33 y 1/tercio
33 y 1/tercio

Digamos que en esta ciudad viven unos diez millones / Unos habitan agujeros,
otros habitan mansiones / Pero no hay un lugar para nosotros, mi amor / no
hay un lugar para nosotros
Alguna vez tuvimos un país y nos gustaba / Todavía lo podemos encontrar en
un atlas / Pero ahora, no podemos ir allá, mi amor / ahora no podemos ir allá
En la parroquia de nuestro pueblo crece un árbol viejo / Que cada primavera
florece de nuevo / Pero los viejos pasaportes no florecen de nuevo, mi amor /
los viejos pasaportes no florecen de nuevo
El cónsul azotó la mesa con prepotente gesto / "Si no tienen pasaportes,
oficialmente están muertos” / Pero seguimos vivos, mi amor, seguimos vivos
Fui a un comité, me ofrecieron asiento y me escucharon / Y cortésmente me
pidieron que volviera el próximo año / Pero ¿qué vamos a hacer hoy mismo, mi
amor? / ¿Qué vamos a hacer hoy mismo?
Fui a oír a los políticos, a un orador que argüía / "Si los recibimos aquí, nos
quitarán nuestro pan de cada día” / Y hablaba de ti y de mí, mi amor, hablaba
de ti y de mí
Creí que era un relámpago lo que atronaba sobre mí / Pero era Hitler sobre
Europa, diciendo: "Deben morir” / Y pensaba en nosotros, mi amor, pensaba
en nosotros
Vi un perro que pasaba muy orondo y abrigado / Vi que una puerta se abría
para que pasara un gato / Pero ellos no eran judíos alemanes, mi amor / ellos
no eran judíos alemanes
Bajé a la orilla del mar y me detuve sobre el muelle / Para ver cómo nadaban
en su libertad los peces / Apenas a unos cuantos metros, mi amor / apenas a
unos cuantos metros
Caminé por el bosque, vi en los árboles a los pájaros / Que no tienen políticos,
y cantan a su agrado / Pero no eran de la raza humana, mi amor / no eran de
la raza humana
Soñé con un edificio que llega hasta el número mil / Y tenía mil ventanas y sus
puertas eran mil / Y ninguna era para nosotros, mi amor ninguna era para
nosotros
Me paré en mitad de una explanada cuando la nieve caía / Diez mil soldados
marchaban para abajo y para arriba / buscándonos a ti y a mí, mi amor,
buscándonos


                                                                      w. auden
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                                       equipo de redacción: 33 y 1/tercio
                              portada: composición de raúl flores iriarte
                               sobre fotografía de leordanis hernández
                          diseño de portada: damián flores iriarte




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                                      aquí
                               (a la manera de allá)



                                        on

  allen, woody (para acabar con la filosofía / para acabar con los libros de
             memorias / para acabar con las novelas policíacas

        cabrera infante, guillermo (ars poética, o el oro de la parodia

entrevista (la histeria me disolverá: 33 coma tres preguntas a michel encinosa
                                        fú

    encinosa fú, michel (buenas noches, claudia / helena y la insularidad
                                postergada
                   gumucio, rafael (la transición en trance

                         bolaño, roberto (de amberes

   dos hombres en el castillo (una conversación electrónica sobre philip k. dick

             dick, philip k. (extraños recuerdos de muerte / valis

     pérez, luis eligio (no sé, no puedo pasar / circulo / cristo en la calle

     fernández porta, eloy (retórica y punk en el relato contemporáneo

               pardo, orlando luis (horror civis: side a / side b

                            fresán, rodrigo (chucky

                  palahniuk, chuck (tripas / cuando tenga 68

                                       off

                  bonus track: villoro, juan (la frase triunfal
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                                       on

33 y 1/3 no tuvo muchas oportunidades en la Billboard (escritura posible: Bill-
bored, a la manera de Kurt Cobain, pequeño KC sin sunshine band). Lanzada el
22 de noviembre (cualquier semejanza con el White Album de los Beatles
comienza y termina allí) del 2005, debutó en el número 182, y osciló durante
cuatro semanas en la lower half del top 200, alcanzando el número 178 como
su más alta posición (cualquier semejanza con el Unfinished music de John
Lennon comienza y termina aquí; aunque a semejanza de aquella Música Sin
Terminar, podríamos subtitular esto Literatura Sin Terminar). Por supuesto, en
las emisoras nacionales no llegamos a ninguna posición, aunque dudo de que
tengamos emisoras nacionales.
En todo caso, locales.
¿Por qué no sacaron singles?, nos preguntan por ahí, Les hubiera ayudado un
montón en las ventas. Tienen razón; podíamos haber sacado como singles
Laura llama desde Manhattan, y Luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pero al
final decidimos que no. Ni singles, ni videoclips. Piense lo que piense la MTV de
nosotros.
O nosotros de la MTV.
Ahora continuamos aquel número con este número llamado El laberinto. Quizás
saquemos como single Helena y la insularidad postergada. Quizás no. Por lo
demás, aquí está. En Tahoma, tamaño 12. En español. Cualquier semejanza
con 33 y 1/3 comienza aquí.
No sabemos cuando termine.




                                    replay
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                                  woody allen
 (saxofonista, también conocido como allen stewart konigsberg (new york, 1935). los
               siguientes fragmentos pertenecen a su libro Getting even)




                         para acabar con la filosofía
                                    mi filosofía


La evolución de mi filosofía se dio de la siguiente manera: mi mujer, al
invitarme a probar el primer soufflé que había hecho, dejó caer por accidente
una cucharadita del mismo sobre mi pie fracturándome varios pequeños
huesos. Acudieron los médicos, hicieron y examinaron radiografías y me
ordenaron un mes de cama. Durante la convalecencia, me concentré en la obra
de algunos de los pensadores más eximios de Occidente –una pila de libros que
yo había seleccionado para ocasiones como esta. No presté atención al orden
cronológico y empecé por Kierkegaard y Sartre, luego pasé rápidamente a
Spinoza, Hume, Kafka y Camus. No me aburrí como había temido; en cambio,
me fascinó la energía con la que esas grandes mentes atacaban resueltamente
la moral, el arte, la ética, la vida y la muerte. Recuerdo mi reacción a una
observación típicamente luminosa de Kierkegaard: «Semejante relación, que se
relaciona con su propio ser (es decir, un ser), debe haberse constituido a sí
misma, o ha sido constituida por otra.» El concepto me arrancó lágrimas de los
ojos. ¡Dios santo, pensé, ser tan inteligente! (Soy un hombre con dificultades
para escribir dos frases coherentes sobre Un día en el zoo.) La verdad es que el
pasaje me resultó totalmente incomprensible, pero ¿qué más da si Kierkegaard
se lo había pasado bien? Súbitamente me convencí de que la metafísica era lo
que siempre había querido hacer: tomé mi bolígrafo y empecé en el acto a
garabatear la primera de mis propias fantasías. La obra avanzó aprisa y en solo
dos tardes (con tiempo para echarme una siesta), completé la obra filosófica
que espero no será descubierta hasta después de mi muerte o hasta el año
3000 (lo que ocurra primero) y que modestamente creo me asegurará un lugar
privilegiado entre los pensadores de más peso en la historia. Aquí presento un
breve ejemplo del cuerpo principal de tesoros intelectuales que lego a la
posteridad, o hasta que llegue la mujer de la limpieza.


                            crítica de la sinrazón pura
Al formular cualquier filosofía, la primera consideración siempre debe ser: ¿Qué
podemos saber? Es decir, qué podemos estar seguros de saber, o seguros de
qué sabemos que sabíamos, si realmente es de algún modo cognoscible. ¿O lo
habremos olvidado todo y tenemos demasiada vergüenza de decir algo?
Descartes insinuó el problema cuando escribió: «Mi mente jamás puede
conocer mi cuerpo, aunque se ha hecho bastante amiga de mis piernas». Por
cognoscible, dicho sea de paso, no quiero decir aquello que puede ser conocido
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por medio de la percepción de los sentidos o que puede ser comprendido por la
mente, sino más bien aquello que puede decirse que es Conocido o que posee
un Conocimiento o una Conocibilidad, o algo que al menos puedas mencionar a
un amigo.
¿Podemos en realidad conocer el universo? Dios santo; no perderse en
Chinatown ya es bastante difícil. Sin embargo, el asunto es el siguiente: ¿Habrá
algo allá afuera? ¿Y por qué? ¿Por qué tendrán que hacer tanto ruido? Por
último, no cabe duda de que la característica de la realidad es que carece de
esencia. Esto no quiere decir que no tenga esencia, sino simplemente que
carece de ella. (La realidad a la que me refiero es la misma que describió
Hobbes, pero un poco más pequeña.) Por lo tanto, el dictum cartesiano
«Pienso, luego existo» podría expresarse mejor por «¡Eh, allí va Edna con el
saxofón!». Así, pues, para conocer una sustancia o una idea, debemos dudar de
ella y así, al dudar, llegamos a percibir las cualidades que posee en su estado
finito, que están en, o son realmente «la misma cosa», o «de la misma cosa», o
de algo, o de nada. Si esto está claro, podemos dejar por el momento la
epistemología.


         la dialéctica escatológica como medio de lucha contra el zona
Podemos decir que el universo consiste en una sustancia y que a esta sustancia
la llamamos átomo, o también mónada. Demócrito la denominó átomo. Leibnitz
la llamó mónada. Por fortuna, los dos hombres jamás se conocieron, de lo
contrario se hubiera armado una discusión muy aburrida. Estas partículas
fueron puestas en movimiento por alguna causa o principio fundamental, o
quizás algo se cayó en algún lugar. El asunto es que ahora ya es demasiado
tarde para remediarlo, salvo quizás comer mucho pescado crudo. Por supuesto,
esto no explica por qué el alma es inmortal. Tampoco dice nada sobre una vida
ultraterrena ni aclara la sensación que siente mi tío Sender de que le persiguen
los albanos. La relación causal entre el primer principio (es decir, Dios o viento
fuerte) y cualquier concepción teológica del ser (Ser), según Pascal, es «tan
ridícula que ni siquiera es graciosa (Graciosa)». Schopenhauer llamó a esto
voluntad, pero su médico la diagnosticó como fiebre del heno. En sus últimos
años, se amargó por eso o, más aún, por la creciente sospecha de que él no
era Mozart.


                       el cosmos por cinco dólares al día
¿Qué es, entonces, lo bello? ¿La fusión de la armonía con lo justo, o la fusión
de la armonía con algo que solo se parece a «lo justo»? Quizás la armonía se
haya fundido con «la costra terrestre» y eso es lo que nos ha estado dando
tantos problemas. La verdad, podemos estar seguros, es la belleza –o «lo
necesario». Es decir, lo que es bueno, o que posee las cualidades de «lo
bueno», da como resultado «la verdad». Si no lo da, siempre puedes apostar a
que la cosa no es bella, aunque aún puede que sea impermeable. Estoy
empezando a pensar que tenía razón antes y que todo tendría que fusionarse
con la costra. Ah, bueno.
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                                 dos parábolas
Un hombre se acerca a un palacio. La única entrada está guardada por unos
fieros hunos que solo dejan pasar a hombres llamados Julius. El hombre trata
de sobornar a los guardias ofreciéndoles por un año las mejores partes del
pollo. Ellos ni se burlan de su oferta ni la aceptan, sino que simplemente lo
cogen por la nariz y se la tuercen hasta que parece un tornillo. El hombre dice
que tiene que entrar a la fuerza en el palacio porque le trae al emperador una
muda de calzoncillos. Al ver que los guardias siguen negándose, el hombre
empieza a bailar el charleston. Ellos parecen divertirse con su baile, pero pronto
se ponen tristes por el trato que el gobierno federal otorga a los navajos. Sin
aliento, el hombre se derrumba. Muere sin haber visto al emperador y dejando
una deuda de sesenta dólares a los de la Steinway por un piano que les había
alquilado en agosto.
Me entregan un mensaje para un general. Cabalgo y cabalgo, pero el cuartel
general del general parece distanciarse siempre más. Por último, se arroja
sobre mi una gigantesca pantera negra que me devora la mente y el corazón.
Me paso la tarde terriblemente angustiado. Por más que lo intente, no puedo
llegar al general a quien veo corriendo a lo lejos en pantalón corto y musitando
la palabra nuez moscada a sus enemigos.


                                   aforismos
Es imposible vivir la propia muerte con objetividad y, además, cantar una
canción.
El universo no es más que una idea transitoria en la mente de Dios. Es un
hermoso pensamiento, aunque bastante incómodo, sobre todo si acabas de
pagar el anticipo de una casa.
La nada eterna está muy bien si vas vestido para la ocasión.
No solo no hay Dios, sino que ¡intenta conseguir un electricista en un fin de
semana!


                                      ●●●


                 para acabar con los libros de memorias
                          memorias de los años veinte


Llegué por primera vez a Chicago en los años veinte para presenciar un
combate de boxeo. Ernest Hemingway estaba conmigo y ambos nos
hospedamos en el campo de entrenamiento de Jack Dempsey. Hemingway
acababa de terminar dos cuentos sobre boxeo y, si bien Gertrude Stein y yo
pensamos que eran bastante potables, creíamos que aún necesitaban cierta
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elaboración. Le hice unas bromas a Hemingway sobre su novela en preparación
y nos reímos mucho y nos divertimos y luego nos calzamos unos guantes de
boxeo y me rompió la nariz.
Ese invierno, Alice Toklas, Picasso y yo alquilamos una villa en el sur de Francia.
En ese entonces, yo estaba trabajando en lo que me parecía que iba a ser una
gran novela americana, pero los caracteres eran demasiado pequeños y no
pude terminarla.
Por las tardes, Gertrude Stein y yo salíamos a la caza de antigüedades en las
tiendas locales, y recuerdo que, en cierta ocasión, le pregunté si consideraba
que yo tenía que hacerme escritor. En la típica manera enigmática, que a todos
nos tenía encantados, me contestó: No. Consideré que me había querido decir
que sí y, al día siguiente, partí hacia Italia. Italia me recordó mucho Chicago, en
especial Venecia, ya que ambas calles tienen canales y en las calles abundan
las estatuas y las catedrales, producto de los más grandes escultores del
Renacimiento.
En ese mes fuimos al taller de Picasso en Arles, que en aquel tiempo se llamaba
Rouen o Zurich, hasta que los franceses volvieron a bautizarlo en 1589 bajo el
reinado de Luis el Vago. (Luis fue un rey bastardo del siglo XVI que se portó
como un cerdo con todo el mundo.) Entonces, Picasso estaba a punto de
empezar lo que más tarde se conocería como el período azul, pero Gertrude
Stein y yo tomamos café con él y tuvo que empezarlo diez minutos más tarde.
Duró cuatro años y, por tanto, esos diez minutos no significaron gran cosa.
Picasso era un hombre bajo que tenía un modo gracioso de caminar poniendo
un pie delante del otro hasta que daba lo que él denominaba «un paso». Nos
reímos de sus deliciosas ideas, pero a fines de 1930, con el fascismo en alza,
había muy pocas cosas de que reírse. Tanto Gertrude Stein como yo
examinamos con meticulosidad las últimas obras de Picasso, y Gertrude Stein
opinó que «el arte, todo el arte, es simplemente la expresión de algo». Picasso
no estuvo de acuerdo, y dijo: «Déjame en paz. Estoy comiendo.» Mi opinión fue
que Picasso tenía razón: estaba comiendo.
El taller de Picasso era muy distinto al de Matisse. Mientras el de Picasso era
desordenado, en el de Matisse reinaba el más perfecto orden. Bastante curioso,
pero precisamente lo inverso era cierto. En septiembre de ese mismo año, a
Matisse se le encargó que pintara una alegoría pero, por la enfermedad de su
mujer, no pudo pintarla y, en su lugar, se le enganchó papel pintado. Recuerdo
todas esas anécdotas porque ocurrieron justo antes del invierno y todos
estábamos viviendo en un piso barato en el norte de Suiza, un lugar donde
llueve de improviso y luego del mismo modo deja de hacerlo. Juan Gris, el
cubista español, había convencido a Alice Toklas para que posara para una
naturaleza muerta y, con su típica concepción abstracta de los objetos, empezó
a romperle la cara y el cuerpo para llegar a sus básicas formas geométricas
hasta que llegó la policía y los separó. Gris era provincianamente español, y
Gertrude Stein decía que solo un español de verdad podía comportarse como
él, es decir, hablaba en castellano y a veces iba a visitar a su familia en España.
Realmente era algo maravilloso verle y oírle.
33 y 1/tercio
Recuerdo una tarde en que estábamos sentados en un alegre bar en el sur de
Francia con nuestros pies cómodamente puestos sobre taburetes en el norte de
Francia cuando, de pronto, Gertrude Stein dijo: «Estoy mareada». Picasso
pensó que se trataba de algo sumamente gracioso, y yo lo tomé como una
señal para largarme a Africa. Siete semanas después, en Kenya, nos
encontramos con Hemingway. Entonces, bronceado y con barba, empezaba ya
a madurar ese estilo tan suyo: no se le veía más que los ojos y la boca. Allá, en
el continente negro inexplorado, Hemingway había tenido que padecer, los
labios partidos más de mil veces.
¿Qué hay, Ernest?, le pregunté. Se puso a hablar sobre la muerte y las
aventuras como solo él podía hacer y, cuando me desperté, ya había levantado
las tiendas y estaba sentado al lado de una gran fogata preparando unos
aperitivos cutáneos para todos. Le hice una broma sobre su nueva barba y nos
reímos tomando unos tragos de coñac y luego nos calzamos unos guantes de
boxeo y me rompió la nariz.
Ese año fui por segunda vez a París a hablar con un compositor europeo, flaco
y nervioso, de aguileño perfil y ojos admirablemente rápidos, que algún día
llegaría a ser Igor Stravinsky, y luego, más tarde, su mejor amigo. Me hospedé
en casa de Sting y Man Ray, donde Salvador Dalí iba a cenar a menudo, y Dalí
decidió montar una exposición individual, cosa que hizo, y resultó un éxito
estrepitoso ya que apareció un solo individuo, y fue un invierno alegre y muy
francés, de los buenos.
Recuerdo una noche en que Scott Fitzgerald y su mujer regresaron a su casa
después de la fiesta de Noche Vieja. Era en abril. Hacía tres meses que no
tomaban otra cosa que champagne; una semana antes, vestidos de etiqueta,
habían arrojado su coche desde un acantilado al océano a raíz de una apuesta.
Había algo auténtico en los Fitzgerald: sus valores eran fundamentales. Eran
gente tan sencilla que cuando más tarde Grant Wood les convenció para que
posaran para su Gótico americano, recuerdo lo contentos que estaban. Zelda
me contó que, mientras posaban, Scott no paró de dejar caer al suelo la horca.
En los años siguientes creció mi amistad con Scott; la mayoría de nuestros
amigos creía que el protagonista de su última novela estaba inspirado en mi y
que mi vida estaba inspirada en su anterior novela. Acabé siendo considerado
un personaje de ficción.
Scott tenía un grave problema de disciplina y, si bien todos adorábamos a
Zelda, pensábamos que ejercía una influencia nefasta en la obra de él,
reduciendo su producción de una novela al año a una ocasional receta de
mariscos y una serie de comas.
Finalmente, en 1929, fuimos todos juntos a España. Allí, Hemingway nos
presentó a Manolete que era tan sensible que parecía una loca. Llevaba
ajustados pantalones de torero o, a veces, de ciclista. Manolete era un gran,
gran artista. Su gracia era tal que, de no haberse convertido en matador de
toros, podría haber llegado a ser un contable mundialmente famoso.
Nos divertimos mucho en España aquel año y viajamos y escribimos y
Hemingway me llevó a pescar atún y pesqué cuatro latas y nos reímos y Alice
33 y 1/tercio
Toklas me preguntó si estaba enamorado de Gertrude Stein ya que le había
dedicado un libro de poemas aunque eran de T. S. Elliot y dije que sí, que la
amaba, pero el asunto nunca podría funcionar porque ella era demasiado
inteligente para mí y Alice Toklas estuvo de acuerdo y luego nos calzamos unos
guantes de boxeo y Gertrude Stein me rompió la nariz.


                                     ●●●


                   para acabar con las novelas policíacas
                                  el gran jefe


Estaba sentado en mi despacho limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome
cuál sería mi próximo caso.
Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado
más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de
banco tiene también sus ventajas. No hablo siquiera de las mujeres que son
una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo
antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y
entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era
modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a
segregar como locas.
Tenía puestos una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una
serie de parábolas que podrían provocar un ataque cardíaco a un buey.
—¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?
—Quiero que me encuentre a una persona.
—¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?
—No exactamente, señor Lupowitz.
—Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?
—Dios.
—¿Dios?
—Así es. Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el
Todopoderoso. Quiero que usted Lo encuentre.
He tenido ya en mi despacho a más de un buen bocado, pero cuando una chica
está tan buena como esta, uno debe escucharla hasta el final.
—¿Por qué?
—Kaiser, ese es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.
—Lo siento, bombón. No diste con el tipo indicado...
—Pero, ¿por qué?
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—...a no ser que me des toda la información —dije poniéndome de pie.
—Está bien, está bien —dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las
costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando
trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.
—No nos apartemos del tema, nena.
—Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo.
—¿No?
—No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en
Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que
entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la
clase entregarán estudios teóricos. Pero, yo, ¡quiero saber! El profesor
Grebanier dijo que, si alguien descubre la verdad, puede llegar a aprobar el
curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.
Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chiclet, y mastiqué el cigarrillo y fumé
el chiclet. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado
mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto
otro mejor.
—Su Dios, ¿que aspecto tiene?
—Nunca Lo he visto.
—Entonces, ¿cómo sabes que existe?
—Eso es lo que usted tiene que averiguar.
—¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a
buscarlo?
—No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas parles. En el aire, en
cada flor, en usled y en mí... y en esta silla.
—Ya.
Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un
esfuerzo por cien dólares al día, gastos a parte y una cena con ella.
Sonrió y aceptó al acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía.
Quizás Dios exista, o quizás no, pero en alguna parte de esta ciudad con
seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme
averiguarlo.
Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me
debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me
di cuenta al acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas porque
se azaró mucho. Estaba asustado.
—Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su
nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que
jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al
pronunciar Su nombre.
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—¿Le ha visto alguna vez?
—¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
—Entonces, ¿cómo sabe que existe?
—¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por
catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esa gabardina!
¿Cómo puede dudar?
—¿No tiene ninguna otra prueba?
—Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos?
¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa
y un claque americano? Créame, ¡no se abren las aguas del mar Rojo con polvo
de rascarse! Se necesita poder.
—Así pues, es un duro, ¿eh?
—Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero
no.
—¿Cómo es que sabe usted tanto?
—Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus
demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría
comentar con Él.
—¿Cuánto Le pagan para ser los elegidos?
—No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El
viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la
manera en que el rabino Wiseman hablaba, Él encajaba lo suyo. Me metí en un
taxi y me fui al salón de billar Danny en la Décima avenida.
El gerente era un tipo pequeñito y sucio que no podía tragar.
—¿Está Chicago Phil?
—¿Quién quiere saberlo?
Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.
—¿Qué pasa, basura?
—En la sala del fondo —dijo cambiando actitud.
Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.
—El tío nunca existió. Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe
tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en mano de sicilianos.
Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás el Papa.
—Tengo que ver al Papa.
—Se puede arreglar —dijo guiñando un ojo.
—¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?
—No.
33 y 1/tercio
—¿Y Heather Butkiss?
—¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por
ahí con los tipos de Radcliffe.
—¿Radcliffe? Me dijo Vassar.
—Pues, te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo
durante un tiempo.
—¿Panteísta?
—No. empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba
completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.
—Con que uno de esos, ¿eh?
—Sí. Primero fue batería en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo
Lógico. Cuando el asunto le fue mal, intentó el Pragmatismo. Lo último que
supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre
Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano
encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.
—Gracias, Phil.
—Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima nuestro. Sólo el vacío. No
podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por
un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente
fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.
—¿Quién ganó la quinta en Aqueduct?
—Santa Baby.
—Eso sí tiene sentido.
Tomé una cerveza en O’Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio
resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos así decían. A Cristo lo
mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo
eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.
Y, ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber
tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista? ¿O es que Kant dio en el
clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?
Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagó la cuenta,
estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental.
Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la
medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó
sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados.
Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el
techo.
—Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?
—¿Qué quieres decir?
—Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe.
33 y 1/tercio
—Eso es absurdo,
—No seas tan racionalista.
—Nadie es racionalista, Kaiser. —Ella encendió un cigarrillo—. Lo único que te
pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría
aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.
Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella
contestó.
—Es para ti.
La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.
—¿Todavía a la caza de Dios?
— Sí.
—¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser
Supremo?
—Así es.
—Un tipo, que se ajusta a la descripción, acaba de aparecer en el depósito de
cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.
Era Él sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo
profesional.
—Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.
—¿Dónde Lo encontraron?
—En un depósito de la calle Delancey.
—¿Alguna pista?
—Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.
—¿Cómo lo saben?
—Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un
impulso.
—¿Un crimen pasional?
—Eso es. Lo que significa que eres sospechoso, Kaiser.
—¿Por qué yo?
—Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers.
—Eso no me convierte en un asesino.
—Aún no, pero sí en un sospechoso.
Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en
mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante
italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa,
seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en la
comisaría en sesiones de identificación.
33 y 1/tercio
—Siéntate —dijo levantando los ojos de sus spaghettis. Me acercó el anillo.
Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me
alegré. Un punto para mí.
—¿Te gustarían unos spaghettis?
—No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.
—¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?
—Acabo de comer.
—Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con
la ensalada. No como en el Vaticano donde es imposible conseguir una comida
decente.
—Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.
—Has llamado a la puerta adecuada.
—Entonces, ¿existe? —Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón
sentado a mi lado, dijo:
—¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si Él existe!
Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre su
dedo gordo del pie.
—¡Lo siento! —dije, pero el tipo estaba que bramaba.
El Papa tomó la palabra:
—Por supuesto que Él existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con Él.
Sólo habla a través mío.
—¿Por qué usted, amigo?
—Porque yo soy quien lleva el traje rojo.
—¿Este atuendo?
—¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este
traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje.
Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en nike ¿qué sería de
la cristiandad?
—¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!
—No lo sé. Pero, ¿qué más da? Mientras haya dinero...
—¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y
vuelva a ser como todos nosotros?
—Uso un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco
más y estar seguro.
—¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?
—Seguro. Está en el departamento de ciencias de Bryn Mawr.
—¿Ciencias, dice? Gracias.
33 y 1/tercio
—¿Por qué?
—Por la respuesta, Pontífice.
Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el
camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas.
Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas,
por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella
llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.
—Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha
sido un existencialista.
—No, querida, fuiste tú.
—¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.
—Tú fuiste quien lo hizo.
—¿Qué estás diciendo?
—Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen
Shepherd.
—¿Cómo supiste mi nombre?
—Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que llegara a estar al
frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de
curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está
casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el
heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se
interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú,
con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.
—No, Kaiser, te lo juro.
—Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar
ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece
Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes, y, cuando
llega Kant, también tienes que eliminarlo.
—No sabes lo que dices.
—A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente, porque sabías que, si
alguien oía hablar a Pascal, estabas lista; entonces, también a él había que
sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en
Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte
del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.
—¡Kaiser, estás loco!
—No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta
Él, si es que Él existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no
miraba, lo mataste.
—¿Quién diablos son Shelby y Jason?
—¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
33 y 1/tercio
—Kaiser —dijo ella, presa de un súbito estremecimiento—, ¿me entregarás?
—¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta,
alguien tiene que pagar los platos rotos.
—Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos.
Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde
dedicarnos a la semántica.
—Lo lamento, nena. No hay trato.
Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los
hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo
parecía decirme: «Tómame, soy tuya». Una Venus cuya mano derecha me
acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba mi
espalda.
Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó
caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.
—¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?
Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la
historia.
—La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en
oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente
a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por
existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la
física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser
objetivo o subjetivo, y todo lo demás.
Era un concepto sutil, pero espero que lo haya entendido antes de morir.




                                     replay
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                         guillermo cabrera infante
                           (gibara, 1929 – londres, 2005).




                     ars poética, o el oro de la parodia
                                   (transcripción)


Esta charla debía llamarse «Parodio no por odio». Pero creí que si tenía un
título en latín ustedes pensarían que soy un hombre culto, cuando soy un
hombre oculto. Oculto detrás de mis gafas, oculto detrás de mi nombre, oculto
detrás de las palabras. Una de esas palabras es parodia. Todos la conocemos,
aunque nadie recuerda que está emparentada con paranoia —o manía
persecutoria. Afortunadamente parodia queda cerca de parótido que, como las
parótidas, tiene que ver con el oído, no con el odio. Parodia y paronomasia,
jugar con las palabras, son vocablos vecinos. Se puede hacer parodia sin
paronomasia, pero muchas veces la paronomasia es una parodia de una sola
palabra. ParonomAsia es una tierra donde abundan las parodias. De ese Oriente
vengo y voy.

Mamá yo quiero saber
de dónde son las parodias.
Yo las quiero, tú las odias.
¿De dónde serán?
¿Serán de La Habana?
Tierra vana, soberana.
Mamá, ¿por qué tú las odias?

Así paro días y paro noches. Éste es un introito. Ahora el exergo:

Hay gente que odia la parodia.
VLADIMIR NABOKOV

Y una opinión antagónica:

Nunca he hecho un secreto de mi enemiga por las parodias.
GOETHE

Una canción declara a la felicidad una quimera. La felicidad no es una quimera
sino otra invención griega: una parodia. En inglés felicity es felicidad de estilo, y
33 y 1/tercio
la parodia consiste en conseguir la felicidad por la infelicidad, mostrando que un
estilo o todos los estilos son como el hombre mismo: no importa lo felices que
hayan sido alguna vez, al final son siempre infelices. Estilo, destino. Styles
always become stale —y mueren todos en su propia parodia que es su salsa.
Pero, mientras dura, es bueno saber que felicidad viene de felix en latín.
Prefiero el félix de los ingenios a ese fénix que arde cada cien años de rabia
inútil que lo consume —para nacer de nuevo de sus cenizas frías. Esta hazaña,
Manuel, es tan dudosa como ver un habano consumido surgir del cenicero,
fénix consumado. Me pregunto, ¿un ave vestida de asbesto sería la felicidad
final del fénix? Nadie puede responderme, ni siquiera como a Narciso su Eco en
nombre de la rosa.
Para el fénix la felicidad entonces no es una quimera, monstruosa colega, sino
una quemada. Es por esa leve quemadura que dura, que comienza el fénix a
arder que da gusto. Al menos le da gusto al fénix, que arde de tarde en tarde.
La felicidad, más félix que fénix, es algo que vive para nacer pero todavía no ha
nacido. Nuestra felicidad viene de felicitas en latín. (Absent thee from felicity
awhile, le pide en inglés el moribundo danés a Horacio: To tell my story, y no
es la historia de la felicidad, pues Hamlet era un melancólico tenaz.) Felicitas,
decíamos antes de que Hamlet dictaminara The rest is silence, viene de
fecundus, y fecundo, Facundo, viene de feto. Para los latinos —se ruega no
confundir con los latinoamericanos— nacer era una felicidad. Esos romanos
escasos no conocían la superpoblación, mucho menos la explosión de la
población por la eliminación (favor de notar la brutal rima prima) de la
mortandad infantil, que a su vez ha obligado al control de la natalidad por la
vasectomía o unión de los vasos deferentes en versos diferentes. La felicidad
entre nosotros no viene de feto, sino de la ausencia del feto o de que la posible
portadora del feto no sea fecunda. La felicidad no es una niñera, es una
quimera. Quimera en la mitología era un monstruo primo del fénix que echaba
fuego por todos sus orificios: ése era su oficio. Pero los griegos jugaban con
fuego en sus mitos más íntimos y en sus guerra frígidas. Además de inventar el
fuego fatuo: fuego inútil, fuego fofo.
Ahora un poco de esa historia más antigua, mito mutuo. Prometeo, uno de los
titanes, era en su juventud poco más que un prestidigitador de sombrero de
copa y capa, cuando se le ocurrió inventar al hombre. ¡Presto! Y lo hizo, ya
sabemos que lo hizo. Pero lo hizo de la arcilla más barata. El hombre, como el
ladrillo, para cocer necesitaba el fuego, y Prometeo, ceramista, lo robó de la
fragua de Hefesto, nefasto a quien algunos íntimos llamaban Vulcano. Estos
sicofantes de Hefesto, en efecto, vivían y morían bajo Vulcano. Al conocer el
robo de la llama eterna, Vulcano eruptó en ira, expelió gases y vomitó lava.
Zeus, lava la lava, condenó a Prometeo a un martirio que duró duro mientras
duró: los dioses, como se sabe, no mueren, sólo se transforman. Pero no pudo
cumplir Prometeo lo prometido y no tuvo tiempo de crear a la mujer. Zeus,
celoso, se encargó de hacer a la mujer a su medida y la llamó Pandora y le
regaló para la boda una caja cofre. Dentro del estuche, aparentes bombones
pero en realidad una bomba, estaban todos los males del mundo —incluyendo,
por supuesto, el feminismo, que es como llamar al pan, vino. «Recuerda no
abrir la caja de Pandora, Pandorita», recomendó Zeus con un guiño, insinuando
33 y 1/tercio
que la caja tenía resonancias sexuales. Pero Pandora abrió su caja y —bueno—
aquí estamos: hijos de una caja y un ladrillo. Mientras tanto, Prometeo padecía
eterno. Pero el hombre vive demostrando que todo ardor perecerá. Eso se
llama divorcio.
Una de las consecuencias del «fuego prometeico», como lo llama Shakespeare,
fue el conmovido monólogo de Otelo, marido que, extrañamente, no quiere
matar a su mujer: Put out the light. Ese soliloquio ha causado parejas parodias
por amor y desdén de Desdémona. Otra consecuencia fue la invención del
fuego griego, arma terrible, tanto como el arma atómica ahora, inventada por
Arquímedes, el hombre que fue eureka. Era un arma tan temida que la
Convención de Ciudades Egregias prohibió su uso, a menos que se empleara en
contiendas convencionales.
Arquímedes, que había planeado un uso comercial para su fuego no fatuo (para
emplearlo, por ejemplo, en revivir al fénix), se sintió agredido en Agrigento.
¡Agria gente! Movido por la furia inventó la palanca y amenazó a su vez con
mover al mundo por diez días. Murió buscando apoyo.


(PAUSA)

Tal vez alguno entre ustedes habrá advertido que llevo unos diez minutos
haciendo parodia sin que se note, como el buen burgués de Molière que
hablaba en prosa y no lo sabía. «Pero cómo, ¿yo también hablo en prosa?» Sí
señor, sí, y ha hablado usted en prosa toda su vida. Pero, ¿y entonces la
parodia? Todos debíamos hacer parodia a sabiendas: parodiar por odiar,
parodiar para no odiar. Debíamos vivir en Parodia, estado de sitio incómodo
para los que hablan en prosa y no lo saben. Tampoco saben ellos que la
parodia es una forma de poesía en prosa, como ya demostró Aristófanes en
Grecia hace 2500 años con un par de parodias.
La parodia puede ser grosera o sutil, como la trompetilla que imita un viento o
como el aire de un gesto. En Sir Topaz, Chaucer parodia a Molière desde el
portal de la Edad Media, «Por Dios», dice su anfitrión airado, «su puerca rima
no vale un mojón duro... Escriba cosas en que haya alegría y no alergia». «Con
gusto», responde nuestro poeta medieval y moderno, «le voy a contar una
cosita que yo me sé en prosa». Para el gran Godofredo Chaucer, a quien no se
merece la poesía hay que darle prosa prúsica como un ácido. Pero la parodia,
gorda, puede llegar a la vulgaridad —que no está mal del todo: todo lo que es
popular es siempre vulgar. Hay una larga digresión en un libro que yo me sé en
que el narrador hace una defensa vehemente de la vulgaridad. Allí, pedante,
pudiente, ese álter ego altanero muestra que la raíz de vulgaridad es vulgus, y
vulgus en latín quiere decir el pueblo, de donde viene lo popular. Todo folklore
es vulgar. También lo es cualquier literatura popular. Los novelones de la
televisión son formas de una tragedia a la que el jabón ha lavado hasta dejarla
en sólo espuma. Los trapos de seda sucios se exhiben ahora en público por
muy privados que sean. La radio, creo, era más dada a la comedia y fue mi
primera escuela de parodias.
33 y 1/tercio
La parodia sutil corre siempre el riesgo de hacerse invisible, mera paráfrasis,
para confundirse con el objeto parodiado. Ésta era la ambición de Max
Beerbohm, escritor inglés, que al parodiar tanto y tan bien a Henry James,
consiguió que el meticuloso novelista americano que quería pasar por inglés, al
preguntarle un periodista por su estilo, no echó mano a su estilográfica sino
que respondió sin malicia en el país de la maravilla: «¡Pregúntele usted al joven
Beerbohm!», dijo James, «que parece saber más de mi estilo que yo mismo».
Esa declaración era un doble homenaje: un elogio al homenaje que Beerbohm
había hecho antes a James, y el homenaje de James al reconocer la parodia
como fuente de conocimiento del estilo. No es necesario, creo, que les enseñe
ahora muestras del estilo de James ni de la parodia de Beerbohm, porque no
he venido a hablar de ellos y su afán está en los libros: pertenece a la biblioteca
en arte y en parte. Pero quiero decirles que Henry James, al final, era una
parodia de Henry James al principio, mientras Beerbohm, camaleón literario,
seguía haciendo parodias a pares, a mares, adoptando el color local de cada
autor, cada vez más feliz, cada vez menos escritor: la parodia es el estilo
gráfico. James completó su propia parodia de americano que deseaba ser inglés
más que nada en la vida, y murió siendo un súbito súbdito de Su Majestad
Británica que hablaba con acento de Boston. Debo anunciarles que yo he
empezado por donde terminó James y soy súbdito de otra Majestad Británica,
Isabel II, que Dios y la penicilina guarden. Creo que es pertinente avisarles que
soy el único escritor inglés que escribe en cubano y el único escritor cubano
que escribe en inglés de Inglaterra. Pero la parodia da para más. Paridora. Para
reidora.
Hablando de improbables ingleses, quiero recordarles un dicho inglés que dice
que la familiaridad engendra siempre desprecio. Es por ello que tantos
proverbios, lemas, refranes, aforismos y frases hechas, además del ocasional
jingle oído por la radio, que la televisión hace odiovisual —y en esta palabra,
odio viene de detesto no de texto—, nos parecen insoportablemente familiares,
más odiosos que sosos. Alguien observó que el primer hombre que comparó a
la mujer con una rosa era un poeta, pero el segundo, que dijo que la mujer era
como una rosa, era un idiota detestable por detectable. Quiero añadir de mi
parte que el poeta que cogió a una mujer como una rosa debió sufrir las
espinas.
Hablando de poetas, mujeres y rosas, es evidente que de una manera o de otra
todos somos idiotas alguna vez en la vida. Creo que fue Andy Warhol, artista
pop, quien dijo que todos merecíamos ser idiotas al menos durante quince
minutos. ¿O dijo famosos en vez de fatuos? Siempre somos loros literarios,
dados a repetir la voz del amo de ocasión. Para evitar parecer ser siempre
idiota o loro está el oro de la parodia. (Por favor, que ningún bilingüe entre
ustedes acentúe el parecido entre parodia y parrot: pan y parodia para el loro.)
Por medio de la parodia se puede decir que la mujer es una rosa, dos mujeres
una risa y la tercera una rusa. (Según estadísticas hechas públicas por la Unión
Soviética, una de cada tres mujeres nacidas en Rusia es rusa, las otras dos son
rusos o al menos parecen rusos: he vivido en el monstruo y conozco esas
extrañas. Las mejores mujeres barbudas están en circos rusos: cuando una
rusa ve las barbas de su vecina arder, pone las suyas en asbesto.) La
33 y 1/tercio
familiaridad engendra ahora aprecio y es el contento de la parodia: no se puede
parodiar más que lo familiar. Sólo mi estancia en Siberia me permite decir que
a Iberia le faltará una ese pero la comida es la misma, a menos que se vuele
entre comisarios. Entonces, si uno ve las barbas del compañero de viaje
ardiendo, es por el vodka de los caribes, el Barbacardí, inventado por un
español. ¡Bah caribe!
Hablando de españoles con zetas que se beben, hay un refrán, odioso por
repetido, que declara con énfasis español que quien hace un cesto hace un
ciento. Yo he transformado esta nadería tejedora en algo más excitante y
peligroso: Quien hace incesto hace un ciento. Mi refrán es tal vez más caro que
el otro adagio de plagio, pero mi versión es por lo menos más temida. No hay
duda de que, entre hacer un cesto de paja o cometer incesto, cuál es la
actividad más aburrida. Instrucciones: Estire y doble la paja, insértela en la
ranura, vuelva a repetir el proceso. Ad nauseam. Mientras que el papa Borgia,
su hijo Cesare de daga y toga, y la nunca decepcionante Lucrecia, hija y
amante, que ya antes de Lucrecer cazaba incestos sin red, atrapándolos con las
enaguas, entre las aguas: esos tres Borgia y alguien más hubieran estado de
acuerdo conmigo. Aviso: se ruega echar los papeles al incesto.
De regreso a épocas más divertidas en que los italianos no descubrían América,
como Colón, para terminar siendo un distrito en Washington y un circo en
Nueva York y un país al sur del continente, mientras un segundo que llegó
tercero se quedaba con el resto. Fue ese Americano Vespucci que ahora rima
con Gucci. De vuelta a Roma, donde el papa era el padrino que escribía Maffia
con dos efes: figlio e figlia. En el Renacimiento, un cardenal no sólo era un
eclesiástico vistiendo ropas de color subido, sino un hombre, y era también el
nombre de un pecado de moda, como un perfume. Call me Cardinal Sin. Las
mujeres por sus partes eran como un escándalo carnal, llenas de cardenales
como iban. Arriba ellas descollaban descotadas y descocadas. Mientras tanto,
en la ciudad de los rascacielos, en Little Italy, los Borgias no rimaban todavía
con órgias.
Esta digresión puede parecerles a ustedes una agresión, pero está hecha con
amor eterno. No puede ser una violación porque es un palíndromo: amor a
Roma. Si no a Roma al menos a Lucrecia, que cantaba un madrigal (And the
Church belongs to Daddy), Little Lu, Lulu que se negaba a crecer: Petra Pun.
De ésa, de ella, yo habría sido padre y hermano cariñosos. Palimpsesto pal
incesto. O témpora, o amores. Teníamos entre nosotros a un papa Borges que
no pudo ser nunca un Borgia. Una falla técnica le impidió cometer incesto: no
tuvo hijas. Ni hijos. Sólo tuvo libros y aunque sabía llevárselos a la cama, nunca
pudo hacer otra cosa que leerlos en silencio —labios que no se mueven, dedos
que acarician las páginas: están en Braille y son pecado nuevo.
Pasemos de la mala lengua a la lengua que nunca pudo ser mala. Otro lugar
común oral. Algunos son capaces de decir, «Mi lengua es la más hermosa de
todas», sin referirse para nada al órgano que llevan oculto en la boca. Hablan
del idioma que exhiben cada vez que abren los labios. La idea de que una
lengua pueda ser la más bella es, si se mira de cerca la lengua, perfectamente
absurda. Es como acercarse a un muro y decirle: «Dime, muro, la verdad, ¿no
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es mi lengua una beldad?», y el muro repetir como un eco de pared: Veldá. Es
casi peor que ese dicho enemigo de Chesterton, que dice, «Con mi patria,
cierta o errada». Añadió Chesterton, metafísico del humor: «Eso es como decir
con mi madre ebria o sobria». Ahora lo que quiere decir el hablante (o peor
aún, el escribiente: no tienen ustedes idea de cuántos escritores creen a ciegas,
y por supuesto a sordas, que el español es un idioma idóneo, cuando es sólo el
latín del pobre) es que esa voz ha estado en contacto íntimo con su lengua por
tanto tiempo que se le ha hecho familiar, y de ahí la ha convertido en bella. La
familiaridad atrae la belleza como la luz al insecto (el que alumbra a un insecto
deslumbra a un ciento), y en ese caso la belleza está sólo en la oreja del
oyente. Para mí la familiaridad trae siempre tedio, si no odio. De tanto oír una
lengua termina uno por estar hasta los ojos de esa rapsodia que odia. Ésta fue
la razón por la que Van Gogh, que no podía sacarse los ojos como Edipo, se
cercenó una oreja. Este holandés errático no sabía soportar la lengua viperina
de Gauguin, el francés, idioma dado a repetir cada declaración hasta el hastío.
De ahí que los franceses inventaran una palabra, ennui, que parece contener
todo el aburrimiento de París —es decir, del mundo.
Una frase española que ha prosperado en América en velorios, funerarias y
entierros (y no es Viva la muerte) y en otras acciones dolorosas, es dicha
siempre en voz baja, fenómeno curioso en una lengua, la española, que hay
que hablar alto para entenderse mejor, y demasiado alto para no entenderse
nunca. En español hay suspiros pero no hay susurros. Ese suspiro social en
momentos tristes es: «No somos nada». Que puede quedar convertido
enseguida en un ninguneo nada fúnebre: «No somos nadie». Hay variación que
apenas me atrevo a repetir aquí, donde los ángeles no se aventuran, pero
como un inadvertido me entrometo en lugar tan sagrado como una tumba. Esta
variante atroz la encontré en un inodoro y creo que debo ser excusado por
repetir lo que es literatura de letrina. Decía esta variación —parodia popular,
frase hecha física feliz por el folklore, ese ¡No somos nada!, metafísica que es
ahora mea tu física—, declaraba ese graffito gráfico: NO SOMOS NALGA. Éste
es el pueblo parodiando en público lo privado, enriqueciendo las eses y las
enes, mostrando que la mejor lengua es aquella que se saca en burla y se
muestra roja, móvil, viva.
He venido a hablarles esta noche no de mi lengua sino de mi estilo. Debo
decirles que no tengo ninguno. La frase «El estilo soy yo», dicha por Gustave
Flaubert, o «El estilo es el hombre», según Buffon, no tienen para mí ningún
sentido. Estilizar viene de demasiado estilo y de estilo viene estilete. El estilo no
soy yo, son los otros, que es el infierno literario. La noción de estilo ha
terminado hasta en Francia, tierra que, si no inventó el estilo, necesitaba
haberlo hecho, por la cantidad de eruditos del estilo que han nacido bajo los
tilos de París. ¿Puede un estilo nacer bajo un tilo? Estilo, además, rima con
sigilo y escribir es como un complot. Dijo Danton: De l'audace, encore de
l'audace, toujours de l'audace, que viene muy bien a esta charla considerada
como una asamblea. No falta más que la guiñotina.
La parodia es una forma del delirio de persecución: perseguir un modelo hasta
hacerlo delirar o tocar la lira. Si piensan que me repito es porque los respeto.
Es lo que consigue su sonrisa o su risa y hasta su carcajada. La parodia es
33 y 1/tercio
además parienta pobre de la paradoja, opinión que se hace notar por su
espíritu de contradicción. Es decir dicción contraria: donde dicen sí, yo digo no.
La parodia es el espejo aberrante del alma seria, del lector serio, del autor
serio: la importancia de ser serio es para darse importancia. Es sabido que los
espejos cómicos (si te reflejo te aberro) no se ven más que en las ferias, junto
a la muñeca gorda que ríe toda la noche o el portero flaco vestido de negro que
convoca o suplica: Pasen, señores, pasen y nos describe acto seguido los
monstruos de la diversión que son los sueños de la razón comercial.
Mi parodia continúa como empezó —no por odio, sin odio, nada de odio. Pero
la parodia no es amor, es humor. Sé que parodia y parásito se parecen y el
diccionario reconoce el parentesco. Si ustedes creen que he hecho crecer mi
prosa parásita pero alegre en vegetación más triste, piensen siempre que he
abonado una semilla para que produzca frutos, que he trepado a un árbol ajeno
para adornarlo, que, como la orquídea, supe ser flor desde una rama seca.
Estas casi cursis imágenes vegetales se me ocurren ahora porque es cierto que
la parodia se nutre de un alimento extraño, que a veces, como el maná, cae del
cielo. Hay ocasiones en que el maná es un misterio y el único alimento en el
desierto literario. Así lo declara una versión del son:

Maná, yo quiero saber
de dónde son las parodias.
Son de la lengua,
son de la burla
y encantan en vano.

Conrad decía que la literatura como arte debía tener su justificación en cada
línea. Creo, casi con Conrad, que toda escritura debe tener su justificación en
cada palabra. Para ello es necesario usar la palabra como si fuera una línea:
algo más que una palabra y más larga que una frase. Hasta un refrán latino
sirve para que el adagio sea siempre alegre: Nulla dies cine linea, donde cine
viene de cinema: Voy al cine. Como ven, para conseguir mi propósito uso la
paronomasia aliada a la parodia que no odia. La otra figura retórica, la
paronomasia, no más, tan griega y ajena, es lo que todo el mundo conoce hoy
día como pun, como el refrán al pun pun y al vino vino. Fue Lewis Carroll, en
sus libros de ALICIA, el primer escritor que dio al pun su carácter elegante,
usado en la gran literatura aunque con el pretexto de un cuento para niñas no
ñoñas. Respetabilidad a la que según los gramáticos sajones no podía aspirar el
reverendo por ser el pun (no las niñas) la forma más inferior del ingenio.
Carroll, con el sí de sus niñas, fue un precursor. El Reverendo Dogson, su alias
inter pares, ha llegado muy lejos viajando en su pun púber, niñas como ninfas,
meninas que son musas paradisíacas. La película Dreamchild lo exalta, lo
excita, y el periódico madrileño Diario 16 publica en sus clasificados privados,
para uso púbico, esta parodia pudenda de una pupila: Alicia, ojos verdes, rubia,
delicada, de 18 años, te invita al país de las maravillas. Este guiño perverso, de
ojo meneado, es un homenaje impúdico al pudoroso autor victoriano.
33 y 1/tercio
James Joyce hizo al pun inexpunnable al declararlo sagrado, hostia de letras.
Indicó, reivindicó, que la fundación del cristianismo se hizo en efecto sobre un
pun. Es aquel en que Cristo llama a Simón a su lado y ladeado le propone: «Tú
eres Pedro y sobre tu piedra edificaré mi iglesia». Para poder ver ese pun
funcionando a la perfección hay que oírlo en francés, idioma en que Pierre el
nombre y pierre, la piedra, comparten el mismo sonido. Joyce, irlandés exiliado,
podría haber separado a la Iglesia católica de la anglicana y hacer decir a Jesús
en español: «Sobre ti edificaré mi inglesia.» Esta última variante es a la vez pun
y parodia. Hablar del pun me llevaría a navegar por mares de locura verbal. Me
limitaré a la parodia, parda y pura:


En el monte seco y pardo
tiene el leopardo su abrigo.
Yo tengo más que el leopardo
porque tengo un buen abrigo
hecho de piel de leopardo.

Firmado: OJOS   PARDOS.



Para mí, como habrán visto (y oído), no hay más que escritura y parodia. No
otra cosa hace el lenguaje (el español es, por ejemplo, una parodia del latín)
que procede por la creación, la repetición y la destrucción para la creación. Voy
a demostrarlo aquí in situ, in vivo, in corpore. El latín, de Petronio a Rabelais,
es la lengua de la parodia, que se moviliza recorriéndolos desde modelos
griegos a obsesiones francesas: La Odisea, O diosa sea, el amor, la merde y lo
que los latinos llamaban cacata carta y, franceses in fraganti, la divine bouteille.
Como habrán visto, parodiar no es por odiar: Petronio era un cortesano que no
odió nunca a Nerón aunque lo condenara a muerte, y Rabelais amaba el vino,
las palabras y el papel higiénico, en ese desorden. En Gargantúa y Pantagruel
hay una lista larga de posibles rollos para evitar el mal olor. Vive la Fragance!

(PAUSA)

Quiero decirles cómo escribí algunas de mis parodias contándoles cómo concebí
una sola de ellas, la primera —que dio origen a las demás que aparecen en mi
libro Tres tristes tigres.

(HACER EL CUENTO DE LA CAVA EN LA EMBAJADA EN BRUSELAS)

Desde entonces he quedado marcado con una flor de lis en el hombro. Antes
era un periodista, ahora soy un parodista. Es, en definitiva, lo que un Ministro
de Cultura cubano llamó, en serio, los gases del oficio. Este ciudadano
inminente, al explicar la súbita desaparición del Máximo Líder ante la televisión,
33 y 1/tercio
declaró: «El Primer Ministro goza de un perfecto estado de salud. Solamente
padece un foco neumático en un pulmón.» Hijo más de Mrs. Malaprop que de
Marx, estuvo en este augusto recinto y al regresar a La Habana, después de
una estancia cultural en París y de cenar en el Elíseo con el anterior jefe del
Estado, confesó: «Y hasta estuve en la Soborna.» Ante estas parodias
máximas, ustedes pensarán que soy un escritor realista —y hasta realista
socialista. Pero tengo que confesar que estos borborigmos son los ruidos de las
tripas de las tropas.
En mis días de bachillerato, cuando aprendí que ir a clases era la peor manera
de educarse, que fueron los días de ocio que formaron mi humor, había una
canción, compuesta por un compositor extraordinario que adoptó el insólito
seudónimo de Ñico Saquito. Su canción, que era el hit del momento, se quejaba
melodiosa de otras canciones, también de moda, que hablaban con diversas
voces. Una decía que la luna tenía amores con un gitano, otra comentaba que
un negro llamado Facundo no trabajaba nunca, y finalmente un pasodoble
mexicano cantaba a un torero llamado Silverio que tenía un hermano muerto,
Carmelo, también torero, que solía verlo torear desde el cielo. Nuestro Ñico,
ángel vengador musical, concibió una letanía letal para acabar con estos ritmos
persistentes, insistente. Decía así su parodia no por odio:

Qué ganas tengo
de que la luna se case,
Facundo trabaje
y a Carmelo le tapen el hoyo
que tiene en el cielo
por donde mirar.

Ahora, casi cincuenta años después, participo de ese humor popular paródico,
periódico, de situaciones que pueden no ser ya tan populares. Mejor que yo lo
expresa ese Ñico en otra de sus canciones inmensamente célebres y al mismo
tiempo particularmente idiosincráticas, con un humor que no se ofrece, ay,
todos los días. Aquí parodia es lo contrario de parroquia: no hay arte más
universal. Cito un fragmento de María Cristina, la canción tal vez más conocida
del Señor Saquito:

   María Cristina me quiere gobernar
   y yo le sigo, le sigo la corriente,
   porque no quiero que diga la gente
   que María Cristina me quiere gobernar.


Olvídense, por favor, de la música —porque yo no puedo tararear una canción,
33 y 1/tercio
mucho menos cantarla. Pero oigan cómo la letra expone un tema de orden
ético y filosófico que ha tratado con profunda seriedad germánica alguien tan
versado en metafísicas como Guillermo Federico Hegel: el mismo Hegel
venerado por los hermanos Marx y Engels. Esta canción no es más que la
ilustración poética del tema del amo y del esclavo que Hegel llama dialéctica del
predominio.
Observen que María Cristina, que es, por supuesto, una mujer, colocada en su
eterna situación de dominada, quiere gobernar al narrador, marido o amante, y
convertirse en dominatrix. Mientras el interpelado, a su vez, cede a las
intentonas de dominio absoluto de su mujer, haciendo ver que cede a sus
demandas (le sigue la corriente), porque el autor de la canción o su personaje
cantante no quiere que la gente (es decir, sus amigos, otros hombres, el pueblo
de Cuba) hable de que María Cristina lo quiere controlar —cosa que es evidente
ya ha logrado ella. (Mis interpolaciones son debidas a las calificaciones.)
Esta canción inconsecuente y olvidable para muchos es para mí una obra
maestra de humor sutil —y por supuesto, popular. Universal también porque el
éxito cruzó los mares, viajó a otras tierras y volvió en las ondas cortas y largas
de la radio. Ya rendí homenaje a María Cristina en Tres triste tigres y en un
breve libro de ensayos titulado O —O por cero, pero también Oh por el
asombro. La traigo aquí ahora no sólo como una forma de tributo oral, sino
para que disfruten ustedes su humor bien pensado, bien realizado, y al mismo
tiempo sepan, si no lo han adivinado ya, que éste es uno de mis ideales de
escritura: quiero hacer música popular por otros medios. Si es cierto que todas
las artes aspiran a la condición de música, mi arte o mi parte en el arte, ha
aspirado siempre a la condición de música popular: con cierto concierto. Pero
como esta clase de música clásica quiere llamarse seria (imaginen, por favor, al
gran Satie serio y no satírico: el fue el autor que llamó a una de sus
composiciones Una pieza en forma de pera), he abandonado tientos y tanto
intento porque quiero serlo todo menos serio. Ser serio es ser grave y como
ustedes saben, grave, en inglés, es la tumba. Ya Shakespeare lo dijo en Romeo
y Julieta, entre versos y veras, cuando las palabras como con las espadas
(swords, words, swear words), defendiéndose de una con otras, siempre
jugando herido de muerte, tiene todavía una última paronomasia mercurial:

Ask for me tomorrow
And you shall find me
A grave man!

La parodia è finita
                                                          (Tomado de Letras Libres)

                                    replay
33 y 1/tercio




                           la histeria me disolverá
                 33 (coma) 3 preguntas a Michel Encinosa (Fú)


Aquí debieran ir unas palabras. Masturbación podría ser una de ellas. Hay
mucho de embarro en una entrevista masturbatoria. Es posible que Jorge
Enrique Lage haya tecleado las preguntas. El Chino Fú alega no ser responsable
de las respuestas: basta leer lo que sigue para detectar un influjo psicotrópico.
                                                                                JE


Michel, ¿cómo es el Barrio Chino de La Habana? ¿Cómo se escribe o
cómo no se puede escribir en un Barrio Chino?
33 y 1/tercio
Sábanas no muy blancas colgadas en los balcones. Perros insoportables a las
tres de la madrugada. La cola de la carnicería sentada en pleno en los bajos de
tu escalera. Paredes fermentadas. Los chinos… bueno, solo turistas de ojos
rasgados. A veces teñidos de rubio. O rojo. Creo que se escribe como en
cualquier otra parte: como mejor y buenamente se pueda. La vida es dura.

¿Cómo se iba a llamar la banda de rock que nunca formaste? ¿Cómo
sonaba?
Tuvo tantos nombres… El mejor creo que era algo así como Oscuras
Distracciones Bajo La Estrella del Autarca. Alguien me propuso El Micho y sus
Piojos del Vaivén. También quise ponerle Guerreros Legendarios en la Arcana
Torre del Mórbido Edén o Los Héroes Invictos de la Legión Celeste… Ninguno
pegó, al final. (Suspiro). Así que opté por Brute. Sigo creyendo que era una
buena opción. Y sonaba… no sé… muy épico, muy satánico, muy poético y muy
bestial. Mucha guitarra. Mucho bajo, también. Mucha batería, claro. Mucho
teclado, por supuesto. Y mucha, muchísima voz. Como que cantaba yo… Escribí
varias letras, que después convertí en cuentos y publiqué en mi primer libro. La
vida es dura.

¿Sigues creyendo que Dios es baterista de heavy metal?
Lo que realmente no me importa es si Él lo cree o no. Hubo una época en la
que Dios era solo otro mito para mí, junto a los Jackson Five y Mazinger Z. Si
de verdad existe, entonces tiene que ser un pésimo aporreador de cueros. Pero
es normal, les ocurre a todos los webmaster aficionados. Un socio mío era
webmaster y tenía un pececito, como el de la rubia karateka en Domino. Y el
pececito se le murió, igual que a la rubia karateka. Aunque a ella se le murieron
dos, ahora que me acuerdo. ¿Ves? Eso es lo que hace Dios. Matar pececitos.
Con un golpe de baqueta, PUM. Y todavía nos preguntamos por qué diantre
dicen que el heavy ha muerto. El heavy no ha muerto, nunca murió. Solo que si
Dios es el baterista, pues bien… Como que… En realidad no, nunca creí tal
cosa, vaya idea.

¿Qué opinas de las notas a pie de página?
Caracoles, jamás pensé que tendría que tener una opinión sobre eso. ¿Qué
opinas tú de los interruptores?

¿Qué estabas viendo la última vez que pensaste: it´s just a movie?
La batalla de Moscú.

¿A qué le tienes miedo?
Vivo en el constante terror de descubrir que le temo a algo que aún no he
descubierto.

¿Has soñado con cosas eléctricas?
Ejem… ¿Voltus V era eléctrico? No estoy seguro. En todo caso, he soñado
también con fallos de sistema de Windows XP, con teclados Yamaha y por
supuesto, con las legendarias cuerdas de acero; I love the sound of electric
guitars… Si por casualidad tu interés son los adminículos de placer a baterías
33 y 1/tercio
triple A, pues no… Prefiero el sexo al natural. ¿Has tú soñado con una
palangana llena de mentol? ¿O metil? ¿O leche caliente, recién ordeñada? ¿Has
tomado leche recién ordeñada? ¿Has soñado con palanganas?

¿Alguna vez te has salpicado de sangre?
Puedo hacer el amor con o sin menstruación. Pero nunca olvido envolver mi
almohadilla sanitaria en algo antes de botarla.

¿Alguna vez has visto a la mujer más hermosa del mundo?
(AY) Sí…

¿La luna es una cruel amante? ¿Tokio ya no nos quiere?
La última vez que salí de Ciudad Habana pasé mucho frío. No había suficiente
ron. Había poesía. Había ranas. Había poetas y narradores. Había putas y
maricones. Había enanos y… enanos. No había luna. Y no, esto no ocurrió en
Tokio. Tokio nunca nos quiso. Tokio jamás se enteró de que estábamos aquí,
añorantes, apasionados, adolescentes púberes al umbral del misterio supremo…
Si alguna vez nos follamos una vaca, Tokio nunca lo supo. Tokio es un cruel
amante, y la luna es una… mira, déjame no decir lo que pienso de la luna.

¿Qué grafitti pondrías en el metro de Nueva York?
VIVA LA EMULACIÓN.

¿Quién es el Enemigo?
 CENSURADO

¿De qué color es tu cepillo de dientes?
¿Y tú crees que voy a levantarme de esta silla solamente para ir a averiguarte
de qué color es mi cepillo de dientes?

¿A quién le pedirías un autógrafo?
Al primer famoso que me encuentre y que se esté muriendo. Hay que pensar
en el mañana. En cuanto a los ya muertos, si los veo alguna vez, dondequiera
que sea, prefiero sentarme con ellos a encender una pipa y comentar sobre lo
bien (¿?) que terminó todo.

¿A quién no querrías conocer nunca?

Pon el nombre de quien peor te caiga en este continuum espacio temporal en la
línea de arriba, y dalo por mi respuesta. Esto se llama compañerismo,
fraternidad, igualdad, de derechos, humanos, y animales, y botánicos, y hasta
del plancton, vaya, que no me acuerdo si es animal o vegetal, pero que se lo
comen las ballenas, tú sabes, se meten un buche de agua salada cochina y
puerca y petrolera esa del océano y la filtran a chorros por entre las varillas.
¿Has tenido sexo oral con una ballena?
Lo de las varillas esas que mencioné tiene su talla, tú.
Te vas a acordar de mí.
33 y 1/tercio
¿Qué es lo mejor de no tener televisión por cable?
La cantidad de gente que conoces intercambiando .avi y .mpeg y .dat. Sobre
todo, las chicas. El thriller de tener una serie hasta el episodio catorce y no
saber si te van a caer algún día los restantes. O ver la estación tres antes que
la uno y la dos. Además, la inmensa ventaja de ahorrar tubo de pantalla y
corriente.

¿Dan mala suerte las niñas de 13 años?
Según. Si las usas como personajes, todo puede ir bien, si mantienes el sentido
común. En cambio, el mundo se te puede caer encima si son ellas las que te
usan como personajes.

¿Cómo se encienden los vibropuñales?
Nada más sencillo… Basta con apretar el… (¿cómo era?) Sí, viejo, colocarle la…
(¿Era así?) Bueno, mira, tú lo coges y lo abres… (¿se abrían?) Okay, no lo
abres… (¿o sí?) Nada, nada, fíjate, con el pulgar… (el pulgar… ¿de verdad?)
ARGH!!! La verdad es que nunca había pensado en eso, tú, so jerbo. ¿Que no
se te ocurre nada mejor que abochornarme en público?

¿Con qué te drogas habitualmente?
Gameboy, .mp3, chocolate, google, papitas fritas, Etecsa, John Grisham,
Blizzard North, nicotina, Naruto - Bleach - Full Metal Alchemist - D. Gray Man -
Ranma ½, pantallazos azules, Will Cuppy, Les Luthiers, Yu-Gi-Oh, Mena
Suvari… Ah, y barras de maní molido de 10 pesos.

¿Estás de acuerdo con Chris Carter: The truth is out there?
En animosa batalla contra los engendros termonucleares, las mutaciones
apócrifas de la historia y el papel sanitario con olor a manzana, me abalanzo
sobre el recinto clausurado de mis tedios y te respondo que… Chico, ¿realmente
existe un out there?

¿Cuál es la diferencia entre un gato común y un gato samurai?
Veamos. Los gatos comunes no hablan, no hacen chistes pujones, no pelean
contra pájaros malos con katanas, no vuelan en Catatónicos Supremos, no
reparten pizza a domicilio… Aunque sí suelen caer peor que una bola de pelos
en la garganta.

¿Ya están escritos los mejores diálogos?
Sí, ya los escribí.

¿A qué personaje(s) de ficción te gustaría parecerte?
Creo que a esos heroicos, trágicos, desdichados que terminan su historia
sentados en un cuarto vacío, y soñando con salir a cazar dragones que no
existen con las guitarras eléctricas que no tienen, para salvar un mundo que no
tiene importancia alguna.

¿Cómo es el sexo con las musas? ¿Y con las mutantes?
33 y 1/tercio
Con las musas es decepcionante. Cualquier relación que no trasciende lo
platónico es decepcionante. Las musas no tienen vagina. Tampoco tienen carro.
L.q.q.d.
Las mutantes son mejores. Tienen más de una vagina. Tienen tentáculos,
aguijones, exoesqueleto. La crema, tío. Si llegas a ver algún día en plena acción
a dos o más mutantes lesbianas, comprenderás. Ah, sí, comprenderás…
Ah…

¿Te gustaría ser un jerbo?
Documéntame sobre el perfil político-ideológico de los jerbos, y te daré una
respuesta fiable. De momento, no. Hay que jugar al seguro.

¿Qué estás leyendo ahora?
Orlán Twentyfive, de Juan Abreu. El Tribuna de la Habana. Esta sarta de
perturbadoras preguntas tuyas.

¿Por qué recomendarías que te leyeran?
No lo recomiendo. Lo EXIJO. Sobre todo los que tienen que publicarme.
Después de publicado, pues… en fin, si alguien quiere…
(COMERCIAL) Yo hablo de la transgresión intertextual, hablo de la glorificación
de la cultura basura, hablo de sueños, de pesadillas, de traumas, de la guerra y
de la paz, de los gays y los judíos, de los paramilitares y los paralíticos, mis
libros hablan de todo eso. Al final todo libro es el hijo bastardo de algún otro
libro. Puedo escribir sobrio, puedo escribir borracho, puedo escribir alucinado y
dormido, puedo escribir inocente y culpable, puedo escribir como sea, y a
veces, en mis mejores días, pienso que puedo escribir. La crítica me hará
pedazos, y por eso no creo en la crítica. Todas las mujeres son mis novias. La
inspiración nace de mi pene. Mi pene mide cuarenta pulgadas. Quién carajo es
Harold Bloom. La literatura no existe y, por tanto, no lleva a ninguna parte.
La realidad ya no es lo que solía ser. La cultura es un subproducto
subvencionado y subvertido. Los géneros desaparecen. Ficción, realismo social,
fantasía, horror, fábula, testimonio, ciencia ficción, todo es lo mismo. Hombres
y mujeres, todo es lo mismo. Todos tenemos penes y vaginas. Todos somos
subvencionados y subvertidos. Todos somos violados. Todos vivimos una
realidad que no existe.
Yo, por otro lado, soy un tipo maduro e inteligente. Por eso mi obra hace todo
lo posible por resultar inmadura y estúpida. Es el único modo de tener público.
No creo en la estética y me cago olímpicamente en la moral. La mayoría de mis
amigos de la secundaria ya están divorciados y con hijos. Odio el trabajo y no
vivo para trabajar, sino que sufridamente trabajo para vivir. Soy un
superviviente y un sobreviviente. Mi pene, erecto, llega a medir sesenta
pulgadas. Ya no soy joven y, por tanto, me niego a pasar cursos de albañil
emergente. Mi dignidad la llevo bien guardada en el calzoncillo, que es donde
debe estar. Me encantan las lesbianas y todas mis novias lo han sido. Todas las
mujeres son lesbianas. Recelo de los maricones, y todos mis amigos lo son.
Todos los hombres somos maricones. Vivo en un país libre, y por eso no tengo
que estar luchando cada día por la libertad. La literatura es una soberana
33 y 1/tercio
mierda, y por eso hago lo que me da la gana con ella. La literatura es una
lesbiana, y a mí me encantan las lesbianas.
La gestalt ce moi. (FIN DEL COMERCIAL)

¿Crees que los japoneses se están extinguiendo?
Me pregunto qué se preguntarán los putos japoneses sobre nosotros.

Si hubiera que reinventar Cuba, ¿dónde quedarías tú?
En el Tibet. O el Vaticano. O en Marte o Saturno. En la luna no… Creo que ya te
dije lo que pienso de la luna.

¿Qué te parece 33 y 1/3? ¿Alguna sugerencia?
Le falta el ISBM(ierda). Por lo demás, muy bonito, sí, muy bonito. Se agradece
la iniciativa, sí, pero… No olviden, cabrones, dedicarle alguna página a…

Por último, Michel: ¿algún motivo para seguir escribiendo?
Bueno, sí… (PAUSA COMERCIAL)
Tenemos coño que escribir porque si no escribimos coño no escribimos nada.
(Un momento)
Tenemos (coma) coño (coma) que escribir (coma) porque si no escribimos
(coma) coño (coma) no escribimos nada.
(Ahora sí (coma) coño.)
(Y seguimos el COMERCIAL…)
El que no escribe, no come. Y el que escribe, no come tanto como el que no
escribe. Pero esta es la vida que nos ha tocado vivir. Una vida dura2. Una vida
sin cama de rosas, sin crucero de ocio, sin cascos para motoristas. La vida, cual
vasto cristal azogado, túrbida recurrencia de arcanos carruseles, distante
turbamulta en la penumbra oscura y sombría del día del radiante mañana
luminoso de la aurora de la Humanidad de las personas… Por eso (coma) coño
(coma) hay que escribir (punto) Para hablar de todas estas cosas, porque hay
que hablar de estas cosas, y nunca callar estas cosas que no deben ser
calladas. Masturbadme, no importa, la histeria me disolverá.
(FIN DEL COMERCIAL)

P.D.:
¡Ah, porque al final no te dicho aun lo que pienso de la luna…!
Pues te jodes, porque tú tampoco me has dicho lo que opinas de los
interruptores.

Y te saco la lengua.
Cambio y fuera.
GAME OVER
Se acabó.
Koniec.
Made in gao.
Abur.
Dasvidania.
Sayonara.
33 y 1/tercio
¡HENTAI!... qué digo… ¡BANZAI!
Y chao.
Hasta la próxima.
Si es que hay próxima.
Si es que hay luna.
Si es que hay algo.
Algo que escribir, claro.
Porque hay que escribir (coma) coño.
Apaga, que pusieron el patrón de pruebas.
Ahorra corriente.
Mira que subió la cuenta.
Voy a bañarme.
Y después al cine.
No… no voy a ver La batalla de Moscú.
¿A ti te gustó La batalla de Moscú?
Chico, no sé, la verdad.
Muchos tanques.
Eso sí (coma) coño. Muchísimos tanques.
Ah, la infraestructura industrial socialista.
No falla.
Muchos tanques.
Y en Afganistán también.
¿Quién lo hubiera dicho?
Coño.
Y ya ves cómo estamos.
Conozco a pila de gente con cáncer de piel.
¿La capa de ozono esa no fue la que Walter Raleigh puso a los pies de la Reina
Isabel?
¿Ah, no?
Coño.
Yo hubiera jurado.
¿Juras decir la verdad?
¿De verdaaaaad?
Tú eres un tipo listo.
Igual que yo.
Vaya (coma) que me cae bien la revistica.
¿Cuánto pagan, por cierto? Sí, viejo, por las colaboraciones y…
¡EEEEEHHHHH!
¡Ah, pues te vas pa´l carajo!
Coño.


                                   replay
33 y 1/tercio

                              michel encinosa fú
                              (la habana 1974 – tokio ¿?)




                           buenas noches, claudia

Un asesino profesional siempre será un ladrón, cuando menos, competente. La
relación inversa, por algún raro motivo, tiende a fracasar.
Por eso, mientras Claudia se desangraba en el piso, yo solo pensaba en
ayudarla.
Los profesionales del hurto solemos eludir muchos errores, excepto uno, el
fundamental; nunca robes a alguien conocido. Y entre los conocidos, evita
sobre todo a tus padres, tus amigos, y a esa persona especial que parece tener
todo lo que tú deseas, incluyéndose a sí misma en el lote.
—Aguanta, Claudia, por favor —le rogaba yo, sin dejar frotarme la boca, las
cejas, las sienes, la frente, la nariz, en esa pantomima tan frecuente del
desespero.
Ella asentía, desde el piso, apretándose la barriga con ambas manos.
—Aguanta ahí, regreso enseguida, te juro que regreso —y yo salía corriendo
para la calle, sin pensar siquiera en que necesitaba tiempo para pensar,
inventar una fábula, ponerme de acuerdo con ella, porque eso sí, seguro, nos
pondríamos de acuerdo, ella no me iba a delatar, ella iba a entender, ella
siempre entendía.
La calle era un túnel con dos finales oscuros. Elegí el de la derecha. El opuesto
al que yo había usado para venir. Puro instinto, supongo.
Todo había salido tan bien.
La copia de su llave. Las pistas falsas en la ventana de la cocina, incluso en el
césped del patio. El recorrido planificado, contando los segundos en silencio.
Sala, cuarto de sus padres, cuarto del hermano. El botín colocado por severo
orden en la mochila. DVD, dinero, incunables del 1700. Ni un gesto de más. La
avaricia es una trampa.
Y entonces, al doblar la esquina del pasillo, la puerta del baño, de golpe la luz,
ella sin un grito, valiente, siempre valiente, mi Claudia, con el cuchillo derecho a
mi barriga, triunfante, mis manos nerviosas, los reflejos inevitables, el cuchillo
en su barriga, y la sangre, toda esa sangre en la oscuridad, después fluyendo
hacia la línea de luz de la puerta del baño, como si se hubiera roto un pomo de
jarabe.
«Apriétate ahí», le dije un minuto después, y le cogí las manos y le enseñé
cómo.
33 y 1/tercio
«Enano… Eres tú.»
«Sí, espérate, déjame pensar… ¿Te duele?»
Me quedé sin respuesta. Pensé con esperanza y susto que estaba desmayada,
pero no. Con los ojos entreabiertos, solo respiraba, respiraba de a poquito,
rapidito, y después apretaba los ojos y empezaba a lloriquear con unos
soniditos…
Ahora iba por la calle mirando las ventanas y las puertas. Si no fuera por esas
cercas de alambre tan altas, esos candados, esos perros en lo oscuro. Pensé en
tirar piedras contra las ventanas. No había piedras. Tirar latas, entonces. No
había latas. Era el residencial más limpio de la ciudad. Modelo de urbanidad,
ejemplo de civismo.
Sacudí algunas rejas. Manipulé algunos cerrojos, metiendo los dedos,
rasgándome la piel de las muñecas. Inútil. Llamé; “Oigan, por favor, hola,
buenas noches, oigan, oigan oigan, por favor”. Todo siguió apagado. Solo
salieron algunos perros, a tirarse iracundos y suicidas contra su lado de las
cercas, y otros a olerme de lejos, con el rabo entre las patas.
 A las cinco cuadras desistí y regresé corriendo. ¿Cuán difícil podían ser unos
primeros auxilios?
Ella me miró desde el piso. Una cara negra, con dos puntos de luz.
—No me sale nadie, en ninguna casa… —le expliqué—. ¿Es muy hondo?
—El teléfono, comemierda —me respondió.
Solo para complacerla, fui a la sala, marqué números:
—No hay línea.
Yo mismo la había cortado. No era necesario, pero, la tradición, la buena
escuela.
—Enciende la luz.
Obedecí. Quedé medio ciego unos momentos. Tanto cristal, tanto plástico
plateado, tanta pared blanca.
Tanta sangre brillante.
Ella también la vio:
—No, Enano, apágala.
Obedecí.
—¿Qué vas a hacer? —exigió.
—Déjame ver. ¿Puedes moverte un poco para allá? —indiqué el trapecio
iluminado del piso, frente a la puerta del baño.
Era solo un metro. Ella asintió. Me agaché para ayudarla, metiendo las manos
por debajo de su muslo.
Ella lo intentaba empujando con la espalda. Hacerlo con las piernas,
obviamente, era doloroso. Yo agachado no tenía buen apoyo. Me arrodillé.
33 y 1/tercio
Pareció funcionar, al principio. Después empecé a resbalar en la sangre. Ella
soltó un gritico. Yo me caí sobre su regazo. Ella se olvidó del dolor y empezó a
patalear y a darme piñazos. Yo consideré que era suficiente, ya podía ver
mejor.
—Estate quieta, Claudia, por favor, déjame ver.
Le aparté las manos, levanté el pulóver. Un corte limpio, en L, al sur del
ombligo, tirando a la izquierda.
—Aguanta ahí otra vez, un momento.
Saqué una toalla del baño y se la apliqué. Después, a falta de algo mejor, traje
una sábana y la enticé, apretando bien. Incluso hice un torniquete con una
flauta. Su flauta. Me pareció lo más adecuado. Me estaba convirtiendo en un
experto.
—¿Quieres algo?
—Que acabes de traer una ambulancia, coño, Enano, coño.
Me alcé, dispuesto a salir corriendo otra vez.
—No, espérate, tráeme un poco de agua.
Juzgué que la fría no era conveniente, así que cogí de la pila. Le llevé el vaso.
—Fría, coño, Enano, agua fría.
Le traje de la fría.
—¡Me duele!
Tiró el vaso contra la pared.
—Creo que se me está saliendo por el hueco. El agua fría. Mira a ver.
Puse la mano. Parecía que sí. No lo sabía de fijo. El estómago no queda tan
abajo. No recordaba en qué ángulo había entrado el cuchillo. Tampoco tenía
forma de averiguarlo, como no fuera metiendo los dedos.
No creí que ella me fuera a dejar.
—Dale, coño, Enano, no te quedes ahí, trae a alguien, a cualquiera.
Salí otra vez a la calle, en dirección opuesta, a la avenida.
¿Por qué lo había hecho? Porque es lo que hago. ¿Por qué a ella?
No. No a ella. A sus padres, a su hermano. Tenían de todo y de sobra.
De todos modos, ¿por qué en su casa? Ella era mi persona especial. Eso tenía
que significar algo. Cuando menos un “eso no está bien”.
Pero ella me llamaba Enano.
Cuando una mujer te llama por tu apodo, en vez de por tu nombre, puedes
olvidarte de cualquier oportunidad. Si te llama por tu nombre, cuando todos los
demás te sacan el apodo, eso significa algo. Si no es así, pues a silbar a la vía.
A lo mejor fue por eso.
33 y 1/tercio
La avenida. Un túnel iluminado hasta ambos confines del mundo. Autos
escasos, veloces, muy veloces. Traté de detener algunos, pero terminé lleno de
polvo y hierba. Me tiraba hacia un lado en el último segundo antes de
convertirme en plasta.
—¡Oye, man!
Un bicitaxi. Ilegal, en la avenida.
Corrí hasta él. Tan pronto me vio lleno de sangre, el tipo le metió a sus pedales
y se perdió por una esquina.
Derrotado en mi segundo round, regresé.
—No puedo parar nada en la avenida. Tú sabes, Claudia, si yo fuera una
muchacha como tú, en minifalda, a lo mejor…
Mi chiste no fue bien recibido:
—Mira que eres comemierda, Enano, coño… A tres cuadras por la avenida hay
una embajada… No sé de dónde, pero es una embajada. Tiene que haber un
custodio, con un teléfono, un radio, yo qué sé…
—Enseguida —me sentía el non plus ultra de la eficiencia.
—Espérate. Ven acá.
Me incliné sobre ella. Cogió mi camisa y tiró hacia abajo. Casi me derriba:
—Ahorita me dio un mareo… Y me empezó a doler… ¿Me voy a morir, Enano?
—No, carajo, no te vas a morir —la miré como si fuera estúpida. Yo aún no
había pensado en eso, y empecé a preocuparme.
Mucho.
—¿Quieres más agua?
—No, más agua no. Pero tráeme un libro. Así se me pasa todo más rápido…
Fui a su cuarto y le traje Drácula.
—No, ese no. Otro, el que está junto al mouse.
Purificaciones, de Empédocles.
—Bueno, dale, Enano, dale.
Ya en la esquina di media vuelta, volví a toda carrera y pregunté desde la
puerta:
—¿Tres cuadras para la izquierda o para la derecha?
—Avenida arriba, coño.
Obviamente, su arriba no era mi arriba. Tres cuadras en la dirección errónea,
seis cuadras en la correcta. El custodio tan pronto me vio se llevó la mano al
arma:
—Hey, párese ahí, coja por la otra acera, por favor.
—Mire, tengo una muchacha herida, me hace falta…
33 y 1/tercio
—Llame a la policía, o al hospital.
—El problema es que no puedo…
—Hey, no me busque líos, mire que esto no es de juguete —sacó el arma a
medias.
Era un hombre mayor, con unos espejuelos así de gordos. Sus ojos parecían los
de un marciano. Tenía una panza que ni Oliver Hardy, y las piernas gambadas.
—Mire, si usted pudiera coger ése teléfono… —señalé al que tenía en la garita.
—Siga, circule… O no, párese ahí, que ya resolví su problema.
Por la avenida se acercaba un patrullero. El custodio le hizo señas con una
linterna. Yo casi lo abrazo. El auto frenó, los policías se bajaron. Casi los
abrazo. Lo primero que hicieron fue tirarme contra el asfalto y esposarme.
—Miren… Una muchacha herida… Con un cuchillo… A unas cuadras de aquí…
—No le hagan caso, es un bandolero —les explicaba el custodio, y ellos,
conduciéndome al auto, asentían como bien entendidos.
Ni siquiera me bajaron la cabeza para meterme dentro. Tumbado en el asiento
de atrás, con la nariz partida, les seguí diciendo, pero ellos respondieron con
notoria suficiencia:
—Está bien, vamos a ver. Y estate quieto.
Una cuadra, dos cuadras…
—Doblen por aquí para abajo.
El auto inició el giro, pero no lo terminó. Aceleró de nuevo y frenó de golpe.
Ellos salieron de estampida.
Asomé la cabeza por la ventanilla.
Por el medio de la avenida corría un tipo, sacudiendo una mochila. Tras él iban
dos mujeres muy pálidas y rubias, en shorts caqui y camisetitas, gritando en un
idioma desconocido.
Los policías le salieron al paso al tipo, lo derribaron, le incautaron la mochila.
Las dos mujeres se les acercaron, ya sin resuello. Vinieron todos para la
patrulla. Subieron.
Quedé comprimido contra la puerta. Me aplastaba una de las mujeres, de buen
cuerpo, pero muy grande, con un escote coloradísimo. Ni siquiera me miró. El
tipo iba entre las dos, esposado. Me miró como a un primo muy querido. La
patrulla salió quemando gomas, ignorando mis protestas:
—¡Que era por aquella esquina, coño, por aquella esquina!
—Después, esto tiene que ser primero —aclaró el copiloto—. Ya hicimos la
noche.
Tres segundos después, las mujeres empezaron a hablar en su jerigonza
semivikinga o cuasieslava. Tres segundos después, empezaron a insultar al
tipo. Tres segundos después, una le espantó un piñazo. La otra la secundó. El
tipo respondió tirando el cuerpo sobre una y sonándole patadas a la otra. La
33 y 1/tercio
que me aplastaba, supongo que sin intención, me hundió un codo en el cuello.
Luego, en la oreja. El auto zigzagueó, se detuvo, los policías se bajaron y
sacaron los palos. Una patada empujó a la mujer que me aplastaba, y por eso
caí contra las caderas del policía que abrió por mi lado. Rodamos por el asfalto.
El tipo, ni corto ni perezoso, mordía a la otra en las tetas. Unos palos se alzaron
y otros bajaron. Algunos sobre el tipo, otros sobre las tipas, y otros sobre mí.
Quise llorar.
Una de las mujeres, hecha un manojo de gritos, se le prendió a la cintura a un
policía y le sacó la pistola. Un Ford Sierra pasó junto a nosotros, como un
relámpago rojo.
 PAM PAM PAM PAM PAM PAM… El tipo quedó de rodillas frente a la puerta del
auto, con la frente apoyada en el asiento. El policía que me pacificaba saltó
hacia atrás, empujado por otra bala. El otro se mandó a correr, y le tocaron dos
tiros. La otra mujer se acercó a su amiga para tranquilizarla, y recibió la suya
en la cabeza.
Ella no me podía ver, de momento, porque yo estaba en el suelo, al otro lado
del auto. Le saqué las llaves a mi policía, y en cuanto vi aquellos pies en Adidas
empezar a contonear el vehículo, salí a todo tren.
De todos modos, no escuché más disparos. Cargador agotado, tal vez. Muy
posible.
Traté de abrir las esposas mientras corría. Era inútil. Tuve que detenerme bajo
un farol. Un Willys pasó lleno de Hip Hop y chicas encueras. Me silbaron.
Arrojaron una lata de cerveza, que cogí al vuelo. Estaba mediada, y fría. La
bajé hasta el fondo con un buche.
Claudia parecía dormida, pero no.
—¿Ya vienen?
—Sí, ya vienen —le respondí. No tenía valor para desmentirla. Y de todos
modos, era cierto. En algún momento, por fuerza, vendría alguien.
—Ven, Enano, siéntate aquí.
Ya no le quedaba mucho volumen. Daba la impresión de oírse en mono, en vez
de estéreo. También podía ser el codazo en mi oreja.
Chapoteé con mis nalgas en su sangre, hasta quedar más o menos cómodo.
Quise sugerirle que se recostase a mí, pero no lo juzgué conveniente. Podría
aumentar la hemorragia.
—¿Me habrá jodido un ovario? —se preocupaba ella—. Yo quiero tener hijos,
Enano. Tres niños. Un varón, una hembra, y otro varón… Me duele, Enano.
—¿Tienes pastillas?
—¿Qué clase de pastillas?
—De las que son para el dolor.
—Sí, mira a ver en el baño.
33 y 1/tercio
Fui a ver. Le traje pastillas. Yo también tomé. Las bajamos con TuKola. Fría.
Apenas lo sintió. Apenas parecía sentir nada.
—¿Qué hora es, Enano?
—Ahorita amanece —mentí, y saqué los cigarros.
—Creí que lo estabas dejando. Que estabas fumando a partir de las cuatro de
la tarde y hasta las ocho de la noche.
Yo lo pensé un poco y respondí:
—Ahora son las siete de la noche en Buenos Aires.
Encendí el cigarro.
Ella tenía el ceño fruncido, como calculando. Desistió al fin, y prestó atención a
su barriga. Se palpó con timidez el entizado de sábana:
—Esto me aguanta la sangre, ¿verdad?
—Claro que la aguanta —solté un chorro de humo.
—Tengo hambre… Quiero decir, creo que tengo hambre.
—Mejor no comas nada.
—No es eso. No tengo ganas de comer nada. Pero creo que tengo hambre.
No se lo discutí. Me sentí magnánimo.
—Se demoran.
—Siempre se demoran —expliqué—. Si quieres salgo a la calle por si los veo
pasar.
—No. Quédate. Conmigo.
Unas horas antes aquellas palabras habrían sido maravillosas. La imaginé en su
cuarto, en su cama. Me imaginé en su cuarto, en su cama. Lo imaginé todo,
absolutamente todo.
Debí imaginar un buen rato, porque cuando el cabito me quemó los dedos, ella
parecía dormida. Esta vez, de verdad.
La sangre ya mojaba mi mochila, tirada en medio del pasillo. La casa tendría
algún desnivel. Me levanté, puse mi mochila en el sofá de la sala, y encendí el
televisor. Estática. Lo apagué. Encontré una discman, sobre la mesa. Me puse
los audífonos. PLAY. EL soundtrack de Farinelli. Se al Labbro Mio non Credi.
Nunca me gustó. Saqué el CD, y metí la discman en la mochila.
Fui hasta ella y la miré de cerca, impunemente. Podría darle un beso. La sangre
en su short empezaba a secarse. El libro estaba en el piso. Se me antojó
aburrido. Lo hojeé un poco. Era aburrido.
Si regresaba hasta el patrullero, cogía la otra pistola, y empezaba a disparar al
aire, alguien me haría caso. Podría detener un vehículo a tiros… Demasiadas
películas.
Ella dijo algo. Me le pegué un poco más:
33 y 1/tercio
—Tengo calor, Enano.
Eso iba en contra de la teoría, pero no se lo discutí.
—Tengo calor, coño, sácame para el portal.
—Mejor no.
—Que me saques para el portal, coño. ¿Tú no estás enamorado de mí? ¿Tú no
llevas como un siglo queriendo estar conmigo? Entonces, sácame para el portal,
y después hablamos de eso.
La sangre medio seca estaba pegajosa. Era un buen apoyo. La alcé en brazos.
Ella gimió y me mordió el hombro. Bendita fuese. Claudia, mi amor.
Ya en el portal, me dio miedo soltarla. Podía hacer un mal gesto. Miré los
sillones, el columpio. Desconfié. A ella parecía darle igual. Respiraba en mi
cuello. Con las manos sobre el pecho, como una madonna.
Salí para la calle. Hacia la avenida. No pesaba mucho.
—¿Para dónde vamos, Enano?
—A dar una vuelta, necesitas aire.
—¿Y si llegan…?
—Nosotros los vamos a ver. Una ambulancia, las luces, azules y rojas, los
vamos a ver, no te preocupes.
En la avenida, me recosté a un farol. Ya no me sentía los brazos. Busqué apoyo
en mi propia barriga. Sentí mis dedos insensibles. Como una burla, ella me los
acarició.
—Tienes unas manos lindas, Enano. ¿Te gusto mucho?
—Mucho, muchísimo, Claudia.
Un Volvo esmeralda pasó como un espejismo. Ella no lo notó. Yo, apenas.
—A lo mejor, cuando me ponga bien, hablamos de eso, ¿okey?
Asentí. La emoción me embargaba.
Un madrugador pasó joggeando por la otra acera. Ni siquiera nos miró. Lo
estudié con envidia. Era musculoso. Buenas piernas. Como el novio de Claudia.
—Claudia —la llamé.
Ella me susurró algo así como:
—Detente, instante, eres hermoso.
—¿Claudia?
—No es contigo, comemierda.
Suspiré. Al rato volví a llamarla.
Ya no respondió.
Un ómnibus de turismo —Horizontes—, pasó como un señor, dueño de la
avenida. Por una ventanilla con la cortina corrida vi a una vieja. Tenía una
33 y 1/tercio
verruga en la frente. Inmensa, la verruga. Durante varios segundos no pude
quitarme esa imagen de la cabeza.
Bajé a Claudia al suelo y la apoyé contra el poste del farol. El entizado la hacía
parecer preñada. Mis dedos empezaron a pinchar, recuperada la circulación.
Les di masaje. Los chupé. Los hice sonar. Seguía oyendo en mono. Y el oído
sordo me dolía. Mucho.
Regresé a la casa, cogí mi mochila y cerré la puerta al salir.
Al final de la calle, donde había dejado a Claudia, ya clareaba.
Me fui en dirección opuesta, fumando, pensando.
Sobre todo, pensando en que las verrugas eran unas cosas muy feas. Ojalá no
me saliera ninguna. Nunca.


                                         ●●●


                      helena y la insularidad postergada


Playas sin fin a merced de un horizonte azul, casonas coloniales, muchachas
perfectas en bañadores minúsculos.
CUBA: AMISTAD SIN FRONTERAS
—¿Dónde queda eso? —Annia asalta a Agnes y le arrebata el folleto.
Calles empedradas, vitrinas deslumbrantes, cervezas espumosas,
CUBA: UN SOLO EDÉN, UNA SOLA OPCIÓN
—Creo que es una isla —opino al azar.
Ellas se alborotan:
—¿Sí? ¿Igual que nosotros…? ¿Y dónde está? ¿Se puede ir en avión?
Cabarets, pasarelas, avenidas preciosas, autos preciosos, gente preciosa.
CUBA: COMPLACERLE ES NUESTRO OFICIO
Ellas tiemblan de entusiasmo:
—Miren toda esa gente… Parece genial.
—Debe ser genial. Debe serlo.
—Queremos ir —dicen, y se comen las fotos con los ojos. Leen en voz alta los
teléfonos, los nombres, los servicios, las categorías.
—Seguro es carísimo —regreso a mi bordado—. Todo eso es caro, siempre.
—Ay, Helena, déjanos vivir la ilusión.
De repente se las ve tristes, y yo, de repente, me veo triste.
33 y 1/tercio
Pero me encojo de hombros, elijo otra aguja, otro hilo, otra tela. Enhebro y
corto el hilo con los dientes.
Odio las tijeras.
En este mundo, dondequiera que mires, hay tijeras.
Muchas tijeras, demasiadas.
Tanta gente usando tantas tijeras para tantas cosas.
Da miedo.
Por eso uso los dientes.
A fin de cuentas, para otra cosa no me han servido.
Hasta ahora.
Y de todos modos, en Cuba, donde quiera que esté, la gente seguro usa tijeras.
Y relojes digitales, y llaves inglesas, y almohadas.
Y gente.
La gente usa a la gente en todo el mundo.
Eso queda fuera de toda sospecha.


—Tenías razón —dice Annia, desde la oscuridad—. Es una isla. La encontré en
un Atlas. Está en medio de un mar, junto a América.
—Ya ves —digo yo, desde la oscuridad—. Al otro lado del mundo.
—América no está del otro lado del mundo —protesta Annia, y me mira con
sospecha desde la oscuridad—. Oye… ¿Tú sabes dónde queda América, verdad?
Yo me encojo de hombros. Nunca me he interesado por ese tipo de cosas. Sé
que en América hay indígenas, indigentes e Indianápolis. Ninguna de las tres
me da ni frío ni calor.
—Pero podríamos ir —dice Agnes, desde la oscuridad—. No va a salir más caro
que visitar la Antártica. O el Tibet. O Polonia.
—Sí, claro, tú has viajado mucho, tú lo sabes bien —le replico desde la
oscuridad.
—En Polonia hay bares muy bonitos —dice Annia.
—Los polacos son una mierda en la cama —agrega Agnes.
—Qué sabes tú —protesta Annia.
—Son peores que los eslovacos —insiste Agnes.
Yo callo.
Desde la oscuridad del balcón, la ciudad oscura es casi hermosa.
Si no fuera por esos dientes afilados que enseña desde su garganta seca, por
esos gritos anónimos, por esos niños robóticos.
33 y 1/tercio
Si no fuera por esos dientes…
—¿Qué hora es? —Annia se reacomoda contra la baranda.
—Temprano —replico—. La quitaron hace solo dos horas… ¿Quieren jugar a
algo? ¿A Y si fuera…? ¿A Cuál es la capital de…? ¿A algo? ¿Quieren jugar a
algo?
—La luna está linda —comenta Agnes, sin mirar al cielo.
En los oscuros charcos de las calles oscuras de la oscura ciudad, las estrellas y
la luna flotan serenas, quebradas a cada instante por miles de ruedas y pies
histéricos.
—Hoy todo el mundo anda apurado —señala Annia.
—Hoy Alfredo andaba apurado —añado yo.
—¿Cómo te va con él? —pestañea Agnes, sin mirarme.
Yo acaricio con dedos ciegos mi caja de hilos y recortes de revistas de
confecciones:
—Me va.
—¿Te gusta?
—Sí. Me gusta.
—¿Y tú le gustas?
—Todos los días me dice que soy una muchacha muy bonita e inteligente.
—¿Y a los demás?
—A los demás, ¿qué?
—Qué dice sobre ti a los demás, a sus amigos, tú sabes…
—Les dice que soy una muchacha muy bonita e inteligente.
Por allá abajo alguien persigue a alguien. Pueden ser un ladrón y su víctima.
Pueden ser la víctima y su asesino. Puede ser un juego. O un simple error.
—Eso es terrible, Helena —dice Agnes al fin, alzando la mirada.
Pero no hacia mí, sino hacia el cielo. La luna y las estrellas flotan en sus ojos.
—Sí —replico—. Es terrible —y me levanto para atender el teléfono.
Es Alfredo:
—Oye, hoy voy a llegar un poco más tarde… ¿Por qué no te asomas al balcón y
miras si esta noche hay algo en el cine-teatro, alguna de esas funciones de
medianoche?
Obedezco. Tras volver a romperme la rodilla con la esquina de una silla, y
volver a romperme la frente con el estante de las fotos de familia, salgo al
balcón.
33 y 1/tercio
El cine-teatro oscuro semeja un campo de concentración evacuado y bajo
techo. Me rompo los ojos tratando de leer los apagados neones. Regreso al
teléfono:
—A las doce. Concierto de Energía Total.
—¿Son buenos?
—No sé, no los conozco.
—Bueno, pues embúllate. Estate bañada y vestida. Chao, amor.
—Chao, amor. Chao.
Agnes y Annia voltean sus oscuras cabezas hacia mí cuando me siento de
nuevo junto a ellas en la oscuridad. Les explico. Ellas suspiran oscuramente.
—¿Y es así a menudo? —pregunta Agnes.
—Así es siempre, ahora —le respondo.
—¿Tú sabes, no? —insiste Annia.
—Sí, yo sé.
Alfredo ya no se baña conmigo. Alfredo se demora, y luego me saca a la calle.
Después tendremos, por supuesto, mucho sueño. O al menos, él tendrá mucho
sueño. Y yo, por supuesto, seré comprensiva.
A veces quisiera preguntarle a Alfredo cómo se llama ella.
A veces.
Dos balcones a la derecha, alguien se caga en la madre del gobierno. Un balcón
abajo, alguien canturrea una marcha patriótica. Tres balcones a la izquierda,
alguien arranca gemidos de alguien; puede ser un ritual vampírico, un asesinato
impremeditado, una violación permisiva, un asalto a las cosquillas, o un simple
error.
—Y ya no hay velas —comenta Agnes.
—Ya no hay velas —confirmo.
—Ya no hay nada —piensa Annia en alta voz—. Nada de nada.
Y es verdad.
Desde la oscuridad de sus calles y balcones la oscura ciudad se contempla a sí
misma, y cierra los ojos.
No hay nada que ver.
Ni bueno, ni malo. Ni lindo, ni feo. Ni nuestro, ni ajeno.
Nada de nada.


Agnes y Annia, acostadas hombro con hombro sobre la cama, sus cabezas muy
juntas, balancean los pies en alto y teorizan sin parar:
—¿Cómo surgen las islas?
33 y 1/tercio
—Creo que se levantan del fondo del mar.
—Yo pensaba que eran montañas que sobresalían del mar, y se iban
desmoronando hasta crear un sedimento… o algo así.
—También pueden surgir de arrecifes coralinos.
—¿De verdad?
Termino de calcar un motivo de bordado, y propongo:
—Puede ser que alguien las separe de los continentes. Alguien con una tijera.
—Tendría que ser una tijera muy grande —opina Agnes.
—Sí, muy grande —la apoya Annia.
—Demasiado grande —concluyo, con un escalofrío.
Demasiado.
Marea de solo pensarlo.
¿Y allá es donde quieren ir estas dos locas? ¿A un pedazo de tierra recortado
por una tijera semejante?
Están locas.
Dios me libre de eso.
—No veo qué gracia tiene irse de una isla para vivir en otra —protesto—. El
hombre aprendió a caminar antes que a volar o navegar. En general, qué
sentido tiene vivir en un lugar del que no puedes irte caminando.
—Qué pesada eres —protesta Annia.
—Sí, qué pesada —protesta Agnes.
Seré una pesada, sí, de verdad puedo serlo. Tal vez sea la alarmante sensación
de vivir en una casa, en una ciudad, en una nación que flota en una piscina sin
fondo. Tal vez sea añorar esos trenes que cruzan las fronteras; esas barreras
rayadas que se alzan y bajan con solo pulsar un botón oculto en una garita; esa
mareante circunstancia de hablar con alguien que nos replica en otro idioma,
con una línea invisible entre ambos; esa posibilidad de dar un simple paso y
visitar otra realidad, u otra ficción.
Vivir en una isla significa rebotar constantemente contra        el aire. Significa
chapotear en un círculo vicioso de rumores y presunciones.       Significa mirar el
mundo de lejos y a través de un filtro, ser libre dentro         de un perímetro
invariable, no poder imaginar ni entender ni aceptar qué es la   vida fuera de una
isla.
Por eso se dice que cada cual es una isla.
Pobres de nosotros.
Agnes y Annia esperan que yo diga todo esto, pero las decepciono.
Comparo dos hilos, dos tonos de azul, escojo uno.
Decepcionadas, ellas se van.
33 y 1/tercio
Siempre se van, siempre las decepciono.
A mí, ellas también me decepcionan.
Pero como soy una isla, no puedo irme a ninguna parte.
Se necesita una isla para entender a otra.
O para inventar a otra.


El locutor, grave y enfático, nos habla de inundaciones en la cuenca del Río
Amarillo, de disturbios en Belfast, de asesinatos en Bagdad, de francotiradores
en San Francisco, de violaciones infantiles en Bogotá, de coches bomba en
Jerusalén, de gases tóxicos en el metro de Moscú, de huelgas en París, de
terremotos en Hokkaido, de incendios forestales en los Cinco Lagos, de guerras
de skinheads en Oslo, de SIDA en África, y de la Copa Mundial de Fútbol.
Luego nos habla de nuestros hospitales, escuelas, fábricas. Nos habla de
nuestros proyectos científico-técnicos, comunitarios, urbanos, rurales. Nos
habla de éxitos y victorias. Y de la Copa Mundial de Fútbol.
Agnes y Annia se comen la pantalla con los ojos, pero no sale nada sobre Cuba.
El locutor introduce un reportaje sobre el sobrecumplimiento anual en nuestra
producción de infusión de cañasanta para lactantes y personas en la tercera
edad, y Agnes y Annia concluyen:
—Es maravilloso. ¿Estás mirando, Helena?
—Sí, lo estoy mirando todo.
—Tiene que ser un lugar, no sé, especial. Parece que allí nunca pasa nada.
—Sí, eso parece.
—Entonces, ¿vamos en las vacaciones? —insiste Agnes.
—A mí hasta me dan ganas de vivir allí —agrega Annia.
—Ya veremos —replico, y sigo examinando mis agujas.
Todos los días pierdo agujas. Todos los días. No sé dónde se meten. Si no fuera
porque Agnes y Annia son mis mejores amigas, sospecharía. Oh, sí,
sospecharía. Pero, no. Ellas están por encima de toda sospecha.
El locutor regresa. El locutor, también por encima de toda sospecha, afirma
que, por encima de toda sospecha, este año aumentará nuestra producción de
tijeras y agujas de nueva aleación nacional, fruto del esfuerzo de cientos de
especialistas de la industria siderúrgica.
Todo eso está por encima de toda sospecha.
A mí nunca se me ocurriría cuestionarlo.
Nunca.
Agnes y Annia cuestionan ese tipo de cosas todo el tiempo. Ellas lo cuestionan
todo.
33 y 1/tercio
Pero no yo.
Tengo mejores, y también peores, asuntos en que invertir mi tiempo.
Y no estoy loca.


Annia llega con un rollo de periódicos:
—¡Esto es increíble! ¡Miren! ¡Miren todo esto!
Agnes obedece a la carrera, y me arrastra.
Son periódicos cubanos. Ambas leen al azar, en alta voz. Yo los miro por
encima y los aparto. No me interesan. No traen modelos de confecciones.
—Su programa social es mejor que el nuestro… —comenta Agnes—. ¡Y miren
todo lo que dice aquí sobre cursos de superación para mujeres profesionales!
—La actividad cultural es alucinante —corrobora Annia—. Festivales de teatro,
de cine, de música electroacústica… Galerías de arte digital… Publicaciones con
tiradas inmensas… ¡Ferias del Libro! ¿Están viendo? ¡Ferias Internacionales del
Libro!
—Espacios de polémica y debate sobre temas cívicos…
—Crítica especializada…
—Humor gráfico... Oye, miren, ¿esto no les da risa? A mí me mata de risa…
—Salud, nutrición, medicina verde…
—¡Tienen cinco canales de TV!
—Escuelas para extranjeros… Colaboración médica internacional… Urbanización
óptima… Regulaciones salariales ventajosas… Ofertas comerciales que superan
la demanda…
—Gran inversión en el turismo… Oye, eso tiene que ver con nosotras.
—Con ustedes, querrás decir —me hago a un lado, mareada por tantas
palabras y palabras y palabras.
Annia y Agnes sacan unas tijeras y empiezan a recortar.
Yo, prudente, me alejo hasta un rincón, y saco las uñas como un gato.
—Vamos a hacer un dossier CUBA —dicen ellas—. Todo esto es muy
importante.
Yo me encojo de hombros. Quién sabe, tal vez en Cuba alguien haga álbumes
sobre nuestro país. Con recortes de nuestros periódicos, quiero decir.
Por lo pronto, en estos periódicos ante mí no hay una sola palabra sobre
nosotros.
Ni una sola.
33 y 1/tercio
—No pensé que fuera tan difícil —Agnes nos muestra unos itinerarios de vuelo,
garabateados en su agenda.
—¿Y cuál es el problema…? —Annia descifra las notas, lentamente—. Oye, esto
es como dar la vuelta al mundo.
—No hay vuelos directos —explica Agnes—. Hay que llegar por terceros países.
Creo que por culpa de alguna bobería política…
—Ya decía yo —replico, mirando los pocos carretes de hilo que me quedan.
—Tú no dices nada —se enfurruña Annia.
—Me estoy quedando sin hilo —explico.
—Y eso a quién le importa —dicen ambas, y me dejan sola.
Pues a mí, claro.
A mí me importa.
Alfredo llega y me da un beso:
—Acabo de ver a tus amigas con cara de perros. ¿Qué pasó?
Elijo la versión corta:
—Es que me estoy quedando sin hilos.
—Ah —sonríe él—. ¿Y eso qué importa?
Yo sonrío:
—Nada. Nada de nada.
Él me abraza por detrás, me palpa los senos, mete una mano entre mis
piernas:
—¿Tienes ganas?
—¿Tú tienes ganas?
—Yo sí, tengo ganas.
—Yo no sé.
—¿Y después?
—A lo mejor. Sí, seguro, después.
—Está bien —dice él, y me suelta de inmediato—. Eso no importa.
Y es verdad.
No importa para nada.
Eso queda fuera de toda sospecha.


Cansadas de Dior, Armani, Adidas, Phillips, Sony, LG, Aiwa, Maxell, JVC,
Daytron. Ahítas de tanto sport wear, DVD, walkman. Asqueadas de Ultramar,
Ediciones B, Grijalbo, Penguin. Atontadas por tanta gente, tanto dinero, tanta
bulla.
33 y 1/tercio
Salimos de la locura y entramos en otra.
Pero esta dice: Tienda Experimental.
Y es muy divertida.
Agnes se prueba una chapka de piel, una chapka verdadera de piel verdadera.
Annia trastea en unos archivos desvencijados y recomidos por el comején.
Agnes examina muy atenta una grabadora defectuosa.
Annia se mete dentro de un traje de protección de amianto.
Yo vago, maravillada. Me detengo, maravillada. Las llamo, maravillada.
Y las tres, maravilladas, decimos: ¡Ah!
Una cámara fotográfica de trípode y magnesio. Objetivo extensible, como un
acordeón. La lona para cubrirse la cabeza y no velar la placa.
Está completa.
Vaciamos los bolsillos sobre un mostrador.
Dos cuadras más allá de repente nos detenemos, nos miramos, nos
preguntamos qué diablos hemos hecho, y cómo, y por qué, y para qué.
Pero ya eso no importa.
Como mi casa es la más cercana, allí dejamos el trofeo.
Quiero decir, allí me lo dejan.
Así, sin más.
Y se van a tomar helado.
Las muy putas.
Yo me quedo mirando la cámara, un largo rato. Luego busco unos trapos y
empiezo a limpiarla. Para algo servirá. Aunque solo sea para rompérsela en las
costillas a Alfredo cuando regrese esta noche.


Es tarde y Alfredo no ha regresado.
Si me fijo bien, notaré que falta toda su ropa, e incluso dos o tres de mis
prendas.
Notaré que falta algo de vajilla, y el radio, y el ventilador.
También notaré que faltan los aretes de oro de mi abuela, el despertador
enchapado en plata de mi otra abuela, y mi kit de maquillaje.
Todo eso notaré si me fijo bien.
Sin embargo, prefiero no darme por enterada, al menos hasta que pase un
buen rato.
Al menos, hasta que Alfredo esté, al menos, a cien kilómetros.
33 y 1/tercio
Lo prefiero así, porque desde hace un rato —muy breve— ando por la casa con
unas tijeras cerradas en la mano.
Y no estoy loca.
Es decir, prefiero no estarlo.


Acostadas en la azotea, sobre esterillas y al sol. Desnudas. Es la única ventaja
de vivir en un edificio alto. Tenemos toda la tarde. El elevador está roto, y
Agnes y Annia tienen el día perezoso. Ahora que subieron, no están dispuestas
a bajar hasta que anochezca por lo menos. O hasta mañana. O hasta el mes
próximo. O hasta nunca.
Estamos desnudas a plena luz del sol, y tenemos miedo.
Yo me vuelvo de espaldas, ellas me imitan, y aún así, con la luz atravesando
nuestros párpados, tenemos miedo.
Agnes teme la luz. Es decir, teme su ausencia. Su ausencia caprichosa, su
ausencia inoportuna. Se ha salvado de cinco violaciones callejeras esta semana.
El asalto fue inevitable. Día de cobro, todo el dinero en la mochila. Ella dice que
no importa, de todos modos el salario solo le da para fumar una semana. De no
ser por el alquiler de un cuarto de su casa…
—Me abstengo un poco y ya —nos ha dicho para tranquilizarnos—. Estaba
justamente pensando en empezar a dejarlo.
Pensar en empezar algo equivale a no terminar jamás, pensamos Annia y yo,
pero no le decimos nada. Cada cual tiene derecho a su vicio.
Annia teme a la salud. Es decir, teme su precariedad. Su precariedad dolorosa,
su precariedad desesperante. Lleva una semana sin poder trabajar, la columna
vertebral no la deja. Mareos, vómitos, calambres en los brazos. Nada de pincel,
nada de plumilla. Ella dice que no importa, de todos modos su madre viajará
otra vez para antes de fin de año, y regresará con mucho dinero.
—Me aguanto un poco y ya —nos ha dicho para tranquilizarnos—. Mi madre me
traerá más medicinas, más analgésicos…
El abuso de painkillers es una de las puertas al suicidio, pensamos Agnes y yo,
pero no le decimos nada. Cada cual tiene derecho a su dolor.
Yo temo a la libertad. La libertad ociosa, la libertad corrupta. Los hilos se me
han terminado, y también he perdido todas las agujas. Paso los días sin saber
qué hacer, y los recortes de confecciones y motivos de bordados desbordan mis
gavetas, mis cajas, mis estantes. Yo digo que no importa, ya vendrán tiempos
mejores…
—Tengo muchos amigos —les digo a Agnes y Annia para tranquilizarlas—. No
será la primera vez que vivo de préstamos. Cuando tenga lo que necesito, voy
a empezar una línea nueva de vestidos para el verano, y ya van a ver… Ya van
a ver…
33 y 1/tercio
Agnes y Annia piensan que la vida prestada no es una vida, y que para tener lo
que necesito debo antes conseguir lo que no tengo, y para ello debo antes
tener lo que necesito, pero no dicen nada. Cada cual tiene derecho a su ficción.
La soleada ciudad se eleva en vapores ardientes y pronto empezaremos a llover
sobre nosotras mismas.
—En mi trabajo hay cambios de horario —confiesa Agnes al fin—. Problemas de
ahorro. Si cojo la primera sesión, tendré que levantarme a las tres de la
madrugada para llegar en tiempo. Si cojo la segunda, llegaré a casa pasada la
medianoche… Y ayer pasaron inspección y me retiraron la licencia de alquiler.
No explicaron por qué.
—En mi trabajo van a recortar plantilla —confiesa Annia al fin—. Se acabaron
los diseños a pincel. Todo va a ser por computadora… Y proyectos a trabajar en
casa, porque en la empresa no hay computadoras. En mi casa tampoco… Y a
mi mamá le dijeron que el viaje quedaba suspendido, que el curso que iba a
pasar allá a lo mejor se lo dan aquí mismo.
—En mi vida van a ocurrir cambios —confieso yo al fin—. Aún no sé cuáles,
pero serán grandes. Increíbles.
Annia y Agnes ríen, y yo también río, y la ciudad ríe mientras se evapora bajo el
sol.


Traspasamos los muros, las calles densas de la ciudad densa. Llegamos al mar.
O casi.
Annia y Agnes saltan sobre la legendaria barrera de cemento que separa la
avenida de los arrecifes y me invitan a hacer lo mismo.
Del otro lado, el mar, un horizonte gris, denso, ajeno.
Sentadas en el muro, nos dejamos salpicar por las olas que rompen los
arrecifes, y la ciudad, y la nación, y cantamos algo de cuando éramos más
jóvenes:
Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
Para que no las puedas convertir en cristal
Tiempo atrás, todas las canciones eran ciertas. Todo cuanto ocurría en ellas era
la vida, y la muerte siempre parecía venir muy retrasada y estúpida,
olisqueando nuestras huellas.
Hoy ya no hay canciones, y la muerte abre la marcha. A cada rato se para en
seco, y nos damos de narices en su espalda. Entonces, ella vuelve la cara un
segundo, y su sonrisa es peor que una bofetada con un guante de plomo
fundido.
—Está allí, ¿saben? —empieza Agnes, señalando la lejanía—. Allí, por allá, en
alguna parte. A veces creo que pudiéramos ir nadando.
—O hacer una balsa —propone Annia—. Yo sé remar muy bien. Una balsa de
madera, con neumáticos de camión inflados…
33 y 1/tercio
—Nunca llegaríamos        —digo    yo,    y   al   instante   empiezo   a   odiarme
insoportablemente.
A apenas dos metros de mis pies colgantes, las olas invaden los arrecifes y
dejan pequeños estanques a su retirada. Dentro de un millón de años, ya no
existirán estos arrecifes. Ni esta ciudad, ni esta isla, ni este mundo tal como lo
conocemos.
Dentro de un millón de años, a nadie le importará si estuve loca o no.


Sentadas en el balcón oscuro, en la ciudad oscura de un mundo oscuro, muy
abrazadas y oscurecidas, tratamos de entender el cómo y el cuándo de las
cosas, el modo y el acierto, las consecuencias y los errores.
Por supuesto, eludimos el por qué. Es un tema demasiado oscuro.
—Todo tiene un sentido —insiste Annia—. Todo significa algo. Todo es algo.
—Nada tiene sentido —objeta Agnes—. Y ahí radica lo bello de todo.
Fuerzo la mirada hacia los apagados neones del cine-teatro.
Oveja Negra en Concierto. Función única.
Ellas no entienden por qué río. Pero se ríen también.
Sí, todo tiene sentido. Y eso es bello.
—Bueno, Helena. Ahora es cuando es. Decídete. ¿Vienes o no?
—Pero tienes que decirlo ahora, ¿me oyes? Ahora mismo.
Me deshago del abrazo:
—Ellos no lo van a entender…
—Ellos —Annia pestañea—. ¿Quiénes son ellos?
—Ellos —repito—. Ellos. Los demás. Todos los demás. Tú sabes. No van a
entender por qué nos vamos.
—Es verdad, ellos nunca lo entienden —razona Agnes—. Pero siempre se van.
—Y nosotras no somos menos que ellos —sonríe Annia, desde la oscuridad.
—Para nada —asiente Agnes, desde la oscuridad.
—Está bien, pero que sea un viaje de verdad —acepto, desde la oscuridad—. Ni
balsas, ni alas delta, ni catapultas, ni inventos, ¿está bien?
Ellas me abrazan, y en torno nuestro la ciudad oscura, la ciudad densa, la
ciudad evaporada, se ilumina de súbito.
Una luz perdida.


Pasajes en mano, recorremos el pasillo. Marcando el mismo paso, el mismo
aliento. Yo, algo rezagada, llevo la cámara. Con el día así, tan lluvioso, mi
mayor preocupación ha sido mantener seco el magnesio.
33 y 1/tercio
Tres días de trasbordos, países extraños, olores extrañísimos, pero al fin…
Un avión pequeño entre tantos gigantes. CUBANA de Aviación.
Parece un sueño.
Esperamos a que todos suban. Entonces, rápido, muy rápido, montamos la
cámara. Enfoco a Agnes y a Annia. Ellas ríen al pie de la escalerilla. El avión de
fondo.
CUBANA.
Parece un sueño.
No dejamos nada atrás. Ahora, todo está por delante.
De un brinco, me pongo junto a ellas, y oprimo el émbolo al final de la
manguerita.
Pestañeamos, esperando el consabido FLASH.
Y rompe a llover.


El avión da su primera vuelta, ganando altura. Desde aquí arriba, creemos ver
cómo algunos empleados salen corriendo del edificio a recoger una vieja
cámara de trípode que algún imbécil ha dejado abandonada en medio de la
lluvia.
Creemos ver que uno de ellos es un muchacho que se parece a un actor
famoso.
Creemos ver que mira hacia arriba y agita una mano en despedida.
Imposible saber a cual de las tres.
Agnes llama a la aeromoza y pide un coñac.
Annia llama a la aeromoza y pide un sándwich.
Yo llamo a la aeromoza y pido hilos de bordar.
Llega el coñac. Llega el sándwich. Llega una caja de bordar, sellada, elegante.
Agnes y Annia beben, comen.
Yo abro mi caja.
Grito.
Hilos, muchos hilos. Y tijeras. Muchas tijeras, demasiadas.
Pequeñas, grandes, medianas. De plástico, de aluminio, de acero.
La aeromoza me mira, sonriente:
—¿No lo sabe? Cuba es una de las principales naciones productoras de tijeras
del mundo. Disfrute su vuelo. Llegaremos en cualquier momento.
Meto la mano en la caja, muy despacio.
Agnes y Annia me miran de reojo, estremecidas.
33 y 1/tercio
Saco unas tijeras.
Y por eso la historia llega hasta aquí.




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                              rafael gumucio
   (santiago de chile, 1970. autor de las novelas Memorias prematuras y Comedia
                        nupcial. se hizo famoso en televisión.)




                           la transición en trance

A España todo nos une menos la lengua, dijo algún astuto por ahí. Algo de
verdad hay en esta boutade. Escribimos en la misma lengua, pero la relación
que tenemos con esta lengua es diametralmente diferente. Mientras los
españoles son verdaderos fetichistas del idioma, y construyen a partir de él
verdaderas batallas identitarias, nosotros nos debatimos contra él, o sin él. No
decimos todo lo que queremos decir, y muchas veces decimos con exactamente
las mismas palabras en el mismo orden dos cosas contrarias.
Nuestros gramáticos, maestros, y fundadores eran liberales; sus compañeros de
ideas y de masonería –en España– tuvieron que convertirse en marginales,
desadaptados, guerrilleros intelectuales o, simplemente, pactar hasta morir.
Francia, o los Estados Unidos, son para la literatura española una imposibilidad
que duele; para la latinoamericana, un amo del que ser por un tiempo el
lazarillo, un incauto al que robarle y al que odiar porque no nos dejó robar más.
Leer, comprender y gustar de la literatura española, cuando se es un intelectual
sudamericano, no deja de ser una excentricidad. Por mi parte, confieso que
adquirí el vicio de leer a españoles en su lengua, en España. Conocí
personalmente a algunos escritores españoles, seguí alguna que otra polémica
–llenas de veneno, pero sin verdaderos muertos– , en vivo y en directo; le tomé
cariño a una literatura esteparia, dura, cruel y, por momentos, brillante.
Parte de esa, mi historia española, tiene que ver con Ignacio Echevarría. A leer
su libro Trayecto, que recopila sus crónicas sobre literatura española,
antecedido de un prólogo de armas tomar, vuelven a mí no sólo los rostros de
mis amigos de Madrid y Barcelona, de sus guerras y de sus logros, sino la
tragedia misma de una inocencia desengañada. La inocencia de Echevarría, un
crítico de periódico que pagó con el silencio y la censura el no tener agendas
secretas –no querer ser escritor, no querer tener más amigos, no buscar
vengarse de nadie– a la hora de criticar con tanta perspicacia como severidad
novelas.
La inocencia de una sociedad, la española de los noventa, tan parecida a la
inocencia que vivimos hoy los chilenos, la de un país que despertaba a la
democracia al mismo tiempo que construía una clase media. La inocencia de
esa clase media buscando en los libros una pared de tabique que los separara
de su pasado de pastor de oveja, funcionario que timbra, o pícaro de bar.
La inocencia de un país que entra a Europa –en el caso de Chile, que entra a
los Estados Unidos– sin saber mucho cómo ni por cuánto tiempo, y que trata de
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portarse bien en la mesa, y no sabe comer el pollo sin las manos, y no come ni
goza, pero sonríe hasta que no puede más y se escapa como un niño salvaje a
devorar hasta sus propios huesos, sentado en una rama del árbol más cercano.
La moral de un país en transición está también en transición. Lo vivimos en
Chile hoy. Aceptamos, con gracia, los más crueles epítetos, los juicios más
radicales, mientras no intenten fijarse, quedarse, mientras nos hagan sentirnos
distintos, mientras nos hagan sentirnos nuevos y al mismo tiempo nos den
abolengo. A cambio del prestigio, de un título nobiliario, de un fundo en el sur,
estamos dispuestos a soportar los sermones y las invectivas de los educados,
de los nobles, de los que leen, de los que odian por nosotros. Nuestra relación
con la cultura es hambrienta, pudorosa y simiesca. Necesitamos de su perdón,
soportamos su juicio, pero no soportamos su condena.
Así, Echevarría en España gozó de la complicidad incómoda de escritores,
editores y lectores durante quince años, a pesar del talento
imperturbablemente severo de sus críticas. No perdió esa complicidad, por ser
duro, incorruptible, o sagaz, sino por tener demasiada buena memoria.
Bastó que Echevarría se atreviera a recordar cuánto de la vieja retórica
franquista hay en la nueva literatura española posfranquista, para que la sangre
llegara al río. Primero, a propósito de Rafael Chirbes; después, a propósito de
Bernardo Atxaga.
Nadie ha tenido el atrevimiento en Chile de recordar que Campos Menéndez,
Rosasco, Fernando Emmerich, Lafourcade son tan padres de la nueva narrativa
chilena como Donoso o Edwards o Parra. No en vano muchos de nuestros
escritores se educaron en los talleres de los ahora proscritos escritores del
régimen. Ni que la estética de la dictadura fue sólo en parte forzosa, y en
muchas partes gozosa de nuestra cultura. Más aún, es peligroso siquiera pensar
que nuestra mediocridad actual no es –como tantas veces se dice– producto de
la dictadura, sino que la dictadura fue en gran parte el producto de nuestra
mediocridad de siempre.
No importó que Echevarría sólo hablara de libros, y no de personas o grupos de
personas. Da lo mismo que limitara su juicio a tramas mal cerradas, frases
cursis y una reconstitución edulcorada del pasado. Las editoriales nacidas no
sólo al amparo de la dictadura franquista, sino alimentadas de alabarla,
intelectuales que lucharon por y contra Franco al mismo tiempo, toda una
cultura que no sólo no se apagó en dictadura sino que floreció, con muchas
espinas, y dando feas rosas, se sintió interpelada.
Toda una cultura –la española de la transición, la chilena del mismo período–
que sigue en democracia haciendo de los menjunjes, el amiguismo, del
caudillismo, la constancia de su historia. Los negocios con el mundo, los miles
de tomos de literatura centroeuropea, las películas bonitas y las mujeres ídem,
no bastan. Se puede sacar a España de la dictadura y el provincianismo, pero
no se puede sacar la dictadura y el provincianismo del disco duro español.
Quizás, ahora lo pienso, lo que hace difícil para el latinoamericano leer
literatura española no es el idioma, sino reconocer el monstruo que fuimos, que
somos y que seremos. Y gozar, temiblemente, de ese retrato cruel y
33 y 1/tercio
concesiones de ellos –ellos que son una y otra vez una forma de nosotros– que
hacen Baroja, Marsé o Valle-Inclán.
La moral de un país en transición está también en transición. En Chile
aceptamos, con gracia, los juicios más radicales, mientras no intenten fijarse,
mientras nos hagan sentirnos nuevos y al mismo tiempo nos den abolengo.


                              (Tomado de Revista de Libros, suplemento de El Mercurio)




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                                                                                           roberto bolaño
  (santigo de chile, 1953 – barcelona, 2003. los siguientes textos pertenecen a su libro
                                        Amberes)
    
      “Qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano: escritura automática, cadáveres exquisitos, performances de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escritura a dos manos, a tres manos,
  escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revés si eres zurdo), madrigales, poemas-novela, sonetos cuya última palabra siempre es la misma, mensajes de solo tres palabras escritos en las
paredes (“No puedo más”, “Laura, te amo”, etc.), diarios desmesurados, mailpoetry, projective verse, poesía conversacional, antipoesía, poesía concreta brasileña (escrita en portugués de diccionario), poemas en prosa policíacos (se cuenta
  con extrema economía una historia policial, la última frase la dilucida o no), parábolas, fábulas, teatro del absurdo, pop-art, haikus, epigramas (en realidad imitaciones o variaciones de Cátulo, casi todas de Moctezuma Rodríguez), poesía-
     desperada (baladas del Oeste), poesía georgiana, poesía de la experiencia, poesía beat, apócrifos de bpNichol, de John Giomo, de John Cage (A year from Monday), de Ted Berrigan, del hermano Antoninus, de Armand Schwerner (The
tablets), poesía letrista, caligramas, poesía eléctrica (Bulteau, Messagier), poesía sanguinaria (tres muertos como mínimo), poesía pornográfica (variantes heterosexual, homosexual y bisexual, independientemente de la inclinación particular
   del poeta), poemas apócrifos de los dadaístas colombianos, horazerianos de Perú, catalépticos de Uruguay, tzantzicos de Ecuador, caníbales brasileños, teatro Nö proletario… Incluso sacamos una revista… Nos movimos… Nos movimos…
                                                                                                                                                                                             Hicimos todo lo que pudimos… Pero nada salió bien.”
                                                                                                                                                                                                                            los detectives salvajes
                                                                                                                                                                                                                                   roberto bolaño

                                                                                                                                                                                                                     ¿Desea guardar los cambios?
                                                                                                                                                                                                                                   No, por favor




                   fachada
    El muchacho se acerca a la casa. Vereda de alerces. La Fronda. Collar de
  lágrimas. El amor es una mezcla de sentimentalismo y sexo (Burroughs). La
   mansión sólo es fachada y la desmantelan para instalarla en Atlanta. 1959.
 Todo está envejecido. No es un fenómeno reciente. Todo cagado desde hace
        mucho tiempo. Y los españoles imitan tu modo de hablar. El tono
    sudamericano. Una vereda de palmeras. Todo lento y asmático. Biólogos
aburridos contemplan la lluvia desde los ventanales de su corporación. No sirve
 cantar con sentimiento. Querida mía, donde quiera que estés: ya no hay nada
que hacer, no es necesario el gesto que nunca llegó. «Era sólo una fachada.» El
                        muchacho camina hacia la casa.


                   la totalidad del viento
Carreteras gemelas tendidas sobre el atardecer, cuando todo parece indicar que
   la memoria y la delicadeza kaputt, como el automóvil alquilado de un turista
que penetra sin saberlo en zonas de guerra y ya no vuelve más, al menos no en
automóvil, un hombre que corre a través de carreteras tendidas sobre una zona
que su mente se niega a aceptar como límite, punto de convergencia (el dragón
    transparente), y las noticias dicen que Sophie Podolski kaputt en Bélgica, la
    niña del Montfaucon Research Center (un olor indigno de una mujer), y los
 labios exangües dicen «veo camareros de temporada caminando por una playa
 desierta a las ocho de la noche»... «Gestos lentos, no sé si reales o irreales»...
  «Un grupo barrido por el viento cargado de arena»... «Una niña de once años
    muy gorda iluminó por un instante la piscina pública»... «¿Y a ti también te
  persigue Colan Yar?»... «¿Una pradera negra incrustada en la autopista?»... El
 tipo está sentado en una de las terrazas del ghetto conjetural. Escribe postales
    pues su respiración le impide hacer poemas como él quisiera. Quiero decir:
   poemas gratuitos, sin ningún valor añadido. Sus ojos retienen una visión de
    cuerpos desnudos que se mueven con lentitud fuera del mar. Después sólo
resta el vacío. «Camareros de temporada caminando por la playa»... «La luz del
             atardecer descompone nuestra percepción del viento»...


                   soy mi propio hechizo
 Se pasean los fantasmas de la Plaza Real por las escaleras de mi casa. Tapado
  hasta las cejas, inmóvil en la cama, transpirando y repitiendo mentalmente
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 palabras que no quieren decir nada los oigo revolverse, encender y apagar las
   luces, subir con una morosidad insoportable hacia la azotea. Yo soy la luna,
propone alguien. Pero antes fui el pandillero y tuve al árabe en mi mira y apreté
el gatillo en el minuto menos propicio. Calles estrechas en el interior del Distrito
   V, sin posibilidades de salir o de cambiar el destino que planeaba como una
     chilaba sobre mis pelos grasientos. Palabras que se alejan unas de otras.
 Juegos urbanos concebidos desde tiempos inmemoriales... «Frankfurt»... «Una
    muchacha rubia en la ventana más grande de la pensión»... «Ya no puedo
  hacer nada»... Soy mi propio hechizo. Mis manos palpan un mural en donde
 alguien, veinte centímetros más alto que yo, permanece en la sombra, con las
     manos en los bolsillos de la chaqueta, preparando la muerte y su ulterior
     transparencia. El lenguaje de los otros es ininteligible para mí. «Cansado
       después de muchos días sin dormir»... «Una muchacha rubia bajó las
          escaleras»... «Me llamo Roberto Bolaño»... «Abrí los brazos»...


      el nilo
  El infierno que vendrá... Sophie Podolski se suicidó hace varios años... Ahora
tendría veintisiete, como yo... Patrones egipcios en el cielorraso, los empleados
 se acercan lentamente, campos polvorientos, es el fin de abril y les pagan con
    heroína... He encendido la radio, una voz impersonal hace el recuento por
      ciudades de los detenidos en el día de hoy... «Hasta las cero horas, sin
novedad»... Una muchacha que escribía dragones, totalmente podrida en algún
nicho de Bruselas... «Metralletas, pistolas, granadas decomisadas»... Estoy solo,
  toda la mierda literaria ha ido quedando atrás, revistas de poesía, ediciones
    limitadas, todo ese chiste gris quedó atrás... El tipo abrió la puerta con la
primera patada y te puso la pistola debajo del mentón... Edificios abandonados
  de Barcelona, casi una invitación para suicidarse en paz... El sol detrás de la
cortina de polvo en el atardecer junto al Nilo... El patrón paga con heroína y los
   campesinos esnifan en los surcos, tirados sobre las mantas, bajo palmeras
   escritas que alguien corrige y hace desaparecer... Una muchacha belga que
        escribía como una estrella... «Ahora tendría veintisiete, como yo»...


      los utensilios de limpieza
      Alabaré estas carreteras y estos instantes. Paraguas de vagabundos
abandonados en explanadas al fondo de las cuales se yerguen supermercados
  blancos. Es verano y los policías beben en la última mesa del bar. Junto al
tocadiscos una muchacha escucha canciones de moda. Alguien camina a estas
    horas lejos de aquí, alejándose de aquí, dispuesto a no volver más. ¿Un
  muchacho desnudo sentado junto a su tienda en el interior del bosque? La
  muchacha entró en el baño con pasos inseguros y se puso a vomitar. Bien
mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra,
 quiero decir: asegurar algo, casarse, esperar la muerte. Sus ojos en el espejo
como cartas desplegadas en una habitación en penumbra; el bulto que respira,
 hundido en la cama con ella. Los hombres hablan de rateros muertos, precios
de chalets en la costa, pagas extras. Un día moriré de cáncer. Los utensilios de
33 y 1/tercio
    limpieza comienzan a levitar en su imaginación. Ella dice: podría seguir y
 seguir. El muchacho entró en la habitación y la cogió de los hombros. Ambos
   lloraron como personajes de películas diferentes proyectadas en la misma
pantalla. Escena roja de cuerpos que abren la espita del gas. La mano huesuda
 y hermosa hizo girar la llave. Escoge una sola de estas frases: «Escapé de la
           tortura»... «Un hotel desconocido»... «No más caminos»...


      no había nada
No hay comisarías, no hay hospitales, no hay nada. Al menos no hay nada que
  puedas conseguir con dinero. «Nos movemos por impulsos instantáneos»...
«Algo así destruirá el inconsciente y quedaremos en el aire»... «¿Recuerdas ese
chiste del torero que salía a la arena y no había toro, no había arena, no había
 nada?»... Los policías bebieron brisas anárquicas. Alguien se puso a aplaudir.


      entre los caballos
   Soñé con una mujer sin boca, dice el tipo en la cama. No pude reprimir una
 sonrisa. Las imágenes son empujadas nuevamente por el émbolo. Mira, le dije,
conozco una historia tan triste como ésa. Es un escritor que vive en las afueras
de la ciudad. Se gana la vida trabajando en un picadero. Nunca ha pedido gran
  cosa de la vida, le basta con tener un cuarto y tiempo libre para leer. Pero un
   día conoce a una muchacha que vive en otra ciudad y se enamora. Deciden
   casarse. La muchacha vendrá a vivir con él. Se plantea el primer problema:
      conseguir una casa lo suficientemente grande para los dos. El segundo
    problema es de dónde sacar dinero para pagar esa casa. Después todo se
encadena: un trabajo con ingresos fijos (en los picaderos se trabaja a comisión,
      más cuarto, comida y una pequeña paga al mes), legalizar sus papeles,
   seguridad social, etc. Por lo pronto necesita dinero para ir a la ciudad de su
prometida. Un amigo le proporciona la posibilidad de escribir artículos para una
 revista. Él piensa que con los cuatro primeros puede pagar el autobús de ida y
vuelta y tal vez algunos días de alojamiento en una pensión barata. Escribe a su
   chica anunciando el viaje. Pero no puede redactar ningún artículo. Pasa las
 tardes sentado a una mesa de la terraza del picadero intentando escribir, pero
   no puede. No le sale nada, como vulgarmente se dice. El tipo reconoce que
    está acabado. Sólo escribe breves textos policiales. El viaje se aleja de su
     futuro, se pierde, y él permanece apático, quieto, trabajando de manera
                            automática entre los caballos.


      la barra
   Las imágenes emprenden camino y sin embargo nunca llegarán a ninguna
parte, simplemente se pierden, es inútil, dice la voz, y el jorobadito se pregunta
   ¿inútil para quién? Los puentes romanos son ahora el azar, piensa el autor
 mientras las imágenes aún fulguran, no demasiado lejanas, como pueblos que
  el automóvil va dejando atrás. (Pero en este caso el tipo no se mueve.) «He
  hecho un recuento de cabezas huecas y cabezas cortadas»... «Sin duda hay
33 y 1/tercio
 más cabezas cortadas»... «Aunque en la eternidad se confunden»... Le dije a
 mi amiga judía que era muy triste estar horas en un bar escuchando historias
 sórdidas. No había nadie que tratara de cambiar de tema. La mierda goteaba
   de las frases a la altura de los pechos, de tal manera que no pude seguir
sentado y me aproximé a la barra. Historias de policías a la caza del emigrante.
Bueno, nada espectacular, por supuesto, gente nerviosa por el desempleo, etc.
               Éstas son las historias tristes que puedo contarte.


       perfección
      Hamlet y la Vita Nova, en ambas obras hay una respiración juvenil. La
  inocencia, dijo el inglés, léase inmadurez. En la pantalla sólo hay risas, risas
   silenciosas que sorprenden al espectador como si estuviera escuchando su
     propia agonía. «Cualquiera es capaz de morir» enuncia algo distinto que
      «Cualquiera muere». Una respiración inmadura en donde aún es dable
 encontrar asombro, juego, perversión, pureza. «Las palabras están vacías»...
   «Si quitara de allí esa pistola tal vez podríamos negociar»... El autor escribe
  estas amenazas cerca de una piscina a principios del mes de octubre, con un
promedio de tres horas diarias de sueño. La inocencia, casi como la imagen de
Lola Muriel que deseo destruir. (Pero no se puede destruir lo que no se posee.)
   Un impulso, a costa de los nervios que quedan destrozados en habitaciones
baratas, propulsiona la poesía hacia algo que los detectives llaman perfección.
    Callejón sin salida. Sótano cuya única virtud es su limpieza. Pero quién ha
 estado aquí sino la Vita Nova y Hamlet. «Escribo en la piscina del camping, en
 octubre, cada vez hay menos personas y más moscas; a mediados de mes no
 quedará nadie y los servicios de limpieza desaparecerán; las moscas serán las
                 dueñas de esto hasta finales de mes o algo así.»


       un hospital
    Aquella muchacha ahora pesa 28 kilos. Está en el hospital y parece que se
apaga. «Destruye tus frases libres.» No entendí hasta mucho después a qué se
     refería. Pusieron en duda mi honestidad, mi eficiencia, dijeron que dormía
cuando me tocaba guardia. En realidad ellos estaban enjuiciando a otra persona
  y yo llegué casualmente en el momento menos indicado. La chica pesa ahora
  28 kilos y es difícil que salga del hospital con vida. (Alguien aplaude. El pasillo
 está lleno de gente que abre la boca sin emitir sonido alguno.) ¿Una muchacha
     que yo conocí? No recuerdo a nadie con ese rostro, dije. En la pantalla se
  proyecta una calle, un muchacho borracho se dispone a cruzarla, aparece un
    autobús. ¿El apuntador dijo Sara Bendeman? De todas maneras no entendí
   nada en ese momento. Sólo me acuerdo de una muchacha flaca, de piernas
 largas y pecosas, desnudándose al pie de la cama. La escena ahora transcurre
   en un callejón mal iluminado: una mujer de cuarenta años fuma un cigarrillo
   apoyada en el quicio de una ventana en el cuarto piso. Por la escalera sube
resoplando un poli de paisano, sus facciones son parecidas a las mías, pero con
una sobredosis de cortisona. (El único que aplaudió ahora cierra los ojos. En su
 mente se forma algo que con otro sentido de la vida podría ser un hospital. En
33 y 1/tercio
   uno de los cuartos está acostada la muchacha. Las cortinas permanecen
descorridas y la luz se desparrama por toda la habitación.) «Destruye tus frases
    libres»... «Un policía sube por la escalera»... «En su mirada no existe el
       jorobadito ni la judía ni el traidor»... «Pero aún podemos insistir»...


      gente que se aleja
No hay nada estable, los ademanes netamente amorosos del niño se precipitan
 al vacío. Escribí: «grupo de camareros retornando al trabajo» y «arena barrida
 por el viento» y «vidrios sucios de septiembre». Ahora puedo darle la espalda.
  El jorobadito es la estrella de tu camino. Casas blancas desperdigadas por las
     faldas de las montañas. Carreteras desiertas, chillidos de pájaros entre el
     follaje. Y ¿lo hice todo?, ¿la besé cuando ella ya no esperaba más besos?
        (Bueno, a bastantes kilómetros de aquí la gente aplaude y ése es mi
desconsuelo.) Ayer soñé que vivía en el interior de un árbol hueco, al poco rato
    el árbol empezaba a girar como un carrusel y yo sentía que las paredes se
comprimían; desperté con la puerta del bungalow abierta de par en par. La luna
 ilumina el rostro del jorobadito... «Palabras solitarias, gente que se aleja de la
    cámara y niños como árboles huecos»... «Adondequiera que vayas»... Me
 detuve en las jodidas «palabras solitarias». Escritura sin disciplina. Eran como
 cuarenta tipos, todos con sueldos de hambre. Cada mañana el andaluz se reía
   estrepitosamente después de leer el periódico. Luna creciente en agosto. En
           septiembre estaré solo. En octubre y noviembre recogeré piñas.


      agua clara del camino
Lo que vendrá. El viento entre los árboles. Todo es proyección de un muchacho
desamparado. Camina solo por una carretera comarcal. La boca se mueve. Vi a
 un grupo de gente que abría la boca sin poder hablar. La lluvia se cuela entre
 las agujas de los pinos. Alguien corre por el bosque. No puedes ver su rostro.
Sólo la espalda. Pura violencia. (En esta escena aparece el autor con las manos
 en las caderas observando algo que queda fuera de la pantalla.) El viento y la
  lluvia entre los árboles, como una cortina de locos. Similar a un fantasma en
   una playa desierta: el viento mueve, levanta el pijama, lo aleja por la arena
    hasta hacerlo desaparecer en medio de un ataque de asma o de un largo
 bostezo. «Como un cohete abierto en canal»... «El modo poético de decir que
 ya no amas los callejones iluminados por coches patrulla»... «La melódica voz
     del sargento hablando con acento gallego»... «Chicos de tu edad que se
 conformarían con tan poco»... «Es una pena»... «Existe una especie de danza
que se transforma en labios»... «Los labios modulan frases silenciosas»... Pozos
 de agua clara en el camino. Viste a un tipo tirado entre los árboles y seguiste
corriendo. Las primeras moras silvestres de la temporada. Como los ojitos de la
                         emoción que salía a tu encuentro.


      el aplauso
33 y 1/tercio
   Dijo que amaba los días movidos. Miré el cielo. «Días movidos», además de
insectos y nubes que descendían hasta los matorrales. Este tarro con flores que
 abandono en el campo es mi prueba de amor por ti. Después volví con mi red
  para cazar mariposas en medio de la niebla. La muchacha dijo: «calamidad»,
 «caballos», «cohetes abiertos en canal» y me dio la espalda. Su espalda habló.
    Como chirriar de grillos en la tarde de chalets solitarios. Cerré los ojos, los
   frenos chirriaron y los policías descendieron velozmente de sus coches. «No
 dejes de mirar por la ventana.» Sin hablar, dos de ellos alcanzaron la puerta y
  dijeron «policía», el resto apenas lo pude escuchar. Cerré los ojos, chirriar de
    grillos, los muchachos murieron en la playa. Cuerpos llenos de agujeros. El
  coche chirrió y se bajó la pasma. Hay algo obsceno en esto, dijo el enfermero
cuando nadie lo escuchaba. Seguramente no volveré al claro del bosque, ni con
  flores, ni con red, ni con un jodido libro para pasar la tarde. La boca se abrió
pero el autor no pudo escuchar nada. Pensó en el silencio y después pensó «no
   existe», «caballos», «luna menguante de agosto». Alguien aplaudió desde el
                   vacío. Dije que suponía que eso era la felicidad.


      no hay reglas
 Las grandes estupideces. Muchacha desconocida que retorna a la escena del
camping desierto. Bar desierto, recepción desierta, parcelas desiertas. Este es
     tu pueblo fantasma del Oeste. Dijo: finalmente nos destrozarán a todos.
 (¿Hasta a las muchachas bonitas?) Me reí de su desamparo. El doble lleno de
  aprensión hacia sí mismo porque no podía evitar enamorarse una vez al año
por lo menos. Después una sucesión de letrinas portátiles, reediciones baratas,
      muchachos vomitando mientras en la terraza silenciosa baila una niña
   subnormal. Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca. Eso es
 todo. Siempre hay una jodida máscara. El resto: pobre Bolaño escribiendo en
 un alto en el camino. «Coches policiales con las radios encendidas: les llueve
  información inútil de todos los barrios por donde pasan.» «Cartas anónimas,
   amenazas sutiles, la verdadera espera.» «Querida, ahora vivo en una zona
    turística, la gente es morena, hace sol todos los días, etc.» No hay reglas.
  («Díganle al estúpido de Arnold Bennet que todas las reglas de construcción
siguen siendo válidas sólo para las novelas que son copias de otras.») Y así, y
    así. Yo también huyo de Colan Yar. He trabajado con subnormales, en un
 camping, recogiendo piñas, vendimiando, estibando barcos. Todo me empujó
   hasta este lugar, el descampado donde ya no queda nada que decir... «Sin
embargo estás con muchachas hermosas»... «Creo que lo único hermoso aquí
       es la lengua»... «Me refiero a su sentido más estricto»... (Aplausos.)


      amberes
  En Amberes un hombre murió al ser aplastado su automóvil por un camión
cargado de cerdos. Muchos de los cerdos también murieron al volcar el camión,
otros tuvieron que ser sacrificados al pie de la carretera y otros se escaparon a
 toda velocidad... «Has oído bien, querida, el tipo reventó mientras los cerdos
   pasaban por encima de su automóvil»... «En la noche, por las carreteras
33 y 1/tercio
oscuras de Bélgica o Cataluña»... «Conversamos durante horas en un bar de las
      Ramblas, era verano y ella hablaba como si llevara mucho tiempo sin
 hacerlo»... «Cuando lo soltó todo me acarició la cara como una ciega»... «Los
cerdos chillaron»... «Ella dijo me gustaría estar sola y yo pese a estar borracho
entendí»... «No sé, es algo que se parece a la luna llena, chicas que en realidad
 son como moscas, aunque no es eso lo que quiero decir»... «Cerdos aullando
     en medio de la carretera, heridos o alejándose a toda prisa del camión
      destrozado»... «Cada palabra es inútil, cada frase, cada conversación
  telefónica»... «Dijo que quería estar sola»... También yo quise estar solo. En
     Amberes o en Barcelona. La luna. Animales que huyen. Accidente en la
                                carretera. El miedo.

      el verano
Hay una enfermedad secreta llamada Lisa. Es indigna como toda enfermedad y
     aparece de noche. En el tejido de un lenguaje misterioso cuyas palabras
significan sin excepción que el extranjero «no está bien». Y yo quisiera que ella
       supiera por algún medio que el extranjero «lo pasa mal», «en tierras
    desconocidas», «sin grandes posibilidades de escribir poesía épica», «sin
  grandes posibilidades de nada». La enfermedad me lleva a baños extraños e
inmóviles donde el agua funciona con una mecánica imprevista. Baños, sueños,
  cabellos largos que salen de la ventana hasta el mar. La enfermedad es una
estela. (El autor aparece sin camisa, con gafas negras, posando con un perro y
  una mochila en el verano de algún lugar.) «El verano de algún lugar», frases
  carentes de tranquilidad aunque la imagen que refractan permanezca quieta,
 como un ataúd delante de una cámara fija. El escritor es un tipo sucio, con las
   mangas de la camisa arremangadas y el pelo corto mojado en transpiración
   acarreando tambores de basura. También es un camarero que se observa
    filmado mientras camina por una playa desierta, de regreso al hotel... «El
       viento arrastra granos de arena»... «Sin grandes posibilidades»... La
 enfermedad es estar sentado bajo el faro mirando hacia ninguna parte. El faro
       es negro, el mar es negro, la chaqueta del escritor también es negra.




                                    replay
33 y 1/tercio
33 y 1/tercio

                   roberto bolaño + rodrigo fresán



      dos hombres en el castillo: una conversación electrónica sobre
                            philip k. dick

RF: Estos últimos meses estuve releyendo —y leyendo por primera vez algunos
textos suyos— a Philip K. Dick y lo primero que me sorprendió es el hecho de
que su obra no haya envejecido en absoluto, teniendo en cuenta que él solía
decir que escribía acerca de lo que iba a pasar en los próximos meses, sobre un
futuro casi-presente. Creo que ahí están su gracia y su talento: proponer una
ciencia-ficción donde la ciencia no importa demasiado (y es casi siempre
accesoria e imperfecta, funciona mal o no funciona) y la ficción no es tal. Me
parece que hay suficiente evidencia ya para afirmar que la idea del futuro —
nuestro presente— está mucho más cerca de lo que pensaba Dick que de lo
que sostenían los clásicos del género, ¿no? Dick se ha convertido en un gran
escritor realista/naturalista, que es lo que en realidad él siempre quiso ser antes
de verse obligado a ganarse la vida escribiendo «novelitas» futuristas.
RB: Recuerdo con mucho cariño a Dick. Yo creo que es el escritor de los
paranoicos, del mismo modo que Byron fue el escritor de los románticos.
Incluso su biografía tiene ciertos matices byronianos: es un hombre de vida
amorosa agitada y, políticamente, está con las causas perdidas. En ocasiones
con las causas más extremas o las que la gente considera que son las más
extremas. Y es curioso que uno de los grandes escritores del siglo XX (algo en
lo que creo que estamos de acuerdo) sea precisamente un escritor «de
género». Un escritor que para ganarse la vida (un término horrible este de
ganarse la vida) se pone a escribir y publicar novelas en editoriales populares, a
un ritmo endiablado, novelas que discurren en Marte o en un mundo en donde
los robots son algo normal y rutinario. En fin: la peor manera de labrarse un
nombre en el mundo de las letras, como diría un escritor francés de finales del
siglo XIX. Y sin embargo Dick no sólo se labra un nombre en la literatura sino
que se convierte en punto de referencia de otras artes, como el cine, y su
prestigio sigue creciendo. ¿Tú recuerdas la primera novela que leíste de él? La
mía fue Ubik y el martillazo que recibí fue considerable.
RF: Es cierto eso de Dick y las causas políticas. Tiene algo de working class
hero lo suyo —no sólo en el aspecto de «escritor trabajador», sino que buena
parte de sus ficciones giran en torno al hombre trabajador y esclavizado, a la
práctica buena o mala de un oficio, al espanto de ciertas burocracias y a errores
mecánicos o problemas de funcionamiento... En mi caso la primera fue El
hombre en el castillo, en Minotauro, claro. Recuerdo que acababa de volver a
Buenos Aires después de unos cuantos años viviendo en Caracas, y el efecto
fue desconcertante. Todavía regía la dictadura militar —era 1979— y recuerdo
que me costaba un poco discernir dónde terminaba el libro y dónde empezaba
33 y 1/tercio
la realidad. La sensación se acentúa todavía más cuando se leen varios Dicks
seguidos: la sospecha que te despierta en cuanto a lo que es verdadero y lo
que es falso. Me parece que es una sospecha que trasciende la vulgar paranoia
y está más cercana al pensamiento religioso. En este sentido —no sé qué te
parece— creo que Dick es el escritor perfecto para los que no creen en Dios
pero quisieran que existiera alguna inteligencia superior que explicara todo este
despropósito, ¿no?
RB: Sí, sin duda Dick es en gran medida un escritor con una preocupación
religiosa. Hay páginas de Dick en donde está claro que a él, al autor, le gustaría
creer en Dios, pero también hay páginas en donde Dick escucha, literalmente,
el ruido del universo que se muere de forma irremediable. Se oye en Tiempo de
Marte. Una musiquilla de las esferas que sólo oyen los seres más débiles entre
los débiles, las víctimas y los enfermos. En este sentido Dick jamás hubiera
podido ser un escritor de utopías, algo a lo que su escritura profundamente
moral podía haberlo llevado. Ni siquiera de distopías. Dick escribe sobre La
Entropía, con mayúsculas. Lo curioso es que al mismo tiempo, en paralelo a
este tema mayor, discurren otros, más terráqueos, digamos, pero
profundamente inquietantes, como el de las realidades superpuestas de El
hombre en el castillo, o como su aseveración de que la historia, y con ella la
realidad, terminó en el año 60 o 70 después de Cristo y que todo lo que ha
venido a continuación es disfraz o realidad virtual y que de hecho estamos
inmersos en pleno Imperio Romano.
RF: Tal vez la necesidad de Dick de creer en otros planos de la realidad —me
atrevo a pensarlo como, sí, una necesidad y no una condena— tenga un motivo
mucho más sencillo o, si se lo prefiere, banal: la opción de pensar que en otra
dimensión Dick sería un gran escritor, el escritor más importante de todos. Pero
tal vez lo más inquietante de todo sea la incapacidad de Dick para funcionar
dentro de los parámetros del género al que hizo evolucionar tanto. Son muy
conocidos sus problemas con sus colegas y con los fans de la ciencia-ficción,
que no entendían lo rebuscado de sus tramas y lo consideraban una especie de
terrorista drogado que no respetaba ninguna de las leyes implícitas y acaso
nunca del todo declaradas del género.
RB: No, no creo que Dick soñara con ser el mejor escritor en una dimensión
paralela a esta. En Dick la salvación está en la amistad, en el sexo, en la
aventura compartida, no en la escritura, ni mucho menos en lo que
formalmente se llama buena escritura y que no es otra cosa que una serie de
convenciones más o menos aceptadas por todos. Ahora bien, es muy probable
que Dick experimentara esa sensación de lucidez con respecto a su propia
escritura y que en algunos momentos (momentos de debilidad y vanidad que
todo el mundo tiene) viera como algo injusto su destierro en la literatura de
género, en la estantería de los libros populares y baratos. Pero esto es algo que
le ha ocurrido a muchos buenos escritores. En la tradición norteamericana hay
ejemplos en donde el silencio (el caso de Emily Dickinson) o el desdén (Melville,
por ejemplo) son mayores que el silencio y el desdén buscado y sufrido por
Dick.
33 y 1/tercio
RF: Recuerdo que el otro día me contaste que navegabas por Internet por
varios sites dedicados a Dick y no pude evitar preguntarme qué pensaría Dick
de todo esto: computadoras, el mundo invisible de la Red que está aquí y no
está al mismo tiempo... El modo en que la realidad lo viene plagiando... Me
pregunto también si no se habrá muerto en el momento justo y si acaso los
verdaderos escritores de ciencia-ficción se mueren —o serán desconectados—
cuando la realidad comienza a parecerse demasiado a las tramas de sus
novelas. En este sentido, Dick era un profeta poco interesado —a diferencia de
lo que ocurre con los idiotas de Clarke y Asimov— en acertar compulsivamente
acerca de lo que vendrá. En algún lado leí que Dick dijo que «la mala ciencia-
ficción predice mientras que la buena ciencia-ficción parece que predice». A
Dick le preocupaba mucho menos el futuro (como escenario) que una especie
de presente atemporal liberado de todo rigor cronológico. Incluso sus partes
futuristas parecen casi una obligación editorial, ¿no? Y por acá —para entrar en
otro posible tema— tengo otra frase de él que siempre me impactó: «El cuento
trata de un crimen y la novela trata de un criminal».
RB: Pero más allá de su desdén por el futuro, Dick es también un profeta. Un
profeta callejero, diríamos un profeta lumpen, sin el prestigio de un Norman
Mailer, un Arthur Miller o un John Updike. Y sin el aura de un Salinger (los
lectores de Dick y Salinger suelen ser jóvenes, pero los de Dick son jóvenes
freaks). En cuanto a los relatos y novelas, no se ve una gran diferencia: hay
novelas de Dick que no son más que una sucesión de relatos, como lo es
también el Moby Dick de Melville. Sus cuentos, por otra parte, son
increíblemente buenos. En lo que respecta a que algunas de sus novelas no
parecen seguir un patrón lógico, yo creo que hay que tener en cuenta que
muchas de estas novelas están escritas por encargo y bajo la influencia de
anfetaminas, que son novelas alimenticias que probablemente Dick escribía en
menos de un mes, sin planteamientos previos ni estructuras, y que en realidad
son improvisaciones. Pero las grandes novelas de Dick, como El hombre en el
castillo o Valis o Tiempo de Marte o Ubik o Dr. Bloodmoney, son de una
coherencia extrema; lo que no carece de mérito, pues Dick no opera desde el
orden sino desde el desorden. En este sentido su novela de hierro sería Valis,
que es una de las últimas, y en donde, entre otras muchas cosas, Dick aborda
directamente lo cerca que se encuentra de la locura. Y lo hace con la lucidez y
con la elocuencia de un gran artista. Aunque también hay que tener presente
que en muchas ocasiones la lucidez y la elocuencia son términos excluyentes.
RF: Es muy cierto eso de Dick y de la locura como estética: sus novelas acaban
siendo, formalmente, casi una representación estética de lo que significa el
estar loco. Me parece que —si nos ponemos musicales— Dick escribe más
variaciones que improvisaciones: siempre parte de una misma aria central que
tiene que ver con las preguntas: ¿Qué es real? ¿Qué no lo es?, y te va
envolviendo en esa melodía repetitiva y constante... Párrafos atrás hablabas de
Dick como alguien no preocupado por una buena escritura... y no estoy tan
seguro a pesar del evidente apresuramiento de sus textos. Creo que esa
velocidad desesperada le da algo raro y muy personal y que, en un punto, te
hace sentir en carne propia la adicción química de Dick como si fuera por
transferencia. (A Dick le gustaría esto: la literatura como sucedáneo de la
33 y 1/tercio
droga, y creo que escribió algún cuento donde los invasores adoptan la formas
de un libro forrado con la piel de un animal extraterrestre, no recuerdo bien,
pero la historia acababa un poco como el Tlön de Borges, a quien, si lo
pensamos un poco, Dick se parece tanto en más de un sentido.) Pero en
cualquier caso a eso me refería cuando te mencionaba los riesgos de leer varios
Dicks seguidos: hay algo virósico en su escritura que no tiene nada que ver con
el tipo de virus que también son Proust o Nabokov o Salinger. Mientras que
estos últimos te contagian una forma de escribir, Dick te contagia una forma de
pensar.
RB: Igual que Burroughs. En algunos momentos, Dick se parece a Burroughs.
Ambos, a la manera norteamericana, en el fondo muy pragmática, están
interesados más por la revolución, por el estado de la revolución, es decir, por
la resistencia, que por la literatura. Es en este sentido en que yo creo que a él
no le interesa escribir bien, algo que en un escritor se da por sobreentendido.
Dick va camino de ser un clásico y una de las características de un clásico es ir
mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una cierta
corrección gramatical. «Colocar las palabras adecuadas en el lugar adecuado es
la más genuina definición del estilo», dice Jonathan Swift. Pero evidentemente
la gran literatura no es una cuestión de estilo ni de gramática, como también
sabía Swift. Es una cuestión de iluminación, tal como entiende Rimbaud esta
palabra. Es una cuestión de videncia. Es decir, por un lado es una lectura lúcida
y exhaustiva del árbol canónico y por otro lado es una bomba de relojería. Un
testimonio (o una obra, como queramos llamarle) que explota en las manos de
los lectores y que se proyecta hacia el futuro. ¿Y qué es lo que Dick proyecta
hacia el futuro, en qué consiste el mecanismo de su bomba de relojería?
Básicamente en preguntas. Preguntas rarísimas y peregrinas. Y en una
sensación de malestar, de alteridad, que muy pocos han logrado plasmar.
RF: No había pensado en el nexo Burroughs/Dick, pero sí, ahí está. Sobre todo
en lo que a luchar contra el Sistema se refiere y en sus fijaciones
metaparanoicas con Nixon, la CIA, el FBI, un Estado policial, en ese costado
político-alucinógeno. Y, no sé por qué, pienso en qué hubiera sido de Dick de
haber nacido en Argentina o Chile. Probablemente habría sido uno de los
desaparecidos o, mejor todavía, se habría convertido en el auténtico hombre en
el castillo: un artista gurú, un punto de peregrinación... Me parece, insisto, que
a Dick lo que menos le interesa es el futuro como territorio porque ya se siente
excluido del presente. El futuro sólo puede significar peores noticias, la
tecnología jamás le despertó la menor esperanza y, curiosamente, su novela
más feliz —con final más feliz— es Dr. Bloodmoney, donde la humanidad
recupera una especie de primitivismo campesino fuera de las grandes ciudades.
La mirada de Dick es siempre la mirada de un noble horrorizado por la
decadencia (todos esos adictivos productos comerciales a los que alude) y, cosa
rara, ayer vi por primera vez la versión fílmica de El Gatopardo y, volviendo a lo
que te decía acerca de Dick como agente contaminante e invasor, me propuse
verla como si fuera una película de ciencia-ficción dentro del subgénero de
planeta agonizante y especie en extinción. Y dirás que estoy loco, pero
funciona... Y me hizo recordar en algo a Tiempo de Marte, en algo a El hombre
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en el castillo. Tal vez esté delirando un poco... Tal vez deba dejar de leer a Dick
por un tiempo...


                                                          (Tomado de Archivo Bolaño)
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                                philip k. dick
     (chicago, 1928 – los ángeles, 1982. él está vivo y nosotros estamos muertos.)




                        extraños recuerdos de muerte

Desperté esta mañana y sentí el frío de octubre dentro del departamento, como
si las estaciones entendieran el calendario. ¿Qué había soñado? Vanos
pensamientos acerca de una mujer a la que alguna vez había amado. Algo me
deprimía. Hice un repaso mental. Pero, de hecho, todo estaba bien; este sería
un buen mes. Pero sentía el frío.
Oh, Dios mío, pensé. Hoy es el día en que echan fuera a la señorita Lysol.
Nadie quiere a la señorita Lysol. Está loca. Jamás nadie la ha escuchado decir
palabra alguna y nunca te mirará. Algunas veces, cuando uno desciende por las
escaleras, ella va subiendo y se regresa silenciosamente para usar en cambio el
elevador. Todos pueden oler el Lysol que emplea. Aparentemente mágicos
horrores contaminan su departamento, así que usa Lysol. ¡Maldición!, mientras
me preparaba un café, pensé: Quizás los propietarios ya la han echado fuera, al
amanecer, mientras yo aún dormía, mientras yo soñaba inútilmente con una
mujer a la que amé y que me había dejado. Desde luego. Estaba soñando con
la odiosa señorita Lysol y las autoridades llegaban a su puerta a las cinco de la
mañana. Los nuevos propietarios eran una poderosa firma con inversiones en
bienes y raíces. Lo harían al amanecer.
La señorita Lysol se esconde en su departamento y sabe que octubre está aquí,
primero ha llegado octubre, y luego ellos llegarán a arruinarla y a arrojarla a la
calle con sus cosas. ¿Irá a hablar ahora? La imagino apretada contra la pared,
en silencio. Sin embargo, no es tan simple como eso. Al Newcum, el
representante de ventas de Inversiones South Orange, me ha dicho que la
señorita Lysol fue a Ayuda Legal. Esta es una mala noticia porque echa a
perder todo lo que podríamos hacer por ella. Está loca pero no lo
suficientemente loca. Si pudiera ser probado que no entiende la situación, un
equipo de Salud Mental de Orange County se presentaría como sus abogados, y
explicaría a Inversiones South Orange que no pueden expulsar de su hogar a
una persona con capacidades disminuidas. ¿Por qué diablos se las agenció para
ir a Ayuda Legal?
Son las nueve de la mañana. Puedo bajar a las oficinas de ventas y preguntar a
Al Newcum si ya han echado a la señorita Lysol, o si está en su departamento
escondiéndose en silencio, esperando. La van a sacar porque el edificio,
construido con cincuenta y seis unidades, ha sido transformado en
condominios. Virtualmente todos se han mudado desde que fuimos notificados
legalmente hace cuatro meses. Tienes ciento veinte días para comprar o dejar
tu departamento e Inversiones South Orange te pagará doscientos dólares por
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tus gastos de mudanza. Esa es la ley. Tienes también opción de compra en
primer término sobre la unidad que rentabas. Yo estoy comprando la mía. Me
quedo. Por cincuenta y dos mil dólares me las he arreglado para quedarme aquí
cuando echen fuera a la señorita Lysol, que está loca y no tiene cincuenta y dos
mil dólares. Ahora mismo desearía haberme mudado.
Bajando las escaleras hasta la máquina expendedora de diarios, compro Los
Angeles Times de hoy. Una muchacha disparó al patio de recreo de una escuela
repleta de niños, «porque a ella no le gustaban los lunes», ahora se está
declarando culpable. Pronto conseguirá libertad condicional. Tomó un arma y
disparó a los niños de la escuela porque, en efecto, no tenía nada más que
hacer. Bien, hoy es lunes; está en la corte en lunes, el día que odia. ¿No hay
límite para la locura?, me cuestiono a mí mismo. Primero que nada, dudo si mi
departamento vale los cincuenta y dos mil dólares. Me quedo porque tengo
miedo de mudarme –miedo a algo nuevo, al cambio– y porque soy un
perezoso. No, no es eso. Me gusta este edificio y vivo cerca de mis amigos y
junto a las tiendas que me gustan algo. He estado aquí tres años y medio. Es
un edificio sólido y bueno, con portones de seguridad y cerrojos firmes. Tengo
dos gatos, a quienes les gusta estar en el patio interior; pueden salir y estar a
salvo de los perros. Probablemente soy conocido como el Hombre de los Gatos.
Así que todos han partido, excepto la señorita Lysol y el Hombre de los Gatos.
Lo que me incomoda es que sé que la única cosa que me separa de la señorita
Lysol, que está loca, es el dinero que tengo ahorrado. El dinero es el sello
oficial de la cordura. La señorita Lysol, quizá, tiene miedo de mudarse. Es como
yo. Solo quiere permanecer donde ha estado por varios años, haciendo aquello
que ha estado haciendo. Utiliza mucho las máquinas de la lavandería, lavando y
secando sus ropas una y otra vez. Ahí es donde la suelo encontrar: llego al
salón de la lavandería y está allí junto a las máquinas, asegurándose que nadie
robe sus ropas. ¿Por qué nunca te mira? ¿Qué gana manteniendo su rostro
apartado? Percibo odio. Odia hacia todos los seres humanos. Pero consideren
su situación; aquellos a quienes tanto odia la van a cercar. ¡Cuánto miedo debe
de sentir! Mira de reojo hacia su departamento, esperando los golpes sobre la
puerta; ¡mira el reloj y comprende!
Hacia el norte, en Los Ángeles, la conversión de las unidades de renta en
condominios ha sido bloqueada efectivamente por el consejo de la ciudad. Los
inquilinos han ganado. Esta es una gran victoria, pero no sirve de ayuda a la
señorita Lysol. Esto es Orange County y el dinero es la ley. Los muy pobres
viven hacia el este: los mexicanos en su barrio. Algunas veces cuando nuestros
portones de seguridad se abren y admiten automóviles, las mujeres chicanas
entran corriendo con canastas de ropa sucia; quieren usar nuestras máquinas
lavadoras ya que no poseen ninguna. La gente que vive aquí, en el edificio, se
resiente de esto. Cuando se tiene un poco de dinero –el dinero suficiente para
vivir en un edificio electrificado, moderno y seguro– se resienten estas cosas
con gran facilidad.
Bien, tengo que saber si la señorita Lysol ha sido expulsada ya. No hay forma
de saberlo mirando hacia su ventana; las cortinas siempre están corridas. Así
que bajo las escaleras y me dirijo a las oficina de ventas buscando a Al. No
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obstante, Al no está ahí; la oficina está cerrada. Entonces recuerdo que Al voló
a Sacramento el fin de semana para conseguir unos papeles legales de
importancia crucial que el Estado perdió. No ha regresado. Si la señorita Lysol
no estuviera loca, podría llamar a su puerta y hablar con ella; podría descubrir
la manera. Pero ese es precisamente el punto clave de la tragedia; cualquier
llamada a su puerta la asustará. Este es su estado. Esta es la enfermedad
misma. Así que permanezco junto a la fuente que los diseñadores han
construido y admiro los maceteros con flores que han colocado... han hecho
que el edificio se vea realmente bien. Anteriormente parecía una prisión. Ahora
se ha transformado en un jardín. Los diseñadores han invertido una gran
cantidad de dinero en pintarlo y adornarlo, y de hecho, en reconstruir toda la
entrada. Agua, flores y puertas francesas... y la señorita Lysol callada dentro de
su departamento, esperando que llamen.
Podría quizá pegar una nota a su puerta. Diría:
Señorita, su situación me aflige y desearía ayudarla. Si desea algún apoyo, vivo
arriba en el departamento C-1.
¿Cómo lo firmaría? Un amigo solitario, acaso. Un amigo solitario con cincuenta
y dos mil dólares que está aquí legalmente mientras usted es, a los ojos de la
ley, una intrusa. Desde la pasada medianoche. Aunque ayer fuera tan
propietaria de su departamento como yo ahora del mío.
Subo de nuevo las escaleras rumbo a mi departamento con la idea de escribir
una carta a la mujer que una vez amé y con la que soñé la noche pasada. Toda
clase de frases y palabras cruzan por mi mente. Recrearé la relación perdida
con una carta. Tal es el poder de las palabras.
Qué desecho. Se ha ido para siempre. No tengo ni siquiera su dirección actual.
Con gran trabajo, podría rastrearla a través de nuestros amigos mutuos, y
¿entonces qué le diría?
Mi amada, he recuperado mi cordura. Me doy cuenta del profundo alcance de
lo que te debo. Considerando el poco tiempo que estuvimos juntos, hiciste por
mí más que cualquiera en toda mi vida. Es evidente que he cometido un error
desastroso. ¿Podemos cenar juntos?
Conforme repito esta hipérbole en mi mente, el pensamiento llega hacia mí,
mostrándome lo horrible y divertido que sería a la vez, si yo escribiera la carta y
luego, por error o designio, la pegara en la puerta de la señorita Lysol. ¡Cómo
reaccionaría! ¡Jesucristo! ¡La mataría o la curaría! Mientras tanto, podría
escribirle a mi amor distante, die ferne Geliebte, algo así:
Señorita, está usted totalmente loca. Todo el mundo en un radio de millas lo
sabe. Su problema es por su propia causa. Embárquese, espabílese, asuma sus
actos, pida algo de dinero, contrate un abogado mejor, compre un arma,
dispare a un patio de escuela. Si desea algún apoyo, vivo en el departamento
C-1.
Quizá el apuro de la señorita Lysol es divertido y yo estoy muy deprimido, por
la llegada del otoño, para darme cuenta. Quizá hoy el correo traerá algo bueno;
después de todo, ayer fue un día feriado para el correo. Hoy tendré el correo
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de dos días. Eso me alegrará. Lo que, de hecho, está sucediendo es que estoy
sintiéndome apesadumbrado conmigo mismo; hoy es lunes y, como la chica
que se está declarando culpable en la corte, odio los lunes.
Brenda Spencer se declaró culpable de dispararle a once personas, dos de las
cuales murieron. Tiene diecisiete años, es bajita y muy bonita, con cabello rojo;
usa anteojos y su cara es como la de un niño, como uno a los que disparó. Un
pensamiento entra a mi mente de repente, quizá la señorita Lysol tiene un
arma en su departamento, es un pensamiento que debería haberme llegado
hace tiempo. Quizá Inversiones South Orange lo ha pensado. Quizá esa es la
razón por la que la oficina de Al Newcum está cerrada hoy; no está en
Sacramento sino escondiéndose. Aunque, desde luego, podría estar
escondiéndose en Sacramento, haciendo dos cosas a la vez.
Un excelente terapeuta, al que conocí alguna vez, mencionaba que en casi
todos los casos de acciones psicóticas criminales había siempre una alternativa
mas fácil que la persona perturbada no lograba ver. Brenda Spencer, por
ejemplo, podría haber ido al supermercado más cercano para comprar un
cartón de leche malteada de chocolate en lugar de dispararle a once personas,
la mayoría de ellas, niños. La persona psicótica, en realidad, escoge el camino
más difícil; se obliga a andar cuesta arriba. No es cierto que opte por la línea de
menor resistencia sino que piensa que lo hace. Ahí, precisamente, estriba el
error. La base de la psicosis, en pocas palabras, es la incapacidad crónica para
ver en el exterior el camino más sencillo. Todo el comportamiento, todo lo que
constituye la actividad psicótica y la forma de vida psicótica, se deriva de esta
incapacidad de percepción.
Sentada, sola y en silencio en su departamento antiséptico, aguardando el
llamado inexorable a su puerta, la señorita Lysol ha ideado la manera de
colocarse en las más difíciles circunstancias posibles. Lo que era fácil lo ha
hecho duro. Lo que era duro ha sido transmutado, finalmente, en lo imposible,
y ahí termina la forma de vida psicótica: cuando lo imposible se cierra y no hay
más opciones, ni siquiera las más difíciles. Ese es el resto de la definición de la
psicosis: Al final hay un punto muerto. Y, en ese punto, la persona psicótica se
congela. Si alguna vez has visto como sucede... bueno, es una visión
sorprendente. La persona se petrifica como un motor que se ha atascado.
Ocurre repentinamente. En un momento la persona está en movimiento, los
pistones suben y bajan frenéticamente, y enseguida hay sólo un bloque inerte.
Esto es debido a que el camino se ha acabado para esta persona, el camino
que tomó probablemente años atrás. Es una muerte cinética. «No hay ningún
lugar» escribió San Agustín. «Vamos hacia delante y hacia atrás, y no hay
lugar». Y luego llega el cese y sólo hay un lugar.
El punto donde la señorita Lysol se atrapó a sí misma ha sido en su propio
departamento, que sin embargo ya no es su propio departamento. Ha
encontrado un lugar en el cual morir psicológicamente y entonces Inversiones
South Orange se lo ha arrebatado. Le han robado su propia tumba.
Lo que no logró expulsar de mi mente es la noción de que mi destino está
atado al de la señorita Lysol. Una entrada física en la computadora de Ahorros
Mutuos nos divide, y esta es una división mítica; es real sólo mientras gente
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como la de Inversiones South Orange, y específicamente Inversiones South
Orange, está voluntariamente de acuerdo en que es real. Para mí no es más
que una convención social, como usar calcetines iguales. Es como el valor del
oro. El valor del oro es el que la gente acuerda, lo que es como un juego de
niños: «Supongamos que este árbol es la tercera base». Supongamos entonces
que mi televisor funciona porque mis amigos y yo convenimos eso. Podríamos
sentarnos frente a una pantalla en blanco por siempre de esa manera. En ese
caso, se podría decir que el error de la señorita Lysol es no haber podido
formar un convenio con el resto de nosotros, un consenso. Aparte de todo lo
demás hay un contrato no escrito del cual la señorita Lysol no es parte. Pero
me sorprende pensar que la incapacidad de entrar en un acuerdo
palpablemente infantil e irracional conduzca inevitablemente a la muerte
cinética, al bloqueo total del organismo.
Argumentado de esa manera, uno podría decir que la señorita Lysol ha
fracasado en ser como un niño. Es demasiado adulta. No puede o no quiere
jugar. El elemento que se ha apoderado de toda su vida es el elemento de lo
turbio y de lo inexorable. Nunca sonríe. Nadie la ha visto hacer algo más que
mirar furiosamente de una manera indirecta y vaga.
Quizá, entonces, lleva a cabo un juego más siniestro en lugar de no jugar en lo
absoluto; quizá el suyo es un juego de combate, en tal caso ahora tiene lo que
deseaba, aunque esté perdiendo. Es, al menos, una situación que comprende.
Inversiones South Orange ha entrado en el mundo de la señorita Lysol. Quizá
ser una intrusa en lugar de una propietaria le brinda más satisfacciones. Quizá
en secreto todos deseamos que nos suceda lo mismo. En ese caso, ¿la persona
psicótica anhela su propia muerte cinética definitiva? ¿Su propio camino sin fin?
¿Juega para perder?


Ese día no vi a Al Newcum, pero lo encontré al día siguiente; había regresado
de Sacramento y abierto su oficina.
–¿Aún está aquí la mujer del departamento B-15? –le pregunté–. ¿O ya la han
echado?
–¿La señora Archer? –dijo Newcum–. Oh, la otra mañana se mudó; se ha ido. El
Ministerio de Alojamiento de Santa Barbara le encontró un lugar en Bristol–. Se
recargó en su silla giratoria y cruzó sus piernas; sus pantalones, como siempre,
estaban minuciosamente planchados–. Se fue con ellos hará un par de
semanas.
–¿A un departamento que puede pagar? –dije.
–Ellos asumirán el gasto. Van a pagarle su renta; ella les pidió ayuda. Está en
una situación muy difícil.
–Dios mío –dije–, quisiera que alguien pagara mi renta.
–No estás pagando renta –dijo Newcum–. Tú estás comprando tu apartamento.


                                      ●●●
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                                      valis
                                  (capítulo 1)

El quebrantamiento nervioso de Amacaballo Fat comenzó el día en que recibió
el llamado telefónico de Gloria para preguntarle si tenía algunas píldoras de
Nembutal. Él intentó averiguar para qué las quería y ella le explicó que tenía
intención de matarse. Estaba llamando a todos los que conocía. Ya había
recolectado cincuenta pero, para que no hubiera dudas sobre el resultado,
necesitaba treinta o cuarenta más.
Inmediatamente Amacaballo Fat dedujo que esta era la forma en que ella
estaba pidiendo ayuda. Desde hacía años Fat venía desarrollando la fantasía de
que él era capaz de dispensar ayuda a la gente. En una oportunidad su
psiquiatra le había dicho que para mejorar tendría que hacer dos cosas:
abandonar la droga (cosa que no había hecho) y dejar de intentar ayudar a la
gente (todavía trataba de hacerlo).
A decir verdad, no tenía píldoras de Nembutal. No tenia somníferos de ninguna
especie. Nunca los consumía. Consumía estimulantes. De modo que dárselas a
Gloria para que se matara estaba fuera de sus posibilidades. De cualquier
manera, no lo habría hecho aun cuando le hubiera sido posible.
–Tengo diez –dijo. Porque si le hubiera dicho la verdad, ella habría colgado.
–Entonces iré a tu casa –dijo Gloria con una voz racional y serena, el mismo
tono que había empleado para, pedirle las píldoras.
Él se dio cuenta entonces de que no estaba pidiendo ayuda. Se encontraba
completamente loca. Si hubiera estado normal, se habría dado cuenta de que le
era necesario disimular su propósito, puesto que así lo convertiría en cómplice.
Para que hubiera estado de acuerdo con ella tendría que desearle la muerte. No
había motivo para que él –o para que cualquier otro– deseara semejante cosa.
Gloria era una mujer gentil y civilizada, pero consumía ácido en abundancia. Era
evidente que desde la última vez que tuvo noticias de ella, seis meses atrás, el
ácido le había hecho estragos en la mente.
–¿Qué has estado haciendo?
–Estuve internada en el Hospital del Monte de Sión en San Francisco. Traté de
suicidarme y mamá me hizo recluir. Me dieron de alta la semana pasada.
–¿Te has curado? –preguntó Fat.
–Sí –contestó ella.
Ese fue el momento en que Fat comenzó a enloquecer. No lo advirtió entonces,
pero había sido arrastrado a un inenarrable juego psicológico. No había
escapatoria. Gloria Knudson, además de haber hecho estragos en su propio
cerebro, los hizo también en el de su amigo. Probablemente había hecho lo
mismo con seis o siete personas más, todos amigos que la querían, en
conversaciones telefónicas similares. Seguro que había aniquilado además a su
33 y 1/tercio
madre y a su padre. Fat oyó en su voz racional el tono del nihilismo, el tañido
del vacío No estaba tratando con una persona; al otro extremo de la línea
telefónica había un arco reflejo.
Lo que no sabía entonces es que a veces perder la cordura constituye una
respuesta adecuada a la realidad. Oír que Gloria pedía racionalmente la muerte
era padecer el contagio. Era una de esas trampas chinas para dedos: cuanto
más intenta uno librarse, más estrechamente se ajusta la trampa.
–¿Dónde te encuentras ahora? –le preguntó.
–En Modesto. En casa de mis padres.
Como él vivía en el Condado de Marin, ella se encontraba a varias horas de
automóvil. No se emprendía semejante viaje por nada. Esta era otra prueba de
locura: tres horas de viaje de ida y tres de vuelta por diez píldoras de
Nembutal. ¿Por qué sencillamente no estrellar el automóvil? Gloria ni siquiera
cometía su acto irracional racionalmente. Gracias, Tim Leary, pensó Fat. Tú y tu
promoción del júbilo de expandir la conciencia por medio de la droga. No sabía
que en la línea se encontraba su propia vida. Esto sucedía en 1971. En 1972 se
encontraría en Vancouver, al Norte, en la Columbia Británica, luego de intentar
suicidarse, solo, pobre y asustado en una ciudad extranjera. Por el momento se
le ahorraba ese conocimiento. Todo lo que quería era persuadir a Gloria de que
fuera al Condado de Marin para poder ayudarla. Uno de los mayores actos de la
clemencia de Dios es que nos tiene en perpetua ignorancia de nuestro destino.
En 1976 (fracasado el intento de suicidio de Vancouver), totalmente
enloquecido de dolor, Amacaballo Fat se cortaría la muñeca, tomaría cuarenta y
nueve tabletas de digital de alta gradación y se encerraría en un garaje con el
motor del automóvil en marcha; también entonces fracasaría. Bien, el cuerpo
tiene poderes que la mente desconoce. Sin embargo, la mente de Gloria tenía
total control de su cuerpo; estaba racionalmente loca.
Casi toda locura puede identificarse con lo extravagante y lo teatral. Uno se
pone una sartén en la cabeza, una toalla en torno de la cintura, se pinta la cara
de púrpura y sale a la calle. Gloria estaba tan serena como siempre; se
mostraba cortés y civilizada. Si hubiera vivido en la antigua Roma o en el
Japón, habría pasado inadvertida. Su capacidad de conducir probablemente
permanecía inalterada. Se detendría ante las luces rojas y no excedería los
límites de velocidad... en viaje a casa de Fat para buscar las diez píldoras de
Nembutal.
Yo soy Amacaballo Fat y estoy escribiendo esto en tercera persona con el fin de
ganar la tan necesitada objetividad. No amaba a Gloria Knudson, pero me
gustaba. En Berkeley ella y su marido habían ofrecido fiestas elegantes y
siempre nos invitaban a mi mujer y a mí. Gloría se pasaba horas preparando
bocadillos y servía diversas clases de vino; se vestía cuidadosamente y lucía
adorable can su rizado y corto pelo color arena.
De cualquier manera, Amacaballo Fat no tenía Nembutal que darle, y una
semana más tarde, Gloria se arrojó desde una ventana del decimo piso del
Edificio Synanon en Oakland: California, y se hizo pedazos contra el pavimento
del Bulevar MacArthur; y Amacaballo Fat siguió el insidioso y prolongado
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proceso de decadencia al encuentro de la desdicha y la enfermedad, la especie
de caos que, según los astrofísicos, es el destino que aguarda al universo
entero. Fat se había adelantado a su tiempo, se había adelantado al universo
mismo. Terminó por olvidar el acontecimiento que había iniciado su proceso de
declinación en dirección a la entropía; Dios, piadosamente, nos mantiene en
ignorancia del pasado además de ocultarnos el futuro. Durante dos meses,
luego de enterarse del suicidio de Gloria, lloró, miró televisión y consumió
drogas con mayor abundancia todavía; también su cerebro se extraviaba, pero
él no lo sabía. La clemencia de Dios es infinita.
En realidad, un año antes la locura había arrebatado a Fat su propia esposa.
Era como una epidemia. Nadie sabía en qué medida aquello era consecuencia
de la droga. Por ese tiempo en los Estados Unidos –de 1960 a 1970– y en ese
lugar, la zona de la Bahía del Norte de California, todo se había ido a la mierda.
Lamento decirlo, pero es la verdad. Los términos delicados y las teorías
sofisticadas no pueden ocultar el hecho. Las autoridades se volvieron tan
psicóticas como aquéllos a los que perseguían. Querían eliminar a todas las
personas que no fueran clones del establishment. Estaban ganadas por el odio.
Fat había visto policías que lo miraban con la ferocidad de un lobo. El día que
trasladaron de la cárcel del Condado de Marin a Angela Davis, la marxista
negra, las autoridades desmantelaron todo el centro cívico. Fue con el fin de
frustrar a los radicales que hubieran intentado crear dificultades. Se paralizaron
los ascensores; la señalización de las puertas contenía información falsa; el
fiscal del distrito judicial se escondió. Fat vio todo eso. Había ido al centro cívico
para devolver un libro a la biblioteca. Al pasar por el arco electrónico de
entrada al centro cívico, dos polis desgarraron el libro y unos papeles que Fat
llevaba consigo. Quedó perplejo. Todo ese día lo dejó perplejo. En la cafetería
un poli armado miraba comer a la gente. Fat volvió a casa en taxi, con miedo
de su propio automóvil y preguntándose si no estaría chiflado. Lo estaba, pero
también lo estaban todos los demás.
Soy, de profesión, escritor de ciencia ficción. La fantasía es mi empresa. Mi vida
es una fantasía. No obstante, Gloria Knudson yace en una caja en Modesto,
California. En mi álbum de fotografías hay una foto de las coronas del funeral.
En colores, de modo que se puede apreciar la belleza de las coronas. En último
término hay aparcado un VW. Se me ve entrando furtivamente en él en mitad
del servicio. Me es imposible seguir aguantando.
Después del servicio junto a la tumba, el ex marido de Gloria, Bob, yo y algún
amigo lloroso suyo y de ella tuvimos un tardío almuerzo en un restaurante
elegante de Modesto, no lejos del cementerio. La camarera nos hizo sentar en
la parte trasera porque los tres parecíamos hippies, a pesar de llevar traje y
corbata. No nos importó un comino. No recuerdo de qué hablamos. La noche
anterior Bub y yo –quiero decir Bob y Amacaballo Fat– fuimos a Oakland a ver
el film Patton. Algo antes de que tuviera lugar el servicio de inhumación Fat
conoció a los padres de Gloria. Al igual que su hija fallecida, lo trataron con
suma amabilidad. Varios amigos de Gloria estaban de pie, en el trillado cuarto
de estar estilo rancho de California, recordando a la persona que allí los reunía.
Por supuesto, la señora Knudson se había maquillado con exceso; las mujeres
siempre se maquillan demasiado cuando alguien muere. Fat acarició a
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Presidente Mao, el gato de la muchacha fallecida. Recordó los pocos días que
Gloria había pasado con él en su casa en ocasión del inútil viaje en busca del
Nembutal inexistente. Recibió la revelación de la mentira con aplomo casi con
neutralidad. Cuando uno va a morir no se cuida de menudencias.
–Me las tomé –le había dicho Fat, acumulando mentira sobre mentira.
Decidieron ir a la playa, la gran playa oceánica de la Península de Point Reyes.
En el VW de Gloria, con Gloria al volante (ni por un momento pensó que
impulsivamente podía ocurrírsele acabar con él ella y el automóvil) y, una hora
más tarde, estaban sentados juntos en la arena fumando marihuana.
Lo que Fat quería saber sobre todo era por qué intentaba matarse. Gloria
llevaba jeans desteñidos por múltiples lavados y una camiseta sin mangas en
cuya parte delantera estaba el malicioso rostro de Mick Jagger. El contacto con
la arena era agradable y se quitó los zapatos. Fat observó que tenía las uñas
pintadas de rosa y los pies perfectamente cuidados. Pensó para sí que moría
como había vivido.
–Ellos me robaron mi cuenta bancaria –dijo Gloria.
Al cabo de un momento, él se dio cuenta por el tono mesurado y la lucidez con
que enunciaba los detalles, que ellos no existían. Gloria desplegó un panorama
de locura total e inexorable, una elaboración lapidaria. Había completado todos
los detalles con herramientas tan precisas como las de un dentista. En su
narración no quedaba el menor hueco. No pudo encontrar ningún error,
excepto, claro está, la premisa según la cual todo el mundo la odiaba y trataba
de atraparla; ella era inútil en cualquier sentido. Mientras hablaba, comenzó a
desaparecer. El la miró partir. Era asombroso. Gloria, en su mesurado estilo, iba
agotando su existencia palabra por palabra. Era racionalidad al servicio de...
Bueno, pensó él, a servicio del no ser. Su mente se había convertido en un
inmenso y hábil borrador. Todo lo que quedaba ahora realmente de ella era la
cáscara; lo que equivale a decir, el cadáver deshabitado.
Aquel día en la playa se dio cuenta de que ya estaba muerta.
Después de haber fumado toda la marihuana, se echaron a andar y comentaron
las algas y la altura de las olas. En lo alto graznaban las gaviotas navegando
como veleros. Unas pocas personas estaban sentadas o caminaban por la arena
aquí y allí, pero la playa, en lo fundamental, estaba desierta. Los letreros
anunciaban corrientes de fondo. Fat, ni aunque en ello le hubiera ido la vida,
era incapaz de imaginar por qué Gloria simplemente no se internaba mar
adentro. Era sencillo: no le entraba en la cabeza. Ella sólo podía pensar en el
Nembutal que le hacía falta todavía o que imaginaba que le hacía falta.
–De los álbumes de los Dead el que prefiero es Workingman's Dead –dijo Gloria
a cierta altura–. Pero no tendrían que abogar por el consumo de cocaína. Hay
muchos niños que escuchan rock.
–No es que estén abogando por él. La canción sólo es sobre alguien que la
toma. Y que, entre paréntesis, le provoca la muerte; hace que su tren se
estrelle.
–Pero esa es la razón por la que me inicié en la droga –dijo Gloria.
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–¿A causa de los Grateful Dead?
–Por causa –dijo Gloria– de que todos querían que lo hiciera. Estoy cansada de
hacer lo que los demás quieren que haga.
–No te mates –dijo Fat–. Ven a vivir conmigo. Estoy solo. Realmente me
gustas. Inténtalo por un tiempo al menos. Junto con mis amigos trasladaremos
tus coas. Tenemos mucho por hacer, ir a distintos lugares, como hoy a la playa.
¿No se está bien aquí?
Gloria no contestó nada.
–Realmente, me haría sentir muy mal –dijo Fat–. Si te eliminaras me sentiría
mal el resto de mi vida.
De ese modo, como lo advirtió más adelante, no le ofreció ni un solo motivo
que la estimulara a seguir viviendo. Seguir viviendo se convertiría en un favor a
los demás. No habría podido dar un motivo peor aunque lo hubiera buscado
durante años. Habría sido mejor atropellarla al dar marcha atrás al VW. Esta es
la razón por la que las lineas de emergencia a disposición de los suicidas no
están a cargo de papanatas; Fat lo aprendió más tarde en Vancouver, cuando,
él mismo un suicida, llamó al Centro de Crisis de la Columbia Británica y recibió
los consejos de un especialista. No había la menor relación entre esto y lo que
le dijo a Gloria en la playa aquel día.
Deteniéndose para quitarse una piedrecilla adherida al pie, Gloria dijo:
–Hoy me gustaría pasar la noche en tu casa.
Al oír esto, Fat tuvo una visión involuntaria de sexo.
–Se llega lejos –dijo, pues así hablaba en aquellos días. La contracultura poseía
todo un libro de frases que lindaban con la total carencia de significado. Fat
solía enhebrar juntas un buen racimo de ellas. Así lo hizo en aquella ocasión;
engañado por su propia carnalidad, se convenció de que le habla salvado la
vida a su amiga. Su juicio, cuyo valor de cualquier manera no era excesivo,
descendió a un nuevo nadir de agudeza. La existencia de una buena persona
puesta en la balanza, puesta en una balanza que Fat sostenía, y todo lo que se
le ocurría era la prespectiva de apuntarse un tanto.
–Eso sí que es total –parloteó mientras andaban–. Inaudito.
Transcurrieron unos cuantos días, ella estaba muerta. Esa noche la pasaron
juntos durmiendo totalmente vestidos; no hicieron el amor; a la tarde siguiente
Gloria se fue, en apariencia a buscar sus cosas, que habían quedado en casa de
los padres en Modesto. Nunca más volvió a verla. Durante varios días esperó
que apareciera y luego, una noche el teléfono sonó y era Bob, el ex marido.
–¿Dónde te encuentras en este momento? –le preguntó Bob.
La pregunta lo dejó perplejo; se encontraba en su casa; donde estaba el
teléfono, en la cocina. La voz de Bob era serena.
–Estoy aquí –dijo Fat.
–Gloria se mató hoy –dijo Bob.
33 y 1/tercio
Tengo una fotografía de Gloria con Presidente Mao en brazos; está de rodillas,
se sonríe y sus ojos brillan. Presidente Mao está tratando de librarse. A la
izquierda se ve parte de un árbol de Navidad. En el dorso la señora Knudson
escribió con letra esmerada.
Cómo le hicimos que sintiera gratitud por nuestro amor.
Nunca llegué a darme cuenta si la señora Knudson escribió esas palabras antes
o después de la muerte de Gloria. Los Knudson me enviaron la fotografía por
correo un mes –enviaron la fotografía por correo a Amacaballo Fat un mes
después del funeral. Fat había escrito solicitando una fotografía de ella. Antes
se la había pedido a Bob, que le replicó en tono salvaje:
–¿Para qué quieres una foto de Gloria?
Y Fat no pudo responder.
Cuando Fat me convenció de que empezara a escribir esto, me preguntó por
qué Bob Langley se habría enojado tanto por su pedido. No lo sé. No me
importa. Quizá Bob supiera que Gloria y Fat habían pasado una noche juntos y
estuviera celoso. Fat solía decir que Bob Langley era un esquizoide; sostenía
que el mismo Bob se lo había dicho. El pensamiento de los esquizoides no
acompaña a los sentimientos adecuados; padecen lo que se llamó la
«disecación de sentimientos». No tendría inconveniente en confesarlo. Por otra
parte, Bob se había inclinado después de terminar el servicio de inhumación y
colocó una rosa sobre la tumba de Gloria. Ese había sido el momento en que
Fat se había retirado furtivamente al encuentro del VW. ¿Cuál de las reacciones
resulta más adecuada? ¿Fat que llora a solas en el automóvil aparcado o el ex
marido inclinado con la rosa sin decir nada, ni manifestar nada aunque
haciendo algo? Fat no contribuyó al funeral con nada, salvo con un ramo de
flores que compró durante el curso del viaje a Modesto. Se las había dado a la
señora Knudson, quien dijo que eran adorables. Bob las había escogido
cuidadosamente.
Después del funeral, en el elegante restaurante donde la camarera los había
puesto fuera del alcance de la vista, Fat le preguntó a Bob qué había estado
haciendo Gloria en Synanon, puesto que supuestamente había ido a recoger
sus pertenencias para volver al Condado de Marin e instalarse en su casa...
según él lo había creído.
–Carmina la convenció de que fuera a Synanon –dijo Bob. Ese era el nombre de
la señora Knudson–. Por su adicción a la droga.
Timothy, el amigo que Fat no conocía, dijo:
–Por cierto, no fue mucha la ayuda que le dieron.
No bien Gloria había entrado por la puerta principal del Synanon, le aplicaron el
siguiente tratamiento: mientras esperaba sentada que la entrevistaran, alguien
pasó al lado de ella y le dijo intencionadamente que fea era. La persona que se
le acercó luego se ocupó de informarle que su pelo parecía un colchón para
ratas. Gloria siempre había sido susceptible con su cabello rizado. La habría
gustado que fuera largo como todos los demás cabellos de la tierra. El efecto
33 y 1/tercio
de lo que le hubiera dicho el tercer miembro del Synanon habría sido algo
discutible, ya que por entonces Gloria había subido ya al décimo piso.
–¿Esos son los métodos del Synanon? –preguntó Fat.
Bob le explicó:
–Es una técnica para quebrantar la personalidad. Una terapia fascista que hace
que la persona se vuelva por entero al exterior y sea dependiente del grupo.
Luego pueden erigir una nueva personalidad que no dependa de la droga. –¿No
se dieron cuenta de que era una suicida? –preguntó Timothy.
–Claro que sí –dijo Bob–. Ella les había telefoneado y había hablado con ellos;
sabían su nombre y por qué se encontraba allí.
–¿Hablaste con ellos después de su muerte? –preguntó Fat.
Bob explicó:
–Los llamé y pedí hablar con alguien que ocupara una posición directiva y le
dije que habían matado a mi mujer; el tío me dijo que me hiciera presente y les
enseñara cómo manejar a un suicida. Estaba tan alterado que me dio lástima.
Cuando le oyó decir eso, Fat llegó a la conclusión de que Bob tampoco estaba
muy bien de la cabeza. Sentía lástima por Synanon. Estaba tronado. Todos
estaban tronados, incluida Carmina Knudson. En California del Norte no
quedaba ni una persona cuerda. Era tiempo de largarse a otro lugar.
Permaneció sentado comiendo la ensalada y preguntándose dónde ir. Fuera del
país. A Canadá, como los que protestaban contra el reclutamiento. El
personalmente conocía a diez tíos que habían cruzado subrepticiamente al
Canadá para no ir a combatir a Vietnam. Probablemente en Vancouver se
topara con media docena de personas conocidas. Vancouver se consideraba
una de las ciudades más bellas del mundo. Como San Francisco, era un puerto
importante. Podía comenzar la vida de nuevo y olvidar el pasado.
Mientras estaba allí sentado jugueteando con la ensalada, se le ocurrió que
cuando telefoneó, Bob no había dicho «Gloria se mató», sino «Gloria se mató
hoy», como si hubiera sido inevitable que se matara un día u otro. Quizás esta
suposición era lo que había provocado el hecho. A Gloria se le había concedido
un tiempo determinado como si hubiera estado rindiendo un examen de
matemáticas. ¿Quién era en realidad el loco? ¿Gloria, él (probablemente él), el
ex marido o todos ellos juntos, toda la zona de la Bahía, no loco en el sentido
amplio del término, sino en su estricto sentido técnico? Permítase decir que uno
de los primeros síntomas de la psicosis consiste en que la persona sienta que
quizá se esté volviendo psicótica. Es otra trampa china. No se puede pensar en
la cura sin llegar a formar parte de ella. Por pensar en la locura Amacaballo Fat
iba cayendo gradualmente en ella.
Ojalá hubiera podido ayudarlo.
33 y 1/tercio




replay
33 y 1/tercio

                             luis eligio pérez
                                (la habana, 1972)



                         no sé, no puedo pasar

PRESENTACIÓN
Un frasco.
Hay un amigo de cuando la guerra; la guerra
y los recuerdos nos tienen hipertensos.
Andamos...
El frasco. 30 tabletas. Atenolol.
Hay luna llena,
las nubes oscuras avanzan, corren.
POSOLOGÍA
La dosis de mantenimiento es de 50 a 100 mg.
El trafico es fuerte
como un puño,
no hay sentido
esa es la existencial.
El fuego amarillento del día
cae como baba
sobre las conciencias.
Hay rostros que oscuros avanzan,
                                    Corren
Acólitos.
Él grita
«Un cohete siempre apunta
a nuestra luna
una garra mas bien.
Y hay un muro
un nudo
un puño
no se conocen
vienen al silencio,
si se fijan.
No sé...»
Al Silencio

PRECAUCIONES
Bradicardia. Embargo...(EL SILENCIO
ENSORDECE) Puede producir
mareos, visión borrosa, por lo que ( EL
SILENCIO ENSORDECE) los pacientes
bajo tratamiento deberán observar
33 y 1/tercio
precauciones (EL SILENCIO ENSORDECE)
cuando conduzcan vehículos o
realicen otras tareas que requieran
alerta.
Atenolol.
Cada tableta contiene 100 mg de atenolol.
Estamos hipertensos.
Él grita
«Un cohete siempre apunta
a nuestra luna...»
y la guerra?
Sólo el fuego amarillento del día
cayendo sobre la ciudad.
El Silencio.
REACCIONES ADVERSAS
Faringitis. Fiebre. Dolor de garganta.
Leringospasmo. Molestia respiratoria.
Bradicardia. Mareos. Vértigo. Fatiga.
Depresión mental. Parestesia. Letargo.
Ansiedad. Nerviosismo. Somolencia.
Hiperglicemia. Hipoglicemia. Dolor
hepigástrico. Constipación. Nausea.
Irritación de la piel. Irritación de los
ojos. Visión borrosa. Broncoespasmo.
Disnea. Tos. Dolor y calambres musculares.
Prurito. Rash.
El Silencio.
                                                                              Nota:
                                      Este poema es con Nilo Julián González Preval

                                      ●●●

                                            Lo irreparable roe con diente maldecido
                                                  Nuestra alma, mísero monumento;
                                      Y a menudo socava, como insecto escondido,
                                                       Debajo mismo el basamento.
                                          ¡Lo irreparable roe con diente maldecido!
                                                                          baudelaire


                                  circulo

…tanta gente confusa en las aceras.
 Vienen cerrando la ciudad:
              Humo
33 y 1/tercio
        ASEDIAR AL ENEMIGO
            NO DENGUE
            NO AIRE


              (Voces):

    «¡VENDO CEBOLLAS...
    al
        MENOS      ESPECIE
                la
                                  no
FALTA
en La Casa!»

Vendo cebollas. Al menos la especie no falta en la casa.

Mancos combatientes drogadictorios.
En el ahogo y el miedo respiro su gracia:
vender especie:
Oro de la antigüedad.

 «La antigüedad es la situación de nosotros
                             /No somos los mismos que
                        en la pequeña pantalla
/que vivimos fuera de la moneda.
                                /gritamos a una sola voz.
Por la ignorancia del tener que subir/
abajo/                                     hay cruces
                             distintos y en verdad
somos la misma Especie:
                     no se respira gracia ninguna,
                                            qué cosa...!»1
                     No

                  ASEDIAR
                  NO DENGUE
                  NO AIRE

                 No
«...VENDO CEBOLLAS...
al
     MENOS
              la
                  ESPECIE
1
 Diálogo entre el poeta Amaury Pacheco Del Monte y Alberto El Cojo de Obispo: su hijo perdió
un miembro en la guerra de Angola y ahora vende cebollas.
33 y 1/tercio
NO                                falta
en La Casa...»
                  HUMO
                 gente confusa
en las aceras
                  HUMO
                   (vase )

C    E     R     R     A      N   D       O




                                          ●●●


         cristo en la calle ( transcrito oral sin corrección)

Estoy preso de la vida
libre de mí.
Veo a los hombres
las manos vacías
se sientan a cualquier lado
doblan en cualquier calle
andan como gatos
o muy lentos
presos en las ansias de
vivir bien,
buscar…

Tendríamos que ver levantarse al sol

como saludar la bandera
33 y 1/tercio
en los depositarios mentales,
pero en ese instante
rompemos al mundo:
vigilamos porque la gran maquinaria respire
nos disfrazamos
nos encarnamos el otro.
El obrero
el político
el distribuidor
 el taxista
el religioso
 el pobre sobre el alcantarillado
                en los boulevares,
el aviador
el terreno
el todoterreno
hombreinstrumento
el que duerme.
Frente al sol mismo
es el mundo material
lo que brilla en los ojos,
otro volante en la cabeza.

Tendríamos que ver:

asere culto para asere libre
asere culto para asere libre.

Levántate sol en mis ojos,
permíteme recomendar:

asere culto para asere libre
asere culto para asere libre,

mira esta mano que
transparencia tu luz.
El presente es tan grande,
hombre:
no nos distanciemos mucho,
dijo Drumond, asere culto,
no nos distanciemos mucho,
vayamos tomados de la mano.
El tiempo es el material,
dijo...

veo a los hombres
frente al sol mismo
es el mundo material
33 y 1/tercio
lo que brilla en los ojos;
levantarse,
buscar...
los niños, ordenados,
al depositario,
el volante en la cabeza,
la maquinaria respirándonos.
El tiempo es el material
el tiempo presente
los hombres presentes:
Drumond, asere culto,
veo a los hombres
las manos vacías
se sientan a cualquier lado
doblan en cualquier calle
andan como gatos
o muy lentos
presos en las ansias de
vivir bien.

Tendríamos que ver,
asere culto.
Levántate sol en mis ojos;
aunque la lengua es dura,
permíteme un salmo:
     Guarda mi alma y líbrame
     No sea yo avergonzado porque
    En ti confié;
    Integridad y rectitud me guarden
   Porque en ti he esperado,
                                preso de la vida
                                    libre de mí._

Se va, se va por cualquier calle.
Reza, rezan, rezando:
asere culto para asere libre
asere culto para asere libre
asere culto para asere...




                                      replay
33 y 1/tercio

                           eloy fernández porta
  (barcelona, 1974. autor de los libros de relatos Los minutos de la basura, 1997, y
                    Caras B. De la música de las esferas, 2001.)




               retórica y punk en el relato contemporáneo

     vida después de Carver.
El editor de antologías y teórico del relato Joe David Bellamy describe en su
libro Literary Luxuries (1985) una discusión, sostenida a mediados de los
ochenta, entre el por entonces encumbrado Raymond Carver y el joven TC
Boyle. En el marco de un congreso de escritores norteamericanos, Carver
oficiaba una defensa del arte del relato en la más pura tradición que va desde
Chejov y Hemingway hasta él mismo. Las condiciones de producción de esta
línea son sobradamente conocidas por antologías, decálogos del relato y
poéticas "personales" que recorren esa década: un relato es un asunto de
precisión; un relato es un asunto de exactitud; una sola palabra mal escrita da
al traste con el relato; el relato sugiere lo que no dice, indica lo que no puede
hacer explícito; el relato es un arte de la alusión y la indirecta, etc. La noción de
narración breve así propuesta era, por aquel entonces, santo y seña de toda
una generación de cuentistas, varios de los cuales (Ford y Wolff) se
encontraban entre el público en ese momento. TC Boyle tomó la palabra para
matizar esta visión, señalando que la estética carveriana corría el riesgo de
convertirse en un dogma de la narración breve, y que otras formas narrativas,
menos discretas, más maximalistas y expresivas, merecían asimismo el nombre
de relato.
A diez años vista la intervención de Boyle parece revelarse como un punto de
giro en las tendencias contemporáneas de este género. A medida que los
imitadores de Carver (y de sus propios imitadores) proliferaban –a medida que
seguían publicándose compilaciones clónicas bajo el membrete de minimalismo
literario– la concepción del relato representada por él fue revelándose cada vez
más como una estética conservadora, reductiva y cerrilmente inconsciente
tanto de la tradición de las vanguardias como de las nuevas condiciones de la
era audiovisual. En efecto, los valores de discreción, concisión y exactitud que
emanan de esta teoría de la brevedad recuerdan con demasiada frecuencia a
un manual de urbanidad para damiselas decimonónicas; más aún, se nos
presentan como un intento desesperado de volver a los principios
tranquilizadores de la clase media en un momento histórico en que la
disparidad de niveles económicos ya sólo permite hablar de potentados y
excluidos. Pues el rasgo fundamental de esta estética puede cifrarse en el
intento de alcanzar un grado medio del lenguaje literario: cultivado pero no
intelectual, psicológico pero no psicologista, alusivo pero no directamente
referencial: un modelo estilístico que se sitúa sólo un peldaño por encima del
columnismo periodístico de calidad. El que este modelo de lenguaje se
33 y 1/tercio
propusiera precisamente para las formas breves no hace sino incidir –pensaron
muchos– en una idea prejudicial de las relaciones entre la narración larga (que
puede ser excesiva, fastuosa, digresiva) y la corta (que debe mantenerse en el
limbo de la discreción).
Es esta propuesta, con frecuencia excluyente, del grado medio del lenguaje y
de la experiencia, la que determina que desde finales de los años ochenta y
hasta hoy mismo convivan en las nuevas prácticas del relato dos tendencias
aparentemente dispares. Por una parte, una tendencia que cabría llamar
retórica: referencial, en algunos casos hasta la sobredosis, abundante en sátira
y parodia, en diálogo muy abierto tanto con la tradición literaria como con la
popular. Por otra parte, la línea que quiero caracterizar como punk, y que
persigue el ideal vanguardista de la escritura inmediata, del golpe de dados, en
nombre de una ilusión de naturalidad. Es la combinación de estas dos líneas lo
que convierte el relato en la forma más decididamente vanguardista de las
letras contemporáneas.


     fricciones.
A lo largo de la época posmoderna, el término ficciones fue adoptado, en
distintas literaturas, como nombre general para un conjunto de textos que se
apartaban, de muy diversas maneras, de la estética realista. El término
propuesto por Borges es popularizado en Estados Unidos por Robert Coover
desde su Pricksongs & Descants (El hurgón mágico, 1969), una obra cuya
diversidad (fábulas, parodias de lenguaje cinematográfico, cuentos de hadas
satirizados) era ya expresiva del carácter abarcador y tentativo de ese término.
A mediados de los años noventa la noción adoptada por Coover y sus discípulos
es sucedida por la de fricciones. Ambos son términos inclusivos: si el primero es
un término oposicional en el que caben opciones estilísticas muy dispares, en la
idea de fricciones, generada en el marco del sector más radical de la
universidad      norteamericana,   suele    haber   un    discurso     sobre   la
complementariedad entre narración y ensayo en que la idea deconstructivista
de la apertura total de géneros es recuperada en el marco de un discurso
centrado primordialmente en la cultura pop.
En la introducción a la antología Degenerative Prose (1995), Mark Amerika se
refiere al contenido del libro como anything that re-synthesizes wild, hybridized
forms of prose including fiction, faction, friction and non-diction. La definición
es desarrollada por Amerika y Lance Olsen en el prólogo a la antología de
textos críticos In Memoriam to Postmodernism (1996), donde se identifica con
la búsqueda avant-pop de una escritura heteroglósica centrada en la presencia
de una multiplicidad de voces y discursos en una sola forma:
«Some of Avant-Pop’s most utilized techniques can best be summarized in the
word heteroglossia, or A MULTIPLICITY OF NARRATIVE VOICES HOUSED IN A
SINGLE "FORM". In this case, a subset thereof could be called FRICTION, i.e.,
various creative discourses fused, interfused and confused with various critical
ones.»
33 y 1/tercio
     FRICTION= (F) (ICTION) + (C) (RI) (T) ICISM


La idea de fricción aparece así vinculada a la tradición de la ékfrasis, esto es, de
las formas textuales que se desarrollan en el espacio diferencial entre distintas
modalidades expresivas –crítica y creación, exposición y exégesis– y que
fundan su efecto en la tensión entre las respectivas modalidades de lectura. En
su difusión y aceptación tiene que ver la noción bajtiniana de dialogía o
combinación no jerarquizada de voces narrativas en el marco de un texto
literario, siendo ésta una noción considerablemente exitosa en la escena
independiente norteamericana, y en especial en los artículos y panfletos de
Amerika. Si toda forma vanguardista propone un diálogo o traslación entre
estilos o modalidades artísticas en principio incomunicadas, la fricción hace
especialmente patente este rasgo por medio de una cierta suciedad narrativa,
rechazando el estilo único y la integración en favor de la mezcla súbita y la
ruptura.
Quizá el ejemplo más notorio de esta forma informal sea la obra de Harold
Jaffe, cuyas extreme experimental f(r)ictions, son friccionales en virtud de
cuatro rasgos principales: su uso de la teoría (lacaniana, marxista) como parte
integrante del material narrativo; su reapropiación de contenidos de la cultura
popular en contra del pensamiento del mainstream; su uso de técnicas
rupturistas como parte de una sintonía con la percepción de la cultura pop; su
defensa de la invasión de espacios genéricos o tensión entre formas literarias
como configuración de una Interzona creativa. En su bestiario Beasts (1987),
Jaffe ofrece un conjunto de descripciones de la animalidad en las que se
entrecruzan la descripción antropológica de seres remotos con el retrato del
animal político. Así su relato John Crow, narrado desde un inquietante punto de
vista que combina la información histórica con el testimonio, el adentro y el
afuera de la narración. En uno de sus mejores escritos, Illegal aliens, Jaffe
propone una visión del texto literario como reptil del desierto (gila monster),
siempre inabarcable, exterior, y restistente a la inyección letal que congele su
significado.
El encuentro impensado que buena parte de las fricciones tematizan es la
articulación entre una temática pop y un punto de vista de teoría cultural, o, si
se prefiere, la visión, por parte del sector más radical de la academia, del pop
como nueva vanguardia. Muy expresiva de esta visión es la obra cuentística de
Curtis White, quien ya en su Heretical Songs (1980) presentaba una visión
rabelaisiana de varios autores de música clásica, empleando una forma
bastarda de descripción histórica. Si su segundo libro de relatos, Metaphysics in
the Midwest (1988), incidió en una caracterización de los personajes como
seres de dibujos animados, es su tercer volumen, Memories of my Father
Watching TV (1998), el que más claramente sitúa el tema pop de la televisión
como forma contemporánea. White dramatiza la experiencia infantil de ver la
televisión con su padre convirtiéndolo en un personaje más de las teleseries
(Commando, o el estupendo recuento de Bonanza) y trasponiendo así la
relación familiar a la semiosfera.
33 y 1/tercio
El impulso satírico que recorre la obra de White aparece también, en forma más
punk, en los relatos de Derek Pell, cuyo X-Texts (1994) ofrece un catálogo de
versiones de clásicos de la literatura pornográfica. El libro de Pell es expresivo
de una forma renovadora de concebir no ya sólo el relato, sino el conjunto: el
libro de relatos entendido como antología delirante, como one-man-show, como
muestra espectacular de posibilidades de expresión retórica. No se trata ya de
los volúmenes de relatos lúdicos que produjeran Cortázar o Cabrera Infante en
los años setenta: aquí la diversidad formal es más bien un imperativo que
permite al autor, cambiando de estilo y de referencia de texto en texto,
proponerse como un grupo de escritores en uno. En esta línea pueden leerse
asimismo las obras de Don Webb, Uncle Ovid’s Exercise Book (1988) y A Spell
for the Fulfillment of Desire (1996), que recorren un amplio espectro de
registros, desde la ciencia-ficción a la mitología clásica, desde la constricción
hasta la adaptación de un tema musical. La fricción es también el encuentro de
dos autores: la escritura a cuatro manos, aplicada a una forma aún sin legislar
como es el microrrelato, contribuye a conformar un modelo textual mucho más
abierto, como puede comprobarse en Twilight of the Bums (2000), la
colaboración entre Raymond Federman y George Chambers, que bebe de las
fuentes del shandysmo y la comedia de situación.


     el factor P.
El cuentista y crítico de la cultura italiano Tiziano Scarpa llama la atención, en
su libro Cos è questo fracasso?, sobre la necesidad de un Factor P que atraviese
y transforme la creación literaria. Por Factor P entiende Scarpa un impulso
inmediatista, improvisatorio y visceral, cuyo referente remoto son los
experimentos vanguardistas, y cuyo anclaje con la contemporaneidad es la
música punk, o, si puede decirse así, la tradición del punk. En varios de sus
artículos, Scarpa reivindica las formas musicales más directas e improvisatorias
como forma contemporánea de la poesía, solicitando la aparición de un gran
músico italiano de hip-hop que ostentaría el título de poeta de la época. Su
reciente libro de relatos Amore® (1998) ofrece abundantes ejemplos de textos
de escritura muy directa, influenciada por la publicidad y los cómics, como Cose
che mi passano per testa mentre Maria Grazia mi fa un pompino. No obstante,
esta vena no está en contradicción con la representada por relatos de
composición arquitectónica, que beben de las fuentes del oulipismo, como el
fabuloso Madrigale, que refiere, en forma de construcción alfabética, la historia
de un nuevo Edipo, hijo de una lavadora.
Puede decirse que este tipo de combinación es una constante de los
movimientos de vanguardia, y más explícitamente, de las formas vanguardistas
del relato. Parte del proyecto del grupo OULIPO, cuya contribución al arte de la
narración breve pervive en la vanguardia norteamericana, es la invención de
formas textuales catalógicas a partir de las cuales elaborar el libre juego de la
improvisación. Una idea similar está en la obra de uno de los maestros del
relato posmoderno: Ronald Sukenick. En varios de sus artículos y manifiestos,
Sukenick ha popularizado una idea de la tradición literaria occidental entendida
como la discusión entre la tradición lógico-argumentativa y la tradición retórica,
33 y 1/tercio
que se remontaría al debate entre Sócrates y los sofistas. En esta lectura, el
bando de los sofistas sería el de los dueños de la retórica, los abogados del
diablo, los detentadores de todas las formas expresivas. Desde su primer libro
de relatos, The Death of the Novel and Other Stories (1969), Sukenick
experimentó con las posibilidades de la narración grabada (la importancia de la
voz sobre el texto escrito), la corriente de conciencia y el acercamiento a un
ideal dato primitivo de la experiencia. En sus libros posteriores, Sukenick, cada
vez más a contrapelo de la tendencia conservadora de los carverianos, tiende a
dar priroridad al libro de relatos como forma abierta sobre el relato mismo
como texto autónomo, proponiendo continuidades temáticas y formales entre
los textos, ocupando el espacio en blanco (interzona) entre relato y relato con
fragmentos de texto en composición o static, y creando un orden que halla su
expresión en el título de su segundo libro: The Endless Short Story (1985). A
mediados de los ochenta, la cuentística de Sukenick anticipaba ya las nuevas
preguntas que la teoría del relato se formularía años más tarde en relación con
la aparición de las formas literarias hipertextuales: ¿dónde está la clausura
formal del texto, si la hay?, ¿cómo cambia el espacio de la página al
proyectarse sobre la pantalla? Ya al principo de la era de internet, Sukenick
emplea el título hiperficciones para designar el que por ahora es su último libro
del género, Doggy Bag (1994), que defiende una estética del reciclaje, la
recombinación y el cruce de formas estéticas diversas. Desde el relato
pornográfico (The Burial of Count Orgasm) hasta la reescritura de The Waste
Land como película de zombis (The Mummy’s Curse), el libro forma una
continuidad de corrientes textuales y visuales, unificada por la personalidad de
Sukenick como escritor total.


     espectáculos.
La noción de espectáculo, desarrollada por Guy Debord y los situacionistas, ha
servido a lo largo de los últimos años como orientación para definir lo que no es
tanto un modelo de relato como un espíritu general o condición de posibilidad
en los temas de la narración breve. En la visión de Debord, el espectáculo es a
la vez el resultado y el proyecto de la sociedad de consumo considerada como
conjunto de imágenes y formas expresivas; la observación y desglose
sociológico de las modas, novedades y productos del mercado que configuran
el campo de lo espectacular se vuelve así no tanto una tarea sociológica como
un trabajo de campo revolucionario, en tanto que «bajo las modas visibles que
desaparecen y reaparecen en la superficie fútil del tiempo pseudocíclico
contemplado, el gran estilo de la época se halla siempre en lo que está
orientado por la necesidad evidente y secreta de la revolución». La mirada
crítica del espectáculo es, así, una visión de segundo grado de las actividades e
intenciones del poder político, y de su expresión en las arqueológicas
novedades del mercado.
La aplicación más explícita de este término al ámbito del relato la da el ya
mencionado Harold Jaffe en su tercera compilación, Madonna and Other
Spectacles (1987). A lo largo de las tres secciones del libro, Jaffe tiene presente
la idea debordiana del ánalisis de la moda como capa superior de un gran
33 y 1/tercio
estilo, adaptándola a una lectura subversiva de un conjunto de iconos pop
como portadores de valores contraculturales. Así, la cantante Madonna se
convierte, en una lectura vinculada al posfeminismo cosmopolitan, en un adalid
de la sexualidad libre y del discurso anticlerical (Madonna); Boy George pasa a
ser visto como un/a adelantado/a de la reivindicación de una identidad sexual
cambiante y fluida (Boy George); el programa de televisón Max Headroom es
reivindicado como instancia de crítica cultural situada en el corazón mismo de la
experiencia televisiva (Max Headroom). El relato diseminado The Marx Brother,
en cambio, da cuenta de un aspecto que Debord aún no llegaba a prever: la
conversión del pensamiento marxista en ideología del mercado a la luz de las
ofertas millonarias recibidas por profesores universitarios de esta tendencia
para enseñar en Carolina del Norte o Texas, en una referencia indirecta a Noam
Chomsky. El relato Bomb, organizado a partir de una doble columna que se
divide en texto central y comentario, desarrolla una crítica de la visión que da la
cadena televisiva ABC del día después de un holocausto nuclear, en una línea
que coincide con el comentario debordiano sobre cómo el peligro nuclear es
significativamente retirado del espectro de máxima visibilidad que los medios de
comunicación postulan como propio.
Acaso el ejemplo más significativo de cómo en la forma del espectáculo se
replantean las relaciones entre arte de vanguardia y cultura de masas se
encuentre en el más reciente de los libros de Jaffe, Straight Razor (1995). El
relato Counter Couture muestra, en un tono de crónica periodística con escasa
intervención autorial –a diferencia de otros textos suyos donde la teoría está
más presente–, cómo la aparición de un grupo de skinheads en el programa
televisivo de Geraldo Riviera da lugar, a partir de su inesperada defensa del
travestismo, a la expansión mediática de la moda transexual, que llega hasta un
proyecto de anuncio para Nike –aludiendo indirectamente a la aparición de
William Burroughs en uno de los anuncios de esta marca comercial como gran
momento de interferencia entre cultura de masas y contracultura–. En su
lectura del texto, Jay Miller sugiere que Jaffe se propone contestar a la noción
blanda o comercial de espectáculo por medio de una escritura concebida como
guerrilla writing.
Más allá de la versón de guerrilla que Jaffe le da, el espectáculo es, en general,
la forma en que aflora el problema de la sobredosis de información y la
necesidad de establecer o improvisar criterios de gestión de un saber que entra
en conflicto cada vez más directo con los datos del día. El relato se convierte
entonces en la forma idónea para expresar esta cuestión, pero no ya por su
carácter de "pieza única" para ser leída bajo una "unidad de atención" (qué
unidad de atención en la red electrónica), sino precisamente por su capacidad
para aglutinar, en una forma contundente, la disparidad de las llamadas que
nos rodean. En este sentido, la obra literaria de Mark Leyner ofrece, en sus
libros I Smell Esther Williams (1983) y My Cousin, My Gastroenterologist
(1990), el punto de vista de una mentalidad fascinada y saturada a la vez por la
sobrecarga informativa de la televisión y la prensa. Para Leyner, que en sus
inicios fue el más punk de los escritores de su generación, la modalidad
narrativa en que puede expresarse este estado de ánimo intelectual es una
escritura informalista, en que las técnicas derivadas del monólogo interior se
33 y 1/tercio
dan la mano con la estética de la MTV. En una línea más formalista y exquisita,
Susan Daitch presenta en su colección de ficciones Storytown (1996) una serie
de irónicos retratos de la víctima propiciatoria de la era de la información: el
archivista o catalogador (de cuadros, películas o lenguajes) enfrentado a
continuas interferencias entre su objeto de estudio y el mundo que le rodea
entendido como criptograma.
El escenario central de Storytown es un parque temático del mismo nombre,
cuyos empleados se ven obligados a jugar sus vidas en la diferencia entre la
identidad privada y el personaje ficcional que deben representar. Esta figura del
parque temático reaparece a lo largo de varias colecciones de relatos de los
años noventa, convirtiéndose en un escenario privilegiado, entendido como
lugar de cruce de la ficción y el trabajo, o del trabajo como ficción del dinero.
La narrativa breve de J .G. Ballard ya había anticipado, unos años antes, la
importancia y representatividad de este espacio –en su relato The World’s
Greatest Theme Park, referido a Europa–; asimismo, George Saunders le ha
dedicado casi íntegramente sus dos colecciones, CivilWarLand in Bad Decline
(1993) y la recientemente traducida Pastoralia (1999). Si el libro de relatos de
la época posmoderna se había postulado frecuentemente como una casa (la
casa de los locos de John Barth, o la casa del mono de Kurt Vonnegut) que
albergaba habitaciones separadas y estilísticamente contradictorias, el modelo
de libro de relatos propuesto en los últimos años tiende a adoptar la forma de
un espacio ficcional (friccional), cuyas partes se encuentran en contigüidad y se
invaden mutuamente, de tal manera que la diversidad de modos y estilos
queda articulada bajo una misma premisa espectacular. Así, la idea antes
mencionada de Amerika sobre las voces y tonos housed in a single form
adquiere un espacio representativo: hiperbólico, sobrecargado en la comedia y
en la reescritura, e inasequible a las concepciones tradicionales del relato bien
fait.



                                                      (Tomado de Barcelona Review)




                                    replay
33 y 1/tercio

                            orlando luis pardo
                   (la habana, CUBA, 1971 – orlando, FLA, 2959)




                                  horror civis

En palabras de OLP: «Todo es escritura. Las profesiones pueden ser entendidas
como una cicatriz al rojo vivo que las instituciones nos legan, para así hacernos
cómplices de su cerrazón y anquilosamiento. Supongo que la bioquímica y yo
no seremos la excepción. Pero igual me he sentido escritor lo mismo cuando
estudiaba en la Facultad de Biología (1989-1994), que cuando fungía/fingía
como biólogo molecular en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología
(1994-1999), que durante mi par de años de atiborrante desempleo, que
cuando fui promotor cultural –el summun del horror literari– y luego redactor
simultáneo de las revistas ExtramuroS (2001-2005) y, para colmo, Cacharro(s)
también (2003-?). Una cosa es cierta: con el tiempo he perdido mi inocencia
como escritor. Las influencias tientan y paralizan. Si he de contestar
técnicamente tu pregunta, te diría que empecé, como tantos, por la poesía,
rimando versos en inglés durante un onceno grado adánico en el
preuniversitario "Cepero Bonilla" de La Víbora, en 1987. La hacía para mí, para
compensar mis no lecturas de poesía. Y también hice letras de canciones
en inglés cuyas melodías tan sólo yo en el mundo he de conocer: ese
es mi profano placer y privilegio. La narrativa llegó algo después, entre
doce grado y la universidad. Ah, y qué grata sensación de poder fue ponerme a
narrar, incluso narrar en el mar. Fue tan simple como coser y contar. La ficción
ha sido la peor traición que me he hecho, pero de cuya tradición ya no me
puedo ni quiero despegar.»
Horror civis: 12 preciosas melodías que el autor (o performer, podríamos
anglizar a little el término (¿termino? ¿terminó?)) ha grabado (o piensa grabar)
en algún momento. La literatura no más, o fotografía, o acto.
Guitarras, bajo, batería.
12 preciosas melodías tomadas como minificciones, o 12 minificciones tomadas
como quieran tomarse.
Aquí está, por vez primera, el contenido íntegro de este LP de OLP.
33 y 1/tercio

                                 side a

      tocata    (2: 08 min)

toc, toc, toc: jugábamos al go. toc, toc, toc: en un cartón inventado y con
piedritas recogidas sobre el asfalto. toc, toc, toc: jugábamos al go y
esperábamos la muerte del premier. toc, toc, toc: en un cartón inventado
y con piedritas recogidas sobre el asfalto. toc, toc, toc: jugábamos al go.


      affaire   (3: 34 min)

todas las noches me acuesto y le increpo a dios: «señor: si en realidad
eres todopoderoso, no me despiertes aquí». por supuesto, yo no creo en
dios y, supongo que en legítima defensa, él tampoco me presta la menor
atención. entonces me duermo, tras mil y una pirueta sobre la cama,
fatigado por nuestra mutua falta de fe, y, unas horas después, me
despierto otra vez en el mismo lugar. entonces le increpo de nuevo a dios:
«señor: muchas gracias por ser nadapoderoso y haberme despertado
aquí». como ven, ya nos resulta imposible continuar así. se va haciendo
evidente que, más temprano que tarde, uno de los dos tendrá que
deponer su ironía. y es que no hay historia que soporte semejante
tensión.


      rumor     (5: 54 min)

dejó de crecer la hierba. al principio fue sólo con las ramnáceas, tan
sensibles a la sequía. después se marchitaron gramíneas, rosas, altifolias y
kimilsungias. al mes ya no quedaban campánulas ni pedunculáceas. y
luego, por fin, fue el turno de las cactáceas, símbolos de la resistencia en
la imaginación popular. en este punto casi cunde el pánico entre los
peritos, si bien nada comunicaron a la población: ya era bastante trágico
que dejara de crecer la hierba, para encima atizar el caos y la
superstición. pero, cuando los penachitos de las palmíferas comenzaron a
caer sobre las aceras, jardines, avenidas y guardarrayas de la nación,
nadie pudo evitar que se expandiera el rumor: «¡el país se desverdifica!»,
decían los de mejor intención. «¡el país se diversifica!», decían los de
peor. casi era preferible que llegara una guerra a tiempo pues, sin hierba,
ni siquiera una amenaza de guerra los podría salvar. y justo entonces,
cuando ya se comentaba de exilio colectivo y hasta de terrorismo
interestatal, comenzó a crecer la hierba. al principio, otra vez, fueron las
ramnáceas, tan sensibles a la llovizna. después germinaron gramíneas,
rosas, altifolias y kimilsungias. y al mes, por fin, también campánulas y
pedunculáceas. para cuando reverdecieron por fin las cactáceas, símbolos
de la resurección en la imaginación popular, los peritos se congratularon
de no haber hecho pública la posibilidad de semejante holocausto pues,
33 y 1/tercio
en cuanto a la población, ya era evidente que todo no había sido más que
un rumor y, respecto a las palmíferas, que nunca se recuperaron y servían
como postes del alumbrado público, ¿quién recordaría ahora el color real
de sus penachitos…?


      in extremis      (10 :14 min)

cuando por fin llegamos hasta maisí, descubrimos que había un velorio en
la calle: incontables viejitos sentados en cada acera, entre termos de
chocolate, abanicos de paja, y unos cucuruchos de dulce de una masa
negra llamada guaspén. todo amigablemente animado a la par que
angustiosamente tedioso. aquello era, supimos antes de buscar una casa
que alquilara a cubanos, lo único real que todavía ocurría en sus viditas
extremas: velorios públicos.


      horror civis     (4: 32 min)

mi amigo el poeta loco llega a casa con un libraco. lo abre y se pone a
hojearlo en alta voz para nadie. atlas de cuba en conmemoración al xx
aniversario del triunfo de la revolución. instituto cubano de geodesia y
cartografía: la habana 1978. prólogo, introducción, división político-
administrativa. mapas de naturaleza y recursos: mapa físico, geología,
tectónica,    yacimientos     minerales,    geomorfología,    temperaturas,
precipitaciones, presión atmosférica y vientos, huracanes, suelos,
vegetación, bosques, fauna, paisajes naturales protegidos. mapas de
economía: energía eléctrica, hidroeconomía, uso de la tierra, cítricos, café,
frutas, viandas, hortalizas, arroz, ganadería, pastos, industria azucarera,
industria tabacalera, industria minero-metalúrgica, industria química,
industria de los materiales de construcción, industria del papel, industria
ligera, industria alimenticia, economía pesquera, transporte, exportación,
importación. mapas de población y cultura: dinámica de la población,
educación, personal docente, escuelas de arte, bibliotecas, museos y
monumentos, teatros, casas de cultura, cines, emisoras de radio y
televisión, salud pública, educación física, deportes y recreación, turismo.
mapas de historia: revolución en el poder y agresiones imperialistas,
república neocolonial, guerras de independencia, descubrimiento y
colonización.     mapa      geográfico    general.    datos     informativos
complementarios. instituto cubano de geodesia y cartografía: la habana
1978. atlas de cuba en conmemoración al xx aniversario del triunfo de la
revolución. mi amigo el poeta loco cierra entonces su libraco y anuncia en
alta voz para nadie que ya se va. «la ausencia de la muerte es lo que más
me aterra», confiesa a modo de despedida antes de tirar la puerta y salir.


      cesárea     (6: 78 min)

al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le
dijo: «¡no mueras, te amo tanto!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
33 y 1/tercio
    se le acercaron dos y repitiéronle: «¡no nos dejes! ¡valor! ¡vuelve a la
    vida!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. acudieron a él veinte, cien,
    mil, quinientos mil, clamando: «¡tanto amor, y no poder nada contra la
    muerte!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. le rodearon millones de
    individuos con un ruego común: «¡quédate hermano!» pero el cadáver
    ¡ay! siguió muriendo. entonces, todos los hombres de la tierra le
    rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente,
    abrazó al primer hombre, y ya echábase a andar cuando ¡ay! cayó otra
    vez al suelo. lo escrito, escrito está: era el fin de la batalla y había muerto
    el combatiente. la primera línea es sagrada para la credibilidad de
    cualquier ficción.




 Who's in a bunker / Who's in a bunker / Women and children first / And the children first / And the children / I'll laugh
                                                 until my head comes off / And swallow till i burst / Until I burst / Until I /
     Who's in a bunker / Who's in a bunker / I've seen too much / You haven't seen enough / You haven't seen a / I'll
                        laugh until my head comes off / Women and children first / And children first / And children /
                                                                                      Here we are / Anything all of the time /
                                                                                      Here we are / Anything all of the time /
     Ice age coming / Ice age coming / Let me hear both sides / Let me hear both sides / Let me hear both / Ice age
coming / Ice age coming / Throw it in the fire / Throw it in the fire / Throw it in the / We're not scaremongering / This is
                                really happening / We're not scaremongering / This is really happening / Happening /
                                                        Mobiles work / And mobiles chirping / Take the money and run /
                                                                              Take the money and run / Take the money /
                                                                                      Here we are / Anything all of the time /
                                                                                     Here we are / Anything all of the time /
                                                                                                         Idiotheque
                                                                                                              radiohead




                                                         replay
33 y 1/tercio

                                    side b

       ferrosa    (3: 45 min)

miré al televisor: «el que a hierro mata, a hierro termina...», coreaba la
multitud. estaban en el cementerio y, en efecto, alguien había matado a
alguien y ahora se pedía otra muerte ejemplar: más sangre ferrosa lista
para despilfarrar. miré a mi madre, tenía casi ochenta años y se
balanceaba en su sillón mientras sonreía en silencio, ininvolucrable de
remate, acaso asumiendo que a su único hijo no le pasaría nada antes de
ella morir. irritante de tan impasible. «mamá», exploté, «¡un día de estos
mato a alguien o me hago matar...!» pero nada. ella sólo sonreía en
silencio con la vista clavada en el cementerio atestado como un mercado.
mi madre está confiada en que, a través del vidrio velado de la pantalla,
no hay diálisis que valga entre la mía y aquella sangre ferrosa ya lista para
despilfarrar.


       apoplegía de la p        (5: 21 min)

la pena me cerraba los ojos, paralizándome. yo los abría de nuevo, pero
ella seguía allá afuera, tironeando mis párpados, pesadamente. oh. un día
me cansé de tanto pesar y tanta postración. algo tenía que hacer para
despertar a la vida, así que al día siguiente salí a las calles de la patria con
una proclama en alto: «viva la letra p», chillaba mi cartelón de
penetrantes colores: azul prusia, blanco paz, y rojo punzó. pero fue un
desastre. todo salió al revés, como de costumbre. los eventos se
desarrollaron con demasiada procacidad. peritos y policías políticos,
periodistas pedantes o independientes, público promiscuo y, finalmente,
prisión preventiva: en una peculiar conspiración de la p... ha pasado el
tiempo, pero todavía hoy no consigo entender por qué todos me tomaron
a priori por algún líder peligroso de la oposición. de hecho, en el proceso
me impugnaron la presidencia de cierto «partido cubano de la letra p» del
que nunca antes se oyera pronunciar palabra.


       diálogo    (4: 11 min)

«padre, ¿reconoces mi cuerpo?». «hijo, ¿reconocerías tú al estado de
sitio?» «padre, ponme en las costillas tus medallas». «hijo, hay aleaciones
como lecciones: jamás cicatrizan». «padre, ¿y si escribiéramos al
presidente?». «hijo, la noche en que murió mi madre tú nacías pero de
otra mujer». «padre...» «¿qué?» «nada». «padre, ¿es cierto que en 1902
aún quedaban ballenas?» «hijo, ¿sabes cuántos dientes perdí de niño?».
«padre, deja que te arrulle como a un bebé de cadáver». «hijo, hay
elecciones que nunca nadie debiera ganar: su propia trama es su
trampa». «padre, ¿y si intentáramos escapar a tiempo?» «hijo, una noche,
33 y 1/tercio
ya enferma, tu madre corrió y corrió hasta caer desmayada ante los pies
de un extraño». «padre, ¿crees tú en el olor de la música?» «h¡jo...»
«¿qué?» «nada».


      arqueológica      (1: 57 min)

la botadera de mierda ha llegado al límite, era el comentario. en efecto,
salía mierda hasta por las bañaderas de cuadra y media a la redonda. un
apocalipsis albañal. finalmente, alguien reunió suficiente confianza en la
institución y llamó por teléfono a los de comunales. como a la tercera
semana se aparecieron. eran unos diez negros descamisados que hacían
malabares sobre la cama de un camión. bajaron con unas cintas metálicas
larguísimas enroscadas a la cintura. el chofer ni se inmutó. fumaba tabaco
y era el único blanco de la brigada. los negros semidesnudos metieron y
sacaron aquellos pinchos por todas las alcantarillas de cuadra y media a la
redonda. sacaron una impredecible cantidad de objetos tapizados con
mierda fermentada. y allí mismo lo apilaron todo, en la esquina de
perseverancia y lealtad. palearon muchas pilas de muchos metros cúbicos
cada una, verdaderas pirámides de detritos: toda una sierra de montañitas
mierdosas. entonces el chofer blanco con tabaco arrancó el camión y, ya
en movimiento, sobre su cama se encaramaron los diez negritos, las
cintas metálicas otra vez enroscadas a la cintura. y ya, eso fue todo.
hojas, serían hojas. hay que podar esos malditos árboles, era el
comentario. de lo contrario, lo tupirán todo de nuevo. pero no. cuando, a
la mañana siguiente, el rocío destiñó un poco la mierda, diluyéndola en un
manantial que se desbordaba hacia la bahía, nos dimos cuenta que no. si
bien lo eran, no eran hojas exactamente. si bien lo estaban, las pirámides
no estaban hechas exactamente con los restos de ningún árbol, sino con
banderitas de papel, comprobamos con horror. la causa de la tupición
eran decenas, cientos, miles, millones de banderitas de papel. el viento
seguramente las iba subiendo desde el puerto tras cada marcha cívica o
parada militar, y era así como se tupían las cloacas de cuadra y media a la
redonda, por simple acumulación aritmética. todavía azorados, allí mismo
las dejamos, para que el sol del mediodía las resecase. tal vez algunas
aún podrían recuperarse. en fin, lo importante es que, desde ese día, la
botadera de mierda hasta por las bañaderas desapareció. los de
comunales demoran pero trabajan muy bien, fue entonces el comentario.


      último de enero       (11: 26 min)

fue el domingo más triste de los domingos del mundo. desde el amanecer
los televisores del barrio entero repetían una sóla palabra: «libertad,
libertad». mientras que en el cuarto de atrás mi hermano mayor se moría.
le pregunté si prefería acaso que regresásemos al hospital. él sonrió. me
cogió la mano. la acarició: «bobo», me dijo. y negó sin mover la cabeza.
con la mirada. entonces me soltó aquella frase con que rompimos nuestra
mutua promesa de no llorar: «¿te acuerdas de cómo fue con papá?»
33 y 1/tercio


prendí el televisor. «súbelo al máximo», me ordenó. y yo obedecí.
«libertad, libertad» fue entonces también parte de nuestro coro de dos:
yo, por supuesto, cuidando de no gritarla con más fuerzas que él. «tú sí
que la conocerás», susurró. y nos abrazamos un poco más. mi hermano
mayor sudaba frío. estaba gris. y yo lo amé como nunca.
eso fue todo. cuando regresé del hospital apenas anochecía. fui hasta el
cuarto de atrás y me senté en su cama. desde el televisor también el papa
se despedía. yo había olvidado apagar nuestro viejo armatoste ruso. y
ahora, dentro de aquella lupa en blanco y negro, aún seguía siendo
domingo: el más triste de los domingos del mundo. allí dentro todavía era
enero. allá fuera todavía la vida.


      esquirlas    (3: 33 min)

una vez tuve un sueño. para cuando desperté, ya era demasiado tarde. mi
desmemoria lo había hecho volar en pedazos, en palabras, como papelitos
de tres colores lanzados desde los tejados: azul cielo, blanco pureza y rojo
rubí. de por sí, es muy triste soñar. saber que se sueña y no saber qué se
sueña es el agobio en technicolor de la modernidad. compartir esa
pesadilla es lo único que nos compele a contarla. achicar la ignorancia
incluso al precio de profundizar lo irreal. por eso duermo tranquilo, tal
como lo escribo. por eso tomo fotos que exhibo porque nunca nadie las
interpretará. regurgitar esas esquirlas es justamente lo que aún me hace
soñar. hacer las maletas y abrir las puertas. deshacerlas y cerrarlas.
vender y comprar una cámara canon. cañón de esquirlas de la irrealidad
real. ciclo cerrado: el cero sigue siendo –estoy advertido desde el inicio–
una figura de circularidad terminal.
33 y 1/tercio




replay
33 y 1/tercio

                               rodrigo fresán
                              (buenos aires, 1963)




                                    chucky

Antes que nada, acaso lo más importante de todo: en Haunted –flamante
novela-en-relatos de Chuck Palahniuk– aparecen por fin las célebres e infames
diez páginas de Guts. Me explico: Guts es el cuento que Palahniuk hasta ahora
solía leer en vivo durante sus giras promocionales y que –hay testigos;
periódicos y revistas reportaron el suceso– provocaba en los asistentes
desmayos (se contaron 67 hasta la fecha), vómitos en cadena y salidas a toda
velocidad de la sala o de la librería como si allí se hubiera declarado un
incendio.
Y la pregunta es: ¿era para tanto? Guts reincide en las constantes de la prosa y
estética palahniukesca: frases cortas y secas y funcionales como slogans,
mirada nihilista y bestial, el consabido rejunte de leyendas urbanas (esta vez
girando alrededor del tema de «formas raras y más eficaces de masturbarse»)
rematando con, sí, un episodio en una piscina con filtro de agua tan asqueroso
que –hablo a título personal– provoca la más negra de las carcajadas. Nada
nuevo. Tampoco sorprende que, a la altura del final, el texto nos produzca una
tristeza tan admirable como envidiable. Porque –habiéndose superado la “parte
asquerosa”– nos quedan tres últimas páginas que nos demuestran que, cuando
quiere, Palahniuk es un escritor más efectivo que efectista y dueño de una
extraña pero no por eso menos atendibles sensibilidad y pericia narrativa. En
cualquier caso, las mismas virtudes sin tanta revulsión se encuentran en
Obsolete (fantasía futurista sobre suicidios asistidos por el Estado), Slumming
(divertimento en el que parejas adineradas juegan a ver cómo es eso de ser
homeless) y Exodus (nueva incursión de Palahniuk en una de sus obsesiones
más reconocibles: la vida loca en los diferentes grupos de autoayuda).
Lo que nos lleva a Haunted (Doubleday, 2005, 406 páginas), cuya solapa no
duda en hermanar con El Decamerón y Los cuentos de Canterbury y esas
reuniones/taller literario de las que surgió Frankenstein, pero que en realidad
no es otra cosa que una maniobra estratégica para presentar como novela una
colección de 23 relatos, 21 poemas y una nouvelle deshilvanada en inserts. El
hilo conductor y columna vertebral sobre la que sostener todo este material
disperso es una idea inequívocamente chuckyesca: el mecenas de una colonia
de escritores invita a varios candidatos a «abandonar sus vidas durante tres
meses», crear una obra maestra y a ver qué pasa. Y lo que pasa es una mezcla
de Gran Hermano con 13 Ghosts o The House on Haunted Hill: los narradores
pronto se descubren narrados. Han sido aislados en un teatro abandonado, con
poca comida y controlados por un lector invisible y despiadado, mientras sus
versos y anécdotas se van volviendo más y más extremas y desesperadas. Y,
claro, se aguanta alimentados por la idea de que el sufrimiento puede significar
33 y 1/tercio
la fama y el que cuente último contará mejor. Big Writer, Gran Escriba y todo
eso.
Lo que convierte a Haunted –que hubiera ganado mucho como simple libro de
cuentos sin tanto andamiaje– en un nuevo capítulo de la reescritura bestial del
modelo darwinista que Palahniuk ha venido practicando desde sus inicios y que
junto con Nana y Diario –sus novelas inmediatamente anteriores– acaba
conformando una suerte de trilogía de intenciones bastantes claras: la
reformulación de la horror-story-novel norteamericana o un cómo seguir –
después de Stephen King– asustando con la materia de la realidad pasada por
el tamiz del horror. Algo de esto ya aparecía apenas veladamente anunciado en
su libro de non-fiction –que Mondadori acaba de publicar en nuestro idioma con
el título de Error humano– en un ensayo-carta de agradecimiento a Ira Levin,
responsable de El bebé de Rosmary y Las poseídas de Stepford y Los niños del
Brasil. Allí Palahniuk se refiere a la obra de Levin, pero bien podría estar
hablando en espejo de la propia cuando apuesta por libros que «no sean tanto
relatos de terror como fábulas con moraleja; versiones inteligentes y
actualizadas de leyendas tradicionales» y, rendido, culmina con un «Oh, señor
Levin, ¿cómo lo hace? Usted nos enseña el futuro. Y nos ayuda a afrontar ese
terrorífico nuevo mundo. Nos lleva en un recorrido acelerado por el peor de los
mundos posibles y nos permite vivir en él... Usted saca a la luz nuestros
defectos de forma grandiosa, divertida y temible. Esos problemas que nos da
miedo admitir. Y, al escribir, consigue que haya menos cosas que temer en la
vida. Y eso da mucho miedo. Pero no miedo en un sentido malo. Miedo en un
sentido bueno. En un sentido genial».
Conclusión: con un Levin en silencio luego de ese innecesario paso muy en
falso que fue El hijo de Rosemary y con un King con fatiga de materiales y a
punto de publicar su primera novela negra, Palahniuk está más que dispuesto a
tomar la posta.
El ¿problema? es que, para bien o para mal, Palahniuk parece haber encontrado
su muy amplio nicho (alcanza con explorar el site The Cult o ver el documental
Postcards from the Future para comprobar el amor casi apostólico de sus
seguidores) donde yace un creciente y fanatizado público que alguien no ha
vacilado en etiquetar como «ese Lector MTV que no lee literatura: lee
Palahniuk».
Lo que no está ni bien ni mal.
Pero sí es una lástima que Palahniuk parezca escribir cada vez más sólo para
esos fans que lo sienten más cerca del profeta que del literato.
Y es también una pena que la mayoría de ellos jamás hayan oído hablar –y
nunca vayan a conocer– a otros nihilistas satíricos y experimentales como Kurt
Vonnegut y J. G. Ballard y Don DeLillo y Bret Easton Ellis (ya he leído algo en
cuanto a que la inminente Lunar Park, esperada novela metaficcional del autor
de American Psycho, es «muy Palahniuk») a los que Chucky vampiriza con
envidiable eficacia y, sí, talento y vómitos y desmayos.
33 y 1/tercio

                              chuck palahniuk
              (burbank, small town en un desierto de washington, 1964)




                                      tripas

Tomen aire.
Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que
logren retener el aliento, y después un poco más. Así que escuchen tan rápido
como les sea posible.
Cuando tenía trece años, un amigo mío escuchó hablar del pegging. Esto es
cuando a un tipo le meten un pito por el culo. Si se estimula la próstata lo
suficientemente fuerte, el rumor dice que se logran explosivos orgasmos sin
manos. A esa edad, este amigo es un pequeño maníaco sexual. Siempre está
buscando una mejor manera de parársela. Se va a comprar una zanahoria y un
poco de jalea para llevar a cabo una pequeña investigación personal. Después
se imagina cómo se va a ver la situación en la caja del supermercado, la
zanahoria solitaria y la jalea moviéndose sobre la cinta de goma. Todos los
empleados en fila, observando. Todos viendo la gran noche que ha planeado.
Entonces mi amigo compra leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos los
ingredientes para un pastel de zanahorias. Y vaselina.
Como si se fuera a casa a meterse un pastel de zanahorias por el culo.
En casa, talla la zanahoria hasta convertirla en una contundente herramienta.
La unta con grasa y se la mete por el culo. Entonces, nada. Ningún orgasmo.
Nada pasa, salvo que duele.
Entonces la madre del chico grita que es hora de la cena. Le dice que baje
inmediatamente.
Él se saca la zanahoria y entierra esa cosa resbaladiza y mugrienta entre la
ropa sucia debajo de su cama.
Después de la cena va a buscar la zanahoria, pero ya no está allí. Mientras
cenaba, su madre juntó toda la ropa sucia para lavarla. De ninguna manera
podía encontrar la zanahoria, cuidadosamente tallada con un cuchillo de su
cocina, todavía con brillo de lubricante y apestosa.
Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus padres lo
confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora, que ha crecido, esa
zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de Navidad, cada fiesta de
cumpleaños. Cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de
sus padres, esa zanahoria fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado
espantoso para ser nombrado.
33 y 1/tercio
Los franceses tienen una frase: «ingenio de escalera». En francés, esprit de
l’escalier. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta, pero es
demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien lo insulta.
Bajo presión, con todos mirando, usted dice algo tonto. Pero cuando se va de la
fiesta, cuando baja la escalera, entonces, la magia. A usted se le ocurre la frase
perfecta que debería haber dicho. La perfecta réplica humillante. Ese es el
espíritu de la escalera.
El problema es que los franceses no tienen una definición para las cosas
estúpidas que uno realmente dice cuando está bajo presión. Esas cosas
estúpidas y desesperadas que uno en verdad piensa o hace.
Algunas bajezas no tienen nombre. De algunas bajezas ni siquiera se puede
hablar.
Mirando atrás, muchos psiquiatras expertos en jóvenes y psicopedagogos ahora
dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes era de chicos que
trataban de asfixiarse mientras se masturbaban. Sus padres los encontraban,
una toalla alrededor del cuello, atada al ropero de la habitación, el chico
muerto. Esperma por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban todo. Le
ponían pantalones al chico. Hacían que se viera... mejor. Intencional, al menos.
Un típico triste suicidio adolescente.
Otro amigo mío, un chico de la escuela con su hermano mayor en la Marina,
contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo
hacemos nosotros. Su hermano estaba estacionado en un país de camellos
donde los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles.
Cada herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga
como una mano, con una gran punta, a veces una gran bola de metal o el tipo
de mango refinado que se puede encontrar en una espada. Este hermano en la
Marina decía que los árabes se la paran y después se insertan esa vara de
metal a todo lo largo de su erección. Y se masturban con la vara adentro, y eso
hace que masturbarse sea mucho mejor. Más intenso.
Es el tipo de hermano mayor que viaja por el mundo y manda a casa dichos
franceses, dichos rusos, útiles sugerencias para masturbarse. Después de esto,
un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche llama para pedirme que
le lleve los deberes de las próximas semanas. Porque está en el hospital.
Tiene que compartir la habitación con viejos que se atienden por sus tripas.
Dice que todos tienen que compartir la misma televisión. Su única privacidad es
una cortina. Sus padres no lo visitan. Por teléfono, dice que sus padres ahora
mismo podrían matar al hermano mayor que está en la Marina.
También dice que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su
habitación, estaba tirado en la cama, con una vela encendida y hojeando
revistas porno, preparado para masturbarse. Todo esto después de escuchar la
historia del hermano en la Marina. Esa referencia útil acerca de cómo se
masturban los árabes. El chico mira alrededor para encontrar algo que podría
ayudarlo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y
duro. Pero cuando la punta de la vela gotea, se logra una delgada y suave
33 y 1/tercio
arista de cera. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga y
suave y delgada.
Drogado y caliente, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra.
Con un gran resto de cera todavía asomándose, se pone a trabajar.
Aun ahora, dice que los árabes son muy astutos. Que reinventaron por
completo la masturbación. Acostado en la cama, la cosa se pone tan buena que
el chico no puede controlar el camino de la cera. Está a punto de lograrlo
cuando la cera ya no se asoma fuera de su erección.
La delgada vara de cera se ha quedado dentro. Por completo. Tan adentro que
no puede sentir su presencia en la uretra.
Desde abajo, su madre grita que es hora de la cena. Dice que tiene que bajar
de inmediato. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas
diferentes, pero tienen vidas muy parecidas.
Después de la cena, al chico le empiezan a doler las tripas. Es cera, así que
imagina que se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los
riñones. No puede pararse derecho.
El chico está hablando por teléfono desde su cama de hospital, y de fondo se
pueden escuchar campanadas y gente gritando. Programas de juegos en
televisión.
Las radiografías muestran la verdad: algo largo y delgado, doblado dentro de
su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los
minerales de su orina. Se está poniendo más grande y más dura, cubierta con
cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga,
obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea
de su pene está rojo de sangre.
El chico y sus padres, toda la familia mirando las radiografías con el médico y
las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la vean:
tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo que le
escribió su hermano en la Marina. En el teléfono, ahora, se pone a llorar.
Pagaron la operación de vejiga con el dinero ahorrado para la universidad. Un
error estúpido, y ahora jamás será abogado. Meterse cosas adentro. Meterse
dentro de cosas. Una vela en la pinga o la cabeza en una horca, sabíamos que
serían grandes problemas.
A lo que me metió en problemas a mí lo llamo «bucear por perlas». Esto
significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el fondo de la profunda
piscina de mis padres. Respiraba hondo, con una patada me iba al fondo y me
deshacía de mis shorts. Me quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro
minutos.
Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido
una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras.
Cuando finalmente terminaba de bombear, el esperma colgaba sobre mí en
grandes y gordos globos lechosos.
33 y 1/tercio
Después había más buceo, para recolectarla y limpiar cada resto con una toalla.
Por eso se llamaba «bucear por perlas». Aun con el cloro, me preocupaba mi
hermana. O, por Dios, mi madre.
Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana adolescente virgen
pensara que estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas
retardado. Las dos cabezas me mirarían a mí. A mí, el padre y el tío. Pero al
final, lo que te preocupa nunca es lo que te atrapa.
La mejor parte de bucear por perlas era el tubo para el filtro de la pileta y la
bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí.
Como dicen los franceses: ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos
modos, en un minuto se pasa de ser un chico masturbándose a un chico que
nunca será abogado.
En un minuto estoy acomodado en el fondo de la piscina, y el cielo ondula,
celeste, a través de un metro y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo está
silencioso salvo por el latido del corazón en mis oídos. Los shorts amarillos
están alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo, un vecino
o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol. Siento la
continua chupada del tubo de la pileta, y estoy meneando mi culo blanco y
flaco sobre esa sensación. Tengo aire suficiente y la pinga en la mano. Mis
padres se fueron a trabajar y mi hermana tiene clase de ballet. Se supone que
no habrá nadie en casa durante horas.
Mi mano me lleva casi al punto de acabar, y paro. Nado hacia la superficie para
tomar aire. Vuelvo a bajar y me siento en el fondo. Hago esto una y otra vez.
Debe ser por esto que las chicas quieren sentarse sobre tu cara. La succión es
como una descarga que nunca se detiene. Con la pinga dura, mientras me
chupan el culo, no necesito aire. El corazón late en los oídos, me quedo abajo
hasta que brillantes estrellas de luz se deslizan alrededor de mis ojos. Mis
piernas estiradas, la parte de atrás de las rodillas rozando fuerte el fondo de
concreto. Los dedos de los pies se vuelven azules, los dedos de los pies y las
manos arrugados por estar tanto tiempo en el agua.
Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se sueltan. Las perlas.
Entonces necesito aire. Pero cuando intento dar una patada para elevarme, no
puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado.
Los paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se
quedan atascadas de este modo, chupadas por la bomba de circulación. Queda
atrapado el pelo largo, o el culo, y uno se ahoga. Cada año, cantidad de gente
se ahoga. La mayoría en Florida.
Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de
todo. Con una rodilla arriba y un pie debajo de mi cuerpo, logro medio
incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el pie pateo el fondo. Me
estoy liberando pero al no tocar el concreto tampoco llego al aire. Todavía
pateando bajo el agua, revoloteando los brazos, estoy a medio camino de la
superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza son fuertes y
rápidos.
33 y 1/tercio
Con chispas de luz brillante cruzando ante mis ojos me doy vuelta para mirar...
pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul
blancuzca trenzada con venas, ha salido del desagüe y está agarrada a mi culo.
Algunas de las venas gotean rojo, sangre roja que parece negra bajo el agua y
se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre
se disemina, desaparece en el agua, y bajo la piel delgada azul blancuzca de la
serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.
Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible monstruo marino,
una serpiente del mar, algo que nunca vio la luz del día, se ha estado
escondido en el oscuro fondo del desagüe de la pileta, y quiere comerme.
Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada
vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún
me retiene el culo. Con otra patada estoy a unos dos centímetros de lograr
tomar aire. Todavía sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a un
centímetro de escapar.
Dentro de la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver
una brillante bola anaranjada. Es la vitamina para caballos que mi padre me
hace tomar para que gane peso. Para que consiga una beca gracias al fútbol.
Con hierro extra y ácidos grasos omega tres. Ver esa pastilla me salva la vida.
No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo.
Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el desagüe.
Los paramédicos dirán que una bomba de agua de piscina larga 360 litros de
agua por minuto. Eso son unos 200 kilos de presión. El gran problema es que
por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de
nuestra boca. Si me suelto, la bomba sigue trabajando, desenredando mis
entrañas hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 200 kilos de mierda y podrán
apreciar cómo eso puede destrozarte.
Lo que puedo decir es que las entrañas no sienten mucho dolor. No de la
misma manera que duele la piel. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno
digiere. Más arriba es chyme, bolsones de una mugre delgada y corrediza
decorada con maíz, maníes y arvejas.
Eso es la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi
alrededor. Aún con mis tripas saliendo del culo, conmigo sosteniendo lo que
queda, aún entonces mi prioridad era volver a ponerme el short. Dios no
permita que mis padres me vean el rabo.
Una de mis manos está apretada en un puño alrededor de mi culo, la otra
arranca el short amarillo del cuello. Pero ponérmelos es imposible.
Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones
de piel de cabra. Saquen y desenrrollen uno. Llénenlo con mantequilla de maní,
cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo.
Traten de abrirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que
no se puede sostener. Un condón de piel de cabra, eso es un intestino común.
Vean contra lo que estoy luchando.
33 y 1/tercio
Si me dejo ir por un segundo, me destripo.
Si nado hacia la superficie para buscar una bocanada de aire, me destripo.
Si no nado, me ahogo.
Es una decisión entre morir ya mismo o dentro de un minuto. Lo que mis
padres encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo,
acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio.
Sostenido por atrás por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. El
opuesto de un adolescente que se ahorca cuando se masturba. Este es el bebé
que trajeron del hospital trece años atrás. Este es el chico para el que deseaban
una beca deportiva y un título universitario. El que los cuidaría cuando fueran
viejos. Aquí está el que encarnaba todas sus esperanzas y sueños. Flotando,
desnudo y muerto. Todo alrededor, grandes lechosas perlas de esperma
desperdiciada.
Eso, o mis padres me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada,
desmayado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, mis
desgarradas entrañas todavía colgando de la pierna de mis shorts amarillos.
Algo de lo que ni los franceses hablarían.
Ese hermano mayor en la Marina nos enseñó otra buena frase. Rusa. Cuando
nosotros decimos: «Necesito eso como necesito un agujero en la cabeza», los
rusos dicen: «Necesito eso como necesito un diente en el culo». Mne eto nado
kak zuby v zadnitse. Esas historias sobre cómo los animales capturados por una
trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un par
de mordiscos son mucho mejores que morir.
Mierda... aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes. De otra
manera, lo que tenés que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo
detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo.
Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar.
No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No si quieres
besarla antes de ir a dormir. Si les cuento qué gusto tenía, nunca volverán a
comer calamares.
Es difícil decir qué les disgustó más a mis padres: cómo me metí en el problema
o cómo me salvé. Después del hospital, mi madre dijo: «No sabías lo que
hacías, amor. Estabas en shock». Y aprendió a cocinar huevos pasados por
agua.
Toda esa gente asqueada o que me tiene lástima... la necesito como necesito
dientes en el culo.
Hoy en día, la gente me dice que soy demasiado delgado. En las cenas, la
gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne asada que
prepararon. La carne asada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda
en mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida.
Guisantes o atún en lata, me levanto y me los encuentro allí en el inodoro.
Después de sufrir una disección radical de los intestinos, la carne no se digiere
muy bien. La mayoría de la gente tiene un metro y medio de intestino grueso.
33 y 1/tercio
Yo tengo la suerte de conservar mis quince centímetros. Así que nunca obtuve
una beca deportiva, ni un título. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la
zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar un
kilo más de lo que pesaba cuando tenía trece años. Otro gran problema es que
mis padres pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi padre le
dijo al tipo de la piscina que fue el perro. El perro de la familia se cayó al agua
y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Aun cuando el
tipo que vino a arreglar la piscina abró el filtro y sacó un tubo gomoso, un
aguachento resto de intestino con una gran píldora naranja de vitaminas
todavía adentro, mi padre sólo dijo: «Ese maldito perro estaba loco». Desde la
ventana de mi pieza en el primer piso podía escuchar a mi papá decir: «No se
podía confiar un segundo en ese perro...»
Después mi hermana tuvo un atraso en su período menstrual.
Aun cuando cambiaron el agua de la pileta, aun después de que vendieron la
casa y nos mudamos a otro estado, aun después del aborto de mi hermana, ni
siquiera entonces mis padres volvieron a mencionarlo.
Esa es nuestra zanahoria invisible.
Ustedes, tomen aire ahora.
Yo todavía no lo hice.


                                       ●●●


                               cuando tenga 68

Durante la gira promocional de mi último libro, leí por primera vez en público
un cuento llamado Guts. Mi plan era incluirlo en una nueva novela llamada
Haunted. Mi objetivo era generar terror a partir de cosas muy ordinarias:
zanahorias, velas, piscinas, maíz para microondas, bolas de bowling. Ocurrió en
una librería atestada de gente en Portland, Oregon. Unas 800 personas
colmaban la capacidad del lugar hasta violar las normas de seguridad. Leer
Guts requiere mucha concentración, no hay muchas oportunidades de levantar
la mirada. Pero cuando lo hacía, los rostros de la primera fila se veían un poco
grises. No fue hasta que ya había terminado de firmar ejemplares que un
empleado me dijo que dos jóvenes se habían desmayado. Ambos habían caído
redondos sobre el suelo de cemento, y no recordaban nada de lo que había
pasado entre el momento en que estaban de pie escuchando y el momento en
que se despertaron rodeados por los pies de la gente. En la librería hacía calor
y el aire estaba sofocante. Fue mala suerte, nada de qué preocuparse. La
noche siguiente, en una librería Borders con aire acondicionado, otra multitud
escuchaba Guts –y otro par de personas se desmayaba–. Un hombre y una
mujer. Al día siguiente en Seattle, en una lectura a la hora del almuerzo, dos
hombres más perdieron la conciencia. En el mismo momento de la historia,
ambos cayeron tan pesadamente que sus sillas metálicas patinaron y se
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estamparon ruidosamente sobre el pulido piso de madera del auditorio. El
evento se detuvo por un rato mientras los resucitaban. A esta altura, ya
teníamos un patrón.
La noche siguiente, en San Francisco, otras tres personas más se desmayaron.
Una noche más tarde, en Berkeley, otras tres. El publicista que asistió a los tres
eventos me dijo que la gente caía cuando yo leía las palabras maíz y maní. Ese
era el detalle que hacía que gente que estaba sentada terminara en el piso.
Primero, se les caían las manos de las faldas. Se les aflojaban los hombros. La
cabeza se les iba hacia un costado, y el peso los arrastraba al piso. En una
librería de Beverly Hills, una mujer en la parte de atrás de la sala pidió a gritos
a los paramédicos y una ambulancia, llorando con tanta fuerza que su blusa se
empapaba en lágrimas mientras su marido se sacudía en el piso.
En el baño de hombres, otro hombre, que escapaba de la lectura, se desmayó
cuando se inclinaba para refrescarse la cara con agua, dándose la cabeza
contra el lavatorio. Un periodista de Publishers Weekly escribió un artículo
encabezado: «El autor de El club de la pelea los deja inconscientes sin
golpearlos». Al día siguiente, en la Universidad de Columbia, cayeron dos
estudiantes. Mientras la ambulancia se llevaba a uno de ellos al hospital, mi
editor se acercó al borde del escenario, me hizo señas, y me dijo: «Creo que ya
hiciste suficiente daño con esta historia. No termines de leerla».
En Gran Bretaña hubo desmayos en las lecturas de Leeds y Cambridge. En
Londres, los baños se llenaron de gente bien vestida que se escapaba para
sentarse en las baldosas frías y recuperarse de lo poco que habían escuchado.
Hasta ahora, 67 personas se han desmayado mientras yo leía Guts. Es una
historia de nueve páginas que algunas noches me lleva media hora leer. En la
primera mitad, las pausas en la lectura se deben a las risas del público. En la
segunda mitad, hago las pausas mientras reviven a mi audiencia.
Mi objetivo era escribir un nuevo tipo de historia de terror, algo basado en el
mundo común y corriente, sin monstruos sobrenaturales ni magia. Guts, y el
libro que lo contenía, sería una trampa en algún lugar oscuro.
Un lugar al que solamente se puede ir solo. Únicamente los libros tienen ese
poder.
Una película tiene que mantener cierto decoro para poder ser proyectada ante
un público vasto. A nadie le importan un comino los libros. Nadie se ha
molestado en prohibir un libro en décadas. A esa indiferencia la acompaña una
libertad que sólo los libros tienen. Y Guts no es de ninguna manera la historia
más oscura ni la más divertida ni la más perturbadora de la novela Haunted.
Algunas de sus historias, no las leería en público.


                                     (Tomado de Radar Libros, suplemento de Página 12)




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33 y 1/tercio
33 y 1/tercio

                                       off

me parece que ya terminamos con esto, JE. so long good bye the end. te
mando aquí los puntos esenciales a tratar en el off de despedida. me parece
que 33 y 1/3: el laberinto, quedó bien. a ver cómo queda el siguiente.
anuncia aquí la creación del sello 45 r.p.m. con las cosas de michel, orlando,
ahmel, yordanka, arnaldo y los otros que se te ocurran. no tienen por qué ser
inéditos. podemos publicar cosas ya publicadas por las editoriales cubanas (con
esas tiradas de 500 y 1000 ejemplares es como si continuaran inéditas).
comenzaríamos por Yo fui un adolescente ladrón de tumbas de jorge enrique
lage y El hombre que vendió el mundo, de raúl flores iriarte. creo.
escribe algo sobre los materiales que podrían venir en el siguiente 33 y 1/3. Los
textos de ahmel echevarría, yordanka almaguer, adriana normand, lizabel
mónica, livio conesa, edwin reyes, jim morrison... también podemos poner algo
de bret easton ellis, o de ray loriga, o de ambos. no sé.
estos son los ptos. esenciales. dale algo de forma y suéltalo después. a ver que
pasa.
ya tú sabes.
(RFI)


                                       ●●●


déjate de joder, RFI.
what the hell are you talking about ???
(JE)



                   All lyrics ©2005-2006 33y1/tercio Productions
                               Reprinted by permission




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33 y 1/tercio

                                  juan villoro
   (méxico df, 1956. narrador, croniquero, guionista y traductor. entre 1977 y 1981
    condujo un programa de radio llamado El lado oscuro de la luna. vivió en Berlín
                       Oriental en los tiempos del espionaje.)




                                 la frase triunfal

Entre las limitaciones culturales del género masculino se cuenta su incapacidad
para dar con estupendas frases amorosas. Cada tanto, las mujeres comprueban
que el hombre que aman puede decir muchos elogios del Kikín Fonseca o algún
otro delantero, pero es incapaz de mejorar la vida conyugal a base de palabras.
La poesía de los trovadores cátaros, los torneos medievales, el bolero y las
serenatas surgieron para subsanar esta evidente carencia masculina. Hasta
donde sé, aún no hay un sitio en internet dedicado a aliviar a los varones de
sus apuros lingüísticos. Urge un método moderno para nivelar la conversación
de las parejas. En cualquier arenero del mundo, una niña de tres años habla
mejor que el niño colgado de cabeza de un tubo, y las cosas cambian poco a
partir de ese momento.
¿Qué milagro hace que las mujeres sepan lo que tienen que decir mientras el
hombre comprueba que recuerda las escalas de la ruta de Hidalgo, pero no
puede servirse de su destreza mental para expresar sentimientos convincentes?
Además, cuando por fin dice alguna frase reveladora, el cortejo suele
desembocar en un malentendido. ¿De veras crees que soy así?, pregunta ella.
Sus raros piropos la han llevado a una estratosfera emocional donde es normal
poner ojos de astronauta. En forma elocuente, Raymond Carver tituló a uno de
sus libros ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Este prolegómeno sirve para llegar a una historia de la que acabo de ser testigo
y cuyos protagonistas, emblemáticos representantes de una época donde el
amor no siempre pasa por acuerdos verbales, llamaré Ramón y Marita.
Eran las 11.30 de la noche cuando Ramón llegó a mi casa con el semblante
descompuesto. Había discutido con su esposa y la culpa era mía. Como ya otras
veces me ha responsabilizado de beber lo que bebe o comprar lo que compra,
no me sentí culpable.
Todo empezó porque Marita dijo que a Janis Joplin no le daría ni agua. Las
cosas por las que puede disputar una pareja son increíbles, pero yo no estaba
preparado para ésta. Marita estaba preocupada por lo pernicioso que sería que
Janis reviviera para visitarlos en su casa, pero sobre todo por la reacción que
tendría Ramón, incorregible fan de esa mujer perturbada y olvidadizo padre de
familia. Hay genios que dan mal ejemplo en la vida doméstica. Marita lo sentía,
pero no le ofrecería nada a la bruja cósmica del rock, aunque estuviera a punto
de volverse a morir de sed. También a ella le encanta oír a Janis, pero tenía
presente la edad de su hijo Andrés (catorce años, muy pocos para conocer
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personalmente a Janis). Había que tener prioridades. Esto fue lo que dijo en el
antecomedor.
Luego Ramón me explicó por qué la culpa era mía. Alguna vez comenté que si
a Enrique Vila-Matas la nerviosa Barcelona le parecía la madame Bovary de las
ciudades, lugares tan dramáticos como Tijuana o el D.F. merecían ser la Janis
Joplin de las ciudades. Una vez que te gusta una mujer complicada, las demás
te parecen borrosas, agregué. Ramón le dijo a su mujer que seguían viviendo
en el D.F. por lealtad al convulso temperamento de Janis Joplin. Discutieron
hasta que nada tuvo que ver con nada y él acabó durmiendo en mi casa.
Hay mujeres que asumen su depresión comiendo una cubeta de helado y
hombres que asumen su depresión viendo películas de karatecas. En su
segundo día en la casa, Ramón rentó cinco o seis videos que parecían uno solo.
Cuando le pregunté de qué trataban no pudo decirme. Veía los golpes como un
fenómeno atmosférico, sumido en la tragedia de extrañar tanto a Marita.
Háblale, le aconsejé. ¿Y qué le digo? Con simplismo psicológico le dije que
podía reconciliarse con ella sin tener que hablar mal de Janis Joplin. Ese no es
el punto, comentó Ramón: Va a querer que le diga cómo la quiero. Habíamos
llegado al eterno conflicto de la especie. ¿Puede el hombre que ama decir de
qué modo ama? Ayúdame, Ramón me miró como un mártir del cristianismo:
Eres escritor. Esta frase me recordó que no le había cambiado el agua a la
pecera.
Tres horas más tarde, mi amigo llegó corriendo a la cocina donde yo preparaba
un sándwich complicado para posponer nuestro reencuentro. Los ojos le
brillaban, había hablado con Marita, pudo decir la frase: ella lo quería. ¿Había
algo más absurdo que dos personas que se necesitaban tanto discutieran por lo
que harían si una muerta llegaba a su casa con mucha sed? Ramón me abrazó
como no lo hacía desde que lo perdoné por rayarme el disco de Sargento
Pimienta. Entonces le pregunté cuál era la frase. No quiso decirme: Funcionó.
Es lo que cuenta.
Mi esposa se enteró de la frase quince minutos después. Marita habló para
decírsela, orgullosa de la repentina apertura emocional de su marido. La frase
era: Puedo luchar con todo, pero no contra tus ojos.
Ramón y Marita celebraron la reconciliación con un fin de semana en Ixtapa. Su
hijo Andrés se quedó con nosotros. Mi amigo sólo cometió un error al recorrer
el camino de los sentimientos: olvidó regresar los videos de karatecas.
Durante varias horas del sábado escuché a la distancia ruidos que servían para
destrozar coches y personas en Hong Kong. De pronto, Andrés me pidió que
fuera a ver algo. Rebobinó un video y un chino musculoso dijo en la pantalla:
Puedo luchar con todo, pero no contra tus ojos. Se dirigía a su gurú, un ciego
que sin embargo percibía el entorno con gran capacidad kung-fu. ¡Mi papá dijo
una frase de karate!, fue el asombrado comentario de Andrés. Traté de decir
otra frase kung-fu, algo así como: El silencio es la alianza de los guerreros.
Andrés me vio con ojos que significaban: ¿Me estás pidiendo que mienta?
Luego me preguntó por qué sus padres tenían que hacer las paces sin que él
fuera a Ixtapa. Supe cuál sería la primera frase que le diría a Marita.
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Dos días después de su regreso, Ramón tenía un moretón en el pómulo. No
hablamos de eso, pero era fácil adivinar la causa: Marita esperaba un mensaje
genuino, no algo copiado de un karateca. Y, sin embargo, Ramón nunca fue tan
auténtico como cuando se sumió en todas esas peleas ajenas, sin entender
nada de la trama, hasta que una frase lo devolvió a sí mismo y a lo mucho que
quería a Marita. ¿Qué importa más, el origen o el efecto de las palabras? ¿No
es más dueño de una frase quien la repite con sinceridad que quien la concibe
con ingenio? ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
Por suerte, Marita ya volvió a perdonar a Ramón. No quiero saber lo que él le
dijo.


                             (Tomado de Revista de Libros, suplemento de El Mercurio)




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    33 y 1/tercio Digamosque en esta ciudad viven unos diez millones / Unos habitan agujeros, otros habitan mansiones / Pero no hay un lugar para nosotros, mi amor / no hay un lugar para nosotros Alguna vez tuvimos un país y nos gustaba / Todavía lo podemos encontrar en un atlas / Pero ahora, no podemos ir allá, mi amor / ahora no podemos ir allá En la parroquia de nuestro pueblo crece un árbol viejo / Que cada primavera florece de nuevo / Pero los viejos pasaportes no florecen de nuevo, mi amor / los viejos pasaportes no florecen de nuevo El cónsul azotó la mesa con prepotente gesto / "Si no tienen pasaportes, oficialmente están muertos” / Pero seguimos vivos, mi amor, seguimos vivos Fui a un comité, me ofrecieron asiento y me escucharon / Y cortésmente me pidieron que volviera el próximo año / Pero ¿qué vamos a hacer hoy mismo, mi amor? / ¿Qué vamos a hacer hoy mismo? Fui a oír a los políticos, a un orador que argüía / "Si los recibimos aquí, nos quitarán nuestro pan de cada día” / Y hablaba de ti y de mí, mi amor, hablaba de ti y de mí Creí que era un relámpago lo que atronaba sobre mí / Pero era Hitler sobre Europa, diciendo: "Deben morir” / Y pensaba en nosotros, mi amor, pensaba en nosotros Vi un perro que pasaba muy orondo y abrigado / Vi que una puerta se abría para que pasara un gato / Pero ellos no eran judíos alemanes, mi amor / ellos no eran judíos alemanes Bajé a la orilla del mar y me detuve sobre el muelle / Para ver cómo nadaban en su libertad los peces / Apenas a unos cuantos metros, mi amor / apenas a unos cuantos metros Caminé por el bosque, vi en los árboles a los pájaros / Que no tienen políticos, y cantan a su agrado / Pero no eran de la raza humana, mi amor / no eran de la raza humana Soñé con un edificio que llega hasta el número mil / Y tenía mil ventanas y sus puertas eran mil / Y ninguna era para nosotros, mi amor ninguna era para nosotros Me paré en mitad de una explanada cuando la nieve caía / Diez mil soldados marchaban para abajo y para arriba / buscándonos a ti y a mí, mi amor, buscándonos w. auden
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    33 y 1/tercio equipo de redacción: 33 y 1/tercio portada: composición de raúl flores iriarte sobre fotografía de leordanis hernández diseño de portada: damián flores iriarte La publicación no se hace responsable de las opiniones expresadas por los autores. Los responsables de los autores no expresarán Los autores no nos hacemos opiniones en público. responsables de las opiniones de la publicación. Las opiniones que usted se haga no son responsabilidad de los autores y menos si las expresa públicamente. si deseas contactar, dar opiniones, donar textos (sin compromisos de publicación) escribe a: 33y1tercio@gmail.com si no tienes el 33 y 1/3 anterior escribe a la misma dirección (prometemos enviarlo) o descárgalo en: http://revista33y1tercio.blogspot.com
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    33 y 1/tercio aquí (a la manera de allá) on allen, woody (para acabar con la filosofía / para acabar con los libros de memorias / para acabar con las novelas policíacas cabrera infante, guillermo (ars poética, o el oro de la parodia entrevista (la histeria me disolverá: 33 coma tres preguntas a michel encinosa fú encinosa fú, michel (buenas noches, claudia / helena y la insularidad postergada gumucio, rafael (la transición en trance bolaño, roberto (de amberes dos hombres en el castillo (una conversación electrónica sobre philip k. dick dick, philip k. (extraños recuerdos de muerte / valis pérez, luis eligio (no sé, no puedo pasar / circulo / cristo en la calle fernández porta, eloy (retórica y punk en el relato contemporáneo pardo, orlando luis (horror civis: side a / side b fresán, rodrigo (chucky palahniuk, chuck (tripas / cuando tenga 68 off bonus track: villoro, juan (la frase triunfal
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    33 y 1/tercio on 33 y 1/3 no tuvo muchas oportunidades en la Billboard (escritura posible: Bill- bored, a la manera de Kurt Cobain, pequeño KC sin sunshine band). Lanzada el 22 de noviembre (cualquier semejanza con el White Album de los Beatles comienza y termina allí) del 2005, debutó en el número 182, y osciló durante cuatro semanas en la lower half del top 200, alcanzando el número 178 como su más alta posición (cualquier semejanza con el Unfinished music de John Lennon comienza y termina aquí; aunque a semejanza de aquella Música Sin Terminar, podríamos subtitular esto Literatura Sin Terminar). Por supuesto, en las emisoras nacionales no llegamos a ninguna posición, aunque dudo de que tengamos emisoras nacionales. En todo caso, locales. ¿Por qué no sacaron singles?, nos preguntan por ahí, Les hubiera ayudado un montón en las ventas. Tienen razón; podíamos haber sacado como singles Laura llama desde Manhattan, y Luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pero al final decidimos que no. Ni singles, ni videoclips. Piense lo que piense la MTV de nosotros. O nosotros de la MTV. Ahora continuamos aquel número con este número llamado El laberinto. Quizás saquemos como single Helena y la insularidad postergada. Quizás no. Por lo demás, aquí está. En Tahoma, tamaño 12. En español. Cualquier semejanza con 33 y 1/3 comienza aquí. No sabemos cuando termine. replay
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    33 y 1/tercio woody allen (saxofonista, también conocido como allen stewart konigsberg (new york, 1935). los siguientes fragmentos pertenecen a su libro Getting even) para acabar con la filosofía mi filosofía La evolución de mi filosofía se dio de la siguiente manera: mi mujer, al invitarme a probar el primer soufflé que había hecho, dejó caer por accidente una cucharadita del mismo sobre mi pie fracturándome varios pequeños huesos. Acudieron los médicos, hicieron y examinaron radiografías y me ordenaron un mes de cama. Durante la convalecencia, me concentré en la obra de algunos de los pensadores más eximios de Occidente –una pila de libros que yo había seleccionado para ocasiones como esta. No presté atención al orden cronológico y empecé por Kierkegaard y Sartre, luego pasé rápidamente a Spinoza, Hume, Kafka y Camus. No me aburrí como había temido; en cambio, me fascinó la energía con la que esas grandes mentes atacaban resueltamente la moral, el arte, la ética, la vida y la muerte. Recuerdo mi reacción a una observación típicamente luminosa de Kierkegaard: «Semejante relación, que se relaciona con su propio ser (es decir, un ser), debe haberse constituido a sí misma, o ha sido constituida por otra.» El concepto me arrancó lágrimas de los ojos. ¡Dios santo, pensé, ser tan inteligente! (Soy un hombre con dificultades para escribir dos frases coherentes sobre Un día en el zoo.) La verdad es que el pasaje me resultó totalmente incomprensible, pero ¿qué más da si Kierkegaard se lo había pasado bien? Súbitamente me convencí de que la metafísica era lo que siempre había querido hacer: tomé mi bolígrafo y empecé en el acto a garabatear la primera de mis propias fantasías. La obra avanzó aprisa y en solo dos tardes (con tiempo para echarme una siesta), completé la obra filosófica que espero no será descubierta hasta después de mi muerte o hasta el año 3000 (lo que ocurra primero) y que modestamente creo me asegurará un lugar privilegiado entre los pensadores de más peso en la historia. Aquí presento un breve ejemplo del cuerpo principal de tesoros intelectuales que lego a la posteridad, o hasta que llegue la mujer de la limpieza. crítica de la sinrazón pura Al formular cualquier filosofía, la primera consideración siempre debe ser: ¿Qué podemos saber? Es decir, qué podemos estar seguros de saber, o seguros de qué sabemos que sabíamos, si realmente es de algún modo cognoscible. ¿O lo habremos olvidado todo y tenemos demasiada vergüenza de decir algo? Descartes insinuó el problema cuando escribió: «Mi mente jamás puede conocer mi cuerpo, aunque se ha hecho bastante amiga de mis piernas». Por cognoscible, dicho sea de paso, no quiero decir aquello que puede ser conocido
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    33 y 1/tercio pormedio de la percepción de los sentidos o que puede ser comprendido por la mente, sino más bien aquello que puede decirse que es Conocido o que posee un Conocimiento o una Conocibilidad, o algo que al menos puedas mencionar a un amigo. ¿Podemos en realidad conocer el universo? Dios santo; no perderse en Chinatown ya es bastante difícil. Sin embargo, el asunto es el siguiente: ¿Habrá algo allá afuera? ¿Y por qué? ¿Por qué tendrán que hacer tanto ruido? Por último, no cabe duda de que la característica de la realidad es que carece de esencia. Esto no quiere decir que no tenga esencia, sino simplemente que carece de ella. (La realidad a la que me refiero es la misma que describió Hobbes, pero un poco más pequeña.) Por lo tanto, el dictum cartesiano «Pienso, luego existo» podría expresarse mejor por «¡Eh, allí va Edna con el saxofón!». Así, pues, para conocer una sustancia o una idea, debemos dudar de ella y así, al dudar, llegamos a percibir las cualidades que posee en su estado finito, que están en, o son realmente «la misma cosa», o «de la misma cosa», o de algo, o de nada. Si esto está claro, podemos dejar por el momento la epistemología. la dialéctica escatológica como medio de lucha contra el zona Podemos decir que el universo consiste en una sustancia y que a esta sustancia la llamamos átomo, o también mónada. Demócrito la denominó átomo. Leibnitz la llamó mónada. Por fortuna, los dos hombres jamás se conocieron, de lo contrario se hubiera armado una discusión muy aburrida. Estas partículas fueron puestas en movimiento por alguna causa o principio fundamental, o quizás algo se cayó en algún lugar. El asunto es que ahora ya es demasiado tarde para remediarlo, salvo quizás comer mucho pescado crudo. Por supuesto, esto no explica por qué el alma es inmortal. Tampoco dice nada sobre una vida ultraterrena ni aclara la sensación que siente mi tío Sender de que le persiguen los albanos. La relación causal entre el primer principio (es decir, Dios o viento fuerte) y cualquier concepción teológica del ser (Ser), según Pascal, es «tan ridícula que ni siquiera es graciosa (Graciosa)». Schopenhauer llamó a esto voluntad, pero su médico la diagnosticó como fiebre del heno. En sus últimos años, se amargó por eso o, más aún, por la creciente sospecha de que él no era Mozart. el cosmos por cinco dólares al día ¿Qué es, entonces, lo bello? ¿La fusión de la armonía con lo justo, o la fusión de la armonía con algo que solo se parece a «lo justo»? Quizás la armonía se haya fundido con «la costra terrestre» y eso es lo que nos ha estado dando tantos problemas. La verdad, podemos estar seguros, es la belleza –o «lo necesario». Es decir, lo que es bueno, o que posee las cualidades de «lo bueno», da como resultado «la verdad». Si no lo da, siempre puedes apostar a que la cosa no es bella, aunque aún puede que sea impermeable. Estoy empezando a pensar que tenía razón antes y que todo tendría que fusionarse con la costra. Ah, bueno.
  • 8.
    33 y 1/tercio dos parábolas Un hombre se acerca a un palacio. La única entrada está guardada por unos fieros hunos que solo dejan pasar a hombres llamados Julius. El hombre trata de sobornar a los guardias ofreciéndoles por un año las mejores partes del pollo. Ellos ni se burlan de su oferta ni la aceptan, sino que simplemente lo cogen por la nariz y se la tuercen hasta que parece un tornillo. El hombre dice que tiene que entrar a la fuerza en el palacio porque le trae al emperador una muda de calzoncillos. Al ver que los guardias siguen negándose, el hombre empieza a bailar el charleston. Ellos parecen divertirse con su baile, pero pronto se ponen tristes por el trato que el gobierno federal otorga a los navajos. Sin aliento, el hombre se derrumba. Muere sin haber visto al emperador y dejando una deuda de sesenta dólares a los de la Steinway por un piano que les había alquilado en agosto. Me entregan un mensaje para un general. Cabalgo y cabalgo, pero el cuartel general del general parece distanciarse siempre más. Por último, se arroja sobre mi una gigantesca pantera negra que me devora la mente y el corazón. Me paso la tarde terriblemente angustiado. Por más que lo intente, no puedo llegar al general a quien veo corriendo a lo lejos en pantalón corto y musitando la palabra nuez moscada a sus enemigos. aforismos Es imposible vivir la propia muerte con objetividad y, además, cantar una canción. El universo no es más que una idea transitoria en la mente de Dios. Es un hermoso pensamiento, aunque bastante incómodo, sobre todo si acabas de pagar el anticipo de una casa. La nada eterna está muy bien si vas vestido para la ocasión. No solo no hay Dios, sino que ¡intenta conseguir un electricista en un fin de semana! ●●● para acabar con los libros de memorias memorias de los años veinte Llegué por primera vez a Chicago en los años veinte para presenciar un combate de boxeo. Ernest Hemingway estaba conmigo y ambos nos hospedamos en el campo de entrenamiento de Jack Dempsey. Hemingway acababa de terminar dos cuentos sobre boxeo y, si bien Gertrude Stein y yo pensamos que eran bastante potables, creíamos que aún necesitaban cierta
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    33 y 1/tercio elaboración.Le hice unas bromas a Hemingway sobre su novela en preparación y nos reímos mucho y nos divertimos y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz. Ese invierno, Alice Toklas, Picasso y yo alquilamos una villa en el sur de Francia. En ese entonces, yo estaba trabajando en lo que me parecía que iba a ser una gran novela americana, pero los caracteres eran demasiado pequeños y no pude terminarla. Por las tardes, Gertrude Stein y yo salíamos a la caza de antigüedades en las tiendas locales, y recuerdo que, en cierta ocasión, le pregunté si consideraba que yo tenía que hacerme escritor. En la típica manera enigmática, que a todos nos tenía encantados, me contestó: No. Consideré que me había querido decir que sí y, al día siguiente, partí hacia Italia. Italia me recordó mucho Chicago, en especial Venecia, ya que ambas calles tienen canales y en las calles abundan las estatuas y las catedrales, producto de los más grandes escultores del Renacimiento. En ese mes fuimos al taller de Picasso en Arles, que en aquel tiempo se llamaba Rouen o Zurich, hasta que los franceses volvieron a bautizarlo en 1589 bajo el reinado de Luis el Vago. (Luis fue un rey bastardo del siglo XVI que se portó como un cerdo con todo el mundo.) Entonces, Picasso estaba a punto de empezar lo que más tarde se conocería como el período azul, pero Gertrude Stein y yo tomamos café con él y tuvo que empezarlo diez minutos más tarde. Duró cuatro años y, por tanto, esos diez minutos no significaron gran cosa. Picasso era un hombre bajo que tenía un modo gracioso de caminar poniendo un pie delante del otro hasta que daba lo que él denominaba «un paso». Nos reímos de sus deliciosas ideas, pero a fines de 1930, con el fascismo en alza, había muy pocas cosas de que reírse. Tanto Gertrude Stein como yo examinamos con meticulosidad las últimas obras de Picasso, y Gertrude Stein opinó que «el arte, todo el arte, es simplemente la expresión de algo». Picasso no estuvo de acuerdo, y dijo: «Déjame en paz. Estoy comiendo.» Mi opinión fue que Picasso tenía razón: estaba comiendo. El taller de Picasso era muy distinto al de Matisse. Mientras el de Picasso era desordenado, en el de Matisse reinaba el más perfecto orden. Bastante curioso, pero precisamente lo inverso era cierto. En septiembre de ese mismo año, a Matisse se le encargó que pintara una alegoría pero, por la enfermedad de su mujer, no pudo pintarla y, en su lugar, se le enganchó papel pintado. Recuerdo todas esas anécdotas porque ocurrieron justo antes del invierno y todos estábamos viviendo en un piso barato en el norte de Suiza, un lugar donde llueve de improviso y luego del mismo modo deja de hacerlo. Juan Gris, el cubista español, había convencido a Alice Toklas para que posara para una naturaleza muerta y, con su típica concepción abstracta de los objetos, empezó a romperle la cara y el cuerpo para llegar a sus básicas formas geométricas hasta que llegó la policía y los separó. Gris era provincianamente español, y Gertrude Stein decía que solo un español de verdad podía comportarse como él, es decir, hablaba en castellano y a veces iba a visitar a su familia en España. Realmente era algo maravilloso verle y oírle.
  • 10.
    33 y 1/tercio Recuerdouna tarde en que estábamos sentados en un alegre bar en el sur de Francia con nuestros pies cómodamente puestos sobre taburetes en el norte de Francia cuando, de pronto, Gertrude Stein dijo: «Estoy mareada». Picasso pensó que se trataba de algo sumamente gracioso, y yo lo tomé como una señal para largarme a Africa. Siete semanas después, en Kenya, nos encontramos con Hemingway. Entonces, bronceado y con barba, empezaba ya a madurar ese estilo tan suyo: no se le veía más que los ojos y la boca. Allá, en el continente negro inexplorado, Hemingway había tenido que padecer, los labios partidos más de mil veces. ¿Qué hay, Ernest?, le pregunté. Se puso a hablar sobre la muerte y las aventuras como solo él podía hacer y, cuando me desperté, ya había levantado las tiendas y estaba sentado al lado de una gran fogata preparando unos aperitivos cutáneos para todos. Le hice una broma sobre su nueva barba y nos reímos tomando unos tragos de coñac y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz. Ese año fui por segunda vez a París a hablar con un compositor europeo, flaco y nervioso, de aguileño perfil y ojos admirablemente rápidos, que algún día llegaría a ser Igor Stravinsky, y luego, más tarde, su mejor amigo. Me hospedé en casa de Sting y Man Ray, donde Salvador Dalí iba a cenar a menudo, y Dalí decidió montar una exposición individual, cosa que hizo, y resultó un éxito estrepitoso ya que apareció un solo individuo, y fue un invierno alegre y muy francés, de los buenos. Recuerdo una noche en que Scott Fitzgerald y su mujer regresaron a su casa después de la fiesta de Noche Vieja. Era en abril. Hacía tres meses que no tomaban otra cosa que champagne; una semana antes, vestidos de etiqueta, habían arrojado su coche desde un acantilado al océano a raíz de una apuesta. Había algo auténtico en los Fitzgerald: sus valores eran fundamentales. Eran gente tan sencilla que cuando más tarde Grant Wood les convenció para que posaran para su Gótico americano, recuerdo lo contentos que estaban. Zelda me contó que, mientras posaban, Scott no paró de dejar caer al suelo la horca. En los años siguientes creció mi amistad con Scott; la mayoría de nuestros amigos creía que el protagonista de su última novela estaba inspirado en mi y que mi vida estaba inspirada en su anterior novela. Acabé siendo considerado un personaje de ficción. Scott tenía un grave problema de disciplina y, si bien todos adorábamos a Zelda, pensábamos que ejercía una influencia nefasta en la obra de él, reduciendo su producción de una novela al año a una ocasional receta de mariscos y una serie de comas. Finalmente, en 1929, fuimos todos juntos a España. Allí, Hemingway nos presentó a Manolete que era tan sensible que parecía una loca. Llevaba ajustados pantalones de torero o, a veces, de ciclista. Manolete era un gran, gran artista. Su gracia era tal que, de no haberse convertido en matador de toros, podría haber llegado a ser un contable mundialmente famoso. Nos divertimos mucho en España aquel año y viajamos y escribimos y Hemingway me llevó a pescar atún y pesqué cuatro latas y nos reímos y Alice
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    33 y 1/tercio Toklasme preguntó si estaba enamorado de Gertrude Stein ya que le había dedicado un libro de poemas aunque eran de T. S. Elliot y dije que sí, que la amaba, pero el asunto nunca podría funcionar porque ella era demasiado inteligente para mí y Alice Toklas estuvo de acuerdo y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y Gertrude Stein me rompió la nariz. ●●● para acabar con las novelas policíacas el gran jefe Estaba sentado en mi despacho limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. No hablo siquiera de las mujeres que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar como locas. Tenía puestos una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que podrían provocar un ataque cardíaco a un buey. —¿Qué puedo hacer por ti, muñeca? —Quiero que me encuentre a una persona. —¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía? —No exactamente, señor Lupowitz. —Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata? —Dios. —¿Dios? —Así es. Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted Lo encuentre. He tenido ya en mi despacho a más de un buen bocado, pero cuando una chica está tan buena como esta, uno debe escucharla hasta el final. —¿Por qué? —Kaiser, ese es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo. —Lo siento, bombón. No diste con el tipo indicado... —Pero, ¿por qué?
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    33 y 1/tercio —...ano ser que me des toda la información —dije poniéndome de pie. —Está bien, está bien —dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías. —No nos apartemos del tema, nena. —Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo. —¿No? —No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero, yo, ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que, si alguien descubre la verdad, puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente. Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chiclet, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chiclet. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto otro mejor. —Su Dios, ¿que aspecto tiene? —Nunca Lo he visto. —Entonces, ¿cómo sabes que existe? —Eso es lo que usted tiene que averiguar. —¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo? —No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas parles. En el aire, en cada flor, en usled y en mí... y en esta silla. —Ya. Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos a parte y una cena con ella. Sonrió y aceptó al acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizás Dios exista, o quizás no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo. Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta al acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas porque se azaró mucho. Estaba asustado. —Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.
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    33 y 1/tercio —¿Leha visto alguna vez? —¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos! —Entonces, ¿cómo sabe que existe? —¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esa gabardina! ¿Cómo puede dudar? —¿No tiene ninguna otra prueba? —Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claque americano? Créame, ¡no se abren las aguas del mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder. —Así pues, es un duro, ¿eh? —Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no. —¿Cómo es que sabe usted tanto? —Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con Él. —¿Cuánto Le pagan para ser los elegidos? —No me lo pregunte. Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que el rabino Wiseman hablaba, Él encajaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Danny en la Décima avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio que no podía tragar. —¿Está Chicago Phil? —¿Quién quiere saberlo? Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel. —¿Qué pasa, basura? —En la sala del fondo —dijo cambiando actitud. Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso. —El tío nunca existió. Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en mano de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás el Papa. —Tengo que ver al Papa. —Se puede arreglar —dijo guiñando un ojo. —¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig? —No.
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    33 y 1/tercio —¿YHeather Butkiss? —¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe. —¿Radcliffe? Me dijo Vassar. —Pues, te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo. —¿Panteísta? —No. empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica. —Con que uno de esos, ¿eh? —Sí. Primero fue batería en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, intentó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos. —Gracias, Phil. —Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima nuestro. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido. —¿Quién ganó la quinta en Aqueduct? —Santa Baby. —Eso sí tiene sentido. Tomé una cerveza en O’Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos así decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto. Y, ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista? ¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales? Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagó la cuenta, estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo. —Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón? —¿Qué quieres decir? —Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe.
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    33 y 1/tercio —Esoes absurdo, —No seas tan racionalista. —Nadie es racionalista, Kaiser. —Ella encendió un cigarrillo—. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser. Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó. —Es para ti. La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios. —¿Todavía a la caza de Dios? — Sí. —¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser Supremo? —Así es. —Un tipo, que se ajusta a la descripción, acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo. Era Él sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo profesional. —Ya estaba muerto cuando Lo trajeron. —¿Dónde Lo encontraron? —En un depósito de la calle Delancey. —¿Alguna pista? —Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros. —¿Cómo lo saben? —Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso. —¿Un crimen pasional? —Eso es. Lo que significa que eres sospechoso, Kaiser. —¿Por qué yo? —Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers. —Eso no me convierte en un asesino. —Aún no, pero sí en un sospechoso. Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en la comisaría en sesiones de identificación.
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    33 y 1/tercio —Siéntate—dijo levantando los ojos de sus spaghettis. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí. —¿Te gustarían unos spaghettis? —No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen. —¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada? —Acabo de comer. —Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano donde es imposible conseguir una comida decente. —Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios. —Has llamado a la puerta adecuada. —Entonces, ¿existe? —Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo: —¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si Él existe! Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre su dedo gordo del pie. —¡Lo siento! —dije, pero el tipo estaba que bramaba. El Papa tomó la palabra: —Por supuesto que Él existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con Él. Sólo habla a través mío. —¿Por qué usted, amigo? —Porque yo soy quien lleva el traje rojo. —¿Este atuendo? —¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en nike ¿qué sería de la cristiandad? —¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe! —No lo sé. Pero, ¿qué más da? Mientras haya dinero... —¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros? —Uso un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro. —¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo? —Seguro. Está en el departamento de ciencias de Bryn Mawr. —¿Ciencias, dice? Gracias.
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    33 y 1/tercio —¿Porqué? —Por la respuesta, Pontífice. Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo. —Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista. —No, querida, fuiste tú. —¿Qué? No hagas bromas, Kaiser. —Tú fuiste quien lo hizo. —¿Qué estás diciendo? —Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd. —¿Cómo supiste mi nombre? —Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que llegara a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta. —No, Kaiser, te lo juro. —Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes, y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo. —No sabes lo que dices. —A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente, porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista; entonces, también a él había que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos. —¡Kaiser, estás loco! —No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta Él, si es que Él existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste. —¿Quién diablos son Shelby y Jason? —¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
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    33 y 1/tercio —Kaiser—dijo ella, presa de un súbito estremecimiento—, ¿me entregarás? —¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos. —Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde dedicarnos a la semántica. —Lo lamento, nena. No hay trato. Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: «Tómame, soy tuya». Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa. —¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser? Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia. —La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás. Era un concepto sutil, pero espero que lo haya entendido antes de morir. replay
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    33 y 1/tercio guillermo cabrera infante (gibara, 1929 – londres, 2005). ars poética, o el oro de la parodia (transcripción) Esta charla debía llamarse «Parodio no por odio». Pero creí que si tenía un título en latín ustedes pensarían que soy un hombre culto, cuando soy un hombre oculto. Oculto detrás de mis gafas, oculto detrás de mi nombre, oculto detrás de las palabras. Una de esas palabras es parodia. Todos la conocemos, aunque nadie recuerda que está emparentada con paranoia —o manía persecutoria. Afortunadamente parodia queda cerca de parótido que, como las parótidas, tiene que ver con el oído, no con el odio. Parodia y paronomasia, jugar con las palabras, son vocablos vecinos. Se puede hacer parodia sin paronomasia, pero muchas veces la paronomasia es una parodia de una sola palabra. ParonomAsia es una tierra donde abundan las parodias. De ese Oriente vengo y voy. Mamá yo quiero saber de dónde son las parodias. Yo las quiero, tú las odias. ¿De dónde serán? ¿Serán de La Habana? Tierra vana, soberana. Mamá, ¿por qué tú las odias? Así paro días y paro noches. Éste es un introito. Ahora el exergo: Hay gente que odia la parodia. VLADIMIR NABOKOV Y una opinión antagónica: Nunca he hecho un secreto de mi enemiga por las parodias. GOETHE Una canción declara a la felicidad una quimera. La felicidad no es una quimera sino otra invención griega: una parodia. En inglés felicity es felicidad de estilo, y
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    33 y 1/tercio laparodia consiste en conseguir la felicidad por la infelicidad, mostrando que un estilo o todos los estilos son como el hombre mismo: no importa lo felices que hayan sido alguna vez, al final son siempre infelices. Estilo, destino. Styles always become stale —y mueren todos en su propia parodia que es su salsa. Pero, mientras dura, es bueno saber que felicidad viene de felix en latín. Prefiero el félix de los ingenios a ese fénix que arde cada cien años de rabia inútil que lo consume —para nacer de nuevo de sus cenizas frías. Esta hazaña, Manuel, es tan dudosa como ver un habano consumido surgir del cenicero, fénix consumado. Me pregunto, ¿un ave vestida de asbesto sería la felicidad final del fénix? Nadie puede responderme, ni siquiera como a Narciso su Eco en nombre de la rosa. Para el fénix la felicidad entonces no es una quimera, monstruosa colega, sino una quemada. Es por esa leve quemadura que dura, que comienza el fénix a arder que da gusto. Al menos le da gusto al fénix, que arde de tarde en tarde. La felicidad, más félix que fénix, es algo que vive para nacer pero todavía no ha nacido. Nuestra felicidad viene de felicitas en latín. (Absent thee from felicity awhile, le pide en inglés el moribundo danés a Horacio: To tell my story, y no es la historia de la felicidad, pues Hamlet era un melancólico tenaz.) Felicitas, decíamos antes de que Hamlet dictaminara The rest is silence, viene de fecundus, y fecundo, Facundo, viene de feto. Para los latinos —se ruega no confundir con los latinoamericanos— nacer era una felicidad. Esos romanos escasos no conocían la superpoblación, mucho menos la explosión de la población por la eliminación (favor de notar la brutal rima prima) de la mortandad infantil, que a su vez ha obligado al control de la natalidad por la vasectomía o unión de los vasos deferentes en versos diferentes. La felicidad entre nosotros no viene de feto, sino de la ausencia del feto o de que la posible portadora del feto no sea fecunda. La felicidad no es una niñera, es una quimera. Quimera en la mitología era un monstruo primo del fénix que echaba fuego por todos sus orificios: ése era su oficio. Pero los griegos jugaban con fuego en sus mitos más íntimos y en sus guerra frígidas. Además de inventar el fuego fatuo: fuego inútil, fuego fofo. Ahora un poco de esa historia más antigua, mito mutuo. Prometeo, uno de los titanes, era en su juventud poco más que un prestidigitador de sombrero de copa y capa, cuando se le ocurrió inventar al hombre. ¡Presto! Y lo hizo, ya sabemos que lo hizo. Pero lo hizo de la arcilla más barata. El hombre, como el ladrillo, para cocer necesitaba el fuego, y Prometeo, ceramista, lo robó de la fragua de Hefesto, nefasto a quien algunos íntimos llamaban Vulcano. Estos sicofantes de Hefesto, en efecto, vivían y morían bajo Vulcano. Al conocer el robo de la llama eterna, Vulcano eruptó en ira, expelió gases y vomitó lava. Zeus, lava la lava, condenó a Prometeo a un martirio que duró duro mientras duró: los dioses, como se sabe, no mueren, sólo se transforman. Pero no pudo cumplir Prometeo lo prometido y no tuvo tiempo de crear a la mujer. Zeus, celoso, se encargó de hacer a la mujer a su medida y la llamó Pandora y le regaló para la boda una caja cofre. Dentro del estuche, aparentes bombones pero en realidad una bomba, estaban todos los males del mundo —incluyendo, por supuesto, el feminismo, que es como llamar al pan, vino. «Recuerda no abrir la caja de Pandora, Pandorita», recomendó Zeus con un guiño, insinuando
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    33 y 1/tercio quela caja tenía resonancias sexuales. Pero Pandora abrió su caja y —bueno— aquí estamos: hijos de una caja y un ladrillo. Mientras tanto, Prometeo padecía eterno. Pero el hombre vive demostrando que todo ardor perecerá. Eso se llama divorcio. Una de las consecuencias del «fuego prometeico», como lo llama Shakespeare, fue el conmovido monólogo de Otelo, marido que, extrañamente, no quiere matar a su mujer: Put out the light. Ese soliloquio ha causado parejas parodias por amor y desdén de Desdémona. Otra consecuencia fue la invención del fuego griego, arma terrible, tanto como el arma atómica ahora, inventada por Arquímedes, el hombre que fue eureka. Era un arma tan temida que la Convención de Ciudades Egregias prohibió su uso, a menos que se empleara en contiendas convencionales. Arquímedes, que había planeado un uso comercial para su fuego no fatuo (para emplearlo, por ejemplo, en revivir al fénix), se sintió agredido en Agrigento. ¡Agria gente! Movido por la furia inventó la palanca y amenazó a su vez con mover al mundo por diez días. Murió buscando apoyo. (PAUSA) Tal vez alguno entre ustedes habrá advertido que llevo unos diez minutos haciendo parodia sin que se note, como el buen burgués de Molière que hablaba en prosa y no lo sabía. «Pero cómo, ¿yo también hablo en prosa?» Sí señor, sí, y ha hablado usted en prosa toda su vida. Pero, ¿y entonces la parodia? Todos debíamos hacer parodia a sabiendas: parodiar por odiar, parodiar para no odiar. Debíamos vivir en Parodia, estado de sitio incómodo para los que hablan en prosa y no lo saben. Tampoco saben ellos que la parodia es una forma de poesía en prosa, como ya demostró Aristófanes en Grecia hace 2500 años con un par de parodias. La parodia puede ser grosera o sutil, como la trompetilla que imita un viento o como el aire de un gesto. En Sir Topaz, Chaucer parodia a Molière desde el portal de la Edad Media, «Por Dios», dice su anfitrión airado, «su puerca rima no vale un mojón duro... Escriba cosas en que haya alegría y no alergia». «Con gusto», responde nuestro poeta medieval y moderno, «le voy a contar una cosita que yo me sé en prosa». Para el gran Godofredo Chaucer, a quien no se merece la poesía hay que darle prosa prúsica como un ácido. Pero la parodia, gorda, puede llegar a la vulgaridad —que no está mal del todo: todo lo que es popular es siempre vulgar. Hay una larga digresión en un libro que yo me sé en que el narrador hace una defensa vehemente de la vulgaridad. Allí, pedante, pudiente, ese álter ego altanero muestra que la raíz de vulgaridad es vulgus, y vulgus en latín quiere decir el pueblo, de donde viene lo popular. Todo folklore es vulgar. También lo es cualquier literatura popular. Los novelones de la televisión son formas de una tragedia a la que el jabón ha lavado hasta dejarla en sólo espuma. Los trapos de seda sucios se exhiben ahora en público por muy privados que sean. La radio, creo, era más dada a la comedia y fue mi primera escuela de parodias.
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    33 y 1/tercio Laparodia sutil corre siempre el riesgo de hacerse invisible, mera paráfrasis, para confundirse con el objeto parodiado. Ésta era la ambición de Max Beerbohm, escritor inglés, que al parodiar tanto y tan bien a Henry James, consiguió que el meticuloso novelista americano que quería pasar por inglés, al preguntarle un periodista por su estilo, no echó mano a su estilográfica sino que respondió sin malicia en el país de la maravilla: «¡Pregúntele usted al joven Beerbohm!», dijo James, «que parece saber más de mi estilo que yo mismo». Esa declaración era un doble homenaje: un elogio al homenaje que Beerbohm había hecho antes a James, y el homenaje de James al reconocer la parodia como fuente de conocimiento del estilo. No es necesario, creo, que les enseñe ahora muestras del estilo de James ni de la parodia de Beerbohm, porque no he venido a hablar de ellos y su afán está en los libros: pertenece a la biblioteca en arte y en parte. Pero quiero decirles que Henry James, al final, era una parodia de Henry James al principio, mientras Beerbohm, camaleón literario, seguía haciendo parodias a pares, a mares, adoptando el color local de cada autor, cada vez más feliz, cada vez menos escritor: la parodia es el estilo gráfico. James completó su propia parodia de americano que deseaba ser inglés más que nada en la vida, y murió siendo un súbito súbdito de Su Majestad Británica que hablaba con acento de Boston. Debo anunciarles que yo he empezado por donde terminó James y soy súbdito de otra Majestad Británica, Isabel II, que Dios y la penicilina guarden. Creo que es pertinente avisarles que soy el único escritor inglés que escribe en cubano y el único escritor cubano que escribe en inglés de Inglaterra. Pero la parodia da para más. Paridora. Para reidora. Hablando de improbables ingleses, quiero recordarles un dicho inglés que dice que la familiaridad engendra siempre desprecio. Es por ello que tantos proverbios, lemas, refranes, aforismos y frases hechas, además del ocasional jingle oído por la radio, que la televisión hace odiovisual —y en esta palabra, odio viene de detesto no de texto—, nos parecen insoportablemente familiares, más odiosos que sosos. Alguien observó que el primer hombre que comparó a la mujer con una rosa era un poeta, pero el segundo, que dijo que la mujer era como una rosa, era un idiota detestable por detectable. Quiero añadir de mi parte que el poeta que cogió a una mujer como una rosa debió sufrir las espinas. Hablando de poetas, mujeres y rosas, es evidente que de una manera o de otra todos somos idiotas alguna vez en la vida. Creo que fue Andy Warhol, artista pop, quien dijo que todos merecíamos ser idiotas al menos durante quince minutos. ¿O dijo famosos en vez de fatuos? Siempre somos loros literarios, dados a repetir la voz del amo de ocasión. Para evitar parecer ser siempre idiota o loro está el oro de la parodia. (Por favor, que ningún bilingüe entre ustedes acentúe el parecido entre parodia y parrot: pan y parodia para el loro.) Por medio de la parodia se puede decir que la mujer es una rosa, dos mujeres una risa y la tercera una rusa. (Según estadísticas hechas públicas por la Unión Soviética, una de cada tres mujeres nacidas en Rusia es rusa, las otras dos son rusos o al menos parecen rusos: he vivido en el monstruo y conozco esas extrañas. Las mejores mujeres barbudas están en circos rusos: cuando una rusa ve las barbas de su vecina arder, pone las suyas en asbesto.) La
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    33 y 1/tercio familiaridadengendra ahora aprecio y es el contento de la parodia: no se puede parodiar más que lo familiar. Sólo mi estancia en Siberia me permite decir que a Iberia le faltará una ese pero la comida es la misma, a menos que se vuele entre comisarios. Entonces, si uno ve las barbas del compañero de viaje ardiendo, es por el vodka de los caribes, el Barbacardí, inventado por un español. ¡Bah caribe! Hablando de españoles con zetas que se beben, hay un refrán, odioso por repetido, que declara con énfasis español que quien hace un cesto hace un ciento. Yo he transformado esta nadería tejedora en algo más excitante y peligroso: Quien hace incesto hace un ciento. Mi refrán es tal vez más caro que el otro adagio de plagio, pero mi versión es por lo menos más temida. No hay duda de que, entre hacer un cesto de paja o cometer incesto, cuál es la actividad más aburrida. Instrucciones: Estire y doble la paja, insértela en la ranura, vuelva a repetir el proceso. Ad nauseam. Mientras que el papa Borgia, su hijo Cesare de daga y toga, y la nunca decepcionante Lucrecia, hija y amante, que ya antes de Lucrecer cazaba incestos sin red, atrapándolos con las enaguas, entre las aguas: esos tres Borgia y alguien más hubieran estado de acuerdo conmigo. Aviso: se ruega echar los papeles al incesto. De regreso a épocas más divertidas en que los italianos no descubrían América, como Colón, para terminar siendo un distrito en Washington y un circo en Nueva York y un país al sur del continente, mientras un segundo que llegó tercero se quedaba con el resto. Fue ese Americano Vespucci que ahora rima con Gucci. De vuelta a Roma, donde el papa era el padrino que escribía Maffia con dos efes: figlio e figlia. En el Renacimiento, un cardenal no sólo era un eclesiástico vistiendo ropas de color subido, sino un hombre, y era también el nombre de un pecado de moda, como un perfume. Call me Cardinal Sin. Las mujeres por sus partes eran como un escándalo carnal, llenas de cardenales como iban. Arriba ellas descollaban descotadas y descocadas. Mientras tanto, en la ciudad de los rascacielos, en Little Italy, los Borgias no rimaban todavía con órgias. Esta digresión puede parecerles a ustedes una agresión, pero está hecha con amor eterno. No puede ser una violación porque es un palíndromo: amor a Roma. Si no a Roma al menos a Lucrecia, que cantaba un madrigal (And the Church belongs to Daddy), Little Lu, Lulu que se negaba a crecer: Petra Pun. De ésa, de ella, yo habría sido padre y hermano cariñosos. Palimpsesto pal incesto. O témpora, o amores. Teníamos entre nosotros a un papa Borges que no pudo ser nunca un Borgia. Una falla técnica le impidió cometer incesto: no tuvo hijas. Ni hijos. Sólo tuvo libros y aunque sabía llevárselos a la cama, nunca pudo hacer otra cosa que leerlos en silencio —labios que no se mueven, dedos que acarician las páginas: están en Braille y son pecado nuevo. Pasemos de la mala lengua a la lengua que nunca pudo ser mala. Otro lugar común oral. Algunos son capaces de decir, «Mi lengua es la más hermosa de todas», sin referirse para nada al órgano que llevan oculto en la boca. Hablan del idioma que exhiben cada vez que abren los labios. La idea de que una lengua pueda ser la más bella es, si se mira de cerca la lengua, perfectamente absurda. Es como acercarse a un muro y decirle: «Dime, muro, la verdad, ¿no
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    33 y 1/tercio esmi lengua una beldad?», y el muro repetir como un eco de pared: Veldá. Es casi peor que ese dicho enemigo de Chesterton, que dice, «Con mi patria, cierta o errada». Añadió Chesterton, metafísico del humor: «Eso es como decir con mi madre ebria o sobria». Ahora lo que quiere decir el hablante (o peor aún, el escribiente: no tienen ustedes idea de cuántos escritores creen a ciegas, y por supuesto a sordas, que el español es un idioma idóneo, cuando es sólo el latín del pobre) es que esa voz ha estado en contacto íntimo con su lengua por tanto tiempo que se le ha hecho familiar, y de ahí la ha convertido en bella. La familiaridad atrae la belleza como la luz al insecto (el que alumbra a un insecto deslumbra a un ciento), y en ese caso la belleza está sólo en la oreja del oyente. Para mí la familiaridad trae siempre tedio, si no odio. De tanto oír una lengua termina uno por estar hasta los ojos de esa rapsodia que odia. Ésta fue la razón por la que Van Gogh, que no podía sacarse los ojos como Edipo, se cercenó una oreja. Este holandés errático no sabía soportar la lengua viperina de Gauguin, el francés, idioma dado a repetir cada declaración hasta el hastío. De ahí que los franceses inventaran una palabra, ennui, que parece contener todo el aburrimiento de París —es decir, del mundo. Una frase española que ha prosperado en América en velorios, funerarias y entierros (y no es Viva la muerte) y en otras acciones dolorosas, es dicha siempre en voz baja, fenómeno curioso en una lengua, la española, que hay que hablar alto para entenderse mejor, y demasiado alto para no entenderse nunca. En español hay suspiros pero no hay susurros. Ese suspiro social en momentos tristes es: «No somos nada». Que puede quedar convertido enseguida en un ninguneo nada fúnebre: «No somos nadie». Hay variación que apenas me atrevo a repetir aquí, donde los ángeles no se aventuran, pero como un inadvertido me entrometo en lugar tan sagrado como una tumba. Esta variante atroz la encontré en un inodoro y creo que debo ser excusado por repetir lo que es literatura de letrina. Decía esta variación —parodia popular, frase hecha física feliz por el folklore, ese ¡No somos nada!, metafísica que es ahora mea tu física—, declaraba ese graffito gráfico: NO SOMOS NALGA. Éste es el pueblo parodiando en público lo privado, enriqueciendo las eses y las enes, mostrando que la mejor lengua es aquella que se saca en burla y se muestra roja, móvil, viva. He venido a hablarles esta noche no de mi lengua sino de mi estilo. Debo decirles que no tengo ninguno. La frase «El estilo soy yo», dicha por Gustave Flaubert, o «El estilo es el hombre», según Buffon, no tienen para mí ningún sentido. Estilizar viene de demasiado estilo y de estilo viene estilete. El estilo no soy yo, son los otros, que es el infierno literario. La noción de estilo ha terminado hasta en Francia, tierra que, si no inventó el estilo, necesitaba haberlo hecho, por la cantidad de eruditos del estilo que han nacido bajo los tilos de París. ¿Puede un estilo nacer bajo un tilo? Estilo, además, rima con sigilo y escribir es como un complot. Dijo Danton: De l'audace, encore de l'audace, toujours de l'audace, que viene muy bien a esta charla considerada como una asamblea. No falta más que la guiñotina. La parodia es una forma del delirio de persecución: perseguir un modelo hasta hacerlo delirar o tocar la lira. Si piensan que me repito es porque los respeto. Es lo que consigue su sonrisa o su risa y hasta su carcajada. La parodia es
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    33 y 1/tercio ademásparienta pobre de la paradoja, opinión que se hace notar por su espíritu de contradicción. Es decir dicción contraria: donde dicen sí, yo digo no. La parodia es el espejo aberrante del alma seria, del lector serio, del autor serio: la importancia de ser serio es para darse importancia. Es sabido que los espejos cómicos (si te reflejo te aberro) no se ven más que en las ferias, junto a la muñeca gorda que ríe toda la noche o el portero flaco vestido de negro que convoca o suplica: Pasen, señores, pasen y nos describe acto seguido los monstruos de la diversión que son los sueños de la razón comercial. Mi parodia continúa como empezó —no por odio, sin odio, nada de odio. Pero la parodia no es amor, es humor. Sé que parodia y parásito se parecen y el diccionario reconoce el parentesco. Si ustedes creen que he hecho crecer mi prosa parásita pero alegre en vegetación más triste, piensen siempre que he abonado una semilla para que produzca frutos, que he trepado a un árbol ajeno para adornarlo, que, como la orquídea, supe ser flor desde una rama seca. Estas casi cursis imágenes vegetales se me ocurren ahora porque es cierto que la parodia se nutre de un alimento extraño, que a veces, como el maná, cae del cielo. Hay ocasiones en que el maná es un misterio y el único alimento en el desierto literario. Así lo declara una versión del son: Maná, yo quiero saber de dónde son las parodias. Son de la lengua, son de la burla y encantan en vano. Conrad decía que la literatura como arte debía tener su justificación en cada línea. Creo, casi con Conrad, que toda escritura debe tener su justificación en cada palabra. Para ello es necesario usar la palabra como si fuera una línea: algo más que una palabra y más larga que una frase. Hasta un refrán latino sirve para que el adagio sea siempre alegre: Nulla dies cine linea, donde cine viene de cinema: Voy al cine. Como ven, para conseguir mi propósito uso la paronomasia aliada a la parodia que no odia. La otra figura retórica, la paronomasia, no más, tan griega y ajena, es lo que todo el mundo conoce hoy día como pun, como el refrán al pun pun y al vino vino. Fue Lewis Carroll, en sus libros de ALICIA, el primer escritor que dio al pun su carácter elegante, usado en la gran literatura aunque con el pretexto de un cuento para niñas no ñoñas. Respetabilidad a la que según los gramáticos sajones no podía aspirar el reverendo por ser el pun (no las niñas) la forma más inferior del ingenio. Carroll, con el sí de sus niñas, fue un precursor. El Reverendo Dogson, su alias inter pares, ha llegado muy lejos viajando en su pun púber, niñas como ninfas, meninas que son musas paradisíacas. La película Dreamchild lo exalta, lo excita, y el periódico madrileño Diario 16 publica en sus clasificados privados, para uso púbico, esta parodia pudenda de una pupila: Alicia, ojos verdes, rubia, delicada, de 18 años, te invita al país de las maravillas. Este guiño perverso, de ojo meneado, es un homenaje impúdico al pudoroso autor victoriano.
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    33 y 1/tercio JamesJoyce hizo al pun inexpunnable al declararlo sagrado, hostia de letras. Indicó, reivindicó, que la fundación del cristianismo se hizo en efecto sobre un pun. Es aquel en que Cristo llama a Simón a su lado y ladeado le propone: «Tú eres Pedro y sobre tu piedra edificaré mi iglesia». Para poder ver ese pun funcionando a la perfección hay que oírlo en francés, idioma en que Pierre el nombre y pierre, la piedra, comparten el mismo sonido. Joyce, irlandés exiliado, podría haber separado a la Iglesia católica de la anglicana y hacer decir a Jesús en español: «Sobre ti edificaré mi inglesia.» Esta última variante es a la vez pun y parodia. Hablar del pun me llevaría a navegar por mares de locura verbal. Me limitaré a la parodia, parda y pura: En el monte seco y pardo tiene el leopardo su abrigo. Yo tengo más que el leopardo porque tengo un buen abrigo hecho de piel de leopardo. Firmado: OJOS PARDOS. Para mí, como habrán visto (y oído), no hay más que escritura y parodia. No otra cosa hace el lenguaje (el español es, por ejemplo, una parodia del latín) que procede por la creación, la repetición y la destrucción para la creación. Voy a demostrarlo aquí in situ, in vivo, in corpore. El latín, de Petronio a Rabelais, es la lengua de la parodia, que se moviliza recorriéndolos desde modelos griegos a obsesiones francesas: La Odisea, O diosa sea, el amor, la merde y lo que los latinos llamaban cacata carta y, franceses in fraganti, la divine bouteille. Como habrán visto, parodiar no es por odiar: Petronio era un cortesano que no odió nunca a Nerón aunque lo condenara a muerte, y Rabelais amaba el vino, las palabras y el papel higiénico, en ese desorden. En Gargantúa y Pantagruel hay una lista larga de posibles rollos para evitar el mal olor. Vive la Fragance! (PAUSA) Quiero decirles cómo escribí algunas de mis parodias contándoles cómo concebí una sola de ellas, la primera —que dio origen a las demás que aparecen en mi libro Tres tristes tigres. (HACER EL CUENTO DE LA CAVA EN LA EMBAJADA EN BRUSELAS) Desde entonces he quedado marcado con una flor de lis en el hombro. Antes era un periodista, ahora soy un parodista. Es, en definitiva, lo que un Ministro de Cultura cubano llamó, en serio, los gases del oficio. Este ciudadano inminente, al explicar la súbita desaparición del Máximo Líder ante la televisión,
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    33 y 1/tercio declaró:«El Primer Ministro goza de un perfecto estado de salud. Solamente padece un foco neumático en un pulmón.» Hijo más de Mrs. Malaprop que de Marx, estuvo en este augusto recinto y al regresar a La Habana, después de una estancia cultural en París y de cenar en el Elíseo con el anterior jefe del Estado, confesó: «Y hasta estuve en la Soborna.» Ante estas parodias máximas, ustedes pensarán que soy un escritor realista —y hasta realista socialista. Pero tengo que confesar que estos borborigmos son los ruidos de las tripas de las tropas. En mis días de bachillerato, cuando aprendí que ir a clases era la peor manera de educarse, que fueron los días de ocio que formaron mi humor, había una canción, compuesta por un compositor extraordinario que adoptó el insólito seudónimo de Ñico Saquito. Su canción, que era el hit del momento, se quejaba melodiosa de otras canciones, también de moda, que hablaban con diversas voces. Una decía que la luna tenía amores con un gitano, otra comentaba que un negro llamado Facundo no trabajaba nunca, y finalmente un pasodoble mexicano cantaba a un torero llamado Silverio que tenía un hermano muerto, Carmelo, también torero, que solía verlo torear desde el cielo. Nuestro Ñico, ángel vengador musical, concibió una letanía letal para acabar con estos ritmos persistentes, insistente. Decía así su parodia no por odio: Qué ganas tengo de que la luna se case, Facundo trabaje y a Carmelo le tapen el hoyo que tiene en el cielo por donde mirar. Ahora, casi cincuenta años después, participo de ese humor popular paródico, periódico, de situaciones que pueden no ser ya tan populares. Mejor que yo lo expresa ese Ñico en otra de sus canciones inmensamente célebres y al mismo tiempo particularmente idiosincráticas, con un humor que no se ofrece, ay, todos los días. Aquí parodia es lo contrario de parroquia: no hay arte más universal. Cito un fragmento de María Cristina, la canción tal vez más conocida del Señor Saquito: María Cristina me quiere gobernar y yo le sigo, le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente que María Cristina me quiere gobernar. Olvídense, por favor, de la música —porque yo no puedo tararear una canción,
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    33 y 1/tercio muchomenos cantarla. Pero oigan cómo la letra expone un tema de orden ético y filosófico que ha tratado con profunda seriedad germánica alguien tan versado en metafísicas como Guillermo Federico Hegel: el mismo Hegel venerado por los hermanos Marx y Engels. Esta canción no es más que la ilustración poética del tema del amo y del esclavo que Hegel llama dialéctica del predominio. Observen que María Cristina, que es, por supuesto, una mujer, colocada en su eterna situación de dominada, quiere gobernar al narrador, marido o amante, y convertirse en dominatrix. Mientras el interpelado, a su vez, cede a las intentonas de dominio absoluto de su mujer, haciendo ver que cede a sus demandas (le sigue la corriente), porque el autor de la canción o su personaje cantante no quiere que la gente (es decir, sus amigos, otros hombres, el pueblo de Cuba) hable de que María Cristina lo quiere controlar —cosa que es evidente ya ha logrado ella. (Mis interpolaciones son debidas a las calificaciones.) Esta canción inconsecuente y olvidable para muchos es para mí una obra maestra de humor sutil —y por supuesto, popular. Universal también porque el éxito cruzó los mares, viajó a otras tierras y volvió en las ondas cortas y largas de la radio. Ya rendí homenaje a María Cristina en Tres triste tigres y en un breve libro de ensayos titulado O —O por cero, pero también Oh por el asombro. La traigo aquí ahora no sólo como una forma de tributo oral, sino para que disfruten ustedes su humor bien pensado, bien realizado, y al mismo tiempo sepan, si no lo han adivinado ya, que éste es uno de mis ideales de escritura: quiero hacer música popular por otros medios. Si es cierto que todas las artes aspiran a la condición de música, mi arte o mi parte en el arte, ha aspirado siempre a la condición de música popular: con cierto concierto. Pero como esta clase de música clásica quiere llamarse seria (imaginen, por favor, al gran Satie serio y no satírico: el fue el autor que llamó a una de sus composiciones Una pieza en forma de pera), he abandonado tientos y tanto intento porque quiero serlo todo menos serio. Ser serio es ser grave y como ustedes saben, grave, en inglés, es la tumba. Ya Shakespeare lo dijo en Romeo y Julieta, entre versos y veras, cuando las palabras como con las espadas (swords, words, swear words), defendiéndose de una con otras, siempre jugando herido de muerte, tiene todavía una última paronomasia mercurial: Ask for me tomorrow And you shall find me A grave man! La parodia è finita (Tomado de Letras Libres) replay
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    33 y 1/tercio la histeria me disolverá 33 (coma) 3 preguntas a Michel Encinosa (Fú) Aquí debieran ir unas palabras. Masturbación podría ser una de ellas. Hay mucho de embarro en una entrevista masturbatoria. Es posible que Jorge Enrique Lage haya tecleado las preguntas. El Chino Fú alega no ser responsable de las respuestas: basta leer lo que sigue para detectar un influjo psicotrópico. JE Michel, ¿cómo es el Barrio Chino de La Habana? ¿Cómo se escribe o cómo no se puede escribir en un Barrio Chino?
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    33 y 1/tercio Sábanasno muy blancas colgadas en los balcones. Perros insoportables a las tres de la madrugada. La cola de la carnicería sentada en pleno en los bajos de tu escalera. Paredes fermentadas. Los chinos… bueno, solo turistas de ojos rasgados. A veces teñidos de rubio. O rojo. Creo que se escribe como en cualquier otra parte: como mejor y buenamente se pueda. La vida es dura. ¿Cómo se iba a llamar la banda de rock que nunca formaste? ¿Cómo sonaba? Tuvo tantos nombres… El mejor creo que era algo así como Oscuras Distracciones Bajo La Estrella del Autarca. Alguien me propuso El Micho y sus Piojos del Vaivén. También quise ponerle Guerreros Legendarios en la Arcana Torre del Mórbido Edén o Los Héroes Invictos de la Legión Celeste… Ninguno pegó, al final. (Suspiro). Así que opté por Brute. Sigo creyendo que era una buena opción. Y sonaba… no sé… muy épico, muy satánico, muy poético y muy bestial. Mucha guitarra. Mucho bajo, también. Mucha batería, claro. Mucho teclado, por supuesto. Y mucha, muchísima voz. Como que cantaba yo… Escribí varias letras, que después convertí en cuentos y publiqué en mi primer libro. La vida es dura. ¿Sigues creyendo que Dios es baterista de heavy metal? Lo que realmente no me importa es si Él lo cree o no. Hubo una época en la que Dios era solo otro mito para mí, junto a los Jackson Five y Mazinger Z. Si de verdad existe, entonces tiene que ser un pésimo aporreador de cueros. Pero es normal, les ocurre a todos los webmaster aficionados. Un socio mío era webmaster y tenía un pececito, como el de la rubia karateka en Domino. Y el pececito se le murió, igual que a la rubia karateka. Aunque a ella se le murieron dos, ahora que me acuerdo. ¿Ves? Eso es lo que hace Dios. Matar pececitos. Con un golpe de baqueta, PUM. Y todavía nos preguntamos por qué diantre dicen que el heavy ha muerto. El heavy no ha muerto, nunca murió. Solo que si Dios es el baterista, pues bien… Como que… En realidad no, nunca creí tal cosa, vaya idea. ¿Qué opinas de las notas a pie de página? Caracoles, jamás pensé que tendría que tener una opinión sobre eso. ¿Qué opinas tú de los interruptores? ¿Qué estabas viendo la última vez que pensaste: it´s just a movie? La batalla de Moscú. ¿A qué le tienes miedo? Vivo en el constante terror de descubrir que le temo a algo que aún no he descubierto. ¿Has soñado con cosas eléctricas? Ejem… ¿Voltus V era eléctrico? No estoy seguro. En todo caso, he soñado también con fallos de sistema de Windows XP, con teclados Yamaha y por supuesto, con las legendarias cuerdas de acero; I love the sound of electric guitars… Si por casualidad tu interés son los adminículos de placer a baterías
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    33 y 1/tercio tripleA, pues no… Prefiero el sexo al natural. ¿Has tú soñado con una palangana llena de mentol? ¿O metil? ¿O leche caliente, recién ordeñada? ¿Has tomado leche recién ordeñada? ¿Has soñado con palanganas? ¿Alguna vez te has salpicado de sangre? Puedo hacer el amor con o sin menstruación. Pero nunca olvido envolver mi almohadilla sanitaria en algo antes de botarla. ¿Alguna vez has visto a la mujer más hermosa del mundo? (AY) Sí… ¿La luna es una cruel amante? ¿Tokio ya no nos quiere? La última vez que salí de Ciudad Habana pasé mucho frío. No había suficiente ron. Había poesía. Había ranas. Había poetas y narradores. Había putas y maricones. Había enanos y… enanos. No había luna. Y no, esto no ocurrió en Tokio. Tokio nunca nos quiso. Tokio jamás se enteró de que estábamos aquí, añorantes, apasionados, adolescentes púberes al umbral del misterio supremo… Si alguna vez nos follamos una vaca, Tokio nunca lo supo. Tokio es un cruel amante, y la luna es una… mira, déjame no decir lo que pienso de la luna. ¿Qué grafitti pondrías en el metro de Nueva York? VIVA LA EMULACIÓN. ¿Quién es el Enemigo? CENSURADO ¿De qué color es tu cepillo de dientes? ¿Y tú crees que voy a levantarme de esta silla solamente para ir a averiguarte de qué color es mi cepillo de dientes? ¿A quién le pedirías un autógrafo? Al primer famoso que me encuentre y que se esté muriendo. Hay que pensar en el mañana. En cuanto a los ya muertos, si los veo alguna vez, dondequiera que sea, prefiero sentarme con ellos a encender una pipa y comentar sobre lo bien (¿?) que terminó todo. ¿A quién no querrías conocer nunca? Pon el nombre de quien peor te caiga en este continuum espacio temporal en la línea de arriba, y dalo por mi respuesta. Esto se llama compañerismo, fraternidad, igualdad, de derechos, humanos, y animales, y botánicos, y hasta del plancton, vaya, que no me acuerdo si es animal o vegetal, pero que se lo comen las ballenas, tú sabes, se meten un buche de agua salada cochina y puerca y petrolera esa del océano y la filtran a chorros por entre las varillas. ¿Has tenido sexo oral con una ballena? Lo de las varillas esas que mencioné tiene su talla, tú. Te vas a acordar de mí.
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    33 y 1/tercio ¿Quées lo mejor de no tener televisión por cable? La cantidad de gente que conoces intercambiando .avi y .mpeg y .dat. Sobre todo, las chicas. El thriller de tener una serie hasta el episodio catorce y no saber si te van a caer algún día los restantes. O ver la estación tres antes que la uno y la dos. Además, la inmensa ventaja de ahorrar tubo de pantalla y corriente. ¿Dan mala suerte las niñas de 13 años? Según. Si las usas como personajes, todo puede ir bien, si mantienes el sentido común. En cambio, el mundo se te puede caer encima si son ellas las que te usan como personajes. ¿Cómo se encienden los vibropuñales? Nada más sencillo… Basta con apretar el… (¿cómo era?) Sí, viejo, colocarle la… (¿Era así?) Bueno, mira, tú lo coges y lo abres… (¿se abrían?) Okay, no lo abres… (¿o sí?) Nada, nada, fíjate, con el pulgar… (el pulgar… ¿de verdad?) ARGH!!! La verdad es que nunca había pensado en eso, tú, so jerbo. ¿Que no se te ocurre nada mejor que abochornarme en público? ¿Con qué te drogas habitualmente? Gameboy, .mp3, chocolate, google, papitas fritas, Etecsa, John Grisham, Blizzard North, nicotina, Naruto - Bleach - Full Metal Alchemist - D. Gray Man - Ranma ½, pantallazos azules, Will Cuppy, Les Luthiers, Yu-Gi-Oh, Mena Suvari… Ah, y barras de maní molido de 10 pesos. ¿Estás de acuerdo con Chris Carter: The truth is out there? En animosa batalla contra los engendros termonucleares, las mutaciones apócrifas de la historia y el papel sanitario con olor a manzana, me abalanzo sobre el recinto clausurado de mis tedios y te respondo que… Chico, ¿realmente existe un out there? ¿Cuál es la diferencia entre un gato común y un gato samurai? Veamos. Los gatos comunes no hablan, no hacen chistes pujones, no pelean contra pájaros malos con katanas, no vuelan en Catatónicos Supremos, no reparten pizza a domicilio… Aunque sí suelen caer peor que una bola de pelos en la garganta. ¿Ya están escritos los mejores diálogos? Sí, ya los escribí. ¿A qué personaje(s) de ficción te gustaría parecerte? Creo que a esos heroicos, trágicos, desdichados que terminan su historia sentados en un cuarto vacío, y soñando con salir a cazar dragones que no existen con las guitarras eléctricas que no tienen, para salvar un mundo que no tiene importancia alguna. ¿Cómo es el sexo con las musas? ¿Y con las mutantes?
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    33 y 1/tercio Conlas musas es decepcionante. Cualquier relación que no trasciende lo platónico es decepcionante. Las musas no tienen vagina. Tampoco tienen carro. L.q.q.d. Las mutantes son mejores. Tienen más de una vagina. Tienen tentáculos, aguijones, exoesqueleto. La crema, tío. Si llegas a ver algún día en plena acción a dos o más mutantes lesbianas, comprenderás. Ah, sí, comprenderás… Ah… ¿Te gustaría ser un jerbo? Documéntame sobre el perfil político-ideológico de los jerbos, y te daré una respuesta fiable. De momento, no. Hay que jugar al seguro. ¿Qué estás leyendo ahora? Orlán Twentyfive, de Juan Abreu. El Tribuna de la Habana. Esta sarta de perturbadoras preguntas tuyas. ¿Por qué recomendarías que te leyeran? No lo recomiendo. Lo EXIJO. Sobre todo los que tienen que publicarme. Después de publicado, pues… en fin, si alguien quiere… (COMERCIAL) Yo hablo de la transgresión intertextual, hablo de la glorificación de la cultura basura, hablo de sueños, de pesadillas, de traumas, de la guerra y de la paz, de los gays y los judíos, de los paramilitares y los paralíticos, mis libros hablan de todo eso. Al final todo libro es el hijo bastardo de algún otro libro. Puedo escribir sobrio, puedo escribir borracho, puedo escribir alucinado y dormido, puedo escribir inocente y culpable, puedo escribir como sea, y a veces, en mis mejores días, pienso que puedo escribir. La crítica me hará pedazos, y por eso no creo en la crítica. Todas las mujeres son mis novias. La inspiración nace de mi pene. Mi pene mide cuarenta pulgadas. Quién carajo es Harold Bloom. La literatura no existe y, por tanto, no lleva a ninguna parte. La realidad ya no es lo que solía ser. La cultura es un subproducto subvencionado y subvertido. Los géneros desaparecen. Ficción, realismo social, fantasía, horror, fábula, testimonio, ciencia ficción, todo es lo mismo. Hombres y mujeres, todo es lo mismo. Todos tenemos penes y vaginas. Todos somos subvencionados y subvertidos. Todos somos violados. Todos vivimos una realidad que no existe. Yo, por otro lado, soy un tipo maduro e inteligente. Por eso mi obra hace todo lo posible por resultar inmadura y estúpida. Es el único modo de tener público. No creo en la estética y me cago olímpicamente en la moral. La mayoría de mis amigos de la secundaria ya están divorciados y con hijos. Odio el trabajo y no vivo para trabajar, sino que sufridamente trabajo para vivir. Soy un superviviente y un sobreviviente. Mi pene, erecto, llega a medir sesenta pulgadas. Ya no soy joven y, por tanto, me niego a pasar cursos de albañil emergente. Mi dignidad la llevo bien guardada en el calzoncillo, que es donde debe estar. Me encantan las lesbianas y todas mis novias lo han sido. Todas las mujeres son lesbianas. Recelo de los maricones, y todos mis amigos lo son. Todos los hombres somos maricones. Vivo en un país libre, y por eso no tengo que estar luchando cada día por la libertad. La literatura es una soberana
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    33 y 1/tercio mierda,y por eso hago lo que me da la gana con ella. La literatura es una lesbiana, y a mí me encantan las lesbianas. La gestalt ce moi. (FIN DEL COMERCIAL) ¿Crees que los japoneses se están extinguiendo? Me pregunto qué se preguntarán los putos japoneses sobre nosotros. Si hubiera que reinventar Cuba, ¿dónde quedarías tú? En el Tibet. O el Vaticano. O en Marte o Saturno. En la luna no… Creo que ya te dije lo que pienso de la luna. ¿Qué te parece 33 y 1/3? ¿Alguna sugerencia? Le falta el ISBM(ierda). Por lo demás, muy bonito, sí, muy bonito. Se agradece la iniciativa, sí, pero… No olviden, cabrones, dedicarle alguna página a… Por último, Michel: ¿algún motivo para seguir escribiendo? Bueno, sí… (PAUSA COMERCIAL) Tenemos coño que escribir porque si no escribimos coño no escribimos nada. (Un momento) Tenemos (coma) coño (coma) que escribir (coma) porque si no escribimos (coma) coño (coma) no escribimos nada. (Ahora sí (coma) coño.) (Y seguimos el COMERCIAL…) El que no escribe, no come. Y el que escribe, no come tanto como el que no escribe. Pero esta es la vida que nos ha tocado vivir. Una vida dura2. Una vida sin cama de rosas, sin crucero de ocio, sin cascos para motoristas. La vida, cual vasto cristal azogado, túrbida recurrencia de arcanos carruseles, distante turbamulta en la penumbra oscura y sombría del día del radiante mañana luminoso de la aurora de la Humanidad de las personas… Por eso (coma) coño (coma) hay que escribir (punto) Para hablar de todas estas cosas, porque hay que hablar de estas cosas, y nunca callar estas cosas que no deben ser calladas. Masturbadme, no importa, la histeria me disolverá. (FIN DEL COMERCIAL) P.D.: ¡Ah, porque al final no te dicho aun lo que pienso de la luna…! Pues te jodes, porque tú tampoco me has dicho lo que opinas de los interruptores. Y te saco la lengua. Cambio y fuera. GAME OVER Se acabó. Koniec. Made in gao. Abur. Dasvidania. Sayonara.
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    33 y 1/tercio ¡HENTAI!...qué digo… ¡BANZAI! Y chao. Hasta la próxima. Si es que hay próxima. Si es que hay luna. Si es que hay algo. Algo que escribir, claro. Porque hay que escribir (coma) coño. Apaga, que pusieron el patrón de pruebas. Ahorra corriente. Mira que subió la cuenta. Voy a bañarme. Y después al cine. No… no voy a ver La batalla de Moscú. ¿A ti te gustó La batalla de Moscú? Chico, no sé, la verdad. Muchos tanques. Eso sí (coma) coño. Muchísimos tanques. Ah, la infraestructura industrial socialista. No falla. Muchos tanques. Y en Afganistán también. ¿Quién lo hubiera dicho? Coño. Y ya ves cómo estamos. Conozco a pila de gente con cáncer de piel. ¿La capa de ozono esa no fue la que Walter Raleigh puso a los pies de la Reina Isabel? ¿Ah, no? Coño. Yo hubiera jurado. ¿Juras decir la verdad? ¿De verdaaaaad? Tú eres un tipo listo. Igual que yo. Vaya (coma) que me cae bien la revistica. ¿Cuánto pagan, por cierto? Sí, viejo, por las colaboraciones y… ¡EEEEEHHHHH! ¡Ah, pues te vas pa´l carajo! Coño. replay
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    33 y 1/tercio michel encinosa fú (la habana 1974 – tokio ¿?) buenas noches, claudia Un asesino profesional siempre será un ladrón, cuando menos, competente. La relación inversa, por algún raro motivo, tiende a fracasar. Por eso, mientras Claudia se desangraba en el piso, yo solo pensaba en ayudarla. Los profesionales del hurto solemos eludir muchos errores, excepto uno, el fundamental; nunca robes a alguien conocido. Y entre los conocidos, evita sobre todo a tus padres, tus amigos, y a esa persona especial que parece tener todo lo que tú deseas, incluyéndose a sí misma en el lote. —Aguanta, Claudia, por favor —le rogaba yo, sin dejar frotarme la boca, las cejas, las sienes, la frente, la nariz, en esa pantomima tan frecuente del desespero. Ella asentía, desde el piso, apretándose la barriga con ambas manos. —Aguanta ahí, regreso enseguida, te juro que regreso —y yo salía corriendo para la calle, sin pensar siquiera en que necesitaba tiempo para pensar, inventar una fábula, ponerme de acuerdo con ella, porque eso sí, seguro, nos pondríamos de acuerdo, ella no me iba a delatar, ella iba a entender, ella siempre entendía. La calle era un túnel con dos finales oscuros. Elegí el de la derecha. El opuesto al que yo había usado para venir. Puro instinto, supongo. Todo había salido tan bien. La copia de su llave. Las pistas falsas en la ventana de la cocina, incluso en el césped del patio. El recorrido planificado, contando los segundos en silencio. Sala, cuarto de sus padres, cuarto del hermano. El botín colocado por severo orden en la mochila. DVD, dinero, incunables del 1700. Ni un gesto de más. La avaricia es una trampa. Y entonces, al doblar la esquina del pasillo, la puerta del baño, de golpe la luz, ella sin un grito, valiente, siempre valiente, mi Claudia, con el cuchillo derecho a mi barriga, triunfante, mis manos nerviosas, los reflejos inevitables, el cuchillo en su barriga, y la sangre, toda esa sangre en la oscuridad, después fluyendo hacia la línea de luz de la puerta del baño, como si se hubiera roto un pomo de jarabe. «Apriétate ahí», le dije un minuto después, y le cogí las manos y le enseñé cómo.
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    33 y 1/tercio «Enano…Eres tú.» «Sí, espérate, déjame pensar… ¿Te duele?» Me quedé sin respuesta. Pensé con esperanza y susto que estaba desmayada, pero no. Con los ojos entreabiertos, solo respiraba, respiraba de a poquito, rapidito, y después apretaba los ojos y empezaba a lloriquear con unos soniditos… Ahora iba por la calle mirando las ventanas y las puertas. Si no fuera por esas cercas de alambre tan altas, esos candados, esos perros en lo oscuro. Pensé en tirar piedras contra las ventanas. No había piedras. Tirar latas, entonces. No había latas. Era el residencial más limpio de la ciudad. Modelo de urbanidad, ejemplo de civismo. Sacudí algunas rejas. Manipulé algunos cerrojos, metiendo los dedos, rasgándome la piel de las muñecas. Inútil. Llamé; “Oigan, por favor, hola, buenas noches, oigan, oigan oigan, por favor”. Todo siguió apagado. Solo salieron algunos perros, a tirarse iracundos y suicidas contra su lado de las cercas, y otros a olerme de lejos, con el rabo entre las patas. A las cinco cuadras desistí y regresé corriendo. ¿Cuán difícil podían ser unos primeros auxilios? Ella me miró desde el piso. Una cara negra, con dos puntos de luz. —No me sale nadie, en ninguna casa… —le expliqué—. ¿Es muy hondo? —El teléfono, comemierda —me respondió. Solo para complacerla, fui a la sala, marqué números: —No hay línea. Yo mismo la había cortado. No era necesario, pero, la tradición, la buena escuela. —Enciende la luz. Obedecí. Quedé medio ciego unos momentos. Tanto cristal, tanto plástico plateado, tanta pared blanca. Tanta sangre brillante. Ella también la vio: —No, Enano, apágala. Obedecí. —¿Qué vas a hacer? —exigió. —Déjame ver. ¿Puedes moverte un poco para allá? —indiqué el trapecio iluminado del piso, frente a la puerta del baño. Era solo un metro. Ella asintió. Me agaché para ayudarla, metiendo las manos por debajo de su muslo. Ella lo intentaba empujando con la espalda. Hacerlo con las piernas, obviamente, era doloroso. Yo agachado no tenía buen apoyo. Me arrodillé.
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    33 y 1/tercio Pareciófuncionar, al principio. Después empecé a resbalar en la sangre. Ella soltó un gritico. Yo me caí sobre su regazo. Ella se olvidó del dolor y empezó a patalear y a darme piñazos. Yo consideré que era suficiente, ya podía ver mejor. —Estate quieta, Claudia, por favor, déjame ver. Le aparté las manos, levanté el pulóver. Un corte limpio, en L, al sur del ombligo, tirando a la izquierda. —Aguanta ahí otra vez, un momento. Saqué una toalla del baño y se la apliqué. Después, a falta de algo mejor, traje una sábana y la enticé, apretando bien. Incluso hice un torniquete con una flauta. Su flauta. Me pareció lo más adecuado. Me estaba convirtiendo en un experto. —¿Quieres algo? —Que acabes de traer una ambulancia, coño, Enano, coño. Me alcé, dispuesto a salir corriendo otra vez. —No, espérate, tráeme un poco de agua. Juzgué que la fría no era conveniente, así que cogí de la pila. Le llevé el vaso. —Fría, coño, Enano, agua fría. Le traje de la fría. —¡Me duele! Tiró el vaso contra la pared. —Creo que se me está saliendo por el hueco. El agua fría. Mira a ver. Puse la mano. Parecía que sí. No lo sabía de fijo. El estómago no queda tan abajo. No recordaba en qué ángulo había entrado el cuchillo. Tampoco tenía forma de averiguarlo, como no fuera metiendo los dedos. No creí que ella me fuera a dejar. —Dale, coño, Enano, no te quedes ahí, trae a alguien, a cualquiera. Salí otra vez a la calle, en dirección opuesta, a la avenida. ¿Por qué lo había hecho? Porque es lo que hago. ¿Por qué a ella? No. No a ella. A sus padres, a su hermano. Tenían de todo y de sobra. De todos modos, ¿por qué en su casa? Ella era mi persona especial. Eso tenía que significar algo. Cuando menos un “eso no está bien”. Pero ella me llamaba Enano. Cuando una mujer te llama por tu apodo, en vez de por tu nombre, puedes olvidarte de cualquier oportunidad. Si te llama por tu nombre, cuando todos los demás te sacan el apodo, eso significa algo. Si no es así, pues a silbar a la vía. A lo mejor fue por eso.
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    33 y 1/tercio Laavenida. Un túnel iluminado hasta ambos confines del mundo. Autos escasos, veloces, muy veloces. Traté de detener algunos, pero terminé lleno de polvo y hierba. Me tiraba hacia un lado en el último segundo antes de convertirme en plasta. —¡Oye, man! Un bicitaxi. Ilegal, en la avenida. Corrí hasta él. Tan pronto me vio lleno de sangre, el tipo le metió a sus pedales y se perdió por una esquina. Derrotado en mi segundo round, regresé. —No puedo parar nada en la avenida. Tú sabes, Claudia, si yo fuera una muchacha como tú, en minifalda, a lo mejor… Mi chiste no fue bien recibido: —Mira que eres comemierda, Enano, coño… A tres cuadras por la avenida hay una embajada… No sé de dónde, pero es una embajada. Tiene que haber un custodio, con un teléfono, un radio, yo qué sé… —Enseguida —me sentía el non plus ultra de la eficiencia. —Espérate. Ven acá. Me incliné sobre ella. Cogió mi camisa y tiró hacia abajo. Casi me derriba: —Ahorita me dio un mareo… Y me empezó a doler… ¿Me voy a morir, Enano? —No, carajo, no te vas a morir —la miré como si fuera estúpida. Yo aún no había pensado en eso, y empecé a preocuparme. Mucho. —¿Quieres más agua? —No, más agua no. Pero tráeme un libro. Así se me pasa todo más rápido… Fui a su cuarto y le traje Drácula. —No, ese no. Otro, el que está junto al mouse. Purificaciones, de Empédocles. —Bueno, dale, Enano, dale. Ya en la esquina di media vuelta, volví a toda carrera y pregunté desde la puerta: —¿Tres cuadras para la izquierda o para la derecha? —Avenida arriba, coño. Obviamente, su arriba no era mi arriba. Tres cuadras en la dirección errónea, seis cuadras en la correcta. El custodio tan pronto me vio se llevó la mano al arma: —Hey, párese ahí, coja por la otra acera, por favor. —Mire, tengo una muchacha herida, me hace falta…
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    33 y 1/tercio —Llamea la policía, o al hospital. —El problema es que no puedo… —Hey, no me busque líos, mire que esto no es de juguete —sacó el arma a medias. Era un hombre mayor, con unos espejuelos así de gordos. Sus ojos parecían los de un marciano. Tenía una panza que ni Oliver Hardy, y las piernas gambadas. —Mire, si usted pudiera coger ése teléfono… —señalé al que tenía en la garita. —Siga, circule… O no, párese ahí, que ya resolví su problema. Por la avenida se acercaba un patrullero. El custodio le hizo señas con una linterna. Yo casi lo abrazo. El auto frenó, los policías se bajaron. Casi los abrazo. Lo primero que hicieron fue tirarme contra el asfalto y esposarme. —Miren… Una muchacha herida… Con un cuchillo… A unas cuadras de aquí… —No le hagan caso, es un bandolero —les explicaba el custodio, y ellos, conduciéndome al auto, asentían como bien entendidos. Ni siquiera me bajaron la cabeza para meterme dentro. Tumbado en el asiento de atrás, con la nariz partida, les seguí diciendo, pero ellos respondieron con notoria suficiencia: —Está bien, vamos a ver. Y estate quieto. Una cuadra, dos cuadras… —Doblen por aquí para abajo. El auto inició el giro, pero no lo terminó. Aceleró de nuevo y frenó de golpe. Ellos salieron de estampida. Asomé la cabeza por la ventanilla. Por el medio de la avenida corría un tipo, sacudiendo una mochila. Tras él iban dos mujeres muy pálidas y rubias, en shorts caqui y camisetitas, gritando en un idioma desconocido. Los policías le salieron al paso al tipo, lo derribaron, le incautaron la mochila. Las dos mujeres se les acercaron, ya sin resuello. Vinieron todos para la patrulla. Subieron. Quedé comprimido contra la puerta. Me aplastaba una de las mujeres, de buen cuerpo, pero muy grande, con un escote coloradísimo. Ni siquiera me miró. El tipo iba entre las dos, esposado. Me miró como a un primo muy querido. La patrulla salió quemando gomas, ignorando mis protestas: —¡Que era por aquella esquina, coño, por aquella esquina! —Después, esto tiene que ser primero —aclaró el copiloto—. Ya hicimos la noche. Tres segundos después, las mujeres empezaron a hablar en su jerigonza semivikinga o cuasieslava. Tres segundos después, empezaron a insultar al tipo. Tres segundos después, una le espantó un piñazo. La otra la secundó. El tipo respondió tirando el cuerpo sobre una y sonándole patadas a la otra. La
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    33 y 1/tercio queme aplastaba, supongo que sin intención, me hundió un codo en el cuello. Luego, en la oreja. El auto zigzagueó, se detuvo, los policías se bajaron y sacaron los palos. Una patada empujó a la mujer que me aplastaba, y por eso caí contra las caderas del policía que abrió por mi lado. Rodamos por el asfalto. El tipo, ni corto ni perezoso, mordía a la otra en las tetas. Unos palos se alzaron y otros bajaron. Algunos sobre el tipo, otros sobre las tipas, y otros sobre mí. Quise llorar. Una de las mujeres, hecha un manojo de gritos, se le prendió a la cintura a un policía y le sacó la pistola. Un Ford Sierra pasó junto a nosotros, como un relámpago rojo. PAM PAM PAM PAM PAM PAM… El tipo quedó de rodillas frente a la puerta del auto, con la frente apoyada en el asiento. El policía que me pacificaba saltó hacia atrás, empujado por otra bala. El otro se mandó a correr, y le tocaron dos tiros. La otra mujer se acercó a su amiga para tranquilizarla, y recibió la suya en la cabeza. Ella no me podía ver, de momento, porque yo estaba en el suelo, al otro lado del auto. Le saqué las llaves a mi policía, y en cuanto vi aquellos pies en Adidas empezar a contonear el vehículo, salí a todo tren. De todos modos, no escuché más disparos. Cargador agotado, tal vez. Muy posible. Traté de abrir las esposas mientras corría. Era inútil. Tuve que detenerme bajo un farol. Un Willys pasó lleno de Hip Hop y chicas encueras. Me silbaron. Arrojaron una lata de cerveza, que cogí al vuelo. Estaba mediada, y fría. La bajé hasta el fondo con un buche. Claudia parecía dormida, pero no. —¿Ya vienen? —Sí, ya vienen —le respondí. No tenía valor para desmentirla. Y de todos modos, era cierto. En algún momento, por fuerza, vendría alguien. —Ven, Enano, siéntate aquí. Ya no le quedaba mucho volumen. Daba la impresión de oírse en mono, en vez de estéreo. También podía ser el codazo en mi oreja. Chapoteé con mis nalgas en su sangre, hasta quedar más o menos cómodo. Quise sugerirle que se recostase a mí, pero no lo juzgué conveniente. Podría aumentar la hemorragia. —¿Me habrá jodido un ovario? —se preocupaba ella—. Yo quiero tener hijos, Enano. Tres niños. Un varón, una hembra, y otro varón… Me duele, Enano. —¿Tienes pastillas? —¿Qué clase de pastillas? —De las que son para el dolor. —Sí, mira a ver en el baño.
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    33 y 1/tercio Fuia ver. Le traje pastillas. Yo también tomé. Las bajamos con TuKola. Fría. Apenas lo sintió. Apenas parecía sentir nada. —¿Qué hora es, Enano? —Ahorita amanece —mentí, y saqué los cigarros. —Creí que lo estabas dejando. Que estabas fumando a partir de las cuatro de la tarde y hasta las ocho de la noche. Yo lo pensé un poco y respondí: —Ahora son las siete de la noche en Buenos Aires. Encendí el cigarro. Ella tenía el ceño fruncido, como calculando. Desistió al fin, y prestó atención a su barriga. Se palpó con timidez el entizado de sábana: —Esto me aguanta la sangre, ¿verdad? —Claro que la aguanta —solté un chorro de humo. —Tengo hambre… Quiero decir, creo que tengo hambre. —Mejor no comas nada. —No es eso. No tengo ganas de comer nada. Pero creo que tengo hambre. No se lo discutí. Me sentí magnánimo. —Se demoran. —Siempre se demoran —expliqué—. Si quieres salgo a la calle por si los veo pasar. —No. Quédate. Conmigo. Unas horas antes aquellas palabras habrían sido maravillosas. La imaginé en su cuarto, en su cama. Me imaginé en su cuarto, en su cama. Lo imaginé todo, absolutamente todo. Debí imaginar un buen rato, porque cuando el cabito me quemó los dedos, ella parecía dormida. Esta vez, de verdad. La sangre ya mojaba mi mochila, tirada en medio del pasillo. La casa tendría algún desnivel. Me levanté, puse mi mochila en el sofá de la sala, y encendí el televisor. Estática. Lo apagué. Encontré una discman, sobre la mesa. Me puse los audífonos. PLAY. EL soundtrack de Farinelli. Se al Labbro Mio non Credi. Nunca me gustó. Saqué el CD, y metí la discman en la mochila. Fui hasta ella y la miré de cerca, impunemente. Podría darle un beso. La sangre en su short empezaba a secarse. El libro estaba en el piso. Se me antojó aburrido. Lo hojeé un poco. Era aburrido. Si regresaba hasta el patrullero, cogía la otra pistola, y empezaba a disparar al aire, alguien me haría caso. Podría detener un vehículo a tiros… Demasiadas películas. Ella dijo algo. Me le pegué un poco más:
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    33 y 1/tercio —Tengocalor, Enano. Eso iba en contra de la teoría, pero no se lo discutí. —Tengo calor, coño, sácame para el portal. —Mejor no. —Que me saques para el portal, coño. ¿Tú no estás enamorado de mí? ¿Tú no llevas como un siglo queriendo estar conmigo? Entonces, sácame para el portal, y después hablamos de eso. La sangre medio seca estaba pegajosa. Era un buen apoyo. La alcé en brazos. Ella gimió y me mordió el hombro. Bendita fuese. Claudia, mi amor. Ya en el portal, me dio miedo soltarla. Podía hacer un mal gesto. Miré los sillones, el columpio. Desconfié. A ella parecía darle igual. Respiraba en mi cuello. Con las manos sobre el pecho, como una madonna. Salí para la calle. Hacia la avenida. No pesaba mucho. —¿Para dónde vamos, Enano? —A dar una vuelta, necesitas aire. —¿Y si llegan…? —Nosotros los vamos a ver. Una ambulancia, las luces, azules y rojas, los vamos a ver, no te preocupes. En la avenida, me recosté a un farol. Ya no me sentía los brazos. Busqué apoyo en mi propia barriga. Sentí mis dedos insensibles. Como una burla, ella me los acarició. —Tienes unas manos lindas, Enano. ¿Te gusto mucho? —Mucho, muchísimo, Claudia. Un Volvo esmeralda pasó como un espejismo. Ella no lo notó. Yo, apenas. —A lo mejor, cuando me ponga bien, hablamos de eso, ¿okey? Asentí. La emoción me embargaba. Un madrugador pasó joggeando por la otra acera. Ni siquiera nos miró. Lo estudié con envidia. Era musculoso. Buenas piernas. Como el novio de Claudia. —Claudia —la llamé. Ella me susurró algo así como: —Detente, instante, eres hermoso. —¿Claudia? —No es contigo, comemierda. Suspiré. Al rato volví a llamarla. Ya no respondió. Un ómnibus de turismo —Horizontes—, pasó como un señor, dueño de la avenida. Por una ventanilla con la cortina corrida vi a una vieja. Tenía una
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    33 y 1/tercio verrugaen la frente. Inmensa, la verruga. Durante varios segundos no pude quitarme esa imagen de la cabeza. Bajé a Claudia al suelo y la apoyé contra el poste del farol. El entizado la hacía parecer preñada. Mis dedos empezaron a pinchar, recuperada la circulación. Les di masaje. Los chupé. Los hice sonar. Seguía oyendo en mono. Y el oído sordo me dolía. Mucho. Regresé a la casa, cogí mi mochila y cerré la puerta al salir. Al final de la calle, donde había dejado a Claudia, ya clareaba. Me fui en dirección opuesta, fumando, pensando. Sobre todo, pensando en que las verrugas eran unas cosas muy feas. Ojalá no me saliera ninguna. Nunca. ●●● helena y la insularidad postergada Playas sin fin a merced de un horizonte azul, casonas coloniales, muchachas perfectas en bañadores minúsculos. CUBA: AMISTAD SIN FRONTERAS —¿Dónde queda eso? —Annia asalta a Agnes y le arrebata el folleto. Calles empedradas, vitrinas deslumbrantes, cervezas espumosas, CUBA: UN SOLO EDÉN, UNA SOLA OPCIÓN —Creo que es una isla —opino al azar. Ellas se alborotan: —¿Sí? ¿Igual que nosotros…? ¿Y dónde está? ¿Se puede ir en avión? Cabarets, pasarelas, avenidas preciosas, autos preciosos, gente preciosa. CUBA: COMPLACERLE ES NUESTRO OFICIO Ellas tiemblan de entusiasmo: —Miren toda esa gente… Parece genial. —Debe ser genial. Debe serlo. —Queremos ir —dicen, y se comen las fotos con los ojos. Leen en voz alta los teléfonos, los nombres, los servicios, las categorías. —Seguro es carísimo —regreso a mi bordado—. Todo eso es caro, siempre. —Ay, Helena, déjanos vivir la ilusión. De repente se las ve tristes, y yo, de repente, me veo triste.
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    33 y 1/tercio Perome encojo de hombros, elijo otra aguja, otro hilo, otra tela. Enhebro y corto el hilo con los dientes. Odio las tijeras. En este mundo, dondequiera que mires, hay tijeras. Muchas tijeras, demasiadas. Tanta gente usando tantas tijeras para tantas cosas. Da miedo. Por eso uso los dientes. A fin de cuentas, para otra cosa no me han servido. Hasta ahora. Y de todos modos, en Cuba, donde quiera que esté, la gente seguro usa tijeras. Y relojes digitales, y llaves inglesas, y almohadas. Y gente. La gente usa a la gente en todo el mundo. Eso queda fuera de toda sospecha. —Tenías razón —dice Annia, desde la oscuridad—. Es una isla. La encontré en un Atlas. Está en medio de un mar, junto a América. —Ya ves —digo yo, desde la oscuridad—. Al otro lado del mundo. —América no está del otro lado del mundo —protesta Annia, y me mira con sospecha desde la oscuridad—. Oye… ¿Tú sabes dónde queda América, verdad? Yo me encojo de hombros. Nunca me he interesado por ese tipo de cosas. Sé que en América hay indígenas, indigentes e Indianápolis. Ninguna de las tres me da ni frío ni calor. —Pero podríamos ir —dice Agnes, desde la oscuridad—. No va a salir más caro que visitar la Antártica. O el Tibet. O Polonia. —Sí, claro, tú has viajado mucho, tú lo sabes bien —le replico desde la oscuridad. —En Polonia hay bares muy bonitos —dice Annia. —Los polacos son una mierda en la cama —agrega Agnes. —Qué sabes tú —protesta Annia. —Son peores que los eslovacos —insiste Agnes. Yo callo. Desde la oscuridad del balcón, la ciudad oscura es casi hermosa. Si no fuera por esos dientes afilados que enseña desde su garganta seca, por esos gritos anónimos, por esos niños robóticos.
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    33 y 1/tercio Sino fuera por esos dientes… —¿Qué hora es? —Annia se reacomoda contra la baranda. —Temprano —replico—. La quitaron hace solo dos horas… ¿Quieren jugar a algo? ¿A Y si fuera…? ¿A Cuál es la capital de…? ¿A algo? ¿Quieren jugar a algo? —La luna está linda —comenta Agnes, sin mirar al cielo. En los oscuros charcos de las calles oscuras de la oscura ciudad, las estrellas y la luna flotan serenas, quebradas a cada instante por miles de ruedas y pies histéricos. —Hoy todo el mundo anda apurado —señala Annia. —Hoy Alfredo andaba apurado —añado yo. —¿Cómo te va con él? —pestañea Agnes, sin mirarme. Yo acaricio con dedos ciegos mi caja de hilos y recortes de revistas de confecciones: —Me va. —¿Te gusta? —Sí. Me gusta. —¿Y tú le gustas? —Todos los días me dice que soy una muchacha muy bonita e inteligente. —¿Y a los demás? —A los demás, ¿qué? —Qué dice sobre ti a los demás, a sus amigos, tú sabes… —Les dice que soy una muchacha muy bonita e inteligente. Por allá abajo alguien persigue a alguien. Pueden ser un ladrón y su víctima. Pueden ser la víctima y su asesino. Puede ser un juego. O un simple error. —Eso es terrible, Helena —dice Agnes al fin, alzando la mirada. Pero no hacia mí, sino hacia el cielo. La luna y las estrellas flotan en sus ojos. —Sí —replico—. Es terrible —y me levanto para atender el teléfono. Es Alfredo: —Oye, hoy voy a llegar un poco más tarde… ¿Por qué no te asomas al balcón y miras si esta noche hay algo en el cine-teatro, alguna de esas funciones de medianoche? Obedezco. Tras volver a romperme la rodilla con la esquina de una silla, y volver a romperme la frente con el estante de las fotos de familia, salgo al balcón.
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    33 y 1/tercio Elcine-teatro oscuro semeja un campo de concentración evacuado y bajo techo. Me rompo los ojos tratando de leer los apagados neones. Regreso al teléfono: —A las doce. Concierto de Energía Total. —¿Son buenos? —No sé, no los conozco. —Bueno, pues embúllate. Estate bañada y vestida. Chao, amor. —Chao, amor. Chao. Agnes y Annia voltean sus oscuras cabezas hacia mí cuando me siento de nuevo junto a ellas en la oscuridad. Les explico. Ellas suspiran oscuramente. —¿Y es así a menudo? —pregunta Agnes. —Así es siempre, ahora —le respondo. —¿Tú sabes, no? —insiste Annia. —Sí, yo sé. Alfredo ya no se baña conmigo. Alfredo se demora, y luego me saca a la calle. Después tendremos, por supuesto, mucho sueño. O al menos, él tendrá mucho sueño. Y yo, por supuesto, seré comprensiva. A veces quisiera preguntarle a Alfredo cómo se llama ella. A veces. Dos balcones a la derecha, alguien se caga en la madre del gobierno. Un balcón abajo, alguien canturrea una marcha patriótica. Tres balcones a la izquierda, alguien arranca gemidos de alguien; puede ser un ritual vampírico, un asesinato impremeditado, una violación permisiva, un asalto a las cosquillas, o un simple error. —Y ya no hay velas —comenta Agnes. —Ya no hay velas —confirmo. —Ya no hay nada —piensa Annia en alta voz—. Nada de nada. Y es verdad. Desde la oscuridad de sus calles y balcones la oscura ciudad se contempla a sí misma, y cierra los ojos. No hay nada que ver. Ni bueno, ni malo. Ni lindo, ni feo. Ni nuestro, ni ajeno. Nada de nada. Agnes y Annia, acostadas hombro con hombro sobre la cama, sus cabezas muy juntas, balancean los pies en alto y teorizan sin parar: —¿Cómo surgen las islas?
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    33 y 1/tercio —Creoque se levantan del fondo del mar. —Yo pensaba que eran montañas que sobresalían del mar, y se iban desmoronando hasta crear un sedimento… o algo así. —También pueden surgir de arrecifes coralinos. —¿De verdad? Termino de calcar un motivo de bordado, y propongo: —Puede ser que alguien las separe de los continentes. Alguien con una tijera. —Tendría que ser una tijera muy grande —opina Agnes. —Sí, muy grande —la apoya Annia. —Demasiado grande —concluyo, con un escalofrío. Demasiado. Marea de solo pensarlo. ¿Y allá es donde quieren ir estas dos locas? ¿A un pedazo de tierra recortado por una tijera semejante? Están locas. Dios me libre de eso. —No veo qué gracia tiene irse de una isla para vivir en otra —protesto—. El hombre aprendió a caminar antes que a volar o navegar. En general, qué sentido tiene vivir en un lugar del que no puedes irte caminando. —Qué pesada eres —protesta Annia. —Sí, qué pesada —protesta Agnes. Seré una pesada, sí, de verdad puedo serlo. Tal vez sea la alarmante sensación de vivir en una casa, en una ciudad, en una nación que flota en una piscina sin fondo. Tal vez sea añorar esos trenes que cruzan las fronteras; esas barreras rayadas que se alzan y bajan con solo pulsar un botón oculto en una garita; esa mareante circunstancia de hablar con alguien que nos replica en otro idioma, con una línea invisible entre ambos; esa posibilidad de dar un simple paso y visitar otra realidad, u otra ficción. Vivir en una isla significa rebotar constantemente contra el aire. Significa chapotear en un círculo vicioso de rumores y presunciones. Significa mirar el mundo de lejos y a través de un filtro, ser libre dentro de un perímetro invariable, no poder imaginar ni entender ni aceptar qué es la vida fuera de una isla. Por eso se dice que cada cual es una isla. Pobres de nosotros. Agnes y Annia esperan que yo diga todo esto, pero las decepciono. Comparo dos hilos, dos tonos de azul, escojo uno. Decepcionadas, ellas se van.
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    33 y 1/tercio Siemprese van, siempre las decepciono. A mí, ellas también me decepcionan. Pero como soy una isla, no puedo irme a ninguna parte. Se necesita una isla para entender a otra. O para inventar a otra. El locutor, grave y enfático, nos habla de inundaciones en la cuenca del Río Amarillo, de disturbios en Belfast, de asesinatos en Bagdad, de francotiradores en San Francisco, de violaciones infantiles en Bogotá, de coches bomba en Jerusalén, de gases tóxicos en el metro de Moscú, de huelgas en París, de terremotos en Hokkaido, de incendios forestales en los Cinco Lagos, de guerras de skinheads en Oslo, de SIDA en África, y de la Copa Mundial de Fútbol. Luego nos habla de nuestros hospitales, escuelas, fábricas. Nos habla de nuestros proyectos científico-técnicos, comunitarios, urbanos, rurales. Nos habla de éxitos y victorias. Y de la Copa Mundial de Fútbol. Agnes y Annia se comen la pantalla con los ojos, pero no sale nada sobre Cuba. El locutor introduce un reportaje sobre el sobrecumplimiento anual en nuestra producción de infusión de cañasanta para lactantes y personas en la tercera edad, y Agnes y Annia concluyen: —Es maravilloso. ¿Estás mirando, Helena? —Sí, lo estoy mirando todo. —Tiene que ser un lugar, no sé, especial. Parece que allí nunca pasa nada. —Sí, eso parece. —Entonces, ¿vamos en las vacaciones? —insiste Agnes. —A mí hasta me dan ganas de vivir allí —agrega Annia. —Ya veremos —replico, y sigo examinando mis agujas. Todos los días pierdo agujas. Todos los días. No sé dónde se meten. Si no fuera porque Agnes y Annia son mis mejores amigas, sospecharía. Oh, sí, sospecharía. Pero, no. Ellas están por encima de toda sospecha. El locutor regresa. El locutor, también por encima de toda sospecha, afirma que, por encima de toda sospecha, este año aumentará nuestra producción de tijeras y agujas de nueva aleación nacional, fruto del esfuerzo de cientos de especialistas de la industria siderúrgica. Todo eso está por encima de toda sospecha. A mí nunca se me ocurriría cuestionarlo. Nunca. Agnes y Annia cuestionan ese tipo de cosas todo el tiempo. Ellas lo cuestionan todo.
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    33 y 1/tercio Perono yo. Tengo mejores, y también peores, asuntos en que invertir mi tiempo. Y no estoy loca. Annia llega con un rollo de periódicos: —¡Esto es increíble! ¡Miren! ¡Miren todo esto! Agnes obedece a la carrera, y me arrastra. Son periódicos cubanos. Ambas leen al azar, en alta voz. Yo los miro por encima y los aparto. No me interesan. No traen modelos de confecciones. —Su programa social es mejor que el nuestro… —comenta Agnes—. ¡Y miren todo lo que dice aquí sobre cursos de superación para mujeres profesionales! —La actividad cultural es alucinante —corrobora Annia—. Festivales de teatro, de cine, de música electroacústica… Galerías de arte digital… Publicaciones con tiradas inmensas… ¡Ferias del Libro! ¿Están viendo? ¡Ferias Internacionales del Libro! —Espacios de polémica y debate sobre temas cívicos… —Crítica especializada… —Humor gráfico... Oye, miren, ¿esto no les da risa? A mí me mata de risa… —Salud, nutrición, medicina verde… —¡Tienen cinco canales de TV! —Escuelas para extranjeros… Colaboración médica internacional… Urbanización óptima… Regulaciones salariales ventajosas… Ofertas comerciales que superan la demanda… —Gran inversión en el turismo… Oye, eso tiene que ver con nosotras. —Con ustedes, querrás decir —me hago a un lado, mareada por tantas palabras y palabras y palabras. Annia y Agnes sacan unas tijeras y empiezan a recortar. Yo, prudente, me alejo hasta un rincón, y saco las uñas como un gato. —Vamos a hacer un dossier CUBA —dicen ellas—. Todo esto es muy importante. Yo me encojo de hombros. Quién sabe, tal vez en Cuba alguien haga álbumes sobre nuestro país. Con recortes de nuestros periódicos, quiero decir. Por lo pronto, en estos periódicos ante mí no hay una sola palabra sobre nosotros. Ni una sola.
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    33 y 1/tercio —Nopensé que fuera tan difícil —Agnes nos muestra unos itinerarios de vuelo, garabateados en su agenda. —¿Y cuál es el problema…? —Annia descifra las notas, lentamente—. Oye, esto es como dar la vuelta al mundo. —No hay vuelos directos —explica Agnes—. Hay que llegar por terceros países. Creo que por culpa de alguna bobería política… —Ya decía yo —replico, mirando los pocos carretes de hilo que me quedan. —Tú no dices nada —se enfurruña Annia. —Me estoy quedando sin hilo —explico. —Y eso a quién le importa —dicen ambas, y me dejan sola. Pues a mí, claro. A mí me importa. Alfredo llega y me da un beso: —Acabo de ver a tus amigas con cara de perros. ¿Qué pasó? Elijo la versión corta: —Es que me estoy quedando sin hilos. —Ah —sonríe él—. ¿Y eso qué importa? Yo sonrío: —Nada. Nada de nada. Él me abraza por detrás, me palpa los senos, mete una mano entre mis piernas: —¿Tienes ganas? —¿Tú tienes ganas? —Yo sí, tengo ganas. —Yo no sé. —¿Y después? —A lo mejor. Sí, seguro, después. —Está bien —dice él, y me suelta de inmediato—. Eso no importa. Y es verdad. No importa para nada. Eso queda fuera de toda sospecha. Cansadas de Dior, Armani, Adidas, Phillips, Sony, LG, Aiwa, Maxell, JVC, Daytron. Ahítas de tanto sport wear, DVD, walkman. Asqueadas de Ultramar, Ediciones B, Grijalbo, Penguin. Atontadas por tanta gente, tanto dinero, tanta bulla.
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    33 y 1/tercio Salimosde la locura y entramos en otra. Pero esta dice: Tienda Experimental. Y es muy divertida. Agnes se prueba una chapka de piel, una chapka verdadera de piel verdadera. Annia trastea en unos archivos desvencijados y recomidos por el comején. Agnes examina muy atenta una grabadora defectuosa. Annia se mete dentro de un traje de protección de amianto. Yo vago, maravillada. Me detengo, maravillada. Las llamo, maravillada. Y las tres, maravilladas, decimos: ¡Ah! Una cámara fotográfica de trípode y magnesio. Objetivo extensible, como un acordeón. La lona para cubrirse la cabeza y no velar la placa. Está completa. Vaciamos los bolsillos sobre un mostrador. Dos cuadras más allá de repente nos detenemos, nos miramos, nos preguntamos qué diablos hemos hecho, y cómo, y por qué, y para qué. Pero ya eso no importa. Como mi casa es la más cercana, allí dejamos el trofeo. Quiero decir, allí me lo dejan. Así, sin más. Y se van a tomar helado. Las muy putas. Yo me quedo mirando la cámara, un largo rato. Luego busco unos trapos y empiezo a limpiarla. Para algo servirá. Aunque solo sea para rompérsela en las costillas a Alfredo cuando regrese esta noche. Es tarde y Alfredo no ha regresado. Si me fijo bien, notaré que falta toda su ropa, e incluso dos o tres de mis prendas. Notaré que falta algo de vajilla, y el radio, y el ventilador. También notaré que faltan los aretes de oro de mi abuela, el despertador enchapado en plata de mi otra abuela, y mi kit de maquillaje. Todo eso notaré si me fijo bien. Sin embargo, prefiero no darme por enterada, al menos hasta que pase un buen rato. Al menos, hasta que Alfredo esté, al menos, a cien kilómetros.
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    33 y 1/tercio Loprefiero así, porque desde hace un rato —muy breve— ando por la casa con unas tijeras cerradas en la mano. Y no estoy loca. Es decir, prefiero no estarlo. Acostadas en la azotea, sobre esterillas y al sol. Desnudas. Es la única ventaja de vivir en un edificio alto. Tenemos toda la tarde. El elevador está roto, y Agnes y Annia tienen el día perezoso. Ahora que subieron, no están dispuestas a bajar hasta que anochezca por lo menos. O hasta mañana. O hasta el mes próximo. O hasta nunca. Estamos desnudas a plena luz del sol, y tenemos miedo. Yo me vuelvo de espaldas, ellas me imitan, y aún así, con la luz atravesando nuestros párpados, tenemos miedo. Agnes teme la luz. Es decir, teme su ausencia. Su ausencia caprichosa, su ausencia inoportuna. Se ha salvado de cinco violaciones callejeras esta semana. El asalto fue inevitable. Día de cobro, todo el dinero en la mochila. Ella dice que no importa, de todos modos el salario solo le da para fumar una semana. De no ser por el alquiler de un cuarto de su casa… —Me abstengo un poco y ya —nos ha dicho para tranquilizarnos—. Estaba justamente pensando en empezar a dejarlo. Pensar en empezar algo equivale a no terminar jamás, pensamos Annia y yo, pero no le decimos nada. Cada cual tiene derecho a su vicio. Annia teme a la salud. Es decir, teme su precariedad. Su precariedad dolorosa, su precariedad desesperante. Lleva una semana sin poder trabajar, la columna vertebral no la deja. Mareos, vómitos, calambres en los brazos. Nada de pincel, nada de plumilla. Ella dice que no importa, de todos modos su madre viajará otra vez para antes de fin de año, y regresará con mucho dinero. —Me aguanto un poco y ya —nos ha dicho para tranquilizarnos—. Mi madre me traerá más medicinas, más analgésicos… El abuso de painkillers es una de las puertas al suicidio, pensamos Agnes y yo, pero no le decimos nada. Cada cual tiene derecho a su dolor. Yo temo a la libertad. La libertad ociosa, la libertad corrupta. Los hilos se me han terminado, y también he perdido todas las agujas. Paso los días sin saber qué hacer, y los recortes de confecciones y motivos de bordados desbordan mis gavetas, mis cajas, mis estantes. Yo digo que no importa, ya vendrán tiempos mejores… —Tengo muchos amigos —les digo a Agnes y Annia para tranquilizarlas—. No será la primera vez que vivo de préstamos. Cuando tenga lo que necesito, voy a empezar una línea nueva de vestidos para el verano, y ya van a ver… Ya van a ver…
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    33 y 1/tercio Agnesy Annia piensan que la vida prestada no es una vida, y que para tener lo que necesito debo antes conseguir lo que no tengo, y para ello debo antes tener lo que necesito, pero no dicen nada. Cada cual tiene derecho a su ficción. La soleada ciudad se eleva en vapores ardientes y pronto empezaremos a llover sobre nosotras mismas. —En mi trabajo hay cambios de horario —confiesa Agnes al fin—. Problemas de ahorro. Si cojo la primera sesión, tendré que levantarme a las tres de la madrugada para llegar en tiempo. Si cojo la segunda, llegaré a casa pasada la medianoche… Y ayer pasaron inspección y me retiraron la licencia de alquiler. No explicaron por qué. —En mi trabajo van a recortar plantilla —confiesa Annia al fin—. Se acabaron los diseños a pincel. Todo va a ser por computadora… Y proyectos a trabajar en casa, porque en la empresa no hay computadoras. En mi casa tampoco… Y a mi mamá le dijeron que el viaje quedaba suspendido, que el curso que iba a pasar allá a lo mejor se lo dan aquí mismo. —En mi vida van a ocurrir cambios —confieso yo al fin—. Aún no sé cuáles, pero serán grandes. Increíbles. Annia y Agnes ríen, y yo también río, y la ciudad ríe mientras se evapora bajo el sol. Traspasamos los muros, las calles densas de la ciudad densa. Llegamos al mar. O casi. Annia y Agnes saltan sobre la legendaria barrera de cemento que separa la avenida de los arrecifes y me invitan a hacer lo mismo. Del otro lado, el mar, un horizonte gris, denso, ajeno. Sentadas en el muro, nos dejamos salpicar por las olas que rompen los arrecifes, y la ciudad, y la nación, y cantamos algo de cuando éramos más jóvenes: Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan Para que no las puedas convertir en cristal Tiempo atrás, todas las canciones eran ciertas. Todo cuanto ocurría en ellas era la vida, y la muerte siempre parecía venir muy retrasada y estúpida, olisqueando nuestras huellas. Hoy ya no hay canciones, y la muerte abre la marcha. A cada rato se para en seco, y nos damos de narices en su espalda. Entonces, ella vuelve la cara un segundo, y su sonrisa es peor que una bofetada con un guante de plomo fundido. —Está allí, ¿saben? —empieza Agnes, señalando la lejanía—. Allí, por allá, en alguna parte. A veces creo que pudiéramos ir nadando. —O hacer una balsa —propone Annia—. Yo sé remar muy bien. Una balsa de madera, con neumáticos de camión inflados…
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    33 y 1/tercio —Nuncallegaríamos —digo yo, y al instante empiezo a odiarme insoportablemente. A apenas dos metros de mis pies colgantes, las olas invaden los arrecifes y dejan pequeños estanques a su retirada. Dentro de un millón de años, ya no existirán estos arrecifes. Ni esta ciudad, ni esta isla, ni este mundo tal como lo conocemos. Dentro de un millón de años, a nadie le importará si estuve loca o no. Sentadas en el balcón oscuro, en la ciudad oscura de un mundo oscuro, muy abrazadas y oscurecidas, tratamos de entender el cómo y el cuándo de las cosas, el modo y el acierto, las consecuencias y los errores. Por supuesto, eludimos el por qué. Es un tema demasiado oscuro. —Todo tiene un sentido —insiste Annia—. Todo significa algo. Todo es algo. —Nada tiene sentido —objeta Agnes—. Y ahí radica lo bello de todo. Fuerzo la mirada hacia los apagados neones del cine-teatro. Oveja Negra en Concierto. Función única. Ellas no entienden por qué río. Pero se ríen también. Sí, todo tiene sentido. Y eso es bello. —Bueno, Helena. Ahora es cuando es. Decídete. ¿Vienes o no? —Pero tienes que decirlo ahora, ¿me oyes? Ahora mismo. Me deshago del abrazo: —Ellos no lo van a entender… —Ellos —Annia pestañea—. ¿Quiénes son ellos? —Ellos —repito—. Ellos. Los demás. Todos los demás. Tú sabes. No van a entender por qué nos vamos. —Es verdad, ellos nunca lo entienden —razona Agnes—. Pero siempre se van. —Y nosotras no somos menos que ellos —sonríe Annia, desde la oscuridad. —Para nada —asiente Agnes, desde la oscuridad. —Está bien, pero que sea un viaje de verdad —acepto, desde la oscuridad—. Ni balsas, ni alas delta, ni catapultas, ni inventos, ¿está bien? Ellas me abrazan, y en torno nuestro la ciudad oscura, la ciudad densa, la ciudad evaporada, se ilumina de súbito. Una luz perdida. Pasajes en mano, recorremos el pasillo. Marcando el mismo paso, el mismo aliento. Yo, algo rezagada, llevo la cámara. Con el día así, tan lluvioso, mi mayor preocupación ha sido mantener seco el magnesio.
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    33 y 1/tercio Tresdías de trasbordos, países extraños, olores extrañísimos, pero al fin… Un avión pequeño entre tantos gigantes. CUBANA de Aviación. Parece un sueño. Esperamos a que todos suban. Entonces, rápido, muy rápido, montamos la cámara. Enfoco a Agnes y a Annia. Ellas ríen al pie de la escalerilla. El avión de fondo. CUBANA. Parece un sueño. No dejamos nada atrás. Ahora, todo está por delante. De un brinco, me pongo junto a ellas, y oprimo el émbolo al final de la manguerita. Pestañeamos, esperando el consabido FLASH. Y rompe a llover. El avión da su primera vuelta, ganando altura. Desde aquí arriba, creemos ver cómo algunos empleados salen corriendo del edificio a recoger una vieja cámara de trípode que algún imbécil ha dejado abandonada en medio de la lluvia. Creemos ver que uno de ellos es un muchacho que se parece a un actor famoso. Creemos ver que mira hacia arriba y agita una mano en despedida. Imposible saber a cual de las tres. Agnes llama a la aeromoza y pide un coñac. Annia llama a la aeromoza y pide un sándwich. Yo llamo a la aeromoza y pido hilos de bordar. Llega el coñac. Llega el sándwich. Llega una caja de bordar, sellada, elegante. Agnes y Annia beben, comen. Yo abro mi caja. Grito. Hilos, muchos hilos. Y tijeras. Muchas tijeras, demasiadas. Pequeñas, grandes, medianas. De plástico, de aluminio, de acero. La aeromoza me mira, sonriente: —¿No lo sabe? Cuba es una de las principales naciones productoras de tijeras del mundo. Disfrute su vuelo. Llegaremos en cualquier momento. Meto la mano en la caja, muy despacio. Agnes y Annia me miran de reojo, estremecidas.
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    33 y 1/tercio Sacounas tijeras. Y por eso la historia llega hasta aquí. replay
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    33 y 1/tercio rafael gumucio (santiago de chile, 1970. autor de las novelas Memorias prematuras y Comedia nupcial. se hizo famoso en televisión.) la transición en trance A España todo nos une menos la lengua, dijo algún astuto por ahí. Algo de verdad hay en esta boutade. Escribimos en la misma lengua, pero la relación que tenemos con esta lengua es diametralmente diferente. Mientras los españoles son verdaderos fetichistas del idioma, y construyen a partir de él verdaderas batallas identitarias, nosotros nos debatimos contra él, o sin él. No decimos todo lo que queremos decir, y muchas veces decimos con exactamente las mismas palabras en el mismo orden dos cosas contrarias. Nuestros gramáticos, maestros, y fundadores eran liberales; sus compañeros de ideas y de masonería –en España– tuvieron que convertirse en marginales, desadaptados, guerrilleros intelectuales o, simplemente, pactar hasta morir. Francia, o los Estados Unidos, son para la literatura española una imposibilidad que duele; para la latinoamericana, un amo del que ser por un tiempo el lazarillo, un incauto al que robarle y al que odiar porque no nos dejó robar más. Leer, comprender y gustar de la literatura española, cuando se es un intelectual sudamericano, no deja de ser una excentricidad. Por mi parte, confieso que adquirí el vicio de leer a españoles en su lengua, en España. Conocí personalmente a algunos escritores españoles, seguí alguna que otra polémica –llenas de veneno, pero sin verdaderos muertos– , en vivo y en directo; le tomé cariño a una literatura esteparia, dura, cruel y, por momentos, brillante. Parte de esa, mi historia española, tiene que ver con Ignacio Echevarría. A leer su libro Trayecto, que recopila sus crónicas sobre literatura española, antecedido de un prólogo de armas tomar, vuelven a mí no sólo los rostros de mis amigos de Madrid y Barcelona, de sus guerras y de sus logros, sino la tragedia misma de una inocencia desengañada. La inocencia de Echevarría, un crítico de periódico que pagó con el silencio y la censura el no tener agendas secretas –no querer ser escritor, no querer tener más amigos, no buscar vengarse de nadie– a la hora de criticar con tanta perspicacia como severidad novelas. La inocencia de una sociedad, la española de los noventa, tan parecida a la inocencia que vivimos hoy los chilenos, la de un país que despertaba a la democracia al mismo tiempo que construía una clase media. La inocencia de esa clase media buscando en los libros una pared de tabique que los separara de su pasado de pastor de oveja, funcionario que timbra, o pícaro de bar. La inocencia de un país que entra a Europa –en el caso de Chile, que entra a los Estados Unidos– sin saber mucho cómo ni por cuánto tiempo, y que trata de
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    33 y 1/tercio portarsebien en la mesa, y no sabe comer el pollo sin las manos, y no come ni goza, pero sonríe hasta que no puede más y se escapa como un niño salvaje a devorar hasta sus propios huesos, sentado en una rama del árbol más cercano. La moral de un país en transición está también en transición. Lo vivimos en Chile hoy. Aceptamos, con gracia, los más crueles epítetos, los juicios más radicales, mientras no intenten fijarse, quedarse, mientras nos hagan sentirnos distintos, mientras nos hagan sentirnos nuevos y al mismo tiempo nos den abolengo. A cambio del prestigio, de un título nobiliario, de un fundo en el sur, estamos dispuestos a soportar los sermones y las invectivas de los educados, de los nobles, de los que leen, de los que odian por nosotros. Nuestra relación con la cultura es hambrienta, pudorosa y simiesca. Necesitamos de su perdón, soportamos su juicio, pero no soportamos su condena. Así, Echevarría en España gozó de la complicidad incómoda de escritores, editores y lectores durante quince años, a pesar del talento imperturbablemente severo de sus críticas. No perdió esa complicidad, por ser duro, incorruptible, o sagaz, sino por tener demasiada buena memoria. Bastó que Echevarría se atreviera a recordar cuánto de la vieja retórica franquista hay en la nueva literatura española posfranquista, para que la sangre llegara al río. Primero, a propósito de Rafael Chirbes; después, a propósito de Bernardo Atxaga. Nadie ha tenido el atrevimiento en Chile de recordar que Campos Menéndez, Rosasco, Fernando Emmerich, Lafourcade son tan padres de la nueva narrativa chilena como Donoso o Edwards o Parra. No en vano muchos de nuestros escritores se educaron en los talleres de los ahora proscritos escritores del régimen. Ni que la estética de la dictadura fue sólo en parte forzosa, y en muchas partes gozosa de nuestra cultura. Más aún, es peligroso siquiera pensar que nuestra mediocridad actual no es –como tantas veces se dice– producto de la dictadura, sino que la dictadura fue en gran parte el producto de nuestra mediocridad de siempre. No importó que Echevarría sólo hablara de libros, y no de personas o grupos de personas. Da lo mismo que limitara su juicio a tramas mal cerradas, frases cursis y una reconstitución edulcorada del pasado. Las editoriales nacidas no sólo al amparo de la dictadura franquista, sino alimentadas de alabarla, intelectuales que lucharon por y contra Franco al mismo tiempo, toda una cultura que no sólo no se apagó en dictadura sino que floreció, con muchas espinas, y dando feas rosas, se sintió interpelada. Toda una cultura –la española de la transición, la chilena del mismo período– que sigue en democracia haciendo de los menjunjes, el amiguismo, del caudillismo, la constancia de su historia. Los negocios con el mundo, los miles de tomos de literatura centroeuropea, las películas bonitas y las mujeres ídem, no bastan. Se puede sacar a España de la dictadura y el provincianismo, pero no se puede sacar la dictadura y el provincianismo del disco duro español. Quizás, ahora lo pienso, lo que hace difícil para el latinoamericano leer literatura española no es el idioma, sino reconocer el monstruo que fuimos, que somos y que seremos. Y gozar, temiblemente, de ese retrato cruel y
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    33 y 1/tercio concesionesde ellos –ellos que son una y otra vez una forma de nosotros– que hacen Baroja, Marsé o Valle-Inclán. La moral de un país en transición está también en transición. En Chile aceptamos, con gracia, los juicios más radicales, mientras no intenten fijarse, mientras nos hagan sentirnos nuevos y al mismo tiempo nos den abolengo. (Tomado de Revista de Libros, suplemento de El Mercurio) replay
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    33 y 1/tercio roberto bolaño (santigo de chile, 1953 – barcelona, 2003. los siguientes textos pertenecen a su libro Amberes)  “Qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano: escritura automática, cadáveres exquisitos, performances de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escritura a dos manos, a tres manos, escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revés si eres zurdo), madrigales, poemas-novela, sonetos cuya última palabra siempre es la misma, mensajes de solo tres palabras escritos en las paredes (“No puedo más”, “Laura, te amo”, etc.), diarios desmesurados, mailpoetry, projective verse, poesía conversacional, antipoesía, poesía concreta brasileña (escrita en portugués de diccionario), poemas en prosa policíacos (se cuenta con extrema economía una historia policial, la última frase la dilucida o no), parábolas, fábulas, teatro del absurdo, pop-art, haikus, epigramas (en realidad imitaciones o variaciones de Cátulo, casi todas de Moctezuma Rodríguez), poesía- desperada (baladas del Oeste), poesía georgiana, poesía de la experiencia, poesía beat, apócrifos de bpNichol, de John Giomo, de John Cage (A year from Monday), de Ted Berrigan, del hermano Antoninus, de Armand Schwerner (The tablets), poesía letrista, caligramas, poesía eléctrica (Bulteau, Messagier), poesía sanguinaria (tres muertos como mínimo), poesía pornográfica (variantes heterosexual, homosexual y bisexual, independientemente de la inclinación particular del poeta), poemas apócrifos de los dadaístas colombianos, horazerianos de Perú, catalépticos de Uruguay, tzantzicos de Ecuador, caníbales brasileños, teatro Nö proletario… Incluso sacamos una revista… Nos movimos… Nos movimos… Hicimos todo lo que pudimos… Pero nada salió bien.” los detectives salvajes roberto bolaño ¿Desea guardar los cambios? No, por favor fachada El muchacho se acerca a la casa. Vereda de alerces. La Fronda. Collar de lágrimas. El amor es una mezcla de sentimentalismo y sexo (Burroughs). La mansión sólo es fachada y la desmantelan para instalarla en Atlanta. 1959. Todo está envejecido. No es un fenómeno reciente. Todo cagado desde hace mucho tiempo. Y los españoles imitan tu modo de hablar. El tono sudamericano. Una vereda de palmeras. Todo lento y asmático. Biólogos aburridos contemplan la lluvia desde los ventanales de su corporación. No sirve cantar con sentimiento. Querida mía, donde quiera que estés: ya no hay nada que hacer, no es necesario el gesto que nunca llegó. «Era sólo una fachada.» El muchacho camina hacia la casa. la totalidad del viento Carreteras gemelas tendidas sobre el atardecer, cuando todo parece indicar que la memoria y la delicadeza kaputt, como el automóvil alquilado de un turista que penetra sin saberlo en zonas de guerra y ya no vuelve más, al menos no en automóvil, un hombre que corre a través de carreteras tendidas sobre una zona que su mente se niega a aceptar como límite, punto de convergencia (el dragón transparente), y las noticias dicen que Sophie Podolski kaputt en Bélgica, la niña del Montfaucon Research Center (un olor indigno de una mujer), y los labios exangües dicen «veo camareros de temporada caminando por una playa desierta a las ocho de la noche»... «Gestos lentos, no sé si reales o irreales»... «Un grupo barrido por el viento cargado de arena»... «Una niña de once años muy gorda iluminó por un instante la piscina pública»... «¿Y a ti también te persigue Colan Yar?»... «¿Una pradera negra incrustada en la autopista?»... El tipo está sentado en una de las terrazas del ghetto conjetural. Escribe postales pues su respiración le impide hacer poemas como él quisiera. Quiero decir: poemas gratuitos, sin ningún valor añadido. Sus ojos retienen una visión de cuerpos desnudos que se mueven con lentitud fuera del mar. Después sólo resta el vacío. «Camareros de temporada caminando por la playa»... «La luz del atardecer descompone nuestra percepción del viento»... soy mi propio hechizo Se pasean los fantasmas de la Plaza Real por las escaleras de mi casa. Tapado hasta las cejas, inmóvil en la cama, transpirando y repitiendo mentalmente
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    33 y 1/tercio palabras que no quieren decir nada los oigo revolverse, encender y apagar las luces, subir con una morosidad insoportable hacia la azotea. Yo soy la luna, propone alguien. Pero antes fui el pandillero y tuve al árabe en mi mira y apreté el gatillo en el minuto menos propicio. Calles estrechas en el interior del Distrito V, sin posibilidades de salir o de cambiar el destino que planeaba como una chilaba sobre mis pelos grasientos. Palabras que se alejan unas de otras. Juegos urbanos concebidos desde tiempos inmemoriales... «Frankfurt»... «Una muchacha rubia en la ventana más grande de la pensión»... «Ya no puedo hacer nada»... Soy mi propio hechizo. Mis manos palpan un mural en donde alguien, veinte centímetros más alto que yo, permanece en la sombra, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, preparando la muerte y su ulterior transparencia. El lenguaje de los otros es ininteligible para mí. «Cansado después de muchos días sin dormir»... «Una muchacha rubia bajó las escaleras»... «Me llamo Roberto Bolaño»... «Abrí los brazos»... el nilo El infierno que vendrá... Sophie Podolski se suicidó hace varios años... Ahora tendría veintisiete, como yo... Patrones egipcios en el cielorraso, los empleados se acercan lentamente, campos polvorientos, es el fin de abril y les pagan con heroína... He encendido la radio, una voz impersonal hace el recuento por ciudades de los detenidos en el día de hoy... «Hasta las cero horas, sin novedad»... Una muchacha que escribía dragones, totalmente podrida en algún nicho de Bruselas... «Metralletas, pistolas, granadas decomisadas»... Estoy solo, toda la mierda literaria ha ido quedando atrás, revistas de poesía, ediciones limitadas, todo ese chiste gris quedó atrás... El tipo abrió la puerta con la primera patada y te puso la pistola debajo del mentón... Edificios abandonados de Barcelona, casi una invitación para suicidarse en paz... El sol detrás de la cortina de polvo en el atardecer junto al Nilo... El patrón paga con heroína y los campesinos esnifan en los surcos, tirados sobre las mantas, bajo palmeras escritas que alguien corrige y hace desaparecer... Una muchacha belga que escribía como una estrella... «Ahora tendría veintisiete, como yo»... los utensilios de limpieza Alabaré estas carreteras y estos instantes. Paraguas de vagabundos abandonados en explanadas al fondo de las cuales se yerguen supermercados blancos. Es verano y los policías beben en la última mesa del bar. Junto al tocadiscos una muchacha escucha canciones de moda. Alguien camina a estas horas lejos de aquí, alejándose de aquí, dispuesto a no volver más. ¿Un muchacho desnudo sentado junto a su tienda en el interior del bosque? La muchacha entró en el baño con pasos inseguros y se puso a vomitar. Bien mirado, es poco el tiempo que nos dan para construir nuestra vida en la tierra, quiero decir: asegurar algo, casarse, esperar la muerte. Sus ojos en el espejo como cartas desplegadas en una habitación en penumbra; el bulto que respira, hundido en la cama con ella. Los hombres hablan de rateros muertos, precios de chalets en la costa, pagas extras. Un día moriré de cáncer. Los utensilios de
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    33 y 1/tercio limpieza comienzan a levitar en su imaginación. Ella dice: podría seguir y seguir. El muchacho entró en la habitación y la cogió de los hombros. Ambos lloraron como personajes de películas diferentes proyectadas en la misma pantalla. Escena roja de cuerpos que abren la espita del gas. La mano huesuda y hermosa hizo girar la llave. Escoge una sola de estas frases: «Escapé de la tortura»... «Un hotel desconocido»... «No más caminos»... no había nada No hay comisarías, no hay hospitales, no hay nada. Al menos no hay nada que puedas conseguir con dinero. «Nos movemos por impulsos instantáneos»... «Algo así destruirá el inconsciente y quedaremos en el aire»... «¿Recuerdas ese chiste del torero que salía a la arena y no había toro, no había arena, no había nada?»... Los policías bebieron brisas anárquicas. Alguien se puso a aplaudir. entre los caballos Soñé con una mujer sin boca, dice el tipo en la cama. No pude reprimir una sonrisa. Las imágenes son empujadas nuevamente por el émbolo. Mira, le dije, conozco una historia tan triste como ésa. Es un escritor que vive en las afueras de la ciudad. Se gana la vida trabajando en un picadero. Nunca ha pedido gran cosa de la vida, le basta con tener un cuarto y tiempo libre para leer. Pero un día conoce a una muchacha que vive en otra ciudad y se enamora. Deciden casarse. La muchacha vendrá a vivir con él. Se plantea el primer problema: conseguir una casa lo suficientemente grande para los dos. El segundo problema es de dónde sacar dinero para pagar esa casa. Después todo se encadena: un trabajo con ingresos fijos (en los picaderos se trabaja a comisión, más cuarto, comida y una pequeña paga al mes), legalizar sus papeles, seguridad social, etc. Por lo pronto necesita dinero para ir a la ciudad de su prometida. Un amigo le proporciona la posibilidad de escribir artículos para una revista. Él piensa que con los cuatro primeros puede pagar el autobús de ida y vuelta y tal vez algunos días de alojamiento en una pensión barata. Escribe a su chica anunciando el viaje. Pero no puede redactar ningún artículo. Pasa las tardes sentado a una mesa de la terraza del picadero intentando escribir, pero no puede. No le sale nada, como vulgarmente se dice. El tipo reconoce que está acabado. Sólo escribe breves textos policiales. El viaje se aleja de su futuro, se pierde, y él permanece apático, quieto, trabajando de manera automática entre los caballos. la barra Las imágenes emprenden camino y sin embargo nunca llegarán a ninguna parte, simplemente se pierden, es inútil, dice la voz, y el jorobadito se pregunta ¿inútil para quién? Los puentes romanos son ahora el azar, piensa el autor mientras las imágenes aún fulguran, no demasiado lejanas, como pueblos que el automóvil va dejando atrás. (Pero en este caso el tipo no se mueve.) «He hecho un recuento de cabezas huecas y cabezas cortadas»... «Sin duda hay
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    33 y 1/tercio más cabezas cortadas»... «Aunque en la eternidad se confunden»... Le dije a mi amiga judía que era muy triste estar horas en un bar escuchando historias sórdidas. No había nadie que tratara de cambiar de tema. La mierda goteaba de las frases a la altura de los pechos, de tal manera que no pude seguir sentado y me aproximé a la barra. Historias de policías a la caza del emigrante. Bueno, nada espectacular, por supuesto, gente nerviosa por el desempleo, etc. Éstas son las historias tristes que puedo contarte. perfección Hamlet y la Vita Nova, en ambas obras hay una respiración juvenil. La inocencia, dijo el inglés, léase inmadurez. En la pantalla sólo hay risas, risas silenciosas que sorprenden al espectador como si estuviera escuchando su propia agonía. «Cualquiera es capaz de morir» enuncia algo distinto que «Cualquiera muere». Una respiración inmadura en donde aún es dable encontrar asombro, juego, perversión, pureza. «Las palabras están vacías»... «Si quitara de allí esa pistola tal vez podríamos negociar»... El autor escribe estas amenazas cerca de una piscina a principios del mes de octubre, con un promedio de tres horas diarias de sueño. La inocencia, casi como la imagen de Lola Muriel que deseo destruir. (Pero no se puede destruir lo que no se posee.) Un impulso, a costa de los nervios que quedan destrozados en habitaciones baratas, propulsiona la poesía hacia algo que los detectives llaman perfección. Callejón sin salida. Sótano cuya única virtud es su limpieza. Pero quién ha estado aquí sino la Vita Nova y Hamlet. «Escribo en la piscina del camping, en octubre, cada vez hay menos personas y más moscas; a mediados de mes no quedará nadie y los servicios de limpieza desaparecerán; las moscas serán las dueñas de esto hasta finales de mes o algo así.» un hospital Aquella muchacha ahora pesa 28 kilos. Está en el hospital y parece que se apaga. «Destruye tus frases libres.» No entendí hasta mucho después a qué se refería. Pusieron en duda mi honestidad, mi eficiencia, dijeron que dormía cuando me tocaba guardia. En realidad ellos estaban enjuiciando a otra persona y yo llegué casualmente en el momento menos indicado. La chica pesa ahora 28 kilos y es difícil que salga del hospital con vida. (Alguien aplaude. El pasillo está lleno de gente que abre la boca sin emitir sonido alguno.) ¿Una muchacha que yo conocí? No recuerdo a nadie con ese rostro, dije. En la pantalla se proyecta una calle, un muchacho borracho se dispone a cruzarla, aparece un autobús. ¿El apuntador dijo Sara Bendeman? De todas maneras no entendí nada en ese momento. Sólo me acuerdo de una muchacha flaca, de piernas largas y pecosas, desnudándose al pie de la cama. La escena ahora transcurre en un callejón mal iluminado: una mujer de cuarenta años fuma un cigarrillo apoyada en el quicio de una ventana en el cuarto piso. Por la escalera sube resoplando un poli de paisano, sus facciones son parecidas a las mías, pero con una sobredosis de cortisona. (El único que aplaudió ahora cierra los ojos. En su mente se forma algo que con otro sentido de la vida podría ser un hospital. En
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    33 y 1/tercio uno de los cuartos está acostada la muchacha. Las cortinas permanecen descorridas y la luz se desparrama por toda la habitación.) «Destruye tus frases libres»... «Un policía sube por la escalera»... «En su mirada no existe el jorobadito ni la judía ni el traidor»... «Pero aún podemos insistir»... gente que se aleja No hay nada estable, los ademanes netamente amorosos del niño se precipitan al vacío. Escribí: «grupo de camareros retornando al trabajo» y «arena barrida por el viento» y «vidrios sucios de septiembre». Ahora puedo darle la espalda. El jorobadito es la estrella de tu camino. Casas blancas desperdigadas por las faldas de las montañas. Carreteras desiertas, chillidos de pájaros entre el follaje. Y ¿lo hice todo?, ¿la besé cuando ella ya no esperaba más besos? (Bueno, a bastantes kilómetros de aquí la gente aplaude y ése es mi desconsuelo.) Ayer soñé que vivía en el interior de un árbol hueco, al poco rato el árbol empezaba a girar como un carrusel y yo sentía que las paredes se comprimían; desperté con la puerta del bungalow abierta de par en par. La luna ilumina el rostro del jorobadito... «Palabras solitarias, gente que se aleja de la cámara y niños como árboles huecos»... «Adondequiera que vayas»... Me detuve en las jodidas «palabras solitarias». Escritura sin disciplina. Eran como cuarenta tipos, todos con sueldos de hambre. Cada mañana el andaluz se reía estrepitosamente después de leer el periódico. Luna creciente en agosto. En septiembre estaré solo. En octubre y noviembre recogeré piñas. agua clara del camino Lo que vendrá. El viento entre los árboles. Todo es proyección de un muchacho desamparado. Camina solo por una carretera comarcal. La boca se mueve. Vi a un grupo de gente que abría la boca sin poder hablar. La lluvia se cuela entre las agujas de los pinos. Alguien corre por el bosque. No puedes ver su rostro. Sólo la espalda. Pura violencia. (En esta escena aparece el autor con las manos en las caderas observando algo que queda fuera de la pantalla.) El viento y la lluvia entre los árboles, como una cortina de locos. Similar a un fantasma en una playa desierta: el viento mueve, levanta el pijama, lo aleja por la arena hasta hacerlo desaparecer en medio de un ataque de asma o de un largo bostezo. «Como un cohete abierto en canal»... «El modo poético de decir que ya no amas los callejones iluminados por coches patrulla»... «La melódica voz del sargento hablando con acento gallego»... «Chicos de tu edad que se conformarían con tan poco»... «Es una pena»... «Existe una especie de danza que se transforma en labios»... «Los labios modulan frases silenciosas»... Pozos de agua clara en el camino. Viste a un tipo tirado entre los árboles y seguiste corriendo. Las primeras moras silvestres de la temporada. Como los ojitos de la emoción que salía a tu encuentro. el aplauso
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    33 y 1/tercio Dijo que amaba los días movidos. Miré el cielo. «Días movidos», además de insectos y nubes que descendían hasta los matorrales. Este tarro con flores que abandono en el campo es mi prueba de amor por ti. Después volví con mi red para cazar mariposas en medio de la niebla. La muchacha dijo: «calamidad», «caballos», «cohetes abiertos en canal» y me dio la espalda. Su espalda habló. Como chirriar de grillos en la tarde de chalets solitarios. Cerré los ojos, los frenos chirriaron y los policías descendieron velozmente de sus coches. «No dejes de mirar por la ventana.» Sin hablar, dos de ellos alcanzaron la puerta y dijeron «policía», el resto apenas lo pude escuchar. Cerré los ojos, chirriar de grillos, los muchachos murieron en la playa. Cuerpos llenos de agujeros. El coche chirrió y se bajó la pasma. Hay algo obsceno en esto, dijo el enfermero cuando nadie lo escuchaba. Seguramente no volveré al claro del bosque, ni con flores, ni con red, ni con un jodido libro para pasar la tarde. La boca se abrió pero el autor no pudo escuchar nada. Pensó en el silencio y después pensó «no existe», «caballos», «luna menguante de agosto». Alguien aplaudió desde el vacío. Dije que suponía que eso era la felicidad. no hay reglas Las grandes estupideces. Muchacha desconocida que retorna a la escena del camping desierto. Bar desierto, recepción desierta, parcelas desiertas. Este es tu pueblo fantasma del Oeste. Dijo: finalmente nos destrozarán a todos. (¿Hasta a las muchachas bonitas?) Me reí de su desamparo. El doble lleno de aprensión hacia sí mismo porque no podía evitar enamorarse una vez al año por lo menos. Después una sucesión de letrinas portátiles, reediciones baratas, muchachos vomitando mientras en la terraza silenciosa baila una niña subnormal. Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca. Eso es todo. Siempre hay una jodida máscara. El resto: pobre Bolaño escribiendo en un alto en el camino. «Coches policiales con las radios encendidas: les llueve información inútil de todos los barrios por donde pasan.» «Cartas anónimas, amenazas sutiles, la verdadera espera.» «Querida, ahora vivo en una zona turística, la gente es morena, hace sol todos los días, etc.» No hay reglas. («Díganle al estúpido de Arnold Bennet que todas las reglas de construcción siguen siendo válidas sólo para las novelas que son copias de otras.») Y así, y así. Yo también huyo de Colan Yar. He trabajado con subnormales, en un camping, recogiendo piñas, vendimiando, estibando barcos. Todo me empujó hasta este lugar, el descampado donde ya no queda nada que decir... «Sin embargo estás con muchachas hermosas»... «Creo que lo único hermoso aquí es la lengua»... «Me refiero a su sentido más estricto»... (Aplausos.) amberes En Amberes un hombre murió al ser aplastado su automóvil por un camión cargado de cerdos. Muchos de los cerdos también murieron al volcar el camión, otros tuvieron que ser sacrificados al pie de la carretera y otros se escaparon a toda velocidad... «Has oído bien, querida, el tipo reventó mientras los cerdos pasaban por encima de su automóvil»... «En la noche, por las carreteras
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    33 y 1/tercio oscurasde Bélgica o Cataluña»... «Conversamos durante horas en un bar de las Ramblas, era verano y ella hablaba como si llevara mucho tiempo sin hacerlo»... «Cuando lo soltó todo me acarició la cara como una ciega»... «Los cerdos chillaron»... «Ella dijo me gustaría estar sola y yo pese a estar borracho entendí»... «No sé, es algo que se parece a la luna llena, chicas que en realidad son como moscas, aunque no es eso lo que quiero decir»... «Cerdos aullando en medio de la carretera, heridos o alejándose a toda prisa del camión destrozado»... «Cada palabra es inútil, cada frase, cada conversación telefónica»... «Dijo que quería estar sola»... También yo quise estar solo. En Amberes o en Barcelona. La luna. Animales que huyen. Accidente en la carretera. El miedo. el verano Hay una enfermedad secreta llamada Lisa. Es indigna como toda enfermedad y aparece de noche. En el tejido de un lenguaje misterioso cuyas palabras significan sin excepción que el extranjero «no está bien». Y yo quisiera que ella supiera por algún medio que el extranjero «lo pasa mal», «en tierras desconocidas», «sin grandes posibilidades de escribir poesía épica», «sin grandes posibilidades de nada». La enfermedad me lleva a baños extraños e inmóviles donde el agua funciona con una mecánica imprevista. Baños, sueños, cabellos largos que salen de la ventana hasta el mar. La enfermedad es una estela. (El autor aparece sin camisa, con gafas negras, posando con un perro y una mochila en el verano de algún lugar.) «El verano de algún lugar», frases carentes de tranquilidad aunque la imagen que refractan permanezca quieta, como un ataúd delante de una cámara fija. El escritor es un tipo sucio, con las mangas de la camisa arremangadas y el pelo corto mojado en transpiración acarreando tambores de basura. También es un camarero que se observa filmado mientras camina por una playa desierta, de regreso al hotel... «El viento arrastra granos de arena»... «Sin grandes posibilidades»... La enfermedad es estar sentado bajo el faro mirando hacia ninguna parte. El faro es negro, el mar es negro, la chaqueta del escritor también es negra. replay
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    33 y 1/tercio roberto bolaño + rodrigo fresán dos hombres en el castillo: una conversación electrónica sobre philip k. dick RF: Estos últimos meses estuve releyendo —y leyendo por primera vez algunos textos suyos— a Philip K. Dick y lo primero que me sorprendió es el hecho de que su obra no haya envejecido en absoluto, teniendo en cuenta que él solía decir que escribía acerca de lo que iba a pasar en los próximos meses, sobre un futuro casi-presente. Creo que ahí están su gracia y su talento: proponer una ciencia-ficción donde la ciencia no importa demasiado (y es casi siempre accesoria e imperfecta, funciona mal o no funciona) y la ficción no es tal. Me parece que hay suficiente evidencia ya para afirmar que la idea del futuro — nuestro presente— está mucho más cerca de lo que pensaba Dick que de lo que sostenían los clásicos del género, ¿no? Dick se ha convertido en un gran escritor realista/naturalista, que es lo que en realidad él siempre quiso ser antes de verse obligado a ganarse la vida escribiendo «novelitas» futuristas. RB: Recuerdo con mucho cariño a Dick. Yo creo que es el escritor de los paranoicos, del mismo modo que Byron fue el escritor de los románticos. Incluso su biografía tiene ciertos matices byronianos: es un hombre de vida amorosa agitada y, políticamente, está con las causas perdidas. En ocasiones con las causas más extremas o las que la gente considera que son las más extremas. Y es curioso que uno de los grandes escritores del siglo XX (algo en lo que creo que estamos de acuerdo) sea precisamente un escritor «de género». Un escritor que para ganarse la vida (un término horrible este de ganarse la vida) se pone a escribir y publicar novelas en editoriales populares, a un ritmo endiablado, novelas que discurren en Marte o en un mundo en donde los robots son algo normal y rutinario. En fin: la peor manera de labrarse un nombre en el mundo de las letras, como diría un escritor francés de finales del siglo XIX. Y sin embargo Dick no sólo se labra un nombre en la literatura sino que se convierte en punto de referencia de otras artes, como el cine, y su prestigio sigue creciendo. ¿Tú recuerdas la primera novela que leíste de él? La mía fue Ubik y el martillazo que recibí fue considerable. RF: Es cierto eso de Dick y las causas políticas. Tiene algo de working class hero lo suyo —no sólo en el aspecto de «escritor trabajador», sino que buena parte de sus ficciones giran en torno al hombre trabajador y esclavizado, a la práctica buena o mala de un oficio, al espanto de ciertas burocracias y a errores mecánicos o problemas de funcionamiento... En mi caso la primera fue El hombre en el castillo, en Minotauro, claro. Recuerdo que acababa de volver a Buenos Aires después de unos cuantos años viviendo en Caracas, y el efecto fue desconcertante. Todavía regía la dictadura militar —era 1979— y recuerdo que me costaba un poco discernir dónde terminaba el libro y dónde empezaba
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    33 y 1/tercio larealidad. La sensación se acentúa todavía más cuando se leen varios Dicks seguidos: la sospecha que te despierta en cuanto a lo que es verdadero y lo que es falso. Me parece que es una sospecha que trasciende la vulgar paranoia y está más cercana al pensamiento religioso. En este sentido —no sé qué te parece— creo que Dick es el escritor perfecto para los que no creen en Dios pero quisieran que existiera alguna inteligencia superior que explicara todo este despropósito, ¿no? RB: Sí, sin duda Dick es en gran medida un escritor con una preocupación religiosa. Hay páginas de Dick en donde está claro que a él, al autor, le gustaría creer en Dios, pero también hay páginas en donde Dick escucha, literalmente, el ruido del universo que se muere de forma irremediable. Se oye en Tiempo de Marte. Una musiquilla de las esferas que sólo oyen los seres más débiles entre los débiles, las víctimas y los enfermos. En este sentido Dick jamás hubiera podido ser un escritor de utopías, algo a lo que su escritura profundamente moral podía haberlo llevado. Ni siquiera de distopías. Dick escribe sobre La Entropía, con mayúsculas. Lo curioso es que al mismo tiempo, en paralelo a este tema mayor, discurren otros, más terráqueos, digamos, pero profundamente inquietantes, como el de las realidades superpuestas de El hombre en el castillo, o como su aseveración de que la historia, y con ella la realidad, terminó en el año 60 o 70 después de Cristo y que todo lo que ha venido a continuación es disfraz o realidad virtual y que de hecho estamos inmersos en pleno Imperio Romano. RF: Tal vez la necesidad de Dick de creer en otros planos de la realidad —me atrevo a pensarlo como, sí, una necesidad y no una condena— tenga un motivo mucho más sencillo o, si se lo prefiere, banal: la opción de pensar que en otra dimensión Dick sería un gran escritor, el escritor más importante de todos. Pero tal vez lo más inquietante de todo sea la incapacidad de Dick para funcionar dentro de los parámetros del género al que hizo evolucionar tanto. Son muy conocidos sus problemas con sus colegas y con los fans de la ciencia-ficción, que no entendían lo rebuscado de sus tramas y lo consideraban una especie de terrorista drogado que no respetaba ninguna de las leyes implícitas y acaso nunca del todo declaradas del género. RB: No, no creo que Dick soñara con ser el mejor escritor en una dimensión paralela a esta. En Dick la salvación está en la amistad, en el sexo, en la aventura compartida, no en la escritura, ni mucho menos en lo que formalmente se llama buena escritura y que no es otra cosa que una serie de convenciones más o menos aceptadas por todos. Ahora bien, es muy probable que Dick experimentara esa sensación de lucidez con respecto a su propia escritura y que en algunos momentos (momentos de debilidad y vanidad que todo el mundo tiene) viera como algo injusto su destierro en la literatura de género, en la estantería de los libros populares y baratos. Pero esto es algo que le ha ocurrido a muchos buenos escritores. En la tradición norteamericana hay ejemplos en donde el silencio (el caso de Emily Dickinson) o el desdén (Melville, por ejemplo) son mayores que el silencio y el desdén buscado y sufrido por Dick.
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    33 y 1/tercio RF:Recuerdo que el otro día me contaste que navegabas por Internet por varios sites dedicados a Dick y no pude evitar preguntarme qué pensaría Dick de todo esto: computadoras, el mundo invisible de la Red que está aquí y no está al mismo tiempo... El modo en que la realidad lo viene plagiando... Me pregunto también si no se habrá muerto en el momento justo y si acaso los verdaderos escritores de ciencia-ficción se mueren —o serán desconectados— cuando la realidad comienza a parecerse demasiado a las tramas de sus novelas. En este sentido, Dick era un profeta poco interesado —a diferencia de lo que ocurre con los idiotas de Clarke y Asimov— en acertar compulsivamente acerca de lo que vendrá. En algún lado leí que Dick dijo que «la mala ciencia- ficción predice mientras que la buena ciencia-ficción parece que predice». A Dick le preocupaba mucho menos el futuro (como escenario) que una especie de presente atemporal liberado de todo rigor cronológico. Incluso sus partes futuristas parecen casi una obligación editorial, ¿no? Y por acá —para entrar en otro posible tema— tengo otra frase de él que siempre me impactó: «El cuento trata de un crimen y la novela trata de un criminal». RB: Pero más allá de su desdén por el futuro, Dick es también un profeta. Un profeta callejero, diríamos un profeta lumpen, sin el prestigio de un Norman Mailer, un Arthur Miller o un John Updike. Y sin el aura de un Salinger (los lectores de Dick y Salinger suelen ser jóvenes, pero los de Dick son jóvenes freaks). En cuanto a los relatos y novelas, no se ve una gran diferencia: hay novelas de Dick que no son más que una sucesión de relatos, como lo es también el Moby Dick de Melville. Sus cuentos, por otra parte, son increíblemente buenos. En lo que respecta a que algunas de sus novelas no parecen seguir un patrón lógico, yo creo que hay que tener en cuenta que muchas de estas novelas están escritas por encargo y bajo la influencia de anfetaminas, que son novelas alimenticias que probablemente Dick escribía en menos de un mes, sin planteamientos previos ni estructuras, y que en realidad son improvisaciones. Pero las grandes novelas de Dick, como El hombre en el castillo o Valis o Tiempo de Marte o Ubik o Dr. Bloodmoney, son de una coherencia extrema; lo que no carece de mérito, pues Dick no opera desde el orden sino desde el desorden. En este sentido su novela de hierro sería Valis, que es una de las últimas, y en donde, entre otras muchas cosas, Dick aborda directamente lo cerca que se encuentra de la locura. Y lo hace con la lucidez y con la elocuencia de un gran artista. Aunque también hay que tener presente que en muchas ocasiones la lucidez y la elocuencia son términos excluyentes. RF: Es muy cierto eso de Dick y de la locura como estética: sus novelas acaban siendo, formalmente, casi una representación estética de lo que significa el estar loco. Me parece que —si nos ponemos musicales— Dick escribe más variaciones que improvisaciones: siempre parte de una misma aria central que tiene que ver con las preguntas: ¿Qué es real? ¿Qué no lo es?, y te va envolviendo en esa melodía repetitiva y constante... Párrafos atrás hablabas de Dick como alguien no preocupado por una buena escritura... y no estoy tan seguro a pesar del evidente apresuramiento de sus textos. Creo que esa velocidad desesperada le da algo raro y muy personal y que, en un punto, te hace sentir en carne propia la adicción química de Dick como si fuera por transferencia. (A Dick le gustaría esto: la literatura como sucedáneo de la
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    33 y 1/tercio droga,y creo que escribió algún cuento donde los invasores adoptan la formas de un libro forrado con la piel de un animal extraterrestre, no recuerdo bien, pero la historia acababa un poco como el Tlön de Borges, a quien, si lo pensamos un poco, Dick se parece tanto en más de un sentido.) Pero en cualquier caso a eso me refería cuando te mencionaba los riesgos de leer varios Dicks seguidos: hay algo virósico en su escritura que no tiene nada que ver con el tipo de virus que también son Proust o Nabokov o Salinger. Mientras que estos últimos te contagian una forma de escribir, Dick te contagia una forma de pensar. RB: Igual que Burroughs. En algunos momentos, Dick se parece a Burroughs. Ambos, a la manera norteamericana, en el fondo muy pragmática, están interesados más por la revolución, por el estado de la revolución, es decir, por la resistencia, que por la literatura. Es en este sentido en que yo creo que a él no le interesa escribir bien, algo que en un escritor se da por sobreentendido. Dick va camino de ser un clásico y una de las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una cierta corrección gramatical. «Colocar las palabras adecuadas en el lugar adecuado es la más genuina definición del estilo», dice Jonathan Swift. Pero evidentemente la gran literatura no es una cuestión de estilo ni de gramática, como también sabía Swift. Es una cuestión de iluminación, tal como entiende Rimbaud esta palabra. Es una cuestión de videncia. Es decir, por un lado es una lectura lúcida y exhaustiva del árbol canónico y por otro lado es una bomba de relojería. Un testimonio (o una obra, como queramos llamarle) que explota en las manos de los lectores y que se proyecta hacia el futuro. ¿Y qué es lo que Dick proyecta hacia el futuro, en qué consiste el mecanismo de su bomba de relojería? Básicamente en preguntas. Preguntas rarísimas y peregrinas. Y en una sensación de malestar, de alteridad, que muy pocos han logrado plasmar. RF: No había pensado en el nexo Burroughs/Dick, pero sí, ahí está. Sobre todo en lo que a luchar contra el Sistema se refiere y en sus fijaciones metaparanoicas con Nixon, la CIA, el FBI, un Estado policial, en ese costado político-alucinógeno. Y, no sé por qué, pienso en qué hubiera sido de Dick de haber nacido en Argentina o Chile. Probablemente habría sido uno de los desaparecidos o, mejor todavía, se habría convertido en el auténtico hombre en el castillo: un artista gurú, un punto de peregrinación... Me parece, insisto, que a Dick lo que menos le interesa es el futuro como territorio porque ya se siente excluido del presente. El futuro sólo puede significar peores noticias, la tecnología jamás le despertó la menor esperanza y, curiosamente, su novela más feliz —con final más feliz— es Dr. Bloodmoney, donde la humanidad recupera una especie de primitivismo campesino fuera de las grandes ciudades. La mirada de Dick es siempre la mirada de un noble horrorizado por la decadencia (todos esos adictivos productos comerciales a los que alude) y, cosa rara, ayer vi por primera vez la versión fílmica de El Gatopardo y, volviendo a lo que te decía acerca de Dick como agente contaminante e invasor, me propuse verla como si fuera una película de ciencia-ficción dentro del subgénero de planeta agonizante y especie en extinción. Y dirás que estoy loco, pero funciona... Y me hizo recordar en algo a Tiempo de Marte, en algo a El hombre
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    33 y 1/tercio enel castillo. Tal vez esté delirando un poco... Tal vez deba dejar de leer a Dick por un tiempo... (Tomado de Archivo Bolaño)
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    33 y 1/tercio philip k. dick (chicago, 1928 – los ángeles, 1982. él está vivo y nosotros estamos muertos.) extraños recuerdos de muerte Desperté esta mañana y sentí el frío de octubre dentro del departamento, como si las estaciones entendieran el calendario. ¿Qué había soñado? Vanos pensamientos acerca de una mujer a la que alguna vez había amado. Algo me deprimía. Hice un repaso mental. Pero, de hecho, todo estaba bien; este sería un buen mes. Pero sentía el frío. Oh, Dios mío, pensé. Hoy es el día en que echan fuera a la señorita Lysol. Nadie quiere a la señorita Lysol. Está loca. Jamás nadie la ha escuchado decir palabra alguna y nunca te mirará. Algunas veces, cuando uno desciende por las escaleras, ella va subiendo y se regresa silenciosamente para usar en cambio el elevador. Todos pueden oler el Lysol que emplea. Aparentemente mágicos horrores contaminan su departamento, así que usa Lysol. ¡Maldición!, mientras me preparaba un café, pensé: Quizás los propietarios ya la han echado fuera, al amanecer, mientras yo aún dormía, mientras yo soñaba inútilmente con una mujer a la que amé y que me había dejado. Desde luego. Estaba soñando con la odiosa señorita Lysol y las autoridades llegaban a su puerta a las cinco de la mañana. Los nuevos propietarios eran una poderosa firma con inversiones en bienes y raíces. Lo harían al amanecer. La señorita Lysol se esconde en su departamento y sabe que octubre está aquí, primero ha llegado octubre, y luego ellos llegarán a arruinarla y a arrojarla a la calle con sus cosas. ¿Irá a hablar ahora? La imagino apretada contra la pared, en silencio. Sin embargo, no es tan simple como eso. Al Newcum, el representante de ventas de Inversiones South Orange, me ha dicho que la señorita Lysol fue a Ayuda Legal. Esta es una mala noticia porque echa a perder todo lo que podríamos hacer por ella. Está loca pero no lo suficientemente loca. Si pudiera ser probado que no entiende la situación, un equipo de Salud Mental de Orange County se presentaría como sus abogados, y explicaría a Inversiones South Orange que no pueden expulsar de su hogar a una persona con capacidades disminuidas. ¿Por qué diablos se las agenció para ir a Ayuda Legal? Son las nueve de la mañana. Puedo bajar a las oficinas de ventas y preguntar a Al Newcum si ya han echado a la señorita Lysol, o si está en su departamento escondiéndose en silencio, esperando. La van a sacar porque el edificio, construido con cincuenta y seis unidades, ha sido transformado en condominios. Virtualmente todos se han mudado desde que fuimos notificados legalmente hace cuatro meses. Tienes ciento veinte días para comprar o dejar tu departamento e Inversiones South Orange te pagará doscientos dólares por
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    33 y 1/tercio tusgastos de mudanza. Esa es la ley. Tienes también opción de compra en primer término sobre la unidad que rentabas. Yo estoy comprando la mía. Me quedo. Por cincuenta y dos mil dólares me las he arreglado para quedarme aquí cuando echen fuera a la señorita Lysol, que está loca y no tiene cincuenta y dos mil dólares. Ahora mismo desearía haberme mudado. Bajando las escaleras hasta la máquina expendedora de diarios, compro Los Angeles Times de hoy. Una muchacha disparó al patio de recreo de una escuela repleta de niños, «porque a ella no le gustaban los lunes», ahora se está declarando culpable. Pronto conseguirá libertad condicional. Tomó un arma y disparó a los niños de la escuela porque, en efecto, no tenía nada más que hacer. Bien, hoy es lunes; está en la corte en lunes, el día que odia. ¿No hay límite para la locura?, me cuestiono a mí mismo. Primero que nada, dudo si mi departamento vale los cincuenta y dos mil dólares. Me quedo porque tengo miedo de mudarme –miedo a algo nuevo, al cambio– y porque soy un perezoso. No, no es eso. Me gusta este edificio y vivo cerca de mis amigos y junto a las tiendas que me gustan algo. He estado aquí tres años y medio. Es un edificio sólido y bueno, con portones de seguridad y cerrojos firmes. Tengo dos gatos, a quienes les gusta estar en el patio interior; pueden salir y estar a salvo de los perros. Probablemente soy conocido como el Hombre de los Gatos. Así que todos han partido, excepto la señorita Lysol y el Hombre de los Gatos. Lo que me incomoda es que sé que la única cosa que me separa de la señorita Lysol, que está loca, es el dinero que tengo ahorrado. El dinero es el sello oficial de la cordura. La señorita Lysol, quizá, tiene miedo de mudarse. Es como yo. Solo quiere permanecer donde ha estado por varios años, haciendo aquello que ha estado haciendo. Utiliza mucho las máquinas de la lavandería, lavando y secando sus ropas una y otra vez. Ahí es donde la suelo encontrar: llego al salón de la lavandería y está allí junto a las máquinas, asegurándose que nadie robe sus ropas. ¿Por qué nunca te mira? ¿Qué gana manteniendo su rostro apartado? Percibo odio. Odia hacia todos los seres humanos. Pero consideren su situación; aquellos a quienes tanto odia la van a cercar. ¡Cuánto miedo debe de sentir! Mira de reojo hacia su departamento, esperando los golpes sobre la puerta; ¡mira el reloj y comprende! Hacia el norte, en Los Ángeles, la conversión de las unidades de renta en condominios ha sido bloqueada efectivamente por el consejo de la ciudad. Los inquilinos han ganado. Esta es una gran victoria, pero no sirve de ayuda a la señorita Lysol. Esto es Orange County y el dinero es la ley. Los muy pobres viven hacia el este: los mexicanos en su barrio. Algunas veces cuando nuestros portones de seguridad se abren y admiten automóviles, las mujeres chicanas entran corriendo con canastas de ropa sucia; quieren usar nuestras máquinas lavadoras ya que no poseen ninguna. La gente que vive aquí, en el edificio, se resiente de esto. Cuando se tiene un poco de dinero –el dinero suficiente para vivir en un edificio electrificado, moderno y seguro– se resienten estas cosas con gran facilidad. Bien, tengo que saber si la señorita Lysol ha sido expulsada ya. No hay forma de saberlo mirando hacia su ventana; las cortinas siempre están corridas. Así que bajo las escaleras y me dirijo a las oficina de ventas buscando a Al. No
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    33 y 1/tercio obstante,Al no está ahí; la oficina está cerrada. Entonces recuerdo que Al voló a Sacramento el fin de semana para conseguir unos papeles legales de importancia crucial que el Estado perdió. No ha regresado. Si la señorita Lysol no estuviera loca, podría llamar a su puerta y hablar con ella; podría descubrir la manera. Pero ese es precisamente el punto clave de la tragedia; cualquier llamada a su puerta la asustará. Este es su estado. Esta es la enfermedad misma. Así que permanezco junto a la fuente que los diseñadores han construido y admiro los maceteros con flores que han colocado... han hecho que el edificio se vea realmente bien. Anteriormente parecía una prisión. Ahora se ha transformado en un jardín. Los diseñadores han invertido una gran cantidad de dinero en pintarlo y adornarlo, y de hecho, en reconstruir toda la entrada. Agua, flores y puertas francesas... y la señorita Lysol callada dentro de su departamento, esperando que llamen. Podría quizá pegar una nota a su puerta. Diría: Señorita, su situación me aflige y desearía ayudarla. Si desea algún apoyo, vivo arriba en el departamento C-1. ¿Cómo lo firmaría? Un amigo solitario, acaso. Un amigo solitario con cincuenta y dos mil dólares que está aquí legalmente mientras usted es, a los ojos de la ley, una intrusa. Desde la pasada medianoche. Aunque ayer fuera tan propietaria de su departamento como yo ahora del mío. Subo de nuevo las escaleras rumbo a mi departamento con la idea de escribir una carta a la mujer que una vez amé y con la que soñé la noche pasada. Toda clase de frases y palabras cruzan por mi mente. Recrearé la relación perdida con una carta. Tal es el poder de las palabras. Qué desecho. Se ha ido para siempre. No tengo ni siquiera su dirección actual. Con gran trabajo, podría rastrearla a través de nuestros amigos mutuos, y ¿entonces qué le diría? Mi amada, he recuperado mi cordura. Me doy cuenta del profundo alcance de lo que te debo. Considerando el poco tiempo que estuvimos juntos, hiciste por mí más que cualquiera en toda mi vida. Es evidente que he cometido un error desastroso. ¿Podemos cenar juntos? Conforme repito esta hipérbole en mi mente, el pensamiento llega hacia mí, mostrándome lo horrible y divertido que sería a la vez, si yo escribiera la carta y luego, por error o designio, la pegara en la puerta de la señorita Lysol. ¡Cómo reaccionaría! ¡Jesucristo! ¡La mataría o la curaría! Mientras tanto, podría escribirle a mi amor distante, die ferne Geliebte, algo así: Señorita, está usted totalmente loca. Todo el mundo en un radio de millas lo sabe. Su problema es por su propia causa. Embárquese, espabílese, asuma sus actos, pida algo de dinero, contrate un abogado mejor, compre un arma, dispare a un patio de escuela. Si desea algún apoyo, vivo en el departamento C-1. Quizá el apuro de la señorita Lysol es divertido y yo estoy muy deprimido, por la llegada del otoño, para darme cuenta. Quizá hoy el correo traerá algo bueno; después de todo, ayer fue un día feriado para el correo. Hoy tendré el correo
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    33 y 1/tercio dedos días. Eso me alegrará. Lo que, de hecho, está sucediendo es que estoy sintiéndome apesadumbrado conmigo mismo; hoy es lunes y, como la chica que se está declarando culpable en la corte, odio los lunes. Brenda Spencer se declaró culpable de dispararle a once personas, dos de las cuales murieron. Tiene diecisiete años, es bajita y muy bonita, con cabello rojo; usa anteojos y su cara es como la de un niño, como uno a los que disparó. Un pensamiento entra a mi mente de repente, quizá la señorita Lysol tiene un arma en su departamento, es un pensamiento que debería haberme llegado hace tiempo. Quizá Inversiones South Orange lo ha pensado. Quizá esa es la razón por la que la oficina de Al Newcum está cerrada hoy; no está en Sacramento sino escondiéndose. Aunque, desde luego, podría estar escondiéndose en Sacramento, haciendo dos cosas a la vez. Un excelente terapeuta, al que conocí alguna vez, mencionaba que en casi todos los casos de acciones psicóticas criminales había siempre una alternativa mas fácil que la persona perturbada no lograba ver. Brenda Spencer, por ejemplo, podría haber ido al supermercado más cercano para comprar un cartón de leche malteada de chocolate en lugar de dispararle a once personas, la mayoría de ellas, niños. La persona psicótica, en realidad, escoge el camino más difícil; se obliga a andar cuesta arriba. No es cierto que opte por la línea de menor resistencia sino que piensa que lo hace. Ahí, precisamente, estriba el error. La base de la psicosis, en pocas palabras, es la incapacidad crónica para ver en el exterior el camino más sencillo. Todo el comportamiento, todo lo que constituye la actividad psicótica y la forma de vida psicótica, se deriva de esta incapacidad de percepción. Sentada, sola y en silencio en su departamento antiséptico, aguardando el llamado inexorable a su puerta, la señorita Lysol ha ideado la manera de colocarse en las más difíciles circunstancias posibles. Lo que era fácil lo ha hecho duro. Lo que era duro ha sido transmutado, finalmente, en lo imposible, y ahí termina la forma de vida psicótica: cuando lo imposible se cierra y no hay más opciones, ni siquiera las más difíciles. Ese es el resto de la definición de la psicosis: Al final hay un punto muerto. Y, en ese punto, la persona psicótica se congela. Si alguna vez has visto como sucede... bueno, es una visión sorprendente. La persona se petrifica como un motor que se ha atascado. Ocurre repentinamente. En un momento la persona está en movimiento, los pistones suben y bajan frenéticamente, y enseguida hay sólo un bloque inerte. Esto es debido a que el camino se ha acabado para esta persona, el camino que tomó probablemente años atrás. Es una muerte cinética. «No hay ningún lugar» escribió San Agustín. «Vamos hacia delante y hacia atrás, y no hay lugar». Y luego llega el cese y sólo hay un lugar. El punto donde la señorita Lysol se atrapó a sí misma ha sido en su propio departamento, que sin embargo ya no es su propio departamento. Ha encontrado un lugar en el cual morir psicológicamente y entonces Inversiones South Orange se lo ha arrebatado. Le han robado su propia tumba. Lo que no logró expulsar de mi mente es la noción de que mi destino está atado al de la señorita Lysol. Una entrada física en la computadora de Ahorros Mutuos nos divide, y esta es una división mítica; es real sólo mientras gente
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    33 y 1/tercio comola de Inversiones South Orange, y específicamente Inversiones South Orange, está voluntariamente de acuerdo en que es real. Para mí no es más que una convención social, como usar calcetines iguales. Es como el valor del oro. El valor del oro es el que la gente acuerda, lo que es como un juego de niños: «Supongamos que este árbol es la tercera base». Supongamos entonces que mi televisor funciona porque mis amigos y yo convenimos eso. Podríamos sentarnos frente a una pantalla en blanco por siempre de esa manera. En ese caso, se podría decir que el error de la señorita Lysol es no haber podido formar un convenio con el resto de nosotros, un consenso. Aparte de todo lo demás hay un contrato no escrito del cual la señorita Lysol no es parte. Pero me sorprende pensar que la incapacidad de entrar en un acuerdo palpablemente infantil e irracional conduzca inevitablemente a la muerte cinética, al bloqueo total del organismo. Argumentado de esa manera, uno podría decir que la señorita Lysol ha fracasado en ser como un niño. Es demasiado adulta. No puede o no quiere jugar. El elemento que se ha apoderado de toda su vida es el elemento de lo turbio y de lo inexorable. Nunca sonríe. Nadie la ha visto hacer algo más que mirar furiosamente de una manera indirecta y vaga. Quizá, entonces, lleva a cabo un juego más siniestro en lugar de no jugar en lo absoluto; quizá el suyo es un juego de combate, en tal caso ahora tiene lo que deseaba, aunque esté perdiendo. Es, al menos, una situación que comprende. Inversiones South Orange ha entrado en el mundo de la señorita Lysol. Quizá ser una intrusa en lugar de una propietaria le brinda más satisfacciones. Quizá en secreto todos deseamos que nos suceda lo mismo. En ese caso, ¿la persona psicótica anhela su propia muerte cinética definitiva? ¿Su propio camino sin fin? ¿Juega para perder? Ese día no vi a Al Newcum, pero lo encontré al día siguiente; había regresado de Sacramento y abierto su oficina. –¿Aún está aquí la mujer del departamento B-15? –le pregunté–. ¿O ya la han echado? –¿La señora Archer? –dijo Newcum–. Oh, la otra mañana se mudó; se ha ido. El Ministerio de Alojamiento de Santa Barbara le encontró un lugar en Bristol–. Se recargó en su silla giratoria y cruzó sus piernas; sus pantalones, como siempre, estaban minuciosamente planchados–. Se fue con ellos hará un par de semanas. –¿A un departamento que puede pagar? –dije. –Ellos asumirán el gasto. Van a pagarle su renta; ella les pidió ayuda. Está en una situación muy difícil. –Dios mío –dije–, quisiera que alguien pagara mi renta. –No estás pagando renta –dijo Newcum–. Tú estás comprando tu apartamento. ●●●
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    33 y 1/tercio valis (capítulo 1) El quebrantamiento nervioso de Amacaballo Fat comenzó el día en que recibió el llamado telefónico de Gloria para preguntarle si tenía algunas píldoras de Nembutal. Él intentó averiguar para qué las quería y ella le explicó que tenía intención de matarse. Estaba llamando a todos los que conocía. Ya había recolectado cincuenta pero, para que no hubiera dudas sobre el resultado, necesitaba treinta o cuarenta más. Inmediatamente Amacaballo Fat dedujo que esta era la forma en que ella estaba pidiendo ayuda. Desde hacía años Fat venía desarrollando la fantasía de que él era capaz de dispensar ayuda a la gente. En una oportunidad su psiquiatra le había dicho que para mejorar tendría que hacer dos cosas: abandonar la droga (cosa que no había hecho) y dejar de intentar ayudar a la gente (todavía trataba de hacerlo). A decir verdad, no tenía píldoras de Nembutal. No tenia somníferos de ninguna especie. Nunca los consumía. Consumía estimulantes. De modo que dárselas a Gloria para que se matara estaba fuera de sus posibilidades. De cualquier manera, no lo habría hecho aun cuando le hubiera sido posible. –Tengo diez –dijo. Porque si le hubiera dicho la verdad, ella habría colgado. –Entonces iré a tu casa –dijo Gloria con una voz racional y serena, el mismo tono que había empleado para, pedirle las píldoras. Él se dio cuenta entonces de que no estaba pidiendo ayuda. Se encontraba completamente loca. Si hubiera estado normal, se habría dado cuenta de que le era necesario disimular su propósito, puesto que así lo convertiría en cómplice. Para que hubiera estado de acuerdo con ella tendría que desearle la muerte. No había motivo para que él –o para que cualquier otro– deseara semejante cosa. Gloria era una mujer gentil y civilizada, pero consumía ácido en abundancia. Era evidente que desde la última vez que tuvo noticias de ella, seis meses atrás, el ácido le había hecho estragos en la mente. –¿Qué has estado haciendo? –Estuve internada en el Hospital del Monte de Sión en San Francisco. Traté de suicidarme y mamá me hizo recluir. Me dieron de alta la semana pasada. –¿Te has curado? –preguntó Fat. –Sí –contestó ella. Ese fue el momento en que Fat comenzó a enloquecer. No lo advirtió entonces, pero había sido arrastrado a un inenarrable juego psicológico. No había escapatoria. Gloria Knudson, además de haber hecho estragos en su propio cerebro, los hizo también en el de su amigo. Probablemente había hecho lo mismo con seis o siete personas más, todos amigos que la querían, en conversaciones telefónicas similares. Seguro que había aniquilado además a su
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    33 y 1/tercio madrey a su padre. Fat oyó en su voz racional el tono del nihilismo, el tañido del vacío No estaba tratando con una persona; al otro extremo de la línea telefónica había un arco reflejo. Lo que no sabía entonces es que a veces perder la cordura constituye una respuesta adecuada a la realidad. Oír que Gloria pedía racionalmente la muerte era padecer el contagio. Era una de esas trampas chinas para dedos: cuanto más intenta uno librarse, más estrechamente se ajusta la trampa. –¿Dónde te encuentras ahora? –le preguntó. –En Modesto. En casa de mis padres. Como él vivía en el Condado de Marin, ella se encontraba a varias horas de automóvil. No se emprendía semejante viaje por nada. Esta era otra prueba de locura: tres horas de viaje de ida y tres de vuelta por diez píldoras de Nembutal. ¿Por qué sencillamente no estrellar el automóvil? Gloria ni siquiera cometía su acto irracional racionalmente. Gracias, Tim Leary, pensó Fat. Tú y tu promoción del júbilo de expandir la conciencia por medio de la droga. No sabía que en la línea se encontraba su propia vida. Esto sucedía en 1971. En 1972 se encontraría en Vancouver, al Norte, en la Columbia Británica, luego de intentar suicidarse, solo, pobre y asustado en una ciudad extranjera. Por el momento se le ahorraba ese conocimiento. Todo lo que quería era persuadir a Gloria de que fuera al Condado de Marin para poder ayudarla. Uno de los mayores actos de la clemencia de Dios es que nos tiene en perpetua ignorancia de nuestro destino. En 1976 (fracasado el intento de suicidio de Vancouver), totalmente enloquecido de dolor, Amacaballo Fat se cortaría la muñeca, tomaría cuarenta y nueve tabletas de digital de alta gradación y se encerraría en un garaje con el motor del automóvil en marcha; también entonces fracasaría. Bien, el cuerpo tiene poderes que la mente desconoce. Sin embargo, la mente de Gloria tenía total control de su cuerpo; estaba racionalmente loca. Casi toda locura puede identificarse con lo extravagante y lo teatral. Uno se pone una sartén en la cabeza, una toalla en torno de la cintura, se pinta la cara de púrpura y sale a la calle. Gloria estaba tan serena como siempre; se mostraba cortés y civilizada. Si hubiera vivido en la antigua Roma o en el Japón, habría pasado inadvertida. Su capacidad de conducir probablemente permanecía inalterada. Se detendría ante las luces rojas y no excedería los límites de velocidad... en viaje a casa de Fat para buscar las diez píldoras de Nembutal. Yo soy Amacaballo Fat y estoy escribiendo esto en tercera persona con el fin de ganar la tan necesitada objetividad. No amaba a Gloria Knudson, pero me gustaba. En Berkeley ella y su marido habían ofrecido fiestas elegantes y siempre nos invitaban a mi mujer y a mí. Gloría se pasaba horas preparando bocadillos y servía diversas clases de vino; se vestía cuidadosamente y lucía adorable can su rizado y corto pelo color arena. De cualquier manera, Amacaballo Fat no tenía Nembutal que darle, y una semana más tarde, Gloria se arrojó desde una ventana del decimo piso del Edificio Synanon en Oakland: California, y se hizo pedazos contra el pavimento del Bulevar MacArthur; y Amacaballo Fat siguió el insidioso y prolongado
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    33 y 1/tercio procesode decadencia al encuentro de la desdicha y la enfermedad, la especie de caos que, según los astrofísicos, es el destino que aguarda al universo entero. Fat se había adelantado a su tiempo, se había adelantado al universo mismo. Terminó por olvidar el acontecimiento que había iniciado su proceso de declinación en dirección a la entropía; Dios, piadosamente, nos mantiene en ignorancia del pasado además de ocultarnos el futuro. Durante dos meses, luego de enterarse del suicidio de Gloria, lloró, miró televisión y consumió drogas con mayor abundancia todavía; también su cerebro se extraviaba, pero él no lo sabía. La clemencia de Dios es infinita. En realidad, un año antes la locura había arrebatado a Fat su propia esposa. Era como una epidemia. Nadie sabía en qué medida aquello era consecuencia de la droga. Por ese tiempo en los Estados Unidos –de 1960 a 1970– y en ese lugar, la zona de la Bahía del Norte de California, todo se había ido a la mierda. Lamento decirlo, pero es la verdad. Los términos delicados y las teorías sofisticadas no pueden ocultar el hecho. Las autoridades se volvieron tan psicóticas como aquéllos a los que perseguían. Querían eliminar a todas las personas que no fueran clones del establishment. Estaban ganadas por el odio. Fat había visto policías que lo miraban con la ferocidad de un lobo. El día que trasladaron de la cárcel del Condado de Marin a Angela Davis, la marxista negra, las autoridades desmantelaron todo el centro cívico. Fue con el fin de frustrar a los radicales que hubieran intentado crear dificultades. Se paralizaron los ascensores; la señalización de las puertas contenía información falsa; el fiscal del distrito judicial se escondió. Fat vio todo eso. Había ido al centro cívico para devolver un libro a la biblioteca. Al pasar por el arco electrónico de entrada al centro cívico, dos polis desgarraron el libro y unos papeles que Fat llevaba consigo. Quedó perplejo. Todo ese día lo dejó perplejo. En la cafetería un poli armado miraba comer a la gente. Fat volvió a casa en taxi, con miedo de su propio automóvil y preguntándose si no estaría chiflado. Lo estaba, pero también lo estaban todos los demás. Soy, de profesión, escritor de ciencia ficción. La fantasía es mi empresa. Mi vida es una fantasía. No obstante, Gloria Knudson yace en una caja en Modesto, California. En mi álbum de fotografías hay una foto de las coronas del funeral. En colores, de modo que se puede apreciar la belleza de las coronas. En último término hay aparcado un VW. Se me ve entrando furtivamente en él en mitad del servicio. Me es imposible seguir aguantando. Después del servicio junto a la tumba, el ex marido de Gloria, Bob, yo y algún amigo lloroso suyo y de ella tuvimos un tardío almuerzo en un restaurante elegante de Modesto, no lejos del cementerio. La camarera nos hizo sentar en la parte trasera porque los tres parecíamos hippies, a pesar de llevar traje y corbata. No nos importó un comino. No recuerdo de qué hablamos. La noche anterior Bub y yo –quiero decir Bob y Amacaballo Fat– fuimos a Oakland a ver el film Patton. Algo antes de que tuviera lugar el servicio de inhumación Fat conoció a los padres de Gloria. Al igual que su hija fallecida, lo trataron con suma amabilidad. Varios amigos de Gloria estaban de pie, en el trillado cuarto de estar estilo rancho de California, recordando a la persona que allí los reunía. Por supuesto, la señora Knudson se había maquillado con exceso; las mujeres siempre se maquillan demasiado cuando alguien muere. Fat acarició a
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    33 y 1/tercio PresidenteMao, el gato de la muchacha fallecida. Recordó los pocos días que Gloria había pasado con él en su casa en ocasión del inútil viaje en busca del Nembutal inexistente. Recibió la revelación de la mentira con aplomo casi con neutralidad. Cuando uno va a morir no se cuida de menudencias. –Me las tomé –le había dicho Fat, acumulando mentira sobre mentira. Decidieron ir a la playa, la gran playa oceánica de la Península de Point Reyes. En el VW de Gloria, con Gloria al volante (ni por un momento pensó que impulsivamente podía ocurrírsele acabar con él ella y el automóvil) y, una hora más tarde, estaban sentados juntos en la arena fumando marihuana. Lo que Fat quería saber sobre todo era por qué intentaba matarse. Gloria llevaba jeans desteñidos por múltiples lavados y una camiseta sin mangas en cuya parte delantera estaba el malicioso rostro de Mick Jagger. El contacto con la arena era agradable y se quitó los zapatos. Fat observó que tenía las uñas pintadas de rosa y los pies perfectamente cuidados. Pensó para sí que moría como había vivido. –Ellos me robaron mi cuenta bancaria –dijo Gloria. Al cabo de un momento, él se dio cuenta por el tono mesurado y la lucidez con que enunciaba los detalles, que ellos no existían. Gloria desplegó un panorama de locura total e inexorable, una elaboración lapidaria. Había completado todos los detalles con herramientas tan precisas como las de un dentista. En su narración no quedaba el menor hueco. No pudo encontrar ningún error, excepto, claro está, la premisa según la cual todo el mundo la odiaba y trataba de atraparla; ella era inútil en cualquier sentido. Mientras hablaba, comenzó a desaparecer. El la miró partir. Era asombroso. Gloria, en su mesurado estilo, iba agotando su existencia palabra por palabra. Era racionalidad al servicio de... Bueno, pensó él, a servicio del no ser. Su mente se había convertido en un inmenso y hábil borrador. Todo lo que quedaba ahora realmente de ella era la cáscara; lo que equivale a decir, el cadáver deshabitado. Aquel día en la playa se dio cuenta de que ya estaba muerta. Después de haber fumado toda la marihuana, se echaron a andar y comentaron las algas y la altura de las olas. En lo alto graznaban las gaviotas navegando como veleros. Unas pocas personas estaban sentadas o caminaban por la arena aquí y allí, pero la playa, en lo fundamental, estaba desierta. Los letreros anunciaban corrientes de fondo. Fat, ni aunque en ello le hubiera ido la vida, era incapaz de imaginar por qué Gloria simplemente no se internaba mar adentro. Era sencillo: no le entraba en la cabeza. Ella sólo podía pensar en el Nembutal que le hacía falta todavía o que imaginaba que le hacía falta. –De los álbumes de los Dead el que prefiero es Workingman's Dead –dijo Gloria a cierta altura–. Pero no tendrían que abogar por el consumo de cocaína. Hay muchos niños que escuchan rock. –No es que estén abogando por él. La canción sólo es sobre alguien que la toma. Y que, entre paréntesis, le provoca la muerte; hace que su tren se estrelle. –Pero esa es la razón por la que me inicié en la droga –dijo Gloria.
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    33 y 1/tercio –¿Acausa de los Grateful Dead? –Por causa –dijo Gloria– de que todos querían que lo hiciera. Estoy cansada de hacer lo que los demás quieren que haga. –No te mates –dijo Fat–. Ven a vivir conmigo. Estoy solo. Realmente me gustas. Inténtalo por un tiempo al menos. Junto con mis amigos trasladaremos tus coas. Tenemos mucho por hacer, ir a distintos lugares, como hoy a la playa. ¿No se está bien aquí? Gloria no contestó nada. –Realmente, me haría sentir muy mal –dijo Fat–. Si te eliminaras me sentiría mal el resto de mi vida. De ese modo, como lo advirtió más adelante, no le ofreció ni un solo motivo que la estimulara a seguir viviendo. Seguir viviendo se convertiría en un favor a los demás. No habría podido dar un motivo peor aunque lo hubiera buscado durante años. Habría sido mejor atropellarla al dar marcha atrás al VW. Esta es la razón por la que las lineas de emergencia a disposición de los suicidas no están a cargo de papanatas; Fat lo aprendió más tarde en Vancouver, cuando, él mismo un suicida, llamó al Centro de Crisis de la Columbia Británica y recibió los consejos de un especialista. No había la menor relación entre esto y lo que le dijo a Gloria en la playa aquel día. Deteniéndose para quitarse una piedrecilla adherida al pie, Gloria dijo: –Hoy me gustaría pasar la noche en tu casa. Al oír esto, Fat tuvo una visión involuntaria de sexo. –Se llega lejos –dijo, pues así hablaba en aquellos días. La contracultura poseía todo un libro de frases que lindaban con la total carencia de significado. Fat solía enhebrar juntas un buen racimo de ellas. Así lo hizo en aquella ocasión; engañado por su propia carnalidad, se convenció de que le habla salvado la vida a su amiga. Su juicio, cuyo valor de cualquier manera no era excesivo, descendió a un nuevo nadir de agudeza. La existencia de una buena persona puesta en la balanza, puesta en una balanza que Fat sostenía, y todo lo que se le ocurría era la prespectiva de apuntarse un tanto. –Eso sí que es total –parloteó mientras andaban–. Inaudito. Transcurrieron unos cuantos días, ella estaba muerta. Esa noche la pasaron juntos durmiendo totalmente vestidos; no hicieron el amor; a la tarde siguiente Gloria se fue, en apariencia a buscar sus cosas, que habían quedado en casa de los padres en Modesto. Nunca más volvió a verla. Durante varios días esperó que apareciera y luego, una noche el teléfono sonó y era Bob, el ex marido. –¿Dónde te encuentras en este momento? –le preguntó Bob. La pregunta lo dejó perplejo; se encontraba en su casa; donde estaba el teléfono, en la cocina. La voz de Bob era serena. –Estoy aquí –dijo Fat. –Gloria se mató hoy –dijo Bob.
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    33 y 1/tercio Tengouna fotografía de Gloria con Presidente Mao en brazos; está de rodillas, se sonríe y sus ojos brillan. Presidente Mao está tratando de librarse. A la izquierda se ve parte de un árbol de Navidad. En el dorso la señora Knudson escribió con letra esmerada. Cómo le hicimos que sintiera gratitud por nuestro amor. Nunca llegué a darme cuenta si la señora Knudson escribió esas palabras antes o después de la muerte de Gloria. Los Knudson me enviaron la fotografía por correo un mes –enviaron la fotografía por correo a Amacaballo Fat un mes después del funeral. Fat había escrito solicitando una fotografía de ella. Antes se la había pedido a Bob, que le replicó en tono salvaje: –¿Para qué quieres una foto de Gloria? Y Fat no pudo responder. Cuando Fat me convenció de que empezara a escribir esto, me preguntó por qué Bob Langley se habría enojado tanto por su pedido. No lo sé. No me importa. Quizá Bob supiera que Gloria y Fat habían pasado una noche juntos y estuviera celoso. Fat solía decir que Bob Langley era un esquizoide; sostenía que el mismo Bob se lo había dicho. El pensamiento de los esquizoides no acompaña a los sentimientos adecuados; padecen lo que se llamó la «disecación de sentimientos». No tendría inconveniente en confesarlo. Por otra parte, Bob se había inclinado después de terminar el servicio de inhumación y colocó una rosa sobre la tumba de Gloria. Ese había sido el momento en que Fat se había retirado furtivamente al encuentro del VW. ¿Cuál de las reacciones resulta más adecuada? ¿Fat que llora a solas en el automóvil aparcado o el ex marido inclinado con la rosa sin decir nada, ni manifestar nada aunque haciendo algo? Fat no contribuyó al funeral con nada, salvo con un ramo de flores que compró durante el curso del viaje a Modesto. Se las había dado a la señora Knudson, quien dijo que eran adorables. Bob las había escogido cuidadosamente. Después del funeral, en el elegante restaurante donde la camarera los había puesto fuera del alcance de la vista, Fat le preguntó a Bob qué había estado haciendo Gloria en Synanon, puesto que supuestamente había ido a recoger sus pertenencias para volver al Condado de Marin e instalarse en su casa... según él lo había creído. –Carmina la convenció de que fuera a Synanon –dijo Bob. Ese era el nombre de la señora Knudson–. Por su adicción a la droga. Timothy, el amigo que Fat no conocía, dijo: –Por cierto, no fue mucha la ayuda que le dieron. No bien Gloria había entrado por la puerta principal del Synanon, le aplicaron el siguiente tratamiento: mientras esperaba sentada que la entrevistaran, alguien pasó al lado de ella y le dijo intencionadamente que fea era. La persona que se le acercó luego se ocupó de informarle que su pelo parecía un colchón para ratas. Gloria siempre había sido susceptible con su cabello rizado. La habría gustado que fuera largo como todos los demás cabellos de la tierra. El efecto
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    33 y 1/tercio delo que le hubiera dicho el tercer miembro del Synanon habría sido algo discutible, ya que por entonces Gloria había subido ya al décimo piso. –¿Esos son los métodos del Synanon? –preguntó Fat. Bob le explicó: –Es una técnica para quebrantar la personalidad. Una terapia fascista que hace que la persona se vuelva por entero al exterior y sea dependiente del grupo. Luego pueden erigir una nueva personalidad que no dependa de la droga. –¿No se dieron cuenta de que era una suicida? –preguntó Timothy. –Claro que sí –dijo Bob–. Ella les había telefoneado y había hablado con ellos; sabían su nombre y por qué se encontraba allí. –¿Hablaste con ellos después de su muerte? –preguntó Fat. Bob explicó: –Los llamé y pedí hablar con alguien que ocupara una posición directiva y le dije que habían matado a mi mujer; el tío me dijo que me hiciera presente y les enseñara cómo manejar a un suicida. Estaba tan alterado que me dio lástima. Cuando le oyó decir eso, Fat llegó a la conclusión de que Bob tampoco estaba muy bien de la cabeza. Sentía lástima por Synanon. Estaba tronado. Todos estaban tronados, incluida Carmina Knudson. En California del Norte no quedaba ni una persona cuerda. Era tiempo de largarse a otro lugar. Permaneció sentado comiendo la ensalada y preguntándose dónde ir. Fuera del país. A Canadá, como los que protestaban contra el reclutamiento. El personalmente conocía a diez tíos que habían cruzado subrepticiamente al Canadá para no ir a combatir a Vietnam. Probablemente en Vancouver se topara con media docena de personas conocidas. Vancouver se consideraba una de las ciudades más bellas del mundo. Como San Francisco, era un puerto importante. Podía comenzar la vida de nuevo y olvidar el pasado. Mientras estaba allí sentado jugueteando con la ensalada, se le ocurrió que cuando telefoneó, Bob no había dicho «Gloria se mató», sino «Gloria se mató hoy», como si hubiera sido inevitable que se matara un día u otro. Quizás esta suposición era lo que había provocado el hecho. A Gloria se le había concedido un tiempo determinado como si hubiera estado rindiendo un examen de matemáticas. ¿Quién era en realidad el loco? ¿Gloria, él (probablemente él), el ex marido o todos ellos juntos, toda la zona de la Bahía, no loco en el sentido amplio del término, sino en su estricto sentido técnico? Permítase decir que uno de los primeros síntomas de la psicosis consiste en que la persona sienta que quizá se esté volviendo psicótica. Es otra trampa china. No se puede pensar en la cura sin llegar a formar parte de ella. Por pensar en la locura Amacaballo Fat iba cayendo gradualmente en ella. Ojalá hubiera podido ayudarlo.
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    33 y 1/tercio luis eligio pérez (la habana, 1972) no sé, no puedo pasar PRESENTACIÓN Un frasco. Hay un amigo de cuando la guerra; la guerra y los recuerdos nos tienen hipertensos. Andamos... El frasco. 30 tabletas. Atenolol. Hay luna llena, las nubes oscuras avanzan, corren. POSOLOGÍA La dosis de mantenimiento es de 50 a 100 mg. El trafico es fuerte como un puño, no hay sentido esa es la existencial. El fuego amarillento del día cae como baba sobre las conciencias. Hay rostros que oscuros avanzan, Corren Acólitos. Él grita «Un cohete siempre apunta a nuestra luna una garra mas bien. Y hay un muro un nudo un puño no se conocen vienen al silencio, si se fijan. No sé...» Al Silencio PRECAUCIONES Bradicardia. Embargo...(EL SILENCIO ENSORDECE) Puede producir mareos, visión borrosa, por lo que ( EL SILENCIO ENSORDECE) los pacientes bajo tratamiento deberán observar
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    33 y 1/tercio precauciones(EL SILENCIO ENSORDECE) cuando conduzcan vehículos o realicen otras tareas que requieran alerta. Atenolol. Cada tableta contiene 100 mg de atenolol. Estamos hipertensos. Él grita «Un cohete siempre apunta a nuestra luna...» y la guerra? Sólo el fuego amarillento del día cayendo sobre la ciudad. El Silencio. REACCIONES ADVERSAS Faringitis. Fiebre. Dolor de garganta. Leringospasmo. Molestia respiratoria. Bradicardia. Mareos. Vértigo. Fatiga. Depresión mental. Parestesia. Letargo. Ansiedad. Nerviosismo. Somolencia. Hiperglicemia. Hipoglicemia. Dolor hepigástrico. Constipación. Nausea. Irritación de la piel. Irritación de los ojos. Visión borrosa. Broncoespasmo. Disnea. Tos. Dolor y calambres musculares. Prurito. Rash. El Silencio. Nota: Este poema es con Nilo Julián González Preval ●●● Lo irreparable roe con diente maldecido Nuestra alma, mísero monumento; Y a menudo socava, como insecto escondido, Debajo mismo el basamento. ¡Lo irreparable roe con diente maldecido! baudelaire circulo …tanta gente confusa en las aceras. Vienen cerrando la ciudad: Humo
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    33 y 1/tercio ASEDIAR AL ENEMIGO NO DENGUE NO AIRE (Voces): «¡VENDO CEBOLLAS... al MENOS ESPECIE la no FALTA en La Casa!» Vendo cebollas. Al menos la especie no falta en la casa. Mancos combatientes drogadictorios. En el ahogo y el miedo respiro su gracia: vender especie: Oro de la antigüedad. «La antigüedad es la situación de nosotros /No somos los mismos que en la pequeña pantalla /que vivimos fuera de la moneda. /gritamos a una sola voz. Por la ignorancia del tener que subir/ abajo/ hay cruces distintos y en verdad somos la misma Especie: no se respira gracia ninguna, qué cosa...!»1 No ASEDIAR NO DENGUE NO AIRE No «...VENDO CEBOLLAS... al MENOS la ESPECIE 1 Diálogo entre el poeta Amaury Pacheco Del Monte y Alberto El Cojo de Obispo: su hijo perdió un miembro en la guerra de Angola y ahora vende cebollas.
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    33 y 1/tercio NO falta en La Casa...» HUMO gente confusa en las aceras HUMO (vase ) C E R R A N D O ●●● cristo en la calle ( transcrito oral sin corrección) Estoy preso de la vida libre de mí. Veo a los hombres las manos vacías se sientan a cualquier lado doblan en cualquier calle andan como gatos o muy lentos presos en las ansias de vivir bien, buscar… Tendríamos que ver levantarse al sol como saludar la bandera
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    33 y 1/tercio enlos depositarios mentales, pero en ese instante rompemos al mundo: vigilamos porque la gran maquinaria respire nos disfrazamos nos encarnamos el otro. El obrero el político el distribuidor el taxista el religioso el pobre sobre el alcantarillado en los boulevares, el aviador el terreno el todoterreno hombreinstrumento el que duerme. Frente al sol mismo es el mundo material lo que brilla en los ojos, otro volante en la cabeza. Tendríamos que ver: asere culto para asere libre asere culto para asere libre. Levántate sol en mis ojos, permíteme recomendar: asere culto para asere libre asere culto para asere libre, mira esta mano que transparencia tu luz. El presente es tan grande, hombre: no nos distanciemos mucho, dijo Drumond, asere culto, no nos distanciemos mucho, vayamos tomados de la mano. El tiempo es el material, dijo... veo a los hombres frente al sol mismo es el mundo material
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    33 y 1/tercio loque brilla en los ojos; levantarse, buscar... los niños, ordenados, al depositario, el volante en la cabeza, la maquinaria respirándonos. El tiempo es el material el tiempo presente los hombres presentes: Drumond, asere culto, veo a los hombres las manos vacías se sientan a cualquier lado doblan en cualquier calle andan como gatos o muy lentos presos en las ansias de vivir bien. Tendríamos que ver, asere culto. Levántate sol en mis ojos; aunque la lengua es dura, permíteme un salmo: Guarda mi alma y líbrame No sea yo avergonzado porque En ti confié; Integridad y rectitud me guarden Porque en ti he esperado, preso de la vida libre de mí._ Se va, se va por cualquier calle. Reza, rezan, rezando: asere culto para asere libre asere culto para asere libre asere culto para asere... replay
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    33 y 1/tercio eloy fernández porta (barcelona, 1974. autor de los libros de relatos Los minutos de la basura, 1997, y Caras B. De la música de las esferas, 2001.) retórica y punk en el relato contemporáneo vida después de Carver. El editor de antologías y teórico del relato Joe David Bellamy describe en su libro Literary Luxuries (1985) una discusión, sostenida a mediados de los ochenta, entre el por entonces encumbrado Raymond Carver y el joven TC Boyle. En el marco de un congreso de escritores norteamericanos, Carver oficiaba una defensa del arte del relato en la más pura tradición que va desde Chejov y Hemingway hasta él mismo. Las condiciones de producción de esta línea son sobradamente conocidas por antologías, decálogos del relato y poéticas "personales" que recorren esa década: un relato es un asunto de precisión; un relato es un asunto de exactitud; una sola palabra mal escrita da al traste con el relato; el relato sugiere lo que no dice, indica lo que no puede hacer explícito; el relato es un arte de la alusión y la indirecta, etc. La noción de narración breve así propuesta era, por aquel entonces, santo y seña de toda una generación de cuentistas, varios de los cuales (Ford y Wolff) se encontraban entre el público en ese momento. TC Boyle tomó la palabra para matizar esta visión, señalando que la estética carveriana corría el riesgo de convertirse en un dogma de la narración breve, y que otras formas narrativas, menos discretas, más maximalistas y expresivas, merecían asimismo el nombre de relato. A diez años vista la intervención de Boyle parece revelarse como un punto de giro en las tendencias contemporáneas de este género. A medida que los imitadores de Carver (y de sus propios imitadores) proliferaban –a medida que seguían publicándose compilaciones clónicas bajo el membrete de minimalismo literario– la concepción del relato representada por él fue revelándose cada vez más como una estética conservadora, reductiva y cerrilmente inconsciente tanto de la tradición de las vanguardias como de las nuevas condiciones de la era audiovisual. En efecto, los valores de discreción, concisión y exactitud que emanan de esta teoría de la brevedad recuerdan con demasiada frecuencia a un manual de urbanidad para damiselas decimonónicas; más aún, se nos presentan como un intento desesperado de volver a los principios tranquilizadores de la clase media en un momento histórico en que la disparidad de niveles económicos ya sólo permite hablar de potentados y excluidos. Pues el rasgo fundamental de esta estética puede cifrarse en el intento de alcanzar un grado medio del lenguaje literario: cultivado pero no intelectual, psicológico pero no psicologista, alusivo pero no directamente referencial: un modelo estilístico que se sitúa sólo un peldaño por encima del columnismo periodístico de calidad. El que este modelo de lenguaje se
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    33 y 1/tercio propusieraprecisamente para las formas breves no hace sino incidir –pensaron muchos– en una idea prejudicial de las relaciones entre la narración larga (que puede ser excesiva, fastuosa, digresiva) y la corta (que debe mantenerse en el limbo de la discreción). Es esta propuesta, con frecuencia excluyente, del grado medio del lenguaje y de la experiencia, la que determina que desde finales de los años ochenta y hasta hoy mismo convivan en las nuevas prácticas del relato dos tendencias aparentemente dispares. Por una parte, una tendencia que cabría llamar retórica: referencial, en algunos casos hasta la sobredosis, abundante en sátira y parodia, en diálogo muy abierto tanto con la tradición literaria como con la popular. Por otra parte, la línea que quiero caracterizar como punk, y que persigue el ideal vanguardista de la escritura inmediata, del golpe de dados, en nombre de una ilusión de naturalidad. Es la combinación de estas dos líneas lo que convierte el relato en la forma más decididamente vanguardista de las letras contemporáneas. fricciones. A lo largo de la época posmoderna, el término ficciones fue adoptado, en distintas literaturas, como nombre general para un conjunto de textos que se apartaban, de muy diversas maneras, de la estética realista. El término propuesto por Borges es popularizado en Estados Unidos por Robert Coover desde su Pricksongs & Descants (El hurgón mágico, 1969), una obra cuya diversidad (fábulas, parodias de lenguaje cinematográfico, cuentos de hadas satirizados) era ya expresiva del carácter abarcador y tentativo de ese término. A mediados de los años noventa la noción adoptada por Coover y sus discípulos es sucedida por la de fricciones. Ambos son términos inclusivos: si el primero es un término oposicional en el que caben opciones estilísticas muy dispares, en la idea de fricciones, generada en el marco del sector más radical de la universidad norteamericana, suele haber un discurso sobre la complementariedad entre narración y ensayo en que la idea deconstructivista de la apertura total de géneros es recuperada en el marco de un discurso centrado primordialmente en la cultura pop. En la introducción a la antología Degenerative Prose (1995), Mark Amerika se refiere al contenido del libro como anything that re-synthesizes wild, hybridized forms of prose including fiction, faction, friction and non-diction. La definición es desarrollada por Amerika y Lance Olsen en el prólogo a la antología de textos críticos In Memoriam to Postmodernism (1996), donde se identifica con la búsqueda avant-pop de una escritura heteroglósica centrada en la presencia de una multiplicidad de voces y discursos en una sola forma: «Some of Avant-Pop’s most utilized techniques can best be summarized in the word heteroglossia, or A MULTIPLICITY OF NARRATIVE VOICES HOUSED IN A SINGLE "FORM". In this case, a subset thereof could be called FRICTION, i.e., various creative discourses fused, interfused and confused with various critical ones.»
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    33 y 1/tercio FRICTION= (F) (ICTION) + (C) (RI) (T) ICISM La idea de fricción aparece así vinculada a la tradición de la ékfrasis, esto es, de las formas textuales que se desarrollan en el espacio diferencial entre distintas modalidades expresivas –crítica y creación, exposición y exégesis– y que fundan su efecto en la tensión entre las respectivas modalidades de lectura. En su difusión y aceptación tiene que ver la noción bajtiniana de dialogía o combinación no jerarquizada de voces narrativas en el marco de un texto literario, siendo ésta una noción considerablemente exitosa en la escena independiente norteamericana, y en especial en los artículos y panfletos de Amerika. Si toda forma vanguardista propone un diálogo o traslación entre estilos o modalidades artísticas en principio incomunicadas, la fricción hace especialmente patente este rasgo por medio de una cierta suciedad narrativa, rechazando el estilo único y la integración en favor de la mezcla súbita y la ruptura. Quizá el ejemplo más notorio de esta forma informal sea la obra de Harold Jaffe, cuyas extreme experimental f(r)ictions, son friccionales en virtud de cuatro rasgos principales: su uso de la teoría (lacaniana, marxista) como parte integrante del material narrativo; su reapropiación de contenidos de la cultura popular en contra del pensamiento del mainstream; su uso de técnicas rupturistas como parte de una sintonía con la percepción de la cultura pop; su defensa de la invasión de espacios genéricos o tensión entre formas literarias como configuración de una Interzona creativa. En su bestiario Beasts (1987), Jaffe ofrece un conjunto de descripciones de la animalidad en las que se entrecruzan la descripción antropológica de seres remotos con el retrato del animal político. Así su relato John Crow, narrado desde un inquietante punto de vista que combina la información histórica con el testimonio, el adentro y el afuera de la narración. En uno de sus mejores escritos, Illegal aliens, Jaffe propone una visión del texto literario como reptil del desierto (gila monster), siempre inabarcable, exterior, y restistente a la inyección letal que congele su significado. El encuentro impensado que buena parte de las fricciones tematizan es la articulación entre una temática pop y un punto de vista de teoría cultural, o, si se prefiere, la visión, por parte del sector más radical de la academia, del pop como nueva vanguardia. Muy expresiva de esta visión es la obra cuentística de Curtis White, quien ya en su Heretical Songs (1980) presentaba una visión rabelaisiana de varios autores de música clásica, empleando una forma bastarda de descripción histórica. Si su segundo libro de relatos, Metaphysics in the Midwest (1988), incidió en una caracterización de los personajes como seres de dibujos animados, es su tercer volumen, Memories of my Father Watching TV (1998), el que más claramente sitúa el tema pop de la televisión como forma contemporánea. White dramatiza la experiencia infantil de ver la televisión con su padre convirtiéndolo en un personaje más de las teleseries (Commando, o el estupendo recuento de Bonanza) y trasponiendo así la relación familiar a la semiosfera.
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    33 y 1/tercio Elimpulso satírico que recorre la obra de White aparece también, en forma más punk, en los relatos de Derek Pell, cuyo X-Texts (1994) ofrece un catálogo de versiones de clásicos de la literatura pornográfica. El libro de Pell es expresivo de una forma renovadora de concebir no ya sólo el relato, sino el conjunto: el libro de relatos entendido como antología delirante, como one-man-show, como muestra espectacular de posibilidades de expresión retórica. No se trata ya de los volúmenes de relatos lúdicos que produjeran Cortázar o Cabrera Infante en los años setenta: aquí la diversidad formal es más bien un imperativo que permite al autor, cambiando de estilo y de referencia de texto en texto, proponerse como un grupo de escritores en uno. En esta línea pueden leerse asimismo las obras de Don Webb, Uncle Ovid’s Exercise Book (1988) y A Spell for the Fulfillment of Desire (1996), que recorren un amplio espectro de registros, desde la ciencia-ficción a la mitología clásica, desde la constricción hasta la adaptación de un tema musical. La fricción es también el encuentro de dos autores: la escritura a cuatro manos, aplicada a una forma aún sin legislar como es el microrrelato, contribuye a conformar un modelo textual mucho más abierto, como puede comprobarse en Twilight of the Bums (2000), la colaboración entre Raymond Federman y George Chambers, que bebe de las fuentes del shandysmo y la comedia de situación. el factor P. El cuentista y crítico de la cultura italiano Tiziano Scarpa llama la atención, en su libro Cos è questo fracasso?, sobre la necesidad de un Factor P que atraviese y transforme la creación literaria. Por Factor P entiende Scarpa un impulso inmediatista, improvisatorio y visceral, cuyo referente remoto son los experimentos vanguardistas, y cuyo anclaje con la contemporaneidad es la música punk, o, si puede decirse así, la tradición del punk. En varios de sus artículos, Scarpa reivindica las formas musicales más directas e improvisatorias como forma contemporánea de la poesía, solicitando la aparición de un gran músico italiano de hip-hop que ostentaría el título de poeta de la época. Su reciente libro de relatos Amore® (1998) ofrece abundantes ejemplos de textos de escritura muy directa, influenciada por la publicidad y los cómics, como Cose che mi passano per testa mentre Maria Grazia mi fa un pompino. No obstante, esta vena no está en contradicción con la representada por relatos de composición arquitectónica, que beben de las fuentes del oulipismo, como el fabuloso Madrigale, que refiere, en forma de construcción alfabética, la historia de un nuevo Edipo, hijo de una lavadora. Puede decirse que este tipo de combinación es una constante de los movimientos de vanguardia, y más explícitamente, de las formas vanguardistas del relato. Parte del proyecto del grupo OULIPO, cuya contribución al arte de la narración breve pervive en la vanguardia norteamericana, es la invención de formas textuales catalógicas a partir de las cuales elaborar el libre juego de la improvisación. Una idea similar está en la obra de uno de los maestros del relato posmoderno: Ronald Sukenick. En varios de sus artículos y manifiestos, Sukenick ha popularizado una idea de la tradición literaria occidental entendida como la discusión entre la tradición lógico-argumentativa y la tradición retórica,
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    33 y 1/tercio quese remontaría al debate entre Sócrates y los sofistas. En esta lectura, el bando de los sofistas sería el de los dueños de la retórica, los abogados del diablo, los detentadores de todas las formas expresivas. Desde su primer libro de relatos, The Death of the Novel and Other Stories (1969), Sukenick experimentó con las posibilidades de la narración grabada (la importancia de la voz sobre el texto escrito), la corriente de conciencia y el acercamiento a un ideal dato primitivo de la experiencia. En sus libros posteriores, Sukenick, cada vez más a contrapelo de la tendencia conservadora de los carverianos, tiende a dar priroridad al libro de relatos como forma abierta sobre el relato mismo como texto autónomo, proponiendo continuidades temáticas y formales entre los textos, ocupando el espacio en blanco (interzona) entre relato y relato con fragmentos de texto en composición o static, y creando un orden que halla su expresión en el título de su segundo libro: The Endless Short Story (1985). A mediados de los ochenta, la cuentística de Sukenick anticipaba ya las nuevas preguntas que la teoría del relato se formularía años más tarde en relación con la aparición de las formas literarias hipertextuales: ¿dónde está la clausura formal del texto, si la hay?, ¿cómo cambia el espacio de la página al proyectarse sobre la pantalla? Ya al principo de la era de internet, Sukenick emplea el título hiperficciones para designar el que por ahora es su último libro del género, Doggy Bag (1994), que defiende una estética del reciclaje, la recombinación y el cruce de formas estéticas diversas. Desde el relato pornográfico (The Burial of Count Orgasm) hasta la reescritura de The Waste Land como película de zombis (The Mummy’s Curse), el libro forma una continuidad de corrientes textuales y visuales, unificada por la personalidad de Sukenick como escritor total. espectáculos. La noción de espectáculo, desarrollada por Guy Debord y los situacionistas, ha servido a lo largo de los últimos años como orientación para definir lo que no es tanto un modelo de relato como un espíritu general o condición de posibilidad en los temas de la narración breve. En la visión de Debord, el espectáculo es a la vez el resultado y el proyecto de la sociedad de consumo considerada como conjunto de imágenes y formas expresivas; la observación y desglose sociológico de las modas, novedades y productos del mercado que configuran el campo de lo espectacular se vuelve así no tanto una tarea sociológica como un trabajo de campo revolucionario, en tanto que «bajo las modas visibles que desaparecen y reaparecen en la superficie fútil del tiempo pseudocíclico contemplado, el gran estilo de la época se halla siempre en lo que está orientado por la necesidad evidente y secreta de la revolución». La mirada crítica del espectáculo es, así, una visión de segundo grado de las actividades e intenciones del poder político, y de su expresión en las arqueológicas novedades del mercado. La aplicación más explícita de este término al ámbito del relato la da el ya mencionado Harold Jaffe en su tercera compilación, Madonna and Other Spectacles (1987). A lo largo de las tres secciones del libro, Jaffe tiene presente la idea debordiana del ánalisis de la moda como capa superior de un gran
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    33 y 1/tercio estilo,adaptándola a una lectura subversiva de un conjunto de iconos pop como portadores de valores contraculturales. Así, la cantante Madonna se convierte, en una lectura vinculada al posfeminismo cosmopolitan, en un adalid de la sexualidad libre y del discurso anticlerical (Madonna); Boy George pasa a ser visto como un/a adelantado/a de la reivindicación de una identidad sexual cambiante y fluida (Boy George); el programa de televisón Max Headroom es reivindicado como instancia de crítica cultural situada en el corazón mismo de la experiencia televisiva (Max Headroom). El relato diseminado The Marx Brother, en cambio, da cuenta de un aspecto que Debord aún no llegaba a prever: la conversión del pensamiento marxista en ideología del mercado a la luz de las ofertas millonarias recibidas por profesores universitarios de esta tendencia para enseñar en Carolina del Norte o Texas, en una referencia indirecta a Noam Chomsky. El relato Bomb, organizado a partir de una doble columna que se divide en texto central y comentario, desarrolla una crítica de la visión que da la cadena televisiva ABC del día después de un holocausto nuclear, en una línea que coincide con el comentario debordiano sobre cómo el peligro nuclear es significativamente retirado del espectro de máxima visibilidad que los medios de comunicación postulan como propio. Acaso el ejemplo más significativo de cómo en la forma del espectáculo se replantean las relaciones entre arte de vanguardia y cultura de masas se encuentre en el más reciente de los libros de Jaffe, Straight Razor (1995). El relato Counter Couture muestra, en un tono de crónica periodística con escasa intervención autorial –a diferencia de otros textos suyos donde la teoría está más presente–, cómo la aparición de un grupo de skinheads en el programa televisivo de Geraldo Riviera da lugar, a partir de su inesperada defensa del travestismo, a la expansión mediática de la moda transexual, que llega hasta un proyecto de anuncio para Nike –aludiendo indirectamente a la aparición de William Burroughs en uno de los anuncios de esta marca comercial como gran momento de interferencia entre cultura de masas y contracultura–. En su lectura del texto, Jay Miller sugiere que Jaffe se propone contestar a la noción blanda o comercial de espectáculo por medio de una escritura concebida como guerrilla writing. Más allá de la versón de guerrilla que Jaffe le da, el espectáculo es, en general, la forma en que aflora el problema de la sobredosis de información y la necesidad de establecer o improvisar criterios de gestión de un saber que entra en conflicto cada vez más directo con los datos del día. El relato se convierte entonces en la forma idónea para expresar esta cuestión, pero no ya por su carácter de "pieza única" para ser leída bajo una "unidad de atención" (qué unidad de atención en la red electrónica), sino precisamente por su capacidad para aglutinar, en una forma contundente, la disparidad de las llamadas que nos rodean. En este sentido, la obra literaria de Mark Leyner ofrece, en sus libros I Smell Esther Williams (1983) y My Cousin, My Gastroenterologist (1990), el punto de vista de una mentalidad fascinada y saturada a la vez por la sobrecarga informativa de la televisión y la prensa. Para Leyner, que en sus inicios fue el más punk de los escritores de su generación, la modalidad narrativa en que puede expresarse este estado de ánimo intelectual es una escritura informalista, en que las técnicas derivadas del monólogo interior se
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    33 y 1/tercio danla mano con la estética de la MTV. En una línea más formalista y exquisita, Susan Daitch presenta en su colección de ficciones Storytown (1996) una serie de irónicos retratos de la víctima propiciatoria de la era de la información: el archivista o catalogador (de cuadros, películas o lenguajes) enfrentado a continuas interferencias entre su objeto de estudio y el mundo que le rodea entendido como criptograma. El escenario central de Storytown es un parque temático del mismo nombre, cuyos empleados se ven obligados a jugar sus vidas en la diferencia entre la identidad privada y el personaje ficcional que deben representar. Esta figura del parque temático reaparece a lo largo de varias colecciones de relatos de los años noventa, convirtiéndose en un escenario privilegiado, entendido como lugar de cruce de la ficción y el trabajo, o del trabajo como ficción del dinero. La narrativa breve de J .G. Ballard ya había anticipado, unos años antes, la importancia y representatividad de este espacio –en su relato The World’s Greatest Theme Park, referido a Europa–; asimismo, George Saunders le ha dedicado casi íntegramente sus dos colecciones, CivilWarLand in Bad Decline (1993) y la recientemente traducida Pastoralia (1999). Si el libro de relatos de la época posmoderna se había postulado frecuentemente como una casa (la casa de los locos de John Barth, o la casa del mono de Kurt Vonnegut) que albergaba habitaciones separadas y estilísticamente contradictorias, el modelo de libro de relatos propuesto en los últimos años tiende a adoptar la forma de un espacio ficcional (friccional), cuyas partes se encuentran en contigüidad y se invaden mutuamente, de tal manera que la diversidad de modos y estilos queda articulada bajo una misma premisa espectacular. Así, la idea antes mencionada de Amerika sobre las voces y tonos housed in a single form adquiere un espacio representativo: hiperbólico, sobrecargado en la comedia y en la reescritura, e inasequible a las concepciones tradicionales del relato bien fait. (Tomado de Barcelona Review) replay
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    33 y 1/tercio orlando luis pardo (la habana, CUBA, 1971 – orlando, FLA, 2959) horror civis En palabras de OLP: «Todo es escritura. Las profesiones pueden ser entendidas como una cicatriz al rojo vivo que las instituciones nos legan, para así hacernos cómplices de su cerrazón y anquilosamiento. Supongo que la bioquímica y yo no seremos la excepción. Pero igual me he sentido escritor lo mismo cuando estudiaba en la Facultad de Biología (1989-1994), que cuando fungía/fingía como biólogo molecular en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (1994-1999), que durante mi par de años de atiborrante desempleo, que cuando fui promotor cultural –el summun del horror literari– y luego redactor simultáneo de las revistas ExtramuroS (2001-2005) y, para colmo, Cacharro(s) también (2003-?). Una cosa es cierta: con el tiempo he perdido mi inocencia como escritor. Las influencias tientan y paralizan. Si he de contestar técnicamente tu pregunta, te diría que empecé, como tantos, por la poesía, rimando versos en inglés durante un onceno grado adánico en el preuniversitario "Cepero Bonilla" de La Víbora, en 1987. La hacía para mí, para compensar mis no lecturas de poesía. Y también hice letras de canciones en inglés cuyas melodías tan sólo yo en el mundo he de conocer: ese es mi profano placer y privilegio. La narrativa llegó algo después, entre doce grado y la universidad. Ah, y qué grata sensación de poder fue ponerme a narrar, incluso narrar en el mar. Fue tan simple como coser y contar. La ficción ha sido la peor traición que me he hecho, pero de cuya tradición ya no me puedo ni quiero despegar.» Horror civis: 12 preciosas melodías que el autor (o performer, podríamos anglizar a little el término (¿termino? ¿terminó?)) ha grabado (o piensa grabar) en algún momento. La literatura no más, o fotografía, o acto. Guitarras, bajo, batería. 12 preciosas melodías tomadas como minificciones, o 12 minificciones tomadas como quieran tomarse. Aquí está, por vez primera, el contenido íntegro de este LP de OLP.
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    33 y 1/tercio side a tocata (2: 08 min) toc, toc, toc: jugábamos al go. toc, toc, toc: en un cartón inventado y con piedritas recogidas sobre el asfalto. toc, toc, toc: jugábamos al go y esperábamos la muerte del premier. toc, toc, toc: en un cartón inventado y con piedritas recogidas sobre el asfalto. toc, toc, toc: jugábamos al go. affaire (3: 34 min) todas las noches me acuesto y le increpo a dios: «señor: si en realidad eres todopoderoso, no me despiertes aquí». por supuesto, yo no creo en dios y, supongo que en legítima defensa, él tampoco me presta la menor atención. entonces me duermo, tras mil y una pirueta sobre la cama, fatigado por nuestra mutua falta de fe, y, unas horas después, me despierto otra vez en el mismo lugar. entonces le increpo de nuevo a dios: «señor: muchas gracias por ser nadapoderoso y haberme despertado aquí». como ven, ya nos resulta imposible continuar así. se va haciendo evidente que, más temprano que tarde, uno de los dos tendrá que deponer su ironía. y es que no hay historia que soporte semejante tensión. rumor (5: 54 min) dejó de crecer la hierba. al principio fue sólo con las ramnáceas, tan sensibles a la sequía. después se marchitaron gramíneas, rosas, altifolias y kimilsungias. al mes ya no quedaban campánulas ni pedunculáceas. y luego, por fin, fue el turno de las cactáceas, símbolos de la resistencia en la imaginación popular. en este punto casi cunde el pánico entre los peritos, si bien nada comunicaron a la población: ya era bastante trágico que dejara de crecer la hierba, para encima atizar el caos y la superstición. pero, cuando los penachitos de las palmíferas comenzaron a caer sobre las aceras, jardines, avenidas y guardarrayas de la nación, nadie pudo evitar que se expandiera el rumor: «¡el país se desverdifica!», decían los de mejor intención. «¡el país se diversifica!», decían los de peor. casi era preferible que llegara una guerra a tiempo pues, sin hierba, ni siquiera una amenaza de guerra los podría salvar. y justo entonces, cuando ya se comentaba de exilio colectivo y hasta de terrorismo interestatal, comenzó a crecer la hierba. al principio, otra vez, fueron las ramnáceas, tan sensibles a la llovizna. después germinaron gramíneas, rosas, altifolias y kimilsungias. y al mes, por fin, también campánulas y pedunculáceas. para cuando reverdecieron por fin las cactáceas, símbolos de la resurección en la imaginación popular, los peritos se congratularon de no haber hecho pública la posibilidad de semejante holocausto pues,
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    33 y 1/tercio encuanto a la población, ya era evidente que todo no había sido más que un rumor y, respecto a las palmíferas, que nunca se recuperaron y servían como postes del alumbrado público, ¿quién recordaría ahora el color real de sus penachitos…? in extremis (10 :14 min) cuando por fin llegamos hasta maisí, descubrimos que había un velorio en la calle: incontables viejitos sentados en cada acera, entre termos de chocolate, abanicos de paja, y unos cucuruchos de dulce de una masa negra llamada guaspén. todo amigablemente animado a la par que angustiosamente tedioso. aquello era, supimos antes de buscar una casa que alquilara a cubanos, lo único real que todavía ocurría en sus viditas extremas: velorios públicos. horror civis (4: 32 min) mi amigo el poeta loco llega a casa con un libraco. lo abre y se pone a hojearlo en alta voz para nadie. atlas de cuba en conmemoración al xx aniversario del triunfo de la revolución. instituto cubano de geodesia y cartografía: la habana 1978. prólogo, introducción, división político- administrativa. mapas de naturaleza y recursos: mapa físico, geología, tectónica, yacimientos minerales, geomorfología, temperaturas, precipitaciones, presión atmosférica y vientos, huracanes, suelos, vegetación, bosques, fauna, paisajes naturales protegidos. mapas de economía: energía eléctrica, hidroeconomía, uso de la tierra, cítricos, café, frutas, viandas, hortalizas, arroz, ganadería, pastos, industria azucarera, industria tabacalera, industria minero-metalúrgica, industria química, industria de los materiales de construcción, industria del papel, industria ligera, industria alimenticia, economía pesquera, transporte, exportación, importación. mapas de población y cultura: dinámica de la población, educación, personal docente, escuelas de arte, bibliotecas, museos y monumentos, teatros, casas de cultura, cines, emisoras de radio y televisión, salud pública, educación física, deportes y recreación, turismo. mapas de historia: revolución en el poder y agresiones imperialistas, república neocolonial, guerras de independencia, descubrimiento y colonización. mapa geográfico general. datos informativos complementarios. instituto cubano de geodesia y cartografía: la habana 1978. atlas de cuba en conmemoración al xx aniversario del triunfo de la revolución. mi amigo el poeta loco cierra entonces su libraco y anuncia en alta voz para nadie que ya se va. «la ausencia de la muerte es lo que más me aterra», confiesa a modo de despedida antes de tirar la puerta y salir. cesárea (6: 78 min) al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡no mueras, te amo tanto!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
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    33 y 1/tercio se le acercaron dos y repitiéronle: «¡no nos dejes! ¡valor! ¡vuelve a la vida!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: «¡tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. le rodearon millones de individuos con un ruego común: «¡quédate hermano!» pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre, y ya echábase a andar cuando ¡ay! cayó otra vez al suelo. lo escrito, escrito está: era el fin de la batalla y había muerto el combatiente. la primera línea es sagrada para la credibilidad de cualquier ficción. Who's in a bunker / Who's in a bunker / Women and children first / And the children first / And the children / I'll laugh until my head comes off / And swallow till i burst / Until I burst / Until I / Who's in a bunker / Who's in a bunker / I've seen too much / You haven't seen enough / You haven't seen a / I'll laugh until my head comes off / Women and children first / And children first / And children / Here we are / Anything all of the time / Here we are / Anything all of the time / Ice age coming / Ice age coming / Let me hear both sides / Let me hear both sides / Let me hear both / Ice age coming / Ice age coming / Throw it in the fire / Throw it in the fire / Throw it in the / We're not scaremongering / This is really happening / We're not scaremongering / This is really happening / Happening / Mobiles work / And mobiles chirping / Take the money and run / Take the money and run / Take the money / Here we are / Anything all of the time / Here we are / Anything all of the time / Idiotheque radiohead replay
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    33 y 1/tercio side b ferrosa (3: 45 min) miré al televisor: «el que a hierro mata, a hierro termina...», coreaba la multitud. estaban en el cementerio y, en efecto, alguien había matado a alguien y ahora se pedía otra muerte ejemplar: más sangre ferrosa lista para despilfarrar. miré a mi madre, tenía casi ochenta años y se balanceaba en su sillón mientras sonreía en silencio, ininvolucrable de remate, acaso asumiendo que a su único hijo no le pasaría nada antes de ella morir. irritante de tan impasible. «mamá», exploté, «¡un día de estos mato a alguien o me hago matar...!» pero nada. ella sólo sonreía en silencio con la vista clavada en el cementerio atestado como un mercado. mi madre está confiada en que, a través del vidrio velado de la pantalla, no hay diálisis que valga entre la mía y aquella sangre ferrosa ya lista para despilfarrar. apoplegía de la p (5: 21 min) la pena me cerraba los ojos, paralizándome. yo los abría de nuevo, pero ella seguía allá afuera, tironeando mis párpados, pesadamente. oh. un día me cansé de tanto pesar y tanta postración. algo tenía que hacer para despertar a la vida, así que al día siguiente salí a las calles de la patria con una proclama en alto: «viva la letra p», chillaba mi cartelón de penetrantes colores: azul prusia, blanco paz, y rojo punzó. pero fue un desastre. todo salió al revés, como de costumbre. los eventos se desarrollaron con demasiada procacidad. peritos y policías políticos, periodistas pedantes o independientes, público promiscuo y, finalmente, prisión preventiva: en una peculiar conspiración de la p... ha pasado el tiempo, pero todavía hoy no consigo entender por qué todos me tomaron a priori por algún líder peligroso de la oposición. de hecho, en el proceso me impugnaron la presidencia de cierto «partido cubano de la letra p» del que nunca antes se oyera pronunciar palabra. diálogo (4: 11 min) «padre, ¿reconoces mi cuerpo?». «hijo, ¿reconocerías tú al estado de sitio?» «padre, ponme en las costillas tus medallas». «hijo, hay aleaciones como lecciones: jamás cicatrizan». «padre, ¿y si escribiéramos al presidente?». «hijo, la noche en que murió mi madre tú nacías pero de otra mujer». «padre...» «¿qué?» «nada». «padre, ¿es cierto que en 1902 aún quedaban ballenas?» «hijo, ¿sabes cuántos dientes perdí de niño?». «padre, deja que te arrulle como a un bebé de cadáver». «hijo, hay elecciones que nunca nadie debiera ganar: su propia trama es su trampa». «padre, ¿y si intentáramos escapar a tiempo?» «hijo, una noche,
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    33 y 1/tercio yaenferma, tu madre corrió y corrió hasta caer desmayada ante los pies de un extraño». «padre, ¿crees tú en el olor de la música?» «h¡jo...» «¿qué?» «nada». arqueológica (1: 57 min) la botadera de mierda ha llegado al límite, era el comentario. en efecto, salía mierda hasta por las bañaderas de cuadra y media a la redonda. un apocalipsis albañal. finalmente, alguien reunió suficiente confianza en la institución y llamó por teléfono a los de comunales. como a la tercera semana se aparecieron. eran unos diez negros descamisados que hacían malabares sobre la cama de un camión. bajaron con unas cintas metálicas larguísimas enroscadas a la cintura. el chofer ni se inmutó. fumaba tabaco y era el único blanco de la brigada. los negros semidesnudos metieron y sacaron aquellos pinchos por todas las alcantarillas de cuadra y media a la redonda. sacaron una impredecible cantidad de objetos tapizados con mierda fermentada. y allí mismo lo apilaron todo, en la esquina de perseverancia y lealtad. palearon muchas pilas de muchos metros cúbicos cada una, verdaderas pirámides de detritos: toda una sierra de montañitas mierdosas. entonces el chofer blanco con tabaco arrancó el camión y, ya en movimiento, sobre su cama se encaramaron los diez negritos, las cintas metálicas otra vez enroscadas a la cintura. y ya, eso fue todo. hojas, serían hojas. hay que podar esos malditos árboles, era el comentario. de lo contrario, lo tupirán todo de nuevo. pero no. cuando, a la mañana siguiente, el rocío destiñó un poco la mierda, diluyéndola en un manantial que se desbordaba hacia la bahía, nos dimos cuenta que no. si bien lo eran, no eran hojas exactamente. si bien lo estaban, las pirámides no estaban hechas exactamente con los restos de ningún árbol, sino con banderitas de papel, comprobamos con horror. la causa de la tupición eran decenas, cientos, miles, millones de banderitas de papel. el viento seguramente las iba subiendo desde el puerto tras cada marcha cívica o parada militar, y era así como se tupían las cloacas de cuadra y media a la redonda, por simple acumulación aritmética. todavía azorados, allí mismo las dejamos, para que el sol del mediodía las resecase. tal vez algunas aún podrían recuperarse. en fin, lo importante es que, desde ese día, la botadera de mierda hasta por las bañaderas desapareció. los de comunales demoran pero trabajan muy bien, fue entonces el comentario. último de enero (11: 26 min) fue el domingo más triste de los domingos del mundo. desde el amanecer los televisores del barrio entero repetían una sóla palabra: «libertad, libertad». mientras que en el cuarto de atrás mi hermano mayor se moría. le pregunté si prefería acaso que regresásemos al hospital. él sonrió. me cogió la mano. la acarició: «bobo», me dijo. y negó sin mover la cabeza. con la mirada. entonces me soltó aquella frase con que rompimos nuestra mutua promesa de no llorar: «¿te acuerdas de cómo fue con papá?»
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    33 y 1/tercio prendíel televisor. «súbelo al máximo», me ordenó. y yo obedecí. «libertad, libertad» fue entonces también parte de nuestro coro de dos: yo, por supuesto, cuidando de no gritarla con más fuerzas que él. «tú sí que la conocerás», susurró. y nos abrazamos un poco más. mi hermano mayor sudaba frío. estaba gris. y yo lo amé como nunca. eso fue todo. cuando regresé del hospital apenas anochecía. fui hasta el cuarto de atrás y me senté en su cama. desde el televisor también el papa se despedía. yo había olvidado apagar nuestro viejo armatoste ruso. y ahora, dentro de aquella lupa en blanco y negro, aún seguía siendo domingo: el más triste de los domingos del mundo. allí dentro todavía era enero. allá fuera todavía la vida. esquirlas (3: 33 min) una vez tuve un sueño. para cuando desperté, ya era demasiado tarde. mi desmemoria lo había hecho volar en pedazos, en palabras, como papelitos de tres colores lanzados desde los tejados: azul cielo, blanco pureza y rojo rubí. de por sí, es muy triste soñar. saber que se sueña y no saber qué se sueña es el agobio en technicolor de la modernidad. compartir esa pesadilla es lo único que nos compele a contarla. achicar la ignorancia incluso al precio de profundizar lo irreal. por eso duermo tranquilo, tal como lo escribo. por eso tomo fotos que exhibo porque nunca nadie las interpretará. regurgitar esas esquirlas es justamente lo que aún me hace soñar. hacer las maletas y abrir las puertas. deshacerlas y cerrarlas. vender y comprar una cámara canon. cañón de esquirlas de la irrealidad real. ciclo cerrado: el cero sigue siendo –estoy advertido desde el inicio– una figura de circularidad terminal.
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    33 y 1/tercio rodrigo fresán (buenos aires, 1963) chucky Antes que nada, acaso lo más importante de todo: en Haunted –flamante novela-en-relatos de Chuck Palahniuk– aparecen por fin las célebres e infames diez páginas de Guts. Me explico: Guts es el cuento que Palahniuk hasta ahora solía leer en vivo durante sus giras promocionales y que –hay testigos; periódicos y revistas reportaron el suceso– provocaba en los asistentes desmayos (se contaron 67 hasta la fecha), vómitos en cadena y salidas a toda velocidad de la sala o de la librería como si allí se hubiera declarado un incendio. Y la pregunta es: ¿era para tanto? Guts reincide en las constantes de la prosa y estética palahniukesca: frases cortas y secas y funcionales como slogans, mirada nihilista y bestial, el consabido rejunte de leyendas urbanas (esta vez girando alrededor del tema de «formas raras y más eficaces de masturbarse») rematando con, sí, un episodio en una piscina con filtro de agua tan asqueroso que –hablo a título personal– provoca la más negra de las carcajadas. Nada nuevo. Tampoco sorprende que, a la altura del final, el texto nos produzca una tristeza tan admirable como envidiable. Porque –habiéndose superado la “parte asquerosa”– nos quedan tres últimas páginas que nos demuestran que, cuando quiere, Palahniuk es un escritor más efectivo que efectista y dueño de una extraña pero no por eso menos atendibles sensibilidad y pericia narrativa. En cualquier caso, las mismas virtudes sin tanta revulsión se encuentran en Obsolete (fantasía futurista sobre suicidios asistidos por el Estado), Slumming (divertimento en el que parejas adineradas juegan a ver cómo es eso de ser homeless) y Exodus (nueva incursión de Palahniuk en una de sus obsesiones más reconocibles: la vida loca en los diferentes grupos de autoayuda). Lo que nos lleva a Haunted (Doubleday, 2005, 406 páginas), cuya solapa no duda en hermanar con El Decamerón y Los cuentos de Canterbury y esas reuniones/taller literario de las que surgió Frankenstein, pero que en realidad no es otra cosa que una maniobra estratégica para presentar como novela una colección de 23 relatos, 21 poemas y una nouvelle deshilvanada en inserts. El hilo conductor y columna vertebral sobre la que sostener todo este material disperso es una idea inequívocamente chuckyesca: el mecenas de una colonia de escritores invita a varios candidatos a «abandonar sus vidas durante tres meses», crear una obra maestra y a ver qué pasa. Y lo que pasa es una mezcla de Gran Hermano con 13 Ghosts o The House on Haunted Hill: los narradores pronto se descubren narrados. Han sido aislados en un teatro abandonado, con poca comida y controlados por un lector invisible y despiadado, mientras sus versos y anécdotas se van volviendo más y más extremas y desesperadas. Y, claro, se aguanta alimentados por la idea de que el sufrimiento puede significar
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    33 y 1/tercio lafama y el que cuente último contará mejor. Big Writer, Gran Escriba y todo eso. Lo que convierte a Haunted –que hubiera ganado mucho como simple libro de cuentos sin tanto andamiaje– en un nuevo capítulo de la reescritura bestial del modelo darwinista que Palahniuk ha venido practicando desde sus inicios y que junto con Nana y Diario –sus novelas inmediatamente anteriores– acaba conformando una suerte de trilogía de intenciones bastantes claras: la reformulación de la horror-story-novel norteamericana o un cómo seguir – después de Stephen King– asustando con la materia de la realidad pasada por el tamiz del horror. Algo de esto ya aparecía apenas veladamente anunciado en su libro de non-fiction –que Mondadori acaba de publicar en nuestro idioma con el título de Error humano– en un ensayo-carta de agradecimiento a Ira Levin, responsable de El bebé de Rosmary y Las poseídas de Stepford y Los niños del Brasil. Allí Palahniuk se refiere a la obra de Levin, pero bien podría estar hablando en espejo de la propia cuando apuesta por libros que «no sean tanto relatos de terror como fábulas con moraleja; versiones inteligentes y actualizadas de leyendas tradicionales» y, rendido, culmina con un «Oh, señor Levin, ¿cómo lo hace? Usted nos enseña el futuro. Y nos ayuda a afrontar ese terrorífico nuevo mundo. Nos lleva en un recorrido acelerado por el peor de los mundos posibles y nos permite vivir en él... Usted saca a la luz nuestros defectos de forma grandiosa, divertida y temible. Esos problemas que nos da miedo admitir. Y, al escribir, consigue que haya menos cosas que temer en la vida. Y eso da mucho miedo. Pero no miedo en un sentido malo. Miedo en un sentido bueno. En un sentido genial». Conclusión: con un Levin en silencio luego de ese innecesario paso muy en falso que fue El hijo de Rosemary y con un King con fatiga de materiales y a punto de publicar su primera novela negra, Palahniuk está más que dispuesto a tomar la posta. El ¿problema? es que, para bien o para mal, Palahniuk parece haber encontrado su muy amplio nicho (alcanza con explorar el site The Cult o ver el documental Postcards from the Future para comprobar el amor casi apostólico de sus seguidores) donde yace un creciente y fanatizado público que alguien no ha vacilado en etiquetar como «ese Lector MTV que no lee literatura: lee Palahniuk». Lo que no está ni bien ni mal. Pero sí es una lástima que Palahniuk parezca escribir cada vez más sólo para esos fans que lo sienten más cerca del profeta que del literato. Y es también una pena que la mayoría de ellos jamás hayan oído hablar –y nunca vayan a conocer– a otros nihilistas satíricos y experimentales como Kurt Vonnegut y J. G. Ballard y Don DeLillo y Bret Easton Ellis (ya he leído algo en cuanto a que la inminente Lunar Park, esperada novela metaficcional del autor de American Psycho, es «muy Palahniuk») a los que Chucky vampiriza con envidiable eficacia y, sí, talento y vómitos y desmayos.
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    33 y 1/tercio chuck palahniuk (burbank, small town en un desierto de washington, 1964) tripas Tomen aire. Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que logren retener el aliento, y después un poco más. Así que escuchen tan rápido como les sea posible. Cuando tenía trece años, un amigo mío escuchó hablar del pegging. Esto es cuando a un tipo le meten un pito por el culo. Si se estimula la próstata lo suficientemente fuerte, el rumor dice que se logran explosivos orgasmos sin manos. A esa edad, este amigo es un pequeño maníaco sexual. Siempre está buscando una mejor manera de parársela. Se va a comprar una zanahoria y un poco de jalea para llevar a cabo una pequeña investigación personal. Después se imagina cómo se va a ver la situación en la caja del supermercado, la zanahoria solitaria y la jalea moviéndose sobre la cinta de goma. Todos los empleados en fila, observando. Todos viendo la gran noche que ha planeado. Entonces mi amigo compra leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos los ingredientes para un pastel de zanahorias. Y vaselina. Como si se fuera a casa a meterse un pastel de zanahorias por el culo. En casa, talla la zanahoria hasta convertirla en una contundente herramienta. La unta con grasa y se la mete por el culo. Entonces, nada. Ningún orgasmo. Nada pasa, salvo que duele. Entonces la madre del chico grita que es hora de la cena. Le dice que baje inmediatamente. Él se saca la zanahoria y entierra esa cosa resbaladiza y mugrienta entre la ropa sucia debajo de su cama. Después de la cena va a buscar la zanahoria, pero ya no está allí. Mientras cenaba, su madre juntó toda la ropa sucia para lavarla. De ninguna manera podía encontrar la zanahoria, cuidadosamente tallada con un cuchillo de su cocina, todavía con brillo de lubricante y apestosa. Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus padres lo confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora, que ha crecido, esa zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de Navidad, cada fiesta de cumpleaños. Cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado espantoso para ser nombrado.
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    33 y 1/tercio Losfranceses tienen una frase: «ingenio de escalera». En francés, esprit de l’escalier. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta, pero es demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien lo insulta. Bajo presión, con todos mirando, usted dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces, la magia. A usted se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho. La perfecta réplica humillante. Ese es el espíritu de la escalera. El problema es que los franceses no tienen una definición para las cosas estúpidas que uno realmente dice cuando está bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que uno en verdad piensa o hace. Algunas bajezas no tienen nombre. De algunas bajezas ni siquiera se puede hablar. Mirando atrás, muchos psiquiatras expertos en jóvenes y psicopedagogos ahora dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes era de chicos que trataban de asfixiarse mientras se masturbaban. Sus padres los encontraban, una toalla alrededor del cuello, atada al ropero de la habitación, el chico muerto. Esperma por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban todo. Le ponían pantalones al chico. Hacían que se viera... mejor. Intencional, al menos. Un típico triste suicidio adolescente. Otro amigo mío, un chico de la escuela con su hermano mayor en la Marina, contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo hacemos nosotros. Su hermano estaba estacionado en un país de camellos donde los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como una mano, con una gran punta, a veces una gran bola de metal o el tipo de mango refinado que se puede encontrar en una espada. Este hermano en la Marina decía que los árabes se la paran y después se insertan esa vara de metal a todo lo largo de su erección. Y se masturban con la vara adentro, y eso hace que masturbarse sea mucho mejor. Más intenso. Es el tipo de hermano mayor que viaja por el mundo y manda a casa dichos franceses, dichos rusos, útiles sugerencias para masturbarse. Después de esto, un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche llama para pedirme que le lleve los deberes de las próximas semanas. Porque está en el hospital. Tiene que compartir la habitación con viejos que se atienden por sus tripas. Dice que todos tienen que compartir la misma televisión. Su única privacidad es una cortina. Sus padres no lo visitan. Por teléfono, dice que sus padres ahora mismo podrían matar al hermano mayor que está en la Marina. También dice que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su habitación, estaba tirado en la cama, con una vela encendida y hojeando revistas porno, preparado para masturbarse. Todo esto después de escuchar la historia del hermano en la Marina. Esa referencia útil acerca de cómo se masturban los árabes. El chico mira alrededor para encontrar algo que podría ayudarlo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y duro. Pero cuando la punta de la vela gotea, se logra una delgada y suave
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    33 y 1/tercio aristade cera. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga y suave y delgada. Drogado y caliente, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra. Con un gran resto de cera todavía asomándose, se pone a trabajar. Aun ahora, dice que los árabes son muy astutos. Que reinventaron por completo la masturbación. Acostado en la cama, la cosa se pone tan buena que el chico no puede controlar el camino de la cera. Está a punto de lograrlo cuando la cera ya no se asoma fuera de su erección. La delgada vara de cera se ha quedado dentro. Por completo. Tan adentro que no puede sentir su presencia en la uretra. Desde abajo, su madre grita que es hora de la cena. Dice que tiene que bajar de inmediato. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas diferentes, pero tienen vidas muy parecidas. Después de la cena, al chico le empiezan a doler las tripas. Es cera, así que imagina que se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los riñones. No puede pararse derecho. El chico está hablando por teléfono desde su cama de hospital, y de fondo se pueden escuchar campanadas y gente gritando. Programas de juegos en televisión. Las radiografías muestran la verdad: algo largo y delgado, doblado dentro de su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los minerales de su orina. Se está poniendo más grande y más dura, cubierta con cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga, obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea de su pene está rojo de sangre. El chico y sus padres, toda la familia mirando las radiografías con el médico y las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo que le escribió su hermano en la Marina. En el teléfono, ahora, se pone a llorar. Pagaron la operación de vejiga con el dinero ahorrado para la universidad. Un error estúpido, y ahora jamás será abogado. Meterse cosas adentro. Meterse dentro de cosas. Una vela en la pinga o la cabeza en una horca, sabíamos que serían grandes problemas. A lo que me metió en problemas a mí lo llamo «bucear por perlas». Esto significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el fondo de la profunda piscina de mis padres. Respiraba hondo, con una patada me iba al fondo y me deshacía de mis shorts. Me quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro minutos. Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras. Cuando finalmente terminaba de bombear, el esperma colgaba sobre mí en grandes y gordos globos lechosos.
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    33 y 1/tercio Despuéshabía más buceo, para recolectarla y limpiar cada resto con una toalla. Por eso se llamaba «bucear por perlas». Aun con el cloro, me preocupaba mi hermana. O, por Dios, mi madre. Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana adolescente virgen pensara que estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas retardado. Las dos cabezas me mirarían a mí. A mí, el padre y el tío. Pero al final, lo que te preocupa nunca es lo que te atrapa. La mejor parte de bucear por perlas era el tubo para el filtro de la pileta y la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí. Como dicen los franceses: ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos modos, en un minuto se pasa de ser un chico masturbándose a un chico que nunca será abogado. En un minuto estoy acomodado en el fondo de la piscina, y el cielo ondula, celeste, a través de un metro y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo está silencioso salvo por el latido del corazón en mis oídos. Los shorts amarillos están alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo, un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol. Siento la continua chupada del tubo de la pileta, y estoy meneando mi culo blanco y flaco sobre esa sensación. Tengo aire suficiente y la pinga en la mano. Mis padres se fueron a trabajar y mi hermana tiene clase de ballet. Se supone que no habrá nadie en casa durante horas. Mi mano me lleva casi al punto de acabar, y paro. Nado hacia la superficie para tomar aire. Vuelvo a bajar y me siento en el fondo. Hago esto una y otra vez. Debe ser por esto que las chicas quieren sentarse sobre tu cara. La succión es como una descarga que nunca se detiene. Con la pinga dura, mientras me chupan el culo, no necesito aire. El corazón late en los oídos, me quedo abajo hasta que brillantes estrellas de luz se deslizan alrededor de mis ojos. Mis piernas estiradas, la parte de atrás de las rodillas rozando fuerte el fondo de concreto. Los dedos de los pies se vuelven azules, los dedos de los pies y las manos arrugados por estar tanto tiempo en el agua. Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se sueltan. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento dar una patada para elevarme, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado. Los paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se quedan atascadas de este modo, chupadas por la bomba de circulación. Queda atrapado el pelo largo, o el culo, y uno se ahoga. Cada año, cantidad de gente se ahoga. La mayoría en Florida. Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de todo. Con una rodilla arriba y un pie debajo de mi cuerpo, logro medio incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el pie pateo el fondo. Me estoy liberando pero al no tocar el concreto tampoco llego al aire. Todavía pateando bajo el agua, revoloteando los brazos, estoy a medio camino de la superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza son fuertes y rápidos.
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    33 y 1/tercio Conchispas de luz brillante cruzando ante mis ojos me doy vuelta para mirar... pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul blancuzca trenzada con venas, ha salido del desagüe y está agarrada a mi culo. Algunas de las venas gotean rojo, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre se disemina, desaparece en el agua, y bajo la piel delgada azul blancuzca de la serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir. Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible monstruo marino, una serpiente del mar, algo que nunca vio la luz del día, se ha estado escondido en el oscuro fondo del desagüe de la pileta, y quiere comerme. Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún me retiene el culo. Con otra patada estoy a unos dos centímetros de lograr tomar aire. Todavía sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a un centímetro de escapar. Dentro de la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver una brillante bola anaranjada. Es la vitamina para caballos que mi padre me hace tomar para que gane peso. Para que consiga una beca gracias al fútbol. Con hierro extra y ácidos grasos omega tres. Ver esa pastilla me salva la vida. No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el desagüe. Los paramédicos dirán que una bomba de agua de piscina larga 360 litros de agua por minuto. Eso son unos 200 kilos de presión. El gran problema es que por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de nuestra boca. Si me suelto, la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 200 kilos de mierda y podrán apreciar cómo eso puede destrozarte. Lo que puedo decir es que las entrañas no sienten mucho dolor. No de la misma manera que duele la piel. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno digiere. Más arriba es chyme, bolsones de una mugre delgada y corrediza decorada con maíz, maníes y arvejas. Eso es la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi alrededor. Aún con mis tripas saliendo del culo, conmigo sosteniendo lo que queda, aún entonces mi prioridad era volver a ponerme el short. Dios no permita que mis padres me vean el rabo. Una de mis manos está apretada en un puño alrededor de mi culo, la otra arranca el short amarillo del cuello. Pero ponérmelos es imposible. Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones de piel de cabra. Saquen y desenrrollen uno. Llénenlo con mantequilla de maní, cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo. Traten de abrirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que no se puede sostener. Un condón de piel de cabra, eso es un intestino común. Vean contra lo que estoy luchando.
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    33 y 1/tercio Sime dejo ir por un segundo, me destripo. Si nado hacia la superficie para buscar una bocanada de aire, me destripo. Si no nado, me ahogo. Es una decisión entre morir ya mismo o dentro de un minuto. Lo que mis padres encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo, acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio. Sostenido por atrás por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. El opuesto de un adolescente que se ahorca cuando se masturba. Este es el bebé que trajeron del hospital trece años atrás. Este es el chico para el que deseaban una beca deportiva y un título universitario. El que los cuidaría cuando fueran viejos. Aquí está el que encarnaba todas sus esperanzas y sueños. Flotando, desnudo y muerto. Todo alrededor, grandes lechosas perlas de esperma desperdiciada. Eso, o mis padres me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, desmayado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, mis desgarradas entrañas todavía colgando de la pierna de mis shorts amarillos. Algo de lo que ni los franceses hablarían. Ese hermano mayor en la Marina nos enseñó otra buena frase. Rusa. Cuando nosotros decimos: «Necesito eso como necesito un agujero en la cabeza», los rusos dicen: «Necesito eso como necesito un diente en el culo». Mne eto nado kak zuby v zadnitse. Esas historias sobre cómo los animales capturados por una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un par de mordiscos son mucho mejores que morir. Mierda... aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes. De otra manera, lo que tenés que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo. Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar. No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No si quieres besarla antes de ir a dormir. Si les cuento qué gusto tenía, nunca volverán a comer calamares. Es difícil decir qué les disgustó más a mis padres: cómo me metí en el problema o cómo me salvé. Después del hospital, mi madre dijo: «No sabías lo que hacías, amor. Estabas en shock». Y aprendió a cocinar huevos pasados por agua. Toda esa gente asqueada o que me tiene lástima... la necesito como necesito dientes en el culo. Hoy en día, la gente me dice que soy demasiado delgado. En las cenas, la gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne asada que prepararon. La carne asada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Guisantes o atún en lata, me levanto y me los encuentro allí en el inodoro. Después de sufrir una disección radical de los intestinos, la carne no se digiere muy bien. La mayoría de la gente tiene un metro y medio de intestino grueso.
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    33 y 1/tercio Yotengo la suerte de conservar mis quince centímetros. Así que nunca obtuve una beca deportiva, ni un título. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar un kilo más de lo que pesaba cuando tenía trece años. Otro gran problema es que mis padres pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi padre le dijo al tipo de la piscina que fue el perro. El perro de la familia se cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Aun cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abró el filtro y sacó un tubo gomoso, un aguachento resto de intestino con una gran píldora naranja de vitaminas todavía adentro, mi padre sólo dijo: «Ese maldito perro estaba loco». Desde la ventana de mi pieza en el primer piso podía escuchar a mi papá decir: «No se podía confiar un segundo en ese perro...» Después mi hermana tuvo un atraso en su período menstrual. Aun cuando cambiaron el agua de la pileta, aun después de que vendieron la casa y nos mudamos a otro estado, aun después del aborto de mi hermana, ni siquiera entonces mis padres volvieron a mencionarlo. Esa es nuestra zanahoria invisible. Ustedes, tomen aire ahora. Yo todavía no lo hice. ●●● cuando tenga 68 Durante la gira promocional de mi último libro, leí por primera vez en público un cuento llamado Guts. Mi plan era incluirlo en una nueva novela llamada Haunted. Mi objetivo era generar terror a partir de cosas muy ordinarias: zanahorias, velas, piscinas, maíz para microondas, bolas de bowling. Ocurrió en una librería atestada de gente en Portland, Oregon. Unas 800 personas colmaban la capacidad del lugar hasta violar las normas de seguridad. Leer Guts requiere mucha concentración, no hay muchas oportunidades de levantar la mirada. Pero cuando lo hacía, los rostros de la primera fila se veían un poco grises. No fue hasta que ya había terminado de firmar ejemplares que un empleado me dijo que dos jóvenes se habían desmayado. Ambos habían caído redondos sobre el suelo de cemento, y no recordaban nada de lo que había pasado entre el momento en que estaban de pie escuchando y el momento en que se despertaron rodeados por los pies de la gente. En la librería hacía calor y el aire estaba sofocante. Fue mala suerte, nada de qué preocuparse. La noche siguiente, en una librería Borders con aire acondicionado, otra multitud escuchaba Guts –y otro par de personas se desmayaba–. Un hombre y una mujer. Al día siguiente en Seattle, en una lectura a la hora del almuerzo, dos hombres más perdieron la conciencia. En el mismo momento de la historia, ambos cayeron tan pesadamente que sus sillas metálicas patinaron y se
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    33 y 1/tercio estamparonruidosamente sobre el pulido piso de madera del auditorio. El evento se detuvo por un rato mientras los resucitaban. A esta altura, ya teníamos un patrón. La noche siguiente, en San Francisco, otras tres personas más se desmayaron. Una noche más tarde, en Berkeley, otras tres. El publicista que asistió a los tres eventos me dijo que la gente caía cuando yo leía las palabras maíz y maní. Ese era el detalle que hacía que gente que estaba sentada terminara en el piso. Primero, se les caían las manos de las faldas. Se les aflojaban los hombros. La cabeza se les iba hacia un costado, y el peso los arrastraba al piso. En una librería de Beverly Hills, una mujer en la parte de atrás de la sala pidió a gritos a los paramédicos y una ambulancia, llorando con tanta fuerza que su blusa se empapaba en lágrimas mientras su marido se sacudía en el piso. En el baño de hombres, otro hombre, que escapaba de la lectura, se desmayó cuando se inclinaba para refrescarse la cara con agua, dándose la cabeza contra el lavatorio. Un periodista de Publishers Weekly escribió un artículo encabezado: «El autor de El club de la pelea los deja inconscientes sin golpearlos». Al día siguiente, en la Universidad de Columbia, cayeron dos estudiantes. Mientras la ambulancia se llevaba a uno de ellos al hospital, mi editor se acercó al borde del escenario, me hizo señas, y me dijo: «Creo que ya hiciste suficiente daño con esta historia. No termines de leerla». En Gran Bretaña hubo desmayos en las lecturas de Leeds y Cambridge. En Londres, los baños se llenaron de gente bien vestida que se escapaba para sentarse en las baldosas frías y recuperarse de lo poco que habían escuchado. Hasta ahora, 67 personas se han desmayado mientras yo leía Guts. Es una historia de nueve páginas que algunas noches me lleva media hora leer. En la primera mitad, las pausas en la lectura se deben a las risas del público. En la segunda mitad, hago las pausas mientras reviven a mi audiencia. Mi objetivo era escribir un nuevo tipo de historia de terror, algo basado en el mundo común y corriente, sin monstruos sobrenaturales ni magia. Guts, y el libro que lo contenía, sería una trampa en algún lugar oscuro. Un lugar al que solamente se puede ir solo. Únicamente los libros tienen ese poder. Una película tiene que mantener cierto decoro para poder ser proyectada ante un público vasto. A nadie le importan un comino los libros. Nadie se ha molestado en prohibir un libro en décadas. A esa indiferencia la acompaña una libertad que sólo los libros tienen. Y Guts no es de ninguna manera la historia más oscura ni la más divertida ni la más perturbadora de la novela Haunted. Algunas de sus historias, no las leería en público. (Tomado de Radar Libros, suplemento de Página 12) replay
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    33 y 1/tercio off me parece que ya terminamos con esto, JE. so long good bye the end. te mando aquí los puntos esenciales a tratar en el off de despedida. me parece que 33 y 1/3: el laberinto, quedó bien. a ver cómo queda el siguiente. anuncia aquí la creación del sello 45 r.p.m. con las cosas de michel, orlando, ahmel, yordanka, arnaldo y los otros que se te ocurran. no tienen por qué ser inéditos. podemos publicar cosas ya publicadas por las editoriales cubanas (con esas tiradas de 500 y 1000 ejemplares es como si continuaran inéditas). comenzaríamos por Yo fui un adolescente ladrón de tumbas de jorge enrique lage y El hombre que vendió el mundo, de raúl flores iriarte. creo. escribe algo sobre los materiales que podrían venir en el siguiente 33 y 1/3. Los textos de ahmel echevarría, yordanka almaguer, adriana normand, lizabel mónica, livio conesa, edwin reyes, jim morrison... también podemos poner algo de bret easton ellis, o de ray loriga, o de ambos. no sé. estos son los ptos. esenciales. dale algo de forma y suéltalo después. a ver que pasa. ya tú sabes. (RFI) ●●● déjate de joder, RFI. what the hell are you talking about ??? (JE) All lyrics ©2005-2006 33y1/tercio Productions Reprinted by permission replay
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    33 y 1/tercio juan villoro (méxico df, 1956. narrador, croniquero, guionista y traductor. entre 1977 y 1981 condujo un programa de radio llamado El lado oscuro de la luna. vivió en Berlín Oriental en los tiempos del espionaje.) la frase triunfal Entre las limitaciones culturales del género masculino se cuenta su incapacidad para dar con estupendas frases amorosas. Cada tanto, las mujeres comprueban que el hombre que aman puede decir muchos elogios del Kikín Fonseca o algún otro delantero, pero es incapaz de mejorar la vida conyugal a base de palabras. La poesía de los trovadores cátaros, los torneos medievales, el bolero y las serenatas surgieron para subsanar esta evidente carencia masculina. Hasta donde sé, aún no hay un sitio en internet dedicado a aliviar a los varones de sus apuros lingüísticos. Urge un método moderno para nivelar la conversación de las parejas. En cualquier arenero del mundo, una niña de tres años habla mejor que el niño colgado de cabeza de un tubo, y las cosas cambian poco a partir de ese momento. ¿Qué milagro hace que las mujeres sepan lo que tienen que decir mientras el hombre comprueba que recuerda las escalas de la ruta de Hidalgo, pero no puede servirse de su destreza mental para expresar sentimientos convincentes? Además, cuando por fin dice alguna frase reveladora, el cortejo suele desembocar en un malentendido. ¿De veras crees que soy así?, pregunta ella. Sus raros piropos la han llevado a una estratosfera emocional donde es normal poner ojos de astronauta. En forma elocuente, Raymond Carver tituló a uno de sus libros ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Este prolegómeno sirve para llegar a una historia de la que acabo de ser testigo y cuyos protagonistas, emblemáticos representantes de una época donde el amor no siempre pasa por acuerdos verbales, llamaré Ramón y Marita. Eran las 11.30 de la noche cuando Ramón llegó a mi casa con el semblante descompuesto. Había discutido con su esposa y la culpa era mía. Como ya otras veces me ha responsabilizado de beber lo que bebe o comprar lo que compra, no me sentí culpable. Todo empezó porque Marita dijo que a Janis Joplin no le daría ni agua. Las cosas por las que puede disputar una pareja son increíbles, pero yo no estaba preparado para ésta. Marita estaba preocupada por lo pernicioso que sería que Janis reviviera para visitarlos en su casa, pero sobre todo por la reacción que tendría Ramón, incorregible fan de esa mujer perturbada y olvidadizo padre de familia. Hay genios que dan mal ejemplo en la vida doméstica. Marita lo sentía, pero no le ofrecería nada a la bruja cósmica del rock, aunque estuviera a punto de volverse a morir de sed. También a ella le encanta oír a Janis, pero tenía presente la edad de su hijo Andrés (catorce años, muy pocos para conocer
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    33 y 1/tercio personalmentea Janis). Había que tener prioridades. Esto fue lo que dijo en el antecomedor. Luego Ramón me explicó por qué la culpa era mía. Alguna vez comenté que si a Enrique Vila-Matas la nerviosa Barcelona le parecía la madame Bovary de las ciudades, lugares tan dramáticos como Tijuana o el D.F. merecían ser la Janis Joplin de las ciudades. Una vez que te gusta una mujer complicada, las demás te parecen borrosas, agregué. Ramón le dijo a su mujer que seguían viviendo en el D.F. por lealtad al convulso temperamento de Janis Joplin. Discutieron hasta que nada tuvo que ver con nada y él acabó durmiendo en mi casa. Hay mujeres que asumen su depresión comiendo una cubeta de helado y hombres que asumen su depresión viendo películas de karatecas. En su segundo día en la casa, Ramón rentó cinco o seis videos que parecían uno solo. Cuando le pregunté de qué trataban no pudo decirme. Veía los golpes como un fenómeno atmosférico, sumido en la tragedia de extrañar tanto a Marita. Háblale, le aconsejé. ¿Y qué le digo? Con simplismo psicológico le dije que podía reconciliarse con ella sin tener que hablar mal de Janis Joplin. Ese no es el punto, comentó Ramón: Va a querer que le diga cómo la quiero. Habíamos llegado al eterno conflicto de la especie. ¿Puede el hombre que ama decir de qué modo ama? Ayúdame, Ramón me miró como un mártir del cristianismo: Eres escritor. Esta frase me recordó que no le había cambiado el agua a la pecera. Tres horas más tarde, mi amigo llegó corriendo a la cocina donde yo preparaba un sándwich complicado para posponer nuestro reencuentro. Los ojos le brillaban, había hablado con Marita, pudo decir la frase: ella lo quería. ¿Había algo más absurdo que dos personas que se necesitaban tanto discutieran por lo que harían si una muerta llegaba a su casa con mucha sed? Ramón me abrazó como no lo hacía desde que lo perdoné por rayarme el disco de Sargento Pimienta. Entonces le pregunté cuál era la frase. No quiso decirme: Funcionó. Es lo que cuenta. Mi esposa se enteró de la frase quince minutos después. Marita habló para decírsela, orgullosa de la repentina apertura emocional de su marido. La frase era: Puedo luchar con todo, pero no contra tus ojos. Ramón y Marita celebraron la reconciliación con un fin de semana en Ixtapa. Su hijo Andrés se quedó con nosotros. Mi amigo sólo cometió un error al recorrer el camino de los sentimientos: olvidó regresar los videos de karatecas. Durante varias horas del sábado escuché a la distancia ruidos que servían para destrozar coches y personas en Hong Kong. De pronto, Andrés me pidió que fuera a ver algo. Rebobinó un video y un chino musculoso dijo en la pantalla: Puedo luchar con todo, pero no contra tus ojos. Se dirigía a su gurú, un ciego que sin embargo percibía el entorno con gran capacidad kung-fu. ¡Mi papá dijo una frase de karate!, fue el asombrado comentario de Andrés. Traté de decir otra frase kung-fu, algo así como: El silencio es la alianza de los guerreros. Andrés me vio con ojos que significaban: ¿Me estás pidiendo que mienta? Luego me preguntó por qué sus padres tenían que hacer las paces sin que él fuera a Ixtapa. Supe cuál sería la primera frase que le diría a Marita.
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    33 y 1/tercio Dosdías después de su regreso, Ramón tenía un moretón en el pómulo. No hablamos de eso, pero era fácil adivinar la causa: Marita esperaba un mensaje genuino, no algo copiado de un karateca. Y, sin embargo, Ramón nunca fue tan auténtico como cuando se sumió en todas esas peleas ajenas, sin entender nada de la trama, hasta que una frase lo devolvió a sí mismo y a lo mucho que quería a Marita. ¿Qué importa más, el origen o el efecto de las palabras? ¿No es más dueño de una frase quien la repite con sinceridad que quien la concibe con ingenio? ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Por suerte, Marita ya volvió a perdonar a Ramón. No quiero saber lo que él le dijo. (Tomado de Revista de Libros, suplemento de El Mercurio) replay