El documento discute cómo la adoración a Dios requiere más que rituales y sacrificios, sino una vida de justicia, misericordia y servicio al prójimo. Aunque Dios instituyó ritos de adoración, los profetas enfatizaron que Él valora más nuestras acciones que nuestros rituales. La adoración verdadera significa reconocer nuestra necesidad de gracia divina y vivir cada día para servir a los demás.