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CAMBIA TU MUNDO CAMBIANDO TU VIDA
LA
VERDADERA
NAVIDAD
La puerta se abre desde
dentro
ÁNGELES
NAVIDEÑOS
Lo único que necesitas es
amor
UNA PROMESA
NAVIDEÑA
La esperanza cobra formas
inesperadas
A nuestros amigos
Mientras revisaba material para este número navideño encontré
el siguiente relato cuya autor se desconoce. Pero me pareció que
plasma una verdad bellísima: Dios suele valerse de personas para
responder las oraciones.
l
A finales de diciembre en Nueva York hace frío; pero aquel
día era aún más frío de lo habitual. Un niño de unos diez años,
descalzo, contemplaba tiritando la vitrina de una zapatería de
Broadway.
—¿Qué miras tan detenidamente? —le preguntó una señora
que no le había quitado los ojos de encima desde que se había
fijado en él, cuando aún estaba a media cuadra de distancia.
—Le estaba pidiendo a Dios un par de zapatos —fue la res-
puesta del chico.
La señora lo condujo al interior de la tienda, donde primero
pidió seis pares de calcetines para el muchacho, luego un balde de
agua tibia, jabón y una toalla.
El vendedor se mostró sorprendido, pero enseguida encontró
todo lo que la señora quería.
En un rincón de la trastienda, la señora se arrodilló, le lavó los
piecitos y se los secó con la toalla. Para entonces el empleado ya
había vuelto con los calcetines.
Después que el niño escogió un par de medias, ella le compró
unos zapatos. Luego ayudó al vendedor a poner en una bolsa los
demás calcetines, pagó la cuenta, le entregó la bolsa al chiquillo
con una sonrisa y le dio una palmadita en la cabeza.
—Así estarás más calentito —le dijo escuetamente.
Cuando se dio la vuelta para marcharse, el asombrado mucha-
chito la tomó de la mano, la miró a la cara y, con lágrimas en los
ojos, le preguntó:
—¿Es usted la esposa de Dios?
l
Quiera Dios que en estas Navidades goces de dichas semejan-
tes en compañía de otras personas.
Gabriel Sarmiento
En nombre de Conéctate
Disponemos de una amplia gama de
libros, casetes, compactos y videos que ali-
mentarán tu espíritu, te infundirán ánimo,
ayudarán a tu familia y proporcionarán a
tus hijos amenas experiencias educativas.
Escribe a una de las direcciones que se
indican a continuación o visítanos en:
www.conectate.org
México:
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Apartado 11
Monterrey, N.L., 64000
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(01-800) 714 47 90 (número gratuito)
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Europa:
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Inglaterra
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(07801) 442317
DIRECTOR
Gabriel Sarmiento
DISEÑO
Giselle LeFavre
ILUSTRACIONES
Étienne Morel
PRODUCCIÓN
Francisco López
AÑO 4, NÚMERO 12
© 2003, Aurora Production AG.
Es propiedad. Impreso en Tailandia.
http://es.auroraproduction.com
A menos que se indique otra cosa, todas
las frases textuales de las Escrituras que
aparecen en Conéctate provienen de la
versión Reina–Valera de la Biblia,
© Sociedades Bíblicas Unidas, 1960.
2 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
—MAMÁ, ME PARECE QUE A TI te gustan
esos juguetes más que a nosotros —solía
decirle a mi madre cuando íbamos de
compras a las tiendas de saldos.
Por la forma en que inspeccionaba
cada libro, contaba las piezas de los
rompecabezas y se fijaba en que todos
los juegos estuvieran completos —a
veces a los artículos de saldo les faltan
piezas—, yo hubiera jurado que a ella le
fascinaban esos juguetes tanto como a
nosotros. Siempre estaba pendiente de las
liquidaciones, pues esa era la única forma
en que ella y mi padre —que trabajaba
arduamente— podían ponernos regalitos
debajo del árbol de Navidad.
Sin embargo, mis padres no se limita-
ban a darnos cosas materiales. A veces
nos obsequiaban su compañía, como
cuando nos llevaban a un parque para
jugar juntos a uno de nuestros juegos
preferidos. O cuando salíamos a pasear
por el bosque o nos llevaban a visitar un
sitio histórico.
Ahora que lo pienso, no es que a mis
padres les gustaran tanto los juguetes y
demás, como a mí me parecía. Lo que les
gustaba en realidad era dar. Se caracteri-
zaban por su generosidad. Nos entrega-
ban su tiempo y atención, nos prestaban
ayuda con nuestras tareas escolares o
actividades manuales, se tomaban el
tiempo para escucharnos... lo que dieran,
siempre lo daban de corazón.
Ahora que se acerca la Navidad,
no puedo menos que recordar y maravi-
llarme de aquellos obsequios sencillos y
llenos de amor. Todavía los tengo muy
presentes años después. Su ejemplo de
generosidad contribuyó a inculcarme el
sentido de la Navidad. Los regalos en sí
casi no los recuerdo, pero nunca olvidaré
el entusiasmo con que daban mis padres.
Claro está que la tradición de hacer
obsequios data de tiempos inmemoriales
y constituye una estupenda expresión de
cariño. Y para los niños los regalos han
sido siempre algo fascinante. Tal vez esa
fue la intención de nuestro Padre celestial
aquella primera Navidad cuando nos
manifestó Su amor de la forma en que
mejor lo entenderíamos. Con sencillez y
humildad nos dio el regalo más valioso y
perdurable que jamás se haya entregado:
Su amor y Su Espíritu encarnados en un
tierno bebito. Jesús fue y sigue siendo el
regalo navideño más preciado que Dios
nos haya dado a todos.
Hoy son tantos los días festivos que,
por instigación de los directores de mar-
keting, celebramos con regalos, que todos
terminamos un poco aturdidos sin saber
qué día es cuál y a santo de qué damos
tal y cual obsequio. Pero detente a pensar
en los regalos que te han hecho que se te
han quedado grabados en la memoria y
en el motivo por el que todavía los recuer-
das con cariño. ¿Fueron las cosas visibles
y tangibles? ¿O más bien el amor en que
venían envueltas?
Que en esta y en todas las Navida-
des sigamos, en lo que a dar se refiere, el
ejemplo de nuestro Padre celestial. h
LINDA SALAZAR ES VOLUNTARIA DE LA
FAMILIA EN LOS ESTADOS UNIDOS.
LINDA SALAZAR
dar
Guía
para dar
Detente a
pensar en los
regalos que
te han hecho
que se te
han quedado
grabados en la
memoria y en
el motivo por el
que todavía los
recuerdas con
cariño.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 3
LaverdaderaNav
ALGUNAS PERSONAS NO ALCANZAN a
comprender cómo es que Dios bajó del
Cielo y se encarnó, pero así fue. A mí
no me resulta extraño. Es más, no me
cuesta creerlo porque todos los días
veo nacer a Jesús en muchas almas. Él
viene a morar en el corazón humano
y a transformar vidas, y eso para mí es
un gran milagro. De hecho, es un mila-
gro enorme el que Él pueda nacer en tu
corazón y en el mío, vivir en nosotros e
identificarse así con nosotros.
La Palabra de Dios dice que Jesús
será llamado Admirable. «Un niño nos
es nacido, Hijo nos es dado, y el prin-
cipado sobre Su hombro; y se llamará
su nombre Admirable, Consejero,
Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de
Paz» (Isaías 9:6).
Su nombre es Admirable, porque
vivió admirablemente. Fue por todos
lados haciendo el bien y sanando a
los oprimidos (Hechos 10:38). Fue
admirable Su muerte, toda vez que
murió por nosotros para que alcan-
záramos la vida eterna (1 Pedro 2:24;
1 Juan 4:9). Admirable fue también Su
resurrección, ya que se levantó de los
muertos para que nosotros también
pudiéramos resucitar (1 Corintios
15:20,21). Por último, es también
admirable ahora en Su vida después
de la muerte, pues vive
para interceder por
nosotros (Hebreos
7:25).
Sin embargo, no
basta que Cristo,
el Rey de reyes,
naciera en Belén
bajo aquella estre-
lla que anunció Su
venida; Él no halla
Su verdadero trono
hasta que no nace
también en tu cora-
zón. ¿Lo invitarás a
formar parte de tu
vida?
Tal vez hayas
visto el famoso
cuadro de William
Holman Hunt en
LA VERDADERA NAVIDAD
VIRGINIA BRANDT BERG
4 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
vidad
ALABANZAS NAVIDEÑAS
Al reunirte con tus seres queridos esta Navidad, tal
vez desees aprovechar la oportunidad para agradecerle
al Señor todo lo que nos dio hace mucho tiempo cuando
vino a la Tierra encarnado en un tierno bebito.
A continuación te ofrecemos algunas oraciones
breves de gratitud que pueden leerse privadamente o en
grupo, por turno.
¡Que Dios te dé una Navidad colmada de alaban-
zas!
el que se aprecia a Jesús de pie ante
una puerta cerrada, llevando un farol.
Poco después que el pintor conclu-
yera lo que a la postre fue su obra más
renombrada, alguien se llegó hasta él
y le comentó que había cometido un
error: la puerta no tenía manija.
—No fue un error —replicó Hunt—.
La puerta debe abrirse desde dentro.
La manija está del lado de dentro.
Jesús, el Salvador, no puede tras-
pasar una puerta a menos que se la
abran desde dentro. La Palabra de
Dios dice: «A todos los que le recibie-
ron, a los que creen en Su nombre,
les dio potestad de ser hechos hijos
de Dios» (Juan 1:12). Recíbelo en esta
Navidad. Cambiará tu vida. Acógelo
en tu corazón.

Si aún no has recibido el don más
precioso de Dios —Jesús—, hazlo
ahora mismo rezando una sencilla
plegaria como la que sigue:
Gracias, Jesús, por venir a la Tierra
a vivir igual que uno de nosotros y
a sufrir todas las cosas que nosotros
sufrimos para que llegáramos a cono-
cer el amor de nuestro Padre celestial.
Gracias también por morir por mí,
para que pudiera reconciliarme con Él
y alcanzar la vida eterna en el Cielo. Te
acepto ahora como Salvador. Te ruego
que me perdones todas mis faltas y que
pueda llegar a conocerte y a amarte de
forma profunda y personal. Amén. h
Navidad. ¡Qué época
tan particular! Gracias,
Jesús, por darnos esta
singular ocasión para
amarte y disfrutar de
Tu compañía y de la de
nuestros seres queridos.
Gracias por abandonar
la corte celestial para
traernos un cachito de
Cielo a la Tierra.
Así como el cántico de
los ángeles guió a los
pastores a Tu cuna, que
las campanas de la
Navidad nos lleven a
arrodillarnos y rendirte
culto con alabanzas.
Gracias por prodigarnos
tantos dones: la maravi-
lla de Tu amor, el tesoro
de Tu Espíritu, la calidez
que nos manifiestas, el
gozo de Tu presencia, la
salvación, la felicidad, los
objetivos, la paz interior
y muchas cosas más que
nos das.
Mira lo que iniciaste,
Jesús, cuando accediste a
venir a la Tierra por noso-
tros después que Tu Padre
te lo pidió. A cambio,
ayúdame a acceder a
todo lo que Tú me pidas.
¡Feliz cumpleaños, Jesús!
Te amamos y te bendeci-
mos por todo lo que has
hecho por nosotros y por
ser nuestro íntimo amigo.
Eres lo más dulce que
hay. Muévenos a amarte
no solo el día de Navi-
dad, sino todos los días
del año.
Eres más bello que
ningún árbol de Navi-
dad, más estupendo
que ningún regalo, más
emocionante que ninguna
fiesta de Pascua. ¡Llenas
de sentido nuestra vida!
Teniéndote en nuestro
corazón, la Navidad
cobra un sentido maravi-
lloso. Ayúdanos a difun-
dir Tu amor para que los
demás también puedan
disfrutar de la Navidad
como nosotros.
Te damos gracias por la
Navidad. Gracias por
darnos este día especial
para disfrutar de Ti y de
nuestros seres queridos.
Gracias por vivir y morir
por nosotros. Gracias
por el don imperecedero
de la vida, que podemos
compartir con los demás.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 5
Dale vino a vernos una noche en que
estaba sumida en la desesperación y
hecha un mar de lágrimas. Había que-
dado embarazada. Su padre le exigía
que se practicara un aborto y la había
echado. La recibimos en casa y, mientras
se quedaba con nosotros, conoció a
Jesús y aceptó Su amor. Decidió llevar el
embarazo a término, y al poco tiempo
su padre cambió de actitud y la acogió
nuevamente en casa.
Luego nació nuestra hija. Dimos
gracias a Dios por lo bien que se había
portado con nosotros y por bendecirnos
con una familia hermosa.
Varios meses antes el Señor nos
había dicho: «Por medio de este bebé
se darán cuenta de lo veraces que son
Mis promesas». Ese fue el nombre que
le pusimos: Promise. En aquel momento
ni nos imaginábamos cuán radicalmente
cumpliría el Señor Su palabra ni lo pronto
que lo haría.
Los otros misioneros con quienes
vivíamos, trabajábamos y compartíamos
los gastos tuvieron que partir inesperada-
mente, y al poco tiempo se hizo evidente
que no podríamos continuar por nuestra
cuenta. Tendríamos que cerrar nues-
tra incipiente obra misionera. Cuando
emprendimos solitos esa ardua tarea, nos
enfermamos. A Michael le dio una fiebre
tan alta que estaba permanentemente al
borde de una crisis convulsiva. Después
caímos enfermas Promise y yo. Yo estaba
muy débil para ayudar a Bill con los niños.
Es más, casi no podía hacer nada.
Con el tiempo, Michael comenzó a
recuperarse; no obstante, Promise se puso
peor. La llevamos a consulta al hospital,
pero después que el médico supo lo que
habíamos contraído Michael y yo, llegó
a la conclusión de que Promise había
contraído la misma gripe y que se iba a
poner bien.
La llevamos a casa, pero su estado
UNA PROMESA NAVIDEÑA
LA NENA LLEGÓ EN EL OTOÑO DE 1976,
poco antes de Navidad. ¡Era estupendo
tener una bebita! Ya teníamos un varón,
Michael, que para entonces contaba un
año y medio de edad y era la dicha de
nuestro corazón. ¡Qué contentos estába-
mos de tener también una niña! ¡El futuro
no podía ser más prometedor! El Señor
nos había bendecido enormemente.
Mi esposo, Bill, y yo somos voluntarios
de La Familia. Poco antes de nacer nuestra
hija partimos a nuestra primera misión en
el extranjero. Fuimos de Estados Unidos, de
donde somos oriundos, a la costa orien-
tal de Australia, a una pequeña ciudad
llamada Newcastle. Ahí la situación se nos
iba a poner muy difícil. Tal vez el Señor
quería poner a prueba nuestra dedicación
a Su servicio. Tal vez deseaba estrechar
nuestra relación con Él. Quizá quería ilus-
trarnos en lo tocante a Sus prodigios. ¿O
no sería un poco de las tres cosas?
Nuestro pequeño rebaño de creyentes
era de lo más variopinto. Entre ellos había
un poeta de mediana edad, un travesti
que se había sentido atraído por el
mensaje de Jesús, y una chica de 16 años
llamada Dale, que llegó a ser una de
nuestras mejores amigas y colaboradoras.
IZQUIERDA:
PROMISE
DERECHA, ARRIBA:
BILL Y TERRI
DERECHA, ABAJO:
PROMISE
TERRI MOORE
6 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
cada vez se agravaba más. Dos noches
después le apareció un salpullido rojizo en
la nuca, que poco a poco se le fue exten-
diendo por la espalda. Al mismo tiempo
le subió la temperatura hasta 39,5°C.
Nuestra nenita de seis semanas estaba
sufriendo unos dolores terribles. Algo muy
grave le pasaba. Volvimos corriendo al
hospital.
El médico de guardia en la sala de
urgencias le echó un vistazo y llamó a
otros dos facultativos para que emitieran
su opinión. A través del panel que nos
separaba de los médicos, Bill y yo logra-
mos escuchar una palabra aterradora:
meningitis.
El primer médico salió de detrás del
panel y, en un alarde de insensibilidad,
nos ordenó que internáramos inmedia-
tamente a Promise. Le pedimos que nos
explicara el diagnóstico, pero se negó.
Desde luego éramos jóvenes e inexpertos,
pero no nos esperábamos el trato áspero
que nos dispensó aquel médico.
—Si no internan a esa bebita ahora
mismo —nos advirtió—, en la mañana
estará muerta.
«En la mañana estará muerta». Las
palabras me resonaron en los oídos.
Cuando le entregué la nena al médico y
se la llevaron, una flojera me invadió el
cuerpo.
Bill y yo esperamos los resultados de
los análisis sentados en la escalinata del
hospital. Nos miramos atónitos el uno al
otro sin poder creer lo que sucedía. La
vida de nuestra bebita de apenas seis
semanas pendía de un hilo.
Nos tomamos de las manos y roga-
mos al Señor que interviniera misericor-
diosamente. En ese momento nos volvió a
recordar lo que nos había dicho: que se
valdría de nuestra bebita para hacernos
ver lo veraces que son Sus promesas.
Invocamos todos los versículos que nos
habíamos memorizado acerca de la
sanación y le imploramos al Señor que
cumpliera cada uno de ellos.
Nos fuimos a casa y esperamos ansio-
samente las noticias del hospital. Por telé-
fono el médico nos dijo que Promise tenía
todos los síntomas de meningitis bacte-
riana y que una punción lumbar lo había
confirmado. Existen dos tipos de meningi-
tis; la que tenía Promise era incurable. Los
médicos le practicaron varios análisis más
y una segunda punción lumbar. En medio
de nuestra consternación y pesadumbre,
lo único que nos quedaba por hacer era
aguardar los resultados en oración.
Una hora después los médicos
anunciaron que los resultados de la
segunda tanda de análisis eran «confusos
y posiblemente contradictorios». De golpe
vislumbramos un rayito de esperanza:
quizás el Señor había comenzado a
sanarla.
Dado que los últimos análisis no
habían sido concluyentes, se hacía
necesario que le hicieran a nuestra hijita
una tercera punción lumbar sumamente
dolorosa. Rezamos como nunca para que
se obrara un milagro.
De vuelta en el hospital, los médicos
nos dijeron que estaban seguros de que
tenía meningitis bacteriana, pero los
resultados de las pruebas seguían siendo
«imprecisos, poco claros y desconcertan-
tes». No lograban explicar lo que suce-
día, pero nosotros sí. Al momento en que
nos pusimos a orar, Dios comenzó a obrar
un milagro de curación en el pequeño
organismo de nuestro retoñito. Estaba
cumpliendo Su palabra. Nos estaba ense-
ñando lo legítimas que son Sus promesas.
Las tres semanas que siguieron las
pasé en el hospital con Promise, a la
que mantenían en una incubadora y
alimentaban por vía intravenosa. Allí
leí El borde de Su manto, un breve libro
autobiográfico escrito por Virginia Brandt
Berg, una de las primeras evangelizado-
ras de los Estados Unidos. La señora Berg
experimentó una curación milagrosa que
dio inicio a un ministerio de sanación en
beneficio de los demás. Yo me aferraba a
cada palabra, a cada promesa.
Entretanto Bill estaba en casa cui-
dando de Michael y haciendo nuestras
maletas. Puesto que nos disponíamos a
cerrar nuestro centro misionero, habíamos
dado aviso de nuestra partida al propie-
tario de la casa que alquilábamos, por
«En la mañana
estará muerta».
Las palabras
me resonaron
en los oídos.
Cuando le
entregué la
nena al médico
y se la llevaron,
una flojera
me invadió el
cuerpo.
SIGUE EN LA PÁGINA 15
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 7
PARA LOS CRISTIANOS, todos los días
pueden ser Navidad. Jesús nos prodiga
Su amor cada día del año. Lamenta-
blemente, no es así para mucha gente
desdichada que aún no ha descubierto
el verdadero sentido de la celebración.
Hay muchas personas perdidas, que
sufren de soledad, opresión, debilidad
y agotamiento. Algunos son débiles
físicamente; otros anímicamente; y
otros en cuerpo, mente y espíritu.
Hay quienes viven pisoteados: los
pobres, los perseguidos y los ham-
brientos, las víctimas de la guerra, el
crimen y la explotación, la gente a la
que nadie quiere y por la que nadie
se preocupa, que posee poquísimos
bienes de este mundo y carece hasta
de lo más esencial.
Por otra parte, están los que sí
poseen bienes
materiales y que
a los ojos de los
demás gozan de
una situación
privilegiada, pero que andan desorien-
tados y son prisioneros solitarios de sus
propios intereses egoístas. Son gente
agobiada, apesadumbrada por los
problemas, el estrés, los temores y las
fobias.
Hay quienes llevan una sonrisa en
el rostro, mas sufren por dentro; quie-
nes se encuentran sumidos en un mar
de vaciedad; quienes sienten dolor,
rencor y remordimiento; quienes
están atormentados por su pasado,
y quienes temen al futuro. El mundo
actual está lleno de gente perdida y
desesperanzada.
Me recuerda lo que decía una vieja
canción de los Beatles: «All the lonely
people, where do they all come from?
(¿De dónde viene toda esa gente
solitaria?)» Pues te diré por qué hay
tanta gente así: es por el modo de
vida egoísta que impera en el mundo
actual.
Toda la gente que sufre de soledad,
los perdidos y los desamparados, son
fruto de una sociedad en la que cada
cual se preocupa de sus necesidades
y no se interesa en absoluto por las
de los demás. A eso se debe que haya
tanta gente solitaria: es víctima de
una sociedad en la que prima una
competencia brutal; es fruto de llevar
por mucho tiempo una vida desati-
Hay quienes llevan una sonrisa en
el rostro, mas sufren por dentro.
Ángeles
navideños
DAVID BRANDT BERG
8 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
nada; es consecuencia de las doctri-
nas del Diablo, de hacer cada uno lo
que le da la gana y buscar lo suyo. A
eso se debe tanta soledad. Toda esa
gente afligida de soledad es producto
de un mundo que ha olvidado a su
Creador. Son víctimas. Son la lamen-
table consecuencia de vivir al margen
del amor.
Más tinieblas
Cada vez hay más tinieblas y más
frialdad, y mucha gente se da cuenta
de ello. Puede que no lo entienda y
que no siempre quiera reconocerlo;
no obstante, es un hecho. El sol se
está poniendo, está oscureciendo, y el
mundo busca un rayo de esperanza,
un haz de luz.
Cantidad de sucesos han dejado
perplejas a las naciones. ¿Por qué
pasa esto y aquello? ¿Por qué hay
tanto dolor y contiendas? ¿Por qué
la matanza de los inocentes? ¿Por
qué tantas dificultades y pesares? La
gente se plantea esos interrogantes. Y
quienes edificaron sobre la arena o no
construyeron sobre ningún cimiento,
no hallan respuestas. Nunca ha tenido
el mundo tal sed de amor auténtico y
legítimas soluciones.
Me recuerda el conocido villancico
Noche gloriosa: «Noche gloriosa de
cielos estrellados en que nació nues-
tro buen Salvador. Yacía el mundo
sumido en el pecado; al llegar Él, puso
fin al dolor...»
Nunca en la Historia ha habido
una época de tanto pecado y dolor.
Se habla de
avances y
del mejora-
miento de la
humanidad
—medicina
de vanguar-
dia, adelantos tecnológicos, nuevos
inventos, formas de gobierno per-
feccionadas para labrar un mundo
Nunca ha tenido el mundo tal sed
de amor auténtico y legítimas
soluciones.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 9
mejor—, se habla de progreso, cuando
en realidad el mundo vive una verda-
dera regresión. ¡Mira a tu alrededor,
es innegable! No te dejes embaucar.
Hoy en día la gente vive sumida en
el pecado, angustiada, sufriendo por
dentro. Nunca había habido tanta
confusión, tantas voces que excla-
man: «Este es el camino», tantas falsas
proclamas que engañan a la gente. El
mundo nunca ha necesitado con tanta
urgencia conocer la verdad.
¡Se levantan ángeles!
¿Cómo sigue la canción? «Se vis-
lumbró un rayo de esperanza; la
Tierra vio nacer al Redentor». El
mundo nunca ha necesitado tanto un
rayo de esperanza. Nunca ha tenido
tanta necesidad de que le hablen del
alba radiante y gloriosa que está por
despuntar.
El estribillo es también muy revela-
dor: «Dóblese toda rodilla en Su pre-
sencia, y escuchen los hombres el coro
angelical» El Señor quiere que la gente
oiga hoy ese coro angelical, tal como
los pastores oyeron a los ángeles que
anunciaron el nacimiento de Cristo.
Te tengo una sorpresa: tú puedes
ser uno de los integrantes de ese
coro. Puedes ser uno de esos ángeles
navideños enviado por el propio Jesús
para proclamar la Buena Nueva a la
gente que vive perdida y solitaria, para
transmitir ese rayo de esperanza que
el mundo anhela. ¿Quiénes pueden
ser mejores instrumentos de Dios que
Sus propios hijos, los portadores de las
Palabras de vida, los que conocen Su
verdad y se han enriquecido en fe?
En esta época de odio y dureza
de corazón, de caos y engaños, de
complots y malicia, de fachadas y
encubrimientos, hace gran falta que
resplandezca Su amor. Ahora que
oscurece y que soplan vientos fríos, tú
debes mantener la luz en alto. Debes
sostenerla con firmeza para que todos
la vean.
Si haces resplandecer esa luz sobre
la gente, el Señor hará lo demás. Hará
que esa luz cumpla su propósito en la
vida, en el corazón y en la conciencia
de las personas.
Amor en acción
En la actualidad, más que oír la
verdad, el mundo necesita verla. No
sólo le hace falta oír que existe amor
auténtico; es preciso que lo vea. La
gente precisa un ejemplo vivo de
amor.
Es humano no entender a veces lo
que se nos dice. Pero no hay confusión
posible cuando vemos un ejemplo.
Dice un poema del connotado escritor
Edgar Guest: «Prefiero que me den
ejemplo a escuchar un gran sermón.
Prefiero que vengan conmigo a que
simplemente me den orientación». En
el caso de la mayoría de la gente, es
preciso predicar con el ejemplo para
que acepte la verdad.
Jesús dijo: «En esto conocerán todos
que sois Mis discípulos, si tuviereis
amor los unos con los otros» (Juan
13:35). ¿Por qué crees que dijo eso? ¿No
basta con hablarle a la gente del amor
de Jesús? ¿No podría haber dicho: «En
esto conocerán todos que sois Mis dis-
cípulos, si predicáis Mi mensaje»? ¿No
habría sido eso suficiente?
Evidentemente no, pues el Señor
dijo que todos conocerían a los Suyos
por el amor que se tuvieran entre sí.
Y si se aman, sin lugar a dudas mani-
festarán ese amor a lo largo del día de
formas claramente visibles.
No basta con hablar de amor; Jesús
dijo que es preciso tener amor, vivir
con amor. Él sabía que el ejemplo es
10 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
irrebatible.
¿Qué puedes darle?
Esta Navidad y a lo largo del año,
hazle al Señor los obsequios que
más le agradan: regalos de amor.
Reparte amor. Entrégate a los demás.
Transmite la luz y el cariño de Jesús
mediante el brillo de tus ojos, de
tu mirada de amor y de palabras y
gestos amables. Encarna a Jesús para
los demás. Sé la prueba viviente del
mensaje, la prueba material de que da
resultado.
¿Qué mejor forma de vivir la Navi-
dad cada día del año que entregarse
continuamente a los que nos rodean
y vivir como Él nos enseñó, practicar
Su amor en multitud de detallitos a lo
largo del día, para presentar al mundo
una prueba viviente de que el amor de
Jesús es eficaz?
Sigamos con el villancico: «Nos
enseñó a amarnos como hermanos, y
nos legó el Evangelio de paz». Enseñó
a Sus seguidores a amar y les confió
Su ley, que es el amor. Ahora les
encomienda que la cumplan, que la
pongan por obra, que vivan en amor,
para que todos los hombres sepan que
son discípulos de Él.
¿Cómo sigue la canción? «Llegará el
día en que Él reine soberano, y así por
fin la opresión cesará». ¡Gloria a Dios!
El amor tiene mucha fuerza.
En fin, ¿deseas saber qué puedes
regalarle al Señor esta Navidad?
¿Quieres saber qué obsequiarle a
Aquel que lo tiene todo? Pues da amor,
no sólo al Señor, sino también a quie-
nes tienes a tu alrededor. El quid del
Evangelio es el amor. ¿Qué dices? ¿Vas
a practicarlo? ¿Se lo vas a comunicar
a los demás? Es posible que no te con-
sideres capaz, pero Dios sí lo es, y si lo
intentas, te ayudará.
Pide al Señor en oración que te
ayude a vivir la Navidad todos los días
del año sin excepción, que te ayude
a cumplir Su gran mandamiento de
amar al prójimo como a ti mismo. Ese
es el verdadero sentido de la Navidad.
Esa es la esencia. Es el motivo por el
que Jesús vino al mundo: para que
tuviéramos vida eterna, sí; pero tam-
bién para enseñarnos a amar, para
que nosotros también comunicára-
mos esa vida a otras personas.
Entrégate a los demás. Manifiés-
tales amor, ora por ellos, dedícales
tiempo y atención, bríndales cuida-
dos. Ama a Dios amando a tu prójimo.
Amplía tu amor esta Navidad, y juntos
cantaremos con todo nuestro corazón
los últimos versos de este villancico,
proclamando el poder y la gloria del
Señor.
«Entonemos himnos de alegría; Su
Nombre honremos por la eternidad.
¡Cristo es el Rey! ¡Su Reino es por los
siglos! Su gloria y poder por siempre
proclamad. Su eterna gloria por siem-
pre proclamad».
¿Exaltarás Su Nombre por la eterni-
dad? ¿Vas a salir a proclamar Su poder
y Su gloria por siempre jamás? ¿De
qué manera puedes hacerlo? La mejor
forma de anunciar Su poder y Su
gloria es manifestar amor a los demás,
entregar amor.
Con tu vida lo dices todo, porque
eres una prueba viviente. Si vives
inmerso en el amor de Dios, descen-
derá sobre ti Su poder. Y al verter el
Señor Su poder sobre ti, Su poder y Su
gloria se darán a conocer al mundo
por siempre. El poder del amor.
«¡Cristo es el Rey! ¡Su Reino es por los
siglos! ¡Su gloria y poder por siempre
proclamad!»
Deja que los demás vean a Jesús
en ti. Esa es la esencia de la Navidad.
¡Feliz Navidad! h
Manifiesta
amor a los
demás, ora
por ellos,
dedícales
tiempo y
atención,
bríndales
cuidados.
Ama a Dios
amando a tu
prójimo.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 11
VIVÍAMOS EN UNA CASA DE ADOBE
situada en un monte desde el que se
domina Belén. Tenía cuatro hermanos
mayores, y toda la familia se dedicaba
al pastoreo. Éramos pobres, y los
impuestos que nos cobraban los
romanos nos hacían la vida aún más
difícil. Pero pese a las privaciones,
nunca perdimos la fe en el único Dios
verdadero ni en Su promesa de la
venida del Mesías.
Un día nos sobrevino una desgra-
cia: estalló un incendió en la casa.
A la sazón yo tenía siete años. Como
mi padre y mis hermanos habían
llevado las ovejas a pastar, mi madre
y yo no conseguimos evitar que el
fuego se extendiera rápidamente.
Salí corriendo de la casa, pero una
puerta en llamas se me cayó encima.
Mi madre logró sacarme, pero se me
quemó gravemente el rostro y perdí
la vista. A la larga, las quemaduras
sanaron, pero seguí ciego.
Me sentía impotente e inútil. Me
quedaba horas sentado, mirando en la
oscuridad sin ver nada y preguntán-
dole a Dios por qué había permitido
que me ocurriera aquello.
Mi madre trataba de animarme
buscándome pequeñas tareas que
pudiera realizar, y a veces mis herma-
nos me llevaban a los pastos con ellos.
Por alguna razón, allí me sentía más
RELATO DE JOHN ROYS
JESÚS
El día que vi a
12 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
cerca de Dios. Jugaba a que
Él era el pastor y yo una de
Sus ovejas a la que había que
llevar de acá para allá.
Cinco años después del
accidente, me sucedió algo
increíble. Estábamos en el
sitio que más me gustaba,
cuando empezó a ponerse el
sol. Mis hermanos me descri-
bieron la vista. Me hablaron
de cada color y de cada nube,
me contaron cómo giraban y
se arremolinaban armonio-
samente produciendo haces
iridiscentes que cruzaban el
cielo.
Tras el ocaso, la noche cubrió la
tierra igual que me cubrían a mí las
tinieblas. Una vez que las ovejas se
hubieron recostado, antes de dormir-
nos nosotros, de golpe nos iluminó
una luz brillante. Era tan resplande-
ciente que la percibía en la piel.
—¿Qué es? —pregunté.
—No lo sabemos —respondieron
mis hermanos.
Por el tono de su voz me di cuenta
de que estaban asustados.
Entonces escuchamos una voz
bellísima, una voz que parecía
emanar paz. «No temáis; porque he
aquí os doy nuevas de gran gozo, que
será para todo el pueblo —solamente
un ángel es capaz de hablar así—:
que os ha nacido hoy, en la ciudad
de David, un Salvador, que es Cristo
el Señor. Esto os servirá de señal:
Hallaréis al niño envuelto en pañales,
acostado en un pesebre».
Enseguida todos ahogaron un grito
cuando un estallido de luz, aún más
intenso que el primero, llenó la noche;
y oímos a las huestes celestiales que
alababan a Dios: «¡Gloria a Dios en las
alturas, y en la Tierra paz a los hom-
bres de buena voluntad!» ¡Fue mag-
nífico! Sus voces resonaban con la
gloria y el poder de Dios. Después, tan
repentinamente como habían apare-
cido, se desvanecieron.
Pasaron varios minutos sin que
nadie pudiera emitir palabra. Mi
padre rompió el silencio.
—Ha nacido nuestro Salvador, y
Dios consideró oportuno anunciarnos
la buena nueva. ¡Vengan! Vayamos a
Belén a ver al bebé del que nos habla-
ron los ángeles.
Amós dijo que se quedaría con las
ovejas. De todos modos era su turno.
—¿Puede quedarse contigo? —le
preguntó mi padre.
Yo sabía que se refería a mí.
El ruido de sus pasos se fue per-
diendo después que ,pasaron la
primera curva del sendero. Amós y yo
nos acercamos más al fuego.
—Descríbeme otra vez a los ánge-
les, Amós.
Mis pensamientos se sucedían ver-
tiginosamente. Nuestro pueblo había
esperado tantos años la venida del
Mesías. ¡Cómo me hubiera gustado
acompañarlos! Pero ¿de qué habría
servido? Me lamenté de que nunca
vería al Salvador.
A la mañana siguiente, cuando el
sol me despertó con sus caricias, el
mismo pesar me embargaba el cora-
zón. Entonces escuché voces entu-
siastas procedentes del sendero, gritos
—¿Qué es?
—pregunté.
—No lo
sabemos
—respondieron
mis hermanos.
Por el tono
de su voz me
di cuenta de
que estaban
asustados.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 13
de alabanza. Alguien me llamó.
—¿Lo vieron? ¿Vieron al Salvador?
—¡Sí! —gritaron todos al unísono.
—Lo encontramos tal como nos
dijo el ángel —afirmó mi padre—. No
era más que un establo, y ni siquiera
mejor que el nuestro; pero se percibía
una presencia, algo asombroso. Sin
duda era el Espíritu del Dios viviente.
Nos quedamos tan maravillados y
fue tal el gozo que sentimos que nos
postramos y lo adoramos.
—Se llama Jesús —dijo mi her-
mano mayor—. Fue exactamente
como lo describió papá. Nunca me
había sentido así.
Aunque no podía ver el rostro feliz de
mi hermano, por el tono de su voz me
daba cuenta de que había cambiado.
Al emprender el regreso a casa, el
nombre no dejaba de darme vueltas
en la cabeza. Jesús. Jesús. Jesús.
Pasaron los años, pero nunca olvidé
aquella noche ni aquel nombre.
Mi padre murió cuando yo tenía 20
años. Todos mis hermanos se casaron,
y dos de ellos se mudaron a otra parte
en busca de mejores trabajos. Los otros
dos todavía cuidaban de las ovejas. Yo
ayudaba a mi madre en el huerto.
Al cabo de unos años llegaron de
Galilea novedades emocionantes. Un
flamante profeta hablaba del reino
de Dios. Las multitudes lo seguían.
Su nombre era Jesús. ¿Acaso era el
mismo Jesús, aquel del que los ángeles
nos habían hablado 30 años antes?
Tenía unas ganas tremendas de que
fuera Él, y me moría por conocerlo.
Varios meses después, un día,
estando en Belén con mi madre, oí
gritos, y mucha gente pasó corriendo a
mi lado. Se estaba reuniendo una gran
multitud al final de la calle.
—¿Qué es? —pregunté—. ¿Qué pasa?
—¡Quítate del camino, ciego! —me
dijo una voz igual de rústica que las
manos que me empujaron contra el
muro—. Viene el profeta, Jesús de
Nazaret.
¿Sería Él de verdad?
—¡Jesús! ¡Jesús!
Mis gritos se ahogaban entre el
bullicio de la muchedumbre.
—¡JESÚS! ¡JESÚS! —grité más fuerte.
De pronto todos dejaron de gritar y
de empujar. ¿Qué sucedía?
—¡JESÚS! —grité una vez más en
mi desesperación.
La voz que me respondió venía
de delante mismo de mí, una voz
vibrante de amor y compasión.
—¿Sí? ¿Qué quieres que haga por ti?
—¡Señor! —dije mientras alzaba la
cabeza atónito—. Deseo que me sanes
los ojos para recobrar la vista.
Me sobrevino una sensación increí-
ble por todo el cuerpo cuando Jesús
me cubrió los ojos con las manos y
rogó a Su Padre celestial.
—Sean sanos.
Ya antes de abrir los ojos sabía
que me había curado. Me invadió un
hermoso sentimiento de paz y amor.
Todo el pesar, la desesperanza y los
temores de largos años se evaporaron
en aquel instante. Caí de rodillas ante
Él y alcé la vista para contemplar el
rostro de mi Señor y Salvador. h
JOHN ROYS ES MISIONERO DE LA FAMILIA
EN INDONESIA.
Me sobrevino
una sensación
increíble
por todo
el cuerpo
cuando Jesús
me cubrió los
ojos con las
manos.
14 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
lo que teníamos que dejar el inmueble
apenas dieran de alta a Promise en el
hospital. Se acercaba la Navidad, y yo
no había tenido ocasión de pensar en el
asunto. Ni siquiera había estado en casa
las últimas tres semanas. Nuestras tribu-
laciones habían desplazado la alegría
típica de la Navidad. Sin embargo, Dios
estaba por darnos el obsequio navideño
más estupendo que podíamos haberle
pedido.
En Nochebuena se produjo el
milagro. La promesa que Dios nos había
hecho terminó de cumplirse. Dieron de
alta a Promise. ¡El parte médico decía que
estaba totalmente sana! Nuestro corazón
rebosaba de gratitud y alegría.
A pesar de la felicidad que nos trajo
aquella noticia, nuestra situación seguía
siendo muy apremiante. Bill había lla-
mado por teléfono a un amigo de Sydney
que nos dijo que nos daría alojamiento.
Bill nos recogería a Promise y a mí en el
hospital, y los cuatro —con todas nues-
tras pertenencias— tendríamos que irnos
directamente a la estación a tomar el tren.
Hubiéramos preferido no tener que viajar
con Promise en aquella situación todavía
comprometida, pero no nos quedaba otro
remedio. Nos abandonamos a la miseri-
cordia de Dios.
Cuando Bill llegó a buscarnos, solo
traía algunos de nuestros bártulos —los
que podía acarrear por sí solo—, pero me
dijo que no me preocupara.
Llegamos a la estación en el preciso
momento en que arribaba el tren, y ahí
vimos venir por el andén a nuestra que-
rida amiga Dale, la menudita, trayendo
consigo el resto de nuestras pertenencias.
Nunca olvidaré esa escena. Fue nuestro
ángel navideño.
Estreché a mi hijito entre mis brazos
durante todo el trayecto hasta Sydney
mientras Promise dormía plácidamente.
Bill y yo nos mirábamos a los ojos. Ambos
sabíamos exactamente lo que pensá-
bamos: acabábamos de presenciar un
milagro.
Eso no fue todo. Al llegar a Sydney
aquella Nochebuena, uno de nuestros
queridos hermanos en Cristo nos recibió
con los brazos abiertos. Sin duda senti-
mos el amor de Jesús aquella Navidad.
Nuestra situación se parecía a la de José
y María una memorable noche dos mil
años antes. No teníamos morada para
nuestra pequeña familia. Sin embargo,
aquel buen hombre nos había preparado
un lugar, como el posadero de Belén hizo
con José y María.
Michael y Promise y nuestros demás
hijos ya son mayores. Pero nunca olvida-
remos aquella Navidad en que las manos
de Dios nos sostuvieron, Su amor nos pro-
tegió y Sus ángeles nos ayudaron. Algu-
nos fueron personas comunes y corrientes
de las que el Señor se valió como instru-
mentos de Su amor. Mi oración aquella
Navidad —y todas las Navidades desde
entonces— es que no vacile en ayudar a
los demás, del mismo modo que otros no
vacilaron en ayudarnos a nosotros. ¡Las
promesas de Dios son veraces! h
TERRI MOORE ES VOLUNTARIA DE LA FAMILIA
EN LOS ESTADOS UNIDOS.
VIENE DE LA PÁGINA 7
Bill y yo nos
mirábamos
a los ojos.
Ambos
sabíamos
exactamente
lo que
pensábamos:
acabábamos
de presenciar
un milagro.
LA NAVIDAD ES…
IAN BACH
El amor de una madre por su pequeño.
Un sacrificio que llevó dicha a otros.
Desvelos de un padre por un hijo ajeno.
Un mensaje desde un excelso trono.
Un aparente mal que en bien redundó.
Coros celestes en la noche sombría.
Una profecía que al fin se cumplió.
Un gran milagro porque Dios lo quería.
Un don de amor que de la ternura nace.
La reconciliación de los enemigos.
Un esfuerzo sincero que se hace
para entender lo que siente un amigo.
Un viaje por una corazonada,
tras una estrella, buscando la verdad.
Un novio que reclama a su amada.
Todo eso y más es la Navidad.
IAN BACH ES MISIONERO DE LA FAMILIA
EN EL MEDIO ORIENTE.
Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 15
Déjamereconfortarte
estaNavidad
Aunque el abatimiento se haya apoderado de ti,
aunque estés cesante y tengas la billetera o la cuenta
corriente vacía, aunque te aflijan la soledad o la enfer-
medad, aunque hayas perdido a un ser querido, aunque
la guerra, el odio, la injusticia o la indiferencia de los
demás te hayan enfriado el corazón esta Navidad, Mi
amor puede cambiar eso. Quiero que hoy se recuerde
Mi nacimiento y todo lo que anunciaba. Deja que Mi
amor te colme y otorgue sentido a tu existencia.
El mundo también estaba plagado de males en la
época en que nací y a lo largo de Mi vida en la Tierra.
Ten en cuenta las horrorosas circunstancias que rodearon
Mi nacimiento. Piensa en las madres que lloraban la
matanza de sus hijos varones ordenada por un rey ebrio
de poder. Recuerda la opresión reinante en aquel tiempo.
En medio de aquellas densas tinieblas apareció la
luz más esplendorosa que el mundo haya conocido; en
medio de gran angustia se concedió el más grande de
los obsequios. Mi Padre me envió como un niño débil
e indefenso para que me criara y viviera en las mismas
condiciones que cualquier ser humano, para que experi-
mentara los mismos pesares y sufriera a manos de perso-
nas injustas. Me hice hombre para salvar a los hombres.
Abre tu corazón para que la verdad y el amor que
traje conmigo aquel primer día de Navidad te iluminen
interiormente en este preciso instante. Déjame disipar tus
temores y enjugar tus lágrimas. Déjame reconfortarte esta
Navidad.
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Conéctate - La verdadera Navidad

  • 1. CAMBIA TU MUNDO CAMBIANDO TU VIDA LA VERDADERA NAVIDAD La puerta se abre desde dentro ÁNGELES NAVIDEÑOS Lo único que necesitas es amor UNA PROMESA NAVIDEÑA La esperanza cobra formas inesperadas
  • 2. A nuestros amigos Mientras revisaba material para este número navideño encontré el siguiente relato cuya autor se desconoce. Pero me pareció que plasma una verdad bellísima: Dios suele valerse de personas para responder las oraciones. l A finales de diciembre en Nueva York hace frío; pero aquel día era aún más frío de lo habitual. Un niño de unos diez años, descalzo, contemplaba tiritando la vitrina de una zapatería de Broadway. —¿Qué miras tan detenidamente? —le preguntó una señora que no le había quitado los ojos de encima desde que se había fijado en él, cuando aún estaba a media cuadra de distancia. —Le estaba pidiendo a Dios un par de zapatos —fue la res- puesta del chico. La señora lo condujo al interior de la tienda, donde primero pidió seis pares de calcetines para el muchacho, luego un balde de agua tibia, jabón y una toalla. El vendedor se mostró sorprendido, pero enseguida encontró todo lo que la señora quería. En un rincón de la trastienda, la señora se arrodilló, le lavó los piecitos y se los secó con la toalla. Para entonces el empleado ya había vuelto con los calcetines. Después que el niño escogió un par de medias, ella le compró unos zapatos. Luego ayudó al vendedor a poner en una bolsa los demás calcetines, pagó la cuenta, le entregó la bolsa al chiquillo con una sonrisa y le dio una palmadita en la cabeza. —Así estarás más calentito —le dijo escuetamente. Cuando se dio la vuelta para marcharse, el asombrado mucha- chito la tomó de la mano, la miró a la cara y, con lágrimas en los ojos, le preguntó: —¿Es usted la esposa de Dios? l Quiera Dios que en estas Navidades goces de dichas semejan- tes en compañía de otras personas. Gabriel Sarmiento En nombre de Conéctate Disponemos de una amplia gama de libros, casetes, compactos y videos que ali- mentarán tu espíritu, te infundirán ánimo, ayudarán a tu familia y proporcionarán a tus hijos amenas experiencias educativas. Escribe a una de las direcciones que se indican a continuación o visítanos en: www.conectate.org México: Conéctate Apartado 11 Monterrey, N.L., 64000 conectate@conectate.org (01-800) 714 47 90 (número gratuito) (52-81) 81342728 Chile: Conéctate Casilla de correo 14.982 Correo 21 Santiago conectatechile@mi-mail.cl (0) 94697045 Colombia: Conéctate Apartado Aéreo 85178 Santafé de Bogotá, D.C. conectate@andinet.com Perú: Conéctate Casilla 2005 Lima 100 RAYOSdeSOL@terra.com.pe Estados Unidos: Activated Ministries P.O. Box 462805 Escondido, CA 92046–2805 info@activatedministries.org (1-877) 862 32 28 (número gratuito) Europa: Activated Europe Bramingham Pk. Business Ctr. Enterprise Way Luton, Beds. LU3 4BU Inglaterra activatedEurope@activated.org (07801) 442317 DIRECTOR Gabriel Sarmiento DISEÑO Giselle LeFavre ILUSTRACIONES Étienne Morel PRODUCCIÓN Francisco López AÑO 4, NÚMERO 12 © 2003, Aurora Production AG. Es propiedad. Impreso en Tailandia. http://es.auroraproduction.com A menos que se indique otra cosa, todas las frases textuales de las Escrituras que aparecen en Conéctate provienen de la versión Reina–Valera de la Biblia, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1960. 2 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 3. —MAMÁ, ME PARECE QUE A TI te gustan esos juguetes más que a nosotros —solía decirle a mi madre cuando íbamos de compras a las tiendas de saldos. Por la forma en que inspeccionaba cada libro, contaba las piezas de los rompecabezas y se fijaba en que todos los juegos estuvieran completos —a veces a los artículos de saldo les faltan piezas—, yo hubiera jurado que a ella le fascinaban esos juguetes tanto como a nosotros. Siempre estaba pendiente de las liquidaciones, pues esa era la única forma en que ella y mi padre —que trabajaba arduamente— podían ponernos regalitos debajo del árbol de Navidad. Sin embargo, mis padres no se limita- ban a darnos cosas materiales. A veces nos obsequiaban su compañía, como cuando nos llevaban a un parque para jugar juntos a uno de nuestros juegos preferidos. O cuando salíamos a pasear por el bosque o nos llevaban a visitar un sitio histórico. Ahora que lo pienso, no es que a mis padres les gustaran tanto los juguetes y demás, como a mí me parecía. Lo que les gustaba en realidad era dar. Se caracteri- zaban por su generosidad. Nos entrega- ban su tiempo y atención, nos prestaban ayuda con nuestras tareas escolares o actividades manuales, se tomaban el tiempo para escucharnos... lo que dieran, siempre lo daban de corazón. Ahora que se acerca la Navidad, no puedo menos que recordar y maravi- llarme de aquellos obsequios sencillos y llenos de amor. Todavía los tengo muy presentes años después. Su ejemplo de generosidad contribuyó a inculcarme el sentido de la Navidad. Los regalos en sí casi no los recuerdo, pero nunca olvidaré el entusiasmo con que daban mis padres. Claro está que la tradición de hacer obsequios data de tiempos inmemoriales y constituye una estupenda expresión de cariño. Y para los niños los regalos han sido siempre algo fascinante. Tal vez esa fue la intención de nuestro Padre celestial aquella primera Navidad cuando nos manifestó Su amor de la forma en que mejor lo entenderíamos. Con sencillez y humildad nos dio el regalo más valioso y perdurable que jamás se haya entregado: Su amor y Su Espíritu encarnados en un tierno bebito. Jesús fue y sigue siendo el regalo navideño más preciado que Dios nos haya dado a todos. Hoy son tantos los días festivos que, por instigación de los directores de mar- keting, celebramos con regalos, que todos terminamos un poco aturdidos sin saber qué día es cuál y a santo de qué damos tal y cual obsequio. Pero detente a pensar en los regalos que te han hecho que se te han quedado grabados en la memoria y en el motivo por el que todavía los recuer- das con cariño. ¿Fueron las cosas visibles y tangibles? ¿O más bien el amor en que venían envueltas? Que en esta y en todas las Navida- des sigamos, en lo que a dar se refiere, el ejemplo de nuestro Padre celestial. h LINDA SALAZAR ES VOLUNTARIA DE LA FAMILIA EN LOS ESTADOS UNIDOS. LINDA SALAZAR dar Guía para dar Detente a pensar en los regalos que te han hecho que se te han quedado grabados en la memoria y en el motivo por el que todavía los recuerdas con cariño. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 3
  • 4. LaverdaderaNav ALGUNAS PERSONAS NO ALCANZAN a comprender cómo es que Dios bajó del Cielo y se encarnó, pero así fue. A mí no me resulta extraño. Es más, no me cuesta creerlo porque todos los días veo nacer a Jesús en muchas almas. Él viene a morar en el corazón humano y a transformar vidas, y eso para mí es un gran milagro. De hecho, es un mila- gro enorme el que Él pueda nacer en tu corazón y en el mío, vivir en nosotros e identificarse así con nosotros. La Palabra de Dios dice que Jesús será llamado Admirable. «Un niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el prin- cipado sobre Su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9:6). Su nombre es Admirable, porque vivió admirablemente. Fue por todos lados haciendo el bien y sanando a los oprimidos (Hechos 10:38). Fue admirable Su muerte, toda vez que murió por nosotros para que alcan- záramos la vida eterna (1 Pedro 2:24; 1 Juan 4:9). Admirable fue también Su resurrección, ya que se levantó de los muertos para que nosotros también pudiéramos resucitar (1 Corintios 15:20,21). Por último, es también admirable ahora en Su vida después de la muerte, pues vive para interceder por nosotros (Hebreos 7:25). Sin embargo, no basta que Cristo, el Rey de reyes, naciera en Belén bajo aquella estre- lla que anunció Su venida; Él no halla Su verdadero trono hasta que no nace también en tu cora- zón. ¿Lo invitarás a formar parte de tu vida? Tal vez hayas visto el famoso cuadro de William Holman Hunt en LA VERDADERA NAVIDAD VIRGINIA BRANDT BERG 4 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 5. vidad ALABANZAS NAVIDEÑAS Al reunirte con tus seres queridos esta Navidad, tal vez desees aprovechar la oportunidad para agradecerle al Señor todo lo que nos dio hace mucho tiempo cuando vino a la Tierra encarnado en un tierno bebito. A continuación te ofrecemos algunas oraciones breves de gratitud que pueden leerse privadamente o en grupo, por turno. ¡Que Dios te dé una Navidad colmada de alaban- zas! el que se aprecia a Jesús de pie ante una puerta cerrada, llevando un farol. Poco después que el pintor conclu- yera lo que a la postre fue su obra más renombrada, alguien se llegó hasta él y le comentó que había cometido un error: la puerta no tenía manija. —No fue un error —replicó Hunt—. La puerta debe abrirse desde dentro. La manija está del lado de dentro. Jesús, el Salvador, no puede tras- pasar una puerta a menos que se la abran desde dentro. La Palabra de Dios dice: «A todos los que le recibie- ron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Recíbelo en esta Navidad. Cambiará tu vida. Acógelo en tu corazón.  Si aún no has recibido el don más precioso de Dios —Jesús—, hazlo ahora mismo rezando una sencilla plegaria como la que sigue: Gracias, Jesús, por venir a la Tierra a vivir igual que uno de nosotros y a sufrir todas las cosas que nosotros sufrimos para que llegáramos a cono- cer el amor de nuestro Padre celestial. Gracias también por morir por mí, para que pudiera reconciliarme con Él y alcanzar la vida eterna en el Cielo. Te acepto ahora como Salvador. Te ruego que me perdones todas mis faltas y que pueda llegar a conocerte y a amarte de forma profunda y personal. Amén. h Navidad. ¡Qué época tan particular! Gracias, Jesús, por darnos esta singular ocasión para amarte y disfrutar de Tu compañía y de la de nuestros seres queridos. Gracias por abandonar la corte celestial para traernos un cachito de Cielo a la Tierra. Así como el cántico de los ángeles guió a los pastores a Tu cuna, que las campanas de la Navidad nos lleven a arrodillarnos y rendirte culto con alabanzas. Gracias por prodigarnos tantos dones: la maravi- lla de Tu amor, el tesoro de Tu Espíritu, la calidez que nos manifiestas, el gozo de Tu presencia, la salvación, la felicidad, los objetivos, la paz interior y muchas cosas más que nos das. Mira lo que iniciaste, Jesús, cuando accediste a venir a la Tierra por noso- tros después que Tu Padre te lo pidió. A cambio, ayúdame a acceder a todo lo que Tú me pidas. ¡Feliz cumpleaños, Jesús! Te amamos y te bendeci- mos por todo lo que has hecho por nosotros y por ser nuestro íntimo amigo. Eres lo más dulce que hay. Muévenos a amarte no solo el día de Navi- dad, sino todos los días del año. Eres más bello que ningún árbol de Navi- dad, más estupendo que ningún regalo, más emocionante que ninguna fiesta de Pascua. ¡Llenas de sentido nuestra vida! Teniéndote en nuestro corazón, la Navidad cobra un sentido maravi- lloso. Ayúdanos a difun- dir Tu amor para que los demás también puedan disfrutar de la Navidad como nosotros. Te damos gracias por la Navidad. Gracias por darnos este día especial para disfrutar de Ti y de nuestros seres queridos. Gracias por vivir y morir por nosotros. Gracias por el don imperecedero de la vida, que podemos compartir con los demás. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 5
  • 6. Dale vino a vernos una noche en que estaba sumida en la desesperación y hecha un mar de lágrimas. Había que- dado embarazada. Su padre le exigía que se practicara un aborto y la había echado. La recibimos en casa y, mientras se quedaba con nosotros, conoció a Jesús y aceptó Su amor. Decidió llevar el embarazo a término, y al poco tiempo su padre cambió de actitud y la acogió nuevamente en casa. Luego nació nuestra hija. Dimos gracias a Dios por lo bien que se había portado con nosotros y por bendecirnos con una familia hermosa. Varios meses antes el Señor nos había dicho: «Por medio de este bebé se darán cuenta de lo veraces que son Mis promesas». Ese fue el nombre que le pusimos: Promise. En aquel momento ni nos imaginábamos cuán radicalmente cumpliría el Señor Su palabra ni lo pronto que lo haría. Los otros misioneros con quienes vivíamos, trabajábamos y compartíamos los gastos tuvieron que partir inesperada- mente, y al poco tiempo se hizo evidente que no podríamos continuar por nuestra cuenta. Tendríamos que cerrar nues- tra incipiente obra misionera. Cuando emprendimos solitos esa ardua tarea, nos enfermamos. A Michael le dio una fiebre tan alta que estaba permanentemente al borde de una crisis convulsiva. Después caímos enfermas Promise y yo. Yo estaba muy débil para ayudar a Bill con los niños. Es más, casi no podía hacer nada. Con el tiempo, Michael comenzó a recuperarse; no obstante, Promise se puso peor. La llevamos a consulta al hospital, pero después que el médico supo lo que habíamos contraído Michael y yo, llegó a la conclusión de que Promise había contraído la misma gripe y que se iba a poner bien. La llevamos a casa, pero su estado UNA PROMESA NAVIDEÑA LA NENA LLEGÓ EN EL OTOÑO DE 1976, poco antes de Navidad. ¡Era estupendo tener una bebita! Ya teníamos un varón, Michael, que para entonces contaba un año y medio de edad y era la dicha de nuestro corazón. ¡Qué contentos estába- mos de tener también una niña! ¡El futuro no podía ser más prometedor! El Señor nos había bendecido enormemente. Mi esposo, Bill, y yo somos voluntarios de La Familia. Poco antes de nacer nuestra hija partimos a nuestra primera misión en el extranjero. Fuimos de Estados Unidos, de donde somos oriundos, a la costa orien- tal de Australia, a una pequeña ciudad llamada Newcastle. Ahí la situación se nos iba a poner muy difícil. Tal vez el Señor quería poner a prueba nuestra dedicación a Su servicio. Tal vez deseaba estrechar nuestra relación con Él. Quizá quería ilus- trarnos en lo tocante a Sus prodigios. ¿O no sería un poco de las tres cosas? Nuestro pequeño rebaño de creyentes era de lo más variopinto. Entre ellos había un poeta de mediana edad, un travesti que se había sentido atraído por el mensaje de Jesús, y una chica de 16 años llamada Dale, que llegó a ser una de nuestras mejores amigas y colaboradoras. IZQUIERDA: PROMISE DERECHA, ARRIBA: BILL Y TERRI DERECHA, ABAJO: PROMISE TERRI MOORE 6 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 7. cada vez se agravaba más. Dos noches después le apareció un salpullido rojizo en la nuca, que poco a poco se le fue exten- diendo por la espalda. Al mismo tiempo le subió la temperatura hasta 39,5°C. Nuestra nenita de seis semanas estaba sufriendo unos dolores terribles. Algo muy grave le pasaba. Volvimos corriendo al hospital. El médico de guardia en la sala de urgencias le echó un vistazo y llamó a otros dos facultativos para que emitieran su opinión. A través del panel que nos separaba de los médicos, Bill y yo logra- mos escuchar una palabra aterradora: meningitis. El primer médico salió de detrás del panel y, en un alarde de insensibilidad, nos ordenó que internáramos inmedia- tamente a Promise. Le pedimos que nos explicara el diagnóstico, pero se negó. Desde luego éramos jóvenes e inexpertos, pero no nos esperábamos el trato áspero que nos dispensó aquel médico. —Si no internan a esa bebita ahora mismo —nos advirtió—, en la mañana estará muerta. «En la mañana estará muerta». Las palabras me resonaron en los oídos. Cuando le entregué la nena al médico y se la llevaron, una flojera me invadió el cuerpo. Bill y yo esperamos los resultados de los análisis sentados en la escalinata del hospital. Nos miramos atónitos el uno al otro sin poder creer lo que sucedía. La vida de nuestra bebita de apenas seis semanas pendía de un hilo. Nos tomamos de las manos y roga- mos al Señor que interviniera misericor- diosamente. En ese momento nos volvió a recordar lo que nos había dicho: que se valdría de nuestra bebita para hacernos ver lo veraces que son Sus promesas. Invocamos todos los versículos que nos habíamos memorizado acerca de la sanación y le imploramos al Señor que cumpliera cada uno de ellos. Nos fuimos a casa y esperamos ansio- samente las noticias del hospital. Por telé- fono el médico nos dijo que Promise tenía todos los síntomas de meningitis bacte- riana y que una punción lumbar lo había confirmado. Existen dos tipos de meningi- tis; la que tenía Promise era incurable. Los médicos le practicaron varios análisis más y una segunda punción lumbar. En medio de nuestra consternación y pesadumbre, lo único que nos quedaba por hacer era aguardar los resultados en oración. Una hora después los médicos anunciaron que los resultados de la segunda tanda de análisis eran «confusos y posiblemente contradictorios». De golpe vislumbramos un rayito de esperanza: quizás el Señor había comenzado a sanarla. Dado que los últimos análisis no habían sido concluyentes, se hacía necesario que le hicieran a nuestra hijita una tercera punción lumbar sumamente dolorosa. Rezamos como nunca para que se obrara un milagro. De vuelta en el hospital, los médicos nos dijeron que estaban seguros de que tenía meningitis bacteriana, pero los resultados de las pruebas seguían siendo «imprecisos, poco claros y desconcertan- tes». No lograban explicar lo que suce- día, pero nosotros sí. Al momento en que nos pusimos a orar, Dios comenzó a obrar un milagro de curación en el pequeño organismo de nuestro retoñito. Estaba cumpliendo Su palabra. Nos estaba ense- ñando lo legítimas que son Sus promesas. Las tres semanas que siguieron las pasé en el hospital con Promise, a la que mantenían en una incubadora y alimentaban por vía intravenosa. Allí leí El borde de Su manto, un breve libro autobiográfico escrito por Virginia Brandt Berg, una de las primeras evangelizado- ras de los Estados Unidos. La señora Berg experimentó una curación milagrosa que dio inicio a un ministerio de sanación en beneficio de los demás. Yo me aferraba a cada palabra, a cada promesa. Entretanto Bill estaba en casa cui- dando de Michael y haciendo nuestras maletas. Puesto que nos disponíamos a cerrar nuestro centro misionero, habíamos dado aviso de nuestra partida al propie- tario de la casa que alquilábamos, por «En la mañana estará muerta». Las palabras me resonaron en los oídos. Cuando le entregué la nena al médico y se la llevaron, una flojera me invadió el cuerpo. SIGUE EN LA PÁGINA 15 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 7
  • 8. PARA LOS CRISTIANOS, todos los días pueden ser Navidad. Jesús nos prodiga Su amor cada día del año. Lamenta- blemente, no es así para mucha gente desdichada que aún no ha descubierto el verdadero sentido de la celebración. Hay muchas personas perdidas, que sufren de soledad, opresión, debilidad y agotamiento. Algunos son débiles físicamente; otros anímicamente; y otros en cuerpo, mente y espíritu. Hay quienes viven pisoteados: los pobres, los perseguidos y los ham- brientos, las víctimas de la guerra, el crimen y la explotación, la gente a la que nadie quiere y por la que nadie se preocupa, que posee poquísimos bienes de este mundo y carece hasta de lo más esencial. Por otra parte, están los que sí poseen bienes materiales y que a los ojos de los demás gozan de una situación privilegiada, pero que andan desorien- tados y son prisioneros solitarios de sus propios intereses egoístas. Son gente agobiada, apesadumbrada por los problemas, el estrés, los temores y las fobias. Hay quienes llevan una sonrisa en el rostro, mas sufren por dentro; quie- nes se encuentran sumidos en un mar de vaciedad; quienes sienten dolor, rencor y remordimiento; quienes están atormentados por su pasado, y quienes temen al futuro. El mundo actual está lleno de gente perdida y desesperanzada. Me recuerda lo que decía una vieja canción de los Beatles: «All the lonely people, where do they all come from? (¿De dónde viene toda esa gente solitaria?)» Pues te diré por qué hay tanta gente así: es por el modo de vida egoísta que impera en el mundo actual. Toda la gente que sufre de soledad, los perdidos y los desamparados, son fruto de una sociedad en la que cada cual se preocupa de sus necesidades y no se interesa en absoluto por las de los demás. A eso se debe que haya tanta gente solitaria: es víctima de una sociedad en la que prima una competencia brutal; es fruto de llevar por mucho tiempo una vida desati- Hay quienes llevan una sonrisa en el rostro, mas sufren por dentro. Ángeles navideños DAVID BRANDT BERG 8 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 9. nada; es consecuencia de las doctri- nas del Diablo, de hacer cada uno lo que le da la gana y buscar lo suyo. A eso se debe tanta soledad. Toda esa gente afligida de soledad es producto de un mundo que ha olvidado a su Creador. Son víctimas. Son la lamen- table consecuencia de vivir al margen del amor. Más tinieblas Cada vez hay más tinieblas y más frialdad, y mucha gente se da cuenta de ello. Puede que no lo entienda y que no siempre quiera reconocerlo; no obstante, es un hecho. El sol se está poniendo, está oscureciendo, y el mundo busca un rayo de esperanza, un haz de luz. Cantidad de sucesos han dejado perplejas a las naciones. ¿Por qué pasa esto y aquello? ¿Por qué hay tanto dolor y contiendas? ¿Por qué la matanza de los inocentes? ¿Por qué tantas dificultades y pesares? La gente se plantea esos interrogantes. Y quienes edificaron sobre la arena o no construyeron sobre ningún cimiento, no hallan respuestas. Nunca ha tenido el mundo tal sed de amor auténtico y legítimas soluciones. Me recuerda el conocido villancico Noche gloriosa: «Noche gloriosa de cielos estrellados en que nació nues- tro buen Salvador. Yacía el mundo sumido en el pecado; al llegar Él, puso fin al dolor...» Nunca en la Historia ha habido una época de tanto pecado y dolor. Se habla de avances y del mejora- miento de la humanidad —medicina de vanguar- dia, adelantos tecnológicos, nuevos inventos, formas de gobierno per- feccionadas para labrar un mundo Nunca ha tenido el mundo tal sed de amor auténtico y legítimas soluciones. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 9
  • 10. mejor—, se habla de progreso, cuando en realidad el mundo vive una verda- dera regresión. ¡Mira a tu alrededor, es innegable! No te dejes embaucar. Hoy en día la gente vive sumida en el pecado, angustiada, sufriendo por dentro. Nunca había habido tanta confusión, tantas voces que excla- man: «Este es el camino», tantas falsas proclamas que engañan a la gente. El mundo nunca ha necesitado con tanta urgencia conocer la verdad. ¡Se levantan ángeles! ¿Cómo sigue la canción? «Se vis- lumbró un rayo de esperanza; la Tierra vio nacer al Redentor». El mundo nunca ha necesitado tanto un rayo de esperanza. Nunca ha tenido tanta necesidad de que le hablen del alba radiante y gloriosa que está por despuntar. El estribillo es también muy revela- dor: «Dóblese toda rodilla en Su pre- sencia, y escuchen los hombres el coro angelical» El Señor quiere que la gente oiga hoy ese coro angelical, tal como los pastores oyeron a los ángeles que anunciaron el nacimiento de Cristo. Te tengo una sorpresa: tú puedes ser uno de los integrantes de ese coro. Puedes ser uno de esos ángeles navideños enviado por el propio Jesús para proclamar la Buena Nueva a la gente que vive perdida y solitaria, para transmitir ese rayo de esperanza que el mundo anhela. ¿Quiénes pueden ser mejores instrumentos de Dios que Sus propios hijos, los portadores de las Palabras de vida, los que conocen Su verdad y se han enriquecido en fe? En esta época de odio y dureza de corazón, de caos y engaños, de complots y malicia, de fachadas y encubrimientos, hace gran falta que resplandezca Su amor. Ahora que oscurece y que soplan vientos fríos, tú debes mantener la luz en alto. Debes sostenerla con firmeza para que todos la vean. Si haces resplandecer esa luz sobre la gente, el Señor hará lo demás. Hará que esa luz cumpla su propósito en la vida, en el corazón y en la conciencia de las personas. Amor en acción En la actualidad, más que oír la verdad, el mundo necesita verla. No sólo le hace falta oír que existe amor auténtico; es preciso que lo vea. La gente precisa un ejemplo vivo de amor. Es humano no entender a veces lo que se nos dice. Pero no hay confusión posible cuando vemos un ejemplo. Dice un poema del connotado escritor Edgar Guest: «Prefiero que me den ejemplo a escuchar un gran sermón. Prefiero que vengan conmigo a que simplemente me den orientación». En el caso de la mayoría de la gente, es preciso predicar con el ejemplo para que acepte la verdad. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35). ¿Por qué crees que dijo eso? ¿No basta con hablarle a la gente del amor de Jesús? ¿No podría haber dicho: «En esto conocerán todos que sois Mis dis- cípulos, si predicáis Mi mensaje»? ¿No habría sido eso suficiente? Evidentemente no, pues el Señor dijo que todos conocerían a los Suyos por el amor que se tuvieran entre sí. Y si se aman, sin lugar a dudas mani- festarán ese amor a lo largo del día de formas claramente visibles. No basta con hablar de amor; Jesús dijo que es preciso tener amor, vivir con amor. Él sabía que el ejemplo es 10 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 11. irrebatible. ¿Qué puedes darle? Esta Navidad y a lo largo del año, hazle al Señor los obsequios que más le agradan: regalos de amor. Reparte amor. Entrégate a los demás. Transmite la luz y el cariño de Jesús mediante el brillo de tus ojos, de tu mirada de amor y de palabras y gestos amables. Encarna a Jesús para los demás. Sé la prueba viviente del mensaje, la prueba material de que da resultado. ¿Qué mejor forma de vivir la Navi- dad cada día del año que entregarse continuamente a los que nos rodean y vivir como Él nos enseñó, practicar Su amor en multitud de detallitos a lo largo del día, para presentar al mundo una prueba viviente de que el amor de Jesús es eficaz? Sigamos con el villancico: «Nos enseñó a amarnos como hermanos, y nos legó el Evangelio de paz». Enseñó a Sus seguidores a amar y les confió Su ley, que es el amor. Ahora les encomienda que la cumplan, que la pongan por obra, que vivan en amor, para que todos los hombres sepan que son discípulos de Él. ¿Cómo sigue la canción? «Llegará el día en que Él reine soberano, y así por fin la opresión cesará». ¡Gloria a Dios! El amor tiene mucha fuerza. En fin, ¿deseas saber qué puedes regalarle al Señor esta Navidad? ¿Quieres saber qué obsequiarle a Aquel que lo tiene todo? Pues da amor, no sólo al Señor, sino también a quie- nes tienes a tu alrededor. El quid del Evangelio es el amor. ¿Qué dices? ¿Vas a practicarlo? ¿Se lo vas a comunicar a los demás? Es posible que no te con- sideres capaz, pero Dios sí lo es, y si lo intentas, te ayudará. Pide al Señor en oración que te ayude a vivir la Navidad todos los días del año sin excepción, que te ayude a cumplir Su gran mandamiento de amar al prójimo como a ti mismo. Ese es el verdadero sentido de la Navidad. Esa es la esencia. Es el motivo por el que Jesús vino al mundo: para que tuviéramos vida eterna, sí; pero tam- bién para enseñarnos a amar, para que nosotros también comunicára- mos esa vida a otras personas. Entrégate a los demás. Manifiés- tales amor, ora por ellos, dedícales tiempo y atención, bríndales cuida- dos. Ama a Dios amando a tu prójimo. Amplía tu amor esta Navidad, y juntos cantaremos con todo nuestro corazón los últimos versos de este villancico, proclamando el poder y la gloria del Señor. «Entonemos himnos de alegría; Su Nombre honremos por la eternidad. ¡Cristo es el Rey! ¡Su Reino es por los siglos! Su gloria y poder por siempre proclamad. Su eterna gloria por siem- pre proclamad». ¿Exaltarás Su Nombre por la eterni- dad? ¿Vas a salir a proclamar Su poder y Su gloria por siempre jamás? ¿De qué manera puedes hacerlo? La mejor forma de anunciar Su poder y Su gloria es manifestar amor a los demás, entregar amor. Con tu vida lo dices todo, porque eres una prueba viviente. Si vives inmerso en el amor de Dios, descen- derá sobre ti Su poder. Y al verter el Señor Su poder sobre ti, Su poder y Su gloria se darán a conocer al mundo por siempre. El poder del amor. «¡Cristo es el Rey! ¡Su Reino es por los siglos! ¡Su gloria y poder por siempre proclamad!» Deja que los demás vean a Jesús en ti. Esa es la esencia de la Navidad. ¡Feliz Navidad! h Manifiesta amor a los demás, ora por ellos, dedícales tiempo y atención, bríndales cuidados. Ama a Dios amando a tu prójimo. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 11
  • 12. VIVÍAMOS EN UNA CASA DE ADOBE situada en un monte desde el que se domina Belén. Tenía cuatro hermanos mayores, y toda la familia se dedicaba al pastoreo. Éramos pobres, y los impuestos que nos cobraban los romanos nos hacían la vida aún más difícil. Pero pese a las privaciones, nunca perdimos la fe en el único Dios verdadero ni en Su promesa de la venida del Mesías. Un día nos sobrevino una desgra- cia: estalló un incendió en la casa. A la sazón yo tenía siete años. Como mi padre y mis hermanos habían llevado las ovejas a pastar, mi madre y yo no conseguimos evitar que el fuego se extendiera rápidamente. Salí corriendo de la casa, pero una puerta en llamas se me cayó encima. Mi madre logró sacarme, pero se me quemó gravemente el rostro y perdí la vista. A la larga, las quemaduras sanaron, pero seguí ciego. Me sentía impotente e inútil. Me quedaba horas sentado, mirando en la oscuridad sin ver nada y preguntán- dole a Dios por qué había permitido que me ocurriera aquello. Mi madre trataba de animarme buscándome pequeñas tareas que pudiera realizar, y a veces mis herma- nos me llevaban a los pastos con ellos. Por alguna razón, allí me sentía más RELATO DE JOHN ROYS JESÚS El día que vi a 12 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 13. cerca de Dios. Jugaba a que Él era el pastor y yo una de Sus ovejas a la que había que llevar de acá para allá. Cinco años después del accidente, me sucedió algo increíble. Estábamos en el sitio que más me gustaba, cuando empezó a ponerse el sol. Mis hermanos me descri- bieron la vista. Me hablaron de cada color y de cada nube, me contaron cómo giraban y se arremolinaban armonio- samente produciendo haces iridiscentes que cruzaban el cielo. Tras el ocaso, la noche cubrió la tierra igual que me cubrían a mí las tinieblas. Una vez que las ovejas se hubieron recostado, antes de dormir- nos nosotros, de golpe nos iluminó una luz brillante. Era tan resplande- ciente que la percibía en la piel. —¿Qué es? —pregunté. —No lo sabemos —respondieron mis hermanos. Por el tono de su voz me di cuenta de que estaban asustados. Entonces escuchamos una voz bellísima, una voz que parecía emanar paz. «No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo —solamente un ángel es capaz de hablar así—: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre». Enseguida todos ahogaron un grito cuando un estallido de luz, aún más intenso que el primero, llenó la noche; y oímos a las huestes celestiales que alababan a Dios: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la Tierra paz a los hom- bres de buena voluntad!» ¡Fue mag- nífico! Sus voces resonaban con la gloria y el poder de Dios. Después, tan repentinamente como habían apare- cido, se desvanecieron. Pasaron varios minutos sin que nadie pudiera emitir palabra. Mi padre rompió el silencio. —Ha nacido nuestro Salvador, y Dios consideró oportuno anunciarnos la buena nueva. ¡Vengan! Vayamos a Belén a ver al bebé del que nos habla- ron los ángeles. Amós dijo que se quedaría con las ovejas. De todos modos era su turno. —¿Puede quedarse contigo? —le preguntó mi padre. Yo sabía que se refería a mí. El ruido de sus pasos se fue per- diendo después que ,pasaron la primera curva del sendero. Amós y yo nos acercamos más al fuego. —Descríbeme otra vez a los ánge- les, Amós. Mis pensamientos se sucedían ver- tiginosamente. Nuestro pueblo había esperado tantos años la venida del Mesías. ¡Cómo me hubiera gustado acompañarlos! Pero ¿de qué habría servido? Me lamenté de que nunca vería al Salvador. A la mañana siguiente, cuando el sol me despertó con sus caricias, el mismo pesar me embargaba el cora- zón. Entonces escuché voces entu- siastas procedentes del sendero, gritos —¿Qué es? —pregunté. —No lo sabemos —respondieron mis hermanos. Por el tono de su voz me di cuenta de que estaban asustados. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 13
  • 14. de alabanza. Alguien me llamó. —¿Lo vieron? ¿Vieron al Salvador? —¡Sí! —gritaron todos al unísono. —Lo encontramos tal como nos dijo el ángel —afirmó mi padre—. No era más que un establo, y ni siquiera mejor que el nuestro; pero se percibía una presencia, algo asombroso. Sin duda era el Espíritu del Dios viviente. Nos quedamos tan maravillados y fue tal el gozo que sentimos que nos postramos y lo adoramos. —Se llama Jesús —dijo mi her- mano mayor—. Fue exactamente como lo describió papá. Nunca me había sentido así. Aunque no podía ver el rostro feliz de mi hermano, por el tono de su voz me daba cuenta de que había cambiado. Al emprender el regreso a casa, el nombre no dejaba de darme vueltas en la cabeza. Jesús. Jesús. Jesús. Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella noche ni aquel nombre. Mi padre murió cuando yo tenía 20 años. Todos mis hermanos se casaron, y dos de ellos se mudaron a otra parte en busca de mejores trabajos. Los otros dos todavía cuidaban de las ovejas. Yo ayudaba a mi madre en el huerto. Al cabo de unos años llegaron de Galilea novedades emocionantes. Un flamante profeta hablaba del reino de Dios. Las multitudes lo seguían. Su nombre era Jesús. ¿Acaso era el mismo Jesús, aquel del que los ángeles nos habían hablado 30 años antes? Tenía unas ganas tremendas de que fuera Él, y me moría por conocerlo. Varios meses después, un día, estando en Belén con mi madre, oí gritos, y mucha gente pasó corriendo a mi lado. Se estaba reuniendo una gran multitud al final de la calle. —¿Qué es? —pregunté—. ¿Qué pasa? —¡Quítate del camino, ciego! —me dijo una voz igual de rústica que las manos que me empujaron contra el muro—. Viene el profeta, Jesús de Nazaret. ¿Sería Él de verdad? —¡Jesús! ¡Jesús! Mis gritos se ahogaban entre el bullicio de la muchedumbre. —¡JESÚS! ¡JESÚS! —grité más fuerte. De pronto todos dejaron de gritar y de empujar. ¿Qué sucedía? —¡JESÚS! —grité una vez más en mi desesperación. La voz que me respondió venía de delante mismo de mí, una voz vibrante de amor y compasión. —¿Sí? ¿Qué quieres que haga por ti? —¡Señor! —dije mientras alzaba la cabeza atónito—. Deseo que me sanes los ojos para recobrar la vista. Me sobrevino una sensación increí- ble por todo el cuerpo cuando Jesús me cubrió los ojos con las manos y rogó a Su Padre celestial. —Sean sanos. Ya antes de abrir los ojos sabía que me había curado. Me invadió un hermoso sentimiento de paz y amor. Todo el pesar, la desesperanza y los temores de largos años se evaporaron en aquel instante. Caí de rodillas ante Él y alcé la vista para contemplar el rostro de mi Señor y Salvador. h JOHN ROYS ES MISIONERO DE LA FAMILIA EN INDONESIA. Me sobrevino una sensación increíble por todo el cuerpo cuando Jesús me cubrió los ojos con las manos. 14 Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12
  • 15. lo que teníamos que dejar el inmueble apenas dieran de alta a Promise en el hospital. Se acercaba la Navidad, y yo no había tenido ocasión de pensar en el asunto. Ni siquiera había estado en casa las últimas tres semanas. Nuestras tribu- laciones habían desplazado la alegría típica de la Navidad. Sin embargo, Dios estaba por darnos el obsequio navideño más estupendo que podíamos haberle pedido. En Nochebuena se produjo el milagro. La promesa que Dios nos había hecho terminó de cumplirse. Dieron de alta a Promise. ¡El parte médico decía que estaba totalmente sana! Nuestro corazón rebosaba de gratitud y alegría. A pesar de la felicidad que nos trajo aquella noticia, nuestra situación seguía siendo muy apremiante. Bill había lla- mado por teléfono a un amigo de Sydney que nos dijo que nos daría alojamiento. Bill nos recogería a Promise y a mí en el hospital, y los cuatro —con todas nues- tras pertenencias— tendríamos que irnos directamente a la estación a tomar el tren. Hubiéramos preferido no tener que viajar con Promise en aquella situación todavía comprometida, pero no nos quedaba otro remedio. Nos abandonamos a la miseri- cordia de Dios. Cuando Bill llegó a buscarnos, solo traía algunos de nuestros bártulos —los que podía acarrear por sí solo—, pero me dijo que no me preocupara. Llegamos a la estación en el preciso momento en que arribaba el tren, y ahí vimos venir por el andén a nuestra que- rida amiga Dale, la menudita, trayendo consigo el resto de nuestras pertenencias. Nunca olvidaré esa escena. Fue nuestro ángel navideño. Estreché a mi hijito entre mis brazos durante todo el trayecto hasta Sydney mientras Promise dormía plácidamente. Bill y yo nos mirábamos a los ojos. Ambos sabíamos exactamente lo que pensá- bamos: acabábamos de presenciar un milagro. Eso no fue todo. Al llegar a Sydney aquella Nochebuena, uno de nuestros queridos hermanos en Cristo nos recibió con los brazos abiertos. Sin duda senti- mos el amor de Jesús aquella Navidad. Nuestra situación se parecía a la de José y María una memorable noche dos mil años antes. No teníamos morada para nuestra pequeña familia. Sin embargo, aquel buen hombre nos había preparado un lugar, como el posadero de Belén hizo con José y María. Michael y Promise y nuestros demás hijos ya son mayores. Pero nunca olvida- remos aquella Navidad en que las manos de Dios nos sostuvieron, Su amor nos pro- tegió y Sus ángeles nos ayudaron. Algu- nos fueron personas comunes y corrientes de las que el Señor se valió como instru- mentos de Su amor. Mi oración aquella Navidad —y todas las Navidades desde entonces— es que no vacile en ayudar a los demás, del mismo modo que otros no vacilaron en ayudarnos a nosotros. ¡Las promesas de Dios son veraces! h TERRI MOORE ES VOLUNTARIA DE LA FAMILIA EN LOS ESTADOS UNIDOS. VIENE DE LA PÁGINA 7 Bill y yo nos mirábamos a los ojos. Ambos sabíamos exactamente lo que pensábamos: acabábamos de presenciar un milagro. LA NAVIDAD ES… IAN BACH El amor de una madre por su pequeño. Un sacrificio que llevó dicha a otros. Desvelos de un padre por un hijo ajeno. Un mensaje desde un excelso trono. Un aparente mal que en bien redundó. Coros celestes en la noche sombría. Una profecía que al fin se cumplió. Un gran milagro porque Dios lo quería. Un don de amor que de la ternura nace. La reconciliación de los enemigos. Un esfuerzo sincero que se hace para entender lo que siente un amigo. Un viaje por una corazonada, tras una estrella, buscando la verdad. Un novio que reclama a su amada. Todo eso y más es la Navidad. IAN BACH ES MISIONERO DE LA FAMILIA EN EL MEDIO ORIENTE. Conéctate AÑO 4, NÚMERO 12 15
  • 16. Déjamereconfortarte estaNavidad Aunque el abatimiento se haya apoderado de ti, aunque estés cesante y tengas la billetera o la cuenta corriente vacía, aunque te aflijan la soledad o la enfer- medad, aunque hayas perdido a un ser querido, aunque la guerra, el odio, la injusticia o la indiferencia de los demás te hayan enfriado el corazón esta Navidad, Mi amor puede cambiar eso. Quiero que hoy se recuerde Mi nacimiento y todo lo que anunciaba. Deja que Mi amor te colme y otorgue sentido a tu existencia. El mundo también estaba plagado de males en la época en que nací y a lo largo de Mi vida en la Tierra. Ten en cuenta las horrorosas circunstancias que rodearon Mi nacimiento. Piensa en las madres que lloraban la matanza de sus hijos varones ordenada por un rey ebrio de poder. Recuerda la opresión reinante en aquel tiempo. En medio de aquellas densas tinieblas apareció la luz más esplendorosa que el mundo haya conocido; en medio de gran angustia se concedió el más grande de los obsequios. Mi Padre me envió como un niño débil e indefenso para que me criara y viviera en las mismas condiciones que cualquier ser humano, para que experi- mentara los mismos pesares y sufriera a manos de perso- nas injustas. Me hice hombre para salvar a los hombres. Abre tu corazón para que la verdad y el amor que traje conmigo aquel primer día de Navidad te iluminen interiormente en este preciso instante. Déjame disipar tus temores y enjugar tus lágrimas. Déjame reconfortarte esta Navidad. DE JESÚS, CON CARIÑO