estoy totalmente seguro. Nabuc merece ser ejecutado y si no lo hago yo, lo hará su sobrino. En serio, prefiero que sea él quién tome la iniciativa. Ahora que, posiblemente, sepa quién es no habrá nada ni nadie que pueda detenerlo y amigo mío… ⎯Nathan apoyó su mano sobre el hombro de Áquila⎯, no seré yo quién lo haga. Estoy cansado de ver lo que ocurre en los alrededores de Esdras; cansado de la lucha que mantiene Nabuc por el poder; cansado de que no exista alguien valioso o capaz de controlarlo. Nathan se quedó en silencio, reflexionando. En toda su vida, o más bien vidas, se había sentido tan cansado.
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    248 Capítulo 7 En laoscuridad de una celda Los fornidos guardias agarraron a Jadlay por las axilas y lo arrastraron por los oscuros corredores; éste herido, frustrado y resignado, no opuso resistencia. Uno tras otro, dejaron atrás los pasillos y bajando por unas destartaladas escaleras descendieron a las húmedas y mortecinas mazmorras. Jadlay atenazado por el dolor de las heridas, no pudo menos que gemir una y otra vez. La túnica estaba rasgada y manchada de su propia sangre. La confusión dominaba su mente y tuvo que reunir todas sus fuerzas para afrontar su situación y burlar a la muerte, pues no pensaba morir; aún no había llegado el momento. Llegaron a los lóbregos corredores de la prisión subterránea. La oscuridad y la humedad, que se filtraban por las grietas, eran las únicas compañeras de los reos allí encerrados. Los guardias abrieron la puerta de la celda más oscura y fría de las mazmorras y arrojaron a Jadlay al interior. El olor a moho le provocó náuseas y un incipiente mareo turbó su cabeza. De las sombras surgieron dos figuras que con parsimonia se acercaron a él, pero éste estaba demasiado perturbado para reconocerles. ⎯Jadlay… Oyó su nombre. Pero la voz parecía muy, muy lejana. ⎯Jadlay… Somos nosotros, Yejiel y Najat. Ambos jóvenes se agacharon junto a su amigo. Observaron su túnica manchada de sangre, las feas heridas… ⎯Ese loco de Nabuc se ha ensañado con él ⎯afirmó
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    249 Najat. Yejiel lo mirócon el semblante preocupado. ⎯¡Ensartado como un pollo! —exclamó. Gimiendo de dolor y con el rostro de un mortecino color gris y ensangrentado, Jadlay reconoció a sus amigos. No estaba solo y eso le hizo suspirar aliviado. Rápidamente Najat se quitó la capa y lo cubrió para darle calor, el frío se había calado en sus huesos y tiritaba incontroladamente. Jadlay se acurrucó como un ovillo bajo la capa y sin dejar de temblar, miró a sus amigos. ⎯Tenemos que salir de aquí. ⎯¿Qué? ¿Salir de aquí…? Sí me dices cómo… ⎯dijo Yejiel, sorprendido. Observó a Jadlay y herido como estaba no iría muy lejos. Parecía como si él no se hubiera percatado de la gravedad de sus heridas y si lo había hecho, hacía caso omiso. Sin comprenderle, habló de nuevo. ⎯Estamos perdidos, Jadlay. Me sorprende que no te hayas dado cuenta. El joven tragó saliva. Sentía la garganta caliente. ⎯Si sigo aquí me matará. Él no cejará en su empeño hasta haberlo conseguido. Me matará ⎯Jadlay agarró la túnica de su amigo, exhortándole, le zarandeó. Yejiel se deshizo bruscamente de la opresión, perplejo. ⎯¿Qué estás diciendo? ―preguntó hastiado―. ¿Acaso no lo ves…? Estamos encerrados en esta apestosa celda y me temo que Nabuc ha tirado las llaves al foso. ⎯Él es… ⎯Jadlay titubeó, apenas era capaz de pronunciar las palabras que evidenciaban su origen, pero se armó de valor y lo confesó⎯. Él es mi tío… Nabuc, es mi tío. Los jóvenes, perplejos, necesitaron un tiempo para asimilar las palabras de Jadlay. Yejiel sólo pensaba en las consecuencias de aquella afirmación, pues si era cierto, él era… Interrumpió sus propios pensamientos. «¡No, imposible!», pensó. ⎯¿Qué? Repite eso, creo que no te he oído bien.
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    250 Jadlay se sentíatan débil que ni siquiera pudo responder a su amigo, perdió el conocimiento antes de que pudiera abrir la boca. Yejiel lanzó un largo bufido. ⎯¿Lo has oído? ⎯preguntó, mirando incrédulo a Najat, éste se había quedado con la boca abierta y no pudo hacer nada más que asentir con un leve movimiento de cabeza. ⎯Necesita ayuda, sus delirios me están asustando y encima, por si fuera poco… ¡ha perdido el conocimiento! Yejiel no podía dar crédito a las palabras de su amigo. Se apresuró a quejarse mentalmente, «¡cómo si fuese fácil salir del maldito agujero en el que estaba obligado a pastar hasta el fin de sus días» ⎯¿Ayuda? ¡Estamos en el culo de Nuevo Mundo! Nadie va a encontrarnos jamás. Najat comprendió el nerviosismo que estaba anidando en su amigo. No replicó sus palabras; en su lugar, lanzó un suspiro de frustración. ⎯¿Crees en lo que dice? ⎯Jadlay está herido ¡No son más que delirios! ⎯respondió Yejiel, exasperado. ⎯Sin embargo, creo que deberías estar de acuerdo conmigo en que es bastante inusual que él afirme algo así, ¿y si está diciendo la verdad y realmente, Nabuc es su tío? ⎯¡Bah! ⎯exclamó Yejiel con un ademán de incredulidad⎯. ¿Qué tontería es esa, Najat? Eso no son más que desvaríos. El muchacho observó el rostro ligeramente enrojecido de su amigo y llegó a la conclusión de que era mejor no insistir más. Apoyó su espalda contra la pared y lanzó un sonoro suspiro. El estómago le dolía, eran retorcijones de hambre. Sus ojos otearon la insondable oscuridad de la celda, luego se desviaron hacia su incrédulo amigo, éste examinaba las heridas de Jadlay con cara de preocupación. Pronto perdieron la noción del tiempo. Ya no sabían si era de día o de noche, ni siquiera pudieron precisar cuánto
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    251 tiempo llevaban sincomer, ni beber. La angustia se apoderó de ellos. Resignados, se arrebujaron junto a Jadlay, éste seguía quejándose con la respiración agitada. Su mente estaba sumida en turbulentos sueños. Sueños de un pasado oscuro, de una identidad perdida. La negrura parecía eterna en su mente, tan eterna que tenía miedo de despertar. Lamec informó a Aby de lo ocurrido con los jóvenes capturados y lo extraño que parecía todo. Nabuc calló. Después de insinuar que eran prisioneros de guerra, guardó silencio. Lamec seguía sin comprender, ¿de qué guerra, si puede saberse? Él no tenía conocimiento de que ésta hubiese estallado aún, si conocía los disturbios que estaban ocasionando uno y otro bando, pero nada más. Esa circunstancia fue la precursora de muchas preguntas sin respuesta. Aby escuchó todo cuanto él tenía que decirle y preocupada por el estado de los jóvenes decidió ir a verlos. Ella era una joven humanitaria, no podía consentir ese trato hacia sus semejantes. Su esposo, actuando con tanta perversidad, demostraba su falta de sentimientos hacia todo lo que tenía vida, pues a él sólo le interesaba una cosa: el poder. Caminaban en silencio por el entramado de pasillos, que a modo de laberinto se alzaba ante ellos abofeteándoles con la incipiente oscuridad, ésta era cada vez más acusada y a medida que se iban alejando de las dependencias iluminadas del castillo, la congoja se apoderaba de ella, asfixiándola. Avanzaba casi ingrávida, bien pegada a Lamec; junto a él se sentía protegida. La atmósfera que suturaba los corredores era sofocante. Últimamente, Nabuc no solía pedirle cuentas a su
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    252 esposa. Le importabapoco a dónde iba o lo que hacía. Sin embargo, había un lugar que Aby tenía terminantemente prohibido, y ese lugar era el sagrado y hermético mausoleo. Cuando traspasaron el pútrido corredor que conducía al portón de las mazmorras husmearon el ambiente: el fuerte hedor era insoportable, Lamec casi había olvidado lo que se sentía al entrar a allí. Al llegar se encontraron a dos guardias custodiando la celda de los presos, éstos enarbolaron sus lanzas, obligándoles a retroceder unos pasos. Aby intervino. ⎯¡Abrid la puerta, deseo ver a los detenidos! El guardia vaciló por un momento, pero inmediatamente él y su compañero bajaron las lanzas. Abrieron la puerta. Oyeron un crujido fantasmagórico que procedía de las oxidadas bisagras. El guardia hizo un gesto para entrar con ellos, pero Lamec alzó la mano, deteniéndolo. ⎯No os preocupéis, estaremos bien. ⎯De acuerdo ⎯dijo⎯. Golpead la puerta cuando deseéis abandonar la celda. Lamec asintió. Las sombras invadían la celda de rincón a rincón, apenas se veía nada y si no fuera por las respiraciones, relajadas como la de los durmientes, dudarían de que allí hubiese alguien. Sus ojos se habituaron rápidamente a la oscuridad y enseguida pudieron distinguir a tres figuras, que parecían engullidas bajo sus capas, pegadas las tres, dándose calor. Mientras Aby se agachaba y apoyaba su mano sobre el joven que tenía más cerca, Lamec golpeaba ligeramente con su recia bota a los otros dos. ⎯¡Vamos, muchachos! —exclamó—. ¡Despertad! Yejiel y Najat se despertaron bruscamente, asustados por la inesperada visita, retrocedieron aún más sus cuerpos, golpeando sus huesos contra la pared. Por un instante, pensaron que había más distancia entre ellos y el muro… Sin embargo, Jadlay yacía inmóvil. Aby, preocupada, apartó la
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    253 capa y examinóal chico; sus ojos expresaron el horror al contemplar las feas heridas, miró a Lamec, éste comprendió lo que le había ocurrido. ⎯Ha sido torturado ⎯afirmó. Aby miró a Lamec; por una parte, asustada y por la otra, preocupada. Cerró los ojos por un instante, conmocionada, cuando volvió a abrirlos, Lamec pudo ver en sus ojos ambarinos el reflejo de los que estaba sintiendo en ese momento. Todo su semblante lo expresaba fielmente. ⎯¿Por qué? No entiendo… ⎯Esto es obra del hechicero Festo ⎯¿Qui… quienes sois? ⎯titubeó Najat, con voz temblorosa. Lamec le ofreció la mano para saludarle, pero el joven la rechazó, no confiaba en aquel gesto de aparente cordialidad. ⎯Estamos con vosotros. Somos amigos. ⎯Hay que curar estas heridas… ⎯dijo ella en un susurro, sin prestar atención a los otros dos jóvenes. Algo se despertó en su corazón al contemplar al chico en tan lamentable estado. No podía creer que Nabuc hubiera sido artífice de tan despiadada acción. Yejiel y Najat se levantaron del mugriento suelo, dejando atrás el temor provocado por la presencia de la pareja. ⎯Somos de Bilsán. Lamec se apresuró a preguntar. ⎯¿Pertenecéis a la resistencia? ⎯Sí —respondió Yejiel. De pronto oyeron un gemido y desviaron sus miradas hacia el suelo: era Jadlay que estaba recuperando el conocimiento. Al despertar el dolor volvió y todo su cuerpo se convulsionó. Aby pensaba que era necesario desinfectar las heridas para evitar una infección, y cuanto antes mejor. Ella sabía que si él conseguía evitar una septicemia, las heridas, con el tiempo cicatrizarían. Aby le tocó la frente: no tenía fiebre y eso era una buena señal.
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    254 Al abrir losojos, Jadlay vio a la hermosa joven que lo miraba con su mirada ambarina y lánguida. El joven, en una fracción de segundo, pudo captar la fatiga que la embargaba. ⎯¿Quién sois? ⎯preguntó, con claros signos de afonía. Ella que seguía escudriñándole con la mirada le respondió: ⎯Soy Aby, la esposa de Nabuc, reina de Esdras, sí es que se puede llamar así, porque carezco de poder. ¿Y tú quién eres? ⎯Yo… ⎯vaciló, por un momento dudó de quién era⎯. Jadlay. Lamec al oír aquel nombre supo de inmediato de quién se trataba. Conocía el significado de ese nombre. Un conocimiento que estaba en poder de los esdrianos, desde siempre. Él era unos de los pocos afortunados que sabía lo que ocurrió tras la muerte del rey Ciro. Su padre, que fue un alto mandatario de la orden religiosa, moribundo, en el lecho de muerte, le confesó la verdad y le hizo jurar por lo más sagrado que mantendría el secreto. El silencio de Lamec estaba justificado, porque su vida dependía de ese silencio. ⎯Mi padre hace ungüentos medicinales, le pediré que nos ayude. Tus heridas necesitan ser desinfectadas y curadas ⎯Aby apartó del torso las andrajosas vestiduras y observó con ojos casi clínicos⎯. Veo que has perdido mucha sangre. Jadlay se sintió totalmente desnudo ante ella. Sus mejillas se ruborizaron y perdieron por un instante, la palidez mortecina que reflejaba su rostro. Observó como las miradas de Aby y Lamec se encontraban. Ambos sabían lo que tenían que hacer, no estaban de acuerdo con la lucha que mantenía el rey por el poder. Estaban hartos de tanta desolación y muerte. «¡Uf, esta dama me gusta mucho!», exclamó Jadlay para sus adentros. Sin embargo, no dejó que ese sentimiento, tan nuevo para él, le embargará lo suficiente cómo para no volver a la cruda realidad. ⎯Los ungüentos no son necesarios, sobreviviré. Lo
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    255 único que quieroes salir de aquí, tengo que volver a Jhodam. Yejiel y Najat se cruzaron las miradas, aliviados, porque habían desaparecido los delirios de su amigo o eso pensaban ellos. Jadlay no desveló nada de su pasado y eso les dio un poco de tranquilidad. Pero no contaban con que Lamec también ocultaba el gran secreto del joven. Si él era el sobrino de Nabuc, significaba que era el hijo del rey Ciro, pues éste sólo tenía un hermano. Los dos jóvenes temían la nueva realidad de su amigo, pues si todo era cierto, las cosas cambiarían mucho; más de lo que podían imaginarse en esos momentos, encerrados en una celda con la incertidumbre de sus destinos acechando sobre sus cabezas. —Si Nabuc os sorprende tratando de huir, no dudará en mataros, tan cierto como que el sol sale por las mañanas — dijo ella. Lamec se movió por la celda, inquieto. «Pero antes…», dejó inconcluso su pensamiento. ⎯Tal y como están las cosas es casi imposible sacaros de aquí —afirmó—. Necesitamos un plan. No es tan fácil salir de aquí. Tras la puerta hay dos guardias armados y hemos de evitar levantar sospechas. Si Nabuc llega a sospechar algo, nos matará a todos ⎯Lamec miró cariñosamente a Aby⎯, incluida tú… Aby. Hay que pensar muy bien lo que vamos a hacer. La joven escuchó atentamente las palabras de Lamec, pero no le asustaron. Estaba decidida a ayudarles, pero no entendía… Miró a Jadlay, éste tenía el semblante preocupado, trataba de asimilar todo cuanto había dicho Lamec. ⎯¿Por qué quieres ir a Jhodam, no eres de Bilsán? ⎯Necesito hablar con el rey, tengo algo pendiente con él. Lamec intervino. ⎯¿Te refieres al rey Nathan? ⎯Sí —respondió—. Él me ocultó una información y parece ser que lo hizo de forma deliberada. Necesito una explicación y ésta tiene prioridad sobre todas las cosas ⎯hizo
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    256 una pausa⎯. Sísigo aquí, Nabuc me matará. Él no me quiere con vida, soy un estorbo muy peligroso. ⎯Bien, si es cómo dices, trataremos de acelerarlo ⎯repuso Lamec, comprendiendo el significado de estorbo, sabía muy bien a lo que se refería Jadlay⎯, pero no te prometo nada. Miró a Aby. ⎯Debemos marcharnos ⎯dijo⎯. Nabuc puede presentarse aquí de un momento a otro. Aby asintió con un leve movimiento de cabeza, luego se volvió hacia Jadlay. ⎯¿Estás seguro de qué no necesitas los ungüentos? ⎯No. Gracias de todos modos. ⎯Pero… esas heridas… Necesitan ser curadas. ⎯No os preocupéis por mí, curarán solas. Estoy cansado, débil y dolorido, pero soy capaz de llegar muy lejos si me lo propongo y si digo que no voy a morir, es que no voy a morir. Lamec golpeó la puerta de la celda y al instante, ésta se abrió. Aby y su escolta Lamec salieron al mohoso corredor y la puerta se cerró tras ellos. Los tres jóvenes volvieron a quedarse solos. Yejiel y Najat miraron a Jadlay, éste insistió. ⎯Nabuc me lo ha quitado todo: familia, hogar, esperanza… Mi herencia. El trono de Esdras me pertenece, y Nathan lo sabe —dijo—. Siempre lo ha sabido. Se oyó un largo bufido. Yejiel pensaba que su amigo había vuelto a las andadas. Ese gesto no pasó desapercibido a los ojos de Jadlay. ⎯¿No me creéis, verdad? Los dos jóvenes dieron unos pasos y se sentaron en el suelo, junto a él. ⎯Nos parece irreal, eso es todo ⎯dijo Yejiel. ⎯Nabuc me lo confesó con más odio del que podía albergar. Supongo que debió pensar que yo moriría pronto.
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    257 Allí, en lalosa de piedra no me consideraba una amenaza. Pero ya veis, no estoy dispuesto a darme por vencido, aún no ⎯dijo⎯. Necesito hablar con el rey de Jhodam. Nathan confesará. Juro que lo hará. Najat se mordió el labio inferior, inquieto. ⎯Eso… Si salimos de aquí. Yejiel se levantó y echó a caminar por la pequeña celda, apretando los nudillos, tenso. ⎯Moriremos antes de que podamos poner un pie en el exterior ⎯repuso. Jadlay alzó la vista, siguiéndole con la mirada. ⎯Eso jamás ocurrirá. ⎯Si que sucederá, y lo sabes muy bien. Nabuc será capaz de todo con tal de evitar que anuncies a diestro y siniestro que tú eres el heredero de la corona. Jadlay sacudió enérgicamente la cabeza, negando una y otra vez. Pensaba combatir por Esdras, derrocar a Nabuc. Matarlo y entregarle la cabeza de su tío a Nathan, para luego revelar a su pueblo que él es el hijo del rey Ciro. Al pensar en su verdadero padre, se le pasó por la cabeza una visión de su padre adoptivo, Morpheus… «Él también lo sabía y sin embargo, no me dijo nada» Jadlay lanzó un suspiró y se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía aguantar más. Necesitaba huir. Nabuc estaba sentado en su trono, solo. Dejando pasar las horas, y esperando que su sobrino dejase de existir para él afianzarse seguro en sus planes. De vez en cuando, jugueteaba con la empuñadura de su daga, deseando utilizarla. Así acabaría de una vez por todas con el pasado, un pasado que cada vez pesaba más. Después de un rato, se levantó y dio un paso adelante. Descendió del estrado. Portaba una capa púrpura con bordados de oro en los extremos inferiores y su aspecto imponía. Nabuc echó a caminar por la lúgubre estancia, entre
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    258 las columnas, cabizbajo,con cierto aire meditabundo. No sabía que hacer, si ir personalmente a las mazmorras, o dar la orden para que otro lo hiciera por él. Necesitaba saber si el chico había muerto o no, la incertidumbre le corroía ferozmente. De repente se volvió hacia el umbral. Oyó voces que provenían del vestíbulo. Enós, seguido de un séquito de gente, traía ante el rey a un guerrero que había tratado de desertar. Nabuc no permitía a nadie tal acción. Era una traición. En Esdras sé era hombre de armas hasta la muerte; desertar significaba una condena que se pagaba con la muerte. Un sacrificio ofrecido al séquito de dioses oscuros. Brutales ceremonias sangrientas que solían realizarse en el mismo salón del trono, luego los sirvientes acudían temerosos a limpiar la sangre que el condenado perdía a través de la paliza que el verdugo le propinaba, siempre ante la presencia del rey; éste era el único que podía absolver al condenado y casi nunca esta gracia la otorgaba. La reina paseaba por las dependencias con Lamec cuando los gritos del reo la alarmaron. Ella jamás había presenciado un espectáculo de esas características, realmente no sabía lo que estaba ocurriendo. Lamec, que si conocía la ceremonia, trató de persuadirla para que se olvidara de acudir al sangriento ritual, quería ahorrarle un sufrimiento innecesario. Pero ella no cambió de idea. Cuando llegaron al corredor principal, delante de ella y Lamec, un grupo de sacerdotes, vestidos con túnica blanca, acudían a presenciar el acto. De repente, la estancia se llenó de morbosos cortesanos que querían presenciar la ofrenda al dios serpiente, Apofis. El mismo al que Nathan hace veinticinco años quitó la vida. Unos dicen que lograron revivir su cuerpo en Snake y otros, que dejó de existir para unirse a la oscuridad eternamente. Un espectro. Lo cierto, es que las mentes entregadas a la oscuridad aún siguen adorándole y ofreciéndole sacrificios
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    259 de vez encuando. Nabuc dispuesto a sentenciar a muerte al reo, se sentó cómodamente en el sillón real, tras él una colosal estatua que representaba a un extraño ser ofidio al que ofrecería el sacrificio. Se oyó un murmullo de voces. Todos parecían sedientos de sangre, era como si el castillo hubiera caído en las redes de un extraño hechizo. El sentenciado suplicaba perdón, pero el rey no estaba dispuesto a escucharle. Nabuc declaró al reo culpable a morir sacrificado a golpes. Después miró a Enós y con simple gesto le dio el visto bueno. Y el sacrificio de sangre comenzó… Enós extendió al guerrero sobre el suelo y, en una breve y brutal ceremonia, el verdugo que había llegado justo después que el sicario le propinó una serie de golpes en la cabeza con una maza hasta reventarle el cerebro. La masa gris y sanguinolenta quedó esparcida por el suelo. Aby, perturbada por la sangrienta escena que había presenciado, emitió un angustioso grito. Un alarido intenso que fue oído por todos los presentes en la sala. Se volvieron todos al mismo tiempo, ni una sola reverencia. Aby no era más que una sombra. Pero Nabuc y Enós que habían contemplado el rito, impasibles, ni se inmutaron ante el grito de ella. El rey se limitó a mirar a Lamec, éste sintió cómo los afilados ojos de Nabuc se clavaban en los suyos, amenazándole directamente. Lamec comprendió… ⎯Aby, vámonos. La joven se había quedado como petrificada, incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo. Lamec la agarró de un brazo y la sacó de allí, a rastras. Cuando la respiración silbante y agónica del moribundo cesó, Nabuc se le acercó y se quedó mirándolo, en su rostro se reflejaba una perversa sonrisa.
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    260 ⎯Esto es loque ocurre cuando alguien me traiciona. Espero que su muerte sirva de precedente —dijo en voz alta. Algunos de los presentes murmuraron palabras de forma inteligible, atemorizados por lo que acababan de presenciar. Ninguno de ellos recordaba un sacrificio tan atroz. Entonces, Nabuc, dando por finalizada la ceremonia, caminó con sus botas de cuero negro sobre el charco de sangre mezclada con restos de masa cerebral y se encaminó hacia el vestíbulo, dispuesto a tener una seria conversación con su esposa. Instantes después, Nabuc entró como una furia en el aposento de su esposa. Con Aby se encontraba Lamec, que temía dejarla sola. La joven había quedado muy impresionada y no hacía más que sollozar. ⎯¡Márchate! ⎯dijo Nabuc a Lamec. El joven pasaba junto a él, cuando fue agarrado del brazo. Se midieron con la mirada. ⎯Qué sea la última vez que te encuentre en el aposento de mi esposa. Lamec tragó saliva. ⎯Majestad, sólo estaba consolándola. Está muy afectada. ⎯¡Vete! El joven se marchó en silencio. No convenía nada replicarle. Nabuc era el rey y su autoridad no era cuestionable. Lamec tenía muy claro que no deseaba morir sacrificado o ensartado como un pollo. Ya había tenido bastante con ver lo que había hecho con Jadlay y con el desdichado guerrero, éste había tenido peor suerte. Durante breves segundos, Nabuc se quedó plantado junto al umbral, contemplando a su joven esposa, segundos que a ella le parecieron una eternidad. Reaccionando, Aby se refugió junto al ventanal; cuanto más lejos de él mejor, pero el rey avanzó, decidido, hasta ella.
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    261 ⎯¿Qué te ocurre?—preguntó—. ¿Acaso me tienes miedo? Aby palideció. Jamás podrá olvidar las sangrientas escenas, observadas en un momento fugaz. Él, su esposo, era el artífice de tanta atrocidad. Ella llegó a pensar que podía hacerle cambiar, pero estaba claro que no. La tortura de Jadlay y el sacrificio del guerrero no eran un buen comienzo para ese cambio. ⎯¿Cómo has podido? ¿Es qué no tienes piedad por nadie? ⎯¿Piedad? ⎯repitió él, echándose a reír a carcajadas. Aby observó como los ojos de él se encendían en cólera. Sí; tenía miedo de él, mucho miedo. Sabía de lo que era capaz y ella no quería seguir siendo su cómplice, pues aunque no tenía nada que ver con sus decisiones, era su esposa. Nabuc al verla plantada junto a la cortina, hermosa, aunque pálida, sintió unos enormes deseos de… Se contuvo, no era el momento. Sin embargo, se lamió los labios en un acto lascivo. Sin darle mucho tiempo para pensar, él continuó hablando. ⎯Querida, lo que has visto en el salón del trono no es nada comparado con lo que hice en el pasado… De repente tomó una silla y la arrastró hasta situarla muy cerca de ella. ⎯¡Siéntate! Aby sacudió enérgicamente la cabeza. ⎯Prefiero estar de pie. Nabuc insistió y esta vez alzó tanto el tono de su voz. ⎯¡He dicho que te sientes! ⎯ordenó. Ella obedeció, no tuvo más remedio que hacerlo. El tono de la voz de Nabuc, tan siniestra y dominante, dejaba bien claro que él no pensaba permitirle pasar ni una. No sabía lo que él quería decirle, pero Aby, no tuvo muchos problemas para comprender que el asunto era serio, muy serio. En ese momento, miles de imágenes pasaron por su
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    262 mente… imágenes pasadas,como la violación que tuvo que soportar al ser desposada; su padre, encarcelado y abandonado hasta que por fin, Nabuc le concedió la libertad; los tres extraños jóvenes de la resistencia; Jadlay… Y ahora el pobre guerrero, que había encontrado la muerte de una forma tan desagradable. Ya no sabía que pensar, si quedarse y suicidarse o tratar de huir. ⎯Soy un asesino sin escrúpulos y no me avergüenzo por ello —dijo, sin pelos en la lengua—. Siempre he deseado el poder, pero mi hermano Ciro era el heredero y yo, no era nadie. No era más que un simple príncipe al que rebajaron al grado de conde. Aquella ofensa creció en mí, hasta convertirse en odio ⎯hizo una pausa, miró a su esposa, ésta lo estaba contemplando con los ojos abiertos como platos y con el rostro más blanco que la leche⎯. Cuando, por fin, mi hermano murió, vi la luz. Pero él tenía un hijo; un insignificante bebe, y yo podía gobernar como regente, pero sabía que a su mayoría de edad estaba obligado a entregarle el cetro del poder. Yo no quería eso, deseaba ostentar el poder para mi solo, por este motivo hice lo que hice… Aby recuperando parte de su aplomo, lo interrumpió. ⎯¿Por qué me cuentas todo esto? Nabuc entornó las cejas. ⎯Porque quiero hacerte participe de mi gran secreto. Un secreto que está a punto de finar… Si es que no lo ha hecho ya. ⎯¿Qué hiciste, que mancha y envenena tu nombre? Nabuc, convencido de que era lo mejor, decidió decir la verdad tal cual era. ⎯Ordené el asesinato del niño. ⎯¿Qué? ⎯Aby se quedó alarmada por lo que acababa de oír. ⎯No se consumó. Mis sicarios erraron. Aby suspiró aliviada. Un alivio que duraría muy poco. Nabuc dio unos pasos hasta el ventanal y con la miraba fija en la lejanía nocturna, prosiguió:
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    263 ⎯Después de tantotiempo, el pasado ha vuelto a mí. El niño ha crecido… Se parece mucho a su padre y a mí, pero no pienso dejar que esa circunstancia me provoque remordimientos ⎯dijo al mismo tiempo que se daba la vuelta y caminaba hacia ella⎯. Los esfuerzos por localizar al joven príncipe han dado sus frutos y hace unos días mis sicarios consiguieron encontrarlo y apresadlo. Ahora, sólo me falta concluir personalmente lo que tenía que haber hecho aquel día que lo mandé matar —se echó a reír—. Sólo espero que la tortura de Festo haya dado resultados y la muerte de mi sobrino sea un hecho. Si hoy no recibo información al respecto, mañana por la mañana me encargaré de matarlo yo mismo. No puedo permitir que viva, ahora que él sabe la verdad no dudaría en quitarme el trono. —No hay hombre más maldito que el que mata a otro de su sangre —murmuró Aby. Nabuc arqueó las cejas, divertido. —¿Crees que me importa estar maldito? La corona… eso es lo único que me importa. Lo demás, carece de importancia. ⎯La corona no es tuya —replicó ella—. Eso te convierte en un usurpador ⎯hizo una pausa, para tratar de atar cabos; algo que consiguió rápidamente: Jadlay era el príncipe⎯. Es uno de los jóvenes que están en la celda, ¿verdad? El rey asintió. —Saca las conclusiones que quieras, Aby. Soy incapaz de sentir remordimientos —hizo una pausa—. He ordenado más muertes de lo que tú jamás podrás imaginar. Aby miró a su esposo con ojos duros, tan duros como el acero. La desfachatez con que él le había desvelado su secreto le heló la sangre. Su semblante demacrado, parecía transparentarse a la luz de la única lámpara de aceite que permanecía encendida. De una cosa si estaba segura, no quería pasar ni una noche más en el castillo. Tenía que huir; llevarse a su padre lo más lejos posible de Esdras. Pensó en Lamec y en los tres jóvenes, uno de ellos era el legitimo rey
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    264 de Esdras. Habíaque hacer algo antes del amanecer o el joven no tendría salvación. Jadlay se verá cara a cara con la muerte, porque Nabuc es la sombra que acecha quitando la vida a justos e inocentes para su propio provecho. Nabuc ni siquiera, después de confesar el tipo de persona que era y toda la sangre que se había derramado gracias a él, perdió la expresión exultante y confiada que le caracterizaba. Había concluido su exposición y estaba satisfecho consigo mismo porque había pasado parte del peso de sus atrocidades a una mujer tan justa como Aby. No se le pasó por la cabeza que ella había planeado marcharse de su lado ni tampoco que había acudido a las mazmorras para visitar a los tres prisioneros, ni que pensaba liberarlos con la ayuda de Lamec y su padre. Nada de eso se le pasaba por la cabeza. Hubo un silencio sepulcral. Nabuc no tenía nada más que decir, miró a su esposa, pero ésta, al no poder sostener la mirada la desvió rápidamente. Por esa noche, Aby había tenido bastante; no le dijo que se marchará, espero a que fuese él quién tomara la iniciativa. Ella lo estaba deseando, tenía que salir del castillo en plena noche, hablar con su padre, con Lamec y luego, liberar a los tres jóvenes… Todo en una noche y no podía delatarse, sino la siguiente cabeza que correría por el suelo sería la suya. ⎯Si no tienes nada que replicarme, me retiraré. Es tarde y necesito descansar ⎯dijo él de repente. El rey se dirigía al umbral del aposento cuando un balbuceo le detuvo. Aby se había levantado de la silla y pronunciado su nombre. ⎯Nabuc… ⎯Aby lo llamó sin saber por qué. Su voz sonó tímida. Él se volvió. ⎯Dime. Aby sabía que era su última noche. De alguna forma quería despedirse, pero inmediatamente cambió de idea; él
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    265 podía sospechar. ⎯Sólo queríadesearte un buen descanso. Nabuc se extrañó por las palabras de Aby, ella nunca se había mostrado tan atenta con él, pero no quiso indagar. Estaba mejor así. Cabizbajo, dio unos pasos y traspasó el umbral. Cerró la puerta tras él y se encaminó, cruzando el vestíbulo, hacia el corredor que comunicaba con sus aposentos. Cuando Nabuc se hubo ido Aby respiró hondo, aliviada. Sin más dilación salió a la terraza, buscaba a Lamec. La noche era muy oscura, sin rastro de las dos lunas; su luz perlada no acompañaba al manto estrellado. No podían perder tiempo, ahora o nunca. Las condiciones eran las adecuadas para huir, sólo faltaba que el plan de Lamec no fallase. De pronto vio una sombra que se deslizaba por la hierba. La figura encapuchada se confundía en la oscuridad. Ella sonrió. Desde la terraza le hizo una seña indicándole el camino libre. Estaba sola en el aposento. Lamec trepó los tres metros que le separaban de ella, ágil y rápido como una araña, demostrando su habilidad. Cuando él estuvo lo suficientemente cerca de ella, lo agarró de las axilas y lo atrajo hacia sí. ⎯¡Vaya nochecita! ⎯exclamó él con los pies en las losas de la terraza. ⎯Lamec, no podemos perder el tiempo. Hemos de huir hoy, mañana será tarde para los tres jóvenes. Nabuc me ha confesado que Jadlay es… Lamec la interrumpió. No estaba sorprendido, sabía que tarde o temprano, el rey hablaría. ⎯¿Piensa Nabuc matar al príncipe? Aby se quedó perpleja. Sinceramente, no esperaba que su escolta lo supiera. ⎯¿Sabías quién era el chico? ⎯le preguntó.
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    266 ⎯Sí. ⎯¿Y por quéno me lo dijiste? ⎯Le prometí a mi padre en su lecho de muerte que guardaría silencio —respondió—. Desde ese momento, sellé mis labios. Lo siento. La prudencia había dominado la vida de Lamec, era consciente de que hablar más de la cuenta podía traer consigo malas consecuencias. Ambos entraron en el interior del aposento. Aby se dirigió corriendo a la mesita que estaba junto a la cama, apagó la lámpara y luego, se sentaron sobre la cama. En la oscuridad, planificaron la huida. ⎯Irás en busca de tu padre y lo traerás al castillo. Has de evitar que te reconozcan, cámbiate de atuendos, ponte una capa negra y cubre tu rostro. Luego accedéis al pasadizo a través de la biblioteca y os dirigís al laberinto, no lo crucéis, esperadnos en el inicio. Yo acudiré con los jóvenes en una hora aproximadamente. ⎯¿Una hora? ⎯Sí, Aby… ¡una hora! Ese es el tiempo que tenemos para escapar. No hay que olvidar que una vez los centinelas cierren el torreón se activaran los drenajes subterráneos y los conductos se inundaran de agua. Si no conseguimos traspasarlos en menos de ese tiempo, moriremos ahogados. Aby tenía muchas preguntas y apenas había tiempo para las respuestas, pero tenía claro que no podía huir si no tenía las cosas claras. No quería ser ella quién fallase. ⎯¿Y los centinelas? ¿Cómo piensas burlarlos? ⎯No te preocupes, de ellos me ocupo yo. Más dudas asaltaron su inquieta mente… ⎯¿Ya has pensado cómo huiremos, no tenemos caballos? ⎯Correremos a través de los senderos sin mirar atrás. Los monjes del Monasterio de Hermes tienen caballos de sobra, se los pediremos prestados. ¿Tu padre ha estado allí, verdad? ⎯Si.
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    267 De pronto, Lameccambió de tema, pues al verla vestida de forma tan femenina no pudo más que hacer una mueca en los labios. No, no… ⎯¿Tienes ropa de hombre en tu ropero? Aby se quedó perpleja con la petición del joven. ⎯¿Por qué? Lamec insistió. ⎯¿Tienes o no? ⎯Sí, tengo algo de Nabuc, muy poca cosa: una par de calzas, un par de botas y un juego de camisolas. ⎯Bien, con eso tenemos suficiente. ⎯¿Suficiente? ¿Para qué? ⎯¡Venga, no hay tiempo! ⎯dijo⎯. Quítate ese vestido y ponte una camisola, las calzas y las botas, y no te olvides de la capa, negra si es posible. ¡Rápido! Aby con una sonrisa en los labios, se dirigió al ropero. Miró atrás para cerciorarse de que él no estaba mirando, se ocultó tras la mampara de mimbre. En ese momento, Lamec se levantó de la cama y echó a caminar lentamente hacia el ventanal de cristales romboidales, mientras ella se despojaba del vestido, de sus complementos y de las enaguas, para cambiar sus vestiduras femeninas por las rudas masculinas. En un principio no fue fácil quitarse las ropas en la oscuridad, pero pronto sus ojos se adaptaron al pequeño espacio que proporcionaba la íntima mampara. Cuándo, por fin, se cambió de atuendos, descalza y con las botas en la mano, corrió hasta la cama; le daba vergüenza que él la viera con esa guisa. Mientras ella se calzaba las botas, miró a Lamec y le preguntó con aire desenfadado: ⎯Dime, ¿por qué he de vestir cómo un hombre? Lamec se volvió hacia ella. Una bonita sonrisa se dibujó en sus labios, al contemplarla: Aby estaba preciosa con las calzas. ⎯¿Por qué? ⎯dijo él⎯. No pretenderás correr por el bosque y cabalgar veloz a lomos de un caballo, ataviada con un vestido, ¿verdad?
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    268 Aby lanzó unbufido. ⎯¡Ahhh! Ya comprendo… Si iba vestida con atuendos de hombre le permitiría actuar con más comodidad. Reconocía que él había tenido una gran idea, al margen de que conseguiría también pasar desapercibida. Se puso en pie y él la ayudó a colocarse la capa. ⎯¿Lista? Ella asintió con el semblante risueño. ⎯Bien. No lo olvides, Aby… una hora. ⎯No te preocupes, Lamec. Mi padre y yo estaremos en el lugar convenido. Aby sabía como salir al exterior sin ser vista: la cocina; una puerta comunicaba con la lavandería y ésta a su vez, tenía salida al almacén de provisiones. A través del almacén se llegaba a las caballerizas y desde allí hasta el camino que llevaba a su antigua casa sólo había unos pocos metros. A esas horas de la noche, tan impropias, no creía que hubiese alguien merodeando por allí. Ambos abandonaron el aposento. Se dieron la mano, deseándose suerte y se separaron. Aby echó a caminar, sigilosa, por el corredor; tan sigilosa y liviana como un fantasma. Lamec se perdió en la oscuridad.
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    269 Capítulo 8 Huída enla oscuridad Aby, con el rostro cubierto bajo la capucha, se adentró en el angosto pasillo que conducía a la cocina. En el silencio de su mente murmuraba un rezo; un canto monótono que su padre le había enseñado cuando era niña. Una salmodia que le ayudaría a superar los momentos difíciles y que curiosamente no usó el terrible día que fue poseída por Nabuc, quizá, porque no se jugaba más vida que la suya. Ahora era diferente, de ella dependía la suerte de otros. El misterioso salmo adquiría proporciones mágicas sin ella saberlo. Cada entonación pronunciada con cadencia uniforme actuaba como un poderoso conjuro, atrapando a todo aquél que pudiera convertirse en una amenaza en un sueño muy profundo. Su padre, Joab, no era un mago, pero aprendió diversos conjuros del afamado hechicero Aquís y se los trasmitió a su hija sin desvelarle su utilidad real. Auténticos talismanes que protegían a la persona que los recitaba. «…Vade retro, obscuritas… Aeternum praevalescĕre… Multis cum lacrimis, supremus deĭtas magĭcus miserere mei… Vade retro, obscuritas…» Las llamas de las antorchas que estaban apoyadas en las ménsulas de la pared del lúgubre corredor rugían y ondeaban a uno y otro lado, perturbadas por la corriente que la figura oscura de Aby generaba al pasar. No había rastro de guardias. El silencio era absoluto. Llegó al umbral de la cocina. Abrió la puerta sin hacer
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    270 ruido y sesumergió entre las sombras, para deslizarse hasta otra puerta. Una vez la traspasó se sintió embriagada de una emoción que no pudo contener, corrió y cruzó la lavandería, sin respirar. Lo había conseguido. Dejó atrás las caballerizas y arrebujándose en su regía capa se adentró en el oscuro y empedrado camino; con su fe puesta en la salmodia, se confundió en la oscuridad de la noche. Oyó voces que la alertaron, pero éstas provenían de una pareja que se hacía arrumacos en la soledad de una esquina. Les saludó y siguió con su camino. Los amantes ni le prestaron atención. Aby llegó a su casa y a grandes zancadas ascendió los cuatro peldaños de la escalera del cobertizo, sin aliento. Había luz en la casa. Su padre estaba despierto. Con decisión, golpeó la puerta. ⎯¡Padre, soy yo! Joab que estaba leyendo un libro junto al calor de la chimenea, se volvió sobresaltado. Creyó haber oído la voz de su hija, pero eso no podía ser. Su hija… De nuevo, Aby insistió. ⎯Padre, por favor, abre la puerta. El levita se levantó del sillón, asustado y pensando que algo malo le había ocurrido a su hija para que se presentara en casa en plena noche. Corrió hacia la puerta. Desbloqueó el cerrojo y abrió la puerta. En el umbral, estaba su hija. Aby sin poder contenerse, se arrojó a los brazos de su padre; éste no podía creerlo. ⎯Hija, ¿qué ocurre? ⎯He venido a buscarte, padre. ¡Nos vamos de Esdras! Aby se apartó de su padre y se dirigió a la chimenea para apagar el fuego. Su padre la siguió, atónito, sin comprender. ⎯¿Cómo has dicho? ⎯Su hija se volvió, Joab la contempló detenidamente⎯. ¿Se puede saber qué haces
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    271 vestida así? ⎯Padre, dejalas preguntas para otro momento. No tenemos tiempo ⎯dijo⎯. Ponte ropa de abrigo, tenemos un largo camino por delante y hace frío. ⎯Pero, hija… ―titubeó―. Si me dijeras… Aby miró a su padre. Estaba fatigada de tanto correr y no tenía ganas para mucha palabrería. ⎯Tranquilizaos, padre ⎯repuso ella⎯. Nos esperan, en el laberinto. Hemos… de viajar hasta Jhodam… ⎯Aby titubeaba pesarosa. Joab escuchó atentamente a su hija. La oyó pronunciar el nombre de la mítica ciudad y no se atrevió a replicarle. Siguió su mirada y comprendió inmediatamente lo que quería decir, pero, en lugar de sentirse confortado por la expectativa de una vida mejor, el levita pareció aún más preocupado. Sin embargo, se dispuso a hacer todo cuanto ella le había ordenado. Minutos después, padre e hija, abandonaban la casa con sólo lo puesto. Joab había cerrado la puerta y bloqueado el cerrojo, pero sabía que esos intentos de proteger su casa serían en vano, una vez, Nabuc se percatara de la huída. Lo sabía: el rey tiraría la puerta abajo sin más dilación. Con un suspiro largo y profundo, de total resignación, Joab siguió a su hija; en instantes, sus sombras se perdieron en la oscuridad. Los enmarañados cabellos rubios de Lamec era lo único que destacaba en tan siniestra oscuridad. Avanzaba a través del mohoso corredor, cuando se llevó una mano al bolsillo interior de su capa… Tomó entre sus dedos, dos piedras que le permitirían, con ayuda de los dioses, acceder a la celda. Dos trocitos de roca tallada, con una inscripción rúnica labrada en cada una de ellas; dos talismanes, ehwis y eiwaz, que siempre llevaba consigo y que esa noche se convertirían en la maldición de Nabuc, porque con esas dos piedras
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    272 pensaba dejar fuerade combate a los dos robustos centinelas que custodiaban la celda. Ante él, las escaleras que conducían a las mazmorras. Se detuvo y respiró tan profundamente como pudo. Se llevó las piedras a los labios y las besó. ⎯Os necesito chicas… No me abandonéis ⎯murmuró con los ojos cerrados. Los agudos sentidos de Lamec se pusieron en alerta; le inquietaba que algo pudiera fallar, pero sabía que no debía pensar en cosas negativas, no debía tentar a la mala suerte, pues ésta solía presentarse sin avisar. A Lamec le palpitaba el corazón con molesta rapidez, mientras descendía la angosta escalera. Estaba excitado y a la vez, atemorizado. Se convenció a sí mismo de qué estaba a punto de emprender una acción positiva. Una acción que en un futuro muy cercano tendría consecuencias positivas para Esdras. Sin embargo, el recuerdo de lo que había sucedido en el salón del trono le hizo vacilar momentáneamente; si él fallaba y Nabuc le prendía, el sacrificado a golpes sería él y la verdad, no deseaba ese destino. Miró atrás para asegurarse de que no le seguía nadie. Creyó haber oído algo. Pero allí no había nadie… Imaginaciones. La mente hacia toda clase de jugarretas en circunstancias como ésta. Aliviado, Lamec, bajó el último peldaño y siguió andando. Llegó a una bifurcación y tomó el pasillo de las celdas, pero antes de llegar a la esquina, se cobijó entre las sombras y desde allí, se limitó, por unos instantes, a observar a los dos centinelas. Sabía que no tenía mucho tiempo, pero el siguiente paso era decisivo para la buena marcha del plan. Ninguna sombra, aparte de la suya y de los centinelas, se movía y el silencio era absoluto. Con una rápida y furtiva mirada a su alrededor, para asegurarse de que estaba solo, que no había nadie tras él, Lamec caminó unos pasos y arrojó con fuerza una de las piedras. En aquel tramo del pasillo, apenas había luz, los
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    273 centinelas no sehabían dignado a encender las antorchas que colgaban de las ménsulas y eso era algo positivo. La piedra, impulsada por su propia magia y por los deseos de Lamec, rodó por el mugriento suelo y alertó a los centinelas, éstos se cruzaron la mirada. ⎯¿Has oído? ⎯Sí. ⎯¿Ratas? ⎯Quizá… Iré a ver. La piedra se detuvo a medio camino entre el centinela y Lamec. Pero se había confundido en la oscuridad y sólo los ojos del joven podían vislumbrarla. El centinela avanzaba, mirando a su vez, el suelo. Su otro compañero extrajo del cinto su daga y le siguió. Lamec retrocedió unos pasos y esperó a que él primero estuviera cerca para propinarle el golpe de gracia que lo dejaría tumbado en el suelo, luego, tendría que actuar con endiablada rapidez, pues el otro venía por detrás. Al llegar a la esquina, el centinela se detuvo un instante y miró hacia uno y otro lado. Le hizo una seña a su compañero… allí no había nadie. Retrocedían cuando oyeron de nuevo el ruido. Lamec había lanzado hacia el otro lado, su otra piedra. Ahora, los dos hombres si se pusieron nerviosos. Uno de ellos se apresuró a encender una antorcha cuando Lamec, le propinó un brutal golpe en la nuca al compañero, éste no tuvo tiempo ni de abrir la boca. Cayó de bruces, desplomado en los brazos de su atacante. Un imperceptible golpe y fue arrastrado por el suelo. El otro centinela, desenganchó la antorcha y con ella en la mano se volvió y buscó en la oscuridad a su compañero, que de repente había desaparecido. ⎯Abel… Venga no bromees conmigo, ya sabes que no me gusta este apestoso lugar. Lamec había escondido el cuerpo tras él, justo en el recodo; luego, se volvió hacia su segunda víctima. El centinela respiraba agitadamente, y sus ojos estaban abiertos
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    274 de par enpar. De repente, escuchó un ruido a sus espaldas, se volvió bruscamente y sólo tuvo tiempo para sentir como un dolor atroz lo sumergía en la más completa oscuridad. Arrastró el cuerpo del centinela junto al de su compañero, los maniató con unas gruesas cuerdas y luego, con nerviosismo, buscó entre las ropas, las llaves de la celda. Por fin, lo había conseguido. Esa noche, les favorecían los dioses. Sin más dilación, Lamec se irguió, recogió sus dos piedras y a grandes zancadas se dirigió a la celda de los tres jóvenes. La puerta de la celda se abrió con un fuerte chasquido. Una figura encapuchada tan oscura como las sombras de la mazmorra, apareció en el umbral. Los tres jóvenes dormitaban entre ratones cuando elevaron sus cabezas, sobresaltados por la brusca irrupción. Se plantó delante de ellos y mientras se echaba atrás la capucha le dirigió a Jadlay una mirada rápida. ⎯Amigos, ha llegado el momento ―dijo―. ¡Nos vamos! Yejiel se levantó de un salto, sorprendido. ⎯¡Bravo! Najat ayudó a Jadlay a levantarse del duro y húmedo suelo. Se le veía mejorado, pero no animado. Lamec, se acercó a él. ⎯Sé quién sois realmente, pero… ⎯dijo al mismo tiempo que le ofrecía su mano⎯, ahora no podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo en presentaciones quizá, luego cuando hayamos logrado dejar atrás el castillo. Hemos de huir antes de que se active el mecanismo de drenaje. ⎯Entonces, vámonos y no perdamos más el tiempo. ⎯Le instó Jadlay mientras se apoyaba en el brazo de su aliado. Yejiel sacó, temeroso, la cabeza por la puerta, miró a su alrededor y luego se volvió hacia Lamec que en ese
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    275 momento, avanzaba, juntoa Jadlay y Najat, hacia el umbral. ⎯¿Y los centinelas? ¿Acaso los has despistado o sobornado? ⎯Les he enviado al mundo de los sueños. ―¿Eh? ¿…? Jadlay, al comprobar todo lo que Lamec estaba haciendo por él y sus amigos, perdió ese aire desafiante que le caracterizaba. Quería estar tranquilo y a salvo, pero era consciente de que esa tranquilidad no sería real hasta que estuviera muy, muy lejos de Esdras. Abandonaron la celda apresuradamente y se adentraron en el laberinto de pasillos. Lamec los guió por aquel complicado entramado, del que nunca hubieran salido vivos si no es por la gran ayuda recibida. Jadlay al pasar por el corredor, comenzó a sufrir retorcijones de su estómago, unas arcadas nauseabundas que amenazaban con hacerle vomitar allí mismo. En la celda se había adaptado a las mugrientas condiciones de vida, pero en los oscuros corredores, el hedor que impregnaba el ambiente era insoportable. Era imposible caminar por allí sin ponerse malo, aquel tenebroso lugar no sólo necesitaba luz, sino una intensa lavativa. Había muchas cámaras subterráneas del castillo inexploradas, sobre todo aquellas que estaban más cerca de los conductos de drenaje. El lugar de encuentro era precisamente el inicio de esas cámaras, a las que se accedía sin necesidad de penetrar en el laberinto. Mucho más allá, se encontraba el Mausoleo. Aby conocía bien el lugar, no hacía mucho que se introdujo accidentalmente en aquel siniestro lugar y apunto estuvo de ser descubierta, pero gracias a los dioses, Lamec estaba cerca para evitarlo. Ahora, ella y su padre, deben traspasar los corredores para huir de Nabuc, y luchar por sobrevivir. Cruzaron como una exhalación la cocina, sin mirar a su
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    276 alrededor. Se detuvieronante la puerta, Aby la entreabrió y sacó ligeramente su cabeza… ¡Corredor vacío, ni un alma vagaba por allí! Aby y su padre corrieron por el pasillo en dirección a la biblioteca. Las antorchas, apagadas; y la oscuridad, aliada con ellos, permitiéndoles avanzar en el más absoluto de los silencios. Cuando llegaron a la biblioteca Aby abrió la puerta con cuidado, confiando que no hubiera nadie en su interior. Su padre, tras ella, miraba a todos lados, preocupado. No había nadie. Miró a su padre y ambos respiraron aliviados. Penetraron en la sombría estancia y ella a grandes zancadas se dirigió a la estantería que ocultaba el manubrio que permitía abrir la puerta secreta. Presionó sobre la empuñadura y el crujido chirriante que acompañaba a la apertura del pasadizo sonó nuevamente, un sonido parecido al siniestro crujido de las bisagras oxidadas. Aquel fantasmal ruido produjo un escalofrío en Joab. Aby se volvió, de repente, hacia él; fue tan rápida que su padre no pudo evitar emitir un alarido casi ahogado del propio susto. ⎯¡Ah! Aby sonrió al ver la cara de poema de su padre. Se llevó un dedo a los labios. ⎯¡Chissss! Ambos traspasaron rápidamente el umbral y echaron a correr torpemente. La tenebrosidad era un obstáculo casi insalvable, pero no había tiempo para encender una antorcha. De pronto, notaron una sutil sustancia pegajosa, una nubosidad real que parecía descender de las alturas, Aby alzó la vista: el techo estaba cubierto de telarañas, algo de lo que no se había percatado en su anterior visita; en aquella ocasión, estaba demasiado acongojada para prestar atención a su alrededor. En esos instantes, la situación era muy diferente… Ella era dueña de sí misma y el miedo lo había dejado en su aposento. El aspecto sedoso y blanquecino de la tela, que pacientemente tejían las arañas segregando su hilo
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    277 tenue, les ofuscabael camino. Siguieron adelante. Aby, más que su padre, estaba agobiada, pues la sensación claustrofóbica que sentía al verse engullida por las sombras de los siniestros corredores le hizo perder la noción del tiempo. Y no habían llegado al inicio del laberinto cuando oyeron pasos muy rápidos; ruidos propios de las duras botas al pisar el rocoso suelo y el salpicado de los charcos de agua que procedían de las goteras de los conductos. Ella no tuvo dudas. ⎯¡Son ellos, padre! ¡Lo hemos conseguido! Aby cogió a su padre de la mano y lo arrastró consigo obligándole a correr más rápido; de repente oyó a Lamec. ⎯¡Seguidme, por aquí! Otra voz… ⎯De acuerdo, tú eres el guía. Apretaron el acelerador al estar cada vez más cerca del punto de encuentro. La bifurcación de caminos… Y los seis se dieron de bruces. ⎯¡Caray, Aby! Ni hecho a propósito… ⎯exclamó Lamec, sorprendido por la puntualidad de la dama y su padre. Jadlay se dirigió a ella y le hizo una ligera reverencia. ⎯Mi lady… o debo llamarla, majestad. Aby palideció al escuchar las palabras cargadas de reproche que Jadlay le había soltado, éste parecía dolido por el trato que había sufrido por parte de Nabuc, que no dudó en liberar su tensión; luego, se arrepintió. Sin embargo, no rectificó porque Lamec se lo impidió con una gélida mirada. Joab observó y escuchó con atención. Desconocía quién era el muchacho o mejor dicho, los muchachos, pero era evidente de que el joven de cabellos negros y aspecto andrajoso era alguien importante, porque notó a su hija muy nerviosa. Lamec intervino antes de que desmadrara la situación.
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    278 No conocía almuchacho lo suficiente cómo para saber cual sería su reacción ante una replica irritable de Aby, pero entendía su postura. Había sido despojado de su herencia, dado por muerto y torturado y eso era motivo suficiente para mostrar rencor hacia todo lo que provenía del rey, y ella era precisamente su esposa. ⎯¡Ahora, no! Hemos de salir de aquí inmediatamente ―dijo mirándolos a los dos. Se hizo un silencio opresivo. Aby miró a Jadlay con el cejo fruncido, éste no dejó de mirarla en ningún momento, tuvo la vaga impresión de que a ella le gustaba. Jadlay suspiró. Lamec dio unos pasos y miró al suelo; el estrecho conducto pasaba bajo sus pies, se agachó, y con sus manos apartó el polvo y la mugre. El postigo estaba ahí casi oculto, el asa de hierro, que encajaba perfectamente en su ranura no sobresalía ni siguiera unos milímetros; sacó su daga del cinto y con la punta de la hoja, lo levantó; luego, tiró de el y la contrapuerta se abrió con un chirriante crujido. Por la cantidad de suciedad que se había acumulado y el ruido, Lamec supuso que nadie, en mucho tiempo, había descendido hasta los suburbios de las ratas, como bien solía decirse. Una vez abiertas las dos puertas que sellaban el pasadizo, se inclinó y comprobó a primera vista el estado del angosto y largo túnel… Los conductos de drenaje estaban secos, pero húmedos y además, tendrían compañía: unos animalejos de hocico puntiagudo, de unos treinta y cinco centímetros y pelaje gris oscuro, correteaban de una dirección a otra. ⎯¡Rápido! Abajo no hay espacio suficiente para caminar holgados, así que correremos uno tras otro, sin mirar atrás y sin detenernos ⎯dijo⎯. ¡Hay ratas! ⎯les advirtió, inmediatamente después. Aby miró a Lamec con cara de pasmo. ⎯¿Ratas? Jadlay se apresuró en contestarle antes de que pudiera
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    279 hacerlo el escolta. ⎯Sí,mi dama… ¡Asquerosas rataaaas! ⎯¡Je, je, je! ⎯rió entre dientes, Najat. Jadlay miró a su amigo con ojos desafiantes. ⎯¿Qué te hace tanta gracia? ―preguntó hastiado―. ¿Te ríes de los temores ajenos…? Aby se sintió incómoda por las burlas del joven. Un codazo de Jadlay, le sirvió al joven risitas para que se callara de golpe. Después de todo, había que mantener el tipo y Najat no lo estaba demostrando al reírse con tanta desfachatez de una dama. ⎯Lo siento… Descendieron. El pasadizo estaba lleno de grietas, resbalaba y apestaba a podrido. Miraran por dónde miraran siempre se encontraban lo mismo: oscuridad, ratas y un hedor que tumbaba de espaldas, pero con valentía se armaron de valor y echaron a correr chapoteando por el conducto en busca de la libertad. El túnel de drenaje desaguaba en un arroyo, muy cerca de dónde se encontraba la caverna del Menhir. El bosque oscuro y siniestro era difícil de transitar en la oscuridad, pero no tenían otra alternativa. Estaban obligados a tomar el abrupto sendero que descendía hacia las llanura y luego cruzarla para poder vislumbrar a los lejos los muros del Monasterio de Hermes. Por delante, varias horas de intenso gasto físico para tratar de llegar antes del amanecer. Estaban atravesando el conducto cuando de pronto este empezó a reducirse hasta convertirse en un tubo cilíndrico de unos sesenta centímetros de diámetro. Ante la imposibilidad de continuar el camino a pie, el grupo se vio obligado reptar y, agazapados, avanzaron todo lo más rápido que pudieron. Repentinamente una corriente
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    280 helada de airelimpio se coló a través de la obertura externa del túnel. Lamec que reptaba el primero, husmeó no sólo el aire, sino también la vegetación del bosque. La salida estaba frente a ellos. La luz nocturna de la libertad les abría el paso, sonriendo por tan valiente hazaña. Salieron del agujero y pese al frío, sentían calor, sus cuerpos estaban sudados del esfuerzo realizado para traspasar el angosto túnel. Jadearon al verse libres y sus corazones empezaron a bombear sangre fresca al doble de velocidad, los incipientes nervios desataron la adrenalina y todos sus sistemas se pusieron en marcha. No había marcha atrás, se irguieron y echaron a correr, cruzaron el arroyo, poco profundo, como perseguidos por el diablo. Joab, estaba muy cansado, demasiado cansado para continuar, él ya no era joven, no podía seguirles el ritmo. Por un instante, se detuvo y doblándose, apoyó sus manos sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aliento. Nadie le recriminó por haberse detenido, pero todos sabían que no tenían la menor oportunidad de lograr sus objetivos si se paraban a descansar, así que no lo secundaron. Joab, en esos momentos, deseaba volar, pero no era más que un simple mortal. Hizo acopio de todas las fuerzas que le quedaban y echó a correr siguiendo la estela de su hija y sus jóvenes compañeros. Corrían dando tumbos, pues la oscuridad y el cansancio les hacia torpes. El sendero descendía de forma alarmante, este muy abrupto serpenteaba entre árboles, grandes plantas y rocas. Era peligroso. El extremo agotamiento acumulado podía acabar con ellos si no lo hacía el terreno. Tenían que permanecer atentos, para no tropezar con lianas o piedras y acabar con sus cuerpos rodando sendero abajo. Justo debajo, al finalizar el sendero, se abría un nuevo camino. De inmediato, lo tomaron rápido y en silencio. A dos kilómetros, grandes extensiones de terrenos de labranza, campos de trigo y maizal se alzaban ante ellos bandeados por la brisa. Cruzarlos era asquerosamente difícil y apenas había separación entre ellos, pues los grandes maizales, con
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    281 sus tallos gruesosde tres metros de altura y sus hojas largas, planas y puntiagudas se mezclaban con las grandes trigueras que con sus voluminosas espigas les dificultaban la visión y por tanto, la orientación. Aquellos campos eran el último escollo a superar si querían llegar al Monasterio de Hermes. Ante la adversidad, elevaron el coraje y suplicaron al cielo y a los dioses que no amaneciera antes de que llegasen al hogar de los monjes. Llevaban más de cuatro horas corriendo y aún no sabían de donde salían las fuerzas que les incitaban a seguir adelante, pues hacía tiempo que el agotamiento podría haberlos dejado tan extenuados, que la conmoción les habría hecho perder el conocimiento, dejándoles sin opciones, pero no fue así. Era la fe. Tenían tanta confianza en sí mismos que en sus mentes no cabía la derrota. Eran conscientes de su huída levantaría la ira de Nabuc, pero también alertarían a Nathan y era a él a quién iban a apelar. Había que poner fin al poder del rey de Esdras. La aldea de Hermes comprendía un centenar de casas de piedra de agricultores y ganaderos, una minoría sobre los caminos que rodeaban al monasterio y el resto, se asentaban sobre las faldas de las grandes cumbres de Haraney. La posada de Hermes estaba muy cerca del monasterio. La casa era lugar de reunión de los aldeanos más ociosos, y un refugio temporal para los viajeros que tomaban los caminos del este para ir a las cumbres, o volver de Haraney. El amanecer les pisaba los talones. El rostro de Aby expresaba fielmente el dolor que sentía en sus pies, no podía con su alma. Su padre, hacía tiempo que no sentía las piernas y el resto, trataban de ocultar a toda costa su cansancio y sus dolores. Lo peor de todo, es que una vez en el monasterio, no podrían permitirse el lujo de
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    282 descansar, sólo necesitabanprestados seis caballos para seguir con su viaje a Jhodam. Cuando llegaron ante la gran muralla que protegía el monasterio, el silencio que inundaba el lugar fue roto por sus jadeos y respiraciones al borde de la extenuación. Jadlay, que aún seguía con las heridas sin cicatrizar apoyó sus manos en los muros de piedra. Joab se dejó caer en el suelo, tan agotado que estaba dispuesto a quedarse allí a plantar raíces. No hubo palabras. No había tiempo. Lamec golpeó con fuerza el portón, luego miró a sus compañeros y sobre todo le dirigió una mirada fría a Joab, éste comprendió la indirecta y pesadamente se incorporó; él era el único de los allí presentes que conocía al abad; él era quién tenía que conseguir convencer a los monjes para que les prestaran unos caballos; sobre él recaía toda la responsabilidad, lo sabía con absoluta certeza. La rejilla del portón se abrió y el monje vigía con sotana marrón y cubierto con una capa de abrigo los miró con ojos interrogantes. ⎯Viajeros, ¿qué desean a estas horas tan tempranas? Joab se abrió paso entre los jóvenes. ⎯Hermano, soy Joab; levita de la Orden de Esdras. ¿Deseo ver al abad? Es muy urgente. Se oyó el crujir de las bisagras, afectadas por el frío y la intemperie. El monje se dejó ver y los escudriñó un momento con aire sombrío; luego, los dejó pasar. ⎯No tenemos mucho tiempo, frater ⎯dijo Joab, mirando al monje⎯. Hemos huido de la tiranía de Nabuc. El vigía que caminaba encorvado, soportando a duras penas el paso de los años, levantó la vista. Aquellas últimas palabras de Joab bastaron para que el monje se inquietara. Tragó saliva. Lamec se situó entre el monje y el levita, no podía soportar tanta lentitud y más cuando estaban en juego sus pellejos. Intervino con decisión y directo al grano.
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    283 ⎯Necesitamos ver alabad de inmediato ―dijo―. Si duerme, sáquenlo de la cama. ⎯Joven ⎯replicó el monje⎯, le agradará saber que nuestro abad lleva una hora despierto. Nuestras oraciones comienzan muy temprano. Os ruego que mostréis un poco de paciencia. Joab le hizo una seña a Lamec para que guardara silencio. No era prudente provocar el malestar de los monjes, pues éstos podrían negarse a concederles ayuda, alegando peligro para sus vidas. Bastante atemorizados están como para poner más leña al fuego. Los tres jóvenes y Aby mantenían un silencio sepulcral. Era como si no existiesen. Pero ahí estaban, observando sin mediar palabra. El monje vigía ni se había percatado de la presencia de una mujer entre ellos. Su rostro y cabellos los ocultaba bajo la capucha, mientras que Jadlay arrebujado en su capa, ocultaba sus ropas ensangrentadas. El monje guió a los visitantes hasta el vestíbulo, allí les hizo esperar. Mientras esperaban, Lamec dirigió una mirada a Joab. El jóven estaba muy nervioso por el tiempo que estarían retenidos en el monasterio. ⎯¿Tardará mucho el abad? Joab que se había sentado en una vieja silla, lo miró. ⎯Es difícil saberlo ―dijo, encogiéndose de hombros―. Depende del tiempo que lleven recitando la liturgia. Los monjes no suelen interrumpir sus ceremonias cuando se han iniciado. Lamec lanzó un sonoro bufido. Todos los días antes de la salida del sol, los monjes del monasterio eran convocados por el sonido de un gong, alternado con el batir de un tambor. Sólo el frater vigía podía estar ausente en la liturgia, pues su deber era vigilar el portón. Reunidos, recitaban las oraciones sagradas dedicadas a los Septĭmus y pronunciaban fórmulas devocionales dirigidas a la Quintus Essentĭa y a su encarnación, Ra-
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    284 Nathan. La salmodia delos oradores llegó al vestíbulo como un murmullo que luego, se intensificó. Un melodioso cántico de una liturgia tan hermosa que los jóvenes se llegaron a sentir tan fascinados que olvidaron por unos instantes, el motivo que les había traído hasta allí. En determinados momentos de la liturgia, el tambor sonaba repetidamente: ¡Brong! ¡Brong! Reverberando el eco en todo el monasterio. Tan pronto como acabó la liturgia matinal, el abad Tadeo se dirigió al vestíbulo de la entrada y en cuanto vio a Joab se dirigió a él en voz vigorosa. ⎯Has cambiado, amigo mío. Y no puedo decir que tengas buen aspecto. Has adelgazado. En cuanto a tu piel, solías tener las mejillas más sonrosadas, y ahora… ⎯Tienes razón, Tadeo ⎯dijo Joab con una ligera sonrisa⎯. ¡Hasta este estado me ha llevado el desalmado Nabuc! El abad sabía muy bien a lo que se refería el levita. Ellos también habían sentido en propia piel los ataques del rey de Esdras. Contempló por unos instantes a los jóvenes, no los conocía. Sin embargo, el chico de cabellos negros que estaba apoyado en la pared con aire meditabundo le llamó poderosamente la atención, le recordaba a alguien… ⎯¿Qué es lo que os ha traído hasta nuestra puerta en esta fría mañana de invierno? Joab se acercó a su hija y le apartó la capucha del rostro. Tadeo al ver a la mujer no podía dar crédito a sus ojos. ⎯Sí, mi hija. La esposa de Nabuc. ⎯¿Y los muchachos? ―preguntó―. ¿Os acompañan? ⎯Sí. Jadlay se apartó de la pared y avanzó hasta los dos
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    285 hombres. Ahora quese había alejado lo suficiente de la tiranía de su tío ya no le importaba desvelar su secreto. Cuanto antes lo supiera todo el mundo mejor. ⎯Me llamó Jadlay y para mi desgracia, soy el sobrino de Nabuc. Tadeo sintió un estremecimiento al escuchar las palabras del joven. Un escalofrío intenso que le recorrió todo el cuerpo y le hizo recordar la conversación mantenida con el rey de Jhodam. Recordó con exactitud las palabras de Nathan: «Un rey legítimo para Esdras» El abad, perplejo, parecía estar sufriendo un éxtasis místico. Se produjo un momento de silencio, quebrado por un suspiro ahogado. Lamec, impaciente y con ganas de irse vio un gran cuenco de bronce que colgaba junto a un candelabro del mismo material. Lo hizo resonar, rompiendo el ensueño. ¡Clang! Tadeo, volvió a la realidad con un sobresalto. ⎯¡Perdonad! ―se excusó―. La noticia me ha cogido de sorpresa, no esperaba algo así… Jadlay que también deseaba marcharse, habló claro. ⎯Si confío en la palabra de Nabuc, su hermano es mi padre… ―afirmó―. Sin embargo, no me siento orgulloso de tener sangre asesina en mis venas. Hubiera preferido que las cosas fueran diferentes, pero al parecer no lo son. Tadeo trató de mantener la compostura. ⎯Si es como dices y realmente eres el hijo de Ciro, eres el futuro rey de Esdras y si dudas, una marca de nacimiento en tu tobillo derecho te lo confirmará. ⎯¡La tengo! ―exclamó Jadlay―. Una diminuta marca con forma arácnida. Nunca he sabido lo que significaba hasta ahora. ¿Deseáis verla? Tadeo apoyó su mano en el hombro del joven. ⎯No; no hace falta. Alguien me lo dijo entre líneas, pero no lo capté en su momento. Ahora lo entiendo todo…
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    286 ⎯¿Ese alguien, esNathan? Hubo un silencio. El abad asintió, cabizbajo. ⎯Bien, siendo así, será mejor que os marchéis cuanto antes. Nabuc no parará hasta encontraros ⎯Tadeo miró especialmente a Jadlay y la joven⎯. Debéis protegeros, su ira llegará muy lejos y deseo de todo corazón que no os alcance. Joab se había mantenido en un silencio meditativo durante unos minutos. A él también le sorprendieron las palabras del muchacho. En el mismo momento que vio a Jadlay le notó un cierto parecido con el mismo Nabuc, pero nunca imaginó que el andrajoso chico fuese nada más ni nada menos que el bebe que desapareció hace veinte años sin dejar rastro; asesinado por su nodriza dijeron unos, pero la gran mayoría pensaba que había muerto bajo la daga asesina del hermano del rey. Realmente no había pruebas y si estas existían, estaban a buen recaudo. Ahora ya no hacía falta indagar, tenían el príncipe delante de sus narices. ⎯Necesitamos caballos… ⎯Sí, por supuesto ―dijo Tadeo―. Avisaré al mozo de cuadras. Él os entregará seis briosos corceles ⎯volvió a echarles una miradita y vio en ellos algo más que cansancio⎯. Vamos a desayunar, ¿deseáis acompañarnos? Lamec con el consentimiento de sus compañeros, respondió al abad. ⎯Agradecemos su interés, pero como usted bien nos ha dicho debemos marcharnos cuanto antes. No queremos ponerles en peligro. Tadeo no insistió. Apresurados, se despidieron. La esperanza que albergaba el abad en su corazón se hizo más fuerte al conocer la identidad del muchacho que con aquellos ojos desafiantes y cierta expresión de arrogancia en su rostro le había encandilado como nadie lo había hecho antes. Jadlay, sin duda, era el vivo reflejo de su padre.
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    287 Los jóvenes, Abyy su padre, olvidaron el hambre que sentían, y los retorcijones que sufrían por esa causa; se olvidaron del cansancio y de todas las penurias y sin dilación, saltaron sobre las monturas. Y como relámpagos, abandonaron el monasterio y emprendieron una carrera veloz por las llanuras hasta que sus sombras se perdieron en la lejanía. Los Bosques Tenebrosos, su fauna siniestra, sus fantasmas y sus leyendas esperaban, ansiosos a los viajeros, como hacían con todo aquél que osaba perturbar el silencio de la tenebrosa selva espectral: acechando con todo su arsenal de siniestras sombras; sus senderos serpenteantes, angostos y abruptos; sus peñascos, sus desniveles y sus murmullos nocturnos.
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    288 Capítulo 9 La matanza CasusBelli El rey Nabuc, esa mañana, se despertó más temprano que de costumbre. Se sintió atenazado por un presentimiento y ni siquiera se interesó por Aby, que aparentemente dormía en su aposento. Dispuesto a desvelar la oscuridad que cubría su premonición, abandonó su estancia privada y en el vestíbulo, llamó a dos guardias y les ordenó que lo acompañasen a las mazmorras. Cruzaron los sombríos corredores, tenuemente iluminados a esas horas tan tempranas, en dirección a la prisión subterránea. No había guardias en la entrada de las mazmorras. La expresión del semblante de Nabuc era suficientemente expresiva; para los dos hombres no había duda, algo andaba mal. ⎯¿Dónde está el custodio? ⎯gruñó dirigiéndose hacia el guardia que tenía justo al lado. El guardia se encogió de hombros… «¡No tenía ni idea!», pensó. La tensión de Nabuc se puso por las nubes. Traspasaron apresurados el umbral, nerviosos, husmeando en el siniestro ambiente, problemas. Descendieron la escalera y enfilaron rápidamente el pasillo que conducía a la celda de los prisioneros. Antes de llegar a
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    289 la esquina paratomar el corredor principal, Nabuc tropezó ruidosamente con algo más grande que sus pies. La sensación inicial fue lo suficientemente alarmante como para inquietarse. Miró a sus hombres, quizá, pidiendo explicaciones; pero la verdad, es que los dos guardias sintieron un nudo en la garganta al notar la perversa mirada del rey clavada en sus ojos. No había centinelas custodiando las celdas porque habían tropezado con ellos. Los guardias se echaron atrás y Nabuc contempló a las víctimas con el semblante rojo de ira. Los examinó, buscó sus pulsos y comprobó que estaban vivos, pero inconscientes. El rey supuso que el golpe que ambos recibieron fue muy fuerte. Se enderezó y con la mirada puesta en el vacío se puso tenso, tan tenso como un felino predador. Nabuc gruñó, enfurecido; echó a caminar, con el semblante, ahora, más negro que la noche. Todo su cuerpo emitía maldad. Pasmados y a la vez, atemorizados, los guardias, desenvainaron ruidosamente sus espadas. Cuando llegaron, Nabuc se apresuró en abrir la puerta de la celda, se detuvo unos momentos en el umbral para acostumbrar los ojos a la oscuridad antes de comprobar que estaba vacía. Ni su sobrino ni sus amigos, estaban allí. En ese instante, los ojos de Nabuc echaron chispas. Su gritó desgarrado resonó en las agrietadas paredes de la celda. Los guardias se apartaron de él, temían que la tormenta cayera sobre sus cabezas. ⎯¡Noooooo! Trató de sobreponerse al disgusto. ⎯¡Maldita sea! ⎯Nabuc desenvainó furioso su daga⎯. ¿Cómo han podido…? Agarró la empuñadura de la daga con fuerza y la lanzó al vacío, lleno de ira. La daga golpeó estrepitosamente contra la pared y luego, cayó al suelo, ruidosamente. Se volvió hacia los guardias, la expresión de sus ojos les
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    290 provocó pánico. ⎯Decidme, ¿cómoha podido suceder? ⎯preguntó a sus guardias, con voz terriblemente amenazante. ⎯No lo sé, majestad ⎯dijo el guardia con más liderato⎯. Pero, la única forma de salir de estas mazmorras es con ayuda de alguien, es imposible que ellos… Nabuc lo interrumpió. Se negaba a admitir que los tres jóvenes hubiesen recibido ayuda, y si era así… ¿de quién? ⎯¡Basta de palabrería! ⎯gritó Nabuc, fuera de sí⎯. Buscad a Enós y Gamaliel y salid en busca de Jadlay, encontradlo, y traedlo vivo ante mi presencia. Ese mal nacido se va a enterar de quién soy yo. ⎯¿Y los otros dos jóvenes? El rey se quedó en silencio unos instantes, pensativo. Estaba dispuesto a infligir a los amigos de su sobrino, un castigo ejemplar: la muerte. ⎯A ellos… ¡Matadlos! El guardia que tomó la responsabilidad de la búsqueda afirmó con un silencioso y ligero cabeceo. Después, él y su compañero dieron media vuelta y corrieron hacia el pasillo en dirección a la salida. En ese momento, llegaron a las mazmorras dos guardias que acudían a hacer el relevo. Ambos preocupados porque habían visto a los centinelas en el suelo, maniatados y sin sentido, preguntaron: ⎯¿Qué ha sucedido, majestad? El rey los miró, pero no les respondió, estaba demasiado malhumorado para hacerlo. Sin prestarles más atención, pasó junto a ellos y acelerando el paso desapareció entre las sombras. Los guardias se quedaron solos, plantados como árboles, sin saber que decirse. Estaban en ascuas y en blanco. De pronto, uno de ellos reaccionó. No había nada que custodiar. ⎯Vámonos. Este humedal mugriento que llaman mazmorra me da escalofríos.
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    291 Los rumores dela huida de los tres jóvenes circularon por el castillo rápidamente. La huída había encendido la ira de Nabuc. Sin embargo, éste ni siquiera podía imaginarse que esa mañana, además, venía acompañada de otra sorpresa. Una sorpresa que el rey no estaba preparado para asimilar y que a buen seguro, traería graves consecuencias para la resistencia y sus aliados. Arghy, la dama de compañía de Aby, una mujer fina y de orígenes nobles acudía como todas las mañanas al aposento de la reina. Era su amiga y confidente, la mujer en la que Aby confiaba sus temores y sus ilusiones cuando ambas se reunían en sus momentos de soledad. Por eso cuando no la encontró en la estancia, después de cerciorarse de que no había dormido allí porque las vestiduras de la cama estaban intactas, se extrañó. Por un momento, dudó en dar la voz de alarma. Pero pensó en el castigo que podría infligirle Nabuc, si sabiéndolo mantenía silencio y fue cuando decidió informar al rey. Cómo era de esperar, Nabuc no podía dar crédito a las palabras de Arghy. Ambos solos, en el vestíbulo, frente a frente. Él, incrédulo; ella, nerviosa. La mujer no se atrevía a levantar la voz ante la presencia del rey, por lo que hablaba bajito. Su voz temblaba de miedo, un miedo que sentía cada vez que estaba frente a Nabuc. ⎯¿Estás segura? ―preguntó―. ¿No es una invención tuya? ⎯Majestad, ¿por qué tendría yo que inventarme algo así? Aby, no está en su aposento y tampoco ha dormido en su cama. En ese momento, se acercó ante ellos el Sumo Sacerdote Ajior, el hombre en quién más confiaba Nabuc, después del hechicero Festo, iba ataviado con una túnica blanca larga y de amplias mangas que le llegaba hasta los pies; un pectoral rojo cubría sus hombros y una faja del mismo color ceñía su cintura, portando a su izquierda el cinto con una daga
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    292 ceremonial. A élle habían llegado los rumores de lo ocurrido en las mazmorras y no podía creérselo. Nabuc deseaba gritar con todas sus fuerzas, esa mañana, todo estaba saliendo mal, muy mal. Sin ni tan siquiera saludar a Ajior, echó a caminar en dirección a los aposentos de su esposa. Necesitaba comprobarlo por sí mismo, pues no podía creer que ella hubiese osado abandonarle, esa idea no la podía concebir. Presa de una furia animal, comenzó a moverse más rápido. El Sumo Sacerdote tuvo dificultades para seguirle los pasos. Arghy, asustada, no se movió de dónde estaba. El rey abrió la puerta del aposento real dando un violento portazo. La chimenea apagada. No husmeó el incienso de sándalo y loto que Aby solía quemar y vio su vestido y enaguas tirados en el suelo, junto a la mampara. El aroma exótico de su esposa había desaparecido. «Vacío…», pensó. Con todo lo ocurrido esa mañana, el rey ató cabos y eso le hizo perder los nervios. El mazazo que recibió al comprobar que en el aposento no estaba ella, fue descomunal. La oscuridad que le embargaba se hizo más negra y la inestabilidad mental hizo mella en él. Su rostro se tornó lívido y su capa negra y púrpura revoloteaba guiada por sus enérgicos movimientos. Lanzó frascos de perfume contra los cristales; extrajo los vestidos del ropero y los echó a la chimenea. Perdiendo los papeles, prendió fuego a las ropas, a las sábanas… Rugía como una fiera salvaje. Ajior llegó al aposento con la lengua fuera, se apoyó en la puerta, tratando de recuperar el aliento, pero algo se lo impidió: se encontró al rey en un estado lamentable, casi demente. No se atrevió a decirle nada. Ticio que había sido alertado por Enós y Gamaliel de todo cuanto había ocurrido con los prisioneros, llegó corriendo al aposento, buscando al rey. Tenía que decirle que su compañero, Lamec, no estaba ni en su aposento ni en
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    293 ninguna otra partedel castillo. Había desaparecido. Pero Ajior, lo detuvo. Aquel no era el mejor momento. Lo que tuviera que decirle, podía esperar. Finalmente, el pánico se apoderó de ellos cuando Nabuc, salió de la estancia con los ojos desorbitados y maldiciendo a todo el mundo. Nadie osó a detenerle. Conforme las horas iban pasando y la reina Aby no hacía acto de presencia al igual que su escolta, Lamec, el temor por lo que pudiera decidir el rey fue en aumento. Nabuc estaba sentado en su trono, completamente a oscuras. Sin permitir que nadie encendiera ni una lámpara ni antorcha. Estaba realmente perturbado y su mente parecía maquinar una terrible venganza. Festo, preocupado, decidió no separarse del rey y caminaba silencioso, entre las columnas del salón, en actitud pensativa. Ajior, que también estaba presente, ordenó a su pupilo Ticio que inspeccionara junto a unos cuantos guardias la casa del levita y el aposento de Lamec. De pronto una voz, que procedía del fondo de la sala, tronó con autoridad. ⎯Nathan debe estar detrás de todo esto ⎯Festo se acercó al estrado⎯. No tengo ninguna duda, majestad. Quién si no, puede a través de su divina esencia haber manipulado la muerte que acechaba a Jadlay. Quién puede actuar sobre la noche o el día, si no es él; incluso nuestros sueños pueden estar a su merced si lo desea. El rey al escuchar a Festo, se removió inquieto en su trono. Odiaba a Nathan. Odiaba su poder. Frunció el entrecejo, sus ojos centellearon inundados de cólera y sus manos, se arrebujaron en el interior de su túnica, mientras apretaba los nudillos, a punto de estallar. ⎯Espero que no sea necesario recordarte lo que debes hacer ⎯ladró Nabuc asqueado con todo el mundo.
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    294 ⎯No es necesario,mi señor. ⎯Bien ⎯dijo, sentado en su trono, apoyado en el respaldo, envuelto en sombras⎯ Esta ofensa no quedará sin castigo… ―hizo una pausa―. Traedme la cabeza del rey jhodamíe, hasta entonces no permitiré ni un solo día de paz a nadie. ⎯Nuestro plan se ha iniciado, majestad ―repuso Festo―. Nuevo Mundo estará bajo vuestra jurisdicción, muy pronto. Nabuc desvió sus ojos del hechicero y miró a su sacerdote, Ajior, dirigiéndole una mirada turbulenta. ⎯Lo único que lamento es no haber matado a Jadlay cuando tuve la oportunidad. En cuanto a mi esposa, la prenderé y luego disfrutaré degollándola. ⎯Dichas estas palabras, el rey se volvió nuevamente hacia Festo⎯. Y tú…, date prisa, porque a partir de mañana daré orden para que aniquilen las aldeas con todos sus habitantes, una tras otra, y así, hasta que me traigas la cabeza de Nathan. Festo y Ajior sintieron un nudo en la garganta al comprobar que la amenaza de Nabuc era seria, más seria de lo que habrían podido pensar en un principio. Lo peor de todo, es que serían los esclavizados agricultores y ganadores, con sus pobres familias, quienes pagarían los platos rotos. El Sumo Sacerdote no era un hombre de buenas palabras ni siquiera de paz, pero algo se encendió en su interior al comprender las intenciones macabras del rey. No estaba demostrado que el rey de Jhodam hubiera tenido algo que ver con la huida de los jóvenes, ni siquiera con la marcha de Aby o del levita. Era una conclusión precipitada, una acusación basada en especulaciones. Y preso de un sentimiento repulsivo, Ajior, se enfrentó a él. ⎯Se equivoca, majestad ⎯dijo⎯. Actuar contra el pueblo no es una medida correcta. Esto no hará más que acrecentará el odio y la ira de sus súbditos hacia vos. La resistencia no será benevolente… El rey se levantó del trono, malhumorado.
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    295 ⎯¿Cómo dice? ⎯Su pueblono ha de pagar por la lucha que vos mantenéis con Jadlay, o con el rey de Jhodam. Nabuc bajó del estrado con el semblante rojo como un tomate. La ira había prendido y crepitaba. Se acercó tanto a Ajior que a éste le empezaron a temblar las piernas. ⎯¿Acaso consideráis normal que un ser que no es de este mundo ostente tanto poder sobre todos nosotros? ⎯Pero, majestad… ―Ajior, tragó saliva―. ¿Cómo puede pensar así? Nuestro mundo ha sido gobernado por los Septĭmus desde la más remota antigüedad. No podemos enfrentarnos al poder divino y vos lo sabéis… ⎯hizo una pausa⎯: Nathan es nada más ni nada menos que Ra, el único dios encarnado que queda vivo… ¡Nuestro propio clero lo venera! Nabuc soltó unas sonoras carcajadas. ⎯Vivo… sí. ―dijo―.Pero eso va a cambiar. Me temo que nuestro eterno y siempre joven Nathan perderá su cabeza muy pronto y sabes lo que haré con ella… ¡La guardaré en una vitrina de cristal, como trofeo! Festo echó a caminar por la estancia, reflexionando sobre las últimas palabras del Sumo Sacerdote. Al poco su voz tronó decidida, afirmando lo que el consideraba una gran verdad. Una verdad a la que él y Nabuc no pertenecían. Para ellos sólo había un dios y ese era Apofis. Su cruel muerte a manos de Nathan, separó a mucha gente del camino de la luz para caer en la trampa de la oscuridad. Incluso en el clero, existían adoradores del dios serpiente. ⎯¡El clero lo venera porque le teme! ⎯exclamó⎯ Cuando yo lo despoje de su poder y divinidad, ¿seguiréis venerándole? Ajior no supo que responder a eso. Él fue educado en el camino correcto, pero sabía que era muy fácil apartarse de el y seguir la senda oscura. Se quedó a cuadros. En el momento que aceptó el asesinato del hijo del rey Ciro, se apartó de la senda. Esa era la verdad y no podía negarla.
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    296 Festo se situóentre el rey y Ajior. Le había hecho una pregunta y ésta, aún estaba en el aire. ⎯No he oído su respuesta, Sumo Sacerdote. ⎯Lo siento. No la tengo. ⎯Con tu silencio corroboras mi afirmación, viejo amigo. Nabuc los observaba taciturno, sin ganas de entrometerse, pero la actitud de su hechicero le crispó un poco. No se trataba de cuestionar la fe de su sacerdote. Pensaba que la fe de cada uno era personal, Nabuc jamás se metía en esos asuntos. Lo único que él exigía era lealtad hacia su persona. ⎯Es posible… ⎯hizo una pausa⎯. No tengo nada más que decir. Tras estas palabras, Ajior le hizo una reverencia al rey, dio media vuelta y abandonó la estancia. Cuando el Sumo Sacerdote se hubo ido, Nabuc se enfrentó a Festo. ⎯Creo que te has pasado de la raya. ⎯No lo creo, majestad ⎯replicó el hechicero. ⎯Festo, debes ser circunspecto. ⎯Ya lo soy, demasiado diría yo. ⎯Bien, dejémoslo así. Ahora te ruego que me dejes solo. Necesito pensar. En ese momento, un silencio opresivo cayó sobre la gran estancia. El hechicero realizó una ligera reverencia y dio un paso atrás; luego, se dirigió hacia el umbral; antes de que llegase a traspasarlo, la voz de Nabuc lo detuvo unos instantes. ⎯No te olvides de cumplir lo prometido, Festo ―insistió―. Quiero al rey de Jhodam envenenado y su cabeza en este salón; y lo quiero, ya. El hechicero, impasible, no añadió nada más, dio media vuelta y abandonó con premura el salón del trono, dispuesto a cumplir la orden del rey hasta sus últimas consecuencias.
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    297 A la mañanasiguiente se presentó Enós ante el rey, éste avanzó por la dependencia con pasos largos, inquietos, retumbando sus pisadas en toda la sala. Enós clavó su rodilla en el suelo de mármol, justo en el primer peldaño de la escalera del estrado y le hizo una ligera reverencia. Gamaliel y Ticio permanecían tras él, nerviosos, ante la posible reacción del rey. ⎯¿Has encontrado a Jadlay? ―preguntó―. ¿Y a mi esposa? ⎯No, mi señor. Nabuc frunció el ceño, irritado. ⎯¿Entonces qué hacéis aquí? ⎯Cumpliendo con sus órdenes iniciamos la búsqueda, ordenamos el cierre de todos los accesos en la ciudad. Hemos inspeccionado palmo a palmo, casa por casa… Nada. Tenemos motivos para pensar que ellos se dirigen a Bilsán o quizá, a Jhodam. En estos dos casos, tratar de alcanzarles es imposible; la milicia y la resistencia estacionada en los alrededores de Bilsán les cubrirán las espaldas. ⎯¿Queréis decir que habéis abandonado la búsqueda? ⎯Majestad, ir tras ellos es perder el tiempo. Están muy lejos de nuestro alcance ―recalcó Enós. Crispado como estaba, Nabuc no aceptó las palabras de su sicario. ⎯No me valen tus palabras, Enós. Te ordené que me trajeras a Jadlay ante mi presencia y eso será lo que hagas y bajo ningún concepto os quiero ver en Esdras si no habéis cumplido con lo encomendado ¿Habéis entendido? ⎯Pero, majestad ⎯Enós no entendía la actitud del rey⎯. Somos más útiles aquí con vos. Necesitáis protección. Es muy posible que los aliados del rey Nathan nos ataquen, debemos estar preparados para contraatacar. ⎯Ese no es tu trabajo ―replicó Nabuc―. Mi ejército está preparado para enfrentarse a quién haga falta. Tú ocúpate de traerme vivo a Jadlay, quiero matarlo con mis propias manos ⎯hizo un ademán de desdén⎯. Ahora, tú y tus hombres…
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    298 ¡Largaros! Enós, Gamaliel yTicio abandonaron la estancia sin replicar, osar hacerlo era poner en peligro sus vidas y no estaban dispuestos a ello. Sabían que capturar de nuevo a Jadlay era algo más que imposible, el asunto del joven se les había ido de las manos. Pero las órdenes del rey eran incuestionables, aunque el empeño de encontrar al chico fuese inútil. Inmediatamente después, Nabuc se reunió con una legión de soldados. Cincuenta hombres sedientos de sangre y armados hasta los dientes a los que encomendó órdenes precisas: matar a todos los habitantes de las aldeas que forman el territorio de Hermes, sin excepción. Pero no sólo eso, además, deseaba verlo todo reducido a cenizas; ordenó que incendiaran casas, campos, establos… e incluso el monasterio. Los soldados tenían libertad para hacer cuanto quisieran, siempre y cuando después de todo, las llamas consumieran Hermes. Llamó a un escriba para que redactara su edicto de muerte. Una sangrienta declaración de guerra dirigida exclusivamente al rey de Jhodam. Una vez redactado el mensaje, un jinete mensajero partió de Esdras rumbo a Jhodam con las condiciones de Nabuc a buen recaudo en una de sus alforjas. La cuestión era muy concisa: ó le entregaban a Jadlay o la carrera aniquiladora sería cada día más devastadora; un inesperado jaque que a buen seguro podría desestabilizar al rey jhodamíe. Esa mañana un fenómeno premonitorio se alzó en el cielo de Hermes, las nubes que lo cubrían se tiñeron de un siniestro rojo escarlata. Un presagio que los aldeanos consideraron de mal agüero. Sin embargo, aún presintiendo que algo malo estaba a punto de ocurrir, las humildes y trabajadoras gentes
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    299 estaban muy lejosde poder vislumbrar a los jinetes de la muerte, éstos cada vez más cerca de sus tierras, se iban a cebar con ellos de forma indiscriminada. Los agricultores, que eran los que más madrugaban, enfaenados en sus quehaceres en los campos de labranza no se percataron de que una gran sombra negra se acercaba desde el oeste y sólo cuando la siniestra sombra estuvo lo bastante cerca, escucharon el retumbe salvaje de cascos . A la sombra humana le seguía una gran estela de humo que procedía de las antorchas encendidas que algunos de los jinetes portaban a modo de estandarte y que iban a lanzar contra los campos y las casas. Horrorizados, los labradores, echaron a correr para huir del infierno que se les avecinaba, pero todo intento fue en vano. No tuvieron tiempo de escapar. Los sádicos jinetes se abalanzaron sobre ellos, traspasándoles con sus lanzas y sus espadas, sin encontrar resistencia por parte de los agricultores. Aquella pobre gente estaba desarmada. Hubo gritos de dolor, gemidos y estertores agonizantes. Lamentos ahogados y súplicas de los que aún quedaban con vida. Eran conscientes de que no podrían escapar de la muerte. Un joven agricultor echó a correr trastrabillando, desesperado por salvar la vida antes de que un jinete asesino se precipitara sobre él, y con espada en mano, lo atravesara con su afilada hoja hasta la empuñadura. A los pocos minutos, los cadáveres empezaron a invadir los campos; estos se tiñeron de sangre y vísceras. Algunas cabezas y miembros habían sido desprendidos de sus cuerpos, seccionados brutalmente. Los jinetes, verdugos del rey Nabuc, atacaron a los labradores sin piedad. Cuando se cercioraron de que no quedaba ni uno solo con vida, los porteadores de las antorchas lanzaron su munición en llamas contra los campos y estos prendieron rápidamente. Los campos fértiles fueron los primeros en convertirse en pasto de las llamas. Después, les tocó a las aldeas y sus cabañas, que corrieron igual suerte.
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    300 Mientras el gruesode la legión se dirigía a consumar la masacre, un grupo de soldados la habían emprendido a patadas con la puerta de una pequeña cabaña, la primera que encabeza la aldea y, entre risotadas y palabras malsonantes irrumpieron con violencia. Encontraron a sus moradores acurrucados en una esquina, una familia entera y un viejo. Lo que más les gustó a los soldados, era la presencia en la casa de tres mujeres, una más mayorcita, la madre, y dos bellas lozanas que al parecer, eran las hijas. Esa familia, no podía esperar piedad de hombres como aquellos, impulsados por la maldad que procedía del mismo Nabuc, no podían esperar sobrevivir. Se oyeron gritos que procedían del exterior. Mucha gente que había observado desde sus ventanas la avalancha mortal que se avecinaba sobre ellos, cerró a cal y canto sus casas, pero de poco sirvió. Nada ni nadie iba a detenerles. Lo único que podían hacer era esperar y encomendar sus almas a los dioses, suplicándoles no sufrir. Reconocían el Mal, pero aquello tenía otro nombre… Un hombre de tez clara y ojos inexpresivos se plantó ante ellos, escoltado por siete hombres. Tenía una cruel autoridad y su mirada se fijó en las tres mujeres. Siguiendo sus órdenes, los soldados sacaron a rastras a los dos hombres de la casa, el anfitrión y el padre de éste, y en el exterior los asesinaron sin contemplaciones. Los gritos guturales de los dos hombres desataron el pánico de las mujeres, que chillaron al ver como la sangre y sesos grises del viejo salpicaron la ventana. Al viejo le hincaron el acero de una robusta y afilada espada en el cráneo y a su hijo, le hundieron una daga en el pecho. En el interior de la casa, uno de los soldados agarró a la madre por el pelo y la arrojó al suelo, saltó sobre ella como un animal salvaje, hambriento de sexo, la abrió de piernas y la penetró tan profundamente como pudo. Él jadeaba y babeaba de sádico placer y la mujer, sintiendo un dolor atroz,
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    301 lloraba, no porella, sino por sus hijas. Sabía lo que les esperaba y no podía hacer nada para evitarlo. Absolutamente nada. Las dos muchachas al ver como los soldados violaban a su madre, uno tras otro, trataron de huir, pero los fuertes brazos del capitán las agarraron a las dos. La rubia y dócil, la más jovencita, no tendría más de quince años se la entregó a uno de sus mercenarios, quién la tomó dispuesto a desahogar sus deseos lascivos, y él se adueño de la morena, de unos veinte años, que arañaba y mordía como una leona. De un solo movimiento, la agarró por el cuello, le golpeó la cabeza contra la pared y le desgarró el vestido. La chica gritó con fuerza, empeñada en dar patadas y manotazos a la bestia que quería violarla. El capitán harto, le propinó un severo puñetazo en la cara. La joven cayó de rodillas. El hombre se inclinó justo detrás de ella, la agarró de la cintura, desgarrándole la túnica de arriba abajo de un solo gesto, y la sodomizó brutalmente. Sus desgarradores gritos, expresaban fielmente el dolor que aquella bestia salvaje le estaba infligiendo. Un dolor que se hizo insoportable cuando sus ojos se desviaron, un instante, hacia su hermana y su madre, violadas una y otra vez. La joven no presenció sus muertes, estas ocurrieron poco después. Cuando el capitán se hubo desfogado con ella, no le dio la oportunidad a otro, sino que la arrojó como un despojo de espaldas al suelo, sacó su daga del cinto y hundió la hoja de fino acero en las entrañas de la chica. La sangre brotó sobre su piel blanca y sus ojos quedaron abiertos, fijos; sin vida. El capitán, después de limpiar la hoja del arma con las ropas de su víctima, se puso de pie. Miró a su alrededor, sus hombres aún estaban con sus jodidas pollas fuera. Aquella estampa lo sacó de quicio. ⎯¡Acabad de una vez con ellas y matadlas! Luego, prender fuego a la casa… Ya nos hemos demorado
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    302 demasiado ¡Yaaa! ⎯ladróa grito pelado. Los soldados se apresuraron a cumplir con las órdenes de su autoritario capitán. Dos de ellos tuvieron serias dificultades para bajar la temperatura de sus cuerpos, pero un barreño de agua fría que les arrojó el capitán los dejó más cortados que un pimiento rebanado. Esa casa y otras ardieron ferozmente con sus habitantes dentro. Habían cuerpos por todas partes, mutilados; ríos de sangre. La cálida brisa se embriagó del hedor a muerte y a sangre. Los caballos de los asesinos, atados en las verjas y zaguanes, piafaban y relinchaban agitados. Los soldados entraban en las casas, arrancaban a los niños de los brazos de sus madres y sus cuerpecitos eran traspasados con puñales y espadas. Aquellos salvajes mataron a todos los habitantes de las aldeas, de forma indiscriminada. Sin piedad. Hermes ardía. El monasterio seguía en pie, pero tras sus murallas hacía rato que se respiraba el olor férreo de la sangre y del humo que desprendían las llamas. Los monjes, guiados por su abad, se dirigieron a los pasadizos secretos para tratar de escapar de la masacre. Agar, siguiendo instrucciones de Tadeo, tomó un caballo y partió del monasterio echando leches, rumbo a Jhodam. Huyó en el único momento que pudo hacerlo, por una puerta trasera y dejando tras de sí el horror que se vivía en Hermes. El abad Tadeo le prohibió mirar atrás. Cabalgaba con un mensaje que no estaba escrito en ningún pergamino; un testimonio que lo llevaba reflejado en sus ojos, expresado con cruel realidad. Mientras tanto, los salvajes mercenarios tiraron abajo el portón del monasterio y penetraron en su interior. Sacaron los caballos y prendieron fuego al establo. Saquearon todo cuanto pudieron, pero no lograron matar a ningún monje ni
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    303 novicio. Éstos desaparecieronen la soledad del pasadizo secreto, como seres invisibles. El segundo miró a su capitán, preocupado. ⎯¿Han huido? ⎯le preguntó. ⎯Eso parece… ⎯¿Qué hacemos? ―preguntó―. ¿Salimos a buscarles? El capitán sacudió la cabeza. ⎯No; los curitas no irán muy lejos. De todas formas, sus vidas no valen nada. El capitán miró a su alrededor, ya estaba aburrido; examinó las dependencias una a una, se aseguró de no dejar nada de valor y luego, ordenó a sus hombres que prendieran fuego a todo aquello que era susceptible de ser consumido por las llamas. El capitán lanzó un bufido. ⎯Aquí hemos concluido ⎯repuso, mientras caminaba hacia el patio⎯. La aniquilación de Hermes se ha consumado, Nabuc estará orgulloso de su obra. Muy orgulloso…
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    304 Capítulo 10 El testimoniode Agar Testimoníum El hermoso espectáculo que ofrecían las Cumbres de Haraney a sus viajeros quedó tristemente eclipsado por las torres de humo que desde sus cimientos se alzaban al cielo en un intento desesperado de llamar la atención. El silencio de aquellos inhóspitos parajes quedó roto por el crepitar de las llamas bajas, las brasas y el viento; éste silbaba desde el este, ruidoso, reverberando el eco escalofriante de todos aquellos gritos y lamentos que emitieron las víctimas antes de morir. El olor a carne quemada inundaba aquellas tierras fértiles que se asentaban en las faldas de las cumbres heladas. Al llegar la noche, sólo quedaban cenizas y un silencio sepulcral que producía escalofríos. Un silencio que llegó hasta Esdras y que embargó al mismísimo Nabuc. Después de haber dado la orden de aniquilar las aldeas se confinó en su aposento y se rodeó de tinieblas. Era consciente de lo que había hecho y a donde había llegado, pero aún así, no sentía remordimientos. Lo ocurrido en Hermes no dejó indiferente a nadie en varios kilómetros a la redonda. El pánico se apoderó de las aldeas vecinas, que enfundadas con el vestido del miedo, se prepararon para abandonar sus casas en un intento desesperado por huir de la muerte. Sus miradas estaban puestas en el sur, y más concretamente, en Bilsán y en Jhodam.
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    305 La cabalgada deJadlay y sus compañeros para traspasar los Bosques Tenebrosos cuanto antes fue una alocada carrera bajo el miedo de caer en manos del enemigo, pues sabían que sus redes llegaban muy lejos. Una avanzadilla de arqueros, enviada por el rey de Jhodam para localizar a Jadlay y a sus amigos, cabalgaba en la misma dirección que ellos, pero en sentido opuestos. Sí Lamec, Jadlay y los demás se dirigían sin descanso a Bilsán para comunicar al inmortal Morpheus que estaban a salvo y que pusiera en guardia a toda la milicia destacada en la ciudad y luego, desde allí poner rumbo a Jhodam; los arqueros, que habían partido de la Ciudad de Cristal se dirigieron en primer lugar a Bilsán y desde allí, pusieron rumbo a Esdras por el mismo camino que los jóvenes desaparecidos, y no tardarían en darse todos de bruces. Cuando en uno y otro grupo oyeron el retumbe de cascos que se aproximaban rápidamente hacia ellos, se irguieron en sus monturas, alarmados. Todo fue muy rápido. Un grito desesperado de Lamec. ⎯¡Cuidadoooo! Tirones salvajes de las riendas que provocaron la frenada en seco de los caballos. Lamec y Jadlay guiando a los suyos, tiraron fuerte de las riendas con intención de evitar el golpe, pero el encontronazo fue tan sorprendente e inesperado que ni unos ni otros consiguieron reaccionar a tiempo. Hubo jinetes que fueron a parar al suelo. ⎯¡Atiza… Pero, si son de los nuestros! ⎯exclamó Najat, al levantarse del suelo. Él fue uno de los que dieron con sus huesos en la húmeda tierra. Los que consiguieron mantenerse en sus monturas, desmontaron. El jefe de los arqueros se abrió paso entre sus hombres y se encontró frente a frente con el motivo de su búsqueda. Se dieron un apretón de manos. ⎯El rey nos ordenó localizarte, Jadlay. Mis hombres y yo nos alegramos de que estéis todos bien y a salvo.
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    306 ⎯Gracias, por vuestrointerés y el del rey. Se agradece. Jadlay se volvió hacia Aby, ella plantada tras él, taciturna. Muy cerca de ella, su padre, con la lengua fuera y arrastrándose por el lodo, él era otro de los que habían caído. ⎯Os presento a la reina Aby, esposa de Nabuc y a su padre, el levita, Joab. El jefe de los arqueros se quedó de piedra. Un murmullo procedente de los arqueros daba a entender que ni ella ni su padre eran bienvenidos a esas tierras Jhodam. Lamec que se dio cuenta de la repulsión que levantaba la joven, se apresuró en contestar. ⎯Ella ha arriesgado su vida para ayudarnos —dijo—. Creo capitán, que el comportamiento de sus hombres para con la dama no es el adecuado. El hombre miró a la joven con ojos interrogativos. ⎯¿Es eso cierto, majestad? ¿Habéis desertado? Aby con serenidad le respondió. ⎯Sí, es cierto. Pero os ruego, por favor, que no os dirijáis a mí con esa formalidad, no la merezco. Debo decir en mi defensa que no fue mi deseo convertirme en la esposa del rey Nabuc, fui obligada; por tanto, mi estatus como reina lo abandoné al huir del rey. ⎯Bien —respondió el capitán, al tiempo que dirigía una mirada a sus hombres—. En ese caso, os pido humildemente disculpas en mi propio nombre y en el de mis hombres, por si algo os ha ofendido, no era nuestra intención. Debe comprender que repudiamos todo lo que procede de Nabuc. Prometo que no volverá a ocurrir. Aby sonrió tímidamente. Jamás en toda su vida, se había sentido tan halagada. Nunca antes había recibido un trato tan cortés, ni siquiera Nabuc le dispensó, mientras vivía con él, tanta cordialidad. Jadlay puso un pie en el estribo y saltó sobre la montura, tenían que emprender la marcha. El capitán dejó a la joven y se volvió hacia el impetuoso muchacho. ⎯Debemos volver inmediatamente a Jhodam. Su
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    307 Majestad, está muypreocupado por vos. Jadlay tenía muy claro lo que quería hacer. ⎯No lo dudo ⎯dijo⎯. Nuestro rey tiene muchos motivos para estar preocupado. El capitán realizó un cabeceo, sin comprender. ⎯¿Cómo? ⎯No, nada ⎯Jadlay no quiso profundizar en sus palabras, él sabía a lo que se refería y con eso tenía bastante⎯. Primero iremos a Bilsán, necesito ver a mi padre. Tengo que hablar con él. El arquero no replicó las palabras del muchacho y siguió sus pasos. Mientras tanto el resto, ahora más tranquilos, subieron a sus respectivas monturas dispuestos a emprender la marcha de nuevo. Lamec se acercó con su caballo hasta dónde estaba Aby y su padre. Al llegar, él extendió su brazo y la cogió de la mano. ⎯Aby, lo hemos conseguido. Estamos a salvo. Ella no pronunció palabra alguna, asintió con un ligero cabeceo y casi sin darse cuenta, desvió su mirada clavándola en Jadlay, algo se encendía en su corazón cada vez que lo tenía cerca, incluso su voz, despertaba en ella un sentimiento puro y profundo; unas sensaciones que jamás había sentido por nadie. Después de ver y sentir cómo Nabuc abusaba de su cuerpo a su antojo, no se creía con ganas de amar verdaderamente a nadie. Sin embargo, el sentimiento que había nacido en ella era muy diferente. Ese gesto de la joven no pasó desapercibido a los ojos de Lamec, éste sentía algo muy profundo por ella, pero era incapaz de abrirle su corazón y ahora, por su silencio, podía perderla para siempre. Y sin que nadie añadiera nada más, la comitiva emprendió la marcha y poco a poco sus sombras se disiparon en el camino hasta desparecer por completo.
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    308 La noche anteriora la matanza, el hechicero Festo había partido rumbo a Jhodam con el veneno bien protegido en un tubito de cristal. Gracias a sus influencias con el Oráculo del hermético y siniestro Maestro, sabía quién era la persona que, vulnerable a sus hechizos, era adecuada para envenenar al rey de Jhodam. No podía servir cualquiera, era necesario que esa persona tuviera carta blanca para entrar y salir de los aposentos reales sin solicitar permiso, y esos atributos le correspondían a la joven Male-Leel, ella se encargaba de preparar y servir los exóticos manjares que solía comer el rey. Nathan confiaba plenamente en ella y cuando él no dudaba de la lealtad de un ser mortal a su servicio no indagaba en su interior para tratar de desnudar su alma. Confiaba sin más. Ese era el punto débil de Nathan. El Maestro conocía muy bien al rey-dios, formaba parte de su cruel pasado, pero éste como entidad espectral no deseaba ser descubierto. Para actuar, el ente tenía que utilizar a alguien con su mismo patrón; alguien, capaz de tejer la telaraña que hiciera caer en la trampa que tenían planeada para él. Porque el Maestro ha tenido veinticinco años para pensar en su venganza. Mucho tiempo planificando como destruirlo. Y el hechicero Festo, que se jactaba de ser un siervo ideal, siempre dispuesto a todo por su Maestro y del que sólo conocía su voz, era el más adecuado para destruir los cimientos en los que se sustentaba la deidad. Envuelto en sombras y ataviado de la cabeza a los pies con ropas de un riguroso color negro, el hechicero Festo, cabalgaba veloz a través de los serpenteantes senderos de los Bosques Tenebrosos con la mirada recta, fija en la lejanía. Sin descanso, directo. Atajando para llegar cuanto antes. Si en circunstancias normales, parando para descansar y dormir al llegar la noche, se tardaban cuatro días en llegar a la Ciudad de Cristal, él tenía intenciones de recorrer las vastas tierras y bosques que le separaban de la suntuosa ciudad, en menos de dos días. Sin embargo, quién si estaba llegando a la mítica ciudad
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    309 era Agar, elmonje que huyó del monasterio justo antes de que éste fuese atacado y habiendo traspasado el puente, cabalgaba veloz a través de la avenida flanqueada por monolitos. Las sombras habían caído ya, y la guardia real realizaba la ronda nocturna como todas las noches. Cuando llegó a la escalinata del palacio, descendió del caballo sin previamente detenerlo. Su bota salió disparada del estribo, impulsada por el nerviosismo y el pánico vivido, pues aún lo llevaba en el cuerpo. Era consciente de que su llegada truncaría el descanso del rey, pero las noticias que traía consigo, iban enfundadas en sí mismo; no llevaba carta de presentación, ni pergaminos… Sólo el olor de la sangre que se había pegado en sus ropas como el pegamento. Un joven mozo, habitualmente de guardia, acudió nada más verle llegar para llevarse su caballo a las caballerizas; tras él, un grupo de cuatro guardias reales, bien armados, descendían con paso apresurado los peldaños de la escalinata. ⎯Señor, sea usted bienvenido a Jhodam —dijo uno de los guardias—. Pero dígame, ¿qué asunto tan urgente trae consigo para verse obligado a presentarse en palacio a estas horas de la noche? El monje se ajustó la capa y respiró hondo, tratando de coger un poco de aire. ⎯Necesito ver al rey. Lléveme ante él, se lo suplico. Agar no necesitó explicarle los motivos, éstos los llevaba reflejados en sus ojos. Los guardias escoltaron al monje hasta la sala de recepción. Una vez allí, el guardia principal que iba delante se volvió hacia el apesadumbrado monje. ⎯Espere aquí, señor. El monje asintió, inquieto. El guardia se alejó por una puerta trasera y los otros tres hombres se quedaron con él. Uno de ellos, le ofreció al monje un cómodo sillón donde sentarse. Agar estaba fatigado de cabalgar sin descanso, un esfuerzo brutal para un hombre de su edad. ⎯Gracias, joven.
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    310 El guardia sonríoy en silencio, él y sus compañeros se dirigieron al umbral; allí, esperarían hasta la llegada del rey. Agar miró a su alrededor. Su respiración se había normalizado, pero seguía tenso. La sala estaba tenuemente iluminada, y su ambiente, acogedor, le relajó lo suficiente como para recuperar el dominio de sí mismo. Le impresionó la belleza arquitectónica de aquella estancia; el suelo parecía un espejo por lo mucho que brillaba, al mirar su reflejo no pudo evitar sentirse pequeño ante tanto resplandor. Alzó la vista y miró a ambos lados, se percató de que la suntuosa sala era circular, rodeada de grandes columnas; no contó los lados, estaba demasiado cansado para hacerlo, pero vio muchos, las columnas no eran totalmente esféricas. Había un gran portón con forma de arco, sin puerta; en su lugar, majestuosos y tupidos cortinajes, separaban la sala de recepción de otra estancia que se ocultaba tras ellos, supuso que tras el arco se encontraba un corredor. La pared que tenía frente a él, estaba bellamente decorada con un impresionante lienzo, confeccionado en oro y plata, con un estandarte finamente bordado: era el escudo doble de las dinastías, Falcón y Nekhbet; el baluarte, la gran insignia real: el halcón con sus alas abiertas y sobre su cabeza un triángulo invertido que representa la Herencia Divina de Nathan, el Grial; recibiendo los cetros del poder: el Triángulo de Fuego y en su interior, la Daga de Oro protegida por las llamas inmortales. Fascinado, Agar, suspiró profundamente. El guardia, siguiendo un férreo protocolo, no fue a despertar al rey, sino a Halmir. Nadie se atrevía a causarle un sobresalto al dios, él único que tenía autoridad para hacerlo era su padre. Por esta razón, cuando Halmir, acostado en el lecho y leyendo un libro arcano, oyó golpes en la puerta su corazón le dio un vuelco y supo desde ese mismo instante que algo malo había ocurrido.
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    311 Dejó el libroa un lado de la cama, extendió su brazo para coger la túnica de descanso que siempre dejaba en el borde del colchón, se enfundó las sandalias y luego, se levantó. Halmir dio unos pasos hasta el umbral del aposento, se llevó las manos a la cabeza, recolocándose los cabellos que le caían sobre la frente y abrió la puerta. ⎯Mi señor, siento mucho despertarle… Halmir lo interrumpió. ⎯No estaba dormido. ¿Qué ocurre? ⎯Hemos recibido la visita de un monje de Hermes, creo que es Agar, mi señor. Desea ver al rey, al parecer es muy urgente. El inmortal se quedó realmente sorprendido. ⎯¿Agar? ¿Qué hace Agar en Jhodam, si puede saberse? ⎯No lo se, mi señor. ⎯Bien, llévame ante él. Será mejor no hacerle esperar. El guardia sin moverse miró a Halmir, extrañado. ⎯¿No piensa despertar al rey? ⎯preguntó. Halmir le hizo un ademán para que echara a caminar. ⎯¿Lo harías tú sin saber el motivo? ⎯No; creo que no. Los dos hombres apresurados, traspasaron el largo corredor en poco tiempo. Halmir con la mirada fija, parecía preocupado. Corrieron los cortinajes y entraron en la estancia. Agar se volvió, sobresaltado; nada más reconocer a Halmir se levantó del sillón como si le hubieran dado un latigazo. Esperaba al rey, pero éste no les acompañaba. Halmir se volvió hacia el guardia. ⎯Puedes retirarte. Gracias. El hombre, en silencio, salió por la puerta principal y se llevó a sus tres hombres consigo. Cuando éstos abandonaron el vestíbulo, Halmir se volvió hacia el monje, éste parecía un manojo de nervios. ⎯Agar… ¿Qué haces aquí? ¿Ha ocurrido algo? El monje no sabía como decir lo que tenía que decir,
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    312 estaba tan nerviosoque empezó a tartamudear. ⎯Ne.. Nece… Necesito ver al rey. Halmir lo interrumpió. ⎯Tranquilícese. Respire hondo. El monje hizo caso y empezó a respirar tan profundamente como pudo. Unas lágrimas surgieron de sus ojos tristones. ⎯¿Mejor…? Agar asintió. ⎯Bien. Dígame, ¿qué ha pasado, para que estés así? El monje se sentó en el sillón y se llevó las manos a las sienes. Y comenzó el infierno… ⎯Hermes… Miles de muertos en el espacio de una sola mañana —dijo, con voz pausada—. Una matanza, Halmir. Una matanza… Los sicarios, mataron a mujeres, niños… No ha quedado nadie con vida. Lo han quemado todo. Halmir abrió los ojos de par en par, creyó estar viviendo una pesadilla; no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ⎯Que ¿qué? —no sabía cómo preguntar, había palidecido de repente—. ¿Qué me estás diciendo? Agar siguió exponiendo el infierno vivido. Las lágrimas ya invadían sus ojos. ⎯Cuerpos mutilados; ríos de sangre. Mujeres violadas, cabezas arrancadas y mis hermanos… el monasterio… Halmir recuperó todo su aplomó, parecía haberlo perdido al escuchar el testimonio de Agar. ⎯La matanza de inocentes contradice todo código de honor. Esto tendrá respuesta, juro que tendrá respuesta. ⎯Hay que informar al rey, Halmir. Ya sé que es muy tarde y que Nathan tiene muchos problemas para conciliar el sueño y descansar, pero… Halmir lo interrumpió. ⎯Sí, por supuesto. Agar se levantó del sillón, encogido por el recuerdo de la experiencia vivida. Halmir le hizo un ademán para que le
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    313 siguiera. ⎯Venga conmigo, despertaremosal rey de inmediato. Ambos traspasaron el arco y tomaron el corredor que conducía a los aposentos reales. Una de las cosas que más odiaba Halmir, era despertar a su hijo en plena noche. Pero en este caso, la gravedad de la noticia, así lo requería. Mientras caminaba acompañado del silencioso monje, su mente trataba de anticipar la posible reacción de Nathan ante tal barbarie. Era consciente de que él podría reventar esa noche. Un escalofrío le recorrió el cuerpo solo con pensarlo. Sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva. «La oscuridad se ha vuelto a cebar sobre todos nosotros. Me temo que las cosas van a cambiar de nuevo», pensó, sin desviar la vista de frente. La sensación de mal presagio de Halmir se fue haciendo más intensa a medida que se acercaba a los aposentos reales. No soportaba la idea de lo que quizá vería en su hijo, pero no podía detenerse. Tenía que seguir adelante. Nada más doblar la esquina del largo corredor que Halmir y Agar transitaban, penetraron en el amplio e iluminado vestíbulo. Lo atravesaron a grandes zancadas. Cuando los dos guardias reales que custodiaban el acceso al aposento real vieron llegar al padre del rey y a su acompañante, les permitieron entrar sin hacerles preguntas. Halmir, Kali y Male-leel eran las únicas personas que poseían un salvoconducto especial otorgado por el rey, podían entrar y salir del aposento cuantas veces quisieran. Si lo centinelas osasen poner algún tipo de objeción, impidiéndoles la entrada, se las tendría que ver cara a cara con el rey, pues era él, precisamente quién había otorgado ese privilegio y éste era irrevocable. Halmir entreabrió la puerta y llamó a su hijo en la oscuridad. No hubo respuesta. Los dos hombres se deslizaron dentro del aposento. ⎯Nathan ⎯volvió a susurrar. Pestañearon para adaptar sus vistas a la oscuridad.
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    314 Halmir se acercóa la cama, tanteó las sabanas, esperando encontrar a su hijo dormido. Pero allí no estaba; en la cama no había nadie. ⎯¿Nathan? Tampoco hubo respuesta. Halmir miró a Agar, intrigado. El monje estaba confuso. Halmir con el semblante preocupado, miró a su alrededor. Y fue entonces cuando vio algo fuera, en la terraza, en plena noche y con el frío que estaba haciendo, una figura ataviada con un faldellín llamó su atención. Ordenó a Agar que encendiera una lámpara y esperara allí, mientras él echó a caminar hacia la exótica terraza. Abrió los grandes ventanales. Nathan oyó que la puerta se abría con un ligero chirrido. Halmir vaciló, más preocupado que nada. Su hijo se volvió hacia él. La mirada del rey expresaba un sufrimiento inusual, como recién salido de una pesadilla de las que no se acaban. ⎯¡Nathan! ⎯exclamó al tiempo que traspasaba, pálido, el umbral del ventanal⎯. Soy yo. ¿Qué haces casi desnudo en la terraza? Cogerás frío. ⎯No me importa. Dichas estas palabras, Nathan se volvió de nuevo; sus ojos se clavaron en la lejanía. Halmir estudió su comportamiento, muy extraño. Se acercó lo suficiente y apoyó una mano sobre el hombro desnudo de su hijo. Agar observaba atentamente a través de los cristales, sin perder detalle de lo que estaba ocurriendo en la terraza. Vio a Halmir como se quitaba la túnica capa y se la ponía a su hijo, cubriéndole hombros y espalda. Vio como ellos, comenzaban a conversar, pero no podía oír nada desde su posición. Esperó a que ambos, entraran en el aposento. ⎯Nathan, ha ocurrido algo en Hermes… Nathan se volvió hacia su padre, lo interrumpió. ⎯Lo sé. ⎯¿Lo sabes? ⎯preguntó Halmir, sorprendido. ⎯Una pesadilla… Miles de voces gritando en mi
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    315 mente… Sangre, fuegoy muerte. Halmir lo miró con atención. ⎯Agar, está aquí. Su testimonio es escalofriante. Entremos. Nathan asintió. Cuando traspasaron el umbral se encontraron al monje con una rodilla hincada en el suelo y la cabeza inclinada. El rey le ordenó que se levantara. ⎯Habla, amigo. Agar, conmocionado, miró al rey. Su voz se quebró. ⎯Ma… Majestad —empezó diciendo—. He visto escenas que nadie debería ver y me faltan palabras para expresar el horror que he vivido. ⎯¿Cuántos sobrevivieron? ⎯Desconozco lo ocurrido con mis hermanos, pero creo que nadie. Nathan echó a caminar por la estancia, tratando de calmar la ira que estaba creciendo en su interior; tensó la mandíbula y apretó los puños. Halmir escuchaba en silencio. ⎯No comprendo cómo es posible que Nabuc, por muy grande que sea su odio hacia mi persona, se haya atrevido a dar muerte a inocentes totalmente desarmados. ⎯Las llamas eran tan feroces que lo arrasaron todo en minutos —continuó Agar—. Yo no quería dejarles, pero el abad me obligó a tomar un caballo y a huir para testimoniar todo lo ocurrido ante vos —hizo una pausa—. Teníamos que haber intuido que algo así podría ocurrir… Agar dejó en suspenso sus últimas palabras. Nathan se volvió hacia él, intrigado. ⎯¿Por qué dices eso? El monje levantó la mirada. ⎯El día antes de la matanza, recibimos en el monasterio la visita de unos jóvenes que habían huido de Esdras. Entre ellos, un levita que solía visitarnos muy a menudo y su hija, la esposa de Nabuc ⎯hizo una pausa, estaba cansado y cada
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    316 vez se lehacía más difícil hablar⎯. Con ellos, había un joven que afirmó ser el hijo de Ciro… Nathan al escuchar las palabras de Agar, sintió un nudo en la garganta. Algo se asfixiaba en su interior. Afligido por el significado de aquella huida, se sentó sobre la cama. Agar notó el malestar del rey y dejó, de nuevo, sus palabras en suspenso para prestarle atención. Halmir se sentó en un sillón con el rostro desencajado por la preocupación. Sus presagios se estaban cumpliendo. Temía lo que su hijo podía hacer, temía su ira. Nathan había palidecido repentinamente. Un espejismo, pues una expresión impasible y hermética descendió sobre el rostro del rey. ⎯Entonces, él ya lo sabe… ⎯murmuró. Agar sacudió la cabeza, sin comprender. Halmir se levantó de un brinco. ⎯Hijo, por favor, no te tortures. Tú no eres culpable de nada, ni siquiera la huida de los jóvenes es motivo para que Nabuc se tomara la libertad de actuar contra los habitantes de Hermes. ⎯La matanza, no ha sido más que una venganza. ⎯Responderemos… ⎯¿Cómo ha sido capaz de perpetrar tal atrocidad contra personas inocentes…? Halmir se sentó a su lado. Agar guardó un mutismo absoluto, estaba sobrecogido por el horror. Su mente seguía vagando, pensando en los futuros acontecimientos; estaba completamente seguro que el rey de Jhodam actuaría y que Nuevo Mundo temblaría ante su ira. Nada ni nadie podría aplacar ese sentimiento de venganza que hacía él. Las llamas de su interior amenazaban con salir a la superficie. Nunca antes nadie se había atrevido a tanto. Sólo Nabuc. Un desafío de sangre que dio directo en la diana. Nathan cerró los ojos.
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    317 Halmir miró asu hijo, horrorizado. De repente, Nathan se levantó, se dio la vuelta y salió apresurado del aposento. Fue todo tan rápido que Halmir y Agar no tuvieron tiempo de reaccionar, cuando lo hicieron el rey ya había traspasado el vestíbulo y penetraba en la sala de los cónclaves; allí, se encerró. Esa noche, la más larga de Jhodam, se ordenó despertar a todos los integrantes del Consejo, sin excepción. Halmir movió todos los hilos necesarios para activar el plan de emergencia. Volvían a respirar el ambiente de guerra. En el vestíbulo, frente a la sala de los cónclaves, se hicieron corrillos entre los consejeros y ministros. Nadie sabía nada. ⎯¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo? ⎯se preguntaban unos y otros. ⎯Han llegado noticias ⎯dijo un consejero, que había tenido la oportunidad de hablar con Halmir y éste le había informado muy por encima de los ocurrido en Hermes. ⎯¿Qué clase de noticias? ⎯preguntó un sacerdote de la Orden Roja, el estamento clerical de Jhodam. ⎯Hermes ha caído… Una matanza. El sacerdote se sentó en una silla, apesadumbrado por la noticia. ⎯¡Por todos los dioses! ⎯exclamó un ministro, llevándose las manos a la cabeza⎯. ¿Ha habido supervivientes? ⎯Creen que no. Otro de los consejeros se coló en la conversación de sus colegas. ⎯¿Han muerto todos? ⎯preguntó. ⎯Eso parece. ⎯¿Qué pasará ahora? El ministro se encogió de hombros. ⎯No lo sé ⎯respondió⎯. El rey es quién tiene la última palabra y me han comentado que está muy trastornado por
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    318 esta causa. Conlas cosas así, puede pasar de todo. Después de esas palabras, se hizo un silencio sepulcral. La espera en el vestíbulo se alargaría el tiempo necesario hasta que el rey hubiese tomado una decisión. Nathan estuvo confinado en la sala hermética unos minutos que a Halmir le parecieron eternos. Pensar que tenía que llevar a su país de nuevo a la guerra le hacía sangrar el alma. Necesitado de paz, había salido al jardín. Estaba amaneciendo. Después de dar un largo paseo por el inmenso jardín que rodeaba su residencia, notó que estaba helado hasta los huesos. Se envolvió apretadamente en la capa que lo protegía y entró de nuevo en la sala magna, la estancia dónde se celebraban los cónclaves. Halmir, Ishtar y el monje Agar estaban esperándole, impacientes. A pesar de que las tres chimeneas de la estancia estaban encendidas, él seguía sintiendo frío; su cuerpo estaba destemplado. El testimonio de Agar seguía retumbando en su mente, sin cesar. Nathan estaba tan trastocado por las últimas noticias, que todo su cuerpo pareció caer en un estado enfermizo. Halmir percibió la tensión en torno a la boca de su hijo y la ira apenas contenida en los ojos, bajo la gruesa capucha negra de la capa. Desde la sangrienta batalla acontecida en Jhodam hace veinticinco años todo había ido más o menos bien. Tensión por aquí tensión por allá, pero nada serio. Hasta aquella noche. Aquella noche había algo diferente. La oscuridad tenía un matiz que erizaba el vello. Llevaban varios días con serías amenazas que procedían de los militantes de Esdras y de toda su plaga de asesinos, contrabandistas y proscritos. Cada día que pasaba, en estos últimos días, era peor que el anterior, y aquel era el peor de todos. Nathan, últimamente, se sentía observado, vigilado por algo muy oscuro e implacable que no le deseaba nada bueno. Ishtar también lo
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    319 había percibido. Ambossabían que no había nada que Nathan deseara más que la cabeza de Nabuc, después de haberlo matado con sus propias manos. El rey se echó hacia atrás la capucha y la corona real que llevaba sobre su cabeza emitió un destello intenso. Se volvió hacia el ventanal. El día había amanecido fresco y nublado. Su voz tronó cargada de coraje, por la drástica conclusión a la que había llegado. Una decisión difícil, pero que finalmente tomó. ⎯Hacedles pasar. Ishtar en silencio se acercó al umbral. Abrió la inmensa puerta y permitió el acceso a la gran sala de los consejeros y ministros que se habían reunido por orden de Halmir en el vestíbulo. Guiados por los dos inmortales, los consejeros tomaron asiento en torno a la larga mesa rectangular. Nathan seguía con la mirada fija en la lejanía, pensando que el frío en esos momentos debía cortar como un cuchillo, porque él seguía teniendo esa sensación gélida que le provocaba algún que otro tiriteo que disimulaba con maestría. Los recién llegados clavaron sus ojos en el monje que estaba sentado, cabizbajo, en la diestra del sillón real. Agar no se atrevió a levantar la vista y notó como todas aquellas miradas se depositaron en su persona, sintiéndose incómodo. El rey se volvió hacia ellos. Miró a los presentes como si pasara revisión. Faltaba alguien, pero no dijo quién. ⎯¡Buenos días a todos! Los presentes en la reunión le dedicaron un ligero cabeceo a modo de reverencia, pues estaba terminantemente prohibido levantarse de la mesa en una reunión, si el rey permanecía de pie. Nathan dio comienzo al cónclave y empezó a exponer lo ocurrido en Hermes, ahorrándole a Agar el suplicio de volver a testimoniar las duras horas vividas. De repente, un golpe brusco en la puerta anunció la llegada del comandante Áquila. Nathan se interrumpió y le dijo que entrara.
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    320 Áquila hincó surodilla en el suelo y le hizo una reverencia al rey. Nathan entornó las cejas, visiblemente malhumorado por su demora. ⎯Majestad, disculpe mi tardanza. Pero… El rey alzó la mano para que se levantara. ⎯No hace falta que me des explicaciones ⎯replicó Nathan, tuteándole, pero serio⎯. Toma asiento, comandante. Áquila se levantó y se dirigió a su lugar en la mesa, junto a Halmir. Todos le miraron con ojos inquisidores. ⎯Estimados señores, disculpen mi retraso ⎯dijo Áquila, burlándose de todos aquellos viejos farrucos que cuchicheaban siempre a sus espaldas. Era consciente de que su amistad con el rey levantaba la envidia de todos ellos⎯. He tenido asuntos muy importantes que atender. El mariscal Addí, conocido por sus trifulcas y malos modos, se atrevió a replicar el comportamiento del guerrero en presencia del rey, dejándole en evidencia. ⎯En buena compañía femenina, ¿supongo? Áquila cabeceó y bufó ante aquellas inoportunas palabras. Se le estaba caldeando la sangre. ⎯Eso no es asunto suyo ⎯replicó encendido⎯ ¡Retráctese! No pienso permitir… El rey que se había sentado tan solo unos instantes antes de su llegada, se levantó, furioso. Le gritó con severidad. ⎯¡Áquila! ⎯Pero, majestad… Él ha empezado —dijo al mismo tiempo que le dedicaba una mirada indescifrable a Addí—. ¡Exijo que el mariscal revoque sus palabras! La voz del rey tronó de nuevo y esta vez retumbaron los cristales. ⎯¡Silencio! Áquila enmudeció y se sentó junto a Halmir, éste lo miró y le hizo comprender que no era el momento. Sin embargo, si le preguntó en voz baja: ⎯¿Qué asuntos son esos, comandante? ¿Acaso no sabéis lo ocurrido en Hermes? Me he encargado de correr la voz,
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    321 deberías estar informado. Áquilalo miró, perplejo. ⎯¡Dioses! —exclamó—. Nadie me ha informado de nada. ¿Qué ha pasado? Ni Halmir ni Áquila se habían dado cuenta de qué el rey caminaba hacia ellos. Se situó a sus espaldas. Nunca antes, su padre y su fiel guerrero, de conducta intachable, habían tenido tanta osadía para interrumpir una reunión, que en este caso era su reunión. Irritado como estaba y el resto de los presentes, enmudecidos, Nathan apoyó una mano en el hombro derecho de su padre y la otra mano en el hombro izquierdo de Áquila. Ambos sintieron un terrible escalofrío. Su voz amenazante, tronó muy cerca de sus oídos. Halmir, tembló; Áquila, se hizo pequeño. ⎯Podéis callaros de una vez, porque sino os pediría a los dos que abandonaseis el cónclave. Dichas esas palabras, el rey se dirigió de nuevo a su asiento. Se acomodó. Nathan estuvo un rato tamborileando las yemas de los dedos de una mano contra el cristal que forraba la mesa de madera de cedro. Nadie de los allí presentes, supo intuir, ni de cerca, lo que pasaba por la mente del rey ni siquiera su padre, que temblaba a cada tintineo de aquellos finos dedos. ⎯Nabuc se ha atrevido a perpetrar en territorios de Jhodam una matanza de proporciones catastróficas. No hace falta decir que una actuación de este tipo es una clara alusión a un conflicto armado ⎯hizo un silencio⎯. Señores, estamos en guerra. Los presentes en la sala estallaron en murmullos. Hacia mucho tiempo que tenían ganas de plantarle cara a Nabuc. Nathan se volvió hacia su comandante. ⎯Áquila, ordena a los forjadores que preparen y revisen la armería ⎯dijo⎯. Una vez hayas dado la orden, te presentas ante mí. Una vez Jadlay haya regresado, partiremos hacia Esdras.
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    322 El guerrero afirmócon un cabeceo. ⎯¿Y mis hombres? Ahora mismo están destacados en Bilsán como vos ordenasteis. ⎯Que sigan allí. Estoy seguro de que Jadlay se detendrá en su ciudad antes de presentarse aquí. Él les dará instrucciones, me fío de su instinto. ⎯¿Jadlay? ⎯Sí, Áquila. Han huido de Esdras. El guerrero, perplejo, no pudo evitar asegurarse. ⎯Majestad, ¿eso es totalmente seguro? ⎯Sí; Agar, me lo ha confirmado. El monje miró al rey. El fatigado hombre comprendió que la guerra era inevitable. ⎯Una legión de mil ochocientos hombres partirán en dos días rumbo a Esdras, quiero que por el camino inspeccionen los alrededores por si existiesen supervivientes de Hermes ⎯miró al mariscal Addí⎯. A vuestras órdenes os dejo la milicia real que se encargará de proteger nuestra ciudad de cualquier intento de asalto. Te autorizo a delegar tus funciones a un segundo, pero asegúrate de que tiene capacidad para el mando. Si es necesario, serás llamado para liderar una legión en Esdras. El mariscal se removió en su asiento. ⎯Hay que alertar al resto de nuestras fuerzas para que se atrincheren a los largo de los Bosques Tenebrosos, los rebeldes no dudaran en penetrar en ellos, para atacar Bilsán ⎯indicó Addí. ⎯Lo sé —dijo—. Ya he tomado medidas. Nathan se volvió hacia Ishtar y le ordenó con decisión. Halmir esperaba que su hijo le ordenase algo, pues no pensaba quedarse de brazos cruzados. Pero Nathan, pasó de él. ⎯Reúne a los mensajeros y a los más escurridizos para que promulguen el edicto de guerra y ordena al halconero Abirón que haga partir a sus halcones peregrinos rumbo a todos los rincones de Nuevo Mundo. Quiero que todo el
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    323 mundo sepa loque se avecina y les permita prepararse. Yo no puedo estar en todas partes. Nathan se levantó del sillón y se dirigió hasta donde estaba su senescal, éste había permanecido en silencio durante toda la reunión. ⎯Ehúd, quiero que te encargues de proteger las fronteras sur y este, incluido Roccá. ⎯De acuerdo, majestad. Miró a todos, con el semblante extremadamente serio. ⎯No pienso permitir que Nabuc y sus tropas perpetren una incursión en tierras Jhodamíes ⎯dijo el rey⎯. Quiero que esa maldita escoria sea acorralada como a una bestia salvaje. ¡Quiero que pague por lo que ha hecho! Se hizo un opresivo silencio. Inmediatamente después, el rey dio por acabada la reunión y abandonó la estancia. Áquila se levantó para seguirle, pero Halmir lo agarró de un brazo, deteniéndole. ⎯No; ahora, no —dijo—. Déjale tranquilo. El guerrero se sentó, sin comprender. Miró al inmortal, éste a su vez, miraba a Ishtar. La preocupación se reflejaba en sus regios rostros. Por fin, Nathan dio la orden que todo el mundo esperaba, pero que nadie deseaba. Halmir tenía la mente embotada de tanto pensar. Una guerra y sus efectos colaterales no eran el camino que deseaba su hijo, pero era consciente de que no tenían más alternativas. Si no lo ordenaba Nathan lo haría Nabuc y eso, si no lo ha hecho ya. Comprendieron lo difícil que debió ser para el rey tomar una decisión tan drástica. Sin embargo, en esos momentos, lo que más preocupaba a Halmir era que su hijo planeaba entrar en combate cuerpo a cuerpo y sencillamente, no estaba de acuerdo. ⎯Áquila, no quiero que Nathan participe en la guerra. El guerrero se quedó perplejo ante la petición de Halmir. ⎯¿Qué quieres que haga? ⎯preguntó⎯. Yo no puedo negarle ese derecho, él es el rey. Además, vuestro hijo, Jadlay
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    324 y yo partiremoshacia Esdras, independientemente del grueso militar. Creo, Halmir, que su intención no es combatir en la batalla, sino enfrentarse personalmente a Nabuc. ⎯Ese es un honor reservado para Jadlay, no para mi hijo. ⎯Sí, entiendo —repuso Áquila—. Pero Nathan es la víctima del plan de Nabuc, no Jadlay. ⎯No estoy de acuerdo contigo, pero si no se puede evitar te exijo que protejas a mi hijo. No quiero que lo dejes solo ni un instante, pues no deseo que ningún puñal traspase su carne. ⎯El rey es, como diría Nabuc, un jodido inmortal — sabía que sus palabras no eran las correctas, pero a veces había que decir las cosas tal cual son—. Perdonar mi expresión no trato de ofender al rey, pero se lo que piensa ese maldito villano. Además, no nos pongamos tan pesimistas, eso no tiene por qué suceder. Nathan tiene poder para arrancar los pies de Nabuc del suelo y lanzarlo al infinito. No entiendo a que se debe vuestro miedo. ⎯¿Tú crees? ⎯Por supuesto que lo creo. Lo que no entiendo es por qué no usa su poder, me consta que lo tiene. Es como un dragón, su sangre es de fuego. Halmir se levantó, exasperado por las últimas palabras de Áquila. ⎯Mi hijo no es un dragón. Es más que eso… Si desatara su poder, sufriríamos todos. ⎯¿Estás diciéndome que no puede hacerlo? —preguntó Áquila, sorprendido—. ¿Qué tiene que alzar su espada para arrancarle la vida a ese maldito usurpador? ⎯Si puede, pero no debe. Las palabras de Halmir fueron contundentes. Sin más, puso fin a la conversación. Halmir dio media vuelta y se dirigió al umbral, tras él, Ishtar y Agar, con el semblante preocupado por las duras decisiones que se habían tomado en aquella sala.
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    325 Áquila se quedósolo, pensativo. Los consejeros y ministros abandonaban tranquilamente la sala, murmurando entre ellos. El rey había delegado funciones a todos, sin excepción; y el inexorable paso del tiempo empezó a descender del reloj de arena, iniciando el final de la cuenta atrás. Nathan regresó a su aposento. No había dormido en toda la noche. Estaba cansado y mostraba un semblante pálido y descompuesto. Kali soñaba con él y al no encontrarle en su aposento, esperó ansiosa su regreso. Hacía días que no coincidía con Nathan. El rey, nada más llegar al vestíbulo, saludó a los centinelas, ellos le correspondieron con una profunda reverencia. Abrió la puerta. Una exótica fragancia femenina lo embriagó, hechizándolo. En el umbral, con su larga cabellera dorada trenzada y colocada a un lado, le caía sobre el torso. Sus ojos de un azul intenso, rodeados de ojeras, irradiaban la luz de los dioses. ⎯Alfa et omega. Principius et finis… ⎯dijo él. ⎯Sol de mi vida, ¿qué ocurre? Nathan pensaba en Nabuc, su mente seguía turbada. ⎯A veces desearía no ser rey —dijo—. Tengo que tomar decisiones de las que no me siento orgulloso. ⎯Sea la que sea, la decisión que hayas tomado, ésta será la correcta —dijo ella—. Posees un juicio justo y noble y te seguiremos a dónde nos lleves. ⎯Quiero hacerle sufrir por todo el daño que ha causado en Hermes. No está bien decirlo, pero…, quiero vengarme. Su corazón latía muy deprisa, quizá por la proximidad de ella. Kali dio unos pasos hasta él y suavemente le quitó la corona que depositó sobre una pequeña mesa que había
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    326 junto al hogarencendido. Nathan se quedó en silencio unos instantes, pensativo, se acercó a la chimenea, junto al fuego, mirando el crepitar de las llamas. Kali, dispuesta a relajarle, aflojó el pesado cinturón que soportaba el cinto con la daga, y lo dejó caer al suelo. Lo notó excesivamente tenso. Mientras él frotaba sus manos para calentárselas, inquieto, aunque en el aposento no hacía frío, ella aflojaba los broches que sujetaban su larga túnica de los hombros que, como el cinturón, cayó al suelo; luego se situó a su derecha, se alzó de puntillas y lo besó en la frente. Nathan cerró, momentáneamente, los ojos, dejándose amar. Ella le acarició el rostro, recorrió la curva de sus orejas, le pasó un dedo por los labios y percibió la fragancia de su piel, hipnotizadora. Kali husmeó disimuladamente el suave y dorado lienzo que cubría todo su cuerpo, distinguiendo el exótico perfume que despedían las flores de Opium, mezcladas con Azahar. Nathan cuidaba hasta el mínimo detalle de su persona. La garganta de Kali emitió un profundo suspiró, enamorada de aquél hombre, eternamente joven, que solía ignorarla muy a menudo. Nathan no lo hacía a propósito, sino inducido por sus obligaciones de estado. Kali se detuvo unos instantes para sentarse en una pequeña banqueta, dispuesta a contemplarle. Él estaba ruborizado y casi sin aliento, pese a estar terriblemente cansado. Pero ella estaba muy receptiva y necesitaba amarle. Lo miró a los ojos. ⎯Contigo estoy a gusto. Pero me iré si tú me lo pides. ⎯No te vayas, quédate conmigo ⎯dijo Nathan⎯. Siento la oscuridad en mi espalda. Una terrible oscuridad que me persigue para devorarme. Kali, necesito tu luz para seguir vivo. Ella sintió el calor en su interior, pudo notar como el corazón de Nathan ardía dentro del pecho. Él se arrodilló frente a ella y apoyó la cabeza en su regazo. Kali le puso un dedo bajo la barbilla y le obligó a que la mirase a los ojos.
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    327 Nadie conocía ala deidad como ella, nadie. Y por primera vez en horas, Nathan olvidó quién era; olvidó su tensión y se dejó arrastrar por aquella sensualidad que le sedujo los sentidos. Kali alzó la mano y comenzó a acariciarle sus cabellos rubios. Poco a poco y suavemente, deshizo la trenza y la hermosa melena rizada de Nathan quedó libre; olía al perfume de aceites aromáticos; suelta, le caía los grandes mechones en espiral por debajo de la cintura, más abajo incluso de las nalgas, y las puntas le rozaban la parte trasera de los muslos. Era espesa y brillaba como el oro. Nathan permanecía quieto, en silencio. Ella le dirigió unas palabras que desbocaron su afligido corazón. ⎯Te amo tanto que vivir sin ti es como si me faltara la luz del día y las estrellas de la noche. Nathan levantó la cabeza y clavó sus brillantes ojos en los de ella. Kali irradiaba una mirada diferente; una pasión profunda. Captó su deseo y estaba dispuesto a hacérselo realidad. Ella deslizó sus manos sobre la espesa cabellera, enredando sus largos y finos dedos entre los rizos que pendían en espiral. ⎯Quiero que me poseas bajo las estrellas y germines vida en mi interior. Nathan la besó. ⎯¿Bajo las estrellas…? Kali… ⎯Dime. ⎯Es de día —dijo él—. Pero si tú quieres, creo la noche y las estrellas para ti. ⎯¿Lo harías? ⎯Si ⎯La respuesta de Nathan fue firme. Kali sintió como un corpúsculo de luz, diminuto, invadía todo su ser. ⎯Mi dios… ⎯susurró⎯. Iníciame… ilumíname. A lo que él, contestó: ⎯Trasmíteme.
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    328 Dispuesto a realizarel Hieros Gamos Ancestral… Él como divinidad dual, chasqueó los dedos y de repente, la oscuridad invadió la luz del aposento. Kali, asombrada, miró al techo y un cielo estrellado se abrió ante ellos. Surgió la noche, sólo para el matrimonio sagrado, cómplice de su pasión. Y allí en el recinto sagrado, bajo las brillantes estrellas de aquel mundo mágico creado por la divinidad, dos seres inmortales se unieron en una boda ritual entre el Sol y la Luna, durante el cual el uno desaparece en el otro; fundiéndose en presencia de la Quintus Essentĭa. Nathan y Kali hicieron el amor apasionadamente, en la roja alfombra, junto al fuego, escuchando el crepitar de las llamas y el canto cósmico de los Seres que, trayendo consigo la semilla de un nuevo despertar, en espíritu se unieron al dios… Su dios.
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    329 Capítulo 11 Exhortación enla noche Exhortatiōnis in noctem La llegada a Bilsán fue extraña. Jadlay se sintió extranjero en la tierra que lo había visto crecer. Aquel día que estuvo encadenado en el maldito altar de Festo, Jadlay, descubrió su verdadero origen en boca de Nabuc. Y desde ese día algo cambió en él, era como si el rey que llevaba en su interior se hubiese despertado de un profundo letargo. Todos los poros de su piel transpiraban la sangre real que corría por sus venas. Su carácter arrogante y pendenciero se había apaciguado como por arte de magia. Lamec, Najat y Yejiel, con el resto de la comitiva, marchaban tras él cabalgando al paso por las calles de la ciudad. El ambiente que se respiraba era el propio de los inicios de una guerra. Había soldados por todas partes tanto de Jhodam como de Bilsán. Los arqueros de Jhodam, la unidad de élite del rey Nathan y la milicia de los libertadores, la resistencia de Jadlay, patrullaban por la ciudad dispuestos a todo por defender a su gente y a sus tierras. Llegaron a la plaza, rodeada de pórticos, y allí, Jadlay, se reencontró con su padre adoptivo. En la cara de Morpheus brilló la alegría al ver a su hijo sano y salvo; sin embargo, Jadlay, notó que algo lo enturbiaba. Detuvo su caballo y desmontó, sin dejar de mirarle. Morpheus se acercó a él y lo abrazó calurosamente. ⎯Me alegro mucho de verte, hijo ―dijo con el semblante
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    330 muy serio―. Cuandome dijeron que los sicarios te habían capturado… Jadlay no le dejó continuar. ⎯¿Qué ocurre? ⎯Los mercenarios del rey Nabuc atacaron Hermes ⎯hizo una pausa, recordar la cruel matanza le producía molestias en todo el cuerpo⎯. Por orden de nuestro rey, hemos enviado una expedición a la zona para comprobar si hay supervivientes. Lamec que estaba cerca de ellos no pudo evitar oírles. Jadlay lo miró fijamente, por su cabeza pasó la terrible idea de que ellos eran el motivo de la ira del rey de Esdras. Los arqueros que escoltaron al grupo hasta Bilsán, desmontaron y se relajaron junto a sus caballos, esperando en silencio a que Jadlay decidiese emprender el viaje rumbo a Jhodam. Morpheus se acercó al capitán y le dio las gracias por ayudar a su hijo, pero éste aclaró que no habían hecho nada. Los jóvenes ya estaban fuera de peligro cuando ellos los encontraron. De todas formas, el capitán, para no ser descortés con él aceptó sus buenos deseos. Después, Morpheus se volvió hacia su hijo y le explicó la situación que se estaba viviendo últimamente. ⎯Nabuc quiere conquistar Bilsán y para eso ha enviado hacia aquí un contingente de más de quinientos hombres. El estallido de la guerra es inminente, Jadlay. Ni en Bilsán ni en Jhodam sabían cómo lo había logrado, pero el rey de Esdras había conseguido entrenar para la guerra a más de mil hombres en un abrir y cerrar de ojos. Situados a lo largo y ancho de los bosques de Haraney, se preparaban para avanzar hacia el sur. Después de la matanza propiciada en las aldeas del este, los mercenarios comenzaron a devastar los cultivos de los poblados del oeste, amenazando a los aldeanos con violar a sus mujeres y quemar sus casas, si no les entregaban sus
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    331 propiedades. Y así empezaronlos saqueos rebeldes. ⎯Interceptamos a varios mensajeros de Nabuc, pero se nos escapó uno que creemos, se dirige a Jhodam. ⎯¿Y nosotros? ―preguntó Jadlay, muy preocupado por lo mucho que habían cambiado las cosas en tan poco tiempo―. ¿Cuál ha sido la respuesta del rey? ⎯La guerra ―respondió Morpheus―. Nuestro ejército se distribuirá en varias partidas. Una división ya ha partido hacia Esdras. Jadlay escuchaba a su padre con el semblante tan serio, que parecía petrificado mientras que sus compañeros de fuga habían enmudecido ante las malas noticias. Aby y Joab no podían creer que Nabuc haya sido capaz de llegar tan lejos. La posibilidad de perder el trono lo había desquiciado por completo. Morpheus con un chasquido de los dedos despertó a los jóvenes del letargo auto impuesto y éstos echaron a caminar tras él. Se dirigieron tranquilamente a la posada de Zenás. Mientras caminaban, Jadlay observaba intranquilo la plaza, antes alegre; ahora… De repente, ya en el umbral de la posada, Morpheus se detuvo antes de entrar y se volvió hacia su hijo. ⎯Nuestro mundo ha cambiado ―dijo―, y nos enfrentamos a grandes peligros. Ahora más que nunca, debemos unirnos para hacer justicia y también, por una causa común ⎯apoyó una mano sobre el hombro de Jadlay⎯: recuperar tu legado. La herencia de tu padre, el rey Ciro, y que Nabuc te robó. Él fue el instigador de tu asesinato, como ya bien sabes, y se proclamó rey ⎯hizo una pausa⎯. Por favor, te lo suplico, no culpes a Nathan por no habértelo dicho. Por supuesto que él lo sabía, pero decidió mantener el secreto sólo para protegerte. Él lo único que quiere es devolverte lo que te arrebataron: tus posesiones, tu ciudad y darte el lugar que te corresponde. Sin embargo, quiero que sepas una cosa… Nosotros, los inmortales, somos
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    332 una raza ancestralmuy unida, inquebrantable, diría yo, y tenemos sospechas de que los planes de Nabuc esconden algo retorcido, algo que no te relaciona a ti y que pone en peligro la esencia misma de nuestro rey. Él mantiene silencio porque no quiere que nos preocupemos, pero nosotros intuimos que algo muy malo está a punto de ocurrirle y hay que impedirlo. ⎯¿Cómo? Mopheus abrió la puerta de la posada. ⎯Ese es el problema, qué no sabemos cómo ayudarle. Por eso te pido que no arremetas contra él por no haberte confesado tus orígenes ―suspiró él, apesadumbrado―. Tal y como están las cosas, eso contribuiría a deteriorar aún más su estado anímico, últimamente muy amedrentado por la decisión de llevar a Jhodam a una nueva guerra. Él nunca ha querido esto, pero lo ocurrido en Hermes ha detonado su ira. Nathan siempre pensó que tú podrías optar a tu legado de una manera más limpia, pero ha terminado por aceptar que eso es imposible. Él sabe que el derramamiento de sangre es inevitable ¿Prométemelo, Jadlay? El joven pareció vacilar ante la petición de su padre, pero finalmente accedió. ⎯De acuerdo, no le diré nada. Morpheus pasó un brazo por los hombros de su hijo. ⎯Gracias, hijo. Ahora, entremos, quiero que me presentes a tus amigos. No conozco a tres de ellos. ⎯Padre, no conoces a dos de ellos. El tercero es una chica. El inmortal se volvió hacia su hijo, perplejo. Aby se quitó la capucha y sus ojos ambarinos, brillaron con todo su esplendor. Jadlay iba a hacer las oportunas presentaciones cuando su padre se dirigió a él, exaltado. ⎯Pero, Jadlay… ¿Qué hace una mujer con vosotros? Jadlay tragó saliva, sabía qué lo que iba a decirle a su padre cambiaría su modo de proceder y quizá, algo más. ⎯Ella es Aby, hija de Joab… La esposa de Nabuc.
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    333 Joab extendió sumano para saludarle y la joven, se volvió a ocultar el rostro bajo la capucha, asustada. De pronto se dio cuenta de que su presencia en tierras jhodamíes no iba a ser bien aceptada. Morpheus correspondió al saludo del levita, a la vez que seguía sosteniendo la mirada de su hijo. ⎯¿Quéeee? ¿Te has vuelto loco? Repentinamente, Jadlay se tragó la lengua. No se atrevió a replicar al hombre que lo había criado. Morpheus se volvió hacia ella, alarmado y preocupado, por su presencia. Ahora comprendía por qué Nabuc había actuado como lo había hecho. Hasta que las puertas de la taberna no se cerraron tras ellos y Aby se encontró de repente en aquella casa donde la cerveza corría por doquier, no se había dado cuenta de lo mucho que había cambiado su vida. No había visto jamás un lugar como aquél, tan… En el ambiente cálido e impregnado del humo de las pipas flotaba un murmullo: el rumor constante de las conversaciones de todos aquellos hombres y alguna que otra mujer, la mayoría guerreros, que llenaban el aire y mantenían la taberna activa. Últimamente, la taberna de Zenás, era frecuentada por guerreros llegados de todas partes. Bilsán se había convertido en un hervidero de hombres de armas, ansiosos de entrar en combate, influenciados por el deseo de derrocar a un rey que dominaba tiránicamente. Por eso, cuando Zenás vio entrar a sus ilustres visitantes no podía creérselo. Inmediatamente se fue hacia ellos, los saludó y les ofreció una mesa alejada del resto de sus ruidosos clientes, para que pudieran conversar tranquilos, porque estaba seguro de que tendrían mucho de que hablar. La resistencia se merecía eso y más… ⎯Vamos ⎯les instó Morpheus en voz alta para asegurarse de que era oído. Zenás llevó a la mesa, vino, cerveza y algo de comer. Pero el grupo no prestó atención a las bebidas ni a la comida,
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    334 estaban demasiado preocupadospor los recientes acontecimientos. «No ⎯pensó Morpheus⎯, no es posible» Volvió a mirar a la joven. No podía creerlo, aquella joven era realmente la esposa de Nabuc. «¿Qué demonios estaba haciendo su hijo con ella? ¿Con su padre y con el joven que les acompañaba?» Para Morpheus todo encajaba. Últimamente, los inmortales, solían quejarse de que Nabuc estaba obsesionado con Nathan; sin embargo, la presencia de aquella mujer, en una ciudad que no era la suya, lejos de la mirada de su esposo… ―Morpheus suspiró―. Aquella situación era políticamente incorrecta. «¿Sabría Nabuc que su mujer había huido con los jóvenes? Seguro que sí, sino no hubiera ordenado la matanza en Hermes», Morpheus se preguntó y se respondió a sí mismo. ⎯No puedo mantenerme indiferente ante lo que ha ocurrido, hijo ⎯dijo⎯. ¿Qué crees que estás haciendo, Jadlay? Permitiendo que ella os acompañe… ⎯movió el índice con desaprobación hacia Aby. ⎯Padre ⎯Jadlay se irritó⎯, yo y mis amigos estamos libres gracias a ellos. Arriesgaron sus vidas por nosotros y merecen mi total confianza. ⎯Muy noble por tu parte ―respondió―. Pero con vuestra irresponsabilidad, Hermes, ha padecido pasto de las llamas y Nathan… No quiero ni pensar lo que puede ocurrirle por esta causa. Nabuc ha sido abandonado por su esposa y seguro que piensa que es nuestro rey el instigador del plan que le permitió a ella ayudaros a escapar ¿Acaso no lo entiendes? ―preguntó, hastiado―. Él será el más perjudicado por tus acciones. No se trata de los que piense yo, o incluso, tú, sino de lo que piense el mequetrefe ese que te usurpó el trono ⎯Morpheus ya había oído demasiado. Empujó la silla hacia atrás y se levantó. Jadlay dejó que su padre desaprobara su actuación hasta que se hartó de escucharle. Morpheus se había encaminado
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    335 hacia la salidacuando su hijo lo detuvo. ⎯¿De qué estás hablando, padre? ―preguntó―. Nabuc no necesita un motivo para descargar su tiranía sobre los demás. No te das cuenta, lo hubiera hecho de igual modo; además, nuestras vidas estaban en juego. Estoy seguro de que Nathan lo entenderá, cosa que tú no estás haciendo ―Jadlay se levantó y lo miró fijamente―. Me decepcionas, padre. Lamec intervino para que las aguas volvieran a su cauce. ⎯No deberíamos discutir ―dijo―. Somos aliados y estamos embarcados en el mismo barco. Estemos en paz. Se quedaron en silencio. Morpheus miró a Joab y a su hija con recelo. Sabía de lo que estaba hablando y de las consecuencias; sería un gran problema para Nathan, pero por su hijo no le quedó más remedio que aceptar. ⎯De acuerdo ⎯dijo con aire derrotado⎯. Sin embargo, no podemos dejar a Nathan al margen. Partiremos hacia Jhodam de inmediato. Y todos en paz, salieron de la taberna. Los arqueros, impacientes por regresar a Jhodam cuanto antes se alegraron al verles salir. Los jóvenes subieron a sus monturas, excepto, Yejiel y Najat, que no partieron con ellos. Jadlay decidió que era mejor que se quedarán a cargo de la resistencia, en Bilsán. La guerra había comenzado y no había tiempo para los remilgos. Yejiel y Najat querían demostrar su valía, era pues, primordial proteger Bilsán del enemigo. Entre ellos no hubo despedidas, sino un hasta luego. Al mensajero de Nabuc lo escoltaron hasta el estudio privado del rey. Cruzaron los corredores del palacio, apresurados. Nathan, en un intento desesperado de que los mensajes le llegasen a él antes que a su padre, había dado orden a sus subordinados de que cualquier despacho extranjero debía serle entregado personalmente.
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    336 El rey aguardabaen su estudio, junto a su padre, todavía con las ropas de descanso. Llevaba la melena suelta y su semblante no había cambiado de color, seguía manteniendo la palidez de las últimas horas. La estancia, cálida, y a la vista, relajante, era un espacio amplio y poco amueblado, para sus dimensiones; una chimenea de piedra, construida en la propia pared y bellamente ornamentada; un lujoso escritorio de madera de cedro, al que acompañaban dos sillones, utilizados exclusivamente por los consejeros, ministros, adeptos de la Orden de los Iniciados o cualquier subdito, sin importar condición ni casta, que solicitaban audiencia privada con el rey, también de cuero; sobre la mesa, el sello real y el sello dinástico, pergaminos vírgenes y material de escritura; el sillón real, mullido, de cuero; una vitrina de oro y cristal, que ocupaba toda la pared y dónde Nathan guardaba la mayor parte de la documentación confidencial y una inmensa librería, llena de libros milenarios, todos ellos arcanos. Justo detrás del sillón, un lienzo, con la representación geográfica de Nuevo Mundo, una cartografía marítima y la representación limítrofe de Jhodam con sus vecinas Esdras y Rhodes; y a ambos lados, sendas columnas laminadas en oro con un asta cada una de ellas y de las cuales colgaban majestuosamente alzadas las dos banderas más importantes del reino: la bandera dorada de Jhodam, con el emblema del halcón en negro y la bandera púrpura con el estandarte bordado en oro y plata de las dos dinastías inmortales Falcon-Nekhbet. Sus grandes ventanales, vestidos con suntuosos cortinajes aterciopelados de color granate que cerraban los visillos de seda blancos que cubrían los cristales, aprovechaban al máximo la luz solar. El estudio real, era un lugar concebido para tratar los asuntos de estado, totalmente insonorizado y con vigilancia permanente. Sin duda, la estancia capital de todo el palacio. La maciza puerta de oro se abrió. Dos guardias reales, permitieron el acceso del mensajero a las dependencias privadas del rey; éste le estaba esperando,
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    337 impaciente. El mensajerose deslizó por la estancia hasta situarse ante el rey. No hubo reverencias. Halmir se acercó al extranjero y le arrancó de las manos el pergamino para entregárselo a su hijo. Nathan escudriñó al joven y rompió el sello sin ni siquiera apartar la vista del enviado. Leyó. «Es capital que toméis esta misiva en serio. El asunto que me obliga a enviaros un mensajero, no es negociable. Entregadme a Jadlay y a mi esposa; sino, Bilsán y Jhodam correrán la misma suerte que Hermes. Si os mostráis indiferente, os destruiré a todos. Si me entregas los que te pido, y te rindes, algunos sobrevivirán, entre ellos vos, majestad. Firmado: Nabuc I, Rey de Esdras.» Nathan, impasible, dejó el pergamino sobre la mesa y luego, echó a caminar alrededor del joven mensajero; éste le miraba de reojo, con miedo. ⎯¿Supongo qué debes regresar a Esdras con una respuesta? El mensajero tragó saliva. Sus piernas temblaron. ⎯Suponéis bien, majestad. Nathan sonrió, sin ganas. ⎯Bien ⎯empezó diciendo⎯, decidle a vuestro rey que no acepto el trato. Sus condiciones no son aceptables. No rendiré a Jadlay, ni a su esposa real, ni siquiera le daré la oportunidad de que ponga un pie en Bilsán, ni en Jhodam; y si no atiende a mis amenazas, el único camino posible para vuestro rey y todos vosotros, es la muerte. El mensajero al sentir la proximidad de la deidad, notó como se le erizaba la piel. Su garganta se negó a pronunciarse. El rey se volvió hacia los guardias. ⎯Llevaros a este hombre de aquí y aseguraros que abandona la ciudad. Cuando los guardias y el mensajero se hubieron ido, los ojos del rey buscaron a su padre; éste, de pie junto a la chimenea encendida, había enmudecido al escuchar la misiva
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    338 leída por suhijo. ⎯Nabuc es un cobarde. Pretende utilizar a Jadlay y a su esposa como excusa para dominarnos. ⎯El rostro de Nathan se volvió duro, sus rasgos parecían haberse afilado de repente. Halmir reaccionó. ⎯No hay esperanzas, hijo. Él sabe que no te rendirás, del mismo modo que no entregarás a su sobrino, ni a la mujer que lo acompaña. ⎯No. No la hay. La guerra es inevitable y sabes qué… ⎯dejó en suspenso lo que iba a decir, reflexionó sobre ellos unos instantes. Halmir cabeceó. No tenía ni idea de lo que iba a decirle su hijo. ⎯En realidad, y aunque Nabuc no lo mencione, yo soy la causa de esta guerra. Me quiere a mí, padre. Dichas estas palabras, Nathan calló y abstraído en sí mismo contempló una visión: «una guerra causada por la envidia que generaba su poder; el enemigo que se desperezaba de la noche atacando sin piedad a multitud de poblados y pequeñas ciudades, incluso creyó reconocer en su visión a Bilsán. También pudo ver estelas de humo y sangre…» Repentinamente algo se encendió en él; su lado humano, sintió ira. Mucha ira. ⎯Maldito seas, Nabuc. ⎯Cogió una jarra de cristal que había sobre la mesa, llena de agua, y la estrelló contra la pared⎯. Se me ha acabado la paciencia. Basta. Quiero a Nabuc capitulado, y lo quiero ya. Halmir se sobresaltó, asustado. El fuerte estruendo que ocasionó la jarra al estrellarse; no sólo contra la pared, sino contra el suelo, cuando cayeron sus ínfimos fragmentos como en una lluvia de cristales, reverberando el eco en toda la estancia, obligó a Halmir a cubrirse la cara con las manos para protegerse de posibles cortes por impacto. La reacción del rey y los cristales esparcidos por todo el suelo, le dejaron totalmente aturdido.
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    339 Se quedó sinpalabras. Miró a su hijo, apesadumbrado. ⎯Vete, padre. Quiero estar solo. Halmir hizo una reverencia y dio media vuelta sin decir ni una sola palabra. Sentía los ojos de su hijo clavados en la espalda. Al salir, cerró la puerta tras él. Se apoyó unos instantes en la pared, los centinelas que custodiaban la entrada al estudio, lo miraron sorprendidos. ⎯Excelencia, ¿se encuentra bien? ⎯le preguntó uno de ellos. Halmir parecía confuso. ⎯¿Cómo?… Ah, sí… ⎯titubeó al hablar⎯. Estoy bien. Gracias. Se marchó, cabizbajo. En las puertas de palacio, treinta minutos antes de la medianoche, un pelotón de guardias reales hacía la ronda, tal como hacían todas las noches. Los guardias, la mayoría muy jóvenes, estaban muertos de frío y esperaban otra larga y aburrida noche sin nada más que hacer que dar patadas al suelo y burlarse de sí mismos para reír un poco y entrar en calor. Realizar la ronda nocturna era la prueba que debían superar, si algún día querían aspirar a formar parte de la escolta del rey. Y no bastaba con un día, sino que tenían que coleccionar un buen número de ellos, antes de que el capitán al mando diera cuenta al rey de las actitudes de algún que otro guardia con posibilidades de ascender. Así de sencillo. Cuando faltaban tan solo dos minutos para la medianoche, una sombra más negra que la oscuridad que llevaba un rato vigilando, tras unos setos, muy cerca de la escalinata real, esperaba el momento de ver salir a Male-Leel del palacio. Era el hechicero Festo. Y no estaba solo. Se confundía entre las sombras. Silencioso. De repente, se giró un viento extraño que susurraba entre los árboles del
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    340 jardín. Era unaextraña sombra que surgió de la nada y se fundió con el aire, formando pequeños remolinos alrededor del hechicero. El repentino movimiento de las hierbas y el caer de algunas hojas de los árboles, alertaron a los guardias. El hechicero, para no ser descubierto, echó a correr. Sus aceleradas pisadas fueron escuchadas por el guardia que instantes antes había estado más cerca de él. Avisó a sus compañeros. Los guardias desenvainaron sus espadas y observaron cómo una figura envuelta en sombras se alejaba corriendo, confundiéndose entre la niebla que se levantaba, gracias al viento que surgió de repente. Al extinguirse la sombra y cesar el viento, los guardias enfundaron sus espadas y regresaron a sus puestos, sin darle más importancia al asunto de la extraña figura oscura que había surgido de repente. No se hicieron preguntas, por tanto, no buscaron respuestas. Poco después, los guardias, presenciaron la salida de la hermosa muchacha a la que halagaron con hermosos piropos. Ella como siempre les dirigió una bonita sonrisa y después, descendió rápidamente la escalinata y se dirigió a través de la avenida de los monolitos, a su casa. La exótica joven realizaba cada día a medianoche el mismo trayecto; del palacio a su casa, sin desviarse de la rutinaria senda en ningún momento. Vivía con su perro Diky y su gata Duna. El rey le había ofrecido en multitud de ocasiones un aposento privado para ella en el palacio, pero Male-Leel rechazó el ofrecimiento una y otra vez hasta que el rey dejó de insistir. Quería tener libertad de movimientos, su casa, sus cosas, sus animales… Todo eso no podía tenerlo en palacio. Male-Leel no se había alejado lo suficiente de la Avenida de los Monolitos, cuando la figura volvió a surgir de entre las sombras. El hechicero la siguió. Hacía frío. Se arrebujó en su capa y aceleró el paso. De pronto, ella oyó pasos. Se volvió, sin detenerse. No
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    341 vio a nadie.Aceleró su ritmo, asustada. Su caminar se hizo torpe y su respiración se aceleró al mismo tiempo que los latidos de su corazón se hacían más fuertes. Male-Leel intuyó que la estaban siguiendo, por primera vez en su vida, se desvió del camino y entró casi sin darse cuenta en un callejón sin farolas, sin luz. Oyó los pasos de nuevo y éstos parecían más cercanos, como si alguien caminara justo tras ella. De repente, se detuvo en seco, con el corazón en la garganta, asfixiada, incapaz de respirar. Se volvió. Male-Leel abrió los ojos como platos, palideció de repente. Una figura negra, alta y lúgubre se alzó ante ella, amenazante. Un grito ahogado en la oscuridad. Un golpe repentino. La negrura.
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    342 Capítulo 12 Luna llena Pleniluníum Enlas profundidades de Jhodam, se escondía una cripta oculta a los ojos del Rey Nathan. Allí, en la más absoluta clandestinidad, oficiaban sus rituales los hechiceros del Poder Negro. Eran siete. Condenados a la oscuridad eterna por el Poder Blanco, y siervos del Oráculo. Veneraban al dios negro, Apofis, la serpiente; la sangre y la muerte. Sus nombres eran malditos: Luther, Shyam, Adhe, Owan, Andros, Elassar y Egho. Todos ellos, levitas del Gran Maestro. Fieles a su culto y a sus enseñanzas. Desconocían la verdadera identidad del Maestro, pues él nunca se dejaba ver. Se ocultaba tras la negrura de su capa, siempre encapuchado y sus manos enfundadas en guantes negros. Nadie conocía el color de su piel. Una aureola oscura, como las tinieblas, lo envolvía, protegiéndole del ambiente. Los siete hechiceros endemoniados se encierran en sus ceremonias con un objetivo único: Sólo si la divinidad del Rey de Jhodam es destruida, ellos podrán volver a presenciar el amanecer y por tanto, liberarse de su cautiverio. Por eso, cuando el hechicero Festo les hizo la petición de formar parte de un ritual para destruir a la deidad, no se opusieron. Con él, visionaron su futuro… Oyó murmullos. Sonidos lejanos. Male-Leel ya era consciente de que se encontraba
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    343 prisionera. Pero nosabía quién era su captor, ni por qué la había capturado. Una venda negra le cubría los ojos. Estaba ciega. Atada de pies y manos contra una gran piedra. La luna llena se alzaba en el cielo. Brillaba como la plata. Ella lo sabía, aquella noche era un Pleniluníum. Male-Leel no podía ver su luz, pero sí sintió sus lágrimas perladas caer sobre su busto. Un ritual. Siete hechiceros, Festo y una sombra lúgubre. Oyó como alguien se acercaba. Sintió unos dedos frescos sobre su piel. Shyam le quitó la venda que cubría sus ojos. Su visión borrosa, se volvió nítida. Ladeó su cabeza, buscando la luz de la luna llena. Pero en aquel lugar no había ventanas, era oscuro y mortecino. Siete figuras encapuchadas en torno a ella. Sintió miedo. Un conjunto de sensaciones… Sintió en su boca el sabor amargo de algo que le habían suministrado. «Me han drogado», pensó. Lo siguiente que percibió fue un ensordecedor eco a intervalos regulares. Un péndulo. Su corazón. No fue capaz de distinguir. Unas antorchas colgaban de ménsulas, encendidas y sus llamas anaranjadas iluminaban las extrañas figuras negras que colocadas en círculo entonaban una salmodia siniestra. En el centro, junto a la piedra, una figura totalmente vestida de rojo sangre, portaba un cuenco en una mano y un brasero pequeño con cadenillas y tapa, en la otra. Era un incensario. «¿Dónde estoy?», se preguntó. El sudor le perlaba la piel y le corría por la frente. Sentía las miradas de aquellas figuras, a las que no pudo ver el rostro porque iban encapuchadas. Más cánticos… Una fina columna de plata, con extrañas inscripciones, se erguía triunfante por encima de su cabeza. Suspendida en el aire. De pronto, Male-Leel, pensó que aquello era un
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    344 sacrificio y ellaera la víctima. Su mente vagaba, aislada de todo cuanto ocurría en ese mortecino lugar. No se dio cuenta de que estaba bajo la sombra de un ente espectral que guiaba el ritual. No se dio cuenta de la sangre caliente, procedente del ritual, que le llenó la boca y le corrió por la barbilla. El ente espectral, el Maestro de Festo, con el rostro impenetrable, permaneció frente a ella, mientras el hechicero alzaba la cabeza de la joven, haciéndole comer el contenido del cuenco, sangre medio cuajada con tiras de carne cruda. Male-Leel no se resistió, la salmodia de los demás hechiceros la mantenían hipnotizada para que no se negase. La ceremonia había llegado a su cenit. Luther, el príncipe de los hechiceros, golpeó su vara ceremonial contra el suelo. Siete veces, una por cada hechicero presente. En ese punto del ritual, se excluían al oficiante y al espectro que lo protegía. El sabor de la sangre le provocó arcadas. Él la obligó a masticar la carne y a tragarse la sangre, pero no pudo soportarlo; se atragantó con la carne y vomitó la sangre. La voz del hechicero Festo tronó siniestra. ⎯¡Come! Male-Leel gimió, asustada. Aquella voz la devolvió a la realidad. Trató de decir algo, pero no pudo emitir palabra alguna. Obedeció sin rechistar, pues no le permitieron hablar; masticó la carne, que procedía de algún animal al que debieron desangrar, y tragó la sangre. De repente, un humo blanquecino ascendía desde el suelo, y los cánticos fueron desvaneciéndose. Se hizo un silencio absoluto. Male-Leel instantes antes de perder el conocimiento, inducida por el conjuro al que estaba siendo sometida, alcanzó a oír los cantos lejanos de las aves nocturnas, el siseo y el crepitar de las antorchas. Siete hechiceros la observaban con ojos siniestros, haciendo retumbar sus varas ceremoniales en el suelo. A la espera del acto final. La joven entró en trance. Tuvo una visión de ella misma.
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    345 Sus sensaciones eranreales. Egho, portador de los cetros, alzó el Incensario de la Vida y la Muerte, haciéndolo oscilar simbólicamente, invocando los cinco puntos del pentagrama. «Sintió que la vida se le escapaba, que su alma le era arrebatada.» Pudo ver como la columna plateada que estaba suspendida en el aire, se precipitaba sobre ella y la sangre que manaba de su pecho. Vio la máscara del ente espectral y supo que estaba muerta. Adhe, custodio de los códigos negros, hizo oscilar a ras del suelo, formando círculos, el Incensario de las Causas. «Sintió como el fuego recorría y abrasaba sus entrañas.» Vio un cáliz de cristal rojo que brillaba con una mortecina luz dorada y la sagrada ambrosía en una bandeja de cristal. Captó un silencio sepulcral. Elassar, heraldo de los hechiceros, hizo oscilar sobre el cuerpo de Male-Leel el Incensario de las Emociones. «Sintió un escalofrío tan profundo que toda su piel se erizó. Sintió sus pezones erectos.» Supo que iba a ser testigo de horrores que sólo un dios se aventuraría a conocer. Finalmente descubrió que ella era la ejecutora del ritual. Supo que sería ella quién ofrecería al rey de Jhodam la ambrosía envenenada. Gritó al despertar del trance. ⎯¡Nooo! Imploró a sus captores. ⎯No puedo hacerlo. La voz de Festo tronó en su mente, abrasándola. ⎯Lo harás o la primera de tus visiones se cumplirá. El rostro de Male-Leel se inundó de lágrimas. No podía morir, pues ya estaba muerta. Aquel acompasado y ensordecedor eco que le había acompañado durante todo el ritual se apaciguó. Su cuerpo se había convertido en un voluptuoso espejo; ahora ella era una sierva de la oscuridad. Nada, ni nadie podría invertir el hechizo del Maestro. En ese momento, Festo, supo que ella, ya estaba preparada. Su
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    346 cuerpo, hechizado; sumente, en blanco. Su alma les pertenecía. En Bilsán, el viento soplaba con fuerza. El campamento de la resistencia se trasladó a la frontera de la ciudad. Atrincherado, para evitar cualquier incursión del enemigo. A la espera. Esa noche, de luna llena, a Najat le tocó hacer guardia. Hacia frío. Mientras todos dormían, él se dedicaba a caminar de un lado a otro, con los ojos clavados en las oscuras espesuras. De pronto, divisó un movimiento por el rabillo del ojo. Unas sombras que se deslizaban entre los árboles. En ese momento, pensó que estaba cansado, helado y que posiblemente serían aves nocturnas o su portentosa imaginación; o quizá, estuviera equivocado y aquellos extraños movimientos no eran más que el viento al agitar las ramas. Najat no estaba tranquilo. La inseguridad se cebó con él y de pronto, sintió miedo. Estaba solo, los demás dormían. Tuvo un presentimiento extraño, y su cuerpo se estremeció con un escalofrío que le recorrió entero, de pies a cabeza. Pensó, sin desearlo, en la muerte. No sabía por qué, pues no le apetecía morir; esa noche, no. Desterró sus funestos presentimientos y decidido a despertar a su compañero, Yejiel, y tiritando de frío, echó a caminar hacia la carpa, cuando varias sombras surgieron repentinamente de la oscuridad del bosque. Se alzaron tras él, con sigilo, con las espadas en mano. Todo ocurrió muy rápido. Oyó pisadas. Se detuvo. Se volvió y los reconoció… Eran los sicarios de Nabuc. Unas sonoras carcajadas reverberaron en la oscuridad, sólo rota por el brillos de los aceros que portaba el enemigo. Enós se echó la larga capa hacia atrás sobre los hombros para tener libertad de movimientos en los brazos. Najat,
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    347 vaciló, sorprendido porla presencia de los sicarios que anteriormente les habían capturado junto al arroyo, al otro lado del bosque. Presa de un pánico repentino, solicitó ayuda a gritos. ⎯¡Estamos emboscados! ¡Despertad! Gamaliel, con la ayuda de otros dos sicarios se acercaron al joven, tratando de acorralarle. ⎯No te acerques más ⎯dijo Najat, haciendo oscilar su espada en el aire. Sus compañeros despertaron. Sin apenas tiempo, en segundos, se colocaron las calzas y las botas. Se enfundaron en sus cotas de malla y armaduras y salieron echando leches de sus carpas. Con las espadas desenvainadas, se precipitaron contra el enemigo, sin compasión. Najat se enfrentó al sicario, con la espada bien empuñada con ambas manos. Enós y Najat, fulminándose con la mirada, se deslizaron adelante con pasos sigilosos, desafiándose mutuamente. Las espadas eran largas y pesadas. ⎯¡Qué empiece el baile! ⎯bromeó, Enós. Najat alzó la espada por encima de su cabeza, desafiándolo. Le temblaban las manos por el frío. Salieron más rebeldes de entre las sombras. Entre unos y otros, lanzaban gritos de aviso. La espada de Enós rajó el aire. Najat la detuvo. Cuando las hojas chocaron, se oyó un estridente ruido metal contra metal; un sonido agudo, silbante. Yejiel acudió en su ayuda, paró el primer golpe, el segundo, y luego retrocedió. Hubo otro intercambio, eran dos contra uno. Retrocedieron. Tras ellos, el resto de combatientes de uno y otro bando, se enfrentaban de igual modo. Las espadas chocaban una y otra vez. Algunos jadeaban por el esfuerzo; otros, con mejor forma física, arremetían con fuerza, hundiendo sus espadas a diestro y siniestro. El enemigo no se merecía más trato que el
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    348 que se merecían.Sí no morían, se remataban, así de simple. Entonces, Enós, se dirigió a los dos jóvenes. ⎯¿Dónde está Jadlay? ⎯¡Ohh…! Él está muy lejos de aquí. ⎯Najat hizo de bromista⎯. Je, je, je… Enós apretó los dientes, enfurecido. Yejiel blandió la espada con ambas manos, descargando todo su peso en un ataque en arco paralelo al suelo. Enós paró el golpe con un movimiento improvisado. Cuando las hojas se encontraron, el acero de la espada de Enós saltó en pedazos. Yejiel y Najat, ante el estallido, retrocedieron de inmediato y se protegieron el rostro en un acto reflejo. Los restos de la espada habían salido disparados como flechas. Se oyeron gritos de las víctimas de aquella lluvia de restos. Uno joven de la resistencia recibió un impacto en los ojos, chilló como un cerdo en el matadero, cayó de rodillas. La sangre manaba de sus ojos a borbotones. Yejiel y Najat, no soportaron aquella estampa y desviaron la vista, cuando un rebelde, a traición, asestó una puñalada en la espalda al joven que se debatía entre gritos de insoportable dolor. Se desplomó, muerto, en el suelo. Los dos jóvenes, no pudieron evitar la muerte de su compañero. Ellos se salvaron por los pelos. La resistencia combatía con una violencia inaudita, sin bajar la guardia. Los duros entrenamientos de Áquila estaban dando sus frutos. Dos jóvenes resistentes remataron a tres sicarios rebeldes, con decisión, sin vacilamientos. Sin compasión. Siguieron combatiendo, mientras la luna llena se deslizaba por el cielo estrellado. De repente, Yejiel oyó gritos de dolor. Se volvió. La hoja afilada de un rebelde cortó la cota de malla justo en el costado, de un compañero. De inmediato supo que la vida se le escapaba a raudales por el costado. Se llevó la mano a la herida, cerró los ojos y cayó desplomado al suelo.
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    349 ⎯¡Nooo! ⎯gritó Yejiel. Lointentó, pero no llegó a tiempo. Eran los efectos colaterales de la guerra. En esta, como en todas, se perdían vidas. Más de las deseadas. ⎯¡Adelante, no dejéis a ni uno con vida! ⎯gritó Enós, eufórico. Yejiel y Najat, corrieron hacia él, vengativos; y con sus espadas en alto, arremetieron salvajemente. No estaban dispuestos a permitir que los rebeldes se salieran con la suya, no. Bilsán no caería como Hermes; eso, jamás. Los aceros brillaban en la oscuridad. Rugían como el viento. Najat hundió la hoja de la espada en el costado de primer rebelde que le salió al paso. Yejiel, lanzaba su espada en todas direcciones, sesgando la vida del que osaba a enfrentarse a él. Enós y Gamaliel, en un momento de confusión, se sintieron desbordados por el ataque de los resistentes. Éstos no se iban a dejar vencer, así por las buenas. Se oyeron gritos sofocados. Gemidos de intenso dolor y estertores agonizando. Los heridos se contaban por decenas y había cadáveres de uno y otro bando. Una voz jadeante tronó en el aire. ⎯¡Bastardos insensatos, entregadnos a Jadlay o moriréis todos! ⎯masculló Enós. Aquellas palabras le resultaron a Yejiel, excesivas. ⎯¡Vas a lamentar todas tus palabras, asesino! De repente, ladró la voz de Najat. Su espada en alto desafiaba al enemigo de nuevo, como nadie antes lo había hecho. ⎯¡Fuera de nuestras tierras! ⎯gritó con una seguridad que daba miedo. Enós y Gamaliel retrocedieron, y no lo hicieron por el acto de valentía que había mostrado Najat, sino por la súbita aparición de una ingente cantidad de sombras que, tras él, empuñaban espadas de luz. ¿Una ilusión?
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    350 Los dos sicariospalidecieron de repente. Enós era escéptico, no podía creer que algo intangible pudiera aparecer de la nada así por las buenas; sin embargo, a Gamaliel, que era más susceptible, le vino a la memoria las leyendas que hablaban de los fantasmas que habitaban en los bosques. Sea como sea, ninguno de los dos era capaz de asimilar lo ocurrido en el bosque aquella noche de pleniluníum. ¿Hechiceros? ¿Espíritus? ¿Los Seres? El bosque de Bilsán era el epicentro de la magia que se respiraba en el aire, pues el Sanctasanctórum estaba cerca. Mudos de espanto, echaron a correr ocultándose entre la espesura del bosque. Los demás rebeldes supervivientes, imitaron a sus líderes. Se oyeron risas en la oscuridad. Las sombras se difuminaron. Sólo los rebeldes fueron testigos de la magia del bosque. Los resistentes ante la huida despavorida del enemigo cayeron de bruces. Incapaces de creer en su suerte. ⎯¿Qué ha pasado? ¿Acaso han visto fantasmas? ⎯dijo Yejiel. Najat se encogió de hombro. Enfundó su espada. ⎯ No lo sé. ¿Una alucinación colectiva, quizá? Entre el grupo se oyeron murmullos. ⎯¡Por favor, esto es una completa locura! ⎯exclamó Yejiel. Aunque la huida de los rebeldes provocaba risas, ninguno de ellos estaba de humor para las carcajadas. Yejiel recuperando el liderato, se dirigió hacia sus compañeros de batalla. ⎯Cojamos a nuestros muertos, a los heridos, y regresemos a la ciudad. Hay que avisar a las tropas, de que los rebeldes han hecho su primera incursión en Bilsán. Najat lo miró, extrañado. Su compañero se mostró más duro que de costumbre. ⎯Estarán durmiendo ⎯replicó. ⎯¡Pues que despierten! ⎯respondió, exaltado⎯. Los
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    351 rebeldes nos hanatacado esta noche; así que no lo dudes, Najat, ellos volverán a intentarlo. Me preocupa nuestra ciudad. Temo que si empieza la lucha puede haber problemas en las calles. Varios guerreros se acercaron a ellos con tres rebeldes levemente heridos. Los ataron y se los llevaron al campamento, a la espera de ser desmantelado. La contienda en la explanada había sido ganada, gracias a la inesperada huida de los sicarios. Yejiel pensó que la escampada rebelde era inexplicable, conociendo a los sicarios. Enós no era el tipo de hombre que solía rendirse ante nadie. Pero aún así, no se mostraban confiados, temían un ataque mayor. El enemigo había traspasado la frontera sin que ellos se dieran cuenta, eso demostraba que había fallos en las filas y tenían que solucionarlos; de lo contrario, la siguiente batalla podría convertirse en una carnicería. Llegaron a Jhodam al amanecer. El cielo estaba encapotado y una sinuosa bruma se abría paso entre los árboles de los jardines que rodeaban la magna Avenida de los Monolitos. Jadlay, cansado del largo viaje, sujetaba las riendas dirigiendo a su caballo al paso. A su lado, su padre y tras ellos, Lamec, Aby y Joab. Por fin, habían llegado a su destino. Atrás quedaron las torturas, la mohosa celda y las violaciones consentidas. Jadlay se volvió buscando la mirada de Aby. Se encontraron. Ambos habían sufrido lo suyo en el infierno de Nabuc. En Jhodam, eran libres. Pero en Esdras, ella seguía siendo la esposa del rey, pues sólo la muerte de éste los separaría. La incertidumbre y la espera eran duras, pero ella no tenía otro camino, sólo confiar en la providencia del rey dios. Unas nubes negras despuntaban por el este, haciendo presagiar una tormenta. El viento agitaba con fuerza las ramas de los árboles y levantaba las hojas del suelo. La niebla comenzó a disiparse empujada hacia las alturas.
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    352 Jadlay se colocóla capa de viaje, el viento que rugía con ráfagas fuertes se la había apartado ligeramente del cuerpo dejando al descubierto su túnica ensangrentada, pues no le había dicho a su padre que Nabuc y su hechicero le sometieron a una tortura cruel y perversa con el único objetivo de quitarle la vida. Daba gracias a los septímus por haber sobrevivido. En aquellos duros momentos, llegó a pensar que no tenía más opción que la muerte. No deseaba que su padre viese sus heridas; ahora, casi cicatrizadas. Lo conocía muy bien y sabía que pondría el grito en el cielo. No hablaron. Cuando llegaron al palacio, tres mozos de cuadras se acercaron a ellos para llevarse los caballos. Era un gran detalle que demostraba la hospitalidad que ofrecía el rey, siempre selecta. Aby al poner los pies en el suelo, sintió como si flotara. No notaba sus pies, éstos entumecidos se negaban a caminar. Su padre la cogió del brazo, y juntos los dos, entraron por primera vez en la suntuosa residencia real. Sus corazones palpitaban con fuerza, ante la perspectiva de conocer en persona al inmortal más sacro de todos. Cuatro escoltas reales los condujeron a los frondosos jardines del interior de la residencia, dónde los inmortales, Halmir, Ishtar y Kali desayunaban como todas las mañanas bajo la sinfonía de las aves y el murmullo de las aguas al caer precipitadas por las cascadas. En la mesa, manjares apetitosos, delicias para el paladar. Frutas exóticas, zumos con sus pulpas, leche y pastelitos de todo tipo. Halmir los vio llegar, dejó la manzana que estaba comiendo sobre el plato y se puso en pie de inmediato; tras él, Ishtar y su hija. Los escoltas se retiraron, en silencio. Unas cordiales y simpáticas sonrisas, se vislumbran en los rostros de los tres inmortales, ante la esperada llegada del inmortal, su hijo y acompañantes. ⎯¡Morpheus, ya te echábamos en falta!
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    353 ⎯No será paratanto… Se abrazaron y se dieron un cordial apretón de manos. Volvían a estar juntos; eso bien, merecía una celebración. Halmir no perdió su hermosa sonrisa en ningún momento. Miró a los jóvenes que acompañaban a Jadlay y a éste mismo. ⎯Me alegro de verte, Jadlay. Nathan está muy preocupado por ti, pero ya veo que sus motivos no tienen fundamento ⎯le dijo⎯. ¿Me presentas a tus amigos? ⎯Sí, por supuesto. Jadlay se volvió hacia ellos. ⎯Mis amigos y yo conseguimos huir gracias a la inestimable ayuda de Lamec, hasta el momento de nuestra marcha de Esdras, era escolta real ⎯luego, señaló al monje⎯. El es Joab, levita del templo de Esdras, y su hija, Aby, esposa del rey Nabuc. Halmir miró a la dama, se inclinó y le besó en la mano. Morpheus se quedó perplejo ante la reacción del inmortal, éste ni se inmutó al enterarse de la identidad de la joven y él… Él le armó un escándalo a su hijo por esa causa. ¡Qué ridículo! Se avergonzó solo con pensarlo, y un fuego extraño le subió hasta las mejillas. Jadlay sonrió al ver a su padre, tan ruborizado. ⎯Es un honor conoceros, Aby. Aquí en Jhodam, estáis a salvo. La joven hizo una reverencia. ⎯Gracias, excelencia. Solicito en el nombre de mi padre y en el mío propio asilo político en Jhodam. ⎯No os preocupéis por eso, ahora. El exilio no está bien visto por mi hijo. Cuando esta guerra haya acabado, Esdras tendrá un nuevo rey y vos podréis volver a vuestra tierra, sin problemas. Halmir se volvió hacia el fatigado levita. Un apretón de manos fue suficiente para sellar el principio de una buena amistad. Ishtar y Kali, también fueron presentados. La dama inmortal no dejó de observar a la joven de Esdras en ningún
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    354 momento. Le leyósu mente. Penetró en sus pensamientos y captó el horror de las posesiones sexuales a las que fue sometida. Suspiró apenada por esa causa. ⎯Supongo que debéis estar cansados del duro viaje. Os propongo lo siguiente: compartir el desayuno con nosotros ahora o acomodaros en cómodos aposentos para descansar ¿Qué preferís? Halmir miró a Morpheus. ⎯A ti no te pregunto. Tú debes estar hambriento, como siempre. ¿Me equivoco? ⎯No; no te equivocas. El padre del rey se volvió hacia los jóvenes. ⎯Y, bien… ¿Habéis tomado una decisión? ⎯Preferimos descansar ⎯contestaron prácticamente al únisono. ⎯De acuerdo ⎯repuso Halmir, pensando que la decisión tomada por los jóvenes era la más sensata⎯. Los guardias os conducirán hasta vuestros aposentos. Allí encontraréis todo lo necesario para asearos y por supuesto, ropa nueva ⎯los contempló detenidamente⎯; pues ¿no pretenderéis presentaros ante mi hijo ataviados con esos andrajosos harapos, verdad? ⎯Pues… ⎯Jadlay miró a su padre, vaciló⎯. La verdad… es que no. ⎯¡Jadlay! ¿Qué te ha ocurrido? ⎯Hmmm ⎯le habían pillado⎯. Lo siento, padre. Se me olvidó decírtelo. ⎯Dime, y por favor no me mientas… ¿Te han torturado? Jadlay antes de contestar a la pregunta de su padre, miró a sus compañeros. Lamec había inclinado la cabeza y Aby, lo miraba con determinación. ⎯En realidad, si. Halmir intervino. ⎯Morpheus, tranquilízate. No podía ser de otra manera. El inmortal dio unos pasos hasta el joven, preocupado. Recordó de forma automática las brutales torturas que sufrió
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    355 su hijo hacemucho tiempo y no era nada agradable. Sabía exactamente como se sentía el muchacho. Le obligó a quitarse la capa y la túnica. ⎯¿Espinas? El inmortal hizo una mueca con los labios. Estaba harto de que gente sin escrúpulos se dedicara a torturar como medio para hacer sufrir a sus víctimas o sonsacarle algún tipo de información. En Jhodam, este tipo de acciones estaba totalmente erradicado. ⎯Si. ⎯¿Fue Nabuc? Jadlay cabeceó. ⎯Él y su hechicero. ⎯¿Festo, supongo? ⎯Si. Halmir se volvió hacia Morpheus. ⎯No te preocupes ⎯le dijo⎯. Maya se ocupará de sus heridas. Ahora, ya lo tenía claro; el perverso Nabuc se había aliado con el endemoniado Festo. El inmortal buscó la mirada de Ishtar, sus temores se estaban cumpliendo. ⎯No creo que sea capaz. Jadlay vio sus rostros, expresaban una preocupación extraña. Nunca antes había visto unos semblantes como aquellos. Para él, eso significaba que los inmortales sabían algo que él desconocía. Sin premeditarlo, recordó la conversación de su padre en la taberna de Bilsán. Sus temores empezaron a tener sentido. Estaba intrigado. ⎯¿Estás seguro? Te recuerdo que esos malditos demonios, viven; ocultos en algún lugar. Aquí, en Jhodam. Nathan lo sabe, tú lo sabes y yo… ¡Maldita sea! Espero que ardan en el infierno si osan hacerle daño a mi hijo. ⎯En la clandestinidad, poco pueden hacer. Halmir no podía seguir hablando con los jóvenes, presentes. Hizo una seña al aire para llamar a los escoltas. Éstos acudieron casi de inmediato.
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    356 ⎯Excelencia… ⎯Conducidles a losaposentos y procurad que no les falte de nada ⎯les ordenó, severamente⎯. Buscad a Maya y decidle que examine las heridas de Jadlay, sin demora. No hubo réplicas. Obedecieron, sin más. Kali les acompañó. Jadlay mientras caminaba observaba a las dos mujeres; hermosas, cada una a su manera. Suspiró. Cuando los guardias se hubieron ido con los jóvenes. Los inmortales prosiguieron con la conversación que habían dejado en suspenso unos minutos antes. Ishtar captó la preocupación de Halmir. ⎯Los hechiceros negros sólo pueden esgrimir su débil poder si mantienen en jaque a Nathan. Y sabes que eso no lo vamos a permitir. Halmir contempló a Ishtar. Morpheus había enmudecido, se sentó en la silla, sin atreverse a pegar bocado. Repentinamente, los tres inmortales, tuvieron clara la gravedad de la situación. Halmir sabía perfectamente lo que ocurría al otro lado de la puerta dimensional, que separaba el mundo físico del mágico e irreal. ⎯Algo está fallando. Me temo que cuando lo descubramos será demasiado tarde. ⎯¡Oh, vamos! No te pongas tan pesimista. ⎯¿Qué no me ponga pesimista? ⎯repitió exaltado, Halmir⎯. No olvides que el cuerpo del maldito desapareció del acantilado de Roccá sin dejar rastro. ¡Se lo ocultamos a Nathan! ⎯hizo una pausa. Se había puesto tan nervioso que el corazón parecía salirle por la garganta. Se llevó la mano al pecho, tratando de tranquilizarse⎯. Dime, ¿cómo quieres que me ponga? ⎯Han pasado veinticinco años de eso. Morpheus se mordió el labio inferior, preocupado porque Nathan podría verles discutir. ⎯Yo no estuve allí; así qué, no puedo opinar. Pero a ver, decidme, ¿no creéis qué sería más prudente hablar de esto en
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    357 la noche, cuandoNathan esté acostado? Además, el jardín, no es el lugar adecuado para tratar asuntos de tanta importancia. ⎯Sí, tienes razón. Permanecieron un rato en silencio. Se escuchó el ruido de una cuchara golpeando el fondo de un bol. Era Morpheus que, aunque trataba de mostrar tranquilidad, estaba nervioso. Era medio día. Las nubes tormentosas descargaron su lluvia, pero el cielo seguía nuboso. Blanco. Posiblemente, al llegar la noche y caer las temperaturas, nevaría. Los profundos ojos de la divinidad miraban al cielo. Suspiraba, intranquilo. El aire tenía la fragancia de la tierra y de las exóticas plantas que crecían majestuosas en aquel esplendor mágico. El verdor los engulló… El rey Nathan y Áquila caminaban por la hierba que rodeaba el lago, conversando en privado, sin oídos ajenos. ⎯¿Cuándo emprenderemos el viaje? ⎯En cuanto me confirme Maya, que Jadlay está recuperado. Nathan enfundó sus manos en unos guantes de cuero y se arrebujó en su capa. Estaba un poco febril, tenía frío. ⎯¿Habéis hablado con él? ⎯No, aún no. ⎯Me han llegado nuevas noticias de nuestros espías en Esdras. Aseguran que la mayor parte de los jóvenes en edad de luchar no se atreven a tomar las armas y que está aumentado el descontento de la población hacia la insensata lucha de Nabuc y su gobierno. ⎯Estamos en guerra. Nabuc no puede esperar otra cosa, más que eso… Descontento y desesperanza. Efectos colaterales, a mí también me afectan y más de lo deseado. Te mentiría si no te dijera que yo me tambaleó al borde de un precipicio por esa causa. Jamás debí haberme entrometido.
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    358 ⎯¿Por qué decíseso, majestad? Estáis preocupándome. ⎯Tú no debes preocuparte por mí. Tus obligaciones son otras. ⎯Lo siento, majestad ⎯contestó⎯. No estoy conforme con vuestras palabras, vos también sois mi obligación y mi trabajo. ⎯Tu trabajo es destruir a aquel que intente entrar en Jhodam sin autorización. Eso es todo. Áquila meditó unos instantes. ⎯Cierto, majestad ⎯replicó⎯. Sin embargo, permitidme deciros que no podéis prohibirme que me preocupe por vos. A Nathan le dolía la cabeza. Estaba ligeramente resfriado y se le notaba con pocas ganas de hablar. Áquila vio en su rey, un creciente malestar y quizá, confusión. ⎯¿Habéis considerado quedaros en palacio? ⎯preguntó Áquila a riesgo de una soberana reprimenda⎯. Si seguís con vuestro empeño de acompañarnos, correréis un riesgo innecesario. Nathan hizo un gesto despreocupado. Se detuvo y agarró a su fiel guerrero de un brazo. ⎯No insistas, comandante. ⎯Pero, majestad… El rey lo interrumpió, ligeramente irritado. ⎯Ya basta, Áquila. Emprendieron de nuevo el paseo. Nathan se llevó las manos a la espalda, con la vista al frente. ⎯Tráeme a Jadlay y a Lamec ⎯ordenó. La puerta del aposento de Jadlay estaba abierta. La estancia estaba completamente iluminada; era amplia y sus paredes forradas de placas de madera del norte con un ligero toque a caoba, eran el complemento ideal del hermoso fuego que ardía en la gran chimenea de piedra que dominaba toda la estancia. Áquila, se detuvo unos instantes, nunca había estado en ese aposento, reconoció que la decoración era un
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    359 regalo para lossentidos; luego, cruzó el umbral como una exhalación. Se hizo la capa a un lado y miró a su alrededor. El joven estaba en la sala contigua en compañía de Lamec. Se habían bañado y puesto ropas limpias. Áquila husmeó el ambiente. Olía a una fragancia extraña, como a un ungüento medicinal. No había entrado en la segunda estancia, cuando Maya salía de ella. ⎯Ese muchacho es un toro ⎯le dijo⎯. No sé cómo lo ha hecho, pero sus heridas están prácticamente cicatrizadas. ¿Estás seguro de qué no es inmortal? Áquila cabeceó, sonriente. ⎯Supongo que al ser criado por uno de ellos se le habrá pegado algo, digo yo. ⎯Hmmm. Sí, es posible. Dichas estas palabras, Maya abandonó el aposento. Áquila entró en la segunda estancia, dio unas palmadas al aire. Los dos jóvenes se dieron la vuelta, sobresaltados. ⎯Hola, chicos. Debéis acompañadme, el rey quiere veros a los dos de inmediato. ⎯Caramba, Áquila… Podrías haber preguntado algo cómo, ¿qué tal o cómo estás? Pero, no… Tú como siempre, haciéndote notar. ⎯Has demostrado que sabes cuidarte tu solito ⎯contestó⎯. ¿por qué tengo que preguntarte algo sobre lo que ya sé la respuesta? Eres bueno, muchacho. Muy bueno. Es eso lo que quieres que te diga… Pues entérate, chaval, no hace falta que te lo repita cada vez que nos vemos. Además, tengo otras preocupaciones aparte de ti. ⎯¡Oh, si…! ¡Se me olvidaba, el rey! ⎯Por supuesto. Y por tu propio bien, será mejor que no le hagas esperar. Lamec apoyado en la pared, se echó a reír. ⎯¿Os habéis puesto de acuerdo? ⎯¿A qué te refieres? Áquila tocó la túnica del joven.
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    360 ⎯Las ropas… ¡Negras!Chicos, no estamos en un funeral. ⎯El rey viste de negro, ¿qué importancia tiene sí nosotros también vestimos de negro? ⎯replicó Jadlay. ⎯¡El rey, es el rey! Y tú no eres más que un aspirante, no trates de hacerle sombra, muchacho. Te podría fulminar con la mirada, ¿supongo que lo sabes? ⎯Caray, Áquila ¿cómo estás hoy? ¿Acaso el rey te ha soltado a los perros? Sí; si… Eso es… Ja, ja, ja, ja. Áquila miró a Lamec, divertido. ⎯¿Es a este, a quién queréis por rey? ⎯le preguntó. Lamec no contestó. Estaba tan pasmado por lo que oía y veía que no se atrevía a interpretar su divertida trifulca. Parecía que estaban acostumbrados a tratarse de ese modo, tan informal. Jadlay les adelantó, pasó por al lado de ellos. ⎯Por cierto, Áquila. Yo no trato de hacerle sombra, más bien le admiro y le venero. ⎯¿Ah, sí? ⎯Si. Áquila le dio un zarpazo cariñoso en la cabeza. ⎯Dejemos las bromas a un lado ⎯les dijo a los dos⎯. En serio, chicos, el rey os está esperando en el jardín. Hace frío y está resfriado. Será mejor no hacerle esperar. Los tres cruzaron el vestíbulo y penetraron en el corredor que conducía a las termas. ⎯¿Está enfermo? ⎯preguntó Jadlay. ⎯No, exactamente. Pero lleva unos días muy raro. Su estado de ánimo es un claro indicio de que las cosas no van muy bien en él. Procurad no ponerle nervioso, ¿de acuerdo? Ambos jóvenes asintieron. Las indicaciones de Áquila le hicieron recordar a Jadlay todo lo que su padre le había comentado sobre el rey. La preocupación se respiraba en el ambiente, ahora lo notaba muy claramente.
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    361 Un grupo deescoltas velaba por la seguridad del rey, manteniendo cierta distancia prudencial con él. Vigilaban atentamente sus pasos y controlaban todo a su alrededor. Mientras el rey estuviese en los jardines se chaqueaba a todo aquél que entraba o salía. No se permitían las armas en presencia de Su Majestad y sólo él podía portarlas. Uno de los guardias, cargaba en su brazo con una gruesa y larga capa negra con la insignia real en el lado que daba al corazón, de piel brillante en la parte externa y de terciopelo, en la interna. No era suya, sino del rey; la llevaba más o menos plegada en su antebrazo por si el rey necesitase abrigarse con ella. Nathan no se encontraba bien, a cada segundo que pasaba tenía más frío. Se dio cuenta de que no podía esperar por más tiempo a los jóvenes o Maya acabaría confinándolo en la cama. El guardia que portaba la capa se dio cuenta del malestar de su rey y acudió hasta él con premura. ⎯Majestad… ⎯hizo una reverencia. Nathan se volvió hacia el joven. ⎯¿Si? ⎯Está helando, majestad. Sería conveniente que, si vos seguís en los jardines, os abrigarais con la capa. Podéis caer enfermo. Nathan asintió. Se dejó aconsejar por el guardia, pues éste tenía razón. Cuando se estaba colocando la capa con la servicial ayuda del joven, llegaron Áquila, Jadlay y Lamec. Los vio bajar por la escalera que conducía al lago y ordenó al guardia que se retirase. Lamec que no conocía al rey en persona sintió como su corazón le palpitaba con fuerza, aumentando el ritmo de los latidos a medida que se iban acercando. Nathan dio unos pasos hasta ellos. ⎯Me alegro de verte, Jadlay ⎯miró a uno y a otro⎯. ¿Supongo que tú eres Lamec? Quiero darte las gracias personalmente por haber arriesgado tu vida en detrimento de la de Jadlay.
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    362 ⎯Era mi deber,majestad. ⎯Tu nobleza te honra. Áquila se situó tras ellos. Nathan se volvió hacia Jadlay, esperaba que él hablase primero, pero no fue así. ⎯¿No tienes nada que decirme? Jadlay tragó saliva. ⎯Realmente, no. Ya sé quién soy, aunque desconozco por qué me lo ocultasteis, sabiéndolo. Ahora, ya no importa. Me consta que os tengo de mi parte y eso para mi es suficiente. ⎯Te lo oculté para protegerte de tu tío. Yo fui quién manipuló la mente de Morpheus para que te encontrara aquel día, hace veinte años, en el bosque. Yo impedí que los sicarios alcanzaran su objetivo; sin embargo, no pude evitar la muerte de tu nodriza. Lo siento, tuve que elegir ⎯hizo una pausa⎯. Sí, Jadlay; yo soy quién dio al traste con los planes asesinos de Nabuc. Cuando él descubrió que vivías, me señaló a mí como posible instigador de su fracaso. Mi poder conspiró contra él y sus ansias de controlarlo todo. No evité que se alzara en el trono, pues sabía que al vivir tú, llegado el momento, se lo arrebatarías. ⎯Entonces, sois vos ¿el blanco de su ira? ⎯En parte, sí ⎯afirmó Nathan⎯. A ti te quiere muerto porque puedes arrojarlo del trono, y a mí… Bueno, mejor no te lo cuento. No quiero que nada interfiera en tu lucha por recuperar lo que te pertenece, te ayudaré en todo lo que pueda. He llevado a mi pueblo a la guerra y lo he hecho por ti, no me siento orgulloso de ello y lo único que deseo es que esta maldita lucha que él mantiene por el poder acabe pronto. Al margen de la guerra, quiero que sepas que al ser yo el objetivo de su venganza, arremeterá contra mí usando para ello cualquier medio que esté a su alcance. Se me ocurren muchos, pero como te he dicho antes, es mejor que no lo sepas. Jadlay escuchaba todo lo que el rey tenía que decirle con los ojos abiertos como platos, tratando de asimilarlo todo,
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    363 absolutamente todo. Sí,vivía… ¿Pero a qué precio? Jadlay sintió una punzada de dolor, una sensación causada por la destrucción de su orgullo. Cabizbajo, se miró las ropas… Negras. Era como si estuviera de luto, un presagió que no atinó a comprender. Alzó la mirada. El rey tenía sus ojos fijos, clavados en él. ⎯Yo quiero recuperar lo que es mío, majestad. Pero no pagando un precio tan alto. Haré que acabe pronto, con apenas derramamiento de sangre y lo más importante, no permitiré que os pase nada. ⎯Jadlay, lo que tenga que pasar, pasará; tú no podrás evitarlo. Qué esta guerra ha de acabar pronto, estoy de acuerdo contigo, pero también has de tener muy claro que para derrocar un gobierno, es necesario el derramamiento de sangre. Yo por mi parte, ya he ordenado la protección total de Jhodam. Pero me temo, que de Esdras tendrás que ocuparte tú. Yo te prometí mis tropas y las tienes, de hecho dos importantes legiones ya han partido, dispuestos a escoltarte y a seguirte en tus propósitos. Ellos no harán nada si tú no lo ordenas, sólo intervendrán al margen de tus órdenes si peligran sus vidas o la de cualquier habitante, sea de la ciudad que sea. Yo sellé un pacto contigo y prometo cumplirlo independiente de que a mí me ocurra algo o no. Nathan vaciló unos instantes, parecía que iba a caerse. Áquila que estaba tras él, lo sujetó de un brazo. ⎯Majestad, será mejor que entréis en la residencia. Estáis fébril y podéis agarrar una pulmonía. El rey asintió. Estaba helado. La temperatura de su cuerpo era muy elevada. Pero aún así, no quería oír hablar de pulmonía, ni ningún otro tipo de enfermedad. ⎯Entraré, pero no comentéis nada de esto a mi padre ¿entendido? Nathan los miró a los tres. No necesitó decir nada más, sus ojos amenazantes hablaban por sí mismos. Era su poder, que emanaba con intensidad de su cuerpo febril. Lo último que dijo Nathan antes de retirarse a su estudio
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    364 fue: «Olvidad el pasadoy arreglemos el presente, para construir el futuro» Áquila, Jadlay y Lamec se quedaron en el jardín, observando como el rey se alejaba escoltado por la guardia real. Sorprendidos por la extraordinaria serenidad que trasmitía Nathan, no consiguieron abrir la boca, ni siquiera para despedirse de él… No tenían palabras. De los tres, quién más fascinado estaba era Lamec. Jamás pensó que conversar con una entidad de su calibre fuese tan fácil. Áquila, finalmente, rompió el silencio. ⎯Será mejor que entremos ⎯los miró y sonrió, estaban tiesos, posiblemente del frío⎯. ¡Venga! ¿A qué esperáis? Jadlay y Lamec tropezaron el uno con el otro en su afán por entrar en la residencia. Áquila consiguió mantener una expresión severa, hasta que entraron en el palacio. Luego se dejó caer en un sillón, muerto de risa. ⎯¡Será posible, dos guerreros tan importantes como vosotros, tropezando como niños! Jadlay también se echó a reír. Hasta a Lamec se le escapó una sonrisa. ⎯¡Qué ridículo hemos hecho, sólo espero que Nathan no lo haya presenciado! ⎯exclamó Jadlay. ⎯No te preocupes, estaba demasiado turbado para volverse. Jadlay bufó. Lamec seguía impresionado. El rey le fascinó tanto, que quería saber más cosas de él. ⎯Parece un niño ⎯dijo. Jadlay y Áquila se miraron, extrañados. ⎯¿Quién? ⎯El rey. ⎯Tanto como un niño, pues no sé que decirte… ⎯empezó diciendo Áquila⎯. Quizá tengas razón, pero para nosotros, los humanos, el rey tiene sesenta y dos años, aunque no aparente más de veinte. No obstante esta edad
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    365 que nosotros leatribuimos no es real, pues es un concepto que no existe en los inmortales. En realidad, es un niño… Un niño indómito. Tú no le conoces como yo. ⎯Suspiró y sacudió la cabeza⎯. Aunque para buscar al niño que lleva dentro hay que remover demasiado y ciertamente, Nathan es insoldable. Jadlay puestos a hablar sobre edades, se interesó por los otros inmortales, incluido su padre adoptivo. ⎯¿Qué edad sugerís para Halmir, Ishtar y mi padre? ⎯¡Uf! Creo que ni ellos lo saben. ⎯respondió⎯. Yo tengo treinta y cinco. Cuando tenga sesenta, pareceré un viejo carcamal. Si pudiera pedir un deseo, pediría ser inmortal ¡Vamos, sin dudarlo! Jadlay y Lamec se partieron de risa por las ocurrencias de Áquila. ⎯Sí, chicos. Un viejo carcamal ⎯se rascó la cabeza⎯- ¡Qué le vamos hacer! Cuando no hay más… No hay más. Nathan estaba en su estudio firmando unos documentos, cuando su padre, acompañado de Aby, entró en la estancia. ⎯Nathan, perdona que te moleste, pero ¿tienes unos minutos para dedicarle a Aby, desea conocerte? El joven levantó la mirada. Sus mejillas ruborizadas, por la fiebre, se quedaron al descubierto ante su padre, éste se alarmó. ⎯¿Estás enfermo? Nathan se levantó y dio unos pasos hasta ellos. ⎯No, padre. Estoy bien, sólo he cogido un poco de frío. Miró a la joven. Aby inclinó la cabeza. Halmir alzó su mano para tocar la frente de su hijo, perlada por el sudor frío que le provocaba su estado febril. Nathan puso su dedo índice sobre la barbilla de la joven, haciendo que ésta alzara su rostro. ⎯¿Nathan, me oyes? ⎯Halmir se olvidó del asunto que le había traído hasta el estudio de su hijo⎯. Has de meterte
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    366 en la camaahora mismo. Enfermo, no viajarás a Esdras. ⎯Siento mucho que hayas tenido que sufrir la tiranía de Nabuc ⎯empezó diciéndole, haciendo caso omiso a su padre⎯. Quiero que sepáis que vuestra boda, sí es que se puede llamar así, no es legal, ni en Esdras ni en ninguna otra parte. No puede reclamaros, mientras estéis en Jhodam, no. Aby miró al rey y lo hizo detenidamente. Nunca había visto a una persona tan hermosa como la que tenía delante. Su majestuosidad, su largo cabello rubio, trenzado; sus ojos, su rostro, su cuerpo… El negro le sentaba de maravilla. Era muy fácil enamorarse de él, muy fácil. Su voz, tan persuasiva… ⎯¿Estáis bien? Aby estaba soñando despierta. Aquella poderosa voz, la despertó. Halmir miraba a su hijo como diciendo, ¡Ya te vale! Estás ardiendo de fiebre y aquí, en el estudio… firmando documentos cuando podrías hacerlo en otro momento. ⎯Sí; perdonad, majestad. Nathan sonrió. Miró a su padre. ⎯¿Tengo que volver a repetirte que estoy bien? ⎯le preguntó⎯. No es nada, un resfriado. Esta noche cenaré exclusivamente ambrosía y por la mañana estaré como nuevo, ya veras. No temas tanto, padre. ⎯De acuerdo. No insistiré, pero dime ¿cuándo pensáis marcharos a Esdras? ⎯Mañana. Halmir abrió los ojos como platos. ⎯¿Mañana? ¿Y estarás en condiciones? ⎯Sí, padre ⎯respondió⎯. El viaje es largo y no deseo demorarlo por más tiempo. Quiero recuperar la paz cuanto antes. ⎯Bien, bien… Nathan se dirigió a la vitrina. Allí tenía un licor afrutado que deseaba ofrecer a su ilustre invitada. Tomó la botella y tres copas de oro, se volvió especialmente hacia ella.
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    367 ⎯Decidme, Aby ¿osestán tratando bien? Sirvió licor en las copas. Le entregó una copa a su padre. Se volvió hacia ella. Aby tomó la copa, pero antes de llevársela a los labios, respondió a la pregunta del rey. ⎯Sí, majestad. Tanto el servicio como la atención, son exquisitas. Nathan se acercó más a ella. Con su mano tocó el cabello y luego tomó sus manos, las observó detenidamente. Aby tembló al notar el roce de su mano. ⎯Se nota que te han maltratado… ⎯desaprobó⎯. Necesitas olvidar y sé que es difícil, pero aún así debes intentarlo. La felicidad te espera a la vuelta de la esquina. No lo olvides. ⎯Majestad, ¿cómo habéis sabido…? ⎯Aby se interrumpió así misma, confusa; incapaz de pensar con claridad. ⎯Lo dice tu piel. Aby se quedó perpleja ante aquellas palabras. Halmir se maravillaba cada vez que observaba el poder de su hijo. ⎯Eres hermosa, pero nunca te has cuidado. Le pediré a Kali que te ayude a recuperar tu autoestima, si me lo permites claro. Aby echó a llorar. Nathan, con sus palabras, la había hecho sentir un mujer de verdad. Había sido tan esclavizada hasta el momento de la huida de Esdras, que no alcanzaba a comprender cómo se podía sentir tanta felicidad con tan solo unas palabras como aquellas. Recordó por unos instantes el pasado que aún palpitaba en su piel. En cómo deseaba morir, hundirse una daga en las entrañas o buscar algún veneno. Todo menos seguir con aquella asquerosa vida de cautiverio. Se odió a sí misma porque llegó a sentir placer, al ser poseída por Nabuc e inclusó pensó en darle un hijo y ahora se daba cuenta, de que todo lo hacía para escapar de él. Las palabras de Nathan seguían retumbando en su mente, pese al infierno vivido.
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    368 ⎯Deja las lágrimas.Con ellas no llegarás a ninguna parte. Él le ofreció un pañuelo. ⎯Majestad, yo… Nathan la interrumpió. ⎯No digáis nada ⎯le dijo. Transcurrieron los minutos muy lentamente, hasta que Halmir comprendió que había llegado el momento de dejar tranquilo a su hijo. Nathan mentalmente, lo pedía a gritos. Estaba cansado, molesto por el resfriado y necesitaba reflexionar. Halmir se llevó consigo a la joven. Ella parecía flotar en una nube, emocionada por las palabras que habían enamorado sus sentidos. El inmortal leyó su mente; los pensamientos de la joven lo dejaron muy preocupado. Lo último que esperaba era que la muchacha se hubiese enamorado de su hijo, pues éste tenía su corazón ocupado. «Sólo está impresionada. Cualquiera en su lugar lo estaría», pensó él, desterrando de su mente aquellos pensamientos. Halmir estaba tan preocupado por su hijo, por los hechiceros, la guerra… que no le cabían más preocupaciones. Cuando dejó a la joven en manos de Kali, él se retiró a descansar un rato, sin presentir nada de lo que iba a ocurrir. Nadie, en palacio, sabía que al llegar la noche, comenzaría el terror… Male-Leel llegó a la residencia real convertida en una sierva de la oscuridad, dispuesta a cumplir con lo pactado en el ritual. En sus manos portaba la destrucción de Nathan, de su divinidad; y por tanto, de su inmortalidad. Él estaba en sus manos…
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    369 Acto I Consummantum est «Vioa Nathan, golpeado por un rayo. Inmóvil, contemplando a la nada. Un cáliz de oro y restos de ambrosía esparcida por el suelo de mármol…» Cuando la noche cayó, el bullicio típico de las dependencias palaciegas cesó. Los consejeros abandonaron el palacio y se fueron a sus casas, con sus familias; los sacerdotes de las órdenes iniciáticas, regresaron a sus templos. En fin, que todo volvió la calma. El rey se confinó en sus aposentos después de la visita de Aby. Estaba necesitado de descanso y los síntomas de su resfriado se habían agravado. Estornudaba, tosía, tenía la nariz tapada, y cuando no tenía calor, tenía frío. Estaba muy congestionado, nada preocupante. Se aligeró de ropa. Le molestaba la luz, pestañeó. Apagó las lámparas. Nathan sintió un cosquilleo por todo el cuerpo; un presagio, quizá. La verdad es que ni él lo sabía. No hizo caso a las señales de su cuerpo, estaba demasiado turbado para ello. Con parsimonia se dejó caer en un sillón, frente a la chimenea. El crepitar de las llamas, altas y anaranjadas, lo hipnotizaron provocándole una ligera modorra. No pensó en nada; simplemente, cerró los ojos. Las llamas danzaron y se revolvieron, alimentadas por la magia invisible que envolvía a la deidad que, como si fuera un ser humano, se quejaba de sus debilidades. Siempre que cerraba los ojos, una sombra negra como el
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    370 carbón e intermitentebailaba recortada contra la gris oscuridad: el recuerdo de las llamas. El pasado. No sabía por qué, pero tenía la impresión de volver al principio, cuando no era más que un joven príncipe de diecinueve años con toda una vida por delante. Una vida truncada por un destino que nunca quiso. ¿Por qué volvían los recuerdos a él? Tenía la certeza absoluta de que iba a pasarle algo, pero no podía averiguar el qué. Por mucho que lo intentaba, no lo lograba. Nathan respiró hondo, con tristeza. Todo su cuerpo se estremeció a causa de un frío que al parecer sólo sentía él. Su cerebro también parecía congelado. En el exterior, el cielo se quebraba. La lluvia persistente que había estado cayendo desde la tarde amainó hasta cesar. Nathan, ligeramente dormido, tosió. Se despertó. Sintió de nuevo el cosquilleo, pero está vez fue más intenso. Se sentía tan desvalido que acabó hundiendo la cabeza entre las manos. No podía pensar en nada, el dolor de cabeza le provocaba un martilleó constante. En las cocinas del palacio… Con sumo cuidado, Male-Leel manipuló la ambrosía y ciertas frutas caramelizadas que la acompañaban. Preparó el recipiente de cristal e hizo una presentación artística del manjar, como era costumbre en ella, y esparció lentamente el veneno, gota a gota. En silencio, con rapidez, se escurrió escaleras abajo hacia el corredor que comunicaba con el aposento real. El tiempo apremiaba y sabía que no podía demorarse mucho. Una vez entregada la ambrosía, debía huir del palacio. Eso sería su sentencia de muerte, pero no le importaba, pues ya estaba muerta. Lo más que podían hacer con ella era rematarla. Estando así las cosas, no tenía por qué tener miedo. Lo único que tenía que hacer, era asegurarse de que Nathan consumiese ambrosía suficiente para que el veneno lo dejara paralizado quince minutos después; lo que ocurriese luego,
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    371 ya no leinteresaba. Male-Leel cruzó el corredor hasta llegar al vestíbulo del aposento real. Allí se detuvo. Los guardias que flanqueaban al arco de la entrada, la dejaron pasar. Pasó sin vacilar, decidida. Y se detuvo en seco. La puerta del aposento estaba cerrada. Respiró hondo y luego, sin golpear la puerta, apoyó su mano en el pomo. Entró. Se deslizó en silencio, vio al rey sentado, frente a la chimenea. Se acercó. Lo llamó. ⎯Majestad… Nathan se volvió. Al verla, sonrió. Confiaba en ella. Se levantó. ⎯Hola, Male-Leel. Dio unos pasos hasta ella. La penumbra del aposentó intensificaba el aura que emanaba de sí mismo, como un escudo protector. Sólo en la oscuridad, cuando el fuego alimenta la poca luz residual, se pueden observar los mágicos destellos que emite su cuerpo. Male-Leel, vaciló al ver su aura, dorada y pura. Seguía con el recipiente en las manos. Lo dejó sobre la mesilla y se tranquilizó. ⎯Os traigo la cena. La he preparado especialmente para vos. Nathan miró el recipiente. La ambrosía escarlata, casi gelatinosa, lucía rodeada de grandes medallones de uva, blanca y negra, naranjas y manzanas a cortes pequeños y otras frutas exóticas; caramelizadas, con azúcar y licor… Un auténtico placer para los sentidos. Ese manjar era el reconstituyente que necesitaba para recuperarse de su resfriado. No tenía hambre, pero comería solo para complacerla; y por supuesto, para recuperarse. Nathan se volvió hacia la joven. Tomó sus manos y notó que éstas temblaban. ⎯¿Estáis nerviosa? Vuestras manos… Male-Leel lo interrumpió.
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    372 ⎯No, majestad. Solotengo frío. Nathan desvió la mirada a la nada, pensativo. ⎯Sí; es extraño ⎯dijo, nada más volver de su abstracción⎯. Yo llevo varios días así y no consigo entrar en calor. Male-Leel dio unos pasos hasta la vitrina dónde se guardaba el cáliz de oro. Lo extrajo con cuidado. De espaldas al rey, deslizó su dedo índice por el borde; en sus dedos todavía quedaban restos de veneno que, como una sombra mortal, atraería a su víctima para cumplir los designios malignos, impregnando el cáliz para llevársela consigo. Cerró los ojos y recitó la consumación del conjuro mentalmente; luego, se volvió. Nathan no tenía escapatoria, ya no. Su vida estaba sentenciada. ⎯Déjalo sobre la mesa, junto a la ambrosía. Ella obedeció. Luego miró al rey, éste estaba ausente. ⎯Majestad… Nathan no le respondió, tenía la cabeza muy lejos de allí. Ella subió el tono de su voz, pero sin exagerar, solo un poco. ⎯¡Majestad! El rey volvió a la realidad, sobresaltado. ⎯Perdóname. Dime… Male-Leel no podía delatarse. Sabía que si insistía demasiado, él podría desconfiar de ella y todo se iría al traste. Decidió que una sola vez era suficiente. ⎯Debéis tomar alimento y acostaros. Os noto muy cansado. ⎯Sí, creo que te haré caso. Ella sonrió y después de una profunda reverencia, abandonó el aposento sin levantar sospechas. Cuando cerró la puerta, se apoyó unos instantes en ella, suplicando a la oscuridad que la embarga, el éxito de su traición. «He cumplido mi cometido», dijo mentalmente. Después de esas palabras, suspiró profundamente; unas lágrimas de dolor brotaron de sus ojos. Luego, en silencio, se
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    373 marchó. Dejó atrás elpalacio, dejó a tras su vida. Cuando Male-Leel se hubo marchado, Nathan, sintió un escalofrío extraño. Tuvo el presentimiento de que todo iba a empeorar. En ningún momento relacionó el cáliz y la ambrosía con la premonición, pues no era capaz de captar una traición de alguien cercano a él. Confiaba demasiado en la gente que le rodeaba y eso acabaría siendo su perdición. Él no lo sabía, pero su cuerpo sí… El fatal presagio que helaba su cuerpo había salido por la puerta tan solo unos instantes antes de él, volver a sentirlo. Y aún así, no hizo caso. Por extraño que parezca, esa noche, Nathan no recibió más visitas. La tranquilidad era sospechosa. Nathan se acercó a la mesa, cogió con un cucharón de plata un poco de ambrosía y la maceró en el cáliz con un poco de licor de nuez. Poco a poco el contenido de la copa se fue disolviendo hasta resultar totalmente líquido, de un intenso color granate. El olor azucarado le despertó los sentidos, hasta ese momento un poco dormidos. El veneno no alteró su sabor. Nathan se llevó el cáliz a los labios. En ese mismo instante, en la biblioteca, Halmir, que estaba reunido con los demás inmortales, sintió un violento dolor en el pecho. Con la mirada clavada en el infinito y su mente en trance, pronunció unas palabras que dejó petrificado el aire. ⎯No, Nathan, no… La puerta de la biblioteca quedó herméticamente cerrada. Una sombra negra volaba por las dependencias del palacio desatando su influjo sobre todo ser viviente que estuviese despierto. Unos minutos serían suficientes, para
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    374 que nadie evitaseel fatal desenlace que acechaba a Nathan. El inexorable paso del tiempo iba en su contra. El rey bebió el veneno. No intuyó nada, su sabor azucarado era el de siempre. Rápidamente, la rapaz muerte inmortal, entró en su sangre para conducirle por el camino del otro mundo: el de los espectros. Unos pocos minutos más tarde, Nathan se sentó junto al fuego y contempló las llamas. Se hizo un profundo silencio. Nathan se puso en pie, tambaleante, sacudido por un extraño rayo que lo atravesó. No comprendía lo que estaba pasando. Abrió los ojos de par en par. Hundió su mirada en el vacío. ⎯¡Nooo! Se dio la vuelta, fue hacia la mesa. Le temblaban las manos, tomó el cáliz… husmeó. Miró el recipiente con la ambrosía bellamente decorado y comprendió… No podía pensar, su cerebro se negaba a obedecerle. Su respiración se volvió dificultosa y dolorosa. Se retorció. Sufrió unas violentas arcadas de su estómago; intentó vomitar, pero no lo consiguió. Los ojos de Nathan lanzaron un destello y unas imágenes aparecieron ante él: las llamas se llevaban su vida. Llegaron las dolorosas convulsiones. La mano que sostenía la copa tembló de forma exagerada. El cáliz cayó ruidosamente al suelo. Nathan jadeó y se tambaleó, trató de apoyarse en la mesa, pero erró y bruscamente desplomó medio cuerpo sobre el recipiente, este fue arrastrado con sus sacudidas, hasta que fue a parar al suelo con el resto de la ambrosía líquida. Nathan se desplomó. Perdió ligeramente la conciencia. Morir era la parte fácil. Pero había alguien que lo quería ver sufrir, sólo sufrir. Eso, si… durante toda la eternidad.
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    375 Las llamas oscilaban,inquietas… Un estallido sordo y repentinamente, destellos por todas partes. Nathan entreabrió los ojos y pudo ver como una sombra se alzaba en el aposento, percibió sus movimientos en el aire. Jadeó de dolor, un dolor humano. Sentía como su cuerpo se estaba abrasando. La mente de Nathan, no soportó el dolor y se tambaleó de nuevo al borde de la inconsciencia. Yacía tumbado de espaldas al suelo, con los brazos extendidos, los puños cerrados, tensos; se aflojaron y su energía fue desvaneciéndose. Una ráfaga de oscuridad se precipitó sobre él. Nathan estaba empeñado en desmayarse, cerró los ojos. Pero la extraña sombra le obligó a abrirlos; su esencia maligna, penetró en él como un virus mortificante. ⎯¡Despierta! Nathan abrió los ojos. Lo que vio le partió en dos: una figura negra totalmente encapuchada le miraba fijamente con los ojos inyectados en sangre. Incluso al borde de la inconsciencia, Nathan pudo reconocer aquel rostro contraído a causa de la ira. Todo su cuerpo tembló al verle… ¡vivo! ⎯jadeó a punto de ahogarse⎯. No podía ser cierto, era su mente que deliraba… Trató de gritar, pero no podía pensar, ni siquiera hablar, algo se lo impedía. Se debatió contra aquella tortura, pero no consiguió nada. El veneno estaba haciendo estragos en sus entrañas. ⎯Ha valido la pena esperar, Nathan ⎯se burló el espectro⎯. Por fin te tengo dónde siempre he querido… ¡En el suelo! Era el siniestro Maestro de Festo. Sus carcajadas retumbaron en la mente de Nathan, pero éste era incapaz de reaccionar. El Ser espectral empuñaba una daga en la mano y la hizo oscilar milímetro a milímetro por el rostro de su víctima. Iba a infligirle de nuevo una terrible mutilación,
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    376 pero está vezcontra su orgullo… Su larga y hermosa cabellera. A Nathan le costaba mantenerse despierto, su inmortalidad se le escapaba a un ritmo vertiginoso y no podía hacer nada para atraparla. Sus débiles pensamientos se nublaron, cuando repentinamente su alma murió al sentir la hoja plateada de la daga que rugía cerca de su oído; el perverso Ser espectral no vaciló, le sesgó la larguísima trenza de un solo golpe. Nathan sintió un vació profundo que invadió todo su ser. Sin duda, estaba perdido. ⎯¿Es qué todavía no lo comprendes, criatura estúpida? ⎯dijo⎯. Dime, ¿quién es ahora el dios? ¿Eh? Nathan gritó, pero sólo fue un pensamiento fugaz. ⎯¡A…! Necesitaba hacerse con sus pensamientos, y sólo lo consiguió a medias, porque inmediatamente después, su mundo se oscureció. La negrura absoluta le invadió por completo. «Su nombre, ¡maldita sea! Debo pronunciar su nombre para eliminar…», dejó inconclusas sus palabras mentales. Empezó a vagar por el abismo que le había creado el veneno. Dejaba de existir, de nuevo, otra vez. El ser espectral se elevó en el aire con la trenza en la mano. Sus carcajadas reverberaron en toda la estancia. ⎯Un regalito para Nabuc ⎯dijo⎯. Él quiere tu cabeza, pero tendrá que conformarse con tu cabellera. Tú eres, sólo mío. El espectro descendió, quería ver el rostro de su triunfo. Se situó junto a él, en silencio; Nathan entraba en un estado delirante y gemía. Su espíritu se iba consumiendo lentamente por el veneno, que avanzaba arrasando su sangre como un huésped virulento, carcomiendo sus defensas, su oxígeno, su sangre… Su vida. ⎯Aquél perverso ser sonrió satisfecho, con solo pensar en su merecido triunfo⎯. Le tocó la frente… Aquella misma frente que en el pasado, mutiló. ⎯El veneno te hará sufrir, no creo que aguantes mucho.
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    377 Míralo por ellado bueno, realmente te queda poco tiempo, unos días o quizá, algo más, antes de que tu inmortalidad se desvanezca por completo. Cuando el ciclo del veneno haya concluido, conseguiré que con un simple chasquido de mis dedos, te conviertas en cenizas. Y no creas que resurgirás como el Ave Fénix; no, Nathan. Esta vez, no. Nathan no oyó las perversas palabras del espectro, pues ya había perdido por completo el conocimiento. Con aquella anhelante esperanza en mente, el Ser espectral se elevó de nuevo y con perversos ojos descendió la mirada hacia su víctima, que yacía moribunda en el suelo de mármol; sonrió y ascendió cada vez mas hasta desaparecer en la oscuridad, mezclándose con las sombras de la noche. Se hizo un silencio absoluto, sólo roto por el cántico celestial de los Seres que en su despertar espiritual, lloraban por tan aciago destino. El caos estaba a punto de desatarse…
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    378 Capítulo 1 Acto II RequiemAeternam «Vio a Nathan, con el rostro perlado y mortecino, postrado en su lecho por unas fiebres permanentes, provocadas por el veneno…» Una vez marchado el espectro, el palacio fue liberado del hechizo que lo mantenía sumido en las redes de un profundo y oscuro letargo. La telaraña que atrapaba a los inmortales en la biblioteca se desvaneció sin dejar rastro, dejándoles libres de repente. Golpeados por el destino, volvieron a la realidad. Una realidad terrible, cruda como la carne. Las llamas de todas las chimeneas de palacio se agazaparon. Las paredes lloraban y gritaban, unidas al ritmo de la melodía de un violín que sonaba al otro lado de la realidad; y el suelo, resplandeciente, dejó de brillar. La vida se escapaba de aquél palacio. El cielo volvía a soltar sus lágrimas y el aire, derrotado, se había vuelto terriblemente frío. Un espíritu que había perdido su luz se debatía entre jadeos y lamentos ahogados. Sumido en tormentos. Sumido en gemidos de atroz dolor. Halmir, atenazado por un dolor desconocido que le hacía sangrar el espíritu, recuperó repentinamente su angustioso recuerdo… Ishtar y Morpheus, igualmente afligidos por las dudas y los temores, se sintieron
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    379 terriblemente azotados porla expresión de terror que se reflejaba en aquellos ojos grises. ⎯No, Nathan, no… Halmir estaba muy tenso, casi paralizado. Y no estaba preparado para poder afrontar con templaza aquel preciso momento en que encontrase a su hijo ahogándose en el sufrimiento. En silencio, abandonaron la biblioteca. Con movimientos apresurados, Halmir, Ishtar y Morpheus, avanzaron entre la incipiente oscuridad de los corredores. Se dio la voz de alarma y Jhodam despertó sumida en tristes lágrimas. Áquila, Jadlay y Lamec, por su parte y envueltos en capas púrpuras y con las espadas en mano, corrían apresurados por el pasillo que conducía a los aposentos reales. En silencio. Con los corazones en la garganta. Los guardias que escoltaban las dependencias privadas del rey, no atinaban a comprender lo que había pasado. Siguieron a Halmir, éste les dirigió una mirada fulminante. Cuando irrumpió en el aposento, vio a su hijo yaciendo en el suelo. En ese instante, sus temores se hicieron realidad. Halmir, fuera de sí, recriminó la actuación de los guardias y los echó del vestíbulo. Después, presa de una fuerte conmoción, se hundió. Hubo gritos a diestro y siniestro. Halmir mostró su rostro menos amable, ya no podía más… Estaba harto. Ishtar y Morpheus, se empeñaron en hacerle reaccionar. Al poco, Halmir se tranquilizó y recuperó todo su aplomo. Su hijo merecía que él estuviese en perfectas condiciones, pero era difícil mantenerse mucho tiempo así. La noticia del envenenamiento del rey conmocionó a toda Jhodam, que no
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    380 acababan de creerseque algo así hubiese podido ocurrir, y él no era menos. Se agachó junto a su hijo. Lo llamó repetidas veces, sin éxito. ⎯Respóndeme, Nathan, por favor… El rey no respondió, ni tan siquiera reaccionó cuando los dedos finos y cuidados de su padre le acariciaron el rostro, perlado por el sudor frío, febril y descompuesto, y se perdieron en su… cabellera. La sorpresa dio paso al estupor. «¿¿……..??» ⎯¡Nooo! ⎯Halmir se dobló totalmente, apoyándose en el torso de su hijo, con los ojos invadidos de lágrimas, mientras sus manos recorrían su melena que, después de la mutilación, apenas le llegaba a los hombros⎯. Pero… ¿quién te ha hecho esto? Ishtar escuchó en silencio, cerró los ojos. ⎯Nabuc, Festo o los hechiceros. Cualquiera de ellos, Halmir ⎯dijo, sumido en la más absoluta tristeza. Halmir estaba derrotado. ⎯Sabíamos que esto ocurriría ―dijo―, y no hemos sido capaces de evitarlo. ⎯No debes culparte por esto, tú no has tenido nada que ver. Es cierto, no hemos sido capaces de intuirlo a tiempo, pero… ⎯Ishtar dejó sus palabras en suspenso. Escucharon algo. En ese instante, Nathan se agitó convulsivamente, con los ojos cerrados; gemía, rodeado de tinieblas y su rostro mortecino, reflejaba el terror absoluto. De repente un cambio sutil en el ambiente… Halmir, inducido por su sexto sentido, levantó la cabeza y miró al vacío. Por un momento, creyó ver una extraña presencia camuflándose entre la oscuridad de un recodo sin apenas luz, junto a los majestuosos cortinajes. La sombra desapareció.
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    381 Los corredores depalacio eran un auténtico caos. Los cortesanos iban y venían de un lado a otro informando del envenenamiento del rey. Se sospechaba de la última persona que había acudido a los aposentos reales: Male-Leel. Los guardias la vieron salir del palacio, como todas las noches, sobre medianoche, caminando tranquila hacia la escalinata que conducía a los obeliscos, sin levantar sospechas. En aquellos momentos, no podían imaginar que ella hubiera sido capaz de semejante atentado. Cuando Kali se enteró de lo ocurrido a Nathan abandonó el aposento apresuradamente, mientras que Aby, consciente del significado de aquel atentado, y segura de que su esposo tenía algo que ver con el envenenamiento del rey, fue al encuentro de su padre. Kali, descompuesta por el temor de volver a vivir una situación parecida a la que vivió hace cuarenta y dos años no podía creer que realmente lo que decían los informadores fuese cierto. Estaba asustada. Su corazón palpitaba con fuerza, a punto de quebrar su pecho. Ishtar había abandonado el aposento real, presintiendo que su hija estaba cerca. Tenía que hacerlo, impedir que ella viese a Nathan de nuevo a las puertas de la muerte, eso la destruiría. Estaba seguro de que su hija no podría soportarlo; otra vez, no. Tenía miedo de que intentara algo, como poner fin a su vida inmortal. Mucho miedo. Ishtar, Áquila, Jadlay y Lamec se cruzaron. Ni hicieron falta las palabras. Los ojos del inmortal lo decían todo. Los tres guerreros traspasaron apresurados las imponentes puertas de bronce que marcaban el inicio de las dependencias reales. Morpheus aguardaba la llegada de su hijo en el umbral del aposento real, muy preocupado. Cuando los vio llegar sintió un estremecimiento, Áquila lo miró y su rostro se volvió lívido de repente. El comandante entró en la estancia. Jadlay pasó junto a su padre y éste lo agarró del brazo, impidiendo que su hijo y Lamec cruzaran el umbral.
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    382 Lamec obedeció sinhacer preguntas. Pero Jadlay no estaba muy de acuerdo. ⎯Padre, ¿qué haces? ¿Quiero verle? ⎯Ahora, no. Maya está examinándole. Ha sido envenenado. Jadlay no había escuchado las últimas palabras de su padre. Sólo tuvo vista para ver que Áquila había entrado y él no. Sus oídos parecían sordos. ⎯¿Y Áquila? ⎯replicó Jadlay. ⎯¿Es qué no has oído lo que te he dicho, hijo? ⎯Le has dejado pasar a él, eso es lo que he visto ―replicó Jadlay―. No necesito oír nada. Morpheus abofeteó a su hijo. Jadlay apretó los dientes, presa de una incontenible irritación al verse humillado por su propio padre, sin comprender. El inmortal al comprobar que su hijo tardaba en asimilar la noticia más tiempo del previsto, lo zarandeó bruscamente, tratando de hacerle entender lo que realmente había ocurrido. ⎯¡El rey ha sido envenenado! ⎯le gritó. Jadlay se quedó tieso, ante aquella horrible afirmación. ⎯¿Envenenado? ⎯repitió, creía no haber oído bien. Miró a su padre, no había duda…⎯. ¿Quién ha sido capaz de hacer algo así? ¿Quién, padre…? En ese momento, el joven miró a su padre de frente. Morpheus no respondió, bajó sus ojos. Estaba realmente afligido. Halmir en el interior del aposento, observaba en silencio como Maya examinaba al rey y mientras lo hacía no dejaba de sacudir la cabeza con gesto serio. Áquila no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. ⎯¡No, maldita sea! ⎯exclamó. Luego lanzó una maldición en voz baja y abandonó el aposento apresurado. Halmir no hizo nada para detenerle. En ese momento, el inmortal había dejado de existir. Su mente estaba muy lejos
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    383 de allí. Seconsideraba culpable de lo ocurrido a su hijo y no se veía capaz de luchar contra los remordimientos. Cabizbajo, se dejó caer arrodillado a los pies de la cama. Nathan gemía, presa de fuertes espasmos dolorosos. Un hilillo de sangre en la comisura de los labios, fue el detonante que hizo estallar uno de los momentos más críticos en la vida de Nathan. Maya, no podía hacer nada por él. Estaba completamente en blanco. No conocía antídoto que pudiera contraatacar los efectos del mortífero veneno, pues éste era devastador. La fiebre consumía aquél cuerpo cubierto por una fina película de sudor sobre la piel cobriza que, con el paso de los minutos, había tomado un mortecino color perlado. En el vestíbulo, Morpheus, Jadlay y Lamec, miraron bajo el manto del horror el semblante de Áquila, éste empezó a patalear el suelo. Ishtar que seguía en su empeño de detener a su hija, al girar un recodo, se dio de bruces con ella. Ella rompió a llorar en los brazos de su padre. ⎯¡Nooo! ⎯Kali… ⎯¡No es cierto! ⎯gritó⎯. ¡Dime qué no es cierto! ¡Quiero verle! ⎯se debatió, tratando de deshacerse de las fuertes manos que la sujetaban, pero no lo consiguió. Su padre no pensaba permitirle ver al rey en aquel estado. Ishtar se puso tenso. Kali gritaba de forma angustiada, desgarrando el aire con su desdicha. Por unos momentos, perdió la razón; agarró la túnica y golpeó el pecho de su padre, hasta causarle dolor, éste le agarró los brazos al vuelo. ⎯Tienes que ser fuerte, hija. ⎯¿Por qué siempre tiene que sufrir? ⎯las lágrimas corrían por su rostro como chorros de agua⎯. ¿Por qué, padre?
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    384 Lloraba sin encontrarconsuelo. Destrozada, Kali, sintió un ligero mareó y se desvaneció en los brazos de su padre. En ese momento, Aby y Joab corrían hacia ellos, desencajados, mientras Ishtar cargaba con su hija, directo a su aposento. ⎯Yo me quedaré con ella. No debéis preocuparos ⎯dijo Aby. ⎯Gracias. Ishtar se volvió hacia Joab, lo miró. Su pena le embargaba el corazón, pero tenía que recuperar el aplomo para ayudar a Halmir a superar el difícil trance. Estaban obligados a encontrar una solución. ⎯Haré que Maya la examine en cuanto acabe con el rey. No me ha gustado nada su desmayo. Joab asintió. ⎯No debes temer nada ―dijo, para tranquilizarle―. Seguro que es por la conmoción sufrida. ⎯Eso espero. Ishtar apoyó una mano en el hombro de Joab y volvió a hablar. ⎯Hoy es un día triste ―dijo―. Han atentado contra nuestro rey y no me atrevo a imaginar las consecuencias de esa osadía. Quién sea culpable de su envenenamiento, debe morir ⎯hizo una pausa⎯. Sea quién sea, hombre o mujer, debe padecer bajo la hoja afilada de los verdugos del rey. Sin piedad. Joab no tenía dudas en cuanto a la autoría del atentado. ⎯Es posible que todo esto sea obra de Nabuc. ⎯Si realmente es así, lo lamentará ⎯respondió Ishtar, más malhumorado si cabe⎯. Juro por mi hija que lo lamentará. Sin embargo, no creo que sea tan tonto como para mancharse las manos con veneno. ⎯Festo es el brazo ejecutor de Nabuc. Si hay algún culpable, es él. Claro está, que detrás de todo plan siniestro
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    385 está Nabuc, suOráculo y los hechiceros que trabajan para él. Créeme Ishtar, los enemigos de Nathan son muy poderosos. Ishtar sabía por Halmir quién estaba detrás de todo. La hipótesis de Joab no era nada descabellada. El levita sin apenas saber nada del poder oscuro y de los hechizos que usaba éste, se había acercado a la verdad. Una verdad que quemaba como el fuego. Aby se sentó en la cama y acarició los cabellos de Kali. La miró detenidamente, comprobando que era una mujer hermosa sumida en una cruel realidad. Sintiendo una pena terrible, echó a llorar. El inmortal estaba muy preocupado por su hija. No quería que estuviera sola ni un instante. En el pasado se quitó la vida con la Daga de Oro y temía que volviera a intentarlo. ⎯Por favor, no la dejéis sola ―pidió Ishtar―. Mi deber me obliga a estar junto al padre del rey. ⎯Puedes marcharte tranquilo. Ishtar cabeceó muy agradecido. Antes de abandonar el aposento se acercó a la cama y besó a su hija en la frente. Luego se marchó. Áquila sentía como la ira crecía en él, como una llama recién prendida. De repente, se apoderó de él una extraña locura, un ansia desesperada por matar. Era el fuego de la venganza que ardía en su ser, embriagándole de los pies a la cabeza. Pensó que sería su última oportunidad, pues no habría otra. Había llegado el momento de actuar en nombre del rey. Y Clamó venganza a gritos. Morpheus, Jadlay y Lamec sintieron como se les helaba la sangre ante la expresión de aquél rostro. Áquila sacó la daga del cinto y la contempló durante unos instantes. Morpheus, mostrando gran serenidad, dio unos pasos hacia él. Reconocía ese acto y sabía su significado. ⎯Una daga de sangre ⎯dijo, a la vez que miraba el
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    386 arma⎯. ¿Estás dispuestoa convocarlos? ―levantó la vista y la clavó en el comandante―. Es posible que pasen de ti, sólo… Áquila interrumpió a Morpheus, no tenía ganas de escuchar pequeñeces. Sabía muy bien lo que hacía. ⎯No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. He de vengar a mi rey. ⎯Nathan no ha muerto, aún no. ⎯Es cierto. Pero no estoy dispuesto a esperar a que ocurra. Quién haya sido lo lamentará. Morpheus captó la ira en su voz. Le recordaba a su hijo y pensó que hasta se le parecía. ⎯Los Dragones Negros, los verdugos del rey. Jadlay miró a Lamec, ambos no comprendían nada. ⎯¿Podéis decidme de que estáis hablando? Morpheus se volvió hacia su hijo. ⎯Los Sicarios de Fuego, fueron entrenados y constituidos con los auspicios de Ra al convertirse Nathan, en el último dios, y están bajo su mando directo o en su ausencia, de la persona que posee la insignia real grabada con fuego en su brazo derecho. La famosa llama del dragón de la que todo el mundo habla y nadie ha visto. Sólo hay dos motivos que pueden dar pie a convocarlos; primero, que la vida del rey esté en peligro a causa de un atentado; y segundo, en caso de finar, vengar la muerte del rey. ⎯El inmortal miró a Áquila⎯. No puedo creer que tú tengas ese derecho, ni siquiera Halmir, que es su padre, tiene poder para solicitar la actuación de los Sicarios… ⎯Él no, pero yo si ⎯Áquila se apartó la manga hasta el hombro y enseñó su estigma. Morpheus al ver la insignia, que como una llaga marcaba el brazo del guerrero, hizo una mueca de sentida preocupación. Jadlay y Lamec, atónitos, enmudecieron ante aquél secreto tan celosamente guardado. ⎯Como quieras ⎯dijo⎯. Si no hemos bailado antes, lo haremos ahora. Recuerda que convocarlos es aceptar sus
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    387 condiciones y queno quedará títere sin cabeza, ¿lo sabes, verdad? ⎯¿A qué temes, Morpheus? ¿Acaso no hueles la traición? ⎯Prefiero no hablar de eso ahora ⎯contestó Morpheus; la sola idea hacía que se estremeciera. Ante aquella evidencia, se limitó a parpadear y desearle suerte. Era lo menos que podía hacer. Estaba claro, si el rey le había otorgado ese poder a él, era por algo. Era un privilegió, lo sabía; por este motivo, no podía dudar de las decisiones del rey. La puerta del aposento de Nathan estaba abierta, y un grupo de guardias enfundados en capas negras y doradas, se encontraban custodiándola con sus lanzas preparadas para ser utilizadas si era necesario. El agobiado Maya hacía rato que se había marchado y Halmir, necesitado de unos minutos de descanso abandonó la estancia para refugiarse en los jardines, junto con Ishtar y Morpheus que seguían tras él, incansables. A Jadlay y a Lamec les permitieron la entrada, pero sólo por unos minutos, después se vieron obligados a marcharse. Los guardias eran tajantes, tenían severas órdenes de Halmir y las hacían cumplir a rajatabla. Kali había recibido la visita de Áquila. Él quería hacerle partícipe de la noble decisión que había tomado. Buscaría a los Dragones Negros para que vengasen al rey. Era su deber. Ella sintiéndose un poco mejor, pero vacilante, se acercó a él. Áquila, después de conversar con ella, se dedicó a contemplarla; sonrió, sombrío, mientras se colgaba una espada larga del cinto. Era tan hermosa y a la vez, tan prohibida… Suspiró.
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    388 ⎯Áquila, Nathan confíaen ti y yo también ―dijo ella―. No lo dudes. Lo que tu decidas, bien hecho está, y si no hay más alternativa, pues adelante. Tú eres el único que puede hacerlo. Kali le puso la capa negra de Nathan sobre los hombros y se la cerró en el cuello con el broche propio de su cargo. ⎯¿Crees que la capa del rey me dará suerte? ⎯preguntó él. Ella asintió, segura. ⎯Quiero que su esencia viaje contigo. Áquila se enorgulleció de aquellas palabras, tan sinceras. Estaban impregnadas de magia, la magia de Kali. ⎯Cuando haya acabado con esta misión, cumpliré los deseos de Nathan. Te lo prometo Kali ⎯tomó su mano y la besó⎯. Acompañaré a Jadlay a Esdras y le ayudaré a recuperar su Legado. Juro por mi vida que la cabeza de Nabuc rodará por el suelo ―hizo una pausa para mirarla a los ojos―. Sólo quiero que me prometas una cosa… Kali lo miró, apunto de llorar. No; promesas, no. ⎯Has de prometerme, que pase lo que pase te mantendrás firme y no harás ninguna tontería. Si te pasará algo, y Nathan sobreviviera al veneno, él no lo soportaría. Se volvería loco sin ti. Ella inclinó la cabeza. Él le puso el dedo en la barbilla y alzó su rostro. ⎯Prométemelo, Kali. Ella necesitó su tiempo para responderle. Lo que él le pedía no era fácil de cumplir, pues no se imaginaba la vida sin Nathan. Lo amaba demasiado para aceptar su pérdida. Se hizo un silencio entre ambos. Finalmente, se llevó instintivamente una mano al vientre y tomó una decisión. ⎯Sí, lo prometo. El gesto de Kali no pasó desapercibido a los ojos de Áquila. No hizo falta que ella hablara. Lo supo desde ese momento.
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    389 ⎯Kali, ¿estás…? Ella apoyósu cabeza en el hombro de Áquila. Él la abrazó. «¡Por todos los dioses! ―pensó―. ¡Un heredero!» Kali leyó sus pensamientos. ⎯Sí, Áquila ―afirmó―. un legítimo heredero del Linaje de Sangre Real Divina e Inmortal de Nathan Falcon- Nekhbet… ⎯hizo una pausa, parecía reflexionar sobre lo que acababa de confesar⎯. Pero, por favor, te lo suplico, no digas nada a nadie, ni a su padre ni al mío; Maya lo sabe, pero confío en su silencio ⎯suspiró⎯. Los hechiceros negros me lo pueden arrebatar, si llegan a enterarse de que en mi vientre late vida de un dios. Sí, Áquila, un dios al que odian a muerte. Áquila sonrió satisfecho. En ese momento, tuvo la certeza de que ella cumpliría su palabra y él, también. Moriría con el secreto, antes de decir ni una sola palabra. Mientras ellos conversaban, Aby y su padre habían salido al vestíbulo y allí, se encontraron con Jadlay y Lamec. Los dos se encontraban mal, prácticamente fuera de lugar. Apenas les permitían visitar al rey. Por una parte lo comprendían, Nathan estaba muy mal, deliraba y gemía sin cesar sumido en intensos dolores. Era un sufrimiento nada agradable. Los dos jóvenes trataron de encontrar consuelo en Maya, pero éste iba como loco de un lado a otro, buscando hierbas, infusiones o cualquier cosa que le sirviera para reducir los efectos devastadores del veneno que consumía al rey. Era consciente de que los inmortales necesitaban un poco más de tiempo para encontrar una solución, pues ésta se reducía exclusivamente a encontrar el antídoto. Un ruido profundo de tambores reverberaba en el aire, su eco llegaba a todos los confines de la ciudad y procedían de la Gran Torre del palacio. Un homenaje que le dedicaban la antiquísima Hermandad de los Caballeros Custodios de la
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    390 Luz y laGuardia Real a su rey. Un ritual de sonidos que trataban de alejar las influencias oscuras que en esos momentos, parecía impregnar el oxígeno de la vida con su magia negra. El sonido acompañaba al clamor vengativo de Áquila, llegando incluso a oídos de los hechiceros negros, y más allá todavía… Un cuerpo sumido en tormentos febriles, incapaz de percibir lo que ocurría a su alrededor y poseedor de una mente poderosa, pero igualmente hundida en el abismo inducido por el ente, lo escuchaba. Aquel potente sonido que retumba en su cerebro lo despertó de la oscuridad de sus pesadillas. Por los ventanales del aposento real entraban los destellos del atardecer y se derramaban por el suelo, dibujando largas sombras rojas en las paredes, testigos en silencio de la traición de Male-Leel. Nathan podía oler el incienso, estaba allí, al otro lado de la puerta, mientras las alas del espectro proyectaban sombras sobre sus sueños febriles. Flotaba en el aire inundado de recuerdos. Se vio a sí mismo en el lecho, quejándose de dolor, con los ojos cerrados y el rostro totalmente argentario. Abrió la puerta… Una puñalada de dolor le rajó el alma. Sintió morir. ⎯A… Apofis… Una sonrisa perversa se dibujaba en aquél rostro contraído por la ira. ⎯El último dios ⎯susurró⎯. El último. El rostro de Nathan estaba lívido. «Tengo que…» Nathan no podía luchar ni en la realidad ni en sueños; se desplomó, sin sentido. En la oscuridad, tronaron unas carcajadas de intenso júbilo. El espectro estaba muy satisfecho, demasiado diría yo. Lo encontraron en la alfombra, arrastrándose hacia el fuego
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    391 de la chimenea.Maya y Halmir lo acostaron en la cama. ⎯Es necesario ⎯intentó decirles⎯. Tengo que… ⎯Dormid, majestad ⎯dijo Maya. ⎯No ⎯suplicó él⎯. Por favor… Tengo que… Halmir lloraba de impotencia. No podían hacer nada por su hijo, salvo esperar. ⎯Sí ⎯Maya lo cubrió con una manta aterciopelada, aunque estaba ardiendo⎯. Dormid, majestad. Nathan no era más que un espejismo de lo que había sido. En esos momentos, su sufrimiento era extremo. Su inmortalidad se alejaba cada vez más, al tiempo que el veneno hacía estragos en su cuerpo. La vida se le escapaba, pero su resolución seguía intacta. Luchaba contra la oscuridad, contra el veneno y consigo mismo. Maya le puso una copa en los labios. El antídoto, espeso y amargo, no servía más que para mitigar en cierto modo el sufrimiento del rey. El efecto duraba poco, pero durante ese tiempo descansaba, sin delirios ni pesadillas. El médico se había fundido el cerebro tratando de encontrar algo que actuase como un antídoto realmente efectivo, pero lo único que conseguía con ello, era alargar el fatal desenlace. Todos eran conscientes, sin el antídoto de las tinieblas, él no tenía salvación. La infusión mantenía al rey despierto la mayor parte del tiempo, pero no percibía lo que ocurría a su alrededor. Lo único que conseguía decir con claridad era: “tengo que…”, y luego se hundía en un mar negro, profundo y sin orillas, dónde acercarse para poder salir a flote. Nathan consiguió tragar algo de aquel líquido vigorizante. Luego el sueño se apoderó de él. Mientras dormía, Halmir se volvió hacia Maya. ⎯¿Qué valdrá la vida de mi hijo cuando haya perdido la inmortalidad? Maya no tenía una respuesta válida a la pregunta de Halmir. Apesadumbrado, se encogió de hombros. Entre ellos se hizo un silencio sepulcral.
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    392 Una hora después,Halmir se acercó al lecho y tocó la frente perlada de su hijo. Ardía. Pasaban las horas y el rey estaba cada vez más débil. De repente, Nathan despertó. ⎯Traedme… ⎯mumuró con voz aletargada⎯. Traedme… ⎯¿Sí? ⎯preguntó Halmir⎯. ¿Qué quieres que te traiga, dímelo? ⎯Kali. Halmir comprendía por qué su hijo quería verla; la amaba más que a su vida. Sin embargo, no creyó muy conveniente que ella lo viera en tan mal estado. Sin embargo, no podía oponerse, pues era capital acceder a su petición. Levantó la mirada y vio a Maya apoyado en la pared con el rostro preocupado, enviarle a buscar a la joven le despejaría un poco. Tanto el médico como él se pasaban las horas en vela, cuidando de Nathan y esto podía acabar con la templanza más arraigada. Repentinamente, hizo un ademán indicándole la puerta, para que fuera a buscar a Kali. Maya asintió con un cabeceó y abandonó el aposento. Nathan sentía los párpados muy, muy pesados. «Padre…» El pensamiento fue muy débil. «¿Sí?» Halmir le respondió de igual modo, telepáticamente. «Me muero, padre. Y esta vez no hay retorno… ⎯hizo una pausa, le costaba pensar. «No morirás. No pienso permitirlo» Miró a su hijo. Nathan perdió ligeramente el conocimiento. «Vuelve… ⎯Unas lágrimas brotaron de sus ojos⎯. Vuelve conmigo. No te duermas… Por favor, hijo… Vuelve» Al poco rato, Kali llegó acompañada de Maya. La joven con lágrimas en los ojos dio unos pasos apresurados hasta el lecho, el corazón se le había desbocado al traspasar el umbral, y se sentó junto a él.
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    393 ―Te quiero ―susurró,luego le besó en la frente, alzó la mirada y vio dos lágrimas de cristal brotando de aquellos bellos ojos azules, ahora mortalmente apagados; suavemente Kali puso su dedo índice sobre los labios de Nathan, y le besó. Al deslizar sus manos por la sacra cabellera de Nathan, Kali, se dio cuenta de que ésta había sido cortada. Se quedó pensativa un instante, asimilando el significado de la salvaje mutilación. Miró a Nathan y pudo ver en sus ojos que él deseaba estar a solas con ella. Kali, cabeceó y tomó las ardientes manos entre las suyas. Acarició sus dedos, su piel y se las llevó al corazón, oprimió fuerte. Nathan podía sentir el palpitar de la mujer que amaba. Luchaba por mantenerse despierto, pero los dolores eran intensos, haciendo que su agonía fuera terrible. Se estremeció y sintió náuseas, empeoró. Cerró los ojos, su visión se nubló. Mientras tanto, Halmir, suplicaba por su hijo arrodillado a los pies de la cama y Maya, uniéndose a su tristeza, apoyó una mano sobre su hombro. Halmir, alzó la mirada, en silencio. Instantes después, Halmir se levantó del suelo y apoyó los brazos sobre la pared mientras su lacio cabello le tapaba la cara y su voz sonaba ronca, mostraba cansancio y preocupación; sin embargo, Maya pudo notar cierto aire vengativo en su ser. ⎯Un destino cruel ⎯dijo Halmir⎯, pero no tan cruel como lo será el de Festo. Lo juro por mi hijo, Maya. Lo juro. Antes de que acabe con él, Festo suplicará la misma piedad que tuvo él con Nathan. Maya dirigió una mirada rápida a la pareja, Kali se había acostado justo al lado del rey, cuerpo contra cuerpo; abrazados, con sus rostros mirándose. Nathan había perdido ligeramente la conciencia; luego, se volvió hacia Halmir. ⎯Vengándote no conseguirás recuperarle. Halmir no replicó esas palabras. Miró unos instantes a su
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    394 hijo, cerró losojos y con paso decidido se dirigió al umbral, tras él, el médico. En el vestíbulo, se encontraron a Ishtar y Morpheus que traían noticias: la población clamaba venganza. Mientras que Jadlay y Lamec se presentaron ante ellos de improviso. Estaban preparados para partir rumbo a Esdras. Pero Halmir no autorizó la partida de los dos jóvenes, sabía que Áquila tenía otros planes para ellos y estaban obligados a esperar su regreso. Las tropas de Jhodam y Bilsán, previamente enviadas por Nathan, avanzaban lentamente hacia la ciudad amurallada. Nada se había detenido, nada. Sólo un contratiempo. Sólo un ligero cambio de planes. Poco a poco llegó la noche, Nathan se revolvió febril en su lecho, mientras Kali sentada con las rodillas recogidas, miraba las lunas a través del ventanal, altas en el cielo oscuro. Miró a Nathan. Su mente vagaba en pensamientos tristes, muda por el dolor. De repente tuvo una visión que le erizó la piel… Cerró los ojos, le pareció ver a su futuro hijo. Buscó a Nathan en su visión, pero él no estaba. Sin embargo, oyó una voz… «Olvida el pasado. Una nueva vida se abre ante nosotros, no mires atrás, nuestro futuro está ahí… Esperándonos» Rompió a llorar, desesperada. Nathan despertó. Su voz sonó casi sin vida. ⎯Ka…li… Ella se volvió, sorprendida. Se inclinó y le acarició el rostro, los labios… Le besó con ternura. Le tomó las manos, le palpó la piel del pecho, le besó en el cuello… ⎯No me dejes mi amor. Por favor, te lo suplico. Nathan ardía. La fiebre era endiabladamente alta y la pasión de ella lo encendió aún más.
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    395 ⎯Qui… Quiero pen…pensar que tú y yo tenemos un futuro juntos. ⎯A Nathan le costaba un esfuerzo supremo hablar, pero finalmente, lo consiguió. ⎯Sí; sí, mi amor. ⎯Pero… mírame bien. ¿Cuánto crees que aguantaré? A Nathan le costaba respirar. Sus ojos se cerraban… ⎯No digas eso, mi amor ⎯Kali volvió a besarle, tratando de evitar que perdiera el conocimiento de nuevo⎯. Encontraremos el antídoto, te salvaremos. Pero no pudo evitarlo. Nathan se hundió en las sombras de nuevo. Kali rompió a llorar, desesperada. Se acurrucó junto a él tocando con su espalda la cabecera del lecho, acariciando aquella frente perlada por el sudor frío de la fiebre y contraída por el incesante dolor. Con voz temblorosa, Kali entonó una salmodia dedicada a su amor y a la vida que latía en sus entrañas. Se durmió. Áquila descendió la escalinata del palacio. La noche era gélida. Su caballo esperaba junto a los obeliscos, preparado. Se echó la capucha sobre el rostro, saltó sobre su montura y ambos, jinete y corcel, se alejaron en la oscuridad, en medio del silencio de los jardines que rodeaban residencia real. Mientras cabalgaba, alejándose cada vez más, recordaba con nostalgia el día de su Iniciación arcana y el sagrado ritual dónde fue estigmatizado con las poderosas llamas de fuego. Recordó las palabras de Nathan… «Allí, bajo el cielo negro, dónde las estrellas empezaban a brillar, se encontraba la entrada secreta de una cripta…»
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    396 Capítulo 2 Áquila ylos Dragones Negros Áquila Cabalgué deprisa, sabía que no había solución, sólo me quedaba convocar a los Dragones y luego acompañar al joven Jadlay a Esdras, para allí luchar con un enemigo que a todas luces parecía superior en maldad, pero no en tropas. Un combate que estamos obligados a ganar, por Nathan y por Jadlay. No puedo contener mi ira en el cuerpo, pues estoy lleno de odio contra Nabuc, Festo y sus secuaces. Lo sé, estoy casi cegado por un sentimiento de venganza que me carcome el alma. Pero ver a Nathan envenenado fue para mi suficiente. Mí única esperanza eran ellos: los Jinetes Negros, el terror de la noche, más conocidos como Dragones o verdugos del rey. Cuando llegué a un claro, desmonté del caballo. La noche era muy oscura y para encontrar la cripta de los dragones, me guíe gracias a las señales que una vez me dio el rey. Miré a mí alrededor. Até las riendas del caballo en el tronco de un viejo árbol y me adentré en las profundidades del Bosque del Manantial, al otro lado de los desfiladeros que conducen a Roccá. Caminé, solo, por un sendero serpenteante, buscando el escondrijo de los sicarios. Sabía que las señales me conducirían directamente al lugar, no tenía perdida. De hecho, Nathan, cuando me hizo partícipe de su confianza, no sólo me exigió pasar una iniciación, sino que sufrí una estigmatización en mi brazo derecho, pues no podía otorgarme el privilegio de representarle ante sus Dragones, si alguna vez le pasaba algo, si no tenía el estigma. Era un salvoconducto. Esa misma noche él me desveló el lugar dónde
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    397 los dragones sereunían siempre rodeados de hermetismo. ¿Por qué? Le pregunté… Su respuesta me dio que pensar, pues los Dragones eran originarios de una secta de hechiceros muy poderosa en Jhodam, los más leales se quedaron con el rey y le prestaron juramento exclusivo, mientras que siete de ellos no aceptaron las condiciones y se separaron de la secta, formando a su vez, la temida Orden de los Hechiceros Negros, éstos exiliados y perseguidos por los Dragones y por las leyes de Jhodam, se esconden en la seguridad que da la clandestinidad. Siempre ocultos a los ojos del rey. Nathan tiene por costumbre reunirse con los Dragones en las noches sin lunas, aprovechando la oscuridad. Aunque él realmente no necesita la noche para camuflarse, lo puede hacer en pleno día. Es su magia, el poder que fluye por su sangre como llamas de un fuego que nunca se extingue; hasta ahora, claro. Esto lo sé yo y nadie más. Su padre no tiene ni idea de las incursiones nocturnas de su hijo. Él que siempre le sobreprotege, pondría el grito en el cielo si se enterase de que Nathan es el principal Dragón de su propia orden. ¡Qué frío hace! Si mantengo mi mente ocupada, me olvido del frío y puedo seguir avanzando. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que los Hechiceros Negros han tenido algo que ver en el envenenamiento de mi rey. Sí, Halmir, no está equivocado y Nabuc es quién instiga a Festo, éste puede haber solicitado los servicios de estos siniestros personajes. Todos ellos odian a muerte a Nathan, son sus peores enemigos. Les gustaría tener el poder que irradia mi rey y como no pueden poseerlo se dedican a conspirar contra él. Lo malo de esto es que a veces consiguen llevar a buen puerto sus planes, como ahora. La verdad, no dejo de pensar en la conversación que tuve ayer por la tarde con Nathan, en los jardines… Él presentía algo malo. Podía haber confiado en mí y contármelo. Lo hubiéramos podido evitar, ¿o no? Es muy difícil que él te confiese algo que le atormenta, así por las buenas. Nathan, como hombre inmortal, es insondable, y como deidad, prefiero no pensar, pues me pierdo. Incluso su padre tiene muchas dificultades para penetrar en los entresijos de su mente.
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    398 Ahora que recuerdo,cuando él me dijo que me dedicara a mi trabajo, a qué se estaba refiriendo… No hay duda. Cuando pienso en sus palabras… «Tú no debes preocuparte por mí. Tus obligaciones son otras»… «Tu trabajo es destruir a aquél que intente entrar en Jhodam sin autorización» Exacto, Nathan tiene razón, ese es mi trabajo, pero sí él no confiará tanto en la gente, posiblemente Male-Leel no hubiera conseguido sus objetivos. Ese es su defecto. Porque estaba claro que ella había envenenado la ambrosía que cenó Nathan esa noche. Miro al cielo. Me guío por el brillo de las estrellas. Aquí en el bosque hace un frío que te deja tieso. Por suerte, voy muy bien abrigado y por cierto, muy protegido. La capa del rey que me prestó la hermosa Kali, es extremadamente caliente. Cuando pienso en ella y en el hijo que está esperando… Me da ganas de rebanarle la cabeza a Nabuc para que deje en paz a Nathan y ambos puedan disfrutar de la felicidad que supone ser padres. ¡Uf! Pero que he dicho, ¿Nathan, padre? ¡Ay, ay…! La verdad, no me lo imagino con un bebe en los brazos. Él que siempre está guerreando con espada en mano. A lo mejor es cierto y él nunca verá nacer a su hijo o quizá, sí. Yo por mí parte, pienso emplearme a fondo para que así sea. Nos divertiremos mucho el día que presencie el nacimiento de su heredero, porque yo, me lo imagino en el suelo, más blanco que la nieve. Qué pensamientos más felices me envuelven y aunque sé que es muy arriesgado aventurar algo así, tal y como está Nathan, pues lo sé, yo y todos los que estamos cerca de él, sus posibilidades de sobrevivir son… No lo diré. Prefiero no pensar. Espero que el destino del rey no esté escrito. Y lo que ha ocurrido no sea más que una pesadilla. Entro en la zona más espesa del bosque. Apenas veo el camino. Grandes lianas y altos hierbajos me impiden ver lo que tengo delante. Saco la daga del cinto y corto, las ramas, hojas… Las lianas se me enredan en las botas.
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    399 ¡Crack! ¡Crack! Creo quehe pisado ramas astilladas por el viento. Bajo mi mirada. Sí, así es. Nada que temer. Sigo adelante. Ahora no pienso, estoy tiritando de frío, mi mente se ha congelado. Creo que estoy llegando. Veo algo raro en el camino que he abierto a base de sesgar las enredaderas. Me acerco con cuidado. No me fío ni de mi sombra y menos ahora con tanto hechicero suelto por ahí. Desenvaino mi espada por si acaso. Oigo algo. Pisadas, lejanas. No; cerca, muy cerca. Me doy la vuelta, no tengo miedo; bueno, eso creo. Abro los ojos y lo que veo me deja tieso. Una figura encapuchada se alza ante mí. Mi vista no alcanza a mirarle de una sola vez. Es alta, diría que altísima y oscura como la noche. Su voz retumba en el aire. ⎯¿Quién eres y qué haces aquí? ⎯me pregunta. Aparecen dos más como él. Me amenazan con sus largas espadas. ⎯Soy Áquila, hijo de Lheoder, iniciado y comandante del Rey Nathan. Me mira con sus ojos oscuros. Me pongo a temblar. ¡Yo con treinta y cinco años tiemblo como un renacuajo! ¡Será posible! El encapuchado levanta su afilada espada y la hace oscilar frente a mí. Señala con la punta la insignia que hay bordada en la capa. No debo olvidarlo, llevo puesta la capa del rey. ⎯¿Te envía él? ⎯No. ⎯Entonces, ¿qué haces en este bosque? Nadie en su sano juicio osaría penetrar en estos sombríos lugares sin un motivo justo. ⎯Por vuestras palabras, veo que no os habéis enterado… El encapuchado me interrumpe. Su rostro se contrae, creo que he conseguido irritarle. ⎯¿Enterarme de qué? ⎯El rey fue envenenado anoche. Yo busco a los dragones.
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    400 Los tres encapuchadosse miran. Parece que hacen un pacto en silencio, no me incluyen. ⎯¿Está muerto? ⎯No, aún no. Por eso estoy aquí. ⎯¡Enséñame tu estigma! Si mientes, te mato ahora y aquí mismo. ⎯No; yo no, miento ⎯me remango la manga rápidamente no vaya a ser que dude de mí. Le enseño mi marquita, una llaga para toda la vida⎯. Lo ves… Los tres encapuchados miran mi estigma sin inmutarse. Se alejan unos pasos de mí. Deliberan entre ellos. Vuelvo a cubrirme el brazo. Agudizo mis ojos en la oscuridad y los observo detenidamente. Sus capas son negras y felpadas, les llegan hasta el suelo. No distingo el color de sus cabellos, la capucha les cubre hasta los ojos. Como uno de ellos está de espaldas puedo ver el arco y las flechas que porta. Los otros dos, visten igual y sus armas, incluidas las espadas son iguales. Sin duda, ellos son los dragones; bueno, tres de ellos. Faltan otros tres. Él que parece ser líder, se acerca a mí. Me ofrece su mano. ⎯Bienvenido a nuestra morada, Áquila, hijo de Lheoder. Mi nombre es Alfeo y soy quién está al mando de nuestra pequeña y selecta orden. Alfeo se vuelve hacia sus compañeros. Levanta el brazo y les hace una seña con la mano, ellos vienen. ⎯Ellos son Ben Hadad y Galión. Inclinan ligeramente sus cabezas. Yo hago lo mismo. ⎯Acompáñanos, Áquila. Les sigo y mientras camino los observo. Son altos y van muy armados. Aún no se han quitado las capuchas, por lo que no puedo ver el color de sus cabellos, porque si son tan oscuros como sus imponentes presencias, es para huir escopeteado del bosque. Recuerdo las sabias palabras de Morpheus… «Ellos siempre ponen las condiciones. No lo olvides» Me rasco la nuca. Ya era hora de ponerse a trabajar. Caminamos cerca de media hora por angostos senderos. Alfeo no me quitaba el ojo de encima, supongo que no entendía como
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    401 Nathan me habíaelegido a mi como su representante cuando él estuviese a las puertas de la muerte o muerto, así de simple. Yo, la verdad, es que tampoco. Galión miró a uno y otro lado, reparó en la insignia trasera de mi capa, que no era mía. Un gran halcón. Se echó a reír. Fruncí el entrecejo. Alfeo se dio cuenta de mí evidente irritación y se apresuró en decirme por qué se reía Galión de mí. ⎯Esa capa que llevas es del rey. Nathan es un dios con ella. Su porte es muy elegante. Tu, sin embargo, no. Yo les rectifico. ⎯Nathan es un dios independientemente de que la porte o no. ⎯Sí, eso es cierto. Abandonamos el sendero y penetramos en una espesura diferente. Se oía el canto de las aves nocturnas. El rugir del viento y nuestras pisadas, firmes y fuertes. Pronto el nuevo camino se convirtió en otro, de piedra. Descendimos y bajamos por unas escaleras, muy empinadas. Me dio la sensación de que estábamos descendiendo un acantilado, pero no podía ser. En aquel lugar, no. Miré al cielo, las estrellas brillaban con intensidad. Habíamos llegado. Alfeo se detuvo y al agacharse tiró de un asa de hierro que estaba en el suelo. Se abrió una trampilla. ⎯Todas las precauciones son pocas ⎯dijo Alfeo. Galión me hizo un ademán para que bajase por aquel túnel. Yo obedecí. Unos salientes de la propia roca facilitaron el descenso. Una vez abajo, Ben Hadad cogió una antorcha que colgaba de la ménsula en la pared y avanzamos. Comprendí por qué Nathan llamaba a aquel lugar cripta, estaba plagado de tumbas. Nichos a la izquierda y a la derecha, con esqueletos, sin cubrir. Yo a ese lugar lo llamaría catacumbas. El escondite era perfecto, nadie podía encontrarles, ni siquiera sus siniestros enemigos, los Hechiceros Negros. Sólo una traición de uno de ellos podría poner en peligro desvelando el lugar exacto y entre ellos eso no parecía posible, pues había una camarería excepcional. Se notaba que Nathan los controlaba.
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    402 Seguimos avanzando porel corredor. Llegamos a un gran obertura. Giramos. Una puerta de madera maciza. Después de que Alfeo golpeará la puerta tres veces, ésta se abrió y en el umbral otro gigantón, rubio y de ojos azules; sus cabellos caían enmarañados sobre sus hombros. ⎯¿Tenemos compañía? ⎯preguntó, mirándome de los pies a la cabeza. ⎯Es Áquila, representante del rey. Está aquí porque han envenenado a Nathan. Pasamos al interior. ⎯¿Queeeé? El gigantón se quedó tieso. El color de su piel paso por todos los colores. Cerró la puerta. Aún no se había recuperado por la noticia. Miré a mí alrededor. Era una caverna muy acogedora. Tenía todo lo que tenía que tener para vivir en ella. La verdad, es que no faltaba de nada. Me presentan al resto. Asmodeo, con su cara de mil colores, impresionado. Saphir, un joven con una cabellera increíblemente larga y negra como el azabache, sus ojos azules, me recordaron a Nathan; Necó, parecía el más serio de los seis, también de cabellos rubios, sus ojos oscuros parecían desconfiar de todo. Mis acompañantes se quitaron las capas y por fin, pude verles los rostros. Me fije en todos, el más bajo no debía medir menos de un metro ochenta y cinco y el más alto, un metro noventa y cinco aproximadamente. Alfeo era también rubio y sus ojos verdes eran grandes como los de Jadlay; Ben Hadad, era más normalito, castaño, pelo muy corto y ojos oscuros. Su aspecto no imponía, parecía el más noble; y Galión, también rubio, ojos azules… Se parecía mucho a Nathan y cuando digo mucho, es que me dio la impresión de tenerlo delante. Sinceramente, no parecían ser sicarios; y realmente lo eran. Cuando empuñaban un arma era para matar. Sus expresiones vengativas estaban bien ocultas bajo la mascara de la cordialidad, supongo que era así por mi presencia.
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    403 Se hizo unsilencio muy profundo. La noticia del envenenamiento del rey les había caído como un jarrón de agua fría. Me preguntaron de todo. Si teníamos antídoto, si sospechábamos de alguien… Yo les dije la verdad. Sí; sospechábamos de alguien. No; ningún antídoto de Maya estaba dando resultados. Los seis dragones meditaron unos instantes antes de pronunciarse y cuando lo hicieron fueron tajantes. Hablaron de Nabuc, de Festo, parecía que lo conocían muy bien, de los Hechiceros Negros y de Male-Leel, de ella aseguraron que la convirtieron a su culto para sus fines. En pocas palabras, ella era una víctima, pero su acto es imperdonable y merece la muerte. La sentencia fue firme. Todos estaban de acuerdo, incluso yo. Sin embargo, Alfeo dijo algo que no me esperaba. ⎯Detrás de todo, hay alguien superior. Alguien que se puede medir con Nathan. Alguien de su mismo poder… Sus palabras retumbaron en mi cerebro una y otra vez. Pero, ¿quién? Me pregunté. ⎯Una venganza ⎯dijo Galión. ⎯Sí, es posible. Alfeo me miró. ⎯Según tú, parece ser que el veneno no tiene antídoto conocido, ¿verdad? ⎯Eso es. Miré a Alfeo, este parecía atar cabos. ⎯Un veneno que puede destruir su inmortalidad, para conducirlo a una muerte inevitable. Hizo una pausa y prosiguió. ⎯Me atrevería a decir que sólo Nathan, sabe quién está detrás. De todas formas, Áquila, nosotros nos ocuparemos de la chica y de los hechiceros. En cuanto a Festo, habrá que vigilarle muy de cerca, pues él nos puede llevar directamente al cerebro. Se olvidaron de alguien. ⎯¿Nabuc? ⎯pregunté. Se echaron a reír. ⎯Ese mequetrefe es un cobarde. Nunca actuaría contra
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    404 Nathan en supropio nombre. Después de todo, le teme. Yo no lo tenía tan claro. Eso de mequetrefe le venía que ni pintado, pero tenía muy mala uva. Lo había demostrado, y con creces. ⎯No creo que tenga miedo, Alfeo. Ordenó la matanza de Hermes. ⎯Lo sabemos. Sólo mata a gente inocente y manipula a quién le debe algo. Pero Nathan, no es un ser al que se le pueda destruir así por las buenas. Galión estaba afilando la hoja de su puñal, cuando intervino. ⎯Las posibilidades de una alianza entre ellos, parece más que evidente. ⎯Sí. Se produjo un breve silencio. De pronto, salté yo. ⎯Nathan tiene enemigos que desconocemos. Alfeo me respondió con una seguridad aplastante. ⎯Sí, eso es cierto. Pero que tengan un poder tan grande cómo el suyo, no. El último perdió la vida en sus manos. Desde esa fecha hasta ahora, nadie ha podido hacerle sombra. Me temo que estamos ante un problema de difícil solución. Asmodeo que estaba sentando junto a la chimenea, con un trozo de pan en la mano, intervino por sorpresa, pues no había hablado en ningún momento desde que se sentaron alrededor de la mesa de piedra. ⎯Nathan tiene una invulnerabilidad natural que desafía el poder oscuro. Ha de haber una salida en alguna parte. Estoy seguro de que a estas alturas, los inmortales, ya saben que hacer. ⎯Los hechiceros ⎯dije yo⎯, ostentan mucho poder. Ejercen su voluntad y provocan un cambio. Pueden ser unos malditos egoístas o estar motivados por una venganza ciega. No creo que sean unos incompetentes. ⎯Gracias, Áquila. Nosotros somos hechiceros, pero no ostentamos ese poder del que hablas. Sí ejercemos nuestra voluntad y el cambio, es que el culpable se queda sin cabeza, así de claro. No somos egoístas y sí, estamos motivados, casi siempre por una
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    405 venganza, pero éstacasi nunca es ciega… Siempre hay una causa. Escuché con atención a Alfeo, me impresionó su seguridad. Siguió hablando. Le di cuerda… ⎯En cuanto a la incompetencia, pues sí, somos incompetentes si perdemos el control y eso nunca ocurre. En nuestro caso, es imperdonable y Nathan podría decidir sobre nosotros. ⎯¿Y si es un espíritu quién está detrás de todo? ⎯pregunté. ⎯Demonios, Áquila, llámalos por su nombre. Hacen gala a su perversidad y si no me crees te cuento un poco de historia y te hablo de una serpiente llamada Apofis, él si era un demonio. ⎯No hace falta. Se muy bien quién era Apofis. ⎯Fantástico, pues él es el único que podía hacerle sombra a Nathan. Es un mutilador nato. Las últimas palabras de Alfeo encendieron una luz en mi interior. ⎯¿Has dicho, un mutilador? Asintió. ⎯Bien, siendo así. Me atrevería a decir sin riesgo a equivocarme que hemos encontrado al culpable ⎯hice una pausa⎯. No os lo he contado todo, perdonadme… A Nathan no sólo lo han envenenado, sino que le han cortado su larga melena trenzada. Alfeo golpeó la mesa de piedra. Ni una mueca de dolor, nada. ⎯Que ¿qué? Todos clavaron sus miradas sobre mí, me asusté. ⎯¡Repite eso! Pues no lo he oído bien. Tragué saliva. Me temblaron las piernas. ⎯Le han mutilado la cabellera. ⎯Pero eso no puede ser, ¡es un símbolo sagrado! Alfeo se levantó del asiento, exaltado. Galión trató de tranquilizarlo, sin mucho éxito, porque él líder sacó su daga del cinto y la estrelló contra la puerta de madera. Saphir, pensativo, se acarició la barbilla. ⎯Si eso es cierto, Nathan está perdido. Y si se trata realmente de Apofis, es posible que sea un espectro, eso lo hace más poderoso. ⎯Muerto como un hombre, muerto como un dios. Sólo así podrá Nathan combatirlo ⎯afirmó Galión.
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    406 Me perdí. ⎯No entiendo… Alfeohabía recuperado la serenidad. ⎯Está claro, Áquila. Nathan ha de traspasar la línea. Apofis, solo es destruible en su dimensión y puesto que no tiene cuerpo, porque realmente está muerto, Nathan tendrá que morir para convertirse en un espectro o eso, o lo peor de todo, el Basilisco del Panteón Sagrado… ⎯Engullido o bendecido ⎯repuso Asmodeo. ⎯Cierto. Si es engullido, el espectro de Apofis triunfará y Nathan dejará de existir, pero si el Basilisco lo bendice con su saliva, purificará su sangre, eliminará el veneno y los espectros que campen a sus anchas, serán convertidos en cenizas. Incluido, Apofis, siempre que realmente sea él, claro. Empecé a cogerle el hilo, pero tenía alguna que otra duda. ⎯Una vuelta de tuerca interesante. Pero no entiendo… Sí existe una posibilidad de salvación para Nathan, ¿cómo es qué ese espectro o lo que sea no lo ha tenido en cuenta? ⎯Porque posiblemente se lo ha jugado todo a una carta ⎯afirmó Alfeo⎯. Imagino que Festo, los hechiceros negros y los siervos del espectro tratarán de evitar a toda costa que los inmortales, si es que éstos han pensado en ello, lleven al rey al Sanctasanctórum. Nos quedamos en silencio. Esa noche no dormimos. La situación había dado un giro inesperado y yo en ese momento, solo deseaba regresar a Jhodam para hablar con Halmir. Necesitaba tener la certeza absoluta de que los inmortales sabían que había detrás del envenenamiento del rey. Tenía mis dudas, porque a Halmir lo vi muy abatido, cómo si no tuviera respuestas a los problemas de su hijo. Existe la posibilidad de que él y los demás inmortales no quisieran decir nada sobre el asunto para no hacer correr la voz, pero no estaba seguro. Había alguien muy importante que tenía que saberlo y esa persona era Kali. Tenía que regresar, informarla de todo. Seguro que recobraría la esperanza. Aunque realmente, todo pintaba muy mal para Nathan, porque sus posibilidades seguían siendo tan bajas
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    407 que asustaba siquieraintentarlo. Pero cuando no hay más opción que la muerte, todo intento por sobrevivir es válido. Me levanté. Ellos me miraron extrañados. ⎯He de regresar al palacio. Tengo que comunicar todo lo que sé a los inmortales y después, he de partir hacia Esdras y elevar al poder a un joven llamado Jadlay. Ganar una guerra y poner a los pies de Nathan, la cabeza de Nabuc. Alfeo se echó a reír. ⎯Mucho trabajo tienes, Áquila. Pero te comprendemos. ⎯Es mi deber. ⎯El nuestro es dar muerte a los culpables ⎯me dijo Alfeo⎯. Mañana por la noche, sentenciaremos los actos que han llevado a nuestro rey a las puertas de la muerte. Male-Leel, morirá y los Hechiceros Negros, también. No nos detendremos hasta que les hayamos dado muerte a los siete. ⎯Tened cuidado. Las fuerzas oscuras son peligrosas ⎯les dije. Alfeo pasó su brazo sobre mis hombros. ⎯Somos los dragones del rey. Humeamos y hacemos arder todo a nuestro paso, pero no derramamos ni una sola gota de sangre nuestra, sólo la ajena y sí ésta es culpable de un delito de muerte. Solo fuego, amigo mío. El fuego no mata a un dragón. Poco después, los dragones y yo recorrimos la cripta en dirección a la salida. Estaba amaneciendo. Miré al cielo. Ni una sola nube que empeñara el manto azulado. Un buen día para compartir ilusión y esperanza. Me escoltaron hasta el lugar dónde dejé mi caballo. A la luz del día, ellos no parecían tan siniestros. Estaba muy orgulloso de haber compartido la noche con ellos. Yo, rodeado de auténticos dragones, no sabía como agradecer la confianza que habían depositado en mí. Nos despedimos. ⎯¿Nos volveremos a ver? ⎯pregunté a Alfeo. ⎯Es posible, pero no te prometo nada. Desaté las riendas, puse un pie en el estribo y salté sobre la montura. Tome las riendas. Me dirigí a ellos.
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    408 ⎯Pues entonces… Hastaluego, amigos. ⎯Id en paz. Alfeo golpeó las ancas de mi caballo y yo espoleé. Partí rápido, muy rápido. Casi tan veloz como el viento.
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    409 Capítulo 3 El Trofeode Nabuc Cuando por fin llegó el mensajero a Esdras, éste corrió al encuentro del rey Nabuc. En el vestíbulo del salón del trono, el heraldo le comunicó que estaba reunido. Mientras esperaba que le llegara el momento de la audiencia con el rey llegó el hechicero Festo, éste acudió acompañado por uno de los sacerdotes del clero, portando en sus manos la trenza del rey Nathan. Una moneda con dos caras. Un presente para Nabuc, inesperado. Pues él esperaba otra cosa. Sea como sea, la sagrada trenza era un digno trofeo para ser guardado en la vitrina más hermética del palacio. La otra cara de la moneda, era el mensajero y las palabras del rey Nathan que tenía grabadas en su cerebro. Después de un buen rato esperando, por fin, el heraldo apareció en el umbral y pronunció sus nombres en alto. Entraron. Nabuc los esperaba sentado en su trono, con el entrecejo fruncido. El mensajero se adelantó unos pasos. ⎯¡Majestad! ⎯exclamó arrodillándose, en clara reverencia. ⎯¡Habla! ¿Tenéis la respuesta al mensaje? El joven cabeceó, asintiendo. Sin poder remediarlo, empezó a temblar, asustado por la posible reacción del rey, sabía que la respuesta de Nathan enfurecería a Nabuc. Y él que estaba allí delante, junto al estrado, con el rey mirándole
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    410 con ojos asesinos,recibiría seguro. Se armó de valor y escupió la respuesta. ⎯El rey de Jhodam no acepta sus condiciones ni su trato. Os prohíbe poner un pie en Bilsán y no rendirá a Jadlay ni a nadie. Bajó la cabeza. El rey se levantó del trono y dio unos pasos hasta situarse a unos escasos centímetros del mensajero. ⎯¿Algo más? ⎯ladró enfurecido. El mensajero farfulló algo. ⎯No te he oído, ¿puedes hablar más alto? ⎯Sí, majestad… Perdonar… Nabuc mostrándose impaciente, lo interrumpió. ⎯¡Quieres acabar de una vez, no tengo para todo el día! ⎯El rey dijo que vuestro único camino es la muerte. ⎯Muy bien. ⎯Nabuc se volvió hacia Festo y el sacerdote, miró con atención al hombre con sotana; éste llevaba algo en sus manos que le llamó poderosamente la atención. Deseando saber lo ocurrido con el rey jhodamíe, desvió de nuevo la mirada a su mensajero⎯. Podéis retiraros. El mensajero esperando una mala reacción del rey, se sorprendió. Casi no podía creérselo y sin desear tentar a la suerte, hizo la obligada reverencia y abandonó pitando la sala del trono. ⎯Es difícil ser dios con Nathan cruzándose en mi camino. ¿Eh? ―se jactó Nabuc. Miró al hechicero y luego al sacerdote, a éste la arrancó la trenza de las manos. ⎯¡Largo! ⎯le dijo. Al sacerdote y a su sotana le faltaron pies para abandonar la sala. Dio unos traspiés, mostrando gran torpeza. Pero eran los nervios y el pánico. No miró atrás, estaba atemorizado. Nabuc hizo una seña a su heraldo para que se acercase. ⎯Márchate y asegúrate de cerrar bien la puerta ⎯le dijo⎯. No quiero ser molestado en los siguientes minutos.
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    411 El heraldo asintióen silencio. Festo y Nabuc se quedaron solos en la estancia. El rey, fuera de sí, aferró el brazo del hechicero con una mano, mientras con la otra sujetaba la trenza. ⎯¿Quieres decidme que significa esto? Te pedí su cabeza, no su cabellera ¿Acaso no fui suficientemente claro? ⎯Mi maestro quiere al dios. Él cortó la trenza para vos. Me dijo que os contentarais con sus cabellos. La tensión se elevó por las nubes. Nabuc le clavó las uñas en el brazo. Festo hizo un gesto de dolor. ⎯Por favor, majestad. Soltadme, me hacéis daño. Nabuc lo soltó. ⎯No debéis temer nada. Todo ha salido según lo previsto ⎯Festo se miró el brazo y las marcas de los dedos del rey⎯. Nathan agoniza en estos momentos. ⎯No te fíes, Festo. Nathan ha salido adelante en situaciones peores. ⎯Lo sé. Por eso mi maestro y yo hemos puesto en marcha la segunda parte del plan. ⎯¿Ah, sí? ¿Puedes decidme en qué consiste? ⎯Impedir sea trasladado al Sanctasanctórum. El antídoto del veneno está allí. Nabuc lanzó un sonoro bufido. ⎯Festo, si no recuerdo mal… Tú me aseguraste que no existía antídoto para tu veneno. ¿Acaso me mentiste? ⎯No, majestad ―respondió―. Pero Nathan no es un ser corriente, si los Seres y su magia se alían con él y consiguen arrastrarlo hasta el Panthĕon Sacrātus puede salvarse. Y en ese caso, no hace falta deciros que nos ocurrirá a nosotros. Dejadme actuar a mí, sé lo que hago. ⎯Bien, Festo. Por tu propio bien, espero que no estés equivocado. ⎯Mi maestro lo tiene claro. Yo confío en él. ⎯No sé quién es tu maestro, ni me importa. A mi lo único que me vale es que tu seas consciente de que el rey de Jhodam,
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    412 el hombre, yel rey, el dios, son una misma y única persona. ¡No trates de separarlos, porque no conseguirás destruirlo! Muchos antes que tú trataron de hacerlo y están muertos ⎯hizo una pausa⎯. No me falles, Festo, porque me obligarías a matarte y te necesito a mi lado. ⎯Tengo plena conciencia de eso. Me lo habéis dicho en varias ocasiones. No temáis, no se me olvida. Nabuc gruñó y llamó a gritos a su heraldo, éste que esperaba en el vestíbulo entró en la estancia tan rápido como sus pies cruzaron el umbral. ⎯¿Sí, majestad? ⎯Encontrad al general Ghiolem y decidle que se presente ante mí de inmediato. Cuando el heraldo se hubo ido, Nabuc se volvió hacia Festo y retomaron la conversación, centrada en el surgimiento del nuevo ejército de Esdras. Compuesto por hombres que ya habían demostrado su valía como asesinos sin compasión en Hermes. Le son totalmente fieles y se siente muy orgulloso de ellos. ⎯He llevado a cabo mi trabajo a la perfección ―dijo―. Ahora, debemos estar preparados para las represalias que a buen seguro se tomaran en Jhodam. ⎯Lo sé. En cuanto llegue el general, le daré instrucciones. Ya he tomado medidas y he conseguido algo que era impensable hace tan solo unos días. ⎯Hizo una pausa⎯. Sí, Festo… Por fin, tengo un ejército que me sirve con devoción. ⎯¿Cómo? ⎯Tú no eres el único que sabe hacer pactos con la Oscuridad. ¿Eh? Yo también tengo mis contactos. Es cierto, son proscritos, bandidos, asesinos, pero sirven a bien. ⎯¿Son los de siempre? ⎯No; hemos ampliado el número. En ese momento irrumpió en la estancia el general Ghiolem, un fornido hombre de unos cuarenta y cinco años, de cabellos castaños, ojos color almendra y rostro aguileño,
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    413 frío como elhielo. Dio unos pasos hasta situarse frente al rey; iba ataviado con la túnica roja, cruzada y unida al hombro con un broche de oro, delatando el alto cargo que le había concedido el rey Nabuc. Bajo la túnica, vestía una cota de maya, armadura de cuero negra y en la mano derecha sujetaba su yelmo. Hizo una reverencia y se enderezó. ⎯Majestad, ¿me habéis mandado llamar? ⎯Sí, general ―respondió Nabuc―. ¿Tenéis noticias de mi esposa y del joven Jadlay? ⎯Según el mensaje del halcón peregrino, ellos están en Jhodam. Enós y Gamaliel, también confirmaron lo mismo. Festo se apartó y echó a caminar por la estancia. Nabuc apoyó una mano en el hombro del general. ⎯Bien. Ahora quiero que hagas algo… Reúne a mi ejército y ve a por ellos, no dejes a nadie con vida. ⎯¿Eso significa qué debemos añadir a Jhodam en la lista? ⎯Sí; el rey está muerto. Sus ejércitos flaquearan sin su presencia. Festo que había escuchado las últimas palabras del rey creyó oportuno rectificarle. Desde el fondo de la sala, interrumpió a Nabuc. ⎯Eso no es cierto, majestad. Vos sabéis que el rey de Jhodam no ha muerto aún y por lo que tengo entendido antes del envenenamiento se reunió con su consejo y dio orden de atacar Esdras. ⎯Dio unos pasos decididos hasta ellos⎯. Ahora mismo, varias tropas suyas se dirigen sin demora hacia aquí. Yo mismo tuve que hacer largos rodeos para no encontrarme con los soldados jhodamíes de camino a Esdras. Majestad, hacedme caso, no subestiméis a ese ejército. Están preparados para atacarnos sin piedad. Nabuc permitió la interrupción de Festo al interesarse por sus palabras. Realmente estaba intrigado por un comentario. ⎯Decidme, ¿cómo sabéis lo del consejo? Tengo
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    414 entendido que serealizan bajo el hermetismo de un cónclave. ⎯Mi maestro, majestad ―respondió―. Para él no existen obstáculos de ningún tipo, ni puertas ni cerrojos. Lleva algún tiempo controlando al rey. ⎯¿Sin ser visto? ⎯Sí. Ni siquiera yo conozco su verdadera identidad ni su rostro, ni siquiera sé si tiene cuerpo. Se difumina en las sombras. Levita y camina invisible hacia todos lados. Es poderoso, muy poderoso… Y conoce muy bien a Nathan. ⎯Estás asustándome. ⎯No es mi intención, majestad. Pero quiero que sepáis que esta guerra podemos ganarla ―dijo―. Nathan está en jaque. Dejadme a la deidad a mi y vos dedicaros a bloquear a Jadlay, ahora él es vuestro verdadero peligro. La guerra de Nathan es otra, él ha de luchar por sobrevivir y yo pienso ponérselo muy difícil. Olvidaros de su cabeza y tomad la trenza, guardarla de trofeo para cuando llegue el gran día, celebrar la victoria bajo sus cabellos en llamas. Ese puede ser vuestro máximo triunfo. ⎯Vaya, esto sí que no me lo esperaba… ¡Qué retorcido te has vuelto! El general Ghiolem escuchó en silencio todo cuanto se dijo en el salón. Al no recibir una orden de Nabuc para abandonar la estancia, éste decidió quedarse allí, plantado como un árbol, a la espera. La reputación del rey de Esdras había crecido de repente entre sus hombres. Nabuc hablaba con Festo, caminando entre las columnas de la estancia, dando paseos en círculo, atraídos por el vacío de un poder oscuro que conducía a Esdras a su perdición, ignorando por completo al general. Repentinamente el hilo de la conversación, cambió. ⎯Sé cuanto te debo, Festo. Nathan está acabado y es gracias a ti. Nunca lo olvidaré. ⎯Os lo he dicho muchas veces, majestad. Yo sólo cumplo con mi deber. ⎯Después de la agonía, ¿qué será de Nathan?
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    415 ⎯No soy yoquién debe decirlo. Su destino está en manos del maestro. Sin embargo… ⎯¿Sin embargo…? ⎯Pondré todo mi empeño para que no falle absolutamente nada ―respondió―. Dos mentes piensan mejor que una. Eso es algo que he aprendido con el tiempo. Nabuc contempló la Trenza de Nathan. Los cabellos seguían brillando con tan intensamente que parecían hilos de oro. Entrelazados a los cabellos se podía distinguir espirales de plata, finas y sencillas que tenían como objetivo decorar la melena. ⎯Estos cabellos serán guardados en un cofre, junto al tesoro real. Me hubiera gustado estar presente cuando vuestro maestro le cortó la Trenza ―dijo―, estoy seguro que debió sentir un placer extremo. Yo lo sentiría, si hubiera estado en su lugar. Dime, ¿cuáles fueron las sensaciones de Nathan al sentir que le quitaban algo tan sagrado? ¿Lo sabes? ⎯Una dolorosa pérdida ⎯respondió Festo con firmeza⎯. Según el maestro, Nathan se estremeció, pues al parecer no se la había cortado nunca. Creo que el terrible sufrimiento que invadió su mente le hizo perder el conocimiento, majestad. Al recibir la respuesta de su hechicero, Nabuc experimentó una extraña sensación en lo más profundo de su ser. Un fuego suave despertaba en él, como el sol que calienta sin abrasar. En aquella noche, que el rey de Jhodam fue envenenado, se perdió algo más que la inmortalidad de Nathan. Se perdió el orgullo de un pueblo mítico y se destruyeron los cimientos de un dios. Con la Trenza Inmortal en la mano, Nabuc supo que había ganado la batalla. Ahora, él era el dios. Sin embargo, no contó con que el Maestro pensaba igual que él, y en el universo no había cabida para dos dioses. Uno tenía que desaparecer.
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    416 Capítulo 4 En nombrede nuestro Dios Nathan… ¡Muere! In nomine dei nostri Nathan El corazón de Halmir era una piedra cayendo en picado al abismo. Estaba tramando una venganza. Él, que nunca había mostrado los dientes a nadie, estaba dispuesto a todo por Nathan. Sentado inmóvil en la cama, junto a su hijo, escuchando los azotes del viento contra los cristales y, a lo lejos, a Maya dando violentos portazos mientras iba de anexo en anexo, con los nervios erizados por la impotencia al no conseguir algo con lo que detener el avance del mortífero veneno que estaba sesgando la inmortalidad del rey, muy lentamente. Repentinamente, un ligero escalofrío recorrió la espalda de Halmir, sacándole de su ensimismamiento con un respingo. Se volvió. Su corazón dio un vuelco. En el umbral, estaba Áquila. El consuelo de su presencia no alteró su estado de ánimo. Pero, se levantó. El guerrero se merecía como mínimo su atención. Áquila dio unos pasos hasta la cama, dobló una pierna y la apoyó en el suelo, en venerada reverencia hacia Nathan, pero esté estaba demasiado enfermo para darse cuenta de su presencia. Áquila miró al rey fugazmente, luego se volvió hacia Halmir que le miraba turbado. ⎯Excelencia… ⎯¿Qué ocurre? Me han informado que anoche abandonaste el palacio sin decir nada a nadie. ⎯Sí, lo hice. Pero fue por una causa justa.
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    417 ⎯¿Una causa justa?⎯repitió ligeramente ofuscado⎯. Tu deber es cumplir las órdenes de mi hijo. Jadlay ya debería estar rumbo a Esdras y sin embargo, está aquí… esperándote. ⎯Eso es exactamente lo que he hecho, excelencia. Cumplir con mi deber. He estado reunido toda la noche con los Dragones Negros. Halmir enmudeció de golpe. Se sentó de nuevo en la cama, muy rígido, sosteniendo las manos de su hijo entre las suyas. El aura de Nathan estaba empezando a apagarse poco a poco. ⎯¿No tenéis nada qué decidme? ⎯preguntó, extrañado por el silencio de Halmir. ⎯Perdonad ⎯se excusó⎯. Me habéis sorprendido, lo que habéis hecho es la acción más sensata que nadie ha hecho desde que mi hijo está así. ¿Cuándo actuarán? Áquila agarró una silla con sus fuertes manos y la situó junto a la cama. Se sentó. ⎯Esta noche. ⎯¿Sin piedad? ⎯Sí, excelencia. Sin piedad. Acabarán con la vida de Male-Leel y luego, perseguirán a los hechiceros negros para darles muerte. No cejarán en su empeño hasta que la sangre de los culpables haya quedado esparcida por Jhodam. ⎯¿Cómo puedo agradecértelo? Estoy en deuda contigo. ⎯A mí no me debéis gratitud. No hecho más que cumplir con mí deber. Es a él, ⎯señaló a Nathan⎯, a quién hay que agradecérselo, pues es él quién confío en mí para cumplir esta desagradable misión. ⎯¿Desagradable…? ⎯Sí; toda muerte violenta es desagradable y los culpables… Halmir lo interrumpió. ⎯No sigas, Áquila. ⎯Hay algo más… ⎯añadió⎯. Después de deliberar los dragones y yo, atamos cabos y llegamos a la conclusión de que Apofis está detrás de todo.
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    418 Halmir soltó bruscamentelas manos de su hijo. No podía dar crédito a lo que habían escuchado sus oídos. «Eso no puede ser ―pensó―. Mi hijo, lo mató» Áquila continuó. ⎯No se encontró su cuerpo. Halmir sacudió la cabeza, incapaz de creer en las palabras del guerrero. ⎯Dejamos su cadáver en Roccá. Estaba allí, muerto sobre un charco de sangre caliente ⎯hizo una pausa, para recordar⎯. Mi hijo lo mató, no puede estar vivo. No; después de tanto tiempo… De súbito, Nathan abrió los ojos. Pero su mirada se perdió en un pozo sin fondo. El sedante que le había suministrado Maya, dejó de hacerle efecto y sus quejidos de dolor se oyeron en un principio como un murmullo para hacerse intensos segundos después. Halmir y Áquila, sorprendidos por el brusco despertar del rey, guardaron un mutismo total en cuanto a la conversación se refería. El inmortal no deseaba que su hijo sufriera; sin perder ni un instante y bajo la atenta mirada de Áquila, se dirigió al anexo del otro lado del aposento y llamó a Maya. No hizo falta decir nada. El médico sabía muy bien lo que tenía que hacer: volver a inyectarle el sedante. Sólo así paliaban un poco la agonía del rey. Sin embargo, los efectos positivos del narcótico duraban cada vez menos y Nathan despertaba antes, envuelto en perlado sudor y dolores lastimeros que afectaban mucho a su padre, porque se veía impotente ante el sufrimiento de su hijo y también, porque creía que no podía hacer nada por él, excepto vengarse, esto último lo estaba destrozando. No obstante, la llegada de Áquila con sus buenas nuevas había despertado en el inmortal las ganas por emprender una arriesgada misión. Cuando Halmir llegó con Maya se encontraron a Áquila sentado en la cama junto al rey, mostrándole una profunda
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    419 devoción al besarlela ardiente mano. Esperaron en silencio. Nathan había cerrado los ojos, pues le costaba un gran esfuerzo mantenerlos abiertos y ya no le quedaban casi energías para hablar. Solo conseguía farfullar palabras sueltas sin sentido. Pero reconoció a su fiel Áquila… El guerrero sintió las miradas de Halmir y Maya clavadas en su espalda como queriéndole decir, apártate que tenemos que drogar al rey. Se volvió. Se iba a levantar, cuando Nathan de improviso lo asió del brazo. Los dedos del rey oprimieron con fuerza y Áquila, sorprendido, comprendió que Nathan había dedicado todo su esfuerzo en realizar ese gesto. Halmir observó, esbozó una débil sonrisa, pero no dijo nada. Le hizo una seña al médico y ambos abandonaron el aposento. Esperaron tranquilos en el vestíbulo a que Áquila saliera de la estancia, para entrar ellos. Áquila ⎯¡Majestad! ⎯exclamé⎯. ¡Estás aquí, conmigo! Me senté a su lado. Aún no me había soltado y la verdad, yo no hice nada para liberarme. Nathan se esforzaba en hablar. Me sentí muy mal al verle tan desvalido. Él que era tan imponente, ahora apenas quedaba nada de su arrogancia. Estaba destrozado. Lo vi en sus ojos, lo vi en su cuerpo. No mentía. Estoy seguro de que a Nathan no se le pasó nunca por la cabeza que Male-Leel podía traicionarle como lo hizo. Eso debía dolerle tanto como los dolores de su cuerpo mortificado por el veneno. Su mano seguía aferrada a mí, cuando sentí algo extraño en mi mente. Su voz, sonaba en mi cerebro y supuse que el rey trataba de comunicarse conmigo de la única manera que podía hacerlo: telepáticamente. Pero eso, requería mucho esfuerzo por su parte,
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    420 aún así lointentó y para mi asombro… Lo consiguió. Vaya, si lo consiguió. «Pare et Redi…» No comprendí aquellas dos palabras. Él se dio cuenta de que no entendí nada. Instantes después, volví a oír su voz en mi mente, pero esta vez en mi idioma. «Obedece y regresa… Estoy demasiado débil para acompañaros a Esdras, no podría defenderme» Nathan se detuvo. Su rostro se contrajo por el dolor y sentí como la presión de sus dedos se aflojaba. Me soltó. De pronto ocurrió algo. Algo que escapaba a mi comprensión. Una presencia en el aposento que helaba el aire. Nathan no solo lo sintió, sino que lo vio: el Ser espectral estaba en la estancia. Me percaté porque los ojos del rey se abrieron como platos y miraban al techo, casi desorbitados. Se oyó un rugido siniestro y Nathan se encontró arrancado del lecho y transportado por el aire. En ese momento, sentí pánico. Grité pidiendo auxilio, pero la puerta del aposento se cerró con un portazo. La extraña presencia que controlaba la levitación de Nathan, bloqueó la cerradura. Por unos segundos el ente, o lo que fuera, mantuvo a Nathan suspendido en el aire. Yo vi como nunca había visto, otras presencias a parte del ente. Grité angustiadamente, los vi… Eran los hechiceros negros que bajo la presencia del ente, escoltaban su estela. Oí golpes en la puerta. Gritos que procedían de las gargantas de Halmir y Maya y yo, mudo de espanto tuve que armarme de valor y ayudar a Nathan. Seguía con los ojos abiertos, pero no podía pronunciar palabra. Lo controlaban. El sabía, y yo sabía de qué ente se trataba. Repentinamente, el rey se encontró boca abajo. Pendía con la cabeza y los brazos colgando hacia el suelo, sin fuerzas. Yo leí su mente, nunca antes había sido capaz de hacer algo así, supuse que él tuvo algo que ver, porque comprendí inmediatamente que él no podía soportar por más tiempo el sufrimiento y la humillación a la que estaba siendo sometido; deseaba estar muerto. Nathan cerró los ojos, le invadió la oscuridad.
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    421 Entonces, lo hice.Grité a los cuatro vientos el nombre del ente. ⎯¡Apofis! ⎯casi me dio un infarto⎯. ¡Suéltale! Me precipité, porque el ente liberó a su presa de inmediato y Nathan, aunque ya inconsciente, cayó golpeándose contra el suelo. Di unos pasos rápidos hasta el rey, me agaché y comprobé su pulso. Luego miré a mí alrededor… Ni rastro. Tal como aparecieron, desaparecieron. Me pregunté, qué debió pensar Apofis, cuando yo un simple mortal pronuncié su nombre a grito pelado. Supongo que nada, no así, si hubiera sido Nathan quién lo pronunciará. En ese caso, las cosas cambiaban abismalmente, porque estoy completamente seguro de que Apofis controla la mente de Nathan para evitar que él pronuncie su nombre. El problema, ahora lo tengo yo, porque el ente puede pensar que puedo largar demasiado mi vocabulario y soltar su maldito nombre como quién no quiere la cosa, o ¿no? De repente, oí un estruendo. Me di la vuelta. ¡Sorpresa! Halmir había tirado la puerta abajo, tras él, Maya y cuatro escoltas armados hasta los dientes. Halmir corrió hacia mí. ⎯¿Qué ha ocurrido aquí? Miró a su hijo, lo palpó; acarició su rostro, su ahora corta melena. Levantamos su frágil cuerpo y con suavidad lo colocamos de nuevo en la cama. Yo miré a Halmir. Creo que mis ojos hablaban más de la cuenta, porque él se apresuró en preguntar. ⎯¿Apofis? ⎯Sí ―respondí―. Elevó a Nathan hasta el techo como si nada. Está claro, excelencia… Ese ente no piensa detenerse ante nada, ni ante nadie. ⎯¡Eso ya lo veremos! En ese momento fuimos interrumpidos por una bella dama que apareció en el umbral, asustada por los ruidos y los gritos. Era Kali. Sus cabellos estaban recogidos por una diadema de perlas finas. Llevaba los ojos sutilmente maquillados para ocultar las ojeras y la mirada llorosa. Vestía una sedosa túnica verde esperanza, que le
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    422 llegaba hasta lostobillos, dejando ver sus finos pies, enfundados en unas bonitas y sencillas sandalias trenzadas. En sus hombros, dos broches sujetaban una hermosa capa granate que arrastraba al caminar. Creo que su presencia nos iluminó a todos. Solo una personita muy enferma no pudo ver la magnificencia de aquella mujer, que más que una dama parecía una diosa, con el cetro del poder en sus manos lista para gobernar. Nathan estaba profundamente enamorado de Kali y no era para menos. La hija de Ishtar era la mujer más hermosa de Jhodam y posiblemente de Nuevo Mundo. Con su típico caminar, lento y contorneando las caderas, se acercó a nosotros. Ni yo, ni Halmir nos atrevimos a decirle lo que había pasado. Vacilamos y se notó nuestra inseguridad, y más aún cuando ella se arrodilló a los pies del lecho y vio la frente de Nathan amoratada y con un soberano golpe. Yo, tragué saliva; Halmir, se escurrió y desapareció del aposento tan rápido que cuando nos quisimos dar cuenta, él ya no estaba allí. Es más, cuando Kali estaba presente en el aposento de Nathan, Halmir solía marcharse, sin más. Con el paso del tiempo, él aprendió a mantener las distancias entre la pareja. Ella se dirigió a mí. ⎯Has regresado muy pronto. ⎯Sí. Hice lo que tenía que hacer y regresé de inmediato. Kali acariciaba la frente del rey, mientras me hablaba. ⎯¿Te gustó Alfeo? La pregunta de Kali me dejó perplejo. No tenía idea de que ella conociera al hechicero dragón. ⎯¿Acaso lo conoces? Ella sonrió. ⎯Por supuesto, que lo conozco ⎯me dijo⎯. Él es mi hermano. Su nombre de nacimiento es Shaiton y mi padre no sabe, ni debe saberlo, que él está tan cerca. La miré con cara de idiota. ⎯¿Tu hermano? ⎯Sí. Hace mucho tiempo, cuando asesinaron a la reina Selen y Nathan, cayó en manos de mi padre para ser curado del estigma
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    423 de la DagaNegra, mi hermano decidió abandonarnos. Desde ese día, mi padre perdió todo contacto con él, excepto yo y Nathan, por supuesto. Gracias al rey, Alfeo tiene un sitió en la cúspide del poder. Tal y como él siempre había deseado. Lo reconozco. No tenía ni idea de que Ishtar tenía otro hijo. Me quedé sorprendido. Mi mente volaba ante aquella información, a todas luces valiosa. Kali hizo un gesto para levantarse. Se enderezó. Yo la miraba, totalmente atontado. Ella dio unos pasos hasta el ventanal, corrió las cortinas y sin más, se desplomó en el suelo. Grité su nombre, asustado. ⎯¡Kali! Corrí hacia ella. Estaba más pálida que Nathan, y eso ya era un decir. Insistí de nuevo, si no despertaba estaba dispuesto a llamar a su padre y sí este avisaba a Maya, podría descubrirse su embarazo. Tenía que hacerla despertar. Me puse a ello con decisión. Todo iba a salir bien, no tenía por qué preocuparme por nada. De nada en absoluto. Bueno, esos eran mis pensamientos, que por supuesto no saldrían como yo había planeado. ⎯Kali… En ese instante oír unos gemidos. Miré hacia el lecho y vi a Nathan que se estremecía a causa del sufrimiento, éste se había hecho más intenso. Las manos le temblaban y su corazón bombeaba muy rápido. Lo supe porque su respiración era endiabladamente rápida. Sin buscarlo me encontré entre la espada y el cáliz. Kali se movió, estaba despertando y no quería que viera a Nathan en el estado en que se encontraba en ese mismo momento, hubiera sido peligroso para ella y temía que pudiera perder el niño por llevarse una fuerte impresión. Así qué, me olvidé de Nathan y me dediqué a ella. Kali se había desmayado, un síntoma muy propio del embarazo. Yo me situé entre ella y la cama, aproveche el momento en que Kali estaba desorientada y aturdida, pues Nathan se quejaba y era casi imposible que ella no se enterase de lo que estaba ocurriendo; aún así lo intente.
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    424 A Nathan lerondaba la muerte. ⎯Ahora mismo voy a llevarte a tu aposento. ⎯No; estoy bien. Kali levantaba la cabeza para mirar por encima de mis hombros y yo, seguía sus movimientos con mi cabeza, ocultándole totalmente la cama. Oyó gemidos. Kali dio un respingo. Como yo obstaculizaba su mirada, a ella no se le ocurrió otra cosa que darme un manotazo. Un bofetón que me tumbó de lado. En serió, me dejó pasmado. Se levantó del suelo, como si le hubieran golpeado con un látigo y echó a caminar hacia la cama con dificultad, le flaqueaban las piernas. No pude evitar que ella viera a la persona que más quería en su vida al borde de sufrir un ataque de corazón. Pues para mí, eso es lo que estaba sufriendo, pero claro yo no soy médico. Y al parecer, no se trataba de eso, sino de convulsiones. Kali, desesperada, llamó a Maya a gritos. Un sollozo se abrió paso a través de los labios de Nathan y su propio lastimero sonido lo sacó de la inconsciencia. Halmir y Maya irrumpieron en el aposento, desbocados. Yo me aparté y me mantuve lo más alejado posible, muy cerca del umbral. Me di cuenta de que Kali me estaba observando. Yo desvié mi mirada un instante, cuándo me volví hacia ella, Kali besaba la frente de Nathan. Era mejor así. Cerré los ojos. La amaba. Desde el primer día que la vi me enamoré de ella, pero jamás he intentado seducirla. Es la luna, el cáliz sagrado de Nathan. Él me sentenciaría a muerte, si osase arrebatársela. Mi amor por ella, era silencioso. Algo que llevaba muy dentro de mí, en lo más profundo de mi corazón. En esos instantes, que ella besaba al rey, sentí morir. Lo peor de todo, es que ella se dio cuenta de mi turbación. Kali sabía que mi amor por ella, rozaba lo imposible y era ahí, dónde tenía que quedarse. La amaría siempre. Mi corazón le pertenecería por siempre jamás. De repente, los quejidos de Nathan me sacaron de mi
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    425 ensimismamiento. Maya, como buenmédico, se dedicaba por entero al rey. Entre él y Halmir, lo incorporaron, colocándole un par de almohadones tras la espalda, con eso consiguieron controlar su agitada respiración. Le inyectaron algo en una vena del brazo, supuse que sería algún sedante. Instantes después, él abrió los ojos y clavó su mirada casi muerta en mí. Tuve el presentimiento de que deseaba hablar conmigo en privado, pero no podía ser. Yo tenía que partir, cumplir con mi deber y eso, él lo sabía. No tuve la oportunidad de seguir hablando con Kali de su hermano, ni siquiera pude decirle a Nathan que me había reunido con sus dragones en la oscuridad de la noche. Nada de eso pude decirle. Sabía que en el momento que yo cruzase el umbral del aposento, no volvería a ver al rey en mucho tiempo. Que era muy posible que a mi regreso el ya estuviera muerto y quizá, yo también le acompañaría. La guerra estaba ahí, esperándome. Sin decir nada, abandoné el aposento. Fui en busca de Jadlay, para llevármelo a Esdras y cumplir la voluntad de Nathan. En mi mente, la llama de la esperanza comenzó a arder con fuerza. Áquila y Jadlay partieron rumbo a Esdras al atardecer. No llevaban consigo escoltas, pues tenían pensado reunirse con las tropas asentadas en los Bosques Tenebrosos para avanzar juntos a la ciudad amurallada. Cuando abandonaron Jhodam lo hicieron en completo silencio. Ni una mirada, nada. Ambos tenían sus mentes puestas en el rey y sus corazones en las mujeres que amaban; Jadlay, en Aby; Áquila, en su amor imposible, Kali. Sin embargo, por encima de sus sentimientos amorosos, les preocupaba el destino de Nathan. Sus mentes mortales no alcanzaban a vislumbrar más que la muerte. Antes de llegar a las vastas llanuras, pararon y mientras sus caballos pastaban tranquilos, ellos decidieron tomaron alimento. Pan de centeno, huevos de ganso cocidos y cebollas
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    426 fritas; en elodre, aguardaba un buen vino para calentar el cuerpo. Tenían un largo camino que recorrer por delante y no podían flaquear las fuerzas. Una hora después, emprendieron el galope con energías renovadas y con la mente más despejada. Las llanuras se abrieron ante ellos. Cabalgaron veloces, hasta que llegaron a los inicios del bosque, allí redujeron la marcha y poco a poco se fundieron entre la espesura hasta que sus sombras desaparecieron. Tras ellos, la niebla. Al llegar la noche, un rugido extraño surgió desde las profundidades del Bosque del Manantial. La oscuridad tenía un matiz siniestro. Un retumbe letal, un zumbido, una vibración del aire que encogió los árboles y todo a su paso. El suelo tembló ligeramente. Un oscuro acecho con tintes sangrientos. Las aves nocturnas, espantadas volaron en bandada, presintiendo la presencia de los Dragones Negros, muy cerca. Demasiado cerca. Un cuerno de invocación de la propia noche. Un estallido en medio del bosque que provocó la obertura de una gran grieta en un montecillo de tierra y de su interior, surgieron unas sombras altas y lúgubres, montadas en otras sombras, pero éstas de cuatro patas. Los temibles Dragones Negros espolearon sus caballos y emprendieron el galope sobre el túmulo que ocultaba la cripta de los dragones, dejando a sus espaldas una lluvia de tierra. La muerte avanzaba hacia la ciudad de Jhodam convertida en una sombra envenenada. Un rugido espantoso con un único propósito, dar muerte a los que han causado el envenenamiento del Dragón Real. El rugido de furia inhumano irrumpió en la ciudad. Seis corceles cabalgaban por las calles, helando el aire a su paso y petrificando la vida a su alrededor. Husmeando el
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    427 olor de lasangre. Eran avispados y estaban muy bien entrenados. Cuando aparecieron frente a la Taberna Alhgud, situada en la plaza del mismo nombre, detenidos, con sus negros corceles piafando y pataleando, impacientes, algunos residentes que aún vagaban por las frías calles, sorprendidos y confusos se cobijaron en el interior de la caldeada taberna, que como otros recintos similares, era grande y poco iluminada, con suelos de mármol y techos altos, donde algunos clientes ya los observaban atónitos a través de las ventanas llenas de escarcha. Otros, más rezagados y que tuvieron la oportunidad de darse un encontronazo con ellos en la propia plaza, huyeron despavoridos a sus casas. La muerte buscaba a su presa. Eran conscientes de lo que iba a ocurrir. Unos y otros se miraban. Buscaban un culpable, alguien con un crimen a sus espaldas tan espantoso que había conseguido desatar la ira de los dragones. En el recinto cervecero, envueltos en fragancias de especias y tabaco, los clientes se preguntaban que hacían los jinetes de la muerte, allí frente a ellos. De repente, dos dragones negros desmontaron, los otros cuatro permanecieron a la espera. En el interior de la taberna, reinaba la confusión y luego el miedo al comprobar los clientes que dos siniestros encapuchados miraban desde su posición la tasca, tal y como llamaban los residentes a ese lugar, lleno de holgazanes y que apestaba a humo de tabaco. ⎯¿Crees que entraran en la taberna? ⎯preguntó uno a otro. ⎯¡Buscan a alguien que ha cometido un crimen contra la realeza! ⎯ladró uno que estaba sentado en un taburete mientras sacaba brillo a su afilado puñal, en una esquina, al fondo de la estancia⎯. Tened por seguro que entrarán. ⎯Seguro que buscan a quién envenenó al rey. Una voz entre el gentío, preguntó: ⎯El rey… ¿ha muerto?
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    428 ⎯Creo que no⎯respondió una camarera que se había acercado a la mesa para entregarle el vino que había pedido⎯. Nadie comenta nada. Todo ese asunto está bajo secreto real. Sin embargo, de camino al trabajo he podido observar que las banderas del palacio ondeaban en los mástiles a media asta. Es muy sospechoso. ⎯Sí, lo es. El tabernero, muy preocupado por la posibilidad de una mala reacción de los dragones y consciente de que podrían irrumpir en su casa y armar un gran revuelo, optó por dirigirse a sus clientes a grito pelado. ⎯¡Si la persona que buscan está aquí será mejor que se entregue, sino pagaremos todos nosotros! Una vez dichas esas palabras, se escudriñaron unos a otros con miradas inquisidoras. Nadie, en aquella taberna, parecía ser un asesino; nadie parecía sospechoso, excepto una joven que, enfundada bajo una gruesa capa gris caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas, nerviosa. Male-Leel lo sabía. La buscaban a ella. Sin duda, estaba perdida. De la noche a la mañana la esclava de Festo se encontró sola, traicionada, por aquellos que la iniciaron para cometer el cruel delito que ahora los dragones le imputan. De repente una voz ronca tronó en la estancia. ⎯¡Eh, muchacha! ¿No tendrás nada que ver con la ira de los dragones, verdad? Male-Leel sintió como todas las miradas se clavaban en su espalda. Se volvió. Su rostro atemorizado se tornó lívido cuando vio a través de la ventana a dos jinetes que caminaban hacia la taberna. El resplandor dorado de la insignia dinástica que portaban los jinetes en la túnica titilaba en el frío aire nocturno. Mientras algunos se acercaban a la joven para evitar que escapara, los que estaban cuchicheando junto a las ventanas, retrocedieron espantados. Un instante. Male-Leel sólo tenía eso, un instante antes
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    429 de que losdos temibles jinetes irrumpieran en la taberna dispuestos a ejecutar la sentencia de muerte. No habló, sino que buscó con la mirada una vía de escape. La cocina. No se lo pensó dos veces y con gran habilidad se escurrió entre los fornidos hombres que a punto estuvieron de abalanzarse sobre ella. La puerta de la taberna se abrió de golpe. Un aire gélido y siniestro entró como una tromba y extinguió el hermoso fuego que ardía en el hogar. El suelo de mármol se escarchaba al paso de los dos dragones. Las fuertes pisadas de sus botas hicieron crujir el suelo ligeramente helado. Se oyeron murmullos y algún que otro gritito sofocado. Male-Leel penetró en la cocina y dio un paso al frente, hacia la puerta interior que daba directamente al callejón de las basuras. Su salvación. En su avance hacia la puerta, extendió sus manos a ambos lados y comenzó a tirar al suelo todo cuanto había sobre las mesas de madera, cacerolas, vasos, platos, cestillos de mimbre cargados de patatas… Todo fue al suelo en un intento desesperado por obstaculizar la senda de sus perseguidores. Ante ella, la salida. Al tratar de salir, alguien desde el exterior propulsó la puerta con fuerza hacia el interior, arrojando a la joven al suelo. El hombre no tenía ni idea de lo que estaba pasando en la taberna. Miró a los cocineros, éstos se encogieron de hombros. Media atontada por el impacto contra la puerta, Male-Leel trataba de ponerse en pie cuando vio que los dos jinetes negros corrían hacia ella, incansables. Como golpeada por un látigo, se enderezó, cruzó la puerta y salió al callejón. Miró a su alrededor sólo una fracción de segundo. El oscuro callejón aparentaba estar desierto. Nadie a la vista. Y huyó, mezclándose entre las sombras, vapores y el humo blanco y caliente que generaba el gran horno de carbones incandescentes de la forja subterránea que
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    430 a través delos conductos interiores emergía hacia el exterior. La Forja de Ocozías era considerada la armería más importante de Jhodam y ocupaba todo el cuadrangular. Male-Leel corrió deprisa, sabía que no tenía escapatoria, sólo le quedaba luchar a muerte con un terrible adversario, un combate por la vida que sabía, no podría ganar. Oyó a cierta distancia el retumbe de unos cascos. El resto de los dragones inspeccionaban los alrededores a lomos de sus monturas. Los caballos con trote elegante, piafaban sacudiendo el suelo y calentando el frío aire. Los jinetes tiraban de las riendas conduciendo a sus corceles por los oscuros callejones, de uno y otro lado del cuadrante. Male-Leel se fundió en las sombras, aprovechando los recodos y los portales para ir avanzando hasta su casa. Los dos dragones que irrumpieron en la taberna no cejaban en su empeño por atraparla. La joven, sugestionada, creyó percibir el siniestro aliento de la muerte tras su nuca y en sus oídos; una bocanada de aliento helado, un rugido infernal que la perseguía incansablemente. Los callejones oscuros… Los bandazos de su capa gris al rozar, mientras corría, las paredes de las casas. Agazapándose en las zonas descubiertas. Male-Leel estaba sin aliento. Para escapar de los Jinetes de la Muerte había corrido sin detenerse, por las callejuelas que rodeaban la zona residencial donde vivía, tratando de despistarlos. Estaba exhausta. Llegó al portal. Dio un puntapié a la puerta y subió los peldaños de la escalera de tres en tres, jadeando. Entró en su casa. Sus ojos, desorbitados, miraban a todas partes. Desesperada, buscó a su perro Diky y a su gata Duna, éstos no daban señales de vida; simplemente, porque no
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    431 estaban en lacasa. De pronto sintió una extraña sensación. Dio la vuelta. ⎯¡Oh, nooo! La puerta estaba abierta, con las prisas y el nerviosismo, se le olvidó de cerrarla. Por un segundo, Male-Leel se quedó paralizada; instantes después, corrió de nuevo hacia la puerta, pero antes de llegar, se detuvo en seco. Su casa se había convertido en una madriguera y ella había penetrado directamente en la boca del lobo. Justo en ese momento, una ráfaga de viento surgida de la misma nada cerró la puerta de golpe. Male-Leel forcejeó con el pomo, tratando desesperadamente de huir o se encontraría cara a cara con la muerte. Lo sabía, después de todo, tenía que pagar su delito. Tiró del pomo con fuerza, pero no consiguió abrir la puerta. Por un momento fugaz, Male-Leel creyó haberlos despistado. Pero, no; los dragones, la habían encontrado. Recordó… Le había parecido ver la ventana abierta. ⎯Ahogó un grito. Sofocada por el pánico, se dio media vuelta. Alfeo y Asmodeo, vengativos, estaban frente a ella, amenazantes, con atuendos negros como el azabache y la insignia dinástica de Nathan brillando en sus pechos. A Male-Leel le temblaron las piernas. Miró a su alrededor, quería huir. La muerte la acechaba desde hacía una hora y no iba a liberarla hasta conseguir su propósito. Male-Leel comprendió que no tenía alternativas. Estaba sentenciada. Miró a los dos verdugos con los ojos abiertos de par en par. Los oyó decir algo… «In nomine dei nostri Nathan» Alfeo dio unos pasos hasta ella. Empuñaba una daga en su mano derecha. Asmodeo tras él, esperó la acción de su líder. Male-Leel apenas respiraba. No se atrevía a moverse. La afilada hoja de Alfeo osciló frente a su rostro. Ella sintió el sabor de la bilis en la garganta, un instante antes de que la
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    432 sangre salpicara surostro y su cabeza cayera rodando por el suelo. Alfeo miró el cadáver de la joven, impasible. Con sangre fría, limpió los restos de sangre, que manchaban la afilada hoja, con la capa de la joven y la enfundó de nuevo en el cinto; luego, se recolocó la capa y se volvió hacia el dragón Asmodeo, lo miró con sus ojos inmortales, asesinos y justos a la vez. Una sonrisa perversa dibujaba sus labios. ⎯Se lo merecía. ⎯Sí. ⎯Vámonos. Aquí hemos acabado. Abandonaron en silencio la casa. Los corceles les esperaban junto al portal. De entre las sombras surgieron los otros cuatro jinetes. El callejón antes desierto ahora estaba ocupado por algunos curiosos que habían seguido la estela de los dragones en un intento de saber lo que estaba ocurriendo realmente. ⎯Todo ha salido según lo planeado ⎯dijo Alfeo, mirando al resto de los dragones. Asmodeo puso un pie en el estribo y saltó sobre la montura. Alfeo esperó unos segundos, mirando, atónito, la muchedumbre que se había congregado en el callejón. ⎯Estas gentes están ávidas de sensaciones fuertes. ⎯¿Tú, crees? ⎯preguntó Ben Hadad. El líder de los dragones asintió. ⎯¿Vamos a por los hechiceros? Alfeo, que como inmortal no se le escapaba nada, sabía que los siervos de Apofis habrían presentido sus presencias mucho antes de que ellos llegaran a la ciudad de Jhodam y les estarían aguardando con su providencial y oscura paciencia. Tenían que andarse con cuidado. Los hechiceros estaban dotados de gran poder y como siervos del mal personificado podían usarlo a su antojo contra ellos y contra quién se les cruzara en el camino.
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    433 ⎯Seremos prudentes ⎯dijo,mostrando una seguridad aplastante ⎯. Inspeccionaremos los suburbios subterráneos del lado norte de la ciudad. Galión miró a su líder, sorprendido. ⎯¿El lado norte? ¿No sería mejor ir directamente al sur? Alfeo cabeceó. ⎯No. El sur es poco profundo. La clandestinidad sólo se consigue en las profundidades de las catacumbas del norte. Además, estarán protegidos por una estrella de cinco puntas. El pentagrama lo tendrán orientado hacia ese lado, no hacia el sur. Se hizo un silencio entre ellos, sólo roto por el murmullo de las gentes que, manteniendo una distancia más que prudente, trataban de adivinar de qué estaban hablando. «Los hechiceros negros no cambian. Siguen siendo muy góticos», pensó Alfeo, mientras montaba. Se alejaron del lugar deprisa, cabalgando hacia el lado más alejado de la ciudad. Los hechiceros negros era muy astutos y sólo serían encontrados si ellos así lo decidían. Últimamente seguían la estela de Apofis, pero tres de ellos se vieron obligados a seguir ocultos en su cueva clandestina. Su oráculo ya les había informado de la presencia en la ciudad de los dragones y esperaban que hicieran acto de presencia en las catacumbas en poco tiempo. Estaban preparados para recibirles. Ellos sabían que sólo uno era inmortal, el resto eran altos hechiceros que servían al rey de Jhodam, exclusivamente. Hombres jóvenes sin remordimientos que dominaban las artes mágicas con mayor o menor habilidad. Esa noche había mucha actividad en el cielo de Jhodam. Estrellas fugaces surcaban el cielo negro, veloces. Entidades que formaban parte de los ancestrales y mágicos Seres, se habían desperdigado, de forma espontánea, en todas direcciones. Un presagio. Alfeo mientras cabalgaba, miró al cielo un solo instante.
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    434 Su poderosa menteinmortal captaba, como nunca lo había hecho antes, la incipiente aparición de entes astrales de todo tipo. «Algo malo está a punto de ocurrir, algo relacionado con Nathan», pensó. Era como si todas aquellas presencias hubieran sido convocadas con alguna intención o para alguna tarea en particular. Eso le hizo pensar en su hermana y en lo mal que lo debería estar pasando. Cerró los ojos un segundo y tiró fuerte de las riendas, desahogando una furia interior que le estaba abrasando como un clavo ardiendo. El corcel relinchó, irritado. Alfeo no prestó atención a las quejas del animal. Los demás dragones se dieron cuenta de su turbación, pero permanecieron en silencio. Pues a su líder, no sólo le preocupaba su hermana, sino también su padre, Ishtar, al que no veía desde que Nathan se propuso vengarse de Odin, hace cuarenta y un años. Alfeo recuerda con nostalgia aquellos tiempos en la Fortaleza. Cuando él, su padre y unos cuantos siervos, de los que ya no recuerda sus nombres, levantaron el templo y la residencia que habían quedado parcialmente destruidos con el advenimiento y cumplimiento de la Profecía y los Septĭmus volvieron a residir en el Monte de Ánimas. Recuerda la negación de su padre, ante su ansiada marcha. No deseaba estar encerrado entre cuatro paredes, quería ver mundo y vivir independiente. Recuerdas sus palabras y sus advertencias. Recuerda la negación de Nathan a sus peticiones y ahora, con mucho camino recorrido a sus espaldas, entiende por qué el rey de Jhodam actuó como lo hizo. Nathan le tenía reservado un puesto de elite en su mundo oscuro, pero antes tenía que formarse, crecer espiritualmente; formar una mente inquebrantable que pudiera enfrentarse a cualquier obstáculo. En pocas palabras, tenía que convertirse en un hechicero al servicio del Poder Blanco. A él, se unieron otros doce ambiciosos jóvenes, que luego formaron una poderosa secta de hechiceros. Algún
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    435 tiempo después, sietede ellos decidieron cambiar de bando y se aliaron con el Poder Negro. Esta ruptura motivó una alianza entre los seis que quedaban, y Nathan. Nacieron así, los Dragones Negros. Proteger a Nathan, con tantos enemigos al acecho, era una tarea muy peligrosa y Alfeo lo asumió sin problemas. Cuando Nathan se convirtió en el último dios, el hijo de Ishtar vio cumplido su sueño. A partir de ese momento, Nathan dio por finalizada la instrucción de su pupilo y le dio plenos poderes para actuar en su nombre. Pues sólo Alfeo podía quitar la vida en nombre del rey de Jhodam sin ser ajusticiado por éste último. Sin embargo, el lado más vengativo de los dragones quedaba siempre sujeto a la convocación de un Iniciado que tenía como misión, sentenciar cualquier acción contra el rey. Después de una hora cabalgando, los Dragones Negros penetraron en un pequeño bosque de hayas y nogales. El aire estaba en calma y el silencio fue perturbado por el ruido de los cascos al pisar el manto de hojas que cubría la tierra. El corcel de Alfeo entrenado como el mejor de los magos, echó las orejas atrás y piafó con recelo. El animal husmeaba extrañas presencias en los alrededores. Alfeo, atento al lenguaje corporal de su caballo, se tensó sobre la montura y pensó en la premisa de Nathan y en sus consecuencias. «Control sobre la oscuridad y sus criaturas, control sobre los hechiceros y su magia» Llegaron a los desfiladeros. Avanzaban por un camino de piedra cuando divisaron en lo alto de un montículo a una extraña figura que estaba suspendida en el aire, más grande que cualquier otra que hubieran visto antes. Se alzaba por encima del desfiladero en una esponjosa nube negra que se confundía en la oscuridad, con el rostro afilado y siniestro, parecía que iba a desprenderse de la roca en cualquier momento.
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    436 La extraña figuraestaba vestida con ropas rituales y portaba en su mano derecha una vara de intensa luz roja. Su rostro no era totalmente distinguible, pero si pudieron apreciar ciertos colores pálidos y etéreos que la envolvían a modo de aura. ¿Era un extraño dios, un ente emparentado con los Seres o una representación corpórea de Apofis? Alfeo no pudo adivinar de quién se trataba, pero sea quien sea, ese ente tenía mucho poder, pues lo irradiaba formando destellos a su alrededor. Parecía proteger algo, una cueva o algo parecido. Los dragones se miraron entre ellos, perplejos. Una ilusión óptica… o de sus mentes. La figura seguía resplandeciendo bajo la luz irisada de su propio campo energético. La estupefacción cercana al terror marcaba la expresión de sus rostros. Si aquél extraño ser era Apofis nada podrían hacer contra los hechiceros, pues su poder era tan grande que nadie osaría a enfrentarse a él, sólo una persona podía hacerlo y estaba fuera de combate. Entre toda aquella luz, Alfeo pudo distinguir, lo que desde abajo parecía una fisura estrecha en la roca, una abertura que era… al parecer, la entrada a una cueva. Los dragones desmontaban, cuando una voz femenina tronó en el frondoso bosque y despertó un eco, conmoviendo la oscuridad. «¿Si os enseño el camino podréis mantener los pies en el suelo?» Petrificados. Así es como se quedaron los dragones por unos instantes; incapaces de dar crédito ni a sus ojos, ni a sus oídos. La extraña entidad les hizo un ademán, invitándoles a penetrar en el interior de la cueva. Alfeo no las tenía todas consigo. Su agudo sexto sentido se había activado y parecía estar en nivel cinco, máxima alerta. Asmodeo le iba a pasar por delante, cuando él lo agarró de un brazo. ⎯Espera ⎯le dijo⎯. Puede ser una trampa.
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    437 Galión ante elgesto de Alfeo se detuvo, lo mismo que el resto. La voz femenina, tronó de nuevo. «¿Acaso tenéis miedo?» Alfeo dio un enérgico paso al frente, fulminando a la extraña figura con la mirada. ⎯¡Preséntate! ¿Quién eres? «Soy Saphira y represento a los Seres y dryadis» ⎯Vaya coincidencia. ¿Has visto, Saphir…? Si se llama igual que tú, pero claro es una fémina. El dragón no respondió, guardó silencio. Saphira emperifollada en luz se mostró visiblemente irritada ante el inoportuno comentario de Alfeo. «La línea que separa la coincidencia del destino es muy delgada» Alfeo ante el significado de aquellas palabras, frunció el entrecejo. Asmodeo miró a Alfeo, extrañado por su comportamiento. ⎯¿Estás de guasa? ⎯le preguntó, pensando que su líder iba de bromas. El dragón inmortal no respondió a su amigo, pero se dirigió ferozmente a Saphira. ⎯Dime, si realmente eres una de los Seres… ¿qué haces aquí custodiando la guarida de los hechiceros? «No custodio la guarida como tú la llamas, os guío para que encontréis la entrada. Estoy de vuestra parte» ⎯Y yo, como un tonto debería creerte, ¿no? «Ven, acércate. Te demostraré que estás equivocado» Alfeo dio unos pasos hasta el montículo y se detuvo frente a ella. «Toma mi mano» Obedeció. Una fuerza cósmica le obligó a cerrar los ojos. Y entonces lo vio. Una visión.
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    438 «El aire erafrío y cristalino. Rocas talladas. Figuras de Seres dispersas por las paredes en bajorrelieve. Imágenes mágicas, misteriosas y muy complejas. Un pasadizo y antorchas encendidas colgadas en ménsulas en la propia pared de roca. Un pentagrama; en su lado norte, una espada; en el lado sur, un cáliz. Imágenes que le envolvían y lo arrastraban a otro mundo, mágico y arcano. Suspendido entre el cielo y la tierra, suspendido en el espacio. Un sonido… siseante, como un cascabeleo, el Basilisco.» Cuando la visión hubo acabado, Alfeo se quedó sin palabras. La magia de Saphira le había conducido hasta el Panthĕon Sacrātus y sólo los Seres y Nathan tenían poder para traspasar los muros mágicos que lo protegían. «¿Crees qué un hechicero negro puede mostrarte esta visión?» Alfeo, cabizbajo, farfulló algo. «Dilo en voz alta para que tus compañeros te oigan. Ellos merecen tu respuesta.» ⎯No. Esa forma de humillación caló hondo en el corazón de Alfeo y le bajó los humos de golpe. Para él aquel castigo fue peor que si le hubiera humillado Nathan en persona, pues para eso estaba preparado, pero una mujer… le pilló desprevenido. Saphira dio por zanjado el asunto y lo desterró por completo. Alfeo notó sus ojos brillantes, no había llorado desde que dejó la infancia y las lágrimas que amenazaban con salir a la superficie, lo avergonzaron tanto que se vio obligado a retroceder y alejarse unos metros de sus compañeros. No deseaba que lo vieran a punto de llorar. La voz de Saphira retumbó exclusivamente en su mente: «Es hora de recordarte quién eres, Shaiton. Elimina el rencor de tu corazón y reconcíliate con tu padre. Esa es tu deuda por haber sido testigo del Panthĕon Sacrātus. Si no la pagas, nunca vivirás en paz contigo mismo.» Alfeo se volvió bruscamente hacia ella, pero no se acercó. En la distancia, asintió, aceptando una silenciosa alianza entre la dryadis y él.
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    439 Saphira sonrío uninstante antes de dirigirse a los dragones. «Descender a través de la grieta y seguir la senda. La cámara de los hechiceros está más allá de la novena cripta. Tened cuidado, os están esperando» Pronunciadas estas palabras, Saphira se desintegró en el aire. La oscuridad volvió al bosque. Ante los dragones, la grieta que conducía a la cámara acorazada de los hechiceros. Unos minutos después, los dragones estaban descendiendo una especie de cornisa empinada. Sentían que retrocedían en el tiempo. Abajo, la oscuridad inundaba el pasadizo. No habían antorchas colgadas en las heladas paredes de roca, que les permitieran iluminar el camino; en su lugar, sólo la luz de sus mentes que, con gran derroche de poder psíquico, conseguían iluminar la senda. Avanzaron en silencio. Alfeo captó el hermetismo de aquel lugar, y el por qué había permanecido oculto durante tanto tiempo a los ojos y a la mente de Nathan. Aquella cueva estaba impregnada de Poder Negro, el aire que se respiraba allí dentro, era asfixiante. Los dragones no tardaron mucho tiempo en descubrir que estaban avanzando a través del interior de un inmenso pentagrama invertido, porque lo sentían en sus cuerpos. La energía oscura que emanaba del propio suelo les restaba energía, lo sintieron como un profundo estremecimiento que sacudió sus cuerpos. No tenían dudas, la magia negra de la estrella de cinco puntas anulaba sus poderes blancos, que a través de invocaciones conseguían canalizar en sí mismos. Eran conscientes de que para acabar con los hechiceros negros en sus propios dominios tendrían que emplearse a fondo, o ellos disfrutarían del espectáculo de ver morir a los poderosos e imbatibles Dragones Negros. Si entre ellos había alguien que no le temía a la muerte, ese era Alfeo. Su inmortalidad le protegía como un escudo
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    440 impenetrable. Caminaban en silencioy con las espadas desenvainadas, en alerta. Alfeo estaba absorto en sus propios pensamientos. Después de la degradación sufrida por la dryadis, no parecía tener muchas ganas de charlar. Sí, una Ser alada, pero en definitiva… una mujer. No es que el hijo de Ishtar fuera un machista, pero sólo con pensar que había caído tan bajo ante una dama, le carcomía el alma. El pasadizo serpenteaba y al girar, Alfeo y sus compañeros vieron como un resplandor azul iba hacía ellos. ⎯¡Cuidado! ¡Esferas espías! ⎯gritó, de repente, Asmodeo, anticipándose a su líder, que sólo pudo abrir la boca para cerrarla inmediatamente después. Los dragones se agazaparon, sorteando los centinelas volantes, aquí y allá. Las esferas sobrevolaron sus cabezas, captando la presencia de los hechiceros blancos. Se alejaron. ⎯¿Y bien? ⎯preguntó Galión con sequedad⎯. ¿Qué se supone que tenemos que hacer ante este inconveniente? ⎯El pentáculo anula nuestro poder y las esferas espías nos han localizado ⎯Alfeo agachado en el suelo, hizo una pregunta de examen a sus compañeros⎯. ¿Cuánto tiempo creéis que tardarán en aparecer los demonios? En ese momento de vacilación ante lo que tenían que hacer, distintas emociones se agolpaban en cada uno de ellos. El nerviosismo, la agitación y un ligero temor se reflejaban en sus rostros con una desagradable expresión. ⎯Tienes razón Alfeo, estos malditos demonios son muy góticos. ¡Mira que usar esferas de vigilancia! ⎯dijo Ben Hadad. Galión se echó a reír. ⎯Eso demuestra que son más inteligentes que nosotros. Alfeo estaba que trinaba. Su silencio era preocupante. Tenían que cambiar el modo de proceder y eso le sacaba de quicio. Él era inmortal y su vida no peligraba, pero las de sus compañeros, sí.
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    441 Se irguieron yecharon a correr hacia las cámaras. No tenían ningún plan que les sirviera para enfrentarse a los demonios, pues no había tiempo para ello. Estaban obligados a improvisar. Las esferas aparecieron de nuevo y esta vez lanzaban descargas eléctricas por doquier. ⎯¡Atrás! ⎯el grito de Alfeo retumbó en la cueva. Retrocedieron. Pasaron muy cerca de ellos, tan cerca que Asmodeo sintió el calor abrasante de las descargas mágicas en su piel. Dio un respingo del susto. Alfeo y Saphir alzaron sus espadas dispuestos a lanzar las esferas al abismo del cual habían salido. Esperaron, mientras sus compañeros se agazaparon en un intento de evitar una descarga sobre ellos. Al rato las esferas retrocedieron y veloces se precipitaron sobre ellos. ⎯¡Ahora! ⎯gritó Alfeo. Las espadas del líder y de Saphir chocaron contra las dos esferas, que en ese momento cruzaban la línea invisible que habían marcado los dragones. ⎯¡Crash! ¡Crash! Chasquearon sonoramente y al perder el control, las esferas lanzaron sendas descargas aleatorias, éstas de menor intensidad, se estrellaron en el techo rocoso, estallando con gran resplandor. El punto de impacto en la roca se resquebrajó y una lluvia de piedras cayó sobre ellos. Después de las descargas, las esferas giraron sobre sí mismas, humearon. El inesperado encontronazo con las espadas no consiguió derribarlas, aunque sí logró desequilibrar su eje interior. Después del impacto, volaban como borrachas hacia el fondo del pasadizo. ⎯¡Jajá jajá! ⎯rió Necó⎯. ¡Dos ojos menos! ⎯Vamos… ⎯ordenó Alfeo. Los dragones las siguieron, confiados en traspasar una o dos cámaras que les permitieran acercarse cada vez más a la guarida endemoniada.
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    442 A medida quese acercaban a la última de las cámaras, Alfeo sintió que alguien les estaba mirando y agudizó la vista. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y el de sus compañeros, al percatarse de la presencia de una extraña criatura, allá en el fondo del pasadizo. Una iluminación tenue, casi mortecina, acompañaba a la terrible criatura e iluminaba las profundidades dejándose vislumbrar un arco y tras él, la cámara de los hechiceros. No iba a dejarles pasar tan fácilmente. Los dragones se detuvieron en seco. Se miraron entre ellos. Una cazadora. Una arpía. Alfeo y Asmodeo que encabezaban el grupo, alzaron sus espadas. El inmortal murmuró un conjuro para tratar de proteger las vidas de sus compañeros mortales. Los ojos amarillos de la arpía, una endemoniada criatura invocada por los hechiceros negros para enfrentarse a los dragones y a su magia, los escudriñaron con la única intención de despedazarlos uno a uno. Sus ojos centellearon furiosamente y sin más preámbulos se abalanzó sobre ellos. Rugió. Su rostro femenino se afiló. Los dragones retrocedieron con espadas en mano. Aquella cosa era terrorífica. Los hechiceros negros la usaban de escudo protector para proteger la entrada a la cripta de sus dominios, sí la criatura fallaba en su misión, los hechiceros quedarían desprotegidos y Alfeo, Asmodeo y los demás podrían penetrar en la cámara sin problemas. En el interior, igualarían sus poderes. ⎯Esa criatura es peligrosa ⎯afirmó Alfeo⎯. Una arpía, entrenada para destruirnos y no abandonará la caza nunca, y… ⎯vaciló un instante, al ver como la cosa estaba cada vez más cerca de ellos⎯, de algún modo tenemos que detenerla. La arpía se les echó encima. Rugió como una bestia y sus garras alcanzaron a Necó, éste se retorció en sus fauces. Alfeo, en un intento desesperado por salvar a su mortal compañero, se enfrentó sin dudarlo, a la criatura, ésta le dio
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    443 un zarpazo ylo lanzó por los aires. El inmortal cayó al suelo, aturdido. Se levantó, mareado, con la cabeza dándole vueltas. Asmodeo acudió en su ayuda y ambos contraatacaron con sus espadas conjuradas en un segundo. Hundieron las armas en la carne de la criatura voladora, pero no consiguieron derribarla. Aquél ser tenía más vidas que un gato. La criatura, se volvió hacia ellos bruscamente. Sus ojos amarillos, echaban chispas. Soltó a su presa. Necó, una vez liberado, reptó por el suelo tratando de alejarse del punto de mira de la bestia con alas. Nervioso, se palpó todo el cuerpo, buscando heridas… sólo una, en el pecho, de poca importancia. ⎯¡Uf! ¡Estoy vivo! ⎯Sí, estas vivo. Toma… ⎯Galión le lanzó una espada⎯, cógela. La arpía aleteó y su sombra parecía que iba a alcanzarles, cuando ellos se escurrieron hábilmente, por los bajos. Alfeo se situó tras ella. La criatura no tuvo tiempo de reaccionar. Se volvió. La hoja afilada de la espada de Alfeo penetró en su cuerpo hasta la empuñadura. Asmodeo, aprovechando que la arpía se tambaleaba de un lado a otro, golpeando su cuerpo contra las paredes, asestó decidido su espada en el costado de la criatura. Un líquido verde viscoso brotó de las dos heridas mortales. Alfeo, víctima de una incontenible ira, empujó más adentro. ⎯¡Muere, maldita! ⎯gritó Alfeo, enrabiado hasta la médula. La arpía rugió, reverberando su eco por todas partes. Un alarido agónico que fue el comienzo de su final. Se desplomó. Los dragones respiraron aliviados y echaron a correr en dirección a la cámara de los hechiceros. Sólo unos metros los separaban de los demonios, sólo unos metros. En la cripta, los hechiceros Andros, Elassar y Owan les
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    444 estaban esperando contodo su arsenal mágico preparado. La estrella de cinco puntas, dibujada en el suelo, crepitaba sin llamas. Cuando los dragones ya eran visibles desde las posiciones de los hechiceros, éstos alzaron sus manos y dispararon poderosas descargas que a punto estuvo de alcanzarles, pero tuvieron suerte y estallaron a sus pies. El suelo se movió bruscamente. Se tambalearon, pero no se amilanaron y siguieron adelante. De nuevo, los demonios lanzaron nuevas descargas, más destructivas que las anteriores y que Alfeo contrarrestó con todo el poder que alberga en su interior y que el pentáculo invertido no había conseguido bloquear, reenviándolas a su origen. Los tres hechiceros se agazaparon al ver, atónitos, como sus descargas volvían a ellos, con nombre incluido. Estallaron en la pared rocosa y en el techo. Los hechiceros, aparte de agazaparse para evitar el impacto, ni se inmutaron. Elassar estalló en carcajadas… que fueron cortadas en seco al desmoronarse parte del techo y la pared. La cámara se partió en dos; el suelo cedió, abriéndose ante ellos un gran abismo. La estrella de cinco puntas dejó de existir y la lluvia de piedras se precipitaba al infierno, llevándose a los tres hechiceros consigo. Todo se precipitó sobre ellos. Los dragones se sujetaron a todo lo que pudieron para no verse engullidos por el desplome de la cámara. Retrocedieron unos pasos en aquel suelo movedizo, luchando por mantener el equilibrio. Tras ellos, todo se desplomaba. La gran fisura se hacía cada vez más grande y un fuego abrasador de terroríficas proporciones surgió del abismo y sus lenguas en llamas se dispararon veloces hacia la superficie. Se detuvieron un instante. Estaban exhaustos. ⎯Hemos conseguido destruir a tres de los siete hechiceros negros y tenemos suerte de estar vivos. Pero seamos conscientes, la ira de Apofis se ha dejado sentir en
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    445 este infierno yno podemos luchar contra un ser tan poderoso. Nos viene grande, sólo Nathan puede repelerlo y no está en disposición de hacerlo. ¡Huyamos! ⎯gritó Alfeo, respirando profundamente y cogiendo bocanadas de aire para recuperarse. Estaba sin aliento. Era la venganza de los tres demonios, respaldada por el rencoroso y ambicioso dios Apofis, que vuelto a la vida como espectro, está dispuesto a acabar con cualquier manifestación del Poder Blanco. Los dragones corrían, desesperados, sin mirar atrás. Todo se fundía, tras sus pasos. Todo desaparecía. No muy lejos, la salida. La salvación. La luz de un nuevo amanecer.
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    446 Capítulo 5 Reencuentro Áquila yJadlay se unieron a un destacamento de la resistencia que estaba estacionado no muy lejos de las Cavernas de Hielo, actualmente derruidas y de las cuales se divisaban multitud de fisuras y agujeros. Al campamento llegaron noticias de nuevas batallas. Se rumoreaba que las aldeas próximas a Hermes habían caído en poder de Nabuc. Se decía que un gran ejército enemigo se aproximaba a Bilsán. La situación era tensa. El ambiente que se respiraba en los alrededores era el típico de guerra, ni más ni menos. Columnas de humo, sobresaliendo por las copas de los árboles, caballos muertos, cadáveres desperdigados por todas partes, sangre seca manchando los mantos verdes que cubrían la tierra de los bosques y sobre todo, muchos guerreros; estaban por todas partes, jóvenes llegados de todas partes, dispuestos a luchar por una causa justa: instaurar la paz en todos los pueblos. Cada vez más a menudo, pequeñas y medianas avanzadillas de soldados enemigos traspasaban las fronteras acordonadas por la milicia de Bilsán y se liaban a tortazos y mazazos con los resistentes, que luchaban contra ellos a capa y espada. No lejos del campamento, que habían preparado Áquila y Jadlay, se encontraban doce jóvenes que cabalgaban hacia ellos, vestidos con cotas de malla, armaduras de cuero y
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    447 arropados bajo calientescapas con capucha. Eran Yejiel y Najat que acompañados de un selecto grupo de arqueros de Jhodam se dirigían a Esdras. Sus intenciones era muy claras, ayudar a Jadlay y a las tropas jhodamíes a combatir contra el ejército de Nabuc, que en estos últimos días había visto crecer su número y poderío. Y después del sorprendente encuentro, de los abrazos y las muestras emocionales, los líderes de la resistencia hicieron corrillo en torno al fuego y se pusieron al día en cuanto a los últimos acontecimientos ocurridos en los últimos días. Jadlay se frotaba las manos para entrar en calor, mientras Áquila se interesaba las noticias. ⎯¿Qué tenéis que contarnos? ¿Alguna batalla? ⎯Sí; distintos enfrentamientos en las fronteras de Bilsán. La primera noche de ataques, murió la cuarta parte de la guarnición acuartelada al oeste de Bilsán. Si no paramos estas embestidas, toda la ciudad puede caer bajo el poder de Nabuc. ⎯Nosotros también fuimos atacados en la noche ⎯dijo Najat⎯. Eran los malditos sicarios, nuestros queridos amigos Enós y Gamaliel. ⎯¿Qué ocurrió? Yejiel se apresuró a contestar. ⎯Huyeron. Jadlay entornó las cejas al oír la escueta palabra de su amigo Yejiel. ⎯¿Así…? ¿Por las buenas? ⎯Sí; bueno, eso creo ―respondió Yejiel―. Ya sabes, Jadlay, las entidades misteriosas de las que hablan las leyendas, pues eso… Creo que ellos tuvieron algo que ver con la estampida. Jadlay se revolvió en el suelo, perplejo. ⎯Que ¿qué? Áquila sabía muy bien de lo que hablaba Yejiel. Él mismo había sido testigo de un poder inexplicable en el
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    448 aposento de Nathan. ⎯Magia,Jadlay. Todo el ambiente esta impregnado de magia. Otro de los resistentes habló: ⎯Ninguno de los aldeanos de Haraney se atreve a desafiar a Nabuc abiertamente, su poder ha aumentado sustancialmente. ⎯Consecuencias del envenenamiento de Nathan ⎯afirmó Áquila. Najat cabeceó. ⎯Sí ⎯dijo, tajantemente⎯. Nuestro rey no puede controlar personalmente las incursiones y los rebeldes se han crecido ante la nueva situación. Es fácil de entender, Jhodam está en estos momentos sin autoridad soberana. Nabuc hace lo que le place, nadie le controla. ⎯Las revueltas son cada vez más numerosas ⎯afirmó Yejiel⎯. Hacen esclavos. Los muertos se cuentan por miles. Las aldeas arden bajo las llamas y saquean la armería acumulada en las forjas ―bufó―. Un desastre. Los mercaderes traen nuevas constantemente, Áquila. ⎯Hay que ganar esta guerra, chicos. ⎯Por supuesto. Pero son muchos frentes y no podemos estar en todas partes; en las comarcas del nordeste, tienen lugar luchas unas detrás de la otra. Los hombres de Nabuc, atacaron hace dos días a los vigías de las torres centinelas y lo hicieron silenciosamente, sin levantar sospechas. Se hizo un silencio momentáneo. ⎯¿Qué plan tenéis para entrar en el castillo? ⎯preguntó Yejiel. ⎯Necesitamos que alguien penetre en la ciudad amurallada para abrirnos el paso cuando llegue el momento. Yejiel miró a Jadlay, quizá buscando su aprobación para hablar sobre el túnel que se encuentra en las profundidades del castillo. El joven asintió, ellos no tenían el monopolio del túnel. ⎯Conocemos un camino de entrada. Discurre bajo
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    449 tierra. ⎯¿Hay que cavar?⎯preguntó Áquila. ⎯No; son los conductos de desagüe. Acceder a ellos es fácil, pero es posible que estén vigilados o quizá, tapiada la compuerta que se encuentra en las mazmorras. Nabuc sabe que huimos a través de esos conductos, seguro que habrá tomado medidas. ⎯Sí, es posible. Pero hay que intentarlo. Mientras nuestras tropas mantienen a raya a los rebeldes dentro y fuera de Esdras, nosotros hemos de entrar como sea y sorprender a Nabuc en su propio terreno. Jadlay no podía oír nada referente a Nabuc, ni tampoco el derramamiento de sangre que se estaba produciendo por su causa. Respiró hondo, se frotó los ojos e hizo un gesto con la boca, apretó los dientes y se oprimió los nudillos de las manos, realmente cabreado con su tío y consigo mismo. Se alejó de sus compañeros y se dejó caer sobre las raíces de un árbol milenario, pensativo. «Un rey sin trono, eso es lo que soy», se dijo a sí mismo. Áquila se volvió hacia el joven. ⎯¿Estás bien? Jadlay levantó la mirada. Hizo una mueca de indiferencia. No respondió. Áquila decidió no insistir y lo dejó tranquilo. Se volvió de nuevo hacia el grupo y siguieron hablando hasta muy entrada la noche. Al día siguiente, al alba, el grupo de Áquila al completo, emprendió la marcha. Atravesaron los grandes bosques que rodeaban los templos Nigromante y Símbolos, pasaron de largo la comarca del Chamán y llegaron a las espesuras iniciales de los Bosques Tenebrosos. Por el camino se encontraron a un grupo numeroso de monjes supervivientes la matanza acontecida en Hermes, entre ellos el abad Tadeo. Huían hacia el sur, camuflándose
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    450 entre las espesuras,con aspecto harapiento; cabellos enmarañados e impregnados de cenizas y barba de varios días; los monjes presentaban un aspecto lamentable. Áquila les ofreció caballos y escolta hasta Jhodam. En esos momentos, la Ciudad de Cristal era la más segura de Nuevo Mundo, pues no podían llevárselos consigo, entorpecerían la misión que tenían que llevar a cabo y también, porque era hombres de paz, no de guerra. Ellos oraban, no empuñaban armas. Después de la obligada pausa en su camino y habiéndose despedido de los desafortunados monjes, el grupo prosiguió con su senda, rumbo a Esdras. Aquellos días llovió mucho, el agua empapaba las ropas de Áquila, Jadlay y sus hombres. Estaban permanentemente calados y cabalgaban deprisa a pesar de las copiosas lluvias. El frío golpeaba sus rostros, sus cuerpos y la humedad se calaba en sus huesos. Pasaron por varios poblados que habían sido desvastados y sólo quedaban cadáveres. Era una muestra más de la crueldad de una guerra de poderes. Cuando llegaron a la comarca de Aretas, la cosa se puso peor. Dentro de la ciudad, estaban ardiendo las casas, y los sicarios de Nabuc habían cumplido sus macabras amenazas. Las callejuelas adoquinadas estaban llenas de cadáveres, algunos decapitados. El grupo avanzaba por la avenida central, montados en sus caballos. Mirando con espanto los horrores de la masacre. ⎯Así es la guerra ⎯dijo Áquila, con el rostro impasible. Ningún guerrero abrió la boca, habían enmudecido. Jadlay no escuchó nada, su mente estaba en otro lugar. Las escenas deprimentes que han pasado por delante de sus ojos, solo aumentaban la frustración que bullía en su interior. Para él, todo estaba fuera de control: la guerra, los rebeldes, la situación de Nathan… Y todo por él, por el legítimo rey de Esdras. Lo reconocía, no hacía más que atormentarse y esto podría acarrearle serios problemas. Jadlay bajó la mirada
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    451 hasta el sueloembarrado de agua y sangre, visiblemente hundido. Áquila que no dejaba de observarle, suspiró, sintiendo en lo más profundo de su ser, la desdicha del joven. Al otro lado de la ciudad, un templo se derrumbó delante de sus narices, en medio de una fuerte explosión de fuego y humo. Los caballos relincharon asustados y algunos jinetes fueron a parar al suelo. Unos instantes después, una espesa nube de polvo se precipitó sobre ellos. Luego, el silencio. No había nada que salvar. El sonido de un trueno lejano despertó a Kali. Abrió los ojos. Se había quedado dormida en el sillón mientras velaba a Nathan. Lo miró, había pasado muy mala noche, retorciéndose de dolor entre las sábanas; y agotado, por fin, cedió ante una incipiente negrura que acabó sumiéndole en la inconsciencia. Kali se desperezó, dio unos pasos hasta el lecho y se sentó junto a él y lo contempló. Sus manos acariciaron aquel rostro, antes hermoso y ahora, marcado por el terrible sufrimiento al que estaba sometido. Al tocar su frente, Kali, comprobó que seguía ardiendo; la fiebre era permanente, envenenada para acabar con su vida inmortal. Suspiró afligida y se volvió hacia la ventana, observó los nubarrones negros que cubrían el cielo anunciando una tormenta. Unos quejidos de dolor la hicieron volverse hacia el lecho. Las lágrimas invadieron sus ojos azules al escuchar los gemidos de Nathan. Ella le acarició nuevamente el rostro. «Kali…», balbuceó él mentalmente con un esfuerzo abismal. «Duerme, mi amor, estás ardiendo de fiebre.» Las palabras de Kali sonaron vigorosas en lo más profundo de su cabeza. Sintió como los dedos de ella se
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    452 enredaban en sucorta melena, acariciándole suavemente. Nathan se estremeció y poco después, volvió a sumergirse en la oscuridad. De pronto en el aposento, tronó una voz cálida y persuasiva. ⎯La fiebre le consume. Kali se volvió, sobresaltada. ⎯Hola, Halmir. El inmortal, vestía una túnica larga negra ceñida en la cintura por una faja dorada, de la cual pendía un cinto con una daga ceremonial; sobre sus hombros y sujeta en las hombreras de la propia túnica por sendos broches de oro, caía, lacia y majestuosa, una capa granate que arrastraba al caminar. Su imponente aspecto y el color de sus ropas acentuaban su rostro, cansado, demacrado y triste. Con lentitud, cruzó el aposento y se detuvo ante ella y le acarició una mejilla, con un gesto y una actitud claramente paternales. ⎯Debes descansar, Kali ⎯le dijo⎯. Llevas un día entero velando a mi hijo, ahora deja que sea yo quién vele su agonía. ⎯Me preocupa. Nathan está demasiado débil ⎯Kali echó a llorar⎯. No puedo dejarle. ⎯Lo sé, y entiendo tus motivos. Pero tú también tienes que cuidarte, no has tomado alimento en varios días y tu cuerpo necesita sustento, sino caerás enferma. Halmir apartó su mano del rostro empañado en lágrimas de Kali. Ella desvió la mirada hacia Nathan, no deseaba abandonar el aposento, pero comprendió que él tenía razón. Estaba embarazada, sólo lo sabían Maya y Áquila, tenía que pensar en su hijo. Sin embargo, Halmir, que era un inmortal muy astuto y que además, estaba dotado de una mente extraordinaria, intuyó que ella le ocultaba algo. Kali había tomado todas las medidas necesarias para evitar que el padre de Nathan o su propio padre descubrieran su gran secreto. No deseaba decirles nada, no era el momento adecuado.
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    453 Sin embargo, lasmedidas tomadas por la joven no valieron de nada ante la astucia de Halmir, pues éste utilizando su poder psíquico no tuvo problemas para descubrir lo que celosamente guardaba Kali en su subconsciente. Leyó sus pensamientos como en un libro abierto. Un secreto que se veló en su mente mientras ella estaba en el aposento. Halmir, era un ser iluminado, una inteligencia superior y como tal, hizo gala de un hermético silencio. Por regla general, era muy difícil ocultarle algo, sólo su hijo podía hacerlo. Kali tomó las manos de Nathan entre las suyas, sólo un instante. No deseaba irse sin llevarse consigo la esencia de su ser amado. Posó su rostro sobre el pecho de él y estalló en un llanto amargo. Había creído que su vida al fin, cambiaba; que ambos serían felices juntos, cuando la desdicha volvió a cebarse con ellos. Halmir se acercó a ella y apoyó una mano sobre su hombro. ⎯El estado de mi hijo puede hacer perder la cordura a cualquiera, no dejes que te afecte. Tienes que ser fuerte, él lo querría así. Kali se irguió y con un pañuelo se secó las lágrimas. ⎯De acuerdo ⎯dijo, sin desviar su mirada de Nathan⎯. Seguiré tus consejos. Rompió de nuevo a llorar. Su angustia contagió a Halmir, pero éste haciendo acopio de todo su aplomo la ayudó a levantarse de la cama y cuando la tuvo frente a él, le habló seriamente en un intento desesperado por trasmitirle la serenidad que había perdido. ⎯Escúchame, Kali. Cuando veo a mi hijo que se retuerce de dolor con la muerte siempre acechándole, yo también me hundo y lloro como estás haciendo tú. Pero soy consciente de que no arreglo nada llorando. Nathan no se recuperará por mucho que nosotros nos hundamos. ¿Entiendes? Kali asintió, sin pronunciar palabra. Halmir cogió la capa y acompañó a la joven hasta el
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    454 umbral del aposento,allí se la puso sobre los hombros y abrió la puerta. ⎯Descansa ⎯le dijo, luego le dio un beso en la frente. La joven se adentró en el corredor, cabizbaja. Su estado de ánimo oscilaba entre la euforia y la tristeza. Le había prometido a Áquila que pasara lo que pasase seguiría adelante, pero le ha bastado un día entero velando a Nathan para llegar a pensar que no podrá cumplir su palabra. Lo amaba demasiado y no podía concebir la vida sin él, ni siquiera con un hijo suyo en sus entrañas. Lo quería a él, a Nathan. Y sólo a él. Halmir se apoyó en las puertas macizas del aposento de su hijo y en un ataque de ira, golpeó con todas sus fuerzas la madera revestida de oro con los puños hasta que le sangraron los nudillos. Estaba agotado y atormentado por el sufrimiento y la desesperación. Se dio cuenta de que él en realidad estaba peor que Kali, mucho peor. «Juro que si muere, le vengaré. Lo juro» Nadie oyó los golpes, ni siquiera Nathan. Cuando hubo descargado su rabia, Halmir se detuvo y permaneció en pie, en silencio, un rato. Respiró profundamente para tratar de serenarse. Luego, ya más calmado echó a caminar hacia el lecho. Halmir se sentó en el sillón al lado de su hijo. Permaneció sentado en silencio, sin moverse, con la mente confusa entre mil formas de venganza distintas. Al rato, se levantó y encendió la lámpara de aceite que había sobre la mesita, junto al lecho. Luego con delicadeza, apartó los cabellos rizados que caían sobre la cara de su hijo y se inclinó para depositar un beso en su frente. Mientras lo contemplaba algo se agitó en su interior. «Siempre hay que estar en condiciones de escoger entre dos sendas y mi hijo ni siquiera tiene una», pensó.
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    455 Halmir estaba desgarradohasta las profundidades de su ser. Nathan se estaba muriendo, su inmortalidad pendía de un hilo muy fino, y nadie tenía poder suficiente para impedirlo. Sintió frío. Puso leña en la chimenea y encendió un fuego. Envolviéndose en una capa mullida, el padre de Nathan dio unos pasos hasta los ventanales. Corrió los cortinajes que daban a la terraza. Inmóvil, de espaldas a su hijo, miró nostálgico hacia los jardines. Lo recuerdos de Nathan eran muy fuertes, no pudo soportarlo y volvió de nuevo al sillón. Permaneció sentado en silencio más de una hora, con la capa envuelta en torno a sus vestiduras, mientras su hijo seguía inconsciente. Lo oyó murmurar palabras sin sentido. El rostro de Nathan estaba lívido y sus manos temblaban. ⎯Kali… Su voz no fue más que un susurro. Su padre se levantó del sillón y se sentó junto a él. Tomó sus manos temblorosas entre las suyas. ⎯Kali… Halmir al oírle sintió un intenso dolor en el corazón. ⎯Nathanian… Acarició su rostro perlado a causa de la fiebre. Su hijo abrió los ojos, pero éstos estaban vidriosos. La borrosidad le impedía ver con claridad. Se revolvió entre las sábanas, con la respiración muy agitada. ⎯Duerme, hijo. ⎯No… ⎯Estás muy enfermo. Debes dormir. La voz de su padre llegó a la mente de Nathan muy confusa. ⎯No… Jadlay… ⎯balbuceó⎯. No puedo morir, ten… tengo… que ayu… ayudarle. El mundo se volvió negro de nuevo. Las punzadas de dolor recorrían todo su ser, dejándole sin aliento. Las
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    456 convulsiones que sacudíansu cuerpo se hicieron más intensas. Su corazón latía atropelladamente. Sufrimiento y más sufrimiento, tal y como Apofis deseaba. En su mente retumbaban las perversas carcajadas del Ser espectral y la agonía de la fiebre volvía a él como la peor de las pesadillas. Gritó. Cerró los ojos. Volvió a gritar de nuevo. Maya que hablaba en el vestíbulo con uno de sus ayudantes, oyó los gritos y entró tromba en el aposento. Nathan en su agonía buscó consuelo en ella, la mujer que amaba. ⎯Kali… Halmir, sobresaltado por la irrupción, se volvió hacia el umbral ⎯¿Traes el sedante? ⎯Sí. Maya preparó el inyectable tan rápido como pudo. Estaba muy nervioso, gotas de sudor caían de su frente. De pronto Nathan sintió un pinchazo en la muñeca, la apartó bruscamente y la aguja, muy afilada, rajó la carne, seccionando una gruesa vena, la sangre brotó a raudales. Halmir trinó ante la negligencia. ⎯¡Joder, Maya! ¡A ver si tienes más cuidado! El médico se secó el sudor de la frente, chorreaba. ⎯Lo siento, Halmir. De verdad que lo siento. Entre jadeos, Nathan abrió los ojos y volvió a gritar. ⎯¡Nooo! ¡Kaliiii! Maya paró la hemorragia rápidamente y vendó la muñeca con un lienzo fino de algodón. Luego, con más calma volvió a inyectarle el sedante. ⎯Padre… ⎯No hables, Nathan. ⎯Halmir acarició el rostro de su hijo, con el corazón encogido⎯. Duerme. Sus párpados se cerraron. No quería dormir, tenía miedo de no despertar. Poco a poco, los dolores y los delirios fueron cediendo y una
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    457 oscuridad muy profundase lo llevó consigo. Después de unos momentos de angustia en los que Halmir creyó que iba a perder definitivamente a su hijo, éste se relajó y su respiración se tornó tranquila. La crisis había pasado. Los Dragones Negros cabalgaban sin prisas rumbo al palacio. Siguieron el curso del arroyo, escuchando el discurrir del agua helada sobre las rocas, y luego cortaron a campo traviesa para llegar al sendero del manantial. Se extendía ante ellos, angosto y lleno de hierbajos. Aquel camino era el más rápido para llegar al palacio. Alfeo pensaba en lo qué diría su hermana al verlo aparecer junto a sus compañeros en palacio. ¿Y su padre? Tenía miedo a sus reacciones. Le asustaba la idea del rechazo, pues la llama del recuerdo seguía viva en su mente. Recordó el pasado, el día que el hijo inmortal de Ishtar, Shaiton, dejó de existir para convertirse en Alfeo. La visión de aquél día volvió a su mente. «…Padre, no puedes confinarme en este odioso lugar. ¡Quiero ver otro mundo aparte de este!» Recordó como su padre se reía de él. «¿Mundo? Tú no conoces más mundo que este. ¿Cómo crees que te desenvolverás ahí fuera?» Sus súplicas. «Padre, quiero ir a Jhodam» La negación de Nathan a su petición de formar parte de su escolta. La desconfianza de su padre, el enfrentamiento del rey con Halmir por su causa. Y por último, las palabras que levantaron un muro infranqueable entre él y su padre aquella mañana en el Monte de las Ánimas, cuando Nathan se preparaba para irse a las Cavernas de Hielo. «Shaiton, si quieres irte, vete. Pero una vez abandones este templo no te dignes en volver. Tú, sólo tú, serás responsable de tus
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    458 actos» Cuando Nathan regresóa Jhodam, el hijo de Ishtar, cansado de ir a ninguna parte le pidió ayuda en secreto. El rey accedió en secreto a sus peticiones y a partir de ese momento, se forjó una personalidad nueva que acabó desembocando en lo que es ahora: Alfeo, un Dragón Negro al servició secreto del rey de Jhodam. Con la nueva situación, las diferencias entre Shaiton y su padre se volvieron insalvables. Tanto tiempo viviendo en la clandestinidad por no querer encontrarse con su padre que ahora… no sabía como enfrentarse a él. En el palacio, los soldados de la guardia real vieron llegar a los seis encapuchados y se dirigieron hacia ellos: ⎯¡Alto! Los Dragones Negros detuvieron sus caballos. A la espera. Alfeo desmontó y desenvainó su espada, que brilló de modo amenazador o eso le pareció al guardia, que retrocedió un paso, igual que sus otros compañeros. Pero el jinete encapuchado no tenía ninguna intención de usarla, simplemente quería enseñar a los soldados la insignia dinástica del rey de Jhodam. ⎯Dejémonos de bienvenidas ⎯anunció Alfeo⎯. Somos los Dragones Negros y solicitamos el acceso al palacio, sin demora. La expresión del guardia era dura; sin embargo, tuvo que ceder, no podía negarles la entrada. Eran emisarios del rey. Miró a los demás soldados y con una seña suya, bajaron sus armas. ⎯De acuerdo ―dijo―. Pero antes de pasar, estáis obligados a entregarnos las armas; no se permiten en presencia del rey. ⎯Ningún dragón ha entregado jamás su arma
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    459 ⎯masculló Alfeo⎯, noveo por qué tengo que hacerlo ahora. ⎯Estamos en guerra, señor. Nuestras medidas de seguridad en estos momentos son especiales y no pueden ser revocadas ⎯añadió el guardia sin perder la seriedad⎯. Acate mi orden o no se le permitirá la entrada. Necó miró a su líder, no convenía aumentar la tensión que en ese momento existía. ⎯Alfeo, ellos tienen razón. En palacio no necesitamos las armas. ⎯¿Y si tengo que defender a mi rey? ⎯le preguntó. El guardia se apresuró en intervenir. ⎯Eso no será necesario. El rey ya está debidamente protegido. ⎯¿Ah, sí? ¡Con esas vamos! ―exclamó Alfeo, exasperado―. Pues permitirme que os diga una cosa… El rey no estaba tan protegido cuando fue envenenado. El resto de los dragones se quedaron de piedra antes las palabras de su líder. Alfeo farruco no enfundó su espada, sino que la alzó y muy alto. ⎯Voy a traspasar la arcada con mi arma y el primero que trate de impedírmelo se las verá conmigo, y con el rey. ¿Ha quedado claro? El guardia insistió. ⎯Pero, señor… ⎯dijo⎯. Tenéis que comprender… nosotros también cumplimos órdenes. Los soldados, preocupados porque la decisión que habían tomado de no dejarles pasar podría acarrearles serios problemas con el rey si éste se recuperaba, se quedaron un instante indecisos. Realmente, ellos no sabían que hacer ante aquella muestra de autoridad. Finalmente decidieron. ⎯Os permitiré la entrada, pero os ruego que enfundéis vuestras armas. Alfeo sonrió satisfecho. Se quitó la capucha, dejándose ver. ⎯¡Eso está hecho! Sus compañeros desmontaron en silencio, y mientras
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    460 unos mozos sellevaban los corceles a las caballerizas, los dragones eran escoltados hasta la sala de recepción. Mientras caminaban, asombrados, por el suntuoso e iluminado corredor, traspasando dependencias y más pasillos para llegar al mismo centro del palacio, el líder de los dragones, aún sabiendo lo que ocurría, no dejaba de hacer preguntas. ⎯¿Tan mal está el asunto? ⎯preguntó Alfeo, mirando al guardia que tenía justo al lado. Era muy bajito comparado con él. ⎯Sí. ⎯Afirmó⎯. En estos días se decidirá la suerte de Jhodam. ⎯¿Supongo que nuestro rey sigue vivo? ⎯Sí, pero está muy grave. El guardia levantó la cabeza para mirar a Alfeo. ⎯¿Me permitís que os haga una pregunta? ⎯Sí, por supuesto. ¡Desembucha! ⎯Si nadie, excepto el rey, os conoce ¿qué esperáis encontrar aquí? ⎯Reencontrarme con mi padre y ver a mi hermana. ⎯¿Cómo dice? ⎯Sí, mi padre. Ishtar. Al guardia lo miró con los ojos desorbitados. Se detuvo en seco, tras él, todos. ⎯¿Vos sois hijo del venerable Ishtar? ⎯preguntó, perplejo. ⎯Así es. Pero os rogaría que antes de ladrar a mi padre que estoy aquí, llamarais a mi hermana Kali. Deseo verla a ella primero. El guardia tragó saliva. ⎯Veré que puedo hacer. Llegaron a la sala de recepciones. Los guardias que los habían escoltado se quedaron en el vestíbulo, mientras que los Dragones y el guardia principal entraron en el interior. ⎯¿Cómo os llamáis, soldado? ―preguntó―. Me gusta saber con quién hablo. ⎯Abner, señor.
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    461 ⎯Bien, Abner. ¿Meharéis el favor de avisar a mi hermana, sin gritar a los cuatro vientos que los Dragones Negros están en palacio? ―Alfeo sonrió―. No queremos infundir el pánico sin motivo, ¿lo comprendes, verdad? El guardia asintió y en silencio se marchó de la estancia, casi con el rabo entre las piernas. Cuando le comunicaron a Kali que su hermano Alfeo estaba en palacio, sintió como se le desbocaba el corazón. Salió apresurada de su aposento y echó a correr a través del corredor. Si no tenía bastantes problemas, ahora debía de añadir otro más. Al llegar, entró en la estancia como una exhalación. Su capa dio bandazos del nerviosismo que llevaba encima. ⎯¡Alfeo! ¿Se puede saber qué haces aquí? El dragón miró a sus compañeros y luego, echó una sonora bufada. ⎯Esperaba otro recibimiento, hermanita. Kali le agarró del brazo. ⎯No has respondido a mi pregunta, ¿qué haces aquí? ⎯Vengo a ver a nuestro padre y a Nathan, por supuesto. ⎯Me temo que no podrás ver a ninguno de los dos. Alfeo apartó los dedos de su hermana, que en ese momento apretaban su piel con fuerza. ⎯¿Acaso vas a impedírmelo? Los compañeros de Alfeo guardaron un estricto silencio. De las acciones de su líder no podían opinar, pues si éste se había presentado en palacio sin avisar era porque una hermosa y misteriosa dama llamada Saphira así se lo había aconsejado. Kali estaba que trinaba. ⎯Después de cuarenta y un años sin tener contacto con nuestro padre, ¿deseas verle? ―preguntó―. ¿Ahora? ¿Quieres que le dé un ataque al corazón? ⎯Tranquila, por muchos ataques que le den, no morirá.
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    462 ⎯¡Por los dioses,Alfeo! ―exclamó ella―. ¿Es qué no corre sangre por tus venas? Alfeo tensó la mandíbula ante la respuesta que iba a darle a su hermana. ⎯Sí, tengo sangre en mis venas. Pero nuestro padre la heló toda. Kali vaciló, y con rapidez se apoyó en la pared para no caerse. La presencia en palacio de Alfeo la había sorprendido tanto que, desencajada, no sabía donde ponerse. Alfeo se preocupó por el gesto de su hermana. ⎯¿Estás bien? ⎯No, Alfeo. Yo no estoy bien, nadie está bien. Me temo que no has elegido un buen momento para… De repente, una voz vigorosa y firme tronó como un volcán en erupción, interrumpiéndoles desde el umbral de la sala. Kali se llevó una mano al corazón, reconoció la voz de su padre; por un momento, llegó a pensar que iba a desmayarse. Alfeo, que no recordaba su voz después de tanto tiempo, descubrió quién era al ver la expresión del rostro de su hermana. No se atrevió a volverse. El momento de la verdad había llegado: o huía como un cobarde o aceptaba su destino. ⎯Un buen momento, ¿para qué, hija? ⎯preguntó Ishtar, mientras se acercaba hasta el grupo. Los Dragones Negros, excepto Alfeo, le dedicaron una ligera reverencia. Ishtar les correspondió de la misma forma, éste nada más ver las insignias, adivinó quiénes eran. ⎯Vaya, vaya ¿a qué debemos esta visita? Áquila informó a Halmir de vuestra inmediata intervención. ⎯Les preguntó. Ishtar miró al joven que le mostraba la espalda y luego, miró a su hija, ésta cabizbaja no se atrevía a elevar su rostro. La verdad de lo que ocurría en la sala, lo delataban sus ojos. Ishtar volvió a mirar al muchacho que estaba frente a su hija. ⎯¿Qué ocurre? ¿Por qué no te das la vuelta, muchacho? Kali rompió su silencio.
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    463 ⎯Padre, tengo quedecirte algo muy importante… Ishtar alzó una mano e interrumpió a su hija. ⎯Ahora no, Kali. El inmortal con un impulso arrebatador, agarró el brazo de Alfeo, obligándole a mostrarse ante él. ⎯Estoy hablando contigo, muchacho. Alfeo hizo un gesto de desdén y se deshizo de la opresión. Inmediatamente después, se volvió, encarando la situación. ⎯Yo… soy… Ishtar al ver al muchacho frente a frente, creyó morir. No podía dar crédito… Su misma cara, sus mismos ojos y su misma arrogancia. El inmortal palideció de repente. ⎯¡Shaiton! En ese instante, se hizo un silencio opresivo, que duró tan sólo unos segundos. ⎯Hola, padre. «Mi hijo…», pensó Ishtar. El corazón se le heló en el pecho. Se pasó dieciocho años buscándole hasta que se hizo a la idea de que estaba muerto, que había perdido su inmortalidad en algún enfrentamiento con los hechiceros de la oscuridad o que su propia ambición lo había engullido sin dejar rastro. Hubo un emisario del norte que llegó a informarle de su muerte… Le habían mentido. Ishtar, sin moverse, dirigió a su hijo una mirada larga, escudriñadora. ⎯Ya veo que las noticias de tu muerte eran infundadas. ⎯Lamento decepcionarte, padre ⎯repuso Alfeo⎯. No hace falta que saltes para abrazarme; no quiero que te canses. ⎯¿Cómo has sido capaz? ⎯preguntó Ishtar exasperado⎯. Nos olvidaste. ⎯¿Yo? ―preguntó, ofuscado―. Te recuerdo que fuiste tú quien me dijo que no volviera a ti si me iba. Obedecí tus órdenes. Los compañeros de Alfeo parecían atónitos ante el cariz que estaba tomando el enfrentamiento entre padre e hijo; sin
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    464 duda, jamás habíanpensado que su líder se atrevería a reencontrarse con su padre. Sin decir nada, salieron al vestíbulo. Eran asuntos familiares y tenían que arreglarlos entre ellos. En el interior de la sala, Ishtar y sus hijos seguían sumidos en los ennegrecidos rencores del pasado, cuando de repente fueron interrumpidos por Morpheus y Halmir, que habiendo observado cierto alboroto en el vestíbulo central decidieron averiguar lo que estaba ocurriendo. La sorpresa fue mayúscula. ⎯¡Shaiton! ⎯dijo Halmir, sorprendido. Alfeo dio unos pasos hacia él y le hizo una reverencia al padre del rey. ⎯Excelencia… Me alegro de veros. Halmir se quedó completamente tieso al comprobar que Shaiton era nada más ni nada menos que un Dragón Negro. Morpheus, por su parte, saludó al joven con un gesto y luego se sentó en un sillón, pensativo; él no era el único que tenía problemas con su hijo. Kali parecía una estatua, nadie le prestaba atención, era como si no estuviera allí. No se atrevía a decir nada, ni siquiera a sonreír. Había hecho todo lo posible para mostrarse fuerte; lo hacía por Nathan y por Alfeo, su hermano tan testarudo. Dejó a un lado la desesperación y los llantos, como si fueran vestiduras que no se ponía… Pero, no; en aquel momento se dio cuenta de que siempre había estado ataviada con ellas. ⎯No puedo más ⎯dijo, mientras miraba a su familia, a Halmir y a Morpheus. Ellos se volvieron bruscamente hacia ella. Las lágrimas nublaron sus ojos⎯. Nathan está agonizando. Mi hermano está provocando un cataclismo familiar con su regreso y tú, padre… Ishtar sin entender lo que le ocurría a su hija y olvidándose por un momento de Shaiton, la interrumpió. ⎯Kali… ¿Qué ocurre? La joven miró a su padre y luego, a su hermano.
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    465 ⎯No sé quiénde los dos me inspira más compasión… ⎯ dijo⎯. Pero, por favor, arreglar vuestras diferencias, porque sino moriré con Nathan. ⎯No digas eso, hija. ⎯No tengo ilusiones, ni esperanzas ⎯lamentó Kali⎯. Sólo deseo que la muerte venga a mí para aliviarme de tanto sufrimiento. Sin más que decir, la joven se marchó de la sala con el rostro invadido de lágrimas. Ishtar afligido por el sufrimiento de su hija, trató de detenerla, pero no lo consiguió. Kali se perdió en los corredores, alejándose cada vez más. Ishtar, ofuscado, estrelló su puño contra la pared. Halmir sacudió la cabeza, harto de tanta disputa. Ellos eran inmortales, tenían que dar ejemplo de fraternidad y en esos momentos, parecían de todo menos fraternales. ⎯Hasta un ciego podría ver que os despreciáis el uno al otro. Sí Nathan estuviera bien, os rebanaría la cabeza a los dos. Ishtar fulminó a Halmir con la mirada y luego hizo lo mismo con su hijo. Contempló sus ropas, su figura, sus armas… ⎯Los Dragones Negros son sicarios, iniciados por el propio rey de Jhodam ⎯afirmó con seguridad⎯. Nathan sabía que estabas vivo, te ocultó, te instruyó en sus artes y no me dijo nada… Halmir se exaltó al oír aquellas palabras. ⎯¿Acaso le preguntaste a mi hijo? No. Decidiste que era mejor creer en la palabra de un emisario desconocido. ⎯Dieciocho años, Halmir ―replicó Ishtar―. Ese es el tiempo que pasé buscando a mi hijo y ahora aparece como si no hubiera ocurrido nada. Ishtar maldijo entre dientes. Ya no confiaba en nadie. Nathan había ocultado deliberadamente a Shaiton, y siempre con el beneplácito de éste último, claro; le ayudó desde siempre. «¿Por qué, Nathan? Una palabra tuya, hubiera sido
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    466 suficiente para yoestar tranquilo; pero no, seguiste el juego de mi hijo y me ocultaste la verdad.» La lealtad de Ishtar hacia el rey se tambaleaba. La tensión subió por las nubes. Morpheus, cabizbajo, no hacía más que sacudir su cabeza de izquierda a derecha, suspirando uno y otra vez, sin encontrar alivio. Como inmortales, estaban perdiendo la esencia que los caracterizaba. El estado actual de Nathan los había conducido a todos hacia el camino de la amargura, la desconfianza y el temor por sus destinos. Se levantó del sillón y se marchó con la capa ondeando a la espalda. Ishtar y Halmir se carearon el uno al otro, ajenos a Alfeo, que harto también de ver como discutían, abandonó la estancia sin que los dos inmortales se percataran de ello. En el vestíbulo, Alfeo se reunió con sus hombres y en total silencio, echaron a caminar en dirección al aposento real. Como desconocían su ubicación exacta, deambularon por los pasillos, rodeados de columnas salomónicas acanaladas, con graciosa forma espiral e iluminadas en lo alto del fuste, muy próximos al capitel por unas lámparas con forma de tridente y claraboyas colocadas en el techo. Los Dragones eran almas inquietas y osadas, rasgos que habían adquirido del mismo rey de Jhodam. Acostumbrados como estaban a su austero confinamiento, bajo la superficie de la tierra, en una cripta alejada de la ciudad, aquel derroche de lujo y esplendor les pareció una irrealidad. Estaban fascinados. Al llegar, justo delante de la maciza puerta, se encontraron con un grupo de centinelas que les cerró el paso, impidiéndoles acceder a la residencia real. ⎯¡Alto! ⎯les gritó⎯. No se permite el acceso a las dependencias privadas del rey sin previa autorización. Alfeo, exasperado, desenvainó su espada. ⎯Está es mi autorización. ⎯El Dragón enseñó la insignia real al centinela⎯. Dejadme pasar o lo lamentaréis. El guardia se meó, metafóricamente hablando, en sus
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    467 calzas. Miró asus centinelas con los ojos desbordados por el terror al comprender el significado de la insignia tallada en la fina hoja de acero. Su rostro se tornó pálido y rápidamente ordenó el descruce de las lanzas. Alfeo, muy persuasivo, se volvió hacia sus hombres. Su carta de presentación siempre daba los mismos resultados. ⎯Esperadme aquí, no tardaré. Los dragones no replicaron la orden de su líder. Instantes después de que Alfeo hubo entrado en la estancia real, uno y otro bando intercambiaron miradas inquisidoras. Fulminándose como si fueran enemigos. Eran aliados; protegían al rey, unos y vengaban al rey, otros, pero en esos momentos de tensión no lo parecía. La rivalidad era patente porque los Dragones Negros, quizá por su condición de sicarios sin escrúpulos eran muy famosos en todo Nuevo Mundo y a la vez, envidiados. Alfeo se deslizó a través del aposento con verdadero sigilo, tenuemente iluminado gracias al hermoso fuego que crepitaba en la chimenea. En la oscuridad, buscó el lecho real y cuando lo encontró, en el fondo de la estancia y recubierto con un dosel de seda blanca casi traslúcida, se acercó con el corazón palpitándole a toda velocidad. El rey, con el rostro cubierto por un fino velo perlado a causa del sudor que le provocaba la fiebre, gemía sumido en un intenso dolor. Alfeo se estremeció al verle en ese estado. Era incapaz de dar crédito a los que estaba viendo. Se dio cuenta de que todo lo que había dicho Áquila sobre el rey era cierto. Y Su venganza adquirió un valor nunca antes tan cotizado. Se sentó a un lado de la cama y tomó su mano derecha, la besó. El rey estaba despierto, pero las fiebres lo tenían atrapado al otro lado de la realidad, sumido en un estado delirante que desgarraba el alma. Nathan al sentir el contacto de una mano fresca sobre la suya, ladeó la cabeza y
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    468 entreabrió los ojos,volviendo por unos instantes al mundo de los vivos, más lúcido que de costumbre. Reconoció quién era, sin dudarlo. ⎯Al… ⎯Cerró los ojos, incapaz de hablar, pues algo tan sencillo le suponía un esfuerzo inconmensurable⎯. Alfeo… El dragón acarició los cabellos del rey con una mano, mientras la otra mano se cerró hasta quedar blancos los nudillos, envuelto en una incontrolable furia al ver la sagrada cabellera convertida en una sombra de lo que fue; estaba mutilada a la altura de los hombros y había perdido su increíble brillo. Con los ojos crispados y un rictus tenso en los labios se dirigió al rey. ⎯Majestad… Áquila nos convocó y ejecutamos la sentencia en vuestro nombre ⎯dijo⎯. Male-Leel y tres hechiceros negros ya arden en el infierno. Nathan era consciente del significado de aquellas palabras. Male-Leel había traicionado su confianza y poco importaba, si ella había actuado contra él por decisión propia o influenciada por una entidad oscura como el Ser espectral, Festo o cualquier otro hechicero al servicio de la Oscuridad. En esos momentos, en los cuales estaba atormentado por la fiebre y el dolor, no sintió ningún tipo de remordimiento, ni compasión por sus almas. De repente, Nathan alzó una mano y agarró la túnica de Alfeo, éste, muy preocupado, siguió con sus ojos el gesto. El rey observó las vestiduras desgarradas y sucias e inmediatamente comprendió… ⎯Luchamos contra esferas centinelas ⎯dijo con un gesto cargado de expresividad⎯. Fuimos emboscados por una arpía y la cámara de los hechiceros, después de nuestro mágico contraataque, se desplomó ante nuestras narices y a punto estuvimos de ser engullidos. Las llamas diabólicas trataron de alcanzarnos y… Nathan le soltó e hizo un gesto como si tragara saliva. ⎯Ya… Alfeo, ya. ⎯Majestad, hay toda una conspiración contra vos. El Ser
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    469 espectral que osmortifica es… Nathan alzó la mano, interrumpiéndole. ⎯Lo sé, Alfeo. Pero ya no me importa, ellos han ganado. Alfeo se inclinó y posó su cabeza sobre el torso del rey, éste puso su mano izquierda sobre la cabellera del inmortal. ⎯No debéis rendiros ⎯susurró⎯. No pienso permitirlo. Encontraremos un antídoto, os salvaremos. Alfeo levantó la cabeza y miró al rey, éste le miraba con ojos turbios y una expresión de dolor en su rostro. ⎯Es demasiado tarde ⎯Sentía que le faltaba la respiración, el dolor era intenso, pero luchaba para mostrarse todo lo íntegro que le permitía su estado⎯. Ningún antídoto puede salvarme ⎯hizo una pausa para recuperar el aliento, estaba agotado⎯. Escúchame, Alfeo… Quiero que protejas a tu hermana, ella será reina de Jhodam cuando yo deje de existir. Es posible que Kali este… Nathan dejó en suspenso sus últimas palabras, no pudo continuar; las náuseas angustiaban su boca, amenazándole con vomitar. Alfeo cabeceó. ⎯No os dejaré morir. Juro que lo impediré. Nathan había traspasado el límite de sus fuerzas y sentía los párpados muy pesados. Las sombras volvían a él para llevárselo al abismo, allí lo atormentarían para no despertar jamás. Luchó. Con un gran esfuerzo, Nathan se hizo con un poco de aliento, el suficiente antes de cerrar los ojos y sumir su mente en el olvido. ⎯Reconcíliate con tu padre ⎯dijo⎯. Por favor, Alfeo… hazlo por mí. Dichas esas palabras, el cuerpo de Nathan se relajó y Alfeo, desgarrado, hundió los dedos en las sábanas, liberando unas lágrimas de impotencia.
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    470 Halmir se detuvoante la puerta del aposento de su hijo, y uno de los centinelas apartó la lanza, dejándole pasar. Antes de cruzar el umbral, miró, extrañado, a los Dragones Negros que esperaban pacientemente en el vestíbulo y supuso que Alfeo estaba en el interior. Entró y sin mirar hacia el lecho, dio unos pasos rápidos hasta el ventanal y descorrió bruscamente los cortinajes. La luz entró, iluminando todo el aposento. Alfeo seguía con su rostro hundido en el pecho del rey totalmente ensimismado, ni siquiera se percató de la presencia de Halmir, éste sorprendido, se acercó al lecho. Su rostro severo y sus ojos grises, ahora terriblemente fríos, contemplaron unos instantes la estampa que tenía ante él: su hijo era el ser más amado que existía en el universo, si alguna vez tuvo dudas, ahora éstas se habían disipado por completo. Halmir golpeó suavemente la espalda de Alfeo. ⎯Shaiton. El joven inmortal despertó de su abstracción, se giró y vio a Halmir de pie. Le dedicó una sonrisa y se irguió. ⎯Dígame, ¿cómo lleva está tragedia? ⎯La verdad es que no muy bien, Shaiton. No muy bien ⎯admitió Halmir con amargura⎯. La posibilidad de perder a mi hijo me está enloqueciendo. Busco vengarme de Festo como un loco y no cejaré en mi empeño hasta que mi espada traspase sus entrañas ⎯suspiró, penosamente⎯. Las fuerzas oscuras han jugado fuerte y esta vez, sí que están en condiciones de llevarse a mi hijo, si no lo impedimos antes. Caminaron hacia el umbral. ⎯Supongo que te preguntarás por qué he decidido volver ⎯dijo Alfeo. ⎯Pues si me lo he preguntado, pero prefiero que seas tú mismo quién me lo diga; si quieres, claro. No pienso obligarte. ⎯Una entidad de los Seres, llamada Saphira, me aconsejó olvidar los rencores del pasado ⎯empezó diciendo Alfeo⎯. Me hizo testigo de una visión y adquirí una deuda
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    471 con mi propiodestino. Fue una experiencia única. Debes creerme, Halmir, la magia de los bosques, del mismo Sanctasanctórum y de los Seres ha despertado y esto tiene que ver con lo ocurrido al rey. Estoy completamente seguro. ⎯Lo sospechaba ¡Saphira! ⎯exclamó Halmir⎯. La dryadis, la Guardiana del Panthĕon Sacrātus, que lleva en su sangre los genes del Basilisco y que a su vez, es un dragón de fuego. Alfeo abrió los ojos como platos ante aquella afirmación. ⎯¿Dragón de fuego? ―preguntó, sorprendido―. ¿Basilisco? Pensaba que estaban extinguidos. ⎯Extinguidos, no; exiliados, latentes. Hasta ahora… ⎯hizo una pausa⎯, los Seres del Sanctasanctórum desean a mi hijo y no sé si es para salvarle o destruirle. ⎯Para sanarle, supongo. ⎯O para engullirlo ⎯repuso Halmir, preocupado⎯. No estamos seguros. Lo que si es cierto es que la saliva del Basilisco es el antídoto que mi hijo necesita para salvarse. ⎯Entonces, si es así ―repuso Alfeo―. La salvación de Nathan es más que posible… ¿sí? ⎯En cierto modo. ―Halmir no estaba muy convencido―. Pero temo que el Basilisco engulla a mi hijo, en vez de salvarlo. Tu padre no piensa igual que yo y está firmemente decidido a llevarse a mi hijo al Panthĕon. Si aún no ha llevado a cabo su propósito es porque yo no se lo he permitido. ⎯¿Sabiendo que existe esa posibilidad, seriáis capaz de dejar morir a vuestro hijo? Halmir abrió la puerta del aposento e hizo un gesto para que Alfeo saliera el primero. Él le siguió y cerró la puerta. ⎯¿Crees que debería arriesgarme? ⎯La preocupación se reflejaba en los ojos de Halmir; tenía una sombra de duda en la voz. Alfeo hizo alarde de una veteranía increíble siendo tan joven. Nathan, Alfeo y Kali tenía sólo sesenta y dos años, esa edad física y mortal equivalía a unos veinte años inmortales;
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    472 es decir, quelos tres eran realmente unos niños. ⎯Es la única alternativa que tenemos, ¿no? Halmir quedó muy sorprendido por la serenidad que mostraba el hijo de Ishtar. ⎯Sí. ⎯Si morirá de todas formas… ⎯afirmó Alfeo⎯. Dos alternativas de muerte contra una de vida. Halmir, ya sé que no es muy alentador, pero ¿no crees que vale la pena intentarlo? Halmir no respondió al joven; en vez de eso, le hizo una pregunta. ⎯Dime, si tú fueras padre… ¿abandonarías a tu hijo, dejándolo a merced de una bestia que podría fulminarlo con solo mirarle? Alfeo se dio cuenta de que el padre del rey había llegado a un conclusión equivocada. ⎯No se trata de abandonarlo, Halmir ⎯respondió con firmeza⎯. Yo jamás abandonaría a un hijo mío, pero si la muerte es la única opción posible, no dudaría. Con tal de tener una mínima esperanza, yo entregaría a mi hijo a quién tuviera el poder en sus manos para cambiar su inevitable destino. Halmir reflexionó unos instantes la respuesta que le había dado el joven. Justo en ese momento, una figura ofuscada envuelta en una capa gris avanzaba lentamente por el corredor. Era Ishtar. Aguardaron un silencio mientras el venerable inmortal se acercaba a ellos. Ishtar, miró a su hijo por el rabillo del ojo al pasar junto a él, deseaba con todo su corazón correr a abrazarlo, pero su mente se anteponía a esos deseos. Con voz cansada, y un brillo húmedo en los ojos, saludó a los centinelas y entró en el aposento del rey sin dirigir ni una sola palabra a nadie más. Alfeo no hizo nada ante la indiferencia mostrada por su padre. No dejó que le afectara en absoluto y con un temple extraordinario se despidió de Halmir hasta más tarde. Éste,
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    473 antes de queAlfeo abandonara el vestíbulo, llevándose consigo a sus compañeros, le dirigió unas últimas palabras de consuelo. ⎯Es posible que pasado algún tiempo tu padre cambie de actitud. Alfeo hizo un gesto de desdén como si no le importara. ⎯Sí, es posible ⎯dijo⎯. Pero no pienso quedarme mucho tiempo para comprobarlo. Halmir suspiró por aquellas palabras llenas de rencor. Era tarde y estaba agotado. Necesitaba descansar, reflexionar sobre la conversación mantenida con Alfeo y tomar una decisión. Era consciente de que no podía demorarse, pues el tiempo volaba. Ese día extraño y tormentoso, cargado de grandes nubes negras que no dejaron de descargar agua en todo el día, fue un día de reencuentros. La resistencia se reencontró con sus líderes, en los bosques. Mientras que en el palacio real, el reencuentro entre un padre y un hijo, después de cuarenta y un años sin verse, no fue fructífero. Ishtar y Shaiton eran demasiado testaduros para reconocer que ambos tenían razón y que al mismo tiempo estaban equivocados. La noche llegó y había que respetar su silencio.
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    474 Capítulo 6 Nathanian Siento queme elevo. He empezado a recordar. Yo nací mortal o eso creía. Mi padre me puso el nombre de Nathan al nacer, pero ahora, a las puertas de la muerte, recuerdo que mi madre, de pequeño, me llamaba Nathanian. Nunca he sabido el por qué y la verdad, en mi infancia, que sólo me ocupaba de crecer y de jugar a batallitas con mi fiel amigo Deogor… —¡Uf, qué tiempos aquellos! ¡Qué nostalgia!—… no me importó. Sin embargo, ahora, que me debato entra la inconsciencia y la lucidez, he descubierto que aquél nombre que yo odiaba, y que representaba mis orígenes, había sido otorgado por mi verdadero padre, Halmir el Inmortal. «¡Qué destino, madre! Si lo hubiera sabido…» Suelto unas lágrimas, pero creo que no son físicas. Oigo voces a mí alrededor, no distingo. Caigo… Caigo. Las sombras quieren cubrir mis pensamientos, pero yo me opongo. Aún sigo vivo y puedo… ¡Joder! ¡Toda mi vida luchando, ya empiezo a estar un poco harto! Alguien me incorpora. Mi cabeza se va. No puedo marearme porque no percibo esa sensación, sino algo peor. Algo que me arrastra, no sé lo que es; quizá mis recuerdos que vuelven a mi, de nuevo. Trato de abrir los ojos. Me esfuerzo y por fin, lo consigo. Veo… Están cerca, muy cerca. Mi padre está sentado junto a mí, llorando. Maya me toca la frente. Su rostro cambia de repente. Lo sé,
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    475 estoy ardiendo. Lafiebre no baja, me está devorando. Los oigo hablar, de mí. «⎯No queda más remedio, Halmir. Tenemos que intentarlo. No, esa voz… No es Maya. ¿Quién es? Una sutil niebla cubre mis ojos. Parpadeo. Es Ishtar, creo. Sí; si, lo es. ⎯¿Qué estarán planeando? No se dan por vencidos. Veo a mi padre que se vuelve hacia él. «⎯No lo conseguiremos, es demasiado tarde. Lo noto, mi padre está muy cansado. Lleva luchando contra marea desde que yo nací. Las huellas del sufrimiento se reflejan en su rostro, ahora desencajado por las circunstancias que me envuelven. Los tres están muy preocupados. Son conscientes de que cuando el veneno destruya mi inmortalidad, yo moriré poco después. Pues sí algo sé, es que no puedo vivir como un mortal más. Es el pacto, el estigma de la Profecía. Sí; aquél vaticinio que me truncó la vida y que me cambió para siempre. Desde ese día todo me ha ido de mal en peor No quiero recordar. Mientras Maya prepara esa asquerosa pócima que me hace tomar y que me permite olvidarme de los dolores que me atormentan durante un rato, Ishtar y mi padre siguen conversando sobre algo que quieren hacer y que es muy arriesgado. Pero mi padre no está muy convencido, tiene mucho miedo de perderme. Pero, ¿por qué? «… Si de todas formas voy a morir, padre. ¡Qué más da!», pienso. Jadeo. Siento mucho dolor. Gimo. Ellos no me prestan atención, llevo muchas horas así y no parece que mi estado vaya a mejorar, más bien, empeorará. Lo saben ellos y lo sé yo. «⎯No te opongas, Halmir. Debes cumplir con el Juramento Inmortal, no puedes negarte; esta vez, no. Cuando tu hijo pierda la inmortalidad, iniciarás la liturgia para guiar su espíritu hacia el otro lado y después, lo llevaremos al Sanctasanctórum. La saliva del Basilisco es el único antídoto que puede luchar contra ese mortífero veneno. Sí alguien puede salvarle, es él.
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    476 No puedo creerlo que he oído. Me agito entre las sábanas. Ellos se han dado cuenta de mis movimientos. Se vuelven. «Que ¿qué?» ¡La bestia, mitad dragón mitad serpiente! ¡Oh, nooo! ⎯Se me revolvió el estómago⎯ ¡Qué bajo he caído, engullido por un Basilisco! Bueno, si estoy muerto no me enteraré. ¿Es qué no van a pedirme mi opinión? ¿Hay algo peor? No; creo que no. «⎯¿Crees qué…? «⎯No, imposible. Ellos se entienden. Yo los entiendo, pero no comprendo. Mi padre se vuelve a sentar en mi cama, a mi lado. Me coge la mano y murmura, casi en silencio. Pero Ishtar que es muy sagaz le escucha. «⎯Si deseas llevar a cabo tu plan, mi invocación por sí sola no basta, tú habrás de invocar a los Seres… Ishtar interrumpe a mi padre, ambos se exaltan. «⎯¿Habrás…? Creía que querías salvar a tu hijo. Me sorprendes. «⎯Por supuesto, que quiero salvarle. «⎯Entonces, dame una razón para entenderte. Yo en tu lugar, movería los cimientos de Nuevo Mundo con tal de salvar a mi hija. No dudaría, y veo que tú lo haces. Mi padre se calla. Reconoce que él tiene razón, pero a Ishtar se le ha escapado un detalle, pues no sólo tiene una hija, sino que Shaiton también es su hijo, aunque lo ignore. El resentimiento está haciéndole daño, pero pone mucho empeño en que no se note. Yo espero que pronto se reconcilien, aunque creo que eso, yo no lo veré. Espero estar equivocado. Un silencio. Las palabras de Ishtar han hecho que me agite interiormente. Hiervo. Me abraso. Kali… «Te quiero. No estás junto a mi, ¿dónde estás?», la llamo con los pocos vestigios de vida que me quedan. No obtengo respuesta, mental. Ella no está en mi aposento, de lo contrario me respondería de la misma forma.
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    477 Me hundo. Caigoen el pozo de mis amarguras. Unas lágrimas recorren mi rostro. Mi padre se da cuenta de que estoy llorando. Ahora, estoy seguro, él ya sabe que yo estoy escuchando y aunque el veneno no me permite apenas hablar, sí, en ciertas ocasiones, cuando las emociones son muy intensas, puedo manifestarme con todos los poros de mi piel. Me vuelven a incorporar. Mi padre sostiene mi cabeza, mientras Maya me suministra muy lentamente la pócima. Siento nauseas. Vomito. Mi padre me abraza. Llora. «⎯Lo siento ⎯me dice⎯. Te entregaré al Basilisco con la esperanza de recuperarte, hijo. Lo he oído muy bien, vaya si lo había oído. No sé que decir a eso. Con la muerte acechándome y una vida de incomparables hazañas a punto de irse al garete. Yo no quiero que me lleven al Sanctasanctórum, pero cómo evitarlo. Me besa en la frente. «⎯Perdóname. De repente empeoro. Me pongo malo, muy malo. Sufro una intensa convulsión y me retuerzo en sus brazos. «⎯Nathan, por favor… No nos dejes. Maya aparta a mi padre. Ishtar lo agarra del brazo y lo saca a rastras del aposento. Grita mi nombre, el que él me dio al nacer. Nunca se había dirigido a mí con ese nombre, nunca, hasta ese momento. «⎯¡Nathanian! Maya, con el semblante muy preocupado, me recuesta y me toma el pulso. Me palpa, me toca aquí, allá. De improviso siento un pinchazo. Me duele. Lo miró, pero sólo veo una niebla que lo empaña todo. Me queda poco, lo sé. Esta vez, las convulsiones han sido más violentas. Mi cabeza me da vueltas. Me duermo y no sé si despertaré. Mis ojos se cierran. Oigo a Maya que me llama. «⎯Majestad… Yo le contesto, pero no puedo articular palabra. Lo hago mentalmente, no sé si podrá captarme. Sólo espero que sí. «Dile a Kali de mi parte, que la quiero.»
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    478 La negrura seme echa encima. Me azota y me lleva consigo. Me voy.
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    479 Capítulo 7 Juramento Inmortal Eldía siguiente… Los inmortales Halmir e Ishtar, éste último después de hacer las paces por el duro enfrentamiento que ambos tuvieron con motivo de la llegada al palacio de Shaiton, no se separaba de él ni un momento, acudieron juntos al aposento del rey. Nada más cruzar el umbral y vieron a Maya en el interior, intuyeron que no había tiempo, que sí tenían que llevarse a Nathan al Panthĕon, debían hacerlo ya. No podían vacilar, pues ya lo habían hecho durante mucho tiempo. El hilo que unía a Nathan con su inmortalidad era cada vez más fino y éste amenazaba con romperse en cualquier momento. Maya había sedado a su paciente para evitarle las convulsiones que últimamente no le dejaban ni respirar. Pero cuando Halmir se acercó a él y lo vio tan pálido, temió lo peor. Miró a Nathanian, y luego volvió sus ojos de nuevo al apurado Maya. Farfulló algo. ⎯Mi hijo… ⎯No está muerto; aún, no. Ishtar se acercó al ventanal y corrió las cortinas. Había llegado el momento, tenían que llevarse al rey. Miró a Halmir. ⎯Prepara a tu hijo. Nos marchamos. ⎯¿Y la invocación? ⎯No te preocupes por eso ahora. Lo haremos en el bosque. Si queremos evitar lo inevitable, no podemos perder el tiempo. Maya los miró, nervioso. Preocupado por el desenlace
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    480 final. ⎯Te rogaría quenos echases una mano ⎯pidió Ishtar a Maya. El médico no sabía que hacer. La expresión de su cara hizo sonreír al inmortal, sin ganas. ⎯Una forma de ayudarnos es yendo a buscar a mi hija y a Morpheus. Ellos deben acompañarnos ⎯dijo, mientras hacía un gesto para que se diera prisa y no se durmiera en los laureles⎯. ¡Venga, no te quedes ahí parado! ⎯¿Vuestra hija? Eso no es una buena idea. ⎯¿Por qué? ⎯Ella está… ⎯dejó en suspenso lo que iba a decir, casi se le va de la lengua. Le había prometido no decir nada y tenía que cumplir su palabra, pues como Kali le dijo, no era el momento. Halmir no vio nada bien que Ishtar se olvidase de su hijo, pues le gustase o no, él estaba en palacio. ⎯¿Y Shaiton? Él y sus dragones nos pueden proporcionar una ayuda nada despreciable. Ishtar se quedó en silencio unos segundos. ⎯Qué vengan si quieren, pero yo no pienso invitarles. ⎯Necesitamos mucha energía para invocar a los Seres y puesto que con Nathan no podemos contar, tendremos que hacerlo nosotros. Toda la ayuda debería ser bien recibida y más si ésta procede de un hechicero del nivel de Alfeo. ¿Me oyes, Ishtar? Es tu hijo, no lo olvides. ⎯Ya conoces mi postura. Haz lo que quieras. ⎯No tengo ganas de discutir contigo, Ishtar. Pero te aseguro que lo haré, los Dragones tendrán mi invitación formal. ¡A ver si así, dejáis este insensato rencor en el olvido, que os está haciendo daño a los dos! Entre los dos inmortales se hizo un silencio. Con aire vacilante, Maya dio unos pasos hacia al umbral. Se volvió. ⎯Venga, ¿a qué esperas? ⎯insistió Ishtar, rompiendo el silencio.
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    481 El médico abandonóel aposento echando leches. Halmir se dirigió al vestidor, muy nervioso y rebuscó a tientas en los estantes, las prendas de maya y la armadura de su hijo. También cogió la túnica y calzas de cuero y la capa de viaje, la más felpada de todas. Ishtar tocó la frente de Nathan, estaba helada. Miró hacia el vestidor, Halmir estaba haciendo un ruido de mil demonios, escarbando por todos lados. ⎯¿Qué estás buscando ahí dentro? Halmir asomó la cabeza. ⎯Hay que proteger el cuerpo de mi hijo ⎯dijo. ⎯Bien, pero no te demores. Nathan no tiene tiempo. Si se rompe el hilo de su inmortalidad, lo perderemos en cuestión de segundos. Cuando encontró lo que buscaba, llamó a Ishtar y entre ambos vistieron a Nathan. El rey estaba profundamente sedado. No oyeron de él ni un solo gemido ni jadeo, absolutamente nada. Su respiración era casi imperceptible y parecía que no respiraba. Los latidos de su corazón eran lentos, muy lentos. Apenas palpitaba La temperatura de su cuerpo había descendido drásticamente, se acercaba el final. Halmir atenazado por las dudas, miró a Ishtar, éste estudiaba al rey detenidamente. ⎯¿Y si no funciona? ⎯Halmir no empieces. Tú sabes también como yo que no tenemos otra alternativa. ⎯El hechicero puede enterarse de nuestros planes. Ishtar lo interrumpió. ⎯¿Eso crees? ¿Estás seguro? ⎯Sí. Las fuerzas oscuras harán lo que sea para impedirnos llegar al Sanctasanctórum. ⎯Bien. Sí es así, lucharemos contra ellos. Se hizo un silencio momentáneo mientras las mentes de ambos luchaban por encontrar la forma de impedir a Festo o al mismo Nabuc, si se atreviese a intervenir, cualquier acción sobre Nathan.
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    482 Una vez vestido,Nathan fue acostado de nuevo pero sin cubrir con las sábanas. Su rostro ya no tenía rastros de sudor. Estaba mortalmente pálido. Le quedaban unas horas o como mucho un par de días de vida, luego sobrevendría el óbito. Ishtar y Halmir se sentaron a la espera de que Morpheus y Kali hiciesen acto de presencia; el primero, en un sillón; y el segundo, en el lecho, junto a su hijo, recordando momentos de la vida de ambos. De repente, Ishtar se levantó de un brinco igual que se le hubieran dado un latigazo y echó a caminar hacia el umbral. Aquel inoportuno gesto sobresaltó a halmir. ⎯¿Qué ocurre? Ishtar se detuvo un instante y se volvió. ⎯Salgo un momento ⎯dijo⎯. Con las prisas se me ha olvidado ordenar que preparen los caballos. Halmir asintió en silencio. Se frotó los ojos. De repente se sintió muy cansado y bostezó repetidas veces. Unos minutos después, una voz firme lo sacó de su letargo. ⎯Halmir, pareces a punto de caer redondo. ⎯Morpheus estaba en el umbral, mirándole con su usual sonrisa. ⎯¿Eh? ¡Ah, hola!… Te estábamos esperando ⎯miró a su alrededor, buscando a la joven⎯. ¿Y Kali, no está contigo? ⎯Sí, ella ahora viene. Se ha entretenido con su padre y su hermano unos instantes. No creo que tarde. El padre de Nathan cayó en la cuenta de que Morpheus estaba muy al tanto de lo que ocurría en las ciudades que luchaban contra los mercenarios de Nabuc, sus emisarios le informaban de todo cuanto acontecía en la guerra. ⎯A propósito ⎯dijo Halmir⎯, ¿cómo van los asuntos militares? ¿Te han llegado noticias de Jadlay y las tropas? ⎯De mi hijo, no tengo noticias. Pero de las batallas que se han librado en los alrededores de las comarcas de Chamán y Aretas no me han llegado más que malas noticias. La cifra de muertos asciende minuto a minuto ―dijo―. Lo siento. Todo va de mal en peor, nuestros soldados tienen la mente
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    483 puesta en Nathan,no en la guerra. Están deprimidos ⎯hizo una pausa al observar el semblante afligido de Halmir⎯. Espero que se le ocurra algo al todopoderoso Áquila y consiga levantarles el ánimo, pues tal y como están las cosas, yo no les veo futuro, Halmir. De verdad que lo siento. Un suspiro, casi sin aliento. El inmortal inclinó la cabeza, apesadumbrado. ⎯Estamos perdidos ⎯dijo. ⎯La única solución es que Nathan consiga sobrevivir; si él muere, caeremos todos. Él es el motor que mueve Jhodam y con la desgracia que le ha caído encima… ni los arqueros se ven con fuerza de seguir adelante. ⎯¿Y la resistencia? ⎯Los resistentes sitiados en Bilsán aguantan bien, en cuanto a la resistencia encabezada por Jadlay, no lo sé. Espero que bien y sigan adelante, porque una rendición nos dejaría a merced de Nabuc. Halmir tomó las manos de su hijo entre las suyas. Las notó sospechosamente heladas, sin vida. No dijo nada, pero en su interior algo se derrumbaba al recordar los pasos que tenía que realizar a partir de ahora. ⎯Bien, entonces hay posibilidades de que la cosa se anime un poco ⎯dijo el inmortal, apretando con fuerza las manos de su hijo, en un intento desesperado por trasmitirle la realidad que se estaba viviendo en todo Nuevo Mundo, pero Nathan estaba demasiado lejos de allí, demasiado lejos para escucharle. Había traspasado la puerta que comunicaba con el Otro Lado. Había dejado de ser inmortal. De repente, un suspiró de ultratumba invadió el aposento. Morpheus sintió un intenso escalofrío. Cerró los ojos. Ahora, ya no valía la pena replicar las palabras de Halmir. El óbito inmortal llegó y los dejó a los dos muy deprimidos. El asunto distaba mucho de arreglarse, esa era la verdad. Sin embargo, la duda surgió en ellos como las llamas recién
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    484 prendidas. ⎯¿Despertará? ⎯No parece muyprobable ⎯respondió Halmir. ⎯Bien, en ese casó, será mejor que inicies la Liturgia de Invocación de su espíritu ⎯dijo Morpheus⎯. Es necesario que él pueda liberarse completamente para luchar por su vida en el Otro Lado. Eso es lo único que nosotros podemos hacer, el resto depende de lo que quieran hacer los Seres por él. Lo que era evidente es que los inmortales no sabían cuánto tiempo podría seguir latiendo el corazón de Nathan una vez perdida su inmortalidad. Era una incógnita. Halmir nunca dejó de ser consciente de las aspiraciones de Apofis, esta maligna entidad espectral deseaba lo único que no podía tener: a Ra-Nathan de siervo. Halmir respiró hondo, luego sacó su daga ceremonial del cinto y la depositó sobre el pecho de su hijo; después, postró su rodilla en el suelo a los pies del lecho, agachó la cabeza y recitó una salmodia mágica. De pronto la afilada hoja de plata, sujeta a una fuerza invisible conjurada por Halmir, se elevó sobre sus cabezas, y comenzó a vibrar con un resplandor que iluminó todo el aposento, permaneciendo así, incluso, durante el siguiente salmo, una oración ancestral para guiar al espíritu de Nathan hacia el despertar; al finalizar su plegaria, se levantó. La daga descendió y volvió a posarse de nuevo. ⎯Sangre de mi sangre ⎯murmuró Halmir, después de besar la frente de su hijo. ⎯Sangre de nuestra sangre ⎯añadió Morpheus. Justo después de la liturgia llegaron al aposento Ishtar, Kali y Alfeo. Miraron a Morpheus. Ya estaban listos para la partida. Morpheus asintió y apoyó su mano sobre el hombro de Halmir, éste estaba exhausto. ⎯Suceda lo que suceda, os atendréis al Juramento Inmortal. Sólo la muerte puede pagar el precio de una nueva vida y los Seres pueden condicionar su regreso inmortal a
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    485 favor de laQuintus Essentĭa ⎯afirmó⎯. Supongo que lo sabes, ¿verdad, Halmir? ⎯¿Acaso piensas que se está juzgando a mi hijo? Ishtar puso el grito en el cielo al escuchar la pregunta de Halmir. No podía creer que un inmortal de su talla tuviera tantas dudas. ⎯¿Cómo dices? ⎯preguntó Ishtar, algo exaltado⎯. Parece ser que tu sed de venganza te ha trastornado, amigo mío. ⎯Me estás hablando de condicionamientos. ¿Qué quieres que piense? Mi hijo ha perdido la inmortalidad, porque nadie ha sabido controlar el poder de esa serpiente llamada Apofis y ahora me hablas de la Quintus Essentĭa, que se supone, es la divinidad de mi hijo, sumada a su ser. ⎯Sí, Halmir ―afirmó seriamente Ishtar―. Y nosotros iremos al Sanctasanctórum, entregaremos su cuerpo carnal al Basilisco para apelar a esa divinidad que no es más que el otro lado de tu hijo; el dios, no el hombre. Ellos tenían razón. Halmir no podía hacer nada más que reconocer la verdad. La esencia del último dios seguía intacta y por mucho que le pesara a las fuerzas oscuras, seguiría ahí. Algo intangible que, en principio, no se podía destruir con ningún veneno. El problema era que la Quintus Essentĭa, aunque separada en el tiempo y en la distancia, estaba unida a su hijo como éter espiritual, esencia con carne. Si muere el cuerpo, se extinguirían juntos. ⎯Mi hijo olvida constantemente quién es. ⎯Sí; y tú, también. Ishtar como alquimista, astrólogo, matemático y vidente poseía las respuestas a muchos enigmas. Pero no tenía el don de manipular el destino; sin embargo, Nathan, sí. Por esta razón lo envenenaron, para eliminar esa posibilidad de cuajo. Festo había jugado muy bien sus cartas. ⎯La divinidad de Nathan es vulnerable sólo a su propia esencia ―afirmó Ishtar―. Festo y Apofis lo saben y no dudarán en enfrentarse a nosotros con el propósito de
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    486 impedir que nosacerquemos al Panthĕon. Puedes estar seguro, Halmir que si no conseguimos llegar antes de que las lunas se tiñan de escarlata, los perderemos a los dos. ⎯¿Cuánto queda para ese fenómeno? ⎯Veinte horas. Halmir estaba realmente sorprendido y no era para menos, Kali y Alfeo, escucharon todo cuanto se dijo en la estancia, más tiesos que un palo. ⎯¿Desde cuándo sabes todo esto? ⎯Desde anoche ⎯afirmó Ishtar⎯. No dormí pensando en resolver el enigma de tu hijo y el por qué del veneno. Estudié las cartas astrales, el cielo, la posición de las estrellas, las runas, los oráculos y los libros sagrados. Los hallazgos fueron iguales en todas las opciones. Halmir, nos guste o no, estamos ante un cambio de era y ésta parece guiarse por el destino de Nathan. ⎯Gracias, Ishtar. Sin embargo, siento pánico al pensar que tengo que entregar a mi hijo al Basilisco. ⎯Lo comprendo. Pero no tenemos otra opción. Es un riesgo que tenemos que correr. Se hizo un silencio opresivo. A medida que se acercaba la hora de partida, aumentaba la tensión en palacio. Los inmortales sólo podían esperar que los Seres oyeran sus súplicas. A Nathan lo habían perdido y aunque su corazón seguía latiendo, su inmortalidad se había desvanecido. La cuenta atrás se había iniciado y los inmortales no dejaban de pensar en el tiempo que podría aguantar con vida, ahora que se había convertido en un ser mortal. Sólo tenían veinte horas, para tratar de salvar la vida de la deidad y las suyas propias.
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    487 Capítulo 8 Regreso aEsdras Aby miraba con ojos tristes a través de la ventana de su aposento, la catedral. El magnifico templo se elevaba hacia el cielo con paredes de piedra cristalina oscura. Dos obeliscos de más de veinte metros de altura y construidos en piedra jade de color verde, se alzaban majestuosos a ambos lados del portón. Más allá no podía seguir vislumbrando, pues los jardines de los alrededores le impedían la visión de todo el conjunto. Sentía nostalgia de Esdras, de su gente, de sus aldeanos… Suspiró. Vestía una tupida y elegante túnica de seda, larga hasta los pies, de color crema, ceñida a la cintura con una estrecha faja roja y una capa granate de terciopelo, que caía tras su espalda. Sus cabellos recogidos en espiral y hacia atrás, estaban anudados a una cinta de oro que caía sobre su espalda con unos cascabeles en sus extremos. Su bella mirada ambarina estaba apunto de echar alguna que otra lágrima, de esas que no se pueden contener, que emergen del alma y florecen en la superficie convertidas en cristal. El exilio era demasiado para ella. Era consciente de que no podría volver a Esdras hasta que se hubiera producido el derrocamiento del rey Nabuc y eso, la estaba torturando. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza, uno tras otro. El envenenamiento del rey. Su esposo, Nabuc… Un
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    488 hombre al queamaba y odiaba al mismo tiempo. No comprendía, el odio tenía raíces profundas y el amor, era extraño. Estaba echa un verdadero lío. Jadlay y Lamec… Lo reconocía, se sentía atraída por los dos, pues ambos reunían el carácter que ella buscaba en un hombre; Jadlay, era inquieto, audaz; Lamec, sosegado, sereno. Por un instante, también pensó que estaba enamorada de los dos. Sin embargo, a ellos los amaba de un modo diferente, con el corazón. Al llegar a esa conclusión, se dio cuenta de que sus sentimientos hacia Nabuc no eran más que lascivia pasional. Esos sentimientos contradictorios no la dejaban vivir en paz, porque él la violó brutalmente el día que la desposó, bajo la liturgia de un cruel ritual al que se vio sometida de la noche a la mañana, sin opción a negarse. Supo que era un error, no podía estar enamorada de un déspota como Nabuc. Y rechazó la idea inmediatamente. En sus pensamientos también estaba Nathan, la criatura más hermosa que habían visto sus ojos jamás. Su rostro, de facciones perfectas y su piel cobriza, suave y perfumada, eran un deleite para los sentidos. Su melena, rizada, cuidada seguramente por Kali… Nathan era fuego y pasión. Irresistible, enigmático, culto, educado, caballero… Un rey. Un dios. Se notaba de lejos su linaje. La deidad era un manjar exquisito, pero prohibido. Tiempo. Necesitaba tiempo, para poner en orden sus sentimientos. De pronto, su padre y Lamec irrumpieron en el aposento. ⎯Tenemos que hablar, Aby ⎯le dijo el joven. Ella salió de su ensimismamiento y lo miró sin dirigirle la palabra, luego dio unos pasos hasta el sillón; allí, se dejó caer. Temblaba de tal manera que su padre, a grandes zancadas, se acercó a ella, preocupado. ⎯Estás temblando ⎯afirmó Joab, tomando las manos de su hija entre las suyas⎯. ¿Qué ocurre?
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    489 ⎯Nada, padre ⎯Abyapartó sus manos⎯. Estoy bien ⎯alzó su rostro y miró al joven⎯. Dime, Lamec ¿de qué tienes que habladme? El levita se irguió y se sentó en una silla, junto a su hija. Lamec se quitó la capa. En el aposento, hacia calor. ⎯Los inmortales se marchan en una hora y nosotros podríamos pensar en regresar a Esdras, si te parece bien. ⎯No lo dirás en serio ⎯aseguró Aby mientras se levantaba del sillón⎯. ¿Y permitir que la espada de Nabuc caiga sobre nuestras cabezas? ⎯Eso no ocurrirá. Son cuatro días de viaje, seguramente él habrá dejado de existir en ese tiempo. ⎯¿A qué viene esa seguridad? Lamec iba a responderle cuando el padre de Aby alzó una mano interrumpiéndole. ⎯Ha llegado un halcón peregrino con noticias ―afirmó―. La resistencia está a solo cinco kilómetros de Esdras y no piensan detenerse. Atacarán. ⎯No puedo marcharme, no sin antes comunicárselo al rey. ⎯Pero, Aby… Nathan no está en disposición de escucharte y nuestra tierra nos necesita. De pronto, un pensamiento fugaz. «En medio del bosque oscuro como las tinieblas, hay una ciudad amurallada llamada Esdras, una tierra hermosa y…» Aby no pudo seguir pensando. Su tierra, ya no era hermosa; estaba teñida de sangre y muerte. Recordó el sueño que tuvo anoche y del cual no dijo nada a nadie. ⎯El laberinto subterráneo. Una espada… Habló en voz tan baja, que parecía un susurro. ⎯De eso se trata, Aby ⎯dijo Lamec con inusual calma⎯. Una espada para matar a Nabuc. Una espada que te dará la libertad. Joab agarró a su hija por los hombros, y le habló tratando de hacerle razonar. ⎯Nosotros somos esdraníes ⎯afirmó⎯. Nuestro lugar
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    490 está en latierra donde nacimos, no aquí. Cumplimos nuestra misión, ayudamos a Jadlay a escapar del cautiverio y lo acompañamos hasta Jhodam, pero ahora nuestro deber es terminar lo que iniciamos. ⎯Ese deber es de Jadlay. ⎯Sí, es cierto ⎯afirmó Lamec mientras caminaba de un lado a otro del aposento⎯. Pero, ¿y si falla? Él no es inmortal. ¿No te has parado a pensar que ocurriría si él muere antes de cumplir su propósito? ⎯No fallará. Es su destino. ⎯¡Por favor, Aby! Sé razonable ⎯dijo Lamec. Aby se quedó en silencio, reflexionando. Parecía asustada ante la perspectiva de reencontrarse con Nabuc. Después de una larga y tensa pausa, Joab se dirigió a su hija. ⎯Debes decidirte, hija. Aby miró a su padre. Lo hizo. Tomó una decisión. ⎯De acuerdo. ⎯¡Bien! ⎯exclamó el levita⎯. Esta es mi chica. ⎯Ya verás como todo saldrá bien ⎯dijo Lamec⎯. Además, Agar vendrá con nosotros. En aquel momento, al otro lado del palacio se escuchó el estruendo de muchos tambores, perfectamente acompasados. Las puertas del edificio se abrieron y de él salió un escuadrón de arqueros, preparándose para dedicarle un homenaje al rey, con la esperanza de que regresara liberado del veneno que había consumido su divina inmortalidad. La conversación entre los tres cesó. Abandonaron el aposento. En los corredores había una inusual afluencia de cortesanos que se dirigían a la explanada rodeada de obeliscos, junto a la escalinata real, frente a los jardines; en sus rostros se reflejaba una expresión de tensa preocupación. La situación del rey era crítica, pues un mal destino de la deidad provocaría que la oscuridad se cerniese sobre ellos. Aby, Lamec y Joab les siguieron, en silencio, avanzando con decisión.
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    491 Llegaron al exterior,el gentío era abrumador. Nada parecido con Esdras, en donde los súbditos no querían oír hablar del rey Nabuc. En Jhodam, la población se vuelca con su rey, se nota que lo aman. Aby, impresionada, notaba como se le erizaba la piel al presenciar como testigo la ejemplar muestra de cariño de todo un pueblo acostumbrado a la lucha entre los poderes Blanco y Negro. Tenían un rey-dios como máximo gobernante y eso les obligaba a estar preparados para todo. La nueva guerra, después de pasados veinticinco años de la última, no les había pillado desprevenidos. Jhodam era un pueblo guerrero, acostumbrados al uso de la magia y al derramamiento de sangre de sus semejantes, esto último lo soportaban con una estoicidad sin igual. Un don que el propio Nathan, como conductor de su rebaño, se empeñó en trasmitir y consiguió una vez, se convirtió en el último dios. Un don que les permitiría superar los momentos difíciles, convirtiéndolos en dueños de sí mismos y de su propio control sobre la sensibilidad de sus corazones y mentes. Las emociones era humanas y en Jhodam, nadie perdía el tiempo en mostrarse humano, eso se consideraba una debilidad y las debilidades se ocultaban. Nathan no era humano y su pueblo quería ser como él, actuar con su frialdad y amar con su pasión. Aby aspiró la gélida brisa, embriagándose de la heroicidad de aquellas gentes, que con sus manos alzadas hacia el cielo victoreaban el nombre de su gran rey, reverberando los ecos por doquier. Los esdraníes se despedirían de Nathan y de los inmortales, como hacían los jhodamíes para luego, emprender el viaje de regreso a casa. Se miraron los tres. Entre ellos, un vasto silencio.
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    492 Nathanian Dentro del sueñoinducido, se repetía insistentemente un sonido, unos chillidos de halcón, pero cuando me desperté, los ruidos procedentes de la realidad que al filtrarse en el sueño habían provocado aquel efecto habían desaparecido. Lo único que escuchaba eran las voces de mi padre y de Ishtar, confusas, aunque podía distinguirlas; y eso sí, tambores… Muy lejanos. Al desaparecer bruscamente mi inmortalidad me sentí como si estuviera flotando en el espacio, sin saber dónde poner mis pies. Abro los ojos y veo a mi padre frente a mí, mirándome y a Ishtar que se acercaba acompañado de Maya. Estaban conversando seriamente y sus rostros reflejaban una preocupación que me puso los pelos de punta. ⎯Es normal, Halmir. Date un poco de tiempo. Las palabras de Ishtar me sacaron de mis casillas. ¿Tiempo para qué?, pensé. Me costaba trabajo hablar. No podía, después de unos segundos realizando unos esfuerzos innecesarios me di por vencido. Me resigné. ¿Otra vez tengo que sacrificarme como cuando cumplí la Profecía? ¿Realmente era necesario? ¿Por qué no me dejan morir tranquilo? Ni siquiera se han dignado en preguntármelo. ¿Por qué estáis todos tan seguros de lo que hacéis? Mi cabeza turbia por los sedantes me da vueltas. Hay luz en el fondo. Oigo un tintineo. Agudizo el oído, pues es lo único que parece funcionar bien en mi cuerpo. Cascabeles. Suenan desde fuera, cada vez más cerca, y unos instantes después vislumbro una silueta que avanza hacia mí con paso vacilante. Es Kali. Yo estoy despierto, pero como he dejado de reaccionar a cualquier estimulo externo, pues ella parece no darse cuenta.
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    493 Mi éter, osea, yo, estoy preso en un cuerpo que dejará de sentir la vida en cualquier momento. Se acerca y me besa en la frente, Kali esboza una ligera sonrisa y les dice a ellos: ⎯Ya está todo preparado. ⎯Perfecto. Es la hora ⎯afirma Ishtar. ⎯¿La hora de qué? ⎯me pregunto. De entregarme como comida a una bestia. Claro, alguien se tiene que ocupar de él. Debe estar rugiendo de hambre. Yo, a través de mi éter, puedo ver a mi preocupado padre. Él no está muy convencido, pero sé que está obligado a seguir con los planes de Ishtar. Leo su mente, capto su lucha. No puede ser. Pero es. Punto final. Si me dejaran a mí elegir… No tendría dudas. Muerto antes que entregado a las fauces de un Basilisco. Pero ¿qué ve Ishtar en esa bestia inmunda? ¿Acaso saben algo que no se yo? La verdad, a estas alturas ya nada me importa. ¡Qué hagan conmigo lo que quieran! De pronto algo atrajo mi atención, era Kali que estaba a punto de llorar, pero enseguida se repuso. ⎯Vivirá. Ishtar y Halmir la miraron extrañados. ⎯Es posible ⎯dijo Ishtar. ⎯No es que sea posible, es que lo sé. Mi padre se llevó las manos al corazón y la miró con ahínco. ⎯¿Por qué estás tan segura? ⎯Un presentimiento. Yo la miré desde lo alto, se puso pálida. Su padre también se dio cuenta de su repentina lividez. ⎯¿Te encuentras bien? ⎯Estoy un poco mareada. Yo también tenía un presentimiento y éste me mordió las
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    494 entrañas. Kali… Un hijo… ⎯Nodeberías acompañarnos ⎯le dijo mi padre⎯. Este viaje entraña muchos peligros y no es conveniente exponerte. En tu estado lo que te conviene es descansar. En ese instante, miré a Ishtar, él se dio la vuelta bruscamente hacia ellos. Las palabras de Halmir lograron encender su alarma interior, pero no llegó a captar el mensaje. Yo, sí, y me irrité al pensar que él sólo pensaba en una cosa: entregarme al Basilisco. ⎯La necesitamos, Halmir. Ella tiene que acompañarnos. ⎯No te preocupes ―murmuró Kali―. Ya se me pasará. Prefiero estar con vosotros a sola aquí, en palacio. En ese momento, yo sufrí una conmoción indescriptible. Mi mundo se tambaleó y se me hizo incomprensible. Sentí como si alguien hubiera cortado las amarras que me mantenían atado a la realidad, y que me alejaba. Necesitaba morir antes de que me cargaran a lomos de un caballo, sólo así evitaría que ella expusiera su vida y la de mi hijo en una lucha de la que era ajena. Con un hijo mío en sus entrañas, Kali era más importante de lo que nadie pensaba. Era mi heredera y con permiso de mi padre, regente, o sea, la reina de Jhodam y mi hijo, mi sucesor directo. De repente, algo cambió en Ishtar. Él y mi padre estaban levantando mi pesado cuerpo, cuando preguntó algo que obligó a Kali a confesar. ⎯¿Acaso me ocultáis algo? Ishtar me soltó. Mi padre me sujetó con fuerza antes de que diera con mi espalda de nuevo al colchón. ⎯Estoy en cinta, padre. Espero un hijo de Nathan. Yo me quedé inmóvil, suspendido en el aire, escuchando con atención. Mi aura vibraba sin control. Automáticamente mis ojos etéreos se desviaron hacia Ishtar, parecía petrificado. Supongo que nunca pensó en esa posibilidad. ¡Qué ingenuo! ¿Acaso creía que no podríamos tener hijos? Sí, eso debe ser, porque otra respuesta, no tengo.
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    495 ⎯No puede ser,Kali ―dijo de repente―. ¿Sabes lo que ocurriría si Apofis descubriera algo así? Ahora el que se quedó de piedra, fui yo. Otra vez ese maldito nombre retumbando en mi cabeza. ¡Maldita seas, demonio! No te bastó con envenenarme y cortarme la cabellera que ahora, aspiras a dominar todo y a todos… Bien, pero eso será solo por encima de mi cadáver y yo, aún no estoy muerto. En el fondo me hago ilusiones, lo sé. Mi padre se exaltó al escuchar sus palabras. Me acostó y se enfrentó a Ishtar. ⎯Tu hija está embarazada, y eso es una verdad como un templo, independientemente de que tú quieras aceptarla o no. De nada sirve negarse a la evidencia. Kali cogió con fuerza un brazo de mi padre. ⎯Os acompañaré ―dijo―. Quiero estar con Nathan, si el no vuelve a Jhodam, yo tampoco. Y no quiero objeciones a mi decisión. Yo no podía más. Tenía ganas de llorar, pero no podía. De pronto, un estruendo infernal sacudió repentinamente los cimientos de mi éter. Una explosión que me dejó aturdido y que me devolvió a mi cuerpo. Abrí mis ojos. Los miré, incapaz de creer lo que ocurría entre ellos. Me sentí extrañamente humano. Un silencio súbito los alcanzó. Maya, sentado en un sillón junto a la chimenea, era el único que mostraba su aplomo intacto. Había escuchado en silencio, sin intervenir y aprovechando el silencio de los inmortales, él se acercó hasta mí y me tocó la frente, me palpó las venas de las muñecas y me auscultó el corazón. Detrás de él, estaba Kali que me contemplaba con lágrimas en los ojos. ⎯Nathan, te recuperarás. No permitiré que te pase nada. Yo estaré contigo, siempre ⎯me besó. Gemí. Me oyeron. Se rompió el silencio.
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    496 ⎯Ánimo, Nathan. Nosvamos. Mi padre y Kali me levantaron del lecho y me pusieron en pie. ¡Qué sensación! Había olvidado lo que se sentía al caminar. Salgo de mi agujero negro y de pronto me veo arrastrado por el corredor, apoyado en mi padre y en Ishtar. En ese momento, veo a Morpheus y a mi fiel amigo Alfeo. Lo miró. Cae arrodillado a mis pies. Los dragones lo secundan. Intuyo que van a acompañarme en estas mis horas finales. Silencio a mi alrededor y luego el murmullo al salir al exterior. Gentío. Mi pueblo. La luz del día me ciega y me marea. En mi aturdido cerebro retumban muchos sonidos distintos, que en ese momento soy incapaz de distinguir. Noto como la sombra vuelve y se posa sobre mis párpados, alcanzándome. He llegado a los confines de una zona oscura y mi padre y los demás inmortales están a punto de desencadenar un ritual peligroso: el Rito de Muerte y Renacimiento de los Seres. Ahora ya lo sé todo. No me hago a la idea de que mi vida ha terminado. Los inmortales y el rey, éste había perdido el conocimiento, bien sujeto en la parte delantera de la montura con un arnés a su padre, atravesaron los jardines, dejando atrás las fuentes de luz irisada con pequeños obeliscos, el ninfeo y descendieron al paso avenida abajo, fundiéndose poco a poco en la lejanía, bajo el retumbe de miles de voces desgarradas que victoreaban el nombre del rey a su paso. Los súbditos, no dejaban de clamar esperanzados, deseándoles a los viajeros buena suerte en su peregrinaje al Panthĕon Sacrātus. Todavía no había escampado la muchedumbre en los alrededores del palacio cuando Lamec, Joab, Agar y Aby montados en sus caballos se disponían a marcharse de Jhodam rumbo a Esdras. Joab y Agar informaron de sus intenciones de partir de
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    497 inmediato al padredel rey, unos minutos antes de que éste emprendiera el viaje con la venerable misión de salvar a su hijo. Halmir no estaba muy conforme con la decisión que habían tomado, pero era consciente de que no podía obligarles a estar en palacio más tiempo, si ellos no querían seguir allí. Era libres de hacer lo que les viniese en gana, aunque con ello arriesgaran sus vidas. Los esdraníes emprendieron la marcha, con tranquilidad, sin precipitarse. Tenían cuatro días por delante. Cuatro días de largo y peligroso viaje. Aby tiraba de las riendas con la mirada al frente, pensativa. Sintió la sangre latir en sus sienes y mil pensamientos volvieron a su mente, confundiéndola de nuevo. Era consciente de que regresarían en un momento en que Esdras registraría los peores avatares de su historia provocados por una guerra terrible que había ocasionado su propio rey. A sus espaldas, Jhodam se iba perdiendo en la lejanía. Las llanuras se abrieron ante ellos invitándoles a una cabalgadura rápida, para convertirse en sombras diminutas que volaban, fundiéndose en la niebla. En lo más profundo del Bosque Tenebroso, a tan sólo cinco kilómetros de Esdras, la resistencia y el ejército de Jhodam se preparaban para el ataque a la ciudad amurallada. Hicieron un campamento en la nieve, que había caído en la noche, en el suelo del bosque, manteniendo una distancia prudencial con las torres centinelas de la ciudad amurallada. Eran tan altas que desde la fortificación superior de los torreones podía divisarse la humareda de una fogata en diez kilómetros a la redonda. Los halcones peregrinos iban y venían veloces de Jhodam y Bilsán hasta ellos, incansables, sin tregua. Informando de todo cuanto ocurría en las ciudades y fue en
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    498 uno de esosviajes cuando le llegó a Áquila un mensaje real, firmado por Halmir, notificándole sobre la decisión que los inmortales habían tomado para tratar de salvar al rey e incitándoles a derrocar a Nabuc a la mayor brevedad posible. El comandante respiró tranquilo al leer la escueta misiva porque eso significaba que Nathan seguía vivo. Un aliciente perfecto para las deprimidas tropas que a buen seguro recibirían la noticia con alegría. Jadlay al ser informado sintió una necesidad imperiosa de enfrentarse a su tío y de atravesarle el cuerpo con su larga y afilada espada, una muerte que pensaba dedicársela al rey de Jhodam. Sin embargo, la respuesta de Áquila a sus deseos de acabar con la vida de Nabuc antes del tiempo que se habían propuesto para hacerlo no se hizo esperar y fue tajante en su decisión. ⎯Jadlay, no. El joven frunció el entrecejo y agarró al comandante de un brazo, zarandeándole. ⎯¿Cómo que no? ⎯preguntó⎯ ¿Acaso crees que voy a dejarle gobernar un día más? Áquila se soltó las garras de Jadlay con desdén. ⎯Tú harás lo que yo te diga. No pienso poner en peligro la misión por una precipitación tuya. Hay que planear paso a paso nuestros siguientes movimientos, si queremos coger a Nabuc con los calzas bajadas. Áquila hizo una pausa al ver que sus hombres les estaban mirando, luego terminó diciendo: ⎯Si te precipitas auguro tu muerte, no la de Nabuc, piénsatelo bien. Jadlay escuchó las palabras del comandante con disgusto. No se esperaba aquella reacción tan severa e inesperada de su amigo. Durante un rato deambuló, inquieto, por los alrededores sin dirigirle la palabra a nadie hasta que se cansó de su propia actitud y entonces fue cuando comprendió que tenía que acatar la orden. Áquila era la mano derecha del rey, su comandante y si él quería recuperar su legado, estaba obligado a obedecer sin rechistar.
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    499 Le estaban ayudandoa conseguir lo que tanto ansiaba y él sólo pensaba en sí mismo. Contra todo pronóstico, Jadlay se excusó ante el guerrero, éste perplejo, se quedó sin palabras. ⎯Lo siento ―murmuró Jadlay, cabizbajo―. Espero que puedas perdonar mi conducta. Se hará como tú digas. El joven volvió a alejarse del grupo, pero esta vez para reflexionar sobre lo que acababa de hacer. Un paso de gigante para apaciguar su carácter pendenciero. Áquila se acercó al joven. Tenía algo que decirle, algo muy serio. ⎯La guerra no es ningún juego, Jadlay. Cuando Nathan decidió apoyarte lo hizo pensando con el corazón, porque su mente fría y calculadora no apostaba por ti. Por favor, hazle un favor y actúa como un hombre no como un niño que se pone a gritar y patalear cuando alguien le dice no. Jadlay que estaba sentado sobre una roca, al oír aquellas palabras levantó la mirada. ⎯Ahora deja atrás esa cara de indiferencia y ponte en pie, tenemos compañía ⎯dijo Áquila⎯. Najat y Yejiel han localizado muy cerca de aquí a una avanzadilla rebelde. Demuestra lo que vales enfrentándote al enemigo, no a mí. Jadlay se quedó unos instantes inmóvil, con la mirada perdida. El comandante sin comprenderle, recriminó su actitud. ⎯¡Vamos! ⎯dijo Áquila⎯. ¿A qué esperas? ¡Ha llegado la hora de empuñar las espadas! Rápidos como un rayo, corrieron a lo largo del sendero, treparon el montículo que les resguardaba y subieron a lo alto. Yejiel y Najat estaban esperándoles, agazapados entre unas grandes rocas. Mientras corrían, reunieron un grupo de valientes guerreros, espadachines de sangre. Desde lo alto del montículo vislumbraron un sendero angosto que descendía hasta un arroyo; allí, observaron a un puñado de guerreros rebeldes que caminaban con las espadas preparadas.
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    500 Áquila y Jadlaydescendieron rápidamente el montículo, seguidos por sus hombres. Con decisión, desenvainaron sus espadas. ⎯¡A por ellos, muchachos! ⎯gritó el comandante. La euforia se apoderó de todos ellos y se precipitaron sobre los rebeldes, sin compasión. Un grito se elevó por encima de las copas de los árboles. ⎯¡Nathan! ¡Te dedico nuestra victoria! ⎯anticipó Áquila. Los rebeldes reaccionaron tarde y mal; enfurecidos por el ataque sorpresa, se volvieron para combatir; pero la resistencia formó un muro muy difícil de abatir. Algunos vacilaron un instante y luego se lanzaron al ataque con una tormenta de pedruscos; otros, se dispersaron y ataron desde otro punto. Un grupo de arqueros y resistentes con Yejiel y Najat al frente se amontonaron junto a un peñasco, lanzando una lluvia de flechas contra los guerreros rebeldes. Najat se descolgó del cinturón la ballesta y lanzó saetas a diestro y siniestro. Algunas flechas y saetas dieron en el blanco; otras, se perdieron en la espesura del bosque. Las espadas rechinaron al chocar los aceros, ruidosas. Los arqueros agotaron su primera provisión de flechas sin ponzoña y cargaron en sus grandes arcos flechas emponzoñadas que dispararon veloces como un rayo, sin perder apenas tiempo. De súbito, de entre las espesuras, llegaron montados en sus caballos un grupo de veinte rebeldes atraídos por los alaridos y los gritos de guerra de sus compañeros. Los enemigos se abalanzaron como una marea salvaje, unos contra los arqueros, otros hacia la explanada, donde Áquila luchaba incansable a capa y espada. El comandante y Jadlay se vigilaban las espaldas uno a otro, perfectamente sincronizados. La espada de Áquila osciló como un péndulo, amenazante. Tres rebeldes cayeron, decapitados; dos se arrojaron al suelo, sigilosos como serpientes, y tomaron a Jadlay por los talones lo hicieron trastabillar y caer, y se le
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    501 echaron encima, letales.Forcejearon y las espadas silbaron en el aire. Áquila vio de refilón la complicada situación de Jadlay. En el momento en que el comandante acudía a auxiliarlo, el joven, que había conseguido abatirles, se levantaba aturdido. Los cadáveres se contaban por docenas en ambos bandos. Comenzó la desbandada. En pocos minutos, los soldados rebeldes que siguieron luchando fueron barridos, abatidos o arrojados al arroyo. Fatigados, los resistentes supervivientes se reorganizaron y luego comenzaron a contar los caídos en la batalla. ⎯Las cosas andan mal ⎯dijo Áquila, enjugándose con el brazo el sudor de la frente. ⎯Bastante mal ⎯confirmó Jadlay. El comandante enfundó su espada. ⎯Confío en que el fin no esté lejano. ⎯No está lejano. Lo tenemos al alcance de la mano ⎯respondió Jadlay mientras miraba la tierra húmeda y contaba mentalmente algunos cadáveres de compañeros. Áquila no dijo nada. De repente, tronó una voz. ⎯¡Dieciocho! ⎯gritó Najat, corriendo hasta ellos con el rostro desencajado. El comandante se volvió bruscamente. ⎯¿Qué? ⎯preguntó Áquila, sin comprender. ⎯Muertos. Tenemos dieciocho bajas. ⎯Entonces, démonos prisa ⎯dijo Áquila⎯. Enterremos a nuestros compañeros caídos y después tratemos de cruzar las líneas enemigas que nos separan de la ciudad amurallada. Durante tres horas cavaron fosas, luego enterraron en ellas a los soldados muertos en el combate. Oraron todos juntos un réquiem e inmediatamente después, Áquila subió a su caballo y se dirigió a sus hombres. ⎯Somos un ejército muy grande, no permitamos que el
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    502 enemigo nos piselos talones. ¡En marcha! Las palabras del comandante fueron un bálsamo de ánimo que embriagó a todos, sin excepción.
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    503 Capítulo 9 Asedio enel bosque Sólo unos minutos tardó Nabuc en enterarse de lo ocurrido a una avanzadilla de sus tropas. Encendido en ira comenzó a repartir órdenes a los subordinados que pacientemente esperaban sus decisiones en el lúgubre salón del trono; estos, atemorizados, no se atrevieron a replicar ni una de sus palabras. Caminaba de un lado a otro del estrado, apretándose los nudillos, parecía un animal enjaulado, pero sin jaula. Gruñía y rugía como una bestia acorralada, sin salida. ⎯Esto no va a quedar así, Jadlay ⎯decía. Después de lanzar un buen número de improperios, Nabuc calló y se dirigió a la terraza, desde allí contempló aquella guerra que él había causado. Estelas de humo allá por donde miraba con ojos impasibles. Ajior lo siguió, sigiloso. Hacía días que había dejado de confiar en Nabuc y en sus planes. El Sumo Sacerdote se sentía culpable por haber permitido la muerte de la joven nodriza del heredero al trono hace veinte años e incluso, como lo desconocía en un principio, del asesinato del bebe real. Tampoco estaba de acuerdo con la planificación de la guerra. Los habitantes de Esdras sufrirán en su piel una lucha que no tenía nada que ver con ellos, ni con sus formas de vida; la verdad es que tenían motivos, pero el culpable era Nabuc, los había exprimido hasta la saciedad y lo único que se merecía el rey, era morir. Una voz sosegada y firme rompió el silencio del rey.
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    504 ⎯Entonces consentirás lalucha hasta que caiga la ciudad… Nabuc no se molestó por la irrupción del sacerdote y aceptó la conversación. ⎯No pienso consentir bajo ninguna circunstancia que lo qué con tanto esfuerzo he conseguido y por lo que estamos luchando sea tirado por tierra ―dijo―. Jadlay no tendrá jamás mi trono. ⎯Quizá perdamos esta guerra ―repuso el sacerdote―. El ejército de Jhodam es fuerte. ⎯Esdras no caerá ⎯replicó Nabuc⎯. Seguiremos luchando hasta que no quede nadie con vida y eso me incluye a mí. El rostro de Nabuc se volvió duro, sus rasgos se afilaron. No tenía conciencia ni dignidad. Sólo le importaba el trono. Mientras observaba el paisaje, vio a Enós y Gamaliel traspasar el puente levadizo. Se volvió hacia Ajior, éste le miraba con ojos temerosos, envuelto en una sotana de pánico. No quería seguir siendo cómplice de sus asesinatos ni de su guerra, estaba harto. El Sumo Sacerdote retrocedió unos pasos, quería huir de su presencia. Nabuc, astuto como un zorro, captó sus miedos y antes de que abandonara la terraza lo agarró de un brazo. Intuyó que iba a delatarle, que cantaría como un canario a toda la población y no pensaba permitirlo. ⎯¿Adónde vas? ⎯Majestad, suélteme. Nabuc se echó a reír. Lo soltó. ⎯¿Qué ocurre? ¿Me tienes miedo? Ajior tragó saliva. Su corazón palpitaba desbocado. ⎯Siempre has sido cruel. Cruel y malvado. El rey no pareció inmutarse ante los insultos del sacerdote. ⎯¿Crees qué me importan tus palabras? ⎯Nabuc chasqueó los dedos llamando a un guardia, éste apresó al sacerdote.
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    505 Ajior se debatió,tratando de liberarse. ⎯Eres un sanguinario. Un asesino de ni… Al instante, Nabuc lo agarró del cuello justo en el momento que Ajior pretendía confesar en voz alta lo ocurrido hace veinte años. El sacerdote no podía seguir más tiempo luchando con sus remordimientos, necesitaba liberar el secreto que le quemaba el corazón. ⎯Si te atreves a decir algo, te mato. Nabuc después de amenazarlo, lo soltó. Ajior tosió, recuperó el aliento. ⎯No soy tu esclavo ⎯replicó⎯. Aunque sea lo último que haga juro que el pueblo se enterará. El rey gruñó encolerizado. En aquel momento, Nabuc, fuera de sí extrajo su puñal del cinto y acuchilló al sacerdote en el corazón. Ajior se desplomó, muerto. ⎯No, hablarás; ya, no. El rey miró al guardia, éste observaba el cadáver con pavor. ⎯Llévate su cuerpo y tíralo al foso ―dijo―, que se lo coman los cocodrilos. Desde el lúgubre salón del trono se oyeron las voces de los cortesanos que habían observado todo lo ocurrido en la terraza. Nabuc había asesinado a un sacerdote a sangre fría, sin piedad. Pasmados, los cortesanos, huían despavoridos cuando Enós y Gamaliel irrumpieron en la estancia. Los sicarios pasaban por al lado del guardia y miraron el bulto que cargaba, era el cadáver de Ajior. Ambos se cruzaron las miradas sin comprender. ⎯Majestad… ⎯Enós hizo una reverencia al rey, lo mismo que Gamaliel, éste lo miraba de refilón. A Nabuc le costó un gran esfuerzo controlar su malhumor. ⎯¿Qué queréis? ―preguntó con voz seca y fría. Enós tragó saliva. El rey estaba de un humor de perros. ⎯La resistencia y el ejército de Jhodam se han sitiado
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    506 frente a lasmurallas… ―empezó diciendo―. Creemos que son más de mil hombres y tenemos noticias de que vienen hacia aquí otra importante legión, ésta es muy superior en número. Me temo que planean atacarnos de un momento a otro. Nabuc se echó a reír. ⎯¡Serán idiotas! ¿Cómo creen que van a entrar? ¡Volando! ⎯Majestad, ¿me ha escuchado? ―insistió―. Son dos mil hombres. Parte de nuestras tropas luchan en Bilsán y la legión negra ha perecido casi en su totalidad en un enfrentamiento con los hombres de Jadlay. ⎯¡Bah! ―Nabuc hizo un ademán desdeñoso―. No les temo en absoluto. La fortaleza está debidamente protegida y muy pronto seremos imbatibles. ¿Habéis apuntalado el portón y tapiado los accesos subterráneos? ⎯Sí, majestad. Hemos hecho todo cuanto nos ha ordenado. Pero aún así… Nabuc alzó la mano, interrumpiéndole. ⎯¡Cállate! ―ordenó―. Espero que sepas organizar a los hombres en vez de estar aquí perdiendo el tiempo ―se volvió de espaldas a ellos―. Festo tiene mayores problemas que tú y sus planes parecen ir mejor que los tuyos, Nathan está bajo su asedio; sin embargo, tú pareces patético, no has sido capaz de traedme a mi esposa como te pedí. Tus mercenarios han regresado con las manos vacías y… ⎯gruñó, a la vez que se volvía⎯, esos arqueros de pacotilla parecen estar riéndose de ti. Hizo una pequeña pausa y prosiguió. ―Te lo advierto Enós, si no quieres perder la cabeza te aconsejo que cumplas con tu cometido y evites a toda costa que caiga el portón ⎯hizo una pausa para mirarles a los dos con ojos glaciales⎯. No quiero ver a ningún jhodamíe asomando su cabeza por encima de la muralla, ¿habéis entendido? Enós volvió a tragar saliva. Gamaliel, como siempre, se
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    507 sentía incómodo alestar frente al rey. ⎯Sí, majestad. Nabuc se volvió de espaldas a ellos. ⎯Bien, retiraros. Los dos sicarios hicieron una reverencia y abandonaron el salón. Enós y Gamaliel eran conscientes de que la defensa del portón y de la muralla terminaría fatalmente por derrumbarse y dar paso al duro resplandor de la realidad. Pero estaba claro que, eso, al rey no se lo podían ni insinuar. Ahora, Nabuc estaba totalmente solo. En los bosques no había animal salvaje que pudiera asustarles, a excepción de… Festo y los hechiceros negros. Los inmortales decidieron hacer una parada para descansar, necesitaban desentumecer sus piernas, agarrotadas por el frío, y Nathan podría encontrar algo de alivio para su cuerpo y mente. Unos minutos después de abandonar Jhodam, el rey entró en una fase peligrosa en la que los delirios y la agonía parecían dominarle por completo. Ahora, más que nunca, corría peligro. Halmir bajó a su hijo del caballo y lo acomodó en compañía de Kali en un recoveco bien resguardado del gélido aire. Los animales pastaban tranquilos, y los inmortales se disponían a tomar algo de alimento cuando de repente oyeron unos sonidos lejanos: caballos, y procedentes del norte. Alfeo, que se había sentado en el manto de hierba junto al rey, se puso en pie con rapidez y dio unos pasos. Él y sus dragones desenvainaron las espadas, en alerta. Se miraron entre ellos y en completo silencio, escuchaban. Ishtar tuvo un mal presentimiento. Su piel se erizó y gracias a su extrema sensibilidad para captar lo que aparentemente no estaba a la vista pudo ver por el rabillo del ojo una sombra que se movía entre los árboles. La Oscuridad se hacía notar desde el Otro Lado, la dimensión espectral. Ishtar sin perder tiempo se dirigió a sus compañeros, a voces.
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    508 Un caballo relinchó,asustado. «Los hechiceros negros están cerca. Tan cerca que puedo observar sus auras», pensó. ⎯Invocaremos a los Seres antes de que sea demasiado tarde. ⎯¿Ahora? ⎯preguntó Halmir, sorprendido. ⎯Sí, ahora. Pero antes de que el ritual de invocación diera comienzo, unas sombras se precipitaron sobre ellos. Kali y Asmodeo, reaccionando rápido, arrastraron a Nathan por las axilas y se escabulleron entre las espesuras; allí, la pareja estaba oculta, mientras Asmodeo observaba lo que ocurría al otro lado, en silencio, aguantando la respiración, camuflado entre las grandes hojas de los árboles, lianas y hierbajos que alcanzaban casi el metro y medio de alto. Las sombras tomaron forma y se dejaron ver. Encapuchados, a primera vista, no mostraban apariencia humana, sino que parecían engendros del mal, éste se respiraba en el ambiente. Desmontaron de sus caballos, éstos eran tan siniestros como sus jinetes. Alfeo clavó su mirada rapaz y los identificó: eran los cuatro hechiceros negros. Luther, Adhe, Egho y Shyam que salvaron la vida al no estar presentes en la cámara la noche que los Dragones Negros ejecutaron la sentencia real. Festo a pie se abrió paso entre ellos, más siniestro que nunca. Su júbilo era intenso y sus carcajadas reverberaron en el bosque, helando el aire. Las hojas de los árboles se escarcharon al sentir su maléfica presencia. Halmir, fuera de sí, tensó la mandíbula y apretó los dientes, no retrocedió ni un solo paso, pero sintió una oleada de furia al ver ante él al maldito siervo de Apofis. Alzó su espada y la hizo oscilar, rasgando el aire y silbando en la oscuridad. ⎯Tú, Festo… ¿Te atreves a presentarte ante nosotros? La amenaza era seria. La venganza estaba muy cerca; no obstante, el padre de Nathan no podía satisfacer aquel deseo
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    509 que ardía ensu interior y que le abrasaba lentamente. Ishtar se lo impidió con una mirada tajante. Estaban obligados a repelerlos con rapidez, pero utilizando la magia. Los cuatro hechiceros negros no estaban solos, sino que iban escoltados por sombras oscuras que revoloteaban en torno a los inmortales, los fulminaban con la mirada, creciéndose en poder. ⎯Vaya, vaya, Halmir ⎯dijo Festo mientras le cerraba el paso empujándole con su vara ceremonial. Los inmortales miraron a su alrededor, retrocediendo unos pasos y tocando sus cuerpos espalda con espalda, a la defensiva. Festo levantó sus manos al cielo, murmuró unas palabras oscuras y las bajó de nuevo. Un siseo serpentino acompañó a esa acción que nada tenía de benévola. De pronto, Halmir quedó envuelto por una sombra, una sombra imponente que crecía a medida que se extendía sobre la tierra húmeda. Halmir sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo. Estaban atrapados. ⎯¿Dónde has escondido a tu poderoso hijo? Si esperaba respuesta, no la obtuvo ni de Halmir ni de ningún otro inmortal, éstos se cruzaron las miradas, cómplices de una futura acción que sólo conocían ellos. Festo, visiblemente irritado por la poca atención que le prestaban los inmortales, hizo una seña a los hechiceros, obligándoles a inspeccionar los alrededores. Sentía a Nathan muy cerca. Alfeo no hizo ningún movimiento. En ese momento, temía por el rey y su mirada siguió a los hechiceros. ⎯No conseguirás vencer ―replicó Halmir―. Apofis, tú y tus hechiceros arderéis en el infierno. ⎯¿No me digas? ⎯se burló Festo, caminando en torno al inmortal ⎯. Una cosa es segura, Halmir: tu hijo nos acompañará. De repente, una voz tronó en aquel bosque escarchado de oscuridad.
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    510 ⎯¡Están aquí! ⎯gritóLuther jubiloso al encontrar a Nathan, Kali y Asmodeo. La joven inclinó medio cuerpo, tratando de proteger al rey y Asmodeo tuvo tiempo de sacar su daga del cinto, pero no pudo usarla; se la arrancaron de las manos. ⎯Lástima que Nathan tenga que morir ⎯murmuró Festo, con una sonrisa dibujada en los labios. Demasiado tarde. El tiempo se les echaba encima y el Panthĕon Sacrātus quedaba aún muy lejos, y si a esto se le añadía la imposibilidad de invocar a los Seres, sólo les quedaba suplicar en silencio y esperar que las entidades mágicas se presentaran de improviso. Confiaban que ocurriera un milagro. Festo arqueó las cejas. Todo estaba saliendo a pedir de boca. ⎯¡Tirad las armas al suelo! ⎯exigió. Alfeo buscó la mirada de Halmir, tratando de encontrar la manera de salir de la engorrosa situación. Ambos hicieron unos movimientos, sin obedecer ni tirar las armas y los hechiceros proyectaron sus hologramas precipitándose sobre ellos con la intención de obstruirles el paso. Por su parte, Adhe y Shyam blandieron sus largas y afiladas espadas justo delante de sus rostros describiendo dos arcos sincronizados, obligándoles a detenerse en seco. Y mientras Halmir, absorto, no dejaba de darle vueltas a sus pensamientos buscando una posibilidad entre un millón en contra, Adhe consiguió desestabilizarle, obligándole a tirar el arma al suelo. El inmortal no se amilanó y recibió otro impacto que lo dejó aturdido. La espada se soltó de su mano y cayó, camuflándose entre la hierba. Halmir se sintió indefenso. Buscó energía en su cuerpo, en el aire. Adhe se echó a reír y se alejó del inmortal. Alguien lo había llamado. Luther y Egho agarraron a Nathan de los brazos y lo levantaron bruscamente del suelo. Kali trató de evitarlo, pero
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    511 sin éxito. Asmodeoy ella fueron víctimas de un poderoso conjuro y sus cuerpos se quedaron paralizados. Festo se dio la vuelta hacia los dos hechiceros. ⎯Subidlo al caballo ⎯ordenó con severidad. Halmir replicó la orden de Festo. ⎯Soltad a mi hijo o… Unas carcajadas siniestras lo interrumpieron. ⎯¿Me estás amenazando? No seas idiota, Halmir ⎯objetó Festo golpeando con su vara el suelo⎯. Mi escudo impide que puedas utilizar tu magia contra mí. Posiblemente, pero no todos eran cautivos de su telaraña. Con aire vacilante, Ishtar dio un paso hacia Festo y con un cuidado deliberado, usó su poder psíquico; y con la velocidad de un rayo, traspasó el escudo protector, y la vara del hechicero se partió en dos y ambas mitades cayeron ruidosas al suelo ante la estupefacción de Halmir. Festo retrocedió, sorprendido. Miró a Luther. ⎯¿A qué esperas? ⎯replicó⎯. ¡Llévatelo! Eso no sería tan fácil, pues ni lo inmortales ni los dragones estaban dispuestos a ceder a los propósitos de los oscuros. Se hizo una afilada tensión. Transcurrió un minuto. A Festo le resbalaba el sudor por la nariz, pero ninguno se atrevía a pestañear; excepto, Alfeo y Saphir que aprovecharon ese instante de confusión para abalanzarse sobre los captores del rey. Forcejearon. Usaron su magia y repentinamente estallaron poderosos rayos azules en torno a ellos y Nathan, se soltó de los fuertes brazos que lo sujetaban y se desplomó en la tierra encharcada, ajeno a todo. Repentinamente Kali y Asmodeo se vieron libres del conjuro que les mantenía inmovilizados y apresurados corrieron hasta donde yacía el rey. ⎯Nathan… No hubo respuesta. Asmodeo miró a Kali y la obligó a esconderse. Ella no podía hacer nada contra el poder oscuro.
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    512 Los hechiceros noiban a permitirlo. Halmir cogió su espada del suelo y lanzó un severo ataque a Festo, éste desenvainó rápidamente su espada y ambos se enfrascaron en una violenta lucha. Para incredulidad del inmortal y de todos los demás, el cuerpo del hechicero pareció estremecerse y escurrirse fuera de sí, doblándose, creando una versión temporal de sí mismo, casi transparente y envuelto en energía, se alzó por encima de ellos. La entidad clonada se elevó en el aire y fluyó hacia ellos. Alfeo gritó varias órdenes a sus dragones y comenzó una lucha mágica entre ellos. La forma espectral de Festo voló hasta Nathan con intenciones de llevárselo consigo; pero Asmodeo, a través de unas palabras mágicas, frustró los planes del espectro y éste, de pronto, se convirtió en una columna de partículas grises y se elevó, arremolinándose y centelleando con luz propia. La espiral luminosa que se formó estalló como en una explosión y su materia se desvaneció en el aire sin dejar rastro. Kali, horrorizada, reptaba por el suelo, buscando un lugar dónde ocultarse. Ella no podía luchar contra aquellas fuerzas oscuras. Sus capacidades psíquicas se habían reducido al quedar embarazada. Luther muy avispado, caminó tras ella y cuando la tuvo a su alcance, la agarró por los cabellos. Ella gritó. Luchó por liberarse de su atacante. ⎯No, preciosa. Tú no irás a ninguna parte. Kali, pálida y desencajada, se dio la vuelta. Oyó como Luther emitía una orden y, a continuación, vio como Egho se abalanzaba sobre ella; en ese instante, Alfeo con un movimiento rápido golpeaba la sien del hechicero, éste se derrumbó inconsciente. ⎯¡Ocúltate! ⎯le dijo su hermano. Ella echó a correr y se perdió de la vista de los hechiceros. Las espadas de Halmir y Festo seguían chocando
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    513 ruidosas y letalesmientras el inmortal realizaba una invocación mental que acabaría restándole energía, pero no le importaba. Una última oportunidad para atraer el poder de los Seres hasta ellos. Repentinamente Halmir, y contra todo pronóstico, se sintió colmado de una poderosa y extraña energía, algo que no había experimentado nunca. Un poder cercano al de su hijo que le hizo crecer ante su adversario. Era su venganza y tenía ayuda, una ayuda que procedía de los Seres mágicos y de la misma Quintus Essentĭa que suspendida en el aire, respiraba en el ambiente confundiéndose en la oscuridad y necesitaba un cuerpo para desatarse. Un poder que Halmir estaba dispuesto a desarrollar para salvar a su hijo. En uno de los choques con espadas, las dos fuerzas se fulminaron con la mirada y el confrontación fue tan violenta que los árboles se bambolearon y el fuerte estruendo que se produjo ensordeció a todos: caballos, hechiceros, inmortales y dragones. Nadie era indiferente a lo que estaba ocurriendo entre Halmir y Festo. Nathan se había quedado solo y su éter se convulsionaba a cada embestida de su padre, perfectamente sincronizado y hundido entre las hierbas y la maleza embarrada. Un murmullo de voces se elevaba en su mente, pero apenas conseguía distinguirlo. Se encontraba a merced de los acontecimientos, con la mente embrujada y lo sentidos aturdidos. Impotente… Otros luchaban por él. Los dragones negros, aprovecharon ese momento de furia descontrolada y la emprendieron contra los hechiceros, con magia y sin ella. Morpheus que había conseguido escurrirse de la lluvia de golpes, rayos y maldiciones, llegó hasta Nathan y comprobó que apenas respiraba. Estaba demasiado lejos. Trató desesperadamente de despertarlo, pero no hubo suerte. ⎯Nathan… De pronto una bandada de halcones blancos surgió de la
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    514 misma nada, surcandoel cielo a una velocidad endiablada. Se precipitaron salvajes sobre ellos, volando a ras de sus cabezas, intimidándoles. La súplica de Halmir dio resultado y los Seres de luz habían contestado a su llamada, intermediando el poder de Nathan y otorgándole una energía brutal. El inmortal y Festo continuaron luchando, incansables, con frenesí y a cada embestida con sus espadas, convertidas en rayos de luz, la tierra se estremecía una y otra vez. Los estallidos de los rayos antagónicos provocaron la explosión de las grandes piedras, éstas volaban en todas direcciones. Los chillidos agudos de las aves rapaces traspasaron los cerebros de los diabólicos hechiceros y como en un conjuro, éstos empezaron a desvanecerse en el aire, convertidos en polvo negro que se diluía sin contacto. Kali llegó hasta Nathan y lo protegió con su cuerpo de las piedras y las astillas fragmentadas de los árboles pequeños que caían sobre la tierra y rocas como afilados dardos, enfurecidos. Alfeo y Asmodeo se desplazaron hasta la pareja para ayudarles. De pronto, Festo se encontró luchando con Halmir, sólo, sin la escolta de sus siervos. El poder del inmortal procedía de la esencia de su hijo, pero él no lo sabía. Era una lucha de titanes. Un nuevo choque de las espadas provocó la caída de varios árboles y el suelo temblaba a sus pies. Todo volaba a su alrededor. Kali se estrechó con más fuerza a Nathan y acercó la boca a su oído. ⎯No dejaré que te hagan daño. De súbito una fuerza sobrenatural invisible produjo una violenta explosión, está fue de tal magnitud que sacudió la tierra hasta sus cimientos. Una ráfaga de aire helado, impregnado de polvo y de doradas partículas, les azotó y Festo, ante la imposibilidad de ganar el enfrentamiento, se vio obligado a tomar una drástica decisión temporal y cuando el polvo volvió a posarse sobre la tierra y la fina
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    515 hierba, sólo Halmirpermanecía en pie. Festo había abandonado la lucha y el bosque en el momento justo; su cuerpo y su aura negra como el azabache se dispersaron y desaparecieron ante la perplejidad del inmortal, que exhausto dejó caer su espada al suelo. Ishtar, perplejo, corrió hasta él. ⎯Halmir, eres una caja de sorpresas ―dijo―. ¿Dónde tenías escondido tan magno poder? El padre de Nathan, sin aliento, se encogió de hombros. No lo sabía con certeza, pero tenía una ligera sospecha. Jadeó. Recuperó unas bocanadas de aire y habló. ⎯Hemos de emprender el viaje cuanto antes. Festo volverá y no lo hará solo… El espectro de Apofis vendrá con él. De repente, un cambió en el ambiente. Una sensación que notaron todos. Y fue entonces cuando los inmortales y los Dragones Negros contemplaron como una figura envuelta en luz, surgida de improviso, se acercaba a ellos; tras ella, más figuras resplandecientes. Halmir, asombrado por aquella hermosa presencia, se pasó la mano por la frente, pensando que el delirante cansancio le estaba jugando una mala pasada. Pero, no; aquella imagen era real, no fruto de una alucinación colectiva. Todos, excepto Nathan, contemplaron atónitos y en silencio los cuerpos iluminados. Alfeo reconoció a la figura que con grandes destellos emanaba poder irradiando todo a su alrededor. ⎯¡Saphira! Una luz blanca resplandeció en la espesura envolviendo el cuerpo de Nathan y provocándole una pequeña convulsión que cesó casi al momento. Entonces, sus párpados temblaron y el joven hipnotizado por la presencia de la Dryadis, abrió los ojos. Kali, asustada, se hizo a un lado. Los inmortales y los dragones se apartaron y dejaron a
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    516 Nathan a solascon la hermosa mujer. Saphira se acercó al rey, se agachó y pronunció unas palabras mágicas impronunciables, luego acarició su rostro mortecino y le cerró los ojos. Kali suplicaba con la mirada. ⎯¿Puedes salvarle? Saphira levantó la mirada. No respondió. Kali se apresuró a pensar en una decisión precipitada, aquel silencio lo tomó como una mala noticia. ⎯Con tu silencio ―repuso Kali―. ¿acaso me estás diciendo que es imposible? La Ser se estremeció al escuchar la pregunta de la inmortal. ⎯No, imposible, no, solo difícil. De súbito, Halmir intervino. ⎯Saphira, por favor… ayuda a mi hijo, tenemos que llevarlo al Sanctasanctórum antes de que las lunas se tiñan de sangre y… ¡No tenemos tiempo! La Ser alzó la mano. ⎯¿Qué tal si te olvidas del tiempo y confías en mí? ⎯Ni por asomo, Saphira. No podemos jugarnos la vida de Nathan en vano ―replicó Halmir―. Las decisiones han de ser rápidas, Festo y Apofis regresaran y entonces… La Ser lo interrumpió con una sola mirada. ⎯Nathan es asunto nuestro, no vuestro. Halmir frunció el ceño, ligeramente irritado por aquellas palabras que él consideró ofensivas. ⎯No pienso aceptar tus palabras. Ishtar trató de impedir que Halmir se encendiera de ira, después de la muestra de poder de hacía un rato. Apoyó una mano sobre el hombro del inmortal. ⎯Tranquilízate. Ella sabe lo que hace. La Ser no replicó las palabras de Halmir, se dedicó a hundir sus manos entre la cabellera del joven para trasmitirle un poco de energía. ⎯Mi hijo es y será siempre asunto mío.
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    517 Halmir, enojado, apartóbruscamente la mano de Ishtar, se obligó a respirar hondo y apretó con fuerza los nudillos de sus manos. ⎯Muy bien, Saphira ⎯aceptó Halmir⎯. Exactamente, ¿qué es lo que queréis que hagamos? ⎯Nada. ⎯¿Nada? ¿Cómo que nada? ⎯al inmortal se le aceleró el corazón y la cabeza le comenzó a dar vueltas. Saphira habló de nuevo. ⎯Llevaré a Nathan al Panthĕon y lo entregaré al Basilisco. No hay otra opción y me consta que tú lo sabes, de la misma forma que sabes que ninguno de vosotros podéis acceder al lugar sagrado. Halmir se volvió hacia los demás, ligeramente ofuscado. «¿Estoy obligado a acatarlo sin más?», se preguntó. Después de sus palabras, Saphira hizo un círculo mágico al aire y se abrió la puerta del Otro Lado, un pasadizo envuelto en niebla. Traspasó la puerta dimensional y se desvaneció; instantes después, una figura de luz apareció en el umbral: un unicornio alado, dorado. Todos comprendieron lo que había ocurrido en ese preciso instante, Saphira se había transformado en el hermoso animal y ella misma se llevaría a Nathan, surcando los aires rumbo al Sanctasanctórum. Pero Halmir, que estaba más pálido que un muerto y su cuerpo se estremecía a causa del agotamiento causado por la dura confrontación con el hechicero, permaneció apoyado contra el tronco de un árbol con la mirada perdida. La idea de que el Basilisco podía destrozar a su hijo le atormentaba hasta la médula. Los Seres que acompañaban a Saphira levantaron el cuerpo del rey y lo sostuvieron en pie. Kali no hacía más que repetirse a sí misma que todo iba a salir bien, que no debía preocuparse por nada. De nada, en absoluto. Sin embargo, el temor se desató en los inmortales cuando un gemido se abrió paso a través de los labios de Nathan y el débil y agónico
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    518 lamento doloroso sacóa Halmir de su ensimismamiento desesperado y autocompasivo. ⎯De acuerdo ⎯dijo Halmir⎯. Sólo espero que esa bestia no engulla a mi hijo. Los Seres subieron a Nathan al unicornio. Uno de ellos lanzó un conjuro y el rey quedó firmemente sujeto al animal mágico. Tenían que actuar con rapidez, su vida mortal, la única que tenía en esos momentos, se escapaba a un ritmo vertiginoso. Kali rompió a llorar. No podía cumplir su promesa de estar junto a él y eso provocó el estallido de su corazón. ⎯Seguid vuestro camino ⎯les dijo uno de los Seres. El unicornio con unos cuantos aleteos de sus hermosas y mágicas alas, se impulsó y alzó el vuelo en las corrientes de aire gélido, desapareciendo entre las copas de los árboles, ganando altura. Casi al mismo tiempo, un gran vacío sustituyó los sonidos típicos del bosque. Después de unos instantes de profunda reflexión, los inmortales y los dragones montaron en sus caballos e iniciaron la persecución hacia el lejano Panthĕon. Confiaban en no tener que volver a enfrentarse a Festo ni a nuevos seres tenebrosos, pero eran conscientes de que eso no podrían evitarlo. El encuentro era inevitable. Y el crepúsculo se alzaba ya en el cielo.
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    519 Capítulo 10 Las LunasEscarlatas El hechicero Festo después de su derrota con Halmir se adentró en las profundidades de sí mismo. Tenía que buscar las palabras adecuadas para enfrentarse a su Maestro, pues estaba seguro que éste le exigiría resultados y por el momento, no había conseguido nada; excepto, envenenar a la deidad. Como ya le dijo, en su día, el Menhir: “Si estuviera en peligro la divinidad y su inmortalidad misma, el unicornio dorado, guiado por la Quintus Essentĭa, lo transportaría, a través de los aires, al Panthĕon” A falta de poco tiempo para teñirse las dos lunas de rojo, Nathan y los Seres ya les llevaban una sustanciosa ventaja. Una ventaja alada, imparable gracias al unicornio dorado. «Debo impedirlo. Como sea, pero debo impedirlo», se dijo a sí mismo. Festo se mordía las uñas, mientras caminaba, inquieto, de un lado a otro de la pequeña explanada que había junto al Lago de las Ninfas, gruñendo, como un animal enjaulado. Su larga capa negra se ondeaba a cada movimiento de sus piernas y al pasar junto a los troncos de los árboles, daba bandazos guiada por una tensión brutal que levantaba, a su vez, una niebla mortecina camuflada en la tierra y arremolinándose a su alrededor. En el lúgubre bosque, el aire, vibraba con intensidad siniestra. Ramas y hojas chasqueaban bajo sus pies.
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    520 «Ese maldito nodebe poner un pie en el Sanctasanctórum. No, hasta que las lunas se tiñan de rojo. Pero, ¿cómo puedo evitarlo? De repente, una mano sin materia y que apestaba a muerte se posó sobre su hombro. El hechicero ahogó un grito y luego, se volvió. ⎯¡Maestro! Festo sintió que se ahogaba. Se llevó las manos al corazón, éste empezó a latirle muy deprisa. El Ser espectral estaba frente a él, tan cerca que pudo ver su rostro demacrado y afilado como un cuchillo y unos ojos amarillos relucientes, entre toda aquella oscuridad siniestra que le embargaba. Ni una voz ni una palabra. De pronto, sintió la cabeza llena de sonidos extraños. No eran palabras ni amenazas mentales, pero éstos daban vueltas y más vueltas en su cabeza. Estaba conmocionado por aquella presencia. Su silencio era una sentencia y Festo tuvo la necesidad de huir. Tenía que alejarse de allí cuanto antes. No sabía lo que estaba ocurriendo, sólo que tenía que huir. Festo echó a correr, trastabillando con las piedras y los pedruscos que sobresalían de la tierra. Pero las palabras ardían en su mente y se repetían como un mantra. «…pulvis es et in pulverem revertis…» El olor a musgo, líquenes y tierra hipnotizó a Festo, que corría desesperado tratando de escapar de la ira del Maestro. Husmeaba su muerte. La sombra del Ser espectral se alzó por encima de él y lo atrapó con sus alas invisibles. Festo sintió como el miedo le aguijoneaba la nuca. La siniestra entidad lo agarró del cuello y lo empotró contra un árbol. Las piernas le temblaban, la cabeza seguía dándole vueltas y de pronto se encontró cayendo y cayendo, sintiéndose ingrávido. Intentó combatirlo, deshacerse de la opresión que no le dejaba respirar. Pero no le sirvió de nada. Todo dejó de tener sentido para él, excepto aquellos ojos amarillos que le
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    521 fulminaban a puntode convertirlo en un cadáver. ⎯Yo… Lo siento. El Ser espectral gruñó y lanzó a Festo contra las piedras; luego se acercó y le dio un puntapié en la base de la espalda. Un hechicero que no cumplía con su palabra no le servía para nada. El dolor de la humillación, arrancó a Festo, lágrimas de los ojos. Levantó la cabeza y luchó por ponerse de pie, vio al Maestro que lo miraba fijamente y tras él, una sombra grande que aleteaba y rugía como una tormenta. «¿Qué es esa cosa?», se preguntó. Cuando sintió un golpe en la nuca y su cabeza volvió a caer sobre el manto de tierra y hojas sueltas, antes de que la oscuridad cayera sobre él, pudo escuchar un retumbe y todo bajo sus pies se sacudió. De repente se vio violentamente arrancado del suelo. La cosa batió en el aire las alas, se alzó y ascendió hacia el manto cada vez más oscuro de la incipiente noche. Mientras la furia del combate arreciaba… El ruido estruendoso de las armas crecía con los gritos de los guerreros y los relinchos de los caballos. Las faldas de la ciudad amurallada se habían convertido en un campo de batalla sangriento. Resonaban los cuernos de guerra. Al pie de la muralla, los arqueros luchaban contra las tropas de Nabuc que se habían situado frente al portón. Las flechas iban y venían desde todas las direcciones. Jadlay se había tranquilizado, y tenía ahora la mente clara. Él, Najat y Yejiel se dirigieron hacia los conductos subterráneos, en el lado este de la ciudad, confiando en que la entrada secreta seguiría abierta. Mientras, Áquila combatía con sus hombres en el campo de batalla. Desde un recodo muy oscuro, el comandante había echado a correr escoltado por un nutrido grupo de guerreros, buscando la forma de entrar en la fortaleza. Pero todos los
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    522 accesos estaban fuertementeescoltados y apuntalados. El peligro estaba en todas partes. Los hombres de Nabuc eran temerarios y encarnizados, y feroces en la desesperación; los sicarios, incendiarios, violadores y asesinos, se desperdigaban y volvían a reorganizarse de forma casi inmediata. No concedían tregua y la lucha parecía no tener fin. El primer grupo de jhodamíes trató de tirar a bajo el portón, pero pronto se dieron por vencidos. Era desmoralizante para las tropas de Jhodam allí asentadas, luchando con todas sus fuerzas y perdiendo vidas, mientras el portón seguía apuntalado. Y no había forma de derribarlo. La noche había caído ya y el enemigo no frenó su ímpetu. Los cuernos de guerra sonaron de nuevo presagiando una noche muy larga. Poco a poco, aumentaban los caídos en la violenta batalla, heridos, mutilados o muertos esparcidos por el manto verde, ahora teñido de sangre. Una multitud de arqueros comenzaron a escalar el alto muro, mientras desde lo alto y desde las torres centinelas, los soldados rebeldes que defendían la muralla, lanzaban sus flechas tratando de impedir el avance. Áquila y sus mejores hombres seguían ilesos. Sus destrezas con las armas, el tesón y la fortuna, que parecía estar de su parte, les habían permitido avanzar a través del angosto sendero que seguía todo el perímetro de la muralla. ⎯¡Jhodamíes al ataqueeee! ⎯El mariscal Addí guiaba a su legión sobre el caballo y con la espada alzada al aire, espoleando los flancos de la montura y cabalgando sobre las fuertes huestes enemigas. Los vigorosos gritos de Addí fueron el detonante que necesitaban los guerreros jhodamíes para levantar el ánimo, frente a la desolación que se estaba produciendo a los pies de la gran muralla. A otro lado de la muralla, unos y otros se abalanzaron en una marejada violenta. Desde lo alto de las almenas los
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    523 hombres de Nabucseguían lanzando flechas y lanzas por doquier. El mismo rey observaba con el ceño fruncido desde la torre del castillo el transcurrir de la batalla y de tanto en tanto, miraba las lunas, deseando que éstas se tiñeran de rojo para ver por fin, cumplido su sueño de ver muerto al rey de Jhodam. De pronto, los rebeldes prorrumpieron en gritos lanzando una lluvia de flechas contra todo cuanto se veía aparecer por los terraplenes. ⎯¡Al portón! ⎯gritó Enós desde la rampa. Un grupo numeroso de guerreros jhodamíes llegaron por fin, a las puertas dispuestos a ayudar a sus compañeros. El portón, seguía intacto y estaba muy bien apuntalado y fornidos rebeldes, anticipándose al peligro, se apostaron tras las gruesas maderas, tratando de evitar que los embates de los troncos y arietes impulsados por fuertes brazos de la resistencia de Bilsán, derribaran el portón. Los tablones de recia madera crujían a cada golpe, resquebrajándose. Una y otra vez los pesados troncos y grandes arietes golpearon la puerta. Áquila llegó al portón y ayudó a los soldados. Desde el otro lado, los rebeldes oían el ruido de los arietes; de pronto, advirtieron el peligro que amenazaba a las puertas. Lo sabían, no conseguirían mantener el portón en pie. Las fuerzas de la naturaleza se unirían a la batalla y de repente, un viento inclemente comenzó a soplar desde el norte. Por encima de las colinas que bordeaban los bosques, las lunas surcaban el cielo, con un brillo cada vez más anaranjado. Nabuc con una sonrisa de oreja a oreja, intuía su victoria, pues para él, la muerte definitiva del rey jhodamíe provocaría la rendición de su ejército. Reía, también, porque sabía que Jadlay no era lo suficientemente fuerte como para ganar una guerra con su resistencia; sin Nathan como aliciente, no. Y sin su poder, menos. Los sicarios, cumpliendo órdenes de Nabuc, se
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    524 apostaron en elprimer murete junto a las dos torres oblongas que custodiaban la entrada principal y que a su vez, ocultaban un foso interno accionado por una pasarela. La rampa adoquinada y el puente levadizo se convertirían en una trampa mortal para los guerreros jhodamíes que intentaran traspasar el portón. En la ciudad no quedaba nadie. Todos la habitantes, al iniciarse las contiendas, se habían ocultado en las cámaras de protección que hay en todo el subsuelo. Los enfrentamientos se debatían en la fortaleza que rodeaba al castillo y allí, estaban los guerreros, mercenarios, sicarios y toda la tropa que Nabuc había conseguido reunir. De súbito hubo un estruendo. La bóveda de piedra de detrás del portón se derrumbó convertida en polvo y humo. Los rebeldes allí apostados para defender el portón se desperdigaron, la mayoría heridos. Enós, estupefacto, corrió hasta la torre; si el rey no había visto el hundimiento del techo, era capital comunicárselo. Pero en el mismo momento que se desmoronaba la bóveda, se desplomó el portón con un golpe preciso de los arietes. ⎯¡Nabuc! ¡Muere! ⎯gritó Áquila. Con ese alarido y un gran estrépito se lanzaron, los dos bandos, al ataque. Hubo soldados de Bilsán y Jhodam que cayeron al foso, nada más cruzar la rampa; otros, consiguieron mantener el equilibrio y traspasarlo sin problemas. El comandante Áquila, hundía su espada una y otra vez en todo rebelde que se acercaba a él. Un grupo de sicarios con Gamaliel al frente se arremolinaron en torno a él, con sus espadas largas de hojas finas y afiladas, pero el guerrero no les concedía tregua alguna y su arma seguía ensartando a los sicarios que seguían en pie. Trató de seguir avanzando para llegar al castillo, pero los rebeldes no dejaban de asediarle. Gamaliel iba a por él, éste reuniendo todas sus fuerzas para derribar a un guerrero de la talla de Áquila, le asestó un
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    525 enérgico golpe conla empuñadura de su daga en la cabeza; el guerrero, cayó al suelo, aturdido. De inmediato, el comandante se levantó y ambos se enzarzaron en una lucha de esgrima, desapareciendo en el tumulto que envolvían las callejuelas de la ciudad. El acoso era continuo y pronto las fuerzas empezaron a flaquear. Áquila pidió auxilio y un grupo de soldados acudió todo lo pronto que pudo en su ayuda, pero no fue suficiente, pues en la distancia que les separaba seguían apareciendo como setas más y más rebeldes que les cercaban el camino. El comandante, sumido en una situación más que precaria, se dedicaba a defenderse del ataque de Gamaliel, éste parecía un lobo sediento de sangre. Aun así, Áquila seguía empuñando su espada con destreza, moviéndose como una pantera enjaulada y manteniendo a raya la furia descontrolada del sicario. El comandante incapaz de detener al sicario, sólo tuvo tiempo de ver como el acero de su espada brillaba en la oscuridad de la noche antes de que el arma le atravesara el costado. El comandante sufrió una severa convulsión y un hilillo de sangre surgió en la comisura de sus labios. Se desplomó en el suelo, sumido en un dolor atroz que le desgarraba el alma. Iba a morir y no estaba preparado. Sólo pudo pensar una vez en Jadlay antes de cerrar los ojos y sumirse en el olvido. Gamaliel, eufórico por su triunfo personal, se acercó al cuerpo de su adversario, apoyó su pie en el pecho y empuñando su espada, que aún seguía ensartada en el costado de Áquila, la extrajo de un solo impulso. Entonces, una voz joven tronó desde la rampa. ⎯¡Nooo! ¡Áquilaaaa! Era Jadlay que corría hacia Áquila con desespero. Sus intentos de entrar en el castillo a través de los conductos de desagüe no habían dado resultado. Al parecer, Nabuc mandó tapiar todos los accesos y los tres jóvenes se vieron obligados a regresar al campo de batalla. Fue justo en el instante que cruzaban el portón derruido cuando vieron a Gamaliel extraer su espada del cuerpo de Áquila.
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    526 La caída delcomandante desconcertó a sus hombres, éstos a modo de venganza arremetieron contra los rebeldes con una violencia sin igual. Jadlay se precipitó sobre el cuerpo del comandante, le dio la vuelta. ⎯Áquila… Najat y Yejiel estaba tras él, entristecidos. La herida del costado sangraba mucho y Jadlay veía impotente como se le escapaba la vida entre sus inútiles manos; nada podía hacer. La herida era mortal o eso le parecía. Sus ojos brillantes estuvieron a punto de romper a llorar, pero contuvo las lágrimas; apretó los dientes y tensó la mandíbula, luego sostuvo entre sus brazos al comandante, su amigo, esperando… un milagro. Yejiel se agachó, lo mismo que Najat. Estaban desolados, perder a Áquila no entraba en sus planes. Y dispuestos a seguir con él, no le dejarían morir solo y abandonado en aquel campo de muerte y sangre. Jadlay descompuesto, apartó las prendas de malla del comandante, pues ésta se le clavaba en la piel, lacerando su herida. Najat levantó la cabeza y buscó con la mirada a Gamaliel, dispuesto a decapitarle si daba con él. Áquila recuperó parcialmente la conciencia y se encontró en brazos del joven Jadlay. ⎯Amigo mío… ⎯susurró sin fuerzas. ⎯Aquí estoy, aguanta, no hables ⎯Jadlay miró a Yejiel con cara de preocupación⎯. Te salvarás, ya lo verás. No hay nada que pueda derrotarnos. ⎯Mientes muy mal, Jadlay… ⎯Hoy no vas a morir, te lo prometo. No es tu final, ¿me oyes? Jadlay volvió a mirar la terrible herida por la que manaba borbotones de sangre. Tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no romper a llorar. ⎯Antes sentía dolor. Pero, ahora… ya no siento nada. Áquila sufrió un embiste de tos y vomitó gran cantidad
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    527 de sangre. Jadlayle estrechó fuerte entre sus brazos, no quería llorar, pero las lágrimas amenazaban con salir a la superficie. ⎯Calla, cuidaremos de ti. Áquila, atenazado por el dolor, cerró los ojos, le costaba mucho esfuerzo mantenerlos abiertos. Pensó en Kali, el amor prohibido de su vida, y en Nathan, su rey, del cual no sabía absolutamente nada. Dejó que su mente vagará, no podría cumplir su promesa… Maldijo su suerte y comprendió que había fracasado nada más iniciada la batalla. ⎯Nathan… Lo siento. La respiración se volvió entrecortada y los estertores agonizaban, pero su corazón seguía latiendo. En ese momento se acercó hasta ellos Addí. ⎯¿Sigue con vida? ⎯preguntó. Jadlay levantó la mirada. ⎯Sí. ⎯En ese caso ⎯dijo Addí⎯, será mejor que lo traslademos a la carpa de curación. Entre los cuatro lo transportaron a la carpa de primeros auxilios, con grandes problemas porque los rebeldes les cercaban el camino constantemente, pero aún así lo consiguieron. Los sanadores lo atendieron inmediatamente. Pero eran conscientes de que la herida era mortal, aún así harían todo lo posible para alargarle la vida, aunque eso era algo difícil dada su situación. Jadlay no quería dejarlo allí, solo. Najat le hizo cambiar de idea. ⎯Tenemos que volver a la batalla. ⎯No puedo dejarle solo. Le prometí que lo cuidaría. Najat lo miró con compasión y Yejiel, salió al exterior. Esperaron unos minutos más, luego Addí tomó la iniciativa y les aconsejó volver a la lucha para distraer la mente. En la carpa de curación no podían hacer nada y en el campo de batalla se les necesitaba. Finalmente, Jadlay recapacitó y con la espada en mano
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    528 abandonó la carpa,dispuesto a vengar a su amigo. Sus amigos lo secundaron, en silencio. En el bosque, camino del Panthĕon… Kali, cabalgando veloz junto a al resto de los inmortales, tuvo una visión mental: vio el presente inmediato en la batalla, en la propia fortaleza de Esdras, a muchos kilómetros de distancia, con sus propios ojos, como si de una película se tratase y pudo ver a Áquila en un lecho mugriento, herido de muerte. Las lágrimas invadieron su bello rostro. Ella no podía hacer nada por él, no tenía poder para salvarle la vida, pero Nathan… Él era el único que podía obrar ese milagro. Sin embargo, el rey de Jhodam también estaba hundido en el abismo previo a la muerte, pero podía suplicar a su esencia. Era su única alternativa, un último suspiro de vida, y no estaba garantizado que diera resultados. Se concentró y visionó como sus palabras traspasaban la realidad física y llegaban al éter cósmico de Nathan, éste a lomos de un unicornio dorado no parecía enterarse de nada. «Nathan si puedes oírme… Ayuda a Áquila se está muriendo» En la carpa de curación… Áquila, era cuidado por una joven de Esdras que había acudido hasta los guerreros jhodamíes con la intención de ofrecerles sus servicios como sanadora. El comandante yacía en un lecho, deliraba con el rostro perlado por el sudor. Aquella larga noche soñó fragmentos de su vida pasada. Soñó que estaba solo y perdido, vagando por un bosque desconocido, enfundado en ropas blancas. Fue en el borde de la conciencia, entre el sueño y la vigilia que una voz conocida y desconocida al mismo tiempo le hablaba en susurros. Una voz, amable y cruel, cálida y fría… Poderosa. De repente, unas manos se posaron sobre su herida y entonces pudo
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    529 distinguir el rostrocasi transparente de Nathan, aunque no lo tenía claro si era él. Dudaba. Podía ser la joven que con sus dedos frescos y delicados le acariciaba el rostro. «No te precipites al abismo…» ⎯¿Por qué? Me estoy muriendo. Quiero dejar de sufrir. La joven que lo cuidaba oyó sus delirios. Embebió un lienzo con agua fresca y hierbas medicinales y lo posó sobre la frente ardiente de Áquila, éste seguía sumido en una conversación delirante con la deidad. «Porque hoy no es un buen día para morir, al menos para ti» ⎯No tengo fuerzas para vivir. Tu vida está más amenazada que la mía y… ¿aún tienes coraje de decidme que debo seguir viviendo? Se hizo un silencio mental. El éter de Nathan parecía estar asimilando las palabras de Áquila. En principio, no contestó; lo hizo, el comandante. ⎯No pierdas tu energía tratando de salvar mi vida. Yo no valgo nada. ⎯Dijo, consumiéndose poco a poco⎯ .Te lo advierto, Nathan, no te atrevas a concederme el privilegio de burlar a la muerte, antes quiero que te salves tú. Si lo haces y no vuelves, te odiaré toda la vida. «Odiadme si queréis, pero no olvides que la vida es un don precioso y no se toma a la ligera. Mereces la oportunidad de seguir viviendo. Yo; quizá, no» ⎯¡Nooo! «No seas injusto, Áquila. Otros se han ido y ya no tienen esa posibilidad. Vive por ellos. Lucha y enfréntate a la vida, al dolor y a la pena. Tu herida tardará en sanar, pero no permitiré que abandones. Déjate curar y luego, vuelve a Jhodam» ⎯¡Nooo! «Sí, Áquila. Lo harás. Es mi voluntad» ⎯Nathan, te lo suplico… No me obligues, por favor… ¡Nooo! «Eres mi dragón más leal, te necesito al lado de Kali. Si yo no vuelvo quiero que tú la ayudes a seguir adelante. Espera un hijo mío y sólo a ti, puedo confiártelo. ¿Prométeme que te dejarás sanar
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    530 o te harécaminar por la tierra como un fantasma toda la eternidad? Tú decides» ⎯¿Supongo que no tengo elección? «No; no la tienes» En la mente de Áquila se hizo un profundo silencio. La joven que estaba limpiando su herida, lo miraba con atención. Siguiendo su conversación, pero sin decir nada. Volvió a tocarle la frente, estaba ardiendo. ⎯No hables más. Yo cuidaré de ti. La voz de la joven trajo paz a su mente. Una paz mágica, diferente. Sus manos se deslizaban por su rostro ardiendo y le relajaban como si lo estuviesen hechizando. Comprendió que el poder de Nathan llegaba muy lejos, incluso a las puertas de la muerte y tras ella. ⎯¿Te ha enviado él, verdad? La joven lo miró y sonrió. ⎯¿Él? ¿quién? ⎯Nuestro dios. ⎯Duerme… ⎯le dijo ella sin responderle a su pregunta⎯. Tienes mucha fiebre. Duerme… Áquila cerró los ojos, pero antes de acabar sumido en la oscuridad piadosa que le estaban otorgando le hizo una pregunta. ⎯¿Cómo te llamas? ⎯Saphira. La joven con manos expertas cosió la profunda herida y luego, la vendó. Áquila había perdido el conocimiento y la verdad, era mejor así. Cuando finalizó, lo cubrió con una manta y luego, miró a su alrededor. Heridos por todas partes, efectos colaterales de un guerra sangrienta. Una guerra que no era diferente a las anteriores. Los únicos sonidos que se percibían en el silencio inmóvil de la carpa eran los gritos de dolor de los pacientes y sus lamentos. En el exterior, los sonidos de las armas al chocar entre ellas, los siseos de las flechas, las respiraciones jadeantes de los heridos y el olor a sangre embriagaban el aire.
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    531 Saphira miró alcielo. Suspiró. Quedaban sólo unos minutos para que se iniciase el extraño fenómeno de las lunas escarlatas y sin perder el tiempo, entonó una salmodia mágica para unirse cósmicamente a la suerte de Nathan. La parte de sí misma que se había separado del unicornio, se vio obligada a actuar en respuesta a la súplica de Kali. El éter de Nathan y la posesión del cuerpo de la joven por parte de Saphira, permitiría salvar la vida de Áquila y aunque la deidad no veía ni percibía nada, su poder, a través del éter, seguía intacto. El intenso silencio de la Quintus Essentĭa flotaba en el aire. El éter parecía estar vigilando, aguardando. En silencio.
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    532 Acto III La Sendadel Silencio La atmósfera cambió en cuanto el unicornio dorado franqueó los altos portones de oro que se alzaban invisibles en el cielo negro bajo el manto estrellado. En las llanuras, el hermético Sanctasanctórum se dejaba ver, majestuoso. Una visión diferente a los ojos del fabuloso animal que surcaba el cielo. En el horizonte, grandes columnas de humo, procedentes de las batallas en Bilsán, pincelaban la oscuridad con una turbia capa blanquecina. En lo más alto junto a las estrellas, las argentarías lunas cambiaban poco a poco su tonalidad para acabar convirtiéndose en dos cuerpos celestes que lagrimean sangre. La sangre de una deidad inmortal a la que la vida legada por los Septĭmus, antes de dejar de existir, como último dios no le habían concedido ninguna tregua, sólo sufrimiento. El unicornio descendió rápidamente y aterrizó justo delante del templo sagrado. Los Seres alados que les habían escoltado bajaron a Nathan. Su cabeza cayó a un lado, como un resorte, casi sin vida y antes de que se desplomara en el suelo, una de las entidades lo cogió en brazos y todos juntos penetraron en el interior. Miraron al cielo, casi rojo. Apenas tenían tiempo. Cruzaban el amplio vestíbulo descubierto de culto solar, rodeado de columnas, cuando fueron interrumpidos por una entidad maligna que hablaba en nombre del Ser espectral, éste había dejado a Festo en el bosque para que impidiera
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    533 que los inmortalesse acercaran al templo y a falta de tiempo material se había desdoblado a sí mismo, como una parte innegable de su ser. Se dejó ver en toda su magnitud. Ya no le interesaba ocultar su identidad. Apofis brillaba con luz propia, aunque ésta era muy, muy oscura. ⎯¡Habéis llegado demasiado tarde! ⎯dijo con voz siniestra. Saphira, que dejó su forma de unicornio para transformarse de nuevo en una Dryadis de apariencia humana, se atrevió a replicarle. Conocía muy bien al dios que tenía delante. El Ser espectral ya estaba saboreando su aplastante victoria cuando las palabras de Saphira cambiaron toda su perspectiva. ⎯No; el que ha llegado tarde has sido tú. Los Seres que custodiaban a Nathan trataron de avanzar, pero Apofis, incapaz de asimilar una nueva derrota, levantó una mano y las entidades se detuvieron en seco, quedando atrapadas en el interior de un anillo de fuego. El corazón de Nathan estaba a punto de pararse. La tensión se disparó con una flecha. La zona exterior del templo dejaba pasar la luz de las lunas, éstas alzadas en el aterciopelado cielo negro, reflejaban en el brillante suelo destellos rojizos como diamantes de sangre sobre ellos. Sin embargo, el ser maligno aún creía en su triunfo. De su boca salían maldiciones en un idioma que sólo las deidades conocían, mientras miraba al cielo con los puños apretados y la mandíbula tensa. ⎯No habéis traspasado la arcada del Panthĕon ni su portón. Ya nada podéis hacer por él. ¡Entregádmelo! ¡Es mío! Saphira miró al suelo. La luz roja de las lunas parecían antorchas en llamas y éstas proyectaban sombras que iban ganando terreno, pero aún no habían alcanzado a Nathan. Faltaba poco, pero los dos cuerpos celestes no habían alcanzado el cenit. Existía una
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    534 posibilidad. De pronto oyeronun rugido que hizo retumbar el suelo. La criatura alada de Apofis surcaba el cielo en círculos, amenazante. ⎯No lo conseguirás ―dijo Saphira―. Tú sabes lo que soy realmente, no te conviene enfrentarte a mí. ⎯Eres un dragón que está a punto de extinguirse ⎯Apofis se echó a reír⎯. Eres tan necia que estás dispuesta a morir por él. Extraño amor el tuyo. Saphira miró fugazmente a los suyos y con un acto sublime de alta magia hizo desaparecer el anillo y por tanto, el hechizo que apresaban al Ser que portaba a Nathan en sus brazos. Gritó con voz desgarradora. ⎯¡Ahora! ¡Entrad! Los grandes portones de oro se abrieron con un siniestro crujido y Saphira alzando sus alas invisibles aleteó salvajemente, lanzándolos al interior. De repente, un viento huracanado surgió a su alrededor y su cuerpo humano comenzó el proceso de transformación para proteger a los Seres, que penetraron en el pasadizo del Panthĕon como una tromba. Apofis, sorprendido, no pudo hacer nada. Las sombras rojas se habían alargado tanto que alcanzaron el portón, pero Nathan estaba a salvo, en la oscuridad de la Senda del Silencio. ⎯Estás loca, Saphira ―replicó Apofis―. Sé lo que planeas, no te lo permitiré. No puedes conseguirlo. El cuerpo de Nathan no aguantará la transformación. Lo matarás. La verdad me estás haciendo un gran favor y tendré que recompensarte por ello. De la garganta de Saphira surgió un rugido atronador. Un eco que se elevó hasta los confines del universo. La hermosa mujer, envuelta en convulsiones salvajes, se fue transformando poco a poco y su piel se llenó de escamas doradas. Ella no era un dragón corriente. Era un Basilisco- Dragón Dorado de la Dinastía Salmanasar, un cruce de
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    535 sangre real entredragones de fuego negros y basiliscos dorados. La última de su especie que aún vagaba por Nuevo Mundo y necesitaba perpetuar su linaje para revivir al Dragón Real. Saphira había llegado al cenit de su vida dual y ahora tenía que ceder el testigo a la única entidad que como ella tenía la capacidad de transformarse, pues había nacido con el estigma del fuego y de la dualidad, algo que no le debía a su padre, sino a Ra. El único que fue mordido por dos serpientes y sobrevivido. El único que superó la terrible transformación del dios solar, Ra. El único cuerpo no humano que puede sufrir metamorfosis y salir indemne. Pero antes, Nathan tendrá que morir para renacer, eso sí, sólo en las fauces del Basilisco. Un sacrificio letal y que a través de un ritual espiritual, Nathan se convertirá en la reencarnación del Dragón Real Salmanasar. Si el dios muere antes de ser colocado en el pentagrama, todos los esfuerzos de Saphira por perpetuar su legado habrán sido en vano. La mirada hermosa del dragón se hizo letal. Sin embargo, la transformación la había debilitado más de lo que ella hubiese deseado. Su tiempo estaba llegando a su fin. Tenía que traspasar su legado antes de que fuese demasiado tarde. Apofis, no pudiendo hacer nada en ese momento, alzó los brazos y un remolino de polvo negro lo envolvió para hacerlo desaparecer en el acto. El silencio fue roto por sus siniestras carcajadas, éstas retumbaron en el templo sagrado junto a una amenaza muy seria. ⎯Convertido en un cadáver o en dragón, Nathan no saldrá del Panthĕon vivo. Yo me encargaré de que tus planes fracasen. Saphira rugió salvajemente, echándole del Sanctasanctórum. Era consciente de que sólo había ganado un poco de tiempo, antes de que Apofis irrumpiera de nuevo. La temible serpiente no estaba dispuesta a permitir que un dragón dorado surcara los cielos de nuevo y menos, que éste fuera su eterno adversario, el mismísimo Nathan.
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    536 El dragón volvióa su forma humana. Una extraña presencia surgió de las profundidades del templo, arremolinándose en torno a la mujer. Vestía una larga túnica blanca y sus cabellos albinos, hacían juego con el iris de sus ojos, blanco como la nieve. Ojos, conocidos por su letalidad. Su piel era nacarada y su aura, puro fuego. Saphira se volvió hacia la entidad, no estaba sorprendida por verle allí, frente a ella. Lo esperaba. ⎯Hola, padre. El Ser dio unos pasos hasta ella y la besó en la frente. ⎯Estoy orgulloso de ti ―dijo―. Has sabido controlar muy bien a esa bestia llamada Apofis. Pero, dime ¿los inmortales han aceptado sacrificar a su deidad? ⎯Sí, excepto uno. ⎯¿Su padre? Saphira asintió. ⎯¿Crees que depositamos nuestro legado en buenas manos? ⎯Sí, padre ―afirmó ella―. Nathan no se transformará sin un motivo, apenas usa su poder. Con él, nuestro legado está a salvo, jamás pondrá en peligro nuestros genes. Espera un hijo y esos genes están en la criatura, porque también están en él. ⎯¿Y los inmortales? ⎯Ellos no saben nada. Bueno, lo único que saben es que tu saliva es el antídoto que él necesita para vivir. Debo reconocer que Ishtar me ha puesto las cosas muy difíciles, pero no ha conseguido averiguar la verdad del todo. ⎯Lo sé ―afirmó el Ser―, pero Apofis lo ha descubierto y él si puede provocarle. Esa criatura alada que surca los cielos con él puede encender su ira y provocar una futura transformación para derrotarle. ⎯Ese es un riesgo que hemos de correr –dijo Saphira―. El mal existe, siempre ha existido y el poder que Nathan posee le otorga innumerables enemigos, pero confío en su sentido común y en su nobleza. La deidad se controlará,
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    537 siempre lo hace. Saphirahizo una pausa y siguió hablando. ⎯Ahora, padre, será mejor que entremos en el Panthĕon, estoy cansada. Los últimos vestigios de mi poder los he utilizado para transformarme en un unicornio y darle a él la oportunidad desafiar una muerte inevitable. Ahora ya no tengo fuerzas. Si como Basilisco has de utilizar mi cuerpo, será mejor que lo hagas cuanto antes, padre. Porque luego dejaré de existir, seré como tú… Una esencia perdida en el espacio. Invisible. ―Hizo una pausa―. Espero con esto darle una oportunidad para que siga viviendo, aunque esto suponga unos cambios muy drásticos que él, en principio, no aceptará porque son impuestos. Pero Nathan es el único… Mi hermano sólo puede reencarnarse en él. Estoy segura de que si logra superar tu ritual, el dios hará honor a la Dinastía Salmanasar. Hace mucho tiempo que Nathan es fuego, lo demostró al extraer la Daga de Oro y al sufrir la metamorfosis de Ra. El Ser miró a su hija, complacido. ⎯Confío en ti ―dijo―. Pero piensa, que una vez yo me haya transformado en Basilisco, existe la posibilidad de que mi instinto salvaje y asesino desee matarlo antes de entregarle algo que puede poner en peligro su propia existencia en un futuro. ⎯Si muere, no podrá transformarse. Si vive, tendrá que superar mi Hieros Gamos. Yo soy la única que puede trasmitirle nuestro legado, si no sirve… Su padre la interrumpió. ⎯Si no es digno, morirá. Saphira dio unos pasos y se detuvo ante el umbral. Su padre la seguía caminando con lentitud. ⎯Padre… ⎯Dime. ⎯Creo que durante unos días será necesario ocultar nuestro legado en su nuevo destino y que una vez acabado todo, no quede ni un resquicio de este templo ni de nuestras
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    538 huellas. ⎯No te preocupes.No quedará piedra sobre piedra. En el pasadizo, el aire era frío. Las escaleras de caracol que descendían estaban tenuemente iluminadas por antorchas colgadas en ménsulas en la propia roca. Las llamas anaranjadas proyectaban sombras que se retorcían formando figuras dantescas, dando a todo el conjunto un aspecto muy siniestro. Los escalones, muy resbaladizos les obligaban a descender despacio. Los muros negros que los rodeaban mostraban figuras de Seres tallados en la roca. Imágenes misteriosas de un pasado muy lejano. Dragones y Basiliscos, ancestros del Nuevo Mundo, gobernaban en el Antiguo Mundo y se erigían en las escenas, representadas en la roca, como reyes en una mítica era de Fuego extinguida hace milenios. Después de los poderosos dragones-hombres llegaron los inmortales y con ellos, la sublevación del Poder Negro. Leyendas que, en la actualidad, los mayores cuentan a sus nietos… «¿Qué pasaría si los dragones volvieran a gobernar como lo hacían antaño… surcando los cielos y aplacando las guerras con llamaradas de fuego, asolando la oscuridad o cualquiera de sus manifestaciones?» Los Seres, cargando con el inconsciente Nathan, Saphira y su padre caminaban por el angosto sendero, en silencio. Poco a poco, el pasadizo se fue abriendo cada vez más y grandes estalactitas surgieron ante ellos, descendiendo del techo; algunas de estas concreciones calcáreas eran tan largas y puntiagudas que casi les rozaban las cabezas. Desde el mismo suelo, las estalagmitas les daban la bienvenida al Panthĕon Sacrātus, el templo subterráneo más antiguo de todo el planeta. Tan antiguo como la extinta era de Fuego. Un lugar sagrado donde sólo los ancestros de dragón y las deidades tienen permitido el acceso. Nadie más puede entrar en el templo sagrado. Nadie. En el interior del Panthĕon no hay tesoros ni nada que
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    539 pueda suscitar laavaricia del hombre, sea éste mortal o inmortal. En el interior, reside la Quintus Essentĭa, el éter espiritual de una deidad llamada Nathanian o lo que es lo mismo, Nathan; pues éste, desconociéndolo totalmente, lleva en sus genes la sangre de sus ancestros que le fue legada por los Septĭmus al morir éstos como mortales. La oración del Septĭmus Justice que entonó antes de su último suspiro hace casi veinticinco años tenía un doble sentido. Un sentido que no captó Halmir, ni siquiera Nathan cuando su padre se lo comunicó. Era el Legado de las Siete Divinidades. «Tú poder se ha alzado, tu cólera se ha encendido, tu estrella ha mostrado su fulgor, y tu corazón…» La oración del Septĭmus que sonó en el vacío del Universo y que ningún oído humano pudo escuchar, estaba inconclusa. El dios Justice murió antes de acabarla y ahora le toca a Saphira continuar donde lo dejó él. «…y tu corazón es puro dragón» «Nathanian, tú eres uno de los nuestros. Siempre lo has sido», pensó ella. Saphira con la mirada al frente no podía dejar de pensar en lo que iba a dejar atrás… Años y años dedicados a custodiar su legado, tratando de protegerse de las manifestaciones del Poder Negro y que a raíz del nacimiento de Nathanian Falcon-Nekhbet comenzaron a surgir uno tras otro. Enemigos de la deidad y de ella misma, pero quién siempre ha dado la cara es el joven que, inconsciente, era arrastrado a través de la angosta senda rumbo al destino más incierto que jamás haya tenido. Por primera vez en sesenta y dos años físicos, Nathan se encontrará cara a cara con la muerte. Pero no una muerte como las anteriores, esta le conduciría directamente a su cuarta vida. Seguían descendiendo. El Panthĕon era un rompecabezas laberíntico de
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    540 angostos senderos empedradosy muros de piedra que se distribuían en varias plantas descendentes. Aunque ocupaba sólo doscientos metros cuadrados de superficie, estaba atestado de nichos, cuevas sacras y símbolos arcanos milenarios, éstos se hallaban tallados estratégicamente en las paredes, en el suelo… Estrellas de cinco puntas, triángulos con sus vértices enfrentados, cálices y espadas mágicas e impresionantes escaleras de piedra que se ramificaban como arterias hacia las profundidades del abismo. La esencia que se respiraba en el ambiente podía tragarse a cualquiera sin dejar rastro. Era el escenario perfecto para ocultar un Basilisco u otra criatura similar. Pasaron deprisa los nichos y llegaron a una arcada triple, sin puertas. En el interior de esa majestuosa sala, todo el suelo era un inmenso espejo; en el centro, en el mismo vértice, una estrella de cinco puntas, un pentagrama con gran cantidad de inscripciones talladas, escritas en un lengua impronunciable. En el extremo más alejado del pentagrama, un altar que separaba el símbolo arcano de una inmensa puerta de oro macizo. De pronto escucharon el ruido de unas garras que arañaban el otro lado de la puerta. Había allí adentro algo vivo, algo que era mejor no molestar. La extraña criatura sintió la presencia de Nathanian y si abrían la puerta, posiblemente arremetería contra él. El padre de Saphira ya no estaba con ellos. Desapareció. Había aprovechado la confusión de los Seres al escuchar el temible ruido de las garras para fundirse en las sombras. Tenía un cometido y era dejar libre su instinto animal, pues Nathan ya estaba en el templo. Saphira se abrió paso entre sus compañeros y caminó deprisa, levantando a su paso una extraña nube de polvo mágico que no provenía del suelo, atravesando el pentagrama. Desde su posición ordenó que colocaran a Nathan en el mismo centro de la estrella mágica, de espaldas al suelo, perfectamente alineado longitudinalmente para
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    541 equilibrar su poder. Elaire estaba impregnado por el aroma del sándalo. Cuando terminaron de situar a Nathan, con sus extremidades extendidas hacia cada una de las puntas, Saphira delicadamente lo desnudó y luego lanzó un poderoso hechizo que encadenó a la deidad al pentagrama, sin cuerdas ni cadenas. Finalizado este proceso, ella se puso en pie y ordenó a los Seres que abandonaran el templo. La mujer cogió un puñal del altar y tocó el filo de la hoja con la yema de un dedo. Durante un momento, Saphira permaneció inmóvil contemplando aquel fibroso y hermoso cuerpo desnudo, pero finalmente, sometida a la mirada penetrante de la Esencia que vigilaba todos sus movimientos, se volvió hacia el altar, lo bordeó, dejó el puñal sobre la tarima de mármol y se fue, cerrando la puerta a sus espaldas. La criatura que con sus afiladas garras arañaba las puertas desapareció en el mismo instante que la Quintus Essentĭa hacía acto de presencia en el templo sagrado, inundando con su aroma invisible y su silencio todo el recinto. Nathan quedó a su merced. Había llegado el momento de la verdad. La Quintus Essentĭa conduciría a Nathanian a través de la senda del silencio hasta la única salida posible, antes de que el letal Basilisco decidiera si salvarle o no: el Ritual de Muerte y Renacimiento. La luna rojas habían alcanzado su cenit. Mientras los inmortales perseguían una estela que habían perdido. El Sanctasanctórum se podía vislumbrar en la lejanía.
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    542 Acto IV El Ritualde Muerte y Renacimiento El cielo estaba despejado y una ligera brisa ondeaba las copas de los árboles. Las dos lunas escarlatas brillaban en lo más alto con intensidad junto al manto estrellado. Los inmortales muy preocupados por el destino de Nathan, cabalgaban frenéticos saliendo del bosque y adentrándose en las vastas llanuras de labranza, ya muy cerca de Bilsán. A esas alturas podían husmear el olor de la batalla que hasta allí se debatía sin fin. De pronto un resplandor azul iluminó de un fogonazo la vanguardia de la comitiva. Los caballos asustados, piafaron y relincharon dando brincos. El rayo les golpeó, y los inmortales cayeron todos al suelo, sólo Alfeo controló su caballo. Ante ellos apareció el hechicero Festo y sobre sus cabezas, Apofis a lomos de su dragón, una extraña criatura creada en Snake, volaba en círculos envueltos en rugidos atronadores y carcajadas siniestras. Después de la esperada aparición de Festo e inesperada presencia de Apofis y su criatura alada, Halmir y los demás se levantaron del suelo, enfundados en tierra, y como un rayo desenvainaron sus afiladas espadas, alzándolas desafiantes hacia los pérfidos adversarios, que desde tierra y cielo no dejaban de amenazarles, incansables. Al hechicero no le fue suficiente con la derrota sufrida, sino que aún quería más. Pero ahora, era más temible, estaba acompañado del más temible dios negro que jamás haya existido. Los inmortales, ante la siniestra amenaza, retrocedieron unos
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    543 pasos y acercaronsus cuerpos unos contra otros, espalda contra espalda, unidos como una piña. Los Dragones Negros con Alfeo al frente, fueron rodeados por los inmortales, evitando que se situaran en la primera línea donde más acuciante era el peligro. Pero ellos no querían esa protección, eran poderosos hechiceros del Poder Blanco y como tales podían defenderse perfectamente. Si tenían que morir, lo harían encantados. No temían a la muerte. Halmir dirigió una mirada fugaz a su alrededor. Sopesó las posibilidades que tenían y de pronto, gritó: ⎯¡Dispersaos entre los maizales! Alfeo buscó a su hermana Kali. La encontró y la ocultó entre grandes tallos de gramíneas. ⎯Pase lo que pase, no te muevas de aquí ⎯dijo. La joven asintió en silencio y obedeciendo, se acurrucó como un ovillo y se quedó allí, bajo la protección de los grandes tallos de maíz, confiando en que la confrontación con el enemigo se viera decantada felizmente hacia el bando inmortal. El hechicero tenía pendiente un asunto personal con Halmir y quería atajarlo cuanto más rápido mejor. Sin embargo, Apofis, cabalgando a lomos de su dragón se limitó a realizar volandas y con las alas de la criatura los lanzaba de un lado a otro como muñecos. Los caballos huyeron espantados en dirección al bosque. Halmir con expresión decidida en su semblante se enfrentó a Festo, éste lo miró con recelo una milésima de segundo antes de que la afilada espada del inmortal oscilara frente a su rostro, dispuesto a guillotinarle. El hechicero lanzó a Halmir una mirada asesina, pero el inmortal no se dejó amilanar. Estaba en juego la vida de su hijo y aunque era consciente de que no podía hacer nada para cambiar su destino, si podía arrebatarle la vida al hechicero y cumplir su ansiada venganza. ⎯Esta vez tu poder no funcionará conmigo. Tengo un
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    544 buen escudo protegiéndome⎯bramó Festo, apartando con su espada el arma del inmortal. Halmir sonrió entre dientes y miró hacia lo alto. Apofis estaba muy entretenido tratando de derribar a sus compañeros de fatigas, pero estos se defendían muy bien de su asedio. ⎯¿Lo dices por él? ¿Acaso crees que le tengo miedo? Festo soltó una carcajada. ⎯No ⎯la respuesta fue tajante⎯. ¿Miedo…? Yo creo que sí le tienes miedo, pero eres demasiado orgulloso para reconocerlo. Halmir no permitió que aquellas viperinas palabras de Festo le incomodasen. ⎯Tú no tienes escudo, mequetrefe ⎯precipitó su espada contra el hechicero y este, rápido como un felino, devolvió el golpe. Ambos aceros chocaron ruidosamente⎯. A Apofis no le importas nada, él sólo quiere a mi hijo. Tú no eres nadie. ⎯Guárdate tus sarcasmos ⎯masculló Festo. ⎯Parece que la cosa va en serio, ¿no? El rostro de Festo se contrajo en un rictus frío y duro. No se dirigieron ni una palabra más. Ambos se enzarzaron en una violenta lucha con todo lo que tenían a mano, incluida la magia. Para los inmortales, Halmir se había convertido en un desconocido. Nunca en su larga vida había guerreado tanto y con tanto empeño, pero el envenenamiento de su hijo instigado por Festo hizo surgir el lado más oscuro de su personalidad. En esos momentos, su corazón estaba lleno de odio hacia ese ser despreciable. Su corazón era de piedra. Sin embargo, después de unos instantes, Ishtar observó a Halmir en apuros, éste se vio repentinamente acuciado por una severa fatiga, propiciada por el desgaste del combate anterior, y acudió en su ayuda. Entre los dos acorralaron al hechicero y éste se vio obligado a usar la magia para librarse de ellos. El hechicero dejó escapar un grito triunfal y luego, alzó
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    545 poderosamente su manoy una gran bola de fuego salió disparada como un rayo hacia ellos. Halmir lo esquivó, pero Ishtar fue alcanzado y el estallido lo lanzó a través del maizal a una velocidad de vértigo; el impacto con la tierra fue duro y perdió el conocimiento al instante. La situación se volvió adversa para los inmortales. Eran tres, Apofis, Festo y el dragón; y ellos, eran diez sin contar con Kali, a la que no dejaban actuar por su estado, pero nadie se atrevía a poner en riesgo su vida ni la vida del hijo de Nathan, y no podían con ellos… El problema era que Halmir estaba demasiado débil; Ishtar, inconsciente; Morpheus y Alfeo ayudaban a los jóvenes dragones y luchaban cuerpo a cuerpo contra el dios Negro. Éste como espectro, era imbatible y su montura alada, parecía contagiada por su poder. La situación se estaba complicando más de lo esperado y la victoria parecía decantarse por el lado que ostentaba menor número. Kali, desde su escondite, ansiaba participar en la lucha. Pero la criatura que llevaba en sus entrañas le obligaba a ser sensata. De todas formas, no tenía ni fuerza ni poder para enfrentarse a los oscuros y si lo hacía para demostrar de lo que era capaz, pondría en evidencia, ante Apofis, su embarazo y en ese caso, perdería todo por cuanto a luchado y ese todo, es su hijo. El regalo de Nathan. En el cuerpo de Halmir todavía reverberaban los efectos del último estallido cuando una nueva descarga eléctrica lo traspasó por entero. Festo se reía a carcajadas, éstas retumbaban en la mente del inmortal amplificadas hasta el punto de convertirse en insoportables. En un intento desesperado por no oírlas, se llevó las manos a los oídos y trastrabilló alejándose del hechicero, sintiendo punzadas de dolor que lo dejaban aturdido. Se sintió repentinamente mareado. Tenía una terrible sensación de vértigo que hizo que se desplomara justo muy cerca del lugar donde permanecía oculta Kali. La joven, al verle inconsciente igual
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    546 que su padre,ahogó un grito y su corazón se desbocó. El hechicero como no tenía capacidad para destruir a los inmortales, una vez, derrotados dejó de interesarse por ellos. Mentalmente recibió una orden de Apofis y ésta era tajante. «Márchate al Sanctasanctórum y espérame allí. Yo acabaré con ellos» Y lo hizo. Festo conjuró una espesa niebla en torno a él y se fundió en ella, desapareciendo en el acto. Nadie, excepto Kali, presenció su marcha. Morpheus tomó el arco de Ishtar y disparó una flecha. Pasó por encima de la cabeza del dragón. Necó también tendió su arco y disparó, nada. Ambos volvieron a intentarlo, por segunda vez. Era preciso que tuvieran éxito para derribar a un Apofis cada vez más insultante y que les amenazaba con reducirlos a cenizas. Necó sacó una nueva flecha de su carcaj, y la lanzó, poderosa y precisa, y golpeó el flanco del dragón. Gritos de júbilo de Morpheus saludaron el buen tiro, pero se apagaron cuando el dragón, emitió un amenazador rugido y gobernado por Apofis voló en picado hasta ellos. Ambos echaron a correr, tomaron sus dagas del cinto y cuando tuvieron al dragón encima, se volvieron bruscamente, provocando el jaque del animal, éste sorprendido vaciló sólo un instante. Porque Morpheus y Necó, sincronizados, hundieron las afiladas hojas en el cuello de la bestia. Pero no fue suficiente para derribarlo. Sin embargo, la sorpresa vendría desde la retaguardia del animal; allí, situado detrás del dragón, el inmortal Alfeo disparó con extraordinaria rapidez dos flechas hechizadas y rematadas con afiladas puntas de plata que alcanzaron el objetivo; una, la espinada del dragón, atravesando en diagonal toda la carne hasta lograr llegar al corazón; y la
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    547 otra, traspasó primeramenteel cuerpo astral de Apofis, y terminó por atravesar la cabeza de la criatura alada. Ésta estiró el cuello hacia delante como una serpiente; se convulsionó y fulminada, se derrumbó. El Ser espectral se elevó en el aire, gruñendo. Como venganza por la muerte de su dragón formó en el suelo una nube de azufre encogida en una delgada columna de humo y la hizo estallar con el lanzamiento de una letal esfera cargada de fuego negro. Sus rayos poderosamente malignos se dispararon hacia los cuatro puntos cardinales con una fuerza imparable, rebotando hacia ellos. Aturdidos, los inmortales Morpheus y Alfeo bambolearon de un lado a otro y los dragones no conseguían levantarse del suelo. El estallido fue como una bomba y eso, los dejó fuera de combate. Apofis los observaba desde las alturas, divertido. Estaban tan débiles y aturdidos que jamás podrían ser un obstáculo para sus propósitos. La verdad es que el dios Negro se sintió tentado… Habría sido muy fácil para él abalanzarse sobre sus cerebros y terminar de extinguir las pocas energías que les quedaban. Un triunfo sobre los inmortales que no tenía precio. Pero eso no iba con él. Su única tentación era Nathan y ahora, sólo los Seres y su herencia dragontina impedían su dicha. Si él fracasaba en su intento de evitar que la deidad sobreviviera, en un futuro trataría de destruir la dragonites; la piedra fabulosa donde se supone se concentrará el poder de Nathan y que con un disparo certero en su cabeza podría conseguir destruirlo totalmente. La dualidad hombre-dragón que la extraordinaria deidad pudiera albergar, podría convertirse en una fatalidad, si Nathan osará enfrentarse al dios Negro transformado en dragón. Esa puede ser su debilidad y el triunfo de Apofis es, pues, conocer ese pequeño detalle.
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    548 En el Panthĕon,el trance espiritual de Nathan era frenético… Nathan despertó sumido en un extraño trance. Un sueño, dónde él era la víctima y en el cual tenía que superar la muerte, para renacer de nuevo. En el sueño… Nathan abrió la puerta de una extraña cámara. La espaciosa estancia estaba caliente y muy bien iluminada por un fuego que crepitaba en una ornamentada chimenea. Confuso, no se atrevió a moverse del umbral. «¿Qué hago en este lugar?» Nathan no era muy consciente de lo que estaba ocurriendo, ni siquiera podía asegurar si estaba vivo. «¿Estoy soñando? ―se preguntó―. ¿Estoy muerto?» Miró a su alrededor y luego a sí mismo. Su cuerpo estaba cubierto de un fino velo… «¿Cómo he llegado aquí?» Su mente era un torbellino de preguntas; todas ellas, sin respuesta. Estaba en un lugar desconocido, en el interior de una estancia desconocida y junto a una chimenea desconocida… Se puso muy nervioso y echó a caminar de un lado a otro de la estancia como un animal enjaulado. No había ventanas, sólo la puerta y repentinamente, ésta se cerró de un portazo. El golpe lo sobresaltó. Se giró y miró atrás. Sus cejas claras se enarcaron, intrigadas y su rostro expresó incredulidad ante lo que estaba ocurriéndole. Perturbado, trató de abrir la puerta, pero el cerrojo estaba bloqueado. Una extraña claustrofobia hizo mella en él. Su corazón latía desbocado y su respiración jadeante le indicaba que algo iba mal, rotundamente mal. No quería pensar en fatalidades del destino, pero su agudo sentido le decía que la estancia en la cual estaba preso, era el lugar elegido por su eterno adversario, Apofis, para darle el mazazo final. La muerte.
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    549 Pero si él,jamás había tenido miedo a la muerte… ¿Qué estaba ocurriéndole? ¿Por qué de repente surgió ese temor? No era humano, no tenía que temer a nadie, excepto a sí mismo. Eso era… Por fin. Nathan se sintió enteramente humano. Despojado de su inmortalidad; ahora, si. Estaba muerto. Los latidos de su corazón y su respiración, no eran más que el deseo de perpetuar su vida más allá de la muerte. Pero, ¿le dejarían morir definitivamente? Estaba cansado de luchar. Sus enemigos no le dejaban respirar. Apofis, por fin, vería su sueño convertido en realidad, ¿o no? De repente, una voz tronó severa y no lo hizo retumbando en su aturdida mente, sino en la estancia. «¡Sí!» La deidad miró a su alrededor. No había nadie con él, pero no parecía absolutamente convencido. ⎯¿Cómo dices? «Su sueño puede ser una realidad» ⎯¿Eres… la muerte? ⎯Nathan reconoció que había hecho una pregunta estúpida. La voz se echó a reír. Eso al joven, no le gustó. ⎯¿Qué te hace tanta gracia? «Tú, mí querido Nathan. Tú…¿Mira que hacerme esta pregunta a estas alturas?» Nathan se quedó en silencio. En ese momento, sintió a su alrededor la presencia del pasado. Sintió como su espíritu su elevaba y alguien o algo le tendía una mano, susurrándole y compartiendo con él sus temores. A través de su vínculo con la deidad, la Quintus Essentĭa percibió el malestar, la incomodidad y el arrepentimiento que le atenazaban, pero seguía sin comprender sus extrañas preguntas. Sin embargo, la esencia decidió suavizar su voz, haciéndola más consoladora. Nathan estaba con la moral por los suelos y parecía que no creía en sí mismo ni siquiera en su divinidad, ahora seriamente amenazada. Era como un
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    550 niño asustado alque hay que cuidar y proteger. Pero el Ritual de Muerte y Renacimiento no era un juego de niños. Era real y duro, muy duro; pues el objetivo principal de esta liturgia es eliminar las ligaduras terrenales, o sea, morir para renacer. Pero Nathan no estaba muy convencido; incluso, muerto, dudaba. Aquella noche tan larga había traído consigo la muerte de la deidad, ahora todo dependía del Basilisco. Sólo la bestia puede purificar su sangre envenenada y provocar su renacimiento. Llevar a Nathan a través de la senda correcta iba a ser más difícil de lo que se pensaban los Seres. Para la Quintus Essentĭa era puro trámite, superar los niveles era fácil, pero sólo para alguien que esté totalmente desligado de la vida y aceptado su condición. Sin embargo, ese no era el caso de la deidad. Los Seres llegaron a la conclusión de que era necesario actuar con más dureza, obligándole a volver a entrar, como ya lo hizo en su primera vida, en la Cámara Oscura y una vez allí, sacrificar su humanidad de una vez por todas. El ritual comenzó y el silencio les unió. El cuerpo de la deidad seguía encadenado a la estrella de cinco puntas, muerto. La única vida que latía en él estaba en un nivel muy superior y no entre aquellos muros, tan cerca del Basilisco. Como parte de la liturgia, la voz desapareció, porque Essentĭa y Nathan se fusionaron. Ahora, ambos eran un único ser y por tanto, destruibles. Si Apofis deseaba eliminar a Nathan, debía hacerlo ahora, porque ese es el único momento en dónde éste es completamente vulnerable. El Ser espectral era consciente de esto y para él no sería problema colarse en alguno de los siete niveles y desde allí, induciendo una brutal pesadilla, tenderle una emboscada. Y mientras tanto Festo, empleaba toda su maligna magia
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    551 para tratar inútilmentede entrar en el Panthĕon, una pesadilla trasladó a la deidad al primer nivel del ritual: el umbral de la Cámara Oscura. Al otro lado de la realidad… Nathan, despojado de su cuerpo, se deslizaba a través de un angosto y oscuro pasillo, en silencio, cuando de repente oyó una voz conocida. Ante él, una encrucijada. «¿Dudas?» Nathan escuchó la voz de su éter, en sí mismo. Ahora, eran uno solo. ⎯Dudo sobre el camino que debo escoger. «Ahora, primero eres tú… Y después, también» ⎯No. «Ante ti, dos caminos; a la derecha, la muerte definitiva; a la izquierda, el renacimiento… ¿cuál escoges? No olvides que un error no te permitiría seguir y tu muerte sería un hecho real.» Nathan se detuvo, su éter se abrió a él. ⎯¿Acaso ya no estoy muerto? «Sí, lo estás. Pero no es un destino definitivo, aún queda una posibilidad…» La deidad alzó una mano y acalló a su voz interior. ⎯Desde que cumplí la profecía he querido traspasar la línea, pero vosotros y mi padre siempre lo habéis impedido de una forma u otra. Ahora, soy libre. Puedo elegir. La voz de la Quintus Essentĭa, enterrada en aquella extraña forma incorpórea y que deseaba morir de una vez por todas, sonó triste. Después de tanto mover los hilos… «¿Realmente quieres dejar de existir?» ⎯Sí. Hubo un silencio. Nathan, inmóvil, vaciló; no tenía tan claro su dilema. «¿Si realmente deseo morir, porque no soy capaz de elegir? ¿Qué es lo que me detiene? Necesito saberlo», se preguntó. «La carne de tu carne… Sangre de tu sangre. Tu hija…» Nathan al escuchar esas palabras se quedó muy callado.
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    552 Ya había tomadouna decisión. ⎯Tranquilo. Has de conservar la calma o te arriesgas a que te aniquilen ⎯se dijo Nathan a sí mismo. Cerró los ojos y traspasó el umbral del Renacimiento y entró en el primer nivel. Lo que le esperaba en el interior de esa cámara, era una incógnita. Y el desconocimiento le resultó extrañamente incómodo. Su éter suspiró aliviado. Llegó a pensar que Nathan elegiría la muerte. Era consciente de que la criatura que llevaba Kali en sus entrañas le había hecho cambiar de idea. «¿Te importaría abrir los ojos?» La deidad abrió los ojos y miró a su alrededor. Al principio lo veía todo doble, borroso y difuminado. La Quintus Essentĭa actuó sobre su visión y las cosas se aclararon. De pronto le envolvió un gran resplandor. Su aura brillaba con fuerza. Su esencia de fuego estaba en plena efervescencia. De pronto una oleada de visiones le azotaron duramente. Era el pasado, él que tanto odiaba, que volvía a él para evitar que olvidara. Revivió la profecía que le marcó para siempre. Revivió su primera y dolorosa muerte. No lo aguantó y cayó arrodillado al suelo. Nathan luchó para hacerse con el control de su aplomo. ⎯¡Basta! No hace falta recordar… Sé quién soy. La Essentĭa respondió a través de su boca. «Tienes razón, Nathan. Ya hemos perdido demasiado tiempo con tu pasado, pero a veces es necesario.» Nathan se puso en pie y echó a caminar, dispuesto a superar el siguiente nivel. Avanzaba como hipnotizado en la oscuridad, su aura se había apagado al afirmar que sabía quién era. Sus pensamientos conscientes danzaban libres, tentándole con más flaquezas. Quería huir de su propia debilidad. Su humanidad jugó desde siempre su destino. Repentinamente una luz dorada inundó el pasillo. Nathan cerró los ojos, buscando el equilibrio en su mente. Todo
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    553 volvió a lacalma al darse cuenta de que había entrado al siguiente nivel. Al traspasar el tercer nivel, un rayo de luz blanca salió disparado de la misma nada. Impactó frente a él, avisándole de que no debía mover ni un solo músculo de su forma incorpórea. El suelo se estremeció y Nathan se tambaleó, aturdido. Cuando la luz blanca se disipó, nuevas visiones invadieron su mente y éstas le provocaron mucho dolor. La guerra de poderes que había iniciado Nabuc. La matanza de Hermes. Jadlay. Áquila, en el momento de ser herido mortalmente. Jadeó. Las visiones se hicieron cada vez más crueles. Sus cimientos se tambalearon. Se dobló, presa de un dolor insoportable. Sintió los dolores de su cuerpo mortificado. Se desplomó en el suelo, sumido en la agonía del envenenamiento. Lágrimas de sangre brotaron de sus ojos al intuir la traición de Male-Leel. Nathan, embestido por tantos frentes, no se sentía con fuerzas para continuar su viaje hacia el Renacimiento. De repente, unas carcajadas retumbaron en su mente: eran Apofis y Festo, ambos en el umbral del Panthĕon Sacrātus le maldecían para desequilibrarle. Otra visión… La deidad contemplo alicaído la matanza de Hermes, como si estuviera allí. Su corazón incorpóreo, atenazado por el dolor de aquellas muertes, latía desbocado. No eran pensamientos. La Essentĭa a Nathan directamente al lugar para que observara la desolación que invadía a los pocos supervivientes, errantes. Y vio las tierras, sin vida. «¿Qué esperabas?» ⎯la voz de su éter interrumpió por sorpresa⎯. «No estás solo en este sufrimiento, tus súbditos te acompañan. Debes superar los niveles y entregarte al Basilisco, Nathan. Sólo tú puedes hacerlo, has de poner fin a esta guerra» Nathan se levantó y avanzó con aire vacilante. Llorando. Todo su ser se estremeció al sentir los gritos de su pueblo.
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    554 A medida queavanzaba a través de los planos astrales, fue adquiriendo conciencia de una extraña división interna. Algo estaba fallando en él. Jamás se había sentido tan débil; pero no era una debilidad de su cuerpo, sino de su mente. Era su propio caos. Se estaba desmoronando. «Todas esas gentes que ves en las visiones necesitan tu ayuda. Jadlay no tiene tu carisma ni tu poder. Él solo no puede. Su destino es la muerte.» Nathan se reveló. ⎯¡Nooo! Yo le envié a Esdras. «Exacto. Y morirá por ti. Nabuc es mucho más fuerte» ⎯Áquila… ⎯se lamentó. La Quintus Essentĭa le mostró imágenes de las luchas que habían mantenido los inmortales con Festo y Apofis. Nathan pudo ver a su padre, a Kali… ⎯¿Por qué me haces esto? Dime, ¿por qué? «Tú eres el dios. Yo te juzgo, porque solo yo puedo hacerlo. Llevas mucho tiempo lamentándote, deseando morir porque no aguantas tu responsabilidad como divinidad. Dudando de ti mismo y de tus capacidades. ¿No es eso lo que querías? ¿Acaso vas a abandonar Nuevo Mundo a su suerte, o a la suerte del usurpador Nabuc? Dime, ¿cuándo pondrás fin a esto?» La Essentĭa hizo un silencio, deseaba salir de su cuerpo astral un instante, para ver su propio rostro. Quería ver lo que sentía un dios al ser juzgado por sí mismo. Nathan acosado por los remordimientos se tambaleaba a punto de perder el conocimiento astral. «Una sola palabra tuya bastaría para colocar las piezas correctas en el tablero que tú has creado. No lo olvides. Ahora, sigue el viaje; esto que ves es sólo el principio, pues el Basilisco te juzgará y contra su decisión, nadie podrá hacer nada, incluido yo» ⎯La bestia me destrozará ―dijo―. Pero ya no me importa, estoy muerto. Sin más dilación, Nathan fue caminando lentamente hacia el siguiente nivel. Se tapó los oídos para no oír a su propio éter, pero éste estaba dispuesto a abrirle los ojos.
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    555 Las imágenes volvierona él; más crudas, si cabe. Y le siguió hablando. «Han perecido muchos humanos, Nathan. De ambos bandos. Los que han podido escapar de los campos de muerte, deambulan sin rumbo. La esencia derramada por ti, no es suficiente y no puede acallar los gritos de los heridos. Te necesitan, vivo.» La mirada de Nathan estaba perdida. Su corazón sangraba y era una hemorragia mortal. El daño era profundo. ⎯Yo… La Essentĭa lo interrumpió. Había conseguido su objetivo. Nathan dio forma a su pensamiento inconcluso. ⎯Yo… Lo siento. «No quiero hacerte daño, pero si el Basilisco ve algo de debilidad en ti, te matará y yo desapareceré contigo. Tienes que sufrir ahora, para que cuando llegue el momento de la verdad, te muestres ante él tal y como eres. Tú eres fuego y tu vida les es valiosa, no la desperdicies. Lo que ganarás, te hará supremo.» Un destello luminoso en la oscuridad. Al fondo del pasillo, una figura que se acercaba a él. Unas llamas negras y anaranjadas se arremolinaron en torno a la sombría figura. La luz se desvaneció y Nathan totalmente perturbado por las visiones mentales, se frotó los ojos, incapaz de dar crédito a la visión que tenía frente a él. Pero no era una visión, sino Apofis dispuesto a darle el golpe final, ahora que él estaba en sus horas más bajas, después del envenenamiento. ⎯¡Fuera! ⎯gritó Nathan. Apofis se echó a reír a carcajadas. ⎯Estás acabado, amigo mío. ⎯¡Yo no soy tu amigo! El Ser espectral disfrutaba de lo lindo con las desgracias de Nathan. En ese instante se unió a él, Festo que finalmente consiguió destruir la coraza del Panthĕon y aunque los Seres le mostraron batalla, no consiguieron evitar su entrada.
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    556 Ahora ya erademasiado tarde. ⎯Ja, ja, ja, ja… Mírate, das pena. La Quintus Essentĭa enmudeció de golpe y dejó solo a su entidad visible. Nathan se debatía como un borracho, incapaz de hacer frente a su adversario que parecía llevarle siempre la delantera. El nerviosismo crepitaba en él como una descarga eléctrica al recordar como Apofis le mutiló su cabellera. Abandonado a su suerte, Nathan vaciló unos instantes y a continuación, se abalanzó contra la maligna presencia. Pero algo estalló entre los dos. Una fuerte explosión que dejó totalmente aturdida a la deidad, trastabillando de un lado a otro como un pato mareado, cegado y temporalmente sordo por el estruendo. Apofis observaba como el desgraciado joven sucumbía ante su poder. El Ser espectral se dio cuenta de que en esos momentos su poder de destrucción era mucho mayor que el de Nathan. Era como tener una superioridad absoluta, como tener la posibilidad de ejercer el poder sin restricciones, pues el joven dios en esos momentos no era más que un despojo. Envenenado, mutilado y abandonado por su propia esencia, Nathan no tenía más destino que la desaparición de todo su ser. Estaba muy cerca de la no existencia. La certidumbre se precipitó sobre él como una losa. Cayó desplomado. Festo se acercó a él y le dio un puntapié en el costado. Nathan no podía sentir dolor físico, pero sin embargo, gritó. Estaba siendo avasallado. Y derrotado se dejó golpear una y otra vez, maldecir y humillar hasta límites insospechados. Apofis bailaba en Nathan, éste sin ayuda de nadie, cerró ojos y mente. Su aura había palidecido, apenas tenía energía. Su forma astral se arrastró bajo aquella lluvia de golpes que venían de todas partes. Ya no trataba de escapar, sino de buscar un lugar donde acurrucarse y dejar de existir. Era su aparente fin.
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    557 Unos minutos después,Nathan seguía oyendo las carcajadas de Apofis y Festo y retumbaban en su cerebro como una herida incandescente. Había perdido el conocimiento astral y no pudo percatarse de que Saphira, y a sabiendas de ir contra las leyes del ritual, había irrumpido en los planos astrales para ayudarle y hacerle regresar al pentagrama. La estrella de cinco puntas era en esos momentos, su salvación; al margen de lo que ocurriera después con su padre, el Basilisco. Ella le mostró los dientes a Apofis, éste y su siervo fueron expulsados de los planos astrales con un bestial e inconfundible rugido acompañado de grandes muestras de poder. Estaba claro, si no llega a ser por ella, Nathan se habría convertido en cenizas, dando al traste con los planes de los Seres de hacerle entrega del Legado Salmanasar y de la Dragonites. Después, un silencio sepulcral invadió la Cámara Oscura. Saphira volvió a tomar su apariencia humana, desnudo su cuerpo de atavíos y solamente envuelto del aura que emanaba de su espíritu, se acercó a paso lento hasta Nathan, éste estaba distante, alejado y solo. De lo que no había duda, era que el ser humillado que se lamentaba con las manos tapándose el rostro, era un dios. Él más grande de todos. Su orgullo había sido reducido a cenizas y el daño infligido por Apofis era tal que posiblemente perdurase mucho tiempo, incluso, superando Nathan, la transformación que lo convertiría en un auténtico Dragón Salmanasar. Ella tenía sus temores, pero confiaba en él. La Dryadis era consciente de que Nathan, en esos malos momentos, se consideraba un ser insignificante. Eso era parte de lo que pretendía Apofis, que la deidad fuera tan insignificante e inofensiva como una hormiga y al parecer lo ha conseguido. Saphira, angustiada por verle tan humillado, se agachó junto a él. Trató de cogerle una mano, pero Nathan se resistió
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    558 a ser tocado.Lloraba como un niño. ⎯Nathan… Saphira lo miraba sintiendo una profunda pena. Él hizo un intento de apartarse de su lado, pero ella fue más rápida y lo obligó a estarse quieto. ⎯Sólo pretendo ayudarte. Si no quieres darme tu mano, por favor ponla tú, sobre mi pecho. Saphira no obtuvo respuesta. Nathan parecía ido. Su rostro era un fiel reflejo del terror vivido y no deseaba que nadie lo viera en ese estado tan deplorable, pero a ella no le interesaba su semblante… ⎯No quiero tu compasión ⎯dijo él, finalmente. ⎯Jamás pensé en dártela ―afirmó ella―. Esto que te ha ocurrido te lo merecías. En ese momento, un dios tan omnipotente como Nathan, supo que debía mantener la boca cerrada. Llevaba todas las de perder. Ella siguió hablándole. ⎯No estoy de humor para escuchar tus lamentaciones, Nathan. Pero, por favor, pon tu mano sobre mi pecho o me veré obligada a actuar por las malas. Saphira llevaba un estigma que, a modo de tatuaje, llagaba la piel de su pecho izquierdo: un conjunto de líneas diagonales que conectadas entre sí formaban un relámpago, éste brillaba con luz propia en el interior de una estrella de cinco puntas y sólo podía otorgar poder a un ser de su misma especie. Ella no estaba equivocada en cuanto a la dualidad de él. Era la insignia de la Dinastía Salmanasar, el símbolo de poder de los Dragones Dorados. Nathan habló. ⎯No me infundes confianza. La máscara que le rodeaba empezaba a caerse por su propio peso. Se desmoronaba poco a poco. Ella aprovechó ese momento en que él era vulnerable. ⎯Debes confiar en mí. Yo escuché vuestras suplicas, la de Kali y la tuya para salvar a Áquila, y lo hice. Tu éter me
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    559 ayudó, ¿recuerdas? Túamigo está muy mal, pero sobrevivirá ⎯hizo una pausa⎯. Escúchame, por favor… Si tú dejas de existir, él morirá y nosotros y todo Nuevo Mundo, le seguiremos. ¿No lo comprendes? Todos muertos antes que volver a ser esclavos de del Poder Negro ―lo agarró por los hombros, zarandeándole, casi perdiendo el control de sí misma⎯. Además, has recorrido un largo camino como para pensar que pueden existir más obstáculos. No te rindas, aún tienes salvación. Nathan no luchó contra ella. No podía. Sabía que no existía una alternativa viable para él. Apofis se había convertido en un ser muy poderoso y eso gracias a él. La idea le repugnaba, pero así era. Su debilidad hacía que su adversario se creciera en poder. ⎯No tengo salvación ⎯hizo una pausa para asimilar lo que había dicho⎯. He sido juzgado y mi esencia me ha abandonado. ⎯Eso no es cierto ⎯Saphira volvió a insistir y tomó entre sus manos las de él⎯. Toca mi estigma y volverás a recuperar tu esencia… y tu vida. Nathan parecía reacio a seguirla. No sabía si creerle o no. Pero el calor que desprendía el cuerpo de la fémina, lo atrajo como si fuera un imán. Al mínimo roce con ella, él empezaba a emitir energía pura, era mínima, pero la suficiente para que ella pudiera sacarlo del nivel en el que se encontraba preso. Repentinamente, él vio cómo se alzaba una sombra, percibió un estremecimiento en su cuerpo y sintió miedo. Cuando la palma de su mano contactó con el estigma de aquel marmóreo pecho, se produjo un fuerte destello de luz azul. Poderosos rayos de gran intensidad que salían despedidos del cuerpo de Saphira, atrapándole sin remedio. En el interior de ese infierno de luz, se desataron una serie de sacudidas que dejaron al joven aturdido. Sintió como si un rayo hubiera explotado en él, catapultándole hacia el infinito; y su cuerpo, debilitado por las humillaciones y las experiencias pasadas se resquebrajaba igual que el estallido
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    560 de un cristal. Nathangritó y Saphira junto a él… Ambos compartieron el mismo tipo de dolor, casi humano. Al traspasar la dimensión del Otro Lado y volver a su realidad, él se sintió vivo. En aquellas sensaciones, perdidas en el tiempo que había estado postrado en un lecho, envenenado, hubo algo que hizo volver a su esencia. La sintió hervir en su sangre. En ese momento, su mente se tambaleó al borde de la inconsciencia. Su mano aflojó la presión sobre aquel pecho y su energía, la mínima que había recuperado, se fue apagando. Nathan estaba empeñado en perder el conocimiento y había cerrado los ojos. Estaba abrasado por un fuego que no veía, pero sí sentía. Saphira le obligó a abrirlos, provocando que la Quintus Essentĭa lo hormigueara por dentro. ⎯Nathan… Vuelve a mí. ¡Vives! Oyó la voz en la lejanía. Muy lejos. Una nueva descarga de aquella energía pura, que envolvía como un manto a Saphira, alcanzó la esencia de la deidad y su corazón físico comenzó a latir con fuerza. Nathan yacía en el pentagrama, con un gran peso sobre él que le impedía moverse. En aquel momento, un atronador rugido hizo tambalear los cimientos del Panthĕon Sacrātus. Una sombra colosal que no pertenecía a la era actual se deslizaba por el templo, lentamente, arrastrando su gran peso, impidiendo el paso de la luz. Se fue acercando hasta el dios que, dispuesto en sacrificio, yacía protegido por las runas de Saphira. Nathan escuchaba los ruidos con temor y veía como la sombra iba acaparando poco a poco el terreno sagrado dónde se hallaba. Algo se asfixiaba en él, tragó saliva. Ese era el momento que su padre siempre había temido y ahora no estaba con él para ayudarle ni para verle desaparecer del mapa. Era mejor así. ⎯¡Qué bajo he caído! Engullido por un Basilisco. Lo
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    561 único que meconsuela, es que después de todo, podré descansar en paz…
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    562 Acto V La energíano se destruye, se transforma Kali consiguió despertar a su padre, pero Halmir se negaba a recuperar la conciencia. La descarga eléctrica que traspasó su cuerpo fue brutal y el agotamiento que arrastraba era muy acusado, lo que complicó su regreso a la realidad. A Ishtar le bastó una simple mirada a su alrededor para darse cuenta de lo que había ocurrido casi a las puertas del Sanctasanctórum. Se volvió hacia su hija y vio que ésta trataba de despertar a Halmir. ⎯Déjalo, hija. Si no recupera el conocimiento, cargaremos con él. Kali lo miró, preocupada. ⎯Los caballos huyeron asustados… ¿Cómo pretendemos ayudar a Nathan? Y después… ¿cómo regresaremos a Jhodam? ⎯Demasiadas preguntas para responder en este momento. Los Dragones Negros se fueron levantando uno a uno del suelo. El estruendo de las explosiones aún retumbaba en sus oídos. Alfeo se acercó a su aturdido padre. Ishtar levantó la mirada para contemplar a su hijo, éste llevaba las ropas sucias, llenas de polvo, casi destrozadas. ⎯Las explosiones os dieron de lleno. ⎯Sí, pero lo importante es que mis hombres están bien ⎯respondió⎯. Por lo que veo vosotros también, si exceptuamos a Halmir.
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    563 Ishtar se arrastrópor la tierra hasta el cuerpo inconsciente de su amigo y le tomó el pulso mientras hablaba con su hijo. ⎯Hemos cometido muchos errores… ⎯Por supuesto que los hemos cometido ⎯respondió Alfeo con dureza, enojado⎯. Nathan debe estar muerto a estas alturas. Se hizo un silencio, que fue roto al segundo. ―Cuando se juega una partida con Apofis, sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios ¿Cómo es qué nuestra inmortalidad sigue indemne? Ishtar se volvió hacia su hijo. ⎯No lo sé. Alfeo se giró de espaldas a su padre y miró a sus hombres. Se echó la capucha sobre el rostro. ⎯Muchachos, no tenemos caballos. Continuaremos a pie. Sus respiraciones calientes humeaban en el aire gélido de la noche. Estaban a menos de un kilómetro del Sanctasanctórum, relativamente muy cerca, pero la distancia parecía mayor. Ishtar y Morpheus levantaron el pesado cuerpo de Halmir. Kali les miraba sin poder eliminar de su rostro la expresión preocupada que le embriagaba desde hacía mucho rato. Las risas de Apofis aún le resonaban en los oídos cuando Alfeo la agarró delicadamente de un brazo y se la llevó consigo. Sus dragones les siguieron. Tras ellos se puso en marcha la procesión de los inmortales hacia el Panthĕon cargando prácticamente a rastras a Halmir, atravesando el amplio campo de labranza de maizales que discurría hasta el sendero del templo. Caminaban con piernas temblorosas, apoyándose en las lanzas que no habían utilizado en la confrontación y que ahora les eran de utilidad para sostenerse. De pronto, Ishtar hizo un gesto y alzó la mano. Se detuvieron. Halmir había abierto los ojos y su corazón comenzó a
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    564 latirle a todavelocidad, incluso Morpheus pudo sentirlo. Un sobresalto de pánico arrancó los gritos del inmortal al recuperar éste parcialmente la memoria. ⎯Mi hijo… ¿Dónde está mi hijo? Kali y Alfeo inclinaron la cabeza justo en el mismo momento que Halmir los miraba. Morpheus levantó la vista hacia el cielo, suplicando que los malos presentimientos que les atenazaban no fuesen ciertos. El color escarlata de las lunas se había tornado tan oscuro que era como si éstas no estuviesen allí, junto a las estrellas; en su lugar, un vasto cosmos negro. La aparente amnesia de Halmir era un gran problema. ⎯¿Acaso no lo recuerdas? ⎯preguntó Ishtar⎯. El unicornio dorado se llevó a Nathan al Panthĕon. Kali estaba agotada. No podía más y se dejó caer en el suelo embarrado, esperando a que la tormenta que vislumbraba entre su padre y Halmir, llegara a su fin. Alfeo no podía intervenir, pero se impacientaba porque Nathan seguía aún muy lejos de ellos. ⎯¡El ritual! ⎯Nathan no superó el ritual ⎯dijo Ishtar, casi fulminando a Halmir⎯. Aunque es posible que el Basilisco lo salve. ⎯¿Cómo sabes que no lo superó? ¿Acaso estuviste presente? ⎯Por favor, Halmir, no me preguntes ⎯Ishtar fue tajante en su respuesta⎯. Lo sé y punto. Halmir se soltó del brazo que lo sujetaba y echó a caminar como sonámbulo. Morpheus le dejó ir, al notarle realmente ido. Cuando dio unos pasos, el inmortal se volvió, tenso como la cuerda de un arco y los miró, fríamente. ⎯Cada instante que nos retrasamos da al maldito Apofis otra oportunidad para vengarse… ―afirmó―. Es demasiado tarde para salvar a mi hijo, ¿no? Ishtar no supo que responder a eso. Él rezaba para que
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    565 Nathan no murieseen las fauces de la bestia, más bien, suplicaba un cambio en su destino, pero éste parecía que iba a cumplirse irremediablemente. Lo vio en las runas, esperaba que las piedras estuviesen equivocadas… ⎯Tengo que sacar a Nathan del Panthĕon ⎯dijo Halmir de repente, igual que si le hubieran golpeado con un látigo⎯. Este plan no ha sido más que un maldito error. Si muere, no me lo perdonaré nunca. ⎯No parece muy probable ⎯mintió Ishtar para no alterarlo más⎯. Ganar o morir, Halmir. No lo olvides. ⎯Pero, ¿qué dices? ⎯el inmortal no podía dar crédito a las palabras de Ishtar⎯. Tú mismo has dicho antes que Nathan no superó el ritual. Si es así, la bestia lo matará. Alfeo bufaba impaciente. Mientras ellos discutían, el rey podía estar debatiéndose en una lucha infernal y él… allí, en el campo de labranza haciendo de escolta de dos inmortales que se pasaban la vida discutiendo. ⎯¡Basta! ⎯gritó, hastiado con los venerables inmortales⎯. ¿Sería mucho pediros que dejéis de discutir? Nathan puede estar necesitado de nuestra ayuda. Morpheus intervino. ⎯Necesitado o no ―dijo―, nosotros no podemos traspasar el umbral del Panthĕon, Alfeo. Me temo que nuestro rey está solo frente a su destino ⎯el inmortal miró de reojo al hijo de Ishtar, éste lo estaba fulminando con la mirada⎯. Le guste o no, tendrá que apañárselas el solito. ⎯Todos estuvimos de acuerdo en este plan. Nathan necesita un antídoto para combatir el veneno y la saliva del Basilisco es lo único que puede combatirlo. Halmir no estaba de acuerdo con las palabras de Ishtar. ⎯¿Todos…? No ⎯no dijo nada más, emprendió la marcha hacia el templo a grandes zancadas. En esos momentos lo único que deseaba era sacar a su hijo del Panthĕon y si la muerte era su destino, él moriría también. En silencio, la procesión siguió su estela.
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    566 Kali que searrastraba sobre sus pies, fue cogida en brazos por su hermano. Ella le rodeó el cuello con sus brazos, apoyó la cabeza sobre los fuertes hombros y unas lágrimas de impotencia se deslizaron por sus pálidas mejillas. Y así, sollozando, parecía que iba a quedarse dormida. Mientras tanto, en Esdras, la lucha seguía siendo encarnizada… Jadlay, seguido de Najat y de un grupo de arqueros, trataba de romper el cerco que le impedía acceder al castillo. Sus muros negros se alzaban ante ellos como sombras dantescas. En sus baluartes brillaban y crepitaban las antorchas, y las lunas escarlatas, con un color más parecido a la sangre oscura, dejó de reflejar su brillo en las siniestras aguas negras, infestadas de cocodrilos, del foso. El puente levadizo seguía descendido, cuando de repente Najat escuchó los chirriantes sonidos de las cadenas engrasadas que formaban el conjunto de poleas, y el rastrillo empezó a descender para elevar el puente. ⎯¡Cuidado! ⎯gritó Najat. Los guardias que protegían el portón del siniestro castillo retrocedieron sin bajar las armas. El puente levadizo comenzó a elevarse, cada vez más. Jadlay y Najat tuvieron tiempo de saltar y agarrarse a un saliente del murete, mientras que los arqueros, unos saltaron a piso firme y otros, al perder el equilibrio, se precipitaron al foso. Los gritos de los caídos se ahogaron rápidamente al quedar éstos atrapados en las fauces de una manada de cocodrilos hambrientos de carne fresca. Y allí, colgados en lo alto del murete, ambos jóvenes se miraron, preocupados. ⎯La impaciencia me consume ⎯replicó Jadlay⎯. ¿Cómo vamos a subir?
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    567 Najat se encogióde hombros. Estaba demasiado exhausto para pensar. Jadlay no dejaba de mirar el siniestro edificio, dubitativo. «No hay castillo inexpugnable», pensó. ⎯Creo que aquí estamos a salvo ⎯bromeó Najat. Una broma que Jadlay se tomó muy en serio, desaprobando totalmente sus palabras. ⎯No seas estúpido ―espetó―. Nadie está a salvo. Si piensas que porque te hayas colgado en el muro, los rebeldes se van a olvidar de ti, cometes un error. Yo no pienso quedarme aquí para descubrirlo. Najat lo miró con incredulidad. Pero si sólo tenían que verse: estaban muy mal situados, lo sabía. Sin embargo… ⎯¿Y qué vas a hacer? ⎯preguntó⎯. ¿Tirarte al foso? ⎯¿Hay otra alternativa? ⎯Terminar de escalar el muro. ⎯Sí, y cuando llegues arriba una bandada de flechas te atravesará esa cabeza de chorlito que tienes. «Puede que sí o puede que no ⎯pensó Najat⎯. Puede que sea eso lo que haga» Mientras los dos jóvenes pensaban en un plan que los sacara de la difícil situación, en las callejuelas que rodeaban el palacio la lucha se había hecho más frenética. Los sicarios embistieron con todo su arsenal contra los guerreros de Áquila y pronto, muchos de ellos, se vieron empalados con las lanzas enemigas. Todos ellos tenían los rostros desbordados por la tensión. En el suelo adoquinado, algún que otro carcaj abandonados, sin flechas que usar. Espadas cortadas de cuajo, lanzas curvadas y escudos totalmente abollados. Entre tanto, los mercenarios y sicarios, protegía a su rey a capa y espada. Luchando incansables. Pero lo que desconocía Jadlay, era que Nabuc ante la expectativa que se
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    568 le presentaba decidióluchar al lado de sus hombres y había abandonado el castillo justo después de que uno de sus sicarios hiriera de muerte a Áquila, sin embargo, iba siempre escoltado por una muralla de hombres que hacía muy difícil el acceso a su persona. La intención del rey de Esdras era clara: deseaba matar él mismo a su sobrino. Y desde lejos, Jadlay pudo verle; en ese momento, no se lo pensó dos veces; se tiraría al foso y esperaba que su compañero hiciese lo mismo. Eso sí, el salto tenía que ser preciso; pues una vez en el agua, apenas tendrían tiempo para salir a nado antes de que los cocodrilos se precipitaran sobre ellos. Una idea suicida. Ambos jóvenes se cruzaron la mirada. Eso de saltar, a Najat no le hacía mucha gracia; se dejó llevar por el temor, «tiene que haber otro modo de pisar tierra firme sin necesidad de darse un peligroso chapuzón.» Por suerte, Addí estaba cerca para ayudarles. Los observó, sin entender completamente lo que estaban haciendo los dos jóvenes allí, colgados en el murete, una especie de pilón que estaba a cada lado del puente levadizo. Un pilón grueso que servía de sujeción a las pesadas cadenas y que no llegaba a la muralla; por esta razón, o se metían en la boca del lobo o saltaban al foso. De todas formas, no les hizo falta rebanarse el cerebro para llegar a una solución, pues ésta llegó en el momento más oportuno: las poleas y sus cadenas chirriaron de nuevo y eso significaba que desde el castillo iban a bajar el puente, seguramente para que algún grupo descendiera por la rampa o quizá, fue el rey quién lo ordenó. Lo cierto, es que no lo sabían. Jadlay se volvió, sorprendido. Miró a Najat, éste más sorprendido aún, no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo con el puente levadizo. Él pensaba que los rebeldes estaban todos guerreando en torno al castillo, pero al parecer no era así.
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    569 Addí y sushombres esperaban el momento oportuno para cruzar la rampa del puente y destruir las poleas, cuando en el umbral del puente levadizo apareció el sicario Gamaliel y tras él, seis hombres; todos ellos vestidos de negro de pies a cabeza. Su aspecto siniestro provocó la ira de Jadlay; en ese momento, deseaba matarlo con sus propias manos. Sin embargo, no lo iba a tener tan fácil, pues desde el parapeto, un grupo de arqueros rebeldes escoltaban las espaldas de sus compañeros con sus ballestas preparadas y a punto de disparar afiladas saetas. Addí, desde su posición, sopesó las posibilidades que tenían de sobrevivir a un ataque de los arqueros y más, cuando observó a tres de ellos correr por la pasarela hasta la cabeza del puente. Estaba claro, los rebeldes intuían problemas, pero ni Addí ni los dos jóvenes habían sido vistos. Las sombras de la noche se aliaron con ellos. ⎯¿Actuamos? ⎯preguntó un arquero. ⎯Esperaremos. Creo que Jadlay tiene otros planes. En silencio, Addí y sus hombres se agazaparon, cubriéndose entre cadáveres. Reptando como serpientes por los adoquines manchados de sangre. Al paso de Gamaliel y sus hombres, los gruesos listones de madera de la larga rampa crujieron. Jadlay y Najat, ambos sincronizados, se impulsaron hacia delante y saltaron sobre el lado inferior, antes de que el sicario notara su presencia. Ahora, permanecían colgados con sus manos agarradas en los listones. Najat ahogó un grito, una astilla de madera había penetrado profundamente en su piel. Tuvo que soltarse y sujetarse con una sola mano. De pronto Addí y sus hombres decidieron emboscarlos, ya habían perdido demasiado tiempo. Se levantaron del suelo y enarbolaron el estandarte de Jhodam. Un círculo de lanzas y espadas rodearon al sicario Gamaliel y a sus hombres, éstos, sorprendidos no tuvieron tiempo de hacer ningún movimiento. Pero al frente, en dirección al parapeto,
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    570 allí donde esperabanla primera embestida violenta de los arqueros rebeldes que con sus ballestas tenían la misión de proteger a todo aquel que salía del castillo, aparecían en la almena de la muralla, Yejiel y un grupo importante de arqueros que habían escalado el alto muro, éstos estaban a punto de sorprenderles. Jadlay y Najat, con gran esfuerzo, lograron subir a la rampa. Allí, incansables, se enderezaron y desenvainaron las espadas. El enfrentamiento estaba asegurado. «Si pudiera matar con mi espada a ese maldito sicario ⎯pensó Jadlay⎯ al menos quedaríamos igualados. Áquila, juro que te vengaré» Y mientras pensaba esto, cayó sobre ellos un nuevo ataque y con éste no contaban. Desde la pasarela y como una tempestad, la guardia real que escoltaba al rey Nabuc y con éste al frente, se abalanzaron sobre ellos. Iniciaron una terrible lucha, golpeando unos y otros sus espadas y lanzas. Jadlay aprovechó ese instante para lanzarse sobre el sicario Gamaliel; en esos momentos, no le interesaba su tío, antes tenía un asunto pendiente… Gamaliel reconoció a Jadlay de inmediato. Entonces, el joven heredero del trono de Esdras, en un instante de vacilación del sicario, le hundió la centelleante hoja en el esternón, penetrando en los órganos vitales; y la sangre roja y caliente de Gamaliel manó a borbotones cuando Jadlay extrajo la espada. El sicario se tambaleó, totalmente sorprendido, y casi al instante, se desplomó en el duro suelo. ⎯Bueno, Gamaliel, esto termina como yo esperaba ⎯dijo, luego una sombra le obligó a levantar la mirada y se encontró frente a frente con su tío, éste lo fulminó con la mirada. ⎯Sí; en eso te doy la razón. A Jadlay se le heló la sangre cuando de pronto, se encontró de nuevo en manos del déspota Nabuc. El enfrentamiento entre rebeldes y resistencia permitió al rey
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    571 llevarse a susobrino al interior del castillo, tras ellos Enós, que no dejaba de mirar hacia atrás para evitar cualquier levantamiento contra el rey. Najat fue el único que vio como se llevaban a Jadlay, pero no pudo ir en su ayuda; las espadas del enemigo oscilaban ante él dispuestas a ensartarle como a un pollo. Estaban rodeados por todas partes. Nabuc agarró a su sobrino y lo arrastró hasta el interior del castillo, seguidos de Enós y dos centinelas. En silencio. Ninguno de los dos se dirigió la palabra, sólo se escuchaba algún que otro gruñido perverso del rey. Subieron apresurados las empedradas escaleras caracol de la torre homenaje para desde allí conducir al prisionero al patio del pináculo. Una vez allí, Nabuc empotró al enmudecido Jadlay contra el voladizo, susurrándole al oído: ⎯Observa, sobrino ⎯le dijo, señalándoles la empalizada, liza y albacara que rodeaban al castillo⎯. He edificado un gran poder y tus amigos, los jhodamíes, van a caer uno detrás del otro. ⎯Tal vez tengas razón ―replicó Jadlay―, pero nosotros nos encaminamos hacia la victoria con entereza y los ojos bien abiertos ⎯hizo una mueca de dolor al sentir como los dedos de su tío le oprimían la nuca con fuerza⎯. Tenemos algo que tú no tienes: esperanza. Nabuc se echó a reír y tras él, Enós. ⎯Vosotros os burláis, pero es posible que todos perezcamos en esta maldita batalla lejos de las tierras de los vivos, y que aún en el caso de que Nathan sucumba, no vivamos para ver una nueva era. ⎯¿Supongo que al hablar de la tierra de los vivos, te refieres a la alianza Bilsán-Jhodam? ⎯el semblante de Nabuc se tornó muy serio⎯. Bien, jovencito… déjame decirte que Bilsán está padeciendo mi ira, y Jhodam, será reducida a cenizas en el mismo instante que yo tenga la certeza real de la muerte de Nathan.
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    572 Nabuc hincó susuñas en el cuello de Jadlay, éste emitió un gemido, pero no se calló. ⎯El rey de Jhodam es un dios. ¡No es tan fácil destruirlo! ⎯¡No me hagas reír! ⎯exclamó Nabuc con un gesto muy expresivo⎯. Él está al borde del abismo, no tiene esperanzas. Si vacila, cae. ⎯Decid lo que os venga en gana ⎯masculló Jadlay⎯. Pero os aseguro que no ganaréis esta guerra. Os viene grande. Las palabras del joven encabritaron a Nabuc, éste con el rostro enrojecido por la ira, le abofeteó con brutalidad. Jadlay, sorprendido y con la mejilla dolorida, se bamboleó, aturdido. El joven siguió calentándolo. ⎯¿Por qué no me matas? ¿A qué esperas? Nabuc echaba chispas. Matarle era la parte fácil, pero no se conformaba con eso… quería que su muerte fuese dolorosa. No había olvidado quién había facilitado la huida de su esposa y eso requería una venganza especial. Decidido, chasqueó los dedos y Enós, como un corderito, se acercó. ⎯¡Dame tu daga! ⎯le exigió. El sicario sacó el arma del cinto y se la entregó. El rey la tomó y sin avisar, volvió bruscamente a Jadlay hasta tenerlo cara a cara y sin decirle ni una palabra, le asestó en el estómago la afilada hoja hasta la empuñadura. ⎯¿Dónde está Aby? ―preguntó, a la vez que empujaba más profundamente la empuñadura. Jadlay emitió un entrecortado gemido. Nunca en su vida había sentido tanto dolor como ahora. Un hilillo de sangre surgió de entre la comisura de sus labios. Tosió sangre. ⎯Muy lejos de ti, por suerte ⎯logró decir con voz ronca después de un considerable esfuerzo. Nuevamente gimió. El rey le zarandeó brutalmente. Jadlay se dobló aquejado de un dolor atroz y a punto estaba de desplomarse al suelo,
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    573 cuando su tíolo empotró de nuevo contra la piedra. ⎯¿Con qué esas tenemos? ¿Eh? Volvió a toser, pero esta vez, la embestida fue más fuerte. Nabuc, impasible y no contento con las palabras del chico, lo enderezó bruscamente y le extrajo brutalmente el arma, para de inmediato volver a hundirla en el mismo lugar. Jadlay, inmóvil, lo miró con los ojos fijos. No podía creer que su destino fuese la muerte, no podía creerlo. Su vida le estaba siendo arrebatada por un asesino cobarde. La oscuridad le abofeteó bruscamente y cayó desplomado a los pies de Nabuc, éste con una sonrisa triunfal que le llegaba de oreja a oreja se limitó a dar una orden a Enós. ⎯Esta vez, dudo que sobreviva. Pero, por si acaso, llévatelo y encadénalo en el voladizo del matacán. Es mi deseo que su resistencia de inútiles y los jhodamíes contemplen su final ⎯zarandeó el cuerpo del joven con la recia bota⎯. Sin duda, la muerte de mi sobrino provocará la rendición de las tropas de Nathan. ⎯Majestad, ¿lo remato? Nabuc guardó silencio, pensando en la petición de Enós. ⎯No ⎯respondió tajantemente⎯. Prefiero que tenga una muerte dolorosa. Enós asintió y obedeció la orden sin replicar. Cargó al joven a hombros y seguido de los dos centinelas abandonó la torre. Nabuc cuando se quedó solo, dio rienda suelta a su alegría. Y, totalmente eufórico, golpeó la pared. ⎯¡Por fin! Después de esas dos cortas palabras, descendió los peldaños de la escalera caracol de tres en tres, rebosante de felicidad. Sus objetivos se estaban cumpliendo uno tras otro, tal y como los había planeado. En el Panthĕon Sacrātus, las cosas no iban mejor…
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    574 Los destinos delrey de Jhodam, Jadlay y Áquila se antojaban hermanados. La sombra de la muerte se había cebado con ellos y sólo había un ser que tenía poder para cambiar el amenazante destino. Pero, al igual que el heredero de Esdras y el gran guerrero, estaba sumido en un calvario. Y las expectativas no parecían favorables… El sombrío templo parecía ahora más siniestro. La respiración entrecortada de Nathan no hacía más que indicar la ansiedad que estaba sufriendo, rozando los límites de su control físico y mental, aunque esa capacidad que tan bien le caracterizaba la había perdido hace algún tiempo; ahora yacía, encadenado a unas cadenas invisibles en el interior de una estrella de cinco puntas, estratégicamente dispuesto, como si de un sacrificio humano se tratase, para ser devorado o liberado. Hacia rato que no estaba solo. Nathan había agudizado sus oídos, para tratar de escuchar lo que ocurría a su alrededor, pero su encadenamiento no le permitía ni si quiera intentarlo. Sin embargo, fue en ese momento, en que era dueño de sí mismo cuando se percató del templo. Intentó visualizar su poder, pero fue incapaz de invocarlo. Estaba demasiado débil. Saphira había desaparecido. En esos momentos, el templo no era su lugar. Al rato, los rugidos volvieron y ya no reverberaban como un eco. Nathan sintió como si le susurrasen al oído, se inquietó y empezó a moverse. Tensó brazos y pies y el dolor le hizo emitir un alarido que le desgarró la garganta. Estaba tan nervioso que una nube blanca y espesa invadió sus ojos, para evitar que viese más de lo esperado. El Basilisco le rondaba. De inmediato, empezó a sentir como la energía que fluía del pentagrama le absorbía las pocas fuerzas que le quedaban, y no lo hacía lentamente, sino a una velocidad vertiginosa. Recordó toda su vida en un solo fogonazo.
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    575 Recordó las palabrasde su padre… El Basilisco podría consumir todo su poder y quitarle la vida. Nathan estaba desfallecido y el pánico afloró en su pecho. Intento liberarse del hechizo, que lo mantenía preso en la estrella de cinco puntas, usando el poco poder que le quedaba, pero no pudo ser… Estaba bajo las redes del Ritual de la Muerte y el Renacimiento y sólo podría liberarse si completaba su tarea: o cumplía el ritual o moría. Después de mucho insistir, aceptó su debilidad totalmente convencido de que no saldría vivo del templo, tan convencido que la rendición le roía las entrañas. Los siseos del Basilisco se hicieron más agudos. Nathan a cada sonido inarticulado sufría un intenso escalofrío que le recorría todo el cuerpo. ⎯Schsssss… El temblor de la deidad se hizo más acusado al sentir la presencia de la bestia cada vez más cerca. Temía el momento de ver aparecer, desde sus pies, su ingente cabeza con su cresta tiesa como un palo, con la boca llena de babas, bien abierta y sus marfiles, afilados, dispuestos a arrancarle la piel a tiras. Cerró los ojos. No estaba preparado para soportar la tortura de ser lamido y posteriormente, engullido. De repente pidió a gritos, la muerte. El Basilisco, era como una iguana gigante, toda su piel estaba recubierta de escamas doradas con franjas negras que abarcaban desde la punta de la larguísima cola, perfectamente cónica, como la de las serpientes, hasta la cruz. Sus patas, similares a las de una arpía, eran cortas y provistas de unas afiladas garras pentadáctiles. Una cresta dorsal escamosa recorría su cuerpo desde la base de la cabeza hasta el final de la cola. Su cabeza ovalada y su boca grande, estaba llena de agudos y afilados dientes. Su lengua, muy gruesa,
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    576 estaba adherida alpaladar y su saliva era un potente antídoto que fulminaba cualquier veneno, sea del tipo que sea y de la procedencia que sea. Sus párpados, móviles; y sus ojos, muy grandes, eran albinos y letales. Tenía la capacidad de matar con la mirada, de la misma forma, sus víctimas quedaban paralizadas si osaban mirarle fijamente unos minutos antes de caer fulminados. Tenía alas y éstas eran espinosas, su longitud se aproximaba a los quince metros cada una. Su vientre blanco solía rozar el suelo al caminar, y medía en su totalidad más de veinte metros. Su enorme tamaño y peso no parecía entorpecer su astucia ni tampoco, su agilidad. A Nathan, el basilisco, le pareció una serpiente tan grande que él parecía una hormiguita a su lado. Nunca había temido a nadie, pero a la bestia… cuanto más lejos mejor. Por un instante, recordó a la diosa de Apofis, Shue; ella solía transformarse en serpiente y su parecido con el Basilisco no era descabellado. Repentinamente le llegó una ráfaga de aliento gélido que le heló la sangre. El basilisco, situado en el sentido opuesto de Nathan, desplegó las alas y su sombra cayó sobre su cuerpo desnudo, que no paraba de moverse. Los rugidos desgarraron las paredes y el pentagrama pareció desparecer entre sus fauces. ⎯Schssss… Schssss… Los siseos hechizados del letal basilisco atontaron al joven, penetrando y retumbando en su cerebro hasta hacerse cada vez más agudos. La bestia rugió de nuevo y esta vez, el bramido fue tan horrible que Nathan se estremeció de pánico. Seguía con los ojos cerrados, no quería ver a la bestia cara a cara; sabía que no podía enfrentarse a él. Nathan sentía miedo. Era imposible no sentirlo. El Basilisco arrastró todo su peso y el suelo, desde sus cimientos, se tambaleó. Conforme se aproximaba a la deidad, su siniestra sombra le eclipsaba. De nuevo, la criatura se comunicó con él. Los siseos afilados como cuchillos,
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    577 despertaron a Nathande su atontamiento, obligándole a abrir los ojos. El Basilisco puso una pata a cada lado de la cintura del tembloroso cuerpo, éste se convulsionó; la criatura parecía que iba a posarse sobre él. «No aguantaré su peso. Me aplastará», pensó. Basilisco y Nathan se miraron un instante midiendo sus fuerzas y después la bestia le azotó ligeramente el rostro con el extremo de una ala. Se inclinó y abrió su inmensa boca; unas gotas de saliva corrieron de entre los afilados dientes y cayeron sobre los amoratados labios de su víctima. Las náuseas le invadieron y repentinamente se sintió morir. Su cuerpo recordó que estaba al borde del cataclismo total. El veneno de Festo había convertido su sangre en tóxica y su hígado había dejado de funcionar, su cuerpo era una bomba a punto de estallar y lo único que lo mantenía con vida, era la energía que Saphira le había otorgado en el nivel que no había logrado superar. El caos de su cuerpo se prolongó unos segundos más, pero cuando transcurrieron Nathan tuvo la sensación de que estaba muerto. No sentía sus miembros y su vista se había nublado totalmente, a la vez que un nubarrón negro le amenazaba con la inconsciencia, pero no llegó a perder el sentido; al menos, en ese momento. Esas gotas de saliva habían cristalizado su sangre. Al principio sintió sus músculos engarrotados, pero conforme la saliva iba haciendo efecto, los efectos comenzaron a disminuir. De pronto sintió un dolor horrible; después un hormigueo en las venas caldeó su sangre. Nathan arqueó el cuello al sentir las afiladas garras del Basilisco sobre su cuerpo. Lo arañó y luego, se inclinó para lamer la sangre que brotaba de las heridas como si fuera el plato principal de un macabro banquete. La sangre de una deidad dual era considerada un manjar exquisito, pero esa sangre estaba envenenada. El Basilisco lo sabía, por eso se dedicó a beber aquella sangre tóxica… El vínculo se creó sin Nathan saberlo.
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    578 Un rugido espeluznantey el Basilisco liberó a su víctima de las ataduras. El dolor lo atenazaba y sintió como su conciencia se diluía. Un nuevo bramido crepitó en el templo y llegó hasta su mente como una tormenta. Las paredes y el suelo del templo se estremecieron como un papiro mecidas por el aliento gélido de la criatura que inclinándose totalmente, hundió sus garras en la cabellera del dios, alzó la cabeza y con sus ojos albinos lo obligó a abrir la boca. Nathan se resistió a ser engullido, pues eso era lo que él creía. Se movió con brusquedad y logró apartarse, pero el Basilisco enfurecido por ese acto lo golpeó con una de sus alas y lo atrajo nuevamente hacia el centro del pentagrama. Los ojos vidriosos de Nathan se clavaron en la criatura, cuando una de sus garras oprimió su cuello, dispuesto a abrirle la boca a la fuerza. Trató de gritar, pero de su garganta no brotó ningún sonido articulado; sólo gemidos entrecortados. ⎯Schssss… «Vuestra sangre es fuego. Nuestro vínculo nos unirá para siempre. Acéptalo o muere.» Los siseos de la bestia se convirtieron en sonidos articulados formando palabras que la deidad podía comprender, pero sólo podía oírlas en su mente. Nathan, en principio, hizo caso omiso a la comunicación mental. Creía que estaba volviéndose loco. ¡Un basilisco hablándole…! ¡Eso ni de broma! «¿Has escuchado mis palabras?», insistió el Basilisco. Un rugido endiablado volvió a retumbar en el templo y el suelo tembló de nuevo. Nathan demasiado asustado para tratar de escapar, se quedó inmóvil y en silencio. Mientras sus pensamientos se dispararon. «Era un dios dotado de luz propia, incombustible. Ahora, no soy más que una diminuta mota de polvo desterrada al abismo» En su mente retumbaron de nuevo los siseos convertidos en palabras.
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    579 «Acepta lo queeres o muere…» Nathan gimió. ⎯Ya lo he aceptado. ¿Acaso no me has oído? «Tus pensamientos son confusos. Si eso es lo que piensas de ti, me decepcionas» La deidad con la muerte en los talones, se mostró soberbio. ⎯Acaba de una vez por todas con mi agonía —dijo―. No sé a qué esperas. «Lo siento. No puedo matarte.» En ese momento las alas del Basilisco se abrieron creando un huracán a su alrededor. La fuerza del aire elevó el cuerpo de Nathan, éste completamente sorprendido no pudo reaccionar. Un instante después, cesó el aleteo y cayó estrepitosamente al suelo, perdiendo el conocimiento en el acto. La bestia rugiendo y con hilillos de saliva deslizándose entre sus colmillos, inclinó su cuerpo, abrió a la fuerza la boca de la deidad y escupió en ella un chorro espeso y viscoso de saliva grisácea. El líquido fluía por la garganta de Nathan como una bendición. Después… Un extraño humo blanco envolvió totalmente al Basilisco. Había llegado su final, ahora su esencia ancestral y salvaje descansaría por siempre en el joven que, inconsciente, se retorcía y sacudía violentamente al sentir en su cuerpo como el poderoso antídoto recorría sus venas y su sistema nervioso, devolviendo a la sangre su pureza original y con ello, su vida.
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    580 ACTO VI Parte Primera HierosGamos “El Descenso y la Oscuridad” La mente de Nathan vagaba sin rumbo. La experiencia, al sufrir su propia muerte en el ritual del renacimiento, la aparición de Saphira cuando él lo creía todo perdido y el encuentro con el Basilisco, es lo que hace que se sienta iniciado en el desconocimiento. Los terrores del Sanctasanctórum. Para él, no fue fácil comprender lo que estaba ocurriendo. Aceptar definitivamente que por su sangre corre fuego. Iniciarse o morir… Nathan hundido en el pentagrama, sin atreverse a mover ni un solo músculo de su maltrecho cuerpo, no hacía más que pensar, dando fatigosas vueltas a las palabras del Basilisco. ¡Había desaparecido sin dejar rastro! ¿En la nada? o quizá… «¿Qué demonios está ocurriendo?», se preguntó. Se había salvado de una muerte que era inevitable. Una vez más, le habían permitido vencer a sus adversarios. Pero, ¿por qué? Era, pues, un ser privilegiado por el simple hecho de ser un dios. La experiencia había sido muy traumática. Era consciente de que su muerte mística formaba parte de un cambio en su estado como divinidad y el renacimiento era considerado un nuevo nacimiento a través del útero de… Dejó inconclusos sus pensamientos. Como dios sabía todo lo que tenía que saber, pero había algo que se le
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    581 escapaba y noquería ni pensar lo que estaría por venir, pues conocía en profundidad los entresijos de la muerte y en su condición de muerto-vivo, no era apaz de ver más allá. Sin embargo, cuando renaciese por medio del Ritual de la Muerte y el Renacimiento esta experiencia le convertirá en un ser nuevo, ¿o no? Y si es así, ¿qué tipo de ser? Si el ritual le ha permitido experimentar la muerte física con sus anteriores conocimientos y estigmas, ahora la oportunidad concedida por el Basilisco le permitirá luchar por un nuevo destino. Y con todas estas dudas invadiendo su atormentada mente, hace que siga haciéndose la misma pregunta… ¿Por qué? Sin olvidar en ningún momento que Apofis está cerca, siempre acechándole. La gruta Nathanian «En este oculto templo he conocido seres sobrenaturales y con mucha probabilidad pertenecen a otra dimensión o quizá, a otro tiempo» No tengo contacto con nadie del exterior. Sólo sé lo que le ha ocurrido a Áquila y me preocupa la suerte que hayan podido correr Jadlay, las tropas o incluso, mi padre y el resto de inmortales. Kali… Ella está bien, lo presiento. Después de mucho esfuerzo por mi parte, consigo incorporarme y sentarme en el suelo. Aún siento la energía del pentagrama en mi ser. No está invertido, debería protegerme y sin embargo, creo que no lo hace, ¿o sí? ¿Por eso no me mató el Basilisco? La verdad es que no comprendo nada de lo me ocurre. Me rodeo con mis brazos, tengo frío. Estoy desnudo. ⎯¿Dónde estarán mis ropas? Busco. La oscuridad no me deja ver con claridad. Tanteó con mis manos, el suelo y encuentro algo… Es mi capa.
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    582 Me cubro conella y me levanto del suelo. Estoy entumecido, pero me encuentro bien. Después de mucho tiempo, sumido en terribles fiebres, puedo asegurarlo. ⎯¿Dónde estarán el resto de mis ropas? ¿Mis armas? Trato de recordar y en mi mente surgen débiles imágenes y sensaciones, como el volar. Por un momento, tuve la vaga impresión de haber surcado el cielo a lomos de… ¡No, no puede ser! ⎯Un unicornio alado. ¡Ah, creo que estoy perdiendo la razón! Me dispongo a abandonar el templo, para tratar de encontrar una salida que me permita escapar, pero al cruzar el umbral me encuentro un laberinto de pasillos. Parece que estoy solo, o eso creo. Avanzo, descalzo, por un angosto pasillo oscuro. Realmente, siniestro. De repente siento que el tiempo se ha detenido. Estoy en un limbo, en el propio Panthĕon. Desconozco quién me mantiene preso, o la extraña dama que responde al nombre de Saphira o el mismo Apofis. La verdad es que no lo sé. Mi mente sigue demasiado aturdida para pensar con claridad. Camino despacio. Una espesa niebla surge del suelo alcanzándome los tobillos. Miro a mí alrededor y observo los muros, éstos fueron construidos con grandes bloques de piedra sin argamasa. Sigo avanzando y llego al final del pasillo. Estoy obligado a girar a la derecha. Veo una ménsula en la pared que tengo en frente, pero no hay antorcha en ella. Me resigno. Tengo que seguir caminando en una oscuridad mortecina que me provoca escalofríos. Necesito ver la luz, ni siquiera sé si es de día o de noche. No sé por qué pero creo que voy a dar más vueltas que un pato mareado. De repente, surge una extraña sensación en mí. Y esto sólo me ocurre cuando el Poder Negro o cualquiera de sus manifestaciones esta cerca. ¿Será Apofis? Ahora no estoy protegido en el pentagrama, o me pongo a prueba usando mi poder, aunque dudo tenerlo, o seré abatido por su sombra. He de prepararme. Nunca hago caso omiso a mis intuiciones, jamás. Con el tiempo he aprendido a valorarlas y darles su justo valor. Y todo mi ser vibra avisándome de un peligro inminente. Mi poder late en mí, lo noto. Siento como hierve mi sangre y al mirar
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    583 mis manos, éstasestán envueltas de un halo dorado. Mi aura. ⎯Gracias, Basilisco. Palidecí de inmediato, cuando una voz interior me respondió. Me quedé de piedra. Ahora si que estaba fuera de lugar. «Mi esencia está en tu interior. No busques fuera, lo que tienes dentro.» Recuerdo sus palabras… “Tu sangre es fuego” y trato de encontrarles un sentido, pero no me da tiempo. Algo o, más bien, alguien me interrumpe. Una presencia tenebrosa surge ante mi, amenazante. Se acerca y toda su oscuridad con él. Lo identifico plenamente, es Apofis o más bien, su espectro. ⎯Vaya, vaya… Nathan. Ya veo que te has salido con la tuya. ¿Es qué no piensas morirte nunca? Retrocedí un paso. Su energía me hace daño. ⎯Mientras tu esencia se respire en el Universo, no. Él se echó a reír. La verdad no sé dónde le ve la gracia. ⎯¡Oh! Eso significa, que tú y yo estamos condenados a ser adversarios por toda la eternidad. Pues no puedes destruirme; ahora, no. Sí tú existes, existo yo. Es el trato… Tú equilibrio. Apofis se puso a caminar en torno mío. Trata de ponerme nervioso, lo sé. Yo con las cejas arqueadas, le miro de reojo. Ese maldito ser me saca de quicio. ⎯No osaré enfrentarme a ti ⎯me dijo⎯. En el Panthĕon, no puedo hacerlo. Pero cuando salgas, te estaré esperando. ⎯Eso, sí salgo. ⎯¡Oh, sí! ¡Saldrás! No sabes la que te espera aquí y afuera. Esas palabras me inquietaron. Él siguió soltando más palabras viperinas. ⎯No puedo decir que les haya vencido, pues no valen la pena. Los inmortales, incluido tu padre, están fundidos, sin poder ⎯se echó a reír e hizo un ademán de desdén⎯ . Ahora vagan por ahí… Apreté los dientes y tensé la mandíbula. Creo que si hubiera podido, habría sacado fuego por la boca. En ese momento, no comprendí porque tuve ese pensamiento. Estaba perplejo.
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    584 Apofis leyó mispensamientos y sus palabras me dejaron casi, casi petrificado. Se detuvo frente a mí. ⎯¡Uf! Ya empiezas a pensar como un dragón y eso, que aún no lo eres. Tendré que cubrirme la retaguardia, puedes ser realmente peligroso. Todo mi ser se estremeció. ⎯Que, ¿qué? Apofis puso cara de sorpresa. ⎯¿No lo sabes? Me arrebujé aún más en mi capa, ocultando mi desnudez. ⎯No te andes con rodeos y no intentes que mi vida sea más complicada de lo que ya es. ¿Qué es lo que debo saber? ⎯¿Tu vida? Eso si que es bueno. Nathan, tú naciste complicado y no seré yo quién te diga lo que puedes llegar a ser. Pero si como adversarios, jugamos a un juego es posible… Le interrumpí. Eso de jugar no me entusiasmaba. Sus juegos no sólo estaban plagados de trampas, sino que además solían ser macabros. Y la verdad, después de la experiencia con el Basilisco no me apetecía enrolarme en una lucha titánica. Para eso siempre había tiempo. ⎯Tentador. Pero, no. Apofis ahogó una risita. Yo le miré sorprendido. ⎯Bien, quiero que me escuches con atención, Nathan ⎯dijo seriamente, inclinándose ligeramente hacia mí y dando unos golpecitos en mi hombro con los dedos. Le observé con atención. Estaba interesado en saber lo que tuviera que decirme, pero no iba a desperdiciar una oportunidad para tomarme la revancha. ⎯Adelante, te escucho. ⎯No deberías rechazar mi proposición tan a la ligera. Sabes bien que no te dejaré salir de aquí transformado. Festo al envenenarte te dejó en jaque y yo, iré más lejos. Acepta el juego y te permitiré salir del Panthĕon, sino prepárate para sufrir las consecuencias. Tu pueblo pagará tu osadía. ⎯¿Crees que voy a dejarme convencer por una alimaña como tú?
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    585 ⎯Es posible que,no. Pero no olvides que también eres el objetivo de Nabuc y Festo, ellos con el oráculo y sus artes hechiceras, tratarán de invocarte para destruirte. ⎯¿A mí? No sabes lo que dices. ⎯Pareces sorprendido. Me puse tieso. ⎯No, en absoluto. ⎯¿Estás seguro? Le miré con el ceño fruncido. Él continuó poniéndome nervioso. ⎯Bueno, pueden ocurrirte cosas horribles ⎯me dijo⎯. Si supieras cuáles son los planes de los Seres, te pondrías hecho una furia. Me sorprende que no lo sepas. Di un respingo. ⎯¿Qué? Apofis echó a caminar de nuevo alrededor mía. Yo tragué saliva, supongo que en ese instante estaba más blanco que la leche, pues noté un sudor frío que me recorrió la espalda. Seguía sin entender nada. El endiablado espectro gruñó a mi espalda. En ese momento, supe que él no me diría lo que yo quería saber. ⎯La enemistad entre tú y yo es evidente y me temo que será eterna. Así ha sido siempre y así siempre será. Apofis acabó de hablar en un tono retumbante que no admitía réplica. Y yo, estaba tan perplejo que no atinaba ni con mis pensamientos. Le grité. ⎯¿Qué es lo que crees que sabes de mí? De súbito noté un cambio en el ambiente mortecino de la gruta. Una voz femenina que ya conocía, nos interrumpió. Apofis, se volvió bruscamente y rugió estruendosamente como un felino. Yo en alerta, retrocedí y me golpee la espalda con el muro. Grité de nuevo, insistiendo. ⎯¿Qué sabes? ¡Dímelo! Note a Apofis muy enojado con la esencia que poco a poco invadía la gruta. Era ella, Saphira, la hermosa mujer que tenía una
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    586 especial habilidad paratransformarse en cualquier cosa. ⎯¡Silencio! ⎯Me gritó ella, enfurecida. Nadie antes se había atrevido a dirigirse a mí en ese tono. Me dejó atónito. Tras pronunciar esa palabra, el estruendo que sacudió la gruta hizo retumbar los muros. Algo en mí se hizo añicos. De repente, una ráfaga de viento, surgida de la misma nada, cruzó el pasillo y la envolvió en un torbellino cara vez más violento. Los muros se movieron, se desarmaban de sus cimientos y uniéndose al torbellino, escupían los bloques de piedra al girar y no dejaban de dar vueltas bajo el techo abovedado. Apofis se echó a reír, maldiciéndome. Luego creó una espesa niebla en torno suyo, se envolvió en su propio conjuro y se desvaneció en la oscuridad. El torbellino de Saphira seguía amenazándome. Todo giraba sin cesar a punto de precipitarse sobre mí. Me dejé caer al suelo y enterré la cabeza entre las rodillas, para protegerme. ⎯¡Para, por favor! ⎯grite, agobiado⎯. ¡Saphira, por favor! El torbellino se detuvo. Yo levanté la cabeza y allí estaba, majestuosa. Vestida totalmente de blanco, con una túnica larga casi transparente dejando ver los contornos de su cuerpo. Lo reconozco, me quedé embelesado. Me miró. Se acercó. Cuando volvió a dirigirse a mí, lo hizo con más respeto. Yo de todas formas, me mostré enojado. ⎯Si ellos te invocan, te someterán ⎯me advirtió⎯. Lo más sensato es que te mantengas alejado de su poder. ⎯¿Por qué? Son ellos los que osan molestarme. ⎯Buscarán la forma de provocarte para que despiertes lo que hay en tu interior. Eres fuego, Nathan. Otra vez con lo mismo. Fruncí el ceño, ligeramente irritado. ⎯Ya veo que tú también lo sabes. Ella ni se inmutó al escuchar mis palabras. ⎯Sí, lo sé. Con su afirmación me quedé callado unos instantes. Luego recuperé mi aplomo. Hace tiempo sufrí una metamorfosis en mi
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    587 cuerpo que meconvirtió en Ra. Recuerdo aquella experiencia como la peor de mi vida o vidas, según como se mire. Por eso ahora, tenía miedo de volver a vivir algo parecido. No sé, tenía un presentimiento; algo en mi interior me decía que sufriría de nuevo. ⎯¿Qué quieres de mí? ⎯Que seas el depositario de mi legado. Ahora que mis sospechas se habían confirmado, descubrí que Saphira estaba disfrazada, oculta en aquel cuerpo de mujer. Era algo curioso que me desconcertó, sobre todo al caer en la cuenta de que estaba viendo la cara de una entidad que llevaba viviendo más de tres mil años. Su apariencia era como una máscara, más o menos como la que utilizo yo, cuando quiero ocultar mi verdadera identidad. En esos momentos, mientras trataba de hacerme a la idea de que todo era cierto: que yo era de fuego, que el Basilisco se había fundido en mi ser y que el pensamiento de echar llamas por la boca eran reales, llegué a la conclusión de que yo, y nadie más, era la piedra angular de algo que escapaba a mi conocimiento y sinceramente, tenía miedo de saber la verdad. Pero tarde o temprano, la verdad vendría a mí. Seguridad. Eso es lo que necesitaba. Seguridad para tener confianza. En mi mente, estaba claro que no podía evitar sentir esa presencia oculta en ella y que era tan lejana en el tiempo. ⎯De acuerdo. Dime lo que tengas que decirme. Saphira me sonrió. Yo tenía el pelo mojado a causa de un sudor extraño. Tenía calor y en la gruta hacía frío. Pasó una mano por mi cabello y secó mi frente. ⎯Muy bien, escucha ⎯me dijo⎯. Llevo muchos años arrastrando una dura carga. Mucho tiempo exiliada en el Panthĕon Sacrātus, esperando el momento de encontrar a un ser divino que lleve en su sangre el estigma de fuego. ¿Para qué? Soy un dragón y, por tanto, soy leal y perversa. Debido al miedo de ser descubierta y a mi instinto de supervivencia, al ser la última descendiente de la Dinastía Salmanasar, me vi obligada a confinarme hasta que tú sufriste la metamorfosis de Ra. Aquel momento de tu vida me hizo
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    588 entender que erastú, mi heredero y por tanto, el legado tan celosamente guardado, ya tenía destino. Eres tú, y sólo tú, la reencarnación de mi hermano. Saphira guardó silencio. Supongo que al ver mi cara de poema no le quedó más remedio que callar unos instantes, para que yo asimilara lo que había escuchado. «Un dragón… Reencarnación…», pensé. ⎯Nathan eres un ser excepcional ⎯me dijo suavemente⎯. Y espero no haberte decepcionado. Pero ahora que lo sabes todo, sería conveniente no demorar la transferencia de mi ser. Yo suspiré hondo. Sentía un dolor espiritual que me desgarraba el alma. De repente, una ráfaga de aire nos azotó a los dos. Nos invadió un extraño olor, parecido al incienso y de golpe, nos vimos transportados a otro lugar del Panthĕon. Habíamos descendido a la oscuridad del Sanctasanctórum. Yo miré a mí alrededor y no tuve ningún problema para descubrir el propósito de aquel lugar. Mi corazón, nervioso, comenzó a latir desbocado. Saphira se dio cuenta de mi turbación, porque me miró al mismo tiempo que tomó mis manos entre las suyas. ⎯Esto es necesario, Nathan. Saphira leyó mi mente. Yo me sentí desnudo ante ella. Bueno, mentalmente. ⎯¿He de superar el proceso alquímico que me quieres imponer? ⎯le pregunté, sintiendo ansiedad⎯. ¿Un Hieros Gamos? Saphira asintió en silencio. Yo sacudí mi cabeza, incapaz. ⎯No puedo entregarme a nadie que no sea Kali. ⎯Esta unión sagrada no tiene nada que ver con ella. Tú no le eres infiel. Necesito que entres en la Cámara Nupcial, sólo así puedo trasmitirte mi legado. Sólo hay dos caminos posibles: la muerte o el renacimiento. No puedes huir de tu destino, has de elegir.
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    589 Ambos estábamos enel umbral. Yo no me atrevía a cruzarlo, pues hacerlo era consentir el ritual sagrado. Y, sin embargo, estaba obligado a cumplir con mi destino.
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    590 ACTO VI Parte Segunda HierosGamos “La Unión Sagrada” La Cámara Nupcial del Panthĕon Sacrātus hace referencia a la verdadera alquimia. La experiencia iluminatoria de los principios opuestos que consiste en superar un nivel de la realidad normalmente inaccesible. El ritual es la unión de dos seres opuestos para convertirse en uno solo. Una unión sagrada cuyo fruto es la piedra filosofal. El Hiero Gamos de Saphira es un proceso alquímico que permitirá a Nathan transmutarse de una forma maravillosa e increíble en un dragón. Su piedra filosofal, la dragonites. Nathan sintió una punzada de dolor, una sensación causada por la destrucción de su santuario espiritual, por un súbito torrente de confusión, provocado por la petición de Saphira y por los recuerdos de su pasado real y caótico. Sus ojos miraban fijamente sin ver a través del umbral; de pie, más tieso que un palo. El pensamiento de que era cualquier cosa menos humano le carcomía entero. Ahora tenía muy claro que debía dejar atrás sus emociones humanas. Saphira fue su salvación. Ella le agarró de un brazo y ambos cruzaron el umbral. Entraron en una sala tenuemente iluminada. De súbito, el aura de Nathan palpitó, una sola
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    591 vez; el fuegoque ardía en su interior salió a la superficie. La Cámara Nupcial Dieron unos pasos y se detuvieron. El suelo era como un espejo, cristalino y aparentemente, resbaladizo. Nathan cabizbajo se contemplaba así mismo en aquel mar. Saphira, en silencio, esperaba a que él estuviese preparado. No deseaba precipitar las cosas. Sus ojos miraban en todas direcciones. La pared de derecha estaba formada por nichos, encajados en la propia roca, naturales. En el interior de aquellas pequeñas cavidades, crepitaban las llamas de pequeñas hogueras mágicas. Nathan alzó la mirada, mientras Saphira lo contemplaba, descubriendo que él estaba más relajado. El profundo abismo que se alzaba en lo alto parecía que iba a precipitarse sobre ellos. Él no pudo distinguir nada en aquella negrura, salvo que sabía que había descendido a los anales de su origen. Ya no se trataba de profecías, sino de algo más. Algo que había permanecido en él, desde siempre. La Quintus Essentĭa era más, mucho más de lo que aparentaba. Ahora tenía la certeza absoluta de que iba a emprender el viaje más increíble de su vida y él era dueño, por primera vez, de su destino. Su padre no sabía nada de lo que estaba a punto de ocurrirle, nada y eso le hacía sentirse aliviado. ¿Sabría mantener el secreto? Tenía sus dudas, pues con él siempre se había sincerado. ¿Y Kali…? ¿Cómo iba a decírselo? ¿Le comprendería? Pero si él iba a propiciar el cambio de una nueva era, lo correcto sería comunicárselo no sólo a ellos, sino a todo el mundo. Claro, siempre y cuando la experiencia resultada totalmente fructífera, porque si no llegará a ser así no encontrarían de él, ni las cenizas. En esos momentos, Nathan no podía pensar en Kali ni Jadlay ni en Áquila, ni siquiera en la guerra. Era consciente de que si debía superar el ritual con éxito, estaba obligado a
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    592 dejar a trassus emociones y actuar en consecuencia. No le quedaba otra, o eso, o la muerte. La verdad, la expectativa de convertirse en cenizas no le satisfacía en absoluto. Siguió adelante. Saphira, tras él, suspiraba aliviada. Un gran arco de piedra separaba el Templo Iniciático de un pasillo oscuro. El arco estaba franqueado por dos grandes ménsulas, también de piedra, que sujetaban dos antorchas de fuego azul. Las piedras que formaban los muros estaban unidas unas a otras, sin argamasa. Todo el Panthĕon era así. Al fondo y en el centro, donde menos luz había, se erigía una fuente alquímica; la fuente de la vida; y justo detrás, un estrado y sobre su tarima de cristal, un altar hexagonal de mármol. El fulgor de aquel templo deshizo su férrea máscara. Saphira que no había perdido la oportunidad de captar ese momento, se sintió dichosa. De hecho, todos sus pensamientos e intuiciones basadas en la deidad se hicieron realidad. Tenía ante ella, al mejor depositario; el único capacitado para transmutarse en cualquier momento. Dijese lo que dijera, Apofis… Nathan era tal y como ella había imaginado y por supuesto, pensado; no como quería él. El Ser espectral estaba tan equivocado en cuanto a la deidad, que ella estaba segura de que la oscuridad que envolvía al sombrío ser e incluso su poder, desaparecerían durante algún tiempo, nada más renacer Nathan en su nueva identidad. Nathan ascendió, cariñosamente cogido de la mano por Saphira, el primer peldaño del estrado y miró al suelo: cuatro estrellas de seis puntas, rodeaban la fuente, se hallaban estratégicamente situadas en cada uno de los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Trató de ver más allá de los símbolos y vio dos triángulos, que le eran familiares, con sus vértices opuestos. Su culto arcano le abofeteó de inmediato. Al este, el sol; al oeste, la luna. La representación de la fuente, no era más que un
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    593 dragón de oro,inclinado hacia las aguas cristalinas, dispuesto a devorar la oscuridad que amenazaba la vida. Era como estar en su templo, en Jhodam. Ambos se miraron. Saphira, sonrió. ⎯Estoy preparado. Pero… creo que he perdido el rastro de mi esencia. ⎯No te preocupes. Iremos en su busca. ⎯¿Dónde? ⎯Buscaremos en nuestra unión sagrada. Cuando tú y yo seamos una sola esencia, conseguiremos la iluminación necesaria para iluminar la senda de la perfección y luego, renacerás. ⎯¿Dejarás de existir? ―preguntó él. ⎯Sí, pero mi esencia vivirá en ti. El Legado Salmanasar, será tuyo por deseo expreso del Gran Dragón, mi hermano. Un silencio profundo los invadió. Nathan era consciente de que el descenso y el encuentro sagrado con Saphira, le conduciría a un mundo superior. El descenso de un dios al mundo de los muertos servía para devolverle al mundo de los vivos. La unión entre la luna, Saphira, y entre el dios, Nathan, encontraba su apoyo ritual en el sacro Hieros Gamos. Pero en este caso, ella era el hierofante, celebrante de los misterios sagrados; y él, el rey. Un Hieros Gamos para cambiar de era… Nathan y Saphira: los principios opuestos. A punto de iniciarse la unión química entre los dos seres y la Quintus Essentĭa como elemento mediador. Ambos cogidos de la mano terminaron de subir los peldaños del estrado. Sin separarse, la Ser lo guió en el ritual. Él, se situó a los pies del sol; y ella, de la luna. Con sus manos entrelazadas, esperaban la llegada de la Quintus Essentĭa. La divinidad de Nathan descendería sobre ellos como dos triángulos de fuego, unidos entre sí formando la quinta estrella de seis puntas. Al llegar, un rayo de luz dorada los separó.
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    594 El fulgor dela entidad divina inundó el altar hexagonal y Saphira, dio comienzo al Hieros Gamos. Se acercó a él. Nathan estaba ligeramente nervioso. Ella aligeró el broche que unía la capa bajo su cuello y la dejó caer al suelo. Luego, hizo lo mismo con su propia túnica. Sus ropas se deslizaron a través de los peldaños hasta el suelo cristalino. Él y ella desnudos entrecruzaron de nuevo las manos y repentinamente fueron envueltos por un torbellino de luz que los guió hasta el altar. Ambos se sentaron, uno frente al otro. Sus cuerpos estaban rodeados de un aura irisada, emitiendo una luz intensa que embriagó todo el templo. Las llamas de las hogueras, crepitaron y chispearon, inducidas por la magia del ritual. De repente, ella sintió miedo en él. ⎯¿A qué temes, Nathan? No te haré ningún mal. Nunca podría lastimar algo tan bello ⎯susurró ella acercando las manos a su cuello, tenso. Apartó el cabello y le acarició la nuca. Nathan cerró los ojos. Las manos inquietas de Saphira recorrieron el cuerpo del rey, comprobando que su piel, un hermoso lienzo cobrizo, era suave, tersa como el terciopelo. Nathan se estremeció al sentir la humedad ardiente, que ella con sus caricias le trasmitía. Los dedos finos de Saphira dejaron estelas de fuego sobre su piel. Esas manifestaciones, eran su manera de demostrarle de que estaba hecha, de fuego y nada más que fuego. El cuerpo de Nathan se relajó ante aquella lluvia de caricias. Una sensación deliciosa le recorrió las entrañas. Ella se dio cuenta y lo miró con detenimiento. Se perdonó a sí misma, por tomar al rey, enteramente prohibido, a sus ojos y a los de cualquier otra mujer; excepto, Kali. Pero su causa, lo exigía. Volvió a contemplarlo. Excitado, Nathan tenía un cuerpo perfecto. Musculoso y elástico. Era un hombre realmente atractivo. Saphira con delicadeza posó el cuerpo de Nathan sobre el altar, cargado de magia y simbolismo. Ella se dejó caer sobre él y sus bocas se buscaron y se besaron profundamente. Junto a ellos, seguían el sol y la luna, ahora vibraban mágicamente impulsados
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    595 por efectos delritual. Pronto, muy pronto llegaría la concepción, el hombre-dragón y Nathan, permitiría a ella, descansar en sí mismo. Igual que un hermafrodita, mitad hombre mitad mujer, pero esa condición sólo funcionaría en caso de estar transformado, nunca en estado aparentemente humano. Cuando llegó el momento de la conjunción, la unificación progresiva de los dos seres, Nathan no pudo evitar que los movimientos de ella y sus besos lo arrastraran a un mundo superior, embriagado por sensaciones exquisitas. Sintió dolor, las paredes interiores de ella le oprimieron con fuerza. Una fuerza casi animal y por un momento, deseó que acabara la tortura cuanto antes. De repente, un destello los invadió absorbiendo sus cuerpos, bañados en sudor y cargados de fuego en sus poros. Inducido por un poder especial, Nathan alzó los brazos y se aferró a la espalda de ella con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su pecho, moviéndose junto a ella con desesperación. Saphira al sentir las duras palpitaciones de su miembro viril, gimió. La sensualidad de la mujer lo estaba volviendo loco. Ambos se dejaron arrastrar embriagados por la borrachera mágica de aquella energía que a modo de destello inundó el templo, el altar, la fuente y a ellos mismos. Ya no importaba nada más que alcanzar la Iluminación que ella le había prometido. Y lo hicieron. Un torbellino se desató y ambos gritaron al experimentar los impulsos del Hieros, que unido al cosmos les impregnó el alma. Una nube blanca y espesa se arremolinó en lo alto, descendiendo poco a poco. Nathan sufrió repentinamente una visión que lo desconcertó: estaba en un sepulcro, un pequeño ser espiritual masculino apareció en la nube y ésta rompió a llorar lágrimas cristalinas. Gotas de lluvia que purificaban su alma, su cuerpo, su humanidad y su divinidad.
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    596 Después… Una ser espiritualfemenino descendió desde la nube y lo condujo a través de la senda correcta. Saphira seguía con él, pero enrollada por una serpiente dorada y a su derecha, un cuervo; en su mano, portaba un cáliz con tres serpientes. Simbolismos sexuales del Hieros Gamos. Nathan levitaba a cierta altura. Ella se acercó a él y tomó sus manos, atrayéndolo hacia sí. ⎯Ven conmigo, Nathan. Aún no ha finalizado el Hieros Gamos. El rey despertó del sueño inducido por la magia del ritual y fue entonces, cuando vio a Saphira frente a él, y por última vez, antes de que ésta se fundiera en sí mismo, llegó el momento de la Fermentación: otra cópula, pero ésta era la única que lo conduciría directamente a la Iluminación y luego, a la resurrección del nuevo ser. El sudor corría entre los pechos desnudos de ella y por la ligera curva de su vientre hasta el ombligo. Nathan se dio cuenta de que el clímax que ambos habían experimentado unos minutos antes, no era nada comparado con lo que iba a sentir. Había llegado el momento de la verdad. De repente, Nathan sintió un calor sofocante que hizo que se excitara mucho. Saphira lo miró con tanta lascivia que él se amilanó por completo. Ambos unieron sus cuerpos con pasión. Gemidos de placer escapaban de la garganta del rey, sin descanso. La Quintus Essentĭa sometió a Saphira convirtiéndola en su esclava. Enseguida, ella empezó a moverse sobre él con el poder que le otorgaba su estatus de hierofante, y los gemidos que escaparon de los labios de él y el estremecimiento que le recorrió le demostraron hasta que punto llegó su gozo, en un momento en que aún no había llegado a la máxima perfección. Saphira incrementó el ritmo. Se estaba acabando su tiempo. Ambos perfectamente sincronizados ardieron de placer animal. El cuerpo de él temblaba suplicante. El ritmo frenético que alcanzaron hizo que no fueran conscientes de lo que estaba
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    597 ocurriendo entre ellos.Un halo de brillante luz salió despedido como un torrente del cuerpo sudoso de Saphira y alcanzó de tal forma a Nathan que éste emitió un grito desgarrador. Los destellos eran tan intensos que parecía como si hubiera amanecido en el Panthĕon. El estallido, y la energía de ella le embriagó totalmente y separándolo bruscamente, lo trasladó a un nivel superior. Allí, ya no estaba Saphira. Sintió un regocijo especial, inexplicable. Un hilillo de sangre se deslizaba entre la comisura de sus labios. Experimentó un nuevo nacimiento de su alma. Una visión real… La esencia de Nathan había devorado, por así decirlo, a la mujer. Su Legado de Sangre, el espíritu femenino, surcó la nube blanca que ahora, era real, y despareció para descender instantes después sobre su cuerpo. Nathan, se había convirtió en fuego: El rey había conseguido la Iluminación. Abrasado, ardió. Debilitado, perdió el conocimiento. Sobre el altar, un cuerpo renacido. Los destellos, la fuente de la vida y las llamas anaranjadas de los nichos desaparecieron. La oscuridad invadió el templo y sólo el halo tenue que emitía la frente de Nathan y rodeaba su cuerpo, iluminaba sutilmente la estancia. Pero, muy sutilmente. La verdadera luz, ya estaba en su ser.
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    598 Acto Final El nacimientodel Dragón Real Nathan sumido en una profunda inconsciencia, yacía boca abajo sobre el altar hexagonal; junto a él, su capa y el resto de su vestimenta. Su mano derecha colgaba del borde del altar, mientras de la llaga de su muñeca, el estigma de su divinidad, brotaba sangre que caía tintineante al suelo. Pero no sólo manaba sangre de esa cicatriz, ahora abierta, sino que una nueva llaga, un profundo estigma surcaba todo el antebrazo, desde el codo a la muñeca. Un relámpago en el interior de una estrella de cinco puntas, estaba grabado en su piel con fuego, y del cual también goteaba sangre. Había muerto y renacido. Por fin, había triunfado. Los Seres dejaron de existir, pero la magia seguía inundando el aire. El Legado Salmanasar descansaba en Nathan, ahora el rey-dios, era un poderoso dragón oculto bajo la mascara de su apariencia humana. Su naturaleza se había transmutado y su poder, multiplicado. Ni el dragón que es ni el hombre dios que representa son buenos o malos por sí mismos; al igual que las espadas, pueden aplicarse a fines buenos o malos; y la eficacia que posea su poder dependerá del estado mental o físico que le acompañe en un determinado momento. Ahora, más que nunca, su confianza debe ser absoluta. Si Nathan dudase de su integridad, poder o sabiduría, el dragón que lleva en su interior y que forma parte de su esencia se encontraría en la peligrosa tesitura de decidir
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    599 sobre algo oalguien que navega entre los arrecifes de un mar oscuro y desconocido en un barco comandado por un patrón en cuyo juicio nadie confía. Para él, la situación es más complicada ahora que nunca. Pues transformarse no es una acción gratuita; es por tanto, un proceso muy debilitante. Su juicio sereno deberá controlar su ira y no exponer ni su cuerpo ni su dragonites si no hay necesidad, pues Apofis o cualquier otro ser maligno no dudaría ni un instante en tratar de destruirlo. Ahora, en su nueva condición y con más poder dual del que nunca haya podido imaginar, la realidad le abofetearía duramente. La guerra que afectaba a Jhodam, Bilsán y Esdras. El embarazo de Kali. La suerte que hayan corrido sus ejércitos y el estado de Áquila, Jadlay y de los inmortales pueden hacer tambalear sus cimientos, pero está obligado por su propio bien y el de su pueblo, a mostrar una templanza ejemplar. Si lo consigue logrará ahuyentar por un tiempo a Apofis, pues éste tendrá que estudiar una vía diferente a las empleadas hasta ahora, para destruirle en el peor de los casos, o sumirle, en el mejor. El olor a sangre le despertó. Su cabeza comenzó a dar vueltas y vueltas, sintiendo náuseas. Desorientado y aturdido, no fue consciente de cuanto tiempo había permanecido sin sentido. Una eternidad, quizá. Al moverse, sintió un profundo dolor que provenía del brazo, parecía como si le hubieran traspasado con una espada. Gritó. Aturdido, miró su antebrazo y vio una profunda marca sanguinolenta que llagaba toda la piel. «No ha sido una pesadilla», pensó. El dolor que sentía era tan intenso que apenas podía moverse. Respiraba trabajosamente, estaba entumecido por el frío. De pronto, un destello provocó que todo su cuerpo se convulsionara. Preso de una subida de adrenalina, se apartó del foco de luz y rodó sobre el altar; del fulgor, estalló un
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    600 rayo de luzazulado, alcanzándole. Cayó al suelo. El rayo de luz surcó las profundidades de la tierra y salió despedido como un chorro de agua a presión hacia las alturas, traspasando la bóveda que tras el abismo, existía y que comunicaba con el suelo exterior del Sanctasanctórum. Todo se movió. Festo, que aguardaba en la entrada trastabilló de un lado a otro, mareado. De lejos, vio a los inmortales que habiéndose acercado lo suficiente también fueron alcanzados por el inesperado movimiento de tierra. Unos y otros, rodaron por el suelo adoquinado de las cercanías del templo. Se abrió un profundo surco. Desde las profundidades, Nathan alzó la mirada y pudo ver la incipiente luz del alba. Desde la superficie, los allí presentes no pudieron distinguir más que un profundo abismo. Festo tuvo que agarrarse a una columna para no caer al foso. En ese momento, comenzó una precipitada carrera entre Halmir y el hechicero. El inmortal estaba dispuesto a darle muerte, no pensaba dejarlo escapar; esta vez, no. Mientras tanto, en las profundidades, Nathan hipnotizado por la extraña luz que despedía el altar, se levantaba y miraba a través del destello. Sus ojos se abrieron como platos al vislumbrar, perfectamente encajada en la profundidad del mármol, una espada. Controló sus emociones antes de introducir su mano derecha ensangrentada en la gran ranura, que a modo de urna, había protegido durante milenios la poderosa Espada Sagrada Salmanasar. El arma tenía la misma habilidad de transformarse que su propietario. Era hermosa, brillaba con luz propia y su longitud impresionaba. La hoja era larga de acero, tan brillante que parecía transparente, su guarnición era de oro macizo y estaba tallada con surcos y ondulaciones, que aunque parecían haber sido hechos al azar, no era así. Eran runas de poder y protección. Nathan las distinguió con claridad. En ambos extremos de la guarnición un dragón en
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    601 miniatura; el dela derecha, tenía grabado sobre su cabeza una serpiente diminuta; el de la izquierda, un halcón. Ambos dragones, estaban representados en postura de ataque, como si echaran fuego por la boca. En el centro de la guarnición, un triángulo invertido, en el interior la insignia Salmanasar: un relámpago custodiado por una estrella de cinco puntas. La empuñadura también estaba hecha del mismo material que la guarnición, oro puro; era cilíndrica y tenía tallada una curva en forma de hélice que llegaba hasta el extremo superior, todo ello rematado con un diamante negro. Nathan se inclinó para observarla más detenidamente. La hoja de acero tenía una serie de runas grabadas desde su base hasta la punta, con el mismo objetivo que en la guarnición. Era un conjuro de protección. Todo estaba sumido en un silencio que únicamente era interrumpido por el crepitar del haz de luz. Nathan miró su antebrazo, todavía sangraba. Meditó unos instantes, luego bajando la mirada al suelo, vio sus ropas. No faltaba nada. Capa, túnica, calzas, prendas de maya, botas e incluso su cinto con la daga. Se vistió rápidamente, un presentimiento le alertó. El Panthĕon iba a desaparecer y tenía que salir de allí, echando leches o acabaría enterrado entre escombros y piedras. En ese momento, no pensó en Apofis ni en nadie. Se dirigió al umbral del templo; una vez allí, se detuvo. Había olvidado algo muy importante. La espada. Dudó de sí llevársela o no. Un segundo después, Nathan tomó una decisión. Se volvió. Corrió hasta el altar y sin miedo, la empuñó, arrancándola del encaje. El mármol, al sentirse vacío, crujió y se partió en dos. El haz de luz, desapareció y un violento temblor de tierra ocupó su lugar. Nathan se tambaleó. Polvo y piedras se precipitaron sobre él, a punto de derrumbarse todo. Como pudo llegó al
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    602 umbral; estaba cruzándolo,cuando Apofis se materializó y le salió al paso. La deidad, al verle, no se sintió eufórico precisamente. Ni siquiera el derrumbe del Panthĕon iba a parar las ansias vengativas del maligno. El panorama no se presentaba muy halagüeño. Nathan lo miró fijamente, implacable, pero no abrió la boca. Apofis le clavó sus penetrantes ojos. Y mientras ellos, se fulminaban con la mirada. Halmir y Festo se enfrentaban en una violenta lucha con espadas sobre el pétreo suelo a punto de resquebrajarse. El inmortal atacó duramente, sin darle opciones. Estaba totalmente cegado, el odio que sentía por el hechicero traspasaba los poros de su piel. En esos instantes, los demás inmortales, incluso Kali, se acercaron corriendo para echarle una mano. Pero al verles tan encendidos, no se atrevieron a intervenir. Eran conscientes de que el asunto era personal. Aquella lucha representaba la venganza, maquinada por Halmir, mientras su hijo, presa de terribles fiebres, se debatía entre la vida y la muerte. Nadie osaría arrebatarle sus deseos. Ambos forcejearon con desesperación. Halmir sosteniendo la empuñadura de la espada con ambas manos, lanzó una y otra vez el ataque, manteniendo en jaque a Festo, éste no encontró ayuda de ningún tipo, ni mágica ni humana. Estaba seriamente acorralado, por un hombre que deseaba matarlo, harto de tanto sufrimiento. Festo, con el rostro desencajado y mortecino, echó a correr, pero sus movimientos eran torpes. Morpheus que lo vio, lo cortó el paso. El hechicero, obligado a luchar, se volvió, casi suplicante. Halmir, con los ojos llenos de lágrimas, y el rostro convulsionado por el dolor que le causaba creer a su hijo muerto, plantó cara a tan miserable
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    603 despojo de lavida. ⎯Te lo suplico ⎯dijo Festo⎯. No deseo morir. Haré lo que pidáis, pero por favor… dejadme vivir. Halmir sintió como su corazón latía de forma endiablada. Una sonrisa maliciosa dibujó sus labios, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. No necesitaba el perdón para el acto que iba a ejecutar. La muerte de su hijo, era suficiente motivo para liberar toda la tensión y la ira acumulada, y antes de que Festo pronunciase otra palabra más, Halmir esgrimió con más fuerza su espada. Fue una estocada enérgica y rápida, tan rápida que en el acto decapitó la cabeza del hechicero. Alfeo agarró de un brazo a su hermana. La atrajo hacia sí y le obligó a volverse. Kali se abrazó a su hermano, presa de un angustioso llanto. El cuerpo de Festo cayó desplomado, mutilado en el suelo, mientras su cabeza rodaba por los adoquines yendo a parar a los pies de Ishtar. Éste presa de unas incontenibles náuseas, vomitó. Nunca había presenciado una mutilación de esas características. Con el rostro lívido, se dejó caer en el suelo. En el mismo momento de la muerte de Festo… Apofis, estaba peleando en las profundidades, tratando por todos los medios de hundir a su poderoso adversario al abismo. Era consciente de su poder, sabía en lo que se había convertido. Aquella oportunidad era la última que tenía, si no conseguía sus propósitos, debería esperar otra oportunidad o quizá, otro tiempo. En esos instantes en los que los repetidos bombeos del suelo hicieron que ambos dioses saltasen salvajemente, la simbólica Espada de Damocles recaía sobre Nathan, como una persistente amenaza de peligro. Cuando recuperaron el equilibrio, Apofis se enfrentó a su eterno enemigo.
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    604 ⎯No dejas desorprenderme, Nathan ―dijo―. De acuerdo, lo reconozco; tienes talento, pero también hay algo sibilino en ti. El dios del Poder Negro, avanzó hacia él. La deidad no estaba dispuesta a conceder un instante de su salvación para escuchar las palabras de Apofis. Como nunca lo había hecho antes, Nathan alzó la mano y pronunció una sola palabra. ⎯Shadba… Y una nebulosa de luces irisadas se enroscaron alrededor de su mano. Apofis, enmudecido por la inesperada muestra de poder, se detuvo. Comenzó a oírse un zumbido y no procedía del más que evidente derrumbe del Panthĕon, no; era una vibración del aire. El suelo tembló ligeramente. Apofis no podía dar crédito a sus ojos, ni a sus oídos. ⎯No puede… No puede haber dominado su nuevo poder en tan poco tiempo ⎯murmuró⎯. No es posible; a la primera, no. La sonrisa de Nathan se hizo perversa. Tanto que Apofis, confuso, se quedó tieso sin saber como responder. La nebulosa salió despedida como un trueno de la palma de la deidad y estalló a escasos milímetros de la entidad maligna. Apofis se tambaleó y rápidamente se apartó de la vista de Nathan, éste pronunció una serie de palabras en un idioma que sólo entendía él y las nebulosas que generaba cobraron gran intensidad. Las luces irisadas jugaban en tornó a la deidad y animaban con sus destellos su rostro. Un nuevo conjuro, y todas las nebulosas se unieron. Apofis se frotó los ojos, no podía creer lo que estaba viendo. Nathan estaba embriagado de un poder ingente, así no podía vencerle. Pero aún tenía una carta, y la emplearía costase lo que costara. Si conseguía derribarle, podría huir, sino acabaría fundido a los pies del poderoso dragón. Las nebulosas estaban suspendidas en el aire, cuando el suelo volvió a tambalearse. Parte de un muro se resquebrajó y como una lluvia de granizo, estalló, alcanzando a Nathan,
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    605 éste cayó yrodó por el suelo. Esta vez si era el Panthĕon, que se estaba desmoronando a un ritmo vertiginoso. Apofis, que sólo perdió ligeramente el equilibrio, sin llegar a caerse, aprovechó ese instante para lanzarle una estocada a su adversario. Nathan, sin verse afectado, se levantó rápidamente, pero no le dio tiempo a contraatacar. Apofis levantó ambas manos e hizo estallar las nebulosas, éstas se expandieron hacia el dios dragón. Estallaron, y el impacto lo dejó muy aturdido. La deidad echó la cabeza hacia atrás con una violenta sacudida, se vio levantado bruscamente del suelo y salió disparado hacia la pared que quedaba a sus espaldas, contra la que se golpeó con un ruido sordo y funesto. Nathan se desplomó en el suelo. La Espada Salmanasar se le cayó de la mano. No hubo carcajadas. No había tiempo. Por el momento, a Apofis le bastó con ganarle un tanto a la deidad. Era consciente de que nada de lo que ocurriese a partir de ahora, lo destruiría, pero no le importaba en absoluto. Ya llegaría el momento en que las fuerzas de ambos estuviesen igualmente equilibradas para vencerle. Por ahora, se conformaba con haber usado el propio poder del dragón para dejarlo inconsciente. Es posible, que el derrumbe del Templo Sagrado acabe engulléndole o quizá, no. Si tenía algo muy claro era que no iba a esperar para saberlo. Con su típica manifestación de poder, Apofis, generó un remolino de aire espeso en torno a él y desapareció del lugar un segundo antes de que todo el Panthĕon estallase bajo sus pies. En el exterior, el movimiento se hizo terrible. Una lluvia de grandes piedras volaba en todas direcciones. Los inmortales no podían detener aquella fuerza natural de ninguna forma. ⎯¡Oh, mierda! ⎯exclamó Alfeo. Halmir se había vuelto hacia la puerta infranqueable del Panthĕon, casi a cámara lenta, cuando de repente vio aquella
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    606 ingente mole quese precipitaba sobre ellos, gritó: ⎯¡¡Corred!! Todos echaron a correr, desesperados. Sin mirar atrás, cuando un repentino combe del suelo los arrojó de bruces, en el mismo instante que un ruido estruendoso a punto estuvo de atrofiar sus tímpanos. Realmente devastador. La descarga de adrenalina brillaba en el aura de cada uno de ellos. Se levantaron y echaron a correr, sin vacilar, hasta que estuvieron lo suficientemente lejos, pero sin dejar de ver las columnas del templo solar como iban cayendo una tras otra, engullidas por las grandes fisuras que se estaba abriendo en todo el perímetro del Sanctasanctórum. Crujieron las grandes rocas, y los cimientos de la mole cedieron a la profunda embestida de los poderes divinos. El templo exterior se resquebrajó y se separó en dos. La explosión, en las profundidades, del Panthĕon provocó que volaran los muros, el mármol se desprendió y los suelos, uno tras otro, estallaron en todas direcciones. Halmir siguió atentamente el progresivo desmoronamiento hasta que al fin todo empezó a remitir y después de unos minutos intensos, en los cuales la tierra seguía moviéndose frenética, todo cesó. Y un silencio sepulcral invadió el lugar. Había amanecido un día hermoso. El cielo azulado sin nubes quedó ligeramente empañado por las altas columnas de polvo y humo que despedían las fisuras abiertas. La fisura central era profunda, como si hubiera impactado un inmenso meteorito. La destrucción fue total. Tal y como fue vaticinado por la forma humana del Basilisco a su hija, Saphira: del Panthĕon no quedaría piedra sobre piedra. Los inmortales, ensordecidos y aturdidos, se levantaron y a pasos lentos, sumidos en una fatiga comprensible, se acercaron al lugar, donde unos minutos antes se erigía el Sanctasanctórum. Halmir y Kali, tenían los ojos inundados
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    607 en lágrimas. Era desolador.No había quedado nada. ⎯Mi hijo… Kali, rota por dentro y por fuera se acercó, sin que su padre y el grupo se percataran, a la recién creada cornisa, desesperada y con el cerebro paralizado, perdió el equilibrio, tropezó y se precipitó al vacío… Ishtar que se había vuelto hacia ella en ese mismo instante, no tuvo tiempo material para evitarlo. Gritó. ⎯¡Kali! ¡¡Nooo!! Alfeo desencajado por los gritos de su padre y con el corazón en el puño, corrió hacia la cornisa. La sorpresa que se llevó al mirar al vacío fue mayúscula… Nathan agarró de un brazo a Kali justo en el último instante, él con grandes síntomas de debilitamiento, escalaba con la ayuda de su daga, hincándola en la pared de la inmensa grieta, que en forma de cráter se alzaba ante él desafiante. La empuñadura de la espada Salmanasar brillaba por encima de su hombro. El esfuerzo que había realizado para evitar que Kali cayese al abismo fue sobrehumano. Y eso, junto con las hemorragias, que aún no habían cesado, lo dejaron más flojo que la mantequilla. ⎯¡Nathan! ⎯Kali… ⎯dijo sin apenas voz. Ella no podía dar crédito a sus ojos. Él estaba tan extenuado que no podía casi hablar. Ella abrazó y besó aquel cuerpo lleno de polvo y de heridas. Sangraba por tres sitios: la sien izquierda, el costado del mismo lado y el brazo derecho. Estaba destrozado. Y allí, colgados, esperaron la ayuda de los inmortales. ⎯Te quiero ⎯dijo él, apoyando su cabeza sobre el pecho de ella. Kali acarició los cabellos de Nathan, éstos habían crecido mucho desde la última vez que lo vio, y desde ese momento hasta este instante, sólo había pasado una noche. Sorprendida, suspiró.
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    608 Cuando Alfeo comunicóa grito pelado y con la respiración agitada que había localizado a su hermana y a Nathan, a Halmir se le desbocó el corazón. Sorprendido, el inmortal no atinaba con las palabras. Alfeo para tranquilizarlo apoyó una mano sobre su hombro. ⎯Está hecho polvo, pero vivo. Después de unos minutos de intensos esfuerzos por parte de todos. La pareja real fue rescatada. Una vez arriba, en tierra firme, Ishtar se abalanzó sobre su hija y la abrazó con efusividad. Sin embargo, Halmir cuando tuvo de frente a su hijo y lo contempló de pies a cabeza, rompió a llorar como un niño al verlo tan débil y frágil, a punto de hacerse añicos. Su aplomó se derrumbó. Nathan con la mirada desencajada y la oscuridad cayendo sobre él, sólo se mantuvo unos segundos en pie, antes de desplomarse al suelo. Lo último que sintió y oyó antes de sumir su mente en el olvido fueron unos golpecitos suaves en sus mejillas, y a Alfeo, su padre y otros que lo llamaban. ⎯Nathan… Las voces sonaban cada vez más lejanas. Perdidas en el tiempo.
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    609 Capítulo 11 No existepeor muerte, que el fin de la esperanza. El sol subía y los tambores retumbaban sin cesar. Hacía horas que había amanecido y nada ni nadie podía poner fin a la sangrienta batalla que se estaba librando en Esdras. Jadlay había sido colgado, prácticamente crucificado, en lo alto del voladizo del matacán y los jhodamíes conjuntamente con la resistencia empezaban a notar el cansancio en sus cuerpos, desmoralizados por el trágico final del joven heredero. El mariscal Addí, Yejiel y Najat y varios de sus hombres después de su enfrentamiento con los arqueros rebeldes, colocaron una viga de madera, larga y muy pesada entre los engranajes de un lado y otro del puente levadizo, impidiendo que éste pudiera elevarse. De esa forma, tendrían acceso a toda la fortaleza. Lo único que tenían en mente era bajar a Jadlay del voladizo, estuviera éste vivo o muerto. La crucifixión del joven hizo mella en los soldados que, luchando por su causa y la del rey de Jhodam, vieron sus propósitos perdidos. Eran fieles a la realidad: las hazañas por si solas carecen de sentido si no sirven a un fin o causa elevada. Nathan era esa causa elevada que se respiraba en el aire y Jadlay, el fin de la opresión que sufría Esdras. Con ellos muertos, la sangre derramada no había servido para nada. Nabuc, consciente de su provocación, disfrutó como nadie de la desdicha ajena, y ordenó a Enós y a todo el grueso de sus tropas, que no dejasen a nadie que pudiera
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    610 empuñar una espada,con vida. Sin embargo, para Addí no existía peor muerte que el fin de la esperanza. No iban a rendirse, eso jamás. Desde lo alto del parapeto y con la espada alzada se dirigió a las tropas jhodamíes que luchaban en las empalizadas, gritando desgarradoramente. ⎯¡Honoooor! Los gritos del mariscal fueron una inyección de vitalidad para todos ellos, desatando una furia que hizo que los guerreros recuperaran la fe. Siguió gritando atronadoramente, para fastidio de Nabuc que desde el patio de armas no pudo evitar oír los alaridos del mariscal. Enfurecido, porque no había forma de provocar la rendición de los soldados que formaban la alianza Bilsán-Jhodam, echó a caminar en dirección al interior del castillo, gruñendo como una bestia. ⎯¡Esta guerra la vamos a ganaaaaar! ⎯Yejiel y Najat le cubrían las espaldas, acompañados de algunos arqueros. El rey de Esdras cruzaba el umbral del vestíbulo, cuando oyó de nuevo los alaridos de Addí. Con un chasquido de sus dedos, Nabuc llamó a uno de sus oficiales. ⎯Dirígete con un grupo de hombres a la muralla noreste y hacedle callar. Asintieron y se marcharon apresurados. Tras ellos, las puertas del castillo se cerraron a cal y canto. Instantes después, Addí se vio acorralado. Pero Najat y su grupo, desde la retaguardia, los emboscaron a todos. ⎯¡Soltad las armas! Los rebeldes sorprendidos, no obedecieron al momento. Yejiel les exigió premura. ⎯¡Vamos! Addí, respiró aliviado al notar que la rápida actuación de los jóvenes había hecho efecto. Saltó el terraplén. ⎯¡Tiradlas! ¡Ahora!
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    611 El enemigo obedecióy comenzó a dejar las armas sobre los adoquines. Luego, maniatados, cuatro arqueros se los llevaron como prisioneros al campamento. Addí se dirigió a los dos jóvenes. ⎯No tenemos tiempo. ⎯¿Crees que Jadlay sigue vivo? ⎯Tengo esa esperanza. Najat y Yejiel sin envainar las espadas, asintieron. ⎯Tú ve delante. ⎯Le dijo Yejiel. Addí miró al joven. Por un momento, pensó que tenía miedo. ⎯Tienes más experiencia en escalar murallas que nosotros. El mariscal no estaba de humor para reírse, pero aún así, lo hizo. Pero, sólo ligeramente. Los tres oyeron un zumbido que paso literalmente sobre sus cabezas. Miraron al frente con los ojos desorbitados. Había grandes hogueras repartidas por toda la empalizada. Durante la emboscada propiciada por los dos jóvenes, fue lanzada desde la torre del homenaje, una copiosa lluvia de flechas impregnadas en llamas, dirigidas al grueso de guerreros que con espadas y lanzas, luchaban fuera de la fortaleza. La hierba y la maleza prendieron rápidamente y algunos cuerpos alcanzados, gritaban de dolor, antes de caer calcinados a la tierra inundada de cadáveres. Hombres de unos y otro bando golpeaban sus lanzas contra el brocal de los escudos. La columna de arqueros jhodamíes respondieron a la lluvia de flechas, una vez; luego, hicieron un alto de apenas unos segundos. Cargaron las flechas en arcos y ballestas y embistieron de nuevo. Addí, Najat y Yejiel contemplaron unos instantes la estampa que tenían ante ellos. Horrorizados, se cruzaron las miradas y dispuestos a seguir adelante con sus planes de recuperar el cuerpo de Jadlay, no permitieron que aquel violento ataque a la línea aliada les afectara. Echaron a correr.
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    612 Saltaron una pequeñamuralla y se dirigieron a la cabeza del puente; una vez traspasado, corrieron por la pasarela a través de la gran muralla, después al final se encontraron un gran muro que unía la torre del homenaje con la torre del sureste, desde allí se vieron obligados a escalar. Jadlay con la cabeza caída, lívido, la toga granate que hacia de capa caía a un lado y su túnica corta ensangrentada, estaba bien amarrado con gruesas cadenas de hierro firmemente sujetas a unas abrazaderas, éstas oprimían sus muñecas, causándole heridas. Aprovechando el desorden ruidoso del combate, los tres valientes guerreros consiguieron llegar hasta los pies del chico y contemplaron estupefactos como, transcurridas varias horas, la sangre seguía manando de la herida que tenía en el estómago. Eso significaba, que al parecer, Jadlay seguía vivo. Pero una vez allí, comprobaron las dificultades que entrañaba el rescate. Las gruesas cadenas tenían su enganche principal en unas pequeñas columnas que rodeaban el voladizo. Najat miró a Yejiel, preocupado. ⎯¿Y ahora qué? Addí se quedó en silencio. Miró hacia arriba y luego, dirigió su mirada a los pies de la torre. En ese momento, descubrió que ellos no eran los únicos que deseaban recuperar el cuerpo, con la esperanza de que hubiera vida en él. Addí agarró la toga de Yejiel y lo zarandeó ligeramente. ⎯¡Mirad! Ahí abajo… Hasta ese momento, ninguno de ellos se había percatado de que un grupo de jóvenes que pertenecían a la resistencia, habían tirado abajo el portón de la torre y penetrado en ella, y subían con la lengua fuera, ya sin aliento la empinada escalera caracol que bordeaba todo su interior, ni tampoco que desde lo alto, tres rebeldes les apuntaban con los arcos, bien cargados. Cuando Addí vio a las tres cabezas enemigas asomarse
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    613 por las tronerassuperiores, avisó a sus compañeros gritando a todo pulmón. ⎯¡¡A cubiertooooo!! Los gritos del mariscal fueron escuchados por los resistentes que a falta de subir la última planta, desenvainaron rápidamente todas las armas que disponían. El peligro les acechaba por todos lados. Addí, Najat y Yejiel se agazaparon pegados al lado del muro que más alejado estaba del enemigo y que más dificultad les presentaba a la hora de disparar su munición; y aún así, eran conscientes de que estaban al descubierto. Eran una diana perfecta. No estaban desarmados, pero para el caso era lo mismo, sin arco ni flechas poco podían hacer, excepto protegerse al precio que sea. En ese momento, rezaron para que los resistentes llegaran hasta ellos cuanto antes. Una pequeña ola de flechas impactaron en los adoquines justo a unos milímetros de ellos. Emboscados de nuevo, sus mentes trabajaban a marchas forzadas, tratando de buscar una salida a su preocupante situación. De repente, oyeron alaridos secos y no eran de alegría, sino de dolor. Miraron a lo alto y observaron, complacidos como el enemigo era atacado por la resistencia. Sus portentosos arcos y flechas no pudieron hacer nada ante la avalancha de espadas y lanzas que se les vinieron encima. Los tres hombres retrocedieron unos pasos hasta que sus espaldas golpearon el muro, no les dio tiempo ni de desenvainar sus espadas. Las resplandecientes hojas oscilaron ante ellos, enérgicas. Uno de los rebeldes contraatacó, pero de poco le sirvió al sentir en su carne el frío y cortante acero. Los otros dos, sucumbieron al momento. Una vez pasado el peligro, dos jóvenes de la resistencia llegaron hasta el lugar donde se amarraban las cadenas, que no era más que un gancho de hierro con forma de hoz
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    614 encajado en labase de la columna, mientras otro de ellos con un gesto rápido avisó a Najat de que sujetaran las piernas de Jadlay, para evitar que cayera al suelo. Al mismo tiempo, oyeron el retumbe de cascos. Un gran retumbe. Era una legión entera que avanzaban hacia la fortaleza galopando sin trabas. Capitanes y soldados de Jhodam venían a Esdras a echar una mano a la resistencia, después de haber puesto punto y final a la batalla en Bilsán; con ellos iban, muy bien custodiados, Lamec, Aby y los dos sacerdotes. Mientras en las empalizadas y en el campamento, los soldados no podían resistir el ataque de los esdraníes. Corrían, hacia el bosque unos; y hacia las carpas de curación, otros. De espaldas a las espadas de los rebeldes y las lanzas de los jinetes sicarios. Gritaban los que aún permanecían imbatidos y gemían los que se arrastraban por la tierra y el fango, heridos de pies a cabeza. La gran legión cuando llegaron al machacado campamento aliado se encontraron con eso, pánico y desconcierto; además, de un número de bajas ingente. Mientras las huestes de Jhodam, más de un millar, seguían viendo más de lo mismo; Jadlay, más cerca del mundo de los muertos que de los vivos iba cargado a hombros de Addí, y los demás, una vez todos reunidos, corrían apresurados por la pasarela, a las faldas de la muralla, con el miedo en el cuerpo y sin descanso. De nuevo sonó el cuerno de la torre del homenaje y desde las terrazas se incitaba a las compañías rebeldes a no rendirse. El rey encerrado en su castillo no veía la hora de celebrar su victoria, caminaba de un lado a otro del salón del trono, como un animal enjaulado. No tenía noticias de Festo, ni del resto de los hechiceros. Las aves peregrinas del halconero a su servicio, no le habían traído misivas informándole sobre la muerte de Nathan. Con todos sus temores cayéndole encima, su semblante tomó todos los colores de la locura. Yejiel y Najat hundían una y otra vez sus espadas en los cuerpos de todos aquellos que osaban impedir su avance. Los
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    615 hombres de Nabucquerían más sangre fresca, pues la derramada hasta el momento no era suficiente para cubrir sus ansias. Los chicos eran conscientes de que una nueva embestida estaba al caer y debían darse prisa si querían llegar a los refugios de las carpas de curación. Jadlay, aún seguía vivo. Algunos de los jinetes recién llegados se desplegaron alrededor del campamento, mientras los que combatían en las empalizadas se vieron obligados a replegarse más y más en aquel infierno, llamado Esdras. Unos caían muertos, otros peleaban mientras retrocedían lentamente hacia las carpas. El enemigo que combatía fuera de la fortaleza, al ver la impresionante hueste, regresaron a la ciudadela, para refugiarse durante unas horas de necesaria tregua antes de emprender de nuevo la lucha. Fue en ese alto el fuego, cuando Lamec que en pie se erguía junto a la gruesa cortina que cubría el umbral de la carpa de curación vio llegar al mariscal y al resto de los jóvenes, trayendo consigo una carga inesperada. ⎯¡Por Nathan! ¡¡Es Jadlay!! Corrió hacia ellos para ayudarles. ⎯Todos nuestros compañeros que han podido escapar están ahora a salvo, Lamec ⎯le dijo Addí. Lamec observó por un instante a Jadlay y vio la gravedad de su situación, no muy diferente de la que estaba sufriendo Áquila en esos momentos; aunque éste último, por la información del médico, había mejorado mucho en la última hora. ⎯Regresemos a la carpa ¡Rápido! Entraron en el interior del refugio. Estaba plagado de heridos, algunos yacían en mantas, muertos. Detrás de una improvisada camilla, estaba Áquila y junto a él, arrodillada en el suelo, estaba Aby. La joven al oír voces, se dio la vuelta. Su corazón le dio un vuelco al comprobar que el nuevo
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    616 herido era Jadlay;asustada dio unos pasos hasta ellos. Addí lo depositó en un lecho hecho con mantas, unas tras otra formando un cálido colchón. Su aspecto se acercaba más al propio de un cadáver, gris mate con cierto aire morado, pero su corazón aún latía. Por sorprendente que parezca, el joven estaba protegido, como cuando era bebe y fue encontrado por el inmortal Morpheus, evitando una muerte segura, por algo muy superior, igual que Áquila, Jadlay gozaba de la gracia divina. La esencia que se respiraba en el aire, la Quintus Essentĭa, tenía como noble misión que, incluso en la distancia, se siguiera manteniendo el hilo de la vida con el dios. La vida divina de Nathan latía en los corazones de Áquila y Jadlay, una condición necesaria para que los dos guerreros siguieran adelante. Que ellos dos siguieran vivos, después de ser heridos mortalmente, era algo que escapaba a la comprensión de todos los guerreros que luchaban en el campo de batalla. Pero allí, nadie hacia preguntas. Desde el campo de batalla, Addí y Lyon, segundo arquero, volvieron a Jhodam como mensajeros. Traían malas noticias: las cosas andaban mal, Jadlay y Áquila heridos de gravedad; y muchos muertos, heridos o algunos hechos prisioneros. Las tropas de Nabuc resistían al asedio jhodamíe y la única noticia buena que portaban era que Bilsán había sido liberada de los ataques rebeldes, aunque también en esta ciudad el derramamiento de sangre había sido muy acusado. Los dos mensajeros se dirigieron al palacio de Jhodam, donde Halmir asumía el gobierno mientras su hijo permanecía convaleciente de las heridas sufridas en el derrumbamiento del Panthĕon. Después de cumplir con su deber de informar a la cúpula gubernamental, incluido a Morpheus del estado de Jadlay y de todo cuanto había ocurrido en los últimos días, regresaron al campo de batalla con una gran noticia: el rey de Jhodam, había vencido la
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    617 amenaza de muerteque se cernía sobre él, una noticia que a buen seguro levantaría el ánimo de las tropas, severamente afligidas por los últimos acontecimientos. Cuando llegaron lo primero que hicieron fue ir a visitar a los dos heridos. Áquila, tres días después de haber sido herido se recuperaba satisfactoriamente, pero aún no podía empuñar ningún tipo de arma. La guerra había acabado para él. El mariscal Addí, por orden expresa de Halmir, se vio obligado a comunicar a Áquila los deseos reales y emprender el regreso a Jhodam en cuanto pudiese cabalgar. En cuanto a Jadlay, los monjes Agar y Joab, acompañados de Aby, se lo llevaron al Monasterio de Hermes, para tratar de salvarlo y mantenerlo oculto de los planes asesinos del rey de Esdras, éste desconocía el hecho de que estaba vivo. Durante el traslado de Jadlay al monasterio, un grupo de la resistencia acompañó a la comitiva para velar por su seguridad. Allí los monjes se encontraron con los supervivientes de la matanza de Nabuc, entre ellos el abad Tadeo. El monasterio, aunque seriamente dañado, seguía en pie y los supervivientes de Hermes se habían atrincherado en su interior, con un numeroso grupo de jóvenes soldados Jhodamíes que heridos e incapaces de seguir combatiendo, huyeron del campo de batalla en la oscuridad de la noche, tratando de buscar la salvación. Mientras tanto, en la ciudad amurallada, en toda su fortaleza y en los alrededores, la batalla continuaba. Ríos y ríos de sangre esparcida y multitud de jóvenes vidas truncadas, yacían a lo largo y ancho de las empalizadas. Nabuc ordenaba emboscadas, una tras otra; en donde, muchos caían muertos, pero la gran mayoría conseguía salir ilesos del enfrentamiento y volvían a emprender luchas encarnizadas fuera y dentro de la fortaleza. Sin embargo, cuando el rey ordenó a sus arqueros que disparasen flechas con ponzoña, la cosa se complicó. Ya no eran los tajos de las espadas ni las mutilaciones los que acababan con la vida de
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    618 los soldados aliados,sino el veneno. Las callejuelas estaban llenas de estos valientes muchachos que sufriendo una muerte lenta y dolorosa caían como hojas en otoño sobre los adoquines. Las tropas, viendo como sus compañeros morían, se armaron de valor y con las fuerzas que les quedaban y las esperanzas renovadas por la noticia de que el rey estaba vivo, trataban de tirar abajo el portón del castillo, pero sus intentos fueron infructuosos. Pero no sólo los soldados jhodamíes querían acabar con la vida de Nabuc, también los ciudadanos de Esdras, los agricultores… deseaban liberarse de él. El rey usurpador no les había traído más que desgracias. La mayor parte de mujeres, ancianos, niños y adolescentes permanecían ocultos en las cavernas subterráneas que se desplegaban por toda la ciudad, mientras los hombres, obligados por Nabuc, combatían por algo que no creían, algunos de ellos huyeron a Hermes en cuanto se les presentó la oportunidad. Al iniciarse las contiendas, la ciudadanía, trancaron las compuertas y se aislaron de la batalla y del mundo. De vez en cuando, estas gentes se sumían en la desesperanza y la tristeza. Ya estaba en boca de todos de que el hijo del rey Ciro no murió en el intento de asesinato instigado por Nabuc, sino que fue salvado de la muerte y criado por un inmortal, permaneciendo lejos de Esdras por la propia seguridad del príncipe. El pueblo entero había descubierto que tenían una pequeña esperanza, muy pequeña y por eso, le guardaban fidelidad a Jadlay, el legítimo rey, si éste moría, toda la lucha quizás hubiera sido en vano. Al anochecer del día que se efectuó el traslado de Jadlay a Hermes, las estancias del monasterio se caldearon. Había estado muchos días inhabitado y hacía un frío de mil demonios. En sus dependencias aún se podía respirar el olor a quemado, un olor muy difícil de erradicar y sólo el paso del
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    619 tiempo disiparía elolor a muerte. Lamec no estaba con ellos, prefirió quedarse a combatir junto a Yejiel, Najat, Addí y el grueso de las tropas. Quiénes montaban guardia en el monasterio eran dos monjes, que habían aprendido a usar las armas para proteger sus vidas y Lyon, segundo capitán de los arqueros. Los tres se iban turnando, para que su improvis