El amor sexual
1. La alteridad entre hombre y mujer.
Una dimensión esencial del ser humano, tan esencial como la de tener
personalidad -poder decir ‘yo’-, es la de encontrarse junto a otros: la
alteridad. El hombre vive entre otros hombres como él. Sin otros, el hombre
no desarrollaría aspectos esenciales de su naturaleza, no se realizaría como
hombre, y de ninguna manera podría llegar a ser feliz. Un hombre aislado
resultaría incapaz de dialogar, incapaz de mantener una relación humana: un
hombre inconsciente de ser hombre.
Ahora bien, esta alteridad genérica adquiere un carácter y una intensidad
muy especiales cuando se trata de la alteridad entre un hombre y una mujer.
Resulta realmente curioso que en el mundo haya hombres y mujeres. A
primera vista puede parecer que la finalidad del sexo se reduce a asegurar la
reproducción. Sin embargo, la diferenciación sexual no representa el medio
más adecuado (más simple y seguro) para la reproducción, ya que depende de
muchas circunstancias fortuitas (entre otras, que se encuentren un macho y
una hembra). Los biólogos admiten que la evolución de las especies no sigue el
camino lógico hacia la simplificación y la especialización funcional, sino que,
por el contrario, tiende a la diversificación y a la indeterminación, en cuya
cúspide se encuentra el hombre.
La diferenciación sexual parece, en este sentido, un capricho de la
naturaleza; y en el hombre este capricho llega casi a la paradoja: ni siquiera
está unívocamente determinada hacia la prole (el hombre no experimenta ni
vive el sexo como simple función reproductora). Precisamente aquí -en estos
esquinazos que da a lo que era lógico y previsible- se refleja la condición
específica del ser humano. Así nos encontramos con dos características
esenciales de la vida del espíritu: la diversificación -el hombre es de alguna
manera todas las cosas- y la indeterminación -libertad, espacio, juego-; aquí
se manifiesta la riqueza humana.
En el ser humano, el sexo adquiere un significado especial, que resume y
trasciende la sexualidad animal llevándola a su plenitud de sentido. La
sexualidad humana posee una riqueza de registros casi infinita: un hombre y
una mujer se pueden encontrar y relacionar de mil maneras diversas. Y el
sexo no se limita a la reproducción, sino que se encuentra abierto a la
realización y manifestación del amor y de la entrega. En el ser humano, el
sexo es mucho más que simple sexo, adquiere un carácter personal, como se
comprueba en el hecho de que el hombre es el único ser que realiza la unión
sexual cara a cara.
Esta riqueza sexual, este misterio de los sexos, se manifiesta en la peculiar
alteridad -como tensión, es decir, separación que reclama la reunión- entre
varón y mujer. Cada uno percibe que sin el otro se encuentra separado de sí
mismo, y reclama la unión para sentirse completo. Esta tensión se ha
simbolizado -a lo largo la historia- mediante muchos mitos antiguos y
modernos: el andrógino primordial, la media naranja, Zeus y Atenea, etc.
Debido a esta alteridad, no representa lo mismo tener un amigo del mismo
sexo que del otro, ni significa lo mismo la relación madre-hija que la de
madre-hijo, o la de hermano-hermano que la de hermano-hermana. La
alteridad entre los sexos tiene un sabor y un encanto especiales, está
cargada de ternura, resulta más fácilmente idealizable, brinda una luz y una
comprensión peculiar, encierra un misterio que no tienen las otras
alteridades. Cada uno siente una irresistible curiosidad por el otro, y quiere
conocerlo, y pretende interpretarlo (‘lo que os pasa a las mujeres es que...’).
Incluso las diferencias que el niño percibe entre su padre y su madre (que
son diferencias sexuales) le introducen ya en dos mundos distintos (el mundo
del padre y el mundo de la madre): que pertenezcan a sexos distintos implica
que viven en dos mundos distintos.
La especial intensidad de la distinción entre los sexos explica sus múltiples (y
exasperantes) contradicciones. El otro en un momento nos parece muy
cercano y más tarde (no se sabe por qué) muy lejano; creemos que le
conocemos bien y luego se nos antoja un extraño; con el otro estamos
tranquilos e intranquilos a la vez, serenos y nerviosos, confiados y cortados.
Tal vez por esto, la unión -la reconciliación con el otro radical, que no se
reduce a la unión física, sino que adopta multitud de formas- se vive con la
máxima intensidad.
La atracción entre los sexos tiene su punto de partida precisamente aquí: en
la radical distinción. El hombre y la mujer representan siempre el uno para el
otro un continuo enigma. Para los hombres, las mujeres son ininteligibles,
absurdas, casi ridículas en sus manías, gustos y costumbres, pero a la vez
resultan fascinantes; lo mismo piensan las mujeres de los hombres. El hombre
y la mujer son -por un lado- lo mismo: seres humanos; pero, a la vez, cada uno
representa para el otro -dentro de esa común humanidad- el lado oculto de la
luna, la otra manera de ser humano.
El atractivo sexual en sentido amplio tiende a unir lo separado; es más: une
con una fuerza difícil de encontrar en otras relaciones. Parece que la fuerza
y la peculiaridad de la distinción es lo que posibilita la intensidad de la unión.
La distinción los hace complementarios, les permite una íntima
compenetración, porque se trata de una distinción muy especial, única en la
naturaleza: la distinción entre dos seres que son -de una manera radical- el
uno para el otro.
A este respecto, comenta Chesterton con buen humor: "Las diferencias
entre un hombre y una mujer resultan, en el mejor de los casos, tan
obstinadas e irritantes que en la práctica no pueden ser superadas a no ser
que exista un ambiente de ternura extrema y de interés mutuo. O
expresándolo con una metáfora: los sexos se presentan como dos pedazos
inquebrantables de hierro, si van a ser fundidos juntos hay que hacerlo
mientras están al rojo vivo. Toda mujer ha de descubrir que su marido es una
bestia egoísta, porque según la pauta de la mujer todo hombre es una bestia
egoísta. Pero ojalá descubra a la bestia mientras están ambos todavía
viviendo el cuento de La bella y la bestia. Todo hombre ha de descubrir que
su mujer es caprichosa -es decir, sensible hasta la locura-, porque según la
pauta del hombre toda mujer está loca. Pero ojalá descubra que está loca
cuando esa locura suya sea más digna de consideración que la cordura de
cualquier otra persona".
Es decir, por una parte el otro aparece como algo inaccesible, opaco: el lado
que no experimentamos de nuestra propia humanidad; y al mismo tiempo en el
otro reside un brillo especial que nos cautiva. Opacidad y brillo es lo que
constituye un espejo. La mujer representa para el hombre la otra cara de su
humanidad, la otra forma de verse a sí mismo, su reflejo más profundo; y
viceversa. Cada uno coloca delante del otro un espejo cautivador,
imprevisible, fuera de control y de dominio, que le brinda una imagen de sí
desconocida, nueva, fascinante y, a la vez, muchas veces irritante.
En la Biblia se lee que Dios consideró que no era bueno que el hombre
estuviera solo. Adán acababa de conocer y dar nombre a los animales; pero al
hombre le faltaba algo esencial para ser plenamente humano, y ese algo no
eran los demás seres creados, ni era simplemente otro hombre como él, ni
era Dios, sino el otro radical en su humanidad: la mujer. Adán -sumido como
estaba en una experiencia de vacío indeterminado- al ver a Eva la reconoce
(‘¡esto era lo que me faltaba!’) y se reconoce en ella (‘ahora sé quién soy’):
"verdaderamente ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos", exclamó
al verla (o, como decía un amigo mío, más bien habrá exclamado ‘¡uau!’, que
viene a significar más o menos lo mismo). Y supongo que a Eva le habrá
sucedido algo por el estilo.
Con ella él cobra plena conciencia de sí mismo, y puede compartir el
conocimiento del mundo y de Dios. Ella le comunica la otra parte, la otra
manera de ver las cosas, y le acompaña en este conocer y decidir ante el
mundo y ante Dios. Y viceversa. Entre ambos se establece una especialísima
comprensión mutua. Como escribió Isak Dinesen, "el hombre y la mujer son
dos cofres cerrados que guardan cada uno la llave del otro".
Ese espejo resulta inquietante y comprometedor: no le deja a uno tranquilo
una vez que se ha asomado. Se quiere saber más de uno mismo en el otro lado
(‘¿cómo lo ven ellas, cómo me ve ella?’). Incluso muchas veces parece que uno
se entiende mejor con el amigo del otro sexo, que él resulta más capaz de
comprendernos.
Por eso uno se empeña en hacerse entender por el otro, y pierde la paciencia
cuando cree que le malinterpretan o que le simplifican (cosa que no sucede, o
al menos no de la misma manera, con los amigos del mismo sexo): se quiere
llegar a un completo entendimiento. El otro sexo se percibe a la vez como un
pozo al que uno se asoma con vértigo y como un lugar extrañamente familiar
que -irresistible- le reclama. Pero esta alternancia entre cercanía y
extrañeza hace que la relación resulte viva, cambiante, inesperada, en
ocasiones divertida, y en otras dramática.
Muchas veces, la amistad con los del mismo sexo -el compañerismo por
excelencia- constituye un refugio, porque la aventura con el otro lado resulta
especialmente arriesgada y desgasta; criticar entre compañeros al otro sexo
es una manera de descansar y de aliviar la tensión. Uno tiende a
experimentar al otro sexo como algo extravagante.
Esto se manifiesta en la lejanía con que muchas veces se miran uno al otro
(‘las mujeres son unas histéricas’, ‘los hombres son todos tontos, se
comportan como críos’, ‘a las mujeres no hay quién las entienda’, ‘los hombres
son unos ingenuos’, etc, etc). Nunca se termina de comprender qué es lo que
quiere el otro, qué espera de uno, por qué reacciona así (le digo ‘a’ y se queja,
le digo ‘pues no a’ y se queja también). Nunca se terminan de encontrar y de
comprender: la separación resurge una y otra vez desconcertante. Pero
-como vimos- es precisamente esta distinción insalvable lo que da intensidad
al reencuentro, son como las dos caras de la misma moneda: si no persistiera
la lejanía ya no habría atracción. A veces esta extrañeza desemboca en la
ruptura, en un ignorarse mutuo (‘nos bastamos solos/solas, ellas/ellos
sobran’); aunque la radicalidad de este rechazo denota que no se está tan
seguro de esta afirmación autosuficiente.
Esa extrañeza y esa cercanía se experimentan también en el ámbito corporal.
El cuerpo femenino constituye un misterio para el varón, con sus ciclos, con
los cambios de ánimo que llevan consigo, y con los síntomas de un posible
embarazo. Pero esa extrañeza le atrae, representa algo que también es suyo
y que quiere hacerlo suyo, que influye decisivamente en su propia vida. Y lo
mismo le sucede a ella con los impulsos y arrebatos y con los tiempos de
intensa calma propios del cuerpo del varón: ella necesita comprenderlo y
aprender a educarlo.
2. La divinización del amor sexual.
Siempre se ha dicho que el amor es peligroso (y los más pesimistas añaden
que se trata de la más insidiosa de las trampas). Hoy, esta incertidumbre se
ha hecho más tenebrosa que nunca: embarcarse en un amor serio supone un
compromiso demasiado arriesgado, trae consigo desorbitadas exigencias.
Esta apreciación nos la dicta un conjunto de decepciones (en carne propia o
en carne ajena). Enamorarse puede llegar a parecer una estupidez. Tal vez
resulte más conveniente ir probando, ir cambiando, adaptarse a las
circunstancias y a los gustos: llevar bien sujetas las riendas de la propia vida
y no dejarse llevar por un compromiso serio así como así.
Y es cierto: embarcarse de verdad en un amor supone meterse en un buen lío.
Porque todo amor resulta inseguro: implica aventurarse en el espacio
ilimitado e incontrolable de otra libertad. Nadie que esté en su sano juicio
puede negar esto. Lo que sucede es que, precisamente, el que se ha
enamorado ya no está en su sano juicio. Y que, además, no le importa no
estarlo. Como canta Adam Duritz:
Mis amigos me advierten ‘aquí es: o todo o nada’,
pero esto no me preocupa porque no estoy del todo pillado.
Yo creo que deben existir tonos grises, algo que sea intermedio;
además, siempre estoy a tiempo de cambiar de nombre.
‘Pero si esto es amor -me dijo ella-, entonces tendremos que pensar
en las consecuencias’. Y yo no estoy preparado para este tipo de cosas.
Mas cuando el encanto cae como lluvia, me limpia y me arrastra,
y Ana comienza a cambiar mi manera de pensar;
y cada vez que estornuda empiezo a creer que esto es amor;
y cuando ella habla en sueños, sus palabras no tienen sentido,
pero yo las entiendo.
Y, ¡oh Señor!, no estoy preparado para este tipo de cosas.
El enamoramiento provoca un verdadero trastorno en los sentidos y en la
valoración; se dice del enamorado que ‘está ciego’, que ‘vuela en una nube’, que
‘vive en un sueño’. Cuando contemplamos a una persona sufrir por un fracaso
amoroso, advertimos lo irracional y desproporcionado que resulta este
sufrimiento: tiene salud, tiene dinero, tiene futuro, pero está hecho polvo, ya
nada le interesa. El amor parece ser, desde un punto de vista material de
supervivencia, algo inútil: no sólo no da de comer, sino que además puede
quitar el apetito.
Este tipo de amor se encuentra desprestigiado, sobre todo entre personas
que han pasado ya por algún desengaño: lo ven como una ilusión de juventud.
Lo que importa es el trabajo, el dinero, la posición, los placeres de la vida;
enamorarse es algo bonito, pero a la vez raro y peligroso: dependes
excesivamente de otro, sufres más si no sale bien, y la mayoría de las veces
no compensa. Estas personas tienden a calcular riesgos, a diseccionar en sus
vidas aquello que le piden al amor de aquello que no les interesa.
Ciertamente, compartir la intimidad con otro supone una carga: se pierde
libertad de movimientos, todo se hace más lento y premioso, hay que atender
a rebuscados compromisos (aguantar a los amigos del otro que no nos caen
bien, poner buena cara ante las visitas de la suegra que viene a pasar revista:
‘yo me he casado contigo, no con tu madre’); hay que contentar muchos
caprichos, salvar diferencias, etc. Es como embarcarse en un viaje cargado
de maletas.
Sin embargo, más allá de esta visión pesimista, el enamoramiento se
experimenta como un despertar de la conciencia, como un despertar de la
voluntad, como un despertar de la propia vida. Por eso, si fracasa un amor
después de haber tenido esta experiencia, la vida que el interesado llevaba
antes de conocer a esa persona -vida que le satisfacía más o menos- se le
vuelve aburrida y vacía: ahora le falta lo más necesario. Si uno ha despertado,
ya no puede echarse otra vez a dormir tranquilamente. El que ha sentido un
verdadero amor ya no ve, ni juzga ni vive como uno que no lo ha sentido nunca:
se ha trastocado toda su escala de intereses.
Los griegos decían que Amor era hijo de Poros -riqueza- y de Penia
-necesidad o pobreza-: el hombre nunca se siente tan rico ni tan necesitado
como cuando está enamorado. Y nunca se siente más libre y, a la vez, más
determinado. Libertad y necesidad se unen de una manera inseparable cuando
ambas tocan el techo del amor. El que ama está haciendo lo que más quiere, lo
que le sale con más espontaneidad, y por eso, a la vez, no puede dejar de
amar, se siente encadenado a ese amor: lo suyo es ese amor.
Este amor sexual es, al mismo tiempo, lo más común y lo más extraño, lo más
conocido y lo más misterioso, lo más fácil y lo más difícil. Parece que se trata
del amor más atormentado, el que más puede hacer sufrir, el más exigente, y
a la vez el que más eleva a la persona, el que más la puede mejorar y el que
más alegrías reporta. El amor se percibe como vida plena en su máxima
intensidad. Parece que uno se posee a sí mismo y existe con una fuerza hasta
entonces desconocida precisamente cuando es poseído y empieza a existir en
otro.
En el amor sexual, el amante intuye que con el otro -reunido, reconocido y
amado por el otro-, con su felicidad que es también la suya, con su perfección
ideal que es también la suya, alcanzará una felicidad y perfección que jamás
hubiera soñado alcanzar solo. El amado es lo más íntimo y entrañable que
tiene (‘muchas veces lo siento más yo que yo mismo’), y por eso se descubre a
sí mismo en él. La vida y la intimidad de cada uno de los amantes se ahondan
al compartirlas con el otro.
A tanto llega la intensidad de este tipo de amor, que la gran mayoría cree que
aquí radica la felicidad. A tanto se eleva la importancia que tendemos a darle,
que incluso llegamos a divinizarlo. Se afirma entonces que no importa otra
cosa que ese amor, que a uno le gustaría vivir eternamente en ese instante de
pasión o de ternura (y muchas otras cursiladas por el estilo). Algunos incluso
se preguntan preocupados si no necesitan más a esa persona que al mismo
Dios. Y todas estas cosas no se atribuyen a una amistad (sería absurdo), ni a
los hijos (a pesar de que el amor de una madre resulta más tenaz que el amor
de una esposa). El amor sexual ocupa así un lugar especial entre los amores:
en él juegan fuerzas particularmente profundas, intensas y englobantes.
El ser humano tiende a divinizar este amor porque de alguna manera intuye
que esa felicidad no se reduce a poseer a una persona que le gusta, que no se
encuentra la plenitud en el simple éxito de la posesión (no se puede decir ‘me
gusta y la tengo’, como uno tiene una presa en sus manos). La felicidad que
otorga el amor no es tan simple como otras (‘tengo un coche’, ‘tengo un buen
trabajo’, ‘tengo los placeres que quiero’): constituye algo mucho más
enigmático. El enamorado vislumbra que en la persona que ama se esconde
algo más, que en ella se refleja una plenitud infinita, que esa persona brilla
para él porque contiene algo absoluto (y por eso se siente legitimado para
decir ‘si la tengo a ella no necesito nada más’).
La persona amada representa para el amante una fuente inagotable de
sorpresas, una promesa segura, un tesoro. Y en ella relucen todas las
cualidades del mundo, todo lo que es valioso para el que la ama; pero relucen
de una manera misteriosa (el amante no puede cifrar lo que le gusta de ella
en algo concreto y medible, no puede afirmar ‘me gusta por esto’, o ‘su
atractivo reside en esto otro: el azul de sus ojos, su sonrisa o sus chistes’): le
gusta todo porque el mundo entero brilla en ella, algo infinito -que está más
allá del mundo- está brillando en ella. "Me chifla todo lo suyo porque ella lo es
todo -significa todo- para mí" (Paul Osborn). Es un misterio cómo tantas
cosas pueden encontrarse contenidas en una sola persona, cómo en ella
pueden volverse reales -vivos- todos los valores, cómo una sola persona puede
iluminar el mundo. De ahí que el amante sienta ante ella un agradecimiento
que necesariamente se extiende hasta el fin del mundo, y esté dispuesto a ir
hasta el fin del mundo por conseguir su amor (Nick Cave).
Amar siempre se experimenta como una potenciación de las propias fuerzas:
cada uno se siente capaz de todo, de conquistarlo todo, dispone de una
infinita libertad y abundancia para hacer felices a todos los que le rodean.
Estar enamorado hace a cada uno particularmente consciente de su propia
riqueza al comprobar que está haciendo rico al otro, que le está haciendo
feliz con lo suyo: de ahí el afán y la alegría de hacerse regalos.
Por eso, el enamoramiento siempre se percibe como una bendición, como algo
que no se prevé, ni se controla, ni se provoca, sino que se recibe sin saber
cómo ni por qué: es algo que le pasa a uno o, mejor, que nace en uno del modo
más inesperado (‘¿sabes que al principio no me caías nada bien?’). Como dice
una canción, "el amor resulta peligroso: nos pilla por sorpresa, nos asalta
mientras dormimos" (David Byrne). Constituye una novedad radical: establece
el verdadero comienzo o punto de arranque de todo lo que importa, es lo más
original -único e irrepetible- y originario -capaz de dar vida al futuro- que
tenemos.
El encuentro con esa persona se percibe como lo más auténtico; el enamorado
queda marcado a fuego por su encanto, ha entrado en un terreno sagrado, en
una existencia superior, de la que ya no puede salir sin sufrir una pérdida
irreparable. Más que elegir, él es elegido por la belleza de esa persona, y ya
no le queda más remedio que amarla e intentar merecerla, ponerse a su altura
-en esto le va la vida-: "te veo en todas partes: tengo que cambiar de vida"
(Rilke).
Junto a este carácter novedoso y gratuito del amor (‘nos conocimos por
casualidad: ese día llegué tarde a clase y allí estaba él’), los enamorados
sienten al mismo tiempo -por paradójico que esto parezca- que ese encuentro
fue algo absolutamente necesario, que resulta impensable que no ocurriera,
que tenía que ser así (‘era imposible que no nos conociéramos’). Porque en ese
encuentro se produce un reconocimiento, el más intenso de todos: ‘¡ah, eras
tú!’; no se dice ‘eres’, sino ‘eras’: ‘la que tenía que encontrar, la que andaba
buscando y presintiendo desde el principio, el lugar al que pertenezco’; y no
podía ser de otra manera. Es como si hubieran sido consagrados el uno al otro
desde su nacimiento, como si ese amor se remontara al principio mismo de las
cosas. Este reconocerse no suele suceder a primera vista, sino después de un
período más o menos largo de conocimiento mutuo; pero lo decisivo se da
cuando llega el momento del ‘tenías que ser tú’.
Los enamorados adquieren la misteriosa convicción de que toda la historia de
sus antepasados ha sido reescrita y reinterpretada desde ese encuentro, que
todo lo que ha pasado hasta hoy ha sido una preparación; por eso les gusta
contarse y reconstruir la prehistoria de su amor. Es ésta una experiencia muy
curiosa, porque -en contra de la lógica temporal- se está afirmando que lo
posterior explica lo anterior, que el presente determina el pasado. Su
encuentro parece tan real e intenso que da sentido a todo lo demás.
Esto responde a que, al encontrar a la persona amada, el enamorado percibe
-por fin- que alguien resulta único e insustituible para él (alguien es
radicalmente, necesariamente) y, por eso, experimenta su propia vida como
original e irrepetible (las cosas ya no le suceden por simple casualidad). De
ahí que él agradezca a la Providencia este encuentro, y se lo eche en cara
cuando tarda en producirse. El carácter divino con que revestimos el amor
sexual también se refleja en esta intuición y en este descubrimiento de la
inefable concreción del otro: "con tus dientes en tu boca" (Michael Stipe). El
amado es alguien muy especial, alguien radicalmente distinto a todos los
demás; no es simplemente más o menos guapo, listo, bueno, etc: es
sencillamente único e incomparable.
A la vez, los amantes sienten que ese amor ya no puede dejar de existir: lo
que ha ocurrido no puede ser negado u olvidado tan fácilmente (‘antes de
este encuentro no te necesitaba, pero ahora no puedo vivir sin ti, y no puedo
rebobinar y volver a ser el de antes’). Algo radical les ha sucedido, algo nuevo
ha pasado en ellos; cada uno ya no es el de antes o, mejor, ahora es más él
que antes, ahora sabe quién es y no puede dejar de serlo.
Más aún: cuando dos personas se encuentran de esta manera tan radical,
parece que el mundo entero cobrara sentido (por eso nos alegra descubrir a
parejas felices: intuimos que algo fundamental se resuelve con cada uno de
esos encuentros). Así lo expresa la protagonista de El cielo sobre Berlín :
"Ahora nosotros somos el tiempo. No sólo la ciudad, el mundo entero depende
de nuestra decisión. Nosotros dos no somos ahora sólo dos: encarnamos algo.
Estamos sentados en la plaza del pueblo y la plaza está llena de gente, y
todos desean lo mismo. Decidimos el juego por todos" (Wenders/Handke). De
alguna manera, la unión entre hombre y mujer realiza la misión divina de la
obra de arte, que recoge con misericordia los trozos de un mundo roto y los
recompone dándoles un sentido (J. Choza).
La intensidad de la experiencia amorosa llega a veces hasta el extremo de
preferir la muerte antes que abandonar a la persona amada. El mito de Romeo
y Julieta nos habla de un amor que lleva a los enamorados a aceptar el
sufrimiento con tal de no renunciar a ese amor, a querer compartir el destino
y la muerte amarga de la persona amada antes que abandonarla: no quieren
soltarse de ese amor que les duele. Por exagerado que pueda parecer este
mito, lo que dice es tan serio como verdadero. Aquí se nos presenta el amor
como algo mucho más profundo que una felicidad romanticona o que una
situación cómoda de disfrute. La necesidad que tienen del otro -"esa fuente
donde bebo mi existencia" (Shakespeare)- es absoluta. Dejar de amar a esa
persona equivaldría a dejar de existir: ‘no puedo ni quiero acostumbrarme a
vivir sin ella’.
Henry James describió con acierto este estado de ánimo: "Ella no se hacía
ninguna ilusión sobre el porvenir que le esperaba cuando fuera su mujer; no lo
pintaba con colores suaves ni se prometía que resultaría fácil; por el
contrario, sabía que viviría en la pobreza y en la oscuridad, que sería la
compañera de sus luchas y de su severo, duro y áspero estoicismo. Pero sabía
también que la felicidad para ella consistía en introducirse en la vida de él,
por árida y triste que pudiera resultar" (Las bostonianas).
Ante estas arrebatadoras experiencias, se me plantean unas cuantas
preguntas: ¿de dónde le viene al amor toda esta intensidad que lleva a
divinizarlo?, ¿a qué responde esa capacidad de entrega y sacrificio -más allá
de la propia vida- que da a los amantes?, ¿a qué se debe que se lo perciba
como necesario, eterno, definitivo? Estos sentimientos ¿no parecen
irracionales y desproporcionados? ¿Por qué no verlo todo más bien como una
casualidad o una conveniencia (‘si no me caso con ésta, ya aparecerá otra de
características parecidas: qué más da?; ¿por qué esta persona concreta tiene
que valer tanto para mí?, ¿por qué mi felicidad tiene que depender
precisamente de ella, que por ahora no me hace ni caso?’).
¿No será todo nada más que un engaño? De hecho, esto es lo que muchos
tienden a pensar cuando han creído que estaban enamorados y luego
comprueban que se habían equivocado: todo fue una ilusión. Pero tal vez se
equivocaron con la persona, mas no en lo que sintieron por ella: lo que sentían
era muy bueno y acertado, lo más acertado que se pueda experimentar. ¿De
dónde procede este sentimiento tan profundo y extraño -casi parece venido
de otro mundo- al que damos el nombre de amor sexual? A estas preguntas
sólo cabe una respuesta válida, aunque pueda sonar extraña: tendemos a
divinizar el amor sexual porque verdaderamente posee -como todo amor, pero
en un grado especial- un carácter divino.
Para explicar esto, voy a acudir a una noción clave: la de imagen (espero que
se entienda). Cuando utilizamos una imagen -una comparación, una metáfora,
una poesía- para explicar algo, suponemos que esa realidad que queremos
mostrar resulta demasiado rica para encerrarla en una definición. Damos un
rodeo para subrayar la hondura y la belleza de aquello que intentamos
revelar. Por eso, las imágenes revisten un brillo especial: dicen algo más que
la concreción de las palabras. Por el contrario, un lenguaje que sólo buscara
definir en directo la realidad, la simplificaría, y así le quitaría su encanto o
misterio (sería simple análisis, descripción, medida); lo que se puede decir en
una definición siempre es algo pobre, sobre lo que se puede ejercer un
dominio, pero nunca algo que se pueda divinizar (así, sería absurdo divinizar o
hacer poesía sobre la economía o las matemáticas).
En la imagen siempre brilla una realidad especialmente rica; y el amor sexual
representa algo trascendente, que no tiene techo (que está abierto hacia
arriba, como diría Juan Ramón Jiménez); constituye algo infinito, ilimitado,
que sugiere plenitud: en este amor brilla algo que es absoluto. Cuando Freud
dijo que el amor no era más que sexo sublimado, lo que quiso fue delimitar esa
fuerza, definirla y controlarla, desencantarla (pero nadie se consolaría
pensando que su problema amoroso se reduce a una exageración de su
instinto sexual). La experiencia humana nos dice que el amor sexual posee una
fuerza misteriosa, que está dotado de una eficacia sorprendente: si no, no se
explica cómo ha podido mover a lo largo de la historia tantos resortes
humanos. El amor sexual resulta, pues, una peculiarísima e intensísima imagen,
¿de qué?
Por ser imagen, el amor sexual muestra más, apunta a algo que se encuentra
más allá. En esto consiste toda imagen: ser una promesa y brindar una
intuición de la plenitud. Es lo que experimenta el amante al contemplar al
amado: ‘aquí hay mucho más de lo que veo, esta felicidad me supera
infinitamente’. El amor sexual se encuentra enraizado en una tierra infinita:
por eso el amor no se acaba nunca. Toda su belleza, su atractivo y su valor
responden al hecho de que participa de las riquezas de esa plenitud: de ella
extrae su savia.
Llegados a este punto, voy a aventurar una afirmación: el amor sexual posee
tanta fuerza porque es una imagen del Dios-Amor que presumiblemente ha
creado este mundo. Y digo ‘presumiblemente’ porque -más allá de todos los
horrores que provoca el odio entre los hombres- lo que mejor le viene a este
mundo es el amor, como mejor nos vemos a nosotros mismos es amando.
Cuando contemplamos un cuadro de Picasso, reconocemos en los trazos y en
los colores que sólo lo pudo pintar alguien como Picasso. Pues al comprobar
dónde se encuentra la alegría de este mundo, al caer en la cuenta de que el
amor constituye lo más importante y lo que más fuerza tiene en nuestras
vidas, reconocemos que esto sólo puede resultar así porque el Dios-Amor lo
creó. Sin esta fuente, la intensidad del amor sexual permanecería
inexplicable, supondría una exageración desproporcionada, nada lo sostendría
y estaría condenado a extinguirse.
Entre el amor sexual y el amor divino existe una sintonía especialmente
intensa y viva. Divinizar el amor resulta profundamente verdadero, porque
éste realiza y manifiesta ante nuestros ojos ese Amor más alto e invisible.
Divinizar a la persona amada no supone ninguna idolatría; es más, Dios lo
aprueba: ahí, en esa persona, es donde el amante debe encontrar a Dios,
donde puede descubrir lo que significa su Amor y donde -de alguna manera-
le puede adorar. En ese encuentro amoroso, el Dios-Amor se hace
especialmente presente, y por eso parece que en cada uno de esos
encuentros el mundo -con sus egoísmos, contradicciones, mezquindades y
aburrimientos- recobrara su coherencia y su sentido, se salvara. La presencia
del amado no se explica por una simple casualidad del destino, ni responde a
una conveniencia circunstancial: está revestido del carácter único que tiene
el mismo Dios. El amor sexual posee tal entidad que es capaz de reflejar a
Dios mismo en cuanto Amor irrepetible.
Por si a alguien esto le pareciera exagerado, cito unas palabras del Génesis:
"Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; a imagen suya lo creó, hombre
y mujer los creó". Parece que el texto revelado sitúa la semejanza divina de
manera especial en la diferenciación y en la unión sexual, en esa particular
manera que tienen el hombre y la mujer de amarse y entregarse (aquí sí viene
a cuento el refrán: ‘Dios los cría y ellos se juntan’). Pero esto habrá que ir
aclarándolo.
Ahora se trata de estudiar este amor privilegiado: cómo nace, qué
características tiene, cómo se articula con la corporalidad, de qué manera
crece y madura, qué tal se lleva con el tiempo, cómo termina, etc. No se trata
de un tema sentimental o juguetón (aquí radica el gran problema actual: que
ya no se lo toma en serio, que se está perdiendo esa divinización), porque en
él está en juego el éxito o el fracaso de una vida. Si se descalabra o se
adultera este amor, la vida se convierte en un largo período sin sentido, en el
que sólo cabe sobrevivir. De lo dicho se desprende la capital importancia que
tiene aprender a amar sexualmente.
Para esto debemos tener claro el carácter original -no derivado- del amor
con respecto al sexo: no es el amor una simple convención cultural que le
brinda un ropaje poético a la necesaria función reproductora. El amor entre
hombre y mujer representa lo primero, es el punto de partida, aquello que
explica la sexualidad tal como la vemos en la naturaleza: constituye la meta
evolutiva de toda la sensibilidad, lo que pensó en primer lugar el Creador
cuando ideó la naturaleza sexuada. Por eso, este sentido amoroso representa
el núcleo de las tendencias sexuales del hombre.
3. La amistad entre los sexos y el problema del enamoramiento.
Ahora vamos a estudiar la peculiar relación que existe entre el amor
sexuado y la amistad: intentaré perfilar lo que podríamos llamar amistad
sexual (creo que se trata de un tema importante, porque aquí se encuentra la
raíz de muchos fracasos y desengaños).
Para variar, voy a empezar por una distinción.
La amistad supone compartir algo: un ideal, una afición, un trabajo. La
amistad se fundamenta en un interés común. Los amigos miran en la misma
dirección, hacia aquello que comparten (siempre y cuando sea algo
compartible: cuando el interés común recae en una mujer, se declara la
guerra).
La comunicación propia de la amistad versa sobre ese interés común; por eso
resulta fluida y dinámica: cambia con los cambios de interés. La amistad es
confiada, normal, sin altibajos. No existe propiamente un interés personal -un
para mí- con respecto al otro; el otro importa por sí mismo: la amistad
consiste en un cariño desinteresado. Por eso, los amigos no necesitan estar
siempre juntos, ni sienten una dependencia mutua: cada uno vive tranquilo su
propia vida y cuando se reúnen se lo pasan tranquilamente bien. El interés
común fue lo que posibilitó la amistad (amigos del trabajo, del fútbol, del
monte) y es ahí donde la amistad se ejercita y se experimenta más
plenamente (‘en el fútbol es donde mejor me lo paso con mis amigos’). Sin
embargo, la amistad trasciende ese interés común: se trata de un cariño a la
persona concreta.
En cambio, el enamoramiento responde a otro estado de ánimo. El que se ha
enamorado cree que ha despertado de un estado de somnolencia -de
mediocridad- en el que se encontraba (y del que ahora es consciente), a una
vigilia más intensa, más real; hasta el punto de poder afirmar que hasta ese
momento no sabía lo que era vivir. Es decir, se trata de una experiencia nada
serena.
Los enamorados no tienen -en un principio- por qué compartir nada, no miran
en la misma dirección, sino que se miran uno al otro; no existe un interés
común, sino que se interesan mutuamente -uno al otro-: el interés común es
muy distinto del interés mutuo. Al existir un interés mutuo, se trata de un
cariño interesado, un cariño en el que el para mí pesa mucho. Cada uno tiene
la convicción de que están hechos el uno para el otro, que se necesitan
mutuamente de una manera radical. Lo que el otro vale resulta indiscernible
de lo que el otro vale para mí: por eso se le valora y se le ama tanto como se
le necesita. Precisamente la gloria del amado reside en haber sido capaz de
despertar este amor y esta necesidad: la amabilidad del amado brilla en la
necesidad del amante. El amor es generoso (puede estar dispuesto a
renunciar a ese amor por el bien del amado), pero nunca desinteresado, ya
que amar sexualmente constituye la manera más profunda de interesarse.
La comunicación entre los enamorados versa sobre lo que cada uno siente por
el otro, y por eso resulta reiterativa, poco cambiante: los enamorados
siempre están diciéndose lo mismo. Al mismo tiempo, la relación parece más
inestable, cualquier sombra de alejamiento la perturba, se pasa de la
confianza al recelo con gran rapidez, hablan mucho de lo que les pasa (‘te
noto más lejano’, ‘ya no es como al principio’, ‘es que paso una mala temporada’,
etc); hay muchos encuentros y desencuentros (‘se acordó, no se acordó’),
acercamientos y alejamientos; y, en ocasiones, la relación llega a ser
atormentada y hace sufrir. Los sentidos se encuentran fijos en la persona
amada -ojos, oídos, memoria, imaginación-: el enamorado cree ver u oír
siempre al otro, le reconoce enseguida, todos los demás pierden interés. La
vida entera se ve en función de ese amor, está teñida por esa relación, y sin
ésta se consideraría absurda.
La tarea que nos hemos planteado consiste en estudiar la relación que existe
entre estos dos amores, con el fin de establecer el ideal de amistad sexual.
Para esto vamos a plantearnos primero una pregunta muy común: ¿se puede
pasar de la amistad al enamoramiento?, ¿cómo? Detrás de esta cuestión se
esconde otra más profunda: ¿resulta necesaria la amistad para que haya
verdadero amor, o basta con el enamoramiento?
Un amigo y una amiga pueden llegar a sentir por el otro un amor sexual; cada
uno puede comenzar a ver al otro con otros ojos, o mejor, puede dejar de
mirar aquel interés que era común a los dos para centrar su mirada en el otro.
Y este momento de duda se suele presentar, a no ser que cada uno ya tenga
un amor que le llene, o que el atractivo sexual entre ambos resulte nulo (que
cada uno sea como una escoba para el otro: en este caso, el otro nunca da
miedo, no se siente ninguna vergüenza ante él, no se busca quedar bien o
llamar la atención).
A veces, la posibilidad del enamoramiento resulta pasajera: todos o casi
todos los buenos amigos se han planteado alguna vez si no podría haber algo
más entre los dos. Pero si pasa el momento de duda y parece que no, vuelven a
ser amigos como antes. Otras veces es sólo uno el que se enamora, y entonces
asistimos a una dolorosa ruptura de la amistad.
Que surja el enamoramiento entre dos amigos introduce una transformación
radical en la relación, que incluso puede manifestarse en una ruptura o
muerte de la amistad pacífica, para dar entrada a algo más tormentoso:
parece que tiene que morir el amigo para que resurja el amado.
La metamorfosis -de amigo a amado- se presenta turbulenta: cada uno no
sabe qué es lo que siente por el otro, cada uno empieza a estar centrado en el
otro y comienza a exigirle al otro que esté centrado en él; y toda esta
torpeza suele llevar a enfados y discusiones. Pero si descubren que están
enamorados, la amistad resurge también: eran viejos amigos y ya no lo son de
aquella manera, pero lo siguen siendo de una manera nueva.
Sea lo que fuere, como el paso parece tan complejo y como toda
metamorfosis es de suyo una mezcla de lo viejo y de lo nuevo, el peligro está
en mezclar sentimientos, complicar todavía más el asunto. Por eso, entre
amigos debe estar ausente lo sexual. A veces se tiende a demostrar el cariño,
la ternura y la comprensión propios de la amistad con manifestaciones
sexuales. Esto enreda mucho las cosas: los sentimientos, la confianza, la
estabilidad. En la amistad, lo sexual que se introduce antes o fuera de tiempo
-cuando aún no se sabe qué se siente por el otro o cuando no se siente más
que amistad- puede llevar a un estado de enamoramiento artificial y pasajero,
que suele acabar con la amistad misma. Con los amigos las cosas deben ser
siempre más serias; no se puede caer en frivolidades circunstanciales.
Pero ¿qué es lo más sólido, la amistad o el enamoramiento? Contestar esto es
lo que nos interesa.
El enamoramiento, con toda la fuerza sentimental que posee, ¿es realidad o
es ilusión? Hemos hablado ya de la idealización del amado, pero ahora no
estamos hablando de amor, sino de enamoramiento. Estar enamorado no es lo
mismo que amar, como la semilla no es lo mismo que la planta. Ciertamente, si
todo se desarrolla de manera adecuada, el enamoramiento dará origen a un
amor; el enamoramiento constituye el arranque del amor: el mejor de los
arranques posibles. Pero para que este arranque prospere, deben concurrir
varios factores. Y la experiencia nos dice que no todos los enamoramientos
acaban en amor, por grande que haya sido su fuerza inicial.
¿Cómo comienza ese enamoramiento, de dónde viene? Esto equivale a
preguntar dónde comienza el comienzo. Podríamos decir que nace de una
conexión especial entre los enamorados, conexión que podía ser más o menos
previsible, pero que siempre resulta misteriosa y sorprendente, tanto que
muchas veces se toma por cosas del destino.
En este sentido, el enamoramiento (que supone mucho más que un simple
gusto) constituye una promesa de posibilidades nuevas. Se proyecta sobre
esa persona las propias aspiraciones, los propios sueños e ideales. Alguien le
ha llamado la atención de una manera poderosa; este atractivo hace que esa
persona ocupe el centro de su capacidad de percibir y de valorar. Surge una
sintonía sorprendente en la manera de ver las cosas, de reaccionar, y
encuentra una gracia especial en esa persona. Aún no la conoce bien, pero ya
ha despertado en él una ilusión, unas ganas de seguir conociéndola, una
esperanza de felicidad juntos. Esta ilusión hace que se acelere el proceso de
conocimiento (igual que el que se ilusiona por un deporte aprende
rápidamente todo sobre él). Pero sólo se trata de una promesa, sólo es una
ilusión y un incentivo. Una persona le ha llamado irresistiblemente la atención,
le ha hecho muchísima gracia, le ha puesto de su parte: en esto consiste el
enamoramiento.
Pero la ilusión tiene mucho de ficción. Nos podemos encontrar entonces ante
el síndrome del osito de peluche. Los niños, para llenar su necesidad de
ternura, de compañía y de amistad, se apegan a un osito de peluche, sobre el
que proyectan sus necesidades y sus afectos. Para esto, el osito debe ser
impersonal, no puede tener rasgos definidos: debe reducirse a simple soporte
o recipiente sobre el que verter esas ilusiones y satisfacer esas necesidades
afectivas. El osito de peluche resulta el amigo ideal, precisamente porque no
es más que mi idea proyectada sobre él. Tiene algo de narcisismo. Todo
enamoramiento arranca con este síndrome en mayor o menor medida: estar
enamorados se ve como algo ideal y maravilloso.
Pero no hay nada peor que el novio o la novia ideal, porque la idealidad puede
encubrir la realidad: las ganas de seguir ilusionados pueden deformar y
ocultar lo real, lo cual no deja de constituir un engaño. El interés mutuo se
traduce en un interés por ilusionarse mutuamente, y por eso los enamorados
tienden a quedar bien, a exagerar lo que al otro le agrada de uno o lo que a
uno le agrada del otro, a esconder lo que pueda separar: en definitiva, a
comportarse como un buen osito de peluche. "Si el que necesita gafas no las
lleva para quedar bien delante del otro, lo único que consigue es no ver bien al
otro" (Hal Hartley).
La ilusión no es mala. Incluso resulta necesaria, ya que despierta la atención y
la centra en alguien. Pero el sentido de ese despertar consiste en conocer
realmente a ese alguien. Refugiarse en la ilusión, no querer salir de ella,
termina en un engaño absurdo. Si se pone el ideal en mantener la ilusión, si se
quiere vivir en una nube (‘qué bonito es todo esto, qué bonito es estar así’), se
acaba estando enamorado del amor, ilusionado con la ilusión. Si uno se
encuentra demasiado absorto en lo que siente, en lo que le está pasando, en lo
que se está despertando en él, pierde de vista al otro real. Lo mismo le
sucede a aquel que se casa por casarse, por lo bonito que es estar casado:
parece que no sabe que el matrimonio también puede convertirse en un
infierno.
Todo eso del amor como ideal dulzón constituye una soberana estupidez
romanticona, y el que se va enamorando cada dos por tres porque necesita
sentirse enamorado se comporta como un tonto. Lo que importa es el cariño
concreto a la persona concreta, lo que vale es la realidad irrepetible del otro
y no el sueño meloso que no lleva a ninguna parte. No hay nada peor que tener
prisas por emparejarse.
Cuando se busca rodear la relación de elementos que alimentan el ensueño
-viajes, buenas comidas, buenas fiestas- (todo esto, en su justa medida, es
bueno y natural: lo malo es poner el protagonismo en lo ambiental romántico),
o cuando en la relación se recurre a la multiplicación de relaciones sexuales
para alimentar ese ensueño (el contacto físico funciona como una droga que
mantiene el ánimo de la relación), el peligro inminente radica en que todo
acabe en desengaño: ‘no sabía que fuera así’, o el más piadoso ‘ha cambiado
mucho’. Si uno no ha hecho más que elaborar y mantener una nube, cuando
llegue (que siempre llega) la hora de la realidad, se encontrará conviviendo
con un extraño al que nunca conoció; se había enamorado de un osito de
peluche, y cuando el osito empezó a dar las primeras señales de vida se
convirtió en un perfecto extraño (o en un auténtico oso).
Luego, al parecer, lo importante es conocer y amar a la persona real y
concreta, comprobar si lo que uno ha visto e intuido se corresponde con la
realidad de carne y hueso. El para mí que está detrás del enamoramiento no
debe ocultar ni suplantar la realidad del otro. Y, como vimos, es la amistad la
que centra la atención en el otro concreto más que en lo que el otro despierta
en uno.
Así, creo que podríamos concluir que lo sustancial en el amor sexual consiste
en la amistad: una amistad muy particular e intensa, probablemente (y
deseablemente) la gran amistad de la vida, que se encuentra modulada y
realizada en una relación sexual. Así como la amistad puede sufrir una
metamorfosis hacia el enamoramiento (y este tipo de enamoramiento resulta
muy sano, porque los dos ya se conocen bien en frío), el enamoramiento
siempre debe revestirse de amistad, de un conocimiento mutuo, de un montón
de cosas que se comparten, de un diálogo confiado.
La amistad tiene más peso y consistencia en el amor sexual que el simple
atractivo físico. Por eso, el novio siempre quiere ser el mejor amigo y
confidente (al menos de sexo masculino) de su novia, y si supiera que ella le
cuenta todo a otro que sólo es amigo, esto le molestaría profundamente,
aunque el otro fuera más feo que Cyrano; y viceversa: ‘¿y tú qué le tienes que
contar a fulanita?’.
Ahora bien, siendo la amistad lo sustancial, no constituye lo específico: lo que
le otorga toda su fuerza a esta amistad peculiarísima es que se trata de una
relación sexual que se establece entre un hombre y una mujer. El atractivo
sexual -la tensión del atractivo- potencia y lleva más lejos esa amistad. Nos
encontramos, así, ante una amistad radicalmente única, que presenta una
exclusividad de la que carecen otros tipos de amistad.
Por eso, todo el vértigo del atractivo, toda la intensidad del enamoramiento,
debe ser revivido en la amistad. La emoción vibrante y la alegría -y también la
inseguridad y la incertidumbre- del encuentro amoroso debe posibilitar el
conocimiento mutuo, abrir paso a la confianza y a la seguridad de los que han
llegado a ser muy amigos. En este sentido, el enamoramiento tiene un
carácter constructivo, constituye la fuerza motriz que permite edificar algo
permanente, algo definitivo: la gran amistad con aquella con quien se ha de
compartir la vida. La perfección del enamoramiento se alcanza en la amistad
sexual.
En resumen: el amor sexual otorga un mayor alcance a la amistad, le imprime
intensidad y la enriquece (enamorarse significa que hay algo más que
amistad); pero la amistad es lo que da continuidad, solidez y realidad al amor:
ser amigos supone también algo más que estar simplemente enamorados (de
hecho, el simple enamoramiento se desgasta rápido, y los esposos sólo
consiguen continuar ilusionados si han llegado a ser amigos que se conocen y
se quieren sin reservas).
La amistad sexual resulta -así- tan englobante que también es capaz de
contener y de dar fuerza a otros tipos de amor: el amor sexual se despliega y
coloniza otros amores, envuelve y se reviste de otros amores. Lewis expresó
muy bien esta experiencia: "Y es que una buena esposa ¡contiene en sus
entrañas tantas personas! ¿Qué es lo que no era ella para mí? Era mi hija y mi
madre, mi alumna, mi camarada, mi compañera de viaje, mi colega de mili. Mi
amante, pero al mismo tiempo todo lo que ha podido ser para mí cualquier
amigo de mi propio sexo (y los he tenido muy buenos). Tal vez incluso más que
ellos. Si no nos hubiéramos enamorado, no por eso hubiéramos dejado de
estar siempre juntos, y habríamos sido piedra de escándalo. Salomón llama
hermana a su amada. ¿Pudo ser una mujer esposa cabal sin que en algún
momento, bajo un peculiar estado de ánimo, un hombre no se sintiera
inclinado a llamarla hermana?". Y la persona que puede desempeñar para el
amante todos estos papeles del amor -con sus diferentes modos de sentir al
otro y con sus gestos específicos- es esa persona concretísima, y ninguna
otra.
4. Las promesas del amor: todo un misterio.
Muchos sostienen que el amor promete más de lo que da, que la ilusión jamás
queda satisfecha, y que en todo encuentro amoroso hay un fondo de
desengaño. Es como si la entrega nunca fuera todo lo intensa que se querría,
o como si no consiguiera hacerse definitiva. Esto llevó a algunos poetas
románticos a afirmar que los amantes deberían morir de amor en el primer
abrazo (¡vaya estropicio!).
Lo que se esconde detrás de esta experiencia -mientras el amor se mantenga
vivo- es que toda unión se queda siempre corta porque siempre promete más;
no se trata de algo que ya esté conseguido y terminado, sino de una presencia
abierta y misteriosa, que nunca se puede aprehender del todo.
El desengaño puede ser fruto de haber catalogado al amado según las propias
preferencias y expectativas. Pero el amado se resiste a verse reducido a
osito de peluche. En cada desengaño, resurge de las cenizas de un ideal pobre
la realidad inesperadamente rica de la persona amada. Es bueno que caigan
los ídolos superficiales que el amante forja en su imaginación para que surja
con nitidez toda la riqueza oculta e independiente de la amada. Al esconderse
la persona amada, al no encontrarla donde él esperaba y al descubrirla donde
no la esperaba, el amante cae en la cuenta de que lo que busca no es a sí
mismo, sino la irrepetible genialidad de ella. Las desilusiones son necesarias:
hacen al amor más verdadero y a la persona amada más real.
Esta presencia del ser amado constituye una fuente inagotable -promesa y
esperanza-, se da como lo que siempre acaba de llegar y seguirá llegando,
habla de una riqueza grávida de futuro y generadora del futuro. El amor
sugiere un cada vez más, una plenitud que siempre se encuentra en marcha. El
regalo de la persona amada resulta siempre mayor que la capacidad para
recibirlo, supera las previsiones del amante. Por eso, la felicidad consiste en
poder reconocer siempre esta sobreabundancia, esa promesa de más que el
amado representa en cada momento, incluso cuando el amante cree que ya no
se puede ser más feliz.
Tal vez una manifestación de este estado de ánimo, de esta mezcla continua
de desengaño y de sorpresa, y de esa confianza absoluta en la riqueza
inagotable del amado, sea la tendencia que tienen los amantes a reírse uno
del otro (de sus defectos, de sus manías, de sus olvidos), con una burla sana y
cariñosa.
"Cuando a los amantes, en el momento de la unión, les parece que por fin van a
hacerse con el amado, que le van a conocer del todo, sienten que el otro se
les escapa en el último momento, que les da un adorable esquinazo: no está
dispuesto a ser agotado de una vez por todas, siempre permanece abierto,
como una promesa, como una puerta que se abre a lo infinito. La persona
amada siempre se esconde y siempre regresa con un regalo nuevo" (Paul
Osborn). El misterio nunca puede concluir en un ‘esto es todo lo que hay’,
porque en ese momento habría muerto el amor: el amado siempre puede dar
más de sí. El amor no vive del pasado (‘ya he visto y he oído todo lo que tenía
que ofrecerme: ya me lo sé’), sino del hoy. La persona amada es alguien que
siempre está llegando.
Tu sola vida es un querer llegar.
En tu tránsito vives, en venir hacia mí,
no en el mar, ni en la tierra, ni en el aire
que atraviesas ansiosa con tu cuerpo
como si viajaras.
Y de pronto se siente,
cuando ya te acababas
en asunción de ti,
que en tu mismo final,
renacida, te empiezas
otra vez.
(Pedro Salinas)
Los que se quieren viven intentando culminar su amor, no de una manera tensa
y angustiada, sino profundamente confiada: creen en ese regalo en que
consiste su amor, en la capacidad que tienen de llegar a la plenitud si se les
deja actuar, si no se les interrumpe. Pero cada paso que dan resulta, de suyo,
insuficiente, se queda corto, aunque siempre esté cargado de promesa y de
esperanza. Y es mejor que sea así: de esta manera permanece vivo el amor. El
amado es a la vez tierra virgen por conquistar y hogar entrañable por el que
el amante se pasea a sus anchas; es más grande y sorprendente de lo previsto
y, al mismo tiempo, resulta pequeño y familiar; es inabarcable y también
abarcable en el abrazo; es infinito y a la vez se le lleva entero dentro. La
amada es a la vez joven -lo más joven que el amante tiene- y antigua -una
vieja amiga, una amiga de siempre- (Michael Stipe).
La persona amada guarda en su interior un misterio inagotable: por eso se le
ama. Igual que no se puede empaquetar una hermosa canción en un solo
acorde, ni encerrar la poesía en una fórmula, a la amada no se la puede
terminar de conocer: hay que dejarla fluir. Lo inabarcable de su verdad
representa la garantía de su riqueza: cuanto más se la conoce, se descubre
con alegría cuánto más queda aún por conocer. La amada no se reduce a una
incógnita matemática que el amante pueda llegar a despejar, porque en ese
momento se habría acabado su misterio (y esto es lo más triste que les pueda
suceder). La paciencia es la virtud de aquel que quiere recibir: sólo al que
sabe renunciar al dominio se le entrega la intimidad de la persona amada;
para poseer hay que dejar escapar: que la amada sólo le roce, como las aguas
en una zambullida. El amor es juguetón, y el juego que más le va es el
escondite: el último velo jamás se termina de descorrer.
Por eso, el amor se lleva mal con lo excesivamente previsto, no admite ser
reducido a las cláusulas de un contrato (‘yo esperaba esto de ti, no me diste
lo que prometiste’), como si se tratara de unos objetivos concretos sobre los
que es fácil juzgar si se han satisfecho o no. El deseo del otro permanece
siempre abierto, indefinido, no espera algo concreto sino la sorpresa de lo
inagotable: se experimenta como un deseo nostálgico. Los pequeños
desengaños que trae consigo la convivencia (‘yo creía que esto lo entendías, o
que no tenías este defecto’) se ven compensados con creces por sorpresas
agradables.
Para los que se aman, lo mejor del otro siempre está aún por llegar. Y para
ser capaz de recibirlo en su momento, ambos tienen que aprovechar cada
momento: deben tomarse el tiempo en serio. En el amor no se pueden dejar
las cosas para más adelante (‘ya hablaré, ya le pediré perdón, ya cambiaré’):
el desprecio del presente incapacita a la persona para apreciar la riqueza del
amado, el regalo siempre actual que le ofrece. Esta indolencia echa a perder
la alegría del amor. Sin embargo, aprovechar el momento no supone una
actitud tensa o crispada: es algo sereno y confiado (‘lo mejor está en marcha,
ya llegará, y no se me va a escapar’).
Cada instante se pasa y no vuelve a repetirse; cada instante adquiere una
trascendencia definitiva, se convierte en la oportunidad única de acceder a la
riqueza del otro. Esta caducidad es lo que le confiere al instante su
insustituible originalidad; su valor resulta tan grande que absolutamente nada
puede compensarlo. No sólo representa algo único: es la unicidad misma. De
esta irrepetibilidad del presente, cada instante de la existencia obtiene su
infinita y eterna riqueza. La belleza y el encanto de la persona amada -esta
sonrisa, este mohín de disgusto, estas lágrimas- se los va llevando el tiempo;
por eso, se siente la necesidad de estar ahí para recoger ese encanto
particular, para apreciar ese momento concreto (sólo el amante sabe
apreciarlo), y guardarlo en la memoria para que no se pierda. La presencia del
amado siempre se recibe en presente.
El amor constituye un deseo insaciable, porque aquello que persigue -el
amado- resulta infinito, no se agota, siempre da más de sí. Si satisfacer el
amor fuera como satisfacer el hambre fisiológica, se terminaría con un buen
chuletón. Pero el deseo propio del amor no se acaba nunca.
5. El tiempo y la compenetración.
Constituye una experiencia común que la nube del enamoramiento -de la
ilusión y de la pasión- puede pasar sin dejar rastro. Resulta curioso: aquello
en lo que parecía que iba la vida puede acabar en la más profunda de las
indiferencias.
Por eso, los enamorados le tienen miedo al paso del tiempo: querrían que el
instante de pasión se congelara y permaneciera así siempre, que no hubiera
que pasar a otra cosa porque todo se podría echar a perder. ‘Detente,
momento, eres tan hermoso’ constituye el grito de los amantes. Pero tal vez,
como demuestra Goethe en su Fausto, esta represente la peor de las
tentaciones.
En la amistad no sucede así: los amigos lo que quieren es precisamente tener
tiempo por delante (para compartir muchas cosas distintas, para charlar,
para disfrutar de sus aficiones, para organizar muchas comidas, etc); jamás
se les ocurriría pedir que se congelara el presente, sencillamente porque esto
resultaría muy aburrido.
Aunque el encuentro amoroso reviste un carácter que se acerca a lo eterno, a
un presente pleno más allá del transcurso del tiempo (a los amantes les
parece que se han detenido los relojes), sin embargo es algo que se da en el
tiempo. Si se accediera a cumplir el deseo de los amantes de que se
detuvieran los relojes, su amor quedaría muy pequeño: terminarían por
hastiarse el uno del otro.
Sin embargo, el miedo al paso del tiempo se encuentra justificado: el ardor
del enamoramiento se pasa, el angelito que uno creía conocer empieza a tener
defectos (antes no los tenía, y si los tenía eran adorables, pero ahora uno
empieza a pensar que lo que le hubiera hecho falta es una buena paliza a
tiempo); pesa más el día a día que los momentos -cada vez más espaciados- de
pasión; se cae en el acostumbramiento y en la rutina.
El descubrimiento mutuo, que era la ley del amor naciente, deja paso a un
excesivo conocimiento. La rutina y la repetición, la familiaridad, la intimidad
constante, parece que ahora ocupan el lugar de las conquistas y las sorpresas
que atraían tanto en los comienzos. Ya no hay espacio para la soledad (para
estar solo con uno mismo). Y esta sobreexposición mutua en el trato saca a
relucir los defectos, las manías, las durezas y estrecheces del otro. El
hombre ve -quizá- cómo su novia se convierte primero en su compañera, y
después en la carcelera que no le deja vivir su propia vida. Y ella comprueba
-tal vez- cómo su príncipe se va revistiendo de taras, de egoísmos, de
incomprensiones, y que ya no la quiere con la ternura de antes.
El resultado de este desolador proceso suele ser un matrimonio en el que la
relación conyugal ya no constituye el centro de la vida -como se quería al
principio-; ahora, la realización personal se busca fuera: en el trabajo, con los
amigos, en las aficiones y, a veces, en el adulterio (incluso de los dos y
aceptado por ambos). Lo que les mantiene unidos es la simple costumbre y la
conveniencia, no el amor.
Waugh describe esta situación con acentos patéticos: "Me sentí como el
marido que, después de cuatro años de matrimonio, se da cuenta de repente
de que ya no siente deseo, ternura ni aprecio por la mujer que una vez amó;
ningún placer en su compañía, ningún interés en gustarle, ninguna curiosidad
por nada que ella pudiera hacer, decir o pensar; ninguna esperanza de que las
cosas se arreglaran, ningún sentimiento de culpa por el desastre. La conocí
como se conoce a la mujer con la que se ha compartido la casa, un día sí y
otro también, durante tres años y medio; conocí sus hábitos de desaliño,
descubrí lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos y su egoísmo. El
encantamiento había terminado y ahora la veía como a una antipática
desconocida con la que me había unido indisolublemente en un momento de
locura" (Retorno a Brideshead).
O, dicho con un acento de humor: -‘Pepe, mañana cumplimos quince años de
casados y voy a matar el pavo’. -‘¿Y qué culpa tiene el pavo?: mata a tu prima,
que fue la que nos presentó’.
Ante esta perspectiva, no es de extrañar que los enamorados quieran
congelar la escena, mantener el primer instante intenso, y que vean el paso
del tiempo como el gran enemigo, la amenaza para su amor.
¿Cómo evitar este desgaste? Algunos recurren a una lucha a muerte (cuerpo
a cuerpo) contra el paso del tiempo: seguir sintiéndose atractivo, sostener el
disfrute del sexo entre los dos recurriendo a medios cada vez más
sofisticados (las estrategias y los montajes para la cama), mantener un tren
de vida placentero y divertido. Pero se trata de recursos artificiales,
entretenimientos colaterales que no resuelven el problema, y que llevan con
facilidad al autoengaño. Se reduce todo a un intento de mantener la ilusión
para no enfrentarse con la realidad (que se supone triste) del cada día del
otro y de la vida. Se lucha por una durabilidad que resulta ilusoria (se limita a
guardar las formas) y superficial (porque no incide en la esencia del
problema). Es como pretender echarle conservantes al amor.
La permanencia de un amor, la verdadera continuidad de una historia, es un
valor que debería encontrarse en el mismo amor: debería ser una
característica suya, no algo extrínseco (ni impuesto por una moral o por unas
costumbres sociales, ni conseguido mediante artificios). Para que la historia
de amor de suyo tenga continuidad necesita poseer el atributo de lo
duradero. Sólo un amor definitivo -seguro y sólido- se atreve con el tiempo.
Pero el tiempo no es sólo un posible enemigo; representa también el gran
aliado, una necesidad imperiosa del amor. Como vimos, el amor sexual -que
significa máxima amistad- está llamado a que le pasen muchas cosas; promete
un futuro cargado de acontecimientos importantes. Y para esto necesita
tiempo: todo el tiempo del mundo. Por eso el amor debe llevarse bien con el
paso del tiempo, pues constituye su condición de verdadera realización. No
quiero decir con esto que se llegue al amor con el simple paso del tiempo
(esperando sin más), sino que es el tiempo el que debe dar paso a la
verdadera amistad sexual. El tiempo adquiere todo su sentido porque les lleva
a la consumación de ese amor, porque se convierte en historia de amor. El
tiempo y todo lo que éste trae consigo -rutina, acostumbramiento, peleas,
reconciliaciones- alimenta el amor, es la materia prima que lo va
constituyendo, siempre y cuando el amor sea lo suficientemente sano como
para asimilar este alimento fuerte.
En el verdadero amor, cada uno quiere compartir con el otro toda la vida,
desea compenetrarse íntegramente con él. Compenetrarse significa hacerse
el uno al otro, acoplarse mutuamente; no se reduce a un simple
acostumbramiento (esto sería algo muy pobre). La amistad sexual lleva a
conocer la verdadera realidad del amado, a saber reconocerlo en todas sus
manifestaciones y hasta en sus defectos; busca siempre la comprensión y el
perdón; y el que ama no se puede entender a sí mismo alejado del amado: las
vidas se encuentran tan entretejidas que no se podrían ya separar sin
destruirlas.
Esta compenetración se alcanza con el tiempo, con las crisis, con las
novedades, con los reencuentros, con todo aquello que les sucede. Esta tarea
que supone adecuarse a otro ser -inquietante, deseado y sorprendente-
constituye la grandeza del amor y una de las manifestaciones más intensas de
la vitalidad humana. Cada uno representa un misterio para el otro -tiene otro
carácter, otra psicología, otra fisiología, distintos ritmos sexuales-, pero un
misterio al que debe adaptarse para ganarlo, al que debe comprender para
hacerlo feliz y poder ser feliz con él. Lo fascinante del amor reside en que
logra la identificación plena entre dos personas que son radicalmente
distintas: uno toca una nota y el otro otra, uno se adelanta y el otro se queda
rezagado, uno espera y el otro se hace esperar (esto último generalmente la
mujer), etc. Y precisamente estas diferencias que existen entre los dos
-como vimos- son las que permiten que se produzcan muchas alternativas, es
decir, que sucedan más cosas.
"En el fondo de todo amor existe sin duda una eterna repetición, una
monotonía implacable. Para que el automatismo que lo acecha no pueda
destruirlo, necesita cambios de tiempo, de lugar, de estructura, alternativas
de partida y de retorno, descubrimientos sucesivos, crisis inofensivas. Y la
fidelidad consiste en integrar en sí todos estos accidentes y nutrirse de
ellos. El amor de la pareja no puede subsistir sin superarse, sin elevarse, sin
volver a encontrarse en un plano más elevado" (Guitton).
La compenetración requiere mucha flexibilidad, una gran capacidad de
asimilación mutua. Al principio, la adaptación puede resultar turbulenta: es
como si cada uno tirara hacia sí de la cadena que les une. Por nada del mundo
querrían que esa cadena se rompiera: lo único que desean es la mutua
identificación. Pero al mismo tiempo cada uno quiere seguir siendo él mismo,
no quiere verse reducido a títere del otro: hay cosas del otro que querría
entender pero que no entiende, ideas que desearía compartir pero que no
comparte. Esto desemboca en discusiones, en tirones; ellos muchas veces ni
recuerdan cuál fue el motivo de la discusión: se han puesto a discutir sin más.
Esta tirantez se traduce en incomprensión: cada uno ve al otro como un
egoísta que no quiere entender sus razones. Estas tormentas suelen
superarse. Mientras la cadena no se rompa, esos tirones resultan
beneficiosos, son señal de que la compenetración se está realizando (son tan
saludables como una pequeña indigestión después de una sustanciosa comida).
Pero no se trata sólo de asimilar el modo de ser del otro en un momento
determinado, sino también los cambios -en uno y en otro- que trae consigo el
tiempo. Uno de los recelos ante el paso del tiempo obedece al miedo a las
transformaciones que ambos puedan experimentar: ‘sé siempre como ahora,
no cambies’. El tiempo va modificando a las personas y sus circunstancias
(vitalidad, carácter, disponibilidad, apreciación). Estos cambios son
inevitables, pero también resultan beneficiosos si el amor es capaz de
hacerse con ellos, de convertirlos en materia de unión.
La compenetración necesita un intercambio constante. Y son precisamente los
cambios los que hacen posible un intercambio vivo y fecundo entre los dos.
Cada uno confía en que ninguno de los dos cambiará hasta el extremo de
hacer ya imposible este intercambio, hasta el punto de que se rompa el amor
que se tienen, de que ya no se reconozcan mutuamente. La verdadera
fidelidad consiste en hacer renacer indefinidamente lo que ha nacido una vez.
"Lo que no es capaz de renacer es que no ha nacido nunca" (Thibon).
El amor vive en el intercambio y es intercambio, diálogo intenso y
comprometido. Cada uno se entrega al otro y recibe al otro, se da y se
recobra enriquecido en la respuesta agradecida y alegre del otro. Los
amantes viven como en un juego, se están pasando continuamente la pelota; el
amor perdura mientras este juego continúe, mientras el balón siga en
movimiento. Si se detiene, si uno deja de entregarse con generosidad y
transparencia, o el otro deja de aceptar con agradecimiento esa entrega
(aunque a veces no esté satisfecho del todo, o se encuentre cansado), el
juego se interrumpe y el amor se deteriora.
La identificación es lo que verdaderamente busca el amor; aquí se encuentra
el final eterno y absoluto que al principio sólo se traslucía en ese deseo de
permanencia: llegar a ser lo mismo con el amado de un modo definitivo. Pero
sólo después de muchos años viviendo juntos pueden los amantes sentirse de
verdad compenetrados, definitivamente en casa.
Esta compenetración está simbolizada y se realiza también en el abrazo
sexual. Jean Guitton expresó esto de un modo tan audaz como acertado: "El
contacto de los cuerpos no tiene sólo el efecto de fecundar, sino también de
impregnar, es decir, hacer que todos los elementos de nuestra sustancia se
insinúen y se esparzan en otra humanidad. Naturalmente, la impregnación de
los cuerpos no es más que el apoyo de una impregnación psíquica, moral y
hasta mística. De allí la impresión y la realidad de habitar el uno en el otro,
de una especie de presencia de uno dentro del otro, que no desaparece con la
ausencia y que acaso se hace más viva cuando la vida física comienza a
apagarse. Cada uno se convierte en fluido que impregna y en comida que
alimenta al otro, ambas vidas se entremezclan inseparablemente". Y T.S. Eliot
lo describe así en una dedicatoria a su mujer:
A quien debo yo el deleite que salta
y aviva mis sentidos cuando despertamos
y el ritmo que gobierna el reposo de nuestro dormir,
el respirar al unísono
de amantes cuyos cuerpos huelen el uno al otro
que piensan los mismos pensamientos sin necesidad de lenguaje
y balbucean el mismo lenguaje sin necesidad de significado.
El esfuerzo por compenetrarse supone siempre un sacrificio, una renuncia a
los propios gustos: exige paciencia y capacidad de entrega. Consiste en
hablar, poner las cosas en común, compartirlo todo; y en adaptarse: unas
veces uno ayuda y otras el otro, unas veces uno está hundido y otras el otro.
Se trata de ponerse realmente en el lugar del otro, intentar ver las cosas
como las ve el otro, aunque sin perder el propio punto de vista: la
identificación no equivale a uniformización, que sólo llevaría a una pérdida de
personalidad y al aburrimiento.
El amor les ha hecho un mismo ser. Incluso las peleas que parecen alejarles, o
los momentos en que uno hace sufrir al otro (con un sufrimiento
especialmente vivo e íntimo, porque no proviene de fuera sino de dentro, de
esa parte de uno que es el otro), no son más que manifestaciones de la unión,
acontecimientos pasajeros que la corroboran (son escaramuzas cuyo campo
de batalla se circunscribe al cariño que se tienen).
El amor da sentido a los roces (se pelean porque se importan: ‘¿cómo has
podido pensar, decir o hacer eso?’; por el tono de voz -a veces de rabia mal
contenida- y la mirada, este reproche puede reflejar el ‘te quiero’ más
conmovedor que alguien pueda escuchar en su vida) y lo que los mantiene en
su justa dimensión. Mientras haya amor, los choques -por fuertes que sean-
les unen y les divierten (no importa que haya que reparar el mobiliario
después de cada trifulca). Y después de cada pelea ellos descubren el gusto
de darse por vencidos y hacer las paces, es decir, de demostrar y
demostrarse que lo único que de verdad les importa es el otro. A veces,
puede parecer que el amor sufre retrocesos (ya no es como antes); pero
mientras la entrega permanezca sincera, el amor seguirá avanzando seguro.
El amor consiste, pues, más en una tarea y en una conquista que en un simple
disfrute. Y es la tensión de la tarea lo que preserva el amor, que constituye la
única fuente de disfrute. Pero esto no es más que la esencia del amor sexual,
que se manifiesta tanto en el alma como en el cuerpo.
No basta con que los enamorados encajen muy bien de buenas a primeras (con
la misma facilidad pueden desencajar sin especiales traumatismos): la
compenetración representa algo mucho más profundo y costoso. Cada uno va
produciendo pequeñas pero dolorosas heridas en el otro (sin malicia,
noblemente, fruto de choques inevitables), rompe un poco la cómoda
individualidad del otro para que el otro se vaya haciendo a él, para que el otro
le deje entrar y acomodarse en su intimidad. Y cada uno ama esas heridas que
el otro le ha causado, porque representan el espacio que cada uno le abre al
otro en su interior. Cuando estas heridas cicatrizan, cuando se regeneran los
tejidos dañados, ambos descubren asombrados que el entretejimiento mutuo
se está llevando a cabo.
La unidad puede alcanzar tal altura que las cualidades y los méritos del otro
se consideren propios; no sólo se aprende de las virtudes del otro, sino que se
vive de ellas: ‘la que lleva la iniciativa es ella, tiene más imaginación’, ‘el que
tiene paciencia es mi marido’. Igual que uno se sirve de ambos brazos sin
dejar de pensar que siempre es él mismo quien obra en cada uno (‘esto lo hago
mejor con el derecho, esto otro con el izquierdo’), así se reparten ellos las
tareas sin dejar de pensar que todo lo hacen juntos los dos (‘quien habla
estas cosas con los hijos es mi marido’, ‘de ayudar a los necesitados se
encarga mi mujer, habla con ella’).
Qué bien vio esto Tolstoi en Ana Karenina : "Entonces Lievin comprendió
claramente, por primera vez, lo que no había podido captar bien después de la
bendición nupcial: que el límite que les separaba era intangible, y que nunca
podría saber dónde comenzaba y dónde terminaba su propia personalidad.
Aquella riña le produjo un doloroso sentimiento de escisión interior. A punto
de ofuscarse, comprendió enseguida que Kiti no podía ofenderle de ninguna
manera, desde el momento que ella formaba parte de su propio yo".
El paso del tiempo posibilita lo real; sólo en el tiempo suceden cosas de
verdad, cosas que nos conmueven, que nos apasionan, que nos hacen felices (o
desgraciados), pero de verdad: "sólo en el tiempo se vence el tiempo" (Eliot).
Pensar que es la intensidad de la emoción (más bien habría que decir ‘de las
sensaciones’) lo que cuenta, y que desgraciadamente en los matrimonios
maduros el éxtasis de la pasión está condenado a degenerar en rutina y en
mediocridad, supone desenfocar la cuestión. La clave está en descubrir cómo
lo eterno del éxtasis puede encontrarse encarnado en la normalidad. Es
decir, la cuestión reside en qué noción de normalidad y de tiempo es la propia
del amor.
6. La pasión y la normalidad.
Amar en el tiempo no consiste (ya lo vimos) en la búsqueda o el
mantenimiento de un estado sublime de pasión; por otra parte, intentar vivir
de continuo en la pasión se haría insoportable y hasta ridículo (como si un
marido se pasara la vida diciendo: -¡cómo me gustaría ser aquello que te doy y
no quien te lo da!; y su mujer: -cariño, no te pongas así: yo sólo te he pedido
las llaves del coche).
El amor se va encarnando en lo cotidiano, en los hábitos adquiridos en común:
en su manera de llegar a casa, en sus reacciones características, en sus
manías, en el modo que tiene de reír y de enfadarse, en cómo se desenvuelve
en la intimidad del hogar, en el buenas noches, en la manera que tiene de
quedarse dormido, "en esa arruga que se te forma en la frente cuando me
miras como si estuviera loco" (N. Ephrom). En estos detalles normales, cada
uno percibe con nitidez la personalidad irrepetible del otro. El amor se
encuentra entonces en la sutura entre alma y cuerpo: cada uno quiere y
necesita al otro como parte de sí mismo, se es lo mismo, y sin él no se sabría
qué hacer. Los jóvenes enamorados suelen afirmar que no podrían vivir sin el
otro, cuando lo cierto es que sobreviven al fracaso sin especiales problemas;
en cambio, los viejos esposos sí que pueden morirse de pena cuando el otro
les falta: ya no saben vivir sin él.
Con el tiempo, la relación va adquiriendo un ritmo sereno, seguro, confiado;
está compuesta de repeticiones, de comienzos y recomienzos muy parecidos,
aunque todos supongan siempre un crecimiento y un avance. En esto consiste
la amistad conyugal, aquí se encuentra la esencia del amor sexual. Cada uno ya
no siente de una manera tan intensa lo que sentía antes, pero sí de una
manera más profunda, más arraigada. Al amante ya no se le van los ojos tras
la amada, ni se la come con la mirada cada vez que aparece, pero ahora "lleva
siempre su imagen detrás de los ojos"; "ya no me da un vuelco el corazón cada
vez que oigo su voz, pero sin su voz que llena mi vida yo me moriría" (Leos
Carax).
Esto no quiere decir que el sentimiento no siga siendo intenso, que se haya
hecho mediocre, sino todo lo contrario, como se comprueba en que si algo
cuestiona o pone en peligro ese amor, el sentimiento resurge apasionado. Pero
el amor y la pasión se han encarnado ahora en gestos templados, en
costumbres hogareñas, en detalles cotidianos; y se manifiesta, sobre todo, en
los múltiples sacrificios que cada uno hace por el otro, cuyo único motor es el
cariño que se tienen. Ya no se trata de una llamarada momentánea, sino de un
fuego constante que poco a poco lo va devorando todo.
La entrega mutua se traduce en una confianza plena, propia de la convivencia.
Incluso descubren el placer que se esconde en mirar a la persona amada
cuando ésta no se sabe mirada -leyendo, andando, pensando, durmiendo-,
porque así se recoge su imagen más ingenua y espontánea. Como advirtió ese
genio del cine que fue Nicholas Ray: "esta es una buena escena de amor: tú
ahí, sentada con cara de sueño en un rincón de la cocina, y yo aquí
preparándote el desayuno".
Tal vez esta normalidad represente la manera de dar cauce a toda la
profunda energía del sentimiento, el modo en que ese sentimiento sobrevive
en los amantes sin agotarles por su intensidad. Esta vida cotidiana del amor
funciona como una especie de manto que vela el demasiado desnudo y
demasiado precioso misterio del amor: el encubrimiento de un milagro en el
tono gris de la normalidad. Algunos pueden juzgar esta normalidad como algo
inauténtico y mediocre; pero se trata de la envoltura que requiere todo
misterio para seguir siendo un misterio, el ropaje que lo expresa con sencillez
y lo protege.
El amor trabaja como un minero que va escarbando y metiéndose en el
interior de los amantes; sus primeros golpes de pico fueron muy sensibles,
porque dieron en la superficie; pero ahora su trabajo resulta más silencioso
(por ser más profundo), aunque mucho más eficaz. El amor les va
conquistando mientras duermen en la normalidad, mientras no son demasiado
conscientes de lo que les está pasando.
"Es como si el amor echara en torno suyo un manto para no saber qué ocurre
en él. Así, cada uno de los amantes puede albergar al otro en su alma, pero
llevándolo en sí con tanta inconsciencia y tan voluntaria ignorancia como una
madre lleva al niño en su seno. Uno ofrece al otro su alma como un manto bajo
el cual él pueda ocultarse como quiera. Por eso el amor busca la noche, no
porque tenga que esconder algo, sino porque él se desvela a sí mismo de tal
modo, se abandona de tal modo, que debe abrigarse, porque sólo puede
soportar su excesiva desnudez si la protege con la invisibilidad. La noche aquí
aludida no es precisamente la falta de luz exterior. Es el amortiguamiento de
la luz interior del amor, es el amor en cuanto noche, el amor que se convierte
a sí mismo en noche a fin de soportar lo excesivo de su claridad" (Balthasar).
Se trata de un amor que se convierte en afecto, en suelo firme, en algo que
siempre ha estado ahí y que siempre estará. Este afecto llena con creces los
espacios normales y largos que se abren entre los momentos de pasión. No
hay que hacer nada especial, ni estar contándose la vida continuamente:
basta con estar ahí, sentados mirando la televisión, o dar un paseo juntos.
De ahí la importancia de que cuanto antes la relación amorosa transcurra por
los cauces normales: que pasen los éxtasis, el sentirse fuera de este mundo,
el buscar lo excepcional y novedoso. Las palabras, los gestos, las reacciones,
poco a poco deben ir haciéndose reposados. Todo debe vivirse de un modo
sencillo, ordinario, sereno, como si nunca hubiera sido de otro modo, como si
nunca fuera a dejar de ser así.
La mística amorosa, con su exaltación del instante de éxtasis, pierde de vista
lo esencial. La felicidad no consiste en un momento de euforia, sino más bien
en la repetición de esos momentos adorables propios de la convivencia con la
persona amada. En el trayecto de la historia personal, esas vueltas y
revueltas -esas repeticiones- desempeñan un papel capital. Esta afirmación
contiene una sabiduría de siglos. Si en lo cotidiano no pudiera arraigar lo
sublime, estaríamos condenados a la fugacidad, a las aventuras aisladas en el
marco de una vida gris.
"Lo eterno no acontece en el tiempo en un instante privilegiado, sino en una
duración lenta y común; lo infinito sólo anida en el tiempo por un infinito
recomenzar" (Guitton).
El amor vive en un ritmo cíclico: la unión consiste en un volver a empezar, un
volver al comienzo, al amor primero. Supone una regeneración después de
haberse gastado un poco en la vida, de haber trabajado, conquistado, sufrido,
perdido, etc. "La unión sexual no tiene, en este sentido, un carácter sólo
generativo del hijo, sino, en primer lugar, regenerativo de los amantes:
significa renacer y renovarse, representa un baño refrescante, un sueño
reparador; es como volver al vientre materno donde todo era refugio
nutricio, y, sobre todo, supone volver a caer en la cuenta de que todo se vive
(se conquista, se sufre, se trabaja, etc) para ser entregado y puesto en
común" (William Roof).
Cada día se sale de la unión con la persona amada para completar un ciclo de
vida -trabajo, amigos, problemas-, para después volver a ella al final y
encontrar -en esa unión y en ese compartir- el sentido y la explicación de
todo lo que le ha pasado, para sentirse una vez más comprendido y aceptado.
La unión es, así, reunión, reencuentro, reconocimiento de lo que ambos han
cambiado y de todo lo que han hecho: todo queda integrado en la historia de
amor. Constituye un punto de partida y un punto de llegada. Cada periplo es
alimento que enriquece la unión; el tiempo y el cambio corren a favor de la
unión, la hacen más rica. Pero lo que da unidad y renueva esa historia es el
amor.
Los amantes, en la unión, se reconfortan mutuamente; sentirse unidos les da
energía y optimismo para salir otra vez a que les sucedan más cosas, a
enfrentarse con los problemas de la vida, porque saben que, pase lo que pase,
siempre volverán a la unión, al sentido, a la comprensión: ‘pase lo que pase
todo acabará bien una de estas noches’. Y además, el abrazo ayuda a
solucionar -a conjugar- todas las diferencias y los distanciamientos que ellos
puedan experimentar: es el final feliz de todos sus conflictos. Por eso, el
amor se siente seguro de sí mismo, capaz de superarlo y asimilarlo todo.
Como escribe Wordsworth:
estoy aquí inmerso
en el placer presente y en el grato pensamiento
de que este momento es vida y alimento
para años futuros.
No se trata -con esta normalidad- de desechar el deseo sexual, sino de
reconocer todo el calado que posee, como aquello que une la dispersión del
tiempo y del cambio, como aquello que culmina la historia de amor. No se
trata de un simple deseo fisiológico, sino del deseo de llevar a cabo una vez
más la compenetración, de unir todo lo nuevo que les ha sucedido: el deseo
sexual es deseo de hogar.
Como describe Ian McEwan: "Después, una palabra pareció repetirse a sí
misma, una palabra suave y resonante, generada por la carne al deslizarse
sobre la carne, una cálida, susurrante y equilibrada palabra: casa; estaba en
casa, protegido, a salvo, y por lo tanto capaz de proteger: la casa que poseía y
que le poseía. En casa: ¿por qué iba a estar en ningún otro lugar? ¿No era una
pérdida de tiempo hacer cualquier otra cosa que no fuera eso? El tiempo se
redimía, el tiempo asumía de nuevo todo su sentido porque era el medio para
la culminación del deseo". Cada separación para recorrer el día despierta y
alimenta el deseo de unión y le ofrece un contenido; y el tiempo que ellos
pasan separados sólo tiene sentido porque culminará en la unión.
Por eso, la normalidad -la aparente rutina- que puede establecerse en la
relación sexual no significa una pérdida de interés o de intensidad, porque
trae consigo "poder hacer el amor de esa manera entrañablemente amistosa
que es privilegio y componenda de la vida matrimonial. Ya no sentían gran
pasión. Encontraban el placer al cabo de una cordialidad pausada, de la
familiaridad de sus hábitos y prácticas, del acoplamiento firme y preciso de
sus cuerpos, tan confortable como un modelo devuelto a su molde. Eran
generosos y pausados, y no necesitaban mucho. Pero si alguien les hubiera
dicho que se aburrían, lo habrían negado con indignación" (McEwan).
Como apunta C.S. Lewis, la vida sexual de la pareja pasa por diversos
momentos y estados de ánimo: pasión, dulzura y confianza, seguridad y
fortaleza, alegría y diversión. En cada etapa la unión posee un sabor
peculiarísimo, insustituible: todos estos sabores compensan por sí mismos,
porque cada uno expresa un aspecto del amor. Si el amor se ahonda con el
paso del tiempo, también lo hace la relación sexual. Y hablando de la relación
con su mujer, escribe: "En estos años que hemos vivido juntos, festejamos el
amor en todas sus modalidades: la solemne y la alegre, la romántica y la
realista, tan dramática a veces como una tempestad, tan confortable y
carente de énfasis otras como cuando te pones unas zapatillas cómodas. No
ha habido fibra del corazón y del cuerpo que haya quedado insatisfecha".
Incluso cuando por la edad se pierde el vigor y ya no existe un claro deseo
sexual, el cuerpo del amado sigue significando un refugio apacible, un hogar
tierno: ya no se puede vivir sin la cercanía de ese cuerpo.
Y así, en la normalidad y con el paso del tiempo, los amantes alcanzan la
verdadera experiencia de un amor seguro y sereno: eterno. Con esa eternidad
que ellos buscaban desde el principio, pero a la que sólo se llega
aventurándose en el tiempo.
7. La transformación del amor sexual por el hijo.
Se suele afirmar que los hijos introducen un cambio -una distracción- que
estropea la relación de la pareja: ésta pierde su independencia y su
espontaneidad, debe ponerse en función de un intruso que ha irrumpido en el
amor de los esposos (y este intruso sí que se comporta como un verdadero
okupa). El hijo se interpone (hasta en un sentido físico) entre los dos:
reclama un tiempo que antes sólo pertenecía a la pareja, pide cuidados y
atenciones, ‘se queda con algo del otro que antes sólo me pertenecía a mí’. Y
creo que a los que sostienen esto no les faltan razones. Aunque el problema
resulta más complejo de lo que parece. Vayamos por partes.
Los amantes buscan -sobre todas las cosas- la compenetración de la que
hablamos. Pero esta unión que ellos persiguen no llega a consumarse del todo.
Los que se aman nunca están satisfechos ni de lo que dan ni de lo que reciben,
no han podido decir todo lo que sienten, siempre algo se les ha quedado en el
tintero. No consiguen hacerse uno de manera definitiva; después de cada
unión vuelven a sentirse separados: su empeño parece incapaz de alcanzar una
identificación plena en la que poder descansar. Por esto, el deseo de la unión
sexual renace siempre.
Embarcados los dos en este viaje,
¿cuándo se podrá decir que hemos llegado a puerto?
La alternativa ante esto se encuentra en la reiteración de la entrega física:
‘ya que una vez no basta, hagámoslo muchas’. Se trata más de una promesa y
un deseo que de una realidad consistente, segura, ya conquistada.
Pues de esa insaciable y repetida unión, como por un golpe de suerte, como si
fuera un milagro, aparece una nueva vida, surge un tercero que no es más que
la mezcla de ellos dos: consiguen precisamente aquello que andaban buscando.
La acción de darse, que parecía no dejar rastro y que se debía repetir una y
otra vez para mantenerla en el tiempo, ahora ha desembocado en algo que se
ha dado y que se quiere quedar, que exige un sitio. Ellos se han encontrado y
reunido definitivamente en el hijo. Por eso, el hijo hace la unión más
entrañable, ahonda ese lugar en el que ambos se pertenecen uno al otro.
Que la aparición del hijo transforma la vida de los esposos resulta innegable:
la exclusividad de la relación, su privacidad y su espontaneidad se ven
afectadas por la presencia de un tercero, ya desde que está en el vientre
materno. El ‘al fin solos’ comienza a resultar más problemático. Y ellos ya no
hablan tanto de sí mismos ni de cómo va su relación: ahora tienen que hablar
de otras cosas más urgentes.
Pero aquello que a simple vista puede parecer que los separa representa el
fruto mismo de su compenetración: es su amor hecho hijo. Cuando ella ocupa
su tiempo y sus energías en gestarlo y después en cuidarlo, no está
físicamente con su esposo (su cuerpo pertenece ahora, por un título nuevo y
más poderoso, a su hijo), pero se encuentra doblemente con él, pues el hijo es
el fruto de él amándola a ella. El cuerpo de la mujer, que antes estaba
completamente abierto a su marido, ahora comienza a cerrarse en torno al
hijo; pero este cierre para ocuparse del hijo es una manera de estar
doblemente abierta a su esposo. Sentir celos del hijo resulta, por eso, una
tontería. El hijo constituye un vínculo de unión inimaginablemente intenso, y
el mejor regalo que se han hecho el uno al otro.
En este sentido, el hijo encarna la obra más radical de su amor, constituye su
sello y su corona, porque el hijo es, de una manera sorprendente, una mezcla
irrepetible y originalísima de ellos dos, una mezcla en la que no se puede
separar lo que es de ella de lo que es de él, donde su identificación ha llegado
a tal punto que ambos se encuentran indisolublemente unidos en el hijo. Sus
cualidades y valores, todo aquello que cada uno amaba en el otro, todo eso
que ellos querían compartir y entremezclar impregnándose el uno del otro,
ahora se ha mezclado en una realidad que descansa en el seno de ella, se ha
combinado dando lugar a un tercero que se está formando en su vientre. Por
eso, a cada uno le gusta reconocer al otro y reconocerse a sí mismo en los
rasgos del hijo: ‘tiene tus ojos, tiene mi boca’; ahora lo de cada uno resulta
inseparable de lo del otro.
El afán de estar solos, disfrutando en exclusiva del otro (afán que obedece al
deseo de estar indisoluble e imperturbablemente unidos), se realiza en
plenitud en el hijo, es decir, precisa y paradójicamente cuando ya no se
encuentran tan solos. Los dos perciben esta eficacia de su amor como algo
que excede sus propias fuerzas, como algo de origen divino: por eso siempre
se ha tendido a divinizar el seno de la embarazada, y por eso el
agradecimiento mutuo tiende a elevarse a Dios.
Pero, ¿cómo se vive esta novedad?, ¿cómo se asimila esa presencia
inesperada?, ¿qué es lo que cambia? Para ver esto, creo que resulta necesario
distinguir dos momentos de un mismo misterio.
Por un lado, nos encontramos con el misterio de la concepción. En ésta, algo
radicalmente distinto ocurre en la mujer, tanto en su alma como en su cuerpo.
Hasta ahora, todo había sido normal, todo parecía conocido y controlable;
incluso la novedad del amor de su esposo, con toda su radicalidad, palidece
ante este suceso trascendental. Ella lleva en su seno una nueva vida, que está
alimentando con su propia vitalidad.
El misterio de la concepción y de la gestación reside en la madre; es ella
quien lo vive, lo sufre y lo disfruta. El hombre sólo ha despertado en ella esa
posibilidad dormida; él ha realizado un gesto intenso de entrega, en el que ha
puesto todas sus fuerzas, pero el resultado de la unión se le escapa, le
parece desproporcionado: él ha entrado en su mujer y ha puesto en marcha el
misterio de una nueva vida, y ahora se le pide que espere fuera. Él no vive la
concepción, ni la sufre, ni la disfruta como ella: por eso la contempla como
quien contempla un misterio al que él mismo ha contribuido pero que le
supera, y pregunta, e intenta participar de la alegría de su esposa, y se siente
culpable cuando ve que sólo ella carga con el peso y el dolor.
Pero el peso y el dolor son el precio de toda sabiduría: la mujer encinta toca
el misterio del origen de la vida y de su sentido, y el hombre sólo puede
participar externamente -de oídas- de esta sabiduría. El embarazo requiere
de ella una especial dedicación de sus fuerzas, una gran capacidad de
concentración íntima: por eso se le disculpan todos los caprichos, despistes y
desganas. Ella se encuentra ocupada en el sentido más pleno de la palabra:
"ahora yo como para dos, camino para dos, respiro para dos" (Natalie
Merchant).
Así, la concepción constituye una fuente de novedades y de comunicación
especialmente intensa para la pareja; aquí es ella la que cuenta y él el que
pregunta e intenta entender. Sin embargo, ella siempre se queda corta, nunca
puede traducir en palabras todo lo que siente.
Junto (después) al misterio de la concepción, nos encontramos con el misterio
del nacimiento. En el nacimiento, aparece el tercero como totalmente otro,
dotado de vida autónoma, a quien se abre toda una vida por delante: una
historia, una felicidad y plenitud, una capacidad de amar como la de sus
padres. El futuro lleno de cosas buenas que compartir, el tiempo que el amor
pide porque les tienen que pasar muchas cosas y tienen que hablar de muchas
cosas, ahora se ha encarnado en el hijo, que trae -en el sentido más radical-
tiempo y futuro.
El niño es el fruto de esa mezcla de sus padres; sólo a partir de esa unión
sexual pudo darse este ser irrepetible y original: él nunca hubiera llegado a
existir al margen de esa mezcla amorosa (‘si no os llegáis a encontrar yo no
estaría aquí’).
Igual que de la ilusión del enamoramiento se pasa a la realidad del amor,
ahora, de la mera posibilidad de hacer cosas juntos se pasa a la realidad
concreta (para bien o para mal, traiga alegrías o preocupaciones) del hijo. Ese
compañerismo radical en el que viven ambos llega a su culmen con la irrupción
del hijo. El hijo se vive como lo más importante que los dos puedan realizar en
y con su amor. Todo lo demás pasa a un segundo plano. En la vida de la pareja,
el nacimiento de un hijo introduce un profundo cambio: ella deja de ser sólo
esposa-novia y comienza a ser esposa-madre, y él deja de ser esposo-novio y
comienza a ser esposo-padre.
Pero -y esto es lo más sorprendente- el hijo, como cumplimiento del amor (los
amantes pueden afirmar satisfechos: ‘al fin lo hemos conseguido’), no
significa un final, sino que abre un principio, un recomenzar. Ahora que los
amantes creían haber culminado su afán es cuando todo no ha hecho más que
empezar.
Cada hijo encarna un proyecto real y vivo que sacar adelante, alguien a quien
cuidar, a quien hacer feliz. Los padres siempre piensan que sus hijos llegarán
más lejos, que serán más felices que ellos, que tendrán todo aquello de lo que
ellos no pudieron disfrutar (y ellos se encargarán de que esto se cumpla). De
alguna manera, ven la vida y la felicidad de sus hijos como una continuación de
la suya, incluso como su perfección. Su tiempo y su futuro se continúan en el
hijo: el hijo representa una nueva oportunidad para vivir y realizarse.
Para el padre, el niño representa, al principio, una responsabilidad que le ha
caído; por eso el recién nacido le parece una criatura extraña y desvalida que
despierta toda su compasión: ‘¡qué pobre!: ¿cómo se puede ser tan diminuto?’.
"¡Pero qué diferentes de los que él había imaginado eran los sentimientos que
le inspiraba aquel pequeño ser! En lugar de la alegría prevista, Lievin no
experimentaba más que una angustiosa piedad. De allí en adelante habría en
su vida un nuevo punto vulnerable. Y el temor de ver sufrir a aquella pequeña
criatura indefensa, le impidió notar el movimiento de necio orgullo que se le
había escapado al oírla estornudar!" (Ana Karenina).
Para la madre resulta distinto: el hijo es aquel con quien ella más se
identifica. El niño es más suyo (por eso realiza con frecuencia el gesto de
llevárselo con ella) que del padre (o al menos en un sentido más profundo):
aquí se exclama el ‘mío’ más radical. Ella tiene más conciencia de que el niño
es alguien que sí tiene vida propia, dotado de personalidad; alguien que la
entiende, que la reconoce y que le comunica cosas (ya desde que está en su
vientre). Pero ella no sabe explicar a los demás qué le comunica su niño y
cómo se entienden los dos: por eso suele callar.
"Sin embargo sonrió, y su sonrisa quería decir que en el fondo de su alma
sabía muy bien -a pesar del escepticismo de los demás- que su niño
comprendía montones de cosas ignoradas para el resto del mundo, y que
incluso él se las había revelado a ella. Para su niñera, para su abuelo, para su
mismo padre, el niño era una criatura humana a la que no hacían falta más que
cuidados físicos; en cambio, para su madre era un ser dotado de facultades
morales, y habría sido muy largo de contar lo que pasaba entre aquellos
corazones" (Ana Karenina).
Desde que el niño aparece se inician los miedos, las esperanzas, las
preocupaciones, las incertidumbres, las alegrías; la comunicación y el
intercambio de estos sentimientos contrarios colman tanto a la pareja que
llevan a plenitud su amor -su compenetración-, aunque en un sentido muy
diferente del que ellos imaginaban al principio. Los amantes han perdido la
exclusiva y el protagonismo del amor, en beneficio del recién llegado. Aunque
este recién nacido parezca impotente, él lo centra y lo consagra todo. Pero
esta pérdida trae consigo la principal ganancia. El pequeñajo renueva la vida,
relanza la relación de la pareja; el hijo concentra todo lo importante y
verdadero que existe para los dos.
Antes ellos se encontraban uno al otro de manera inmediata -a solas-; ahora
se encuentran fundamentalmente en el hijo, ahora ellos se quieren y se
abrazan en el hijo, y su diálogo discurre por el cauce del hijo. El diálogo se
hace más intenso porque lo que está en juego resulta radicalmente valioso y
vivo: las decisiones que tomen entre los dos serán determinantes para ese
hijo.
Ahora hay que organizarse de otra manera porque el tirano del niño impone
sus horarios; ahora es necesario adaptarse a un tercero que también va
cambiando según va creciendo. La adaptación y la compenetración mutua se ve
reactivada de una manera muy especial con cada hijo. Le viene muy bien al
amor de la pareja esta novedad radical, que les protege de un acomodamiento
mutuo, que es algo muy distinto de la compenetración. Como vimos, el amor se
lleva mal con lo excesivamente calculado y previsto, y el niño es el que rompe
toda programación y toda rutina. El niño representa una sorpresa continua:
‘¿y tú qué haces aquí?’.
Por otra parte, el hijo también posibilita la vida familiar: para que haya
familia hacen falta al menos tres. La tripleta eleva las posibilidades de
cambio e intercambio más allá de lo que parece capaz una pareja. La relación
esposo-esposa se ve potenciada por la relación madre-hijo y la relación
padre-hijo: todo se hace más variado y variable. Cuando ella habla y tiene sus
secretos con el pequeño, el esposo no se siente desplazado, sino enriquecido;
y viceversa. Cada uno aprende a ver al otro con los ojos del hijo, y al hijo con
los ojos del otro. Tal vez por eso, en algunos lugares, el esposo tiende a
llamar -con el hijo- ‘mamá’ a su esposa (y viceversa), y esto no sólo para
ponerse a la altura del niño, sino porque de verdad la contempla desde una
perspectiva encantadora e insospechada. Así, cada nuevo hijo enriquece la
vida familiar, y la progresión no resulta aritmética, sino geométrica. La
familia constituye, por esto, un lugar particularmente vivo y sagrado.
Además, la presencia de un ser pequeño, desvalido y necesitado, brinda una
profundidad nueva a la vida de sus padres, les enseña una faceta misteriosa y
rica: el valor de la atención, del desinterés, del sacrificio, de lo pequeño. "Son
los niños los que nos despiertan, los que nos dicen: ¡qué dura eres, sé suave,
ten paciencia!" (R. Schaumann). Muchos llegan a comprender de verdad a los
niños cuando ven al suyo por primera vez. Los niños piden que se les dedique
tiempo, un tiempo aparentemente inútil: jugar con ellos, tenerlos en brazos,
escuchar sus incoherencias, atender sus caprichos nocturnos. En un mundo en
el que todos vamos agobiados en busca de objetivos cuantificables, los niños
nos recuerdan -con sus exigencias desvalidas- que lo importante en la vida
son esos tiempos que se pierden con las personas a las que amamos; nos
enseñan el valor de la ternura, del saber detenerse en los gestos de cariño.
Y estas ocupaciones infantiles no constituyen un signo de debilidad, sino de
especial fuerza interior; como afirma McEwan: "Él estaba convencido de que
si pudiera hacer todo con la intensidad y el abandono con que una vez había
ayudado a su hija pequeña a construir un castillo de arena, sería un hombre
feliz y con poderes extraordinarios". Parece que los niños enseñan a sus
padres a ser padres, es decir, a ser más humanos.
El amor verdadero se siente empujado a dar mucha vida, a poblar la familia y
hacerla feliz, a abrir muchas puertas hacia el futuro y tomar la
responsabilidad de conducir todas esas historias a buen puerto. El amor
seguro se muestra poderoso, pletórico, emprendedor, y en el dar la vida
radica el ejercicio de ese poder (por eso, toda experiencia creadora tiene
una connotación sexual, precisamente porque la sexualidad en el amor
constituye una de las expresiones máximas de poder y creación). Cada hijo es
una mezcla sorprendente y original de los amantes. Y los amantes que han
llegado a ser amigos inseparables tienen ganas de formar con sus hijos una
buena panda de amigos.
Por esto, los esposos que -para defender la exclusividad, la intimidad y la
espontaneidad de su amor- suprimen o recortan la natalidad, están
bloqueando aquello que realmente buscan. Hacen bien en buscar la
compenetración total, pero se equivocan de camino, y ponen en peligro su
amor.
Un amor pobre, inseguro, tiene miedo de abrir esas puertas al futuro, porque
esas puertas conllevan una responsabilidad radical: los esposos no se sienten
con fuerzas para dar vida y hacer felices a esas vidas, para afrontar los
peligros y los trabajos. El amor que teme el paso del tiempo y el cambio,
también teme a los hijos; ellos no están tan seguros y confiados el uno del
otro, y por eso no se aventuran a ese imprevisible factor de cambio que
representa el hijo. Pero un amor así acaba por anquilosarse, por sumirse en la
rutina.
Ciertamente, los esposos deben juzgar -con responsabilidad-sobre sus
posibilidades de sostener y educar a más hijos; pero creo que este control
responsable debe dibujarse sobre el trasfondo de un amor sincero y
emprendedor, y no sobre la mezquindad o el miedo. Los verdaderos amantes
siempre tienen un sentido positivo de las cosas, ven el lado bueno y no sólo los
inconvenientes: esto es lo que caracteriza a una mirada amorosa.
¿Y si los hijos salen mal? Supone un riesgo (aunque ya es difícil que todos
salgan mal). Los disgustos que dan unos se compensan con las alegrías que
traen otros. Además, quién sabe: muchas veces los que hoy parecen casos
perdidos, mañana resultan ser los mejores. Pero esto forma parte de la
aventura de la familia y, por eso, constituye parte esencial de su atractivo y
de su riqueza. Sacar adelante entre todos a la oveja negra es algo que une y
da vida, representa una tarea intensa; además, hay ovejas negras
verdaderamente geniales (y también otras que son para echar de comer
aparte). Se encuentran casos para todos los gustos, y por eso resulta
imposible aburrirse. Y cada hijo aporta algo insustituible, más allá de todas
sus negruras.
8. El lugar de la mujer y el problema de la maternidad.
Una cuestión acuciante hoy en día, suscitada en parte por la polémica
feminista, consiste en determinar el papel de la mujer en la sociedad. Creo
que en este tema resulta fácil caer en los tópicos, es decir, en afirmaciones
comunes que no llevan a ningún sitio (y espero no caer también yo en ellos).
Muchas veces se intenta resolver este problema recurriendo a una estricta
igualdad entre los sexos. Es evidente que esta igualdad existe en un sentido
radical, en cuanto que poseen la misma dignidad. Pero igualdad no quiere decir
identidad. El hombre y la mujer son -afortunadamente- seres muy distintos.
Esta diferencia pertenece a la riqueza del ser humano; esos dos polos
distintos que se atraen posibilitan -como vimos- un diálogo en el que los
acontecimientos se hacen más reales, en el que la vida adquiere toda su
significación. Sin esa alteridad profunda de los sexos, el ser humano caería
en una insoportable monotonía. Por eso, los intentos de equiparación absoluta
o, en el mismo sentido, los intentos de conseguir la completa indiferenciación
sexual (cuyo límite se encuentra en la homosexualidad y en la
transexualidad), sólo pueden llevar al aburrimiento: tienen escasa entidad
para poder crear una historia de amor de gran recorrido.
Dicho esto (y pese al peligro de caer en el tópico), parece necesario
plantearse el lugar que ocupa la mujer en el mundo, en la riqueza vital del ser
humano. ¿En qué consiste lo específico suyo con respecto al varón? Un
aspecto radical de esa distinción es el comprometido lugar que ocupa la mujer
en la relación sexual debido a la maternidad. Parte de la llamada emancipación
de la mujer y de su búsqueda de igualdad con respecto al hombre, se ha
centrado en liberarse de la carga de la maternidad: poder controlarla y
separarla de la relación sexual, no verse tan involucrada en su cuerpo
sexuado (sobre todo con respecto al varón, que no carga con nada).
Sin embargo, la maternidad no se reduce a una simple circunstancia biológica
que determina la vida de la mujer, sino que se encuentra en el mismo núcleo
de la feminidad y, por eso, tal vez en ella radique esa distinción fecunda de la
que he hablado. Conocer el lugar de la mujer supone entender qué significan
la sexualidad femenina y la maternidad, y cómo determina ésta su psicología.
Resulta curioso, en este sentido, la peculiar relación que la mujer mantiene
con su propio cuerpo sexuado. "Muchas veces lo experimenta como a un
molesto extraño, con sus ritmos inapelables, con esa cadencia que gira con la
misma necesidad que las estrellas. Y esta extrañeza la siente con mayor
intensidad aún en dos momentos clave: durante el embarazo, donde su cuerpo
se encuentra con un inquilino que impone sus posturas y exige concentración;
y en el momento del parto, cuando la mente parece retraerse y ella percibe
su propio cuerpo, a pesar del dolor, como desde fuera (el nacimiento
constituye un misterio que parece que sólo transcurre en ella, como si en ese
momento ella no tuviera mucho que ver con él)" (R. Remington). La mujer vive
la maternidad -vive su sexo- de una manera muy especial, como si estuviera
representando un papel solemne y sagrado, y por eso a veces la percibe como
algo ajeno, como una misión de la que le gustaría verse relevada para poder
vivir tranquilamente su vida.
Pero al mismo tiempo, en el carácter de la mujer se encuentra impreso el
impulso -especialmente profundo- de concebir y engendrar vida (impulso que
puede encauzarse tanto en el hijo como en el servicio y en la entrega a los
demás). Ella necesita ejercer este carácter materno, que la lleva a vaciarse
en el hijo. Le resulta muy difícil a ella desentenderse de este impulso íntimo;
toda mujer termina por experimentar como un fracaso no haber sido nunca
madre o no haberse comportado como madre.
Sin embargo, está claro que la maternidad recorta las posibilidades sociales y
laborales de la mujer. La incorporación de la mujer al mercado laboral (una de
las grandes conquistas de nuestra época) choca con lo que hasta ahora ha
sido su tarea principal. Este choque lo percibe como limitación e
incompatibilidad, que le lleva a plantearse la necesidad de un recorte en su
trabajo o en su maternidad.
Pero lo que a primera vista puede parecer una limitación, tal vez constituya
también -y sobre todo- una riqueza. Tener que enfrentarse con esta
incompatibilidad (que sólo en nuestra época se puede llamar real), lleva
consigo una manera especial de juzgar las cosas, de valorar el trabajo y de
mirar la vida: una manera muy sabia. Ian McEwan lo ha intuido con certeza:
"A partir de cierta edad, los hombres se inmovilizan en su lugar y tienden a
creer que, incluso en la adversidad, forman en cierto modo una unidad con sus
destinos. Son quienes ellos creen ser. Lo cual constituye una debilidad y una
fortaleza. Ya estén saltando de las trincheras para acabar muertos a
millares, o sean ellos mismos quienes disparen, o estén poniendo el toque final
a un ciclo de sinfonías, rara vez se les ocurre, o se les ocurre a muy pocos de
ellos, que bien podrían estar haciendo cualquier otra cosa.
"Para las mujeres, en cambio, este pensamiento constituye una premisa, y
representa un constante consuelo o un tormento, al margen del éxito del que
estén disfrutando ante ellas mismas o ante los demás. Lo cual es asimismo
una debilidad y una fortaleza. El compromiso de la maternidad impide la plena
realización profesional. Una vida profesional en términos masculinos erosiona
la labor maternal. Intentar ambas cosas supone arriesgarse a la aniquilación
debido a la fatiga. Y no resulta fácil insistir cuando no puedes creer que eres
totalmente lo que haces, cuando piensas que puedes encontrarte -o que
podrías encontrar otra parte de ti mismo- expresada a través de otro
entorno diferente. En consecuencia, a ellas no las atrapan fácilmente los
empleos, las jerarquías, los uniformes y las medallas. Contra la fe que tienen
los hombres en las instituciones que ellos y no las mujeres han configurado,
las mujeres mantienen un principio diferente de individualidad, según el cual
el ser es más importante que el hacer. Las mujeres se limitan a rodear el
espacio en el que los hombres ansían penetrar".
La mujeres viven en un lugar especial de la existencia, viven entre dos
mundos: el del hogar y el de la calle; participan de los dos, los comprenden, se
sienten atraídas por ambos. Las limitaciones impuestas por el hogar parece
que las dejan a mitad de camino en su realización personal: han tenido que
hacer compatibles demasiadas cosas. Su vida discurre en un equilibrio
inestable. Por eso tienden a pensar en algunos momentos que ellas podrían
haber llegado más lejos en su profesión o en las relaciones sociales, o que
podrían haber desarrollado y expresado su riqueza personal también en otro
modo de vida. Pero esta inestabilidad les otorga una visión más certera de las
cosas, les brinda una sabiduría que en algo se parece y en mucho supera a la
de los ancianos. Ven la vida con una distancia que les permite apreciarla en su
verdadero valor. Y esta sabiduría contiene algo muy necesario.
Tal vez por esto las mujeres son especialmente nostálgicas. La nostalgia es un
sentimiento en el que se percibe toda la hondura del ser, todo su misterio. Se
trata de un sentimiento impregnado de trascendencia; por eso parece
indefinido, no tiene un referente claro (es como abrazarlo todo y sin embargo
no quedarse con nada). Es el sentimiento que mide la desproporción entre lo
que anhela el corazón humano -todo aquello que podría llegar a ser- y la
limitación de la vida. Pero se trata de un sentimiento confiado, sereno, que
espera que al final esa desproporción se resuelva. La nostalgia puede
convertirse -pervertirse- en angustia, ansiedad o triste melancolía; pero en sí
misma refleja un sentimiento muy genuino y rico. Las mujeres, por muy
felices que sean en su vida, siempre conservan este regusto nostálgico, y esto
forma parte esencial de su riqueza y de su atractivo.
Según esto, parece aconsejable que la mujer viva entre esos dos mundos.
Aunque muchas prefieran dedicar todas sus fuerzas a la maternidad (y en
ocasiones esto debe ser así), también resulta conveniente que la mujer esté
presente en el mundo laboral (porque es algo que la enriquece a ella y que
enriquece el mundo). Sin embargo, es necesario que esta presencia suya no
deteriore su papel de madre, ya que en esa fuente maternal ella bebe su
sabiduría; por eso, la mujer debe luchar por mantener el equilibrio. Porque
forma parte de su riqueza que ella no se crea demasiado la importancia del
mundo laboral (como casi siempre le sucede al varón). Gracias a ese estar por
encima -más allá- de los objetivos inmediatos de un mundo planificado y
utilitarista, entra (con el cuidado del niño, ese estorbo encantador) en un
mundo más real, más profundo, más humano; y puede así aportar al mundo del
trabajo algo -una señal- que sólo ella puede aportar. Al vivir entre esos dos
mundos, la mujer puede medir, comparar y saborear mejor estos dos ámbitos
de la existencia.
Es el padre quien lleva al hijo a conocer el mundo, le introduce en sus trucos,
lo prueba para ver cómo se defiende por sí mismo, para así sentirse orgulloso
de él; ante el padre, el hijo se siente a veces examinado, y, por eso,
comprueba que su amor está algo condicionado. Por eso, los hombres nunca se
encuentran del todo satisfechos en su mundo varonil. En cambio, la madre es
la que acepta al hijo siempre, pase lo que pase; ella representa su lugar en el
mundo, donde él cuenta por sí mismo y no por sus cualidades, el sitio de
donde nadie le puede echar. Por eso, la mujer resulta más reposada, vive más
en el ser de las cosas, y ofrece así la morada tranquilizadora. Todo aquello
que el hombre se afana en hallar lo encuentra sorprendentemente cumplido
en el hogar que es la mujer: "ella es la resolución de todas sus búsquedas
infructuosas" (Peter Gabriel).
En este sentido, el hogar siempre se ha visto como la extensión del cuerpo de
la mujer, en el que la mujer acoge y envuelve al varón; ella es el cobijo, el
punto de referencia de él. Por eso la mujer, más que la dueña del hogar, es el
hogar; y él es su habitante (igual que, en su momento, lo será el hijo). Ella es
la que se abre y deja entrar al varón, la que lo acepta y lo recibe entero en el
santuario de su cuerpo, la que le hace un hueco en este mundo. Este gesto de
abrirse reviste una especial significación y dignidad (de ahí la gravedad de la
violación); acoge al varón: su cuerpo, su semen y su hijo. La mujer encuentra
en el varón al habitante que necesita sentir en la casa que es ella. Por eso se
puede decir que la intimidad del hogar, de la que participan los miembros de
la familia, es la intimidad de la mujer hecha casa: la intimidad del hogar
siempre tiene sabor femenino.
"La casa no es sólo un lugar: es una categoría espiritual y psicológica, una
dimensión del alma. Es el esfuerzo por superar el cambio, por echar ancla en
los valores perennes. La calle es símbolo del camino, de la historia, de la
fatiga humana y de la humana provisionalidad. La educación doméstica es,
sobre todo, esto: no tanto enseñar a la mujer y al varón a estar en casa o a
hacer los trabajos caseros, sino más bien a ser domésticos en el sentido más
profundo. Es la educación para aprender a detectar el valor infinito que se
esconde en la aparente pobreza de las cosas y que lleva a un descubrimiento
poético y humano" (A. Zarri).
La casa constituye el lugar seguro en el que uno está por derecho propio, en
el que se le reconoce por su nombre. Pero también resultaría conveniente que
el ser humano pudiera sentir el mundo en el que vive y trabaja -la calle- en
mayor o menor medida como su casa. Ciertamente el trabajo es el trabajo y
el hogar es el hogar y cada cosa debe discurrir en su ámbito propio; pero si
queremos que el mundo que habitamos parezca más humano, resulta necesario
que estas cualidades hogareñas se encuentren presentes en el mundo laboral
(que exista compañerismo, que uno no represente sólo un número en una
cadena de producción y de consumo). Esto es algo para lo que la mujer posee
una mayor sensibilidad: ella echa más en falta estas cualidades humanas, y
sabe cómo promoverlas. Esta especial sensibilidad trae consigo un conjunto
de capacidades y pericias características, muy necesarias en la organización
del trabajo. De ahí el sinsentido en el que se incurre cuando se la discrimina
del mundo profesional precisamente por su maternidad.
Pero resulta aún más capital que la pareja dedique tiempo al hogar como una
ocupación prioritaria. Porque es en la familia donde el hombre aprende a ser
humano, donde adquiere sentimientos humanos. Ahí, el hombre aprende a
convivir con otras intimidades, a respetar y a comprender a los demás, a
ceder en sus intereses, a proteger y enseñar a los pequeños o débiles, a
tener paciencia, a saber lo que supone hacer sufrir a otro por un egoísmo o un
capricho. Sin estas experiencias que sólo se adquieren en familia, el hombre
se volvería insensible, desconsiderado, prepotente. El ser humano es un ser
familiar. Y es la mujer la que preferentemente tira para el hogar y arrastra
al varón al hogar.
Tolstoi percibió (y qué no habrá visto aquel genio) esta sabiduría femenina:
"Aquellas dos mujeres, tan diferentes por otros conceptos, ofrecían una
semejanza perfecta. Ambas conocían, sin experimentar la menor duda, el
sentido de la vida y de la muerte. La prueba de que sabían firmemente qué
era la muerte consistía en que, sin dudar ni un segundo, sabían cómo había
que obrar con los moribundos y no les temían. Sin embargo, Lievin y otros
como él, aunque podían hablar y decir muchas cosas sobre la muerte,
evidentemente no sabían qué hacer cuando la gente muere: temían a la
muerte porque la desconocían. Solo al lado de su hermano moribundo no podía
hacer más que esperar resignado y lleno de espanto la llegada de su hora
postrera.
"Kiti, por el contrario, no tenía tiempo para pensar en sí misma. Ocupada
únicamente de su enfermo, parecía tener un sentido muy exacto de la
conducta a seguir, y salía victoriosa en todos sus empeños. Se ponía a
contarle detalles de la boda, de ella misma, le sonreía, le exponía sus quejas,
le acariciaba, le citaba casos de curación. Su actividad no era, desde luego, ni
instintiva ni irreflexiva. Se preocupaba de una cuestión que estaba por
encima de los cuidados físicos".
Gracias a este ‘estar y no estar’, a esa continua bilocación entre la calle y el
hogar, y a ese contacto inmediato con la fuente de la vida, la mujer se
encuentra más cerca de la existencia, de las cuestiones vitales: tiene una
mayor connaturalidad con ellas.
Por otra parte, en la realización personal de la mujer, ocupa un lugar central
la familia: cuidar y disfrutar de su esposo y de sus hijos, verles crecer: "mi
niña no puede detener su mundo y su crecimiento para esperarme" (N.
Merchant). Ella vive esto de una manera especialmente intensa, lo valora en
toda su dimensión. Por eso, la mujer echa más en falta un hogar; y las
mujeres que se lanzan en exclusiva a la vida profesional terminan por
lamentar esta grave carencia. El hombre -que tiende más a lo exterior, a la
eficacia y al trabajo, y que muchas veces pone las relaciones laborales por
encima de su familia- aprende de su mujer a valorar esas realidades
esenciales: amor, ternura, compañía, hijos, hogar. Con el tiempo, él también
termina por echar muy en falta todo esto.
9. El amor y lo odioso.
Un tema que la literatura nos presenta con frecuencia es el del amor que
acarrea la muerte. Aquí se concibe el amor como una energía que arrebata a
la persona, la hace experimentar toda su fuerza sobrenatural, la lanza a
aventuras y peligros en pos del amado, hasta que provoca su destrucción.
Más allá de la verosimilitud de estas historias (y siempre la vida real tiene
historias más graves que la ficción), queda la certeza de que el amor provoca
una muerte en el amante, le impone un sacrificio personal, una renuncia, una
transformación. Parece que la historia de amor (el proceso que se desarrolla
en el interior de los amantes) pasa por diversas muertes, por distintas
metamorfosis, en cada una de las cuales muere algo anterior para que surja
algo nuevo que, aunque ya estaba en germen desde el principio, ahora se
encuentra purificado, desarrollado, lleno de sentido. Cada crisis enriquece
ese amor. El amor va madurando con la edad, va siendo más él mismo, los
amantes van aprendiendo a quererse cada vez más de verdad.
En las bodas siempre se pregunta a los novios: ‘aceptas a x como esposo, para
serle fiel en las alegrías y en las tristezas, en la riqueza y en la pobreza, en la
salud y en la enfermedad, en la juventud y en la vejez’: ¿por qué este tono
dramático de entrada? Voy a plantear las metamorfosis extremas
-terminales-, esas pruebas aparentemente insalvables por las que atraviesa el
amor, porque tal vez den luz a toda la vida de la pareja.
En primer lugar, encontramos aquello que de odioso tiene el otro: esos
defectos que no termina de corregir y que además parece que incluso
defiende, esas incomprensiones, esas indelicadezas, esos egoísmos. Lo odioso
no consiste simplemente en una disparidad de gustos, o en unos defectos que
se están corrigiendo; lo odioso es aquello que resulta odioso en sí mismo, que
sólo merece el rechazo, que a nadie se le puede culpar por no amarlo (la
insensibilidad, el mal humor, la brutalidad, etc). Además, algunas personas,
cuando se dan cuenta de que tienen defectos, se sienten humilladas y
entonces remarcan más esos defectos: se comportan como niños caprichosos.
Esta actitud resulta muy difícil de soportar.
Lo odioso representa un obstáculo para el amor; pero el amor puede elevar la
presencia de lo odioso hasta convertirlo en materia de ese amor. Ciertamente
lo odioso seguirá siendo odioso -y, dentro de lo posible, habrá que ayudar al
amado a corregirse-; pero esto ya no hará odioso al amado, sino que será algo
que posibilite la comprensión y la disculpa. Cuando el amor supera lo odioso
que encuentra en el otro, cuando ama esos defectos, no porque haya pactado
con ellos o se haya acostumbrado, sino porque de alguna manera acompañan a
la otra persona (están en el mismo lote que sus encantos y son también
manifestaciones de su genialidad), se convierte en un amor más
desinteresado, dirigido a la persona singular.
La compenetración lleva a considerar y sobrellevar los defectos del otro
como se sobrellevan los propios defectos: igual que uno tiene que aceptarse
tal como es para vivir tranquilo, hay que aceptar al otro tal como es para
seguir amándolo (‘su mal carácter es parte de mí, debo superar su
insensibilidad como si se tratara de la mía’). Cuando uno realiza o soporta por
amor algo costoso -que contraría sus gustos, su carácter o su estado de
ánimo-, toma consciencia del amor que siente por el otro, mide en su propia
carne cuánto le importa ese amor, hasta qué punto está dispuesto a
aguantarlo todo por él. Esta consciencia resulta mayor que cuando sólo se
reciben cosas agradables y convenientes. Y es precisamente esta mayor
consciencia la que le hace feliz -a pesar de las dificultades-, con una felicidad
más conmovedora.
Junto a los defectos, nos encontramos con la edad y todo lo que la edad trae
consigo: la pérdida del atractivo físico, las arrugas, los achaques, las manías.
Todas estas cosas representan otra prueba para el amor. Pero el amor
descubre algo que sólo resulta posible con los años.
Con los años, todo lo que era ilusión y promesa se ha convertido en realidad,
la fidelidad se ha hecho historia, y en cada arruga se puede leer con claridad
esa historia de amor. Las vidas se encuentran ahora entretejidas de tal
manera que ya no se pueden dividir; ya no se puede entender el uno sin el otro
(‘él y yo ya somos lo mismo, no sabría imaginar mi vida sin la suya’). Unamuno
lo experimentaba así: "Ya no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer,
pero me duelen las mías cuando a ella le duelen las suyas". Ahora, cada uno
-después de haber vivido juntos esa historia- resulta más verdadero, más
nítido: al final de su historia, cada uno tiene más identidad, es decir, menos
palabras y más realidades. A lo largo de esos años, se han recorrido y
habitado el uno al otro por entero, se han despojado de todo lo que era
extraño, artificial, aparente e ilusorio. Su amor se ha hecho más consistente.
Esto lo expresó en parte Salinas:
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Sólo después de los años cada uno reconoce y siente en plenitud lo definido y
singular del otro, da con su nombre más íntimo. Pero se equivocaba Salinas al
reducirlo todo a pronombres. Es verdad que con los años cada uno vive más
exclusivamente en relación al otro (un yo delante de un tú): desnudos,
despojados de todo lo accesorio. Pero esa nitidez se alcanza a través de lo
vivido, de los ropajes, de los papeles, del día a día: ‘es esa manera de reír, de
vestir, de mirar... tan suyas’; el amado se encuentra encarnado en cosas muy
concretas. Cada uno se ha hecho para el otro tan familiar y entrañable (ya sin
apariencias o poses artificiales), tan conocido y tan el de siempre, tan
inofensivo (‘ya no me impresiona como antes, ni me apasiona, ni me da miedo:
ya he pasado por todos esos saludables desengaños’), que es para él como un
hijo, como una parte inseparable de su personalidad.
Para alcanzar este saludable desengaño que permite sentir al otro como
absolutamente irrepetible e incomparable, como algo radicalmente propio,
hace falta haber envejecido juntos. "Eres tú, entera, con tu historia conmigo,
sin sobresaltos, sin escondites, sin pretensiones: estás aquí tranquila y
serena junto a mí" (Robbie Robertson). Cada uno ha aprendido a reírse con
cariño del otro porque le acepta y le quiere tal como es, no le pide nada más;
y, por eso, sabe que delante del amado ya no cabe el ridículo: entre ellos todo
refleja piedad y confianza, se protegen uno al otro de la mejor de las
maneras. Cada uno sabe compadecerse de los defectos, de los achaques y de
los fracasos del otro, con una compasión llena de dulzura, que en absoluto
supone la muerte de la ilusión. Con el paso del tiempo, los amantes han ido
alternando la ilusión y la compasión propias del amor, con una alternancia que
-como el inspirar y el expirar de los pulmones- mantiene vivo el amor:
constituye su ritmo propio.
Shakespeare ha visto esto mucho mejor que Salinas, en su soneto CXXX, un
soberano canto de amor teñido de una sana ironía, de un tomarse un poco en
broma a la amada:
Los ojos de mi amada no son nada comparados con el sol,
el coral es más rojo que el rojo de sus labios.
He visto rosas de Damasco, blancas y carmesíes,
pero no las he visto en sus mejillas;
y en algunos perfumes encuentro más deleite
que en el aliento de mi amada.
Me cautiva su voz, y sin embargo sé bien
que la música tiene acentos más encantadores;
confieso que jamás he visto andar a una diosa,
porque mi amada, cuando anda, pisa la tierra.
Y sin embargo, por el cielo, creo que mi adorada
es tan única que, ante ella,
todas las comparaciones resultan falsas.
Otro obstáculo en el que se prueba y en el que madura el amor se encuentra
en la enfermedad seria de uno de ellos. Toda enfermedad constituye una
crisis. Cuidar y consolar al enfermo, convertirse en enfermero a jornada
completa (y más cuando la enfermedad es irreversible) significa buscar de
verdad el bien del otro, demostrar a cuánto se elevaba la energía y el poder
de ese amor. Porque ahora ese amor no trae compensaciones afectivas:
muchas veces ese servicio ni se agradece; se hace con total desinterés, por
el amor que siempre se ha sentido, aunque a veces se vuelva todo muy pesado,
casi insoportable. Se descubre una manera más sublime de amar, que trae
consigo una alegría más sublime. Se aprende a mirar la incomparable -y ahora
más conmovedora- riqueza del amado oculta tras la máscara del dolor y de la
impotencia.
En una ocasión, una mujer de cierta edad me dijo que su amor por su marido
había cambiado mucho; que antes le quería muy a flor de piel, pero que con el
tiempo, con la enfermedad -ella era como una enfermera para él- y con sus
manías, el cariño se había hecho más frío, menos sentido. Que muchas veces
él le hacía la vida insoportable con sus enfados, sus arrebatos y sus
reproches, y que en esos momentos le entraban ganas de huir. Pero que, a la
vez, se daba cuenta de que sin él la vida se le haría imposible. Y mirando una
foto de joven, me confesó que si se lo volviera a encontrar, se enamoraría
otra vez de él de inmediato.
10. La muerte del amado.
Pero el gran obstáculo, la gran separación, es la muerte. Los que se aman
desearían morir juntos; al menos cada uno preferiría morir antes que el otro,
para no sufrir. Parece que con la muerte todo se acaba: ‘hasta que la muerte
nos separe’.
Pero tal vez la muerte representa una fase más del amor, como lo fueron el
noviazgo, el matrimonio, los hijos, la vejez; tal vez no signifique el final de un
amor, sino una crisis más, una muerte más, una última transformación: la
definitiva. Y si esto es así, a lo mejor esta dinámica nos está diciendo algo
importante sobre la lógica del amor.
Lo que se ama, lo que hace feliz, es la precisa concreción del amado. Pero lo
que él es se encuentra siempre mezclado con lo que el amante cree que es,
con lo que uno es para el otro. Mientras esta mezcla perdura, cada uno le
exige al otro que se porte con él como él espera (‘tienes que ser más
comprensivo, cariñoso, acordarte, etc’); lo que ama es a veces más la noción
que tiene del otro que lo que el otro es en realidad. La vida, los desengaños
superados, las dificultades, las enfermedades, la pérdida de la belleza física,
la edad, van colocando al otro delante de los ojos limpio de todo lo subjetivo,
lo interesado y lo egoísta: de lo reducido de la propia manera de mirar. Lo que
uno busca es la desnudez del amado en toda su singularidad. Y tal vez la
muerte represente la última desnudez.
Esto lo ha visto de manera insuperable C.S. Lewis en Una pena observada: "La
amada terrenal, incluso en vida, triunfa incesantemente sobre la simple idea
que se tiene de ella. Y quiere uno que sea así. Se la quiere con todas sus
barreras, todos sus defectos y toda su imprevisibilidad. Es decir, en su
directa e independiente realidad. Esto, y no una imagen o un recuerdo, es lo
que debemos seguir amando, después de que haya muerto. Tengo que hacer
que el amor abra sus brazos y sus manos a la realidad, a través y por encima
de toda la cambiante fantasmagoría de mis pensamientos, pasiones e
imaginaciones. No debo conformarme con la fantasmagoría y adorarla en
lugar de ella. No debo vivir con mi noción de ella, sino con ella".
El alejamiento que introduce la muerte hace que el amante experimente de
verdad todo lo que el otro era y sigue siendo. Ahora que está ausente, la
imagen del otro resulta más nítida; ahora puede reconocer todo lo que él es
gracias al otro, y todo lo que del otro hay en él; ahora puede culminar en el
conocimiento pleno del otro, y sentirse más cerca de él. En el dolor y la
ausencia, el amante puede medir palmo a palmo lo que el otro realmente era y
lo que eran los dos juntos; esto da paso a un agradecimiento muy especial, y a
la adoración.
La muerte trae consigo una manera más elevada de quererse: quererse en la
ausencia, que refleja una presencia muy especial. El amado muerto aparece
ante los ojos del amante como una obra de arte terminada e inmutable. Igual
que no se puede tener plena conciencia de un hecho hasta que se haya
cumplido, tampoco se tiene plena conciencia de un amor hasta después de
este final. Después de la muerte, toda historia se convierte en leyenda; el
amor alcanza su paradójica perfección final en esta separación. Con la muerte
comienza el tiempo del recuerdo. La relación que se establece en el recuerdo
posee una intensidad misteriosa: ahora hay muchas cosas vivas que recordar
del otro. De alguna manera, el amado, ahora que se encuentra más lejos, está
más cerca.
Se quiere guardar en la memoria la imagen hacia la que el que ha muerto
tendía, aquello que debía llegar a ser y que tan bien conocía aquella que le
amaba. Y en este recuerdo iluminado -purificado- por la muerte se esconde la
pena por no haberle entendido mejor, o ayudado más. Esta pena y este dolor,
que se manifiestan en el luto, tienen un carácter sagrado: la tumba del amado
-donde se guardan sus restos inimaginables- se convierte en un lugar bendito.
Como canta Victor Hugo:
Ya hace tiempo que aquella con quien he dormido,

El amor sexual

  • 1.
    El amor sexual 1.La alteridad entre hombre y mujer. Una dimensión esencial del ser humano, tan esencial como la de tener personalidad -poder decir ‘yo’-, es la de encontrarse junto a otros: la alteridad. El hombre vive entre otros hombres como él. Sin otros, el hombre no desarrollaría aspectos esenciales de su naturaleza, no se realizaría como hombre, y de ninguna manera podría llegar a ser feliz. Un hombre aislado resultaría incapaz de dialogar, incapaz de mantener una relación humana: un hombre inconsciente de ser hombre. Ahora bien, esta alteridad genérica adquiere un carácter y una intensidad muy especiales cuando se trata de la alteridad entre un hombre y una mujer. Resulta realmente curioso que en el mundo haya hombres y mujeres. A primera vista puede parecer que la finalidad del sexo se reduce a asegurar la reproducción. Sin embargo, la diferenciación sexual no representa el medio más adecuado (más simple y seguro) para la reproducción, ya que depende de muchas circunstancias fortuitas (entre otras, que se encuentren un macho y una hembra). Los biólogos admiten que la evolución de las especies no sigue el camino lógico hacia la simplificación y la especialización funcional, sino que, por el contrario, tiende a la diversificación y a la indeterminación, en cuya cúspide se encuentra el hombre. La diferenciación sexual parece, en este sentido, un capricho de la naturaleza; y en el hombre este capricho llega casi a la paradoja: ni siquiera está unívocamente determinada hacia la prole (el hombre no experimenta ni vive el sexo como simple función reproductora). Precisamente aquí -en estos esquinazos que da a lo que era lógico y previsible- se refleja la condición específica del ser humano. Así nos encontramos con dos características esenciales de la vida del espíritu: la diversificación -el hombre es de alguna manera todas las cosas- y la indeterminación -libertad, espacio, juego-; aquí se manifiesta la riqueza humana.
  • 2.
    En el serhumano, el sexo adquiere un significado especial, que resume y trasciende la sexualidad animal llevándola a su plenitud de sentido. La sexualidad humana posee una riqueza de registros casi infinita: un hombre y una mujer se pueden encontrar y relacionar de mil maneras diversas. Y el sexo no se limita a la reproducción, sino que se encuentra abierto a la realización y manifestación del amor y de la entrega. En el ser humano, el sexo es mucho más que simple sexo, adquiere un carácter personal, como se comprueba en el hecho de que el hombre es el único ser que realiza la unión sexual cara a cara. Esta riqueza sexual, este misterio de los sexos, se manifiesta en la peculiar alteridad -como tensión, es decir, separación que reclama la reunión- entre varón y mujer. Cada uno percibe que sin el otro se encuentra separado de sí mismo, y reclama la unión para sentirse completo. Esta tensión se ha simbolizado -a lo largo la historia- mediante muchos mitos antiguos y modernos: el andrógino primordial, la media naranja, Zeus y Atenea, etc. Debido a esta alteridad, no representa lo mismo tener un amigo del mismo sexo que del otro, ni significa lo mismo la relación madre-hija que la de madre-hijo, o la de hermano-hermano que la de hermano-hermana. La alteridad entre los sexos tiene un sabor y un encanto especiales, está cargada de ternura, resulta más fácilmente idealizable, brinda una luz y una comprensión peculiar, encierra un misterio que no tienen las otras alteridades. Cada uno siente una irresistible curiosidad por el otro, y quiere conocerlo, y pretende interpretarlo (‘lo que os pasa a las mujeres es que...’). Incluso las diferencias que el niño percibe entre su padre y su madre (que son diferencias sexuales) le introducen ya en dos mundos distintos (el mundo del padre y el mundo de la madre): que pertenezcan a sexos distintos implica que viven en dos mundos distintos. La especial intensidad de la distinción entre los sexos explica sus múltiples (y exasperantes) contradicciones. El otro en un momento nos parece muy cercano y más tarde (no se sabe por qué) muy lejano; creemos que le conocemos bien y luego se nos antoja un extraño; con el otro estamos tranquilos e intranquilos a la vez, serenos y nerviosos, confiados y cortados. Tal vez por esto, la unión -la reconciliación con el otro radical, que no se reduce a la unión física, sino que adopta multitud de formas- se vive con la máxima intensidad.
  • 3.
    La atracción entrelos sexos tiene su punto de partida precisamente aquí: en la radical distinción. El hombre y la mujer representan siempre el uno para el otro un continuo enigma. Para los hombres, las mujeres son ininteligibles, absurdas, casi ridículas en sus manías, gustos y costumbres, pero a la vez resultan fascinantes; lo mismo piensan las mujeres de los hombres. El hombre y la mujer son -por un lado- lo mismo: seres humanos; pero, a la vez, cada uno representa para el otro -dentro de esa común humanidad- el lado oculto de la luna, la otra manera de ser humano. El atractivo sexual en sentido amplio tiende a unir lo separado; es más: une con una fuerza difícil de encontrar en otras relaciones. Parece que la fuerza y la peculiaridad de la distinción es lo que posibilita la intensidad de la unión. La distinción los hace complementarios, les permite una íntima compenetración, porque se trata de una distinción muy especial, única en la naturaleza: la distinción entre dos seres que son -de una manera radical- el uno para el otro. A este respecto, comenta Chesterton con buen humor: "Las diferencias entre un hombre y una mujer resultan, en el mejor de los casos, tan obstinadas e irritantes que en la práctica no pueden ser superadas a no ser que exista un ambiente de ternura extrema y de interés mutuo. O expresándolo con una metáfora: los sexos se presentan como dos pedazos inquebrantables de hierro, si van a ser fundidos juntos hay que hacerlo mientras están al rojo vivo. Toda mujer ha de descubrir que su marido es una bestia egoísta, porque según la pauta de la mujer todo hombre es una bestia egoísta. Pero ojalá descubra a la bestia mientras están ambos todavía viviendo el cuento de La bella y la bestia. Todo hombre ha de descubrir que su mujer es caprichosa -es decir, sensible hasta la locura-, porque según la pauta del hombre toda mujer está loca. Pero ojalá descubra que está loca cuando esa locura suya sea más digna de consideración que la cordura de cualquier otra persona". Es decir, por una parte el otro aparece como algo inaccesible, opaco: el lado que no experimentamos de nuestra propia humanidad; y al mismo tiempo en el otro reside un brillo especial que nos cautiva. Opacidad y brillo es lo que constituye un espejo. La mujer representa para el hombre la otra cara de su humanidad, la otra forma de verse a sí mismo, su reflejo más profundo; y viceversa. Cada uno coloca delante del otro un espejo cautivador,
  • 4.
    imprevisible, fuera decontrol y de dominio, que le brinda una imagen de sí desconocida, nueva, fascinante y, a la vez, muchas veces irritante. En la Biblia se lee que Dios consideró que no era bueno que el hombre estuviera solo. Adán acababa de conocer y dar nombre a los animales; pero al hombre le faltaba algo esencial para ser plenamente humano, y ese algo no eran los demás seres creados, ni era simplemente otro hombre como él, ni era Dios, sino el otro radical en su humanidad: la mujer. Adán -sumido como estaba en una experiencia de vacío indeterminado- al ver a Eva la reconoce (‘¡esto era lo que me faltaba!’) y se reconoce en ella (‘ahora sé quién soy’): "verdaderamente ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos", exclamó al verla (o, como decía un amigo mío, más bien habrá exclamado ‘¡uau!’, que viene a significar más o menos lo mismo). Y supongo que a Eva le habrá sucedido algo por el estilo. Con ella él cobra plena conciencia de sí mismo, y puede compartir el conocimiento del mundo y de Dios. Ella le comunica la otra parte, la otra manera de ver las cosas, y le acompaña en este conocer y decidir ante el mundo y ante Dios. Y viceversa. Entre ambos se establece una especialísima comprensión mutua. Como escribió Isak Dinesen, "el hombre y la mujer son dos cofres cerrados que guardan cada uno la llave del otro". Ese espejo resulta inquietante y comprometedor: no le deja a uno tranquilo una vez que se ha asomado. Se quiere saber más de uno mismo en el otro lado (‘¿cómo lo ven ellas, cómo me ve ella?’). Incluso muchas veces parece que uno se entiende mejor con el amigo del otro sexo, que él resulta más capaz de comprendernos. Por eso uno se empeña en hacerse entender por el otro, y pierde la paciencia cuando cree que le malinterpretan o que le simplifican (cosa que no sucede, o al menos no de la misma manera, con los amigos del mismo sexo): se quiere llegar a un completo entendimiento. El otro sexo se percibe a la vez como un pozo al que uno se asoma con vértigo y como un lugar extrañamente familiar que -irresistible- le reclama. Pero esta alternancia entre cercanía y extrañeza hace que la relación resulte viva, cambiante, inesperada, en ocasiones divertida, y en otras dramática. Muchas veces, la amistad con los del mismo sexo -el compañerismo por excelencia- constituye un refugio, porque la aventura con el otro lado resulta
  • 5.
    especialmente arriesgada ydesgasta; criticar entre compañeros al otro sexo es una manera de descansar y de aliviar la tensión. Uno tiende a experimentar al otro sexo como algo extravagante. Esto se manifiesta en la lejanía con que muchas veces se miran uno al otro (‘las mujeres son unas histéricas’, ‘los hombres son todos tontos, se comportan como críos’, ‘a las mujeres no hay quién las entienda’, ‘los hombres son unos ingenuos’, etc, etc). Nunca se termina de comprender qué es lo que quiere el otro, qué espera de uno, por qué reacciona así (le digo ‘a’ y se queja, le digo ‘pues no a’ y se queja también). Nunca se terminan de encontrar y de comprender: la separación resurge una y otra vez desconcertante. Pero -como vimos- es precisamente esta distinción insalvable lo que da intensidad al reencuentro, son como las dos caras de la misma moneda: si no persistiera la lejanía ya no habría atracción. A veces esta extrañeza desemboca en la ruptura, en un ignorarse mutuo (‘nos bastamos solos/solas, ellas/ellos sobran’); aunque la radicalidad de este rechazo denota que no se está tan seguro de esta afirmación autosuficiente. Esa extrañeza y esa cercanía se experimentan también en el ámbito corporal. El cuerpo femenino constituye un misterio para el varón, con sus ciclos, con los cambios de ánimo que llevan consigo, y con los síntomas de un posible embarazo. Pero esa extrañeza le atrae, representa algo que también es suyo y que quiere hacerlo suyo, que influye decisivamente en su propia vida. Y lo mismo le sucede a ella con los impulsos y arrebatos y con los tiempos de intensa calma propios del cuerpo del varón: ella necesita comprenderlo y aprender a educarlo. 2. La divinización del amor sexual. Siempre se ha dicho que el amor es peligroso (y los más pesimistas añaden que se trata de la más insidiosa de las trampas). Hoy, esta incertidumbre se ha hecho más tenebrosa que nunca: embarcarse en un amor serio supone un compromiso demasiado arriesgado, trae consigo desorbitadas exigencias. Esta apreciación nos la dicta un conjunto de decepciones (en carne propia o en carne ajena). Enamorarse puede llegar a parecer una estupidez. Tal vez resulte más conveniente ir probando, ir cambiando, adaptarse a las
  • 6.
    circunstancias y alos gustos: llevar bien sujetas las riendas de la propia vida y no dejarse llevar por un compromiso serio así como así. Y es cierto: embarcarse de verdad en un amor supone meterse en un buen lío. Porque todo amor resulta inseguro: implica aventurarse en el espacio ilimitado e incontrolable de otra libertad. Nadie que esté en su sano juicio puede negar esto. Lo que sucede es que, precisamente, el que se ha enamorado ya no está en su sano juicio. Y que, además, no le importa no estarlo. Como canta Adam Duritz: Mis amigos me advierten ‘aquí es: o todo o nada’, pero esto no me preocupa porque no estoy del todo pillado. Yo creo que deben existir tonos grises, algo que sea intermedio; además, siempre estoy a tiempo de cambiar de nombre. ‘Pero si esto es amor -me dijo ella-, entonces tendremos que pensar en las consecuencias’. Y yo no estoy preparado para este tipo de cosas. Mas cuando el encanto cae como lluvia, me limpia y me arrastra, y Ana comienza a cambiar mi manera de pensar; y cada vez que estornuda empiezo a creer que esto es amor; y cuando ella habla en sueños, sus palabras no tienen sentido, pero yo las entiendo. Y, ¡oh Señor!, no estoy preparado para este tipo de cosas. El enamoramiento provoca un verdadero trastorno en los sentidos y en la valoración; se dice del enamorado que ‘está ciego’, que ‘vuela en una nube’, que ‘vive en un sueño’. Cuando contemplamos a una persona sufrir por un fracaso amoroso, advertimos lo irracional y desproporcionado que resulta este sufrimiento: tiene salud, tiene dinero, tiene futuro, pero está hecho polvo, ya nada le interesa. El amor parece ser, desde un punto de vista material de supervivencia, algo inútil: no sólo no da de comer, sino que además puede quitar el apetito.
  • 7.
    Este tipo deamor se encuentra desprestigiado, sobre todo entre personas que han pasado ya por algún desengaño: lo ven como una ilusión de juventud. Lo que importa es el trabajo, el dinero, la posición, los placeres de la vida; enamorarse es algo bonito, pero a la vez raro y peligroso: dependes excesivamente de otro, sufres más si no sale bien, y la mayoría de las veces no compensa. Estas personas tienden a calcular riesgos, a diseccionar en sus vidas aquello que le piden al amor de aquello que no les interesa. Ciertamente, compartir la intimidad con otro supone una carga: se pierde libertad de movimientos, todo se hace más lento y premioso, hay que atender a rebuscados compromisos (aguantar a los amigos del otro que no nos caen bien, poner buena cara ante las visitas de la suegra que viene a pasar revista: ‘yo me he casado contigo, no con tu madre’); hay que contentar muchos caprichos, salvar diferencias, etc. Es como embarcarse en un viaje cargado de maletas. Sin embargo, más allá de esta visión pesimista, el enamoramiento se experimenta como un despertar de la conciencia, como un despertar de la voluntad, como un despertar de la propia vida. Por eso, si fracasa un amor después de haber tenido esta experiencia, la vida que el interesado llevaba antes de conocer a esa persona -vida que le satisfacía más o menos- se le vuelve aburrida y vacía: ahora le falta lo más necesario. Si uno ha despertado, ya no puede echarse otra vez a dormir tranquilamente. El que ha sentido un verdadero amor ya no ve, ni juzga ni vive como uno que no lo ha sentido nunca: se ha trastocado toda su escala de intereses. Los griegos decían que Amor era hijo de Poros -riqueza- y de Penia -necesidad o pobreza-: el hombre nunca se siente tan rico ni tan necesitado como cuando está enamorado. Y nunca se siente más libre y, a la vez, más determinado. Libertad y necesidad se unen de una manera inseparable cuando ambas tocan el techo del amor. El que ama está haciendo lo que más quiere, lo que le sale con más espontaneidad, y por eso, a la vez, no puede dejar de amar, se siente encadenado a ese amor: lo suyo es ese amor. Este amor sexual es, al mismo tiempo, lo más común y lo más extraño, lo más conocido y lo más misterioso, lo más fácil y lo más difícil. Parece que se trata del amor más atormentado, el que más puede hacer sufrir, el más exigente, y a la vez el que más eleva a la persona, el que más la puede mejorar y el que más alegrías reporta. El amor se percibe como vida plena en su máxima
  • 8.
    intensidad. Parece queuno se posee a sí mismo y existe con una fuerza hasta entonces desconocida precisamente cuando es poseído y empieza a existir en otro. En el amor sexual, el amante intuye que con el otro -reunido, reconocido y amado por el otro-, con su felicidad que es también la suya, con su perfección ideal que es también la suya, alcanzará una felicidad y perfección que jamás hubiera soñado alcanzar solo. El amado es lo más íntimo y entrañable que tiene (‘muchas veces lo siento más yo que yo mismo’), y por eso se descubre a sí mismo en él. La vida y la intimidad de cada uno de los amantes se ahondan al compartirlas con el otro. A tanto llega la intensidad de este tipo de amor, que la gran mayoría cree que aquí radica la felicidad. A tanto se eleva la importancia que tendemos a darle, que incluso llegamos a divinizarlo. Se afirma entonces que no importa otra cosa que ese amor, que a uno le gustaría vivir eternamente en ese instante de pasión o de ternura (y muchas otras cursiladas por el estilo). Algunos incluso se preguntan preocupados si no necesitan más a esa persona que al mismo Dios. Y todas estas cosas no se atribuyen a una amistad (sería absurdo), ni a los hijos (a pesar de que el amor de una madre resulta más tenaz que el amor de una esposa). El amor sexual ocupa así un lugar especial entre los amores: en él juegan fuerzas particularmente profundas, intensas y englobantes. El ser humano tiende a divinizar este amor porque de alguna manera intuye que esa felicidad no se reduce a poseer a una persona que le gusta, que no se encuentra la plenitud en el simple éxito de la posesión (no se puede decir ‘me gusta y la tengo’, como uno tiene una presa en sus manos). La felicidad que otorga el amor no es tan simple como otras (‘tengo un coche’, ‘tengo un buen trabajo’, ‘tengo los placeres que quiero’): constituye algo mucho más enigmático. El enamorado vislumbra que en la persona que ama se esconde algo más, que en ella se refleja una plenitud infinita, que esa persona brilla para él porque contiene algo absoluto (y por eso se siente legitimado para decir ‘si la tengo a ella no necesito nada más’). La persona amada representa para el amante una fuente inagotable de sorpresas, una promesa segura, un tesoro. Y en ella relucen todas las cualidades del mundo, todo lo que es valioso para el que la ama; pero relucen de una manera misteriosa (el amante no puede cifrar lo que le gusta de ella en algo concreto y medible, no puede afirmar ‘me gusta por esto’, o ‘su
  • 9.
    atractivo reside enesto otro: el azul de sus ojos, su sonrisa o sus chistes’): le gusta todo porque el mundo entero brilla en ella, algo infinito -que está más allá del mundo- está brillando en ella. "Me chifla todo lo suyo porque ella lo es todo -significa todo- para mí" (Paul Osborn). Es un misterio cómo tantas cosas pueden encontrarse contenidas en una sola persona, cómo en ella pueden volverse reales -vivos- todos los valores, cómo una sola persona puede iluminar el mundo. De ahí que el amante sienta ante ella un agradecimiento que necesariamente se extiende hasta el fin del mundo, y esté dispuesto a ir hasta el fin del mundo por conseguir su amor (Nick Cave). Amar siempre se experimenta como una potenciación de las propias fuerzas: cada uno se siente capaz de todo, de conquistarlo todo, dispone de una infinita libertad y abundancia para hacer felices a todos los que le rodean. Estar enamorado hace a cada uno particularmente consciente de su propia riqueza al comprobar que está haciendo rico al otro, que le está haciendo feliz con lo suyo: de ahí el afán y la alegría de hacerse regalos. Por eso, el enamoramiento siempre se percibe como una bendición, como algo que no se prevé, ni se controla, ni se provoca, sino que se recibe sin saber cómo ni por qué: es algo que le pasa a uno o, mejor, que nace en uno del modo más inesperado (‘¿sabes que al principio no me caías nada bien?’). Como dice una canción, "el amor resulta peligroso: nos pilla por sorpresa, nos asalta mientras dormimos" (David Byrne). Constituye una novedad radical: establece el verdadero comienzo o punto de arranque de todo lo que importa, es lo más original -único e irrepetible- y originario -capaz de dar vida al futuro- que tenemos. El encuentro con esa persona se percibe como lo más auténtico; el enamorado queda marcado a fuego por su encanto, ha entrado en un terreno sagrado, en una existencia superior, de la que ya no puede salir sin sufrir una pérdida irreparable. Más que elegir, él es elegido por la belleza de esa persona, y ya no le queda más remedio que amarla e intentar merecerla, ponerse a su altura -en esto le va la vida-: "te veo en todas partes: tengo que cambiar de vida" (Rilke). Junto a este carácter novedoso y gratuito del amor (‘nos conocimos por casualidad: ese día llegué tarde a clase y allí estaba él’), los enamorados sienten al mismo tiempo -por paradójico que esto parezca- que ese encuentro fue algo absolutamente necesario, que resulta impensable que no ocurriera,
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    que tenía queser así (‘era imposible que no nos conociéramos’). Porque en ese encuentro se produce un reconocimiento, el más intenso de todos: ‘¡ah, eras tú!’; no se dice ‘eres’, sino ‘eras’: ‘la que tenía que encontrar, la que andaba buscando y presintiendo desde el principio, el lugar al que pertenezco’; y no podía ser de otra manera. Es como si hubieran sido consagrados el uno al otro desde su nacimiento, como si ese amor se remontara al principio mismo de las cosas. Este reconocerse no suele suceder a primera vista, sino después de un período más o menos largo de conocimiento mutuo; pero lo decisivo se da cuando llega el momento del ‘tenías que ser tú’. Los enamorados adquieren la misteriosa convicción de que toda la historia de sus antepasados ha sido reescrita y reinterpretada desde ese encuentro, que todo lo que ha pasado hasta hoy ha sido una preparación; por eso les gusta contarse y reconstruir la prehistoria de su amor. Es ésta una experiencia muy curiosa, porque -en contra de la lógica temporal- se está afirmando que lo posterior explica lo anterior, que el presente determina el pasado. Su encuentro parece tan real e intenso que da sentido a todo lo demás. Esto responde a que, al encontrar a la persona amada, el enamorado percibe -por fin- que alguien resulta único e insustituible para él (alguien es radicalmente, necesariamente) y, por eso, experimenta su propia vida como original e irrepetible (las cosas ya no le suceden por simple casualidad). De ahí que él agradezca a la Providencia este encuentro, y se lo eche en cara cuando tarda en producirse. El carácter divino con que revestimos el amor sexual también se refleja en esta intuición y en este descubrimiento de la inefable concreción del otro: "con tus dientes en tu boca" (Michael Stipe). El amado es alguien muy especial, alguien radicalmente distinto a todos los demás; no es simplemente más o menos guapo, listo, bueno, etc: es sencillamente único e incomparable. A la vez, los amantes sienten que ese amor ya no puede dejar de existir: lo que ha ocurrido no puede ser negado u olvidado tan fácilmente (‘antes de este encuentro no te necesitaba, pero ahora no puedo vivir sin ti, y no puedo rebobinar y volver a ser el de antes’). Algo radical les ha sucedido, algo nuevo ha pasado en ellos; cada uno ya no es el de antes o, mejor, ahora es más él que antes, ahora sabe quién es y no puede dejar de serlo. Más aún: cuando dos personas se encuentran de esta manera tan radical, parece que el mundo entero cobrara sentido (por eso nos alegra descubrir a
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    parejas felices: intuimosque algo fundamental se resuelve con cada uno de esos encuentros). Así lo expresa la protagonista de El cielo sobre Berlín : "Ahora nosotros somos el tiempo. No sólo la ciudad, el mundo entero depende de nuestra decisión. Nosotros dos no somos ahora sólo dos: encarnamos algo. Estamos sentados en la plaza del pueblo y la plaza está llena de gente, y todos desean lo mismo. Decidimos el juego por todos" (Wenders/Handke). De alguna manera, la unión entre hombre y mujer realiza la misión divina de la obra de arte, que recoge con misericordia los trozos de un mundo roto y los recompone dándoles un sentido (J. Choza). La intensidad de la experiencia amorosa llega a veces hasta el extremo de preferir la muerte antes que abandonar a la persona amada. El mito de Romeo y Julieta nos habla de un amor que lleva a los enamorados a aceptar el sufrimiento con tal de no renunciar a ese amor, a querer compartir el destino y la muerte amarga de la persona amada antes que abandonarla: no quieren soltarse de ese amor que les duele. Por exagerado que pueda parecer este mito, lo que dice es tan serio como verdadero. Aquí se nos presenta el amor como algo mucho más profundo que una felicidad romanticona o que una situación cómoda de disfrute. La necesidad que tienen del otro -"esa fuente donde bebo mi existencia" (Shakespeare)- es absoluta. Dejar de amar a esa persona equivaldría a dejar de existir: ‘no puedo ni quiero acostumbrarme a vivir sin ella’. Henry James describió con acierto este estado de ánimo: "Ella no se hacía ninguna ilusión sobre el porvenir que le esperaba cuando fuera su mujer; no lo pintaba con colores suaves ni se prometía que resultaría fácil; por el contrario, sabía que viviría en la pobreza y en la oscuridad, que sería la compañera de sus luchas y de su severo, duro y áspero estoicismo. Pero sabía también que la felicidad para ella consistía en introducirse en la vida de él, por árida y triste que pudiera resultar" (Las bostonianas). Ante estas arrebatadoras experiencias, se me plantean unas cuantas preguntas: ¿de dónde le viene al amor toda esta intensidad que lleva a divinizarlo?, ¿a qué responde esa capacidad de entrega y sacrificio -más allá de la propia vida- que da a los amantes?, ¿a qué se debe que se lo perciba como necesario, eterno, definitivo? Estos sentimientos ¿no parecen irracionales y desproporcionados? ¿Por qué no verlo todo más bien como una casualidad o una conveniencia (‘si no me caso con ésta, ya aparecerá otra de características parecidas: qué más da?; ¿por qué esta persona concreta tiene
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    que valer tantopara mí?, ¿por qué mi felicidad tiene que depender precisamente de ella, que por ahora no me hace ni caso?’). ¿No será todo nada más que un engaño? De hecho, esto es lo que muchos tienden a pensar cuando han creído que estaban enamorados y luego comprueban que se habían equivocado: todo fue una ilusión. Pero tal vez se equivocaron con la persona, mas no en lo que sintieron por ella: lo que sentían era muy bueno y acertado, lo más acertado que se pueda experimentar. ¿De dónde procede este sentimiento tan profundo y extraño -casi parece venido de otro mundo- al que damos el nombre de amor sexual? A estas preguntas sólo cabe una respuesta válida, aunque pueda sonar extraña: tendemos a divinizar el amor sexual porque verdaderamente posee -como todo amor, pero en un grado especial- un carácter divino. Para explicar esto, voy a acudir a una noción clave: la de imagen (espero que se entienda). Cuando utilizamos una imagen -una comparación, una metáfora, una poesía- para explicar algo, suponemos que esa realidad que queremos mostrar resulta demasiado rica para encerrarla en una definición. Damos un rodeo para subrayar la hondura y la belleza de aquello que intentamos revelar. Por eso, las imágenes revisten un brillo especial: dicen algo más que la concreción de las palabras. Por el contrario, un lenguaje que sólo buscara definir en directo la realidad, la simplificaría, y así le quitaría su encanto o misterio (sería simple análisis, descripción, medida); lo que se puede decir en una definición siempre es algo pobre, sobre lo que se puede ejercer un dominio, pero nunca algo que se pueda divinizar (así, sería absurdo divinizar o hacer poesía sobre la economía o las matemáticas). En la imagen siempre brilla una realidad especialmente rica; y el amor sexual representa algo trascendente, que no tiene techo (que está abierto hacia arriba, como diría Juan Ramón Jiménez); constituye algo infinito, ilimitado, que sugiere plenitud: en este amor brilla algo que es absoluto. Cuando Freud dijo que el amor no era más que sexo sublimado, lo que quiso fue delimitar esa fuerza, definirla y controlarla, desencantarla (pero nadie se consolaría pensando que su problema amoroso se reduce a una exageración de su instinto sexual). La experiencia humana nos dice que el amor sexual posee una fuerza misteriosa, que está dotado de una eficacia sorprendente: si no, no se explica cómo ha podido mover a lo largo de la historia tantos resortes humanos. El amor sexual resulta, pues, una peculiarísima e intensísima imagen, ¿de qué?
  • 13.
    Por ser imagen,el amor sexual muestra más, apunta a algo que se encuentra más allá. En esto consiste toda imagen: ser una promesa y brindar una intuición de la plenitud. Es lo que experimenta el amante al contemplar al amado: ‘aquí hay mucho más de lo que veo, esta felicidad me supera infinitamente’. El amor sexual se encuentra enraizado en una tierra infinita: por eso el amor no se acaba nunca. Toda su belleza, su atractivo y su valor responden al hecho de que participa de las riquezas de esa plenitud: de ella extrae su savia. Llegados a este punto, voy a aventurar una afirmación: el amor sexual posee tanta fuerza porque es una imagen del Dios-Amor que presumiblemente ha creado este mundo. Y digo ‘presumiblemente’ porque -más allá de todos los horrores que provoca el odio entre los hombres- lo que mejor le viene a este mundo es el amor, como mejor nos vemos a nosotros mismos es amando. Cuando contemplamos un cuadro de Picasso, reconocemos en los trazos y en los colores que sólo lo pudo pintar alguien como Picasso. Pues al comprobar dónde se encuentra la alegría de este mundo, al caer en la cuenta de que el amor constituye lo más importante y lo que más fuerza tiene en nuestras vidas, reconocemos que esto sólo puede resultar así porque el Dios-Amor lo creó. Sin esta fuente, la intensidad del amor sexual permanecería inexplicable, supondría una exageración desproporcionada, nada lo sostendría y estaría condenado a extinguirse. Entre el amor sexual y el amor divino existe una sintonía especialmente intensa y viva. Divinizar el amor resulta profundamente verdadero, porque éste realiza y manifiesta ante nuestros ojos ese Amor más alto e invisible. Divinizar a la persona amada no supone ninguna idolatría; es más, Dios lo aprueba: ahí, en esa persona, es donde el amante debe encontrar a Dios, donde puede descubrir lo que significa su Amor y donde -de alguna manera- le puede adorar. En ese encuentro amoroso, el Dios-Amor se hace especialmente presente, y por eso parece que en cada uno de esos encuentros el mundo -con sus egoísmos, contradicciones, mezquindades y aburrimientos- recobrara su coherencia y su sentido, se salvara. La presencia del amado no se explica por una simple casualidad del destino, ni responde a una conveniencia circunstancial: está revestido del carácter único que tiene el mismo Dios. El amor sexual posee tal entidad que es capaz de reflejar a Dios mismo en cuanto Amor irrepetible.
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    Por si aalguien esto le pareciera exagerado, cito unas palabras del Génesis: "Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; a imagen suya lo creó, hombre y mujer los creó". Parece que el texto revelado sitúa la semejanza divina de manera especial en la diferenciación y en la unión sexual, en esa particular manera que tienen el hombre y la mujer de amarse y entregarse (aquí sí viene a cuento el refrán: ‘Dios los cría y ellos se juntan’). Pero esto habrá que ir aclarándolo. Ahora se trata de estudiar este amor privilegiado: cómo nace, qué características tiene, cómo se articula con la corporalidad, de qué manera crece y madura, qué tal se lleva con el tiempo, cómo termina, etc. No se trata de un tema sentimental o juguetón (aquí radica el gran problema actual: que ya no se lo toma en serio, que se está perdiendo esa divinización), porque en él está en juego el éxito o el fracaso de una vida. Si se descalabra o se adultera este amor, la vida se convierte en un largo período sin sentido, en el que sólo cabe sobrevivir. De lo dicho se desprende la capital importancia que tiene aprender a amar sexualmente. Para esto debemos tener claro el carácter original -no derivado- del amor con respecto al sexo: no es el amor una simple convención cultural que le brinda un ropaje poético a la necesaria función reproductora. El amor entre hombre y mujer representa lo primero, es el punto de partida, aquello que explica la sexualidad tal como la vemos en la naturaleza: constituye la meta evolutiva de toda la sensibilidad, lo que pensó en primer lugar el Creador cuando ideó la naturaleza sexuada. Por eso, este sentido amoroso representa el núcleo de las tendencias sexuales del hombre. 3. La amistad entre los sexos y el problema del enamoramiento. Ahora vamos a estudiar la peculiar relación que existe entre el amor sexuado y la amistad: intentaré perfilar lo que podríamos llamar amistad sexual (creo que se trata de un tema importante, porque aquí se encuentra la raíz de muchos fracasos y desengaños). Para variar, voy a empezar por una distinción.
  • 15.
    La amistad suponecompartir algo: un ideal, una afición, un trabajo. La amistad se fundamenta en un interés común. Los amigos miran en la misma dirección, hacia aquello que comparten (siempre y cuando sea algo compartible: cuando el interés común recae en una mujer, se declara la guerra). La comunicación propia de la amistad versa sobre ese interés común; por eso resulta fluida y dinámica: cambia con los cambios de interés. La amistad es confiada, normal, sin altibajos. No existe propiamente un interés personal -un para mí- con respecto al otro; el otro importa por sí mismo: la amistad consiste en un cariño desinteresado. Por eso, los amigos no necesitan estar siempre juntos, ni sienten una dependencia mutua: cada uno vive tranquilo su propia vida y cuando se reúnen se lo pasan tranquilamente bien. El interés común fue lo que posibilitó la amistad (amigos del trabajo, del fútbol, del monte) y es ahí donde la amistad se ejercita y se experimenta más plenamente (‘en el fútbol es donde mejor me lo paso con mis amigos’). Sin embargo, la amistad trasciende ese interés común: se trata de un cariño a la persona concreta. En cambio, el enamoramiento responde a otro estado de ánimo. El que se ha enamorado cree que ha despertado de un estado de somnolencia -de mediocridad- en el que se encontraba (y del que ahora es consciente), a una vigilia más intensa, más real; hasta el punto de poder afirmar que hasta ese momento no sabía lo que era vivir. Es decir, se trata de una experiencia nada serena. Los enamorados no tienen -en un principio- por qué compartir nada, no miran en la misma dirección, sino que se miran uno al otro; no existe un interés común, sino que se interesan mutuamente -uno al otro-: el interés común es muy distinto del interés mutuo. Al existir un interés mutuo, se trata de un cariño interesado, un cariño en el que el para mí pesa mucho. Cada uno tiene la convicción de que están hechos el uno para el otro, que se necesitan mutuamente de una manera radical. Lo que el otro vale resulta indiscernible de lo que el otro vale para mí: por eso se le valora y se le ama tanto como se le necesita. Precisamente la gloria del amado reside en haber sido capaz de despertar este amor y esta necesidad: la amabilidad del amado brilla en la necesidad del amante. El amor es generoso (puede estar dispuesto a renunciar a ese amor por el bien del amado), pero nunca desinteresado, ya que amar sexualmente constituye la manera más profunda de interesarse.
  • 16.
    La comunicación entrelos enamorados versa sobre lo que cada uno siente por el otro, y por eso resulta reiterativa, poco cambiante: los enamorados siempre están diciéndose lo mismo. Al mismo tiempo, la relación parece más inestable, cualquier sombra de alejamiento la perturba, se pasa de la confianza al recelo con gran rapidez, hablan mucho de lo que les pasa (‘te noto más lejano’, ‘ya no es como al principio’, ‘es que paso una mala temporada’, etc); hay muchos encuentros y desencuentros (‘se acordó, no se acordó’), acercamientos y alejamientos; y, en ocasiones, la relación llega a ser atormentada y hace sufrir. Los sentidos se encuentran fijos en la persona amada -ojos, oídos, memoria, imaginación-: el enamorado cree ver u oír siempre al otro, le reconoce enseguida, todos los demás pierden interés. La vida entera se ve en función de ese amor, está teñida por esa relación, y sin ésta se consideraría absurda. La tarea que nos hemos planteado consiste en estudiar la relación que existe entre estos dos amores, con el fin de establecer el ideal de amistad sexual. Para esto vamos a plantearnos primero una pregunta muy común: ¿se puede pasar de la amistad al enamoramiento?, ¿cómo? Detrás de esta cuestión se esconde otra más profunda: ¿resulta necesaria la amistad para que haya verdadero amor, o basta con el enamoramiento? Un amigo y una amiga pueden llegar a sentir por el otro un amor sexual; cada uno puede comenzar a ver al otro con otros ojos, o mejor, puede dejar de mirar aquel interés que era común a los dos para centrar su mirada en el otro. Y este momento de duda se suele presentar, a no ser que cada uno ya tenga un amor que le llene, o que el atractivo sexual entre ambos resulte nulo (que cada uno sea como una escoba para el otro: en este caso, el otro nunca da miedo, no se siente ninguna vergüenza ante él, no se busca quedar bien o llamar la atención). A veces, la posibilidad del enamoramiento resulta pasajera: todos o casi todos los buenos amigos se han planteado alguna vez si no podría haber algo más entre los dos. Pero si pasa el momento de duda y parece que no, vuelven a ser amigos como antes. Otras veces es sólo uno el que se enamora, y entonces asistimos a una dolorosa ruptura de la amistad. Que surja el enamoramiento entre dos amigos introduce una transformación radical en la relación, que incluso puede manifestarse en una ruptura o
  • 17.
    muerte de laamistad pacífica, para dar entrada a algo más tormentoso: parece que tiene que morir el amigo para que resurja el amado. La metamorfosis -de amigo a amado- se presenta turbulenta: cada uno no sabe qué es lo que siente por el otro, cada uno empieza a estar centrado en el otro y comienza a exigirle al otro que esté centrado en él; y toda esta torpeza suele llevar a enfados y discusiones. Pero si descubren que están enamorados, la amistad resurge también: eran viejos amigos y ya no lo son de aquella manera, pero lo siguen siendo de una manera nueva. Sea lo que fuere, como el paso parece tan complejo y como toda metamorfosis es de suyo una mezcla de lo viejo y de lo nuevo, el peligro está en mezclar sentimientos, complicar todavía más el asunto. Por eso, entre amigos debe estar ausente lo sexual. A veces se tiende a demostrar el cariño, la ternura y la comprensión propios de la amistad con manifestaciones sexuales. Esto enreda mucho las cosas: los sentimientos, la confianza, la estabilidad. En la amistad, lo sexual que se introduce antes o fuera de tiempo -cuando aún no se sabe qué se siente por el otro o cuando no se siente más que amistad- puede llevar a un estado de enamoramiento artificial y pasajero, que suele acabar con la amistad misma. Con los amigos las cosas deben ser siempre más serias; no se puede caer en frivolidades circunstanciales. Pero ¿qué es lo más sólido, la amistad o el enamoramiento? Contestar esto es lo que nos interesa. El enamoramiento, con toda la fuerza sentimental que posee, ¿es realidad o es ilusión? Hemos hablado ya de la idealización del amado, pero ahora no estamos hablando de amor, sino de enamoramiento. Estar enamorado no es lo mismo que amar, como la semilla no es lo mismo que la planta. Ciertamente, si todo se desarrolla de manera adecuada, el enamoramiento dará origen a un amor; el enamoramiento constituye el arranque del amor: el mejor de los arranques posibles. Pero para que este arranque prospere, deben concurrir varios factores. Y la experiencia nos dice que no todos los enamoramientos acaban en amor, por grande que haya sido su fuerza inicial. ¿Cómo comienza ese enamoramiento, de dónde viene? Esto equivale a preguntar dónde comienza el comienzo. Podríamos decir que nace de una conexión especial entre los enamorados, conexión que podía ser más o menos
  • 18.
    previsible, pero quesiempre resulta misteriosa y sorprendente, tanto que muchas veces se toma por cosas del destino. En este sentido, el enamoramiento (que supone mucho más que un simple gusto) constituye una promesa de posibilidades nuevas. Se proyecta sobre esa persona las propias aspiraciones, los propios sueños e ideales. Alguien le ha llamado la atención de una manera poderosa; este atractivo hace que esa persona ocupe el centro de su capacidad de percibir y de valorar. Surge una sintonía sorprendente en la manera de ver las cosas, de reaccionar, y encuentra una gracia especial en esa persona. Aún no la conoce bien, pero ya ha despertado en él una ilusión, unas ganas de seguir conociéndola, una esperanza de felicidad juntos. Esta ilusión hace que se acelere el proceso de conocimiento (igual que el que se ilusiona por un deporte aprende rápidamente todo sobre él). Pero sólo se trata de una promesa, sólo es una ilusión y un incentivo. Una persona le ha llamado irresistiblemente la atención, le ha hecho muchísima gracia, le ha puesto de su parte: en esto consiste el enamoramiento. Pero la ilusión tiene mucho de ficción. Nos podemos encontrar entonces ante el síndrome del osito de peluche. Los niños, para llenar su necesidad de ternura, de compañía y de amistad, se apegan a un osito de peluche, sobre el que proyectan sus necesidades y sus afectos. Para esto, el osito debe ser impersonal, no puede tener rasgos definidos: debe reducirse a simple soporte o recipiente sobre el que verter esas ilusiones y satisfacer esas necesidades afectivas. El osito de peluche resulta el amigo ideal, precisamente porque no es más que mi idea proyectada sobre él. Tiene algo de narcisismo. Todo enamoramiento arranca con este síndrome en mayor o menor medida: estar enamorados se ve como algo ideal y maravilloso. Pero no hay nada peor que el novio o la novia ideal, porque la idealidad puede encubrir la realidad: las ganas de seguir ilusionados pueden deformar y ocultar lo real, lo cual no deja de constituir un engaño. El interés mutuo se traduce en un interés por ilusionarse mutuamente, y por eso los enamorados tienden a quedar bien, a exagerar lo que al otro le agrada de uno o lo que a uno le agrada del otro, a esconder lo que pueda separar: en definitiva, a comportarse como un buen osito de peluche. "Si el que necesita gafas no las lleva para quedar bien delante del otro, lo único que consigue es no ver bien al otro" (Hal Hartley).
  • 19.
    La ilusión noes mala. Incluso resulta necesaria, ya que despierta la atención y la centra en alguien. Pero el sentido de ese despertar consiste en conocer realmente a ese alguien. Refugiarse en la ilusión, no querer salir de ella, termina en un engaño absurdo. Si se pone el ideal en mantener la ilusión, si se quiere vivir en una nube (‘qué bonito es todo esto, qué bonito es estar así’), se acaba estando enamorado del amor, ilusionado con la ilusión. Si uno se encuentra demasiado absorto en lo que siente, en lo que le está pasando, en lo que se está despertando en él, pierde de vista al otro real. Lo mismo le sucede a aquel que se casa por casarse, por lo bonito que es estar casado: parece que no sabe que el matrimonio también puede convertirse en un infierno. Todo eso del amor como ideal dulzón constituye una soberana estupidez romanticona, y el que se va enamorando cada dos por tres porque necesita sentirse enamorado se comporta como un tonto. Lo que importa es el cariño concreto a la persona concreta, lo que vale es la realidad irrepetible del otro y no el sueño meloso que no lleva a ninguna parte. No hay nada peor que tener prisas por emparejarse. Cuando se busca rodear la relación de elementos que alimentan el ensueño -viajes, buenas comidas, buenas fiestas- (todo esto, en su justa medida, es bueno y natural: lo malo es poner el protagonismo en lo ambiental romántico), o cuando en la relación se recurre a la multiplicación de relaciones sexuales para alimentar ese ensueño (el contacto físico funciona como una droga que mantiene el ánimo de la relación), el peligro inminente radica en que todo acabe en desengaño: ‘no sabía que fuera así’, o el más piadoso ‘ha cambiado mucho’. Si uno no ha hecho más que elaborar y mantener una nube, cuando llegue (que siempre llega) la hora de la realidad, se encontrará conviviendo con un extraño al que nunca conoció; se había enamorado de un osito de peluche, y cuando el osito empezó a dar las primeras señales de vida se convirtió en un perfecto extraño (o en un auténtico oso). Luego, al parecer, lo importante es conocer y amar a la persona real y concreta, comprobar si lo que uno ha visto e intuido se corresponde con la realidad de carne y hueso. El para mí que está detrás del enamoramiento no debe ocultar ni suplantar la realidad del otro. Y, como vimos, es la amistad la que centra la atención en el otro concreto más que en lo que el otro despierta en uno.
  • 20.
    Así, creo quepodríamos concluir que lo sustancial en el amor sexual consiste en la amistad: una amistad muy particular e intensa, probablemente (y deseablemente) la gran amistad de la vida, que se encuentra modulada y realizada en una relación sexual. Así como la amistad puede sufrir una metamorfosis hacia el enamoramiento (y este tipo de enamoramiento resulta muy sano, porque los dos ya se conocen bien en frío), el enamoramiento siempre debe revestirse de amistad, de un conocimiento mutuo, de un montón de cosas que se comparten, de un diálogo confiado. La amistad tiene más peso y consistencia en el amor sexual que el simple atractivo físico. Por eso, el novio siempre quiere ser el mejor amigo y confidente (al menos de sexo masculino) de su novia, y si supiera que ella le cuenta todo a otro que sólo es amigo, esto le molestaría profundamente, aunque el otro fuera más feo que Cyrano; y viceversa: ‘¿y tú qué le tienes que contar a fulanita?’. Ahora bien, siendo la amistad lo sustancial, no constituye lo específico: lo que le otorga toda su fuerza a esta amistad peculiarísima es que se trata de una relación sexual que se establece entre un hombre y una mujer. El atractivo sexual -la tensión del atractivo- potencia y lleva más lejos esa amistad. Nos encontramos, así, ante una amistad radicalmente única, que presenta una exclusividad de la que carecen otros tipos de amistad. Por eso, todo el vértigo del atractivo, toda la intensidad del enamoramiento, debe ser revivido en la amistad. La emoción vibrante y la alegría -y también la inseguridad y la incertidumbre- del encuentro amoroso debe posibilitar el conocimiento mutuo, abrir paso a la confianza y a la seguridad de los que han llegado a ser muy amigos. En este sentido, el enamoramiento tiene un carácter constructivo, constituye la fuerza motriz que permite edificar algo permanente, algo definitivo: la gran amistad con aquella con quien se ha de compartir la vida. La perfección del enamoramiento se alcanza en la amistad sexual. En resumen: el amor sexual otorga un mayor alcance a la amistad, le imprime intensidad y la enriquece (enamorarse significa que hay algo más que amistad); pero la amistad es lo que da continuidad, solidez y realidad al amor: ser amigos supone también algo más que estar simplemente enamorados (de hecho, el simple enamoramiento se desgasta rápido, y los esposos sólo
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    consiguen continuar ilusionadossi han llegado a ser amigos que se conocen y se quieren sin reservas). La amistad sexual resulta -así- tan englobante que también es capaz de contener y de dar fuerza a otros tipos de amor: el amor sexual se despliega y coloniza otros amores, envuelve y se reviste de otros amores. Lewis expresó muy bien esta experiencia: "Y es que una buena esposa ¡contiene en sus entrañas tantas personas! ¿Qué es lo que no era ella para mí? Era mi hija y mi madre, mi alumna, mi camarada, mi compañera de viaje, mi colega de mili. Mi amante, pero al mismo tiempo todo lo que ha podido ser para mí cualquier amigo de mi propio sexo (y los he tenido muy buenos). Tal vez incluso más que ellos. Si no nos hubiéramos enamorado, no por eso hubiéramos dejado de estar siempre juntos, y habríamos sido piedra de escándalo. Salomón llama hermana a su amada. ¿Pudo ser una mujer esposa cabal sin que en algún momento, bajo un peculiar estado de ánimo, un hombre no se sintiera inclinado a llamarla hermana?". Y la persona que puede desempeñar para el amante todos estos papeles del amor -con sus diferentes modos de sentir al otro y con sus gestos específicos- es esa persona concretísima, y ninguna otra. 4. Las promesas del amor: todo un misterio. Muchos sostienen que el amor promete más de lo que da, que la ilusión jamás queda satisfecha, y que en todo encuentro amoroso hay un fondo de desengaño. Es como si la entrega nunca fuera todo lo intensa que se querría, o como si no consiguiera hacerse definitiva. Esto llevó a algunos poetas románticos a afirmar que los amantes deberían morir de amor en el primer abrazo (¡vaya estropicio!). Lo que se esconde detrás de esta experiencia -mientras el amor se mantenga vivo- es que toda unión se queda siempre corta porque siempre promete más; no se trata de algo que ya esté conseguido y terminado, sino de una presencia abierta y misteriosa, que nunca se puede aprehender del todo. El desengaño puede ser fruto de haber catalogado al amado según las propias preferencias y expectativas. Pero el amado se resiste a verse reducido a osito de peluche. En cada desengaño, resurge de las cenizas de un ideal pobre
  • 22.
    la realidad inesperadamenterica de la persona amada. Es bueno que caigan los ídolos superficiales que el amante forja en su imaginación para que surja con nitidez toda la riqueza oculta e independiente de la amada. Al esconderse la persona amada, al no encontrarla donde él esperaba y al descubrirla donde no la esperaba, el amante cae en la cuenta de que lo que busca no es a sí mismo, sino la irrepetible genialidad de ella. Las desilusiones son necesarias: hacen al amor más verdadero y a la persona amada más real. Esta presencia del ser amado constituye una fuente inagotable -promesa y esperanza-, se da como lo que siempre acaba de llegar y seguirá llegando, habla de una riqueza grávida de futuro y generadora del futuro. El amor sugiere un cada vez más, una plenitud que siempre se encuentra en marcha. El regalo de la persona amada resulta siempre mayor que la capacidad para recibirlo, supera las previsiones del amante. Por eso, la felicidad consiste en poder reconocer siempre esta sobreabundancia, esa promesa de más que el amado representa en cada momento, incluso cuando el amante cree que ya no se puede ser más feliz. Tal vez una manifestación de este estado de ánimo, de esta mezcla continua de desengaño y de sorpresa, y de esa confianza absoluta en la riqueza inagotable del amado, sea la tendencia que tienen los amantes a reírse uno del otro (de sus defectos, de sus manías, de sus olvidos), con una burla sana y cariñosa. "Cuando a los amantes, en el momento de la unión, les parece que por fin van a hacerse con el amado, que le van a conocer del todo, sienten que el otro se les escapa en el último momento, que les da un adorable esquinazo: no está dispuesto a ser agotado de una vez por todas, siempre permanece abierto, como una promesa, como una puerta que se abre a lo infinito. La persona amada siempre se esconde y siempre regresa con un regalo nuevo" (Paul Osborn). El misterio nunca puede concluir en un ‘esto es todo lo que hay’, porque en ese momento habría muerto el amor: el amado siempre puede dar más de sí. El amor no vive del pasado (‘ya he visto y he oído todo lo que tenía que ofrecerme: ya me lo sé’), sino del hoy. La persona amada es alguien que siempre está llegando. Tu sola vida es un querer llegar. En tu tránsito vives, en venir hacia mí,
  • 23.
    no en elmar, ni en la tierra, ni en el aire que atraviesas ansiosa con tu cuerpo como si viajaras. Y de pronto se siente, cuando ya te acababas en asunción de ti, que en tu mismo final, renacida, te empiezas otra vez. (Pedro Salinas) Los que se quieren viven intentando culminar su amor, no de una manera tensa y angustiada, sino profundamente confiada: creen en ese regalo en que consiste su amor, en la capacidad que tienen de llegar a la plenitud si se les deja actuar, si no se les interrumpe. Pero cada paso que dan resulta, de suyo, insuficiente, se queda corto, aunque siempre esté cargado de promesa y de esperanza. Y es mejor que sea así: de esta manera permanece vivo el amor. El amado es a la vez tierra virgen por conquistar y hogar entrañable por el que el amante se pasea a sus anchas; es más grande y sorprendente de lo previsto y, al mismo tiempo, resulta pequeño y familiar; es inabarcable y también abarcable en el abrazo; es infinito y a la vez se le lleva entero dentro. La amada es a la vez joven -lo más joven que el amante tiene- y antigua -una vieja amiga, una amiga de siempre- (Michael Stipe). La persona amada guarda en su interior un misterio inagotable: por eso se le ama. Igual que no se puede empaquetar una hermosa canción en un solo acorde, ni encerrar la poesía en una fórmula, a la amada no se la puede terminar de conocer: hay que dejarla fluir. Lo inabarcable de su verdad representa la garantía de su riqueza: cuanto más se la conoce, se descubre con alegría cuánto más queda aún por conocer. La amada no se reduce a una incógnita matemática que el amante pueda llegar a despejar, porque en ese momento se habría acabado su misterio (y esto es lo más triste que les pueda suceder). La paciencia es la virtud de aquel que quiere recibir: sólo al que
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    sabe renunciar aldominio se le entrega la intimidad de la persona amada; para poseer hay que dejar escapar: que la amada sólo le roce, como las aguas en una zambullida. El amor es juguetón, y el juego que más le va es el escondite: el último velo jamás se termina de descorrer. Por eso, el amor se lleva mal con lo excesivamente previsto, no admite ser reducido a las cláusulas de un contrato (‘yo esperaba esto de ti, no me diste lo que prometiste’), como si se tratara de unos objetivos concretos sobre los que es fácil juzgar si se han satisfecho o no. El deseo del otro permanece siempre abierto, indefinido, no espera algo concreto sino la sorpresa de lo inagotable: se experimenta como un deseo nostálgico. Los pequeños desengaños que trae consigo la convivencia (‘yo creía que esto lo entendías, o que no tenías este defecto’) se ven compensados con creces por sorpresas agradables. Para los que se aman, lo mejor del otro siempre está aún por llegar. Y para ser capaz de recibirlo en su momento, ambos tienen que aprovechar cada momento: deben tomarse el tiempo en serio. En el amor no se pueden dejar las cosas para más adelante (‘ya hablaré, ya le pediré perdón, ya cambiaré’): el desprecio del presente incapacita a la persona para apreciar la riqueza del amado, el regalo siempre actual que le ofrece. Esta indolencia echa a perder la alegría del amor. Sin embargo, aprovechar el momento no supone una actitud tensa o crispada: es algo sereno y confiado (‘lo mejor está en marcha, ya llegará, y no se me va a escapar’). Cada instante se pasa y no vuelve a repetirse; cada instante adquiere una trascendencia definitiva, se convierte en la oportunidad única de acceder a la riqueza del otro. Esta caducidad es lo que le confiere al instante su insustituible originalidad; su valor resulta tan grande que absolutamente nada puede compensarlo. No sólo representa algo único: es la unicidad misma. De esta irrepetibilidad del presente, cada instante de la existencia obtiene su infinita y eterna riqueza. La belleza y el encanto de la persona amada -esta sonrisa, este mohín de disgusto, estas lágrimas- se los va llevando el tiempo; por eso, se siente la necesidad de estar ahí para recoger ese encanto particular, para apreciar ese momento concreto (sólo el amante sabe apreciarlo), y guardarlo en la memoria para que no se pierda. La presencia del amado siempre se recibe en presente.
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    El amor constituyeun deseo insaciable, porque aquello que persigue -el amado- resulta infinito, no se agota, siempre da más de sí. Si satisfacer el amor fuera como satisfacer el hambre fisiológica, se terminaría con un buen chuletón. Pero el deseo propio del amor no se acaba nunca. 5. El tiempo y la compenetración. Constituye una experiencia común que la nube del enamoramiento -de la ilusión y de la pasión- puede pasar sin dejar rastro. Resulta curioso: aquello en lo que parecía que iba la vida puede acabar en la más profunda de las indiferencias. Por eso, los enamorados le tienen miedo al paso del tiempo: querrían que el instante de pasión se congelara y permaneciera así siempre, que no hubiera que pasar a otra cosa porque todo se podría echar a perder. ‘Detente, momento, eres tan hermoso’ constituye el grito de los amantes. Pero tal vez, como demuestra Goethe en su Fausto, esta represente la peor de las tentaciones. En la amistad no sucede así: los amigos lo que quieren es precisamente tener tiempo por delante (para compartir muchas cosas distintas, para charlar, para disfrutar de sus aficiones, para organizar muchas comidas, etc); jamás se les ocurriría pedir que se congelara el presente, sencillamente porque esto resultaría muy aburrido. Aunque el encuentro amoroso reviste un carácter que se acerca a lo eterno, a un presente pleno más allá del transcurso del tiempo (a los amantes les parece que se han detenido los relojes), sin embargo es algo que se da en el tiempo. Si se accediera a cumplir el deseo de los amantes de que se detuvieran los relojes, su amor quedaría muy pequeño: terminarían por hastiarse el uno del otro. Sin embargo, el miedo al paso del tiempo se encuentra justificado: el ardor del enamoramiento se pasa, el angelito que uno creía conocer empieza a tener defectos (antes no los tenía, y si los tenía eran adorables, pero ahora uno empieza a pensar que lo que le hubiera hecho falta es una buena paliza a
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    tiempo); pesa másel día a día que los momentos -cada vez más espaciados- de pasión; se cae en el acostumbramiento y en la rutina. El descubrimiento mutuo, que era la ley del amor naciente, deja paso a un excesivo conocimiento. La rutina y la repetición, la familiaridad, la intimidad constante, parece que ahora ocupan el lugar de las conquistas y las sorpresas que atraían tanto en los comienzos. Ya no hay espacio para la soledad (para estar solo con uno mismo). Y esta sobreexposición mutua en el trato saca a relucir los defectos, las manías, las durezas y estrecheces del otro. El hombre ve -quizá- cómo su novia se convierte primero en su compañera, y después en la carcelera que no le deja vivir su propia vida. Y ella comprueba -tal vez- cómo su príncipe se va revistiendo de taras, de egoísmos, de incomprensiones, y que ya no la quiere con la ternura de antes. El resultado de este desolador proceso suele ser un matrimonio en el que la relación conyugal ya no constituye el centro de la vida -como se quería al principio-; ahora, la realización personal se busca fuera: en el trabajo, con los amigos, en las aficiones y, a veces, en el adulterio (incluso de los dos y aceptado por ambos). Lo que les mantiene unidos es la simple costumbre y la conveniencia, no el amor. Waugh describe esta situación con acentos patéticos: "Me sentí como el marido que, después de cuatro años de matrimonio, se da cuenta de repente de que ya no siente deseo, ternura ni aprecio por la mujer que una vez amó; ningún placer en su compañía, ningún interés en gustarle, ninguna curiosidad por nada que ella pudiera hacer, decir o pensar; ninguna esperanza de que las cosas se arreglaran, ningún sentimiento de culpa por el desastre. La conocí como se conoce a la mujer con la que se ha compartido la casa, un día sí y otro también, durante tres años y medio; conocí sus hábitos de desaliño, descubrí lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos y su egoísmo. El encantamiento había terminado y ahora la veía como a una antipática desconocida con la que me había unido indisolublemente en un momento de locura" (Retorno a Brideshead). O, dicho con un acento de humor: -‘Pepe, mañana cumplimos quince años de casados y voy a matar el pavo’. -‘¿Y qué culpa tiene el pavo?: mata a tu prima, que fue la que nos presentó’.
  • 27.
    Ante esta perspectiva,no es de extrañar que los enamorados quieran congelar la escena, mantener el primer instante intenso, y que vean el paso del tiempo como el gran enemigo, la amenaza para su amor. ¿Cómo evitar este desgaste? Algunos recurren a una lucha a muerte (cuerpo a cuerpo) contra el paso del tiempo: seguir sintiéndose atractivo, sostener el disfrute del sexo entre los dos recurriendo a medios cada vez más sofisticados (las estrategias y los montajes para la cama), mantener un tren de vida placentero y divertido. Pero se trata de recursos artificiales, entretenimientos colaterales que no resuelven el problema, y que llevan con facilidad al autoengaño. Se reduce todo a un intento de mantener la ilusión para no enfrentarse con la realidad (que se supone triste) del cada día del otro y de la vida. Se lucha por una durabilidad que resulta ilusoria (se limita a guardar las formas) y superficial (porque no incide en la esencia del problema). Es como pretender echarle conservantes al amor. La permanencia de un amor, la verdadera continuidad de una historia, es un valor que debería encontrarse en el mismo amor: debería ser una característica suya, no algo extrínseco (ni impuesto por una moral o por unas costumbres sociales, ni conseguido mediante artificios). Para que la historia de amor de suyo tenga continuidad necesita poseer el atributo de lo duradero. Sólo un amor definitivo -seguro y sólido- se atreve con el tiempo. Pero el tiempo no es sólo un posible enemigo; representa también el gran aliado, una necesidad imperiosa del amor. Como vimos, el amor sexual -que significa máxima amistad- está llamado a que le pasen muchas cosas; promete un futuro cargado de acontecimientos importantes. Y para esto necesita tiempo: todo el tiempo del mundo. Por eso el amor debe llevarse bien con el paso del tiempo, pues constituye su condición de verdadera realización. No quiero decir con esto que se llegue al amor con el simple paso del tiempo (esperando sin más), sino que es el tiempo el que debe dar paso a la verdadera amistad sexual. El tiempo adquiere todo su sentido porque les lleva a la consumación de ese amor, porque se convierte en historia de amor. El tiempo y todo lo que éste trae consigo -rutina, acostumbramiento, peleas, reconciliaciones- alimenta el amor, es la materia prima que lo va constituyendo, siempre y cuando el amor sea lo suficientemente sano como para asimilar este alimento fuerte.
  • 28.
    En el verdaderoamor, cada uno quiere compartir con el otro toda la vida, desea compenetrarse íntegramente con él. Compenetrarse significa hacerse el uno al otro, acoplarse mutuamente; no se reduce a un simple acostumbramiento (esto sería algo muy pobre). La amistad sexual lleva a conocer la verdadera realidad del amado, a saber reconocerlo en todas sus manifestaciones y hasta en sus defectos; busca siempre la comprensión y el perdón; y el que ama no se puede entender a sí mismo alejado del amado: las vidas se encuentran tan entretejidas que no se podrían ya separar sin destruirlas. Esta compenetración se alcanza con el tiempo, con las crisis, con las novedades, con los reencuentros, con todo aquello que les sucede. Esta tarea que supone adecuarse a otro ser -inquietante, deseado y sorprendente- constituye la grandeza del amor y una de las manifestaciones más intensas de la vitalidad humana. Cada uno representa un misterio para el otro -tiene otro carácter, otra psicología, otra fisiología, distintos ritmos sexuales-, pero un misterio al que debe adaptarse para ganarlo, al que debe comprender para hacerlo feliz y poder ser feliz con él. Lo fascinante del amor reside en que logra la identificación plena entre dos personas que son radicalmente distintas: uno toca una nota y el otro otra, uno se adelanta y el otro se queda rezagado, uno espera y el otro se hace esperar (esto último generalmente la mujer), etc. Y precisamente estas diferencias que existen entre los dos -como vimos- son las que permiten que se produzcan muchas alternativas, es decir, que sucedan más cosas. "En el fondo de todo amor existe sin duda una eterna repetición, una monotonía implacable. Para que el automatismo que lo acecha no pueda destruirlo, necesita cambios de tiempo, de lugar, de estructura, alternativas de partida y de retorno, descubrimientos sucesivos, crisis inofensivas. Y la fidelidad consiste en integrar en sí todos estos accidentes y nutrirse de ellos. El amor de la pareja no puede subsistir sin superarse, sin elevarse, sin volver a encontrarse en un plano más elevado" (Guitton). La compenetración requiere mucha flexibilidad, una gran capacidad de asimilación mutua. Al principio, la adaptación puede resultar turbulenta: es como si cada uno tirara hacia sí de la cadena que les une. Por nada del mundo querrían que esa cadena se rompiera: lo único que desean es la mutua identificación. Pero al mismo tiempo cada uno quiere seguir siendo él mismo, no quiere verse reducido a títere del otro: hay cosas del otro que querría
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    entender pero queno entiende, ideas que desearía compartir pero que no comparte. Esto desemboca en discusiones, en tirones; ellos muchas veces ni recuerdan cuál fue el motivo de la discusión: se han puesto a discutir sin más. Esta tirantez se traduce en incomprensión: cada uno ve al otro como un egoísta que no quiere entender sus razones. Estas tormentas suelen superarse. Mientras la cadena no se rompa, esos tirones resultan beneficiosos, son señal de que la compenetración se está realizando (son tan saludables como una pequeña indigestión después de una sustanciosa comida). Pero no se trata sólo de asimilar el modo de ser del otro en un momento determinado, sino también los cambios -en uno y en otro- que trae consigo el tiempo. Uno de los recelos ante el paso del tiempo obedece al miedo a las transformaciones que ambos puedan experimentar: ‘sé siempre como ahora, no cambies’. El tiempo va modificando a las personas y sus circunstancias (vitalidad, carácter, disponibilidad, apreciación). Estos cambios son inevitables, pero también resultan beneficiosos si el amor es capaz de hacerse con ellos, de convertirlos en materia de unión. La compenetración necesita un intercambio constante. Y son precisamente los cambios los que hacen posible un intercambio vivo y fecundo entre los dos. Cada uno confía en que ninguno de los dos cambiará hasta el extremo de hacer ya imposible este intercambio, hasta el punto de que se rompa el amor que se tienen, de que ya no se reconozcan mutuamente. La verdadera fidelidad consiste en hacer renacer indefinidamente lo que ha nacido una vez. "Lo que no es capaz de renacer es que no ha nacido nunca" (Thibon). El amor vive en el intercambio y es intercambio, diálogo intenso y comprometido. Cada uno se entrega al otro y recibe al otro, se da y se recobra enriquecido en la respuesta agradecida y alegre del otro. Los amantes viven como en un juego, se están pasando continuamente la pelota; el amor perdura mientras este juego continúe, mientras el balón siga en movimiento. Si se detiene, si uno deja de entregarse con generosidad y transparencia, o el otro deja de aceptar con agradecimiento esa entrega (aunque a veces no esté satisfecho del todo, o se encuentre cansado), el juego se interrumpe y el amor se deteriora. La identificación es lo que verdaderamente busca el amor; aquí se encuentra el final eterno y absoluto que al principio sólo se traslucía en ese deseo de permanencia: llegar a ser lo mismo con el amado de un modo definitivo. Pero
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    sólo después demuchos años viviendo juntos pueden los amantes sentirse de verdad compenetrados, definitivamente en casa. Esta compenetración está simbolizada y se realiza también en el abrazo sexual. Jean Guitton expresó esto de un modo tan audaz como acertado: "El contacto de los cuerpos no tiene sólo el efecto de fecundar, sino también de impregnar, es decir, hacer que todos los elementos de nuestra sustancia se insinúen y se esparzan en otra humanidad. Naturalmente, la impregnación de los cuerpos no es más que el apoyo de una impregnación psíquica, moral y hasta mística. De allí la impresión y la realidad de habitar el uno en el otro, de una especie de presencia de uno dentro del otro, que no desaparece con la ausencia y que acaso se hace más viva cuando la vida física comienza a apagarse. Cada uno se convierte en fluido que impregna y en comida que alimenta al otro, ambas vidas se entremezclan inseparablemente". Y T.S. Eliot lo describe así en una dedicatoria a su mujer: A quien debo yo el deleite que salta y aviva mis sentidos cuando despertamos y el ritmo que gobierna el reposo de nuestro dormir, el respirar al unísono de amantes cuyos cuerpos huelen el uno al otro que piensan los mismos pensamientos sin necesidad de lenguaje y balbucean el mismo lenguaje sin necesidad de significado. El esfuerzo por compenetrarse supone siempre un sacrificio, una renuncia a los propios gustos: exige paciencia y capacidad de entrega. Consiste en hablar, poner las cosas en común, compartirlo todo; y en adaptarse: unas veces uno ayuda y otras el otro, unas veces uno está hundido y otras el otro. Se trata de ponerse realmente en el lugar del otro, intentar ver las cosas como las ve el otro, aunque sin perder el propio punto de vista: la identificación no equivale a uniformización, que sólo llevaría a una pérdida de personalidad y al aburrimiento. El amor les ha hecho un mismo ser. Incluso las peleas que parecen alejarles, o los momentos en que uno hace sufrir al otro (con un sufrimiento
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    especialmente vivo eíntimo, porque no proviene de fuera sino de dentro, de esa parte de uno que es el otro), no son más que manifestaciones de la unión, acontecimientos pasajeros que la corroboran (son escaramuzas cuyo campo de batalla se circunscribe al cariño que se tienen). El amor da sentido a los roces (se pelean porque se importan: ‘¿cómo has podido pensar, decir o hacer eso?’; por el tono de voz -a veces de rabia mal contenida- y la mirada, este reproche puede reflejar el ‘te quiero’ más conmovedor que alguien pueda escuchar en su vida) y lo que los mantiene en su justa dimensión. Mientras haya amor, los choques -por fuertes que sean- les unen y les divierten (no importa que haya que reparar el mobiliario después de cada trifulca). Y después de cada pelea ellos descubren el gusto de darse por vencidos y hacer las paces, es decir, de demostrar y demostrarse que lo único que de verdad les importa es el otro. A veces, puede parecer que el amor sufre retrocesos (ya no es como antes); pero mientras la entrega permanezca sincera, el amor seguirá avanzando seguro. El amor consiste, pues, más en una tarea y en una conquista que en un simple disfrute. Y es la tensión de la tarea lo que preserva el amor, que constituye la única fuente de disfrute. Pero esto no es más que la esencia del amor sexual, que se manifiesta tanto en el alma como en el cuerpo. No basta con que los enamorados encajen muy bien de buenas a primeras (con la misma facilidad pueden desencajar sin especiales traumatismos): la compenetración representa algo mucho más profundo y costoso. Cada uno va produciendo pequeñas pero dolorosas heridas en el otro (sin malicia, noblemente, fruto de choques inevitables), rompe un poco la cómoda individualidad del otro para que el otro se vaya haciendo a él, para que el otro le deje entrar y acomodarse en su intimidad. Y cada uno ama esas heridas que el otro le ha causado, porque representan el espacio que cada uno le abre al otro en su interior. Cuando estas heridas cicatrizan, cuando se regeneran los tejidos dañados, ambos descubren asombrados que el entretejimiento mutuo se está llevando a cabo. La unidad puede alcanzar tal altura que las cualidades y los méritos del otro se consideren propios; no sólo se aprende de las virtudes del otro, sino que se vive de ellas: ‘la que lleva la iniciativa es ella, tiene más imaginación’, ‘el que tiene paciencia es mi marido’. Igual que uno se sirve de ambos brazos sin dejar de pensar que siempre es él mismo quien obra en cada uno (‘esto lo hago
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    mejor con elderecho, esto otro con el izquierdo’), así se reparten ellos las tareas sin dejar de pensar que todo lo hacen juntos los dos (‘quien habla estas cosas con los hijos es mi marido’, ‘de ayudar a los necesitados se encarga mi mujer, habla con ella’). Qué bien vio esto Tolstoi en Ana Karenina : "Entonces Lievin comprendió claramente, por primera vez, lo que no había podido captar bien después de la bendición nupcial: que el límite que les separaba era intangible, y que nunca podría saber dónde comenzaba y dónde terminaba su propia personalidad. Aquella riña le produjo un doloroso sentimiento de escisión interior. A punto de ofuscarse, comprendió enseguida que Kiti no podía ofenderle de ninguna manera, desde el momento que ella formaba parte de su propio yo". El paso del tiempo posibilita lo real; sólo en el tiempo suceden cosas de verdad, cosas que nos conmueven, que nos apasionan, que nos hacen felices (o desgraciados), pero de verdad: "sólo en el tiempo se vence el tiempo" (Eliot). Pensar que es la intensidad de la emoción (más bien habría que decir ‘de las sensaciones’) lo que cuenta, y que desgraciadamente en los matrimonios maduros el éxtasis de la pasión está condenado a degenerar en rutina y en mediocridad, supone desenfocar la cuestión. La clave está en descubrir cómo lo eterno del éxtasis puede encontrarse encarnado en la normalidad. Es decir, la cuestión reside en qué noción de normalidad y de tiempo es la propia del amor. 6. La pasión y la normalidad. Amar en el tiempo no consiste (ya lo vimos) en la búsqueda o el mantenimiento de un estado sublime de pasión; por otra parte, intentar vivir de continuo en la pasión se haría insoportable y hasta ridículo (como si un marido se pasara la vida diciendo: -¡cómo me gustaría ser aquello que te doy y no quien te lo da!; y su mujer: -cariño, no te pongas así: yo sólo te he pedido las llaves del coche). El amor se va encarnando en lo cotidiano, en los hábitos adquiridos en común: en su manera de llegar a casa, en sus reacciones características, en sus manías, en el modo que tiene de reír y de enfadarse, en cómo se desenvuelve en la intimidad del hogar, en el buenas noches, en la manera que tiene de
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    quedarse dormido, "enesa arruga que se te forma en la frente cuando me miras como si estuviera loco" (N. Ephrom). En estos detalles normales, cada uno percibe con nitidez la personalidad irrepetible del otro. El amor se encuentra entonces en la sutura entre alma y cuerpo: cada uno quiere y necesita al otro como parte de sí mismo, se es lo mismo, y sin él no se sabría qué hacer. Los jóvenes enamorados suelen afirmar que no podrían vivir sin el otro, cuando lo cierto es que sobreviven al fracaso sin especiales problemas; en cambio, los viejos esposos sí que pueden morirse de pena cuando el otro les falta: ya no saben vivir sin él. Con el tiempo, la relación va adquiriendo un ritmo sereno, seguro, confiado; está compuesta de repeticiones, de comienzos y recomienzos muy parecidos, aunque todos supongan siempre un crecimiento y un avance. En esto consiste la amistad conyugal, aquí se encuentra la esencia del amor sexual. Cada uno ya no siente de una manera tan intensa lo que sentía antes, pero sí de una manera más profunda, más arraigada. Al amante ya no se le van los ojos tras la amada, ni se la come con la mirada cada vez que aparece, pero ahora "lleva siempre su imagen detrás de los ojos"; "ya no me da un vuelco el corazón cada vez que oigo su voz, pero sin su voz que llena mi vida yo me moriría" (Leos Carax). Esto no quiere decir que el sentimiento no siga siendo intenso, que se haya hecho mediocre, sino todo lo contrario, como se comprueba en que si algo cuestiona o pone en peligro ese amor, el sentimiento resurge apasionado. Pero el amor y la pasión se han encarnado ahora en gestos templados, en costumbres hogareñas, en detalles cotidianos; y se manifiesta, sobre todo, en los múltiples sacrificios que cada uno hace por el otro, cuyo único motor es el cariño que se tienen. Ya no se trata de una llamarada momentánea, sino de un fuego constante que poco a poco lo va devorando todo. La entrega mutua se traduce en una confianza plena, propia de la convivencia. Incluso descubren el placer que se esconde en mirar a la persona amada cuando ésta no se sabe mirada -leyendo, andando, pensando, durmiendo-, porque así se recoge su imagen más ingenua y espontánea. Como advirtió ese genio del cine que fue Nicholas Ray: "esta es una buena escena de amor: tú ahí, sentada con cara de sueño en un rincón de la cocina, y yo aquí preparándote el desayuno".
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    Tal vez estanormalidad represente la manera de dar cauce a toda la profunda energía del sentimiento, el modo en que ese sentimiento sobrevive en los amantes sin agotarles por su intensidad. Esta vida cotidiana del amor funciona como una especie de manto que vela el demasiado desnudo y demasiado precioso misterio del amor: el encubrimiento de un milagro en el tono gris de la normalidad. Algunos pueden juzgar esta normalidad como algo inauténtico y mediocre; pero se trata de la envoltura que requiere todo misterio para seguir siendo un misterio, el ropaje que lo expresa con sencillez y lo protege. El amor trabaja como un minero que va escarbando y metiéndose en el interior de los amantes; sus primeros golpes de pico fueron muy sensibles, porque dieron en la superficie; pero ahora su trabajo resulta más silencioso (por ser más profundo), aunque mucho más eficaz. El amor les va conquistando mientras duermen en la normalidad, mientras no son demasiado conscientes de lo que les está pasando. "Es como si el amor echara en torno suyo un manto para no saber qué ocurre en él. Así, cada uno de los amantes puede albergar al otro en su alma, pero llevándolo en sí con tanta inconsciencia y tan voluntaria ignorancia como una madre lleva al niño en su seno. Uno ofrece al otro su alma como un manto bajo el cual él pueda ocultarse como quiera. Por eso el amor busca la noche, no porque tenga que esconder algo, sino porque él se desvela a sí mismo de tal modo, se abandona de tal modo, que debe abrigarse, porque sólo puede soportar su excesiva desnudez si la protege con la invisibilidad. La noche aquí aludida no es precisamente la falta de luz exterior. Es el amortiguamiento de la luz interior del amor, es el amor en cuanto noche, el amor que se convierte a sí mismo en noche a fin de soportar lo excesivo de su claridad" (Balthasar). Se trata de un amor que se convierte en afecto, en suelo firme, en algo que siempre ha estado ahí y que siempre estará. Este afecto llena con creces los espacios normales y largos que se abren entre los momentos de pasión. No hay que hacer nada especial, ni estar contándose la vida continuamente: basta con estar ahí, sentados mirando la televisión, o dar un paseo juntos. De ahí la importancia de que cuanto antes la relación amorosa transcurra por los cauces normales: que pasen los éxtasis, el sentirse fuera de este mundo, el buscar lo excepcional y novedoso. Las palabras, los gestos, las reacciones, poco a poco deben ir haciéndose reposados. Todo debe vivirse de un modo
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    sencillo, ordinario, sereno,como si nunca hubiera sido de otro modo, como si nunca fuera a dejar de ser así. La mística amorosa, con su exaltación del instante de éxtasis, pierde de vista lo esencial. La felicidad no consiste en un momento de euforia, sino más bien en la repetición de esos momentos adorables propios de la convivencia con la persona amada. En el trayecto de la historia personal, esas vueltas y revueltas -esas repeticiones- desempeñan un papel capital. Esta afirmación contiene una sabiduría de siglos. Si en lo cotidiano no pudiera arraigar lo sublime, estaríamos condenados a la fugacidad, a las aventuras aisladas en el marco de una vida gris. "Lo eterno no acontece en el tiempo en un instante privilegiado, sino en una duración lenta y común; lo infinito sólo anida en el tiempo por un infinito recomenzar" (Guitton). El amor vive en un ritmo cíclico: la unión consiste en un volver a empezar, un volver al comienzo, al amor primero. Supone una regeneración después de haberse gastado un poco en la vida, de haber trabajado, conquistado, sufrido, perdido, etc. "La unión sexual no tiene, en este sentido, un carácter sólo generativo del hijo, sino, en primer lugar, regenerativo de los amantes: significa renacer y renovarse, representa un baño refrescante, un sueño reparador; es como volver al vientre materno donde todo era refugio nutricio, y, sobre todo, supone volver a caer en la cuenta de que todo se vive (se conquista, se sufre, se trabaja, etc) para ser entregado y puesto en común" (William Roof). Cada día se sale de la unión con la persona amada para completar un ciclo de vida -trabajo, amigos, problemas-, para después volver a ella al final y encontrar -en esa unión y en ese compartir- el sentido y la explicación de todo lo que le ha pasado, para sentirse una vez más comprendido y aceptado. La unión es, así, reunión, reencuentro, reconocimiento de lo que ambos han cambiado y de todo lo que han hecho: todo queda integrado en la historia de amor. Constituye un punto de partida y un punto de llegada. Cada periplo es alimento que enriquece la unión; el tiempo y el cambio corren a favor de la unión, la hacen más rica. Pero lo que da unidad y renueva esa historia es el amor.
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    Los amantes, enla unión, se reconfortan mutuamente; sentirse unidos les da energía y optimismo para salir otra vez a que les sucedan más cosas, a enfrentarse con los problemas de la vida, porque saben que, pase lo que pase, siempre volverán a la unión, al sentido, a la comprensión: ‘pase lo que pase todo acabará bien una de estas noches’. Y además, el abrazo ayuda a solucionar -a conjugar- todas las diferencias y los distanciamientos que ellos puedan experimentar: es el final feliz de todos sus conflictos. Por eso, el amor se siente seguro de sí mismo, capaz de superarlo y asimilarlo todo. Como escribe Wordsworth: estoy aquí inmerso en el placer presente y en el grato pensamiento de que este momento es vida y alimento para años futuros. No se trata -con esta normalidad- de desechar el deseo sexual, sino de reconocer todo el calado que posee, como aquello que une la dispersión del tiempo y del cambio, como aquello que culmina la historia de amor. No se trata de un simple deseo fisiológico, sino del deseo de llevar a cabo una vez más la compenetración, de unir todo lo nuevo que les ha sucedido: el deseo sexual es deseo de hogar. Como describe Ian McEwan: "Después, una palabra pareció repetirse a sí misma, una palabra suave y resonante, generada por la carne al deslizarse sobre la carne, una cálida, susurrante y equilibrada palabra: casa; estaba en casa, protegido, a salvo, y por lo tanto capaz de proteger: la casa que poseía y que le poseía. En casa: ¿por qué iba a estar en ningún otro lugar? ¿No era una pérdida de tiempo hacer cualquier otra cosa que no fuera eso? El tiempo se redimía, el tiempo asumía de nuevo todo su sentido porque era el medio para la culminación del deseo". Cada separación para recorrer el día despierta y alimenta el deseo de unión y le ofrece un contenido; y el tiempo que ellos pasan separados sólo tiene sentido porque culminará en la unión. Por eso, la normalidad -la aparente rutina- que puede establecerse en la relación sexual no significa una pérdida de interés o de intensidad, porque trae consigo "poder hacer el amor de esa manera entrañablemente amistosa que es privilegio y componenda de la vida matrimonial. Ya no sentían gran
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    pasión. Encontraban elplacer al cabo de una cordialidad pausada, de la familiaridad de sus hábitos y prácticas, del acoplamiento firme y preciso de sus cuerpos, tan confortable como un modelo devuelto a su molde. Eran generosos y pausados, y no necesitaban mucho. Pero si alguien les hubiera dicho que se aburrían, lo habrían negado con indignación" (McEwan). Como apunta C.S. Lewis, la vida sexual de la pareja pasa por diversos momentos y estados de ánimo: pasión, dulzura y confianza, seguridad y fortaleza, alegría y diversión. En cada etapa la unión posee un sabor peculiarísimo, insustituible: todos estos sabores compensan por sí mismos, porque cada uno expresa un aspecto del amor. Si el amor se ahonda con el paso del tiempo, también lo hace la relación sexual. Y hablando de la relación con su mujer, escribe: "En estos años que hemos vivido juntos, festejamos el amor en todas sus modalidades: la solemne y la alegre, la romántica y la realista, tan dramática a veces como una tempestad, tan confortable y carente de énfasis otras como cuando te pones unas zapatillas cómodas. No ha habido fibra del corazón y del cuerpo que haya quedado insatisfecha". Incluso cuando por la edad se pierde el vigor y ya no existe un claro deseo sexual, el cuerpo del amado sigue significando un refugio apacible, un hogar tierno: ya no se puede vivir sin la cercanía de ese cuerpo. Y así, en la normalidad y con el paso del tiempo, los amantes alcanzan la verdadera experiencia de un amor seguro y sereno: eterno. Con esa eternidad que ellos buscaban desde el principio, pero a la que sólo se llega aventurándose en el tiempo. 7. La transformación del amor sexual por el hijo. Se suele afirmar que los hijos introducen un cambio -una distracción- que estropea la relación de la pareja: ésta pierde su independencia y su espontaneidad, debe ponerse en función de un intruso que ha irrumpido en el amor de los esposos (y este intruso sí que se comporta como un verdadero okupa). El hijo se interpone (hasta en un sentido físico) entre los dos: reclama un tiempo que antes sólo pertenecía a la pareja, pide cuidados y atenciones, ‘se queda con algo del otro que antes sólo me pertenecía a mí’. Y creo que a los que sostienen esto no les faltan razones. Aunque el problema resulta más complejo de lo que parece. Vayamos por partes.
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    Los amantes buscan-sobre todas las cosas- la compenetración de la que hablamos. Pero esta unión que ellos persiguen no llega a consumarse del todo. Los que se aman nunca están satisfechos ni de lo que dan ni de lo que reciben, no han podido decir todo lo que sienten, siempre algo se les ha quedado en el tintero. No consiguen hacerse uno de manera definitiva; después de cada unión vuelven a sentirse separados: su empeño parece incapaz de alcanzar una identificación plena en la que poder descansar. Por esto, el deseo de la unión sexual renace siempre. Embarcados los dos en este viaje, ¿cuándo se podrá decir que hemos llegado a puerto? La alternativa ante esto se encuentra en la reiteración de la entrega física: ‘ya que una vez no basta, hagámoslo muchas’. Se trata más de una promesa y un deseo que de una realidad consistente, segura, ya conquistada. Pues de esa insaciable y repetida unión, como por un golpe de suerte, como si fuera un milagro, aparece una nueva vida, surge un tercero que no es más que la mezcla de ellos dos: consiguen precisamente aquello que andaban buscando. La acción de darse, que parecía no dejar rastro y que se debía repetir una y otra vez para mantenerla en el tiempo, ahora ha desembocado en algo que se ha dado y que se quiere quedar, que exige un sitio. Ellos se han encontrado y reunido definitivamente en el hijo. Por eso, el hijo hace la unión más entrañable, ahonda ese lugar en el que ambos se pertenecen uno al otro. Que la aparición del hijo transforma la vida de los esposos resulta innegable: la exclusividad de la relación, su privacidad y su espontaneidad se ven afectadas por la presencia de un tercero, ya desde que está en el vientre materno. El ‘al fin solos’ comienza a resultar más problemático. Y ellos ya no hablan tanto de sí mismos ni de cómo va su relación: ahora tienen que hablar de otras cosas más urgentes. Pero aquello que a simple vista puede parecer que los separa representa el fruto mismo de su compenetración: es su amor hecho hijo. Cuando ella ocupa su tiempo y sus energías en gestarlo y después en cuidarlo, no está físicamente con su esposo (su cuerpo pertenece ahora, por un título nuevo y más poderoso, a su hijo), pero se encuentra doblemente con él, pues el hijo es el fruto de él amándola a ella. El cuerpo de la mujer, que antes estaba completamente abierto a su marido, ahora comienza a cerrarse en torno al
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    hijo; pero estecierre para ocuparse del hijo es una manera de estar doblemente abierta a su esposo. Sentir celos del hijo resulta, por eso, una tontería. El hijo constituye un vínculo de unión inimaginablemente intenso, y el mejor regalo que se han hecho el uno al otro. En este sentido, el hijo encarna la obra más radical de su amor, constituye su sello y su corona, porque el hijo es, de una manera sorprendente, una mezcla irrepetible y originalísima de ellos dos, una mezcla en la que no se puede separar lo que es de ella de lo que es de él, donde su identificación ha llegado a tal punto que ambos se encuentran indisolublemente unidos en el hijo. Sus cualidades y valores, todo aquello que cada uno amaba en el otro, todo eso que ellos querían compartir y entremezclar impregnándose el uno del otro, ahora se ha mezclado en una realidad que descansa en el seno de ella, se ha combinado dando lugar a un tercero que se está formando en su vientre. Por eso, a cada uno le gusta reconocer al otro y reconocerse a sí mismo en los rasgos del hijo: ‘tiene tus ojos, tiene mi boca’; ahora lo de cada uno resulta inseparable de lo del otro. El afán de estar solos, disfrutando en exclusiva del otro (afán que obedece al deseo de estar indisoluble e imperturbablemente unidos), se realiza en plenitud en el hijo, es decir, precisa y paradójicamente cuando ya no se encuentran tan solos. Los dos perciben esta eficacia de su amor como algo que excede sus propias fuerzas, como algo de origen divino: por eso siempre se ha tendido a divinizar el seno de la embarazada, y por eso el agradecimiento mutuo tiende a elevarse a Dios. Pero, ¿cómo se vive esta novedad?, ¿cómo se asimila esa presencia inesperada?, ¿qué es lo que cambia? Para ver esto, creo que resulta necesario distinguir dos momentos de un mismo misterio. Por un lado, nos encontramos con el misterio de la concepción. En ésta, algo radicalmente distinto ocurre en la mujer, tanto en su alma como en su cuerpo. Hasta ahora, todo había sido normal, todo parecía conocido y controlable; incluso la novedad del amor de su esposo, con toda su radicalidad, palidece ante este suceso trascendental. Ella lleva en su seno una nueva vida, que está alimentando con su propia vitalidad. El misterio de la concepción y de la gestación reside en la madre; es ella quien lo vive, lo sufre y lo disfruta. El hombre sólo ha despertado en ella esa
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    posibilidad dormida; élha realizado un gesto intenso de entrega, en el que ha puesto todas sus fuerzas, pero el resultado de la unión se le escapa, le parece desproporcionado: él ha entrado en su mujer y ha puesto en marcha el misterio de una nueva vida, y ahora se le pide que espere fuera. Él no vive la concepción, ni la sufre, ni la disfruta como ella: por eso la contempla como quien contempla un misterio al que él mismo ha contribuido pero que le supera, y pregunta, e intenta participar de la alegría de su esposa, y se siente culpable cuando ve que sólo ella carga con el peso y el dolor. Pero el peso y el dolor son el precio de toda sabiduría: la mujer encinta toca el misterio del origen de la vida y de su sentido, y el hombre sólo puede participar externamente -de oídas- de esta sabiduría. El embarazo requiere de ella una especial dedicación de sus fuerzas, una gran capacidad de concentración íntima: por eso se le disculpan todos los caprichos, despistes y desganas. Ella se encuentra ocupada en el sentido más pleno de la palabra: "ahora yo como para dos, camino para dos, respiro para dos" (Natalie Merchant). Así, la concepción constituye una fuente de novedades y de comunicación especialmente intensa para la pareja; aquí es ella la que cuenta y él el que pregunta e intenta entender. Sin embargo, ella siempre se queda corta, nunca puede traducir en palabras todo lo que siente. Junto (después) al misterio de la concepción, nos encontramos con el misterio del nacimiento. En el nacimiento, aparece el tercero como totalmente otro, dotado de vida autónoma, a quien se abre toda una vida por delante: una historia, una felicidad y plenitud, una capacidad de amar como la de sus padres. El futuro lleno de cosas buenas que compartir, el tiempo que el amor pide porque les tienen que pasar muchas cosas y tienen que hablar de muchas cosas, ahora se ha encarnado en el hijo, que trae -en el sentido más radical- tiempo y futuro. El niño es el fruto de esa mezcla de sus padres; sólo a partir de esa unión sexual pudo darse este ser irrepetible y original: él nunca hubiera llegado a existir al margen de esa mezcla amorosa (‘si no os llegáis a encontrar yo no estaría aquí’). Igual que de la ilusión del enamoramiento se pasa a la realidad del amor, ahora, de la mera posibilidad de hacer cosas juntos se pasa a la realidad
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    concreta (para bieno para mal, traiga alegrías o preocupaciones) del hijo. Ese compañerismo radical en el que viven ambos llega a su culmen con la irrupción del hijo. El hijo se vive como lo más importante que los dos puedan realizar en y con su amor. Todo lo demás pasa a un segundo plano. En la vida de la pareja, el nacimiento de un hijo introduce un profundo cambio: ella deja de ser sólo esposa-novia y comienza a ser esposa-madre, y él deja de ser esposo-novio y comienza a ser esposo-padre. Pero -y esto es lo más sorprendente- el hijo, como cumplimiento del amor (los amantes pueden afirmar satisfechos: ‘al fin lo hemos conseguido’), no significa un final, sino que abre un principio, un recomenzar. Ahora que los amantes creían haber culminado su afán es cuando todo no ha hecho más que empezar. Cada hijo encarna un proyecto real y vivo que sacar adelante, alguien a quien cuidar, a quien hacer feliz. Los padres siempre piensan que sus hijos llegarán más lejos, que serán más felices que ellos, que tendrán todo aquello de lo que ellos no pudieron disfrutar (y ellos se encargarán de que esto se cumpla). De alguna manera, ven la vida y la felicidad de sus hijos como una continuación de la suya, incluso como su perfección. Su tiempo y su futuro se continúan en el hijo: el hijo representa una nueva oportunidad para vivir y realizarse. Para el padre, el niño representa, al principio, una responsabilidad que le ha caído; por eso el recién nacido le parece una criatura extraña y desvalida que despierta toda su compasión: ‘¡qué pobre!: ¿cómo se puede ser tan diminuto?’. "¡Pero qué diferentes de los que él había imaginado eran los sentimientos que le inspiraba aquel pequeño ser! En lugar de la alegría prevista, Lievin no experimentaba más que una angustiosa piedad. De allí en adelante habría en su vida un nuevo punto vulnerable. Y el temor de ver sufrir a aquella pequeña criatura indefensa, le impidió notar el movimiento de necio orgullo que se le había escapado al oírla estornudar!" (Ana Karenina). Para la madre resulta distinto: el hijo es aquel con quien ella más se identifica. El niño es más suyo (por eso realiza con frecuencia el gesto de llevárselo con ella) que del padre (o al menos en un sentido más profundo): aquí se exclama el ‘mío’ más radical. Ella tiene más conciencia de que el niño es alguien que sí tiene vida propia, dotado de personalidad; alguien que la entiende, que la reconoce y que le comunica cosas (ya desde que está en su
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    vientre). Pero ellano sabe explicar a los demás qué le comunica su niño y cómo se entienden los dos: por eso suele callar. "Sin embargo sonrió, y su sonrisa quería decir que en el fondo de su alma sabía muy bien -a pesar del escepticismo de los demás- que su niño comprendía montones de cosas ignoradas para el resto del mundo, y que incluso él se las había revelado a ella. Para su niñera, para su abuelo, para su mismo padre, el niño era una criatura humana a la que no hacían falta más que cuidados físicos; en cambio, para su madre era un ser dotado de facultades morales, y habría sido muy largo de contar lo que pasaba entre aquellos corazones" (Ana Karenina). Desde que el niño aparece se inician los miedos, las esperanzas, las preocupaciones, las incertidumbres, las alegrías; la comunicación y el intercambio de estos sentimientos contrarios colman tanto a la pareja que llevan a plenitud su amor -su compenetración-, aunque en un sentido muy diferente del que ellos imaginaban al principio. Los amantes han perdido la exclusiva y el protagonismo del amor, en beneficio del recién llegado. Aunque este recién nacido parezca impotente, él lo centra y lo consagra todo. Pero esta pérdida trae consigo la principal ganancia. El pequeñajo renueva la vida, relanza la relación de la pareja; el hijo concentra todo lo importante y verdadero que existe para los dos. Antes ellos se encontraban uno al otro de manera inmediata -a solas-; ahora se encuentran fundamentalmente en el hijo, ahora ellos se quieren y se abrazan en el hijo, y su diálogo discurre por el cauce del hijo. El diálogo se hace más intenso porque lo que está en juego resulta radicalmente valioso y vivo: las decisiones que tomen entre los dos serán determinantes para ese hijo. Ahora hay que organizarse de otra manera porque el tirano del niño impone sus horarios; ahora es necesario adaptarse a un tercero que también va cambiando según va creciendo. La adaptación y la compenetración mutua se ve reactivada de una manera muy especial con cada hijo. Le viene muy bien al amor de la pareja esta novedad radical, que les protege de un acomodamiento mutuo, que es algo muy distinto de la compenetración. Como vimos, el amor se lleva mal con lo excesivamente calculado y previsto, y el niño es el que rompe toda programación y toda rutina. El niño representa una sorpresa continua: ‘¿y tú qué haces aquí?’.
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    Por otra parte,el hijo también posibilita la vida familiar: para que haya familia hacen falta al menos tres. La tripleta eleva las posibilidades de cambio e intercambio más allá de lo que parece capaz una pareja. La relación esposo-esposa se ve potenciada por la relación madre-hijo y la relación padre-hijo: todo se hace más variado y variable. Cuando ella habla y tiene sus secretos con el pequeño, el esposo no se siente desplazado, sino enriquecido; y viceversa. Cada uno aprende a ver al otro con los ojos del hijo, y al hijo con los ojos del otro. Tal vez por eso, en algunos lugares, el esposo tiende a llamar -con el hijo- ‘mamá’ a su esposa (y viceversa), y esto no sólo para ponerse a la altura del niño, sino porque de verdad la contempla desde una perspectiva encantadora e insospechada. Así, cada nuevo hijo enriquece la vida familiar, y la progresión no resulta aritmética, sino geométrica. La familia constituye, por esto, un lugar particularmente vivo y sagrado. Además, la presencia de un ser pequeño, desvalido y necesitado, brinda una profundidad nueva a la vida de sus padres, les enseña una faceta misteriosa y rica: el valor de la atención, del desinterés, del sacrificio, de lo pequeño. "Son los niños los que nos despiertan, los que nos dicen: ¡qué dura eres, sé suave, ten paciencia!" (R. Schaumann). Muchos llegan a comprender de verdad a los niños cuando ven al suyo por primera vez. Los niños piden que se les dedique tiempo, un tiempo aparentemente inútil: jugar con ellos, tenerlos en brazos, escuchar sus incoherencias, atender sus caprichos nocturnos. En un mundo en el que todos vamos agobiados en busca de objetivos cuantificables, los niños nos recuerdan -con sus exigencias desvalidas- que lo importante en la vida son esos tiempos que se pierden con las personas a las que amamos; nos enseñan el valor de la ternura, del saber detenerse en los gestos de cariño. Y estas ocupaciones infantiles no constituyen un signo de debilidad, sino de especial fuerza interior; como afirma McEwan: "Él estaba convencido de que si pudiera hacer todo con la intensidad y el abandono con que una vez había ayudado a su hija pequeña a construir un castillo de arena, sería un hombre feliz y con poderes extraordinarios". Parece que los niños enseñan a sus padres a ser padres, es decir, a ser más humanos. El amor verdadero se siente empujado a dar mucha vida, a poblar la familia y hacerla feliz, a abrir muchas puertas hacia el futuro y tomar la responsabilidad de conducir todas esas historias a buen puerto. El amor seguro se muestra poderoso, pletórico, emprendedor, y en el dar la vida radica el ejercicio de ese poder (por eso, toda experiencia creadora tiene
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    una connotación sexual,precisamente porque la sexualidad en el amor constituye una de las expresiones máximas de poder y creación). Cada hijo es una mezcla sorprendente y original de los amantes. Y los amantes que han llegado a ser amigos inseparables tienen ganas de formar con sus hijos una buena panda de amigos. Por esto, los esposos que -para defender la exclusividad, la intimidad y la espontaneidad de su amor- suprimen o recortan la natalidad, están bloqueando aquello que realmente buscan. Hacen bien en buscar la compenetración total, pero se equivocan de camino, y ponen en peligro su amor. Un amor pobre, inseguro, tiene miedo de abrir esas puertas al futuro, porque esas puertas conllevan una responsabilidad radical: los esposos no se sienten con fuerzas para dar vida y hacer felices a esas vidas, para afrontar los peligros y los trabajos. El amor que teme el paso del tiempo y el cambio, también teme a los hijos; ellos no están tan seguros y confiados el uno del otro, y por eso no se aventuran a ese imprevisible factor de cambio que representa el hijo. Pero un amor así acaba por anquilosarse, por sumirse en la rutina. Ciertamente, los esposos deben juzgar -con responsabilidad-sobre sus posibilidades de sostener y educar a más hijos; pero creo que este control responsable debe dibujarse sobre el trasfondo de un amor sincero y emprendedor, y no sobre la mezquindad o el miedo. Los verdaderos amantes siempre tienen un sentido positivo de las cosas, ven el lado bueno y no sólo los inconvenientes: esto es lo que caracteriza a una mirada amorosa. ¿Y si los hijos salen mal? Supone un riesgo (aunque ya es difícil que todos salgan mal). Los disgustos que dan unos se compensan con las alegrías que traen otros. Además, quién sabe: muchas veces los que hoy parecen casos perdidos, mañana resultan ser los mejores. Pero esto forma parte de la aventura de la familia y, por eso, constituye parte esencial de su atractivo y de su riqueza. Sacar adelante entre todos a la oveja negra es algo que une y da vida, representa una tarea intensa; además, hay ovejas negras verdaderamente geniales (y también otras que son para echar de comer aparte). Se encuentran casos para todos los gustos, y por eso resulta imposible aburrirse. Y cada hijo aporta algo insustituible, más allá de todas sus negruras.
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    8. El lugarde la mujer y el problema de la maternidad. Una cuestión acuciante hoy en día, suscitada en parte por la polémica feminista, consiste en determinar el papel de la mujer en la sociedad. Creo que en este tema resulta fácil caer en los tópicos, es decir, en afirmaciones comunes que no llevan a ningún sitio (y espero no caer también yo en ellos). Muchas veces se intenta resolver este problema recurriendo a una estricta igualdad entre los sexos. Es evidente que esta igualdad existe en un sentido radical, en cuanto que poseen la misma dignidad. Pero igualdad no quiere decir identidad. El hombre y la mujer son -afortunadamente- seres muy distintos. Esta diferencia pertenece a la riqueza del ser humano; esos dos polos distintos que se atraen posibilitan -como vimos- un diálogo en el que los acontecimientos se hacen más reales, en el que la vida adquiere toda su significación. Sin esa alteridad profunda de los sexos, el ser humano caería en una insoportable monotonía. Por eso, los intentos de equiparación absoluta o, en el mismo sentido, los intentos de conseguir la completa indiferenciación sexual (cuyo límite se encuentra en la homosexualidad y en la transexualidad), sólo pueden llevar al aburrimiento: tienen escasa entidad para poder crear una historia de amor de gran recorrido. Dicho esto (y pese al peligro de caer en el tópico), parece necesario plantearse el lugar que ocupa la mujer en el mundo, en la riqueza vital del ser humano. ¿En qué consiste lo específico suyo con respecto al varón? Un aspecto radical de esa distinción es el comprometido lugar que ocupa la mujer en la relación sexual debido a la maternidad. Parte de la llamada emancipación de la mujer y de su búsqueda de igualdad con respecto al hombre, se ha centrado en liberarse de la carga de la maternidad: poder controlarla y separarla de la relación sexual, no verse tan involucrada en su cuerpo sexuado (sobre todo con respecto al varón, que no carga con nada). Sin embargo, la maternidad no se reduce a una simple circunstancia biológica que determina la vida de la mujer, sino que se encuentra en el mismo núcleo de la feminidad y, por eso, tal vez en ella radique esa distinción fecunda de la que he hablado. Conocer el lugar de la mujer supone entender qué significan la sexualidad femenina y la maternidad, y cómo determina ésta su psicología.
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    Resulta curioso, eneste sentido, la peculiar relación que la mujer mantiene con su propio cuerpo sexuado. "Muchas veces lo experimenta como a un molesto extraño, con sus ritmos inapelables, con esa cadencia que gira con la misma necesidad que las estrellas. Y esta extrañeza la siente con mayor intensidad aún en dos momentos clave: durante el embarazo, donde su cuerpo se encuentra con un inquilino que impone sus posturas y exige concentración; y en el momento del parto, cuando la mente parece retraerse y ella percibe su propio cuerpo, a pesar del dolor, como desde fuera (el nacimiento constituye un misterio que parece que sólo transcurre en ella, como si en ese momento ella no tuviera mucho que ver con él)" (R. Remington). La mujer vive la maternidad -vive su sexo- de una manera muy especial, como si estuviera representando un papel solemne y sagrado, y por eso a veces la percibe como algo ajeno, como una misión de la que le gustaría verse relevada para poder vivir tranquilamente su vida. Pero al mismo tiempo, en el carácter de la mujer se encuentra impreso el impulso -especialmente profundo- de concebir y engendrar vida (impulso que puede encauzarse tanto en el hijo como en el servicio y en la entrega a los demás). Ella necesita ejercer este carácter materno, que la lleva a vaciarse en el hijo. Le resulta muy difícil a ella desentenderse de este impulso íntimo; toda mujer termina por experimentar como un fracaso no haber sido nunca madre o no haberse comportado como madre. Sin embargo, está claro que la maternidad recorta las posibilidades sociales y laborales de la mujer. La incorporación de la mujer al mercado laboral (una de las grandes conquistas de nuestra época) choca con lo que hasta ahora ha sido su tarea principal. Este choque lo percibe como limitación e incompatibilidad, que le lleva a plantearse la necesidad de un recorte en su trabajo o en su maternidad. Pero lo que a primera vista puede parecer una limitación, tal vez constituya también -y sobre todo- una riqueza. Tener que enfrentarse con esta incompatibilidad (que sólo en nuestra época se puede llamar real), lleva consigo una manera especial de juzgar las cosas, de valorar el trabajo y de mirar la vida: una manera muy sabia. Ian McEwan lo ha intuido con certeza: "A partir de cierta edad, los hombres se inmovilizan en su lugar y tienden a creer que, incluso en la adversidad, forman en cierto modo una unidad con sus destinos. Son quienes ellos creen ser. Lo cual constituye una debilidad y una
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    fortaleza. Ya esténsaltando de las trincheras para acabar muertos a millares, o sean ellos mismos quienes disparen, o estén poniendo el toque final a un ciclo de sinfonías, rara vez se les ocurre, o se les ocurre a muy pocos de ellos, que bien podrían estar haciendo cualquier otra cosa. "Para las mujeres, en cambio, este pensamiento constituye una premisa, y representa un constante consuelo o un tormento, al margen del éxito del que estén disfrutando ante ellas mismas o ante los demás. Lo cual es asimismo una debilidad y una fortaleza. El compromiso de la maternidad impide la plena realización profesional. Una vida profesional en términos masculinos erosiona la labor maternal. Intentar ambas cosas supone arriesgarse a la aniquilación debido a la fatiga. Y no resulta fácil insistir cuando no puedes creer que eres totalmente lo que haces, cuando piensas que puedes encontrarte -o que podrías encontrar otra parte de ti mismo- expresada a través de otro entorno diferente. En consecuencia, a ellas no las atrapan fácilmente los empleos, las jerarquías, los uniformes y las medallas. Contra la fe que tienen los hombres en las instituciones que ellos y no las mujeres han configurado, las mujeres mantienen un principio diferente de individualidad, según el cual el ser es más importante que el hacer. Las mujeres se limitan a rodear el espacio en el que los hombres ansían penetrar". La mujeres viven en un lugar especial de la existencia, viven entre dos mundos: el del hogar y el de la calle; participan de los dos, los comprenden, se sienten atraídas por ambos. Las limitaciones impuestas por el hogar parece que las dejan a mitad de camino en su realización personal: han tenido que hacer compatibles demasiadas cosas. Su vida discurre en un equilibrio inestable. Por eso tienden a pensar en algunos momentos que ellas podrían haber llegado más lejos en su profesión o en las relaciones sociales, o que podrían haber desarrollado y expresado su riqueza personal también en otro modo de vida. Pero esta inestabilidad les otorga una visión más certera de las cosas, les brinda una sabiduría que en algo se parece y en mucho supera a la de los ancianos. Ven la vida con una distancia que les permite apreciarla en su verdadero valor. Y esta sabiduría contiene algo muy necesario. Tal vez por esto las mujeres son especialmente nostálgicas. La nostalgia es un sentimiento en el que se percibe toda la hondura del ser, todo su misterio. Se trata de un sentimiento impregnado de trascendencia; por eso parece indefinido, no tiene un referente claro (es como abrazarlo todo y sin embargo no quedarse con nada). Es el sentimiento que mide la desproporción entre lo
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    que anhela elcorazón humano -todo aquello que podría llegar a ser- y la limitación de la vida. Pero se trata de un sentimiento confiado, sereno, que espera que al final esa desproporción se resuelva. La nostalgia puede convertirse -pervertirse- en angustia, ansiedad o triste melancolía; pero en sí misma refleja un sentimiento muy genuino y rico. Las mujeres, por muy felices que sean en su vida, siempre conservan este regusto nostálgico, y esto forma parte esencial de su riqueza y de su atractivo. Según esto, parece aconsejable que la mujer viva entre esos dos mundos. Aunque muchas prefieran dedicar todas sus fuerzas a la maternidad (y en ocasiones esto debe ser así), también resulta conveniente que la mujer esté presente en el mundo laboral (porque es algo que la enriquece a ella y que enriquece el mundo). Sin embargo, es necesario que esta presencia suya no deteriore su papel de madre, ya que en esa fuente maternal ella bebe su sabiduría; por eso, la mujer debe luchar por mantener el equilibrio. Porque forma parte de su riqueza que ella no se crea demasiado la importancia del mundo laboral (como casi siempre le sucede al varón). Gracias a ese estar por encima -más allá- de los objetivos inmediatos de un mundo planificado y utilitarista, entra (con el cuidado del niño, ese estorbo encantador) en un mundo más real, más profundo, más humano; y puede así aportar al mundo del trabajo algo -una señal- que sólo ella puede aportar. Al vivir entre esos dos mundos, la mujer puede medir, comparar y saborear mejor estos dos ámbitos de la existencia. Es el padre quien lleva al hijo a conocer el mundo, le introduce en sus trucos, lo prueba para ver cómo se defiende por sí mismo, para así sentirse orgulloso de él; ante el padre, el hijo se siente a veces examinado, y, por eso, comprueba que su amor está algo condicionado. Por eso, los hombres nunca se encuentran del todo satisfechos en su mundo varonil. En cambio, la madre es la que acepta al hijo siempre, pase lo que pase; ella representa su lugar en el mundo, donde él cuenta por sí mismo y no por sus cualidades, el sitio de donde nadie le puede echar. Por eso, la mujer resulta más reposada, vive más en el ser de las cosas, y ofrece así la morada tranquilizadora. Todo aquello que el hombre se afana en hallar lo encuentra sorprendentemente cumplido en el hogar que es la mujer: "ella es la resolución de todas sus búsquedas infructuosas" (Peter Gabriel). En este sentido, el hogar siempre se ha visto como la extensión del cuerpo de la mujer, en el que la mujer acoge y envuelve al varón; ella es el cobijo, el
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    punto de referenciade él. Por eso la mujer, más que la dueña del hogar, es el hogar; y él es su habitante (igual que, en su momento, lo será el hijo). Ella es la que se abre y deja entrar al varón, la que lo acepta y lo recibe entero en el santuario de su cuerpo, la que le hace un hueco en este mundo. Este gesto de abrirse reviste una especial significación y dignidad (de ahí la gravedad de la violación); acoge al varón: su cuerpo, su semen y su hijo. La mujer encuentra en el varón al habitante que necesita sentir en la casa que es ella. Por eso se puede decir que la intimidad del hogar, de la que participan los miembros de la familia, es la intimidad de la mujer hecha casa: la intimidad del hogar siempre tiene sabor femenino. "La casa no es sólo un lugar: es una categoría espiritual y psicológica, una dimensión del alma. Es el esfuerzo por superar el cambio, por echar ancla en los valores perennes. La calle es símbolo del camino, de la historia, de la fatiga humana y de la humana provisionalidad. La educación doméstica es, sobre todo, esto: no tanto enseñar a la mujer y al varón a estar en casa o a hacer los trabajos caseros, sino más bien a ser domésticos en el sentido más profundo. Es la educación para aprender a detectar el valor infinito que se esconde en la aparente pobreza de las cosas y que lleva a un descubrimiento poético y humano" (A. Zarri). La casa constituye el lugar seguro en el que uno está por derecho propio, en el que se le reconoce por su nombre. Pero también resultaría conveniente que el ser humano pudiera sentir el mundo en el que vive y trabaja -la calle- en mayor o menor medida como su casa. Ciertamente el trabajo es el trabajo y el hogar es el hogar y cada cosa debe discurrir en su ámbito propio; pero si queremos que el mundo que habitamos parezca más humano, resulta necesario que estas cualidades hogareñas se encuentren presentes en el mundo laboral (que exista compañerismo, que uno no represente sólo un número en una cadena de producción y de consumo). Esto es algo para lo que la mujer posee una mayor sensibilidad: ella echa más en falta estas cualidades humanas, y sabe cómo promoverlas. Esta especial sensibilidad trae consigo un conjunto de capacidades y pericias características, muy necesarias en la organización del trabajo. De ahí el sinsentido en el que se incurre cuando se la discrimina del mundo profesional precisamente por su maternidad. Pero resulta aún más capital que la pareja dedique tiempo al hogar como una ocupación prioritaria. Porque es en la familia donde el hombre aprende a ser humano, donde adquiere sentimientos humanos. Ahí, el hombre aprende a
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    convivir con otrasintimidades, a respetar y a comprender a los demás, a ceder en sus intereses, a proteger y enseñar a los pequeños o débiles, a tener paciencia, a saber lo que supone hacer sufrir a otro por un egoísmo o un capricho. Sin estas experiencias que sólo se adquieren en familia, el hombre se volvería insensible, desconsiderado, prepotente. El ser humano es un ser familiar. Y es la mujer la que preferentemente tira para el hogar y arrastra al varón al hogar. Tolstoi percibió (y qué no habrá visto aquel genio) esta sabiduría femenina: "Aquellas dos mujeres, tan diferentes por otros conceptos, ofrecían una semejanza perfecta. Ambas conocían, sin experimentar la menor duda, el sentido de la vida y de la muerte. La prueba de que sabían firmemente qué era la muerte consistía en que, sin dudar ni un segundo, sabían cómo había que obrar con los moribundos y no les temían. Sin embargo, Lievin y otros como él, aunque podían hablar y decir muchas cosas sobre la muerte, evidentemente no sabían qué hacer cuando la gente muere: temían a la muerte porque la desconocían. Solo al lado de su hermano moribundo no podía hacer más que esperar resignado y lleno de espanto la llegada de su hora postrera. "Kiti, por el contrario, no tenía tiempo para pensar en sí misma. Ocupada únicamente de su enfermo, parecía tener un sentido muy exacto de la conducta a seguir, y salía victoriosa en todos sus empeños. Se ponía a contarle detalles de la boda, de ella misma, le sonreía, le exponía sus quejas, le acariciaba, le citaba casos de curación. Su actividad no era, desde luego, ni instintiva ni irreflexiva. Se preocupaba de una cuestión que estaba por encima de los cuidados físicos". Gracias a este ‘estar y no estar’, a esa continua bilocación entre la calle y el hogar, y a ese contacto inmediato con la fuente de la vida, la mujer se encuentra más cerca de la existencia, de las cuestiones vitales: tiene una mayor connaturalidad con ellas. Por otra parte, en la realización personal de la mujer, ocupa un lugar central la familia: cuidar y disfrutar de su esposo y de sus hijos, verles crecer: "mi niña no puede detener su mundo y su crecimiento para esperarme" (N. Merchant). Ella vive esto de una manera especialmente intensa, lo valora en toda su dimensión. Por eso, la mujer echa más en falta un hogar; y las mujeres que se lanzan en exclusiva a la vida profesional terminan por
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    lamentar esta gravecarencia. El hombre -que tiende más a lo exterior, a la eficacia y al trabajo, y que muchas veces pone las relaciones laborales por encima de su familia- aprende de su mujer a valorar esas realidades esenciales: amor, ternura, compañía, hijos, hogar. Con el tiempo, él también termina por echar muy en falta todo esto. 9. El amor y lo odioso. Un tema que la literatura nos presenta con frecuencia es el del amor que acarrea la muerte. Aquí se concibe el amor como una energía que arrebata a la persona, la hace experimentar toda su fuerza sobrenatural, la lanza a aventuras y peligros en pos del amado, hasta que provoca su destrucción. Más allá de la verosimilitud de estas historias (y siempre la vida real tiene historias más graves que la ficción), queda la certeza de que el amor provoca una muerte en el amante, le impone un sacrificio personal, una renuncia, una transformación. Parece que la historia de amor (el proceso que se desarrolla en el interior de los amantes) pasa por diversas muertes, por distintas metamorfosis, en cada una de las cuales muere algo anterior para que surja algo nuevo que, aunque ya estaba en germen desde el principio, ahora se encuentra purificado, desarrollado, lleno de sentido. Cada crisis enriquece ese amor. El amor va madurando con la edad, va siendo más él mismo, los amantes van aprendiendo a quererse cada vez más de verdad. En las bodas siempre se pregunta a los novios: ‘aceptas a x como esposo, para serle fiel en las alegrías y en las tristezas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en la juventud y en la vejez’: ¿por qué este tono dramático de entrada? Voy a plantear las metamorfosis extremas -terminales-, esas pruebas aparentemente insalvables por las que atraviesa el amor, porque tal vez den luz a toda la vida de la pareja. En primer lugar, encontramos aquello que de odioso tiene el otro: esos defectos que no termina de corregir y que además parece que incluso defiende, esas incomprensiones, esas indelicadezas, esos egoísmos. Lo odioso no consiste simplemente en una disparidad de gustos, o en unos defectos que se están corrigiendo; lo odioso es aquello que resulta odioso en sí mismo, que sólo merece el rechazo, que a nadie se le puede culpar por no amarlo (la
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    insensibilidad, el malhumor, la brutalidad, etc). Además, algunas personas, cuando se dan cuenta de que tienen defectos, se sienten humilladas y entonces remarcan más esos defectos: se comportan como niños caprichosos. Esta actitud resulta muy difícil de soportar. Lo odioso representa un obstáculo para el amor; pero el amor puede elevar la presencia de lo odioso hasta convertirlo en materia de ese amor. Ciertamente lo odioso seguirá siendo odioso -y, dentro de lo posible, habrá que ayudar al amado a corregirse-; pero esto ya no hará odioso al amado, sino que será algo que posibilite la comprensión y la disculpa. Cuando el amor supera lo odioso que encuentra en el otro, cuando ama esos defectos, no porque haya pactado con ellos o se haya acostumbrado, sino porque de alguna manera acompañan a la otra persona (están en el mismo lote que sus encantos y son también manifestaciones de su genialidad), se convierte en un amor más desinteresado, dirigido a la persona singular. La compenetración lleva a considerar y sobrellevar los defectos del otro como se sobrellevan los propios defectos: igual que uno tiene que aceptarse tal como es para vivir tranquilo, hay que aceptar al otro tal como es para seguir amándolo (‘su mal carácter es parte de mí, debo superar su insensibilidad como si se tratara de la mía’). Cuando uno realiza o soporta por amor algo costoso -que contraría sus gustos, su carácter o su estado de ánimo-, toma consciencia del amor que siente por el otro, mide en su propia carne cuánto le importa ese amor, hasta qué punto está dispuesto a aguantarlo todo por él. Esta consciencia resulta mayor que cuando sólo se reciben cosas agradables y convenientes. Y es precisamente esta mayor consciencia la que le hace feliz -a pesar de las dificultades-, con una felicidad más conmovedora. Junto a los defectos, nos encontramos con la edad y todo lo que la edad trae consigo: la pérdida del atractivo físico, las arrugas, los achaques, las manías. Todas estas cosas representan otra prueba para el amor. Pero el amor descubre algo que sólo resulta posible con los años. Con los años, todo lo que era ilusión y promesa se ha convertido en realidad, la fidelidad se ha hecho historia, y en cada arruga se puede leer con claridad esa historia de amor. Las vidas se encuentran ahora entretejidas de tal manera que ya no se pueden dividir; ya no se puede entender el uno sin el otro (‘él y yo ya somos lo mismo, no sabría imaginar mi vida sin la suya’). Unamuno
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    lo experimentaba así:"Ya no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer, pero me duelen las mías cuando a ella le duelen las suyas". Ahora, cada uno -después de haber vivido juntos esa historia- resulta más verdadero, más nítido: al final de su historia, cada uno tiene más identidad, es decir, menos palabras y más realidades. A lo largo de esos años, se han recorrido y habitado el uno al otro por entero, se han despojado de todo lo que era extraño, artificial, aparente e ilusorio. Su amor se ha hecho más consistente. Esto lo expresó en parte Salinas: ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres! Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del mundo, sólo tú serás tú. Sólo después de los años cada uno reconoce y siente en plenitud lo definido y singular del otro, da con su nombre más íntimo. Pero se equivocaba Salinas al reducirlo todo a pronombres. Es verdad que con los años cada uno vive más exclusivamente en relación al otro (un yo delante de un tú): desnudos, despojados de todo lo accesorio. Pero esa nitidez se alcanza a través de lo vivido, de los ropajes, de los papeles, del día a día: ‘es esa manera de reír, de vestir, de mirar... tan suyas’; el amado se encuentra encarnado en cosas muy concretas. Cada uno se ha hecho para el otro tan familiar y entrañable (ya sin
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    apariencias o posesartificiales), tan conocido y tan el de siempre, tan inofensivo (‘ya no me impresiona como antes, ni me apasiona, ni me da miedo: ya he pasado por todos esos saludables desengaños’), que es para él como un hijo, como una parte inseparable de su personalidad. Para alcanzar este saludable desengaño que permite sentir al otro como absolutamente irrepetible e incomparable, como algo radicalmente propio, hace falta haber envejecido juntos. "Eres tú, entera, con tu historia conmigo, sin sobresaltos, sin escondites, sin pretensiones: estás aquí tranquila y serena junto a mí" (Robbie Robertson). Cada uno ha aprendido a reírse con cariño del otro porque le acepta y le quiere tal como es, no le pide nada más; y, por eso, sabe que delante del amado ya no cabe el ridículo: entre ellos todo refleja piedad y confianza, se protegen uno al otro de la mejor de las maneras. Cada uno sabe compadecerse de los defectos, de los achaques y de los fracasos del otro, con una compasión llena de dulzura, que en absoluto supone la muerte de la ilusión. Con el paso del tiempo, los amantes han ido alternando la ilusión y la compasión propias del amor, con una alternancia que -como el inspirar y el expirar de los pulmones- mantiene vivo el amor: constituye su ritmo propio. Shakespeare ha visto esto mucho mejor que Salinas, en su soneto CXXX, un soberano canto de amor teñido de una sana ironía, de un tomarse un poco en broma a la amada: Los ojos de mi amada no son nada comparados con el sol, el coral es más rojo que el rojo de sus labios. He visto rosas de Damasco, blancas y carmesíes, pero no las he visto en sus mejillas; y en algunos perfumes encuentro más deleite que en el aliento de mi amada. Me cautiva su voz, y sin embargo sé bien que la música tiene acentos más encantadores;
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    confieso que jamáshe visto andar a una diosa, porque mi amada, cuando anda, pisa la tierra. Y sin embargo, por el cielo, creo que mi adorada es tan única que, ante ella, todas las comparaciones resultan falsas. Otro obstáculo en el que se prueba y en el que madura el amor se encuentra en la enfermedad seria de uno de ellos. Toda enfermedad constituye una crisis. Cuidar y consolar al enfermo, convertirse en enfermero a jornada completa (y más cuando la enfermedad es irreversible) significa buscar de verdad el bien del otro, demostrar a cuánto se elevaba la energía y el poder de ese amor. Porque ahora ese amor no trae compensaciones afectivas: muchas veces ese servicio ni se agradece; se hace con total desinterés, por el amor que siempre se ha sentido, aunque a veces se vuelva todo muy pesado, casi insoportable. Se descubre una manera más sublime de amar, que trae consigo una alegría más sublime. Se aprende a mirar la incomparable -y ahora más conmovedora- riqueza del amado oculta tras la máscara del dolor y de la impotencia. En una ocasión, una mujer de cierta edad me dijo que su amor por su marido había cambiado mucho; que antes le quería muy a flor de piel, pero que con el tiempo, con la enfermedad -ella era como una enfermera para él- y con sus manías, el cariño se había hecho más frío, menos sentido. Que muchas veces él le hacía la vida insoportable con sus enfados, sus arrebatos y sus reproches, y que en esos momentos le entraban ganas de huir. Pero que, a la vez, se daba cuenta de que sin él la vida se le haría imposible. Y mirando una foto de joven, me confesó que si se lo volviera a encontrar, se enamoraría otra vez de él de inmediato. 10. La muerte del amado. Pero el gran obstáculo, la gran separación, es la muerte. Los que se aman desearían morir juntos; al menos cada uno preferiría morir antes que el otro,
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    para no sufrir.Parece que con la muerte todo se acaba: ‘hasta que la muerte nos separe’. Pero tal vez la muerte representa una fase más del amor, como lo fueron el noviazgo, el matrimonio, los hijos, la vejez; tal vez no signifique el final de un amor, sino una crisis más, una muerte más, una última transformación: la definitiva. Y si esto es así, a lo mejor esta dinámica nos está diciendo algo importante sobre la lógica del amor. Lo que se ama, lo que hace feliz, es la precisa concreción del amado. Pero lo que él es se encuentra siempre mezclado con lo que el amante cree que es, con lo que uno es para el otro. Mientras esta mezcla perdura, cada uno le exige al otro que se porte con él como él espera (‘tienes que ser más comprensivo, cariñoso, acordarte, etc’); lo que ama es a veces más la noción que tiene del otro que lo que el otro es en realidad. La vida, los desengaños superados, las dificultades, las enfermedades, la pérdida de la belleza física, la edad, van colocando al otro delante de los ojos limpio de todo lo subjetivo, lo interesado y lo egoísta: de lo reducido de la propia manera de mirar. Lo que uno busca es la desnudez del amado en toda su singularidad. Y tal vez la muerte represente la última desnudez. Esto lo ha visto de manera insuperable C.S. Lewis en Una pena observada: "La amada terrenal, incluso en vida, triunfa incesantemente sobre la simple idea que se tiene de ella. Y quiere uno que sea así. Se la quiere con todas sus barreras, todos sus defectos y toda su imprevisibilidad. Es decir, en su directa e independiente realidad. Esto, y no una imagen o un recuerdo, es lo que debemos seguir amando, después de que haya muerto. Tengo que hacer que el amor abra sus brazos y sus manos a la realidad, a través y por encima de toda la cambiante fantasmagoría de mis pensamientos, pasiones e imaginaciones. No debo conformarme con la fantasmagoría y adorarla en lugar de ella. No debo vivir con mi noción de ella, sino con ella". El alejamiento que introduce la muerte hace que el amante experimente de verdad todo lo que el otro era y sigue siendo. Ahora que está ausente, la imagen del otro resulta más nítida; ahora puede reconocer todo lo que él es gracias al otro, y todo lo que del otro hay en él; ahora puede culminar en el conocimiento pleno del otro, y sentirse más cerca de él. En el dolor y la ausencia, el amante puede medir palmo a palmo lo que el otro realmente era y
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    lo que eranlos dos juntos; esto da paso a un agradecimiento muy especial, y a la adoración. La muerte trae consigo una manera más elevada de quererse: quererse en la ausencia, que refleja una presencia muy especial. El amado muerto aparece ante los ojos del amante como una obra de arte terminada e inmutable. Igual que no se puede tener plena conciencia de un hecho hasta que se haya cumplido, tampoco se tiene plena conciencia de un amor hasta después de este final. Después de la muerte, toda historia se convierte en leyenda; el amor alcanza su paradójica perfección final en esta separación. Con la muerte comienza el tiempo del recuerdo. La relación que se establece en el recuerdo posee una intensidad misteriosa: ahora hay muchas cosas vivas que recordar del otro. De alguna manera, el amado, ahora que se encuentra más lejos, está más cerca. Se quiere guardar en la memoria la imagen hacia la que el que ha muerto tendía, aquello que debía llegar a ser y que tan bien conocía aquella que le amaba. Y en este recuerdo iluminado -purificado- por la muerte se esconde la pena por no haberle entendido mejor, o ayudado más. Esta pena y este dolor, que se manifiestan en el luto, tienen un carácter sagrado: la tumba del amado -donde se guardan sus restos inimaginables- se convierte en un lugar bendito. Como canta Victor Hugo: Ya hace tiempo que aquella con quien he dormido,