Érase que se era, en algún remoto lugar sin acceso a Internet, un gran y hermoso reino.

Un día, en el gigantesco palacio que dominaba aquellas tierras, se empezó a oír el llanto de un
bebé (y el de los correspondientes padres primerizos que no podían dormir).

Dicho bebé era el príncipe.

Para seguir con los estereotipos, diremos que era un niño muy guapo, que con el tiempo se
volvió inteligente, valiente y un gran caballero.

Todo el mundo hablaba del futuro heredero. Era la comidilla de todos los campesinos, que
acudían cada semana a la plaza del pueblo para escuchar de primera mano los cotilleos que los
juglares intentaban disfrazar de cancioncillas.

Las “fotos” (retratos) del príncipe Arturo, ocupaban las portadas de todas las “revistas”
(edictos). Sus súbditos estaban encantados de tener a alguien tan fotogénico que poner en sus
sellos aún no inventados.

Pero también había gente que no le encontraba tan encantador. Como el mozo de cuadras al
que siempre vencía en combates y justas. Estaba tan celoso, que solo se le ocurría cargárselo.
Pero como matar a alguien de la realeza no ha estado bien visto nunca, se le ocurrió la idea de
recurrir a la magia.

Así que el criado fue a visitar a una conocida hechicera (famosa por envenenar manzanas) y le
explicó su situación.

La avariciosa bruja le vendió una poción que acabaría con sus lamentos, advirtiéndole los
efectos irreversibles que tendría.

El sirviente corrió al castillo ansiando el momento en el que el príncipe se tomaría un cóctel
(sin alcohol, por supuesto, estamos hablando de un crío) con aquel brebaje.

Tal y como la anciana advirtió, la personalidad de Arturo cambió bruscamente. De repente
cayó en una profunda depresión (que ningún psicólogo pudo remediar). Ya no era valiente,
temblaba por cualquier cosa y siempre salía de morros en los frescos.

Los reyes, avergonzados de su comportamiento, que estaba dando demasiado que hablar, le
encerraron en una torre muy lejana que consiguieron en una estupenda oferta de “lugares
mágicos”. No repararon en el nombre. Simplemente llamaron a un botones, y se libraron de su
retoño.

Cuando aún el príncipe Arturo era feliz con su familia, nació en un reino muy lejano una
princesita.

Eleanor, que así se llamaba, no fue desde el principio muy… en fin… normalita, según nuestro
canon.

Su madre murió durante el parto, y el padre no fue capaz de superarlo. Así que la niña vivió
muy libre y rebelde.

Al ser la única heredera al trono, se la educó como en aquella época se enseñaba a los
primogénitos.

Ya desde pequeña fue una gran guerrera y espadachín que no dejaba que nadie le diera
órdenes. Conocía su posición, y desde luego, nadie rebatía sus opiniones (salvo en los pocos
momentos de lucidez del rey como padre, es decir, cuando un día la chiquilla casi se le escapa
para ir a una guerra).

Una mañana de primavera, Eleanor que ya tenía dieciséis añitos (¡cómo pasa el tiempo!),
cansada de su cómoda vida en la corte, decidió partir en busca de aventuras con el único
equipaje de una larga y pesada espada (según las crónicas), pero a la princesa le gustaba
mucho el dulce y se llevó unos pasteles para el viaje, y varias monedas de oro que tomó
prestadas de la alcoba real.

Ensilló su corcel y galopó durante todo el día y toda la noche durante meses. Ella lo imaginaba
bastante más divertido, pensaba que habría algún bandido que saltara en medio de su
trayecto. Pero no. Todos los maleantes de la zona estaban muy entretenidos con “champions
league-justa” (es decir, una justa con lo mejorcito de ese deporte).

Fue en la quinta noche desde su partida, cuando las estrellas brillaban en el cielo, que el
caballo de Eleonor topó contra un muro de piedra que tenía un extraño resplandor verde al
que no hizo caso (¿en serio? ¿En este cuento nadie hace caso a las advertencias de la magia?) Y
trepó por una enredadera que reptaba por la pared.

Llegó a una minúscula ventana por la que, a duras penas, entró.

Se encontró con una sala circular muy anticuada en la que había alguien encogido llorando.

Se acercó al tembloroso bulto y encontró a Arturo. (N.A: qué... ¿romántico?)

Él levantó la cabeza, la miró y saltó alejándose cuanto pudo de aquella extraña mujer.

-¿Quién sois y que hacéis aquí? - preguntó asustado (recordemos que ahora es un cobarde).

-Soy Eleonor. Y supongo que dada la situación debería salvaros. - respondió orgullosamente.

-No necesito que nadie me salve - (N.A: yo creo que sí).

-Vuestras lágrimas no sugieren lo mismo - rebatió exasperada.
-No lloraba - (N.A: noooooo).

-En ese caso, me marcho y os dejo solo con vuestra torre.

-¡No hagáis eso! – suplicó - llevo años sin compañía.

-¿Y os extraña? – satirizó.- quiero decir… ¡pobrecito! Debéis de haberlo pasado muy mal.

-No os lo podéis imaginar.

-¿Y por qué no bajasteis por la enredadera?

-Tengo miedo a las alturas

-Entiendo… ¿y no hay escaleras?

-Sí, pero me da pánico caerme.

-¿Hay algo que no os de miedo? - inquirió.

-Bueno… ¿os puedo responder más tarde? - se evadió

-Claro. Mirad, me tengo que marchar, tenéis la opción de superar vuestros miedos e iros
conmigo - “a incordiar” pensó - o quedaros aquí hasta que un caballero con complejo de
superhéroe os salve.

-¿Qué es un superhéroe?

-No lo sé, creo que una vez se lo oí nombrar a una pitonisa, pero quedaba bien en la frase.

-Concuerdo - aceptó Arturo.

-¿Entonces? ¿Venís o permanecéis aquí?

- ¡Me marcho con vos! En este lugar hay fantasmas y voces de ultratumba que me hablan.

-Por supuesto. ¡Iremos en busca de retos!

-Mejor me acercáis a mi antiguo hogar para tener una guardia que me proteja de todos los
horrores que me acechan en estos tiempos.

-¡Sois un cobarde! - chilló

-Eso es despectivo.

-Es realista. Caminad, no tenemos todo el día.

-¿Vamos a bajar por las escaleras?! ¡Pero podía tropezar!

-Mi idea inicial era que cayerais por la ventana hasta que vuestros reales dientes tocaran el
suelo, pero veo más seguro vuestra opción. No os vais a caer. Lo prometo.
Y así comenzó la amistad entre la princesa valiente y aventurera y el príncipe miedoso y
cobarde.

Durante las semanas que duró su travesía (y digo yo que los padres de Arturo podrían haber
“mudado” a su hijo ligeramente más cerca) la amistad de ambos jóvenes se vio acrecentada.

La poción que Arturo tomó aquel lejano día iba perdiendo sus efectos a medida que la joven le
enseñaba que la cobardía a menudo te impide hacer cosas mucho más divertidas. Él, por
ejemplo, había perdido toda su infancia por el pánico que profesaba a las escaleras.

Pero aquella bruja que había creado el brebaje estaba que se tiraba de los pelos, digo… muy
furiosa. Los animales - alias - espías en potencia le habían hecho saber que el príncipe estaba
volviendo a ser el que acostumbraba.

Ella no podía permitir que aquello pasara. Ya le había sucedido alguna vez, y endeudada como
estaba, no podía permitir que el criado le exigiera la devolución de su pago.

Así que puso en peligro a ambos príncipes en múltiples ocasiones. Pero gracias al valor que
ahora ambos tenían, lograban salir de todas las situaciones con éxito.

La bruja se puso a pensar. La manzana no había funcionado por amor, a la rueca le pasó más
de lo mismo. ¿Cómo no se le pasó por la cabeza hacer una poción a prueba de amor? ¿Por qué
siempre contrarrestaba toda aquella magia negra?

Más el amor también puede ser una debilidad. Bastaba con eliminar a Eleanor del mapa para
que el príncipe volviera a ser un cachorrillo asustado.

Para ello ideó un plan perfecto. Conociendo el gusto de la chica por los dulces, colocó una
cesta de deliciosos pasteles en medio del bosque en el que se encontraban.

Pero no contó con la desconfianza de ella y lo goloso que era él.

Así que al revés de lo que había pensado, al que envenenó fue al príncipe.

Eleanor, que ya conocía las fechorías de la bruja, fue a vengar a su ¿amigo? Ya no estaba
segura.

Y se presentó en la tenebrosa choza, con su larga espada en mano dispuesta a hacer justicia.

Vio que la hechicera dormía plácidamente sobre un montón de sucias mantas. No le pareció
justo matarla sin darle opción a que se protegiera.

-¡Eh, vos! Levantaos a hacerme frente.

La mujer se levantó confusa y vio como la chica la miraba desafiante. Ella sonrió mostrando sus
raídos dientes.

-¿Venís a matarme? – preguntó - ¡cuán bello es el amor! Qué pena que vuestra historia acabe
tan trágicamente.

-Siempre se puede cambiar el final, ¿no?- la retó.
Ambas comenzaron a luchar fieramente. La bruja lanzaba hechizos a diestra y siniestra
mientras la princesa se protegía con un escudo.

Pero entonces, la más anciana quiso eliminar del mapa de una vez por todas a tan molesta
chiquilla. Y le mandó un maleficio que la ahogaría como si unas manos apretaran su cuello. De
repente, Eleanor, que veía sus intenciones, hizo que aquel haz de luz asesino rebotara contra
su espada y diera directamente en el pecho de la bruja.

La princesa corrió hacia el cuerpo sin vida de Arturo.

Ya no tenía solución. Pero entonces recordó una de aquellas historias que tan comúnmente
contaban los trovadores cuando aún estaba en la corte. Que el amor es la magia más pura y
poderosa.

Entonces, se inclinó sobre los labios del príncipe y le besó.

Para no ponernos cursis, diré que él despertó y, tan contento como estaba de que le hubiera
salvado, le propuso matrimonio. Ella aceptó encantada. Y desde entonces fueron unos reyes
justos que no dudaban en ser los primeros en el frente de batalla.



 MARÍA QUIJANO PERALTA

éRase que se era 4 12-12

  • 1.
    Érase que seera, en algún remoto lugar sin acceso a Internet, un gran y hermoso reino. Un día, en el gigantesco palacio que dominaba aquellas tierras, se empezó a oír el llanto de un bebé (y el de los correspondientes padres primerizos que no podían dormir). Dicho bebé era el príncipe. Para seguir con los estereotipos, diremos que era un niño muy guapo, que con el tiempo se volvió inteligente, valiente y un gran caballero. Todo el mundo hablaba del futuro heredero. Era la comidilla de todos los campesinos, que acudían cada semana a la plaza del pueblo para escuchar de primera mano los cotilleos que los juglares intentaban disfrazar de cancioncillas. Las “fotos” (retratos) del príncipe Arturo, ocupaban las portadas de todas las “revistas” (edictos). Sus súbditos estaban encantados de tener a alguien tan fotogénico que poner en sus sellos aún no inventados. Pero también había gente que no le encontraba tan encantador. Como el mozo de cuadras al que siempre vencía en combates y justas. Estaba tan celoso, que solo se le ocurría cargárselo. Pero como matar a alguien de la realeza no ha estado bien visto nunca, se le ocurrió la idea de recurrir a la magia. Así que el criado fue a visitar a una conocida hechicera (famosa por envenenar manzanas) y le explicó su situación. La avariciosa bruja le vendió una poción que acabaría con sus lamentos, advirtiéndole los efectos irreversibles que tendría. El sirviente corrió al castillo ansiando el momento en el que el príncipe se tomaría un cóctel (sin alcohol, por supuesto, estamos hablando de un crío) con aquel brebaje. Tal y como la anciana advirtió, la personalidad de Arturo cambió bruscamente. De repente cayó en una profunda depresión (que ningún psicólogo pudo remediar). Ya no era valiente, temblaba por cualquier cosa y siempre salía de morros en los frescos. Los reyes, avergonzados de su comportamiento, que estaba dando demasiado que hablar, le encerraron en una torre muy lejana que consiguieron en una estupenda oferta de “lugares
  • 2.
    mágicos”. No repararonen el nombre. Simplemente llamaron a un botones, y se libraron de su retoño. Cuando aún el príncipe Arturo era feliz con su familia, nació en un reino muy lejano una princesita. Eleanor, que así se llamaba, no fue desde el principio muy… en fin… normalita, según nuestro canon. Su madre murió durante el parto, y el padre no fue capaz de superarlo. Así que la niña vivió muy libre y rebelde. Al ser la única heredera al trono, se la educó como en aquella época se enseñaba a los primogénitos. Ya desde pequeña fue una gran guerrera y espadachín que no dejaba que nadie le diera órdenes. Conocía su posición, y desde luego, nadie rebatía sus opiniones (salvo en los pocos momentos de lucidez del rey como padre, es decir, cuando un día la chiquilla casi se le escapa para ir a una guerra). Una mañana de primavera, Eleanor que ya tenía dieciséis añitos (¡cómo pasa el tiempo!), cansada de su cómoda vida en la corte, decidió partir en busca de aventuras con el único equipaje de una larga y pesada espada (según las crónicas), pero a la princesa le gustaba mucho el dulce y se llevó unos pasteles para el viaje, y varias monedas de oro que tomó prestadas de la alcoba real. Ensilló su corcel y galopó durante todo el día y toda la noche durante meses. Ella lo imaginaba bastante más divertido, pensaba que habría algún bandido que saltara en medio de su trayecto. Pero no. Todos los maleantes de la zona estaban muy entretenidos con “champions league-justa” (es decir, una justa con lo mejorcito de ese deporte). Fue en la quinta noche desde su partida, cuando las estrellas brillaban en el cielo, que el caballo de Eleonor topó contra un muro de piedra que tenía un extraño resplandor verde al que no hizo caso (¿en serio? ¿En este cuento nadie hace caso a las advertencias de la magia?) Y trepó por una enredadera que reptaba por la pared. Llegó a una minúscula ventana por la que, a duras penas, entró. Se encontró con una sala circular muy anticuada en la que había alguien encogido llorando. Se acercó al tembloroso bulto y encontró a Arturo. (N.A: qué... ¿romántico?) Él levantó la cabeza, la miró y saltó alejándose cuanto pudo de aquella extraña mujer. -¿Quién sois y que hacéis aquí? - preguntó asustado (recordemos que ahora es un cobarde). -Soy Eleonor. Y supongo que dada la situación debería salvaros. - respondió orgullosamente. -No necesito que nadie me salve - (N.A: yo creo que sí). -Vuestras lágrimas no sugieren lo mismo - rebatió exasperada.
  • 3.
    -No lloraba -(N.A: noooooo). -En ese caso, me marcho y os dejo solo con vuestra torre. -¡No hagáis eso! – suplicó - llevo años sin compañía. -¿Y os extraña? – satirizó.- quiero decir… ¡pobrecito! Debéis de haberlo pasado muy mal. -No os lo podéis imaginar. -¿Y por qué no bajasteis por la enredadera? -Tengo miedo a las alturas -Entiendo… ¿y no hay escaleras? -Sí, pero me da pánico caerme. -¿Hay algo que no os de miedo? - inquirió. -Bueno… ¿os puedo responder más tarde? - se evadió -Claro. Mirad, me tengo que marchar, tenéis la opción de superar vuestros miedos e iros conmigo - “a incordiar” pensó - o quedaros aquí hasta que un caballero con complejo de superhéroe os salve. -¿Qué es un superhéroe? -No lo sé, creo que una vez se lo oí nombrar a una pitonisa, pero quedaba bien en la frase. -Concuerdo - aceptó Arturo. -¿Entonces? ¿Venís o permanecéis aquí? - ¡Me marcho con vos! En este lugar hay fantasmas y voces de ultratumba que me hablan. -Por supuesto. ¡Iremos en busca de retos! -Mejor me acercáis a mi antiguo hogar para tener una guardia que me proteja de todos los horrores que me acechan en estos tiempos. -¡Sois un cobarde! - chilló -Eso es despectivo. -Es realista. Caminad, no tenemos todo el día. -¿Vamos a bajar por las escaleras?! ¡Pero podía tropezar! -Mi idea inicial era que cayerais por la ventana hasta que vuestros reales dientes tocaran el suelo, pero veo más seguro vuestra opción. No os vais a caer. Lo prometo.
  • 4.
    Y así comenzóla amistad entre la princesa valiente y aventurera y el príncipe miedoso y cobarde. Durante las semanas que duró su travesía (y digo yo que los padres de Arturo podrían haber “mudado” a su hijo ligeramente más cerca) la amistad de ambos jóvenes se vio acrecentada. La poción que Arturo tomó aquel lejano día iba perdiendo sus efectos a medida que la joven le enseñaba que la cobardía a menudo te impide hacer cosas mucho más divertidas. Él, por ejemplo, había perdido toda su infancia por el pánico que profesaba a las escaleras. Pero aquella bruja que había creado el brebaje estaba que se tiraba de los pelos, digo… muy furiosa. Los animales - alias - espías en potencia le habían hecho saber que el príncipe estaba volviendo a ser el que acostumbraba. Ella no podía permitir que aquello pasara. Ya le había sucedido alguna vez, y endeudada como estaba, no podía permitir que el criado le exigiera la devolución de su pago. Así que puso en peligro a ambos príncipes en múltiples ocasiones. Pero gracias al valor que ahora ambos tenían, lograban salir de todas las situaciones con éxito. La bruja se puso a pensar. La manzana no había funcionado por amor, a la rueca le pasó más de lo mismo. ¿Cómo no se le pasó por la cabeza hacer una poción a prueba de amor? ¿Por qué siempre contrarrestaba toda aquella magia negra? Más el amor también puede ser una debilidad. Bastaba con eliminar a Eleanor del mapa para que el príncipe volviera a ser un cachorrillo asustado. Para ello ideó un plan perfecto. Conociendo el gusto de la chica por los dulces, colocó una cesta de deliciosos pasteles en medio del bosque en el que se encontraban. Pero no contó con la desconfianza de ella y lo goloso que era él. Así que al revés de lo que había pensado, al que envenenó fue al príncipe. Eleanor, que ya conocía las fechorías de la bruja, fue a vengar a su ¿amigo? Ya no estaba segura. Y se presentó en la tenebrosa choza, con su larga espada en mano dispuesta a hacer justicia. Vio que la hechicera dormía plácidamente sobre un montón de sucias mantas. No le pareció justo matarla sin darle opción a que se protegiera. -¡Eh, vos! Levantaos a hacerme frente. La mujer se levantó confusa y vio como la chica la miraba desafiante. Ella sonrió mostrando sus raídos dientes. -¿Venís a matarme? – preguntó - ¡cuán bello es el amor! Qué pena que vuestra historia acabe tan trágicamente. -Siempre se puede cambiar el final, ¿no?- la retó.
  • 5.
    Ambas comenzaron aluchar fieramente. La bruja lanzaba hechizos a diestra y siniestra mientras la princesa se protegía con un escudo. Pero entonces, la más anciana quiso eliminar del mapa de una vez por todas a tan molesta chiquilla. Y le mandó un maleficio que la ahogaría como si unas manos apretaran su cuello. De repente, Eleanor, que veía sus intenciones, hizo que aquel haz de luz asesino rebotara contra su espada y diera directamente en el pecho de la bruja. La princesa corrió hacia el cuerpo sin vida de Arturo. Ya no tenía solución. Pero entonces recordó una de aquellas historias que tan comúnmente contaban los trovadores cuando aún estaba en la corte. Que el amor es la magia más pura y poderosa. Entonces, se inclinó sobre los labios del príncipe y le besó. Para no ponernos cursis, diré que él despertó y, tan contento como estaba de que le hubiera salvado, le propuso matrimonio. Ella aceptó encantada. Y desde entonces fueron unos reyes justos que no dudaban en ser los primeros en el frente de batalla. MARÍA QUIJANO PERALTA