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El ermitaño

Lobsang Rampa: "El ermitaño"

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El ermitaño
Capítulo primero



Afuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, pro-
y ect and o n eg ra s so mb ras de tr ás d e l as d es ta cad as ro cas y, d e
rechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desde
el azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la vieja
ermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes y
lleg aba verdosa, suave, a lo s o jos cansado s d e una exposición
al sol relumbroso.
           El joven, respetuosamente, acataba al eremita flaco, sentado
   erguido sobre una piedra gastada por los años. «He venido
a Ti p ar a se r i n stru ido , oh V en e rab le» , le d ijo el s an to va ró n
con voz sumisa.
«Siéntate», ordenaba el más anciano de los dos. El joven
monje, de vestiduras color rojo-ladrillo, se inclinó de nuevo
y se sentaba con las piernas cruzadas sobre el suelo apiso-
nado, cerca del maestro.
El vi ejo er emi t a gua rd ab a sil en cio , co mo s í conte mp las e u na
infinidad de cosas pasadas, pero con las cuencas de los ojos
vacías.
Muchos, pero muchos años atrás, siendo él un joven lama,
h a b í a c a í d o e n m a n o s d e u n o s o fi c i a l e s d e l a s t r o p a s c h i n a s ,
en Lhasa, y privado de sus ojos, por no revelar secretos de
Estado, que él desconocía. Torturado, lisiado y cegado de
ambos ojos, había caminado de aquí para allá, con amargura
y decepción, huyendo de la ciudad. Viajando por la noche,
an du vo h ast a l ejo s de ell a, casi en loq ue cid o po r el d olo r y el
horror; evitando la compañía de los hombres. Pensaba, pen-
saba; no le abandonaban sus pensamientos.
Subiendo siempre a mayor altura, viviendo del césped o de
las hierbas que hallaba por su camino; guiado hacia donde
hallar de qué beber por el rumor de los arroyos de la monta-
ñ a , c o n s e r v ó u n e c o d e u n a ch i s p a d e v i d a . P o c o a p o c o , s u s
peores lesiones fueron sanando; las cuencas de sus ojos de-
jaron de supurar. Pero siempre buscaba subir más arriba, le-
                                                                                    9
jos de una humanidad que torturaba a los hombres ferozmen-
     te y sin motivo.
     El aire se fue haciendo cada vez más ligero. Desaparecieron
     los árboles, con cuya corteza podía sustentarse. No podía
     extender la mano y arrancar planta o yerba alguna.
     Entonces, le era preciso arrastrarse sobre las manos y las
     rodillas, vagando de una parte a otra, esforzándose,
     esperando hacer lo bastante para poder alejar los tormentos
     del hambre.
     El aire se hizo más frío, los dientes del viento más penetran-
     tes; pero aún se afanaba más hacia arriba, siempre más arri-
     ba, como conducido por un impulso interior. Unas semanas
     antes, al comienzo de su viaje, había encontrado una fuerte
     rama, que empleaba como bastón para buscar su camino. De
     pronto, su bastón de ciego se encontró enfrente a una pared
     y no pudo hallar camino que le condujese más adelante.
     El joven monje miró fijamente al anciano. No se observaba
     en él signo alguno de movimiento. «Así debía ser», pensó el
     joven, y se consoló pensando que los «Venerables Ancianos»
     vivían en el mundo del pasado y jamás alteraban su modo de
     ser por nadie. Echó una ojeada curiosa a su alrededor, en la
     cueva desnuda. Y lo era completamente. A uno de los lados,
     se observaba un amarillento montón de paja — la cama del
     eremita —. Al lado de ésta, un tazón. De un saliente de la
     roca, colgaba una mugrienta túnica color de azafrán, triste y
     como consciente de estar descolorida por el sol. Y nada más.
     Nada.
     Aquel viejo reflexionaba su pasado cuando fue torturado,
     mutilado y cegado. Cuando él era un joven, como aquél que
     tenía sentado delante suyo.
     En un arranque de frustración, con su palo golpeó la extraña
     barrera que tenía enfrente. Vanamente, se esforzó por ver a
     través de los cuencos vacíos de sus ojos. Finalmente, rendi-
     do por la intensidad de sus emociones, cayó desvanecido al
     pie de aquella barrera misteriosa. El aire enrarecido se cola-
     ba a través de sus vestiduras, robando lentamente al
     debilitado cuerpo el calor y la vida.
       Largos momentos pasaron. Finalmente, los pasos de unos

10
p ies calzados reson aron sob re el suelo pedregoso. Se escucha-
ron palabras murmuradas en una lengua incomprensible y el
débil cuerpo de aquel lama fue levantado y conducido lejos.
S e e s c u c h ó u n « i c l a n g ! » m e t á l i c o y u n b u it r e q u e e s t a b a a l l í
al acecho, considerándose defraudado de su comida, se remontó
pesadamente.
El vi ejo ana co re ta e mp ezó a re cord ar. To do aqu e llo pasó mu -
cho tiempo atrás. Ahora tenía que instruir al joven monje
que tenía enfrente y que era como él fue — ¿Cuántos años
h ací a? ¿Ses en t a? ¿S et ent a? ¿ Ta l ve z más ? —. No i mp o rt ab a ,
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d ébil , qu e su s urraba a trav é s de las ho j as , h ab í a ce sado su
murmullo. En el aire, flotaba u na expectación temerosa, mien-
tras e l jov en mon j e agu a rda ba qu e el v i ej o ere mi ta emp ez ase
su discurso. Por fin, cuando la tensión se iba haciendo ina-
guantable para el joven, el Venerable inició sus palabras.
« Tú has sido env iado a mí — d ijo —, porque se te ha destinado
una gr an trab aj o en esta V ida y yo tengo que instrui rt e de todo
cuanto son mis cono cimiento s, de forma que tendrás que
enterarte hasta cierto pun to de tu prop io des tino» . El viejo se
encaraba en dirección del joven, que se movía confuso. Era
d ifí ci l, p ensab a, t r ata r con ciego s; « m ir an » sin v er; pe ro u no
tien e la sensación de que lo v en todo. No se sabe cómo tratar
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La voz seca y desacostumbrada a expresarse del viejo conti-
nuó: «Cuando yo era joven me encontré con varias experien-
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do, enfermo e inconsciente, fui arrebatado no sé adónde y
allí fui instruido en preparación de este día de hoy. Cuando
mi conocimiento haya pasado a ti, el trabajo de mi vida
h ab rá terminado y pod ré ir en paz a los C amp os C elestiales.»
Diciendo estas palabras, un resplandor beatífico iluminó las
mejillas caídas y apergaminadas de aquel anciano, que dio

                                                                                   11
inconscientemente más velocidad a su Molino de Plegarias.
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     de color de hueso, formando pequeños torbellinos a ras del
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     De un modo casi imperceptible, la luz del día se apagaba y
     las sombras se iban alargando. Dentro de la caverna, ahora
     fran ca mente a o scuras , e l jo v en mo n je se ap re tab a fu ertemen t e
     el cuerpo, esperando de esta forma reprimir los ronquidos de
     s u h a m b r e c r e c i e n t e . H a m b r e . « E s t u d i o y h a m b r e » , p e n s ab a
     «siempre van juntos.» Hambre y estudio. Una pasajera
     sonrisa cruzó por el rostro del ermitaño. «¡Ah! —exclamó--
     la información era exacta. El joven se siente hambriento. Su
     v ient r e semeja por el ru id o u n timb al hu eco . El q u e me in for -
     mó me dio este d etalle. Y también el remedio .» Len ta, penosa-
     mente, con lo s crujidos propios de la edad , se puso en pie sin
     t i t u b e o a v a n z a d o h a c i a u n a pa r t e o c u l t a d e l a c u e v a . A s u r e -
     greso entregó al joven monje un pequeño paquete. «De parte
     de tu Honorable Guía», explicó; «Él me ha dicho que quiere
     hacer más dulces tus estudios.» Tortas dulces de la India.
     Y una poca de leche de cabra, para cambiar el agua como
     ú n i c a b e b i d a . « ¡ N o , n o ! » , e x c l a mó e l v i e j o e r m i t a ñ o , c u a n d o
     fue invitado a compartir aquel alimento. «Me doy cuenta de
     las necesidades de la juventud; sob re tod o d e l o s q u e h ab it an ,
     lejos del mundo, más allá de las montañas. Come y disfruta.
     Yo, insignificante persona, intento seguir en mi humilde senda
     al gracioso señor Buda y vivir de la metafórica semilla de
     mostaza. Pero tú, come y duerme; porque me doy cuenta
     de que la noche se nos ha venido encima.» Diciendo estas
     palabras el anciano había vuelto al interior oculto de la
     cueva.
     El joven se dirigió a la entrada de la cueva, que ahora era
     u n ó v alo g r is con t ra la o s cur id ad d el in t e ri o r. Lo s alto s p i cos
     de la montaña parecían recortes negros contra el rojizo espa-
     cio que les rodeaba. De pronto se produjo un creciente res-
     plandor plateado de luz por el pasaje de unas oscuras nubes
     solitarias, como si la mano de un dios apartase las cortinas

12
q u e o c u lt ab a n a l a q u e l o s h o mb res llaman «la Reina de l Cie-
lo». Pero el joven monje no se entretuvo; su cena era fru-
galísima y no la habría resistido ningún joven occidental.
En segu id a r eg resó a la cu ev a y , ex cav ando u na dep re sión en
l a a r e n a d e l s u elo d o n d e r e p o s a r su c ad e r a, cay ó en u n sue ñ o
profundo.
Los primeros albores de la luz le hallaron agitándose incó-
modamente. Se levantó de un solo impulso y, puesto de pie,
miró como avergonzado a su alrededor. En este momento el
v i e j o a n a c o r e t a . e n t r a b a c a m in a n d o i n c i e r t a m e n t e d e n t r o d e l
v estíbulo d e la cu ev a. « ¡Oh, v en erab le — ex clamab a el jov en
monje nerviosamente —, he dormido más de la cuenta y no
me he acordado de los oficios nocturnos!» Entonces se dio
completa cuenta de dónde se hallaba.
«No temas, joven amigo — dijo sonriendo el ermitaño —.
Aquí no hay oficios. El hombre, una vez evolucionado, tendrá su
oficio dentro de su propia alma, por todas partes y siempre, s i n
que tenga que ser reducido a rebaño y congregado como los
yaks, que no tienen una mente. Pero hazte tu tsampa (*) y
come; porque hoy tengo que contarte muchas cosas, y tú
tien es q ue acord arte de todas ellas.» Diciendo estas p alabras, el
santo varón, se encaminó hacia el naciente día.
Una hora más tarde, el joven estaba sentado enfrente del an-
ciano escuchando la relación de éste, tan apasionante como
extraña. Una histo ria que abarcab a to das las religion es, todas
las historias sobrenaturales y leyendas del mundo entero. Una
historia que había sido reprimida por todos los sacerdotes
sedientos de poder y los «científicos» desde los primeros
tiempos tribales.
Rayo s d e so l s e filt raban a t r av és d el fo ll aj e d e l a b oc a d e la
cueva y daban brillo a las fibras metálicas de las rocas. El
ai re , l ige ramen te c al ien te, y u n a lig era n eb li na flot ab a so b r e el
lag o . Uno s cu an tos p ajarillo s ch arlaban ruido samen te y se
preparaban para su tarea inacabable de buscar comida sufi-
ciente en una región de vegetación escasa. En las alturas, un

(*) Agua hervida con harina tostada.
                                                                                       13

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El ermitaño

  • 2. Capítulo primero Afuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, pro- y ect and o n eg ra s so mb ras de tr ás d e l as d es ta cad as ro cas y, d e rechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desde el azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la vieja ermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes y lleg aba verdosa, suave, a lo s o jos cansado s d e una exposición al sol relumbroso. El joven, respetuosamente, acataba al eremita flaco, sentado erguido sobre una piedra gastada por los años. «He venido a Ti p ar a se r i n stru ido , oh V en e rab le» , le d ijo el s an to va ró n con voz sumisa. «Siéntate», ordenaba el más anciano de los dos. El joven monje, de vestiduras color rojo-ladrillo, se inclinó de nuevo y se sentaba con las piernas cruzadas sobre el suelo apiso- nado, cerca del maestro. El vi ejo er emi t a gua rd ab a sil en cio , co mo s í conte mp las e u na infinidad de cosas pasadas, pero con las cuencas de los ojos vacías. Muchos, pero muchos años atrás, siendo él un joven lama, h a b í a c a í d o e n m a n o s d e u n o s o fi c i a l e s d e l a s t r o p a s c h i n a s , en Lhasa, y privado de sus ojos, por no revelar secretos de Estado, que él desconocía. Torturado, lisiado y cegado de ambos ojos, había caminado de aquí para allá, con amargura y decepción, huyendo de la ciudad. Viajando por la noche, an du vo h ast a l ejo s de ell a, casi en loq ue cid o po r el d olo r y el horror; evitando la compañía de los hombres. Pensaba, pen- saba; no le abandonaban sus pensamientos. Subiendo siempre a mayor altura, viviendo del césped o de las hierbas que hallaba por su camino; guiado hacia donde hallar de qué beber por el rumor de los arroyos de la monta- ñ a , c o n s e r v ó u n e c o d e u n a ch i s p a d e v i d a . P o c o a p o c o , s u s peores lesiones fueron sanando; las cuencas de sus ojos de- jaron de supurar. Pero siempre buscaba subir más arriba, le- 9
  • 3. jos de una humanidad que torturaba a los hombres ferozmen- te y sin motivo. El aire se fue haciendo cada vez más ligero. Desaparecieron los árboles, con cuya corteza podía sustentarse. No podía extender la mano y arrancar planta o yerba alguna. Entonces, le era preciso arrastrarse sobre las manos y las rodillas, vagando de una parte a otra, esforzándose, esperando hacer lo bastante para poder alejar los tormentos del hambre. El aire se hizo más frío, los dientes del viento más penetran- tes; pero aún se afanaba más hacia arriba, siempre más arri- ba, como conducido por un impulso interior. Unas semanas antes, al comienzo de su viaje, había encontrado una fuerte rama, que empleaba como bastón para buscar su camino. De pronto, su bastón de ciego se encontró enfrente a una pared y no pudo hallar camino que le condujese más adelante. El joven monje miró fijamente al anciano. No se observaba en él signo alguno de movimiento. «Así debía ser», pensó el joven, y se consoló pensando que los «Venerables Ancianos» vivían en el mundo del pasado y jamás alteraban su modo de ser por nadie. Echó una ojeada curiosa a su alrededor, en la cueva desnuda. Y lo era completamente. A uno de los lados, se observaba un amarillento montón de paja — la cama del eremita —. Al lado de ésta, un tazón. De un saliente de la roca, colgaba una mugrienta túnica color de azafrán, triste y como consciente de estar descolorida por el sol. Y nada más. Nada. Aquel viejo reflexionaba su pasado cuando fue torturado, mutilado y cegado. Cuando él era un joven, como aquél que tenía sentado delante suyo. En un arranque de frustración, con su palo golpeó la extraña barrera que tenía enfrente. Vanamente, se esforzó por ver a través de los cuencos vacíos de sus ojos. Finalmente, rendi- do por la intensidad de sus emociones, cayó desvanecido al pie de aquella barrera misteriosa. El aire enrarecido se cola- ba a través de sus vestiduras, robando lentamente al debilitado cuerpo el calor y la vida. Largos momentos pasaron. Finalmente, los pasos de unos 10
  • 4. p ies calzados reson aron sob re el suelo pedregoso. Se escucha- ron palabras murmuradas en una lengua incomprensible y el débil cuerpo de aquel lama fue levantado y conducido lejos. S e e s c u c h ó u n « i c l a n g ! » m e t á l i c o y u n b u it r e q u e e s t a b a a l l í al acecho, considerándose defraudado de su comida, se remontó pesadamente. El vi ejo ana co re ta e mp ezó a re cord ar. To do aqu e llo pasó mu - cho tiempo atrás. Ahora tenía que instruir al joven monje que tenía enfrente y que era como él fue — ¿Cuántos años h ací a? ¿Ses en t a? ¿S et ent a? ¿ Ta l ve z más ? —. No i mp o rt ab a , t o d o h a b í a q u ed a d o a t r á s , p e r d i d o e n l a s ni e b l a s d e l p a s a d o . ¿Qu é s i g n i fi ca n l o s año s d e l a v ida de un ho mb re, cu and o él conoce los que tiene el mundo? Parecí a co mo s i el t iempo s e h ub ies e det en i d o. H ast a el vi en to d ébil , qu e su s urraba a trav é s de las ho j as , h ab í a ce sado su murmullo. En el aire, flotaba u na expectación temerosa, mien- tras e l jov en mon j e agu a rda ba qu e el v i ej o ere mi ta emp ez ase su discurso. Por fin, cuando la tensión se iba haciendo ina- guantable para el joven, el Venerable inició sus palabras. « Tú has sido env iado a mí — d ijo —, porque se te ha destinado una gr an trab aj o en esta V ida y yo tengo que instrui rt e de todo cuanto son mis cono cimiento s, de forma que tendrás que enterarte hasta cierto pun to de tu prop io des tino» . El viejo se encaraba en dirección del joven, que se movía confuso. Era d ifí ci l, p ensab a, t r ata r con ciego s; « m ir an » sin v er; pe ro u no tien e la sensación de que lo v en todo. No se sabe cómo tratar con ellos. La voz seca y desacostumbrada a expresarse del viejo conti- nuó: «Cuando yo era joven me encontré con varias experien- cias, experiencias dolorosas. Abandoné nuestra gran ciudad de Lhasa y vagué, ciego, a través de las soledades. Debilita- do, enfermo e inconsciente, fui arrebatado no sé adónde y allí fui instruido en preparación de este día de hoy. Cuando mi conocimiento haya pasado a ti, el trabajo de mi vida h ab rá terminado y pod ré ir en paz a los C amp os C elestiales.» Diciendo estas palabras, un resplandor beatífico iluminó las mejillas caídas y apergaminadas de aquel anciano, que dio 11
  • 5. inconscientemente más velocidad a su Molino de Plegarias. En el exterior, las sombras, lentas, se arrastraban por el suelo. El viento s e había hecho más fuerte y empujab a el polvo seco de color de hueso, formando pequeños torbellinos a ras del suelo. A intervalos, un pájaro lanzaba una llamada urgente. De un modo casi imperceptible, la luz del día se apagaba y las sombras se iban alargando. Dentro de la caverna, ahora fran ca mente a o scuras , e l jo v en mo n je se ap re tab a fu ertemen t e el cuerpo, esperando de esta forma reprimir los ronquidos de s u h a m b r e c r e c i e n t e . H a m b r e . « E s t u d i o y h a m b r e » , p e n s ab a «siempre van juntos.» Hambre y estudio. Una pasajera sonrisa cruzó por el rostro del ermitaño. «¡Ah! —exclamó-- la información era exacta. El joven se siente hambriento. Su v ient r e semeja por el ru id o u n timb al hu eco . El q u e me in for - mó me dio este d etalle. Y también el remedio .» Len ta, penosa- mente, con lo s crujidos propios de la edad , se puso en pie sin t i t u b e o a v a n z a d o h a c i a u n a pa r t e o c u l t a d e l a c u e v a . A s u r e - greso entregó al joven monje un pequeño paquete. «De parte de tu Honorable Guía», explicó; «Él me ha dicho que quiere hacer más dulces tus estudios.» Tortas dulces de la India. Y una poca de leche de cabra, para cambiar el agua como ú n i c a b e b i d a . « ¡ N o , n o ! » , e x c l a mó e l v i e j o e r m i t a ñ o , c u a n d o fue invitado a compartir aquel alimento. «Me doy cuenta de las necesidades de la juventud; sob re tod o d e l o s q u e h ab it an , lejos del mundo, más allá de las montañas. Come y disfruta. Yo, insignificante persona, intento seguir en mi humilde senda al gracioso señor Buda y vivir de la metafórica semilla de mostaza. Pero tú, come y duerme; porque me doy cuenta de que la noche se nos ha venido encima.» Diciendo estas palabras el anciano había vuelto al interior oculto de la cueva. El joven se dirigió a la entrada de la cueva, que ahora era u n ó v alo g r is con t ra la o s cur id ad d el in t e ri o r. Lo s alto s p i cos de la montaña parecían recortes negros contra el rojizo espa- cio que les rodeaba. De pronto se produjo un creciente res- plandor plateado de luz por el pasaje de unas oscuras nubes solitarias, como si la mano de un dios apartase las cortinas 12
  • 6. q u e o c u lt ab a n a l a q u e l o s h o mb res llaman «la Reina de l Cie- lo». Pero el joven monje no se entretuvo; su cena era fru- galísima y no la habría resistido ningún joven occidental. En segu id a r eg resó a la cu ev a y , ex cav ando u na dep re sión en l a a r e n a d e l s u elo d o n d e r e p o s a r su c ad e r a, cay ó en u n sue ñ o profundo. Los primeros albores de la luz le hallaron agitándose incó- modamente. Se levantó de un solo impulso y, puesto de pie, miró como avergonzado a su alrededor. En este momento el v i e j o a n a c o r e t a . e n t r a b a c a m in a n d o i n c i e r t a m e n t e d e n t r o d e l v estíbulo d e la cu ev a. « ¡Oh, v en erab le — ex clamab a el jov en monje nerviosamente —, he dormido más de la cuenta y no me he acordado de los oficios nocturnos!» Entonces se dio completa cuenta de dónde se hallaba. «No temas, joven amigo — dijo sonriendo el ermitaño —. Aquí no hay oficios. El hombre, una vez evolucionado, tendrá su oficio dentro de su propia alma, por todas partes y siempre, s i n que tenga que ser reducido a rebaño y congregado como los yaks, que no tienen una mente. Pero hazte tu tsampa (*) y come; porque hoy tengo que contarte muchas cosas, y tú tien es q ue acord arte de todas ellas.» Diciendo estas p alabras, el santo varón, se encaminó hacia el naciente día. Una hora más tarde, el joven estaba sentado enfrente del an- ciano escuchando la relación de éste, tan apasionante como extraña. Una histo ria que abarcab a to das las religion es, todas las historias sobrenaturales y leyendas del mundo entero. Una historia que había sido reprimida por todos los sacerdotes sedientos de poder y los «científicos» desde los primeros tiempos tribales. Rayo s d e so l s e filt raban a t r av és d el fo ll aj e d e l a b oc a d e la cueva y daban brillo a las fibras metálicas de las rocas. El ai re , l ige ramen te c al ien te, y u n a lig era n eb li na flot ab a so b r e el lag o . Uno s cu an tos p ajarillo s ch arlaban ruido samen te y se preparaban para su tarea inacabable de buscar comida sufi- ciente en una región de vegetación escasa. En las alturas, un (*) Agua hervida con harina tostada. 13
  • 7. buitre solitario se alzaba, sostenido por una corriente ascen- d e n t e d e a i r e , s u b i e n d o y b a ja n d o c o n l a s a l a s e x t e n d i d a s , i n - móviles, mientras con sus ojos perspicaces buscaba sobre el suelo desnudo algún cuerpo muerto o muriéndose. Convencido de que no había nada para su provecho, se desplazó a otros cielos con un graznido malhumorádo y huyó en busca de mejores venturas. El viejo ermitaño estaba sentado, erecto e inmóvil, con su f i g u r a d e s c a r n a d a e s c a s a m e n t e cu b i e r t a p o r l o s r e s t o s d e s u vestidura dorada. «Dorada», ya no lo era, sino descolorida por el sol y convertida en unos harapos terrosos con unas tiras amarillas, donde los pliegues habían hecho disminuir en parte la decoloración por la luz solar. La piel era apergaminada, sobre sus pómulos agudos, y con ese color de cera, blan- q u e c i n o , f r e c u e n t e e n t r e l o s q u e e s t á n p r i v a d o s d e l a v is t a . Iba descalzo y los objetos de su propiedad se limitaban a unas pocas cosas: un cuenco, un Molinillo de Plegarias, y ú n i c a m e n t e u n a r o p a d e r e c a mb i o , t a n d e s t e ñ i d a y m a n c h a d a como la que llevaba puesta. Nada más, absolutamente nada más en el mundo entero. Sentado enfrente al eremita, el joven monje meditaba. Cuanto mayor es la espiritualidad de un hombre, menos son sus bienes terrenales. Los grandes abades, con sus hábitos de oro, s u s r i q u e z a s y a b u n d a n c i a d e ma n j a r e s , s i e m p r e e s t a b a n e n lucha para alcanzar poder político y vivían para el momento presente, mientras reverenciaban de labios afuera las Escri- turas. «Joven amigo», empezó la voz anciana. «Mis días casi tocan a su acabamiento. Tengo que transmitirte mis conocimientos; después de lo cual, mi espíritu será libre para irse a los Cam- pos Celestiales. Tú, a tu vez, transmitirás estos conocimientos a los demás. Escucha, pues, y almacena todo cuanto te diré en tu memoria sin fallo alguno.» « ¡ A p r e n d e e s t o , e s t u d i a a q u e l l o !» , p e n s ó e l j o v e n m o n j e . « La vida ahora no es más que un rudo trabajo incesante. Adiós cometas, zancos y...» Pero el ermitaño continuó: «Ya sabes cómo me trataron los 14
  • 8. chinos, y cómo fui vagando por las soledades y llegué final- mente hasta donde me ocurrió un gran prodigio. Un milagro, porque un instinto secreto me condujo hasta las mismas puer- tas del Santuario de la Sabiduría. Te lo quiero contar. Mi s a b i d u r í a s e r á t u y a , t a l c o mo a m í m e f u e m o s t r a d a , y a q u e , a pesar de estar privado de la vista, lo vi todo». El joven monje asintió con la cabeza, olvidándose de que el anciano no le podía ver; entonces, dándose cuenta, le dijo: «Estoy escuchando, Venerable Maestro, y estoy capacitado por mi formación a recordarlo todo». Mientras decía estas palabras, él hizo una reverencia y se volvió a sentar, aguar- dando un rato. El anciano sonrió y continuó su relato: «Lo primero que re- cuerdo es que estaba acostado muy cómodamente en un lecho blando. Naturalmente, yo entonces era joven, por el estilo de lo que eres tú, y creía haber sido transportado a los Campos C e l e s t i a l e s . P e r o n o p o d í a ve r y m e p a r e c í a q u e s i e l s i t i o donde me hallaba era el otro lado de la vida habría recobrado mi vista. De manera que estaba allí acostado y esperando. Al cabo de un largo rato, unos pasos muy silenciosos se acer- caron y se detuvieron a mi lado. Yo, estaba inmóvil, no sa- b i e n d o q u é e sp e r a r . " ¡ A h ! " , e x c l a m ó u n a v o z q u e m e p a r e c i ó ser en cierto modo distinta de las nuestras. "¡Ah!, veo que habéis recobrado la conciencia. ¿Os encontráis bien?". »Vaya una pregunta necia, pensé entre mí. ¿Cómo puedo encontrarme bien, si me estoy muriendo de hambre? ¿Era cierto? En realidad ya no sentía hambre alguna. Me encon- traba bien, muy bien. Con precaución, moví mis dedos, sentí mis brazos sin rastro alguno de agujetas. Me había recobrado y me notaba normal; sólo que no tenía ojos. "Sí, si, me siento bien, gracias por la pregunta", le contesté. La Voz dijo entonces: "Hubiéramos querido restaurar vuestra vista; pero o s h a b í a n q u i t a d o l o s o j o s y n o n o s f u e p os i b l e . R e p o s a d u n rato, y luego hablaremos con Vos detalladamente". »Reposé; no tenía otra solución. No tardé en dormirme de nuevo. Lo que dormí, no lo supe; pero un dulce sonido d e c a m p a n a s , casualmente, me desveló; tañido más dulce y 15
  • 9. apacible que los más delicados gongs, y mejor que las antiguas ca mp an as de p lat a, má s so no ro qu e l as tro mp eta s d e l templo . Me incorporé y miré a mi alrededor, como si pudiese forzar la visión de mis órbitas sin ojos. Un brazo amistoso se deslizó alredor de mi espalda, y una voz me dijo: "Levántate y sígueme. Yo te conduciré".» El joven religioso permanecía sentado y experimentaba una fascinación, extrañándose que no le hubiesen sobrevenido nunc a aventuras semejantes; ignorando que, en su día, le llegarí a el turno. «Te lo ruego, continúa, Venerable Maestro», exclamó. El viejo maestro sonrió complacido por el interés que mostraba el joven. « Me con dujo hasta una habitación esp aciosa, al parecer, llena de gente; yo escuchaba el rumor de su respiración y el roce de sus vestiduras. Mi guía me dijo "Sentaos", y un extraño i n g e n i o f u e e m p u j a d o h a s t a mi p e r s o n a . E s p e r a n d o s e n t a r m e en el suelo, como tod as las personas educadas, estuve a punto de caerme al choque con aquel artefacto.» El anciano anacoreta hizo una breve pausa y una seca risita escapó d e su boca al relatar aqu ella escena pasada. «Me senté con todo cuidado — continuó — y aquel objeto me pareció b lando, si bien sólido. Me sentía sostenido sob re cuatro p atas y por la parte de atrás había una cosa que me impedía echar atrás mi espalda. De momento, pensé que me creían demasiado débil para sentarme sin alguna protección; después capté se- ñales de divertida y reprimida so rpresa entre los presentes, ya que, por lo visto, aquélla era la manera de sentarse de toda aquella gente, y, francamente, quedé colgado tristemente de aquella plataforma almohadillada.» El joven monje intentó imaginarse lo que podía ser una pla- ta fo r m a p ar a s en ta rs e . ¿ Po r q u é ex ist ían s e mej an t es o b je to s? ¿Por qué se tienen que inventar cosas inútiles? No, decidió; el suelo era suficiente para él; más seguro, sin riesgos de caerse. Y, ¿quién es tan débil que necesita tener su espalda aguantada? Pero el anciano estaba otra vez hablando — sus pulmones era resistentes — al joven monje. «"Os extrañáis de nosotros — la voz continuó —, os maravi- 16
  • 10. liáis de qu iénes somos, de por qu é os sen tís tan bien. Siéntate con tod a co mod id ad , porque tenemos que contarte muchas cosas". »"Muy Ilustre Seño r", dije disculpándome. "Estoy ciego, he sido privado de mi v ista y d ecís qu e ten éis mucho q ue contarme y qu e mos trarme. ¿Có mo pued e ser, esto ?" "Tranquilízate — dijo la Voz —, porque todo será claro para ti, con tiempo y p acien cia.» La parte posterior de mis piernas emp ezaba a do lerme, co lgadas en aquella extraña po stu ra, de modo qu e las en cogí, intentando p ermanecer en la postura del loto sobre la p equeña plataforma d e madera aguantad a sob re cuatro p atas y con aquel estorbo en la espalda. Así, me sen tía más a mis an chas, si b ien, no v iendo, podía perder el equilib rio sin qu erer. » "Somos los Jardinero s d e la Tierra", p rosigu ió la Voz. "Via- jamos por los universos, situando s eres humanos y animales por los mundos distintos. Vo sotros, los hijos de la Tierra, poseéis leyend as so bre nosotros, llamándono s d ioses celestiales y h ab lan do de nuestros carros de fuego . Ahora vamos a d arte una in formación sobre el o rigen de la Vid a en la Tierra, de manera qu e pued as trans mitir tus conocimientos a otro que vendrá d espués al mundo y escribirá s ob re estas co sas, porqu e ya es ho ra de que la gen te conozca la Verdad de su s Dios es, an tes de iniciar el segundo p eríodo ." »"Aquí hay cierta confusión", exclamé con desánimo. "No soy más que un pobre monje que sub ió a estas altu ras sin saber có mo." » "Nosotro s, con nuestro sab er, te guiamo s — mu rmu ró la Voz —, te hemo s escog ido por tu memoria extraordinaria, que aún reforzaremos. C onocemos todo lo qu e se refiere a ti. Po r eso te h emos con ducido h asta noso tros."» Fuera de la cu eva, a la luz, ahora brillante, del día, la nota del canto de un pájaro se elevó aguda y penetran te con súbita alarma. Un chillido de una av e ag reso ra y el pájaro s e escapó d e aquellos parajes p recipitadamente. El v iejo ermitaño levantó s u c ab e za u n mo men to , d i ciendo: « No es nad a; p ro bablemente un pájaro vo lando en la altura h a lanzado un 17
  • 11. ataqu e» . E l jov en monje encon tró d esag radable el v erse d is- traído d e la narración d e la vieja ed ad , una ed ad que — cas o extraño — no encontraba difícil de visualizar. A la orilla del lago los sauces cabeceab an con indolencia sólo inquietados por las brisas errantes q ue remo vían sus ho jas y las hacían p rotestar contra la invasión d e su reposo. Actualmen te, los p rimeros rayos de sol h abían abandonado la en trada de la cueva y en ella reinaba el frío , con la luz teñida de color verdoso. El v iejo eremita se estremeció ligeramente, arregló sus abigarrad as v estidu ras y con tinuó: « Estaba asu stado, muy asustado . ¿Qu é sabía yo d e aqu ello s Jardin eros de la Tierra? Yo , no era jardin ero. No sabía nada de plantas, y de universos, mucho menos. Necesitaba no marcharme de allí. Mien tras estaba pens ando esas cosas, pu se mis p ies sobre el bo rde de mi plataforma-asiento y me puse de pie. Manos cariñosas, pero firmes me v olvieron a sentar en aqu ella rara forma, con mis p ies colg ando y mi esp ald a apoyada sob re algo qu e estaba detrás mío. "La planta, no debe dictar órdenes al jard in ero ", murmu ró una v oz. "Te h an condu cido aqu í, y aqu í tien es que aprender." » A mi alred edor, mientras me vo lvía a sentar, aturdid o, pero también irritado , comenzó una gran discu sión en una lengua p ara mí desconocida. Voces. Voces. Algu nas agudas y d elga- d as, co mo saliendo d e u nos g aznates de enanos. Otras, pro - fundas, resonan tes, sono ras, co mo toro s o yaks en los p eríodo s d e celo, mug iendo a través del pais aje. Fuesen quien es fuesen, p ensé, no auguran nada bu eno para mí, p ersona díscola, cautivo involuntario. Estuv e escuchando con temor e in certidumbre todo el rato que duró la d iscusión p ara mí incomp ren sible. Aquellos pitidos y estruendos co mo d e una trompeta resonando en un desfiladero . ¿Qué gen te era ésa?, p ensab a yo, ¿pu ed en los g aznates hu mano s presentar esa multitud de tonos, supertonos y semitonos? ¿Dónd e me en contrab a? Tal v ez me h allab a y o en p eo res manos qu e cu ando era p risionero de los chinos. ¡Oh, qu ién tuviera ojos! Ojos para ver lo que ahora me era ved ado. ¿Se hab ría desvanecido acaso el misterio a la luz de la mirada? P ero n o, como co mprendí lu ego, el 18
  • 12. misterio se habría hecho más profundo. Permanecí sentado, lleno de aprensión y muy asustado. Las to rturas qu e había exp erimen tado en mano s de lo s chinos me habían acobardado, me h acían temer qu e no podría soportar más, de ninguna manera. Mejor hubiera sido qu e los Nuev e Drago nes hubiesen llegado y me consumiesen de una vez que lo que me tocaría sopo rtar po r ob ra de lo Descono cido. Así es qu e permanecí sentado , ya que no hab ía nada que h acer. » Altas voces me hicieron temer por mi suerte. De hab er tenido ojos para ver, hubiera realizado un desesperado esfuerzo para hu ir; pero aquel qu e se encuentra sin ellos está concretamente sin esperanzas, a la merced d e todo . La piedra lan zada, la pu erta cerrad a, las amen azas crecientes que se me p resentab an, amenazadoras, op resivas y siempre temerosas. El estrépito exp erimen tó un cres cendo. Los g ritos chillab an en los más altos registros, como un es tru endo de toro s en lu ch a. Temía una v iolencia sob re mi p ersona, golp es que llegasen hasta mi p erson a a través d e mis tin ieb las eternas. Agarré fu ertemente el borde de mi asiento, y lo solté en seguida, p ensando qu e un go lpe podría dejarme sin sentidos, mientras q ue si no en contraba resistencia el ch oqu e sería más leve. » "No temas", me dijo la Vo z, ahora para mí familiar. "Se trata ún icamente de un a reun ión del Consejo. Ningún daño pu ede seguirse para ti. Precisamente estamos d iscutiendo la mejor manera de instru irte." » "Alto Señor", repliqué algo confu so . "Estoy sorprendido, en v erdad, escu chando cómo los Grand es lanzan sus voces a se- mejanza de los más humildes pastores de yaks en la montaña." Un d ivertido ru mor de risas celebró mi comentario. Mi aud itorio , s egún parecía, no estab a disgustado por mi tal vez algo loca franqu eza. »"Recu erda eso siempre", replicó el Jardinero. "No importa lo qu e se alza la voz; siempre hay u na razón , u na discrepancia. S iemp re una o pinió n que se separa de lo que afirman los demás. C ad a cu al tiene que discutir, argumentar y, fo rzosamen te, sostener la p ropia opin ión, si no se quiere ser un mero esclavo , un autó mata, siempre a pun to d e aceptar los dictados d e 19
  • 13. o t r o . E s p r e c i s o d i s c u t i r , r a z o n ar . La l i b r e d i s c u s i ó n s i e m p r e se interpreta por el observador incomprensivo como el pre- l u d i o d e u n a vi o l e n c i a f í s i c a . " To c ó m i s h o m b r o s p a r a t r a n - q u i l i z a r m e y c o n t i n u ó : "T e n e m o s a q u í p e r s o n a s n o s o l a m e n t e de distintas razas, sino de varios mundos. Algunos, son de nuestra galaxia. Otros proceden de galaxias de más allá. Al- gunos de ellos, a ti te parecerían pequeños enanos, al paso que otros son verdaderos gigantes, seis veces más altos que los que están dotados de menores estaturas". Escuché sus pasos cuando se alejaba para reunirse con el grupo de los demás. »"Otras galaxias" ¿Qué significaba todo aquello? Gigantes, bueno, igual que los que había oído mencionar en los cuentos maravillosos. Enanos, parecidos a los que se veían a veces en las comedias. Moví mi cabeza; todo aquello estaba más allá d e m i c o m p r e n s i ó n . L a V o z m e h a b í a d i c h o q u e n o s u fr i r í a ningún mal, que se trataba únicamente de una discusión. Pero n o s i e mp r e l o s m e r c a d e r e s d e l a I n d i a q u e p a s a n p o r l a c i u d a d de Lhasa arman esos barullos, trompeteos y voces. Decidí permanecer sentado y aguardar en qué paraba todo aquello. ¡Después de todo, no podía hacer otra cosa!» Dentro de la fría caverna del ermitaño el joven monje perma- necía absorto, embebido escuchando la historia de los extra- ños seres. Pero no lo estaba tanto que no se percibiese el r u mo r d e s u s i n t e s t i n o s . C o m i d a , c o m i d a u r g e n t e , a h o r a u r g í a por completo. El viejo ermitaño cesó de pronto su relato y murmuró: «Sí, precisa un desayuno. Prepara tu alimento. Vol- veré luego». Diciendo estas palabras, se puso en pie y se encaminó lentamente a su retiro. El joven monje se apresuró a salir al aire libre. Por unos ins- tantes estuvo contemplando el paisaje; seguidamente se diri- gió hasta la orilla del lago, donde la arena fina, de color terroso, brillaba como invitando. De sus vestiduras sacó el c u e n c o d e ma d e r a y l o l a v ó d e n t r o d e l a g u a . L l e n á n d o l o y meneándolo, estuvo lavado. Tomando un pequeño saco lleno de cebada, que llevaba en el interior de sus hábitos, echó un p e q u e ñ o p u ñ a do e n e l c u e n c o y l u e g o l l e n ó d e a g u a d e l l a g o la cavidad de su mano. Dentro del cuenco fue amasando la 20
  • 14. p a s t a f o r ma d a , y c o n d o s d e d o s d e l a m a n o d e r e c h a , a m o d o d e cuch ara, se sirv ió aquel manjar con to da lentitud y ningún entusiasmo. Una vez hubo acabado de comer, lavó el cuenco en el agua del lago y luego tomó un puñado de aquella arena fina. En- tonces frotó enérgicamente aquella vasija por dentro y por fuera y, todavía húmeda, la metió en el seno de su hábito. L u ego se arrodilló y extendió el bord e de su túnica y recogió arena hasta que no cupo más. Poniéndose de pie, regresó a la cueva. Una vez estuvo en ella echó la arena al suelo e in- mediatamente salió en busca de alguna rama caída que tu- viese algunos pequeños brotes. Volviendo a la cueva, barrió la arena compacta antes de ech ar en cima una capa d e la aren a acabada de traer. Con una capa no hubo bastante; hasta después de echar siete de ellas no estuvo satisfecho y pudo sentarse, con una clara conciencia, sobre su sábana de lana de yak. No poseía ninguna vajilla a la moda de ningún país. Su hábito colorado era todo su atavío. Raído y desgastado en algunos pedazos casi hasta la transparencia, no protegía contra los vientos fríos. No poseía sandalias ni ropa interior alguna. Nada más que esa túnica solitaria, que se quitaba por la noche, cuando se envolvía dentro de la sábana. Como utensi- lio, únicamente contaba con aquel cuenco, el pequeño saco de cebada y una vieja y estropeada Caja Mágica, desde mucho tiempo sustituida por otra, en la que conservaba un sencillo talismán. No poseía Molino de Plegarías alguno. Esto era para otros más ricos. Llevaba afeitado el cráneo y señalado con las M a r c a s d e l a V i r i l i d a d , q u e m ad u r a s q u e a t e s t i g u a b a n q u e h a - bía soportado las candelas de incienso ardiendo sobre su ca- beza para dar testimonio de su capacidad de meditación al sentirse in mune d el dolor y el olor de carne qu emad a. Ahora, habiendo sido elegido para una misión especial, había viajado lejos, hasta la cueva del ermitaño. Pero ahora el día había caminado, con las sombras cada vez más alargadas y el en fria- miento progresivo del aire. Se sentó y aguardó que apareciese el eremita. 21
  • 15. Al cabo de una breve espera se escucharon los pasos arras- trados, los golpes del largo bastón y la respiración fatigada del viejo. El joven monje lo miró con renovada reverencia; ¡cuántas experiencias tenía! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Qué s a b i o l e p a r e c í a ! E l v i e j o c o m p a r e c i ó y s e s e n t ó . En a q u e l mismo instante, una bocanada de aire y una inmensa y peluda criatura, saltó dentro de la entrada de la cueva. El joven monje, se puso de pie de un salto y se preparó a buscar la muerte protegiendo al viejo ermitaño. Agarrando dos puñados de tierra del suelo arenoso, se preparaba a lanzarlos a los ojos del intruso, cuando le detuvo y le tranquilizó la voz del recién venido. «¡Salud, salud, Santo ermitaño!», gritó como si estuviese diri- giéndose a una persona distante una milla. «Pido vuestra ben- d i c i ó n , v u e s t r a b e n d i c i ó n p o r e s t a n o c h e , q u e a c a mp a mo s a l a orilla del lago. Aquí — bramó — he traído para vos té y ce- bada. ¡Vuestra bendición, ermitaño, vuestra bendición!» Po- n i é n d o s e e n m o v i mi e n t o d e u n b r i n c o , n o s i n r e n o v a r l a s a l a r - m a s d e l j o v e n m o n j e , s e p r e ci p i t ó d e l a n t e d e l e r m i t a ñ o y s e prosternó sobre la arena acabada de arreglar. «Té, cebada, a q u í , a c e p t a d l a . » S a l i e n d o f u e ra , t r a j o d o s s a c o s q u e p u s o ante el ermitaño. «Mercader, mercader — respondió humildemente el eremita — , e s t á i s a l a r m a n d o a u n a nc i a n o e n f e r m o c o n v u e s t r a v i o - l e n c i a . La p a z s e a c o n v o s . P u e d e n l a s B e n d i c i o n e s d e G a u t a - ma reinar sobre vos y habitar dentro de vos. Pueda vuestro viaje ser rápido y vuestro negocio próspero.» «Y, ¿quién sois vos, joven gallito?», voceó el mercader. «¡Ah!», exclamó el buen hombre, «mis excusas, joven reve- rendo padre, por culpa de la oscuridad de esta cueva no he visto de momento que sois uno de los del hábito.» «¿Y qué nuevas nos traéis, mercader?», preguntó el ermitaño con su voz seca y cascada. «¿Nuevas?», respondió el mercader. «El prestamista indio fue apaleado y robado; cuando fue a los procuradores, volvió a serlo, por haberse descarado con ellos. El precio de los yaks ha bajado; el de la mantequilla ha subido. Los reverendos de 22
  • 16. la Frontera han subido sus tarifas. El gran Lama ha viajado hasta el Palacio de las Joyas. ¡Oh!, santo eremita, no hay noticias. Esta noche acampamos al lado del lago, y mañana se- guimos nuestro viaje hasta Kalimpong. El tiempo es bueno. Buda nos ha protegido y los diablos nos han dejado en paz. Y vos, ¿necesitáis acaso que os traigan agua, o arena seca para el suelo de vuestra cueva, o bien ese joven padre ya procura por vuestras necesidades?» Mientras las sombras viajaban hacia las tinieblas de la no- che, el ermitaño y el comerciante hablaban y cambiaban no- ticias de Lhasa, del Tíbet, de la India y más lejos, allá de los Himalayas. Al final, el comerciante se puso en pie y ob- servó con temor la oscuridad creciente. «¡Adiós!, joven santo padre. No puedo ir solo en la oscuridad, los demonios me asa lt ar ían . ¿Po déis a co mpañ a r me h as ta e l c a mpa m en to?» , im - ploró. «Estoy a las órdenes del Venerable Ermitaño», contestó el joven monje. «Iré, si el me lo permite. Mis hábitos me pro- tegerán de los peligros de la noche.» El viejo eremita, risueño, le dio el permiso. El delgado monje joven guió el camino fue ra de l a cue va. El en orme gig an t e, el me rcad er, ape st an do a lana de yak y peor, iba tras el joven lama. A la entrada mi s ma e stu v o a p u n to d e d a r co n tra un a r a ma llen a de ho jas . S e e s c u c h ó u n g r a z n i d o y u n p áj a ro a s u s t ad o s e e s c ap ó d e l a rama. El mercader profirió un chillido de terror y se desplo- mó, como desvanecido, a los pies del joven monje. «¡Uf!, santo padre», suspiró el mercader. «Pensaba que los diablos me habían hecho prisionero. Pensé, aunque no del todo conv encido, que deb ía devolver los dineros qu e tomé en préstamo del usurero indio. Vo s me habéis salvado, habéis do- minado a los diablos. Acompañadme hasta el campamento y os regalaré medio ladrillo de té y un saco lleno de tsampa.» La oferta era demasiado buena para dejarla escapar; así es que el joven monje puso un especial cuidado, recitando las Ple- garias de los Muertos, la Exhortación a los Espíritus Inquie- tos y el Cántico a los Guardianes del Camino. El ruido re- sultante — puesto que el joven monje no era nada músico — 23
  • 17. rechazó a todas las criaturas que rondaban por la noche, por donde pueden pasearse los diablos. Llegaron, por fin, hasta las hogueras del campamento, donde los compañeros del mercader estaban cantando y tañendo instrumentos musicales, mientras las mujeres tostaban ladri- llos de té y echaban los mismos en un caldero de agua bur- bujeando. Un saco entero de cebada bien molida se tiró al caldero y una vieja, con su mano parecida a una garra, extrajo de un saco un puñado lleno de manteca de yak. Luego echó otro y otro en el caldero, hasta que una capa de grasa se extendía y burbujeaba en la superficie. El resplandor de las hogueras invitaba, y aquella alegría era contagiosa. El joven monje se arropó decorosamente y con toda calma se sentó en el suelo. Una vieja arrugada, cuya barbilla se tocaba con la nariz, le ofreció hospitalariamente algo que tenía en la mano; pero el monje, decorosamente, presentó el cuenco y un generoso tributo de té y tsampa le fue depositado. En aquel aire ligero de la montaña, el agua hervía a menos de cien grados centígrados — o doscientos doce Farenheith —; pero era soportable para los labios. La reunión transcurrió agradablemente y pronto se formó una procesión hasta las aguas del lago, para que el cuenco pudiese lavarse y frotarse con la fina arena de la orilla. Esa arena era de las más finas de la montaña y muchas veces contenía alguna partícula de oro. La reunión era alegre. Las narraciones de los mercaderes, la música y los cantos amenizaron la velada y la ex istencia, más bien aburrida, del joven monje. Pero, mientras tanto, la luna ascendía cada vez más, iluminando aquel desolado paisaje y dibujando sombras de una firme realidad. Cesaron las chis- pas de las hogueras, y se apagaron las llamas. El monje se puso de pie de mala gana y con las gracias y las reverencias debida s ac eptó los dones del mercad er, que est aba seguro d e que aquel joven le había salvado de la perdición. Por fin , ca rg ado de pequeño s p a q u e t e s , c a m i n ó a l r e d e d o r d e l lago, encaminándose al bosquecillo de sauces donde se ha- llaba la boca, tenebrosa y amenazadora, de la cueva. Un mo- 24
  • 18. mento, se detuvo el joven y miró hacia las estrellas. Arriba, muy arriba, como próxima a la Morada de los Dioses, una chispa brillante navegaba silenciosamente por los cielos. ¿El Carro de los Dioses, acaso? El joven monje se lo preguntó brevemente a sí mismo, y luego entró a la cueva.
  • 19. Capítulo segundo E l b ramido de los y ak s y los g rito s agitados de los h ombres y las mujeres despertaron al joven monje. Soñoliento, se puso e n p i e , a r reg la n d o s us v est id uras a su al red edo r y en cami n án- dose a la boca de la cueva, para no perder ni un solo detalle del espectáculo. En la orilla, unos estaban ordeñando, otros intentando enjaezar los yaks que permanecían dentro del agua y no se dejaban p ersu adir a abandonarla. Finalmente, perdiend o la paciencia, un joven mercader se lanzó al agua, tropezando con una raíz su mergida. Con los brazos extend idos dio de cara contra la superficie recibiendo un fuerte golpe. Gruesas gotas de agua se levantaron, y los yaks, asustados, huyeron a l a o r i l l a . E l j o v e n m e r c a d e r , c u b i e r t o d e u n l o d o cenag oso , y en suc iad o có m i ca men te , sa lió del b a rro en tr e la s carcajadas de sus compañeros. R á p i d a m e n t e , l a s t i e n d a s f u e ro n e n r o l l a d a s , y l o s u t e n s i l i o s de cocina, después de haber sido frotados con arena, fueron envueltos y la caravana de aquellos mercaderes se marchó lentamente, entre el monótono crujido de los arneses y los gritos de las personas que intentaban vanamente dar prisa a las ro bu st as b e stia s de carg a. T ris temente l os co nt emp l ab a el joven monje, protegiéndose con las manos del sol naciente. T r i s t e m e n t e e s t u v o e n p i e t o d o e l r a t o , h a s t a q u e l o s r u i d o s se perdieron en la lontananza. « ¡ O h ! — p e n s a b a — , ¿ p o r q u é n o h e s i d o c o m e r c i a n t e y v i a ja r h ast a ti erras l ejan as ?» ¿ Por q ué ten ía qu e pas arse la vida estudiando cosas que parecía que nadie más debía estudiar? Le hubiera gustado ser un mercader, o un barquero de la Ri- v era F eli z . N e ces it aba mo v erse d e u n a po bl ación a o t ra y v er cosas. Poco podía pen sar que vería «sitios y cosas» , hasta que su cuerpo le p idiese reposo y su espíritu suspirase por la paz. Ignoraba que su destino sería vagar por la superficie de la Tierra y sufrir increíbles tormentos. En aquellos momentos, necesitaba únicamente ser un mercader o un barquero — cual- 26
  • 20. quier cosa, menos lo que era —. Lentamente, cabizbajo, cogió una rama del suelo y regresó a la cueva, a barrer el suelo y extender arena nueva. El viejo eremita, lentamente, se presentó. Incluso para la inexperta mirada del joven, decaía a ojos vistas. Jadeando, se sentó y dijo con una voz ronca: «Se acerca mi tiempo; mas no puedo marcharme sin transmitirte antes mi sabiduría. Aquí hay unas especiales gotas de yerbas que me proporcionó mi famoso Guía para tales casos; aun en el caso de que me des- mayase, introduce seis gotas en mi boca y al instante volveré a vivir. Tengo prohibido abandonar mi cuerpo hasta que no haya cumplido mi misión». Buscó entre sus vestiduras y en- tregó al joven un pequeño frasco de piedra que el monje tomó con especial cuidado. «Ahora, continuaremos», dijo el anciano. «Podremos comer cuando yo me sienta cansado y también reposar. Ahora escucha bien y pon especial cuidado en recordar. No dejes escapar tu atención porque estas cosas son mucho más importantes que mi vida y tu vida. Es un saber que tiene que ser preservado y transmitido cuando llega la plenitud de los tiempos.» Después de un breve reposo, pareció recobrar fuerzas y algo de color subió a sus mejillas. Sintiéndose más restablecido, continuó: «Habrás recordado que yo te he explicado todo lo sucedido hasta cierto momento. Vamos, pues, a continuar. La discusión se prolongó y era, en mi opinión, muy acalorada; pero llegó un instante en que se terminó aquel debate. Se produjo el ruido de varios pies que se arrastraban; después pasos, pasos ligeros como de algún pájaro saltando sobre la yerba, otros lentos como el caminar de un yak cargado pesadamente. Sonido de pasos que me intrigaron profunda- mente porque algunos de ellos me parecían no proceder de seres humanos parecidos a los que yo había conocido. Pero mis meditaciones sobre las diferentes maneras de caminar se acabaron súbitamente. Otra mano agarró mi brazo y una voz ordenó: "Ven con nosotros". Otra mano cogió mi otra y fui conducido a un pasillo que mis pies desnudos sintieron como si fuese pavimentado de metal. La ceguera desarrolla los de- 27
  • 21. más sentidos; noté que caminábamos a lo largo de una especie de tubo metálico, si bien me fue imposible imaginar de qué se trataba concretamente». El anciano se detuvo como para imaginar aquella inolvidable experiencia; luego continuó: «Pronto llegamos a una área más espaciosa, a juzgar por los ecos que sentía. Allí escucha- ba un sonido metálico, deslizándose ante de mí, y uno de los que me acompañaban habló respetuosamente a un personaje que evidentemente era un superior. Lo que dijo no podía comprenderlo, puesto que se trataba de un lenguaje compues- to de chillidos y chirridos. En respuesta vino lo que sin duda era una orden y me sentí empujado hacia adelante, mientras una materia metálica se cerraba con un ruido atenuado detrás de mi persona. Permanecía yo allí sintiendo que alguien me estaba mirando con fuerza. Se sintió un rumor y un crujido semejantes a los que se produjeron cuando, antes, me senté, así me lo pareció. Seguidamente, una mano delgada y huesu- da, tomó mi mano derecha y me guió hacia adelante». El ermitaño hizo una breve pausa, sonriendo. «¿Puedes ima- ginar mis sensaciones? Yo era un milagro viviente; no sabía lo que tenía delante y tenía que obedecer sin dilación a los que me conducían. Mi acompañante, al final, habló en mi propio lenguaje. "Siéntate", me ordenó, mientras me empu- jaba para que me sentase. Abrí la boca asustado; a los dos lados había como unos brazos, probablemente para no caerse si uno se dormía por culpa de aquella blandura extraña. La persona que yo tenía enfrente, me pareció que se divertía mu- cho con mis reacciones; diría que se trataba de una risa mal reprimida. Muchos, parece que se divierten viendo como se toman las cosas aquellos que no pueden ver. »"Me parece que os sentís extraño y asustado", dijo la voz de aquella persona que yo tenía enfrente. ¡Por fin, llegaba un reconocimiento! "No te alarmes" — continuó la voz —, por que no recibirás daño alguno. Las pruebas que de ti tenemos, muestran que tenéis una gran memoria eidética, de manera que vamos a comunicaros información — que jamás olvida- réis — y que más tarde transmitiréis a otro que pasará por 28
  • 22. vuestro camino." Todo eso me parecía misterioso y muy alarmante, pese a las seguridades que se me daban. No dije nada, pero permanecí sin moverme, aguardando nuevas explicaciones, que no tardaron en llegar. »"Ahora vas a ver — continuó la voz —, a todo el pasado, el nacimiento de nuestro mundo, el origen de los dioses y, por qué razón carros de fuego cruzan el firmamento y nos infunden temor." Respetado Señor — yo exclamé —, usáis la palabra "ver"; pero mis ojos han sido vaciados y estoy ciego del todo. Entonces escuché una reprimida exclamación de enojo y la réplica más bien áspera: "Conocemos todo cuanto se refiere a ti, más que tú mismo sabes. Tus ojos han sido suprimidos; pero el nervio óptico aún permanece. Con nuestra ciencia conectaremos con el nervio óptico y tú verás lo que te sea preciso ver". »"¿Significa esto, que volveré a ver por el resto de mi vida?", pregunté. »"No, no podrá ser", me contestaron. "Empleamos tu persona para un fin determinado. Concederte el don de la vista permanentemente, significaría dejarte mover sobre este mundo con un saber muy adelantado para nuestros tiempos; y esto no es lícito. Ahora, basta de conversación; voy a advertir a mis ayudante." »Inmediatamente se produjo un respetuoso sonido como de llamar a una puerta, seguido por un deslizarse de un objeto metálico. Se entabló una conversación; evidentemente, dos personajes habían entrado. Noté que mi silla se movía e in- tenté encaramarme; pero, con horror, me sentí inmovilizado. No podía mover ni un solo dedo. Con plena conciencia por mi parte, me notaba movido de una parte a la otra, sobre esta extraña silla. Seguíamos corredores, cuyos ecos me proporcionaban raras sensaciones. Después de una pronunciada curva, curiosos olores asaltaron las encogidas ventanas de mis narices. Nos detuvimos a una voz de mando, sólo murmurada, y unas manos me cogieron por las piernas y por los sobacos. Con facilidad, fui trasladado, arriba, al lado, hacia abajo. Estaba yo alarmado; más exactamente, aterrorizado. El terror 29
  • 23. subió de punto cuando una venda gruesa fue colocada alre- dedor de mi brazo derecho exactamente sobre el codo. La presión fue en aumento hasta que noté como si se hinchase mi antebrazo. Luego vino un pinchazo en mi tobillo izquierdo y una rara sensación como si algo se hubiese infiltrado dentro de mí. Otro aparato, a una voz de mando, fue aplicado a mis sienes y entonces sentí como dos discos de hielo en aquella parte de mi cuerpo. Reinaba un ruido como el zumbido de abejas en la lejanía, y sentía que mi conciencia me abandonaba. »Centellas brillantes de luz, parpadearon ante mi visión. Franjas de colores verdes, rojas, moradas y de todos los colores. Entonces exclamé: «No veo nada, debo de estar en el País de los Diablos y deben de estar preparando tormentos para mi persona." Un agudo y doloroso pinchazo — como de un alfiler — aumentaba mi terror. ¡No podía más! Una voz me habló en mi lengua: "No te asustes, no queremos hacerte daño; estamos arreglando las cosas para que puedas ver. ¿Qué color ves ahora?" De este modo, me olvidé de mis temores y fui explicando cuando yo veía rojo, verde y otros colores. Luego lancé un grito de sorpresa. Podía ver; pero cuanto veía era para mí tan raro, que apenas podía comprender nada. »¿Quién puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede explicar una escena a otro, cuando no existen, en la lengua, palabras apropiadas, ni conceptos que puedan aplicarse? ¿Sólo puedo decir que veía? Aquí, en el Tíbet, estamos bien provistos de palabras y frases apropiadas para los dioses y los demonios; pero cuando se trata de las obras de los dioses y de los demonios, no sé ni lo que se ve, ni lo que se debe hacer, ni describir. Sólo podía decir que yo veía. Pero mi visión no se hallaba situada en mi cuerpo y así podía verme a mí mismo. Era una experiencia enervante; que no tenía ganas de volver a experimentar. Pero déjame explicar por orden, desde el comienzo. »Una de las voces, me preguntó si veía el color rojo, cuándo el verde y cuándo los demás colores, y entonces dio comienzo a la impresionante experiencia, con esta maravillosa luz blan- 30
  • 24. ca y me encontré con que estaba contemplando — es la pa- labra más apropiada una escena completamente distinta de todo cuanto antes había visto. Estaba recostado, medio ten- dido, medio sentado, apoyado sobre lo que parecía una pla- taforma metálica. Parecía que ésta se aguantaba sobre un pilar solitario, y tenía miedo de que toda la estructura se viniese abajo de un momento a otro, y yo junto con ella. La atmósfera del conjunto era de una limpieza jamás vista. Las paredes, fabricadas de un material resplandeciente, no presentaban ni una mancha; eran de un tinte verdoso, muy agradable y suave a la vista. Sobre esa extraña habitación, que era como un salón inmenso, según mi concepto de las proporciones, se veían piezas de maquinaria que no puedo explicar, ya que no existen palabras para describirte su rareza. »Pero las personas que se hallaban en esta habitación me produjeron extrañeza y miedo, hasta el punto de que estuve a pique de proferir gritos de alarma y llegué a pensar que se trataba de algún truco de óptica. Había un hombre al lado de una máquina. Su talla sería el doble de un hombre de los llamados buenos mozos. Mediría cerca de unos cuatro metros de altura y su cabeza presentaba una forma cónica, terminando en punta como el cabo más agudo de un huevo. No se le veía cabello y era enorme. Parecía ir vestido de un paño verdoso que le llegaba del cuello a los tobillos y, cosa extraordinaria, le cubría los brazos hasta las muñecas. Me horrorizó el ver que llevaba una piel que le cubría las manos. Pensé qué significación religiosa podía tener eso, o bien que me consideraban impuro y tenían algo que ocultarme. »Mis miradas se alejaron de este gigante; había dos más que, por su silueta, juzgué que debían de ser mujeres. Una de ellas tenía el cabello negro y ensortijado, mientras la otra lo tenía blanco y lacio. Pero debido a mi falta de experiencia en lo referente al sexo femenino, dejemos esos detalles aparte, que no interesan. »Las dos mujeres miraban hacia mi persona y, entonces, una de ellas señaló con la mano en una dirección que yo no había observado. Allí vi a un ser extraordinario, un enano, un gno- 31
  • 25. mo, una figura diminuta, cuyo cuerpo era comparable al de un niño de unos cinco años, según pensé. Pero, lo que es su cabeza, era descomunal; un cráneo como una inmensa bóveda, sin nada de pelo, ni rastros en todo cuanto se veía sobre el personaje. Las mejillas eran pequeñas, muy pequeñas, y los labios no eran tales como los tenemos nosotros, sino que parecían más bien un orificio triangular. La nariz era chica, no tanto una protuberancia como un pellizco. Era, claramente, la persona más importante de todas, ya que los demás le contemplaban con reverente actitud, dirigiéndose a su persona. »Pero entonces, aquella mujer movió su mano de nuevo, y la voz de una persona a quien yo no había antes prestado aten- ción, me habló en mi propia lengua diciendo: "Mira delante de tus ojos; ¿ves algo?" Con esas palabras mi interlocutor se presentó ante mi campo visual. Parecía ser el más normal, a mis ojos. Semejaba — quiero decir vestido como se presen- taba — tal vez un marchante indio, de manera que puedes imaginarte lo que era normal. Avanzó hacia mí y señaló hacia una sustancia brillante. Miré en su dirección (así lo supongo; pero mi mirada, estaba fuera de mi cuerpo). Yo no tenía ojos ¿dónde, en realidad, puso el objeto que él veía por mi cuenta? Y, cuando yo miré, sobre la pequeña plataforma que estaba unida al extraño banco de metal donde me hallaba yo recostado, vi la forma de una caja. Estaba yo reflexionando cómo podía yo ver aquel objeto, si era aquel gracias al cual yo estaba viendo, cuando se me ocurrió que el objeto de enfrente, aquella cosa brillante, era una especie de reflector; entonces, el ser más normal movió el reflector ligeramente, alteró su ángulo de incidencia y entonces grité con horror y consternación, al verme a mí mismo, yaciendo sobre la plataforma. Me había visto antes de que me arrancasen los ojos. De vez en cuando había llegado al borde del agua para beber y había contemplado mi imagen reflejada en la tranquila corriente; así es que podía reconocerme a mí mismo. Pero ahora, en esta superficie sobre la cual se reflejaba, vi un rostro enjuto que parecía estar al borde de la muerte. Llevaba una venda alre- 32
  • 26. dedor de un brazo y otra alrededor de un tobillo. Extraños tubos salían de esas vendas hacia no sabía dónde. Pero un tubo salía de uno de los agujeros de mi nariz y estaba co- nectado con una botella transparente, ligada a una varilla de metal, que se encontraba a mi lado. »Pero, ¡la cabeza!, ¡la cabeza! Sólo con recordarlo vuelve mi agitación. De mi cabeza, exactamente de mi frente, surgían una gran cantidad de piezas metálicas que parecían emerger del interior. Las cuerdas metálicas iban a parar, casi todas, a la caja que yo había visto ya sobre la pequeña plataforma que estaba a mi lado. Pensé que se trataba de una extensión de mi nervio óptico que conducía a la cámara oscura; pero su mirada me causaba un horror creciente y quise arrancar, todos aquellos objetos, de mi persona; pero me di cuenta de que no podía mover ni un solo dedo. Sólo me era posible estar allí acostado contemplando las cosas extrañas que me ocurrían. »El hombre de apariencia normal alargó su mano hacia la cámara oscura y si me hubiese sido permitido moverme habría reaccionado vivamente. Pensé que introducía los dedos en mis ojos — ¡la ilusión era tan completa! —. Pero, en vez de ello, movió de sitio ligeramente la caja y entonces tuve otras perspectivas. Podía ver del lado de atrás de la plataforma donde me hallaba tendido. Pude ver otras personas. Su aspecto era del todo normal: uno era blanco, el otro amarillo, como un mongol. Estaban mirándome sin pestañear, sin darse cuenta de mi persona. Parecían más bien fastidiados por todo aquello, y me acuerdo haber pensado que de haber estado en mi lugar no se habrían sentido fatigados. La voz volvió a escucharse, diciendo: "Bien; por una breve tiempo, ésta es tu vista. Esos tubos te alimentan de imágenes; otros tubos hay que te aligeran y atienden a otras funciones. Por ahora, no puedes moverte, porque tememos mucho que, si pudieses, en tu nerviosismo, te harías daño a tu persona. Es para tu propia protección, que te hallas inmovilizado. Pero no tengas miedo, nada de malo tiene que pasarte. Cuando hayamos acabado nuestra tarea, podrás volver a otra parte del Tíbet con tu salud restablecida, y te sentirás normal ex- 33
  • 27. cepto por lo que se refiere a tu vista; porque seguirás pri- vado de tus oj os. Ten por en tendid o que no podrás ma rch arte llevando esta cámara oscura". Entonces, sonrió ligeramente en mi dirección y se retiró hacia atrás, fuera del campo de mi visión. »La gente se movía por allí, examinando varios objetos. Se v eían un a cantidad d e objetos redondos parecidos a pequ eñas v en tan as, cubiertas con cristales finísimos. Pero detrás de lo s cristales parecía no haber nada importante, excepto una pe- qu eña aguja que se mov ía y señalaba ciertas extrañas marcas. Todo ello, para mí, no tenía sentido alguno. Recorrí el con- junto con la mirada; pero estaba todo fuera de mi compren- sión y dejé de prestar mi atención a todo aquello, que se encontraba más bien lejos de mi alcance. »Pasó un tiempo, y yo me encontraba acostado, ni descansado n i cansado, pero como en éxtasis, más bien sin sentimiento alguno. Ciertamente, no su fría n i sentía inqu ietud algun a. Me parecía experimentar un cambio sutil en la composición quí- mica de mi cuerpo, y entonces en el borde visual de la cá- mara oscura vi que un individuo iba dando la vuelta a unos g ri fo s q u e s al í an d e u n a s e r i e d e t u b o s d e v i d ri o f i jo s e n u n a armazón de metal. A medida que el individuo en cuestión d ab a vu eltas a esas llaves, detrás de las ventanillas d e cristal se marcab an d ife ren tes pu ntos . E l p e r s o n a j e m á s p eq u e ñ o , e l mismo que yo había tomado por un enano, pero que, por lo visto, era uno de los jefes, dijo algunas palabras. Entonces, dentro de mi campo visual entró un personaje que me habló en mi propia lengua, y me dijo que en aquel momento iba a ponerme dentro de un estado de sueño, a fin de que yo me restaurase, y entonces, una vez yo me hubiese alimentado y conciliado el sueño, se me explicaría lo que debía serme ex- plicado. »Apenas acabó su discurso, recobré mi conciencia, como se me había interrumpido. Más tarde, comprendí que las co- sas, en efecto, marchaban así; tenían un instrumental ins- tan t áneo e in o fen s ivo , qu e m e su mí a en l a incon s cien ci a sólo mediante la presión de un dedo. 34
  • 28. » C uánto dormí, n o tengo la menor id ea, ni medios para saberlo; pudo ser tan to un a hora, co mo un día entero. Mi despertar fue tan instantáneo como había sido el dormirme anterio rmente; por un instan te, estuve inconsciente, mas, al momen to, me sentía d espierto d el todo . Muy a pesar mío , mi nuevo sen tido d e la v ista no funcion aba. Era ciego co mo antes. Raros sonidos me asaltaban — el "cling" del metal contra el metal, el vibrar del vidrio —. Lu ego, unos pasos rápidos alejándo se. Me llegó a lo s oídos el ruido de un deslizarse metálico y todo perman eció en la quietud por unos mo mentos. Yo estaba allí, acostado, maravillándome d e lo s extraño s acontecimientos que habían traído un trastorno semejante en mi vid a. Dentro d el mismo instante en que el temo r y la ansiedad b rotaban intensamen te en mí, llegó algo que retuvo mi atención . » Unos p asos co mo de pies calzados con chinelas, b reves y d es- tacados, me llegaron a los oídos. Eran dos personas, acom- p añ adas p or un ru ido lejano de vo ces. El ruido fue creciendo y se d irigió a mi habitación . De nu evo, aquel deslizarse de un cu erpo metálico , y los dos seres femeninos — porqu e así d etermin é que eran — se acercaron h ab lando en sus agudos chillidos nerv iosos. Hablaban las do s a la vez, o así me lo p arecía. Se d etuv ieron , cada un a a uno de mis ambos lado s y , ho rro r de horrores , me desnud aron d e mi capa — única cob ertura de mi cu erpo —. Nada pude hacer po r remediarlo . No tenía fuerzas ni pod ía moverme. Me encon traba en poder de aqu ellas mujeres d esconocidas. Yo, u n monje, qu e nada sabía d e las mujeres — que no tengo inconvenien te alguno en confesarlo —; sentía horror a las mujeres.» El viejo ermitaño se calló . El joven mon je lo con templaba, p ensand o con horror en la terrible afrenta que representaba aqu el su ceso. En la fren te del ermitaño, un tenue hilo d e sudo r hu med ecía la piel broncead a, como si reviviese aquello s instantes horrib les. Con manos temblorosas ag arró su cu en co, lleno de agua. Bebió unos pocos sorbos y lo d epositó con todo cuidad o detrás de su persona. « Mas alg o peo r sucedió luego — p rosigu ió con voz v acilan - 35
  • 29. te —. Aquellas mu jeres jóvenes acostaron sobre uno de mis flan cos mi cuerpo y, po r fuerza, in trodu jeron un tubo d en tro de un a parte inmencionable de mi cuerpo. Me entró aquel líquido y cuidé reventar. La mod estia me exime de explicar cuánto ocurrió por obra de aquellas mujeres. Pero aquello era sólo un comienzo: me lavaron mi cuerpo desnudo de arriba abajo y mostraron la más vergon zosa familiarid ad con las p artes p rivadas de mis órganos mascu linos . Me rubo ricé d e pies a cabeza y todo yo me sen tí cub ierto d e la mayor confusión. Agudas v arillas de metal fueron introducidas en mi cuerpo y el tubo, que se hallaba en los agujero s de mi nariz, fue quitado y o tro me fue colo cado forzadamente. Entonces, se me co locó u na sábana que me cub ría de los pies a la cabeza. Pero aún no h ab ían terminado; en tonces padecí un dolo roso afeitado de mi crán eo y varias cosas inexplicables sucedieron hasta que se me aplicó un a sustancia muy pegajosa e irritante sob re la parte afeitad a. Durante todo el tiempo, las dos jóv en es estuvieron ch arlando y bromeando co mo si los diablos les hubiesen sorbido los seso s. » Después de un larg o rato, se escuchó de nu evo el deslizarse de la pu erta metálica y unos paso s más p esado s se acercaron, mientras la charla de aquellas mujeres se interrumpía. La Voz qu e h ablaba en mi lengua, me dijo amablemente: "¿Cóm o se en cuentra?" » "¡Terriblemente mal!", repliqu é vivamen te. "Vuestras mujeres me d ejaron en cuero s y abusaron de mi cuerpo en forma increíble." Mí resp uesta, pareció d ivertirles eno rmemente. Dicho con todo mi candor, se perecieron de ris a viendo qu e no h ice nada para d isimular mis reaccio nes. » "Nos era indisp ensab le lavarte — dijo —, debes tener tu cuerpo limpio de escorias y tenernos también que hacer lo pro- pio con los aparatos qu e te ap licamos. P or eso , vario s tubo s y con exiones eléctricas tienen qu e ser reemplazados po r otros esterilizados. La incisión en tu cráneo tiene qu e ser inspeccio- n ad a y pu esta en cond iciones de nu evo. Só lo tien en que que- d arte unas pocas cicatrices ligeras cuando te march es de aquí." El v iejo eremita bajó su cabeza hacia el joven mo nje. «Mira 36
  • 30. — le dijo — aquí, sobre mi cabeza, hay cinco señales.» El joven monje se puso de pie y contempló con profundo inte- rés el cráneo del ermitaño. Las señales estaban allí; cada una tendría dos dedos de anchura y mostraba una depresión de co lo r blan qu ecin o. ¡ Qu é t e me ro s o — p e n só e l jo v e n mo n j e — s e r ía u n a e x p e ri m e n t o se me j a n t e , a d m i n i s t r a d o p o r mu j e r e s ! Involuntariamente se sentó, como si temiese al ataque de un enemigo desconocido. El eremita continuó: «No me sentí calmado por las palabras del reci én ven i do, sino que p regun té : "¿P e ro fui manipu lado por mujeres? ¿No hay hombres, si un tratamiento de esta naturaleza era imperativo?". »El que me tenía cautivo — ya que así lo consideraba — se rió de nuevo y replicó: "Querido amigo, no seas tontamente p ú d i c o . T u c u e r p o d e s n u d o — t a l c o mo s e h a l l a — n o s i g - nifica nada para ellas. Aquí vamos todos desnudos la mayor parte d el tie mp o, en nuest ras horas de gua rd ia . Nuestro cu er- p o es el T e mp l o d el Su p e r -y o y es en abso l u to p uro. Los qu e sienten escrúpulos es que tienen pensamientos que les in- q uiet an . Po r lo qu e se refiere a l as muj er es q ue cu id an d e ti, son enfermeras y están instruidas en este trabajo. » "Pero, no p uedo moverme, ¿po r qué? — p regun té —. Y ¿po r q u é r a z ó n n o s e m e p e r m i t e v e r ? ¡ E s t o e s u n a t o r t u r a ! " »"No te puedes mover" — me dijo —, porqu e pu ed es tirar de l o s e l e c t r o d o s y c a u s a r t e d a ñ o . O p u e d e s c a u s a r l o a l e q u i p o qu e est á a tu al r ed e d or. No p e rmit imo s q u e te aco stu mbr es a ver, porque cuando te marches serás ciego, y cuanto más hagas servir el sentido de la vista, olvidarás más el sentido del tacto, que los ciegos desarrollan. Sería para ti un tormento si te permitimos la vista hasta que te marches, porque entonces te sentirías desamparado. Tú estás aquí no por placer, sino p ara v e r y escu cha r y s e r el d e p ositario d e u n co no ci mi ento , ya que otro tiene que venir y adquirir de ti esta sabiduría. Normal m ent e, est e sab er t ien e qu e se r es crit o ; p ero t e me mo s desencadenar otra furia de «Libros Sagrados», o semejantes fór m ulas. So b r e el sab e r q u e t ú aho ra ab so rb er ás y más t ard e transmitirás, se escribirá acerca de él. Mientras tanto, no oh 37
  • 31. vides que estás aquí, no para tus propósitos, sino para los nuestros."» En la cueva, reinaba el silencio; el viejo eremita hizo una pausa, antes de continuar. «Déjame descansar por ahora. Ne- cesito reposarme un rato. Tú puedes traer agua y limpiar la cueva. Hay que moler la cebada.» «¿Tengo que limpiar el interior de vuestra cueva, Venerable padre?» preguntó el joven monje. «No; lo haré yo mismo, cuando haya descansado; pero tráeme arena para mí, y déjala en este sitio.» Diciendo esto, buscó sin prisas en un pequeño rincón de las paredes de piedra. «Después de haber comido tsampa y sólo tsampa por más de ochenta años — dijo con cierta animación —, siento ganas de probar otros manjares, precisamente ahora que estoy a punto de no necesitar nada.» Movió su anciana cabeza blanca y añadió: «Probablemente, el choque de un alimento diferente me matará.» Después de esto, el anciano entró en su habitación privada, que el joven monje desconocía. El joven monje trajo una gruesa rama, desgajada en la entrada de la cueva, y empezó a rascar el suelo. A fuerza de ir rascando, barrió todo lo que había en el suelo y lo distribuyó de manera que no obstruyese la entrada. Cargado con el ma- terial que trajo del lago en el regazo de su capa, extendió la arena por el suelo y la fue apisonando. Con seis idas y venidas suplementarias trajo la arena suficiente para el anciano anacoreta. En el extremo interior de la cueva se veía una roca cuya parte superior era lisa, con una depresión formada por el agua, muchos años atrás. Dentro de esta depresión puso dos puñados de cebada. La piedra, pesada y redonda, que se hallaba cerca era sin duda el instrumento adecuado al propósito. Levantándola con algún esfuerzo, el joven monje se sorprendió pensando que un anciano como era el ermitaño, ciego y debilitado por los ayunos, pudiese manejarla. Pero la cebada — completamente tostada -- debía ser molida. Pegando con la piedra con un ruido resonante, le imprimió una semi-rotación y volvió a elevarla para un nuevo golpe. Monótona- 38
  • 32. mente, continuó machacando la cebada, imprimiendo media vuelta a la piedra, para moler los granos más finos, recogiendo la harina que se iba formando y reponiendo el grano molido. ¡Turn! ¡Tum! ¡Tum! Por fin, con los brazos y la espalda do- loridos, quedó satisfecho con el montón de lo molido. Luego, después de haber frotado la roca y la piedra con arena, para limpiar cualquier residuo de grano que hubiese resultado ad- herido, puso cuidadosamente la harina en la vieja caja que estaba allí a este propósito y se encaminó, cansado, a la entrada de la cueva. La tarde, ya avanzada, aún resplandecía y se calentaba al sol. El joven monje se recostó sobre una piedra y revolvió pere- zosamente su tsampa con la punta de un dedo para mezclarla. En una rama, un pajarilla, encaramado en ella, con la cabeza inclinada, observaba esas operaciones con elocuente confianza. Por el lado de las aguas, un pez de buen tamaño saltó, con el intento coronado por el éxito de zamparse un insecto que volaba muy bajo. Muy cerca, un roedor se aplicaba a sus tareas, en la base de un árbol, plenamente olvidado de la presencia del joven monje. Una nube oscureció el calor de los rayos de sol, y al joven le entró un temblor súbito. Poniéndose de pie de un salto, lavó su cuenco y lo frotó con arena. El pájaro se escapó volando con un chillido de alarma y el roedor se escapó alrededor del tronco del árbol y se puso en guardia con los ojos bien abiertos y brillantes. Metiendo el cuenco en el seno de su túnica, el joven monje se apresuró a volver hacia la cueva. En la cueva se hallaba sentado el viejo eremita; mas no ergui- do, sino apoyado contra una pared. «Me gustaría sentir el calor del fuego sobre mi persona — dijo —, porque no he podido encenderlo para mí en todos los sesenta o más años pasados. ¿Querrías encender una hoguera para mí, y así los dos podríamos sentarnos a la boca de la cueva?» «Con mucho gusto», respondió el joven monje. «¿Tenéis pe- dernal o yesca?» «No, no poseo más que mi cuenco, mi caja de cebada y mi par de vestiduras. No tengo ni tan siquiera una sábana.» Así 39
  • 33. es que el joven monje puso su propia sábana harapienta al- rededor de los hombros del anciano y salió fuera de aquella caverna. No muy lejos, la caída de una roca había sembrado el suelo d e p e q u e ñ o s p ed a z o s d e l a m i s ma . A l l í , e l j o v e n m o n je p u d o hallar dos pedazos de pedernal que se adaptaban muy bien a las pa lmas de sus mano s. A mod o de expe rimento , golp eó un guijarro contra el otro con un movimiento de frote; con eso obtuvo una pequeña corriente de chispitas al primer intento. Puso las dos piedras en el seno de su vestidura y luego se dirigió a un árbol muerto, cuyo tronco sin duda había sido alc anz ado po r un rayo d esd e h ací a l a rgo ti empo . En el hu eco de su interior, buscó y halló un puñado de pedazos secos de mad e ra , d e co l o r d e h u eso , p o d r i d o s y p o l v o r i e n t o s . C o n c u i - dado los fue poniendo entre sus vestiduras; después recogió ramas secas y quebradizas que se hallaban dispersas alrededor del árbol. Cargado hasta el límite de sus fuerzas se dirigió a la cueva y satisfecho descargó todos esos objetos en la parte exterior de la entrada, en un sitio bien abrigado del viento dominante, de forma que después la cueva no pudiese verse invadida por el humo. En el sue lo a re no so, con la ra m a q ue le serv ía de es co ba , t ra- zó u n a l i g e r a d ep r e s i ó n y c o n e l p a r d e ped e rn a les a su l ad o , construyó un montoncito de troncos reducidos a pedazos y los cubrió con madera podrida que, a fuerza de enrollarla con sus dedos, quedó convertida en u n polvo como de h arin a. Entonces, con expresión aplicada, cogió los pedazos de pe- dern al , u no en cad a mano , y los hi zo ch oc ar el u no co n t ra el otro, procurando que la escasa corriente de chispas, pudiese caer sobre aquel polvillo d e madera. Repitió much as veces la operación, hasta que consiguió que apareciese una partícula de llama. Inclinándose entonces, hasta tocar con el pecho al suelo, con todo cuidado, fue soplando aquella preciosa cen- tella. Po co a poco, cada vez se fu e h aciendo más brillante. La pequ eñ a chi sp i ta c r eció más y más, h as ta q ue el jov en mo nje pud o apart ar u n a mano y co l o car a lg un os b ro t es se cos al rede - dor, junto con algo que hacía de puente de la pequeña man- 40
  • 34. cha de fuego. Fue soplando continuamente, y, finalmente, tuvo la satisfacción de ver una verdadera llama de fuego exten- diéndose a lo largo de las ramas. Ninguna madre cuida tanto a su recién nacido como aquel joven se dedicaba con toda su atención a la llama naciente. Ella, gradualmente, crecía cada vez más brillante. Luego, final- men te , t riun fan do, añ adió t r o nco s cad a v e z má s g ru e so s a l a hoguera, que empezaba ya a brillar francamente. El joven monje, entonces, entró en la cueva y fue hasta donde se ha- llaba el viejo ermitaño. «Venerable padre — dijo el joven monje —, el fuego ya está a punto; ¿puedo acompañaros?» Luego, puso un palo robusto en la mano del anacoreta, y, ayudándole con toda lentitud a ponerse en pie, le acompañó delicada- mente hasta la vera del fuego, del lado por donde no pasaba el humo. «Me voy a buscar más leña para la noche», dijo el joven monje. «Pero antes voy a poner los pedernales y la yesca dentro de la cueva, para que se conserven secos.» Di- ciend o e sas pa lab ras , rea just ó la sáb an a sob re l a esp a lda del anciano; le puso agua a su lado y depositó el pedernal y la yesca al lado de la caja de la cebada. Dejando la cueva, el joven monje cuidó de añadir más leña al fuego y se aseguró de que el anciano no corría ningún pe- ligro de ser alcanzado por las llamas; después, se marchó y se dirigió hacia donde se hallaba el campamento donde estu- v ieron h ací a p oco aqu el lo s mer cad e res . Po dían h ab e r dej ad o alg o d e l eñ a , p en só . P ero , n o habían dejado leña a lguna . Me- jor aún, se habían olvidado de un recipiente de metal. Evi- d entemen t e, s e les hab í a ca íd o sin q ue ellos se d ies en cuen ta al c a rga r los y ak s, o tal v e z al ma r cha rs e. Po día ser t a mb ién que otro yak hubiese dado con una pata al utensilio, y éste hubiese ido a rodar detrás de una piedra. Ahora, para el joven monje, esto era un tesoro. Un grueso clavo se hallaba al lado del recipiente, por algún motivo que se escapaba al monje; pero que iba a prestar algún servicio, estaba seguro. Buscando con toda la diligencia por aquellos parajes alrededor del bosquecillo de árboles, no tardó en reunir una pila de madera muy satisfactoria. Yendo y viniendo de la cueva, al- 41
  • 35. ma c e n ó e n e l l a t o d a a q u e l l a l e ñ a d e n t r o d e l a c a v e r n a . N a d a dijo al viejo ermitaño de aquellos hallazgos. Quería darle una ag radab le sorpres a y tener el placer de contemp lar la satisfac- ció n de l an ci a no al p od e r b e ber té cal ien te. Ya t en í an t é, po r- que el mercader les trajo alguno; pero carecían de medios para calentar el agua, hasta entonces. La última carga de leña, había sido ya depositada y, sin hacer nada, se hubiera perdido aquella jornada. El joven monje vagaba de un lado a otro, buscando procurarse una rama de dimensiones convenientes. En un soto a orillas del lago, vio de pronto un montón de harapos. Quién los había llevado hasta allí, lo ignoraba. Mas, la extrañeza dio paso al deseo. Avanzó para levantar del suelo aquellos harapos y, de pronto, pegó un brinco , al escu cha r q u e un llanto s a lía de aque l mon- tón de trapos. Inclinándose, se dio cuenta de que aquellos «harapos» eran un cuerpo humano; un hombre flaco lo in- creíble. Alrededor de su cuello, llevaba una tanga (*). Una tabla de madera, cuya long itud sería en total d e cerca de más de metro y medio. Dicha tabla, abierta por enmedio a lo largo, tenía como una charnela y, por el otro, un candado cerrado. El c e n t r o d e l m a d e r o e s t a b a f o r m a d o d e m a n e r a q u e s e a j u s taba al red ed or d el cue llo d e l a víct i ma . Aqu el ho mb re e ra un esqueleto viviente. El joven monje, arrodillándose, dejó en el suelo las ramas del bosquecillo que llevaba encima; luego, poniéndose en pie, co rrió al agua y llen ó su cuen co. Con toda prisa, volvió hasta aquel hombre caído e introdujo el agua por su boca ligeramente en t r e a b i e r t a . A q u e l h o mb r e s e estremec ió y ab rió lo s ojos. «Quise beber — musitó —, y me caí al agua. Gracias a esa tabla floté, casi a punto de hundirme. Estuve días en el agua y , a h o ra mi s m o , h e p o d i d o r e mo n ta r la o r illa» . Y se calló , ex - hausto. El joven monje le trajo más agua, y luego agua mez- clada con harina. «¿Puedes quitarme esto de encima?», pre- gun tó el ho mb re . « Peg an do c on d os p ied ras est a c e rradu ra, l a podrás abrir.» (*) Instrumento chino de suplicio. (N. del T.) 42
  • 36. E l m o n j e s e p u s o e n p i e y fu e a l a o r i l l a d e l l a g o , b u s c a n d o las piedras idóneas. Cuando estuvo de vuelta puso la mayor de las dos piedras bajo uno de los extremos de la tabla, y pegó fuerte con la otra pied ra. «Intenta por el otro lado — dij o aquel hombre —, y pega sobre el pitón que atraviesa de parte a parte. Húndelo con todas tus fuerzas.» Con todo cuidado, el monje puso en su debida posición el madero y pegó con toda su alma. Apretando luego, después un fuerte crujido, la cerradura cayó po r su lado. Enton ces pudo ab rir el i n s t r u m e n t o d e t o r t u r a y d e j a r l i b r e e l c u e l l o d e a q u e l h o m bre que, en su esfuerzo, se había ensangrentado. « Ir á a pa r ar a l fueg o — d ijo e l jov en monj e —, s er ía un a lá s- tima que se perdiese.»
  • 37. Capítulo tercero Duran t e u n l argo rato, el jo v en mon je est u vo sent ad o e n el su elo , acun and o la cab eza del en fe rmo e i ntent an do al i m en- t a rlo c o n p eq u e ñ a s c an t i d ad e s d e t s a mp a. F i n a l m e n te , s e d e - tu v o y d i j o en t r e sí : « T e n d ré q u e ll ev aron a la cu ev a d el er- mitaño» . Di cie ndo esto , l eva ntó el cu erpo d e aqu el ho mb re y p ro cu ró co locá rselo s ob re un h omb ro , con la cara h a ci a ab ajo y p legado co mo u na s áb an a arrollad a. Co n p a so v a cil an t e p o r la ca rga , d i rig ió sus p asos h as t a el b o sq u e cil lo , y d e all í a la cu ev a. Po r fin , d espu é s d e l o qu e p a recí a un vi aj e in te rmi - n able, lleg ó a la v era del fue g o . A ll í d e p o s itó d e l i c a d a m e n te aq uel h o mb re s ob re el su elo . « Ven erab l e — dijo al e r mi ta ño -- , en con tré a este h o mb re en u n soto cerca del lago . Ll evab a u n a c an g a a lr e d ed o r d el cu el lo y e s t á mu y g r a v e . L e q u i t é l a can g a y lo be t ra íd o a q u í . » Con u na ra ma , el jov en mo nj e reav ivó el fu ego de man e ra qu e se el evó u n e nja mb re d e ch ispas y el a ire se l lenó d e un ag radab le o lo r a mad e ra q u emad a. Det en i én dose sólo p ara a p a re j a r m á s l e ñ a , s e v o lv i ó de esp a lda s al viejo eremi ta. «¿Un a canga ?» , dijo és te. «Si gni fi c a q ue s e tr at a de un p resi- d ia rio ; p ero , ¿ q u é h ac e u n p r esidi a rio aqu í? No impo rta lo que h a y a h e c h o ; s i e s tá e n f e r mo , debemos hace r cu anto podamos p or él . T al v e z pu ede hab la r. . . » « Sí , V ene rab le », mu r mu ró a qu el h o mb re c o n u n a v o z d é bil. « He ido d e ma s iad o a ll á p a ra p oder s e r auxiliado fís ica me nte. Neces ito u n a uxilio espi ri tu al , p a ra mo rir en paz. ¿Pu edo hablaros ?» « Co n tod a ce rt ez a» , rep l icó e l v iejo e r m itañ o . « H ab la , q u e t e escu ch amo s.» E l en f e r mo h u m e d e c i ó s u s l a b i o s c o n a g u a q u e l e p ro p o rc io n ó el jo v en mon j e , ac la ró s u g a r g anta , y d i jo : « Fu i u n a fo rtu n ad o p lat e ro d e la ciu d ad d e Lh a sa. L o s n e g o c i o s m e m a r c h a b a n muy b i en; sie mp re, d e los c onv entos , me lleg ab an en carg os. Enton ces , ¡oh , bendic ión d e la s b e n d i c io n e s ! , ll e g a ro n me r c a - 44
  • 38. deres de la India, cargados de mercancías baratas, por el estilo d e lo s b a za r es d el p a ís d e aq u éllo s . Ll a mab an a tod o aq u e llo "producción en masas". Cosa inferior, calidad falsificada. Géne- ros que yo no quería tocar de ningún modo. Mis negocios fueron cayendo. Mi mujer no pudo sufrir la adversidad y se marchó al lecho de otro hombre. Un comerciante adinerado q ue la h ab í a p re ten d ido ant es d e q ue ell a se cas ase co n mig o. Se t ra tab a de u n comerci an t e al cu al n o le af ect aba l a co mp e- tencia de aquellos indios. No tenía yo nadie que me ayudase y se p reocupase po r mí; ni tampo co n adie po r quien yo pudiese preocuparme.» Se detuvo, el hombre, anonadado por aquellos sus amargos recuerdos. El v iejo ermit año y el jov en mon j e pe rman ecí an en sil en c io, esperando que se re cobr ase. Po r fin, aque l ho mb r e c o n t i n u ó : «La competencia fue creciendo; llegó un hombre, éste de la China, trayendo género aún más barato, a lomos de unos yaks. Mi negocio tuvo que cerrarse. No me quedaba nada, excepto mis pobres enseres, que nadie quería. Finalmente, llegó un co me rc ian te in dio , qu e m e o f re ció un p re ci o insu l tan te m e n te bajo por mi casa y todo cuanto había en ella. Yo me negué y entonces él en tono de burla me dijo que pronto tendría todo lo mío de balde. Yo entonces, hambriento y miserable como me sentía, perdí el dominio de mí mismo y le eché de mi casa. Dio de cabeza y se rompió una sien contra una pie- dra que por casualidad allí se encontraba». Volvió a callarse aquel hombre, y los demás, a permanecer en silencio hasta que no reanudase su historia. «La gente se arremolinó a mi alrededor», siguió diciendo. «Unos me res- pondían, otros se ponían en mi favor. No tardé a ser lle- v a d o a p r e s e n c i a d e l m a g i s t r a d o y s e o y ó la e x p l i c a c i ó n d e l caso. Unos hablaban en mi favor; otros, en contra. El magis- trado deliberó brevemente y, por fin, me sentenció a llevar la canga por un año. Trajeron el aparato y lo pusieron alre- dedor de mi cuello. Con él, no podía alimentarme, ni beber, antes bien dependía exclusivamente de la buena voluntad de los demás. No podía trabajar, sólo podía dedicarme a ir pi- 45
  • 39. diendo limosna. No me podía tender; me veía obligado a permanecer de pie o sentado.» El hombre empalideció y pareció que iba a sufrir un desvane- cimiento. El joven monje, exclamó: «Venerable: encontré un caldero en el campamento de los mercaderes del otro día. Lo voy a traer y podremos hacer té». Poniéndose en pie, corrió hasta donde había hallado el caldero, y cerca de éste encontró un gancho que evidentemente le correspondía. Después de haberlo llenado de agua, habiéndolo antes limpiado con arena, se dirigió de nuevo a la cueva, llevando el caldero, el gancho, el clavo y la canga. Pronto estuvo de regreso en la cueva y, con toda alegría, metió la canga al fuego. Chispas y humo surgieron y en el centro de aquel instrumento de tortura una robusta llama surgió de pronto. El joven monje fue corriendo hacia el interior de la cueva y trajo los paquetes que le había dado recientemente aquel marchante. Un ladrillo de té. Una grande y sólida torta de manteca de yak, polvorienta, un punto enranciada; pero to- davía identificable como mantequilla. Cosa curiosa, un sa- quito de azúcar moreno En el exterior de la cueva, él deslizó cuidadosamente un palo bien liso a través del asa y colocó la tetera en el centro del brillante fuego. Entonces quitó suave- mente el palo y lo puso a un lado cuidadosamente. Luego hizo a trozos el ladrillo de té, echando los más pequeños a la tetera, cuya agua empezaba a estar bien caliente. Cortó luego una cuarta parte de la mantequilla, ayudándose con una piedra de bordes afilados. Luego introdujo esa mantequilla en la tetera que empezaba a hervir y pronto se formó en su superficie una capa grasosa. Después añadió un pequeño pu- ñado de bórax para dar buen gusto al té y, por fin, un gran puñado de azúcar moreno. Con una pequeña ramita acabada de pelar, el joven monje agitó el conjunto vigorosamente. Ahora, la superficie de la bebida estaba oscurecida por el va- por. Con el palo, cogiendo el asa, levantó el caldero del fuego. El viejo ermitaño había ido siguiendo todo el curso de la ebullición del té con el mayor interés. Por medio de los ruidos, había seguido cada una de las fases de la operación. 46
  • 40. Ahora, sin que se le advirtiese, levantaba su propio cuenco. El joven monje lo tomó y, apartando la espuma de impu- re zas , ra mit as y broza, l lenó el cu en co h ast a la mi tad y s e lo devolvió con todo cuidado. El presidiario murmuró que poseía un cuenco entre sus harapos. Presentándolo, se le llenó del todo, ya que go zando d e su vista no se le perdería ni una sola gota. El joven monje llenó su propia taza y se sentó descan- sadamente a beberla, con aquel suspiro de satisfacción que sale de uno cuando ha trabajado intensamente para lograr algo. Por un tiempo reinó un silencio total, mientras cada cu al d e los presentes seguía el cu rso d e su s pens amientos . De tanto e n tan to , el jov en mon je se lev antaba a llen ar de nuevo las tazas de sus compañeros y su propia taza. Se oscureció el atardecer. Un viento frío hizo que las hojas d e los árboles susurrasen a manera de cantos de protes ta. Las ag uas d el lado se ag it aron y ll en aron d e a r ru g as y crep i tab an y susurraban entre los guijarros de la orilla. El joven monje acompañó solícitamente al viejo ermitaño hasta el interior, ahora oscuro, de la cueva; luego, volvió adonde se encontraba el enfermo. El joven monje lo trasladó al interior de la caverna y labró una depresión para su cadera, al paso que le sirviese de cabecera. «He de hablarle — dijo el hombre — porque me queda muy poco tiempo de vida.» El monje salió unos momentos para proteger el fuego con un montón de ar ena y p re serv arlo ado r meci d o po r l a no ch e. Po r la mañ a n a, las cenizas todavía se conservarían rojas y sería fácil reavivar una llama vigorosa. Estando allí los tres hombres — uno acercándose a la edad viril, otro de media edad y el tercero, anciano — sentados o a c o s t a d o s e l u n o c e r c a d e l o t r o , e l p r i s i o n e r o v o l v i ó a ha c e r u so de la palabra. «Mis horas se están acabando», d ijo. «Siento qu e mis antepas ados están a punto de acog erme y darme la bienvenida. Durante un año entero, he sufrido y me he con- s u m i d o . H e e st a d o v a g a n d o e nt r e Lh as a y P hari, y end o y vol- viendo en busca de comida y auxilio. Afanándome. He en- contrado grandes lamas que me han rechazado y otros que han sido buenos conmigo. He visto personas humildes que me 47
  • 41. ciab an d e co mer, y el los se q uedab an en ayu nas. Po r u n añ o, h e c o r r i d o d e u n l a d o a o t r o , c o mo e l ú l t i m o d e l o s v a g a b u n - dos. Me he peleado con los perros para quitarles sus men- drugos y luego he visto que no podía comérmelos.» Se detuvo entonces para tomar un trago de té frío, que tenía al lado, ahora con la mantequilla congelada. «¿Cómo pudiste llegar hasta nosotros?», preguntó el viejo eremita con su voz cascada. « Me ab alancé sobre el agua, al ot ro lado del lago , para beber y por culpa de la canga, con su balance, me caí en el agua. Un fuerte viento me llevó a través de las aguas, de manera que vi un día y una noche, más otro día y otra noche, y el día siguiente. Algunos pájaros se posaban sobre mi canga e intentaban picar mis ojos; pero yo gritaba y ellos se asustaban y huían. Sin parar, fui desplazándome hasta que perdí con- ciencia y no me enteré de cómo iba desplazándome. Por últi- mo, mis pies tocaron el suelo del lago y me pude sustentar. Sobre mi cabeza daba vueltas un buitre, de manera que me esforcé y me fui arrastrando hasta que llegué al soto donde e s t e j o v e n p a d r e me e n c o n t r ó . M e s i e n t o s o b r e f a t i g a d o , m i s fuerzas me abandonan y pronto debo ir a los Campos Ce- lestiales.» « Rep osa du ran te la n och e», d ijo el an ci ano ere mi ta . «Los Es - píritus de la Noche están velando. Tenemos que hacer nues- tros v iaj es p o r el as tral ant es de q ue se n os hag a t ard e.» Con la ayuda de su bastón, se puso en pie y se fue, renqueando, hacia el interior de la cueva. El joven monje dio un poco de tsampa al enfermo y luego se acostó p ensando en lo s sucesos de aquel día hasta que estuvo dormido. La luna ascendió hasta su mayor altura y, majestuosamente, siguió su curso por la otra parte del cielo. Los ruidos nocturnos cambiaban según avanzaban las horas. Diferentes insectos zumbaban y vibraban, en lontananza se escuchaba el asustado chillido de una ave nocturna. En la montaña se oían crujidos de las rocas, según se contraían bajo el frío de la noche. No lejos, como truenos espaciados, rodaban piedras y rocas por unas pendientes, dejando sembrados unos trazos sobre el suelo. 48
  • 42. Algún roedor nocturno llamaba angustiosamente a su pareja y cosas desconocidas se arrastraban y murmuraban en las are- nas susurrantes. Gradualmente, las estrellas palidecieron y los primeros rayos anunciadores del día cruzaron el cielo. De súbito, como percutido por una corriente eléctrica, el jo- v e n m o n j e s e i n c o r p o r ó . Es t a b a d e s p i e r t o d e l t o d o , i n t e n t a n - do, en vano, atravesar la intensa oscuridad de la cueva. Aguantando su respiración, con toda atención, escuchaba a su alrededor. No podía tratarse de ladrones — pensó —. Todo el mu nd o s ab í a q ue el v iejo ere mi ta no po s eía n ad a . ¿ Est ab a ac aso, el v iejo , en fermo ?, s e p reg un tó el jo ven . Al zánd os e y y endo con todo cu idado hacia el interior de la cu eva, pregun- taba: «Venerable padre, ¿os encontráis bien?» El viejo, se movía: «Sí, ¿acaso se trata de nuestro hués- ped?» El joven monje se aturulló. Había olvidado del todo la presencia del preso. Volviendo apresuradamente hacia la boca de la cueva, percibió como una borrosa mancha gris. Sí , el fu ego, b i en pro teg id o , n o era de l todo mu erto. Cog ien d o una rama el monje la hundió e n l a h o g u e r a y s o p l ó f u e r t e - mente. Apareció una llama y él amonto nó varias ramas sobre el fueg o naciente. De mo mento el palo estaba b ien encendido por un cabo. Lo cogió y volvió a meterse en la cueva. La astilla ardiente proyectaba sombras fantásticas que dan- zaban locamente sobre las paredes. Cuando el joven monje entró, una figura prisionera del resplandor de aquella antorcha apareció desde el fondo de la cueva. Era el viejo ermitaño. A los pies del joven monje, el forastero yacía acurrucado, con las piernas encogidas sobre el pecho. La antorcha se reflejaba en sus ojos muy abiertos y daba la impresión de que pesta- ñeaban. Tenía la boca abierta y un hilillo de sangre seca le salía de la comisura de los labios y formaba unos grumos a la altura de los oídos. De pron to se prod ujo un ronco estertor y el cuerpo se contorsionó espasmódicamente y formó un ar co tenso y s e relajó s egu id ame n t e , c o n u n s u s p i r o fin al . E l cuerpo crujió y se percibió un rumor de fluidos. Los miem- bros, por fin, se distendieron y las facciones se aflojaron. El viejo ermitaño y el joven monje rezaron las Plegarias para 49
  • 43. la P az de lo s Esp í ri tus Qu e Se V an , y se esfo rzaron p ar a dar in st ruc cio n es t elep át icas p a ra ayud ar el pas o d el al ma del d i- funto a los Camp os Celestiales. Los pájaros empezaron a cantar al naciente día; pero, en aquel suelo, estaba la muerte. «Tienes ahora que llevarte el cuerpo», dijo el viejo ermita- ño. «Tienes que desmembrarlo y sacarle las entrañas para que los buitres puedan darle una sepultura adecuada en los aires.» «No tengo cuchillo alguno», replicó el joven monje. «Tengo un cuchillo», le contestó el ermitaño. «Lo guardo para que mí propia muerte sea conducida como es debido. Ahí l o t i e n e s . H a z t u d e b e r , y l u e g o m e l o d e v u e l v e s . » De no muy buena gana, el joven monje levantó el cadáver y se lo l l e v ó f u e r a d e l a c u e v a . C e r c a d e l p r e c i p i c i o d e l a s r o cas hab ía una p ied ra plan a. Con mucho s esfuerzos levantó el cuerpo hasta depositarlo sobre la piedra y lo despojó de los viejos y sucios harapos. En lo alto, sobre su cabeza se oía un pes ant e al et eo ; h abí an ap arecido lo s p ri m eros b uit res, lla - mados por el olor del muerto. Con un estremecimiento, el jov en plan tó la punta del cuchillo en el delgado abdo men d el d i fu n t o y l o v o lv ió a s a c a r . P or la he rid a ab ierta , los in tes ti - nos comenzaron a salir. Rápidamente agarró aquellas flacas entrañ as y las tiró hacia afuera. Sob re la ro ca, esparció el co- razón, el hígado, los riñones y el estómago. A golpes y tirones, c o r t ó d el t r o n c o a m b o s b ra zo s y p ierna s. Lu eg o, con el cue r p o desnudo cubierto de sangre, se fue corriendo de la tre- menda escena y se precipitó en las aguas del lago. Dentro del agua , se r as có y li mp ió co n p u ñado s d e f in a ar en a . C on to d o cuidad o, limpió el cu chillo del viejo ermitaño y lo fro tó b ien frotado, con arena. Temblaba del frío y de la impresión recibida. El viento, gla- cial, soplaba sobre la piel desnuda del joven monje. El agua parecía caerle encima como si los dedos de la muerte trazasen líneas sobre su cuerpo. Vivamente saltó fuera del agua y se est re m eció co mo un p e rro . Corri end o, lo g ró co mu n ic a r algún calor a su cuerpo. Al lado de la boca de la cueva, recogió y se vistió sus ropas, apartando todo aquello que pudiera ha- berse impurificado por su contacto con el cadáver. Mas, 50
  • 44. cuando iba ya a entrar en la cueva, se acordó de que su ta re a es tab a po r acaba r. L en ta m ente, s e dirigió d e n u e v o h a c i a l a p i e d r a d o n d e hací a po co h ab ía de jado al m u e rt o . A l g u n o s b u itr e s rep os aban , s ati sfe cho s , y plá c ida men te s e al i saban l as plu m as con el p ico ; ot ro s , s e a fan ab an l len os d e activ idad en tre las costi ll as d el ca dáve r. Ca si h a bían s acad o to d o el p e llejo d e l a cab ez a, dejan d o l a calav era mond a y l irond a. El joven mon j e, con un a piedra p es an t e, a plastó l a c al av er a esque lética , ex poniendo lo s s eso s aq u ello s a los bu itres ha m- bri ento s . En to nces , llev ánd o se lo s and r ajo s y el cu enco del difu nto , co rrió hac ia la hogu era y lan zó aq uellas reliqu ias al cent ro d e la mis ma. A un l ad o, aún en roj ec i d o, se h all ab a el res to metá li co de la c anga ; el ú lti mo r ast ro d e u n v a rón q u e había sid o un rico artes ano , co n su e spo sa, su s c asas y s u tal en t o p r o f e s i o n a l . M e d it an d o so bre el cas o, el jo ven mo nje ende rezó sus p aso s ha ci a la cav e rna . El an ci an o ermitaño e stab a se ntado su mid o en la medi ta ci ó n; pero se puso e n pie cu ando e l j o v en s e l e a ce rc aba . « El h o m - bre es t e mpor a l y f rág il» , d i j o . « La vid a so bre l a Ti er r a n o es sin o ilu s ió n y la May o r Re ali dad se en cu ent ra más al lá d e la pres en t e . D es a y un e mos, p ues , y enton ces continu aré tra ns- mi ti én do t e to d o cuan to yo sé. Po rq u e , h as ta en tonc es , no p u e- do ab ando n ar mi cu erpo , y lueg o , cu and o lo h ay a d e jad o, tien es q ue h ac er po r mí exacta ment e lo q ue has h ech o po r n u e st ro a m i g o e l p ri sio n e ro . P e ro a h o r a , c o ma mo s , p a r a m a n - ten e r nu est r as fuerz as en la mejo r forma p osib le . Tra e , p u es, agua y ca li ént a la. Aho r a, tan ce rc a d e mi fin , p ued o con ced er a mi cu erpo es t a p eq ueñ a sat is fa cción .» E l j o v en m o n j e c o g i ó e l b o t e y s a l i ó d e l a c ue v a , c a m i n o d el lag o , evi tand o con ap ren sió n el s itio don d e se hab ía lav ad o la sangr e d el di fu n to . L i mp ió co n tod o cuid ado el r ecipi ent e, po r fu e ra y p o r d e n tro . Hi zo lo p ro p i o c o n l a s d o s e s c u d i l l a s d e l ermit año y la s uy a p ropi a. H a b ien do ll en ado el r ecipi ente c on agua , lo l lev ó co n la man o izquierda y empuñó un a g r uesa ra m a con l a o t r a. U n b u it re so lit ar io ll egó p r ecip it án d o se p ar a ver lo que pasa ba por al lí . At erri zan do pe sad a m e n t e , d i o u n o s poco s p aso s y l ueg o s e v olvió a re mo n ta r con un g r aznid o 51