1No sabía cuándo se presentaría mi última oportunidad para encontrarel amor. Quiero decir, ¿quién piensa en eso? Por supue...
Miré fijamente su amplia espalda, que quedó frente a mí al incli-narse sobre la estropeada maleta de cuero marrón que habí...
fuerza superior a él que lo estuviera empujando a tomar la decisión demarcharse, de recoger sus cosas y meterlas en una ma...
maleta, lo que provocó un ruido seco que sonó a un siniestro punto yfinal—, acordamos cuando empezamos a salir que nunca c...
—Pensé que estábamos en la misma sintonía, Harper —dijo Petercon un tono triste, moviendo la cabeza hacia mí como si yo fu...
Tardé un tiempo en querer volver a tener una cita. No soy de lasde aventuras por despecho. Sabía que Peter cambiaría de op...
Tenía treinta y dos años cuando Peter se fue. Lo suficientemente jovenpara albergar esperanzas y ser optimista. Lo suficie...
2—No eres tú, son ellos —dijo Meg en el brunch a la mañana siguiente.Mi feliz-brunch-de-aniversario-por-no-ser-deseada, si...
—¿Estuviste otra vez despierta bebiendo y fumando? —preguntóMeg, como si estuviera leyendo mi mente.   Sus grandes y dulce...
antes de tropezarse con el diminuto doctor Alec Katz, quien le propusomatrimonio en menos de seis meses con un diamante de...
le daba puñetazos a su almohada y berreaba). («Y ninguno de los doste va a querer menos.») O cuando mi primer novio, Jack,...
estudiado diseño de interiores y se mudó porque había conseguidotrabajo de gerente en Lila McElroy, una prestigiosa empres...
Así que, quizá, las chicas supieran de verdad de qué estaban hablando.Al fin y al cabo, yo era la única de nosotras que ha...
podía ponerse en mi lugar. Reconozco a una persona patética cuandola veo. Y la veía todas las mañanas cuando me miraba en ...
No servía de nada. Sabía que las chicas tenían buenas intenciones.Siempre las tenían. Quiero decir, son mis mejores amigas...
Quizá no era tan inteligente como los socios sénior de mi bufete pen-saban que era. Si no era así, tarde o temprano, lo de...
tono tranquilizador y les haría ver la luz. Tomarían té con pastas en susalón mientras firmaban acuerdos de paz en un mome...
Las chicas se quedaron en silencio por un momento.   —No, no tiene por qué —replicó Jill incómoda. Emmie parecíanerviosa y...
—¡Tú escribirás «El archivo de las citas» para el número de agosto!—dijo Meg, aplaudiendo de nuevo.   —¿Yo? —No tenía ni l...
como una rubia tonta tendrás más éxito con los chicos. ¡Veamos si lasrubias tontas de verdad se divierten más!   —¡Me enca...
que se iba a casar con él, nos habíamos estado conteniendo para nodecir nada negativo sobre él.   En lugar de eso, intenté...
distinta a mí misma. Después de todo, ligar siendo yo misma no habíaresultado ser un éxito rotundo.   —Dos semanas —confir...
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Extracto La teoría de las rubias

  1. 1. 1No sabía cuándo se presentaría mi última oportunidad para encontrarel amor. Quiero decir, ¿quién piensa en eso? Por supuesto que sufrimoscon las rupturas; les lloramos a nuestras amigas, ahogamos nuestraspenas con demasiadas galletas de chocolate y menta o con demasiadoscócteles. Pero en lo más profundo de nuestro ser, aunque nuestroscorazones estén rotos, siempre pensamos que habrá alguien más. Talvez no de forma inmediata, pero sí con el tiempo. Siempre hay otrapersona al doblar la esquina. Al menos eso fue lo que pensé por aquel entonces. Claro, cuandoPeter se fue me quedé destrozada. Me rompió el corazón hace tresaños, cuando volví a casa una noche, después de un largo día detrabajo, y lo encontré metiendo sus últimas pertenencias en la viejamaleta. En otra media hora, lo perdería para siempre. Pensé que seiría sin tan siquiera decir «adiós». —Harper, ya no puedo seguir con esto —me dijo mientras lomiraba sin entender qué estaba sucediendo, intentando por todoslos medios formular alguna objeción. Pero no sabía qué decir. Mimente estaba demasiado ocupada tratando de hacerse a la idea deque él se estaba yendo. No había captado ni el menor indicio de que algo fuera mal. Al finy al cabo, hacía dos semanas habíamos celebrado nuestro segundoaniversario; con champán, fresas, una noche de caricias y de ebriossusurros en los que nos prometíamos estar siempre juntos. Me ha-bía presentado a sus padres hacía menos de seis meses. Habíamosestado hablando de mudarnos a un apartamento más grande cuandofinalizase nuestro contrato de alquiler en primavera. —¿Qué… qué… por qué? —tartamudeé, con la esperanza de quelo dicho fuera acorde con lo que se esperaba en una situación así. 7
  2. 2. Miré fijamente su amplia espalda, que quedó frente a mí al incli-narse sobre la estropeada maleta de cuero marrón que había colocadoencima de la cama que habíamos compartido durante dos años. Intenténo pensar en la última vez que habíamos hecho el amor ahí, perome resultó casi imposible puesto que había sido hacía solo cuatrodías, justo la noche antes de que me hicieran socia en mi bufete (lasocia más joven hasta la fecha de la conservadora Booth, Fitzpatrick& McMahon). Se suponía que las mujeres de treinta y dos años nose convertían en socias. No en uno de los bufetes con más prestigiode la Costa Este. Pero en los últimos dos años, había cuadruplicadoel número de patentes y generado más de dos millones de dólaresyo solita. Acabé por encontrar el valor suficiente para hablar con lossocios y amenazarles con abandonar el bufete si para finales de añono me hacían socia júnior. Se reunieron para decidirlo y aceptaron, unmovimiento del que se había hecho eco toda la comunidad de abogadosde Nueva York. Tendría que haber sido el momento más feliz de todami vida. Peter debería haber estado contento por mí. En lugar de eso, estaba recogiendo sus cosas. Se iba. Me dejaba. —¿Por qué? —repetí, y esta vez mi voz era un mero susurro. Claudicó y se giró hacia mí. Suspiró en lo que pareció una exaspe-ración, como si yo tuviera que saber la razón exacta por la que se iba.Como si estuviera preguntándole una simple formalidad tediosa a laque tenía que verse sometido en su camino hacia la puerta. Su cabellomarrón oscuro (me di cuenta cuando me miró fijamente) estaba aúnmojado, como si acabase de salir de la ducha, y sus puntas, que nece-sitaban una visita urgente al peluquero, estaban empezando a rizarsede la manera que siempre lo hacían cuando se secaban. Estaba reciénafeitado, lo que hacía que sus mandíbulas bien definidas perdieranese toque de dejadez que siempre encontré tan sexi. Sus ojos coloravellana brillaban, brillaban más de lo que se suponía que tenían quebrillar por el remordimiento de irse. Por lo visto, no lo tenía. La pos-tura que adoptó su cuerpo era relajada y cómoda, como de costumbre;lo que en mi opinión no se correspondía con el hecho de que estabaabandonando a la mujer a la que había proclamado amor eterno hacíamenos de una semana. —Ya no puedo seguir con esto —repitió, encogiéndose de hombroscomo si la situación se le escapara de las manos, como si hubiera una 8
  3. 3. fuerza superior a él que lo estuviera empujando a tomar la decisión demarcharse, de recoger sus cosas y meterlas en una maleta, de darmela espalda fríamente—. No puedo. —No lo entiendo —dije en cuanto logré recuperar el control de mivoz. Volvió a darme la espalda, prosiguiendo con lo que estaba haciendocomo si yo no estuviera allí. Crucé la habitación hasta situarme junto aél, reprimiendo el impulso de tirarme al suelo y agarrarme a sus tobillospara que así tuviera que llevarme con él allá donde fuera. Porque actuarde ese modo hubiera resultado bastante patético, ¿verdad? En vez deeso, permanecí de pie junto a él, respirando con dificultad, esperandoa que me mirara. Por fin lo hizo—. ¿Por qué? —repetí. No quiso encontrarse con mi mirada. No podía. Pero se detuvoen su tarea de meter las cosas en la maleta el tiempo suficiente paramurmurar la respuesta que siempre había retumbado en mis oídos. —No puedo estar con una mujer que antepone su carrera profesionala nuestra relación —sentenció, clavando la mirada en sus pies. Todo el aire de mis pulmones salió con fuerza y, de repente, sentíque no podía respirar. No lo comprendía. ¿Cuándo había antepuestomi carrera profesional a nuestra relación? Él trabajaba tanto comoyo. Y si en realidad se sentía de aquella manera, ¿por qué no lo habíadicho antes? De hecho, había intentado de todas las formas posibleshacerle saber que era el centro de mi universo. Seguro que me habríannombrado socia incluso antes si no me hubiera preocupado tanto porhacerle sentir que lo amaba. Pero deseaba ser tanto una buena noviacomo una abogada de éxito. Hasta ese momento, pensaba que me lashabía apañado bien en los dos aspectos. Estaba claro que me equivocaba. —¿Qué quieres decir? —pregunté sin fuerzas, sintiéndome más des-concertada que nunca. Peter hizo una pausa antes de volver a recogersus cosas—. Yo no hago eso —susurré. Por supuesto que no, ¿o sí? —Sí, sí que lo haces —dijo Peter despacio, mientras doblaba la últimade sus almidonadas camisas de botones, las que usaba cuando trabajabaen Sullivan & Foley (un bufete que una vez fue tan prestigioso comoahora el mío pero que se declaró en quiebra el año pasado y tuvo quedespedir a la mitad de sus empleados. Peter mantuvo su puesto, perose vio forzado a consentir una reducción salarial)—. Además —añadió,mientras me dirigía una rápida mirada y daba un golpe para cerrar la 9
  4. 4. maleta, lo que provocó un ruido seco que sonó a un siniestro punto yfinal—, acordamos cuando empezamos a salir que nunca competiríamosentre nosotros. Y ahora parece que estás decidida a batirme en todo loque haces. Estoy cansado de eso. No quedaban palabras por decir. Después de todo, sabía que nuncahabía competido con él o intentado batirle de forma intencionada. Noera mi culpa haberme encontrado con un camino más fácil de escalarprofesionalmente en mi bufete. No era culpa mía que su despachohubiera arruinado algunos de los casos más importantes, que lo in-vestigara la agencia de valores y que se vieran obligados a tomar me-didas drásticas. En un principio, la carrera profesional de Peter parecíamucho más prometedora que la mía, pero las cosas habían cambiado.Solo podía mirarlo, desconcertada, mientras que las lágrimas recorríanmis mejillas. Así que era eso. Me habían hecho socia y eso suponía ungran salto en mi carrera profesional. También venía acompañado deuna ruptura sorpresa. Nadie en Booth, Fitzpatrick & McMahon mehabía advertido de esto. Al fin, Peter se giró para mirarme. No por respeto hacia mí, sinoporque me interponía en su camino hacia la puerta. Y había decididoemprenderlo. —Escucha, Harper —dijo mientras que la maleta sobrecargada quellevaba en su mano derecha le hacía desequilibrarse hacia ese lado demanera graciosa—, me importas. Pero soy un hombre. Y a los hombresnos gusta ser el sustento. Yo tendría que haber sido el primero al que lehicieran socio. Además —añadió con aires de superioridad—, pensabaque habíamos acordado que dejarías de trabajar después de un tiempoy que te quedarías en casa y así podríamos tener hijos. —Yo… yo nunca acordé algo así —dije con voz temblorosa, mirán-dolo asombrada. Además, solo tenía treinta y dos años. ¿Y qué? ¿Sesuponía que debía renunciar a mi trabajo para así poder engendrar asus hijos? ¿Estaba delirando? Aún me quedaban más o menos otrosdiez años buenos por delante para tener hijos antes de que ya no pu-diera hacerlo, y no podría precisamente impresionar a los otros socioscon mi aplomo para la abogacía con un bebé recién nacido colgadodel pecho, ¿o sí podría? Eso no significaba que no quisiera tener hijosalgún día. Solo que ahora no me sentía preparada para ello. Y, por elamor de Dios, Peter nunca había dicho que quería tenerlos. 10
  5. 5. —Pensé que estábamos en la misma sintonía, Harper —dijo Petercon un tono triste, moviendo la cabeza hacia mí como si yo fuera unaniña y él estuviera decepcionado con mi comportamiento—. Perosiempre tienes que ser mejor que yo, ¿verdad? Estaba estupefacta. No podía pensar en nada más que decir mientrasél pasaba junto a mí en dirección a la puerta. Lo seguí fuera del apar-tamento en silencio y vi cómo emprendía su camino escaleras abajohacia el piso inferior. No miró hacia atrás.Después de cada ruptura, siempre hay un periodo de duelo. Algunasveces se manifiesta en una o dos aventuras por despecho. Otras veces,en una semidepresión permanente. Otras, en comer un bote entero dehelado de plátano con trozos de chocolate y nueces de Ben & Jerry’s.O dos. O treinta y siete. Lloré el abandono de Peter. Tendría que haber estado furiosa conél por haberse ido y haberme dejado así, sin ningún aviso, sin unaverdadera explicación, pero en lugar de eso, me sentía triste y herida.No me levanté de la cama en los siguientes tres días. Mis tres mejoresamigas, Meg, Emmie y Jill, estaban conmigo por turnos. Mi secretariame trajo todo el papeleo de patentes que tenía que terminar esa sema-na y canceló todas las citas y las comparecencias en los tribunales. Ledije que estaba enferma, pero creo que los envoltorios de las galletasReese, los botes de Pringles, las botellas de Bacardi Limón, las colillasy los botes de helado vacíos desparramados por toda la habitaciónme delataron. Así como el hecho de que la canción de Courtney Jaye(¡chicas al poder!), Can’t Behave, sonara en modo repetición, y que yocoreara con rabia la letra una y otra vez, una y otra vez, e intercalarael nombre de Peter en lugares poco apropiados a lo largo de la canción. Al cuarto día, me levanté y volví al trabajo, diciéndome a mí mismaque estaba mejor sin él. Obviamente, lo estaba. ¿Quién necesitaba aun hombre que huye cuando se siente eclipsado? Desde luego que yono. ¿Quién necesitaba a un hombre que se siente castrado si su noviagana un poco más de dinero que él? Yo no. Pero saber todas estas cosas no ayuda demasiado. La lógica no sirvepara aliviar el sufrimiento. 11
  6. 6. Tardé un tiempo en querer volver a tener una cita. No soy de lasde aventuras por despecho. Sabía que Peter cambiaría de opinióny volvería. Pero cuatro meses después, seguía sin saber nada de él.Había mandado a sus amigos Carlos y David a recoger el resto de suscosas (incluyendo el sofá de cuero italiano que habíamos compradodos meses antes de que él se fuera y que había insistido en cargaren su tarjeta de crédito) y luego, según parece, había desaparecidode la faz de la Tierra mientras yo me quedaba abatida en un salónsin muebles. Pero cuando al fin estuve preparada para salir de nuevo, para su-mergirme de lleno otra vez en el mundo de las citas, me encontré conque estaba caminando sola. Por supuesto que he tenido citas aquí y allá. Soy una mujer atractiva,de un metro setenta, con el pelo rubio claro hasta los hombros, losojos verdes, una nariz pequeña, unas mejillas rosadas y pecosas comolas de una niña y con un cuerpo que podría estar dentro de la mediade las mujeres de alrededor de los treinta, y al pasar aún provoco quegire la cabeza alguno de mis compañeros. Pero el problema no era atraer a los hombres. El problema era queen el momento en que descubrían que era abogada (e incluso peor,que era socia de uno de los bufetes más prestigiosos de Manhattan),echaban a correr. Lejos y rápido. Aunque algunos no podían huir demí lo bastante rápido. Los más valientes aguantaban hasta la tercera ocuarta cita, pero siempre acababan saltando por la borda. Y no eraque no me pidieran salir. Lo hacían. Intrigaba a los hombres. Sabíanque se suponía que les tenía que gustar el triángulo belleza, simpatíae inteligencia (de acuerdo, en mi caso, un atractivo moderado dentrode la media, un sentido del humor sarcástico y muy inteligente). Peroparecía que, en realidad, el lote completo (por así decirlo) les horrori-zaba. ¿Quién sabía? Estaba tan segura de que encontraría a alguien… No era porquenecesitara a un hombre a mi lado; no era de ese tipo de chicas. Era muyfeliz yo sola. Únicamente que había creído que después de Peter, trasun tiempo, encontraría a alguien, alguien que me quisiera y a quienquerer, a un hombre más fuerte que Peter y que valorara lo que ha-cía para ganarme la vida sin sentirse amenazado por mí, alguien queentendiera que mi trabajo no definía mi persona. 12
  7. 7. Tenía treinta y dos años cuando Peter se fue. Lo suficientemente jovenpara albergar esperanzas y ser optimista. Lo suficientemente estúpidacomo para creer en el amor. Ahora tengo treinta y cinco. No he tenido más de cuatro citas conel mismo hombre (además de Peter) desde los veinte. Y mis veinte yaquedan un poco lejos. Mañana se cumple el tercer aniversario del abandono de Peter, eltercer aniversario de estar sola, el tercer aniversario del día en el queempecé a darme cuenta de que tener éxito y ser deseada son principios,a todas luces, incompatibles. Cada vez resulta más obvio que cuanto más ascienda en la escalacorporativa, más probable será que mi destino sea permanecer sola. 13
  8. 8. 2—No eres tú, son ellos —dijo Meg en el brunch a la mañana siguiente.Mi feliz-brunch-de-aniversario-por-no-ser-deseada, si quieres quesea más concreta. Me miraba con una preocupación enmascarada demanera sutil. —Suena a lo que le diría una persona a otra para cortar con ella—murmuré, aún sin entender por qué habíamos cambiado nuestrahora habitual del brunch a las once de la mañana por las nueve.¿Quién tomaba el brunch a las nueve de la mañana un domingo? Aesto no se le podía llamar brunch. Se le llamaba desayuno. Era comosi estuviéramos haciendo trampas. Claro estaba que mi humor no ayudaba por el hecho de que, ademásde una depresión persistente por estar celebrando mis tres años a laderiva en el aparentemente sin fin reino de la soltería, había estado encasa sola, despierta hasta las tres de la madrugada, tiempo en el que medespaché seis Bacardi Limón con Sprite (vale, para ser sincera, fueronseis Bacardi Limón con hielo, con unas gotas de Sprite), me tiré decabeza a la bandeja de los brownies que mi secretaria excesivamenteeficiente, Molly, me había traído el viernes al trabajo y continué miandanza fumándome una cajetilla entera de cigarrillos. Y ni siquierafumo. Bueno, no con frecuencia. Fumo cuando bebo demasiado y sientolástima por mí misma. Fumo cuando estoy de mal humor. Y sí, sé que es un hábito desagradable, poco atractivo y que me estoymatando poco a poco. Soy consciente de ello. Pero tengo la situaciónbajo control. He hecho un trato con el destino. Cuando el destino memande a un hombre al que no le asuste, dejaré de fumar (me aguantaréel mono). Mientras tanto, no veo el perjuicio de quitarle algunos años ami vida. Y además, ¿qué mejor que un Bacardi con un Marlboro Light? Admitámoslo, me estoy agarrando a un clavo ardiendo. 14
  9. 9. —¿Estuviste otra vez despierta bebiendo y fumando? —preguntóMeg, como si estuviera leyendo mi mente. Sus grandes y dulces ojos marrones estaban clavados en los míos.Respondí con una mirada de culpabilidad. —Quizá —dije—. Pero en mi defensa debo decir que también engullímedia bandeja de brownies. Las tres, Meg, Jill y Emmie, me miraron. De acuerdo, para serabogada, no estaba dando lo mejor de mí misma para presentar unabuena excusa. —Está bien, está bien, me comí la bandeja entera —dije, levantandolas manos fingiendo la entrega—. Ya podéis dispararme. Nunca se me han dado bien los aniversarios. Ni siquiera los felices.Odio la presión a la que me veo sometida. Con Peter, me volví locapensando en qué le podría regalar en nuestro primer aniversario yterminé, poco convencida, comprándole la primera temporada deSeinfeld en deuvedé mientras que él me regaló una bonita agendaforrada en cuero que llevaba grabado «Sra. Harper Roberts». A Chris,el chico con el que salía antes de que apareciera Peter, le hice al hornouna galleta gigante en forma de corazón en la que había escrito controcitos de chocolate «Te quiero, Chris», pero se quemó el borde, elchocolate se derritió y se borró lo que había escrito y le acabé regalandolo que parecía un frisbi carbonizado con unas manchas de chocolateque formaban signos incomprensibles. ¿Veis?, soy un desastre con los aniversarios. Pero los malos aniversa-rios (como el de hoy) son especialmente horribles. De ahí lo de comery beber en exceso y recaer en el ordinario hábito de fumar. —Nunca encontrarás a un hombre si te quedas sentada en tu terra-za ahogando las penas, Harper —proclamó Jill con un tono un tantoengreído, moviendo su lustrosa cabellera rubia (que se retocaba cadaquince días en el salón de belleza de Louis Licari en la Quinta Aveni-da, por si os lo estabais preguntando) sobre los hombros. Ni siquieraintenté ocultar la mirada de odio que le estaba lanzando. Desde que secasó hace seis meses, de repente se había convertido en una personasegura de sí misma, demasiado segura, que daba consejos, como si elestado de casada la hubiera convertido de repente en una experta entodos los temas relacionados con el amor. Hasta ahora, había tenidoque contenerme para no recordarle todas las citas a ciegas que tuvo 15
  10. 10. antes de tropezarse con el diminuto doctor Alec Katz, quien le propusomatrimonio en menos de seis meses con un diamante del tamaño máso menos de una bola de discoteca. —Cariño, estás deprimida —me dijo Meg con dulzura al mismotiempo que le lanzaba una mirada peligrosa a Jill—. Y hoy no es eldía para machacarte. —Siempre se podía contar con ella para escucharirrefutables y sabios consejos maternales. Algunas veces se me olvida-ba que solo tenía treinta y cinco y no sesenta y cinco, una observaciónque intentaba no compartir con ella. Es más, algunas veces parecía unaabuela preocupada, con su cabello oscuro corto (por ser más práctico) ycon sus camisas con cuello color caqui. Y usaba delantal cuando cocinabaen casa, ¡por el amor de Dios! ¡Delantal! —Para ti es fácil decirlo —me quejé. Al fin y al cabo, también ellaestaba casada. Malditas casadas. Van por ahí como si supieran de loque están hablando. Hmm. Bueno. Quizá lo sepan. Era demasiado temprano como para ocuparse de esa posibilidad. Además, siempre parecía que Meg sabía de todo. Quizá fuera elmomento de que empezara a escucharla. Al fin y al cabo, había tenidorazón en casi todo durante los veintinueve años que la conocía. Lo que era una proeza (casi inusual) para cuatro mujeres de Man-hattan a sus treinta y cinco años, Meg Myers, Jill Peters-Katz, EmmieWalters y yo, era seguir siendo amigas desde la primaria en Ohio yestar tan unidas como si fuéramos hermanas (aunque no siempreestuviéramos de acuerdo en todo). Meg y yo habíamos sido las mejores amigas desde el instante enque iniciamos primaria, cuando se sentó a mi lado y me dijo que teníajarabe, tiritas y desinfectante para las heridas en la mochila, por si al-guna vez me caía en el patio y me magullaba las rodillas. Veintinueveaños después, seguía llevando las tiritas y el desinfectante, aunque eljarabe para niños había sido sustituido por las aspirinas. Siempre habíasido la persona a la que acudía cuando tenía un problema; ya fuera lavez en la que Bobby Johnston me robó mi merienda en segundo (Megle dio una charla muy amenazadora sobre el respeto que había quetener a las propiedades de los demás). O el día en el que mis padresme dijeron que se iban a divorciar, cuando tenía once años («No sevan a divorciar de ti, Harper», me explicó pacientemente mientras yo 16
  11. 11. le daba puñetazos a su almohada y berreaba). («Y ninguno de los doste va a querer menos.») O cuando mi primer novio, Jack, me rompióel corazón dejándome por teléfono cuando tenía dieciocho años: «Deninguna manera te merece». Meg sorbió por la nariz mientras meofrecía un pañuelo. Emmie apareció dos años más tarde, un torbellino rubio, alegre,lleno de energía, cuyos padres se acababan de mudar al este desde LosÁngeles. Llegó al colegio de primaria James Franklin Cash III a media-dos de noviembre, muy bronceada y con un collar de conchas, y todoslos chicos de tercero se enamoraron de ella en el acto. Un día, Meg ladefendió cuando la gran Katie Kleegal intentó robarle la merienda, ydesde entonces hemos estado las tres muy unidas. Jill Peters fue la última en incorporarse a nuestro pequeño grupo.Se mudó al final de la calle de Emmie el verano anterior a que empe-zara el instituto y, a pesar de ser un año más pequeña, era la única denosotras que sabía ponerse la base de maquillaje, usaba sujetador yse había besado en la boca con un chico, lo que la hizo imprescindiblede forma inmediata. —Las chicas en Connecticut, de donde vengo, le llevan mucha ven-taja a las chicas de Ohio —afirmó con una expresión de aburrimientoque nos hizo sentir un poco avergonzadas por haber crecido en Ohio.Desde el día que la conocimos, había estado hablando sobre encontrara don Perfecto, lo que nos desconcertaba a Meg y a mí. Nosotras dostardamos en desarrollarnos y el verano antes de empezar el institutoseguíamos viendo a los chicos como algo asqueroso. (Sin embargo, ahora que lo pienso, quizá habíamos estado en locierto, antes de que las hormonas juveniles se apoderaran de nuestrasmentes. Los chicos son asquerosos, ¿verdad? ¿Qué es lo que me hahecho darme cuenta de esto ahora, casi cuando voy a cumplir los treintay cinco? Está claro que no soy tan inteligente como creía). Las otras tres chicas se trasladaron a Manhattan con veintidós años,después de graduarse en el estado de Ohio. Meg se mudó a un estudiode una sola habitación diminuto y sombrío en Brooklyn para cumplirsu sueño de trabajar como periodista en alguna revista. Emmie se mudócon Meg un año, durante el cual su viejo saco de dormir de RainbowBrite estuvo extendido en el suelo del salón de Meg, para intentarpasar las audiciones de todos los espectáculos de Broadway. Jill había 17
  12. 12. estudiado diseño de interiores y se mudó porque había conseguidotrabajo de gerente en Lila McElroy, una prestigiosa empresa de modasituada en el centro de la ciudad, nada más acabar la carrera. Yo iba a visitarlas los fines de semana, pero no di el paso definitivo demudarme a Manhattan hasta que no cumplí los veinticuatro, despuésde licenciarme en Derecho en Harvard, haciendo que nuestro pequeñogrupo de cuatro estuviese al completo de nuevo. Ahora todas estábamos viviendo nuestros sueños (o al menos unaversión modificada de ellos). Yo tenía un próspero futuro profesionalque me encantaba. Meg, que en un principio quería escribir para TheNew York Times, era una de las editoras sénior de Mod, una revistafemenina de moda, que parecía que le pegaba más, ya que le brindabala oportunidad de dar consejos a mujeres más jóvenes todos los meses(no había nada que le gustara más a Meg que dar consejos). Se habíacasado con su novio del instituto, Paul Amato, un electricista que sevino a Nueva York con ella. Meg mantuvo su apellido de soltera. Emmie, una rubia menudita de pelo rizado con un corte de niñapequeña que había emprendido su camino hacia Broadway, consiguióuna serie de papeles en producciones fuera de allí y, al final, desem-barcó en la telenovela The Rich and the Damned hace dos años. Unavez al mes, más o menos, se le acerca alguna ama de casa de Boise, oMineápolis, o Salt Lake City, enloquecida ante un famoso y le pide unautógrafo, lo que hace que se emocione muchísimo. También tenía unalista interminable de hombres que la adoraban y que estaban encanta-dos con su estatus de celebridad de televisión venida a menos. Habíarecibido más de una docena de propuestas de matrimonio durante lostrece años que llevaba viviendo en Nueva York. Y Jill, a quien su madre no había dejado de repetirle el mantrade «tener un buen matrimonio antes de los treinta hará que nuncajamás tengas que preocuparte», en lugar de cantarle una nana cadanoche al meterla en su cama con dosel color rosa pálido, convirtién-dose en la única cosa a la que aspiraba a hacer como fuera: casarsecon un médico rico con un ático en el Upper East Side. Aunque deboañadir que no se casó hasta los treinta y tres, infringiendo de algunamanera la frase sagrada. Estuvo desesperadísima durante los dos añosque transcurrieron desde que llegó al gran tres-cero hasta el día en queconoció a Alec. 18
  13. 13. Así que, quizá, las chicas supieran de verdad de qué estaban hablando.Al fin y al cabo, yo era la única de nosotras que había caminado por eldesastre romántico. Suelo ponerles caras cada vez que intentan darmeun consejo que en realidad no voy a escuchar. —Anoche hice las cuentas y ya entiendo qué es lo que pasa —dijesin dirigirme a ninguna de ellas en particular, intentando aparentarque toda la historia de mi debacle romántica era divertida—. He te-nido treinta y siete primeras citas que no han tenido ningún éxitodurante los últimos tres años. Creo que es un nuevo récord. ¿Algunade vosotras podría llamar a los del libro Guinness? —Deja de ser tan negativa, Harper —dijo Meg con ternura—. Elchico adecuado llegará. Simplemente sé tú misma. —Para ti es fácil decirlo —dije, quejándome—. Te has casado con unhombre que ha estado enamorado de ti desde que teníamos dieciséisaños. Y tú… —Me giré hacia Jill—. Tú te has casado con un médicoque tiene un ático, como querías. Incluso antes de conocerlo, los chicosse enamoraban de ti todo el tiempo. Y tú. —Centré toda mi atenciónen Emmie, que se sentía un poco violenta con la situación—. Bueno,ni siquiera sé por dónde empezar contigo. Tienes una cita cada día dela semana con un hombre diferente cada vez. —No todas las noches —protestó Emmie tras una corta pausa. Almenos tuvo la decencia de avergonzarse. Suspiré y las miré a las tres:Emmie con sus perfectos rizos dorados a lo Shirley Temple, con su alegrenaricita perfecta y su perfecta piel bronceada; Jill con su lustrosa mele-na dorada teñida, su bufanda de Hermès y con su perfecta tez de colormarfil del Upper East Side; Meg con su piel color chocolate con leche,su cabello negro sedoso, el resultado perfecto de la mezcla de una madreafroamericana y un padre judío. Y luego estaba yo: rubia, atractiva, peroal parecer menos interesante para los hombres que una visita al urólogo. —¿Sabéis cuánto tiempo hace desde la última vez que lo máximo alo que llegué con un chico fue a un beso? —pregunté en voz baja—.Soy patética. No estaba lloriqueando. No hago esas cosas; casi nunca exagero.Creo que es la abogada que llevo dentro la que me hace decir las cosascomo son, como si estuviera bajo juramento. —No eres patética —dijo Meg, dulce. Emmie y Jill asintieron conla cabeza, pero solo les correspondí con una mirada. Ninguna de ellas 19
  14. 14. podía ponerse en mi lugar. Reconozco a una persona patética cuandola veo. Y la veía todas las mañanas cuando me miraba en el espejo. Las chicas se quedaron calladas durante un momento. Se inter-cambiaron miradas y luego se volvieron hacia mí, esperando a quecontinuara. Pero no tenía nada más que decir. Me había deshinchado.Suspiré. Ni siquiera sabía por qué había abierto la boca. —El chico apropiado llegará —dijo Meg al final, rompiendo elincómodo silencio que se había instalado entre nosotras. Me repetíaesa frase todo el tiempo, y yo empezaba a preguntarme a quién esta-ría intentando convencer en realidad; a mí o a ella misma. Su frentearrugada mostraba preocupación. —¿De verdad? —inquirí, mirándola con frustración—. ¿Cuándo?¿Dónde está? Porque ya ni siquiera los hombres equivocados aparecen. Según iba pasando por la década de los treinta sin ninguna perspec-tiva en el horizonte, empezaba a ponerme algo nerviosa porque sentíaque, de alguna forma, había perdido ese tren. —No es cierto —dijo Jill, interrumpiendo mi indulgente autoaná-lisis—. Se te acercan hombres continuamente. —Sí —dije en un susurro—. Luego hablan conmigo, o quizá inclusosalimos un par de veces, y descubren que no tengo la cabeza hueca,que tengo cerebro, lo que al parecer les aterra. Tragué saliva y me esforcé por sonreír, intentando aparentar quetodo aquello era gracioso. En cierto sentido, lo era. Quiero decir, ¿nose supone que los hombres son fuertes, seguros de sí mismos y todasesas cosas? ¿Qué es lo que tengo que les asusta tanto? Soy atractiva.Soy simpática. Soy una de las mujeres menos exigentes que conozcoy no creo que lleve a una diva dentro de mí. Pero parece ser que a loshombres les gusta ser los que mantienen a la familia, los protagonistasdel éxito, los reyes de las finanzas dentro de las relaciones. Y gracias ami sueldo de seis cifras, nunca podrán serlo si están conmigo. Siempre supe que la trillada frase de «El dinero no da la felicidad»era cierta. De lo que no me había percatado es de que el dinero podríaen realidad arrebatarme todas mis opciones de ser feliz. Hmm, en lascharlas de orientación de Harvard no te cuentan esto. —No aterrorizas a los hombres —dijo Emmie casi sin fuerzas. Lamiré por un momento, esperando a que continuara, pero su voz seapagó y pareció preocupada. 20
  15. 15. No servía de nada. Sabía que las chicas tenían buenas intenciones.Siempre las tenían. Quiero decir, son mis mejores amigas en todo elmundo y sé que solo quieren lo mejor para mí. Pero no entendían loduro que era. Siempre se les había dado muy bien ligar, a pesar delas pequeñas dificultades que se les habían podido presentar aquí yallá en el terreno sentimental. Sé que las citas son una montaña rusa,llena de subidas y bajadas. Pero la montaña rusa de mi vida amorosase había quedado atascada en una bajada durante años. Y a pesar desus mejores intenciones, las chicas ya no sabían cómo sacarme de ahí.Solo podía hacerlo yo. Culpaba a Peter. Vale, nada de esto es en verdad su culpa, pero habíadecidido hacía tiempo que lo culparía de todos modos. Era un buencabeza de turco. Quiero decir, venga, ¿qué clase de chico se va un díaporque su novia, con la que vive, consigue un ascenso? ¿Por qué nome dijo que con cada éxito que obtenía se sentía cada vez un poco máscomo un adolescente castrado? Si lo hubiera sabido, no habría seguidohablando de las cosas que me hacían feliz en el trabajo. No le habríainvitado a las fiestas de mi oficina y dejado que mis compañeros lehablaran tan bien de mí. Confundí de alguna forma su malestar cre-ciente con felicidad, llevándome al engaño a mí misma al creer quepor primera vez estaba con una persona que estaba orgullosa de mislogros en lugar de horrorizarse por ellos. Error mío. Y volvía a casa después de trabajar y, el colmo de todos los colmos,le contaba cómo me había ido el día, que ahora reconozco comoel error táctico número uno. Le conté todas mis esperanzas y missueños (error táctico número dos). Y luego tuve el valor, las agallas,la indecencia de ir a por lo que quería y que me hicieran socia demi bufete, lo que vino acompañado de más prestigio y de un buenaumento de sueldo. Claro está que ese fue el mayor error táctico detodos. Quizá Peter se aferraba a la esperanza de que algún día vierala luz y decidiera dejar mi carrera como abogada para así convertirmeen madre y ama de casa, como todas las chicas buenas con las quesalían sus amigos. Habría sido todo un detalle que me hubiera consultado ese plan. Ahora lo sabía mejor. Cuanto más éxito tuviera en el trabajo, menoséxito tendría en mis citas. Era una relación causal sencilla, y, de algunamanera, acababa de conseguir que mi mente se aferrara a esta lógica. 21
  16. 16. Quizá no era tan inteligente como los socios sénior de mi bufete pen-saban que era. Si no era así, tarde o temprano, lo descubrirían. Lo irónico del asunto era que ningún hombre de mi trabajo (queeran mis colegas en la profesión) entendería nunca cómo me sentía.Básicamente porque son los triunfadores más injustos con doble ra-sero del mundo. Todos mis colaboradores masculinos (incluso MortMortensen, con su inmensa barriga, sus tirantes omnipresentes y suridículo peinado) tienen esposas guapas y pequeñitas, diez, veinteo incluso treinta años menores que ellos. La mayoría de las secre-tarias del bufete (todas mujeres, por supuesto) se ven a sí mismascomo los posibles ligues de los abogados más jóvenes saturados detrabajo del bufete y más de un escándalo entre secretarias y sociosen salas de conferencias se ha acallado de manera inexplicable conun matrimonio. Pero lo mejor de lo mejor es que no hay hombres que quieransalir con una secretaria de abogados. Ni en el bar del edificio junto anuestro rascacielos en Wall Street, donde las mujeres esperan a quelos abogados y los banqueros que salen de nuestro edificio cada tardelas recojan. Ni en cualquier bar, librería, cafetería o en alguna fiestade Nueva York en las que haya estado hasta el momento. Estaba empezando a quedarme sin opciones. O quizá ya me habíaquedado sin ellas.Por supuesto que no me había dado cuenta, entre mi resaca, el empachode brownies, encorvada sobre un plato con huevos muy poco hechosy una croqueta de patata hervida y cebolla revenida y una taza de cafétan grande como mi dolor de cabeza, de que se trataba del brunch quecambiaría mi vida. O al menos mi historial de citas. Pero me temoque había subestimado a Meg, preparada con cualquier analgésicopara curar la picadura del rechazo repetido, quien por supuesto nopodía soportar que las personas a las que amaba no fueran felices.Algunas veces pienso que podría llegar a ser una buena presidenta.Conseguiríamos la paz mundial enseguida porque Meg no dormiríahasta que la última persona de este planeta tuviera una sonrisa enla cara. Se sentaría en persona con Fidel Castro, Muamar el Gadafiy Kim Jong-il, les haría galletas, hablaría con ellos con su habitual 22
  17. 17. tono tranquilizador y les haría ver la luz. Tomarían té con pastas en susalón mientras firmaban acuerdos de paz en un momento. Ella era así. Desde luego, tendría que haber sido precavida con la expresióncomplaciente de su rostro mientras Emmie y Jill discutían sobre misoltería y yo hacía bromas modestas a mí costa. —Quizá no debas decirles a qué te dedicas —sugirió Emmie deforma amable mientras yo intentaba ignorar su ayuda no solicitada atoda costa—. Me refiero a que como es lo que les espanta … —¿Qué? ¿Así que se supone que tengo que mentir? —preguntéirritada, revolviendo los huevos de mi plato con mucha más violenciade la que se merecían. —No lo sé —dijo Emmie. Movió la cabeza—. No necesariamentementir. Quizá no sacar el tema. —Pero yo no lo saco —protesté—. Lo sabes, Em. De hecho, lo evitoel mayor tiempo posible. Pero siempre acaba saliendo. ¿Cómo podríahacer que no saliera? —Bueno, quizá no deberías decírselo —dijo Jill—. Aunque lo pre-gunten. Negué con la cabeza. —Es parte de lo que soy —dije, obstinada—. No quiero mentir eneso. De todas formas, ¿por qué da tanto miedo? —Al fin y al cabo,aunque supusiera cómo acabaría mi vida amorosa, estaba orgullosade ser abogada. Desde pequeña, es lo que siempre había querido ser ylo había conseguido, a pesar de que me había encontrado con muchagente que intentó desanimarme a lo largo del camino. Era feliz en mitrabajo y no entendía por qué no podía ni siquiera mencionarlo. Erauna parte de mí. —Los hombres son unos imbéciles —dijo Emmie en términossencillos—. Les da miedo estar con una mujer que les haga sentiramenazados. Y muchos se sienten amenazados por mujeres que sonmás inteligentes que ellos o que tienen más éxito. —Así que, en resumen, me sería más fácil ligar si fuera una rubiatonta —murmuré, levantando la mano para tirar de mi pelo rubionatural, que, por desgracia, no me ha ayudado a ser menos inteligente.Por no hablar de la teoría de que las rubias se divierten más. Soy laantítesis andante de eso—. De esa manera, no sería la espeluznanteabogada. ¿Es a lo que te refieres? 23
  18. 18. Las chicas se quedaron en silencio por un momento. —No, no tiene por qué —replicó Jill incómoda. Emmie parecíanerviosa y Meg perdida en sus pensamientos. Sabía lo que estabanpensando y tenían razón. Casi seguro que sería mucho más sencillosi no tuviera nada más por encima del escote. ¿Quién pensó que lainteligencia (y el valor de perseguir lo que quieres) acabaría siendouna maldición? —Dilo otra vez —dijo al final Meg, rompiendo el silencio oprimentey girándose hacia mí con los ojos brillantes, lo que me inquietó un poco. —¿Decir qué? —pregunté, mirando a Jill y a Emmie, quienes seencogieron de hombros. —Lo que has dicho hace un segundo —dijo Meg, ilusionada. —¿Qué? ¿Que sería más fácil ligar si fuera una rubia tonta? —Lamiré nerviosa. Conocía lo suficientemente a Meg como para saber queme tenía que preocupar por la expresión de sus ojos en ese momento.Ya había visto esa mirada antes. Y nunca había acabado bien. —¡Sí! —dijo triunfante, sonriendo y dando palmas de alegría. —¿Qué te pasa? —preguntó Emmie, mirando a Meg con escepti-cismo—. Te estás comportando de un modo muy extraño. —¡Nada malo! —exclamó—. ¡Acabo de tener una idea increíble!¡Para «El archivo de las citas»! «El archivo de las citas» es una de las secciones fijas de Mod, larevista que Meg edita. Cada mes se plantea un tema o una estrate-gia diferente para acudir a una cita. Para ser sincera, pienso que esbastante ridículo. Quiero decir, he estado leyendo la sección desdeque Meg empezó a trabajar en Mod y mirad adónde me ha llevado.A ningún sitio en absoluto. Incluso llegué a tomar notas de lo quedecían cuando caí en un desalentador bache sin citas a los veintitantosaños (y aún nada). —Estoy decidiendo el tema de «El archivo de las citas» para el númerode agosto y ninguna de las sugerencias de nuestros redactores o de lasque han salido en nuestras reuniones editoriales me han impactadocomo deberían —añadió Meg—. Pero esto, ¡esto es perfecto! —¿Qué es perfecto? —pregunté muy despacio, conociendo a Megtan bien como para ver que se sentía un tanto inquieta cuando mesonrió como una lunática. Tenía malos presentimientos de lo que fueraque iba a soltar por la boca. 24
  19. 19. —¡Tú escribirás «El archivo de las citas» para el número de agosto!—dijo Meg, aplaudiendo de nuevo. —¿Yo? —No tenía ni la más remota idea de lo que estaba dicien-do, pero sabía que me arrepentiría en el futuro de haber accedido aredactar la columna. Seguía hablando, como si no me hubiera escuchado. —Es perfecto —decía con júbilo—. Puedes intentar ligar como sifueras una rubia tonta durante dos semanas y escribir para Mod ¡cómoha cambiado tu vida! —¿De qué estás hablando? ¿Y qué significa exactamente «ligarcomo una rubia tonta»? Meg se encogió de hombros y lo pensó por un momento. —No lo sé, actúa de manera tonta e ingenua, alelada, como situvieras una cabeza de chorlito —propuso—. Una rubia estereo-tipada. Sin ofender a ninguna de las tres. —Las tres rubias en lamesa (Emmie, Jill, que no era precisamente rubia natural, pero¿quién se iba a dar cuenta?, y yo) nos intercambiamos las mira-das—. Ya concretaremos los detalles más tarde —continuaba Megemocionada—. Pero no puedes decir que eres abogada. No puedesdecir nada inteligente. Actúa como una estúpida y comprueba cómocambia tu vida. —¿Y por qué iba a querer hacer eso? —pregunté dubitativa. Emmiey Jill estaban sonriendo y asintiendo con la cabeza, con lo que parecíanestar dándole el beneplácito al disparatado plan de Meg. —Porque es hora de que te tragues tus palabras, Harper Roberts—explicó Meg de repente, severa como una madre, como nunca an-tes la había visto—. Siempre has dicho lo fácil que sería salir con loschicos si no se sintieran tan amenazados por ti, por tu trabajo y portu inteligencia. Bueno, veamos qué es lo que ocurre. —Creo que no —dije escéptica. Era algo descabellado. ¿Cómo sesupone que iba a comportarme como una rubia tonta? No era unarubia tonta. Además, ¿no era de algún modo ofensiva la idea? —Oh, Harper, ¡lo harás! —exclamó Emmie muy excitada, jugandocon sus rizos dorados. —Lo llamaremos «La teoría de las rubias» —prosiguió Meg, tam-bién ignorándome y sonriendo como si se le hubiera encendido unabombilla dentro de la cabeza—. La teoría sostiene que comportándote 25
  20. 20. como una rubia tonta tendrás más éxito con los chicos. ¡Veamos si lasrubias tontas de verdad se divierten más! —¡Me encanta! —dijo con entusiasmo Jill, buscando encima de lamesa mi mano y apretándomela—. Tienes que hacerlo. —¿La teoría de las rubias? —pregunté de nuevo escéptica. Lasmiré a las tres. Sus ojos brillaban (de emoción o como si fueran unosbuitres hambrientos, no sabría decirlo). Parecían unas insensatas. Esmás, todo el plan era una insensatez—. De ninguna manera. No voya hacer nada parecido a eso. Es una locura. Estáis locas. —¿Tienes miedo? —preguntó Jill, ladeando la cabeza adrede haciamí con una sonrisa traviesa dibujada en sus labios. Me giré hacia ella. —¿Qué? —pregunté con dureza. Sabía perfectamente la respuesta.Nada me daba miedo—. No —respondí en tono defensivo después deun momento—. Claro que no. Solo que creo que es una idea estúpida. —Así que tienes miedo —dijo Jill canturreando triunfante. Le lancé una mirada de odio. —No. —Por un momento, sentí que habíamos vuelto al institutootra vez. —Entonces, ¿cuál es el problema? —Jill presionó—. Siempre dicesque sería más fácil ligar si no fueras inteligente o no tuvieras un tra-bajo tan bueno. Sabía que me estaba provocando para que dijera que sí. También loestaban haciendo Meg y Emmie, que guardaban un silencio pactadomientras Jill me presionaba. —No lo sé… —dije de mala gana, parte influida por la insinua-ción de Jill de que me estaba echando para atrás y parte influida porla idea de que era la manera de poner a prueba la teoría de la quesiempre me he quejado. —Venga, Harper, descubrirás de una vez por todas si es más fácilligar si no tienes cerebro —dijo Jill engatusándome. Me mordí lalengua antes de decir algo de lo que me pudiera arrepentir, como queella, al parecer, ya la había probado cuando fue directa a por el corazóndel doctor Alec Katz, quien no parecía sentirse amenazado cuandoJill expresaba un pensamiento o una opinión de su propia cosecha.A Emmie, a Meg y a mí no nos gustaba mucho (parecía una personapretenciosa y superficial), pero desde el día en el que Jill nos anunció 26
  21. 21. que se iba a casar con él, nos habíamos estado conteniendo para nodecir nada negativo sobre él. En lugar de eso, intenté trazar mi mejor línea defensiva. —No sé cómo actúa una rubia tonta —declaré de modo tajante,mirándolas a las tres con desconfianza. Era evidente que ya habíanpreparado un ataque. De repente me sentí como una mujer fuera delugar. —Te ayudaré. ¡Te ayudaré! —exclamó Emmie, visiblemente entu-siasmada ya que lo dijo dos veces—. ¡Te daré clases! —Es actriz —señaló Jill con un amable tono. Se calló, sus ojosbrillaban. Cuando retomó el discurso, sus palabras salían de su bocadeliberadamente despacio—. Venga, Harper. Te retamos. Suspiré. Madre mía. Había pronunciado las palabras mágicas: «Teretamos». Sabía, por las miradas de Emmie y Meg, que ellas tambiénse habían dado cuenta de lo que acababa de suceder. Era un conoci-miento compartido dentro del grupo (maldita sea, en toda la ciudadde Worthington, Ohio, donde habíamos crecido) que Harper Robertsnunca decía que no a un reto. Pero este era un reto diferente a los dela infancia, cosas como tener que tropezarme con los chicos tontosdel instituto en los pasillos o esconder las ranas que cazábamos en elriachuelo en la mesa de nuestra antipática profesora de ciencias. Esteera un reto de verdad, con consecuencias reales. Sabía que no podía decir que no. Tres años era una racha de sequía horrible y larguísima, debía ad-mitirlo. Y esta podía ser mi oportunidad para averiguar la verdad. ¿Loshombres salían espantados porque era inteligente y tenía éxito (horrorde los horrores) o se trataba de mí? Esta última era una posibilidad quehabía intentado ignorar por todos los medios, pero quizá el problemasolo era ese; yo. No les resultaba atractiva a los hombres. ¿Qué pasaríasi, lista o tonta, no les gustaba? Si podía hacer un experimento en elque controlase el factor de la inteligencia, al menos podría detectardónde residía el problema. —Harper, ¡tienes que hacerlo! —dijo Emmie, sin darse cuenta deque ya había accedido a hacerlo—. ¡Será divertido! —¿Dos semanas? —pregunté por fin, intentando parecer reticente.No quería que las chicas supieran que en realidad, aterrador como era,iba a empezar a abrazar la idea de ligar como si fuera otra persona 27
  22. 22. distinta a mí misma. Después de todo, ligar siendo yo misma no habíaresultado ser un éxito rotundo. —Dos semanas —confirmó Meg inclinando la cabeza con seguridad,mientras intentaba hacerse con la mantequilla para untar el bagel. —¿Y todo lo que tengo que hacer es comportarme como una rubiatonta? —En cada situación relacionada con el ligue —sentenció asintiendocon la cabeza—. En las citas. En los bares. En las fiestas. En todos lossitios. Las tres chicas me miraron con entusiasmo. —Está bien —dije al fin, asintiendo con la cabeza. Respiré hondo ysonreí a mis amigas—. Creo que acepto. —Noté cómo mi estómago seretorcía según lo decía y me sentí un poco revuelta, pero me esforcépor ignorarlo. Una ovación surgió de nuestra mesa y Meg propuso un brindis.Mientras alzaba mi vaso y miraba a cada una de mis tres amigas, quesonreían como locas, me pregunté por un momento en qué me acababade meter; qué pasaría si la teoría no funcionaba y lo único que descu-bría era que no les gustaba a los hombres, fuera cual fuera la causa. —Empezaremos mañana por la noche —proclamó Meg con un tonoamenazador mientras nos bebíamos el zumo de naranja, que habíamosmezclado con champán—. Marcarlo en vuestras agendas, señoritas.Veintitrés de mayo. El día en el que la tonta e ingenua Harper nacerá. 28

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