Extracto La Agencia

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Los invitamos a disfrutar de un extracto de La Agencia de Paula Sáez.

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Extracto La Agencia

  1. 1. Laagencia PauLa saez mora
  2. 2. www.editorialviceversa.comAdvertencia: Los personajes y situaciones retratados en esta novela son por completo ficticios.Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.© Paula Sáez Mora, 2012© Editorial Viceversa, S.L.U., 2012 Àngel Guimerà, 19, 3.º 2.ª 08017 Barcelona (España)Primera edición: febrero 2012Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sinautorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio oprocedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros, así como la distribución de ejempla-res mediante alquiler o préstamo públicos.Printed in Spain - Impreso en EspañaISBN: 978-84-92819-69-0Depósito legal: B-42.505-2011Impreso y encuadernado por Rotocayfo (Impresia Ibérica).
  3. 3. A mi madre. Mi pilar, mi refugio.Mi escudo, mi espada. Mi amiga, mi hada. Mi faro en el mundo. Y sin ti, nada. 31-3-2011
  4. 4. El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños. Eleanor Roosevelt
  5. 5. ProLogo What is past is prologue. W. Shakespeare, La tempestad Dakota del Norte, EE.UU., 1965— N o me lo imaginaba tan grande, Frank. –Por mucho que el doctor White levantaba la vista no alcanzaba a ver el final del cerco que se abría delante de él. —Sí, son antiguas instalaciones militares. Todo en desuso, pero después de lo que me has contado, sé que tú sabrás sacarle un gran partido a este lugar. Aquél era un buen sitio. Sí, sin duda, un buen sitio. Estaba apartado de las grandes ciudades, de miradas indiscretas, de ca- rreteras transitadas. Estaba aislado por las montañas que lo ro- deaban, y el bosque de abetos que lo envolvía le daba un aire apacible, tranquilo, justo lo que él estaba buscando. Pasearon por los pabellones abandonados. Necesitarían una mano de pintura y algunas reparaciones, pero eran más que su- ficientes para las necesidades del científico: aquí una clínica mé- dica, aquí unos laboratorios para sus investigaciones, aquí insta- laciones deportivas donde pudiesen jugar y entrenarse, aquí una gran biblioteca para que pudiesen estudiar lo que más les gusta- se… Aquello iba a ser caro, muy caro. —Necesitaremos muchos fondos —confesó el doctor. Le preocupaba no poder conseguirlos para llevar a cabo su sueño. —Olvídate de eso. Déjame a mí lo del dinero, Zacharias —lo tranquilizó el otro hombre. 9
  6. 6. El joven Frank Dittman encabezaba la expedición. Su traje amedida y sus zapatos brillantes no eran los más apropiados parapasear por aquel paraje. Se protegía del frío con un caro abrigopor el que asomaba un reloj de oro que miraba con frecuencia.Le parecía estúpido que alguien como él tuviese que hacer deagente inmobiliario. No importaba, aquello valía la pena. Estabaplantando una semilla muy prometedora. Un contacto de la familia Dittman les había advertido. Un doc-tor chiflado en busca de un mecenas a lo largo y ancho del mundo.Cuando Dittman se puso en contacto con él y se ganó su confian-za como para que le mostrase el grueso de sus investigaciones, nopudo más que darle la razón. El doctor White creía tener algo gor-do entre manos. Pero se equivocaba. No era algo, sino a alguien. A Dittman no le habría costado mucho esfuerzo deshacersedel científico y quedarse con aquella joven promesa para él solo.Sin embargo, cuando el doctor le aseguró que creía poder repli-car aquellos extraños efectos sólo con una muestra biológica deloriginal, pensó que valía la pena salvar su vida. Aunque necesi-tase más investigación y más fondos, y desgraciadamente muchomás tiempo, sabía que a cambio recibiría innumerables jóvenespromesas en un futuro no muy lejano. Borró de su rostro cualquier gesto sombrío y fingió su sonrisamás amable y servicial cuando tuvo que volver a mirar al doctorWhite. —Tampoco tienes que preocuparte del equipo. Te buscarélos mejores profesionales: los mejores médicos, los mejores psi-cólogos, expertos pedagogos, profesores… Todo lo que os hagafalta… además de un buen equipo de seguridad. — ¿Seguridad? —preguntó extrañado el doctor. —Es necesario. No pueden protegeros únicamente las mon-tañas. Cualquiera que supiese lo que se cuece aquí dentro podríaconvertirse en una amenaza… —Entiendo. —Zacharias se dejó convencer. Algo se movió entre los árboles más cercanos a Dittman y aldoctor White. El joven trajeado retrocedió unos pasos, cautelo- 10
  7. 7. so, esperando la aparición de un animal del bosque que hubie-se conseguido traspasar la valla metálica. El doctor White norespondió con la misma inquietud, y habló en dirección a losarbustos. —¿Te gusta el lugar? —Me gusta el frío. —Una voz se escondía detrás de aquellashojas. —¿Y te gustaría vivir aquí? —Prefiero más allá. Un brazo se abrió paso entre los arbustos y les indicó conla mano que se adentrasen en el bosque con él. Los dos hom-bres penetraron entre los densos matorrales. Un adolescente semovía con paso rápido entre los árboles. Se afanaban por seguirsu ritmo, pero apenas distinguían su espalda entre la vegetación.En varias ocasiones pareció que habían perdido su rastro perosiempre un oportuno y lejano «Por aquí» llegaba hasta ellos. Casiparecía que perseguían una sombra. La expedición acabó en un claro rodeado de árboles, uncírculo perfecto dentro de aquella espesa vegetación. Un reman-so de paz, casi mágico, en el que no se oía nada más que el cantode algunos pájaros. No había ni rastro del chico, pero ZachariasWhite supo que ése era el lugar al que el adolescente les habíaestado guiando. —Este sitio es maravilloso. Yo también pensaba que aquellospabellones eran demasiado tristes para vivir —le dijo al aire. —Ya la he diseñado —su voz cristalina sonó detrás de ellos. Dittman se sobresaltó cuando escuchó aquella voz en su nuca.Se giró y se topó de bruces con un chico de apenas quince añosque le examinaba con atención con sus grandes ojos transparen-tes. Aquella mirada que le escudriñaba a apenas dos palmos dedistancia le ponía nervioso, y recordó que tenía que mostrarsegentil y atento ante el doctor y su diamante en bruto. —¿Una casa? ¿Aquí? ¡Qué idea tan magnífica! —Su voz sonóartificial mientras separaba exageradamente su cabeza de la delchico que invadía su espacio—. Tu padre me ha dicho que dibu- 11
  8. 8. jas muy bien. Estoy seguro de que habrás dibujado una hermosahabitación para tu hermano Philippe y para ti… —Vamos, no incomodes al señor —dijo el doctor White pau-sadamente, y el chico se separó un poco pero sin dejar de apar-tar la vista de su blanco—. Ya sabes, los jóvenes de hoy en día—se disculpó ante Dittman mientras se encogía de hombros. Ésteaprovechó para dar un paso hacia atrás, intimidado. —Uno: no es mi padre —replicó el chico con frialdad. El doc-tor White no se dio por aludido, omitiendo aquella rudeza—.Dos: yo no dibujo. Proyecto —le corrigió el adolescente. No ha-blaba con naturalidad, sino que parecía analizar las frases de suinterlocutor y diseccionaba la información para rebatir la inco-rrecta—. Tres: Philippe y yo no somos hermanos. Cuatro: él nova a venir aquí. Aquella última afirmación golpeó duramente al doctor. Nohabía sido un buen padre para Philippe después de la muertede su mujer y del bebé que esperaban. Aunque se había queridoconvencer de que encontrar a aquel sujeto poco después de latragedia había sido una señal del cielo, lo cierto es que su increí-ble hijo adoptivo no hacía milagros. Ni siquiera él había podidosanar su corazón. La culpabilidad era un peso insoportable. Si su vida, parasiempre maldita, le había arrebatado a la mitad de su familia, élse había encargado de destruir la otra mitad. Se alejó de lo úni-co que tenía, el pequeño Philippe, en parte por sus investigacio-nes, en parte porque le recordaba demasiado todo lo que habíaperdido. Dejó de ser padre y persona, y se convirtió en científi-co, cuidando de un chico que no tenía sentimientos. ¡Cómo loenvidiaba! Ojalá aquella sustancia en desarrollo pudiese hacerleel mismo efecto a él algún día —¿Estás seguro de lo que dices? —le preguntó en un susurroal chico. —Sí. Ya lo ha decidido. No pisará nunca la Agencia, no vo-luntariamente. A menos que quieras que yo… —el chico lo decíacon una voz neutra, casi robótica. 12
  9. 9. —¡No! ¡Jamás te pediré eso! —le interrumpió el doctor. Pormucho dolor que albergase en su corazón, aún amaba a su hijo, ysi él no quería volver a verle, lo respetaría. —Ya lo sé —contestó el adolescente con serenidad, como si surespuesta fuese algo indiscutible. Hubo unos eternos instantes de silencio. Dittman se movíaincómodo con las manos a la espalda, mirando hacia ningunaparte en aquel prado desolado. Sin duda, la crisis personal deZacharias con su hijo no era un buen tema de conversación. Aúncoleaba la última gran crisis de la separación familiar, el recientecambio de apellido del doctor. Tras su traslado definitivo a aque-lla tierra inhóspita, su hijo de dieciséis años parecía haber deci-dido permanecer definitivamente en Europa, lejos del trabajo desu padre que tanto odiaba y que le había impuesto un hermanoadoptivo muy especial. Demasiado especial. El doctor Leblanc pasaría a llamarse doctor White. Una nue-va identidad en el nuevo país que lo acogía, y en el cual debíaesforzarse para que sus investigaciones y descubrimientos en elcampo de la neurociencia pasasen desapercibidos. El cambio deapellido sólo era una herramienta más para conseguirlo, peroel joven Philippe Leblanc lo había entendido como un desafío,una evidente escisión familiar, un abandono, como el que lleva-ba años sintiendo, a favor del «otro», al que se negaba a llamarhermano. Dittman tosió para llamar la atención de Zacharias, pero eldoctor siguió inmerso en sus pensamientos. Tenía un aire visi-blemente afectado. La mirada del extraño adolescente volvió arecaer sobre Dittman, y éste tosió con más fuerza. —Ejem, entonces, ¿te lo quedas? —dijo nervioso evitando lamirada curiosa del chico. —Eh… Sí, sí, claro, es perfecto —Zacharías volvía a reaccionar. —¡Enhorabuena! —añadió con exagerada alegría, como sifuese un agente que acaba de realizar su primera venta. Le es-trechó la mano con efusividad al doctor y después hizo el amagode repetir el gesto con el chico. El joven se quedó mirando su 13
  10. 10. mano abierta en el aire y miró a su doctor con gesto de extra-ñeza. —No, Olen —intervino rápidamente el doctor White con unavoz grave, y después se dirigió a su acompañante, que aún per-manecía con la mano extendida—. Frank, el chico no estrecha lamano a nadie. Créeme que no te gustaría hacerlo. —Claro, claro. Entiendo. —Dittman retiró su mano, incó-modo. ¡Cómo había podido ser tan estúpido! Por despistes comoaquél, su plan podría quedar al descubierto en segundos. Tendríaque ser mucho más precavido de ahora en adelante. —Acércate —le dijo el doctor a su muchacho, de nuevo concalidez. —Vamos a hacernos una foto aquí, en el claro. Aquí irá laResidencia. Se la enviaré a Philippe por si cambia de opinión… —No va a cambiar —musitó el adolescente que le acompaña-ba, truncando sus falsas esperanzas. —Olen, ¿qué dijimos? —El doctor no le regañaba, sino quele hablaba pausadamente, de nuevo, con cercanía y paciencia—.¿Qué es más importante que la razón o el conocimiento? —La fe en las personas. —¡Eso es! —le felicitó el doctor. Aquel chico le importaba deverdad, y haría lo que fuese por tratar de despertar en él algode humanidad—. Y ahora ven aquí, y sonríe un poco. Hoy es elprimer día de nuestro nuevo hogar. El doctor White sacó la pesada máquina fotográfica de unabolsa negra que llevaba consigo y se la pasó a Dittman. Éste lamanejó con desgana y enfocó al doctor y a su chico, que posabansonrientes en el claro donde iban a construir su hogar. —Preparados… Listos… Miró una vez más por encima del objetivo, y vio a la escuetafamilia. Se fijó en el chico, al que por fin podía observar de frentey a una distancia prudencial. Sus ojos transparentes le mirabancon extrañeza, le atravesaban y por un instante, se sintió desnudoante aquel chaval que parecía mirar a través de él. Click. *** 14
  11. 11. —¿Cuándo me vas a dejar volver a mis instalaciones? —le pre-guntó su interlocutor al otro lado del teléfono. —Pronto, muy pronto. Ya le he dicho que va a necesitar unaunidad de seguridad que les mantenga a salvo. Y ahí entráis tú ytus hombres. Desde aquí dentro podrás tenerlo todo bajo control—le informaba Dittman. —¿Y tú qué harás? —¿Yo? —reaccionó Dittman—. Éste no es mi territorio. Micampo de batalla son los despachos y las corbatas, ya lo sabes.Cuanto menos me acerque a vosotros, mejor. —¿Has conocido al chico? —le preguntó con interés aquellavoz. —Sí, y es más inquietante de lo que me había imaginado. Re-cuerda: no debéis tocarle bajo ningún concepto —le advirtió. —¿Y cómo quieres que le controlemos? —le desafió la voz. —Si no puedes sujetarle, tendrás que encerrarle. Y tranqui-lo, parece que el prisionero piensa dibujar su propia jaula. Sólotienes que dejar que el doctor juegue a la familia feliz con éste, ytú tendrás los tuyos propios cuando encontremos más y los trai-gamos aquí. —¿Y cómo le piensa llamar? —No quiere llamar la atención, no le interesa la fama ni losgrandes nombres. Se llamará… La Agencia. 15

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