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NO ADELANTEMOS PROBLEMAS.
Manfred Nolte
Una profecía autocumplida es una predicción que directa o indirectamente se
convierte en real debido a la influencia recíproca entre la creencia y la conducta.
Algunos ejemplos de tales profecías se remontan a la mitología griega o la India,
pero fue el sociólogo Robert K. Merton quien acuñó la expresión en 1948. Según
Merton una profecía autocumplida es una definición falsa de una situación que
hace que la falsa concepción original se torne realidad. Esta validez engañosa de
la profecía autocumplida perpetúa un reinado de error ya que el profeta cita el
curso actual de los acontecimientos como prueba de sus vaticinios. En otras
palabras, una creencia firmemente sostenida, declarada como verdad cuando en
realidad es falsa o utópica o solo probable o aun inexistente, puede influir a las
capas sociales hasta tal punto que sus reacciones cumplan en última instancia la
falsa profecía. También se conoce este fenómeno social como ‘efecto Rosenthal’
o ‘efecto Pigmalión’ por el nombre del escultor mítico enamorado de una talla
femenina que él mismo había esculpido.
Y es que coincidiendo con las reuniones de otoño del Fondo Monetario
Internacional, abiertas el viernes pasado en Perú, se ha destilado desde la
Institución internacional, del Banco de Pagos internacionales y también desde
otros foros o firmas de influencia la advertencia de que la economía global
atraviesa serios peligros, que las amenazas que acechan a las economías
productivas del planeta son más severas que cualesquiera otras desde la quiebra
de Lehman Brothers en 2008. Lawrence Summers, reputado profesor de
Harvard y ex secretario del tesoro americano lo identifica con un ‘estancamiento
secular’, esto es la incapacidad del mundo industrializado para crecer a tasas
satisfactorias incluso en un entorno de políticas monetarias ultra laxas, y ello,
entre otras muchas razones, al albur de los recientes acontecimientos desatados
en los grandes mercados emergentes, en particular en China. Crecen menos los
gigantes asiáticos y latinoamericanos que asisten impotentes a sangrías masivas
de sus capitales hacia el exterior. Los precios de las materias primas se han
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colapsado, lo mismo que sus ingresos en dólares y en muchos casos sus
monedas cotizan a mínimos históricos. Pero también los países centrales y
desarrollados y ello conduce a un círculo vicioso en el que los países de uno y
otro bloque se influyen, dado que las exportaciones de unos son las
importaciones de otros y ello puede tener un efecto adicional sobre las
demandas internas que se vuelvan más conservadoras y aun pusilánimes y
entonces el shock global, esa deflación potencial que no acaba de diluirse,
campearía a sus anchas y provocaría estragos sin cuento.
Y como sucede con las modas y creencias dietéticas que un alimento que antaño
era pernicioso hoy es fuente de salud y a la inversa, medidas consideradas como
salvíficas para nuestras economías se reputan al día de hoy como
potencialmente perversas. Porque ¡fíjense ustedes! la política monetaria
ultralaxa que ha estabilizado con su liquidez ilimitada la grave enfermedad
estadounidense (la política de Bernake de relajación cuantitativa) y la ya mítica
de Draghi con su advertencia de que haría “cuanto fuese necesario” para salvar
al euro, ahora pueden ser el germen de una nueva explosión o implosión como
dicen los más refinados. Si tuviese lugar una recesión (se está simulando una
enfermedad todavía inexistente) los gestores de la política monetaria carecerían
de herramientas con las que responder. Como los tipos de interés están a niveles
de cero (e incluso en los mercados de bonos los tipos son negativos en un alto
porcentaje de las emisiones) no habría espacio para rebajarlos y la política
monetaria desparecería del taller de instrumentos disponibles para combatir la
crisis. El mundo entraría en un modo de histéresis generalizada (paro pertinaz)
reviviendo los efectos del 1929 o de 2008. La aversión al riesgo y el aumento de
la propensión al ahorro cavarían aun más profundamente en el agujero. Los
tipos de interés serían los de los activos más saneados cuyos precios se
dispararían pero cuyos rendimientos serían nulos o negativos. La idea de que un
crecimiento anémico es solo una consecuencia temporal de la crisis de 2008 –se
dice- es absurda.
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Frente a esta amenaza se sugiere la aceleración vigorosa del crecimiento, como
el objetivo central de una política económica preventiva. Revive la tesis de una
política fiscal expansionista orientada fundamentalmente hacia la inversión
productiva. Pero resulta complicado compaginarla con los riesgos de un
endeudamiento mundial estratosférico y con el cumplimiento de los pactos
regionales de estabilidad presupuestaria.
Mientras el mundo amenaza zozobrar, el Fondo Monetario Internacional ha
hecho públicas sus previsiones de la economía española. El Fondo prevé que el
Producto Interior Bruto (PIB) español avance un 3,1 % este año y un 2,5 % en
2016, lo cual no está nada mal. En lo que se refiere al paro, el FMI estima que
este año acabe con una tasa del 21,8 % que en 2016 se reduciría hasta el 19,9 %.
Las peores noticias se refieren al déficit público. El FMI respalda la teoría de
Bruselas y calcula que España incumplirá ligeramente los objetivos pactados.
No será hasta 2017 cuando el déficit baje del 3 %.
Cabe preguntarse: ¿Es la economía española una isla que sobrevive al posible
tsunami global? Doctores tiene la Iglesia que sabrán responder a tan aventurada
cuestión, pero ni la española parece una isla ni la global se antoja tan
amenazada. Después de todo, el crecimiento global en 2015 será del 3,1% y
apenas difiere de las tasas de los últimos años.
En nuestros años mozos de universitarios circuló una sátira bastante ilustrativa
para el tema que tratamos hoy. Un exitoso empresario eibarrés incluyó en su
nómina al hijo recién graduado en una facultad de económicas. Aunque la
coyuntura era favorable, el recién llegado fue persuadiendo a su padre para
reducir gastos, despedir personal y disminuir cartera de clientes anticipándose a
una inexistente crisis futura. El desastroso adelanto de unas hipótesis
imaginarias llevaron a la firma a la ruina con lo que el Padre concluyó
satisfecho: ¡Menos mal que hice caso a mi hijo. Sus previsiones no pudieron ser
más certeras!
O sea, profecías autorealizadas de las que en principio conviene sospechar, sin
bajar del todo la guardia.

(283)no adelantemos problemas

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    1 NO ADELANTEMOS PROBLEMAS. ManfredNolte Una profecía autocumplida es una predicción que directa o indirectamente se convierte en real debido a la influencia recíproca entre la creencia y la conducta. Algunos ejemplos de tales profecías se remontan a la mitología griega o la India, pero fue el sociólogo Robert K. Merton quien acuñó la expresión en 1948. Según Merton una profecía autocumplida es una definición falsa de una situación que hace que la falsa concepción original se torne realidad. Esta validez engañosa de la profecía autocumplida perpetúa un reinado de error ya que el profeta cita el curso actual de los acontecimientos como prueba de sus vaticinios. En otras palabras, una creencia firmemente sostenida, declarada como verdad cuando en realidad es falsa o utópica o solo probable o aun inexistente, puede influir a las capas sociales hasta tal punto que sus reacciones cumplan en última instancia la falsa profecía. También se conoce este fenómeno social como ‘efecto Rosenthal’ o ‘efecto Pigmalión’ por el nombre del escultor mítico enamorado de una talla femenina que él mismo había esculpido. Y es que coincidiendo con las reuniones de otoño del Fondo Monetario Internacional, abiertas el viernes pasado en Perú, se ha destilado desde la Institución internacional, del Banco de Pagos internacionales y también desde otros foros o firmas de influencia la advertencia de que la economía global atraviesa serios peligros, que las amenazas que acechan a las economías productivas del planeta son más severas que cualesquiera otras desde la quiebra de Lehman Brothers en 2008. Lawrence Summers, reputado profesor de Harvard y ex secretario del tesoro americano lo identifica con un ‘estancamiento secular’, esto es la incapacidad del mundo industrializado para crecer a tasas satisfactorias incluso en un entorno de políticas monetarias ultra laxas, y ello, entre otras muchas razones, al albur de los recientes acontecimientos desatados en los grandes mercados emergentes, en particular en China. Crecen menos los gigantes asiáticos y latinoamericanos que asisten impotentes a sangrías masivas de sus capitales hacia el exterior. Los precios de las materias primas se han
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    2 colapsado, lo mismoque sus ingresos en dólares y en muchos casos sus monedas cotizan a mínimos históricos. Pero también los países centrales y desarrollados y ello conduce a un círculo vicioso en el que los países de uno y otro bloque se influyen, dado que las exportaciones de unos son las importaciones de otros y ello puede tener un efecto adicional sobre las demandas internas que se vuelvan más conservadoras y aun pusilánimes y entonces el shock global, esa deflación potencial que no acaba de diluirse, campearía a sus anchas y provocaría estragos sin cuento. Y como sucede con las modas y creencias dietéticas que un alimento que antaño era pernicioso hoy es fuente de salud y a la inversa, medidas consideradas como salvíficas para nuestras economías se reputan al día de hoy como potencialmente perversas. Porque ¡fíjense ustedes! la política monetaria ultralaxa que ha estabilizado con su liquidez ilimitada la grave enfermedad estadounidense (la política de Bernake de relajación cuantitativa) y la ya mítica de Draghi con su advertencia de que haría “cuanto fuese necesario” para salvar al euro, ahora pueden ser el germen de una nueva explosión o implosión como dicen los más refinados. Si tuviese lugar una recesión (se está simulando una enfermedad todavía inexistente) los gestores de la política monetaria carecerían de herramientas con las que responder. Como los tipos de interés están a niveles de cero (e incluso en los mercados de bonos los tipos son negativos en un alto porcentaje de las emisiones) no habría espacio para rebajarlos y la política monetaria desparecería del taller de instrumentos disponibles para combatir la crisis. El mundo entraría en un modo de histéresis generalizada (paro pertinaz) reviviendo los efectos del 1929 o de 2008. La aversión al riesgo y el aumento de la propensión al ahorro cavarían aun más profundamente en el agujero. Los tipos de interés serían los de los activos más saneados cuyos precios se dispararían pero cuyos rendimientos serían nulos o negativos. La idea de que un crecimiento anémico es solo una consecuencia temporal de la crisis de 2008 –se dice- es absurda.
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    3 Frente a estaamenaza se sugiere la aceleración vigorosa del crecimiento, como el objetivo central de una política económica preventiva. Revive la tesis de una política fiscal expansionista orientada fundamentalmente hacia la inversión productiva. Pero resulta complicado compaginarla con los riesgos de un endeudamiento mundial estratosférico y con el cumplimiento de los pactos regionales de estabilidad presupuestaria. Mientras el mundo amenaza zozobrar, el Fondo Monetario Internacional ha hecho públicas sus previsiones de la economía española. El Fondo prevé que el Producto Interior Bruto (PIB) español avance un 3,1 % este año y un 2,5 % en 2016, lo cual no está nada mal. En lo que se refiere al paro, el FMI estima que este año acabe con una tasa del 21,8 % que en 2016 se reduciría hasta el 19,9 %. Las peores noticias se refieren al déficit público. El FMI respalda la teoría de Bruselas y calcula que España incumplirá ligeramente los objetivos pactados. No será hasta 2017 cuando el déficit baje del 3 %. Cabe preguntarse: ¿Es la economía española una isla que sobrevive al posible tsunami global? Doctores tiene la Iglesia que sabrán responder a tan aventurada cuestión, pero ni la española parece una isla ni la global se antoja tan amenazada. Después de todo, el crecimiento global en 2015 será del 3,1% y apenas difiere de las tasas de los últimos años. En nuestros años mozos de universitarios circuló una sátira bastante ilustrativa para el tema que tratamos hoy. Un exitoso empresario eibarrés incluyó en su nómina al hijo recién graduado en una facultad de económicas. Aunque la coyuntura era favorable, el recién llegado fue persuadiendo a su padre para reducir gastos, despedir personal y disminuir cartera de clientes anticipándose a una inexistente crisis futura. El desastroso adelanto de unas hipótesis imaginarias llevaron a la firma a la ruina con lo que el Padre concluyó satisfecho: ¡Menos mal que hice caso a mi hijo. Sus previsiones no pudieron ser más certeras! O sea, profecías autorealizadas de las que en principio conviene sospechar, sin bajar del todo la guardia.