POEMA YARAVÍE III  ¡Ay, amor!, dulce veneno, ay, tema de mi delirio, solicitado martirio y de todos males lleno. ¡Ay, amor! lleno de insultos, centro de angustias mortales, donde los bienes son males y los placeres tumultos. ¡Ay, amor! ladrón casero de la quietud más estable. ¡Ay, amor, falso y mudable! ¡Ay, que por causa muero! ¡Ay, amor! glorioso infierno y de infernales injurias, león de celosas furias, disfrazado de cordero. ¡Ay, amor!, pero ¿qué digo, que conociendo quién eres, abandonando placeres. soy yo quien a ti te sigo? La prenda mí,  En quien tenía  Puesto mi gusto,  Hoy me persigue  Con odio injusto.  Ya yo en sus ojos Solo hallo enojos; Cuando antes era  Su vista sola  Mi dicha entera.  Ya su voz suave  Llenar no sabe  Mi triste oído;  Sus dulces ecos  Ya se han perdido.  Murió el acento  En que el contento  Tuve cifrado:  Ya no me dice,  ‘ Tu eres mi amado’.  Si me escuchara  Yo la clamara,  ‘ ¡Siempre eres mía!’  Y quizá entonces  Se apiadaría.
FIGURARME SOLÍA UN MAGISTRADO A SILVIA Figurarme solía un magistrado que hoy sostuviese a la nación entera: ¡qué luces, qué virtudes no exigiera un empeño tan grande y elevado! Sólo el poder de un Dios a tanto grado las prendas de un mortal llevar pudiera; mas ya en nuestras desdichas ¿quién espera un prodigio tan raro y acabado? Dije: y «miradlo aquí», contesta ufano, señalándome el gran Vista - Florida, el genio tutelar del pueblo indiano; la América no más será oprimida con este Consejero, y el hispano a este patricio deberá la vida. Bien puede el mundo entero conjurarse contra mi dulce amor y mi ternura, y el odio infame y tiranía dura de todo su rigor contra mí armarse. Bien puede el tiempo rápido cebarse en la gracia y primor de su hermosura, para que cual si fuese llama impura pueda el fuego de amor en mí acabarse. Bien puede en fin la suerte vacilante, que eleva, abate, ensalza y atropella, alzarme o abatirme en un instante; Que el mundo, al tiempo y a mi varia estrella, más fino cada vez y más constante, les diré: «Silvia es mía y yo soy de ella».

Yaravíes de Mariano Melgar

  • 1.
    POEMA YARAVÍE III ¡Ay, amor!, dulce veneno, ay, tema de mi delirio, solicitado martirio y de todos males lleno. ¡Ay, amor! lleno de insultos, centro de angustias mortales, donde los bienes son males y los placeres tumultos. ¡Ay, amor! ladrón casero de la quietud más estable. ¡Ay, amor, falso y mudable! ¡Ay, que por causa muero! ¡Ay, amor! glorioso infierno y de infernales injurias, león de celosas furias, disfrazado de cordero. ¡Ay, amor!, pero ¿qué digo, que conociendo quién eres, abandonando placeres. soy yo quien a ti te sigo? La prenda mí, En quien tenía Puesto mi gusto, Hoy me persigue Con odio injusto. Ya yo en sus ojos Solo hallo enojos; Cuando antes era Su vista sola Mi dicha entera. Ya su voz suave Llenar no sabe Mi triste oído; Sus dulces ecos Ya se han perdido. Murió el acento En que el contento Tuve cifrado: Ya no me dice, ‘ Tu eres mi amado’. Si me escuchara Yo la clamara, ‘ ¡Siempre eres mía!’ Y quizá entonces Se apiadaría.
  • 2.
    FIGURARME SOLÍA UNMAGISTRADO A SILVIA Figurarme solía un magistrado que hoy sostuviese a la nación entera: ¡qué luces, qué virtudes no exigiera un empeño tan grande y elevado! Sólo el poder de un Dios a tanto grado las prendas de un mortal llevar pudiera; mas ya en nuestras desdichas ¿quién espera un prodigio tan raro y acabado? Dije: y «miradlo aquí», contesta ufano, señalándome el gran Vista - Florida, el genio tutelar del pueblo indiano; la América no más será oprimida con este Consejero, y el hispano a este patricio deberá la vida. Bien puede el mundo entero conjurarse contra mi dulce amor y mi ternura, y el odio infame y tiranía dura de todo su rigor contra mí armarse. Bien puede el tiempo rápido cebarse en la gracia y primor de su hermosura, para que cual si fuese llama impura pueda el fuego de amor en mí acabarse. Bien puede en fin la suerte vacilante, que eleva, abate, ensalza y atropella, alzarme o abatirme en un instante; Que el mundo, al tiempo y a mi varia estrella, más fino cada vez y más constante, les diré: «Silvia es mía y yo soy de ella».