JUAN ARIAS
DEVOLVEDNOS A CRISTO.
EDICIONES SÍGUEME - SALAMANCA- 1979.
PRESENTACIÓN.
De todas las reacciones provocadas por mi libro anterior El Dios en quien no creo en los
diversos sectores religiosos y culturales, dos de ellas me han impresionado de un modo
particular.
La primera es la opinión de un cura amigo que me dijo personalmente después de haber leído
el libro: «Te confieso que lo he leído con gusto y con no poca curiosidad. Lástima, sin embargo,
que des por descontado desde la primera página que aceptas a Cristo como Dios. Precisamente
es ésta la duda que me atormenta desde hace muchos años. Más aún, te confieso que no creo
ya en esta verdad. Por eso tu libro, aun siendo muy valiente, no me sirve. Espero, no obstante,
que pueda hacer mucho bien a otros. No te oculto que hubiese leído algunos años antes hoy
seguiría creyendo. ¡Paciencia!»
La otra es una carta de un grupo de jóvenes no creyentes de ideología marxista pero que
aceptan un diálogo con los cristianos bajo la base de la dinámica revolucionaría del evangelio.
Me escribieron a las pocas semanas de haber sido publicado el libro diciéndome: «Te damos las
gracias en grupo por tu libro. Apreciamos de un modo particular tu "falta de vergüenza" en
confesar abiertamente tu fe y tu pasión por Cristo sin que ello te haya impedido
desenmascarar tantas caricaturas de Dios como corren por tu Iglesia. Aun no compartiendo tu
misma fe en un Cristo más que hombre, te confesamos que de muchas de las dimensiones que
tú presentas de Cristo y de su carga revolucionaria y creativa es aún posible hablar juntos en
favor de una liberación completa del hombre».
Estas y tantas otras reacciones parecidas, junto al grito reciente del comunista Roger
Garaudy: «Hombres de Iglesia restituidnos a Cristo», me han empujado a preparar esta nueva
publicación que, bajo el título de Devolvednos a Cristo, recoge una serie de conferencias y
artículos que pueden servir como un principio de reflexión entre creyentes y no creyentes, no a
nivel de ideologías sino más bien a nivel existencial y de intercomunión personal.
He pensado sobre todo en los jóvenes porque son los más limpios de prejuicios culturales y de
ideologías. Y también en los que, sin ser ya jóvenes, no han perdido el coraje de la búsqueda y
creen todavía en la posibilidad de crear un trozo de historia nueva y auténtica.
A los satisfechos en su fe, a los que están plenamente convencidos de haber encontrado toda la
verdad, a quienes están seguros de tener a Cristo en el bolsillo y que nada nuevo se puede ya
descubrir en él, estas páginas ciertamente no les dirán nada: si acaso, les irritarán. Ni por
desgracia dirán tampoco nada a quienes en la práctica se han sacudido su fe de encima, no
porque se les haya quedado estrecha sino porque les pesa demasiado y les compromete
haciéndoles incómoda su vida. Son los nuevos burgueses del espíritu, quizá a los únicos a
quienes habría que llamarles ateos aun cuando siguen oficialmente en las filas de los
creyentes.
Es doloroso decirlo pero no puedo dejar de confesar que precisamente para esta categoría de
«creyentes-ateos», mi libro El Dios en quien no creo supuso una verdadera desilusión. Lo
habían recibido con un cierto gozo morboso esperando que un cura les dijera que realmente
Dios no existe, para liberarse de un peso que les resulta demasiado incómodo.
Los demás, los que quizá se siguen llamando ateos porque sienten el dolor y la rabia de un
Cristo que les ha sido presentado como freno y alienación para sus exigencias de creatividad y
de compromiso personal en la construcción de un mundo muy distinto al actual, no han
perdido todavía la esperanza de descubrir en Cristo palabras «verdaderas», capaces de dar un
sentido a la nueva revolución que se está llevando a cabo sobre nuestra tierra.
Por eso Devolvednos a Cristo es un nuevo esfuerzo por abordar algunos problemas que tantos
consideramos como una promesa urgente e indispensable para poder construir una historia
con un rostro más humano y por tanto más divino. Dos imágenes de Dios, de la Iglesia, de la
religión han ahogado en muchos la esperanza de que Dios tenga aún sentido en nuestro
mundo; en un mundo en que, paradógicamente, mientras sigue alienando y encadenando al
hombre, descubre cada vez con mayor fuerza que el hombre es el
centro de la historia y el verdadero responsable de la creación
Bitas dos imágenes son las de una Iglesia sólo divina, sin el sabor de la tierra, que reniega de
la encarnación y la olvida, y la de una Iglesia sólo angélica o satánica, sin rostro humano, que
tampoco deja espacio para las esperanzas más profundas del hombre, que desea ser dios pero
sin dejar de ser hombre verdadero; es decir, que no renuncia a ser Cristo, el hombre amigo de
Dios y el Dios amigo del hombre.
Al presentar esta nueva publicación no puedo olvidar a tantos grupos de jóvenes que he
encontrado en estos últimos meses: jóvenes vivos que sólo aceptan una historia a la medida del
hombre y que sufren porque no saben todavía cómo crear algo nuevo, hecho por ellos mismos,
pues sienten aún el peso de toda la alienación que han heredado. Todos ellos me han ayudado
a reflexionar sobre sus mismos problemas y a ser honrado en mi búsqueda.
Juntos caminamos en la búsqueda de una imagen nueva del hombre, y queremos creer que no
es imposible.
¿QUE DIOS ES EL QUE HA MUERTO?.
LA MUERTE DE DIOS EN EL HOMBRE.
Antes de empezar creo que es mi obligación advertir, para excusarme de la aparente dureza de
algunas expresiones, que tengo una experiencia de catorce años de sacerdocio transcurridos
casi por completo en contacto con los que no creen. Durante catorce años he estado oyendo casi
constantemente: «No puedo creer en ese Dios». Y he sufrido, he sufrido de verdad
amargamente al ver cómo mi prójimo me miraba y me decía: «¿Eres capaz de dar alguna razón
a mi ateísmo?»
Podéis comprender muy bien que, cuando durante tantos años he estado al lado de los que
sufren porque no creen, me resulta tremendamente difícil hablar de una manera académica,
con ínfulas de doctor.
Más fácil es que vengan a mis labios las expresiones de los profetas, expresiones que pueden
parecer amargas, que pueden sonar a «contestación». Me gustaría que a través de esas
expresiones lograseis vislumbrar el tremendo amor que uno lleva dentro cuando, al creer, ve a
otros hombres que sufren por no poder creer, incluso cuando quieren creer.
En estos momentos os estoy mirando; detrás de mí hay un gran cartel blanco con inscripciones
negras: me han dicho que es un muro, una especie de muro simbólico que tenemos que
derribar para poder encontrarnos con Dios. En ese muro yo estoy viendo otra cosa. Detrás de
ese muro yo estoy viendo otro público que no está con nosotros, un público que nos preguntaría
en estos momentos: «¿Qué es vuestro Dios? ¿de qué me sirve vuestro Dios?»
Todo ese mundo que está a nuestro lado, pero que no está con nosotros; todo ese mundo que ni
cree en nosotros ni cree en nuestro Dios. Para mí, en estos momentos, el poder dirigiros la
palabra resulta una satisfacción, una especie de paréntesis, porque sé que estoy hablando a
unos hombres que son como yo, a unos cristianos que, de alguna manera, creen como yo. Pero
no puedo olvidarme, y lo tendré presente cada vez que os mire y que os hable, de ese otro
mundo que está detrás de nosotros, escondido, que camina en estos momentos por las calles de
todo el mundo y que sigue preguntándonos: «¿Para qué sirve vuestro Dios?»
Hemos leído un trozo del evangelio de san Lucas que nos permitirá adentrarnos en la
conversación de esta tarde: «La muerte de Dios en el hombre». ¿Qué Dios es el que ha muerto
en el hombre? No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el hombre. No
aceptamos a un Dios al que no podamos encontrar en lo más profundo de nosotros mismos, en
nuestra propia conciencia. No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el amor.
No podemos aceptar a un Dios, al que no seamos capaces de encontrar en la convivencia
humana, en el abrazo fraterno, en el estar juntos. No podemos aceptar a un Dios, al que no
podamos descubrir en la dimensión social, en la dimensión política de nuestro ir creando la
historia junto con los demás. Y no podemos creer en un Dios, que no se revele a través de una
Iglesia de rostro verdaderamente humano.
Vamos a reflexionar todos juntos en ese Dios que no puede existir para nosotros cuando no
somos capaces de encontrarlo en el hombre. Hemos escuchado un trozo del evangelio. Me
gustaría que en estos momentos tuvieseis presente la escena, porque es muy importante.
Frente a Cristo está un hombre con una mano seca desde hace muchos años. Es un día de
sábado. Cristo quiere curarlo, pero le dicen que no se puede curar en sábado, que lo prohíbe la
ley.
A pesar de todo, Cristo lo sana. Al presenciar esta escena, se me ocurre preguntarle a Cristo:
«¿Por qué te empeñas en hacer este acto de provocación? ¿Por qué te empeñas en ir contra la
ley? ¿No te das cuenta de que este hombre ha estado muchos años con la mano seca? ¿Por qué
quieres curarlo precisamente hoy? ¿Por qué no esperas a mañana? Así evitarías toda esa
exasperación de los que creen que la ley está por encima del hombre. ¿Por qué no lo tomas
aparte y le dices que espere un poco, que lo curarás mañana, que de esta manera se evitará el
escándalo? ¿No sería una medida de prudencia aguardar un día más? ¡Hace tanto tiempo que
está enfermo!»
Pero Cristo no aguarda al domingo. Lo cura, a pesar de la exasperación de los que —como dice
el evangelio- estaban rabiosos contra él y buscaban la manera de eliminarlo. ¿Quién es ese
hombre tan importante al que Cristo, sólo por curarle una mano seca desde hace años, es
capaz de atender en contra de la ley, presentándose como un provocador y un «contestador»?
¿Quién es ese hombre?
¿Quién es mi hermano? Ya al principio de la humanidad Caín se lo echó en cara a Dios:
«¿Quién es mi hermano?» Pero esta pregunta no es sólo de entonces, de los albores de la
historia; es una pregunta de hoy, de este mismo instante. Nos estamos preguntando
constantemente: ¿qué es el hombre? ¿Quién es un hombre? ¿Vale la pena un hombre? ¿Vale la
pena luchar por un hombre (no digo por la humanidad, fijaos bien, sino por un hombre)? ¿Qué
es ese hombre? Hemos oído decir durante muchos siglos: «El hombre está lleno de pecados. ¿El
hombre? ¿Qué vale un hombre? El hombre es incapaz de hacer nada. Sin Dios, el hombre no es
nada».
Durante toda la historia hemos mantenido una desconfianza casi total ante el hombre. Incluso
nosotros, los católicos, hemos experimentado esa tentación continuamente. Casi me atrevería
a decir que hemos explotado el mismo pecado original —que yo no niego y que no puedo negar
con mi fe— para decir a todo el mundo que el hombre vale poco. Y con esto hemos justificado
muchas veces el hecho de poder ir en contra del hombre.
¿Qué es un hombre? ¿Pero es posible, me pregunto, que después de veinte siglos de
cristianismo, después de la encarnación, nos sigamos preguntando todavía: «¿Qué es un
hombre?»; que podamos seguir desconfiando del hombre, que tengamos miedo del hombre, que
tengamos miedo de ser hombres, de aceptar hasta el fondo todas las consecuencias del dogma
de la encarnación?
Lo sabéis muy bien: para la Biblia, Adán y Eva, aunque los consideramos solamente como
símbolos, sintieron la tentación de ser como Dios, de convertirse en dioses. E intentaron
hacerlo de una manera mágica, sin esfuerzo alguno. Pero al querer ser como Dios, lo único que
consiguieron fue que ni siquiera llegaran a ser hombres. Descubrieron que habían dejado de
ser hombres, porque su pecado consistía en el hecho de no haber comprendido que ya eran
como Dios. ¿No es eso lo que quiere decirnos la Biblia cuando nos dice que Dios acudía todas
las tardes a conversar con ellos, a sentarse con ellos a la mesa?
Se olvidaron de que eran como Dios y quisieron conocer también el mal, quisieron conocer el
mal para ser Dios, olvidándose de que Dios no puede conocer el mal, que si uno quiere conocer
el mal no solamente no es Dios, sino que ni siquiera es hombre, porque el mal no existe. Lo que
existe es el hombre que hace ese mal. Y en el momento en que Adán y Eva quisieron ser Dios
descubrieron que ya no eran hombres, se llenaron de miedo, se sintieron solos, avergonzados el
uno del otro, y se dieron cuenta en un momento de que estaban desnudos. Se trata de algo
simbólico, si queréis: sintieron la soledad, la vergüenza de sí mismos, no se sintieron ya
hombres.
Y empieza entonces una larga historia, una larga peregrinación para poder encontrarse de
nuevo como hombres. Pero llega un momento en el que Dios quiere que el hombre pueda ser
verdaderamente Dios. Dios quiere librar al hombre de esa nostalgia que siente en lo más
profundo de sí mismo, una vez que su mano creadora lo tocó en sus entrañas. El hombre
quiere ser Dios. Y Dios hace que el hombre pueda ser Dios. Dios envía a su Hijo que se hace
hombre con todas las consecuencias. Y desde el momento en que Dios se hace hombre, el
hombre se convierte en Dios, también con todas las consecuencias.
Pero precisamente en el momento en que Dios le ofrece al hombre esa posibilidad de ser
verdaderamente Dios, de insertarse en la familia de Dios, de poder sentarse a la mesa de Dios,
de poder llamarle a Dios padre y amigo siempre que quiera, porque se hace de su misma raza,
porque puede de veras tratar de «tú» a Dios, porque Dios ha entrado ya en la esfera del
hombre y el hombre en la de Dios, en ese mismo momento el hombre siente miedo de ser Dios.
El hombre tiene miedo de cargar con su responsabilidad y de aceptar todas las consecuencias
del hecho de ser Dios. El hombre tiene miedo de poder continuar la obra de la creación que
Dios le ha confiado. Y este miedo de ser Dios le empuja a dejar al Dios creador la
responsabilidad de todo, mientras que él toma el camino de la evasión. Y prefiere que Dios le
vaya resolviendo sus problemas, poniendo en sus manos la responsabilidad y el esfuerzo de la
historia y de su propia historia. Porque tiene miedo de enfrentarse con su responsabilidad y de
aceptar esa maravilla y esa grandeza que todavía nosotros somos incapaces de aceptar. Porque
tiene miedo de aceptar ser Dios. ¿Qué es lo que significan aquellas palabras de Cristo a sus
discípulos: «Vosotros haréis cosas mayores que las que yo he hecho»? ¿Acaso se pueden hacer
cosas mayores que las que ha hecho Cristo? ¡Es él el que lo ha dicho!
Pero si negamos esta realidad, esta grandeza del hombre, de la que siempre hemos sentido
miedo, estamos negando el cristianismo. No podemos aceptar nuestra fe si no aceptamos de
verdad que el hombre es algo inmensamente grande, mucho más de cuanto podemos soñar. No
la humanidad, sino el hombre, el hombre concreto, un hombre cualquiera. Y esto por el mero
hecho de ser hombre. No por ser tal hombre, ni porque representa tal cosa, ni porque tiene, ni
porque produce, ni porque posee tal dignidad, sino porque es hombre. Porque, si es hombre, es
Cristo. Y, si es Cristo, es Dios.
Pero ¿por qué nos resulta tan difícil aceptar que el hombre vale más que toda la historia; que
un solo hombre, un hombre cualquiera, el último borracho con quien tropiezo por la calle, es
más importante que toda la historia, que toda la creación, que todo el dinero del mundo? ¿Por
qué no logramos comprender que la última prostituta que me encuentro por la calle es
inmensamente más importante que cualquier ideología del mundo? Es el hecho de ser hombre
lo que me hace comprender y sentir la presencia de Cristo. Porque Cristo, es lo que nos dice la
teología, habría muerto por un solo hombre. Nos resulta difícil aceptar semejante grandeza en
el hombre. Porque no hemos sido capaces de descubrirnos a nosotros mismos, porque no nos
aceptamos no ya sólo como Dios, sino ni siquiera como hombres.
Hemos repetido muchas veces que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. Pero
todavía no hemos comprendido qué es lo que significa amarnos a nosotros mismos. Qué es lo
que significa aceptarnos a nosotros mismos, tener confianza en nosotros. Hemos tenido
demasiado miedo de nuestras posibilidades.
Hemos renegado de la parábola de los talentos, porque hemos tenido miedo del riesgo. Porque
no hemos creído hasta el fondo que Dios nos ha concedido todas las posibilidades de crear
nuestra historia. Y si yo no soy capaz de reconocer lo que Dios ha hecho en mí, si no soy capaz
de aceptar la responsabilidad —y también la alegría— de saber que soy Cristo, de saber que
soy Cristo con una capacidad de crear, de llevar adelante la misma obra que Dios comenzó el
primer día, será imposible que pueda aceptar el valor del otro.
Esta falta de confianza en nosotros mismos, este pesimismo es el que nos induce a no aceptar
al otro. Y por eso nos sentimos siempre tristes al lado de aquellos otros que, aunque no tengan
a Dios, tienen confianza en sí mismos y creen más que nosotros en la posibilidad que tiene el
hombre de hacer algo, de liberar a la humanidad. Nosotros, que decimos que somos Cristo y
que afirmamos que tenemos una fuerza más grande que cuanto se puede imaginar, sentimos
sin embargo miedo de nosotros mismos. No creemos en nuestros recursos. No somos capaces
de imaginar que podemos verdaderamente crear más de lo que pensamos. Y como no tenemos
confianza en nosotros mismos, tampoco tenemos confianza en nuestro prójimo, en nuestro
hermano, en un hombre cualquiera.
Yo tengo necesidad de un hombre para poder descubrirme a mí mismo, para poder saber que
soy un hombre, para comprender que soy algo que vale la pena, que vale más que toda la
creación. Tengo necesidad de otro hombre, y solamente a través de otro podré descubrirme a
mí mismo. Adán tuvo necesidad de los ojos de Eva para poder ver su rostro. ¿Habéis pensado
alguna vez que, cuando hablamos entre nosotros, es el otro el que ve nuestro rostro y no
nosotros, y que somos nosotros los que vemos su cara y no él? ¿Habéis pensado alguna vez en
esto? Parece una vulgaridad, pero encierra algo muy profundo.
Yo, durante toda mi jornada, no veo mi propia cara; son los otros los que la ven. Y soy yo el que
ve la cara de los demás. Soy yo el que puedo decir de los demás cómo son. Soy yo el que ayudo
a los demás a que descubran lo que son: no sólo su cara, sino todo lo que tienen dentro de sí. Y
sólo cuando yo miro al otro, cuando soy capaz de amar al otro, es cuando el otro es capaz de
descubrir lo que es.
Vosotros comprendéis muy bien y sabéis lo que quiero decir; ¡cuántos de vosotros han dicho
alguna vez: «Hasta que no encontré a una persona que me amó, no comprendí lo que era»! Yo
empiezo a sentirme hombre, empiezo a sentirme persona, a sentirme importante, a sentir
confianza en mí mismo, empiezo a darme cuenta de que puedo hacer algo en la vida, cuando
me encuentro con una persona que me ama y que me dice que soy capaz de hacer algo. Uno no
puede descubrirse por sí mismo: tiene necesidad de otro. Nosotros, encerrados en nuestro
individualismo, negándonos a descubrirnos a nosotros mismos a través del otro, renegando del
valor fundamental del hombre, sin querer aceptar en nuestra fe que el hombre es el centro de
todo, que el hombre es verdaderamente un absoluto, que toda nuestra fe gira en torno a ese
hombre, que sin el hombre no puede haber cristianismo, no nos hemos dado todavía cuenta de
que el cristianismo más que una religión es una fe, una fe en el hombre concreto, que nace de
una revelación de Dios hecho hombre y que afirma que el hombre es lo más importante de toda
nuestra historia.
Al no aceptar todo esto, hemos negado prácticamente a Cristo, hemos renegado de Dios. Y Dios
se ha vengado de nosotros. Se ha vengado de nosotros en el sentido de que ha tenido que ir a
buscar a otro sitio, para que otros hombres que no aceptaban a Dios descubriesen el valor
fundamental del hombre. Aquel que dijo un día: «Vendrán del oriente y del occidente y
ocuparán los primeros puestos», es el mismo que dijo: «Los publícanos y las meretrices os
precederán en el reino de los cielos». Hoy ese mismo Cristo podría decir: «Vendrán del este,
vendrán de otros lugares, vendrán de otras religiones, vendrán de otras ideologías, y quizá
sean ellos los primeros en comprender lo que es la encarnación, lo que es un hombre». Quizá
sean ellos los que, a pesar de no tener Dios, logren descubrir al hombre mejor que nosotros
mismos. Nosotros nos hemos refugiado en Dios y nos hemos olvidado del hombre, hemos
renegado de Cristo. Ellos, a pesar de haberse quedado sin Dios, en la soledad tremenda de
saber que quizá no haya nada después, han fijado su mirada en el hombre, han descubierto
que el hombre es algo que vale la pena de arriesgar la vida por él. Y nosotros no tenemos más
remedio que aceptar la humillación de ver que han sido ellos los que nos han empujado al
encuentro del dogma fundamental de nuestra fe: la encarnación y la fe en el hombre.
Hace poco pudimos leer la declaración del comunista francés Garaudy. El, un comunista, ha
gritado con todas sus fuerzas: «¡Hombres de la Iglesia, devolvednos a Cristo!» Ya antes había
dicho: «El evangelio todavía tiene que decir algo a la humanidad». Hay muchos hombres
honrados que no se han encontrado con Dios en su camino, pero que han creído en el hombre,
que han hecho del hombre su propia religión; es posible que algún día puedan comprender
mejor que nosotros a ese Cristo que también es suyo.
Hace un año pude ser testigo, en un congreso de escritores en el que casi todos eran ateos, del
inmenso respeto con que pronunciaban el nombre de Cristo.
No puedo terminar sin recordar la parábola del juicio final. Os decía que, mientras os dirigía
la palabra, tenía delante de mis ojos a toda esa otra gente que está detrás de nosotros, que nos
juzga y nos ayuda a que hagamos un examen de conciencia. Vamos, pues, a recordar la
parábola del juicio final, esa parábola que yo he leído tantas veces y que, si no la hubiese dicho
Jesucristo, no la habría aceptado jamás nuestra censura eclesiástica. Delante de Cristo se
presenta toda una multitud de hombres, a los que Cristo dice: «Venid, benditos de mi Padre,
porque me habéis dado de comer, porque estaba en la cárcel y me habéis visitado...» Y ellos:
«¿Qué es lo que dices? ¿qué es lo que te hemos hecho? ¡Pero si no te conocíamos! ¡Pero si hemos
luchado contra ti! ¡Pero si no hemos querido saber nada de tu Iglesia!...» «Venid». «¡Pero si
nunca hemos hecho nada por ti!» «Todo lo que hacíais por el hombre, lo hacíais por mí». Y a los
otros les dirá: «¡Fuera, no os conozco». «Pero ¿cómo? ¿qué no nos conoces? ¡Pero si te hemos
conocido en las plazas! ¡si te hemos predicado tantas veces!...» «No os conozco, porque cuando
tenía hambre, no me disteis de comer; cuando estaba desnudo, no me vestísteis». «Pero ¿qué
dices, Señor? Acuérdate de aquel dinero que di para comprarte un sagrario... Y de aquella
limosna que hice para edificarte una Iglesia... Y de las veces que he predicado tu nombre... Y
de los años que he pertenecido a la Acción católica... Y de lo mucho que he hecho para darte a
conocer». «No os conozco; ¡fuera! Porque no habéis ayudado al hombre que estaba a vuestro
lado; y mi religión es la religión del hombre. El hombre soy yo. Lo que le hacéis al más
pequeño, al último, me lo hacéis a mí».
Durante la eucaristía, cuando se pronuncian aquellas palabras: «esto es mi cuerpo y ésta es mi
sangre», nos recogemos profundamente porque son palabras de Cristo, que no pueden pasarse
por alto. Pero pregunto si aquellas palabras no son también palabras del mismo Cristo, con la
misma fuerza, con la misma verdad que estas últimas. El ha dicho que sus palabras no
pasarán. Por eso, sus palabras serán las que nos juzguen. Y frente a esta parábola, aquellos
que están detrás de nosotros, aquellos que no nos escuchan en este momento, aquellos que no
creen, vuelven a preguntarnos: «¿De qué nos sirve ese Dios vuestro?»
LA MUERTE DE DIOS EN LA CONCIENCIA.
Después de la charla de ayer resultaba para mí una auténtica incógnita el saber si de alguna
manera habían tocado mis palabras algo sustancial en vuestra vida. Porque si una palabra no
toca hoy nuestra propia vida, no nos interesa: el hombre de hoy es capaz de escuchar
únicamente las palabras que le dicen algo. Por eso siento hoy un gran consuelo especialmente
al ver aquí a tantos jóvenes. Sé muy bien que resulta muy difícil en estos momentos el poder
hablar a los jóvenes de ciertas cosas. Por eso, quiero que mis primeras palabras sean para
agradecer vuestra presencia.
¿En qué sentido podemos decir que Dios ha muerto en la conciencia? Repito, lo mismo que
ayer, que mientras me dirijo a vosotros, no puedo olvidarme de todo ese mundo que no cree en
nosotros y que está al otro lado de la pared. No puedo olvidarme del mitin que en estos mismos
momentos, mientras hablo, se está celebrando en la plaza, el mitin comunista. No puedo
olvidarme de aquellos que siguen diciéndome: «¿Para qué sirve vuestra Iglesia, si no nos
ayuda a ser más hombres, más responsables, si no nos ayuda a construir un mundo más justo,
más hermoso, más verdadero?»
Por eso, mientras hablo, y me gustaría repetirlo siempre que os hable, resuenan dentro de mi
corazón las palabras de angustia de todos los que no creen, de los que no creen en nosotros.
Dios ha muerto en cierto modo en la conciencia, porque nosotros no sabemos encontrarlo
dentro de ella, porque hemos tenido miedo de nuestra conciencia, porque tenemos miedo de
nuestras responsabilidades y hemos preferido cambiar nuestra conciencia por cualquier otra
cosa que nos venga de fuera.
Sin embargo, Dios tiene que estar presente para un cristiano en la conciencia. Más todavía:
allí, y solamente allí, es donde podremos encontrar de verdad la realidad más profunda de
nuestro Dios. Estoy convencido de que, al hablar de esto, estoy tocando uno de los temas más
fundamentales y más atrevidos de nuestra fe, uno de los más actuales, de los más urgentes, de
los más graves. No podremos reconquistar toda la fuerza del evangelio, toda la fuerza de
nuestra fe, y la Iglesia será incapaz de ser una fuerza dinámica, creadora, que diga algo al
mundo que no cree, si no tenemos ideas suficientemente claras de lo que es nuestra conciencia
y de hasta dónde llega nuestra responsabilidad ante Dios.
Tengo que manifestarlo abiertamente: durante los catorce años de mi sacerdocio me he
encontrado frente a muchos creyentes, que verdaderamente no saben ni han comprendido
hasta qué punto son responsables de su propia conciencia y hasta qué punto esta conciencia
les exige que creen su propia vida y su propia historia.
Muchos han tenido que sufrir por creer que tenían que renunciar a su propia conciencia para
ser verdaderamente cristianos, a pesar de que la Iglesia no ha afirmado nunca que haya
venido a reemplazar a la conciencia, sino a ayudarla y servirla. Todos los sacerdotes tenemos
una experiencia muy clara en nuestras confesiones de hasta qué punto nos hemos olvidado de
lo que es verdaderamente la conciencia, de hasta qué punto resolvemos nuestros problemas
con Dios, no ya partiendo de lo más profundo de nosotros mismos sino de fuera, de lo que nos
dicen, de lo que hemos leído.
¡Cuántas veces viene la gente a confesarse y nos dice: «No he ido a misa los domingos». «¿Y por
qué?» «Porque no podía ir, porque tengo un niño pequeño». «Entonces, ¿por qué te confiesas?»
«Es que me han dicho que tenía que hacerlo». «Pero tu conciencia ¿qué es lo que te decía?» «Mi
conciencia me decía que no podía ir». «¿Entonces?» Viene un joven que me dice: «Me acuso de
haber dado un beso a mi novia». «Pero, ¿eso es para ti un pecado?» «No, padre». «Entonces,
¿por qué lo confiesas?» «Es que me lo han dicho, me ha dicho un sacerdote que es pecado».
«Pero tú ¿lo sientes como pecado?» «No, ni mucho menos». «Entonces, ¿por qué lo confiesas?» Y
así otros muchos ejemplos.
Juzgamos las cosas desde fuera, pero Dios quiere que nos juzguemos desde dentro. Ha sido
Cristo el que ha dicho que no son las cosas que entran en el hombre, las que vienen de fuera,
sino lo que nace del corazón, de dentro, de la conciencia, lo que provoca los homicidios, los
adulterios, las mentiras y todos los pecados. Por eso mismo Cristo ha dicho que, si uno comete
adulterio sólo con el pensamiento, dentro de sí mismo, comete un pecado. Pero la verdad es
que de ordinario hacemos el examen de conciencia partiendo, no ya de una confrontación, de
una comprobación con nuestra conciencia, sino de las cosas de fuera.
Me acuerdo de que, cuando era seminarista, nuestro examen de conciencia no era una revisión
de la profundidad de uno mismo ante la realidad, sino más bien una revisión de nuestra
conducta frente a una ley puramente exterior; teníamos que hacer el examen de conciencia
diciendo: «He pecado, porque está escrito en el reglamento». Pongamos un ejemplo bien
sencillo: tenía que guardar silencio durante cierto tiempo, pero he hablado; nunca se nos
ocurría preguntarnos si acaso habíamos hablado en aquella ocasión porque nuestra conciencia
nos pedía que ayudásemos a un compañero: teníamos que hablar.
Luego comprendí que, si las cosas eran así, Cristo tendría que haber hecho también un
examen de conciencia del mismo modo: tendría que haberse acusado a sí mismo y sentirse
pecador. Debería haber hecho algún día este examen de conciencia: «He pecado por haber
defendido a un mujer sorprendida en adulterio: tenía que haberla apedreado y la he defendido,
no he permitido que la mataran, a pesar de que la ley mandaba que la apedreasen. Me acuso
de haber violado el sábado, porque en sábado no se puede curar y yo he curado. Me acuso de
haber dado mal ejemplo a los apóstoles, porque me han encontrado una tarde hablando con
una mujer, yo solo, y se quedaron extrañados».
Pero Cristo no podía acusarse de estas cosas porque obraba según su propia conciencia, según
lo profundo de su alma, que es mucho más importante que todo lo que viene de fuera.
¿Qué es la conciencia para nosotros, los cristianos? En el evangelio no encontramos ni una sola
vez la palabra «conciencia». Para Cristo, «conciencia» era lo mismo que cumplir la voluntad de
su Padre. Decía continuamente: «Yo he venido para hacer la voluntad de mi Padre». Pero
también decía: «Quien me ve, ve al Padre». Para él, cumplir la voluntad del Padre en cada
momento, incluso contra la ley externa, significaba ser fiel a sí mismo, ser fiel a su conciencia,
a lo más profundo de uno mismo.
San Pablo, que utiliza sólo una vez la palabra «conciencia», indica con ella la capacidad
radicada en el centro del alma de la que todos pueden disponer, incluso los paganos. Es una
luz que legisla sobre las acciones concretas; es algo que posee autoridad porque está
garantizada por Cristo y porque se nos ha concedido en unión con el Espíritu Santo. Pero la
novedad para san Pablo está en lo que podríamos llamar la «conciencia previa», esto es, una
conciencia distinta de aquella otra que después de haber hecho una cosa me dice que he
obrado bien o mal, que es como se entiende de ordinario la palabra «conciencia». San Pablo va
más allá.
Para san Pablo la conciencia es un a priori, o sea, la conciencia obliga por sí misma, incluso a
obrar, ya que es la voz misma de Dios. No sólo después de una acción, sino también antes de
ella, la conciencia puede impulsar a hacer una cosa, por ser Dios el que habla en mí a través
de dicha conciencia. Esta es una novedad que revoluciona el campo de la moral, según san
Pablo.
La conciencia es la guía del hombre en el uso de la propia libertad, según él. Según san Pablo,
esta conciencia puede estar en contraste con la ley que viene de fuera, por estar determinada
por el amor y el bien. Puede haber para san Pablo una conciencia errónea, una conciencia
inmadura, pero que obliga lo mismo ante Dios, incluso cuando se decide por el mal, porque
cree que entonces obra bien. El ir en contra de dicha conciencia, incluso cuando se hace el mal
creyendo hacer el bien, sería pecado para san Pablo. La conciencia débil, inerte, dudosa, tiene
obligación de resolver sus decisiones tomando como base las propias convicciones, porque san
Pablo dice que «todo lo que no nace de una convicción personal es pecado».
En el bautismo —digo esto porque no se trata de una tesis teológica más o menos discutida,
sino que es doctrina de san Pablo— la conciencia ha quedado purificada y consagrada a Dios y
ligada por el amor con los hermanos. Con san Pablo —Cristo lo había dicho sobre todo con sus
gestos, mientras que Pablo lo dice más abiertamente con sus palabras— se da el salto de la ley
escrita a la conciencia personal. Habéis sido llamados a al libertad, sois libres, sois hijos de la
libertad, la letra mata y la conciencia da vida.
En la Biblia la conciencia es el corazón, lo cual es muy importante porque así se une la
conciencia con el amor. Según los viejos israelitas, el hombre es justo si sigue las inclinaciones
del corazón. Pero hay que decir que para la Biblia, para los semitas, el corazón no era
solamente el centro del sentimiento sino que era toda la personalidad del hombre. Para un
semita, y por tanto para Cristo, decir corazón era lo mismo que decir personalidad,
profundidad del ser, conciencia. Por eso, cuando Cristo dice en las bienaventuranzas:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», quiere decir que son
bienaventurados los que tienen la conciencia limpia, porque ellos descubrirán a Dios. Pero el
hombre, según la Biblia, siente la tentación de tener un corazón doble, una conciencia doble;
siente la tentación, sin Dios, de servir al mismo tiempo a dos señores. Por eso Dios le da al
hombre un corazón nuevo, o sea, una conciencia nueva, y escribe su ley en ese corazón nuevo.
Dios escribe su ley en el corazón del hombre, pero la escribe incluso antes de que venga Cristo.
Dios, cuando crea al hombre, escribe en su corazón su ley fundamental del amor, que será
durante toda su vida la guía seria, profunda y última de sus decisiones y de sus
responsabilidades ante Dios. Por eso dice san Pablo que esto sirve para todos, incluso para los
paganos, porque ha sido el mismo creador el que ha hecho a todos los hombres sin distinción,
haciéndose presente en cada uno de ellos y dejando esta huella de su ley fundamental que nos
lleva hacia el amor. Dios está presente en este corazón nuevo, en esta conciencia del hombre,
infundiéndole un deseo irresistible de gozo, de felicidad, y que, para ser total, tiene que estar
siempre ligado al bien. Todo hombre sincero, normal, todo hombre auténtico siente que desde
lo más profundo de sí mismo nace un anhelo irresistible de felicidad. No me he encontrado
jamás a un hombre que me haya dicho que no siente la vocación a la alegría, a la dicha, que no
quiera ser feliz, plenamente feliz. Pero también es verdad que, si este hombre es sincero,
tendrá que afirmar que esta felicidad no puede prescindir de lo que constituye una exigencia
profunda de su conciencia, la de probar esta felicidad hacia el bien. Y cuando busca esta
felicidad separada de dicho bien, siente que le falta algo y que no podrá nunca ser felÍ2 de
verdad.
Un ejemplo muy concreto: un hombre puede desear la mujer de otro hombre, la puede desear
como un principio de gozo, como algo que lo haría feliz, pero al mismo tiempo la conciencia le
hace ver que, si toma a esa mujer, esto significa arruinar a otro hombre, hacer desgraciados a
sus hijos: esa felicidad no podrá ser nunca plenamente completa. Podrá tomarla, podrá quizá
tener una parte de gozo, pero jamás tendrá un gozo completo, total y absoluto. Hay algo dentro
de él, más poderoso que él, algo que lo desborda y que en todo momento le dice: me falta algo
para que esta dicha sea total. En este caso mi conciencia no ha escogido el bien, a la par con la
felicidad.
La conciencia está libre de toda ley, está por encima de toda ley; y la última decisión del
cristiano frente a Dios es su propia conciencia. Por eso la verdadera autoridad, la única
autoridad, incluso la de la Iglesia, parte de la conciencia. Solamente cuando la Iglesia habla a
la conciencia del hombre, y habla en nombre y sólo en nombre de aquel que ha creado esa
conciencia, y con la palabra que coincide exactamente con la conciencia que él ha creado y que
está presente en ella, solamente entonces es cuando la Iglesia tiene autoridad. Y el que recibe
esta autoridad, se da entonces cuenta de que se trata de una autoridad verdadera.
Pero cuando la Iglesia habla, no ya a la conciencia sino a otras categorías, cuando habla en un
nombre distinto del de aquel que ha creado la conciencia, cuando habla con palabras distintas
de las de Cristo, o sea, con sus propias palabras, con palabras mundanas, entonces la
conciencia se resiste quizá, porque siente que la Iglesia no le habla a su propia conciencia, que
no le habla en nombre de aquel Dios que no se puede contradecir y que es el mismo Dios
presente en la Iglesia y en la profundidad de nosotros mismos. Esto no lo ha negado nunca la
Iglesia. La doctrina de la Iglesia no ha negado jamás que el hombre es el que tiene que decidir,
en definitiva, según su propia conciencia. Pondré solamente unos cuantos ejemplos. Santo
Tomás (no citaré a ningún teólogo moderno, que siempre se podrá discutir) dice que es mejor
dejarse excomulgar por la propia Iglesia que ir en contra de la propia conciencia. Y dice
también que, si uno confiesa la fe en Cristo y en la Iglesia, a pesar de reconocer que es falsa,
peca en contra de su conciencia. Y el cardenal Newman escribía estas palabras: «Siempre he
defendido que la obediencia a la conciencia, incluso a la conciencia errónea, es el mejor camino
para llegar a la luz».
Me imagino que me preguntáis: «Si esto es verdad, ¿por qué hemos tenido tanto miedo de
decidir según nuestra conciencia? ¿por qué nos hemos cansado tanto? ¿por qué hemos
renunciado a crear nuestra propia historia? ¿por qué no nos han dejado muchas veces que
decidiésemos según lo que sentíamos en nuestro interior honradamente, cuando decíamos, a
veces entre lágrimas: ¡pero si yo siento que tengo que obrar así, si yo siento que esto no lo
puedo admitir!...? ¿por qué hemos sentido miedo tantas veces de decidir frente a Dios, quizás
incluso en contra de una ley que nos venía de fuera, sin pensar que de este modo
renunciábamos a ser nosotros mismos y abdicábamos de nuestra misión de hombres y de
cristianos? ¿por qué hemos sentido miedo no ya de la teoría, ya que la Iglesia no ha negado
jamás esta doctrina, pero sí de la práctica?» Las acusaciones de este tipo se repiten sin cesar.
Una de tantas acusaciones que han lanzado contra nosotros los que no creen es ésta:
«Vosotros, los cristianos, no podréis construir nunca nada, porque siempre estáis esperando
que os venga desde fuera la respuesta; vosotros no tenéis fuerza creadora, no podréis jamás
crear la historia; tenéis que esperar siempre a que otro decida por vosotros; no sois capaces de
asumir vuestra propia responsabilidad; no podréis ser nunca hombres completos». Esta crítica
que nos dirigen es muy seria y nos obliga a reflexionar. Debería suceder todo lo contrario.
Precisamente el cristiano, convencido de que su conciencia es igual a Dios, debería tener un
dinamismo, una fuerza mucho mayor que los demás, una esperanza ilimitada, para poder
enfrentarse con cualquier riesgo, sin tener miedo a nada, porque estamos seguros de que,
aunque nos equivocásemos con la convicción de nuestra honradez, no podríamos nunca fallar,
ya que detrás de nosotros está Cristo.
¿Por qué nos hemos empeñado en aferramos a una ley externa, volviendo así a los tiempos
antes de Cristo, siendo así que Cristo ha venido a liberarnos de la ley? Cristo es el que nos
dice: «No es la ley lo que salva; soy yo el salvador; yo estoy presente en vosotros y vosotros sois
yo mismo cuando tomáis vuestras decisiones con honradez, con justicia, a la luz de mi
verdadera palabra y a la luz del magisterio de mi Iglesia, cuando ella habla en mi nombre,
cuando es una maduración, seria de la comunidad cristiana».
En parte este miedo ha nacido de una confusión muy seria y muy grave, que hoy empezamos a
descubrir con mayor claridad: hemos confundido el concepto bíblico de conciencia, que es igual
a Dios, con el concepto griego-aristotélico según el cual la conciencia es igual a la razón. Para
los griegos, para la filosofía aristotélica, el principio de vida, la fuente de la vida es el espíritu.
Para el cristiano y para la Biblia la fuente de la vida es Dios, y la conciencia es igual a Dios y,
si hay algo que sea seguro, es precisamente la conciencia, ya que en ella es donde Dios está
presente de una manera existencial, de una manera real. Es difícil que nos podamos
equivocar. Esta desconfianza es la que nos ha llevado a decir: «¡Atención a la conciencia,
porque la conciencia puede ser errónea, porque la conciencia puede ser falsa! ¡Hay que formar
la conciencia!» Pero, si la conciencia es Dios, yo no puedo formarla; lo que tengo que hacer es
descubrirla, ayudarle a cada uno a que descubra cuál es la voz de Dios en su interior. Pero no
puedo formarla, porque no puedo formar a Dios.
Dios es el que está presente en mí. Entonces me diréis: «¿Para qué sirve la Iglesia? ¿De qué
nos sirve? ¿Para qué vale la ley de la Iglesia?» Sé muy bien que el drama es grande y la
tensión difícil, porque todavía no hemos comprendido que la Iglesia no viene a sustituir las
conciencias que Cristo ha instituido a la Iglesia como un servicio, precisamente como un
servicio en este santuario sagrado de nuestra conciencia, que la Iglesia nos ayuda para que no
puedan corromperse las verdades fundamentales que nosotros sentimos ya en nuestra
conciencia.
Una de las verdades que no pueden negarse ni corromperse es precisamente ésta: que Dios
está presente en la conciencia y que el hombre tiene que decidir según su propia conciencia y
que la Iglesia tiene que garantizar la defensa continua de esta verdad, para que no quede
falseada o corrompida. La Iglesia, incluso con sus leyes, tiene que estar al servicio de esta
conciencia y nunca jamás podrá legislar nada que esté en contra de la conciencia personal o
comunitaria, ya que en ese caso iría en contra del mismo Cristo.
La Iglesia, que somos todos y que es la comunidad, sirve para madurar, para descubrir cada
vez mejor, para que no nos conformemos con decir: «Aunque me equivoque, aunque elija mal,
estoy siempre en regla con Dios». No nos basta con esto: con haber buscado la verdad. Quiero
que, cuando hago una opción, además de estar en regla con Dios, por haber elegido según mi
conciencia, pueda sentirme cierto de haber encontrado la verdad, de no haberme equivocado.
Y esta maduración tiene que ser hecha por toda la comunidad ayudada por el Espíritu Santo,
cada uno según su carisma: la jerarquía, para confirmar que esta verdad está en consonancia
con la palabra de Cristo, con su mensaje; los demás, cada uno según su carisma, unos con su
carisma de profetismo, otros con la inspiración que les viene del Espíritu Santo, que obra en
cada uno de nosotros. Cuando se ha llevado a cabo toda esta maduración y sale fuera una ley,
esta ley tiene que responder perfectamente a aquello que nosotros sentimos como algo
fundamental en nuestra conciencia. Es una ayuda, que no puede ser nunca un sustitutivo ni
una imposición a la conciencia. Por eso mismo hoy nos damos cuenta, cada vez con mayor
claridad, que incluso las leyes de la Iglesia tienen que ir madurando, mediante la
comprobación y la creación de la misma comunidad, de toda la comunidad. De esta forma,
teniendo en cuenta que la Iglesia hace un servicio a nuestra conciencia, tiene que quedar en
claro que la conciencia es el lugar de encuentro más serio y más real de Dios con cada uno de
nosotros.
Esta desconfianza frente a la conciencia nos ha inducido a caer en un gran miedo. Uno de los
pecados de que más nos acusan a los creyentes es ese miedo frente al peligro: no nos gusta
arriesgarnos. Por eso mismo nos acusan tantas veces de que nuestra fe es alienante, de que
nuestra fe, en vez de ayudarnos a crear nuestra historia y a realizar algo verdaderamente
positivo, es un freno, porque tenemos siempre miedo a equivocarnos, porque estamos
demasiado acostumbrados a que la respuesta nos venga siempre de fuera, y no hemos sido
capaces de escuchar esa voz profunda de Dios que, como dice san Pablo, obliga por sí misma.
Es Dios el que nos empuja desde dentro y el hombre se constituye por dentro: de lo contrario,
sería fabricado por los demás, desde fuera, y no podría nunca ser hombre de verdad. Y un
cristiano no podrá ser verdaderamente cristiano si se deja construir desde fuera; tiene que
construirse por sí mismo, con la atención al Dios que está dentro de él y con la comprobación
de su conciencia a través de la comunidad en escucha de la palabra de Dios, a través de la
oración, a través de la celebración de la eucaristía. Por eso este miedo no es del evangelio, este
miedo al peligro no es de Cristo.
Me gustaría recordar, para terminar, solamente dos cosas muy concretas del evangelio.
Todos conocemos la parábola de los talentos, pero quizá se nos ha escapado un pequeño detalle
muy importante. Cristo da talentos a cada uno: a uno cinco, a otro diez, a otro uno. Los que
reciben cinco o diez talentos procuran hacerlos fructificar, hacen algo, y Cristo los alaba
porque han hecho algo. El que recibió solamente un talento, tuvo miedo de perderlo y,
diciéndose que su amo era exigente, lo escondió; cuando el amo volvió, se quejó del siervo, lo
condenó y le dijo: «Has tenido miedo, no has querido arriesgar nada; tú no eres de los míos, no
has comprendido la dinámica de mi fe». Resulta dramático que hayamos presentado tantas
veces como modelo y prototipo del cristiano precisamente al personaje que condenó Cristo: al
prudente, al que tiene siempre miedo de Dios, porque sabe que «es un amo exigente».
Pero hay un detalle en el que quizá no habéis pensado: en esta parábola falta un personaje,
aquel que, después de haber recibido cinco o diez talentos, se pone a trabajar con ellos y los
pierde, y cuando llega el amo tiene que decirle: «Lo arriesgué y lo perdí todo».
¿Por qué no ha introducido Cristo este personaje? Mi respuesta personal es que no era
necesario, ya que con Cristo, aunque uno arriesgue la vida, si la pierde, no la pierde. Y aquí
entramos en el misterio profundo de la fe y en el dinamismo más grande de la Iglesia.
Y, para terminar, el ejemplo de Pedro. Algunos se habrán preguntado seguramente por qué
hemos leído este trozo del evangelio, el trozo de la traición de Pedro. Es un ejemplo, para mí
maravilloso, que me ha dado mucho que pensar como sacerdote. Imaginaos la escena: Cristo
está a punto de ser traicionado; en el momento decisivo todos los apóstoles sienten miedo y se
van, se esconden; el evangelio nos dice que huyeron. Sólo Pedro toma una decisión que, según
los demás apóstoles, es imprudente y arriesgada: lo sigue, aunque de lejos, con cierto miedo,
con cierta desconfianza, porque sabe que es peligroso, pero lo sigue, se arriesga y traiciona a
Cristo. Es el primer apóstata de la Iglesia. Ha tomado una decisión según su propia
conciencia, una decisión que lo ha llevado al riesgo más grande que se puede correr con la fe, y
que es la apostasía: ¡renegar por tres veces de Cristo!
Hemos hablado muchas veces de esta traición de Pedro, hemos hablado seriamente de este
pecado de Pedro; pero yo me he preguntado y os lo pregunto ahora a vosotros: ¿cuál ha sido un
pecado más grande, el miedo de los otros, de los que se escondieron para no pecar, o el
atrevimiento de Pedro que, por amor, porque no podía soportar dejar solo al Maestro aquella
noche, aceptó el riesgo de seguirlo, aunque luego lo traicionase?
Mi conclusión es que, si yo tuviese que escoger en aquel momento entre ser un apóstol que, por
prudencia, por no correr el riesgo de traicionar al Maestro, se esconde lejos de Cristo, o ser
como Pedro que, por amor, lo sigue, aun a riesgo de poderlo negar, yo hoy escogería el riesgo de
Pedro, porque creo que es más cristiano y porque, en el fondo, el mismo Cristo lo confirmó.
Después de su traición, quizá porque Cristo, que sabía leer en el corazón de Pedro, comprendía
que lo había amado por encima de su debilidad y que lo había amado incluso cuando lo
traicionaba, una vez llegado el momento de poner en sus manos el gobierno de su Iglesia, de
ponerlo a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los demás en la fe, le escogió a él
precisamente, haciéndole una pregunta: «¿Me amas más que los demás?» Pero aquélla no era
una pregunta, sino que era un modo delicado de reparar una herida en el corazón de Pedro y
de decirle: «Yo sé muy bien que me amas más que los demás, porque me lo has demostrado
incluso con el riesgo de traicionarme».
LA MUERTE DE DIOS EN EL AMOR.
«Si amamos sin producir amor, si por medio de nuestra vida no nos convertimos de personas
que aman en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente». Estas palabras no son
de ningún santo, son de Karl Marx. Si amamos sin producir amor, nuestro amor es impotente;
estas palabras podrían ser también de Cristo, estas palabras las hago mías como hombre,
como cristiano y como sacerdote. Y entonces digo que, si existe un Dios, hemos de decir que
donde el amor es impotente, donde no produce amor, donde las personas no consiguen ser
amadas, no hay Dios. Y los jóvenes de hoy, que sienten la necesidad y la urgencia de sentirse
amados, para reconocerse y descubrirse a sí mismos, están diciendo de alguna manera que
quieren a Dios en su amor, porque no quieren que su amor sea impotente.
El evangelio dice que el que no ama está muerto, que el que no ama no conoce a Dios, que el
que no ama es un ateo, el único ateo de verdad.
Y entonces podemos preguntarnos si es posible aceptar la imagen de Dios que ellos están
negando públicamente con su vida, con su mismo amor, la imagen que nos ofrecen aquellos
que nos impiden amar. Es una pregunta seria y profunda: ¿podemos aceptar a ese Dios que
profesan públicamente aquellos que con su vida reniegan del amor, que tienen miedo del
amor? Es verdad que nadie ha sido capaz de definir qué es el amor. Muchos pretenden saber lo
que es el amor y quieren imponer su definición, pero nadie en toda la historia ha sido capaz de
dar una definición del amor aceptada por todos, lo mismo que tampoco ha sido nadie capaz de
definir a Dios.
Pero todos sabemos que ciertas cosas no son el amor (y cuando hablo de ciertas cosas, algunos
de los más maduros están ya pensando en lo que hacen los jóvenes y que a ellos no les gusta:
no hablo de eso), sabemos que ciertas cosas no tienen nada que ver con el amor. Por ejemplo,
todo lo que es explotación del hombre en cualquier dimensión, la instrumentalización de Dios
y de la Iglesia misma por fines e intereses personales, el negar a los demás el derecho a ser
personas. Todo esto no tiene nada que ver con el amor.
Quizás no lleguemos nunca a saber qué es Dios, pero sabemos con toda certeza que Dios no se
puede identificar con una política y que su justicia no podrá jamás coincidir con la nuestra y
que, como decía el papa Juan, quizá tampoco su teología coincida con nuestra teología. De la
misma forma nadie podrá imponernos una imagen del amor, ni siquiera la propia fe, porque el
cristianismo no es una moral, ni una filosofía, ni una cultura, ni tampoco una religión.
Mi fe cristiana me impide salirme, en la búsqueda del amor, de un solo carril: el hombre. El
amor es inconcebible sin el hombre, lo mismo que también el hombre es inconcebible sin el
amor. Un hombre que no ama, no es un hombre. Hemos dicho muchas veces que no es
cristiano; pero ni siquiera es hombre. Considerando en bloque a nuestra generación cristiana
occidental, hemos de confesar que en gran parte Dios ha muerto en el amor, ya que el hombre
no ama a los demás hombres; quizás ame a Dios, quizás ame a los objetos, quizás ame una
ideología, quizás ame el dinero, pero no ama al hombre.
No sé si conocéis aquellas palabras de Tagore cuando, visitando en cierta ocasión occidente,
dijo: «Occidente es semejante a una piedra que ha estado durante veinte siglos dentro del agua
de un río; la tomamos y por fuera está limpia, bien pulida, fresca; pero, si la rompemos, por
dentro está seca». Occidente ha estado sumergido en el agua del cristianismo durante veinte
siglos, pero si rompemos su corazón, dentro está seco, porque no ama al hombre, sino que ama
el dinero.
Para el cristiano, Dios, después de la encarnación, será siempre un fantasma y una evasión si
carece de rostro y de un nombre concreto. No basta con afirmar que el hombre es Cristo, hay
que decir que Cristo es el hombre.
No sé si habéis pensado alguna vez en el hecho de que Cristo, cuando se aparece después de la
resurrección, no tiene nunca su misma cara, su rostro. Por eso precisamente no lo reconocen;
no lo conoce ni siquiera María Magdalena (¡figuraos si una mujer no va a conocer al hombre a
quien ama!); ni lo reconocen los discípulos de Emaús después de haber recorrido varios
kilómetros con él. Esto significa ciertamente que se aparecía con un rostro que no era el suyo.
Me he preguntado muchas veces el porqué de este hecho; ¿no será quizás porque, después de
la resurrección, cualquier rostro humano es el rostro de Cristo mismo?
¿Qué es el amor? Debemos recordar un trozo de carta de san Pablo, muy importante para mí,
en el que se nos dice que, aunque uno tenga una fe capaz de mover las montañas, aunque
tenga todas las profecías y el don de lenguas, aunque entregue todo su dinero a los pobres, si
no tiene amor no es nada. Pero no nos dice qué es el amor: ni siquiera san Pablo sabe decirnos
qué es el amor.
El amor ciertamente no es igual al bienestar: si así fuera, Dios estaría más presente y visible
en Alemania o en los Estados Unidos que en la India o en las favelas del Brasil. Pero tampoco
basta con hacerse pobre para encontrar el amor. Nos lo dice san Pablo: aunque les dé todo mi
dinero a los pobres, si no tengo amor no tengo nada. Entonces, ¿qué es ese amor?
El amor no es igual al sexo porque, si fuese igual al sexo, entonces Dios estaría más presente
en Suecia que en las monjitas que trabajan con los leprosos. Dios estaría entonces más
presente en una casa de prostitución que en un Camilo Torres. El amor no es el sexo, pero el
sexo es una cosa santa, el sexo es una realidad y una riqueza hecha por Dios mismo, que no
solamente no podemos negar sino que tenemos que bendecir.
Y aquí sería menester hacer un examen de conciencia, todos juntos, comprendida la Iglesia.
No basta con afirmar que a los jóvenes les gusta hacer lo que les da la gana; aquí tendríamos
que escuchar seriamente también a los jóvenes, ya que han sido ellos los que nos han hecho
comprender que habíamos condenado una cosa que Dios mismo dijo que era buena, ya que
todo lo que Dios ha hecho está bien hecho y es una riqueza para el hombre. La sexualidad es
una fuerza preciosa que Dios ha hecho para que el hombre pueda ser hombre.
El amor no es igual a fiesta y algazara, porque entonces Dios estaría más presente en los
night-clubs que en las cárceles, los hospitales, las trincheras y la guerra. Pero el amor es
también alegría y felicidad, y el cristianismo es un mensaje de gozo.
El amor no es sacrificio, como tantas veces nos han dicho, porque, si es algo, el amor tiene que
ser creativo, tiene que engendrar amor, como decía Karl Marx. Y la creatividad es de suyo
gozo, es vida y la vida siempre produce gozo. Pero al mismo tiempo, todo gozo, toda creatividad
lleva en su propio seno una parte de dolor, ya que no se puede engendrar sin dolor.
Y los jóvenes también saben todo esto: saben que, si quieren construir un amor verdadero y
profundo, si quieren llegar hasta la raíz más profunda de la alegría, tienen que conquistarla a
base de dolor, mucho más de lo que se imaginan las personas maduras. Porque saben que
incluso la búsqueda de la sexualidad, incluso ese diálogo humano, ese diálogo a través de la
carne que Dios mismo ha querido, resulta sumamente doloroso y difícil, aun cuando produzca
gozo.
La verdad es que sólo aquel que acepta la dinámica del amor se siente libre y sufre si hay un
solo esclavo en el mundo. El que quiera saber si ama, tiene que preguntarse si siente la
angustia de las cadenas de sus hermanos. Yo sé que Cristo me ha amado porque me ha hecho
libre. Yo me pregunto si los jóvenes de hoy aman quizá menos que nosotros, si no sienten
quizás ellos mejor que nosotros la angustia de la esclavitud que perciben, cada vez más fuerte,
en torno a ellos.
Si Dios es el amor, el amor es Dios. Y sólo donde encuentro amor, encuentro a Dios. Pero el
Dios cristiano que hemos identificado con el Dios del amor es un Dios que no se contenta con
«querernos bien». Desde el momento que hemos limitado la dinámica de nuestro amor
cristiano a un simple «querernos bien», ha sido posible que nazca un libro titulado El amor no
basta, que me ha hecho, como título, un mal tremendo, porque yo siento en mi carne que el
amor debe bastar, ese amor que es una dinámica que puede construir de verdad un mundo
nuevo.
Si hay alguno que diga que el amor no basta, quiere decir que nosotros hemos presentado un
amor que no es amor. Cristo, que es para mí el hombre que ha amado hasta el fondo, no se ha
contentado con «querernos bien». Llamó Satanás a Pedro, cuando éste quiso desviarle de su
camino; llamó zorro a Herodes, que era la autoridad constituida; llamó víboras a los fariseos y
murió como un agitador político.
Cristo vino a traer la guerra y no la paz, a traer la espada y no las sonrisas estériles; dijo que
amar significaba estar dispuesto a dar la vida por cualquier hombre, incluso por nuestro
enemigo. Y nosotros, con nuestro «querernos bien», no somos capaces muchas veces ni siquiera
de colaborar con un hombre, por el mero hecho de que nos resulta antipático o de que no
piensa como nosotros en política. El amor de Cristo nos parece paradójico y hemos procurado
interpretarlo, porque realmente trajo a la historia un soplo de amor verdadero, el amor que
cree en el hombre como en un valor real, el amor que ama la vida, una vida no prostituida, la
vida verdadera, esa vida que de alguna manera empiezan a vislumbrar las nuevas
generaciones.
Y cuando hablo de los jóvenes, hablo de los jóvenes auténticos, de los que quieren crear algo,
no de los jóvenes muertos, aburguesados, drogados, envenenados no sólo por la droga, sino
drogados en el corazón, drogados en el espíritu. ¡Esos son viejos! Y yo hablo de los jóvenes de
verdad.
Por consiguiente, un amor que ama la vida, pero una vida que responda a las exigencias más
profundas de felicidad, y de felicidad para todos, no para algunos privilegiados solamente;
Cristo fue el hombre que no aceptó jamás la contradicción de la historia y por eso mismo nos
resulta paradójico. Nosotros, personas maduras, hemos intentado muchas veces explicar,
traducir a Cristo, porque decíamos que no puede concebirse un Cristo que llama
bienaventurados a los pacíficos y nos dice luego que ha venido a traer la guerra: un Cristo
paradójico no nos va. Y hemos echado mano de las tijeras, lo hemos adaptado a nuestra lógica,
una lógica puramente aristotélica.
¿Pero es Cristo una paradoja, una contradicción? ¿Es él o nosotros? El no ha aceptado nunca la
contradicción de la historia, él ha dicho siempre que no a toda clase de alienación, incluso a la
alienación que venía desde fuera, él no aceptó jamás lo más mínimo que pudiese alienar al
hombre. Nosotros, por el contrario, aceptamos y mascamos continuamente la contradicción de
la historia, y por eso no hacemos historia, sino antihistoria. Quizá el único trozo verdadero de
historia creado en la humanidad sea aquel trozo creado por Cristo y por aquellos que con él
dicen que no a toda clase de contradicción que niega al hombre. Quizá por eso, porque estamos
nosotros en una continua contradicción, nos parece que es Cristo el que constituye una
contradicción y una paradoja.
Por esta razón el amor cristiano se encuentra con cualquier otro amor que acepta el amor
como creatividad, como capacidad de compromiso, como riesgo, como locura, como heroísmo; se
encuentra con todos los que aman al hombre por sí mismo y no por complacer a Dios o para
evitar el infierno; se encuentra con todos los que son capaces de ponerse de acuerdo en luchar
con todos los medios humanos para que el hombre logre ser verdaderamente hombre y capaz
de realizar su propia historia; yo diría, de realizar su propio amor.
Todo esto lo entienden muy bien los jóvenes, porque quieren una historia verdadera,
programada por todos y no sólo por los privilegiados o los arrivistas o los tiranos; una historia
de amor hecha por todos, hasta por las mujeres; y también aquí se pretende una inmensa
liberación, porque la mujer sigue todavía siendo esclava, todavía no se siente capaz, no tiene
todavía la posibilidad de realizar un trozo de su verdadera, historia. Y en esto yo soy muy
severo.
Hablamos de crisis en el matrimonio y en la familia; pero no basta con hablar de crisis, sino
que es necesario llegar hasta la raíz. Decimos que hoy los jóvenes no quieren casarse, que
están buscando formas nuevas; pero no basta con decir que andan buscando formas más
fáciles. Hay que preguntarse cuál es verdaderamente la condición de la mujer, después de
haber aceptado la familia.
Si la familia tiene que ser también un medio de liberación para que uno pueda ser más
hombre, yo me pregunto si la mujer, después de casarse, consigue ser más libre, más ella
misma, o se convierte más bien de ordinario, y permitidme la expresión, en una criada, en una
criada que ni siquiera tiene una tarde libre ni un jornal. Se trata de un problema serio, en el
que habría que profundizar.
El cristianismo no es el monopolio del amor, ni es un amor distinto, nuevo o meramente
espiritual: es un amor. Si puede presentar alguna novedad, esa novedad consiste en la
esperanza secreta que lleva en sus entrañas, por el hecho de que el amor no es una flor que
muere con el tiempo, sino que vivirá para siempre por ser más fuerte que la muerte. Pero no
es un amor distinto. Y también en esto los jóvenes sienten una especie de rebelión, cuando les
decimos que para ser cristianos tienen que aceptar un amor que no es amor, un amor
desencarnado, puramente espiritual, un amor que jamás podrán comprender, porque el amor
es único y ellos saben que tienen que amar como personas, como hombres, con toda su
personalidad.
Así, pues, si la novedad de ese amor consiste en la esperanza, en que es un amor que no
muere, nuestro amor tendría que ser más dinámico, alegre en la lucha, desinteresado, más
paradójico, más unido. Pero yo me pregunto si todo esto es verdad, o si más bien encontramos
ese amor en aquellos que no llevan en las venas esa esperanza de un amor inmortal. Y siento
un inmenso respeto ante aquellos que, aunque no crean que su amor continuará por encima
del tiempo, son los más valientes en la lucha por la liberación de los demás.
Para el cristiano el amor tiene siempre un nombre y un rostro y el cristiano ofrece la vida por
ese hombre con el que se ha identificado Cristo. Ofrecer la vida por ese hombre no debería ser
heroísmo, sino exigencia; yo diría que casi no debería merecer ni una línea en los periódicos.
Pero para uno que no cree que haya nada después de esta vida, el ofrecimiento de su vida
puede merecer una página entera del periódico. Para uno que dice que cree que el amor es
inmortal, el ofrecer la vida debería ser lo más normal del mundo.
Pero ¿sucede así o todo lo contrario? Cristo sólo nos ha dado una señal para que podamos
reconocernos: «En esto conocerán que sois de los míos, en el amor», en un amor que es capaz de
llegar hasta el sacrificio de la vida. Todas las demás tarjetas de identidad, las demás etiquetas
no sirven para nada: éste es el único desafío que podemos lanzar, aunque no me gusta la
palabra, a un ateísmo histórico, para el cual ciertamente podría ser un heroísmo el ofrecer la
vida.
El cristianismo debería tener menos miedo del amor que todos los demás sistemas, porque la
fe en la libertad y en el amor libera al hombre. Pero en la práctica damos muchas veces a
entender que el amor encadena: y esto es renegar del cristianismo. El amor es liberador. Un
hombre que ama, un hombre que se encuentra con el amor, se hace libre.
Pero quizá por eso mismo es por lo que tenemos miedo de que los hombres amen: porque
resulta más fácil gobernar a los que no han encontrado la libertad que a los hombres libres.
Pero cuando un joven encuentra el amor, se hace libre y empieza a resultar incómodo para los
demás, porque empieza a convertirse en él mismo, en un hombre.
Donde no hay amor reina satanás, aunque estén allí todas las demás virtudes, aunque haya
por medio un sacramento. Donde hay amor, allí está Dios, aunque los profesionales de la
virtud nos llamen pecadores. Donde hay amor, hay cristianismo, aunque uno sea ateo; donde
no hay amor, no hay cristianismo, aunque esté allí el crucifijo y la eucaristía.
Y desafío a todas las teologías para que me digan si esto va en contra de nuestra fe y de
nuestro cristianismo, y si la auténtica Iglesia ha negado alguna vez esta verdad.
LA MUERTE DE DIOS EN LA COMUNIDAD.
Está escrito en el evangelio que de la boca de los niños proviene la verdad. Me ha gustado
mucho la sencillez de ese muchacho que espontáneamente ha aplaudido las palabras del
evangelio. Lo ha hecho espontáneamente y me ha impresionado de verdad el hecho de que sólo
él haya aplaudido. Es un gesto de creatividad muy hermoso que nos viene como anillo al dedo,
ya que hoy vamos a hablar de esa creatividad del hombre. Y me ha gustado sobre todo porque
he estado toda la tarde pensando en ese problema muy serio que vamos a exponer a
continuación. Su gesto ha sido una cosa nueva: es la primera vez que he visto cómo aplaudían
a un trozo del evangelio. Para mí se trata de un hecho nuevo, creativo.
La muerte de Dios en la comunidad. Voy a hablaros hoy de este tema a vosotros, que habéis
acudido por cuarta vez a escucharme: estamos ya tan cerca que deberíamos de alguna manera
sentirnos como una comunidad. Sin embargo, tengo que empezar haciendo una confesión
sincera: siento profundamente que en gran medida Dios ha muerto en la comunidad, por el
simple hecho de que la comunidad no existe.
La comunidad hoy es un sueño, una utopía, algo que debe ser o, si preferís, una esperanza del
mañana; pero hoy todavía no existe la comunidad. He dicho que es una esperanza y quiero
repetirlo, porque no me gustaría nunca tener que renunciar a esta palabra; una esperanza,
porque nunca como hoy se experimenta la urgencia de crear un mundo distinto, un mundo
nuevo, y de crearlo juntamente entre todos. Y esta urgencia, hemos de reconocerlo, la
experimentan de manera especialísima las nuevas generaciones, los jóvenes.
Yo me pregunto si esta urgencia no será acaso el último grito del miedo del hombre o quizás el
último esfuerzo del amor escondido en su ánimo, aquello que lleva a las nuevas generaciones a
querer programar juntamente nuestra historia precisamente en el momento en que está en
peligro la misma supervivencia de la humanidad. Pero tanto si es miedo como si es el último
destello de amor en el corazón del hombre, lo importante para mí es que existe, que
empezamos a palpar, a vivir esta urgencia y esta necesidad de crear todos juntos algo nuevo,
algo más limpio.
Para mí la esperanza en un mundo distinto, en una historia nueva, y también más nuestra,
más hecha por cada uno de nosotros, nace de esa exigencia de comunidad que no sabemos
cómo ha brotado de repente en los cinco continentes del mundo. Es un hecho que actualmente
esta urgencia no es solamente nuestra, ni de España, ni del occidente: es de todo el mundo.
Casi de golpe toda la humanidad ha experimentado esta urgencia, y las nuevas generaciones
sienten toda su necesidad. ¿Miedo o amor? No me interesa; en estos momentos lo que importa
es que sintamos toda la fuerza de la realidad.
¿Pero qué es esa comunidad de la que tanto hablamos, especialmente en los momentos
actuales? Sé muy bien que esta palabra resulta antipática e incluso a veces irritante, para las
viejas generaciones.
A veces me preguntaban con irritación: «¿Pero qué es lo que queréis con esa comunidad? ¿Qué
es esa comunidad? ¿Para qué sirve esa comunidad? ¡Que piense cada uno en sus cosas! ¿Qué es
lo que andan tramando esos jóvenes? ¿Qué es lo que pretenden con esa comunidad?» Pero para
las nuevas generaciones, y para todas las de ayer que todavía no han rendido las armas de la
esperanza, no se trata únicamente de una palabra de moda: es una palabra de orden, un
programa, un mensaje nuevo. Casi me atrevería a decir que es su nueva fe.
Yo, que por mi edad me siento a caballo entre las dos generaciones, creo que puedo
comprender un poco al menos a los unos y a los otros, aun cuando mi corazón y mi esperanza
caminen con aquellos que ya no aceptan como valor la soledad humana ni la soledad religiosa.
Digo que me parece comprender a las dos generaciones porque comprendo que la historia ha
sido dura y nos ha ido llenando de desilusiones.
La primera lucha contra la esclavitud nos llevó a la defensa del individuo, una defensa tan
enérgica que nos condujo al extremo del individualismo. La historia sabe cuánto hemos sufrido
por culpa de ese individualismo y todos conocemos muy bien cuál ha sido el tributo que ha
tenido que pagar la misma Iglesia a esa plaga del individualismo: ha llegado casi a traicionar
por completo el verdadero mensaje de Cristo, por presentar la fe en una sola dimensión.
Este individualismo ha sido una desilusión. En un momento determinado la religión ha
sentido miedo del egocentrismo y ha exasperado la generosidad, haciéndonos olvidar que
Cristo nos había mandado amar a los demás como a nosotros mismos. Por una parte el
individualismo, por otra ese miedo a reconocernos a nosotros mismos como un valor
fundamental.
Ahora finalmente empezamos a descubrir que no es posible amar a los demás si antes no nos
amamos a nosotros mismos, ya que no podemos dar una cosa que no amamos; y si el
cristianismo es donación y oferta, yo tengo que ofrecer algo que ame profundamente, y la
riqueza más grande soy yo mismo. Tengo que amarme a mí mismo, esa riqueza que Dios ha
depositado en mí, ese «Dios» que yo soy, para podérselo dar a los demás.
Por eso Cristo ha dicho que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. El
individualismo nos llevó a la búsqueda de la comunidad, pero perdimos a la persona y se cayó
en el comunitarismo y en el colectivismo. Este fue otro drama más de la historia, un drama
que las viejas generaciones han sentido duramente como un golpe demasiado duro; han
sentido todo el drama de perder los valores de la persona, de caer en ciertos comunitarismos,
en ciertos colectivismos en los que la persona no contaba ya para nada, y se rebelaron entonces
volviendo de nuevo al individualismo y quizás a un individualismo más feroz.
Se encerraron dentro de sí mismos y frente a la palabra «comunidad» se sienten ahora
amargados y dicen: «¡Basta ya de esa comunidad que no me deja ser yo mismo, que me impide
ser persona!» Hasta ahora, hemos de confesarlo, la historia de todos los intentos de comunidad
ha sido prácticamente un fracaso Hagamos un brevísimo examen con tremenda sinceridad y
hablemos únicamente desde el punto de vista cristiano, que es el que de momento nos interesa
de manera especial.
Hemos llamado comunidad a la familia. Yo me pregunto y os pregunto a vosotros si es una
comunidad esa familia de hoy.
Si tuviese que decir con la mano sobre el evangelio cuántas familias, de los muchos millares
que he conocido, son comunidad, una verdadera comunidad, no sólo una comunidad de amor
sino una comunidad de personas, donde se está creando algo continuamente, donde el uno ha
logrado entrar verdaderamente en la personalidad del otro, donde se crea juntamente, donde
no sólo se soportan, donde no sólo se aceptan, donde no sólo comulgan carnalmente, donde de
verdad se va creando algo nuevo día tras día, debería decir con toda sinceridad que podría
contarlas casi casi con los dedos de la mano. Entonces se explica perfectamente por qué está
en crisis la misma familia, la institución familiar, y por qué es tan agudo el problema del
divorcio.
¿Y la escuela? ¿es una comunidad? ¿es una comunidad en la que se reúnen los niños para
poder crear, para poder recibir un espacio de creatividad, para que cada uno dé a los demás
algo de su propia riqueza, para que empiecen a expresarse, a ser ellos mismos, o es más bien el
lugar en donde empiezan a aprender el egoísmo más feroz, donde empiezan a nacer las
selecciones más odiosas, donde se considera como un pecado aquello que debería ser una
generosidad?
Pongamos solamente un ejemplo muy vulgar: le decimos al niño que no deje que los demás le
copien, porque es un pecado. La escuela es precisamente todo lo contrario de lo que debería ser
una comunidad, donde cada uno tiene que dar a los demás lo que tiene. Por el contrario, en la
escuela es donde los niños empiezan a aprender a no ser comunidad y a ponerle el día de
mañana la zancadilla a los otros en todas las profesiones.
¿Serán acaso comunidad las comunidades religiosas, que han nacido como un esfuerzo de
comunidad? ¿son comunidades o son hoteles? ¿o son a veces peor que hoteles? Estamos en un
momento de profunda revisión, y nosotros, los religiosos, hemos de decir que ciertamente no os
hemos dado buen ejemplo a vosotros, comunidades familiares, de lo que es una verdadera
comunidad. Hemos de confesarlo abiertamente: también ha fracasado esta experiencia de
comunidad. Por ello andamos en busca de nuevos caminos, radical y profundamente distintos.
¿Y la Iglesia, por lo menos la Iglesia, la Iglesia que es por esencia el prototipo, o debería serlo,
de la comunidad? ¿es una comunidad la Iglesia? ¿incluso la Iglesia más pequeña, la Iglesia
local, la parroquia? ¿es una comunidad la parroquia? No tenemos más remedio que reconocer
nuestro fracaso: la Iglesia no guarda ninguna semejanza con lo que es o debería ser una
comunidad.
Fijaos, bastará con un ejemplo, con un ejemplo muy significativo. En el mismo momento en
que la liturgia se ha reformado un poco (un poco, porque todavía queda mucho por hacer), con
una reforma en la línea de la comunidad, de una participación comunitaria en el rito, nos ha
dejado al descubierto, nos ha colocado contra la pared, nos ha hecho comprender que nos
reuníamos en la misa del mismo modo como nos reunimos en el cine o en otros lugares. Y un
sencillo gesto que nos pedía la liturgia, el gesto de un abrazo de paz, nos ha hecho ver con toda
claridad que no somos comunidad.
No os juzgo a vosotros, porque no os conozco; pero he ido por muchos sitios y he visto que
todavía no es posible en las parroquias ver en ese gesto de paz una exigencia normal y
espontánea de la comunidad. Me acuerdo que, una de las primeras veces, en mi misma
parroquia, cuando llegamos a aquel momento de la liturgia, les dije abiertamente: «Ahora os
voy a decir que os deis fraternalmente la paz. Sé que no lo vais a hacer; pero quiero verlo con
mis ojos y quiero que públicamente confesemos delante de Dios que no somos comunidad».
Porque si no somos capaces de darnos un apretón de manos o un abrazo, nosotros que nos
llamamos comunidad de cristianos, prototipo de todas las comunidades del mundo, estamos
demostrando de ese modo el fracaso de la Iglesia como comunidad. Pero esto no tiene que
hacernos perder la esperanza. Un hombre tiene siempre la fuerza de volver a comenzar,
porque lleva sangre de Dios y, a pesar de todas las desilusiones, tiene siempre la fuerza de
analizar sus obras y de intentar mejorarlas. Hoy nos encontramos en la mejor situación para
comprometernos de nuevo en la construcción de la comunidad sobre unas bases nuevas. Nos
hemos preguntado por qué han fracasado esos intentos históricos y queremos llegar hasta el
fondo, hasta la raíz de la cuestión: vamos buscando, se trata solamente por ahora de una
primavera que apenas ha empezado a asomar.
Queremos ser realistas. Pero quizá ya hemos encontrado algo de bueno. Os puse ese ejemplo
de la liturgia por poneros un ejemplo muy pequeño, muy vulgar, si queréis. Sin embargo, esa
misma dificultad que experimentamos en nuestras viejas comunidades no existe ya entre los
jóvenes. Y me pregunto por qué a ellos les resulta tan normal, por qué en las comunidades de
jóvenes, en la eucaristía de los jóvenes, se ha recibido este gesto no como algo chocante, sino
como una cosa espontánea, normal, gozosa. Sé muy bien que los mayores dicen: «Sí, a los
jóvenes les gusta darse un abrazo». Es demasiado simplista esta afirmación: la razón es más
profunda y hemos de confesarlo.
Un análisis claro y sangrante nos lleva a admitir que hasta ahora no hemos descubierto
todavía de verdad el valor y la necesidad del otro: se trata de la búsqueda que realizamos en
estos momentos para construir de nuevo la comunidad.
No hemos descubierto hasta el fondo la originalidad de la naturaleza del hombre, su riqueza
única, su palabra inédita, su belleza irrepetible. Hemos tomado al hombre como una ficha,
como un individuo, pero no como una persona que tiene una originalidad única, propia, que
nadie es capaz de cambiar. Hasta que no aceptemos con todas sus consecuencias el hecho de
que todos y cada uno de los hombres es plena y profundamente distinto de los demás, que lo
que me da un hombre no puede dármelo otro de ninguna manera, que cada persona tiene una
palabra suya que decir enla historia y que, si no la dice, la historia queda manca en alguna
cosa, que cada uno tiene una originalidad y una riqueza que no pueden tener los otros, «que
Dios nos ha creado absolutamente distintos el uno del otro», hasta que no aceptemos esa
verdad, será imposible crear una comunidad verdadera, una comunidad de personas.
Por eso los jóvenes no aceptarán ya una comunidad que los instrumentalice, que les impida ser
ellos mismos, que no les deje decir esa palabra que sólo ellos conocen y que nadie puede
traducir, porque tienen que pronunciarla ellos con su propia originalidad, aun cuando sepan
que la creación de esa comunidad es lenta y dolorosa como una gestación. Estos jóvenes
nuestros de hoy no aceptarán jamás una comunidad, en la que a la entrada se sientan como
una obra original y a la salida como una imitación, como una copia horrorosa de otro.
Ellos empiezan a vislumbrar que son un valor original, una auténtica obra de arte, y se
rebelan y no quieren convertirse en la imitación de ningún otro, porque han empezado, no sé si
a descubrir o a intuir, que nadie tiene el derecho de hacer a los demás según su propia imagen.
Para un cristiano solamente Dios tiene derecho a hacer a los demás según su propia imagen,
como dice la Biblia, porque Dios, al ser infinito, puede realizar obras originales infinitas,
totalmente diversas entre sí; pero cuando un hombre quiere hacer a otro según su imagen y
semejanza, entonces no consigue más que una mala copia y no hará nunca una obra original.
Y aquí, en la Iglesia, hemos de admitir que hemos pecado gravemente al intentar suplir la
conciencia personal, al intentar hacer a los demás a nuestra imagen y semejanza, imponer
nuestra espiritualidad, una manera única de encontrar a Dios, un rostro único de Dios, de un
Dios que es infinito, al intentar hacer a los demás a imagen quizá de mi cristianismo, que
luego resulta que no es el cristianismo.
¡Cuántos errores y equivocaciones hemos cometido, con toda la buena voluntad del mundo, en
muchas de nuestras direcciones espirituales!
De todo esto se dan cuenta los jóvenes y nos lo echan en cara, y hemos de tener el coraje de
aceptarlo.
Hoy los jóvenes se dan cuenta de que el maestro no es el que hace discípulos, sino el que deja a
los demás sitio para que también ellos se conviertan en maestros. Si la comunidad no es
creativa y liberadora, será una cárcel, será un montón de cadenas; pero si es creativa, el
cúlmen de la creatividad está en conceder a cada uno la posibilidad de poderse realizar a sí
mismo, y esto en todos los niveles, incluso a nivel de Iglesia.
Si aceptamos que la Iglesia es creativa, si creemos en el Espíritu Santo que se manifiesta a
través de cada uno, hemos de aceptar en la Iglesia esta realidad, la sinceridad de esta
creatividad, y dejar que cada uno se vaya haciendo a sí mismo, ayudado desde luego por el
Espíritu Santo, pero por su propio esfuerzo y sin dejarse hacer por los demás.
Por eso la principal exigencia de una comunidad auténtica es el respeto a los demás, de forma
que la estructura esté siempre al servicio del individuo y no viceversa. Esto es hoy actual para
la Iglesia y para el cristianismo: si sujetamos los hombres a las estructuras y los ponemos a su
servicio, en vez de poner las estructuras al servicio del hombre e incluso de derribarlas cuando
están en contra del hombre, estamos en contra de Cristo. Porque Cristo ha dicho claramente,
definitivamente, que el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado.
Pero, para llegar a esto, se necesita una fe nueva en el hombre en el hecho de que cualquier
hombre es enormemente más rico y más grande que lo que realiza. Hemos de darnos cuenta de
la realidad vivida, de la necesidad que todos tenemos de los demás, incluso para poder
respirar.
Resulta una paradoja el que nosotros, en nuestro feroz individualismo, digamos
continuamente que nos bastamos a nosotros mismos, nos encerremos en nuestro mundo y no
nos demos cuenta de que sin los demás no podemos ni siquiera salir de nuestra casa, ni tomar
el automóvil, ni siquiera respirar. No nos damos cuenta de los otros, no percibimos la
necesidad que tenemos de tantas y tantas personas que están continuamente a nuestro
servicio para que podamos vivir.
Pongamos un ejemplo trivial: voy con mi coche al taller, tengo prisa y le exijo al mecánico que
me lo arregle en seguida, porque tengo que marchar, porque he de hacer un viaje, porque
necesito el coche. Y siento desde luego la necesidad de los demás, pero de los demás como
objeto, como una cosa que está a mi servicio y sobre la que tengo pleno derecho.
No se me ocurre pensar que detrás de aquella cosa hay una persona igual que yo, un hombre
que tiene también derecho a vivir, a ser persona, y que no podrá nunca ser persona si yo no
soy capaz de demostrarle y de darle a comprender que me es necesario, que no puedo vivir sin
él y que su trabajo es tan importante como el mío.
Solamente podremos comprender, por ejemplo, la importancia de los barrenderos cuando se les
ocurra hacer una huelga de tres meses: entonces comprenderemos lo importante que es un
barrendero. Y no pensamos nunca en ello. Pero él tiene necesidad, siente la urgencia, para
sentirse persona, de darse cuenta de que nosotros comprendemos que es necesario para
nuestra misma vida.
Esto vale a escala de las personas, pero es lo mismo a escala de las razas y de los pueblos. Hoy
ya no hay fronteras, no podemos vivir sin los demás pueblos, hoy todos los pueblos tienen algo
que decirnos y sobre todo tienen necesidad de sentirse necesarios.
Pero no basta con reconocer y con respetar la riqueza y la originalidad de los demás: con eso
sólo no se hace la comunidad, se hace todo lo más una bonita sociedad o un grupo de
verdaderos amigos. Para crear la verdadera comunidad, se necesita la comunicabilidad de las
propias riquezas, se necesita que nos abramos a los demás, se necesita la fe en nuestras
riquezas personales, la fe en la riqueza de los demás, la fe de que el otro puede darme su
riqueza en todo momento. Si no somos capaces de comunicarnos profundamente a nivel de
personas, no se creará nunca una verdadera comunidad y nos quedaremos siempre a nivel de
una sociedad. En el fondo, eso que ha sido hasta ahora prácticamente la misma Iglesia: una
sociedad —así la hemos llamado siempre—, una sociedad pero no una comunidad.
En una sociedad las personas no se comunican mutuamente lo más profundo de su propio ser.
Pero para crear una comunidad, es necesario que yo, mis riquezas, lo que tengo de personal, de
irrepetible, de único, sea capaz de comunicarlo a los demás y tenga el coraje de hacerlo, tenga
la esperanza y la fe de que el otro tiene algo dentro de sí, algo que yo necesito para poder ser
yo mismo.
Y no es justo criticar a los jóvenes solamente porque quieren, de alguna manera, intentar
entre ellos ese diálogo profundo en todos los niveles. Andan en busca de algo: no saben qué es
lo que tienen que hacer, porque ha sido demasiado larga la historia de la incomunicabilidad
entre los hombres, y ellos mismos lo han visto en sus familias: han visto cómo quizás durante
años enteros su padre y su madre no se han comunicado entre sí las cosas más íntimas, más
profundas de su ser, cómo su padre y su madre son personas que conviven, pero sin entrar el
uno en el otro, en la profundidad de su personalidad.
Ellos han vivido todo esto, y no quieren seguir viviéndolo: no saben cómo encontrarlo, pero
quieren algo nuevo y van intentándolo todo, cualquier cosa, cualquier diálogo, porque se dan
cuenta de que esto es verdaderamente lo único que puede crear una comunidad.
Pero se trata de un esfuerzo duro, del esfuerzo más tremendo, de la cosa más difícil. Yo ya sé
que las viejas generaciones renuncian y dicen: «Para nosotros resulta imposible ese
comunicarnos algo de nosotros mismos; no podemos»; están acostumbrados a hablar de las
cosas externas, y no de sí mismos, de su persona, ni siquiera entre marido y mujer. Pero los
jóvenes de hoy sienten que esto es necesario para construir algo que sea comunidad y para
poder crear luego todos juntos algo para la historia; si no hacemos más que vivir juntos, sin
conocernos profundamente, entonces será inútil intentar hacer algo entre todos, porque en
seguida sería destruido.
Y la historia nos lo confirma: las rupturas, las divisiones, las herejías por cualquier cosa sin
importancia, los celos, las envidias, todo eso puede nacer donde no existe esa comunicabilidad
profunda, que es lo que crea la verdadera amistad, la verdadera hermandad, esa
comunicabilidad a nivel de persona, que es única, porque solamente el hombre es capaz de
realizar ese diálogo profundo personal. Sin eso no se logrará jamás la unidad. Cuando leo en el
evangelio las palabras de Jesús: «¡Que sean una sola cosa para que el mundo pueda creer que
tú me has enviado», me pregunto cómo podemos exigir que el mundo crea en la venida de
Cristo si nosotros no solamente no nos hacemos ver como unidos, sino que estamos
profundamente divididos en todos los niveles, empezando por los mismos sacerdotes.
Estamos poco acostumbrados a esta comunicabilidad. Sin embargo, hemos de confesado, es la
única manera de poder crear alguna cosa: • cuando le doy a otro algo de mí mismo, no ya un
discurso, ni una muestra de erudición, ni una careta de mi propio yo, sino cuando hablo de mí
mismo, de mi persona, entonces se crea algo, aunque resulte violento, aunque choque.
Los jóvenes de hoy vislumbran mejor todos estos elementos que pueden crear una nueva y
verdadera comunidad, y los aman aunque a veces no consigan realizarlos; pero al menos están
en camino para ello, andan en su busca y por eso tenemos que respetarlos y amarlos. Los
criticamos, decimos que se trata de una moda, que es una falta de personalidad, que no son
capaces de estar solos, y que por eso quieren estar siempre juntos.
Decimos que son descarados, que son paradójicos. Lo he oído decir hace poco, porque por una
parte nos parecen unos terribles egoístas, hasta el punto de que llegan a olvidarse de la
familia para crear la comunidad, su comunidad, mientras que por otra parte nos parecen
ultragenerosos ya que no quieren aceptar ciertos estudios y ciertas carreras porque dicen que
no les interesa el dinero, que desean estudiar algo que sea útil a los demás, aun cuando ganen
mucho menos.
Y no comprendemos esta ultragenerosidad, decimos que es paradójica, que no puede estar de
acuerdo con eso otro que llamábamos egoísmo feroz, desde el momento en que se olvidan hasta
de su padre y de su madre. Pero me pregunto si no estarán ellos más cerca del evangelio que
nosotros, si no serán ellos, con su aparente repulsa de la misma Iglesia, los que nos preparen
la verdadera Iglesia del futuro. Cristo la instituyó como una comunidad, una comunidad
sencilla, casi diría que como una comunidad de jóvenes; una comunidad espontánea en cierto
modo, una comunidad de amigos. El mismo Cristo lo dijo con toda claridad: «Os llamo amigos,
porque os he revelado todos mis secretos». Al amigo es a quien se le revelan los secretos. El se
reveló por completo a su primera comunidad, no tuvo secretos para ella: de esta forma empezó
a crear su primera y auténtica comunidad con la tarea de que ella empezara a crear una
nueva historia humana.
Para terminar, os pregunto si no serán los jóvenes los que nos ayuden a ir haciendo un poco
menos misterioso, abstracto e incomprensible, el dogma que jamás hemos sido capaces de
hacerles intuir un poco, un dogma que nunca les ha conmovido, un dogma que nunca les ha
dicho nada a ellos. Y quizá tampoco a nosotros. Quizá sean ellos los que nos ayuden a
comprenderlo un poco mejor. Hablo del dogma de la trinidad. Si yo le preguntase a un joven
qué es lo que significa para él el dogma de la trinidad, me contestaría riendo: «¡Nada! ¿Qué
interés tiene eso para mi vida?»
Pero yo, que vivo muy cerca de los jóvenes, que palpo muy de cerca estas exigencias, este algo
que van madurando poco a poco, me pregunto si este dogma que nosotros creemos demasiado
abstracto, no se podría en el fondo traducir de esta manera: nuestro Dios cristiano no puede
ser un Dios solitario; es un Dios que o es comunidad o deja de ser Dios.
Y es precisamente la comunidad lo que, de alguna manera, sueñan y anhelan los jóvenes: una
comunidad tan perfecta, tan unida, que en ella puedan sentirse verdaderamente una sola cosa,
en todos los campos, donde se sientan tan profundamente amigos que sean capaces de
comunicarse incluso sus miserias; una unión que nosotros no hemos comprendido, y al mismo
tiempo un respeto tan grande a la persona, a la propia personalidad, que nadie se atreva a
cambiarla, ni a tocarla, ni a instrumentalizarla.
En el fondo, ¿qué es ese Dios, que al mismo tiempo es un solo Dios y tres personas
completamente distintas, hasta el punto de no poderse confundir unas con otras? ¿no es una
comunidad? Pues bien, si el mismo Dios nos ha dicho en la Biblia que ha creado al hombre a
su imagen y semejanza, si este Dios es verdaderamente uno y tres, yo me pregunto si es
posible que un hombre sea verdaderamente hombre si no es al mismo tiempo comunidad.
¿No es esto quizá lo que empiezan a intuir las nuevas generaciones? Y entonces me pregunto
si esto es una moda, o no es más bien un grito del Espíritu, que viene desde lejos, que viene
desde lo más profundo, un grito del Espíritu que se sirve de esta maduración para darnos a
comprender algún día aquellas cosas de nuestra misma fe, que nunca habíamos logrado hacer
entender a los jóvenes, y que nosotros mismos considerábamos demasiado abstractas.
Al menos, deberíamos pensar seriamente en ello.
LA MUERTE DE DIOS EN LA POLÍTICA.
Por lo que se refiere al tema de esta charla, sé muy bien que en algunos hay cierta curiosidad,
y en otros cierta perplejidad. ¿Qué es lo que se puede decir de la muerte de Dios en la política?
Estoy bastante convencido de que para muchos esta charla va a ser una desilusión, mientras
que para otros podrá ser una sorpresa y un motivo de profunda reflexión. Una persona me ha
dicho: «No se puede hablar de muerte de Dios en la política, porque Dios no ha estado nunca
presente en ella».
Entendida la política tal como solemos entenderla de ordinario, o sea, como una cosa que no
está verdaderamente al servicio del hombre para su liberación total, sino más bien como algo
que se sirve del hombre, es evidente que allí no puede estar Dios. Desgraciadamente hemos de
confesar que en eso que llamamos política no podemos decir que hasta ahora haya habido una
presencia de Dios, en el sentido de que haya estado totalmente al servicio de esta liberación
total e integral del hombre.
Hemos de confesarlo, hemos de tener el coraje de decir que nos encontramos frente a una
sociedad en la que la represión, la falta de verdadera libertad y (sabéis muy bien que me gusta
subrayar ciertos adjetivos para no generalizar) la falta de auténtica libertad está en cualquier
rincón de la calle, en cualquier rincón del mundo.
Estamos convencidos de que no existen islas privilegiadas, de que hoy prácticamente toda la
sociedad del mundo es opresiva y represiva. La sociedad está enferma en todas partes, aunque
en diversos grados. Es verdad que ciertas sociedades modernas han alcanzado al menos en
algunas dimensiones una libertad que nosotros desgraciadamente no tenemos todavía. Pero se
trata solamente de diferencia de grado: no hay ningún país en el mundo que pueda alzar la
mano para decir: «Nosotros hemos encontrado la libertad total del hombre, hemos hecho la
sociedad no opresiva, estamos de veras al servicio de los demás, le hemos dado al hombre el
espacio suficiente para que pueda ser finalmente hombre; nosotros somos libres y liberadores».
Si hubiese una sociedad en el mundo capaz de levantar la mano, le diríamos que es una
embustera. ¿Por qué? Porque en el mundo, en vez de la fuerza del derecho, se ha impuesto el
derecho de la fuerza. Tiene más razón el que tiene más poder y el que tiene más poder es el
que impone su verdad. Todavía sigue viva, más actual que un periódico, aquella frase que
hemos leído en el evangelio, cuando Cristo dice que él es la verdad, y Pilato le pregunta: «¿Qué
es la verdad?» Cada vez que un hombre honrado habla de verdad, le miran desde todos los
rincones de la calle como a un marciano y le preguntan: «¿Pero qué es la verdad? ¡No hay más
verdad que el poder!» En tiempos del fascismo en Italia se veían inscripciones que decían:
«Mussolini siempre tiene razón». Hoy sería inconcebible para nosotros una inscripción
semejante, pero hemos de tener la sinceridad de confesar que el fascismo, y por fascismo
entiendo todo eso que sabéis, no ha desaparecido y puede adquirir colores diversos bajo
diversas formas. El fascismo está todavía vivo, terriblemente vivo. Ese fascismo entendido no
solamente en sentido político, menudo, sino en un sentido más profundo, el fascismo que es
falta de liberación del hombre. Diría, y he de decirlo, que ni siquiera ha muerto en la Iglesia.
Para muchos católicos sería todavía válida la inscripción: «El papa siempre tiene razón. El
obispo siempre tiene razón. El cura siempre tiene razón. El catolicismo siempre tiene razón»,
aunque se empeñe en hablar de cosas que no le pertenecen. También esto es una opresión.
Sin embargo, la verdad no se identifica con el poder, con la fuerza; lo sabemos perfectamente y
la misma Iglesia lo proclama: Cristo, que era la verdad, renunció al poder para dejar sitio a las
conciencias, para poder permitirle al hombre su propia liberación. Es del evangelio aquella
frase que dice: «Cristo habla como quien tiene autoridad». ¿Por qué? Porque hablaba a las
conciencias. Pero la misma Iglesia ha contribuido en gran parte, como estructura, a hacer que
la sociedad se haga opresiva.
El derecho de la fuerza se impone lógicamente por la fuerza. Pero esto puede hacerse
abiertamente o a escondidas. Hoy la represión es más oculta, más sutil, pero más peligrosa,
porque se presenta vestida de cordero y muchos son incapaces de darse cuenta. Baste pensar
en todos los medios de comunicación social, en la información a todos los niveles. Es peligroso
el hecho de que una sociedad se imagine que es libre, cuando no lo es en realidad en sus raíces
más profundas. Cuando me encuentro frente a una sociedad que abiertamente me niega
incluso algunas de las expresiones fundamentales de la libertad, como la libertad de
asociación, la libertad de expresión, etc., yo siento dentro de mí toda la fuerza para luchar,
porque sé que me encuentro frente a una injusticia clara y manifiesta. Pero cuando puedo
estar convencido, por el simple hecho de poder votar cada cuatro años y dejar que otros
decidan en mi lugar, cuando con eso solamente me autoconvenzo de que soy libre, el peligro es
terriblemente mayor.
Basta con pensar en el mito del bienestar del mundo obrero y en la estrategia de la
reivindicación social que contribuye a alienar al trabajador y a hacer cada vez más difícil la
verdadera liberación. Basta con pensar en la política de partidos, puesta no ya al servicio del
ciudadano sino al servicio de los intereses del propio partido. Basta con pensar en la alienación
producida incluso en el ámbito religioso del paso de la fe a la religión, esto es, del dinamismo a
la pasividad, de la creación a la sumisión, de la confianza en el hombre al temor.
Mientras que ciertas formas y estructuras religiosas son alienantes, la fe es liberadora. Pero
nosotros hemos convertido muchas veces la fe, nuestra fe liberadora, en una religión que nos
lleva más a la pasividad que a la creatividad. También aquí el derecho de la fuerza se impone
a la fuerza del derecho y el derecho de la ley prevalece sobre el derecho de la conciencia.
El hombre-persona en la sociedad, y repito que no hay islas privilegiadas, ha dejado de ser el
centro de la historia. Unos cuantos individuos se han apoderado del derecho de los demás a ser
ellos mismos y los manejan de cualquier manera.
Las personas, en sus manos, ya no son personas, sino cosas, números, objetos utilizables de
mil maneras. Hoy el mundo está gobernado por sistemas que han corrompido y derribado los
principios fundamentales de la conciencia humana. Y esta corrupción se encuentra en los
llamados primer mundo y segundo mundo. Seamos sinceros: no hay excepciones; el mundo
está dividido en dos grandes grupos, que podemos llamar primero y segundo grupo. El primer
mundo para el que el hombre vale por lo que tiene, y el segundo para el que el hombre vale por
lo que hace y por lo que crea.
Pero solamente cuando el hombre se realice por lo que es, por su propio ser, un ser dinámico y
creativo, pero fundamentalmente ser, podrá empezar a desaparecer todo resto de represión.
Pero para ser lo que es, el hombre tiene que realizarse en una comunidad individual
caracterizada por la libertad común, por la que la liberación de los demás es la manifestación
de la propia libertad. Sólo cuando mi libertad comienza donde comienza la libertad del otro, y
no donde termina, es cuando puedo hablar de libertad. Empiezo a ser libre cuando lo es mi
prójimo, y no antes.
Pero hoy ¿cuál es la realidad? Nos sentimos libres y seguros cuando hemos logrado encadenar
a los demás. Cuanto más pequeño resulta el jardín de mi hermano, mayor es mi libertad. Pero
esto es opresión: aquí no queda ningún lugar para Dios, él que es el maestro de la libertad, el
verdadero libertador.
Pero a nosotros no puede bastarnos con lamentar la represión de la que todos somos víctimas,
y que todos vemos y palpamos. No nos gusta el masoquismo, no tenemos vocación de víctimas,
no basta con una revolución, con una protesta que sea solamente un desahogo o que nos
encadene finalmente a una represión más consciente: empezamos a darnos cuenta de que no
es fácil la liberación y de que ciertos desahogos pueden llevarnos a un mañana más
encadenado. Y como los jóvenes de hoy tienen una capacidad para pensar en el mañana, para
pensar en sus hijos futuros, y como quieren algo que sea creativo, más bello y más fecundo que
el presente, por eso empiezan a comprender que pueden caer en la trampa y que no basta con
gritar: «Estamos encadenados», sino que hay que hacer algo para que estas cadenas se rompan
definitivamente.
Por consiguiente, hemos de llegar hasta las raíces para descubrir cuáles son los verdaderos
valores, tanto personales como universales, ya que el hombre es persona individual y
comunidad al mismo tiempo, como ya hemos visto en otra ocasión. Pero para llegar a la raíz, a
esta dimensión última, para ser realistas y no dejarnos atrapar fácilmente, para poder hacer
al hombre totalmente libre y no en una dimensión solamente, hay que estudiar de qué manera
podría realizarse el hombre, cuáles son sus valores fundamentales, cuál es el orden de estos
valores.
En estos momentos me gustaría presentaros brevemente cinco planos que son el fruto de una
búsqueda laboriosa, de una búsqueda honesta y de una búsqueda puesta ya en práctica, al
menos en parte, por muchos de los que quieren verdaderamente crear, y no solamente andar
gritando. Cinco planos que, si somos un poco sinceros y tenemos las ideas un poco claras,
hemos de reconocer que deberían ser así.
Lo primero que el hombre tiene que hacer para poder realizarse es advertir, partiendo de su
propia conciencia, que él es una cosa distinta de los demás, que es un valor personal, único, y
que esto lo puede descubrir a partir de la riqueza de sí mismo, desde dentro. Este hombre que
se descubre a sí mismo, que se descubre como valor, como un valor único, se encuentra al
propio tiempo frente a una serie de preguntas y de porqués de muchas cosas. Cuando un
hombre es capaz de responder a un porqué, empieza a crear la cultura, la verdadera cultura.
Pero este hombre, frente a esos porqués, se da cuenta de que a su alrededor hay otros hombres
que tienen los mismos problemas, que se plantean las mismas preguntas, y entonces se pone a
buscar junto con ellos, y al estar juntos para buscar una respuesta a los problemas
fundamentales que todo hombre se plantea a sí mismo, si es hombre, se da cuenta de que
necesita vivir junto con los otros y que para vivir juntos tienen que organizarse, tienen que
crear juntamente algo que pueda ser una respuesta nuestra a nuestros propios problemas.
entonces nace la política, la verdadera política. Estos hombres que realizan juntamente una
cosa para su propia historia, crean también una riqueza, y esta riqueza, al estar creada por
todos, se pone también al servicio de todos.
viene entonces la economía. Y cuando el hombre junto con los demás, ha producido algo y tiene
algo en todos los campos, él mismo crea el derecho para defender lo que ha creado y para
defender también estos órdenes de valores, ya que el verdadero derecho, es el que se pone al
servicio de la defensa de todo cuanto el hombre tiene y crea. Y entonces viene la fuerza del
derecho, no el derecho de la fuerza. Si separamos estos aspectos o absolutizamos algunos para
negar los otros, caemos en lo que tantas veces ha caído la historia: reducimos la persona a
individuo, o bien la comunidad a una colectividad masificada.
Si tomo solamente el primer plano, es decir, solamente el hecho real y verdadero de que yo soy
una persona y una persona única, que no puede confundirse con ninguna otra ni puede verse
sometida a ninguna otra, pero me olvido del hecho de que a mi lado hay otros sin los cuales no
podré obtener una respuesta definitiva a mis problemas fundamentales, entonces estoy
haciendo nacer el individualismo más feroz y más estéril.
Pero si tomo únicamente el tercer plano, el hecho de que somos políticos, que tenemos que
crearnos juntamente, olvidándome del primer valor que es la persona, caeré irremisiblemente
en la masificación, en el colectivismo.
La sociedad en que vivimos ha institucionalizado esa masificación, subyugando a la
comunidad bajo la dictadura de los mitos, del estado nacional, de la clase mesiánica o de la
paga abstracta. Y de esta forma se ha derribado completamente el edificio; la realidad es
actualmente todo lo contrario de cuanto os he dicho y de lo que, lógicamente estaréis vosotros
de acuerdo conmigo, debería ser.
¿Cómo es esa realidad?
¿Qué es lo que está hoy en el vértice de la sociedad, en cualquier rincón del mundo? El
nominalismo jurídico, el poder por el poder, el derecho de la fuerza. No hay duda alguna: el
que tiene la fuerza, tiene el derecho e impone y crea su propia verdad. Todos sabemos, por
ejemplo, qué es lo que representa el haber confundido el concepto de propiedad privada con el
de propiedad personal: dos cosas que son tan distintas.
Pero también la Iglesia ha defendido la propiedad privada, siendo así que es la propiedad
personal lo que hemos de defender, ya que es ésta, y no la otra, la que pertenece al
cristianismo; la propiedad privada, entendida en el sentido del famoso jus utendi et abutendi,
el derecho de usar y de abusar, nace únicamente del derecho de la fuerza, y no de la fuerza del
derecho, que está al servicio del hombre. ¿Y qué es lo que ha pasado? Como no podía
mantenerse en pie esa confusión de la propiedad privada con la propiedad personal, y la
primera ha saltado tantas veces por los aires, por eso se ha pasado a la propiedad colectiva con
el peligro serio, y real a veces, de perder la propiedad personal, sin la que el hombre no puede
ser hombre.
En segundo lugar está el sistema económico. El que tiene la fuerza impone la economía, el que
tiene la fuerza es el que determina la finalidad de lo que el hombre crea y las maneras con que
debe crearlo.
En tercer lugar está el sistema político, que justifica este principio: la política creada para
justificar esta economía. Y me parece que aquí no debe haber ningún misterio. Es evidente que
el mundo está hoy gobernado, no por la política, sino por la economía; es evidente que las
guerras las hace no la política, sino la economía. Todo esto está ya demasiado claro para que
nos pongamos a discutirlo.
En cuarto lugar tenemos el sistema de las ideologías ocupando el puesto de la cultura y de la
investigación, una cultura que es impuesta por una política, la cual ha sido creada para
justificar una economía, que a su vez es impuesta por la fuerza del poder. Y allí, en último
lugar como si fuera una cenicienta que no tiene nada que decir y que se ve arrinconada en el
ángulo personal y privado, nos encontramos con la conciencia, la pobre conciencia. La realidad
más verdadera y más viva del hombre, su derecho a ser él mismo, está allí, en último término,
sin que nadie le haga caso. ¡Ella que debería estar en primer plano! Por eso, el momento moral
se deja en manos del individuo, como una cosa privada; y al ser la moral real la de la fuerza, la
moral de la libertad se convierte en un sueño para idealistas.
En este instante yo me pregunto, y les pregunto a los jóvenes, si basta todavía con hablar de
revolución, de una revolución. Se necesita hacer cinco revoluciones, cinco verdaderas
revoluciones. Ese es el motivo de que diga que no basta con hablar de revolución, porque nos
llevaría hacia unas cadenas más fuertes; no porque niegue que se necesite una revolución
profunda, seria, que toque hasta las raíces, sino porque creo que hay que hacerla en cinco
planos al mismo tiempo, porque si no, ese derecho de la fuerza se iría haciendo cada vez más
fuerte y los hombres se convertirían en unos seres cada vez más encadenados.
Sí no llevamos adelante estas cinco revoluciones con toda seriedad, no nos quedará ninguna
esperanza de liberación e iremos a parar siempre en manos de una dictadura, en todos los
sentidos: de un color o de otro, lo mismo da; se tratará siempre de una dictadura en contra del
hombre, en la que Dios no puede estar presente: Dios ha muerto. De la primera revolución ya
hemos tratado en una de nuestras charlas: la revolución de la conciencia. La persona vale por
lo que es, no por lo que gana o por lo que produce. Nadie puede suplir a la conciencia de una
persona, como hemos dicho: ni siquiera la Iglesia puede suplir a la conciencia de cada uno. Es
preciso que cada uno encuentre su vocación personal.
Hemos dicho también que esta revolución es una de las más importantes, de las más duras, de
las más temibles; por eso la llaman la más peligrosa. Pero sin esa revolución el hombre no
llegará nunca a ser hombre, y la política será siempre esa política que reprobábamos y por la
cual decíamos que no valía la pena morir.
La segunda revolución es la revolución de la cultura. Sería preciso pasar del «es así» al «¿por
qué es así?» Fijaos bien que la diferencia es enorme. Si frente a una realidad decimos: «es así»,
no hemos creado nada, somos infecundos, no hacemos cultura; pero si frente a una realidad me
pregunto: «¿por qué es así?», entonces le abro las puertas a la creatividad, para poder construir
alguna cosa.
¿Por qué carecemos de una verdadera cultura? ¿Por qué nos hemos acostumbrado a decir ante
la realidad: «es así»? ¿Quién tiene coraje para buscar el porqué? Únicamente aquellos que
tienen fuerzas para liberarse a sí mismos y para ser verdaderamente creativos. Pongamos dos
ejemplos vulgares, ridículos si queréis. Se muere mi padre y yo tengo que vestirme de luto.
Entonces me pregunto: «¿por qué tengo que hacer eso?» «Es lo que se hace: se muere el padre o
la madre y hay que vestirse de luto». Al decir: «es lo que se hace», seguimos adelante con una
cosa que quizá no tiene ningún sentido. Pero si alguna vez uno se pregunta: «¿Por qué? ¿Por
qué tengo yo que obrar así?», y si este porqué se lo preguntan más de uno, entonces puede salir
en alguna ocasión algo nuevo y podemos tomar conciencia de que quizá tengamos razón, que
es preciso seguir adelante, que hay que encontrar algo nuevo. Y se podría crear algo. Pero si
nadie tiene el coraje de decir: «¿por qué?» frente a una realidad que nos viene de fuera, que
uno no ha examinado todavía ni ha hecho suya, entonces no habrá jamás cultura.
Pongamos otro ejemplo desde el punto de vista eclesiástico. Hemos tenido dos ejemplos, uno
indiscutible y otro que se podría discutir. De todas formas, para mí valen los dos. El primero es
el ejemplo del papa Juan. El papa Juan se encontró en cierto momento con una Iglesia
estructurada de tal modo que podría haber dicho muy bien: «¡es así! Y con mis 80 años tengo
más razón que nadie para decir que es así. Sigamos así, por consiguiente». Pero en vez de
decir: «es así», se preguntó: «¿por qué?»; se planteó muchos porqués y, en cierto momento, ese
«porqué» profundo de su corazón y de su conciencia le llevó a decir: «hay que hablar, tienen
que reunirse los obispos, tiene que reunirse la Iglesia, hay que plantearse cara a cara el
porqué de muchas cosas, para encontrarles respuesta».
Es que el papa Juan era profundamente creativo, porque tenía fe, porque era profundamente
un hombre de fe. E incluso los que se encuentran lejos de la Iglesia no tienen más remedio que
declarar que el papa Juan ha creado algo, ha abierto las puertas a una verdadera cultura de fe
religiosa.
Y vayamos ahora al segundo ejemplo que puede ser más discutido. Es el ejemplo de uno de
nuestros arzobispos que, en cierta ocasión, recibe una carta de una congregación romana, en la
que se le anuncia que va a llegar a su diócesis un visitador apostólico (un visitador apostólico
quiere decir una persona enviada por... las altas jerarquías... para hacer una investigación
sobre ciertas cosas que quizá no van como deberían). Frente a este hecho habría podido decir:
«¡es así! Es normal y propio del sistema: todos los obispos pueden alguna vez recibir una carta
para avisarles de una visita. Y sé que esta visita se hará de una forma determinada,
secretamente, como se ha hecho hasta ahora». Habría podido decir: «es así; que se haga».
Pero en vez de decirlo, dijo: «¿y por qué?», y quizá este porqué resulte creativo. Dijo: «¿por qué
tiene que hacerse así? ¿por qué tiene que haber un secreto? ¿por qué no puede hacerse de otra
manera? ¿por que no tengo yo que saber quién es el que me ha acusado? ¿por qué no voy a
saber las razones que motivan esta visita? ¿por qué tengo que callarme?» Un «porqué»
honrado, un «porqué» que no va en contra de nada de su conciencia. Y la verdad es que las
cosas no han ido como otras veces... Puede suceder muy bien que este hecho le ayude a la
Iglesia a revisar la manera de obrar que se había aceptado hasta ahora, porque todos decían:
«es así».
Hasta que uno no tenga el coraje de decir: «¿por qué es esto?», no se abrirán nuevas puertas
para crear cada vez cosas mejores. Y el cristiano que cree en este Dios y en esta dinámica, que
cree en el Dios que está en su interior, tiene que tener siempre esta fe en el crear, tiene que
pensar siempre que se puede crear siempre más. Es preciso que volvamos a encontrar la
verdadera cultura, esa cultura que nace etimológicamente de la tierra, del cultivo de la tierra.
Hemos prostituido la cultura transformándola en ideología, siendo así que la verdadera
cultura comienza para el hombre en su contacto con la tierra. Y aquí es menester que
sintamos un inmenso respeto por la función que todavía tienen los campesinos. Hemos
hablado muchas veces del gran sentido común que tienen los campesinos y por eso hemos de
buscar esta cultura a partir de la tierra.
Quizá no sea una casualidad el hecho de que el papa Juan haya sido un papa tan grande y tan
libre por haber sido campesino. Es preciso que salgamos de la cultura de los tecnócratas, así
como también de la cultura de los que quieren descubrir el paraguas; evidentemente tenemos
que excluir las dos. Pero esta llamada de la cultura a la tierra es urgente: el perder el sentido
de la tierra, el trocar la agricultura por la técnica sería renunciar a la verdadera cultura
humana. La ley de la técnica no tiene consideración ninguna, lo sabemos muy bien: ha llegado
a envenenar el agua, a envenenar el aire, el mar, la tierra; estamos perdiendo esos valores
fundamentales que nos permiten ser hombres. Estamos perdiendo la pureza de los mismos
productos, la pureza de todas las cosas que constituyen la creación. Estamos prostituyendo a
la misma creación.
Llegará el momento en que el hombre ya no podrá ser hombre, cuando la tierra, esa tierra que
le ha dado origen, deje de ser tierra, cuando el aire deje de ser aire, cuando el agua deje de ser
agua, cuando el pan deje de ser pan.
Y esto es muy importante y muy urgente para que el hombre pueda realizarse, para que se
pueda hablar de política. De lo contrario nos convertiríamos en fenómenos, en monstruos, en
cualquier cosa; y entonces sería inútil hablar de política, porque sería inútil hablar de
hombres.
Esta cultura que comienza por la tierra tiene que recuperar los valores fundamentales del
mismo lenguaje en esa enorme Babel del mundo de hoy: las palabras ya no significan lo que
deberían significar según su propia raíz. Cuando hablo de libertad, me pregunto qué es lo que
significa hoy la libertad. Esta palabra en labios de un personaje histórico ya no es la misma
que en los labios de otro: es todo lo contrario.
Esa misma palabra la gritan los que se dan cuenta de lo que significa ser libres y los que
intentan encadenar a los demás.
¿Y la palabra conciencia? Es lo mismo; ¡cómo la instrumentalizan!
Las palabras fundamentales ya no significan lo que deberían significar y así no hay manera de
entenderse: estamos viviendo en una auténtica Babel.
Al hablar de la llamada de la tierra quizá tengamos que reconocer que son los campesinos los
que conservan en la palabra conciencia el sentido más puro y genuino. Cuando un campesino
dice que obra en conciencia dice exactamente lo mismo que aquí hemos dicho, lo que significa
para la Biblia, esa honradez consigo mismo de la que hemos hablado. Quizá no sea una
casualidad el que se ponga en labios de un niño campesino aquella anécdota de que, en la
escuela, cuando le ponen este problema de matemáticas: «Si tu padre compra una vaca por
2.000 pesetas y luego la vende por 20.000, ¿qué es lo que ha ganado?», el niño responde: «Se ha
ganado unos cuantos años de cárcel». «¿Por qué?» «¿Que por qué? ¡Porque es un ladrón!»
Ese es el valor profundo de la conciencia. Y se necesita una investigación entre todos para
poder recuperar la pureza de las mismas palabras, de las palabras que, cuando nacen de los
labios de nuestra madre, todavía significan algo, pero que luego se van prostituyendo por
medio de mil manejos turbios.
La tercera revolución es la de la misma política, en su sentido más concreto: pasar de la
política de los partidos a la política de la unidad, de la comunidad, de los fines humanos, donde
la libertad no consiste en eliminar la de los demás para engrandecer la mía, sino donde la
libertad personal es igual a la libertad de los demás.
Y en este terreno creo yo que no queda más alternativa que llegar (y aquí las palabras
significan lo que significan; podrían ser instrumentalizadas, pero me gustaría que las
entendieseis en el sentido más profundo de la realización del hombre) a lo que se podría
llamar, no encuentro otra palabra, una democracia directiva, una democracia verdadera, no
como ideología, sino como posibilidad que tiene el hombre, todos los hombres, de llevar a cabo
su propia historia, de realizar de veras todo lo que pueden y deben realizar.
Si no se parte de esta posibilidad que debe tener el hombre para realizar su propia historia,
sin delegar en otros, realizándola por sí mismo en todo lo que es posible, no tendremos nunca
una verdadera política, sino que seremos hechos por los demás y no seremos nosotros mismos.
Es verdad que a esto tiene que llegarse a través de un proceso de maduración. Todavía
estamos muy lejos de la meta, pero es posible llegar a ella, más aún, es la única forma posible
de poder crear de verdad una política de hombres, una política que no esté instrumentalizada,
ya que hoy hemos llegado a los extremos más repelentes.
Pongamos un ejemplo: los obreros. No sé si ellos mismos se han dado cuenta de que no tienen
ni siquiera la posibilidad de hacer su propia lucha, de llevar a cabo sus propias
reivindicaciones, ya que todo eso se lo imponen otros. Por ejemplo, cuando desde arriba se les
presenta la huelga como una estrategia de lucha (y no es que hable contra esta posibilidad, ya
que siempre la he defendido), en cierto momento esos obreros aceptan ese método y hacen una
huelga, sin advertir que no se les da la posibilidad de llevar a cabo esa lucha, que se les
impone incluso el método. Podrían decir en esta ocasión: «Nosotros queremos hacer las cosas
de otra manera; nosotros nos damos cuenta de que quizás este método va en contra de
nosotros mismos». En muchos casos así lo sienten, pero no tienen la menor posibilidad de
llevar a cabo por su cuenta esta lucha.
Se trata de un solo ejemplo; pero podríamos multiplicarlos. Si no somos capaces de salir de
estos esquemas, que son demasiado viejos, que han nacido de filosofías decadentes en las que
se piensa que sólo algunos privilegiados son capaces de pensar por los demás, de hacer
programas por los demás, y que los demás tienen que fiarlo todo en sus manos, no lograremos
jamás crear una política donde haya sitio para Dios —hablo para los creyentes—, ya que es
todo el hombre el que debe realizarse, y cada hombre debe ser artífice de su propia historia,
teniendo la posibilidad de llevar a cabo todo lo que es capaz de realizar.
La cuarta revolución tiene que hacerse en el plano del trabajo y de la economía. El desarrollo
de la economía está en pasar de la iniciativa del capital a la iniciativa del trabajo. Los
ciudadanos tendrán de esa manera la posibilidad de saber que su trabajo no sirve para el
enriquecimiento de unos pocos, sino que, además de darles a todos una justa retribución, será
para ellos una obra realizada en común. En este caso es evidente que la programación tendrá
que hacerse entre todos. Y os voy a poner un ejemplo muy insignificante, si queréis, en el que
he pensado muchas veces: cuando en Madrid llega la navidad, y también fuera de navidad, por
el centro de la ciudad, donde vive el menor número de personas, se gastan millones en
iluminaciones y adornos, para que parezca un espectáculo de fiesta. Las calles de los
almacenes a donde va el menor número de personas se convierten en las calles más hermosas,
las más iluminadas, las más perfectas, mientras que toda la inmensa periferia, donde viven
los trabajadores, los que están creando la historia, los que ni siquiera tienen tiempo para ir al
centro a ver aquellas luces, esos no tienen a veces ni calles ni luz suficiente para salir de noche
y carecen incluso de las cosas más vitales. Es evidente que, si la programación la hubieran
hecho entre todos, las cosas serían de otra manera.
Me diréis que son ejemplos vulgares, pero a mí me gusta escoger siempre estos ejemplos
vulgares, para que los entiendan hasta los más simples. En el trabajo hay que hacer una de
las revoluciones más tremendas porque, si es verdad que el hombre es creativo, si es verdad
que el hombre se realiza con el trabajo, si es verdad que hemos de condenar esa pseudofilosofía
o pseudoteología del famoso tiempo libre, tenemos necesidad de una revolución tremenda,
radical. Hablamos del tiempo libre, pero ¿qué significa esto? Si yo acepto que existe un tiempo
libre, acepto que el tiempo del trabajo es el tiempo de la esclavitud. Y esta sería la ofensa más
tremenda y la renuncia más grave que podría hacerse a la sociedad: si el hombre es esclavo y
no es libre cuando trabaja, si únicamente es libre después de su trabajo, el hombre ha
fracasado por completo.
Porque el hombre, lo que prácticamente está haciendo durante toda la jornada es trabajar y, si
se hace esclavo durante el tiempo del trabajo, está claro que no se podrá liberar: ese trabajo no
le sirve para ser hombre, para ser libre: solamente podrá serlo tras el trabajo. Entonces podéis
comprender cómo el hombre no llegará a ser nunca hombre. Y a pesar de eso hemos aceptado
tan fácilmente, tan claramente que se hable del tiempo libre, en el que el hombre se realice en
cierto modo, demostrando con ello que el trabajo es tiempo de esclavitud.
Podéis, por tanto, imaginaros que la revolución que hay que hacer es inmensa. Y bajo el punto
de vista cristiano me gustaría subrayar algo que es para mí muy importante. Muchas veces,
para poder resolver este problema, hemos dicho: «Lo importante (y hay actualmente
asociaciones muy poderosas en el mundo que siguen esta espiritualidad), lo importante es
santificar nuestro trabajo». Pero si yo he aceptado el principio de que el trabajo, tal como hoy
está planteado, es un tiempo de esclavitud, no puedo aceptar que tenga que santificar un
trabajo que me esclaviza. Tengo que hacer la revolución, tengo que luchar para derribar todo
ese sistema de trabajo, porque no puedo santificar una cosa que va en contra del hombre, que
le impide realizarse.
Decir que tengo que santificar el trabajo, tal como está organizado actualmente, decir que Dios
está de acuerdo con esto, sería negar a Dios, hacerlo morir en el trabajo. Es necesario, por el
contrario, hacer todo lo posible para tomar conciencia de que estamos viviendo un trabajo que
encadena al hombre, que no lo deja ser él mismo, que no lo deja ser creativo, que el hombre se
está convirtiendo cada vez más en una máquina, que se va haciendo cada vez más esclavo y
menos libre, incapaz de realizar su propia vocación.
Y termino con la quinta revolución en el plano jurídico. Hasta ahora el estado ha sido el amo y
el ciudadano el súbdito. Pero es la persona humana la que tiene que convertirse en el
legislador universal, mientras que el estado tendrá que ser únicamente un instrumento para
la ordenación de todos los demás estados personales. También aquí, si se pone en primer lugar
aquello que debería estar al servicio de los demás, estamos destruyendo todo el derecho: el
derecho no está ya al servicio de la colectividad, al servicio de los hombres para defender sus
valores fundamentales, sino que se convierte en cómplice de que el hombre no solamente no
sea libre, sino que se vea incluso en la imposibilidad de liberarse. Si no se organiza un derecho
según estos criterios, no tendremos ya evidentemente la posibilidad de ser libres ni podremos
creer en semejante derecho.
Todo esto puede parecer quizá utópico. Pero me pregunto si existe otra posibilidad, sí todavía
vale la pena que aceptemos seguir siendo esclavos, que aceptemos una revolución que, a largo
plazo, nos llevará a una esclavitud peor. Yo creo que no es utópico, porque ya hemos dicho que
el hombre, con su conciencia, es más fuerte que las estructuras que se empeñan en
encadenarlo. Hemos visto cómo hasta ahora, a través de los siglos, ninguna estructura ha sido
capaz de aplastar definitivamente al hombre: el hombre, con su conciencia, es más fuerte que
las estructuras. Y hay continuamente hombres que logran dar su respuesta a un porqué, que
logran darse cuenta de esta falta de libertad.
Los hombres pueden. Es suficiente que un solo hombre haya realizado una cosa para que esto
mismo sea posible a los demás. Si tres nombres han sido capaces de unirse para realizar una
cosa que es verdadera y que es real, es posible que lo haga toda la humanidad.
Afirmar que esto es utópico, que es difícil, es decir que no creemos en Dios, es decir que Dios
no tiene un lugar en la política, es aceptar la muerte de Dios en la construcción de la
comunidad humana.
LA MUERTE DE DIOS EN LA IGLESIA.
He de confesar que voy a terminar estas charlas con toda una carga de sentimientos en el
corazón que difícilmente sabré expresar y que tendré que terminar con un tema que
probablemente va a resultar un poco desordenado. Porque tengo que hablar de cosas que me
afectan de una manera muy particular como hombre, como cristiano y como sacerdote. De
cosas que amo y que creo profundamente, de cosas que me hieren y hacen daño. Y hoy más que
nunca no puedo olvidarme de los que, como os decía el primer día, estoy viendo detrás de estas
paredes, en las que hemos escrito: «¿Qué Dios es el que ha muerto?» No puedo olvidarme de
aquellos que siguen preguntándome:
«¿Para qué sirve vuestra Iglesia?» Especialmente de aquellos que buscan con honradez, de
aquellos que nos han dejado, de aquellos que podrían entender, que podrían recibir algo de
nosotros pero que no lo consiguen, por culpa nuestra.
Por eso, al terminar esta tarde, sé muy bien que gran parte de vosotros, aquellos
especialmente que tienen quizás otra mentalidad, por no haber estado en contacto ni haber
sentido el dolor de los que no creen por nuestra culpa, esos no podrán comprender algunas de
mis frases, algunas de mis quejas; quejas que en el fondo merecen el nombre de amor, pero un
amor que se siente como dolor, especialmente cuando hablo de la muerte de Dios en la Iglesia.
¿Cuál es el Dios que ha muerto en la Iglesia? ¿Por qué hay tantos que se preguntan y nos
dicen: «Cristo, sí; Iglesia, no; evangelio, sí; cristianismo, no»? ¿Por qué sigue siendo todavía
válida la frase del poeta indio que decía: «Cristo, si los tuyos fuesen como tú, hoy la India sería
tuya»?
Se trata de preguntas muy serias, que se dirigen a cada uno de nosotros. Hoy más que nunca,
cada vez que mencione a la Iglesia, he de subrayar que aquí estamos todos comprometidos,
desde el papa hasta el último de los creyentes, que hoy no podemos ser fariseos, que no
podemos decir que esto va para el obispo, que esto va para el cura, que esto va para el papa,
que esto va para la acción católica, etc. Todos estamos comprometidos cuando hablamos de
Iglesia, cuando hablamos de la muerte de Dios en la Iglesia.
He dicho más de una vez que tenemos que afirmar que Cristo es la Iglesia, pero no siempre
podemos decir que la Iglesia es Cristo. Cuando digo que Cristo es la Iglesia, quiero decir que
todo lo que encuentro en Cristo puedo y debo encontrarlo en la Iglesia, pero al mismo tiempo
digo que todo cuanto no encuentro o no logro encontrar en Cristo, tampoco puedo aceptarlo
como Iglesia. Pero si seguimos diciendo que la Iglesia es Cristo, corremos el peligro de poner
en el rostro de Cristo todas nuestras miserias, todos nuestros escándalos, todos nuestros
pecados. Y habrá quienes digan: «esta Iglesia no es Cristo; a nosotros no nos sirve esta Iglesia,
porque está llena de fango».
El último concilio ha aprobado dos o tres frases que yo, os lo digo con toda sinceridad, sólo creí
que serían definitivamente aprobadas después de haber sido promulgado el decreto conciliar:
son frases que nos deben hacer pensar seriamente. Frente a un mundo que se está haciendo
profundamente ateo, que dice que ya no cree en Dios ni en nuestra Iglesia, es inútil que nos
limitemos a derramar lágrimas, que nos limitemos a decir que ya no hay fe en el mundo. La
misma Iglesia, reunida en concilio, ha dicho que una gran parte de esta lamentable situación
se debe a nosotros.
He aquí las palabras literales del concilio:
En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto
que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o
incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado
el genuino rostro de Dios y de la religión.
Estas palabras están escritas en la constitución Gaudium et spes, n. 19. Por consiguiente, con
un evangelio mal predicado o con una teología que no responde a la teología de Cristo y de
nuestra fe, «...o incluso con los defectos de nuestra vida religiosa, moral y social, hemos velado
más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión». Si estas palabras las hubiera
pronunciado uno antes del concilio, muchos le habrían acusado seguramente de demagogo.
Pero, si esto es verdad, nosotros ante tamaña realidad hemos de preguntar y le preguntamos a
la misma Iglesia, no ya a la Iglesia de los demás, qué es lo que hay que hacer para que pueda
ser visible este rostro de Dios, una vez que lo hemos escondido. Y podemos hacer una pregunta
más profunda, podemos preguntarnos por qué el ateísmo actual, por qué todo el problema de
la muerte de Dios ha nacido precisamente en el corazón de nuestra civilización cristiana, por
qué ha nacido esta planta en el jardín de los cristianos, por qué ha nacido y sigue naciendo el
ateísmo precisamente en el interior del cristianismo.
Quizá sea preciso volver muy atrás, casi a los primeros siglos, para decir con lealtad que esas
palabras que hoy, en el siglo xx, ha dicho el concilio tienen un valor ya en los primerísimos
siglos del cristianismo. Quizá Cristo tenga que ser todavía revelado en la mayor parte de su
realidad concreta, porque Cristo, el verdadero rostro de Cristo se nos ha ido transmitiendo a
través de culturas y de realidades históricas que eran precisamente cosas que estaban en
contradicción con el mismo Cristo. Cristo, que ha venido a traer algo nuevo, que ha venido a
traer una verdadera revolución, que ha venido a liberar finalmente al hombre, a permitir que
el hombre pueda ser verdaderamente hombre y pueda crear una historia nueva, hecha por él y
no impuesta por los otros, una historia inventada con toda la fuerza de la fantasía de que es
capaz el hombre, Cristo que venía a darnos no solamente esa posibilidad, sino también la
fuerza de la invención, la fuerza de caminar contra la antihistoria, ese Cristo fue ya en gran
parte traicionado por sus primeros seguidores. Ellos fueron los primeros en sentir la tentación
de cambiar el rostro de Cristo por el rostro de una historia decadente, hecha por los opresores,
hecha por unos hombres para quienes la historia no tenía en cuenta a los oprimidos, al pueblo,
a los que no hablan, a los que nunca pueden decir su propia palabra.
De esta forma, ya desde el principio, se nos ha transmitido a Cristo a través de una cultura ya
hecha, a través de realidades históricas que estaban en contra del mismo hombre.
Y esto continuó luego durante siglos: la tentación era fuerte; hemos de ser leales y no tener
miedo de confesarlo. No tengo miedo de decirlo, precisamente porque creo en la Iglesia, porque
creo que en la Iglesia está el Espíritu Santo, porque sé que la Iglesia no podrá derrumbarse a
pesar de todo lo que nosotros podemos hacer en su contra; porque la conciencia es más fuerte
que todas las estructuras, yo sé muy bien que ese Espíritu, que está en cada una de las
personas, es más fuerte que la Iglesia, que todos nuestros pecados, que todas nuestras
debilidades.
Lo sabemos perfectamente: el mismo Pedro sintió la tentación, ya en el primer siglo, de querer
confundir a Cristo, su revolución y su fe, con el hebraísmo; quería conciliar ambas cosas, les
decía a sus cristianos que siguiesen todavía siendo hebreos, que siguiesen todavía con la ley. Y
fue aquel el primer choque de Pedro con Pablo. Así empezó la primera tragedia en la historia
de nuestra fe.
Y así continuó durante siglos. No tenemos por qué esconderlo, ya que es un producto de la
historia; pero es también un pecado nuestro, y la misma Iglesia nos lo dice, un pecado que
continúa cada vez que cambiamos el evangelio por la cultura del mundo, cada vez que en vez
de descubrir el rostro de Cristo descubrimos el rostro de una historia que es una antihistoria.
Hemos dicho en todas estas charlas que Dios ha muerto en donde el hombre no puede ser
hombre, en donde el hombre no es aceptado como hombre, que Dios ha muerto donde la
conciencia es sustituida por cualquier autoridad, de arriba o de fuera, donde la conciencia no
es reconocida como la voz de Dios dentro de nosotros mismos, tal como nos dice el evangelio.
Hemos dicho que no podemos encontrar a Dios donde no haya un amor que sea creativo, que
sea revolucionario, que sea entrega, que sea el amor que llevó a Cristo hasta morir por los
demás. Hemos dicho que no podemos encontrar a Dios donde los hombres no sean capaces de
encontrarse entre sí para construir todos juntos la historia, como comunidad, y no ellos solos,
individualmente.
Hemos dicho que no puede haber sitio para Dios donde hay una política que no permite a los
hombres crear la historia juntamente, por sí mismos, donde la historia es impuesta desde
arriba, por unos cuantos privilegiados. Y hoy decimos que Dios ha muerto, que Dios no puede
existir más que en una Iglesia que tenga un rostro humano, en una Iglesia que, como dijo
Cristo con toda claridad, no ha de ser como un reino de este mundo. Son palabras suyas: «Mi
reino no es de este mundo».
Pero cada vez que la Iglesia siente la tentación de organizarse y de presentarse como un reino
de este mundo, nosotros la negamos. Cristo desaparece de ella y sigue actuando en otras
partes, porque allí no hay Iglesia. Por eso no podemos reconocer a una Iglesia que esté hecha
de ese modo.
Pero ¿qué es lo que significa decir que el reino de Cristo no es como un reino de este mundo?
Significa que el reino de Dios tiene que ser algo tan distinto que valga la pena aceptar esta fe,
tan distinto y tan nuevo que podamos descubrir la presencia de Dios en aquella Iglesia, en
aquella comunidad. Pero cuando nos falta esta fe, cuando creemos que no existe ninguna
posibilidad de construir la Iglesia a no ser haciéndolo a imagen de este mundo (tal ha sido la
tentación continua de la Iglesia a través de los siglos), entonces nr gamos la fuerza misma y
original de la Iglesia.
Un reino de este mundo no se puede sostener sin ciertas categorías históricas.
Un reino de este mundo no se puede sostener sin el poder, no se puede sostener sin una
potencia económica, no se puede sostener sin una defensa, no se puede sostener sin cierta
política, no se puede sostener sin una diplomacia, no se puede sostener sin cierta imposición
de unos sobre otros, no se puede sostener sin cierta lucha de clases, no se puede sostener sin
tantas cosas que, como sabemos, son necesarias para que el reino no se hunda, para que el
gobierno no se venga abajo.
Pero la Iglesia es distinta, la fuerza de la Iglesia es su debilidad, la Iglesia no tiene necesidad
de ninguna de esas cosas para sostenerse, para vivir. Por el contrario, la Iglesia tiene que
demostrar al mundo que la garantía y la prueba de que Dios está presente en ella es que
puede vivir sin ninguna de esas cosas, que puede seguir viviendo y diciendo algo a los hombres
sin nada de eso: una Iglesia, una comunidad que es capaz de sostenerse sin ninguna de esas
estructuras, que ha encontrado su propia manera de gobernarse; una Iglesia, una comunidad
que puede demostrar que sin el poder se puede vivir como hermanos, y se puede hacer la
historia juntamente; una Iglesia que demuestra que, dentro del mayor respeto a la conciencia
de cada uno, es posible crear algo; una Iglesia que demuestra que sin el dinero es posible
sostenerse, que no tiene necesidad de una potencia económica, que no tiene necesidad de una
diplomacia humana, que no tiene necesidad de ninguna imposición, que puede dejar a los
hombres en libertad, que no tiene miedo del amor, que no tiene miedo de los que la combaten,
que no tiene miedo de verse perseguida, porque sabe que hay en su corazón una fuerza nueva
y distinta y más poderosa que todas esas cosas que son necesarias para que un reino de este
mundo pueda mantenerse y vivir.
Solamente cuando la Iglesia se ha presentado al mundo con ese rostro, incluso aquellos que no
la aceptaban han tenido que rendirse y se han visto obligados a decir: «allí hay algo que no
llego a comprender». En los primeros siglos del cristianismo había cristianos capaces de amar
hasta a sus enemigos, capaces de decir que no a toda opresión incluso con su muerte. Y había
también quienes decían: «¿pero qué clase de gente es ésta? ¿qué es lo que tienen? ¿están locos o
son santos?» Solamente cuando los que no nos conocen ni creen en nosotros puedan decir:
«¿qué individuos son éstos? ¿Están locos o son santos?», sólo entonces podremos estar seguros
de que Cristo empieza a ser visible.
Pero cuando nos presentamos y hasta nos sentimos felices y contentos de poder presentarnos
al mundo como una potencia, con todas las cosas que también saca a relucir el mundo,
entonces ciertamente Cristo no podrá hacerse visible y nosotros no podremos entrar en
competencia con el mundo, ya que nuestra fuerza es distinta.
Por eso precisamente muchos, al no ver este rostro de la Iglesia, dicen: «¿para qué nos sirve?»
Pero cuando alguno de la Iglesia, y basta uno solo para que la Iglesia exista, le presenta al
mundo este rostro, entonces logra de verdad sacudirlo de sus fundamentos y hasta los que no
creen tienen que exclamar: «¿qué es lo que hay en ese hombre?»
Acordémonos de una sola persona: el papa Juan. ¿Por qué el papa Juan ha conseguido que
hasta los más lejanos se sintiesen conmovidos en lo profundo de su ser? Me acuerdo de una
larga conversación que sostuve con un obrero: después de haber hablado contra la Iglesia, sacó
su cartera y me enseñó una estampa del papa Juan, diciéndome: «¡éste sí!» «¿Y por qué éste?»
Porque era un hombre. Una Iglesia de rostro humano, porque nuestro Dios es un hombre, es
un hombre que se ha presentado sin poderes, un hombre que hizo de su debilidad su propia
fuerza, un hombre que dijo: «En mi reino los grandes son los más pequeños, en mi reino todos
serán iguales. El mayor tendrá que servir a los demás. En mi reino, el que no está en contra
mía está conmigo». ¡Cuántas veces tuvo que decir a los apóstoles: «No habéis comprendido. Mi
reino es distinto».
Y hoy, si Cristo viniese aquí, nos diría a todos nosotros, desde el papa al último de los
cristianos: «Todavía no habéis entendido, no habéis entendido por qué hay tantos que no
consiguen ver mi rostro, que es un rostro de alegría, un rostro de esperanza, algo que el
hombre espera, que está deseando desde hace tanto tiempo en lo profundo de su ser. Si todavía
no han conseguido verlo, es que vosotros todavía no habéis entendido nada, ni siquiera habéis
empezado todavía a entender». El papa Juan dijo que apenas hemos empezado aún a
comprender el evangelio.
Pero esto no quiere decir que el Espíritu Santo se haya ido de vacaciones, cuando nosotros
hemos dejado de ser fieles; esto no quiere decir que él haya dejado de obrar ni que Cristo se
haya quedado con los brazos cruzados: su Iglesia sigue estando viva. Lo que pasa es que él,
paradójicamente, misteriosamente, increíblemente para nosotros, ha seguido creando esta
Iglesia, ha seguido buscando los elementos más importantes de esta Iglesia, incluso fuera de
nuestros muros. Y hoy nos encontramos con la enorme paradoja, con una paradoja que nos da
que pensar y que debería hacernos temblar, pero que al mismo tiempo nos hace esperar, con la
paradoja de ver que un ateísmo histórico, que toda una caravana inmensa de hombres que
nosotros estábamos convencidos de que rechazaban a Dios por completo, en cierto momento se
encuentran más cerca del evangelio que nosotros mismos, el cristianismo histórico.
La Iglesia se renueva, la Iglesia hace su examen de conciencia, la Iglesia del concilio dice: «ésa
no es nuestra Iglesia». ¿Y por qué? Porque este mundo, hablo del mundo del ateísmo, lleno de
honradez, el mundo de los hombres que han sufrido una búsqueda sincera, que no podían
aceptar a aquel Dios que también nosotros, en estas charlas, día tras día, íbamos diciendo que
no podíamos aceptar, que no podían aceptar un rostro de la Iglesia que también nosotros
decíamos que no podíamos aceptar, todos esos han hecho un largo camino de sufrimientos y, al
encontrarse sin Dios, al encontrarse sin Iglesia, han buscado en el hombre para poder
encontrar un mínimo de esperanza, han buceado en las raíces más profundas del hombre, y
paradójicamente han encontrado al hombre más que nosotros mismos. Pero, al encontrar al
hombre, han encontrado a Cristo; aunque no lo sepan todavía, aunque no puedan confesarlo.
Han encontrado el dogma fundamental de nuestra fe, que nosotros teníamos olvidado porque
era el más duro. Y nos hemos refugiado en un Dios al que no veíamos, que no lloraba, que no
pedía pan, que no podía gritarnos porque estaba clavado en una cruz. Ellos se han refugiado
en ese hombre y lo han visto llorar, y lo han visto encadenado y han dicho «no» a muchas de
estas instrumentalizaciones. Se han puesto a defender al hombre, pero, al defender al hombre,
estaban defendiendo el dogma de la encarnación que es el dogma central de nuestra fe.
Por eso ha llegado el momento en que nos preguntemos: «¿Quién es el que cree y quién el que
no cree?» Frente a esa masa que dice no a la Iglesia, pero sí al evangelio, que dice no a los
cristianos pero sí a Cristo, ¿no será verdad lo que ya Pío XII, no el papa Juan, decía en cierta
ocasión: «Llegará el día en que los que dicen que no creen tomarán en su mano a nuestra
Iglesia, mientras que quizá muchos de los nuestros la abandonarán»?
Esta paradoja es también una enorme esperanza, es una esperanza para los que creen que
Cristo, como decía el comunista Garaudy, «todavía tiene algo que decir», para aquellos que
tienen una esperanza en la verdadera liberación del hombre, para aquellos que desean y aman
una Iglesia distinta de la que han visto, llena tantas veces de debilidades y de pecados, una
Iglesia que ni siquiera tenía el rostro de hombre, mucho menos el de Dios.
Y todos esos que sufren, todos esos que andan buscando, todos esos que dicen como Juana de
Arco: «Pero ¿cómo es posible que yo no esté en la Iglesia cuando quiero estar en la Iglesia?»,
todos esos estoy convencido de que pronto serán nuevos cristianos y serán ellos los que nos
digan unas palabras nuevas, sacadas de un evangelio que nosotros, por pereza, por evasión,
por habernos refugiado en un Dios que no podíamos ver llorar, no habíamos tenido el coraje de
leer. Quizá sean ésos los que nos digan cosas nuevas del evangelio.
Recordaré siempre la lección de evangelio que me dio un hombre que había pasado del mundo
del comunismo, que había estado veinte años en la cárcel y que se había quedado ciego a causa
de las torturas. Ese hombre, al encontrar a Cristo, al evangelio, nos hizo ver en una lección
una imagen de Cristo que yo no había visto nunca, que yo, sacerdote, ni siquiera había soñado.
Ese hombre ciego, después de veinte años de torturas, después de haber negado a la Iglesia y a
Cristo, al encontrarse con el evangelio fue capaz de llegar hasta la raíz, hasta la profundidad
de ciertas páginas del evangelio haciendo temblar a los que lo escuchábamos.
Allí me encontré con un cristiano nuevo, símbolo de una generación que está llegando; por eso
tengo esperanza en los jóvenes que han hablado de destruir la Iglesia, que han hablado con su
lenguaje, fuerte y duro, diciendo: «No queremos la estructura». Ellos quieren otra cosa, una
cosa distinta; no saben expresarse, pero creo que en su corazón están diciendo que no a un
Dios del que reniega la misma Iglesia, la verdadera Iglesia.
Y ésta es la verdadera esperanza, porque ellos quieren una cosa que sea más genuina, más
verdadera, que sirva para ellos, para crear una historia nueva, pero una historia limpia, hecha
por todos, una historia que tenga de verdad el rostro de Cristo. Pues estos jóvenes no rechazan
a Cristo, porque dicen: «¡Cristo sí, vosotros no!»
A mí me gustaría dejar esta pregunta, como un cuchillo, clavada en el corazón de todos. Pero
no quisiera que se quedase todo en palabras, sino que hiciéramos todos una reflexión
profunda; porque cada vez que un hombre nos dice a los cristianos: «¡Cristo sí, vosotros no!»,
hemos de pensar por lo menos que hay algo en nosotros que no es Cristo, que Dios ha muerto
de alguna manera en nosotros, que tenemos la obligación de hacerlo resucitar, de luchar para
que ese Dios sea presentado como el verdadero Dios, y no como un Dios que no existe, como un
Dios que no podemos aceptar.
Solamente de esta forma podrá todavía la Iglesia decir una palabra a los que andan en busca
de una esperanza. Solamente de esta forma ellos no tendrán que ir a buscarla en otros líderes
que, aun con su honradez, con toda la fuerza de su buena voluntad, jamás tendrán las
verdaderas palabras de vida eterna que tiene Cristo, nuestro Cristo. Si nosotros no creemos
que ha sido él el que ha dicho la palabra verdadera, definitiva, la que ha creado la historia y
que solamente sus palabras responden a la verdadera historia, que sólo cuando él dice
«libertad», se crea y se hace la libertad, que sólo cuando él pronuncia la palabra «amor», renace
el amor, que sólo cuando él cree en el hombre, el hombre puede ser hombre, si no creemos en
esto, es inútil que nos presentemos como cristianos.
Me gustaría terminar leyéndoos algunas frases que he escrito sobre la Iglesia que yo amo,
para que queden en el corazón de todos nosotros, porque estoy convencido de que vosotros, que
habéis tenido la paciencia de escucharme por sexta vez, en lo más profundo de vosotros
mismos queréis y amáis una Iglesia así, porque en el fondo yo no he hecho más que remover
las aguas dentro de vuestro corazón, intentar penetrar dentro de vosotros, para deciros en voz
alta lo que sentíais, al menos muchos de vosotros.
Si nos sentimos unidos de esta manera, quiere decir que existe un mismo espíritu que nos
grita desde lo más profundo una misma palabra, una misma esperanza, y que nos presenta el
mismo rostro de una Iglesia, que todavía tiene algo que decirnos para que podamos ser
nosotros mismos, para que podamos ser hombres y vivir como hermanos, para que la guerra
pueda desaparecer definitivamente y el amor vuelva a encontrar su verdadera realidad.
«La Iglesia que yo amo es así:
la que teme más a los que no se mueven por no pecar que a los que han pecado por caminar;
la que me habla más de Dios que del diablo, del cielo que del infierno, de la belleza que del
pecado, de la libertad que de la obediencia, de la esperanza que de la autoridad, del amor que
de la inmoralidad, de Cristo que de ella misma, del mundo que de los ángeles, del hambre de
los pobres que de la colaboración con los ricos, del bien que del mal, de lo que me está
permitido que de lo que me está prohibido, de lo que aún está abierto a la búsqueda que de lo
ya conquistado, del hoy que del ayer;
la que no sólo no teme a los que abren caminos nuevos sino que los empuja y protege;
la que prefiere defender a los santos en vida que en muerte;
la que no hace ascos de nada nuevo antes de haberlo probado;
la que es consciente de poder repartir a Dios y de necesitar constantemente de todos;
la que se preocupa más de ser auténtica que de ser numerosa; de ser sencilla y abierta a la luz
que de ser poderosa; de ser ecuménica que de ser dogmática; de ser santa que de ser popular;
de ser de todos que de ser monolítica;
la que es más madre que reina, más abogado que juez, más maestra que policía;
aquella cuyo mensaje, esencia, palabra, vida, misión es un «sí», un fíat, un «levántate y anda»,
un «id», un «buscad», un «echad de nuevo las redes» en vez de un «no», un «espera», un
«vuélvete», un «renuncia», un «basta»;
la que sabe ser dulce con toda debilidad y fuerte contra toda hipocresía, incapaz siempre de
regalar las margaritas a los cerdos;
la que tiene el fogón siempre encendido para todos los fríos y todas las soledades; el pan
caliente preparado para todas las hambres y la puerta abierta, la luz encendida y la cama
hecha para cuantos van de camino, cansados, en busca de una verdad y de un amor que aún
no han encontrado».
Y no quiero terminar sin mencionar aquí un nombre que todavía no se ha pronunciado en
nuestros seis encuentros, pero que estaba allí, en mi corazón, cada vez que os hablaba de
Cristo, cada vez que os hablaba de los verdaderos cristianos. Porque no me gustaría que todo
esto quedara en meras palabras. Sin nuestro compromiso toda esta crítica que hemos hecho
con un sentido de profunda honradez, sin avergonzarnos, delante de aquellos que no creen en
nosotros, sin esa palabra «compromiso», sin un amor mucho más grande, todo lo que hemos
dicho no sería más que una hipocresía tremenda.
Este nombre es María, es la madre de Cristo, es el ejemplo más puro de entrega total. En las
bodas de Cana, María le pidió a Cristo un milagro. Cristo le dijo que todavía no había llegado
su hora, pero María a pesar de ello quiso el milagro, aunque sabíamos que anticipar la hora de
Cristo significaba anticipar la cruz, significaba perder antes a su hijo. En aquella ocasión
María nos amó más a nosotros que a su hijo y fue capaz de sacrificar a su hijo para que
nosotros pudiésemos vivir después de haberse marchado él visiblemente. Ella se quedó
durante veinte años en el corazón de la primera comunidad, para recordarle continuamente el
mensaje de esperanza de su hijo, para recordarles a los apóstoles que la comunidad es una
realidad viva, para ayudarles a estar juntos, a no tener miedo, a que todos llegasen a dar la
vida por los demás, para poder hacer visible la imagen de su hijo; veinte años de sufrimientos
y de esperas, sin la presencia visible de su hijo.
Pero María sigue estando presente todavía, con Cristo, en nuestra historia. No podemos
olvidarnos de ello, cuando hablamos de cristianismo y cuando hablamos de esperanza. Y en los
momentos de miedo, cuando nos sentimos invadidos por un miedo que nos viene de fuera, aun
cuando en el corazón sigamos teniendo esperanza, tenemos necesidad en la lucha —en una
lucha que no es fácil, en una revolución que traerá consigo inexorablemente el dolor, en un
compromiso que no ha de ser fácil— tenemos necesidad de una palabra dulce, de una palabra
de esperanza, de una palabra de madre, de la palabra de una cristiana que antes que nosotros
supo lo que significa amar, porque supo entregarse hasta el fondo.
Con estas dos palabras que son como un programa, como un compromiso, para que no sean
unas palabras muertas frente a los demás, voy a terminar estas charlas.
Cristo: nuestra fe. María: el ejemplo del cristiano comprometido que hasta el fondo, con
alegría, cree que su hijo no ha muerto y que, por consiguiente, no ha muerto el amor ni ha
muerto la esperanza.
UN CRISTO SIEMPRE NUEVO.
PARA CRISTO LA VIRTUD NO ESTA EN EL MEDIO.
¿Es verdad que la virtud está en el medio?
En este caso resulta difícil encuadrar a Cristo.
Porque Cristo fue radical: «o conmigo o contra mí»; «no podéis servir a Dios y al dinero»; «he
venido a traer fuego y quiero que arda».
Porque Cristo estuvo de parte de los pobres y de los esclavos: «he venido a evangelizar a los
pobres; a salvar lo que estaba perdido».
Porque Cristo era de izquierdas: «solivianta al pueblo».
Porque Cristo no admitió nunca medias tintas ni diplomacias centristas, y le acusaron de
«blasfemo».
Sí Cristo no hubiese sido Dios hubiese pasado a la historia como un «profeta fanático»,
paradójico, dialéctico, que bendice a los pacíficos y dice que ha venido a separar al hijo del
padre; que maldice a los ricos y va a comer con ellos; que cura todo dolor y toda enfermedad y
él muere en una cruz, abandonado; que habla en parábolas «para que no entiendan»; que
provoca a los judíos con su ironía diciéndoles que «volverá a edificar el templo en tres días».
Cristo no aparece nunca como conciliador político. Está siempre de parte de algo o de alguien:
de parte del publicano, contra el fariseo; de parte de la adúltera, contra los viejos puritanos; de
parte de los niños, contra el malhumor de los apóstoles; de parte de Magdalena, contra Simón
el fariseo.
Discutía con violencia contra sus adversarios y defendía con pasión a los débiles y a los
humillados.
Es curioso ver que le acusan de «estar endemoniado».
El Cristo «dulzón», que da la razón a todos, para quien todo cabe en su cesto, no es ciertamente
el Cristo del evangelio a quien probablemente sólo le entendieron los grandes santos y los
grandes pecadores.
Fueron María, la inocente, y Pedro, el apóstata, los más desconcertados ante ciertas actitudes
del maestro, pero también fueron quienes entraron más profundamente en el misterio de su
vida.
Como tantos otros slogans, el de la «virtud está en el medio» tiene mucho más de
antievangélico que de verdad. Y en su origen o en su aplicación tiene toda la apariencia de
querer justificar nuestra cobardía frente a las posturas radicales.
Hemos trasladado los criterios de la diplomacia humana al campo del evangelio que es abrazo
de la verdad, aunque crucifique.
Si la virtud estuviera de verdad en el medio, Cristo no hubiese sido virtuoso: ni los profetas, ni
los grandes santos de la historia.
¿Quién puede decir que Francisco de Asís situó «en el medio» su virtud de pobreza?
Los santos nunca conocieron los equilibrios políticos o diplomáticos. Como Cristo, amaron sin
medida; lo dieron todo; se abandonaron a la fuerza irresistible del Espíritu que sopla «donde
quiere» y no «donde conviene».
Dios es gratuito y libre; su medida en todo es la sobreabundancia. ¿Deberá tener medida la
respuesta a su generosidad?
Su puesto está siempre delante, abriendo camino; su pedagogía es la sorpresa, la condena de
los ídolos.
Para Dios, el pecado es pararse porque el amor corre siempre, crea siempre, busca sin
descanso.
En Dios no existe el «basta»: «mayores cosas de las que yo he hecho haréis vosotros»; «todo lo
que desatareis en la tierra será desatado en el cielo». Dios perdona siempre porque en él no
hay límites.
En Dios no importa equivocarse, caerse, sino querer caminar a su lado, por sus atajos.
La plaza es el símbolo del «centro». En Dios no existen plazas: sólo caminos que desembocan
en el infinito que es él.
Si fuera cierto nuestro concepto clásico de prudencia que coloca a la virtud en el centro, en el
equilibrio, arropada de todo extremismo, no habría espacio para la virtud heroica que es
siempre una estridencia en el contexto de la virtud burguesa.
Es curioso que una de las defensas mayores que necesita hacer la Iglesia para canonizar a sus
grandes santos es la de su «prudencia». Y ya le están temiendo a este escollo quienes trabajan
en la causa de Juan xxiii. Porque resulta que todos los santos han sido «imprudentes»; que han
negado, con su vida el que la virtud esté de verdad en el medio. Para ellos estaba siempre en
los extremos.
Al final lo solucionan colgándole el mochuelo al Espíritu Santo afirmando que son cosas
«admirables pero no imitables» y que las realizaron bajo el impulso del Espíritu Santo.
Pero en este caso es algo espontáneo preguntarse si no será verdad que para el Espíritu Santo
la virtud tampoco está en el medio sino más allá.
Porque, ¿cómo sería posible que precisamente a los grandes santos les quitase la aureola de la
virtud por excelencia que sería la que se mantiene «en el medio» sin balancearse ni a derecha
ni a izquierda?
Ciertamente si a Cristo hubiese tenido que canonizarlo la Iglesia, el abogado del diablo
hubiese tenido buena materia para acusarle de imprudencia y fanatismo.
Con la prudencia diplomática que coloca a la virtud en un centro de equilibrio, la Iglesia no
hubiera tenido mártires.
¿No será más bien nuestra mediocridad, nuestra carencia de Espíritu, nuestra pereza, nuestro
aburguesamiento lo que nos ha llevado a acuñar este axioma de que la virtud está en el
medio?
Pienso, mirando a Cristo y a su madre y a los grandes mártires y santos de la historia, que la
virtud está más bien en los extremos, en la veta, está delante, en vanguardia, a la izquierda,
en el escándalo de la cruz aceptada antes que renunciar al amor que es fuego que quema
siempre y en todas las direcciones.
La virtud es siempre anti-conformista porque desea siempre algo más y algo mejor.
La virtud está en la izquierda, en la oposición porque no admite que se absolutice nada,
porque siempre piensa que más allá de cualquier cosa buena existe la posibilidad de algo
mejor, porque Dios no se agota nunca.
La virtud no se duerme, es dinámica; es sal que evita la corrupción; es el fuego que alimenta
todas las grandes esperanzas.
El agua que no corre, se corrompe. Por eso la virtud empuja siempre.
La virtud es para sí misma radical porque no se conforma con partículas de verdad: busca la
verdad misma.
Solemos llamar «extremistas» a quienes caminan delante de la masa. Pero los profetas
vivieron siempre más allá de su tiempo, preparando el futuro.
No es posible ser verdaderos ciudadanos del presente sin ser ya contemporáneos del futuro.
Somos nuevos cada instante porque Dios nace en nosotros continuamente.
Decir «ya» es sentarse, es rendir las armas, es hacerse Dios.
Buscar siempre es estar de pie, sentirse vivos y tener hambre de Dios, es decir de «más».
Todas las obras y los movimientos de la historia han abierto surco, han creado algo nuevo
mientras han mantenido su fuerza revolucionaria. Cuando han buscado el centro, el
compromiso, han dejado de ser «sal» y «fuego».
Y esto en todo: en la política, en la religión, en la cultura, en el arte, en la ciencia.
Lo que llamamos aburguesamiento de ciertos movimientos o de ciertas ideas ¿no es en
realidad el deseo de querer colocar en medio su virtud?
Siempre han sido los fundadores más revolucionarios y radicales que sus secuaces.
Siempre fueron más combatidos y perseguidos e in-comprendidos los profetas que los
burócratas.
Los santos no fueron perseguidos y maltratados por santos sino por extremistas y
revolucionarios.
No quiero decir que todo fanático o todo revolucionario sea santo, sino que todo santo auténtico
debe ser revolucionario porque vive en plenitud su comunión con Cristo, que ha sido el gran
revolucionario de la historia.
Cristo no mandó a sus apóstoles a hacer concordatos ni a buscar compromisos que atentaran
contra la autenticidad y la radicalidad del evangelio. Les dijo más bien: «seréis perseguidos y
azotados»; «cuando no os reciban en una casa, sacudid el polvo de las sandalias y seguid
adelante».
Con esto no critico a las personas que hoy en la Iglesia sufren ellas mismas el peso de una
tradición antievangélica que no puede echarse en un día por la borda.
Es una crítica que recae sobre todos y cada uno de nosotros porque todos somos responsables
de que ni el papa mismo pueda ser siempre lo libre que desearía. Para mí no fueron
humorísticas sino dramáticas las palabras de Juan xxiii: «Soy un prisionero en una cárcel de
oro».
El, el papa más evangélico de la historia de la Iglesia, tuvo también que aceptar y firmar
concordatos que seguramente nunca hubiese deseado. Pero no renunció nunca a escandalizar
con su fidelidad personal al evangelio.
Hoy criticamos la radicalidad de China frente a la más mínima concesión al imperialismo
burgués. Y quizá mañana admitiremos que esa radicalidad ha sido un toque de alarma, un
grano de sal que ha impedido que se corrompieran ciertos valores fundamentales de la
comunidad humana contra los que atentamos a cada momento en la sociedad del consumo.
Que los extremismos revolucionarios desviados tengan que retroceder a veces para recuperar
su verdadero camino, no significa que deban emprender el camino del «centro», sino más bien
que recuperen de nuevo su camino de vanguardia y su verdadero impulso revolucionario.
Cada punto de llegada es una conquista pero es siempre un nuevo punto de partida para
entrar más adentro en el proceso irreversible de la historia, que es el proceso mismo de Cristo.
Terminaremos nuestra vida y aún no habremos revolucionado suficientemente el mundo.
Siempre habrá posibilidades de ir más adelante. Siempre será mayor el medio que la valentía
del hombre. Siempre quedarán cosas por descubrir. Siempre habrá más hombres sentados en
la plaza que abriendo caminos nuevos en la jungla.
CRISTO SALVA A LOS HOMBRES CONDENADOS POR LA LEY.
Sé que algunos de vosotros no compartís mi fe; pero esto es precisamente lo que más me
estimula a mantenerme con franca sinceridad en el plano de mis convicciones más íntimas.
Sólo así podrá establecerse un diálogo provechoso, un diálogo que por otra parte siempre he
deseado en mis conversaciones con los amigos que no comparten mi postura y que se profesan
lejanos de mi fe, para conocer abierta y francamente las razones más profundas de su no-
creencia.
Porque creo que únicamente si nos comunicamos, con un sencillo gesto humano, lo mejor de
nosotros mismos, las razones más íntimas y más seguras de nuestro fundamento existencial e
histórico, podremos no solamente respondernos, sino sobre todo integrarnos, completarnos,
descubrirnos, examinarnos recíprocamente o por lo menos mirarnos a los ojos sin darnos
miedo y sin despreciarnos.
Por mi parte, no me avergüenzo ni mucho menos de declarar que han sido mis amigos no
creyentes los que me han ayudado de manera especial a revisar mi fe, a purificar mis
creencias más profundas y a estimularme en el descubrimiento de nuevas posibilidades.
Han sido ellos, por ejemplo, los que me han convencido con mayor energía de la gratuidad de
una fe que jamás podría haber adquirido con solas mis fuerzas, de la soberbia de mi inmaduro
dogmatismo, de la ridiculez de ciertas pretensiones angelistas. Ellos me han enseñado a
conocer mejor a Cristo porque me han obligado a profundizar en el Cristo que no nos habíamos
atrevido a predicar: el Cristo de los débiles y de los oprimidos, de los que no son nada. Me han
ayudado finalmente a liberarme de cierta teología modelada por las manos impuras de los que
se han servido del Hijo del hombre para justificar y defender, y hasta para bendecir, las
injusticias y los egoísmos de los poderosos que sometían a los débiles a sus caprichos, a sus
ambiciones y a sus mezquinas exigencias, precisamente en nombre de la fe.
Actualmente mi respeto ante muchos de los que no comparten mi fe es total, ya que habiendo
palpado con la mano la carga de honradez de muchos de ellos, su coraje en la búsqueda sincera
de la verdad, su ausencia de hipocresía y de repugnancia a toda instrumentalización, me han
hecho sentir frágil como un niño y he pensado que con toda certeza yo, sin mi fe gratuita y
misteriosa, no habría tenido la riqueza humana que en ellos abundaba.
Y tengo que decir todo esto por un deber de justicia, para proclamar que esta verdad que creo y
que amo la debo en parte al ejemplo de honrade2 que ellos mismos me han dado. Por eso he
considerado siempre como blasfemo el hecho de que muchos, que van gritando por el mundo la
fe en un Dios que se ha presentado en la historia haciéndose hombre para que el hombre
pudiera transformarse en Dios, sean menos justos, menos libres, más avaros, más vulgares,
menos hombres que aquellos otros que, fieles a su propia conciencia, opinan que nuestra tierra
no ha sido pisada nunca por nadie superior a ella. Un amigo mío marxista, cuando empezaba a
hacer mis primeros pinitos de periodista, me dijo en cierta ocasión: «Me gustaría saber cómo
puede ser un escritor libre siendo cristiano».
No quiero negar que entonces aquella pregunta de mi amigo, que era honrado, me impresionó.
Fue entonces la primera vez que tuve necesidad de pensar en Cristo como, «escritor», para
comprobar mi postura de libertad.
Me acordé entonces de que Cristo había escrito una vez. Solamente una vez: sobre el polvo de
la explanada del templo de Jerusalén. Nadie supo ni sabrá jamás las frases que escribió; ni
sabemos tampoco qué manos o qué pies borraron aquellas palabras que eran la primera carta
escrita por las manos mismas de Dios a la humanidad.
Pero aunque nadie conozca aquellas palabras, sabemos sin embargo una cosa: el fruto que
produjeron; sirvieron para salvar de la muerte a una mujer, la arrebataron de las manos
llenas de piedras de unos jueces improvisados e hipócritas, le enseñaron a la historia que el
permitirse el lujo de juzgar a un hombre sin piedad es un pecado mucho más grave que
cometer un adulterio; que no es el pecado lo que condena definitivamente, sino la falta de fe en
la regeneración del hombre; que para el cristiano, finalmente, esto supone una falta de fe en
aquel que lo ha creado y redimido.
La página evangélica de la mujer sorprendida en adulterio y arrastrada por «los escribas y
fariseos» hasta el atrio del templo, donde Cristo estaba enseñando una doctrina revolucionaria
de liberación del hombre: «no he venido por los sanos, sino por los enfermos; no por los justos,
sino por los pecadores», será para mí durante toda mi vida la página de la Biblia más rica en
humanismo religioso.
La misma Iglesia, que siempre ha sentido la tentación de reducir la misericordia de Cristo y de
ponerse de parte de aquellos que creían justo y normal apedrear a la adúltera, se escandalizó
durante mucho tiempo de esta narración evangélica, hasta el punto de que originalmente esa
página no formaba parte del evangelio de san Juan. Falta en los manuscritos griegos más
antiguos, en las primitivas versiones siriacas y en las versiones coptas. Se encuentra, por el
contrario, en algunos manuscritos de la antigua versión latina.
Desconocida prácticamente hasta el siglo xi por los escritores eclesiásticos griegos, es conocida
por los latinos a partir de san Paciano de Barcelona y de san Ambrosio en el siglo iv. La
narración, sin embargo, proviene de una tradición antiquísima y su historicidad es
indiscutible. Por eso, el concilio de Trento la admitió definitivamente en el canon.
Probablemente no la aceptaron al principio entre los evangelios canónicos, dice un biblista
moderno, porque parecía inconciliable con la rígida disciplina eclesiástica en relación con el
pecado del adulterio.
Pero incluso hoy, a pesar de que la Iglesia no tiene ninguna duda sobre su autenticidad, sigue
siendo una página tabú para muchos católicos dogmáticos. Una página que apenas se predica
y de la que todavía no se ha sabido captar toda la fuerza dialéctica de contenido humano.
Los escribas y los fariseos, hombres de la ley, tropiezan con Cristo amigo de los hombres. Los
escribas y los fariseos, símbolo según el maestro de la hipocresía y del formalismo jurídico, que
lo seguían para «sorprenderlo», en contraposición con el pueblo que lo seguía para
«escucharlo», llegando a bendecir el vientre que lo había llevado, intentan aprovecharse de la
situación de una mujer cogida en adulterio para poner en dificultades al profeta. Al llegar
hasta donde Jesús estaba enseñando, no dejan escapar la ocasión de presentarle un caso
complicado, ya que su mansedumbre con los pecadores y con los débiles les tenía
escandalizados.
La ley permitía lapidar a aquella mujer; ¿irá acaso Cristo en contra de la ley de Moisés? ¿O
renunciará más bien a su aureola de misericordioso? El dilema estaba bien claro.
«Maestro, le dicen, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la ley ha
mandado lapidarla. ¿Tú qué dices?» (Jn 8, 4).
Todos los ojos se dirigen hacia él, esperando su respuesta. La esperan como si se tratara de un
botín de guerra. Están de pie. Cristo está sentado. La mujer en medio, entre dos fuegos.
Cristo no se levanta. Ni siquiera los mira. Era la repugnancia instintiva del Hijo del hombre,
del puro, frente a aquellos que estaban prostituyendo la imagen del hombre, atreviéndose a
condenar a otro hombre, un hombre hecho del mismo barro que ellos.
«Inclinándose, empezó a escribir con su dedo en la tierra», dice el evangelista.
Era el primer autógrafo del creador en nuestra historia. Y era un escrito crítico y
contestatario. Irritados por la postura despreciativa de Cristo, los escribas y los fariseos,
fingiendo quizá que no entendían lo que estaba escribiendo e intentando interrumpirlo para
que dejase de escribir unas palabras que empezaban a pesarles, como si excavase en su propia
carne, insisten obstinadamente en su pregunta para arrebatarle el botín de una respuesta
comprometedora.
Al final, Cristo se decide a levantar la mirada y a leer su propio escrito: «El que de vosotros
esté sin pecado, que tire contra ella la primera piedra».
Y sin volver a mirarlos, siguió escribiendo, quizá unas frases más explícitas, más personales,
más duras. Esta vez ya no volvieron a preguntar más ni se atrevieron a quedarse allí: «Se
marcharon uno tras otro, nos dice el evangelio, empezando por los más viejos» (Jn 8, 9). Se
quedaron solos, cara a cara, la inocencia y el pecado, el creador y la criatura, la fuerza y la
debilidad, la vida y la muerte, la libertad y la esclavitud. Pero Cristo, el más libre de los
hombres, el que supo demostrar con su sangre qué precio tenía para él cada uno de los
hombres, el que nos ha enseñado que la dignidad del hombre hunde sus raíces en su propio ser
y no en sus posesiones y que la grandeza de Dios consiste en salvar y no en condenar, frente a
aquella mujer humillada y arrepentida, imagen viva de todos los débiles de la historia
condenados, no por ser más pecadores que sus jueces, sino porque son más débiles e indefensos
que ellos, esta vez se pone de pie, en señal de respeto frente a la debilidad doliente y ultrajada.
No se levantó ante los escribas y los fariseos, los grandes de Israel, los jueves de la pecadora. A
esos no hizo más que mirarlos, para llenarlos de vergüenza. Pero a la mujer la mira para
redimirla y restituirle toda su dignidad humana y divina.
«¿Nadie te ha condenado?»
«Nadie, Señor».
Es la primera vez que se escucha la voz de la mujer. Frente a sus jueces no se atrevió a
defenderse: sabía muy bien que las razones no valían, ni tampoco la verdad, ante aquellos que
no buscaban la justicia, sino la venganza y la instrumentalización de los débiles.
Pero delante del maestro, sí. Quizá, postrado en tierra, más cerca del polvo que los demás,
había sido la primera en leer el autógrafo de Cristo y en entender que aquello representaba su
«absolución».
«Tampoco yo te condenaré. Vete en paz y en adelante no peques ya más», esto es, no vuelvas a
renunciar a tu verdadera libertad y dignidad.
Tampoco Cristo, que tenía derecho a lanzar contra ella la primera piedra porque era el único
inocente, se atrevió a condenarla.
Cristo, la única vez que escribió en su vida, lo hizo para salvar una vida, en defensa del
hombre que no tiene a nadie que lo defienda y en contra de aquellos que surgen como jueces
improvisados con la sentencia de muerte ya entre las manos.
Lo hace para poner al desnudo la hipocresía de aquellos que se atreven a juzgar
superficialmente y a condenar a un hombre, mientras que él, el Dios del cielo y de la tierra,
dice que no ha venido para juzgar: «Yo no juzgo a nadie».
Cristo se presenta como el verdadero hombre libre que no se deja atrapar por las intrigas de
los poderosos, como el verdadero Hijo del hombre para el que la ley, que será siempre
necesaria y que por eso él no quiere destruir, está al servicio del hombre y no el hombre al
servicio de la ley. La primera vez que Cristo se decide a escribir, lo hace para salvar a un
hombre condenado por la ley.
Es la sabiduría que se pone al servicio de la redención de la humanidad.
Es la inocencia que se pone al servicio de la debilidad humana, no para contaminarse con ella,
sino para iluminarla con su luz y con su fuerza.
Seguramente estaba también presente la mujer adúltera cuando Cristo exclamó: «Yo soy la luz
del mundo; quien me sigue, no camina entre tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,
12). Sus palablas escritas eran luz, capaz de dar la vida a todos los que están al borde de la
muerte y de la desesperación humana.
Una luz que ha revestido, que ha abrazado a todos los que reconocen su propio frío, su propia
tiniebla, su propia soledad, su propia pobreza, su propia impotencia, su propia desnudez,
mientras que ha sido tiniebla, dureza y afrenta para todos los que, capaces de condenar a un
hombre en vez de salvarlo, se han hecho impotentes para apreciar la belleza de las perlas que,
según una expresión dura y plástica de Cristo, «no hay que echarlas a los puercos».
Cristo escribe en la tierra para que la tierra misma grite en favor del ser humano, que es rey
de la creación. Para salvarlo no sólo espiritualmente, sino también corporalmente.
En efecto, Cristo no se limita a bendecir a la adúltera y a perdonarle su pecado mientras
muere bajo la lluvia de piedras. Le salva también la vida. Y lo hace sin recurrir a milagros
espectaculares. Lo hace con la fuerza de la palabra escrita en el polvo, con su fuerza moral de
profeta, con el esplendor de su inocencia personal: «¿Quién me acusará de pecado?»
Por esta razón, desde que descubrí que Cristo, la primera y la única vez que escribió, lo hizo
para librar a una pobre mujer de la muerte, para obligar a los jueces a que perdonasen su
pecado, para enseñarles que la propia conciencia está por encima de la ley y que el hombre no
tiene que sentirse aplastado por ninguna ley que vaya en contra suya, negándole toda
posibilidad de regeneración, desde entonces he comprendido que el hecho de ser cristiano no
sólo no menoscaba mi libertad como escritor, sino que incluso le confiere nuevas dimensiones.
Desde entonces Cristo en mi vida me ha servido para descubrir mejor las exigencias de
libertad que urgían en mi conciencia, para poner la defensa del hombre y su liberación de toda
esclavitud en el centro de mis intereses, no ya sólo humanos, sino religiosos.
Si ha habido en mi actuación alguna rémora que me ha humillado, esto no se ha debido al
Cristo de mi fe, sino a ciertas estructuras sociales y religiosas que, en vez de inspirarse en el
Cristo que libera, se han servido de él para impedir las exigencias más legítimas de libertad.
He comprendido que es la verdad lo que me hace libre y que Cristo me ha enviado a gritar la
verdad, «incluso por encima de los tejados».
Sé que no existe amor de Dios sin amor a mi hermano, a cualquiera de mis hermanos, hasta el
más anónimo de la calle.
Sé que Cristo ha dado su propia vida por ese hombre anónimo, ultrajado, humillado, hundido
en las redes del pecado.
Sé que Cristo fue levantado en la cruz ciertamente por las únicas palabras que escribió en su
vida: porque, si entonces los escribas y fariseos se marcharon llenos de vergüenza, no se
convirtieron desde luego, sino que se pusieron a acechar otra ocasión.
Sé que como cristiano puedo rechazar como anti-Cristo todo cuanto puede alienar a un
hombre.
Sé que no hay límites que me cierren a ninguna dimensión humana, ni física ni espiritual.
Sé que el mismo Cristo me ha enseñado que ninguna ley exterior de mi Iglesia-estructura
puede suplir delante de él a la voz imperiosa de la conciencia, que es el eco claro de la primera
palabra que el creador escribió en mi corazón.
Y sé también, porque él me lo ha enseñado con su ejemplo, que frente a un conflicto entre la
ley y la salvación de un hombre, tengo que escoger la salvación del hombre.
Un magistrado, antes de entrar en cierto partido político, preguntó: «En caso de conflicto entre
mi conciencia y el partido, ¿por quién tengo que optar?» «Por el partido», le respondieron.
Y él optó por su conciencia, abandonando el partido.
Puedo asegurar con alegría que, si le hago esta pregunta a mi Iglesia, tendrán que
responderme en nombre del mismo Cristo: «Tu conciencia». Por eso, como escritor cristiano,
puedo y tengo que contribuir a que el hombre tome conciencia de su libertad, esto es, de su ser
más profundo.
Si no lo hago, no sólo no soy un escritor genuino, sino que tampoco soy un escritor cristiano,
porque es precisamente Cristo el que me asegura que existe la posibilidad de que el hombre
encuentre su libertad perdida. Se trata de una batalla en la que vale la pena arriesgar no sólo
el honor y el dinero, sino la propia vida. Porque, desde que Cristo se hizo hombre, yo no puedo
sentirme libre mientras exista un solo hombre esclavo. Mi libertad empieza donde empieza la
libertad de los demás y no donde termina.
LA TENTACIÓN DE CAMBIAR A LOS OTROS.
El hombre sólo puede realizarse plenamente si se le permite ser «imagen del creador».
Y para ello no es necesario que conozca explícitamente a Dios.
Porque todo hombre lleva en sí mismo una fuerza que le empuja a ser semejante a quien le ha
creado.
Las palabras de san Agustín: «Nos hiciste para ti y no estaremos tranquilos hasta que
descansemos en ti», siguen siendo modernas en el campo de la actual psicología.
El hombre, en realidad, se sigue sintiendo atraído continuamente por algo que va delante de
él, por algo que vive en su interior y que es distinto de él.
Todo hombre realmente vivo siente el mordisco del «más».
En el fondo todo hombre sigue teniendo vocación de Dios. También los que le niegan y
rechazan.
Un hombre satisfecho es un medio hombre.
«El que no ama está muerto», dice san Juan; pero el amor es dinamismo, es conquista, es
creación, es mañana.
Cuando un hombre dice que quiere «ser él mismo», que quiere «realizarse», en realidad está
diciendo que quiere poder llegar a ser todo aquello a lo que le empuja su tensión interior, su
deseo más profundo, su esperanza más legítima.
Pero todo deseo profundo y toda esperanza verdadera nacen del Dios que vive en nosotros, que
es antes que nosotros y que crea y sostiene nuestra misma existencia.
Ser semejante a quien me ha creado es una exigencia y un derecho al mismo tiempo.
Pero si es un derecho ser semejante a Dios es un deber de cada hombre respetar este derecho
en los demás.
Por tanto nadie puede pretender, ni permitir que el hombre sea plasmado a imagen y
semejanza de ninguno. Nadie puede pretender sustituir al creador en este trabajo que es el
más sagrado del ser humano.
Y sin embargo si tenemos tan pocas imágenes verdaderas del Dios vivo y creador, del Dios
inexaurible, es porque hemos cometido el grave pecado de intentar formar a los hombres a
nuestra imagen y semejanza.
Se trata de un abuso de autoridad que clama al cielo.
Y este pecado tiene muchos niveles y nace ya en el mismo seno de la familia alargándose
después a toda autoridad y poder humano.
Nos emociona cuando el niño imita a su padre o a su madre hasta en los gestos de la mano;
cuando los chinos rezan en nuestra lengua; cuando el discípulo se convierte en un disco
perfecto del maestro, cuando el súbdito se convierte en la expresión mecánica del superior.
Pero si Dios es infinito existen infinitas posibilidades de imágenes de Dios que son una prueba
y un fruto de su inagotabilidad.
Desde hace muchos años me impresiona la afirmación de un famoso psicólogo ruso que afirmó
que no existen ni existirán jamás en la tierra dos madres que amen igual, y la de .un teólogo
alemán que asegura que no existen dos imágenes gemelas de Cristo en el corazón de los
creyentes.
Somos todos diversos a pesar de estar penetrados por una misma corriente de vida y de amor.
Querer matar esta verdad es injuriar al creador.
Todo hombre tiene el derecho de ser diverso para poder ser una imagen única del creador y de
que se le respete este derecho, sin ingerencias de ninguna especie.
A ningún hombre ni a ninguna institución ha confiado el creador la misión ni la autoridad de
plasmar a otro hombre a su imagen y semejanza. Ni siquiera Cristo tenía esa misión. No dijo
nunca: «sed como yo», sino más bien «sed perfectos como vuestro Padre es perfecto». A lo sumo
afirmaba: «aprended de mí», es decir, aprended a liberaros de todo aquello que os impide ser
vosotros, ser libres, ser buscadores de la voluntad del Padre, ser esa imagen única del creador
que es irrepetible.
Basta ver que cada uno de los apóstoles que se formaron al lado de Cristo mantuvo hasta el
ultimo momento de su vida su personalidad y su característica propia de una forma
verdaderamente sorprendente. Cristo no les plasmó en serie; no les sustituyó, les puso
únicamente en camino para que encontrasen su sendero en medio del gran camino de la luz.
Pero si el principio puede parecer sencillo y fácilmente aceptable, en la práctica basta echar
una mirada a la historia y aún a la más reciente para comprobar el terrible abuso y hasta los
crímenes execrables realizados por los hombres o por las instituciones para plasmar a los
demás a «nuestra imagen y semejanza».
El que es incapaz de ser libre pretende que todos sean esclavos.
El que tiene miedo al amor querría que todos secaran su corazón.
El que no sabe vivir sin dominar pretende que el hombre ha sido creado para obedecer y no
para crear y decidir comunitariamente en nombre de quien le ha dado el mandamiento de ser
«rey» de cuanto existe.
El que sólo sabe concebir una Iglesia de color negro pretende que los cristianos confiesen que
Cristo es monocolor.
El que no puede comprender que exista una idea mejor que la suya se hace incapaz para un
diálogo y una relación humana con sus semejantes que sea enriquecimiento mutuo.
En efecto, la primera exigencia para crear una comunión con los demás hombres es la
convicción, anterior al diálogo, de que nadie es completo porque todos somos «imagen» de Dios,
pero nadie es Dios; y de que cada ser humano posee una riqueza propia y única que puede
comunicar a los demás.
Si cada hombre es casi un Dios, como dice el salmista, es evidente que todos y cada uno
poseemos una riqueza propia escondida o manifiesta.
Ningún hombre puede ser sustituido por otro, ni podrá jamás darme Pedro lo que debe darme
Pablo.
En realidad cada hombre necesitaría de la comunión de todos los demás hombres para
realizarse plenamente.
Quizá sea eso lo que queremos decir cuando afirmamos que Cristo es el único hombre perfecto,
completo, definitivo que recapitula en sí a toda la humanidad.
Y es que sólo él está en comunión vital con todos y cada uno de los hombres e incluso con la
creación misma. Por eso contiene en sí la suma de todas las riquezas individuales de los
hombres.
Sin esta fe y esta esperanza de que cada hombre que pasa a mi lado me trae una imagen
nueva de Dios, un latido diverso del amor, una participación única al gran misterio de la
humanidad, será imposible un diálogo auténticamente humano y creativo.
En este contexto es evidente que no cabe la afirmación del autor de La imitación de Cristo:
«Cada vez que he estado con los hombres he vuelto menos hombre». Pienso que en sano
cristianismo más bien podemos decir: «Cada vez que entro en comunión con otro hombre soy
más Cristo». Partiendo de esta realidad deberíamos ser muy cautos en nuestro deseo innato de
querer cambiar a los demás en vez de aceptarlos como son. En principio, cada vez que me
encuentro frente a otro hombre mi primer impulso deberá ser respetarle, aceptarle como es,
sin caer en la tentación de pensar que debo cambiarle por el mero hecho de que no es como yo.
Es fácil pensar que es «negativo» y «condenable», y por tanto «corregible», todo aquello que no
cuadra con nuestros esquemas.
La triste realidad de la vida nos enseña que en la mayoría de los casos lo que deseábamos
cambiar por ser distinto de lo nuestro, en realidad era una riqueza mayor que la nuestra o por
lo menos diversa.
Por eso, este aceptar a los demás como son, no es sólo una exigencia del respeto que debemos
tener por la conciencia de los demás, aún en el caso de que fuera equivocada, sino sobre todo
un deber que nace de nuestra fe en la rica diversidad de cada hombre.
Normalmente lo que separa a los hombres y les impide la comunión entre ellos es la ideología
y hasta la religión, entendida esta última como institucionalización de la fe. En cambio lo que
les une es la voluntad sincera de entrar en comunión vital con el otro.
Por eso el diálogo deberá realizarse sobre todo a escala humana, de comunión existencial.
Las ideologías son lo que son y no cambiarán. Podrán morir pero no cambiar. Son los hombres,
que encarnan o han encarnado una ideología, quienes pueden cambiar. Es sólo el amor lo que
puede hacer a los hombres iguales y diversos al mismo tiempo y el amor es más profundo y
más consistente que cualquier ideología.
Por eso el cristianismo, no tanto como religión cuanto como fe cuya dinámica es el amor, puede
pretender abrazar en una sola comunidad a todos los hombres de cualquier ideología y de
cualquier cultura, que no nieguen el amor como la última dimensión de todo y de todos. Por
eso el cristianismo no es un credo, sino la fe en una persona histórica, muerta y resucitada,
que sigue viva y presente en la historia como la fuerza misma del amor.
Pero para entrar en comunión con el otro no basta que acepte por fe que mi prójimo es diverso
y que posee una riqueza diversa de la mía, es necesario que me lance en la corriente dinámica
del amor a él y a sus cosas.
No existen personas que sean sólo personas, es decir que vivan separadas de lo que hacen, de
lo que aman, de lo que las rodea. No existen hombres desencarnados ni en serie. Cada hombre
es él y su mundo, él y sus lágrimas, él y sus esperanzas, él y su vida pública y privada. Por eso
si quiero comulgar con mi prójimo tendré que amarlo completamente y deberé demostrarle
esta autenticidad de mi amor por él y sus cosas.
Será inútil por ejemplo entrar en comunión con la mujer-madre si no amo también el fruto de
sus entrañas, si separo su persona del hijo que constituirá seguramente la mitad de su vida.
No puedo amar a un amigo y desinteresarme de sus amigos.
No es posible entrar en comunión de diálogo con el artista si éste no advierte que amo también
sus cuadros, sus estatuas, su composición musical, su teatro, su película.
Ni podré amar al campesino si no amo su pedazo de tierra, sus bueyes y sus conejos.
No podré comulgar con el hombre que cree si desprecio su mundo religioso, ni al no-creyente si
no amo la sinceridad de su no-creencia y en algún modo la hago mía.
Y todo esto hecho no por estrategia o por diplomacia, que sería blasfemo, sino realmente,
vitalmente.
En realidad bastaría amar de verdad a la persona que tengo delante para que inmediatamente
me sienta atraído por su mundo y ame también sus cosas. Lo que suele ocurrir con la persona
de la que nos enamoramos completamente, es decir que nos enamoramos también de su
mundo aunque ayer fuera para nosotros desconocido, deberíamos elevarlo a escala universal si
nuestro amor por el prójimo, si nuestro deseo sincero de entrar en comunión con los demás,
fuera un compromiso de vida.
La comunión es siempre un esfuerzo por eliminar los obstáculos para entrar lo más
profundamente en el mundo del otro. Pero el mundo de cada hombre es terriblemente
delicado, sagrado, temible, complejo.
El hombre lleva todavía mucho del miedo de la selva en sus venas. No se fía fácilmente del
otro; es desconfiado por naturaleza. Por eso es necesario ser enormemente delicados para no
herir, para no imponerse, para no humillar, para no dominar. El hombre es siempre una
mezcla de impotencia y de autosuficiencia. Rechaza casi por instinto lo que es perfecto por
temor a que le anule, a que le aplaste o a que no le sirva para resolver sus problemas. Por eso
la encarnación y la aparición de Dios en la tierra cargado con todas nuestras limitaciones no
obstante su dimensión divina, es un acto grandioso de la sabiduría.
Dios, en Cristo se hace comprensible, aceptable, amable, amigo.
Un Dios que llora, un Dios que tiene que huir del tirano, un Dios que necesita refugiarse en el
calor humano de los amigos, un Dios que suda sangre de tristeza, un Dios que se siente
abandonado en el momento supremo de la muerte, es un Dios que ya no aterra al hombre débil
y frágil. Por eso el abrirnos al otro con sinceridad, sin máscaras, no sólo no estorba sino que
ayuda a la comunión con él.
Cuando mi prójimo sabe que yo también soy limitado, que me encuentro en camino, sin
soluciones para muchos problemas, sin respuestas demasiado dogmáticas, fácilmente se abrirá
a mí en la esperanza y en la amistad, creciendo así la posibilidad de crear una comunión de
búsqueda honrada. Sabrá entonces que también él tiene la posibilidad de darme, de
enriquecerme, de abrirme a la luz.
Y junto con mi libertad de espíritu para abrirle la puerta a mis fragilidades, debo tener la
grandeza de no ocultarle cuanto de valor veo en él; de ayudarle a descubrir su riqueza.
En el fondo todo hombre tiene poca fe en sí mismo aunque pueda aparecer a veces lo contrario.
Por eso todos somos sensibles a que alguien crea realmente en nosotros y nos revele nuestro
mundo mejor.
Alguien podría decir ante nuestras reflexiones acerca de esta comunión existencial y cristiana
con el prójimo: ¿para qué necesito yo esta comunión? ¿por qué debo entrar en diálogo con mi
hermano?
Personalmente creo que este deber, esta exigencia de comunión con mi prójimo, que hoy siente
de un modo especial la nueva generación joven y que lo demuestra a partir de la expresiones
más sencillas del grupo, del club, de la amistad, para llegar a la verdadera comunidad, nace no
de una moda que podrá pasar sino de una exigencia que toca la esencia misma del hombre.
Hoy somos más conscientes de esta exigencia y comprendemos mejor que ayer que el hombre
no puede ser verdadero hombre sin los demás.
Un hombre solitario física o espiritualmente será siempre un hombre incompleto.
Todo sociólogo, creyente o no, admite que el hombre ha sido creado para integrarse a través de
los demás. Pero para el cristiano esta exigencia es más que humana. Nace del misterio mismo
de la vida íntima de Dios.
El hombre sólo puede ser verdadero hombre si es imagen del creador. Pero es dogma de fe que
nuestro Dios no es un «solitario». Nuestro Dios es «comunidad»; eso significa que Dios es
«trinidad». En Dios existe una verdadera comunidad en la cual los miembros mantienen su
personalidad hasta el máximo. Tanto que se trata de tres personas «distintas»; pero unidas
entre sí con tal fuerza que forman una sola cosa. Hasta el punto que sólo podemos hablar de
«un Dios», y no de tres. Se trata de una unión total y perfecta creada por el amor.
Ahora bien, es este Dios, no solitario sino comunidad, quien ha creado al hombre a «su imagen
y semejanza», es decir lo ha creado con la exigencia de ser comunidad para ser verdadero
hombre. Y esto el ser humano no puede realizarlo en sí mismo, como Dios, sino que debe
obtenerlo a través de sus semejantes.
Si el hombre se niega a esta dimensión renuncia a ser hombre. Por eso la comunión entre los
hombres en todos los niveles es exigencia y no moda; necesidad y no sólo deber; es un derecho
que se adquiere con la creación.
LA ALEGRÍA DE PODER LLAMAR DE «TU» A DIOS.
El pueblo de Dios, bajo su esfuerzo personal de búsqueda y ayudado por el Espíritu va
poniendo de relieve en cada momento histórico alguna de las verdades reveladas por Dios al
hombre.
Esto no significa que niegue o desprecie otras verdades que ayer estuvieron en primer plano
de la actualidad de la fe. Demuestra, más bien, que el hombre necesita buscar siempre, en
todos los campos, sin excluir el campo de la fe; que siente siempre el aguijón de lo infinito y
que más que vocación de guardián de museo se siente llamado a abrir caminos nuevos y a
penetrar en todo terreno virgen. Y esta vocación descubridora del hombre se ve continuamente
estimulada por el Espíritu de Dios que sopla en el hombre cuando quiere y como quiere
aunque la medida será siempre la generosidad del hombre a su vocación de descubridor.
Y esto tendríamos que tenerlo muy presente cada vez que, en materia de fe, el pueblo de Dios
advierte el empujón a profundizar en ciertas verdades que quizá nunca se habían negado, pero
que tampoco se habían afrontado en toda su profundidad y terrible grandeza.
Hoy, por ejemplo, una de estas verdades que se van revelando cada vez con mayor claridad y
pasión ante el terror de unos y el entusiasmo de otros, es la consecuencia teológica del dogma
de la encarnación.
Cristo es el Dios que se hace hombre para que el hombre pueda descubrir y vivir la tremenda
realidad de ser «dios».
La Palabra de Dios se hizo tan realmente hombre en Cristo que para no pocos resulta difícil,
sin la fe, por la sola Escritura, demostrar que era verdadero Dios y no un enviado especial de
Dios a la humanidad. Pero al mismo tiempo el hombre se descubre en la encarnación y en la
resurrección tan identificado con Cristo, tan realmente Cristo, tan verdaderamente hijo de
Dios, que le aterra el reconocerlo, y después de veinte siglos seguimos con el miedo de afirmar
y de gritar que somos Cristo, que somos dioses.
Nos queda aún el miedo ancestral del antiguo paraíso donde el primer hombre y la primera
mujer queriendo usurpar mágicamente la grandeza de Dios, perdieron hasta sus mejores
privilegios humanos.
Pero nos hemos olvidado, como me decía un anciano eremita ciego desde los ocho años: «que lo
que el hombre quiso apropiarse contra Dios por su cuenta, Dios se lo ha ofrecido libremente
como un don supremo de amor. En Cristo el hombre se convierte en Dios, en hijo de Dios: es
Cristo». Y añadía: «por eso yo no me considero ciego, pues cuando se ve con claridad esta
grandiosa realidad se vive ya en la luz definitiva y se saborea la felicidad».
Con esta afirmación de que el hombre es Cristo y por tanto el hombre es Dios, no negamos que
el hombre que se descubre Dios en Cristo no pueda revelarse contra Dios Padre. Al contrario:
es en ese preciso momento de suprema grandeza cuando el hombre puede rechazar
conscientemente a su creador. Yo sólo puedo revelarme auténticamente contra alguien que
esté en mi mismo plano; sólo puedo preferirme a Dios —y sería el infierno— cuando me siento
realmente hijo de Dios, Cristo.
También Cristo, que era la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, tuvo que someterse a la voluntad
de su Padre y le costó sangre preferir su voluntad a la propia. En él existía la dependencia de
filiación aun siendo verdadero Dios y una sola cosa con el Padre; en nosotros que somos Dios
en Cristo, existe la dependencia de creación y de redención.
Pero no por eso dejamos de ser dioses, de ser Cristo mismo.
Los padres que engendran de su carne y de su sangre un hijo, le hacen «hombre» como ellos
por un acto de libertad y de amor. En el hijo existe siempre una dependencia de generación y
de gratitud hacia quien le ha dado la posibilidad de ser hombre como él. Pero no por esa
dependencia se deja de ser verdadero «hombre» como sus padres.
Nosotros «nacemos de Dios»; Dios nos engendra realmente y nos hace dioses. Si el hombre no
fuera realmente Dios, Dios no hubiera podido hacerse hombre. Nadie se imagina a Dios
encarnándose en un perro o en una flor. Un diálogo de amor sólo puede establecerse —sin
hipocresías y sin atentar contra la naturaleza— entre seres de la misma especie. Si el hombre
no fuera Dios, Dios no podría dialogar con él, no podría llamarle amigo ni hijo. Dios nunca
dialogará con una ballena si antes no la hace dios, de su raza.
Cristo mismo anunció a los suyos: «Mayores cosas de las que yo he hecho haréis vosotros». ¿Es
posible que un hombre pueda realizar mayores cosas de las que realizó Cristo sin que sea
Cristo con él y como él?
Y el Espíritu Santo «debería revelarles todas las cosas». ¿Pueden revelarse todos los secretos
más íntimos a alguien que no esté a su nivel?
Dios nos ha amado con toda su tremenda capacidad de amor. Por eso el sólo aceptar el diálogo
de amor con Dios nos hubiera hecho ya dioses. Pero es el mismo Cristo quien recuerda que ya
desde el principio Dios creó al hombre «dios». Se trata de uno de los pasajes más significativos
de san Juan que hemos mantenido demasiado en la sombra hasta ahora.
En el capítulo 10 del evangelio de san Juan se narra el escándalo de los judíos ante Cristo que
al proclamarse «una sola cosa con el Padre» se revela como Dios. Ante este escándalo que lleva
a los judíos a acusar a Cristo de blasfemo él se defiende con una fuerte carga de ironía: «¿No
está escrito en vuestra ley: yo dije: sois dioses»? (Sal 81, 6). Y Cristo añade: «Y no puede ser
abolido esto de la Escritura».
Es como si les dijera: ¿Os escandalizáis de que yo me presente como el Hijo de Dios,
identificado con el Padre, cuando en la Escritura está escrito que Dios mismo ha afirmado que
todos vosotros sois dioses? Y es muy gráfico su inciso: «Y no puede ser abolido esto de la
Escritura», como diciendo: aunque os escandalicéis, aunque no lo hayáis nunca entendido ni
creído, Dios os llama «dioses» a vosotros los hombres.
No sé si hemos pensado suficientemente en el hecho de que Cristo mismo con toda su
autoridad interprete la afirmación más tremenda de toda la Biblia: la realidad de que Dios ha
creado al hombre un verdadero «dios».
Incluso las palabras del Génesis: «Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya», habría
que interpretarlas a la luz de este salmo en el que el Espíritu Santo pone en boca de Dios una
afirmación aún más radical: «sois dioses» y Cristo lo confirma con toda su autoridad echando
en cara a los judíos su ceguera porque se escandalizan de que él se presente como el Hijo
primogénito del Padre, cuando en realidad todos los hombres son verdaderos hijos de Dios.
Pero si antes de Cristo esta verdad podía asustar a la humanidad, después de la encarnación
el cristianismo debería haber tomado mayor conciencia de esta «identificación» con Cristo. Y
sin embargo hemos sido muchas veces nosotros los cristianos quienes más miedo hemos tenido
a enfrentarnos con esta verdad que hubiera podido liberar al mundo de sus cadenas y
revelarle su terrible y gozosa grandeza, su dignidad. Más bien hemos dado la impresión de lo
contrario: de querer convencer al mundo a través de nuestra fe de la pequenez del hombre, de
su inutilidad, de su continua minoría de edad, de su distancia de Dios, de su esclavitud frente
al creador.
Y es doloroso que hayan sido a veces tantos hombres fuera del cristianismo o al margen de
toda fe, quienes hayan comenzado a intuir —para bien o para mal— que en realidad el hombre
puede realizar las obras que hasta ayer pensábamos como exclusivas de la acción directa y
personal de Dios.
Ellos sin creer ni conocer quizá las palabras de Cristo: «mayores cosas de las que yo he hecho
haréis vosotros», han creído de verdad en la posibilidad del hombre de continuar la obra de la
creación, de perfeccionarla, de dominar la materia, de transformarla sin límites, de entrar en
el misterio más profundo del mismo ser humano, de no detenerse ante ninguna conquista de la
ciencia por espectacular e increíble que fuese.
Hoy sabemos que el hombre posee la capacidad y probablemente hasta los medios para poder
destruir la misma obra del creador. Todos los animales juntos de la tierra no podrían cambiar
un centímetro el ritmo de la naturaleza ni del cosmos.
Hoy el hombre puede empezar a destruir la creación, puede desintegrar la materia, puede
cambiar la naturaleza del hombre manipulando en el corazón mismo de la vida.
Es terrible, diréis; pero también es grandioso.
Hoy no existen ya límites para la ciencia. Ni siquiera el misterio de la muerte parece estar
reservado eternamente a la obra directa de Dios. ¿No podrá el hombre con sus fuerzas llegar a
vencer un día la muerte biológica?
Para el no-creyente no es difícil pensar que el hombre posee, por lo menos en potencia, la
fuerza misma de Dios.
Para el creyente sólo cabe aceptar que Dios ha creado al hombre de verdad un «dios» con todas
sus consecuencias: hasta con la más terrible de poder enfrentarse contra él y su obra y negarse
a aceptar un diálogo de amor a través de Cristo, con quien todo hombre se identifica.
Pero junto al temblor natural del hombre que se descubre «dios», no puede faltar al cristiano el
éxtasis de alegría de reconocerse «Cristo», de sentirse sentado a la mesa misma de Dios, de
descubrirse infinito y capaz de llamar a Dios de tú y de poderle amar de verdad con el mismo
amor con que él se ama y nos ama.
POR QUE TIENE MIEDO EL HOMBRE.
El hombre sigue teniendo miedo a la libertad. Por eso el poder tiene las manos más libres para
encadenarle. El poder nunca dirá que intenta recortar la libertad del hombre sino más bien
que pretende protegerla. Las estructuras de poder, para mantenerse prósperas, necesitan
alimentar en el hombre los últimos restos de nostalgia de esclavitud.
El hombre siempre ha amado su libertad como uno de los mayores bienes, pero al mismo
tiempo lleva, desde siglos, los hombros cargados de miedos. El hombre ama la libertad pero
ama aún más el orden, la tranquilidad, la seguridad.
Cuando Moisés conducía los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida,
descubrió que los esclavos no siempre acogían con gusto a sus libertadores. Como decía
Shakespeare, preferían soportar sus males que caer en manos desconocidas. Preferían las
plagas de Egipto a las pruebas de la emancipación.
cuando Cristo mismo, en la región de los gerasenos libra a dos hombres de sus demonios a
quienes obliga a entrar en los cerdos dice Mateo que «toda la ciudad salió al encuentro de
Jesús y, viéndole, le rogaron que se retirara de sus términos». En un próximo filme de Enzo
Siciliano se pone en boca de Cristo esta magnífica respuesta a los gerasenos: «Vosotros lo que
queréis es seguir siendo esclavos: tenéis miedo a la libertad».
es que el hombre, con frecuencia, aun deseando ser libre se deja después subyugar con
facilidad. Y esto acontece tanto en el orden civil como en el religioso.
Cualquier pueblo medianamente desarrollado desea hoy ser democrático. Más aún si ha
masticado la dura experiencia del fascismo. Sin embargo apenas empieza a sufrir el inevitable
tributo que debe pagar toda libertad auténtica, empieza a sentir el cosquilleo de la nostalgia
del orden y a suspirar por los viejos Mussolinis.
Quienes aman el poder usan muy bien de esta arma y de esta debilidad innata del hombre que
fue alimentado desde antiguo a los pechos del miedo. Y de tal modo abusan y de tal manera
llegan a encadenarle que aun cuando un pueblo se despierta y quiere cargar libremente con
toda la responsabilidad de su libertad, muchas veces se siente físicamente imposibilitado para
hacerlo. Es el caso hoy de Checoslovaquia y mañana podrá serlo de España, por ejemplo.
Y sin embargo el hombre no llegará nunca a su madurez personal y colectiva sin ser
verdaderamente libre. El hombre no será persona sin el ejercicio real de su libertad. El
hombre sólo podrá ser semejante a Dios cuando se le permita ser libre, porque Dios es libre y
Dios creó al hombre semejante a él, confiándole toda la responsabilidad de su libertad.
Dios, al crear al hombre, le prohibió una sola cosa: renunciar a ser él mismo, renunciar a su
propia responsabilidad.
Cuando, según el relato bíblico, el primer hombre y la primera mujer desobedecen al creador
en realidad renuncian a ser libres, a ser ellos mismos: desean ser como Dios: antes que el
compromiso y la responsabilidad personal de dominar la tierra, prefieren «que se les abran los
ojos para conocer el bien y el mal»; pero para conocerlo «mágicamente», sin esfuerzo personal,
sin búsqueda, sin comprometerse, pasivamente.
Pero si el hombre renuncia a ser hombre, aun bajo el pretexto de ser Dios, se traiciona a sí
mismo. Por eso Dios, al permitir al hombre subir hasta él, no lo hace obligándole a dejar de ser
hombre sino que, en Jesucristo, el hombre se hará Dios siendo perfecto hombre.
Dios prohibió al hombre sólo aquello que le impedía ser libre. Pero cuando los hombres quieren
imitar a Dios en esto y pretenden plantar árboles prohibidos en el paraíso de nuestra tierra,
abusan del poder y vuelven a caer en el pecado de Adán, porque al contrario del creador lo
hacen para impedir al hombre ser él mismo, para robarle su libertad, para evitarle la fatiga de
pensar, para ahorrarle el riesgo de su responsabilidad.
Hasta la posibilidad de pecar le quitaríamos al hombre si estuviera en nuestras manos.
Dios, en cambio, no le quitó nunca al hombre esta posibilidad, porque es una exigencia de la
posibilidad de amar.
El pecado no reside en la inteligencia sino en la voluntad.
Se peca sólo contra el amor.
Pero para amar hay que ser libres.
Amor y libertad van siempre de la mano.
Y el hombre necesita ser libre, necesita poder ser él mismo en cada momento para poder amar
en profundidad.
A un hombre que ha descubierto el amor nadie es capaz de esclavizarle. El amor es más fuerte
que el poder.
A un hombre que ama puede matársele pero no se le podrá someter.
¿No será ésta la razón por la que el poder teme tanto el amor?
En efecto, me he preguntado más de una vez por qué han sido los regímenes totalitarios, las
estructuras de poder inquisitoriales, civiles y religiosas, las que más miedo han tenido siempre
al amor. A los regímenes fascistas e imperialistas les interesa siempre una moral llamada
«rigorista» que encadene el amor aun en sus dimensiones más inocentes.
En la medida en que la Iglesia se ha estructuralizado bajo el signo del poder, ha empezado a
multiplicar los centinelas a la puerta de todo brote de amor y ha tenido miedo sobre todo al
quebrantamiento de un solo mandamiento, que no era precisamente el «mandamiento nuevo»
de Cristo.
Por eso ha puesto más interés en defender la fe que la esperanza, la moral que el amor, la
obediencia que la libertad, la diplomacia que la verdad.
es que es difícil «dominar» a hombres que conozcan la verdad, porque «la verdad os hará
libres».
es difícil mantener una estructura uniforme que ensanche el poder cuando los hombres han
descubierto que el amor es la raíz de todo y la última dimensión de sí mismo, la última
realidad ante la cual tiene que arrodillarse no sólo la ley sino hasta la misma conciencia.
Es el amor lo único que puede devolver al hombre su libertad primitiva; es el amor lo único
que puede barrer definitivamente en una persona los últimos restos de miedos ancestrales, lo
único que puede eliminar los últimos tabús y revelar el hombre a sí mismo.
El amor elimina el poder porque el amor no soporta «dominar» sino que busca «ofrecerse».
La madre sufre terriblemente cuando su hija se enamora porque intuye que el amor la hará
libre y la separará de su esfera de poder. Ya no será «suya».
La Iglesia sufre cuando los cristianos descubren que el cristianismo es la fe que revela que el
amor es la última dimensión de la vida y lo único que salva; que contra el amor no existen
leyes porque el Dios cristiano es el Dios que se ha revelado como el amor mismo, como el Dios
que juzgará sólo con el código del amor, como el Dios que ha revelado que los hombres pueden
organizarse y convivir y realizarse sin necesidad del poder, con la sola fidelidad al amor.
La Iglesia estructura de poder sufre cuando los hombres descubren esta verdad porque siente
que se derrumban sus fortalezas, que deberá conformarse con ser una Iglesia «una» pero no
«uniforme». Una sí, porque el amor hace de todos los que se aman un solo ser, pero no
uniforme porque el amor es siempre creador y toma siempre el color de los ojos de cada ser
humano y el color de su piel y el sabor de su tierra.
Si cristianismo es igual a religión del amor, Iglesia es igual a comunidad de los que aman y de
los que han creído que el amor revelado en Cristo es la última dimensión de todo.
Y si es verdad que no hay dos madres que amen igual, ni dos amores que tengan el mismo
sabor, los cristianos, profetas y reveladores del amor, pueden ser todos distintos sin dejar de
ser comunidad de creyentes en el amor.
Quien ama pertenece a la comunidad cristiana.
Quien rechaza el amor no es de la Iglesia de Cristo.
La eucaristía celebrada por diez miembros de la comunidad cristiana no tiene por qué tener la
misma fisonomía de la celebrada por otros diez reunidos en la casa vecina. Basta que ambas
nazcan de la misma exigencia de revivir la misma aventura de amor de Cristo, el hombre para
los demás.
Es el amor lo que debe dar expresión al acto. Es el amor el que crea los gestos y las palabras
para manifestarse y no al revés. El hecho de besar a una persona anónima que encuentro por
la calle, no crea el amor. El gesto por sí mismo es vacío. Pero si en mí nace un amor verdadero
hacia una persona ese mismo amor me creará y me inspirará el gesto conveniente para
manifestarle mi amor.
Si hay una cosa clara en el dogma cristiano es que la ley por sí misma no justifica ni salva al
hombre. Si acaso lo destruye porque «la letra mata» mientras que el espíritu, es decir el amor
«da la vida».
Incluso la ley que nace para proteger los derechos del débil y la libertad de los esclavos es por
sí misma infructuosa sin el amor. Luther King decía: «Las leyes pueden obligarnos a la
"tolerancia" (entre blancos y negros) pero no a la "fraternidad humana"».
Pero con el poder y las leyes se gobierna mejor y se mantiene con mayor facilidad un orden
establecido estático que no crea problemas. Con las estructuras de poder se le impide al
hombre que descubra el gusto a su libertad y sus maravillosas posibilidades de amar.
Si sustituimos la ley por el amor como hizo Cristo, hacemos a los hombres libres y eliminamos
el poder. Entonces no se puede excomulgar a Judas porque hay que respetar la conciencia de
los demás, y el mayor deberá lavar los pies al más pequeño porque el amor hace a todos
iguales. Y entonces Judas podrá traicionarte y el más pequeño, el ultimo, que era Pablo, puede
permitirse decir al mayor que «no tenía razón».
Entonces sigue siendo más posible el martirio, y la autoridad una carga y no un privilegio.
Entonces quedan las puertas abiertas para los grandes escándalos, pero también para los
amores heroicos.
Pero sólo entonces los hombres podrán ser libres, sólo entonces aceptarán libremente las
únicas cadenas que valen la pena, las que te protegen contra la corrupción del amor y de la
libertad.
Lavar los pies a mi hermano, escucharle, aceptar que la verdad la tenga él y no yo, obedecerle
en la construcción de un plano de amor para la liberación del hombre, puede ser un acto de
esclavitud, un recorte a mi libertad, pero es una esclavitud que se convierte en gozo porque
mantiene fresco el amor y lo hace posible.
La joven que se sube al coche de su novio el domingo y le dice: «llévame donde quieras, me fío
de ti», en realidad renuncia a su libertad, a su iniciativa personal, se convierte en una pequeña
esclava, pero es una renuncia que brota del amor, es un imperativo de la necesidad de darse,
es la confianza en la fuerza moral de su prójimo en cuyo amor cree y de cuyo amor se fía.
Mañana será él quien se dejará conducir; mañana obedecerá él, pues obedecer o dirigir es en
este caso lo mismo porque tiene la misma raíz en el amor profundo que les une.
Y frente al que pueda abusar de esta nueva dimensión de autoridad basada en el amor de los
hombres libres, frente a quienes abusarán de ella para sus fines egoístas, frente a los posibles
Judas que se aprovecharán de su falta de poder para traicionarla y entregarla en manos de
sus enemigos, frente a quienes se carcajearán de su renuncia a toda estructura de poder, la
Iglesia no deberá empuñar la pistola ni disparar sus iras.
Podrá al máximo, llorar como Cristo; podrá preguntar con dolor: «¿con un beso me entregas a
la muerte?»; podrá gritar como a Pedro: «apártate Satanás». Pero deberá seguir respetando la
conciencia de cada uno, deberá seguir dejando que crezcan juntos el trigo y la cizaña y deberá
tener la humildad suficiente de saber que ella no es Cristo, que Dios es más grande que ella,
que camina siempre delante de ella y que incluso no le será siempre fácil distinguir
completamente el trigo de la cizaña porque para ello necesitaría que todas las miradas de
quienes la constituyen y la representen fuesen limpias como las del maestro; pero sabemos
muy bien que la Iglesia peregrina en el tiempo, recoge en sus ojos el polvo de todos los caminos
del mundo. Nunca quedará ciega porque entre los peregrinos camina también Cristo cuya
mirada es la luz. El mismo ha sido quien ha pedido que dejásemos crecer juntos el trigo y la
cizaña porque le toca a él sólo hacer la selección definitiva.
Siempre me ha enternecido el que Cristo negase a la Iglesia el poder de declarar con autoridad
que una persona concreta es enemiga de Dios y menos aún que se ha condenado
definitivamente.
Sólo cuando el mundo y sus estructuras hayan perdido el miedo a amar, los hombres
empezarán a ser libres.
La libertad es molesta pero es divina, como el amor es enemigo del poder pero es liberador.
El gran mandamiento de Cristo no es «dominaros» sino «amaos».
Los cristianos auténticos deberían repetir cada mañana las palabras de Thomas Jefferson: «He
jurado ante el altar de Dios eterna hostilidad a toda forma de tiranía de la mente y del corazón
del hombre».
CRISTO NO AMO EL DOLOR.
La afirmación: «Dios no puede existir porque si existiera sería malo», es una de las objeciones
más serias que plantea el ateísmo frente a la realidad del dolor.
¿Puede existir un Dios mientras siguen muriendo los niños y los inocentes? ¿mientras los
sufrimientos más atroces golpean cada día a la puerta de los hombres?
¿Cómo es posible un Dios que deje sufrir a los justos y gozar a los malvados?
Un Dios impasible ante el dolor de sus hijos y de sus hijos más inocentes y más débiles, es un
Dios imposible para muchos.
Todas las religiones que admiten la existencia de un Dios personal se esfuerzan desde siempre
en resolver esta objeción que no es ciertamente banal.
También el cristianismo ha acuñado no pocas respuestas que no siempre han satisfecho a los
más exigentes y a los más críticos.
Quizá sería más honrado decir que no tenemos ninguna respuesta plenamente satisfactoria
fuera de la fe. Creemos, en nuestro Dios a pesar del dolor del mundo y de su injusta
distribución.
Quisiera detenerme en el peligro que existe de intentar «santificar» el dolor, «amar» el
sufrimiento, como respuesta demasiado simplista a este tremendo problema.
No pudiendo, en efecto, hallar una respuesta adecuada a la pregunta: ¿por qué Dios permite el
dolor?, nos ha parecido lógico muchas veces pensar que el dolor es un bien y que es necesario
al hombre.
Y esta tentación ha sido tan real que incluso hemos dado un paso adelante llegando a afirmar:
«debemos buscar, amar el dolor». Después lo hemos justificado con el ejemplo de Cristo que
sufrió hasta la muerte de cruz. Nace así la espiritualidad «victimista», forzando el texto de san
Pablo: «completo en mis miembros lo que falta a la pasión de Cristo».
En este caso el dolor y hasta el dolor físico se eleva a la categoría de un «bien cristiano». A
veces el único bien, el único valor ante la mirada de Dios.
Bien en sí o bien en sus efectos. El dolor es bueno porque agrada a Dios, o es útil porque nos
ayuda a ser buenos.
«Hacer un sacrificio por el niño Jesús» es el primer acto de religión que solemos enseñar a los
niños.
Y con frecuencia incluso la oración, el diálogo personal con Dios lo envolvemos en sacrificio,
para que sea más agradable a Dios.
Es verdad que la Iglesia nunca ha enseñado que el dolor es un bien en sí mismo, pero en la
práctica esta afirmación ha estado presente en nuestra espiritualidad, en nuestra moral y en
nuestra misma teología. Baste pensar que el misterio eucarístico se había reducido a la única
categoría de sacrificio. En el fondo lo que estábamos haciendo era volver a desenterrar la
teología de los dioses paganos que sólo se calmaban con la sangre de las víctimas. O al máximo
no habíamos superado la religión primera de Moisés.
El Dios que dijo: «¿no sabéis que prefiero la misericordia al sacrificio?» se había relegado
prácticamente al olvido.
Nuestro Dios seguía siendo el Dios que se aplacaba con la justicia y no con la misericordia, el
Dios que nos ha creado para sufrir y no para gozar, el Dios que nos está llamando siempre
hacia un valle de lágrimas y no hacia un paraíso.
Pero todo esto no es cristiano, ni teológico, ni siquiera humano.
hemos de tener el valor de gritarlo.
esto aunque nos quedemos desamparados, sin respuesta, para esa seria objeción contra
nuestra fe.
Debemos tener la valentía de decir que el dolor no es cristiano; que nuestro Dios no amó nunca
el dolor; que las lágrimas las hemos creado los hombres porque en Dios no existe más que
felicidad y que Dios aún no ha bendecido las lágrimas que nosotros hemos sembrado en
nuestra tierra que debería ser un paraíso.
Cristo, en su gesto increíble de amor al hombre, haciéndose hombre con los hombres y para los
hombres, no tuvo más remedio que aceptar todas nuestras limitaciones.
Por eso cargó con el dolor.
Pero Cristo «soportó» el dolor, nunca lo «amó».
El hubiese preferido no tener que sufrir.
Tanto le repugnaba el dolor que ante la inminencia de su pasión su cuerpo suda sangre y reza
para que su Padre le ahorre la atrocidad de la muerte de cruz: «si es posible que yo no sufra».
No dice: «yo te bendigo, Padre, porque me das esta oportunidad de sufrir para demostrarte así
mi amor», sino más bien: «arréglatelas para que no tenga que beber este cáliz». Y en realidad
el Padre le manda a los ángeles para que le consuelen.
Y momentos antes de morir, perdido en el mar del dolor más espantoso: la soledad y el
abandono de su Padre, no dice: «gracias, Padre, porque me haces saborear lo más terrible del
dolor humano» sino más bien se queja, se horroriza, se sorprende de su estado de angustia y
grita: «Padre mío, ¿por qué me has abandonado?», como diciendo, «no entiendo por qué me
haces sufrir de este modo».
Basta leer el evangelio para advertir que Cristo soportaba difícilmente el dolor; y menos en los
demás. Nunca fue amigo de la enfermedad. Por eso todos sus milagros son para curar, para
devolver la vida, para dar esperanza, para saciar el hambre.
Ni una sola vez dice frente a un dolor concreto: «sé feliz con tu enfermedad; aguanta tu
hambre, soporta el dolor de la muerte de tu hijo o de tu hermano».
A los discípulos les permite que cojan espigas incluso en día de sábado, es decir, contra la ley,
con tal que no se queden sin comer. Nunca les dice: «haced un sacrificio».
Los discípulos de Juan Bautista se escandalizan porque los discípulos de Cristo no ayunan.
Cristo les dice, que ya tendrán tiempo de ayunar cuando les falte él, es decir cuando no les
quede más remedio.
Cristo no vino a elevar el dolor a categoría de bien; no vino a bendecir ni a santificar el dolor.
Si acaso vino a enseñarnos que el dolor no debe llevarnos a la desesperación porque existen
valores tremendamente más importantes que ni el dolor es capaz de eliminar. Por eso decía a
sus discípulos que no temieran siquiera a quienes podían quitarles la vida del cuerpo.
Cristo vino a salvar al hombre, es decir a liberarle de toda atadura que pueda conducirle al
dolor porque el fin del hombre es la dicha; vino a enseñarle la verdadera dimensión de la
felicidad y a abrirle sus puertas.
Cristo vino a revelarle al hombre que para comprar el tesoro de aprender a amar —que eso es
entrar en su reino— debemos estar dispuestos a venderlo todo: hasta la vida física.
Vino a enseñar que el hombre sólo puede ser hombre y por tanto feliz, si sabe abrirse a la
última dimensión que es el vivir para los demás ya que el hombre sólo será feliz con los otros y
a través de los otros.
Y es en esta línea en la que vale la pena saltar por encima del dolor con tal de entrar en esta
dinámica que nos empuja irremediablemente hacia la única y auténtica felicidad.
Si él mismo pasó por el aro del dolor con tal de no renunciar a la dinámica del amor no fue
ciertamente para enseñarnos a sufrir sino para enseñarnos a amar.
Cristo no nos ha dicho: «sufrid como yo he sufrido», sino «amaros como yo os he amado». Y el
amor es fuente de gozo.
Por eso el cristiano no sólo puede sino que debe trabajar y esforzarse para ir venciendo en la
tierra el dolor y la muerte, y no debe aceptar otro dolor que el que nazca necesariamente de su
exigencia de amor y de su compromiso por realizar la felicidad de sus semejantes. Por eso cada
conquista verdaderamente humana en realidad es una puerta abierta a un mundo con menos
dolor y más parecido al reino definitivo donde «no habrá lágrimas».
La misión del cristiano es revelar a los hombres que el amor existe, que es posible, que tiene
un nombre y que es la única posibilidad de felicidad para todo ser humano.
El dolor no pertenece a nuestra tierra definitiva. Cuando el amor habrá brotado en toda su
grandeza y en toda su perfección no necesitará del dolor ni siquiera para revelarse en su
autenticidad.
Por eso el hombre que está ya resucitando con Cristo y que con él ha vencido definitivamente
la muerte, tiene el derecho de ir venciendo todo sufrimiento físico y moral. De lo contrario para
el cristiano sería inmoral la medicina, serían inmorales las obras de misericordia, sería
inmoral la oración misma.
El cristiano acepta el dolor sin rebelarse contra su Padre pero sin amarlo, consciente de que
camina hacia una meta que ya está preparando ahora, en la que todo dolor será vencido y
superado.
Cada momento de dolor es un instante aún de peregrinación en el tiempo; cada momento de
alegría es un instante anticipado de la tierra definitiva. Por eso es lícito, más aún es un deber,
vivir de tal manera que nuestra actitud sea de felicidad, en la dinámica del amor que se
entrega. El dolor no lo hacemos nuestro porque no lo consideramos como un valor y menos
definitivo.
Si lo siento sobre mí lo soporto, pero sigo buscando la felicidad: no me detengo a contemplar y
menos a acariciarlo: es algo que no considero mío.
Por eso aun en medio de un dolor real, físico o moral, puedo decir que no sufro, ya que yo no
hago del dolor una actividad de mi vida. Yo sigo amando, sigo esforzándome para que los
hombres descubran su dimensión de felicidad, para que ellos sean incluso en este momento
más felices que yo, para que sean capaces de amar. Si acaso mi dolor, no amado sino
soportado, me empujará con más fuerza a luchar para que desaparezca de los demás.
El dolor existirá probablemente siempre en este espacio transitorio del tiempo porque los
hombres difícilmente aprenderán a amar en profundidad y es sólo el amor lo que puede
eliminar el dolor.
Somos nosotros quienes sembramos cada día la tierra de dolor.
Dios sólo nos manda semilla de felicidad.
Cada vez que he encontrado una persona que ama de verdad, con la dimensión profunda de
Cristo, he hallado una gran dificultad para hacerle confesar que sufre. Y es porque lo que yo
intentaba presentarle como sufrimiento para ella no lo es. Aun en el caso de que sufra
realmente, para ella es tan accidental dentro de su dinámica del amor que puede decir con
verdad que no sufre.
Son personas que viven sólo para amar y para revelar el amor a los demás y todo lo que esto
pueda comportar inevitablemente de dolor físico o moral, lo aceptan como algo natural que se
pierde en la corriente de su vitalidad positiva.
Una de estas personas me decía una vez: es algo así como si usted quisiera hacerle confesar a
una madre que sufre porque en un momento de escasez da a su hijo con hambre el único
pedazo de pan que le queda. Aun cuando ella sienta el hambre físicamente no puede decir que
sufre: ella ama y basta. Si acaso su dolor sería el tener que comerse ella el pan dejando con
hambre a su pequeño.
Claro que esto sólo puede entenderlo quien ama. Pero cualquier otro dolor que no nazca como
exigencia de una entrega a los demás no veo cómo pueda tener sentido en un sano cristianismo
según el evangelio.
No puedo comprender que por el hecho de que Cristo aceptó la pasión y~ la muerte antes que
traicionar su vocación de salvador y de libertador del hombre, Dios quiera y exija que el
hombre busque y ame el dolor. Más bien todo lo contrario: él sufrió para que nosotros
pudiésemos ser felices y recuperar nuestro destino a la felicidad.
Cristo no escogió la muerte, y precisamente la muerte de cruz, para demostrar al mundo su
amor. A Cristo le mataron, sencillamente. A mí de Cristo me emociona su entrega a los demás
sin medir el riesgo. Si hubiera muerto por defender una idea, si hubiese entregado su vida
voluntariamente a las llamas en una calle de Jerusalén en protesta contra las injusticias sería
un hombre admirable, pero nada más.
Verle en la cruz me es una garantía de la autenticidad de su amor, pero para mí no es algo
absolutamente necesario para convencerme de su amor.
Su madre no murió en una cruz sino en la dicha de su asunción corporal al cielo y no por eso
tengo una menor seguridad de su amor a los hombres. ¿Quién se atrevería a decir que María
amó más a su hijo a los pies de la cruz que en la noche feliz de Belén?
El que ama, ama siempre, en la dicha y en el dolor. Lo que cuenta es el amor. Lo que ocurre es
que cuando el amor es verdadero y profundo no se detiene y termina frente al sacrificio porque
es «más fuerte que la misma muerte»; pero el amor es un valor sustancial en sí mismo que no
necesita del dolor para existir.
Al final de los tiempos nuestra comida y nuestra vida será el amor, y sin embargo habrá sido
barrido todo resto de dolor.
Por eso en realidad no es el dolor lo que acerca a Dios como suele decirse, sino el amor.
El dolor a muchos les ha llevado al suicidio, mientras que a otros la dicha les ha revelado a
Dios.
Tampoco es la pobreza lo que acerca a Dios sino la generosidad y la liberación de toda
esclavitud a las cosas. La miseria ha llevado a no pocos al ateísmo. No es el hambre lo que
agrada a Dios, sino el amor de quien es capaz de amar a los demás quedándose hasta sin
comer. El prejuicio de que toda «felicidad» es egoísta nos ha llevado a pensar que sólo el que
tiene hambre es capaz de comprender el hambre de los demás. Mientras que debería ser al
contrario: precisamente el que saborea su pedazo de pan como un bien necesario y feliz, es
quien debería estar más preparado para no tolerar el hambre de los pobres.
Cristo nos dijo que amásemos a los demás «como a nosotros mismos»; luego debemos comenzar
por amarnos y por amar todo lo que tenemos. Si fuese al revés, Cristo, el hombre que poseía
más amor, el más feliz, el más sano, el más hombre hubiese sido el menos capaz de
comprender el vacío, la soledad, el egoísmo, la enfermedad, la brutalidad de los demás
hombres. Pero precisamente porque le quemaba el fuego entre las manos quería que ardiese
también toda la tierra.
Con frecuencia, es cierto, que el más pobre, el más débil, el caído, es el más generoso, el más
sacrificado, el más comprensivo y humano, pero se trata en definitiva de alguien que es rico en
amor.
El pobre es más generoso no por ser pobre sino porque ama más. Lo que ocurre es que la
riqueza del corazón no siempre coincide, ni mucho menos, con la riqueza de la cartera aunque
nosotros estemos siempre tentados a creerlo. Como tampoco coincide riqueza e inteligencia:
normalmente es lo contrario.
Por eso muchas veces los cristianos, a fuerza de santificar el dolor, de desearlo incluso como un
bien en sí mismo, hemos tenido la tentación de regalarlo y de engendrarlo en los demás.
esto es monstruoso. Y nos ha hecho no pocas veces odiosos e irreconocibles como hijos del Dios
de la misericordia, del Dios de la felicidad. Y esto nos ha ahorrado el esfuerzo de enjugar
muchas lágrimas y de gritar contra muchas injusticia que impiden al hombre hallar el camino
de la dicha y que han sembrado el mundo de sufrimiento.
hemos estado más de una vez mudos frente al dolor del inocente y del justo pensando que así
se salvaría mejor y sería más grato a Dios.
Pero si yo no puedo obligar a nadie a amar porque es el acto supremo de libertad del hombre,
menos aún puedo obligar a nadie a sufrir y menos en nombre del Dios que soportó el dolor
para que nosotros pudiésemos ser felices.
Yo debo ayudar a los hombres a descubrir el verdadero camino de la felicidad que no es el
camino del dolor sino el de la generosidad. Debo ayudarles a descubrir que sólo amando se es
feliz, que sólo viviendo para los demás se anula el dolor y que todo intento egoísta de ahorrarse
un esfuerzo o un sufrimiento en detrimento de la entrega y de la comunión con los demás
hombres, es caer en el dolor más profundo e insuperable.
A veces ha sido un gran dolor lo que ha abierto los ojos a un hombre y le ha lanzado por los
caminos de la generosidad; pero en ese caso el dolor ha servido sólo para revelarle la
absurdidad de su vida, el vacío de su existencia no obstante la apariencia de felicidad.
A otros en cambio ha sido la dicha de encontrar un amor sincero, una amistad profunda y
generosa lo que les ha llevado a la conversión y salir de su egoísmo.
En definitiva es siempre la revelación y el descubrimiento del amor auténtico lo que hace que
un hombre pueda encontrarse conscientemente consigo mismo. Y es éste el principio de la
liberación y la antesala de la dicha verdadera. Negar que nuestro destino, ya ahora, es la
felicidad es negar el cristianismo. Como lo es el pensar que a la felicidad se llega solos y no en
comunión con los demás.
Canonizar el dolor es no haber aceptado a Cristo. Es querer crucificarle otra vez.
QUEREMOS UNA FAMILIA NUEVA.
Se empieza a decir que la institución tradicional de la familia, célula primera y fundamental
de la comunidad humana, está en crisis.
Por otra parte quizá nunca como hoy en la Iglesia ha estado más de relieve la dignidad y la
grandeza de la unión matrimonial. La renovación conciliar ha barrido, en efecto, casi todos los
restos de maniqueísmo y los tabús acerca de la sexualidad y del amor humano.
¿Por qué, pues, precisamente en este momento en el que el sacramento del matrimonio
aparece con mayor fuerza se empieza a pensar que la institución de la familia necesite quizás
un cambio profundo y hasta radical?
¿Estamos seguros que las acusaciones que se hacen a la familia como institución nacen
solamente del campo liberal y de las corrientes que promueven el amor libre?
¿Es que no existe también en el ámbito cristiano la convicción de que algo está cambiando o
debe cambiar en la forma clásica y tradicional de la primera comunidad humana?
Pienso que no es fácil separar ambos campos y que en realidad la institución familiar actual
está siendo llevada al banquillo de los acusados por uno y por otro bando.
Es indudable que, dada la condición del hombre y de la mujer, su dificultad para una
verdadera maduración en el amor, sus condiciones sociales y psicológicas y la gran carga de
egoísmo que acompaña siempre a las actitudes humanas, la familia como tal, que, en medio de
su grandeza natural y cristiana, supone siempre una capacidad de sacrificio por ser donación
total, gratuita y definitiva al otro, encuentra siempre sus adversarios de todos los colores y de
todos los tiempos.
Un teólogo ha dicho que Dios será siempre incómodo para quienes son incapaces de concebir el
amor como una donación a otro. Por eso, es lógico que todo lo que participa directamente del
amor generoso y desinteresado de Dios sea también incómodo. Y precisamente la unión
esponsal de hombre y mujer es el reflejo del amor mismo de Dios que lo da todo sin exigir
nada.
Concebir la familia sin la carga de renuncia que supone para la propia libertad, sería ingenuo.
La visión de la familia como ilusión romántica y como eterna luna de miel sólo es posible en el
terreno infantil de los recién enamorados o en el mundo irreal de ciertos célibes.
Los padres y madres de familia del mundo entero saben muy bien que si es verdad que la
familia supone una realización humana y natural y con posibilidades sobrenaturales abiertas
hasta el infinito, también lo es que supone una dosis no pequeña de renuncia, de entrega, de
despojo y a veces hasta de dramáticos conflictos.
Las dos objeciones.
Entre quienes mueven hoy objeciones a la institución familiar pueden distinguirse dos
corrientes bien precisas: quienes consideran a la institución como tal superada, y por tanto
niegan su valor fundamental y su actualidad, y quienes piensan que necesita una profunda
transformación aún admitiendo que sigue siendo la institución base de la comunidad humana.
Los primeros niegan, prácticamente, la posibilidad de un encuentro total y definitivo entre un
hombre y una mujer. Niegan que el hombre pueda realizar su elección con una sola mujer, o
viceversa. Niegan que el hombre sea capaz de tomar una decisión en el amor que le
comprometa para toda la vida. Niegan por principio que el amor humano en sí mismo tienda a
la fecundidad.
Esta postura lógicamente está fuera de todas las posibilidades de conciliación con el
cristianismo que ha visto siempre en la unión de un hombre y una mujer la posibilidad de un
encuentro maduro y definitivo, hasta el punto de santificarlo con un sacramento que es el
símbolo del amor y de la unión de Cristo con su Iglesia.
El cristianismo ha creído siempre que el hombre y la mujer tienen no sólo la posibilidad de
integrarse y de colaborar mutuamente en la realización humana de la historia, sino también la
posibilidad de elevar su amor humano a la categoría divina, injertándolo en el mismo amor
sustancial de Dios.
De ahí el que haya dado tanta importancia a las palabras de Cristo: «Lo que Dios ha unido que
el hombre no lo separe». Si Dios puede unir a un hombre y a una mujer es señal de que cree en
la posibilidad del ser humano de compenetrarse y de crear una verdadera comunidad humana
y definitiva con una sola pareja.
Pero, aceptada esta realidad humana y cristiana de la familia como comunidad perfecta en sí
misma, quizás haya que escuchar con respeto a quienes hoy afirman con honradez y basados
en la cruda experiencia de la vida, que también la institución familiar cristiana necesita una
transformación profunda.
No se trata de discutir la institución como tal sino el modo como se realiza y se vive.
Siendo la familia la primera célula viva de la gran comunidad humana es evidente que en un
mundo que está cambiando radical y vertiginosamente, también ella se sienta bajo el vértigo
de la transformación.
Pretender, por ejemplo, trasplantar una familia típicamente rural al ambiente de la
tecnópolis, de la ciudad industrial, es exponer a la familia a una crisis inevitable.
Si es verdad que por tratarse de la célula más sagrada de la humanidad, la familia debe ser
siempre analizada con inmenso respeto y nos debe temblar el pulso antes de poner el bisturí
de la crítica sobre su cuerpo, también es cierto que el negarse a toda posibilidad de cambio
puede endurecer la crisis y hacer saltar en pedazos la misma institución.
Como en todas las demás instituciones humanas que la transformación del mundo ha puesto
en crisis, debemos abordar el problema con seriedad, con coraje, con esperanza y con una fe
profunda en los valores humanos inmutables, que son los que hacen que el hombre pueda
seguir siendo hombre en todas las circunstancias y sus instituciones abiertamente humanos,
ya que sólo así podrán ser también divinas.
Todo cambio en la institución base de la comunidad humana debe partir de la convicción y de
la certeza de liberar al hombre de las cadenas que le impiden realizarse a sí mismo y ser
imagen del creador.
Cualquier otro criterio de egoísmo manifiesto o camuflado sería lógicamente reprobable y
deshonroso.
Una experiencia dolorosa.
«Si el matrimonio fuera la solución para la felicidad del hombre y de la mujer hoy el mundo
sería todo él feliz, y sin embargo, por desgracia no es así», me decía un santo y anciano
sacerdote.
Y es cierto que si examinamos con realismo la verdad de los hechos, la estadística de
matrimonios verdaderamente felices, de matrimonios en los cuales el termómetro del amor
haya seguido creciendo año tras año, las familias en las que se haya realizado la integración
ideal entre padres e hijos, las familias sin traiciones reales o de deseo, las familias que se
atrevan a gritar en la plaza pública el éxito de su amor, las familias sin complejos en los
padres o en los hijos, la estadística sería terriblemente insignificante. Y esto entre creyentes y
no creyentes.
La brutal experiencia de mis años de apostolado me obliga a confesar con sinceridad que entre
los miles y miles de familias que he tenido la ocasión de conocer de cerca y de entrar en su
intimidad, la inmensa mayoría después de algunos años de convivencia en el mejor de los
casos «se soportan»; viven juntos, tienen hijos, pero nada más. Es una planta que ya no crece;
es un amor que ya no florece más. Todo lo que pueda significar novedad, descubrimiento,
crecimiento, nace por desgracia fuera de las puertas del propio hogar.
Yo podría escribir libros enteros de amargas confidencias de esposos y esposas de todas las
edades y de todas las condiciones. Si tuviera que reducir a números mi experiencia me
atrevería a decir que a lo sumo el dos por mil de los matrimonios conocidos siguen
verdaderamente creciendo en el amor y realizan esa integración total del hombre y la mujer
que lleva al descubrimiento gozoso de sí mismo y al gusto profundo de la vida descubierta
como la posibilidad de entrega a un semejante para hacerle feliz.
Y hablo sobre todo de matrimonios cristianos, santificados por un sacramento.
Mi triste experiencia es que aun aquellos que externamente aparecen como matrimonios
ejemplares e ideales, cuando se escarba dentro se encuentra la amarga sorpresa del drama en
alguna de sus vertientes.
Y mi experiencia no es única. Ha sido muchas veces confirmada por cientos de sacerdotes que
des arrollan su labor apostólica sobre todo entre las familias. Y son hasta los mismos seglares
quienes empiezan a confesar con sinceridad esta triste realidad que ni ellos mismos saben
explicarse.
Sin negar que lo ideal no existe sobre nuestra po bre tierra de peregrinos, sin negar que la
maduración en el amor de un hombre y una mujer no es cosa sencilla y que supone a veces un
esfuerzo que puede durar toda una vida, sin olvidar que aun los amores más sanos y más
completos no están nunca exentos de toda prueba, sin cerrar los ojos a la realidad del hombre
limitado que se queda siempre muy por debajo de sus ideales, pienso que esta experiencia tan
brutal de millones de familias que no llegan a conseguir ni un mínimo de convivencia íntima y
profunda, de amor que crezca siempre, nos debe llevar a ser realistas y a examinar sin pasión
y con objetividad la institución actual de la familia.
Y esto es precisamente lo que les lleva a pensar a muchos que se debe cambiar.
La nueva familia del futuro.
Pretender hoy decir clara y definitivamente cómo será la familia del futuro sería demasiado
ingenuo. Como en tanto otros problemas de nuestra época andamos a tientas, buscando una
salida. Estamos convencidos de que la familia de mañana será seguramente muy diversa de la
familia de hoy; pero no sabemos aún cómo. En parte porque dependerá del esfuerzo que realice
la comunidad humana para resolver los puntos interrogativos que hoy se presentan a esta
institución.
No vendrán ciertamente los ángeles del cielo a celebrar una rueda de prensa para decirnos
cómo será la familia del 2000. Somos nosotros quienes debemos comenzar a realizar esta
transformación. Dios está presente en nuestro esfuerzo, en nuestra honradez y en nuestra
esperanza de dar un rostro nuevo a la unión en el amor del hombre y de la mujer.
Pero si no podemos ofrecer el cuadro de lo que deberá ser la familia del futuro sí podemos
señalar, partiendo de las deficiencias manifiestas que advertimos hoy, algunos puntos que no
tendrán más remedio que cambiar si se quiere remediar en parte la crisis que se advierte cada
vez más profunda.
Personalmente quiero señalar algunos puntos, como principio de solución y como aportación
personal, partiendo de la experiencia de mi apostolado y de las innumerables confidencias
recibidas, acerca de un tema que creo grave y urgente porque toca a la entraña misma del
hombre y al corazón de la humanidad.
Más allá del contrato.
Si hasta ayer se ha considerado que el simple contrato era suficiente para construir una
comunidad familiar, hoy esto no lo admiten ya ni los teólogos, ni los moralistas, ni los
psicólogos, ni los sociólogos. Tanto desde el punto de vista humano como cristiano no podrá
existir una verdadera comunidad estable de vida sin un serio fundamento de amor.
Cuando Cristo dice: «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre», debe entenderse lo que ha
sido unido conscientemente en nombre de Dios, que para los cristianos es el Dios del amor. Un
amor personal, maduro, consciente, libre, gozoso, probado entre un hombre y una mujer,
sellado con la garantía de un sacramento que le confiere la fuerza misteriosa de un amor que
simboliza el amor entre Cristo y su Iglesia, es un amor que sólo puede destruirse faltando
gravemente al grito imperioso de la propia conciencia. Es una ruptura que el hombre honrado
y sano no puede hacer, porque un amor maduro y libre que se injerta en el mismo amor del
creador pertenece ya a Dios mismo y entra en la categoría misteriosa de lo infinito, de lo
definitivo, de lo eterno.
Pero precisamente por eso es necesario preguntarse si un porcentaje enorme de matrimonios
actuales, en vez de haber sido unidos por Dios, por el amor profundo, no lo han sido más bien
por el solo instinto, por los imperativos sociales, por exigencias o conveniencias económicas,
por la fuerza de la costumbre o por otros mil imponderables que nada tienen que ver que con
una elección consciente, libre y gozosa.
Exigencias de otro tipo muy diverso al de este impulso de amor para integrarse y realizarse en
un amor fecundo y siempre nuevo, llevan a muchos esposos a convivir juntos y a soportarse,
pero en realidad no son matrimonios unidos en el nombre y bajo la fuerza creadora del Dios
del amor.
Tendríamos en este caso que tener la valentía de confesar que no son matrimonios cristianos y
que en ellos no ha existido nunca el sacramento porque en ningún momento fueron una
imagen, ni pálida siquiera, del amor de Cristo con su Iglesia, es decir del amor profundo y
único que abraza al hombre y a la mujer bajo todos los aspectos de su compleja y casi divina
personalidad.
Primero enamorarse de la humanidad.
Sé muy bien que aun aquellos que están de acuerdo conmigo en que realmente muchos
matrimonios actuales no son tales porque les ha faltado ya desde el principio el elemento
esencial de un amor libre, personal y maduro, me objetarán que si el hombre y la mujer
debieran esperar a tener una certeza moral de este amor, serían muy pocos los que llegarían al
matrimonio. Más aún, la experiencia les dirá que aun no pocos de los matrimonios que
parecían haber nacido bajo el signo de este gran amor, después se agotaron y acabaron
prisioneros del egoísmo y del inmovilismo afectivo.
La objeción es seria y su respuesta no es fácil.
Podríamos anticipar que quizá será necesario revisar el que mientras para otras formas de
vida —la religiosa por ejemplo— se admite con facilidad que es necesaria una cierta vocación y
que no basta la carencia de motivos negativos, para el matrimonio se admite con demasiada
alegría el que todos tienen vocación y que basta ser hombre y mujer y poder realizar la
consumación física del amor para poder sellar con un sacramento una unión definitiva.
Yo no me maravillaré si el día de mañana la Iglesia misma será mucho más severa en este
campo y si llegará a exigir unas garantías de vocación al matrimonio antes de conceder el
sacramento. Vocación que se manifestaría como mínimo en una certeza moral de haber
obtenido una integración seria del hombre y de la mujer en los diversos campos de la
sexualidad, de la psicología, de la afinidad ideológica y religiosa de la vida, etc. Porque si es
verdad que para la simple convivencia entre los hombres libres no es necesario un grado
profundo de afinidad y basta el deseo mutuo de intercambio fraterno, no veo cómo esto no sea
necesario para realizar una convivencia definitiva y completa con aquella persona a quien se
ha elegido como el ser humano ideal, a quien yo entregaré lo mejor de mí mismo para crear la
base de una comunidad ideal y prototipo de la gran comunidad humana.
Pero además de este concepto de vocación para el matrimonio que no vamos a tocar aquí,
existe un punto que me parece fundamental para resolver la objeción de antes y que es fruto
también de una reflexión en equipo con algunas de esas felices excepciones de familias que
han realizado plenamente su ideal y que siguen viviendo un amor que crece siempre, que es
nuevo cada día y que ni los mayores problemas han sido capaces de ahogar o de agostar.
Quienes han resuelto este problema lo han hecho partiendo de la convicción de que no puede
existir un profundo amor personal entre hombre y mujer si estas personas no han resuelto
antes el problema del amor universal, del amor a toda la humanidad.
Sólo quien se ha abierto a un amor sin fronteras, quien ha llegado a hacer de todos los
hombres, cercanos y lejanos, el objeto de su amor; quien ha comprendido y realizado en su vida
que su amor es de todos, está capacitado para hacer después la elección concreta de una
persona a quien ofrecerá no sólo su amor, que eso seguirá dándolo a todos y a cada uno, sino
también su persona concreta, su cuerpo, su convivencia, su colaboración total y definitiva para
emprender juntos, pero no aislados de los demás, la aventura fecunda de su vida.
Quienes bajo el falso pretexto de entregar «todo su amor» a otra persona se cierran al amor a
los demás, o no se han preocupado de abrirse antes, caminan hacia el fracaso en el
matrimonio, porque en el fondo no ofrecen sino un amor bien pequeño, incapaz de crecer.
Quien exige a la otra parte, una vez hecha la elección de la persona en quien explícita el amor
universal en amor tangible, renunciar a ese amor universal no sólo a la humanidad sino
también a los hombres concretos y reales, está negando en raíz la dinámica del amor.
El amor, que es el gran don de Dios al hombre, hasta el punto que le hizo libre para que
pudiera amar, es algo que el creador nos da para que sea universal, para que crezca
repartiéndose. El mandamiento de Cristo, su gran mandamiento no es «amad a vuestra
compañera a quien habéis escogido para formar una comunidad perfecta y definitiva» sino más
bien: «amaos los unos a los otros». El amor a una persona a quien puedo llamar «mi amor» es
sólo una elección dentro del amor universal.
Y cuando digo amor universal no es para expresar una quimera intelectual, un amor abstracto
que en definitiva no llega a nadie: hablo de un amor concreto, real, de amistad sincera, de
colaboración en el proceso de la historia, de alargamiento de la comunidad familiar.
Sólo así se explica el que hoy empiece a hablarse de «comunidades de matrimonios».
¿Difícil? Ciertamente. Pero plenamente cristiano y a partir de mi experiencia personal la única
solución que conozco al drama de miles de matrimonios, que a fuerza de protegerse contra todo
amor que no empiece y termine en ellos mismos, a fuerza de exaltar la exclusividad de su
amor, han terminado convirtiéndolo en ídolo que acaba despedazándose entre las manos.
Hemos tenido miedo de alargar el concepto de amor esponsal hasta en el más estricto sentido
cristiano bajo el pretexto de convertirlo en algo demasiado fácil, cuando en realidad no hemos
comprendido que lo que estábamos evitando era la verdadera dificultad que entraña un amor
único encarnado en un amor universal. Hemos dicho también que es imposible, para cubrir
nuestro egoísmo y para evitarnos la dificultad de la lucha y de la búsqueda.
Pero lo cierto es que el amor cristiano es universal y que quienes se unen en matrimonio no
quedan eximidos de esta dimensión universal del amor; un amor que no roba nada a esa
entrega definitiva y total de la persona, porque este amor tiene que ser de todos aunque
nuestra persona y nuestra vida sea entregada libremente a uno solo.
Todo esto sé que no es fácil de decir, pero los que tengan un mínimo de sensibilidad para
comprender el verdadero amor universal cristiano podrán comprender que está muy lejos de la
burda caricatura del mal llamado «amor libre» que, en realidad ni es amor ni es libre, ni es
universal ni es único. Es sólo egoísmo y prostitución. Aquí pueden ser empleadas
perfectamente las palabras de Cristo: «el que pueda entender que entienda».
Libertad personal para ambos cónyuges.
Para que pueda ser posible este amor universal aun dentro del matrimonio y para que sea la
fuente que alimente y mantenga fresco el amor personal y definitivo entre el hombre y la
mujer, es evidente que es necesaria una transformación profunda en el modo de vida y en la
psicología misma de la familia. Es necesario asegurar a ambos cónyuges el margen necesario
de libertad personal.
No basta decir que quienes se unen en matrimonio no deben cerrarse en su amor, en su
castillo y que deben abrirse a los demás; no basta admitir, como simple teoría, que el marido y
la mujer no renuncian a un amor universal. Es necesario que esto pueda realizarse en la
práctica y que sea posible no sólo para el marido sino también para la mujer.
Y aquí se trata de una batalla no fácil que debe llevarse a cabo comunitariamente entre el
hombre y la mujer.
Hasta el presente el hombre favorecido por unas estructuras sociales que ha ido creando con
criterios exclusivamente masculinos, ha obtenido un margen no pequeño de libertad fuera de
la familia que le permite por lo menos seguir en contacto con los demás hombres en el trabajo,
en la vida social, deportiva, etc. Pero normalmente la finalidad no es el ejercicio de ese amor
universal de que hemos hablado. Lo considera más bien como un derecho «masculino» y se les
oye razonar así: «No va a estar el hombre todo el día metido en casa. Si no me relaciono
socialmente mi trabajo no fructificará. Necesito de mis amigos para ampliar el campo de mis
horizontes profesionales». Y se justifica con mayor facilidad la necesidad de la secretaria, de la
enfermera y de toda persona «útil» para su trabajo.
Y si alguna vez su mujer se queja de su excesiva libertad y autonomía, se acude al argumento
más sencillo: «Al fin y al cabo soy hombre».
Pero aun este margen de libertad que el hombre se ha creado dentro del matrimonio
sacrificando muchas veces los sentimientos más íntimos de su mujer, es más bien una victoria
que una conquista, porque la mujer lo acepta, lo soporta, lo sufre, porque como ella dice
«enfadarse sería peor».
No es una libertad que la mujer ha dado consciente y generosamente a su marido para que
siga desarrollándose en contacto con sus semejantes, para que pueda realizarse mejor, para
que el amor «único» que a ella le dará sea cada vez más nuevo y mejor, porque sólo amando a
todos es como el corazón se agranda, sino que es algo que el marido reclama como un botín de
guerra.
Y aquí podrían hablar, no sólo los sacerdotes sino también los psicólogos, de los dramas
enormes que esta libertad «victoria» del hombre que a fin de cuentas es aún muy limitada y
muy exigua, crea en el corazón de tantas esposas. Sin embargo, la realidad es que el hombre
casado tiene un margen real de libertad que le permite alargar los límites de su amor y de su
convivencia con sus semejantes. Y es esto lo que hace que en general el hombre se mantenga
más vivo, más joven, más activo, más nuevo y con mayor ilusión por las realidades de la
historia y por los problemas universales. Por eso en general el hombre es más político que la
mujer. Y la mujer lo es más cuando es soltera que cuando se casa.
El drama mayor se da en la esposa que ni siquiera posee este margen real de libertad que
posee el hombre; más aún que se le niega con frecuencia conscientemente bajo el pretexto de
su función de «madre y esposa».
Se acepta fácilmente que los celos son típicamente femeninos, cuando en realidad es el hombre
quien muestra en la mayoría de los casos una dosis mucho mayor, a pesar de que su margen
de libertad es inmensamente más grande. Mientras ve con cierta facilidad que por motivos de
su trabajo puede alargar el campo de sus amistades y relaciones sociales, pone todas las
dificultades posibles para que la mujer ni siquiera caiga en la tentación de querer «trabajar»
para evitarle toda tentación y peligro, para tenerla arropada en casa, para que sea más
exclusivamente suya.
Y suele justificarse con los deberes de la maternidad cuando en realidad no he leído nunca en
el evangelio que Cristo exima al padre de la responsabilidad de la «paternidad». La misma
naturaleza ha previsto que en realidad la mujer pueda seguir trabajando casi hasta el
momento del parto. Y no está escrito en el evangelio que cuando nace el niño y llora de noche
deba ser sólo la madre la que tenga que levantarse a cuidarlo. Dirá alguno que está escrito en
la ley de la naturaleza que inclina a la madre y no al padre a preocuparse siempre de la
protección del recién nacido. Pero en este caso deberíamos ser más consecuentes con esta ley
de la naturaleza como veremos más tarde.
Lo cierto es que si el hombre se realiza en el trabajo, en el contacto con sus semejantes y en el
intercambio de ideas y sentimientos, en este caso la mujer para que pueda realizarse
plenamente y en la misma medida del hombre, tiene que llegar a obtener, de hecho, la misma
libertad para desarrollarse como el hombre. Y la misma maternidad debería estar supeditada
a esta verdad, porque una mujer que primero no se realiza a sí misma, que no se descubre
verdaderamente humana, que no está en condiciones de seguir desarrollándose en todas sus
dimensiones, no podrá tampoco ser una buena madre.
Lo contrario sería seguir considerando a la mujer como objeto más que como compañera
humana, como sierva más que como la integración indispensable para hacerse plenamente
hombre e hijo de Dios.
como me decía una esposa: «Después de casadas nos convertimos en criadas sin sueldo y sin
día libre». Es una frase muy gráfica y muy dura, pero no exenta de verdad.
la consecuencia más grave de todo esto, de esta falta de libertad para realizarse
humanamente, para trabajar, para no ser una simple ama de casa, una simple niñera, es el
desnivel que se crea inevitablemente en el campo social y psicológico de la misma familia.
Si he dicho anteriormente que son una cifra irrisoria los matrimonios que he conocido en los
que el amor ha seguido creciendo a lo largo de los años, debo confesar que son aún menos
aquellos matrimonios que comparten al mismo tiempo toda la carga intelectual, cultural o
simplemente vital de su trabajo y de su existencia terrena.
Es pavorosa la soledad y la falta de diálogo en el matrimonio con relación a los problemas de
trabajo del marido, que en realidad es lo que ocupa toda su jornada.
Y esto a todos los niveles.
El ingeniero, el abogado, el médico, el electricista, el político, el cartero, cuando termina su
jornada y vuelve a su casa no habla con su mujer de su trabajo porque dice: «Ella no puede
entenderme». «Sería demasiado complicado meterla en mi mundo». «Para qué crearle
problemas que ella no tiene», etc. Y la mujer por su parte dice: «Yo no me atrevo ni siquiera a
preguntarle; es un mundo en el que yo nunca he podido entrar». Y lógicamente la mujer le
hablará siempre de lo mismo: de los niños, del colegio, de las notas, de las facturas, de las
llamadas telefónicas, etc. Y el marido en el mejor de los casos, cuando no grita diciendo que
«ya tiene él bastantes problemas en el trabajo», se refugia en la televisión o en el periódico o en
jugar con los niños.
El problema, planteado de este modo tan sencillo, puede parecer infantil pero en realidad es
dramático.
No hace mucho la esposa de un hombre político me decía: «Mi último acto de libertad fue el sí
ante el altar. Desde entonces no he vuelto a probar lo que es la libertad y he vivido encerrada
en mi jaula de oro». Y añadió: «lo más tremendo es que me casé con mi marido porque
admiraba su inteligencia, su trabajo, sus ideas. Y ahora prácticamente nunca hablamos de lo
que hace. De sus cosas me entero por sus amigos. Yo misma he renunciado a todo esfuerzo y
trabajo intelectual porque con él no hablo de estas cosas y mi vida se pasa en la cocina y con
los niños».
Quizá el hombre no se ha dado cuenta de que mientras él, al casarse, adquiere un grado mayor
de libertad, porque no está ya sujeto a sus padres, porque tiene quien se preocupe de la casa,
quien le descargue de una serie de preocupaciones materiales, porque puede «mandar», etc., la
mujer en la actual estructura de la sociedad matrimonial es lo contrario: al casarse se recorta
de tal modo su libertad que llega prácticamente a desaparecer.
De ahí el que tantas esposas, ¡muchas más de lo que se puede pensar!, añoren sus años de
juventud libre. Al menos entonces podían estudiar, trabajar, salir con las amigas, tener una
cierta independencia económica, viajar.
La falta de libertad impide a la mujer trabajar y cultivarse; la falta de cultivo la imposibilita
prácticamente para el diálogo con el marido que realiza este diálogo con las compañeras de
trabajo. Esta falta de diálogo con su mujer crea la soledad y el refugiarse en los hijos cuando
son pequeños y en los nietos cuando los niños se independizan; o a lo sumo en cuatro amigas o
vecinas con quienes se consuela mutuamente.
Alguien me ha dicho que tiene que ser así. A mí me parece una grave injusticia con la mujer,
un resto de esclavitud y la raíz profunda de las crisis actuales de la familia y del número cada
vez mayor de hogares rotos.
La igualdad de derechos en cuanto a la libertad, al trabajo, a la necesidad de seguir
«construyéndose» es urgente para un futuro mejor de la institución matrimonial e incluso para
su misma supervivencia.
Una parte de la contestación exasperada de ciertos jóvenes que se niegan a aceptar lo que ellos
llaman el «círculo cerrado» del matrimonio, es decir el comprometerse para siempre con una
sola persona, si es verdad que en ocasiones puede ser fruto del más feroz egoísmo y de una
superficialidad espantosa en el amor, otras en cambio puede ser la intuición que la nueva
generación va teniendo de que en realidad el hombre y la mujer necesitan del amor universal
que no contradice al amor de elección. Sienten que para realizarse plenamente en realidad el
hombre necesita, por decirlo así, de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres, que no
hay ser humano que no enriquezca a otro y que el matrimonio no es una condena a amar una
sola persona, sino más bien la dicha de compartir de un modo único con una sola persona este
amor universal, que no es libertinaje sino amor cristiano transparente, amor generoso, pero
amor real y concreto.
¿Qué hacemos con los hijos?
Sé muy bien que no es fácil traducir estos principios a la práctica cuando nos encontramos
metidos hasta los ojos en el ritmo de una sociedad y de una cultura que es un producto
netamente «masculino».
Aun las mujeres mejores, las más abiertas a esta nueva dinámica del matrimonio, advierten la
dificultad práctica de esta renovación afirmando: «¿y qué hacemos con los hijos? ¿cómo puede
ir a trabajar, a estudiar, cuando me encuentro con tres o cuatro niños pequeños y sin servicio?
¿quién se preocupará entonces de la casa y de las cosas de mi marido?»
Ciertamente, planteado así el problema, es insoluble.
Pero sí queremos salvar la familia como institución estable y definitiva en el futuro que se nos
echa encima, hay que partir de otras bases y tener el valor de abordar el problema desde otros
ángulos de vista, prescindiendo de viejos perjuicios y liberándose de tabús ancestrales, de
sentimentalismos occidentales y quizá volviendo un poco más a la escuela de la madre-
naturaleza.
A muchos podrá escandalizarles, pero yo pienso que en cuanto se refiere a los hijos quizá el
hombre de la supertécnica tendrá aún mucho que aprender de la madre-tierra.
Siempre, para los grandes sabios de todas las épocas, la vida de los animales fue una escuela
preciosa para ordenar la sociedad humana; perfeccionándola ciertamente, pero imitándola en
sus valores básicos y esenciales.
Ahora bien en cuanto a la relación padre-hijos pienso que más que perfeccionar la naturaleza
la hemos prostituido. En la vida de los animales los padres son más generosos que nosotros
con los hijos, concediéndoles lo más pronto posible la libertad que necesitan para ser ellos
mismos. Lo que ellos hacen por instinto nosotros deberíamos hacerlo por convencimiento y
generosidad.
Es difícil que en la vida animal el hijo siga durante mucho tiempo junto a sus padres llegando
incluso a hacerse a su imagen y semejanza. Apenas puede desenvolverse solo comienza su
aventura personal, con todos los riesgos pero también con todas las posibilidades de ser él
mismo.
Hay padres y madres que tendrían junto a sí al hijo hasta que se casa y si fuera posible aun
después; que desearían que se pareciera a ellos no sólo en el color de los ojos sino hasta en sus
gestos, hasta en su última idea política.
En nuestra civilización, dada la separación del marido del hogar, este modelar al hijo
corresponde sobre todo a la madre; de ahí la falta de virilidad en nuestra nueva generación
formada casi exclusivamente por manos femeninas; de ahí la serie de complejos de Edipo cada
vez más numerosos y alarmantes.
No es que las jóvenes de hoy se «masculinicen» sino que los jóvenes están perdiendo su fuerza
de virilidad por falta de contacto con el padre y excesivos cuidados de la madre que convierte a
los hijos en el sustituto de afectividad de la soledad del marido.
Un etnólogo me hacía ver cómo en las tribus primitivas en las que la mujer va a trabajar
mientras el marido se queda en casa fumando la pipa o en tertulia o va a caza con los hijos, no
existe el problema de jóvenes afeminados ni complejos de Edipo. Si acaso pecan de excesiva
«virilidad».
En el futuro de la familia los padres tendrán que tener el coraje de permitir que los hijos,
apenas puedan valerse por sí mismos, empiecen a realizarse para poder conservar sus
peculiaridades y su propia personalidad, ya que es el creador mismo quien ha querido que no
existan dos seres humanos iguales.
Para esto será importante que empiecen a trabajar, a ganarse lo suficiente para la
subsistencia apenas les sea posible. Deberán trabajar y estudiar al mismo tiempo; deberán
poder ser independientes no cuando los padres se lo permitan sino cuando lo sean
naturalmente.
Con esto no queremos quitar la más mínima importancia al papel indispensable de los padres
en la educación de los hijos: pero se trata de una educación conjunta que no sofoque la
personalidad del hijo y que le permita ser él mismo lo más pronto posible. Deberían ser los
mismos padres quienes estudiaran generosamente la forma mejor de acelerar este proceso.
También el número de hijos estará condicionado a la integración de los esposos, ya que si es
verdad que el amor esponsal es por sí fecundo y tiende a multiplicarse, también es cierto, y
cada vez más claro, que lo importante no es el número sino el que cada ser humano que viene
a la vida sea lo más posible hombre libre e hijo de Dios. Por tanto, comprometer la integración
de los esposos que se obtiene en un margen necesario de libertad real para ambos, por un
número mayor de hijos, sería tan erróneo e injusto como limitar la prole por motivos
puramente egoístas.
Y es puramente sentimental la objeción de que la mujer ha sido creada para la maternidad y
que si le gustan los hijos no debe sacrificarse ni siquiera en favor de una mayor armonía e
integración familiar. Porque mientras nos da miedo imitar literalmente a la naturaleza en esa
libertad que los animales dejan a sus hijos, caemos en el absurdo de querer limitar la
maternidad a su papel puramente instintivo y natural.
Si los esposos deberán controlar y «humanizar» su instinto sexual por motivos diversos, porque
el hombre debe ser dueño de todos sus instintos y encauzarlos en favor del hombre mismo, con
la misma razón la mujer deberá regular y «humanizar» su instinto materno tanto en la
multiplicación de la prole cuanto en su tendencia a mantenerla pegada a su afecto hasta el
último momento.
Se trata siempre de un trabajo común para la liberación del hombre y el hombre sólo puede ser
libre si se le permite a él mismo adquirir una libertad auténticamente humana. Y siendo
legítimamente humana será divina aun sin saberlo.
Yo me atrevería a decir que sólo el matrimonio que ha obtenido su integración personal y su
maduración en el amor tiene el derecho de traer un nuevo ser al mundo. Porque es inútil
hablar de educación de los hijos en un matrimonio en el que no se ha realizado el encuentro
libre, maduro y humano. Los hijos que no puedan ver en la familia que la unión entre el
hombre y la mujer es un encuentro gozoso de amor, que se perfecciona cada día, llevarán
siempre una gran carga de excepticismo y de complejos.
Para mí un matrimonio en el que el marido se refugia en el trabajo y en los amigos, y la mujer
en los hijos, es ya un hogar roto que se parece mucho más a la simple naturaleza instintiva
que a una sociedad humana y cristiana. Y me pregunto si hogares así tienen derecho hasta de
procrear.
Por eso, pienso con sinceridad, que ante la cruda realidad de los hechos antes de tirar piedras
contra quienes se atreven a poner en tela de juicio la actual institución del matrimonio sería
mejor que nosotros, quienes creemos firmemente en su legitimidad y necesidad, en su
proyección incluso divina por injertarse en el misterio del amor mismo de Dios, tuviésemos el
coraje de hacernos con valentía algunas preguntas concretas que puedan ser un principio de
solución para una transformación de la familia del futuro.
Nosotros hemos intentado plantear en este capítulo algunas de estas preguntas claves y
concretas sin preocuparnos de hacer la imagen definitiva de lo que creemos será la familia del
mañana. Y esto porque no existen clisés hechos. Debemos crearlos nosotros cada día, todos
juntos, en un esfuerzo honrado y comunitario. Debemos luchar para dar un rostro nuevo a esa
verdad a la que el cristiano no puede renunciar sin degradar la misma dignidad humana, es
decir, la posibilidad de integración total y definitiva entre un hombre y una mujer para formar
una comunidad perfecta de amor dentro del ámbito de un sincero amor universal.
Ser hombres de verdad.
Finalmente hemos de decir que no existirá posibilidad de renovación ni de crear un modelo de
familia mejor, más humana y más libre si antes no abordamos el problema del hombre
individuo. Antes de nada el ser humano individual, hombre o mujer, debe descubrir su ser
infinito en el tiempo, su realidad personal y concreta; debe tomar conciencia de la dignidad de
su ser libre creado para la felicidad a través del amor a sus semejantes; debe convencerse de
que el hombre y la mujer por sí mismo son un ser ya perfecto, hecho a imagen y semejanza de
Dios y que para ser plenamente humano e hijo de Dios no está condicionado a la unión
«hombre-mujer». Cada individuo es perfecto en sí mismo, es casi un Dios según la Biblia.
Sólo a partir de esta convicción puede abordarse el problema no de la «realización» sino de la
«integración» del hombre y la mujer en una comunidad personal de amor.
Dios en la Biblia al crear a la mujer dijo: «No conviene que el hombre esté solo». Pero no dice
que el hombre no será hombre completo como ser individual sin la mujer, al contrario. No se
trata de dos trozos de una misma manzana, de dos piezas de una única máquina; se trata de
dos personas completas, de dos realidades perfectas, de dos seres libres y responsables, cada
uno con su propio nombre, con su propia riqueza: dos personas distintas pero no incompletas.
Dos seres humanos y casi divinos a quienes el creador ha modelado para el encuentro personal
y humano en el amor, con capacidad de diálogo corporal y espiritual, con exigencias de
comunidad personal en bien de la comunidad universal.
Dios habla de conveniencia y no de necesidad. Esta conveniencia, en la idea primera de Dios,
es salir al encuentro de la «soledad originaria» del hombre, soledad que se destruye sobre todo
con la integración del hombre y de la mujer en todos los niveles de la vida.

Arias Juan. Devolvednos a cristo

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    JUAN ARIAS DEVOLVEDNOS ACRISTO. EDICIONES SÍGUEME - SALAMANCA- 1979. PRESENTACIÓN. De todas las reacciones provocadas por mi libro anterior El Dios en quien no creo en los diversos sectores religiosos y culturales, dos de ellas me han impresionado de un modo particular. La primera es la opinión de un cura amigo que me dijo personalmente después de haber leído el libro: «Te confieso que lo he leído con gusto y con no poca curiosidad. Lástima, sin embargo, que des por descontado desde la primera página que aceptas a Cristo como Dios. Precisamente es ésta la duda que me atormenta desde hace muchos años. Más aún, te confieso que no creo ya en esta verdad. Por eso tu libro, aun siendo muy valiente, no me sirve. Espero, no obstante, que pueda hacer mucho bien a otros. No te oculto que hubiese leído algunos años antes hoy seguiría creyendo. ¡Paciencia!» La otra es una carta de un grupo de jóvenes no creyentes de ideología marxista pero que aceptan un diálogo con los cristianos bajo la base de la dinámica revolucionaría del evangelio. Me escribieron a las pocas semanas de haber sido publicado el libro diciéndome: «Te damos las gracias en grupo por tu libro. Apreciamos de un modo particular tu "falta de vergüenza" en confesar abiertamente tu fe y tu pasión por Cristo sin que ello te haya impedido desenmascarar tantas caricaturas de Dios como corren por tu Iglesia. Aun no compartiendo tu misma fe en un Cristo más que hombre, te confesamos que de muchas de las dimensiones que tú presentas de Cristo y de su carga revolucionaria y creativa es aún posible hablar juntos en favor de una liberación completa del hombre». Estas y tantas otras reacciones parecidas, junto al grito reciente del comunista Roger Garaudy: «Hombres de Iglesia restituidnos a Cristo», me han empujado a preparar esta nueva publicación que, bajo el título de Devolvednos a Cristo, recoge una serie de conferencias y artículos que pueden servir como un principio de reflexión entre creyentes y no creyentes, no a nivel de ideologías sino más bien a nivel existencial y de intercomunión personal. He pensado sobre todo en los jóvenes porque son los más limpios de prejuicios culturales y de ideologías. Y también en los que, sin ser ya jóvenes, no han perdido el coraje de la búsqueda y creen todavía en la posibilidad de crear un trozo de historia nueva y auténtica. A los satisfechos en su fe, a los que están plenamente convencidos de haber encontrado toda la verdad, a quienes están seguros de tener a Cristo en el bolsillo y que nada nuevo se puede ya descubrir en él, estas páginas ciertamente no les dirán nada: si acaso, les irritarán. Ni por desgracia dirán tampoco nada a quienes en la práctica se han sacudido su fe de encima, no porque se les haya quedado estrecha sino porque les pesa demasiado y les compromete haciéndoles incómoda su vida. Son los nuevos burgueses del espíritu, quizá a los únicos a quienes habría que llamarles ateos aun cuando siguen oficialmente en las filas de los creyentes. Es doloroso decirlo pero no puedo dejar de confesar que precisamente para esta categoría de «creyentes-ateos», mi libro El Dios en quien no creo supuso una verdadera desilusión. Lo habían recibido con un cierto gozo morboso esperando que un cura les dijera que realmente Dios no existe, para liberarse de un peso que les resulta demasiado incómodo. Los demás, los que quizá se siguen llamando ateos porque sienten el dolor y la rabia de un Cristo que les ha sido presentado como freno y alienación para sus exigencias de creatividad y de compromiso personal en la construcción de un mundo muy distinto al actual, no han
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    perdido todavía laesperanza de descubrir en Cristo palabras «verdaderas», capaces de dar un sentido a la nueva revolución que se está llevando a cabo sobre nuestra tierra. Por eso Devolvednos a Cristo es un nuevo esfuerzo por abordar algunos problemas que tantos consideramos como una promesa urgente e indispensable para poder construir una historia con un rostro más humano y por tanto más divino. Dos imágenes de Dios, de la Iglesia, de la religión han ahogado en muchos la esperanza de que Dios tenga aún sentido en nuestro mundo; en un mundo en que, paradógicamente, mientras sigue alienando y encadenando al hombre, descubre cada vez con mayor fuerza que el hombre es el centro de la historia y el verdadero responsable de la creación Bitas dos imágenes son las de una Iglesia sólo divina, sin el sabor de la tierra, que reniega de la encarnación y la olvida, y la de una Iglesia sólo angélica o satánica, sin rostro humano, que tampoco deja espacio para las esperanzas más profundas del hombre, que desea ser dios pero sin dejar de ser hombre verdadero; es decir, que no renuncia a ser Cristo, el hombre amigo de Dios y el Dios amigo del hombre. Al presentar esta nueva publicación no puedo olvidar a tantos grupos de jóvenes que he encontrado en estos últimos meses: jóvenes vivos que sólo aceptan una historia a la medida del hombre y que sufren porque no saben todavía cómo crear algo nuevo, hecho por ellos mismos, pues sienten aún el peso de toda la alienación que han heredado. Todos ellos me han ayudado a reflexionar sobre sus mismos problemas y a ser honrado en mi búsqueda. Juntos caminamos en la búsqueda de una imagen nueva del hombre, y queremos creer que no es imposible. ¿QUE DIOS ES EL QUE HA MUERTO?. LA MUERTE DE DIOS EN EL HOMBRE. Antes de empezar creo que es mi obligación advertir, para excusarme de la aparente dureza de algunas expresiones, que tengo una experiencia de catorce años de sacerdocio transcurridos casi por completo en contacto con los que no creen. Durante catorce años he estado oyendo casi constantemente: «No puedo creer en ese Dios». Y he sufrido, he sufrido de verdad amargamente al ver cómo mi prójimo me miraba y me decía: «¿Eres capaz de dar alguna razón a mi ateísmo?» Podéis comprender muy bien que, cuando durante tantos años he estado al lado de los que sufren porque no creen, me resulta tremendamente difícil hablar de una manera académica, con ínfulas de doctor. Más fácil es que vengan a mis labios las expresiones de los profetas, expresiones que pueden parecer amargas, que pueden sonar a «contestación». Me gustaría que a través de esas expresiones lograseis vislumbrar el tremendo amor que uno lleva dentro cuando, al creer, ve a otros hombres que sufren por no poder creer, incluso cuando quieren creer. En estos momentos os estoy mirando; detrás de mí hay un gran cartel blanco con inscripciones negras: me han dicho que es un muro, una especie de muro simbólico que tenemos que derribar para poder encontrarnos con Dios. En ese muro yo estoy viendo otra cosa. Detrás de ese muro yo estoy viendo otro público que no está con nosotros, un público que nos preguntaría en estos momentos: «¿Qué es vuestro Dios? ¿de qué me sirve vuestro Dios?» Todo ese mundo que está a nuestro lado, pero que no está con nosotros; todo ese mundo que ni cree en nosotros ni cree en nuestro Dios. Para mí, en estos momentos, el poder dirigiros la palabra resulta una satisfacción, una especie de paréntesis, porque sé que estoy hablando a unos hombres que son como yo, a unos cristianos que, de alguna manera, creen como yo. Pero no puedo olvidarme, y lo tendré presente cada vez que os mire y que os hable, de ese otro mundo que está detrás de nosotros, escondido, que camina en estos momentos por las calles de todo el mundo y que sigue preguntándonos: «¿Para qué sirve vuestro Dios?»
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    Hemos leído untrozo del evangelio de san Lucas que nos permitirá adentrarnos en la conversación de esta tarde: «La muerte de Dios en el hombre». ¿Qué Dios es el que ha muerto en el hombre? No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el hombre. No aceptamos a un Dios al que no podamos encontrar en lo más profundo de nosotros mismos, en nuestra propia conciencia. No aceptamos a un Dios, al que no podamos encontrar en el amor. No podemos aceptar a un Dios, al que no seamos capaces de encontrar en la convivencia humana, en el abrazo fraterno, en el estar juntos. No podemos aceptar a un Dios, al que no podamos descubrir en la dimensión social, en la dimensión política de nuestro ir creando la historia junto con los demás. Y no podemos creer en un Dios, que no se revele a través de una Iglesia de rostro verdaderamente humano. Vamos a reflexionar todos juntos en ese Dios que no puede existir para nosotros cuando no somos capaces de encontrarlo en el hombre. Hemos escuchado un trozo del evangelio. Me gustaría que en estos momentos tuvieseis presente la escena, porque es muy importante. Frente a Cristo está un hombre con una mano seca desde hace muchos años. Es un día de sábado. Cristo quiere curarlo, pero le dicen que no se puede curar en sábado, que lo prohíbe la ley. A pesar de todo, Cristo lo sana. Al presenciar esta escena, se me ocurre preguntarle a Cristo: «¿Por qué te empeñas en hacer este acto de provocación? ¿Por qué te empeñas en ir contra la ley? ¿No te das cuenta de que este hombre ha estado muchos años con la mano seca? ¿Por qué quieres curarlo precisamente hoy? ¿Por qué no esperas a mañana? Así evitarías toda esa exasperación de los que creen que la ley está por encima del hombre. ¿Por qué no lo tomas aparte y le dices que espere un poco, que lo curarás mañana, que de esta manera se evitará el escándalo? ¿No sería una medida de prudencia aguardar un día más? ¡Hace tanto tiempo que está enfermo!» Pero Cristo no aguarda al domingo. Lo cura, a pesar de la exasperación de los que —como dice el evangelio- estaban rabiosos contra él y buscaban la manera de eliminarlo. ¿Quién es ese hombre tan importante al que Cristo, sólo por curarle una mano seca desde hace años, es capaz de atender en contra de la ley, presentándose como un provocador y un «contestador»? ¿Quién es ese hombre? ¿Quién es mi hermano? Ya al principio de la humanidad Caín se lo echó en cara a Dios: «¿Quién es mi hermano?» Pero esta pregunta no es sólo de entonces, de los albores de la historia; es una pregunta de hoy, de este mismo instante. Nos estamos preguntando constantemente: ¿qué es el hombre? ¿Quién es un hombre? ¿Vale la pena un hombre? ¿Vale la pena luchar por un hombre (no digo por la humanidad, fijaos bien, sino por un hombre)? ¿Qué es ese hombre? Hemos oído decir durante muchos siglos: «El hombre está lleno de pecados. ¿El hombre? ¿Qué vale un hombre? El hombre es incapaz de hacer nada. Sin Dios, el hombre no es nada». Durante toda la historia hemos mantenido una desconfianza casi total ante el hombre. Incluso nosotros, los católicos, hemos experimentado esa tentación continuamente. Casi me atrevería a decir que hemos explotado el mismo pecado original —que yo no niego y que no puedo negar con mi fe— para decir a todo el mundo que el hombre vale poco. Y con esto hemos justificado muchas veces el hecho de poder ir en contra del hombre. ¿Qué es un hombre? ¿Pero es posible, me pregunto, que después de veinte siglos de cristianismo, después de la encarnación, nos sigamos preguntando todavía: «¿Qué es un hombre?»; que podamos seguir desconfiando del hombre, que tengamos miedo del hombre, que tengamos miedo de ser hombres, de aceptar hasta el fondo todas las consecuencias del dogma de la encarnación? Lo sabéis muy bien: para la Biblia, Adán y Eva, aunque los consideramos solamente como símbolos, sintieron la tentación de ser como Dios, de convertirse en dioses. E intentaron hacerlo de una manera mágica, sin esfuerzo alguno. Pero al querer ser como Dios, lo único que consiguieron fue que ni siquiera llegaran a ser hombres. Descubrieron que habían dejado de ser hombres, porque su pecado consistía en el hecho de no haber comprendido que ya eran
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    como Dios. ¿Noes eso lo que quiere decirnos la Biblia cuando nos dice que Dios acudía todas las tardes a conversar con ellos, a sentarse con ellos a la mesa? Se olvidaron de que eran como Dios y quisieron conocer también el mal, quisieron conocer el mal para ser Dios, olvidándose de que Dios no puede conocer el mal, que si uno quiere conocer el mal no solamente no es Dios, sino que ni siquiera es hombre, porque el mal no existe. Lo que existe es el hombre que hace ese mal. Y en el momento en que Adán y Eva quisieron ser Dios descubrieron que ya no eran hombres, se llenaron de miedo, se sintieron solos, avergonzados el uno del otro, y se dieron cuenta en un momento de que estaban desnudos. Se trata de algo simbólico, si queréis: sintieron la soledad, la vergüenza de sí mismos, no se sintieron ya hombres. Y empieza entonces una larga historia, una larga peregrinación para poder encontrarse de nuevo como hombres. Pero llega un momento en el que Dios quiere que el hombre pueda ser verdaderamente Dios. Dios quiere librar al hombre de esa nostalgia que siente en lo más profundo de sí mismo, una vez que su mano creadora lo tocó en sus entrañas. El hombre quiere ser Dios. Y Dios hace que el hombre pueda ser Dios. Dios envía a su Hijo que se hace hombre con todas las consecuencias. Y desde el momento en que Dios se hace hombre, el hombre se convierte en Dios, también con todas las consecuencias. Pero precisamente en el momento en que Dios le ofrece al hombre esa posibilidad de ser verdaderamente Dios, de insertarse en la familia de Dios, de poder sentarse a la mesa de Dios, de poder llamarle a Dios padre y amigo siempre que quiera, porque se hace de su misma raza, porque puede de veras tratar de «tú» a Dios, porque Dios ha entrado ya en la esfera del hombre y el hombre en la de Dios, en ese mismo momento el hombre siente miedo de ser Dios. El hombre tiene miedo de cargar con su responsabilidad y de aceptar todas las consecuencias del hecho de ser Dios. El hombre tiene miedo de poder continuar la obra de la creación que Dios le ha confiado. Y este miedo de ser Dios le empuja a dejar al Dios creador la responsabilidad de todo, mientras que él toma el camino de la evasión. Y prefiere que Dios le vaya resolviendo sus problemas, poniendo en sus manos la responsabilidad y el esfuerzo de la historia y de su propia historia. Porque tiene miedo de enfrentarse con su responsabilidad y de aceptar esa maravilla y esa grandeza que todavía nosotros somos incapaces de aceptar. Porque tiene miedo de aceptar ser Dios. ¿Qué es lo que significan aquellas palabras de Cristo a sus discípulos: «Vosotros haréis cosas mayores que las que yo he hecho»? ¿Acaso se pueden hacer cosas mayores que las que ha hecho Cristo? ¡Es él el que lo ha dicho! Pero si negamos esta realidad, esta grandeza del hombre, de la que siempre hemos sentido miedo, estamos negando el cristianismo. No podemos aceptar nuestra fe si no aceptamos de verdad que el hombre es algo inmensamente grande, mucho más de cuanto podemos soñar. No la humanidad, sino el hombre, el hombre concreto, un hombre cualquiera. Y esto por el mero hecho de ser hombre. No por ser tal hombre, ni porque representa tal cosa, ni porque tiene, ni porque produce, ni porque posee tal dignidad, sino porque es hombre. Porque, si es hombre, es Cristo. Y, si es Cristo, es Dios. Pero ¿por qué nos resulta tan difícil aceptar que el hombre vale más que toda la historia; que un solo hombre, un hombre cualquiera, el último borracho con quien tropiezo por la calle, es más importante que toda la historia, que toda la creación, que todo el dinero del mundo? ¿Por qué no logramos comprender que la última prostituta que me encuentro por la calle es inmensamente más importante que cualquier ideología del mundo? Es el hecho de ser hombre lo que me hace comprender y sentir la presencia de Cristo. Porque Cristo, es lo que nos dice la teología, habría muerto por un solo hombre. Nos resulta difícil aceptar semejante grandeza en el hombre. Porque no hemos sido capaces de descubrirnos a nosotros mismos, porque no nos aceptamos no ya sólo como Dios, sino ni siquiera como hombres. Hemos repetido muchas veces que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. Pero todavía no hemos comprendido qué es lo que significa amarnos a nosotros mismos. Qué es lo que significa aceptarnos a nosotros mismos, tener confianza en nosotros. Hemos tenido demasiado miedo de nuestras posibilidades.
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    Hemos renegado dela parábola de los talentos, porque hemos tenido miedo del riesgo. Porque no hemos creído hasta el fondo que Dios nos ha concedido todas las posibilidades de crear nuestra historia. Y si yo no soy capaz de reconocer lo que Dios ha hecho en mí, si no soy capaz de aceptar la responsabilidad —y también la alegría— de saber que soy Cristo, de saber que soy Cristo con una capacidad de crear, de llevar adelante la misma obra que Dios comenzó el primer día, será imposible que pueda aceptar el valor del otro. Esta falta de confianza en nosotros mismos, este pesimismo es el que nos induce a no aceptar al otro. Y por eso nos sentimos siempre tristes al lado de aquellos otros que, aunque no tengan a Dios, tienen confianza en sí mismos y creen más que nosotros en la posibilidad que tiene el hombre de hacer algo, de liberar a la humanidad. Nosotros, que decimos que somos Cristo y que afirmamos que tenemos una fuerza más grande que cuanto se puede imaginar, sentimos sin embargo miedo de nosotros mismos. No creemos en nuestros recursos. No somos capaces de imaginar que podemos verdaderamente crear más de lo que pensamos. Y como no tenemos confianza en nosotros mismos, tampoco tenemos confianza en nuestro prójimo, en nuestro hermano, en un hombre cualquiera. Yo tengo necesidad de un hombre para poder descubrirme a mí mismo, para poder saber que soy un hombre, para comprender que soy algo que vale la pena, que vale más que toda la creación. Tengo necesidad de otro hombre, y solamente a través de otro podré descubrirme a mí mismo. Adán tuvo necesidad de los ojos de Eva para poder ver su rostro. ¿Habéis pensado alguna vez que, cuando hablamos entre nosotros, es el otro el que ve nuestro rostro y no nosotros, y que somos nosotros los que vemos su cara y no él? ¿Habéis pensado alguna vez en esto? Parece una vulgaridad, pero encierra algo muy profundo. Yo, durante toda mi jornada, no veo mi propia cara; son los otros los que la ven. Y soy yo el que ve la cara de los demás. Soy yo el que puedo decir de los demás cómo son. Soy yo el que ayudo a los demás a que descubran lo que son: no sólo su cara, sino todo lo que tienen dentro de sí. Y sólo cuando yo miro al otro, cuando soy capaz de amar al otro, es cuando el otro es capaz de descubrir lo que es. Vosotros comprendéis muy bien y sabéis lo que quiero decir; ¡cuántos de vosotros han dicho alguna vez: «Hasta que no encontré a una persona que me amó, no comprendí lo que era»! Yo empiezo a sentirme hombre, empiezo a sentirme persona, a sentirme importante, a sentir confianza en mí mismo, empiezo a darme cuenta de que puedo hacer algo en la vida, cuando me encuentro con una persona que me ama y que me dice que soy capaz de hacer algo. Uno no puede descubrirse por sí mismo: tiene necesidad de otro. Nosotros, encerrados en nuestro individualismo, negándonos a descubrirnos a nosotros mismos a través del otro, renegando del valor fundamental del hombre, sin querer aceptar en nuestra fe que el hombre es el centro de todo, que el hombre es verdaderamente un absoluto, que toda nuestra fe gira en torno a ese hombre, que sin el hombre no puede haber cristianismo, no nos hemos dado todavía cuenta de que el cristianismo más que una religión es una fe, una fe en el hombre concreto, que nace de una revelación de Dios hecho hombre y que afirma que el hombre es lo más importante de toda nuestra historia. Al no aceptar todo esto, hemos negado prácticamente a Cristo, hemos renegado de Dios. Y Dios se ha vengado de nosotros. Se ha vengado de nosotros en el sentido de que ha tenido que ir a buscar a otro sitio, para que otros hombres que no aceptaban a Dios descubriesen el valor fundamental del hombre. Aquel que dijo un día: «Vendrán del oriente y del occidente y ocuparán los primeros puestos», es el mismo que dijo: «Los publícanos y las meretrices os precederán en el reino de los cielos». Hoy ese mismo Cristo podría decir: «Vendrán del este, vendrán de otros lugares, vendrán de otras religiones, vendrán de otras ideologías, y quizá sean ellos los primeros en comprender lo que es la encarnación, lo que es un hombre». Quizá sean ellos los que, a pesar de no tener Dios, logren descubrir al hombre mejor que nosotros mismos. Nosotros nos hemos refugiado en Dios y nos hemos olvidado del hombre, hemos renegado de Cristo. Ellos, a pesar de haberse quedado sin Dios, en la soledad tremenda de
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    saber que quizáno haya nada después, han fijado su mirada en el hombre, han descubierto que el hombre es algo que vale la pena de arriesgar la vida por él. Y nosotros no tenemos más remedio que aceptar la humillación de ver que han sido ellos los que nos han empujado al encuentro del dogma fundamental de nuestra fe: la encarnación y la fe en el hombre. Hace poco pudimos leer la declaración del comunista francés Garaudy. El, un comunista, ha gritado con todas sus fuerzas: «¡Hombres de la Iglesia, devolvednos a Cristo!» Ya antes había dicho: «El evangelio todavía tiene que decir algo a la humanidad». Hay muchos hombres honrados que no se han encontrado con Dios en su camino, pero que han creído en el hombre, que han hecho del hombre su propia religión; es posible que algún día puedan comprender mejor que nosotros a ese Cristo que también es suyo. Hace un año pude ser testigo, en un congreso de escritores en el que casi todos eran ateos, del inmenso respeto con que pronunciaban el nombre de Cristo. No puedo terminar sin recordar la parábola del juicio final. Os decía que, mientras os dirigía la palabra, tenía delante de mis ojos a toda esa otra gente que está detrás de nosotros, que nos juzga y nos ayuda a que hagamos un examen de conciencia. Vamos, pues, a recordar la parábola del juicio final, esa parábola que yo he leído tantas veces y que, si no la hubiese dicho Jesucristo, no la habría aceptado jamás nuestra censura eclesiástica. Delante de Cristo se presenta toda una multitud de hombres, a los que Cristo dice: «Venid, benditos de mi Padre, porque me habéis dado de comer, porque estaba en la cárcel y me habéis visitado...» Y ellos: «¿Qué es lo que dices? ¿qué es lo que te hemos hecho? ¡Pero si no te conocíamos! ¡Pero si hemos luchado contra ti! ¡Pero si no hemos querido saber nada de tu Iglesia!...» «Venid». «¡Pero si nunca hemos hecho nada por ti!» «Todo lo que hacíais por el hombre, lo hacíais por mí». Y a los otros les dirá: «¡Fuera, no os conozco». «Pero ¿cómo? ¿qué no nos conoces? ¡Pero si te hemos conocido en las plazas! ¡si te hemos predicado tantas veces!...» «No os conozco, porque cuando tenía hambre, no me disteis de comer; cuando estaba desnudo, no me vestísteis». «Pero ¿qué dices, Señor? Acuérdate de aquel dinero que di para comprarte un sagrario... Y de aquella limosna que hice para edificarte una Iglesia... Y de las veces que he predicado tu nombre... Y de los años que he pertenecido a la Acción católica... Y de lo mucho que he hecho para darte a conocer». «No os conozco; ¡fuera! Porque no habéis ayudado al hombre que estaba a vuestro lado; y mi religión es la religión del hombre. El hombre soy yo. Lo que le hacéis al más pequeño, al último, me lo hacéis a mí». Durante la eucaristía, cuando se pronuncian aquellas palabras: «esto es mi cuerpo y ésta es mi sangre», nos recogemos profundamente porque son palabras de Cristo, que no pueden pasarse por alto. Pero pregunto si aquellas palabras no son también palabras del mismo Cristo, con la misma fuerza, con la misma verdad que estas últimas. El ha dicho que sus palabras no pasarán. Por eso, sus palabras serán las que nos juzguen. Y frente a esta parábola, aquellos que están detrás de nosotros, aquellos que no nos escuchan en este momento, aquellos que no creen, vuelven a preguntarnos: «¿De qué nos sirve ese Dios vuestro?» LA MUERTE DE DIOS EN LA CONCIENCIA. Después de la charla de ayer resultaba para mí una auténtica incógnita el saber si de alguna manera habían tocado mis palabras algo sustancial en vuestra vida. Porque si una palabra no toca hoy nuestra propia vida, no nos interesa: el hombre de hoy es capaz de escuchar únicamente las palabras que le dicen algo. Por eso siento hoy un gran consuelo especialmente al ver aquí a tantos jóvenes. Sé muy bien que resulta muy difícil en estos momentos el poder hablar a los jóvenes de ciertas cosas. Por eso, quiero que mis primeras palabras sean para agradecer vuestra presencia. ¿En qué sentido podemos decir que Dios ha muerto en la conciencia? Repito, lo mismo que ayer, que mientras me dirijo a vosotros, no puedo olvidarme de todo ese mundo que no cree en nosotros y que está al otro lado de la pared. No puedo olvidarme del mitin que en estos mismos momentos, mientras hablo, se está celebrando en la plaza, el mitin comunista. No puedo olvidarme de aquellos que siguen diciéndome: «¿Para qué sirve vuestra Iglesia, si no nos
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    ayuda a sermás hombres, más responsables, si no nos ayuda a construir un mundo más justo, más hermoso, más verdadero?» Por eso, mientras hablo, y me gustaría repetirlo siempre que os hable, resuenan dentro de mi corazón las palabras de angustia de todos los que no creen, de los que no creen en nosotros. Dios ha muerto en cierto modo en la conciencia, porque nosotros no sabemos encontrarlo dentro de ella, porque hemos tenido miedo de nuestra conciencia, porque tenemos miedo de nuestras responsabilidades y hemos preferido cambiar nuestra conciencia por cualquier otra cosa que nos venga de fuera. Sin embargo, Dios tiene que estar presente para un cristiano en la conciencia. Más todavía: allí, y solamente allí, es donde podremos encontrar de verdad la realidad más profunda de nuestro Dios. Estoy convencido de que, al hablar de esto, estoy tocando uno de los temas más fundamentales y más atrevidos de nuestra fe, uno de los más actuales, de los más urgentes, de los más graves. No podremos reconquistar toda la fuerza del evangelio, toda la fuerza de nuestra fe, y la Iglesia será incapaz de ser una fuerza dinámica, creadora, que diga algo al mundo que no cree, si no tenemos ideas suficientemente claras de lo que es nuestra conciencia y de hasta dónde llega nuestra responsabilidad ante Dios. Tengo que manifestarlo abiertamente: durante los catorce años de mi sacerdocio me he encontrado frente a muchos creyentes, que verdaderamente no saben ni han comprendido hasta qué punto son responsables de su propia conciencia y hasta qué punto esta conciencia les exige que creen su propia vida y su propia historia. Muchos han tenido que sufrir por creer que tenían que renunciar a su propia conciencia para ser verdaderamente cristianos, a pesar de que la Iglesia no ha afirmado nunca que haya venido a reemplazar a la conciencia, sino a ayudarla y servirla. Todos los sacerdotes tenemos una experiencia muy clara en nuestras confesiones de hasta qué punto nos hemos olvidado de lo que es verdaderamente la conciencia, de hasta qué punto resolvemos nuestros problemas con Dios, no ya partiendo de lo más profundo de nosotros mismos sino de fuera, de lo que nos dicen, de lo que hemos leído. ¡Cuántas veces viene la gente a confesarse y nos dice: «No he ido a misa los domingos». «¿Y por qué?» «Porque no podía ir, porque tengo un niño pequeño». «Entonces, ¿por qué te confiesas?» «Es que me han dicho que tenía que hacerlo». «Pero tu conciencia ¿qué es lo que te decía?» «Mi conciencia me decía que no podía ir». «¿Entonces?» Viene un joven que me dice: «Me acuso de haber dado un beso a mi novia». «Pero, ¿eso es para ti un pecado?» «No, padre». «Entonces, ¿por qué lo confiesas?» «Es que me lo han dicho, me ha dicho un sacerdote que es pecado». «Pero tú ¿lo sientes como pecado?» «No, ni mucho menos». «Entonces, ¿por qué lo confiesas?» Y así otros muchos ejemplos. Juzgamos las cosas desde fuera, pero Dios quiere que nos juzguemos desde dentro. Ha sido Cristo el que ha dicho que no son las cosas que entran en el hombre, las que vienen de fuera, sino lo que nace del corazón, de dentro, de la conciencia, lo que provoca los homicidios, los adulterios, las mentiras y todos los pecados. Por eso mismo Cristo ha dicho que, si uno comete adulterio sólo con el pensamiento, dentro de sí mismo, comete un pecado. Pero la verdad es que de ordinario hacemos el examen de conciencia partiendo, no ya de una confrontación, de una comprobación con nuestra conciencia, sino de las cosas de fuera. Me acuerdo de que, cuando era seminarista, nuestro examen de conciencia no era una revisión de la profundidad de uno mismo ante la realidad, sino más bien una revisión de nuestra conducta frente a una ley puramente exterior; teníamos que hacer el examen de conciencia diciendo: «He pecado, porque está escrito en el reglamento». Pongamos un ejemplo bien sencillo: tenía que guardar silencio durante cierto tiempo, pero he hablado; nunca se nos ocurría preguntarnos si acaso habíamos hablado en aquella ocasión porque nuestra conciencia nos pedía que ayudásemos a un compañero: teníamos que hablar. Luego comprendí que, si las cosas eran así, Cristo tendría que haber hecho también un examen de conciencia del mismo modo: tendría que haberse acusado a sí mismo y sentirse pecador. Debería haber hecho algún día este examen de conciencia: «He pecado por haber defendido a un mujer sorprendida en adulterio: tenía que haberla apedreado y la he defendido,
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    no he permitidoque la mataran, a pesar de que la ley mandaba que la apedreasen. Me acuso de haber violado el sábado, porque en sábado no se puede curar y yo he curado. Me acuso de haber dado mal ejemplo a los apóstoles, porque me han encontrado una tarde hablando con una mujer, yo solo, y se quedaron extrañados». Pero Cristo no podía acusarse de estas cosas porque obraba según su propia conciencia, según lo profundo de su alma, que es mucho más importante que todo lo que viene de fuera. ¿Qué es la conciencia para nosotros, los cristianos? En el evangelio no encontramos ni una sola vez la palabra «conciencia». Para Cristo, «conciencia» era lo mismo que cumplir la voluntad de su Padre. Decía continuamente: «Yo he venido para hacer la voluntad de mi Padre». Pero también decía: «Quien me ve, ve al Padre». Para él, cumplir la voluntad del Padre en cada momento, incluso contra la ley externa, significaba ser fiel a sí mismo, ser fiel a su conciencia, a lo más profundo de uno mismo. San Pablo, que utiliza sólo una vez la palabra «conciencia», indica con ella la capacidad radicada en el centro del alma de la que todos pueden disponer, incluso los paganos. Es una luz que legisla sobre las acciones concretas; es algo que posee autoridad porque está garantizada por Cristo y porque se nos ha concedido en unión con el Espíritu Santo. Pero la novedad para san Pablo está en lo que podríamos llamar la «conciencia previa», esto es, una conciencia distinta de aquella otra que después de haber hecho una cosa me dice que he obrado bien o mal, que es como se entiende de ordinario la palabra «conciencia». San Pablo va más allá. Para san Pablo la conciencia es un a priori, o sea, la conciencia obliga por sí misma, incluso a obrar, ya que es la voz misma de Dios. No sólo después de una acción, sino también antes de ella, la conciencia puede impulsar a hacer una cosa, por ser Dios el que habla en mí a través de dicha conciencia. Esta es una novedad que revoluciona el campo de la moral, según san Pablo. La conciencia es la guía del hombre en el uso de la propia libertad, según él. Según san Pablo, esta conciencia puede estar en contraste con la ley que viene de fuera, por estar determinada por el amor y el bien. Puede haber para san Pablo una conciencia errónea, una conciencia inmadura, pero que obliga lo mismo ante Dios, incluso cuando se decide por el mal, porque cree que entonces obra bien. El ir en contra de dicha conciencia, incluso cuando se hace el mal creyendo hacer el bien, sería pecado para san Pablo. La conciencia débil, inerte, dudosa, tiene obligación de resolver sus decisiones tomando como base las propias convicciones, porque san Pablo dice que «todo lo que no nace de una convicción personal es pecado». En el bautismo —digo esto porque no se trata de una tesis teológica más o menos discutida, sino que es doctrina de san Pablo— la conciencia ha quedado purificada y consagrada a Dios y ligada por el amor con los hermanos. Con san Pablo —Cristo lo había dicho sobre todo con sus gestos, mientras que Pablo lo dice más abiertamente con sus palabras— se da el salto de la ley escrita a la conciencia personal. Habéis sido llamados a al libertad, sois libres, sois hijos de la libertad, la letra mata y la conciencia da vida. En la Biblia la conciencia es el corazón, lo cual es muy importante porque así se une la conciencia con el amor. Según los viejos israelitas, el hombre es justo si sigue las inclinaciones del corazón. Pero hay que decir que para la Biblia, para los semitas, el corazón no era solamente el centro del sentimiento sino que era toda la personalidad del hombre. Para un semita, y por tanto para Cristo, decir corazón era lo mismo que decir personalidad, profundidad del ser, conciencia. Por eso, cuando Cristo dice en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», quiere decir que son bienaventurados los que tienen la conciencia limpia, porque ellos descubrirán a Dios. Pero el hombre, según la Biblia, siente la tentación de tener un corazón doble, una conciencia doble; siente la tentación, sin Dios, de servir al mismo tiempo a dos señores. Por eso Dios le da al hombre un corazón nuevo, o sea, una conciencia nueva, y escribe su ley en ese corazón nuevo. Dios escribe su ley en el corazón del hombre, pero la escribe incluso antes de que venga Cristo. Dios, cuando crea al hombre, escribe en su corazón su ley fundamental del amor, que será durante toda su vida la guía seria, profunda y última de sus decisiones y de sus
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    responsabilidades ante Dios.Por eso dice san Pablo que esto sirve para todos, incluso para los paganos, porque ha sido el mismo creador el que ha hecho a todos los hombres sin distinción, haciéndose presente en cada uno de ellos y dejando esta huella de su ley fundamental que nos lleva hacia el amor. Dios está presente en este corazón nuevo, en esta conciencia del hombre, infundiéndole un deseo irresistible de gozo, de felicidad, y que, para ser total, tiene que estar siempre ligado al bien. Todo hombre sincero, normal, todo hombre auténtico siente que desde lo más profundo de sí mismo nace un anhelo irresistible de felicidad. No me he encontrado jamás a un hombre que me haya dicho que no siente la vocación a la alegría, a la dicha, que no quiera ser feliz, plenamente feliz. Pero también es verdad que, si este hombre es sincero, tendrá que afirmar que esta felicidad no puede prescindir de lo que constituye una exigencia profunda de su conciencia, la de probar esta felicidad hacia el bien. Y cuando busca esta felicidad separada de dicho bien, siente que le falta algo y que no podrá nunca ser felÍ2 de verdad. Un ejemplo muy concreto: un hombre puede desear la mujer de otro hombre, la puede desear como un principio de gozo, como algo que lo haría feliz, pero al mismo tiempo la conciencia le hace ver que, si toma a esa mujer, esto significa arruinar a otro hombre, hacer desgraciados a sus hijos: esa felicidad no podrá ser nunca plenamente completa. Podrá tomarla, podrá quizá tener una parte de gozo, pero jamás tendrá un gozo completo, total y absoluto. Hay algo dentro de él, más poderoso que él, algo que lo desborda y que en todo momento le dice: me falta algo para que esta dicha sea total. En este caso mi conciencia no ha escogido el bien, a la par con la felicidad. La conciencia está libre de toda ley, está por encima de toda ley; y la última decisión del cristiano frente a Dios es su propia conciencia. Por eso la verdadera autoridad, la única autoridad, incluso la de la Iglesia, parte de la conciencia. Solamente cuando la Iglesia habla a la conciencia del hombre, y habla en nombre y sólo en nombre de aquel que ha creado esa conciencia, y con la palabra que coincide exactamente con la conciencia que él ha creado y que está presente en ella, solamente entonces es cuando la Iglesia tiene autoridad. Y el que recibe esta autoridad, se da entonces cuenta de que se trata de una autoridad verdadera. Pero cuando la Iglesia habla, no ya a la conciencia sino a otras categorías, cuando habla en un nombre distinto del de aquel que ha creado la conciencia, cuando habla con palabras distintas de las de Cristo, o sea, con sus propias palabras, con palabras mundanas, entonces la conciencia se resiste quizá, porque siente que la Iglesia no le habla a su propia conciencia, que no le habla en nombre de aquel Dios que no se puede contradecir y que es el mismo Dios presente en la Iglesia y en la profundidad de nosotros mismos. Esto no lo ha negado nunca la Iglesia. La doctrina de la Iglesia no ha negado jamás que el hombre es el que tiene que decidir, en definitiva, según su propia conciencia. Pondré solamente unos cuantos ejemplos. Santo Tomás (no citaré a ningún teólogo moderno, que siempre se podrá discutir) dice que es mejor dejarse excomulgar por la propia Iglesia que ir en contra de la propia conciencia. Y dice también que, si uno confiesa la fe en Cristo y en la Iglesia, a pesar de reconocer que es falsa, peca en contra de su conciencia. Y el cardenal Newman escribía estas palabras: «Siempre he defendido que la obediencia a la conciencia, incluso a la conciencia errónea, es el mejor camino para llegar a la luz». Me imagino que me preguntáis: «Si esto es verdad, ¿por qué hemos tenido tanto miedo de decidir según nuestra conciencia? ¿por qué nos hemos cansado tanto? ¿por qué hemos renunciado a crear nuestra propia historia? ¿por qué no nos han dejado muchas veces que decidiésemos según lo que sentíamos en nuestro interior honradamente, cuando decíamos, a veces entre lágrimas: ¡pero si yo siento que tengo que obrar así, si yo siento que esto no lo puedo admitir!...? ¿por qué hemos sentido miedo tantas veces de decidir frente a Dios, quizás incluso en contra de una ley que nos venía de fuera, sin pensar que de este modo renunciábamos a ser nosotros mismos y abdicábamos de nuestra misión de hombres y de cristianos? ¿por qué hemos sentido miedo no ya de la teoría, ya que la Iglesia no ha negado jamás esta doctrina, pero sí de la práctica?» Las acusaciones de este tipo se repiten sin cesar.
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    Una de tantasacusaciones que han lanzado contra nosotros los que no creen es ésta: «Vosotros, los cristianos, no podréis construir nunca nada, porque siempre estáis esperando que os venga desde fuera la respuesta; vosotros no tenéis fuerza creadora, no podréis jamás crear la historia; tenéis que esperar siempre a que otro decida por vosotros; no sois capaces de asumir vuestra propia responsabilidad; no podréis ser nunca hombres completos». Esta crítica que nos dirigen es muy seria y nos obliga a reflexionar. Debería suceder todo lo contrario. Precisamente el cristiano, convencido de que su conciencia es igual a Dios, debería tener un dinamismo, una fuerza mucho mayor que los demás, una esperanza ilimitada, para poder enfrentarse con cualquier riesgo, sin tener miedo a nada, porque estamos seguros de que, aunque nos equivocásemos con la convicción de nuestra honradez, no podríamos nunca fallar, ya que detrás de nosotros está Cristo. ¿Por qué nos hemos empeñado en aferramos a una ley externa, volviendo así a los tiempos antes de Cristo, siendo así que Cristo ha venido a liberarnos de la ley? Cristo es el que nos dice: «No es la ley lo que salva; soy yo el salvador; yo estoy presente en vosotros y vosotros sois yo mismo cuando tomáis vuestras decisiones con honradez, con justicia, a la luz de mi verdadera palabra y a la luz del magisterio de mi Iglesia, cuando ella habla en mi nombre, cuando es una maduración, seria de la comunidad cristiana». En parte este miedo ha nacido de una confusión muy seria y muy grave, que hoy empezamos a descubrir con mayor claridad: hemos confundido el concepto bíblico de conciencia, que es igual a Dios, con el concepto griego-aristotélico según el cual la conciencia es igual a la razón. Para los griegos, para la filosofía aristotélica, el principio de vida, la fuente de la vida es el espíritu. Para el cristiano y para la Biblia la fuente de la vida es Dios, y la conciencia es igual a Dios y, si hay algo que sea seguro, es precisamente la conciencia, ya que en ella es donde Dios está presente de una manera existencial, de una manera real. Es difícil que nos podamos equivocar. Esta desconfianza es la que nos ha llevado a decir: «¡Atención a la conciencia, porque la conciencia puede ser errónea, porque la conciencia puede ser falsa! ¡Hay que formar la conciencia!» Pero, si la conciencia es Dios, yo no puedo formarla; lo que tengo que hacer es descubrirla, ayudarle a cada uno a que descubra cuál es la voz de Dios en su interior. Pero no puedo formarla, porque no puedo formar a Dios. Dios es el que está presente en mí. Entonces me diréis: «¿Para qué sirve la Iglesia? ¿De qué nos sirve? ¿Para qué vale la ley de la Iglesia?» Sé muy bien que el drama es grande y la tensión difícil, porque todavía no hemos comprendido que la Iglesia no viene a sustituir las conciencias que Cristo ha instituido a la Iglesia como un servicio, precisamente como un servicio en este santuario sagrado de nuestra conciencia, que la Iglesia nos ayuda para que no puedan corromperse las verdades fundamentales que nosotros sentimos ya en nuestra conciencia. Una de las verdades que no pueden negarse ni corromperse es precisamente ésta: que Dios está presente en la conciencia y que el hombre tiene que decidir según su propia conciencia y que la Iglesia tiene que garantizar la defensa continua de esta verdad, para que no quede falseada o corrompida. La Iglesia, incluso con sus leyes, tiene que estar al servicio de esta conciencia y nunca jamás podrá legislar nada que esté en contra de la conciencia personal o comunitaria, ya que en ese caso iría en contra del mismo Cristo. La Iglesia, que somos todos y que es la comunidad, sirve para madurar, para descubrir cada vez mejor, para que no nos conformemos con decir: «Aunque me equivoque, aunque elija mal, estoy siempre en regla con Dios». No nos basta con esto: con haber buscado la verdad. Quiero que, cuando hago una opción, además de estar en regla con Dios, por haber elegido según mi conciencia, pueda sentirme cierto de haber encontrado la verdad, de no haberme equivocado. Y esta maduración tiene que ser hecha por toda la comunidad ayudada por el Espíritu Santo, cada uno según su carisma: la jerarquía, para confirmar que esta verdad está en consonancia con la palabra de Cristo, con su mensaje; los demás, cada uno según su carisma, unos con su carisma de profetismo, otros con la inspiración que les viene del Espíritu Santo, que obra en cada uno de nosotros. Cuando se ha llevado a cabo toda esta maduración y sale fuera una ley,
  • 11.
    esta ley tieneque responder perfectamente a aquello que nosotros sentimos como algo fundamental en nuestra conciencia. Es una ayuda, que no puede ser nunca un sustitutivo ni una imposición a la conciencia. Por eso mismo hoy nos damos cuenta, cada vez con mayor claridad, que incluso las leyes de la Iglesia tienen que ir madurando, mediante la comprobación y la creación de la misma comunidad, de toda la comunidad. De esta forma, teniendo en cuenta que la Iglesia hace un servicio a nuestra conciencia, tiene que quedar en claro que la conciencia es el lugar de encuentro más serio y más real de Dios con cada uno de nosotros. Esta desconfianza frente a la conciencia nos ha inducido a caer en un gran miedo. Uno de los pecados de que más nos acusan a los creyentes es ese miedo frente al peligro: no nos gusta arriesgarnos. Por eso mismo nos acusan tantas veces de que nuestra fe es alienante, de que nuestra fe, en vez de ayudarnos a crear nuestra historia y a realizar algo verdaderamente positivo, es un freno, porque tenemos siempre miedo a equivocarnos, porque estamos demasiado acostumbrados a que la respuesta nos venga siempre de fuera, y no hemos sido capaces de escuchar esa voz profunda de Dios que, como dice san Pablo, obliga por sí misma. Es Dios el que nos empuja desde dentro y el hombre se constituye por dentro: de lo contrario, sería fabricado por los demás, desde fuera, y no podría nunca ser hombre de verdad. Y un cristiano no podrá ser verdaderamente cristiano si se deja construir desde fuera; tiene que construirse por sí mismo, con la atención al Dios que está dentro de él y con la comprobación de su conciencia a través de la comunidad en escucha de la palabra de Dios, a través de la oración, a través de la celebración de la eucaristía. Por eso este miedo no es del evangelio, este miedo al peligro no es de Cristo. Me gustaría recordar, para terminar, solamente dos cosas muy concretas del evangelio. Todos conocemos la parábola de los talentos, pero quizá se nos ha escapado un pequeño detalle muy importante. Cristo da talentos a cada uno: a uno cinco, a otro diez, a otro uno. Los que reciben cinco o diez talentos procuran hacerlos fructificar, hacen algo, y Cristo los alaba porque han hecho algo. El que recibió solamente un talento, tuvo miedo de perderlo y, diciéndose que su amo era exigente, lo escondió; cuando el amo volvió, se quejó del siervo, lo condenó y le dijo: «Has tenido miedo, no has querido arriesgar nada; tú no eres de los míos, no has comprendido la dinámica de mi fe». Resulta dramático que hayamos presentado tantas veces como modelo y prototipo del cristiano precisamente al personaje que condenó Cristo: al prudente, al que tiene siempre miedo de Dios, porque sabe que «es un amo exigente». Pero hay un detalle en el que quizá no habéis pensado: en esta parábola falta un personaje, aquel que, después de haber recibido cinco o diez talentos, se pone a trabajar con ellos y los pierde, y cuando llega el amo tiene que decirle: «Lo arriesgué y lo perdí todo». ¿Por qué no ha introducido Cristo este personaje? Mi respuesta personal es que no era necesario, ya que con Cristo, aunque uno arriesgue la vida, si la pierde, no la pierde. Y aquí entramos en el misterio profundo de la fe y en el dinamismo más grande de la Iglesia. Y, para terminar, el ejemplo de Pedro. Algunos se habrán preguntado seguramente por qué hemos leído este trozo del evangelio, el trozo de la traición de Pedro. Es un ejemplo, para mí maravilloso, que me ha dado mucho que pensar como sacerdote. Imaginaos la escena: Cristo está a punto de ser traicionado; en el momento decisivo todos los apóstoles sienten miedo y se van, se esconden; el evangelio nos dice que huyeron. Sólo Pedro toma una decisión que, según los demás apóstoles, es imprudente y arriesgada: lo sigue, aunque de lejos, con cierto miedo, con cierta desconfianza, porque sabe que es peligroso, pero lo sigue, se arriesga y traiciona a Cristo. Es el primer apóstata de la Iglesia. Ha tomado una decisión según su propia conciencia, una decisión que lo ha llevado al riesgo más grande que se puede correr con la fe, y que es la apostasía: ¡renegar por tres veces de Cristo! Hemos hablado muchas veces de esta traición de Pedro, hemos hablado seriamente de este pecado de Pedro; pero yo me he preguntado y os lo pregunto ahora a vosotros: ¿cuál ha sido un pecado más grande, el miedo de los otros, de los que se escondieron para no pecar, o el
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    atrevimiento de Pedroque, por amor, porque no podía soportar dejar solo al Maestro aquella noche, aceptó el riesgo de seguirlo, aunque luego lo traicionase? Mi conclusión es que, si yo tuviese que escoger en aquel momento entre ser un apóstol que, por prudencia, por no correr el riesgo de traicionar al Maestro, se esconde lejos de Cristo, o ser como Pedro que, por amor, lo sigue, aun a riesgo de poderlo negar, yo hoy escogería el riesgo de Pedro, porque creo que es más cristiano y porque, en el fondo, el mismo Cristo lo confirmó. Después de su traición, quizá porque Cristo, que sabía leer en el corazón de Pedro, comprendía que lo había amado por encima de su debilidad y que lo había amado incluso cuando lo traicionaba, una vez llegado el momento de poner en sus manos el gobierno de su Iglesia, de ponerlo a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los demás en la fe, le escogió a él precisamente, haciéndole una pregunta: «¿Me amas más que los demás?» Pero aquélla no era una pregunta, sino que era un modo delicado de reparar una herida en el corazón de Pedro y de decirle: «Yo sé muy bien que me amas más que los demás, porque me lo has demostrado incluso con el riesgo de traicionarme». LA MUERTE DE DIOS EN EL AMOR. «Si amamos sin producir amor, si por medio de nuestra vida no nos convertimos de personas que aman en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente». Estas palabras no son de ningún santo, son de Karl Marx. Si amamos sin producir amor, nuestro amor es impotente; estas palabras podrían ser también de Cristo, estas palabras las hago mías como hombre, como cristiano y como sacerdote. Y entonces digo que, si existe un Dios, hemos de decir que donde el amor es impotente, donde no produce amor, donde las personas no consiguen ser amadas, no hay Dios. Y los jóvenes de hoy, que sienten la necesidad y la urgencia de sentirse amados, para reconocerse y descubrirse a sí mismos, están diciendo de alguna manera que quieren a Dios en su amor, porque no quieren que su amor sea impotente. El evangelio dice que el que no ama está muerto, que el que no ama no conoce a Dios, que el que no ama es un ateo, el único ateo de verdad. Y entonces podemos preguntarnos si es posible aceptar la imagen de Dios que ellos están negando públicamente con su vida, con su mismo amor, la imagen que nos ofrecen aquellos que nos impiden amar. Es una pregunta seria y profunda: ¿podemos aceptar a ese Dios que profesan públicamente aquellos que con su vida reniegan del amor, que tienen miedo del amor? Es verdad que nadie ha sido capaz de definir qué es el amor. Muchos pretenden saber lo que es el amor y quieren imponer su definición, pero nadie en toda la historia ha sido capaz de dar una definición del amor aceptada por todos, lo mismo que tampoco ha sido nadie capaz de definir a Dios. Pero todos sabemos que ciertas cosas no son el amor (y cuando hablo de ciertas cosas, algunos de los más maduros están ya pensando en lo que hacen los jóvenes y que a ellos no les gusta: no hablo de eso), sabemos que ciertas cosas no tienen nada que ver con el amor. Por ejemplo, todo lo que es explotación del hombre en cualquier dimensión, la instrumentalización de Dios y de la Iglesia misma por fines e intereses personales, el negar a los demás el derecho a ser personas. Todo esto no tiene nada que ver con el amor. Quizás no lleguemos nunca a saber qué es Dios, pero sabemos con toda certeza que Dios no se puede identificar con una política y que su justicia no podrá jamás coincidir con la nuestra y que, como decía el papa Juan, quizá tampoco su teología coincida con nuestra teología. De la misma forma nadie podrá imponernos una imagen del amor, ni siquiera la propia fe, porque el cristianismo no es una moral, ni una filosofía, ni una cultura, ni tampoco una religión. Mi fe cristiana me impide salirme, en la búsqueda del amor, de un solo carril: el hombre. El amor es inconcebible sin el hombre, lo mismo que también el hombre es inconcebible sin el amor. Un hombre que no ama, no es un hombre. Hemos dicho muchas veces que no es cristiano; pero ni siquiera es hombre. Considerando en bloque a nuestra generación cristiana
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    occidental, hemos deconfesar que en gran parte Dios ha muerto en el amor, ya que el hombre no ama a los demás hombres; quizás ame a Dios, quizás ame a los objetos, quizás ame una ideología, quizás ame el dinero, pero no ama al hombre. No sé si conocéis aquellas palabras de Tagore cuando, visitando en cierta ocasión occidente, dijo: «Occidente es semejante a una piedra que ha estado durante veinte siglos dentro del agua de un río; la tomamos y por fuera está limpia, bien pulida, fresca; pero, si la rompemos, por dentro está seca». Occidente ha estado sumergido en el agua del cristianismo durante veinte siglos, pero si rompemos su corazón, dentro está seco, porque no ama al hombre, sino que ama el dinero. Para el cristiano, Dios, después de la encarnación, será siempre un fantasma y una evasión si carece de rostro y de un nombre concreto. No basta con afirmar que el hombre es Cristo, hay que decir que Cristo es el hombre. No sé si habéis pensado alguna vez en el hecho de que Cristo, cuando se aparece después de la resurrección, no tiene nunca su misma cara, su rostro. Por eso precisamente no lo reconocen; no lo conoce ni siquiera María Magdalena (¡figuraos si una mujer no va a conocer al hombre a quien ama!); ni lo reconocen los discípulos de Emaús después de haber recorrido varios kilómetros con él. Esto significa ciertamente que se aparecía con un rostro que no era el suyo. Me he preguntado muchas veces el porqué de este hecho; ¿no será quizás porque, después de la resurrección, cualquier rostro humano es el rostro de Cristo mismo? ¿Qué es el amor? Debemos recordar un trozo de carta de san Pablo, muy importante para mí, en el que se nos dice que, aunque uno tenga una fe capaz de mover las montañas, aunque tenga todas las profecías y el don de lenguas, aunque entregue todo su dinero a los pobres, si no tiene amor no es nada. Pero no nos dice qué es el amor: ni siquiera san Pablo sabe decirnos qué es el amor. El amor ciertamente no es igual al bienestar: si así fuera, Dios estaría más presente y visible en Alemania o en los Estados Unidos que en la India o en las favelas del Brasil. Pero tampoco basta con hacerse pobre para encontrar el amor. Nos lo dice san Pablo: aunque les dé todo mi dinero a los pobres, si no tengo amor no tengo nada. Entonces, ¿qué es ese amor? El amor no es igual al sexo porque, si fuese igual al sexo, entonces Dios estaría más presente en Suecia que en las monjitas que trabajan con los leprosos. Dios estaría entonces más presente en una casa de prostitución que en un Camilo Torres. El amor no es el sexo, pero el sexo es una cosa santa, el sexo es una realidad y una riqueza hecha por Dios mismo, que no solamente no podemos negar sino que tenemos que bendecir. Y aquí sería menester hacer un examen de conciencia, todos juntos, comprendida la Iglesia. No basta con afirmar que a los jóvenes les gusta hacer lo que les da la gana; aquí tendríamos que escuchar seriamente también a los jóvenes, ya que han sido ellos los que nos han hecho comprender que habíamos condenado una cosa que Dios mismo dijo que era buena, ya que todo lo que Dios ha hecho está bien hecho y es una riqueza para el hombre. La sexualidad es una fuerza preciosa que Dios ha hecho para que el hombre pueda ser hombre. El amor no es igual a fiesta y algazara, porque entonces Dios estaría más presente en los night-clubs que en las cárceles, los hospitales, las trincheras y la guerra. Pero el amor es también alegría y felicidad, y el cristianismo es un mensaje de gozo. El amor no es sacrificio, como tantas veces nos han dicho, porque, si es algo, el amor tiene que ser creativo, tiene que engendrar amor, como decía Karl Marx. Y la creatividad es de suyo gozo, es vida y la vida siempre produce gozo. Pero al mismo tiempo, todo gozo, toda creatividad lleva en su propio seno una parte de dolor, ya que no se puede engendrar sin dolor. Y los jóvenes también saben todo esto: saben que, si quieren construir un amor verdadero y profundo, si quieren llegar hasta la raíz más profunda de la alegría, tienen que conquistarla a base de dolor, mucho más de lo que se imaginan las personas maduras. Porque saben que incluso la búsqueda de la sexualidad, incluso ese diálogo humano, ese diálogo a través de la carne que Dios mismo ha querido, resulta sumamente doloroso y difícil, aun cuando produzca gozo.
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    La verdad esque sólo aquel que acepta la dinámica del amor se siente libre y sufre si hay un solo esclavo en el mundo. El que quiera saber si ama, tiene que preguntarse si siente la angustia de las cadenas de sus hermanos. Yo sé que Cristo me ha amado porque me ha hecho libre. Yo me pregunto si los jóvenes de hoy aman quizá menos que nosotros, si no sienten quizás ellos mejor que nosotros la angustia de la esclavitud que perciben, cada vez más fuerte, en torno a ellos. Si Dios es el amor, el amor es Dios. Y sólo donde encuentro amor, encuentro a Dios. Pero el Dios cristiano que hemos identificado con el Dios del amor es un Dios que no se contenta con «querernos bien». Desde el momento que hemos limitado la dinámica de nuestro amor cristiano a un simple «querernos bien», ha sido posible que nazca un libro titulado El amor no basta, que me ha hecho, como título, un mal tremendo, porque yo siento en mi carne que el amor debe bastar, ese amor que es una dinámica que puede construir de verdad un mundo nuevo. Si hay alguno que diga que el amor no basta, quiere decir que nosotros hemos presentado un amor que no es amor. Cristo, que es para mí el hombre que ha amado hasta el fondo, no se ha contentado con «querernos bien». Llamó Satanás a Pedro, cuando éste quiso desviarle de su camino; llamó zorro a Herodes, que era la autoridad constituida; llamó víboras a los fariseos y murió como un agitador político. Cristo vino a traer la guerra y no la paz, a traer la espada y no las sonrisas estériles; dijo que amar significaba estar dispuesto a dar la vida por cualquier hombre, incluso por nuestro enemigo. Y nosotros, con nuestro «querernos bien», no somos capaces muchas veces ni siquiera de colaborar con un hombre, por el mero hecho de que nos resulta antipático o de que no piensa como nosotros en política. El amor de Cristo nos parece paradójico y hemos procurado interpretarlo, porque realmente trajo a la historia un soplo de amor verdadero, el amor que cree en el hombre como en un valor real, el amor que ama la vida, una vida no prostituida, la vida verdadera, esa vida que de alguna manera empiezan a vislumbrar las nuevas generaciones. Y cuando hablo de los jóvenes, hablo de los jóvenes auténticos, de los que quieren crear algo, no de los jóvenes muertos, aburguesados, drogados, envenenados no sólo por la droga, sino drogados en el corazón, drogados en el espíritu. ¡Esos son viejos! Y yo hablo de los jóvenes de verdad. Por consiguiente, un amor que ama la vida, pero una vida que responda a las exigencias más profundas de felicidad, y de felicidad para todos, no para algunos privilegiados solamente; Cristo fue el hombre que no aceptó jamás la contradicción de la historia y por eso mismo nos resulta paradójico. Nosotros, personas maduras, hemos intentado muchas veces explicar, traducir a Cristo, porque decíamos que no puede concebirse un Cristo que llama bienaventurados a los pacíficos y nos dice luego que ha venido a traer la guerra: un Cristo paradójico no nos va. Y hemos echado mano de las tijeras, lo hemos adaptado a nuestra lógica, una lógica puramente aristotélica. ¿Pero es Cristo una paradoja, una contradicción? ¿Es él o nosotros? El no ha aceptado nunca la contradicción de la historia, él ha dicho siempre que no a toda clase de alienación, incluso a la alienación que venía desde fuera, él no aceptó jamás lo más mínimo que pudiese alienar al hombre. Nosotros, por el contrario, aceptamos y mascamos continuamente la contradicción de la historia, y por eso no hacemos historia, sino antihistoria. Quizá el único trozo verdadero de historia creado en la humanidad sea aquel trozo creado por Cristo y por aquellos que con él dicen que no a toda clase de contradicción que niega al hombre. Quizá por eso, porque estamos nosotros en una continua contradicción, nos parece que es Cristo el que constituye una contradicción y una paradoja. Por esta razón el amor cristiano se encuentra con cualquier otro amor que acepta el amor como creatividad, como capacidad de compromiso, como riesgo, como locura, como heroísmo; se encuentra con todos los que aman al hombre por sí mismo y no por complacer a Dios o para evitar el infierno; se encuentra con todos los que son capaces de ponerse de acuerdo en luchar
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    con todos losmedios humanos para que el hombre logre ser verdaderamente hombre y capaz de realizar su propia historia; yo diría, de realizar su propio amor. Todo esto lo entienden muy bien los jóvenes, porque quieren una historia verdadera, programada por todos y no sólo por los privilegiados o los arrivistas o los tiranos; una historia de amor hecha por todos, hasta por las mujeres; y también aquí se pretende una inmensa liberación, porque la mujer sigue todavía siendo esclava, todavía no se siente capaz, no tiene todavía la posibilidad de realizar un trozo de su verdadera, historia. Y en esto yo soy muy severo. Hablamos de crisis en el matrimonio y en la familia; pero no basta con hablar de crisis, sino que es necesario llegar hasta la raíz. Decimos que hoy los jóvenes no quieren casarse, que están buscando formas nuevas; pero no basta con decir que andan buscando formas más fáciles. Hay que preguntarse cuál es verdaderamente la condición de la mujer, después de haber aceptado la familia. Si la familia tiene que ser también un medio de liberación para que uno pueda ser más hombre, yo me pregunto si la mujer, después de casarse, consigue ser más libre, más ella misma, o se convierte más bien de ordinario, y permitidme la expresión, en una criada, en una criada que ni siquiera tiene una tarde libre ni un jornal. Se trata de un problema serio, en el que habría que profundizar. El cristianismo no es el monopolio del amor, ni es un amor distinto, nuevo o meramente espiritual: es un amor. Si puede presentar alguna novedad, esa novedad consiste en la esperanza secreta que lleva en sus entrañas, por el hecho de que el amor no es una flor que muere con el tiempo, sino que vivirá para siempre por ser más fuerte que la muerte. Pero no es un amor distinto. Y también en esto los jóvenes sienten una especie de rebelión, cuando les decimos que para ser cristianos tienen que aceptar un amor que no es amor, un amor desencarnado, puramente espiritual, un amor que jamás podrán comprender, porque el amor es único y ellos saben que tienen que amar como personas, como hombres, con toda su personalidad. Así, pues, si la novedad de ese amor consiste en la esperanza, en que es un amor que no muere, nuestro amor tendría que ser más dinámico, alegre en la lucha, desinteresado, más paradójico, más unido. Pero yo me pregunto si todo esto es verdad, o si más bien encontramos ese amor en aquellos que no llevan en las venas esa esperanza de un amor inmortal. Y siento un inmenso respeto ante aquellos que, aunque no crean que su amor continuará por encima del tiempo, son los más valientes en la lucha por la liberación de los demás. Para el cristiano el amor tiene siempre un nombre y un rostro y el cristiano ofrece la vida por ese hombre con el que se ha identificado Cristo. Ofrecer la vida por ese hombre no debería ser heroísmo, sino exigencia; yo diría que casi no debería merecer ni una línea en los periódicos. Pero para uno que no cree que haya nada después de esta vida, el ofrecimiento de su vida puede merecer una página entera del periódico. Para uno que dice que cree que el amor es inmortal, el ofrecer la vida debería ser lo más normal del mundo. Pero ¿sucede así o todo lo contrario? Cristo sólo nos ha dado una señal para que podamos reconocernos: «En esto conocerán que sois de los míos, en el amor», en un amor que es capaz de llegar hasta el sacrificio de la vida. Todas las demás tarjetas de identidad, las demás etiquetas no sirven para nada: éste es el único desafío que podemos lanzar, aunque no me gusta la palabra, a un ateísmo histórico, para el cual ciertamente podría ser un heroísmo el ofrecer la vida. El cristianismo debería tener menos miedo del amor que todos los demás sistemas, porque la fe en la libertad y en el amor libera al hombre. Pero en la práctica damos muchas veces a entender que el amor encadena: y esto es renegar del cristianismo. El amor es liberador. Un hombre que ama, un hombre que se encuentra con el amor, se hace libre. Pero quizá por eso mismo es por lo que tenemos miedo de que los hombres amen: porque resulta más fácil gobernar a los que no han encontrado la libertad que a los hombres libres. Pero cuando un joven encuentra el amor, se hace libre y empieza a resultar incómodo para los demás, porque empieza a convertirse en él mismo, en un hombre.
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    Donde no hayamor reina satanás, aunque estén allí todas las demás virtudes, aunque haya por medio un sacramento. Donde hay amor, allí está Dios, aunque los profesionales de la virtud nos llamen pecadores. Donde hay amor, hay cristianismo, aunque uno sea ateo; donde no hay amor, no hay cristianismo, aunque esté allí el crucifijo y la eucaristía. Y desafío a todas las teologías para que me digan si esto va en contra de nuestra fe y de nuestro cristianismo, y si la auténtica Iglesia ha negado alguna vez esta verdad. LA MUERTE DE DIOS EN LA COMUNIDAD. Está escrito en el evangelio que de la boca de los niños proviene la verdad. Me ha gustado mucho la sencillez de ese muchacho que espontáneamente ha aplaudido las palabras del evangelio. Lo ha hecho espontáneamente y me ha impresionado de verdad el hecho de que sólo él haya aplaudido. Es un gesto de creatividad muy hermoso que nos viene como anillo al dedo, ya que hoy vamos a hablar de esa creatividad del hombre. Y me ha gustado sobre todo porque he estado toda la tarde pensando en ese problema muy serio que vamos a exponer a continuación. Su gesto ha sido una cosa nueva: es la primera vez que he visto cómo aplaudían a un trozo del evangelio. Para mí se trata de un hecho nuevo, creativo. La muerte de Dios en la comunidad. Voy a hablaros hoy de este tema a vosotros, que habéis acudido por cuarta vez a escucharme: estamos ya tan cerca que deberíamos de alguna manera sentirnos como una comunidad. Sin embargo, tengo que empezar haciendo una confesión sincera: siento profundamente que en gran medida Dios ha muerto en la comunidad, por el simple hecho de que la comunidad no existe. La comunidad hoy es un sueño, una utopía, algo que debe ser o, si preferís, una esperanza del mañana; pero hoy todavía no existe la comunidad. He dicho que es una esperanza y quiero repetirlo, porque no me gustaría nunca tener que renunciar a esta palabra; una esperanza, porque nunca como hoy se experimenta la urgencia de crear un mundo distinto, un mundo nuevo, y de crearlo juntamente entre todos. Y esta urgencia, hemos de reconocerlo, la experimentan de manera especialísima las nuevas generaciones, los jóvenes. Yo me pregunto si esta urgencia no será acaso el último grito del miedo del hombre o quizás el último esfuerzo del amor escondido en su ánimo, aquello que lleva a las nuevas generaciones a querer programar juntamente nuestra historia precisamente en el momento en que está en peligro la misma supervivencia de la humanidad. Pero tanto si es miedo como si es el último destello de amor en el corazón del hombre, lo importante para mí es que existe, que empezamos a palpar, a vivir esta urgencia y esta necesidad de crear todos juntos algo nuevo, algo más limpio. Para mí la esperanza en un mundo distinto, en una historia nueva, y también más nuestra, más hecha por cada uno de nosotros, nace de esa exigencia de comunidad que no sabemos cómo ha brotado de repente en los cinco continentes del mundo. Es un hecho que actualmente esta urgencia no es solamente nuestra, ni de España, ni del occidente: es de todo el mundo. Casi de golpe toda la humanidad ha experimentado esta urgencia, y las nuevas generaciones sienten toda su necesidad. ¿Miedo o amor? No me interesa; en estos momentos lo que importa es que sintamos toda la fuerza de la realidad. ¿Pero qué es esa comunidad de la que tanto hablamos, especialmente en los momentos actuales? Sé muy bien que esta palabra resulta antipática e incluso a veces irritante, para las viejas generaciones. A veces me preguntaban con irritación: «¿Pero qué es lo que queréis con esa comunidad? ¿Qué es esa comunidad? ¿Para qué sirve esa comunidad? ¡Que piense cada uno en sus cosas! ¿Qué es lo que andan tramando esos jóvenes? ¿Qué es lo que pretenden con esa comunidad?» Pero para las nuevas generaciones, y para todas las de ayer que todavía no han rendido las armas de la esperanza, no se trata únicamente de una palabra de moda: es una palabra de orden, un programa, un mensaje nuevo. Casi me atrevería a decir que es su nueva fe.
  • 17.
    Yo, que pormi edad me siento a caballo entre las dos generaciones, creo que puedo comprender un poco al menos a los unos y a los otros, aun cuando mi corazón y mi esperanza caminen con aquellos que ya no aceptan como valor la soledad humana ni la soledad religiosa. Digo que me parece comprender a las dos generaciones porque comprendo que la historia ha sido dura y nos ha ido llenando de desilusiones. La primera lucha contra la esclavitud nos llevó a la defensa del individuo, una defensa tan enérgica que nos condujo al extremo del individualismo. La historia sabe cuánto hemos sufrido por culpa de ese individualismo y todos conocemos muy bien cuál ha sido el tributo que ha tenido que pagar la misma Iglesia a esa plaga del individualismo: ha llegado casi a traicionar por completo el verdadero mensaje de Cristo, por presentar la fe en una sola dimensión. Este individualismo ha sido una desilusión. En un momento determinado la religión ha sentido miedo del egocentrismo y ha exasperado la generosidad, haciéndonos olvidar que Cristo nos había mandado amar a los demás como a nosotros mismos. Por una parte el individualismo, por otra ese miedo a reconocernos a nosotros mismos como un valor fundamental. Ahora finalmente empezamos a descubrir que no es posible amar a los demás si antes no nos amamos a nosotros mismos, ya que no podemos dar una cosa que no amamos; y si el cristianismo es donación y oferta, yo tengo que ofrecer algo que ame profundamente, y la riqueza más grande soy yo mismo. Tengo que amarme a mí mismo, esa riqueza que Dios ha depositado en mí, ese «Dios» que yo soy, para podérselo dar a los demás. Por eso Cristo ha dicho que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos. El individualismo nos llevó a la búsqueda de la comunidad, pero perdimos a la persona y se cayó en el comunitarismo y en el colectivismo. Este fue otro drama más de la historia, un drama que las viejas generaciones han sentido duramente como un golpe demasiado duro; han sentido todo el drama de perder los valores de la persona, de caer en ciertos comunitarismos, en ciertos colectivismos en los que la persona no contaba ya para nada, y se rebelaron entonces volviendo de nuevo al individualismo y quizás a un individualismo más feroz. Se encerraron dentro de sí mismos y frente a la palabra «comunidad» se sienten ahora amargados y dicen: «¡Basta ya de esa comunidad que no me deja ser yo mismo, que me impide ser persona!» Hasta ahora, hemos de confesarlo, la historia de todos los intentos de comunidad ha sido prácticamente un fracaso Hagamos un brevísimo examen con tremenda sinceridad y hablemos únicamente desde el punto de vista cristiano, que es el que de momento nos interesa de manera especial. Hemos llamado comunidad a la familia. Yo me pregunto y os pregunto a vosotros si es una comunidad esa familia de hoy. Si tuviese que decir con la mano sobre el evangelio cuántas familias, de los muchos millares que he conocido, son comunidad, una verdadera comunidad, no sólo una comunidad de amor sino una comunidad de personas, donde se está creando algo continuamente, donde el uno ha logrado entrar verdaderamente en la personalidad del otro, donde se crea juntamente, donde no sólo se soportan, donde no sólo se aceptan, donde no sólo comulgan carnalmente, donde de verdad se va creando algo nuevo día tras día, debería decir con toda sinceridad que podría contarlas casi casi con los dedos de la mano. Entonces se explica perfectamente por qué está en crisis la misma familia, la institución familiar, y por qué es tan agudo el problema del divorcio. ¿Y la escuela? ¿es una comunidad? ¿es una comunidad en la que se reúnen los niños para poder crear, para poder recibir un espacio de creatividad, para que cada uno dé a los demás algo de su propia riqueza, para que empiecen a expresarse, a ser ellos mismos, o es más bien el lugar en donde empiezan a aprender el egoísmo más feroz, donde empiezan a nacer las selecciones más odiosas, donde se considera como un pecado aquello que debería ser una generosidad? Pongamos solamente un ejemplo muy vulgar: le decimos al niño que no deje que los demás le copien, porque es un pecado. La escuela es precisamente todo lo contrario de lo que debería ser
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    una comunidad, dondecada uno tiene que dar a los demás lo que tiene. Por el contrario, en la escuela es donde los niños empiezan a aprender a no ser comunidad y a ponerle el día de mañana la zancadilla a los otros en todas las profesiones. ¿Serán acaso comunidad las comunidades religiosas, que han nacido como un esfuerzo de comunidad? ¿son comunidades o son hoteles? ¿o son a veces peor que hoteles? Estamos en un momento de profunda revisión, y nosotros, los religiosos, hemos de decir que ciertamente no os hemos dado buen ejemplo a vosotros, comunidades familiares, de lo que es una verdadera comunidad. Hemos de confesarlo abiertamente: también ha fracasado esta experiencia de comunidad. Por ello andamos en busca de nuevos caminos, radical y profundamente distintos. ¿Y la Iglesia, por lo menos la Iglesia, la Iglesia que es por esencia el prototipo, o debería serlo, de la comunidad? ¿es una comunidad la Iglesia? ¿incluso la Iglesia más pequeña, la Iglesia local, la parroquia? ¿es una comunidad la parroquia? No tenemos más remedio que reconocer nuestro fracaso: la Iglesia no guarda ninguna semejanza con lo que es o debería ser una comunidad. Fijaos, bastará con un ejemplo, con un ejemplo muy significativo. En el mismo momento en que la liturgia se ha reformado un poco (un poco, porque todavía queda mucho por hacer), con una reforma en la línea de la comunidad, de una participación comunitaria en el rito, nos ha dejado al descubierto, nos ha colocado contra la pared, nos ha hecho comprender que nos reuníamos en la misa del mismo modo como nos reunimos en el cine o en otros lugares. Y un sencillo gesto que nos pedía la liturgia, el gesto de un abrazo de paz, nos ha hecho ver con toda claridad que no somos comunidad. No os juzgo a vosotros, porque no os conozco; pero he ido por muchos sitios y he visto que todavía no es posible en las parroquias ver en ese gesto de paz una exigencia normal y espontánea de la comunidad. Me acuerdo que, una de las primeras veces, en mi misma parroquia, cuando llegamos a aquel momento de la liturgia, les dije abiertamente: «Ahora os voy a decir que os deis fraternalmente la paz. Sé que no lo vais a hacer; pero quiero verlo con mis ojos y quiero que públicamente confesemos delante de Dios que no somos comunidad». Porque si no somos capaces de darnos un apretón de manos o un abrazo, nosotros que nos llamamos comunidad de cristianos, prototipo de todas las comunidades del mundo, estamos demostrando de ese modo el fracaso de la Iglesia como comunidad. Pero esto no tiene que hacernos perder la esperanza. Un hombre tiene siempre la fuerza de volver a comenzar, porque lleva sangre de Dios y, a pesar de todas las desilusiones, tiene siempre la fuerza de analizar sus obras y de intentar mejorarlas. Hoy nos encontramos en la mejor situación para comprometernos de nuevo en la construcción de la comunidad sobre unas bases nuevas. Nos hemos preguntado por qué han fracasado esos intentos históricos y queremos llegar hasta el fondo, hasta la raíz de la cuestión: vamos buscando, se trata solamente por ahora de una primavera que apenas ha empezado a asomar. Queremos ser realistas. Pero quizá ya hemos encontrado algo de bueno. Os puse ese ejemplo de la liturgia por poneros un ejemplo muy pequeño, muy vulgar, si queréis. Sin embargo, esa misma dificultad que experimentamos en nuestras viejas comunidades no existe ya entre los jóvenes. Y me pregunto por qué a ellos les resulta tan normal, por qué en las comunidades de jóvenes, en la eucaristía de los jóvenes, se ha recibido este gesto no como algo chocante, sino como una cosa espontánea, normal, gozosa. Sé muy bien que los mayores dicen: «Sí, a los jóvenes les gusta darse un abrazo». Es demasiado simplista esta afirmación: la razón es más profunda y hemos de confesarlo. Un análisis claro y sangrante nos lleva a admitir que hasta ahora no hemos descubierto todavía de verdad el valor y la necesidad del otro: se trata de la búsqueda que realizamos en estos momentos para construir de nuevo la comunidad. No hemos descubierto hasta el fondo la originalidad de la naturaleza del hombre, su riqueza única, su palabra inédita, su belleza irrepetible. Hemos tomado al hombre como una ficha, como un individuo, pero no como una persona que tiene una originalidad única, propia, que nadie es capaz de cambiar. Hasta que no aceptemos con todas sus consecuencias el hecho de que todos y cada uno de los hombres es plena y profundamente distinto de los demás, que lo
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    que me daun hombre no puede dármelo otro de ninguna manera, que cada persona tiene una palabra suya que decir enla historia y que, si no la dice, la historia queda manca en alguna cosa, que cada uno tiene una originalidad y una riqueza que no pueden tener los otros, «que Dios nos ha creado absolutamente distintos el uno del otro», hasta que no aceptemos esa verdad, será imposible crear una comunidad verdadera, una comunidad de personas. Por eso los jóvenes no aceptarán ya una comunidad que los instrumentalice, que les impida ser ellos mismos, que no les deje decir esa palabra que sólo ellos conocen y que nadie puede traducir, porque tienen que pronunciarla ellos con su propia originalidad, aun cuando sepan que la creación de esa comunidad es lenta y dolorosa como una gestación. Estos jóvenes nuestros de hoy no aceptarán jamás una comunidad, en la que a la entrada se sientan como una obra original y a la salida como una imitación, como una copia horrorosa de otro. Ellos empiezan a vislumbrar que son un valor original, una auténtica obra de arte, y se rebelan y no quieren convertirse en la imitación de ningún otro, porque han empezado, no sé si a descubrir o a intuir, que nadie tiene el derecho de hacer a los demás según su propia imagen. Para un cristiano solamente Dios tiene derecho a hacer a los demás según su propia imagen, como dice la Biblia, porque Dios, al ser infinito, puede realizar obras originales infinitas, totalmente diversas entre sí; pero cuando un hombre quiere hacer a otro según su imagen y semejanza, entonces no consigue más que una mala copia y no hará nunca una obra original. Y aquí, en la Iglesia, hemos de admitir que hemos pecado gravemente al intentar suplir la conciencia personal, al intentar hacer a los demás a nuestra imagen y semejanza, imponer nuestra espiritualidad, una manera única de encontrar a Dios, un rostro único de Dios, de un Dios que es infinito, al intentar hacer a los demás a imagen quizá de mi cristianismo, que luego resulta que no es el cristianismo. ¡Cuántos errores y equivocaciones hemos cometido, con toda la buena voluntad del mundo, en muchas de nuestras direcciones espirituales! De todo esto se dan cuenta los jóvenes y nos lo echan en cara, y hemos de tener el coraje de aceptarlo. Hoy los jóvenes se dan cuenta de que el maestro no es el que hace discípulos, sino el que deja a los demás sitio para que también ellos se conviertan en maestros. Si la comunidad no es creativa y liberadora, será una cárcel, será un montón de cadenas; pero si es creativa, el cúlmen de la creatividad está en conceder a cada uno la posibilidad de poderse realizar a sí mismo, y esto en todos los niveles, incluso a nivel de Iglesia. Si aceptamos que la Iglesia es creativa, si creemos en el Espíritu Santo que se manifiesta a través de cada uno, hemos de aceptar en la Iglesia esta realidad, la sinceridad de esta creatividad, y dejar que cada uno se vaya haciendo a sí mismo, ayudado desde luego por el Espíritu Santo, pero por su propio esfuerzo y sin dejarse hacer por los demás. Por eso la principal exigencia de una comunidad auténtica es el respeto a los demás, de forma que la estructura esté siempre al servicio del individuo y no viceversa. Esto es hoy actual para la Iglesia y para el cristianismo: si sujetamos los hombres a las estructuras y los ponemos a su servicio, en vez de poner las estructuras al servicio del hombre e incluso de derribarlas cuando están en contra del hombre, estamos en contra de Cristo. Porque Cristo ha dicho claramente, definitivamente, que el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado. Pero, para llegar a esto, se necesita una fe nueva en el hombre en el hecho de que cualquier hombre es enormemente más rico y más grande que lo que realiza. Hemos de darnos cuenta de la realidad vivida, de la necesidad que todos tenemos de los demás, incluso para poder respirar. Resulta una paradoja el que nosotros, en nuestro feroz individualismo, digamos continuamente que nos bastamos a nosotros mismos, nos encerremos en nuestro mundo y no nos demos cuenta de que sin los demás no podemos ni siquiera salir de nuestra casa, ni tomar el automóvil, ni siquiera respirar. No nos damos cuenta de los otros, no percibimos la necesidad que tenemos de tantas y tantas personas que están continuamente a nuestro servicio para que podamos vivir.
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    Pongamos un ejemplotrivial: voy con mi coche al taller, tengo prisa y le exijo al mecánico que me lo arregle en seguida, porque tengo que marchar, porque he de hacer un viaje, porque necesito el coche. Y siento desde luego la necesidad de los demás, pero de los demás como objeto, como una cosa que está a mi servicio y sobre la que tengo pleno derecho. No se me ocurre pensar que detrás de aquella cosa hay una persona igual que yo, un hombre que tiene también derecho a vivir, a ser persona, y que no podrá nunca ser persona si yo no soy capaz de demostrarle y de darle a comprender que me es necesario, que no puedo vivir sin él y que su trabajo es tan importante como el mío. Solamente podremos comprender, por ejemplo, la importancia de los barrenderos cuando se les ocurra hacer una huelga de tres meses: entonces comprenderemos lo importante que es un barrendero. Y no pensamos nunca en ello. Pero él tiene necesidad, siente la urgencia, para sentirse persona, de darse cuenta de que nosotros comprendemos que es necesario para nuestra misma vida. Esto vale a escala de las personas, pero es lo mismo a escala de las razas y de los pueblos. Hoy ya no hay fronteras, no podemos vivir sin los demás pueblos, hoy todos los pueblos tienen algo que decirnos y sobre todo tienen necesidad de sentirse necesarios. Pero no basta con reconocer y con respetar la riqueza y la originalidad de los demás: con eso sólo no se hace la comunidad, se hace todo lo más una bonita sociedad o un grupo de verdaderos amigos. Para crear la verdadera comunidad, se necesita la comunicabilidad de las propias riquezas, se necesita que nos abramos a los demás, se necesita la fe en nuestras riquezas personales, la fe en la riqueza de los demás, la fe de que el otro puede darme su riqueza en todo momento. Si no somos capaces de comunicarnos profundamente a nivel de personas, no se creará nunca una verdadera comunidad y nos quedaremos siempre a nivel de una sociedad. En el fondo, eso que ha sido hasta ahora prácticamente la misma Iglesia: una sociedad —así la hemos llamado siempre—, una sociedad pero no una comunidad. En una sociedad las personas no se comunican mutuamente lo más profundo de su propio ser. Pero para crear una comunidad, es necesario que yo, mis riquezas, lo que tengo de personal, de irrepetible, de único, sea capaz de comunicarlo a los demás y tenga el coraje de hacerlo, tenga la esperanza y la fe de que el otro tiene algo dentro de sí, algo que yo necesito para poder ser yo mismo. Y no es justo criticar a los jóvenes solamente porque quieren, de alguna manera, intentar entre ellos ese diálogo profundo en todos los niveles. Andan en busca de algo: no saben qué es lo que tienen que hacer, porque ha sido demasiado larga la historia de la incomunicabilidad entre los hombres, y ellos mismos lo han visto en sus familias: han visto cómo quizás durante años enteros su padre y su madre no se han comunicado entre sí las cosas más íntimas, más profundas de su ser, cómo su padre y su madre son personas que conviven, pero sin entrar el uno en el otro, en la profundidad de su personalidad. Ellos han vivido todo esto, y no quieren seguir viviéndolo: no saben cómo encontrarlo, pero quieren algo nuevo y van intentándolo todo, cualquier cosa, cualquier diálogo, porque se dan cuenta de que esto es verdaderamente lo único que puede crear una comunidad. Pero se trata de un esfuerzo duro, del esfuerzo más tremendo, de la cosa más difícil. Yo ya sé que las viejas generaciones renuncian y dicen: «Para nosotros resulta imposible ese comunicarnos algo de nosotros mismos; no podemos»; están acostumbrados a hablar de las cosas externas, y no de sí mismos, de su persona, ni siquiera entre marido y mujer. Pero los jóvenes de hoy sienten que esto es necesario para construir algo que sea comunidad y para poder crear luego todos juntos algo para la historia; si no hacemos más que vivir juntos, sin conocernos profundamente, entonces será inútil intentar hacer algo entre todos, porque en seguida sería destruido. Y la historia nos lo confirma: las rupturas, las divisiones, las herejías por cualquier cosa sin importancia, los celos, las envidias, todo eso puede nacer donde no existe esa comunicabilidad profunda, que es lo que crea la verdadera amistad, la verdadera hermandad, esa comunicabilidad a nivel de persona, que es única, porque solamente el hombre es capaz de realizar ese diálogo profundo personal. Sin eso no se logrará jamás la unidad. Cuando leo en el
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    evangelio las palabrasde Jesús: «¡Que sean una sola cosa para que el mundo pueda creer que tú me has enviado», me pregunto cómo podemos exigir que el mundo crea en la venida de Cristo si nosotros no solamente no nos hacemos ver como unidos, sino que estamos profundamente divididos en todos los niveles, empezando por los mismos sacerdotes. Estamos poco acostumbrados a esta comunicabilidad. Sin embargo, hemos de confesado, es la única manera de poder crear alguna cosa: • cuando le doy a otro algo de mí mismo, no ya un discurso, ni una muestra de erudición, ni una careta de mi propio yo, sino cuando hablo de mí mismo, de mi persona, entonces se crea algo, aunque resulte violento, aunque choque. Los jóvenes de hoy vislumbran mejor todos estos elementos que pueden crear una nueva y verdadera comunidad, y los aman aunque a veces no consigan realizarlos; pero al menos están en camino para ello, andan en su busca y por eso tenemos que respetarlos y amarlos. Los criticamos, decimos que se trata de una moda, que es una falta de personalidad, que no son capaces de estar solos, y que por eso quieren estar siempre juntos. Decimos que son descarados, que son paradójicos. Lo he oído decir hace poco, porque por una parte nos parecen unos terribles egoístas, hasta el punto de que llegan a olvidarse de la familia para crear la comunidad, su comunidad, mientras que por otra parte nos parecen ultragenerosos ya que no quieren aceptar ciertos estudios y ciertas carreras porque dicen que no les interesa el dinero, que desean estudiar algo que sea útil a los demás, aun cuando ganen mucho menos. Y no comprendemos esta ultragenerosidad, decimos que es paradójica, que no puede estar de acuerdo con eso otro que llamábamos egoísmo feroz, desde el momento en que se olvidan hasta de su padre y de su madre. Pero me pregunto si no estarán ellos más cerca del evangelio que nosotros, si no serán ellos, con su aparente repulsa de la misma Iglesia, los que nos preparen la verdadera Iglesia del futuro. Cristo la instituyó como una comunidad, una comunidad sencilla, casi diría que como una comunidad de jóvenes; una comunidad espontánea en cierto modo, una comunidad de amigos. El mismo Cristo lo dijo con toda claridad: «Os llamo amigos, porque os he revelado todos mis secretos». Al amigo es a quien se le revelan los secretos. El se reveló por completo a su primera comunidad, no tuvo secretos para ella: de esta forma empezó a crear su primera y auténtica comunidad con la tarea de que ella empezara a crear una nueva historia humana. Para terminar, os pregunto si no serán los jóvenes los que nos ayuden a ir haciendo un poco menos misterioso, abstracto e incomprensible, el dogma que jamás hemos sido capaces de hacerles intuir un poco, un dogma que nunca les ha conmovido, un dogma que nunca les ha dicho nada a ellos. Y quizá tampoco a nosotros. Quizá sean ellos los que nos ayuden a comprenderlo un poco mejor. Hablo del dogma de la trinidad. Si yo le preguntase a un joven qué es lo que significa para él el dogma de la trinidad, me contestaría riendo: «¡Nada! ¿Qué interés tiene eso para mi vida?» Pero yo, que vivo muy cerca de los jóvenes, que palpo muy de cerca estas exigencias, este algo que van madurando poco a poco, me pregunto si este dogma que nosotros creemos demasiado abstracto, no se podría en el fondo traducir de esta manera: nuestro Dios cristiano no puede ser un Dios solitario; es un Dios que o es comunidad o deja de ser Dios. Y es precisamente la comunidad lo que, de alguna manera, sueñan y anhelan los jóvenes: una comunidad tan perfecta, tan unida, que en ella puedan sentirse verdaderamente una sola cosa, en todos los campos, donde se sientan tan profundamente amigos que sean capaces de comunicarse incluso sus miserias; una unión que nosotros no hemos comprendido, y al mismo tiempo un respeto tan grande a la persona, a la propia personalidad, que nadie se atreva a cambiarla, ni a tocarla, ni a instrumentalizarla. En el fondo, ¿qué es ese Dios, que al mismo tiempo es un solo Dios y tres personas completamente distintas, hasta el punto de no poderse confundir unas con otras? ¿no es una comunidad? Pues bien, si el mismo Dios nos ha dicho en la Biblia que ha creado al hombre a su imagen y semejanza, si este Dios es verdaderamente uno y tres, yo me pregunto si es posible que un hombre sea verdaderamente hombre si no es al mismo tiempo comunidad.
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    ¿No es estoquizá lo que empiezan a intuir las nuevas generaciones? Y entonces me pregunto si esto es una moda, o no es más bien un grito del Espíritu, que viene desde lejos, que viene desde lo más profundo, un grito del Espíritu que se sirve de esta maduración para darnos a comprender algún día aquellas cosas de nuestra misma fe, que nunca habíamos logrado hacer entender a los jóvenes, y que nosotros mismos considerábamos demasiado abstractas. Al menos, deberíamos pensar seriamente en ello. LA MUERTE DE DIOS EN LA POLÍTICA. Por lo que se refiere al tema de esta charla, sé muy bien que en algunos hay cierta curiosidad, y en otros cierta perplejidad. ¿Qué es lo que se puede decir de la muerte de Dios en la política? Estoy bastante convencido de que para muchos esta charla va a ser una desilusión, mientras que para otros podrá ser una sorpresa y un motivo de profunda reflexión. Una persona me ha dicho: «No se puede hablar de muerte de Dios en la política, porque Dios no ha estado nunca presente en ella». Entendida la política tal como solemos entenderla de ordinario, o sea, como una cosa que no está verdaderamente al servicio del hombre para su liberación total, sino más bien como algo que se sirve del hombre, es evidente que allí no puede estar Dios. Desgraciadamente hemos de confesar que en eso que llamamos política no podemos decir que hasta ahora haya habido una presencia de Dios, en el sentido de que haya estado totalmente al servicio de esta liberación total e integral del hombre. Hemos de confesarlo, hemos de tener el coraje de decir que nos encontramos frente a una sociedad en la que la represión, la falta de verdadera libertad y (sabéis muy bien que me gusta subrayar ciertos adjetivos para no generalizar) la falta de auténtica libertad está en cualquier rincón de la calle, en cualquier rincón del mundo. Estamos convencidos de que no existen islas privilegiadas, de que hoy prácticamente toda la sociedad del mundo es opresiva y represiva. La sociedad está enferma en todas partes, aunque en diversos grados. Es verdad que ciertas sociedades modernas han alcanzado al menos en algunas dimensiones una libertad que nosotros desgraciadamente no tenemos todavía. Pero se trata solamente de diferencia de grado: no hay ningún país en el mundo que pueda alzar la mano para decir: «Nosotros hemos encontrado la libertad total del hombre, hemos hecho la sociedad no opresiva, estamos de veras al servicio de los demás, le hemos dado al hombre el espacio suficiente para que pueda ser finalmente hombre; nosotros somos libres y liberadores». Si hubiese una sociedad en el mundo capaz de levantar la mano, le diríamos que es una embustera. ¿Por qué? Porque en el mundo, en vez de la fuerza del derecho, se ha impuesto el derecho de la fuerza. Tiene más razón el que tiene más poder y el que tiene más poder es el que impone su verdad. Todavía sigue viva, más actual que un periódico, aquella frase que hemos leído en el evangelio, cuando Cristo dice que él es la verdad, y Pilato le pregunta: «¿Qué es la verdad?» Cada vez que un hombre honrado habla de verdad, le miran desde todos los rincones de la calle como a un marciano y le preguntan: «¿Pero qué es la verdad? ¡No hay más verdad que el poder!» En tiempos del fascismo en Italia se veían inscripciones que decían: «Mussolini siempre tiene razón». Hoy sería inconcebible para nosotros una inscripción semejante, pero hemos de tener la sinceridad de confesar que el fascismo, y por fascismo entiendo todo eso que sabéis, no ha desaparecido y puede adquirir colores diversos bajo diversas formas. El fascismo está todavía vivo, terriblemente vivo. Ese fascismo entendido no solamente en sentido político, menudo, sino en un sentido más profundo, el fascismo que es falta de liberación del hombre. Diría, y he de decirlo, que ni siquiera ha muerto en la Iglesia. Para muchos católicos sería todavía válida la inscripción: «El papa siempre tiene razón. El obispo siempre tiene razón. El cura siempre tiene razón. El catolicismo siempre tiene razón», aunque se empeñe en hablar de cosas que no le pertenecen. También esto es una opresión. Sin embargo, la verdad no se identifica con el poder, con la fuerza; lo sabemos perfectamente y la misma Iglesia lo proclama: Cristo, que era la verdad, renunció al poder para dejar sitio a las conciencias, para poder permitirle al hombre su propia liberación. Es del evangelio aquella
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    frase que dice:«Cristo habla como quien tiene autoridad». ¿Por qué? Porque hablaba a las conciencias. Pero la misma Iglesia ha contribuido en gran parte, como estructura, a hacer que la sociedad se haga opresiva. El derecho de la fuerza se impone lógicamente por la fuerza. Pero esto puede hacerse abiertamente o a escondidas. Hoy la represión es más oculta, más sutil, pero más peligrosa, porque se presenta vestida de cordero y muchos son incapaces de darse cuenta. Baste pensar en todos los medios de comunicación social, en la información a todos los niveles. Es peligroso el hecho de que una sociedad se imagine que es libre, cuando no lo es en realidad en sus raíces más profundas. Cuando me encuentro frente a una sociedad que abiertamente me niega incluso algunas de las expresiones fundamentales de la libertad, como la libertad de asociación, la libertad de expresión, etc., yo siento dentro de mí toda la fuerza para luchar, porque sé que me encuentro frente a una injusticia clara y manifiesta. Pero cuando puedo estar convencido, por el simple hecho de poder votar cada cuatro años y dejar que otros decidan en mi lugar, cuando con eso solamente me autoconvenzo de que soy libre, el peligro es terriblemente mayor. Basta con pensar en el mito del bienestar del mundo obrero y en la estrategia de la reivindicación social que contribuye a alienar al trabajador y a hacer cada vez más difícil la verdadera liberación. Basta con pensar en la política de partidos, puesta no ya al servicio del ciudadano sino al servicio de los intereses del propio partido. Basta con pensar en la alienación producida incluso en el ámbito religioso del paso de la fe a la religión, esto es, del dinamismo a la pasividad, de la creación a la sumisión, de la confianza en el hombre al temor. Mientras que ciertas formas y estructuras religiosas son alienantes, la fe es liberadora. Pero nosotros hemos convertido muchas veces la fe, nuestra fe liberadora, en una religión que nos lleva más a la pasividad que a la creatividad. También aquí el derecho de la fuerza se impone a la fuerza del derecho y el derecho de la ley prevalece sobre el derecho de la conciencia. El hombre-persona en la sociedad, y repito que no hay islas privilegiadas, ha dejado de ser el centro de la historia. Unos cuantos individuos se han apoderado del derecho de los demás a ser ellos mismos y los manejan de cualquier manera. Las personas, en sus manos, ya no son personas, sino cosas, números, objetos utilizables de mil maneras. Hoy el mundo está gobernado por sistemas que han corrompido y derribado los principios fundamentales de la conciencia humana. Y esta corrupción se encuentra en los llamados primer mundo y segundo mundo. Seamos sinceros: no hay excepciones; el mundo está dividido en dos grandes grupos, que podemos llamar primero y segundo grupo. El primer mundo para el que el hombre vale por lo que tiene, y el segundo para el que el hombre vale por lo que hace y por lo que crea. Pero solamente cuando el hombre se realice por lo que es, por su propio ser, un ser dinámico y creativo, pero fundamentalmente ser, podrá empezar a desaparecer todo resto de represión. Pero para ser lo que es, el hombre tiene que realizarse en una comunidad individual caracterizada por la libertad común, por la que la liberación de los demás es la manifestación de la propia libertad. Sólo cuando mi libertad comienza donde comienza la libertad del otro, y no donde termina, es cuando puedo hablar de libertad. Empiezo a ser libre cuando lo es mi prójimo, y no antes. Pero hoy ¿cuál es la realidad? Nos sentimos libres y seguros cuando hemos logrado encadenar a los demás. Cuanto más pequeño resulta el jardín de mi hermano, mayor es mi libertad. Pero esto es opresión: aquí no queda ningún lugar para Dios, él que es el maestro de la libertad, el verdadero libertador. Pero a nosotros no puede bastarnos con lamentar la represión de la que todos somos víctimas, y que todos vemos y palpamos. No nos gusta el masoquismo, no tenemos vocación de víctimas, no basta con una revolución, con una protesta que sea solamente un desahogo o que nos encadene finalmente a una represión más consciente: empezamos a darnos cuenta de que no es fácil la liberación y de que ciertos desahogos pueden llevarnos a un mañana más
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    encadenado. Y comolos jóvenes de hoy tienen una capacidad para pensar en el mañana, para pensar en sus hijos futuros, y como quieren algo que sea creativo, más bello y más fecundo que el presente, por eso empiezan a comprender que pueden caer en la trampa y que no basta con gritar: «Estamos encadenados», sino que hay que hacer algo para que estas cadenas se rompan definitivamente. Por consiguiente, hemos de llegar hasta las raíces para descubrir cuáles son los verdaderos valores, tanto personales como universales, ya que el hombre es persona individual y comunidad al mismo tiempo, como ya hemos visto en otra ocasión. Pero para llegar a la raíz, a esta dimensión última, para ser realistas y no dejarnos atrapar fácilmente, para poder hacer al hombre totalmente libre y no en una dimensión solamente, hay que estudiar de qué manera podría realizarse el hombre, cuáles son sus valores fundamentales, cuál es el orden de estos valores. En estos momentos me gustaría presentaros brevemente cinco planos que son el fruto de una búsqueda laboriosa, de una búsqueda honesta y de una búsqueda puesta ya en práctica, al menos en parte, por muchos de los que quieren verdaderamente crear, y no solamente andar gritando. Cinco planos que, si somos un poco sinceros y tenemos las ideas un poco claras, hemos de reconocer que deberían ser así. Lo primero que el hombre tiene que hacer para poder realizarse es advertir, partiendo de su propia conciencia, que él es una cosa distinta de los demás, que es un valor personal, único, y que esto lo puede descubrir a partir de la riqueza de sí mismo, desde dentro. Este hombre que se descubre a sí mismo, que se descubre como valor, como un valor único, se encuentra al propio tiempo frente a una serie de preguntas y de porqués de muchas cosas. Cuando un hombre es capaz de responder a un porqué, empieza a crear la cultura, la verdadera cultura. Pero este hombre, frente a esos porqués, se da cuenta de que a su alrededor hay otros hombres que tienen los mismos problemas, que se plantean las mismas preguntas, y entonces se pone a buscar junto con ellos, y al estar juntos para buscar una respuesta a los problemas fundamentales que todo hombre se plantea a sí mismo, si es hombre, se da cuenta de que necesita vivir junto con los otros y que para vivir juntos tienen que organizarse, tienen que crear juntamente algo que pueda ser una respuesta nuestra a nuestros propios problemas. entonces nace la política, la verdadera política. Estos hombres que realizan juntamente una cosa para su propia historia, crean también una riqueza, y esta riqueza, al estar creada por todos, se pone también al servicio de todos. viene entonces la economía. Y cuando el hombre junto con los demás, ha producido algo y tiene algo en todos los campos, él mismo crea el derecho para defender lo que ha creado y para defender también estos órdenes de valores, ya que el verdadero derecho, es el que se pone al servicio de la defensa de todo cuanto el hombre tiene y crea. Y entonces viene la fuerza del derecho, no el derecho de la fuerza. Si separamos estos aspectos o absolutizamos algunos para negar los otros, caemos en lo que tantas veces ha caído la historia: reducimos la persona a individuo, o bien la comunidad a una colectividad masificada. Si tomo solamente el primer plano, es decir, solamente el hecho real y verdadero de que yo soy una persona y una persona única, que no puede confundirse con ninguna otra ni puede verse sometida a ninguna otra, pero me olvido del hecho de que a mi lado hay otros sin los cuales no podré obtener una respuesta definitiva a mis problemas fundamentales, entonces estoy haciendo nacer el individualismo más feroz y más estéril. Pero si tomo únicamente el tercer plano, el hecho de que somos políticos, que tenemos que crearnos juntamente, olvidándome del primer valor que es la persona, caeré irremisiblemente en la masificación, en el colectivismo. La sociedad en que vivimos ha institucionalizado esa masificación, subyugando a la comunidad bajo la dictadura de los mitos, del estado nacional, de la clase mesiánica o de la paga abstracta. Y de esta forma se ha derribado completamente el edificio; la realidad es actualmente todo lo contrario de cuanto os he dicho y de lo que, lógicamente estaréis vosotros de acuerdo conmigo, debería ser.
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    ¿Cómo es esarealidad? ¿Qué es lo que está hoy en el vértice de la sociedad, en cualquier rincón del mundo? El nominalismo jurídico, el poder por el poder, el derecho de la fuerza. No hay duda alguna: el que tiene la fuerza, tiene el derecho e impone y crea su propia verdad. Todos sabemos, por ejemplo, qué es lo que representa el haber confundido el concepto de propiedad privada con el de propiedad personal: dos cosas que son tan distintas. Pero también la Iglesia ha defendido la propiedad privada, siendo así que es la propiedad personal lo que hemos de defender, ya que es ésta, y no la otra, la que pertenece al cristianismo; la propiedad privada, entendida en el sentido del famoso jus utendi et abutendi, el derecho de usar y de abusar, nace únicamente del derecho de la fuerza, y no de la fuerza del derecho, que está al servicio del hombre. ¿Y qué es lo que ha pasado? Como no podía mantenerse en pie esa confusión de la propiedad privada con la propiedad personal, y la primera ha saltado tantas veces por los aires, por eso se ha pasado a la propiedad colectiva con el peligro serio, y real a veces, de perder la propiedad personal, sin la que el hombre no puede ser hombre. En segundo lugar está el sistema económico. El que tiene la fuerza impone la economía, el que tiene la fuerza es el que determina la finalidad de lo que el hombre crea y las maneras con que debe crearlo. En tercer lugar está el sistema político, que justifica este principio: la política creada para justificar esta economía. Y me parece que aquí no debe haber ningún misterio. Es evidente que el mundo está hoy gobernado, no por la política, sino por la economía; es evidente que las guerras las hace no la política, sino la economía. Todo esto está ya demasiado claro para que nos pongamos a discutirlo. En cuarto lugar tenemos el sistema de las ideologías ocupando el puesto de la cultura y de la investigación, una cultura que es impuesta por una política, la cual ha sido creada para justificar una economía, que a su vez es impuesta por la fuerza del poder. Y allí, en último lugar como si fuera una cenicienta que no tiene nada que decir y que se ve arrinconada en el ángulo personal y privado, nos encontramos con la conciencia, la pobre conciencia. La realidad más verdadera y más viva del hombre, su derecho a ser él mismo, está allí, en último término, sin que nadie le haga caso. ¡Ella que debería estar en primer plano! Por eso, el momento moral se deja en manos del individuo, como una cosa privada; y al ser la moral real la de la fuerza, la moral de la libertad se convierte en un sueño para idealistas. En este instante yo me pregunto, y les pregunto a los jóvenes, si basta todavía con hablar de revolución, de una revolución. Se necesita hacer cinco revoluciones, cinco verdaderas revoluciones. Ese es el motivo de que diga que no basta con hablar de revolución, porque nos llevaría hacia unas cadenas más fuertes; no porque niegue que se necesite una revolución profunda, seria, que toque hasta las raíces, sino porque creo que hay que hacerla en cinco planos al mismo tiempo, porque si no, ese derecho de la fuerza se iría haciendo cada vez más fuerte y los hombres se convertirían en unos seres cada vez más encadenados. Sí no llevamos adelante estas cinco revoluciones con toda seriedad, no nos quedará ninguna esperanza de liberación e iremos a parar siempre en manos de una dictadura, en todos los sentidos: de un color o de otro, lo mismo da; se tratará siempre de una dictadura en contra del hombre, en la que Dios no puede estar presente: Dios ha muerto. De la primera revolución ya hemos tratado en una de nuestras charlas: la revolución de la conciencia. La persona vale por lo que es, no por lo que gana o por lo que produce. Nadie puede suplir a la conciencia de una persona, como hemos dicho: ni siquiera la Iglesia puede suplir a la conciencia de cada uno. Es preciso que cada uno encuentre su vocación personal. Hemos dicho también que esta revolución es una de las más importantes, de las más duras, de las más temibles; por eso la llaman la más peligrosa. Pero sin esa revolución el hombre no llegará nunca a ser hombre, y la política será siempre esa política que reprobábamos y por la cual decíamos que no valía la pena morir.
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    La segunda revoluciónes la revolución de la cultura. Sería preciso pasar del «es así» al «¿por qué es así?» Fijaos bien que la diferencia es enorme. Si frente a una realidad decimos: «es así», no hemos creado nada, somos infecundos, no hacemos cultura; pero si frente a una realidad me pregunto: «¿por qué es así?», entonces le abro las puertas a la creatividad, para poder construir alguna cosa. ¿Por qué carecemos de una verdadera cultura? ¿Por qué nos hemos acostumbrado a decir ante la realidad: «es así»? ¿Quién tiene coraje para buscar el porqué? Únicamente aquellos que tienen fuerzas para liberarse a sí mismos y para ser verdaderamente creativos. Pongamos dos ejemplos vulgares, ridículos si queréis. Se muere mi padre y yo tengo que vestirme de luto. Entonces me pregunto: «¿por qué tengo que hacer eso?» «Es lo que se hace: se muere el padre o la madre y hay que vestirse de luto». Al decir: «es lo que se hace», seguimos adelante con una cosa que quizá no tiene ningún sentido. Pero si alguna vez uno se pregunta: «¿Por qué? ¿Por qué tengo yo que obrar así?», y si este porqué se lo preguntan más de uno, entonces puede salir en alguna ocasión algo nuevo y podemos tomar conciencia de que quizá tengamos razón, que es preciso seguir adelante, que hay que encontrar algo nuevo. Y se podría crear algo. Pero si nadie tiene el coraje de decir: «¿por qué?» frente a una realidad que nos viene de fuera, que uno no ha examinado todavía ni ha hecho suya, entonces no habrá jamás cultura. Pongamos otro ejemplo desde el punto de vista eclesiástico. Hemos tenido dos ejemplos, uno indiscutible y otro que se podría discutir. De todas formas, para mí valen los dos. El primero es el ejemplo del papa Juan. El papa Juan se encontró en cierto momento con una Iglesia estructurada de tal modo que podría haber dicho muy bien: «¡es así! Y con mis 80 años tengo más razón que nadie para decir que es así. Sigamos así, por consiguiente». Pero en vez de decir: «es así», se preguntó: «¿por qué?»; se planteó muchos porqués y, en cierto momento, ese «porqué» profundo de su corazón y de su conciencia le llevó a decir: «hay que hablar, tienen que reunirse los obispos, tiene que reunirse la Iglesia, hay que plantearse cara a cara el porqué de muchas cosas, para encontrarles respuesta». Es que el papa Juan era profundamente creativo, porque tenía fe, porque era profundamente un hombre de fe. E incluso los que se encuentran lejos de la Iglesia no tienen más remedio que declarar que el papa Juan ha creado algo, ha abierto las puertas a una verdadera cultura de fe religiosa. Y vayamos ahora al segundo ejemplo que puede ser más discutido. Es el ejemplo de uno de nuestros arzobispos que, en cierta ocasión, recibe una carta de una congregación romana, en la que se le anuncia que va a llegar a su diócesis un visitador apostólico (un visitador apostólico quiere decir una persona enviada por... las altas jerarquías... para hacer una investigación sobre ciertas cosas que quizá no van como deberían). Frente a este hecho habría podido decir: «¡es así! Es normal y propio del sistema: todos los obispos pueden alguna vez recibir una carta para avisarles de una visita. Y sé que esta visita se hará de una forma determinada, secretamente, como se ha hecho hasta ahora». Habría podido decir: «es así; que se haga». Pero en vez de decirlo, dijo: «¿y por qué?», y quizá este porqué resulte creativo. Dijo: «¿por qué tiene que hacerse así? ¿por qué tiene que haber un secreto? ¿por qué no puede hacerse de otra manera? ¿por que no tengo yo que saber quién es el que me ha acusado? ¿por qué no voy a saber las razones que motivan esta visita? ¿por qué tengo que callarme?» Un «porqué» honrado, un «porqué» que no va en contra de nada de su conciencia. Y la verdad es que las cosas no han ido como otras veces... Puede suceder muy bien que este hecho le ayude a la Iglesia a revisar la manera de obrar que se había aceptado hasta ahora, porque todos decían: «es así». Hasta que uno no tenga el coraje de decir: «¿por qué es esto?», no se abrirán nuevas puertas para crear cada vez cosas mejores. Y el cristiano que cree en este Dios y en esta dinámica, que cree en el Dios que está en su interior, tiene que tener siempre esta fe en el crear, tiene que pensar siempre que se puede crear siempre más. Es preciso que volvamos a encontrar la verdadera cultura, esa cultura que nace etimológicamente de la tierra, del cultivo de la tierra.
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    Hemos prostituido lacultura transformándola en ideología, siendo así que la verdadera cultura comienza para el hombre en su contacto con la tierra. Y aquí es menester que sintamos un inmenso respeto por la función que todavía tienen los campesinos. Hemos hablado muchas veces del gran sentido común que tienen los campesinos y por eso hemos de buscar esta cultura a partir de la tierra. Quizá no sea una casualidad el hecho de que el papa Juan haya sido un papa tan grande y tan libre por haber sido campesino. Es preciso que salgamos de la cultura de los tecnócratas, así como también de la cultura de los que quieren descubrir el paraguas; evidentemente tenemos que excluir las dos. Pero esta llamada de la cultura a la tierra es urgente: el perder el sentido de la tierra, el trocar la agricultura por la técnica sería renunciar a la verdadera cultura humana. La ley de la técnica no tiene consideración ninguna, lo sabemos muy bien: ha llegado a envenenar el agua, a envenenar el aire, el mar, la tierra; estamos perdiendo esos valores fundamentales que nos permiten ser hombres. Estamos perdiendo la pureza de los mismos productos, la pureza de todas las cosas que constituyen la creación. Estamos prostituyendo a la misma creación. Llegará el momento en que el hombre ya no podrá ser hombre, cuando la tierra, esa tierra que le ha dado origen, deje de ser tierra, cuando el aire deje de ser aire, cuando el agua deje de ser agua, cuando el pan deje de ser pan. Y esto es muy importante y muy urgente para que el hombre pueda realizarse, para que se pueda hablar de política. De lo contrario nos convertiríamos en fenómenos, en monstruos, en cualquier cosa; y entonces sería inútil hablar de política, porque sería inútil hablar de hombres. Esta cultura que comienza por la tierra tiene que recuperar los valores fundamentales del mismo lenguaje en esa enorme Babel del mundo de hoy: las palabras ya no significan lo que deberían significar según su propia raíz. Cuando hablo de libertad, me pregunto qué es lo que significa hoy la libertad. Esta palabra en labios de un personaje histórico ya no es la misma que en los labios de otro: es todo lo contrario. Esa misma palabra la gritan los que se dan cuenta de lo que significa ser libres y los que intentan encadenar a los demás. ¿Y la palabra conciencia? Es lo mismo; ¡cómo la instrumentalizan! Las palabras fundamentales ya no significan lo que deberían significar y así no hay manera de entenderse: estamos viviendo en una auténtica Babel. Al hablar de la llamada de la tierra quizá tengamos que reconocer que son los campesinos los que conservan en la palabra conciencia el sentido más puro y genuino. Cuando un campesino dice que obra en conciencia dice exactamente lo mismo que aquí hemos dicho, lo que significa para la Biblia, esa honradez consigo mismo de la que hemos hablado. Quizá no sea una casualidad el que se ponga en labios de un niño campesino aquella anécdota de que, en la escuela, cuando le ponen este problema de matemáticas: «Si tu padre compra una vaca por 2.000 pesetas y luego la vende por 20.000, ¿qué es lo que ha ganado?», el niño responde: «Se ha ganado unos cuantos años de cárcel». «¿Por qué?» «¿Que por qué? ¡Porque es un ladrón!» Ese es el valor profundo de la conciencia. Y se necesita una investigación entre todos para poder recuperar la pureza de las mismas palabras, de las palabras que, cuando nacen de los labios de nuestra madre, todavía significan algo, pero que luego se van prostituyendo por medio de mil manejos turbios. La tercera revolución es la de la misma política, en su sentido más concreto: pasar de la política de los partidos a la política de la unidad, de la comunidad, de los fines humanos, donde la libertad no consiste en eliminar la de los demás para engrandecer la mía, sino donde la libertad personal es igual a la libertad de los demás. Y en este terreno creo yo que no queda más alternativa que llegar (y aquí las palabras significan lo que significan; podrían ser instrumentalizadas, pero me gustaría que las entendieseis en el sentido más profundo de la realización del hombre) a lo que se podría llamar, no encuentro otra palabra, una democracia directiva, una democracia verdadera, no
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    como ideología, sinocomo posibilidad que tiene el hombre, todos los hombres, de llevar a cabo su propia historia, de realizar de veras todo lo que pueden y deben realizar. Si no se parte de esta posibilidad que debe tener el hombre para realizar su propia historia, sin delegar en otros, realizándola por sí mismo en todo lo que es posible, no tendremos nunca una verdadera política, sino que seremos hechos por los demás y no seremos nosotros mismos. Es verdad que a esto tiene que llegarse a través de un proceso de maduración. Todavía estamos muy lejos de la meta, pero es posible llegar a ella, más aún, es la única forma posible de poder crear de verdad una política de hombres, una política que no esté instrumentalizada, ya que hoy hemos llegado a los extremos más repelentes. Pongamos un ejemplo: los obreros. No sé si ellos mismos se han dado cuenta de que no tienen ni siquiera la posibilidad de hacer su propia lucha, de llevar a cabo sus propias reivindicaciones, ya que todo eso se lo imponen otros. Por ejemplo, cuando desde arriba se les presenta la huelga como una estrategia de lucha (y no es que hable contra esta posibilidad, ya que siempre la he defendido), en cierto momento esos obreros aceptan ese método y hacen una huelga, sin advertir que no se les da la posibilidad de llevar a cabo esa lucha, que se les impone incluso el método. Podrían decir en esta ocasión: «Nosotros queremos hacer las cosas de otra manera; nosotros nos damos cuenta de que quizás este método va en contra de nosotros mismos». En muchos casos así lo sienten, pero no tienen la menor posibilidad de llevar a cabo por su cuenta esta lucha. Se trata de un solo ejemplo; pero podríamos multiplicarlos. Si no somos capaces de salir de estos esquemas, que son demasiado viejos, que han nacido de filosofías decadentes en las que se piensa que sólo algunos privilegiados son capaces de pensar por los demás, de hacer programas por los demás, y que los demás tienen que fiarlo todo en sus manos, no lograremos jamás crear una política donde haya sitio para Dios —hablo para los creyentes—, ya que es todo el hombre el que debe realizarse, y cada hombre debe ser artífice de su propia historia, teniendo la posibilidad de llevar a cabo todo lo que es capaz de realizar. La cuarta revolución tiene que hacerse en el plano del trabajo y de la economía. El desarrollo de la economía está en pasar de la iniciativa del capital a la iniciativa del trabajo. Los ciudadanos tendrán de esa manera la posibilidad de saber que su trabajo no sirve para el enriquecimiento de unos pocos, sino que, además de darles a todos una justa retribución, será para ellos una obra realizada en común. En este caso es evidente que la programación tendrá que hacerse entre todos. Y os voy a poner un ejemplo muy insignificante, si queréis, en el que he pensado muchas veces: cuando en Madrid llega la navidad, y también fuera de navidad, por el centro de la ciudad, donde vive el menor número de personas, se gastan millones en iluminaciones y adornos, para que parezca un espectáculo de fiesta. Las calles de los almacenes a donde va el menor número de personas se convierten en las calles más hermosas, las más iluminadas, las más perfectas, mientras que toda la inmensa periferia, donde viven los trabajadores, los que están creando la historia, los que ni siquiera tienen tiempo para ir al centro a ver aquellas luces, esos no tienen a veces ni calles ni luz suficiente para salir de noche y carecen incluso de las cosas más vitales. Es evidente que, si la programación la hubieran hecho entre todos, las cosas serían de otra manera. Me diréis que son ejemplos vulgares, pero a mí me gusta escoger siempre estos ejemplos vulgares, para que los entiendan hasta los más simples. En el trabajo hay que hacer una de las revoluciones más tremendas porque, si es verdad que el hombre es creativo, si es verdad que el hombre se realiza con el trabajo, si es verdad que hemos de condenar esa pseudofilosofía o pseudoteología del famoso tiempo libre, tenemos necesidad de una revolución tremenda, radical. Hablamos del tiempo libre, pero ¿qué significa esto? Si yo acepto que existe un tiempo libre, acepto que el tiempo del trabajo es el tiempo de la esclavitud. Y esta sería la ofensa más tremenda y la renuncia más grave que podría hacerse a la sociedad: si el hombre es esclavo y no es libre cuando trabaja, si únicamente es libre después de su trabajo, el hombre ha fracasado por completo.
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    Porque el hombre,lo que prácticamente está haciendo durante toda la jornada es trabajar y, si se hace esclavo durante el tiempo del trabajo, está claro que no se podrá liberar: ese trabajo no le sirve para ser hombre, para ser libre: solamente podrá serlo tras el trabajo. Entonces podéis comprender cómo el hombre no llegará a ser nunca hombre. Y a pesar de eso hemos aceptado tan fácilmente, tan claramente que se hable del tiempo libre, en el que el hombre se realice en cierto modo, demostrando con ello que el trabajo es tiempo de esclavitud. Podéis, por tanto, imaginaros que la revolución que hay que hacer es inmensa. Y bajo el punto de vista cristiano me gustaría subrayar algo que es para mí muy importante. Muchas veces, para poder resolver este problema, hemos dicho: «Lo importante (y hay actualmente asociaciones muy poderosas en el mundo que siguen esta espiritualidad), lo importante es santificar nuestro trabajo». Pero si yo he aceptado el principio de que el trabajo, tal como hoy está planteado, es un tiempo de esclavitud, no puedo aceptar que tenga que santificar un trabajo que me esclaviza. Tengo que hacer la revolución, tengo que luchar para derribar todo ese sistema de trabajo, porque no puedo santificar una cosa que va en contra del hombre, que le impide realizarse. Decir que tengo que santificar el trabajo, tal como está organizado actualmente, decir que Dios está de acuerdo con esto, sería negar a Dios, hacerlo morir en el trabajo. Es necesario, por el contrario, hacer todo lo posible para tomar conciencia de que estamos viviendo un trabajo que encadena al hombre, que no lo deja ser él mismo, que no lo deja ser creativo, que el hombre se está convirtiendo cada vez más en una máquina, que se va haciendo cada vez más esclavo y menos libre, incapaz de realizar su propia vocación. Y termino con la quinta revolución en el plano jurídico. Hasta ahora el estado ha sido el amo y el ciudadano el súbdito. Pero es la persona humana la que tiene que convertirse en el legislador universal, mientras que el estado tendrá que ser únicamente un instrumento para la ordenación de todos los demás estados personales. También aquí, si se pone en primer lugar aquello que debería estar al servicio de los demás, estamos destruyendo todo el derecho: el derecho no está ya al servicio de la colectividad, al servicio de los hombres para defender sus valores fundamentales, sino que se convierte en cómplice de que el hombre no solamente no sea libre, sino que se vea incluso en la imposibilidad de liberarse. Si no se organiza un derecho según estos criterios, no tendremos ya evidentemente la posibilidad de ser libres ni podremos creer en semejante derecho. Todo esto puede parecer quizá utópico. Pero me pregunto si existe otra posibilidad, sí todavía vale la pena que aceptemos seguir siendo esclavos, que aceptemos una revolución que, a largo plazo, nos llevará a una esclavitud peor. Yo creo que no es utópico, porque ya hemos dicho que el hombre, con su conciencia, es más fuerte que las estructuras que se empeñan en encadenarlo. Hemos visto cómo hasta ahora, a través de los siglos, ninguna estructura ha sido capaz de aplastar definitivamente al hombre: el hombre, con su conciencia, es más fuerte que las estructuras. Y hay continuamente hombres que logran dar su respuesta a un porqué, que logran darse cuenta de esta falta de libertad. Los hombres pueden. Es suficiente que un solo hombre haya realizado una cosa para que esto mismo sea posible a los demás. Si tres nombres han sido capaces de unirse para realizar una cosa que es verdadera y que es real, es posible que lo haga toda la humanidad. Afirmar que esto es utópico, que es difícil, es decir que no creemos en Dios, es decir que Dios no tiene un lugar en la política, es aceptar la muerte de Dios en la construcción de la comunidad humana. LA MUERTE DE DIOS EN LA IGLESIA. He de confesar que voy a terminar estas charlas con toda una carga de sentimientos en el corazón que difícilmente sabré expresar y que tendré que terminar con un tema que probablemente va a resultar un poco desordenado. Porque tengo que hablar de cosas que me afectan de una manera muy particular como hombre, como cristiano y como sacerdote. De cosas que amo y que creo profundamente, de cosas que me hieren y hacen daño. Y hoy más que
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    nunca no puedoolvidarme de los que, como os decía el primer día, estoy viendo detrás de estas paredes, en las que hemos escrito: «¿Qué Dios es el que ha muerto?» No puedo olvidarme de aquellos que siguen preguntándome: «¿Para qué sirve vuestra Iglesia?» Especialmente de aquellos que buscan con honradez, de aquellos que nos han dejado, de aquellos que podrían entender, que podrían recibir algo de nosotros pero que no lo consiguen, por culpa nuestra. Por eso, al terminar esta tarde, sé muy bien que gran parte de vosotros, aquellos especialmente que tienen quizás otra mentalidad, por no haber estado en contacto ni haber sentido el dolor de los que no creen por nuestra culpa, esos no podrán comprender algunas de mis frases, algunas de mis quejas; quejas que en el fondo merecen el nombre de amor, pero un amor que se siente como dolor, especialmente cuando hablo de la muerte de Dios en la Iglesia. ¿Cuál es el Dios que ha muerto en la Iglesia? ¿Por qué hay tantos que se preguntan y nos dicen: «Cristo, sí; Iglesia, no; evangelio, sí; cristianismo, no»? ¿Por qué sigue siendo todavía válida la frase del poeta indio que decía: «Cristo, si los tuyos fuesen como tú, hoy la India sería tuya»? Se trata de preguntas muy serias, que se dirigen a cada uno de nosotros. Hoy más que nunca, cada vez que mencione a la Iglesia, he de subrayar que aquí estamos todos comprometidos, desde el papa hasta el último de los creyentes, que hoy no podemos ser fariseos, que no podemos decir que esto va para el obispo, que esto va para el cura, que esto va para el papa, que esto va para la acción católica, etc. Todos estamos comprometidos cuando hablamos de Iglesia, cuando hablamos de la muerte de Dios en la Iglesia. He dicho más de una vez que tenemos que afirmar que Cristo es la Iglesia, pero no siempre podemos decir que la Iglesia es Cristo. Cuando digo que Cristo es la Iglesia, quiero decir que todo lo que encuentro en Cristo puedo y debo encontrarlo en la Iglesia, pero al mismo tiempo digo que todo cuanto no encuentro o no logro encontrar en Cristo, tampoco puedo aceptarlo como Iglesia. Pero si seguimos diciendo que la Iglesia es Cristo, corremos el peligro de poner en el rostro de Cristo todas nuestras miserias, todos nuestros escándalos, todos nuestros pecados. Y habrá quienes digan: «esta Iglesia no es Cristo; a nosotros no nos sirve esta Iglesia, porque está llena de fango». El último concilio ha aprobado dos o tres frases que yo, os lo digo con toda sinceridad, sólo creí que serían definitivamente aprobadas después de haber sido promulgado el decreto conciliar: son frases que nos deben hacer pensar seriamente. Frente a un mundo que se está haciendo profundamente ateo, que dice que ya no cree en Dios ni en nuestra Iglesia, es inútil que nos limitemos a derramar lágrimas, que nos limitemos a decir que ya no hay fe en el mundo. La misma Iglesia, reunida en concilio, ha dicho que una gran parte de esta lamentable situación se debe a nosotros. He aquí las palabras literales del concilio: En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión. Estas palabras están escritas en la constitución Gaudium et spes, n. 19. Por consiguiente, con un evangelio mal predicado o con una teología que no responde a la teología de Cristo y de nuestra fe, «...o incluso con los defectos de nuestra vida religiosa, moral y social, hemos velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión». Si estas palabras las hubiera pronunciado uno antes del concilio, muchos le habrían acusado seguramente de demagogo. Pero, si esto es verdad, nosotros ante tamaña realidad hemos de preguntar y le preguntamos a la misma Iglesia, no ya a la Iglesia de los demás, qué es lo que hay que hacer para que pueda ser visible este rostro de Dios, una vez que lo hemos escondido. Y podemos hacer una pregunta más profunda, podemos preguntarnos por qué el ateísmo actual, por qué todo el problema de la muerte de Dios ha nacido precisamente en el corazón de nuestra civilización cristiana, por
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    qué ha nacidoesta planta en el jardín de los cristianos, por qué ha nacido y sigue naciendo el ateísmo precisamente en el interior del cristianismo. Quizá sea preciso volver muy atrás, casi a los primeros siglos, para decir con lealtad que esas palabras que hoy, en el siglo xx, ha dicho el concilio tienen un valor ya en los primerísimos siglos del cristianismo. Quizá Cristo tenga que ser todavía revelado en la mayor parte de su realidad concreta, porque Cristo, el verdadero rostro de Cristo se nos ha ido transmitiendo a través de culturas y de realidades históricas que eran precisamente cosas que estaban en contradicción con el mismo Cristo. Cristo, que ha venido a traer algo nuevo, que ha venido a traer una verdadera revolución, que ha venido a liberar finalmente al hombre, a permitir que el hombre pueda ser verdaderamente hombre y pueda crear una historia nueva, hecha por él y no impuesta por los otros, una historia inventada con toda la fuerza de la fantasía de que es capaz el hombre, Cristo que venía a darnos no solamente esa posibilidad, sino también la fuerza de la invención, la fuerza de caminar contra la antihistoria, ese Cristo fue ya en gran parte traicionado por sus primeros seguidores. Ellos fueron los primeros en sentir la tentación de cambiar el rostro de Cristo por el rostro de una historia decadente, hecha por los opresores, hecha por unos hombres para quienes la historia no tenía en cuenta a los oprimidos, al pueblo, a los que no hablan, a los que nunca pueden decir su propia palabra. De esta forma, ya desde el principio, se nos ha transmitido a Cristo a través de una cultura ya hecha, a través de realidades históricas que estaban en contra del mismo hombre. Y esto continuó luego durante siglos: la tentación era fuerte; hemos de ser leales y no tener miedo de confesarlo. No tengo miedo de decirlo, precisamente porque creo en la Iglesia, porque creo que en la Iglesia está el Espíritu Santo, porque sé que la Iglesia no podrá derrumbarse a pesar de todo lo que nosotros podemos hacer en su contra; porque la conciencia es más fuerte que todas las estructuras, yo sé muy bien que ese Espíritu, que está en cada una de las personas, es más fuerte que la Iglesia, que todos nuestros pecados, que todas nuestras debilidades. Lo sabemos perfectamente: el mismo Pedro sintió la tentación, ya en el primer siglo, de querer confundir a Cristo, su revolución y su fe, con el hebraísmo; quería conciliar ambas cosas, les decía a sus cristianos que siguiesen todavía siendo hebreos, que siguiesen todavía con la ley. Y fue aquel el primer choque de Pedro con Pablo. Así empezó la primera tragedia en la historia de nuestra fe. Y así continuó durante siglos. No tenemos por qué esconderlo, ya que es un producto de la historia; pero es también un pecado nuestro, y la misma Iglesia nos lo dice, un pecado que continúa cada vez que cambiamos el evangelio por la cultura del mundo, cada vez que en vez de descubrir el rostro de Cristo descubrimos el rostro de una historia que es una antihistoria. Hemos dicho en todas estas charlas que Dios ha muerto en donde el hombre no puede ser hombre, en donde el hombre no es aceptado como hombre, que Dios ha muerto donde la conciencia es sustituida por cualquier autoridad, de arriba o de fuera, donde la conciencia no es reconocida como la voz de Dios dentro de nosotros mismos, tal como nos dice el evangelio. Hemos dicho que no podemos encontrar a Dios donde no haya un amor que sea creativo, que sea revolucionario, que sea entrega, que sea el amor que llevó a Cristo hasta morir por los demás. Hemos dicho que no podemos encontrar a Dios donde los hombres no sean capaces de encontrarse entre sí para construir todos juntos la historia, como comunidad, y no ellos solos, individualmente. Hemos dicho que no puede haber sitio para Dios donde hay una política que no permite a los hombres crear la historia juntamente, por sí mismos, donde la historia es impuesta desde arriba, por unos cuantos privilegiados. Y hoy decimos que Dios ha muerto, que Dios no puede existir más que en una Iglesia que tenga un rostro humano, en una Iglesia que, como dijo Cristo con toda claridad, no ha de ser como un reino de este mundo. Son palabras suyas: «Mi reino no es de este mundo». Pero cada vez que la Iglesia siente la tentación de organizarse y de presentarse como un reino de este mundo, nosotros la negamos. Cristo desaparece de ella y sigue actuando en otras
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    partes, porque allíno hay Iglesia. Por eso no podemos reconocer a una Iglesia que esté hecha de ese modo. Pero ¿qué es lo que significa decir que el reino de Cristo no es como un reino de este mundo? Significa que el reino de Dios tiene que ser algo tan distinto que valga la pena aceptar esta fe, tan distinto y tan nuevo que podamos descubrir la presencia de Dios en aquella Iglesia, en aquella comunidad. Pero cuando nos falta esta fe, cuando creemos que no existe ninguna posibilidad de construir la Iglesia a no ser haciéndolo a imagen de este mundo (tal ha sido la tentación continua de la Iglesia a través de los siglos), entonces nr gamos la fuerza misma y original de la Iglesia. Un reino de este mundo no se puede sostener sin ciertas categorías históricas. Un reino de este mundo no se puede sostener sin el poder, no se puede sostener sin una potencia económica, no se puede sostener sin una defensa, no se puede sostener sin cierta política, no se puede sostener sin una diplomacia, no se puede sostener sin cierta imposición de unos sobre otros, no se puede sostener sin cierta lucha de clases, no se puede sostener sin tantas cosas que, como sabemos, son necesarias para que el reino no se hunda, para que el gobierno no se venga abajo. Pero la Iglesia es distinta, la fuerza de la Iglesia es su debilidad, la Iglesia no tiene necesidad de ninguna de esas cosas para sostenerse, para vivir. Por el contrario, la Iglesia tiene que demostrar al mundo que la garantía y la prueba de que Dios está presente en ella es que puede vivir sin ninguna de esas cosas, que puede seguir viviendo y diciendo algo a los hombres sin nada de eso: una Iglesia, una comunidad que es capaz de sostenerse sin ninguna de esas estructuras, que ha encontrado su propia manera de gobernarse; una Iglesia, una comunidad que puede demostrar que sin el poder se puede vivir como hermanos, y se puede hacer la historia juntamente; una Iglesia que demuestra que, dentro del mayor respeto a la conciencia de cada uno, es posible crear algo; una Iglesia que demuestra que sin el dinero es posible sostenerse, que no tiene necesidad de una potencia económica, que no tiene necesidad de una diplomacia humana, que no tiene necesidad de ninguna imposición, que puede dejar a los hombres en libertad, que no tiene miedo del amor, que no tiene miedo de los que la combaten, que no tiene miedo de verse perseguida, porque sabe que hay en su corazón una fuerza nueva y distinta y más poderosa que todas esas cosas que son necesarias para que un reino de este mundo pueda mantenerse y vivir. Solamente cuando la Iglesia se ha presentado al mundo con ese rostro, incluso aquellos que no la aceptaban han tenido que rendirse y se han visto obligados a decir: «allí hay algo que no llego a comprender». En los primeros siglos del cristianismo había cristianos capaces de amar hasta a sus enemigos, capaces de decir que no a toda opresión incluso con su muerte. Y había también quienes decían: «¿pero qué clase de gente es ésta? ¿qué es lo que tienen? ¿están locos o son santos?» Solamente cuando los que no nos conocen ni creen en nosotros puedan decir: «¿qué individuos son éstos? ¿Están locos o son santos?», sólo entonces podremos estar seguros de que Cristo empieza a ser visible. Pero cuando nos presentamos y hasta nos sentimos felices y contentos de poder presentarnos al mundo como una potencia, con todas las cosas que también saca a relucir el mundo, entonces ciertamente Cristo no podrá hacerse visible y nosotros no podremos entrar en competencia con el mundo, ya que nuestra fuerza es distinta. Por eso precisamente muchos, al no ver este rostro de la Iglesia, dicen: «¿para qué nos sirve?» Pero cuando alguno de la Iglesia, y basta uno solo para que la Iglesia exista, le presenta al mundo este rostro, entonces logra de verdad sacudirlo de sus fundamentos y hasta los que no creen tienen que exclamar: «¿qué es lo que hay en ese hombre?» Acordémonos de una sola persona: el papa Juan. ¿Por qué el papa Juan ha conseguido que hasta los más lejanos se sintiesen conmovidos en lo profundo de su ser? Me acuerdo de una larga conversación que sostuve con un obrero: después de haber hablado contra la Iglesia, sacó su cartera y me enseñó una estampa del papa Juan, diciéndome: «¡éste sí!» «¿Y por qué éste?» Porque era un hombre. Una Iglesia de rostro humano, porque nuestro Dios es un hombre, es
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    un hombre quese ha presentado sin poderes, un hombre que hizo de su debilidad su propia fuerza, un hombre que dijo: «En mi reino los grandes son los más pequeños, en mi reino todos serán iguales. El mayor tendrá que servir a los demás. En mi reino, el que no está en contra mía está conmigo». ¡Cuántas veces tuvo que decir a los apóstoles: «No habéis comprendido. Mi reino es distinto». Y hoy, si Cristo viniese aquí, nos diría a todos nosotros, desde el papa al último de los cristianos: «Todavía no habéis entendido, no habéis entendido por qué hay tantos que no consiguen ver mi rostro, que es un rostro de alegría, un rostro de esperanza, algo que el hombre espera, que está deseando desde hace tanto tiempo en lo profundo de su ser. Si todavía no han conseguido verlo, es que vosotros todavía no habéis entendido nada, ni siquiera habéis empezado todavía a entender». El papa Juan dijo que apenas hemos empezado aún a comprender el evangelio. Pero esto no quiere decir que el Espíritu Santo se haya ido de vacaciones, cuando nosotros hemos dejado de ser fieles; esto no quiere decir que él haya dejado de obrar ni que Cristo se haya quedado con los brazos cruzados: su Iglesia sigue estando viva. Lo que pasa es que él, paradójicamente, misteriosamente, increíblemente para nosotros, ha seguido creando esta Iglesia, ha seguido buscando los elementos más importantes de esta Iglesia, incluso fuera de nuestros muros. Y hoy nos encontramos con la enorme paradoja, con una paradoja que nos da que pensar y que debería hacernos temblar, pero que al mismo tiempo nos hace esperar, con la paradoja de ver que un ateísmo histórico, que toda una caravana inmensa de hombres que nosotros estábamos convencidos de que rechazaban a Dios por completo, en cierto momento se encuentran más cerca del evangelio que nosotros mismos, el cristianismo histórico. La Iglesia se renueva, la Iglesia hace su examen de conciencia, la Iglesia del concilio dice: «ésa no es nuestra Iglesia». ¿Y por qué? Porque este mundo, hablo del mundo del ateísmo, lleno de honradez, el mundo de los hombres que han sufrido una búsqueda sincera, que no podían aceptar a aquel Dios que también nosotros, en estas charlas, día tras día, íbamos diciendo que no podíamos aceptar, que no podían aceptar un rostro de la Iglesia que también nosotros decíamos que no podíamos aceptar, todos esos han hecho un largo camino de sufrimientos y, al encontrarse sin Dios, al encontrarse sin Iglesia, han buscado en el hombre para poder encontrar un mínimo de esperanza, han buceado en las raíces más profundas del hombre, y paradójicamente han encontrado al hombre más que nosotros mismos. Pero, al encontrar al hombre, han encontrado a Cristo; aunque no lo sepan todavía, aunque no puedan confesarlo. Han encontrado el dogma fundamental de nuestra fe, que nosotros teníamos olvidado porque era el más duro. Y nos hemos refugiado en un Dios al que no veíamos, que no lloraba, que no pedía pan, que no podía gritarnos porque estaba clavado en una cruz. Ellos se han refugiado en ese hombre y lo han visto llorar, y lo han visto encadenado y han dicho «no» a muchas de estas instrumentalizaciones. Se han puesto a defender al hombre, pero, al defender al hombre, estaban defendiendo el dogma de la encarnación que es el dogma central de nuestra fe. Por eso ha llegado el momento en que nos preguntemos: «¿Quién es el que cree y quién el que no cree?» Frente a esa masa que dice no a la Iglesia, pero sí al evangelio, que dice no a los cristianos pero sí a Cristo, ¿no será verdad lo que ya Pío XII, no el papa Juan, decía en cierta ocasión: «Llegará el día en que los que dicen que no creen tomarán en su mano a nuestra Iglesia, mientras que quizá muchos de los nuestros la abandonarán»? Esta paradoja es también una enorme esperanza, es una esperanza para los que creen que Cristo, como decía el comunista Garaudy, «todavía tiene algo que decir», para aquellos que tienen una esperanza en la verdadera liberación del hombre, para aquellos que desean y aman una Iglesia distinta de la que han visto, llena tantas veces de debilidades y de pecados, una Iglesia que ni siquiera tenía el rostro de hombre, mucho menos el de Dios. Y todos esos que sufren, todos esos que andan buscando, todos esos que dicen como Juana de Arco: «Pero ¿cómo es posible que yo no esté en la Iglesia cuando quiero estar en la Iglesia?», todos esos estoy convencido de que pronto serán nuevos cristianos y serán ellos los que nos digan unas palabras nuevas, sacadas de un evangelio que nosotros, por pereza, por evasión,
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    por habernos refugiadoen un Dios que no podíamos ver llorar, no habíamos tenido el coraje de leer. Quizá sean ésos los que nos digan cosas nuevas del evangelio. Recordaré siempre la lección de evangelio que me dio un hombre que había pasado del mundo del comunismo, que había estado veinte años en la cárcel y que se había quedado ciego a causa de las torturas. Ese hombre, al encontrar a Cristo, al evangelio, nos hizo ver en una lección una imagen de Cristo que yo no había visto nunca, que yo, sacerdote, ni siquiera había soñado. Ese hombre ciego, después de veinte años de torturas, después de haber negado a la Iglesia y a Cristo, al encontrarse con el evangelio fue capaz de llegar hasta la raíz, hasta la profundidad de ciertas páginas del evangelio haciendo temblar a los que lo escuchábamos. Allí me encontré con un cristiano nuevo, símbolo de una generación que está llegando; por eso tengo esperanza en los jóvenes que han hablado de destruir la Iglesia, que han hablado con su lenguaje, fuerte y duro, diciendo: «No queremos la estructura». Ellos quieren otra cosa, una cosa distinta; no saben expresarse, pero creo que en su corazón están diciendo que no a un Dios del que reniega la misma Iglesia, la verdadera Iglesia. Y ésta es la verdadera esperanza, porque ellos quieren una cosa que sea más genuina, más verdadera, que sirva para ellos, para crear una historia nueva, pero una historia limpia, hecha por todos, una historia que tenga de verdad el rostro de Cristo. Pues estos jóvenes no rechazan a Cristo, porque dicen: «¡Cristo sí, vosotros no!» A mí me gustaría dejar esta pregunta, como un cuchillo, clavada en el corazón de todos. Pero no quisiera que se quedase todo en palabras, sino que hiciéramos todos una reflexión profunda; porque cada vez que un hombre nos dice a los cristianos: «¡Cristo sí, vosotros no!», hemos de pensar por lo menos que hay algo en nosotros que no es Cristo, que Dios ha muerto de alguna manera en nosotros, que tenemos la obligación de hacerlo resucitar, de luchar para que ese Dios sea presentado como el verdadero Dios, y no como un Dios que no existe, como un Dios que no podemos aceptar. Solamente de esta forma podrá todavía la Iglesia decir una palabra a los que andan en busca de una esperanza. Solamente de esta forma ellos no tendrán que ir a buscarla en otros líderes que, aun con su honradez, con toda la fuerza de su buena voluntad, jamás tendrán las verdaderas palabras de vida eterna que tiene Cristo, nuestro Cristo. Si nosotros no creemos que ha sido él el que ha dicho la palabra verdadera, definitiva, la que ha creado la historia y que solamente sus palabras responden a la verdadera historia, que sólo cuando él dice «libertad», se crea y se hace la libertad, que sólo cuando él pronuncia la palabra «amor», renace el amor, que sólo cuando él cree en el hombre, el hombre puede ser hombre, si no creemos en esto, es inútil que nos presentemos como cristianos. Me gustaría terminar leyéndoos algunas frases que he escrito sobre la Iglesia que yo amo, para que queden en el corazón de todos nosotros, porque estoy convencido de que vosotros, que habéis tenido la paciencia de escucharme por sexta vez, en lo más profundo de vosotros mismos queréis y amáis una Iglesia así, porque en el fondo yo no he hecho más que remover las aguas dentro de vuestro corazón, intentar penetrar dentro de vosotros, para deciros en voz alta lo que sentíais, al menos muchos de vosotros. Si nos sentimos unidos de esta manera, quiere decir que existe un mismo espíritu que nos grita desde lo más profundo una misma palabra, una misma esperanza, y que nos presenta el mismo rostro de una Iglesia, que todavía tiene algo que decirnos para que podamos ser nosotros mismos, para que podamos ser hombres y vivir como hermanos, para que la guerra pueda desaparecer definitivamente y el amor vuelva a encontrar su verdadera realidad. «La Iglesia que yo amo es así: la que teme más a los que no se mueven por no pecar que a los que han pecado por caminar; la que me habla más de Dios que del diablo, del cielo que del infierno, de la belleza que del pecado, de la libertad que de la obediencia, de la esperanza que de la autoridad, del amor que de la inmoralidad, de Cristo que de ella misma, del mundo que de los ángeles, del hambre de los pobres que de la colaboración con los ricos, del bien que del mal, de lo que me está permitido que de lo que me está prohibido, de lo que aún está abierto a la búsqueda que de lo ya conquistado, del hoy que del ayer;
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    la que nosólo no teme a los que abren caminos nuevos sino que los empuja y protege; la que prefiere defender a los santos en vida que en muerte; la que no hace ascos de nada nuevo antes de haberlo probado; la que es consciente de poder repartir a Dios y de necesitar constantemente de todos; la que se preocupa más de ser auténtica que de ser numerosa; de ser sencilla y abierta a la luz que de ser poderosa; de ser ecuménica que de ser dogmática; de ser santa que de ser popular; de ser de todos que de ser monolítica; la que es más madre que reina, más abogado que juez, más maestra que policía; aquella cuyo mensaje, esencia, palabra, vida, misión es un «sí», un fíat, un «levántate y anda», un «id», un «buscad», un «echad de nuevo las redes» en vez de un «no», un «espera», un «vuélvete», un «renuncia», un «basta»; la que sabe ser dulce con toda debilidad y fuerte contra toda hipocresía, incapaz siempre de regalar las margaritas a los cerdos; la que tiene el fogón siempre encendido para todos los fríos y todas las soledades; el pan caliente preparado para todas las hambres y la puerta abierta, la luz encendida y la cama hecha para cuantos van de camino, cansados, en busca de una verdad y de un amor que aún no han encontrado». Y no quiero terminar sin mencionar aquí un nombre que todavía no se ha pronunciado en nuestros seis encuentros, pero que estaba allí, en mi corazón, cada vez que os hablaba de Cristo, cada vez que os hablaba de los verdaderos cristianos. Porque no me gustaría que todo esto quedara en meras palabras. Sin nuestro compromiso toda esta crítica que hemos hecho con un sentido de profunda honradez, sin avergonzarnos, delante de aquellos que no creen en nosotros, sin esa palabra «compromiso», sin un amor mucho más grande, todo lo que hemos dicho no sería más que una hipocresía tremenda. Este nombre es María, es la madre de Cristo, es el ejemplo más puro de entrega total. En las bodas de Cana, María le pidió a Cristo un milagro. Cristo le dijo que todavía no había llegado su hora, pero María a pesar de ello quiso el milagro, aunque sabíamos que anticipar la hora de Cristo significaba anticipar la cruz, significaba perder antes a su hijo. En aquella ocasión María nos amó más a nosotros que a su hijo y fue capaz de sacrificar a su hijo para que nosotros pudiésemos vivir después de haberse marchado él visiblemente. Ella se quedó durante veinte años en el corazón de la primera comunidad, para recordarle continuamente el mensaje de esperanza de su hijo, para recordarles a los apóstoles que la comunidad es una realidad viva, para ayudarles a estar juntos, a no tener miedo, a que todos llegasen a dar la vida por los demás, para poder hacer visible la imagen de su hijo; veinte años de sufrimientos y de esperas, sin la presencia visible de su hijo. Pero María sigue estando presente todavía, con Cristo, en nuestra historia. No podemos olvidarnos de ello, cuando hablamos de cristianismo y cuando hablamos de esperanza. Y en los momentos de miedo, cuando nos sentimos invadidos por un miedo que nos viene de fuera, aun cuando en el corazón sigamos teniendo esperanza, tenemos necesidad en la lucha —en una lucha que no es fácil, en una revolución que traerá consigo inexorablemente el dolor, en un compromiso que no ha de ser fácil— tenemos necesidad de una palabra dulce, de una palabra de esperanza, de una palabra de madre, de la palabra de una cristiana que antes que nosotros supo lo que significa amar, porque supo entregarse hasta el fondo. Con estas dos palabras que son como un programa, como un compromiso, para que no sean unas palabras muertas frente a los demás, voy a terminar estas charlas. Cristo: nuestra fe. María: el ejemplo del cristiano comprometido que hasta el fondo, con alegría, cree que su hijo no ha muerto y que, por consiguiente, no ha muerto el amor ni ha muerto la esperanza. UN CRISTO SIEMPRE NUEVO.
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    PARA CRISTO LAVIRTUD NO ESTA EN EL MEDIO. ¿Es verdad que la virtud está en el medio? En este caso resulta difícil encuadrar a Cristo. Porque Cristo fue radical: «o conmigo o contra mí»; «no podéis servir a Dios y al dinero»; «he venido a traer fuego y quiero que arda». Porque Cristo estuvo de parte de los pobres y de los esclavos: «he venido a evangelizar a los pobres; a salvar lo que estaba perdido». Porque Cristo era de izquierdas: «solivianta al pueblo». Porque Cristo no admitió nunca medias tintas ni diplomacias centristas, y le acusaron de «blasfemo». Sí Cristo no hubiese sido Dios hubiese pasado a la historia como un «profeta fanático», paradójico, dialéctico, que bendice a los pacíficos y dice que ha venido a separar al hijo del padre; que maldice a los ricos y va a comer con ellos; que cura todo dolor y toda enfermedad y él muere en una cruz, abandonado; que habla en parábolas «para que no entiendan»; que provoca a los judíos con su ironía diciéndoles que «volverá a edificar el templo en tres días». Cristo no aparece nunca como conciliador político. Está siempre de parte de algo o de alguien: de parte del publicano, contra el fariseo; de parte de la adúltera, contra los viejos puritanos; de parte de los niños, contra el malhumor de los apóstoles; de parte de Magdalena, contra Simón el fariseo. Discutía con violencia contra sus adversarios y defendía con pasión a los débiles y a los humillados. Es curioso ver que le acusan de «estar endemoniado». El Cristo «dulzón», que da la razón a todos, para quien todo cabe en su cesto, no es ciertamente el Cristo del evangelio a quien probablemente sólo le entendieron los grandes santos y los grandes pecadores. Fueron María, la inocente, y Pedro, el apóstata, los más desconcertados ante ciertas actitudes del maestro, pero también fueron quienes entraron más profundamente en el misterio de su vida. Como tantos otros slogans, el de la «virtud está en el medio» tiene mucho más de antievangélico que de verdad. Y en su origen o en su aplicación tiene toda la apariencia de querer justificar nuestra cobardía frente a las posturas radicales. Hemos trasladado los criterios de la diplomacia humana al campo del evangelio que es abrazo de la verdad, aunque crucifique. Si la virtud estuviera de verdad en el medio, Cristo no hubiese sido virtuoso: ni los profetas, ni los grandes santos de la historia. ¿Quién puede decir que Francisco de Asís situó «en el medio» su virtud de pobreza? Los santos nunca conocieron los equilibrios políticos o diplomáticos. Como Cristo, amaron sin medida; lo dieron todo; se abandonaron a la fuerza irresistible del Espíritu que sopla «donde quiere» y no «donde conviene». Dios es gratuito y libre; su medida en todo es la sobreabundancia. ¿Deberá tener medida la respuesta a su generosidad? Su puesto está siempre delante, abriendo camino; su pedagogía es la sorpresa, la condena de los ídolos. Para Dios, el pecado es pararse porque el amor corre siempre, crea siempre, busca sin descanso. En Dios no existe el «basta»: «mayores cosas de las que yo he hecho haréis vosotros»; «todo lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo». Dios perdona siempre porque en él no hay límites. En Dios no importa equivocarse, caerse, sino querer caminar a su lado, por sus atajos. La plaza es el símbolo del «centro». En Dios no existen plazas: sólo caminos que desembocan en el infinito que es él.
  • 37.
    Si fuera ciertonuestro concepto clásico de prudencia que coloca a la virtud en el centro, en el equilibrio, arropada de todo extremismo, no habría espacio para la virtud heroica que es siempre una estridencia en el contexto de la virtud burguesa. Es curioso que una de las defensas mayores que necesita hacer la Iglesia para canonizar a sus grandes santos es la de su «prudencia». Y ya le están temiendo a este escollo quienes trabajan en la causa de Juan xxiii. Porque resulta que todos los santos han sido «imprudentes»; que han negado, con su vida el que la virtud esté de verdad en el medio. Para ellos estaba siempre en los extremos. Al final lo solucionan colgándole el mochuelo al Espíritu Santo afirmando que son cosas «admirables pero no imitables» y que las realizaron bajo el impulso del Espíritu Santo. Pero en este caso es algo espontáneo preguntarse si no será verdad que para el Espíritu Santo la virtud tampoco está en el medio sino más allá. Porque, ¿cómo sería posible que precisamente a los grandes santos les quitase la aureola de la virtud por excelencia que sería la que se mantiene «en el medio» sin balancearse ni a derecha ni a izquierda? Ciertamente si a Cristo hubiese tenido que canonizarlo la Iglesia, el abogado del diablo hubiese tenido buena materia para acusarle de imprudencia y fanatismo. Con la prudencia diplomática que coloca a la virtud en un centro de equilibrio, la Iglesia no hubiera tenido mártires. ¿No será más bien nuestra mediocridad, nuestra carencia de Espíritu, nuestra pereza, nuestro aburguesamiento lo que nos ha llevado a acuñar este axioma de que la virtud está en el medio? Pienso, mirando a Cristo y a su madre y a los grandes mártires y santos de la historia, que la virtud está más bien en los extremos, en la veta, está delante, en vanguardia, a la izquierda, en el escándalo de la cruz aceptada antes que renunciar al amor que es fuego que quema siempre y en todas las direcciones. La virtud es siempre anti-conformista porque desea siempre algo más y algo mejor. La virtud está en la izquierda, en la oposición porque no admite que se absolutice nada, porque siempre piensa que más allá de cualquier cosa buena existe la posibilidad de algo mejor, porque Dios no se agota nunca. La virtud no se duerme, es dinámica; es sal que evita la corrupción; es el fuego que alimenta todas las grandes esperanzas. El agua que no corre, se corrompe. Por eso la virtud empuja siempre. La virtud es para sí misma radical porque no se conforma con partículas de verdad: busca la verdad misma. Solemos llamar «extremistas» a quienes caminan delante de la masa. Pero los profetas vivieron siempre más allá de su tiempo, preparando el futuro. No es posible ser verdaderos ciudadanos del presente sin ser ya contemporáneos del futuro. Somos nuevos cada instante porque Dios nace en nosotros continuamente. Decir «ya» es sentarse, es rendir las armas, es hacerse Dios. Buscar siempre es estar de pie, sentirse vivos y tener hambre de Dios, es decir de «más». Todas las obras y los movimientos de la historia han abierto surco, han creado algo nuevo mientras han mantenido su fuerza revolucionaria. Cuando han buscado el centro, el compromiso, han dejado de ser «sal» y «fuego». Y esto en todo: en la política, en la religión, en la cultura, en el arte, en la ciencia. Lo que llamamos aburguesamiento de ciertos movimientos o de ciertas ideas ¿no es en realidad el deseo de querer colocar en medio su virtud? Siempre han sido los fundadores más revolucionarios y radicales que sus secuaces. Siempre fueron más combatidos y perseguidos e in-comprendidos los profetas que los burócratas.
  • 38.
    Los santos nofueron perseguidos y maltratados por santos sino por extremistas y revolucionarios. No quiero decir que todo fanático o todo revolucionario sea santo, sino que todo santo auténtico debe ser revolucionario porque vive en plenitud su comunión con Cristo, que ha sido el gran revolucionario de la historia. Cristo no mandó a sus apóstoles a hacer concordatos ni a buscar compromisos que atentaran contra la autenticidad y la radicalidad del evangelio. Les dijo más bien: «seréis perseguidos y azotados»; «cuando no os reciban en una casa, sacudid el polvo de las sandalias y seguid adelante». Con esto no critico a las personas que hoy en la Iglesia sufren ellas mismas el peso de una tradición antievangélica que no puede echarse en un día por la borda. Es una crítica que recae sobre todos y cada uno de nosotros porque todos somos responsables de que ni el papa mismo pueda ser siempre lo libre que desearía. Para mí no fueron humorísticas sino dramáticas las palabras de Juan xxiii: «Soy un prisionero en una cárcel de oro». El, el papa más evangélico de la historia de la Iglesia, tuvo también que aceptar y firmar concordatos que seguramente nunca hubiese deseado. Pero no renunció nunca a escandalizar con su fidelidad personal al evangelio. Hoy criticamos la radicalidad de China frente a la más mínima concesión al imperialismo burgués. Y quizá mañana admitiremos que esa radicalidad ha sido un toque de alarma, un grano de sal que ha impedido que se corrompieran ciertos valores fundamentales de la comunidad humana contra los que atentamos a cada momento en la sociedad del consumo. Que los extremismos revolucionarios desviados tengan que retroceder a veces para recuperar su verdadero camino, no significa que deban emprender el camino del «centro», sino más bien que recuperen de nuevo su camino de vanguardia y su verdadero impulso revolucionario. Cada punto de llegada es una conquista pero es siempre un nuevo punto de partida para entrar más adentro en el proceso irreversible de la historia, que es el proceso mismo de Cristo. Terminaremos nuestra vida y aún no habremos revolucionado suficientemente el mundo. Siempre habrá posibilidades de ir más adelante. Siempre será mayor el medio que la valentía del hombre. Siempre quedarán cosas por descubrir. Siempre habrá más hombres sentados en la plaza que abriendo caminos nuevos en la jungla. CRISTO SALVA A LOS HOMBRES CONDENADOS POR LA LEY. Sé que algunos de vosotros no compartís mi fe; pero esto es precisamente lo que más me estimula a mantenerme con franca sinceridad en el plano de mis convicciones más íntimas. Sólo así podrá establecerse un diálogo provechoso, un diálogo que por otra parte siempre he deseado en mis conversaciones con los amigos que no comparten mi postura y que se profesan lejanos de mi fe, para conocer abierta y francamente las razones más profundas de su no- creencia. Porque creo que únicamente si nos comunicamos, con un sencillo gesto humano, lo mejor de nosotros mismos, las razones más íntimas y más seguras de nuestro fundamento existencial e histórico, podremos no solamente respondernos, sino sobre todo integrarnos, completarnos, descubrirnos, examinarnos recíprocamente o por lo menos mirarnos a los ojos sin darnos miedo y sin despreciarnos. Por mi parte, no me avergüenzo ni mucho menos de declarar que han sido mis amigos no creyentes los que me han ayudado de manera especial a revisar mi fe, a purificar mis creencias más profundas y a estimularme en el descubrimiento de nuevas posibilidades. Han sido ellos, por ejemplo, los que me han convencido con mayor energía de la gratuidad de una fe que jamás podría haber adquirido con solas mis fuerzas, de la soberbia de mi inmaduro dogmatismo, de la ridiculez de ciertas pretensiones angelistas. Ellos me han enseñado a conocer mejor a Cristo porque me han obligado a profundizar en el Cristo que no nos habíamos atrevido a predicar: el Cristo de los débiles y de los oprimidos, de los que no son nada. Me han
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    ayudado finalmente aliberarme de cierta teología modelada por las manos impuras de los que se han servido del Hijo del hombre para justificar y defender, y hasta para bendecir, las injusticias y los egoísmos de los poderosos que sometían a los débiles a sus caprichos, a sus ambiciones y a sus mezquinas exigencias, precisamente en nombre de la fe. Actualmente mi respeto ante muchos de los que no comparten mi fe es total, ya que habiendo palpado con la mano la carga de honradez de muchos de ellos, su coraje en la búsqueda sincera de la verdad, su ausencia de hipocresía y de repugnancia a toda instrumentalización, me han hecho sentir frágil como un niño y he pensado que con toda certeza yo, sin mi fe gratuita y misteriosa, no habría tenido la riqueza humana que en ellos abundaba. Y tengo que decir todo esto por un deber de justicia, para proclamar que esta verdad que creo y que amo la debo en parte al ejemplo de honrade2 que ellos mismos me han dado. Por eso he considerado siempre como blasfemo el hecho de que muchos, que van gritando por el mundo la fe en un Dios que se ha presentado en la historia haciéndose hombre para que el hombre pudiera transformarse en Dios, sean menos justos, menos libres, más avaros, más vulgares, menos hombres que aquellos otros que, fieles a su propia conciencia, opinan que nuestra tierra no ha sido pisada nunca por nadie superior a ella. Un amigo mío marxista, cuando empezaba a hacer mis primeros pinitos de periodista, me dijo en cierta ocasión: «Me gustaría saber cómo puede ser un escritor libre siendo cristiano». No quiero negar que entonces aquella pregunta de mi amigo, que era honrado, me impresionó. Fue entonces la primera vez que tuve necesidad de pensar en Cristo como, «escritor», para comprobar mi postura de libertad. Me acordé entonces de que Cristo había escrito una vez. Solamente una vez: sobre el polvo de la explanada del templo de Jerusalén. Nadie supo ni sabrá jamás las frases que escribió; ni sabemos tampoco qué manos o qué pies borraron aquellas palabras que eran la primera carta escrita por las manos mismas de Dios a la humanidad. Pero aunque nadie conozca aquellas palabras, sabemos sin embargo una cosa: el fruto que produjeron; sirvieron para salvar de la muerte a una mujer, la arrebataron de las manos llenas de piedras de unos jueces improvisados e hipócritas, le enseñaron a la historia que el permitirse el lujo de juzgar a un hombre sin piedad es un pecado mucho más grave que cometer un adulterio; que no es el pecado lo que condena definitivamente, sino la falta de fe en la regeneración del hombre; que para el cristiano, finalmente, esto supone una falta de fe en aquel que lo ha creado y redimido. La página evangélica de la mujer sorprendida en adulterio y arrastrada por «los escribas y fariseos» hasta el atrio del templo, donde Cristo estaba enseñando una doctrina revolucionaria de liberación del hombre: «no he venido por los sanos, sino por los enfermos; no por los justos, sino por los pecadores», será para mí durante toda mi vida la página de la Biblia más rica en humanismo religioso. La misma Iglesia, que siempre ha sentido la tentación de reducir la misericordia de Cristo y de ponerse de parte de aquellos que creían justo y normal apedrear a la adúltera, se escandalizó durante mucho tiempo de esta narración evangélica, hasta el punto de que originalmente esa página no formaba parte del evangelio de san Juan. Falta en los manuscritos griegos más antiguos, en las primitivas versiones siriacas y en las versiones coptas. Se encuentra, por el contrario, en algunos manuscritos de la antigua versión latina. Desconocida prácticamente hasta el siglo xi por los escritores eclesiásticos griegos, es conocida por los latinos a partir de san Paciano de Barcelona y de san Ambrosio en el siglo iv. La narración, sin embargo, proviene de una tradición antiquísima y su historicidad es indiscutible. Por eso, el concilio de Trento la admitió definitivamente en el canon. Probablemente no la aceptaron al principio entre los evangelios canónicos, dice un biblista moderno, porque parecía inconciliable con la rígida disciplina eclesiástica en relación con el pecado del adulterio.
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    Pero incluso hoy,a pesar de que la Iglesia no tiene ninguna duda sobre su autenticidad, sigue siendo una página tabú para muchos católicos dogmáticos. Una página que apenas se predica y de la que todavía no se ha sabido captar toda la fuerza dialéctica de contenido humano. Los escribas y los fariseos, hombres de la ley, tropiezan con Cristo amigo de los hombres. Los escribas y los fariseos, símbolo según el maestro de la hipocresía y del formalismo jurídico, que lo seguían para «sorprenderlo», en contraposición con el pueblo que lo seguía para «escucharlo», llegando a bendecir el vientre que lo había llevado, intentan aprovecharse de la situación de una mujer cogida en adulterio para poner en dificultades al profeta. Al llegar hasta donde Jesús estaba enseñando, no dejan escapar la ocasión de presentarle un caso complicado, ya que su mansedumbre con los pecadores y con los débiles les tenía escandalizados. La ley permitía lapidar a aquella mujer; ¿irá acaso Cristo en contra de la ley de Moisés? ¿O renunciará más bien a su aureola de misericordioso? El dilema estaba bien claro. «Maestro, le dicen, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la ley ha mandado lapidarla. ¿Tú qué dices?» (Jn 8, 4). Todos los ojos se dirigen hacia él, esperando su respuesta. La esperan como si se tratara de un botín de guerra. Están de pie. Cristo está sentado. La mujer en medio, entre dos fuegos. Cristo no se levanta. Ni siquiera los mira. Era la repugnancia instintiva del Hijo del hombre, del puro, frente a aquellos que estaban prostituyendo la imagen del hombre, atreviéndose a condenar a otro hombre, un hombre hecho del mismo barro que ellos. «Inclinándose, empezó a escribir con su dedo en la tierra», dice el evangelista. Era el primer autógrafo del creador en nuestra historia. Y era un escrito crítico y contestatario. Irritados por la postura despreciativa de Cristo, los escribas y los fariseos, fingiendo quizá que no entendían lo que estaba escribiendo e intentando interrumpirlo para que dejase de escribir unas palabras que empezaban a pesarles, como si excavase en su propia carne, insisten obstinadamente en su pregunta para arrebatarle el botín de una respuesta comprometedora. Al final, Cristo se decide a levantar la mirada y a leer su propio escrito: «El que de vosotros esté sin pecado, que tire contra ella la primera piedra». Y sin volver a mirarlos, siguió escribiendo, quizá unas frases más explícitas, más personales, más duras. Esta vez ya no volvieron a preguntar más ni se atrevieron a quedarse allí: «Se marcharon uno tras otro, nos dice el evangelio, empezando por los más viejos» (Jn 8, 9). Se quedaron solos, cara a cara, la inocencia y el pecado, el creador y la criatura, la fuerza y la debilidad, la vida y la muerte, la libertad y la esclavitud. Pero Cristo, el más libre de los hombres, el que supo demostrar con su sangre qué precio tenía para él cada uno de los hombres, el que nos ha enseñado que la dignidad del hombre hunde sus raíces en su propio ser y no en sus posesiones y que la grandeza de Dios consiste en salvar y no en condenar, frente a aquella mujer humillada y arrepentida, imagen viva de todos los débiles de la historia condenados, no por ser más pecadores que sus jueces, sino porque son más débiles e indefensos que ellos, esta vez se pone de pie, en señal de respeto frente a la debilidad doliente y ultrajada. No se levantó ante los escribas y los fariseos, los grandes de Israel, los jueves de la pecadora. A esos no hizo más que mirarlos, para llenarlos de vergüenza. Pero a la mujer la mira para redimirla y restituirle toda su dignidad humana y divina. «¿Nadie te ha condenado?» «Nadie, Señor». Es la primera vez que se escucha la voz de la mujer. Frente a sus jueces no se atrevió a defenderse: sabía muy bien que las razones no valían, ni tampoco la verdad, ante aquellos que no buscaban la justicia, sino la venganza y la instrumentalización de los débiles. Pero delante del maestro, sí. Quizá, postrado en tierra, más cerca del polvo que los demás, había sido la primera en leer el autógrafo de Cristo y en entender que aquello representaba su «absolución».
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    «Tampoco yo tecondenaré. Vete en paz y en adelante no peques ya más», esto es, no vuelvas a renunciar a tu verdadera libertad y dignidad. Tampoco Cristo, que tenía derecho a lanzar contra ella la primera piedra porque era el único inocente, se atrevió a condenarla. Cristo, la única vez que escribió en su vida, lo hizo para salvar una vida, en defensa del hombre que no tiene a nadie que lo defienda y en contra de aquellos que surgen como jueces improvisados con la sentencia de muerte ya entre las manos. Lo hace para poner al desnudo la hipocresía de aquellos que se atreven a juzgar superficialmente y a condenar a un hombre, mientras que él, el Dios del cielo y de la tierra, dice que no ha venido para juzgar: «Yo no juzgo a nadie». Cristo se presenta como el verdadero hombre libre que no se deja atrapar por las intrigas de los poderosos, como el verdadero Hijo del hombre para el que la ley, que será siempre necesaria y que por eso él no quiere destruir, está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la ley. La primera vez que Cristo se decide a escribir, lo hace para salvar a un hombre condenado por la ley. Es la sabiduría que se pone al servicio de la redención de la humanidad. Es la inocencia que se pone al servicio de la debilidad humana, no para contaminarse con ella, sino para iluminarla con su luz y con su fuerza. Seguramente estaba también presente la mujer adúltera cuando Cristo exclamó: «Yo soy la luz del mundo; quien me sigue, no camina entre tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Sus palablas escritas eran luz, capaz de dar la vida a todos los que están al borde de la muerte y de la desesperación humana. Una luz que ha revestido, que ha abrazado a todos los que reconocen su propio frío, su propia tiniebla, su propia soledad, su propia pobreza, su propia impotencia, su propia desnudez, mientras que ha sido tiniebla, dureza y afrenta para todos los que, capaces de condenar a un hombre en vez de salvarlo, se han hecho impotentes para apreciar la belleza de las perlas que, según una expresión dura y plástica de Cristo, «no hay que echarlas a los puercos». Cristo escribe en la tierra para que la tierra misma grite en favor del ser humano, que es rey de la creación. Para salvarlo no sólo espiritualmente, sino también corporalmente. En efecto, Cristo no se limita a bendecir a la adúltera y a perdonarle su pecado mientras muere bajo la lluvia de piedras. Le salva también la vida. Y lo hace sin recurrir a milagros espectaculares. Lo hace con la fuerza de la palabra escrita en el polvo, con su fuerza moral de profeta, con el esplendor de su inocencia personal: «¿Quién me acusará de pecado?» Por esta razón, desde que descubrí que Cristo, la primera y la única vez que escribió, lo hizo para librar a una pobre mujer de la muerte, para obligar a los jueces a que perdonasen su pecado, para enseñarles que la propia conciencia está por encima de la ley y que el hombre no tiene que sentirse aplastado por ninguna ley que vaya en contra suya, negándole toda posibilidad de regeneración, desde entonces he comprendido que el hecho de ser cristiano no sólo no menoscaba mi libertad como escritor, sino que incluso le confiere nuevas dimensiones. Desde entonces Cristo en mi vida me ha servido para descubrir mejor las exigencias de libertad que urgían en mi conciencia, para poner la defensa del hombre y su liberación de toda esclavitud en el centro de mis intereses, no ya sólo humanos, sino religiosos. Si ha habido en mi actuación alguna rémora que me ha humillado, esto no se ha debido al Cristo de mi fe, sino a ciertas estructuras sociales y religiosas que, en vez de inspirarse en el Cristo que libera, se han servido de él para impedir las exigencias más legítimas de libertad. He comprendido que es la verdad lo que me hace libre y que Cristo me ha enviado a gritar la verdad, «incluso por encima de los tejados». Sé que no existe amor de Dios sin amor a mi hermano, a cualquiera de mis hermanos, hasta el más anónimo de la calle.
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    Sé que Cristoha dado su propia vida por ese hombre anónimo, ultrajado, humillado, hundido en las redes del pecado. Sé que Cristo fue levantado en la cruz ciertamente por las únicas palabras que escribió en su vida: porque, si entonces los escribas y fariseos se marcharon llenos de vergüenza, no se convirtieron desde luego, sino que se pusieron a acechar otra ocasión. Sé que como cristiano puedo rechazar como anti-Cristo todo cuanto puede alienar a un hombre. Sé que no hay límites que me cierren a ninguna dimensión humana, ni física ni espiritual. Sé que el mismo Cristo me ha enseñado que ninguna ley exterior de mi Iglesia-estructura puede suplir delante de él a la voz imperiosa de la conciencia, que es el eco claro de la primera palabra que el creador escribió en mi corazón. Y sé también, porque él me lo ha enseñado con su ejemplo, que frente a un conflicto entre la ley y la salvación de un hombre, tengo que escoger la salvación del hombre. Un magistrado, antes de entrar en cierto partido político, preguntó: «En caso de conflicto entre mi conciencia y el partido, ¿por quién tengo que optar?» «Por el partido», le respondieron. Y él optó por su conciencia, abandonando el partido. Puedo asegurar con alegría que, si le hago esta pregunta a mi Iglesia, tendrán que responderme en nombre del mismo Cristo: «Tu conciencia». Por eso, como escritor cristiano, puedo y tengo que contribuir a que el hombre tome conciencia de su libertad, esto es, de su ser más profundo. Si no lo hago, no sólo no soy un escritor genuino, sino que tampoco soy un escritor cristiano, porque es precisamente Cristo el que me asegura que existe la posibilidad de que el hombre encuentre su libertad perdida. Se trata de una batalla en la que vale la pena arriesgar no sólo el honor y el dinero, sino la propia vida. Porque, desde que Cristo se hizo hombre, yo no puedo sentirme libre mientras exista un solo hombre esclavo. Mi libertad empieza donde empieza la libertad de los demás y no donde termina. LA TENTACIÓN DE CAMBIAR A LOS OTROS. El hombre sólo puede realizarse plenamente si se le permite ser «imagen del creador». Y para ello no es necesario que conozca explícitamente a Dios. Porque todo hombre lleva en sí mismo una fuerza que le empuja a ser semejante a quien le ha creado. Las palabras de san Agustín: «Nos hiciste para ti y no estaremos tranquilos hasta que descansemos en ti», siguen siendo modernas en el campo de la actual psicología. El hombre, en realidad, se sigue sintiendo atraído continuamente por algo que va delante de él, por algo que vive en su interior y que es distinto de él. Todo hombre realmente vivo siente el mordisco del «más». En el fondo todo hombre sigue teniendo vocación de Dios. También los que le niegan y rechazan. Un hombre satisfecho es un medio hombre. «El que no ama está muerto», dice san Juan; pero el amor es dinamismo, es conquista, es creación, es mañana. Cuando un hombre dice que quiere «ser él mismo», que quiere «realizarse», en realidad está diciendo que quiere poder llegar a ser todo aquello a lo que le empuja su tensión interior, su deseo más profundo, su esperanza más legítima. Pero todo deseo profundo y toda esperanza verdadera nacen del Dios que vive en nosotros, que es antes que nosotros y que crea y sostiene nuestra misma existencia. Ser semejante a quien me ha creado es una exigencia y un derecho al mismo tiempo. Pero si es un derecho ser semejante a Dios es un deber de cada hombre respetar este derecho en los demás.
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    Por tanto nadiepuede pretender, ni permitir que el hombre sea plasmado a imagen y semejanza de ninguno. Nadie puede pretender sustituir al creador en este trabajo que es el más sagrado del ser humano. Y sin embargo si tenemos tan pocas imágenes verdaderas del Dios vivo y creador, del Dios inexaurible, es porque hemos cometido el grave pecado de intentar formar a los hombres a nuestra imagen y semejanza. Se trata de un abuso de autoridad que clama al cielo. Y este pecado tiene muchos niveles y nace ya en el mismo seno de la familia alargándose después a toda autoridad y poder humano. Nos emociona cuando el niño imita a su padre o a su madre hasta en los gestos de la mano; cuando los chinos rezan en nuestra lengua; cuando el discípulo se convierte en un disco perfecto del maestro, cuando el súbdito se convierte en la expresión mecánica del superior. Pero si Dios es infinito existen infinitas posibilidades de imágenes de Dios que son una prueba y un fruto de su inagotabilidad. Desde hace muchos años me impresiona la afirmación de un famoso psicólogo ruso que afirmó que no existen ni existirán jamás en la tierra dos madres que amen igual, y la de .un teólogo alemán que asegura que no existen dos imágenes gemelas de Cristo en el corazón de los creyentes. Somos todos diversos a pesar de estar penetrados por una misma corriente de vida y de amor. Querer matar esta verdad es injuriar al creador. Todo hombre tiene el derecho de ser diverso para poder ser una imagen única del creador y de que se le respete este derecho, sin ingerencias de ninguna especie. A ningún hombre ni a ninguna institución ha confiado el creador la misión ni la autoridad de plasmar a otro hombre a su imagen y semejanza. Ni siquiera Cristo tenía esa misión. No dijo nunca: «sed como yo», sino más bien «sed perfectos como vuestro Padre es perfecto». A lo sumo afirmaba: «aprended de mí», es decir, aprended a liberaros de todo aquello que os impide ser vosotros, ser libres, ser buscadores de la voluntad del Padre, ser esa imagen única del creador que es irrepetible. Basta ver que cada uno de los apóstoles que se formaron al lado de Cristo mantuvo hasta el ultimo momento de su vida su personalidad y su característica propia de una forma verdaderamente sorprendente. Cristo no les plasmó en serie; no les sustituyó, les puso únicamente en camino para que encontrasen su sendero en medio del gran camino de la luz. Pero si el principio puede parecer sencillo y fácilmente aceptable, en la práctica basta echar una mirada a la historia y aún a la más reciente para comprobar el terrible abuso y hasta los crímenes execrables realizados por los hombres o por las instituciones para plasmar a los demás a «nuestra imagen y semejanza». El que es incapaz de ser libre pretende que todos sean esclavos. El que tiene miedo al amor querría que todos secaran su corazón. El que no sabe vivir sin dominar pretende que el hombre ha sido creado para obedecer y no para crear y decidir comunitariamente en nombre de quien le ha dado el mandamiento de ser «rey» de cuanto existe. El que sólo sabe concebir una Iglesia de color negro pretende que los cristianos confiesen que Cristo es monocolor. El que no puede comprender que exista una idea mejor que la suya se hace incapaz para un diálogo y una relación humana con sus semejantes que sea enriquecimiento mutuo. En efecto, la primera exigencia para crear una comunión con los demás hombres es la convicción, anterior al diálogo, de que nadie es completo porque todos somos «imagen» de Dios, pero nadie es Dios; y de que cada ser humano posee una riqueza propia y única que puede comunicar a los demás.
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    Si cada hombrees casi un Dios, como dice el salmista, es evidente que todos y cada uno poseemos una riqueza propia escondida o manifiesta. Ningún hombre puede ser sustituido por otro, ni podrá jamás darme Pedro lo que debe darme Pablo. En realidad cada hombre necesitaría de la comunión de todos los demás hombres para realizarse plenamente. Quizá sea eso lo que queremos decir cuando afirmamos que Cristo es el único hombre perfecto, completo, definitivo que recapitula en sí a toda la humanidad. Y es que sólo él está en comunión vital con todos y cada uno de los hombres e incluso con la creación misma. Por eso contiene en sí la suma de todas las riquezas individuales de los hombres. Sin esta fe y esta esperanza de que cada hombre que pasa a mi lado me trae una imagen nueva de Dios, un latido diverso del amor, una participación única al gran misterio de la humanidad, será imposible un diálogo auténticamente humano y creativo. En este contexto es evidente que no cabe la afirmación del autor de La imitación de Cristo: «Cada vez que he estado con los hombres he vuelto menos hombre». Pienso que en sano cristianismo más bien podemos decir: «Cada vez que entro en comunión con otro hombre soy más Cristo». Partiendo de esta realidad deberíamos ser muy cautos en nuestro deseo innato de querer cambiar a los demás en vez de aceptarlos como son. En principio, cada vez que me encuentro frente a otro hombre mi primer impulso deberá ser respetarle, aceptarle como es, sin caer en la tentación de pensar que debo cambiarle por el mero hecho de que no es como yo. Es fácil pensar que es «negativo» y «condenable», y por tanto «corregible», todo aquello que no cuadra con nuestros esquemas. La triste realidad de la vida nos enseña que en la mayoría de los casos lo que deseábamos cambiar por ser distinto de lo nuestro, en realidad era una riqueza mayor que la nuestra o por lo menos diversa. Por eso, este aceptar a los demás como son, no es sólo una exigencia del respeto que debemos tener por la conciencia de los demás, aún en el caso de que fuera equivocada, sino sobre todo un deber que nace de nuestra fe en la rica diversidad de cada hombre. Normalmente lo que separa a los hombres y les impide la comunión entre ellos es la ideología y hasta la religión, entendida esta última como institucionalización de la fe. En cambio lo que les une es la voluntad sincera de entrar en comunión vital con el otro. Por eso el diálogo deberá realizarse sobre todo a escala humana, de comunión existencial. Las ideologías son lo que son y no cambiarán. Podrán morir pero no cambiar. Son los hombres, que encarnan o han encarnado una ideología, quienes pueden cambiar. Es sólo el amor lo que puede hacer a los hombres iguales y diversos al mismo tiempo y el amor es más profundo y más consistente que cualquier ideología. Por eso el cristianismo, no tanto como religión cuanto como fe cuya dinámica es el amor, puede pretender abrazar en una sola comunidad a todos los hombres de cualquier ideología y de cualquier cultura, que no nieguen el amor como la última dimensión de todo y de todos. Por eso el cristianismo no es un credo, sino la fe en una persona histórica, muerta y resucitada, que sigue viva y presente en la historia como la fuerza misma del amor. Pero para entrar en comunión con el otro no basta que acepte por fe que mi prójimo es diverso y que posee una riqueza diversa de la mía, es necesario que me lance en la corriente dinámica del amor a él y a sus cosas. No existen personas que sean sólo personas, es decir que vivan separadas de lo que hacen, de lo que aman, de lo que las rodea. No existen hombres desencarnados ni en serie. Cada hombre es él y su mundo, él y sus lágrimas, él y sus esperanzas, él y su vida pública y privada. Por eso si quiero comulgar con mi prójimo tendré que amarlo completamente y deberé demostrarle esta autenticidad de mi amor por él y sus cosas.
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    Será inútil porejemplo entrar en comunión con la mujer-madre si no amo también el fruto de sus entrañas, si separo su persona del hijo que constituirá seguramente la mitad de su vida. No puedo amar a un amigo y desinteresarme de sus amigos. No es posible entrar en comunión de diálogo con el artista si éste no advierte que amo también sus cuadros, sus estatuas, su composición musical, su teatro, su película. Ni podré amar al campesino si no amo su pedazo de tierra, sus bueyes y sus conejos. No podré comulgar con el hombre que cree si desprecio su mundo religioso, ni al no-creyente si no amo la sinceridad de su no-creencia y en algún modo la hago mía. Y todo esto hecho no por estrategia o por diplomacia, que sería blasfemo, sino realmente, vitalmente. En realidad bastaría amar de verdad a la persona que tengo delante para que inmediatamente me sienta atraído por su mundo y ame también sus cosas. Lo que suele ocurrir con la persona de la que nos enamoramos completamente, es decir que nos enamoramos también de su mundo aunque ayer fuera para nosotros desconocido, deberíamos elevarlo a escala universal si nuestro amor por el prójimo, si nuestro deseo sincero de entrar en comunión con los demás, fuera un compromiso de vida. La comunión es siempre un esfuerzo por eliminar los obstáculos para entrar lo más profundamente en el mundo del otro. Pero el mundo de cada hombre es terriblemente delicado, sagrado, temible, complejo. El hombre lleva todavía mucho del miedo de la selva en sus venas. No se fía fácilmente del otro; es desconfiado por naturaleza. Por eso es necesario ser enormemente delicados para no herir, para no imponerse, para no humillar, para no dominar. El hombre es siempre una mezcla de impotencia y de autosuficiencia. Rechaza casi por instinto lo que es perfecto por temor a que le anule, a que le aplaste o a que no le sirva para resolver sus problemas. Por eso la encarnación y la aparición de Dios en la tierra cargado con todas nuestras limitaciones no obstante su dimensión divina, es un acto grandioso de la sabiduría. Dios, en Cristo se hace comprensible, aceptable, amable, amigo. Un Dios que llora, un Dios que tiene que huir del tirano, un Dios que necesita refugiarse en el calor humano de los amigos, un Dios que suda sangre de tristeza, un Dios que se siente abandonado en el momento supremo de la muerte, es un Dios que ya no aterra al hombre débil y frágil. Por eso el abrirnos al otro con sinceridad, sin máscaras, no sólo no estorba sino que ayuda a la comunión con él. Cuando mi prójimo sabe que yo también soy limitado, que me encuentro en camino, sin soluciones para muchos problemas, sin respuestas demasiado dogmáticas, fácilmente se abrirá a mí en la esperanza y en la amistad, creciendo así la posibilidad de crear una comunión de búsqueda honrada. Sabrá entonces que también él tiene la posibilidad de darme, de enriquecerme, de abrirme a la luz. Y junto con mi libertad de espíritu para abrirle la puerta a mis fragilidades, debo tener la grandeza de no ocultarle cuanto de valor veo en él; de ayudarle a descubrir su riqueza. En el fondo todo hombre tiene poca fe en sí mismo aunque pueda aparecer a veces lo contrario. Por eso todos somos sensibles a que alguien crea realmente en nosotros y nos revele nuestro mundo mejor. Alguien podría decir ante nuestras reflexiones acerca de esta comunión existencial y cristiana con el prójimo: ¿para qué necesito yo esta comunión? ¿por qué debo entrar en diálogo con mi hermano? Personalmente creo que este deber, esta exigencia de comunión con mi prójimo, que hoy siente de un modo especial la nueva generación joven y que lo demuestra a partir de la expresiones más sencillas del grupo, del club, de la amistad, para llegar a la verdadera comunidad, nace no de una moda que podrá pasar sino de una exigencia que toca la esencia misma del hombre. Hoy somos más conscientes de esta exigencia y comprendemos mejor que ayer que el hombre no puede ser verdadero hombre sin los demás. Un hombre solitario física o espiritualmente será siempre un hombre incompleto.
  • 46.
    Todo sociólogo, creyenteo no, admite que el hombre ha sido creado para integrarse a través de los demás. Pero para el cristiano esta exigencia es más que humana. Nace del misterio mismo de la vida íntima de Dios. El hombre sólo puede ser verdadero hombre si es imagen del creador. Pero es dogma de fe que nuestro Dios no es un «solitario». Nuestro Dios es «comunidad»; eso significa que Dios es «trinidad». En Dios existe una verdadera comunidad en la cual los miembros mantienen su personalidad hasta el máximo. Tanto que se trata de tres personas «distintas»; pero unidas entre sí con tal fuerza que forman una sola cosa. Hasta el punto que sólo podemos hablar de «un Dios», y no de tres. Se trata de una unión total y perfecta creada por el amor. Ahora bien, es este Dios, no solitario sino comunidad, quien ha creado al hombre a «su imagen y semejanza», es decir lo ha creado con la exigencia de ser comunidad para ser verdadero hombre. Y esto el ser humano no puede realizarlo en sí mismo, como Dios, sino que debe obtenerlo a través de sus semejantes. Si el hombre se niega a esta dimensión renuncia a ser hombre. Por eso la comunión entre los hombres en todos los niveles es exigencia y no moda; necesidad y no sólo deber; es un derecho que se adquiere con la creación. LA ALEGRÍA DE PODER LLAMAR DE «TU» A DIOS. El pueblo de Dios, bajo su esfuerzo personal de búsqueda y ayudado por el Espíritu va poniendo de relieve en cada momento histórico alguna de las verdades reveladas por Dios al hombre. Esto no significa que niegue o desprecie otras verdades que ayer estuvieron en primer plano de la actualidad de la fe. Demuestra, más bien, que el hombre necesita buscar siempre, en todos los campos, sin excluir el campo de la fe; que siente siempre el aguijón de lo infinito y que más que vocación de guardián de museo se siente llamado a abrir caminos nuevos y a penetrar en todo terreno virgen. Y esta vocación descubridora del hombre se ve continuamente estimulada por el Espíritu de Dios que sopla en el hombre cuando quiere y como quiere aunque la medida será siempre la generosidad del hombre a su vocación de descubridor. Y esto tendríamos que tenerlo muy presente cada vez que, en materia de fe, el pueblo de Dios advierte el empujón a profundizar en ciertas verdades que quizá nunca se habían negado, pero que tampoco se habían afrontado en toda su profundidad y terrible grandeza. Hoy, por ejemplo, una de estas verdades que se van revelando cada vez con mayor claridad y pasión ante el terror de unos y el entusiasmo de otros, es la consecuencia teológica del dogma de la encarnación. Cristo es el Dios que se hace hombre para que el hombre pueda descubrir y vivir la tremenda realidad de ser «dios». La Palabra de Dios se hizo tan realmente hombre en Cristo que para no pocos resulta difícil, sin la fe, por la sola Escritura, demostrar que era verdadero Dios y no un enviado especial de Dios a la humanidad. Pero al mismo tiempo el hombre se descubre en la encarnación y en la resurrección tan identificado con Cristo, tan realmente Cristo, tan verdaderamente hijo de Dios, que le aterra el reconocerlo, y después de veinte siglos seguimos con el miedo de afirmar y de gritar que somos Cristo, que somos dioses. Nos queda aún el miedo ancestral del antiguo paraíso donde el primer hombre y la primera mujer queriendo usurpar mágicamente la grandeza de Dios, perdieron hasta sus mejores privilegios humanos. Pero nos hemos olvidado, como me decía un anciano eremita ciego desde los ocho años: «que lo que el hombre quiso apropiarse contra Dios por su cuenta, Dios se lo ha ofrecido libremente como un don supremo de amor. En Cristo el hombre se convierte en Dios, en hijo de Dios: es Cristo». Y añadía: «por eso yo no me considero ciego, pues cuando se ve con claridad esta grandiosa realidad se vive ya en la luz definitiva y se saborea la felicidad». Con esta afirmación de que el hombre es Cristo y por tanto el hombre es Dios, no negamos que el hombre que se descubre Dios en Cristo no pueda revelarse contra Dios Padre. Al contrario:
  • 47.
    es en esepreciso momento de suprema grandeza cuando el hombre puede rechazar conscientemente a su creador. Yo sólo puedo revelarme auténticamente contra alguien que esté en mi mismo plano; sólo puedo preferirme a Dios —y sería el infierno— cuando me siento realmente hijo de Dios, Cristo. También Cristo, que era la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, tuvo que someterse a la voluntad de su Padre y le costó sangre preferir su voluntad a la propia. En él existía la dependencia de filiación aun siendo verdadero Dios y una sola cosa con el Padre; en nosotros que somos Dios en Cristo, existe la dependencia de creación y de redención. Pero no por eso dejamos de ser dioses, de ser Cristo mismo. Los padres que engendran de su carne y de su sangre un hijo, le hacen «hombre» como ellos por un acto de libertad y de amor. En el hijo existe siempre una dependencia de generación y de gratitud hacia quien le ha dado la posibilidad de ser hombre como él. Pero no por esa dependencia se deja de ser verdadero «hombre» como sus padres. Nosotros «nacemos de Dios»; Dios nos engendra realmente y nos hace dioses. Si el hombre no fuera realmente Dios, Dios no hubiera podido hacerse hombre. Nadie se imagina a Dios encarnándose en un perro o en una flor. Un diálogo de amor sólo puede establecerse —sin hipocresías y sin atentar contra la naturaleza— entre seres de la misma especie. Si el hombre no fuera Dios, Dios no podría dialogar con él, no podría llamarle amigo ni hijo. Dios nunca dialogará con una ballena si antes no la hace dios, de su raza. Cristo mismo anunció a los suyos: «Mayores cosas de las que yo he hecho haréis vosotros». ¿Es posible que un hombre pueda realizar mayores cosas de las que realizó Cristo sin que sea Cristo con él y como él? Y el Espíritu Santo «debería revelarles todas las cosas». ¿Pueden revelarse todos los secretos más íntimos a alguien que no esté a su nivel? Dios nos ha amado con toda su tremenda capacidad de amor. Por eso el sólo aceptar el diálogo de amor con Dios nos hubiera hecho ya dioses. Pero es el mismo Cristo quien recuerda que ya desde el principio Dios creó al hombre «dios». Se trata de uno de los pasajes más significativos de san Juan que hemos mantenido demasiado en la sombra hasta ahora. En el capítulo 10 del evangelio de san Juan se narra el escándalo de los judíos ante Cristo que al proclamarse «una sola cosa con el Padre» se revela como Dios. Ante este escándalo que lleva a los judíos a acusar a Cristo de blasfemo él se defiende con una fuerte carga de ironía: «¿No está escrito en vuestra ley: yo dije: sois dioses»? (Sal 81, 6). Y Cristo añade: «Y no puede ser abolido esto de la Escritura». Es como si les dijera: ¿Os escandalizáis de que yo me presente como el Hijo de Dios, identificado con el Padre, cuando en la Escritura está escrito que Dios mismo ha afirmado que todos vosotros sois dioses? Y es muy gráfico su inciso: «Y no puede ser abolido esto de la Escritura», como diciendo: aunque os escandalicéis, aunque no lo hayáis nunca entendido ni creído, Dios os llama «dioses» a vosotros los hombres. No sé si hemos pensado suficientemente en el hecho de que Cristo mismo con toda su autoridad interprete la afirmación más tremenda de toda la Biblia: la realidad de que Dios ha creado al hombre un verdadero «dios». Incluso las palabras del Génesis: «Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya», habría que interpretarlas a la luz de este salmo en el que el Espíritu Santo pone en boca de Dios una afirmación aún más radical: «sois dioses» y Cristo lo confirma con toda su autoridad echando en cara a los judíos su ceguera porque se escandalizan de que él se presente como el Hijo primogénito del Padre, cuando en realidad todos los hombres son verdaderos hijos de Dios. Pero si antes de Cristo esta verdad podía asustar a la humanidad, después de la encarnación el cristianismo debería haber tomado mayor conciencia de esta «identificación» con Cristo. Y sin embargo hemos sido muchas veces nosotros los cristianos quienes más miedo hemos tenido a enfrentarnos con esta verdad que hubiera podido liberar al mundo de sus cadenas y revelarle su terrible y gozosa grandeza, su dignidad. Más bien hemos dado la impresión de lo contrario: de querer convencer al mundo a través de nuestra fe de la pequenez del hombre, de
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    su inutilidad, desu continua minoría de edad, de su distancia de Dios, de su esclavitud frente al creador. Y es doloroso que hayan sido a veces tantos hombres fuera del cristianismo o al margen de toda fe, quienes hayan comenzado a intuir —para bien o para mal— que en realidad el hombre puede realizar las obras que hasta ayer pensábamos como exclusivas de la acción directa y personal de Dios. Ellos sin creer ni conocer quizá las palabras de Cristo: «mayores cosas de las que yo he hecho haréis vosotros», han creído de verdad en la posibilidad del hombre de continuar la obra de la creación, de perfeccionarla, de dominar la materia, de transformarla sin límites, de entrar en el misterio más profundo del mismo ser humano, de no detenerse ante ninguna conquista de la ciencia por espectacular e increíble que fuese. Hoy sabemos que el hombre posee la capacidad y probablemente hasta los medios para poder destruir la misma obra del creador. Todos los animales juntos de la tierra no podrían cambiar un centímetro el ritmo de la naturaleza ni del cosmos. Hoy el hombre puede empezar a destruir la creación, puede desintegrar la materia, puede cambiar la naturaleza del hombre manipulando en el corazón mismo de la vida. Es terrible, diréis; pero también es grandioso. Hoy no existen ya límites para la ciencia. Ni siquiera el misterio de la muerte parece estar reservado eternamente a la obra directa de Dios. ¿No podrá el hombre con sus fuerzas llegar a vencer un día la muerte biológica? Para el no-creyente no es difícil pensar que el hombre posee, por lo menos en potencia, la fuerza misma de Dios. Para el creyente sólo cabe aceptar que Dios ha creado al hombre de verdad un «dios» con todas sus consecuencias: hasta con la más terrible de poder enfrentarse contra él y su obra y negarse a aceptar un diálogo de amor a través de Cristo, con quien todo hombre se identifica. Pero junto al temblor natural del hombre que se descubre «dios», no puede faltar al cristiano el éxtasis de alegría de reconocerse «Cristo», de sentirse sentado a la mesa misma de Dios, de descubrirse infinito y capaz de llamar a Dios de tú y de poderle amar de verdad con el mismo amor con que él se ama y nos ama. POR QUE TIENE MIEDO EL HOMBRE. El hombre sigue teniendo miedo a la libertad. Por eso el poder tiene las manos más libres para encadenarle. El poder nunca dirá que intenta recortar la libertad del hombre sino más bien que pretende protegerla. Las estructuras de poder, para mantenerse prósperas, necesitan alimentar en el hombre los últimos restos de nostalgia de esclavitud. El hombre siempre ha amado su libertad como uno de los mayores bienes, pero al mismo tiempo lleva, desde siglos, los hombros cargados de miedos. El hombre ama la libertad pero ama aún más el orden, la tranquilidad, la seguridad. Cuando Moisés conducía los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida, descubrió que los esclavos no siempre acogían con gusto a sus libertadores. Como decía Shakespeare, preferían soportar sus males que caer en manos desconocidas. Preferían las plagas de Egipto a las pruebas de la emancipación. cuando Cristo mismo, en la región de los gerasenos libra a dos hombres de sus demonios a quienes obliga a entrar en los cerdos dice Mateo que «toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, viéndole, le rogaron que se retirara de sus términos». En un próximo filme de Enzo Siciliano se pone en boca de Cristo esta magnífica respuesta a los gerasenos: «Vosotros lo que queréis es seguir siendo esclavos: tenéis miedo a la libertad». es que el hombre, con frecuencia, aun deseando ser libre se deja después subyugar con facilidad. Y esto acontece tanto en el orden civil como en el religioso.
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    Cualquier pueblo medianamentedesarrollado desea hoy ser democrático. Más aún si ha masticado la dura experiencia del fascismo. Sin embargo apenas empieza a sufrir el inevitable tributo que debe pagar toda libertad auténtica, empieza a sentir el cosquilleo de la nostalgia del orden y a suspirar por los viejos Mussolinis. Quienes aman el poder usan muy bien de esta arma y de esta debilidad innata del hombre que fue alimentado desde antiguo a los pechos del miedo. Y de tal modo abusan y de tal manera llegan a encadenarle que aun cuando un pueblo se despierta y quiere cargar libremente con toda la responsabilidad de su libertad, muchas veces se siente físicamente imposibilitado para hacerlo. Es el caso hoy de Checoslovaquia y mañana podrá serlo de España, por ejemplo. Y sin embargo el hombre no llegará nunca a su madurez personal y colectiva sin ser verdaderamente libre. El hombre no será persona sin el ejercicio real de su libertad. El hombre sólo podrá ser semejante a Dios cuando se le permita ser libre, porque Dios es libre y Dios creó al hombre semejante a él, confiándole toda la responsabilidad de su libertad. Dios, al crear al hombre, le prohibió una sola cosa: renunciar a ser él mismo, renunciar a su propia responsabilidad. Cuando, según el relato bíblico, el primer hombre y la primera mujer desobedecen al creador en realidad renuncian a ser libres, a ser ellos mismos: desean ser como Dios: antes que el compromiso y la responsabilidad personal de dominar la tierra, prefieren «que se les abran los ojos para conocer el bien y el mal»; pero para conocerlo «mágicamente», sin esfuerzo personal, sin búsqueda, sin comprometerse, pasivamente. Pero si el hombre renuncia a ser hombre, aun bajo el pretexto de ser Dios, se traiciona a sí mismo. Por eso Dios, al permitir al hombre subir hasta él, no lo hace obligándole a dejar de ser hombre sino que, en Jesucristo, el hombre se hará Dios siendo perfecto hombre. Dios prohibió al hombre sólo aquello que le impedía ser libre. Pero cuando los hombres quieren imitar a Dios en esto y pretenden plantar árboles prohibidos en el paraíso de nuestra tierra, abusan del poder y vuelven a caer en el pecado de Adán, porque al contrario del creador lo hacen para impedir al hombre ser él mismo, para robarle su libertad, para evitarle la fatiga de pensar, para ahorrarle el riesgo de su responsabilidad. Hasta la posibilidad de pecar le quitaríamos al hombre si estuviera en nuestras manos. Dios, en cambio, no le quitó nunca al hombre esta posibilidad, porque es una exigencia de la posibilidad de amar. El pecado no reside en la inteligencia sino en la voluntad. Se peca sólo contra el amor. Pero para amar hay que ser libres. Amor y libertad van siempre de la mano. Y el hombre necesita ser libre, necesita poder ser él mismo en cada momento para poder amar en profundidad. A un hombre que ha descubierto el amor nadie es capaz de esclavizarle. El amor es más fuerte que el poder. A un hombre que ama puede matársele pero no se le podrá someter. ¿No será ésta la razón por la que el poder teme tanto el amor? En efecto, me he preguntado más de una vez por qué han sido los regímenes totalitarios, las estructuras de poder inquisitoriales, civiles y religiosas, las que más miedo han tenido siempre al amor. A los regímenes fascistas e imperialistas les interesa siempre una moral llamada «rigorista» que encadene el amor aun en sus dimensiones más inocentes. En la medida en que la Iglesia se ha estructuralizado bajo el signo del poder, ha empezado a multiplicar los centinelas a la puerta de todo brote de amor y ha tenido miedo sobre todo al quebrantamiento de un solo mandamiento, que no era precisamente el «mandamiento nuevo» de Cristo.
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    Por eso hapuesto más interés en defender la fe que la esperanza, la moral que el amor, la obediencia que la libertad, la diplomacia que la verdad. es que es difícil «dominar» a hombres que conozcan la verdad, porque «la verdad os hará libres». es difícil mantener una estructura uniforme que ensanche el poder cuando los hombres han descubierto que el amor es la raíz de todo y la última dimensión de sí mismo, la última realidad ante la cual tiene que arrodillarse no sólo la ley sino hasta la misma conciencia. Es el amor lo único que puede devolver al hombre su libertad primitiva; es el amor lo único que puede barrer definitivamente en una persona los últimos restos de miedos ancestrales, lo único que puede eliminar los últimos tabús y revelar el hombre a sí mismo. El amor elimina el poder porque el amor no soporta «dominar» sino que busca «ofrecerse». La madre sufre terriblemente cuando su hija se enamora porque intuye que el amor la hará libre y la separará de su esfera de poder. Ya no será «suya». La Iglesia sufre cuando los cristianos descubren que el cristianismo es la fe que revela que el amor es la última dimensión de la vida y lo único que salva; que contra el amor no existen leyes porque el Dios cristiano es el Dios que se ha revelado como el amor mismo, como el Dios que juzgará sólo con el código del amor, como el Dios que ha revelado que los hombres pueden organizarse y convivir y realizarse sin necesidad del poder, con la sola fidelidad al amor. La Iglesia estructura de poder sufre cuando los hombres descubren esta verdad porque siente que se derrumban sus fortalezas, que deberá conformarse con ser una Iglesia «una» pero no «uniforme». Una sí, porque el amor hace de todos los que se aman un solo ser, pero no uniforme porque el amor es siempre creador y toma siempre el color de los ojos de cada ser humano y el color de su piel y el sabor de su tierra. Si cristianismo es igual a religión del amor, Iglesia es igual a comunidad de los que aman y de los que han creído que el amor revelado en Cristo es la última dimensión de todo. Y si es verdad que no hay dos madres que amen igual, ni dos amores que tengan el mismo sabor, los cristianos, profetas y reveladores del amor, pueden ser todos distintos sin dejar de ser comunidad de creyentes en el amor. Quien ama pertenece a la comunidad cristiana. Quien rechaza el amor no es de la Iglesia de Cristo. La eucaristía celebrada por diez miembros de la comunidad cristiana no tiene por qué tener la misma fisonomía de la celebrada por otros diez reunidos en la casa vecina. Basta que ambas nazcan de la misma exigencia de revivir la misma aventura de amor de Cristo, el hombre para los demás. Es el amor lo que debe dar expresión al acto. Es el amor el que crea los gestos y las palabras para manifestarse y no al revés. El hecho de besar a una persona anónima que encuentro por la calle, no crea el amor. El gesto por sí mismo es vacío. Pero si en mí nace un amor verdadero hacia una persona ese mismo amor me creará y me inspirará el gesto conveniente para manifestarle mi amor. Si hay una cosa clara en el dogma cristiano es que la ley por sí misma no justifica ni salva al hombre. Si acaso lo destruye porque «la letra mata» mientras que el espíritu, es decir el amor «da la vida». Incluso la ley que nace para proteger los derechos del débil y la libertad de los esclavos es por sí misma infructuosa sin el amor. Luther King decía: «Las leyes pueden obligarnos a la "tolerancia" (entre blancos y negros) pero no a la "fraternidad humana"». Pero con el poder y las leyes se gobierna mejor y se mantiene con mayor facilidad un orden establecido estático que no crea problemas. Con las estructuras de poder se le impide al hombre que descubra el gusto a su libertad y sus maravillosas posibilidades de amar. Si sustituimos la ley por el amor como hizo Cristo, hacemos a los hombres libres y eliminamos el poder. Entonces no se puede excomulgar a Judas porque hay que respetar la conciencia de los demás, y el mayor deberá lavar los pies al más pequeño porque el amor hace a todos
  • 51.
    iguales. Y entoncesJudas podrá traicionarte y el más pequeño, el ultimo, que era Pablo, puede permitirse decir al mayor que «no tenía razón». Entonces sigue siendo más posible el martirio, y la autoridad una carga y no un privilegio. Entonces quedan las puertas abiertas para los grandes escándalos, pero también para los amores heroicos. Pero sólo entonces los hombres podrán ser libres, sólo entonces aceptarán libremente las únicas cadenas que valen la pena, las que te protegen contra la corrupción del amor y de la libertad. Lavar los pies a mi hermano, escucharle, aceptar que la verdad la tenga él y no yo, obedecerle en la construcción de un plano de amor para la liberación del hombre, puede ser un acto de esclavitud, un recorte a mi libertad, pero es una esclavitud que se convierte en gozo porque mantiene fresco el amor y lo hace posible. La joven que se sube al coche de su novio el domingo y le dice: «llévame donde quieras, me fío de ti», en realidad renuncia a su libertad, a su iniciativa personal, se convierte en una pequeña esclava, pero es una renuncia que brota del amor, es un imperativo de la necesidad de darse, es la confianza en la fuerza moral de su prójimo en cuyo amor cree y de cuyo amor se fía. Mañana será él quien se dejará conducir; mañana obedecerá él, pues obedecer o dirigir es en este caso lo mismo porque tiene la misma raíz en el amor profundo que les une. Y frente al que pueda abusar de esta nueva dimensión de autoridad basada en el amor de los hombres libres, frente a quienes abusarán de ella para sus fines egoístas, frente a los posibles Judas que se aprovecharán de su falta de poder para traicionarla y entregarla en manos de sus enemigos, frente a quienes se carcajearán de su renuncia a toda estructura de poder, la Iglesia no deberá empuñar la pistola ni disparar sus iras. Podrá al máximo, llorar como Cristo; podrá preguntar con dolor: «¿con un beso me entregas a la muerte?»; podrá gritar como a Pedro: «apártate Satanás». Pero deberá seguir respetando la conciencia de cada uno, deberá seguir dejando que crezcan juntos el trigo y la cizaña y deberá tener la humildad suficiente de saber que ella no es Cristo, que Dios es más grande que ella, que camina siempre delante de ella y que incluso no le será siempre fácil distinguir completamente el trigo de la cizaña porque para ello necesitaría que todas las miradas de quienes la constituyen y la representen fuesen limpias como las del maestro; pero sabemos muy bien que la Iglesia peregrina en el tiempo, recoge en sus ojos el polvo de todos los caminos del mundo. Nunca quedará ciega porque entre los peregrinos camina también Cristo cuya mirada es la luz. El mismo ha sido quien ha pedido que dejásemos crecer juntos el trigo y la cizaña porque le toca a él sólo hacer la selección definitiva. Siempre me ha enternecido el que Cristo negase a la Iglesia el poder de declarar con autoridad que una persona concreta es enemiga de Dios y menos aún que se ha condenado definitivamente. Sólo cuando el mundo y sus estructuras hayan perdido el miedo a amar, los hombres empezarán a ser libres. La libertad es molesta pero es divina, como el amor es enemigo del poder pero es liberador. El gran mandamiento de Cristo no es «dominaros» sino «amaos». Los cristianos auténticos deberían repetir cada mañana las palabras de Thomas Jefferson: «He jurado ante el altar de Dios eterna hostilidad a toda forma de tiranía de la mente y del corazón del hombre». CRISTO NO AMO EL DOLOR. La afirmación: «Dios no puede existir porque si existiera sería malo», es una de las objeciones más serias que plantea el ateísmo frente a la realidad del dolor.
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    ¿Puede existir unDios mientras siguen muriendo los niños y los inocentes? ¿mientras los sufrimientos más atroces golpean cada día a la puerta de los hombres? ¿Cómo es posible un Dios que deje sufrir a los justos y gozar a los malvados? Un Dios impasible ante el dolor de sus hijos y de sus hijos más inocentes y más débiles, es un Dios imposible para muchos. Todas las religiones que admiten la existencia de un Dios personal se esfuerzan desde siempre en resolver esta objeción que no es ciertamente banal. También el cristianismo ha acuñado no pocas respuestas que no siempre han satisfecho a los más exigentes y a los más críticos. Quizá sería más honrado decir que no tenemos ninguna respuesta plenamente satisfactoria fuera de la fe. Creemos, en nuestro Dios a pesar del dolor del mundo y de su injusta distribución. Quisiera detenerme en el peligro que existe de intentar «santificar» el dolor, «amar» el sufrimiento, como respuesta demasiado simplista a este tremendo problema. No pudiendo, en efecto, hallar una respuesta adecuada a la pregunta: ¿por qué Dios permite el dolor?, nos ha parecido lógico muchas veces pensar que el dolor es un bien y que es necesario al hombre. Y esta tentación ha sido tan real que incluso hemos dado un paso adelante llegando a afirmar: «debemos buscar, amar el dolor». Después lo hemos justificado con el ejemplo de Cristo que sufrió hasta la muerte de cruz. Nace así la espiritualidad «victimista», forzando el texto de san Pablo: «completo en mis miembros lo que falta a la pasión de Cristo». En este caso el dolor y hasta el dolor físico se eleva a la categoría de un «bien cristiano». A veces el único bien, el único valor ante la mirada de Dios. Bien en sí o bien en sus efectos. El dolor es bueno porque agrada a Dios, o es útil porque nos ayuda a ser buenos. «Hacer un sacrificio por el niño Jesús» es el primer acto de religión que solemos enseñar a los niños. Y con frecuencia incluso la oración, el diálogo personal con Dios lo envolvemos en sacrificio, para que sea más agradable a Dios. Es verdad que la Iglesia nunca ha enseñado que el dolor es un bien en sí mismo, pero en la práctica esta afirmación ha estado presente en nuestra espiritualidad, en nuestra moral y en nuestra misma teología. Baste pensar que el misterio eucarístico se había reducido a la única categoría de sacrificio. En el fondo lo que estábamos haciendo era volver a desenterrar la teología de los dioses paganos que sólo se calmaban con la sangre de las víctimas. O al máximo no habíamos superado la religión primera de Moisés. El Dios que dijo: «¿no sabéis que prefiero la misericordia al sacrificio?» se había relegado prácticamente al olvido. Nuestro Dios seguía siendo el Dios que se aplacaba con la justicia y no con la misericordia, el Dios que nos ha creado para sufrir y no para gozar, el Dios que nos está llamando siempre hacia un valle de lágrimas y no hacia un paraíso. Pero todo esto no es cristiano, ni teológico, ni siquiera humano. hemos de tener el valor de gritarlo. esto aunque nos quedemos desamparados, sin respuesta, para esa seria objeción contra nuestra fe. Debemos tener la valentía de decir que el dolor no es cristiano; que nuestro Dios no amó nunca el dolor; que las lágrimas las hemos creado los hombres porque en Dios no existe más que felicidad y que Dios aún no ha bendecido las lágrimas que nosotros hemos sembrado en nuestra tierra que debería ser un paraíso. Cristo, en su gesto increíble de amor al hombre, haciéndose hombre con los hombres y para los hombres, no tuvo más remedio que aceptar todas nuestras limitaciones.
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    Por eso cargócon el dolor. Pero Cristo «soportó» el dolor, nunca lo «amó». El hubiese preferido no tener que sufrir. Tanto le repugnaba el dolor que ante la inminencia de su pasión su cuerpo suda sangre y reza para que su Padre le ahorre la atrocidad de la muerte de cruz: «si es posible que yo no sufra». No dice: «yo te bendigo, Padre, porque me das esta oportunidad de sufrir para demostrarte así mi amor», sino más bien: «arréglatelas para que no tenga que beber este cáliz». Y en realidad el Padre le manda a los ángeles para que le consuelen. Y momentos antes de morir, perdido en el mar del dolor más espantoso: la soledad y el abandono de su Padre, no dice: «gracias, Padre, porque me haces saborear lo más terrible del dolor humano» sino más bien se queja, se horroriza, se sorprende de su estado de angustia y grita: «Padre mío, ¿por qué me has abandonado?», como diciendo, «no entiendo por qué me haces sufrir de este modo». Basta leer el evangelio para advertir que Cristo soportaba difícilmente el dolor; y menos en los demás. Nunca fue amigo de la enfermedad. Por eso todos sus milagros son para curar, para devolver la vida, para dar esperanza, para saciar el hambre. Ni una sola vez dice frente a un dolor concreto: «sé feliz con tu enfermedad; aguanta tu hambre, soporta el dolor de la muerte de tu hijo o de tu hermano». A los discípulos les permite que cojan espigas incluso en día de sábado, es decir, contra la ley, con tal que no se queden sin comer. Nunca les dice: «haced un sacrificio». Los discípulos de Juan Bautista se escandalizan porque los discípulos de Cristo no ayunan. Cristo les dice, que ya tendrán tiempo de ayunar cuando les falte él, es decir cuando no les quede más remedio. Cristo no vino a elevar el dolor a categoría de bien; no vino a bendecir ni a santificar el dolor. Si acaso vino a enseñarnos que el dolor no debe llevarnos a la desesperación porque existen valores tremendamente más importantes que ni el dolor es capaz de eliminar. Por eso decía a sus discípulos que no temieran siquiera a quienes podían quitarles la vida del cuerpo. Cristo vino a salvar al hombre, es decir a liberarle de toda atadura que pueda conducirle al dolor porque el fin del hombre es la dicha; vino a enseñarle la verdadera dimensión de la felicidad y a abrirle sus puertas. Cristo vino a revelarle al hombre que para comprar el tesoro de aprender a amar —que eso es entrar en su reino— debemos estar dispuestos a venderlo todo: hasta la vida física. Vino a enseñar que el hombre sólo puede ser hombre y por tanto feliz, si sabe abrirse a la última dimensión que es el vivir para los demás ya que el hombre sólo será feliz con los otros y a través de los otros. Y es en esta línea en la que vale la pena saltar por encima del dolor con tal de entrar en esta dinámica que nos empuja irremediablemente hacia la única y auténtica felicidad. Si él mismo pasó por el aro del dolor con tal de no renunciar a la dinámica del amor no fue ciertamente para enseñarnos a sufrir sino para enseñarnos a amar. Cristo no nos ha dicho: «sufrid como yo he sufrido», sino «amaros como yo os he amado». Y el amor es fuente de gozo. Por eso el cristiano no sólo puede sino que debe trabajar y esforzarse para ir venciendo en la tierra el dolor y la muerte, y no debe aceptar otro dolor que el que nazca necesariamente de su exigencia de amor y de su compromiso por realizar la felicidad de sus semejantes. Por eso cada conquista verdaderamente humana en realidad es una puerta abierta a un mundo con menos dolor y más parecido al reino definitivo donde «no habrá lágrimas». La misión del cristiano es revelar a los hombres que el amor existe, que es posible, que tiene un nombre y que es la única posibilidad de felicidad para todo ser humano. El dolor no pertenece a nuestra tierra definitiva. Cuando el amor habrá brotado en toda su grandeza y en toda su perfección no necesitará del dolor ni siquiera para revelarse en su autenticidad.
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    Por eso elhombre que está ya resucitando con Cristo y que con él ha vencido definitivamente la muerte, tiene el derecho de ir venciendo todo sufrimiento físico y moral. De lo contrario para el cristiano sería inmoral la medicina, serían inmorales las obras de misericordia, sería inmoral la oración misma. El cristiano acepta el dolor sin rebelarse contra su Padre pero sin amarlo, consciente de que camina hacia una meta que ya está preparando ahora, en la que todo dolor será vencido y superado. Cada momento de dolor es un instante aún de peregrinación en el tiempo; cada momento de alegría es un instante anticipado de la tierra definitiva. Por eso es lícito, más aún es un deber, vivir de tal manera que nuestra actitud sea de felicidad, en la dinámica del amor que se entrega. El dolor no lo hacemos nuestro porque no lo consideramos como un valor y menos definitivo. Si lo siento sobre mí lo soporto, pero sigo buscando la felicidad: no me detengo a contemplar y menos a acariciarlo: es algo que no considero mío. Por eso aun en medio de un dolor real, físico o moral, puedo decir que no sufro, ya que yo no hago del dolor una actividad de mi vida. Yo sigo amando, sigo esforzándome para que los hombres descubran su dimensión de felicidad, para que ellos sean incluso en este momento más felices que yo, para que sean capaces de amar. Si acaso mi dolor, no amado sino soportado, me empujará con más fuerza a luchar para que desaparezca de los demás. El dolor existirá probablemente siempre en este espacio transitorio del tiempo porque los hombres difícilmente aprenderán a amar en profundidad y es sólo el amor lo que puede eliminar el dolor. Somos nosotros quienes sembramos cada día la tierra de dolor. Dios sólo nos manda semilla de felicidad. Cada vez que he encontrado una persona que ama de verdad, con la dimensión profunda de Cristo, he hallado una gran dificultad para hacerle confesar que sufre. Y es porque lo que yo intentaba presentarle como sufrimiento para ella no lo es. Aun en el caso de que sufra realmente, para ella es tan accidental dentro de su dinámica del amor que puede decir con verdad que no sufre. Son personas que viven sólo para amar y para revelar el amor a los demás y todo lo que esto pueda comportar inevitablemente de dolor físico o moral, lo aceptan como algo natural que se pierde en la corriente de su vitalidad positiva. Una de estas personas me decía una vez: es algo así como si usted quisiera hacerle confesar a una madre que sufre porque en un momento de escasez da a su hijo con hambre el único pedazo de pan que le queda. Aun cuando ella sienta el hambre físicamente no puede decir que sufre: ella ama y basta. Si acaso su dolor sería el tener que comerse ella el pan dejando con hambre a su pequeño. Claro que esto sólo puede entenderlo quien ama. Pero cualquier otro dolor que no nazca como exigencia de una entrega a los demás no veo cómo pueda tener sentido en un sano cristianismo según el evangelio. No puedo comprender que por el hecho de que Cristo aceptó la pasión y~ la muerte antes que traicionar su vocación de salvador y de libertador del hombre, Dios quiera y exija que el hombre busque y ame el dolor. Más bien todo lo contrario: él sufrió para que nosotros pudiésemos ser felices y recuperar nuestro destino a la felicidad. Cristo no escogió la muerte, y precisamente la muerte de cruz, para demostrar al mundo su amor. A Cristo le mataron, sencillamente. A mí de Cristo me emociona su entrega a los demás sin medir el riesgo. Si hubiera muerto por defender una idea, si hubiese entregado su vida voluntariamente a las llamas en una calle de Jerusalén en protesta contra las injusticias sería un hombre admirable, pero nada más.
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    Verle en lacruz me es una garantía de la autenticidad de su amor, pero para mí no es algo absolutamente necesario para convencerme de su amor. Su madre no murió en una cruz sino en la dicha de su asunción corporal al cielo y no por eso tengo una menor seguridad de su amor a los hombres. ¿Quién se atrevería a decir que María amó más a su hijo a los pies de la cruz que en la noche feliz de Belén? El que ama, ama siempre, en la dicha y en el dolor. Lo que cuenta es el amor. Lo que ocurre es que cuando el amor es verdadero y profundo no se detiene y termina frente al sacrificio porque es «más fuerte que la misma muerte»; pero el amor es un valor sustancial en sí mismo que no necesita del dolor para existir. Al final de los tiempos nuestra comida y nuestra vida será el amor, y sin embargo habrá sido barrido todo resto de dolor. Por eso en realidad no es el dolor lo que acerca a Dios como suele decirse, sino el amor. El dolor a muchos les ha llevado al suicidio, mientras que a otros la dicha les ha revelado a Dios. Tampoco es la pobreza lo que acerca a Dios sino la generosidad y la liberación de toda esclavitud a las cosas. La miseria ha llevado a no pocos al ateísmo. No es el hambre lo que agrada a Dios, sino el amor de quien es capaz de amar a los demás quedándose hasta sin comer. El prejuicio de que toda «felicidad» es egoísta nos ha llevado a pensar que sólo el que tiene hambre es capaz de comprender el hambre de los demás. Mientras que debería ser al contrario: precisamente el que saborea su pedazo de pan como un bien necesario y feliz, es quien debería estar más preparado para no tolerar el hambre de los pobres. Cristo nos dijo que amásemos a los demás «como a nosotros mismos»; luego debemos comenzar por amarnos y por amar todo lo que tenemos. Si fuese al revés, Cristo, el hombre que poseía más amor, el más feliz, el más sano, el más hombre hubiese sido el menos capaz de comprender el vacío, la soledad, el egoísmo, la enfermedad, la brutalidad de los demás hombres. Pero precisamente porque le quemaba el fuego entre las manos quería que ardiese también toda la tierra. Con frecuencia, es cierto, que el más pobre, el más débil, el caído, es el más generoso, el más sacrificado, el más comprensivo y humano, pero se trata en definitiva de alguien que es rico en amor. El pobre es más generoso no por ser pobre sino porque ama más. Lo que ocurre es que la riqueza del corazón no siempre coincide, ni mucho menos, con la riqueza de la cartera aunque nosotros estemos siempre tentados a creerlo. Como tampoco coincide riqueza e inteligencia: normalmente es lo contrario. Por eso muchas veces los cristianos, a fuerza de santificar el dolor, de desearlo incluso como un bien en sí mismo, hemos tenido la tentación de regalarlo y de engendrarlo en los demás. esto es monstruoso. Y nos ha hecho no pocas veces odiosos e irreconocibles como hijos del Dios de la misericordia, del Dios de la felicidad. Y esto nos ha ahorrado el esfuerzo de enjugar muchas lágrimas y de gritar contra muchas injusticia que impiden al hombre hallar el camino de la dicha y que han sembrado el mundo de sufrimiento. hemos estado más de una vez mudos frente al dolor del inocente y del justo pensando que así se salvaría mejor y sería más grato a Dios. Pero si yo no puedo obligar a nadie a amar porque es el acto supremo de libertad del hombre, menos aún puedo obligar a nadie a sufrir y menos en nombre del Dios que soportó el dolor para que nosotros pudiésemos ser felices. Yo debo ayudar a los hombres a descubrir el verdadero camino de la felicidad que no es el camino del dolor sino el de la generosidad. Debo ayudarles a descubrir que sólo amando se es feliz, que sólo viviendo para los demás se anula el dolor y que todo intento egoísta de ahorrarse un esfuerzo o un sufrimiento en detrimento de la entrega y de la comunión con los demás hombres, es caer en el dolor más profundo e insuperable.
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    A veces hasido un gran dolor lo que ha abierto los ojos a un hombre y le ha lanzado por los caminos de la generosidad; pero en ese caso el dolor ha servido sólo para revelarle la absurdidad de su vida, el vacío de su existencia no obstante la apariencia de felicidad. A otros en cambio ha sido la dicha de encontrar un amor sincero, una amistad profunda y generosa lo que les ha llevado a la conversión y salir de su egoísmo. En definitiva es siempre la revelación y el descubrimiento del amor auténtico lo que hace que un hombre pueda encontrarse conscientemente consigo mismo. Y es éste el principio de la liberación y la antesala de la dicha verdadera. Negar que nuestro destino, ya ahora, es la felicidad es negar el cristianismo. Como lo es el pensar que a la felicidad se llega solos y no en comunión con los demás. Canonizar el dolor es no haber aceptado a Cristo. Es querer crucificarle otra vez. QUEREMOS UNA FAMILIA NUEVA. Se empieza a decir que la institución tradicional de la familia, célula primera y fundamental de la comunidad humana, está en crisis. Por otra parte quizá nunca como hoy en la Iglesia ha estado más de relieve la dignidad y la grandeza de la unión matrimonial. La renovación conciliar ha barrido, en efecto, casi todos los restos de maniqueísmo y los tabús acerca de la sexualidad y del amor humano. ¿Por qué, pues, precisamente en este momento en el que el sacramento del matrimonio aparece con mayor fuerza se empieza a pensar que la institución de la familia necesite quizás un cambio profundo y hasta radical? ¿Estamos seguros que las acusaciones que se hacen a la familia como institución nacen solamente del campo liberal y de las corrientes que promueven el amor libre? ¿Es que no existe también en el ámbito cristiano la convicción de que algo está cambiando o debe cambiar en la forma clásica y tradicional de la primera comunidad humana? Pienso que no es fácil separar ambos campos y que en realidad la institución familiar actual está siendo llevada al banquillo de los acusados por uno y por otro bando. Es indudable que, dada la condición del hombre y de la mujer, su dificultad para una verdadera maduración en el amor, sus condiciones sociales y psicológicas y la gran carga de egoísmo que acompaña siempre a las actitudes humanas, la familia como tal, que, en medio de su grandeza natural y cristiana, supone siempre una capacidad de sacrificio por ser donación total, gratuita y definitiva al otro, encuentra siempre sus adversarios de todos los colores y de todos los tiempos. Un teólogo ha dicho que Dios será siempre incómodo para quienes son incapaces de concebir el amor como una donación a otro. Por eso, es lógico que todo lo que participa directamente del amor generoso y desinteresado de Dios sea también incómodo. Y precisamente la unión esponsal de hombre y mujer es el reflejo del amor mismo de Dios que lo da todo sin exigir nada. Concebir la familia sin la carga de renuncia que supone para la propia libertad, sería ingenuo. La visión de la familia como ilusión romántica y como eterna luna de miel sólo es posible en el terreno infantil de los recién enamorados o en el mundo irreal de ciertos célibes. Los padres y madres de familia del mundo entero saben muy bien que si es verdad que la familia supone una realización humana y natural y con posibilidades sobrenaturales abiertas hasta el infinito, también lo es que supone una dosis no pequeña de renuncia, de entrega, de despojo y a veces hasta de dramáticos conflictos. Las dos objeciones. Entre quienes mueven hoy objeciones a la institución familiar pueden distinguirse dos corrientes bien precisas: quienes consideran a la institución como tal superada, y por tanto niegan su valor fundamental y su actualidad, y quienes piensan que necesita una profunda transformación aún admitiendo que sigue siendo la institución base de la comunidad humana.
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    Los primeros niegan,prácticamente, la posibilidad de un encuentro total y definitivo entre un hombre y una mujer. Niegan que el hombre pueda realizar su elección con una sola mujer, o viceversa. Niegan que el hombre sea capaz de tomar una decisión en el amor que le comprometa para toda la vida. Niegan por principio que el amor humano en sí mismo tienda a la fecundidad. Esta postura lógicamente está fuera de todas las posibilidades de conciliación con el cristianismo que ha visto siempre en la unión de un hombre y una mujer la posibilidad de un encuentro maduro y definitivo, hasta el punto de santificarlo con un sacramento que es el símbolo del amor y de la unión de Cristo con su Iglesia. El cristianismo ha creído siempre que el hombre y la mujer tienen no sólo la posibilidad de integrarse y de colaborar mutuamente en la realización humana de la historia, sino también la posibilidad de elevar su amor humano a la categoría divina, injertándolo en el mismo amor sustancial de Dios. De ahí el que haya dado tanta importancia a las palabras de Cristo: «Lo que Dios ha unido que el hombre no lo separe». Si Dios puede unir a un hombre y a una mujer es señal de que cree en la posibilidad del ser humano de compenetrarse y de crear una verdadera comunidad humana y definitiva con una sola pareja. Pero, aceptada esta realidad humana y cristiana de la familia como comunidad perfecta en sí misma, quizás haya que escuchar con respeto a quienes hoy afirman con honradez y basados en la cruda experiencia de la vida, que también la institución familiar cristiana necesita una transformación profunda. No se trata de discutir la institución como tal sino el modo como se realiza y se vive. Siendo la familia la primera célula viva de la gran comunidad humana es evidente que en un mundo que está cambiando radical y vertiginosamente, también ella se sienta bajo el vértigo de la transformación. Pretender, por ejemplo, trasplantar una familia típicamente rural al ambiente de la tecnópolis, de la ciudad industrial, es exponer a la familia a una crisis inevitable. Si es verdad que por tratarse de la célula más sagrada de la humanidad, la familia debe ser siempre analizada con inmenso respeto y nos debe temblar el pulso antes de poner el bisturí de la crítica sobre su cuerpo, también es cierto que el negarse a toda posibilidad de cambio puede endurecer la crisis y hacer saltar en pedazos la misma institución. Como en todas las demás instituciones humanas que la transformación del mundo ha puesto en crisis, debemos abordar el problema con seriedad, con coraje, con esperanza y con una fe profunda en los valores humanos inmutables, que son los que hacen que el hombre pueda seguir siendo hombre en todas las circunstancias y sus instituciones abiertamente humanos, ya que sólo así podrán ser también divinas. Todo cambio en la institución base de la comunidad humana debe partir de la convicción y de la certeza de liberar al hombre de las cadenas que le impiden realizarse a sí mismo y ser imagen del creador. Cualquier otro criterio de egoísmo manifiesto o camuflado sería lógicamente reprobable y deshonroso. Una experiencia dolorosa. «Si el matrimonio fuera la solución para la felicidad del hombre y de la mujer hoy el mundo sería todo él feliz, y sin embargo, por desgracia no es así», me decía un santo y anciano sacerdote. Y es cierto que si examinamos con realismo la verdad de los hechos, la estadística de matrimonios verdaderamente felices, de matrimonios en los cuales el termómetro del amor haya seguido creciendo año tras año, las familias en las que se haya realizado la integración ideal entre padres e hijos, las familias sin traiciones reales o de deseo, las familias que se atrevan a gritar en la plaza pública el éxito de su amor, las familias sin complejos en los
  • 58.
    padres o enlos hijos, la estadística sería terriblemente insignificante. Y esto entre creyentes y no creyentes. La brutal experiencia de mis años de apostolado me obliga a confesar con sinceridad que entre los miles y miles de familias que he tenido la ocasión de conocer de cerca y de entrar en su intimidad, la inmensa mayoría después de algunos años de convivencia en el mejor de los casos «se soportan»; viven juntos, tienen hijos, pero nada más. Es una planta que ya no crece; es un amor que ya no florece más. Todo lo que pueda significar novedad, descubrimiento, crecimiento, nace por desgracia fuera de las puertas del propio hogar. Yo podría escribir libros enteros de amargas confidencias de esposos y esposas de todas las edades y de todas las condiciones. Si tuviera que reducir a números mi experiencia me atrevería a decir que a lo sumo el dos por mil de los matrimonios conocidos siguen verdaderamente creciendo en el amor y realizan esa integración total del hombre y la mujer que lleva al descubrimiento gozoso de sí mismo y al gusto profundo de la vida descubierta como la posibilidad de entrega a un semejante para hacerle feliz. Y hablo sobre todo de matrimonios cristianos, santificados por un sacramento. Mi triste experiencia es que aun aquellos que externamente aparecen como matrimonios ejemplares e ideales, cuando se escarba dentro se encuentra la amarga sorpresa del drama en alguna de sus vertientes. Y mi experiencia no es única. Ha sido muchas veces confirmada por cientos de sacerdotes que des arrollan su labor apostólica sobre todo entre las familias. Y son hasta los mismos seglares quienes empiezan a confesar con sinceridad esta triste realidad que ni ellos mismos saben explicarse. Sin negar que lo ideal no existe sobre nuestra po bre tierra de peregrinos, sin negar que la maduración en el amor de un hombre y una mujer no es cosa sencilla y que supone a veces un esfuerzo que puede durar toda una vida, sin olvidar que aun los amores más sanos y más completos no están nunca exentos de toda prueba, sin cerrar los ojos a la realidad del hombre limitado que se queda siempre muy por debajo de sus ideales, pienso que esta experiencia tan brutal de millones de familias que no llegan a conseguir ni un mínimo de convivencia íntima y profunda, de amor que crezca siempre, nos debe llevar a ser realistas y a examinar sin pasión y con objetividad la institución actual de la familia. Y esto es precisamente lo que les lleva a pensar a muchos que se debe cambiar. La nueva familia del futuro. Pretender hoy decir clara y definitivamente cómo será la familia del futuro sería demasiado ingenuo. Como en tanto otros problemas de nuestra época andamos a tientas, buscando una salida. Estamos convencidos de que la familia de mañana será seguramente muy diversa de la familia de hoy; pero no sabemos aún cómo. En parte porque dependerá del esfuerzo que realice la comunidad humana para resolver los puntos interrogativos que hoy se presentan a esta institución. No vendrán ciertamente los ángeles del cielo a celebrar una rueda de prensa para decirnos cómo será la familia del 2000. Somos nosotros quienes debemos comenzar a realizar esta transformación. Dios está presente en nuestro esfuerzo, en nuestra honradez y en nuestra esperanza de dar un rostro nuevo a la unión en el amor del hombre y de la mujer. Pero si no podemos ofrecer el cuadro de lo que deberá ser la familia del futuro sí podemos señalar, partiendo de las deficiencias manifiestas que advertimos hoy, algunos puntos que no tendrán más remedio que cambiar si se quiere remediar en parte la crisis que se advierte cada vez más profunda. Personalmente quiero señalar algunos puntos, como principio de solución y como aportación personal, partiendo de la experiencia de mi apostolado y de las innumerables confidencias recibidas, acerca de un tema que creo grave y urgente porque toca a la entraña misma del hombre y al corazón de la humanidad.
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    Más allá delcontrato. Si hasta ayer se ha considerado que el simple contrato era suficiente para construir una comunidad familiar, hoy esto no lo admiten ya ni los teólogos, ni los moralistas, ni los psicólogos, ni los sociólogos. Tanto desde el punto de vista humano como cristiano no podrá existir una verdadera comunidad estable de vida sin un serio fundamento de amor. Cuando Cristo dice: «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre», debe entenderse lo que ha sido unido conscientemente en nombre de Dios, que para los cristianos es el Dios del amor. Un amor personal, maduro, consciente, libre, gozoso, probado entre un hombre y una mujer, sellado con la garantía de un sacramento que le confiere la fuerza misteriosa de un amor que simboliza el amor entre Cristo y su Iglesia, es un amor que sólo puede destruirse faltando gravemente al grito imperioso de la propia conciencia. Es una ruptura que el hombre honrado y sano no puede hacer, porque un amor maduro y libre que se injerta en el mismo amor del creador pertenece ya a Dios mismo y entra en la categoría misteriosa de lo infinito, de lo definitivo, de lo eterno. Pero precisamente por eso es necesario preguntarse si un porcentaje enorme de matrimonios actuales, en vez de haber sido unidos por Dios, por el amor profundo, no lo han sido más bien por el solo instinto, por los imperativos sociales, por exigencias o conveniencias económicas, por la fuerza de la costumbre o por otros mil imponderables que nada tienen que ver que con una elección consciente, libre y gozosa. Exigencias de otro tipo muy diverso al de este impulso de amor para integrarse y realizarse en un amor fecundo y siempre nuevo, llevan a muchos esposos a convivir juntos y a soportarse, pero en realidad no son matrimonios unidos en el nombre y bajo la fuerza creadora del Dios del amor. Tendríamos en este caso que tener la valentía de confesar que no son matrimonios cristianos y que en ellos no ha existido nunca el sacramento porque en ningún momento fueron una imagen, ni pálida siquiera, del amor de Cristo con su Iglesia, es decir del amor profundo y único que abraza al hombre y a la mujer bajo todos los aspectos de su compleja y casi divina personalidad. Primero enamorarse de la humanidad. Sé muy bien que aun aquellos que están de acuerdo conmigo en que realmente muchos matrimonios actuales no son tales porque les ha faltado ya desde el principio el elemento esencial de un amor libre, personal y maduro, me objetarán que si el hombre y la mujer debieran esperar a tener una certeza moral de este amor, serían muy pocos los que llegarían al matrimonio. Más aún, la experiencia les dirá que aun no pocos de los matrimonios que parecían haber nacido bajo el signo de este gran amor, después se agotaron y acabaron prisioneros del egoísmo y del inmovilismo afectivo. La objeción es seria y su respuesta no es fácil. Podríamos anticipar que quizá será necesario revisar el que mientras para otras formas de vida —la religiosa por ejemplo— se admite con facilidad que es necesaria una cierta vocación y que no basta la carencia de motivos negativos, para el matrimonio se admite con demasiada alegría el que todos tienen vocación y que basta ser hombre y mujer y poder realizar la consumación física del amor para poder sellar con un sacramento una unión definitiva. Yo no me maravillaré si el día de mañana la Iglesia misma será mucho más severa en este campo y si llegará a exigir unas garantías de vocación al matrimonio antes de conceder el sacramento. Vocación que se manifestaría como mínimo en una certeza moral de haber obtenido una integración seria del hombre y de la mujer en los diversos campos de la sexualidad, de la psicología, de la afinidad ideológica y religiosa de la vida, etc. Porque si es verdad que para la simple convivencia entre los hombres libres no es necesario un grado profundo de afinidad y basta el deseo mutuo de intercambio fraterno, no veo cómo esto no sea necesario para realizar una convivencia definitiva y completa con aquella persona a quien se ha elegido como el ser humano ideal, a quien yo entregaré lo mejor de mí mismo para crear la base de una comunidad ideal y prototipo de la gran comunidad humana.
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    Pero además deeste concepto de vocación para el matrimonio que no vamos a tocar aquí, existe un punto que me parece fundamental para resolver la objeción de antes y que es fruto también de una reflexión en equipo con algunas de esas felices excepciones de familias que han realizado plenamente su ideal y que siguen viviendo un amor que crece siempre, que es nuevo cada día y que ni los mayores problemas han sido capaces de ahogar o de agostar. Quienes han resuelto este problema lo han hecho partiendo de la convicción de que no puede existir un profundo amor personal entre hombre y mujer si estas personas no han resuelto antes el problema del amor universal, del amor a toda la humanidad. Sólo quien se ha abierto a un amor sin fronteras, quien ha llegado a hacer de todos los hombres, cercanos y lejanos, el objeto de su amor; quien ha comprendido y realizado en su vida que su amor es de todos, está capacitado para hacer después la elección concreta de una persona a quien ofrecerá no sólo su amor, que eso seguirá dándolo a todos y a cada uno, sino también su persona concreta, su cuerpo, su convivencia, su colaboración total y definitiva para emprender juntos, pero no aislados de los demás, la aventura fecunda de su vida. Quienes bajo el falso pretexto de entregar «todo su amor» a otra persona se cierran al amor a los demás, o no se han preocupado de abrirse antes, caminan hacia el fracaso en el matrimonio, porque en el fondo no ofrecen sino un amor bien pequeño, incapaz de crecer. Quien exige a la otra parte, una vez hecha la elección de la persona en quien explícita el amor universal en amor tangible, renunciar a ese amor universal no sólo a la humanidad sino también a los hombres concretos y reales, está negando en raíz la dinámica del amor. El amor, que es el gran don de Dios al hombre, hasta el punto que le hizo libre para que pudiera amar, es algo que el creador nos da para que sea universal, para que crezca repartiéndose. El mandamiento de Cristo, su gran mandamiento no es «amad a vuestra compañera a quien habéis escogido para formar una comunidad perfecta y definitiva» sino más bien: «amaos los unos a los otros». El amor a una persona a quien puedo llamar «mi amor» es sólo una elección dentro del amor universal. Y cuando digo amor universal no es para expresar una quimera intelectual, un amor abstracto que en definitiva no llega a nadie: hablo de un amor concreto, real, de amistad sincera, de colaboración en el proceso de la historia, de alargamiento de la comunidad familiar. Sólo así se explica el que hoy empiece a hablarse de «comunidades de matrimonios». ¿Difícil? Ciertamente. Pero plenamente cristiano y a partir de mi experiencia personal la única solución que conozco al drama de miles de matrimonios, que a fuerza de protegerse contra todo amor que no empiece y termine en ellos mismos, a fuerza de exaltar la exclusividad de su amor, han terminado convirtiéndolo en ídolo que acaba despedazándose entre las manos. Hemos tenido miedo de alargar el concepto de amor esponsal hasta en el más estricto sentido cristiano bajo el pretexto de convertirlo en algo demasiado fácil, cuando en realidad no hemos comprendido que lo que estábamos evitando era la verdadera dificultad que entraña un amor único encarnado en un amor universal. Hemos dicho también que es imposible, para cubrir nuestro egoísmo y para evitarnos la dificultad de la lucha y de la búsqueda. Pero lo cierto es que el amor cristiano es universal y que quienes se unen en matrimonio no quedan eximidos de esta dimensión universal del amor; un amor que no roba nada a esa entrega definitiva y total de la persona, porque este amor tiene que ser de todos aunque nuestra persona y nuestra vida sea entregada libremente a uno solo. Todo esto sé que no es fácil de decir, pero los que tengan un mínimo de sensibilidad para comprender el verdadero amor universal cristiano podrán comprender que está muy lejos de la burda caricatura del mal llamado «amor libre» que, en realidad ni es amor ni es libre, ni es universal ni es único. Es sólo egoísmo y prostitución. Aquí pueden ser empleadas perfectamente las palabras de Cristo: «el que pueda entender que entienda».
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    Libertad personal paraambos cónyuges. Para que pueda ser posible este amor universal aun dentro del matrimonio y para que sea la fuente que alimente y mantenga fresco el amor personal y definitivo entre el hombre y la mujer, es evidente que es necesaria una transformación profunda en el modo de vida y en la psicología misma de la familia. Es necesario asegurar a ambos cónyuges el margen necesario de libertad personal. No basta decir que quienes se unen en matrimonio no deben cerrarse en su amor, en su castillo y que deben abrirse a los demás; no basta admitir, como simple teoría, que el marido y la mujer no renuncian a un amor universal. Es necesario que esto pueda realizarse en la práctica y que sea posible no sólo para el marido sino también para la mujer. Y aquí se trata de una batalla no fácil que debe llevarse a cabo comunitariamente entre el hombre y la mujer. Hasta el presente el hombre favorecido por unas estructuras sociales que ha ido creando con criterios exclusivamente masculinos, ha obtenido un margen no pequeño de libertad fuera de la familia que le permite por lo menos seguir en contacto con los demás hombres en el trabajo, en la vida social, deportiva, etc. Pero normalmente la finalidad no es el ejercicio de ese amor universal de que hemos hablado. Lo considera más bien como un derecho «masculino» y se les oye razonar así: «No va a estar el hombre todo el día metido en casa. Si no me relaciono socialmente mi trabajo no fructificará. Necesito de mis amigos para ampliar el campo de mis horizontes profesionales». Y se justifica con mayor facilidad la necesidad de la secretaria, de la enfermera y de toda persona «útil» para su trabajo. Y si alguna vez su mujer se queja de su excesiva libertad y autonomía, se acude al argumento más sencillo: «Al fin y al cabo soy hombre». Pero aun este margen de libertad que el hombre se ha creado dentro del matrimonio sacrificando muchas veces los sentimientos más íntimos de su mujer, es más bien una victoria que una conquista, porque la mujer lo acepta, lo soporta, lo sufre, porque como ella dice «enfadarse sería peor». No es una libertad que la mujer ha dado consciente y generosamente a su marido para que siga desarrollándose en contacto con sus semejantes, para que pueda realizarse mejor, para que el amor «único» que a ella le dará sea cada vez más nuevo y mejor, porque sólo amando a todos es como el corazón se agranda, sino que es algo que el marido reclama como un botín de guerra. Y aquí podrían hablar, no sólo los sacerdotes sino también los psicólogos, de los dramas enormes que esta libertad «victoria» del hombre que a fin de cuentas es aún muy limitada y muy exigua, crea en el corazón de tantas esposas. Sin embargo, la realidad es que el hombre casado tiene un margen real de libertad que le permite alargar los límites de su amor y de su convivencia con sus semejantes. Y es esto lo que hace que en general el hombre se mantenga más vivo, más joven, más activo, más nuevo y con mayor ilusión por las realidades de la historia y por los problemas universales. Por eso en general el hombre es más político que la mujer. Y la mujer lo es más cuando es soltera que cuando se casa. El drama mayor se da en la esposa que ni siquiera posee este margen real de libertad que posee el hombre; más aún que se le niega con frecuencia conscientemente bajo el pretexto de su función de «madre y esposa». Se acepta fácilmente que los celos son típicamente femeninos, cuando en realidad es el hombre quien muestra en la mayoría de los casos una dosis mucho mayor, a pesar de que su margen de libertad es inmensamente más grande. Mientras ve con cierta facilidad que por motivos de su trabajo puede alargar el campo de sus amistades y relaciones sociales, pone todas las dificultades posibles para que la mujer ni siquiera caiga en la tentación de querer «trabajar» para evitarle toda tentación y peligro, para tenerla arropada en casa, para que sea más exclusivamente suya.
  • 62.
    Y suele justificarsecon los deberes de la maternidad cuando en realidad no he leído nunca en el evangelio que Cristo exima al padre de la responsabilidad de la «paternidad». La misma naturaleza ha previsto que en realidad la mujer pueda seguir trabajando casi hasta el momento del parto. Y no está escrito en el evangelio que cuando nace el niño y llora de noche deba ser sólo la madre la que tenga que levantarse a cuidarlo. Dirá alguno que está escrito en la ley de la naturaleza que inclina a la madre y no al padre a preocuparse siempre de la protección del recién nacido. Pero en este caso deberíamos ser más consecuentes con esta ley de la naturaleza como veremos más tarde. Lo cierto es que si el hombre se realiza en el trabajo, en el contacto con sus semejantes y en el intercambio de ideas y sentimientos, en este caso la mujer para que pueda realizarse plenamente y en la misma medida del hombre, tiene que llegar a obtener, de hecho, la misma libertad para desarrollarse como el hombre. Y la misma maternidad debería estar supeditada a esta verdad, porque una mujer que primero no se realiza a sí misma, que no se descubre verdaderamente humana, que no está en condiciones de seguir desarrollándose en todas sus dimensiones, no podrá tampoco ser una buena madre. Lo contrario sería seguir considerando a la mujer como objeto más que como compañera humana, como sierva más que como la integración indispensable para hacerse plenamente hombre e hijo de Dios. como me decía una esposa: «Después de casadas nos convertimos en criadas sin sueldo y sin día libre». Es una frase muy gráfica y muy dura, pero no exenta de verdad. la consecuencia más grave de todo esto, de esta falta de libertad para realizarse humanamente, para trabajar, para no ser una simple ama de casa, una simple niñera, es el desnivel que se crea inevitablemente en el campo social y psicológico de la misma familia. Si he dicho anteriormente que son una cifra irrisoria los matrimonios que he conocido en los que el amor ha seguido creciendo a lo largo de los años, debo confesar que son aún menos aquellos matrimonios que comparten al mismo tiempo toda la carga intelectual, cultural o simplemente vital de su trabajo y de su existencia terrena. Es pavorosa la soledad y la falta de diálogo en el matrimonio con relación a los problemas de trabajo del marido, que en realidad es lo que ocupa toda su jornada. Y esto a todos los niveles. El ingeniero, el abogado, el médico, el electricista, el político, el cartero, cuando termina su jornada y vuelve a su casa no habla con su mujer de su trabajo porque dice: «Ella no puede entenderme». «Sería demasiado complicado meterla en mi mundo». «Para qué crearle problemas que ella no tiene», etc. Y la mujer por su parte dice: «Yo no me atrevo ni siquiera a preguntarle; es un mundo en el que yo nunca he podido entrar». Y lógicamente la mujer le hablará siempre de lo mismo: de los niños, del colegio, de las notas, de las facturas, de las llamadas telefónicas, etc. Y el marido en el mejor de los casos, cuando no grita diciendo que «ya tiene él bastantes problemas en el trabajo», se refugia en la televisión o en el periódico o en jugar con los niños. El problema, planteado de este modo tan sencillo, puede parecer infantil pero en realidad es dramático. No hace mucho la esposa de un hombre político me decía: «Mi último acto de libertad fue el sí ante el altar. Desde entonces no he vuelto a probar lo que es la libertad y he vivido encerrada en mi jaula de oro». Y añadió: «lo más tremendo es que me casé con mi marido porque admiraba su inteligencia, su trabajo, sus ideas. Y ahora prácticamente nunca hablamos de lo que hace. De sus cosas me entero por sus amigos. Yo misma he renunciado a todo esfuerzo y trabajo intelectual porque con él no hablo de estas cosas y mi vida se pasa en la cocina y con los niños». Quizá el hombre no se ha dado cuenta de que mientras él, al casarse, adquiere un grado mayor de libertad, porque no está ya sujeto a sus padres, porque tiene quien se preocupe de la casa, quien le descargue de una serie de preocupaciones materiales, porque puede «mandar», etc., la
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    mujer en laactual estructura de la sociedad matrimonial es lo contrario: al casarse se recorta de tal modo su libertad que llega prácticamente a desaparecer. De ahí el que tantas esposas, ¡muchas más de lo que se puede pensar!, añoren sus años de juventud libre. Al menos entonces podían estudiar, trabajar, salir con las amigas, tener una cierta independencia económica, viajar. La falta de libertad impide a la mujer trabajar y cultivarse; la falta de cultivo la imposibilita prácticamente para el diálogo con el marido que realiza este diálogo con las compañeras de trabajo. Esta falta de diálogo con su mujer crea la soledad y el refugiarse en los hijos cuando son pequeños y en los nietos cuando los niños se independizan; o a lo sumo en cuatro amigas o vecinas con quienes se consuela mutuamente. Alguien me ha dicho que tiene que ser así. A mí me parece una grave injusticia con la mujer, un resto de esclavitud y la raíz profunda de las crisis actuales de la familia y del número cada vez mayor de hogares rotos. La igualdad de derechos en cuanto a la libertad, al trabajo, a la necesidad de seguir «construyéndose» es urgente para un futuro mejor de la institución matrimonial e incluso para su misma supervivencia. Una parte de la contestación exasperada de ciertos jóvenes que se niegan a aceptar lo que ellos llaman el «círculo cerrado» del matrimonio, es decir el comprometerse para siempre con una sola persona, si es verdad que en ocasiones puede ser fruto del más feroz egoísmo y de una superficialidad espantosa en el amor, otras en cambio puede ser la intuición que la nueva generación va teniendo de que en realidad el hombre y la mujer necesitan del amor universal que no contradice al amor de elección. Sienten que para realizarse plenamente en realidad el hombre necesita, por decirlo así, de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres, que no hay ser humano que no enriquezca a otro y que el matrimonio no es una condena a amar una sola persona, sino más bien la dicha de compartir de un modo único con una sola persona este amor universal, que no es libertinaje sino amor cristiano transparente, amor generoso, pero amor real y concreto. ¿Qué hacemos con los hijos? Sé muy bien que no es fácil traducir estos principios a la práctica cuando nos encontramos metidos hasta los ojos en el ritmo de una sociedad y de una cultura que es un producto netamente «masculino». Aun las mujeres mejores, las más abiertas a esta nueva dinámica del matrimonio, advierten la dificultad práctica de esta renovación afirmando: «¿y qué hacemos con los hijos? ¿cómo puede ir a trabajar, a estudiar, cuando me encuentro con tres o cuatro niños pequeños y sin servicio? ¿quién se preocupará entonces de la casa y de las cosas de mi marido?» Ciertamente, planteado así el problema, es insoluble. Pero sí queremos salvar la familia como institución estable y definitiva en el futuro que se nos echa encima, hay que partir de otras bases y tener el valor de abordar el problema desde otros ángulos de vista, prescindiendo de viejos perjuicios y liberándose de tabús ancestrales, de sentimentalismos occidentales y quizá volviendo un poco más a la escuela de la madre- naturaleza. A muchos podrá escandalizarles, pero yo pienso que en cuanto se refiere a los hijos quizá el hombre de la supertécnica tendrá aún mucho que aprender de la madre-tierra. Siempre, para los grandes sabios de todas las épocas, la vida de los animales fue una escuela preciosa para ordenar la sociedad humana; perfeccionándola ciertamente, pero imitándola en sus valores básicos y esenciales. Ahora bien en cuanto a la relación padre-hijos pienso que más que perfeccionar la naturaleza la hemos prostituido. En la vida de los animales los padres son más generosos que nosotros con los hijos, concediéndoles lo más pronto posible la libertad que necesitan para ser ellos mismos. Lo que ellos hacen por instinto nosotros deberíamos hacerlo por convencimiento y generosidad.
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    Es difícil queen la vida animal el hijo siga durante mucho tiempo junto a sus padres llegando incluso a hacerse a su imagen y semejanza. Apenas puede desenvolverse solo comienza su aventura personal, con todos los riesgos pero también con todas las posibilidades de ser él mismo. Hay padres y madres que tendrían junto a sí al hijo hasta que se casa y si fuera posible aun después; que desearían que se pareciera a ellos no sólo en el color de los ojos sino hasta en sus gestos, hasta en su última idea política. En nuestra civilización, dada la separación del marido del hogar, este modelar al hijo corresponde sobre todo a la madre; de ahí la falta de virilidad en nuestra nueva generación formada casi exclusivamente por manos femeninas; de ahí la serie de complejos de Edipo cada vez más numerosos y alarmantes. No es que las jóvenes de hoy se «masculinicen» sino que los jóvenes están perdiendo su fuerza de virilidad por falta de contacto con el padre y excesivos cuidados de la madre que convierte a los hijos en el sustituto de afectividad de la soledad del marido. Un etnólogo me hacía ver cómo en las tribus primitivas en las que la mujer va a trabajar mientras el marido se queda en casa fumando la pipa o en tertulia o va a caza con los hijos, no existe el problema de jóvenes afeminados ni complejos de Edipo. Si acaso pecan de excesiva «virilidad». En el futuro de la familia los padres tendrán que tener el coraje de permitir que los hijos, apenas puedan valerse por sí mismos, empiecen a realizarse para poder conservar sus peculiaridades y su propia personalidad, ya que es el creador mismo quien ha querido que no existan dos seres humanos iguales. Para esto será importante que empiecen a trabajar, a ganarse lo suficiente para la subsistencia apenas les sea posible. Deberán trabajar y estudiar al mismo tiempo; deberán poder ser independientes no cuando los padres se lo permitan sino cuando lo sean naturalmente. Con esto no queremos quitar la más mínima importancia al papel indispensable de los padres en la educación de los hijos: pero se trata de una educación conjunta que no sofoque la personalidad del hijo y que le permita ser él mismo lo más pronto posible. Deberían ser los mismos padres quienes estudiaran generosamente la forma mejor de acelerar este proceso. También el número de hijos estará condicionado a la integración de los esposos, ya que si es verdad que el amor esponsal es por sí fecundo y tiende a multiplicarse, también es cierto, y cada vez más claro, que lo importante no es el número sino el que cada ser humano que viene a la vida sea lo más posible hombre libre e hijo de Dios. Por tanto, comprometer la integración de los esposos que se obtiene en un margen necesario de libertad real para ambos, por un número mayor de hijos, sería tan erróneo e injusto como limitar la prole por motivos puramente egoístas. Y es puramente sentimental la objeción de que la mujer ha sido creada para la maternidad y que si le gustan los hijos no debe sacrificarse ni siquiera en favor de una mayor armonía e integración familiar. Porque mientras nos da miedo imitar literalmente a la naturaleza en esa libertad que los animales dejan a sus hijos, caemos en el absurdo de querer limitar la maternidad a su papel puramente instintivo y natural. Si los esposos deberán controlar y «humanizar» su instinto sexual por motivos diversos, porque el hombre debe ser dueño de todos sus instintos y encauzarlos en favor del hombre mismo, con la misma razón la mujer deberá regular y «humanizar» su instinto materno tanto en la multiplicación de la prole cuanto en su tendencia a mantenerla pegada a su afecto hasta el último momento. Se trata siempre de un trabajo común para la liberación del hombre y el hombre sólo puede ser libre si se le permite a él mismo adquirir una libertad auténticamente humana. Y siendo legítimamente humana será divina aun sin saberlo. Yo me atrevería a decir que sólo el matrimonio que ha obtenido su integración personal y su maduración en el amor tiene el derecho de traer un nuevo ser al mundo. Porque es inútil hablar de educación de los hijos en un matrimonio en el que no se ha realizado el encuentro
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    libre, maduro yhumano. Los hijos que no puedan ver en la familia que la unión entre el hombre y la mujer es un encuentro gozoso de amor, que se perfecciona cada día, llevarán siempre una gran carga de excepticismo y de complejos. Para mí un matrimonio en el que el marido se refugia en el trabajo y en los amigos, y la mujer en los hijos, es ya un hogar roto que se parece mucho más a la simple naturaleza instintiva que a una sociedad humana y cristiana. Y me pregunto si hogares así tienen derecho hasta de procrear. Por eso, pienso con sinceridad, que ante la cruda realidad de los hechos antes de tirar piedras contra quienes se atreven a poner en tela de juicio la actual institución del matrimonio sería mejor que nosotros, quienes creemos firmemente en su legitimidad y necesidad, en su proyección incluso divina por injertarse en el misterio del amor mismo de Dios, tuviésemos el coraje de hacernos con valentía algunas preguntas concretas que puedan ser un principio de solución para una transformación de la familia del futuro. Nosotros hemos intentado plantear en este capítulo algunas de estas preguntas claves y concretas sin preocuparnos de hacer la imagen definitiva de lo que creemos será la familia del mañana. Y esto porque no existen clisés hechos. Debemos crearlos nosotros cada día, todos juntos, en un esfuerzo honrado y comunitario. Debemos luchar para dar un rostro nuevo a esa verdad a la que el cristiano no puede renunciar sin degradar la misma dignidad humana, es decir, la posibilidad de integración total y definitiva entre un hombre y una mujer para formar una comunidad perfecta de amor dentro del ámbito de un sincero amor universal. Ser hombres de verdad. Finalmente hemos de decir que no existirá posibilidad de renovación ni de crear un modelo de familia mejor, más humana y más libre si antes no abordamos el problema del hombre individuo. Antes de nada el ser humano individual, hombre o mujer, debe descubrir su ser infinito en el tiempo, su realidad personal y concreta; debe tomar conciencia de la dignidad de su ser libre creado para la felicidad a través del amor a sus semejantes; debe convencerse de que el hombre y la mujer por sí mismo son un ser ya perfecto, hecho a imagen y semejanza de Dios y que para ser plenamente humano e hijo de Dios no está condicionado a la unión «hombre-mujer». Cada individuo es perfecto en sí mismo, es casi un Dios según la Biblia. Sólo a partir de esta convicción puede abordarse el problema no de la «realización» sino de la «integración» del hombre y la mujer en una comunidad personal de amor. Dios en la Biblia al crear a la mujer dijo: «No conviene que el hombre esté solo». Pero no dice que el hombre no será hombre completo como ser individual sin la mujer, al contrario. No se trata de dos trozos de una misma manzana, de dos piezas de una única máquina; se trata de dos personas completas, de dos realidades perfectas, de dos seres libres y responsables, cada uno con su propio nombre, con su propia riqueza: dos personas distintas pero no incompletas. Dos seres humanos y casi divinos a quienes el creador ha modelado para el encuentro personal y humano en el amor, con capacidad de diálogo corporal y espiritual, con exigencias de comunidad personal en bien de la comunidad universal. Dios habla de conveniencia y no de necesidad. Esta conveniencia, en la idea primera de Dios, es salir al encuentro de la «soledad originaria» del hombre, soledad que se destruye sobre todo con la integración del hombre y de la mujer en todos los niveles de la vida.