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CHARLA 4: “Señor ¿A quién iremos? 
Sólo Tú tienes palabras de vida eterna” 
En las charlas anteriores hemos profundizado en el signo de la multiplicación de los panes y los 
peces, y sobre todo en su significado. Recordemos brevemente como Jesús, a lo largo del capítulo 6 del 
evangelio de San Juan, nos ha invitado claramente a no conformarnos con satisfacer las necesidades 
básicas de la persona, sino a dar un salto de fe para creer y confiar en Dios cada vez más, y buscar un 
alimento diferente que es la necesidad que tenemos de Dios para mi vida. 
Recordemos lo peligrosa que es la sociedad de consumo para la vida de los cristianos, (y así lo 
meditamos en la 2ª charla), porque crea personas vacías, sin metas ni esperanzas, sin valores y sin 
sentido de la vida, pendientes sólo de su egoísmo y de satisfacer sus necesidades primarias. Y es que el 
mismo Jesús ya nos lo advierte en el discurso del pan de vida. Hay que trabajar por el alimento que no 
perece, que son las cosas de Dios y los valores del evangelio. Porque si sólo se está pendiente de las 
cosas materiales, al final se vive en la insatisfacción permanente, porque nunca se termina de estar 
satisfecho ni feliz con lo que se tiene, y siempre se desea algo más. Por eso resonaba con fuerza en esta 
meditación la famosa frase de Jesús cuando era tentado por el diablo: “no sólo de pan vive el hombre, sino 
de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). 
Recordemos también como el mismo Jesús, por medio de este discurso del pan de vida que 
estamos meditando en estos ejercicios, nos invitaba a descubrir la fe como un don que nos ha regalado 
Dios Padre, y que nosotros le debemos dar gracias por ese don. 
Y ya en la meditación de la tarde Cristo nos invitaba a descubrirlo vivo y resucitado en cada 
celebración de la Eucaristía. Recordemos que la estructura de la Misa se parece mucho al pasaje de los 
discípulos de Emaús donde Cristo les explica las escrituras (1ª parte de la Misa) y después parte para ellos 
el pan (2ª parte de la Misa: La Eucaristía). Por tanto Dios vivo y resucitado viene a nuestro encuentro 
cuando en Misa escuchamos la Palabra de Dios y comulgamos el santísimo cuerpo de Cristo. Esta parte 
del discurso del pan de vida era una invitación a creer en la presencia de Cristo vivo cada vez que 
comulgamos en la Misa, porque ahí el señor nos da el verdadero alimento del alma. Cristo mismo habla de 
comer su cuerpo y su sangre, que nosotros sabemos que se refiere a la comunión, para que Cristo entre 
dentro de nosotros u nos unamos más a él. 
Recordemos también esta pregunta básica que ya ha aparecido en estos ejercicios espirituales: 
¿Para qué sirve creer? Y ¿Qué aporta la fe a mi vida? y cómo hacíamos una analogía (o comparación) 
con un ramo de flores: ¿para qué sirve un ramo de flores? Un ramo de flores aporta belleza, hermosura, 
perfección, alegría, elegancia, y sobre todo sirve para hacer feliz a quien lo recibe, y suele provocar un 
sentimiento de gratitud de quien lo recibe hacia quien lo regala. Pues eso mismo es lo que nos tiene que 
aportar la fe a nuestra vida: alegría, belleza, felicidad, hermosura, sentido de la vida, entusiasmo y 
sobre todo gratitud hacia Dios que nos ha hecho este regalo. La misma pregunta se puede aplicar a 
la Misa. ¿Para que sirve ir a Misa? Para celebrar mi fe, para recordar a Cristo muerto y resucitado que 
me salva, para dar gracias al Señor, para escuchar su palabra, para comulgar el cuerpo de Cristo y de esa 
manera unirma más a Dios y a los demás. 
Vamos a continuar meditando el final del discurso del pan de vida, que es un poco triste porque 
muchos de los que seguían a Jesús porque habían comido pan de la multiplicación de los panes y los 
peces, a la hora de la verdad abandonan a Jesús. Y además podemos ver un paralelismo claro de este 
hecho ocurrido hace dos mil años con nuestra sociedad, donde también muchos a la hora de la verdad 
abandonan a Jesús. Hoy se repite continuamente este evangelio. 
La verdad es que creer en Cristo y aceptar que él es quien da pleno sentido a nuestra vida no es 
fácil, por eso muchos abandonan a Jesús. Pero nosotros queremos como Pedro mantenernos firmes en la 
fe. Leamos la última parte del evangelio del pan de vida.
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1.- Lectura del santo Evangelio según San Juan 6,61-70 
En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: 
-Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? 
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban les dijo: 
-¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es 
quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, 
algunos de vosotros no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a 
entregar. Y dijo: 
-Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. 
Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. 
Entonces Jesús les dijo a los Doce: 
-¿También vosotros queréis marcharos? 
Simón Pedro le contestó: 
-Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos 
que tú eres el Santo consagrado por Dios. 
Palabra del Señor. 
2.- “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”. 
En esta última parte del discurso del pan de vida, que la vamos a meditar en esta última charla, 
aparece de nuevo el tema de la fe y la gran cuestión que tiene que plantearse toda persona: O me fio del 
Señor, creo en él y le sigo; o “paso” de él y le abandono. Esta gran cuestión que se plantea en algún 
momento de nuestra vida se llama la opción fundamental. Es decir o se sigue a Jesús o se le abandona. 
Pero en este capítulo 6 del evangelio de san Juan, la opción fundamental adquiere mucho dramatismo 
porque, a la hora de la verdad, Jesús se queda sólo con sus doce apóstoles. Más tarde, en el momento de 
la cruz, hasta sus amigos lo abandonarán. 
En este evangelio, la excusa que ponen para abandonar a Jesús es que sus palabras son 
demasiado duras, aunque si comparamos esta crisis de Jesús (porque así se ha llamado este episodio) 
con lo que nos describen los otros evangelistas, todos coinciden en señalar en que históricamente Jesús 
comenzó teniendo muchos seguidores y admiradores, pero llegó un día en que lo abandonaron porque se 
desencantaron con él. ¿Pero, por qué ocurrió esto y por qué ocurre hoy día? En el fondo, este tema nos 
recuerda de nuevo al tema de la fe infantil y la fe adulta. 
El problema que les ocurrió a aquella gente y la que nos ocurre a muchos de nosotros es que “a mi 
me gustaría que Dios cumpliese mi voluntad”, o sea que me gustaría que Dios me solucionara mis 
problemas y me quitara mis cruces, y me concediera todos mis deseos, y que mi vida fuera toda de color 
rosa, que todo me saliera bien… Como la sociedad de consumo quiere soluciones inmediatas, ella nos 
arrastra a nosotros por el mismo camino y se nos contagia ese sentimiento. 
En el fondo creemos que la misión de Dios es la de darnos las cosas que necesitamos y hacernos 
felices. Pero desde el punto de vista de Dios la verdadera felicidad está en otro plano, por eso a lo largo 
del discurso del pan de vida, Jesús nos está diciendo constantemente que no debemos buscar a Dios 
porque nos da cosas, sino porque nos quiere y nos ama, porque nos ha creado y nos ha regalado la vida, 
porque nos ha enviado al Hijo Jesucristo que ha muerto y resucitado por nosotros para salvarnos. Y “Estas 
palabras que nos dice Jesús son espíritu y vida”. En definitiva tiene que ser más importante para 
nuestra vida Dios mismo (ya que él es el don, el regalo mejor que da sentido a nuestra vida) que lo que 
nos puede conceder o dar. Cuando yo descubro que Dios es importante en mi vida, es cuando ésta se 
llena de sentido y cambia de una manera radical para bien. 
Si tenemos fe infantil, yo rezaré al Señor para que me conceda esto o lo otro. Pero ¿cómo 
reacciono si Dios no me lo concede? Reaccionaré como los niños, me enfadaré y no le hablaré. Esa fue la 
reacción de los seguidores de Jesús en Cafarnaún y es la reacción de muchos cristianos de hoy día, por 
eso le abandonan. Pero la fe adulta, la verdadera fe que me exige Jesús, y que María vivió de verdad, es a 
que yo me tengo que fiar del Señor siempre: en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad,
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cuando las cosas van bien y cuando las cosas van mal, cuando el Señor me concede lo que le pido y 
cuando no me lo concede porque considera que no es bueno para mi santificación. 
El evangelio que estamos meditando afirma que los judíos se quejaban “porque estas palabras son 
duras”, o sea es una manera de decir que este modo de actuar de Dios no nos gusta. Nos cuesta fiarnos 
verdaderamente de Dios porque sus planes y su lógica no coinciden con nuestros planes y nuestra 
lógica. ¿Y por qué Dios actúa así? Porque nos conoce demasiado y aplica una especie de corrección 
fraterna para ir humillándonos poco a poco y purificándonos, y para que nos demos cuenta que sin Dios no 
podemos hacer nada, no podemos encontrar sentido a la vida, y no podemos saciar nuestra hambre de 
felicidad. En definitiva, el ser humano tiene una naturaleza engreída y chulesca, piensa que lo puede 
resolver todo, que lo puede saber todo y que todo lo puede controlar, pero a la hora de la verdad no es así, 
y el Señor lo sabe, y constantemente ocurren cosas que nos recuerdan que sin Dios no somos nada y no 
podemos hacer nada. 
Reflexionemos en nuestro interior: ¿Qué es lo que de verdad le gustaría que Dios me concediese? 
Aplausos, primeros puestos, ser el centro de atención, alabanzas, reconocimientos, el sentirse valorados, 
la buena fama, riquezas, poder, creernos importantes, vernos superiores a los demás, el pensar en nuestro 
beneficio y comodidad, el egoísmo (que yo esté bien), el placer, la sensualidad (que yo pueda disfrutar al 
máximo), etc. Y ¿Cuál es la lógica de Dios o sus planes para mi vida? La humillación, la sencillez, la 
limpieza de corazón, el último lugar, el servicio, el amor, el poner la otra mejilla, el perdón, la misericordia, 
el dar la vida por los demás. 
Hemos de recordar que cuando Dios se hace hombre, no viene solamente a solucionar los problemas parciales o 
concretos que tenemos las personas (trabajo, sueldo, necesidad de curación del cuerpo, etc). Esa es nuestra voluntad pero Dios actúa de otra 
manera. El Señor multiplicó los panes y los peces (lo hemos visto) pero no se dedicó solamente a dar de comer a la gente, más bien enseño a 
compartir, que es la mejor manera de ser solidarios y de que todos tengan lo necesario para comer. Jesús curó a unos cuantos enfermos (ciegos, 
leprosos, cojos, mudos) pero no fue medico y no se dedicó únicamente a curar enfermedades. Porque lo que de verdad quiere curar el Señor es 
el alma, es el pecado, es el mal en mi vida, es la falta de sentido de mi vida, es la desesperanza, el odio y el rencor que nos paraliza. Eso es lo 
que quiere curar el señor. Por eso en la curación del paralítico que lo ponen ante el Señor descolgando su camilla desde el tejado, el Señor 
primero le cura el alma: “tus pecados están perdonados” y después le cura el cuerpo: “para que veáis que el hijo del hombre tiene poder para 
curar sus pecados, a ti te lo digo: levántate, toma tu camilla y echa a andar” (cf Mc 2, 1-12). Eso es lo que nos cuesta aceptar 
y vivir, que Cristo viene a curar el alma, a transformarla, a cambiar los corazones, a reorientar nuestras 
vidas, y a que veamos las cosas desde la perspectiva de Dios y con los ojos de la fe. Pero eso no gusta a 
muchos. 
Continuando con el evangelio que estamos meditando, Jesús ante las críticas, habla con más 
claridad. No se anda con medias tintas, no trata de suavizar el tono. Sigue presentándose como “el que 
viene de arriba” (o sea una manera de decir que viene del Padre). Y deja claro que se necesita al Espíritu 
Santo para que nos ayude a pasar del deseo de satisfacer mi vida de pan (o cosas materiales) a descubrir 
que es a Dios a quien necesitamos de verdad y quien colma plenamente mi vida: “El espíritu es quien da 
vida; la carne no sirve de nada”. Sin el Espíritu Santo que nos hace ver las cosas desde el punto de vista 
de Dios, es imposible comprender el mensaje de Jesús. La frase: “La carne no sirve de nada” significa que 
el punto de vista humano no comprende las cosas de Dios, sólo actúa para satisfacer sus necesidades 
materiales 
Por eso la gente dice que sus palabras son duras y abandona a Jesús. Y en este evangelio Jesús 
me está poniendo ante mis ojos una opción fundamental: ¡o me fío de verdad del Señor, y le sigo!, o “paso” 
(y me dedico a vivir bien y cómodo y a satisfacer mis placeres, aunque a la larga eso me creará 
insatisfacción). Ante esta opción al final la gente prefiere lo segundo: “Y muchos se echaron atrás y no 
volvieron a ir con él”. 
Pero Jesús no se enfada, no pronuncia un juicio contra nadie. Solo hace una pregunta a los que se 
han quedado con Jesús. Y esa es la gran pregunta que Jesús nos hace directamente a nosotros: 
¿También vosotros queréis marcharos? (¿También tú quiere marcharte o abandonarme?) 
Pedro nos da respuesta ejemplar, falta que nosotros la creamos y la asumamos como propia: 
Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos 
que tú eres el Santo consagrado por Dios. 
Los que se quedan lo hacen por Jesús, porque se fían de verdad en Jesús. Se hace por fe, 
creyendo que él es el Hijo de Dios, sabiendo que Cristo ha sido enviado por el Padre para salvarnos del
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pecado y del mal. Confiando plenamente en que sólo Él es el médico que curará nuestra alma. Él que se 
queda comprende que sólo Cristo tiene palabras que dan sentido a la vida, y su Palabra es la que vale la 
pena escuchar, frente a tantos mensajes dispersos que circulan en la sociedad. Por muy dolorosa que sea 
la crisis actual del la Iglesia, que ya hemos dicho que se parece mucho a este episodio de la crisis de 
Cafarnaún, a la larga es una señal de purificación porque en la sociedad Post-cristiana sólo permanecen 
los que de verdad creen en Jesús y están dispuesto a darlo todo por él. 
En la sociedad post-crsistiana, el ambiente evangelizador de otras épocas más católicas, donde la 
fe se transmitía en la parroquia, en el colegio y en la familia, ha pasado a mejor vida. En la época post-cristiana 
la fe ya no es algo natural. Cada vez hay más gente que lo cuestiona todo, que duda de todo y ”lo 
cristiano” está sometido a un examen muy crítico y cada vez más implacable. Y esto va a más, no a 
menos. Son muchos los que, ante esta situación dudan y se dejan arrastrar por las corrientes de 
pensamiento dominante o por las opiniones críticas (que se convierten en tópicos que se aceptan como 
verdades y que nadie pocos se lo cuestionan). La fe se combate desde muchas instituciones y los 
cristianos ya no pueden apoyarse ni en la cultura ambiental ni en la sociedad. Entonces ser cristiano 
depende cada vez más de una decisión personal. 
Y ¿qué es lo que en definitiva me tiene que empujar a decir sí a Jesús? El encuentro con Cristo 
vivo, o lo que es lo mismo la experiencia personal de que Cristo me quiere y me ama. El criterio de 
autenticidad por el que se nota que uno es un creyente de verdad es cuando uno descubre que Dios le 
hace bien y que Jesucristo le ayuda a vivir. Entonces es cuando se pasa de la fe infantil a la fe adulta. Y en 
la fe adulta uno tratará de transmitir su experiencia personal. Si a mi Cristo me ha ayudado y me ha hecho 
tanto bién a ti también te lo puede hacer. En la sociedad post-cristiana uno es libre para decidir si cree en 
Jesús o prefiere ser esclavo de las modas, tópicos y los dictados que marca la sociedad. Pero los que 
seguimos a Jesús tenemos que apoyarnos y ayudarnos cada vez más como una auténtica comunidad, 
precisamente para evitar que la sociedad se nos coma. 
Ahora mismo Jesús me interpela ¿también tú quieres marcharte?... Y ¿Qué le respondo yo? A 
veces cuando nos asaltan las dudas nos desanimamos, pero la actitud de Pedro es muy clarificadora: 
Señor ¿Dónde vamos a ir? Sólo Tú eres la respuesta, sólo Tú tienes palabras de vida eterna 
Para nuestra reflexión: 
Cristo me invita de nuevo a dar el salto de la fe, o sea a fiarme de él, a confiar en él y valorar el 
tesoro de la fe que se nos ha regalado: 
¿Me fío de verdad del Señor? 
¿Por qué muchos abandonan a Jesús? 
¿He sentido la tentación de abandonarle? 
¿Me gustaría que Dios cumpliese mi voluntad? ¿Qué me gustaría que me diese?... ¿Y me lo da? 
¿Descubrimos la necesidad de pasar de una fe infantil a una fe adulta?

Charla 4. ejercicios espirituales 2013

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    1 CHARLA 4:“Señor ¿A quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna” En las charlas anteriores hemos profundizado en el signo de la multiplicación de los panes y los peces, y sobre todo en su significado. Recordemos brevemente como Jesús, a lo largo del capítulo 6 del evangelio de San Juan, nos ha invitado claramente a no conformarnos con satisfacer las necesidades básicas de la persona, sino a dar un salto de fe para creer y confiar en Dios cada vez más, y buscar un alimento diferente que es la necesidad que tenemos de Dios para mi vida. Recordemos lo peligrosa que es la sociedad de consumo para la vida de los cristianos, (y así lo meditamos en la 2ª charla), porque crea personas vacías, sin metas ni esperanzas, sin valores y sin sentido de la vida, pendientes sólo de su egoísmo y de satisfacer sus necesidades primarias. Y es que el mismo Jesús ya nos lo advierte en el discurso del pan de vida. Hay que trabajar por el alimento que no perece, que son las cosas de Dios y los valores del evangelio. Porque si sólo se está pendiente de las cosas materiales, al final se vive en la insatisfacción permanente, porque nunca se termina de estar satisfecho ni feliz con lo que se tiene, y siempre se desea algo más. Por eso resonaba con fuerza en esta meditación la famosa frase de Jesús cuando era tentado por el diablo: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Recordemos también como el mismo Jesús, por medio de este discurso del pan de vida que estamos meditando en estos ejercicios, nos invitaba a descubrir la fe como un don que nos ha regalado Dios Padre, y que nosotros le debemos dar gracias por ese don. Y ya en la meditación de la tarde Cristo nos invitaba a descubrirlo vivo y resucitado en cada celebración de la Eucaristía. Recordemos que la estructura de la Misa se parece mucho al pasaje de los discípulos de Emaús donde Cristo les explica las escrituras (1ª parte de la Misa) y después parte para ellos el pan (2ª parte de la Misa: La Eucaristía). Por tanto Dios vivo y resucitado viene a nuestro encuentro cuando en Misa escuchamos la Palabra de Dios y comulgamos el santísimo cuerpo de Cristo. Esta parte del discurso del pan de vida era una invitación a creer en la presencia de Cristo vivo cada vez que comulgamos en la Misa, porque ahí el señor nos da el verdadero alimento del alma. Cristo mismo habla de comer su cuerpo y su sangre, que nosotros sabemos que se refiere a la comunión, para que Cristo entre dentro de nosotros u nos unamos más a él. Recordemos también esta pregunta básica que ya ha aparecido en estos ejercicios espirituales: ¿Para qué sirve creer? Y ¿Qué aporta la fe a mi vida? y cómo hacíamos una analogía (o comparación) con un ramo de flores: ¿para qué sirve un ramo de flores? Un ramo de flores aporta belleza, hermosura, perfección, alegría, elegancia, y sobre todo sirve para hacer feliz a quien lo recibe, y suele provocar un sentimiento de gratitud de quien lo recibe hacia quien lo regala. Pues eso mismo es lo que nos tiene que aportar la fe a nuestra vida: alegría, belleza, felicidad, hermosura, sentido de la vida, entusiasmo y sobre todo gratitud hacia Dios que nos ha hecho este regalo. La misma pregunta se puede aplicar a la Misa. ¿Para que sirve ir a Misa? Para celebrar mi fe, para recordar a Cristo muerto y resucitado que me salva, para dar gracias al Señor, para escuchar su palabra, para comulgar el cuerpo de Cristo y de esa manera unirma más a Dios y a los demás. Vamos a continuar meditando el final del discurso del pan de vida, que es un poco triste porque muchos de los que seguían a Jesús porque habían comido pan de la multiplicación de los panes y los peces, a la hora de la verdad abandonan a Jesús. Y además podemos ver un paralelismo claro de este hecho ocurrido hace dos mil años con nuestra sociedad, donde también muchos a la hora de la verdad abandonan a Jesús. Hoy se repite continuamente este evangelio. La verdad es que creer en Cristo y aceptar que él es quien da pleno sentido a nuestra vida no es fácil, por eso muchos abandonan a Jesús. Pero nosotros queremos como Pedro mantenernos firmes en la fe. Leamos la última parte del evangelio del pan de vida.
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    2 1.- Lecturadel santo Evangelio según San Juan 6,61-70 En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban les dijo: -¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: -Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: -Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios. Palabra del Señor. 2.- “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”. En esta última parte del discurso del pan de vida, que la vamos a meditar en esta última charla, aparece de nuevo el tema de la fe y la gran cuestión que tiene que plantearse toda persona: O me fio del Señor, creo en él y le sigo; o “paso” de él y le abandono. Esta gran cuestión que se plantea en algún momento de nuestra vida se llama la opción fundamental. Es decir o se sigue a Jesús o se le abandona. Pero en este capítulo 6 del evangelio de san Juan, la opción fundamental adquiere mucho dramatismo porque, a la hora de la verdad, Jesús se queda sólo con sus doce apóstoles. Más tarde, en el momento de la cruz, hasta sus amigos lo abandonarán. En este evangelio, la excusa que ponen para abandonar a Jesús es que sus palabras son demasiado duras, aunque si comparamos esta crisis de Jesús (porque así se ha llamado este episodio) con lo que nos describen los otros evangelistas, todos coinciden en señalar en que históricamente Jesús comenzó teniendo muchos seguidores y admiradores, pero llegó un día en que lo abandonaron porque se desencantaron con él. ¿Pero, por qué ocurrió esto y por qué ocurre hoy día? En el fondo, este tema nos recuerda de nuevo al tema de la fe infantil y la fe adulta. El problema que les ocurrió a aquella gente y la que nos ocurre a muchos de nosotros es que “a mi me gustaría que Dios cumpliese mi voluntad”, o sea que me gustaría que Dios me solucionara mis problemas y me quitara mis cruces, y me concediera todos mis deseos, y que mi vida fuera toda de color rosa, que todo me saliera bien… Como la sociedad de consumo quiere soluciones inmediatas, ella nos arrastra a nosotros por el mismo camino y se nos contagia ese sentimiento. En el fondo creemos que la misión de Dios es la de darnos las cosas que necesitamos y hacernos felices. Pero desde el punto de vista de Dios la verdadera felicidad está en otro plano, por eso a lo largo del discurso del pan de vida, Jesús nos está diciendo constantemente que no debemos buscar a Dios porque nos da cosas, sino porque nos quiere y nos ama, porque nos ha creado y nos ha regalado la vida, porque nos ha enviado al Hijo Jesucristo que ha muerto y resucitado por nosotros para salvarnos. Y “Estas palabras que nos dice Jesús son espíritu y vida”. En definitiva tiene que ser más importante para nuestra vida Dios mismo (ya que él es el don, el regalo mejor que da sentido a nuestra vida) que lo que nos puede conceder o dar. Cuando yo descubro que Dios es importante en mi vida, es cuando ésta se llena de sentido y cambia de una manera radical para bien. Si tenemos fe infantil, yo rezaré al Señor para que me conceda esto o lo otro. Pero ¿cómo reacciono si Dios no me lo concede? Reaccionaré como los niños, me enfadaré y no le hablaré. Esa fue la reacción de los seguidores de Jesús en Cafarnaún y es la reacción de muchos cristianos de hoy día, por eso le abandonan. Pero la fe adulta, la verdadera fe que me exige Jesús, y que María vivió de verdad, es a que yo me tengo que fiar del Señor siempre: en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad,
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    3 cuando lascosas van bien y cuando las cosas van mal, cuando el Señor me concede lo que le pido y cuando no me lo concede porque considera que no es bueno para mi santificación. El evangelio que estamos meditando afirma que los judíos se quejaban “porque estas palabras son duras”, o sea es una manera de decir que este modo de actuar de Dios no nos gusta. Nos cuesta fiarnos verdaderamente de Dios porque sus planes y su lógica no coinciden con nuestros planes y nuestra lógica. ¿Y por qué Dios actúa así? Porque nos conoce demasiado y aplica una especie de corrección fraterna para ir humillándonos poco a poco y purificándonos, y para que nos demos cuenta que sin Dios no podemos hacer nada, no podemos encontrar sentido a la vida, y no podemos saciar nuestra hambre de felicidad. En definitiva, el ser humano tiene una naturaleza engreída y chulesca, piensa que lo puede resolver todo, que lo puede saber todo y que todo lo puede controlar, pero a la hora de la verdad no es así, y el Señor lo sabe, y constantemente ocurren cosas que nos recuerdan que sin Dios no somos nada y no podemos hacer nada. Reflexionemos en nuestro interior: ¿Qué es lo que de verdad le gustaría que Dios me concediese? Aplausos, primeros puestos, ser el centro de atención, alabanzas, reconocimientos, el sentirse valorados, la buena fama, riquezas, poder, creernos importantes, vernos superiores a los demás, el pensar en nuestro beneficio y comodidad, el egoísmo (que yo esté bien), el placer, la sensualidad (que yo pueda disfrutar al máximo), etc. Y ¿Cuál es la lógica de Dios o sus planes para mi vida? La humillación, la sencillez, la limpieza de corazón, el último lugar, el servicio, el amor, el poner la otra mejilla, el perdón, la misericordia, el dar la vida por los demás. Hemos de recordar que cuando Dios se hace hombre, no viene solamente a solucionar los problemas parciales o concretos que tenemos las personas (trabajo, sueldo, necesidad de curación del cuerpo, etc). Esa es nuestra voluntad pero Dios actúa de otra manera. El Señor multiplicó los panes y los peces (lo hemos visto) pero no se dedicó solamente a dar de comer a la gente, más bien enseño a compartir, que es la mejor manera de ser solidarios y de que todos tengan lo necesario para comer. Jesús curó a unos cuantos enfermos (ciegos, leprosos, cojos, mudos) pero no fue medico y no se dedicó únicamente a curar enfermedades. Porque lo que de verdad quiere curar el Señor es el alma, es el pecado, es el mal en mi vida, es la falta de sentido de mi vida, es la desesperanza, el odio y el rencor que nos paraliza. Eso es lo que quiere curar el señor. Por eso en la curación del paralítico que lo ponen ante el Señor descolgando su camilla desde el tejado, el Señor primero le cura el alma: “tus pecados están perdonados” y después le cura el cuerpo: “para que veáis que el hijo del hombre tiene poder para curar sus pecados, a ti te lo digo: levántate, toma tu camilla y echa a andar” (cf Mc 2, 1-12). Eso es lo que nos cuesta aceptar y vivir, que Cristo viene a curar el alma, a transformarla, a cambiar los corazones, a reorientar nuestras vidas, y a que veamos las cosas desde la perspectiva de Dios y con los ojos de la fe. Pero eso no gusta a muchos. Continuando con el evangelio que estamos meditando, Jesús ante las críticas, habla con más claridad. No se anda con medias tintas, no trata de suavizar el tono. Sigue presentándose como “el que viene de arriba” (o sea una manera de decir que viene del Padre). Y deja claro que se necesita al Espíritu Santo para que nos ayude a pasar del deseo de satisfacer mi vida de pan (o cosas materiales) a descubrir que es a Dios a quien necesitamos de verdad y quien colma plenamente mi vida: “El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada”. Sin el Espíritu Santo que nos hace ver las cosas desde el punto de vista de Dios, es imposible comprender el mensaje de Jesús. La frase: “La carne no sirve de nada” significa que el punto de vista humano no comprende las cosas de Dios, sólo actúa para satisfacer sus necesidades materiales Por eso la gente dice que sus palabras son duras y abandona a Jesús. Y en este evangelio Jesús me está poniendo ante mis ojos una opción fundamental: ¡o me fío de verdad del Señor, y le sigo!, o “paso” (y me dedico a vivir bien y cómodo y a satisfacer mis placeres, aunque a la larga eso me creará insatisfacción). Ante esta opción al final la gente prefiere lo segundo: “Y muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Pero Jesús no se enfada, no pronuncia un juicio contra nadie. Solo hace una pregunta a los que se han quedado con Jesús. Y esa es la gran pregunta que Jesús nos hace directamente a nosotros: ¿También vosotros queréis marcharos? (¿También tú quiere marcharte o abandonarme?) Pedro nos da respuesta ejemplar, falta que nosotros la creamos y la asumamos como propia: Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios. Los que se quedan lo hacen por Jesús, porque se fían de verdad en Jesús. Se hace por fe, creyendo que él es el Hijo de Dios, sabiendo que Cristo ha sido enviado por el Padre para salvarnos del
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    4 pecado ydel mal. Confiando plenamente en que sólo Él es el médico que curará nuestra alma. Él que se queda comprende que sólo Cristo tiene palabras que dan sentido a la vida, y su Palabra es la que vale la pena escuchar, frente a tantos mensajes dispersos que circulan en la sociedad. Por muy dolorosa que sea la crisis actual del la Iglesia, que ya hemos dicho que se parece mucho a este episodio de la crisis de Cafarnaún, a la larga es una señal de purificación porque en la sociedad Post-cristiana sólo permanecen los que de verdad creen en Jesús y están dispuesto a darlo todo por él. En la sociedad post-crsistiana, el ambiente evangelizador de otras épocas más católicas, donde la fe se transmitía en la parroquia, en el colegio y en la familia, ha pasado a mejor vida. En la época post-cristiana la fe ya no es algo natural. Cada vez hay más gente que lo cuestiona todo, que duda de todo y ”lo cristiano” está sometido a un examen muy crítico y cada vez más implacable. Y esto va a más, no a menos. Son muchos los que, ante esta situación dudan y se dejan arrastrar por las corrientes de pensamiento dominante o por las opiniones críticas (que se convierten en tópicos que se aceptan como verdades y que nadie pocos se lo cuestionan). La fe se combate desde muchas instituciones y los cristianos ya no pueden apoyarse ni en la cultura ambiental ni en la sociedad. Entonces ser cristiano depende cada vez más de una decisión personal. Y ¿qué es lo que en definitiva me tiene que empujar a decir sí a Jesús? El encuentro con Cristo vivo, o lo que es lo mismo la experiencia personal de que Cristo me quiere y me ama. El criterio de autenticidad por el que se nota que uno es un creyente de verdad es cuando uno descubre que Dios le hace bien y que Jesucristo le ayuda a vivir. Entonces es cuando se pasa de la fe infantil a la fe adulta. Y en la fe adulta uno tratará de transmitir su experiencia personal. Si a mi Cristo me ha ayudado y me ha hecho tanto bién a ti también te lo puede hacer. En la sociedad post-cristiana uno es libre para decidir si cree en Jesús o prefiere ser esclavo de las modas, tópicos y los dictados que marca la sociedad. Pero los que seguimos a Jesús tenemos que apoyarnos y ayudarnos cada vez más como una auténtica comunidad, precisamente para evitar que la sociedad se nos coma. Ahora mismo Jesús me interpela ¿también tú quieres marcharte?... Y ¿Qué le respondo yo? A veces cuando nos asaltan las dudas nos desanimamos, pero la actitud de Pedro es muy clarificadora: Señor ¿Dónde vamos a ir? Sólo Tú eres la respuesta, sólo Tú tienes palabras de vida eterna Para nuestra reflexión: Cristo me invita de nuevo a dar el salto de la fe, o sea a fiarme de él, a confiar en él y valorar el tesoro de la fe que se nos ha regalado: ¿Me fío de verdad del Señor? ¿Por qué muchos abandonan a Jesús? ¿He sentido la tentación de abandonarle? ¿Me gustaría que Dios cumpliese mi voluntad? ¿Qué me gustaría que me diese?... ¿Y me lo da? ¿Descubrimos la necesidad de pasar de una fe infantil a una fe adulta?