Ficha Técnica
 AUTOR/A: Ella Dominguez
 TÍTULO ORIGINAL: This Love's Not for Sale
 TÍTULO EN ESPAÑOL: Este amor no está en venta
Argumento
Tucker: Arrogante, brutalmente honesto, y amante de la esclavitud y la disciplina.
Lilliana: Terca, obstinada, e impaciente.
Cuando el magnate de bienes raíces que está acostumbrado a salirse con la suya en todos los
órdenes conoce a la higienista dental de treinta y tantos años, quién heredó una gran extensión de
tierra, la atracción física y química entre ellos, es innegable. Al darse cuenta de que Lilliana tiene un
inmueble que vale una mina de oro, Tucker se enfoca en tratar de obtener sus tierras a cualquier
precio… incluso si esto significa engatusarla abriéndose camino dentro de su corazón. Pero Lilliana
no está interesada en el amor ni en ser perseguida por un indiscutiblemente atractivo pero
arrogante macho alfa interesado en su propiedad, y no puede ser comprada.
Justo cuando las cosas se están calentando y Tucker comienza a enamorarse de Lilliana, ella
descubre dónde radican sus verdaderas motivaciones, obligándola a buscar una dulce venganza de
la única manera que conoce… rindiéndose a cada una de sus fantasías y jugando con sus emociones.
Créditos.
 TRADUCCIÓN: Anita2
 CORRECCIÓN: Merche
 LECTURA FINAL: Conchi
 EDICIÓN: Merche
1.
—¡Tucker McGrath!
La secretaria de Lilliana asomó la cabeza en la pequeña oficina y gritó con una intensidad tan
ensordecedora que la sobresaltó y la hizo maldecir por casi hacerse pis encima.
—¿Qué tal tus músculos de Kegel1
, Dana? —preguntó Lilliana con los suyos aún contraídos por su
inesperada sesión de ejercicio.
Después de calmarse, Dana le comunicó que venía de una consulta de emergencia solicitada
nada menos que por el hombre cuyo nombre había gritado como una colegiala histérica. Al parecer,
se había producido un altercado y ese Tucker estaba en camino.
Lilliana fue apresuradamente hasta su puesto para prepararse a inspeccionar los daños mientras
su secretaria llamaba al dentista de guardia. Su trabajo como asistente dental era bastante rutinario
así que cuando había una emergencia sentía una ráfaga de adrenalina y acogía con satisfacción el
cambio de ritmo.
Como Dana se quedó esperando algún tipo de reacción, Lilliana la miró desapasionada. Al ser tan
nueva en la zona, no tenía ni idea de quién era Tucker McGrath. Dana puso los ojos en blanco y le
contó que Tucker era, de hecho, un delicioso paquete de masculinidad, soltero y muy conocido en
toda el área tri-estatal por sus numerosos proyectos empresariales y su considerable riqueza. Al
parecer, tampoco era un secreto que se había casado varias veces y que era un mujeriego cuya
reputación le precedía. Lilliana permaneció imperturbable y se encogió de hombros mientras
continuaba preparando el equipo.
Lilliana todavía estaba ajustándose a su nuevo entorno y trabajo. Había pasado más de un mes
desde la muerte de su amada tía Margo y del shock que fue para ella recibir la noticia. Había
hablado con ella solo unos pocos días antes de su muerte y estaba tan alegre y llena de vida que era
difícil creer que realmente se había ido. La madre de Lilliana había muerto cuando ella tenía
diecinueve años y Margo había sido su confidente más cercana después de su muerte.
Lilliana recordó cómo quedó aturdida y con lágrimas corriendo por su rostro cuando escuchó por
el teléfono acerca del repentino ataque al corazón de Margo. El abogado de su tía habló en voz baja
y trató de consolarla, pero estaba demasiado alterada para escuchar sus amables palabras. Margo
era muy organizada y había establecido todos sus planes funerarios con antelación, dejando solo los
detalles de su última voluntad para ser tratados a su llegada a Bridgeport. El asombro de enterarse
de que era la única heredera de su tía todavía estaba fresco en su mente.
Margo siempre había sido muy caritativa con su modesta riqueza y Lilliana hubiera asegurado
que dejaría sus tierras y posesiones a alguna fundación de necesitados.
1
Músculos de Kegel: en referencia a los músculos pubococcígeos que forman el piso de la pelvis. Los ejercicios de
Kegel están diseñados para evitar la incontinencia urinaria, facilitar el parto y mejorar el placer sexual.
Mientras preparaba su equipo de trabajo, recordó la última conversación que tuvo con su tía y
las lágrimas le humedecieron los ojos. Ella siempre extrañaría la cercanía y el vínculo que
compartían. Aparte de unos pocos primos segundos lejanos, estaba completamente sola ahora y sin
un alma en quien confiar.
La tristeza de Lilliana fue interrumpida cuando oyó una conmoción en la recepción y el vozarrón
de un hombre. Rápidamente se puso una bata desechable, mascarilla, gorro y guantes estériles.
Olió al infame Tucker McGrath antes de verlo. Un sutil y limpio aroma a cítrico flotaba en la
habitación y el vientre de Lilliana revoloteó. Echaba de menos el olor de un hombre. Solo unos
segundos después, Tucker se tambaleó adentro.
Lilliana inmediatamente lo miró hacia arriba. Hizo un cálculo aproximado de su altura, un poco
menos de 1.83 m de alto y un poco más alto que su exmarido. Tenía en la mano una toalla
ensangrentada presionando su boca y cara, traje a medida, despeinado, con su blanca camisa sport
con manchas de sangre y su chaqueta mostrando una solapa rasgada.
Tucker se puso delante de Lilliana, audazmente intimidante, y ella le señaló hacia el sillón
odontológico. De inmediato cayó en él, puso su cabeza hacia atrás y se quejó:
—La uta made!
—No hay necesidad de ese tipo de lenguaje, señor McGrath —lo regañó.
Lilliana estaba bien versada en el lenguaje utilizado con la “boca dañada” y supo de inmediato
que había dicho la puta madre.
La boca apretada de Tucker ladró aún más obscenidades.
—¡Mieda! ¡Cadajo!
—Sí, sí, lo entiendo; está herido y enojado. Ahora vamos a ver lo que está pasando dentro de esa
sucia boca suya.
Apretando la mandíbula, Tucker entrecerró los ojos expresando su desdén con la actitud
indulgente de Lilliana. Dana y dos de los asistentes dentales estaban esperando junto a la puerta
observando a Tucker y, obviamente, se divertían con la forma con que Lilliana lo estaba manejando.
Cuando ella les oyó reír, los despidió con un gesto de la mano.
Puso la succión y el agua dentro de la boca y enjuagó limpiando todo rastro de sangre. Luego
colocó un bloque de mordida suave y le miró la boca con un espejo. Tucker gimió y se estremeció, y
Lilliana le dio las novedades
—Bueno, la buena noticia es que todos sus incisivos centrales y laterales superiores e inferiores
parecen estar intactos. Ahora las malas noticias: los primeros y segundos molares superiores
izquierdos parecen estar dañados, junto con el tejido de las encías. Por supuesto, vamos a
comprobar para asegurarnos de que no hay daños en el hueso haciendo una radiografía.
—¿Qué cadajo quede decer? —Tucker soltó un bufido.
—Bien, en español, dos de sus dientes superiores traseros tienen grietas. El dentista está en
camino ahora para que pueda intentar repararlos.
Lilliana observó a Tucker con curiosidad. Sus ojos estaban enmarcados por pestañas oscuras y de
inmediato le llamó la atención el tono castaño lujurioso que le devolvía la mirada. Miró su rostro y
sus ojos mientras él la observaba atentamente. Ella estudió su cabello, notando su color cobre
oscurecido escarchado con vetas de plata. Era definitivamente guapo. No, más que eso, era
impresionante.
Revisó nuevamente su boca y también notó la forma perfectamente alineada en que tenía los
dientes. A Lilliana siempre le habían fascinado las buenas dentaduras y no podía dejar de comentar
sobre ella.
—¿Ha tenido ortodoncia?
Tucker negó con la cabeza con un aire de completa indiferencia.
—¿En serio? Tiene los molares más increíbles que he visto en mi vida —respondió ella
distraídamente mientras le miraba la boca expuesta.
Tucker nunca había oído ninguna palabra médica que sonara tan extrañamente sexual. ¿Quién
era esta guerrera detrás de la mascarilla? Echó un vistazo a su cara tratando de distinguir sus
facciones, pero todo lo que podía ver eran sus brillantes ojos color avellana escondidos detrás de
una cortina de pestañas.
Las cejas de Tucker subieron cuando sus ojos se encontraron y su expresión se tornó pícara ante
la brasa de atracción sexual desatada entre ellos. Una esquina de su boca se torció hacia arriba en
una sonrisa burlona al ver sus mejillas calientes.
Lilliana respiró hondo y miró hacia otro lado rápidamente. Ella manejó el equipo dental con
ansiedad y le limpió y succionó la boca nuevamente.
—Parece un poco mayor para participar en peleas de patio de colegio, señor McGrath —afirmó
rotundamente, sin hacer contacto visual directo.
La imperturbabilidad de Lilliana era ligeramente divertida o, si no, desconcertante. La mayoría de
las mujeres se encogían o se desmayaban en su presencia pero esta mujer no hizo ninguna de las
dos cosas. Tucker empezó a murmurar algo, pero el dentista llegó y lo interrumpió. Lilliana se puso a
hablar con el dentista y Tucker estiró la cabeza hacia un lado para tratar de obtener una mejor vista
de esa mujer envuelta en una bata desechable. La encontró bastante interesante y pudo ver que, a
pesar de su amplia vestimenta, su silueta estaba bastante bien proporcionada. Parecía ser un poco
más baja que su exnovia, alrededor de 1.65 metros.
Lilliana no dejaba de mirar la hora al mismo tiempo que Tucker la recorría de arriba a abajo con
la mirada. Cuando él se dio cuenta de que había sido atrapado desnudándola mentalmente, le
guiñó un ojo y trató de sonreír. Una fugaz mirada irritada cruzó la cara de ella y puso los ojos en
blanco, dando la espalda a Tucker mientras continuaba su conversación con el dentista.
Maldita sea esa ropa. Tucker quería nada más que obtener un buen vistazo de su culo. Él podría
hacer frente a una personalidad aburrida, con frecuencia en realidad, pero que tuvieran un culo
poco atractivo era excluyente para él. Debía ser redondo, firme y producir un buen rebote en las
palmas de sus manos, o simplemente no había esperanza para que las cosas funcionaran. Trató de
imaginar lo que estaba oculto detrás de la bata desechable y se preguntó qué tipo de misterio
escondería su culo.
Se preguntó también si estaría casada. No necesitaba otra patada en el culo como la que
acababa de recibir.
Una asistente de pelo rubio y alta se puso junto a Tucker y trató de entablar una conversación
cortés. Por su lenguaje corporal era obvio que ella estaba interesada en él, aunque parecía un poco
infantil para su gusto. Ya había tenido su parte de jovencitas y en su opinión, resultaban ser más
problemáticas de lo que valían. Su segunda esposa era prueba de ello. En cuanto a su casi tercera
esposa, bueno, no quería pensar en ella en estos momentos.
El dolor de la mandíbula con la boca abierta era fuerte como así también el que le surgió en la
ingle mientras trataba de imaginar lo que la seductora asistente de ojos color avellana parecería al
natural.
Si a ella le gustaban sus muelas, debería ver su verg… Los pensamientos lascivos de Tucker fueron
interrumpidos cuando el hombre alto que llevaba una bata blanca se acercó y se sentó junto a él.
No le prestó mucha atención a lo que el dentista le estaba diciendo porque estaba demasiado
ocupado concentrándose en Lilliana mientras se cernía sobre el hombro del dentista.
—Le haría bien prestar atención a lo que el Dr. York le está diciendo, señor McGrath —Lilliana lo
reprendió cuando, de nuevo, lo atrapó follándola con la mirada.
Esa mujer era algo más. En cualquier otro momento o situación, se la habría llevado a una
habitación privada, inclinado por encima de sus rodillas y le mostraría quién mandaba y lo que le
hacía bien. Sí, eso es lo que necesitaba, un poco de buena disciplina.
Después de recibir los rayos X, conseguir una funda para sus muelas rotas y tratamiento para el
corte e inflamación de sus encías, Tucker fue finalmente liberado del consultorio dental. Para su
consternación, la mujer fatal que necesitaba desesperadamente una buena azotaina no estaba en
ninguna parte.
Cuando su socio vino a buscarlo, alcanzó a verse en el espejo y se horrorizó ante su propio
reflejo. Tenía un ojo negro, una mandíbula hinchada y el pelo y la ropa era un desastre. No era de
extrañar que la asistente no hubiera mostrado ningún interés en él; no estaba en su mejor
momento.
—Tengo una buena noticia —le dijo Marco.
—¿Qué? ¿Ese idiota que me dio el puñetazo está en la cárcel? —resopló Tucker con sorna.
—No, pero lo estará tan pronto como presentes una denuncia policial sobre el incidente. Solo un
consejo: la próxima vez que decidas acostarte con una mujer, asegúrate primero de que no está
casada.
—¿Dónde está la diversión en eso? —respondió Tucker mientras continuaba mirándose en el
espejo e inspeccionando el daño hecho por el marido celoso—. ¿Y cuál es la buena noticia?
—Tengo la información de la propiedad que te interesa en las afueras de la ciudad. Resulta que la
dueña murió hace poco y su sobrina es ahora la única propietaria.
—¿No me digas? Esa es una buena noticia. Tal vez la sobrina sea más razonable. Esa vieja terca ni
siquiera consideraba hablar conmigo sobre la venta de sus tierras. ¿Cómo se llama y dónde vive?
—Lilliana Norris. Es de algún sitio del medio oeste, pero se mudó aquí hace poco.
—¿Para qué? Mierda. Espero que no esté pensando ocupar la residencia permanentemente.
Necesito hablar con ella de inmediato. Dame su número. No. Al diablo con eso. Voy a cambiarme y
hacerle una visita yo mismo. Prefiero hacer los negocios cara a cara de todos modos.
Mirando por encima de la montura de sus anteojos, Marco levantó las cejas y sonrió con ironía:
—Sí, ya lo veo.
2.
Después de parar para comprar comestibles, Lilliana se dirigió a su nuevo hogar. Todavía
estaba en el proceso de desempacar sus pertenencias y guardar los últimos recuerdos de su tía.
Margo había sido muy organizada y mantenido su casa en perfecto orden por lo que era fácil
acomodar sus cosas, pero estaba encontrando serias dificultades para deshacerse de algunos
objetos sin entrar en una crisis emocional.
No había terminado de guardar las provisiones cuando escuchó el sonido de un coche
desconocido entrando por su largo camino de entrada. Miró por la gran ventana de su cocina para
ver un Maserati negro, de cuatro puertas, dirigiéndose hacia la casa.
Lilliana estaba desconcertada preguntándose quién demonios estaría visitándola. En el mes que
había vivido allí, ni una sola persona se había acercado para hablar con ella. Rápidamente se dirigió
a la puerta y salió al porche de su casa mirando con interés como el brillante y diplomático vehículo
estacionaba. Cuando abrió la puerta, una música fuerte llegó desde el coche con el sonido de los
Koop Island Blues. Estaba encantada de oír esa canción tan oscura que le gustaba. Sonrió, pero su
sonrisa se desvaneció rápidamente cuando del coche salió Tucker McGrath.
Su vientre hizo un flip-flop y su bajo vientre comenzó a contraerse. Irritada con su respuesta
corporal, se bajó del porche y se acercó a él dispuesta a patearlo rápidamente fuera de su
propiedad. Sabía que él era un agente de bienes raíces y no necesita ser un genio para saber porqué
estaba allí.
Tucker se acercó a la parte delantera de su auto donde se reunió con Lilliana. Sus ojos deseosos
se movieron sobre su cuerpo sin pudor y una pequeña sonrisa se escapó de su rostro. Frunció el
entrecejo y se rascó la barbilla mientras continuó haciendo inventario de ella.
Lilliana aprovechó el momento para hacer su propia inspección de Tucker ahora que se estaba
limpio y más presentable. Aparte de su ojo morado e hinchado, Tucker llamaba la atención más allá
de las comparaciones. Tenía la piel de un tono cálido de praliné; el pelo ondulado, un poco largo, de
color chocolate oscuro con tonos plateados; una cara rugosa, apuesta, revelando una barbilla
cuadrada con un toque de un hoyuelo en la mejilla izquierda, y una boca perversa que Lilliana
estaba segura de que había hecho cosas pecaminosas. Tenía una nariz recta griega, ojos en los que
una chica podría perderse, y una sonrisa que podría llevarla a sus rodillas.
En cuanto a su cuerpo, dulces escultores celestiales habían hecho delicias con él. Estaba
magníficamente proporcionado, firme y sólido, sin ser demasiado musculoso con enormes hombros
que llenaban su cara camisa blanca, un amplio pecho y piernas largas y delgadas. Por la manera en
que se quedó Tucker, como si se enorgulleciera de su buena apariencia y se comportaba con un aire
de confianza en sí mismo, no era de extrañar que se hubiera acostado con muchas mujeres. ¿Cómo
podrían resistir su fachada semidiós?
—¿Nos hemos visto antes? —Tucker le preguntó mientras sus ojos vagaban sobre ella.
Era evidente que tenía la sensación de déjà vu, pero no podía ubicarla y Lilliana se complació que
no la hubiera reconocido.
—Sí —le dijo misteriosamente sin darle más explicación ni decirle que había tenido las manos en
su boca no hacía ni dos horas.
Tucker cambió su postura y se quedó en silencio apreciando a Lilliana mientras se frotaba la
barbilla, tratando de ubicar a la belleza de pelo negro cuyos ojos le parecían tan familiares. Le dio a
su cuerpo una mirada exploradora y vino a su mente el pensamiento lascivo de que tal vez se la
había tirado antes. Estaba molesto consigo mismo porque no podía recordar si tuvo su polla en ella
o no, porque seguramente recordaría habérsela metido a un ejemplar tan precioso.
Echó un vistazo a la pequeña y curvilínea mujer con un tenue pelo corto del color del ónix,
tomando una fotografía mental de sus características. Su rostro era llamativo con los ojos hipnóticos
y de color engañosamente castaño a primera vista y malaquita a la luz directa del sol. Tucker estaba
fascinado por la calidad delicada y etérea de ella. Lilliana tenía una pequeña nariz respingona y una
tez ligeramente bronceada, enrojecida a la altura de sus altos pómulos, pero su característica más
atractiva era su boca. Joder, sí, esos labios, en forma de corazón, generosamente curvados y del
color del amaranto.
—¿Nosotros hemos…? —se interrumpió cuando movió las cejas sugestivamente a Lilliana.
Lilliana inmediatamente captó su insinuación lasciva y se horrorizó.
—¿Has estado con tantas mujeres que no puedes recordar con quién has estado? —arrugó la
nariz.
La cabeza de Tucker estaba inclinada hacia un lado y sonrió:
—Tal vez.
—Eso es desagradable —respondió Lilliana arrogantemente.
—Si tú lo dices —respondió, luchando contra el impulso de reír.
—¿Qué estás haciendo en mi propiedad?
—Eso es por lo que estoy aquí, para discutir… —respondió con una fría inclinación de cabeza.
Lilliana esperó el resto de la respuesta de Tucker, pero él se quedó mirándola sin hacer ningún
sonido, disfrutando de mantenerla en suspenso. Sacudió la cabeza con impaciencia hacia él.
—¿Vas a quedarte ahí o decirme lo que quieres discutir?
Tucker tenía la extraña necesidad de burlarse de ella, aunque no sabía por qué.
—Eres una pequeña impaciente, ¿verdad?
—No tengo tiempo para esto —respondió ella, volviéndose para alejarse.
Cuando Lilliana no le dio pie a su broma, él fue directo al grano.
—Tu propiedad, Sra. Norris, eso es de lo que quiero hablar, y de cómo quiero comprarla.
Lilliana giró sobre sus talones para enfrentarse a él de nuevo con una arruga de desprecio en su
frente.
—No tienes suficiente dinero para comprar mi propiedad —se burló ella, apartando la mirada de
él y volviéndola hacia el campo de hierba que se extendía detrás de él.
—Oh, tengo suficiente dinero. De hecho, tengo más que suficiente. Solo tienes que decirme el
precio.
Tucker estaba a la defensiva y se estaba irritando rápidamente por su insolencia. Dos veces ese
día tuvo la visión de una mujer inclinada sobre las rodillas con las nalgas rojas. ¿Era una coincidencia
o simplemente el hecho de que no había tenido una mujer extendida en su regazo en más de seis
meses? Probablemente era esto último, supuso. La imagen fue tan vívida en su mente que casi
podía sentir el cosquilleo en la palma de su mano y su polla tembló pensando en pasar algún
tiempo enseñando a esta niñita a comportarse. Intentó aclarar sus díscolos pensamientos y
centrarse en la tarea en cuestión, que era poner Lilliana en su lugar.
—No me estás entendiendo. Lo que te estoy diciendo es que: incluso si tuvieras suficiente
dinero, no tienes suficiente dinero para-comprar-mi-propiedad —declaró Lilliana con desprecio.
Dio un lento y deliberado paso hacia ella y entrecerró los ojos, apenas capaz de contener el
impulso de arrastrarla hacia él, meterle la lengua hasta su garganta para cerrar su arrogante boca y
luego darle una buena tunda. Apretando los dientes, intentó retener su frustración abrumadora y la
excitación.
—Todo tiene un precio, Sra. Norris. Todo —gruñó mientras continuaba moviéndose lentamente y
con gracia, como un lobo acechando a su próxima comida.
Los ojos de Lilliana giraron y dio un paso hacia atrás. Tucker no había sentido ansiedad por una
mujer hermosa desde hacía mucho tiempo y encontró fascinante que ella, al menos, pudiera
reconocer sus intenciones animales y el poder a pesar de su obstinación y desobediencia. Su euforia
pronto fue derribada cuando respondió.
—Esto puede ser una sorpresa para ti, pero no todo está en venta —resopló Lilliana con
sarcasmo. Fingió no entender la mirada de agitación de Tucker y se negó a dar marcha atrás a pesar
de su proximidad física y la mirada hambrienta en sus ojos.
Tucker templó su agitación lo mejor que pudo.
—Todavía tengo que encontrar a algo o alguien que no lo esté.
—Pues ahora lo has encontrado. Agradecería si tú y tus premolares increíbles me dejáis ahora —
declaró Lilliana, agitando la mano en forma de despedida.
¿Quién carajo se creía esta mujer que era para tratar de despedirlo con tanta facilidad? Tucker
hervía. Abrió la boca para expresar sus planes de azotar su trasero, pero justo en ese momento se
dio cuenta quién era boca-descarada, provocadora-de-penes, al reconocer sus ojos y su actitud.
—Pensé que mis muelas te habían gustado —Tucker sonrió mientras los ojos con motas de jade
de Lilliana se abrieron con sorpresa.
* * ** * *
Tucker intentó desarmarla con su deslumbrante sonrisa. Ella levantó las cejas hacia él como
criticándolo. Aunque encontró esa sonrisa sexy como el infierno y sus malditos rasgos varoniles casi
imposible de resistir, no estaba dispuesta a ceder ante su obvio intento de manipulación. Él no solo
tenía una riqueza considerable sino también un ego del tamaño de Texas.
El pulso de Lilliana se fue elevado con la confrontación. La forma en que se había movido hacia
ella como si estuviera a punto de comerla aún la tenía en estado de alerta, pero eso no le impidió
intentar asestar un nuevo golpe a su enorme ego.
—Lo que pasa es que yo admiro a todos los dientes, pero es a tu culo al que quiero fuera de mi
propiedad —respondió con voz afectada y controlada.
Ignorando completamente el tono amenazante de Lilliana, le preguntó:
—¿Estás saliendo con alguien?
Lilliana se sorprendió por la brusquedad de Tucker y por la repentina vibración de su voz.
—¿Y por qué diablos eso es asunto tuyo?
—Supongo que técnicamente no lo es, pero ya que tengo pensado metértela hasta que no
puedas caminar, pensé que sería de buena educación preguntar —Tucker se reincorporó, llevándose
el pelo hacia atrás y revelando sus diabólicos ojos castaños whisky.
Lilliana lo miró boquiabierta asombrada por su comentario impertinente. La llama ardiente que
vio en sus ojos la asustó y dudaba que supiera algo acerca de ser educado. Estaba más horrorizada
que antes ante su audacia y absoluta falta de moderación verbal.
—Me sorprende que puedas estar de pie o caminar con un par de bolas tan grandes. Si no
tuvieras ese arreglo dental tan reciente abofetearía esa boca sucia que tienes —lo reprendió
mirándolo con enojo y haciendo pucheros su labio inferior.
Tucker se echó a reír a carcajadas mientras le miraba la boca, fascinado por su forma exquisita.
Lilliana no tenía ni idea del tamaño de sus testículos y ni de la longitud a la que podría llegar. Cada
curva del cuerpo de Lilliana lo desafiaba, pero si pensaba que ser rebelde lo iba a disuadir estaba
completamente equivocada. La obstinación nunca lo había detenido de perseguir lo que él quería y
esta pequeña tarta suculenta con lengua feroz y culo que pedía ser aplastado, seguro que no lo iba a
enviar corriendo hacia otro lado. De repente se preguntó qué sentiría tener esos labios carnosos
envolviendo su pene y esa afilada lengua lamiendo sus grandes bolas. Apostó a que su boca de
sabelotodo se vería absolutamente reluciente con su esperma caliente.
Tucker no daba señales de ceder.
—Caramba, qué cortés de tu parte refrenarte. Solo como futura referencia, Sra. Norris, me
encantaría poner mi sucia boca en cada centímetro de ti.
Lilliana, obviamente, se estaba indignando y él disfrutando de su juego previo verbal.
—En tus sueños. Y solo como futura referencia, señor McGrath, a mí no me la meten, yo hago el
amor —respondió ella, poniendo los ojos en blanco y girando su cuerpo hacia un lado.
La forma en que estaba de lado le dio a Tucker una vista perfecta de su esbelta figura, la curva de
su culo, y sus pechos voluptuosos colgaban y se agitaban con sus movimientos. Sus pezones se
endurecieron en respuesta a la brisa fresca de Connecticut y apretó la mandíbula mientras
fantaseaba con ellos rodándolos entre los dientes y tirando de ellos con los dedos.
Era inexorable y continuó presionándola. Era un hombre que amaba la persecución y esta mujer
testaruda le estaba dando exactamente lo que quería al persistir con su rechazo.
—Bueno, eso es lamentable de escuchar, porque un buen polvo duro es exactamente lo que
necesitas, niña —respondió ferozmente pasándose la lengua por sus labios como un lobo
hambriento.
La visión de la lengua húmeda de Tucker asomando momentáneamente la sacudió. Sintiendo
la tensión sexual en el bajo vientre hizo todo lo posible para recuperar rápidamente la compostura,
aunque él estuviera en lo correcto con su suposición. A pesar de que no necesitara un buen polvo
duro, seguro que quería uno.
—¿Cómo te atreves a suponer que conoces mis necesidades? No tienes ni idea de lo que me
pone. No soy niña, señor McGrath. Soy una dama y una mujer adulta con deseos que nunca
comprendería. Es muy obvio que, por tu actitud, dudo que sepas lo que necesita cualquier mujer.
Tucker se acercó más.
—¿Por qué no me educas entonces, cariño? —sonrió afectadamente tratando de ignorar a sus
duras palabras.
Lilliana había oído más que suficiente. No iba a ninguna parte con este ridículamente guapo y
egoísta, imbécil.
—¿Ya terminaste? En serio, simplemente no sabes cuándo parar, ¿verdad? —resopló alejándose
de él.
—No, cuando veo algo que quiero, no lo hago.
—¿Te refieres a mi tierra o a mi? —preguntó Lilliana, colocando las manos en sus caderas con
beligerancia.
Tucker levantó su ceja derecha con picardía y habló con divertido desprecio.
—A ambos, por supuesto.
Lilliana lo soportaba cada vez menos. Levantó la barbilla, clavándole la mirada en sus ojos
pomposos.
—No puedes siquiera imaginar la cantidad de folladas que tú quieres darme y que no te daré. Ya
sabes el camino de salida —señaló hacia la carretera por donde había llegado.
Tucker levantó las manos en el aire en falsa renuncia, pero sonrió con sorna.
—Hasta luego entonces, ¿señorita?
—No, si puedo evitarlo —dijo frunciendo los labios.
Tucker regresó a su coche a paso de tortuga, tropezando antes de cerrar la puerta y alejarse.
Lilliana quedó mirando su coche caro dejar un rastro de polvo a su paso. Mientras se alejaba, ella
vio algo en el suelo donde se había estacionado y lo recogió. Era su tarjeta de visita con su imagen
odiosamente retratada en el frente y con su número personal garabateado en la parte posterior. Sí,
claro, ¿como si fuera un accidente? Era un astuto hijo de puta.
De vuelta en la cocina, trató de calmar su corazón que latía rápidamente pero no lo logró. Tucker
tenía un efecto físico en ella que le resultaba exasperante. Enfadada consigo misma, lanzó la tarjeta
a la basura. Se quedó mirándola durante unos segundos, dándole vueltas si tirarla o no y guardarla
para un día de lluvia caliente. Por lo menos estaría bien para un revolcón ocasional si a ella le
cuadraba. En contra de su mejor juicio, la sacó de la basura y la colgó en su refrigerador, sin otra
razón que recordarse a sí misma, y a su ego, que un hombre todavía la encontraba deseable.
Al llegar a la carretera principal, Tucker hizo una pausa y miró por su espejo retrovisor tratando
de dar una última mirada al demonio que le estaba causando estragos en sus emociones. Ella ya
estaba fuera de la vista y consideró por un instante dar la vuelta al coche y tomar lo que quería. No
había duda de que ella también sentía la tensión sexual que existía entre ellos, pero se había
equivocado antes y no quería que la escena volviera a repetirse.
Echó un vistazo a su entorno, los exuberantes campos verdes, un pequeño lago pintoresco
cercano, media docena de grandes dependencias, y un vallado en la zona de los caballos. Tenía que
haber un mínimo de 100 acres más de tierra que perder. ¡Oh, las cosas que podía hacer con la mina
de oro en la que la descarada Lilliana Norris estaba sentada! Él podría dividirlo en zonas
residenciales y hacer más de 500 millones de dólares; tal vez incluso más. Estaba lo suficientemente
cerca de la ciudad, incluso podría hacer un parque industrial si se decidía. Su mente estaba ocupada
pensando en que el aparcamiento que habría en el nuevo complejo de diez pisos, y los greens que
podría rodar. Diablos, había suficiente tierra para hacer parte de ella residencial y parte industrial
con un pequeño centro comercial.
Se estaba adelantando. En primer lugar, tenía que ganarse a la listilla bocazas. Después,
averiguando un poco su historia, podía saber exactamente cuáles eran las necesidades de esta
pequeña e ir por todo. Salió a toda velocidad con un nuevo objetivo: ganarse a lo obstinada Lilliana
Norris a cualquier precio.
3.
La noche de Lilliana fue larga y sin descanso. Como no dejaba de moverse y darse vueltas en la
cama tratando de pensar en cualquier cosa menos en Tucker, su mente derivó en el último
encuentro que tuvo con su exesposo.
Recordó cómo justo después de enterarse de la muerte de su tía había corrido a darse un baño
caliente para aliviar sus penas. Mientras el agua llenaba la bañera, llamaron a la puerta. Envuelta en
una toalla, miró por la mirilla y se irritó al ver a su exmarido del otro lado. Cuando abrió la puerta,
Adam pasó por delante de ella sin invitación.
—Recién escuché la noticia, Lil. Es horrible. ¿Cuándo nos vamos? —como era usual, Adam había
supuesto que querría que la acompañara.
—Nosotros no iremos a ninguna parte. Yo saldré mañana por la mañana —respondió claramente
—. ¿Cómo lo averiguaste si yo misma recién me enteré hace una hora? —respondió irritada.
Adam parecía herido y suspiró ruidosamente. Lilliana conocía esta reacción demasiado bien. Él
hizo una mueca y el nivel de tolerancia de ella se estaba agotando.
—Llamé a tu oficina para preguntar cuándo debíamos encontrarnos y me lo dijeron.
—Tú no deberías haberlos llamado y no deberías estar aquí.
—Pensé que necesitarías hablar con alguien y…
Lilliana lo interrumpió. Como de costumbre, Adam estaba pensando solo en sí mismo. Era
realmente el hombre más egoísta que había conocido.
—No necesito de tu maldita simpatía —le dijo suavemente.
Adam fingió sorpresa y le bufó.
—No era eso lo que estaba pensando.
Sus palabras no fueron convincentes como evidenciaba su lenguaje corporal y el hecho de que
no podía hacer contacto visual con ella.
Ellos se habían divorciado desde hace casi dos años y todavía estaba husmeando por ahí
tratando de entrar en sus bragas. Lilliana encontraba esto irónico considerando que cuando estaban
casados, él estaba tirándose a todas en la ciudad más a menudo de lo que se lo hacía a ella. Cuando
descubrió alguna de sus numerosas infidelidades, ella empacó rápidamente sus pocas pertenencias
y lo dejó.
Sabía que Adam pensaba que siempre regresaría corriendo su lado, pero cuando él recibió los
papeles de divorcio por correo, ella encontró divertido que estuviera consternado con que su dinero
no pudiera retenerla. Estaba aún más contenta de lo completamente aturdido que había quedado
cuando ella no pidió un solo centavo de la fortuna familiar cuando se divorciaron.
Recordó cómo Adam estaba en el medio del salón, caminando mientras ella repetía su mala
ruptura. Nunca había tenido mucha paciencia y él no podía entender una indirecta.
—Tú debes irte, ahora —le dijo a Adam con firmeza.
—Preciosa, por favor. Déjame comprar el pasaje aéreo y vayamos a Connecticut juntos —le
suplicó.
Y una mierda él iba a comprar los pasajes, pensó con rabia. Sería propio de Adam acecharla más
tarde como un prestamista enloquecido que amenaza con cortar su teta cuando ella no quisiera
reembolsarle con sexo o cualquier otra cosa que se le ocurriera.
—Te he dicho que no me llames así. No quiero que compres el billete de avión, solo quiero que
te vayas —había afirmado de manera más dura que antes.
Adam se encorvó y dejó escapar un suspiro lastimero. Sus ojos se movieron hacia arriba en un
intento de que parecieran los de un cachorro, pero cuando ella notó el movimiento de sus iris
bailando sobre su cuerpo medio desnudo, su mirada tuvo un efecto opuesto al que se pretendía.
Ella señaló hacia la puerta sin decir nada más y Adam enfurruñado fue hacia ella. Abrió la puerta
y le dio una última mirada triste e intentó decir algo, pero Lilliana fue rápida. Le dio un empujón
rápido y cerró la puerta detrás de él.
Recordó esperanzada que sería la última vez que lo viera aunque, en ese momento, pensó que
era una ilusión por parte de ella. Resulta que, aparte de sus llamadas telefónicas molestas,
realmente fue la última vez que lo vio y nunca se había sentido más aliviada de librarse del
calzonazos de su exmarido. Necesitaba un hombre de verdad en su vida; alguien que supiera cómo
tomar el control. Ella ya tenía una vagina y seguro como el infierno que no necesitaba otra.
Acostada en la cama, los ojos de Lilliana se abrieron y cerraron cuando el sueño comenzó
vencerla.
Mi plan es follarte hasta que no puedas caminar…
Los ojos de Lilliana se abrieron cuando las palabras de Tucker se filtraron en su mente de forma
espontánea. Ella suspiró con irritación, se puso de costado y cerró los ojos de nuevo.
¿Por qué no me educas entonces, cariño?
Ella se negó a abrir los ojos esta vez. Golpeó con irritación su almohada tratando de ablandarla.
Cuando su coño empezó a palpitar, se sentó y quedó mirando con enojo a la oscuridad. Se levantó y
paseó por la habitación haciendo un pequeño círculo, obligándose a mantener sus hormonas bajo
control.
Un buen polvo duro es exactamente lo que necesitas…
Tragó saliva y maldijo entre dientes cuando sintió que su propia humedad mojaba su ropa
interior. Cabreada con el efecto que Tucker le estaba provocando a pesar de no verlo, se dio la
vuelta rápidamente para ir a la cocina para tomar una bebida fría. Al entrar en su sala de estar se
dio directamente contra una caja desempaquetada, golpeándose el dedo del pie con dureza.
—¡Jodido, Tucker! —gritó.
Se agachó, agarrándose del pie y saltó alrededor solo para caer y golpearse la cabeza en otra pila
de cajas. Se retorció por un momento tratando de ponerse de pie y finalmente se rindió. Echada
entre las cajas derribadas durante varios minutos, su respiración se calmó gradualmente. Mientras
miraba hacia el techo oscurecido, se preguntó lo ridícula que debiera parecer acostada en la sala sin
luz, con su camiseta levantada sobre un pecho, los brazos y las piernas abiertas en una posición
poco natural y la entrepierna de sus bragas favoritas luciendo un mancha de humedad del tamaño
de Nebraska. Ahora no era solo su coño el que palpitaba, también su cabeza, cintura y dedo gordo
del pie.
Reuniendo toda la energía que pudo, giró sobre sus rodillas y empujó hacia arriba con ambas
manos mientras se deslizaba alrededor de los papeles y las fotos esparcidas a su alrededor. Casi
perdió el equilibrio de nuevo, pero finalmente logró ponerse de pie y alejarse lentamente del
desastre.
Encendió la luz de la cocina y fue al refrigerador por una botella de agua. Justo cuando estaba
abriendo la puerta, la imagen de Tucker atravesó sus ojos. ¡Maldito seas!, esa sonrisa de
comemierda extendida por su precioso rostro mostrando esos sexi-fantásticos dientes blancos y
brillantes. Arrancó la tarjeta de visita de la nevera y varios pequeños imanes redondos se deslizaron
por el suelo. La rompió en dos y la tiró en el fregadero.
Bebió el agua rápidamente y se volvió para regresar a la cama cuando patinó hacia atrás sobre
los imanes que habían caído al suelo haciendo un torpe movimiento de ballet terriblemente malo y
aterrizando sobre su ya dolorido trasero. Lilliana no pensaba que fuera físicamente posible, pero
juró que rebotó cuando su culo golpeó el parquet.
—¡Vete a la mierda, Tucker McGrath! —gritó de nuevo.
Tucker estaba demostrando ser un dolor en el culo en más de un sentido y sintió que de alguna
manera, esto era solo el comienzo.
En el otro lado de la ciudad, Tucker estaba en su gran cama con dosel tamaño king-size,
pasando gráficos financieros por la cabeza y soñando con las infinitas posibilidades de las elusivas
tierras que se deslizaban entre sus dedos. Estaba en un ligero estado de pánico pensando en todos
los otros agentes de bienes raíces e inversionistas que aparecerían en la propiedad dentro de poco,
todos haciendo sus ofertas. Tendría que luchar contra ellos con uñas y dientes y sabía que no iba a
ser bastante.
Los pensamientos fueron trepando hacia esa espina en el costado llamada Lilliana. No podía
apagar su cerebro, se sentó y cogió su portátil para hacer una verificación de antecedentes básicos
sobre la niña luchadora. Corrección, mujercita luchadora.
¿Quién demonios se creía que era acusándolo de no conocer las necesidades de las mujeres?
Tucker resopló en voz alta ante la idea. Había pasado tantos años sin hacer nada, pero complacer a
las mujeres, no había ni una sola duda en su mente que, dada la oportunidad, él podría poner de
rodillas a la Sra. Norris con una simple mirada u orden.
Mientras que la información se iba descargando, rio suavemente ante sus palabras todavía
divertidas. La cantidad de folladas que no le daría. No sé, tal vez todavía no. Él solo tendría que
asegurarse de que sus deseos fueran muy claros para ella y que le daría un montón de folladas en
un momento posterior.
Leyó con interés acerca de Lilliana. Educación, la universidad y el matrimonio, pero no encontró
nada de gran valor en la información presentada. Al ahondar más a fondo, se encontró con que sus
activos eran modestos a pesar de haberse casado con un hombre rico y le resultó sorprendente que
ella no estuviera interesada en, por lo menos, escuchar su oferta.
Buscando más, se encontró con un pequeño artículo sobre el escandaloso divorcio de su marido
mujeriego. Al parecer, era la noticia de la ciudad. Tucker sintió una punzada de simpatía por Lilliana
cuando vio la foto de su cara angustiada en blanco y negro. Él también creció en un pequeño pueblo
y sabía que no había nada secreto y confidencial en un ambiente tan cerrado. Aunque ahora era
muy conocido en la zona, no le fue nada fácil mantener su vida personal en privado. Tucker se
quedó mirando la foto de Lilliana por unos momentos, tomando nota de sus labios carnosos y su
pelo largo. Ella era sin duda un espectáculo y muy fotogénica, con independencia del estilo de su
pelo o longitud.
Echó un vistazo a la imagen de su ahora exmarido y resopló con disgusto. ¡Qué cagada! Conocía
a los de su tipo. Había crecido con ellos toda su vida; un imbécil que vivía de la riqueza sus padres.
¡Diablos!, Adam probablemente no había logrado nada por su cuenta y simplemente vivía usando el
nombre y la fortuna de su padre. Habiendo crecido en una granja, Tucker conocía el significado del
trabajo duro y no había mayor orgullo para él que su educación y el éxito logrado por sí mismo.
Le causó rechazo que Adam hubiera engañado a Lilliana. A pesar de su reputación de playboy,
tomó sus votos matrimoniales muy en serio y ni una sola vez engañó a ninguna de sus dos esposas.
Algunas cosas eran sagradas, en su opinión.
Se reprendió brevemente así mismo por haber tenido relaciones sexuales con la mujer cuyo
marido lo había golpeado al principio del día. Si hubiera sabido que estaba casada, nunca se hubiera
acostado con ella.
Le pareció extraño y desconcertante que no se hubiera firmado ningún acuerdo prenupcial y
que, aún así, ella no hubiera solicitado ningún apoyo financiero de Adam Roberts durante el
proceso de divorcio. Debía ser mujer con escrúpulos y valores. Genial. Eso era justo lo que
necesitaba, una mujer que no estuviera en absoluto interesada en las ganancias financieras. Él solo
tendría que encontrar otra manera de atraerla.
Satisfecho con su búsqueda, puso su cabeza en la almohada y empezó a trazar mentalmente su
curso de acción, tanto con Lilliana como con los 112 acres de tierra virgen. Tucker empezó a
quedarse dormido con signos de dólar en sus ojos cuando la boca enfurruñada de Lilliana brilló a
través de sus ojos cerrados, junto con su culo perfecto en forma de corazón. Él había conseguido dar
un vistazo, pero no vio lo suficiente para saciar sus necesidades masculinas. Quería verlo todo, toda
ella, cada centímetro de su cuerpo curvilíneo. Por encima de todo, quería verla de rodillas rogando
para complacerlo y mirando contrita por la forma tan poco amable con la que le había hablado. Le
mostraría cuán equivocada estaba sobre su falta de conocimiento de las necesidades de la mujer.
Sin pensarlo, su mano se deslizó hacia abajo hasta su entrepierna y empezó a frotar su polla
endurecida. Frustrado con la dolorosa necesidad palpitante entre sus muslos fuertes y musculosos,
se sentó bruscamente y se dirigió a la ducha. Puso el agua a una temperatura fresca esperando
evitar su calentura, pero fue ineficaz. Cerró los ojos con fuerza, apoyó una mano contra la pared de
la ducha para ayudarse y empezó a acariciarse lentamente mientras el agua fría caía sobre sus
hombros y la espalda.
Tiene los molares más increíbles…
Agarró su pene grueso apretándolo y aceleró el ritmo. Un profundo gemido escapó de su
garganta mientras se apoyaba en la pared con el rostro escondido en el hueco de su brazo.
Lo que pasa es que yo admiro todos los dientes, pero es su culo el que quiero…
¡Oh!, cómo quería su culo también; follarla y castigarla como se merecía. Se exprimió apretando
más aún, sintió como hundió sus dientes en el labio inferior, y su clímax se construyó rápidamente
con imágenes de Lilliana invadiendo su cerebro.
Simplemente no sabes cuándo parar, ¿verdad?
Le demostraría que no se detendría hasta que estuviera satisfecho y tenía su manera de hacerlo.
Esa boca, esos ojos, esas magníficas tetas y ese culo impresionante… Gruñó, echó la cabeza hacia
atrás y su carga caliente estalló. Tucker se acarició con el resto de su semen, todo el rato imaginando
a la belleza de pelo oscuro lamer la cabeza de su polla y saborear hasta la última gota de su
hombría.
—Pronto… muy pronto… —suspiró.
4.
Pasaron dos semanas hasta que Lilliana tuvo noticias de Tucker. Se sorprendió, francamente,
de que no hubiera tratado de ponerse en contacto antes y ya había comenzado a preguntarse si él
había perdido todo interés. En su tierra, claro. Oh, mierda. ¿A quién quería engañar? Había una
pequeña parte de ella que le había gustado que estuviera interesado en acostarse con ella.
A pesar de su ausencia, su vida no era mejor por eso. Los otros corredores de bienes raíces
habían comenzado lentamente a cercarla no solo en su casa, sino también en su lugar de trabajo y
estaba siendo inundada con tarjetas de visita dejadas en su puerta y en el parabrisas de su Karmann
Ghia. Abrumada y sin nadie con quien hablar, Lilliana deseaba que Margo estuviera a su lado más
que nunca.
Por curiosidad, había hablado con un tasador de tierra para saber exactamente sobre qué tipo de
inversión estaba sentada. Además, para calcular los impuestos que tendría que pagar por poseer
tanta tierra. Ella quedó aturdida y sacudida cuando el hombre le informó que los 112 acres de
propiedad frente al mar que Margo le había dejado valían casi tres millones de dólares. Su
estómago se revolvió ante la idea de ser responsable de dicho activo. ¿Cómo iba a ser capaz de
pagar los impuestos, su préstamo de estudiante, y la hipoteca que todavía estaba pagando de su
apartamento en Kansas? Con su escaso salario y hasta que vendiera su apartamento sería casi
imposible. Contempló brevemente hacer solo tres comidas al día, pero decidió que probablemente
no habría diferencia de todos modos.
El terreno regalado estaba resultando ser más una molestia que una bendición. Ahora sus noches
eran inquietas y su nivel de estrés se acercaba al punto más alto de su vida. A excepción de cuando
había perdido a su madre y a Margo, esta fue la peor cosa que le sucediera nunca. Ni siquiera su
divorcio y la humillación que vino con él se comparaban con el pensamiento de tener que renunciar
a las tierras de su familia.
Después de un desgraciado turno en el trabajo debido a la preocupación por sus
responsabilidades financieras al Tío Sam, salió del edificio para ver a Tucker sentado en el capó de
su coche. Cada vez que ponía sus ojos en él, la atracción era más fuerte. Quería estar molesta pero
por la forma en que estaba descansando casualmente y mirando a su alrededor, le resultaba difícil
estar enojada con él. Al menos no la había estando acosando como el resto de agentes de bienes
raíces. Se veía hermoso en su traje azul oscuro que se complementaba con su coche de color
naranja. Se abrió la chaqueta, la corbata floja y su pelo algo largo, oscuro y ondulado, estaba
ondeando con la brisa ligera.
Cuando ella se acercó, se puso de pie. Por la manera en que sus pantalones colgaban sexis y
bajos sobre sus caderas, a Lilliana le resultaba difícil hacer contacto visual con él. Cuando lo hizo, sus
ojos se iluminaron y la mirada de lujuria en su cara despertó esa parte oscura de su condición de
mujer que estaba bajo llave.
—Sra. Norris, que bueno verte de nuevo —cuadró los hombros—. Te ves tan encantadora como
siempre.
—Gracias. ¿Hay algo que desees? —preguntó ella, pateándose a sí misma por la pregunta
sugestiva.
—Creo que ya sabes lo que quiero —sonrió con sus ojos moviéndose sobre el cuerpo de ella
lentamente. Sus ojos se posaron en su pecho por un momento y luego se trasladaron a sus ojos, su
sonrisa seductora ensanchándose mientras se mordía el labio inferior.
Colocando las manos en las caderas, Lilliana contraatacó:
—Todavía no estoy interesada en vender mi tierra.
—Eso está bien. ¿Estarías interesada en una cena?
Lilliana estaba confundida por la facilidad con que Tucker había barrido su comentario a un lado y
trató de evaluarlo con una expresión indescifrable. ¿No estaba ya interesado en la compra de su
propiedad? Ella entrecerró los ojos y lo miró de arriba abajo con desconfianza. ¿En qué andaba este
taimado hombre?
Distraída, sus ojos se detuvieron entre las piernas de Tucker.
—Una cena, señora Norris; no nos adelantemos a los acontecimientos.
Los ojos avellana de Lilliana se elevaron hasta sus iris. Tucker estaba sonriendo estúpidamente y
sus mejillas ardían de vergüenza al darse cuenta de que la había pescado comiéndose con los ojos el
paquete en moderado descanso que estaba entre sus piernas, colgando ligeramente a la derecha.
Se aclaró la garganta y miró hacia el estacionamiento en un intento de parecer indiferente a su
comentario.
—Estoy ocupada —comentó con indiferencia.
Tucker se rio entre dientes.
—No, no lo estás
Los ojos de Lilliana dispararon de nuevo a los suyos.
—¿Y cómo lo sabes?
—He hecho mis deberes y sé que no estás saliendo con nadie.
¿Dijo sus deberes? Tucker había hecho una verificación de antecedentes de ella. Se sintió
incómoda por su comentario y aún más incómoda con la mirada hambrienta en sus ojos.
Ofendida, le preguntó:
—¿Es este tu protocolo estándar?
Tucker la miró como no entendiendo la pregunta.
—Búsqueda de información personal sobre las personas y ¿sobre con quién están saliendo? ¿Eso
es lo que acostumbras a hacer?
* * ** * *
Tucker se dio cuenta de su metida de pata y tímidamente mostró sus dientes.
—Sra. Norris… —comenzó a decir.
Ella levantó la mano en señal de protesta.
—Para. Yo podría haber estado interesada en la cena hace un momento, pero ya no. Ya sabes
todo lo que hay que saber acerca de mí, ¿cuál es el punto? A menos que estés tras de mi tierra, en
cuyo caso, ya te he dicho que no vendo.
Ella se dirigió hacia la puerta del coche y sacó las llaves, pero Tucker las agarró rápidamente de
sus manos. Él había esperado dos largas semanas para verla de nuevo, esperando el momento con
impaciencia y cebado de ella en su jodida cabeza, no había forma en el infierno de que fuera a
dejarla ir tan fácilmente.
Lilliana jadeó y su mirada luminosa se amplió.
—¡Dámelas en este momento!
—Solo escúchame. No, no es habitual para mí para hacer una verificación de antecedentes,
pero…
—Pero, ¿qué?
—Estaba interesado en saber más acerca de la mujer que aparentemente no tiene interés en el
dinero. No estoy a menudo enfrentado con ese tipo de persona y me fascinó descubrirla, como has
dicho, eso me inspira mucho.
El corazón de Tucker latió rápidamente con la esperanza de que ella comprara su casi-mentira.
Era cierto que la encontró fascinante, pero mantuvo su verdadero motivo en silencio.
Lilliana se abalanzó hacia él y he intentó quitarle las llaves pero él las puso fuera de su alcance.
Quería sonreír por lo adorable que se veía cuando estaba irritada, y volvió a sentir la tentación de
burlarse de ella pero mantuvo la compostura. Ella estaba demostrando ser impredecible y
sospechaba que podría terminar con el labio partido o peor aún, un ego herido.
—Sé razonable, Sra. Norris. Dime que vienes conmigo.
Lilliana dio un paso atrás y se sintió aliviado al ver que ella estaba considerando su oferta.
—Quiero leer sobre todos tus pequeños y sucios secretos también —dijo fríamente, cruzando los
brazos sobre el pecho.
Tucker no podía creer lo que escuchaba. ¿Ella quería una verificación de antecedentes sobre él?
¿Estaba hablando en serio? Estuvo cerca de decirle que se fuera al infierno hasta que vio un
puchero en sus labios. Mirando hacia abajo, solo podía ver la forma del culo de Lilliana través del
uniforme y cedió. Él podría ser un hombre de negocios, pero la palabra clave era hombre. A pesar
de su profesionalidad y el desapego emocional, todavía dejaba que su polla pensara por él una
parte del tiempo y era muy consciente de ello. No pudo evitar querer probar esos labios y sentir ese
culo carnoso apretado contra él. Y más concretamente quería esa puta tierra.
—Bien —dijo devolviendo las llaves de Lilliana.
Sintió un verdadero placer de ver la mirada de incredulidad en su rostro.
—Bueno… no puedo esta noche —ella trató de dar marcha atrás.
—Oh, no, no lo hagas. Me dijiste que la cena estaba supeditada a hacer una verificación de mis
antecedentes, que así sea. No vas a dar marcha atrás ahora, pequeña chiqui… dama —se corrigió
rápidamente—. Sígueme a mi oficina y voy a darte un archivo de mí mismo para que consultes
libremente. Y, por cierto, interesante coche —se rio, alejándose de ella.
Paso 1 completado. Despertó su interés.
Lilliana lamentó haberle sugerido la revisión de sus antecedentes. No estaba realmente tan
interesada en leer sobre su pasado sórdido. ¿O si lo estaba? Ya había oído más que suficiente de sus
compañeros de trabajo sobre su conducta mujeriega y sus modos seductores. Pero ella dio su
palabra, más o menos, así que a regañadientes lo siguió detrás de su coche a su oficina.
Durante todo el trayecto Lilliana se preguntaba qué clase de secretos leería sobre Tucker. ¿Dónde
había crecido? ¿Habría cometido algún fraude o delito? No sería una sorpresa. Tucker tenía esa
mirada diabólica, engañosa. Pero esa sonrisa… había algo en su torcida sonrisa que gritaba fóllame.
No hay duda de que con esa sonrisa lo habría conseguido muchas veces y era una gran parte del
porqué él era un pedazo de hombre. Eso, su encanto y su cuerpo firme.
Cuando llegaron al alto edificio, de impresionante arquitectura en el centro de Bridgeport,
aparcaron en el garaje subterráneo. Tucker sostenía abierto al ascensor con el inicio de una sonrisa
en las comisuras de la boca, y Lilliana se subió con él. Tocó el botón para el piso 12 y el ascenso
comenzó con un salto. Ella sintió que su pecho se agitaba y miró hacia Tucker para ver a sus ojos
descansando sobre sus pechos con una sonrisa juvenil en su rostro. Los hombres nunca crecen. Los
ojos de Tucker permanecieron en ella todo el tiempo y el silencio junto a su mirada implacable y
enigmática era desconcertante.
Lilliana se mantuvo evitando su mirada, pero cuando vio su ensanchar su sonrisa y su
nerviosismo, abordó el tema.
—¿Podrías por favor dejar de darme esa sonrisa? —preguntó irritada.
Tucker levantó la ceja derecha muy ligeramente.
—¿Qué sonrisa es esa?
—La sonrisa de soy-el-caliente-e-irresistible-Tucker-McGrath-fóllame-ahora —sonrió.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, lamentó haberlas dicho. Tenía que recordarse
a sí misma que solo porque un pensamiento estaba en su cabeza, no era necesario que lo dijera.
Tucker se rio en voz alta, su voz profunda y gutural resonó en los pequeños confines del elevador.
—¿Funciona? —preguntó entre risas.
—¿Qué?
—Mi sonrisa. ¿Quieres follar conmigo?
Lilliana resopló y rodó sus ojos.
—Si por follar quieres decir abofetear tu presumida cabeza, entonces sí, sí quiero follarte.
Un músculo se movió furiosamente en la mandíbula de Tucker y apretó los dientes. Sus ojos
normalmente lujuriosos se convirtieron en furiosos y él se movió para matar, fijando a Lilliana
contra la pared.
—Esa actitud, Sra. Norris. Y esa boca descarada… me parece que estás necesitando desde hace
mucho tiempo un poco de disciplina. Creo que tal vez tu culo redondo necesita ser zurrado hasta un
precioso tono carmesí.
La respuesta de Tucker la sobresaltó y sus mejillas se sonrojaron de nuevo. A pesar del pánico
que surgió dentro de su cerebro, su bajo vientre se calentó y comenzó a palpitar, y se indignó ante
su reacción física por la amenaza.
Al presionar su cuerpo contra Lilliana, Tucker pasó la punta de su dedo índice sobre su mejilla
ruborizada y sonrió diabólicamente.
—Sí, este tono exactamente.
Lilliana permaneció inmóvil, asustada y excitada a la vez, teniendo la sensación de ser un ciervo
atrapado en la mira de un depredador. Los ojos de Tucker brillaban mientras iban de la boca a sus
ojos mientras esperaba una respuesta. El único sonido era el de su pesada respiración. El ruido del
ascensor al detenerse la hizo saltar, pero fue un corte bienvenido a la tensión. No pudo bajar lo
suficientemente rápido. Lo empujó para pasar tratando de mantener la calma a pesar de que sus
bragas estaban empapadas.
Tucker pasó junto a ella lentamente, sin decir una palabra y la llevó a un gran espacio de oficinas
donde solo la seguridad y algunos empleados demorados estaban en el interior. Una mujer de
aproximadamente su mismo tamaño y edad, con el pelo rojo vibrante les salió al paso y la miró en
forma interrogante. Tucker caminaba delante pero Lilliana se acercó a la mujer y se presentó.
—Soy Lilliana Norris, soy nueva en la ciudad —ella le ofreció su mano, aliviada al ver a otra
persona.
La mujer cortésmente la tomó y sonrió amablemente.
—Soy Ariel —susurró.
Lilliana rio ligeramente por su nombre ya que le recordaba a la famosa película de Disney2
. La
mujer de inmediato, captó su sentido del humor y se acarició el pelo.
—Lo sé. Cliché, ¿verdad? —se rio.
—Podría ser peor —Lilliana sonrió.
—Es verdad, podría llamarme Ronnie McDonald o algo así.
Tucker se asomó fuera de la puerta de su oficina con impaciencia:
—¿Vas a venir, Sra. Norris?
Ariel disparó a Tucker una media mirada y sus suaves ojos azules descansaron en Lilliana.
—Ten cuidado con ese —dijo con dulzura, extendiendo su mano y apretándole la suya.
—Lo haré, pero gracias por la advertencia —le dijo a Ariel, con la sensación de que había sido
advertida antes.
Empezó a alejarse y se preguntó algo. No quería pisar los pies de nadie en cuanto a Tucker. Se dió
la vuelta para hacer frente a Ariel.
2
La sirenita de la película La Sirenita se llamaba Ariel.
—¿Están ustedes dos…? —Insinuó.
—Oh, Dios, no, pero no porque él no lo haya intentado. Al igual que la Ariel real, estoy casada
con mi príncipe azul. —De repente Ariel parecía preocupada—. Ya he dicho demasiado. Mis
disculpas. Pero al ser nueva en la ciudad y todo, yo solo pensé que deberías saber que el señor
McGrath es, bueno… —se fue apagando.
—Está bien. He oído los rumores. De todos modos, sospecho Tucker solo está interesado en la
compra de mi tierra.
—Sí, claro que así es —bromeó Ariel—. Y no son rumores; es un hecho.
Tucker se acercó de nuevo a la puerta de su oficina.
—¿Qué están discutiendo ahí? ¿El estado de los problemas del mundo? No me gusta esperar —
las fulminó con la mirada.
—Tres palabras, Lilliana: Gran Lobo Feroz —Ariel le guiñó un ojo juguetonamente cuando Lilliana
se alejó.
Cuando entró a la gran oficina, él la miró críticamente con las manos apoyadas en las caderas.
—Lo dije en serio cuando dije que no me gusta esperar. Mi tiempo es muy importante para mí.
—Sí, sí, lo entiendo, Sr. Magnate de Bienes Raíces. Ahora ¿dónde está ese archivo? —contestó,
molesta con su actitud.
Tucker miró espantado que una mujer tuviera el descaro de hablarle de tal manera mientras que
Lilliana no podía dejar de preguntarse qué tipo de poder tenía sobre las mujeres que soportaban su
autoritarismo temperamental. Ella seguro que no estaba impresionada con eso. Con su mirada, sí,
¿pero en su actitud? Por supuesto que no.
—Tengo que bajarlo —respondió irritado, sentándose en su escritorio y pulsando el teclado.
—¿Estás ladrando órdenes y ni siquiera estás preparado? Date prisa y espera. Oh, hermano —
ella rodó los ojos moviéndose al otro lado de la habitación.
—¿Ya terminaste? —gruñó Tucker.
El sonido profundamente feroz de su voz resonó en la habitación y la aturdió. Ella estaba
mirando por el gran ventanal pero se dio la vuelta para observarlo. Tenía los ojos entrecerrados y
por la forma en que estaba sentado en el borde de su gran silla de cuero marrón oscura, parecía
como si estuviera listo para saltar sobre ella como un gran animal insaciable.
Sin hacer ruido se miraron el uno al otro por lo que parecieron minutos, ninguno de ellos se
movió una pulgada. Cuando Lilliana abrió la boca para decir algo en contrario, Tucker intervino
rápidamente.
—No me pongas a prueba, Lilliana, y no hay que confundir tolerancia con debilidad. Esa boca
tuya va a meterte en problemas a menudo. No quiero faltarte el respeto nunca y espero la misma
cortesía a cambio.
Su boca se cerró. En primer lugar, la amenaza de una azotaina y ¿ahora esto? Ningún hombre le
había hablado tan duramente y no sabía muy bien cómo reaccionar.
—¿Fui claro? —dijo Tucker a través de la mandíbula apretada.
—Como el cristal —susurró ella con una sonrisa apareciéndole en las comisuras de sus labios.
Tucker se puso de pie y se movió sigilosamente hacia ella. Su ágil cuerpo delgado se movía como
un gato salvaje acechando a su presa sin apartar los ojos de ella. El instinto de lucha o huida de
Lilliana se puso en alerta y tenía el presentimiento de que aunque corriera como un demonio, al
igual que los ciervos que había pensado antes, estaba atrapada en la trampa de Tucker y sus piernas
no cooperarían ni se moverían. Su cerebro estaba a tope, su vientre revoloteando y su corazón latía
sin control en su pecho.
Tucker se acercaba a ella, su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su aliento en la mejilla. Su
olor invadió sus sentidos haciendo sus pensamientos borrosos y nublados por el deseo. Se inclinó y
extendió el dedo índice sobre la frente, por su mejilla y deslizándolo por encima de los labios. La
rugosidad de la piel hablaba a gritos de su masculinidad. Dos veces la había tocado y ella ansiaba
más. Lilliana cerró los ojos y tragó saliva preguntándose cómo un hombre que estaba sentado
detrás de un escritorio todo el día podría tener las manos de un obrero. Su boca se abrió mientras
jadeaba con ansiedad pensando en los secretos de su pasado.
—Así que quieres saber mis secretos, ¿verdad? —le sopló al oído.
Dios, sí, ella quería saber. Si por cualquier otra razón qué lo hacía tan condenadamente
irresistible, devastador.
5.
Igual que masilla en mis manos, Tucker se burlaba en su mente. A pesar del sarcasmo y descaro
de Lilliana, estaba demostrando ser tan fácil como todo el resto del universo femenino que había
devorado. Todo lo que tenía que hacer era retirarse y hacerles pensar que no estaba interesado y
luego mostrarles un poco de atención y voilà, podía deslizarse derecho a su ropa interior a voluntad.
Se inclinó para provocarla con un beso cuando ella retiró abruptamente fuera de su alcance.
Cuando abrió sus ojos, estaban en llamas. Tucker pensó por un momento que había leído su mente
o tal vez que había expresado su pensamiento en voz alta ante la mirada furiosa en su rostro.
—Ese archivo, Señor McGrath; me gustaría verlo ahora.
Tucker se quedó momentáneamente aturdido. Su pene estaba ahora semirrígido y se sintió
desconcertado por no haber llegado a saborear sus labios después de todo. Hizo un gesto hacia la
computadora y ella rápidamente se trasladó a su escritorio y se sentó frente y al centro.
Miró por la ventana el paisaje de Bridgeport y las oscuras nubes que comenzaban a formarse en
el horizonte mientras trataba de bajar a su pene. Tal vez ella no fuera tan fácil como había pensado
que sería. Cuando volvió a mirar por encima del hombro, Lilliana estaba absorta en lo que estaba
leyendo y eso lo puso aún más incómodo.
Él se ubicó detrás de ella y miró por encima del hombro para ver en qué exactamente estaba
concentrada. Estaba navegando en un artículo acerca de sus múltiples aventuras sexuales y novias y
su estómago se agitó, pero ella pasó las páginas aparentemente sin interés en ese tipo de chismes.
Lilliana revisó las páginas rápidamente y nada parecía llamar su atención hasta que llegó a la
información de su infancia.
Se agachó detrás de ella y le pasó la nariz por su pelo corto mientras leía. Se preguntó por qué
demonios estaba tan absorta por su aburrida crianza. Él habría pensado que sus numerosas
aventuras amorosas eran mucho más entretenidas que su aburrida juventud creciendo como un
peón de su padre.
Aspiró profundamente y fue golpeado con su fragancia. Obviamente, era una marca barata de
perfume pero no obstante, era encantadora e hipnótica. Curiosamente, sin embargo, el olor le
recordaba vagamente a casa.
—Interesante —susurró Lilliana.
¿Qué mierda era tan interesante? Tucker no le gustó su tono. Era una reminiscencia de la
consejera matrimonial que él y su segunda esposa habían consultado justo antes de su divorcio.
Se enderezó y se quejó:
—¿Has terminado ya?
—No, ni mucho menos —respondió ella de nuevo.
—Bueno, la reserva para la cena es en veinte minutos así que sea rápido.
Lilliana giró la silla para mirarlo, quedando su cara a pocos centímetros de su entrepierna. Sus
ojos se abrieron cuando se dio cuenta de la cercanía a su polla y movió la silla hacia un lado para
evitar sus ojos en su ingle. La boca de Tucker se crispó con diversión.
—¿Hiciste reservas?
—Por supuesto, lo hice.
—¿Cómo sabías que aceptaría tu invitación?—preguntó con arrogancia.
—Solo lo sabía —comentó con confianza.
Lilliana se puso de pie y lo empujó hacia la puerta.
—Esta es una mala idea. No estoy segura de con quién te crees que estás tratando, pero
realmente no estoy interesada en ser otra de tus groupies, a pesar de lo agradable de ver que eres.
Tucker se rio con un sonido seco y cínico. Lilliana lo miró enfadada cuando su risa se detuvo al
fin.
—No soy una estrella de rock, Sra. Norris. No tengo groupies, pero me alegra oír que me
encuentras atractivo.
—Como si no supieras que eres atractivo. Lo que sea. Me voy —afirmó con determinación y
caminando rápidamente hacia la puerta.
—Sra. Norris… —dijo Tucker en voz alta, haciendo que ralentizara su paso—. Si quieres saberlo,
esperaba que aceptaras mi oferta de la cena. Hice las reservas independientemente porque si no
hubieras aceptado mi invitación, todavía tengo que alimentarme.
Dejó de lado lo que realmente había pensando, que era que él simplemente habría llamado a
una de sus groupies quien, positivamente, habría aceptado su invitación si ella lo hubiera
rechazado.
Lilliana tenía una mirada de asombro en su rostro, como si quisiera ir a cenar con Tucker pero
estaba luchando contra sus propios demonios internos al respecto. Él creía saber exactamente qué
hacer. Apagó la computadora y, sin más preámbulos, pasó junto a ella sin mirarla.
—Estaré en La Cantina si deseas unirte a mí.
Tucker pasó junto a Lilliana rápidamente, rozándola en el proceso. Su colonia era deliciosa y
ella vaciló fugazmente. ¿Debería o no debería? Sabía que al ir a cenar con él estaría abriendo una
caja de Pandora y no habría vuelta atrás. Observó Tucker hasta que desapareció en el ascensor.
Lilliana parpadeó rápidamente sintiéndose abatida. Buscó a Ariel esperando que la pelirroja
pudiera arrojar algo de luz y ayudarla con la difícil decisión, pero ella ya se había ido y la única otra
persona en la gran oficina era alguien limpiando los cubículos.
Ella decidió bajar los doce tramos de escaleras hasta el nivel principal y de paso hacer un
ejercicio cardíaco. Cuando llegó a su coche lo arrancó, aceleró el motor y tomó una decisión. Lo
último que necesitaba en su vida era que un hombre le diga qué hacer, sobre todo un hombre cuya
riqueza y seducción le sonaba muy familiar y, sin duda, no un hombre que disfrutaba zurrar
traseros.
De vuelta en casa, Lilliana se duchó y se preparó algo de comer. Después de poner su CD de Koop
Island se dispuso, a regañadientes, terminar la clasificación de las últimas de las cosas de Margo que
daría a la caridad.
Tucker se estaba poniendo más furioso por cada minuto que pasaba sentado solo en el caro
restaurante en espera de Lilliana. No podía creer que realmente lo hubiera dejado plantado. En
todos sus años de salir con mujeres ninguna le había hecho nunca algo así, nunca. Se movió
incómodo en su silla al pensar en las numerosas mujeres a las que él había dejado plantadas. La
súbita comprensión de la forma en que se debieron haber sentido lo afectó y no le gustó. Le hizo
daño.
Empezó a murmurar obscenidades en voz baja cuando un rival de negocios se acercó a su mesa.
—¿Cenando solo?, debe ser la primera vez —resopló con sorna.
—Pensé que como tú lo haces tan a menudo, también podría intentarlo —disparó Tucker de
nuevo.
El hombre lo ignoró completamente y continuó.
—He oído que te dieron por el culo. Supongo que tal vez no deberías haberte metido con la
esposa de Jensen.
—Ese hijo de puta tuvo suerte y no le entregué nada excepto una elevada factura dental. ¿Has
visto su cara? Me gustaría ver la factura médica que obtuvo por su mandíbula rota. Confía en mí, él
quedó peor que yo. De todos modos, no sabía que era la esposa de Jensen. ¡Mierda! Si Jensen le
hubiera dado lo que ella necesitaba en casa, no habría estado tan ansiosa de chuparme la polla y le
puedes decir a ese pedazo de mierda que dije eso —siseó Tucker.
El hombre parecía completamente ofendido por el lenguaje. No debería haber sido así, Tucker
era conocido por ser brutalmente directo en todas las cosas y que muy rara vez se contenía. El
hombre miró a su alrededor impacientemente como si estuviera planeando su fuga antes de Tucker
lo denostara por traer a colación el tema.
—Entonces, ¿qué está pasando con ese negocio del campo en las afueras de la ciudad? —le
preguntó el hombre, tratando de cambiar de tema.
—¿Por qué? ¿Qué has oído? —preguntó Tucker a la defensiva.
—Solo que el nuevo propietario estaba solicitando un avalúo de la propiedad.
—No he oído hablar de eso.
El hombre puso los ojos en blanco.
—El hecho de que no lo hayas escuchado, no significa que no sea verdad.
Tucker hizo un gesto con la mano despidiéndolo.
—Vete a la mierda, Edwards.
Llegando a la conclusión de que Lilliana no iba a aparecer, Tucker dejó La Cantina. Se detuvo por
un pequeño y cálido regalo hogareño para tratar de congraciarse con Lilliana. Eso debe lograr bajar
su guardia, reflexionó. Estaría condenado si le permitía escaparse sin mantener su palabra acerca de
la cena.
Cuando Lilliana estaba cerrando la caja final, un golpe en la puerta la sobresaltó. Se acercó al
ventanal para mirar hacia fuera y se sorprendió de ver al negro Maserati de Tucker estacionado en
el frente. Había estado tan absorta en lo que estaba haciendo que no había oído llegar al vehículo.
Miró el reloj de pared que marcaba justo las 22:00 horas. Estaba loco apareciendo tan tarde. Ella
tenía que trabajar por la mañana.
Se miró rápidamente y se dio cuenta de que solo llevaba puesto una enorme camiseta blanca y
pantalones cortos. Comenzó a correr hacia su dormitorio para cambiarse, pero sonaron más golpes
en la puerta, esta vez más fuertes y enfáticos.
Vaciló, preguntándose si permitirle entrar o no, cuando recordó la mirada austera en su rostro
cuando ella le hizo esperar antes y no quería molestarlo así de nuevo. ¿Qué demonios estaba
pensando y por qué en la verde Tierra de Dios debía importarle si estaba molesto? Ella sacudió la
cabeza con violencia. Al infierno con él.
Abrió la puerta con irritación lista para leerle la cartilla, pero cuando los ojos de ambos se
miraron quedaron congelados. Fue como si ambos hubieran estado listos para la pelea solo para
detenerse en seco por las ansias de uno al otro. La mandíbula de Tucker quedó colgada mientras sus
ojos se movían sobre el cuerpo de Lilliana. Esperaba que a él le gustara lo que veía porque seguro
que a ella le gustaba lo que estaba de pie frente a su puerta. Tucker mostró una sonrisa lenta y
constante cuando sus iris se lanzaron de nuevo a los suyos.
—¿Minishorts? Ese es un aspecto interesante de ti —comentó, arqueando una ceja.
—Estaba pensando en cambiarme pero no quiero que tengas otro berrinche por tener que
esperar —respondió ella.
—Tú no has visto una rabieta de verdad todavía, querida mía —respondió sin inmutarse por su
sarcasmo y presionándola.
—Disculpa. ¿Te he invitado a entrar? —La presión de Tucker le recordaba a su exmarido y su
violencia en su última visita, y estaba menos que divertida.
Ignoró su comentario y se abrió paso por la sala de estar, mirando casualmente las fotos sobre la
repisa de la chimenea y en la pared.
Tucker le ofreció una repentina y deslumbrante sonrisa.
—Me encanta este CD. Es uno de mis favoritos. Care for a dance —meneando sus caderas
provocativamente.
Un baile con Tucker era la última cosa que quería y seguro que no lo necesitaba sacudiendo esas
fantásticas caderas contra ella.
Para su consternación, Tucker siguió balanceándose y moviendo rítmicamente su cuerpo
tonificado con la música de jazz. Le brindó una sonrisa torcida y le hizo señas con su dedo índice
para que fuera hacia él mientras pronunciaba la letra de la canción Come To Me. Lilliana juntó los
muslos apretándolos para aliviar los latidos que Tucker le estaba causando entre sus piernas. Se
retractó; no le importaría que las caderas de Tucker frotaran contra ella después de todo, junto con
el paquete de buen tamaño que había visto antes. Maldición cómo podía moverse. Lilliana se
preguntó si tendría la misma musicalidad en la cama que en la pista de baile.
—Holaaaa. Te estoy hablando a ti —dijo Lilliana, tratando de ignorar la provocación de Tucker.
—Ya te he oído, he decidido no responder. De todos modos, yo no soy un vampiro, no necesito
una invitación a tu casa para tomar lo que quiero —tarareó con voz cantarina.
Segurísimo que no era un chupador de sangre, pensó.
—Escúchame engreído…
Tucker dio la vuelta rápidamente por el tono de voz de Lilliana. Su alegría había desaparecido y
sus cejas se juntaron. La estaba mirando como lo hizo en su oficina. La fuerte reprimenda que le
había dado ahí, junto con la amenaza de un culo rojo, seguía sonando en sus oídos y ella cerró la
boca.
—Es tarde y tengo que trabajar por la mañana —dijo ella amablemente, pero aún así muy
molesta.
La sonrisa de Tucker y el buen humor volvieron, y siguió bailando alrededor de la habitación.
—No importa
—¿No importa qué? —preguntó Lilliana sin saber a lo que Tucker quería llegar.
Se deslizó a la mesa de la cocina, cogió una silla y se sentó frente a ella.
—No importa si tú y yo tenemos que trabajar temprano, me debes una cena y espero que la
concretes. En vista de que ya comí, me conformo con el postre.
Ahora fue Lilliana la que se quedó con la boca abierta. ¿Estaba bromeando? ¿Y qué demonios
quería decir Tucker con el postre?
—Mira, yo no estoy segura de lo que piensas que va a pasar aquí, pero realmente tienes que irte
—declaró Lilliana.
—Y lo haré, después de que hayas preparado algo dulce para mí. Espero que sepas cocinar, Sra.
Norris. Estoy con ganas de algo dulce —dijo con firmeza, clavando sus talones en el piso. Se aflojó la
corbata, tomó su chaqueta y la colocó sobre la parte posterior de la silla, dejando muy claro que no
iba a ninguna parte—. Algo afrutado y ligero —agregó.
—Lo que tienes afrutado y ligero es el cerebro —murmuró caminando hacia su dormitorio.
—¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó Tucker con una ceja levantada.
—Nada. Si voy a cocinar, me tengo que cambiar —respondió ella.
—No te cambies por mi causa. Me estoy haciendo muy aficionado a tu elección de vestimenta,
pantaloncitos cortos y demás.
—Sí, estoy segura de que lo haces.
Lilliana siguió moviéndose hacia la alcoba cuando la voz de Tucker resonó con fuerza.
—Sra. Norris, pensé que dije mis deseos claramente. ¡No-Te-Cambies!
Lilliana se dio vuelta esperando ver una mirada dura en el rostro de Tucker, pero en su lugar vio
unos suaves ojos castaños que bailaban con picardía. Fue un gran cambio para él. ¿Así que quería
un show? Claro. ¿Por qué no? Ella no se había sentido como una mujer en mucho tiempo, aceptó el
desafío. Que comience el juego.
6.
Tucker observó con satisfacción como Lilliana extraía varios artículos de su nevera y armarios.
Cuando se agachó para recoger algo de un armario inferior, podría haber jurado que su culo se
balanceaba. Se puso de pie lentamente y lo miró por encima del hombro batiendo sus pestañas
hacia él. Así que ella le estaba tomando el pelo. No podía apartar los ojos de su culo ajustado
cómodamente en sus pantalones cortos. Sus suaves muslos firmes lo estaban llamando y en su
mente estaban corriendo todo tipo de ideas de las cosas que quería hacer ese pequeño cuerpo.
Seguramente ella algo sabía de lo que a él le gustaba. Lilliana balanceaba sus caderas de nuevo y se
le ocurrió que, obviamente, no tenía ni idea del peligro en el que se estaba poniendo pinchando a
un lobo salvaje con un palo.
Cuando empezó a pelar manzanas, se movió hacia ella silenciosamente rozándola a propósito.
Miró hacia el refrigerador donde divisó su tarjeta de visita por debajo de un pequeño imán
redondo. Le gustó que la hubiera guardado y de manera destacada, es decir, hasta que vió la cinta
adhesiva en el centro. Se la tendió interrogante con una risa ligera. Lilliana fingió no verlo y
simplemente se encogió de hombros.
—No tengo idea de cómo llegó allí —comentó aburrida.
—¡Bien! —Tucker se rio entre dientes—. Parece que es posible que necesites una nueva. No
puedes ver mis tricúspides increíbles con esta cinta en el medio.
Lilliana rio.
—Son bicúspides. De todos modos, dije que tienes unos molares increíbles, no bicúspides. Los
molares se encuentran en la parte posterior de la boca, solo para tu información. Pero ahora que lo
mencionas, tus premolares también son bastante espectaculares. Es difícil de creer que nunca has
tenido la ortodoncia.
—Mis padres nunca tuvieron suficiente dinero para ese tipo de extravagancia —dijo en voz baja
mientras volvía a colocar la tarjeta reparada de nuevo en la nevera.
—Los míos tampoco, pero trabajar en un consultorio dental tiene sus ventajas. Me puse
brackets3
de adulta.
—¿Una boca llena de metal? Realmente sexy. Pero, dime, ¿cómo haces una mamada con esos
brackets?
La expresión de Tucker fue de una curiosidad genuina, Lilliana sonrió y negó con la cabeza.
3
Aparatos de ortodoncia: Aparatología fija, aparatos dentales, frenos, brackets (Brackets por deformación y
traducción a partir del inglés: ‘braces’) o frenillos, es la denominación habitual en ortodoncia para los instrumentos
terapéuticos que utiliza el ortodoncista adheridos de manera temporal a los dientes para corregir anomalías de posición
dentaria o de los maxilares.
—Con mucho cuidado.
Los ojos de Tucker se agrandaron y su rostro se contorsionó como si estuviera asustado.
—Eso espero.
Tucker abrió la nevera y se puso a husmear, tomando nota de sus preferencias en aperitivos.
Muchos de los elementos que se encontraban en su refrigerador estaban también en el de ella. ¿Los
mismos gustos en los alimentos y la música? Interesante.
Lilliana lo miró dubitativamente.
—¿Así que además de ser autoritario, eres entrometido?
Si ella supiera.
—Soy entrometido en todas las cosas, Sra. Norris; no solo en los negocios, sino en mi vida
privada también. Nada me gustaría más que mostrarte qué tan mandón puedo ser a puerta cerrada
—coqueteó.
—Yo no necesito órdenes, gracias. Lo he hecho muy bien por mi cuenta sin tener a un hombre
que me domine.
Tucker lo dudaba mucho. Lilliana claramente necesitaba ser dominada o tal vez eso era solo una
ilusión de su parte.
—No estoy de acuerdo. Creo que no solo necesitas un hombre que se haga se cargo de ti, creo
que lo quieres, pero no cualquier hombre…
—¡Vaya! Eres un pesado —resopló Lilliana, manteniendo sus ojos en la manzana mientras la
pelaba lentamente.
—Apuesta esos short que te tapan el culo que lo soy, y soy justo el pesado que va a mostrarte lo
mucho que necesitas ser mandada.
De pie directamente detrás de ella, Tucker resopló sobre su cuello.
—Para empezar, lo estás haciendo todo mal Lilly. Te voy a enseñar cómo se hace.
El cuerpo de Lilliana se puso rígido por la sorpresa de la súbita cercanía y se le aceleró la
respiración. La voz de Tucker era baja y ronca, y la humedad de su aliento le hizo cosquillas en los
pelos de la nuca. Nunca había permitido que nadie la llamara Lilly, pero la forma en que lo dijo fue
arenosa y cruda, y tan condenadamente sexy que no se atrevía a negar el uso del apodo.
Tucker retiró el pequeño cuchillo de su mano derecha. Apoyó su mano izquierda sobre la de ella
mientras se aferraba con fuerza a la manzana parcialmente pelada.
—Forces darling4
, para de luchar —exhaló en su oído, en referencia a la canción que sonaba de
fondo, mientras clavaba la cuchilla sobre la manzana poco a poco. Comenzando por la parte
superior de la fruta, movió su mano de manera rotativa dejando una tira decorativa de la cáscara
cuando terminaron.
—¿Ves cómo se hace? —susurró, refregando su endurecida polla en su culo.
4
Fuerzas, querida, Canción de Koop banda de Jazz electrónico sueca.
El corazón de Lilliana latió con fuerza en su pecho cuando sintió la dureza de Tucker en su
trasero. Cuando su muslo rozó la cadera, sintió una sacudida de electricidad y sus sentidos se
despertaron. No había sentido el toque de un hombre en tanto tiempo que se sentía ajena a ello
pero, Dios, cómo lo echaba de menos. Cerró los ojos por un momento, plenamente consciente de
dónde la tocó su carne caliente. Sus grandes manos eran tan fuertes y ásperas, Lilliana se preguntó
qué otro tipo de magia podían hacer. Cuando terminaron con la primera manzana, quitó la mano de
la de ella, dejó el cuchillo y puso sus manos sobre la mesada.
—Ahora muéstrame qué tan bien puede seguir órdenes. Pélala, Lilly. Sin errores. Quiero que sea
perfecta, igual que tú.
La voz de Tucker era diferente a la anterior, más profunda, más silenciosa y autoritaria. Sí, ella
quería estar bajo su mando por mucho que odiara admitírselo. Lilliana se sentía lejos de la
perfección pero aceptó el cumplido y ronroneó con su alabanza. Había pasado demasiado tiempo
desde que un hombre había hablado tan dulcemente.
Tratando de bajar la temperatura de la habitación, intentó entablar conversación con Tucker
mientras sus temblorosas manos pelaban la manzana.
—Dime, ¿te patean el culo a menudo?
Tucker le rio al oído en voz baja. Su risa era profunda, cálida y rica, y le hizo acelerar el pulso.
—No, no a menudo —dijo, acariciando su cabello con la nariz.
—¿Te acuestas con mujeres casadas a menudo?
—Así que has oído los rumores —murmuró, sin inmutarse.
—¿Lo haces?
—No, Lilly, yo no me acuesto con mujeres casadas a menudo —respondió, moviendo sus manos
desde la encimera hasta su cintura.
—¿O no lo haces lo bastante a menudo? —Lilliana lo pinchó.
Apretando la cintura de Lilliana fuertemente, respondió con firmeza:
—Deja de hablar Lilly y haz lo que te digo.
Las manos de Lilliana temblaron aún más pensando en las cosas que quería que él le hiciera a su
cuerpo con esas fornidas manos expertas. Empujó su culo de nuevo contra él y consiguió la
respuesta que anhelaba: un gruñido que terminó con un suspiro. Ella sujetó sus manos lo mejor que
pudo para demostrarle que podía seguir sus instrucciones.
Tucker escuchó a Lilliana tragar con dificultad. Solo había esperado algo de comer de su visita,
pero esta pequeña parada estaba resultando mucho mejor de lo que había anticipado. Buena
música, una mujer hermosa con un culo como una cebolla que podría traer lágrimas a sus ojos,
cocinaba para él y hacía lo que le ordenaba. ¿Cuán suertudo podría ser un hombre?
Cuando Lilliana empezó a pelar la fruta tal como él se lo había mostrado, la agarró por los
hombros y le hundió sus dientes en la suave carne de su nuca, justo lo suficiente para dejar una
marca sin lastimarla. Ella sabía a cielo, salado y limpio. Lilliana dejó escapar un gemido agudo y sus
manos comenzaron a temblar.
Cuando ella se detuvo, Tucker le lamió el hueco de la oreja y dijo suavemente:
—Continúa, Lilly —le gustaba la versión abreviada de su nombre. Le sentaba mejor.
Haciendo lo que le decía, terminó y comenzó con otra manzana. Satisfecho con lo bien que su
nueva mascota estaba siguiendo sus instrucciones, recorrió con la boca su espalda y deslizó sus
pantalones cortos hasta los tobillos, dejando al descubierto su culo desnudo. Era absoluta y
jodidamente perfecto, redondo y firme, y nada menos que glorioso.
—¡Tucker! —dijo Lilliana nerviosa comenzando a darse la vuelta.
Tucker agarró sus caderas con firmeza, sosteniéndola en su lugar para que no pudiera resistirse ni
moverse.
—Silencio, Sra. Norris —gruñó mientras le mordía una nalga. Lilliana chilló y él le lamió y mordió
la otra nalga como respuesta.
Justo cuando comenzó a meterle un dedo en el coño, ella dijo más ardientemente:
—Tucker, por favor.
Tucker le subió los pantalones y la hizo girar. Sus cejas se fruncieron, pero tenía los ojos
lánguidos.
—No hay necesidad de suplicar —bromeó mientras se inclinaba para besarla.
Quería saborear sus labios tan desesperadamente que su polla palpitaba con una intensidad que
no había sentido en mucho tiempo. Justo cuando sus labios tocaron los de ella, Lilliana puso su
mano entre ellos y empujó contra su pecho firme, forzándolo a apartarse.
—Por favor, detente —pronunció sin aliento.
Había pasado tanto tiempo desde que una mujer le había dicho que no, que quedó ligeramente
aturdido. Dio un paso atrás y recorrió su cuerpo con la mirada. Era obvio por su respiración agitada,
sus muslos juntos y apretados y sus malditos ojos que ella quería lo mismo que él, así que ¿cuál era
el problema?
Tucker y Lilliana quedaron mirándose el uno al otro, la siguiente canción en el CD comenzó y las
cejas de Tucker subieron.
—Qué apropiado —bromeó con Lilliana sobre el título de la canción.
—¿Let’s elope5
? No lo creo. Puedo estar caliente pero no soy estúpida.
—¿Dónde está tu sentido del romance? —preguntó él.
—El romance está muerto.
Las cejas de Tucker se juntaron y pasó las manos por su pelo.
—¿Cuánto tiempo planeas hacer esto, Lilly?
—¿Hacer qué? —preguntó ella, agarrando la encimera detrás de ella para apoyarse.
—Fingir que no estás atraída por mí.
Lilliana suspiró y sacudió la cabeza.
—Ya he admitido que te encuentro atractivo, pero eso no significa que tenga que actuar
tontamente y hacer algo de lo que me arrepentiré.
5
Fuguémonos o Vamos a fugarnos también de Koop.
Tucker se echó a reír.
—Te prometo que tu experiencia conmigo será agradable, no te arrepentirás.
—Estás muy seguro de ti mismo, ¿verdad? Conozco a los de tu tipo y la última cosa que necesito
es involucrarme con alguien como tú.
La alegría de Tucker se fue en un instante. ¿Qué demonios quería decir Lilliana con eso?
—¿Y qué tipo es ese?
—El mismo que mi exmarido.
¿Lilliana realmente lo estaba comparando con el idiota hijo de puta de Adam? De ninguna
manera. Tucker apretó la mandíbula, se enderezó y la fulminó con la mirada.
—No soy como ese hombre. He trabajado duro para llegar a donde estoy y hacer mi propio
camino, ni una sola vez dependí de mis padres. Y nunca, nunca, engañé a mis mujeres. ¡Quien diga
lo contrario es un maldito mentiroso por Dios! —ladró Tucker.
De repente Lilliana lo miró arrepentida.
—Lo siento. No era mi intención de compararte… —dijo en un susurro mientras sus ojos
recorrían su rostro buscando el perdón.
Tucker quería estar enojado, pero la mirada de tristeza en los ojos de Lilliana lo tocó. Ella nunca
podría admitirlo, pero Adam la había herido profundamente y su mecanismo de defensa de
empujar lejos a los hombres era dolorosamente obvio.
—Termina de hacer lo que sea que estés haciendo. Tengo algo para ti en mi coche. Volveré.
Tucker salió sin decir nada más y Lilliana se sintió horrible. Juró que nunca compararía a nadie
con el inútil de exmarido. Por lo poco que había leído sobre Tucker, sabía que sus infancias fueron
mundos aparte. Lo último que había visto fue que apoyó a sus padres después de que su granja
fuera a la quiebra. Era algo noble y algo que su egoísta exmarido sería incapaz de hacer.
Maldito fuera por ser tan atractivo. Ella lo deseaba, pero sabía que estaría bromeando sí pensaba
que estar con un hombre como Tucker McGrath sería algo más que sexo. Y su corazón no estaba
preparado para ese tipo de castigo.
Lilliana se obligó a terminar su tarea. Sacó la harina, el azúcar moreno, nueces, avena y la
mayonesa, el ingrediente secreto. Se sentía tan mal por su crítica y por la mirada legítimamente
herida en sus ojos que esperaba que su exigua manzana crujiente compensara la actitud de su dura
y afilada lengua.
Justo cuando estaba colocando la bandeja en el horno para cocinarla, oyó un tintineo melódico
procedente del porche. Dejó el temporizador y se fue a ver de dónde venía el ruido. Cuando salió al
porche de su casa, Tucker estaba arreglando un carillón de viento que había colgado cerca de la
balaustrada. Era colorido y parecía estar hecho de vidrio soplado a mano y latón.
Lilliana se quedó mirando mientras Tucker luchaba para colgar la campana decorativa,
sorprendida por lo muy atractivo que era. Tras una inspección más minuciosa pudo ver en él al chico
de granja que había sido, con sus manos fuertes, bíceps bien definidos y musculosos muslos y
pantorrillas. Pero fue su sonrisa y sus ojos lo que delataba su verdadera crianza. Siempre había
deseado un chico de granja al que llamar suyo; alguien con carisma y valores del medio oeste. Ella
había renunciado hace mucho tiempo a tratar de encontrarlo.
Después de varios intentos de que el carillón quedara derecho, Tucker retrocedió, inclinó la
cabeza y asintió. No había visto a Lilliana mirándolo y cuando se volvió él se sonrojó, algo que
Lilliana encontró encantador. Tucker no parecía el tipo de hombre que se sienta avergonzado de
nada.
—Pensé que sería un bonito regalo de bienvenida.
—Tienes razón; es hermoso. Gracias —dijo Lilliana efusivamente, caminando de puntillas para
tocar el cristal.
—Así eres tú —respondió Tucker con lujuria.
Lilliana lo miró con reservas, sin saber qué responder. Todavía estaba en guardia con él, insegura
de sus intenciones.
—No esperes que me crea que nunca te han dicho antes que eres hermosa —soltó un bufido.
—Sí, lo han hecho pero no me gusta.
—¿Qué? ¿Lo dices en serio?
—¿Tú lo dices en serio? —dijo Lilliana contrarrestándolo, alzando las cejas hacia él.
Tucker le dio la espalda y caminó hacia la puerta principal, al parecer molesto por la pregunta.
—Por favor, no cuestiones mis intenciones ni motivaciones, Sra. Norris.
Lilliana pasó junto a él y entró a la casa.
—He aprendido a cuestionar todo y a todos, señor McGrath, y si tienes motivos ocultos, te serán
muy útiles para poder encontrar otra persona para jugar con sus emociones.
La firmeza en la voz de Liliana le recordó a su madre y también lo hizo la severa mirada que le
estaba dando. Tucker logró una pequeña sonrisa vacilante en respuesta, recordando su espíritu
amable pero de inquebrantable firmeza. Echaba de menos a su familia y tuvo la repentina necesidad
de visitar su antiguo hogar. No había vuelto en casi cinco años. Miró a la campana con aire de
culpabilidad. El regalo no provenía de su corazón y una ola de vergüenza se apoderó de él por sus
planes engañosos. No era la forma en que había sido criado y sus padres se habrían horrorizado de
sus acciones, todo en nombre del todopoderoso dólar, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra
donde estaba parado había sido propiedad de su familia desde hace casi un siglo.
Cuando entró en la casa, un aroma afrutado y dulce llenó su nariz y le recordaba a su casa. Cerró
los ojos y fue llevado de nuevo a su niñez. Le encantaba vivir en la granja con la soledad y la paz que
le proporcionaba. Respiró hondo una vez más antes de empujar todos esos sentimientos a un lado.
No llegó a donde estaba por ser debilucho y sensiblero y estaría condenado si una mujer obstinada
del Medio Oeste iba a ponerlo de rodillas. Si alguien iba a estar de rodillas, iba a ser la pequeña
terca provocadora llamada Lilliana. Quería esa maldita tierra y prometió que sería suya.
—Voy a comer ese postre y me iré —dijo Tucker con brusquedad.
Los ojos de Lilliana se lanzaron hacia él mientras sacaba la bandeja del horno y brillaron con
confusión e irritación.
—¿Te vas?
—Sí, ya es bastante tarde y, como has mencionado, los dos nos tenemos que levantar temprano
para ir a trabajar.
Lilliana lo fulminó.
—Esto no es un servicio de comida-rápida, idiota. No puedes aparecer, ladrar una orden, y luego
irte. Me hiciste hacer esta maldita manzana crujiente y vas a sentarse y disfrutar de ella
adecuadamente. —La voz de Liliana era de terciopelo, pero fuerte e inflexible.
Tucker no pudo evitar sonreír estúpidamente.
—¿Idiota?
—Ya me has oído. Ahora trae ese lindo culo aquí y siéntate.
—Si piensas que mi culo está bueno, ¿por qué no me dejas plantar mis labios sobre los tuyos? Te
has negado dos veces, Lilly. Dos veces. Quiero esa boca y yo no soy un hombre que acepta un no por
respuesta sin luchar.
Lilliana se calmó por un momento como si pensara en la declaración de Tucker.
—Muy bien, puedes darme un beso, pero solo un beso. ¿Trato hecho? —Lilliana se mordió la
comisura del labio nerviosamente.
Que así sea. Si se trata de solo un beso, Tucker le daría un beso que nunca olvidaría. No iba a
perder la oportunidad de finalmente sentir su boca sobre la suya y se movió rápidamente antes que
Lilliana cambiase de idea.
Le agarró la mano y la tiró hacia él mientras se sentaba en una silla a la mesa. Tucker la puso en
su regazo, le sostuvo la cara con fuerza con una mano y le tomó del pelo con la otra, tirando su
cabeza hacia atrás para alcanzar un completo acceso a las profundidades húmedas de su boca. Se
abalanzó hacia ella pero, a último momento, desaceleró sus movimientos dejando sus labios a solo
centímetros de los de ella.
—Voy a verte de rodillas, Lilliana Norris. Te prometo eso —sopló en su boca entreabierta.
Las mejillas de Lilliana se sonrojaron y Tucker sabía que había dado en un punto justo. Sí, estaría
de rodillas y suplicando por su toque, y la tierra sería suya. Solo tenía que jugar bien sus cartas y ser
paciente con ella.
Movió su boca sobre la de ella devorando su suavidad. Los labios de Lilliana se separaron y ella se
inclinó para encontrarse con el beso de Tucker. Empujó su lengua suavemente por sus labios,
tomándose su tiempo y disfrutar lentamente de su maldita boca. Deslizó su lengua por los dientes y
el cielo de su boca, ella se estremeció con su contacto. Maldita sea, ella sabía muy bien. Se apartó
un poco y besó la comisura de los labios con ternura, solo para agarrar su cara más firmemente y
devastar su boca por completo. Su beso era urgente y exploratorio, sus lenguas se retorcían y
giraban juntas, los sonidos de húmedos chasquidos llenaban la cocina. Las manos de Lilliana se
movieron alrededor de sus hombros y cuello, y lo agarró agresivamente enterrando su lengua aún
más profundo dentro de su boca mientras le mordisqueaba el labio inferior. Su boca se movió a la
mejilla y luego hacia abajo, hasta su cuello, donde chupaba con saña.
—Tucker —suspiró al oído mientras frotaba el culo hacia abajo en la polla dura como una roca.
Cuando su lengua comenzó a hacer pequeños círculos en la oreja, perdió por completo el control
de sí mismo. Se puso de pie, la levantó y la dejó sobre la mesa con un ruido sordo. Tirando de su
camiseta sin mangas en un movimiento rápido por encima de su cabeza, él se sumergió en sus
pechos desnudos. Chupó y tiró de sus pezones rosados fruncidos con los dientes y Lilliana le tiró de
su cabello, guiándole la cabeza hasta su boca.
—Un beso, Tucker. Solo un beso —maulló ella.
—Quiero más —gimió en su boca.
—Por favor, solo un beso —susurró.
Tucker se puso de pie y vio la mirada asustada en sus ojos. Paciencia Tucker, se recordó. Si iba a
ganarla tenía que ser más paciente de lo que jamás había sido en su vida. Se alejó de ella vacilante
con su erección presionando incómodamente en sus pantalones.
—De acuerdo, Lilly. Solo un beso, por ahora.
7.
Lilliana estaba desnuda de la cintura para arriba tendida sobre la mesa, mientras ambos se
miraban el uno al otro; la expresión de Tucker era ilegible. Quería saltar y cubrirse, pero por la
forma en que la miraba no quería que el momento terminara. Sus ojos se movían sin cesar sobre su
cuerpo, calentándola desde adentro hacia afuera. Por último le ofreció su mano, la ayudó a
levantarse y le entregó la camiseta que estuvo malditamente cerca de hacer trizas. Ella trató de
ponérsela con gracia mientras Tucker se sentó y siguió mirándola boquiabierto. Su intensa mirada
era enloquecedora. ¿Iba a parpadear o continuar observándola con los ojos muy abiertos? Lilliana
parpadeó rápidamente en una respuesta favorable a lo que hacía.
Pasando al postre, empezó a cortarlo agradecida por la distancia que ponía entre ellos cuando
Tucker se puso sobre ella de nuevo, guiando su mano mientras cortaba el crujiente de manzana. Sus
movimientos eran lentos y deliberados, su boca estaba a un pelo de la piel de su cuello. Lilliana no
podía soportar más su tortuosa provocación.
—Te deseo, Lilly, y no me gusta esperar. Te sería útil no olvidarlo —dijo con severidad.
—No creo que pueda olvidarlo aunque quisiera.
—Me alegro oír eso —dijo con una sonrisa que resonó a través de su voz varonil.
Sentada a la mesa, mantuvo los ojos fijos en la boca de Tucker mientras comía. Había estado en
su cuerpo hace solo unos momentos, sobre sus pezones para ser exactos y deseó no haberle dicho
que se detuviera. Ella quería más, pero temía por el tipo de intimidad que él buscaba. Todavía no
confiaba plenamente en él pero habían sido unos largos y solitarios diecinueve meses desde que
había tenido las manos de un hombre en su cuerpo o una palpitante polla entre sus piernas.
Disfrutaba viendo a Tucker devorar su postre como si no hubiera tenido una comida casera en años,
mientras pensaba en todas las formas en que quería que la tomara.
—Esto es excelente, Lilliana. Realmente, está simplemente increíble. No he tenido una comida
casera en mucho tiempo —dijo en respuesta a su pregunta no formulada—. Así que sabes cocinar.
¿Qué más puedes hacer con esas manos? —le hizo un guiño insinuante.
—Yo puedo pelar un choclo6
más rápido que nadie que conozca —respondió ella, queriendo
retractarse inmediatamente de sus dichos cuando Tucker se echó a reír.
—¡Mierda! ¡Eso es tremendo! ¡Eres una campesina paleta7
! —bramó él.
Se puso de pie y rápidamente le golpeó la parte posterior de su cuello.
6
En el original Corn: espiga femenina del maíz también llamada mazorca o elote.
7
En el original red-neck: cuello-rojo= paleto: nombre despectivo con que se conoce a los campesinos sureños de
EEUU.
—¿Quién es el paleto ahora? —hizo un puchero, cogiendo su plato sin terminar junto con el de
ella y llevándolos al lavavajillas.
—¡Hey, no he terminado con eso!
—Sí, lo has hecho.
—Oh, buá-buá. Soy un paleto también. Solo que lo escondo mejor. Ahora dame ese delicioso
postre de nuevo, ahora —recalcó Tucker con una sonrisa tonta en la cara.
Cuando Lilliana lo colocó de nuevo frente a él, Tucker se estiró girando y golpeó su culo
duramente; la fuerte bofetada hizo eco en la gran cocina. Lilliana dejó el plato sobre la mesa y lo
miró horrorizada. Se frotó su trasero y una sonrisa estúpida se le dibujó en la cara mientras sus
bragas se humedecieron. Tucker no le prestó atención y tragó los últimos bocados lamiéndose el
dedo índice luego de deslizarlo por el plato para sacar hasta la última miga. Una imagen de Tucker
chupándose los dedos luego del juego-previo le vino a la mente y se sonrojó ante sus pensamientos
cachondos.
—¡Joder, está delicioso! —murmuró él.
Oh, ella tenía algo delicioso y jugoso para él justo entre sus piernas. Todavía aturdida por el
azote, puso los ojos en blanco para sí misma. Contrólate, Lil, se reprendió a sí misma. Su calentura
estaba empezando a nublar su juicio y lo sabía condenadamente bien.
Observándolo prácticamente lamer el plato, resultaba cliché, pero había aprendido hace tiempo
que el camino al corazón de un hombre era a través de su estómago; a eso y al pantalón. Cuando
miró el reloj del microondas, se horrorizó al ver que era casi medianoche. Tenía que levantarse en
cinco horas.
—Sí, lo sé, es tarde. Conozco el camino —declaró Tucker parándose y dirigiéndose hacia la
entrada.
Al abrir la puerta, Lilliana se trasladó a su lado y sostuvo la puerta abierta para él. Tucker echó un
vistazo a su cuello y sonrió diabólicamente.
—Diviértete tratando de explicar eso.
Lilliana no tenía idea de lo que estaba hablando y estaba demasiado cansada para tratar de
averiguar su código masculino. Él le tocó la barbilla justo antes de alejarse, inclinándole la cabeza
hacia atrás.
—Eres realmente hermosa —afirmó suavemente mientras le besaba la punta de la nariz y luego
sus labios.
El contacto de la boca de Tucker era una deliciosa sensación y ella ansiaba más, pero sus cejas se
juntaron como si luchara contra algo y la alejó suavemente.
—Y tú realmente tienes un lindo culo —respondió ella.
—Soy muy consciente de eso —dijo arrogantemente alejándose de ella—. Ciao, mascota —se
despidió a su espalda.
El corazón de Lilliana dio un vuelco por su expresión cariñosa y el recuerdo de sus labios
presionando contra sus pechos. Estaba empezando a pensar que ser la mascota de Tucker podría no
ser tan malo. El auto se alejó con sus ruedas traseras girando y levantando un torbellino de polvo y
guijarros. Una ráfaga de viento pasó junto a ella y el carillón de viento sonó melodiosamente,
recordándole que Tucker McGrath había estado allí. Se sentó en la mecedora y, salvo el sonido del
canto de los grillos, no se oía otra cosa más que su respiración. Estaba tranquila y el olor de la
hierba recién cortada era vivificante. Le trajo buenos recuerdos de su infancia cuando con su madre
visitaban a Margo y cómo jugaba en los campos bajo la atenta mirada de ella. Odiaba la idea de
tener que renunciar a la tierra que su tía había luchado tan duro para mantener y que sus
antepasados habían poseído durante un siglo. Pero los impuestos… Ella temía a la idea. Tenía que
haber alguna manera. Rezó para que hubiera otra manera.
La mañana llegó demasiado rápido y apenas tuvo tiempo suficiente para cepillarse los dientes y
el pelo. Lilliana casi había chocado a un caro coche deportivo en su loca carrera por llegar a tiempo.
Tan pronto como entró en su oficina y pasó por la recepción, oyó varias risitas.
—Bien hecho, Lilliana. ¿Es de Tucker McGrath? —escuchó decir a Dana.
—¿Qué? —preguntó, desconcertada por su comentario y el repentino interés en su vida privada.
Dana hizo un gesto hacia su cuello pero Lilliana no podía ver a lo que se estaba refiriendo. Fue
directamente al baño y giró su cabeza para ver una marca roja fresca en su nuca. Lilliana jadeó y
trató de frotar como si se fuera a desaparecer por arte de magia como la tiza en una pizarra. Estaba
sensible e hizo una mueca. ¡Maldito, Tucker! ¿Cómo demonios iba a explicar eso? El comentario de
Tucker le vino a la cabeza y ahora sabía a qué se refería. Trató de no sonreír, pero la sonrisa de
campesino plasmada en su rostro cuando ella mencionó sus habilidades del desgranado del maíz
apareció en su mente. Empezó a reírse cuando Dana entró en el baño.
—Fue Tucker, ¿no es así?
—Cómo… —empezó a preguntar Lilliana.
—Jordan lo vio esperando en tu coche ayer. ¡Por Dios, Lilliana! ¿Te has acostado con él? —
preguntó con entusiasmo, agarrándole los hombros.
—¡Dios mío, Dana!, acabo de conocer al hombre. No, no he dormido con él.
—¿Así que solo estaba marcando su territorio? ¿Donde más te ha marcado? —se rio, tocando el
culo de Lilliana.
Lilliana frotó su trasero pensando en los dientes de Tucker hundiéndose en su nalga y la palmada
posterior. Ahora que Dana lo mencionaba, la idea no sonaba fuera de lugar con el modo de macho-
alfa que Tucker empleaba con ella. Se sentía afortunada de que se hubiera limitado a una mordida y
una palmada en vez de mear su pierna.
—Él ha sido un poco juguetón —refutó—. Ahora, en serio, no quiero hablar de esto.
Cuando llegó la hora del almuerzo, Dana llegó disparaba a la pequeña oficina de Lilliana.
Dana movió las cejas hacia arriba y abajo.
—¡Tucker está aquí!, pregunta por ti, y tiene algo, también.
Lilliana trató de ocultar su emoción, pero era casi imposible. Había estado pensando en él todo el
día, y en ese beso. Había estado intentando con dificultad centrarse en limpiezas y cavidades
cuando todo lo que aparecía en su mente eran los comentarios sugerentes de Tucker, su voz baja y
gruñona, y su cálido aliento en el cuello y el cuerpo.
Se pasó la mano por el pelo corto y se pellizcó las mejillas. Corrió hacia el vestíbulo pero luego
pensó que era mejor retrasar el paso para no parecer demasiado desesperada. Haciendo una pausa
en el pasillo, vió como Tucker paseaba por el vestíbulo. Tenía una lata en la mano y se preguntó qué
clase de regalo le había traído. Dana dobló la esquina tan rápido que chocó con ella.
—¿Qué estás esperando?, ve a buscarlo —gritó ella mientras la empujaba hacia el vestíbulo.
Dana hizo tal alboroto que varios pares de ojos se posaron sobre ellas, incluyendo los de Tucker.
Su sonrisa contagiosa y la brillantez de sus dientes naturalmente perfectos le daban ganas de
arrojarse sobre su cuerpo sólido y en sus brazos. Cuando se apartó el pelo de los ojos y se mordió el
labio inferior, Lilliana pensó que iba a mojar el uniforme con su crema. Mantén la compostura, se
recordó a sí misma sin saber si podía hacer una cosa tan simple.
Ella cerró los ojos y se recompuso.
—Hola Lilly, que bien verte de nuevo. Tenía la esperanza de que pudiéramos tomar un almuerzo
rápido. ¿Estás disponible? —le preguntó mientras sus ojos examinaron su cuerpo.
—Creo que sí…
—Sí, ella está disponible —dijo Dana con una risita.
Lilliana le lanzó una mirada de cierra-el-maldito-pico y Dana se escabulló como un perrito con la
cola entre las piernas.
—Solo estaba tratando de ayudar —murmuró.
Tucker le tomó educadamente la mano mientras la llevaba hasta el estacionamiento. El calor de
su mano musculosa era un gesto dulce de bienvenida. Tal vez el romance no estaba muerto después
de todo y tal vez se había equivocado sobre él. Tal vez realmente era un buen tipo.
En su auto, abrió la puerta del acompañante y la ayudó a entrar. Nunca había sido tratada como
una dama. Adam ciertamente nunca fue tan cortés o caballeresco. Lo observó pasar por la parte
delantera del coche con los ojos clavados en los de ella. Después de sentarse en el asiento del
conductor, se inclinó sobre ella, le colocó el cinturón de seguridad y se detuvo con la boca junto a su
oído.
—He estado pensando en ti todo el día, mascota, y en esos labios y esas tetas increíbles. Veo que
te dejé mi tarjeta de visita —respiró poniendo su mano alrededor y tocando el tierno mordisco de
amor en la parte posterior de su cuello. La agarró con fuerza y tiró de ella hacia su boca, deslizando
su lengua por sus labios. Ella gimió de dolor y Tucker inhaló, absorbiendo su aliento mientras ella
hundía sus dientes en su lengua larga y gruesa.
Sabía también que Lilliana no quería que se detuviera y habría estado contenta de pasar el
almuerzo besándose descaradamente con el magnífico hombre conocido como Tucker McGrath
cerniéndose sobre ella, con sus manos por todo su cuerpo.
Terminando su lento y profundo beso, Tucker respondió:
—No podía dormir, así que hice algo para ti.
Él se echó hacia atrás y le dio un recipiente de hojalata con una escena de Navidad en el frente.
La abrió para encontrar galletas caseras. Ella se rio un poco sin entender su significado pero aún
conmovida por su gesto.
—Son una receta de mi madre —mintió Tucker.
Cuando vio la genuina alegría en el rostro brillante e ilusionado de Lilliana, miró hacia delante y
hacia fuera de la ventana, incapaz de hacer contacto visual con ella. Era demasiado fácil perderse en
la forma en que lo miró y tragó saliva. Ese sentimiento de culpa fue creciendo rápidamente en el
estómago de nuevo. Los bizcochos esponjosos no eran una receta de su madre sino una cena
congelada Hungry-Man. Había parado en una tienda de 24 horas la noche anterior y compró un
poco de pasta instantánea. En ese momento, se creyó muy astuto por pensar tan rápidamente, pero
ahora… ahora se sentía como una mierda cuando la vio morder uno de ellos con felicidad.
—Oh, Tucker, están deliciosas. Gracias. Yo… —su voz se desvaneció. Los ojos de Lilliana vagaron
sobre su rostro y se posaron en su boca—. Creo que te juzgué mal.
Sintiéndose profundamente incómodo con la mirada de sus ojos, Tucker cogió su teléfono y le
tocó la pantalla.
—Recibí un mensaje de texto sobre algo importante. Tengo que irme —dijo cortado. Se sentía
como un completo hijo de puta que solo quería joderla.
La confusión se instaló en el rostro de Lilliana.
—Yo ni siquiera oí el timbre.
—Lo tengo en vibrador —volvió a mentir.
—Está bien —respondió ella con tristeza abriendo la puerta del vehículo, obviamente
decepcionada.
—No, espera. A la mierda el trabajo. Vamos a almorzar.
Tucker no podía decidirse. Quería tanto la propiedad de Lilliana que envió su culpa hasta el fondo
de su subconsciente y siguió adelante con su plan.
—¿Estás seguro?
—Sí, vamos a hacer esto —dijo con decisión, refiriéndose más a su plan que al almuerzo.
En el restaurante, Lilliana estaba demostrando ser un hueso duro de roer. Tucker seguía tratando
de entablar conversación haciéndole preguntas personales, pero ella siempre reorientaba las
preguntas hacia a él. Estaba deliciosa en su uniforme azul mediterráneo con estampado floral y se
moría de ganas de sacárselo. ¿Por qué no podía ser simplemente fácil, pan comido, agradable y
sórdida, como el resto de sus aventuras? ¿Y por qué diablos tenía que ser tan condenadamente
adorable?
—¿Qué estás pensando? —la cara de Lilliana rebozaba curiosidad.
Tucker decidió ser honesto, para variar.
—En sacarte toda esa ropa y enterrar mi polla dentro de ti durante horas —respondió con
franqueza.
Los ojos de Lilliana se agrandaron y se atragantó con un trago de agua. Una vez que recobró su
voz lo reprendió.
—Tú acabas de probar que el romance está realmente muerto. No sé si eres consciente, pero se
puede ser honesto sin ser tan franco.
Tucker movió los hombros en un gesto de indiferencia.
—¿Dónde está la diversión en eso? De todos modos, el romance no está muerto solo está
sobrevalorado. Hay algo que decir acerca de putear y decir guarradas. Deberías intentarlo alguna
vez. Es muy liberador —arqueó una ceja.
Lilliana se inclinó hacia él exhalando con desaprobación.
—¿Y besas a tu madre con esa boca sucia?
Una débil sonrisa de satisfacción cruzó la boca de Tucker.
—De vez en cuando. Pruébalo, Lilly. Di: Me gusta ser follada duro, Tucker. Dilo.
Lilliana negó con la cabeza pero la sonrisa en su rostro revelaba su gusto por la salvajada de
Tucker.
—Nunca te imaginé mojigata, Lilliana Norris.
Lilliana lo miró ofendida.
—¡Yo no soy una mojigata! —gritó entre dientes, sentada en el borde de su asiento.
Divertido por su reacción, Tucker continuó burlándose de ella.
—Entonces dilo. Mejor aún, di: Métemela por el culo, Tucker. Me gusta cuando entra profundo.
Estaba decidido a avergonzarla y a sacarla de sus casillas, sabiendo muy bien que no lo
conseguiría.
Lilliana entrecerró los ojos y la risa de Tucker se tornó afilada.
—Joder, lo sabía. M-O-J-I-G-A-T-A —subrayó él.
Lilliana sonrió dulcemente a cambio, se echó hacia atrás cómodamente en su asiento y se lamió
los labios. Tucker se confundió por su reacción y de repente se preocupó por lo que pudo haber
provocado en la ardiente morena.
Cerrando los ojos, Lilliana suspiró suavemente y gimió:
—¡Oh, Tucker… jódeme por el culo! ¡Métemela profundo! ¡No me hagas esperar más por tu
tentadora polla!
Los ojos de Tucker se agrandaron y fue su turno de atragantarse con su bebida. Echó un vistazo a
la habitación para ver que varios pares de ojos saltones los miraban.
—¡Tómame ahora, Tucker! —continuó, gimiendo más fuerte.
Tucker se estiró sobre la mesa y le cogió la mano.
—¡Está bien, está bien! —aulló, estallando en carcajadas.
Lilliana inmediatamente abrió los ojos y tomó un sorbo de su agua, sin mostrar una pizca de
humillación.
Tucker continuó riéndose mientras se sostenía el estómago.
—No dije que tuvieras que seguir con esto —le dijo cuando por fin recuperó el aliento.
—Pensé que tenía que improvisar un poco. Tienes razón, es liberador. ¿Tendré otra oportunidad
para hacerlo? —ella batió sus pestañas.
—¡Joder, no! Dime, sin embargo, realmente ¿te gusta ser follada por el culo? —él sonrió.
Los ojos de Lilliana estrecharon de nuevo y cruzó los brazos.
—Estás tentando a la suerte. Ahora dilo.
—¿Qué digo? —preguntó Tucker.
—Tú, Lilliana Norris, no eres una mojigata. Vamos, dilo.
—No voy a hacer tal cosa.
—Hice lo que me pediste. ¡Dilo! —exclamó irritada de que no se retractara de su declaración.
No mostró signos de hacerlo.
—No lo haré. No hasta que realmente me demuestres lo contrario —le guiñó un ojo.
Lilliana lo miró a sus ojos inquebrantables sin pestañear.
—Lo que sea. Entonces me atengo a mi afirmación de que eres un idiota.
—Nunca lo soy, Lilly, y siempre sigo adelante con mis planes.
Si Lilliana supiera exactamente qué tan cierta era su declaración, se iría corriendo hasta un lugar
seguro y nunca miraría hacia atrás.
Tucker se preguntaba cómo sacar el tema de su tierra sin ser obvio. Salió de puntillas en torno al
tema y, finalmente, le preguntó:
—¿Cuáles son tus planes con la propiedad de Margo?
Él llamó a su tía por su nombre para hacer la pregunta más personal y funcionó de maravilla.
Lilliana inicialmente parecía a la defensiva, pero como Tucker parecía indiferente, dejó que sus
defensas bajaran y él suspiró para sus adentros. Su plan podría funcionar después de todo.
—Todavía no estoy segura. Los impuestos van a ser exorbitantes. He estado pensando tal vez en
donar parte de la propiedad con fines benéficos, para un refugio de animales o algo así, solo para
cubrir los impuestos.
Tucker quería ponerse de pie, golpear la mesa con el puño y gritar. ¿Caridad? ¡Caridad y una
mierda! Estaba sentada sobre una puñetera mina de oro y ¿estaba considerando dar su tierra?
Apretó la mandíbula y mantuvo la mirada baja por temor a que su incredulidad y rabia se leyeran
fácilmente en su rostro.
—Ya veo —murmuró en voz baja.
—¿Crees que es una mala idea?
La miró y vio que ella estaba analizando su rostro seriamente. La mente de Tucker estaba a toda
marcha. Había muchas maneras de que pudiera jugar con ella. Podría manipularla hacia el
pensamiento que quisiera; incluyendo el de que la caridad era completamente ilógico.
—Creo que la caridad es una opción viable. Solo tienes que recordar que una vez que has dado
cualquier porción de su tierra se ha ido para siempre. No importa las buenas intenciones que
puedas tener, una fundación de caridad puede hacer lo que quiera con la tierra incluso venderla por
las ganancias.
Lilliana lo miró angustiada.
—Supongo que nunca pensé en eso.
—¿De qué tipo de impuestos estamos hablando? ¿Has hecho valorar tu tierra?
—Sí, la semana pasada.
Mierda, Edwards tenía razón. Lilliana estaba considerando seriamente mantener la tierra. No
esperaba esa respuesta y se quedó brevemente sin palabras.
—El tasador la valoró en poco menos de tres millones de dólares.
Tucker resopló con sorna. Al parecer, con quien ella había hablado debía estar en connivencia
con otro agente de bienes raíces y de pronto se sintió protector de Lilliana. Puede que él estuviera
tratando de sacar provecho pero seguro que no quería que nadie más tratara de joderla.
—No, mascota, ese hombre está totalmente equivocado. Si tu tierra estuviera pelada sería ese
valor, pero no lo está. Pelada significa una propiedad al natural sin alcantarillado, electricidad, calles,
construcciones, agua o servicio telefónico, etc. Tu tierra está desarrollada para explotaciones
agropecuarias. El doble de esa valuación y algo más estaría más acorde a lo que vale.
Lilliana de repente parecía enferma.
—Oh, Dios mío, estoy a punto de vomitar —gimió ella.
Se levantó de la mesa y corrió hacia el baño. Tucker se quedó en espera, sintiéndose molesto
consigo mismo. Era tan ingenua. Realmente necesitaba su ayuda y consejo. Se maldijo por su
codicia. Aquí estaba tratando de hacer lo correcto al considerar la caridad y él la estaba
manipulando junto con algún otro imbécil.
Tucker salió a respirar un poco de aire fresco y marcó el número de teléfono de sus padres.
Necesitaba oír sus voces y recordar de dónde venía.
—Sí —respondió su madre.
—Ma —susurró Tucker.
—¡Papá, es Tuck! —gritó fuera del teléfono—. Cariño, es bueno escuchar tu voz. ¿Está todo bien?
No suenas bien.
Su madre tenía una extraña habilidad para leer sus emociones.
—Estoy bien. Solo quería oír tu voz. ¿Cómo está papá?
—Igual, viejo y gruñón. Como tú —ella se rio de buena gana.
—No soy gruñón —gruñó y luego se echó a reír al oír el sonido de su propia voz de cascarrabias.
Realmente se estaba convirtiendo en un viejo malhumorado y mal hablado al igual que su padre.
—¿Entonces por qué la llamada? ¿Has comenzado a ver a alguien? —su madre le preguntó con
nostalgia.
—Por supuesto que no. Estoy trabajando en un trato duro.
—¿Ah, sí? ¿Algo grande?
—Potencialmente. Si las cosas salen bien, podría retirarme pronto con un negocio así. Solo estoy
esforzándome debido a las… —a Tucker no se le ocurría como explicar su engañoso plan—… las
circunstancias.
—Bueno, Tuck, yo sé lo competitivo que puedes ser pero recuerda, es solo dinero cariño y la
jubilación no es todo lo que hay que hacer. No te enfermes por eso, hijo. Solo se honesto y
trabajador y todo va a salir bien. Sé que no quieres oír esto, pero a veces se gana y otras se pierde.
No, Tucker no quería oír el mismo viejo discurso que había escuchado durante toda su infancia.
La actitud de solo es dinero cariño de sus padres es lo que los metió en la difícil situación de perder
su granja y sin un orinal donde mear si no fuera por él. Suspiró irritado y negó con la cabeza
preguntándose por qué demonios había llamado.
—Papá dice que te ama y que te cuides, y que traigas a quien sea que no estés viendo para que
podamos conocerla. Ah, y llama a tu hermano. Creo que Mason no anda en nada bueno.
Tucker no pudo evitar reírse del agudo sentido de su mamá. Después de colgar, se quedó fuera
disfrutando del aire fresco de otoño. Sintió un golpecito en el hombro y se volvió para ver a Lilliana
mirándolo iracunda y todavía pareciendo enferma.
—Tengo que volver al trabajo. No me siento bien y he perdido el apetito.
—¿Es por lo que he dicho acerca de la valoración?
Lilliana asintió apartando la cara de él.
—No tengo ni idea de lo que hacer. Esa gente me está llamando día y noche, el césped y el
porche están sembrados de tarjetas de visita, ni siquiera puedo comer contigo sin ser abordada por
alguien que quiera mi propiedad y me advierta acerca de… y ahora me entero de que el tasador me
mintió y nunca podré llegar a ser capaz de pagar los impuestos… es demasiado. Margo nunca habría
querido que yo pasara por esto. Ella trabajó muy duro para mantener la tierra en la que ella y mi
madre crecieron… —Lilliana soltó el llanto más triste y desgarró el corazón de Tucker.
—¿Alguien se te acercó justo ahora? —preguntó hinchando su pecho de manera protectora—.
Escucha Lilly, todo va a estar bien. Te lo prometo —susurró tirando de ella hacia sus brazos.
Lilliana se apartó bruscamente.
—No, no lo harás. Eres igual que todo el resto de esos buitres que van por mi tierra. Tú, con esa
sonrisa y ese cuerpo de demonio hecho para el pecado. Yo sé lo que quieres de mí: 112 acres y mis
bragas en tu vitrina de trofeos. No soy estúpida, Tucker McGrath. ¿Crees que puedes ganarme con
tu tórrida verborrea y apretando mi culo porque sabes que anhelo el tacto y la autoridad de un
hombre? Pero ya he estado en este circo antes y ¡no voy a hacer el tonto de nuevo! ¡Mi tierra no
está en venta, y yo tampoco!
Las palabras espontáneas y severas de Lilliana sacudieron el frío exterior de Tucker. ¿Era tan fácil
de leer? ¿Había perdido su toque? Permaneció mirándolo a la espera de su respuesta, pero él no
tenía nada que ofrecer. Ella estaba en lo cierto, él era igual que el resto. No, él era peor. No solo
estaba tratando de obtener su tierra, sino también su mente y cuerpo, a sabiendas de que solo la
estaba utilizando para salirse con la suya. ¿Qué podía hacer?
Simplemente mantenerse en la mentira a toda costa. Este acuerdo podría establecerlo para el
resto de su vida y no estaba dispuesto a dejar que sus sentimientos se interpusieran en su camino.
Lilliana dio la vuelta y se dirigió a su coche cuando Tucker se quedó silenciosamente indefenso.
No estaba lejos detrás ella. Cuando él entró, Lilliana se estaba poniendo su cinturón de seguridad y
trató de ayudarla pero ella golpeó sus manos.
—Ya lo hice —le espetó.
El incómodo silencio en el coche era ensordecedor. Tucker repetía las palabras de ella una y otra
vez. ¿De qué exactamente había sido advertida y por quién? Frustrado con el ostracismo de ella,
intentó provocarla.
—No sé lo que te dijeron sobre mí y ni quién, pero tengo un montón de enemigos que dirían
cualquier cosa. Incluyendo mentiras.
—Bueno, la gente honesta no hace enemigos, Tucker, y alguien que tiene un montón de
enemigos por lo general los tiene por una razón. Yo, por mi parte, no voy a terminar como el resto
de las personas que has pisado para conseguir lo que quieres.
Tucker quedó de nuevo indefenso. Odiaba que Lilliana pudiera ver a través de él. Más que eso,
despreciaba el hecho de que tuviera razón acerca de él.
Deteniéndose frente a la entrada principal del consultorio dental, empezó a decir algo pero
Lilliana salió por la puerta antes de que pudiera decir una palabra.
De regreso a su oficina, Tucker estaba teniendo dificultad para concentrarse. Estaba en una
montaña rusa emocional de pensamientos sobre el negocio de la tierra y de lo que Lilliana lo había
acusado. Sus ojos tristes y defensivos brillaron en su mente. ¿Quién demonios se había acercado a
ella en el restaurante y la puso contra él?
Tucker llamó al restaurante y habló con su camarero que le divulgó el nombre. Había sospechado
que tal vez era Edwards, pero para su sorpresa, era Darren Schumacher, el hombre que una vez fue
su socio y confidente.
Él rápidamente marcó el número del móvil de Darren. Tan pronto como llegó la voz de Darren en
el otro extremo, Tucker desgarró en él.
—¿Qué mierda le dijiste a Lilliana Norris?
—Muy amable por llamar, McG.
Tucker esperaba impaciente en el otro extremo, a punto de estallar.
—¿Qué le dijiste a ella? —repitió.
—¿Ella, quién? Oh, ¿la morena que posee las tierras de Margo?, nada que no sea cierto. Solo
pensé que alguien debería advertirle acerca de tus formas de connivencia.
—Hijo de puta, este negocio es mío. ¿Me entiendes mierda? ¡Mantente lejos!
—¿De la tierra o de la chica? —preguntó Darren condescendiente.
—De ambos, idiota.
—¿Así que piensas que puedes tener tanto a esa tierra, como a ese pequeño dulce trozo de
pastel y comerla también?
—Puedes apostar tu culo que tomaré ambos y nadie, quiero decir nadie, se va a cruzar en mi
camino —gruñó con voz asesina.
—¿Al igual que en el trato Newsom?
Tucker echó humo por que Darren sacara el tema del maldito acuerdo Newsom. Todavía era una
cuestión controvertida y perder ese negocio todavía estaba fresco y crudo en su memoria.
—¿Cuánta gente vas a pisar para conseguir lo que quieres, McG? ¿Cuántas personas tienen que
sufrir a causa de tu avaricia?
—Vete a la mierda, Schumacher. Ganaste ese acuerdo, entonces ¿de qué te quejas?
—Todo es una competencia para ti, ¿no es así?, yo solo gané ese acuerdo porque fui más
honesto y Newsom estaba harto de tus mentiras. Es increíble cómo un poco de honestidad da
buenos resultados. Es posible que desees probarlo alguna vez. ¿Sabes cómo ser veraz todavía?
Recuerdo un tiempo en que lo eras. Tú y yo. ¿Te acuerdas? Íbamos a conquistar el mundo,
honestamente.
Tucker colgó rápidamente el teléfono. No quería que le recordaran su pasado y cómo las cosas
habían terminado mal con Darren. Una vez fueron los mejores amigos e incluso habían ido juntos a
la universidad. Echaba de menos a Darren y su cercanía. Incluso a su cursi infeccioso sentido del
humor, y sí, a su sinceridad también. Tucker también era conocido por su honestidad, pero fue su
brutal honestidad lo que lo distinguía, que no era necesariamente un buen rasgo, y él lo sabía.
Tratando de encontrar la manera de contrarrestar la gran boca de Darren, decidió que lo mejor
era dejar que Lilliana se enfriara antes de acercársele de nuevo.
Durante el tiempo de espera, Tucker se había inspirado y dio instrucciones a su ayudante para
llamar a todos los refugios de animales locales y periféricos. Lilliana y lo mucho que parecían tener
en común aparecían filtrándose en sus pensamientos, día y noche. Estaba decidido a mantener su
relación solo comercialmente pero ella se las había arreglado para meterse debajo de su piel.
Por cuatro días no tuvo ningún trato con Lilliana pero estaba ansioso por ponerse en contacto
con ella. Incluso sintió el impulso espeluznante de conducir hasta su casa para ver si podía espiarla.
Se dijo a sí mismo que era una cosa asquerosa de hacer ni siquiera de pensar, pero ninguna mujer le
había causado tal caos en sus emociones obstaculizando su capacidad para pensar de manera
lógica.
Al final de una larga y dolorosa semana, Tucker había recibido noticias de varios refugios y
reunido el valor suficiente para ir a su casa de nuevo para realizar una pequeña sesión de
lameculismo.
Incluso antes de que se bajara de su coche, Lilliana estaba sobre él apuntando hacia la carretera.
—¡Fuera de mi casa!
—Solo escúchame.
—No, gracias. Ya me advirtieron sobre ti dos veces, dos personas que parecen genuinamente
sinceras y no voy a esperar que un rayo me derribe para abrir mis ojos.
¿Dos? Tucker se preguntó quién era la primera y entonces recordó la conversación demasiado
larga de Lilliana con Ariel. Sin duda fue Ariel, después de la forma en que ella había rechazado sus
avances antes de que él supiera que estaba casada.
—Solo déjame mostrarte que no soy como el resto, Lilly —respondió con calma—. Quiero
llevarte a un lugar.
—Sí, estoy segura, derecho a la cama para que puedas realmente follarme —dijo ella con los ojos
enfurecidos y brillantes.
No pudo evitar sonreír ante la afilada respuesta de Lilliana. Ella era más temperamental que
cualquier otra mujer con la que se había encontrado, y había encontrado demasiadas mujeres para
recordarlas siquiera.
—Hay un refugio de animales en el condado vecino que está buscando activamente tierras para
arrendar para su programa de asistencia animal. Pensé que tal vez podrías ir a hablar con ellos.
8.
Lilliana quería creerle pero había algo perturbador a su alrededor, y el hombre que se le había
acercado en el restaurante le había puesto una semilla de duda en su mente acerca de los motivos
de Tucker. Tenía la misma sensación molesta que tuvo con su ex cuando, en vez de escuchar a sus
instintos, terminó con una ETS8
, un divorcio y un escándalo pueblerino. Ella se prometió a sí misma
que iba a estar más alerta en esta ocasión a pesar de las suaves y cálidas caricias de Tucker y del
hecho de que su sonrisa había estado invadiendo sus sueños desde la última vez lo vió.
Lilliana pensaba que lo había visto por última vez la semana anterior y que no iba a mostrar su
cara otra vez pero sabía que eso era una ilusión. Si todo el mundo estaba en lo cierto, él no se
detendría ante nada hasta que firmara la escritura de su tierra. Odiaba admitirlo pero verlo de
nuevo fue casi un alivio. Incluso aunque era presumido como el infierno y poco fiable, era muy
guapo y sabía que se sentía atraído por ella así que había por lo menos eso.
Sintiéndose avergonzada por su arrebato, se limpió las lágrimas de rabia que amenazaban con
estallar en sus ojos y evitó la mirada de Tucker.
—Déjame cerrar la casa —respondió dándose por vencida.
No le haría daño por lo menos hablar con el refugio de animales y se juró a sí misma que se
mantendría en guardia y con los ojos abiertos en todo momento a su alrededor.
Después de ponerse una camisa liviana y cerrar la casa se sentó en el asiento del copiloto y
Tucker le abrochó el cinturón de seguridad como lo había hecho antes. Era un gesto peculiar que
nadie había hecho antes y mucho menos dos veces en una semana. Aún inclinado sobre ella, el gran
pulgar de Tucker arrastraba una lágrima perdida en el rabillo del ojo mientras le miraba la boca
intensamente.
—Soy una chica grande, puedo abrocharme sola —le dijo a pesar de que disfrutó el contacto
físico del hombre, no confiaba en sus cuidados.
—No tengo ninguna duda de que puedes, pero me gusta hacerlo y saber que soy la razón de que
estés a salvo.
Lilliana encontró la respuesta auto gratificante incluso extrañamente entrañable. Tucker se
detuvo cerca de sus labios y se inclinó como si fuera a besarla.
—Estás dando mucho por sentado. Ni siquiera he decidido si me gustas.
Los ojos de Tucker se movían de sus ojos a la boca y volvían a sus ojos.
—Oh, te gusto —respondió un poco demasiado confiado.
8
ETS: Enfermedad de Transmisión Sexual
Su confianza en sí mismo le molestó y la enojó, era algo que estaba teniendo dificultad en
aceptar.
—Conduce, McGrath —dijo con frialdad, volviendo su rostro hacia la ventanilla.
Tucker suspiró y aceleró el motor haciéndolo rugir.
—No sé lo que piensas que estás consiguiendo al ser tan condenadamente desafiante. Ya te he
dicho que entendiste todo mal pero si insistes en hacerme esperar, puedo respetar eso.
Lilliana casi vaciló, pero algo en la voz de Tucker aludió al engaño y no estaba dispuesta a dejarlo
pasar.
—Entonces demuéstrame que estoy equivocada —afirmó con la voz entrecortada mirándolo con
los ojos entrecerrados.
Las cejas de Tucker se elevaron y golpeó su pecho aceptando el reto:
—Lo haré y entonces te pondrás de rodillas para mí —dijo suavemente con los dientes
apretados.
Tuvo el repentino impulso de darle vuelta a la narcisista cara de Tucker de una bofetada y casi lo
hizo hasta que él empezó a reírse ligeramente al principio. Su risa entró en franca ebullición y hasta
que Lilliana estuvo fuera de sí.
No podía dejar de ocultar la irritación en su voz.
—¿Qué diablos es tan gracioso?
—¡Tú! Me cago en Cristo, si las miradas asesinaran yo estaría muerto y castrado en el acto.
Maldita sea, Lilly, realmente necesitas mantener esa mierda bajo control antes de herir a alguien. ¡O
a ti misma!
Ella no estaba segura exactamente por qué su irritación era tan entretenida para él pero su
comentario le recordó a su madre, Kate. Cuando era niña y adolescente había sido castigada en más
de una ocasión por las duras miradas que le había lanzado a su madre.
—Tienes suerte de que soy una mujer en cierto modo razonable.
—Creo que te estás sobreestimando, mascota. Y tienes suerte de que me siento generoso y, en
cierto modo, paciente o de lo contrario simplemente tomaría lo que quiero —contestó él.
¿Tucker la estaba amenazando de nuevo? Su rostro permaneció estoico y no sabía cómo
interpretar su comentario.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres, McGrath?
Preparándose para el infierno que estaba a punto de desatarse, se inclinó hacia delante en el
asiento y se volvió hacia Tucker. Los ojos de él permanecieron en el camino pero las comisuras de
sus labios se levantaron en una sonrisa sarcástica.
—Ya he dejado muy claro lo que quiero. No disfruto particularmente de repetirme, vas a tener
que refrescar la memoria al encuentro de la semana pasada.
Lilliana encontró tan ridículo su comentario que comenzó a murmurar en voz baja:
—Toma lo que quieras —resopló junto con algunos improperios—. Te voy a dar una patada en
tu…
—Cállate, Lilly. En serio, estoy haciendo mi mejor esfuerzo para seguir siendo un caballero pero
estás pisando sobre una fina capa hielo.
—¡Increíble! En serio, no creo que sepas una sola cosa sobre ser un caballero. No estoy segura de
con qué tipo de mujer estás acostumbrado a tratar pero no tomarás lo que quieras conmigo. Esa
soberbia va más allá de cualquier cosa que he experimentado y justo en este momento, me importa
un bledo discutir acerca mi tierra con un refugio de animales. ¡Da la vuelta a este estúpido
sobrevalorado coche y llévame a casa!
Tucker frenó de golpe, bloqueando a ambos cinturones de seguridad mientras patinó en el
arcén de grava. Decir que Lilliana estaba pisando sobre una fina capa de hielo era el eufemismo del
siglo. Ella había roto el hielo y ambos estaban a punto de ahogarse en agua helada. Él abrió la
portezuela de un golpe, saltó hacia afuera, y levantó las manos en el aire mientras vomitaba una
larga lista de obscenidades que llegaron hasta el Cielo.
Quería este negocio mucho más de lo que alguna vez había querido cualquier cosa, pero no
estaba seguro de poder soportar a esta morena de lengua afilada por más tiempo. Maldita fuera
por ser tan inmanejable, inflexible y follable seductora. Odiaba estar tan atraído por ella y que
tuvieran tanto en común. Más aún, despreciaba que se le hubiera metido bajo la piel y pelado las
capas de su frío exterior.
Cuando finalmente fue capaz de calmar su furioso temperamento, se inclinó sobre el capó de su
coche con las manos descansando sobre el metal caliente y la cabeza abatida. Miró hacia arriba a
través de sus largos mechones y vió a Lilliana mirándolo con los ojos abiertos y paralizada. Se
enderezó, giró y se sentó en el capó tratando de recuperar el aliento. Tucker no había perdido los
estribos así desde antes de abandonar la casa de sus padres. Siempre se había enorgullecido de su
fría indiferencia y frialdad, pero esta mujer… ¿qué coño estaba haciendo ella de él? Al oír que la
portezuela del pasajero se cerraba suavemente, se volvió para verla moviéndose hacia él con
cautela.
—Tucker… lo siento. Sé que puedo ser… difícil. Tengo el temperamento de mi padre por lo que
mi madre decía. Realmente no lo sé. En fin… —ella sacudió la cabeza como si su mente estuviera
yendo hacia otro lado.
Tucker la miró inquisitivamente. Lilliana podía ser una cosita bastante encantadora cuando
estaba arrepentida. De hecho, era tan encantadora que la idea de enterrarse en ella le vino otra vez
a la mente con la imagen de sus perfectos y aguijoneantes labios intentando formar las palabras
para calmarlo.
Lilliana mantuvo la mirada al suelo mientras le daba una patada a las piedras bajo sus pies
levantando polvo y tartamudeando algo incoherente. Levantó la mano para meter un mechón de
pelo detrás de su oreja y Tucker extendió la mano y la atrajo hacia él.
—Difícil no es la palabra que yo usaría para describirte —susurró—. Descarada, insolente e
imprudente es una descripción mucho más precisa.
Cuando ella abrió la boca como si fuera a hablar, Tucker rápidamente apoyó con fuerza su boca
en la de ella, sujetándola firmemente por la cintura con una mano y por el cuello con la otra. Su
compresión inflexible no le permitía a ella resistirse a pesar de que lo intentó. Puso sus manos en su
pecho y trató de empujarlo pero él se lo impidió. Iba a demostrarle que sí, que podía tomar lo que
quería y, en este momento, lo que quería más que nada era callarla de una puta vez.
* * ** * *
Cuando Lilliana se dio cuenta de que sus esfuerzos eran en vano, su cuerpo se desplomó en
sus brazos. Aceptó la lengua de Tucker en la boca y se sentía tan bien como la primera vez que se
besaron. No podía negar que quería a este hombre con todo su engreimiento y falta de credibilidad.
Quería desesperadamente creer que era diferente y que todo el mundo estaba mintiendo acerca de
él. La voz de la razón le gritaba que corriera hacia otro lado, pero sus manos controladoras se
sentían tan bien en ella y su boca… qué dulce, suave, su deliciosa boca… ¡Dios!, cómo quería que la
recorriera a través de cada centímetro de su cuerpo. ¿Cómo podía resistirse cuando él no se lo
permitía? En ese momento, ella era su cautiva en todo el sentido de la palabra y disfrutaba de ello.
La boca de Tucker acabó en su línea de la mandíbula donde lamió tiernamente, luego pasó a la
oreja donde dio otra lamida calmante. Lilliana apoyó las manos en sus muslos y ladeó la cabeza
hacia un lado para permitir el acceso a su cuello.
—Eso es todo, mascota, ríndete. Eso hará las cosas mucho más fáciles —murmuró mientras
mordía suavemente en su carne, chupando ferozmente y trayendo la sangre a la superficie de su
delicado tejido.
La realidad la golpeó en la cara y de mala gana se apartó cuando sintió que Tucker aflojó el
agarre.
—¿Más fácil para quién? —preguntó ella, encogiéndose con dolor en su voz.
Los labios de Tucker se abrieron y sus cejas se fruncieron, pero solo se pudo escuchar un largo
suspiro.
9.
Más fácil para Tucker, por supuesto. Los conmovedores y aterrados ojos de Lilliana decían
mucho y, mientras esperaba su respuesta, él contemplaba abandonar este desagradable plan. La
jubilación anticipada, repetía una y otra vez en su cabeza. Sin responder y, a pesar de que una
molesta sensación de culpa empezaba a apoderarse de él, se bajó del coche y se acercó a ella
diciéndose a sí mismo: seguir adelante, romper su espíritu y ganar a toda costa.
Él le sonrió y le tomó la mano, llevándola de nuevo al auto.
El resto del viaje transcurrió en silencio que es lo que él quería pero, ahora que se enfrentaba
con la tranquilidad, anhelaba la lengua viperina de Lilliana.
—¿Así que crees que mi coche es estúpido y demasiado caro? —preguntó tratando de pincharla,
pero ella simplemente se encogió de hombros mientras seguía mirando por la ventanilla del lado
del pasajero—. ¿Y qué era eso de mi arrogancia? —dijo todavía tratando de obtener una respuesta
de ella.
Aún así, Lilliana permaneció callada. Se estaba volviendo loco a un nivel que nunca había
experimentado. Solo quería que volviera a la ardiente actitud anterior a pesar de lo irritante que
pudiera ser.
—¿En dónde planeabas darme una patada? —Intentó una última vez.
Lilliana finalmente lo miró, confundida por sus preguntas.
—¿Estás tratando de comenzar una pelea conmigo?
—No, mascota, solo quería oír tu voz —respondió con sinceridad, para variar.
—¿Qué es lo que quieres saber de mí? —preguntó inquieta.
—Háblame de tu padre —respondió antes de que pudiera detenerse, ni siquiera estaba seguro
de por qué preguntó. Realmente no quería saber, o ¿sí?
—Pensé que lo sabías todo sobre mí.
—Solo estaba tratando de entablar conversación agradable.
—Una charla acerca de un hombre que nunca conocí sería todo lo contrario. Siguiente pregunta.
Cruzando los brazos, Lilliana siguió mirándolo fríamente. Cristo, era una pequeña dama difícil de
quebrar. Quedándose sin palabras, se quedó mirando hacia adelante incapaz de pensar en nada
más que preguntar. Obviamente había dado con un punto espinoso y decidió que lo mejor era
retroceder considerando lo delicada de su situación. Sin pensarlo, Tucker comenzó a parlotear otra
vez sobre su infancia. Ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo a no ser para llenar el incómodo
silencio y para cortar la tensión.
—Yo crecí en una granja y ayudaba a mi padre —comenzó—. Nunca tuvimos demasiado dinero y
sus finanzas siempre estaban frágiles. Recuerdo que pensaba cuando sea grande voy a ganar
suficiente dinero para nunca tener que preocuparme de mi próxima comida y poder mantener a mi
familia. Eso es en parte porque me metí en bienes raíces. Cuando mis padres perdieron su tierra y
los codiciosos hijos de puta construyeron un complejo de apartamentos, supe al instante dónde iba
a hacer mi fortuna.
—¿Así que decidiste tomar la tierra de los pobres y putearlos por ti mismo? Eso parece un
retroceso. Yo hubiera pensado que te gustaría ayudar a las personas que se encontraban en la
situación de tus padres —Lilliana volvió a la conversación.
Tucker tragó saliva. Él había dicho demasiado en su búsqueda para matar el silencio. ¿Y qué
diablos sabía ella de todos modos?
—Solo quise decir que sabía que había un mercado para la compra de tierras.
—Sé lo que quieres decir, pero aún así parece al revés.
—Tal vez para alguien que no sabe nada de bienes raíces, pero te puedo decir que nadie jamás
ha hecho ni un centavo ayudando a los pobres —espetó Tucker.
—Es solo dinero, Tucker. Algunas cosas en la vida son más importantes que el tamaño de tu
billetera. Me resulta difícil creer que tus padres no te inculcaran ese valor, o ¿haces caso omiso de
tu educación? Y solo porque no esté en bienes raíces no significa que no entienda los fundamentos
del negocio y la compra y venta con fines de lucro. No soy una paleta de pocas luces, como creerás
que soy. Tengo una educación formal también, ¿o lo has olvidado? Mi experiencia es la que pasa
solo por los dientes y no por los valores del suelo y de las ejecuciones hipotecarias.
Tucker se sintió castigado por la reprimenda de Lilliana. Sí, sus padres habían inculcado ese valor
en él y él voluntariamente optó por ignorarlo. Si había algo que odiaba era que le señalaran
descaradamente sus errores.
Lilliana se preguntó si la guerra de palabras y los enfrentamientos verbales siempre serían un
lugar común con Tucker, y si la amenaza de guerra sin cuartel sería el horizonte cuando se tratara de
él. Suspiró pensando en el Tucker de la semana anterior, todo macho alfa y sexy como el infierno.
Era tan hermoso a la vista, puro sex appeal y encanto aparentemente envuelto en un grande,
musculoso y pomposo paquete.
Al llegar al hospital y refugio de animales, Tucker la condujo e hizo las presentaciones. Ella se
impresionó de lo bien hablado y educado que podía ser bajo circunstancias adecuadas.
La mujer a cargo, Aubrey, comenzó charlando con Lilliana acerca del refugio y su apuro para
encontrar un lugar. Era mayor, parecía ser de la edad de Margo y tenía el mismo color gris en el pelo
que su tía. Lilliana fue tocada por la alegría de las palabras de Aubrey sobre un trabajo que
obviamente amaba. Fue contagiosa, no solo para Lilliana sino también para Tucker como lo
demostraba la amplia sonrisa en su cara.
Observó que los ojos de Aubrey se posaron en su cuello varias veces. Miró inquisitivamente a
Tucker solo para ver una torcida sonrisa infantil extendiéndose por su cara. Solo podía imaginar qué
tipo de marca le había dejado.
Al salir por atrás del gran edificio que albergaba todo tipo de animales, desde domésticos hasta
exóticos, se alegró de ver un pequeño establo con caballos. Ella había crecido en torno a ellos pero
nunca había tenido uno propio. Recordó los días en que Margo tenía varios en su tierra y que los
montaba sin cesar durante sus vacaciones de verano en Connecticut. Dios, cómo echaba de menos
esos días despreocupados.
Sin dudarlo y sin ningún temor a las grandes bestias, Tucker se puso al lado de uno y comenzó a
acariciar su hocico como si fuera algo común. Tan cómodo parecía que se preguntó si él también
había crecido en torno a ellos. Seguía acariciando al caballo y deslizando sus dedos a través de su
crin mientras conversaba animadamente con Aubrey, y Lilliana comenzó a obsesionarse con sus
sensuales movimientos casuales. Tucker era realmente un espécimen para mirar y no le importaría
si también la acariciaba y pasaba los dedos por su pelo.
Tucker miró a Lilliana y reaccionó sorpresivamente cuando la vio mirándolo con nostalgia. Le
guiñó un ojo juguetonamente y se mordió el labio enviando sus hormonas al cielo a toda velocidad.
Qué jugador, pensó Lilliana.
Aubrey, obviamente, sintió las chispas entre los dos porque sugirió que tomaran caballos para un
paseo y luego hizo una rápida retirada hacia dentro del edificio dejándolos solos.
—¿Has oído eso, Lilly? Están buscando tierras para albergar a estas hermosas criaturas —estaba
tan absorta en sus pensamientos traviesos que no había oído una palabra de lo que Tucker y Aubrey
estaban diciendo.
—Mmm, hmm —respondió ella, deslizando la mano por el lomo del corcel.
—¿Te gustan los caballos? Pareces a gusto con ellos —preguntó Tucker.
—Sí, yo crecí alrededor de ellos. ¿Y tú?
—Sí, yo también. Antes de que mis padres perdieran su granja, tenían varios caballos de trabajo.
Me encantaba montarlos cuando era joven —dijo pensativo, como recordando.
—Es difícil creer que Tucker McGrath, magnate inmobiliario y playboy extraordinario, es el
mismo Tucker McGrath que creció ayudando a su padre en una granja —comentó Lilliana mientras
caminaba a su alrededor y le clavaba el dedo en las costillas.
—¿Es realmente tan difícil de creer?
Batiendo sus pestañas animadamente ella bromeó:
—Tal vez para el ojo inexperto, pero siendo como soy una campesina paleta de pocas luces,
puedo oler a los de mi propia especie.
—Nunca he sugerido que fueras de pocas luces. La parte del paleto sí, pero nunca de pocas luces
—bromeó, tirándole de su pelo corto—. ¿Y estás sugiriendo que soy de pocas luces?
—Nunca sugiero —Lilliana sonrió.
—No sabes cuándo dejar de hablar, ¿verdad? —suspiró.
—¿Por qué no me haces callar?
Esperaba que la callara como lo había hecho antes, dos veces, con la lengua firmemente
plantada en la boca. Una de las cejas de Tucker subieron y las comisuras de sus labios se curvaron
hacia arriba, pero permaneció inmóvil.
—¿Qué tal una cabalgata?
—¿Perdón? —preguntó Lilliana con su mente girando en todo tipo de direcciones lascivas.
—A caballo, Lilly. No nos adelantemos. Ni siquiera estás segura de que yo te guste, ¿recuerdas?
—preguntó con sarcasmo, obviamente leyendo los pensamientos de ella—. Yo soy altivo, arrogante,
y…
—De pocas luces —agregó Lilliana.
Tucker simplemente asintió sin responder y le brindó una sonrisa que le subió el pulso, pero el
brillo en sus ojos hizo que se preguntara si él estaba manteniendo, de alguna manera, un recuento
de todas las veces que ella se rebelaba.
—¿Necesitas que ayude?
—No, yo me encargo —respondió ella con confianza.
Sin demora, se aferró a las riendas de la silla de montar, puso el pie en el estribo y tiró de ella
hacia el lomo de la yegua fluidamente. Lilliana estaba orgullosa de su propia postura teniendo en
cuenta que no había montado en más de diez años. Lo miró, esperanzada en que estuviera
impresionado con su gracia. Su mandíbula floja y ancha y sus ojos lujuriosos delataban su asombro y
Lilliana sonrió presuntuosa.
—¿Necesitas que te ayude? —le preguntó.
Él se rio y negó con la cabeza.
—No, yo me encargo de esto, también.
Tucker se movía con tanta agilidad y velocidad que ella tenía que concentrarse en no babear un
charco de saliva sobre la espalda del pobre animal. Sus bíceps se hincharon a través de su camisa
cuando él se elevó y pasó la pierna por encima del animal. Esperaba que ensillara otro caballo pero,
en cambio, ahora se había sentado justo detrás de ella tan cerca que sus cuerpos se fundieron en
uno solo. Tomó las riendas de sus manos y suavemente tiró de ellas haciendo que la yegua
relinchara y tirara su cabeza hacia atrás.
—¡Basta chica! —susurró con dulzura.
Su voz autoritaria, la sensación de su cuerpo sólido apretado contra ella y el control que irradiaba
eran tan intensos, que Lilliana temía que iba a estallar en llamas por combustión interna.
—¿Estás lista, mascota? —preguntó con los labios junto a su oído.
Antes de que pudiera responder, tiró de las correas de cuero y empezaron a moverse en un trote
lento con sus cuerpos rebotando al unísono. Lilliana jadeó cuando la yegua estalló en a un trote
ligero. Tucker dio la vuelta al animal alrededor de la cuadra y luego salió hacia un pequeño campo
abierto.
Con cada chasquido de lengua y tirada de riendas que él usaba para guiar al caballo, Lilliana se
ponía más húmeda y excitada. Se preguntó si tenía idea de lo malditamente tentador que estaba en
ese momento.
—¿Qué se siente al tener tanto poder entre las piernas, Lilly, y estar sentada encima de una
criatura que tiene tanta fuerza?
Cada palabra dicha por la boca de Tucker era deliberadamente sugerente y sexual, y Lilliana lo
encontró completamente exasperante.
—Se siente como en casa.
* * ** * *
Lilliana no podía aguantar devolverle un poco de sarcasmo en cualquier oportunidad que
tuviera y esta era la más frustrante y molesta empresa que Tucker recordaba haber intentado.
Originalmente había querido romper su espíritu pero era ese espíritu lo que estaba demostrando
ser su cualidad más atractiva.
En todos sus años sexuales y con las muchas mujeres con las que había estado, ninguna de ellas
había demostrado ser un desafío. La mayor parte se habían entregado a sí mismas sin pensarlo dos
veces y la mayoría con demasiada rapidez. Había tomado placer en su facilidad y falta de reticencia
en ese momento pero estaba disfrutando de la persecución de Lilliana aún más.
Con sus cuerpos tan cerca, el viento que soplaba sobre ellos mientras cabalgaban alrededor del
campo y la hermosa puesta de sol que apenas estaba comenzando, Tucker olvidó su meta.
Frenó el caballo y dejó de lado una de las riendas para que poder envolver la cintura de Lilliana
con su brazo. Se acurrucó en su cuello y se refregó contra su culo empujando hacia arriba haciendo
que ella jadeara.
—¿De verdad me vas a follar en el lomo de este caballo? —preguntó Lilliana.
Deja a Lilly y su bocaza arruinar el momento.
—¿Qué? ¿Nunca ha oído hablar de follar arriba de un caballo?
Lilliana rio.
—No, pero no me puedo imaginar que sea divertido para el caballo. La pobre ya ha tenido una
vida dura que no necesitamos traumatizar más. Podemos dejar este tipo de cosas para más tarde.
Tucker estaba realmente sorprendido.
—¿Así que ahora te gusto? —preguntó, refregándose en ella otra vez.
—No nos adelantemos, solo estamos hablando de follar —se burló.
Tucker podía tratar con el rápido ingenio de Lilliana, pero le estaba creciendo la intolerancia a sus
burlas. Cuando ella empujó su trasero contra su creciente dureza, aprovechó el momento.
Con la velocidad de un tren de carga descarrilando y antes de que ella pudiera reaccionar, soltó
las riendas y le metió la mano que estaba alrededor de su cintura debajo de la camisa. Le arrancó el
sostén hacia abajo de su pecho y se aferró con firmeza. Con la otra mano, envolvió con sus largos
dedos alrededor de su garganta obligando a mantener su cabeza apoyada sobre su pecho para que
pudiera ver su rostro.
—No te burles de mí, Lilly —gruñó en su oído, acariciando su cuello suavemente con sus dedos.
—Tucker —gimió ella claramente alarmada por su gesto contundente. Elevó sus manos y trató de
aflojar su agarre, pero en la posición precaria y vulnerable en que la tenía estaba indefensa.
—Estoy a favor de la diversión y los juegos y de las bromas ingeniosas cuando sean apropiadas,
pero no te burles de mí. Y te aseguro que es mejor que nunca te burles de mí si no planeas seguir
adelante con tus acciones. ¿Fui claro?
Lilliana vaciló y Tucker le agarró el pecho con más fuerza, haciéndola gemir.
—Esta es la parte donde dices, sí, Señor —exhaló y un gruñido gutural profundo escapó de su
garganta cuando formó las palabras.
—Sí, señor —jadeó ella con respiraciones cortas y con sus ojos cerrados con fuerza.
La erección de Tucker estaba en su doloroso apogeo. Cuando captó el olor de la excitación de
Lilliana, gruñó de nuevo profundamente, pero esta vez fue el estruendo primigenio de un lobo
hambriento dolorido por ser saciado por lo único que podría satisfacer su sed.
—Lilly.
El cuerpo de ella tembló bajo su control constante, el miedo y la emoción palpitaba a través de
su núcleo. Tucker realmente nunca había querido sumergirse en las profundidades de una mujer
más de lo que lo hacía en ese momento. No quería nada más que llenar su burlona boca con su
polla y joderla hasta hacerla rendirse completamente a él.
Cuando se aferró a esta morena empeñada en hacerle la vida difícil y a la que podría dominar
físicamente si quería, se olvidó de los 112 acres y de su jubilación anticipada. Quería a Lilliana: su
confianza, su corazón, su cuerpo y su mente y, sobre todo, su sumisión absoluta. Él ni siquiera sabía
por qué. Tucker sabía cómo se sentía el amor y que no era eso lo que corría por sus venas. Ni
siquiera era solo lujuria. Era algo más, algo que nunca había sentido antes, algo primitivo.
Había un deseo dentro de él por hacerse cargo de esta mujer que había sido herida y engañada,
el anhelo de hacer que se sintiera completa de nuevo para llegar a conocerla completamente,
superar su insolencia y saber sus perversiones. Tucker se juró a sí mismo enseñarle el éxtasis que se
podía obtener si le permitía dominarla. Quería reconstruir su espíritu para hacerla suya y darle la
autoridad que dijo que anhelaba. No sabía si sería posible hacer todas esas cosas con los muros que
Lilliana había construido alrededor de sus propias defensas, pero seguro que lo iba a intentar. En
cuanto a las tierras, se ocuparía de ese asunto más tarde y después de haberla hecho su mascota.
10.
Aliviando su agarre alrededor de su garganta y el pecho, Tucker rodó el pezón rígido entre sus
dedos y rozó su lengua sobre la curva expuesta de su cuello. El cuerpo de Lilliana reaccionó
instintivamente. Gimió y movió su culo de nuevo contra él pero inmediatamente trató de apartarse
cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Se movió un momento y le dio un codazo a las costillas
con dureza maldiciendo entre dientes, pero él se mantuvo firme. Estaba furiosa, enojada consigo
misma por permitirle manejarla de la manera que lo hizo y cabreada al darse cuenta de su
excitación por su trato.
—Deja de resistir, Lilly. Esta cosa entre nosotros es ineludible —Afilando su voz mientras
ronroneaba y tiraba de ella hacia él.
Sí, parecía que esta cosa, o no-cosa, entre ellos era inevitable y su comentario llegó a alguna
parte oscura de su alma. Al no poder negárselo, le permitió acunarla contra su pecho.
Lilliana debería haber abandonado el barco en ese momento y lo sabía condenadamente bien,
pero nadie había tomado el control de ella de la manera que Tucker lo había hecho y se sentía bien;
demasiado bien. Más que eso, Tucker se sentía muy bien. Su toque era poderoso y abrumador,
apasionado y devastador. Cuando sus manos calientes aflojaron el agarre, la frialdad se instaló en su
piel donde sus manos infernales habían estado y se sentía desnuda y sola sin su contacto.
Tucker tomó las riendas una vez más y ella se apoyó en él por su calidez, casi esperando rechazo.
En cambio, él arrulló en su oído con un aliento abrasador y su inquebrantable voz:
—Mi mascota.
Dios, sí que quería ser la mascota de Tucker, las consecuencias serían ir al infierno y sus propios
temores y las advertencias de todos los demás, estaría condenada para siempre. Ella tenía el control
de su propio destino. Pasara lo que pasara, correcto o incorrecto, bueno o malo, ella ya no iba a
negarse a sí misma el placer de Tucker McGrath.
De vuelta al establo, Tucker se apeó primero y luego la bajó de la yegua. Cuando sus pies tocaron
el suelo se sintió ingrávida y sus piernas se sentían temblorosas e inseguras.
Tucker le tocó la barbilla con ternura y le levantó la cara hacia él.
—Soy estricto y muchas veces inflexible, pero rara vez duro. Pero tú… —se detuvo, sus ojos se
oscurecieron hasta volverse casi negros a medida que le exploraban la cara—… me haces sentir
como una criatura salvaje, salvaje, rabiosa e impredecible.
—No me tienes que explicar tus acciones, Tucker —le dijo ella, tratando de calmar el dolor en sus
ojos.
Los ojos de Tucker se dilataron ampliamente y su boca se torció en su diabólica sonrisa de
muchacho de campo.
—Te deseo, Lilliana Norris, no a tu tierra. Solo-a-ti.
Los ojos de Tucker ardían tan intensamente que no tuvo más remedio que creerle. Su boca
estaba insoportablemente seca pero se las arregló para chillar lo que había estado negando durante
días, incluso semanas.
—Yo también te deseo.
Los siguientes momentos fueron un borrón para Lilliana. Todavía estaba con euforia emocional
por su encuentro a caballo con Tucker. Todavía podía sentir su mano posesiva alrededor de su cuello
y la parte baja del vientre palpitaba con una intensidad como nunca había sentido. Caminaron en
silencio hacia su coche y la ayudó a entrar. Ella esperó antes de ajustarse el cinturón, con ganas de él
lo hiciera por ella.
Sin pensarlo dos veces, Tucker se acercó y se lo abrochó.
—Me gusta que lo hagas —admitió.
—Me alegro de que te guste. Pero debo advertirte que tengo cierta afinidad por los cinturones
—Tucker levantó una ceja misterioso. Sin más, continuó—. ¿Trabajas mañana?
La implicación envió oleadas de emoción hasta Lilliana y no había manera de que ella dejara que
un comentario como ese quedara sin más explicaciones.
—¿A qué más tienes afinidad?
—Un gran número de cosas: las mujeres hermosas, inteligentes; la cocina, el bondage, los
viajes…
La forma despreocupada en Tucker pronunció la palabra bondage despertó la curiosidad de
Lilliana. ¿Qué tipo de pervertido era este hombre que estaba deliberadamente tratando de ser
impreciso? Por supuesto que lo era, él es Tucker McGrath.
—Cuando dices…
Tucker la cortó firmemente.
—Todo a su tiempo. Ahora responde a mi pregunta, por favor.
—Sí, tengo a varios pacientes —respondió ella de nuevo, nerviosa y decepcionada porque no
podía pasar el día siguiente con él e iba a seguir sin más explicaciones. Sacudió la cabeza para
pensar. Sus sentimientos por Tucker no tenían nada que ver con la razón o la lógica y todo con
atracción sexual cruda.
—¿Qué hay de esta noche? Estoy libre el resto de la noche —sugirió Lilliana.
—Lilly del Valle, 112 acres Lilly… —la boca de Tucker se curvó con afecto—, tengo asuntos que
atender esta noche. Después de tus citas de mañana voy a estar esperando por ti. Haz los arreglos
que sean necesarios, pero te quiero mañana por la noche y el fin de semana. Haz que suceda.
—Tucker el Salvaje y Rabioso, Tucker el Irresistible… tengo responsabilidades —bromeó ella de
nuevo.
—Quiero que esto funcione contigo, así que voy a hacer mis reglas muy simples: Yo mando. Tú
obedeces. Siempre. ¿Soy claro? —afirmó con firmeza y sin una pizca de ambigüedad.
—Como el cristal —susurró Lilliana, totalmente fascinada por su intensidad convincente.
Con Tucker todavía inclinado sobre ella, levantó su mano y tocó esa boca que sabía que iba a ser
su perdición. Él tomó su dedo con la boca y le mordió la punta, una sonrisa maligna se ensanchó en
su rostro impecable, duro y desaliñado.
—No puedo esperar a verte de rodillas y mostrarte que yo entiendo tus deseos —dijo en voz
baja.
La cercanía hizo que los sentidos de Lilliana giraran. Se lamió los labios, deleitándose en el hecho
de que Tucker recordaba su primera conversación.
Tucker siguió sonriéndole antes de finalmente empezar a andar. El viaje de regreso a su casa fue
rápido, pero él mantuvo su mano en su muslo durante todo el viaje, apretándolo en ocasiones una
buena medida. Cuando aparcó delante de su puerta para dejarla, ella comenzó a salir sin decir una
palabra pero Tucker le aferró la muñeca.
—Lilly —dijo seductoramente—, también tengo una afinidad por los buenos culos y tú, mi
mascota, tienes uno de los mejores en que he tenido el placer de hundir mis dientes. Ah, y lamer
coños. Me encanta eso, también. Inmensamente. Tengo una gran noche y voy a estar esperándote
después de trabajar mañana. Ciao, mascota.
Con un guiño y un saludito con la mano, Tucker se dio a la fuga dejándola de pie, inmóvil y
mirando como su coche volaba por el largo camino de entrada. ¿Uno de los mejores? ¿Cuántos
culos había mordido? De repente, sus hermosos premolares y caninos le dieron una imagen mental
de los colmillos de un lobo. ¿En qué demonios se estaba metiendo? Maldito sea ese hombre. Él
realmente sabía cómo conseguir que quedara empapada.
Tucker se alejó con la mirada fija en el espejo retrovisor. Por fin iba a tener a Lilly, pero todavía
tenía que esperar otro día de mierda. Primero, tenía que ocuparse de la forma de hacer frente a
todos los agentes de bienes raíces que competían por la tierra de Lilliana. Solo tendría que correr la
voz de que ya no estaba disponible por un acuerdo hecho de palabra y que estarían comprando en
el futuro próximo. Solo era como mucho una mentira menor y que conseguiría que los buitres,
como Lilliana los llamó, retrocedieran por ahora y le daría tiempo para concentrarse en la
preparación de la toma. Supuso que una vez que tuviera a Lilliana donde él realmente quería, bajo
su control total, podría luego convencerla para venderle la tierra o, al menos, aconsejarle sobre qué
hacer con ella.
Cuando le había hablado de sus reglas simples, ella parecía muy susceptible y que había abierto
la puerta para que las cosas vinieran y esperaba un poco menos pelea que antes.
Tucker pasó varias horas en su escritorio de su casa enviando múltiples correos electrónicos y,
finalmente, haciendo varias llamadas sobre las tierras. Todo parecía estar cayendo finalmente en su
lugar y estaba satisfecho consigo mismo.
Después de la ducha, se tumbó en la cama pensando en los sucesos ocurridos desde que estuvo
con Lilliana.
La jubilación anticipada se filtró en sus pensamientos de nuevo, pero pronto se nubló de su
memoria por recordar cómo sentía a Lilliana en sus brazos y bajo su control. Más tarde, se dijo. Solo
quería concentrarse en ella por ahora. Había anhelado una mujer que pudiera dominar por
completo pero su búsqueda había sido infructuosa. Todas las mujeres con las que había estado
carecían ya sea de la habilidad o del entusiasmo, o peor aún, de ambas cosas. Era frustrante la
forma en que estaban dispuestas a abrir las piernas para él pero eran demasiado tímidas para
considerar las perversiones que les propuso. Cada vez que mencionaba castigo, obtenía una mirada
de horror o repugnancia. Esperaba que Lilliana no fuera otro intento fallido. Le parecía que, porque
tenían mucho en común, seguramente serían una mejor opción el uno para el otro.
Tucker pensó que comprendía a Lilliana, pero creía que todo el tiempo y en todo momento, ella
le estaba mostrando que estaba equivocado. Pero la forma en que le respondió en el ascensor, en
que sus ojos le miraban la boca y en que su cuerpo respondía a sus caricias en el caballo… podía
sentir lo mucho que la había encendido, podía sentir lo mucho que lo quería. ¿Estaba equivocado?
¿Se estaba engañando a sí mismo?
Tucker tomó su teléfono. Era tarde, pero tenía la esperanza de Lilliana siguiera despierta. Quería
asegurarse a sí mismo que no estaba imaginándoselo todo.
McG: 22:51: ¿Estás despierta?
Lilliana: 22:56: Lo estoy. ¿No puedes descansar?
McG: 22:57: No hay descanso para los malvados, dicen.
Lilliana: 22:58: ¿Es una advertencia?
McG: 23:00: Más bien una afirmación.
Lilliana: 23:02: Ve a dormir.
McG: 23:02: Hay demasiado en mi cabeza.
Lilliana: 23:03: ¿Debo preguntar?
McG: 23:04: Me gustaría que lo hicieras ;)
Lilliana: 23:05: Espera… ¿estás tratando de Sex-tear9
conmigo? Ewww.
McG: 23:06: ¿Ewww10
? ¿WTF11
? LOL12
Lilliana: 23:08: Estoy en shock por aquí. Tucker McGrath magnate
inmobiliario y playboy extraordinario solo LOL después de intentar sex-tear
conmigo. ¿Y ahora qué? ¿Zombies? ¿Aliens? ¿El apocalipsis?
McG: 23:08: Más como un a-polla-lipsis porque mi verga es tan poderosa
que podría acabar con los mundos.
Lilliana: 23:09: *ojos en blanco*
McG: 23:10: Y basta con el título de playboy. Simplemente disfruto de la
compañía de mujeres hermosas y ( . ) ( . ) y ( _Y_ ). Eso es tetas y culo para el
ojo inexperto. :D
9
Infinitivo castellanizado de sexting (contracción de sex y texting) es un anglicismo para referirse al envío de
contenidos eróticos o pornográficos por medio de teléfonos móviles.
10
Expresión anglosajona despectiva.
11
WTF: What The Fuck: vulgarismo inglés, frecuentemente usado en chats y foros para mostrar estupefacción,
asombro o desentendimiento. Se puede traducir como ¿Qué coño? ¿Qué carajo?
12
LOL es un acrónimo en inglés que significa Laughing out loud, Laugh out loud, o a veces Lots of laughs, traducido
como reírse en voz alta o reírse mucho.
Lilliana: 23:13: Tu conocimiento de los símbolos y jerga de los mensajes de
texto me intimida. Estoy viéndote con una luz completamente nueva.
McG: 23:12: Soy una persona profunda y multifacética con muchas capas
que no puedes empezar a comprender. :P
Lilliana: 23:13: Gracioso. ¿Por profunda quieres decir superficial y por
multifacética quieres decir tonta?
McG: 23:13: No hagas que vaya toda la rabia sobre ti otra vez. BRB.13
Tengo
que mear.
Lilliana: 23:14: TMI14
. Y me gustas bastante rabioso Tucker. ;)
Lilliana: 23:19: ¿Estás OK allá? ¿Cuánto tiempo dura una meada?
Lilliana: 23:22: ¿Hola? ¿Debo llamar a los paramédicos? ¿Estás ahogándote
en un mar de amarillo?
McG: 23:23: Mierda, eres impaciente. No, no me ahogué. ¿No puede un
hombre orinar sin ser acosado?
Lilliana: 23:26: ¿YO impaciente? Tú= sartén negra. Yo= cazo negro15
. ¿Lo
pillas?
McG: 23:26: Entonces te gusto rabioso, ¿eh? Bueno, porque tu sacas el
animal que hay en mí. Q: ¿De qué tienes miedo?
Lilliana: 23:28: R: arañas peludas y pechos peludos que se asemejan ewoks.
Ewww. Por favor dígame que no tienes uno así.
McG: 23:30: ¿EWOKS? Al igual que en Star Wars? Ewww. Y no, mi pecho es
roca dura y liso como el culo de un bebé.
Lilliana: 23:31: De nuevo *ojos en blanco*. ¡Y no me juzgues! ¡Esas películas
eran buenísimas! ¿A qué le tienes miedo?
McG: 23:33: A nada. Soy un tipo duro y sin miedo. :D
Lilliana: 23:35: Probablemente tienes miedo a las serpientes y gritas y lloras
como una niña pequeña cuando ves una. ¿Estoy en lo cierto o estoy en lo
cierto?
McG: 23:35: Ni siquiera cerca. Yo maté de esas hasta en mis sueños. Crecí
en una granja, ¿recuerdas? Tú serás la que grite y llore de emoción cuando
vea mi serpiente ;)
Lilliana: 23:36: Ugh. No voy a morder. Bnas noches.
McG: 23:37: Buu. Tú chuparás.
Lilliana: 23:39: Sí, y chupo muy bieeeenn.
McG: 23:39: Provocadora. R: las primitivas vainas peludas me asustan.
13
BRB: Be Right Back. Ya vuelvo.
14
TMI: To Much Information: Demasiada información.
15
Hace referencia al refrán popular, Quita que me tiznas, le dijo la sartén al cazo. (N. de la C)
Lilliana: 23:41: ¿WTH16
estamos hablando aquí?
McG: 23:42: Autocorrector de mierda. ¡VAGINAS! Las vaginas peludas me
aterrorizan. En serio Lilly, si tienes una, arréglate esa mierda a menos que
quieras ver a un adulto varón alfa doblado en posición fetal y llorando. No va
a ser bonito. Solo digo eso.
Lilliana: 23:44: ¡Bahbah! ¿Dónde se fue el duro, valiente y rabioso Tucker?
¿Quién eres tú y qué has hecho con él?
McG: 23:45: ¿Quién está juzgando ahora? HECHO: Un monstruosamente
peludo bobo dejará al más vicioso, sádico y dominante de rodillas.
Lilliana: 23:47: Lo entiendo. No coño ewok. ¿Y dijiste BOBO? ¿Qué tienes 5
años? Espera… ¿sádico?
McG: 23:48: No tonta. No soy un sádico. Aunque, disfruto de dar azotes por
desobediencia. He hecho un recuento y tú, mi mascota, tienes una próxima
sesión después de tus numerosas ofensas verbales. Corrección: varias
sesiones.
Tucker sonrió pensando en hacer exactamente eso. Su teléfono quedó en silencio y se preguntó
si la había asustado completamente. Se movió incómodo en la cama durante más de cinco minutos
cuando no llegaba respuesta. Tal vez esto iba a ser otro intento fallido de encontrar una verdadera
mascota que obedeciera todas sus órdenes y aceptara su disciplina.
McG: 23:54: ¿Tu silencio significa no a los azotes?
El teléfono de Tucker se quedó quieto y marcó el número de Lilliana. Atendió en el segundo
timbre.
—Habla conmigo.
—Lo siento. Sé que me advertiste antes de hacer ese tipo de cosas, pero aún así fue un choque
de leerlo —dijo Lilliana suavemente.
—No has respondido a mi pregunta.
Tucker podía oír Lilliana tragar y lamer sus labios.
—Nunca me han azotado, pero eso no significa que no me entusiasme la idea.
Un calor se instaló profundamente en el estómago de Tucker y su sangre zumbaba en sus oídos.
Así que Lilliana estaba por los azotes. ¿Qué otras cosas podría proponerle?
—Los azotes no siempre significan castigo, así que tenlo en cuenta. También puede ser por
placer. ¿Sabes algo acerca del bondage y la disciplina, Lilly? —preguntó lanzando el guante.
—¿Estás hablando de BDSM? —preguntó sorprendiéndolo.
—Sí y no.
—¿Estás en ese tipo de cosas?
16
WTH: What The Hell: ¿Qué demonios?
—Sí y no. No estoy en S&M, solo el bondage y disciplina.
—¿Estuvieron tus esposas en eso también?
Tucker se rio entre dientes.
—En realidad no. Ni siquiera me di cuenta de que yo estaba en eso hasta mi segundo
matrimonio. Cuando le propuse la idea me siguió la corriente, pero no se metió seriamente en el
grado que yo lo estaba. Todavía tengo que encontrar una mujer que sea compatible conmigo en ese
nivel.
—¿La seriedad?
—Ese estilo de vida no es un hobby. Por lo menos no para mí, aunque estoy seguro que para
algunas personas lo es. Mira, tal vez debas leer acerca de eso mañana y podemos discutirlo en otro
momento. Es tarde y yo no quiero asustarte. Caray, me urge tenerte.
—No me tienes aún, Tucker.
Podía imaginar la mirada en el rostro adorable de Lilliana cuando sus ojos se estrecharon en él.
—Muy pronto, lo haré. He puesto mis ojos en ti, Lilly, y siempre obtengo lo que quiero. Siempre.
—¿Siempre? Interesante. Estoy cansada. Ha sido un loco y caliente día. Buenas noches, McG —
bostezó.
—Buenas noches, cielo. Estaré soñando contigo de rodillas.
Tucker estuvo en la cama durante varios minutos con una sonrisa idiota plasmada en su rostro.
Algo de Lilliana lo llevaba a su lado animal y juguetón a la vez. Nunca se había reído ni bajado la
guardia realmente de la forma que lo hacía con ella. Tampoco nunca había perdido la calma en
torno a una mujer, lo que era preocupante; sin embargo, era una sensación extraña poder ser
completamente fiel a sí mismo y no detenerse.
Se reprendió a sí mismo cuando recordó cómo le había mentido inicialmente. ¿Y si se enterara?
¿Podría perdonarlo? Lo dudaba. Solo tendría que asegurarse de que Lilliana solo supiera de sus
intenciones después de la follada a caballo. Follada a caballo. Se rio al recordarlo también.
No sabía hasta dónde lo llevaría esta cosa con Lilliana ni cuánto tiempo duraría, pero estaba
contento de haber encontrado una compañera de juegos para mantenerlo ocupado
provisionalmente y, posiblemente, incluso una que en realidad tuviera su estilo de perversión. Hizo
una nota en su agenda de teléfono para llamar a su joyero para la orden habitual antes de decidir
finalmente terminar la noche.
Tucker acopló el teléfono y se dio la vuelta cuando varios minutos después, su teléfono sonó de
nuevo.
Lilliana: 0:17: Casi lo olvido, ¿qué es eso de que UNO de los mejores culos?
¿Cuántos culos has mordido, monstruo?
Tucker realmente se rio a carcajadas. Su miembro se endureció cuando se dio cuenta que estaba
acostada en la cama pensando en él y su encuentro en el refugio de animales.
McG: 0:18: Innumerables culos, mi mascota. Pero el tuyo está en una liga
propia.
Lilliana: 0:19: Entonces, ¿qué tiene que hacer una chica para tener el mejor
culo?
McG: 0:21: ¡Arrojar algo de brillo en esas nalgas y sacudir esa máquina de
hacer dinero!
Lilliana: 0:21: Lamento haber preguntado. :P yo he ganado mi dinero a la
manera antigua, trabajando.
McG: 0:22: FYI17
la prostitución es la profesión más antigua conocida.
Lilliana: 12:24: Ewww.
McG: 0:24: Ciao, mascota. ;)
17
FYI: For Your Information: Para tu información
11.
Lilliana durmió profundamente y despertó energizada pero aún inquieta. Todavía tenía serias
reservas acerca de Tucker, pero su excitación y curiosidad eran más poderosas que cualquier
aprensión que sintiera. Quería sentir sus fuertes y ásperas manos en su cuerpo de nuevo y perderse
en sus profundos ojos marrones. Quería sumergirse en su alma y buscar en sus profundidades y
aprender sus secretos, miedos y deseos. Su indiferencia la noche anterior era nada menos que
fascinante y fue agradable ver otro lado de él, otro que no sea su arrogancia habitual.
Bondage y disciplina: la idea la excitaba, pero ¿con qué fin? No tenía ni idea de lo que ese tipo de
estilo de vida implicaba y ni si a ella le fuera a gustar. Recordó lo que Tucker había dicho y decidió
que en su pausa para el almuerzo iba a hacer un poco de investigación en el tema.
Al llegar al trabajo temprano fue recibida una vez más por los chillidos de Dana.
—¡Qué chupón!
—¡Mierda! Dana cállate. Traté de ocultarlo. ¿Se puede ver realmente?
—Solo muy cerca. Lo bueno es que tus pacientes no se sientan a tu lado bajo una luz brillante —
Dana reía sarcásticamente—. ¿Así que vosotros dos tenéis algo o qué? ¿Lo has visto desnudo?
¿Tiene pectorales increíbles?
—No, no, y no lo sé todavía. Ahora, ve a trabajar o algo así —rio Lilliana.
La mañana fue tediosa. Lo único que quería era ver de nuevo a Tucker y a sus ojos pícaros
relucientes de lujuria y el resplandor de su sonrisa. Durante un breve descanso entre los pacientes
sonó su teléfono. Ella sonrió como una groupie fanática cuando vio el mensaje de Tucker.
McG: 10:23: Me encuentro celoso de que estés mirando la boca de otros
hombres. ¿Son sus molares tan asombrosos como los míos?
Lilliana: 10:25: No tanto.
McG: 10:25: Eso es porque mis molares son de fuera de este maldito
mundo. ¿Estás lista para esta noche? Tengo grandes planes para ti. ;)
La boca de Lilliana repente se secó. ¿Grandes planes? Esperaba que esos planes no incluyeran
azotarle el culo. No todavía.
Lilliana: 10:27: Estoy averiguando.
McG: 10:28: No hay nada que temer. Simplemente pienso en mostrarte que
sé el camino alrededor de un cuerpo de mujer.
A ella le gustaba cómo sonaba eso. A pesar de lo que le había dicho, nunca dudó de que sabía
cómo complacer a una mujer. Por otro lado, tenía dudas sobre su propia capacidad para satisfacer a
un hombre como Tucker, y comenzó a preguntarse cómo iba a compararla a sus otras conquistas. Él,
sin duda, tenía una vasta experiencia con todo tipo de sofisticadas y exóticas mujeres que habían
sacudido su mundo, y ella era solo una chica de pueblo que había estado con un puñado de
hombres en su vida.
El mujeriego de Adam la había dejado tan consciente de sus talentos sexuales, o de la falta de
ellos, que comenzó a dudar si seguir adelante con los grandes planes que Tucker tenía en mente. Se
echó hacia atrás mirando a la pantalla tratando de pensar en una manera de salir de esto. Odiaba
cómo Adam la había hecho cuestionarse a sí misma, se levantó y acercó a la ventana.
Lilliana se había criado hija única de su madre y sin una figura paterna en su vida, pero nunca
había la había echado de menos. Su madre llenó ese vacío al igual que su tía Margo. Fue criada para
ser fuerte y segura y para creer en sí misma. Desde muy joven sabía que era nada menos que
brillante y hermosa.
Ni una sola vez durante su juventud dudó de sí misma. Hasta Adam. Él la hacía sentir como si no
pudiera satisfacer a un hombre y lo demostró al acostarse con la mitad de la condenada población
femenina de su pequeña ciudad.
Cuando había comenzado la universidad inmediatamente después de su divorcio, Adam le dijo
que sus planes eran de risa y que no había ninguna razón para que una chica como ella obtuviera
educación. Le dijo que ella solo era buena para estar bonita en el brazo de un hombre, no para
pensar, actuar o hacer.
Se recordó a sí misma que le había demostrado lo equivocado que estaba terminando la escuela
de asistente dental y haciendo su propio camino sin su ayuda. ¿Por qué un hombre como Tucker
McGrath estaría interesado en ella si no la encontrara atractiva? Tucker hizo blanco en ella cuando
le dijo que sus intereses eran las mujeres hermosas, inteligentes y ella estaba en su punto de mira.
Jodido Adam. Lilliana empujó sus hombros hacia atrás y agarró su teléfono.
Lilliana: 10:32: Espero con interés tus grandes planes. Por cierto, voy a estar
preparada con el fin de no causar el ponerte en posición fetal. :D
McG: 10:35: ¿Te estás burlando de mí?
Lilliana: 10:36: Me estoy divirtiéndome contigo, no burlándome de ti.
McG: 10:38: Habrá un montón de diversión esta noche. ;) Colegas esperen,
ciao por ahora, mascota. ;)
En la próxima consulta se la pasó soñando despierta mientras intentaba hacer una charla
amistosa con el paciente. Fue difícil porque todos sus pensamientos estaban en el fin de semana
próximo. Durante la hora del almuerzo, se quedó en su oficina y comió mientras googleaba
bondage y disciplina. Estaba gratamente sorprendida por todo lo que leía. Sí, era pervertido y un
poco pasado de moda, pero la idea parecía interesante. ¿Habrá establecido reglas que quería
seguir? Si era así, ¿qué tipo de cosas iba a exigir de ella? Le gustaba la idea de saber exactamente lo
que podía esperar de él y lo que se esperaba de ella, siempre y cuando sus demandas no fueran
demasiado excesivas.
Si ella y Adam se hubieran puesto reglas así tal vez no habrían terminado divorciados. Rio a
carcajadas con sus pensamientos. Ese hombre no sabía cómo mantener su palabra, con contrato
firmado o no, y las reglas no significaban nada para él.
Lilliana recordó lo que Tucker había dicho acerca de sus ofensas verbales. Ella siempre había
tenido una boca irrespetuosa y si había algo que iba a meterla en problemas, sería su incapacidad
para mantenerla cerrada.
El horario de Lilliana tuvo una cancelación repentina y no podría haber estado más feliz. Se fue
temprano para prepararse para el fin de semana. En primer lugar, hizo una parada en el centro
comercial para recoger algo sexy para usar. La emoción corría por sus venas. No había tenido una
primera cita en tanto tiempo que había olvidado lo divertido que podría ser, así como estresante.
Dos nuevas prendas más tarde y una parada en la tienda de ropa interior, salía del centro comercial
cuando se encontró con el mismo hombre que la había abordado en el restaurante la semana
anterior.
—Sra. Norris —sonrió.
Lilliana se quedó en silencio, lo observó detenidamente esperando que no le fuese a dar una
advertencia sobre el hombre con el que estaba a punto de pasar el fin de semana haciendo cosas
indeciblemente traviesas.
—Me alegro de oír que ha tomado una decisión sobre su tierra. Sinceramente espero que todo
salga bien para usted. Por cierto, mi nombre es Darren Schumacher. Tucker y yo nos conocemos.
Bienvenida a Bridgeport —la saludó mientras continuaba hacia el centro comercial.
¿Una decisión acerca de su tierra? Lilliana estaba desconcertada por el comentario de Darren. Se
quedó mirándolo y contemplándolo pensando, pero su teléfono sonó.
McG: 16:20: Una hora más y contando. Si yo fuera del tipo que contara,
que no lo soy. Yo no cuento y yo no espero. Simplemente aguardo mi tiempo
con impaciencia.
Lilliana sintió pánico. ¿Solo una hora más? Había pasado demasiado tiempo de compras y ahora
se apresuro a prepararse. Rápidamente se envió una respuesta.
Lilliana: 16:21: Sí, lo recuerdo, no esperes. No hay tiempo para charlar.
Tengo un bobo que necesita ser afeitado.
McG: 16:22: Nunca voy a ser acusado estorbar en el rasurado de una caja
jugosa. :D Ciao, mascota.
Lilliana se rio en voz alta. No era de extrañar que Tucker hubiera tenido tantas mujeres. Con su
sonrisa soñadora, su cuerpo duro como una piedra y su sentido del humor, ¿qué mujer podría
resistirse? Ella corrió a casa tratando de tranquilizarse.
Una vez en casa, se duchó y se afeitó lo más rápido posible e incluso se las arregló para hacer un
buen trabajo sin mellar su precioso bobo, también conocido como caja jugosa. Se vistió con el
sostén de seda y encaje y bragas, un conjunto exclusivo, el vestido de tirantes que compró y se alisó
el cabello con un poco de espuma. A continuación, empacó una bolsa de viaje con todo lo necesario
y una muda de ropa.
Mientras terminaba de hacer la maleta, sus nervios comenzaron a remplazar a la diversión que
tenía. ¿Realmente iba a seguir con esto? Sí, lo haría. ¿Estaba loca por considerar dormir con Tucker?
Sin lugar a dudas. ¿Eran todas las advertencias sobre él verdaderas? Probablemente. ¿Tucker iba a
ser otro hombre que simplemente la usaría y le rompería el corazón? Es posible. ¿Podría soportar
otra vez que le rompieran el corazón? No, ella no podría. Lilliana se dejó caer en la cama y se miró
las manos anudadas mientras las apretaba.
Era un fin de semana de diversión, ¿verdad? Eso es todo lo que Tucker y ella estaban planeando,
no toda una vida juntos, trató de recordarse a sí misma mientras sus manos seguían temblando.
Lilliana se puso de pie y se tambaleó hasta el espejo de cuerpo entero y se dio una larga mirada a
sí misma. No se había sentido atractiva en años. Adam siempre le había gustado mucho su melena
por eso la había cortado cuando se enteró de sus muchas transgresiones maritales sintiendo la
necesidad de empezar de nuevo y no querer nada que le recordara al hijo de puta que tenía mierda
en su corazón. Mirándose en el espejo, la imagen reflejada llenó su corazón con confianza en sí
misma. Sonrió a su reflejo. No era la mujer más hermosa pero lo era bastante. No era Einstein, pero
era inteligente. Y con toda seguridad, era digna de un hombre como Tucker McGrath.
Un fuerte golpe en la puerta la sobresaltó y su cabeza empezó a flotar. Lilliana sacó pecho y lamió
sus dientes preparándose para lucir sus mejores activos. Se movió sin prisa hacia la puerta
queriendo que Tucker esperara solo un poco más hasta que ella se entregara a él.
Al abrir la puerta lentamente, Tucker tenía su mano levantada en el aire a punto de golpear de
nuevo. Se quedó helado cuando la vio y su mirada de deseo absoluto fue tan aplastante que temía
que se derretiría a sus pies. Su pelo castaño oscuro dorado era un revoltijo fantástico y sus ojos
chocolate estaban ardiendo. Una lenta sonrisa furtiva tembló sobre los labios de Lilliana y él la
recompensó con una sonrisa de las suyas. La quería. Él realmente la quería.
Parada frente a él era la maldita criatura más hermosa que jamás había visto. El color de su
vestido resaltaba sus ojos color avellana y hacia que brillaran y su sonrisa era tan completamente
genuina que se sentía como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago con una potencia de
otro mundo. Cristo, su cuerpo. Sus ojos vagaron por su figura, fijándose sobre su pecho jadeante. La
tela del vestido dejaba traslucir lo suficiente para poder distinguir el blanco del encaje de su sostén.
Se dio cuenta de que su mano estaba todavía en el aire y la dejó caer a su lado tratando de
recuperar su compostura.
Incapaz de luchar contra las ganas de tocarla, sus dedos acabaron sobre la curva de su cintura
mientras movía su mano hacia arriba rozando su pezón. Temía lo que la guerrera del Medio Oeste le
haría por su gesto inapropiado pero, para su alegría, ella empujó su pecho contra su mano.
—Estás absolutamente impresionante, Lilliana Norris —dijo en voz baja, inclinándose hacia abajo
de modo que sus se labios rozaron.
—Tú también estás espectacular, Tucker McGrath —suspiró ella en su boca.
Cuando sus labios se tocaron, la polla de Tucker se endureció. Le apretó la teta y extendió una
mano en su cintura tirándola violentamente hacia él, casi levantándola en vilo. Deslizó la lengua en
su boca saboreando el sabor a menta. Lilliana respondió metiendo sus dedos en su cabello y
mordisqueando su lengua.
—Te he deseado desde el primer momento en que puse los ojos en ti —admitió Tucker.
—Me gustaría poder decir lo mismo, pero estabas tan condenadamente arrogante, todo lo que
quería hacer era darte una patada en el…
Tucker aplastó su boca sobre la de ella antes de que pudiera arruinar el momento. Se echó hacia
atrás para encontrar en el rostro de ella una sonrisa del tamaño de su estado natal, Kansas. Hizo un
rápido vistazo a sus zapatos.
—Trae algunos zapatos de tacón bajo para lo que he planeado. Ah, y un poco de música que te
guste.
Tucker apenas podía contener su entusiasmo. Inicialmente había previsto un tour aéreo en
helicóptero por los terrenos que adquirió y vendió durante sus doce años de estar en el sector
inmobiliario. Era algo que había hecho con todas las mujeres en su primera cita y que era un truco
probado para meterse en sus bragas, pero sabía que la jactancia no era la clave para impresionar a
Lilliana. En realidad, probablemente tendría el efecto contrario al que esperaba. Después de
rebanarse los sesos, se decidió por algo más entretenido y original.
Lilliana lo miró inquisitivamente pero cumplió con prontitud y entró en su dormitorio. Él repasó
sus CD y escogió unos pocos. Estaba impresionado con su selección de música y encontró fascinante
e inquietante que sus gustos fueran tan similares. Lilliana salió con otro par de zapatos en la mano y
sonrió por la música Tucker había elegido. Mientras Lilliana guardaba sus álbumes, él la estudió
observando sus tres mejores características: elegante, femenina, y carismática. Pero esa boca… Era
el único defecto que podía encontrar. Aún así, era esa parte la que la hacía tan condenadamente
encantadora. Ella no tenía miedo de pasarse de la raya y decir lo que pensaba, igual que él mismo.
Lilliana lo rozó al pasar a su lado y su aroma limpio, floral, asaltó sus sentidos. Fue entonces
cuando se dio cuenta de qué se trataba: su perfume le recordaba a casa. Eran lilas, la misma flor
que crecía salvaje y en abundancia en el patio trasero de su casa de la infancia. Tucker inhaló
profundamente y cerró los ojos. Un gruñido primitivo comenzó en la garganta, bajo y profundo.
Cuando abrió los ojos, Lilliana lo miraba nerviosa por el repentino cambio en su comportamiento.
—¡Mascota! —la llamó.
Lilliana retrocedió. Él no pudo evitar sonreír ante la alarma en su rostro. En un abrir y cerrar de
ojos extendió la mano, le agarró la muñeca y tiró hacia él. Envolviendo sus dedos en el pelo, le tiró
la cabeza hacia atrás. Ella levantó sus manos y agarraron sus bíceps mientras él lamía la longitud de
su cuello hasta la barbilla. Se la mordió suavemente y mordisqueó el camino hasta la esquina de la
boca donde colocó un suave beso.
Se inclinó hacia atrás para mirarla fijamente. Los ojos de Lilliana estaban cerrados, de su boca
abierta fluía el aroma de la pasta de dientes y tenía una mirada de pura felicidad. Tucker no quería
que esperaran más. Estaba enfermo y cansado de esperar. Esta mujer lo había llevado hasta el
punto de no retorno y no iba a esperar una mierda más. Su polla palpitaba en sus pantalones
mientras pensaba en desgarrarle la ropa y follarla con pasión y sin restricciones. O mejor aún, con
restricciones.
—Quiero probarte —gruñó resbalando su lengua a través de su boca, metiéndola entre sus
labios.
Las manos de Lilliana apretaron alrededor de sus brazos, y ella chupaba su lengua en ese breve
momento en que estaba en su boca. Él la tomó en sus brazos y la llevó hacia la dirección de su
dormitorio. Los ojos de Lilliana reflejaban una aprensión nerviosa y solo se podía escuchar su jadeo
suave.
Una vez en su habitación, le dio una patada a la puerta para cerrarla y la lanzó sobre la cama
bruscamente. Lilliana se enderezó y Tucker agarró sus tobillos y la arrastró hasta el borde de la cama
llevando su vestido hasta arriba de su culo, dejando al descubierto sus suaves muslos y el coño
cubierto de seda. Él tiró de sus bragas casi arrancándolas antes de guardárselas en el bolsillo del
pantalón.
Lilliana no lo defraudó. Se levantó el vestido más arriba dejando al descubierto sus labios suaves
y vientre plano. Tucker se paró a los pies de la cama mirándola.
—Estás dando mucho por sentado —afirmó repitiendo la respuesta sarcástica que Lilliana le
había dado no hace mucho tiempo.
Frunció el entrecejo perpleja. Tucker se inclinó y agarró los tobillos de nuevo y con un rápido
movimiento le volcó sobre su vientre con lo que su culo desnudo de frente y al centro. Lilliana debió
haber percibido lo que venía porque intentó alejarse a rastras pero él la agarró por la cintura y se
aferró a ella con firmeza. No había una maldita manera de que la dejara escapar cuando su perfecto
culo estaba a su alcance y en extrema necesidad de la disciplina.
—Lo aseguré cuando dije que tenías una zurra por venir por toda la insolencia que tuviste
conmigo.
—Tucker, espera… —chilló Lilliana.
—He estado esperando por ti, Lilly.
Le agarró las muñecas y se las sujetó a la espalda. Inclinándose sobre ella, le susurró al oído:
—Yo exijo tu respeto, Lilly.
—Tucker, por favor… Nunca he… por favor no me hagas daño —respondió suavemente con su
voz llena de miedo.
¿Es eso lo que pensaba Lilliana de sus intenciones? Tucker alivió su agarre en sus muñecas un
poco y le besó la oreja con suavidad.
—Nunca te haría daño. Esto es simplemente para enseñarte que no aguantaré tu boca insolente
y para mostrarte que siempre llevo adelante mi plan de acción.
La respiración de Lilliana se entrecortó pero no dijo nada más. Si hubiera resistido un poco más él
habría retrocedido. Él esperó, dándole tiempo para reflexionar sobre sus palabras. ¿Se negaría
como todas las demás, o aceptaría su sanción? Esperaba que lo segundo.
Cuando Lilliana permaneció en silencio, habló desde su corazón:
—Necesitas esto tanto como yo.
Con su declaración final, se puso de rodillas entre sus piernas abiertas, le dio un empujón para
que las abra aún más con la rodilla, y bajó con fuerza la mano sobre su culo. A pesar de su charla
acerca de la disciplina y azotes, en realidad solo lo había hecho un puñado de veces, y nunca se
había sentido tan vivo como en este momento.
Lilliana chilló y tiró de sus muñecas tratando de soltarse. Se clavó en la cama y trató de torcer su
cuerpo pero el agarre de Tucker era demasiado fuerte. Él golpeó una vez más en su otra nalga con el
mismo vigor; el sonido bofetada fuerte reverberó en las paredes. Él quería darle más pero sabía que
estaba tentando su suerte.
El corazón de Tucker estaba golpeando fuerte en sus oídos y podría haber jurado que Lilliana
podía oírlo también. Ella retorcía y arqueaba su cuerpo mientras luchaba por liberarse. Cuando la
soltó, ella rápidamente se levantó y retrocedió contra la cabecera. Él se puso de pie y se alejó de
ella, lo que les permitió tiempo para procesar lo que acababa de suceder.
Ella se quedó sin aliento, jadeando, con los ojos tan grandes como la luna. Tucker no sabía si reír
a carcajadas o acabar en sus pantalones por la reacción de Lilliana.
—¿Estás bien? —le preguntó con calma.
Lilliana apretó los dientes y entrecerró los ojos pero, para asombro de Tucker, no dijo una palabra
y no sabía si eso era algo bueno o algo malo.
—Lilly, ¿estás bien?
Ella parpadeó rápidamente, y sus ojos examinaron su cuerpo.
—Si por bien te refieres enojada, alterada y caliente entonces, sí, estoy bien.
Una lenta sonrisa cruzó el rostro de Tucker. Lilliana era otra cosa. Su boca nunca dejaba de
irritarlo y entretenerlo.
—Bueno. Ahora ven aquí para que pueda saborearte —señaló a la cama.
Lilliana abrió la boca y Tucker estaba seguro de que era para tirarle uno de sus sarcasmos.
—Antes de hablar, debo advertirte: mi palma se muere de ganas de darte más.
Todavía sorprendida por la azotaina, la boca de Lilliana permaneció cerrada y tragó saliva. Su
culo estaba palpitando junto con su coño y le resultaba difícil elaborar el sentido de sus emociones.
Enojada era un eufemismo, alterada no era bastante acertada y ¿caliente? No, era más una furiosa
calentura. La expresión del rostro de Tucker era inquebrantable, y sus habituales y juguetones ojos
castaños eran ahora negros y despiadados. El rabioso Tucker estaba ahora en su presencia, y ella
temía qué tipo de represalia podría enfrentar si no aprendía a moderar su lengua.
Tucker había dado en el clavo cuando dijo que necesitaba su disciplina. ¿Cómo podía saberlo?
Ella siempre había querido que alguien la viera como era de verdad y lo que realmente deseaba, ser
controlada y puesta en su lugar. Ella nunca había hablado por temor a lo que la gente pudiera
pensar. Sí, necesitaba esto, pero ¿cómo iba a dejar ir lo que era exteriormente para que saliera lo
que quería en su interior?
Cuando Lilliana no hizo caso a su orden, se puso visiblemente indignado.
—Una vez te dije que siempre consigo lo que quiero. ¿Vas a hacer que lo compruebe?
Su tono era temible pero ella se puso rápidamente molesta.
—¿De nuevo con siempre consigo lo que quiero? Tal vez es tiempo de que alguien te desafíe —
replicó.
Tucker apretó la mandíbula y ella sabía que había apretado sus botones, y no los más adecuados.
—Tú has sido más que un reto. Vamos a dejar algo claro: estoy a favor de una fuerte, inteligente
e independiente mujer fuera de la habitación, de hecho, te animo a ello. Pero detrás de las puertas
cerradas, quiero tu sumisión. Me encanta. Lo necesito. Así que no trates sobrepasarte o actuar
como una malcriada buscando disciplina pensando que es lindo, porque no lo es. Es un ultimátum,
eso es lo que es.
Lilliana pensaba mucho antes de responder. No había acuerdo aún. Ella pensaba que todo era
una anticipación de un fin de semana de travesuras, ¿pero esto?
—La sumisión total viene con la confianza y la… —Lilliana hizo una pausa pensativa—. No confío
en ti plenamente todavía. Te deseo, sí, no hay duda de eso. Pero entregarme de la forma que
deseas… ¿tan pronto?
Tucker se apartó de la cama y parpadeó varias veces.
—Yo no soy un hombre paciente, pero tienes razón. No puedo esperar confianza instantánea. Eso
tomará tiempo, pero soy optimista de que podemos llegar a ese punto. Espero que tu también.
Se quitó las bragas del bolsillo y las dejó sobre la cama.
—Póntelas de nuevo. Esperemos que todavía estés interesada en seguir adelante con este fin de
semana porque creo que disfrutarás de lo que tengo planeado.
Poniendo sus manos en las caderas y arrodillándose sobre la cama, Lilliana preguntó:
—¿Más azotes?
Tucker negó con la cabeza y se echó a reír.
—¿Por qué? ¿Es eso lo que quieres?
Los ojos de Lilliana agrandaron. Dios, no, que no quería otra zurra. Bueno, tal vez la quería.
—Tal vez, pero no por portarme mal.
Los ojos de Tucker se iluminaron con su comentario y le brindó una sonrisa ladeada. Maldita sea,
su Tucker era como el glaseado del pastel, la guinda del pastel, el lubricante en el consolador.
Lilliana se levantó de la cama y sintió la humedad entre sus piernas. Bajó la mirada hacia sus bragas
a los pies de la cama y se dio cuenta de que todavía estaba desnuda de la cintura para abajo debajo
de su vestido.
Hacía eones desde que la boca de un hombre había estado en sus gravemente desatendidas
partes bajas y rezó una plegaria silenciosa para que Tucker todavía quisiera saborearla. También
esperaba que fuera tan bueno lamiendo vaginas como presumía. Lilliana levantó el vestido por
encima de sus muslos y apoyó su trasero sobre sus talones tratando de atraerlo.
—Pensé que querías probar.
Los ojos de Tucker se oscurecieron de nuevo.
—¿Me estás incitando Sra. Norris?
—Más bien implorando —susurró ella, pasando sus manos por sus muslos y rozando sus dedos a
través de su raja.
Se acercó lentamente hacia ella.
—No hay nada más gratificante que una belleza impresionante rogando que le chupe el coño —
dijo él relamiéndose los labios—. Eso es lo que quieres, ¿no?
Cuando llegó al pie de la cama, se pasó la mano por su verga visiblemente rígida y le levantó una
ceja a Lilliana.
Al igual que un perrito ansioso, Lilliana meneó la cabeza y prácticamente jadeó su respuesta.
—No lo dices en un estilo demasiado fino pero el punto es que… sí.
Tucker se mordió el labio inferior y sus ojos se movieron de su cara a su coño y de nuevo a su
rostro.
—Yo estaría más que feliz de hacerlo, pero no hasta que me digas, por favor.
Lilliana estaba considerando en silencio cumplir con la petición de Tucker. Su libido quería que su
boca se moviera pero su orgullo se resistía hacer lo que quería.
—Es fácil, Lilly. Di: por favor, Tucker, mete tu lengua en mi coño. Hazme gritar por más. Jódeme
con esa lengua tuya. Dilo.
Había un aspecto siniestro en el rostro de Tucker al hablar y sus ojos revelaban su disfrute en
todas las cosas perversas. Cuando se pasó la lengua por los labios mientras esperaba su respuesta,
se sorprendió de no ver una lengua bífida como la de una serpiente o demonio saliendo de su boca.
La boca de Lilliana se abrió, pero no salió nada. Su charla sucia ponía su coño como una
centrifugadora. Nadie le había dicho nunca esas cosas deliciosamente viles. ¿Por qué todo con
Tucker tenía que ser tan condenadamente agotador? Y de nuevo con esa soberbia. Si no tuviera la
necesidad de una polla dura tan desesperadamente, le metería algo por el culo.
El culo de Tucker. Se le caía la baba de pensar en su firme trasero. Se preguntó qué más tendría
firme, además de su evidente bulto presionando contra sus oscuros y caros jeans que se aferraban a
sus caderas seductoramente. De verdad quería su lengua metiéndose profundamente en su coño,
junto con su polla dura. Ella le había gritado que la follara por el culo en el restaurante en broma
pero aquí, sentada frente a él, expuesta, era diferente.
—Pensé que habías dicho que no eras un sádico —dijo suavemente.
Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. En un intento desesperado para resistir
su sonrisa cautivadora, Lilliana parpadeó varias veces y sacudió la cabeza tratando de dar sentido a
sus pensamientos desordenados. Caramba, esa sonrisa la cautivaba cada maldita vez. Estaba
empezando a sospechar que él lo sabía.
La risa de Tucker se calmó, y se desvaneció a una simple sonrisa.
—Pensé que había dejado mis reglas muy claras. Yo mando; tú obedeces. ¿O lo has olvidado?
—No, no lo he olvidado —pudo decir débilmente Lilliana.
—Al parecer estas teniendo dificultades para seguir una orden simple, Lilly. Tal vez deberíamos
irnos —Se volvió para salir de la habitación y las palabras de Lilliana vinieron como derramadas
frenéticamente fuera de ella.
—Por favor, Tucker, quiero tu boca en mí —le rogó, tirando su orgullo por la ventana.
Volviendo la cara hacia ella, con una sonrisa curvada en su boca le dijo:
—Eso no es lo que dije, pero está lo suficientemente cerca.
* * ** * *
Lilliana se animó y Tucker mostró su misericordia. Por suerte para ambos, ella lo provocó.
Llegando al borde de la cama, Tucker le hizo un gesto para que se echara delante de él y se arrodilló
sobre ella. Tomó cada detalle de su cuerpo que dejaba al descubierto. Se preguntó si tenía idea de
lo espectacular que era en realidad. No parecía el tipo de mujer que sabía qué tipo de cartas tenía
en la mano y, en lo que se refería a él, Lilliana sostenía una escalera real.
Tucker le pasó las manos por la parte superior de sus muslos y subió su vestido por encima de
sus pechos para que poder ver más de ella. Su piel era del color del marfil, suave y sin manchas.
Todos los demás aspectos de eran perfectos; sus caderas curvilíneas, cintura pequeña y los pechos
llenos, un vientre blando; una mujer auténtica en todos los sentidos. Tucker alcanzó sus pechos con
sus manos para acariciarlos, disfrutando del hecho de que eran reales al igual que cada parte de
ella.
—Por favor, Tucker —lloriqueó cuando se tomó demasiado tiempo para darle lo que ella quería.
La forma en que su boca decía su nombre lo volvía loco. Él agarró su mano y la guió hacia su
pene.
—Cada vez que dices mi nombre, me siento bien aquí. Cada. Único. Jodido. Momento.
Los vidriosos ojos soñolientos de Lilliana observaban su boca pensativamente. Con la mano libre,
se tocó su entrada reluciente y deslizó un dedo dentro.
—Aquí es donde siento tu sonrisa.
Si Lilliana supiera que la sonrisa de Tucker estaba reservada solo para ella y que no era algo que
compartía con cualquiera. Él nunca la tenía pero algo en ella se la sacaba y se sentía cómodo siendo
juguetón con ella. Tal vez fue su autenticidad. O tal vez fue la manera que no se opuso a su mierda.
Fuera lo que fuese, se alegró de saber que ella lo apreciaba y que hablara de su sexualidad.
Tucker le soltó su mano y agarró la otra tirándola hacia su boca. Aspiró el dedo, cerrando los ojos
y saboreando su dulce y salada esencia, únicamente Lilly. Se inclinó y lamió cada uno de sus muslos,
luego sus labios, y su lengua se deslizó a lo largo de su raja, para lenta y deliberadamente prolongar
su tortuosa seducción. Lilliana empujó sus caderas hacia arriba pero él dio marcha atrás y le sonrió.
—Todo a su tiempo, mascota.
Lilliana le agarró sus hombros y clavó las uñas en ellos, enviando dolorosas sacudidas de
electricidad por su columna vertebral. Cuando ella se recostó sobre la cama, él le abrió su raja y
sopló aire caliente hacia arriba y abajo desde su abertura hasta el clítoris. Tucker estaba dolorido
por las ganas de estar dentro de ella pero quería disfrutar de la visión que tenía delante. Él chupó y
mordisqueó su perla rosada y deslizó dos dedos dentro de ella. Lilliana maulló y se refregó a sí
misma en la palma de Tucker. Cuando el cuerpo de ella respondió a sus caricias, la cabeza de Tucker
comenzó a zumbar de excitación y euforia. Hundido en la pasión, comenzó a meterle los dedos
brutalmente mientras su lengua chasqueaba en su clítoris. Ella chillaba y se retorcía, golpeando con
su culo y meneando sus caderas. Su reacción le hizo preguntarse si ella alguna vez había
experimentado el placer de la liberación de un orgasmo de punto G. Estaba a punto de averiguarlo.
Siguió ferozmente hasta que sintió el oleaje y familiar sonido de plenitud.
Los ojos de Lilliana se abrieron y ella trató de arrastrarse hacia atrás lejos de él.
—Tucker, ¡me voy a hacer pis!
Tucker se rio en voz baja. Aparentemente Lilliana iba a experimentar su primer orgasmo de punto
G con él.
—Déjalo ir, Lilly.
Ella negó con la cabeza y Tucker se apoderó de su cadera y tiró de ella.
—No luches contra eso —señaló más severamente, tocándola sin descanso.
Las manos de Lilliana agarraron y tironearon de la sábana debajo de ellos. Con los ojos bien
cerrados, gimió, gruñó y se convulsionó como una corriente orgásmica liberada de su cuerpo en
períodos cortos. La imagen ante él era tan excitante que gruñó también, incapaz de apartar los ojos
de Lilly.
—Mierda… —exhaló.
Lilliana yacía en la cama, su cuerpo todavía con tantas contracciones como nunca había tenido
antes. Juró que vio que los cielos se abrieron y un haz de luz bajó hacia su coño mojado mientras los
ángeles cantaban alabanzas a la manera en que una mujer llegaba al orgasmo. Tucker se acercó a
tocarla, pero ella no estaba lista para más estimulación por el momento.
—No, espera. Por favor, no me toques —murmuró.
El rostro de Tucker se arrugó en una sonrisa repentina y le abofeteó la entrepierna cruelmente
haciéndola chillar y convulsionar de nuevo mientras goteaba un poco más de fluidos.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Lilliana cuando por fin pudo hablar.
—¡Dulce néctar de la fruta prohibida, nena! —declaró Tucker con orgullo.
—¿De verdad acabas de llamar mis fluidos dulce néctar? —se rio avergonzada.
—Diablos, sí, lo hice. Fue tan jodidamente caliente. ¿Así que entiendo que nunca has tenido un
orgasmo así antes?
Lilliana se incorporó y se apartó de la gran mancha de humedad sobre la cama. Eso sin duda no
se parecía a ningún orgasmo que hubiera experimentado antes. Negó con la cabeza y él sonrió con
alegría.
—Dilo: eres un Dios, Tucker McGrath; un Dios del orgasmo de punto G. ¡Dilo, mujer!
—¿Es eso lo que era? Pensé que el punto G es una leyenda urbana.
—No cambies el tema. Quiero oír lo increíble que soy. Ahora haz lo que te dije.
—Oh, hermano. Bueno. Pero solo porque creo que pude acabar de conocer a la verdadera
divinidad. Tú, Tucker McGrath, eres un Dios del orgasmo de punto G. ¿Estás feliz? —preguntó sin
entusiasmo.
Tucker movió las cejas hacia arriba y abajo.
—Voy a estar más feliz cuando estés gritando mi nombre.
Ayudando a Lilliana a salir de la cama, Tucker la arrastró a sus brazos y la besó con un propósito.
El cuerpo de Lilliana se suavizó y su cerebro se quedó en blanco. Su calor era asombroso. Todo lo
que podía pensar era en su boca justo sobre ella. Era el tipo de cosa que la mayoría de la gente daba
por sentado, pero no Lilliana. Echaba de menos el toque de un hombre y estaba agradecida de que
Tucker la encontrara lo suficientemente atractiva como para participar en ese acto tan íntimo con
ella.
—Gracias por eso —dijo en voz baja tratando de transmitir su gratitud.
—Siempre. Mi plan es hacerte olvidar todo acerca de ese hijo de puta tramposo que te hizo
daño, Lilly —Tucker sopló en su boca mientras se alejaba.
Las palabras no deseadas de Tucker tomaron a Lilliana completamente por sorpresa. ¿De dónde
venían? De repente se sintió como corriendo en dirección opuesta. Ella no estaba buscando a nadie
para ayudarla a olvidar ni tratar de arreglar nada. Era realmente un tipo arrogante. ¿Qué pensaba,
que ella estaba rota?
—No nos adelantemos a los acontecimientos. Era solo un orgasmo, Tucker —dijo Lilliana
cortante, empujándolo más allá.
—También puedo ayudarte a terminar con ese miedo a dejarte ir si me dejas, pero primero
tienes que dejar caer ese muro de cinismo que has construido —respondió Tucker, y ella
repentinamente sintió que su cuerpo se dio la vuelta para mirarlo de frente.
—Me estás haciendo reconsiderar seriamente este fin de semana, así que vámonos antes de que
cambie por completo de opinión.
Tucker entrecerró los ojos y ella se arrepintió de haber hablado con tanta dureza cuando lo único
que él estaba tratando de hacer era ser amable. Tampoco podía dejar de preguntarse si iba a
terminar con el culo colorado de nuevo.
Un músculo se contrajo enojado en la mandíbula de Tucker.
—Sí, podemos irnos. Pero solo voy a decir esto una vez: frena esa boca tuya.
Lilliana suspiró. Maldita sea, Tucker tenía razón y ella lo sabía.
—Voy a hacer mi mejor esfuerzo —respondió ella con sinceridad, porque en ese momento eso
era todo lo que podía ofrecer.
Uno de los lados de la boca de Tucker levantó en una media sonrisa.
—Eso no fue tan difícil, ¿verdad? De todos modos, ese Mayor-gasmo fue el jodidamente mejor
que has tenido nunca, por lo que un poco de respeto para mis locas habilidades orales y digitales
estaría bien.
—¡Uyy! Tu terminología es tan inmadura. ¿En serio Tucker? ¿Mayor-gasmo?
Él la miró y luego se echó a reír.
—¿Sexplosión? ¿Feliz chorreada?
Lilliana lo golpeó en sus firmes abdominales. No pudo evitar reírse. Tucker pasó de macho-alfa a
juvenil en un instante. Era a la vez exasperante y entrañable.
Después del orgasmo fantástico que le había regalado, sintió la necesidad de pagarle.
Inclinándose, ella pasó sus dedos a lo largo del contorno del bulto en sus pantalones. La excitación y
la emoción la dominaron cuando Tucker cerró los ojos y se empujó contra su palma. El afán de
complacerlo se apoderó de ella y se dejó caer de rodillas.
Desabrochando lentamente sus pantalones, tiró hacia abajo el cinturón de sus bóxers y jeans.
Tuvo que recordarse reducir la velocidad pero hacía demasiado tiempo desde que no tenía sus
manos sobre un hombre y estaba ansiosa de tenerlo en la boca. Cerrando los ojos inhaló lenta y
profundamente. Se sintió mareada y drogada por su aroma limpio y tiró de los pantalones
bajándolos alrededor de los tobillos dejando al descubierto la mitad inferior de su cuerpo desnudo.
Los ojos de Lilliana deambulaban sobre sus musculosos muslos y pantorrillas, el firme y tonificado
abdomen y placentero sendero que conducía al premio final.
Frente a la virilidad pulsante y rígida de Tucker, solo podía mirarlo con admiración. No era la polla
más grande que había visto nunca pero estaba lejos de ser la más pequeña. No, era como las
“gachas de Ricitos de oro”, el punto justo. Lilliana rascó las uñas en el parche peludo suave por
debajo de su ombligo, y tiró del pelo inmaculadamente recortado que enmarcaba su eje largo y
grueso.
—¿Te lo arreglas tu solo o un hombre de tu riqueza y estatus paga a alguien para mantener este
corte?
Tucker dejó la pregunta sin respuesta y arqueó una ceja.
—¿Vas solo a mirarlo o vas a hacer algo con él?
—Quería disfrutarlo en todo su esplendor un poco más —sonrió con un poco de baba en las
comisuras de su boca entreabierta—. No hay nada como la cosa real, nene —susurró ella, después
de haber echado de menos la caliente, rosada y dura porción de carne.
—Estoy a favor de que disfrutes lo glorioso de mi pene pero estoy con ganas de saber qué clase
de habilidades orales tienes.
—Eres tan romántico —dijo Lilliana mientras ponía los ojos en blanco.
—¿Es esto lo suficientemente romántico para ti? —preguntó contrayendo sus músculos
abdominales, haciendo saltar la polla que le golpeó la mejilla.
—¡Qué talento de ensueño tienes! —sonrió deleitándose con el rebote de su eje.
—Ahora ábrela bien y muéstrame —dijo con severidad agarrando un puñado de pelo de Lilliana.
Cuando sus ojos se encontraron, sus ojos de color chocolate estaban muy dilatados, su
mandíbula apretada y ella supo que el Tucker juguetón se había ido y ahora se enfrentaba al
rabioso, No-más-jodidas-vueltas Tucker.
Mantuvo sus ojos en él, se inclinó hacia delante y besó la cabeza de su pene a la ligera. A
continuación, se lo acarició a lo largo y entonces deslizó su lengua hasta arriba lentamente
comenzando por su base. Cuando llegó a la punta, movió su lengua firmemente contra la corona
suave de su polla. Tucker silbó su disfrute y su boca se abrió con una agitada respiración acelerada.
Mojando sus labios, Lilliana inclinó la cabeza hacia un lado y corrió a lo largo hacia abajo hasta su
saco donde dio varias pequeñas succiones y mordiscos. Acercó su mano y apretó su polla con
fuerza, moviéndola de arriba a abajo. Tucker le agarró el pelo con más fuerza.
—Chúpalo —instruyó.
Empujando su boca sobre su cabeza pulida y tragándolo totalmente, Lilliana comenzó la
agradable tarea de dar placer a Tucker. Cuando él empujó más adentro, se oyó así misma dar
arcadas y se apartó, con sus ojos hacia arriba. Tucker intentó empujarle la cabeza más despacio
sobre su erección de nuevo y su cuerpo temblaba mientras su boca acariciaba su polla tensa. A
pesar de que era más suave que antes, Lilliana continuaba dando arcadas cada vez que golpeaba la
parte trasera de su garganta. Sonrió a Tucker con torpeza, avergonzada de su falta de experiencia.
Tucker amablemente le sonrió y le guiñó un ojo.
—No te preocupes mascota. Ese tipo de habilidad viene con la práctica y tengo la intención de
darte un montón hasta que lo hagas bien.
La amabilidad y paciencia de Tucker la instaron hacia adelante e inclinó la cabeza hacia arriba y
abajo mientras lo agarraba con firmeza entre los labios y los dedos. Chupó la cabeza con
impaciencia queriendo demostrar que a pesar de su falta de habilidades en “garganta profunda”,
todavía podría empujarlo hasta el final.
—Maldita seas Lilly, esa pequeña boca codiciosa tuya va a hacerme acabar… —susurró soltando
el aire lentamente.
Empezó a metérsela en la boca con mayor rapidez y él a gruñir muy cerca del final. Las piernas
comenzaron a temblarle y Lilliana podía decir por el sutil cambio en su respiración que estaba cerca.
Él se levantó de puntillas y ella miró hacia arriba para verle la cabeza echada hacia atrás, su boca se
abrió y cerró los ojos con fuerza.
—Aquí viene… —le advirtió apoyando sus dos manos sobre la cabeza de ella.
Un toque repentino de leche caliente y salada llenó su boca y la tragó rápidamente. Con Tucker
todavía en su boca, siguió deslizando su mano a lo largo de su polla, ordeñando hasta la última gota
de su preciado regalo. Una pequeña gota de semen escurría de su boca y rápidamente se limpió la
barbilla y sonrió a Tucker con orgullo.
Lilliana se levantó, alzando los pantalones y los calzoncillos de Tucker y abotonándoselos por él.
Entonces se puso las bragas de nuevo y se volvió para verlo apoyado en la puerta de su habitación
mirándola en silencio.
—Te dije que te iba a ver de rodillas.
12.
Lilliana estaba más atractiva de rodillas que lo que Tucker podría haber imaginado. La mejor
parte de todo es que ni siquiera le había preguntado o esperado su reciprocidad oral. Lilliana le dio
una sonrisa tímida. Realmente era una belleza para la vista cuando estaba en modo sumiso, o al
menos, en su versión aquiescente.
La llevó hasta el coche y la ayudó a entrar, con su excitación saliendo a la superficie otra vez. No
podía decidir si seguir adelante o no con sus planes de llevarla a una clase de baile o simplemente
llevarla de vuelta a su lugar y a la mierda su ignorancia. Él quería estar dentro de ella tan
desesperadamente que apenas podía respirar o concentrarse en conducir. Lilliana se sentó en
silencio mirando por la ventanilla del pasajero y él se preguntó qué estaba pasando dentro de ese
cerebro hiperactivo suyo. Se acercó y deslizó su mano levantando su vestido, rozando con sus dedos
la parte interior de su muslo hasta el pliegue de su coño. Quería saborearla otra vez. Empujando sus
dedos bajo sus bragas y los metió en ella, Lilliana inclinó la cabeza hacia atrás y se volvió para
mirarlo. Tenía los ojos lánguidos y necesitados mientras observaba su boca. Tucker retiró sus dedos
y chupó los jugos de ellos.
—Eres insaciable —sonrió Lilliana.
Tucker se rio entre dientes.
—No tienes ni idea.
Y realmente ella no la tenía. Lo había planeado por horas, demasiadas. Aún tenía que encontrar
una mujer que tuviera su clase de resistencia y solo esperaba que Lilliana pudiera seguir su ritmo.
Definitivamente ella podía seguirlo a la hora de un enfrentamiento con palabras por lo que tenía
grandes esperanzas para su amante luchadora.
—Entonces, ¿adónde vamos?
—Clases de baile.
Lilliana se enderezó y sus ojos se iluminaron.
—¿Al igual que el baile de salón?
—Swing Dance. La música que estábamos escuchando la otra noche realmente me pone de
humor y me encantaría sentir ese pequeño dulce cuerpo tuyo moviéndose al ritmo con el mío.
—Nunca he tomado clases de baile. ¿Y tú?
—No, pero siempre he querido. Nunca encontré a nadie con que quisiera probar.
—Ahh, caramba. Gracias, McG. Yo sabía que lo tenía mal para mí —bromeó Lilliana.
—No nos adelantemos, es solo una lección de baile —se burló.
—En primer lugar un BJ18
, a continuación, clases de baile, siguiente: ojos estrellados
(románticos), y BAM, estás a mi entera disposición, follándome día y la noche —rio Lilliana.
A Tucker le gustaba la traviesa Lilliana y al infierno, tal vez ella tenía razón.
—Solo puedes esperarlo —le devolvió la sonrisa.
Luego de estacionar el auto, se dirigieron a un pequeño edificio de ladrillo en el centro de
Bridgeport. Unas pocas personas se arremolinaban al frente varios de los cuales conocía por
empresas comerciales anteriores. Para su horror, una exnovia lo reconoció y Lilliana se dio cuenta; si
es que podía llamarla así. Fue más una compañera de juegos a corto plazo que una novia. No
obstante, era una torpeza haberla encontrado pero solo él tenía la culpa por haber tenido tantas
mujeres y era inevitable que se encontrase con ellas con frecuencia y en los momentos más
inoportunos.
Tucker intentó llevar a Lilliana lejos, pero Bethany se acercó. Lilliana fue amable como de
costumbre y se presentó. Las dos participaron de una breve conversación y Tucker evitó la mirada
de Bethany. Solo quería que se fuera de una puta vez antes de que Lilliana se diera cuenta de quién
era.
—Tucker y yo nos conocemos —dio a entender Bethany.
Tucker inmediatamente le lanzó una mirada molesta.
Lilliana era rápida y era obvio que percibió el malestar y la irritación de él.
—Es la segunda vez en el día que he oído eso.
¿Qué demonios significaba dos veces? Tucker agarró del brazo a Lilliana y se dirigió a Bethany
con brusquedad.
—Buenas noches, Beth —afirmó cortante dándole una mirada dura y fría.
Como Tucker esperaba, Bethany se echó atrás. Ella era una de las pocas que le había permitido
disciplinarla y sabía bien de lo que era capaz. Cuando Tucker enfrentó Lilliana, ella tenía una mirada
desconcertada en su rostro.
En la clase, varias parejas ya se deslizaban por la pista de baile y un instructor se acercó a ellos y
les dijo que esperaran con los demás. Tucker se sentía extraño y fuera de lugar pero Lilliana aferró
su mano poniéndolo cómodo. El maestro les informó lo lindo que era el swing y que si ellos eran
buenos se verían fabulosos y, si eran terribles aún así se divertirían. Tucker siempre se consideró un
buen bailarín y sentía que tenía bastante buen sentido del ritmo. Eso fue bueno porque una vez que
la lección comenzó, Lilliana resultó ser una compañera bastante difícil. Sus movimientos eran torpes
y fuera de sincronía con los suyos pero aún así se rieron y él estaba teniendo un momento
fantástico.
Cuando ella le pisó el pie duramente, Tucker tomó el control. Esperaba desesperadamente que
ella lo permitiera porque no estaba seguro de que sus pies pudieran soportar más abusos.
—Soy tan mala en esto —se disculpó con dulzura.
—Relájate, deja de lado tus inhibiciones y permite que te guíe —la instruyó.
El cuerpo de Lilliana se suavizó en sus brazos pero se aferró con firmeza. Fue en ese momento
que sus cuerpos se convirtieron en uno. Poco a poco, sus movimientos coincidieron entre sí y Tucker
18
BJ: Blow Job: mamada
la sostuvo cerca, rozándola y haciéndola girar. Sonaba cursi, pero fue mágico. Él se rio entre dientes
ante la idea cursi y ella lo miró desconcertada por su expresión.
—¿Qué es tan divertido?
—Toda esta situación. Aquí tú estás en mis brazos como si no hubiera otra preocupación en el
mundo y hace una semana quería meterte una patada en el culo por ser tan condenadamente
desesperante y frustrante.
—¿Yo? Una vez más, la paja en el ojo ajeno —resopló Lilliana.
—¿Cómo sientes el culo? —Tucker le recordó.
El rostro de ella se sonrojó.
—Un poco dolorido pero bien.
—¿Qué hay de tu ego? —Tucker sonrió ampliamente.
—Yo no tengo un ego. Te llevas todas las cartas de ese departamento.
Justo en ese momento, una canción que estaba en uno de sus CD salió en los altavoces, Urban
Cone, Searching for silence.
Tucker acercó a Lilliana.
—Tienes buen gusto para la música, Lilly.
—Tengo buen gusto en muchas cosas.
—No tengo ninguna duda sobre eso. Después de todo, estás conmigo.
—Realmente eres un idiota —Lilliana puso los ojos en blanco.
El resto de la lección pasó demasiado rápido para el gusto de Tucker. No se había reído con una
mujer de la manera que lo hizo con Lilliana desde… no podía recordarlo. El hecho era que no había
tenido tanta diversión en años. Estaba disfrutando mucho, casi se olvidó de su objetivo a largo plazo
—la tierra de Lilliana. Casi. Se recordó que el logro de su meta no venía al caso en este momento y
simplemente quería disfrutar del tiempo con Lilly, por largo o corto que pudiera ser.
—Estoy teniendo un momento maravilloso, Tucker.
Lilliana entró en sus pensamientos y la expresión de su cara despertó algo dentro de él. Lo sentía
bien adentro y no solo en su polla. Era algo más que lujuria y era inquietante. Deteniéndose como
con una luz roja, Tucker enfrentó a Lilliana y vio que sus ojos ardían ferozmente. Podía sentir su
atracción por él, incluso podía olerla como un animal alterado por feromonas feroces.
—¿La cena en mi casa? —le preguntó.
—Sí, por favor.
Lilliana era un misterio en constante cambio. Esperaba que fuera sumisa pero lo dudaba por sus
acciones obstinadas pero de vez en cuando, una pequeña llama de ese rasgo que anhelaba brillaba
a través de ella.
Al entrar en su gran casa, los ojos de Lilliana se ensancharon y se rio en voz alta.
—¿Estás tratando de compensar algo?
Las cejas de Tucker se levantaron en una profunda sorpresa.
—Has visto mi polla, no necesito compensar nada.
Lilliana negó con la cabeza y escudriñó el amplio patio y el parque inmaculado.
—Es hermoso, pero… ¿por qué es tan grande? Es solo que…
Tucker se sintió irritado al recordar que estaba solo. Había comprado la casa con su segunda
esposa con la esperanza de tener una gran familia y niños para llenar la casa. Cuando eso no
funcionó, simplemente no tenía el corazón para venderla.
—La compré cuando tenía grandes planes para mi futuro.
Tucker no había querido que su respuesta fuera cortante, pero no disfrutaba particularmente de
tener que explicar sus decisiones. Nunca había planeado que su vida fuera ir de una relación fallida
con otra, solo resultó de esa manera. Habiendo abandonado el amor hace mucho tiempo, estaba
contento de tener experiencias con diferentes mujeres y experimentar con ellas. Lilliana lo observó
detenidamente. Avanzando, ella le puso la mano en el muslo mientras aparcaba el coche y lo dejó
salir.
En el interior, la condujo a la cocina y se sentó en la gran isla central.
—¿Qué hay para cenar? —preguntó.
—Un poco de esto y aquello —Tucker movió las cejas. Estaba con ánimo de mostrar sus
habilidades culinarias.
—¿Estás seguro de que sabes cómo utilizar todo este equipo de lujo? —preguntó Lilliana cuando
él sacó varias sartenes y utensilios.
—¡Mujer, por favor! Yo no soy solo un Dios en el dormitorio, sino uno poderoso en el mundo de
la cocina y los negocios. Soy lo que se refiere como el paquete completo —le guiñó un ojo y se rio de
sí mismo.
—Si por poderoso te refieres molesto y fastidioso, entonces definitivamente eres poderoso.
La sonrisa de Tucker brilló brevemente, pero se aclaró la garganta y dio a Lilliana su mejor
expresión temible.
—Esa boca tuya va a comprarte una penitencia.
—¿Penitencia? ¿Qué soy, una niña de tres años de edad?
Tucker solo sonrió; le permitiría la pequeña broma hasta más tarde.
Observar a Tucker deslizarse alrededor de la enorme cocina era fascinante. Se desabrochó el
cuello de la camisa, levantó las mangas y la sacó fuera del pantalón, entonces puso su chaqueta
sobre una silla. Metió la mano en el bolsillo de su traje, sacó su CD de Greg Laswell y lo puso en su
estéreo. Come Back Up empezó a sonar y sirvió a cada uno un vaso de vino tinto.
Levantó la copa.
—He aquí a una bella mujer, un puto ambiente y comida fabulosa.
Lilliana levantó su copa en respuesta:
—¡Y al arrogante aunque oralmente dotado, macho alfa dador de mayor-gasmos!
Tucker inclinó la cabeza en agradecimiento luego bebió un gran trago de vino.
Sin decir nada más, dejó su copa y comenzó su preparación de la cena. En primer lugar, cortó en
rodajas las verduras y las salteó teniendo cuidado de no quemarlos. Se acercó a un estante enorme
de especias y hierbas y bajó varias cosas. A continuación, sacó del refrigerador carne, una gran
variedad de otros vegetales, y una botella de jerez.
Lilliana quería conversar con él, pero estaba totalmente tan centrado que no quería romper su
concentración. Mentalmente, ella apreció sus cualidades y se encontró estudiando su perfil. La
forma en que su cuerpo se movía era la maldita cosa más sexy que había visto en años. El ambiente
de su gran cocina era el sueño de un chef, la música sonando de fondo y el olor de la comida era
embriagador. Lilliana disfrutaba el momento y el tiempo se ralentizó. De vez en cuando él la miraba
con ojos lujuriosos, ponía su sonrisa torcida y metía un dedo en la boca para saborearlo. Era difícil
creer que el hombre de pie frente a ella era el mismo que era un asno arrogante hace apenas unos
días. Cuando una nueva canción empezaba, él parecía disfrutarlo tarareando y meciendo las
caderas.
Tucker cocinó durante casi 30 minutos con Lilliana sentada en silencio, hipnotizada por él. Bajó el
volumen de la música y metió la mano en un cajón. Sacó un paño de cocina y se dirigió hacia ella. La
sonrisa diabólica en su rostro hizo que Lilliana se preguntara lo que había planeado.
Tucker se colocó detrás de ella y deslizó la tela sobre sus ojos, atándola fuertemente y
bloqueando su visión. Las manos de ella tocaron la tela pero no dijo nada.
—Vamos a jugar un pequeño juego —le susurró al oído desde atrás.
Lilliana sintió que giraba alrededor y pudo oír los movimientos mientras se movía en la cocina.
Era enloquecedor no saber lo que tenía en la manga. Ella abrió la boca para hablar.
—Shhh… no hables. Coloca tus manos en tu regazo y no te muevas —le dio instrucciones desde
el otro lado de la cocina.
Lilliana cerró la boca y puso sus manos sobre sus muslos quitándose los zapatos. Nunca había
jugado un juego como este antes. Nunca había estado con los ojos vendados antes tampoco. Todos
sus amantes anteriores eran estrictamente vainilla y estar con los ojos vendados, estaba segura
como el infierno, era demasiado atrevido para Adam. Ella sonrió. Estar sin su visión no parecía tan
pervertido en absoluto, solo un poco travieso y nuevo.
Sin la vista, todos los demás sentidos vinieron a la vida. La música parecía volverse más fuerte,
las notas suaves de Landline llenaban sus oídos. Podía oler a Tucker mientras se movía cerca y casi
sentir su calor y sus ojos en ella, a pesar de que no podía verlo. Un sabroso aroma llenó sus fosas
nasales pero no podía saber lo que era.
—¿Puedes decirme qué es esto? Por cada artículo que adivines correctamente te voy a dar un
orgasmo a cambio —susurró cuando la tocó con algo húmedo en los labios.
Los nervios de Lilliana picaban con anticipación. Quería todos los orgasmos que pudiera obtener
de Tucker. Abrió la boca y él empujó algo redondo en ella. Era firme y suave, aproximadamente del
tamaño de una uva grande o de oliva. El sabor era celestial y nada de lo que hubiera probado antes.
Mordió lentamente y el alimento en cuestión se abrió y un chorro de jugo llenó su boca. Era un
tomate cherry pero las hierbas que lo cubrían le daban un sabor completamente nuevo.
—Tomate —murmuró masticando el fruto—. Con algo más —continuó.
—Azafrán —Tucker se rio ricamente.
—Es tan delicioso. Más, ¿por favor? —preguntó ella, limpiándose la comisura de su boca.
Lilliana podía oír un plato colocándose en la isla detrás de ella y el sonido de los pantalones
vaqueros de Tucker relampagueando con sus movimientos. Una calidez se deslizó sobre su boca y
ella la abrió y se inclinó hacia adelante pero Tucker se apartó. Se estaba burlando de ella. Ella se
sentó y esperó. Una vez más sintió el calor de la comida y respiró profundamente. Era salado con un
toque de especias. Asomó la lengua fuera rápidamente para conseguir un sabor y Tucker se echó a
reír como si se divirtiera con sinceridad.
—Me olvidé de lo impaciente que eres.
—Dámelo —exigió cortésmente.
—Oh, te voy a dar, mascota —gruñó—. Abre grande.
Lilliana abrió la boca como un pájaro hambriento y Tucker puso una delgada tira de carne en su
lengua. La enrolló en su boca antes de hundir sus dientes en ella. Era tierna, carne de res magra con
un toque picante. El ligero sabor de la sangre de la carne poco cocida revolvió su estómago
ligeramente. Le gustaba su carne bien cocida pero dejó a un lado sus inhibiciones y se centró en las
hierbas y especias.
—Carne de vaca, medio cruda con una especie de pimienta pero no del todo. Es algo así como
pimienta. Y limón.
—Tienes un buen paladar. Es estofado de ternera con mermelada de cardamomo y limón. Y eso
son dos orgasmos para ti.
Lilliana sonrió y se lamió los labios. Ella solo había comido ternera dos veces antes. No era su
favorita pero pronto se fue convirtiendo en un regalo especial, dadas la circunstancias.
Tucker se llevó el plato de nuevo y Lilliana podía oír el tintineo cuando la puso de nuevo en la
encimera.
—Si adivinas el siguiente correctamente voy a estar sorprendido.
Lilliana se sentó y enderezó los hombros. A ella le gustaba el desafío.
—¿Doble o nada? —preguntó.
Tucker bufó.
—Te sientes audaz, ¿no es así?
Lilliana sonrió, pero esperaba decir la respuesta correcta.
Sintió el dedo de Tucker en sus labios y abrió la boca, pero esperó sentada pacientemente. Metió
su dedo adentro permitiendo a Lilliana chuparlo. Tenía que concentrarse en el sabor y no el hecho
de que su dedo estaba en su boca, pero él lo sacó solo para empujarlo hacia adentro de nuevo
imitando el movimiento de su polla en su boca. La temperatura interna de Lilliana comenzó a subir
con sus movimientos seductores.
—Dime lo que es —expresó Tucker con un toque de risa en su voz.
—Estás haciendo esto difícil. Una probadita más, ¿por favor?
—Está bien, pero solo porque me siento generoso.
El dedo de Tucker se oía chirriar sobre la porcelana mientras recogía más del líquido dulce y
salado. Deslizó el dedo de nuevo en su boca su pulgar en esta ocasión. Una vez más, lo empujó y
sacó, burlándose de ella.
—Maldita sea, esto es sexy como la mierda —susurró él.
Caliente como estaba, trató de detectar los sabores que flotaban alrededor en su boca. Detectó
un sabor amargo pero no podía nombrarlo. Pensó y pensó, el tiempo pasaba lentamente.
—El tiempo se acaba, Lilly.
—Solo una vez más, ¿por favor? —rogó.
La respiración de Tucker se aceleró.
—Me encanta la mendicidad.
Por última vez empujó su dedo en su boca. Ese sabor, ¿qué era? Algo familiar, junto con el sabor
salado de la piel de Tucker.
—¡Cilantro!
Tucker le arrancó la venda de los ojos. Las luces del techo brillantes hacían entrecerrar los ojos.
Su mirada se encontró inmediatamente con la mirada ardiente de él que la mantuvo inmóvil.
—Cerca —negó él con la cabeza—. Es el jengibre.
Lilliana tenía el corazón destrozado. Suspiró y puso mala cara. Saltando del taburete caminó
alrededor de la cocina con los pies descalzos irritada consigo misma. ¿Qué demonios estaba
pensando en doblar la apuesta de esa manera? Maldita sea. De repente Tucker estaba sobre ella
apoyándola contra la pared. Le sujetó los brazos por encima de su cabeza, aferrándole fuertemente
sus muñecas. Su boca estaba en su garganta y la otra mano levantando su vestido, empujando sus
bragas a un lado y apretando su coño.
Al final del CD, la música se detuvo y el único sonido en la habitación era de las verduras que
chisporroteaban y su respiración frenética. Tucker apartó las piernas de Lilliana con un pie mientras
enterraba los dedos completamente dentro de ella haciéndola chillar.
Lilliana estaba en el cielo por la forma en que Tucker se forzaba sobre ella, presionando su
cuerpo contra la pared y tomando el control completo de ella. Sus pensamientos eran turbios, su
sangre bullía en sus venas y su boca estaba insoportablemente seca.
Tucker le chupó el cuello ferozmente. Fue doloroso y trajo lágrimas a los ojos de Lilliana pero
permitió su apasionado beso y se declaró por más.
—No te detengas —maulló.
Tucker le soltó las muñecas y la levantó del suelo por su cintura. Ella envolvió sus piernas
alrededor de él y sus brazos alrededor de su cuello mientras sus bocas se rompían mutuamente. Él
se tambaleó hacia la isla de nuevo y la dejó caer sobre ella y le arrancó las bragas rompiendo el
tejido. Eso también fue doloroso y de los ojos de Lilliana brotó de nuevo una dureza repentina.
Tucker escarbando en su bolsillo trasero sacó un condón y, con la facilidad de un hombre que
claramente había hecho esto miles de veces antes, lo tenía puesto en cuestión de segundos. Empujó
sus piernas abriéndolas más y se hundió en ella, empujando lentamente la cabeza de su pene más
allá de sus pliegues brillantes y aterciopelados.
Recorriendo su vestido levantado y llegando sobre sus pechos, su mano describió el círculo de su
pecho y luego tiró del encaje de su sostén por debajo de sus tetas revelándolas por completo.
Tucker enterró su cara en ellas, su lengua acariciando sus pezones hinchados y sensibles. Poco a
poco empezó a hundirse en Lilliana lo que provocó apretar hacia abajo sin querer. Su cuerpo no
estaba acostumbrado a ese tipo de intrusión varonil y se resistió a la penetración inicial.
—Joder, Lilly. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con un hombre? —jadeó mientras la
miraba a los ojos.
Sus mejillas se iluminaron y sus movimientos se detuvieron.
—Relax, mascota —gruño.
Lilliana ralentizó su respiración y se arqueó hacia arriba contra el eje rígido de Tucker. Él sonrió y
comenzó a impulsar aún más en ella. Él se puso de pie y tiró de ella hasta el borde de la encimera y
se sumergió más y más en ella. Cuando las manos exploraron su carne suave, ella se centró en los
movimientos de él tratando de predecir el próximo. Los ojos de Tucker se movieron de su coño a la
boca y a los ojos, retornando. Lilliana se retorcía debajo y se quedó sin aliento cuando una descarga
eléctrica atravesó su abdomen inferior. Moviéndose dentro de ella, los ojos de Tucker se
convirtieron en lánguidos.
—Esto es… excelente ahí… —gruñó él.
La expresión de su rostro era fascinante y su gemido atormentado era una invitación
emocionante. Lilliana extendió la mano y agarró su hermoso rostro y tiró hasta chupar sus labios
deliciosamente perfectos. Tucker puso las palmas de las manos sobre la encimera mientras sus
lenguas bailaban dentro de la boca del otro y su polla temblaba violentamente dentro de ella. Un
temporizador zumbó y Tucker se alejó sin previo aviso, dejando a Lilliana sentada en el borde de la
isla con las piernas colgando, su vestido en la cintura y su coño mojado. Tucker se aferraba sus
pantalones mientras removía las verduras, su polla tiesa apuntaba al cielo. Volvió a colocar la tapa
de la cacerola y restablecer el temporizador como si nada hubiera pasado, regresó y se sumergió de
nuevo en el coño de Lilliana empujando rápidamente.
Estaba tan cerca de llegar que su cuerpo pedía a gritos la liberación. Los músculos de su coño
comenzaron a contraerse a un ritmo rápido y Tucker rápidamente se salió y la miró.
—No acabes. Ese era el trato, ¿recuerdas?
Lilliana yacía con la boca abierta, jadeando y con el pecho agitado. No podía estar hablando en
serio. ¿Podía?
—Pero, Tucker —comenzó a decir.
—Shhh —Tucker gritó mientras agarraba la parte posterior de su cuello y la acercaba a su boca.
Una vez más, metió su polla en ella y comenzó a darle una y otra vez, empujándola hacia el
borde. Justo cuando sentía el cálido escalofrío del orgasmo formándose, Tucker gruñó en voz alta y
sus movimientos cesaron. Se había venido y ahora ella se quedó sin liberación. Tucker salió
suavemente de ella y se quitó el condón, ató el extremo y lo tiró a la basura de la cocina. Lilliana
recostada en la encimera, estaba recuperando el aliento.
Volvió la cabeza hacia un lado y vio como Tucker se inclinaba y recogía el envoltorio del condón y
lo tiraba a la basura. Procedió a lavarse las manos y revolver las verduras una vez más antes de
dirigirse a Lilliana.
—El cuarto de baño está por ahí. Aséate para la cena —le ordenó con indiferencia y señaló hacia
la puerta.
Lilliana se incorporó y lo miró hacia abajo. Las cejas de él subieron y se rio entre dientes.
—¿Una vez más con el mal de ojo?
—Es mejor que te de mi mal de ojo que mi lengua afilada.
Tucker dio un paso atrás y puso sus manos en las caderas.
—¿En serio? ¿Mejor para quién? ¿Para ti o para mí? No deberías haber hecho una apuesta como
esa si no planeabas mantenerla.
Lilliana no necesitaba que le recordaran su apuesta ridícula. Resopló por lo bajo y Tucker se frotó
las manos señalando lo que iba a venir si ella mantenía su actitud. Saltó de la isla antes de que su
boca de cotorra la metiera en problemas y encontró el baño.
Ahora sin bragas y completamente follada era un completo desastre. Miró su maquillaje y el pelo
e hizo lo mejor que pudo para estar presentable.
Regresando a la cocina, Tucker tenía la comida servida en los platos y se dirigía hacia el comedor.
Ella lo siguió y se asombró al ver una enorme mesa con una opulenta pero ridículamente enorme
sobrecarga de candelabros. La habitación era impresionante, con exuberantes muebles de
terciopelo y cuero y una chimenea con una repisa tallada a mano en el otro extremo de la sala
inmensa. El olor a madera cara flotaba en el aire y Lilliana no podía superar el tamaño y la
magnificencia de la casa. Sí, era hermosa pero demasiado exagerada. Él era un granjero de Iowa por
el amor de Dios.
Cuando empezó a colocar los platos ella le pidió.
—¿Se puede comer en la cocina? La isla está bien. Es más acogedora.
Tucker asintió mecánicamente y se volvió hacia la cocina.
Mientras comían, Tucker se sentó en silencio. La comida estaba deliciosa y el hecho de que había
cocinado él lo hizo aún más agradable. Era realmente todo el paquete. Aunque, un molesto paquete
privador de orgasmos.
—¿Por qué tan tranquilo? —preguntó
—No hay una razón —se encogió de hombros, su rostro seguía sin revelar nada.
La forma en que se había vuelto distante de repente hizo que se preguntara si había terminado
su cita. Habían conseguido lo que quería así que tal vez ya era hora de que se fuera.
—Si te sientes incómodo con mi presencia aquí tal vez debería irme —la voz de Lilliana era suave
y un poco incómoda.
Tucker arrugó la frente y dejó su tenedor.
—Pensé que te quedarías toda la noche. ¿No era ese el plan?
—¿Lo era?
—Trajiste una bolsa de viaje contigo.
Mierda, Lilliana solo había supuesto que ese era el plan sin discutirlo con él. Se pateó
mentalmente a sí misma. Se quedó mirando su plato tratando de pensar en una manera de salir sin
sonar como una idiota.
—Me disculpo por haberlo supuesto. Tengo tendencia a sacar conclusiones.
Tucker resopló y asintió con la cabeza.
—Me he dado cuenta.
Las mejillas de Lilliana se sonrojaron. ¡Oh, Diablos! Obtuvo un pene, eso es todo lo que
importaba. Cogió su plato y lo llevó al lavaplatos.
Tucker le lanzó una mirada penetrante mientras se levantaba.
—¿Qué estás haciendo?
—Limpiar.
—Veo eso, pero ¿por qué?
—De donde yo vengo, limpiamos después nosotros mismos.
Después de lavar su plato, Lilliana lo colocó en el lavavajillas, y cogió su chaqueta y el bolso.
Tucker se puso de pie y lanzó un suspiro de exasperación.
—Pensé que decidimos que te quedarías esta noche.
—Nosotros no decidimos eso. De todos modos, ya es tarde —Lilliana continuó hacia la puerta.
Tucker dejó escapar un largo suspiro audible y puso las manos en las caderas.
—Oh, Cristo. ¿Vamos a hacer este baile complicado? Mira, quiero que te quedes pero si quieres
irte, yo lo respeto.
Lilliana volvió lentamente para enfrentarse a él. Lo miró un momento, tratando de evaluar su
expresión.
—Eres el hombre más confuso que he conocido. ¿Quieres mi tierra?, no la quieres, que no te
gusta que asumiera que iba a quedarme, ahora quieres que me quede.
Tucker parecía ofendido y nervioso, pero nervioso ¿por qué? Su cuestionamiento le recordó al
hombre del centro comercial. ¿Cuál era su nombre? ¿Derrick? ¿Darold? Darren.
—Darren se me acercó en el centro comercial hoy. Dijo algo acerca de mi decisión sobre mi
tierra y que vosotros dos erais viejos amigos.
Tucker no sabía cómo responder. El comentario espontáneo sobre su tierra le hizo sentirse
incómodo. Más que eso, inquieto. No, él no estaba interesado en su tierra, no en este momento. ¿Y
por qué diablos Darren se había acercado a ella de nuevo? Tucker no quería mentirle a Lilliana más,
¿pero ahora esto?
—Sí, fuimos juntos a la universidad —dijo sin responder a la pregunta de Lilliana.
Los ojos de Lilliana se llenaron de confusión.
—¿Sabes de lo que estaba hablando?
Tucker lavó su plato y lo puso en el lavaplatos mientras trataba de formular su respuesta.
—Corrí la voz de que no estabas vendiendo —Tucker había dicho la verdad, incluso si era solo
una verdad a medias.
—Gracias —dijo ella suavemente.
Tucker enfrentó a Lilliana y la mirada de agradecimiento en su rostro le dio una patada mental en
sus bolas.
—Claro —le restó importancia sin querer pensar en sus acciones de mierda.
—Te he comprado algo en el centro comercial hoy —Lilliana sonrió con su rostro radiante con
picardía.
—¿Ah, sí? —Tucker escuchó con incredulidad. Era él el que generalmente repartía los regalos.
¿Qué podría haberle conseguido con sus escasos ingresos?
—Bueno, en realidad es para los dos —sonrió—. Está en mi bolso.
Tucker levantó una ceja.
—¿Así que te vas a quedar entonces?
Lilliana vaciló un poco y finalmente respondió precisamente lo que Tucker tenía la esperanza que
hiciera.
—Sí.
Tucker se alegró de oírlo. Odiaba el juego de la espera de las citas. Era un hombre hecho y
derecho y Lilliana era adulta, y quería prescindir de los cumplidos falsos y ponerse a trabajar como
lo habían hecho antes. Diablos, sí, una Lilly desinhibida, apasionada y dispuesta en su cama es
exactamente lo que él quería.
—Entonces, ¿qué es lo que has comprado? —esperaba que fuera un poco de ropa interior sexy o
tal vez algo pervertido.
—¿Aquí mismo, en la cocina? —preguntó Lilliana.
—¿Dónde te gusta más?
—En el dormitorio —sonrió con timidez.
Muy bueno. Tucker tenía la esperanza de oír eso, también.
Después de agarrar el bolso de su coche se dirigieron al dormitorio. Lilliana lo examinó
cuidadosamente y luego le ofreció la misma risa que la primera vez que puso sus ojos en su casa.
Tucker se sacó los pantalones y la camisa, y se acostó en la cama mientras Lilly desapareció en el
baño principal. Él conectó su teléfono, la música empezó a sonar sobre su cabeza y se relajó. Apenas
podía esperar para estar dentro de ella otra vez. Tampoco podía esperar para mostrarle la sala de
disciplina. ¿Cómo iba a reaccionar a ella? ¿Saldría corriendo? ¿Se sometería? ¿Lo haría…?
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Lilliana salió riéndose de sí misma. Llevaba un
top negro largo de encaje sin mangas y nada más. Tucker amaba la comodidad descarada que tenía
con su cuerpo. No era tímida y no pretendía serlo. No había nada más irritante que tener una mujer
hermosa en su dormitorio solo para que actuara como si fuera virgen o recatada. Apreciaba a una
mujer con confianza seductora. Eso no era decir que le gustaba una mujer fácil. Todo lo contrario.
Una mujer agresiva lo calentaba más que una mojigata, a los ojos de Tucker. Pero Lilliana parecía
caminar esa fina línea entre estar a gusto con su sexualidad sin ser demasiado agresiva y
escandalosa. Tucker era, después de todo, un macho dominante y quería ser él el que tuviera la
última palabra cuando se trata de sexo.
—Esta es una canción perfecta —se rio cuando oyó Bamboleiro de Gipsy Kings.
Lilliana comenzó girando su trasero al ritmo de la música, cada vez más cerca de Tucker. ¿Qué
demonios estaba pasando? ¿Era su versión de un striptease? Tucker sonrió estúpidamente mientras
la miraba. Ella era una bailarina terrible y estaba completamente fuera de ritmo pero estaba guapa
como el infierno. Lilliana rio más fuerte a medida que se movía al lado de la cama. Se volvió de
espaldas a él y se levantó el top de encaje dejando al descubierto su voluptuoso y reluciente culo.
Tucker se incorporó, se arrodilló sobre la cama, y aulló de risa mientras sostenía el estómago.
Maldita sea, ¡Lilly sabía cómo entretener! Su sentido del humor saltó rápidamente a la cima de sus
cosas favoritas sobre ella. Él saltaba sobre la cama como un lunático depravado sexual en un club
nocturno, aplaudiendo cuando Lilliana continuó sacudiendo su culo al ritmo, balanceándolo con
cada sacudida.
—Sacude esa máquina de hacer dinero —gritó Tucker.
Para alegría absoluta de Tucker, Lilliana empujó su culo hacia fuera, se giró y se lo golpeó,
haciendo volar brillante purpurina con colores del arco iris por todas partes. Justo antes de que la
canción terminara, saltó sobre la cama empujándolo sobre su espalda y poniendo sus brazos tras
sus rodillas.
—¡Di que mi culo es el mejor!
El coño de Lilliana estaba a pocos centímetros del rostro de Tucker. Sus risas lentamente se
calmaron y la sonrisa de él se convirtió en algo más siniestro. Lilliana se levantó el top por encima
revelándose a él.
—Estoy esperando.
Tucker le levantó una ceja sexy.
—¿Estás tratando de dominarme, Lilliana Norris?
Lilliana tuvo que pensar rápidamente.
—Sentarme sobre ti no equivale a dominarte.
Tucker fue rápido y antes de que ella se diera cuenta de lo que pasaba, estaba debajo de él con
su fuerte y caliente cuerpo sofocándola. Su olor era estimulante. Él se movió y ella pudo sentir su
dura polla contra su muslo.
—Estoy esperando —susurró, decidida por la humedad entre sus piernas.
Tucker deslizó sus dedos bajo su mejilla y recorrió sus labios, sus rugosas yemas encendieron el
fuego en su vientre. Él trataba de manipularla como indudablemente hizo con innumerables
mujeres pero ella no lo permitiría. Estaba sofocada por él y quería escuchar las palabras de su
hermosa boca.
—Dilo, Tucker —imploró.
—Suplica por ello, mi hermosa y pequeña mascota —se inclinó y lamió su oreja.
—Quiero que respondas. ¿Eres un hombre de palabra o no?
Los ojos de él se estrecharon hasta parecer una hendidura.
—La mayoría de las veces.
Lilliana se preguntó qué clase de mensaje oculto había en ese comentario.
—No confió en ti, pero quiero hacerlo. Dame una razón para hacerlo.
Los ojos de él se fijaron en su boca y ella sintió que su corazón latía rápidamente en su pecho
cuando se apoyaba sobre ella. Podía ver la lucha interna en sus ojos pero finalmente le dio la
respuesta que ella esperaba.
—Tu culo es el mejor que he probado —dijo con una grave y serena voz.
13.
Lilliana despertó poco después de una breve siesta. Se dio la vuelta, su cuerpo todavía estaba
cubierto del sudor del sexo que ella y Tucker tuvieron antes de finalmente quedarse dormidos. Le
dolía el cuerpo, su coño estaba dolorido por los golpes que había recibido y su mandíbula crujía y
palpitaba de habérsela chupado de nuevo. Tucker finalmente le había permitido correrse y su coño
todavía estaba vibrando del orgasmo masivo que tuvo.
Se incorporó sobre un codo y parpadeó varias veces tratando de adaptarse a la oscuridad de la
habitación. Cuando sus ojos finalmente enfocaron, la resplandeciente silueta de Tucker
prácticamente brillaba en la oscuridad. Ella se sorprendió al ver sus brazos cubiertos de tatuajes
cuando había entrado en el dormitorio para menear su culo para él, y era otra cosa más que la
fascinaba.
Al pasar el dedo por un tatuaje con un escudo familiar en su brazo, Tucker giró para recostarse
sobre su estómago. Estaba absolutamente impecable. Sus muslos y culo musculoso reflejaban la
luna que se filtraba a través de la gran ventana, no pudo resistir y apretó la nalga solo para
convencerse a sí misma de que era real. Trazó el contorno del tatuaje entre sus omóplatos. Ella solo
había lo vislumbrado durante el calor del momento y ahora podía inspeccionarlo más de cerca. Era
el tatuaje de un ambigrama19
con la palabra familia en impresión gótica, grande y en negrita,
grabado en tinta negro cuervo. No había nada más sexy para Lilliana que un cuerpo tatuado debajo
de un traje de negocios. Lilliana se inclinó y le besó la espalda; el sabor de su piel salada agitaba su
vientre.
La necesidad de orinar la golpeó y trotó tranquilamente al baño. Era de buen gusto pero
gigantesco y desmesurado como todo lo demás en la casa. Cuando se sentó a aliviar su vejiga, miró
la bañera de hidromasaje en el piso y la cabina de ducha abierta encerrada por muros de piedra. No
se podía negar que tenía buen gusto a la hora de decorar.
Cuando terminó, se paró frente al espejo y abrió un cajón, curiosa por saber qué tipo de objetos
personales guardaba en su baño un hombre como Tucker. No había nada raro en los dos primeros
gabinetes, solo lo típico de productos para el cabello, colonias, y una máquina de afeitar. Se puso un
poco de la loción de afeitar en sus muñecas y el cuello, y sonrió. Le encantaba el olor de un hombre
flotando en ella.
Cuando abrió el cajón de abajo se encontró cara a cara con una pelirroja que le devolvía la
mirada. La mujer era impresionante con un pelo largo, dientes blancos y figura de modelo. Dio
vuelta la foto y decía Aubrey 2011, Venecia. Volvió a mirar hacia donde la había encontrado y
encontró dos fotos más. Una de ellos era de una morena con pelo medio largo, ondulado y ojos
19
Ambigrama: son palabras o frases escritas o dibujadas de tal modo que admiten, al menos, dos lecturas diferentes.
La segunda lectura se podrá hacer tras hacer algún tipo de operación con el dibujo original. Por ej. girando el dibujo
180º, o en imagen especular u otro tipo.
azules inquietantes. Era joven, probablemente de unos veinticinco años. En la parte posterior
estaba escrito Sarah 2008, París. La última foto parecía mucho más vieja que las otras dos y en ella
aparecía una chica hermosa, de pelo dorado que parecía muy joven, veinte años más o menos, con
los ojos castaños tristes. El nombre garabateado en la parte trasera: Gwen 1999, Iowa.
Lilliana fue golpeada por lo que estaba viendo; sus ex esposas y ex prometida. De repente se
sintió como una perra entrometida por espiar y se apresuró a poner las fotos en el cajón y lo cerró.
Para un hombre tan evasivo, era extraño que guardara estas imágenes tan cerca de él. ¿Era posible
que Tucker tuviera un lado un poco romántico que estaba escondiendo? No debería sorprenderse
considerando su educación. La mayoría de los chicos del campo que ella conocía tenían un aspecto
rústico con un corazón blando. Pero Tucker ya no era un chico de campo como lo demostraba su
entorno, el hogar y la actitud. Miró una vez más por el baño y sacudió la cabeza.
Lilliana se coló de nuevo en la cama y Tucker dio la vuelta y abrió los ojos.
—Eres hermosa —susurró extendiendo la mano y pasándole los dedos por el pelo.
Los ojos de Tucker brillaban bajo la pálida luz de la luna y Lilliana se acercó a picotear sus labios.
El dolor de perder el tacto, el olor y el calor de un hombre la golpeó. Ella lo había reprimido durante
demasiado tiempo pero yaciendo junto a él solo le recordaba lo sola que estaba. Se alejó tratando
de mantener sus emociones bajo control y de recordar que era solo un fin de semana de diversión,
para luego volver al mundo real.
Incapaz de volver a dormirse, vestida con su top de encaje y bragas, dio varias vueltas en la
oscuridad de puntillas alrededor de la gran casa. ¿Cuán malditamente grande era su casa? Parecía
que caminaba siempre de un extremo al otro. Contó ocho habitaciones en total y seis baños. Eso
era un montón de aseos. ¿Cuánto puede una persona mear al fin y al cabo? Aunque, ahora que lo
pensaba, Tucker podía ser un imbécil así que tal vez es por eso que tenía tantos inodoros.
A pesar de lo impresionante que era su casa, a Lilliana le pareció fría y estéril con todas esas
pinturas estándar en las paredes y una decoración cara. Lo que le faltaba eran objetos personales.
No había fotos de la familia en ningún lugar. ¿Cómo podría un hombre que tenía la palabra familia
grabada en su piel no tener imágenes de esa familia que tanto amaba colgando de sus paredes?
Encontró lo que claramente era su escritorio y pensó que era una maravilla pero tan impersonal
como el resto de la casa. El único aspecto positivo era que tenía el aroma de Tucker en el mismo.
Inhaló profundamente y se abrazó a sí misma. Maldición, le encantaba el olor de la masculinidad.
Tucker se había despertado para encontrarse solo en su cama. El perfume de Lilliana todavía
persistía en la habitación y la purpurina estaba sembrada por todas partes y brillando a la luz de la
luna. Sabía que no podría haber llegado demasiado lejos teniendo en cuenta su ropa y bolso
estaban todavía en su habitación, así que salió a buscarla.
Varios minutos después encontró a Lilliana vagando por su casa. El pasillo estaba casi negro
cuando se le acercó por detrás y la tomó por sorpresa.
—¿Qué haces a esta hora y en este extremo de la casa?
—Hacer un recorrido por el Estado de McGrath —respondió ella mirando alrededor de la
habitación sin luz.
Tucker se acercó y encendió una luz, y Lilliana resopló cuando se enfrentó con la cara habitación
y muebles de lujo.
—¿Qué es tan gracioso?
—Tú. Esta casa.
Tucker se sintió ofendido. Nunca nadie se había quejado de su casa antes.
—¿No te gusta mi casa?
Lilliana miró a su alrededor y asintió.
—Por supuesto que me gusta; es una preciosidad. Solo he visto este tipo de extravagancia en las
revistas.
—Mi casa es apenas extravagante —resopló Tucker, aunque supuso que a los ojos de Lilliana
podría parecer de esa manera.
Ella hizo un gesto con la cabeza hacia el pan de oro, la mesa de billar italiana y la lujosa araña que
colgaba sobre sus cabezas y levantó las cejas en tono acusador.
Tucker miró alrededor de la habitación y finalmente se vio obligado a admitir:
—Bueno, eso puede ser un poco superfluo.
—¿Un poco? —Lilliana arrugó la nariz—. ¿Por lo menos juegas al pool?
Tucker no había comprado la maldita mesa de billar para jugar; la había comprado porque
parecía bueno para la gran sala y porque era un buen lugar para follar. Ver piernas abiertas sobre la
tela negra o un culo firme apoyado sobre los carriles pintados a mano hacía que valiera la pena la
inversión. Demonios, no conocía a nadie que fuera dueño de una mesa que en realidad la usara
para su propósito original.
Le dio su mejor sonrisa condescendiente y con falso acento de clase alta le dijo:
—La piscina20
, querida, está en la parte de atrás. Es el lugar donde les damos un presuntuoso
chapuzón a nuestros dedos de los pies mientras bebemos mimosas21
. Esta de aquí… —hizo un gesto
a la mesa— se llama una mesa de billar.
—Tonta, tonta —Lilliana frunció la boca—. Entonces, ¿juegas o no?
—Como es de conocimiento público, sí juego, madam —levantó la nariz en un gesto presumido
exagerado—. ¿Si soy bueno para ello? —preguntó comenzando a reírse—. No —articuló en silencio
y negó con la cabeza.
—Oh. Dios. Mío. ¿Tucker McGrath simplemente admite que no es bueno en algo? —Lilliana se
apretó el pecho y se tambaleó hacia atrás.
—Cállate, mujer.
Ella rio.
—Dime: ¿Por qué un hombre solo y sin hijos necesita una casa de 3.000 metros cuadrados?
—Son solo 2.500 metros cuadrados —le guiñó un ojo—. Y si no gasto mi dinero ganado con
esfuerzo en vivir extravagantemente entonces, ¿qué?
20
Pool = piscina. Juego de palabras intraducible. La mesa para jugar pool (juego parecido al billar, pero con troneras)
y pool, de pileta de natación. La mesa de billar no tiene troneras (agujeros donde caen las bolas).
21
Mimosa: Cóctel suave compuesto por champagne y jugo de naranja.
—¿Experimentar la vida? ¿Viajar? ¿Caridad?
—¿Caridad? —preguntó sarcásticamente—. ¿Desde cuándo te hiciste humanitaria?
—Yo no lo soy. Simplemente no puedo entender por qué es necesario todo esto —dijo moviendo
la cabeza en dirección a la habitación.
—Nadie necesita una casa tan grande, chica tonta.
—¿A quién llamas tonta? Tú eres el que vive en un castillo. Todo este lugar necesita un foso con
puente levadizo y un par de dragones en el patio delantero para completar tu look. Quiero decir, en
serio, ¿por qué tienes un lugar como este?, ¿para demostrar algo?
Tucker se encogió de hombros y se rio de su observación. A él le gustaba pensar en sí mismo
como país real, pero sus intenciones con una casa de este tamaño no era para hacer creer que era
un maldito rey Dios.
—Todo el mundo sabe que eres exitoso, brillante, e imponente, Tucker. Todo el mundo te
respeta. No necesitas una casa grande para demostrarlo.
¿Lo hacen? Se preguntó. Sí, la gente respetaba su capacidad para hacer las cosas y ganar dinero
para todos, pero ¿realmente lo respetaban?
—No le gusto a mucha gente, Lilly.
—¿Pues de quién es la culpa? Tú quieres respeto y reverencia, y lo exiges. Lo he visto de primera
mano. No puedes esperar tratar a las personas de la forma en que lo haces y hacer amigos en el
camino. Simplemente no funciona así —Lilliana apretó sus hombros—. Pero no estoy diciendo nada
que no sepamos ya. ¿Estoy mal?
Tucker intercambió una sonrisa con ella y sacudió la cabeza. Su honestidad era algo a lo que
todavía se estaba acostumbrado.
—No, no lo estas.
Los ojos de Lilliana se desenfocaron y dio un paso atrás. Claramente había algo que quería
preguntarle.
—¿Qué tienes en mente? —la animó Tucker.
—¿Qué hiciste para que esa mujer que estaba afuera del estudio de danza te tuviera tanto
miedo? —preguntó con una expresión de profunda preocupación.
¿De verdad quería saber? Él había estado conteniendo sus verdaderas perversiones por miedo a
asustarla, pero no había momento como el presente para hacer claras sus intenciones.
—Cosas indecibles —respondió.
Los ojos de Lilliana se agrandaron.
—Si por indecibles quieres decir…
Tucker se cubrió la boca con su dedo índice.
—Por indecible, quiero decir que prefiero no entrar en detalles por respeto a ella. Ven conmigo.
Quiero mostrarte algo.
Una aprehensión nerviosa se instaló en el intestino de Tucker. ¿Correría ella? La condujo de la
mano a una habitación en el ala este. Al entrar en la habitación más pequeña de la casa, encendió la
luz.
—Esta es la sala de disciplina.
La mandíbula de Lilliana quedó colgando y sus ojos escanearon las pocas y selectas piezas de
mobiliario en el espacio. Tucker estaba esperando lo peor; una bofetada en la cara, un grito que
hiele la sangre, algo.
—¿Por qué no me enseñaste esta sala antes? —preguntó ella, poniendo sus manos sobre las
caderas.
Tucker se quedó en silencio, sin saber realmente la respuesta a su pregunta.
—¿De verdad te gusta hacer este tipo de cosas? —Lilliana señaló al equipo.
—Eso, las hago.
—¿Así que esto es lo que se entiende por indecible?
—Sí.
Lilliana levantó las cejas y se trasladó a la cama de madera que contenía una cruz para azotar en
la cabecera, una cama con yugo de cuello y muñeca, una jaula en la parte inferior, y una variedad de
puntos de suspensión y azotes.
—Si estás avergonzado de tus preferencias, entonces ¿por qué lo haces?
Las cejas de Tucker se alzaron por la sorpresa.
—No estoy avergonzado de esto. ¿Es eso lo que piensas?
—¿Por qué no me lo mostraste?
Tucker no tenía ninguna excusa real, salvo decir que no quería asustarla.
—Porque soy discreto.
Lilliana se trasladó al pequeño potro de madera que estaba diseñado con propósito de dar azotes
y pasó la mano por el asiento de cuero. Tucker admiraba la inteligencia con que se conducía y
deseaba poder estar dentro de su cabeza por solo un minuto. Luego se trasladó a la única otra pieza
de equipo en la sala, un columpio sexual que colgaba del techo en una esquina y se sentó en él.
—¿Así que no estás asustada?
La mirada de Lilliana se calentaba mientras sus ojos se movían sobre el cuerpo de Tucker.
—¿Te parece que estoy asustada?
No, no era así. De hecho, parecía que estaba intrigada. Cuando sus ojos se movían alrededor de
la habitación se detuvieron en una pared con cuerdas y cinturones. Sus cejas se juntaron.
—Te dije que tengo una afinidad por el bondage —respondió antes de que ella pudiera hablar.
—También me dijiste que no eras un sádico.
Tucker no pudo evitar sonreír.
—No lo soy. Las cosas en esta sala son para propósitos disciplinarios y para placer, no para el
dolor. Aunque en un cierto grado, el placer se puede derivar desde el dolor.
Los ojos de Lilliana se lanzaron de nuevo a los suyos.
—¿Has usado todo este material en tus novias?
—Algunas de ellas. Cada mujer es diferente. A algunas les gustó, a la mayoría no. La mayoría
corrió, pero algunas se quedaron y jugaron. ¿Cuál vas a ser?
Lilliana plantó los pies en el suelo y detuvo el balanceo del columpio.
—No lo he decidido aún —miró a Tucker desafiante.
—Lo dices como si la decisión final fuera solo tuya, Lilly.
Los ojos de Lilliana estaban pensativos e hizo una pausa antes de sentarse más derecha.
—¿Cuál es el propósito de una habitación como esta, Tucker? ¿Qué es lo que realmente quieres
de mí? No más insinuaciones y charla. Quiero saberlo en este momento.
Tucker se tomó un momento antes de responder formando las palabras con cuidado. Si era la
pura verdad lo que Lilliana quería, entonces se la iba a dar. Puede que no le gustara pero era mejor
para él saber más temprano que tarde si iba a cumplir con sus necesidades.
—Quiero controlarte y hacer que te sometas a lo que realmente eres. Te estoy pidiendo que te
entregues a mi voluntad dentro de estos límites. En esta sala, en mi habitación, cederte a mí en
todos los sentidos. Cuando lo hagas, placeres indecibles nos aguardan a los dos. ¿Eres lo
suficientemente valiente para hacer eso?
Las manos de Lilliana se apretaban alrededor de las correas de nylon y sus ojos se posaron en sus
pies.
—Quiero ser lo suficientemente valiente, pero la sumisión es un concepto aterrador.
—La sumisión no es un concepto; es una cosa viva, que respira. La dominación lo es también y
ambas son a la vez temibles y electrizantes cuando alguien tiene control sobre ellos. Es también una
gran responsabilidad y uno no lo toma a la ligera.
Lilliana simplemente enarcó las cejas en reconocimiento y mordió la comisura de su labio. Tucker
se trasladó al equipo de música y se cargó una canción de su iPod, ajustando el volumen mientras le
daba tiempo a pensar en lo que acababa de decir. La miró por encima del hombro observando sus
movimientos con cautela. Le gustaba tenerla pensando.
—¿Sabes…?, todavía tengo que estar con una mujer que me permita hacerle todas las cosas que
quiero en esta sala —caminaba a su alrededor lentamente.
A pesar del aura de confianza que Lilliana intentó poner y su expresión cerrada, olió su miedo y
excitación, y sintió su vulnerabilidad. Tucker deslizó la punta de su dedo índice sobre sus brazos y
hombros para continuar haciendo un círculo alrededor de ella. Su erección se estaba construyendo
pero trató de contener su deseo de dominarla y parecer frío y sereno.
Lilliana se recostó en el columpio y se aferró a las correas por encima de su cabeza.
—¿Eso es un problema?
Tucker se quedó quieto y capturó la imagen que tenía delante. Follarla sería impresionante.
—Estoy simplemente expresando un hecho. Haz con ese conocimiento lo que quieras.
Lilliana separó las piernas y puso sus talones en los estribos con tal aplomo que Tucker podría
haber jurado que había hecho este tipo de cosas antes. Demasiado para mantener la calma.
—Justo cuando creo comprender cómo eres, me revelas otra capa perversa. ¿Qué más estás
ocultando, Tucker McGrath?
Tucker se trasladó a la cabecera del columpio. Mirándola al revés, le sonrió maliciosamente.
—Te dije que soy un individuo profundamente complejo, con muchas capas.
—Si por complejo quieres decir…
Tucker se apoderó de las cuerdas con firmeza y las ajustó rápidamente dejando caer la cabeza de
Lilliana por debajo de su cuerpo y cortó su declaración presumida.
—Deja de hablar, Lilly. Esta habitación es para aceptar mi voluntad, no para ejercer la tuya. ¿Soy
claro? —preguntó estrictamente, inclinándose hacia abajo y tocándole levemente la boca con sus
labios.
Los ojos de Lilliana se abrieron y brillaron lujuriosamente mientras jadeaba su respuesta.
—Como el cristal.
Tucker esperaba que este fuera el comienzo de algo bueno; algo realmente bueno. Él ya se
encontraba con ganas de más y más de Lilliana y, si ella se sometía como él quería, temía que nunca
sería capaz de tener suficiente de ella. Nunca.
—Bien. Ahora ábrete bien para mí —ordenó Tucker mientras se quitaba su camiseta y se
bajaba los pantalones de chándal por sus caderas dejándolos a sus pies.
Apareció ante Lilliana su erección y la perfecta V de su músculo pélvico. Esta habitación no se
parecía a nada que hubiera visto antes. Había leído acerca de las salas de sexo como esta pero
pensaba que eran mitos. No podía creer que hombres como Tucker realmente existieran; hombres
que le gusta dominar a las mujeres y ejercer su poder sobre ellas. Había una mística acerca de eso,
un cierto atractivo que Lilliana no podía explicarse. Tucker era verdaderamente multifacético.
Todo sobre Tucker la cautivó; desde su elección de la música hasta los alimentos que comía;
hasta sus elecciones de moda. Pero eso era todo superficial. Fueron cosas mucho más profundas las
que realmente la cautivaron; su amabilidad y sentido del humor, el amor por su familia y ahora, esta
habitación. Lilliana estaba asombrada de que hubiera construido una sala para complacer
sexualmente a las mujeres, no para hacerles daño.
Lilliana dejó que la música de Bastille, Pompeii, se arrastrara sobre ella y abrió la boca, dispuesta
a gratificar a Tucker en la forma que él quería. No estaba segura si podría someterse totalmente,
pero lo quería y quería que Tucker lo hiciera, controlarla y hacerle lo que él quisiera.
Tucker guió su pene duro en su boca y empujó profundamente. Como lo predijo, Lilliana tuvo
arcadas. ¡Mierda!, odiaba cuando le pasaba. Cerró los ojos con fuerza, se concentró y abrió la
garganta. La respiración de Tucker se hizo más fuerte cada vez que empujaba en su boca. Cuando
sintió su mano alrededor del cuello mientras empujaba la parte posterior de su garganta, su bajo
vientre palpitaba con tal intensidad que estaba segura de que iba a correrse simplemente por su
toque posesivo.
Salió de su boca y Lilliana sintió en el momento la oscilación del columpio. Tucker metió la mano
en el cajón superior de un aparador que estaba a su alcance y sacó un condón. En un abrir y cerrar
de ojos estaba dentro de ella. Lilliana abrió los ojos para verlo entre sus piernas empujando
rápidamente. Los ojos de Tucker se centraron en la boca, solo ocasionalmente miraban su coño. Sus
ojos se pusieron en blanco y se lamía los labios.
—Sí, mi mascota. Eso es, justo ahí —murmuró suavemente mientras la machacaba y giraba sus
caderas.
Lilliana estaba hipnotizada por los movimientos expertos de Tucker. Estaba tan
devastadoramente hermoso que era físicamente doloroso y le dolía el pecho. La forma en que
follaba con tanta pasión y concentración era como ver a un maestro escultor trabajando. Su mano
se movió a su clítoris y ella dejó escapar un pequeño gemido cuando él presionó su pulgar
firmemente hacia abajo.
—Más alto, Lilly. Esta sala está construida para tus gritos.
Tucker ajustó e inclinó el columpio en un ángulo aún mayor haciendo que su polla golpeara su
punto G con fuerza. Lilliana perdió su enfoque y se sostuvo para salvar su vida sintiéndose que iba a
caerse de la hamaca.
—No te vas a caer. Deja de retenerte y cede —ordenó.
Lilliana confió en Tucker y se dejó llevar. Sus manos estaban por todo su cuerpo, recorriéndola,
pellizcándola, apretándola y adueñándose de ella por completo. La sangre se agolpó en su cabeza y
cuando Tucker bateó aquel delicioso lugar una y otra vez, ella se elevó a nuevas alturas. Un
escalofrío frío se deslizó hasta su vientre y sintió la sacudida repentina del columpio cuando Tucker
tiró de su extremo hacia arriba. Su mano estaba alrededor de su cuello, controlándola, tierna, y allí
estaba —la humedad fluyendo— a la que todavía se estaba acostumbrando. Ella gritó su nombre y
clavó las uñas en sus brazos mientras sus dedos le liberaban suavemente el cuello. Tucker
continuaba empujando dentro de ella, sus poderosos muslos y abdomen se contraían con cada
empuje contundente. Como Lilliana flotaba dentro y fuera del subespacio, Tucker gruñó en voz alta,
se retiró y rompió el condón y permitió que su esperma caliente cubriera su vientre y pecho.
Tucker levantó a Lilliana del columpio y se tambaleó hacia atrás hasta la cama, donde ambos se
derrumbaron y cayeron en un profundo sueño.
Ala mañana siguiente Tucker se despertó temprano y antes que Lilliana. No había planeado en
que se quedara a pasar la noche, pero cuando vio su bolsa de viaje se había resignado al hecho y
ahora, viéndola dormir, estaba contento de que se hubiera quedado. Ninguna mujer se había
quedado toda la noche desde que su exnovia se mudó. Había un montón de habitaciones libres
para sus huéspedes pero las cosas se habían puesto tan calientes la noche anterior que no tenía el
corazón o la fuerza para enviar a Lilliana a dormir en otro sitio. A pesar de que él no quería
inicialmente que se quedara toda la noche, disfrutó de tener a alguien más en la casa y fue un
cambio agradable de su rutina matutina habitual en solitario.
Decidió dejarla dormir y rebuscó en su bolso, sacó la ropa que había llevado consigo y lo dejó
fuera para ella.
Tucker decidió preparar el desayuno, recordando el episodio del columpio y la mirada en el
rostro de Lilliana cuando se enfrentó a sus verdaderas preferencias sexuales. Cuando estaba
terminando, Lilliana entró en la habitación, recién duchada y luciendo espectacular.
—Buenos días —sonrió tímidamente.
—Sí, lo son. ¿Cómo te sientes? —Le guiñó un ojo por encima del hombro.
—Me duele en todas partes. Y me refiero en todas partes.
—Me alegro de oír eso. Has estado fuera de la práctica.
—Por desgracia, esa es la cruda realidad.
Le gustaba el hecho de que no había estado con un hombre desde hace un buen tiempo. Su pene
comenzó a endurecerse ante la idea de sentir su coño ajustado rodeando su polla. Sirvió las tortillas
que hizo y se volvió a ponerlos en la isla cuando la vio de pie con el bolso y el monedero en la mano.
—¿Te marchas tan pronto? Me esperaba un poco más en la salita.
—Eso suena bien, pero debo irme —dijo ella sombríamente.
Tucker suspiró.
—El desayuno primero.
Lilliana dejó su bolso y se sentó.
—Eres un cocinero fantástico, señor McGrath —dijo Lilliana, paladeando un bocado de huevos en
su boca.
—Gracias.
Lilliana comenzó a ahogarse y bebió un trago de agua.
—¡Mierda! ¿Acabas de decir gracias? Wow. ¿Fue doloroso para ti? ¿Te rompiste algo al hacerlo?
Los ojos de Tucker se agrandaron. Pensó que realmente se había atragantado, pero en su lugar le
estaba tomando el pelo sin disimular.
—No es demasiado pronto para unas palmadas en el trasero —dijo con firmeza.
Lilliana se calmó rápidamente y siguió comiendo. Tucker pretendió ahogarse como burlándose de
ella.
—Carajo. ¿Acabas de suprimir tu sarcasmo? Wow. ¿Fue doloroso para ti? —Se rio.
Lilliana miró a Tucker y arrugó la nariz.
—Fue muy doloroso.
—No tan doloroso como sería mi mano azotando tu reluciente culo. Por cierto, hay polvo de
hadas y purpurina por todo mi condenado dormitorio y en el baño principal, por no hablar en mi
cama. Parece que ha habido una orgía de hadas allí. Estaba por todo mi culo y en la piel de mi polla,
y tardé un maldito infierno conseguir que se fuera con la ducha.
—Es bueno saberlo. Cada vez que la luz incida sobre ellos te recordarán al mejor culo al que
alguna vez has hincado tus increíbles dientes —sonrió Lilliana.
Tucker verdaderamente disfrutaba de sus bromas de ida y vuelta. Como ella estaba terminando
su desayuno trataba de encontrar la forma de que se quedara un poco más de tiempo. Ella agarró
sus cosas y se dirigió hacia la puerta y él la siguió. Como no quería que su fin de semana juntos
acabara tan pronto, Tucker se tomó su tiempo conduciendo a través de la ciudad dándole un
pequeño recorrido por el distrito de negocios. La quería todo el tiempo que pudiera y, antes de
darse cuenta, había estado conduciendo durante horas.
—¿Qué tal un paseo en helicóptero y un almuerzo tardío? —sugirió.
Pensó que eso los mantendría ocupados durante unas pocas horas.
Lilliana lo miró con recelo.
—¿Por qué tengo la impresión de que has hecho antes ese tipo de cosas con otras mujeres? ¿Las
seduces con un increíble paseo aéreo y luego las montas duro más tarde?
Tucker quedó en silencio pero sonrió de oreja a oreja. La capacidad de Lilliana de leerle el
pensamiento lo asombró.
Le guiñó un ojo y se lamió los labios burlonamente.
—Suena tentador, ¿no es así?
Lilliana sacudió la cabeza con desaprobación.
—Eres como un jugador.
—No odies al jugador, odia el juego22
, labios de azúcar.
—Agh. De repente me siento con náuseas. ¿Qué tal si vamos a mi casa, hago algo para almorzar y
te doy una recorrida por mi exigua pocilga?
Tucker sonrió levemente.
—Caramba, ¿por qué no pensé en eso?
Lilliana tenía la sensación de que Tucker buscó excusas toda la tarde para quedarse en su casa.
No le importaba. Después de su pequeña sex-fiesta la noche anterior, no estaba ansiosa por decirle
adiós todavía. Ella seguía pensando en la sala de disciplina. Era un lugar tan extrañamente relajante
para estar, con sus paredes de color azul oscuro y el olor del cuero y el aceite. Por supuesto, ella no
había sido disciplinada allí todavía así que quizás la habitación asumiría otra aura una vez que eso
pasara. ¿Qué demonios estaba pensando? No podía creer que estaba considerando seriamente
permitirle hacer ese tipo de cosas con ella. Recordó el miedo en los ojos de Bethany cuando Tucker
había hablado con ella. ¿Era respeto y admiración? ¿O tal vez una combinación de todo lo anterior?
Ahora era más cuidadosa con las cosas que decía por el miedo a la mano azotando su trasero, y
apenas lo conocía.
Una vez en su casa, le dio el gran tour por su tierra. Era un día de otoño hermoso, fresco, con una
ligera brisa y el cielo estaba brillante y azul. Las hojas estaban empezando a tornarse de un rojo
oxidado y ámbar, y la hierba normalmente verde era ahora de un color amarillo-dorado oscuro. El
otoño era el momento del año favorito de Lilliana. Le trajo buenos recuerdos de la temporada de
fútbol, la talla de la calabaza y las sudaderas envueltas alrededor de los hombros mientras
observaba las estrellas. Tucker miraba la casa mientras caminaban en silencio a través de un campo
lleno de arbustos crecidos de calicós. Cogió uno y lo masticó en el extremo y Lilliana se preguntó
qué estaba pensando. Ella podía ver los engranajes girando en su cabeza y era difícil de confundir
los signos de dinero en sus ojos. Después de que él fuera tan insistente con su tierra, ¿cómo podía
haberla desechado con tanta facilidad? Tal vez no lo había hecho. Tal vez esto era parte de su gran
plan. El estómago de Lilliana se le revolvió ante la idea. ¿Había caído en su trampa?
Lilliana dio un paso atrás y observó a Tucker con cautela mientras intentaba discernir su
expresión. Sí, definitivamente estaba dimensionando su propiedad.
—Todavía no está a la venta. Y tampoco lo estoy yo —le espetó antes de que pudiera filtrar sus
pensamientos.
22
Don’t hate the player, hate the game (en el original): dicho popular —No odies al jugador, odia al juego. En este
caso se interpreta como: No odies al seductor, odia al sistema que propicia que los hombres deban ser seductores.
Tucker se dio la vuelta. Parecía ofendido pero lo más desconcertante era que parecía sentirse
culpable.
—Solo para que quede claro: ni yo ni mi tierra tendrán nunca un precio.
Lilliana se volvió sin darle a Tucker la oportunidad de responder. Francamente, no le importaba lo
que tenía que decir. Caminó rápidamente de vuelta a su casa y varios minutos después Tucker entró
en su casa. Lilliana sacó varios artículos de sus armarios para hacer algo de comer y Tucker se
apoderó de su cintura por detrás. La sensación era una reminiscencia de su primer encuentro
sexual. Ella esperaba una disculpa o la negación, pero lo que recibió fue un mordisco en la parte
posterior de su cuello y la presión de una polla dura en la parte baja de la espalda.
—Al diablo con el almuerzo. Todo lo que quiero es follar esa boca descarada y verte de rodillas
otra vez —le gruñó en su oído.
Lilliana trató de ignorarlo pero Tucker le dio la vuelta con dureza y la empujó hacia abajo por sus
hombros obligándola a ponerse de rodillas. Lilliana golpeó sus manos. Le gustaba complacerle pero
en sus propios malditos términos. Tucker abrió la cremallera de los pantalones y sacó su polla, pero
Lilliana lo miró y se negó a aceptarla a solo tres centímetros de su cara.
—Hazlo —susurró Tucker.
Lilliana permaneció en silencio y se sentó sobre sus pies sin quitarle la mirada ni una sola vez.
—Haz-lo. —La boca de Tucker se crispó con agitación pero Lilliana no se movió—. ¿Quieres ser
castigada? ¿Esta es tu manera de tratar de obtener esa respuesta de mí?
—Tú no eres mi dueño, Tucker McGrath, y no he firmado todavía nada que indique que me
puedes hacer lo que te dé la gana. Tú me querías de rodillas y así es como estoy. Si quieres algo más
entonces, debes pedirlo de buena manera. —Lilliana tragó saliva. Una guerra de voluntades de
proporciones épicas se llevaba a cabo y no perdió Lilliana—. ¿Sabes cómo hacerlo o te gustaría que
te lo demuestre? De esta manera: por favor, Lilliana, chupa mi polla. Haz que me corra. Dilo.
—Una vez te dije que no quiero que me excedan y lo dije en serio. No estoy jugando contigo. O
me proporcionas lo que necesito y te sometes a mí, o encontraré a alguien que lo haga.
Lilliana se paró rápidamente, se dirigió hacia la puerta y la abrió. Que la condenaran si iba a
permitir que Tucker la amenazara. Su corazón se hundió porque realmente lo quería de una manera
que no podía explicar. Tal vez fue su cáscara externa de chico malo que enmascaraba el muchacho
de campo en su interior o, posiblemente, le gustaba el hecho de que no podía ser domesticado y
exigía su rendición. Cualquiera que fuera el caso, no iba a permitir ser engañada de nuevo, sobre
todo cuando podía confiar en Tucker menos que la distancia a la que podría arrojar su culo
arrogante. Todo se reducía a la puta tierra y al hecho de que él no había negado todavía quererla.
Por supuesto que todavía la quería se gritó a sí misma.
Lilliana no se atrevía a mirar sus ojos enojados cuando estaba en la puerta porque sabía que se le
rompería el corazón. Su declaración de la noche anterior sobre desear su sumisión había resonado
en ella. Dios, cómo quería a Tucker y su disciplina… y esa habitación… ella quería experimentar más
eso… pero no le gustaba esto. No cuando lo único que él quería de ella era satisfacer sus
necesidades. ¿Qué pasa con necesidades de ella? ¿Qué hay de lo que ella quería?
—Entonces, encuentra a alguien más —dijo en tono desafiante.
Se escuchó el sonido de la cremallera de Tucker al subirla y una ráfaga de aire pasó al lado de ella
cuando él atravesó el umbral de la puerta. Se apartó de ella, se detuvo a unas pocas pulgadas con la
respiración entrecortada. Lilliana permaneció inmóvil al igual que él mientras ambos luchaban
internamente con qué hacer a continuación. Después de una larga pausa, Tucker se volvió hacia
Lilliana y le acarició la barbilla. Temía lo que vería al mirarla, la ira, el odio, el disgusto. Cuando sus
ojos se encontraron, él estaba claramente confuso.
—Maldita mujer terca —dijo apenas audible.
La perfecta boca de Tucker la estaba llamando; bésame, rogaba. Su insolencia vaciló y se inclinó
hacia adelante, incapaz de controlar su respuesta corporal a su toque. Ella cerró los ojos, temerosa
de que él la rechazara y se alejara. Se preparó para lo peor pero sintió sus cálidos labios rozando los
suyos. Él abrió la boca y ella aspiró su aliento caliente y luego se fue. Una ráfaga de viento fresco
sopló junto a ella y el carillón de viento tintineaba con insistencia recordándole que Tucker había
estado allí, pero que ya no. Lilliana quedó con los ojos cerrados cuando el auto aceleró
sonoramente y se alejó a toda velocidad.
Lilliana finalmente reunió la fuerza necesaria para abrir los ojos y entró de nuevo a su casa
enfurruñada, sola. Así que eso fue todo; la noche llena de pasión con el único Tucker McGrath. Le
había hablado de placeres indecibles, de control y de sumisión, y ahora nunca experimentaría nada
de eso. Suspiró, decepcionada por no haberle dado lo que quería, pero maldita sea si ese hombre
no era molesto como el demonio. Su noche con él fue increíble y estaba agradecida por abrirle los
ojos sobre lo que realmente quería, la sumisión. Aunque no podía dejar de preguntarse, ¿iba a ser
capaz de hacerlo?
14.
Tucker no podía creer la escena que acababa de actuar. Mantuvo su pie firmemente plantado
en el acelerador mientras su coche se disparaba por la calzada de Lilliana. Nunca había estado más
equivocado acerca de una mujer en su vida. Cada vez que pensaba que la tenía clara, le lanzaba una
nueva curva y cada vez que la atrapaba, le daba de lleno en el diafragma sacándole el aire.
De pronto deseó nunca haber puesto los ojos en Lilliana y en su puta tierra. Ella lo había leído
como un libro y si hubiera negado todavía quererla entonces hubiera obtenido su mamada. Se
detestaba a sí mismo y a su codicia. No siempre fue así. Su competitividad era uno de los pilares
desde la infancia, pero la codicia… ¿de dónde diablos salió eso? No necesitaba el dinero y sabía que
se estaba engañando a sí mismo por pensar que la tierra sería un salto en la vida. Demonios, podría
retirarse ahora si quería.
Pero su orgullo, era un gran otro asunto. Él no iba a ser dominado por Lilliana o cualquier otra
mujer. Maldita sea. ¿Con quién coño se creía que estaba tratando? ¿Con el pequeño-gatito de
exmarido Adam? Adam. Ese bastardo la engañó, mintió y lastimó de manera que nunca entendería.
Le había dicho que iba a tratar de hacer que se olvide de Adam si lo permitía y luego, ¿le dijo esa
mierda que iba a encontrar a alguien más para que se lo hiciera? Tucker salió a un lado de la
carretera para tratar de contener su rabia y decepción por toda la puta situación con Lilliana Norris.
Ella era enloquecedora, bocazas y atractiva, y todo lo que él nunca supo que quería. La noche
anterior fue tan increíble y pensó que era solo el comienzo de lo que vendría. ¿Debería volver? Él
quería, pero su maldito ego…
Con la cabeza entre las manos, el teléfono de Tucker sonó.
Lilliana: 15:22: Me gustó mucho la noche anterior. Siento que las cosas
terminaran de la manera que lo hicieron. Espero que podamos seguir siendo
amigos.
¿Qué carajo? ¿Acaba de obtener amistad? Mierda. No.
Tucker le dio la vuelta y regresó rápidamente a la casa de Liliana. En cuestión de minutos estaba
de vuelta en su puerta golpeándola duramente. Esta era una maldita patraña. Lilliana abrió la
puerta con las mejillas encendidas y parecía completamente sorprendida.
—¿De verdad solo quieres que seamos amigos? —ladró Tucker.
—Yo… no… yo solo quería expresar mi gratitud por lo de anoche.
Tucker se rio sarcásticamente.
—¿Gratitud? ¿Al decirme que solo seremos amigos? Tengo unos malditos 37 años. Yo no hago
cosas de amigo. Lo siguiente que me dirás será, no eres tú, soy yo.
La sorpresa de Lilliana se volvió molestia en un abrir y cerrar de ojos.
—Bien, supongo que no quedaremos en una relación amistosa. ¿Cuál diablos es tu problema
entonces, Tucker? ¿Por qué has venido aquí? ¿Solo para masticarme el culo? Y solo para aclararlo:
eres tú y no yo.
Tucker no pudo evitar sonreír. ¿Masticar su culo? Más bien morderlo. Maldita sea, ese culo era
tentador. Los ojos de Lilliana escanearon su rostro y se posaron en su boca. En el mismo lapso que le
tomó ponerse molesta, ahora se estaba poniendo cachonda. Era su sonrisa, recordó. Era su arma
secreta contra la morena de fuego. Él amplió su sonrisa y mostró sus dientes y Lilliana negó con la
cabeza.
—No, por supuesto que no. He conciliado el hecho de que tú y yo hemos terminado. Listo. De
una vez. Una noche de pasión es todo lo que tuvimos.
—¿En los siete minutos que me fui decidiste todo eso? Dame un puto descanso. Dime, ¿es una
noche conmigo todo lo que realmente quieres? —Tucker hizo una pausa, lo que permitió a Lilliana
reflexionar su declaración—. No hay necesidad de una respuesta porque estoy dispuesto a apostar,
tu coño mojado es toda la prueba que necesito para marcar mi punto.
Los ojos de Lilliana agrandaron.
—Aquí vamos otra vez con tu exceso de confianza.
—Dime que estoy equivocado —exigió Tucker.
Al igual que ella podía leerlo, él podía leerla y lo que estaba escrito en todo su impresionante
cuerpo era fóllame ahora, Tucker.
Lilliana cruzó los brazos sobre su pecho y escudriñó el suelo.
—Dijiste que ibas a buscar a otra persona para satisfacer tus necesidades. Entonces, ¿qué estás
esperando?
Oh, mierda. Eso. Tucker suspiró.
—No voy a ser dominado —respondió, en realidad sin abordar la cuestión.
—Yo no estaba tratando de hacer eso, pero este asunto de la tierra me hace disgustarme contigo.
Sé que todavía la quieres así que no trates de negarlo.
—Bien, entonces, no lo haré. Soy un hombre de negocios, Lilliana. No puedo evitar que el
empresario en mí siempre esté trabajando en segundo plano. Es lo que soy.
Lilliana estaba patentemente herida y él sabía que tendría que tragarse su orgullo un poco y
tratar de hacer las paces. Lo odiaba, pero si significaba dejarla tranquila entonces que así sea.
—En cuanto a la búsqueda de otra persona… eres la única en mi mira en este momento.
Lilliana levantó la cabeza.
—¿En este momento?
Mierda, eso salió todo mal, también.
—Quiero decir… ah, diablos —Tucker se detuvo antes de meter la pata una vez más—. Lilly…
Lilliana levantó la mano y cubrió la boca de Tucker.
—Para. No estoy en busca de ningún tipo de compromiso tampoco. Por el momento está bien
conmigo. Pero en serio, hay que aprender a decir por favor y eso no es porque sea impertinente
contigo, es solo una cuestión de buenos modales. Y me imagino que tu orgullosa madre diría lo
mismo.
Tucker levantó una ceja. Le gustaba ver bajar los muros de Lilliana. Dudaba de que estuviera
realmente tratando de ser impertinente pero todavía tenía dudas sobre su capacidad de ser sumisa.
—Me gusta que seas controlador, de verdad, pero… tú… eres tan, maldición… ¡Agh!, frustrante
para mí.
Esa no era la primera vez que una mujer había dicho esas palabras y sonrió. Sí, se imaginó que su
dominio sería difícil; luchar a brazo partido con alguien tan testaruda como Lilly, al igual que con su
terquedad, no sería fácil. Pero no podía negar su atracción por ella, la sinrazón y todo.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? —preguntó Tucker.
Las mejillas de Lilliana se sonrojaron y parpadeó largo y duro.
—A riesgo de sonar desesperada y poco femenina, lo que realmente quiero es un buen y duro
polvo, como el que me prometiste la primera vez que viniste aquí. Al igual que el que me diste
anoche, dos veces. Te quiero a ti y tu increíble polla para hacerme olvidar el hecho de que quieres
mi tierra y que no somos en absoluto el uno para el otro.
La polla se le endureció inmediatamente. Sí, su petición era poco femenina pero a él le
importaba una mierda. Estaba siendo completamente honesta, sin insinuaciones, sin juegos, sin
matices… jodidamente real. En cuanto a no ser el uno para el otro, que probablemente así fuera,
pero ambos estaban yendo de frente con el otro y no había alusiones ni pretextos.
Él la quería y ella lo quería por el momento, y eso era lo suficientemente bueno. Por ahora.
Tucker la agarró por la cintura y la levantó en sus brazos. Un buen polvo duro era precisamente lo
que pretendía darle. Lilliana envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras se tambaleaba en
su casa y dio una patada a la puerta que se cerró detrás de él. Tucker apretó la boca contra sus
cálidos labios y tropezó en su dormitorio donde ambos desgarraron la ropa del otro frenéticamente.
Jeans y ropa interior volaron en todas direcciones en una ráfaga de movimiento, extremidades
entrelazadas y agarradas de cualquier parte que podían.
Tucker la soltó sobre la cama y buscó a tientas en su bolsillo del pantalón un condón. Temía que
se hubieran acabado pero suspiró con alivio cuando encontró el último. Si la cosa seguía
regularmente necesitaban conseguir un método anticonceptivo y hablar con ella sobre eso. Y
cuanto antes, mejor.
Tucker abrió el sobre con los dientes y deslizó el condón sobre su pene endurecido, mientras
mantenía sus ojos sobre Lilliana. Ella tenía los ojos fijos en su polla y se abrieron con anticipación.
Parecía hipnotizada y Tucker movió su pene de un lado para el otro, con ganas de disfrutar de la
mirada expectante en su rostro.
—Un buen polvo duro, ¿eh?—susurró.
Las pupilas de Lilliana se alzaron rápidamente hasta él con un movimiento enérgico de su cabeza
y asintió.
—¿Estás segura de que puedes manejar esto?
Lilliana lamió sus labios y su pecho se movía con su pesada respiración.
—Sí, puedo manejarlo. Por favor… —gimió.
Tucker buscó sus pantalones vaqueros de nuevo y le sacó el cinturón. La mirada de anticipación
de ella se volvió agitada.
—Ponte sobre tu estómago, las manos detrás de la espalda —ordenó.
Lilliana permaneció inmóvil y sin pestañear.
—¿Por qué la duda? —preguntó, de rodillas en la cama entre las piernas de Lilliana.
—No estoy lista para eso.
—Ya veo. Así que estás lista para chuparme la polla y tragar mi leche pero ser atada ¿está fuera
de los límites? —preguntó Tucker incrédulo.
Lilliana puso los ojos en blanco.
—Supongo que si lo pones así… pero… ¿podemos guardar ese tipo de cosas para más tarde?
¿Cuando me sienta más cómoda?
Tucker corrió el cuero a través de su mano, parándose en la hebilla. Sus dedos rozaron el metal
frío mientras reflexionaba sobre su petición. Ahora era un momento tan bueno como cualquier otro
para averiguar de qué estaba hecha Lilliana y si iban a ser compatibles. Su polla tembló como si le
recordara que era ahora o nunca para seguir adelante con ella. Llegó a la conclusión de que esta era
la manera de entrar en la psique de Lilliana, ganar su confianza y dejar un poco de margen, sobre
todo teniendo en cuenta lo frágiles que estaban las cosas en ese punto.
—No soy de hacer concesiones, pero estoy dispuesto a transigir si esto significa que comiences a
confiar en mí. Las manos al frente, las muñecas cruzadas. Todavía tienes una sensación de control
de esa manera. Y… todavía tendrás un magnífico aspecto de puta madre atada con mi cinturón.
Lilliana ladeó la cabeza y parpadeó varias veces antes de asentir. Se dejó caer y cruzó sus
muñecas abajo sobre su vientre.
Tucker se movió rápidamente antes de que Lilliana tuviera la oportunidad de resistirse. Pasó el
cinturón varias veces alrededor de sus muñecas y metió la hebilla perfectamente dentro de la
atadura. Cuando su mirada se encontró con Lilliana, parecía un animal asustado, su respiración
entrecortada y áspera, y los ojos muy abiertos y vidriosos.
—Maldita sea, Tucker. La forma en que manejas ese cinturón… tu velocidad y agilidad… tengo la
sensación de que has hecho este tipo de cosas antes. Frecuentemente.
Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Si ella supiera. Aunque en realidad,
deseaba haberlo hecho más a menudo de lo que se lo habían permitido.
Lilliana negó con la cabeza:
—Bien, necesitas seriamente deshacerte de esa siniestra y pervertida carcajada porque me estás
volviendo loca.
La expresión del rostro de Tucker era la cosa más sexy que Lilliana había visto en su vida. Le
devolvía la mirada, pero esa risa… envió escalofríos por su espina dorsal metiéndose en la raja del
culo, algo que era nuevo para ella. No sabía que era posible que se le pusiera la piel de gallina en su
trasero, pero allí estaba, avanzando poco a poco hacia arriba en su coño. Era una sensación extraña,
molesta y encantadora.
Lilliana rio cuando la sensación de hormigueo se deslizó hasta sus labios vaginales, alcanzando a
su delicado coño ahora con algunos pelitos.
Tucker se puso rígido, como si ella lo hubiera golpeado y apretó los dientes.
—¿Crees que soy gracioso?
Lilliana tragó saliva. La línea le recordaba a una de sus películas favoritas, Buenos muchachos23
, y
lo que pasó con el pobre idiota que se había reído de Tommy De Vito. Su risa se calmó, temiendo
que iba a terminar en el baúl del Maserati de Tucker, atada y amordazada.
—No, es solo que tú me das escalofríos en mi “empanada” y ahora me pinchan los pelitos.
Los ojos de Tucker se abrieron y risas salían de su garganta. El sonido era maravilloso y atractivo.
—Mierda, Lilly, esto se supone que es follar. Estás acostada aquí, atada frente a mí y pareciendo
una pequeña gatita sexual cachonda y ¡ni siquiera puedo mantener una cara seria contigo!
Lilliana le sonrió y una parte de ella se deleitaba con su franqueza. Adoraba su risa y estaba
encantada de hacerlo reír.
Tucker respiró hondo, cerró los ojos y se acomodó. Cuando abrió los ojos de nuevo, Lilliana sabía
que el recreo había terminado.
—Ahora… a volver al trabajo —gruñó.
Agarrando el cinturón, Tucker colocó las manos de Lilliana encima de su cabeza y la volcó sobre
su vientre por la cintura. Él la inclinó sobre el borde de la cama, agarrándola del cinturón de forma
segura, sujetando sus manos en alto y forzando la cara hacia abajo.
—Al igual que dice el rap: Boca abajo, culo arriba… esa es la manera que me gusta follarte…
Lilliana intentó hacer un comentario sobre la canción, pero solo su voz apagada se oía. Casi no
podía respirar por lo que volvió la cara hacia un lado. Sintió la necesidad de decir algo, pero se
mordió la lengua. Esperó por la invasión de Tucker y llegó… dura y profunda y sin previo aviso, y un
grito de sorpresa escapó de los labios de Lilliana. Apretó su cuerpo hacia abajo contra la cama
tratando de escapar de su penetración forzada, pero no había lugar para ella ir.
Tucker se introdujo en ella repetidamente, implacable y severo, su respiración más fuerte con
cada embestida. Los ojos de Lilliana empezaron a humedecerse con cada golpe en el cuello uterino.
Ella había pedido una jodida dura y Tucker le estaba dando exactamente lo que ella había querido.
Incapaz de detenerse, Lilliana empezó a gemir en voz alta, jadeando y respirando con dificultad
mientras él arrasaba con sus defensas.
—Sí, eso es, mascota. Más alto —gruñó.
Lilliana obedeció y gritó. Tucker se sentía tan condenadamente bien, su polla dentro de ella se
sentía intensa; el calor de su núcleo irradiando al interior de las paredes de su coño. Su pene se
deslizó dentro y fuera y Lilliana comenzó a sentir el inminente orgasmo rápidamente. Ella tomó
consciencia de donde la tocaba su carne caliente y sintió el cosquilleo de su muslo rozando su
cadera. Empujó su culo contra la pelvis de Tucker, aceptando sus embestidas con valentía.
La palma de la mano de Tucker se hizo sentir en la parte baja de su espalda mientras la empujaba
hacia abajo en la cama, recordándole someterse a su brutal follada apasionada. Pulgada a pulgada,
él deslizó la mano sobre su cadera y la apretó sin compasión mientras se inclinaba sobre ella y
hundía sus dientes en su hombro.
23
Título original Goodfellas, en España se tituló Uno de los nuestros.
El aliento de Tucker era cálido y húmedo contra su oído mientras le susurraba:
—Mi dulce, dócil, Lilly…
Lilliana nunca había sido llamada algo tan modesto y a la vez sensual, y su cuerpo se suavizó con
sus palabras.
—Sí, eso es… dámelo. Piérdete en el momento y déjate llevar —continuó arrullándole el oído
mientras se hundía con más y más fuerza dentro de ella.
Los gemidos y latidos del corazón de Lilliana llegaron a ser tan estruendosos en sus propios oídos
que todos los demás sonidos se ahogaron. Tucker inclinaba la pelvis y comenzó a golpear ese lugar
incontenible. Ella cerró los ojos, mordiendo y arrancando las sábanas de la cama y apretó los puños
tratando de encontrar algún tipo de alivio a la dulce tortura que Tucker le estaba dando.
—Dámelo, Lilly —Tucker mordisqueó su clavícula.
Lilliana se alejó por un breve momento cuando la ola del orgasmo se apoderó de su cuerpo.
Comenzó en su vientre y luego la golpeó como una ola gigante que rompe contra las rocas mientras
su cuerpo se convulsionó y se retorció violentamente.
—¡Ah, Tucker! —gritó ella.
Toda la mitad inferior de su cuerpo estaba intensamente sensible pero Tucker era inmisericorde
mientras continuaba profundizando en ella, buscando su propia liberación. Lilliana gimió y trató de
permanecer lo más quieta posible tratando de frenar el espasmo de su cuerpo. La forma en que
Tucker le levantó las manos por encima de la cabeza y el sonido de su voz abrumaba toda la lógica
de Lilliana. Ella quería mucho más de él, todo de él. Quería ser follada así diariamente hasta que su
cuerpo no pudiera aguantar más. Había pasado demasiado tiempo desde que un hombre había
tomado el control de ella y aún así, nadie lo había hecho como Tucker.
Lilliana siempre había asociado el sexo con amor y ella estaba luchando contra sus propios
demonios interiores mientras gritaba dentro de su cabeza. ¡No! Ella no quería amor. Ella no
necesitaba amor. Solo necesitaba esto. Lilliana sacudió la cabeza tratando de luchar contra el
próximo orgasmo que iba acercándose.
La voz de Tucker era baja y profunda mientras hablaba para sí mismo.
—Justo ahí…
Lilliana sentía la clara pulsación de su polla cuando sus movimientos se volvieron frenéticos. Él
giraba y giró sus caderas mientras se deslizaba a sí mismo todo el camino solo para forzar su polla
en su tiempo una y otra vez. Él golpeó su punto G de forma inesperada y allí estaba, una nueva ola
de éxtasis. Llegó tan de repente. No tuvo tiempo para prepararse y se sacudió contra Tucker y gritó
tan fuerte que su voz se quebró y se ahogó con sus propias palabras ininteligibles.
Dulces estrellas celestiales encima, era como ser llevada a otro lugar. Lilliana estaba empapada
en su propio sudor y el sudor de Tucker goteaba de su cara sobre su espalda mientras se quedó
quieto, maldijo y salió.
Tucker se derrumbó sobre la espalda de Lilliana, apretándola contra la cama y dejándola
indefensa e incapaz de moverse bajo su masa muscular masiva.
—Maldita seas, Lilly —se rio suavemente, rodando fuera de ella y, finalmente, sacando de sus
muñecas el cinturón.
Lilliana rodó sobre su espalda. Cada músculo de su cuerpo le quemaba y dolía, y tomó hasta la
última gota de energía solo para poner sus brazos en frente de ella. Volvió la cabeza y sus ojos
encontraron a Tucker mientras la miraba fijamente.
—¿Siempre has sido tan dócil en el dormitorio?
—Por mucho que me gustaría serlo, no me considero dócil ni sumisa.
—En el mundo real es así, pero a puerta cerrada… tú, mi pequeña mascota, estás demostrando
ser muy obediente. En cuanto a querer ser sumisa, puedes ser lo que te propongas. Algunas
mujeres nacen sumisas, algunos se les enseña a ser, y las demás están en algún lugar en el medio.
Había algo de verdad en el comentario de Tucker. Siempre había sentido que a pesar de su
obstinación y fuerza de voluntad, tenía un deseo de ser sumisa a su hombre en el dormitorio
aunque nunca nadie le había dado la oportunidad. Había intentado todo lo posible para complacer
a Adam, pero terminó pasándole por encima. Lilliana supuso que estaba en la categoría de un punto
intermedio y quería a Tucker para ayudarla a revelar ese lado de sí misma.
Lilliana alzó las muñecas atadas.
—¿Has hecho este tipo de cosas a menudo?
—Lo he hecho, pero no tanto como me hubiera gustado. No todas las mujeres son tan abiertas
de mente como tú y, ciertamente, no todas las mujeres a las que les propuse atarlas han aceptado.
Lo has hecho muy bien para ser la primera vez.
Lilliana sonrió con orgullo. Sí, lo hizo muy bien y Tucker no lo había hecho tan mal. Ella temía que
él se aprovecharía completamente de la situación pero no lo había hecho. Se había comportado
tanto caballeroso como casi animal y era una combinación embriagadora y fascinante.
Tucker se incorporó y miró sus muñecas desatadas con la huella dejada sobre su piel. Era
fascinante; tanto exquisita como artísticamente. Lilliana trazó el contorno de las líneas alrededor de
su muñeca con un dedo.
—Es hermoso ¿no? —preguntó Tucker besando la parte interior de su muñeca.
Lilliana asintió y le dio a Tucker una sonrisa de pura felicidad.
—Sí, lo es —al igual que Tucker.
15.
Tucker se sentó a comer la cena ligera que Lilliana había cocinado. El maíz fresco sacado del
pequeño jardín que su tía tenía atrás y el pollo al horno era como el sabor del hogar. Ambos se
habían duchado y estaban sentados uno frente al otro con One Republic, If I Lose Myself, sonando
de fondo. Él se encontraba a gusto en ese entorno; la casa pequeña, acogedora, con fotos de la
familia adornando las paredes, el olor de la cocina casera y el tenue aroma de las flores silvestres y
hierbas que soplaba desde la ventana abierta. El ambiente y el sol bajo en el horizonte lo hacían
sentir nostálgico mientras Lilliana balbuceaba acerca de todo y nada en absoluto. Su voz era suave y
femenina, agradable y casi cantarina, y Tucker la apreciaba con intenso interés.
Una vez más, se encontró extrañando a su familia y las conversaciones que se derivaban todas las
noches a la hora de cenar. Una visita parecía ser buena idea y entonces hizo una nota mental para
comprobar sus compromisos.
Sus ojos se posaron en las muñecas de Lilliana que aún mostraban signos de su cinturón. Cuando
se posaron en sus pupilas moteadas de verde y marrón, ella le sonreía y miraba su boca. Ni siquiera
se había dado cuenta de que también estaba sonriendo. Era extraño cómo parecía tener ese efecto
en él. Tucker la suprimió con rapidez al recordar cómo Lilliana pensaba que no tenían nada en
común. ¿Pero era así realmente? Sus antecedentes eran tan similares, su educación y sus valores…
No, sus valores no eran los mismos. Tal vez hace mucho tiempo si lo fueran pero ahora tenían
ideas totalmente diferentes de lo que era importante para ellos. Para Tucker: dinero y carrera; para
Lilliana: familia y honestidad. La garganta se le apretó cuando pensaba que Lilliana estaba sola en el
mundo y sus engaños. Tanto su madre como su tía se habían ido y no sabía nada de su padre. Todo
lo que tenía era lo que le habían dejado, el campo y buenos recuerdos de ellas.
Fue en ese momento que se dio cuenta de que no podía y no quería quitarle eso de ella, nunca.
A la mierda la tierra; a la mierda el dinero. Él solo tendría que encontrar otro proyecto inmobiliario
en qué concentrarse. En cuanto a Lilly, ella tenía toda su atención, sin importar si las cosas iban a
durar o no. Su alegría era tan sincera y cautivadora que no podía hacer nada más que aceptarla con
todo lo que era, obstinada, difícil, muchas veces exasperante y completamente adorable.
Incómodo con las emociones que el hogar y la sonrisa de Lilliana le evocaban, Tucker miró la
mesa y cogió un hilo suelto en el mantel impacientemente. No le hacía falta otro intento fallido de
una relación y Lilliana había dejado muy claro que no estaba interesada en ningún tipo de
compromiso. Sexo, eso es todo lo que era, se dijo.
Tucker se levantó, limpió su plato y el de Lilliana. Ella se puso a su lado y secó los platos que él
lavaba rápidamente. La forma en que se movían al unísono era como si lo hubieran hecho toda la
vida.
—Debo irme —dijo Tucker abruptamente con inquietud.
—¿Tan pronto, Tuck? —dijo Lilliana con desaliento.
Los ojos de Tucker se agrandaron y su boca se abrió. Nadie más que su familia le llamaban así,
nunca. Él no lo permitía. La manera en que Lilliana lo dijo puso a Tucker en aprietos para encontrar
las palabras. ¿Debería corregirla?
—Lilly… —tragó
—Por favor no te vayas. Hoy fue un día tan maravilloso. Bueno, la mayor parte de él, de todos
modos. ¿Tiene que terminar tan pronto? ¿No podemos ir de nuevo a tu casa para un poco de
disciplina? —sonrió ampliamente, meneando las cejas hacia arriba y abajo.
Sí, algo de disciplina es exactamente lo que necesitaba para dejar de pensar en sus sentimientos
cursis; sabía que Lilliana se refería al sexo. Los dedos de Lilliana se deslizaron por su pecho mientras
permanecía mirándola en silencio.
Cerrando sus dedos detrás de su cuello, Lilliana se puso de puntillas hasta llegar a sus labios.
—¿Por favor, Tuck? —le dio un beso en sus labios y el hambre ardiendo en sus ojos hablaban de
los deseos indecibles.
Tucker bruscamente la agarró y plantó sus labios firmemente sobre los de ella. Quería saciar su
deseo y avivar ese fuego abrasador dentro de ella con su poder y control. Él lo quería, no podía
negárselo, y definitivamente no iba a rechazarla cuando estaba siendo tan mansa. Al diablo, quién
sabía cuánto tiempo iba a durar antes de que su obstinación regresara.
—Sí, por supuesto, mascota. Todo lo que quieras.
La única cosa que Lilliana quería en ese momento era los brazos de Tucker a su alrededor. Se
sintió mareada por la excitación mientras su corazón latía aceleradamente.
Rápidamente preparó una muda de ropa, mientras que Tucker exploraba en su ropa interior.
Sacó un par de bragas y sostén de color rosa.
—Estos —dijo colocándolos sobre la cama. Regresó a su cajón y cogió dos juegos más—. Ah, y
estos también.
A continuación, se trasladó a su armario y sacó varios pares de pantalones vaqueros y con
botones, camisas de vestir y los dejó para ella. ¿Cuánto tiempo se creía que iba a quedarse en su
casa? Lilliana se limitó a asentir con complacencia y los agregó a la creciente pila.
Lilliana cerró su casa y encontró a Tucker de pie en el porche mirando el crepúsculo y los campos
abiertos. Lo estaba haciendo otra vez y eso la preocupaba. Ella miró a sus ojos, temerosa de ver en
ellos signos de dólar de nuevo. Se sintió aliviada cuando vio una expresión de paz en su rostro. Su
tierra tenía el mismo efecto en ella. Se sentía como en casa en la tierra de su familia, como si Margo
y su madre estuvieran de alguna manera mirando desde arriba. Esperaba que así fuera. Se acercó a
Tucker, deslizó su brazo en el suyo y apoyó la cabeza en su bíceps.
—Me encanta este lugar. Realmente puedo sentir a mi madre y a Margo aquí. Te juro que a veces
incluso puedo oír sus voces llevadas por el viento. Es el sonido de dos niñas felices jugando en el
campo de calicó.
Tucker miró fijamente y parpadeó largo y duro.
—Me gustaría haber llegado a conocer a tu tía un poco mejor.
—¿La conociste? —Lilliana sonrió a Tucker.
—Oh, sí, la conocí.
—¡Ja! ¡Apuesto a que te rompió las pelotas!
—Seguro como el diablo que lo hizo. Maldición, era decidida. No quería tener nada que ver
conmigo. ¿Te suena familiar?
De los ojos de Lilliana brotaron lágrimas que amenazaban con soltarse. Echaba tanto de menos la
cercanía de su tía y de su madre, que fue doloroso. Le hubiera gustado conocer la opinión de ellas
sobre Tucker, aunque sabía que Margo le habría dicho que le diera una patada en el culo y corriera
hacia el otro lado. Dejó escapar una pequeña risa ahogada mientras luchaba por contener las
lágrimas.
—¿Qué pasa? —Tucker la abrazó acercándola.
—Nada. Solo estaba pensando en lo que Margo me habría dicho de ti.
—¿Qué hubiera dicho?
—Corre como el diablo —se rio.
Lilliana lo dijo medio en broma, pero las cejas de Tucker se unieron entre sí. No había querido
ofenderlo o herir sus sentimientos pero lo había hecho.
—En el fondo, realmente no soy un mal tipo —susurró Tucker.
—Oh, Tuck, no quise decir eso. Sé que no lo eres. No eres más que, ya sabes, todo un arrogante
personaje.
La sonrisa sexy de Tucker regresó.
—Quieres decir caliente… —Tucker deletreó la palabra fonéticamente—… y no complaciente,
¿verdad?
—No, quiero decir complaciente. Altivo y travieso, es todo lo que eres, niño bonito.
Tucker sacudió la cabeza fingiendo consternación.
—Esa boca, te juro que va a terminar conmigo.
Lilliana esperaba que terminara con su arrogancia, de todos modos.
Durante el trayecto a la casa de Tucker, el teléfono de Lilliana sonó. Ella reconoció el tono como
el de Adam. Lo había evitado durante semanas. En su última conversación había tratado de dejar
claro que sus llamadas no eran bienvenidas. Sin embargo, allí estaba de nuevo, llamándola por
teléfono. Lilliana miró a Tucker con nerviosismo y puso su teléfono en el bolsillo del abrigo.
—¿No vas a responder? —se preguntó con curiosidad.
—No.
Tucker entrecerró los ojos y arrugó la frente.
—¿Por qué?, ¿es tu novio o algo así?
—O algo así. Ya sabes que no tengo novio por las comprobaciones que has hecho de mí. De
todos modos, no es importante y puede esperar.
Afortunadamente Tucker estaba satisfecho con su respuesta. Lilliana no se sentía
particularmente a gusto de tener que explicar la situación con su ex. Detestaba que no la dejara en
paz. Se había mudado a medio país de distancia de él y todavía ese mierda bueno para nada, la
llamaba.
Lilliana miró por la ventana hacia la pintoresca vista de la campiña mientras se dirigían a la
ciudad. El otoño estaba en plena explosión y el paisaje de Connecticut era impresionante. Ella
siempre había adorado Bridgeport y sus vistas pero ahora, viviendo aquí, realmente se sentía como
que era el lugar que quería llamar casa para siempre. Rezaba para que todo saliera bien y que la
pequeña cantidad de dinero que había heredado de su tía y la venta de su apartamento cubriera los
impuestos por lo menos durante el primer año.
—¿Qué te está molestando? —pinchó Tucker.
—El dinero. Impuestos. Mi ex.
—Ya veo. Bueno, todo saldrá bien. En cuanto a tu ex…
Lilliana ni siquiera se había dado cuenta de que lo había mencionado.
—Él perdió algo bueno contigo. Hijo de puta tonto. No puedo dejar de sentir un poco de lástima
por él porque eres un buen partido, Lilliana Norris, y yo soy un hijo de puta con suerte de tenerte de
rodillas.
La declaración de Tucker la dejó sin aliento y, de repente, se sintió con falta de aire mientras su
corazón hizo un flip-flop. Tucker no tenía ni idea de los sentimientos que se agitaban en ella. Se
recordó a sí misma que sus palabras persuasivas eran parte de su juego y, sin duda, había dicho lo
mismo a numerosas mujeres.
Lilliana siguió mirando por la ventana.
—Gracias —respondió con serenidad, sin querer revelar lo mucho que sus palabras significaban
realmente para ella.
Ella cerró los ojos por un momento y se durmió. Tucker golpeó un bache en el camino y ella se
sacudió, despertando. El mal estado del pavimento le recordaron que su cuerpo estaba irritado y
dolorido. Tucker le había dado unos buenos dos días seguidos y su pobre cuerpo, con poca práctica
últimamente, no estaba adaptado para dicho uso. Al salir del coche en su casa, caminó un gran
trecho. Ella quería más de la marca sexual de Tucker pero estaba agotada. Él se acercó, puso su
brazo alrededor de su cintura y la besó en la parte superior de la cabeza.
—Me siento así también. ¿Qué tal una siesta antes de la disciplina?
—Eso suena fantástico.
Lilliana despertó varias horas más tarde, caliente, sudorosa e incómoda. Estaba tumbada en la
cama con solo una camiseta, y sus miembros y los de Tucker eran una maraña. Estaba tendido en
calzoncillos y profundamente dormido y, para aliviar un poco de calor feroz, Lilliana sacó el brazo de
su pecho y fue capaz de tirar de ella hacia fuera por debajo de él sin despertarlo. Se inclinó hacia
abajo y puso su boca sobre su oído y lo besó suavemente. Lilliana se sentó y luego trazó el contorno
de colores brillantes del tatuaje de un corazón ardiente en su bíceps y lo besó también, y luego hizo
el doble de tiempo para llegar a su cuarto de baño. En su camino de vuelta, miró a su teléfono en el
mostrador de granito del baño viendo que era mucho más tarde de lo que había pensado.
Justo cuando ella lo recogió, sonó el tono de llamada de Adam, sorprendiéndola. Era alto y tenía
miedo de que se despertara Tucker. Maldita sea, Adam. ¿Por qué demonios llamaba después de las
2:00 de la mañana? ¿Estaba borracho o simplemente era un idiota completamente desconsiderado?
Ya sabía la respuesta a su propia pregunta y blanqueó los ojos.
Lilliana respondió antes de que se oyera el tono de nuevo.
—¿Qué demonios, Adam? —susurró un gritó en el teléfono.
—Así que estás viva.
—Sí, lo estoy. ¡Son las putas dos de la mañana!
—Cuidado con el tono, Lil. No estoy de humor. He estado tratando de llamarte por semanas.
Tengo casi decidido subir a un avión e ir por ahí para ver qué coño es tan importante que no puedes
coger tu maldito teléfono.
¿Con quién demonios piensa que está hablando? ¿De repente le crecieron bolas o qué? No le
había hablado con tanta dureza desde que estuvieron casados, cuando él estaba sacando su polla
inútil de cualquier cosa con un coño. Lilliana mordió el labio tratando de contener su ira y no gritar a
Adam. No le debía una explicación, pero lo último que necesitaba era que apareciera y cagara todo
entre ella y Tucker.
—¿Y? —ladró Adam.
—¿Y?, ¿qué?
—¿Entonces por qué carajo no has devuelto mis llamadas o cogido el teléfono?
—Porque yo no quiero hablar contigo y la última vez que lo comprobé, todavía estábamos
divorciados y no tengo que responderte.
Adam resopló.
—Inténtalo de nuevo.
Lilliana no respondió. El tono de la voz de Adam no le resultaba familiar. Por lo general era solo
quejica y molesto pero en ese momento era feroz.
—A ver si te enteras, Adam. Yo no te debo nada. Basta. De. Llamarme.
—Nope. No va a suceder, nena.
Lilliana levantó su brazo en el aire y maldijo en voz baja. Ella odiaba cuando Adam la llamaba
nena. Le disgustaba más allá de la razón.
—Maldito seas, Adam. Pensé que atravesando 5.000 km de distancia de tu culo inútil podría
mantenerte a raya.
—Te equivocas de nuevo. Debes estar acostumbrándote a pensar, ¿no? Siempre estabas
malditamente equivocada acerca de mí. En todo caso, que estés lejos me ha hecho pensar más en
ti.
—Esa es la declaración más sincera que me has dado. Creí lo suficiente en ti como para casarme
contigo y no hiciste más que mentir y engañar. ¡Qué equivocada estaba al pensar que alguna vez
podía confiar!
—¿Eso de nuevo? ¿Cuántas veces tenemos que hacer un refrito de esta mierda? Hice trampa, ¿y
qué? Si me hubieras mantenido feliz nunca hubiera pasado, así que supéralo.
Lilliana no se permitiría ser rebajada por Adam, pero sabía que la conversación no tenía sentido,
ni iba a ninguna parte, y no iba a discutir más.
—En fin, ¿por qué demonios llamas?
—Para decirte que es hora de volver a casa. Las vacaciones han terminado. Vende esa tierra y haz
lo que tengas que hacer, y trae tu culo de vuelta aquí. Tus amigos te extrañan y te quiero de vuelta.
Increíble. ¡Qué declaración completamente idiota! Lilliana se rio en voz alta, el tipo de risa loca
que solo Adam podría inducir.
—¿Me acabas de decir que no podía mantenerte feliz y ahora me quieres de vuelta? Guau. Solo.
Un. Jodido. ¡Guau! —replicó ella en frío sarcasmo.
—Ahora sabes lo que necesito y quiero, y lo vas a hacer mejor la próxima vez. ¿No es así?
Lilliana quedó pasmada.
—¿Lo haré mejor la próxima vez? Oh, Dios mío, Adam. En serio, me vas a hacer vomitar… en mi
boca nada menos, porque eres tan repugnante. Y luego me voy a mear por mis piernas porque eres
tan ridículo. Pis y vómito, Adam, esas son las funciones corporales que obtendrás de mí. No estoy, y,
sinceramente, nunca vas a tenerme de nuevo. Jamás. Joder nunca jamás. ¿Estás escribiendo esto
abajo? ¿Quieres que te envíe una nota o correo electrónico, o prefieres que vaya hasta allá y meta
esta declaración en tu inodoro? —escupió las palabras con impaciencia.
Lilliana se sintió bien con su asalto verbal hasta que Adam comenzó su reacción vocal.
—Escucha, pequeña zorra. ¡Nadie me deja! ¡Nadie! Seguí con el divorcio porque sé lo testaruda
hija de puta que eres. He jugado el juego de la espera pero se ha terminado. ¡Tengo una maldita
reputación y la gente está empezando a hablar de cómo me jodiste!
—¿Te jodí de nuevo? ¿Y tú lo permitiste? ¿Te estás escuchando? —Lilliana chilló de nuevo.
—Trae tu culo de vuelta aquí Lilliana, o te juro por Dios que voy a ir ahí y arrastrarte por el culo…
Lilliana apartó el teléfono de su oído. Ella no quería oír nada más y sintió la tentación de colgar,
pero sabía que Adam la volvería a llamar.
Adam todavía estaba gritando acerca de que no devolviera sus llamadas y arrastraría su culo de
vuelta a Kansas cuando oyó la voz susurrada de Tucker en su oído.
—Cuelga el teléfono, mascota.
Lilliana ni siquiera lo había oído acercarse sigilosamente. Sus manos temblaban de la vergüenza y
la ira, y solo quería terminar la llamada y esconderse. Al ver que no cumplía inmediatamente con su
orden, Tucker le tomó suavemente el teléfono de la mano y apretó el botón de colgar. Cuando ella
se volvió hacia él, se sintió aliviada de que hubiera tomado la iniciativa de cortarle a Adam. Tucker
apagó el teléfono y lo puso casualmente sobre la encimera.
—Quiero toda tu atención y tu culo de vuelta en mi cama ahora —dijo con énfasis tranquilo.
Lilliana asintió fervientemente y se movió rápidamente, pero no lo suficientemente rápido. La
mano de Tucker atrapó su nalga desnuda con una bofetada dura que la hizo aullar y saltar. Corrió al
dormitorio y se sentó sobre sus rodillas a esperarlo en la cama con una energía ansiosa corriendo
por sus venas. Cuando Tucker entró en el dormitorio, le sonrió con sus ojos bailando de lujuria y
llenando a Lilliana con una especie de anhelo que nunca había sentido antes.
—Impresionante —él habló en un susurro quebrado, y su voz resonó en sus propios sentimientos
acerca de él.
Tucker le tendió la mano y la ayudó a recostarse en la cama. Cuando se deslizó junto a ella, la
atrajo hacia su pecho.
La voz de Tucker estaba en calma y estable y es exactamente lo que Lilliana necesitaba después
de la conversación angustiante con Adam.
—¿Estás bien?
Tucker debía de haber oído lo que estaba pasando y de repente se sintió reservada. No le
gustaba particularmente hablar de Adam y sus últimos problemas matrimoniales.
—Sí, estoy bien.
—¿Todavía sientes algo por él?
Lilliana inclinó la cabeza hacia atrás, miró a los ojos de Tucker y sacudió la cabeza, tratando de
tranquilizarlo.
—Oh, tengo sentimientos por él pero simplemente no son del tipo sentimental y seguro que no
es ningún amor perdido.
Tucker levantó un lado de su boca en una sonrisa torcida, pero levantó las cejas con incredulidad.
—Entonces, ¿por qué sigues en contacto con él?
—No estoy en contacto con él; él está en contacto conmigo.
—¿Por qué no pones fin a eso? —preguntó, empujándola fuera de su pecho y acostándola a su
lado.
—Lo he intentado. Incluso he ido tan lejos como cambiar mi número de teléfono en dos
ocasiones, pero él es implacable…
Tucker apretó la boca en una línea apretada y una emoción indefinible brilló en sus ojos.
—Tal vez alguien debería tener una charla con él sobre eso.
—¿Y ese alguien va a ser tú? Tendrías un buen recibimiento. La última cosa que necesitas es más
daño a tu sonrisa inmaculada.
Los labios de Tucker se crisparon con la necesidad de sonreír.
—¿Qué te hace pensar que llegaría a eso? ¿Por qué no es posible que dos hombres maduros,
razonables, tengan una conversación de adultos?
—Depende de los dos hombres en cuestión. Tú y Adam, ¿razonables? No demasiado.
—Puedo ser sensato cuando es necesario —respondió a la defensiva.
—Tal vez puedas pero a Adam no le gusta que le digan lo que tiene que hacer.
Con un toque de censura en su tono, Tucker respondió.
—A la mayoría de los hombres no les gusta, Lilly. Ahí es donde el poder de la persuasión entra en
juego y, como tú sabes, puedo ser muy convincente especialmente cuando se trata de lo que me
pertenece. Además, mis molares increíbles están muy bien. Son los de él de los que necesitas
preocuparte.
El cuerpo de Lilliana estremeció ante la mirada firme en los ojos de Tucker. Ella le pertenecía.
Pero, de nuevo, pensó que había pertenecido a Adam. ¿Qué tan mala había sido? Lilliana suspiró
pensando en su matrimonio fracasado.
Sus sentimientos salieron antes de que pudiera detenerlos.
—El amor es una farsa.
Tucker pareció sorprendido y se incorporó sobre un codo para mirarla.
—No solo es ciego, sino sordo y mudo. Y seguro como el infierno que no lo conquista todo. ¿Por
qué la gente les dice eso a las niñas? ¿Por qué no mandan al traste todo cuento de hadas con un
falso final feliz y les dicen que la vida es injusta y el amor es una mierda? —continuó.
—Debido a que no es un asco. Mierda, Lilly, ¿por qué un panorama tan sombrío? No, no siempre
lo conquista todo, pero cuando es real se siente tan jodidamente bien. No importa lo fugaz que sea.
Ahora fue el turno de Lilliana de sorprenderse. ¿Eso venía del hombre cuyo nombre era sinónimo
de ser un mujeriego? No tenía ningún sentido.
—¿Por qué tan sombrío? Debido a que el hombre al que me prometí por siempre arrancó mi
corazón y lo pisoteó. Él tomó el juramento de fidelidad y se fue de putas delante de mis narices.
Todo el maldito pueblo lo sabía, mis supuestos mejores amigos, y nadie se preocupó lo suficiente
por mí para que me dejaran entrar en la pequeña broma. Oh, pobrecita Lilliana. Mírala, ella no
puede mantener feliz a su hombre por eso él lo consigue en otro lugar. Es como una broma. Hice
todo lo posible para mantener a Adam complacido y se metió en cada agujero que pudo encontrar
—dijo Lilliana suavemente.
Tucker le tocó la cara, calmando su irritación mientras corría con su dedo índice sobre sus labios.
—¿Cómo te enteraste?
—Cuando mi ginecólogo me informó que tenía clamidia. ¿No es bonito? Ese pelotudo dormía
con cualquiera y no usaba condón, y luego volvía a casa a difundir su inmundicia. Ese hombre es un
charco asqueroso de jugo de enema.
—Por cierto que tienes habilidad con las palabras, mascota. —Tucker se rio y su sonrisa produjo
en ella otra risita en respuesta.
—Cuando todo estaba dicho y hecho, resulta que se había acostado con casi una docena de
mujeres que conozco en el corto lapso de nuestro matrimonio de cuatro años. Así que tú entre toda
la gente debes entender por qué yo no creo en el enamoramiento.
Tucker frunció las cejas.
—¿Por qué yo de toda la gente?
—Porque tú te has divorciado dos veces —dijo ella claramente.
—El hecho de que no estoy en busca de amor y he renunciado a él no significa que yo no crea en
él. O en perderlo. El gran plan para mi vida nunca incluyó el divorcio. Era joven cuando me casé por
primera vez, y mis metas profesionales y la educación eran más importantes que mi vida amorosa.
En retrospectiva, no peleé con fuerza suficiente por mi primer matrimonio y luché muy duro para
hacer algo de la nada con mi segundo —continuó—. Soy un firme creyente en el amor verdadero,
Lilly. Lo he encontrado en dos ocasiones. Pensé que lo encontré con mi casi tercera esposa, pero
resulta que yo no estaba enamorado de ella tanto como lo estaba de la idea del amor y tener mi
propia familia. Resulta que ella se enamoró de la idea de vivir el estilo de vida que siempre había
querido.
—Lamento escuchar eso —dijo Lilliana tristemente.
Los ojos de Tucker se entristecieron y fueron hacia su interior, con el ceño fruncido.
—Algunas personas mienten para tratar de conseguir lo que quieren. Mi novia, ella… ella mintió
sobre… Ella no era quien pretendía ser.
Le dolió el corazón por Tucker. No podía imaginarlo siendo querido solamente por el dinero y la
popularidad, y sin saber quién era sincero o falso.
Tucker se tumbó de espaldas con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.
—No soy un santo y yo también he dicho mentiras, pero algunas cosas son sagradas. ¿Entiendes?
Lilliana no entendía lo que Tucker estaba tratando de decir, pero se sentó, escuchando y
preguntándose qué mentiras había dicho. ¿Le había mentido a ella?
—Como el matrimonio. Sé que has oído todo tipo de mierda sobre mí, pero yo no soy un
tramposo.
—¿Así que está bien mentir, pero no engañar? ¿Cómo funciona eso? Yo estaba bajo la impresión
de que las dos iban de la mano.
La boca de Tucker abrió y la miró asombrado por su declaración.
—Nunca me mientas, Tucker. Lo digo en serio. Eso para mí es motivo de ruptura. He sido herida
por las mentiras; a veces pienso que irreparablemente. Sé que no somos, ya sabes… nada serio ni
nada, pero yo nunca voy a mentirte. No soy así.
Tucker tragó saliva y miró hacia otro lado, a la ventana de la pared del fondo.
Sintiendo que Tucker se alejaba, Lilliana trató de atraerlo de vuelta. No había querido que la
conversación fuera tan intensa. Ella tampoco tenía la intención de revelar mucho acerca de sí misma
y no había esperado que Tucker divulgara tanta información personal.
—Siento mucho que tu prometida te mintiera.
Tucker respiraba fuerte y dejó escapar un fuerte suspiro.
—Es curioso, pero recuerdo que cuando era joven y mis padres luchaban por dinero, todo lo que
quería era ser lo suficientemente rico como para tener cualquier cosa y cualquier mujer que
quisiera. Ahora que tengo el tipo de riqueza que siempre he soñado, no estoy interesado en las
mujeres que vienen junto con este estilo de vida. Son, sin duda, atractivas y complacientes de más
maneras de las que te puedas imaginar, pero auténticas, en raras ocasiones. Echo de menos la chica
de pueblo que no pretende ser otra cosa que lo que es.
La habitación estaba desconcertantemente tranquila durante unos segundos.
—No te preocupes, no estoy buscando el amor tampoco —susurró Lilliana, rompiendo el
silencio.
Tucker miró desconcertado. Se sentó de nuevo y se volvió hacia ella con una mirada severa en su
rostro como si quisiera decir algo más.
Poco a poco su rostro se relajó, y apartó el asunto con un repentino buen humor.
—No estoy pidiendo que te enamores de mí, pero la lujuria genuina y la pasión serían buenas.
Al ver la diversión en los ojos de Tucker y el destello de sus dientes, Lilliana rio. Había algo cálido
y cautivante en su estilo de humor.
Lilliana sonrió con picardía.
—¿Lujuria genuina? Sí, creo que puedo ser útil para ti en ese sentido.
—No tengo ninguna duda de que puedes —le guiñó un ojo.
Lilliana cambió de tema.
—¿Sigues en contacto con tus ex?
—No. No estoy interesado en ser amigo de mis ex y no creo en vivir en el pasado. Es un pequeño
consejo al respecto que podrías querer considerar.
—Yo no soy amiga de Adam. Créeme, que el hombre es tan útil como un gusano plano y tan
atractivo como un caso agudo de sífilis.
Tucker se echó a reír y sacudió la cabeza.
—Adam es…
Tucker puso una mano en la boca de Lilliana.
—No quiero oír el nombre de ese hombre de nuevo. El único nombre que quiero que digas
cuando estás en mi cama es el mío, en cada forma que elijas. Por ejemplo: ¡Oh, Dios, Tucker! o
¡Maestro Tucker! Incluso me conformo Señor o Rey Tucker. Mejor aún, puedes llamarme Tucker,
lengua de movimiento experto y Dios del cunnilingus y de hacer el amor.
Lilliana rio y cayó sobre su espalda.
—¿Qué es tan gracioso? ¿Crees que estoy bromeando? —le metió el dedo en el ombligo y lo
arremolinaba a su alrededor—. Por cierto, si alguna vez me entero de que ese gilipollas habla
contigo con dureza una vez más, le meteré el puño en la garganta y sacaré sus cuerdas vocales
afuera, y no es broma.
El bajo vientre de Lilliana palpitaba bajo la intensa mirada en los ojos de Tucker. Esperaba que
nunca llegara a eso, pero le encantaría verlo aullando sobre Adam.
Lilliana se inclinó y besó la comisura de la boca de Tucker.
—Yo no sabía que podías ser tan caballeroso.
—Te dije que soy multifacético con muchas capas. Caballeroso y malo hasta los huesos son solo
algunas de esas capas.
—Malo hasta los huesos. Se te pone dura como un hueso —bromeó Lilliana.
Tucker puso los ojos en blanco.
—Realmente me gusta la palabra hueso24
. Es tan descriptiva y divertida. Debemos tratar de
usarla tan a menudo como sea posible en situaciones cotidianas —bromeó Lilliana—. Comenzaré:
Me gustaría realmente tu hueso en mi bobo. Si fueras tan amable de colocar tu hueso en mi
húmedo delicioso muffin, lo apreciaría mucho —rio Lilliana.
Tucker se golpeó la frente y gruñó.
—No eres tan divertida como te crees que eres.
Y una mierda que no. Lilliana se había criado como hija única y aprendió muy pronto que para
entretenerse a sí misma y no había nadie que pudiera hacerla reír más fuerte que ella misma.
—Sabes, realmente soy la persona más rápida que conozco pelando maíz —afirmó mientras le
tocó a Tucker reírse de buena gana—. No, de verdad. Gané el primer premio en la feria estatal del
condado en el 2000.
Los ojos de Tucker se abrieron con humor.
24
En el original bone: hueso, pero en inglés hace referencia al pene. De ahí el juego de palabras.
—No, mierda. ¿Cuántas competencias fueron?
—Tú tenías que preguntar algo así, ¿no es cierto, señor Competitivo? Fueron ocho.
—Impresionante —él se inclinó y movió la cabeza en un gesto profundo.
—Ese fue el mismo año en que fui subcampeona del condado de Cloud para Miss Cloud —
declaró Lilliana con orgullo.
—Mierda, ¡me estoy follando a una auténtica reina de belleza del condado de Cloud! Ese fue un
buen año para ti —Tucker sonrió.
—Finalista de reina de belleza —aclaró—, la ganadora tuvo un bien merecido primer lugar.
Tocaba la flauta muy bien como talento. Oí años más tarde que era su talento con la flauta con piel
lo que realmente le consiguió la corona —rio Lilliana.
—Lindo. ¿Cuál era tu talento?
Las mejillas de Lilliana se sonrojaron de vergüenza y sacudió la cabeza en señal de negación.
—Tú sacaste el tema, ahora termínalo —ordenó Tucker.
—Yo podía equilibrar libros en la cabeza mientras hacía varias cosas. Era tan tonto.
—¡Muéstrame!
—Uh… no.
—¡Haz lo que te digo, mujer! —Tucker la empujó de la cama—. ¡Entretenme! —golpeó las manos
como si fuera el rey y Lilliana el bufón.
Lilliana miró alrededor de la habitación y sacó un par de libros de diferentes tamaños de su gran
biblioteca.
Ella levantó un grueso libro y levantó las cejas con sarcasmo mientras miraba por encima del
hombro. ¿La historia de la filosofía occidental? ¡Cuán existencial eres! —un destello de humor cruzó
el rostro de Lilliana y blanqueó los ojos.
—Capas, nena; capas pervertidas y filosóficas como se puede ver por mi copia de Ella es lo
primero: La Guía del hombre pensante en complacer a una mujer —sonrió con aire de suficiencia.
Lilliana revisó la estantería y encontró la copia del libro antes mencionado y lo sacó. Mierda,
realmente parecía que había sido leído más de una vez. El lomo estaba agrietado y desgastado, y
había incluso un par de páginas con la esquina dobladas. Los ojos de Lilliana se lanzaron de nuevo a
los estantes y vio una gran cantidad de libros de bolsillo sobre sexualidad, el orgasmo femenino y la
eyaculación, y varios títulos que incluían el sexo amoroso, el sexo oral y el sexo lento. Lilliana quedó
estupefacta. Este hombre sabía seriamente sus cosas y las de ella también. Diablos, probablemente
sabía más sobre cómo hacer zumbar su cuerpo que ella misma.
Tucker puso su sonrisa más cursi y movió las cejas.
—No dudes en pedir prestado cualquier libro de mi extensa biblioteca.
—Me gustaría aprender más sobre ti, pero no veo ningún libro sobre la arrogancia en esta
extensa colección.
—Podrías hacer bien en leer Castigada en sumisión.
—Yo no lo creo. Así que lees literatura erótica —preguntó Lilliana, sorprendida por todo ese
erotismo.
—Cuando la ocasión lo requiere. Soy un hombre solitario. La erótica sacia mis necesidades.
—Tú, ¿solitario? Lo dudo. En medio de todas tus mujeres, ¿cuándo tienes tiempo para leer?
Tucker cambió rápidamente el tema.
—¿Vamos a hablar de libros toda la noche o vas a mostrarme este llamado talento tuyo?
Lilliana agarró dos libros más de cubiertas duras para demostrar su supuesto talento. Los ojos de
Tucker se agrandaron al ver cuántos libros tenía en la mano. Lilliana guiñó un ojo y agarró uno más
con un total de cinco. Tucker se incorporó en la cama, sus profundos ojos castaños bailando con
humor.
—¿Qué me das si te puedo servir una cerveza con estos libros en la cabeza? —preguntó.
—Lo que quieras —Tucker se humedeció los labios—, pero estaría aún más impresionado si
pudieras chupármela con esos libros en la cabeza.
Lilliana se preguntaba, ¿podría hacerlo? Ella disfrutaba el desafío. Si hacerlo significaba ver esa
magnífica sonrisa de Tucker, seguro que lo iba a hacer lo mejor posible.
—¿Todo lo que quiera?
Tucker movió la cabeza ligeramente, asintiendo.
Lilliana se mordió el labio inferior.
—Tengo la intención de hacerte cumplir tu palabra.
Tucker sonrió y sacó las piernas por el borde de la cama y las extendió a lo ancho. Agarró una
almohada y se la arrojó en el suelo entre sus pies. El corazón de Lilliana latía locamente a su gesto
dulce.
Se arrodilló en la almohada y lentamente colocó los libros en la cabeza, uno por uno, mientras se
mantenía completamente inmóvil. Habían pasado años desde que había intentado esta acción y no
estaba segura si iba a tener éxito. Se inclinó un poco hacia adelante para conseguir que los libros se
asentaran mejor en la cabeza y luego con cuidado colocó el último en la parte superior. Se
tambalearon y Lilliana contuvo la respiración hasta que se estabilizaron. Miró hacia arriba a Tucker,
que sonreía como ella nunca había visto en ningún hombre. Era pura alegría no adulterada. Ella
luchó contra el impulso abrumador de tirar los libros a un lado y lanzarse a sus brazos y centró toda
su lujuria en darle lo que había pedido.
Agarró el eje de Tucker con una mano y apoyó la otra sobre su vientre en el vello suave por
debajo de su ombligo, y poco a poco comenzó a acariciarlo manteniendo sus movimientos con
ritmo y sin prisas. Tucker silbó entre dientes y su sonrisa se desvaneció en otra cosa, deseo. Sus ojos
se abrían y cerraban hasta que se puso completamente duro. Poco a poco, Lilliana bajó la cabeza
hasta que su boca se encontró la cabeza de su pene. Ella lamió casualmente, pero rápidamente
comenzó a excitarse. Tomó a Tucker en su boca y aceleró sus esfuerzos pero cuando lo hacía, los
libros comenzaron a tambalearse. Con la polla todavía en su boca, se quedó inmóvil hasta que los
libros se asentaron y, poco a poco, comenzó a moverse hacia arriba y abajo por su polla de nuevo.
El sabor salado de líquido pre seminal llenó su boca y gimió con ganas de más. Su mano le apretó
más fuerte alrededor y Tucker se deshizo. Él quitó los libros y los arrojó al suelo con violencia y le
agarró la cabeza mientras la empujaba hacia abajo sobre su pene, obligándola a tomarlo todo hasta
la parte posterior de la garganta.
Lilliana se atragantó estrepitosamente y se apartó de él, temiendo vomitar. Las caderas de Tucker
empujaron hacia arriba obligándola tragar de nuevo, follando su boca con tal fervor que pensaba
que iba a implosionar. Tucker gruñó en voz alta cada vez que se introducía en su boca y solo unos
pocos minutos después, ella sintió el penetrante sabor del semen cuando golpeó la parte trasera de
la garganta. De nuevo, haciendo un ruido espantoso, tragó rápidamente. Realmente odiaba el débil
reflejo de arcada que tenía para esto, pero estaba contenta de que Tucker, no obstante, estuviera
satisfecho.
Tucker cayó de espaldas sobre la cama, con la respiración agitada y sus puños cerrados en su
cabello.
Lilliana alargó la mano y bebió la botella de agua en la mesita de noche y se acostó junto a él.
—Maldita sea, Lilly. No tenía ni idea de que fueras tan talentosa —rio Tucker, moviéndose de
lado para mirarla—. Eres muy talentosa con la flauta de piel también, aunque hay algunas cosas que
tenemos que retocar —dijo Tucker jadeante refiriéndose a su falta de habilidades en “garganta
profunda”.
—Una chica puede aprender mucho de la pornografía —Lilliana bateó sus pestañas.
—¿Ves porno?
—De vez en cuando. Soy una mujer sola en mi mejor momento sexual y tengo necesidades. Tú
lees erótica y yo veo porno. Es una solución de compromiso. No dudes en pedir prestado alguno de
mis DVD de mi gran colección.
—Suena como una buena compensación, pero espero que pueda ayudar con tus necesidades.
Así que dime: ¿Qué otro tipo de cosas aprendiste de ver porno? —preguntó Tucker sugestivamente,
deslizándose hacia Lilliana y tironeando de su pezón antes de envolverlo con su boca.
—Además de los puntos más finos para lamer, he aprendido que gritar tu polla es tan grande a
los altos cielos, mientras rebotas sobre una salchicha gigante no es sugestivo, no importa lo
atractivo que fueras.
—En tu opinión. Yo creo que es caliente como el infierno. Me encantaría verte gritar mientras
juegas sobre mi polla ahora mismo.
Tucker metió la mano en la mesita de noche y sacó un condón. Fue hacia atrás, abrió las piernas
y se apoyó en una almohada, acariciándose a sí mismo hasta ponerse duro por completo mientras
esperaba a Lilliana. ¿Cómo podía estar tan duro tan rápidamente después de haberse venido?
Lilliana se sorprendió por la resistencia que poseía.
—Móntala, mascota —afirmó cuando ella no se movió lo suficientemente rápido.
—Eres tan impaciente —le dijo ella, sentándose encima ayudándole con la goma.
—Calla, mujer, y haz lo que te digo.
Tucker se lamió los dedos y los deslizó hacia el coño de Lilliana, a continuación, mantuvo su polla
firme para que ella se subiera. Ella colocó su pelvis entre sus muslos y lentamente se hundió en su
rigidez. Echando la cabeza hacia atrás, un pequeño gemido escapó de su boca. Tucker se acercó y la
agarró de la cintura. Su toque era firme y persuasivo e invitó a más. Tiró de ella hacia abajo
lentamente para que sus labios se encontraran con la base de su eje, enfundando por completo su
polla dentro de ella.
—Eso es, Lilly, toma todo de mí —gimió, con sus ojos sin pestañear, penetrantes y demandantes.
Lilly se movió hacia arriba y abajo rítmicamente, su cuerpo hormigueaba con el contacto. Tucker
iba empujando y penetrando. Guió el pulgar a su clítoris y comenzó a dar vueltas y presionar
firmemente hacia abajo, provocando un incendio en la parte baja del vientre de Lilliana que ardía
con gran intensidad.
—Así, condenadamente hermoso —Tucker gruñó mientras inclinaba su pelvis para golpear el
punto G.
La sensación era todavía nueva para Lilliana y se estremeció con un dolor que se sentía bien y
penoso a la vez. Tucker levantó la parte superior del cuerpo y la acercó por la cintura manteniendo
el pulgar firmemente plantado en su protuberancia hinchada. Arrastrando su otra mano alrededor
de la parte posterior de su cuello, la apretó con fuerza causando que jadeara por la fuerza de su
toque. Los empujes de Tucker llegaron más rápidos y más potentes. El sonido húmedo de su coño
llenó la gran sala oscura y su cuerpo comenzó a responder a sus demandas.
—Mójame —ordenó Tucker, reclamando sus labios y aplastándola contra él, ahogando su grito.
Un chorro literal de humedad se liberó y su cuerpo comenzó un espasmo incontrolable.
Cuando Tucker liberó su boca, sus apasionadas palabras se derramaron mientras sus piernas
temblorosas se aferraban a él.
—¡Oh, Dios Tucker! ¡Maestro Tucker! ¡Sir Tucker! ¡Rey Tucker utilizador experto de pulgares! y
¡Dios de la manipulación del punto G y de hacer el amor!
La risa de Tucker sonó histéricamente mientras la sostenía. Continuó riendo hasta que su polla se
suavizó y sacudiéndose dentro de ella, y ella se convirtió en un desastre inerte en sus brazos.
16.
Lilliana estaba flotando en una nube por encima de Connecticut, mirando hacia abajo a la
tierra de Margo. Los campos verdes exuberantes no estaban más y todo lo que podía ver eran
extraños con cascos construyendo altos complejos y colocando pavimento por todo lo que sus ojos
podían ver. Excavadoras y grúas estaban esparcidas donde habían estado alguna vez los campos de
calicó y la casa donde su madre y su tía habían vivido era un montón de escombros. Gritó que se
detuvieran pero su voz fue ahogada por la distancia entre ellos y la niebla brumosa en el aire.
—Mi dulce, Lilly…
Lilliana sintió las manos calientes de Tucker en su cuerpo cuando él la sacudió suavemente
mientras ella se abría paso a través de las telarañas de su pesadilla. Sus ojos se abrieron y el pulgar
de Tucker barrió una lágrima caliente que rodó por su mejilla.
—La tierra de mi familia —gimió con más lágrimas temblorosas en los párpados—. No quiero
venderla. Pero los impuestos… ¡Oh, Dios! Es lo único que me queda de mi familia. Es todo lo que me
queda.
Los brazos de Tucker la rodearon.
—No, Lilly, la tierra es tuya para siempre. Me aseguraré de que nada le suceda.
Lilliana apretó sus labios abiertos contra los de él. Fueron muy cálidos y dulces y calmaron su
ansiedad. Con la pesadilla aún fresca en su mente, había una intimidad de ensueño en su beso.
Confortada por la presencia de Tucker, cayó inmediatamente dormida de nuevo.
Cuando despertó podía oír las voces de hombres en la distancia. Se puso una camiseta ajustada y
unas bragas, y siguió a los sonidos del parloteo. Hubo risas suaves y aroma de masculinidad a
medida que se acercaba a la cocina.
Se paró en la entrada para ver a Tucker abrazando a otro hombre y hablando animadamente.
Lilliana iba a salir y ponerse algo más apropiado cuando llamó la atención de Tucker. Él frunció las
cejas con desaprobación haciendo que el extraño girara la cara hacia ella.
—Bueno, hola allí —la saludó con una cálida sonrisa.
Lilliana se sonrojó.
—Ya vuelvo —ella intentó salir.
—No te vayas por mi culpa. Ven y siéntate con nosotros. Soy Mason McGrath. ¿Y tú eres…?
Los ojos de Lilliana se iluminaron. Era hermano de Tucker. Dios mío, el parecido era asombroso.
Se veía como una versión más joven de Tucker, solo un poco más bajo, y sus rasgos faciales eran
similares, hasta el pequeño hoyuelo en sus mejillas. Su pelo era un desastre de ondas rubio ceniza y
era tan guapo y sólido como Tucker. También tenía un agudo sentido del estilo. Lilliana de repente
se volvió inconsciente de su atuendo y tendió una mano a Mason.
—Soy Lillia…
Tucker inmediatamente interrumpió:
—Es solo una amiga.
Mason disparó a Tucker una mirada crítica y saludó con la mano titubeando.
—Por favor, perdona la grosería de mi hermano. ¿Qué decías?
Molesta por la actitud fría y distante de Tucker hacia ella, ya no se sentía tan amable.
—Lilliana —susurró ella dejando caer su mano a su lado.
—Una amiga —destacó Tucker con un tono decisivo en su voz.
—Ya hemos establecido eso —dijo Mason frunciendo la boca a Tucker.
Había algo en Mason que Lilliana no podía adivinar. Tal vez eran sus gestos y la forma en que se
puso de pie. Tenía un toque casi imperceptible de feminidad cuando la golpeó la comprensión de
que era gay. ¿Estaba Tucker avergonzado de eso? ¿Era su razón para ser tan frío y, obviamente, no
quería presentarlos el uno al otro? El disgusto de Lilliana aumentó cuando Tucker negó a
presentarlos.
—Mi hermano ha estado fuera de la vida en el campo por mucho tiempo por lo que tendrás que
excusar su mala actitud. Yo, por otra parte, todavía estoy familiarizado con las costumbres y valores
en los que crecí y me encantaría tener una charla contigo, Lilliana.
Lilliana sonrió con satisfacción por la broma de Mason.
—¿De dónde eres? —preguntó Mason sentándose en la isla.
—Kansas. Me acabo de mudar aquí hace unos meses.
—Qué bonito. ¿Te gusta esto? ¿Cómo conociste a Tucker?
Las preguntas de Mason se derramaron y Tucker se puso rápidamente irritado.
—Me encanta estar aquí. Mi familia es originaria de esta región. Conocí a Tucker…
—¿Dónde te alojas, Mason? —interrumpió Tucker.
—Dónde siempre —Mason hizo un guiño a Lilliana y blanqueó los ojos consciente de la
descortesía persistente de su hermano.
—No vas a hacerlo. Trae tus cosas, te vas a quedar aquí.
—Está bien, entonces, Sr. Pantalones mandones —rio Mason, profundo y ronco.
Lilliana rio y la ira iluminó los ojos de Tucker.
—Lilliana ya se iba.
Lilliana se estremeció ante sus palabras y expresión, y Tucker se pasó la mano por el pelo y
suspiró profundamente cuando vio la expresión de dolor en su rostro.
—Sí, así es. Fue un placer conocerte —dijo Lilliana con tranquila firmeza.
Como un verdadero caballero, Mason se puso de pie y tomó la mano de Lilliana en la suya,
colocando un suave beso en la parte superior de la misma.
—Del mismo modo, querida. Espero que podamos conocernos mejor en otro momento en que
Bragas Gruñonas no esté cerca —asintió con la cabeza en dirección a Tucker.
Lilliana sonrió, pero rápidamente salió de la cocina con una sensación de pesadez en el pecho. Su
corto tiempo juntos había sido tan increíble pero la actitud de Tucker hacia ella la había dejado con
una sensación de vacío que no era bienvenida.
Empacó su mochila rápidamente, se dirigió a la puerta principal y esperó junto al coche de Tucker
aspirando el aire de la fría mañana. Se apoyó en el vehículo y dejó la bolsa en el suelo, sacudiendo
la cabeza con pesar de sí misma. El romance verdaderamente estaba muerto en lo que a ella se
refería. Penosamente había querido pasar el resto de la tarde con Tucker en su sala de disciplina
pero estaba claro que no iba a suceder. Lilliana oyó partir al coche de Mason y su teléfono sonó.
—¿Dónde estás? —preguntó Tucker un poco aterrado.
—Esperando en tu coche. Estoy lista para salir.
Tucker colgó y a los pocos segundos se reunió con ella junto al auto.
—No tienes que irte en este mismo momento.
—No, está bien. Ya empaqué.
Tucker se puso delante de ella, en silencio, la tensión aumentando en cada segundo.
—Si eso es lo que quieres —movió su mano como descartándola.
No, eso es lo que Tucker quería, pero Lilliana mantuvo su brusquedad para ocultar su verdadera
decepción por la forma en que la había tratado.
Tucker cargó su mochila y le abrochó el cinturón en acuerdo con su protocolo habitual y comenzó
el viaje de regreso a su casa. Era bastante evidente que Tucker estaba tomando el camino largo lo
que la confundió aún más. Si él quería que se fuera a toda costa, ¿por qué el lento viaje de regreso?
—¿Tu hermano es gay? —preguntó Lilliana, tratando de romper el incómodo y embarazoso
silencio.
—Sí. ¿Cómo lo supiste?
—Tengo un buen sentido para ese tipo de cosas, supongo.
—Caray, yo no lo supe hasta que me lo dijo.
—¿Estás avergonzado de ello?
Tucker giró la cabeza a un lado y la miró con frialdad.
—Mierda, no. Amo a mi hermano y estoy orgulloso de sus logros. Me importa una mierda sus
preferencias sexuales —dijo con una voz grave, cruda.
Perturbada, Lilliana se cruzó de brazos y deliberadamente miró hacia otro lado.
—Entonces, soy yo la que te da vergüenza —contraatacó Lilliana tratando de mantener su frágil
control.
Justo en ese momento se detuvieron en un semáforo.
—No seas ridícula. Eres hermosa, inteligente y fuerte. ¿Por qué diablos iba yo a estar
avergonzado de ti? Es solo que no necesito a Mason corriendo de nuevo a mi familia y
cotorreándole a todos que he conocido a una mujer… —la voz de Tucker se suavizó perdiendo su
filo acerado—. Sobre todo teniendo en cuenta que acabamos de conocernos y que no sabemos
adónde va esta cosa.
Tucker había dado en el clavo que no podía discutir. Pero sus acciones aún ardían. Ella solo quería
ser presentada, no adorada y adulada. Permaneció inmóvil mirando por la ventanilla.
Tucker resopló.
—Si hubiera sabido que iba a ser tan dramático te habría presentado.
No hubo ningún drama según la opinión de Lilliana.
—Me alegro de que no nos presentaras. Tus acciones me mostraron dónde estoy parada. —trató
de mantener la serenidad pero su voz se elevó una octava y Tucker volvió la cabeza para mirarla.
—¿Dónde crees que estoy parado cuando se trata de ti? —los ojos de Tucker se aferraban a ella,
analizando su reacción a la pregunta mientras esperaba su respuesta.
—En el mismo lugar donde yo estoy parada. Esta cosa podría haber ido para cualquier lado pero
me alegra saber desde el principio que no me tomas en serio. Me ahorra muchos dolores de cabeza
a largo plazo —respondió con ligera amargura.
Sin mirarlo directamente, Lilliana podía verlo sacudir la cabeza. Los diez minutos que tardó para
volver a su casa fueron terriblemente silenciosos. Cuando llegaron a la carretera principal hacia el
camino de entrada, Lilliana le dijo que parara.
—Déjame aquí. Me vendrá bien el aire fresco. —Lilliana saltó del coche y cogió su bolso del
asiento trasero cerrando la puerta con suavidad. Volviéndose para caminar hacia su puerta oyó la
ventanilla del pasajero deslizarse hacia abajo.
—Lilly —le gritó Tucker.
Lilliana dio la vuelta y se agachó en la ventanilla.
—Quiero verte de nuevo.
—Oh, lo harás. Tienes una cita de seguimiento el miércoles a las 10:00 am. Nos vemos entonces.
Lilliana dio la vuelta y se alejó con su bolso en el hombro oscilante con sus caderas. Testaruda.
Jodida. Mujer. Tucker la observó hasta que llegó al rellano del portal de su casa y volvió a su coche
para regresar a la ciudad. ¿Así que era eso? ¿Él se olvidó de presentarla a su hermano y ahora todo
había terminado? ¿Cuál fue la gran cosa de mierda?
Tucker recordó entre lágrimas el sueño de Lilliana y la promesa que le había hecho. Su suave voz
entraba y salía de sus pensamientos mientras iba camino a casa. Le hablaba en serio en la medida
de lo que podía ser. Demonios, ella fue la que dijo que no eran el uno para el otro. ¿Por qué
entonces agonizar por la pérdida de algo que nunca existió? No solo era obstinada, era una maldita
indecisa. Tucker rio para sus adentros. Tan única como era, también podía ser una mujer típica.
Tucker marcó el número de Mason. Sonó varias veces antes de ir al correo de voz. Mason se
destacaba por no responder su teléfono y Tucker suspiró con irritación. Su visita fue espontánea y
una muy grata sorpresa. Al parecer, su madre había telefoneado a Mason para hablarle de su
conversación y su preocupación por el bienestar emocional de Tucker. Sin duda ella también le
había mencionado sus sospechas sobre que estaba viendo a alguien.
De vuelta en su casa, Tucker hizo su cama. Cogió la almohada donde Lilliana había dormido y se
lo llevó a la nariz. Su perfume aún persistía en ella y su necesidad de dominarla se agitaba en su
interior ¿Era así realmente? Ni siquiera había llegado a experimentar plenamente con sus límites o
hacerle las cosas que quería. Estaba pasando un mal momento al llegar a la conclusión de que
nunca iba a llegar a hacer esas cosas y lo negó a sí mismo. Ella ansiaba sus caricias tanto como él por
lo que seguramente lo llamaría con ganas de más de su seducción magistral.
El teléfono de Tucker sonó. Y allí estaba ella, llamando ya, con ganas de volver a verlo. Tucker
sonrió con satisfacción y buscó su teléfono solo para ver el nombre de su hermano, que se mostraba
en la pantalla.
—¿Qué hay para cenar, Tuck? —Mason se rio al teléfono.
El anochecer llegó y Mason se ubicó en una de las suites. La cena y la conversación había sido
placentera y Tucker se había olvidado de la abrupta salida de Lilliana de su vida. Afortunadamente,
Mason no lo había aguijoneado para hablar y solo se quedó con el recuerdo de su fin de semana
llenos de pasión sin drama.
Tucker se encontraba en la cama, leyendo sobre finanzas y buscando anuncios de tierras en venta
online, pero Lilliana seguía filtrándose en sus pensamientos. Su teléfono sonó señalando un
mensaje de texto y Tucker sonrió para sus adentros. Justo a tiempo, pensó.
Cogió el teléfono y se decepcionó de nuevo para ver que no era de ella. En cambio, era un
mensaje de su joyero comunicándole que el artículo que había ordenado estaba listo, lo que le
recordó que Lilliana había puesto fin a su breve relación. Para Tucker, había sentido que era más que
una cosa pasajera. Sus expresiones íntimas e ingeniosas y sus bromas eran emocionantes y nuevas.
Su familiaridad con el tipo de música que le gustaba, sus similitudes en crianzas y sus intercambios
sarcásticos eran cosas que dudaba pudiera encontrar en ninguna otra persona.
Tucker dormía incómodamente esa noche. Supuso que podría tener algo que ver con el hecho de
que el olor de Lilliana todavía estaba en las sábanas y la funda de almohada. Se despertó a las 3:00
de la mañana y tiró la almohada al suelo con la esperanza de dejar de soñar con la mujer hermosa y
frustrante con el pelo oscuro que se cernía sobre sus sueños. No sirvió de nada. Todavía hizo
continuas apariciones en cada uno de sus sueños el resto de la noche.
El lunes por la mañana dio vueltas y su malhumor era evidente para todo el mundo en la oficina,
y todos lo evitaban. Continuamente comprobaba su teléfono pero lo único que le llegaba estaba
relacionado con el trabajo. Lilliana no iba a llamar y él lo sabía condenadamente bien. Era
demasiado testaruda para eso. Había herido sus sentimientos al ser tan frío con ella delante de
Mason y ahora se estaba pateando a sí mismo por eso. Le había presentado a su familia a mujeres
que le interesaban menos que Lilliana, así que ¿qué demonios era su problema? Solo que no quería
ver la decepción en los ojos de sus padres cuando les decía, otra vez, que las cosas no habían
funcionado y el aluvión de preguntas que ello produciría.
Exasperado pensando en Lilliana y lo que podría haber sido, Tucker se tragó su orgullo y le envió
un mensaje.
McG: 15:44: ¿Qué hora dijiste que era mi cita el miércoles?
Malo. Jodido. Flojo. Y Tucker lo sabía. Puso los ojos en blanco ante su estúpido intento de tratar
de entablar una conversación con Lilliana.
Lilliana: 15:47: 10.
Su mensaje era conciso y al grano. ¿Qué más podía esperar después de la forma en que la había
tratado?
McG: 15:49: ¿Puedo conseguir una antes? Tengo una agenda muy ocupada
esta semana.
Una vez más, maldito, pobre.
Lilliana: 15:55 No estoy segura. Tienes que llamar a la recepcionista y
preguntar. ¿Necesitas el número?
McG: 15:58: No. Yo lo tengo. ¿Lo puedes comprobar por mí?
Lilliana: 16:01: Si. BRB
Tucker se sentó con impaciencia a la espera de su próxima respuesta. Mañana estaría bien. Ahora
estaría mejor, pero sabía que cerrarían el consultorio en breve.
Lilliana: 16:13: Lo más pronto es mañana a las 15:00. Tu asistente será Sue
Ellen.
El corazón de Tucker se hundió. ¿La había trastornado tanto que lo iba a apartar completamente?
McG: 16:15: ¿Por qué tú no?
Lilliana: 16:16: La venta de mi apartamento en KS de repente se cayó. :
( Tengo que volver y tratar con el papeleo, salgo mañana por la tarde, estoy
menos que emocionada. Sue Ellen es buena y linda. Vosotros dos deberíais
hacer buenas migas……
Tucker no estaba interesado en Sue Ellen, quien diablos fuera ella, independientemente de si
estuviera o no linda. Dio instrucciones de inmediato a Ariel de que buscara la venta del
apartamento de Lilliana para ver qué demonios estaba pasando. Las ventas no se caen de repente.
Hay factores atenuantes y siempre hay un poco preaviso.
Adam. Tucker apretó los dientes pensando en la forma en que había hablado con Lilliana por
teléfono y su amenaza se oía desde la habitación contigua. Sospechó que pudiera haber tenido algo
que ver con la pérdida de la venta y no había forma en el cielo o en el infierno que permitiría a
Lilliana estar en el mismo estado, por no hablar de la misma ciudad, que Adam.
McG: 16:24: Gracias, pero no necesito ayuda en el departamento de citas.
Lilliana: 16:25: No. Tú no. Lo haces muy bien por tu cuenta. Ciao, mascota.
La fría respuesta de Lilliana lo desequilibró. Revolvió su teléfono entre sus manos antes de
escribir su respuesta.
McG: 04:27: Me robaste mi línea.
Lilliana: 04:29: No te preocupes. No lo voy a usar nunca más. Tengo que ir a
casa y hacer las maletas. Adiós.
Adiós. Tucker no le gustó la forma en que la palabra colgaba en la pantalla de su teléfono,
burlándose y recordándole cómo había cagado las cosas con ella.
Tucker llamó a Ariel a su oficina para que las cosas se aclararan rápidamente. Cuando todo
estuviera dicho y hecho, no habría ninguna necesidad de que Lilliana tuviera que hacer un viaje a
Kansas —ahora o nunca más.
17.
Lilliana se quedó mirando el último mensaje que envió a Tucker. Adiós. Odiaba esa palabra.
Sonaba a final, pero eso es lo que había querido que fuera. Quería a Tucker, pero sabía que era malo
para ella. Lo había sabido todo el tiempo. Desde el primer momento en que puso los ojos en su
sonrisa perfecta, cada fibra de su cuerpo le advirtió en contra de él. Pero, maldita sea, si él no era el
sexo personificado. Incluso fue dulce y tierno, en ocasiones, como cuando la había calmado por la
pesadilla y la sostuvo en sus brazos. Su fuerte cuerpo se había sentido tan bien presionado contra
ella; su boca y su deliciosamente seductora sonrisa… y esa habitación con todo el equipamiento
misteriosamente sexy…
Se mordió el labio inferior con dureza y el dolor la hizo volver a la realidad. Ella tenía tendencia a
idealizar las cosas y no iba a permitirlo esta vez. Tucker no había querido presentarla a su hermano y
fue una sorpresa muy desagradable descubrir lo que realmente sentía por ella. Claro, él la
encontraba atractiva y quería corromperla en su cuarto de disciplina. ¿Y qué? ¿Ella era buena solo
para eso, una follada? No, ella se merecía algo mejor que eso. Y a decir verdad, quería más. ¿Cuánto
más?, no lo sabía, pero quería más que solo ser folla-amiga de alguien.
Lilliana empacó lentamente cuando llegó a casa. Temía estar de vuelta en el condado de Cloud
porque sabía que Adam estaría husmeando y creando problemas. También temía enfrentar una
mañana ocupada en el trabajo seguida de un largo vuelo. Aunque no tenía hambre, se obligó a
comer un refrigerio ligero e ir a la cama temprano.
Acostada en la cama, miró hacia el techo negro pensando en la extraña cama de madera que
estaba en la sala de disciplina de Tucker. Cerró los ojos y se imaginó a sí misma con grilletes a la
cruz, con las manos atadas sobre su cabeza y las piernas abiertas con los tobillos esposados en cada
esquina. ¿Qué cosas haría Tucker con ella? ¿Daño? No, no creía que fuera ese tipo de hombre. Justo
cuando el sueño estaba a punto de atraparla, el sonido del teléfono la despertó.
McG: 20:38: Dejaste tus CDs en mi casa.
Lilliana: 20:40: ¿Me despertaste para decirme eso?
McG: 20:41: ¿Estabas durmiendo a estas horas? ¿Qué, tienes 80?
Lilliana: 20:44: Algunos días me siento así. Tengo un día ocupado mañana
¿o lo has olvidado?
McG: 08:45: No. Entonces, ¿quieres que te los lleve?
Lilliana se frotó los ojos. ¿Tucker estaba deliberadamente tratando de hacer las cosas más
difíciles para ella?
Lilliana: 20:46: No. Puedes dejarlos en el consultorio mañana cuando
tengas tu cita. Buenas noches.
McG: 20:47: Lilly… mi mascota…
Lilliana suspiró y parpadeó con perplejidad, mientras esperaba la respuesta de Tucker.
Impaciente y cansada, le envió un mensaje de vuelta.
Lilliana: 20:50: No estoy sex-teando contigo. No ahora. No más. Bnas
noches.
McG: 20:51: Iba a decirte que he cancelado tu vuelo a KS y te conseguí un
reembolso. Los trámites para tu apartamento se están haciendo esta noche y
deberían estar aquí temprano por la tarde. Estaría encantado de repasar las
condiciones de la venta contigo en algún momento. Déjame saber si estás
interesada en utilizar mi experiencia en estos asuntos. De forma gratuita, por
supuesto. De nada y buenas noches.
Lilliana quedó mirando el mensaje con exasperación aturdida. ¿Cómo lo hizo Tucker? Supuso que
era por su infinito conocimiento sobre las leyes de bienes raíces y eso. Cualquiera que fuera el caso,
Lilliana estaba agradecida por no tener que lidiar con eso ni con Adam.
Sus sueños fueron más agradables que los de la noche anterior y se despertó temprano. En el
trabajo, se las arregló para cambiar el horario de modo que iba a ser la que viera los molares de
Tucker esa tarde.
Cuando la hora del almuerzo llegó, recibió un mensaje de Tucker y su boca se curvó en una
sonrisa inconsciente pensando en sus esfuerzos para ayudarla. Realmente podía ser amable.
McG: 12:10: El papeleo de tu apartamento llegó hoy. EMO25
, no estás
pidiendo lo suficientemente por él así que puede ser una bendición disfrazada
que la venta no se haya concretado. Debemos discutir más esto en persona.
Sí, en persona sonaba bien, pero no necesitaba la tentación. Lilliana humedeció sus labios
nerviosamente mientras respondía.
Lilliana: 12:12: ¿Por qué no me enviaste los papeles directamente a mí?
McG: 12:13: Me encargué de echarles un vistazo primero.
Lilliana: 12:15: Arrogante26
como siempre.
McG: 12:16: Corrección, Sra. Norris: CALIENTE como siempre. ;)
25
En el original IMO: in my opinión= En Mi Opinión
26
Juego de palabras: Haughty (Arrogante) con Hotty (Caliente), que se pronuncian parecido.
Lilliana: 12:17: Por cierto, gracias por tu ayuda en este asunto.
McG: 12:19: Mis motivos eran un tanto egoístas por lo que las gracias no
son necesario.
Lilliana: 12:22: ¿Cómo es eso?
McG: 12:23: ¿Tengo que deletrearlo?
Lilliana: 12:24: Al parecer.
McG: 12:27: No quiero que veas a Adam.
Lilliana vaciló, desgarrada por las emociones en conflicto. ¿Por qué debería importarle a Tucker?
Demonios, ella no era lo suficientemente buena para conocer a su familia, ¿qué le importaba si veía
a Adam o no?
Lilliana: 12:30: Adam no era el tema en cuestión y no era la razón por la
que iba. Mi apartamento lo era.
McG: 12:32: Eres ingenua si no crees que estas dos cuestiones son una y la
misma.
Se le hizo un nudo en la garganta. Seguro como la mierda que no era una ingenua, pero nunca se
le ocurrió que Adam llegaría a tales medidas solo para verla. Cuanto más pensaba en ello, más
furiosa se ponía.
Lilliana: 12:34: Gracias por ponerme en aviso.
Mierda. Adam.
Con los últimos minutos de la hora del almuerzo, ella salió a la calle y marcó el número de Adam.
Él apenas respondió cuando ella lo atacó.
—¡Eres un manipulador hijo de puta! ¿Qué te da el derecho a joder mi vida? ¡Ese dinero iba a
ayudarme a mantener la tierra de Margo!
—Cuida tu lenguaje, nena —Adam rechinó los dientes.
Su tono despectivo y el uso del temido término de nena provocaron furia en ella.
—Juro por Cristo, Adam, que si tuviste que ver algo con la pérdida de la venta…
—¿Qué harás? ¿Llorar para que mami y la tía Margo vengan y te rescaten como siempre lo
hicieron? No tienes a nadie excepto a mí, así que será mejor que bajes la voz y empieces a
mostrarme un poco de maldito respeto.
Lilliana habló con una voz ahogada por las lágrimas:
—Te odio, Adam, y nunca voy a volver contigo. N-U-N-C-A. Prefiero ser atacada con lepra vaginal
que ser sometida a tus mentiras y estupideces. No me llames una puta vez más o presentaré cargos
en tu culo.
Lilliana pulsó el botón de colgar y rígidamente mantuvo sus lágrimas a raya. ¿Cómo podría Adam
mencionar algo tan cruel como que estaba sola y sin el amor y apoyo de su familia?
En ese momento, Dana salió al estacionamiento y puso una mano en su hombro.
—¿Estás bien, cariño —preguntó en voz baja.
—No, no lo estoy. Mi ex puede haberme costado mi tierra —dijo resoplando.
—Oh, Lil, lo siento mucho. ¿Qué puedo hacer para ayudar?
No había nada que Dana pudiera hacer, pero sus ojos tristes y su lamentable intento de sonrisa
calentaron el corazón de Lilliana. Necesitaba una amiga, sobre todo ahora, y dio la bienvenida al
interés de Dana. Ella envolvió sus brazos alrededor de los hombros de Lilliana y la abrazó.
Apartándose, los ojos de Dana se iluminaron.
—¿Quieres que lo patee a la basura para ti? Porque yo quiero hacerlo, Lil.
Lilliana consiguió esbozar una sonrisa y con la determinación que estaba instalada en ella,
continuó sombría el resto de su día contando los minutos hasta que pudo ver el hermoso rostro de
Tucker y su sonrisa sensual.
Siempre puntual, Tucker apareció cinco minutos antes de lo previsto y Lilliana lo observó
mientras se sentaba en el sillón dental. La confianza en sí mismo y su robustez eran deliciosamente
atractivas. Como de costumbre, iba vestido impecablemente con un traje gris oscuro con oxfords
negros. Se acomodó, se aflojó la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa y mientras lo
hacía, el olor de su tentadora loción para después de afeitar flotaba hasta la nariz de Lilliana. Su
cuerpo desnudo, esculpido y tatuado destelló en su mente y su coño susurró suavemente su anhelo
por él. Ella necesitaba mostrar seriedad si estaban juntos porque Tucker tenía una forma
inquietante de leer su lenguaje corporal y, sin duda, iba a notar cómo se sentía ella. Tal vez enviar a
Sue Ellen a tratar con él no era tan mala idea después de todo.
Lilliana se recordó la forma en que él la había despedido frente a Mason. Se volvió para irse antes
de que la viera pero ella estaba tan fuera de sí que se dió contra el borde de la pared haciendo un
ruidoso alboroto. Tucker volvió la cabeza y cuando sus ojos se encontraron intercambiaron una
sonrisa cortés simultánea.
—Tenía la esperanza de volver a verte —la saludó Tucker.
Lilliana se aclaró la garganta y acercó una silla justo delante de él sin decir nada. Encendió la luz
superior brillante y, lentamente reclinó hacia atrás la silla mientras lo estudiaba. Ella tenía una
expresión en blanco en su cara y su boca estaba abierta con asombro ante su atractivo, incluso bajo
la iluminación tan fuerte. Los ojos de Tucker se fijaron en su expresión y las comisuras de su boca se
elevaron en una invitación tácita.
—Relájate y recuéstate, por favor —le instruyó Lilliana, tratando de seguir siendo profesional.
Un músculo tembló en la mandíbula de Tucker.
—Normalmente soy yo el que dice eso —declaró elevando su ceja derecha un instante.
Lilliana luchó por mantener aún más el tono despreocupado para demostrarse a sí misma y a él
que era inmune a sus insinuaciones sexuales.
—Abre bien —Tan pronto como las palabras salieron de su boca, un rubor inoportuno de
vergüenza se deslizó por sus mejillas.
—Eso también. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? —Tucker sonrió lascivamente.
Lilliana tomó un bloque de mordida y Tucker parecía disfrutar de su lucha por recuperar la
compostura. Cuando ella llevó el bloque a sus labios, él rozó sus dedos ligeramente sobre su
antebrazo desnudo. Sus ojos se clavaron en los suyos y le apartó el brazo.
—¿Te gustaría que venga Sue Ellen para terminar este examen? —amenazó; la incertidumbre de
su declaración hizo que su voz saliera más áspera de lo que pretendía.
La boca de Tucker formó una línea dura, delgada y la miró con cautela. Finalmente abrió la boca y
Lilliana deslizó el bloque de mordida suavemente y se puso enseguida a trabajar.
—Las encías parecen estar sanando muy bien. ¿Estás teniendo problemas con el dolor? —
preguntó ella, inspeccionando el interior de su boca con un espejo dental.
—Nuh-huh —murmuró Tucker.
—Maldito seas Tuck…, tus dientes son tan bell… —Lilliana cerró la boca con un chasquido cuando
se dio cuenta de la reveladora declaración que estaba a punto de largar.
—¿Seh? ¿Ehtabah dehendo? —Él sonrió torcidamente.
Lilliana se levantó bruscamente.
—El Dr. York vendrá a verte.
Antes de que pudiera escapar, Tucker extendió la mano y le agarró la muñeca con fuerza
tirándola hacia él. Con la otra mano se sacó la pieza de mordida.
—Parece que me he olvidado tus CD. Voy a tener que llevarlos a tu casa más tarde —la expresión
de los ojos de caramelo marrón de Tucker parecía suplicar por algo inexplicable.
Lilliana juntó sus cejas.
—Para no querer tener nada conmigo, seguro que estás haciendo un gran esfuerzo para verme.
Una mirada perpleja brilló en los ojos de Tucker.
—Nunca dije que no quería tener nada que ver contigo.
—No voy a ser tu follamiga o chica para sexo ocasional Tucker.
Tucker negó con la cabeza y su boca se torció en una sonrisa irónica. Justo cuando estaba a punto
de hablar, el Dr. York entró en la habitación y pudo escapar de la ira que Tucker estaba a punto de
desatar en ella.
Después de su última cita y cuando salía, su teléfono sonó.
McG: 16:35: Nunca me respondiste acerca de llevarte tus CD.
Lilliana decidió, definitivamente, no responder de nuevo. Condujo hasta su casa, todo el tiempo
luchando contra el impulso de llamar a Tucker, desgastada por su petulancia e inmadurez. Ella era
una mujer de 32 años y se encontró con reacciones de una adolescente y era enloquecedor como el
diablo. Todo sobre Tucker le hizo perder todo control de sí misma y actuar de manera ilógica. Pensó
que la falta de sexo y la sobrecarga hormonal le fueron nublando el cerebro. ¿Qué otra cosa podría
ser? ¿Amor? Lilliana resopló en voz alta y puso los ojos en blanco. No, definitivamente no era amor.
La lujuria y amor a su polla, sí, pero el amor, absolutamente y sin duda, no.
Por fin de vuelta en casa, se duchó y preparó la cena. Se alegró de ver que Tucker no le había
enviado más mensajes de texto, aunque en el fondo tenía la esperanza de hablar con él por última
vez. Trató de hacer algunas compras en línea para borrar de su mente las horribles acciones de
Adam y los fríos sentimientos de Tucker en frente de Mason y, finalmente, se quedó dormida en su
sofá.
Lilliana sintió las manos calientes sobre su cuerpo, sus brazos, su rostro; los dedos por el pelo;
labios cálidos y suaves rozar su boca. Fue un sueño agradable del que no quería despertar de
momento.
—Tucker… —susurró, reconociendo su toque familiar.
—Sí, mascota, estoy aquí.
Su voz era tranquila y relajante, pero muy real. Lilliana abrió sus ojos para ver a Tucker
arrodillado a su lado, a pocos centímetros de su rostro. Se quedó inmóvil, con la mente incapaz de
comprender el aspecto sereno y necesitado en sus ojos.
—¿Cómo has entrado? —Susurró.
—Dejaste la puerta abierta. Deberías tener más cuidado con eso.
Los ojos de Tucker repasaron su rostro, luego curvó sus dedos debajo de la barbilla y
revolotearon en su cuello. Tan pronto como sus largos dedos tocaron el calor de su carne se sintió
segura.
Lilliana cuadró los hombros y su cuerpo se puso rígido.
—¿Por qué estás aquí?
—Condenado Dios, deja de ser tan malpensada. Te deseo. ¿De cuántas maneras tengo que
decirlo?
El cuerpo de Lilliana se hundió en el sofá y cogió una pelusa imaginaria de su camisa para evitar
su mirada severa, pero con tacto firme levantó su barbilla. Un escalofrío de deseo la recorrió ante
los ojos ardientes de Tucker.
—No debería haber sido tan mierda contigo delante de mi hermano. Simplemente no quiero
tener que explicar las cosas a mis padres si no salen bien.
Las palabras de Tucker fueron sentidas. Lilliana recordó una vez que él le dijo que no necesitaba
explicar sus acciones, pero se alegró de que lo hubiera hecho de todos modos. El calor que
emanaba de su cuerpo era insoportable y Lilliana le pasó los dedos por el pelo grueso, acercando su
boca a la de ella. El corazón le martilleaba en los oídos mientras sus labios se acercaban un poco
más. La boca de Tucker cubrió sus labios con avidez y él metió la lengua buscando en su boca.
Lilliana gimió su aprobación mientras le mordisqueaba el labio inferior.
Tucker se apartó suavemente solo para recuperar su boca de nuevo, más exigente que antes. Sus
labios quemaron un camino por su cuello hasta sus hombros y continuó explorando su cuerpo con
su boca. Tucker desgarró y arrojó su camiseta dejando al descubierto sus pechos. Sus labios
provocaban a los brotes rosados apretados de sus pezones poniéndolos entre los dientes, tirando
de ellos hasta un punto, mientras sus manos recorrían su cuerpo. Impaciente, metió la mano en sus
pantalones deportivos y más allá de sus bragas. Excavando sus dedos en su coño mojado, su lengua
chasqueó por sus costillas hasta su estómago.
—Tan mojada… —susurró Tucker contra su ombligo.
Los dedos de Tucker entraban y salían a un ritmo lento, cada embestida más profunda que la
anterior. Inclinó la cabeza y sus ojos se posaron en el movimiento de su mano mientras trataba de
bajar sus pantalones para ver su monte.
Lilliana se levantó sobre sus codos para ver el espectáculo también. Tucker levantó la cabeza y le
sonrió.
—¿Tienes alguna idea de lo hermosa que eres, Lilly?
No, ella no la tenía, pero se deleitaba del hecho de que Tucker lo creyera y eso era suficiente.
Tucker quitó la mano y llevó los dedos a la boca de Lilliana pasándolos por sus labios. Ella deslizó la
lengua por los labios, saboreando sus propios jugos salados. La mirada de Tucker cayó de los ojos de
Lilliana a su boca y le ofreció de repente, una sonrisa de infarto antes de reclamar su boca una vez
más. Su lengua entraba y salía burlándose sin descanso mientras sus grandes y fuertes manos
torturaban su cuerpo con lentas caricias. Una sensación de hormigueo que se inició en los dedos del
pie y se abrió camino hasta el fondo de su vientre, donde se instaló palpitante. Ella sufría porque su
polla se metiera en ella y clavó los dedos en sus hombros para retransmitir su mensaje tácito.
—¿Me quieres, Lilly? —Tucker sopló en su abierta y jadeante boca.
Lilliana no pudo parar de verter fuera de ella las palabras necesitadas y desesperadas.
—Sí, sí… Dios, sí.
Él levantó una ceja.
—¿Todavía piensas que no somos el uno para el otro?
—Por supuesto. Sin lugar a dudas. Pero todavía te necesito —gimió.
—Te equivocas, y me he cansado de los malditos juegos contigo. Te quiero a ti, todo de ti. Te voy
a llevar a casa y joder de la forma en que estás destinada a ser follada y demostrarte de una vez por
todas que somos el uno para el otro.
El corazón de Lilliana se sacudió y su pulso latía en sus venas. Incapaz de pensar con claridad,
negó con la cabeza y se agarró el cabello con su puño tratando de aclarar sus pensamientos. La
arrogancia de Tucker era molesta pero sabía que no tenía sentido negar aquello de lo que
absolutamente no se cansaba, de su toque.
Tucker se puso de pie con la polla dura pidiendo ser liberada de sus pantalones. La levantó del
sofá en sus brazos. Con el bolso todavía sin desempacar a cuestas, la llevó hasta su coche.
El conducir hasta a su casa se sintió incómodo a causa de su erección y cambió de posición cada
pocos segundos tratando de acomodarse. Su mirada volvía al cuerpo de ella una y otra vez mientras
inclinaba su asiento hacia atrás y lo miraba con lujuria. Sus ojos verdes moteados se clavaron en él
en silenciosa espera de lo que iba suceder. Su aura irradiaba puro sex-appeal y atraía a Tucker como
un imán. Las manos de Lilliana vagaron sobre su propio cuerpo, sobre sus pechos, acariciando sus
muslos y pasando sus manos sobre su vientre como si fuera incapaz de resistirse a su propio toque.
—Eso es, juega contigo misma, Lilly. Prepara ese coño para mí —ordenó Tucker.
Lilliana coló una mano en sus pantalones de chándal y empezó acariciarse con los dedos; sus ojos
viajaron por el rostro de Tucker buscando aprobación mientras sus respiraciones superficiales
revoloteaban entre sus labios. Tucker le metió su mano libre debajo de la camiseta y le masajeó un
pecho, pellizcando el pezón con dureza y haciéndola gemir y resoplar.
Estaba teniendo dificultades para concentrarse por sus ojos fijos en el movimiento de la mano
dentro de sus pantalones. Cuando se detuvieron en un semáforo, Tucker deslizó su mano en las
bragas de Lilliana, por encima de su propia mano, guiando sus movimientos.
El semáforo se puso en verde y una bocina sonó detrás de ellos, por lo que debieron seguir
adelante. Tucker sacó su mano y ella gimió con sus ojos implorándole que se diera prisa. Tucker
estaba fuera de sí y casi listo para escurrirse directo por su piel, con prisa por llevarla a su cuarto de
disciplina. La quería atada, húmeda y lista para ser tomada.
Lilliana debió haber percibido sus pensamientos porque rápidamente se desabrochó el cinturón
de seguridad y hundió el rostro en su cuello mientras ella llegó a sus brazos alrededor de sus
hombros.
—Me llevas a la locura, Tucker McGrath. Maldito seas por ser tan irresistible.
Tucker se rio entre dientes y gruñó cuando ella deslizó su lengua dentro del pabellón de su oreja
y le mordisqueó el lóbulo.
Sus manos se deslizaron con fuerza sobre el volante de cuero cuando la boca de Lilliana vagó por
su cuello y hundió sus dientes en su carne salada.
—Mmm, Tucker…—gimió.
Su mano agarró la polla a través del pantalón, por lo que Tucker perdió el foco y viró el coche
peligrosamente cerca de la línea central. Lilliana procedió a desabrochar sus pantalones y meter su
mano dentro de él para acariciarlo con fuerza.
El feroz amasado de su polla envió corriente a lo largo de él por lo que su visión se volvió
borrosa. Una vez más el Maserati se salió del camino, esta vez hacia al arcén, lo que obligó a Tucker
a sacar la mano de Lilliana de sus pantalones.
—Ya casi llegamos. No quiero terminar lesionado a un lado de la carretera con una furiosa
erección. Joder, los periódicos les encantaría imprimir eso.
Lilliana soltó una risita y se alisó el pelo despeinado.
—Sé que lo harían.
Solo unos minutos más tarde llegaron y ambos prácticamente cayeron uno sobre otro para entrar
en la casa, dejando su bolso para después. Tucker perdió el llavero demasiado ansioso por calmar
sus manos. Lilliana lo tomó y abrió la puerta anhelante por entrar.
Ella tímidamente miró a Tucker y sonrió con aire de culpabilidad.
—No estoy pasando por encima tuyo, solo estoy ayudando.
Tucker frunció los labios conteniendo la sonrisa que amenazaba con soltarse.
Una vez dentro, Tucker ordenó claramente.
—Espérame en la sala de disciplina, desnuda y de rodillas.
Tenía que prepararse mentalmente antes de que pudiera hacer frente a Lilliana. Estaba tan
excitado que temía un final rápido a su encuentro. Quería disfrutarla durante todo el tiempo que
pudiera aguantar y sabía que mantenerla en espera haría que su experiencia fuera aún más intensa.
Después de desnudarse en su dormitorio, se puso una bata de felpa negra, y tomó algunos
condones de su mesita de noche. Tucker se dirigió hacia Lilliana abriendo la puerta lentamente. Para
su asombro absoluto, ella había hecho exactamente lo que le dijo. De pie, en la puerta abierta, la
miraba mientras lo esperaba de rodillas. Ella no lo había visto y tenía los ojos errantes por toda la
habitación observando todo.
Tucker abrió su bata y entró, cerrando la puerta suavemente y atenuando las luces. Los ojos de
Lilliana se encontraron con los suyos pero lenta y seductoramente su mirada se movió hacia abajo
hasta su polla. Algo intenso brilló en sus pupilas que se lanzaron de nuevo a las suyos. Ella lo quería
y podía sentir su anhelo que llenaba la habitación y le rodeaba el cuerpo.
Se ubicó directamente frente a ella, tocó la parte superior de la cabeza y pronunció sus
alabanzas.
—Te ves muy bien de rodillas en esta sala Lilly; aún más hermosa de lo que jamás podría haber
imaginado. Es como si pertenecieras aquí de siempre, a mis pies y esperando mi orden.
—Me gusta estar de rodillas para ti, Tuck. No… Me encanta estar de rodillas para ti —declaró.
—Ya lo sé, mascota, y me encanta verte aquí.
Inclinando la cabeza hacia atrás lo miró a la cara y sonrió, el tipo de sonrisa que le decía que
estaba contenta, satisfecha y feliz de estar bajo su gobierno. Tucker le tendió la mano y Lilliana
colocó la de ella sobre la suya. La puso de pie y señaló la cruz con la cabeza. Los ojos de Lilliana se
agrandaron y su respiración se volvió entrecortada y superficial.
—No te preocupes, mascota… iremos pasito a pasito —la tranquilizó Tucker. Quería que
disfrutara de su tiempo juntos sin miedo y para que aceptara las cosas que traerían su éxtasis y el
placer.
Tucker la apoyó en la gran estructura de madera y le golpeó la parte interior del tobillo con el pie
para que separara las piernas. Se inclinó hacia delante, manteniendo los ojos fijos en los de ella y,
suavemente, colocó los grilletes en los tobillos, flojos. El corazón de Tucker estaba latiendo de
manera desigual en el pecho mientras se movía por su cuerpo. Sintió una oleada de emoción al ver
la fascinación en los ojos de Lilliana mientras se acercaba a su boca. Se inclinó y le dio un delicado
beso en la comisura de su boca mientras sus manos rozaron de sus brazos a sus muñecas.
Lentamente, le levantó las manos por encima de la cabeza mientras su boca besaba suavemente su
cuello. Sin mirar, deslizó sus manos en las muñequeras de cuero que ya estaban sujetas. Estaban
demasiado flojas para ser eficaces, pero Tucker quería que se sintiera segura y con ellas no estaba
restringida, podría deslizarse hacia fuera en cualquier momento si así lo deseaba. Tendría que ser
así, por ahora, hasta que estuviera más cómoda con el entorno y se entregara a él por completo.
—Puedes decir basta en cualquier momento y esto terminará.
—¿Incluso lo nuestro? —preguntó Lilly con desaliento.
Tucker sintió cierto grado de tristeza en su respuesta. ¿Eso es lo que pensaba? ¿Que si ella no se
entregaba a él, iba a terminar la cosa? Estudió sus ojos aterrorizados y pasó el dedo índice sobre la
boca.
—No. Si quieres que simplemente haga el amor contigo, lo haré, y no va a significar el fin de
nosotros.
—Pero eso no es lo que quieres, ¿verdad?
—No es lo único que quiero. Pero te quiero a ti.
El cuerpo de Lilliana se relajó, su respiración se ralentizó y su rostro adquirió un brillo que era
vibrante y entusiasta.
—Entonces vamos a averiguar si me gusta o no, ¿de acuerdo? —susurró.
La invitación de Lilliana era difícil de resistir. Tucker quería asegurarse de que Lilliana
experimentara todo lo que tenía para ofrecerle, y hacerlo de modo que ella nunca quisiera el toque
de otro hombre nunca más.
—Desafío aceptado —sonrió Tucker y su voz se quebró con ronquera—. Voy a follarte como si
nunca te hubieran jodido antes, mascota. Voy a dejarte incapaz de pensar y vulnerable, abierta a
aceptar mi voluntad. Voy a devastarte y hacer imposible que cualquier otro hombre te satisfaga de
la forma en que lo haré. Voy a hacerte sentir cosas que ningún otro hombre hará y no querrás a
ningún otro después de que haya terminado contigo. Sé que piensas que estoy siendo arrogante, y
quizás lo sea, pero tengo la intención de mantener mi palabra sin preocuparme por lo difícil que
pueda ser y ni importarme cuánto tiempo tomará. Esta no será una pequeña empresa debido a los
muros que has levantado Lilly, pero te prometo que, antes de que la noche termine: Yo. Te.
Arruinaré.
18.
La anticipación prolongada de estar en la pequeña habitación a solas con Tucker era casi
insoportable, y Lilliana se retorció incómodamente contra la cruz de madera. Arruinada… era una
palabra poderosa. ¿Es eso lo que realmente quería? La mirada de Tucker era audaz y confiada
cuando la evaluó con franqueza. Su mirada pasó sobre su cara y la dejó caer de sus ojos, a su boca, a
sus pechos como tomando cada centímetro necesitado y hormigueante de ella. Diablos, sí, quería
ser arruinada. Era como si hubiera abierto una parte de profunda oscuridad de su alma que no sabía
que existía mientras permanecía a la espera de lo que fuera lo que quería hacer con su cuerpo.
Se trasladó a la pared de los cinturones y bajó un tramo corto, un flogger negro. El mango estaba
trenzado decorativamente y el cuero parecía suave, flexible, y tenía la apariencia de ser usado. Ató
el extremo del mango sobre su muñeca y la hizo girar en círculos pequeños mientras caminaba
hacia Lilliana. El aire alrededor de Tucker crujía con la electricidad sexual y cuando habló, el corazón
de Lilliana trepó a su garganta y su respiración se cortó.
—¿Qué voy a hacer contigo, Lilliana Norris? Has sido una chica muy traviesa, tal vez ahora
debería enseñarte cómo contener esa lengua afilada que tienes. ¿Te gustaría eso?
La boca de Lilliana se volvió reseca y apenas podía hablar y, de repente, su cuerpo se sentía
pesado y caliente. Ella asintió con la cabeza lentamente.
—Dilo, Lilly. Di que has sido una chica mala y mereces ser castigada.
Los ojos marrones de Tucker se volvieron negros y un escalofrío recorrió la espalda de Lilliana.
¿Quién demonios era ese hombre? Ciertamente no era el mismo con quien había estado el fin de
semana anterior. Sí, tenía la misma aura de confianza y seductora autoridad pero esta presencia
ante ella era deliciosamente perversa y alarmantemente peligrosa. El corazón de Lilliana latía en sus
oídos y sus ojos estaban clavados en su boca.
—Estoy esperando, mascota, y sabes cómo me siento al respecto… ¿no es cierto? —dijo con la
voz descendiendo una octava.
—Sí, Tuck. He sido una chica muy traviesa —Lilliana finalmente fue capaz de decirlo en un
susurro frágil y tímido.
Tucker levantó su ceja derecha a su picardía.
—¿Y?
¿Realmente iba a hacer que lo dijera? Tucker se acercó a Lilliana y agitó el látigo ligeramente
sobre la parte superior de sus muslos. Quedó sorprendida por el movimiento a pesar de que no
había ningún dolor involucrado.
La voz de Tucker fue baja, gruesa e inflexible cuando dio su orden.
—Dilo.
Recuperándose de su pánico injustificado, respondió con voz casi inaudible
—Merezco ser castigada.
Tucker intuyó la ansiedad de Lilliana y le dedicó una sonrisa que calentó su interior, y ella supo en
ese momento que no iba a hacerle daño.
—No soy un hombre violento ni sádico, Lilly, y nunca te voy a castigar con ira, así que relaja tu
mente. Solo experimentarás tu primera vez, una vez, entonces relájate y disfruta de todas las
sensaciones que estás a punto de sentir.
Lilliana trató de frenar su energía nerviosa, pero fue un esfuerzo inútil. Estaba demasiado tensa.
Las ataduras en sus muñecas eran tan holgadas que sus manos se deslizaban al cabo de un rato
debido a la humedad de su sudor. Había sido un gesto cortés y de bienvenida que Tucker había
permitido pero estaban mostrando no ser efectiva y hubiera querido experimentar la verdadera
restricción.
Cuando Tucker comenzó a poner un poco de música en el estéreo, hizo su sencilla petición.
—¿Tuck?
Tucker volvió la cabeza, mirando por encima del hombro.
—¿Puedes apretarlos, por favor?
Frente a Lilliana, Tucker abrió la boca y sus ojos se encendieron y ella sabía que había dicho
exactamente lo que él quería oír. Se acercó a ella lenta y deliberadamente, ajustó las muñequeras
de cuero hasta un apriete todavía cómodo. Su respiración se agitaba por encima de sus mejillas
mientras sus manos se movían con destreza y rapidez.
Dando un paso atrás, Tucker inspeccionó su trabajo.
—Eso está mucho mejor y más adecuado para una pequeña cosa desobediente como tú. Ahora
no puedes correr a ningún sitio, ¿verdad? —le hizo un guiño travieso.
Los ojos de Lilliana se agrandaron, su pulso se aceleró y de pronto se sintió como Caperucita Roja
engañada por el Lobo Feroz.
Cerró los ojos y dejó que los sonidos de Ellie Goulding, Lights, penetraran en sus sentidos y
ahogaran el sonido de su propio corazón resonando en sus oídos. Comenzó a derivar cuando sintió
de repente el escozor del cuero ardiendo a través de su vientre. No estaba preparada y chilló de
sorpresa. Sus ojos se abrieron de golpe y miró hacia abajo a su vientre esperando ver sangre
saltando en todas las direcciones, pero se alegró de ver solo tenues rayas de color rosa como un
remanente de lo que acababa de suceder. La piel se calentó y estremeció, y ese calor se trasladó
hasta su ingle.
—Ese fue por acusarme de buscarte solo para sexo casual —uno de los lados de la boca de
Tucker se levantó en una sonrisa pícara—. Los próximos serán solo para el placer.
Tucker trajo el flogger de nuevo y comenzó un aluvión de latigazos ligeros en los muslos
superiores, enrojeciendo su carne. Lilliana retorcía y agitaba su cuerpo contra la madera mientras
trataba de ajustarse al calor un poco doloroso que emanaba de sus muslos. Su excitación aumentó;
su respiración y el ritmo cardíaco se aceleraron.
—Profundiza la respiración, Lilly; hazla más lenta. Escucha el sonido de los latidos de tu corazón y
trata de centrarte en algo, como mis ojos o boca. Míralos —instruyó Tucker.
Hizo exactamente lo que le dijo y fue como si el tiempo hiciera un alto mientras ella se sumergía
en la escena. El cuero brilló sobre su cuerpo, su estómago, los muslos y los pechos, una y otra vez.
Después de varios minutos una sensación extraña con la que no estaba familiarizada se enroscó a su
alrededor como una manta caliente; su cuerpo se sentía sin peso y como si estuviera flotando en
una nube.
Tucker dejó caer el látigo al suelo y comenzó a masajear y amasar sus senos mientras besaba y
chupaba el cuello, con lo que la sangre subía a la superficie. La piel de Lilliana estaba excesivamente
sensibilizada y su cuerpo se retorció incómodamente contra Tucker.
De repente, la excitación de Lilliana se volvió un miedo helado mientras se tambaleaba al borde
de perder el control. El olor de Tucker, su contacto y cercanía sobrecogían todos sus sentidos
mientras se deslizaba dentro y fuera de la realidad. No sabía lo que le estaba sucediendo. Quería
más de su toque, más del fuego que encendía en ella, y más de la estruendosa necesidad que se
había despertado dentro de ella, pero su respiración se volvió irregular y su pulso se estrelló en sus
venas cuando el pánico se retorcía en torno a su corazón. La nube invisible que había estado
flotando en desvaneció y su mente y su cuerpo entraron en caída libre.
—¡Estoy cayendo! —gritó en voz alta mientras se retorcía contra las muñequeras tratando de
liberarse.
Los dedos de Tucker se enlazaron con los de ella y la aplastó con el peso de su cuerpo contra la
cruz.
—Voy a atraparte, Lilly —Tucker respiró con calma en su oído—. Déjate llevar. Deja que todo se
apague y vuela, mascota. Vuela…
Él le deslizó dos dedos en sus profundidades mojadas, sacándolos y metiéndolos lentamente. Su
mente luchaba con lo que le estaba pasando, pero bebió la comodidad de su cercanía. Tucker hizo
una pausa para deslizar el condón, y luego regresó a la boca para meter la lengua dentro y susurrar
su adoración por cada centímetro de su cuerpo.
Él comenzó a asaltarle su coño otra vez con su pene con más fervor y la cálida sensación de un
orgasmo empezó a llenar su vientre inferior. Entrelazó sus dedos con ella de nuevo y siguió
moliéndola por dentro. Su aliento era caliente y desigual cuando se inclinó al oído de Lilliana. Una
capa reluciente de sudor se deslizaba entre sus cuerpos mientras follaban intensamente, y Lilliana le
lamió el hueco de la oreja con ganas de saborear su piel salada. Sus gritos sonaban a gemidos
ajenos a sus oídos y, después de unos pocos minutos, toda la sangre se disparó a su coño con
escalofríos fríos y calientes que marcaban su liberación. Lilliana inconscientemente se arqueó hacia
Tucker cuando su cuerpo comenzó a explotar con sensaciones ardientes.
—¿Puedes sentir lo bueno que somos uno para el otro, Lilly?
Lilliana negó con su cabeza. No, ella no lo admitiría. No a Tucker y no a sí misma.
—Deja de negar lo que hay entre nosotros. Es real, es tangible, e innegable. Debemos estar
juntos.
Tucker penetró con ferocidad en Lilliana, sin piedad, tratando de forzar una confesión de ella.
—No —dijo Lilliana ahogada.
—Estás forzando a mi misericordia, y todavía eres una jodida obstinada. ¿Qué voy a hacer
contigo, Lilliana?
Tucker se retiró de ella y se arrodilló. Metió los dedos en ella y sin tregua comenzó a rozar con el
dedo a su hinchado punto G. Lilliana gritó palabras al azar y empujó sus caderas hacia adelante por
instinto. Capturando su clítoris con la boca, Tucker chupó con saña y lo hizo rodar entre sus dientes.
Lilliana comenzó a flotar por encima de ella mientras su cuerpo se calentaba a una temperatura
insoportable y gritó, con una voz alta que penetraba en el oído.
—Di mi nombre. Grítalo para que los vecinos puedan escucharlo. Dile al mundo cómo somos de
buenos el uno para el otro —exigió Tucker, con su voz amortiguada contra su coño.
—¡Tuck… er! —dijo con la voz quebrada mientras su cuerpo se estremecía contra su abrazo y se
corrió, empapándole el pecho. Lilliana cerró los ojos y voló alto y lejos, a algún otro lugar.
Tucker se puso de pie de nuevo y hundió su polla profundamente dentro de ella. Su ritmo
aumentó brevemente y, de repente se quedó inmóvil, gruñó y apretó las manos de Lilliana con
fuerza mientras se corría.
Un profundo suspiro de alegría escapó de los labios de Lilliana, y su cuerpo se aflojó y comenzó
su descenso. La polla de Tucker se ablandó en su vagina y la dejó desnuda e indefensa, pero aún
así… nunca se había sentido tan libre. Ella se elevó a una altura aún mayor que antes y a un lugar
que nunca supo que existía.
Tucker había cumplido su palabra: la había arruinado, completa y totalmente. Ningún otro
hombre sería suficiente y ella lo adoraba y odiaba por ello. ¿Qué pasaría si las cosas no
funcionaban? ¿Entonces qué?
Los efectos de la suave barbarie de Tucker le habían dejado un desastre emocional mientras su
cuerpo temblaba incontrolablemente. Ahora, preguntándose si esta cosa con Tucker duraría, era
demasiada tensión en su frágil psique. La enviaron por encima del borde y se derrumbó por
completo, llorando, sollozando y gimiendo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sonrojadas.
Su liberador Tucker la levantó en sus brazos. Sosteniéndola tan cerca, le exprimió la respiración
fuera de ella.
—Echa todo afuera, Lilly —le susurró al oído.
Ella no tuvo más remedio que dejar ir todo. Todo lo que Adam le había hecho y la forma en que
la hacía sentirse cohibida y a la defensiva fue borrada por las manos fuertes de Tucker y su toque
irresistible. Él hizo que todo desapareciera. Lilliana también supo que si Tucker le rompía el corazón,
ella nunca se recuperaría.
—No me dejes —se atragantó, tratando de ahogar sus gritos.
Lilliana seguía cayendo desde la altura post-sexual y Tucker sabía que ella no se dio cuenta de
lo que estaba diciendo. Sin embargo, en ese momento, su corazón latía solo por ella. Estaba
demasiado emocionado para responderle, así que simplemente se la llevó de regreso a su cama.
Ella escondió la cara en su cuello mientras su sollozo se calmó lentamente. Sus piernas estaban
débiles y solo quería estar junto a ella y abrazarla, pero se las arregló para llegar al baño y agarrar
algunos paños húmedos para limpiarlos. Cuando regresó, ella estaba apoyada contra la cabecera,
con las rodillas levantadas hacia el pecho.
—Siento haber dicho eso —dijo en voz baja, con sus ojos mirando hacia él.
Tucker limpió suavemente las lágrimas que corrían por sus mejillas limpias. Después, separó sus
piernas y la limpió. Cuando terminó, la recostó y tapó con la sábana y finalmente dijo:
—Este tipo de unión intensa pone de manifiesto los sentimientos que normalmente ocultamos,
por lo que no siempre te arrepentirás de lo que digas en esa habitación. Me gusta cuando tus
paredes se derrumban; me muestra lo que realmente eres.
Lilliana quedó pensativa y en silencio durante varios minutos. Sus ojos se apagaban y se quedó
mirando las luces de la habitación antes de finalmente hablar. Su voz era suave y delicada, y sus ojos
hicieron foco en el rostro de Tucker.
—Esa fue una mierda poderosa. Entumece la mente y el coño, induce sex-pilepsia, una poderosa
explosión del órgano reproductivo. Realmente eres una especie de Dios del látigo sexual.
Y así como así, sin filtrar, la ingeniosa y sarcástica Lilly estaba de vuelta. Tucker se quedó
mirándola un momento antes de estallar en una carcajada.
—Me alegra escuchar que has disfrutado. Hablando de los órganos reproductores… necesitamos
conseguirte la píldora. Detesto los preservativos; me roban mi “espíritu”.
La sonrisa de Lilliana se desvaneció y ella se mordió la comisura de su labio impacientemente.
—Ya las estoy tomando.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lilliana se sentó y tiró la sábana a un lado mientras que salía de la cama.
—No me lo pediste. De todos modos, los condones hacen algo más que evitar el embarazo —
respondió mientras se levantó de la cama vacilante.
—Soy consciente de eso, pero yo no me acuesto con nadie más.
Lilliana saltaba impacientemente de un pie a otro, necesitaba claramente ir al baño.
—Incluso si lo hicieras, no lo reconocerías —respondió ella antes de ir en línea recta al baño,
obviamente todavía en un estado debilitado por la marcha inestable.
Tucker se extendió en la cama y puso sus manos en la nuca. Recordó lo que pasó con Lilliana
cuando Adam la engañó, y su temor de contraer una ETS. Pero Tucker no era Adam y por lo que a él
concernía, Lilliana era La Mujer y no iba a haber ninguna otra en su vida en el futuro previsible.
Cuando Lilliana regresó, se puso una de las camisetas de Tucker y se deslizó junto a él.
—Yo no soy Adam —Tucker la miró hacia abajo.
—Nunca dije que lo fueras —El tono de Lilliana era plano y su mirada estaba en blanco.
—Bueno, entonces podemos hacerlo sin condón.
El miedo, crudo e innegable, brillaba en los ojos de Lilliana. Se levantó sobre un codo, sus cejas
casi juntas.
—No, no podemos.
La voz de Tucker estaba tranquila pero revelaba un matiz de disgusto.
—No tengo ninguna ETS y yo no te voy a engañar, Lilly. Cuando estoy con una mujer, soy
monógamo con ella.
La boca de Lilliana se curvó en una mueca aún más profunda.
—No es nada personal, pero he oído todo eso antes. Estoy cansada. Me has usado y abusado y
necesito descansar —Lilliana se dio la vuelta y ahuecó su almohada con irritación.
—Así que lo que me estás diciendo es: ¿que no confías en mí y que nuestra relación será
perpetuamente condenada a usar condones?
Lilliana suspiró ruidosamente y le lanzó una mirada atribulada por encima del hombro.
—Confié en ti lo suficiente como para dejar que me ates. Dos veces. ¿No es eso suficiente?
¿Realmente tenemos que hablar de esto ahora? Estoy tan cansada. Por favor…
Tucker no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente, pero estaba agotado también. Sus
pensamientos eran una mezcla de frustración y la especulación en cuanto a lo que podía hacer para
meterle en su mente la realidad de su fidelidad. Con los ojos cerrados, la inspiración lo golpeó y se
acercó a su teléfono para dejar un mensaje de voz en el consultorio de su médico. Si se trataba de
que ella quisiera una prueba sobre su veracidad, entonces sería una prueba dura y tangible que iba
a conseguir.
19.
Lilliana despertó temprano con un leve pánico. Durmió tan profundamente y sus sueños
fueron tan reales que olvidó dónde estaba. Una vez más se despertó caliente e incómoda, con
Tucker envolviéndola a su alrededor como una manta eléctrica. El sol estaba en el horizonte y eran
justo antes de las 7 a.m. Despegó su cuerpo sudado de Tucker y le dio un beso en la mejilla.
Después de buscar en sus bolsillos, encontró las llaves y recuperó su bolso del coche; se duchó
apresuradamente. Cuando el agua le golpeó la piel todavía sensibilizada, las actividades de la noche
anterior inundaron su mente.
Se secó y miró su cuerpo en el espejo grande, sorprendiéndose de no ver pruebas de la
flagelación que Tucker le había dado. Él era bueno; demasiado bueno. Se echó un poco de su
colonia en los pechos y un poco detrás de las orejas y en las muñecas, con ganas de oler a Tucker
durante todo el día. Ella no había traído ninguna bata para trabajar, pero en la clínica tenía varios
pares de repuesto en caso de derrames o salpicaduras de sangre, por lo que solo tendría que
cambiarse cuando llegara al trabajo.
Al no tener ningún elemento higiénico propio, tomó prestado el cepillo de dientes y la barra
desodorante de Tucker. Fue muy íntimo usar sus cosas y Lilliana sintió eso un poco travieso, pero no
tenía otra opción.
Justo antes de salir, despertó a Tucker. Sabía que él no solía ir a trabajar hasta cerca de las 9:00
am, así que todavía tenía un montón de tiempo para prepararse.
—Despierta, despierta, muchacho-látigo —susurró Lilliana en broma en su oído.
Tucker se agitó y gimió, y una sonrisa apareció en su rostro. Sus ojos bailaban con la excitación
cuando la enfocó.
—Hueles como yo —sonrió.
—Por lo mucho que te admiras a ti mismo, eso debe realmente calentarte.
Tucker la tiró hacia abajo a la cama con él y hundió la cara en su cuello.
—Esa boca, Lilly. Me dan ganas de hacer cosas malas, muy malas —hablaba en silencio contra su
piel—. Te has cepillado los dientes, también. ¿Con qué? —preguntó.
—Tu cepillo de dientes —respondió sonrojándose.
—Me gusta que algo mío este en tu boca tan temprano. Ahora, ¿qué tal si me la chupas antes de
desayunar?
Lilliana se apartó de Tucker a regañadientes.
—Por mucho que me gustaría, no puedo, voy a llegar tarde al trabajo.
—A la mierda el trabajo. Mi polla necesita atención. Ahora a chupar, mujer. —Tucker agarró la
parte superior de la cabeza de Lilliana y trató de empujarla hacia su ingle.
Golpeando su mano, Lilliana rio de la agresiva necesidad de Tucker.
—No seas cretino, tengo responsabilidades. Chuparé tu pene esta noche. Lo prometo.
—Uf —Tucker puso mala cara y la miró agrandando los ojos—. Entonces, ¿cómo planeas llegar al
trabajo exactamente?
—Voy a llamar a un taxi.
Tucker miró ofendido y se enderezó.
—Por supuesto que no. Puedes conducir mi Lexus. Las llaves están en la puerta principal sobre la
mesita.
—¿Es veloz? —preguntó con un brillo en sus ojos.
—Eh… sí. ¿Por qué?
—¿Lo preguntas? —sonrió burlonamente Lilliana.
—No te transformes en kamikaze. Los límites de velocidad están ahí por una razón —dijo Tucker
malhumorado.
Caminando hacia la puerta, Lilliana no pudo resistir darle otro vistazo. Haciendo una pausa, lo
miró con optimismo. Las esquinas de la boca de Tucker curvaron hacia arriba y había algo
perezosamente seductor en su mirada mientras se apoyaba sobre un codo. Tal vez eran el uno para
el otro. Por otra parte, era más probable que él estuviera totalmente equivocado para ella,
independientemente de lo bien que follaba. Cualquiera que sea el caso, Lilliana sabía que estaba
atrapada en su trampa sensual y no había escapatoria.
—¿Estás segura que no quieres quedarte y jugar un ratito? Tengo una nueva fusta que necesito
probar —Los ojos oscuros de Tucker reflejaban un brillo de esperanza.
Los ojos de Lilliana se nublaron con visiones de la noche anterior. Dios, sí, quería quedarse y
jugar, pero el trabajo… Lilliana sacudió la cabeza con tristeza.
—Realmente no puedo —suspiró, incapaz de ocultar la decepción en su voz.
—Entonces, ciao por ahora, mascota —le guiñó un ojo—. Y conduce con seguridad.
Lilliana condujo el impresionante y, sin duda, carísimo Lexus IS-F hasta el trabajo temerosa de
dañarlo. Los asientos de cuero eran flexibles y abrazaron su cuerpo como si estuvieran hechos
específicamente para ella. Incluso el color llamativo era atractivo —Mica Azul Ultrasónico. Lo había
leído en los papeles en la guantera cuando hizo una rápida inspección de la misma. El vehículo era
una delicia para conducir; se preguntó por qué Tucker no conducía más a menudo.
Su día en el trabajo estaba siendo tedioso y lo único en que podía centrarse era en los latidos
intensos en su entrepierna y las chispas ocasionales de calor que sentía en su tierno vientre, muslos
y senos. Solo servían como un recordatorio de lo que Tucker había marcado como su territorio y en
las cosas perversas que le dijo.
Durante una limpieza de rutina, ella inadvertidamente dijo sus pensamientos al paciente.
—¿Puedes sentir lo bien que somos uno para el otro? —susurró.
Una expresión de asombro apareció en el rostro del paciente y Lilliana trató de pensar
rápidamente en una manera de salir del comentario inapropiado que había hecho.
—Estoy usando un equipo nuevo y digo lo mucho que me gusta —se rio nerviosamente. Por
suerte, el paciente parecía satisfecho con su respuesta por lo que continuó trabajando.
Durante su pausa para el almuerzo, ella tomó su teléfono para comentar a Tucker como se sentía.
Lilliana: 11:32: Gracias. Ni siquiera puedo concentrarme por tu culpa.
McG: 11:35: Entonces mí malvado plan funcionó. ¿Estás pensando en mi
B===D en tu ({ }) haciendo que te mojes? Eso es un pene en una vagina para el
ojo inexperto ;)
Lilliana: 11:36: Si por mojada te refieres frustrada, entonces sí. Estoy
“mojada”. BTW27
—tu conocimiento de los símbolos perversos de mensajes de
texto es simplemente genial, Tucker.
McG: 11:40: ¿Sushi fresco?
Lilliana quedó mirando el teléfono, confundida y ofendida por la respuesta de Tucker. ¿Qué
demonios estaba insinuando? ¿Que olía a pescado?
Lilliana: 11:44: ¿WTF? Comparando mi coño con el atún fresco no vas a
conseguir que tu pene sea chupado esta noche.
Lilliana estaba a punto de enviar a su respuesta cuando Tucker apareció en la puerta de su
oficina, llevando dos recipientes de plástico.
—¿Qué hay del almuerzo, cara de muñeca? —sonrió Tucker.
Lilliana sonrió humildemente y de inmediato apretó el botón de retroceso para borrar su
mensaje irritable. Tucker estaba vestido casualmente con jeans oscuros y una conservadora camisa
blanca debajo de una chaqueta de color negro. Su camisa estaba desabrochada en la parte superior
y llevaba el mismo cinturón con que la había atado por primera vez en su casa. Las mejillas de
Lilliana se sonrojaron pensando en el encuentro y, cuando sus ojos se encontraron, él tenía una
expresión intensa pero no revelada, como si hubiera leído sus pensamientos.
—No nos adelantemos, Lilly. No es más que el almuerzo —se burló, pasando la punta de su dedo
índice sobre la hebilla de plata lisa—. Pero tal vez después pueda darte.
—¿Fuiste a trabajar vestido así? —preguntó, ignorando por completo su observación y sacando
una silla para que se sentara.
—Tenía un asunto que atender —respondió con los ojos entornados.
Lilliana lo observó impasible, insegura de lo que él se refería, pero lo dejó pasar. No lo conocía
bien, pero sabía lo suficiente como para darse cuenta de que si quería que ella supiera de lo que
estaba hablando, se lo diría.
Mientras comían, la conversación fue ligera y juguetona, y Lilliana sintió un flujo de fuego lento
por sus venas por el estado de ánimo optimista de él. Dana seguía mirando a escondidas adentro
tratando de ver lo que estaba pasando y, Lilliana supuso, para obtener también un buen vistazo de
27
BTW: by the way: por cierto.
Tucker. Cuando la vio persistente alrededor de su puerta fingiendo estar haciendo algo, finalmente
le invitó a entrar.
—Dana, ven aquí, por favor.
Dana salió arrastrando los pies como una niña de la escuela medio enamorada. Sus mejillas se
iluminaron y pestañeó a Tucker. Lilliana comenzó a sonreír cuando los ojos de Dana observaban sus
zapatos con nerviosismo.
Lilliana los presentó y Tucker le dió un mano a Dana en un gesto cortés.
—Encantada de conocerte. He leído mucho acerca ti. Construiste y vendiste el complejo de
apartamentos en que vivo. Además, la casa en que mis padres viven una vez fue propiedad de tu
empresa.
Tucker sonrió y asintió con la cabeza; miró a Lilliana tímidamente y le guiñó un ojo. Lilliana
adivinó que Tucker debía de pasar por este tipo de cosas a menudo. Dana era linda y Lilliana no
sentía ni una pizca de celos o animosidad hacia ella porque era la persona más genuina que había
conocido. Era dos años más joven que Lilliana, pero todavía compartían una conexión y no iba a
dejar que la afectara un enamoramiento inofensivo.
Dana finalmente se excusó y Tucker volvió su atención de nuevo a Lilliana.
—Eso fue lindo —Tucker sacudió con la cabeza.
—Sí, lo fue. Creo que ella está enamorada de ti —rio Lilliana.
Las pesadas pestañas que envolvían los ojos de Tucker se alzaron por la sorpresa.
—¿Y estás de acuerdo con eso?
—Claro. Es solo un flechazo; de la clase que una chica tiene por una estrella de rock o una
celebridad. Nada para que te alarmes, Tucker.
—No estoy alarmado. Ella no es mi tipo. De todos modos, ¿quién puede culparla?
Tucker parecía muy satisfecho de sí mismo y Lilliana puso los ojos en blanco.
—Tu ego es absurdo.
Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Tú eres la que me llamó estrella de rock, ¡dos veces!
—No, yo no te llamé una estrella de rock, te comparé a una. También simplemente declaré que
el enamoramiento de Dana era de naturaleza juvenil.
—En toda esta zona, ¡soy una maldita estrella de rock, nena! —Tucker siguió vociferando
alegremente.
Tucker se levantó, la puso en su regazo y le plantó un beso en los labios descaradamente. Sus
ojos estaban divertidos y tiernos. Ella nunca pensó que Tucker fuera del tipo que hace
demostraciones públicas de afecto, pero ella lo tomó y se arqueó en las curvas de su cuerpo.
—Me quieres tanto. Admite que somos el uno para el otro —Los ojos de Tucker se oscurecieron
de deseo.
—No voy a hacer tal cosa.
—¿Por qué insistes en ser tan condenadamente terca, Dios? Este pequeño cuerpo tuyo se
construyó para mí y solo a mí. Dilo.
—Tu arrogancia es imposible de aguantar, a veces.
Tucker frunció el ceño pero la sonrisa escondida en su boca era innegable.
—Eso no es lo que te dije que digas. ¿Vas a hacer que ponga tu culo rojo aquí mismo en tu
oficina, en pleno día, y a la vista de tus compañeros de trabajo?
Por un instante, por la mirada afilada de Tucker pensó que realmente podría seguir adelante con
su amenaza. Trató de levantarse, pero Tucker se aferró a ella con fuerza.
—No puedes castigarme, Tucker.
—Seguro que puedo intentarlo —replicó él con una elevación significativa de las cejas.
Los ojos de Lilliana agrandaron y luego se estrecharon. Ella abrió la boca como para decir algo,
pero decidió no hacerlo. Cuando cerró la boca de golpe, los labios de Tucker se curvaron en una
sonrisa taimada.
—Ves, ya estás aprendiendo.
Molesta por la pomposidad de Tucker, abrió la boca de nuevo para contestarle pero justo cuando
Dana entraba.
—Llegas justo a tiempo, Dana —Tucker la miró de reojo—. Estaba a punto de zurrar el culo de la
Sra. Norris.
Lilliana quedó boquiabierta, sorprendida ante la admisión de Tucker. Dana y él intercambiaron
una mirada sutil de diversión y Lilliana se retorció para liberarse de Tucker.
—¿Por qué? ¿Qué hizo ella? —preguntó Dana, solo para empeorar las cosas.
—Yo no hice nada. Caramba, Dana, se supone que debes estar de mi lado —La voz de Lilliana se
agudizó por la sorpresa.
—Yo estoy de tu lado, pero la gente no zurra por nada.
Lilliana disparó a Dana una mirada de horror y decidió que la mirada inocente de Dana no era
más que una cortina de humo.
—¡Ja! ¡Una mujer sabia para su edad! —gritó Tucker y se rio antes de finalmente liberar a Lilliana
de su agarre.
Justo cuando ella se puso de pie, con la mano alcanzó su culo con rapidez, haciéndola aullar
ruidosamente y saltar.
Dana sacudió la cabeza con simpatía.
—No sé lo que hiciste, pero si yo fuera tú, no lo haría de nuevo.
Tucker sonrió y con la sinceridad en sus ojos le hizo señas.
—El consejo de una mujer muy inteligente, Lilly —Tucker fue hacia la puerta mientras Lilliana se
frotaba la nalga con rapidez, tratando de aliviar el escozor por su palmada.
—Te veré en mi casa esta noche. Espero que te sientas lo suficientemente sana como para un
poco más de disciplina.
—Tengo que hacer una parada en mi casa y recoger algunas cosas esenciales femeninas. Al igual
que un cepillo de dientes y desodorante.
—Está bien. Te veré después. Ciao, mascota.
El resto del día transcurrió felizmente rápido con pensamientos abrumadores de Tucker por toda
la cabeza de Lilliana. Se sentía bien tener a alguien en su vida. Ella había aceptado la posibilidad de
que nunca podría conocer a otro hombre en quien confiar, pero Tucker estaba demostrando ser un
hueso duro de roer y, aunque ella se lo negaba, sabía que estaban destinados a estar juntos en
cierto nivel. Incluso si era solo por breve tiempo, se comprometió a disfrutar de él durante el tiempo
que se le permitiera.
Con la cabeza en las nubes casi no recordaba el camino a casa. Estaba tan perdida en sus
pensamientos, que ni siquiera había notado el coche de alquiler que estaba en el extremo más
alejado de su camino de entrada hasta que puso un pie fuera del coche de Tucker.
—Debes de haberte tocado la lotería cuando Margo murió si puedes permitirte un coche así.
La voz era familiar y espinosa en los oídos de Lilliana. Jodido. Adam.
Lilliana apenas fue capaz de retener su jadeo de malestar cuando lo vió en la hamaca del pórtico,
casual, relajado, con sus largas piernas extendidas delante de él.
—¿Qué mierda…? —La alarma de ver a Adam hizo que las palabras se le trabaran en la garganta.
Adam no mostró ninguna reacción a ella y permaneció sentado.
—Es bueno verte también, nena —la fulminó con la mirada, sus chispeantes ojos verdes
vertiendo su placer a su absoluta sorpresa.
Lilliana estaba sin aliento por la rabia y no ocultó la ira desenfrenada de su voz al hablar.
—No es mi coche. Ahora sal de mi tierra.
Adam inclinó la cabeza y se echó a reír, con tranquila osadía.
—Eso es una especie de saludo de mierda. ¿Qué pasó con los valores del Medio Oeste? Solías ser
tan amable y servicial. Demonios, no fue hace tanto tiempo que estabas ansiosa por envolver esa
linda boquita tuya alrededor de mi polla.
Adam parecía encontrar algún tipo de placer perverso en traer de vuelta su pasado, pero ella no
se dejó intimidar por sus palabras repugnantes.
—Un infierno para lo que me sirvió. ¡Mi actitud complaciente me consiguió un marido infiel que
me dio la gonorrea!
Adam hizo un gesto como dejando de lado su observación y miró hacia el campo lejano y largo
camino de entrada como si viera algo.
—¿Otra vez con eso?
—Hablé en serio acerca de presentar cargos —refunfuñó Lilliana.
—Has amenazado a presentar cargos si llamaba, así que aquí estoy en persona. Trajiste todo esto
por ti misma. Te di un montón de tiempo para llevar tu culo de vuelta a casa. Ahora estoy aquí para
hacer que suceda.
—¡Mi casa está aquí! Lleva a tu polla fuera de aquí, Adam. Lo digo en serio. No voy a volver a
Kansas nunca. ¿Cómo te atreves a venir aquí y…?
Adam se levantó y la señaló con el dedo.
—Estoy sintiendo agresión —se rio burlonamente.
Todo lo que Lilliana podía oír era el sonido de su corazón latiendo con fuerza en sus oídos. Había
escuchado la suficiente mierda de Adam.
—Vas a sentir mi pie en tu culo en unos treinta segundos si no te vas al infierno… —su voz se
interrumpió a media frase cuando oyó cerrarse una puerta de coche detrás de ella.
Se dio la vuelta para ver a Tucker avanzar hacia ella con la cabeza gacha y los ojos totalmente
dilatados firmemente fijos en Adam. Ella lo miró sin decirle nada, con el corazón latiendo en su
pecho. Tucker se acercó a Lilliana y ella se sorprendió por su fría valoración de Adam. Se deslizó
junto a ella y la envolvió con un brazo posesivo alrededor de su cintura y la atrajo hacia él.
Su acción le envió al cerebro un rayo de miedo por lo que fuera a pasar. Su estómago se revolvió
con la ansiedad y sus ojos se lanzaron hacia Adam. Él ya no estaba sentado sino de pie en el último
escalón del rellano y abriéndose paso rápidamente hacia ellos. Lilliana trató de salirse de las garras
de Tucker, pero él la sujetó con firmeza.
—¿Quién diablos es usted? —exigió saber Adam.
—El novio —Había desafío en la voz de Tucker, así como un reto no muy sutil.
Las emociones de Lilliana viraron de la agitación a la excitación y regresaron.
Las fosas de la nariz de Adam se dilataron y sus ojos brillaron con ira, pero se rio burlonamente y
dio a Lilliana una mirada hostil.
—No te tomó mucho tiempo abrir tus piernas para alguien nuevo, ¿verdad?
Lilliana sintió que el cuerpo de Tucker se tensaba en respuesta a la vehemencia de Adam y ella
hizo una mueca a sus palabras odiosas.
—Solo dos años —contestó Lilliana, para marcar que ella no era una ramera.
Adam hizo un gesto hacia el Lexus.
—Entonces, ¿qué? ¿Le chupas la polla y te permite conducir su coche? ¿Es así como funciona
esta mierda?
El aliento de Lilliana ardía en su garganta. Adam amaba humillarla. Siempre lo hizo.
—No debes haber recibido ninguna mamada en tu vida para ese tipo de compensación —Adam
se rio irónicamente dirigiéndose a Tucker.
Recuerdos no deseados de cómo Adam solía hablar abiertamente sobre su falta de habilidades
orales a sus amigos y conocidos destellaban en su mente y, de repente, ella no se sentía tan
valiente. Adam sabía demasiado sobre ella y su compostura empezó a agrietarse como una concha
bajo sus insultos hirientes y dañinos. Ella solo quería que Adam se fuera y desparecer en los brazos
de Tucker.
La voz de Liliana se había convertido de fuerte a un débil susurro.
—Cállate, Adam.
Tucker sintió a Lilliana acobardarse y la protegió más con su cuerpo. Verla así, inquieta y
temerosa, era un puto dolor desgarrador. La conocía fuerte, alegre y valiente, y estaría maldito si
permitía que alguien le quitara sus atributos más preciados, muy especialmente, el pedazo-de-
mierda que estaba de pie delante de él.
Tucker lo dimensionó: postura militar, pelo rubio oscuro, ojos color musgo, poco más de 1,80 m
de alto y con un físico de alguien que tenía demasiado tiempo sin hacer nada y no trabajaba con
frecuencia.
—He tenido un montón de mamadas en mi vida y Lilliana está a la altura de las mejores. Es una
lástima que nunca vayas a experimentarlo otra vez con ella —respondió Tucker de forma casual,
como si lo no afectara.
Adam simplemente le devolvió la mirada, callado. Sus mejillas se encendieron antes de
responder.
—¿Quién dice que no lo haré?
Tucker tomó un profundo aliento constante. Adam estaba empujando sus límites y su
ecuanimidad se estaba agotando.
—Yo lo digo —gruñó.
Cuando Adam se dió cuenta de que Tucker no iba a dar marcha atrás, dio un paso atrás y resopló
su renuncia de Lilliana.
—¿La quieres?, ahí la tienes. No vale la pena la molestia. Demonios, ni siquiera sirve para un
buen polvo.
La cara ancha esculpida de Tucker se retorció con furia.
—Es obvio que no tenías ni el talento ni la habilidad para sacar lo mejor de ella porque, en lo que
a mí respecta, es un polvo único en la vida.
Adam escupió y se erizó con indignación, como si hubiera recibido una bofetada en la cara. Se
dio la vuelta como para irse, solo para lanzarse precipitadamente sobre Tucker con los puños
cerrados. Lilliana se arrojó en medio de ellos y se llevó la peor parte del puño de Adam en los ojos.
Ella gritó como un espíritu guerrero y clavándole las uñas y arañando a Adam.
—¡Maldito hijo de puta!
Tucker empujó a Lilliana lejos de Adam que levantó sus manos delante de su cara de manera
protectora. Le propinó un puñetazo que dio de lleno en la boca presumida de Adam y lo puso de
rodillas. Este escupió una bocanada de sangre en el camino de grava y trató de ponerse de pie.
—Quédate abajo —gruñó Tucker con sus puños apretados a los costados.
Tucker se puso lívido. Echó un vistazo a Lilliana para mirar su ojo ya en proceso de inflamación, y
se inclinó hacia abajo golpeándolo una vez más en el ojo como venganza.
—Tenías a la perfección y la jodiste. Ahora toma tu mentira, saca tu culo tramposo de aquí antes
de que te entierre en algún lugar de estos 112 acres de tierra y me asegure de que nunca se sepa de
ti otra vez —respondió con tanta seriedad y desprecio que impidió cualquier otro argumento.
El rostro de Adam palideció de terror mientras se levantaba y escabullía hasta su auto de alquiler.
El motor del coche rugió fuerte mientras giraban los neumáticos levantando el polvo en su prisa por
salir.
Tucker observó el coche de Adam hasta que entró en la carretera principal, entonces enfrentó a
Lilliana con una mirada severa en su rostro.
—¿Por qué te metiste?
La voz de Tucker era tranquila, pero mantuvo un matiz de irritación y Lilliana no podía
entender por qué estaba tan enfadado con ella.
—Iba a golpearte —resopló Lilliana.
—No necesito que pelees mis peleas, Lilliana.
La brusquedad de Tucker y las maldiciones silenciosas que articuló desgarraban el corazón de
Lilliana.
—Simplemente no quiero que te haga daño —dijo con un nudo en la garganta.
—Así que en lugar de eso te hizo daño a ti. No necesito ese tipo de culpabilidad. ¡Mierda, mira lo
que le hizo a tu ojo!
Tucker agarró la muñeca de Lilliana y la arrastró dentro de la casa para curarla. La llevó hasta la
mesa de la cocina y desapareció para buscar el botiquín de primeros auxilios. Lilliana se tocó el ojo e
hizo una mueca de dolor. Su visión ya empezaba a oscurecerse ligeramente por la hinchazón y temía
lo que parecería. Cuando Tucker volvió, la miró y movió la cabeza con la decepción y el enfado.
—Si no estuvieras hecha un desastre, me gustaría azotarte el culo por esta pequeña proeza.
—Si te hace sentir mejor, entonces hazlo —Lilliana suspiró, dando un resignado encogimiento de
hombros.
Tucker acercó una silla delante de ella y le acarició la barbilla.
—Puedo ser arrogante, pero no soy un idiota. Azotarte cuando ya estás herida nunca me haría
sentir mejor.
—¿Puedes ser arrogante? —Lilliana frunció la boca sarcásticamente.
—Cierra los ojos y la boca y déjame tratar de arreglar lo que te hizo ese pedazo de mierda.
Tucker no estaba de humor para bromear por lo que Lilliana hizo lo que le dijo y le permitió
cuidarla. Su toque era suave y tranquilizador cuando la limpió con antiséptico. Se estremeció y
entonces él le sopló aire fresco mientras mantenía su cabeza firme. Su expresión era sombría
mientras continuaba limpiando la herida y aplicaba una compresa fría en ella.
Hundiéndose en la silla y inclinándose hacia atrás con las dos piernas, Tucker la miró con
curiosidad.
—¿Qué viste alguna vez en ese hombre?
El rostro de Lilliana se cubrió con humillación. Se puso de pie, se enderezó y se aclaró la garganta.
Acercándose a la ventana de la cocina se asomó al hermoso paisaje campestre.
—Prometió amarme. Él me prometió hacerlo para siempre.
Lilliana se encorvó y sintió una terrible sensación de amargura hacia Adam. Y hacia los hombres
en general. Todos eran mentirosos. Todos ellos. Girando bruscamente, se enfrentó a Tucker con
renovada duda sobre sus intenciones.
—Debes irte ahora —le espetó con una angustia que casi superó su control.
Los ojos de Tucker brillaron de confusión y vaciló, valorándola por un momento. Cruzando sus
brazos negó con la cabeza. Tenía la cara llena de fuerza, brillando con determinación.
—Te gustaría eso, ¿no es así? Entonces sería más fácil para ti decirme adiós.
Lilliana estaba molesta por la transparencia de sus sentimientos. Sí, sería más fácil para ella
hacerlo con Tucker. No quería que otra vez le rompieran el corazón ni más falsas promesas y
mentiras.
—Ya lo he dicho dos veces, pero lo diré solo una vez más: no soy Adam. No voy a ninguna parte,
y estoy seguro de que no voy a hacer más fácil para ti decirme adiós.
Lilliana se agarró el pelo y cerró los ojos con exasperación, su mente era una mezcla loca de
esperanza y temor. Con los ojos todavía cerrados, los brazos de Tucker la aplastaron y su boca se
puso en su oído.
—Déjalo ir, Lilly.
Tucker metió la mano en el bolsillo y sacó el collar que había recogido en su joyería. Los ojos
de Lilliana se abrieron y tartamudeó, pero rápidamente él lo ató alrededor de su cuello. Una mirada
de aprensión se apoderó de la cara de Lilliana.
—Casi no me conoces —dijo en voz baja, asustada.
Tucker intentó resistir las ganas de sonreír, pero la sonrisa se le deslizó en su rostro.
—Te he follado, lamido, atado, y azotado. Jesús, Lilly, ¿cuánto más quieres llegar a conocernos el
uno al otro?
Lilliana sonrió y negó con la cabeza al mismo tiempo. Al tocar el collar, lo levantó y sus ojos
marrones moteados de verdes lo miraron.
—Es hermoso, Tucker. Gracias —aventuró demasiado efusiva—. Entonces, ¿eres realmente mi…
ya sabes… lo que le has dicho a Adam?
La sonrisa de Tucker se ensanchó. Se encogió de hombros y fingió ignorancia solo para poder
escucharla decir la palabra con N.
—Sí, definitivamente creo que eres una follada única en la vida.
Lilliana parpadeó lento y fuerte, y frunció los labios.
–No eso. Ya sabes… la otra cosa.
—¿La perfección? ¿Especialista en dar mamadas? Sí y sí —asintió con la cabeza.
Tucker se acercó a la nevera y la abrió para tomar un aperitivo cuando Lilliana tomó su brazo.
—Tuck… vamos. No me tortures. Dilo de nuevo.
Tucker rodó sus ojos y se rio entre dientes.
—Novio. Ya está. Lo dije y lo dije en serio.
Lilliana sonrió con picardía y Tucker no se contentó con dejar las cosas así.
—¡Lilliana tiene novio! ¡Qué emocionante! —Le dio un codazo en las costillas e hizo un baile
alrededor de la cocina como un idiota en toda regla, palmeándose la rodilla—. ¡Esta pequeña
potrilla tiene un verdadero y auténtico amor!
—¡Eres imposible! Y no hay nada dulce en ti, ¡Tucker McGrath!
Tucker giró a Lilliana por el brazo y le enmarcó la cara con sus manos grandes. Ambos se
detuvieron y sus sonrisas se desvanecieron en algo apasionante. El corazón de Tucker dio un vuelco
en el pecho y había una sensación de hormigueo en la boca del estómago por la manera en que
Lilliana lo estaba mirando con nostalgia. Realmente mataría a ese hijo de puta si alguna vez volvía a
poner la mano en Lilliana. Ella le pertenecía a él ahora. Solo a él. Tucker besó su ojo golpeado con
ternura y arrastró su boca por su mejilla hasta la boca.
Impotente para resistir el peligroso y ardiente dolor en su corazón, susurró contra sus labios:
—Mía.
20.
Tucker y Lilliana se habían dormido demasiado pronto. Ella lo había engañado viendo Star
Wars: Una nueva esperanza, como reembolso por la mamada con los libros encima de la cabeza del
fin de semana anterior. Él le había prometido algo a cambio y tomó ventaja en eso. Lilliana rio para
sus adentros al ver la expresión de horror en su rostro cuando deslizó la película en el reproductor
de DVD, sus gemidos exagerados y verlo refregarse el rostro cada vez que se decía una línea cursi.
Había tratado de hacer que la experiencia sea un poco más fácil para él por lo que sugirió jugar a la
Princesa Lei-Arranca-Orgasmo a tu Obi-Gran-Ke-Nabo. Tucker no se había divertido mucho y aclaró
que estaba completamente a favor de los juegos de rol, salvo del peculiar juego que quería Lilliana.
Su último esfuerzo para entretenerlo fue señalar las citas sexuales accidentales de la película, como,
¡Mira el tamaño de esa cosa! o Luke, a esa velocidad, ¿crees que serás capaz de sacarla a tiempo?,
pero Tucker seguía estando imposible.
Antes del final de la película ambos se habían quedado dormidos sin siquiera la lamida de polla
prometida. Estaba decepcionada, pero el estrés emocional por la pelea con Adam había cobrado su
precio en ellos, y después de que se arrastraran a su cama y se desnudaran, se derrumbaron en un
caos agotador y durmieron profundamente toda la noche.
Lilliana despertó a Tucker temprano para que pudiera conducir a su casa y cambiarse para el
trabajo. Antes de salir, puso otro delicado beso en su párpado hinchado y la reprendió una vez más
por su exceso de celo en tratar de protegerlo.
En el trabajo, todo el mundo miró horrorizado al ojo de Lilliana. Dana sobre todo, estaba
completamente enfurecida.
—¡Ese despreciable, guapo, hijo de puta! Dijo que solo iba a darte unos azotes, ¡no a golpearte!
No me importa la cantidad de dinero que tenga ese idiotardo28
, ¡voy a patearle un nuevo agujero en
el culo por hacerte esto!
Lilliana rio histéricamente y el rostro de Dana se contorsionó en una expresión de total
desconcierto.
—Tucker no hizo esto, fue mi exmarido. Se presentó en mi casa anoche. Salté entre él y Tucker y
conseguí el golpe en el ojo.
—¿Por qué demonios hiciste algo así? Tucker puede cuidar de sí mismo, ¡eres idiota!
Lilliana rodó los ojos. Parecía que Tucker y Dana tenían la misma mentalidad sobre muchas cosas.
—Vas a presentar cargos, ¿verdad? —Dana apretó su hombro.
28
En el original douchetard: Un término insultante para alguien que es al mismo tiempo una "ducha" (es decir, un
imbécil, idiota, imbécil) y un "retardado". Expresa tanto desagradable de la personalidad y la estupidez de una vez. Ese
idiota es demasiado tonto para venir incluso hasta con un insulto coherente.
—No, pero debería. Incluso Tucker me insta a hacerlo. Si lo hago, solo va a significar que tendré
que verlo de nuevo y eso es lo último que quiero. Si alguna vez llama o aparece de nuevo, sin
embargo, voy a llamar a la policía.
Los ojos de Dana se estrecharon y colocó las manos en las caderas.
—¿Me lo prometes?
—Sí, sí. No voy a aguantar su mierda nunca más.
Justo en ese momento, los ojos de Dana captaron el brillo de los diamantes y el candado de
zafiro incrustados alrededor del cuello de Lilliana.
—Ooohhh —Dana lo admiraba con grandes ojos vidriosos—. ¿Así que es serio, entonces?
Lilliana se encogió de hombros, todavía incapaz de admitir la realidad del gesto de compromiso
de Tucker.
—Supongo que sí. Fue muy considerado de su parte en conseguirlo para mí.
—¿Considerado? Yo diría que es más que eso. Ese chico está enganchado contigo, Lil.
Lilliana saludó a Dana de lejos, no quería hablar más sobre el tema o el hecho de que ella
también estaba enganchada con Tucker.
Tenía la esperanza de que él se presentara en otra visita no programada durante el almuerzo,
pero no hubo suerte. Sin embargo, recibió varios mensajes de texto con bromas que hicieron que su
día pasara más rápido.
McG: 14:48: Todo trabajo y nada de juego hacen de Tucker un niño
malhumorado.
Lilliana: 14:55: ¿Qué sugieres?
McG: 15:01: Nunca sugiero. ;)
Lilliana: 15:03: Entonces ¿por qué no me dibujas una imagen?
McG: 15:04: Suena divertido, pero jodidas figuras de palito no sirven lo
bastante para retransmitir mis deseos con precisión. Reserva la fecha: El
próximo jueves, fiesta de la compañía en el salón de baile del Grand Hyatt. Un
montón de cotorreo y borracheras.
El entusiasmo llenó a Lilliana soñando con ir del brazo de Tucker en algún evento presuntuoso.
McG: 15:08: BTW Por cierto, tengo algo de gran importancia para darte.
Lilliana: 15:10: ¡No te burles! ¡Dime!
McG: 15:11: Tienes que verlo. No digas que nunca hice nada por ti. FYI29
:
Me lo debes. A más no poder. Ciao, mascota. ;)
¿Gran importancia? Sonaba tan ominoso. Lilliana odiaba ser manejada y detestaba las sorpresas.
29
FYI: For Your Information: para tu información.
Impresionada con la buena fortuna, la última cita de Lilliana fue reprogramada y era libre de salir
temprano. Estaba con el auto de Tucker de nuevo y deseaba volver a casa conduciéndolo. Si alguna
vez lograba una gran suma de dinero, se juró a sí misma comprar la misma marca y modelo, aunque
en un tono más femenino.
Cuando llegó a casa envió un mensaje a Tucker de su pronta llegada, y decidió recoger las últimas
frutas y verduras del jardín de Margo para utilizarlas. Una helada temprana estaba prevista y no
quería perder ninguno de los preciosos alimentos por los que su tía había trabajado tan
diligentemente desde la siembra. Vestida con sus vaqueros más desaliñados y una sudadera fue a
trabajar en el jardín.
Trabajó duro durante casi una hora, sacando y arrancando hasta el último pedazo de sustento
que pudo encontrar y colocándolos en una cesta grande. Cuando cosechó el último elemento de la
tierra, se sentó en sus rodillas y escondió el rostro entre las manos. Un sollozo escapó de su
garganta pensando en la finalidad de todo esto. La muerte de Margo, la estación de la cosecha
terminada, y la realidad que pueda tener que vender su tierra. Levantó la barbilla y miró
directamente hacia el sol que estaba bajando en el horizonte, desafiante. El viento soplaba junto a
ella y el aroma de las violetas y bergamota salvaje llenó sus fosas nasales y pudo jurar que oyó la
risa alegre de su madre y Margo revoloteando en sus oídos. La angustia le atravesó el corazón y se
abrazó a sí misma tratando de detener su penoso estremecimiento por su llanto desenfrenado.
¿Por qué tuvieron que irse a edades tan tempranas? Ellas eran personas buenas y decentes. ¿Por
qué? ¿Con quién iba a compartir sus logros, sus esperanzas y temores? Lilliana se sentía despojada
y desolada mientras se mecía.
Los gritos de Lilliana eran tan fuertes en sus propios oídos que no oyó a Tucker acercarse
sigilosamente.
—Mi dulce, Lilly del valle —susurró en su oído, cobijándola en sus brazos.
Lilliana ahogó sus gritos mortificados de su crisis nerviosa frente a Tucker. No quería parecer
débil, pero, Dios mío, ella necesitaba desesperadamente su toque en ese momento. Se volvió y
aferró a él, hundiendo su cara manchada de tierra en las solapas de la chaqueta.
—Las extraño mucho —ella lloró.
—Sé que lo haces. La muerte es injusta y cruel, mascota.
Tucker se puso de pie, levantó a Lilliana en sus brazos y la llevó de vuelta a la casa dejándola caer
en el sofá. Le quitó sus pantalones sucios y sudadera y los puso en una pila. A continuación, sacó
una toalla y limpió su cara, con cuidado cerca de su ojo todavía hinchado. Ella se sintió tan
conmovida por sus acciones que comenzó a llorar de nuevo, pensando en palabras amables y
caricias de su madre.
Tucker la llevó al baño donde llenó la bañera con agua caliente mientras se sentaba sobre la tapa
del inodoro. Ella lo observó con atención mientras pasaba los dedos por el agua, poniendo a prueba
su temperatura con frecuencia. Cuando estuvo lo suficientemente llena y cargada con burbujas
espumosas, deslizó sus bragas y sujetador y la ayudó a meterse. Lilliana recostó y dejó que el agua
caliente penetrara en sus huesos y aliviara su tristeza. Con los ojos cerrados, las manos de Tucker
vagaban por su cuerpo, lavándola y calmándola. Su tacto áspero era extrañamente suave y
acariciante, e hizo que su corazón martilleara contra las costillas.
Lilliana abrió los ojos para ver la mirada de Tucker implorándole algo tácito.
—Únete a mí —suplicó Lilliana.
Él asintió y su mirada era tan electrizante que envió un temblor a través de ella. Ella lo observó
mientras comenzó a desvestirse sin prisas. Los ojos estaban fijos en el movimiento de sus manos
que quitaban casualmente el cinturón de cuero negro. Sus dedos rozaron la hebilla seductoramente
y los ojos de Lilliana se lanzaron hasta Tucker. Le guiñó un ojo, sonriendo en reconocimiento de sus
deseos y luego continuó sacándose el resto de su ropa. Cuando estuvo de pie bellamente desnudo,
Lilliana bebió la magnífica imagen que tenía delante.
—Eres tan hermoso, Tuck. Sabes, haces temblar mi coño y tan hermoso, que me dan ganas de
follarme a mí misma con los dedos.
Tucker metió un pie en el agua y una ráfaga de color rosa tiñó sus mejillas mientras se reía.
—Tú tampoco estás tan mal.
—¿Con ojo negro y todo? —dijo Lilliana pestañeando.
La sonrisa de Tucker se desvaneció y parpadeó rápidamente. Su lesión era todavía un área de
discusión y ella cambió rápidamente de tema cuando vio la alegría dejar su rostro.
Tucker apoyó su cuerpo entre las piernas de Lilliana en su pequeña bañera, y ella envolvió sus
brazos alrededor de sus hombros y metió los pies debajo de los muslos.
—Gracias por esto y por tus amables palabras. Lo lamento por necesitarlas.
Tucker volvió la cabeza hacia un lado y la miró a los ojos.
—Yo necesito ser necesario, Lilly, al igual que tú necesitas ser deseada. Nos completamos el uno
al otro.
Lilliana sonrió. Existencial, por cierto. Ella le apretó los hombros y lo besó en la oreja.
—Eso fue profundo.
Tucker suavemente rio entre dientes, su cuerpo tembló solo lo suficiente para hacer chapotear el
agua en la bañera y salpicar a lo largo de los bordes.
—No es tan profundo como lo que voy a estar cuando este dentro de ti esta noche.
—Pervertido —rio Lilliana.
—Remilgada —respondió Tucker.
Observarla hacer la cena era de alguna manera reconfortante. Tucker no era el tipo de hombre
que cree que las mujeres pertenecen a la cocina, descalzas y embarazadas, pero era agradable ver a
Lilliana tomar el control de su entorno y cocinar como una diosa. La ayudó a pelar los últimos
maíces frescos y Lilliana no pudo resistirse a convertirlo en una competencia. Ella sonrió con orgullo
cuando le ganó a Tucker por dos mazorcas.
Con la crisis emocional de Lilliana concluida y una cena divertida, Tucker se había olvidado por
completo de lo que había venido a mostrarle. Cogió el trozo de papel de su coche y se lo presentó a
Lilliana quien lo miró inquisitivamente.
—¿Qué es? —preguntó ella, tomándolo en sus manos.
—La prueba de que no soy un mentiroso —las mejillas de Lilliana se enrojecieron bajo el calor de
la mirada de Tucker y sus ojos leyeron el resultado de un análisis.
—Libre de ETS, mascota. ¿Estás satisfecha ahora?
—¿Esto era la sorpresa? —preguntó Lilliana con calma.
—Sí. ¿Entonces?
—¿Qué quieres oír de mí? —preguntó ella sin emoción en su voz.
—Que confías en mí ahora y que no tenemos que usar condones. Ese era el punto, ¿no?
Lilliana dejó la nota sobre la mesa y pasó junto a él, caminando hacia la puerta de atrás.
Tucker se quedó derrotado por un momento mientras Lilliana salía a la terraza de atrás y sin
responderle. Se reunió con ella en el exterior y la agarró por los hombros.
Torpemente, Lilliana se aclaró la garganta, luego se mordió el labio y miró hacia otro lado.
—Yo no te pedí que hicieras eso.
Dejó caer las manos a su lado, caminó un paso hacia Lilliana y buscó en sus ojos algo, pero eran
ilegibles. ¿Había leído mal esta situación? ¿Estaba completamente equivocado? Pensó que Lilliana
quería pruebas.
—No, no lo hiciste, y si lo hubieras hecho probablemente no lo habría hecho. Lo hice porque
quiero que confíes en mí.
—Un pedazo de papel no va a hacer que confíe en ti, Tucker. Tú. Tus acciones, palabras y… Ojalá
no hubieras pasado por el esfuerzo.
—Bueno, lo hecho, hecho está. Soy un solucionador de problemas y pensé que la manera de
conseguir que me creas acerca de no tener ninguna ETS era demostrártelo.
Tucker se exasperó con Lilly. No sabía qué demonios quería de un momento a otro.
—Cambias de caliente a fría, Lilly, que nunca sé cómo complacerte.
Un crudo dolor brillaba en los ojos moteados de verde de Lilliana.
—Eso no es cierto, ¿verdad?
—Así es como me siento. Estás arriba, luego hacia abajo, luego hacia arriba otra vez. Me quieres,
no me quieres. Confías en mí para atarte, pero no lo suficiente como para pensar que no te voy a
engañar o que no tengo ninguna ETS. No soy un maldito lector de la mente. Sí, puedo leer tu cuerpo
lo suficientemente bien, ¿pero tu mente? Cristo Todopoderoso, Lilly. Dale al hombre un descanso.
Tucker levantó las manos en el aire y volvió a entrar en la cocina para comprobar la pasta a fuego
lento.
Las emociones de Tucker estaban por todo el lugar y estaba molesto porque permitió a Lilliana
hacerle eso. Agitó la pasta irritado cuando sintió los brazos de Lilliana alrededor de su cintura y la
mejilla apoyada en la columna vertebral.
—Lo siento, Tuck. No me refiero a ser tan difícil. Tal vez son mis hormonas o algo así. O tal vez es
solo que me haces sentir tantas cosas diferentes. Feliz, irritada, enojada, irritada, caliente, irritada,
mareada…
Tucker se volvió y la miró.
—Déjame adivinar… ¿irritada?
—¿He mencionado irritada? —sonrió con cautela.
—Unas cuantas veces. Todo lo que tengo que decir a eso es: Bienvenida a mi mundo.
El humor de Lilliana se aligeró y preparó los platos para la cena. Tucker la ayudó y nada más fue
mencionado acerca de la prueba. Cuando ella se había disculpado por ser difícil, le recordó su
comentario acerca de su padre.
—Entonces, ¿qué le pasó a tu papá? —le preguntó con cautela.
Los ojos de Lilliana se dispararon hacia él y parpadeó varias veces mientras masticaba su comida.
Tragó saliva, se limpió la boca y respondió.
—No tengo ni idea. Nunca lo conocí. Dejó a mi madre cuando se enteró de que estaba
embarazada. Los dos eran muy jóvenes. Supongo que no estaba preparado para la responsabilidad y
renunció a todos los derechos sobre mí.
Tucker no pudo evitar sentirse enojado con su padre. Qué bastardo egoísta. Tuvo la oportunidad
de tener una familia y la arrojó lejos. Más que eso, se perdió en conocer a una hermosa persona.
Frunció el entrecejo, pero guardó sus pensamientos para sí.
—No estoy enojada por eso, Tucker. No lo sé. Mi madre nunca habló mal de él. De hecho, ella
dijo que no tenía ningún rencor hacia él por el maravilloso don de la maternidad que le dio.
Tucker sonrió.
—Tú madre debe haber sido una persona increíble.
—Lo era. Nunca he echado de menos tener un padre. En serio. Margo y mi mamá eran mi
familia, y crecí sintiéndome amada y querida —Trató de sonreír, pero sus ojos se llenaron de
lágrimas.
Ella sorbió la nariz y se secó las comisuras de los ojos con la servilleta, y continuó como si nada
hubiera pasado.
Mientras terminaban de cenar, el anhelo de Tucker por su familia crecía por momentos. Los
extrañaba muchísimo y no quería postergar una visita a ellos por más tiempo.
—He decidido visitar a mi familia este fin de semana —dijo Tucker a Lilliana entre bocado y
bocado.
—Eso será bueno para ti. ¿Cuándo vas a volver?
—Nosotros, Lilly. Nos iremos mañana por la tarde y regresamos la noche del domingo.
Lilliana puso su tenedor hacia abajo lentamente y su boca se abrió en la confusión.
—¿Y me acusas de correr de caliente a fría? Apenas la semana pasada no querías presentarme a
tu hermano, ¿ahora quieres que conozca a toda la familia?
—He cambiado de opinión. Me permito hacer eso —Tucker sonrió confiadamente.
—¡Oh, no!, yo no me encontraré con ellos por algún conflicto de conciencia que sientas por
cómo mierda actuaste el pasado fin de semana —Lilliana sacudió la cabeza con insolencia.
—Sí, lo que hice fue una mierda, pero eso no es por lo que te voy a llevar. Te voy a llevar porque
me siento diferente acerca de ti ahora.
Lilliana se encontró con la mirada de Tucker sin pestañear.
—Diferente —preguntó ella con voz sedosa.
—Ya me has oído. Soy tu puto novio, ¿recuerdas? ¿No es apropiado que conozcas a mis padres?
Era cierto que se sentía diferente acerca de Lilliana, pero no era la única razón por la que quería
llevarla a conocer a su familia. Era para calmar sus ánimos demostrándoles que no iba a estar solo
toda su vida, y para dar a Lilliana un poco de serenidad sabiendo lo mucho que echaba de menos a
su madre y su tía.
—Supongo. Pero será mejor que hagamos paradas y consigamos un montón de Preparation-H30
para el viaje.
Tucker se quedó sin aliento en estado de shock disgustado.
—¿Por qué? ¿Qué demonios le pasa a tu culo?
—Tú; eres un gran dolor en él.
30
Preparation-H: marca de crema antihemorroidal
21.
El vuelo a la ciudad de Iowa fue confortable y Lilliana se preguntó por qué nunca había volado
de otra manera que no fuera en primera clase, a pesar de que sentía un poco de pena por los
pobres tontos sentados en clase turista mientras ella se servía champán y disfrutaba de un masaje
en el cuello.
—Una chica podría acostumbrarme a esto, Tuck. Realmente me malcrías —susurró Lilliana con
nostalgia.
—La primera clase te sienta bien, mi pequeña paleta —Tucker le guiño un ojo.
Lilliana frunció los labios con falsa irritación. Estaba en el aire, a 30.000 pies por encima del suelo
y su corazón estaba en algún lugar por ahí flotando en una plateada y mullida nube. No había sido
tan feliz en años. Incluso antes de que las cosas se pusieran muy mal con Adam, no fue tan bueno.
Él la descuidaba la mitad del tiempo y cuando estaba en casa su mente estaba en otra parte. Lo más
probable en dónde encontraría su siguiente culo.
Ella se movió incómoda en el suave asiento. Su trasero estaba aún sensible de las azotainas
juguetonas pero intensas que Tucker le había dado la noche anterior. Pero la follada que vino
después fue buena. Sin ataduras, simplemente, sexo a la antigua. Con un condón, por supuesto.
Lilliana había insistido en ello, pero temía que Tucker se resistiría y se saldría con la suya. Como
podría esperar del hombre, ella le lamió la polla lo suficiente para hacerle cambiar de opinión y lo
ayudó a ponérselo.
Lilliana giró su cuerpo hacia él e inclinó hacia atrás el asiento.
—Háblame de tu familia. Probablemente debería saber algunos detalles antes de conocerlos.
Tucker asintió y tomó un gran trago de su gin-tonic.
—Has conocido a Mason y ya sabes su “gran secreto” —Tucker agrandó sus ojos exageradamente
—. Es un año mayor que tú y arquitecto en un estudio en St. Paul, Minnesota. Quería estar cerca de
casa sin estar en Iowa, así que ahí es donde terminó después de la universidad. Es un genio creativo
y tan terco como una mula. Él no me dejó pagar su universidad y obtuvo el dinero a su manera. Yo
lo respeto por eso. Ha ganado todo tipo de reconocimientos por su trabajo. Tantos, de hecho, que
he perdido la cuenta de todos ellos. Estoy orgulloso de él como el infierno.
—¿Cuándo te enteraste del “gran secreto”?
Tucker levantó una ceja y sacudió la cabeza.
—Hace unos cinco años. Todavía no puedo creer que él haya esperado tanto tiempo para
decírmelo. Creo que tal vez a veces trató de hacer alusión a ello, pero yo estaba demasiado
involucrado en mi propia vida y dramas para oír lo que estaba tratando de decir. Nunca lo sospeché
tampoco. Él fue un poco intimidado en el instituto, pero nunca me dijo por qué o ni permitió que
fuese a dar una patada en el culo por él.
Lilliana estaba fascinada y conmovida por la adoración obvia que Tucker tenía por Mason. Tenía
una calidez en sus ojos cuando hablaba de él y eso era reconfortante.
—¿Cuándo se lo dijo a tus padres?
—Alrededor de un año después de que me lo dijo a mi —Tucker tomó su copa y bebió en ella
lentamente con sus ojos vagando hasta un lugar lejano.
—¿Cómo fue eso?
Tucker se centró en ella y las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba.
—Del modo que te puedes imaginar. Los valores y mentalidad de pueblo pequeño. Esa es mi
gente. Mi padre se lo tomó duramente. Dijo algunas cosas bastante terribles a Mason y luego
simplemente lo olvidó. Él todavía piensa que es solo una fase que Mason está atravesando y que lo
va a superar algún día.
Tucker rodó los ojos y metió hielo en el vaso y tomó un cubito en la boca. Lilliana quedó a la
espera de escuchar el resto mientras él giraba el hielo en torno a la boca. Cuando empezó a crujir el
cubito, continuó.
—Mamá piensa que si reza lo suficiente, Dios lo va a cambiar milagrosamente y le gustaran los
coños —Tucker soltó una breve carcajada entrecortada—. Ella tiene las esperanzas puestas en su
heterosexualidad, así que no te sorprendas si te pregunta si sabes de alguna mujer que podrías
presentarle.
Lilliana sonrió y tomó un cubito de hielo del vaso de Tucker y lo chupó.
—Criar dos niños McGrath; no me puedo imaginar lo que fue para tu madre.
Las cejas de Tucker subieron.
—¿Dos? Hay tres de nosotros, mascota. Mi hermano más joven tiene 29.
Lilliana echó a reír y se atragantó con el hielo.
—¡Esa mujer debe tener la paciencia de un santo!
—La mayoría de las veces la tenía, pero definitivamente sabíamos cómo apretar sus botones.
Gavin es el bebé de la familia en todos los sentidos. Mis padres dejan que se salga con la suya
mucho más de lo que alguna vez nos permitieron a Mason y a mí. Supongo que la vejez les ha
suavizado un poco. Está en su último año de residencia en la Universidad de Alabama.
Afortunadamente. Me alegraré cuando pueda pagar sus propias malditas facturas. Ese chico es un
derrochador de proporciones épicas.
—Así que él es el único brillante en la familia, ¿no? —bromeó Lilliana.
—Todos somos brillantes, pero Gavin es de lejos el más oscuro de nosotros tres —Tucker cantó
una risa sarcástica—. No, no en realidad. No es más que un dolor en el culo. De hecho, le tuve que
poner un límite en su tarjeta de crédito cuando tenía unos 20 años. Al principio, pensé que tenía un
problema con el juego, pero resulta que solo le gustaban las damas y los clubes de striptease. Él
finalmente sacó la cabeza fuera de su culo cuando tenía veintitrés años e ingresó en la escuela de
medicina. Me sorprendió como la mierda que fuera aceptado.
Lilliana le dio un golpecito en las costillas.
—Le gustan las mujeres, ¿no? Supongo que lo heredó de ti.
—Le gustan todas las mujeres. Yo, en cambio, soy más selectivo con las que elijo pasar mi
tiempo.
Lilliana sintió una sensación de orgullo con el comentario de Tucker.
—Entonces supongo que debo considerarme afortunada.
—Sí, deberías hacerlo. Eres una de las pocas, Lilly. Una de las soberbias. Una de las…
Lilliana rodó los ojos.
—Ahí viene… el señor arrogante. Lo entiendo, Tuck.
El resto del vuelo fue aburrido y Tucker trabajó en su ordenador portátil la mayor parte del
tiempo. Solo de vez en cuando lanzaba alguna información acerca de su pasado que pensó que
podría ser importante que ella supiera. Creció en Estherville, Iowa, en una pequeña granja, pero
más tarde trasladó a sus padres a la ciudad de Iowa cuando su rancho fue a la quiebra. A sus padres
al parecer no les gustaba la gran ciudad por lo que los trasladó a una ciudad de tamaño más
razonable como Cedar Rapids.
Los padres de Tucker se retiraron gracias a su generosa ayuda, pero su madre insistió en trabajar
a tiempo parcial en una tienda y, además, su padre era carpintero para mantener sus manos ociosas
ocupadas.
Lilliana se había quedado dormida por un corto tiempo cuando sintió a las ruedas golpear la
pista. Sus ojos se abrieron y una energía nerviosa de repente corría por ella. Realmente iba a
conocer a los padres de Tucker. Era una especie de hito, ¿verdad? Significaba que iban en serio,
¿verdad? Sonrió a Tucker en agradecimiento por haberla invitado. Echaba de menos la cercanía de
una familia y fue un gesto considerado de su parte permitir experimentar el amor de su familia.
Lilliana comenzó a juguetear con el borde de su falda con ansiedad y Tucker tomó su mano en la
suya.
—No es para tanto, Lilly.
Lilliana se echó hacia atrás, momentáneamente rechazada y confundida por el cambio abrupto
en el estado de ánimo de Tucker. Su tono era tan indiferente y casual, la hizo pensar que quizás ella
estaba esperando de la reunión más de lo que era. Miró a Tucker y su cara estaba en blanco y sin
emociones. Desinflada, su sonrisa se desvaneció.
Tucker vio el destello de esperanza en los ojos de Lilliana tornarse en tristeza. No había
querido ser tan frío, pero el encuentro con sus padres realmente no implicaba nada.
Cuando estaban por fin en camino a Cedar Rapids en el coche de alquiler, Lilliana entraba y salía
del sueño. Tucker dio la bienvenida al silencio y tuvo tiempo para pensar en todo lo que había
sucedido con Lilliana.
Por mucho que tenía ganas de ver a su familia, estaba casi horrorizado.
En primer lugar vendrían las preguntas: ¿vas en serio con Lilliana, Tuck? ¿Es Ella, Tuck? ¿La
quieres, Tuck? ¿Cómo demonios iba a responder a esas preguntas sin mentir? Sí, él iba en serio con
ella, pero no la amaba y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría esta cosa. ¿Qué otra cosa podía
decir? ¿Que tenían un sexo increíble juntos? ¿Que ella dejó que la atara y hacerle cosas
depravadas? Mierda, su madre le daría una bofetada en la cabeza si supiera sus inclinaciones.
A continuación vendrían los supuestos: ¿Así que vas a casarte con ella, Tuck? ¿Vas a tener una
familia con ella, Tuck? Él solo quería tomar esto un día a la vez y dejar que las cosas sucedieran a un
ritmo natural. Si funciona, genial; si no, bueno… él no estaba listo todavía para pensar en eso,
porque realmente se preocupaba por Lilliana en algo más que a nivel sexual.
Tucker se acercó a Lilliana y le apretó el muslo para despertarla. Ella despertó y sus exquisitos
ojos se centraron en él. Una miríada de pensamientos confusos y sentimientos asaltaron a Tucker.
Dios, era tan hermosa en muchos sentidos. Era una mujer fuerte y valiente, desafió su forma de
pensar y lo obligó a dejar de lado su personalidad austera. Pero sobre todo Lilliana era
absolutamente buena para él.
La acusación de Lilliana de que corría del calor al frío lo golpeó en la cara, porque eso es lo que
sentía cuando estaba alrededor de ella; caliente y frío, aunque más caliente que frío, si era
completamente honesto consigo mismo. Tucker le dio una sonrisa torcida para transmitir sus
sentimientos y Lilliana parpadeó varias veces sin una pizca de felicidad en su rostro.
—Voy a hacer mi mejor esfuerzo para no dar falsas esperanzas a tus padres en relación contigo,
Tucker.
Una punzada de culpabilidad penetró en su pecho por haberle dicho que no era para tanto el
conocer a sus padres. Era una gran cosa y él lo sabía condenadamente bien. Los ojos tristes de
Lilliana se apartaron de él y recorrieron la pequeña propiedad que había comprado para sus padres.
—Es hermoso aquí. Nunca había estado en Iowa. Me recuerda a Kansas, pero no tan
accidentado.
Por el tono y la inflexión de su voz, Tucker podía decir que ella estaba tratando de ser amable sin
revelar nada.
—Eres un hombre muy bueno por haber comprado esto para ellos. No me importa lo que digan
de ti, Tucker McGrath; eres un buen tipo.
Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Maldita sea, si Lilly no sabía cómo sacar
lo mejor de él.
—Bueno, vaya, gracias. Tú también eres buena. Un petardo entre las sábanas y una bomba de
tiempo en las calles.
El rostro de ella se iluminó y Tucker se alegró de ver el regreso de su alegría.
—¿Crees que puedo poner esa pequeña coletilla en mi currículum?
—¿Currículum? ¿Por qué? ¿Estás pensando en ir a alguna parte?
Lilliana se encogió de hombros y tomó un pedazo de pelusa en su falda.
—Nunca se sabe. Si no puedo pagar mis impuestos, solo puedo ir a donde me lleve el viento.
Siempre he pensado que Carolina del Sur sonaba bien. O Florida, en algún lugar cerca de la playa.
Tucker desaceleró el vehículo cerca de detenerse y la miró fijamente. ¿Hablaba en serio? Tucker
sintió como si lo hubieran golpeado en el estómago y el viento lo hubiera tirado. Hace solo
instantes, simplemente, quería tomar las cosas un día a la vez pero ahora, la idea de perder a
Lilliana para siempre lo hizo poner de cara a la realidad y a su mayor temor —perderla.
* * ** * *
—Mierda, Lilly, me gustaría que dejaras de preocuparte por esos malditos impuestos. Vas a
estar bien.
Eso era fácil para Tucker decirlo, que no tenía una sola preocupación en el mundo cuando se
trataba de finanzas.
—Siempre puedo pagártelo…
Lilliana echó la cabeza hacia un lado, sorprendida por lo que salía de la boca de Tucker.
—¡No! —espetó.
Tucker desaceleró el coche hasta detenerse por completo y la miró cuidadosamente.
—No quiero ni necesito tu dinero, Tucker —La voz de Lilliana comenzó fuerte pero terminó en un
susurro débil, confundida por sus emociones—. Aprecio tu oferta. De verdad, pero puedo manejar
mis propios asuntos financieros sin la ayuda de un hombre.
Ella dejó claro que no tenía por qué depender de un hombre por su ayuda monetaria. Adam
destelló en su mente y la forma en que siempre había mantenido su dinero sobre su cabeza como
una especie de premio fuera de su alcance si no hacía exactamente lo que él quería o actuaba
exactamente como se esperaba de ella. Conocía a Tucker muy poco y ni soñando quedaría en deuda
con él. Mierda, por lo que sabía, Tucker seguía interesado en su tierra. ¿Entonces qué? ¿Si ella no
podía pagarle él podría tomar su propiedad y hacer con ella lo que quisiera?
Lilliana negó con la cabeza por sus terribles pensamientos. Tucker había sido honesto con ella
acerca de sus intenciones con su tierra y se sentía terriblemente culpable por pensar en lo peor de
él.
Tucker quedó sentado en silencio observándola, sus cejas juntas mientras se mordía el labio
inferior.
—Lo siento, Tuck. Es solo que no quiero que el dinero se interponga entre nosotros.
Tucker se acercó e inclinó la cabeza hacia ella.
—Nunca permitiría que eso sucediera.
—Bueno. No vamos a hablar de eso nunca más —Lilliana suspiró con alivio.
Tucker condujo la corta distancia que faltaba del largo viaje y después de unos pocos minutos
llegaron a la puerta principal de sus padres. Antes de que salieran del coche, su madre salió
agitando sus manos y sonriendo. Lilliana sonrió en respuesta y le devolvió el saludo. Tan pronto
como salió del coche, la madre de Tucker estaba sobre ella, abrazándola y mirándola de cerca.
—Oh, Tuck, es una cosa bonita. ¡Mírate! ¡Eres tan linda! ¡Pero mírate! ¿Quién te hizo esto? —dijo
frunciendo el ceño.
Lilliana sintió su cara arder de color rojo brillante y miró a Tucker que le sonreía torcidamente.
—Tuve un encuentro con mi exmarido.
Charlene miró a Tucker.
—¡Espero que te hayas hecho cargo de ese hijo de puta!
Tucker hinchó el pecho con orgullo.
—Diablos, sí, lo hice. Él no molestará a Lilly de nuevo —Tucker desapareció detrás del coche para
recoger el equipaje, mientras que su madre hizo inventario de ella.
—Buen chico. Bueno, ya veo que eres diferente a las mujeres habituales que Tucker trae a casa:
tienes tetas de verdad.
La cabeza de Tucker apareció de detrás de la tapa del maletero. Sus ojos estaban muy abiertos y
abrió su boca anonadado.
—¡Muy bonito, mamá!
Lilliana hizo su propia inspección de la madre de Tucker: cuerpo tonificado con los pechos
grandes, alrededor de 1.70, manos firmes y suaves, melena hasta los hombros con pelo castaño y
gris y una cálida risa genuina que le recordó la de su propia madre. Su rostro mostraba líneas
acordes con su edad de finales de los 50 pero no se podía negar que era hermosa.
—Soy Charlene, pero puedes llamarme Char —le guiñó un ojo.
Tucker se parecía tanto a su madre que era extrañamente peculiar. Compartían los mismos labios
y la nariz, el mismo color y la forma de los ojos, e incluso la misma forma de guiñarlos. Cuando
levantó la vista, el padre de Tucker iba caminando lentamente hacia ella. Su mirada era crítica
mientras sus ojos se movieron sobre su cuerpo. Lilliana estaba acostumbrada a tratar con viejos
agricultores, reprimió su sonrisa y se acercó a él con valentía.
—Mucho gusto, señor. Soy Lilliana Norris de Concordia, Kansas. Pero mi familia es originaria de
Connecticut —afirmó con seguridad mientras le extendía la mano.
Las cejas del padre de Tucker subieron y Lilliana creyó ver la leve insinuación de una sonrisa en
sus ojos. Era un hombre guapo, con pelo plateado un poco largo, ondulado, una cara escarpada y
era tan alto y sólido como Tucker. A pesar de su exterior áspero, sus ojos grises eran amables y
brillaban intensamente. Tomó su mano entre sus dos grandes palmas rugosas.
—Encantada de conocerte. Soy Gregory McGrath. ¿Concordia, dices? ¿Cuál? ¿El condado de
Cloud?
Lilliana sonrió y asintió con la cabeza.
—Sí, conozco el lugar. Yo tenía una tía y un tío del condado de Clay. Solía visitarlos con frecuencia.
¿Te acuerdas, Char? —Gregory levantó la cabeza hacia Charlene.
Ella hizo un gesto de reconocimiento, pero estaba demasiado ocupada adorando a Tucker y no
prestaba ninguna atención a Gregory.
Tan pronto como Lilliana entró en la residencia McGrath, se sintió como en casa. El olor de algo
sabroso persistía en el aire y todas las paredes estaban cubiertas de fotos. El pequeño estante de
madera sostenía trofeos de todo tipo y Lilliana se dirigió hacia ellos. Le encantaba la sensación de
vida en una casa con toda su singularidad y familiaridad. Dos trofeos pertenecían a Tucker desde
hace eones, uno de agricultura y otro de atletismo. Pasó sus dedos sobre la antigua estatua pintada
de oro y sonrió. Sus ojos vagaron alrededor de la casa inmaculada y se posaron en varios collages de
fotos familiares. Tucker siempre había sido guapo, al igual que sus hermanos más jóvenes.
Tucker estaba hablando con entusiasmo sobre el trabajo y otras tonterías, y Lilliana se vio
envuelta en todos los recuerdos familiares. Charlene se echó a reír y le sonó tan familiar en sus
oídos que la tomó por sorpresa. Giró sobre sus talones y se le cortó la respiración en la garganta.
No, ella no iba a quebrarse. Hoy no; no aquí. Se tragó su dolor y se alejó de la familia McGrath para
recuperar la compostura.
—¿Estás bien, Lilly? —Tucker estaba detrás de ella con sus brazos alrededor de sus hombros y
susurrando dulcemente al oído.
—Sí. Tienes una hermosa familia. Tienes mucha suerte, Tucker. Espero que nunca lo des por
sentado.
La giró por sus hombros y rozó sus dedos debajo de la barbilla. Abrió la boca para decir algo pero
su madre estaba sobre ellos arrastrándolos a la cocina para tratar de darles de comer. Tucker se rio y
rodó los ojos.
—Esa es mi mamá. Mis hermanos y yo tenemos una apuesta continua por cuánto tiempo va a
tardar en tratar de alimentarnos desde el momento en que entras en la casa. ¿Cuánto fue eso?
¿Cinco minutos? Podría ser un nuevo récord para ella.
—¡Escuché eso! —dijo Char—. Tus hermanos deben estar aquí un poco más tarde. Fue tan difícil
como sacar una muela el llegar a un acuerdo para que Gavin venga. Creo que tiene miedo de que le
hagas pasar un mal rato por su pequeño fiasco en Tuscaloosa Memorial.
Tucker parecía visiblemente molesto y sacudió la cabeza.
—Debe tener miedo. Su polla va a meterlo en problemas y expulsarlo de su programa médico.
—Tucker G. McGrath, cuida tu lengua —gruñó Charlene.
—Es verdad y lo sabes. No tengo miedo de decirlo. Ambos le permitieron llevar la batuta en esta
casa y ahora no tiene sus propios límites. Todo el mundo sabe que la regla de oro en los negocios es
no dormir con sus compañeros de trabajo. Apóyame, Lilly —Tucker miró a Lilliana en busca de
apoyo.
Fue sorprendida con la guardia baja por las miradas punzantes de él y de Charlene, y se encogió
de hombros, no queriendo meterse en medio de un desacuerdo familiar.
—Vamos, chica. Tienes una opinión. Escúpela —la miró Charlene.
—Bueno, a pesar de que rara vez estoy de acuerdo con Tucker y lo encuentro a menudo
impetuoso y francamente ridículo y arrogante, creo que esta vez tiene razón. Ningún coño en el
trabajo suena como una buena regla a seguir.
El cuerpo de Tucker se puso rígido por la sorpresa, su boca estaba abierta, y sus ojos estaban tan
redondos como platos. Cuando ella miró de reojo a Charlene, sus ojos estaban tan grandes como los
de Tucker y su boca abierta. Lilliana les sonrió tímidamente y miró a Gregory que tenía una enorme
sonrisa dibujada en su rostro.
—¡Maldición, creo que has encontrado una joya, Tuck! —Gregory gritó mientras cruzaba la
habitación y sacudió Lilliana por los hombros.
Él le dio una palmada en la espalda bruscamente:
—Sí, creo que ésta lo va a hacer muy bien.
Lilliana se pateó a sí misma por su bocaza y se preguntó si su culo no pagaría por sus comentarios
más tarde. Gregory la arrastró a la cocina charlando sin cesar y Lilliana miró en tono de disculpa a
Tucker, que aún estaba conmocionado por su honesto, aunque descarado, comentario. Le había
dicho que no esperanzaría a sus padres y ahora su padre estaba obviamente muy impresionado con
ella. Lilliana decidió mantener la boca bien cerrada el resto de la visita e intentar, todo lo posible,
ser una mosca en la pared.
Varias horas más tarde Gavin y Mason se presentaron y la casa se convirtió en un caldero
burbujeante de la risa y el amor. Lilliana se quedó atrás, observando con asombro. Tucker esperó
unos pocos minutos antes para “charlar” a fondo con Gavin y dejarle claro las reglas de combate
cuando se trataba de mujeres y trabajo y, acerca de cómo mantener su polla en sus pantalones. Esa
conversación llevó a la opinión de Lilliana que Gregory estuvo muy emocionado de contarles. Todos
se callaron y sus ojos se clavaron en ella.
Mason fue el primero en saludarla. Lilliana le tendió una mano pero Mason la atrajo hacia él y la
abrazó con fuerza.
—¡Oh, cariño, ese ojo! Pobrecito. Oí que Tucker realmente le dió una buena paliza, por lo menos.
De todos modos, ahora podemos tener una conversación de verdad. Tengo tantas cosas que decirte
sobre Tucker. No dejes que te engañe, no es tan frío e inocente como pretende —dijo moviendo las
cejas hacia arriba y abajo.
Lilliana soltó una breve carcajada. Ella era muy consciente de que Tucker no era inocente y tenía
un par de historias propias que podría contarles, pero decidió dejarlos con sus ideas de quién
pensaban que era Tucker en realidad. Miró por encima del hombro de Mason y sonrió con picardía
a Tucker, y fue recompensada por su silencio con una pizca de seducción de sus labios y un guiño.
—Lilly, querida. ¿Conoces a alguien que podría quedar con Mason? —dijo Charlene por encima
del hombro de Mason.
La boca de Mason se frunció y rodó los ojos exageradamente a Lilliana.
—Sí, creo que sí. Alguien de mi trabajo está libre —dijo Lilliana. Los ojos de Charlene se abrieron
con esperanza. Lilliana miró a Mason que parecía confundido—. El Dr. York es un hombre
maravilloso, Mason. Tal vez pueda presentártelo en algún momento —sonrió con complicidad a
Mason.
Tucker tosió y se rio entre dientes, y la sonrisa de Mason era tan grande que prácticamente llenó
a todos en la habitación. Charlene resopló y salió de la conversación.
—Lilly de Kansas, eres oficialmente lo máximo —dijo Mason entusiasmado.
Gavin finalmente fue hacia ella y, para su sorpresa, tenía la voz suave y tímida. Era joven y
atractivo, con pelo corto, castaño claro, y con el mismo tipo de cuerpo que Tucker y Mason; alto,
con un físico delgado fuerte. Todos sus otros atributos eran como los de su padre, incluyendo sus
penetrantes ojos grises. En cuanto a su sonrisa, Lilliana no tenía ninguna duda de que había
derretido más de un corazón. Le ofreció una mano amable, pero solo hizo contacto visual cuando
Lilliana le habló directamente. Estaba confundida. ¿Este fue el hombre que no podía mantener la
polla en sus pantalones? Típico. Siempre eran los más callados de los que había que estar más
atentos. Si era como Tucker, tenía encanto y carisma a raudales.
Lilliana fue inexplicablemente capaz de mantener su sarcasmo en jaque el resto de la noche.
Tucker mantuvo una mano firme en ella en todo momento. Le masajeó círculos en la espalda
durante la cena, y le apretó el muslo posesivamente durante las discusiones post-cena. Cuando
finalmente todos se trasladaron a la terraza de atrás, Lilliana mantuvo sus ojos pegados a la boca de
Tucker y soñaba con ser aplastada en sus brazos. La media luna brillaba rabiosamente, el viento
soplaba suave, y los ojos de Tucker brillaban a la luz lunar. Más de una vez Lilliana fue sorprendida
comiéndoselo con los ojos y haciendo todo lo posible para ocultar su evidente turbación. Tucker,
tampoco dejaba de mirar hacia ella una y otra vez, y ella no podía dejar de sentir la esperanza en el
futuro. Debía de ser por el ambiente y su entorno, que se permitió soñar despierta.
Instalada en el dormitorio que estaba claramente diseñado para Tucker, miró a todas las cintas de
premios y trofeos repartidos por la habitación. Había un panel de corcho con fotos de preparatoria y
rio a carcajadas por estilo de pelo de Tucker de esos tiempos.
—Era sexy, ¿no es cierto? —Tucker se rio detrás de ella mientras se desnudaba bajando sus
bóxers y buscando en su maleta.
—Por supuesto. Es increíble lo bien parecido que son todos los hombres McGrath. Todos fueron
bendecidos con genes sorprendentes. Tu madre, también. Es tan bonita.
—Me aseguraré de mencionarle lo que dijiste —declaró Tucker con orgullo.
—Así que dime, ¿qué significa la G en tu nombre?
Tucker sonrió y mostró sus dientes.
—Grueso.
Nada divertida, lo miró fijamente.
—Lo digo en serio.
—Sí, en serio. Soy grueso. ¿Quieres que te lo recuerde —se preguntó, agarrándose la polla a
través de su ropa interior.
—No importa —dijo Lilliana rindiéndose, dándole la espalda para sacar su pijama del bolso.
—Es Garrett. —La voz de Tucker se profundizó y se hizo ronca—. Así que… ¿cómo se siente tu
culo?
Lilliana se dio la vuelta para ver a sus ojos por lo general de color marrón, ya negros.
—No quise decir lo que dije antes —tartamudeó.
Tucker sonrió maliciosamente.
—Sí, lo hiciste. Y creo que esa pequeña observación merece un castigo. Si voy a ser acusado de
ser impetuoso, entonces debo vivir de acuerdo con eso.
Tucker sacó una mano de detrás de la espalda y portaba una gran paleta de madera.
—¿De dónde diablos salió eso? —Lilliana jadeó, sorprendida por el tamaño de la misma.
—Lo traje por si acaso pudiera necesitarlo.
—¿Esperabas usar eso conmigo aquí? —contrarrestó sin aliento.
El rostro de Tucker iluminó.
—Honestamente, sí, pero no para castigo.
Lilliana dio un rápido vistazo a la paleta y se alejó. Sin Tucker instruyéndola sobre lo que hacer,
ella apoyó la parte superior del cuerpo sobre el borde de la cama, su pecho descansando sobre el
edredón de felpa. Su respiración se volvió superficial y rápida en respuesta a lo que Tucker estaba a
punto de hacer; lo que permitía a Tucker hacerle. Si Lilliana no se sintiera tan culpable por lo que
había dicho, hubiera dado batalla, pero tuvo que admitir para sí que sí, que era merecedora de un
poco de disciplina por su boca rebelde. Lilliana intentó meter los brazos por debajo de su apoyo.
—Las manos detrás de la espalda, Lilly. Muñecas bloqueadas.
Lilliana se asombró de cómo podía sonar autoritaria la voz de Tucker y el gran control que
exudaba cuando se colocaba en la posición de repartir castigo. Él realmente era un hombre con
muchas capas.
Haciendo lo que le decía, Lilliana movió las manos a la espalda. Su corazón latía sin control. ¿Por
qué estaba permitiendo esto? ¿Por qué necesitaba esto Tucker? ¿Por qué ella lo necesitaba? ¿Y si
sus padres la escuchaban?
Tucker levantó la pala y Lilliana se estremeció, su cuerpo se tensó en preparación para su castigo.
—Más abierta, mascota —susurró Tucker, separando sus pies.
Lilliana hundió la cara en la manta hacia abajo y ahogó un gemido. Tenía miedo, aunque sabía
que nunca le haría un daño irreparable. La piel áspera de Tucker se sentía en la parte baja de la
espalda, su caricia caliente y salvaje como él, pasaba suavemente sus dedos arriba y abajo de su
espina dorsal.
—Prepárate; esto es para aprender. Es esencial que entiendas que necesitas controlar tu boca.
Valoro tu opinión, Lilly, realmente, pero exijo respeto.
La voz de Tucker era decidida y de otro mundo. Lilliana debería correr pero ya era demasiado
tarde. Ella estaba metida y lo sabía. Lo había aceptado sabiendo muy bien sus tendencias y
perversiones. Aún así, confiaba en él. Más que eso, ella lo necesitaba, y él merecía el mismo respeto
que le daba a ella.
Tucker bajó la pala sobre su nalga izquierda en un golpe sólido, y Lilliana mantuvo la cara
enterrada en la ropa de cama para amortiguar su grito. No quería avergonzarse a sí misma o a
Tucker si permitía que sus padres oyeran su momento privado. Tucker golpeó su trasero un total de
seis veces, alternando entre nalgas y entrepierna. Lilliana sospechó que estaba siendo indulgente
con ella, pero estaba agradecida.
Cuando todo estaba dicho y hecho, la arrastró en sus brazos y la besó en la cara.
—Eres tan hermosa, Lilly. Tengo mucha suerte de haberte encontrado.
Lilliana sintió de todo en sus brazos y, con excepción de la sensación de hormigueo caliente en su
trasero, el castigo fue olvidado. Ella se estiró en la cama con su culo en llamas enviando brasas de
excitación por todo su cuerpo. Tucker había marcado su cuerpo y ahora quería sentir sus manos y
boca en ella. Él intuyó sus deseos y se arrastró sobre ella, aplastándola con el peso de su cuerpo.
—Para que lo sepas, no traje ningún preservativo en este viaje —dijo levantando una ceja.
La libido excitada de Lilliana dolía con una sensación de urgencia por ser llenada por Tucker.
—Entonces será mejor que vayamos a la tienda a conseguirlos.
Los ojos manchados de caramelo de Tucker se entornaron con picardía, y luego recorrieron su
cuerpo. Extendió su mano debajo de su camisa de dormir y tironeó del capullo apretado de su
pezón, enviando ondas de choque de placer a través del vientre de Lilliana.
—En esta ciudad todo cierra a las 22:00.
Lilliana suspiró miserablemente tratando de ocultar su abrumadora excitación.
—Creo que esta noche va a ser una larga noche sin sexo.
Tucker no esquivó el golpe. Sus ojos se enfriaron y saltó de la cama.
—Sí, supongo que lo será. Tengo algunas cuentas de trabajo para revisar así que voy a utilizar mi
tiempo de esa manera —respondió con indiferencia, echando mano a su ordenador portátil.
Lilliana quería polla. Aún más, quería la polla de Tucker.
—¡Tucker McGrath, trae tu culo aquí! —le espetó.
Tucker ladeó la cabeza y no mostró ninguna reacción.
—No hasta que te arrastres.
La boca de Lilliana se abrió.
—¿Arrastrarme? ¿Por qué?
Con el ceño en una línea recta, Tucker puso las manos en las caderas.
—Por hacerme masturbar en una taza para demostrar que estoy libre de ETS31
y luego todavía
exigirme que use un condón.
Lilliana se inclinó hacia delante y bateó sus pestañas hacia él animadamente.
—¡Ahh! ¿Te corriste en una taza por mí? ¡Qué romántico!
Un destello de humor cruzó el rostro de Tucker y sus ojos ardieron cuando ella se puso a cuatro
patas y se arrastró hacia él.
—¿Ordeñaste el cabezón de leche? ¿Mojaste el aire? ¿Meneaste tu salchicha?
A Tucker le estaba resultado difícil abstenerse de sonreír mientras dejaba caer sus manos a los
lados. Lilliana hizo caminar a sus dedos por sus piernas hacía sus muslos, su cara a escasos
centímetros de su entrepierna. Tucker se pasó las manos por el pelo y le dio a Lilliana una sonrisa
cómplice.
—Tu conocimiento de los sinónimos de las pajas me asusta. Te estoy viendo con una nueva luz —
bromeó.
Lilliana presionó su palma sobre la polla endurecida de Tucker y se frotó contra ella.
—¿Te pajeaste en un vaso de papel o en un copón?
—Ninguno de los dos —Tucker respiró profundamente, obviamente encendido.
Lilliana continuó batiendo sus pestañas juguetonamente.
—¿Pensaste en mí cuando lo hiciste?
Tucker cerró los ojos y pasando su lengua por el labio superior.
—Me fijé en una revista porno.
Movimientos de Lilliana cesaron.
—Humffff.
Al abrir los ojos, Tucker intentó reprimir una carcajada.
—¿Esta es tu versión de arrastrarte?
Lilliana se puso rebelde y caminó hacia la cama.
—Yo no me humillo.
—¿Aceptas mi castigo, pero no te humillas? Eso tiene mucho sentido.
31
En realidad no encontré ningún análisis de ETS que se haga sobre semen. Se hacen sobre sangre, orina y, si hay
lesión, se toman muestras celulares. Pero es divertido.
—Eso es completamente diferente. Prefiero someterme a tener sexo en mi cara que a
humillarme —Lilliana habló con valentía.
Tucker ahogó y se atragantó con una carcajada.
—Si es así como lo deseas.
Sin previo aviso, Tucker la empujó sobre la cama, se sentó a horcajadas y le agarró la cabeza
como si estuviera listo para follarle la cara.
Lilliana chilló de risa y le golpeó las manos.
—¡Bueno! ¡Detente!
Inmovilizada debajo suyo le arrancó las bragas y quitó sus bóxers. Lilliana repente se dio cuenta
de que estaban en la casa de los padres de Tucker y se sentía un poco culpable de que estuvieran a
punto de tener relaciones sexuales sin protección bajo su techo.
—Tuck —susurró—. Tal vez no deberíamos hacer esto en la casa de tus padres. ¿Qué pasaría si
nos oyen?
—¿Oh, cuán malvados serían? —Tucker se rio entre dientes mientras descansaba la cabeza de su
polla sobre el coño de Lilliana—. Supongo que tendremos que hacerlo extra silencioso, ¿no es así?
Como si estuviéramos teniendo un secreto travieso, sin protección, delicioso, sexo encubierto.
Tucker puso un dedo en sus pliegues húmedos y Lilliana dejó escapar un gemido silencioso.
—Eso es, mascota. Quédate muy quieta mientras hago latir a este coño todo lo que vale. ¿Crees
que puedes hacerlo? —Tucker sonrió con una mirada desviada en sus ojos.
Lilliana asintió, pero no estaba segura de poder seguir adelante con los deseos de Tucker.
Deslizaba el dedo dentro y fuera de ella mientras la preparaba, Tucker acarició su pene con la otra
mano. Lilliana abrió más las piernas cuando él cambió su peso corporal.
No podía dejar de sentir aprensión acerca de no usar protección. Sí, él era libre de enfermedades
de transmisión sexual pero, aún así, tener ese tipo de relación era tan increíblemente íntimo. Pasó
las palmas de las manos sobre su vientre y se aferró a la parte superior de sus muslos en previsión
de la penetración de Tucker. La mano de él rozó su cadera, la tomó de la mano y la guió hacia su
pene permitiendo que fuera ella la que lo dirigiera hasta su coño. Su polla latía y latía por la
necesidad de estar en ella y sus dedos se erizaron sobre esa calidez que Tucker mantenía. Sus ojos
se dilataron ampliamente a medida que traía la cabeza de su rigidez hasta su entrada. Tucker
reajustó su cuerpo una vez más y poco a poco abrió la apertura de Lilliana. El placer era puro y
explosivo. No, ella no podía sentir la diferencia sin el condón, pero sabía que la había y su mente
permitió un éxtasis más profundo a causa de ella.
Una llamarada brillante de deseo llenó los ojos de Lilliana mientras su cuerpo se curvaba y
empujaba contra él. Maldición, ella era impresionante. Tucker observaba hipnotizado como Lilliana
mordió el puño de su mano para mantenerse lo más en silencio posible y tuvo que morderse el
labio inferior. Se deshacía en su pasión y su dureza parecía electrificarle a ella todos sus sentidos. El
calor de la suave carne de Lilliana mientras sus manos recorrían sus pechos y muslos era
embriagador. Los suaves sonidos de su respiración pesada llenaron los oídos de Tucker al igual que
los sonidos húmedos y el de sus pieles chocando una contra la otra.
Quería ver a Lilliana retorcerse, Tucker presionó su pulgar con firmeza contra su clítoris rojo
brillante y lo frotó con celo. Lilliana movía la cabeza hacia atrás y adelante, y Tucker no pudo evitar
sonreír ante sus movimientos frenéticos por las intensas sensaciones ardientes que le enviaba por
todo su cuerpo. Ella inclinó la pelvis y una chispa de calor golpeó la cabeza de su pene, haciéndolo
gruñir en voz alta. Los ojos de Lilliana se abrieron y sonrió deleitándose en su intento de mantener
silencio.
Lilliana levantó la pelvis hacia arriba otra vez y Tucker se deshizo.
Él gruñó y se tragó su grito de placer.
—Me encantaría saber lo mucho que me quieres… —murmuró Lilliana en voz baja.
Esa voz, su cuerpo, los ojos y la boca… Los ojos de Tucker se movieron rápidamente y examinaron
cada centímetro de su cuerpo quien ahora era el que le estaba dando placer. Tucker se retiró, se
situó en el extremo de la cama y tiró de Lilly hasta la posición estilo perrito. Levantó una de sus
piernas en el borde de la cama y se hundió en ella. Se humedeció un dedo y suavemente presionó
contra el agujero fruncido apretado de su ano y suavemente lo frotó. Lilliana parecía disfrutarlo. Él
quería cada parte de ella y su plan era preparar su culo apretado antes de la penetración.
Empujando suavemente su dedo en su apertura, el cuerpo entero de Lilliana se reprimió y ella dejó
escapar un grito ahogado. Podía sentir su malestar por lo que lo retiró y apretó sus caderas.
—Vamos a llegar al final, mascota.
Lilliana se asomó por encima del hombro y sonrió en agradecimiento por su espera. Dejó caer la
cabeza y empujó hacia atrás contra las caderas de Tucker, y un gemido escapó de su garganta.
Quería explorar sus profundidades y se introdujo en ella, con ganas de escuchar sus gritos de deseo.
Colocando su mano en la parte baja de su espalda, Tucker podía sentir el calor, por supuesto, el
cuerpo de Lilliana a todo lo largo de su torso y hasta los dedos de los pies. Él se distrajo
momentáneamente cuando, sin previo aviso, Lilliana empujó su culo hacia arriba y golpeó ese lugar
mágico haciéndolo correrse dentro de ella. Él se quedó quieto mientras su polla palpitaba y se
retorció violentamente mientras su coño se aferraba a él con fuerza.
Aún endurecido, Tucker continuó impulsando en ella hasta que la respiración de Lilliana se
trasformó en un largo gemido de rendición. Ella se derrumbó sobre la cama, boca abajo y Tucker
cayó sobre la cama junto a ella. Su cuerpo se estremeció con el frío y la fatiga y sus músculos
abdominales le dolían por el esfuerzo. Se acercó a la mesita de noche donde su madre había puesto
toallas limpias para los dos y la limpió ligeramente. Se puso detrás de ella como cucharita cuando su
respiración se profundizó y sus curvas suaves moldearon los contornos de su cuerpo delgado.
Cuando Tucker cerró sus ojos, Lilliana susurró:
—Me gusta el sexo secreto. Y todavía mantengo mi afirmación de que eres atrevido y
ridículamente arrogante a veces.
Tucker sacudió la cabeza y suspiró profundamente y luego se echó a reír. No había ninguna
cantidad de azotes que detuvieran a la audaz boca de Lilliana, y a él le parecía perfecto.
22.
Tucker se despertó con el brazo de Lilliana sobre su pecho y la cara hundida en las costillas. El
sol brillaba en la ventana alumbrando el cuerpo de Lilliana magníficamente. Una capa de sudor
cubría su cuerpo y Tucker deslizó su dedo índice por la espalda y lo lamió. Ella sabía divina, salado y
dulce. Con una furiosa erección matinal y un rugido en el estómago se inclinó al oído de Lilliana.
—Voy a hacerte una tijereta si me das algo de comer.
La boca de Lilliana curvó en una amplia sonrisa y sus ojos se abrieron.
—¿Favores sexuales por viajes al refrigerador? —dijo bostezando.
Tucker asintió.
—¿Qué te parece?
Lilliana se incorporó sobre un codo y lo miró confundida.
—Pensé que solo dos chicas podían hacer tijereta32
.
—Oh, mi pequeña, cuán equivocada estás. Voy a tener que mostrarte cómo se hace. Pero
primero, Tucker necesitar alimento —gruñó y se golpeó el pecho como un hombre de las cavernas.
—Todo lo que quieras —Lilliana saltó de la cama.
Tucker jadeó con falso asombro.
—¿Te sientes bien?
—No tientes a la suerte. Me siento muy sumisa esta mañana, así que disfrútalo mientras dure —
sonrió mientras se ponía su ropa interior, una camiseta y jeans—. Voy a estar de vuelta, así que
¡prepárate para tijeretear conmigo hasta que el sol se ponga!
Lilliana desapareció por la puerta en un abrir y cerrar de ojos, dejando a Tucker hacer frente a su
erección rampante. Se acercó a la ventana y se asomó. El día era brillante y podía oír los sonidos del
viento que soplaba más allá de los árboles. Abrió la ventana y el olor de la hierba recién cortada le
hacía cosquillas en la nariz. Por mucho que le gustara la vida de la ciudad y la emoción de la caza de
un nuevo proyecto inmobiliario, también extrañaba esto, la serenidad y la paz que proveía la vida
del campo.
La quietud y la tranquilidad de la habitación le trajeron inesperadamente un sentimiento de
desolación porque era un duro recordatorio de lo solo que realmente estaba. Claro que tenía
mujeres a su disposición veinticuatro horas al día, pero no le proporcionaban nada de lo que
necesitaba emocionalmente y su familia tenía su propia vida que vivir. Siempre había querido una
esposa e hijos propios, pero después de años de tratar de encontrar a “la Mujer” se había dado por
32
Scissor-Fuck (en el original): Tijereta = Posición sexual en la que los miembros de la pareja están en posición
opuesta tocándose solo por la zona genital con las piernas abiertas, ambos, como una tijera. Frecuente entre lesbianas.
vencido. Pero estar aquí con Lilliana… tal vez… solo tal vez… Tucker sabía que tenía una tendencia a
precipitarse cuando se trataba de mujeres hermosas y no quería que ese fuera el caso con Lilliana
por lo que suprimió el ansia que sentía por ella en el pecho.
Iba a tomar las cosas con calma con ella. Recordó su comentario sobre los impuestos sobre la
tierra, y comenzó a formularse formas de conseguir algo alrededor de eso. Si ella estuviera de
acuerdo para vender una parte de ella, o tal vez alquilar una parte…
El cerebro de Tucker era un hervidero de ideas de cómo resolver el problema de Lilliana cuando
ella entró en la habitación con un panecillo de canela caliente cubierto de mantequilla de maní y un
vaso de leche. Su madre debía de haberle dicho que era uno de sus alimentos favoritos de la
infancia. Lilliana sonrió y lo dejó sobre la mesita de noche.
—Tengo que hacer una parada en el mercado de descuento33
. Mi cuevecita estará decorada con
rosas rojas en los próximos días, así que tengo que conseguir algunos productos femeninos.
Después de comer, podemos ir y luego regresar aquí para una rápida tijereta —dijo ella sonriendo.
Tucker se quedó inmóvil en la puerta de su armario.
—Yo no compro en esos mercados.
—¿Por qué no? —preguntó Lilliana mientras se sentaba en la cama para ponerse los zapatos y
calcetines.
—Porque no lo necesito —respondió secamente.
Lilliana levantó la cara y miró a Tucker con desdén en los ojos.
—Eres un snob increíble.
Una sombra de irritación cruzó el rostro de Tucker.
—No soy un snob, no compro ahí. Puedes elegir cualquier otra tienda que quieras, pero no
compro ahí.
Lilliana entró en el armario de Tucker y empezó a revolver entre los zapatos. Seguramente tenía
un par de botas viejas de sus días de muchacho de granja. Ella no podía creer que alguien que venía
del mismo estrato que ella pudiera ser tan arrogante.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Tucker con ambas manos en sus caderas.
—¡Ja! ¡Lo sabía! —dijo abruptamente cuando encontró lo que estaba buscando. Extendió las
botas hacia él—. Mira estas viejas botas escondidas en la parte trasera de este armario, en un
rincón oscuro como si estuvieras avergonzado de lo que eres y de dónde vienes. Esto es lo que eres,
Tucker. Ahora ponte estas, encuentra un par de jeans que no te costaran 200 dólares y una camiseta
vieja, y vámonos.
Los ojos de Tucker se abrieron y luego se estrecharon con rapidez, y su cuerpo se puso rígido
como si ella lo hubiera golpeado.
—Yo no me avergüenzo de donde vengo.
—Podrías haberme engañado.
33
Dollar Market en el original: referido a una especie de supermercado que vende a precios económicos.
Tucker agarró las botas y las arrojó a un lado.
—Puedes pensar lo que quieras pero yo no me rompí el culo para conseguir una beca en una
universidad de primera categoría, ni me rompí las pelotas por seis agotadores años para conseguir
mi maestría con Alta Distinción, y ni arruiné mi primer matrimonio desarrollando mi negocio para
comprar en un mercado de descuento de mierda.
La mirada defensiva de Tucker se fijó en Lilliana. Ella no había pensado de esa manera, pero aún
así, él estaba siendo un snob y era extremadamente irritante.
—Apuesto a que tus padres aún compran allí.
Lilliana salió del dormitorio y fue a la sala de estar de sus padres. Si Tucker no quería
acompañarla, estaba contenta de ir sola. Necesitaba cosas que comprar y esa tienda era un lugar
tan bueno como cualquier otro para conseguirlas. Con las llaves del coche en la mano y casi listo
para salir, Tucker entró en la habitación.
—¿Estás feliz? —preguntó.
Lilliana no podía creer lo que veía. Rara vez había visto a Tucker con nada menos que un traje y
corbata. Incluso cuando estaba informal lucía trapos caros, pero en ese momento Tucker era un
bombón sexy34
en viejas botas Roper35
, vaqueros desgastados y rotos y una camiseta descolorida de
la universidad.
—Voy a usar estas malditas botas pero no voy a ir a ese mercadito y ese es el final de esta
discusión. Además, te aseguro que no haré compras de productos de higiene femenina. La compra
de tampones es un límite muy duro para mí.
Lilliana casi no oyó las palabras que había dicho.
—Tu culo está maravilloso en esos pantalones vaqueros —dijo Lilliana babeando.
—Por supuesto que lo es —Tucker hizo un lento giro de 360 grados mostrando su glorioso cuerpo
con orgullo—. La última vez que me puse este estaba en la universidad y todavía me queda.
¡Guauu! ¡Mira este culo, nena! —Tucker sacudió su trasero.
Lilliana verdaderamente apreciaba el ingenio de Tucker, aunque fuera de vez en cuando un snob.
—¡Dije míralo mujer! —Tucker sacudía su trasero, lo golpeó y lanzó un gruñido—. Uh-uh, yeah —
girando alrededor.
Lilliana rodó los ojos y resopló una carcajada.
—Es uno de los mejores que he visto —bromeó, disfrutando de sus enfrentamientos verbales.
Tucker se abalanzó de repente sobre ella y la empujó hasta el sofá donde la sentó. Rápidamente
se sentó en su regazo, sofocándola.
—Di: ¡Tu culo es el mejor que he visto nunca!
—¡Auch! ¡Me estás haciendo daño, Tucker! ¡No puedo respirar! —chilló cuando él rebotaba
hacia arriba y abajo.
Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¡No seas una niña! —se burló—. ¡Dilo!
34
A whole lot of wet panties en el original: un montón de bragas mojadas, reemplazado por Bombón sexy
35
Botas Roper: botas vaqueras
Al darse cuenta de que esto era la versión de Tucker del cruel juego del tío36
, Lilliana cedió, solo
esperando que saliera de su regazo.
—¡Es el mejor! —gritó ella, tratando de empujarlo.
Tucker se puso de pie y la miró con disfrute burlón en sus ojos.
—Y que no se te olvide.
Lilliana frotó sus pechos y muslos, tratando de conseguir circulación de nuevo en ellos.
—¿Es así como tratas a todas tus antiguas sex-amigas? —preguntó Lilliana, incrédula de
comportamiento inmaduro de Tucker.
Tucker se quejó.
—Estoy empezando a darme cuenta de que no tienes idea de lo que está saliendo de tu boca y
dudo que haya alguna esperanza de curación de tu palabrería descarada.
—Mientras más pronto te des cuenta de eso, mejor —Lilliana frunció los labios en un falso beso.
—Esas mujeres eran sofisticadas y correctas; nunca hubieran permitido tales tonterías.
¿Qué demonios quería decir Tucker con eso? La diversión de Lilliana rápidamente se calmó y se
sentó tambaleando. ¿No dijo Tucker que creía que ella era una verdadera dama? Lilliana se levantó
y pasó junto a él molesta por su inoportuna franqueza. Ella era solo una chica de pueblo que
compraba en mercados de descuento; inculta y simple. Sabía que era verdad, pero escucharlo la
dejó inexplicablemente irritada.
—¡So! ¿Qué está mal? —preguntó Tucker, agarrando su brazo y haciéndola girar.
—Lo lamento si no soy tan elegante y con clase como tus acompañantes habituales, y solo soy un
accesorio sin refinar y sin estilo —respondió ella con un torrente de palabras.
—Oh, diablos, Lilly, no quise decir eso —dijo Tucker con la sonrisa afectada, sosteniendo su brazo
con firmeza.
Lilliana luchaba por liberarse.
—Voy a ir por mi cuenta. No me gustaría avergonzarte con mi falta de sofisticación y tampones.
En un tono inflexible pero extrañamente suave, Tucker respondió.
—Lo que quise decir fue que esas mujeres eran un aburrimiento. Mierda, nunca he bromeado
con ninguna otra mujer como contigo, y no es porque seas simple y sin refinar. Es porque eres real.
Las demás eran farsantes todos los días de la semana y tú, terrón de azúcar, las dejas fuera juego.
Ahora, en serio, dejar de poner mala cara.
Tucker la rodeó y rápidamente le golpeó el culo y no ligeramente. Lilliana sintió el aguijón de
inmediato.
Un suave suspiro escapó de su boca.
—¿Qué fue eso? —le preguntó, frotándose la nalga.
—Por acusarme de algo tan mierda. Sigue con esa mala cara y habrá otra donde salió esa.
Los ojos de Tucker se estrecharon, su tono de voz era grave y Lilliana sabía que él no jodía al
respecto. Ella sonrió tímidamente y le batió las pestañas en un intento de suavizar las cosas, y su
ceja derecha subió infinitesimalmente.
36
Game Uncle: Juego del tío, ¿Repetir la acción del otro?
—¿Quieres que te ponga encima de mis rodillas? —preguntó él con un deje de engañosa calma.
Lilliana tragó saliva. No, no quería. Su culo todavía estaba dolorido de la paleta. Lilliana inclinó la
cabeza vergonzosamente y se mantuvo en una posición de quietud helada.
—Eso está mejor. La contrición es más atractiva que la falta de sinceridad.
Odiaba cuando Tucker le daba una conferencia como si ella fuera una estudiante y él su mentor, y
tuvo que retener el impulso de rodar los ojos. Solo era cinco años mayor que ella, pero tenía el
rostro de un viejo profesor. Corrección: un viejo profesor con mal humor que necesitaba un enema
relajante y una extracción de mazorca de maíz por su culo.
—Sea lo que sea que este en tu mente, habla.
Lilliana miró a su alrededor con aire de culpabilidad, evitando la mirada de Tucker. También
necesitaba tener a sus expresiones faciales en jaque porque la delataban cada vez.
—No —susurró con timidez.
Los ojos de Tucker se oscurecieron y el tono de su voz era un susurro bajo y profundo.
—No me gusta esa palabra, Lilly, sobre todo cuando sale de tu boca. Encuentra otra forma de
usar un tiempo verbal negativo conmigo.
Lilliana pensó por un momento y propuso.
—Prefiero no hacerlo. ¿Así está mejor?
No podía dejar de ocultar el cinismo en su voz, y Tucker abrió la boca para castigarla más, sin
duda, cuando su madre vino de afuera.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, mirando a Lilliana y Tucker alternativamente.
Lilliana delató rápidamente el comportamiento temperamental de Tucker.
—A Tucker no le gusta la palabra no.
Tucker frunció la boca y entrecerró sus ojos a Lilliana, y ella sonrió en respuesta.
Charlene golpeó a Tucker en la espalda y se rio cariñosamente.
—Él nunca lo hizo, incluso cuando era un niño pequeño. A papá McGrath no le gusta tampoco,
pero la vida es divertida ya que no siempre podemos controlar las cosas que hacen y dicen los que
nos rodean.
Tucker medio rodó los ojos y dejó escapar un profundo suspiro de irritación.
—Mi hijo siempre ha tenido problemas con el control y le gusta estar a cargo. Pero eso es parte
de lo que lo hace tan encantador, y me imagino que es lo que atrae a todas esas mujeres hermosas.
Como tú, Lilly.
La sonrisa insolente de Lilliana de repente se hizo presumida por el comentario de la madre de
Tucker. Él, sin embargo, hinchó el pecho hacia afuera, feliz de que su madre acababa de señalar lo
que ya sabía.
—Sí ella lo dice —sonrió Tucker.
Charlene se burló de él y tiró de su pelo largo.
—Lilly, estaba en lo cierto: descarado y arrogante, en serio.
Tucker levantó las manos en señal de derrota y se dejó caer en el sofá junto a Lilliana. La tomó en
sus brazos y la besó en el cuello.
—Eres un grano en mi culo, mujer, pero no te tendría de otra manera.
Lilliana disfrutaba en las brillantes discusiones nocturnas pos-cena McGrath. Al regresar de una
visita al baño, Lilliana se detuvo en la puerta de la cocina a escuchar voces susurradas de Tucker y
Charlene.
—No te he visto tan feliz en mucho tiempo, Tuck.
—No, mamá —suspiró Tucker.
—No, ¿qué? Vosotros dos sois tan parecidos. Ella te reta y eso es exactamente lo que necesitas.
¿De qué tienes tanto miedo? No todo el mundo es como Aubrey. Hay que dejar ir lo que te hizo ir,
hijo.
—Lo sé y lo he dejado ir. No tengo miedo de nada. Es solo que no quiero zambullirme de cabeza
como hice en el pasado. Lilly no está interesada en casarse y yo tampoco. No nos adelantemos, que
acabamos de conocernos hace un mes.
Charlene levantó una mano y apretó el antebrazo de Tucker.
—Yo sabía en nuestra primera cita que tu padre era el Hombre.
Tucker se rio suavemente.
—Eso fue diferente.
—¿Por qué? —Charlene preguntó con las cejas levantadas.
—Eran otros tiempos —Tucker intentó despacharla.
—El tiempo es irrelevante en lo que al amor respecta —sonrió amablemente.
—¿El amor? Jesús, mamá, no pongas tan arriba tus esperanzas. Solo quiero disfrutar de esta cosa
con Lilly sea lo que sea.
El brillo de Lilliana se desvaneció. ¿Qué fue lo que Tucker pensó que esto era? ¿Y qué había
hecho esa Aubrey que le dolía tanto? Lilliana se movió, y Tucker y Charlene miraron en su dirección.
Avergonzada de ser atrapada espiando, ella se dirigió al fregadero.
—Pensé que podría ayudar con los platos.
Charlene se excusó y Tucker se movió a su lado.
—¿Qué quieres que haga?
—Voy a lavar, tú secas.
Lilliana llenó el fregadero con agua caliente y jabón y comenzó a limpiar los pocos platos y
cubiertos que quedaron de postre. Ella permaneció en silencio, pensando en las palabras de Tucker.
Tucker deslizó sus dedos por su brazo.
—¿Qué parte de la conversación escuchaste?
Lilliana no quería hacer esto con Tucker. Su fin de semana había sido maravilloso hasta ahora.
—Solo seca los platos.
—Lilly… —Tucker intentó girar su cuerpo de lado pero Lilliana resistió.
—No. Tienes razón. Vamos a disfrutar esta cosa sea lo que sea, sin importar lo corto que pueda
ser.
La boca de Tucker puso en una línea delgada y negó con la cabeza.
—Nunca he dicho nada acerca de un corto plazo.
Lilliana volvió la cabeza para enfrentar a Tucker.
—¿Qué te hizo Aubrey?
El cuerpo de Tucker se puso tenso y cogió la toalla. Agarrando un plato húmedo de su mano, lo
secó.
—No, hu-hum. No hablo acerca de eso. He dejado ir toda esa mierda y no necesito hablarlo
como si estuviera en terapia.
—Ya veo. Llegaste a conocer todos mis sucios secretos, pero el tuyo ¿consigue permanecer
escondido? ¿Tengo que vivir con los fantasmas de tus ex cuyas fotografías mantienes cerca?
Tucker dejó caer el plato ruidosamente.
—¿Viste eso?
Las mejillas de Lilliana se sonrojaron.
—Sí. Lamento haber sido entrometida, pero yo solo quería saber más acerca de ti.
Cuando Lilliana encontró el coraje para mirar a los ojos de Tucker, él la miró irritado.
—Está bien. ¿Quieres saber? Ella me mintió para conseguir que me casara con ella. Compró
online una prueba de embarazo positiva para convencerme de que estaba embarazada —espetó
Tucker.
La garganta de Lilliana se apretó. ¡Qué cosa tan horrible para hacer a alguien y qué cosa tan
terrible sobre la que mentir! ¿Comprar una prueba de embarazo positiva? Nunca había oído hablar
de tal cosa. Lilliana se quedó en silencio, avergonzada por haber forzado la confesión de Tucker.
—Ella sabía lo mucho que quería una familia propia. Incluso fingió citas con el médico. Me
presenté sin avisar en su supuesto obstetra solo para que me dijeran que no tenía una cita y que
nunca habían visto ni oído hablar de ella. Revisé su computadora y encontré la factura para la
prueba falsa.
—Lo siento mucho, Tuck.
Lilliana tocó el brazo de Tucker y él lo sacó de su alcance.
—¿Para qué? Ya te dije que estoy bien. Querías saber y te dije.
El estómago de Lilliana se anudaba debajo de la triste y fulminante mirada de Tucker. Quería
abrazarlo, pero ella sabía por la mirada en su cara que quería que lo dejara. Tucker tiró el paño a un
lado y la dejó en la cocina sola. Lilliana terminó el resto de los platos y se quedó en la cocina,
molesta consigo misma por haber traído a colación el tema. Aún así, se alegraba de saber qué tipo
de desesperación vivió en su corazón. Ambos habían sido engañados y heridos por las personas que
amaban, y esa era otra de las cosas que compartían en común.
Buscando algo de aire fresco, Lilliana estaba en la terraza trasera. La noche era fría y oscura, y
abrazó a su cuerpo en busca de calor. Miró a la Osa Mayor que estaba brillante en el cielo. Tucker
McGrath… el nombre se formó en sus labios y lo pronunció silenciosamente como si deseara que él
estuviera allí.
Como si la oyera desearlo en silencio, los brazos de Tucker rodearon al cuerpo de Lilliana.
—No sé donde va esta cosa con nosotros ni cuánto tiempo va a durar. Esa es la realidad de
cualquier relación. Pero aquí mismo, ahora mismo, te quiero. Fin de la historia.
23.
Lilliana estaba emocionada por la fiesta que estaba prevista por la noche. Mientras Tucker se
vestía, sus pensamientos vagaban por el fin de semana anterior. Se había terminado demasiado
rápido y Lilliana se perdió en la bondad de su familia. Tucker parecía animado y relajado después de
su regreso, y los pocos días anteriores habían sido como un sueño para ella. En ocasiones tenía que
pellizcarse solo para asegurarse de que Tucker era real.
Las noches las habían pasado alternando entre su casa y la suya, y parecía funcionar muy bien.
Lilliana sentía una sensación de euforia cuando Tucker contemplaba con nostalgia la puesta del sol
con ella, y ya no tenía dudas en cuanto a sus intenciones lanzando sus sospechas a la cuneta. Quería
creer en Tucker y lo hizo.
Lilliana flotaba alrededor de la sala en una nube de euforia mientras se preparaba para la fiesta.
Ella había llevado un vestido, pero Tucker le había sorprendido con otro que había elegido él mismo.
Fue un gesto dulce que ningún hombre jamás había hecho antes.
Cuando abrió la gran caja en la cama, la emoción se disipó rápidamente cuando se enfrentó a un
strapless37
verde esmeralda, de tafetán, que parecía ser unos diez centímetros demasiado corto,
una talla más chica, y como si alguien lo hubiera reducido inadvertidamente durante la limpieza en
seco. ¿Qué es lo que Tucker creía que era ella, un elfo freaky38
? Recorrió la etiqueta y se sorprendió
al ver que era en realidad el tamaño correcto. ¿A qué clase de fiesta iban a ir? ¿A una convención de
prostitutas duende? Ella no quería ser grosera, pero había que “aclarar” algunas cosas.
—¿Tu escogiste esto? —preguntó a Tucker que todavía estaba en el vestidor, tratando de ocultar
todo lo posible el disgusto en su voz.
—No exactamente, mi estilista lo escogió.
Bueno, eso explicaba muchas cosas.
—Pedí algo verde —continuó.
Oh, era verde, solo que de un tono completamente equivocado, mal estilo, y horrible.
Tucker asomó la cabeza por la puerta del vestidor, con los ojos chispeantes de entusiasmo.
—¿Te gusta?
—Umm… no exactamente —Lilliana habló con voz ahogada y antinatural.
Tucker salió y levantó el vestido. Ella pensó que estaría igual de consternado pero, para su
sorpresa, él simplemente se encogió de hombros sin entender por qué no estaba contenta con él.
37
Strapless: vestido sin tirantes o breteles
38
Freaky: Raro, estrafalario
Tucker estaba elegante como el infierno y sexy como una estrella de rock en su traje negro de
Valentino y su corbata morada. Lilliana no entendía cómo el mismo estilista podría haber escogido
su atuendo y su feo vestido.
—¿Tienes el mismo estilista para escoger tu ropa, también? —preguntó Lilliana, sin dejar de
mirar la prenda desagradable.
Tucker negó con la cabeza y se rio entre dientes.
—No, yo soy un chico grande. Escojo mi propia ropa.
—Entonces, ¿por qué tienes un estilista?
—No es para mí, es para mi… —Tucker se detuvo y se aclaró la garganta. Un ligero rubor recorrió
su rostro perfectamente esculpido antes de desaparecer en el vestuario nuevo.
La luz se encendió al instante sobre la cabeza de Lilliana. Tucker tenía un estilista por su exceso
de groupies.
—Ehhhhhh —le salió antes de que supiera lo que estaba en su cabeza—. Es posible que desees
reconsiderar mantener este llamado “estilista” en nómina, a menos que disfrutes salir con las que
se visten como putas de alto nivel sin ningún sentido de la moda.
Lilliana tiró el vestido verde sobre la cama y sacó el suyo, rosa oscuro, largo hasta la rodilla y sin
tirantes que había planeado usar originalmente. Mientras se vestía, se volvió más y más furiosa con
el hecho de que Tucker iba a estar increíble y ella usando algo de tan mala calidad, y permitiendo
que alguien más eligiera un regalo para ella.
Lilliana se acercó a Tucker mientras arreglaba su cabello.
—Por favor, no hagas eso de nuevo —declaró con el mayor cuidado posible teniendo en cuenta
lo molesta que estaba.
—¿Qué? —preguntó Tucker sin mirarla.
—Si me vas a dar un regalo, elígelo por ti mismo, por favor, o simplemente no me des nada. No
quiero tus regalos de todos modos; me incomodan. Y en serio, ese vestido era… Dios bueno, Tucker,
¿realmente lo miraste? ¿Es así como quieres que me vista para ir de tu brazo? ¿Como una ridícula?
Tucker la miró con una sonrisa estúpida en su cara, y Lilliana luchó contra el impulso de atizar
algo de sentido en su hermosa cabeza.
—Pero tú hubieras sido la ridícula de mejor aspecto ahí —bromeó.
—Lo digo en serio, Tucker, recoge tus malditos regalos y voy a tomar mi maldita ropa.
Tucker suspiró y le dio una falsa mirada condescendiente.
—Un hombre de mi riqueza y estatura tiene subordinados a hacer ese tipo de tareas serviles —
continuó bromeando.
Tucker era una causa perdida a veces. Él estaba de un buen humor, tal que Lilliana no quería
arruinarlo. Estaba francamente delicioso y era la primera vez que lo veía con su pelo domado.
Pensando en su bien mantenido pelo…
—¿Al igual que afeitarte tus genitales? ¿Tus compinches hacen ese tipo de trabajo para ti,
también?
Tucker cerró la boca, pero ofreció a Lilliana una sonrisa de comemierda.
—Aghh —respondió ella.
—Deja de esgrimir aghh como un arma y no te atrevas a juzgarme. Me gustan las manos de una
mujer sobre mí, incluso si eso significa que me acicalen los vellos de alrededor de mi polla.
La voz de Lilliana se elevó por la sorpresa.
—Tucker McGrath, bruto. Creciste en una granja en Iowa, ¡por piedad! ¡Recorta tu propio
maldito pubis!
La boca de Tucker se crispó con la diversión y de repente se echó a reír odioso.
—¡Te juro que te vas a creer cualquier cosa! —aulló, agarrando los hombros de Lilliana.
—Sí, claro. Es demasiado tarde ahora, ya sé la verdad. Espera hasta que le diga a tus hermanos
de tu pequeña confesión. Tal vez se avergüencen de ti por podar tu seto.
—¡Mejor que no! ¡Solo estaba bromeando, lo juro!
La expresión de Tucker quedó congelada y se puso serio cuando vio lo llamativa que estaba
Lilliana en su vestido preferido. Era sencilla pero muy bonita, y le quedaba como un guante. Tucker
describió la curva de su cintura y deslizó una mano por debajo de su vestido y en sus bragas.
—Te ves increíble, Lilly. —exhaló Tucker mientras presionaba sus dedos en su coño mojado. Los
sacó y se los llevó a los labios lamiéndolos—. Y tu sabor aún mejor.
Los ojos de Lilliana se encendieron y brillaron. Su boca tembló con una sonrisa y le pasó las uñas
por el pecho enviando sensaciones de hormigueo desde su torso y hacia su entrepierna.
Avanzando poco a poco por su cuerpo, Tucker levantó el dobladillo de su vestido y se dejó caer
de rodillas.
—Creo que un pequeño tentempié estará bien antes de que nos vayamos.
Lilliana abrió las piernas en respuesta y se apoyó en la encimera del baño. Tucker hundió sus
dientes en sus muslos y mordisqueó su camino a la cima de su ingle.
—Ábrete para mí, mascota —ordenó Tucker mientras le colocaba las manos sobre sus muslos
para mantener las piernas abiertas.
Lilliana extendió sus labios para Tucker, y agresivamente él aplastó su boca sobre ella, chupando,
lamiendo y mordiendo cada centímetro de su delicada y suave, carne rosada.
Lilliana gritó y se estremeció cuando Tucker hundió su lengua profundamente dentro de ella.
Tucker movía su boca de nuevo por su sensible clítoris y comenzó a asaltarlo. Chupando con saña, lo
hizo rodar entre sus dientes mientras le metía los dedos sin descanso.
—Oh, Dios, Tuck… Estoy tan cerca… —maulló Lilliana.
Sus piernas comenzaron a temblar y Tucker sabía que su final estaba cerca. Lilliana apretó los
muslos, atrapando su cabeza entre sus piernas, y gritó su nombre con voz aguda.
Tucker se puso de pie, se bajó los pantalones y la penetró. Serpenteando una mano hasta su
cuello, envolvió sus dedos alrededor de ella posesivamente cuando Lilliana echó la cabeza hacia
atrás dándole el acceso completo a su delicado tejido.
Mareado con intensa excitación, Tucker exhaló un largo suspiro.
—Déjame controlarte, Lilly. Permíteme ser dueño de este cuerpo.
—Lo haces, Tucker. Realmente lo haces —susurró Lilliana con voz ronca.
Las palabras de Lilliana chocaron contra él como una marea creciente de emociones y lanzó su
semilla dentro de ella, su polla palpitando reconociendo su nuevo dominio. Lilliana le echó los
brazos alrededor del cuello, y tiró de él hacia un beso necesitado y desesperado.
—Oh, Tuck —murmuró en su boca.
Tucker se quedó atrás, tirando suavemente de Lilliana.
—Porque soy así de bueno, nena.
—Ugh —resopló Lilliana con estrellas en sus ojos.
Tucker se inclinó hacia abajo y besó la comisura de su boca perfecta y le sonrió como un chico.
Las cosas no podían ser mejor en lo que a él se refería.
Cuando llegaron a la sala de baile Grand Hyatt, la fiesta ya estaba en pleno apogeo. Tucker
aferró a Lilliana como si fuera su más preciada pertenencia, y lo era. Ella saludó a todos con cortesía
y adornando sus palabras. A él le encantaba la forma en que hablaba, ella actuaba como si no
existiera ningún otro hombre.
Darren hizo su aparición y Tucker guió a Lilliana en otra dirección. Lo último que necesitaba era
que Darren lo acusara de algo. Sus mentiras eran muchas y no necesitaba ese tipo de drama, sobre
todo teniendo en cuenta cómo estaban de asombrosas las cosas entre Lilliana y él.
Lilliana se dejó llevar por la multitud mientras hablaban de negocios, pero él mantuvo sus ojos en
ella en todo momento. Cuando ella fue a la barra, él giró, sonriendo a lo hermosa que se veía a
través del salón.
Lilliana estaba en el séptimo cielo, en algún lugar entre las nubes y la felicidad de otro mundo.
La noche iba de maravilla y todo el mundo que conoció era exuberante y feliz. Probablemente era el
alcohol que corría por sus venas, pero no le importaba. Solo había estado así en unas cuantas
ocasiones especiales, un par de veces en su vida, y se sentía como una adolescente en el baile. Su
vestido era un poco sobrio y se sintió ligeramente consciente de ello, pero Tucker la tranquilizaba
con lo impresionante que parecía. Lilliana se acercó al bar con su corazón latiendo rápidamente por
toda la emoción que zumbaba en el salón.
Justo cuando estaba a punto de realizar un pedido de un martini de coco, sentía la clara
sensación de ojos sobre ella. Lilliana se volvió para encontrar a una rubia de pie delante de ella que
miraba visiblemente su collar.
—¿Eres de esta zona? —preguntó Lilliana, tratando de hacer conversación educada.
—Mmm-hmm —la rubia respondió secamente mientras sus ojos se posaban sobre el cuerpo de
Lilliana.
Ofreciendo su mano, Lilliana se presentó.
—Soy Lilliana.
—Lo he oído —la mujer respondió con frialdad.
La extraña extendió una mano y por un momento Lilliana pensó que iba a dársela pero, en
cambio, la mujer tocó su collar.
—Al menos otras tres mujeres en esta sala tienen el mismo collar exacto, todos dados a ellas por
el mismo hombre. Incluida yo misma —dijo con amargura flagrante.
Lilliana bajó rápidamente la mano a su lado.
—Lo comparo con haber llevado una insignia a la deshonra al considerar las cosas depravadas y
escandalosas que Tucker hizo con nosotras. No me quejo, fue divertido mientras duró, por breve
que haya sido.
El tono de la mujer era civilizado, a pesar de su aspecto ridículo. Lilliana se puso a pensar en
silencio en las palabras de la rubia y qué acción tomar cuando otra mujer se acercó a ellas.
—Hola, Sophie —la morena alta saludó a la rubia.
Sin reconocer a Lilliana, los ojos de hielo de la morena se trasladaron a su cuello.
—Oh, así que eres el nuevo juguetito de Tucker —preguntó con acritud, colocando una mano
sobre una de sus caderas.
Lilliana sintió que aumentó su temperatura en respuesta al reproche altivo de la mujer. Estaba
tan furiosa que apenas podía hablar y sintió que la sangre escurría de su cara. Haciendo un rápido
inventario de los atributos de las dos mujeres decidió que, si la situación se complicaba, ella podría
quitarlas a las dos y lo haría si no se iban a la mierda. La bruja de pelo castaño levantó un dedo
huesudo como si fuera a tocar su medallón y Lilliana se apartó, lista para salir del ghetto de los
paletos sobre su culo y ejecutar una patada de despeje a su coño sobre-utilizado.
—Ni siquiera lo pienses. Si sabéis lo que es bueno para vosotras, daréis la vuelta a vuestras falsas
tetas y os alejareis antes de que ambas perdáis un pedazo de vuestras jodidas y ridículamente
enormes fundas dentales —silbó Lilliana.
Los ojos de ambas mujeres se agrandaron, pero Sophie se rio, y el brillo alegre en sus ojos solo
indignó más a Lilliana. La risa de Sophie se desvaneció rápidamente cuando Lilliana dio un paso
hacia ella con su puño en alto, lista para arrancar sus ojos azules y el cuero cabelludo como un
salvaje.
—Lilly… —oyó a su espalda, bajo y profundo.
Se dio la vuelta para mirar a Tucker con la ira parpadeando en sus ojos. La profunda y larga
mirada que intercambiaron la enfureció, y Tucker parecía inestable.
Los ojos de Tucker se trasladaron a las mujeres ahora de pie detrás de Lilliana y como oscuras
nubes de tormenta.
—Marcharos —les habló con firmeza.
Lilliana miró por encima del hombro para ver a las dos en busca de una disculpa, y algo más.
¿Temor? Eran dos veces las que ella había visto la mirada de miedo en las caras de las ex de Tucker, y
la forma en que ambas se escabulleron cabreó a Lilliana aún más. Si un hombre le hubiera dicho
esas palabras a ella, lo hubiera pateado con la rodilla firmemente en los testículos, robándole su
futura paternidad.
Lilliana pasó junto a Tucker y se dirigió directamente hacia la puerta. Alcanzándola rápidamente,
abruptamente atrapó a Lilliana por el codo y la acompañó con firmeza a un rincón apartado.
—No voy a tolerar que pelees por mí. —La voz de Tucker, aunque profunda, era nítida y clara.
Lilliana resopló con sorna y miró Tucker de arriba a abajo con desprecio. Estaba tan
malditamente arrogante, por supuesto que pensaría que era una cosa tan absurda.
—No seas ridículo, yo no iba a pelear por ti. Iba a luchar por mi honor y dignidad ya que forzaste
la situación, al haberme traído a un lugar donde tus exnovias iban a insultarme.
Tucker parpadeó rápidamente como ofendido.
—Lilly, lo siento… —comenzó a decir.
—¿Por qué, Tucker? ¿Por traerme a una fiesta en la que hay un puñado de sus examantes sin
avisarme o por darme un regalo que no era ni sincero ni original?
Con manos temblorosas, Lilliana se quitó el collar y se lo metió en el bolsillo del pecho de su
chaqueta, disgustada de que Tucker le hubiera categorizado igual que a todo el resto. Los ojos de
Tucker se estrecharon, pero se mantuvo en silencio y con la mandíbula apretada.
—Llévame a casa —susurró con rabia.
Tucker asintió sin decir nada, como si no confiara en sí mismo para hablar.
La tensión en el coche era espesa como el pudín de sangre y ni siquiera un cuchillo podría haber
cortado a través de él. Lilliana hervía cuanto más pensaba acerca de haber llevado la insignia de
mala calidad de la deshonra. Ella sabía que Tucker tenía una reputación y en lo que se estaba
metiendo al estar con él, pero eso no era lo que la molestó. Era la forma en que había tratado a las
mujeres y su elección de palabras.
—¿Eso es lo que haces con las mujeres cuando terminas con ellas? ¿Las despides? —Soltó ella,
con su voz llena de desprecio.
Tucker se quedó en silencio y mantuvo sus ojos pegados a la carretera.
—Respóndeme, maldita sea —Lilliana golpeó su puño en el tablero.
—No hasta que bajes la voz y me muestres un poco de respeto —se quejó.
—¿Al igual que el respeto que me mostraste por comprarme ese vestido de puta ridícula y
etiquetarme con el mismo maldito colgante que todas tus otras conquistas han llevado?
Tucker negó con la cabeza inexpresivamente.
—Solo quería que todos supieran que me perteneces.
—Oh, ellos lo saben bien; ellos saben que yo soy otro miembro del Club de las folladoras del mes
de Tucker McGrath. Y cuando hayas terminado conmigo, entonces ¿qué? ¿Me quedo con el
accesorio como una especie de premio por ser un distinguido miembro de la alianza de las folladas?
¿En qué exactamente estás tratando de convertirme? ¿Una de las esposas Tucker McGrath de
Stepford39
? ¿Qué sigue en la agenda? ¿Ponerme un microchip en el culo cuando estoy durmiendo
así sigo todas tus ridículas órdenes? Como tú quieras, Tucker. ¿En qué puedo servirte, Tucker?
¿Puedo tener más azotes, por favor? Gracias, pero no gracias. Juro por Dios que si alguna vez me
dices que estoy despedida, voy a darte una patada en el medio de tu culo de macho alfa dominante.
¡Lo juro!
39
Del libro The Stepford wives De Ira Levin, en el que las esposas son reemplazadas por androides que actuaban
como esposas abnegadas y serviles.
Tucker agarró el volante con tanta fuerza que su piel chirrió contra el cuero y sus nudillos se
pusieron blancos. Apretando los dientes con fuerza, murmuró:
—¡Basta, maldita sea! Lo entiendo, Lilly; la cagué.
Lilliana se hundió de nuevo en el suave asiento de cuero. Ella se alegró de oír admitirlo, aunque
eso no disminuyó su enojo. Había estado esperando pasar la noche en los brazos de Tucker, en
virtud de su intensa mirada de ojos marrones y siguiendo sus órdenes, pero ahora estaba viendo
que acabaría sola y sin el hombre cuyo toque que anhelaba como una droga.
Como el coche de Tucker tomaba la dirección de su casa palaciega, Lilliana gruñó:
—Te dije a casa.
—Vamos a casa —le contestó como si su casa fuera la de ella.
—Mi casa —aclaró Lilliana.
Tucker comprimió la boca con más fuerza, apretó los dientes y dio vuelta en U en medio de la
calle. Sus neumáticos chirriaron ruidosamente y varias bocinas sonaron cuando casi lo chocan por
detrás.
Veinte silenciosos minutos más tarde, Tucker frenó delante de la puerta de Lilliana. Ambos en
silencio, sin mirarse el uno al otro. Lilliana sintió sus gritos de frustración en la parte posterior de la
garganta, pero permaneció en silencio sin saber qué más decir.
Mientras estaba sentada con los brazos cruzados sintió ganas de llorar por haber pensado que
ella era diferente que el resto y por haber creído que Tucker sentía de la misma manera. Ella
conoció a su familia por el amor de Cristo. ¿No significaba que era especial? ¿O era solo una
distracción como todas las demás? La conversación de Tucker con su madre vino a la mente acerca
de no hacer de su relación algo que no era. Eso debería haberle advertido lo suficiente de lo que
estaba por venir. Se mordió el labio inferior con dureza y se prohibió a sí misma derramar ninguna
lágrima. Al diablo con eso. Ella había sido mucho más herida por Adam y nunca lloró más que
superficialmente por ese pedazo de carne podrida sin valor de hombre.
—Lilly, nunca quise…
Lilliana cortó las palabras de Tucker, temiendo que fuera a despedirla a ella también. ¿Entonces,
qué?
—Pensé que yo era diferente —susurró Lilliana tristemente, cortando a Tucker hasta el
hueso.
Se volvió hacia ella, con la disculpa quedó sin decir.
—Tú eres diferente.
—No me hagas esto —su voz se quebró.
—¿No hacer qué?
—Mentirme. No soy una niña o un ser frágil que necesita ser mimado.
Lilliana era la chica más dura que Tucker conocía, y cuando oyó sus palabras ahogadas se
desabrochó el cinturón rápidamente a sí mismo y luego a ella. La arrastró hacia sus brazos, hundió
la cara en el punto suave detrás de la oreja. Tucker no quería ser la razón de ver alguna vez a esta
dura mujer llorar. Ya le había mentido lo suficiente, pero eso fue en el pasado y ahí exactamente es
donde quería dejarlo.
—Mi dulce, fuerte Lilly, no voy a mentirte —intentó convencerla.
Para su pesar, Lilliana lo empujó suavemente alejándose de él y abrió la puerta.
—Necesito tiempo…
Tucker de pronto se sintió presa del pánico.
—¿Tiempo para qué? —preguntó, extendiendo la mano y agarrando su muñeca con firmeza.
—Para pensar. Sabía en lo que me estaba metiendo por estar contigo, pero… Solo necesito
tiempo para repensar las cosas.
—Lilly, por favor, no me hagas esto. Nunca quise hacerte daño, mascota —dijo en voz baja.
—Lo sé —dijo ella con decisión cuando se enderezó—, pero no voy a tratar de ser lo que no soy
para ti y lo que definitivamente no soy es una mujer que se contenta con usar ropa que no se
adapta a mi estilo o personalidad, y que has hecho a algún otro escoger para mí. Y te aseguro que
no soy una mujer que está de acuerdo con el uso de una pieza de joyería que no significa nada,
simplemente porque es cara y que me la ha dado el soltero más codiciado. Yo no soy esa chica,
Tucker, y no quiero serlo. Sé que soy imperfecta y no sé cuándo dejar de hablar, pero me gusta lo
que soy. Me ha tomado mucho tiempo aceptarme a mí misma. Solo lamento que sientas la
necesitad de cambiarme.
Tucker estaba estupefacto. Eso no podría estar más lejos de la verdad. Le encantaba que ella no
supiera cuándo dejar de hablar, la mayoría del tiempo. Y le gustaba que fuera imperfecta y
frustrante y exasperante. Ella era real y eso es lo que quería; eso es lo que necesitaba.
—Espera un maldito momento. No estoy tratando de cambiar lo que eres… —dijo Tucker
ruidosamente cuando Lilliana escapó de sus garras y salió del coche.
Su corazón latía con fuerza en su pecho y su estómago se revolvió. Nunca se había sentido tan
frenético al ver a una mujer de pie frente a él, y no sabía qué hacer, aparte de hacer el tonto, y no
estaba dispuesto a hacer eso por el momento —por ninguna mujer.
Lilliana dudaba en la puerta, sus ojos mirando el suelo como pidiendo a Tucker pararla.
—Hablaremos más mañana —dijo Tucker finalmente, incapaz de pensar con claridad suficiente
para decir nada más.
—Ya veremos —respondió ella de nuevo, cerrando la puerta del automóvil con un portazo.
Tucker la vio caminar rápidamente hasta su casa y entrar. Se quedó varios minutos fuera,
mirando la casa que comenzó a iluminarse, primero la sala de estar y luego su dormitorio. La
imaginó desvistiéndose y preparándose para la cama, y quería más que nada estar tumbado junto a
ella y sentir el latido de su corazón contra su pecho mientras la abrazaba.
La cortina de la ventana del dormitorio se movió y pudo ver su mirada hacia fuera. Ella tocó el
vidrio y un persistente dolor sordo se instaló en su pecho. Cuando se dio la vuelta, sus mejillas
mojadas brillaron con las luces delanteras del auto.
Aceleró el motor ruidosamente, girando sus ruedas traseras mientras corría por la calzada. La
había hecho llorar y estaba cabreado consigo mismo.
Condujo durante horas pensando en Lilliana y su tiempo juntos, pasó por su casa dos veces más
antes de estacionar en el extremo más alejado de su camino de entrada mientras se sentaba en su
vehículo a oscuras. Sus acciones eran de adolescente y era muy consciente de ello, pero regresar a
su gran casa fría y vacía era impensable en ese momento.
Una hora más tarde estaba de regreso en su casa y en la ducha. Tenía que estar listo y preparado
para el trabajo en cuatro horas pero sabía que no dormiría el resto de la noche.
En la cama, Tucker fue sitiado por emociones confusas. Las cosas habían ido tan bien…
demasiado bien. Sabía que no debía permitir una chispa de esperanza en su vida. Enojado consigo
mismo por haber caído bajo con Lilliana, cogió su teléfono y le envió un mensaje.
McG: 04:06: ¿Estás bien?
No esperaba obtener una respuesta con lo tarde que era, pero su teléfono sonó de nuevo casi
inmediatamente.
Lilliana: 04:08: No lo sé.
Tucker tomó con el puño su propio pelo y dejó escapar el aliento que ni siquiera era consciente
de que había estado conteniendo. No sabía qué más decir y no quería presionarla. Una sensación
molesta en el pecho se hizo casi insoportable y se sentía como si no pudiera respirar sin sentir el
dolor punzante de algo perdido. Dejó su teléfono y se obligó a sí mismo a dormir.
Despertó casi cinco horas más tarde. Le sorprendió haberse dormido. Incluso antes de salir de la
cama miró su teléfono, optimista de que Lilliana hubiera intentado llamarlo o dejarle un mensaje,
pero su teléfono estaba sin vida.
Se vistió sin pensar y siguió su mañana con el piloto automático puesto. Trató de recordar cómo
había sido antes de Lilliana y seguir con su día como si todavía estuviera solo y sin la distracción de
la mujer que se había metido debajo de su piel y derecho en su corazón. Estaba haciendo justo eso
hasta que Ariel llegó mostrándole una actitud y mirada hostil.
—¿Cuál es tu problema? —preguntó Tucker finalmente.
Ariel cruzó los brazos sobre su pecho y entrecerró los ojos hacia él.
—Le partiste el corazón en pedacitos a esa pobre conejita, ¿no?
—¿De qué demonios estás hablando?
—Sabes muy bien que estoy hablando de Lil. El Gran Lobo Malo Tucker McGrath rompió a esa
linda conejita en pedazos. Me alegro de saber que ella amenazó con patear culos a la Bruja Mala del
Este y del Oeste, por lo menos.
—¿Puedes por favor hablar como si no estuviéramos viviendo en un cuento de hadas y como si
los dos fuéramos adultos? —espetó Tucker.
—Claro, porque eres un adulto. La captas, papito. Eres un hombre terrible, desagradable —
resopló.
—Oh, no me jodas. Entonces, ¿qué es eso de patear culos?
—Sophie chismorreó a todos de cómo Lil la destripó a ella y al asno de Gemma y amenazó con
romperles sus fundas, y cuán ordinaria era Lilliana.
Ariel empezó a reírse y Tucker la encontró contagiosa. Él también comenzó a reír.
—Lilly es una pequeña zorra infernal —Tucker sacudió la cabeza con decisión.
Los ojos de Ariel se agrandaron y agitaron en la dirección de Tucker.
—Es hora de que alguien corra riesgos.
La risa de Tucker se calmó y volvió a pensar solemne en el último mensaje de texto de Lilliana.
Ariel lo miró con cautela.
—¿Piensas que la cagada no tiene solución?
—Espero que no.
—Es mejor hacer algo más que tener esperanza, Chico-lobo; es mejor que lo arregles —Ariel le
dio instrucciones justo antes irse.
En su pausa para el almuerzo, Tucker reunió el valor suficiente para llamar a Lilliana. Durante
toda la mañana se dedicó a pensar en ella y en la mirada sombría en su rostro. Él quería ver la
alegría en sus ojos como lo había hecho cuando le dio el regalo ahora infame que condujo a todo
este maldito drama. Su teléfono sonaba y sonaba, y estaba cada vez más furioso a cada momento
que no podía oír su voz. Terminó la llamada y le envió un mensaje.
McG: 11:39: Quiero escuchar tu voz.
Tucker esperó. Y esperó.
McG: 12: 23: Sabes cómo me siento acerca de esperar.
Tucker se sentó con impaciencia sosteniendo el teléfono y mirando la pantalla de vez en cuando
mientras comía su almuerzo. Renunciando, deslizó su teléfono a través del escritorio. Se levantó de
su silla, maldiciendo y cerrando sus manos en un puño. ¿Qué estaba haciendo Lilliana con él?
¿Castigarlo? ¿Realmente pensaba que podía romper con él por actuar con petulancia? ¿Se había
olvidado de las reglas simples que había establecido para ella o estaba simplemente ignorándolas
para herirlo por haberla jodido?
Tucker se paseaba por la oficina con su mente llena con frustración. Lilliana estaba empujando
sus fronteras y límites tal como lo había hecho desde la primera vez que se conocieron, y él estaba
permitiéndolo, pero ya no. Trató de fingir que no existía otra vez y siguió con su día, ignorando el
dolor silencioso en su corazón.
Al finalizar la jornada de trabajo, el teléfono de Tucker sonó. Él lo miró durante un largo rato sin
responder, hacerla esperar tal como lo había hecho esperar a él.
Tucker reprimió el impulso de conducir hasta la casa de Lilliana, sabiendo que estaría en casa.
Cenó solo en su restaurante favorito poniendo mala cara todo el tiempo.
—¿Solo? —La voz de Gemma salió detrás de él—. ¿Así que ya has terminado con Lilliana? Eso fue
rápido. Lo nuestro duró más que eso —coqueteó, sentándose enfrente de Tucker.
—¿Te invité a sentarte? —Tucker miró a Gemma y apretó los dientes. Ella era parte de la razón
por la que estaba comiendo solo y sin su mujer elegida.
Gemma se limitó a sonreír y jugueteó con los cubiertos en la mesa.
—¿Hay alguna posibilidad de que tú y yo… —comenzó.
—No —Tucker la cortó.
—Puedo ser mejor esta vez, Tucker. Voy a seguir tus reglas y ser más aventurera; hacer más de
las cosas que pediste. Incluso permitiré que me castigues esta vez.
Gemma pestañeó, llevó sus dedos sobre la mesa y tocó la punta de su mano. Tucker la retiró al
instante, sintiendo como si estuviera traicionando a Lilly al permitir el contacto de otra mujer.
—Nuestro tiempo llegó y se fue, Gemma. Nada puede lograr revivir el pasado y me gustaría que
dejaras de hacerlo. Nos divertimos mucho, ¿no? —le preguntó con simpatía porque no quería hacer
daño a la mujer, evidentemente frágil, sentada frente a él.
—Sí, pero podríamos haberlo hecho mucho más si no hubiera sido tan poco dispuesta a probar
las cosas que me sugerías —susurró en voz baja y atormentada.
—Así es la vida, querida, pero no hay vuelta atrás. Es el momento para seguir adelante —
respondió amablemente, recordando la reprimenda de Lilliana por las duras palabras que le había
dicho a Gemma y Sophie la noche anterior.
Gemma observó la mesa. Cambió la mirada hacia Tucker. Su tono se volvió frío y sus exóticos,
bonitos ojos marrones se volvieron gélidos.
—¿Es por Lilliana que no me quieres de nuevo?
—Aunque yo no tuviera a Lilly, no estaría contigo —dijo aclarando más severamente.
Gemma suspiró derrotada.
—Eres un idiota y un mentiroso de mierda —murmuró con sarcasmo.
—Yo nunca te mentí —dijo.
—Cretino, espero que esa perra de Lilliana arda en…
Tucker rápidamente cortó a Gemma de nuevo.
—No —gruñó.
Él hizo todo para permitir que ella llorara la pérdida de su relación o lo que sea que sintiera que
necesitaba hacer, pero no iba a permitirle hablar mal de Lilly.
Gemma cerró rápidamente su boca y sus ojos se agrandaron al convertirse en víctima de la
mirada gélida de Tucker.
Tucker le lanzó una mirada penetrante mientras se levantaba de su silla, señalando que se fuera.
—Nosotros. Hemos. Terminado. Y esta conversación también. —declaró con sus labios formando
una línea delgada y dura.
Había intentado ser civilizado, pero simplemente no podía hablar racionalmente con Gemma.
Nunca pudo y fue una de las muchas razones por las que la dejó. No solo era poco audaz entre las
sábanas, era maliciosa, melodramática, y una irrespetuosa. Defectos que él detestaba.
El labio inferior de Gemma tembló cuando le devolvió la mirada. Se puso de pie, apoyó su mano
ruidosamente sobre la mesa haciendo que varias personas los miraran antes de irse pisando fuerte.
Tucker se tragó lo último de su cerveza cuando su teléfono sonó, recordándole su mensaje sin
leer y otro nuevo. Cediendo, Tucker lo revisó.
Lilliana: 16:18 Sé cuánto odias esperar, lo siento. Estaba ocupada con una
emergencia del trabajo. Bicúspides, molares e incisivos… Ay de mí.
Lilliana: 19:03: ¿Estás vivo y seguro?
Tucker se sentía como un completo idiota, pero no pudo evitar sonreír ante el intento de broma
de Lilliana.
McG: 19:22: Vivo-comprobado. Seguro-comprobado. Solitario-
comprobado. ¿Puedo verte esta noche?
Tucker asumió su aprobación, pero fue desalentado por respuesta helada de Lilliana.
Lilliana: 19:25: Yo también te extraño, pero no esta noche.
¿Qué era exactamente lo que Lilliana trataba de lograr al mantenerlo esperando? La sangre de
Tucker comenzó a hervir. Quería a Lilly y estaba harto de sus juegos. Sabía que la había jodido. ¿Qué
más quería ella, una puta disculpa por escrito?
McG: 19:26: ¿Cuál es el sentido de la espera?
Lilliana: 19:27: La ausencia hace crecer el cariño, dicen.
Tucker no creía en ese dicho de mierda. Ni por un puto segundo. Tucker disparó de nuevo.
McG: 19:29: Fuera de la vista fuera de la mente, digo yo.
Resopló, orgulloso de su réplica, pero luego volvió a leer la breve conversación y se pateó a sí
mismo por esa observación de mierda. Ella definitivamente no estaba fuera de él, ni iba a estar en el
corto plazo; si lo iba a estar alguna vez.
Gemma tenía razón, él era un imbécil.
McG: 19:35: Borra esa última afirmación.
Lilliana: 19:37: ¿Así de simple? ¿Lo borro y desaparece?
McG: 19:39: No seas demasiado dramática. Son solo palabras.
Lilliana: 19:40: Las palabras pueden herir tanto como las acciones.
Tucker se quedó mirando su respuesta durante varios minutos. Ella tenía razón. Podía recordar
las duras palabras que su padre dijo a Mason sobre su homosexualidad y cómo hirieron a su
hermano. Su padre había intentado borrarlo, pero el daño ya estaba hecho.
McG: 19:44: Me haces actuar como un tonto a veces.
Lilliana 19:48: ¿A veces? No me culpes por tus acciones insensatas.
Reconócelas. Buenas noches.
Él la había cagado otra vez. Simplemente no era capaz de ganar.
Tucker fue a casa, se cambió y trató de dormir. Estaba muerto de cansancio pero inquieto.
Acostado boca abajo abrió una imagen de Lilly en su teléfono. Quería besar y follar su boca y
cualquier otra cosa que se le ocurriera. Él la miraba embobado, imaginando que se envolvía
alrededor de su polla. La apretó contra la cama tratando de aliviar las palpitaciones, pero no sirvió
de nada.
Tenía la esperanza de que Lilliana fuera una estudiante rápida y ya había mejorado en garganta
profunda. Mierda, se estaba adelantando a los acontecimientos. Lilliana estaba, casi seguro, todavía
indignada por todo lo que había ocurrido en las últimas dos noches y era un maldito tonto en
pensar que las cosas se olvidarían tan rápidamente. Tendría suerte incluso si lograba volver a verla y
mucho menos que le chupara la polla.
Molesto con toda la situación, se vistió con un chándal y fue a su casa; se estacionó en el
extremo más alejado de su camino de nuevo. Contempló caminar la distancia hasta su puerta,
patearla y romperla, pero la casa estaba a oscuras y, conociendo a Lilliana, probablemente le daría
un rodillazo en las bolas y una patada en el culo por una escena así. En cambio, reclinó su asiento
hacia atrás, abrió su techo solar y observó las estrellas hasta que se quedó frito.
Se despertó con un fuerte golpe en la ventanilla. Abriendo los ojos y bajando el vidrio, fue
recibido por una Lilliana de pie en salto de cama, con una taza de café caliente en sus manos. El sol
estaba empezando a salir por el horizonte con vibrantes tonalidades amarillas, anaranjadas y
rosadas que destacaban en el cielo. Nunca había presenciado una vista más impresionante.
Lilliana miró las ventanillas heladas de niebla y le preguntó:
—¿Qué has estado haciendo aquí?
—No creas que no pienso en eso —bromeó Tucker, levantando una ceja sugerente y haciendo
con la mano el gesto de hacerse una paja.
—Eres imposible. Y un mierda —sonrió Lilliana, tendiéndole la taza de café.
—Eso es un eufemismo —Tucker respondió, tomando el café y disfrutándolo.
Maldita sea, Lilly podía hacer una taza de café estupendo. Siempre estaba a la temperatura
perfecta y nunca demasiado caliente. No sabía cómo lo hacía. Tucker sonrió a Lilliana con gratitud, y
ella levantó las cejas.
—Buen intento.
—¿Qué? —Los ojos de Tucker se estrecharon con perplejidad.
—Tus hermosos premolares no van a conseguirte agua caliente a esta hora. ¿Cuántas noches te
vas a sentar aquí en mi entrada? —preguntó, inclinándose hacia la ventanilla.
—Tantas como sean necesarias hasta que dejes de ser testaruda y vuelvas a casa.
—Testaruda, mi culo. Estoy en casa, ¿recuerdas?
—No, no estás en casa hasta que estés bajo mi techo, Lilly. Te necesito…
Lilliana se enderezó.
—Tú no necesitas a nadie; simplemente no te gusta estar solo. Si no fuera yo, sería otra persona.
Estoy segura de que finalmente vas a darle al collar un buen uso. Ahora no seas idiota. Vete a casa.
Lilliana se volvió y corrió por el camino de regreso a su casa, dejando a Tucker con la mandíbula
abierta y completamente horrorizado. Ella tenía que traer el tema del maldito collar, ¿no? Y una
mierda que no la necesitaba. ¿De verdad creía que alguien más podría satisfacer su deseo de la
manera que ella lo hizo?
Tucker tragó el café caliente y se marchó con un propósito. Solo tendría que demostrar que no
había nadie más para él.
Centrado en su objetivo, su día pasó rápidamente y se alegró por ello. Su teléfono tuvo menos
mensajes pero estuvo bien. No se sentía como para debatir los detalles de lo mal que se habían
jodido las cosas. Tucker dejó de trabajar una hora antes para recoger el nuevo elemento que había
ordenado para Lilliana y le envió un mensaje.
McG: 17:36: Voy a estar en tu casa en exactamente 25 minutos. Estate lista.
No voy a aceptar un no por respuesta.
Se aferró al teléfono esperando algún tipo de respuesta negativa, pero después de varios
minutos de silencio, estaba contento de saber que Lilliana no iba a darle la batalla. La ruta estaba
lentísima. Toda la energía nerviosa que había estado reprimiendo durante todo el día comenzó a
desbordarse. A mitad de camino a casa de Lilliana, Tucker paró a un lado de la carretera y salió a la
brisa fresca de Connecticut. Rodeó el coche varias veces, tratando de controlar su respiración
rápida.
¿Estaba yendo en serio con esto? ¿Qué otra opción tenía? ¿Estar solo y sin ella? Lilliana había
estado en lo cierto al decir que no le gustaba estar solo, pero estaba equivocada al pensar que sería
otra persona si no fuera ella. Sabía condenadamente bien que no había nadie más para él. Ella
desafió todo lo relacionado con él y le hizo ver las cosas de manera diferente. Le recordaba de
dónde venía y quién era en realidad. Sí, él estaba yendo en serio con esto, no había otra manera.
Tucker respiró hondo y soltó el aire lentamente, y luego volvió a subir a su coche.
Entrando en la calzada de Lilliana exactamente diez minutos más tarde, ella estaba esperando en
el porche y él exhaló un suspiro de alivio. Era obstinada, pero nunca dejó de prestar atención a sus
órdenes. Cuando el coche se detuvo por completo, Lilliana se levantó sin decir una palabra. Tucker
la miró con cautela. Se miraron el uno al otro durante un buen rato cuando Tucker se acercó y le
apretó el muslo. Él solo quería sentirla y para recordarle que ella todavía le pertenecía.
—Mi mascota —susurró.
Lilliana parpadeó largo y duro y volvió su rostro hacia la ventana. Su silencio lo estaba matando.
Ella todavía estaba herida y enojada, y esperaba que su sentido regalo compensara haberle dado
algo que no era sincero. Condujo demasiado rápido hasta su casa, pero sus nervios estaban
crispados. Había estado esperando verla todo el día y se volvía loco preguntándose cómo iba a
reaccionar a su oferta de paz.
Una vez en su casa, dirigió a Lilliana adentro y la condujo a la larga tumbona de la sala de estar y
la sentó. Sentado a su lado, él sacó una caja cuadrada grande del bolsillo y trató de entregárselo
pero ella lo apartó rotundamente.
—No quiero más de tus regalos. Todo lo que quería era a ti.
Tucker fue tocado por sus palabras. Nadie jamás solo lo había querido a él.
—Te dije que no tomaría un no por respuesta. Ábrelo.
Lilliana puso tercamente las manos en su regazo, negándose a tocar la caja. Tucker suspiró y
abrió la caja el mismo y lo levantó a su rostro. Ella seguía tratando de apartar la mirada del collar de
oro blanco que parecía no tener principio ni fin, pero finalmente cedió, sus ojos inquisitivos
examinaban la inusual gargantilla con un anillo D&O40
en el centro.
—Se llama Collar de Eternidad41
—le dijo Tucker, con la boca seca y atragantándose con sus
palabras.
Los ojos de Lilliana se lanzaron hacia él.
—¿Eternidad?
Tucker asintió con decisión y se inclinó al oído en un gesto melancólico.
—Como Para Siempre —susurró, incapaz de decir la palabra aterradora en voz alta.
Lilliana sacudió la cabeza con énfasis, su boca se abrió en alarma y con los ojos brillantes de
miedo.
—Tucker, no puedo…
Le puso su largo dedo índice en la boca.
—No hables, Lilly. Solo úsalo. Ya resolveremos el resto más tarde.
Tucker tomó el collar brillante de la caja.
—¿Cómo se abre? —preguntó Lilliana.
Tucker metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña herramienta con forma de L.
—Con esta llave.
Tucker sonrió cuando vio desaparecer la inquietud de los ojos de Lilliana. Era apropiado que su
mascota lleve un collar de verdad. Solo esperaba que Lilliana lo aceptara y el papel al que estaba a
punto de entrar.
—Este es un collar, mascota. ¿Entiendes su significado? —preguntó tensamente antes de
colocarlo alrededor de su cuello.
—Sí, Tucker. ¿Y tú?
40
Anillo D&O: aro que se coloca por medio de un eslabón a una gargantilla para poder enganchar una correa
(Cultura BDSM)
41
Eternity Collar en el original
Tucker sabía lo que significaba; significaba que esta cosa con Lilliana era en serio; significaba que
no había vuelta atrás.
—Esto significa que tú me perteneces a mí y solo a mí. Significa que tú eres diferente, Lilly. Eres
única y solo mereces llevar algo tan distintivo como esto. Te equivocaste cuando dijiste que si no
eras tú, sería otra persona. No quiero a nadie más, y yo te necesito. Y te aseguro que no estoy
tratando de cambiar lo que eres.
—Tucker… yo… —los ojos de Lilliana se llenaron de lágrimas y Tucker actuó con rapidez antes de
que alguno de los dos tuviera la oportunidad de dejar que sus miedos al compromiso los vencieran.
Esto era lo correcto y lo sabía. Lilliana tenía razón. Ella era sincera y leal, y malditamente buena para
él. Las manos de Tucker temblaban mientras abría el collar, y casi dejó caer la pequeña llave dos
veces. Lilliana colocó sus pequeñas manos sobre las suyas y las estabilizó.
—No tenemos que hacer esto.
Los ojos de Lilliana reflejaban tristeza y un dolor que Tucker quería quitar.
—Como el infierno que no. Debemos estar juntos. —La mirada de Lilliana encontró la suya y él
habló con inquebrantable firmeza—. Tú me perteneces. Nunca dudes de mis decisiones de nuevo.
Tucker esperó la respuesta de Lilliana y justo cuando pensaba que tendría que darle una
azotaina, ella respondió:
—¿Esta es la parte donde digo, sí, Señor?
Tucker gruñó vigorosamente:
—Absolu-maldita-mente.
Tucker rodeó a Lilliana, le colocó la gargantilla y la cerró. Cuando hizo click y se bloqueó en su
lugar, hubo una finalidad en ello, una irrevocabilidad que ambos sentían. Lilliana estaba
atemorizada y podía ver el mismo terror en los ojos cafés de Tucker.
Para siempre. Ella ya lo había prometido antes, pero esta vez se sentía completamente diferente.
Se sentía más poderoso; más profundo. Los últimos dos días sin Tucker habían sido miserables como
nunca. Nunca había sentido con Adam la conexión que sentía con Tucker. Ahora esto; este collar, su
disciplina, su posesividad… Por más que trató de negar sus sentimientos, ella quería esto. Quería a
Tucker y lo necesitaba.
Verlo estacionar en el camino de entrada y no ir a él estuvo cerca de matarla. Quería abrazarlo,
pero estaba tan herida por sus acciones que no podía. Los últimos días habían sido insoportables sin
su contacto. Ella se había permitido una buena llantina y luego se negó a volver a hacerlo por temor
a no poder parar.
Pero aquí estaba ahora, colocando esta cosa alrededor de su cuello y diciéndole que no había
nadie más para él. Y sus ojos… eran tan sinceros y brillantes. Todos sus temores se desvanecieron y
le echó los brazos al cuello con tanta rapidez que una bocanada de aire terminó en los labios de
Tucker. Lilliana apenas había sido consciente de lo mucho que realmente lo quería hasta ese mismo
segundo. Se apretó contra él mientras su cuerpo se estremecía. Tucker se inclinó y su boca bajó
hacia la de ella en forma tan agresiva que apenas tuvo tiempo de respirar mientras su lengua
apuñalaba dentro y le acariciaba todas las superficies interiores.
Tucker metió la mano en otro bolsillo y sacó una correa, y el corazón de Lilliana dió un vuelco en
el pecho mientras la enganchaba en el anillo de O. Ella era verdaderamente suya ahora; su musa
para gobernar y dominar y, ella esperaba, a quien cuidar.
—Siempre he querido una mascota real, Lilly. Una que se rinda por completo a mí; una que
obedezca sin vacilar y sin lugar a dudas. ¿Va a ser esa mascota para mí?
La segura y habitual voz de Tucker había desaparecido y sustituida por una extraña voz frágil e
insegura para los oídos de Lilliana. Su necesidad era demasiado evidente, y su anhelo y el deseo
sexual por ella goteaba de su cuerpo tonificado. Los ojos de Tucker ardieron para ella quemando un
camino a través de su corazón. En ese momento, no quería nada más que complacerlo, pero el
miedo a la completa sumisión aún corría por sus venas.
Tucker leyó sus emociones y respondió.
—Ser sumisa no significa ser débil. Se necesita una persona fuerte para permitir que otro tome el
control. Quiero ser esa persona para ti. Quiero todo de ti y nada menos, Lilliana.
—Voy a hacer mi mejor esfuerzo —gruñó ella.
Tucker le dio su sonrisa secreta.
—Eso es todo lo que pido.
Pasó los dedos sobre la boca de Lilliana y los sumergió dentro, permitiendo que ella los chupara.
Sin dudarlo más, ella cerró los ojos y se entregó a sus deseos carnales y tabúes. Tucker le tiró de la
correa y la guió hasta el suelo justo delante de él.
—De rodillas —ordenó con ferocidad con su confianza ahora de vuelta con toda su fuerza.
Ajustó la correa firmemente sin holgura para tener el control absoluto de los movimientos de
Lilliana. Enroscó el extremo de la correa alrededor de su muñeca y se desabrochó el cinturón,
incitándola con su ritmo lento. Lilliana podía oírse a sí misma jadeando mientras esperaba
febrilmente para darle placer. Ella tragó con fuerza mientras él deslizaba su polla rígida hacia abajo
para encontrarse con su boca.
—Muéstrame lo mucho que me quieres.
La voz de Tucker, profunda y sensual, tenía una fuerza única que Lilliana no podía resistir aunque
lo intentara. Ella abrió la boca para Tucker y él rápidamente empujó atravesando su zona de confort,
por lo que se atragantó de inmediato. Ella se concentró y lo lamió, cubriendo su polla con una
gruesa capa de saliva mientras se preparaba para otra oportunidad. Ella puso las manos a descansar
en sus muslos, pero Tucker tenía otros planes.
—Las manos detrás de tu espalda —exigió.
Lilliana no preguntó por qué, simplemente obedeció, y los ojos de Tucker se iluminaron como
velas romanas cuando lo hizo. Ella abrió la boca de nuevo, y Tucker agarró su cabeza con ambas
manos preparándola para follarle la boca como ella sabía que él había estado ansioso hacer. Lilliana
se concentró y abrió la garganta a su polla, observando su boca lánguidamente. Ella lo hacía como él
quería, y no quería que fuera de otra manera.
Tucker se deslizó en su boca de nuevo, lentamente y con más paciencia, moviendo su polla
dentro y fuera. Los ojos de Lilliana se humedecían profusamente y la baba goteaba por la barbilla,
pero tiró toda la humillación por la ventana en su búsqueda para mostrarle cuánto quería
satisfacerlo. Con cada embestida, Tucker se sumergía más profundamente en su garganta hasta que
hizo tope con su verga. En la base de la garganta, el pene de Tucker latía y se hinchaba y su pulso se
aceleró con su excitación.
—Oh, Lilly —exhaló Tucker cuando su garganta se constreñía a su alrededor.
Puso los ojos en blanco cuando se retiró y una vez más se empujó en su boca. Tucker hundió los
dedos en el pelo de Lilliana mientras empujaba más y más rápido. Sus ojos se encontraron y él la
honró con su sonrisa lujuriosa, su conexión puramente sensual. Él estaba feliz y a ella le encantaba
ver la alegría en su rostro por haberle dado esto. Lilliana apretó los muslos juntos para tratar de
suprimir el dolor en su coño, pero los sonidos descuidados de su follada de garganta eran
abrumadores para ella.
—Eso es, mascota —gruñó, profundizando más aún.
Todavía enterrado profundamente en su garganta, sus movimientos cesaron y Lilliana pensaba
que se ahogaría, pero justo cuando llegó a su límite de falta de aire, Tucker se retiró y le permitió
respirar.
Cuando se recuperó, Tucker se abrió paso entre sus labios de nuevo. Justo cuando su garganta
volvió a apretarlo, se quedó quieto y su caliente, espesa y salada emisión golpeó la parte trasera de
su garganta mientras gritaba su nombre en voz alta. Ella sintió el movimiento de su respiración
entrecortada y los latidos de su pene y, aunque atragantada, se tragó su regalo.
—Eso fue increíble —gimió él arrojándose sobre la tumbona.
Lilliana estudió a Tucker mientras recuperaba el aliento. Estaba tan devastadoramente hermoso
en varios niveles; no solo física, sino intelectual y espiritualmente. Y ella le pertenecía a él por toda
la eternidad.
Tucker levantó suavemente a Lilliana del suelo y la llevó al dormitorio. Ella envolvió sus brazos
alrededor de su cuello, y su toque perturbó el equilibrio, pero la inestabilidad en su compostura que
le causó era bienvenida. La dejó a los pies de la cama mientras la desnudaba, acariciando cada parte
de su cuerpo que quedaba expuesta a él. La besó en el cuello y su sabor dominó todos sus sentidos.
—Oh, Tucker, gracias —suspiró Lilliana mientras Tucker continuaba chupándole su carne suave.
Con los labios apretados contra su clavícula, murmuró:
—¿Por qué?
—Por hacerme sentir como una mujer otra vez. Por esto —ella se tocó el collar.
El pulso de Tucker se aceleró con sus suaves palabras y se sintió obligado a arrasarla. La levantó
en sus brazos de nuevo y se dirigió rápidamente a la sala de castigos. Puso su cuerpo desnudo en la
cama bondage y hábilmente le puso los grilletes en las muñecas, tobillos y cuello en su lugar.
La respiración de Lilliana se hizo rápida e impredecible, por lo que Tucker se inclinó y le susurró al
oído.
—Shh, mascota. Voy a hacerte volar esta noche.
Tucker no podía dejar de notar los temblores que sus palabras enviaban a través de la piel de
Lilliana. Pasó levemente un dedo sobre sus pezones tensos y capturó uno en su boca mientras tiraba
del otro. Los gemidos de Lilliana inundaban sus sentidos.
—No hay música esta noche, Lilly. Solo el sonido de nuestra respiración y gritos de placer.
Lilliana asintió con entusiasmo. Tucker se paseó por el anaquel con los instrumentos de azote
básicos. Trajo un nuevo rebenque42
que estaba ansioso de probar y sonrió por su corta longitud.
—El tamaño justo —comentó, el rico timbre de su voz llenó la pequeña habitación.
A continuación, cogió una pluma, una tira de seda, una rueda de Wartenberg, y una venda para
los ojos. Tucker primero colocó la venda sobre los ojos de Lilliana, protegiéndolos herméticamente
de toda la luz.
—Quiero escuchar lo mucho que disfrutas de esto, Lilly. No ocultes nada. Quiero un montón de
adjetivos.
Las esquinas de la boca de Lilliana curvaron hacia arriba.
—Sí, Señor.
La polla de Tucker se crispó por la forma en que su boca formó la palabra Señor. Él parpadeó
varias veces antes de inclinarse para besarla. Estaba ansioso por hacer que la piel de Lilliana se
erizara, ardiera y sintiera un escalofrío de excitación. Deslizó su lengua desde el centro del vientre
hasta su monte de Venus donde dio un mordisco fuerte, haciendo que Lilliana chillara.
—Muy agradable —gimió ella.
Tucker tomó las plumas y las sacudió sobre las plantas de los pies y las subió desde las piernas a
su coño, haciendo que sus dedos se doblasen y la risa escapara de su garganta.
—Bueno, muy bueno —maulló Lilliana.
La seda vino después. Envolvió la larga hebra fina alrededor de un pecho y tiró con fuerza, luego
la dejó deslizarse sobre su piel antes de colocarla plana contra su mejilla para que pudiera sentir la
frescura de la tela.
—Oh, Tucker, se siente tan maravilloso —jadeó.
El cuerpo de Lilliana se retorcía y chillaba ruidosamente contra la cama. Ella tiró de las ataduras
alrededor de sus muñecas y la mirada ardiente de Tucker lo captó todo. Él estaba en otro lugar
mientras observaba la forma en que su cuerpo respondía a su toque. Tucker metió un dedo en su
agujero húmedo y lo giró alrededor solo para sacarlo rápidamente.
Lilliana rogó:
—Más por favor…
Tucker se rio entre dientes. Mierda, le encantaba oírla suplicar. Tomó el rebenque, lo golpeó
contra su vientre, suavemente al principio, luego aumentando a un ritmo rápido de ligero a
moderado dándole más abajo, sobre sus muslos y parte superior de sus pies. Lilliana silbó y jadeó,
gimió suavemente y sonrió. De repente, lo bajó duramente sobre sus labios inferiores haciendo que
Lilliana gritara por la sensación inesperada. Ella echó la cabeza hacia atrás y sacudió su cuerpo
violentamente.
—Dime lo que sientes —insistió Tucker.
—Delicioso, perverso… —balbuceó sin aliento.
42
En el original tawse, una especie de fusta de cuero pero ancha que se utilizaba como elemento de castigo en
escuelas escocesas. Tiene cierto parecido con el rebenque criollo, usado por los gauchos para espolear a los caballos.
—¿Qué más? —preguntó mientras extendía sus labios abiertos y le daba otro rebencazo liviano
sobre su clítoris.
—¡Oh, Dios mío! No sé… me duele. No… no es dolor. Se siente como si, no puedo describirlo.
¡Solo quiero más! —Lilliana gruñó mientras su cuerpo se arqueaba hacia el cuero de Tucker.
Tucker juró que podía oír los latidos del corazón de Lilliana en sus oídos. Él estaba totalmente
fascinado por su cuerpo desnudo y los sonidos de su respiración cuando abandonaba sus pulmones.
Tucker puso la boca junto a la de ella para poder sentir su aliento húmedo contra su boca. Sus
sentimientos hacia ella se intensificaban por momentos, y cuando el collar de metal brillante se
reflejaba en la luz, líquido preseminal goteaba por su muslo.
Tucker se apoderó de la rueda Wartenberg43
en su palma sudorosa y estabilizó sus movimientos.
La deslizó por encima de su pezón contraído, Lilliana tragó saliva y trató de apretar los muslos
juntos, pero las restricciones no lo permitirían.
—Sí, esa… esa cosa…
Tucker la hizo rodar sobre su otro pecho con más fuerza, casi penetrando la piel delicada
alrededor de su capullo apretado.
Lilliana se quejó en voz alta y empujó su pecho en él, haciendo que la rueda dejara una impronta
espectacular en su areola.
—Mi dulce Lilly, te ves tan impresionante en estos momentos. Dime, quiero saber lo que estás
sintiendo en este momento —declaró Tucker desesperadamente.
—Me siento como si estuviera flotando, arriba, arriba… ¡Oh, Tuck, por favor, fóllame! ¡Tómame
aquí! ¡Te quiero dentro de mí! ¡Por favor! —imploró Lilliana.
Tucker soltó la rueda y se subió a la cama, entre sus piernas, y se hundió en ella. Le arrancó la
venda para que pudiera verle sus ojos. La orla de sus pestañas, húmeda de sudor, echaba sombras
sobre sus pómulos mientras parpadeaba con rapidez tratando de adaptarse a la luz.
Tucker aferró la cabeza de Lilliana mientras la miraba fijamente a los ojos con brillo y le susurró
con una calma mortal:
—¿Puedes sentir el vínculo entre nosotros cada vez más grande, Lilly? ¿Puedes sentir lo fuerte
que es mi necesidad de ti? Puedo sentir tu necesidad de mí también, mascota. Me está ahogando,
apretando alrededor de mi garganta como una soga, y se siente tan jodidamente bueno estar sin
aliento.
Las palabras tensas de Tucker retumbaron en toda la sala y Lilliana casi sollozó su acuerdo. Con
sus palmas de las manos hacia abajo sobre el cuero y al lado de la cabeza de Lilliana, puso la oreja
junto a su boca para escuchar su murmullo aterciopelado.
—Vuela, mascota, y cuando lo hagas, di mi nombre en voz alta y clara.
Empujó y molió en sus profundidades apretadas, arrastrando a su cuerpo contra el cuero. La
respiración de Lilliana se profundizó y se detuvo, y luego se corrió, en voz alta y clara, sin duda…
—¡Tucker!
43
Instrumento formado por de 1 a 7 rueditas dentadas (parecidas a las rueditas para cortar ravioles) colocadas en un
solo eje, con un mango. Diseñadas por el Dr. R. Wartenberg para probar la normalidad de los nervios sensitivos en la
piel, adoptado para las prácticas BDSM.
La mente de Tucker entraba y salía de la realidad y, después de varios minutos de empuje
frenético y apasionado, obtuvo su liberación y su cuerpo se estrelló en la cama junto a ella. Con lo
último de su energía, la liberó de sus restricciones y tiró de ella casi con violencia sobre su pecho.
—Mi mascota —dijo en voz baja.
El aliento caliente de Lilliana tocó su oreja.
—Mi señor.
24.
Tucker y Lilliana habían caído en una informal pero intensamente caliente rutina sexual. Tres
semanas habían pasado desde su ceremonia privada del collar y todo el drama parecía haber
quedado atrás. Tucker estaba pasando más tiempo en casa de Liliana y encontró su armario
abarrotado de trajes caros. Lilliana sonrió mientras miraba la habitación que estaba teniendo un
aspecto masculino. Tucker había dejado su huella, no solo en su casa sino también en su corazón.
Ella pertenecía a él, y cada día y noche la pasaba pensando en él y en la manera de complacerlo.
Tucker era amable y gentil, y nunca se aprovechó de su dominio sobre ella. Cuando era
desobediente, él la guiaba a repensar sus acciones antes de usar la mano dura, y Lilliana estaba
agradecida por su paciencia con ella.
Baste decir, que su arrogancia había desaparecido también. No mucho, pero algo. A pesar de
permitir que la pequeña parte de su naturaleza sumisa saliera a jugar, sus bromas alegres y
sarcasmos seguían siendo un elemento fundamental en su relación, y Lilliana nunca dejaba que se
saliera con la suya siendo temperamental o demasiado agresivo sin decirle lo que ella pensaba.
Lilliana acababa de llegar del trabajo para encontrar violetas recién cortadas y calicós
cuidadosamente colocados en un florero sobre la mesa con una nota, un oso de color crema vestido
con elementos de bondage de cuero color lila y puños de cuero y encaje hechos a mano en las
muñecas. La sonrisa de Lilliana prácticamente iluminó la habitación cuando leyó la nota.
Hermosas flores para un alma hermosa, y los regalos sexuales para mi
niña traviesa. Tú, mi mascota, mereces solo lo mejor.
Tuck
Lilliana llevó las flores a su nariz y se hundió en la silla de la cocina acariciando con sus dedos la
suave nariz del oso. Una pequeña risa entrecortada escapó de sus labios y sin previo aviso, algo se le
vino a la cabeza. Amor. La garganta de Lilliana se contrajo. La palabra enviaba corrientes de miedo a
través de ella. Deslizó una mano hasta su estómago y sintió el temblor que la palabra
espontáneamente le había causado.
Su cabeza daba vueltas, corrió hacia la puerta principal y la abrió, jadeando con una
hiperventilación. Tropezando en el porche, se inclinó sobre la barandilla. Cuando por fin se calmó,
se rio de sí misma. ¿Qué ridícula estaba siendo?
Tomó las llaves del coche de Tucker y decidió realizar una visita no planeada a su oficina. Ella
tenía ganas de pasar sus próximos días de descanso juntos y tenía la esperanza de que pudieran
empezar su fin de semana temprano. La había llamado y avisado que estaría trabajando hasta tarde,
pero después de la pequeña semi-admisión a sí misma acerca de sus verdaderos sentimientos hacia
él, quería ver a su hermosa sonrisa.
Cuando Lilliana llegó, se puso a charlar con Ariel que estaba ansiosa por ir a otra noche de chicas.
Ya se habían reunido dos veces en dos semanas y estaba disfrutando de su nueva amistad. Cuando
Lilliana, Dana y Ariel habían salido encontraron divertido que Tucker hubiera tratado de colarse con
indiferencia a su pequeña fiesta. Cuando estuvieron achispadas, le habían exigido que haga un
striptease para ellas, pero no encontró su propuesta divertida y Lilliana terminó con un dolor de
culo durante dos días por sugerir tal cosa. Más tarde, sintiéndose culpable, Tucker le dio un baile
erótico privado y los azotes valieron la pena después del show y la follada a fondo que le dio.
Lilliana se oyó reír a carcajadas al recordarlo mientras se dirigía a la oficina de Tucker.
—Me han dicho que prácticamente te has mudado a vivir con ella. Supongo que realmente
siempre consigues lo que quieres. ¿Qué hay de lo que quiere la Sra. Norris?
Lilliana oyó la voz de un hombre desconocido mientras se acercaba a la oficina. Miró a través del
cristal para ver a Darren de pie cerca del escritorio de Tucker. ¿Por qué diablos estaban hablando de
ella?
—Lilliana quiere lo que yo le digo que quiera —resopló Tucker con furia en sus ojos.
El corazón de Lilliana se sacudió en su garganta y retrocedió hasta quedar fuera de la vista.
—¿Y lo que quieres es que te dé toda su tierra a ti?
—Eso no pasará. Todavía. Pero cuando se haga, te puedo asegurar que va a estar fuera del
mercado.
—Eso es lo que le dijiste a todo el mundo hace semanas. Ahora escucho que estás liquidando los
acres. Entonces, ¿cuál es el negocio, McG?
El pulso de Lilliana latía en los oídos con lo que estaba siendo testigo. Ella respiró hondo y lo
contuvo por temor a que se oyera su pesada respiración.
—¿Cuándo vas a aprender a ocuparte de tus propios asuntos, Schumacher? —gritó Tucker.
Darren se inclinó hacia el rostro de Tucker.
—Esa chica tiene que saber qué clase de hombre eres y que tus intenciones no son honorables.
Tucker empujó su silla hacia atrás y su rostro enrojeció.
—¡No tienes idea de cuales son mis intenciones con ella! Ahora, en serio, ¡vete a la mierda!
—Yo sé cómo trabajas y recuerdo lo que me dijiste: Que nada iba a interponerse en tu camino
para conseguir esa tierra. Supongo que has encontrado la manera de hacer que suceda, ¿no es así?
Lilliana vio con horror como Tucker se levantó y empujó a Darren en el pecho.
—Escúchame, solo voy a decir esto una vez: yo hago lo que sea para que el trabajo se haga. Si
tú…
Lilliana no podía oír nada más y echo a correr por el pasillo hasta el baño y se desplomó en el
suelo dentro de uno de los compartimientos. La bilis se elevaba rápidamente hasta la garganta y se
sintió terriblemente desdichada mientras se agarraba a los lados de la taza del baño. El olor de la
orina persistente en el lugar la abrumó y vomitó. Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a
salir.
No, no podía ser cierto. Tucker era honorable. Tucker se preocupaba por ella. Tucker amaba…
Lilliana se inclinó con fuertes nauseas. No se atrevía a pensar siquiera la palabra. No, ella era la
única que lo amaba, y no al revés. Se trataba de su tierra. Siempre lo había sido. Él se metió en sus
bragas y en su corazón pensando de qué manera podría joderle la cabeza para que le diera el
control de su tierra al igual que le había dado el control sobre su cuerpo.
Lilliana lloraba fuerte sin importarle quién la oyera. Ella lo amaba. Mierda, lo amaba. Lilliana tiró
del collar alrededor de su cuello a sabiendas de que no podía sacarlo sin la maldita llave que estaba
en posesión de Tucker. Tucker… ¡que se joda! Lilliana se levantó y golpeó sus puños contra las
paredes de la cabina. ¿Cómo podía ser tan condenadamente estúpida?
Lilliana oyó que la puerta del baño se abría y se sentó en el inodoro ahogando sus sollozos. ¿Y
ahora qué? Estaban prácticamente viviendo juntos.
—¿Lil? ¿Estás bien? —susurró Ariel desde fuera de la puerta.
—Umm… no me siento bien. Solo dame un minuto, por favor —sollozó Lilliana.
—Por supuesto.
Lilliana oyó el sonido de los tacones en el suelo de baldosas y de la puerta cerrarse. Su garganta
se apretó dolorosamente y le dolía la cabeza con una migraña inminente. Era una mentira —todo;
todo lo que Tucker le había dicho y hecho sentir. La sonrisa hipnótica de Tucker pasó ante sus ojos y
la ira la recorrió, oscura y fea. Corría por sus venas y su temperatura interna se elevó a un nivel
insoportable.
Lilliana salió de la cabina y se lavó la cara con agua fría. Lo que vio cuando se miró en el espejo la
asustó. Su rostro estaba desencajado y, de repente, se veía años mayor, la herida y traición yacían
desnudas en sus ojos. Una lágrima le colgaba en las pestañas inferiores y la tiró a la basura con un
nuevo propósito.
Podía jugar el juego de las mentiras, también. Ella había aprendido de los mejores: Adam y
Tucker. Habían sido sus mentores en el cruel deporte consumidor y arrasador de corazones y almas.
Pero ella no iba caer sin luchar. Sabía lo que Tucker quería, en el fondo: el control absoluto y total de
la sumisión de ella. Lilliana sonrió con malicia recordando su propia imagen y sintió el estruendo de
las náuseas en el estómago de nuevo por el aspecto enfermizo y malo de su cara. Ella parpadeó
largo y duro, manteniendo los ojos cerrados durante más tiempo del necesario. Esta nueva persona
en el espejo no era quién era ella; no era la que se crió para ser, y no era quien quería ser, pero se
enfrentaba a un futuro sin luz y sin Tucker y sin esperanza de recuperar el corazón roto por sus
mentiras.
Lilliana permaneció con la cabeza abatida formulando su plan cuando la puerta del baño se abrió
y Tucker intervino.
—¿Estás bien? Ariel me dijo que no te sentías bien —Su voz rezumaba preocupación y Lilliana
apretó la mandíbula con fuerza. Su mente gritaba que arremetiera contra él y le arrancara sus
hermosos ojos mentirosos.
Con los ojos todavía cerrados, respondió.
—Todo está bien. Solo me siento un poco enferma.
La cálida mano de Tucker le frotó un pequeño círculo en la espalda y su toque le puso la piel de
gallina. La bilis, espesa y caliente, le subió a la garganta de nuevo. Ella se encogió y se apartó para
dar arcadas sobre el lavabo.
—Mierda, Lilly. Tal vez debería hacer una cita con mi doctor.
Lilliana se enderezó y encontró el coraje para enfrentarse a él. Con los ojos descansando sobre su
pecho, todavía incapaz de mirarlo a los ojos ardientes, ella negó con la cabeza.
—Solo tengo que ir a casa y descansar —habló ella sin emoción.
—Eso suena como un buen plan. Terminaré aquí temprano y recogeré algunas cosas para ti,
mascota.
Mascota. Lilliana tragó el ácido que llegaba hasta la garganta por su expresión de cariño. Sí, eso
es exactamente lo que era para él —una mascota para llevar de un collar y mantener a sus pies.
Alguien a quien podía ordenar girar y palmear en el culo cuando no actuara adecuadamente. Y ella
fue lo suficientemente bruta para darle todo eso y más. Ella había querido ser esa mascota para él
porque se sentía que era digno de su sumisión y devoción. Nunca había estado más equivocada en
su vida y se odiaba por ello.
Tucker le alzó la cara con un dedo para mirarla a los ojos y ella se resistió.
—Te veré en casa.
Lilliana salió por la puerta con el ánimo por el piso, pero con la cabeza bien alta. Había una dulce
venganza en el menú que se iba a servir al estilo Lilliana Norris.
Lilliana parecía un desastre y el costado protector de Tucker la cubrió de pleno. Él todavía
estaba furioso por su conversación con Darren. Tendría que haberle dicho simplemente la verdad,
que amaba a Lilliana, pero lo había arrinconado y solo quería que Darren se fuera al infierno.
Tucker dejó de lado su conversación con Darren porque Lilliana necesitaba su atención en ese
momento. Había estado vomitando de acuerdo a Ariel y él esperaba que ella no se fuera a venir
abajo con una gripe. O tal vez… no. No podía ser eso, ¿verdad? El ritmo cardíaco de Tucker se
disparó ante la idea de que Lilliana estuviera embarazada. Ella le había dicho que tomaba la píldora
y le creyó sin llegar a ver la prueba. Ella no iba a mentir sobre algo así, ¿verdad? Las horribles
mentiras de Aubrey vinieron a su mente.
Tucker de repente no se sintió tan bien tampoco. Volvió a su despacho, reprogramó su última
reunión y envió un mensaje Lilliana.
McG: 14:43: ¿Cómo te sientes?
Tucker esperó más de lo que hubiera querido por la respuesta de Lilliana. Ella generalmente
contestaba al toque sus mensajes, pero esta vez esperó por más de media hora. Realmente debía
estar sintiéndose enferma o ¿por qué si no iba a tardar tanto si sabía cómo se sentía acerca de eso?
Lilliana: 15:07: Bien.
Tucker frunció el ceño. Su respuesta fue un poco demasiado brusca para su gusto.
McG: 15:09: ¿Has sido diligente con tu píldora?
Lilliana: 15:10: ¿WTF44
me preguntas? SÍ. Me tomo mi pastilla como una
buena pequeña mascota.
Una voz de advertencia susurró en la cabeza de Tucker que algo andaba mal. Sabía que no era su
momento del mes para su mal humor, así que no se debía a eso.
McG: 15:12: Solo preguntaba.
Lilliana: 15:14: Lo que sea. Incluso si estuviera embarazada, que NO LO
ESTOY, no esperaría que hagas nada al respecto.
Tucker se estremeció al oír la respuesta de Lilliana y marcó su número con rapidez. Sonó varias
veces antes de mandarlo al correo de voz. Perdiendo los estribos rápidamente, Tucker volvió a
marcar y Lilliana atendió al tercer timbre.
—No estoy embarazada así que no preocupes a tu preciosa cabecita al respecto —Lilliana
escupió.
—Jesucristo, ¿qué diablos te pasa? Era una pregunta sencilla. Sé que no te sientes bien, pero,
joder.
La respuesta de Lilliana salió en un arrebato de vehemencia.
—No, no era una pregunta sencilla. Era una acusación.
Tucker podía oír la furia cruda en la voz de Liliana.
La propia ira de Tucker ardía en su garganta.
—Entonces, ¿qué diablos es eso de que no esperabas que yo hiciera nada si estabas
embarazada? ¿Hablas en serio acerca de eso?
—Por supuesto. Yo puedo cuidar de mí misma y si tuviera que hacerlo, a mi propio hijo, lo haría
sin ninguna ayuda de ti o cualquier otra persona.
El shock de Tucker a la declaración de Lilliana pasó rápidamente a la furia.
—Está bien, escúchame: No sé qué coño te está pasando, pero yo no merezco esa mierda. Si
estuvieras embarazada, lo aceptaría y asumiría la responsabilidad de ti y de nuestro hijo. Pero eso
ya lo sabes, ¿verdad?
Fría y plana, Lilliana habló.
—Creo que debes permanecer en tu casa esta noche.
Tucker no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Todo esto por una simple pregunta? No, había algo
más que eso.
—Eso no va a suceder ni una mierda. Me voy ahora.
—No. Solo te veré en tu casa.
44
WTF: What the Fuck= ¡Qué mierda!
Lilliana cortó la llamada y Tucker se preguntó si ella realmente iba a aparecer, pero le dio el
beneficio de la duda y se dirigió lentamente hacia su casa. Quería tiempo para calmar los nervios
antes de tratar con su arrogancia. Cuando llegó, se quedó en su coche durante otros diez minutos
antes de entrar. Giró el pomo y cuando abrió la puerta, se quedó atónito en silencio total ante la
imagen que tenía ante él.
Lilliana estaba esperando junto a la puerta, desnuda, de rodillas y con la cabeza inclinada en una
pose perfecta de capitulación. Tucker estaba tan asombrado, su boca estaba abierta y las llaves
cayeron al suelo junto a sus pies.
—Lo siento, Mi Señor. Por favor, perdóname.
La voz de Lilliana era suave, dulce y pegajosa cuando salió de su boca, y su insolencia estaba
bien oculta. Ella había reaccionado impetuosamente cuando se enfrentó a la acusación de Tucker de
no tomar la píldora, y debería poner su plan en acción antes de lo que había previsto. Quería pasar
la noche sola, pensar bien las cosas y decidir si valía o no la pena el esfuerzo para tratar de engañar
y quebrar a Tucker, pero él había forzado su mano.
Cuando Lilliana oyó que sus llaves cayeron al suelo, supo que había dado en el clavo. Esto es lo él
quería más que nada: su absoluta e inquebrantable obediencia.
Tucker retorció los dedos en su pelo y su toque le desgarraba el corazón. Dios, cómo lo amaba.
¿Por qué le mintió? ¿Solo por dinero y un pedazo de tierra? ¿No era más importante que eso su
corazón, el amor y la lealtad? No. Todo era acerca de lo mucho que podía lograr y ganar. Lilliana
inhaló y se quedó inmóvil. No se iba a quebrar y seguiría con esto a toda costa.
Su cabeza se levantó con gracia y los ojos de Tucker ardían vívidamente.
—Dime lo que quieres de mí, Tucker. Haré cualquier cosa que desees esta noche. No hay límites.
No hay límites. Soy tuya para utilizar —La garganta de Lilliana estaba reseca y sus palabras salieron
ahogadas. Tucker frunció el ceño e inclinó la cabeza mientras sus ojos recorrían su cara durante más
de un minuto.
El susurro ronco de Tucker rompió el silencio.
—No entiendo. ¿Por qué ahora?
Lilliana no podía pensar, su corazón estaba demasiado herido y su mente estaba demasiado
nublada por la furia para formar una respuesta coherente. ¿Qué querría Tucker que diga?
—Porque es lo que quieres, y yo quiero lo que quieres.
Lilliana suprimió las náuseas que burbujeaban en su vientre de nuevo. Ella miró a los ojos color
caramelo de Tucker y creyó ver el amor reflejado en ellos, pero sabía que se estaba engañando a sí
misma. Ella lo amaba. Ella lo odiaba. Lo necesitaba. Ella lo detestaba. Era demasiado, no podía
seguir con esto… no…
Tucker se agachó y levantó Lilliana en sus brazos y ella hundió el rostro en su cuello, reprimiendo
las lágrimas, e inhalando profundamente el aroma que se había incrustado en sus recuerdos y su
piel. Envolvió sus brazos alrededor de su cuello, queriendo tanto mantenerlo cerca y como
estrangularlo hasta la inconsciencia.
Al entrar en el dormitorio, Lilliana preguntó qué perversiones había planeado para ella. ¿Una
flagelación o, posiblemente, una dura azotaina con una paleta? ¿Inmovilizada y amarrada hasta casi
matarme, tal vez? Tal vez, posiciones extrañas e incómodas que pondrían a prueba sus límites
físicos. ¿Juego de respiración? Dios, ella esperaba que eso no.
Tucker la acostó en la cama y se desnudó lentamente para ella. Los ojos de Lilliana vagaron sobre
el cuerpo al que pronto estaría diciendo adiós. Echaría de menos a sus tatuajes y a su firme cuerpo
apretado contra ella. Echaría de menos a su gusto y olor, su voz de mando, su intensa y protectora
mirada, sus amables elogios, su toque firme y suaves besos… Ella perdería absolutamente todo de
él.
Dinero. Tierra. Mentiras. Un malestar abrumador y un vacío recorrieron sobre Lilliana. Que se
joda. La rabia llegó de nuevo en un instante y Lilliana apretó los dientes. Se recostó sobre la cama
lista para la tortura que le iba a imponer pero, para su sorpresa, él simplemente se subió en la cama
y le hizo el amor dulcemente. Nada más; nada menos. Ella bloqueó todo y soñó con un tiempo
mejor; un tiempo en el que ella no sabía nada de sus mentiras y todavía creía que había un futuro
con él; un momento hace tan solo un par de horas cuando se dio cuenta de que podía amar de
nuevo.
Lilliana pasó por todos los pasos previstos dando quejidos, gimiendo, aceptando sus embestidas,
y gritando su nombre en éxtasis, a pesar de que no significara nada. Hicieron el amor dos veces más
esa noche y ella se dio a él de todas las maneras. Cuando él colocó la correa que había aprendido a
amar en su cuello, le costó mucho no llorar abiertamente a sus pies y pedirle una explicación. La
condujo hasta el pie de la cama, donde sus manos recorrieron su cuerpo susurrándole palabras de
agradecimiento y alabanza, mientras ella mantenía sus ojos en el suelo por temor a que su ira y
angustia brillaran a través de ellos.
Cuando se acostó a su lado, ella esperó a que el sonido de su respiración se hiciera profundo y
lento, y luego fue tropezando al cuarto de baño oscuro. Permitiéndose finalmente quebrarse, se
cubrió el rostro con una bata de toalla para amortiguar su miseria. Se duchó y se lavo todos los
rastros del mentiroso del que estaba locamente enamorada.
Lilliana apenas durmió esa noche a causa de sus sueños torturados, pero Tucker dormía como si
fuera un oso en hibernación. Alargó la mano hacia ella varias veces durante la noche, pero ella lo
rechazó, porque no quería más de sus caricias engañosas.
Un par de horas más tarde salió el sol y Lilliana abrió los ojos. Solo había dormido un total de dos
horas y se sentía cansada, rota y dolida. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y su cuerpo le dolía
por el amor apasionado que ella y Tucker habían hecho.
Los ojos de Tucker se abrieron parpadeando y los frotó con el dorso de la mano. Rodó sobre su
costado y sus ojos recorrieron su rostro.
—Estoy tan enamorado de ti —le susurró ensoñado mientras pasaba el dedo sobre los labios de
Lilliana.
Lilliana se enderezó. No. ¿Cómo podía ser tan cruel para decir una cosa así? ¿Qué clase de
persona era? ¿No era bastante malo que hubiera abusado de su confianza y arrastrado a la
sumisión, sabiendo todo el tiempo que la estaba engañando y mintiendo?
—¿Cómo te atreves? —le espetó disgustada con él.
—¿Qué? —Tucker se incorporó, confundido. Sus ojos buscaron los de ella buscando algún tipo de
aclaración.
El rostro de Lilliana era una máscara ceñuda de ira y dolor.
—¿Es esto parte de tu juego?
Tucker le lanzó una mirada estrecha y centelleante.
—¿Te digo que te amo y crees que estoy jugando contigo? ¿Qué demonios, Lilly?
—Sé acerca de tu plan para conseguir mi tierra y sobre tus mentiras —dijo bruscamente.
Las mejillas de Tucker se enrojecieron y la miró hacia abajo en la cama.
—No sé de lo que estás hablando.
La voz de Tucker era baja y desconcertada, y cualquier esperanza de Lilliana sobre la veracidad de
Tucker murió en el momento que vio la culpabilidad escrita en su rostro.
—Otra mentira. Escuché tu conversación con Darren. Te escuché. Él dijo que solo me querías por
mi tierra.
Los ojos de Tucker se agrandaron.
—No estoy contigo por esa razón.
—No lo negaste, ¿verdad? Le dijiste que hiciste lo que había que hacer —gritó Lilliana—. ¿Y todos
esos corredores de bienes raíces e inversionistas? Les dijiste que mi tierra ya estaba apalabrada, ¿no
es así?
—Sí, pero… ¿por qué no viniste a mí ayer después de que escuchaste esa conversación?
Lilliana no quiso responder a la pregunta.
Los ojos de Tucker se dispararon a los de ella cuando no respondió.
—¿Por qué? —dijo en voz alta.
—Quería venganza —respondió ella mientras su garganta se cerraba con la vergüenza.
—Así que ayer por la noche… ¿qué fue eso? —él preguntó con un filo de acero en su voz.
—Reembolso —dijo aún más suave. Sabía que su admisión le hizo igual de mal que a Tucker.
Tucker frunció el ceño pero, para su decepción, no estaba tan molesto como había esperado, y le
demostró que él realmente no tenía sentimientos por ella. Las lágrimas de Lilliana amenazaron con
ahogarla, pero pudo retenerlas.
—Solo mentí al principio de nuestra relación. El resto fue real —dijo finalmente.
—¿Solo el principio? ¿Se supone que me hará sentir mejor? Esa es la parte más importante. Esa
es la parte que me hizo creer en ti. Esa es la parte que me hizo confiar en ti. Ya te dije que la mentira
era un trato fundamental, Tucker. ¡Te lo dije de frente!
—Lilly… Debería habértelo dicho, pero… una vez me dijiste que yo nunca tendría que explicarte
mis acciones —La seguridad habitual en la voz de Tucker era apenas un susurro.
—Eso fue antes de saber que eras un mentiroso y un ladrón —se puso a llorar a pesar de que
tratando de contener las lágrimas.
Tucker hizo una mueca, como si hubiera sido asaltado físicamente.
—Nunca te robé.
—¡Y una mierda que no lo hiciste! Me robaste el corazón y más que eso, mi confianza. Te lo di
todo. Te di mi sumisión, algo que era muy difícil para mí hacer. ¡Dejé que me castigaras! Ojalá me
hubieras engañado, porque puedo superar ese tipo de traición. Pero mentirme como lo hiciste, y
por tanto tiempo… y hacer las cosas que me hiciste. Me heriste mucho peor de lo que Adam lo hizo.
Tucker abrió la boca y se tragó las lágrimas.
—No digas eso.
Más lágrimas cayeron lentamente por las mejillas de Lilliana.
—Conocí a tu familia. Dijiste que yo era diferente. Me dijiste que te pertenecía; que yo era tu
mascota —la dura voz de Lilliana se suavizó en un susurro entrecortado mientras ella continuaba
sollozando—: Lo dijiste siempre. ¿Todo para qué? ¿Un pedazo de la propiedad? ¿Dinero?
—Quise decirte todo eso y ¡te juro por Cristo que no te quiero por tu maldita tierra de Dios! —
gritó Tucker con desesperación posesiva con su voz ronca.
Agarró a Lilliana por los hombros y ella se sacudió y tiró de su agarre.
—¿Y se supone que debo creerte ahora? ¿Qué parte de nuestra relación era real, Tucker?
¿Cuánto de ello era falso? ¿Dónde comienzan y finalizan la mentira y la verdad? ¿Por lo menos lo
sabes ya?
Lilliana apartó la cara, incapaz de soportar la mirada en los ojos de Tucker. Quería creer que
hablaba en serio, pero ella sabía que no era más que un mentiroso y un farsante, y ella no era más
que una maldita tonta siempre por haber caído con el hombre del que todos le advertían. Él había
cortado su corazón, abrió su alma y la dejo al descubierto para que todos la vean.
—Soy una idiota —exclamó a sus manos—. Una idiota y una tonta con una mentalidad
pueblerina por pensar que ibas a querer algo más de mí que mi tierra.
Tucker alargó la mano y tocó a Lilliana con cautela.
—No digas eso, Lilly. Por favor, no llores…
Lilliana de repente se enfureció. Nunca había derramado una lágrima por este hombre, o
cualquier hombre. Contuvo las lágrimas y miró a Tucker.
—¿Quieres la tierra? Es tuya. Sabes que no puedo darme el lujo de mantenerla.
—Puedo pagar los impuestos por ti, mascota… —los ojos empáticos de Tucker y su tono
compasivo la enfureció aún más.
—¿A cambio de qué? ¿De mí? Te dije que no estaba en venta. ¡Mi amor nunca estuvo en venta!
Lilliana se levantó y frenéticamente comenzó a vestirse.
—Oh, Dios, Lilly, por favor, no te vayas así. Podemos solucionarlo —Tucker jadeó con pánico.
Lilliana rio sarcásticamente por la ridiculez de Tucker. ¿De verdad creía que tal cosa podría ser
pasada por alto? ¿Era un iluso por creer que sus mentiras podían ser perdonadas o era tan egoísta
como para pensar que iba a caer a sus pies a pesar de lo que había hecho?
—Elabora el contrato, Tucker. La tierra es tuya. Haz con ella lo que quieras. Véndete como una
puta y construye un complejo de apartamentos en ella como hicieron esos hijos de puta con la
tierra de tus padres. Vende el legado de mi familia, corazón frío, bastardo mentiroso. En cuanto a
nuestra supuesta eternidad, considérala terminada.
* * ** * *
Tucker se puso de pie, desnudo, expuesto y herido hasta el hueso.
—Tú mentiste, también. Jugaste con mis emociones y te entregaste a mi voluntad de manera
fraudulenta, así que no pretendas ser inocente en todo esto. Me enamoré locamente de ti y ahora
¿te vas? Arrancaste mi alma al admitir que lo de anoche fue una mentira. Eres tan falsa como yo. La
única diferencia es que seguiste adelante con tu plan; yo no lo hice.
Tucker se enojó con Lilliana por haber mentido tan gravemente. La noche anterior fue la mejor
que había experimentado con una mujer y todo era una mentira de mierda.
De repente se pudo imaginar cómo se sentía Lilliana y le dio asco de sí mismo.
Lilliana siguió vistiéndose y negándose a mirar a Tucker. Él solo quería ver sus exquisitos ojos
almendrados pero ella miró desafiante en cualquier lugar menos a él.
—Tienes razón acerca de que seguí adelante. Si me enseñaste algo, Tucker, fue a ganar a toda
costa, independientemente de quién se dañe. Pero estás equivocado acerca de que me entregué a
ti de manera fraudulenta. Me entregué a ti de buena gana como la tonta estúpida que soy —
respondió ella, con una voz fría y exacta.
Tucker no sabía qué hacer ni qué decir. Su mente daba vueltas fuera de control tratando de idear
planes y mentiras y formas de lograr que Lilliana se quedara. Mentiras. Eran las que lo habían
metido en todo este lío y, aún así, él quería mentirle para que se quedara. ¿Qué diablos le pasaba?
—¡Y este collar maldito! —Lilliana chilló de repente, tirando del metal brillante alrededor de su
cuello—. ¡Saca esta cosa sin sentido fuera de mí!
Una vez más, Lilliana conocía las palabras para hacerlo pedazos. No tenía sentido cuando él la
colocó alrededor de su cuello frágil y hermoso; realmente significaba la eternidad con él. ¿Por qué
no le había dicho la verdad antes de llegar a esto? Maldito fuera su orgullo.
—Sácamelo —gritó Lilliana cuando Tucker se quedó inmóvil.
—No lo haré —le susurró.
Lilliana miró horrorizada.
—¿No lo harás?
—Ya me has oído —declaró obstinadamente.
—¡Maldito seas! —gritó Lilliana, tirando de la gargantilla como un animal atrapado en una
trampa.
Tucker se puso de pie y trató de controlar sus acciones frenéticas antes de que ella se lastimara o
intentara morder su propia pierna. Lilliana gruñó y torció el collar alrededor tratando de encontrar
la abertura. Tucker extendió la mano y la agarró por las muñecas en un intento de calmarla, solo
quería abrazarla y calmar su dolor.
—Estás siendo irracional. Podemos resolver esto.
Lilliana se alejó con un grito de ahogo.
—No he pensado racionalmente desde antes de conocerte. ¡No has hecho nada, pero nublaste
mi juicio y jodiste mi mente desde el momento en que te enteraste que tenía esa tierra!
—Para, mascota, ¡detente! Te amo…
Lilliana se estiró y golpeó duramente a Tucker en la cara antes de que terminara de hablar.
—¡No te atrevas a decirlo! —gruñó Lilliana.
Tucker estaba traumatizado y aturdido, su mejilla caliente y hormigueante. Nunca había sido
golpeado por una mujer antes y le dolió, no solo físicamente, sino emocionalmente. Una angustia
que lo abrumó y lo hizo tropezar hacia atrás hacia la cama.
Lilliana jadeó ante sus propias acciones y miró mortificada. Lilliana alzó su mano y empezó a
llorar de nuevo cuando Tucker retrocedió aún más.
Ella cerró los ojos y tragó saliva, dejando caer la mano a su lado.
—Tú ganas, Tucker McGrath —suspiró pesadamente, con su voz llena de abatimiento.
Tucker se dejó caer en la cama. Eso era todo lo que siempre había querido oír toda su vida y
ahora las palabras se desgarraban a través de él dejando un rastro de destrucción a su paso. No
quería ganar así. No de esta manera.
—No quiero la tierra —balbuceó.
—Si no tú, entonces alguien más. ¿Es eso lo que realmente quieres? Alguien más a quien ganar,
Tucker.
Tucker se agitó. ¿Podría Lilliana realmente hacer una cosa así? Por la mirada en sus ojos, él sabía
que lo haría.
Lilliana dejó escapar un gemido torturado bajo.
—Una vez me dijiste que me arruinarías. Debí correr entonces, pero en cambio te he creído. Yo
creía en ti. Me enamoré de ti. Tú mantienes tu palabra, ¿no es así? Tú me has arruinado y yo soy
solo otra muesca en el cinturón con el que amas atar a las mujeres. Nunca voy a superar lo que me
has hecho. Nunca.
Tucker ahogó un sollozo, el conocer la admisión de Lilliana se torcía y giraba dentro de él. Él la
amaba también, con la clase de amor que nunca había experimentado antes. La necesitaba. Su
corazón pertenecía a Lilliana y nadie más podría acercarse a lo que le proporcionaba el tipo de
estabilidad y honestidad que ella tenía.
Una sensación sofocante le agarró la garganta. Ellos podrían resolver las cosas si ella se decidiera
a escuchar. Si ella lo hiciera… Tucker se sentó en silencio contemplando su próximo movimiento,
pero parpadeó y Lilliana se había ido. Su mascota realmente se había ido y no tenía a nadie a quien
culpar sino a sí mismo.
25.
Lilliana yacía en su habitación a oscuras, inmóvil. La interminable noche finalmente se había
atenuado en el amanecer. Se sentía inútil mientras estaba allí sintiendo lástima de sí misma.
Después de haber utilizado todo su tiempo de vacaciones después de su ruptura con Tucker, ahora
no tenía nada en reserva para los días en que se sentía como escondida dentro de su casa. Por
suerte para ella, comenzaba tarde y no tenía que trabajar hasta las 10:00.
Se arrastró fuera de la cama y se vistió de forma mecánica. Metiendo la mano en un cajón para
sacar un par limpio de bragas, encontró los bóxers de Tucker. Se quedó mirando la tela de seda y
contuvo las lágrimas de decepción. Debía haberse olvidado que él dejó unos pares extras en su
tocador. Se los llevó a la nariz, inhaló y el olor de Tucker provocó un profundo sollozo que retorció
su cuerpo. Los dejó caer y se mantuvo en el borde de la cómoda para apoyarse.
Desayuno. Eso es lo que ella necesitaba. Lilliana fue a la cocina y tostó un poco de pan. Era todo
lo que podía soportar. Se sentó a la mesa, el paquete de papel manila que había llegado por correo
dos semanas antes, le llamó la atención. Era la oferta que Tucker le había enviado por su tierra. Lo
deslizó hacia ella y sacó el papel para leerlo otra vez. 5,25 millones de dólares por todo el asunto —
la tierra, derechos de agua, y la casa. Ella podría retirarse con esa cantidad y viajar por el mundo
como siempre había querido hacer. Cogió un bolígrafo y trazó su firma en el documento sin sacar la
punta. Ella había pensado la propuesta una y otra vez, tratando de reunir el valor para decidirse.
Hizo clic en el bolígrafo, y salió la punta, y luego la retrajo de nuevo.
Ella respiró hondo y mordió la tostada seca sin mantequilla. Su estómago rugiente. Cinco
millones de dólares por el legado de su familia. No parecía suficientemente cerca. Lilliana puso mala
cara al porche y miró a su tierra. Le había costado el amor de su vida y ahora los arbustos de calicó
que ella adoraba tanto solo servían como un recordatorio de lo que Tucker le había hecho. La poca
nieve que había caído la noche anterior le dio al paisaje un aspecto fantasmal blanco. El tintineo del
carillón de Tucker le susurró al oído y ella dejó escapar un gemido patético. Su teléfono vibró en su
bolsillo, sorprendiéndola.
McG: 08:40 AM: Pasé por tu oficina. Me dijeron que empezabas tarde.
Tenemos que hablar de negocios. Estaré allí en diez minutos.
La boca de Lilliana se abrió en consternación. Ella no había visto o escuchado de Tucker en casi
seis semanas. Después de múltiples intentos de tratar de ponerse en contacto con ella, por fin
pareció darse por vencido.
Lilliana frunció la boca y metió su teléfono en el bolsillo. Solo tendría que salir antes de que él
apareciera. Agarrando su abrigo y el bolso rápidamente, corrió a su coche solo para descubrir la
batería medio muerta por frío. Maldita sea. Realmente a veces extrañaba la fiabilidad del Lexus.
Volvió a intentar encender el motor varias veces y bombear el pedal del acelerador solo para
escuchar el relincho y la queja al morir la batería de su vehículo clásico. Trató que la batería
recargara, esperó un momento. Justo cuando ella giraba la llave y bombeaba el pedal del acelerador
de nuevo, hubo un fuerte golpe en su ventana. Lilliana se apoyó de su volante, pero no se atrevió a
mirar por la ventana.
—Lilly —la profunda voz de Tucker se amortiguó.
Lilliana ignoró su voz y giró la llave de nuevo solo para ser negada por el sonido de click rápido.
De todos los días, ¿por qué hoy?
—Tenemos que hablar, Lilly —dijo Tucker más firmemente.
Lilliana quedó inmóvil, mirando fijamente hacia adelante. La puerta del coche se abrió y ella se
estiró para cerrarla, pero Tucker ya estaba arrodillado a su lado.
—Lilly, por favor. Esto es importante, de lo contrario no te habría molestado.
Sin decir una palabra, Lilliana se desabrochó el cinturón y salió del vehículo. Se dirigió hacia el
porche con Tucker detrás de ella. Mientras que abría la puerta principal, sintió una mano en la parte
baja de su espalda y Lilliana se dio la vuelta para mirar a Tucker con enojo. ¿Quién demonios se
creía para estarla tocando?
—No hagas eso de nuevo —afirmó con una frialdad poco disimulada colgando de sus palabras.
La boca de Tucker se crispó en una mueca. Lilliana volvió rápidamente la mirada, incapaz de
soportar la visión de sus ojos luminosos que se escondían detrás de las ojeras sin quebrarse.
Cuando entraron, Lilliana señaló hacia la mesa de la cocina y Tucker se sentó. La forma en que
estiró sus largas piernas casualmente, hizo que a Lilliana le resultara difícil concentrarse cuando los
recuerdos de su tiempo juntos inundaron su cerebro. Maldición, era hermoso.
Lilliana se sentó justo enfrente de él y empujó la barbilla y se obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Qué es?
Tucker golpeó la oferta que aún estaba abierta sobre la mesa.
—Esta oferta ha caducado. Mi nueva oferta es de cuatro millones de dólares.
Tucker habló tan cruelmente, que Lilliana se preguntó cómo podría jamás haberle encantado.
—Vale más que eso —Lilliana casi gritó.
—Bueno… 3.750.000 —Los ojos y la expresión facial de Tucker se mantuvieron sin emociones, ni
odio, ni amor, solo frío y nada.
Lilliana se levantó y cerró la mano sobre la mesa.
—¡Pedazo de mierda vengativo!
Tucker se estremeció y parpadeó varias veces.
—3.5 millones de dólares y puedes mantener la casa y cinco acres. Esa es mi oferta final.
Un destello de dolor, soledad e ira apuñalaron el corazón de Lilliana. Alargó la mano y abofeteó a
Tucker sobre su pómulo esculpido y sus ojos caramelo parpadearon largo y duro, pero su mirada
penetrante nunca la abandonó.
—Aprovecha la oferta, Lilliana —afirmó en voz baja.
Lilliana se dejó caer en la silla de la cocina, derrotada. La expresión de Tucker era sombría
mientras la miraba.
Sintiéndose totalmente miserable, Lilliana cerró los ojos.
—Te odio —Ella no estaba segura de si había hablado en voz alta o simplemente pensado.
—No, no lo haces. Te odias a ti misma por caer por mí. Conozco la sensación.
Lilliana levantó la vista y lo vio mirando hacia atrás, ya no estaba en blanco, pero si sombrío y
triste. Así que ella le había afectado después de todo. El efecto de la expresión triste y las palabras
de Tucker fue demoledor.
Las cejas oscuras de Tucker se inclinaron en un ceño fruncido.
—Por si sirve de algo, yo todavía te quiero.
—El único tipo de amor que conoces es por el dinero y tú mismo —Lilliana se atragantó, con la
mirada nublada por las lágrimas.
—Te equivocas, Lilly.
Lilliana inclinó la cabeza y señaló hacia la puerta.
—Vete.
Tucker se puso de pie de mala gana y se dirigió hacia la puerta. Sus movimientos eran rígidos y
torpes. Sus pasos se desaceleraron cuando llegó a la puerta, tomando una última larga mirada
alrededor de la habitación y al carillón de viento.
—Voy a enviar la documentación inmediatamente. Lilly… yo… —suspiró profundamente y
sacudió la cabeza—. Adiós.
El invierno estaba resultando ser un tiempo frío y miserable ese año. La Navidad estaba tan
solo a unas semanas de distancia y Lilliana temía pasar las vacaciones sola. Dana se había ofrecido a
llevarla hacia el sur para reunirse con su familia, pero Lilliana había rechazado la amable oferta. Ariel
también había tratado de convencerla a pasar el fin de semana en Nueva York con ella, pero el
sonido de las excavadoras en la distancia era demasiado molesto. Las pesadillas de Lilliana llegaban
a un ritmo alarmante y no estaba consiguiendo dormir.
Ella comenzó a tomar el camino lateral para salir a la carretera principal para evitar ver la
actividad que se llevaba a cabo en su tierra. Corrección, en las tierras de Tucker. Lilliana se erizó ante
la idea y se preguntó si su madre estaría orgullosa de los logros de su hijo ahora; 100 hectáreas a
cambio de un corazón quebrantado y torturado.
Lilliana se obligó a colocar las decoraciones de Navidad de Margo y estaba en el proceso de
colgar una gran corona de flores hechas a mano en su puerta cuando oyó un coche que venía hasta
su entrada. Se dio la vuelta para ver un verde oscuro VW Golf levantando la nieve y el polvo antes
de finalmente detenerse.
Lilliana bajó a tierra cuando una fría ráfaga de viento barrió por delante de ella. Cuando la puerta
del coche se abrió, Mason salió.
El estómago de Lilliana se revolcó, pero cuando vio una sonrisa dibujada en su rostro, ella se
sintió inmediatamente cómoda.
—¡Lilly! ¡Te ves increíble! —Mason gritó a través del viento fuerte.
Él la tomó en sus brazos y su olor casi la hizo caer de rodillas. Era la misma colonia que usaba
Tucker. Se echó hacia atrás y los ojos de Tucker la estaban mirando.
Lilliana tragó saliva con fuerza y contuvo las lágrimas.
—¿Qué es, cariño? —preguntó Mason, mirándola preocupado.
—Tú, te pareces tanto a Tucker. Y el olor…
—Oh, Lilly. Lo siento.
—Estoy bien. De vez en cuando me doy cuenta de que en realidad terminamos, pero, realmente
estoy bien —mintió Lilliana.
Mason levantó las cejas y la miró.
—¿Se supone que debo creer eso?
Lilliana se encogió de hombros y lo llevó dentro de la casa.
—¿Por qué estás aquí, Mason? —Lilliana finalmente preguntó mientras se quitaba el abrigo.
Sacó una carta de su bolsillo y se lo entregó a Lilliana. Tenía el nombre de una empresa en la que
no estaba familiarizada y rápidamente abrió. Era un cheque por poco menos de 10.500 dólares. La
boca de Lilliana se abrió. No recordaba haberse registrado en ningún tipo de lotería postal. Lilliana
revisó el cheque buscando algún tipo de revelación de información, pero no pudo encontrar nada
de importancia.
Sostuvo el cheque a Mason.
—No entiendo.
—Sabes tanto como yo. Estaba en el escritorio de Tucker con tu nombre y dirección, y las
estampillas. Pensé en dejártelo haciendo de correo.
—¿Por qué?
—Porque quería hablar contigo y me pareció una buena excusa. Mira, Lilly, sé lo que Tucker te
hizo, me dijo todo y yo no voy a poner excusas para sus acciones. Pero… ah, Diablos, Lilly. Tucker es
un desastre. Ha estado así por un tiempo. No dejaba de pensar que iba a olvidarte y seguir adelante
como lo hizo con el resto, pero esta vez es diferente.
Lilliana estaba pérdida en las palabras. Sacudió la cabeza y examinó el suelo.
—Yo amo a mi hermano, Lilly. Él es un buen hombre, aunque, tenaz y muchas veces lleno de sí
mismo. Él nunca lo admitirá, pero te necesita. Está torturándose a sí mismo más de lo que hizo. ¿No
puedes ir a hablar con él? Está herido.
Los ojos de Mason pedían que Lilliana mostrara simpatía y ella se emocionó con la sinceridad en
sus acciones. Ella arrastró el cheque entre sus manos y todos los rastros de la resistencia se
desvanecieron. El cheque en sus manos había servido como excusa a Mason para hacerle una visita
y ahora podría servir para el mismo fin, para que ella hablara a Tucker. Necesitaba una explicación
acerca del cheque de todos modos. La bondad de Mason la tocó y si no, por cualquier otra razón,
ella hablaría con Tucker en nombre de Mason.
—Sí. Voy a hablar con él.
Mason dejó escapar un suspiro exagerado en voz alta.
—Gracias, Lilly.
Tucker tenía la cabeza enterrada profundamente en el papeleo. Estaba con serias carencias de
sueño y las próximas vacaciones estaban causando estragos en sus nervios. Su consumo de cafeína
se había duplicado en el último mes y medio, y el nerviosismo había comenzado a convertirse en
parte de su rutina diaria.
Tucker miró alrededor de su escritorio frenéticamente. ¿Dónde demonios estaba el cheque para
Lilliana? Podría haber jurado que lo puso al lado del calendario. Tucker apoyó los codos en la mesa y
el puño en su cabello. No podía mantener pensamiento recto en su cabeza de mierda más. Maldita
Lilliana Norris y condenados 112 acres. Pulsó el botón del interfono para preguntar a Ariel si ella
había enviado por correo el cheque, pero decidió no hacerlo. Ariel y Lilliana se habían acercado
mucho en los últimos meses y ya había tenido más que suficiente de su actitud desagradable desde
que cortó con Lilly.
Tucker empujó su silla hacia atrás con violencia lejos de su escritorio y se levantó. Mirando por la
ventana a los edificios cubiertos de nieve, sonrió. Perdió a Lilliana, pero se consolaba con el hecho
de que ella mantendría su tierra y haría algo de dinero en ella, también. Claro, él estaba solo y
miserable, pero Lilliana tendría siempre la tierra de su familia.
—¿Tuck?
Tucker inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Podía todavía oír su voz suave y baja, como si
estuviera en la habitación con él.
Sintió un tirón en la manga de su chaqueta y giró su cuerpo alrededor.
—¿Tuck?
Lilliana realmente estaba en la habitación. La boca de Tucker se abrió y sus ojos rápidamente
evaluaron su cuerpo. Ella estaba absolutamente y jodidamente perfecta. Su pelo había crecido por
lo menos cuatro pulgadas y estaba sobre sus orejas en un corto flequillo que se sacudía por el
viento hacia un lado. Llevaba un suéter de color crema apretado por debajo de un abrigo de
invierno acolchado de color rosa y botas de piel de oveja altas.
La boca de Tucker se volvió insoportablemente seca y sentía que había estado masticando polvo.
—No te oí entrar.
La cara en forma de corazón de Lilliana tenía un brillo saludable y sonrió tímidamente. Justo en
ese momento, la polla de Tucker se crispó en respuesta. Maldición si esa boca no lo conseguía todo
el tiempo.
—Solo vine a hablar contigo acerca de este cheque que recibí hoy. No entiendo de qué es.
Tucker vaciló, parpadeando con desconcierto.
—¿Cómo lo conseguiste?
—Mason me lo llevó.
Mason. Por supuesto. Él había estado mirando cuando se detuvo para visitarlo. Toda la familia de
Tucker estaba preocupada por su bienestar y habían estado llamando sin parar a comprobar si
estaba bien. Él los amaba por ello, pero se estaba convirtiendo en una maldita molestia.
—¿Cuál es tu pregunta? —preguntó Tucker mientras sus ojos se posaron en sus pechos. Era difícil
para él permanecer coherente cuando Lilliana estaba tan cerca de él.
Lilliana recalcó cada palabra.
—¿Por qué es?
—¿Qué quieres decir? Es tu cheque de participación en las ganancias.
Las pestañas de Lilliana se levantaron y su mirada se clavó en Tucker. ¿Acaso no sabía lo que
había firmado?
—Lilly, actúas como si estuvieras sorprendida. ¿No has leído el contrato antes de firmarlo?
—Bueno, no exactamente. Todavía estaba muy molesta contigo y… pensé que la vendí. Recibí el
cheque grande, las cinco hectáreas y la casa.
Los pechos de Lilliana levantaron y cayeron bajo su respiración trabajosa y emocionada, y Tucker
negó con la cabeza obligándose a concentrarse.
La voz de Tucker tomó un tono disciplinario.
—Siempre debes leer antes de firmar.
Lilliana rodó los ojos.
—Soy muy consciente de eso, te doy las gracias. No necesito una conferencia del profesor
McGrath.
La boca de Tucker se levantó en una sonrisa torcida. Había echado de menos su sarcasmo.
Lilliana dio un respingo y sus ojos se posaron en su boca. En ese instante, los labios de ella se
abrieron y Tucker pudo oír la fuerte entrada de aire. Su sonrisa. ¿Cómo iba a olvidarlo? Era su arma
secreta.
Tucker trató a mostrar sus dientes sin ser obvio.
Lilliana parpadeó varias veces y su mirada se volvió vidriosa.
—Así que… ¿el reparto de beneficios? ¿Te refieres a que la tierra sigue siendo mía? Pero ¿qué
pasa con el gran cheque?
—El gran cheque era por el arrendamiento de la tierra durante cinco años. Era el pago por
adelantado para cubrir el alquiler de la misma. El cheque más pequeño es parte de la participación
de utilidades de los cultivos orgánicos que se cultivan y se cosechan allí. Recibirás los cheques
trimestralmente. Después de cinco años puedes optar por renovar el contrato a Granjas Globales o
finalizarlo.
Lilliana se lanzó a una de las sillas frente al escritorio.
—Pero lo hiciste sonar como si estuviera vendiendo mi tierra. ¿Por qué hiciste eso? —Susurró a
través de una voz tensa y frágil.
Tucker se sentó en el borde de la mesa, viendo como las emociones de Lilliana jugaron en su
rostro.
—Debido a que todavía estabas enojada conmigo y yo sabía que no querías escuchar nada de lo
que tenía que decir. Mentí para que yo pudiera llegar a que tú, al menos, miraras por encima el
contrato. Supuse que lo sabías. Diablos, lo firmaste.
—Pero… ¿qué pasa con el contrato original? —miraba a Tucker, desconcertada.
—Eso fue solo un marcador de posición hasta que resolviera todo. Yo no quería que recurrieras a
otra persona para vender tu tierra antes de que pudiera obtener los detalles organizados.
—¡Eso es tan engañoso! —el temperamento de Lilliana estalló—. ¿Qué hubiera pasado si yo lo
hubiera firmado?
—Yo no habría hecho nada con él. Y, honestamente, sabía que no lo harías.
Lilliana se puso de pie y se paseó por la oficina, murmurando algo ininteligible en voz baja.
—¿Por qué, Tucker? Después de todas tus mentiras, ¿por qué me ayudas de esta manera? —
preguntó ella, volviendo la cara lejos de él.
Tucker tragó saliva y logró una respuesta débil pero completamente sincera.
—Porque te amo.
Lilliana se dio la vuelta y se enfrentó a él con una mirada de rechazo.
—¿Quieres decir que me amabas?
Tucker negó con la cabeza lentamente.
—No. Amo: tiempo presente.
Las piernas de Lilliana se tambalearon y Tucker pensó que estaba a punto de caerse. Se abalanzó
hacia ella y la tomó en sus brazos. El calor de su cuerpo y el olor divino lo dominó y su corazón cayó
a sus pies y, de pronto se sintió débil en las rodillas también.
Lilliana hizo un mohín con su labio inferior y apoyó las manos en su pecho.
—No lo dices en serio. Me mentiste.
—Sí, lo hice. Ojalá no lo hubiera hecho. Diablos, mi vida sería más fácil si no lo hubiera hecho.
Pero ganaste mi corazón mucho antes de lo que piensas; en algún lugar entre el crujiente de
manzana y el refugio de animales. Tal vez incluso antes, si soy completamente honesto conmigo
mismo.
El sol brilló en los ojos de Lilliana reflejando asombro.
—Eso fue casi el principio.
—Traté de decirte eso. Esa conversación con Darren… yo estaba tan cabreado que él viniera a
exigirme una explicación. Sentí que no le debía nada, así que no negué sus acusaciones. Debería
haberlo hecho. Todos los días me arrepiento de no haberlo hecho, pero mi maldito orgullo no me
dejó.
Lilliana permaneció sin habla por un breve momento.
—Esa noche que me entregué a ti, ¿por qué me la hiciste fácil?
Tucker ladeó la cabeza y frunció el entrecejo.
—La sumisión es un regalo, Lilly, y nunca me aprovecharía de eso. El hecho de que hayas dicho
sin límites fue suficiente para mí. Tú me arruinaste, también, Lilly.
Lilliana negó con la cabeza, tratando de procesar las palabras de Tucker.
—Ya que me estoy sincerando contigo, también debo admitir que esas galletas que comiste no
eran realmente la receta de mi madre. Las compré en la tienda —Tucker sonrió con aire de
culpabilidad.
Los ojos y la expresión de Lilliana se suavizaron. Rodeando sus brazos sobre los hombros de
Tucker, le acarició los fuertes tendones detrás de su cuello.
—Ya lo sabía, pero no quería herir tus sentimientos diciéndotelo.
La boca de Tucker se curvó hacia arriba en una sonrisa de esperanza.
—¿Podemos empezar de nuevo, Lilly? ¿Desde el principio, pero sin mentiras?
—Sí, quiero. Te he echado mucho de menos, Tuck —la voz de Lilliana se quebró con tristeza.
Tucker sintió una cálida corriente a través de su cuerpo que se inició con un zumbido en su
cerebro y terminó en un hormigueo en la punta de los dedos del pie.
—Lilly del Valle… dime que esto no es otro sueño cruel. Dime que realmente estás aquí de pie
diciendo que vamos a intentarlo de nuevo. —le resultaba difícil ocultar la desesperación en su voz,
mientras trataba de mantener la calma.
—Sí, trataremos de nuevo, desde el principio. Tu. Yo. Nosotros. Una vez más. —Los ojos de
Lilliana se centraron en la boca de Tucker y sus brazos se sujetaron al cuello con más fuerza.
El ego de Tucker fue reparado cuando sintió su excitación y vio la aceptación en sus ojos que él
había perdido como el aire en sus pulmones.
Tucker infló su pecho y sonrió con un aire de confianza.
—Estás loca por mí.
Lilliana arrugó la nariz.
—Si por estar loca quieres decir que quiero darte una bofetada de revés en tu pendenciero…
—Deja de hablar, Lilly —susurró Tucker con su boca cada vez más cerca a la de ella.
Lilliana sonrió y abrió la boca, pero no para hablar sino para aceptar su beso carnal. Tucker le
mordió el labio inferior, y sopló en su boca…
—Mi mascota.
Epílogo.
Tucker esperaba impaciente en el altar, con los ojos fijos en la puerta al otro extremo del
pasillo. Detestaba esperar y ahora, justo hoy, estaba esperando a su futura esposa. Lilliana se estaba
tomando demasiado tiempo y empezó a preguntarse, ¿no sería la víctima de una novia fugitiva? La
música de entrada se detuvo y reinició tres veces. Todo el mundo estaba mirándolo en busca de
algún tipo de respuesta, pero no sabía qué demonios estaba pasando más que los invitados. Los
ojos de Darren se abrieron y se encogió de hombros cuando Tucker lo miró en busca de algún tipo
de simpatía. Se alegró de haber arreglado las cosas con él, ante la insistencia de Lilliana, por
supuesto.
La música empezó una cuarta vez y una voz socarrona en la cabeza de Tucker martilleaba su
decisión. Él perdió la paciencia y se dirigió pisando fuerte por el pasillo hasta la habitación de atrás
en donde Lilliana se escondía. Lanzándose a la puerta abierta, encontró a Lilliana sentada en el
suelo y murmurando incoherencias. La irritación de Tucker se desvaneció, la tomó en sus brazos y la
abrazó fuertemente.
—Mi dulce, Lilly…
—Oh, Tucker… —ella sonrió con afectación con los ojos llenos de lágrimas.
—Cristo, mascota, cálmate. Solo respira.
Él la observó con atención mientras ella seguía sus instrucciones y su agitada respiración se
calmaba lentamente. Se puso de pie, la ayudó a levantarse y la condujo hasta un largo sofá. El temor
que exudaba ella era desgarrador. ¿No quería casarse con él? Él sabía que lo amaba, así que ¿por
qué la duda? Ella solo se había permitido mostrar su nerviosismo en algunas ocasiones durante la
planificación, pero nada en este sentido.
—Explícame cómo funciona ese cerebro sobredimensionado que tienes. Mi collar alrededor de
tu cuello está bien, ¿pero mi anillo alrededor de tu dedo te está haciendo vacilar? ¿Cómo diablos
funciona?
Lilliana movió los hombros en un gesto de confusión, como si ni siquiera ella misma supiera la
respuesta. Ella sonrió, pero el terror en sus ojos era demasiado evidente.
—Te amo, por favor no cuestiones eso. Es que… ¿por qué tenemos que firmar un pedazo de
papel para probarlo?
—Quiero que tú y nuestros niños tengan mi nombre —le guiñó un ojo. Tucker mostró sus
dientes, tratando de ponérselo fácil. Funcionó cada vez que lo hizo y esta vez no fue diferente. Los
ojos de Lilliana se trasladaron a la boca y suspiró.
—Dios, tienes los molares increíbles —susurró.
—No nos olvidemos de mis premolares.
—Sí, ellos, también —Lilliana rio.
—Entonces ¿vamos a seguir adelante con esto? —preguntó Tucker, arqueándole una ceja.
Los ojos de Lilliana se abrieron como si hubiera olvidado momentáneamente por qué estaban
allí. Tucker se estaba poniendo más impaciente que nunca, pero no quería presionarla.
—¿Cuándo supiste que me querías? ¿Quiero decir que realmente me querías? —preguntó
Lilliana.
Tucker sabía la respuesta, sin siquiera tener que pensar:
—En el momento en que vi esos ojos misteriosos en el consultorio del dentista. —le levantó la
cara hacia él y le dio un beso en la frente—. Cuando me dijiste que no podías imaginar la cantidad
de folladas que quería darte y que no me darías. —otro beso en la comisura de la boca—. La
primera vez que me permitiste azotarte ese culo celestial que tienes —le pasó la lengua por los
labios—. Cada vez que compartimos una cama y te quedaste en mis brazos —le metió la lengua en
la boca—. Cuando aceptaste mi collar —su boca se aplastó en la de ella brevemente—. Pero el
verdadero momento fue cuando me dijiste que podríamos intentarlo y empezar de nuevo. Entonces
supe que serías mía hasta que la muerte nos separe.
Por fin, le puso la mano detrás de su cuello y la arrastró en un posesivo beso, enterrando su
lengua profundamente dentro de su boca. Lilliana jadeó mientras sus labios se separaron, con los
ojos todavía cerrados.
—Te amo, Lilly del Valle, y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Pero no te estoy diciendo
nada que no lo sepas ya, ¿verdad?
Los ojos de Lilliana se abrieron parpadeando.
—No, no lo estás. Pero… tal vez solo podemos permanecer perpetuamente comprometidos.
Permanentemente prometida. Eternamente obligada por una promesa. Comprometida hasta el final
de los tiempos…
Tucker ya había oído suficiente. La súplica de Lilliana fue detenida bruscamente cuando él se
puso de pié inesperadamente. Con un movimiento fluido, la agarró y puso a la novia por encima de
su hombro, con su brazo por encima de la parte posterior de sus piernas para sostenerla con
firmeza en su lugar. Él estaba tomando a su novia, de una manera u otra. Lilliana iba a ser suya para
siempre.
—¡Tucker, espera! —Lilliana gritó sin aliento mientras los rebotes le comprimían el
diafragma y la hicieron incapaz de pronunciar una oración completa.
—Ya he terminado con esta espera de mierda. Haremos esto. Te amo, ahora deja de hablar.
Lilliana jadeó y trató de zafarse del agarre de Tucker retorciéndose, pero sus musculosos brazos
eran demasiado fuertes. No había manera de evitar que realmente la arrastrara por el pasillo
encima del hombro como una especie de Neanderthal, ¿verdad?
Oh, Dios, lo era.
Tucker pateó la puerta abriéndola y el coro de On Top of the World por Imagine Dragons
comenzó a sonar rápidamente y las voces de la gente se calmaron. Rostros de algunas personas
miraban sorprendidos, consternados algunos, pero la mayoría divertidos. Un bajo sonido de alegría
se fue acumulando en la entrada de la sala y se convirtió en risas fuertes que resonaron en todo el
lugar. Lilliana sonrió tímidamente a unas pocas personas. Tucker sabía exactamente cómo hacer una
gran entrada.
Al acercarse el cortejo nupcial, dos gritos rugieron sobre la multitud. Fueron Mason y Gavin.
Aparentemente estaban muy entretenidos por las travesuras de su Gran Hermano cavernícola.
—¡Lleva a tu novia! —gritó Mason.
—¡Tómala, Tuck! —bramó Gavin.
Tucker bajó a Lilliana y la puso en pie con cautela y enderezó su vestido sin tirantes de color
crema con encaje y le alisó el ahora despeinado, pelo largo hasta los hombros, y le reajustó el velo.
La multitud estalló en aplausos y el rostro de Lilliana ardía de un color rojo brillante. Las grandes
manos de Tucker le tomaron la cara con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Ni siquiera pienses en correr —él levantó una ceja.
Lilliana sintió un toque detrás de las costillas y oyó las risitas de Dana y de Ariel.
Mirando fijamente a los ojos de Tucker, Lilliana se perdió y la habitación quedó en silencio. Él era
un buen hombre, atento… y tan condenadamente apuesto. Se fijó en su imagen elegante mientras
permanecía de pie mirándola con cautela en su negro esmoquin y corbata azul pálida. A instancias
de Lilliana, se había cortado el pelo para la ocasión especial y su corte peinado en capas le daba un
aspecto muy atractivo. Como las palabras del ministro zumbaban en segundo plano, se preguntó
qué sentiría al pasar sus dedos por su pelo corto y sentir sus labios sobre los de ella mientras
tomaba oficialmente su nombre.
Recordó lo herida que se había sentido cuando se enteró de sus mentiras, pero ahora, al ver la
mirada de amor reflejada en sus ojos, dejó que todo se fuera. Ella sabía que Tucker nunca le haría
daño así otra vez ni de la forma que se lo hizo Adam, y que sus destinos estaban unidos para
siempre. Ellos estaban destinados a ser, en verdad, para toda la eternidad.
Iban a envejecer juntos en la tierra de su familia, y en el hogar que Tucker había renovado para
dar cabida a la gran familia que querían. Una sonrisa se extendió por su rostro ante la idea de un
clan de McGrath corriendo en torno a su casa, y en los mismos campos de calicó en los que su
madre y Margo habían jugado una vez. Un dolor sordo apuñaló el corazón de pensar en ellas y
deseando que estuvieran presentes, pero movió sus ojos un momento para mirar por encima del
hombro de Tucker, las fotos de tamaño póster de su madre y Margo exhibidas en su honor. Había
sido idea de él y lo amaba más por ello. Sus ojos de inmediato se lanzaron de nuevo a Tucker y
corrientes explosivas de amor la recorrieron cuando vio la mirada acerada de posesividad en sus
ojos.
El latido de su corazón finalmente se calmó y, rompiendo suavemente a través de su estado de
trance, ella oyó débilmente:
—¿Tomas a este hombre como tu legítimo esposo?
Ella parpadeó rápidamente y la boca de Tucker se arqueó en una sonrisa desequilibrándola
mientras sostenía el anillo. Los ojos de Lilliana se agrandaron y se le hizo un nudo en la garganta. Sus
ojos se llenaron de lágrimas de felicidad ante la visión de la gran esmeralda cortada con un conjunto
de diamantes en oro blanco. Tucker se inclinó y aferró la mano de Lilliana con fuerza mientras se lo
ponía en el dedo. Una lágrima cayó de su ojo y se encontró con la mirada apasionada de Tucker.
—Esta es la parte donde dices, Si, quiero —le guiñó un ojo.
Con un suspiro de satisfacción, Lilliana se entregó a su voluntad y se entregó a la inevitable hasta
que la muerte los separe. Una ráfaga de aire abandonó sus pulmones y respondió:
—Sí, Señor, sí, quiero. Realmente, de verdad, quiero.
Tucker envolvió su cintura con su brazo y tiró de ella con firmeza hacia él. Su boca rozó la suya y
una ronda de aplausos llenó la habitación y ella apenas escuchó decirle:
—Y ahora eres muy, muy mía. Fin. De. La. Historia.
Lilliana sonrió y le tocó los labios.
—Oh, no, Tuck. Es solo el comienzo de nuestra historia.
Fin

Este amor no está en venta

  • 2.
    Ficha Técnica  AUTOR/A:Ella Dominguez  TÍTULO ORIGINAL: This Love's Not for Sale  TÍTULO EN ESPAÑOL: Este amor no está en venta Argumento Tucker: Arrogante, brutalmente honesto, y amante de la esclavitud y la disciplina. Lilliana: Terca, obstinada, e impaciente. Cuando el magnate de bienes raíces que está acostumbrado a salirse con la suya en todos los órdenes conoce a la higienista dental de treinta y tantos años, quién heredó una gran extensión de tierra, la atracción física y química entre ellos, es innegable. Al darse cuenta de que Lilliana tiene un inmueble que vale una mina de oro, Tucker se enfoca en tratar de obtener sus tierras a cualquier precio… incluso si esto significa engatusarla abriéndose camino dentro de su corazón. Pero Lilliana no está interesada en el amor ni en ser perseguida por un indiscutiblemente atractivo pero arrogante macho alfa interesado en su propiedad, y no puede ser comprada. Justo cuando las cosas se están calentando y Tucker comienza a enamorarse de Lilliana, ella descubre dónde radican sus verdaderas motivaciones, obligándola a buscar una dulce venganza de la única manera que conoce… rindiéndose a cada una de sus fantasías y jugando con sus emociones.
  • 3.
    Créditos.  TRADUCCIÓN: Anita2 CORRECCIÓN: Merche  LECTURA FINAL: Conchi  EDICIÓN: Merche
  • 4.
    1. —¡Tucker McGrath! La secretariade Lilliana asomó la cabeza en la pequeña oficina y gritó con una intensidad tan ensordecedora que la sobresaltó y la hizo maldecir por casi hacerse pis encima. —¿Qué tal tus músculos de Kegel1 , Dana? —preguntó Lilliana con los suyos aún contraídos por su inesperada sesión de ejercicio. Después de calmarse, Dana le comunicó que venía de una consulta de emergencia solicitada nada menos que por el hombre cuyo nombre había gritado como una colegiala histérica. Al parecer, se había producido un altercado y ese Tucker estaba en camino. Lilliana fue apresuradamente hasta su puesto para prepararse a inspeccionar los daños mientras su secretaria llamaba al dentista de guardia. Su trabajo como asistente dental era bastante rutinario así que cuando había una emergencia sentía una ráfaga de adrenalina y acogía con satisfacción el cambio de ritmo. Como Dana se quedó esperando algún tipo de reacción, Lilliana la miró desapasionada. Al ser tan nueva en la zona, no tenía ni idea de quién era Tucker McGrath. Dana puso los ojos en blanco y le contó que Tucker era, de hecho, un delicioso paquete de masculinidad, soltero y muy conocido en toda el área tri-estatal por sus numerosos proyectos empresariales y su considerable riqueza. Al parecer, tampoco era un secreto que se había casado varias veces y que era un mujeriego cuya reputación le precedía. Lilliana permaneció imperturbable y se encogió de hombros mientras continuaba preparando el equipo. Lilliana todavía estaba ajustándose a su nuevo entorno y trabajo. Había pasado más de un mes desde la muerte de su amada tía Margo y del shock que fue para ella recibir la noticia. Había hablado con ella solo unos pocos días antes de su muerte y estaba tan alegre y llena de vida que era difícil creer que realmente se había ido. La madre de Lilliana había muerto cuando ella tenía diecinueve años y Margo había sido su confidente más cercana después de su muerte. Lilliana recordó cómo quedó aturdida y con lágrimas corriendo por su rostro cuando escuchó por el teléfono acerca del repentino ataque al corazón de Margo. El abogado de su tía habló en voz baja y trató de consolarla, pero estaba demasiado alterada para escuchar sus amables palabras. Margo era muy organizada y había establecido todos sus planes funerarios con antelación, dejando solo los detalles de su última voluntad para ser tratados a su llegada a Bridgeport. El asombro de enterarse de que era la única heredera de su tía todavía estaba fresco en su mente. Margo siempre había sido muy caritativa con su modesta riqueza y Lilliana hubiera asegurado que dejaría sus tierras y posesiones a alguna fundación de necesitados. 1 Músculos de Kegel: en referencia a los músculos pubococcígeos que forman el piso de la pelvis. Los ejercicios de Kegel están diseñados para evitar la incontinencia urinaria, facilitar el parto y mejorar el placer sexual.
  • 5.
    Mientras preparaba suequipo de trabajo, recordó la última conversación que tuvo con su tía y las lágrimas le humedecieron los ojos. Ella siempre extrañaría la cercanía y el vínculo que compartían. Aparte de unos pocos primos segundos lejanos, estaba completamente sola ahora y sin un alma en quien confiar. La tristeza de Lilliana fue interrumpida cuando oyó una conmoción en la recepción y el vozarrón de un hombre. Rápidamente se puso una bata desechable, mascarilla, gorro y guantes estériles. Olió al infame Tucker McGrath antes de verlo. Un sutil y limpio aroma a cítrico flotaba en la habitación y el vientre de Lilliana revoloteó. Echaba de menos el olor de un hombre. Solo unos segundos después, Tucker se tambaleó adentro. Lilliana inmediatamente lo miró hacia arriba. Hizo un cálculo aproximado de su altura, un poco menos de 1.83 m de alto y un poco más alto que su exmarido. Tenía en la mano una toalla ensangrentada presionando su boca y cara, traje a medida, despeinado, con su blanca camisa sport con manchas de sangre y su chaqueta mostrando una solapa rasgada. Tucker se puso delante de Lilliana, audazmente intimidante, y ella le señaló hacia el sillón odontológico. De inmediato cayó en él, puso su cabeza hacia atrás y se quejó: —La uta made! —No hay necesidad de ese tipo de lenguaje, señor McGrath —lo regañó. Lilliana estaba bien versada en el lenguaje utilizado con la “boca dañada” y supo de inmediato que había dicho la puta madre. La boca apretada de Tucker ladró aún más obscenidades. —¡Mieda! ¡Cadajo! —Sí, sí, lo entiendo; está herido y enojado. Ahora vamos a ver lo que está pasando dentro de esa sucia boca suya. Apretando la mandíbula, Tucker entrecerró los ojos expresando su desdén con la actitud indulgente de Lilliana. Dana y dos de los asistentes dentales estaban esperando junto a la puerta observando a Tucker y, obviamente, se divertían con la forma con que Lilliana lo estaba manejando. Cuando ella les oyó reír, los despidió con un gesto de la mano. Puso la succión y el agua dentro de la boca y enjuagó limpiando todo rastro de sangre. Luego colocó un bloque de mordida suave y le miró la boca con un espejo. Tucker gimió y se estremeció, y Lilliana le dio las novedades —Bueno, la buena noticia es que todos sus incisivos centrales y laterales superiores e inferiores parecen estar intactos. Ahora las malas noticias: los primeros y segundos molares superiores izquierdos parecen estar dañados, junto con el tejido de las encías. Por supuesto, vamos a comprobar para asegurarnos de que no hay daños en el hueso haciendo una radiografía. —¿Qué cadajo quede decer? —Tucker soltó un bufido. —Bien, en español, dos de sus dientes superiores traseros tienen grietas. El dentista está en camino ahora para que pueda intentar repararlos. Lilliana observó a Tucker con curiosidad. Sus ojos estaban enmarcados por pestañas oscuras y de inmediato le llamó la atención el tono castaño lujurioso que le devolvía la mirada. Miró su rostro y sus ojos mientras él la observaba atentamente. Ella estudió su cabello, notando su color cobre oscurecido escarchado con vetas de plata. Era definitivamente guapo. No, más que eso, era impresionante.
  • 6.
    Revisó nuevamente suboca y también notó la forma perfectamente alineada en que tenía los dientes. A Lilliana siempre le habían fascinado las buenas dentaduras y no podía dejar de comentar sobre ella. —¿Ha tenido ortodoncia? Tucker negó con la cabeza con un aire de completa indiferencia. —¿En serio? Tiene los molares más increíbles que he visto en mi vida —respondió ella distraídamente mientras le miraba la boca expuesta. Tucker nunca había oído ninguna palabra médica que sonara tan extrañamente sexual. ¿Quién era esta guerrera detrás de la mascarilla? Echó un vistazo a su cara tratando de distinguir sus facciones, pero todo lo que podía ver eran sus brillantes ojos color avellana escondidos detrás de una cortina de pestañas. Las cejas de Tucker subieron cuando sus ojos se encontraron y su expresión se tornó pícara ante la brasa de atracción sexual desatada entre ellos. Una esquina de su boca se torció hacia arriba en una sonrisa burlona al ver sus mejillas calientes. Lilliana respiró hondo y miró hacia otro lado rápidamente. Ella manejó el equipo dental con ansiedad y le limpió y succionó la boca nuevamente. —Parece un poco mayor para participar en peleas de patio de colegio, señor McGrath —afirmó rotundamente, sin hacer contacto visual directo. La imperturbabilidad de Lilliana era ligeramente divertida o, si no, desconcertante. La mayoría de las mujeres se encogían o se desmayaban en su presencia pero esta mujer no hizo ninguna de las dos cosas. Tucker empezó a murmurar algo, pero el dentista llegó y lo interrumpió. Lilliana se puso a hablar con el dentista y Tucker estiró la cabeza hacia un lado para tratar de obtener una mejor vista de esa mujer envuelta en una bata desechable. La encontró bastante interesante y pudo ver que, a pesar de su amplia vestimenta, su silueta estaba bastante bien proporcionada. Parecía ser un poco más baja que su exnovia, alrededor de 1.65 metros. Lilliana no dejaba de mirar la hora al mismo tiempo que Tucker la recorría de arriba a abajo con la mirada. Cuando él se dio cuenta de que había sido atrapado desnudándola mentalmente, le guiñó un ojo y trató de sonreír. Una fugaz mirada irritada cruzó la cara de ella y puso los ojos en blanco, dando la espalda a Tucker mientras continuaba su conversación con el dentista. Maldita sea esa ropa. Tucker quería nada más que obtener un buen vistazo de su culo. Él podría hacer frente a una personalidad aburrida, con frecuencia en realidad, pero que tuvieran un culo poco atractivo era excluyente para él. Debía ser redondo, firme y producir un buen rebote en las palmas de sus manos, o simplemente no había esperanza para que las cosas funcionaran. Trató de imaginar lo que estaba oculto detrás de la bata desechable y se preguntó qué tipo de misterio escondería su culo. Se preguntó también si estaría casada. No necesitaba otra patada en el culo como la que acababa de recibir. Una asistente de pelo rubio y alta se puso junto a Tucker y trató de entablar una conversación cortés. Por su lenguaje corporal era obvio que ella estaba interesada en él, aunque parecía un poco
  • 7.
    infantil para sugusto. Ya había tenido su parte de jovencitas y en su opinión, resultaban ser más problemáticas de lo que valían. Su segunda esposa era prueba de ello. En cuanto a su casi tercera esposa, bueno, no quería pensar en ella en estos momentos. El dolor de la mandíbula con la boca abierta era fuerte como así también el que le surgió en la ingle mientras trataba de imaginar lo que la seductora asistente de ojos color avellana parecería al natural. Si a ella le gustaban sus muelas, debería ver su verg… Los pensamientos lascivos de Tucker fueron interrumpidos cuando el hombre alto que llevaba una bata blanca se acercó y se sentó junto a él. No le prestó mucha atención a lo que el dentista le estaba diciendo porque estaba demasiado ocupado concentrándose en Lilliana mientras se cernía sobre el hombro del dentista. —Le haría bien prestar atención a lo que el Dr. York le está diciendo, señor McGrath —Lilliana lo reprendió cuando, de nuevo, lo atrapó follándola con la mirada. Esa mujer era algo más. En cualquier otro momento o situación, se la habría llevado a una habitación privada, inclinado por encima de sus rodillas y le mostraría quién mandaba y lo que le hacía bien. Sí, eso es lo que necesitaba, un poco de buena disciplina. Después de recibir los rayos X, conseguir una funda para sus muelas rotas y tratamiento para el corte e inflamación de sus encías, Tucker fue finalmente liberado del consultorio dental. Para su consternación, la mujer fatal que necesitaba desesperadamente una buena azotaina no estaba en ninguna parte. Cuando su socio vino a buscarlo, alcanzó a verse en el espejo y se horrorizó ante su propio reflejo. Tenía un ojo negro, una mandíbula hinchada y el pelo y la ropa era un desastre. No era de extrañar que la asistente no hubiera mostrado ningún interés en él; no estaba en su mejor momento. —Tengo una buena noticia —le dijo Marco. —¿Qué? ¿Ese idiota que me dio el puñetazo está en la cárcel? —resopló Tucker con sorna. —No, pero lo estará tan pronto como presentes una denuncia policial sobre el incidente. Solo un consejo: la próxima vez que decidas acostarte con una mujer, asegúrate primero de que no está casada. —¿Dónde está la diversión en eso? —respondió Tucker mientras continuaba mirándose en el espejo e inspeccionando el daño hecho por el marido celoso—. ¿Y cuál es la buena noticia? —Tengo la información de la propiedad que te interesa en las afueras de la ciudad. Resulta que la dueña murió hace poco y su sobrina es ahora la única propietaria. —¿No me digas? Esa es una buena noticia. Tal vez la sobrina sea más razonable. Esa vieja terca ni siquiera consideraba hablar conmigo sobre la venta de sus tierras. ¿Cómo se llama y dónde vive? —Lilliana Norris. Es de algún sitio del medio oeste, pero se mudó aquí hace poco. —¿Para qué? Mierda. Espero que no esté pensando ocupar la residencia permanentemente. Necesito hablar con ella de inmediato. Dame su número. No. Al diablo con eso. Voy a cambiarme y hacerle una visita yo mismo. Prefiero hacer los negocios cara a cara de todos modos. Mirando por encima de la montura de sus anteojos, Marco levantó las cejas y sonrió con ironía: —Sí, ya lo veo.
  • 8.
    2. Después de pararpara comprar comestibles, Lilliana se dirigió a su nuevo hogar. Todavía estaba en el proceso de desempacar sus pertenencias y guardar los últimos recuerdos de su tía. Margo había sido muy organizada y mantenido su casa en perfecto orden por lo que era fácil acomodar sus cosas, pero estaba encontrando serias dificultades para deshacerse de algunos objetos sin entrar en una crisis emocional. No había terminado de guardar las provisiones cuando escuchó el sonido de un coche desconocido entrando por su largo camino de entrada. Miró por la gran ventana de su cocina para ver un Maserati negro, de cuatro puertas, dirigiéndose hacia la casa. Lilliana estaba desconcertada preguntándose quién demonios estaría visitándola. En el mes que había vivido allí, ni una sola persona se había acercado para hablar con ella. Rápidamente se dirigió a la puerta y salió al porche de su casa mirando con interés como el brillante y diplomático vehículo estacionaba. Cuando abrió la puerta, una música fuerte llegó desde el coche con el sonido de los Koop Island Blues. Estaba encantada de oír esa canción tan oscura que le gustaba. Sonrió, pero su sonrisa se desvaneció rápidamente cuando del coche salió Tucker McGrath. Su vientre hizo un flip-flop y su bajo vientre comenzó a contraerse. Irritada con su respuesta corporal, se bajó del porche y se acercó a él dispuesta a patearlo rápidamente fuera de su propiedad. Sabía que él era un agente de bienes raíces y no necesita ser un genio para saber porqué estaba allí. Tucker se acercó a la parte delantera de su auto donde se reunió con Lilliana. Sus ojos deseosos se movieron sobre su cuerpo sin pudor y una pequeña sonrisa se escapó de su rostro. Frunció el entrecejo y se rascó la barbilla mientras continuó haciendo inventario de ella. Lilliana aprovechó el momento para hacer su propia inspección de Tucker ahora que se estaba limpio y más presentable. Aparte de su ojo morado e hinchado, Tucker llamaba la atención más allá de las comparaciones. Tenía la piel de un tono cálido de praliné; el pelo ondulado, un poco largo, de color chocolate oscuro con tonos plateados; una cara rugosa, apuesta, revelando una barbilla cuadrada con un toque de un hoyuelo en la mejilla izquierda, y una boca perversa que Lilliana estaba segura de que había hecho cosas pecaminosas. Tenía una nariz recta griega, ojos en los que una chica podría perderse, y una sonrisa que podría llevarla a sus rodillas. En cuanto a su cuerpo, dulces escultores celestiales habían hecho delicias con él. Estaba magníficamente proporcionado, firme y sólido, sin ser demasiado musculoso con enormes hombros que llenaban su cara camisa blanca, un amplio pecho y piernas largas y delgadas. Por la manera en que se quedó Tucker, como si se enorgulleciera de su buena apariencia y se comportaba con un aire de confianza en sí mismo, no era de extrañar que se hubiera acostado con muchas mujeres. ¿Cómo podrían resistir su fachada semidiós? —¿Nos hemos visto antes? —Tucker le preguntó mientras sus ojos vagaban sobre ella.
  • 9.
    Era evidente quetenía la sensación de déjà vu, pero no podía ubicarla y Lilliana se complació que no la hubiera reconocido. —Sí —le dijo misteriosamente sin darle más explicación ni decirle que había tenido las manos en su boca no hacía ni dos horas. Tucker cambió su postura y se quedó en silencio apreciando a Lilliana mientras se frotaba la barbilla, tratando de ubicar a la belleza de pelo negro cuyos ojos le parecían tan familiares. Le dio a su cuerpo una mirada exploradora y vino a su mente el pensamiento lascivo de que tal vez se la había tirado antes. Estaba molesto consigo mismo porque no podía recordar si tuvo su polla en ella o no, porque seguramente recordaría habérsela metido a un ejemplar tan precioso. Echó un vistazo a la pequeña y curvilínea mujer con un tenue pelo corto del color del ónix, tomando una fotografía mental de sus características. Su rostro era llamativo con los ojos hipnóticos y de color engañosamente castaño a primera vista y malaquita a la luz directa del sol. Tucker estaba fascinado por la calidad delicada y etérea de ella. Lilliana tenía una pequeña nariz respingona y una tez ligeramente bronceada, enrojecida a la altura de sus altos pómulos, pero su característica más atractiva era su boca. Joder, sí, esos labios, en forma de corazón, generosamente curvados y del color del amaranto. —¿Nosotros hemos…? —se interrumpió cuando movió las cejas sugestivamente a Lilliana. Lilliana inmediatamente captó su insinuación lasciva y se horrorizó. —¿Has estado con tantas mujeres que no puedes recordar con quién has estado? —arrugó la nariz. La cabeza de Tucker estaba inclinada hacia un lado y sonrió: —Tal vez. —Eso es desagradable —respondió Lilliana arrogantemente. —Si tú lo dices —respondió, luchando contra el impulso de reír. —¿Qué estás haciendo en mi propiedad? —Eso es por lo que estoy aquí, para discutir… —respondió con una fría inclinación de cabeza. Lilliana esperó el resto de la respuesta de Tucker, pero él se quedó mirándola sin hacer ningún sonido, disfrutando de mantenerla en suspenso. Sacudió la cabeza con impaciencia hacia él. —¿Vas a quedarte ahí o decirme lo que quieres discutir? Tucker tenía la extraña necesidad de burlarse de ella, aunque no sabía por qué. —Eres una pequeña impaciente, ¿verdad? —No tengo tiempo para esto —respondió ella, volviéndose para alejarse. Cuando Lilliana no le dio pie a su broma, él fue directo al grano. —Tu propiedad, Sra. Norris, eso es de lo que quiero hablar, y de cómo quiero comprarla. Lilliana giró sobre sus talones para enfrentarse a él de nuevo con una arruga de desprecio en su frente.
  • 10.
    —No tienes suficientedinero para comprar mi propiedad —se burló ella, apartando la mirada de él y volviéndola hacia el campo de hierba que se extendía detrás de él. —Oh, tengo suficiente dinero. De hecho, tengo más que suficiente. Solo tienes que decirme el precio. Tucker estaba a la defensiva y se estaba irritando rápidamente por su insolencia. Dos veces ese día tuvo la visión de una mujer inclinada sobre las rodillas con las nalgas rojas. ¿Era una coincidencia o simplemente el hecho de que no había tenido una mujer extendida en su regazo en más de seis meses? Probablemente era esto último, supuso. La imagen fue tan vívida en su mente que casi podía sentir el cosquilleo en la palma de su mano y su polla tembló pensando en pasar algún tiempo enseñando a esta niñita a comportarse. Intentó aclarar sus díscolos pensamientos y centrarse en la tarea en cuestión, que era poner Lilliana en su lugar. —No me estás entendiendo. Lo que te estoy diciendo es que: incluso si tuvieras suficiente dinero, no tienes suficiente dinero para-comprar-mi-propiedad —declaró Lilliana con desprecio. Dio un lento y deliberado paso hacia ella y entrecerró los ojos, apenas capaz de contener el impulso de arrastrarla hacia él, meterle la lengua hasta su garganta para cerrar su arrogante boca y luego darle una buena tunda. Apretando los dientes, intentó retener su frustración abrumadora y la excitación. —Todo tiene un precio, Sra. Norris. Todo —gruñó mientras continuaba moviéndose lentamente y con gracia, como un lobo acechando a su próxima comida. Los ojos de Lilliana giraron y dio un paso hacia atrás. Tucker no había sentido ansiedad por una mujer hermosa desde hacía mucho tiempo y encontró fascinante que ella, al menos, pudiera reconocer sus intenciones animales y el poder a pesar de su obstinación y desobediencia. Su euforia pronto fue derribada cuando respondió. —Esto puede ser una sorpresa para ti, pero no todo está en venta —resopló Lilliana con sarcasmo. Fingió no entender la mirada de agitación de Tucker y se negó a dar marcha atrás a pesar de su proximidad física y la mirada hambrienta en sus ojos. Tucker templó su agitación lo mejor que pudo. —Todavía tengo que encontrar a algo o alguien que no lo esté. —Pues ahora lo has encontrado. Agradecería si tú y tus premolares increíbles me dejáis ahora — declaró Lilliana, agitando la mano en forma de despedida. ¿Quién carajo se creía esta mujer que era para tratar de despedirlo con tanta facilidad? Tucker hervía. Abrió la boca para expresar sus planes de azotar su trasero, pero justo en ese momento se dio cuenta quién era boca-descarada, provocadora-de-penes, al reconocer sus ojos y su actitud. —Pensé que mis muelas te habían gustado —Tucker sonrió mientras los ojos con motas de jade de Lilliana se abrieron con sorpresa. * * ** * * Tucker intentó desarmarla con su deslumbrante sonrisa. Ella levantó las cejas hacia él como criticándolo. Aunque encontró esa sonrisa sexy como el infierno y sus malditos rasgos varoniles casi
  • 11.
    imposible de resistir,no estaba dispuesta a ceder ante su obvio intento de manipulación. Él no solo tenía una riqueza considerable sino también un ego del tamaño de Texas. El pulso de Lilliana se fue elevado con la confrontación. La forma en que se había movido hacia ella como si estuviera a punto de comerla aún la tenía en estado de alerta, pero eso no le impidió intentar asestar un nuevo golpe a su enorme ego. —Lo que pasa es que yo admiro a todos los dientes, pero es a tu culo al que quiero fuera de mi propiedad —respondió con voz afectada y controlada. Ignorando completamente el tono amenazante de Lilliana, le preguntó: —¿Estás saliendo con alguien? Lilliana se sorprendió por la brusquedad de Tucker y por la repentina vibración de su voz. —¿Y por qué diablos eso es asunto tuyo? —Supongo que técnicamente no lo es, pero ya que tengo pensado metértela hasta que no puedas caminar, pensé que sería de buena educación preguntar —Tucker se reincorporó, llevándose el pelo hacia atrás y revelando sus diabólicos ojos castaños whisky. Lilliana lo miró boquiabierta asombrada por su comentario impertinente. La llama ardiente que vio en sus ojos la asustó y dudaba que supiera algo acerca de ser educado. Estaba más horrorizada que antes ante su audacia y absoluta falta de moderación verbal. —Me sorprende que puedas estar de pie o caminar con un par de bolas tan grandes. Si no tuvieras ese arreglo dental tan reciente abofetearía esa boca sucia que tienes —lo reprendió mirándolo con enojo y haciendo pucheros su labio inferior. Tucker se echó a reír a carcajadas mientras le miraba la boca, fascinado por su forma exquisita. Lilliana no tenía ni idea del tamaño de sus testículos y ni de la longitud a la que podría llegar. Cada curva del cuerpo de Lilliana lo desafiaba, pero si pensaba que ser rebelde lo iba a disuadir estaba completamente equivocada. La obstinación nunca lo había detenido de perseguir lo que él quería y esta pequeña tarta suculenta con lengua feroz y culo que pedía ser aplastado, seguro que no lo iba a enviar corriendo hacia otro lado. De repente se preguntó qué sentiría tener esos labios carnosos envolviendo su pene y esa afilada lengua lamiendo sus grandes bolas. Apostó a que su boca de sabelotodo se vería absolutamente reluciente con su esperma caliente. Tucker no daba señales de ceder. —Caramba, qué cortés de tu parte refrenarte. Solo como futura referencia, Sra. Norris, me encantaría poner mi sucia boca en cada centímetro de ti. Lilliana, obviamente, se estaba indignando y él disfrutando de su juego previo verbal. —En tus sueños. Y solo como futura referencia, señor McGrath, a mí no me la meten, yo hago el amor —respondió ella, poniendo los ojos en blanco y girando su cuerpo hacia un lado. La forma en que estaba de lado le dio a Tucker una vista perfecta de su esbelta figura, la curva de su culo, y sus pechos voluptuosos colgaban y se agitaban con sus movimientos. Sus pezones se endurecieron en respuesta a la brisa fresca de Connecticut y apretó la mandíbula mientras fantaseaba con ellos rodándolos entre los dientes y tirando de ellos con los dedos.
  • 12.
    Era inexorable ycontinuó presionándola. Era un hombre que amaba la persecución y esta mujer testaruda le estaba dando exactamente lo que quería al persistir con su rechazo. —Bueno, eso es lamentable de escuchar, porque un buen polvo duro es exactamente lo que necesitas, niña —respondió ferozmente pasándose la lengua por sus labios como un lobo hambriento. La visión de la lengua húmeda de Tucker asomando momentáneamente la sacudió. Sintiendo la tensión sexual en el bajo vientre hizo todo lo posible para recuperar rápidamente la compostura, aunque él estuviera en lo correcto con su suposición. A pesar de que no necesitara un buen polvo duro, seguro que quería uno. —¿Cómo te atreves a suponer que conoces mis necesidades? No tienes ni idea de lo que me pone. No soy niña, señor McGrath. Soy una dama y una mujer adulta con deseos que nunca comprendería. Es muy obvio que, por tu actitud, dudo que sepas lo que necesita cualquier mujer. Tucker se acercó más. —¿Por qué no me educas entonces, cariño? —sonrió afectadamente tratando de ignorar a sus duras palabras. Lilliana había oído más que suficiente. No iba a ninguna parte con este ridículamente guapo y egoísta, imbécil. —¿Ya terminaste? En serio, simplemente no sabes cuándo parar, ¿verdad? —resopló alejándose de él. —No, cuando veo algo que quiero, no lo hago. —¿Te refieres a mi tierra o a mi? —preguntó Lilliana, colocando las manos en sus caderas con beligerancia. Tucker levantó su ceja derecha con picardía y habló con divertido desprecio. —A ambos, por supuesto. Lilliana lo soportaba cada vez menos. Levantó la barbilla, clavándole la mirada en sus ojos pomposos. —No puedes siquiera imaginar la cantidad de folladas que tú quieres darme y que no te daré. Ya sabes el camino de salida —señaló hacia la carretera por donde había llegado. Tucker levantó las manos en el aire en falsa renuncia, pero sonrió con sorna. —Hasta luego entonces, ¿señorita? —No, si puedo evitarlo —dijo frunciendo los labios. Tucker regresó a su coche a paso de tortuga, tropezando antes de cerrar la puerta y alejarse. Lilliana quedó mirando su coche caro dejar un rastro de polvo a su paso. Mientras se alejaba, ella vio algo en el suelo donde se había estacionado y lo recogió. Era su tarjeta de visita con su imagen odiosamente retratada en el frente y con su número personal garabateado en la parte posterior. Sí, claro, ¿como si fuera un accidente? Era un astuto hijo de puta.
  • 13.
    De vuelta enla cocina, trató de calmar su corazón que latía rápidamente pero no lo logró. Tucker tenía un efecto físico en ella que le resultaba exasperante. Enfadada consigo misma, lanzó la tarjeta a la basura. Se quedó mirándola durante unos segundos, dándole vueltas si tirarla o no y guardarla para un día de lluvia caliente. Por lo menos estaría bien para un revolcón ocasional si a ella le cuadraba. En contra de su mejor juicio, la sacó de la basura y la colgó en su refrigerador, sin otra razón que recordarse a sí misma, y a su ego, que un hombre todavía la encontraba deseable. Al llegar a la carretera principal, Tucker hizo una pausa y miró por su espejo retrovisor tratando de dar una última mirada al demonio que le estaba causando estragos en sus emociones. Ella ya estaba fuera de la vista y consideró por un instante dar la vuelta al coche y tomar lo que quería. No había duda de que ella también sentía la tensión sexual que existía entre ellos, pero se había equivocado antes y no quería que la escena volviera a repetirse. Echó un vistazo a su entorno, los exuberantes campos verdes, un pequeño lago pintoresco cercano, media docena de grandes dependencias, y un vallado en la zona de los caballos. Tenía que haber un mínimo de 100 acres más de tierra que perder. ¡Oh, las cosas que podía hacer con la mina de oro en la que la descarada Lilliana Norris estaba sentada! Él podría dividirlo en zonas residenciales y hacer más de 500 millones de dólares; tal vez incluso más. Estaba lo suficientemente cerca de la ciudad, incluso podría hacer un parque industrial si se decidía. Su mente estaba ocupada pensando en que el aparcamiento que habría en el nuevo complejo de diez pisos, y los greens que podría rodar. Diablos, había suficiente tierra para hacer parte de ella residencial y parte industrial con un pequeño centro comercial. Se estaba adelantando. En primer lugar, tenía que ganarse a la listilla bocazas. Después, averiguando un poco su historia, podía saber exactamente cuáles eran las necesidades de esta pequeña e ir por todo. Salió a toda velocidad con un nuevo objetivo: ganarse a lo obstinada Lilliana Norris a cualquier precio.
  • 14.
    3. La noche deLilliana fue larga y sin descanso. Como no dejaba de moverse y darse vueltas en la cama tratando de pensar en cualquier cosa menos en Tucker, su mente derivó en el último encuentro que tuvo con su exesposo. Recordó cómo justo después de enterarse de la muerte de su tía había corrido a darse un baño caliente para aliviar sus penas. Mientras el agua llenaba la bañera, llamaron a la puerta. Envuelta en una toalla, miró por la mirilla y se irritó al ver a su exmarido del otro lado. Cuando abrió la puerta, Adam pasó por delante de ella sin invitación. —Recién escuché la noticia, Lil. Es horrible. ¿Cuándo nos vamos? —como era usual, Adam había supuesto que querría que la acompañara. —Nosotros no iremos a ninguna parte. Yo saldré mañana por la mañana —respondió claramente —. ¿Cómo lo averiguaste si yo misma recién me enteré hace una hora? —respondió irritada. Adam parecía herido y suspiró ruidosamente. Lilliana conocía esta reacción demasiado bien. Él hizo una mueca y el nivel de tolerancia de ella se estaba agotando. —Llamé a tu oficina para preguntar cuándo debíamos encontrarnos y me lo dijeron. —Tú no deberías haberlos llamado y no deberías estar aquí. —Pensé que necesitarías hablar con alguien y… Lilliana lo interrumpió. Como de costumbre, Adam estaba pensando solo en sí mismo. Era realmente el hombre más egoísta que había conocido. —No necesito de tu maldita simpatía —le dijo suavemente. Adam fingió sorpresa y le bufó. —No era eso lo que estaba pensando. Sus palabras no fueron convincentes como evidenciaba su lenguaje corporal y el hecho de que no podía hacer contacto visual con ella. Ellos se habían divorciado desde hace casi dos años y todavía estaba husmeando por ahí tratando de entrar en sus bragas. Lilliana encontraba esto irónico considerando que cuando estaban casados, él estaba tirándose a todas en la ciudad más a menudo de lo que se lo hacía a ella. Cuando descubrió alguna de sus numerosas infidelidades, ella empacó rápidamente sus pocas pertenencias y lo dejó. Sabía que Adam pensaba que siempre regresaría corriendo su lado, pero cuando él recibió los papeles de divorcio por correo, ella encontró divertido que estuviera consternado con que su dinero no pudiera retenerla. Estaba aún más contenta de lo completamente aturdido que había quedado cuando ella no pidió un solo centavo de la fortuna familiar cuando se divorciaron.
  • 15.
    Recordó cómo Adamestaba en el medio del salón, caminando mientras ella repetía su mala ruptura. Nunca había tenido mucha paciencia y él no podía entender una indirecta. —Tú debes irte, ahora —le dijo a Adam con firmeza. —Preciosa, por favor. Déjame comprar el pasaje aéreo y vayamos a Connecticut juntos —le suplicó. Y una mierda él iba a comprar los pasajes, pensó con rabia. Sería propio de Adam acecharla más tarde como un prestamista enloquecido que amenaza con cortar su teta cuando ella no quisiera reembolsarle con sexo o cualquier otra cosa que se le ocurriera. —Te he dicho que no me llames así. No quiero que compres el billete de avión, solo quiero que te vayas —había afirmado de manera más dura que antes. Adam se encorvó y dejó escapar un suspiro lastimero. Sus ojos se movieron hacia arriba en un intento de que parecieran los de un cachorro, pero cuando ella notó el movimiento de sus iris bailando sobre su cuerpo medio desnudo, su mirada tuvo un efecto opuesto al que se pretendía. Ella señaló hacia la puerta sin decir nada más y Adam enfurruñado fue hacia ella. Abrió la puerta y le dio una última mirada triste e intentó decir algo, pero Lilliana fue rápida. Le dio un empujón rápido y cerró la puerta detrás de él. Recordó esperanzada que sería la última vez que lo viera aunque, en ese momento, pensó que era una ilusión por parte de ella. Resulta que, aparte de sus llamadas telefónicas molestas, realmente fue la última vez que lo vio y nunca se había sentido más aliviada de librarse del calzonazos de su exmarido. Necesitaba un hombre de verdad en su vida; alguien que supiera cómo tomar el control. Ella ya tenía una vagina y seguro como el infierno que no necesitaba otra. Acostada en la cama, los ojos de Lilliana se abrieron y cerraron cuando el sueño comenzó vencerla. Mi plan es follarte hasta que no puedas caminar… Los ojos de Lilliana se abrieron cuando las palabras de Tucker se filtraron en su mente de forma espontánea. Ella suspiró con irritación, se puso de costado y cerró los ojos de nuevo. ¿Por qué no me educas entonces, cariño? Ella se negó a abrir los ojos esta vez. Golpeó con irritación su almohada tratando de ablandarla. Cuando su coño empezó a palpitar, se sentó y quedó mirando con enojo a la oscuridad. Se levantó y paseó por la habitación haciendo un pequeño círculo, obligándose a mantener sus hormonas bajo control. Un buen polvo duro es exactamente lo que necesitas… Tragó saliva y maldijo entre dientes cuando sintió que su propia humedad mojaba su ropa interior. Cabreada con el efecto que Tucker le estaba provocando a pesar de no verlo, se dio la vuelta rápidamente para ir a la cocina para tomar una bebida fría. Al entrar en su sala de estar se dio directamente contra una caja desempaquetada, golpeándose el dedo del pie con dureza. —¡Jodido, Tucker! —gritó.
  • 16.
    Se agachó, agarrándosedel pie y saltó alrededor solo para caer y golpearse la cabeza en otra pila de cajas. Se retorció por un momento tratando de ponerse de pie y finalmente se rindió. Echada entre las cajas derribadas durante varios minutos, su respiración se calmó gradualmente. Mientras miraba hacia el techo oscurecido, se preguntó lo ridícula que debiera parecer acostada en la sala sin luz, con su camiseta levantada sobre un pecho, los brazos y las piernas abiertas en una posición poco natural y la entrepierna de sus bragas favoritas luciendo un mancha de humedad del tamaño de Nebraska. Ahora no era solo su coño el que palpitaba, también su cabeza, cintura y dedo gordo del pie. Reuniendo toda la energía que pudo, giró sobre sus rodillas y empujó hacia arriba con ambas manos mientras se deslizaba alrededor de los papeles y las fotos esparcidas a su alrededor. Casi perdió el equilibrio de nuevo, pero finalmente logró ponerse de pie y alejarse lentamente del desastre. Encendió la luz de la cocina y fue al refrigerador por una botella de agua. Justo cuando estaba abriendo la puerta, la imagen de Tucker atravesó sus ojos. ¡Maldito seas!, esa sonrisa de comemierda extendida por su precioso rostro mostrando esos sexi-fantásticos dientes blancos y brillantes. Arrancó la tarjeta de visita de la nevera y varios pequeños imanes redondos se deslizaron por el suelo. La rompió en dos y la tiró en el fregadero. Bebió el agua rápidamente y se volvió para regresar a la cama cuando patinó hacia atrás sobre los imanes que habían caído al suelo haciendo un torpe movimiento de ballet terriblemente malo y aterrizando sobre su ya dolorido trasero. Lilliana no pensaba que fuera físicamente posible, pero juró que rebotó cuando su culo golpeó el parquet. —¡Vete a la mierda, Tucker McGrath! —gritó de nuevo. Tucker estaba demostrando ser un dolor en el culo en más de un sentido y sintió que de alguna manera, esto era solo el comienzo. En el otro lado de la ciudad, Tucker estaba en su gran cama con dosel tamaño king-size, pasando gráficos financieros por la cabeza y soñando con las infinitas posibilidades de las elusivas tierras que se deslizaban entre sus dedos. Estaba en un ligero estado de pánico pensando en todos los otros agentes de bienes raíces e inversionistas que aparecerían en la propiedad dentro de poco, todos haciendo sus ofertas. Tendría que luchar contra ellos con uñas y dientes y sabía que no iba a ser bastante. Los pensamientos fueron trepando hacia esa espina en el costado llamada Lilliana. No podía apagar su cerebro, se sentó y cogió su portátil para hacer una verificación de antecedentes básicos sobre la niña luchadora. Corrección, mujercita luchadora. ¿Quién demonios se creía que era acusándolo de no conocer las necesidades de las mujeres? Tucker resopló en voz alta ante la idea. Había pasado tantos años sin hacer nada, pero complacer a las mujeres, no había ni una sola duda en su mente que, dada la oportunidad, él podría poner de rodillas a la Sra. Norris con una simple mirada u orden. Mientras que la información se iba descargando, rio suavemente ante sus palabras todavía divertidas. La cantidad de folladas que no le daría. No sé, tal vez todavía no. Él solo tendría que
  • 17.
    asegurarse de quesus deseos fueran muy claros para ella y que le daría un montón de folladas en un momento posterior. Leyó con interés acerca de Lilliana. Educación, la universidad y el matrimonio, pero no encontró nada de gran valor en la información presentada. Al ahondar más a fondo, se encontró con que sus activos eran modestos a pesar de haberse casado con un hombre rico y le resultó sorprendente que ella no estuviera interesada en, por lo menos, escuchar su oferta. Buscando más, se encontró con un pequeño artículo sobre el escandaloso divorcio de su marido mujeriego. Al parecer, era la noticia de la ciudad. Tucker sintió una punzada de simpatía por Lilliana cuando vio la foto de su cara angustiada en blanco y negro. Él también creció en un pequeño pueblo y sabía que no había nada secreto y confidencial en un ambiente tan cerrado. Aunque ahora era muy conocido en la zona, no le fue nada fácil mantener su vida personal en privado. Tucker se quedó mirando la foto de Lilliana por unos momentos, tomando nota de sus labios carnosos y su pelo largo. Ella era sin duda un espectáculo y muy fotogénica, con independencia del estilo de su pelo o longitud. Echó un vistazo a la imagen de su ahora exmarido y resopló con disgusto. ¡Qué cagada! Conocía a los de su tipo. Había crecido con ellos toda su vida; un imbécil que vivía de la riqueza sus padres. ¡Diablos!, Adam probablemente no había logrado nada por su cuenta y simplemente vivía usando el nombre y la fortuna de su padre. Habiendo crecido en una granja, Tucker conocía el significado del trabajo duro y no había mayor orgullo para él que su educación y el éxito logrado por sí mismo. Le causó rechazo que Adam hubiera engañado a Lilliana. A pesar de su reputación de playboy, tomó sus votos matrimoniales muy en serio y ni una sola vez engañó a ninguna de sus dos esposas. Algunas cosas eran sagradas, en su opinión. Se reprendió brevemente así mismo por haber tenido relaciones sexuales con la mujer cuyo marido lo había golpeado al principio del día. Si hubiera sabido que estaba casada, nunca se hubiera acostado con ella. Le pareció extraño y desconcertante que no se hubiera firmado ningún acuerdo prenupcial y que, aún así, ella no hubiera solicitado ningún apoyo financiero de Adam Roberts durante el proceso de divorcio. Debía ser mujer con escrúpulos y valores. Genial. Eso era justo lo que necesitaba, una mujer que no estuviera en absoluto interesada en las ganancias financieras. Él solo tendría que encontrar otra manera de atraerla. Satisfecho con su búsqueda, puso su cabeza en la almohada y empezó a trazar mentalmente su curso de acción, tanto con Lilliana como con los 112 acres de tierra virgen. Tucker empezó a quedarse dormido con signos de dólar en sus ojos cuando la boca enfurruñada de Lilliana brilló a través de sus ojos cerrados, junto con su culo perfecto en forma de corazón. Él había conseguido dar un vistazo, pero no vio lo suficiente para saciar sus necesidades masculinas. Quería verlo todo, toda ella, cada centímetro de su cuerpo curvilíneo. Por encima de todo, quería verla de rodillas rogando para complacerlo y mirando contrita por la forma tan poco amable con la que le había hablado. Le mostraría cuán equivocada estaba sobre su falta de conocimiento de las necesidades de la mujer. Sin pensarlo, su mano se deslizó hacia abajo hasta su entrepierna y empezó a frotar su polla endurecida. Frustrado con la dolorosa necesidad palpitante entre sus muslos fuertes y musculosos, se sentó bruscamente y se dirigió a la ducha. Puso el agua a una temperatura fresca esperando evitar su calentura, pero fue ineficaz. Cerró los ojos con fuerza, apoyó una mano contra la pared de la ducha para ayudarse y empezó a acariciarse lentamente mientras el agua fría caía sobre sus hombros y la espalda.
  • 18.
    Tiene los molaresmás increíbles… Agarró su pene grueso apretándolo y aceleró el ritmo. Un profundo gemido escapó de su garganta mientras se apoyaba en la pared con el rostro escondido en el hueco de su brazo. Lo que pasa es que yo admiro todos los dientes, pero es su culo el que quiero… ¡Oh!, cómo quería su culo también; follarla y castigarla como se merecía. Se exprimió apretando más aún, sintió como hundió sus dientes en el labio inferior, y su clímax se construyó rápidamente con imágenes de Lilliana invadiendo su cerebro. Simplemente no sabes cuándo parar, ¿verdad? Le demostraría que no se detendría hasta que estuviera satisfecho y tenía su manera de hacerlo. Esa boca, esos ojos, esas magníficas tetas y ese culo impresionante… Gruñó, echó la cabeza hacia atrás y su carga caliente estalló. Tucker se acarició con el resto de su semen, todo el rato imaginando a la belleza de pelo oscuro lamer la cabeza de su polla y saborear hasta la última gota de su hombría. —Pronto… muy pronto… —suspiró.
  • 19.
    4. Pasaron dos semanashasta que Lilliana tuvo noticias de Tucker. Se sorprendió, francamente, de que no hubiera tratado de ponerse en contacto antes y ya había comenzado a preguntarse si él había perdido todo interés. En su tierra, claro. Oh, mierda. ¿A quién quería engañar? Había una pequeña parte de ella que le había gustado que estuviera interesado en acostarse con ella. A pesar de su ausencia, su vida no era mejor por eso. Los otros corredores de bienes raíces habían comenzado lentamente a cercarla no solo en su casa, sino también en su lugar de trabajo y estaba siendo inundada con tarjetas de visita dejadas en su puerta y en el parabrisas de su Karmann Ghia. Abrumada y sin nadie con quien hablar, Lilliana deseaba que Margo estuviera a su lado más que nunca. Por curiosidad, había hablado con un tasador de tierra para saber exactamente sobre qué tipo de inversión estaba sentada. Además, para calcular los impuestos que tendría que pagar por poseer tanta tierra. Ella quedó aturdida y sacudida cuando el hombre le informó que los 112 acres de propiedad frente al mar que Margo le había dejado valían casi tres millones de dólares. Su estómago se revolvió ante la idea de ser responsable de dicho activo. ¿Cómo iba a ser capaz de pagar los impuestos, su préstamo de estudiante, y la hipoteca que todavía estaba pagando de su apartamento en Kansas? Con su escaso salario y hasta que vendiera su apartamento sería casi imposible. Contempló brevemente hacer solo tres comidas al día, pero decidió que probablemente no habría diferencia de todos modos. El terreno regalado estaba resultando ser más una molestia que una bendición. Ahora sus noches eran inquietas y su nivel de estrés se acercaba al punto más alto de su vida. A excepción de cuando había perdido a su madre y a Margo, esta fue la peor cosa que le sucediera nunca. Ni siquiera su divorcio y la humillación que vino con él se comparaban con el pensamiento de tener que renunciar a las tierras de su familia. Después de un desgraciado turno en el trabajo debido a la preocupación por sus responsabilidades financieras al Tío Sam, salió del edificio para ver a Tucker sentado en el capó de su coche. Cada vez que ponía sus ojos en él, la atracción era más fuerte. Quería estar molesta pero por la forma en que estaba descansando casualmente y mirando a su alrededor, le resultaba difícil estar enojada con él. Al menos no la había estando acosando como el resto de agentes de bienes raíces. Se veía hermoso en su traje azul oscuro que se complementaba con su coche de color
  • 20.
    naranja. Se abrióla chaqueta, la corbata floja y su pelo algo largo, oscuro y ondulado, estaba ondeando con la brisa ligera. Cuando ella se acercó, se puso de pie. Por la manera en que sus pantalones colgaban sexis y bajos sobre sus caderas, a Lilliana le resultaba difícil hacer contacto visual con él. Cuando lo hizo, sus ojos se iluminaron y la mirada de lujuria en su cara despertó esa parte oscura de su condición de mujer que estaba bajo llave. —Sra. Norris, que bueno verte de nuevo —cuadró los hombros—. Te ves tan encantadora como siempre. —Gracias. ¿Hay algo que desees? —preguntó ella, pateándose a sí misma por la pregunta sugestiva. —Creo que ya sabes lo que quiero —sonrió con sus ojos moviéndose sobre el cuerpo de ella lentamente. Sus ojos se posaron en su pecho por un momento y luego se trasladaron a sus ojos, su sonrisa seductora ensanchándose mientras se mordía el labio inferior. Colocando las manos en las caderas, Lilliana contraatacó: —Todavía no estoy interesada en vender mi tierra. —Eso está bien. ¿Estarías interesada en una cena? Lilliana estaba confundida por la facilidad con que Tucker había barrido su comentario a un lado y trató de evaluarlo con una expresión indescifrable. ¿No estaba ya interesado en la compra de su propiedad? Ella entrecerró los ojos y lo miró de arriba abajo con desconfianza. ¿En qué andaba este taimado hombre? Distraída, sus ojos se detuvieron entre las piernas de Tucker. —Una cena, señora Norris; no nos adelantemos a los acontecimientos. Los ojos avellana de Lilliana se elevaron hasta sus iris. Tucker estaba sonriendo estúpidamente y sus mejillas ardían de vergüenza al darse cuenta de que la había pescado comiéndose con los ojos el paquete en moderado descanso que estaba entre sus piernas, colgando ligeramente a la derecha. Se aclaró la garganta y miró hacia el estacionamiento en un intento de parecer indiferente a su comentario. —Estoy ocupada —comentó con indiferencia. Tucker se rio entre dientes. —No, no lo estás Los ojos de Lilliana dispararon de nuevo a los suyos. —¿Y cómo lo sabes? —He hecho mis deberes y sé que no estás saliendo con nadie. ¿Dijo sus deberes? Tucker había hecho una verificación de antecedentes de ella. Se sintió incómoda por su comentario y aún más incómoda con la mirada hambrienta en sus ojos. Ofendida, le preguntó: —¿Es este tu protocolo estándar? Tucker la miró como no entendiendo la pregunta. —Búsqueda de información personal sobre las personas y ¿sobre con quién están saliendo? ¿Eso es lo que acostumbras a hacer?
  • 21.
    * * *** * Tucker se dio cuenta de su metida de pata y tímidamente mostró sus dientes. —Sra. Norris… —comenzó a decir. Ella levantó la mano en señal de protesta. —Para. Yo podría haber estado interesada en la cena hace un momento, pero ya no. Ya sabes todo lo que hay que saber acerca de mí, ¿cuál es el punto? A menos que estés tras de mi tierra, en cuyo caso, ya te he dicho que no vendo. Ella se dirigió hacia la puerta del coche y sacó las llaves, pero Tucker las agarró rápidamente de sus manos. Él había esperado dos largas semanas para verla de nuevo, esperando el momento con impaciencia y cebado de ella en su jodida cabeza, no había forma en el infierno de que fuera a dejarla ir tan fácilmente. Lilliana jadeó y su mirada luminosa se amplió. —¡Dámelas en este momento! —Solo escúchame. No, no es habitual para mí para hacer una verificación de antecedentes, pero… —Pero, ¿qué? —Estaba interesado en saber más acerca de la mujer que aparentemente no tiene interés en el dinero. No estoy a menudo enfrentado con ese tipo de persona y me fascinó descubrirla, como has dicho, eso me inspira mucho. El corazón de Tucker latió rápidamente con la esperanza de que ella comprara su casi-mentira. Era cierto que la encontró fascinante, pero mantuvo su verdadero motivo en silencio. Lilliana se abalanzó hacia él y he intentó quitarle las llaves pero él las puso fuera de su alcance. Quería sonreír por lo adorable que se veía cuando estaba irritada, y volvió a sentir la tentación de burlarse de ella pero mantuvo la compostura. Ella estaba demostrando ser impredecible y sospechaba que podría terminar con el labio partido o peor aún, un ego herido. —Sé razonable, Sra. Norris. Dime que vienes conmigo. Lilliana dio un paso atrás y se sintió aliviado al ver que ella estaba considerando su oferta. —Quiero leer sobre todos tus pequeños y sucios secretos también —dijo fríamente, cruzando los brazos sobre el pecho. Tucker no podía creer lo que escuchaba. ¿Ella quería una verificación de antecedentes sobre él? ¿Estaba hablando en serio? Estuvo cerca de decirle que se fuera al infierno hasta que vio un puchero en sus labios. Mirando hacia abajo, solo podía ver la forma del culo de Lilliana través del uniforme y cedió. Él podría ser un hombre de negocios, pero la palabra clave era hombre. A pesar de su profesionalidad y el desapego emocional, todavía dejaba que su polla pensara por él una parte del tiempo y era muy consciente de ello. No pudo evitar querer probar esos labios y sentir ese culo carnoso apretado contra él. Y más concretamente quería esa puta tierra. —Bien —dijo devolviendo las llaves de Lilliana. Sintió un verdadero placer de ver la mirada de incredulidad en su rostro.
  • 22.
    —Bueno… no puedoesta noche —ella trató de dar marcha atrás. —Oh, no, no lo hagas. Me dijiste que la cena estaba supeditada a hacer una verificación de mis antecedentes, que así sea. No vas a dar marcha atrás ahora, pequeña chiqui… dama —se corrigió rápidamente—. Sígueme a mi oficina y voy a darte un archivo de mí mismo para que consultes libremente. Y, por cierto, interesante coche —se rio, alejándose de ella. Paso 1 completado. Despertó su interés. Lilliana lamentó haberle sugerido la revisión de sus antecedentes. No estaba realmente tan interesada en leer sobre su pasado sórdido. ¿O si lo estaba? Ya había oído más que suficiente de sus compañeros de trabajo sobre su conducta mujeriega y sus modos seductores. Pero ella dio su palabra, más o menos, así que a regañadientes lo siguió detrás de su coche a su oficina. Durante todo el trayecto Lilliana se preguntaba qué clase de secretos leería sobre Tucker. ¿Dónde había crecido? ¿Habría cometido algún fraude o delito? No sería una sorpresa. Tucker tenía esa mirada diabólica, engañosa. Pero esa sonrisa… había algo en su torcida sonrisa que gritaba fóllame. No hay duda de que con esa sonrisa lo habría conseguido muchas veces y era una gran parte del porqué él era un pedazo de hombre. Eso, su encanto y su cuerpo firme. Cuando llegaron al alto edificio, de impresionante arquitectura en el centro de Bridgeport, aparcaron en el garaje subterráneo. Tucker sostenía abierto al ascensor con el inicio de una sonrisa en las comisuras de la boca, y Lilliana se subió con él. Tocó el botón para el piso 12 y el ascenso comenzó con un salto. Ella sintió que su pecho se agitaba y miró hacia Tucker para ver a sus ojos descansando sobre sus pechos con una sonrisa juvenil en su rostro. Los hombres nunca crecen. Los ojos de Tucker permanecieron en ella todo el tiempo y el silencio junto a su mirada implacable y enigmática era desconcertante. Lilliana se mantuvo evitando su mirada, pero cuando vio su ensanchar su sonrisa y su nerviosismo, abordó el tema. —¿Podrías por favor dejar de darme esa sonrisa? —preguntó irritada. Tucker levantó la ceja derecha muy ligeramente. —¿Qué sonrisa es esa? —La sonrisa de soy-el-caliente-e-irresistible-Tucker-McGrath-fóllame-ahora —sonrió. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, lamentó haberlas dicho. Tenía que recordarse a sí misma que solo porque un pensamiento estaba en su cabeza, no era necesario que lo dijera. Tucker se rio en voz alta, su voz profunda y gutural resonó en los pequeños confines del elevador. —¿Funciona? —preguntó entre risas. —¿Qué? —Mi sonrisa. ¿Quieres follar conmigo? Lilliana resopló y rodó sus ojos. —Si por follar quieres decir abofetear tu presumida cabeza, entonces sí, sí quiero follarte.
  • 23.
    Un músculo semovió furiosamente en la mandíbula de Tucker y apretó los dientes. Sus ojos normalmente lujuriosos se convirtieron en furiosos y él se movió para matar, fijando a Lilliana contra la pared. —Esa actitud, Sra. Norris. Y esa boca descarada… me parece que estás necesitando desde hace mucho tiempo un poco de disciplina. Creo que tal vez tu culo redondo necesita ser zurrado hasta un precioso tono carmesí. La respuesta de Tucker la sobresaltó y sus mejillas se sonrojaron de nuevo. A pesar del pánico que surgió dentro de su cerebro, su bajo vientre se calentó y comenzó a palpitar, y se indignó ante su reacción física por la amenaza. Al presionar su cuerpo contra Lilliana, Tucker pasó la punta de su dedo índice sobre su mejilla ruborizada y sonrió diabólicamente. —Sí, este tono exactamente. Lilliana permaneció inmóvil, asustada y excitada a la vez, teniendo la sensación de ser un ciervo atrapado en la mira de un depredador. Los ojos de Tucker brillaban mientras iban de la boca a sus ojos mientras esperaba una respuesta. El único sonido era el de su pesada respiración. El ruido del ascensor al detenerse la hizo saltar, pero fue un corte bienvenido a la tensión. No pudo bajar lo suficientemente rápido. Lo empujó para pasar tratando de mantener la calma a pesar de que sus bragas estaban empapadas. Tucker pasó junto a ella lentamente, sin decir una palabra y la llevó a un gran espacio de oficinas donde solo la seguridad y algunos empleados demorados estaban en el interior. Una mujer de aproximadamente su mismo tamaño y edad, con el pelo rojo vibrante les salió al paso y la miró en forma interrogante. Tucker caminaba delante pero Lilliana se acercó a la mujer y se presentó. —Soy Lilliana Norris, soy nueva en la ciudad —ella le ofreció su mano, aliviada al ver a otra persona. La mujer cortésmente la tomó y sonrió amablemente. —Soy Ariel —susurró. Lilliana rio ligeramente por su nombre ya que le recordaba a la famosa película de Disney2 . La mujer de inmediato, captó su sentido del humor y se acarició el pelo. —Lo sé. Cliché, ¿verdad? —se rio. —Podría ser peor —Lilliana sonrió. —Es verdad, podría llamarme Ronnie McDonald o algo así. Tucker se asomó fuera de la puerta de su oficina con impaciencia: —¿Vas a venir, Sra. Norris? Ariel disparó a Tucker una media mirada y sus suaves ojos azules descansaron en Lilliana. —Ten cuidado con ese —dijo con dulzura, extendiendo su mano y apretándole la suya. —Lo haré, pero gracias por la advertencia —le dijo a Ariel, con la sensación de que había sido advertida antes. Empezó a alejarse y se preguntó algo. No quería pisar los pies de nadie en cuanto a Tucker. Se dió la vuelta para hacer frente a Ariel. 2 La sirenita de la película La Sirenita se llamaba Ariel.
  • 24.
    —¿Están ustedes dos…?—Insinuó. —Oh, Dios, no, pero no porque él no lo haya intentado. Al igual que la Ariel real, estoy casada con mi príncipe azul. —De repente Ariel parecía preocupada—. Ya he dicho demasiado. Mis disculpas. Pero al ser nueva en la ciudad y todo, yo solo pensé que deberías saber que el señor McGrath es, bueno… —se fue apagando. —Está bien. He oído los rumores. De todos modos, sospecho Tucker solo está interesado en la compra de mi tierra. —Sí, claro que así es —bromeó Ariel—. Y no son rumores; es un hecho. Tucker se acercó de nuevo a la puerta de su oficina. —¿Qué están discutiendo ahí? ¿El estado de los problemas del mundo? No me gusta esperar — las fulminó con la mirada. —Tres palabras, Lilliana: Gran Lobo Feroz —Ariel le guiñó un ojo juguetonamente cuando Lilliana se alejó. Cuando entró a la gran oficina, él la miró críticamente con las manos apoyadas en las caderas. —Lo dije en serio cuando dije que no me gusta esperar. Mi tiempo es muy importante para mí. —Sí, sí, lo entiendo, Sr. Magnate de Bienes Raíces. Ahora ¿dónde está ese archivo? —contestó, molesta con su actitud. Tucker miró espantado que una mujer tuviera el descaro de hablarle de tal manera mientras que Lilliana no podía dejar de preguntarse qué tipo de poder tenía sobre las mujeres que soportaban su autoritarismo temperamental. Ella seguro que no estaba impresionada con eso. Con su mirada, sí, ¿pero en su actitud? Por supuesto que no. —Tengo que bajarlo —respondió irritado, sentándose en su escritorio y pulsando el teclado. —¿Estás ladrando órdenes y ni siquiera estás preparado? Date prisa y espera. Oh, hermano — ella rodó los ojos moviéndose al otro lado de la habitación. —¿Ya terminaste? —gruñó Tucker. El sonido profundamente feroz de su voz resonó en la habitación y la aturdió. Ella estaba mirando por el gran ventanal pero se dio la vuelta para observarlo. Tenía los ojos entrecerrados y por la forma en que estaba sentado en el borde de su gran silla de cuero marrón oscura, parecía como si estuviera listo para saltar sobre ella como un gran animal insaciable. Sin hacer ruido se miraron el uno al otro por lo que parecieron minutos, ninguno de ellos se movió una pulgada. Cuando Lilliana abrió la boca para decir algo en contrario, Tucker intervino rápidamente. —No me pongas a prueba, Lilliana, y no hay que confundir tolerancia con debilidad. Esa boca tuya va a meterte en problemas a menudo. No quiero faltarte el respeto nunca y espero la misma cortesía a cambio. Su boca se cerró. En primer lugar, la amenaza de una azotaina y ¿ahora esto? Ningún hombre le había hablado tan duramente y no sabía muy bien cómo reaccionar. —¿Fui claro? —dijo Tucker a través de la mandíbula apretada. —Como el cristal —susurró ella con una sonrisa apareciéndole en las comisuras de sus labios.
  • 25.
    Tucker se pusode pie y se movió sigilosamente hacia ella. Su ágil cuerpo delgado se movía como un gato salvaje acechando a su presa sin apartar los ojos de ella. El instinto de lucha o huida de Lilliana se puso en alerta y tenía el presentimiento de que aunque corriera como un demonio, al igual que los ciervos que había pensado antes, estaba atrapada en la trampa de Tucker y sus piernas no cooperarían ni se moverían. Su cerebro estaba a tope, su vientre revoloteando y su corazón latía sin control en su pecho. Tucker se acercaba a ella, su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su aliento en la mejilla. Su olor invadió sus sentidos haciendo sus pensamientos borrosos y nublados por el deseo. Se inclinó y extendió el dedo índice sobre la frente, por su mejilla y deslizándolo por encima de los labios. La rugosidad de la piel hablaba a gritos de su masculinidad. Dos veces la había tocado y ella ansiaba más. Lilliana cerró los ojos y tragó saliva preguntándose cómo un hombre que estaba sentado detrás de un escritorio todo el día podría tener las manos de un obrero. Su boca se abrió mientras jadeaba con ansiedad pensando en los secretos de su pasado. —Así que quieres saber mis secretos, ¿verdad? —le sopló al oído. Dios, sí, ella quería saber. Si por cualquier otra razón qué lo hacía tan condenadamente irresistible, devastador.
  • 26.
    5. Igual que masillaen mis manos, Tucker se burlaba en su mente. A pesar del sarcasmo y descaro de Lilliana, estaba demostrando ser tan fácil como todo el resto del universo femenino que había devorado. Todo lo que tenía que hacer era retirarse y hacerles pensar que no estaba interesado y luego mostrarles un poco de atención y voilà, podía deslizarse derecho a su ropa interior a voluntad. Se inclinó para provocarla con un beso cuando ella retiró abruptamente fuera de su alcance. Cuando abrió sus ojos, estaban en llamas. Tucker pensó por un momento que había leído su mente o tal vez que había expresado su pensamiento en voz alta ante la mirada furiosa en su rostro. —Ese archivo, Señor McGrath; me gustaría verlo ahora. Tucker se quedó momentáneamente aturdido. Su pene estaba ahora semirrígido y se sintió desconcertado por no haber llegado a saborear sus labios después de todo. Hizo un gesto hacia la computadora y ella rápidamente se trasladó a su escritorio y se sentó frente y al centro. Miró por la ventana el paisaje de Bridgeport y las oscuras nubes que comenzaban a formarse en el horizonte mientras trataba de bajar a su pene. Tal vez ella no fuera tan fácil como había pensado que sería. Cuando volvió a mirar por encima del hombro, Lilliana estaba absorta en lo que estaba leyendo y eso lo puso aún más incómodo. Él se ubicó detrás de ella y miró por encima del hombro para ver en qué exactamente estaba concentrada. Estaba navegando en un artículo acerca de sus múltiples aventuras sexuales y novias y su estómago se agitó, pero ella pasó las páginas aparentemente sin interés en ese tipo de chismes. Lilliana revisó las páginas rápidamente y nada parecía llamar su atención hasta que llegó a la información de su infancia. Se agachó detrás de ella y le pasó la nariz por su pelo corto mientras leía. Se preguntó por qué demonios estaba tan absorta por su aburrida crianza. Él habría pensado que sus numerosas aventuras amorosas eran mucho más entretenidas que su aburrida juventud creciendo como un peón de su padre. Aspiró profundamente y fue golpeado con su fragancia. Obviamente, era una marca barata de perfume pero no obstante, era encantadora e hipnótica. Curiosamente, sin embargo, el olor le recordaba vagamente a casa. —Interesante —susurró Lilliana. ¿Qué mierda era tan interesante? Tucker no le gustó su tono. Era una reminiscencia de la consejera matrimonial que él y su segunda esposa habían consultado justo antes de su divorcio. Se enderezó y se quejó: —¿Has terminado ya? —No, ni mucho menos —respondió ella de nuevo.
  • 27.
    —Bueno, la reservapara la cena es en veinte minutos así que sea rápido. Lilliana giró la silla para mirarlo, quedando su cara a pocos centímetros de su entrepierna. Sus ojos se abrieron cuando se dio cuenta de la cercanía a su polla y movió la silla hacia un lado para evitar sus ojos en su ingle. La boca de Tucker se crispó con diversión. —¿Hiciste reservas? —Por supuesto, lo hice. —¿Cómo sabías que aceptaría tu invitación?—preguntó con arrogancia. —Solo lo sabía —comentó con confianza. Lilliana se puso de pie y lo empujó hacia la puerta. —Esta es una mala idea. No estoy segura de con quién te crees que estás tratando, pero realmente no estoy interesada en ser otra de tus groupies, a pesar de lo agradable de ver que eres. Tucker se rio con un sonido seco y cínico. Lilliana lo miró enfadada cuando su risa se detuvo al fin. —No soy una estrella de rock, Sra. Norris. No tengo groupies, pero me alegra oír que me encuentras atractivo. —Como si no supieras que eres atractivo. Lo que sea. Me voy —afirmó con determinación y caminando rápidamente hacia la puerta. —Sra. Norris… —dijo Tucker en voz alta, haciendo que ralentizara su paso—. Si quieres saberlo, esperaba que aceptaras mi oferta de la cena. Hice las reservas independientemente porque si no hubieras aceptado mi invitación, todavía tengo que alimentarme. Dejó de lado lo que realmente había pensando, que era que él simplemente habría llamado a una de sus groupies quien, positivamente, habría aceptado su invitación si ella lo hubiera rechazado. Lilliana tenía una mirada de asombro en su rostro, como si quisiera ir a cenar con Tucker pero estaba luchando contra sus propios demonios internos al respecto. Él creía saber exactamente qué hacer. Apagó la computadora y, sin más preámbulos, pasó junto a ella sin mirarla. —Estaré en La Cantina si deseas unirte a mí. Tucker pasó junto a Lilliana rápidamente, rozándola en el proceso. Su colonia era deliciosa y ella vaciló fugazmente. ¿Debería o no debería? Sabía que al ir a cenar con él estaría abriendo una caja de Pandora y no habría vuelta atrás. Observó Tucker hasta que desapareció en el ascensor. Lilliana parpadeó rápidamente sintiéndose abatida. Buscó a Ariel esperando que la pelirroja pudiera arrojar algo de luz y ayudarla con la difícil decisión, pero ella ya se había ido y la única otra persona en la gran oficina era alguien limpiando los cubículos. Ella decidió bajar los doce tramos de escaleras hasta el nivel principal y de paso hacer un ejercicio cardíaco. Cuando llegó a su coche lo arrancó, aceleró el motor y tomó una decisión. Lo último que necesitaba en su vida era que un hombre le diga qué hacer, sobre todo un hombre cuya
  • 28.
    riqueza y seducciónle sonaba muy familiar y, sin duda, no un hombre que disfrutaba zurrar traseros. De vuelta en casa, Lilliana se duchó y se preparó algo de comer. Después de poner su CD de Koop Island se dispuso, a regañadientes, terminar la clasificación de las últimas de las cosas de Margo que daría a la caridad. Tucker se estaba poniendo más furioso por cada minuto que pasaba sentado solo en el caro restaurante en espera de Lilliana. No podía creer que realmente lo hubiera dejado plantado. En todos sus años de salir con mujeres ninguna le había hecho nunca algo así, nunca. Se movió incómodo en su silla al pensar en las numerosas mujeres a las que él había dejado plantadas. La súbita comprensión de la forma en que se debieron haber sentido lo afectó y no le gustó. Le hizo daño. Empezó a murmurar obscenidades en voz baja cuando un rival de negocios se acercó a su mesa. —¿Cenando solo?, debe ser la primera vez —resopló con sorna. —Pensé que como tú lo haces tan a menudo, también podría intentarlo —disparó Tucker de nuevo. El hombre lo ignoró completamente y continuó. —He oído que te dieron por el culo. Supongo que tal vez no deberías haberte metido con la esposa de Jensen. —Ese hijo de puta tuvo suerte y no le entregué nada excepto una elevada factura dental. ¿Has visto su cara? Me gustaría ver la factura médica que obtuvo por su mandíbula rota. Confía en mí, él quedó peor que yo. De todos modos, no sabía que era la esposa de Jensen. ¡Mierda! Si Jensen le hubiera dado lo que ella necesitaba en casa, no habría estado tan ansiosa de chuparme la polla y le puedes decir a ese pedazo de mierda que dije eso —siseó Tucker. El hombre parecía completamente ofendido por el lenguaje. No debería haber sido así, Tucker era conocido por ser brutalmente directo en todas las cosas y que muy rara vez se contenía. El hombre miró a su alrededor impacientemente como si estuviera planeando su fuga antes de Tucker lo denostara por traer a colación el tema. —Entonces, ¿qué está pasando con ese negocio del campo en las afueras de la ciudad? —le preguntó el hombre, tratando de cambiar de tema. —¿Por qué? ¿Qué has oído? —preguntó Tucker a la defensiva. —Solo que el nuevo propietario estaba solicitando un avalúo de la propiedad. —No he oído hablar de eso. El hombre puso los ojos en blanco. —El hecho de que no lo hayas escuchado, no significa que no sea verdad. Tucker hizo un gesto con la mano despidiéndolo. —Vete a la mierda, Edwards.
  • 29.
    Llegando a laconclusión de que Lilliana no iba a aparecer, Tucker dejó La Cantina. Se detuvo por un pequeño y cálido regalo hogareño para tratar de congraciarse con Lilliana. Eso debe lograr bajar su guardia, reflexionó. Estaría condenado si le permitía escaparse sin mantener su palabra acerca de la cena. Cuando Lilliana estaba cerrando la caja final, un golpe en la puerta la sobresaltó. Se acercó al ventanal para mirar hacia fuera y se sorprendió de ver al negro Maserati de Tucker estacionado en el frente. Había estado tan absorta en lo que estaba haciendo que no había oído llegar al vehículo. Miró el reloj de pared que marcaba justo las 22:00 horas. Estaba loco apareciendo tan tarde. Ella tenía que trabajar por la mañana. Se miró rápidamente y se dio cuenta de que solo llevaba puesto una enorme camiseta blanca y pantalones cortos. Comenzó a correr hacia su dormitorio para cambiarse, pero sonaron más golpes en la puerta, esta vez más fuertes y enfáticos. Vaciló, preguntándose si permitirle entrar o no, cuando recordó la mirada austera en su rostro cuando ella le hizo esperar antes y no quería molestarlo así de nuevo. ¿Qué demonios estaba pensando y por qué en la verde Tierra de Dios debía importarle si estaba molesto? Ella sacudió la cabeza con violencia. Al infierno con él. Abrió la puerta con irritación lista para leerle la cartilla, pero cuando los ojos de ambos se miraron quedaron congelados. Fue como si ambos hubieran estado listos para la pelea solo para detenerse en seco por las ansias de uno al otro. La mandíbula de Tucker quedó colgada mientras sus ojos se movían sobre el cuerpo de Lilliana. Esperaba que a él le gustara lo que veía porque seguro que a ella le gustaba lo que estaba de pie frente a su puerta. Tucker mostró una sonrisa lenta y constante cuando sus iris se lanzaron de nuevo a los suyos. —¿Minishorts? Ese es un aspecto interesante de ti —comentó, arqueando una ceja. —Estaba pensando en cambiarme pero no quiero que tengas otro berrinche por tener que esperar —respondió ella. —Tú no has visto una rabieta de verdad todavía, querida mía —respondió sin inmutarse por su sarcasmo y presionándola. —Disculpa. ¿Te he invitado a entrar? —La presión de Tucker le recordaba a su exmarido y su violencia en su última visita, y estaba menos que divertida. Ignoró su comentario y se abrió paso por la sala de estar, mirando casualmente las fotos sobre la repisa de la chimenea y en la pared. Tucker le ofreció una repentina y deslumbrante sonrisa. —Me encanta este CD. Es uno de mis favoritos. Care for a dance —meneando sus caderas provocativamente. Un baile con Tucker era la última cosa que quería y seguro que no lo necesitaba sacudiendo esas fantásticas caderas contra ella. Para su consternación, Tucker siguió balanceándose y moviendo rítmicamente su cuerpo tonificado con la música de jazz. Le brindó una sonrisa torcida y le hizo señas con su dedo índice para que fuera hacia él mientras pronunciaba la letra de la canción Come To Me. Lilliana juntó los
  • 30.
    muslos apretándolos paraaliviar los latidos que Tucker le estaba causando entre sus piernas. Se retractó; no le importaría que las caderas de Tucker frotaran contra ella después de todo, junto con el paquete de buen tamaño que había visto antes. Maldición cómo podía moverse. Lilliana se preguntó si tendría la misma musicalidad en la cama que en la pista de baile. —Holaaaa. Te estoy hablando a ti —dijo Lilliana, tratando de ignorar la provocación de Tucker. —Ya te he oído, he decidido no responder. De todos modos, yo no soy un vampiro, no necesito una invitación a tu casa para tomar lo que quiero —tarareó con voz cantarina. Segurísimo que no era un chupador de sangre, pensó. —Escúchame engreído… Tucker dio la vuelta rápidamente por el tono de voz de Lilliana. Su alegría había desaparecido y sus cejas se juntaron. La estaba mirando como lo hizo en su oficina. La fuerte reprimenda que le había dado ahí, junto con la amenaza de un culo rojo, seguía sonando en sus oídos y ella cerró la boca. —Es tarde y tengo que trabajar por la mañana —dijo ella amablemente, pero aún así muy molesta. La sonrisa de Tucker y el buen humor volvieron, y siguió bailando alrededor de la habitación. —No importa —¿No importa qué? —preguntó Lilliana sin saber a lo que Tucker quería llegar. Se deslizó a la mesa de la cocina, cogió una silla y se sentó frente a ella. —No importa si tú y yo tenemos que trabajar temprano, me debes una cena y espero que la concretes. En vista de que ya comí, me conformo con el postre. Ahora fue Lilliana la que se quedó con la boca abierta. ¿Estaba bromeando? ¿Y qué demonios quería decir Tucker con el postre? —Mira, yo no estoy segura de lo que piensas que va a pasar aquí, pero realmente tienes que irte —declaró Lilliana. —Y lo haré, después de que hayas preparado algo dulce para mí. Espero que sepas cocinar, Sra. Norris. Estoy con ganas de algo dulce —dijo con firmeza, clavando sus talones en el piso. Se aflojó la corbata, tomó su chaqueta y la colocó sobre la parte posterior de la silla, dejando muy claro que no iba a ninguna parte—. Algo afrutado y ligero —agregó. —Lo que tienes afrutado y ligero es el cerebro —murmuró caminando hacia su dormitorio. —¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó Tucker con una ceja levantada. —Nada. Si voy a cocinar, me tengo que cambiar —respondió ella. —No te cambies por mi causa. Me estoy haciendo muy aficionado a tu elección de vestimenta, pantaloncitos cortos y demás. —Sí, estoy segura de que lo haces. Lilliana siguió moviéndose hacia la alcoba cuando la voz de Tucker resonó con fuerza. —Sra. Norris, pensé que dije mis deseos claramente. ¡No-Te-Cambies! Lilliana se dio vuelta esperando ver una mirada dura en el rostro de Tucker, pero en su lugar vio unos suaves ojos castaños que bailaban con picardía. Fue un gran cambio para él. ¿Así que quería
  • 31.
    un show? Claro.¿Por qué no? Ella no se había sentido como una mujer en mucho tiempo, aceptó el desafío. Que comience el juego.
  • 32.
    6. Tucker observó consatisfacción como Lilliana extraía varios artículos de su nevera y armarios. Cuando se agachó para recoger algo de un armario inferior, podría haber jurado que su culo se balanceaba. Se puso de pie lentamente y lo miró por encima del hombro batiendo sus pestañas hacia él. Así que ella le estaba tomando el pelo. No podía apartar los ojos de su culo ajustado cómodamente en sus pantalones cortos. Sus suaves muslos firmes lo estaban llamando y en su mente estaban corriendo todo tipo de ideas de las cosas que quería hacer ese pequeño cuerpo. Seguramente ella algo sabía de lo que a él le gustaba. Lilliana balanceaba sus caderas de nuevo y se le ocurrió que, obviamente, no tenía ni idea del peligro en el que se estaba poniendo pinchando a un lobo salvaje con un palo. Cuando empezó a pelar manzanas, se movió hacia ella silenciosamente rozándola a propósito. Miró hacia el refrigerador donde divisó su tarjeta de visita por debajo de un pequeño imán redondo. Le gustó que la hubiera guardado y de manera destacada, es decir, hasta que vió la cinta adhesiva en el centro. Se la tendió interrogante con una risa ligera. Lilliana fingió no verlo y simplemente se encogió de hombros. —No tengo idea de cómo llegó allí —comentó aburrida. —¡Bien! —Tucker se rio entre dientes—. Parece que es posible que necesites una nueva. No puedes ver mis tricúspides increíbles con esta cinta en el medio. Lilliana rio. —Son bicúspides. De todos modos, dije que tienes unos molares increíbles, no bicúspides. Los molares se encuentran en la parte posterior de la boca, solo para tu información. Pero ahora que lo mencionas, tus premolares también son bastante espectaculares. Es difícil de creer que nunca has tenido la ortodoncia. —Mis padres nunca tuvieron suficiente dinero para ese tipo de extravagancia —dijo en voz baja mientras volvía a colocar la tarjeta reparada de nuevo en la nevera. —Los míos tampoco, pero trabajar en un consultorio dental tiene sus ventajas. Me puse brackets3 de adulta. —¿Una boca llena de metal? Realmente sexy. Pero, dime, ¿cómo haces una mamada con esos brackets? La expresión de Tucker fue de una curiosidad genuina, Lilliana sonrió y negó con la cabeza. 3 Aparatos de ortodoncia: Aparatología fija, aparatos dentales, frenos, brackets (Brackets por deformación y traducción a partir del inglés: ‘braces’) o frenillos, es la denominación habitual en ortodoncia para los instrumentos terapéuticos que utiliza el ortodoncista adheridos de manera temporal a los dientes para corregir anomalías de posición dentaria o de los maxilares.
  • 33.
    —Con mucho cuidado. Losojos de Tucker se agrandaron y su rostro se contorsionó como si estuviera asustado. —Eso espero. Tucker abrió la nevera y se puso a husmear, tomando nota de sus preferencias en aperitivos. Muchos de los elementos que se encontraban en su refrigerador estaban también en el de ella. ¿Los mismos gustos en los alimentos y la música? Interesante. Lilliana lo miró dubitativamente. —¿Así que además de ser autoritario, eres entrometido? Si ella supiera. —Soy entrometido en todas las cosas, Sra. Norris; no solo en los negocios, sino en mi vida privada también. Nada me gustaría más que mostrarte qué tan mandón puedo ser a puerta cerrada —coqueteó. —Yo no necesito órdenes, gracias. Lo he hecho muy bien por mi cuenta sin tener a un hombre que me domine. Tucker lo dudaba mucho. Lilliana claramente necesitaba ser dominada o tal vez eso era solo una ilusión de su parte. —No estoy de acuerdo. Creo que no solo necesitas un hombre que se haga se cargo de ti, creo que lo quieres, pero no cualquier hombre… —¡Vaya! Eres un pesado —resopló Lilliana, manteniendo sus ojos en la manzana mientras la pelaba lentamente. —Apuesta esos short que te tapan el culo que lo soy, y soy justo el pesado que va a mostrarte lo mucho que necesitas ser mandada. De pie directamente detrás de ella, Tucker resopló sobre su cuello. —Para empezar, lo estás haciendo todo mal Lilly. Te voy a enseñar cómo se hace. El cuerpo de Lilliana se puso rígido por la sorpresa de la súbita cercanía y se le aceleró la respiración. La voz de Tucker era baja y ronca, y la humedad de su aliento le hizo cosquillas en los pelos de la nuca. Nunca había permitido que nadie la llamara Lilly, pero la forma en que lo dijo fue arenosa y cruda, y tan condenadamente sexy que no se atrevía a negar el uso del apodo. Tucker retiró el pequeño cuchillo de su mano derecha. Apoyó su mano izquierda sobre la de ella mientras se aferraba con fuerza a la manzana parcialmente pelada. —Forces darling4 , para de luchar —exhaló en su oído, en referencia a la canción que sonaba de fondo, mientras clavaba la cuchilla sobre la manzana poco a poco. Comenzando por la parte superior de la fruta, movió su mano de manera rotativa dejando una tira decorativa de la cáscara cuando terminaron. —¿Ves cómo se hace? —susurró, refregando su endurecida polla en su culo. 4 Fuerzas, querida, Canción de Koop banda de Jazz electrónico sueca.
  • 34.
    El corazón deLilliana latió con fuerza en su pecho cuando sintió la dureza de Tucker en su trasero. Cuando su muslo rozó la cadera, sintió una sacudida de electricidad y sus sentidos se despertaron. No había sentido el toque de un hombre en tanto tiempo que se sentía ajena a ello pero, Dios, cómo lo echaba de menos. Cerró los ojos por un momento, plenamente consciente de dónde la tocó su carne caliente. Sus grandes manos eran tan fuertes y ásperas, Lilliana se preguntó qué otro tipo de magia podían hacer. Cuando terminaron con la primera manzana, quitó la mano de la de ella, dejó el cuchillo y puso sus manos sobre la mesada. —Ahora muéstrame qué tan bien puede seguir órdenes. Pélala, Lilly. Sin errores. Quiero que sea perfecta, igual que tú. La voz de Tucker era diferente a la anterior, más profunda, más silenciosa y autoritaria. Sí, ella quería estar bajo su mando por mucho que odiara admitírselo. Lilliana se sentía lejos de la perfección pero aceptó el cumplido y ronroneó con su alabanza. Había pasado demasiado tiempo desde que un hombre había hablado tan dulcemente. Tratando de bajar la temperatura de la habitación, intentó entablar conversación con Tucker mientras sus temblorosas manos pelaban la manzana. —Dime, ¿te patean el culo a menudo? Tucker le rio al oído en voz baja. Su risa era profunda, cálida y rica, y le hizo acelerar el pulso. —No, no a menudo —dijo, acariciando su cabello con la nariz. —¿Te acuestas con mujeres casadas a menudo? —Así que has oído los rumores —murmuró, sin inmutarse. —¿Lo haces? —No, Lilly, yo no me acuesto con mujeres casadas a menudo —respondió, moviendo sus manos desde la encimera hasta su cintura. —¿O no lo haces lo bastante a menudo? —Lilliana lo pinchó. Apretando la cintura de Lilliana fuertemente, respondió con firmeza: —Deja de hablar Lilly y haz lo que te digo. Las manos de Lilliana temblaron aún más pensando en las cosas que quería que él le hiciera a su cuerpo con esas fornidas manos expertas. Empujó su culo de nuevo contra él y consiguió la respuesta que anhelaba: un gruñido que terminó con un suspiro. Ella sujetó sus manos lo mejor que pudo para demostrarle que podía seguir sus instrucciones. Tucker escuchó a Lilliana tragar con dificultad. Solo había esperado algo de comer de su visita, pero esta pequeña parada estaba resultando mucho mejor de lo que había anticipado. Buena música, una mujer hermosa con un culo como una cebolla que podría traer lágrimas a sus ojos, cocinaba para él y hacía lo que le ordenaba. ¿Cuán suertudo podría ser un hombre? Cuando Lilliana empezó a pelar la fruta tal como él se lo había mostrado, la agarró por los hombros y le hundió sus dientes en la suave carne de su nuca, justo lo suficiente para dejar una marca sin lastimarla. Ella sabía a cielo, salado y limpio. Lilliana dejó escapar un gemido agudo y sus manos comenzaron a temblar.
  • 35.
    Cuando ella sedetuvo, Tucker le lamió el hueco de la oreja y dijo suavemente: —Continúa, Lilly —le gustaba la versión abreviada de su nombre. Le sentaba mejor. Haciendo lo que le decía, terminó y comenzó con otra manzana. Satisfecho con lo bien que su nueva mascota estaba siguiendo sus instrucciones, recorrió con la boca su espalda y deslizó sus pantalones cortos hasta los tobillos, dejando al descubierto su culo desnudo. Era absoluta y jodidamente perfecto, redondo y firme, y nada menos que glorioso. —¡Tucker! —dijo Lilliana nerviosa comenzando a darse la vuelta. Tucker agarró sus caderas con firmeza, sosteniéndola en su lugar para que no pudiera resistirse ni moverse. —Silencio, Sra. Norris —gruñó mientras le mordía una nalga. Lilliana chilló y él le lamió y mordió la otra nalga como respuesta. Justo cuando comenzó a meterle un dedo en el coño, ella dijo más ardientemente: —Tucker, por favor. Tucker le subió los pantalones y la hizo girar. Sus cejas se fruncieron, pero tenía los ojos lánguidos. —No hay necesidad de suplicar —bromeó mientras se inclinaba para besarla. Quería saborear sus labios tan desesperadamente que su polla palpitaba con una intensidad que no había sentido en mucho tiempo. Justo cuando sus labios tocaron los de ella, Lilliana puso su mano entre ellos y empujó contra su pecho firme, forzándolo a apartarse. —Por favor, detente —pronunció sin aliento. Había pasado tanto tiempo desde que una mujer le había dicho que no, que quedó ligeramente aturdido. Dio un paso atrás y recorrió su cuerpo con la mirada. Era obvio por su respiración agitada, sus muslos juntos y apretados y sus malditos ojos que ella quería lo mismo que él, así que ¿cuál era el problema? Tucker y Lilliana quedaron mirándose el uno al otro, la siguiente canción en el CD comenzó y las cejas de Tucker subieron. —Qué apropiado —bromeó con Lilliana sobre el título de la canción. —¿Let’s elope5 ? No lo creo. Puedo estar caliente pero no soy estúpida. —¿Dónde está tu sentido del romance? —preguntó él. —El romance está muerto. Las cejas de Tucker se juntaron y pasó las manos por su pelo. —¿Cuánto tiempo planeas hacer esto, Lilly? —¿Hacer qué? —preguntó ella, agarrando la encimera detrás de ella para apoyarse. —Fingir que no estás atraída por mí. Lilliana suspiró y sacudió la cabeza. —Ya he admitido que te encuentro atractivo, pero eso no significa que tenga que actuar tontamente y hacer algo de lo que me arrepentiré. 5 Fuguémonos o Vamos a fugarnos también de Koop.
  • 36.
    Tucker se echóa reír. —Te prometo que tu experiencia conmigo será agradable, no te arrepentirás. —Estás muy seguro de ti mismo, ¿verdad? Conozco a los de tu tipo y la última cosa que necesito es involucrarme con alguien como tú. La alegría de Tucker se fue en un instante. ¿Qué demonios quería decir Lilliana con eso? —¿Y qué tipo es ese? —El mismo que mi exmarido. ¿Lilliana realmente lo estaba comparando con el idiota hijo de puta de Adam? De ninguna manera. Tucker apretó la mandíbula, se enderezó y la fulminó con la mirada. —No soy como ese hombre. He trabajado duro para llegar a donde estoy y hacer mi propio camino, ni una sola vez dependí de mis padres. Y nunca, nunca, engañé a mis mujeres. ¡Quien diga lo contrario es un maldito mentiroso por Dios! —ladró Tucker. De repente Lilliana lo miró arrepentida. —Lo siento. No era mi intención de compararte… —dijo en un susurro mientras sus ojos recorrían su rostro buscando el perdón. Tucker quería estar enojado, pero la mirada de tristeza en los ojos de Lilliana lo tocó. Ella nunca podría admitirlo, pero Adam la había herido profundamente y su mecanismo de defensa de empujar lejos a los hombres era dolorosamente obvio. —Termina de hacer lo que sea que estés haciendo. Tengo algo para ti en mi coche. Volveré. Tucker salió sin decir nada más y Lilliana se sintió horrible. Juró que nunca compararía a nadie con el inútil de exmarido. Por lo poco que había leído sobre Tucker, sabía que sus infancias fueron mundos aparte. Lo último que había visto fue que apoyó a sus padres después de que su granja fuera a la quiebra. Era algo noble y algo que su egoísta exmarido sería incapaz de hacer. Maldito fuera por ser tan atractivo. Ella lo deseaba, pero sabía que estaría bromeando sí pensaba que estar con un hombre como Tucker McGrath sería algo más que sexo. Y su corazón no estaba preparado para ese tipo de castigo. Lilliana se obligó a terminar su tarea. Sacó la harina, el azúcar moreno, nueces, avena y la mayonesa, el ingrediente secreto. Se sentía tan mal por su crítica y por la mirada legítimamente herida en sus ojos que esperaba que su exigua manzana crujiente compensara la actitud de su dura y afilada lengua. Justo cuando estaba colocando la bandeja en el horno para cocinarla, oyó un tintineo melódico procedente del porche. Dejó el temporizador y se fue a ver de dónde venía el ruido. Cuando salió al porche de su casa, Tucker estaba arreglando un carillón de viento que había colgado cerca de la balaustrada. Era colorido y parecía estar hecho de vidrio soplado a mano y latón. Lilliana se quedó mirando mientras Tucker luchaba para colgar la campana decorativa, sorprendida por lo muy atractivo que era. Tras una inspección más minuciosa pudo ver en él al chico de granja que había sido, con sus manos fuertes, bíceps bien definidos y musculosos muslos y pantorrillas. Pero fue su sonrisa y sus ojos lo que delataba su verdadera crianza. Siempre había
  • 37.
    deseado un chicode granja al que llamar suyo; alguien con carisma y valores del medio oeste. Ella había renunciado hace mucho tiempo a tratar de encontrarlo. Después de varios intentos de que el carillón quedara derecho, Tucker retrocedió, inclinó la cabeza y asintió. No había visto a Lilliana mirándolo y cuando se volvió él se sonrojó, algo que Lilliana encontró encantador. Tucker no parecía el tipo de hombre que se sienta avergonzado de nada. —Pensé que sería un bonito regalo de bienvenida. —Tienes razón; es hermoso. Gracias —dijo Lilliana efusivamente, caminando de puntillas para tocar el cristal. —Así eres tú —respondió Tucker con lujuria. Lilliana lo miró con reservas, sin saber qué responder. Todavía estaba en guardia con él, insegura de sus intenciones. —No esperes que me crea que nunca te han dicho antes que eres hermosa —soltó un bufido. —Sí, lo han hecho pero no me gusta. —¿Qué? ¿Lo dices en serio? —¿Tú lo dices en serio? —dijo Lilliana contrarrestándolo, alzando las cejas hacia él. Tucker le dio la espalda y caminó hacia la puerta principal, al parecer molesto por la pregunta. —Por favor, no cuestiones mis intenciones ni motivaciones, Sra. Norris. Lilliana pasó junto a él y entró a la casa. —He aprendido a cuestionar todo y a todos, señor McGrath, y si tienes motivos ocultos, te serán muy útiles para poder encontrar otra persona para jugar con sus emociones. La firmeza en la voz de Liliana le recordó a su madre y también lo hizo la severa mirada que le estaba dando. Tucker logró una pequeña sonrisa vacilante en respuesta, recordando su espíritu amable pero de inquebrantable firmeza. Echaba de menos a su familia y tuvo la repentina necesidad de visitar su antiguo hogar. No había vuelto en casi cinco años. Miró a la campana con aire de culpabilidad. El regalo no provenía de su corazón y una ola de vergüenza se apoderó de él por sus planes engañosos. No era la forma en que había sido criado y sus padres se habrían horrorizado de sus acciones, todo en nombre del todopoderoso dólar, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra donde estaba parado había sido propiedad de su familia desde hace casi un siglo. Cuando entró en la casa, un aroma afrutado y dulce llenó su nariz y le recordaba a su casa. Cerró los ojos y fue llevado de nuevo a su niñez. Le encantaba vivir en la granja con la soledad y la paz que le proporcionaba. Respiró hondo una vez más antes de empujar todos esos sentimientos a un lado. No llegó a donde estaba por ser debilucho y sensiblero y estaría condenado si una mujer obstinada del Medio Oeste iba a ponerlo de rodillas. Si alguien iba a estar de rodillas, iba a ser la pequeña terca provocadora llamada Lilliana. Quería esa maldita tierra y prometió que sería suya. —Voy a comer ese postre y me iré —dijo Tucker con brusquedad.
  • 38.
    Los ojos deLilliana se lanzaron hacia él mientras sacaba la bandeja del horno y brillaron con confusión e irritación. —¿Te vas? —Sí, ya es bastante tarde y, como has mencionado, los dos nos tenemos que levantar temprano para ir a trabajar. Lilliana lo fulminó. —Esto no es un servicio de comida-rápida, idiota. No puedes aparecer, ladrar una orden, y luego irte. Me hiciste hacer esta maldita manzana crujiente y vas a sentarse y disfrutar de ella adecuadamente. —La voz de Liliana era de terciopelo, pero fuerte e inflexible. Tucker no pudo evitar sonreír estúpidamente. —¿Idiota? —Ya me has oído. Ahora trae ese lindo culo aquí y siéntate. —Si piensas que mi culo está bueno, ¿por qué no me dejas plantar mis labios sobre los tuyos? Te has negado dos veces, Lilly. Dos veces. Quiero esa boca y yo no soy un hombre que acepta un no por respuesta sin luchar. Lilliana se calmó por un momento como si pensara en la declaración de Tucker. —Muy bien, puedes darme un beso, pero solo un beso. ¿Trato hecho? —Lilliana se mordió la comisura del labio nerviosamente. Que así sea. Si se trata de solo un beso, Tucker le daría un beso que nunca olvidaría. No iba a perder la oportunidad de finalmente sentir su boca sobre la suya y se movió rápidamente antes que Lilliana cambiase de idea. Le agarró la mano y la tiró hacia él mientras se sentaba en una silla a la mesa. Tucker la puso en su regazo, le sostuvo la cara con fuerza con una mano y le tomó del pelo con la otra, tirando su cabeza hacia atrás para alcanzar un completo acceso a las profundidades húmedas de su boca. Se abalanzó hacia ella pero, a último momento, desaceleró sus movimientos dejando sus labios a solo centímetros de los de ella. —Voy a verte de rodillas, Lilliana Norris. Te prometo eso —sopló en su boca entreabierta. Las mejillas de Lilliana se sonrojaron y Tucker sabía que había dado en un punto justo. Sí, estaría de rodillas y suplicando por su toque, y la tierra sería suya. Solo tenía que jugar bien sus cartas y ser paciente con ella. Movió su boca sobre la de ella devorando su suavidad. Los labios de Lilliana se separaron y ella se inclinó para encontrarse con el beso de Tucker. Empujó su lengua suavemente por sus labios, tomándose su tiempo y disfrutar lentamente de su maldita boca. Deslizó su lengua por los dientes y el cielo de su boca, ella se estremeció con su contacto. Maldita sea, ella sabía muy bien. Se apartó un poco y besó la comisura de los labios con ternura, solo para agarrar su cara más firmemente y devastar su boca por completo. Su beso era urgente y exploratorio, sus lenguas se retorcían y giraban juntas, los sonidos de húmedos chasquidos llenaban la cocina. Las manos de Lilliana se movieron alrededor de sus hombros y cuello, y lo agarró agresivamente enterrando su lengua aún más profundo dentro de su boca mientras le mordisqueaba el labio inferior. Su boca se movió a la mejilla y luego hacia abajo, hasta su cuello, donde chupaba con saña. —Tucker —suspiró al oído mientras frotaba el culo hacia abajo en la polla dura como una roca.
  • 39.
    Cuando su lenguacomenzó a hacer pequeños círculos en la oreja, perdió por completo el control de sí mismo. Se puso de pie, la levantó y la dejó sobre la mesa con un ruido sordo. Tirando de su camiseta sin mangas en un movimiento rápido por encima de su cabeza, él se sumergió en sus pechos desnudos. Chupó y tiró de sus pezones rosados fruncidos con los dientes y Lilliana le tiró de su cabello, guiándole la cabeza hasta su boca. —Un beso, Tucker. Solo un beso —maulló ella. —Quiero más —gimió en su boca. —Por favor, solo un beso —susurró. Tucker se puso de pie y vio la mirada asustada en sus ojos. Paciencia Tucker, se recordó. Si iba a ganarla tenía que ser más paciente de lo que jamás había sido en su vida. Se alejó de ella vacilante con su erección presionando incómodamente en sus pantalones. —De acuerdo, Lilly. Solo un beso, por ahora.
  • 40.
    7. Lilliana estaba desnudade la cintura para arriba tendida sobre la mesa, mientras ambos se miraban el uno al otro; la expresión de Tucker era ilegible. Quería saltar y cubrirse, pero por la forma en que la miraba no quería que el momento terminara. Sus ojos se movían sin cesar sobre su cuerpo, calentándola desde adentro hacia afuera. Por último le ofreció su mano, la ayudó a levantarse y le entregó la camiseta que estuvo malditamente cerca de hacer trizas. Ella trató de ponérsela con gracia mientras Tucker se sentó y siguió mirándola boquiabierto. Su intensa mirada era enloquecedora. ¿Iba a parpadear o continuar observándola con los ojos muy abiertos? Lilliana parpadeó rápidamente en una respuesta favorable a lo que hacía. Pasando al postre, empezó a cortarlo agradecida por la distancia que ponía entre ellos cuando Tucker se puso sobre ella de nuevo, guiando su mano mientras cortaba el crujiente de manzana. Sus movimientos eran lentos y deliberados, su boca estaba a un pelo de la piel de su cuello. Lilliana no podía soportar más su tortuosa provocación. —Te deseo, Lilly, y no me gusta esperar. Te sería útil no olvidarlo —dijo con severidad. —No creo que pueda olvidarlo aunque quisiera. —Me alegro oír eso —dijo con una sonrisa que resonó a través de su voz varonil. Sentada a la mesa, mantuvo los ojos fijos en la boca de Tucker mientras comía. Había estado en su cuerpo hace solo unos momentos, sobre sus pezones para ser exactos y deseó no haberle dicho que se detuviera. Ella quería más, pero temía por el tipo de intimidad que él buscaba. Todavía no confiaba plenamente en él pero habían sido unos largos y solitarios diecinueve meses desde que había tenido las manos de un hombre en su cuerpo o una palpitante polla entre sus piernas. Disfrutaba viendo a Tucker devorar su postre como si no hubiera tenido una comida casera en años, mientras pensaba en todas las formas en que quería que la tomara. —Esto es excelente, Lilliana. Realmente, está simplemente increíble. No he tenido una comida casera en mucho tiempo —dijo en respuesta a su pregunta no formulada—. Así que sabes cocinar. ¿Qué más puedes hacer con esas manos? —le hizo un guiño insinuante. —Yo puedo pelar un choclo6 más rápido que nadie que conozca —respondió ella, queriendo retractarse inmediatamente de sus dichos cuando Tucker se echó a reír. —¡Mierda! ¡Eso es tremendo! ¡Eres una campesina paleta7 ! —bramó él. Se puso de pie y rápidamente le golpeó la parte posterior de su cuello. 6 En el original Corn: espiga femenina del maíz también llamada mazorca o elote. 7 En el original red-neck: cuello-rojo= paleto: nombre despectivo con que se conoce a los campesinos sureños de EEUU.
  • 41.
    —¿Quién es elpaleto ahora? —hizo un puchero, cogiendo su plato sin terminar junto con el de ella y llevándolos al lavavajillas. —¡Hey, no he terminado con eso! —Sí, lo has hecho. —Oh, buá-buá. Soy un paleto también. Solo que lo escondo mejor. Ahora dame ese delicioso postre de nuevo, ahora —recalcó Tucker con una sonrisa tonta en la cara. Cuando Lilliana lo colocó de nuevo frente a él, Tucker se estiró girando y golpeó su culo duramente; la fuerte bofetada hizo eco en la gran cocina. Lilliana dejó el plato sobre la mesa y lo miró horrorizada. Se frotó su trasero y una sonrisa estúpida se le dibujó en la cara mientras sus bragas se humedecieron. Tucker no le prestó atención y tragó los últimos bocados lamiéndose el dedo índice luego de deslizarlo por el plato para sacar hasta la última miga. Una imagen de Tucker chupándose los dedos luego del juego-previo le vino a la mente y se sonrojó ante sus pensamientos cachondos. —¡Joder, está delicioso! —murmuró él. Oh, ella tenía algo delicioso y jugoso para él justo entre sus piernas. Todavía aturdida por el azote, puso los ojos en blanco para sí misma. Contrólate, Lil, se reprendió a sí misma. Su calentura estaba empezando a nublar su juicio y lo sabía condenadamente bien. Observándolo prácticamente lamer el plato, resultaba cliché, pero había aprendido hace tiempo que el camino al corazón de un hombre era a través de su estómago; a eso y al pantalón. Cuando miró el reloj del microondas, se horrorizó al ver que era casi medianoche. Tenía que levantarse en cinco horas. —Sí, lo sé, es tarde. Conozco el camino —declaró Tucker parándose y dirigiéndose hacia la entrada. Al abrir la puerta, Lilliana se trasladó a su lado y sostuvo la puerta abierta para él. Tucker echó un vistazo a su cuello y sonrió diabólicamente. —Diviértete tratando de explicar eso. Lilliana no tenía idea de lo que estaba hablando y estaba demasiado cansada para tratar de averiguar su código masculino. Él le tocó la barbilla justo antes de alejarse, inclinándole la cabeza hacia atrás. —Eres realmente hermosa —afirmó suavemente mientras le besaba la punta de la nariz y luego sus labios. El contacto de la boca de Tucker era una deliciosa sensación y ella ansiaba más, pero sus cejas se juntaron como si luchara contra algo y la alejó suavemente. —Y tú realmente tienes un lindo culo —respondió ella. —Soy muy consciente de eso —dijo arrogantemente alejándose de ella—. Ciao, mascota —se despidió a su espalda. El corazón de Lilliana dio un vuelco por su expresión cariñosa y el recuerdo de sus labios presionando contra sus pechos. Estaba empezando a pensar que ser la mascota de Tucker podría no ser tan malo. El auto se alejó con sus ruedas traseras girando y levantando un torbellino de polvo y guijarros. Una ráfaga de viento pasó junto a ella y el carillón de viento sonó melodiosamente, recordándole que Tucker McGrath había estado allí. Se sentó en la mecedora y, salvo el sonido del canto de los grillos, no se oía otra cosa más que su respiración. Estaba tranquila y el olor de la
  • 42.
    hierba recién cortadaera vivificante. Le trajo buenos recuerdos de su infancia cuando con su madre visitaban a Margo y cómo jugaba en los campos bajo la atenta mirada de ella. Odiaba la idea de tener que renunciar a la tierra que su tía había luchado tan duro para mantener y que sus antepasados habían poseído durante un siglo. Pero los impuestos… Ella temía a la idea. Tenía que haber alguna manera. Rezó para que hubiera otra manera. La mañana llegó demasiado rápido y apenas tuvo tiempo suficiente para cepillarse los dientes y el pelo. Lilliana casi había chocado a un caro coche deportivo en su loca carrera por llegar a tiempo. Tan pronto como entró en su oficina y pasó por la recepción, oyó varias risitas. —Bien hecho, Lilliana. ¿Es de Tucker McGrath? —escuchó decir a Dana. —¿Qué? —preguntó, desconcertada por su comentario y el repentino interés en su vida privada. Dana hizo un gesto hacia su cuello pero Lilliana no podía ver a lo que se estaba refiriendo. Fue directamente al baño y giró su cabeza para ver una marca roja fresca en su nuca. Lilliana jadeó y trató de frotar como si se fuera a desaparecer por arte de magia como la tiza en una pizarra. Estaba sensible e hizo una mueca. ¡Maldito, Tucker! ¿Cómo demonios iba a explicar eso? El comentario de Tucker le vino a la cabeza y ahora sabía a qué se refería. Trató de no sonreír, pero la sonrisa de campesino plasmada en su rostro cuando ella mencionó sus habilidades del desgranado del maíz apareció en su mente. Empezó a reírse cuando Dana entró en el baño. —Fue Tucker, ¿no es así? —Cómo… —empezó a preguntar Lilliana. —Jordan lo vio esperando en tu coche ayer. ¡Por Dios, Lilliana! ¿Te has acostado con él? — preguntó con entusiasmo, agarrándole los hombros. —¡Dios mío, Dana!, acabo de conocer al hombre. No, no he dormido con él. —¿Así que solo estaba marcando su territorio? ¿Donde más te ha marcado? —se rio, tocando el culo de Lilliana. Lilliana frotó su trasero pensando en los dientes de Tucker hundiéndose en su nalga y la palmada posterior. Ahora que Dana lo mencionaba, la idea no sonaba fuera de lugar con el modo de macho- alfa que Tucker empleaba con ella. Se sentía afortunada de que se hubiera limitado a una mordida y una palmada en vez de mear su pierna. —Él ha sido un poco juguetón —refutó—. Ahora, en serio, no quiero hablar de esto. Cuando llegó la hora del almuerzo, Dana llegó disparaba a la pequeña oficina de Lilliana. Dana movió las cejas hacia arriba y abajo. —¡Tucker está aquí!, pregunta por ti, y tiene algo, también. Lilliana trató de ocultar su emoción, pero era casi imposible. Había estado pensando en él todo el día, y en ese beso. Había estado intentando con dificultad centrarse en limpiezas y cavidades cuando todo lo que aparecía en su mente eran los comentarios sugerentes de Tucker, su voz baja y gruñona, y su cálido aliento en el cuello y el cuerpo. Se pasó la mano por el pelo corto y se pellizcó las mejillas. Corrió hacia el vestíbulo pero luego pensó que era mejor retrasar el paso para no parecer demasiado desesperada. Haciendo una pausa en el pasillo, vió como Tucker paseaba por el vestíbulo. Tenía una lata en la mano y se preguntó qué clase de regalo le había traído. Dana dobló la esquina tan rápido que chocó con ella. —¿Qué estás esperando?, ve a buscarlo —gritó ella mientras la empujaba hacia el vestíbulo.
  • 43.
    Dana hizo talalboroto que varios pares de ojos se posaron sobre ellas, incluyendo los de Tucker. Su sonrisa contagiosa y la brillantez de sus dientes naturalmente perfectos le daban ganas de arrojarse sobre su cuerpo sólido y en sus brazos. Cuando se apartó el pelo de los ojos y se mordió el labio inferior, Lilliana pensó que iba a mojar el uniforme con su crema. Mantén la compostura, se recordó a sí misma sin saber si podía hacer una cosa tan simple. Ella cerró los ojos y se recompuso. —Hola Lilly, que bien verte de nuevo. Tenía la esperanza de que pudiéramos tomar un almuerzo rápido. ¿Estás disponible? —le preguntó mientras sus ojos examinaron su cuerpo. —Creo que sí… —Sí, ella está disponible —dijo Dana con una risita. Lilliana le lanzó una mirada de cierra-el-maldito-pico y Dana se escabulló como un perrito con la cola entre las piernas. —Solo estaba tratando de ayudar —murmuró. Tucker le tomó educadamente la mano mientras la llevaba hasta el estacionamiento. El calor de su mano musculosa era un gesto dulce de bienvenida. Tal vez el romance no estaba muerto después de todo y tal vez se había equivocado sobre él. Tal vez realmente era un buen tipo. En su auto, abrió la puerta del acompañante y la ayudó a entrar. Nunca había sido tratada como una dama. Adam ciertamente nunca fue tan cortés o caballeresco. Lo observó pasar por la parte delantera del coche con los ojos clavados en los de ella. Después de sentarse en el asiento del conductor, se inclinó sobre ella, le colocó el cinturón de seguridad y se detuvo con la boca junto a su oído. —He estado pensando en ti todo el día, mascota, y en esos labios y esas tetas increíbles. Veo que te dejé mi tarjeta de visita —respiró poniendo su mano alrededor y tocando el tierno mordisco de amor en la parte posterior de su cuello. La agarró con fuerza y tiró de ella hacia su boca, deslizando su lengua por sus labios. Ella gimió de dolor y Tucker inhaló, absorbiendo su aliento mientras ella hundía sus dientes en su lengua larga y gruesa. Sabía también que Lilliana no quería que se detuviera y habría estado contenta de pasar el almuerzo besándose descaradamente con el magnífico hombre conocido como Tucker McGrath cerniéndose sobre ella, con sus manos por todo su cuerpo. Terminando su lento y profundo beso, Tucker respondió: —No podía dormir, así que hice algo para ti. Él se echó hacia atrás y le dio un recipiente de hojalata con una escena de Navidad en el frente. La abrió para encontrar galletas caseras. Ella se rio un poco sin entender su significado pero aún conmovida por su gesto. —Son una receta de mi madre —mintió Tucker. Cuando vio la genuina alegría en el rostro brillante e ilusionado de Lilliana, miró hacia delante y hacia fuera de la ventana, incapaz de hacer contacto visual con ella. Era demasiado fácil perderse en la forma en que lo miró y tragó saliva. Ese sentimiento de culpa fue creciendo rápidamente en el estómago de nuevo. Los bizcochos esponjosos no eran una receta de su madre sino una cena congelada Hungry-Man. Había parado en una tienda de 24 horas la noche anterior y compró un poco de pasta instantánea. En ese momento, se creyó muy astuto por pensar tan rápidamente, pero ahora… ahora se sentía como una mierda cuando la vio morder uno de ellos con felicidad.
  • 44.
    —Oh, Tucker, estándeliciosas. Gracias. Yo… —su voz se desvaneció. Los ojos de Lilliana vagaron sobre su rostro y se posaron en su boca—. Creo que te juzgué mal. Sintiéndose profundamente incómodo con la mirada de sus ojos, Tucker cogió su teléfono y le tocó la pantalla. —Recibí un mensaje de texto sobre algo importante. Tengo que irme —dijo cortado. Se sentía como un completo hijo de puta que solo quería joderla. La confusión se instaló en el rostro de Lilliana. —Yo ni siquiera oí el timbre. —Lo tengo en vibrador —volvió a mentir. —Está bien —respondió ella con tristeza abriendo la puerta del vehículo, obviamente decepcionada. —No, espera. A la mierda el trabajo. Vamos a almorzar. Tucker no podía decidirse. Quería tanto la propiedad de Lilliana que envió su culpa hasta el fondo de su subconsciente y siguió adelante con su plan. —¿Estás seguro? —Sí, vamos a hacer esto —dijo con decisión, refiriéndose más a su plan que al almuerzo. En el restaurante, Lilliana estaba demostrando ser un hueso duro de roer. Tucker seguía tratando de entablar conversación haciéndole preguntas personales, pero ella siempre reorientaba las preguntas hacia a él. Estaba deliciosa en su uniforme azul mediterráneo con estampado floral y se moría de ganas de sacárselo. ¿Por qué no podía ser simplemente fácil, pan comido, agradable y sórdida, como el resto de sus aventuras? ¿Y por qué diablos tenía que ser tan condenadamente adorable? —¿Qué estás pensando? —la cara de Lilliana rebozaba curiosidad. Tucker decidió ser honesto, para variar. —En sacarte toda esa ropa y enterrar mi polla dentro de ti durante horas —respondió con franqueza. Los ojos de Lilliana se agrandaron y se atragantó con un trago de agua. Una vez que recobró su voz lo reprendió. —Tú acabas de probar que el romance está realmente muerto. No sé si eres consciente, pero se puede ser honesto sin ser tan franco. Tucker movió los hombros en un gesto de indiferencia. —¿Dónde está la diversión en eso? De todos modos, el romance no está muerto solo está sobrevalorado. Hay algo que decir acerca de putear y decir guarradas. Deberías intentarlo alguna vez. Es muy liberador —arqueó una ceja. Lilliana se inclinó hacia él exhalando con desaprobación. —¿Y besas a tu madre con esa boca sucia? Una débil sonrisa de satisfacción cruzó la boca de Tucker. —De vez en cuando. Pruébalo, Lilly. Di: Me gusta ser follada duro, Tucker. Dilo.
  • 45.
    Lilliana negó conla cabeza pero la sonrisa en su rostro revelaba su gusto por la salvajada de Tucker. —Nunca te imaginé mojigata, Lilliana Norris. Lilliana lo miró ofendida. —¡Yo no soy una mojigata! —gritó entre dientes, sentada en el borde de su asiento. Divertido por su reacción, Tucker continuó burlándose de ella. —Entonces dilo. Mejor aún, di: Métemela por el culo, Tucker. Me gusta cuando entra profundo. Estaba decidido a avergonzarla y a sacarla de sus casillas, sabiendo muy bien que no lo conseguiría. Lilliana entrecerró los ojos y la risa de Tucker se tornó afilada. —Joder, lo sabía. M-O-J-I-G-A-T-A —subrayó él. Lilliana sonrió dulcemente a cambio, se echó hacia atrás cómodamente en su asiento y se lamió los labios. Tucker se confundió por su reacción y de repente se preocupó por lo que pudo haber provocado en la ardiente morena. Cerrando los ojos, Lilliana suspiró suavemente y gimió: —¡Oh, Tucker… jódeme por el culo! ¡Métemela profundo! ¡No me hagas esperar más por tu tentadora polla! Los ojos de Tucker se agrandaron y fue su turno de atragantarse con su bebida. Echó un vistazo a la habitación para ver que varios pares de ojos saltones los miraban. —¡Tómame ahora, Tucker! —continuó, gimiendo más fuerte. Tucker se estiró sobre la mesa y le cogió la mano. —¡Está bien, está bien! —aulló, estallando en carcajadas. Lilliana inmediatamente abrió los ojos y tomó un sorbo de su agua, sin mostrar una pizca de humillación. Tucker continuó riéndose mientras se sostenía el estómago. —No dije que tuvieras que seguir con esto —le dijo cuando por fin recuperó el aliento. —Pensé que tenía que improvisar un poco. Tienes razón, es liberador. ¿Tendré otra oportunidad para hacerlo? —ella batió sus pestañas. —¡Joder, no! Dime, sin embargo, realmente ¿te gusta ser follada por el culo? —él sonrió. Los ojos de Lilliana estrecharon de nuevo y cruzó los brazos. —Estás tentando a la suerte. Ahora dilo. —¿Qué digo? —preguntó Tucker. —Tú, Lilliana Norris, no eres una mojigata. Vamos, dilo. —No voy a hacer tal cosa. —Hice lo que me pediste. ¡Dilo! —exclamó irritada de que no se retractara de su declaración. No mostró signos de hacerlo. —No lo haré. No hasta que realmente me demuestres lo contrario —le guiñó un ojo.
  • 46.
    Lilliana lo miróa sus ojos inquebrantables sin pestañear. —Lo que sea. Entonces me atengo a mi afirmación de que eres un idiota. —Nunca lo soy, Lilly, y siempre sigo adelante con mis planes. Si Lilliana supiera exactamente qué tan cierta era su declaración, se iría corriendo hasta un lugar seguro y nunca miraría hacia atrás. Tucker se preguntaba cómo sacar el tema de su tierra sin ser obvio. Salió de puntillas en torno al tema y, finalmente, le preguntó: —¿Cuáles son tus planes con la propiedad de Margo? Él llamó a su tía por su nombre para hacer la pregunta más personal y funcionó de maravilla. Lilliana inicialmente parecía a la defensiva, pero como Tucker parecía indiferente, dejó que sus defensas bajaran y él suspiró para sus adentros. Su plan podría funcionar después de todo. —Todavía no estoy segura. Los impuestos van a ser exorbitantes. He estado pensando tal vez en donar parte de la propiedad con fines benéficos, para un refugio de animales o algo así, solo para cubrir los impuestos. Tucker quería ponerse de pie, golpear la mesa con el puño y gritar. ¿Caridad? ¡Caridad y una mierda! Estaba sentada sobre una puñetera mina de oro y ¿estaba considerando dar su tierra? Apretó la mandíbula y mantuvo la mirada baja por temor a que su incredulidad y rabia se leyeran fácilmente en su rostro. —Ya veo —murmuró en voz baja. —¿Crees que es una mala idea? La miró y vio que ella estaba analizando su rostro seriamente. La mente de Tucker estaba a toda marcha. Había muchas maneras de que pudiera jugar con ella. Podría manipularla hacia el pensamiento que quisiera; incluyendo el de que la caridad era completamente ilógico. —Creo que la caridad es una opción viable. Solo tienes que recordar que una vez que has dado cualquier porción de su tierra se ha ido para siempre. No importa las buenas intenciones que puedas tener, una fundación de caridad puede hacer lo que quiera con la tierra incluso venderla por las ganancias. Lilliana lo miró angustiada. —Supongo que nunca pensé en eso. —¿De qué tipo de impuestos estamos hablando? ¿Has hecho valorar tu tierra? —Sí, la semana pasada. Mierda, Edwards tenía razón. Lilliana estaba considerando seriamente mantener la tierra. No esperaba esa respuesta y se quedó brevemente sin palabras. —El tasador la valoró en poco menos de tres millones de dólares. Tucker resopló con sorna. Al parecer, con quien ella había hablado debía estar en connivencia con otro agente de bienes raíces y de pronto se sintió protector de Lilliana. Puede que él estuviera tratando de sacar provecho pero seguro que no quería que nadie más tratara de joderla. —No, mascota, ese hombre está totalmente equivocado. Si tu tierra estuviera pelada sería ese valor, pero no lo está. Pelada significa una propiedad al natural sin alcantarillado, electricidad, calles,
  • 47.
    construcciones, agua oservicio telefónico, etc. Tu tierra está desarrollada para explotaciones agropecuarias. El doble de esa valuación y algo más estaría más acorde a lo que vale. Lilliana de repente parecía enferma. —Oh, Dios mío, estoy a punto de vomitar —gimió ella. Se levantó de la mesa y corrió hacia el baño. Tucker se quedó en espera, sintiéndose molesto consigo mismo. Era tan ingenua. Realmente necesitaba su ayuda y consejo. Se maldijo por su codicia. Aquí estaba tratando de hacer lo correcto al considerar la caridad y él la estaba manipulando junto con algún otro imbécil. Tucker salió a respirar un poco de aire fresco y marcó el número de teléfono de sus padres. Necesitaba oír sus voces y recordar de dónde venía. —Sí —respondió su madre. —Ma —susurró Tucker. —¡Papá, es Tuck! —gritó fuera del teléfono—. Cariño, es bueno escuchar tu voz. ¿Está todo bien? No suenas bien. Su madre tenía una extraña habilidad para leer sus emociones. —Estoy bien. Solo quería oír tu voz. ¿Cómo está papá? —Igual, viejo y gruñón. Como tú —ella se rio de buena gana. —No soy gruñón —gruñó y luego se echó a reír al oír el sonido de su propia voz de cascarrabias. Realmente se estaba convirtiendo en un viejo malhumorado y mal hablado al igual que su padre. —¿Entonces por qué la llamada? ¿Has comenzado a ver a alguien? —su madre le preguntó con nostalgia. —Por supuesto que no. Estoy trabajando en un trato duro. —¿Ah, sí? ¿Algo grande? —Potencialmente. Si las cosas salen bien, podría retirarme pronto con un negocio así. Solo estoy esforzándome debido a las… —a Tucker no se le ocurría como explicar su engañoso plan—… las circunstancias. —Bueno, Tuck, yo sé lo competitivo que puedes ser pero recuerda, es solo dinero cariño y la jubilación no es todo lo que hay que hacer. No te enfermes por eso, hijo. Solo se honesto y trabajador y todo va a salir bien. Sé que no quieres oír esto, pero a veces se gana y otras se pierde. No, Tucker no quería oír el mismo viejo discurso que había escuchado durante toda su infancia. La actitud de solo es dinero cariño de sus padres es lo que los metió en la difícil situación de perder su granja y sin un orinal donde mear si no fuera por él. Suspiró irritado y negó con la cabeza preguntándose por qué demonios había llamado. —Papá dice que te ama y que te cuides, y que traigas a quien sea que no estés viendo para que podamos conocerla. Ah, y llama a tu hermano. Creo que Mason no anda en nada bueno. Tucker no pudo evitar reírse del agudo sentido de su mamá. Después de colgar, se quedó fuera disfrutando del aire fresco de otoño. Sintió un golpecito en el hombro y se volvió para ver a Lilliana mirándolo iracunda y todavía pareciendo enferma. —Tengo que volver al trabajo. No me siento bien y he perdido el apetito. —¿Es por lo que he dicho acerca de la valoración?
  • 48.
    Lilliana asintió apartandola cara de él. —No tengo ni idea de lo que hacer. Esa gente me está llamando día y noche, el césped y el porche están sembrados de tarjetas de visita, ni siquiera puedo comer contigo sin ser abordada por alguien que quiera mi propiedad y me advierta acerca de… y ahora me entero de que el tasador me mintió y nunca podré llegar a ser capaz de pagar los impuestos… es demasiado. Margo nunca habría querido que yo pasara por esto. Ella trabajó muy duro para mantener la tierra en la que ella y mi madre crecieron… —Lilliana soltó el llanto más triste y desgarró el corazón de Tucker. —¿Alguien se te acercó justo ahora? —preguntó hinchando su pecho de manera protectora—. Escucha Lilly, todo va a estar bien. Te lo prometo —susurró tirando de ella hacia sus brazos. Lilliana se apartó bruscamente. —No, no lo harás. Eres igual que todo el resto de esos buitres que van por mi tierra. Tú, con esa sonrisa y ese cuerpo de demonio hecho para el pecado. Yo sé lo que quieres de mí: 112 acres y mis bragas en tu vitrina de trofeos. No soy estúpida, Tucker McGrath. ¿Crees que puedes ganarme con tu tórrida verborrea y apretando mi culo porque sabes que anhelo el tacto y la autoridad de un hombre? Pero ya he estado en este circo antes y ¡no voy a hacer el tonto de nuevo! ¡Mi tierra no está en venta, y yo tampoco! Las palabras espontáneas y severas de Lilliana sacudieron el frío exterior de Tucker. ¿Era tan fácil de leer? ¿Había perdido su toque? Permaneció mirándolo a la espera de su respuesta, pero él no tenía nada que ofrecer. Ella estaba en lo cierto, él era igual que el resto. No, él era peor. No solo estaba tratando de obtener su tierra, sino también su mente y cuerpo, a sabiendas de que solo la estaba utilizando para salirse con la suya. ¿Qué podía hacer? Simplemente mantenerse en la mentira a toda costa. Este acuerdo podría establecerlo para el resto de su vida y no estaba dispuesto a dejar que sus sentimientos se interpusieran en su camino. Lilliana dio la vuelta y se dirigió a su coche cuando Tucker se quedó silenciosamente indefenso. No estaba lejos detrás ella. Cuando él entró, Lilliana se estaba poniendo su cinturón de seguridad y trató de ayudarla pero ella golpeó sus manos. —Ya lo hice —le espetó. El incómodo silencio en el coche era ensordecedor. Tucker repetía las palabras de ella una y otra vez. ¿De qué exactamente había sido advertida y por quién? Frustrado con el ostracismo de ella, intentó provocarla. —No sé lo que te dijeron sobre mí y ni quién, pero tengo un montón de enemigos que dirían cualquier cosa. Incluyendo mentiras. —Bueno, la gente honesta no hace enemigos, Tucker, y alguien que tiene un montón de enemigos por lo general los tiene por una razón. Yo, por mi parte, no voy a terminar como el resto de las personas que has pisado para conseguir lo que quieres. Tucker quedó de nuevo indefenso. Odiaba que Lilliana pudiera ver a través de él. Más que eso, despreciaba el hecho de que tuviera razón acerca de él. Deteniéndose frente a la entrada principal del consultorio dental, empezó a decir algo pero Lilliana salió por la puerta antes de que pudiera decir una palabra. De regreso a su oficina, Tucker estaba teniendo dificultad para concentrarse. Estaba en una montaña rusa emocional de pensamientos sobre el negocio de la tierra y de lo que Lilliana lo había
  • 49.
    acusado. Sus ojostristes y defensivos brillaron en su mente. ¿Quién demonios se había acercado a ella en el restaurante y la puso contra él? Tucker llamó al restaurante y habló con su camarero que le divulgó el nombre. Había sospechado que tal vez era Edwards, pero para su sorpresa, era Darren Schumacher, el hombre que una vez fue su socio y confidente. Él rápidamente marcó el número del móvil de Darren. Tan pronto como llegó la voz de Darren en el otro extremo, Tucker desgarró en él. —¿Qué mierda le dijiste a Lilliana Norris? —Muy amable por llamar, McG. Tucker esperaba impaciente en el otro extremo, a punto de estallar. —¿Qué le dijiste a ella? —repitió. —¿Ella, quién? Oh, ¿la morena que posee las tierras de Margo?, nada que no sea cierto. Solo pensé que alguien debería advertirle acerca de tus formas de connivencia. —Hijo de puta, este negocio es mío. ¿Me entiendes mierda? ¡Mantente lejos! —¿De la tierra o de la chica? —preguntó Darren condescendiente. —De ambos, idiota. —¿Así que piensas que puedes tener tanto a esa tierra, como a ese pequeño dulce trozo de pastel y comerla también? —Puedes apostar tu culo que tomaré ambos y nadie, quiero decir nadie, se va a cruzar en mi camino —gruñó con voz asesina. —¿Al igual que en el trato Newsom? Tucker echó humo por que Darren sacara el tema del maldito acuerdo Newsom. Todavía era una cuestión controvertida y perder ese negocio todavía estaba fresco y crudo en su memoria. —¿Cuánta gente vas a pisar para conseguir lo que quieres, McG? ¿Cuántas personas tienen que sufrir a causa de tu avaricia? —Vete a la mierda, Schumacher. Ganaste ese acuerdo, entonces ¿de qué te quejas? —Todo es una competencia para ti, ¿no es así?, yo solo gané ese acuerdo porque fui más honesto y Newsom estaba harto de tus mentiras. Es increíble cómo un poco de honestidad da buenos resultados. Es posible que desees probarlo alguna vez. ¿Sabes cómo ser veraz todavía? Recuerdo un tiempo en que lo eras. Tú y yo. ¿Te acuerdas? Íbamos a conquistar el mundo, honestamente. Tucker colgó rápidamente el teléfono. No quería que le recordaran su pasado y cómo las cosas habían terminado mal con Darren. Una vez fueron los mejores amigos e incluso habían ido juntos a la universidad. Echaba de menos a Darren y su cercanía. Incluso a su cursi infeccioso sentido del humor, y sí, a su sinceridad también. Tucker también era conocido por su honestidad, pero fue su brutal honestidad lo que lo distinguía, que no era necesariamente un buen rasgo, y él lo sabía. Tratando de encontrar la manera de contrarrestar la gran boca de Darren, decidió que lo mejor era dejar que Lilliana se enfriara antes de acercársele de nuevo. Durante el tiempo de espera, Tucker se había inspirado y dio instrucciones a su ayudante para llamar a todos los refugios de animales locales y periféricos. Lilliana y lo mucho que parecían tener
  • 50.
    en común aparecíanfiltrándose en sus pensamientos, día y noche. Estaba decidido a mantener su relación solo comercialmente pero ella se las había arreglado para meterse debajo de su piel. Por cuatro días no tuvo ningún trato con Lilliana pero estaba ansioso por ponerse en contacto con ella. Incluso sintió el impulso espeluznante de conducir hasta su casa para ver si podía espiarla. Se dijo a sí mismo que era una cosa asquerosa de hacer ni siquiera de pensar, pero ninguna mujer le había causado tal caos en sus emociones obstaculizando su capacidad para pensar de manera lógica. Al final de una larga y dolorosa semana, Tucker había recibido noticias de varios refugios y reunido el valor suficiente para ir a su casa de nuevo para realizar una pequeña sesión de lameculismo. Incluso antes de que se bajara de su coche, Lilliana estaba sobre él apuntando hacia la carretera. —¡Fuera de mi casa! —Solo escúchame. —No, gracias. Ya me advirtieron sobre ti dos veces, dos personas que parecen genuinamente sinceras y no voy a esperar que un rayo me derribe para abrir mis ojos. ¿Dos? Tucker se preguntó quién era la primera y entonces recordó la conversación demasiado larga de Lilliana con Ariel. Sin duda fue Ariel, después de la forma en que ella había rechazado sus avances antes de que él supiera que estaba casada. —Solo déjame mostrarte que no soy como el resto, Lilly —respondió con calma—. Quiero llevarte a un lugar. —Sí, estoy segura, derecho a la cama para que puedas realmente follarme —dijo ella con los ojos enfurecidos y brillantes. No pudo evitar sonreír ante la afilada respuesta de Lilliana. Ella era más temperamental que cualquier otra mujer con la que se había encontrado, y había encontrado demasiadas mujeres para recordarlas siquiera. —Hay un refugio de animales en el condado vecino que está buscando activamente tierras para arrendar para su programa de asistencia animal. Pensé que tal vez podrías ir a hablar con ellos.
  • 51.
    8. Lilliana quería creerlepero había algo perturbador a su alrededor, y el hombre que se le había acercado en el restaurante le había puesto una semilla de duda en su mente acerca de los motivos de Tucker. Tenía la misma sensación molesta que tuvo con su ex cuando, en vez de escuchar a sus instintos, terminó con una ETS8 , un divorcio y un escándalo pueblerino. Ella se prometió a sí misma que iba a estar más alerta en esta ocasión a pesar de las suaves y cálidas caricias de Tucker y del hecho de que su sonrisa había estado invadiendo sus sueños desde la última vez lo vió. Lilliana pensaba que lo había visto por última vez la semana anterior y que no iba a mostrar su cara otra vez pero sabía que eso era una ilusión. Si todo el mundo estaba en lo cierto, él no se detendría ante nada hasta que firmara la escritura de su tierra. Odiaba admitirlo pero verlo de nuevo fue casi un alivio. Incluso aunque era presumido como el infierno y poco fiable, era muy guapo y sabía que se sentía atraído por ella así que había por lo menos eso. Sintiéndose avergonzada por su arrebato, se limpió las lágrimas de rabia que amenazaban con estallar en sus ojos y evitó la mirada de Tucker. —Déjame cerrar la casa —respondió dándose por vencida. No le haría daño por lo menos hablar con el refugio de animales y se juró a sí misma que se mantendría en guardia y con los ojos abiertos en todo momento a su alrededor. Después de ponerse una camisa liviana y cerrar la casa se sentó en el asiento del copiloto y Tucker le abrochó el cinturón de seguridad como lo había hecho antes. Era un gesto peculiar que nadie había hecho antes y mucho menos dos veces en una semana. Aún inclinado sobre ella, el gran pulgar de Tucker arrastraba una lágrima perdida en el rabillo del ojo mientras le miraba la boca intensamente. —Soy una chica grande, puedo abrocharme sola —le dijo a pesar de que disfrutó el contacto físico del hombre, no confiaba en sus cuidados. —No tengo ninguna duda de que puedes, pero me gusta hacerlo y saber que soy la razón de que estés a salvo. Lilliana encontró la respuesta auto gratificante incluso extrañamente entrañable. Tucker se detuvo cerca de sus labios y se inclinó como si fuera a besarla. —Estás dando mucho por sentado. Ni siquiera he decidido si me gustas. Los ojos de Tucker se movían de sus ojos a la boca y volvían a sus ojos. —Oh, te gusto —respondió un poco demasiado confiado. 8 ETS: Enfermedad de Transmisión Sexual
  • 52.
    Su confianza ensí mismo le molestó y la enojó, era algo que estaba teniendo dificultad en aceptar. —Conduce, McGrath —dijo con frialdad, volviendo su rostro hacia la ventanilla. Tucker suspiró y aceleró el motor haciéndolo rugir. —No sé lo que piensas que estás consiguiendo al ser tan condenadamente desafiante. Ya te he dicho que entendiste todo mal pero si insistes en hacerme esperar, puedo respetar eso. Lilliana casi vaciló, pero algo en la voz de Tucker aludió al engaño y no estaba dispuesta a dejarlo pasar. —Entonces demuéstrame que estoy equivocada —afirmó con la voz entrecortada mirándolo con los ojos entrecerrados. Las cejas de Tucker se elevaron y golpeó su pecho aceptando el reto: —Lo haré y entonces te pondrás de rodillas para mí —dijo suavemente con los dientes apretados. Tuvo el repentino impulso de darle vuelta a la narcisista cara de Tucker de una bofetada y casi lo hizo hasta que él empezó a reírse ligeramente al principio. Su risa entró en franca ebullición y hasta que Lilliana estuvo fuera de sí. No podía dejar de ocultar la irritación en su voz. —¿Qué diablos es tan gracioso? —¡Tú! Me cago en Cristo, si las miradas asesinaran yo estaría muerto y castrado en el acto. Maldita sea, Lilly, realmente necesitas mantener esa mierda bajo control antes de herir a alguien. ¡O a ti misma! Ella no estaba segura exactamente por qué su irritación era tan entretenida para él pero su comentario le recordó a su madre, Kate. Cuando era niña y adolescente había sido castigada en más de una ocasión por las duras miradas que le había lanzado a su madre. —Tienes suerte de que soy una mujer en cierto modo razonable. —Creo que te estás sobreestimando, mascota. Y tienes suerte de que me siento generoso y, en cierto modo, paciente o de lo contrario simplemente tomaría lo que quiero —contestó él. ¿Tucker la estaba amenazando de nuevo? Su rostro permaneció estoico y no sabía cómo interpretar su comentario. —¿Y qué es exactamente lo que quieres, McGrath? Preparándose para el infierno que estaba a punto de desatarse, se inclinó hacia delante en el asiento y se volvió hacia Tucker. Los ojos de él permanecieron en el camino pero las comisuras de sus labios se levantaron en una sonrisa sarcástica. —Ya he dejado muy claro lo que quiero. No disfruto particularmente de repetirme, vas a tener que refrescar la memoria al encuentro de la semana pasada. Lilliana encontró tan ridículo su comentario que comenzó a murmurar en voz baja: —Toma lo que quieras —resopló junto con algunos improperios—. Te voy a dar una patada en tu… —Cállate, Lilly. En serio, estoy haciendo mi mejor esfuerzo para seguir siendo un caballero pero estás pisando sobre una fina capa hielo.
  • 53.
    —¡Increíble! En serio,no creo que sepas una sola cosa sobre ser un caballero. No estoy segura de con qué tipo de mujer estás acostumbrado a tratar pero no tomarás lo que quieras conmigo. Esa soberbia va más allá de cualquier cosa que he experimentado y justo en este momento, me importa un bledo discutir acerca mi tierra con un refugio de animales. ¡Da la vuelta a este estúpido sobrevalorado coche y llévame a casa! Tucker frenó de golpe, bloqueando a ambos cinturones de seguridad mientras patinó en el arcén de grava. Decir que Lilliana estaba pisando sobre una fina capa de hielo era el eufemismo del siglo. Ella había roto el hielo y ambos estaban a punto de ahogarse en agua helada. Él abrió la portezuela de un golpe, saltó hacia afuera, y levantó las manos en el aire mientras vomitaba una larga lista de obscenidades que llegaron hasta el Cielo. Quería este negocio mucho más de lo que alguna vez había querido cualquier cosa, pero no estaba seguro de poder soportar a esta morena de lengua afilada por más tiempo. Maldita fuera por ser tan inmanejable, inflexible y follable seductora. Odiaba estar tan atraído por ella y que tuvieran tanto en común. Más aún, despreciaba que se le hubiera metido bajo la piel y pelado las capas de su frío exterior. Cuando finalmente fue capaz de calmar su furioso temperamento, se inclinó sobre el capó de su coche con las manos descansando sobre el metal caliente y la cabeza abatida. Miró hacia arriba a través de sus largos mechones y vió a Lilliana mirándolo con los ojos abiertos y paralizada. Se enderezó, giró y se sentó en el capó tratando de recuperar el aliento. Tucker no había perdido los estribos así desde antes de abandonar la casa de sus padres. Siempre se había enorgullecido de su fría indiferencia y frialdad, pero esta mujer… ¿qué coño estaba haciendo ella de él? Al oír que la portezuela del pasajero se cerraba suavemente, se volvió para verla moviéndose hacia él con cautela. —Tucker… lo siento. Sé que puedo ser… difícil. Tengo el temperamento de mi padre por lo que mi madre decía. Realmente no lo sé. En fin… —ella sacudió la cabeza como si su mente estuviera yendo hacia otro lado. Tucker la miró inquisitivamente. Lilliana podía ser una cosita bastante encantadora cuando estaba arrepentida. De hecho, era tan encantadora que la idea de enterrarse en ella le vino otra vez a la mente con la imagen de sus perfectos y aguijoneantes labios intentando formar las palabras para calmarlo. Lilliana mantuvo la mirada al suelo mientras le daba una patada a las piedras bajo sus pies levantando polvo y tartamudeando algo incoherente. Levantó la mano para meter un mechón de pelo detrás de su oreja y Tucker extendió la mano y la atrajo hacia él. —Difícil no es la palabra que yo usaría para describirte —susurró—. Descarada, insolente e imprudente es una descripción mucho más precisa. Cuando ella abrió la boca como si fuera a hablar, Tucker rápidamente apoyó con fuerza su boca en la de ella, sujetándola firmemente por la cintura con una mano y por el cuello con la otra. Su compresión inflexible no le permitía a ella resistirse a pesar de que lo intentó. Puso sus manos en su pecho y trató de empujarlo pero él se lo impidió. Iba a demostrarle que sí, que podía tomar lo que quería y, en este momento, lo que quería más que nada era callarla de una puta vez.
  • 54.
    * * *** * Cuando Lilliana se dio cuenta de que sus esfuerzos eran en vano, su cuerpo se desplomó en sus brazos. Aceptó la lengua de Tucker en la boca y se sentía tan bien como la primera vez que se besaron. No podía negar que quería a este hombre con todo su engreimiento y falta de credibilidad. Quería desesperadamente creer que era diferente y que todo el mundo estaba mintiendo acerca de él. La voz de la razón le gritaba que corriera hacia otro lado, pero sus manos controladoras se sentían tan bien en ella y su boca… qué dulce, suave, su deliciosa boca… ¡Dios!, cómo quería que la recorriera a través de cada centímetro de su cuerpo. ¿Cómo podía resistirse cuando él no se lo permitía? En ese momento, ella era su cautiva en todo el sentido de la palabra y disfrutaba de ello. La boca de Tucker acabó en su línea de la mandíbula donde lamió tiernamente, luego pasó a la oreja donde dio otra lamida calmante. Lilliana apoyó las manos en sus muslos y ladeó la cabeza hacia un lado para permitir el acceso a su cuello. —Eso es todo, mascota, ríndete. Eso hará las cosas mucho más fáciles —murmuró mientras mordía suavemente en su carne, chupando ferozmente y trayendo la sangre a la superficie de su delicado tejido. La realidad la golpeó en la cara y de mala gana se apartó cuando sintió que Tucker aflojó el agarre. —¿Más fácil para quién? —preguntó ella, encogiéndose con dolor en su voz. Los labios de Tucker se abrieron y sus cejas se fruncieron, pero solo se pudo escuchar un largo suspiro.
  • 55.
    9. Más fácil paraTucker, por supuesto. Los conmovedores y aterrados ojos de Lilliana decían mucho y, mientras esperaba su respuesta, él contemplaba abandonar este desagradable plan. La jubilación anticipada, repetía una y otra vez en su cabeza. Sin responder y, a pesar de que una molesta sensación de culpa empezaba a apoderarse de él, se bajó del coche y se acercó a ella diciéndose a sí mismo: seguir adelante, romper su espíritu y ganar a toda costa. Él le sonrió y le tomó la mano, llevándola de nuevo al auto. El resto del viaje transcurrió en silencio que es lo que él quería pero, ahora que se enfrentaba con la tranquilidad, anhelaba la lengua viperina de Lilliana. —¿Así que crees que mi coche es estúpido y demasiado caro? —preguntó tratando de pincharla, pero ella simplemente se encogió de hombros mientras seguía mirando por la ventanilla del lado del pasajero—. ¿Y qué era eso de mi arrogancia? —dijo todavía tratando de obtener una respuesta de ella. Aún así, Lilliana permaneció callada. Se estaba volviendo loco a un nivel que nunca había experimentado. Solo quería que volviera a la ardiente actitud anterior a pesar de lo irritante que pudiera ser. —¿En dónde planeabas darme una patada? —Intentó una última vez. Lilliana finalmente lo miró, confundida por sus preguntas. —¿Estás tratando de comenzar una pelea conmigo? —No, mascota, solo quería oír tu voz —respondió con sinceridad, para variar. —¿Qué es lo que quieres saber de mí? —preguntó inquieta. —Háblame de tu padre —respondió antes de que pudiera detenerse, ni siquiera estaba seguro de por qué preguntó. Realmente no quería saber, o ¿sí? —Pensé que lo sabías todo sobre mí. —Solo estaba tratando de entablar conversación agradable. —Una charla acerca de un hombre que nunca conocí sería todo lo contrario. Siguiente pregunta. Cruzando los brazos, Lilliana siguió mirándolo fríamente. Cristo, era una pequeña dama difícil de quebrar. Quedándose sin palabras, se quedó mirando hacia adelante incapaz de pensar en nada más que preguntar. Obviamente había dado con un punto espinoso y decidió que lo mejor era retroceder considerando lo delicada de su situación. Sin pensarlo, Tucker comenzó a parlotear otra vez sobre su infancia. Ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo a no ser para llenar el incómodo silencio y para cortar la tensión.
  • 56.
    —Yo crecí enuna granja y ayudaba a mi padre —comenzó—. Nunca tuvimos demasiado dinero y sus finanzas siempre estaban frágiles. Recuerdo que pensaba cuando sea grande voy a ganar suficiente dinero para nunca tener que preocuparme de mi próxima comida y poder mantener a mi familia. Eso es en parte porque me metí en bienes raíces. Cuando mis padres perdieron su tierra y los codiciosos hijos de puta construyeron un complejo de apartamentos, supe al instante dónde iba a hacer mi fortuna. —¿Así que decidiste tomar la tierra de los pobres y putearlos por ti mismo? Eso parece un retroceso. Yo hubiera pensado que te gustaría ayudar a las personas que se encontraban en la situación de tus padres —Lilliana volvió a la conversación. Tucker tragó saliva. Él había dicho demasiado en su búsqueda para matar el silencio. ¿Y qué diablos sabía ella de todos modos? —Solo quise decir que sabía que había un mercado para la compra de tierras. —Sé lo que quieres decir, pero aún así parece al revés. —Tal vez para alguien que no sabe nada de bienes raíces, pero te puedo decir que nadie jamás ha hecho ni un centavo ayudando a los pobres —espetó Tucker. —Es solo dinero, Tucker. Algunas cosas en la vida son más importantes que el tamaño de tu billetera. Me resulta difícil creer que tus padres no te inculcaran ese valor, o ¿haces caso omiso de tu educación? Y solo porque no esté en bienes raíces no significa que no entienda los fundamentos del negocio y la compra y venta con fines de lucro. No soy una paleta de pocas luces, como creerás que soy. Tengo una educación formal también, ¿o lo has olvidado? Mi experiencia es la que pasa solo por los dientes y no por los valores del suelo y de las ejecuciones hipotecarias. Tucker se sintió castigado por la reprimenda de Lilliana. Sí, sus padres habían inculcado ese valor en él y él voluntariamente optó por ignorarlo. Si había algo que odiaba era que le señalaran descaradamente sus errores. Lilliana se preguntó si la guerra de palabras y los enfrentamientos verbales siempre serían un lugar común con Tucker, y si la amenaza de guerra sin cuartel sería el horizonte cuando se tratara de él. Suspiró pensando en el Tucker de la semana anterior, todo macho alfa y sexy como el infierno. Era tan hermoso a la vista, puro sex appeal y encanto aparentemente envuelto en un grande, musculoso y pomposo paquete. Al llegar al hospital y refugio de animales, Tucker la condujo e hizo las presentaciones. Ella se impresionó de lo bien hablado y educado que podía ser bajo circunstancias adecuadas. La mujer a cargo, Aubrey, comenzó charlando con Lilliana acerca del refugio y su apuro para encontrar un lugar. Era mayor, parecía ser de la edad de Margo y tenía el mismo color gris en el pelo que su tía. Lilliana fue tocada por la alegría de las palabras de Aubrey sobre un trabajo que obviamente amaba. Fue contagiosa, no solo para Lilliana sino también para Tucker como lo demostraba la amplia sonrisa en su cara. Observó que los ojos de Aubrey se posaron en su cuello varias veces. Miró inquisitivamente a Tucker solo para ver una torcida sonrisa infantil extendiéndose por su cara. Solo podía imaginar qué tipo de marca le había dejado.
  • 57.
    Al salir poratrás del gran edificio que albergaba todo tipo de animales, desde domésticos hasta exóticos, se alegró de ver un pequeño establo con caballos. Ella había crecido en torno a ellos pero nunca había tenido uno propio. Recordó los días en que Margo tenía varios en su tierra y que los montaba sin cesar durante sus vacaciones de verano en Connecticut. Dios, cómo echaba de menos esos días despreocupados. Sin dudarlo y sin ningún temor a las grandes bestias, Tucker se puso al lado de uno y comenzó a acariciar su hocico como si fuera algo común. Tan cómodo parecía que se preguntó si él también había crecido en torno a ellos. Seguía acariciando al caballo y deslizando sus dedos a través de su crin mientras conversaba animadamente con Aubrey, y Lilliana comenzó a obsesionarse con sus sensuales movimientos casuales. Tucker era realmente un espécimen para mirar y no le importaría si también la acariciaba y pasaba los dedos por su pelo. Tucker miró a Lilliana y reaccionó sorpresivamente cuando la vio mirándolo con nostalgia. Le guiñó un ojo juguetonamente y se mordió el labio enviando sus hormonas al cielo a toda velocidad. Qué jugador, pensó Lilliana. Aubrey, obviamente, sintió las chispas entre los dos porque sugirió que tomaran caballos para un paseo y luego hizo una rápida retirada hacia dentro del edificio dejándolos solos. —¿Has oído eso, Lilly? Están buscando tierras para albergar a estas hermosas criaturas —estaba tan absorta en sus pensamientos traviesos que no había oído una palabra de lo que Tucker y Aubrey estaban diciendo. —Mmm, hmm —respondió ella, deslizando la mano por el lomo del corcel. —¿Te gustan los caballos? Pareces a gusto con ellos —preguntó Tucker. —Sí, yo crecí alrededor de ellos. ¿Y tú? —Sí, yo también. Antes de que mis padres perdieran su granja, tenían varios caballos de trabajo. Me encantaba montarlos cuando era joven —dijo pensativo, como recordando. —Es difícil creer que Tucker McGrath, magnate inmobiliario y playboy extraordinario, es el mismo Tucker McGrath que creció ayudando a su padre en una granja —comentó Lilliana mientras caminaba a su alrededor y le clavaba el dedo en las costillas. —¿Es realmente tan difícil de creer? Batiendo sus pestañas animadamente ella bromeó: —Tal vez para el ojo inexperto, pero siendo como soy una campesina paleta de pocas luces, puedo oler a los de mi propia especie. —Nunca he sugerido que fueras de pocas luces. La parte del paleto sí, pero nunca de pocas luces —bromeó, tirándole de su pelo corto—. ¿Y estás sugiriendo que soy de pocas luces? —Nunca sugiero —Lilliana sonrió. —No sabes cuándo dejar de hablar, ¿verdad? —suspiró. —¿Por qué no me haces callar? Esperaba que la callara como lo había hecho antes, dos veces, con la lengua firmemente plantada en la boca. Una de las cejas de Tucker subieron y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, pero permaneció inmóvil. —¿Qué tal una cabalgata? —¿Perdón? —preguntó Lilliana con su mente girando en todo tipo de direcciones lascivas.
  • 58.
    —A caballo, Lilly.No nos adelantemos. Ni siquiera estás segura de que yo te guste, ¿recuerdas? —preguntó con sarcasmo, obviamente leyendo los pensamientos de ella—. Yo soy altivo, arrogante, y… —De pocas luces —agregó Lilliana. Tucker simplemente asintió sin responder y le brindó una sonrisa que le subió el pulso, pero el brillo en sus ojos hizo que se preguntara si él estaba manteniendo, de alguna manera, un recuento de todas las veces que ella se rebelaba. —¿Necesitas que ayude? —No, yo me encargo —respondió ella con confianza. Sin demora, se aferró a las riendas de la silla de montar, puso el pie en el estribo y tiró de ella hacia el lomo de la yegua fluidamente. Lilliana estaba orgullosa de su propia postura teniendo en cuenta que no había montado en más de diez años. Lo miró, esperanzada en que estuviera impresionado con su gracia. Su mandíbula floja y ancha y sus ojos lujuriosos delataban su asombro y Lilliana sonrió presuntuosa. —¿Necesitas que te ayude? —le preguntó. Él se rio y negó con la cabeza. —No, yo me encargo de esto, también. Tucker se movía con tanta agilidad y velocidad que ella tenía que concentrarse en no babear un charco de saliva sobre la espalda del pobre animal. Sus bíceps se hincharon a través de su camisa cuando él se elevó y pasó la pierna por encima del animal. Esperaba que ensillara otro caballo pero, en cambio, ahora se había sentado justo detrás de ella tan cerca que sus cuerpos se fundieron en uno solo. Tomó las riendas de sus manos y suavemente tiró de ellas haciendo que la yegua relinchara y tirara su cabeza hacia atrás. —¡Basta chica! —susurró con dulzura. Su voz autoritaria, la sensación de su cuerpo sólido apretado contra ella y el control que irradiaba eran tan intensos, que Lilliana temía que iba a estallar en llamas por combustión interna. —¿Estás lista, mascota? —preguntó con los labios junto a su oído. Antes de que pudiera responder, tiró de las correas de cuero y empezaron a moverse en un trote lento con sus cuerpos rebotando al unísono. Lilliana jadeó cuando la yegua estalló en a un trote ligero. Tucker dio la vuelta al animal alrededor de la cuadra y luego salió hacia un pequeño campo abierto. Con cada chasquido de lengua y tirada de riendas que él usaba para guiar al caballo, Lilliana se ponía más húmeda y excitada. Se preguntó si tenía idea de lo malditamente tentador que estaba en ese momento. —¿Qué se siente al tener tanto poder entre las piernas, Lilly, y estar sentada encima de una criatura que tiene tanta fuerza? Cada palabra dicha por la boca de Tucker era deliberadamente sugerente y sexual, y Lilliana lo encontró completamente exasperante. —Se siente como en casa.
  • 59.
    * * *** * Lilliana no podía aguantar devolverle un poco de sarcasmo en cualquier oportunidad que tuviera y esta era la más frustrante y molesta empresa que Tucker recordaba haber intentado. Originalmente había querido romper su espíritu pero era ese espíritu lo que estaba demostrando ser su cualidad más atractiva. En todos sus años sexuales y con las muchas mujeres con las que había estado, ninguna de ellas había demostrado ser un desafío. La mayor parte se habían entregado a sí mismas sin pensarlo dos veces y la mayoría con demasiada rapidez. Había tomado placer en su facilidad y falta de reticencia en ese momento pero estaba disfrutando de la persecución de Lilliana aún más. Con sus cuerpos tan cerca, el viento que soplaba sobre ellos mientras cabalgaban alrededor del campo y la hermosa puesta de sol que apenas estaba comenzando, Tucker olvidó su meta. Frenó el caballo y dejó de lado una de las riendas para que poder envolver la cintura de Lilliana con su brazo. Se acurrucó en su cuello y se refregó contra su culo empujando hacia arriba haciendo que ella jadeara. —¿De verdad me vas a follar en el lomo de este caballo? —preguntó Lilliana. Deja a Lilly y su bocaza arruinar el momento. —¿Qué? ¿Nunca ha oído hablar de follar arriba de un caballo? Lilliana rio. —No, pero no me puedo imaginar que sea divertido para el caballo. La pobre ya ha tenido una vida dura que no necesitamos traumatizar más. Podemos dejar este tipo de cosas para más tarde. Tucker estaba realmente sorprendido. —¿Así que ahora te gusto? —preguntó, refregándose en ella otra vez. —No nos adelantemos, solo estamos hablando de follar —se burló. Tucker podía tratar con el rápido ingenio de Lilliana, pero le estaba creciendo la intolerancia a sus burlas. Cuando ella empujó su trasero contra su creciente dureza, aprovechó el momento. Con la velocidad de un tren de carga descarrilando y antes de que ella pudiera reaccionar, soltó las riendas y le metió la mano que estaba alrededor de su cintura debajo de la camisa. Le arrancó el sostén hacia abajo de su pecho y se aferró con firmeza. Con la otra mano, envolvió con sus largos dedos alrededor de su garganta obligando a mantener su cabeza apoyada sobre su pecho para que pudiera ver su rostro. —No te burles de mí, Lilly —gruñó en su oído, acariciando su cuello suavemente con sus dedos. —Tucker —gimió ella claramente alarmada por su gesto contundente. Elevó sus manos y trató de aflojar su agarre, pero en la posición precaria y vulnerable en que la tenía estaba indefensa. —Estoy a favor de la diversión y los juegos y de las bromas ingeniosas cuando sean apropiadas, pero no te burles de mí. Y te aseguro que es mejor que nunca te burles de mí si no planeas seguir adelante con tus acciones. ¿Fui claro? Lilliana vaciló y Tucker le agarró el pecho con más fuerza, haciéndola gemir.
  • 60.
    —Esta es laparte donde dices, sí, Señor —exhaló y un gruñido gutural profundo escapó de su garganta cuando formó las palabras. —Sí, señor —jadeó ella con respiraciones cortas y con sus ojos cerrados con fuerza. La erección de Tucker estaba en su doloroso apogeo. Cuando captó el olor de la excitación de Lilliana, gruñó de nuevo profundamente, pero esta vez fue el estruendo primigenio de un lobo hambriento dolorido por ser saciado por lo único que podría satisfacer su sed. —Lilly. El cuerpo de ella tembló bajo su control constante, el miedo y la emoción palpitaba a través de su núcleo. Tucker realmente nunca había querido sumergirse en las profundidades de una mujer más de lo que lo hacía en ese momento. No quería nada más que llenar su burlona boca con su polla y joderla hasta hacerla rendirse completamente a él. Cuando se aferró a esta morena empeñada en hacerle la vida difícil y a la que podría dominar físicamente si quería, se olvidó de los 112 acres y de su jubilación anticipada. Quería a Lilliana: su confianza, su corazón, su cuerpo y su mente y, sobre todo, su sumisión absoluta. Él ni siquiera sabía por qué. Tucker sabía cómo se sentía el amor y que no era eso lo que corría por sus venas. Ni siquiera era solo lujuria. Era algo más, algo que nunca había sentido antes, algo primitivo. Había un deseo dentro de él por hacerse cargo de esta mujer que había sido herida y engañada, el anhelo de hacer que se sintiera completa de nuevo para llegar a conocerla completamente, superar su insolencia y saber sus perversiones. Tucker se juró a sí mismo enseñarle el éxtasis que se podía obtener si le permitía dominarla. Quería reconstruir su espíritu para hacerla suya y darle la autoridad que dijo que anhelaba. No sabía si sería posible hacer todas esas cosas con los muros que Lilliana había construido alrededor de sus propias defensas, pero seguro que lo iba a intentar. En cuanto a las tierras, se ocuparía de ese asunto más tarde y después de haberla hecho su mascota.
  • 61.
    10. Aliviando su agarrealrededor de su garganta y el pecho, Tucker rodó el pezón rígido entre sus dedos y rozó su lengua sobre la curva expuesta de su cuello. El cuerpo de Lilliana reaccionó instintivamente. Gimió y movió su culo de nuevo contra él pero inmediatamente trató de apartarse cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Se movió un momento y le dio un codazo a las costillas con dureza maldiciendo entre dientes, pero él se mantuvo firme. Estaba furiosa, enojada consigo misma por permitirle manejarla de la manera que lo hizo y cabreada al darse cuenta de su excitación por su trato. —Deja de resistir, Lilly. Esta cosa entre nosotros es ineludible —Afilando su voz mientras ronroneaba y tiraba de ella hacia él. Sí, parecía que esta cosa, o no-cosa, entre ellos era inevitable y su comentario llegó a alguna parte oscura de su alma. Al no poder negárselo, le permitió acunarla contra su pecho. Lilliana debería haber abandonado el barco en ese momento y lo sabía condenadamente bien, pero nadie había tomado el control de ella de la manera que Tucker lo había hecho y se sentía bien; demasiado bien. Más que eso, Tucker se sentía muy bien. Su toque era poderoso y abrumador, apasionado y devastador. Cuando sus manos calientes aflojaron el agarre, la frialdad se instaló en su piel donde sus manos infernales habían estado y se sentía desnuda y sola sin su contacto. Tucker tomó las riendas una vez más y ella se apoyó en él por su calidez, casi esperando rechazo. En cambio, él arrulló en su oído con un aliento abrasador y su inquebrantable voz: —Mi mascota. Dios, sí que quería ser la mascota de Tucker, las consecuencias serían ir al infierno y sus propios temores y las advertencias de todos los demás, estaría condenada para siempre. Ella tenía el control de su propio destino. Pasara lo que pasara, correcto o incorrecto, bueno o malo, ella ya no iba a negarse a sí misma el placer de Tucker McGrath. De vuelta al establo, Tucker se apeó primero y luego la bajó de la yegua. Cuando sus pies tocaron el suelo se sintió ingrávida y sus piernas se sentían temblorosas e inseguras. Tucker le tocó la barbilla con ternura y le levantó la cara hacia él. —Soy estricto y muchas veces inflexible, pero rara vez duro. Pero tú… —se detuvo, sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros a medida que le exploraban la cara—… me haces sentir como una criatura salvaje, salvaje, rabiosa e impredecible. —No me tienes que explicar tus acciones, Tucker —le dijo ella, tratando de calmar el dolor en sus ojos. Los ojos de Tucker se dilataron ampliamente y su boca se torció en su diabólica sonrisa de muchacho de campo.
  • 62.
    —Te deseo, LillianaNorris, no a tu tierra. Solo-a-ti. Los ojos de Tucker ardían tan intensamente que no tuvo más remedio que creerle. Su boca estaba insoportablemente seca pero se las arregló para chillar lo que había estado negando durante días, incluso semanas. —Yo también te deseo. Los siguientes momentos fueron un borrón para Lilliana. Todavía estaba con euforia emocional por su encuentro a caballo con Tucker. Todavía podía sentir su mano posesiva alrededor de su cuello y la parte baja del vientre palpitaba con una intensidad como nunca había sentido. Caminaron en silencio hacia su coche y la ayudó a entrar. Ella esperó antes de ajustarse el cinturón, con ganas de él lo hiciera por ella. Sin pensarlo dos veces, Tucker se acercó y se lo abrochó. —Me gusta que lo hagas —admitió. —Me alegro de que te guste. Pero debo advertirte que tengo cierta afinidad por los cinturones —Tucker levantó una ceja misterioso. Sin más, continuó—. ¿Trabajas mañana? La implicación envió oleadas de emoción hasta Lilliana y no había manera de que ella dejara que un comentario como ese quedara sin más explicaciones. —¿A qué más tienes afinidad? —Un gran número de cosas: las mujeres hermosas, inteligentes; la cocina, el bondage, los viajes… La forma despreocupada en Tucker pronunció la palabra bondage despertó la curiosidad de Lilliana. ¿Qué tipo de pervertido era este hombre que estaba deliberadamente tratando de ser impreciso? Por supuesto que lo era, él es Tucker McGrath. —Cuando dices… Tucker la cortó firmemente. —Todo a su tiempo. Ahora responde a mi pregunta, por favor. —Sí, tengo a varios pacientes —respondió ella de nuevo, nerviosa y decepcionada porque no podía pasar el día siguiente con él e iba a seguir sin más explicaciones. Sacudió la cabeza para pensar. Sus sentimientos por Tucker no tenían nada que ver con la razón o la lógica y todo con atracción sexual cruda. —¿Qué hay de esta noche? Estoy libre el resto de la noche —sugirió Lilliana. —Lilly del Valle, 112 acres Lilly… —la boca de Tucker se curvó con afecto—, tengo asuntos que atender esta noche. Después de tus citas de mañana voy a estar esperando por ti. Haz los arreglos que sean necesarios, pero te quiero mañana por la noche y el fin de semana. Haz que suceda. —Tucker el Salvaje y Rabioso, Tucker el Irresistible… tengo responsabilidades —bromeó ella de nuevo. —Quiero que esto funcione contigo, así que voy a hacer mis reglas muy simples: Yo mando. Tú obedeces. Siempre. ¿Soy claro? —afirmó con firmeza y sin una pizca de ambigüedad. —Como el cristal —susurró Lilliana, totalmente fascinada por su intensidad convincente.
  • 63.
    Con Tucker todavíainclinado sobre ella, levantó su mano y tocó esa boca que sabía que iba a ser su perdición. Él tomó su dedo con la boca y le mordió la punta, una sonrisa maligna se ensanchó en su rostro impecable, duro y desaliñado. —No puedo esperar a verte de rodillas y mostrarte que yo entiendo tus deseos —dijo en voz baja. La cercanía hizo que los sentidos de Lilliana giraran. Se lamió los labios, deleitándose en el hecho de que Tucker recordaba su primera conversación. Tucker siguió sonriéndole antes de finalmente empezar a andar. El viaje de regreso a su casa fue rápido, pero él mantuvo su mano en su muslo durante todo el viaje, apretándolo en ocasiones una buena medida. Cuando aparcó delante de su puerta para dejarla, ella comenzó a salir sin decir una palabra pero Tucker le aferró la muñeca. —Lilly —dijo seductoramente—, también tengo una afinidad por los buenos culos y tú, mi mascota, tienes uno de los mejores en que he tenido el placer de hundir mis dientes. Ah, y lamer coños. Me encanta eso, también. Inmensamente. Tengo una gran noche y voy a estar esperándote después de trabajar mañana. Ciao, mascota. Con un guiño y un saludito con la mano, Tucker se dio a la fuga dejándola de pie, inmóvil y mirando como su coche volaba por el largo camino de entrada. ¿Uno de los mejores? ¿Cuántos culos había mordido? De repente, sus hermosos premolares y caninos le dieron una imagen mental de los colmillos de un lobo. ¿En qué demonios se estaba metiendo? Maldito sea ese hombre. Él realmente sabía cómo conseguir que quedara empapada. Tucker se alejó con la mirada fija en el espejo retrovisor. Por fin iba a tener a Lilly, pero todavía tenía que esperar otro día de mierda. Primero, tenía que ocuparse de la forma de hacer frente a todos los agentes de bienes raíces que competían por la tierra de Lilliana. Solo tendría que correr la voz de que ya no estaba disponible por un acuerdo hecho de palabra y que estarían comprando en el futuro próximo. Solo era como mucho una mentira menor y que conseguiría que los buitres, como Lilliana los llamó, retrocedieran por ahora y le daría tiempo para concentrarse en la preparación de la toma. Supuso que una vez que tuviera a Lilliana donde él realmente quería, bajo su control total, podría luego convencerla para venderle la tierra o, al menos, aconsejarle sobre qué hacer con ella. Cuando le había hablado de sus reglas simples, ella parecía muy susceptible y que había abierto la puerta para que las cosas vinieran y esperaba un poco menos pelea que antes. Tucker pasó varias horas en su escritorio de su casa enviando múltiples correos electrónicos y, finalmente, haciendo varias llamadas sobre las tierras. Todo parecía estar cayendo finalmente en su lugar y estaba satisfecho consigo mismo. Después de la ducha, se tumbó en la cama pensando en los sucesos ocurridos desde que estuvo con Lilliana. La jubilación anticipada se filtró en sus pensamientos de nuevo, pero pronto se nubló de su memoria por recordar cómo sentía a Lilliana en sus brazos y bajo su control. Más tarde, se dijo. Solo quería concentrarse en ella por ahora. Había anhelado una mujer que pudiera dominar por completo pero su búsqueda había sido infructuosa. Todas las mujeres con las que había estado
  • 64.
    carecían ya seade la habilidad o del entusiasmo, o peor aún, de ambas cosas. Era frustrante la forma en que estaban dispuestas a abrir las piernas para él pero eran demasiado tímidas para considerar las perversiones que les propuso. Cada vez que mencionaba castigo, obtenía una mirada de horror o repugnancia. Esperaba que Lilliana no fuera otro intento fallido. Le parecía que, porque tenían mucho en común, seguramente serían una mejor opción el uno para el otro. Tucker pensó que comprendía a Lilliana, pero creía que todo el tiempo y en todo momento, ella le estaba mostrando que estaba equivocado. Pero la forma en que le respondió en el ascensor, en que sus ojos le miraban la boca y en que su cuerpo respondía a sus caricias en el caballo… podía sentir lo mucho que la había encendido, podía sentir lo mucho que lo quería. ¿Estaba equivocado? ¿Se estaba engañando a sí mismo? Tucker tomó su teléfono. Era tarde, pero tenía la esperanza de Lilliana siguiera despierta. Quería asegurarse a sí mismo que no estaba imaginándoselo todo. McG: 22:51: ¿Estás despierta? Lilliana: 22:56: Lo estoy. ¿No puedes descansar? McG: 22:57: No hay descanso para los malvados, dicen. Lilliana: 22:58: ¿Es una advertencia? McG: 23:00: Más bien una afirmación. Lilliana: 23:02: Ve a dormir. McG: 23:02: Hay demasiado en mi cabeza. Lilliana: 23:03: ¿Debo preguntar? McG: 23:04: Me gustaría que lo hicieras ;) Lilliana: 23:05: Espera… ¿estás tratando de Sex-tear9 conmigo? Ewww. McG: 23:06: ¿Ewww10 ? ¿WTF11 ? LOL12 Lilliana: 23:08: Estoy en shock por aquí. Tucker McGrath magnate inmobiliario y playboy extraordinario solo LOL después de intentar sex-tear conmigo. ¿Y ahora qué? ¿Zombies? ¿Aliens? ¿El apocalipsis? McG: 23:08: Más como un a-polla-lipsis porque mi verga es tan poderosa que podría acabar con los mundos. Lilliana: 23:09: *ojos en blanco* McG: 23:10: Y basta con el título de playboy. Simplemente disfruto de la compañía de mujeres hermosas y ( . ) ( . ) y ( _Y_ ). Eso es tetas y culo para el ojo inexperto. :D 9 Infinitivo castellanizado de sexting (contracción de sex y texting) es un anglicismo para referirse al envío de contenidos eróticos o pornográficos por medio de teléfonos móviles. 10 Expresión anglosajona despectiva. 11 WTF: What The Fuck: vulgarismo inglés, frecuentemente usado en chats y foros para mostrar estupefacción, asombro o desentendimiento. Se puede traducir como ¿Qué coño? ¿Qué carajo? 12 LOL es un acrónimo en inglés que significa Laughing out loud, Laugh out loud, o a veces Lots of laughs, traducido como reírse en voz alta o reírse mucho.
  • 65.
    Lilliana: 23:13: Tuconocimiento de los símbolos y jerga de los mensajes de texto me intimida. Estoy viéndote con una luz completamente nueva. McG: 23:12: Soy una persona profunda y multifacética con muchas capas que no puedes empezar a comprender. :P Lilliana: 23:13: Gracioso. ¿Por profunda quieres decir superficial y por multifacética quieres decir tonta? McG: 23:13: No hagas que vaya toda la rabia sobre ti otra vez. BRB.13 Tengo que mear. Lilliana: 23:14: TMI14 . Y me gustas bastante rabioso Tucker. ;) Lilliana: 23:19: ¿Estás OK allá? ¿Cuánto tiempo dura una meada? Lilliana: 23:22: ¿Hola? ¿Debo llamar a los paramédicos? ¿Estás ahogándote en un mar de amarillo? McG: 23:23: Mierda, eres impaciente. No, no me ahogué. ¿No puede un hombre orinar sin ser acosado? Lilliana: 23:26: ¿YO impaciente? Tú= sartén negra. Yo= cazo negro15 . ¿Lo pillas? McG: 23:26: Entonces te gusto rabioso, ¿eh? Bueno, porque tu sacas el animal que hay en mí. Q: ¿De qué tienes miedo? Lilliana: 23:28: R: arañas peludas y pechos peludos que se asemejan ewoks. Ewww. Por favor dígame que no tienes uno así. McG: 23:30: ¿EWOKS? Al igual que en Star Wars? Ewww. Y no, mi pecho es roca dura y liso como el culo de un bebé. Lilliana: 23:31: De nuevo *ojos en blanco*. ¡Y no me juzgues! ¡Esas películas eran buenísimas! ¿A qué le tienes miedo? McG: 23:33: A nada. Soy un tipo duro y sin miedo. :D Lilliana: 23:35: Probablemente tienes miedo a las serpientes y gritas y lloras como una niña pequeña cuando ves una. ¿Estoy en lo cierto o estoy en lo cierto? McG: 23:35: Ni siquiera cerca. Yo maté de esas hasta en mis sueños. Crecí en una granja, ¿recuerdas? Tú serás la que grite y llore de emoción cuando vea mi serpiente ;) Lilliana: 23:36: Ugh. No voy a morder. Bnas noches. McG: 23:37: Buu. Tú chuparás. Lilliana: 23:39: Sí, y chupo muy bieeeenn. McG: 23:39: Provocadora. R: las primitivas vainas peludas me asustan. 13 BRB: Be Right Back. Ya vuelvo. 14 TMI: To Much Information: Demasiada información. 15 Hace referencia al refrán popular, Quita que me tiznas, le dijo la sartén al cazo. (N. de la C)
  • 66.
    Lilliana: 23:41: ¿WTH16 estamoshablando aquí? McG: 23:42: Autocorrector de mierda. ¡VAGINAS! Las vaginas peludas me aterrorizan. En serio Lilly, si tienes una, arréglate esa mierda a menos que quieras ver a un adulto varón alfa doblado en posición fetal y llorando. No va a ser bonito. Solo digo eso. Lilliana: 23:44: ¡Bahbah! ¿Dónde se fue el duro, valiente y rabioso Tucker? ¿Quién eres tú y qué has hecho con él? McG: 23:45: ¿Quién está juzgando ahora? HECHO: Un monstruosamente peludo bobo dejará al más vicioso, sádico y dominante de rodillas. Lilliana: 23:47: Lo entiendo. No coño ewok. ¿Y dijiste BOBO? ¿Qué tienes 5 años? Espera… ¿sádico? McG: 23:48: No tonta. No soy un sádico. Aunque, disfruto de dar azotes por desobediencia. He hecho un recuento y tú, mi mascota, tienes una próxima sesión después de tus numerosas ofensas verbales. Corrección: varias sesiones. Tucker sonrió pensando en hacer exactamente eso. Su teléfono quedó en silencio y se preguntó si la había asustado completamente. Se movió incómodo en la cama durante más de cinco minutos cuando no llegaba respuesta. Tal vez esto iba a ser otro intento fallido de encontrar una verdadera mascota que obedeciera todas sus órdenes y aceptara su disciplina. McG: 23:54: ¿Tu silencio significa no a los azotes? El teléfono de Tucker se quedó quieto y marcó el número de Lilliana. Atendió en el segundo timbre. —Habla conmigo. —Lo siento. Sé que me advertiste antes de hacer ese tipo de cosas, pero aún así fue un choque de leerlo —dijo Lilliana suavemente. —No has respondido a mi pregunta. Tucker podía oír Lilliana tragar y lamer sus labios. —Nunca me han azotado, pero eso no significa que no me entusiasme la idea. Un calor se instaló profundamente en el estómago de Tucker y su sangre zumbaba en sus oídos. Así que Lilliana estaba por los azotes. ¿Qué otras cosas podría proponerle? —Los azotes no siempre significan castigo, así que tenlo en cuenta. También puede ser por placer. ¿Sabes algo acerca del bondage y la disciplina, Lilly? —preguntó lanzando el guante. —¿Estás hablando de BDSM? —preguntó sorprendiéndolo. —Sí y no. —¿Estás en ese tipo de cosas? 16 WTH: What The Hell: ¿Qué demonios?
  • 67.
    —Sí y no.No estoy en S&M, solo el bondage y disciplina. —¿Estuvieron tus esposas en eso también? Tucker se rio entre dientes. —En realidad no. Ni siquiera me di cuenta de que yo estaba en eso hasta mi segundo matrimonio. Cuando le propuse la idea me siguió la corriente, pero no se metió seriamente en el grado que yo lo estaba. Todavía tengo que encontrar una mujer que sea compatible conmigo en ese nivel. —¿La seriedad? —Ese estilo de vida no es un hobby. Por lo menos no para mí, aunque estoy seguro que para algunas personas lo es. Mira, tal vez debas leer acerca de eso mañana y podemos discutirlo en otro momento. Es tarde y yo no quiero asustarte. Caray, me urge tenerte. —No me tienes aún, Tucker. Podía imaginar la mirada en el rostro adorable de Lilliana cuando sus ojos se estrecharon en él. —Muy pronto, lo haré. He puesto mis ojos en ti, Lilly, y siempre obtengo lo que quiero. Siempre. —¿Siempre? Interesante. Estoy cansada. Ha sido un loco y caliente día. Buenas noches, McG — bostezó. —Buenas noches, cielo. Estaré soñando contigo de rodillas. Tucker estuvo en la cama durante varios minutos con una sonrisa idiota plasmada en su rostro. Algo de Lilliana lo llevaba a su lado animal y juguetón a la vez. Nunca se había reído ni bajado la guardia realmente de la forma que lo hacía con ella. Tampoco nunca había perdido la calma en torno a una mujer, lo que era preocupante; sin embargo, era una sensación extraña poder ser completamente fiel a sí mismo y no detenerse. Se reprendió a sí mismo cuando recordó cómo le había mentido inicialmente. ¿Y si se enterara? ¿Podría perdonarlo? Lo dudaba. Solo tendría que asegurarse de que Lilliana solo supiera de sus intenciones después de la follada a caballo. Follada a caballo. Se rio al recordarlo también. No sabía hasta dónde lo llevaría esta cosa con Lilliana ni cuánto tiempo duraría, pero estaba contento de haber encontrado una compañera de juegos para mantenerlo ocupado provisionalmente y, posiblemente, incluso una que en realidad tuviera su estilo de perversión. Hizo una nota en su agenda de teléfono para llamar a su joyero para la orden habitual antes de decidir finalmente terminar la noche. Tucker acopló el teléfono y se dio la vuelta cuando varios minutos después, su teléfono sonó de nuevo. Lilliana: 0:17: Casi lo olvido, ¿qué es eso de que UNO de los mejores culos? ¿Cuántos culos has mordido, monstruo? Tucker realmente se rio a carcajadas. Su miembro se endureció cuando se dio cuenta que estaba acostada en la cama pensando en él y su encuentro en el refugio de animales.
  • 68.
    McG: 0:18: Innumerablesculos, mi mascota. Pero el tuyo está en una liga propia. Lilliana: 0:19: Entonces, ¿qué tiene que hacer una chica para tener el mejor culo? McG: 0:21: ¡Arrojar algo de brillo en esas nalgas y sacudir esa máquina de hacer dinero! Lilliana: 0:21: Lamento haber preguntado. :P yo he ganado mi dinero a la manera antigua, trabajando. McG: 0:22: FYI17 la prostitución es la profesión más antigua conocida. Lilliana: 12:24: Ewww. McG: 0:24: Ciao, mascota. ;) 17 FYI: For Your Information: Para tu información
  • 69.
    11. Lilliana durmió profundamentey despertó energizada pero aún inquieta. Todavía tenía serias reservas acerca de Tucker, pero su excitación y curiosidad eran más poderosas que cualquier aprensión que sintiera. Quería sentir sus fuertes y ásperas manos en su cuerpo de nuevo y perderse en sus profundos ojos marrones. Quería sumergirse en su alma y buscar en sus profundidades y aprender sus secretos, miedos y deseos. Su indiferencia la noche anterior era nada menos que fascinante y fue agradable ver otro lado de él, otro que no sea su arrogancia habitual. Bondage y disciplina: la idea la excitaba, pero ¿con qué fin? No tenía ni idea de lo que ese tipo de estilo de vida implicaba y ni si a ella le fuera a gustar. Recordó lo que Tucker había dicho y decidió que en su pausa para el almuerzo iba a hacer un poco de investigación en el tema. Al llegar al trabajo temprano fue recibida una vez más por los chillidos de Dana. —¡Qué chupón! —¡Mierda! Dana cállate. Traté de ocultarlo. ¿Se puede ver realmente? —Solo muy cerca. Lo bueno es que tus pacientes no se sientan a tu lado bajo una luz brillante — Dana reía sarcásticamente—. ¿Así que vosotros dos tenéis algo o qué? ¿Lo has visto desnudo? ¿Tiene pectorales increíbles? —No, no, y no lo sé todavía. Ahora, ve a trabajar o algo así —rio Lilliana. La mañana fue tediosa. Lo único que quería era ver de nuevo a Tucker y a sus ojos pícaros relucientes de lujuria y el resplandor de su sonrisa. Durante un breve descanso entre los pacientes sonó su teléfono. Ella sonrió como una groupie fanática cuando vio el mensaje de Tucker. McG: 10:23: Me encuentro celoso de que estés mirando la boca de otros hombres. ¿Son sus molares tan asombrosos como los míos? Lilliana: 10:25: No tanto. McG: 10:25: Eso es porque mis molares son de fuera de este maldito mundo. ¿Estás lista para esta noche? Tengo grandes planes para ti. ;) La boca de Lilliana repente se secó. ¿Grandes planes? Esperaba que esos planes no incluyeran azotarle el culo. No todavía. Lilliana: 10:27: Estoy averiguando. McG: 10:28: No hay nada que temer. Simplemente pienso en mostrarte que sé el camino alrededor de un cuerpo de mujer.
  • 70.
    A ella legustaba cómo sonaba eso. A pesar de lo que le había dicho, nunca dudó de que sabía cómo complacer a una mujer. Por otro lado, tenía dudas sobre su propia capacidad para satisfacer a un hombre como Tucker, y comenzó a preguntarse cómo iba a compararla a sus otras conquistas. Él, sin duda, tenía una vasta experiencia con todo tipo de sofisticadas y exóticas mujeres que habían sacudido su mundo, y ella era solo una chica de pueblo que había estado con un puñado de hombres en su vida. El mujeriego de Adam la había dejado tan consciente de sus talentos sexuales, o de la falta de ellos, que comenzó a dudar si seguir adelante con los grandes planes que Tucker tenía en mente. Se echó hacia atrás mirando a la pantalla tratando de pensar en una manera de salir de esto. Odiaba cómo Adam la había hecho cuestionarse a sí misma, se levantó y acercó a la ventana. Lilliana se había criado hija única de su madre y sin una figura paterna en su vida, pero nunca había la había echado de menos. Su madre llenó ese vacío al igual que su tía Margo. Fue criada para ser fuerte y segura y para creer en sí misma. Desde muy joven sabía que era nada menos que brillante y hermosa. Ni una sola vez durante su juventud dudó de sí misma. Hasta Adam. Él la hacía sentir como si no pudiera satisfacer a un hombre y lo demostró al acostarse con la mitad de la condenada población femenina de su pequeña ciudad. Cuando había comenzado la universidad inmediatamente después de su divorcio, Adam le dijo que sus planes eran de risa y que no había ninguna razón para que una chica como ella obtuviera educación. Le dijo que ella solo era buena para estar bonita en el brazo de un hombre, no para pensar, actuar o hacer. Se recordó a sí misma que le había demostrado lo equivocado que estaba terminando la escuela de asistente dental y haciendo su propio camino sin su ayuda. ¿Por qué un hombre como Tucker McGrath estaría interesado en ella si no la encontrara atractiva? Tucker hizo blanco en ella cuando le dijo que sus intereses eran las mujeres hermosas, inteligentes y ella estaba en su punto de mira. Jodido Adam. Lilliana empujó sus hombros hacia atrás y agarró su teléfono. Lilliana: 10:32: Espero con interés tus grandes planes. Por cierto, voy a estar preparada con el fin de no causar el ponerte en posición fetal. :D McG: 10:35: ¿Te estás burlando de mí? Lilliana: 10:36: Me estoy divirtiéndome contigo, no burlándome de ti. McG: 10:38: Habrá un montón de diversión esta noche. ;) Colegas esperen, ciao por ahora, mascota. ;) En la próxima consulta se la pasó soñando despierta mientras intentaba hacer una charla amistosa con el paciente. Fue difícil porque todos sus pensamientos estaban en el fin de semana próximo. Durante la hora del almuerzo, se quedó en su oficina y comió mientras googleaba bondage y disciplina. Estaba gratamente sorprendida por todo lo que leía. Sí, era pervertido y un poco pasado de moda, pero la idea parecía interesante. ¿Habrá establecido reglas que quería seguir? Si era así, ¿qué tipo de cosas iba a exigir de ella? Le gustaba la idea de saber exactamente lo que podía esperar de él y lo que se esperaba de ella, siempre y cuando sus demandas no fueran demasiado excesivas.
  • 71.
    Si ella yAdam se hubieran puesto reglas así tal vez no habrían terminado divorciados. Rio a carcajadas con sus pensamientos. Ese hombre no sabía cómo mantener su palabra, con contrato firmado o no, y las reglas no significaban nada para él. Lilliana recordó lo que Tucker había dicho acerca de sus ofensas verbales. Ella siempre había tenido una boca irrespetuosa y si había algo que iba a meterla en problemas, sería su incapacidad para mantenerla cerrada. El horario de Lilliana tuvo una cancelación repentina y no podría haber estado más feliz. Se fue temprano para prepararse para el fin de semana. En primer lugar, hizo una parada en el centro comercial para recoger algo sexy para usar. La emoción corría por sus venas. No había tenido una primera cita en tanto tiempo que había olvidado lo divertido que podría ser, así como estresante. Dos nuevas prendas más tarde y una parada en la tienda de ropa interior, salía del centro comercial cuando se encontró con el mismo hombre que la había abordado en el restaurante la semana anterior. —Sra. Norris —sonrió. Lilliana se quedó en silencio, lo observó detenidamente esperando que no le fuese a dar una advertencia sobre el hombre con el que estaba a punto de pasar el fin de semana haciendo cosas indeciblemente traviesas. —Me alegro de oír que ha tomado una decisión sobre su tierra. Sinceramente espero que todo salga bien para usted. Por cierto, mi nombre es Darren Schumacher. Tucker y yo nos conocemos. Bienvenida a Bridgeport —la saludó mientras continuaba hacia el centro comercial. ¿Una decisión acerca de su tierra? Lilliana estaba desconcertada por el comentario de Darren. Se quedó mirándolo y contemplándolo pensando, pero su teléfono sonó. McG: 16:20: Una hora más y contando. Si yo fuera del tipo que contara, que no lo soy. Yo no cuento y yo no espero. Simplemente aguardo mi tiempo con impaciencia. Lilliana sintió pánico. ¿Solo una hora más? Había pasado demasiado tiempo de compras y ahora se apresuro a prepararse. Rápidamente se envió una respuesta. Lilliana: 16:21: Sí, lo recuerdo, no esperes. No hay tiempo para charlar. Tengo un bobo que necesita ser afeitado. McG: 16:22: Nunca voy a ser acusado estorbar en el rasurado de una caja jugosa. :D Ciao, mascota. Lilliana se rio en voz alta. No era de extrañar que Tucker hubiera tenido tantas mujeres. Con su sonrisa soñadora, su cuerpo duro como una piedra y su sentido del humor, ¿qué mujer podría resistirse? Ella corrió a casa tratando de tranquilizarse. Una vez en casa, se duchó y se afeitó lo más rápido posible e incluso se las arregló para hacer un buen trabajo sin mellar su precioso bobo, también conocido como caja jugosa. Se vistió con el sostén de seda y encaje y bragas, un conjunto exclusivo, el vestido de tirantes que compró y se alisó
  • 72.
    el cabello conun poco de espuma. A continuación, empacó una bolsa de viaje con todo lo necesario y una muda de ropa. Mientras terminaba de hacer la maleta, sus nervios comenzaron a remplazar a la diversión que tenía. ¿Realmente iba a seguir con esto? Sí, lo haría. ¿Estaba loca por considerar dormir con Tucker? Sin lugar a dudas. ¿Eran todas las advertencias sobre él verdaderas? Probablemente. ¿Tucker iba a ser otro hombre que simplemente la usaría y le rompería el corazón? Es posible. ¿Podría soportar otra vez que le rompieran el corazón? No, ella no podría. Lilliana se dejó caer en la cama y se miró las manos anudadas mientras las apretaba. Era un fin de semana de diversión, ¿verdad? Eso es todo lo que Tucker y ella estaban planeando, no toda una vida juntos, trató de recordarse a sí misma mientras sus manos seguían temblando. Lilliana se puso de pie y se tambaleó hasta el espejo de cuerpo entero y se dio una larga mirada a sí misma. No se había sentido atractiva en años. Adam siempre le había gustado mucho su melena por eso la había cortado cuando se enteró de sus muchas transgresiones maritales sintiendo la necesidad de empezar de nuevo y no querer nada que le recordara al hijo de puta que tenía mierda en su corazón. Mirándose en el espejo, la imagen reflejada llenó su corazón con confianza en sí misma. Sonrió a su reflejo. No era la mujer más hermosa pero lo era bastante. No era Einstein, pero era inteligente. Y con toda seguridad, era digna de un hombre como Tucker McGrath. Un fuerte golpe en la puerta la sobresaltó y su cabeza empezó a flotar. Lilliana sacó pecho y lamió sus dientes preparándose para lucir sus mejores activos. Se movió sin prisa hacia la puerta queriendo que Tucker esperara solo un poco más hasta que ella se entregara a él. Al abrir la puerta lentamente, Tucker tenía su mano levantada en el aire a punto de golpear de nuevo. Se quedó helado cuando la vio y su mirada de deseo absoluto fue tan aplastante que temía que se derretiría a sus pies. Su pelo castaño oscuro dorado era un revoltijo fantástico y sus ojos chocolate estaban ardiendo. Una lenta sonrisa furtiva tembló sobre los labios de Lilliana y él la recompensó con una sonrisa de las suyas. La quería. Él realmente la quería. Parada frente a él era la maldita criatura más hermosa que jamás había visto. El color de su vestido resaltaba sus ojos color avellana y hacia que brillaran y su sonrisa era tan completamente genuina que se sentía como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago con una potencia de otro mundo. Cristo, su cuerpo. Sus ojos vagaron por su figura, fijándose sobre su pecho jadeante. La tela del vestido dejaba traslucir lo suficiente para poder distinguir el blanco del encaje de su sostén. Se dio cuenta de que su mano estaba todavía en el aire y la dejó caer a su lado tratando de recuperar su compostura. Incapaz de luchar contra las ganas de tocarla, sus dedos acabaron sobre la curva de su cintura mientras movía su mano hacia arriba rozando su pezón. Temía lo que la guerrera del Medio Oeste le haría por su gesto inapropiado pero, para su alegría, ella empujó su pecho contra su mano. —Estás absolutamente impresionante, Lilliana Norris —dijo en voz baja, inclinándose hacia abajo de modo que sus se labios rozaron. —Tú también estás espectacular, Tucker McGrath —suspiró ella en su boca. Cuando sus labios se tocaron, la polla de Tucker se endureció. Le apretó la teta y extendió una mano en su cintura tirándola violentamente hacia él, casi levantándola en vilo. Deslizó la lengua en
  • 73.
    su boca saboreandoel sabor a menta. Lilliana respondió metiendo sus dedos en su cabello y mordisqueando su lengua. —Te he deseado desde el primer momento en que puse los ojos en ti —admitió Tucker. —Me gustaría poder decir lo mismo, pero estabas tan condenadamente arrogante, todo lo que quería hacer era darte una patada en el… Tucker aplastó su boca sobre la de ella antes de que pudiera arruinar el momento. Se echó hacia atrás para encontrar en el rostro de ella una sonrisa del tamaño de su estado natal, Kansas. Hizo un rápido vistazo a sus zapatos. —Trae algunos zapatos de tacón bajo para lo que he planeado. Ah, y un poco de música que te guste. Tucker apenas podía contener su entusiasmo. Inicialmente había previsto un tour aéreo en helicóptero por los terrenos que adquirió y vendió durante sus doce años de estar en el sector inmobiliario. Era algo que había hecho con todas las mujeres en su primera cita y que era un truco probado para meterse en sus bragas, pero sabía que la jactancia no era la clave para impresionar a Lilliana. En realidad, probablemente tendría el efecto contrario al que esperaba. Después de rebanarse los sesos, se decidió por algo más entretenido y original. Lilliana lo miró inquisitivamente pero cumplió con prontitud y entró en su dormitorio. Él repasó sus CD y escogió unos pocos. Estaba impresionado con su selección de música y encontró fascinante e inquietante que sus gustos fueran tan similares. Lilliana salió con otro par de zapatos en la mano y sonrió por la música Tucker había elegido. Mientras Lilliana guardaba sus álbumes, él la estudió observando sus tres mejores características: elegante, femenina, y carismática. Pero esa boca… Era el único defecto que podía encontrar. Aún así, era esa parte la que la hacía tan condenadamente encantadora. Ella no tenía miedo de pasarse de la raya y decir lo que pensaba, igual que él mismo. Lilliana lo rozó al pasar a su lado y su aroma limpio, floral, asaltó sus sentidos. Fue entonces cuando se dio cuenta de qué se trataba: su perfume le recordaba a casa. Eran lilas, la misma flor que crecía salvaje y en abundancia en el patio trasero de su casa de la infancia. Tucker inhaló profundamente y cerró los ojos. Un gruñido primitivo comenzó en la garganta, bajo y profundo. Cuando abrió los ojos, Lilliana lo miraba nerviosa por el repentino cambio en su comportamiento. —¡Mascota! —la llamó. Lilliana retrocedió. Él no pudo evitar sonreír ante la alarma en su rostro. En un abrir y cerrar de ojos extendió la mano, le agarró la muñeca y tiró hacia él. Envolviendo sus dedos en el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás. Ella levantó sus manos y agarraron sus bíceps mientras él lamía la longitud de su cuello hasta la barbilla. Se la mordió suavemente y mordisqueó el camino hasta la esquina de la boca donde colocó un suave beso. Se inclinó hacia atrás para mirarla fijamente. Los ojos de Lilliana estaban cerrados, de su boca abierta fluía el aroma de la pasta de dientes y tenía una mirada de pura felicidad. Tucker no quería que esperaran más. Estaba enfermo y cansado de esperar. Esta mujer lo había llevado hasta el punto de no retorno y no iba a esperar una mierda más. Su polla palpitaba en sus pantalones mientras pensaba en desgarrarle la ropa y follarla con pasión y sin restricciones. O mejor aún, con restricciones. —Quiero probarte —gruñó resbalando su lengua a través de su boca, metiéndola entre sus labios.
  • 74.
    Las manos deLilliana apretaron alrededor de sus brazos, y ella chupaba su lengua en ese breve momento en que estaba en su boca. Él la tomó en sus brazos y la llevó hacia la dirección de su dormitorio. Los ojos de Lilliana reflejaban una aprensión nerviosa y solo se podía escuchar su jadeo suave. Una vez en su habitación, le dio una patada a la puerta para cerrarla y la lanzó sobre la cama bruscamente. Lilliana se enderezó y Tucker agarró sus tobillos y la arrastró hasta el borde de la cama llevando su vestido hasta arriba de su culo, dejando al descubierto sus suaves muslos y el coño cubierto de seda. Él tiró de sus bragas casi arrancándolas antes de guardárselas en el bolsillo del pantalón. Lilliana no lo defraudó. Se levantó el vestido más arriba dejando al descubierto sus labios suaves y vientre plano. Tucker se paró a los pies de la cama mirándola. —Estás dando mucho por sentado —afirmó repitiendo la respuesta sarcástica que Lilliana le había dado no hace mucho tiempo. Frunció el entrecejo perpleja. Tucker se inclinó y agarró los tobillos de nuevo y con un rápido movimiento le volcó sobre su vientre con lo que su culo desnudo de frente y al centro. Lilliana debió haber percibido lo que venía porque intentó alejarse a rastras pero él la agarró por la cintura y se aferró a ella con firmeza. No había una maldita manera de que la dejara escapar cuando su perfecto culo estaba a su alcance y en extrema necesidad de la disciplina. —Lo aseguré cuando dije que tenías una zurra por venir por toda la insolencia que tuviste conmigo. —Tucker, espera… —chilló Lilliana. —He estado esperando por ti, Lilly. Le agarró las muñecas y se las sujetó a la espalda. Inclinándose sobre ella, le susurró al oído: —Yo exijo tu respeto, Lilly. —Tucker, por favor… Nunca he… por favor no me hagas daño —respondió suavemente con su voz llena de miedo. ¿Es eso lo que pensaba Lilliana de sus intenciones? Tucker alivió su agarre en sus muñecas un poco y le besó la oreja con suavidad. —Nunca te haría daño. Esto es simplemente para enseñarte que no aguantaré tu boca insolente y para mostrarte que siempre llevo adelante mi plan de acción. La respiración de Lilliana se entrecortó pero no dijo nada más. Si hubiera resistido un poco más él habría retrocedido. Él esperó, dándole tiempo para reflexionar sobre sus palabras. ¿Se negaría como todas las demás, o aceptaría su sanción? Esperaba que lo segundo. Cuando Lilliana permaneció en silencio, habló desde su corazón: —Necesitas esto tanto como yo. Con su declaración final, se puso de rodillas entre sus piernas abiertas, le dio un empujón para que las abra aún más con la rodilla, y bajó con fuerza la mano sobre su culo. A pesar de su charla acerca de la disciplina y azotes, en realidad solo lo había hecho un puñado de veces, y nunca se había sentido tan vivo como en este momento. Lilliana chilló y tiró de sus muñecas tratando de soltarse. Se clavó en la cama y trató de torcer su cuerpo pero el agarre de Tucker era demasiado fuerte. Él golpeó una vez más en su otra nalga con el
  • 75.
    mismo vigor; elsonido bofetada fuerte reverberó en las paredes. Él quería darle más pero sabía que estaba tentando su suerte. El corazón de Tucker estaba golpeando fuerte en sus oídos y podría haber jurado que Lilliana podía oírlo también. Ella retorcía y arqueaba su cuerpo mientras luchaba por liberarse. Cuando la soltó, ella rápidamente se levantó y retrocedió contra la cabecera. Él se puso de pie y se alejó de ella, lo que les permitió tiempo para procesar lo que acababa de suceder. Ella se quedó sin aliento, jadeando, con los ojos tan grandes como la luna. Tucker no sabía si reír a carcajadas o acabar en sus pantalones por la reacción de Lilliana. —¿Estás bien? —le preguntó con calma. Lilliana apretó los dientes y entrecerró los ojos pero, para asombro de Tucker, no dijo una palabra y no sabía si eso era algo bueno o algo malo. —Lilly, ¿estás bien? Ella parpadeó rápidamente, y sus ojos examinaron su cuerpo. —Si por bien te refieres enojada, alterada y caliente entonces, sí, estoy bien. Una lenta sonrisa cruzó el rostro de Tucker. Lilliana era otra cosa. Su boca nunca dejaba de irritarlo y entretenerlo. —Bueno. Ahora ven aquí para que pueda saborearte —señaló a la cama. Lilliana abrió la boca y Tucker estaba seguro de que era para tirarle uno de sus sarcasmos. —Antes de hablar, debo advertirte: mi palma se muere de ganas de darte más. Todavía sorprendida por la azotaina, la boca de Lilliana permaneció cerrada y tragó saliva. Su culo estaba palpitando junto con su coño y le resultaba difícil elaborar el sentido de sus emociones. Enojada era un eufemismo, alterada no era bastante acertada y ¿caliente? No, era más una furiosa calentura. La expresión del rostro de Tucker era inquebrantable, y sus habituales y juguetones ojos castaños eran ahora negros y despiadados. El rabioso Tucker estaba ahora en su presencia, y ella temía qué tipo de represalia podría enfrentar si no aprendía a moderar su lengua. Tucker había dado en el clavo cuando dijo que necesitaba su disciplina. ¿Cómo podía saberlo? Ella siempre había querido que alguien la viera como era de verdad y lo que realmente deseaba, ser controlada y puesta en su lugar. Ella nunca había hablado por temor a lo que la gente pudiera pensar. Sí, necesitaba esto, pero ¿cómo iba a dejar ir lo que era exteriormente para que saliera lo que quería en su interior? Cuando Lilliana no hizo caso a su orden, se puso visiblemente indignado. —Una vez te dije que siempre consigo lo que quiero. ¿Vas a hacer que lo compruebe? Su tono era temible pero ella se puso rápidamente molesta. —¿De nuevo con siempre consigo lo que quiero? Tal vez es tiempo de que alguien te desafíe — replicó. Tucker apretó la mandíbula y ella sabía que había apretado sus botones, y no los más adecuados.
  • 76.
    —Tú has sidomás que un reto. Vamos a dejar algo claro: estoy a favor de una fuerte, inteligente e independiente mujer fuera de la habitación, de hecho, te animo a ello. Pero detrás de las puertas cerradas, quiero tu sumisión. Me encanta. Lo necesito. Así que no trates sobrepasarte o actuar como una malcriada buscando disciplina pensando que es lindo, porque no lo es. Es un ultimátum, eso es lo que es. Lilliana pensaba mucho antes de responder. No había acuerdo aún. Ella pensaba que todo era una anticipación de un fin de semana de travesuras, ¿pero esto? —La sumisión total viene con la confianza y la… —Lilliana hizo una pausa pensativa—. No confío en ti plenamente todavía. Te deseo, sí, no hay duda de eso. Pero entregarme de la forma que deseas… ¿tan pronto? Tucker se apartó de la cama y parpadeó varias veces. —Yo no soy un hombre paciente, pero tienes razón. No puedo esperar confianza instantánea. Eso tomará tiempo, pero soy optimista de que podemos llegar a ese punto. Espero que tu también. Se quitó las bragas del bolsillo y las dejó sobre la cama. —Póntelas de nuevo. Esperemos que todavía estés interesada en seguir adelante con este fin de semana porque creo que disfrutarás de lo que tengo planeado. Poniendo sus manos en las caderas y arrodillándose sobre la cama, Lilliana preguntó: —¿Más azotes? Tucker negó con la cabeza y se echó a reír. —¿Por qué? ¿Es eso lo que quieres? Los ojos de Lilliana agrandaron. Dios, no, que no quería otra zurra. Bueno, tal vez la quería. —Tal vez, pero no por portarme mal. Los ojos de Tucker se iluminaron con su comentario y le brindó una sonrisa ladeada. Maldita sea, su Tucker era como el glaseado del pastel, la guinda del pastel, el lubricante en el consolador. Lilliana se levantó de la cama y sintió la humedad entre sus piernas. Bajó la mirada hacia sus bragas a los pies de la cama y se dio cuenta de que todavía estaba desnuda de la cintura para abajo debajo de su vestido. Hacía eones desde que la boca de un hombre había estado en sus gravemente desatendidas partes bajas y rezó una plegaria silenciosa para que Tucker todavía quisiera saborearla. También esperaba que fuera tan bueno lamiendo vaginas como presumía. Lilliana levantó el vestido por encima de sus muslos y apoyó su trasero sobre sus talones tratando de atraerlo. —Pensé que querías probar. Los ojos de Tucker se oscurecieron de nuevo. —¿Me estás incitando Sra. Norris? —Más bien implorando —susurró ella, pasando sus manos por sus muslos y rozando sus dedos a través de su raja. Se acercó lentamente hacia ella. —No hay nada más gratificante que una belleza impresionante rogando que le chupe el coño — dijo él relamiéndose los labios—. Eso es lo que quieres, ¿no?
  • 77.
    Cuando llegó alpie de la cama, se pasó la mano por su verga visiblemente rígida y le levantó una ceja a Lilliana. Al igual que un perrito ansioso, Lilliana meneó la cabeza y prácticamente jadeó su respuesta. —No lo dices en un estilo demasiado fino pero el punto es que… sí. Tucker se mordió el labio inferior y sus ojos se movieron de su cara a su coño y de nuevo a su rostro. —Yo estaría más que feliz de hacerlo, pero no hasta que me digas, por favor. Lilliana estaba considerando en silencio cumplir con la petición de Tucker. Su libido quería que su boca se moviera pero su orgullo se resistía hacer lo que quería. —Es fácil, Lilly. Di: por favor, Tucker, mete tu lengua en mi coño. Hazme gritar por más. Jódeme con esa lengua tuya. Dilo. Había un aspecto siniestro en el rostro de Tucker al hablar y sus ojos revelaban su disfrute en todas las cosas perversas. Cuando se pasó la lengua por los labios mientras esperaba su respuesta, se sorprendió de no ver una lengua bífida como la de una serpiente o demonio saliendo de su boca. La boca de Lilliana se abrió, pero no salió nada. Su charla sucia ponía su coño como una centrifugadora. Nadie le había dicho nunca esas cosas deliciosamente viles. ¿Por qué todo con Tucker tenía que ser tan condenadamente agotador? Y de nuevo con esa soberbia. Si no tuviera la necesidad de una polla dura tan desesperadamente, le metería algo por el culo. El culo de Tucker. Se le caía la baba de pensar en su firme trasero. Se preguntó qué más tendría firme, además de su evidente bulto presionando contra sus oscuros y caros jeans que se aferraban a sus caderas seductoramente. De verdad quería su lengua metiéndose profundamente en su coño, junto con su polla dura. Ella le había gritado que la follara por el culo en el restaurante en broma pero aquí, sentada frente a él, expuesta, era diferente. —Pensé que habías dicho que no eras un sádico —dijo suavemente. Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. En un intento desesperado para resistir su sonrisa cautivadora, Lilliana parpadeó varias veces y sacudió la cabeza tratando de dar sentido a sus pensamientos desordenados. Caramba, esa sonrisa la cautivaba cada maldita vez. Estaba empezando a sospechar que él lo sabía. La risa de Tucker se calmó, y se desvaneció a una simple sonrisa. —Pensé que había dejado mis reglas muy claras. Yo mando; tú obedeces. ¿O lo has olvidado? —No, no lo he olvidado —pudo decir débilmente Lilliana. —Al parecer estas teniendo dificultades para seguir una orden simple, Lilly. Tal vez deberíamos irnos —Se volvió para salir de la habitación y las palabras de Lilliana vinieron como derramadas frenéticamente fuera de ella. —Por favor, Tucker, quiero tu boca en mí —le rogó, tirando su orgullo por la ventana. Volviendo la cara hacia ella, con una sonrisa curvada en su boca le dijo: —Eso no es lo que dije, pero está lo suficientemente cerca. * * ** * *
  • 78.
    Lilliana se animóy Tucker mostró su misericordia. Por suerte para ambos, ella lo provocó. Llegando al borde de la cama, Tucker le hizo un gesto para que se echara delante de él y se arrodilló sobre ella. Tomó cada detalle de su cuerpo que dejaba al descubierto. Se preguntó si tenía idea de lo espectacular que era en realidad. No parecía el tipo de mujer que sabía qué tipo de cartas tenía en la mano y, en lo que se refería a él, Lilliana sostenía una escalera real. Tucker le pasó las manos por la parte superior de sus muslos y subió su vestido por encima de sus pechos para que poder ver más de ella. Su piel era del color del marfil, suave y sin manchas. Todos los demás aspectos de eran perfectos; sus caderas curvilíneas, cintura pequeña y los pechos llenos, un vientre blando; una mujer auténtica en todos los sentidos. Tucker alcanzó sus pechos con sus manos para acariciarlos, disfrutando del hecho de que eran reales al igual que cada parte de ella. —Por favor, Tucker —lloriqueó cuando se tomó demasiado tiempo para darle lo que ella quería. La forma en que su boca decía su nombre lo volvía loco. Él agarró su mano y la guió hacia su pene. —Cada vez que dices mi nombre, me siento bien aquí. Cada. Único. Jodido. Momento. Los vidriosos ojos soñolientos de Lilliana observaban su boca pensativamente. Con la mano libre, se tocó su entrada reluciente y deslizó un dedo dentro. —Aquí es donde siento tu sonrisa. Si Lilliana supiera que la sonrisa de Tucker estaba reservada solo para ella y que no era algo que compartía con cualquiera. Él nunca la tenía pero algo en ella se la sacaba y se sentía cómodo siendo juguetón con ella. Tal vez fue su autenticidad. O tal vez fue la manera que no se opuso a su mierda. Fuera lo que fuese, se alegró de saber que ella lo apreciaba y que hablara de su sexualidad. Tucker le soltó su mano y agarró la otra tirándola hacia su boca. Aspiró el dedo, cerrando los ojos y saboreando su dulce y salada esencia, únicamente Lilly. Se inclinó y lamió cada uno de sus muslos, luego sus labios, y su lengua se deslizó a lo largo de su raja, para lenta y deliberadamente prolongar su tortuosa seducción. Lilliana empujó sus caderas hacia arriba pero él dio marcha atrás y le sonrió. —Todo a su tiempo, mascota. Lilliana le agarró sus hombros y clavó las uñas en ellos, enviando dolorosas sacudidas de electricidad por su columna vertebral. Cuando ella se recostó sobre la cama, él le abrió su raja y sopló aire caliente hacia arriba y abajo desde su abertura hasta el clítoris. Tucker estaba dolorido por las ganas de estar dentro de ella pero quería disfrutar de la visión que tenía delante. Él chupó y mordisqueó su perla rosada y deslizó dos dedos dentro de ella. Lilliana maulló y se refregó a sí misma en la palma de Tucker. Cuando el cuerpo de ella respondió a sus caricias, la cabeza de Tucker comenzó a zumbar de excitación y euforia. Hundido en la pasión, comenzó a meterle los dedos brutalmente mientras su lengua chasqueaba en su clítoris. Ella chillaba y se retorcía, golpeando con su culo y meneando sus caderas. Su reacción le hizo preguntarse si ella alguna vez había experimentado el placer de la liberación de un orgasmo de punto G. Estaba a punto de averiguarlo. Siguió ferozmente hasta que sintió el oleaje y familiar sonido de plenitud. Los ojos de Lilliana se abrieron y ella trató de arrastrarse hacia atrás lejos de él. —Tucker, ¡me voy a hacer pis! Tucker se rio en voz baja. Aparentemente Lilliana iba a experimentar su primer orgasmo de punto G con él.
  • 79.
    —Déjalo ir, Lilly. Ellanegó con la cabeza y Tucker se apoderó de su cadera y tiró de ella. —No luches contra eso —señaló más severamente, tocándola sin descanso. Las manos de Lilliana agarraron y tironearon de la sábana debajo de ellos. Con los ojos bien cerrados, gimió, gruñó y se convulsionó como una corriente orgásmica liberada de su cuerpo en períodos cortos. La imagen ante él era tan excitante que gruñó también, incapaz de apartar los ojos de Lilly. —Mierda… —exhaló. Lilliana yacía en la cama, su cuerpo todavía con tantas contracciones como nunca había tenido antes. Juró que vio que los cielos se abrieron y un haz de luz bajó hacia su coño mojado mientras los ángeles cantaban alabanzas a la manera en que una mujer llegaba al orgasmo. Tucker se acercó a tocarla, pero ella no estaba lista para más estimulación por el momento. —No, espera. Por favor, no me toques —murmuró. El rostro de Tucker se arrugó en una sonrisa repentina y le abofeteó la entrepierna cruelmente haciéndola chillar y convulsionar de nuevo mientras goteaba un poco más de fluidos. —¿Qué demonios fue eso? —preguntó Lilliana cuando por fin pudo hablar. —¡Dulce néctar de la fruta prohibida, nena! —declaró Tucker con orgullo. —¿De verdad acabas de llamar mis fluidos dulce néctar? —se rio avergonzada. —Diablos, sí, lo hice. Fue tan jodidamente caliente. ¿Así que entiendo que nunca has tenido un orgasmo así antes? Lilliana se incorporó y se apartó de la gran mancha de humedad sobre la cama. Eso sin duda no se parecía a ningún orgasmo que hubiera experimentado antes. Negó con la cabeza y él sonrió con alegría. —Dilo: eres un Dios, Tucker McGrath; un Dios del orgasmo de punto G. ¡Dilo, mujer! —¿Es eso lo que era? Pensé que el punto G es una leyenda urbana. —No cambies el tema. Quiero oír lo increíble que soy. Ahora haz lo que te dije. —Oh, hermano. Bueno. Pero solo porque creo que pude acabar de conocer a la verdadera divinidad. Tú, Tucker McGrath, eres un Dios del orgasmo de punto G. ¿Estás feliz? —preguntó sin entusiasmo. Tucker movió las cejas hacia arriba y abajo. —Voy a estar más feliz cuando estés gritando mi nombre. Ayudando a Lilliana a salir de la cama, Tucker la arrastró a sus brazos y la besó con un propósito. El cuerpo de Lilliana se suavizó y su cerebro se quedó en blanco. Su calor era asombroso. Todo lo que podía pensar era en su boca justo sobre ella. Era el tipo de cosa que la mayoría de la gente daba por sentado, pero no Lilliana. Echaba de menos el toque de un hombre y estaba agradecida de que Tucker la encontrara lo suficientemente atractiva como para participar en ese acto tan íntimo con ella.
  • 80.
    —Gracias por eso—dijo en voz baja tratando de transmitir su gratitud. —Siempre. Mi plan es hacerte olvidar todo acerca de ese hijo de puta tramposo que te hizo daño, Lilly —Tucker sopló en su boca mientras se alejaba. Las palabras no deseadas de Tucker tomaron a Lilliana completamente por sorpresa. ¿De dónde venían? De repente se sintió como corriendo en dirección opuesta. Ella no estaba buscando a nadie para ayudarla a olvidar ni tratar de arreglar nada. Era realmente un tipo arrogante. ¿Qué pensaba, que ella estaba rota? —No nos adelantemos a los acontecimientos. Era solo un orgasmo, Tucker —dijo Lilliana cortante, empujándolo más allá. —También puedo ayudarte a terminar con ese miedo a dejarte ir si me dejas, pero primero tienes que dejar caer ese muro de cinismo que has construido —respondió Tucker, y ella repentinamente sintió que su cuerpo se dio la vuelta para mirarlo de frente. —Me estás haciendo reconsiderar seriamente este fin de semana, así que vámonos antes de que cambie por completo de opinión. Tucker entrecerró los ojos y ella se arrepintió de haber hablado con tanta dureza cuando lo único que él estaba tratando de hacer era ser amable. Tampoco podía dejar de preguntarse si iba a terminar con el culo colorado de nuevo. Un músculo se contrajo enojado en la mandíbula de Tucker. —Sí, podemos irnos. Pero solo voy a decir esto una vez: frena esa boca tuya. Lilliana suspiró. Maldita sea, Tucker tenía razón y ella lo sabía. —Voy a hacer mi mejor esfuerzo —respondió ella con sinceridad, porque en ese momento eso era todo lo que podía ofrecer. Uno de los lados de la boca de Tucker levantó en una media sonrisa. —Eso no fue tan difícil, ¿verdad? De todos modos, ese Mayor-gasmo fue el jodidamente mejor que has tenido nunca, por lo que un poco de respeto para mis locas habilidades orales y digitales estaría bien. —¡Uyy! Tu terminología es tan inmadura. ¿En serio Tucker? ¿Mayor-gasmo? Él la miró y luego se echó a reír. —¿Sexplosión? ¿Feliz chorreada? Lilliana lo golpeó en sus firmes abdominales. No pudo evitar reírse. Tucker pasó de macho-alfa a juvenil en un instante. Era a la vez exasperante y entrañable. Después del orgasmo fantástico que le había regalado, sintió la necesidad de pagarle. Inclinándose, ella pasó sus dedos a lo largo del contorno del bulto en sus pantalones. La excitación y la emoción la dominaron cuando Tucker cerró los ojos y se empujó contra su palma. El afán de complacerlo se apoderó de ella y se dejó caer de rodillas. Desabrochando lentamente sus pantalones, tiró hacia abajo el cinturón de sus bóxers y jeans. Tuvo que recordarse reducir la velocidad pero hacía demasiado tiempo desde que no tenía sus manos sobre un hombre y estaba ansiosa de tenerlo en la boca. Cerrando los ojos inhaló lenta y profundamente. Se sintió mareada y drogada por su aroma limpio y tiró de los pantalones bajándolos alrededor de los tobillos dejando al descubierto la mitad inferior de su cuerpo desnudo.
  • 81.
    Los ojos deLilliana deambulaban sobre sus musculosos muslos y pantorrillas, el firme y tonificado abdomen y placentero sendero que conducía al premio final. Frente a la virilidad pulsante y rígida de Tucker, solo podía mirarlo con admiración. No era la polla más grande que había visto nunca pero estaba lejos de ser la más pequeña. No, era como las “gachas de Ricitos de oro”, el punto justo. Lilliana rascó las uñas en el parche peludo suave por debajo de su ombligo, y tiró del pelo inmaculadamente recortado que enmarcaba su eje largo y grueso. —¿Te lo arreglas tu solo o un hombre de tu riqueza y estatus paga a alguien para mantener este corte? Tucker dejó la pregunta sin respuesta y arqueó una ceja. —¿Vas solo a mirarlo o vas a hacer algo con él? —Quería disfrutarlo en todo su esplendor un poco más —sonrió con un poco de baba en las comisuras de su boca entreabierta—. No hay nada como la cosa real, nene —susurró ella, después de haber echado de menos la caliente, rosada y dura porción de carne. —Estoy a favor de que disfrutes lo glorioso de mi pene pero estoy con ganas de saber qué clase de habilidades orales tienes. —Eres tan romántico —dijo Lilliana mientras ponía los ojos en blanco. —¿Es esto lo suficientemente romántico para ti? —preguntó contrayendo sus músculos abdominales, haciendo saltar la polla que le golpeó la mejilla. —¡Qué talento de ensueño tienes! —sonrió deleitándose con el rebote de su eje. —Ahora ábrela bien y muéstrame —dijo con severidad agarrando un puñado de pelo de Lilliana. Cuando sus ojos se encontraron, sus ojos de color chocolate estaban muy dilatados, su mandíbula apretada y ella supo que el Tucker juguetón se había ido y ahora se enfrentaba al rabioso, No-más-jodidas-vueltas Tucker. Mantuvo sus ojos en él, se inclinó hacia delante y besó la cabeza de su pene a la ligera. A continuación, se lo acarició a lo largo y entonces deslizó su lengua hasta arriba lentamente comenzando por su base. Cuando llegó a la punta, movió su lengua firmemente contra la corona suave de su polla. Tucker silbó su disfrute y su boca se abrió con una agitada respiración acelerada. Mojando sus labios, Lilliana inclinó la cabeza hacia un lado y corrió a lo largo hacia abajo hasta su saco donde dio varias pequeñas succiones y mordiscos. Acercó su mano y apretó su polla con fuerza, moviéndola de arriba a abajo. Tucker le agarró el pelo con más fuerza. —Chúpalo —instruyó. Empujando su boca sobre su cabeza pulida y tragándolo totalmente, Lilliana comenzó la agradable tarea de dar placer a Tucker. Cuando él empujó más adentro, se oyó así misma dar arcadas y se apartó, con sus ojos hacia arriba. Tucker intentó empujarle la cabeza más despacio sobre su erección de nuevo y su cuerpo temblaba mientras su boca acariciaba su polla tensa. A pesar de que era más suave que antes, Lilliana continuaba dando arcadas cada vez que golpeaba la parte trasera de su garganta. Sonrió a Tucker con torpeza, avergonzada de su falta de experiencia. Tucker amablemente le sonrió y le guiñó un ojo. —No te preocupes mascota. Ese tipo de habilidad viene con la práctica y tengo la intención de darte un montón hasta que lo hagas bien.
  • 82.
    La amabilidad ypaciencia de Tucker la instaron hacia adelante e inclinó la cabeza hacia arriba y abajo mientras lo agarraba con firmeza entre los labios y los dedos. Chupó la cabeza con impaciencia queriendo demostrar que a pesar de su falta de habilidades en “garganta profunda”, todavía podría empujarlo hasta el final. —Maldita seas Lilly, esa pequeña boca codiciosa tuya va a hacerme acabar… —susurró soltando el aire lentamente. Empezó a metérsela en la boca con mayor rapidez y él a gruñir muy cerca del final. Las piernas comenzaron a temblarle y Lilliana podía decir por el sutil cambio en su respiración que estaba cerca. Él se levantó de puntillas y ella miró hacia arriba para verle la cabeza echada hacia atrás, su boca se abrió y cerró los ojos con fuerza. —Aquí viene… —le advirtió apoyando sus dos manos sobre la cabeza de ella. Un toque repentino de leche caliente y salada llenó su boca y la tragó rápidamente. Con Tucker todavía en su boca, siguió deslizando su mano a lo largo de su polla, ordeñando hasta la última gota de su preciado regalo. Una pequeña gota de semen escurría de su boca y rápidamente se limpió la barbilla y sonrió a Tucker con orgullo. Lilliana se levantó, alzando los pantalones y los calzoncillos de Tucker y abotonándoselos por él. Entonces se puso las bragas de nuevo y se volvió para verlo apoyado en la puerta de su habitación mirándola en silencio. —Te dije que te iba a ver de rodillas.
  • 83.
    12. Lilliana estaba másatractiva de rodillas que lo que Tucker podría haber imaginado. La mejor parte de todo es que ni siquiera le había preguntado o esperado su reciprocidad oral. Lilliana le dio una sonrisa tímida. Realmente era una belleza para la vista cuando estaba en modo sumiso, o al menos, en su versión aquiescente. La llevó hasta el coche y la ayudó a entrar, con su excitación saliendo a la superficie otra vez. No podía decidir si seguir adelante o no con sus planes de llevarla a una clase de baile o simplemente llevarla de vuelta a su lugar y a la mierda su ignorancia. Él quería estar dentro de ella tan desesperadamente que apenas podía respirar o concentrarse en conducir. Lilliana se sentó en silencio mirando por la ventanilla del pasajero y él se preguntó qué estaba pasando dentro de ese cerebro hiperactivo suyo. Se acercó y deslizó su mano levantando su vestido, rozando con sus dedos la parte interior de su muslo hasta el pliegue de su coño. Quería saborearla otra vez. Empujando sus dedos bajo sus bragas y los metió en ella, Lilliana inclinó la cabeza hacia atrás y se volvió para mirarlo. Tenía los ojos lánguidos y necesitados mientras observaba su boca. Tucker retiró sus dedos y chupó los jugos de ellos. —Eres insaciable —sonrió Lilliana. Tucker se rio entre dientes. —No tienes ni idea. Y realmente ella no la tenía. Lo había planeado por horas, demasiadas. Aún tenía que encontrar una mujer que tuviera su clase de resistencia y solo esperaba que Lilliana pudiera seguir su ritmo. Definitivamente ella podía seguirlo a la hora de un enfrentamiento con palabras por lo que tenía grandes esperanzas para su amante luchadora. —Entonces, ¿adónde vamos? —Clases de baile. Lilliana se enderezó y sus ojos se iluminaron. —¿Al igual que el baile de salón? —Swing Dance. La música que estábamos escuchando la otra noche realmente me pone de humor y me encantaría sentir ese pequeño dulce cuerpo tuyo moviéndose al ritmo con el mío. —Nunca he tomado clases de baile. ¿Y tú? —No, pero siempre he querido. Nunca encontré a nadie con que quisiera probar. —Ahh, caramba. Gracias, McG. Yo sabía que lo tenía mal para mí —bromeó Lilliana. —No nos adelantemos, es solo una lección de baile —se burló.
  • 84.
    —En primer lugarun BJ18 , a continuación, clases de baile, siguiente: ojos estrellados (románticos), y BAM, estás a mi entera disposición, follándome día y la noche —rio Lilliana. A Tucker le gustaba la traviesa Lilliana y al infierno, tal vez ella tenía razón. —Solo puedes esperarlo —le devolvió la sonrisa. Luego de estacionar el auto, se dirigieron a un pequeño edificio de ladrillo en el centro de Bridgeport. Unas pocas personas se arremolinaban al frente varios de los cuales conocía por empresas comerciales anteriores. Para su horror, una exnovia lo reconoció y Lilliana se dio cuenta; si es que podía llamarla así. Fue más una compañera de juegos a corto plazo que una novia. No obstante, era una torpeza haberla encontrado pero solo él tenía la culpa por haber tenido tantas mujeres y era inevitable que se encontrase con ellas con frecuencia y en los momentos más inoportunos. Tucker intentó llevar a Lilliana lejos, pero Bethany se acercó. Lilliana fue amable como de costumbre y se presentó. Las dos participaron de una breve conversación y Tucker evitó la mirada de Bethany. Solo quería que se fuera de una puta vez antes de que Lilliana se diera cuenta de quién era. —Tucker y yo nos conocemos —dio a entender Bethany. Tucker inmediatamente le lanzó una mirada molesta. Lilliana era rápida y era obvio que percibió el malestar y la irritación de él. —Es la segunda vez en el día que he oído eso. ¿Qué demonios significaba dos veces? Tucker agarró del brazo a Lilliana y se dirigió a Bethany con brusquedad. —Buenas noches, Beth —afirmó cortante dándole una mirada dura y fría. Como Tucker esperaba, Bethany se echó atrás. Ella era una de las pocas que le había permitido disciplinarla y sabía bien de lo que era capaz. Cuando Tucker enfrentó Lilliana, ella tenía una mirada desconcertada en su rostro. En la clase, varias parejas ya se deslizaban por la pista de baile y un instructor se acercó a ellos y les dijo que esperaran con los demás. Tucker se sentía extraño y fuera de lugar pero Lilliana aferró su mano poniéndolo cómodo. El maestro les informó lo lindo que era el swing y que si ellos eran buenos se verían fabulosos y, si eran terribles aún así se divertirían. Tucker siempre se consideró un buen bailarín y sentía que tenía bastante buen sentido del ritmo. Eso fue bueno porque una vez que la lección comenzó, Lilliana resultó ser una compañera bastante difícil. Sus movimientos eran torpes y fuera de sincronía con los suyos pero aún así se rieron y él estaba teniendo un momento fantástico. Cuando ella le pisó el pie duramente, Tucker tomó el control. Esperaba desesperadamente que ella lo permitiera porque no estaba seguro de que sus pies pudieran soportar más abusos. —Soy tan mala en esto —se disculpó con dulzura. —Relájate, deja de lado tus inhibiciones y permite que te guíe —la instruyó. El cuerpo de Lilliana se suavizó en sus brazos pero se aferró con firmeza. Fue en ese momento que sus cuerpos se convirtieron en uno. Poco a poco, sus movimientos coincidieron entre sí y Tucker 18 BJ: Blow Job: mamada
  • 85.
    la sostuvo cerca,rozándola y haciéndola girar. Sonaba cursi, pero fue mágico. Él se rio entre dientes ante la idea cursi y ella lo miró desconcertada por su expresión. —¿Qué es tan divertido? —Toda esta situación. Aquí tú estás en mis brazos como si no hubiera otra preocupación en el mundo y hace una semana quería meterte una patada en el culo por ser tan condenadamente desesperante y frustrante. —¿Yo? Una vez más, la paja en el ojo ajeno —resopló Lilliana. —¿Cómo sientes el culo? —Tucker le recordó. El rostro de ella se sonrojó. —Un poco dolorido pero bien. —¿Qué hay de tu ego? —Tucker sonrió ampliamente. —Yo no tengo un ego. Te llevas todas las cartas de ese departamento. Justo en ese momento, una canción que estaba en uno de sus CD salió en los altavoces, Urban Cone, Searching for silence. Tucker acercó a Lilliana. —Tienes buen gusto para la música, Lilly. —Tengo buen gusto en muchas cosas. —No tengo ninguna duda sobre eso. Después de todo, estás conmigo. —Realmente eres un idiota —Lilliana puso los ojos en blanco. El resto de la lección pasó demasiado rápido para el gusto de Tucker. No se había reído con una mujer de la manera que lo hizo con Lilliana desde… no podía recordarlo. El hecho era que no había tenido tanta diversión en años. Estaba disfrutando mucho, casi se olvidó de su objetivo a largo plazo —la tierra de Lilliana. Casi. Se recordó que el logro de su meta no venía al caso en este momento y simplemente quería disfrutar del tiempo con Lilly, por largo o corto que pudiera ser. —Estoy teniendo un momento maravilloso, Tucker. Lilliana entró en sus pensamientos y la expresión de su cara despertó algo dentro de él. Lo sentía bien adentro y no solo en su polla. Era algo más que lujuria y era inquietante. Deteniéndose como con una luz roja, Tucker enfrentó a Lilliana y vio que sus ojos ardían ferozmente. Podía sentir su atracción por él, incluso podía olerla como un animal alterado por feromonas feroces. —¿La cena en mi casa? —le preguntó. —Sí, por favor. Lilliana era un misterio en constante cambio. Esperaba que fuera sumisa pero lo dudaba por sus acciones obstinadas pero de vez en cuando, una pequeña llama de ese rasgo que anhelaba brillaba a través de ella. Al entrar en su gran casa, los ojos de Lilliana se ensancharon y se rio en voz alta. —¿Estás tratando de compensar algo? Las cejas de Tucker se levantaron en una profunda sorpresa. —Has visto mi polla, no necesito compensar nada. Lilliana negó con la cabeza y escudriñó el amplio patio y el parque inmaculado.
  • 86.
    —Es hermoso, pero…¿por qué es tan grande? Es solo que… Tucker se sintió irritado al recordar que estaba solo. Había comprado la casa con su segunda esposa con la esperanza de tener una gran familia y niños para llenar la casa. Cuando eso no funcionó, simplemente no tenía el corazón para venderla. —La compré cuando tenía grandes planes para mi futuro. Tucker no había querido que su respuesta fuera cortante, pero no disfrutaba particularmente de tener que explicar sus decisiones. Nunca había planeado que su vida fuera ir de una relación fallida con otra, solo resultó de esa manera. Habiendo abandonado el amor hace mucho tiempo, estaba contento de tener experiencias con diferentes mujeres y experimentar con ellas. Lilliana lo observó detenidamente. Avanzando, ella le puso la mano en el muslo mientras aparcaba el coche y lo dejó salir. En el interior, la condujo a la cocina y se sentó en la gran isla central. —¿Qué hay para cenar? —preguntó. —Un poco de esto y aquello —Tucker movió las cejas. Estaba con ánimo de mostrar sus habilidades culinarias. —¿Estás seguro de que sabes cómo utilizar todo este equipo de lujo? —preguntó Lilliana cuando él sacó varias sartenes y utensilios. —¡Mujer, por favor! Yo no soy solo un Dios en el dormitorio, sino uno poderoso en el mundo de la cocina y los negocios. Soy lo que se refiere como el paquete completo —le guiñó un ojo y se rio de sí mismo. —Si por poderoso te refieres molesto y fastidioso, entonces definitivamente eres poderoso. La sonrisa de Tucker brilló brevemente, pero se aclaró la garganta y dio a Lilliana su mejor expresión temible. —Esa boca tuya va a comprarte una penitencia. —¿Penitencia? ¿Qué soy, una niña de tres años de edad? Tucker solo sonrió; le permitiría la pequeña broma hasta más tarde. Observar a Tucker deslizarse alrededor de la enorme cocina era fascinante. Se desabrochó el cuello de la camisa, levantó las mangas y la sacó fuera del pantalón, entonces puso su chaqueta sobre una silla. Metió la mano en el bolsillo de su traje, sacó su CD de Greg Laswell y lo puso en su estéreo. Come Back Up empezó a sonar y sirvió a cada uno un vaso de vino tinto. Levantó la copa. —He aquí a una bella mujer, un puto ambiente y comida fabulosa. Lilliana levantó su copa en respuesta: —¡Y al arrogante aunque oralmente dotado, macho alfa dador de mayor-gasmos! Tucker inclinó la cabeza en agradecimiento luego bebió un gran trago de vino.
  • 87.
    Sin decir nadamás, dejó su copa y comenzó su preparación de la cena. En primer lugar, cortó en rodajas las verduras y las salteó teniendo cuidado de no quemarlos. Se acercó a un estante enorme de especias y hierbas y bajó varias cosas. A continuación, sacó del refrigerador carne, una gran variedad de otros vegetales, y una botella de jerez. Lilliana quería conversar con él, pero estaba totalmente tan centrado que no quería romper su concentración. Mentalmente, ella apreció sus cualidades y se encontró estudiando su perfil. La forma en que su cuerpo se movía era la maldita cosa más sexy que había visto en años. El ambiente de su gran cocina era el sueño de un chef, la música sonando de fondo y el olor de la comida era embriagador. Lilliana disfrutaba el momento y el tiempo se ralentizó. De vez en cuando él la miraba con ojos lujuriosos, ponía su sonrisa torcida y metía un dedo en la boca para saborearlo. Era difícil creer que el hombre de pie frente a ella era el mismo que era un asno arrogante hace apenas unos días. Cuando una nueva canción empezaba, él parecía disfrutarlo tarareando y meciendo las caderas. Tucker cocinó durante casi 30 minutos con Lilliana sentada en silencio, hipnotizada por él. Bajó el volumen de la música y metió la mano en un cajón. Sacó un paño de cocina y se dirigió hacia ella. La sonrisa diabólica en su rostro hizo que Lilliana se preguntara lo que había planeado. Tucker se colocó detrás de ella y deslizó la tela sobre sus ojos, atándola fuertemente y bloqueando su visión. Las manos de ella tocaron la tela pero no dijo nada. —Vamos a jugar un pequeño juego —le susurró al oído desde atrás. Lilliana sintió que giraba alrededor y pudo oír los movimientos mientras se movía en la cocina. Era enloquecedor no saber lo que tenía en la manga. Ella abrió la boca para hablar. —Shhh… no hables. Coloca tus manos en tu regazo y no te muevas —le dio instrucciones desde el otro lado de la cocina. Lilliana cerró la boca y puso sus manos sobre sus muslos quitándose los zapatos. Nunca había jugado un juego como este antes. Nunca había estado con los ojos vendados antes tampoco. Todos sus amantes anteriores eran estrictamente vainilla y estar con los ojos vendados, estaba segura como el infierno, era demasiado atrevido para Adam. Ella sonrió. Estar sin su visión no parecía tan pervertido en absoluto, solo un poco travieso y nuevo. Sin la vista, todos los demás sentidos vinieron a la vida. La música parecía volverse más fuerte, las notas suaves de Landline llenaban sus oídos. Podía oler a Tucker mientras se movía cerca y casi sentir su calor y sus ojos en ella, a pesar de que no podía verlo. Un sabroso aroma llenó sus fosas nasales pero no podía saber lo que era. —¿Puedes decirme qué es esto? Por cada artículo que adivines correctamente te voy a dar un orgasmo a cambio —susurró cuando la tocó con algo húmedo en los labios. Los nervios de Lilliana picaban con anticipación. Quería todos los orgasmos que pudiera obtener de Tucker. Abrió la boca y él empujó algo redondo en ella. Era firme y suave, aproximadamente del tamaño de una uva grande o de oliva. El sabor era celestial y nada de lo que hubiera probado antes. Mordió lentamente y el alimento en cuestión se abrió y un chorro de jugo llenó su boca. Era un tomate cherry pero las hierbas que lo cubrían le daban un sabor completamente nuevo. —Tomate —murmuró masticando el fruto—. Con algo más —continuó. —Azafrán —Tucker se rio ricamente. —Es tan delicioso. Más, ¿por favor? —preguntó ella, limpiándose la comisura de su boca.
  • 88.
    Lilliana podía oírun plato colocándose en la isla detrás de ella y el sonido de los pantalones vaqueros de Tucker relampagueando con sus movimientos. Una calidez se deslizó sobre su boca y ella la abrió y se inclinó hacia adelante pero Tucker se apartó. Se estaba burlando de ella. Ella se sentó y esperó. Una vez más sintió el calor de la comida y respiró profundamente. Era salado con un toque de especias. Asomó la lengua fuera rápidamente para conseguir un sabor y Tucker se echó a reír como si se divirtiera con sinceridad. —Me olvidé de lo impaciente que eres. —Dámelo —exigió cortésmente. —Oh, te voy a dar, mascota —gruñó—. Abre grande. Lilliana abrió la boca como un pájaro hambriento y Tucker puso una delgada tira de carne en su lengua. La enrolló en su boca antes de hundir sus dientes en ella. Era tierna, carne de res magra con un toque picante. El ligero sabor de la sangre de la carne poco cocida revolvió su estómago ligeramente. Le gustaba su carne bien cocida pero dejó a un lado sus inhibiciones y se centró en las hierbas y especias. —Carne de vaca, medio cruda con una especie de pimienta pero no del todo. Es algo así como pimienta. Y limón. —Tienes un buen paladar. Es estofado de ternera con mermelada de cardamomo y limón. Y eso son dos orgasmos para ti. Lilliana sonrió y se lamió los labios. Ella solo había comido ternera dos veces antes. No era su favorita pero pronto se fue convirtiendo en un regalo especial, dadas la circunstancias. Tucker se llevó el plato de nuevo y Lilliana podía oír el tintineo cuando la puso de nuevo en la encimera. —Si adivinas el siguiente correctamente voy a estar sorprendido. Lilliana se sentó y enderezó los hombros. A ella le gustaba el desafío. —¿Doble o nada? —preguntó. Tucker bufó. —Te sientes audaz, ¿no es así? Lilliana sonrió, pero esperaba decir la respuesta correcta. Sintió el dedo de Tucker en sus labios y abrió la boca, pero esperó sentada pacientemente. Metió su dedo adentro permitiendo a Lilliana chuparlo. Tenía que concentrarse en el sabor y no el hecho de que su dedo estaba en su boca, pero él lo sacó solo para empujarlo hacia adentro de nuevo imitando el movimiento de su polla en su boca. La temperatura interna de Lilliana comenzó a subir con sus movimientos seductores. —Dime lo que es —expresó Tucker con un toque de risa en su voz. —Estás haciendo esto difícil. Una probadita más, ¿por favor? —Está bien, pero solo porque me siento generoso. El dedo de Tucker se oía chirriar sobre la porcelana mientras recogía más del líquido dulce y salado. Deslizó el dedo de nuevo en su boca su pulgar en esta ocasión. Una vez más, lo empujó y sacó, burlándose de ella. —Maldita sea, esto es sexy como la mierda —susurró él.
  • 89.
    Caliente como estaba,trató de detectar los sabores que flotaban alrededor en su boca. Detectó un sabor amargo pero no podía nombrarlo. Pensó y pensó, el tiempo pasaba lentamente. —El tiempo se acaba, Lilly. —Solo una vez más, ¿por favor? —rogó. La respiración de Tucker se aceleró. —Me encanta la mendicidad. Por última vez empujó su dedo en su boca. Ese sabor, ¿qué era? Algo familiar, junto con el sabor salado de la piel de Tucker. —¡Cilantro! Tucker le arrancó la venda de los ojos. Las luces del techo brillantes hacían entrecerrar los ojos. Su mirada se encontró inmediatamente con la mirada ardiente de él que la mantuvo inmóvil. —Cerca —negó él con la cabeza—. Es el jengibre. Lilliana tenía el corazón destrozado. Suspiró y puso mala cara. Saltando del taburete caminó alrededor de la cocina con los pies descalzos irritada consigo misma. ¿Qué demonios estaba pensando en doblar la apuesta de esa manera? Maldita sea. De repente Tucker estaba sobre ella apoyándola contra la pared. Le sujetó los brazos por encima de su cabeza, aferrándole fuertemente sus muñecas. Su boca estaba en su garganta y la otra mano levantando su vestido, empujando sus bragas a un lado y apretando su coño. Al final del CD, la música se detuvo y el único sonido en la habitación era de las verduras que chisporroteaban y su respiración frenética. Tucker apartó las piernas de Lilliana con un pie mientras enterraba los dedos completamente dentro de ella haciéndola chillar. Lilliana estaba en el cielo por la forma en que Tucker se forzaba sobre ella, presionando su cuerpo contra la pared y tomando el control completo de ella. Sus pensamientos eran turbios, su sangre bullía en sus venas y su boca estaba insoportablemente seca. Tucker le chupó el cuello ferozmente. Fue doloroso y trajo lágrimas a los ojos de Lilliana pero permitió su apasionado beso y se declaró por más. —No te detengas —maulló. Tucker le soltó las muñecas y la levantó del suelo por su cintura. Ella envolvió sus piernas alrededor de él y sus brazos alrededor de su cuello mientras sus bocas se rompían mutuamente. Él se tambaleó hacia la isla de nuevo y la dejó caer sobre ella y le arrancó las bragas rompiendo el tejido. Eso también fue doloroso y de los ojos de Lilliana brotó de nuevo una dureza repentina. Tucker escarbando en su bolsillo trasero sacó un condón y, con la facilidad de un hombre que claramente había hecho esto miles de veces antes, lo tenía puesto en cuestión de segundos. Empujó sus piernas abriéndolas más y se hundió en ella, empujando lentamente la cabeza de su pene más allá de sus pliegues brillantes y aterciopelados. Recorriendo su vestido levantado y llegando sobre sus pechos, su mano describió el círculo de su pecho y luego tiró del encaje de su sostén por debajo de sus tetas revelándolas por completo. Tucker enterró su cara en ellas, su lengua acariciando sus pezones hinchados y sensibles. Poco a poco empezó a hundirse en Lilliana lo que provocó apretar hacia abajo sin querer. Su cuerpo no estaba acostumbrado a ese tipo de intrusión varonil y se resistió a la penetración inicial.
  • 90.
    —Joder, Lilly. ¿Cuándofue la última vez que estuviste con un hombre? —jadeó mientras la miraba a los ojos. Sus mejillas se iluminaron y sus movimientos se detuvieron. —Relax, mascota —gruño. Lilliana ralentizó su respiración y se arqueó hacia arriba contra el eje rígido de Tucker. Él sonrió y comenzó a impulsar aún más en ella. Él se puso de pie y tiró de ella hasta el borde de la encimera y se sumergió más y más en ella. Cuando las manos exploraron su carne suave, ella se centró en los movimientos de él tratando de predecir el próximo. Los ojos de Tucker se movieron de su coño a la boca y a los ojos, retornando. Lilliana se retorcía debajo y se quedó sin aliento cuando una descarga eléctrica atravesó su abdomen inferior. Moviéndose dentro de ella, los ojos de Tucker se convirtieron en lánguidos. —Esto es… excelente ahí… —gruñó él. La expresión de su rostro era fascinante y su gemido atormentado era una invitación emocionante. Lilliana extendió la mano y agarró su hermoso rostro y tiró hasta chupar sus labios deliciosamente perfectos. Tucker puso las palmas de las manos sobre la encimera mientras sus lenguas bailaban dentro de la boca del otro y su polla temblaba violentamente dentro de ella. Un temporizador zumbó y Tucker se alejó sin previo aviso, dejando a Lilliana sentada en el borde de la isla con las piernas colgando, su vestido en la cintura y su coño mojado. Tucker se aferraba sus pantalones mientras removía las verduras, su polla tiesa apuntaba al cielo. Volvió a colocar la tapa de la cacerola y restablecer el temporizador como si nada hubiera pasado, regresó y se sumergió de nuevo en el coño de Lilliana empujando rápidamente. Estaba tan cerca de llegar que su cuerpo pedía a gritos la liberación. Los músculos de su coño comenzaron a contraerse a un ritmo rápido y Tucker rápidamente se salió y la miró. —No acabes. Ese era el trato, ¿recuerdas? Lilliana yacía con la boca abierta, jadeando y con el pecho agitado. No podía estar hablando en serio. ¿Podía? —Pero, Tucker —comenzó a decir. —Shhh —Tucker gritó mientras agarraba la parte posterior de su cuello y la acercaba a su boca. Una vez más, metió su polla en ella y comenzó a darle una y otra vez, empujándola hacia el borde. Justo cuando sentía el cálido escalofrío del orgasmo formándose, Tucker gruñó en voz alta y sus movimientos cesaron. Se había venido y ahora ella se quedó sin liberación. Tucker salió suavemente de ella y se quitó el condón, ató el extremo y lo tiró a la basura de la cocina. Lilliana recostada en la encimera, estaba recuperando el aliento. Volvió la cabeza hacia un lado y vio como Tucker se inclinaba y recogía el envoltorio del condón y lo tiraba a la basura. Procedió a lavarse las manos y revolver las verduras una vez más antes de dirigirse a Lilliana. —El cuarto de baño está por ahí. Aséate para la cena —le ordenó con indiferencia y señaló hacia la puerta. Lilliana se incorporó y lo miró hacia abajo. Las cejas de él subieron y se rio entre dientes. —¿Una vez más con el mal de ojo? —Es mejor que te de mi mal de ojo que mi lengua afilada.
  • 91.
    Tucker dio unpaso atrás y puso sus manos en las caderas. —¿En serio? ¿Mejor para quién? ¿Para ti o para mí? No deberías haber hecho una apuesta como esa si no planeabas mantenerla. Lilliana no necesitaba que le recordaran su apuesta ridícula. Resopló por lo bajo y Tucker se frotó las manos señalando lo que iba a venir si ella mantenía su actitud. Saltó de la isla antes de que su boca de cotorra la metiera en problemas y encontró el baño. Ahora sin bragas y completamente follada era un completo desastre. Miró su maquillaje y el pelo e hizo lo mejor que pudo para estar presentable. Regresando a la cocina, Tucker tenía la comida servida en los platos y se dirigía hacia el comedor. Ella lo siguió y se asombró al ver una enorme mesa con una opulenta pero ridículamente enorme sobrecarga de candelabros. La habitación era impresionante, con exuberantes muebles de terciopelo y cuero y una chimenea con una repisa tallada a mano en el otro extremo de la sala inmensa. El olor a madera cara flotaba en el aire y Lilliana no podía superar el tamaño y la magnificencia de la casa. Sí, era hermosa pero demasiado exagerada. Él era un granjero de Iowa por el amor de Dios. Cuando empezó a colocar los platos ella le pidió. —¿Se puede comer en la cocina? La isla está bien. Es más acogedora. Tucker asintió mecánicamente y se volvió hacia la cocina. Mientras comían, Tucker se sentó en silencio. La comida estaba deliciosa y el hecho de que había cocinado él lo hizo aún más agradable. Era realmente todo el paquete. Aunque, un molesto paquete privador de orgasmos. —¿Por qué tan tranquilo? —preguntó —No hay una razón —se encogió de hombros, su rostro seguía sin revelar nada. La forma en que se había vuelto distante de repente hizo que se preguntara si había terminado su cita. Habían conseguido lo que quería así que tal vez ya era hora de que se fuera. —Si te sientes incómodo con mi presencia aquí tal vez debería irme —la voz de Lilliana era suave y un poco incómoda. Tucker arrugó la frente y dejó su tenedor. —Pensé que te quedarías toda la noche. ¿No era ese el plan? —¿Lo era? —Trajiste una bolsa de viaje contigo. Mierda, Lilliana solo había supuesto que ese era el plan sin discutirlo con él. Se pateó mentalmente a sí misma. Se quedó mirando su plato tratando de pensar en una manera de salir sin sonar como una idiota. —Me disculpo por haberlo supuesto. Tengo tendencia a sacar conclusiones. Tucker resopló y asintió con la cabeza. —Me he dado cuenta. Las mejillas de Lilliana se sonrojaron. ¡Oh, Diablos! Obtuvo un pene, eso es todo lo que importaba. Cogió su plato y lo llevó al lavaplatos. Tucker le lanzó una mirada penetrante mientras se levantaba.
  • 92.
    —¿Qué estás haciendo? —Limpiar. —Veoeso, pero ¿por qué? —De donde yo vengo, limpiamos después nosotros mismos. Después de lavar su plato, Lilliana lo colocó en el lavavajillas, y cogió su chaqueta y el bolso. Tucker se puso de pie y lanzó un suspiro de exasperación. —Pensé que decidimos que te quedarías esta noche. —Nosotros no decidimos eso. De todos modos, ya es tarde —Lilliana continuó hacia la puerta. Tucker dejó escapar un largo suspiro audible y puso las manos en las caderas. —Oh, Cristo. ¿Vamos a hacer este baile complicado? Mira, quiero que te quedes pero si quieres irte, yo lo respeto. Lilliana volvió lentamente para enfrentarse a él. Lo miró un momento, tratando de evaluar su expresión. —Eres el hombre más confuso que he conocido. ¿Quieres mi tierra?, no la quieres, que no te gusta que asumiera que iba a quedarme, ahora quieres que me quede. Tucker parecía ofendido y nervioso, pero nervioso ¿por qué? Su cuestionamiento le recordó al hombre del centro comercial. ¿Cuál era su nombre? ¿Derrick? ¿Darold? Darren. —Darren se me acercó en el centro comercial hoy. Dijo algo acerca de mi decisión sobre mi tierra y que vosotros dos erais viejos amigos. Tucker no sabía cómo responder. El comentario espontáneo sobre su tierra le hizo sentirse incómodo. Más que eso, inquieto. No, él no estaba interesado en su tierra, no en este momento. ¿Y por qué diablos Darren se había acercado a ella de nuevo? Tucker no quería mentirle a Lilliana más, ¿pero ahora esto? —Sí, fuimos juntos a la universidad —dijo sin responder a la pregunta de Lilliana. Los ojos de Lilliana se llenaron de confusión. —¿Sabes de lo que estaba hablando? Tucker lavó su plato y lo puso en el lavaplatos mientras trataba de formular su respuesta. —Corrí la voz de que no estabas vendiendo —Tucker había dicho la verdad, incluso si era solo una verdad a medias. —Gracias —dijo ella suavemente. Tucker enfrentó a Lilliana y la mirada de agradecimiento en su rostro le dio una patada mental en sus bolas. —Claro —le restó importancia sin querer pensar en sus acciones de mierda. —Te he comprado algo en el centro comercial hoy —Lilliana sonrió con su rostro radiante con picardía.
  • 93.
    —¿Ah, sí? —Tuckerescuchó con incredulidad. Era él el que generalmente repartía los regalos. ¿Qué podría haberle conseguido con sus escasos ingresos? —Bueno, en realidad es para los dos —sonrió—. Está en mi bolso. Tucker levantó una ceja. —¿Así que te vas a quedar entonces? Lilliana vaciló un poco y finalmente respondió precisamente lo que Tucker tenía la esperanza que hiciera. —Sí. Tucker se alegró de oírlo. Odiaba el juego de la espera de las citas. Era un hombre hecho y derecho y Lilliana era adulta, y quería prescindir de los cumplidos falsos y ponerse a trabajar como lo habían hecho antes. Diablos, sí, una Lilly desinhibida, apasionada y dispuesta en su cama es exactamente lo que él quería. —Entonces, ¿qué es lo que has comprado? —esperaba que fuera un poco de ropa interior sexy o tal vez algo pervertido. —¿Aquí mismo, en la cocina? —preguntó Lilliana. —¿Dónde te gusta más? —En el dormitorio —sonrió con timidez. Muy bueno. Tucker tenía la esperanza de oír eso, también. Después de agarrar el bolso de su coche se dirigieron al dormitorio. Lilliana lo examinó cuidadosamente y luego le ofreció la misma risa que la primera vez que puso sus ojos en su casa. Tucker se sacó los pantalones y la camisa, y se acostó en la cama mientras Lilly desapareció en el baño principal. Él conectó su teléfono, la música empezó a sonar sobre su cabeza y se relajó. Apenas podía esperar para estar dentro de ella otra vez. Tampoco podía esperar para mostrarle la sala de disciplina. ¿Cómo iba a reaccionar a ella? ¿Saldría corriendo? ¿Se sometería? ¿Lo haría…? Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Lilliana salió riéndose de sí misma. Llevaba un top negro largo de encaje sin mangas y nada más. Tucker amaba la comodidad descarada que tenía con su cuerpo. No era tímida y no pretendía serlo. No había nada más irritante que tener una mujer hermosa en su dormitorio solo para que actuara como si fuera virgen o recatada. Apreciaba a una mujer con confianza seductora. Eso no era decir que le gustaba una mujer fácil. Todo lo contrario. Una mujer agresiva lo calentaba más que una mojigata, a los ojos de Tucker. Pero Lilliana parecía caminar esa fina línea entre estar a gusto con su sexualidad sin ser demasiado agresiva y escandalosa. Tucker era, después de todo, un macho dominante y quería ser él el que tuviera la última palabra cuando se trata de sexo. —Esta es una canción perfecta —se rio cuando oyó Bamboleiro de Gipsy Kings. Lilliana comenzó girando su trasero al ritmo de la música, cada vez más cerca de Tucker. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Era su versión de un striptease? Tucker sonrió estúpidamente mientras la miraba. Ella era una bailarina terrible y estaba completamente fuera de ritmo pero estaba guapa como el infierno. Lilliana rio más fuerte a medida que se movía al lado de la cama. Se volvió de espaldas a él y se levantó el top de encaje dejando al descubierto su voluptuoso y reluciente culo. Tucker se incorporó, se arrodilló sobre la cama, y aulló de risa mientras sostenía el estómago. Maldita sea, ¡Lilly sabía cómo entretener! Su sentido del humor saltó rápidamente a la cima de sus cosas favoritas sobre ella. Él saltaba sobre la cama como un lunático depravado sexual en un club
  • 94.
    nocturno, aplaudiendo cuandoLilliana continuó sacudiendo su culo al ritmo, balanceándolo con cada sacudida. —Sacude esa máquina de hacer dinero —gritó Tucker. Para alegría absoluta de Tucker, Lilliana empujó su culo hacia fuera, se giró y se lo golpeó, haciendo volar brillante purpurina con colores del arco iris por todas partes. Justo antes de que la canción terminara, saltó sobre la cama empujándolo sobre su espalda y poniendo sus brazos tras sus rodillas. —¡Di que mi culo es el mejor! El coño de Lilliana estaba a pocos centímetros del rostro de Tucker. Sus risas lentamente se calmaron y la sonrisa de él se convirtió en algo más siniestro. Lilliana se levantó el top por encima revelándose a él. —Estoy esperando. Tucker le levantó una ceja sexy. —¿Estás tratando de dominarme, Lilliana Norris? Lilliana tuvo que pensar rápidamente. —Sentarme sobre ti no equivale a dominarte. Tucker fue rápido y antes de que ella se diera cuenta de lo que pasaba, estaba debajo de él con su fuerte y caliente cuerpo sofocándola. Su olor era estimulante. Él se movió y ella pudo sentir su dura polla contra su muslo. —Estoy esperando —susurró, decidida por la humedad entre sus piernas. Tucker deslizó sus dedos bajo su mejilla y recorrió sus labios, sus rugosas yemas encendieron el fuego en su vientre. Él trataba de manipularla como indudablemente hizo con innumerables mujeres pero ella no lo permitiría. Estaba sofocada por él y quería escuchar las palabras de su hermosa boca. —Dilo, Tucker —imploró. —Suplica por ello, mi hermosa y pequeña mascota —se inclinó y lamió su oreja. —Quiero que respondas. ¿Eres un hombre de palabra o no? Los ojos de él se estrecharon hasta parecer una hendidura. —La mayoría de las veces. Lilliana se preguntó qué clase de mensaje oculto había en ese comentario. —No confió en ti, pero quiero hacerlo. Dame una razón para hacerlo. Los ojos de él se fijaron en su boca y ella sintió que su corazón latía rápidamente en su pecho cuando se apoyaba sobre ella. Podía ver la lucha interna en sus ojos pero finalmente le dio la respuesta que ella esperaba. —Tu culo es el mejor que he probado —dijo con una grave y serena voz.
  • 95.
    13. Lilliana despertó pocodespués de una breve siesta. Se dio la vuelta, su cuerpo todavía estaba cubierto del sudor del sexo que ella y Tucker tuvieron antes de finalmente quedarse dormidos. Le dolía el cuerpo, su coño estaba dolorido por los golpes que había recibido y su mandíbula crujía y palpitaba de habérsela chupado de nuevo. Tucker finalmente le había permitido correrse y su coño todavía estaba vibrando del orgasmo masivo que tuvo. Se incorporó sobre un codo y parpadeó varias veces tratando de adaptarse a la oscuridad de la habitación. Cuando sus ojos finalmente enfocaron, la resplandeciente silueta de Tucker prácticamente brillaba en la oscuridad. Ella se sorprendió al ver sus brazos cubiertos de tatuajes cuando había entrado en el dormitorio para menear su culo para él, y era otra cosa más que la fascinaba. Al pasar el dedo por un tatuaje con un escudo familiar en su brazo, Tucker giró para recostarse sobre su estómago. Estaba absolutamente impecable. Sus muslos y culo musculoso reflejaban la luna que se filtraba a través de la gran ventana, no pudo resistir y apretó la nalga solo para convencerse a sí misma de que era real. Trazó el contorno del tatuaje entre sus omóplatos. Ella solo había lo vislumbrado durante el calor del momento y ahora podía inspeccionarlo más de cerca. Era el tatuaje de un ambigrama19 con la palabra familia en impresión gótica, grande y en negrita, grabado en tinta negro cuervo. No había nada más sexy para Lilliana que un cuerpo tatuado debajo de un traje de negocios. Lilliana se inclinó y le besó la espalda; el sabor de su piel salada agitaba su vientre. La necesidad de orinar la golpeó y trotó tranquilamente al baño. Era de buen gusto pero gigantesco y desmesurado como todo lo demás en la casa. Cuando se sentó a aliviar su vejiga, miró la bañera de hidromasaje en el piso y la cabina de ducha abierta encerrada por muros de piedra. No se podía negar que tenía buen gusto a la hora de decorar. Cuando terminó, se paró frente al espejo y abrió un cajón, curiosa por saber qué tipo de objetos personales guardaba en su baño un hombre como Tucker. No había nada raro en los dos primeros gabinetes, solo lo típico de productos para el cabello, colonias, y una máquina de afeitar. Se puso un poco de la loción de afeitar en sus muñecas y el cuello, y sonrió. Le encantaba el olor de un hombre flotando en ella. Cuando abrió el cajón de abajo se encontró cara a cara con una pelirroja que le devolvía la mirada. La mujer era impresionante con un pelo largo, dientes blancos y figura de modelo. Dio vuelta la foto y decía Aubrey 2011, Venecia. Volvió a mirar hacia donde la había encontrado y encontró dos fotos más. Una de ellos era de una morena con pelo medio largo, ondulado y ojos 19 Ambigrama: son palabras o frases escritas o dibujadas de tal modo que admiten, al menos, dos lecturas diferentes. La segunda lectura se podrá hacer tras hacer algún tipo de operación con el dibujo original. Por ej. girando el dibujo 180º, o en imagen especular u otro tipo.
  • 96.
    azules inquietantes. Erajoven, probablemente de unos veinticinco años. En la parte posterior estaba escrito Sarah 2008, París. La última foto parecía mucho más vieja que las otras dos y en ella aparecía una chica hermosa, de pelo dorado que parecía muy joven, veinte años más o menos, con los ojos castaños tristes. El nombre garabateado en la parte trasera: Gwen 1999, Iowa. Lilliana fue golpeada por lo que estaba viendo; sus ex esposas y ex prometida. De repente se sintió como una perra entrometida por espiar y se apresuró a poner las fotos en el cajón y lo cerró. Para un hombre tan evasivo, era extraño que guardara estas imágenes tan cerca de él. ¿Era posible que Tucker tuviera un lado un poco romántico que estaba escondiendo? No debería sorprenderse considerando su educación. La mayoría de los chicos del campo que ella conocía tenían un aspecto rústico con un corazón blando. Pero Tucker ya no era un chico de campo como lo demostraba su entorno, el hogar y la actitud. Miró una vez más por el baño y sacudió la cabeza. Lilliana se coló de nuevo en la cama y Tucker dio la vuelta y abrió los ojos. —Eres hermosa —susurró extendiendo la mano y pasándole los dedos por el pelo. Los ojos de Tucker brillaban bajo la pálida luz de la luna y Lilliana se acercó a picotear sus labios. El dolor de perder el tacto, el olor y el calor de un hombre la golpeó. Ella lo había reprimido durante demasiado tiempo pero yaciendo junto a él solo le recordaba lo sola que estaba. Se alejó tratando de mantener sus emociones bajo control y de recordar que era solo un fin de semana de diversión, para luego volver al mundo real. Incapaz de volver a dormirse, vestida con su top de encaje y bragas, dio varias vueltas en la oscuridad de puntillas alrededor de la gran casa. ¿Cuán malditamente grande era su casa? Parecía que caminaba siempre de un extremo al otro. Contó ocho habitaciones en total y seis baños. Eso era un montón de aseos. ¿Cuánto puede una persona mear al fin y al cabo? Aunque, ahora que lo pensaba, Tucker podía ser un imbécil así que tal vez es por eso que tenía tantos inodoros. A pesar de lo impresionante que era su casa, a Lilliana le pareció fría y estéril con todas esas pinturas estándar en las paredes y una decoración cara. Lo que le faltaba eran objetos personales. No había fotos de la familia en ningún lugar. ¿Cómo podría un hombre que tenía la palabra familia grabada en su piel no tener imágenes de esa familia que tanto amaba colgando de sus paredes? Encontró lo que claramente era su escritorio y pensó que era una maravilla pero tan impersonal como el resto de la casa. El único aspecto positivo era que tenía el aroma de Tucker en el mismo. Inhaló profundamente y se abrazó a sí misma. Maldición, le encantaba el olor de la masculinidad. Tucker se había despertado para encontrarse solo en su cama. El perfume de Lilliana todavía persistía en la habitación y la purpurina estaba sembrada por todas partes y brillando a la luz de la luna. Sabía que no podría haber llegado demasiado lejos teniendo en cuenta su ropa y bolso estaban todavía en su habitación, así que salió a buscarla. Varios minutos después encontró a Lilliana vagando por su casa. El pasillo estaba casi negro cuando se le acercó por detrás y la tomó por sorpresa. —¿Qué haces a esta hora y en este extremo de la casa? —Hacer un recorrido por el Estado de McGrath —respondió ella mirando alrededor de la habitación sin luz.
  • 97.
    Tucker se acercóy encendió una luz, y Lilliana resopló cuando se enfrentó con la cara habitación y muebles de lujo. —¿Qué es tan gracioso? —Tú. Esta casa. Tucker se sintió ofendido. Nunca nadie se había quejado de su casa antes. —¿No te gusta mi casa? Lilliana miró a su alrededor y asintió. —Por supuesto que me gusta; es una preciosidad. Solo he visto este tipo de extravagancia en las revistas. —Mi casa es apenas extravagante —resopló Tucker, aunque supuso que a los ojos de Lilliana podría parecer de esa manera. Ella hizo un gesto con la cabeza hacia el pan de oro, la mesa de billar italiana y la lujosa araña que colgaba sobre sus cabezas y levantó las cejas en tono acusador. Tucker miró alrededor de la habitación y finalmente se vio obligado a admitir: —Bueno, eso puede ser un poco superfluo. —¿Un poco? —Lilliana arrugó la nariz—. ¿Por lo menos juegas al pool? Tucker no había comprado la maldita mesa de billar para jugar; la había comprado porque parecía bueno para la gran sala y porque era un buen lugar para follar. Ver piernas abiertas sobre la tela negra o un culo firme apoyado sobre los carriles pintados a mano hacía que valiera la pena la inversión. Demonios, no conocía a nadie que fuera dueño de una mesa que en realidad la usara para su propósito original. Le dio su mejor sonrisa condescendiente y con falso acento de clase alta le dijo: —La piscina20 , querida, está en la parte de atrás. Es el lugar donde les damos un presuntuoso chapuzón a nuestros dedos de los pies mientras bebemos mimosas21 . Esta de aquí… —hizo un gesto a la mesa— se llama una mesa de billar. —Tonta, tonta —Lilliana frunció la boca—. Entonces, ¿juegas o no? —Como es de conocimiento público, sí juego, madam —levantó la nariz en un gesto presumido exagerado—. ¿Si soy bueno para ello? —preguntó comenzando a reírse—. No —articuló en silencio y negó con la cabeza. —Oh. Dios. Mío. ¿Tucker McGrath simplemente admite que no es bueno en algo? —Lilliana se apretó el pecho y se tambaleó hacia atrás. —Cállate, mujer. Ella rio. —Dime: ¿Por qué un hombre solo y sin hijos necesita una casa de 3.000 metros cuadrados? —Son solo 2.500 metros cuadrados —le guiñó un ojo—. Y si no gasto mi dinero ganado con esfuerzo en vivir extravagantemente entonces, ¿qué? 20 Pool = piscina. Juego de palabras intraducible. La mesa para jugar pool (juego parecido al billar, pero con troneras) y pool, de pileta de natación. La mesa de billar no tiene troneras (agujeros donde caen las bolas). 21 Mimosa: Cóctel suave compuesto por champagne y jugo de naranja.
  • 98.
    —¿Experimentar la vida?¿Viajar? ¿Caridad? —¿Caridad? —preguntó sarcásticamente—. ¿Desde cuándo te hiciste humanitaria? —Yo no lo soy. Simplemente no puedo entender por qué es necesario todo esto —dijo moviendo la cabeza en dirección a la habitación. —Nadie necesita una casa tan grande, chica tonta. —¿A quién llamas tonta? Tú eres el que vive en un castillo. Todo este lugar necesita un foso con puente levadizo y un par de dragones en el patio delantero para completar tu look. Quiero decir, en serio, ¿por qué tienes un lugar como este?, ¿para demostrar algo? Tucker se encogió de hombros y se rio de su observación. A él le gustaba pensar en sí mismo como país real, pero sus intenciones con una casa de este tamaño no era para hacer creer que era un maldito rey Dios. —Todo el mundo sabe que eres exitoso, brillante, e imponente, Tucker. Todo el mundo te respeta. No necesitas una casa grande para demostrarlo. ¿Lo hacen? Se preguntó. Sí, la gente respetaba su capacidad para hacer las cosas y ganar dinero para todos, pero ¿realmente lo respetaban? —No le gusto a mucha gente, Lilly. —¿Pues de quién es la culpa? Tú quieres respeto y reverencia, y lo exiges. Lo he visto de primera mano. No puedes esperar tratar a las personas de la forma en que lo haces y hacer amigos en el camino. Simplemente no funciona así —Lilliana apretó sus hombros—. Pero no estoy diciendo nada que no sepamos ya. ¿Estoy mal? Tucker intercambió una sonrisa con ella y sacudió la cabeza. Su honestidad era algo a lo que todavía se estaba acostumbrado. —No, no lo estas. Los ojos de Lilliana se desenfocaron y dio un paso atrás. Claramente había algo que quería preguntarle. —¿Qué tienes en mente? —la animó Tucker. —¿Qué hiciste para que esa mujer que estaba afuera del estudio de danza te tuviera tanto miedo? —preguntó con una expresión de profunda preocupación. ¿De verdad quería saber? Él había estado conteniendo sus verdaderas perversiones por miedo a asustarla, pero no había momento como el presente para hacer claras sus intenciones. —Cosas indecibles —respondió. Los ojos de Lilliana se agrandaron. —Si por indecibles quieres decir… Tucker se cubrió la boca con su dedo índice. —Por indecible, quiero decir que prefiero no entrar en detalles por respeto a ella. Ven conmigo. Quiero mostrarte algo. Una aprehensión nerviosa se instaló en el intestino de Tucker. ¿Correría ella? La condujo de la mano a una habitación en el ala este. Al entrar en la habitación más pequeña de la casa, encendió la luz. —Esta es la sala de disciplina.
  • 99.
    La mandíbula deLilliana quedó colgando y sus ojos escanearon las pocas y selectas piezas de mobiliario en el espacio. Tucker estaba esperando lo peor; una bofetada en la cara, un grito que hiele la sangre, algo. —¿Por qué no me enseñaste esta sala antes? —preguntó ella, poniendo sus manos sobre las caderas. Tucker se quedó en silencio, sin saber realmente la respuesta a su pregunta. —¿De verdad te gusta hacer este tipo de cosas? —Lilliana señaló al equipo. —Eso, las hago. —¿Así que esto es lo que se entiende por indecible? —Sí. Lilliana levantó las cejas y se trasladó a la cama de madera que contenía una cruz para azotar en la cabecera, una cama con yugo de cuello y muñeca, una jaula en la parte inferior, y una variedad de puntos de suspensión y azotes. —Si estás avergonzado de tus preferencias, entonces ¿por qué lo haces? Las cejas de Tucker se alzaron por la sorpresa. —No estoy avergonzado de esto. ¿Es eso lo que piensas? —¿Por qué no me lo mostraste? Tucker no tenía ninguna excusa real, salvo decir que no quería asustarla. —Porque soy discreto. Lilliana se trasladó al pequeño potro de madera que estaba diseñado con propósito de dar azotes y pasó la mano por el asiento de cuero. Tucker admiraba la inteligencia con que se conducía y deseaba poder estar dentro de su cabeza por solo un minuto. Luego se trasladó a la única otra pieza de equipo en la sala, un columpio sexual que colgaba del techo en una esquina y se sentó en él. —¿Así que no estás asustada? La mirada de Lilliana se calentaba mientras sus ojos se movían sobre el cuerpo de Tucker. —¿Te parece que estoy asustada? No, no era así. De hecho, parecía que estaba intrigada. Cuando sus ojos se movían alrededor de la habitación se detuvieron en una pared con cuerdas y cinturones. Sus cejas se juntaron. —Te dije que tengo una afinidad por el bondage —respondió antes de que ella pudiera hablar. —También me dijiste que no eras un sádico. Tucker no pudo evitar sonreír. —No lo soy. Las cosas en esta sala son para propósitos disciplinarios y para placer, no para el dolor. Aunque en un cierto grado, el placer se puede derivar desde el dolor. Los ojos de Lilliana se lanzaron de nuevo a los suyos. —¿Has usado todo este material en tus novias? —Algunas de ellas. Cada mujer es diferente. A algunas les gustó, a la mayoría no. La mayoría corrió, pero algunas se quedaron y jugaron. ¿Cuál vas a ser? Lilliana plantó los pies en el suelo y detuvo el balanceo del columpio.
  • 100.
    —No lo hedecidido aún —miró a Tucker desafiante. —Lo dices como si la decisión final fuera solo tuya, Lilly. Los ojos de Lilliana estaban pensativos e hizo una pausa antes de sentarse más derecha. —¿Cuál es el propósito de una habitación como esta, Tucker? ¿Qué es lo que realmente quieres de mí? No más insinuaciones y charla. Quiero saberlo en este momento. Tucker se tomó un momento antes de responder formando las palabras con cuidado. Si era la pura verdad lo que Lilliana quería, entonces se la iba a dar. Puede que no le gustara pero era mejor para él saber más temprano que tarde si iba a cumplir con sus necesidades. —Quiero controlarte y hacer que te sometas a lo que realmente eres. Te estoy pidiendo que te entregues a mi voluntad dentro de estos límites. En esta sala, en mi habitación, cederte a mí en todos los sentidos. Cuando lo hagas, placeres indecibles nos aguardan a los dos. ¿Eres lo suficientemente valiente para hacer eso? Las manos de Lilliana se apretaban alrededor de las correas de nylon y sus ojos se posaron en sus pies. —Quiero ser lo suficientemente valiente, pero la sumisión es un concepto aterrador. —La sumisión no es un concepto; es una cosa viva, que respira. La dominación lo es también y ambas son a la vez temibles y electrizantes cuando alguien tiene control sobre ellos. Es también una gran responsabilidad y uno no lo toma a la ligera. Lilliana simplemente enarcó las cejas en reconocimiento y mordió la comisura de su labio. Tucker se trasladó al equipo de música y se cargó una canción de su iPod, ajustando el volumen mientras le daba tiempo a pensar en lo que acababa de decir. La miró por encima del hombro observando sus movimientos con cautela. Le gustaba tenerla pensando. —¿Sabes…?, todavía tengo que estar con una mujer que me permita hacerle todas las cosas que quiero en esta sala —caminaba a su alrededor lentamente. A pesar del aura de confianza que Lilliana intentó poner y su expresión cerrada, olió su miedo y excitación, y sintió su vulnerabilidad. Tucker deslizó la punta de su dedo índice sobre sus brazos y hombros para continuar haciendo un círculo alrededor de ella. Su erección se estaba construyendo pero trató de contener su deseo de dominarla y parecer frío y sereno. Lilliana se recostó en el columpio y se aferró a las correas por encima de su cabeza. —¿Eso es un problema? Tucker se quedó quieto y capturó la imagen que tenía delante. Follarla sería impresionante. —Estoy simplemente expresando un hecho. Haz con ese conocimiento lo que quieras. Lilliana separó las piernas y puso sus talones en los estribos con tal aplomo que Tucker podría haber jurado que había hecho este tipo de cosas antes. Demasiado para mantener la calma. —Justo cuando creo comprender cómo eres, me revelas otra capa perversa. ¿Qué más estás ocultando, Tucker McGrath? Tucker se trasladó a la cabecera del columpio. Mirándola al revés, le sonrió maliciosamente. —Te dije que soy un individuo profundamente complejo, con muchas capas. —Si por complejo quieres decir…
  • 101.
    Tucker se apoderóde las cuerdas con firmeza y las ajustó rápidamente dejando caer la cabeza de Lilliana por debajo de su cuerpo y cortó su declaración presumida. —Deja de hablar, Lilly. Esta habitación es para aceptar mi voluntad, no para ejercer la tuya. ¿Soy claro? —preguntó estrictamente, inclinándose hacia abajo y tocándole levemente la boca con sus labios. Los ojos de Lilliana se abrieron y brillaron lujuriosamente mientras jadeaba su respuesta. —Como el cristal. Tucker esperaba que este fuera el comienzo de algo bueno; algo realmente bueno. Él ya se encontraba con ganas de más y más de Lilliana y, si ella se sometía como él quería, temía que nunca sería capaz de tener suficiente de ella. Nunca. —Bien. Ahora ábrete bien para mí —ordenó Tucker mientras se quitaba su camiseta y se bajaba los pantalones de chándal por sus caderas dejándolos a sus pies. Apareció ante Lilliana su erección y la perfecta V de su músculo pélvico. Esta habitación no se parecía a nada que hubiera visto antes. Había leído acerca de las salas de sexo como esta pero pensaba que eran mitos. No podía creer que hombres como Tucker realmente existieran; hombres que le gusta dominar a las mujeres y ejercer su poder sobre ellas. Había una mística acerca de eso, un cierto atractivo que Lilliana no podía explicarse. Tucker era verdaderamente multifacético. Todo sobre Tucker la cautivó; desde su elección de la música hasta los alimentos que comía; hasta sus elecciones de moda. Pero eso era todo superficial. Fueron cosas mucho más profundas las que realmente la cautivaron; su amabilidad y sentido del humor, el amor por su familia y ahora, esta habitación. Lilliana estaba asombrada de que hubiera construido una sala para complacer sexualmente a las mujeres, no para hacerles daño. Lilliana dejó que la música de Bastille, Pompeii, se arrastrara sobre ella y abrió la boca, dispuesta a gratificar a Tucker en la forma que él quería. No estaba segura si podría someterse totalmente, pero lo quería y quería que Tucker lo hiciera, controlarla y hacerle lo que él quisiera. Tucker guió su pene duro en su boca y empujó profundamente. Como lo predijo, Lilliana tuvo arcadas. ¡Mierda!, odiaba cuando le pasaba. Cerró los ojos con fuerza, se concentró y abrió la garganta. La respiración de Tucker se hizo más fuerte cada vez que empujaba en su boca. Cuando sintió su mano alrededor del cuello mientras empujaba la parte posterior de su garganta, su bajo vientre palpitaba con tal intensidad que estaba segura de que iba a correrse simplemente por su toque posesivo. Salió de su boca y Lilliana sintió en el momento la oscilación del columpio. Tucker metió la mano en el cajón superior de un aparador que estaba a su alcance y sacó un condón. En un abrir y cerrar de ojos estaba dentro de ella. Lilliana abrió los ojos para verlo entre sus piernas empujando rápidamente. Los ojos de Tucker se centraron en la boca, solo ocasionalmente miraban su coño. Sus ojos se pusieron en blanco y se lamía los labios. —Sí, mi mascota. Eso es, justo ahí —murmuró suavemente mientras la machacaba y giraba sus caderas.
  • 102.
    Lilliana estaba hipnotizadapor los movimientos expertos de Tucker. Estaba tan devastadoramente hermoso que era físicamente doloroso y le dolía el pecho. La forma en que follaba con tanta pasión y concentración era como ver a un maestro escultor trabajando. Su mano se movió a su clítoris y ella dejó escapar un pequeño gemido cuando él presionó su pulgar firmemente hacia abajo. —Más alto, Lilly. Esta sala está construida para tus gritos. Tucker ajustó e inclinó el columpio en un ángulo aún mayor haciendo que su polla golpeara su punto G con fuerza. Lilliana perdió su enfoque y se sostuvo para salvar su vida sintiéndose que iba a caerse de la hamaca. —No te vas a caer. Deja de retenerte y cede —ordenó. Lilliana confió en Tucker y se dejó llevar. Sus manos estaban por todo su cuerpo, recorriéndola, pellizcándola, apretándola y adueñándose de ella por completo. La sangre se agolpó en su cabeza y cuando Tucker bateó aquel delicioso lugar una y otra vez, ella se elevó a nuevas alturas. Un escalofrío frío se deslizó hasta su vientre y sintió la sacudida repentina del columpio cuando Tucker tiró de su extremo hacia arriba. Su mano estaba alrededor de su cuello, controlándola, tierna, y allí estaba —la humedad fluyendo— a la que todavía se estaba acostumbrando. Ella gritó su nombre y clavó las uñas en sus brazos mientras sus dedos le liberaban suavemente el cuello. Tucker continuaba empujando dentro de ella, sus poderosos muslos y abdomen se contraían con cada empuje contundente. Como Lilliana flotaba dentro y fuera del subespacio, Tucker gruñó en voz alta, se retiró y rompió el condón y permitió que su esperma caliente cubriera su vientre y pecho. Tucker levantó a Lilliana del columpio y se tambaleó hacia atrás hasta la cama, donde ambos se derrumbaron y cayeron en un profundo sueño. Ala mañana siguiente Tucker se despertó temprano y antes que Lilliana. No había planeado en que se quedara a pasar la noche, pero cuando vio su bolsa de viaje se había resignado al hecho y ahora, viéndola dormir, estaba contento de que se hubiera quedado. Ninguna mujer se había quedado toda la noche desde que su exnovia se mudó. Había un montón de habitaciones libres para sus huéspedes pero las cosas se habían puesto tan calientes la noche anterior que no tenía el corazón o la fuerza para enviar a Lilliana a dormir en otro sitio. A pesar de que él no quería inicialmente que se quedara toda la noche, disfrutó de tener a alguien más en la casa y fue un cambio agradable de su rutina matutina habitual en solitario. Decidió dejarla dormir y rebuscó en su bolso, sacó la ropa que había llevado consigo y lo dejó fuera para ella. Tucker decidió preparar el desayuno, recordando el episodio del columpio y la mirada en el rostro de Lilliana cuando se enfrentó a sus verdaderas preferencias sexuales. Cuando estaba terminando, Lilliana entró en la habitación, recién duchada y luciendo espectacular. —Buenos días —sonrió tímidamente. —Sí, lo son. ¿Cómo te sientes? —Le guiñó un ojo por encima del hombro. —Me duele en todas partes. Y me refiero en todas partes. —Me alegro de oír eso. Has estado fuera de la práctica.
  • 103.
    —Por desgracia, esaes la cruda realidad. Le gustaba el hecho de que no había estado con un hombre desde hace un buen tiempo. Su pene comenzó a endurecerse ante la idea de sentir su coño ajustado rodeando su polla. Sirvió las tortillas que hizo y se volvió a ponerlos en la isla cuando la vio de pie con el bolso y el monedero en la mano. —¿Te marchas tan pronto? Me esperaba un poco más en la salita. —Eso suena bien, pero debo irme —dijo ella sombríamente. Tucker suspiró. —El desayuno primero. Lilliana dejó su bolso y se sentó. —Eres un cocinero fantástico, señor McGrath —dijo Lilliana, paladeando un bocado de huevos en su boca. —Gracias. Lilliana comenzó a ahogarse y bebió un trago de agua. —¡Mierda! ¿Acabas de decir gracias? Wow. ¿Fue doloroso para ti? ¿Te rompiste algo al hacerlo? Los ojos de Tucker se agrandaron. Pensó que realmente se había atragantado, pero en su lugar le estaba tomando el pelo sin disimular. —No es demasiado pronto para unas palmadas en el trasero —dijo con firmeza. Lilliana se calmó rápidamente y siguió comiendo. Tucker pretendió ahogarse como burlándose de ella. —Carajo. ¿Acabas de suprimir tu sarcasmo? Wow. ¿Fue doloroso para ti? —Se rio. Lilliana miró a Tucker y arrugó la nariz. —Fue muy doloroso. —No tan doloroso como sería mi mano azotando tu reluciente culo. Por cierto, hay polvo de hadas y purpurina por todo mi condenado dormitorio y en el baño principal, por no hablar en mi cama. Parece que ha habido una orgía de hadas allí. Estaba por todo mi culo y en la piel de mi polla, y tardé un maldito infierno conseguir que se fuera con la ducha. —Es bueno saberlo. Cada vez que la luz incida sobre ellos te recordarán al mejor culo al que alguna vez has hincado tus increíbles dientes —sonrió Lilliana. Tucker verdaderamente disfrutaba de sus bromas de ida y vuelta. Como ella estaba terminando su desayuno trataba de encontrar la forma de que se quedara un poco más de tiempo. Ella agarró sus cosas y se dirigió hacia la puerta y él la siguió. Como no quería que su fin de semana juntos acabara tan pronto, Tucker se tomó su tiempo conduciendo a través de la ciudad dándole un pequeño recorrido por el distrito de negocios. La quería todo el tiempo que pudiera y, antes de darse cuenta, había estado conduciendo durante horas. —¿Qué tal un paseo en helicóptero y un almuerzo tardío? —sugirió. Pensó que eso los mantendría ocupados durante unas pocas horas. Lilliana lo miró con recelo. —¿Por qué tengo la impresión de que has hecho antes ese tipo de cosas con otras mujeres? ¿Las seduces con un increíble paseo aéreo y luego las montas duro más tarde?
  • 104.
    Tucker quedó ensilencio pero sonrió de oreja a oreja. La capacidad de Lilliana de leerle el pensamiento lo asombró. Le guiñó un ojo y se lamió los labios burlonamente. —Suena tentador, ¿no es así? Lilliana sacudió la cabeza con desaprobación. —Eres como un jugador. —No odies al jugador, odia el juego22 , labios de azúcar. —Agh. De repente me siento con náuseas. ¿Qué tal si vamos a mi casa, hago algo para almorzar y te doy una recorrida por mi exigua pocilga? Tucker sonrió levemente. —Caramba, ¿por qué no pensé en eso? Lilliana tenía la sensación de que Tucker buscó excusas toda la tarde para quedarse en su casa. No le importaba. Después de su pequeña sex-fiesta la noche anterior, no estaba ansiosa por decirle adiós todavía. Ella seguía pensando en la sala de disciplina. Era un lugar tan extrañamente relajante para estar, con sus paredes de color azul oscuro y el olor del cuero y el aceite. Por supuesto, ella no había sido disciplinada allí todavía así que quizás la habitación asumiría otra aura una vez que eso pasara. ¿Qué demonios estaba pensando? No podía creer que estaba considerando seriamente permitirle hacer ese tipo de cosas con ella. Recordó el miedo en los ojos de Bethany cuando Tucker había hablado con ella. ¿Era respeto y admiración? ¿O tal vez una combinación de todo lo anterior? Ahora era más cuidadosa con las cosas que decía por el miedo a la mano azotando su trasero, y apenas lo conocía. Una vez en su casa, le dio el gran tour por su tierra. Era un día de otoño hermoso, fresco, con una ligera brisa y el cielo estaba brillante y azul. Las hojas estaban empezando a tornarse de un rojo oxidado y ámbar, y la hierba normalmente verde era ahora de un color amarillo-dorado oscuro. El otoño era el momento del año favorito de Lilliana. Le trajo buenos recuerdos de la temporada de fútbol, la talla de la calabaza y las sudaderas envueltas alrededor de los hombros mientras observaba las estrellas. Tucker miraba la casa mientras caminaban en silencio a través de un campo lleno de arbustos crecidos de calicós. Cogió uno y lo masticó en el extremo y Lilliana se preguntó qué estaba pensando. Ella podía ver los engranajes girando en su cabeza y era difícil de confundir los signos de dinero en sus ojos. Después de que él fuera tan insistente con su tierra, ¿cómo podía haberla desechado con tanta facilidad? Tal vez no lo había hecho. Tal vez esto era parte de su gran plan. El estómago de Lilliana se le revolvió ante la idea. ¿Había caído en su trampa? Lilliana dio un paso atrás y observó a Tucker con cautela mientras intentaba discernir su expresión. Sí, definitivamente estaba dimensionando su propiedad. —Todavía no está a la venta. Y tampoco lo estoy yo —le espetó antes de que pudiera filtrar sus pensamientos. 22 Don’t hate the player, hate the game (en el original): dicho popular —No odies al jugador, odia al juego. En este caso se interpreta como: No odies al seductor, odia al sistema que propicia que los hombres deban ser seductores.
  • 105.
    Tucker se diola vuelta. Parecía ofendido pero lo más desconcertante era que parecía sentirse culpable. —Solo para que quede claro: ni yo ni mi tierra tendrán nunca un precio. Lilliana se volvió sin darle a Tucker la oportunidad de responder. Francamente, no le importaba lo que tenía que decir. Caminó rápidamente de vuelta a su casa y varios minutos después Tucker entró en su casa. Lilliana sacó varios artículos de sus armarios para hacer algo de comer y Tucker se apoderó de su cintura por detrás. La sensación era una reminiscencia de su primer encuentro sexual. Ella esperaba una disculpa o la negación, pero lo que recibió fue un mordisco en la parte posterior de su cuello y la presión de una polla dura en la parte baja de la espalda. —Al diablo con el almuerzo. Todo lo que quiero es follar esa boca descarada y verte de rodillas otra vez —le gruñó en su oído. Lilliana trató de ignorarlo pero Tucker le dio la vuelta con dureza y la empujó hacia abajo por sus hombros obligándola a ponerse de rodillas. Lilliana golpeó sus manos. Le gustaba complacerle pero en sus propios malditos términos. Tucker abrió la cremallera de los pantalones y sacó su polla, pero Lilliana lo miró y se negó a aceptarla a solo tres centímetros de su cara. —Hazlo —susurró Tucker. Lilliana permaneció en silencio y se sentó sobre sus pies sin quitarle la mirada ni una sola vez. —Haz-lo. —La boca de Tucker se crispó con agitación pero Lilliana no se movió—. ¿Quieres ser castigada? ¿Esta es tu manera de tratar de obtener esa respuesta de mí? —Tú no eres mi dueño, Tucker McGrath, y no he firmado todavía nada que indique que me puedes hacer lo que te dé la gana. Tú me querías de rodillas y así es como estoy. Si quieres algo más entonces, debes pedirlo de buena manera. —Lilliana tragó saliva. Una guerra de voluntades de proporciones épicas se llevaba a cabo y no perdió Lilliana—. ¿Sabes cómo hacerlo o te gustaría que te lo demuestre? De esta manera: por favor, Lilliana, chupa mi polla. Haz que me corra. Dilo. —Una vez te dije que no quiero que me excedan y lo dije en serio. No estoy jugando contigo. O me proporcionas lo que necesito y te sometes a mí, o encontraré a alguien que lo haga. Lilliana se paró rápidamente, se dirigió hacia la puerta y la abrió. Que la condenaran si iba a permitir que Tucker la amenazara. Su corazón se hundió porque realmente lo quería de una manera que no podía explicar. Tal vez fue su cáscara externa de chico malo que enmascaraba el muchacho de campo en su interior o, posiblemente, le gustaba el hecho de que no podía ser domesticado y exigía su rendición. Cualquiera que fuera el caso, no iba a permitir ser engañada de nuevo, sobre todo cuando podía confiar en Tucker menos que la distancia a la que podría arrojar su culo arrogante. Todo se reducía a la puta tierra y al hecho de que él no había negado todavía quererla. Por supuesto que todavía la quería se gritó a sí misma. Lilliana no se atrevía a mirar sus ojos enojados cuando estaba en la puerta porque sabía que se le rompería el corazón. Su declaración de la noche anterior sobre desear su sumisión había resonado en ella. Dios, cómo quería a Tucker y su disciplina… y esa habitación… ella quería experimentar más eso… pero no le gustaba esto. No cuando lo único que él quería de ella era satisfacer sus necesidades. ¿Qué pasa con necesidades de ella? ¿Qué hay de lo que ella quería? —Entonces, encuentra a alguien más —dijo en tono desafiante. Se escuchó el sonido de la cremallera de Tucker al subirla y una ráfaga de aire pasó al lado de ella cuando él atravesó el umbral de la puerta. Se apartó de ella, se detuvo a unas pocas pulgadas con la respiración entrecortada. Lilliana permaneció inmóvil al igual que él mientras ambos luchaban
  • 106.
    internamente con quéhacer a continuación. Después de una larga pausa, Tucker se volvió hacia Lilliana y le acarició la barbilla. Temía lo que vería al mirarla, la ira, el odio, el disgusto. Cuando sus ojos se encontraron, él estaba claramente confuso. —Maldita mujer terca —dijo apenas audible. La perfecta boca de Tucker la estaba llamando; bésame, rogaba. Su insolencia vaciló y se inclinó hacia adelante, incapaz de controlar su respuesta corporal a su toque. Ella cerró los ojos, temerosa de que él la rechazara y se alejara. Se preparó para lo peor pero sintió sus cálidos labios rozando los suyos. Él abrió la boca y ella aspiró su aliento caliente y luego se fue. Una ráfaga de viento fresco sopló junto a ella y el carillón de viento tintineaba con insistencia recordándole que Tucker había estado allí, pero que ya no. Lilliana quedó con los ojos cerrados cuando el auto aceleró sonoramente y se alejó a toda velocidad. Lilliana finalmente reunió la fuerza necesaria para abrir los ojos y entró de nuevo a su casa enfurruñada, sola. Así que eso fue todo; la noche llena de pasión con el único Tucker McGrath. Le había hablado de placeres indecibles, de control y de sumisión, y ahora nunca experimentaría nada de eso. Suspiró, decepcionada por no haberle dado lo que quería, pero maldita sea si ese hombre no era molesto como el demonio. Su noche con él fue increíble y estaba agradecida por abrirle los ojos sobre lo que realmente quería, la sumisión. Aunque no podía dejar de preguntarse, ¿iba a ser capaz de hacerlo?
  • 107.
    14. Tucker no podíacreer la escena que acababa de actuar. Mantuvo su pie firmemente plantado en el acelerador mientras su coche se disparaba por la calzada de Lilliana. Nunca había estado más equivocado acerca de una mujer en su vida. Cada vez que pensaba que la tenía clara, le lanzaba una nueva curva y cada vez que la atrapaba, le daba de lleno en el diafragma sacándole el aire. De pronto deseó nunca haber puesto los ojos en Lilliana y en su puta tierra. Ella lo había leído como un libro y si hubiera negado todavía quererla entonces hubiera obtenido su mamada. Se detestaba a sí mismo y a su codicia. No siempre fue así. Su competitividad era uno de los pilares desde la infancia, pero la codicia… ¿de dónde diablos salió eso? No necesitaba el dinero y sabía que se estaba engañando a sí mismo por pensar que la tierra sería un salto en la vida. Demonios, podría retirarse ahora si quería. Pero su orgullo, era un gran otro asunto. Él no iba a ser dominado por Lilliana o cualquier otra mujer. Maldita sea. ¿Con quién coño se creía que estaba tratando? ¿Con el pequeño-gatito de exmarido Adam? Adam. Ese bastardo la engañó, mintió y lastimó de manera que nunca entendería. Le había dicho que iba a tratar de hacer que se olvide de Adam si lo permitía y luego, ¿le dijo esa mierda que iba a encontrar a alguien más para que se lo hiciera? Tucker salió a un lado de la carretera para tratar de contener su rabia y decepción por toda la puta situación con Lilliana Norris. Ella era enloquecedora, bocazas y atractiva, y todo lo que él nunca supo que quería. La noche anterior fue tan increíble y pensó que era solo el comienzo de lo que vendría. ¿Debería volver? Él quería, pero su maldito ego… Con la cabeza entre las manos, el teléfono de Tucker sonó. Lilliana: 15:22: Me gustó mucho la noche anterior. Siento que las cosas terminaran de la manera que lo hicieron. Espero que podamos seguir siendo amigos. ¿Qué carajo? ¿Acaba de obtener amistad? Mierda. No. Tucker le dio la vuelta y regresó rápidamente a la casa de Liliana. En cuestión de minutos estaba de vuelta en su puerta golpeándola duramente. Esta era una maldita patraña. Lilliana abrió la puerta con las mejillas encendidas y parecía completamente sorprendida. —¿De verdad solo quieres que seamos amigos? —ladró Tucker. —Yo… no… yo solo quería expresar mi gratitud por lo de anoche. Tucker se rio sarcásticamente.
  • 108.
    —¿Gratitud? ¿Al decirmeque solo seremos amigos? Tengo unos malditos 37 años. Yo no hago cosas de amigo. Lo siguiente que me dirás será, no eres tú, soy yo. La sorpresa de Lilliana se volvió molestia en un abrir y cerrar de ojos. —Bien, supongo que no quedaremos en una relación amistosa. ¿Cuál diablos es tu problema entonces, Tucker? ¿Por qué has venido aquí? ¿Solo para masticarme el culo? Y solo para aclararlo: eres tú y no yo. Tucker no pudo evitar sonreír. ¿Masticar su culo? Más bien morderlo. Maldita sea, ese culo era tentador. Los ojos de Lilliana escanearon su rostro y se posaron en su boca. En el mismo lapso que le tomó ponerse molesta, ahora se estaba poniendo cachonda. Era su sonrisa, recordó. Era su arma secreta contra la morena de fuego. Él amplió su sonrisa y mostró sus dientes y Lilliana negó con la cabeza. —No, por supuesto que no. He conciliado el hecho de que tú y yo hemos terminado. Listo. De una vez. Una noche de pasión es todo lo que tuvimos. —¿En los siete minutos que me fui decidiste todo eso? Dame un puto descanso. Dime, ¿es una noche conmigo todo lo que realmente quieres? —Tucker hizo una pausa, lo que permitió a Lilliana reflexionar su declaración—. No hay necesidad de una respuesta porque estoy dispuesto a apostar, tu coño mojado es toda la prueba que necesito para marcar mi punto. Los ojos de Lilliana agrandaron. —Aquí vamos otra vez con tu exceso de confianza. —Dime que estoy equivocado —exigió Tucker. Al igual que ella podía leerlo, él podía leerla y lo que estaba escrito en todo su impresionante cuerpo era fóllame ahora, Tucker. Lilliana cruzó los brazos sobre su pecho y escudriñó el suelo. —Dijiste que ibas a buscar a otra persona para satisfacer tus necesidades. Entonces, ¿qué estás esperando? Oh, mierda. Eso. Tucker suspiró. —No voy a ser dominado —respondió, en realidad sin abordar la cuestión. —Yo no estaba tratando de hacer eso, pero este asunto de la tierra me hace disgustarme contigo. Sé que todavía la quieres así que no trates de negarlo. —Bien, entonces, no lo haré. Soy un hombre de negocios, Lilliana. No puedo evitar que el empresario en mí siempre esté trabajando en segundo plano. Es lo que soy. Lilliana estaba patentemente herida y él sabía que tendría que tragarse su orgullo un poco y tratar de hacer las paces. Lo odiaba, pero si significaba dejarla tranquila entonces que así sea. —En cuanto a la búsqueda de otra persona… eres la única en mi mira en este momento. Lilliana levantó la cabeza. —¿En este momento? Mierda, eso salió todo mal, también. —Quiero decir… ah, diablos —Tucker se detuvo antes de meter la pata una vez más—. Lilly… Lilliana levantó la mano y cubrió la boca de Tucker.
  • 109.
    —Para. No estoyen busca de ningún tipo de compromiso tampoco. Por el momento está bien conmigo. Pero en serio, hay que aprender a decir por favor y eso no es porque sea impertinente contigo, es solo una cuestión de buenos modales. Y me imagino que tu orgullosa madre diría lo mismo. Tucker levantó una ceja. Le gustaba ver bajar los muros de Lilliana. Dudaba de que estuviera realmente tratando de ser impertinente pero todavía tenía dudas sobre su capacidad de ser sumisa. —Me gusta que seas controlador, de verdad, pero… tú… eres tan, maldición… ¡Agh!, frustrante para mí. Esa no era la primera vez que una mujer había dicho esas palabras y sonrió. Sí, se imaginó que su dominio sería difícil; luchar a brazo partido con alguien tan testaruda como Lilly, al igual que con su terquedad, no sería fácil. Pero no podía negar su atracción por ella, la sinrazón y todo. —Entonces, ¿qué quieres que haga? —preguntó Tucker. Las mejillas de Lilliana se sonrojaron y parpadeó largo y duro. —A riesgo de sonar desesperada y poco femenina, lo que realmente quiero es un buen y duro polvo, como el que me prometiste la primera vez que viniste aquí. Al igual que el que me diste anoche, dos veces. Te quiero a ti y tu increíble polla para hacerme olvidar el hecho de que quieres mi tierra y que no somos en absoluto el uno para el otro. La polla se le endureció inmediatamente. Sí, su petición era poco femenina pero a él le importaba una mierda. Estaba siendo completamente honesta, sin insinuaciones, sin juegos, sin matices… jodidamente real. En cuanto a no ser el uno para el otro, que probablemente así fuera, pero ambos estaban yendo de frente con el otro y no había alusiones ni pretextos. Él la quería y ella lo quería por el momento, y eso era lo suficientemente bueno. Por ahora. Tucker la agarró por la cintura y la levantó en sus brazos. Un buen polvo duro era precisamente lo que pretendía darle. Lilliana envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras se tambaleaba en su casa y dio una patada a la puerta que se cerró detrás de él. Tucker apretó la boca contra sus cálidos labios y tropezó en su dormitorio donde ambos desgarraron la ropa del otro frenéticamente. Jeans y ropa interior volaron en todas direcciones en una ráfaga de movimiento, extremidades entrelazadas y agarradas de cualquier parte que podían. Tucker la soltó sobre la cama y buscó a tientas en su bolsillo del pantalón un condón. Temía que se hubieran acabado pero suspiró con alivio cuando encontró el último. Si la cosa seguía regularmente necesitaban conseguir un método anticonceptivo y hablar con ella sobre eso. Y cuanto antes, mejor. Tucker abrió el sobre con los dientes y deslizó el condón sobre su pene endurecido, mientras mantenía sus ojos sobre Lilliana. Ella tenía los ojos fijos en su polla y se abrieron con anticipación. Parecía hipnotizada y Tucker movió su pene de un lado para el otro, con ganas de disfrutar de la mirada expectante en su rostro. —Un buen polvo duro, ¿eh?—susurró. Las pupilas de Lilliana se alzaron rápidamente hasta él con un movimiento enérgico de su cabeza y asintió. —¿Estás segura de que puedes manejar esto? Lilliana lamió sus labios y su pecho se movía con su pesada respiración. —Sí, puedo manejarlo. Por favor… —gimió.
  • 110.
    Tucker buscó suspantalones vaqueros de nuevo y le sacó el cinturón. La mirada de anticipación de ella se volvió agitada. —Ponte sobre tu estómago, las manos detrás de la espalda —ordenó. Lilliana permaneció inmóvil y sin pestañear. —¿Por qué la duda? —preguntó, de rodillas en la cama entre las piernas de Lilliana. —No estoy lista para eso. —Ya veo. Así que estás lista para chuparme la polla y tragar mi leche pero ser atada ¿está fuera de los límites? —preguntó Tucker incrédulo. Lilliana puso los ojos en blanco. —Supongo que si lo pones así… pero… ¿podemos guardar ese tipo de cosas para más tarde? ¿Cuando me sienta más cómoda? Tucker corrió el cuero a través de su mano, parándose en la hebilla. Sus dedos rozaron el metal frío mientras reflexionaba sobre su petición. Ahora era un momento tan bueno como cualquier otro para averiguar de qué estaba hecha Lilliana y si iban a ser compatibles. Su polla tembló como si le recordara que era ahora o nunca para seguir adelante con ella. Llegó a la conclusión de que esta era la manera de entrar en la psique de Lilliana, ganar su confianza y dejar un poco de margen, sobre todo teniendo en cuenta lo frágiles que estaban las cosas en ese punto. —No soy de hacer concesiones, pero estoy dispuesto a transigir si esto significa que comiences a confiar en mí. Las manos al frente, las muñecas cruzadas. Todavía tienes una sensación de control de esa manera. Y… todavía tendrás un magnífico aspecto de puta madre atada con mi cinturón. Lilliana ladeó la cabeza y parpadeó varias veces antes de asentir. Se dejó caer y cruzó sus muñecas abajo sobre su vientre. Tucker se movió rápidamente antes de que Lilliana tuviera la oportunidad de resistirse. Pasó el cinturón varias veces alrededor de sus muñecas y metió la hebilla perfectamente dentro de la atadura. Cuando su mirada se encontró con Lilliana, parecía un animal asustado, su respiración entrecortada y áspera, y los ojos muy abiertos y vidriosos. —Maldita sea, Tucker. La forma en que manejas ese cinturón… tu velocidad y agilidad… tengo la sensación de que has hecho este tipo de cosas antes. Frecuentemente. Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Si ella supiera. Aunque en realidad, deseaba haberlo hecho más a menudo de lo que se lo habían permitido. Lilliana negó con la cabeza: —Bien, necesitas seriamente deshacerte de esa siniestra y pervertida carcajada porque me estás volviendo loca. La expresión del rostro de Tucker era la cosa más sexy que Lilliana había visto en su vida. Le devolvía la mirada, pero esa risa… envió escalofríos por su espina dorsal metiéndose en la raja del culo, algo que era nuevo para ella. No sabía que era posible que se le pusiera la piel de gallina en su trasero, pero allí estaba, avanzando poco a poco hacia arriba en su coño. Era una sensación extraña, molesta y encantadora.
  • 111.
    Lilliana rio cuandola sensación de hormigueo se deslizó hasta sus labios vaginales, alcanzando a su delicado coño ahora con algunos pelitos. Tucker se puso rígido, como si ella lo hubiera golpeado y apretó los dientes. —¿Crees que soy gracioso? Lilliana tragó saliva. La línea le recordaba a una de sus películas favoritas, Buenos muchachos23 , y lo que pasó con el pobre idiota que se había reído de Tommy De Vito. Su risa se calmó, temiendo que iba a terminar en el baúl del Maserati de Tucker, atada y amordazada. —No, es solo que tú me das escalofríos en mi “empanada” y ahora me pinchan los pelitos. Los ojos de Tucker se abrieron y risas salían de su garganta. El sonido era maravilloso y atractivo. —Mierda, Lilly, esto se supone que es follar. Estás acostada aquí, atada frente a mí y pareciendo una pequeña gatita sexual cachonda y ¡ni siquiera puedo mantener una cara seria contigo! Lilliana le sonrió y una parte de ella se deleitaba con su franqueza. Adoraba su risa y estaba encantada de hacerlo reír. Tucker respiró hondo, cerró los ojos y se acomodó. Cuando abrió los ojos de nuevo, Lilliana sabía que el recreo había terminado. —Ahora… a volver al trabajo —gruñó. Agarrando el cinturón, Tucker colocó las manos de Lilliana encima de su cabeza y la volcó sobre su vientre por la cintura. Él la inclinó sobre el borde de la cama, agarrándola del cinturón de forma segura, sujetando sus manos en alto y forzando la cara hacia abajo. —Al igual que dice el rap: Boca abajo, culo arriba… esa es la manera que me gusta follarte… Lilliana intentó hacer un comentario sobre la canción, pero solo su voz apagada se oía. Casi no podía respirar por lo que volvió la cara hacia un lado. Sintió la necesidad de decir algo, pero se mordió la lengua. Esperó por la invasión de Tucker y llegó… dura y profunda y sin previo aviso, y un grito de sorpresa escapó de los labios de Lilliana. Apretó su cuerpo hacia abajo contra la cama tratando de escapar de su penetración forzada, pero no había lugar para ella ir. Tucker se introdujo en ella repetidamente, implacable y severo, su respiración más fuerte con cada embestida. Los ojos de Lilliana empezaron a humedecerse con cada golpe en el cuello uterino. Ella había pedido una jodida dura y Tucker le estaba dando exactamente lo que ella había querido. Incapaz de detenerse, Lilliana empezó a gemir en voz alta, jadeando y respirando con dificultad mientras él arrasaba con sus defensas. —Sí, eso es, mascota. Más alto —gruñó. Lilliana obedeció y gritó. Tucker se sentía tan condenadamente bien, su polla dentro de ella se sentía intensa; el calor de su núcleo irradiando al interior de las paredes de su coño. Su pene se deslizó dentro y fuera y Lilliana comenzó a sentir el inminente orgasmo rápidamente. Ella tomó consciencia de donde la tocaba su carne caliente y sintió el cosquilleo de su muslo rozando su cadera. Empujó su culo contra la pelvis de Tucker, aceptando sus embestidas con valentía. La palma de la mano de Tucker se hizo sentir en la parte baja de su espalda mientras la empujaba hacia abajo en la cama, recordándole someterse a su brutal follada apasionada. Pulgada a pulgada, él deslizó la mano sobre su cadera y la apretó sin compasión mientras se inclinaba sobre ella y hundía sus dientes en su hombro. 23 Título original Goodfellas, en España se tituló Uno de los nuestros.
  • 112.
    El aliento deTucker era cálido y húmedo contra su oído mientras le susurraba: —Mi dulce, dócil, Lilly… Lilliana nunca había sido llamada algo tan modesto y a la vez sensual, y su cuerpo se suavizó con sus palabras. —Sí, eso es… dámelo. Piérdete en el momento y déjate llevar —continuó arrullándole el oído mientras se hundía con más y más fuerza dentro de ella. Los gemidos y latidos del corazón de Lilliana llegaron a ser tan estruendosos en sus propios oídos que todos los demás sonidos se ahogaron. Tucker inclinaba la pelvis y comenzó a golpear ese lugar incontenible. Ella cerró los ojos, mordiendo y arrancando las sábanas de la cama y apretó los puños tratando de encontrar algún tipo de alivio a la dulce tortura que Tucker le estaba dando. —Dámelo, Lilly —Tucker mordisqueó su clavícula. Lilliana se alejó por un breve momento cuando la ola del orgasmo se apoderó de su cuerpo. Comenzó en su vientre y luego la golpeó como una ola gigante que rompe contra las rocas mientras su cuerpo se convulsionó y se retorció violentamente. —¡Ah, Tucker! —gritó ella. Toda la mitad inferior de su cuerpo estaba intensamente sensible pero Tucker era inmisericorde mientras continuaba profundizando en ella, buscando su propia liberación. Lilliana gimió y trató de permanecer lo más quieta posible tratando de frenar el espasmo de su cuerpo. La forma en que Tucker le levantó las manos por encima de la cabeza y el sonido de su voz abrumaba toda la lógica de Lilliana. Ella quería mucho más de él, todo de él. Quería ser follada así diariamente hasta que su cuerpo no pudiera aguantar más. Había pasado demasiado tiempo desde que un hombre había tomado el control de ella y aún así, nadie lo había hecho como Tucker. Lilliana siempre había asociado el sexo con amor y ella estaba luchando contra sus propios demonios interiores mientras gritaba dentro de su cabeza. ¡No! Ella no quería amor. Ella no necesitaba amor. Solo necesitaba esto. Lilliana sacudió la cabeza tratando de luchar contra el próximo orgasmo que iba acercándose. La voz de Tucker era baja y profunda mientras hablaba para sí mismo. —Justo ahí… Lilliana sentía la clara pulsación de su polla cuando sus movimientos se volvieron frenéticos. Él giraba y giró sus caderas mientras se deslizaba a sí mismo todo el camino solo para forzar su polla en su tiempo una y otra vez. Él golpeó su punto G de forma inesperada y allí estaba, una nueva ola de éxtasis. Llegó tan de repente. No tuvo tiempo para prepararse y se sacudió contra Tucker y gritó tan fuerte que su voz se quebró y se ahogó con sus propias palabras ininteligibles. Dulces estrellas celestiales encima, era como ser llevada a otro lugar. Lilliana estaba empapada en su propio sudor y el sudor de Tucker goteaba de su cara sobre su espalda mientras se quedó quieto, maldijo y salió. Tucker se derrumbó sobre la espalda de Lilliana, apretándola contra la cama y dejándola indefensa e incapaz de moverse bajo su masa muscular masiva. —Maldita seas, Lilly —se rio suavemente, rodando fuera de ella y, finalmente, sacando de sus muñecas el cinturón.
  • 113.
    Lilliana rodó sobresu espalda. Cada músculo de su cuerpo le quemaba y dolía, y tomó hasta la última gota de energía solo para poner sus brazos en frente de ella. Volvió la cabeza y sus ojos encontraron a Tucker mientras la miraba fijamente. —¿Siempre has sido tan dócil en el dormitorio? —Por mucho que me gustaría serlo, no me considero dócil ni sumisa. —En el mundo real es así, pero a puerta cerrada… tú, mi pequeña mascota, estás demostrando ser muy obediente. En cuanto a querer ser sumisa, puedes ser lo que te propongas. Algunas mujeres nacen sumisas, algunos se les enseña a ser, y las demás están en algún lugar en el medio. Había algo de verdad en el comentario de Tucker. Siempre había sentido que a pesar de su obstinación y fuerza de voluntad, tenía un deseo de ser sumisa a su hombre en el dormitorio aunque nunca nadie le había dado la oportunidad. Había intentado todo lo posible para complacer a Adam, pero terminó pasándole por encima. Lilliana supuso que estaba en la categoría de un punto intermedio y quería a Tucker para ayudarla a revelar ese lado de sí misma. Lilliana alzó las muñecas atadas. —¿Has hecho este tipo de cosas a menudo? —Lo he hecho, pero no tanto como me hubiera gustado. No todas las mujeres son tan abiertas de mente como tú y, ciertamente, no todas las mujeres a las que les propuse atarlas han aceptado. Lo has hecho muy bien para ser la primera vez. Lilliana sonrió con orgullo. Sí, lo hizo muy bien y Tucker no lo había hecho tan mal. Ella temía que él se aprovecharía completamente de la situación pero no lo había hecho. Se había comportado tanto caballeroso como casi animal y era una combinación embriagadora y fascinante. Tucker se incorporó y miró sus muñecas desatadas con la huella dejada sobre su piel. Era fascinante; tanto exquisita como artísticamente. Lilliana trazó el contorno de las líneas alrededor de su muñeca con un dedo. —Es hermoso ¿no? —preguntó Tucker besando la parte interior de su muñeca. Lilliana asintió y le dio a Tucker una sonrisa de pura felicidad. —Sí, lo es —al igual que Tucker.
  • 114.
    15. Tucker se sentóa comer la cena ligera que Lilliana había cocinado. El maíz fresco sacado del pequeño jardín que su tía tenía atrás y el pollo al horno era como el sabor del hogar. Ambos se habían duchado y estaban sentados uno frente al otro con One Republic, If I Lose Myself, sonando de fondo. Él se encontraba a gusto en ese entorno; la casa pequeña, acogedora, con fotos de la familia adornando las paredes, el olor de la cocina casera y el tenue aroma de las flores silvestres y hierbas que soplaba desde la ventana abierta. El ambiente y el sol bajo en el horizonte lo hacían sentir nostálgico mientras Lilliana balbuceaba acerca de todo y nada en absoluto. Su voz era suave y femenina, agradable y casi cantarina, y Tucker la apreciaba con intenso interés. Una vez más, se encontró extrañando a su familia y las conversaciones que se derivaban todas las noches a la hora de cenar. Una visita parecía ser buena idea y entonces hizo una nota mental para comprobar sus compromisos. Sus ojos se posaron en las muñecas de Lilliana que aún mostraban signos de su cinturón. Cuando se posaron en sus pupilas moteadas de verde y marrón, ella le sonreía y miraba su boca. Ni siquiera se había dado cuenta de que también estaba sonriendo. Era extraño cómo parecía tener ese efecto en él. Tucker la suprimió con rapidez al recordar cómo Lilliana pensaba que no tenían nada en común. ¿Pero era así realmente? Sus antecedentes eran tan similares, su educación y sus valores… No, sus valores no eran los mismos. Tal vez hace mucho tiempo si lo fueran pero ahora tenían ideas totalmente diferentes de lo que era importante para ellos. Para Tucker: dinero y carrera; para Lilliana: familia y honestidad. La garganta se le apretó cuando pensaba que Lilliana estaba sola en el mundo y sus engaños. Tanto su madre como su tía se habían ido y no sabía nada de su padre. Todo lo que tenía era lo que le habían dejado, el campo y buenos recuerdos de ellas. Fue en ese momento que se dio cuenta de que no podía y no quería quitarle eso de ella, nunca. A la mierda la tierra; a la mierda el dinero. Él solo tendría que encontrar otro proyecto inmobiliario en qué concentrarse. En cuanto a Lilly, ella tenía toda su atención, sin importar si las cosas iban a durar o no. Su alegría era tan sincera y cautivadora que no podía hacer nada más que aceptarla con todo lo que era, obstinada, difícil, muchas veces exasperante y completamente adorable. Incómodo con las emociones que el hogar y la sonrisa de Lilliana le evocaban, Tucker miró la mesa y cogió un hilo suelto en el mantel impacientemente. No le hacía falta otro intento fallido de una relación y Lilliana había dejado muy claro que no estaba interesada en ningún tipo de compromiso. Sexo, eso es todo lo que era, se dijo. Tucker se levantó, limpió su plato y el de Lilliana. Ella se puso a su lado y secó los platos que él lavaba rápidamente. La forma en que se movían al unísono era como si lo hubieran hecho toda la vida. —Debo irme —dijo Tucker abruptamente con inquietud.
  • 115.
    —¿Tan pronto, Tuck?—dijo Lilliana con desaliento. Los ojos de Tucker se agrandaron y su boca se abrió. Nadie más que su familia le llamaban así, nunca. Él no lo permitía. La manera en que Lilliana lo dijo puso a Tucker en aprietos para encontrar las palabras. ¿Debería corregirla? —Lilly… —tragó —Por favor no te vayas. Hoy fue un día tan maravilloso. Bueno, la mayor parte de él, de todos modos. ¿Tiene que terminar tan pronto? ¿No podemos ir de nuevo a tu casa para un poco de disciplina? —sonrió ampliamente, meneando las cejas hacia arriba y abajo. Sí, algo de disciplina es exactamente lo que necesitaba para dejar de pensar en sus sentimientos cursis; sabía que Lilliana se refería al sexo. Los dedos de Lilliana se deslizaron por su pecho mientras permanecía mirándola en silencio. Cerrando sus dedos detrás de su cuello, Lilliana se puso de puntillas hasta llegar a sus labios. —¿Por favor, Tuck? —le dio un beso en sus labios y el hambre ardiendo en sus ojos hablaban de los deseos indecibles. Tucker bruscamente la agarró y plantó sus labios firmemente sobre los de ella. Quería saciar su deseo y avivar ese fuego abrasador dentro de ella con su poder y control. Él lo quería, no podía negárselo, y definitivamente no iba a rechazarla cuando estaba siendo tan mansa. Al diablo, quién sabía cuánto tiempo iba a durar antes de que su obstinación regresara. —Sí, por supuesto, mascota. Todo lo que quieras. La única cosa que Lilliana quería en ese momento era los brazos de Tucker a su alrededor. Se sintió mareada por la excitación mientras su corazón latía aceleradamente. Rápidamente preparó una muda de ropa, mientras que Tucker exploraba en su ropa interior. Sacó un par de bragas y sostén de color rosa. —Estos —dijo colocándolos sobre la cama. Regresó a su cajón y cogió dos juegos más—. Ah, y estos también. A continuación, se trasladó a su armario y sacó varios pares de pantalones vaqueros y con botones, camisas de vestir y los dejó para ella. ¿Cuánto tiempo se creía que iba a quedarse en su casa? Lilliana se limitó a asentir con complacencia y los agregó a la creciente pila. Lilliana cerró su casa y encontró a Tucker de pie en el porche mirando el crepúsculo y los campos abiertos. Lo estaba haciendo otra vez y eso la preocupaba. Ella miró a sus ojos, temerosa de ver en ellos signos de dólar de nuevo. Se sintió aliviada cuando vio una expresión de paz en su rostro. Su tierra tenía el mismo efecto en ella. Se sentía como en casa en la tierra de su familia, como si Margo y su madre estuvieran de alguna manera mirando desde arriba. Esperaba que así fuera. Se acercó a Tucker, deslizó su brazo en el suyo y apoyó la cabeza en su bíceps. —Me encanta este lugar. Realmente puedo sentir a mi madre y a Margo aquí. Te juro que a veces incluso puedo oír sus voces llevadas por el viento. Es el sonido de dos niñas felices jugando en el campo de calicó. Tucker miró fijamente y parpadeó largo y duro.
  • 116.
    —Me gustaría haberllegado a conocer a tu tía un poco mejor. —¿La conociste? —Lilliana sonrió a Tucker. —Oh, sí, la conocí. —¡Ja! ¡Apuesto a que te rompió las pelotas! —Seguro como el diablo que lo hizo. Maldición, era decidida. No quería tener nada que ver conmigo. ¿Te suena familiar? De los ojos de Lilliana brotaron lágrimas que amenazaban con soltarse. Echaba tanto de menos la cercanía de su tía y de su madre, que fue doloroso. Le hubiera gustado conocer la opinión de ellas sobre Tucker, aunque sabía que Margo le habría dicho que le diera una patada en el culo y corriera hacia el otro lado. Dejó escapar una pequeña risa ahogada mientras luchaba por contener las lágrimas. —¿Qué pasa? —Tucker la abrazó acercándola. —Nada. Solo estaba pensando en lo que Margo me habría dicho de ti. —¿Qué hubiera dicho? —Corre como el diablo —se rio. Lilliana lo dijo medio en broma, pero las cejas de Tucker se unieron entre sí. No había querido ofenderlo o herir sus sentimientos pero lo había hecho. —En el fondo, realmente no soy un mal tipo —susurró Tucker. —Oh, Tuck, no quise decir eso. Sé que no lo eres. No eres más que, ya sabes, todo un arrogante personaje. La sonrisa sexy de Tucker regresó. —Quieres decir caliente… —Tucker deletreó la palabra fonéticamente—… y no complaciente, ¿verdad? —No, quiero decir complaciente. Altivo y travieso, es todo lo que eres, niño bonito. Tucker sacudió la cabeza fingiendo consternación. —Esa boca, te juro que va a terminar conmigo. Lilliana esperaba que terminara con su arrogancia, de todos modos. Durante el trayecto a la casa de Tucker, el teléfono de Lilliana sonó. Ella reconoció el tono como el de Adam. Lo había evitado durante semanas. En su última conversación había tratado de dejar claro que sus llamadas no eran bienvenidas. Sin embargo, allí estaba de nuevo, llamándola por teléfono. Lilliana miró a Tucker con nerviosismo y puso su teléfono en el bolsillo del abrigo. —¿No vas a responder? —se preguntó con curiosidad. —No. Tucker entrecerró los ojos y arrugó la frente. —¿Por qué?, ¿es tu novio o algo así? —O algo así. Ya sabes que no tengo novio por las comprobaciones que has hecho de mí. De todos modos, no es importante y puede esperar. Afortunadamente Tucker estaba satisfecho con su respuesta. Lilliana no se sentía particularmente a gusto de tener que explicar la situación con su ex. Detestaba que no la dejara en
  • 117.
    paz. Se habíamudado a medio país de distancia de él y todavía ese mierda bueno para nada, la llamaba. Lilliana miró por la ventana hacia la pintoresca vista de la campiña mientras se dirigían a la ciudad. El otoño estaba en plena explosión y el paisaje de Connecticut era impresionante. Ella siempre había adorado Bridgeport y sus vistas pero ahora, viviendo aquí, realmente se sentía como que era el lugar que quería llamar casa para siempre. Rezaba para que todo saliera bien y que la pequeña cantidad de dinero que había heredado de su tía y la venta de su apartamento cubriera los impuestos por lo menos durante el primer año. —¿Qué te está molestando? —pinchó Tucker. —El dinero. Impuestos. Mi ex. —Ya veo. Bueno, todo saldrá bien. En cuanto a tu ex… Lilliana ni siquiera se había dado cuenta de que lo había mencionado. —Él perdió algo bueno contigo. Hijo de puta tonto. No puedo dejar de sentir un poco de lástima por él porque eres un buen partido, Lilliana Norris, y yo soy un hijo de puta con suerte de tenerte de rodillas. La declaración de Tucker la dejó sin aliento y, de repente, se sintió con falta de aire mientras su corazón hizo un flip-flop. Tucker no tenía ni idea de los sentimientos que se agitaban en ella. Se recordó a sí misma que sus palabras persuasivas eran parte de su juego y, sin duda, había dicho lo mismo a numerosas mujeres. Lilliana siguió mirando por la ventana. —Gracias —respondió con serenidad, sin querer revelar lo mucho que sus palabras significaban realmente para ella. Ella cerró los ojos por un momento y se durmió. Tucker golpeó un bache en el camino y ella se sacudió, despertando. El mal estado del pavimento le recordaron que su cuerpo estaba irritado y dolorido. Tucker le había dado unos buenos dos días seguidos y su pobre cuerpo, con poca práctica últimamente, no estaba adaptado para dicho uso. Al salir del coche en su casa, caminó un gran trecho. Ella quería más de la marca sexual de Tucker pero estaba agotada. Él se acercó, puso su brazo alrededor de su cintura y la besó en la parte superior de la cabeza. —Me siento así también. ¿Qué tal una siesta antes de la disciplina? —Eso suena fantástico. Lilliana despertó varias horas más tarde, caliente, sudorosa e incómoda. Estaba tumbada en la cama con solo una camiseta, y sus miembros y los de Tucker eran una maraña. Estaba tendido en calzoncillos y profundamente dormido y, para aliviar un poco de calor feroz, Lilliana sacó el brazo de su pecho y fue capaz de tirar de ella hacia fuera por debajo de él sin despertarlo. Se inclinó hacia abajo y puso su boca sobre su oído y lo besó suavemente. Lilliana se sentó y luego trazó el contorno de colores brillantes del tatuaje de un corazón ardiente en su bíceps y lo besó también, y luego hizo el doble de tiempo para llegar a su cuarto de baño. En su camino de vuelta, miró a su teléfono en el mostrador de granito del baño viendo que era mucho más tarde de lo que había pensado.
  • 118.
    Justo cuando ellalo recogió, sonó el tono de llamada de Adam, sorprendiéndola. Era alto y tenía miedo de que se despertara Tucker. Maldita sea, Adam. ¿Por qué demonios llamaba después de las 2:00 de la mañana? ¿Estaba borracho o simplemente era un idiota completamente desconsiderado? Ya sabía la respuesta a su propia pregunta y blanqueó los ojos. Lilliana respondió antes de que se oyera el tono de nuevo. —¿Qué demonios, Adam? —susurró un gritó en el teléfono. —Así que estás viva. —Sí, lo estoy. ¡Son las putas dos de la mañana! —Cuidado con el tono, Lil. No estoy de humor. He estado tratando de llamarte por semanas. Tengo casi decidido subir a un avión e ir por ahí para ver qué coño es tan importante que no puedes coger tu maldito teléfono. ¿Con quién demonios piensa que está hablando? ¿De repente le crecieron bolas o qué? No le había hablado con tanta dureza desde que estuvieron casados, cuando él estaba sacando su polla inútil de cualquier cosa con un coño. Lilliana mordió el labio tratando de contener su ira y no gritar a Adam. No le debía una explicación, pero lo último que necesitaba era que apareciera y cagara todo entre ella y Tucker. —¿Y? —ladró Adam. —¿Y?, ¿qué? —¿Entonces por qué carajo no has devuelto mis llamadas o cogido el teléfono? —Porque yo no quiero hablar contigo y la última vez que lo comprobé, todavía estábamos divorciados y no tengo que responderte. Adam resopló. —Inténtalo de nuevo. Lilliana no respondió. El tono de la voz de Adam no le resultaba familiar. Por lo general era solo quejica y molesto pero en ese momento era feroz. —A ver si te enteras, Adam. Yo no te debo nada. Basta. De. Llamarme. —Nope. No va a suceder, nena. Lilliana levantó su brazo en el aire y maldijo en voz baja. Ella odiaba cuando Adam la llamaba nena. Le disgustaba más allá de la razón. —Maldito seas, Adam. Pensé que atravesando 5.000 km de distancia de tu culo inútil podría mantenerte a raya. —Te equivocas de nuevo. Debes estar acostumbrándote a pensar, ¿no? Siempre estabas malditamente equivocada acerca de mí. En todo caso, que estés lejos me ha hecho pensar más en ti. —Esa es la declaración más sincera que me has dado. Creí lo suficiente en ti como para casarme contigo y no hiciste más que mentir y engañar. ¡Qué equivocada estaba al pensar que alguna vez podía confiar! —¿Eso de nuevo? ¿Cuántas veces tenemos que hacer un refrito de esta mierda? Hice trampa, ¿y qué? Si me hubieras mantenido feliz nunca hubiera pasado, así que supéralo.
  • 119.
    Lilliana no sepermitiría ser rebajada por Adam, pero sabía que la conversación no tenía sentido, ni iba a ninguna parte, y no iba a discutir más. —En fin, ¿por qué demonios llamas? —Para decirte que es hora de volver a casa. Las vacaciones han terminado. Vende esa tierra y haz lo que tengas que hacer, y trae tu culo de vuelta aquí. Tus amigos te extrañan y te quiero de vuelta. Increíble. ¡Qué declaración completamente idiota! Lilliana se rio en voz alta, el tipo de risa loca que solo Adam podría inducir. —¿Me acabas de decir que no podía mantenerte feliz y ahora me quieres de vuelta? Guau. Solo. Un. Jodido. ¡Guau! —replicó ella en frío sarcasmo. —Ahora sabes lo que necesito y quiero, y lo vas a hacer mejor la próxima vez. ¿No es así? Lilliana quedó pasmada. —¿Lo haré mejor la próxima vez? Oh, Dios mío, Adam. En serio, me vas a hacer vomitar… en mi boca nada menos, porque eres tan repugnante. Y luego me voy a mear por mis piernas porque eres tan ridículo. Pis y vómito, Adam, esas son las funciones corporales que obtendrás de mí. No estoy, y, sinceramente, nunca vas a tenerme de nuevo. Jamás. Joder nunca jamás. ¿Estás escribiendo esto abajo? ¿Quieres que te envíe una nota o correo electrónico, o prefieres que vaya hasta allá y meta esta declaración en tu inodoro? —escupió las palabras con impaciencia. Lilliana se sintió bien con su asalto verbal hasta que Adam comenzó su reacción vocal. —Escucha, pequeña zorra. ¡Nadie me deja! ¡Nadie! Seguí con el divorcio porque sé lo testaruda hija de puta que eres. He jugado el juego de la espera pero se ha terminado. ¡Tengo una maldita reputación y la gente está empezando a hablar de cómo me jodiste! —¿Te jodí de nuevo? ¿Y tú lo permitiste? ¿Te estás escuchando? —Lilliana chilló de nuevo. —Trae tu culo de vuelta aquí Lilliana, o te juro por Dios que voy a ir ahí y arrastrarte por el culo… Lilliana apartó el teléfono de su oído. Ella no quería oír nada más y sintió la tentación de colgar, pero sabía que Adam la volvería a llamar. Adam todavía estaba gritando acerca de que no devolviera sus llamadas y arrastraría su culo de vuelta a Kansas cuando oyó la voz susurrada de Tucker en su oído. —Cuelga el teléfono, mascota. Lilliana ni siquiera lo había oído acercarse sigilosamente. Sus manos temblaban de la vergüenza y la ira, y solo quería terminar la llamada y esconderse. Al ver que no cumplía inmediatamente con su orden, Tucker le tomó suavemente el teléfono de la mano y apretó el botón de colgar. Cuando ella se volvió hacia él, se sintió aliviada de que hubiera tomado la iniciativa de cortarle a Adam. Tucker apagó el teléfono y lo puso casualmente sobre la encimera. —Quiero toda tu atención y tu culo de vuelta en mi cama ahora —dijo con énfasis tranquilo. Lilliana asintió fervientemente y se movió rápidamente, pero no lo suficientemente rápido. La mano de Tucker atrapó su nalga desnuda con una bofetada dura que la hizo aullar y saltar. Corrió al dormitorio y se sentó sobre sus rodillas a esperarlo en la cama con una energía ansiosa corriendo por sus venas. Cuando Tucker entró en el dormitorio, le sonrió con sus ojos bailando de lujuria y llenando a Lilliana con una especie de anhelo que nunca había sentido antes. —Impresionante —él habló en un susurro quebrado, y su voz resonó en sus propios sentimientos acerca de él.
  • 120.
    Tucker le tendióla mano y la ayudó a recostarse en la cama. Cuando se deslizó junto a ella, la atrajo hacia su pecho. La voz de Tucker estaba en calma y estable y es exactamente lo que Lilliana necesitaba después de la conversación angustiante con Adam. —¿Estás bien? Tucker debía de haber oído lo que estaba pasando y de repente se sintió reservada. No le gustaba particularmente hablar de Adam y sus últimos problemas matrimoniales. —Sí, estoy bien. —¿Todavía sientes algo por él? Lilliana inclinó la cabeza hacia atrás, miró a los ojos de Tucker y sacudió la cabeza, tratando de tranquilizarlo. —Oh, tengo sentimientos por él pero simplemente no son del tipo sentimental y seguro que no es ningún amor perdido. Tucker levantó un lado de su boca en una sonrisa torcida, pero levantó las cejas con incredulidad. —Entonces, ¿por qué sigues en contacto con él? —No estoy en contacto con él; él está en contacto conmigo. —¿Por qué no pones fin a eso? —preguntó, empujándola fuera de su pecho y acostándola a su lado. —Lo he intentado. Incluso he ido tan lejos como cambiar mi número de teléfono en dos ocasiones, pero él es implacable… Tucker apretó la boca en una línea apretada y una emoción indefinible brilló en sus ojos. —Tal vez alguien debería tener una charla con él sobre eso. —¿Y ese alguien va a ser tú? Tendrías un buen recibimiento. La última cosa que necesitas es más daño a tu sonrisa inmaculada. Los labios de Tucker se crisparon con la necesidad de sonreír. —¿Qué te hace pensar que llegaría a eso? ¿Por qué no es posible que dos hombres maduros, razonables, tengan una conversación de adultos? —Depende de los dos hombres en cuestión. Tú y Adam, ¿razonables? No demasiado. —Puedo ser sensato cuando es necesario —respondió a la defensiva. —Tal vez puedas pero a Adam no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Con un toque de censura en su tono, Tucker respondió. —A la mayoría de los hombres no les gusta, Lilly. Ahí es donde el poder de la persuasión entra en juego y, como tú sabes, puedo ser muy convincente especialmente cuando se trata de lo que me pertenece. Además, mis molares increíbles están muy bien. Son los de él de los que necesitas preocuparte. El cuerpo de Lilliana estremeció ante la mirada firme en los ojos de Tucker. Ella le pertenecía. Pero, de nuevo, pensó que había pertenecido a Adam. ¿Qué tan mala había sido? Lilliana suspiró pensando en su matrimonio fracasado. Sus sentimientos salieron antes de que pudiera detenerlos.
  • 121.
    —El amor esuna farsa. Tucker pareció sorprendido y se incorporó sobre un codo para mirarla. —No solo es ciego, sino sordo y mudo. Y seguro como el infierno que no lo conquista todo. ¿Por qué la gente les dice eso a las niñas? ¿Por qué no mandan al traste todo cuento de hadas con un falso final feliz y les dicen que la vida es injusta y el amor es una mierda? —continuó. —Debido a que no es un asco. Mierda, Lilly, ¿por qué un panorama tan sombrío? No, no siempre lo conquista todo, pero cuando es real se siente tan jodidamente bien. No importa lo fugaz que sea. Ahora fue el turno de Lilliana de sorprenderse. ¿Eso venía del hombre cuyo nombre era sinónimo de ser un mujeriego? No tenía ningún sentido. —¿Por qué tan sombrío? Debido a que el hombre al que me prometí por siempre arrancó mi corazón y lo pisoteó. Él tomó el juramento de fidelidad y se fue de putas delante de mis narices. Todo el maldito pueblo lo sabía, mis supuestos mejores amigos, y nadie se preocupó lo suficiente por mí para que me dejaran entrar en la pequeña broma. Oh, pobrecita Lilliana. Mírala, ella no puede mantener feliz a su hombre por eso él lo consigue en otro lugar. Es como una broma. Hice todo lo posible para mantener a Adam complacido y se metió en cada agujero que pudo encontrar —dijo Lilliana suavemente. Tucker le tocó la cara, calmando su irritación mientras corría con su dedo índice sobre sus labios. —¿Cómo te enteraste? —Cuando mi ginecólogo me informó que tenía clamidia. ¿No es bonito? Ese pelotudo dormía con cualquiera y no usaba condón, y luego volvía a casa a difundir su inmundicia. Ese hombre es un charco asqueroso de jugo de enema. —Por cierto que tienes habilidad con las palabras, mascota. —Tucker se rio y su sonrisa produjo en ella otra risita en respuesta. —Cuando todo estaba dicho y hecho, resulta que se había acostado con casi una docena de mujeres que conozco en el corto lapso de nuestro matrimonio de cuatro años. Así que tú entre toda la gente debes entender por qué yo no creo en el enamoramiento. Tucker frunció las cejas. —¿Por qué yo de toda la gente? —Porque tú te has divorciado dos veces —dijo ella claramente. —El hecho de que no estoy en busca de amor y he renunciado a él no significa que yo no crea en él. O en perderlo. El gran plan para mi vida nunca incluyó el divorcio. Era joven cuando me casé por primera vez, y mis metas profesionales y la educación eran más importantes que mi vida amorosa. En retrospectiva, no peleé con fuerza suficiente por mi primer matrimonio y luché muy duro para hacer algo de la nada con mi segundo —continuó—. Soy un firme creyente en el amor verdadero, Lilly. Lo he encontrado en dos ocasiones. Pensé que lo encontré con mi casi tercera esposa, pero resulta que yo no estaba enamorado de ella tanto como lo estaba de la idea del amor y tener mi propia familia. Resulta que ella se enamoró de la idea de vivir el estilo de vida que siempre había querido. —Lamento escuchar eso —dijo Lilliana tristemente. Los ojos de Tucker se entristecieron y fueron hacia su interior, con el ceño fruncido.
  • 122.
    —Algunas personas mientenpara tratar de conseguir lo que quieren. Mi novia, ella… ella mintió sobre… Ella no era quien pretendía ser. Le dolió el corazón por Tucker. No podía imaginarlo siendo querido solamente por el dinero y la popularidad, y sin saber quién era sincero o falso. Tucker se tumbó de espaldas con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. —No soy un santo y yo también he dicho mentiras, pero algunas cosas son sagradas. ¿Entiendes? Lilliana no entendía lo que Tucker estaba tratando de decir, pero se sentó, escuchando y preguntándose qué mentiras había dicho. ¿Le había mentido a ella? —Como el matrimonio. Sé que has oído todo tipo de mierda sobre mí, pero yo no soy un tramposo. —¿Así que está bien mentir, pero no engañar? ¿Cómo funciona eso? Yo estaba bajo la impresión de que las dos iban de la mano. La boca de Tucker abrió y la miró asombrado por su declaración. —Nunca me mientas, Tucker. Lo digo en serio. Eso para mí es motivo de ruptura. He sido herida por las mentiras; a veces pienso que irreparablemente. Sé que no somos, ya sabes… nada serio ni nada, pero yo nunca voy a mentirte. No soy así. Tucker tragó saliva y miró hacia otro lado, a la ventana de la pared del fondo. Sintiendo que Tucker se alejaba, Lilliana trató de atraerlo de vuelta. No había querido que la conversación fuera tan intensa. Ella tampoco tenía la intención de revelar mucho acerca de sí misma y no había esperado que Tucker divulgara tanta información personal. —Siento mucho que tu prometida te mintiera. Tucker respiraba fuerte y dejó escapar un fuerte suspiro. —Es curioso, pero recuerdo que cuando era joven y mis padres luchaban por dinero, todo lo que quería era ser lo suficientemente rico como para tener cualquier cosa y cualquier mujer que quisiera. Ahora que tengo el tipo de riqueza que siempre he soñado, no estoy interesado en las mujeres que vienen junto con este estilo de vida. Son, sin duda, atractivas y complacientes de más maneras de las que te puedas imaginar, pero auténticas, en raras ocasiones. Echo de menos la chica de pueblo que no pretende ser otra cosa que lo que es. La habitación estaba desconcertantemente tranquila durante unos segundos. —No te preocupes, no estoy buscando el amor tampoco —susurró Lilliana, rompiendo el silencio. Tucker miró desconcertado. Se sentó de nuevo y se volvió hacia ella con una mirada severa en su rostro como si quisiera decir algo más. Poco a poco su rostro se relajó, y apartó el asunto con un repentino buen humor. —No estoy pidiendo que te enamores de mí, pero la lujuria genuina y la pasión serían buenas. Al ver la diversión en los ojos de Tucker y el destello de sus dientes, Lilliana rio. Había algo cálido y cautivante en su estilo de humor. Lilliana sonrió con picardía. —¿Lujuria genuina? Sí, creo que puedo ser útil para ti en ese sentido. —No tengo ninguna duda de que puedes —le guiñó un ojo.
  • 123.
    Lilliana cambió detema. —¿Sigues en contacto con tus ex? —No. No estoy interesado en ser amigo de mis ex y no creo en vivir en el pasado. Es un pequeño consejo al respecto que podrías querer considerar. —Yo no soy amiga de Adam. Créeme, que el hombre es tan útil como un gusano plano y tan atractivo como un caso agudo de sífilis. Tucker se echó a reír y sacudió la cabeza. —Adam es… Tucker puso una mano en la boca de Lilliana. —No quiero oír el nombre de ese hombre de nuevo. El único nombre que quiero que digas cuando estás en mi cama es el mío, en cada forma que elijas. Por ejemplo: ¡Oh, Dios, Tucker! o ¡Maestro Tucker! Incluso me conformo Señor o Rey Tucker. Mejor aún, puedes llamarme Tucker, lengua de movimiento experto y Dios del cunnilingus y de hacer el amor. Lilliana rio y cayó sobre su espalda. —¿Qué es tan gracioso? ¿Crees que estoy bromeando? —le metió el dedo en el ombligo y lo arremolinaba a su alrededor—. Por cierto, si alguna vez me entero de que ese gilipollas habla contigo con dureza una vez más, le meteré el puño en la garganta y sacaré sus cuerdas vocales afuera, y no es broma. El bajo vientre de Lilliana palpitaba bajo la intensa mirada en los ojos de Tucker. Esperaba que nunca llegara a eso, pero le encantaría verlo aullando sobre Adam. Lilliana se inclinó y besó la comisura de la boca de Tucker. —Yo no sabía que podías ser tan caballeroso. —Te dije que soy multifacético con muchas capas. Caballeroso y malo hasta los huesos son solo algunas de esas capas. —Malo hasta los huesos. Se te pone dura como un hueso —bromeó Lilliana. Tucker puso los ojos en blanco. —Realmente me gusta la palabra hueso24 . Es tan descriptiva y divertida. Debemos tratar de usarla tan a menudo como sea posible en situaciones cotidianas —bromeó Lilliana—. Comenzaré: Me gustaría realmente tu hueso en mi bobo. Si fueras tan amable de colocar tu hueso en mi húmedo delicioso muffin, lo apreciaría mucho —rio Lilliana. Tucker se golpeó la frente y gruñó. —No eres tan divertida como te crees que eres. Y una mierda que no. Lilliana se había criado como hija única y aprendió muy pronto que para entretenerse a sí misma y no había nadie que pudiera hacerla reír más fuerte que ella misma. —Sabes, realmente soy la persona más rápida que conozco pelando maíz —afirmó mientras le tocó a Tucker reírse de buena gana—. No, de verdad. Gané el primer premio en la feria estatal del condado en el 2000. Los ojos de Tucker se abrieron con humor. 24 En el original bone: hueso, pero en inglés hace referencia al pene. De ahí el juego de palabras.
  • 124.
    —No, mierda. ¿Cuántascompetencias fueron? —Tú tenías que preguntar algo así, ¿no es cierto, señor Competitivo? Fueron ocho. —Impresionante —él se inclinó y movió la cabeza en un gesto profundo. —Ese fue el mismo año en que fui subcampeona del condado de Cloud para Miss Cloud — declaró Lilliana con orgullo. —Mierda, ¡me estoy follando a una auténtica reina de belleza del condado de Cloud! Ese fue un buen año para ti —Tucker sonrió. —Finalista de reina de belleza —aclaró—, la ganadora tuvo un bien merecido primer lugar. Tocaba la flauta muy bien como talento. Oí años más tarde que era su talento con la flauta con piel lo que realmente le consiguió la corona —rio Lilliana. —Lindo. ¿Cuál era tu talento? Las mejillas de Lilliana se sonrojaron de vergüenza y sacudió la cabeza en señal de negación. —Tú sacaste el tema, ahora termínalo —ordenó Tucker. —Yo podía equilibrar libros en la cabeza mientras hacía varias cosas. Era tan tonto. —¡Muéstrame! —Uh… no. —¡Haz lo que te digo, mujer! —Tucker la empujó de la cama—. ¡Entretenme! —golpeó las manos como si fuera el rey y Lilliana el bufón. Lilliana miró alrededor de la habitación y sacó un par de libros de diferentes tamaños de su gran biblioteca. Ella levantó un grueso libro y levantó las cejas con sarcasmo mientras miraba por encima del hombro. ¿La historia de la filosofía occidental? ¡Cuán existencial eres! —un destello de humor cruzó el rostro de Lilliana y blanqueó los ojos. —Capas, nena; capas pervertidas y filosóficas como se puede ver por mi copia de Ella es lo primero: La Guía del hombre pensante en complacer a una mujer —sonrió con aire de suficiencia. Lilliana revisó la estantería y encontró la copia del libro antes mencionado y lo sacó. Mierda, realmente parecía que había sido leído más de una vez. El lomo estaba agrietado y desgastado, y había incluso un par de páginas con la esquina dobladas. Los ojos de Lilliana se lanzaron de nuevo a los estantes y vio una gran cantidad de libros de bolsillo sobre sexualidad, el orgasmo femenino y la eyaculación, y varios títulos que incluían el sexo amoroso, el sexo oral y el sexo lento. Lilliana quedó estupefacta. Este hombre sabía seriamente sus cosas y las de ella también. Diablos, probablemente sabía más sobre cómo hacer zumbar su cuerpo que ella misma. Tucker puso su sonrisa más cursi y movió las cejas. —No dudes en pedir prestado cualquier libro de mi extensa biblioteca. —Me gustaría aprender más sobre ti, pero no veo ningún libro sobre la arrogancia en esta extensa colección. —Podrías hacer bien en leer Castigada en sumisión. —Yo no lo creo. Así que lees literatura erótica —preguntó Lilliana, sorprendida por todo ese erotismo. —Cuando la ocasión lo requiere. Soy un hombre solitario. La erótica sacia mis necesidades.
  • 125.
    —Tú, ¿solitario? Lodudo. En medio de todas tus mujeres, ¿cuándo tienes tiempo para leer? Tucker cambió rápidamente el tema. —¿Vamos a hablar de libros toda la noche o vas a mostrarme este llamado talento tuyo? Lilliana agarró dos libros más de cubiertas duras para demostrar su supuesto talento. Los ojos de Tucker se agrandaron al ver cuántos libros tenía en la mano. Lilliana guiñó un ojo y agarró uno más con un total de cinco. Tucker se incorporó en la cama, sus profundos ojos castaños bailando con humor. —¿Qué me das si te puedo servir una cerveza con estos libros en la cabeza? —preguntó. —Lo que quieras —Tucker se humedeció los labios—, pero estaría aún más impresionado si pudieras chupármela con esos libros en la cabeza. Lilliana se preguntaba, ¿podría hacerlo? Ella disfrutaba el desafío. Si hacerlo significaba ver esa magnífica sonrisa de Tucker, seguro que lo iba a hacer lo mejor posible. —¿Todo lo que quiera? Tucker movió la cabeza ligeramente, asintiendo. Lilliana se mordió el labio inferior. —Tengo la intención de hacerte cumplir tu palabra. Tucker sonrió y sacó las piernas por el borde de la cama y las extendió a lo ancho. Agarró una almohada y se la arrojó en el suelo entre sus pies. El corazón de Lilliana latía locamente a su gesto dulce. Se arrodilló en la almohada y lentamente colocó los libros en la cabeza, uno por uno, mientras se mantenía completamente inmóvil. Habían pasado años desde que había intentado esta acción y no estaba segura si iba a tener éxito. Se inclinó un poco hacia adelante para conseguir que los libros se asentaran mejor en la cabeza y luego con cuidado colocó el último en la parte superior. Se tambalearon y Lilliana contuvo la respiración hasta que se estabilizaron. Miró hacia arriba a Tucker, que sonreía como ella nunca había visto en ningún hombre. Era pura alegría no adulterada. Ella luchó contra el impulso abrumador de tirar los libros a un lado y lanzarse a sus brazos y centró toda su lujuria en darle lo que había pedido. Agarró el eje de Tucker con una mano y apoyó la otra sobre su vientre en el vello suave por debajo de su ombligo, y poco a poco comenzó a acariciarlo manteniendo sus movimientos con ritmo y sin prisas. Tucker silbó entre dientes y su sonrisa se desvaneció en otra cosa, deseo. Sus ojos se abrían y cerraban hasta que se puso completamente duro. Poco a poco, Lilliana bajó la cabeza hasta que su boca se encontró la cabeza de su pene. Ella lamió casualmente, pero rápidamente comenzó a excitarse. Tomó a Tucker en su boca y aceleró sus esfuerzos pero cuando lo hacía, los libros comenzaron a tambalearse. Con la polla todavía en su boca, se quedó inmóvil hasta que los libros se asentaron y, poco a poco, comenzó a moverse hacia arriba y abajo por su polla de nuevo. El sabor salado de líquido pre seminal llenó su boca y gimió con ganas de más. Su mano le apretó más fuerte alrededor y Tucker se deshizo. Él quitó los libros y los arrojó al suelo con violencia y le agarró la cabeza mientras la empujaba hacia abajo sobre su pene, obligándola a tomarlo todo hasta la parte posterior de la garganta. Lilliana se atragantó estrepitosamente y se apartó de él, temiendo vomitar. Las caderas de Tucker empujaron hacia arriba obligándola tragar de nuevo, follando su boca con tal fervor que pensaba que iba a implosionar. Tucker gruñó en voz alta cada vez que se introducía en su boca y solo unos
  • 126.
    pocos minutos después,ella sintió el penetrante sabor del semen cuando golpeó la parte trasera de la garganta. De nuevo, haciendo un ruido espantoso, tragó rápidamente. Realmente odiaba el débil reflejo de arcada que tenía para esto, pero estaba contenta de que Tucker, no obstante, estuviera satisfecho. Tucker cayó de espaldas sobre la cama, con la respiración agitada y sus puños cerrados en su cabello. Lilliana alargó la mano y bebió la botella de agua en la mesita de noche y se acostó junto a él. —Maldita sea, Lilly. No tenía ni idea de que fueras tan talentosa —rio Tucker, moviéndose de lado para mirarla—. Eres muy talentosa con la flauta de piel también, aunque hay algunas cosas que tenemos que retocar —dijo Tucker jadeante refiriéndose a su falta de habilidades en “garganta profunda”. —Una chica puede aprender mucho de la pornografía —Lilliana bateó sus pestañas. —¿Ves porno? —De vez en cuando. Soy una mujer sola en mi mejor momento sexual y tengo necesidades. Tú lees erótica y yo veo porno. Es una solución de compromiso. No dudes en pedir prestado alguno de mis DVD de mi gran colección. —Suena como una buena compensación, pero espero que pueda ayudar con tus necesidades. Así que dime: ¿Qué otro tipo de cosas aprendiste de ver porno? —preguntó Tucker sugestivamente, deslizándose hacia Lilliana y tironeando de su pezón antes de envolverlo con su boca. —Además de los puntos más finos para lamer, he aprendido que gritar tu polla es tan grande a los altos cielos, mientras rebotas sobre una salchicha gigante no es sugestivo, no importa lo atractivo que fueras. —En tu opinión. Yo creo que es caliente como el infierno. Me encantaría verte gritar mientras juegas sobre mi polla ahora mismo. Tucker metió la mano en la mesita de noche y sacó un condón. Fue hacia atrás, abrió las piernas y se apoyó en una almohada, acariciándose a sí mismo hasta ponerse duro por completo mientras esperaba a Lilliana. ¿Cómo podía estar tan duro tan rápidamente después de haberse venido? Lilliana se sorprendió por la resistencia que poseía. —Móntala, mascota —afirmó cuando ella no se movió lo suficientemente rápido. —Eres tan impaciente —le dijo ella, sentándose encima ayudándole con la goma. —Calla, mujer, y haz lo que te digo. Tucker se lamió los dedos y los deslizó hacia el coño de Lilliana, a continuación, mantuvo su polla firme para que ella se subiera. Ella colocó su pelvis entre sus muslos y lentamente se hundió en su rigidez. Echando la cabeza hacia atrás, un pequeño gemido escapó de su boca. Tucker se acercó y la agarró de la cintura. Su toque era firme y persuasivo e invitó a más. Tiró de ella hacia abajo lentamente para que sus labios se encontraran con la base de su eje, enfundando por completo su polla dentro de ella. —Eso es, Lilly, toma todo de mí —gimió, con sus ojos sin pestañear, penetrantes y demandantes. Lilly se movió hacia arriba y abajo rítmicamente, su cuerpo hormigueaba con el contacto. Tucker iba empujando y penetrando. Guió el pulgar a su clítoris y comenzó a dar vueltas y presionar firmemente hacia abajo, provocando un incendio en la parte baja del vientre de Lilliana que ardía con gran intensidad.
  • 127.
    —Así, condenadamente hermoso—Tucker gruñó mientras inclinaba su pelvis para golpear el punto G. La sensación era todavía nueva para Lilliana y se estremeció con un dolor que se sentía bien y penoso a la vez. Tucker levantó la parte superior del cuerpo y la acercó por la cintura manteniendo el pulgar firmemente plantado en su protuberancia hinchada. Arrastrando su otra mano alrededor de la parte posterior de su cuello, la apretó con fuerza causando que jadeara por la fuerza de su toque. Los empujes de Tucker llegaron más rápidos y más potentes. El sonido húmedo de su coño llenó la gran sala oscura y su cuerpo comenzó a responder a sus demandas. —Mójame —ordenó Tucker, reclamando sus labios y aplastándola contra él, ahogando su grito. Un chorro literal de humedad se liberó y su cuerpo comenzó un espasmo incontrolable. Cuando Tucker liberó su boca, sus apasionadas palabras se derramaron mientras sus piernas temblorosas se aferraban a él. —¡Oh, Dios Tucker! ¡Maestro Tucker! ¡Sir Tucker! ¡Rey Tucker utilizador experto de pulgares! y ¡Dios de la manipulación del punto G y de hacer el amor! La risa de Tucker sonó histéricamente mientras la sostenía. Continuó riendo hasta que su polla se suavizó y sacudiéndose dentro de ella, y ella se convirtió en un desastre inerte en sus brazos.
  • 128.
    16. Lilliana estaba flotandoen una nube por encima de Connecticut, mirando hacia abajo a la tierra de Margo. Los campos verdes exuberantes no estaban más y todo lo que podía ver eran extraños con cascos construyendo altos complejos y colocando pavimento por todo lo que sus ojos podían ver. Excavadoras y grúas estaban esparcidas donde habían estado alguna vez los campos de calicó y la casa donde su madre y su tía habían vivido era un montón de escombros. Gritó que se detuvieran pero su voz fue ahogada por la distancia entre ellos y la niebla brumosa en el aire. —Mi dulce, Lilly… Lilliana sintió las manos calientes de Tucker en su cuerpo cuando él la sacudió suavemente mientras ella se abría paso a través de las telarañas de su pesadilla. Sus ojos se abrieron y el pulgar de Tucker barrió una lágrima caliente que rodó por su mejilla. —La tierra de mi familia —gimió con más lágrimas temblorosas en los párpados—. No quiero venderla. Pero los impuestos… ¡Oh, Dios! Es lo único que me queda de mi familia. Es todo lo que me queda. Los brazos de Tucker la rodearon. —No, Lilly, la tierra es tuya para siempre. Me aseguraré de que nada le suceda. Lilliana apretó sus labios abiertos contra los de él. Fueron muy cálidos y dulces y calmaron su ansiedad. Con la pesadilla aún fresca en su mente, había una intimidad de ensueño en su beso. Confortada por la presencia de Tucker, cayó inmediatamente dormida de nuevo. Cuando despertó podía oír las voces de hombres en la distancia. Se puso una camiseta ajustada y unas bragas, y siguió a los sonidos del parloteo. Hubo risas suaves y aroma de masculinidad a medida que se acercaba a la cocina. Se paró en la entrada para ver a Tucker abrazando a otro hombre y hablando animadamente. Lilliana iba a salir y ponerse algo más apropiado cuando llamó la atención de Tucker. Él frunció las cejas con desaprobación haciendo que el extraño girara la cara hacia ella. —Bueno, hola allí —la saludó con una cálida sonrisa. Lilliana se sonrojó. —Ya vuelvo —ella intentó salir. —No te vayas por mi culpa. Ven y siéntate con nosotros. Soy Mason McGrath. ¿Y tú eres…? Los ojos de Lilliana se iluminaron. Era hermano de Tucker. Dios mío, el parecido era asombroso. Se veía como una versión más joven de Tucker, solo un poco más bajo, y sus rasgos faciales eran similares, hasta el pequeño hoyuelo en sus mejillas. Su pelo era un desastre de ondas rubio ceniza y era tan guapo y sólido como Tucker. También tenía un agudo sentido del estilo. Lilliana de repente se volvió inconsciente de su atuendo y tendió una mano a Mason.
  • 129.
    —Soy Lillia… Tucker inmediatamenteinterrumpió: —Es solo una amiga. Mason disparó a Tucker una mirada crítica y saludó con la mano titubeando. —Por favor, perdona la grosería de mi hermano. ¿Qué decías? Molesta por la actitud fría y distante de Tucker hacia ella, ya no se sentía tan amable. —Lilliana —susurró ella dejando caer su mano a su lado. —Una amiga —destacó Tucker con un tono decisivo en su voz. —Ya hemos establecido eso —dijo Mason frunciendo la boca a Tucker. Había algo en Mason que Lilliana no podía adivinar. Tal vez eran sus gestos y la forma en que se puso de pie. Tenía un toque casi imperceptible de feminidad cuando la golpeó la comprensión de que era gay. ¿Estaba Tucker avergonzado de eso? ¿Era su razón para ser tan frío y, obviamente, no quería presentarlos el uno al otro? El disgusto de Lilliana aumentó cuando Tucker negó a presentarlos. —Mi hermano ha estado fuera de la vida en el campo por mucho tiempo por lo que tendrás que excusar su mala actitud. Yo, por otra parte, todavía estoy familiarizado con las costumbres y valores en los que crecí y me encantaría tener una charla contigo, Lilliana. Lilliana sonrió con satisfacción por la broma de Mason. —¿De dónde eres? —preguntó Mason sentándose en la isla. —Kansas. Me acabo de mudar aquí hace unos meses. —Qué bonito. ¿Te gusta esto? ¿Cómo conociste a Tucker? Las preguntas de Mason se derramaron y Tucker se puso rápidamente irritado. —Me encanta estar aquí. Mi familia es originaria de esta región. Conocí a Tucker… —¿Dónde te alojas, Mason? —interrumpió Tucker. —Dónde siempre —Mason hizo un guiño a Lilliana y blanqueó los ojos consciente de la descortesía persistente de su hermano. —No vas a hacerlo. Trae tus cosas, te vas a quedar aquí. —Está bien, entonces, Sr. Pantalones mandones —rio Mason, profundo y ronco. Lilliana rio y la ira iluminó los ojos de Tucker. —Lilliana ya se iba. Lilliana se estremeció ante sus palabras y expresión, y Tucker se pasó la mano por el pelo y suspiró profundamente cuando vio la expresión de dolor en su rostro. —Sí, así es. Fue un placer conocerte —dijo Lilliana con tranquila firmeza. Como un verdadero caballero, Mason se puso de pie y tomó la mano de Lilliana en la suya, colocando un suave beso en la parte superior de la misma. —Del mismo modo, querida. Espero que podamos conocernos mejor en otro momento en que Bragas Gruñonas no esté cerca —asintió con la cabeza en dirección a Tucker.
  • 130.
    Lilliana sonrió, perorápidamente salió de la cocina con una sensación de pesadez en el pecho. Su corto tiempo juntos había sido tan increíble pero la actitud de Tucker hacia ella la había dejado con una sensación de vacío que no era bienvenida. Empacó su mochila rápidamente, se dirigió a la puerta principal y esperó junto al coche de Tucker aspirando el aire de la fría mañana. Se apoyó en el vehículo y dejó la bolsa en el suelo, sacudiendo la cabeza con pesar de sí misma. El romance verdaderamente estaba muerto en lo que a ella se refería. Penosamente había querido pasar el resto de la tarde con Tucker en su sala de disciplina pero estaba claro que no iba a suceder. Lilliana oyó partir al coche de Mason y su teléfono sonó. —¿Dónde estás? —preguntó Tucker un poco aterrado. —Esperando en tu coche. Estoy lista para salir. Tucker colgó y a los pocos segundos se reunió con ella junto al auto. —No tienes que irte en este mismo momento. —No, está bien. Ya empaqué. Tucker se puso delante de ella, en silencio, la tensión aumentando en cada segundo. —Si eso es lo que quieres —movió su mano como descartándola. No, eso es lo que Tucker quería, pero Lilliana mantuvo su brusquedad para ocultar su verdadera decepción por la forma en que la había tratado. Tucker cargó su mochila y le abrochó el cinturón en acuerdo con su protocolo habitual y comenzó el viaje de regreso a su casa. Era bastante evidente que Tucker estaba tomando el camino largo lo que la confundió aún más. Si él quería que se fuera a toda costa, ¿por qué el lento viaje de regreso? —¿Tu hermano es gay? —preguntó Lilliana, tratando de romper el incómodo y embarazoso silencio. —Sí. ¿Cómo lo supiste? —Tengo un buen sentido para ese tipo de cosas, supongo. —Caray, yo no lo supe hasta que me lo dijo. —¿Estás avergonzado de ello? Tucker giró la cabeza a un lado y la miró con frialdad. —Mierda, no. Amo a mi hermano y estoy orgulloso de sus logros. Me importa una mierda sus preferencias sexuales —dijo con una voz grave, cruda. Perturbada, Lilliana se cruzó de brazos y deliberadamente miró hacia otro lado. —Entonces, soy yo la que te da vergüenza —contraatacó Lilliana tratando de mantener su frágil control. Justo en ese momento se detuvieron en un semáforo. —No seas ridícula. Eres hermosa, inteligente y fuerte. ¿Por qué diablos iba yo a estar avergonzado de ti? Es solo que no necesito a Mason corriendo de nuevo a mi familia y cotorreándole a todos que he conocido a una mujer… —la voz de Tucker se suavizó perdiendo su filo acerado—. Sobre todo teniendo en cuenta que acabamos de conocernos y que no sabemos adónde va esta cosa. Tucker había dado en el clavo que no podía discutir. Pero sus acciones aún ardían. Ella solo quería ser presentada, no adorada y adulada. Permaneció inmóvil mirando por la ventanilla.
  • 131.
    Tucker resopló. —Si hubierasabido que iba a ser tan dramático te habría presentado. No hubo ningún drama según la opinión de Lilliana. —Me alegro de que no nos presentaras. Tus acciones me mostraron dónde estoy parada. —trató de mantener la serenidad pero su voz se elevó una octava y Tucker volvió la cabeza para mirarla. —¿Dónde crees que estoy parado cuando se trata de ti? —los ojos de Tucker se aferraban a ella, analizando su reacción a la pregunta mientras esperaba su respuesta. —En el mismo lugar donde yo estoy parada. Esta cosa podría haber ido para cualquier lado pero me alegra saber desde el principio que no me tomas en serio. Me ahorra muchos dolores de cabeza a largo plazo —respondió con ligera amargura. Sin mirarlo directamente, Lilliana podía verlo sacudir la cabeza. Los diez minutos que tardó para volver a su casa fueron terriblemente silenciosos. Cuando llegaron a la carretera principal hacia el camino de entrada, Lilliana le dijo que parara. —Déjame aquí. Me vendrá bien el aire fresco. —Lilliana saltó del coche y cogió su bolso del asiento trasero cerrando la puerta con suavidad. Volviéndose para caminar hacia su puerta oyó la ventanilla del pasajero deslizarse hacia abajo. —Lilly —le gritó Tucker. Lilliana dio la vuelta y se agachó en la ventanilla. —Quiero verte de nuevo. —Oh, lo harás. Tienes una cita de seguimiento el miércoles a las 10:00 am. Nos vemos entonces. Lilliana dio la vuelta y se alejó con su bolso en el hombro oscilante con sus caderas. Testaruda. Jodida. Mujer. Tucker la observó hasta que llegó al rellano del portal de su casa y volvió a su coche para regresar a la ciudad. ¿Así que era eso? ¿Él se olvidó de presentarla a su hermano y ahora todo había terminado? ¿Cuál fue la gran cosa de mierda? Tucker recordó entre lágrimas el sueño de Lilliana y la promesa que le había hecho. Su suave voz entraba y salía de sus pensamientos mientras iba camino a casa. Le hablaba en serio en la medida de lo que podía ser. Demonios, ella fue la que dijo que no eran el uno para el otro. ¿Por qué entonces agonizar por la pérdida de algo que nunca existió? No solo era obstinada, era una maldita indecisa. Tucker rio para sus adentros. Tan única como era, también podía ser una mujer típica. Tucker marcó el número de Mason. Sonó varias veces antes de ir al correo de voz. Mason se destacaba por no responder su teléfono y Tucker suspiró con irritación. Su visita fue espontánea y una muy grata sorpresa. Al parecer, su madre había telefoneado a Mason para hablarle de su conversación y su preocupación por el bienestar emocional de Tucker. Sin duda ella también le había mencionado sus sospechas sobre que estaba viendo a alguien. De vuelta en su casa, Tucker hizo su cama. Cogió la almohada donde Lilliana había dormido y se lo llevó a la nariz. Su perfume aún persistía en ella y su necesidad de dominarla se agitaba en su interior ¿Era así realmente? Ni siquiera había llegado a experimentar plenamente con sus límites o hacerle las cosas que quería. Estaba pasando un mal momento al llegar a la conclusión de que
  • 132.
    nunca iba allegar a hacer esas cosas y lo negó a sí mismo. Ella ansiaba sus caricias tanto como él por lo que seguramente lo llamaría con ganas de más de su seducción magistral. El teléfono de Tucker sonó. Y allí estaba ella, llamando ya, con ganas de volver a verlo. Tucker sonrió con satisfacción y buscó su teléfono solo para ver el nombre de su hermano, que se mostraba en la pantalla. —¿Qué hay para cenar, Tuck? —Mason se rio al teléfono. El anochecer llegó y Mason se ubicó en una de las suites. La cena y la conversación había sido placentera y Tucker se había olvidado de la abrupta salida de Lilliana de su vida. Afortunadamente, Mason no lo había aguijoneado para hablar y solo se quedó con el recuerdo de su fin de semana llenos de pasión sin drama. Tucker se encontraba en la cama, leyendo sobre finanzas y buscando anuncios de tierras en venta online, pero Lilliana seguía filtrándose en sus pensamientos. Su teléfono sonó señalando un mensaje de texto y Tucker sonrió para sus adentros. Justo a tiempo, pensó. Cogió el teléfono y se decepcionó de nuevo para ver que no era de ella. En cambio, era un mensaje de su joyero comunicándole que el artículo que había ordenado estaba listo, lo que le recordó que Lilliana había puesto fin a su breve relación. Para Tucker, había sentido que era más que una cosa pasajera. Sus expresiones íntimas e ingeniosas y sus bromas eran emocionantes y nuevas. Su familiaridad con el tipo de música que le gustaba, sus similitudes en crianzas y sus intercambios sarcásticos eran cosas que dudaba pudiera encontrar en ninguna otra persona. Tucker dormía incómodamente esa noche. Supuso que podría tener algo que ver con el hecho de que el olor de Lilliana todavía estaba en las sábanas y la funda de almohada. Se despertó a las 3:00 de la mañana y tiró la almohada al suelo con la esperanza de dejar de soñar con la mujer hermosa y frustrante con el pelo oscuro que se cernía sobre sus sueños. No sirvió de nada. Todavía hizo continuas apariciones en cada uno de sus sueños el resto de la noche. El lunes por la mañana dio vueltas y su malhumor era evidente para todo el mundo en la oficina, y todos lo evitaban. Continuamente comprobaba su teléfono pero lo único que le llegaba estaba relacionado con el trabajo. Lilliana no iba a llamar y él lo sabía condenadamente bien. Era demasiado testaruda para eso. Había herido sus sentimientos al ser tan frío con ella delante de Mason y ahora se estaba pateando a sí mismo por eso. Le había presentado a su familia a mujeres que le interesaban menos que Lilliana, así que ¿qué demonios era su problema? Solo que no quería ver la decepción en los ojos de sus padres cuando les decía, otra vez, que las cosas no habían funcionado y el aluvión de preguntas que ello produciría. Exasperado pensando en Lilliana y lo que podría haber sido, Tucker se tragó su orgullo y le envió un mensaje. McG: 15:44: ¿Qué hora dijiste que era mi cita el miércoles? Malo. Jodido. Flojo. Y Tucker lo sabía. Puso los ojos en blanco ante su estúpido intento de tratar de entablar una conversación con Lilliana.
  • 133.
    Lilliana: 15:47: 10. Sumensaje era conciso y al grano. ¿Qué más podía esperar después de la forma en que la había tratado? McG: 15:49: ¿Puedo conseguir una antes? Tengo una agenda muy ocupada esta semana. Una vez más, maldito, pobre. Lilliana: 15:55 No estoy segura. Tienes que llamar a la recepcionista y preguntar. ¿Necesitas el número? McG: 15:58: No. Yo lo tengo. ¿Lo puedes comprobar por mí? Lilliana: 16:01: Si. BRB Tucker se sentó con impaciencia a la espera de su próxima respuesta. Mañana estaría bien. Ahora estaría mejor, pero sabía que cerrarían el consultorio en breve. Lilliana: 16:13: Lo más pronto es mañana a las 15:00. Tu asistente será Sue Ellen. El corazón de Tucker se hundió. ¿La había trastornado tanto que lo iba a apartar completamente? McG: 16:15: ¿Por qué tú no? Lilliana: 16:16: La venta de mi apartamento en KS de repente se cayó. : ( Tengo que volver y tratar con el papeleo, salgo mañana por la tarde, estoy menos que emocionada. Sue Ellen es buena y linda. Vosotros dos deberíais hacer buenas migas…… Tucker no estaba interesado en Sue Ellen, quien diablos fuera ella, independientemente de si estuviera o no linda. Dio instrucciones de inmediato a Ariel de que buscara la venta del apartamento de Lilliana para ver qué demonios estaba pasando. Las ventas no se caen de repente. Hay factores atenuantes y siempre hay un poco preaviso. Adam. Tucker apretó los dientes pensando en la forma en que había hablado con Lilliana por teléfono y su amenaza se oía desde la habitación contigua. Sospechó que pudiera haber tenido algo que ver con la pérdida de la venta y no había forma en el cielo o en el infierno que permitiría a Lilliana estar en el mismo estado, por no hablar de la misma ciudad, que Adam. McG: 16:24: Gracias, pero no necesito ayuda en el departamento de citas.
  • 134.
    Lilliana: 16:25: No.Tú no. Lo haces muy bien por tu cuenta. Ciao, mascota. La fría respuesta de Lilliana lo desequilibró. Revolvió su teléfono entre sus manos antes de escribir su respuesta. McG: 04:27: Me robaste mi línea. Lilliana: 04:29: No te preocupes. No lo voy a usar nunca más. Tengo que ir a casa y hacer las maletas. Adiós. Adiós. Tucker no le gustó la forma en que la palabra colgaba en la pantalla de su teléfono, burlándose y recordándole cómo había cagado las cosas con ella. Tucker llamó a Ariel a su oficina para que las cosas se aclararan rápidamente. Cuando todo estuviera dicho y hecho, no habría ninguna necesidad de que Lilliana tuviera que hacer un viaje a Kansas —ahora o nunca más.
  • 135.
    17. Lilliana se quedómirando el último mensaje que envió a Tucker. Adiós. Odiaba esa palabra. Sonaba a final, pero eso es lo que había querido que fuera. Quería a Tucker, pero sabía que era malo para ella. Lo había sabido todo el tiempo. Desde el primer momento en que puso los ojos en su sonrisa perfecta, cada fibra de su cuerpo le advirtió en contra de él. Pero, maldita sea, si él no era el sexo personificado. Incluso fue dulce y tierno, en ocasiones, como cuando la había calmado por la pesadilla y la sostuvo en sus brazos. Su fuerte cuerpo se había sentido tan bien presionado contra ella; su boca y su deliciosamente seductora sonrisa… y esa habitación con todo el equipamiento misteriosamente sexy… Se mordió el labio inferior con dureza y el dolor la hizo volver a la realidad. Ella tenía tendencia a idealizar las cosas y no iba a permitirlo esta vez. Tucker no había querido presentarla a su hermano y fue una sorpresa muy desagradable descubrir lo que realmente sentía por ella. Claro, él la encontraba atractiva y quería corromperla en su cuarto de disciplina. ¿Y qué? ¿Ella era buena solo para eso, una follada? No, ella se merecía algo mejor que eso. Y a decir verdad, quería más. ¿Cuánto más?, no lo sabía, pero quería más que solo ser folla-amiga de alguien. Lilliana empacó lentamente cuando llegó a casa. Temía estar de vuelta en el condado de Cloud porque sabía que Adam estaría husmeando y creando problemas. También temía enfrentar una mañana ocupada en el trabajo seguida de un largo vuelo. Aunque no tenía hambre, se obligó a comer un refrigerio ligero e ir a la cama temprano. Acostada en la cama, miró hacia el techo negro pensando en la extraña cama de madera que estaba en la sala de disciplina de Tucker. Cerró los ojos y se imaginó a sí misma con grilletes a la cruz, con las manos atadas sobre su cabeza y las piernas abiertas con los tobillos esposados en cada esquina. ¿Qué cosas haría Tucker con ella? ¿Daño? No, no creía que fuera ese tipo de hombre. Justo cuando el sueño estaba a punto de atraparla, el sonido del teléfono la despertó. McG: 20:38: Dejaste tus CDs en mi casa. Lilliana: 20:40: ¿Me despertaste para decirme eso? McG: 20:41: ¿Estabas durmiendo a estas horas? ¿Qué, tienes 80? Lilliana: 20:44: Algunos días me siento así. Tengo un día ocupado mañana ¿o lo has olvidado? McG: 08:45: No. Entonces, ¿quieres que te los lleve? Lilliana se frotó los ojos. ¿Tucker estaba deliberadamente tratando de hacer las cosas más difíciles para ella?
  • 136.
    Lilliana: 20:46: No.Puedes dejarlos en el consultorio mañana cuando tengas tu cita. Buenas noches. McG: 20:47: Lilly… mi mascota… Lilliana suspiró y parpadeó con perplejidad, mientras esperaba la respuesta de Tucker. Impaciente y cansada, le envió un mensaje de vuelta. Lilliana: 20:50: No estoy sex-teando contigo. No ahora. No más. Bnas noches. McG: 20:51: Iba a decirte que he cancelado tu vuelo a KS y te conseguí un reembolso. Los trámites para tu apartamento se están haciendo esta noche y deberían estar aquí temprano por la tarde. Estaría encantado de repasar las condiciones de la venta contigo en algún momento. Déjame saber si estás interesada en utilizar mi experiencia en estos asuntos. De forma gratuita, por supuesto. De nada y buenas noches. Lilliana quedó mirando el mensaje con exasperación aturdida. ¿Cómo lo hizo Tucker? Supuso que era por su infinito conocimiento sobre las leyes de bienes raíces y eso. Cualquiera que fuera el caso, Lilliana estaba agradecida por no tener que lidiar con eso ni con Adam. Sus sueños fueron más agradables que los de la noche anterior y se despertó temprano. En el trabajo, se las arregló para cambiar el horario de modo que iba a ser la que viera los molares de Tucker esa tarde. Cuando la hora del almuerzo llegó, recibió un mensaje de Tucker y su boca se curvó en una sonrisa inconsciente pensando en sus esfuerzos para ayudarla. Realmente podía ser amable. McG: 12:10: El papeleo de tu apartamento llegó hoy. EMO25 , no estás pidiendo lo suficientemente por él así que puede ser una bendición disfrazada que la venta no se haya concretado. Debemos discutir más esto en persona. Sí, en persona sonaba bien, pero no necesitaba la tentación. Lilliana humedeció sus labios nerviosamente mientras respondía. Lilliana: 12:12: ¿Por qué no me enviaste los papeles directamente a mí? McG: 12:13: Me encargué de echarles un vistazo primero. Lilliana: 12:15: Arrogante26 como siempre. McG: 12:16: Corrección, Sra. Norris: CALIENTE como siempre. ;) 25 En el original IMO: in my opinión= En Mi Opinión 26 Juego de palabras: Haughty (Arrogante) con Hotty (Caliente), que se pronuncian parecido.
  • 137.
    Lilliana: 12:17: Porcierto, gracias por tu ayuda en este asunto. McG: 12:19: Mis motivos eran un tanto egoístas por lo que las gracias no son necesario. Lilliana: 12:22: ¿Cómo es eso? McG: 12:23: ¿Tengo que deletrearlo? Lilliana: 12:24: Al parecer. McG: 12:27: No quiero que veas a Adam. Lilliana vaciló, desgarrada por las emociones en conflicto. ¿Por qué debería importarle a Tucker? Demonios, ella no era lo suficientemente buena para conocer a su familia, ¿qué le importaba si veía a Adam o no? Lilliana: 12:30: Adam no era el tema en cuestión y no era la razón por la que iba. Mi apartamento lo era. McG: 12:32: Eres ingenua si no crees que estas dos cuestiones son una y la misma. Se le hizo un nudo en la garganta. Seguro como la mierda que no era una ingenua, pero nunca se le ocurrió que Adam llegaría a tales medidas solo para verla. Cuanto más pensaba en ello, más furiosa se ponía. Lilliana: 12:34: Gracias por ponerme en aviso. Mierda. Adam. Con los últimos minutos de la hora del almuerzo, ella salió a la calle y marcó el número de Adam. Él apenas respondió cuando ella lo atacó. —¡Eres un manipulador hijo de puta! ¿Qué te da el derecho a joder mi vida? ¡Ese dinero iba a ayudarme a mantener la tierra de Margo! —Cuida tu lenguaje, nena —Adam rechinó los dientes. Su tono despectivo y el uso del temido término de nena provocaron furia en ella. —Juro por Cristo, Adam, que si tuviste que ver algo con la pérdida de la venta… —¿Qué harás? ¿Llorar para que mami y la tía Margo vengan y te rescaten como siempre lo hicieron? No tienes a nadie excepto a mí, así que será mejor que bajes la voz y empieces a mostrarme un poco de maldito respeto. Lilliana habló con una voz ahogada por las lágrimas: —Te odio, Adam, y nunca voy a volver contigo. N-U-N-C-A. Prefiero ser atacada con lepra vaginal que ser sometida a tus mentiras y estupideces. No me llames una puta vez más o presentaré cargos en tu culo.
  • 138.
    Lilliana pulsó elbotón de colgar y rígidamente mantuvo sus lágrimas a raya. ¿Cómo podría Adam mencionar algo tan cruel como que estaba sola y sin el amor y apoyo de su familia? En ese momento, Dana salió al estacionamiento y puso una mano en su hombro. —¿Estás bien, cariño —preguntó en voz baja. —No, no lo estoy. Mi ex puede haberme costado mi tierra —dijo resoplando. —Oh, Lil, lo siento mucho. ¿Qué puedo hacer para ayudar? No había nada que Dana pudiera hacer, pero sus ojos tristes y su lamentable intento de sonrisa calentaron el corazón de Lilliana. Necesitaba una amiga, sobre todo ahora, y dio la bienvenida al interés de Dana. Ella envolvió sus brazos alrededor de los hombros de Lilliana y la abrazó. Apartándose, los ojos de Dana se iluminaron. —¿Quieres que lo patee a la basura para ti? Porque yo quiero hacerlo, Lil. Lilliana consiguió esbozar una sonrisa y con la determinación que estaba instalada en ella, continuó sombría el resto de su día contando los minutos hasta que pudo ver el hermoso rostro de Tucker y su sonrisa sensual. Siempre puntual, Tucker apareció cinco minutos antes de lo previsto y Lilliana lo observó mientras se sentaba en el sillón dental. La confianza en sí mismo y su robustez eran deliciosamente atractivas. Como de costumbre, iba vestido impecablemente con un traje gris oscuro con oxfords negros. Se acomodó, se aflojó la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa y mientras lo hacía, el olor de su tentadora loción para después de afeitar flotaba hasta la nariz de Lilliana. Su cuerpo desnudo, esculpido y tatuado destelló en su mente y su coño susurró suavemente su anhelo por él. Ella necesitaba mostrar seriedad si estaban juntos porque Tucker tenía una forma inquietante de leer su lenguaje corporal y, sin duda, iba a notar cómo se sentía ella. Tal vez enviar a Sue Ellen a tratar con él no era tan mala idea después de todo. Lilliana se recordó la forma en que él la había despedido frente a Mason. Se volvió para irse antes de que la viera pero ella estaba tan fuera de sí que se dió contra el borde de la pared haciendo un ruidoso alboroto. Tucker volvió la cabeza y cuando sus ojos se encontraron intercambiaron una sonrisa cortés simultánea. —Tenía la esperanza de volver a verte —la saludó Tucker. Lilliana se aclaró la garganta y acercó una silla justo delante de él sin decir nada. Encendió la luz superior brillante y, lentamente reclinó hacia atrás la silla mientras lo estudiaba. Ella tenía una expresión en blanco en su cara y su boca estaba abierta con asombro ante su atractivo, incluso bajo la iluminación tan fuerte. Los ojos de Tucker se fijaron en su expresión y las comisuras de su boca se elevaron en una invitación tácita. —Relájate y recuéstate, por favor —le instruyó Lilliana, tratando de seguir siendo profesional. Un músculo tembló en la mandíbula de Tucker. —Normalmente soy yo el que dice eso —declaró elevando su ceja derecha un instante. Lilliana luchó por mantener aún más el tono despreocupado para demostrarse a sí misma y a él que era inmune a sus insinuaciones sexuales. —Abre bien —Tan pronto como las palabras salieron de su boca, un rubor inoportuno de vergüenza se deslizó por sus mejillas. —Eso también. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? —Tucker sonrió lascivamente.
  • 139.
    Lilliana tomó unbloque de mordida y Tucker parecía disfrutar de su lucha por recuperar la compostura. Cuando ella llevó el bloque a sus labios, él rozó sus dedos ligeramente sobre su antebrazo desnudo. Sus ojos se clavaron en los suyos y le apartó el brazo. —¿Te gustaría que venga Sue Ellen para terminar este examen? —amenazó; la incertidumbre de su declaración hizo que su voz saliera más áspera de lo que pretendía. La boca de Tucker formó una línea dura, delgada y la miró con cautela. Finalmente abrió la boca y Lilliana deslizó el bloque de mordida suavemente y se puso enseguida a trabajar. —Las encías parecen estar sanando muy bien. ¿Estás teniendo problemas con el dolor? — preguntó ella, inspeccionando el interior de su boca con un espejo dental. —Nuh-huh —murmuró Tucker. —Maldito seas Tuck…, tus dientes son tan bell… —Lilliana cerró la boca con un chasquido cuando se dio cuenta de la reveladora declaración que estaba a punto de largar. —¿Seh? ¿Ehtabah dehendo? —Él sonrió torcidamente. Lilliana se levantó bruscamente. —El Dr. York vendrá a verte. Antes de que pudiera escapar, Tucker extendió la mano y le agarró la muñeca con fuerza tirándola hacia él. Con la otra mano se sacó la pieza de mordida. —Parece que me he olvidado tus CD. Voy a tener que llevarlos a tu casa más tarde —la expresión de los ojos de caramelo marrón de Tucker parecía suplicar por algo inexplicable. Lilliana juntó sus cejas. —Para no querer tener nada conmigo, seguro que estás haciendo un gran esfuerzo para verme. Una mirada perpleja brilló en los ojos de Tucker. —Nunca dije que no quería tener nada que ver contigo. —No voy a ser tu follamiga o chica para sexo ocasional Tucker. Tucker negó con la cabeza y su boca se torció en una sonrisa irónica. Justo cuando estaba a punto de hablar, el Dr. York entró en la habitación y pudo escapar de la ira que Tucker estaba a punto de desatar en ella. Después de su última cita y cuando salía, su teléfono sonó. McG: 16:35: Nunca me respondiste acerca de llevarte tus CD. Lilliana decidió, definitivamente, no responder de nuevo. Condujo hasta su casa, todo el tiempo luchando contra el impulso de llamar a Tucker, desgastada por su petulancia e inmadurez. Ella era una mujer de 32 años y se encontró con reacciones de una adolescente y era enloquecedor como el diablo. Todo sobre Tucker le hizo perder todo control de sí misma y actuar de manera ilógica. Pensó que la falta de sexo y la sobrecarga hormonal le fueron nublando el cerebro. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Amor? Lilliana resopló en voz alta y puso los ojos en blanco. No, definitivamente no era amor. La lujuria y amor a su polla, sí, pero el amor, absolutamente y sin duda, no. Por fin de vuelta en casa, se duchó y preparó la cena. Se alegró de ver que Tucker no le había enviado más mensajes de texto, aunque en el fondo tenía la esperanza de hablar con él por última
  • 140.
    vez. Trató dehacer algunas compras en línea para borrar de su mente las horribles acciones de Adam y los fríos sentimientos de Tucker en frente de Mason y, finalmente, se quedó dormida en su sofá. Lilliana sintió las manos calientes sobre su cuerpo, sus brazos, su rostro; los dedos por el pelo; labios cálidos y suaves rozar su boca. Fue un sueño agradable del que no quería despertar de momento. —Tucker… —susurró, reconociendo su toque familiar. —Sí, mascota, estoy aquí. Su voz era tranquila y relajante, pero muy real. Lilliana abrió sus ojos para ver a Tucker arrodillado a su lado, a pocos centímetros de su rostro. Se quedó inmóvil, con la mente incapaz de comprender el aspecto sereno y necesitado en sus ojos. —¿Cómo has entrado? —Susurró. —Dejaste la puerta abierta. Deberías tener más cuidado con eso. Los ojos de Tucker repasaron su rostro, luego curvó sus dedos debajo de la barbilla y revolotearon en su cuello. Tan pronto como sus largos dedos tocaron el calor de su carne se sintió segura. Lilliana cuadró los hombros y su cuerpo se puso rígido. —¿Por qué estás aquí? —Condenado Dios, deja de ser tan malpensada. Te deseo. ¿De cuántas maneras tengo que decirlo? El cuerpo de Lilliana se hundió en el sofá y cogió una pelusa imaginaria de su camisa para evitar su mirada severa, pero con tacto firme levantó su barbilla. Un escalofrío de deseo la recorrió ante los ojos ardientes de Tucker. —No debería haber sido tan mierda contigo delante de mi hermano. Simplemente no quiero tener que explicar las cosas a mis padres si no salen bien. Las palabras de Tucker fueron sentidas. Lilliana recordó una vez que él le dijo que no necesitaba explicar sus acciones, pero se alegró de que lo hubiera hecho de todos modos. El calor que emanaba de su cuerpo era insoportable y Lilliana le pasó los dedos por el pelo grueso, acercando su boca a la de ella. El corazón le martilleaba en los oídos mientras sus labios se acercaban un poco más. La boca de Tucker cubrió sus labios con avidez y él metió la lengua buscando en su boca. Lilliana gimió su aprobación mientras le mordisqueaba el labio inferior. Tucker se apartó suavemente solo para recuperar su boca de nuevo, más exigente que antes. Sus labios quemaron un camino por su cuello hasta sus hombros y continuó explorando su cuerpo con su boca. Tucker desgarró y arrojó su camiseta dejando al descubierto sus pechos. Sus labios provocaban a los brotes rosados apretados de sus pezones poniéndolos entre los dientes, tirando de ellos hasta un punto, mientras sus manos recorrían su cuerpo. Impaciente, metió la mano en sus pantalones deportivos y más allá de sus bragas. Excavando sus dedos en su coño mojado, su lengua chasqueó por sus costillas hasta su estómago. —Tan mojada… —susurró Tucker contra su ombligo. Los dedos de Tucker entraban y salían a un ritmo lento, cada embestida más profunda que la anterior. Inclinó la cabeza y sus ojos se posaron en el movimiento de su mano mientras trataba de bajar sus pantalones para ver su monte.
  • 141.
    Lilliana se levantósobre sus codos para ver el espectáculo también. Tucker levantó la cabeza y le sonrió. —¿Tienes alguna idea de lo hermosa que eres, Lilly? No, ella no la tenía, pero se deleitaba del hecho de que Tucker lo creyera y eso era suficiente. Tucker quitó la mano y llevó los dedos a la boca de Lilliana pasándolos por sus labios. Ella deslizó la lengua por los labios, saboreando sus propios jugos salados. La mirada de Tucker cayó de los ojos de Lilliana a su boca y le ofreció de repente, una sonrisa de infarto antes de reclamar su boca una vez más. Su lengua entraba y salía burlándose sin descanso mientras sus grandes y fuertes manos torturaban su cuerpo con lentas caricias. Una sensación de hormigueo que se inició en los dedos del pie y se abrió camino hasta el fondo de su vientre, donde se instaló palpitante. Ella sufría porque su polla se metiera en ella y clavó los dedos en sus hombros para retransmitir su mensaje tácito. —¿Me quieres, Lilly? —Tucker sopló en su abierta y jadeante boca. Lilliana no pudo parar de verter fuera de ella las palabras necesitadas y desesperadas. —Sí, sí… Dios, sí. Él levantó una ceja. —¿Todavía piensas que no somos el uno para el otro? —Por supuesto. Sin lugar a dudas. Pero todavía te necesito —gimió. —Te equivocas, y me he cansado de los malditos juegos contigo. Te quiero a ti, todo de ti. Te voy a llevar a casa y joder de la forma en que estás destinada a ser follada y demostrarte de una vez por todas que somos el uno para el otro. El corazón de Lilliana se sacudió y su pulso latía en sus venas. Incapaz de pensar con claridad, negó con la cabeza y se agarró el cabello con su puño tratando de aclarar sus pensamientos. La arrogancia de Tucker era molesta pero sabía que no tenía sentido negar aquello de lo que absolutamente no se cansaba, de su toque. Tucker se puso de pie con la polla dura pidiendo ser liberada de sus pantalones. La levantó del sofá en sus brazos. Con el bolso todavía sin desempacar a cuestas, la llevó hasta su coche. El conducir hasta a su casa se sintió incómodo a causa de su erección y cambió de posición cada pocos segundos tratando de acomodarse. Su mirada volvía al cuerpo de ella una y otra vez mientras inclinaba su asiento hacia atrás y lo miraba con lujuria. Sus ojos verdes moteados se clavaron en él en silenciosa espera de lo que iba suceder. Su aura irradiaba puro sex-appeal y atraía a Tucker como un imán. Las manos de Lilliana vagaron sobre su propio cuerpo, sobre sus pechos, acariciando sus muslos y pasando sus manos sobre su vientre como si fuera incapaz de resistirse a su propio toque. —Eso es, juega contigo misma, Lilly. Prepara ese coño para mí —ordenó Tucker. Lilliana coló una mano en sus pantalones de chándal y empezó acariciarse con los dedos; sus ojos viajaron por el rostro de Tucker buscando aprobación mientras sus respiraciones superficiales revoloteaban entre sus labios. Tucker le metió su mano libre debajo de la camiseta y le masajeó un pecho, pellizcando el pezón con dureza y haciéndola gemir y resoplar.
  • 142.
    Estaba teniendo dificultadespara concentrarse por sus ojos fijos en el movimiento de la mano dentro de sus pantalones. Cuando se detuvieron en un semáforo, Tucker deslizó su mano en las bragas de Lilliana, por encima de su propia mano, guiando sus movimientos. El semáforo se puso en verde y una bocina sonó detrás de ellos, por lo que debieron seguir adelante. Tucker sacó su mano y ella gimió con sus ojos implorándole que se diera prisa. Tucker estaba fuera de sí y casi listo para escurrirse directo por su piel, con prisa por llevarla a su cuarto de disciplina. La quería atada, húmeda y lista para ser tomada. Lilliana debió haber percibido sus pensamientos porque rápidamente se desabrochó el cinturón de seguridad y hundió el rostro en su cuello mientras ella llegó a sus brazos alrededor de sus hombros. —Me llevas a la locura, Tucker McGrath. Maldito seas por ser tan irresistible. Tucker se rio entre dientes y gruñó cuando ella deslizó su lengua dentro del pabellón de su oreja y le mordisqueó el lóbulo. Sus manos se deslizaron con fuerza sobre el volante de cuero cuando la boca de Lilliana vagó por su cuello y hundió sus dientes en su carne salada. —Mmm, Tucker…—gimió. Su mano agarró la polla a través del pantalón, por lo que Tucker perdió el foco y viró el coche peligrosamente cerca de la línea central. Lilliana procedió a desabrochar sus pantalones y meter su mano dentro de él para acariciarlo con fuerza. El feroz amasado de su polla envió corriente a lo largo de él por lo que su visión se volvió borrosa. Una vez más el Maserati se salió del camino, esta vez hacia al arcén, lo que obligó a Tucker a sacar la mano de Lilliana de sus pantalones. —Ya casi llegamos. No quiero terminar lesionado a un lado de la carretera con una furiosa erección. Joder, los periódicos les encantaría imprimir eso. Lilliana soltó una risita y se alisó el pelo despeinado. —Sé que lo harían. Solo unos minutos más tarde llegaron y ambos prácticamente cayeron uno sobre otro para entrar en la casa, dejando su bolso para después. Tucker perdió el llavero demasiado ansioso por calmar sus manos. Lilliana lo tomó y abrió la puerta anhelante por entrar. Ella tímidamente miró a Tucker y sonrió con aire de culpabilidad. —No estoy pasando por encima tuyo, solo estoy ayudando. Tucker frunció los labios conteniendo la sonrisa que amenazaba con soltarse. Una vez dentro, Tucker ordenó claramente. —Espérame en la sala de disciplina, desnuda y de rodillas. Tenía que prepararse mentalmente antes de que pudiera hacer frente a Lilliana. Estaba tan excitado que temía un final rápido a su encuentro. Quería disfrutarla durante todo el tiempo que pudiera aguantar y sabía que mantenerla en espera haría que su experiencia fuera aún más intensa. Después de desnudarse en su dormitorio, se puso una bata de felpa negra, y tomó algunos condones de su mesita de noche. Tucker se dirigió hacia Lilliana abriendo la puerta lentamente. Para su asombro absoluto, ella había hecho exactamente lo que le dijo. De pie, en la puerta abierta, la
  • 143.
    miraba mientras loesperaba de rodillas. Ella no lo había visto y tenía los ojos errantes por toda la habitación observando todo. Tucker abrió su bata y entró, cerrando la puerta suavemente y atenuando las luces. Los ojos de Lilliana se encontraron con los suyos pero lenta y seductoramente su mirada se movió hacia abajo hasta su polla. Algo intenso brilló en sus pupilas que se lanzaron de nuevo a las suyos. Ella lo quería y podía sentir su anhelo que llenaba la habitación y le rodeaba el cuerpo. Se ubicó directamente frente a ella, tocó la parte superior de la cabeza y pronunció sus alabanzas. —Te ves muy bien de rodillas en esta sala Lilly; aún más hermosa de lo que jamás podría haber imaginado. Es como si pertenecieras aquí de siempre, a mis pies y esperando mi orden. —Me gusta estar de rodillas para ti, Tuck. No… Me encanta estar de rodillas para ti —declaró. —Ya lo sé, mascota, y me encanta verte aquí. Inclinando la cabeza hacia atrás lo miró a la cara y sonrió, el tipo de sonrisa que le decía que estaba contenta, satisfecha y feliz de estar bajo su gobierno. Tucker le tendió la mano y Lilliana colocó la de ella sobre la suya. La puso de pie y señaló la cruz con la cabeza. Los ojos de Lilliana se agrandaron y su respiración se volvió entrecortada y superficial. —No te preocupes, mascota… iremos pasito a pasito —la tranquilizó Tucker. Quería que disfrutara de su tiempo juntos sin miedo y para que aceptara las cosas que traerían su éxtasis y el placer. Tucker la apoyó en la gran estructura de madera y le golpeó la parte interior del tobillo con el pie para que separara las piernas. Se inclinó hacia delante, manteniendo los ojos fijos en los de ella y, suavemente, colocó los grilletes en los tobillos, flojos. El corazón de Tucker estaba latiendo de manera desigual en el pecho mientras se movía por su cuerpo. Sintió una oleada de emoción al ver la fascinación en los ojos de Lilliana mientras se acercaba a su boca. Se inclinó y le dio un delicado beso en la comisura de su boca mientras sus manos rozaron de sus brazos a sus muñecas. Lentamente, le levantó las manos por encima de la cabeza mientras su boca besaba suavemente su cuello. Sin mirar, deslizó sus manos en las muñequeras de cuero que ya estaban sujetas. Estaban demasiado flojas para ser eficaces, pero Tucker quería que se sintiera segura y con ellas no estaba restringida, podría deslizarse hacia fuera en cualquier momento si así lo deseaba. Tendría que ser así, por ahora, hasta que estuviera más cómoda con el entorno y se entregara a él por completo. —Puedes decir basta en cualquier momento y esto terminará. —¿Incluso lo nuestro? —preguntó Lilly con desaliento. Tucker sintió cierto grado de tristeza en su respuesta. ¿Eso es lo que pensaba? ¿Que si ella no se entregaba a él, iba a terminar la cosa? Estudió sus ojos aterrorizados y pasó el dedo índice sobre la boca. —No. Si quieres que simplemente haga el amor contigo, lo haré, y no va a significar el fin de nosotros. —Pero eso no es lo que quieres, ¿verdad? —No es lo único que quiero. Pero te quiero a ti. El cuerpo de Lilliana se relajó, su respiración se ralentizó y su rostro adquirió un brillo que era vibrante y entusiasta. —Entonces vamos a averiguar si me gusta o no, ¿de acuerdo? —susurró.
  • 144.
    La invitación deLilliana era difícil de resistir. Tucker quería asegurarse de que Lilliana experimentara todo lo que tenía para ofrecerle, y hacerlo de modo que ella nunca quisiera el toque de otro hombre nunca más. —Desafío aceptado —sonrió Tucker y su voz se quebró con ronquera—. Voy a follarte como si nunca te hubieran jodido antes, mascota. Voy a dejarte incapaz de pensar y vulnerable, abierta a aceptar mi voluntad. Voy a devastarte y hacer imposible que cualquier otro hombre te satisfaga de la forma en que lo haré. Voy a hacerte sentir cosas que ningún otro hombre hará y no querrás a ningún otro después de que haya terminado contigo. Sé que piensas que estoy siendo arrogante, y quizás lo sea, pero tengo la intención de mantener mi palabra sin preocuparme por lo difícil que pueda ser y ni importarme cuánto tiempo tomará. Esta no será una pequeña empresa debido a los muros que has levantado Lilly, pero te prometo que, antes de que la noche termine: Yo. Te. Arruinaré.
  • 145.
    18. La anticipación prolongadade estar en la pequeña habitación a solas con Tucker era casi insoportable, y Lilliana se retorció incómodamente contra la cruz de madera. Arruinada… era una palabra poderosa. ¿Es eso lo que realmente quería? La mirada de Tucker era audaz y confiada cuando la evaluó con franqueza. Su mirada pasó sobre su cara y la dejó caer de sus ojos, a su boca, a sus pechos como tomando cada centímetro necesitado y hormigueante de ella. Diablos, sí, quería ser arruinada. Era como si hubiera abierto una parte de profunda oscuridad de su alma que no sabía que existía mientras permanecía a la espera de lo que fuera lo que quería hacer con su cuerpo. Se trasladó a la pared de los cinturones y bajó un tramo corto, un flogger negro. El mango estaba trenzado decorativamente y el cuero parecía suave, flexible, y tenía la apariencia de ser usado. Ató el extremo del mango sobre su muñeca y la hizo girar en círculos pequeños mientras caminaba hacia Lilliana. El aire alrededor de Tucker crujía con la electricidad sexual y cuando habló, el corazón de Lilliana trepó a su garganta y su respiración se cortó. —¿Qué voy a hacer contigo, Lilliana Norris? Has sido una chica muy traviesa, tal vez ahora debería enseñarte cómo contener esa lengua afilada que tienes. ¿Te gustaría eso? La boca de Lilliana se volvió reseca y apenas podía hablar y, de repente, su cuerpo se sentía pesado y caliente. Ella asintió con la cabeza lentamente. —Dilo, Lilly. Di que has sido una chica mala y mereces ser castigada. Los ojos marrones de Tucker se volvieron negros y un escalofrío recorrió la espalda de Lilliana. ¿Quién demonios era ese hombre? Ciertamente no era el mismo con quien había estado el fin de semana anterior. Sí, tenía la misma aura de confianza y seductora autoridad pero esta presencia ante ella era deliciosamente perversa y alarmantemente peligrosa. El corazón de Lilliana latía en sus oídos y sus ojos estaban clavados en su boca. —Estoy esperando, mascota, y sabes cómo me siento al respecto… ¿no es cierto? —dijo con la voz descendiendo una octava. —Sí, Tuck. He sido una chica muy traviesa —Lilliana finalmente fue capaz de decirlo en un susurro frágil y tímido. Tucker levantó su ceja derecha a su picardía. —¿Y? ¿Realmente iba a hacer que lo dijera? Tucker se acercó a Lilliana y agitó el látigo ligeramente sobre la parte superior de sus muslos. Quedó sorprendida por el movimiento a pesar de que no había ningún dolor involucrado. La voz de Tucker fue baja, gruesa e inflexible cuando dio su orden. —Dilo.
  • 146.
    Recuperándose de supánico injustificado, respondió con voz casi inaudible —Merezco ser castigada. Tucker intuyó la ansiedad de Lilliana y le dedicó una sonrisa que calentó su interior, y ella supo en ese momento que no iba a hacerle daño. —No soy un hombre violento ni sádico, Lilly, y nunca te voy a castigar con ira, así que relaja tu mente. Solo experimentarás tu primera vez, una vez, entonces relájate y disfruta de todas las sensaciones que estás a punto de sentir. Lilliana trató de frenar su energía nerviosa, pero fue un esfuerzo inútil. Estaba demasiado tensa. Las ataduras en sus muñecas eran tan holgadas que sus manos se deslizaban al cabo de un rato debido a la humedad de su sudor. Había sido un gesto cortés y de bienvenida que Tucker había permitido pero estaban mostrando no ser efectiva y hubiera querido experimentar la verdadera restricción. Cuando Tucker comenzó a poner un poco de música en el estéreo, hizo su sencilla petición. —¿Tuck? Tucker volvió la cabeza, mirando por encima del hombro. —¿Puedes apretarlos, por favor? Frente a Lilliana, Tucker abrió la boca y sus ojos se encendieron y ella sabía que había dicho exactamente lo que él quería oír. Se acercó a ella lenta y deliberadamente, ajustó las muñequeras de cuero hasta un apriete todavía cómodo. Su respiración se agitaba por encima de sus mejillas mientras sus manos se movían con destreza y rapidez. Dando un paso atrás, Tucker inspeccionó su trabajo. —Eso está mucho mejor y más adecuado para una pequeña cosa desobediente como tú. Ahora no puedes correr a ningún sitio, ¿verdad? —le hizo un guiño travieso. Los ojos de Lilliana se agrandaron, su pulso se aceleró y de pronto se sintió como Caperucita Roja engañada por el Lobo Feroz. Cerró los ojos y dejó que los sonidos de Ellie Goulding, Lights, penetraran en sus sentidos y ahogaran el sonido de su propio corazón resonando en sus oídos. Comenzó a derivar cuando sintió de repente el escozor del cuero ardiendo a través de su vientre. No estaba preparada y chilló de sorpresa. Sus ojos se abrieron de golpe y miró hacia abajo a su vientre esperando ver sangre saltando en todas las direcciones, pero se alegró de ver solo tenues rayas de color rosa como un remanente de lo que acababa de suceder. La piel se calentó y estremeció, y ese calor se trasladó hasta su ingle. —Ese fue por acusarme de buscarte solo para sexo casual —uno de los lados de la boca de Tucker se levantó en una sonrisa pícara—. Los próximos serán solo para el placer. Tucker trajo el flogger de nuevo y comenzó un aluvión de latigazos ligeros en los muslos superiores, enrojeciendo su carne. Lilliana retorcía y agitaba su cuerpo contra la madera mientras trataba de ajustarse al calor un poco doloroso que emanaba de sus muslos. Su excitación aumentó; su respiración y el ritmo cardíaco se aceleraron. —Profundiza la respiración, Lilly; hazla más lenta. Escucha el sonido de los latidos de tu corazón y trata de centrarte en algo, como mis ojos o boca. Míralos —instruyó Tucker.
  • 147.
    Hizo exactamente loque le dijo y fue como si el tiempo hiciera un alto mientras ella se sumergía en la escena. El cuero brilló sobre su cuerpo, su estómago, los muslos y los pechos, una y otra vez. Después de varios minutos una sensación extraña con la que no estaba familiarizada se enroscó a su alrededor como una manta caliente; su cuerpo se sentía sin peso y como si estuviera flotando en una nube. Tucker dejó caer el látigo al suelo y comenzó a masajear y amasar sus senos mientras besaba y chupaba el cuello, con lo que la sangre subía a la superficie. La piel de Lilliana estaba excesivamente sensibilizada y su cuerpo se retorció incómodamente contra Tucker. De repente, la excitación de Lilliana se volvió un miedo helado mientras se tambaleaba al borde de perder el control. El olor de Tucker, su contacto y cercanía sobrecogían todos sus sentidos mientras se deslizaba dentro y fuera de la realidad. No sabía lo que le estaba sucediendo. Quería más de su toque, más del fuego que encendía en ella, y más de la estruendosa necesidad que se había despertado dentro de ella, pero su respiración se volvió irregular y su pulso se estrelló en sus venas cuando el pánico se retorcía en torno a su corazón. La nube invisible que había estado flotando en desvaneció y su mente y su cuerpo entraron en caída libre. —¡Estoy cayendo! —gritó en voz alta mientras se retorcía contra las muñequeras tratando de liberarse. Los dedos de Tucker se enlazaron con los de ella y la aplastó con el peso de su cuerpo contra la cruz. —Voy a atraparte, Lilly —Tucker respiró con calma en su oído—. Déjate llevar. Deja que todo se apague y vuela, mascota. Vuela… Él le deslizó dos dedos en sus profundidades mojadas, sacándolos y metiéndolos lentamente. Su mente luchaba con lo que le estaba pasando, pero bebió la comodidad de su cercanía. Tucker hizo una pausa para deslizar el condón, y luego regresó a la boca para meter la lengua dentro y susurrar su adoración por cada centímetro de su cuerpo. Él comenzó a asaltarle su coño otra vez con su pene con más fervor y la cálida sensación de un orgasmo empezó a llenar su vientre inferior. Entrelazó sus dedos con ella de nuevo y siguió moliéndola por dentro. Su aliento era caliente y desigual cuando se inclinó al oído de Lilliana. Una capa reluciente de sudor se deslizaba entre sus cuerpos mientras follaban intensamente, y Lilliana le lamió el hueco de la oreja con ganas de saborear su piel salada. Sus gritos sonaban a gemidos ajenos a sus oídos y, después de unos pocos minutos, toda la sangre se disparó a su coño con escalofríos fríos y calientes que marcaban su liberación. Lilliana inconscientemente se arqueó hacia Tucker cuando su cuerpo comenzó a explotar con sensaciones ardientes. —¿Puedes sentir lo bueno que somos uno para el otro, Lilly? Lilliana negó con su cabeza. No, ella no lo admitiría. No a Tucker y no a sí misma. —Deja de negar lo que hay entre nosotros. Es real, es tangible, e innegable. Debemos estar juntos. Tucker penetró con ferocidad en Lilliana, sin piedad, tratando de forzar una confesión de ella. —No —dijo Lilliana ahogada. —Estás forzando a mi misericordia, y todavía eres una jodida obstinada. ¿Qué voy a hacer contigo, Lilliana?
  • 148.
    Tucker se retiróde ella y se arrodilló. Metió los dedos en ella y sin tregua comenzó a rozar con el dedo a su hinchado punto G. Lilliana gritó palabras al azar y empujó sus caderas hacia adelante por instinto. Capturando su clítoris con la boca, Tucker chupó con saña y lo hizo rodar entre sus dientes. Lilliana comenzó a flotar por encima de ella mientras su cuerpo se calentaba a una temperatura insoportable y gritó, con una voz alta que penetraba en el oído. —Di mi nombre. Grítalo para que los vecinos puedan escucharlo. Dile al mundo cómo somos de buenos el uno para el otro —exigió Tucker, con su voz amortiguada contra su coño. —¡Tuck… er! —dijo con la voz quebrada mientras su cuerpo se estremecía contra su abrazo y se corrió, empapándole el pecho. Lilliana cerró los ojos y voló alto y lejos, a algún otro lugar. Tucker se puso de pie de nuevo y hundió su polla profundamente dentro de ella. Su ritmo aumentó brevemente y, de repente se quedó inmóvil, gruñó y apretó las manos de Lilliana con fuerza mientras se corría. Un profundo suspiro de alegría escapó de los labios de Lilliana, y su cuerpo se aflojó y comenzó su descenso. La polla de Tucker se ablandó en su vagina y la dejó desnuda e indefensa, pero aún así… nunca se había sentido tan libre. Ella se elevó a una altura aún mayor que antes y a un lugar que nunca supo que existía. Tucker había cumplido su palabra: la había arruinado, completa y totalmente. Ningún otro hombre sería suficiente y ella lo adoraba y odiaba por ello. ¿Qué pasaría si las cosas no funcionaban? ¿Entonces qué? Los efectos de la suave barbarie de Tucker le habían dejado un desastre emocional mientras su cuerpo temblaba incontrolablemente. Ahora, preguntándose si esta cosa con Tucker duraría, era demasiada tensión en su frágil psique. La enviaron por encima del borde y se derrumbó por completo, llorando, sollozando y gimiendo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sonrojadas. Su liberador Tucker la levantó en sus brazos. Sosteniéndola tan cerca, le exprimió la respiración fuera de ella. —Echa todo afuera, Lilly —le susurró al oído. Ella no tuvo más remedio que dejar ir todo. Todo lo que Adam le había hecho y la forma en que la hacía sentirse cohibida y a la defensiva fue borrada por las manos fuertes de Tucker y su toque irresistible. Él hizo que todo desapareciera. Lilliana también supo que si Tucker le rompía el corazón, ella nunca se recuperaría. —No me dejes —se atragantó, tratando de ahogar sus gritos. Lilliana seguía cayendo desde la altura post-sexual y Tucker sabía que ella no se dio cuenta de lo que estaba diciendo. Sin embargo, en ese momento, su corazón latía solo por ella. Estaba demasiado emocionado para responderle, así que simplemente se la llevó de regreso a su cama. Ella escondió la cara en su cuello mientras su sollozo se calmó lentamente. Sus piernas estaban débiles y solo quería estar junto a ella y abrazarla, pero se las arregló para llegar al baño y agarrar algunos paños húmedos para limpiarlos. Cuando regresó, ella estaba apoyada contra la cabecera, con las rodillas levantadas hacia el pecho. —Siento haber dicho eso —dijo en voz baja, con sus ojos mirando hacia él.
  • 149.
    Tucker limpió suavementelas lágrimas que corrían por sus mejillas limpias. Después, separó sus piernas y la limpió. Cuando terminó, la recostó y tapó con la sábana y finalmente dijo: —Este tipo de unión intensa pone de manifiesto los sentimientos que normalmente ocultamos, por lo que no siempre te arrepentirás de lo que digas en esa habitación. Me gusta cuando tus paredes se derrumban; me muestra lo que realmente eres. Lilliana quedó pensativa y en silencio durante varios minutos. Sus ojos se apagaban y se quedó mirando las luces de la habitación antes de finalmente hablar. Su voz era suave y delicada, y sus ojos hicieron foco en el rostro de Tucker. —Esa fue una mierda poderosa. Entumece la mente y el coño, induce sex-pilepsia, una poderosa explosión del órgano reproductivo. Realmente eres una especie de Dios del látigo sexual. Y así como así, sin filtrar, la ingeniosa y sarcástica Lilly estaba de vuelta. Tucker se quedó mirándola un momento antes de estallar en una carcajada. —Me alegra escuchar que has disfrutado. Hablando de los órganos reproductores… necesitamos conseguirte la píldora. Detesto los preservativos; me roban mi “espíritu”. La sonrisa de Lilliana se desvaneció y ella se mordió la comisura de su labio impacientemente. —Ya las estoy tomando. —¿Por qué no me lo dijiste? Lilliana se sentó y tiró la sábana a un lado mientras que salía de la cama. —No me lo pediste. De todos modos, los condones hacen algo más que evitar el embarazo — respondió mientras se levantó de la cama vacilante. —Soy consciente de eso, pero yo no me acuesto con nadie más. Lilliana saltaba impacientemente de un pie a otro, necesitaba claramente ir al baño. —Incluso si lo hicieras, no lo reconocerías —respondió ella antes de ir en línea recta al baño, obviamente todavía en un estado debilitado por la marcha inestable. Tucker se extendió en la cama y puso sus manos en la nuca. Recordó lo que pasó con Lilliana cuando Adam la engañó, y su temor de contraer una ETS. Pero Tucker no era Adam y por lo que a él concernía, Lilliana era La Mujer y no iba a haber ninguna otra en su vida en el futuro previsible. Cuando Lilliana regresó, se puso una de las camisetas de Tucker y se deslizó junto a él. —Yo no soy Adam —Tucker la miró hacia abajo. —Nunca dije que lo fueras —El tono de Lilliana era plano y su mirada estaba en blanco. —Bueno, entonces podemos hacerlo sin condón. El miedo, crudo e innegable, brillaba en los ojos de Lilliana. Se levantó sobre un codo, sus cejas casi juntas. —No, no podemos. La voz de Tucker estaba tranquila pero revelaba un matiz de disgusto. —No tengo ninguna ETS y yo no te voy a engañar, Lilly. Cuando estoy con una mujer, soy monógamo con ella. La boca de Lilliana se curvó en una mueca aún más profunda.
  • 150.
    —No es nadapersonal, pero he oído todo eso antes. Estoy cansada. Me has usado y abusado y necesito descansar —Lilliana se dio la vuelta y ahuecó su almohada con irritación. —Así que lo que me estás diciendo es: ¿que no confías en mí y que nuestra relación será perpetuamente condenada a usar condones? Lilliana suspiró ruidosamente y le lanzó una mirada atribulada por encima del hombro. —Confié en ti lo suficiente como para dejar que me ates. Dos veces. ¿No es eso suficiente? ¿Realmente tenemos que hablar de esto ahora? Estoy tan cansada. Por favor… Tucker no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente, pero estaba agotado también. Sus pensamientos eran una mezcla de frustración y la especulación en cuanto a lo que podía hacer para meterle en su mente la realidad de su fidelidad. Con los ojos cerrados, la inspiración lo golpeó y se acercó a su teléfono para dejar un mensaje de voz en el consultorio de su médico. Si se trataba de que ella quisiera una prueba sobre su veracidad, entonces sería una prueba dura y tangible que iba a conseguir.
  • 151.
    19. Lilliana despertó tempranocon un leve pánico. Durmió tan profundamente y sus sueños fueron tan reales que olvidó dónde estaba. Una vez más se despertó caliente e incómoda, con Tucker envolviéndola a su alrededor como una manta eléctrica. El sol estaba en el horizonte y eran justo antes de las 7 a.m. Despegó su cuerpo sudado de Tucker y le dio un beso en la mejilla. Después de buscar en sus bolsillos, encontró las llaves y recuperó su bolso del coche; se duchó apresuradamente. Cuando el agua le golpeó la piel todavía sensibilizada, las actividades de la noche anterior inundaron su mente. Se secó y miró su cuerpo en el espejo grande, sorprendiéndose de no ver pruebas de la flagelación que Tucker le había dado. Él era bueno; demasiado bueno. Se echó un poco de su colonia en los pechos y un poco detrás de las orejas y en las muñecas, con ganas de oler a Tucker durante todo el día. Ella no había traído ninguna bata para trabajar, pero en la clínica tenía varios pares de repuesto en caso de derrames o salpicaduras de sangre, por lo que solo tendría que cambiarse cuando llegara al trabajo. Al no tener ningún elemento higiénico propio, tomó prestado el cepillo de dientes y la barra desodorante de Tucker. Fue muy íntimo usar sus cosas y Lilliana sintió eso un poco travieso, pero no tenía otra opción. Justo antes de salir, despertó a Tucker. Sabía que él no solía ir a trabajar hasta cerca de las 9:00 am, así que todavía tenía un montón de tiempo para prepararse. —Despierta, despierta, muchacho-látigo —susurró Lilliana en broma en su oído. Tucker se agitó y gimió, y una sonrisa apareció en su rostro. Sus ojos bailaban con la excitación cuando la enfocó. —Hueles como yo —sonrió. —Por lo mucho que te admiras a ti mismo, eso debe realmente calentarte. Tucker la tiró hacia abajo a la cama con él y hundió la cara en su cuello. —Esa boca, Lilly. Me dan ganas de hacer cosas malas, muy malas —hablaba en silencio contra su piel—. Te has cepillado los dientes, también. ¿Con qué? —preguntó. —Tu cepillo de dientes —respondió sonrojándose. —Me gusta que algo mío este en tu boca tan temprano. Ahora, ¿qué tal si me la chupas antes de desayunar? Lilliana se apartó de Tucker a regañadientes. —Por mucho que me gustaría, no puedo, voy a llegar tarde al trabajo.
  • 152.
    —A la mierdael trabajo. Mi polla necesita atención. Ahora a chupar, mujer. —Tucker agarró la parte superior de la cabeza de Lilliana y trató de empujarla hacia su ingle. Golpeando su mano, Lilliana rio de la agresiva necesidad de Tucker. —No seas cretino, tengo responsabilidades. Chuparé tu pene esta noche. Lo prometo. —Uf —Tucker puso mala cara y la miró agrandando los ojos—. Entonces, ¿cómo planeas llegar al trabajo exactamente? —Voy a llamar a un taxi. Tucker miró ofendido y se enderezó. —Por supuesto que no. Puedes conducir mi Lexus. Las llaves están en la puerta principal sobre la mesita. —¿Es veloz? —preguntó con un brillo en sus ojos. —Eh… sí. ¿Por qué? —¿Lo preguntas? —sonrió burlonamente Lilliana. —No te transformes en kamikaze. Los límites de velocidad están ahí por una razón —dijo Tucker malhumorado. Caminando hacia la puerta, Lilliana no pudo resistir darle otro vistazo. Haciendo una pausa, lo miró con optimismo. Las esquinas de la boca de Tucker curvaron hacia arriba y había algo perezosamente seductor en su mirada mientras se apoyaba sobre un codo. Tal vez eran el uno para el otro. Por otra parte, era más probable que él estuviera totalmente equivocado para ella, independientemente de lo bien que follaba. Cualquiera que sea el caso, Lilliana sabía que estaba atrapada en su trampa sensual y no había escapatoria. —¿Estás segura que no quieres quedarte y jugar un ratito? Tengo una nueva fusta que necesito probar —Los ojos oscuros de Tucker reflejaban un brillo de esperanza. Los ojos de Lilliana se nublaron con visiones de la noche anterior. Dios, sí, quería quedarse y jugar, pero el trabajo… Lilliana sacudió la cabeza con tristeza. —Realmente no puedo —suspiró, incapaz de ocultar la decepción en su voz. —Entonces, ciao por ahora, mascota —le guiñó un ojo—. Y conduce con seguridad. Lilliana condujo el impresionante y, sin duda, carísimo Lexus IS-F hasta el trabajo temerosa de dañarlo. Los asientos de cuero eran flexibles y abrazaron su cuerpo como si estuvieran hechos específicamente para ella. Incluso el color llamativo era atractivo —Mica Azul Ultrasónico. Lo había leído en los papeles en la guantera cuando hizo una rápida inspección de la misma. El vehículo era una delicia para conducir; se preguntó por qué Tucker no conducía más a menudo. Su día en el trabajo estaba siendo tedioso y lo único en que podía centrarse era en los latidos intensos en su entrepierna y las chispas ocasionales de calor que sentía en su tierno vientre, muslos y senos. Solo servían como un recordatorio de lo que Tucker había marcado como su territorio y en las cosas perversas que le dijo. Durante una limpieza de rutina, ella inadvertidamente dijo sus pensamientos al paciente. —¿Puedes sentir lo bien que somos uno para el otro? —susurró. Una expresión de asombro apareció en el rostro del paciente y Lilliana trató de pensar rápidamente en una manera de salir del comentario inapropiado que había hecho.
  • 153.
    —Estoy usando unequipo nuevo y digo lo mucho que me gusta —se rio nerviosamente. Por suerte, el paciente parecía satisfecho con su respuesta por lo que continuó trabajando. Durante su pausa para el almuerzo, ella tomó su teléfono para comentar a Tucker como se sentía. Lilliana: 11:32: Gracias. Ni siquiera puedo concentrarme por tu culpa. McG: 11:35: Entonces mí malvado plan funcionó. ¿Estás pensando en mi B===D en tu ({ }) haciendo que te mojes? Eso es un pene en una vagina para el ojo inexperto ;) Lilliana: 11:36: Si por mojada te refieres frustrada, entonces sí. Estoy “mojada”. BTW27 —tu conocimiento de los símbolos perversos de mensajes de texto es simplemente genial, Tucker. McG: 11:40: ¿Sushi fresco? Lilliana quedó mirando el teléfono, confundida y ofendida por la respuesta de Tucker. ¿Qué demonios estaba insinuando? ¿Que olía a pescado? Lilliana: 11:44: ¿WTF? Comparando mi coño con el atún fresco no vas a conseguir que tu pene sea chupado esta noche. Lilliana estaba a punto de enviar a su respuesta cuando Tucker apareció en la puerta de su oficina, llevando dos recipientes de plástico. —¿Qué hay del almuerzo, cara de muñeca? —sonrió Tucker. Lilliana sonrió humildemente y de inmediato apretó el botón de retroceso para borrar su mensaje irritable. Tucker estaba vestido casualmente con jeans oscuros y una conservadora camisa blanca debajo de una chaqueta de color negro. Su camisa estaba desabrochada en la parte superior y llevaba el mismo cinturón con que la había atado por primera vez en su casa. Las mejillas de Lilliana se sonrojaron pensando en el encuentro y, cuando sus ojos se encontraron, él tenía una expresión intensa pero no revelada, como si hubiera leído sus pensamientos. —No nos adelantemos, Lilly. No es más que el almuerzo —se burló, pasando la punta de su dedo índice sobre la hebilla de plata lisa—. Pero tal vez después pueda darte. —¿Fuiste a trabajar vestido así? —preguntó, ignorando por completo su observación y sacando una silla para que se sentara. —Tenía un asunto que atender —respondió con los ojos entornados. Lilliana lo observó impasible, insegura de lo que él se refería, pero lo dejó pasar. No lo conocía bien, pero sabía lo suficiente como para darse cuenta de que si quería que ella supiera de lo que estaba hablando, se lo diría. Mientras comían, la conversación fue ligera y juguetona, y Lilliana sintió un flujo de fuego lento por sus venas por el estado de ánimo optimista de él. Dana seguía mirando a escondidas adentro tratando de ver lo que estaba pasando y, Lilliana supuso, para obtener también un buen vistazo de 27 BTW: by the way: por cierto.
  • 154.
    Tucker. Cuando lavio persistente alrededor de su puerta fingiendo estar haciendo algo, finalmente le invitó a entrar. —Dana, ven aquí, por favor. Dana salió arrastrando los pies como una niña de la escuela medio enamorada. Sus mejillas se iluminaron y pestañeó a Tucker. Lilliana comenzó a sonreír cuando los ojos de Dana observaban sus zapatos con nerviosismo. Lilliana los presentó y Tucker le dió un mano a Dana en un gesto cortés. —Encantada de conocerte. He leído mucho acerca ti. Construiste y vendiste el complejo de apartamentos en que vivo. Además, la casa en que mis padres viven una vez fue propiedad de tu empresa. Tucker sonrió y asintió con la cabeza; miró a Lilliana tímidamente y le guiñó un ojo. Lilliana adivinó que Tucker debía de pasar por este tipo de cosas a menudo. Dana era linda y Lilliana no sentía ni una pizca de celos o animosidad hacia ella porque era la persona más genuina que había conocido. Era dos años más joven que Lilliana, pero todavía compartían una conexión y no iba a dejar que la afectara un enamoramiento inofensivo. Dana finalmente se excusó y Tucker volvió su atención de nuevo a Lilliana. —Eso fue lindo —Tucker sacudió con la cabeza. —Sí, lo fue. Creo que ella está enamorada de ti —rio Lilliana. Las pesadas pestañas que envolvían los ojos de Tucker se alzaron por la sorpresa. —¿Y estás de acuerdo con eso? —Claro. Es solo un flechazo; de la clase que una chica tiene por una estrella de rock o una celebridad. Nada para que te alarmes, Tucker. —No estoy alarmado. Ella no es mi tipo. De todos modos, ¿quién puede culparla? Tucker parecía muy satisfecho de sí mismo y Lilliana puso los ojos en blanco. —Tu ego es absurdo. Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. —Tú eres la que me llamó estrella de rock, ¡dos veces! —No, yo no te llamé una estrella de rock, te comparé a una. También simplemente declaré que el enamoramiento de Dana era de naturaleza juvenil. —En toda esta zona, ¡soy una maldita estrella de rock, nena! —Tucker siguió vociferando alegremente. Tucker se levantó, la puso en su regazo y le plantó un beso en los labios descaradamente. Sus ojos estaban divertidos y tiernos. Ella nunca pensó que Tucker fuera del tipo que hace demostraciones públicas de afecto, pero ella lo tomó y se arqueó en las curvas de su cuerpo. —Me quieres tanto. Admite que somos el uno para el otro —Los ojos de Tucker se oscurecieron de deseo. —No voy a hacer tal cosa. —¿Por qué insistes en ser tan condenadamente terca, Dios? Este pequeño cuerpo tuyo se construyó para mí y solo a mí. Dilo.
  • 155.
    —Tu arrogancia esimposible de aguantar, a veces. Tucker frunció el ceño pero la sonrisa escondida en su boca era innegable. —Eso no es lo que te dije que digas. ¿Vas a hacer que ponga tu culo rojo aquí mismo en tu oficina, en pleno día, y a la vista de tus compañeros de trabajo? Por un instante, por la mirada afilada de Tucker pensó que realmente podría seguir adelante con su amenaza. Trató de levantarse, pero Tucker se aferró a ella con fuerza. —No puedes castigarme, Tucker. —Seguro que puedo intentarlo —replicó él con una elevación significativa de las cejas. Los ojos de Lilliana agrandaron y luego se estrecharon. Ella abrió la boca como para decir algo, pero decidió no hacerlo. Cuando cerró la boca de golpe, los labios de Tucker se curvaron en una sonrisa taimada. —Ves, ya estás aprendiendo. Molesta por la pomposidad de Tucker, abrió la boca de nuevo para contestarle pero justo cuando Dana entraba. —Llegas justo a tiempo, Dana —Tucker la miró de reojo—. Estaba a punto de zurrar el culo de la Sra. Norris. Lilliana quedó boquiabierta, sorprendida ante la admisión de Tucker. Dana y él intercambiaron una mirada sutil de diversión y Lilliana se retorció para liberarse de Tucker. —¿Por qué? ¿Qué hizo ella? —preguntó Dana, solo para empeorar las cosas. —Yo no hice nada. Caramba, Dana, se supone que debes estar de mi lado —La voz de Lilliana se agudizó por la sorpresa. —Yo estoy de tu lado, pero la gente no zurra por nada. Lilliana disparó a Dana una mirada de horror y decidió que la mirada inocente de Dana no era más que una cortina de humo. —¡Ja! ¡Una mujer sabia para su edad! —gritó Tucker y se rio antes de finalmente liberar a Lilliana de su agarre. Justo cuando ella se puso de pie, con la mano alcanzó su culo con rapidez, haciéndola aullar ruidosamente y saltar. Dana sacudió la cabeza con simpatía. —No sé lo que hiciste, pero si yo fuera tú, no lo haría de nuevo. Tucker sonrió y con la sinceridad en sus ojos le hizo señas. —El consejo de una mujer muy inteligente, Lilly —Tucker fue hacia la puerta mientras Lilliana se frotaba la nalga con rapidez, tratando de aliviar el escozor por su palmada. —Te veré en mi casa esta noche. Espero que te sientas lo suficientemente sana como para un poco más de disciplina. —Tengo que hacer una parada en mi casa y recoger algunas cosas esenciales femeninas. Al igual que un cepillo de dientes y desodorante. —Está bien. Te veré después. Ciao, mascota.
  • 156.
    El resto deldía transcurrió felizmente rápido con pensamientos abrumadores de Tucker por toda la cabeza de Lilliana. Se sentía bien tener a alguien en su vida. Ella había aceptado la posibilidad de que nunca podría conocer a otro hombre en quien confiar, pero Tucker estaba demostrando ser un hueso duro de roer y, aunque ella se lo negaba, sabía que estaban destinados a estar juntos en cierto nivel. Incluso si era solo por breve tiempo, se comprometió a disfrutar de él durante el tiempo que se le permitiera. Con la cabeza en las nubes casi no recordaba el camino a casa. Estaba tan perdida en sus pensamientos, que ni siquiera había notado el coche de alquiler que estaba en el extremo más alejado de su camino de entrada hasta que puso un pie fuera del coche de Tucker. —Debes de haberte tocado la lotería cuando Margo murió si puedes permitirte un coche así. La voz era familiar y espinosa en los oídos de Lilliana. Jodido. Adam. Lilliana apenas fue capaz de retener su jadeo de malestar cuando lo vió en la hamaca del pórtico, casual, relajado, con sus largas piernas extendidas delante de él. —¿Qué mierda…? —La alarma de ver a Adam hizo que las palabras se le trabaran en la garganta. Adam no mostró ninguna reacción a ella y permaneció sentado. —Es bueno verte también, nena —la fulminó con la mirada, sus chispeantes ojos verdes vertiendo su placer a su absoluta sorpresa. Lilliana estaba sin aliento por la rabia y no ocultó la ira desenfrenada de su voz al hablar. —No es mi coche. Ahora sal de mi tierra. Adam inclinó la cabeza y se echó a reír, con tranquila osadía. —Eso es una especie de saludo de mierda. ¿Qué pasó con los valores del Medio Oeste? Solías ser tan amable y servicial. Demonios, no fue hace tanto tiempo que estabas ansiosa por envolver esa linda boquita tuya alrededor de mi polla. Adam parecía encontrar algún tipo de placer perverso en traer de vuelta su pasado, pero ella no se dejó intimidar por sus palabras repugnantes. —Un infierno para lo que me sirvió. ¡Mi actitud complaciente me consiguió un marido infiel que me dio la gonorrea! Adam hizo un gesto como dejando de lado su observación y miró hacia el campo lejano y largo camino de entrada como si viera algo. —¿Otra vez con eso? —Hablé en serio acerca de presentar cargos —refunfuñó Lilliana. —Has amenazado a presentar cargos si llamaba, así que aquí estoy en persona. Trajiste todo esto por ti misma. Te di un montón de tiempo para llevar tu culo de vuelta a casa. Ahora estoy aquí para hacer que suceda. —¡Mi casa está aquí! Lleva a tu polla fuera de aquí, Adam. Lo digo en serio. No voy a volver a Kansas nunca. ¿Cómo te atreves a venir aquí y…? Adam se levantó y la señaló con el dedo. —Estoy sintiendo agresión —se rio burlonamente. Todo lo que Lilliana podía oír era el sonido de su corazón latiendo con fuerza en sus oídos. Había escuchado la suficiente mierda de Adam.
  • 157.
    —Vas a sentirmi pie en tu culo en unos treinta segundos si no te vas al infierno… —su voz se interrumpió a media frase cuando oyó cerrarse una puerta de coche detrás de ella. Se dio la vuelta para ver a Tucker avanzar hacia ella con la cabeza gacha y los ojos totalmente dilatados firmemente fijos en Adam. Ella lo miró sin decirle nada, con el corazón latiendo en su pecho. Tucker se acercó a Lilliana y ella se sorprendió por su fría valoración de Adam. Se deslizó junto a ella y la envolvió con un brazo posesivo alrededor de su cintura y la atrajo hacia él. Su acción le envió al cerebro un rayo de miedo por lo que fuera a pasar. Su estómago se revolvió con la ansiedad y sus ojos se lanzaron hacia Adam. Él ya no estaba sentado sino de pie en el último escalón del rellano y abriéndose paso rápidamente hacia ellos. Lilliana trató de salirse de las garras de Tucker, pero él la sujetó con firmeza. —¿Quién diablos es usted? —exigió saber Adam. —El novio —Había desafío en la voz de Tucker, así como un reto no muy sutil. Las emociones de Lilliana viraron de la agitación a la excitación y regresaron. Las fosas de la nariz de Adam se dilataron y sus ojos brillaron con ira, pero se rio burlonamente y dio a Lilliana una mirada hostil. —No te tomó mucho tiempo abrir tus piernas para alguien nuevo, ¿verdad? Lilliana sintió que el cuerpo de Tucker se tensaba en respuesta a la vehemencia de Adam y ella hizo una mueca a sus palabras odiosas. —Solo dos años —contestó Lilliana, para marcar que ella no era una ramera. Adam hizo un gesto hacia el Lexus. —Entonces, ¿qué? ¿Le chupas la polla y te permite conducir su coche? ¿Es así como funciona esta mierda? El aliento de Lilliana ardía en su garganta. Adam amaba humillarla. Siempre lo hizo. —No debes haber recibido ninguna mamada en tu vida para ese tipo de compensación —Adam se rio irónicamente dirigiéndose a Tucker. Recuerdos no deseados de cómo Adam solía hablar abiertamente sobre su falta de habilidades orales a sus amigos y conocidos destellaban en su mente y, de repente, ella no se sentía tan valiente. Adam sabía demasiado sobre ella y su compostura empezó a agrietarse como una concha bajo sus insultos hirientes y dañinos. Ella solo quería que Adam se fuera y desparecer en los brazos de Tucker. La voz de Liliana se había convertido de fuerte a un débil susurro. —Cállate, Adam. Tucker sintió a Lilliana acobardarse y la protegió más con su cuerpo. Verla así, inquieta y temerosa, era un puto dolor desgarrador. La conocía fuerte, alegre y valiente, y estaría maldito si permitía que alguien le quitara sus atributos más preciados, muy especialmente, el pedazo-de- mierda que estaba de pie delante de él.
  • 158.
    Tucker lo dimensionó:postura militar, pelo rubio oscuro, ojos color musgo, poco más de 1,80 m de alto y con un físico de alguien que tenía demasiado tiempo sin hacer nada y no trabajaba con frecuencia. —He tenido un montón de mamadas en mi vida y Lilliana está a la altura de las mejores. Es una lástima que nunca vayas a experimentarlo otra vez con ella —respondió Tucker de forma casual, como si lo no afectara. Adam simplemente le devolvió la mirada, callado. Sus mejillas se encendieron antes de responder. —¿Quién dice que no lo haré? Tucker tomó un profundo aliento constante. Adam estaba empujando sus límites y su ecuanimidad se estaba agotando. —Yo lo digo —gruñó. Cuando Adam se dió cuenta de que Tucker no iba a dar marcha atrás, dio un paso atrás y resopló su renuncia de Lilliana. —¿La quieres?, ahí la tienes. No vale la pena la molestia. Demonios, ni siquiera sirve para un buen polvo. La cara ancha esculpida de Tucker se retorció con furia. —Es obvio que no tenías ni el talento ni la habilidad para sacar lo mejor de ella porque, en lo que a mí respecta, es un polvo único en la vida. Adam escupió y se erizó con indignación, como si hubiera recibido una bofetada en la cara. Se dio la vuelta como para irse, solo para lanzarse precipitadamente sobre Tucker con los puños cerrados. Lilliana se arrojó en medio de ellos y se llevó la peor parte del puño de Adam en los ojos. Ella gritó como un espíritu guerrero y clavándole las uñas y arañando a Adam. —¡Maldito hijo de puta! Tucker empujó a Lilliana lejos de Adam que levantó sus manos delante de su cara de manera protectora. Le propinó un puñetazo que dio de lleno en la boca presumida de Adam y lo puso de rodillas. Este escupió una bocanada de sangre en el camino de grava y trató de ponerse de pie. —Quédate abajo —gruñó Tucker con sus puños apretados a los costados. Tucker se puso lívido. Echó un vistazo a Lilliana para mirar su ojo ya en proceso de inflamación, y se inclinó hacia abajo golpeándolo una vez más en el ojo como venganza. —Tenías a la perfección y la jodiste. Ahora toma tu mentira, saca tu culo tramposo de aquí antes de que te entierre en algún lugar de estos 112 acres de tierra y me asegure de que nunca se sepa de ti otra vez —respondió con tanta seriedad y desprecio que impidió cualquier otro argumento. El rostro de Adam palideció de terror mientras se levantaba y escabullía hasta su auto de alquiler. El motor del coche rugió fuerte mientras giraban los neumáticos levantando el polvo en su prisa por salir. Tucker observó el coche de Adam hasta que entró en la carretera principal, entonces enfrentó a Lilliana con una mirada severa en su rostro. —¿Por qué te metiste?
  • 159.
    La voz deTucker era tranquila, pero mantuvo un matiz de irritación y Lilliana no podía entender por qué estaba tan enfadado con ella. —Iba a golpearte —resopló Lilliana. —No necesito que pelees mis peleas, Lilliana. La brusquedad de Tucker y las maldiciones silenciosas que articuló desgarraban el corazón de Lilliana. —Simplemente no quiero que te haga daño —dijo con un nudo en la garganta. —Así que en lugar de eso te hizo daño a ti. No necesito ese tipo de culpabilidad. ¡Mierda, mira lo que le hizo a tu ojo! Tucker agarró la muñeca de Lilliana y la arrastró dentro de la casa para curarla. La llevó hasta la mesa de la cocina y desapareció para buscar el botiquín de primeros auxilios. Lilliana se tocó el ojo e hizo una mueca de dolor. Su visión ya empezaba a oscurecerse ligeramente por la hinchazón y temía lo que parecería. Cuando Tucker volvió, la miró y movió la cabeza con la decepción y el enfado. —Si no estuvieras hecha un desastre, me gustaría azotarte el culo por esta pequeña proeza. —Si te hace sentir mejor, entonces hazlo —Lilliana suspiró, dando un resignado encogimiento de hombros. Tucker acercó una silla delante de ella y le acarició la barbilla. —Puedo ser arrogante, pero no soy un idiota. Azotarte cuando ya estás herida nunca me haría sentir mejor. —¿Puedes ser arrogante? —Lilliana frunció la boca sarcásticamente. —Cierra los ojos y la boca y déjame tratar de arreglar lo que te hizo ese pedazo de mierda. Tucker no estaba de humor para bromear por lo que Lilliana hizo lo que le dijo y le permitió cuidarla. Su toque era suave y tranquilizador cuando la limpió con antiséptico. Se estremeció y entonces él le sopló aire fresco mientras mantenía su cabeza firme. Su expresión era sombría mientras continuaba limpiando la herida y aplicaba una compresa fría en ella. Hundiéndose en la silla y inclinándose hacia atrás con las dos piernas, Tucker la miró con curiosidad. —¿Qué viste alguna vez en ese hombre? El rostro de Lilliana se cubrió con humillación. Se puso de pie, se enderezó y se aclaró la garganta. Acercándose a la ventana de la cocina se asomó al hermoso paisaje campestre. —Prometió amarme. Él me prometió hacerlo para siempre. Lilliana se encorvó y sintió una terrible sensación de amargura hacia Adam. Y hacia los hombres en general. Todos eran mentirosos. Todos ellos. Girando bruscamente, se enfrentó a Tucker con renovada duda sobre sus intenciones. —Debes irte ahora —le espetó con una angustia que casi superó su control. Los ojos de Tucker brillaron de confusión y vaciló, valorándola por un momento. Cruzando sus brazos negó con la cabeza. Tenía la cara llena de fuerza, brillando con determinación.
  • 160.
    —Te gustaría eso,¿no es así? Entonces sería más fácil para ti decirme adiós. Lilliana estaba molesta por la transparencia de sus sentimientos. Sí, sería más fácil para ella hacerlo con Tucker. No quería que otra vez le rompieran el corazón ni más falsas promesas y mentiras. —Ya lo he dicho dos veces, pero lo diré solo una vez más: no soy Adam. No voy a ninguna parte, y estoy seguro de que no voy a hacer más fácil para ti decirme adiós. Lilliana se agarró el pelo y cerró los ojos con exasperación, su mente era una mezcla loca de esperanza y temor. Con los ojos todavía cerrados, los brazos de Tucker la aplastaron y su boca se puso en su oído. —Déjalo ir, Lilly. Tucker metió la mano en el bolsillo y sacó el collar que había recogido en su joyería. Los ojos de Lilliana se abrieron y tartamudeó, pero rápidamente él lo ató alrededor de su cuello. Una mirada de aprensión se apoderó de la cara de Lilliana. —Casi no me conoces —dijo en voz baja, asustada. Tucker intentó resistir las ganas de sonreír, pero la sonrisa se le deslizó en su rostro. —Te he follado, lamido, atado, y azotado. Jesús, Lilly, ¿cuánto más quieres llegar a conocernos el uno al otro? Lilliana sonrió y negó con la cabeza al mismo tiempo. Al tocar el collar, lo levantó y sus ojos marrones moteados de verdes lo miraron. —Es hermoso, Tucker. Gracias —aventuró demasiado efusiva—. Entonces, ¿eres realmente mi… ya sabes… lo que le has dicho a Adam? La sonrisa de Tucker se ensanchó. Se encogió de hombros y fingió ignorancia solo para poder escucharla decir la palabra con N. —Sí, definitivamente creo que eres una follada única en la vida. Lilliana parpadeó lento y fuerte, y frunció los labios. –No eso. Ya sabes… la otra cosa. —¿La perfección? ¿Especialista en dar mamadas? Sí y sí —asintió con la cabeza. Tucker se acercó a la nevera y la abrió para tomar un aperitivo cuando Lilliana tomó su brazo. —Tuck… vamos. No me tortures. Dilo de nuevo. Tucker rodó sus ojos y se rio entre dientes. —Novio. Ya está. Lo dije y lo dije en serio. Lilliana sonrió con picardía y Tucker no se contentó con dejar las cosas así. —¡Lilliana tiene novio! ¡Qué emocionante! —Le dio un codazo en las costillas e hizo un baile alrededor de la cocina como un idiota en toda regla, palmeándose la rodilla—. ¡Esta pequeña potrilla tiene un verdadero y auténtico amor! —¡Eres imposible! Y no hay nada dulce en ti, ¡Tucker McGrath!
  • 161.
    Tucker giró aLilliana por el brazo y le enmarcó la cara con sus manos grandes. Ambos se detuvieron y sus sonrisas se desvanecieron en algo apasionante. El corazón de Tucker dio un vuelco en el pecho y había una sensación de hormigueo en la boca del estómago por la manera en que Lilliana lo estaba mirando con nostalgia. Realmente mataría a ese hijo de puta si alguna vez volvía a poner la mano en Lilliana. Ella le pertenecía a él ahora. Solo a él. Tucker besó su ojo golpeado con ternura y arrastró su boca por su mejilla hasta la boca. Impotente para resistir el peligroso y ardiente dolor en su corazón, susurró contra sus labios: —Mía.
  • 162.
    20. Tucker y Lillianase habían dormido demasiado pronto. Ella lo había engañado viendo Star Wars: Una nueva esperanza, como reembolso por la mamada con los libros encima de la cabeza del fin de semana anterior. Él le había prometido algo a cambio y tomó ventaja en eso. Lilliana rio para sus adentros al ver la expresión de horror en su rostro cuando deslizó la película en el reproductor de DVD, sus gemidos exagerados y verlo refregarse el rostro cada vez que se decía una línea cursi. Había tratado de hacer que la experiencia sea un poco más fácil para él por lo que sugirió jugar a la Princesa Lei-Arranca-Orgasmo a tu Obi-Gran-Ke-Nabo. Tucker no se había divertido mucho y aclaró que estaba completamente a favor de los juegos de rol, salvo del peculiar juego que quería Lilliana. Su último esfuerzo para entretenerlo fue señalar las citas sexuales accidentales de la película, como, ¡Mira el tamaño de esa cosa! o Luke, a esa velocidad, ¿crees que serás capaz de sacarla a tiempo?, pero Tucker seguía estando imposible. Antes del final de la película ambos se habían quedado dormidos sin siquiera la lamida de polla prometida. Estaba decepcionada, pero el estrés emocional por la pelea con Adam había cobrado su precio en ellos, y después de que se arrastraran a su cama y se desnudaran, se derrumbaron en un caos agotador y durmieron profundamente toda la noche. Lilliana despertó a Tucker temprano para que pudiera conducir a su casa y cambiarse para el trabajo. Antes de salir, puso otro delicado beso en su párpado hinchado y la reprendió una vez más por su exceso de celo en tratar de protegerlo. En el trabajo, todo el mundo miró horrorizado al ojo de Lilliana. Dana sobre todo, estaba completamente enfurecida. —¡Ese despreciable, guapo, hijo de puta! Dijo que solo iba a darte unos azotes, ¡no a golpearte! No me importa la cantidad de dinero que tenga ese idiotardo28 , ¡voy a patearle un nuevo agujero en el culo por hacerte esto! Lilliana rio histéricamente y el rostro de Dana se contorsionó en una expresión de total desconcierto. —Tucker no hizo esto, fue mi exmarido. Se presentó en mi casa anoche. Salté entre él y Tucker y conseguí el golpe en el ojo. —¿Por qué demonios hiciste algo así? Tucker puede cuidar de sí mismo, ¡eres idiota! Lilliana rodó los ojos. Parecía que Tucker y Dana tenían la misma mentalidad sobre muchas cosas. —Vas a presentar cargos, ¿verdad? —Dana apretó su hombro. 28 En el original douchetard: Un término insultante para alguien que es al mismo tiempo una "ducha" (es decir, un imbécil, idiota, imbécil) y un "retardado". Expresa tanto desagradable de la personalidad y la estupidez de una vez. Ese idiota es demasiado tonto para venir incluso hasta con un insulto coherente.
  • 163.
    —No, pero debería.Incluso Tucker me insta a hacerlo. Si lo hago, solo va a significar que tendré que verlo de nuevo y eso es lo último que quiero. Si alguna vez llama o aparece de nuevo, sin embargo, voy a llamar a la policía. Los ojos de Dana se estrecharon y colocó las manos en las caderas. —¿Me lo prometes? —Sí, sí. No voy a aguantar su mierda nunca más. Justo en ese momento, los ojos de Dana captaron el brillo de los diamantes y el candado de zafiro incrustados alrededor del cuello de Lilliana. —Ooohhh —Dana lo admiraba con grandes ojos vidriosos—. ¿Así que es serio, entonces? Lilliana se encogió de hombros, todavía incapaz de admitir la realidad del gesto de compromiso de Tucker. —Supongo que sí. Fue muy considerado de su parte en conseguirlo para mí. —¿Considerado? Yo diría que es más que eso. Ese chico está enganchado contigo, Lil. Lilliana saludó a Dana de lejos, no quería hablar más sobre el tema o el hecho de que ella también estaba enganchada con Tucker. Tenía la esperanza de que él se presentara en otra visita no programada durante el almuerzo, pero no hubo suerte. Sin embargo, recibió varios mensajes de texto con bromas que hicieron que su día pasara más rápido. McG: 14:48: Todo trabajo y nada de juego hacen de Tucker un niño malhumorado. Lilliana: 14:55: ¿Qué sugieres? McG: 15:01: Nunca sugiero. ;) Lilliana: 15:03: Entonces ¿por qué no me dibujas una imagen? McG: 15:04: Suena divertido, pero jodidas figuras de palito no sirven lo bastante para retransmitir mis deseos con precisión. Reserva la fecha: El próximo jueves, fiesta de la compañía en el salón de baile del Grand Hyatt. Un montón de cotorreo y borracheras. El entusiasmo llenó a Lilliana soñando con ir del brazo de Tucker en algún evento presuntuoso. McG: 15:08: BTW Por cierto, tengo algo de gran importancia para darte. Lilliana: 15:10: ¡No te burles! ¡Dime! McG: 15:11: Tienes que verlo. No digas que nunca hice nada por ti. FYI29 : Me lo debes. A más no poder. Ciao, mascota. ;) ¿Gran importancia? Sonaba tan ominoso. Lilliana odiaba ser manejada y detestaba las sorpresas. 29 FYI: For Your Information: para tu información.
  • 164.
    Impresionada con labuena fortuna, la última cita de Lilliana fue reprogramada y era libre de salir temprano. Estaba con el auto de Tucker de nuevo y deseaba volver a casa conduciéndolo. Si alguna vez lograba una gran suma de dinero, se juró a sí misma comprar la misma marca y modelo, aunque en un tono más femenino. Cuando llegó a casa envió un mensaje a Tucker de su pronta llegada, y decidió recoger las últimas frutas y verduras del jardín de Margo para utilizarlas. Una helada temprana estaba prevista y no quería perder ninguno de los preciosos alimentos por los que su tía había trabajado tan diligentemente desde la siembra. Vestida con sus vaqueros más desaliñados y una sudadera fue a trabajar en el jardín. Trabajó duro durante casi una hora, sacando y arrancando hasta el último pedazo de sustento que pudo encontrar y colocándolos en una cesta grande. Cuando cosechó el último elemento de la tierra, se sentó en sus rodillas y escondió el rostro entre las manos. Un sollozo escapó de su garganta pensando en la finalidad de todo esto. La muerte de Margo, la estación de la cosecha terminada, y la realidad que pueda tener que vender su tierra. Levantó la barbilla y miró directamente hacia el sol que estaba bajando en el horizonte, desafiante. El viento soplaba junto a ella y el aroma de las violetas y bergamota salvaje llenó sus fosas nasales y pudo jurar que oyó la risa alegre de su madre y Margo revoloteando en sus oídos. La angustia le atravesó el corazón y se abrazó a sí misma tratando de detener su penoso estremecimiento por su llanto desenfrenado. ¿Por qué tuvieron que irse a edades tan tempranas? Ellas eran personas buenas y decentes. ¿Por qué? ¿Con quién iba a compartir sus logros, sus esperanzas y temores? Lilliana se sentía despojada y desolada mientras se mecía. Los gritos de Lilliana eran tan fuertes en sus propios oídos que no oyó a Tucker acercarse sigilosamente. —Mi dulce, Lilly del valle —susurró en su oído, cobijándola en sus brazos. Lilliana ahogó sus gritos mortificados de su crisis nerviosa frente a Tucker. No quería parecer débil, pero, Dios mío, ella necesitaba desesperadamente su toque en ese momento. Se volvió y aferró a él, hundiendo su cara manchada de tierra en las solapas de la chaqueta. —Las extraño mucho —ella lloró. —Sé que lo haces. La muerte es injusta y cruel, mascota. Tucker se puso de pie, levantó a Lilliana en sus brazos y la llevó de vuelta a la casa dejándola caer en el sofá. Le quitó sus pantalones sucios y sudadera y los puso en una pila. A continuación, sacó una toalla y limpió su cara, con cuidado cerca de su ojo todavía hinchado. Ella se sintió tan conmovida por sus acciones que comenzó a llorar de nuevo, pensando en palabras amables y caricias de su madre. Tucker la llevó al baño donde llenó la bañera con agua caliente mientras se sentaba sobre la tapa del inodoro. Ella lo observó con atención mientras pasaba los dedos por el agua, poniendo a prueba su temperatura con frecuencia. Cuando estuvo lo suficientemente llena y cargada con burbujas espumosas, deslizó sus bragas y sujetador y la ayudó a meterse. Lilliana recostó y dejó que el agua caliente penetrara en sus huesos y aliviara su tristeza. Con los ojos cerrados, las manos de Tucker vagaban por su cuerpo, lavándola y calmándola. Su tacto áspero era extrañamente suave y acariciante, e hizo que su corazón martilleara contra las costillas. Lilliana abrió los ojos para ver la mirada de Tucker implorándole algo tácito. —Únete a mí —suplicó Lilliana.
  • 165.
    Él asintió ysu mirada era tan electrizante que envió un temblor a través de ella. Ella lo observó mientras comenzó a desvestirse sin prisas. Los ojos estaban fijos en el movimiento de sus manos que quitaban casualmente el cinturón de cuero negro. Sus dedos rozaron la hebilla seductoramente y los ojos de Lilliana se lanzaron hasta Tucker. Le guiñó un ojo, sonriendo en reconocimiento de sus deseos y luego continuó sacándose el resto de su ropa. Cuando estuvo de pie bellamente desnudo, Lilliana bebió la magnífica imagen que tenía delante. —Eres tan hermoso, Tuck. Sabes, haces temblar mi coño y tan hermoso, que me dan ganas de follarme a mí misma con los dedos. Tucker metió un pie en el agua y una ráfaga de color rosa tiñó sus mejillas mientras se reía. —Tú tampoco estás tan mal. —¿Con ojo negro y todo? —dijo Lilliana pestañeando. La sonrisa de Tucker se desvaneció y parpadeó rápidamente. Su lesión era todavía un área de discusión y ella cambió rápidamente de tema cuando vio la alegría dejar su rostro. Tucker apoyó su cuerpo entre las piernas de Lilliana en su pequeña bañera, y ella envolvió sus brazos alrededor de sus hombros y metió los pies debajo de los muslos. —Gracias por esto y por tus amables palabras. Lo lamento por necesitarlas. Tucker volvió la cabeza hacia un lado y la miró a los ojos. —Yo necesito ser necesario, Lilly, al igual que tú necesitas ser deseada. Nos completamos el uno al otro. Lilliana sonrió. Existencial, por cierto. Ella le apretó los hombros y lo besó en la oreja. —Eso fue profundo. Tucker suavemente rio entre dientes, su cuerpo tembló solo lo suficiente para hacer chapotear el agua en la bañera y salpicar a lo largo de los bordes. —No es tan profundo como lo que voy a estar cuando este dentro de ti esta noche. —Pervertido —rio Lilliana. —Remilgada —respondió Tucker. Observarla hacer la cena era de alguna manera reconfortante. Tucker no era el tipo de hombre que cree que las mujeres pertenecen a la cocina, descalzas y embarazadas, pero era agradable ver a Lilliana tomar el control de su entorno y cocinar como una diosa. La ayudó a pelar los últimos maíces frescos y Lilliana no pudo resistirse a convertirlo en una competencia. Ella sonrió con orgullo cuando le ganó a Tucker por dos mazorcas. Con la crisis emocional de Lilliana concluida y una cena divertida, Tucker se había olvidado por completo de lo que había venido a mostrarle. Cogió el trozo de papel de su coche y se lo presentó a Lilliana quien lo miró inquisitivamente. —¿Qué es? —preguntó ella, tomándolo en sus manos. —La prueba de que no soy un mentiroso —las mejillas de Lilliana se enrojecieron bajo el calor de la mirada de Tucker y sus ojos leyeron el resultado de un análisis.
  • 166.
    —Libre de ETS,mascota. ¿Estás satisfecha ahora? —¿Esto era la sorpresa? —preguntó Lilliana con calma. —Sí. ¿Entonces? —¿Qué quieres oír de mí? —preguntó ella sin emoción en su voz. —Que confías en mí ahora y que no tenemos que usar condones. Ese era el punto, ¿no? Lilliana dejó la nota sobre la mesa y pasó junto a él, caminando hacia la puerta de atrás. Tucker se quedó derrotado por un momento mientras Lilliana salía a la terraza de atrás y sin responderle. Se reunió con ella en el exterior y la agarró por los hombros. Torpemente, Lilliana se aclaró la garganta, luego se mordió el labio y miró hacia otro lado. —Yo no te pedí que hicieras eso. Dejó caer las manos a su lado, caminó un paso hacia Lilliana y buscó en sus ojos algo, pero eran ilegibles. ¿Había leído mal esta situación? ¿Estaba completamente equivocado? Pensó que Lilliana quería pruebas. —No, no lo hiciste, y si lo hubieras hecho probablemente no lo habría hecho. Lo hice porque quiero que confíes en mí. —Un pedazo de papel no va a hacer que confíe en ti, Tucker. Tú. Tus acciones, palabras y… Ojalá no hubieras pasado por el esfuerzo. —Bueno, lo hecho, hecho está. Soy un solucionador de problemas y pensé que la manera de conseguir que me creas acerca de no tener ninguna ETS era demostrártelo. Tucker se exasperó con Lilly. No sabía qué demonios quería de un momento a otro. —Cambias de caliente a fría, Lilly, que nunca sé cómo complacerte. Un crudo dolor brillaba en los ojos moteados de verde de Lilliana. —Eso no es cierto, ¿verdad? —Así es como me siento. Estás arriba, luego hacia abajo, luego hacia arriba otra vez. Me quieres, no me quieres. Confías en mí para atarte, pero no lo suficiente como para pensar que no te voy a engañar o que no tengo ninguna ETS. No soy un maldito lector de la mente. Sí, puedo leer tu cuerpo lo suficientemente bien, ¿pero tu mente? Cristo Todopoderoso, Lilly. Dale al hombre un descanso. Tucker levantó las manos en el aire y volvió a entrar en la cocina para comprobar la pasta a fuego lento. Las emociones de Tucker estaban por todo el lugar y estaba molesto porque permitió a Lilliana hacerle eso. Agitó la pasta irritado cuando sintió los brazos de Lilliana alrededor de su cintura y la mejilla apoyada en la columna vertebral. —Lo siento, Tuck. No me refiero a ser tan difícil. Tal vez son mis hormonas o algo así. O tal vez es solo que me haces sentir tantas cosas diferentes. Feliz, irritada, enojada, irritada, caliente, irritada, mareada… Tucker se volvió y la miró. —Déjame adivinar… ¿irritada? —¿He mencionado irritada? —sonrió con cautela. —Unas cuantas veces. Todo lo que tengo que decir a eso es: Bienvenida a mi mundo.
  • 167.
    El humor deLilliana se aligeró y preparó los platos para la cena. Tucker la ayudó y nada más fue mencionado acerca de la prueba. Cuando ella se había disculpado por ser difícil, le recordó su comentario acerca de su padre. —Entonces, ¿qué le pasó a tu papá? —le preguntó con cautela. Los ojos de Lilliana se dispararon hacia él y parpadeó varias veces mientras masticaba su comida. Tragó saliva, se limpió la boca y respondió. —No tengo ni idea. Nunca lo conocí. Dejó a mi madre cuando se enteró de que estaba embarazada. Los dos eran muy jóvenes. Supongo que no estaba preparado para la responsabilidad y renunció a todos los derechos sobre mí. Tucker no pudo evitar sentirse enojado con su padre. Qué bastardo egoísta. Tuvo la oportunidad de tener una familia y la arrojó lejos. Más que eso, se perdió en conocer a una hermosa persona. Frunció el entrecejo, pero guardó sus pensamientos para sí. —No estoy enojada por eso, Tucker. No lo sé. Mi madre nunca habló mal de él. De hecho, ella dijo que no tenía ningún rencor hacia él por el maravilloso don de la maternidad que le dio. Tucker sonrió. —Tú madre debe haber sido una persona increíble. —Lo era. Nunca he echado de menos tener un padre. En serio. Margo y mi mamá eran mi familia, y crecí sintiéndome amada y querida —Trató de sonreír, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella sorbió la nariz y se secó las comisuras de los ojos con la servilleta, y continuó como si nada hubiera pasado. Mientras terminaban de cenar, el anhelo de Tucker por su familia crecía por momentos. Los extrañaba muchísimo y no quería postergar una visita a ellos por más tiempo. —He decidido visitar a mi familia este fin de semana —dijo Tucker a Lilliana entre bocado y bocado. —Eso será bueno para ti. ¿Cuándo vas a volver? —Nosotros, Lilly. Nos iremos mañana por la tarde y regresamos la noche del domingo. Lilliana puso su tenedor hacia abajo lentamente y su boca se abrió en la confusión. —¿Y me acusas de correr de caliente a fría? Apenas la semana pasada no querías presentarme a tu hermano, ¿ahora quieres que conozca a toda la familia? —He cambiado de opinión. Me permito hacer eso —Tucker sonrió confiadamente. —¡Oh, no!, yo no me encontraré con ellos por algún conflicto de conciencia que sientas por cómo mierda actuaste el pasado fin de semana —Lilliana sacudió la cabeza con insolencia. —Sí, lo que hice fue una mierda, pero eso no es por lo que te voy a llevar. Te voy a llevar porque me siento diferente acerca de ti ahora. Lilliana se encontró con la mirada de Tucker sin pestañear. —Diferente —preguntó ella con voz sedosa. —Ya me has oído. Soy tu puto novio, ¿recuerdas? ¿No es apropiado que conozcas a mis padres?
  • 168.
    Era cierto quese sentía diferente acerca de Lilliana, pero no era la única razón por la que quería llevarla a conocer a su familia. Era para calmar sus ánimos demostrándoles que no iba a estar solo toda su vida, y para dar a Lilliana un poco de serenidad sabiendo lo mucho que echaba de menos a su madre y su tía. —Supongo. Pero será mejor que hagamos paradas y consigamos un montón de Preparation-H30 para el viaje. Tucker se quedó sin aliento en estado de shock disgustado. —¿Por qué? ¿Qué demonios le pasa a tu culo? —Tú; eres un gran dolor en él. 30 Preparation-H: marca de crema antihemorroidal
  • 169.
    21. El vuelo ala ciudad de Iowa fue confortable y Lilliana se preguntó por qué nunca había volado de otra manera que no fuera en primera clase, a pesar de que sentía un poco de pena por los pobres tontos sentados en clase turista mientras ella se servía champán y disfrutaba de un masaje en el cuello. —Una chica podría acostumbrarme a esto, Tuck. Realmente me malcrías —susurró Lilliana con nostalgia. —La primera clase te sienta bien, mi pequeña paleta —Tucker le guiño un ojo. Lilliana frunció los labios con falsa irritación. Estaba en el aire, a 30.000 pies por encima del suelo y su corazón estaba en algún lugar por ahí flotando en una plateada y mullida nube. No había sido tan feliz en años. Incluso antes de que las cosas se pusieran muy mal con Adam, no fue tan bueno. Él la descuidaba la mitad del tiempo y cuando estaba en casa su mente estaba en otra parte. Lo más probable en dónde encontraría su siguiente culo. Ella se movió incómoda en el suave asiento. Su trasero estaba aún sensible de las azotainas juguetonas pero intensas que Tucker le había dado la noche anterior. Pero la follada que vino después fue buena. Sin ataduras, simplemente, sexo a la antigua. Con un condón, por supuesto. Lilliana había insistido en ello, pero temía que Tucker se resistiría y se saldría con la suya. Como podría esperar del hombre, ella le lamió la polla lo suficiente para hacerle cambiar de opinión y lo ayudó a ponérselo. Lilliana giró su cuerpo hacia él e inclinó hacia atrás el asiento. —Háblame de tu familia. Probablemente debería saber algunos detalles antes de conocerlos. Tucker asintió y tomó un gran trago de su gin-tonic. —Has conocido a Mason y ya sabes su “gran secreto” —Tucker agrandó sus ojos exageradamente —. Es un año mayor que tú y arquitecto en un estudio en St. Paul, Minnesota. Quería estar cerca de casa sin estar en Iowa, así que ahí es donde terminó después de la universidad. Es un genio creativo y tan terco como una mula. Él no me dejó pagar su universidad y obtuvo el dinero a su manera. Yo lo respeto por eso. Ha ganado todo tipo de reconocimientos por su trabajo. Tantos, de hecho, que he perdido la cuenta de todos ellos. Estoy orgulloso de él como el infierno. —¿Cuándo te enteraste del “gran secreto”? Tucker levantó una ceja y sacudió la cabeza. —Hace unos cinco años. Todavía no puedo creer que él haya esperado tanto tiempo para decírmelo. Creo que tal vez a veces trató de hacer alusión a ello, pero yo estaba demasiado involucrado en mi propia vida y dramas para oír lo que estaba tratando de decir. Nunca lo sospeché
  • 170.
    tampoco. Él fueun poco intimidado en el instituto, pero nunca me dijo por qué o ni permitió que fuese a dar una patada en el culo por él. Lilliana estaba fascinada y conmovida por la adoración obvia que Tucker tenía por Mason. Tenía una calidez en sus ojos cuando hablaba de él y eso era reconfortante. —¿Cuándo se lo dijo a tus padres? —Alrededor de un año después de que me lo dijo a mi —Tucker tomó su copa y bebió en ella lentamente con sus ojos vagando hasta un lugar lejano. —¿Cómo fue eso? Tucker se centró en ella y las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba. —Del modo que te puedes imaginar. Los valores y mentalidad de pueblo pequeño. Esa es mi gente. Mi padre se lo tomó duramente. Dijo algunas cosas bastante terribles a Mason y luego simplemente lo olvidó. Él todavía piensa que es solo una fase que Mason está atravesando y que lo va a superar algún día. Tucker rodó los ojos y metió hielo en el vaso y tomó un cubito en la boca. Lilliana quedó a la espera de escuchar el resto mientras él giraba el hielo en torno a la boca. Cuando empezó a crujir el cubito, continuó. —Mamá piensa que si reza lo suficiente, Dios lo va a cambiar milagrosamente y le gustaran los coños —Tucker soltó una breve carcajada entrecortada—. Ella tiene las esperanzas puestas en su heterosexualidad, así que no te sorprendas si te pregunta si sabes de alguna mujer que podrías presentarle. Lilliana sonrió y tomó un cubito de hielo del vaso de Tucker y lo chupó. —Criar dos niños McGrath; no me puedo imaginar lo que fue para tu madre. Las cejas de Tucker subieron. —¿Dos? Hay tres de nosotros, mascota. Mi hermano más joven tiene 29. Lilliana echó a reír y se atragantó con el hielo. —¡Esa mujer debe tener la paciencia de un santo! —La mayoría de las veces la tenía, pero definitivamente sabíamos cómo apretar sus botones. Gavin es el bebé de la familia en todos los sentidos. Mis padres dejan que se salga con la suya mucho más de lo que alguna vez nos permitieron a Mason y a mí. Supongo que la vejez les ha suavizado un poco. Está en su último año de residencia en la Universidad de Alabama. Afortunadamente. Me alegraré cuando pueda pagar sus propias malditas facturas. Ese chico es un derrochador de proporciones épicas. —Así que él es el único brillante en la familia, ¿no? —bromeó Lilliana. —Todos somos brillantes, pero Gavin es de lejos el más oscuro de nosotros tres —Tucker cantó una risa sarcástica—. No, no en realidad. No es más que un dolor en el culo. De hecho, le tuve que poner un límite en su tarjeta de crédito cuando tenía unos 20 años. Al principio, pensé que tenía un problema con el juego, pero resulta que solo le gustaban las damas y los clubes de striptease. Él finalmente sacó la cabeza fuera de su culo cuando tenía veintitrés años e ingresó en la escuela de medicina. Me sorprendió como la mierda que fuera aceptado. Lilliana le dio un golpecito en las costillas. —Le gustan las mujeres, ¿no? Supongo que lo heredó de ti.
  • 171.
    —Le gustan todaslas mujeres. Yo, en cambio, soy más selectivo con las que elijo pasar mi tiempo. Lilliana sintió una sensación de orgullo con el comentario de Tucker. —Entonces supongo que debo considerarme afortunada. —Sí, deberías hacerlo. Eres una de las pocas, Lilly. Una de las soberbias. Una de las… Lilliana rodó los ojos. —Ahí viene… el señor arrogante. Lo entiendo, Tuck. El resto del vuelo fue aburrido y Tucker trabajó en su ordenador portátil la mayor parte del tiempo. Solo de vez en cuando lanzaba alguna información acerca de su pasado que pensó que podría ser importante que ella supiera. Creció en Estherville, Iowa, en una pequeña granja, pero más tarde trasladó a sus padres a la ciudad de Iowa cuando su rancho fue a la quiebra. A sus padres al parecer no les gustaba la gran ciudad por lo que los trasladó a una ciudad de tamaño más razonable como Cedar Rapids. Los padres de Tucker se retiraron gracias a su generosa ayuda, pero su madre insistió en trabajar a tiempo parcial en una tienda y, además, su padre era carpintero para mantener sus manos ociosas ocupadas. Lilliana se había quedado dormida por un corto tiempo cuando sintió a las ruedas golpear la pista. Sus ojos se abrieron y una energía nerviosa de repente corría por ella. Realmente iba a conocer a los padres de Tucker. Era una especie de hito, ¿verdad? Significaba que iban en serio, ¿verdad? Sonrió a Tucker en agradecimiento por haberla invitado. Echaba de menos la cercanía de una familia y fue un gesto considerado de su parte permitir experimentar el amor de su familia. Lilliana comenzó a juguetear con el borde de su falda con ansiedad y Tucker tomó su mano en la suya. —No es para tanto, Lilly. Lilliana se echó hacia atrás, momentáneamente rechazada y confundida por el cambio abrupto en el estado de ánimo de Tucker. Su tono era tan indiferente y casual, la hizo pensar que quizás ella estaba esperando de la reunión más de lo que era. Miró a Tucker y su cara estaba en blanco y sin emociones. Desinflada, su sonrisa se desvaneció. Tucker vio el destello de esperanza en los ojos de Lilliana tornarse en tristeza. No había querido ser tan frío, pero el encuentro con sus padres realmente no implicaba nada. Cuando estaban por fin en camino a Cedar Rapids en el coche de alquiler, Lilliana entraba y salía del sueño. Tucker dio la bienvenida al silencio y tuvo tiempo para pensar en todo lo que había sucedido con Lilliana. Por mucho que tenía ganas de ver a su familia, estaba casi horrorizado. En primer lugar vendrían las preguntas: ¿vas en serio con Lilliana, Tuck? ¿Es Ella, Tuck? ¿La quieres, Tuck? ¿Cómo demonios iba a responder a esas preguntas sin mentir? Sí, él iba en serio con ella, pero no la amaba y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría esta cosa. ¿Qué otra cosa podía
  • 172.
    decir? ¿Que teníanun sexo increíble juntos? ¿Que ella dejó que la atara y hacerle cosas depravadas? Mierda, su madre le daría una bofetada en la cabeza si supiera sus inclinaciones. A continuación vendrían los supuestos: ¿Así que vas a casarte con ella, Tuck? ¿Vas a tener una familia con ella, Tuck? Él solo quería tomar esto un día a la vez y dejar que las cosas sucedieran a un ritmo natural. Si funciona, genial; si no, bueno… él no estaba listo todavía para pensar en eso, porque realmente se preocupaba por Lilliana en algo más que a nivel sexual. Tucker se acercó a Lilliana y le apretó el muslo para despertarla. Ella despertó y sus exquisitos ojos se centraron en él. Una miríada de pensamientos confusos y sentimientos asaltaron a Tucker. Dios, era tan hermosa en muchos sentidos. Era una mujer fuerte y valiente, desafió su forma de pensar y lo obligó a dejar de lado su personalidad austera. Pero sobre todo Lilliana era absolutamente buena para él. La acusación de Lilliana de que corría del calor al frío lo golpeó en la cara, porque eso es lo que sentía cuando estaba alrededor de ella; caliente y frío, aunque más caliente que frío, si era completamente honesto consigo mismo. Tucker le dio una sonrisa torcida para transmitir sus sentimientos y Lilliana parpadeó varias veces sin una pizca de felicidad en su rostro. —Voy a hacer mi mejor esfuerzo para no dar falsas esperanzas a tus padres en relación contigo, Tucker. Una punzada de culpabilidad penetró en su pecho por haberle dicho que no era para tanto el conocer a sus padres. Era una gran cosa y él lo sabía condenadamente bien. Los ojos tristes de Lilliana se apartaron de él y recorrieron la pequeña propiedad que había comprado para sus padres. —Es hermoso aquí. Nunca había estado en Iowa. Me recuerda a Kansas, pero no tan accidentado. Por el tono y la inflexión de su voz, Tucker podía decir que ella estaba tratando de ser amable sin revelar nada. —Eres un hombre muy bueno por haber comprado esto para ellos. No me importa lo que digan de ti, Tucker McGrath; eres un buen tipo. Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Maldita sea, si Lilly no sabía cómo sacar lo mejor de él. —Bueno, vaya, gracias. Tú también eres buena. Un petardo entre las sábanas y una bomba de tiempo en las calles. El rostro de ella se iluminó y Tucker se alegró de ver el regreso de su alegría. —¿Crees que puedo poner esa pequeña coletilla en mi currículum? —¿Currículum? ¿Por qué? ¿Estás pensando en ir a alguna parte? Lilliana se encogió de hombros y tomó un pedazo de pelusa en su falda. —Nunca se sabe. Si no puedo pagar mis impuestos, solo puedo ir a donde me lleve el viento. Siempre he pensado que Carolina del Sur sonaba bien. O Florida, en algún lugar cerca de la playa. Tucker desaceleró el vehículo cerca de detenerse y la miró fijamente. ¿Hablaba en serio? Tucker sintió como si lo hubieran golpeado en el estómago y el viento lo hubiera tirado. Hace solo instantes, simplemente, quería tomar las cosas un día a la vez pero ahora, la idea de perder a Lilliana para siempre lo hizo poner de cara a la realidad y a su mayor temor —perderla.
  • 173.
    * * *** * —Mierda, Lilly, me gustaría que dejaras de preocuparte por esos malditos impuestos. Vas a estar bien. Eso era fácil para Tucker decirlo, que no tenía una sola preocupación en el mundo cuando se trataba de finanzas. —Siempre puedo pagártelo… Lilliana echó la cabeza hacia un lado, sorprendida por lo que salía de la boca de Tucker. —¡No! —espetó. Tucker desaceleró el coche hasta detenerse por completo y la miró cuidadosamente. —No quiero ni necesito tu dinero, Tucker —La voz de Lilliana comenzó fuerte pero terminó en un susurro débil, confundida por sus emociones—. Aprecio tu oferta. De verdad, pero puedo manejar mis propios asuntos financieros sin la ayuda de un hombre. Ella dejó claro que no tenía por qué depender de un hombre por su ayuda monetaria. Adam destelló en su mente y la forma en que siempre había mantenido su dinero sobre su cabeza como una especie de premio fuera de su alcance si no hacía exactamente lo que él quería o actuaba exactamente como se esperaba de ella. Conocía a Tucker muy poco y ni soñando quedaría en deuda con él. Mierda, por lo que sabía, Tucker seguía interesado en su tierra. ¿Entonces qué? ¿Si ella no podía pagarle él podría tomar su propiedad y hacer con ella lo que quisiera? Lilliana negó con la cabeza por sus terribles pensamientos. Tucker había sido honesto con ella acerca de sus intenciones con su tierra y se sentía terriblemente culpable por pensar en lo peor de él. Tucker quedó sentado en silencio observándola, sus cejas juntas mientras se mordía el labio inferior. —Lo siento, Tuck. Es solo que no quiero que el dinero se interponga entre nosotros. Tucker se acercó e inclinó la cabeza hacia ella. —Nunca permitiría que eso sucediera. —Bueno. No vamos a hablar de eso nunca más —Lilliana suspiró con alivio. Tucker condujo la corta distancia que faltaba del largo viaje y después de unos pocos minutos llegaron a la puerta principal de sus padres. Antes de que salieran del coche, su madre salió agitando sus manos y sonriendo. Lilliana sonrió en respuesta y le devolvió el saludo. Tan pronto como salió del coche, la madre de Tucker estaba sobre ella, abrazándola y mirándola de cerca. —Oh, Tuck, es una cosa bonita. ¡Mírate! ¡Eres tan linda! ¡Pero mírate! ¿Quién te hizo esto? —dijo frunciendo el ceño. Lilliana sintió su cara arder de color rojo brillante y miró a Tucker que le sonreía torcidamente. —Tuve un encuentro con mi exmarido. Charlene miró a Tucker. —¡Espero que te hayas hecho cargo de ese hijo de puta!
  • 174.
    Tucker hinchó elpecho con orgullo. —Diablos, sí, lo hice. Él no molestará a Lilly de nuevo —Tucker desapareció detrás del coche para recoger el equipaje, mientras que su madre hizo inventario de ella. —Buen chico. Bueno, ya veo que eres diferente a las mujeres habituales que Tucker trae a casa: tienes tetas de verdad. La cabeza de Tucker apareció de detrás de la tapa del maletero. Sus ojos estaban muy abiertos y abrió su boca anonadado. —¡Muy bonito, mamá! Lilliana hizo su propia inspección de la madre de Tucker: cuerpo tonificado con los pechos grandes, alrededor de 1.70, manos firmes y suaves, melena hasta los hombros con pelo castaño y gris y una cálida risa genuina que le recordó la de su propia madre. Su rostro mostraba líneas acordes con su edad de finales de los 50 pero no se podía negar que era hermosa. —Soy Charlene, pero puedes llamarme Char —le guiñó un ojo. Tucker se parecía tanto a su madre que era extrañamente peculiar. Compartían los mismos labios y la nariz, el mismo color y la forma de los ojos, e incluso la misma forma de guiñarlos. Cuando levantó la vista, el padre de Tucker iba caminando lentamente hacia ella. Su mirada era crítica mientras sus ojos se movieron sobre su cuerpo. Lilliana estaba acostumbrada a tratar con viejos agricultores, reprimió su sonrisa y se acercó a él con valentía. —Mucho gusto, señor. Soy Lilliana Norris de Concordia, Kansas. Pero mi familia es originaria de Connecticut —afirmó con seguridad mientras le extendía la mano. Las cejas del padre de Tucker subieron y Lilliana creyó ver la leve insinuación de una sonrisa en sus ojos. Era un hombre guapo, con pelo plateado un poco largo, ondulado, una cara escarpada y era tan alto y sólido como Tucker. A pesar de su exterior áspero, sus ojos grises eran amables y brillaban intensamente. Tomó su mano entre sus dos grandes palmas rugosas. —Encantada de conocerte. Soy Gregory McGrath. ¿Concordia, dices? ¿Cuál? ¿El condado de Cloud? Lilliana sonrió y asintió con la cabeza. —Sí, conozco el lugar. Yo tenía una tía y un tío del condado de Clay. Solía visitarlos con frecuencia. ¿Te acuerdas, Char? —Gregory levantó la cabeza hacia Charlene. Ella hizo un gesto de reconocimiento, pero estaba demasiado ocupada adorando a Tucker y no prestaba ninguna atención a Gregory. Tan pronto como Lilliana entró en la residencia McGrath, se sintió como en casa. El olor de algo sabroso persistía en el aire y todas las paredes estaban cubiertas de fotos. El pequeño estante de madera sostenía trofeos de todo tipo y Lilliana se dirigió hacia ellos. Le encantaba la sensación de vida en una casa con toda su singularidad y familiaridad. Dos trofeos pertenecían a Tucker desde hace eones, uno de agricultura y otro de atletismo. Pasó sus dedos sobre la antigua estatua pintada de oro y sonrió. Sus ojos vagaron alrededor de la casa inmaculada y se posaron en varios collages de fotos familiares. Tucker siempre había sido guapo, al igual que sus hermanos más jóvenes. Tucker estaba hablando con entusiasmo sobre el trabajo y otras tonterías, y Lilliana se vio envuelta en todos los recuerdos familiares. Charlene se echó a reír y le sonó tan familiar en sus oídos que la tomó por sorpresa. Giró sobre sus talones y se le cortó la respiración en la garganta.
  • 175.
    No, ella noiba a quebrarse. Hoy no; no aquí. Se tragó su dolor y se alejó de la familia McGrath para recuperar la compostura. —¿Estás bien, Lilly? —Tucker estaba detrás de ella con sus brazos alrededor de sus hombros y susurrando dulcemente al oído. —Sí. Tienes una hermosa familia. Tienes mucha suerte, Tucker. Espero que nunca lo des por sentado. La giró por sus hombros y rozó sus dedos debajo de la barbilla. Abrió la boca para decir algo pero su madre estaba sobre ellos arrastrándolos a la cocina para tratar de darles de comer. Tucker se rio y rodó los ojos. —Esa es mi mamá. Mis hermanos y yo tenemos una apuesta continua por cuánto tiempo va a tardar en tratar de alimentarnos desde el momento en que entras en la casa. ¿Cuánto fue eso? ¿Cinco minutos? Podría ser un nuevo récord para ella. —¡Escuché eso! —dijo Char—. Tus hermanos deben estar aquí un poco más tarde. Fue tan difícil como sacar una muela el llegar a un acuerdo para que Gavin venga. Creo que tiene miedo de que le hagas pasar un mal rato por su pequeño fiasco en Tuscaloosa Memorial. Tucker parecía visiblemente molesto y sacudió la cabeza. —Debe tener miedo. Su polla va a meterlo en problemas y expulsarlo de su programa médico. —Tucker G. McGrath, cuida tu lengua —gruñó Charlene. —Es verdad y lo sabes. No tengo miedo de decirlo. Ambos le permitieron llevar la batuta en esta casa y ahora no tiene sus propios límites. Todo el mundo sabe que la regla de oro en los negocios es no dormir con sus compañeros de trabajo. Apóyame, Lilly —Tucker miró a Lilliana en busca de apoyo. Fue sorprendida con la guardia baja por las miradas punzantes de él y de Charlene, y se encogió de hombros, no queriendo meterse en medio de un desacuerdo familiar. —Vamos, chica. Tienes una opinión. Escúpela —la miró Charlene. —Bueno, a pesar de que rara vez estoy de acuerdo con Tucker y lo encuentro a menudo impetuoso y francamente ridículo y arrogante, creo que esta vez tiene razón. Ningún coño en el trabajo suena como una buena regla a seguir. El cuerpo de Tucker se puso rígido por la sorpresa, su boca estaba abierta, y sus ojos estaban tan redondos como platos. Cuando ella miró de reojo a Charlene, sus ojos estaban tan grandes como los de Tucker y su boca abierta. Lilliana les sonrió tímidamente y miró a Gregory que tenía una enorme sonrisa dibujada en su rostro. —¡Maldición, creo que has encontrado una joya, Tuck! —Gregory gritó mientras cruzaba la habitación y sacudió Lilliana por los hombros. Él le dio una palmada en la espalda bruscamente: —Sí, creo que ésta lo va a hacer muy bien. Lilliana se pateó a sí misma por su bocaza y se preguntó si su culo no pagaría por sus comentarios más tarde. Gregory la arrastró a la cocina charlando sin cesar y Lilliana miró en tono de disculpa a Tucker, que aún estaba conmocionado por su honesto, aunque descarado, comentario. Le había dicho que no esperanzaría a sus padres y ahora su padre estaba obviamente muy impresionado con
  • 176.
    ella. Lilliana decidiómantener la boca bien cerrada el resto de la visita e intentar, todo lo posible, ser una mosca en la pared. Varias horas más tarde Gavin y Mason se presentaron y la casa se convirtió en un caldero burbujeante de la risa y el amor. Lilliana se quedó atrás, observando con asombro. Tucker esperó unos pocos minutos antes para “charlar” a fondo con Gavin y dejarle claro las reglas de combate cuando se trataba de mujeres y trabajo y, acerca de cómo mantener su polla en sus pantalones. Esa conversación llevó a la opinión de Lilliana que Gregory estuvo muy emocionado de contarles. Todos se callaron y sus ojos se clavaron en ella. Mason fue el primero en saludarla. Lilliana le tendió una mano pero Mason la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza. —¡Oh, cariño, ese ojo! Pobrecito. Oí que Tucker realmente le dió una buena paliza, por lo menos. De todos modos, ahora podemos tener una conversación de verdad. Tengo tantas cosas que decirte sobre Tucker. No dejes que te engañe, no es tan frío e inocente como pretende —dijo moviendo las cejas hacia arriba y abajo. Lilliana soltó una breve carcajada. Ella era muy consciente de que Tucker no era inocente y tenía un par de historias propias que podría contarles, pero decidió dejarlos con sus ideas de quién pensaban que era Tucker en realidad. Miró por encima del hombro de Mason y sonrió con picardía a Tucker, y fue recompensada por su silencio con una pizca de seducción de sus labios y un guiño. —Lilly, querida. ¿Conoces a alguien que podría quedar con Mason? —dijo Charlene por encima del hombro de Mason. La boca de Mason se frunció y rodó los ojos exageradamente a Lilliana. —Sí, creo que sí. Alguien de mi trabajo está libre —dijo Lilliana. Los ojos de Charlene se abrieron con esperanza. Lilliana miró a Mason que parecía confundido—. El Dr. York es un hombre maravilloso, Mason. Tal vez pueda presentártelo en algún momento —sonrió con complicidad a Mason. Tucker tosió y se rio entre dientes, y la sonrisa de Mason era tan grande que prácticamente llenó a todos en la habitación. Charlene resopló y salió de la conversación. —Lilly de Kansas, eres oficialmente lo máximo —dijo Mason entusiasmado. Gavin finalmente fue hacia ella y, para su sorpresa, tenía la voz suave y tímida. Era joven y atractivo, con pelo corto, castaño claro, y con el mismo tipo de cuerpo que Tucker y Mason; alto, con un físico delgado fuerte. Todos sus otros atributos eran como los de su padre, incluyendo sus penetrantes ojos grises. En cuanto a su sonrisa, Lilliana no tenía ninguna duda de que había derretido más de un corazón. Le ofreció una mano amable, pero solo hizo contacto visual cuando Lilliana le habló directamente. Estaba confundida. ¿Este fue el hombre que no podía mantener la polla en sus pantalones? Típico. Siempre eran los más callados de los que había que estar más atentos. Si era como Tucker, tenía encanto y carisma a raudales. Lilliana fue inexplicablemente capaz de mantener su sarcasmo en jaque el resto de la noche. Tucker mantuvo una mano firme en ella en todo momento. Le masajeó círculos en la espalda durante la cena, y le apretó el muslo posesivamente durante las discusiones post-cena. Cuando finalmente todos se trasladaron a la terraza de atrás, Lilliana mantuvo sus ojos pegados a la boca de Tucker y soñaba con ser aplastada en sus brazos. La media luna brillaba rabiosamente, el viento soplaba suave, y los ojos de Tucker brillaban a la luz lunar. Más de una vez Lilliana fue sorprendida comiéndoselo con los ojos y haciendo todo lo posible para ocultar su evidente turbación. Tucker,
  • 177.
    tampoco dejaba demirar hacia ella una y otra vez, y ella no podía dejar de sentir la esperanza en el futuro. Debía de ser por el ambiente y su entorno, que se permitió soñar despierta. Instalada en el dormitorio que estaba claramente diseñado para Tucker, miró a todas las cintas de premios y trofeos repartidos por la habitación. Había un panel de corcho con fotos de preparatoria y rio a carcajadas por estilo de pelo de Tucker de esos tiempos. —Era sexy, ¿no es cierto? —Tucker se rio detrás de ella mientras se desnudaba bajando sus bóxers y buscando en su maleta. —Por supuesto. Es increíble lo bien parecido que son todos los hombres McGrath. Todos fueron bendecidos con genes sorprendentes. Tu madre, también. Es tan bonita. —Me aseguraré de mencionarle lo que dijiste —declaró Tucker con orgullo. —Así que dime, ¿qué significa la G en tu nombre? Tucker sonrió y mostró sus dientes. —Grueso. Nada divertida, lo miró fijamente. —Lo digo en serio. —Sí, en serio. Soy grueso. ¿Quieres que te lo recuerde —se preguntó, agarrándose la polla a través de su ropa interior. —No importa —dijo Lilliana rindiéndose, dándole la espalda para sacar su pijama del bolso. —Es Garrett. —La voz de Tucker se profundizó y se hizo ronca—. Así que… ¿cómo se siente tu culo? Lilliana se dio la vuelta para ver a sus ojos por lo general de color marrón, ya negros. —No quise decir lo que dije antes —tartamudeó. Tucker sonrió maliciosamente. —Sí, lo hiciste. Y creo que esa pequeña observación merece un castigo. Si voy a ser acusado de ser impetuoso, entonces debo vivir de acuerdo con eso. Tucker sacó una mano de detrás de la espalda y portaba una gran paleta de madera. —¿De dónde diablos salió eso? —Lilliana jadeó, sorprendida por el tamaño de la misma. —Lo traje por si acaso pudiera necesitarlo. —¿Esperabas usar eso conmigo aquí? —contrarrestó sin aliento. El rostro de Tucker iluminó. —Honestamente, sí, pero no para castigo. Lilliana dio un rápido vistazo a la paleta y se alejó. Sin Tucker instruyéndola sobre lo que hacer, ella apoyó la parte superior del cuerpo sobre el borde de la cama, su pecho descansando sobre el edredón de felpa. Su respiración se volvió superficial y rápida en respuesta a lo que Tucker estaba a punto de hacer; lo que permitía a Tucker hacerle. Si Lilliana no se sintiera tan culpable por lo que había dicho, hubiera dado batalla, pero tuvo que admitir para sí que sí, que era merecedora de un poco de disciplina por su boca rebelde. Lilliana intentó meter los brazos por debajo de su apoyo. —Las manos detrás de la espalda, Lilly. Muñecas bloqueadas.
  • 178.
    Lilliana se asombróde cómo podía sonar autoritaria la voz de Tucker y el gran control que exudaba cuando se colocaba en la posición de repartir castigo. Él realmente era un hombre con muchas capas. Haciendo lo que le decía, Lilliana movió las manos a la espalda. Su corazón latía sin control. ¿Por qué estaba permitiendo esto? ¿Por qué necesitaba esto Tucker? ¿Por qué ella lo necesitaba? ¿Y si sus padres la escuchaban? Tucker levantó la pala y Lilliana se estremeció, su cuerpo se tensó en preparación para su castigo. —Más abierta, mascota —susurró Tucker, separando sus pies. Lilliana hundió la cara en la manta hacia abajo y ahogó un gemido. Tenía miedo, aunque sabía que nunca le haría un daño irreparable. La piel áspera de Tucker se sentía en la parte baja de la espalda, su caricia caliente y salvaje como él, pasaba suavemente sus dedos arriba y abajo de su espina dorsal. —Prepárate; esto es para aprender. Es esencial que entiendas que necesitas controlar tu boca. Valoro tu opinión, Lilly, realmente, pero exijo respeto. La voz de Tucker era decidida y de otro mundo. Lilliana debería correr pero ya era demasiado tarde. Ella estaba metida y lo sabía. Lo había aceptado sabiendo muy bien sus tendencias y perversiones. Aún así, confiaba en él. Más que eso, ella lo necesitaba, y él merecía el mismo respeto que le daba a ella. Tucker bajó la pala sobre su nalga izquierda en un golpe sólido, y Lilliana mantuvo la cara enterrada en la ropa de cama para amortiguar su grito. No quería avergonzarse a sí misma o a Tucker si permitía que sus padres oyeran su momento privado. Tucker golpeó su trasero un total de seis veces, alternando entre nalgas y entrepierna. Lilliana sospechó que estaba siendo indulgente con ella, pero estaba agradecida. Cuando todo estaba dicho y hecho, la arrastró en sus brazos y la besó en la cara. —Eres tan hermosa, Lilly. Tengo mucha suerte de haberte encontrado. Lilliana sintió de todo en sus brazos y, con excepción de la sensación de hormigueo caliente en su trasero, el castigo fue olvidado. Ella se estiró en la cama con su culo en llamas enviando brasas de excitación por todo su cuerpo. Tucker había marcado su cuerpo y ahora quería sentir sus manos y boca en ella. Él intuyó sus deseos y se arrastró sobre ella, aplastándola con el peso de su cuerpo. —Para que lo sepas, no traje ningún preservativo en este viaje —dijo levantando una ceja. La libido excitada de Lilliana dolía con una sensación de urgencia por ser llenada por Tucker. —Entonces será mejor que vayamos a la tienda a conseguirlos. Los ojos manchados de caramelo de Tucker se entornaron con picardía, y luego recorrieron su cuerpo. Extendió su mano debajo de su camisa de dormir y tironeó del capullo apretado de su pezón, enviando ondas de choque de placer a través del vientre de Lilliana. —En esta ciudad todo cierra a las 22:00. Lilliana suspiró miserablemente tratando de ocultar su abrumadora excitación. —Creo que esta noche va a ser una larga noche sin sexo. Tucker no esquivó el golpe. Sus ojos se enfriaron y saltó de la cama. —Sí, supongo que lo será. Tengo algunas cuentas de trabajo para revisar así que voy a utilizar mi tiempo de esa manera —respondió con indiferencia, echando mano a su ordenador portátil.
  • 179.
    Lilliana quería polla.Aún más, quería la polla de Tucker. —¡Tucker McGrath, trae tu culo aquí! —le espetó. Tucker ladeó la cabeza y no mostró ninguna reacción. —No hasta que te arrastres. La boca de Lilliana se abrió. —¿Arrastrarme? ¿Por qué? Con el ceño en una línea recta, Tucker puso las manos en las caderas. —Por hacerme masturbar en una taza para demostrar que estoy libre de ETS31 y luego todavía exigirme que use un condón. Lilliana se inclinó hacia delante y bateó sus pestañas hacia él animadamente. —¡Ahh! ¿Te corriste en una taza por mí? ¡Qué romántico! Un destello de humor cruzó el rostro de Tucker y sus ojos ardieron cuando ella se puso a cuatro patas y se arrastró hacia él. —¿Ordeñaste el cabezón de leche? ¿Mojaste el aire? ¿Meneaste tu salchicha? A Tucker le estaba resultado difícil abstenerse de sonreír mientras dejaba caer sus manos a los lados. Lilliana hizo caminar a sus dedos por sus piernas hacía sus muslos, su cara a escasos centímetros de su entrepierna. Tucker se pasó las manos por el pelo y le dio a Lilliana una sonrisa cómplice. —Tu conocimiento de los sinónimos de las pajas me asusta. Te estoy viendo con una nueva luz — bromeó. Lilliana presionó su palma sobre la polla endurecida de Tucker y se frotó contra ella. —¿Te pajeaste en un vaso de papel o en un copón? —Ninguno de los dos —Tucker respiró profundamente, obviamente encendido. Lilliana continuó batiendo sus pestañas juguetonamente. —¿Pensaste en mí cuando lo hiciste? Tucker cerró los ojos y pasando su lengua por el labio superior. —Me fijé en una revista porno. Movimientos de Lilliana cesaron. —Humffff. Al abrir los ojos, Tucker intentó reprimir una carcajada. —¿Esta es tu versión de arrastrarte? Lilliana se puso rebelde y caminó hacia la cama. —Yo no me humillo. —¿Aceptas mi castigo, pero no te humillas? Eso tiene mucho sentido. 31 En realidad no encontré ningún análisis de ETS que se haga sobre semen. Se hacen sobre sangre, orina y, si hay lesión, se toman muestras celulares. Pero es divertido.
  • 180.
    —Eso es completamentediferente. Prefiero someterme a tener sexo en mi cara que a humillarme —Lilliana habló con valentía. Tucker ahogó y se atragantó con una carcajada. —Si es así como lo deseas. Sin previo aviso, Tucker la empujó sobre la cama, se sentó a horcajadas y le agarró la cabeza como si estuviera listo para follarle la cara. Lilliana chilló de risa y le golpeó las manos. —¡Bueno! ¡Detente! Inmovilizada debajo suyo le arrancó las bragas y quitó sus bóxers. Lilliana repente se dio cuenta de que estaban en la casa de los padres de Tucker y se sentía un poco culpable de que estuvieran a punto de tener relaciones sexuales sin protección bajo su techo. —Tuck —susurró—. Tal vez no deberíamos hacer esto en la casa de tus padres. ¿Qué pasaría si nos oyen? —¿Oh, cuán malvados serían? —Tucker se rio entre dientes mientras descansaba la cabeza de su polla sobre el coño de Lilliana—. Supongo que tendremos que hacerlo extra silencioso, ¿no es así? Como si estuviéramos teniendo un secreto travieso, sin protección, delicioso, sexo encubierto. Tucker puso un dedo en sus pliegues húmedos y Lilliana dejó escapar un gemido silencioso. —Eso es, mascota. Quédate muy quieta mientras hago latir a este coño todo lo que vale. ¿Crees que puedes hacerlo? —Tucker sonrió con una mirada desviada en sus ojos. Lilliana asintió, pero no estaba segura de poder seguir adelante con los deseos de Tucker. Deslizaba el dedo dentro y fuera de ella mientras la preparaba, Tucker acarició su pene con la otra mano. Lilliana abrió más las piernas cuando él cambió su peso corporal. No podía dejar de sentir aprensión acerca de no usar protección. Sí, él era libre de enfermedades de transmisión sexual pero, aún así, tener ese tipo de relación era tan increíblemente íntimo. Pasó las palmas de las manos sobre su vientre y se aferró a la parte superior de sus muslos en previsión de la penetración de Tucker. La mano de él rozó su cadera, la tomó de la mano y la guió hacia su pene permitiendo que fuera ella la que lo dirigiera hasta su coño. Su polla latía y latía por la necesidad de estar en ella y sus dedos se erizaron sobre esa calidez que Tucker mantenía. Sus ojos se dilataron ampliamente a medida que traía la cabeza de su rigidez hasta su entrada. Tucker reajustó su cuerpo una vez más y poco a poco abrió la apertura de Lilliana. El placer era puro y explosivo. No, ella no podía sentir la diferencia sin el condón, pero sabía que la había y su mente permitió un éxtasis más profundo a causa de ella. Una llamarada brillante de deseo llenó los ojos de Lilliana mientras su cuerpo se curvaba y empujaba contra él. Maldición, ella era impresionante. Tucker observaba hipnotizado como Lilliana mordió el puño de su mano para mantenerse lo más en silencio posible y tuvo que morderse el labio inferior. Se deshacía en su pasión y su dureza parecía electrificarle a ella todos sus sentidos. El calor de la suave carne de Lilliana mientras sus manos recorrían sus pechos y muslos era embriagador. Los suaves sonidos de su respiración pesada llenaron los oídos de Tucker al igual que los sonidos húmedos y el de sus pieles chocando una contra la otra.
  • 181.
    Quería ver aLilliana retorcerse, Tucker presionó su pulgar con firmeza contra su clítoris rojo brillante y lo frotó con celo. Lilliana movía la cabeza hacia atrás y adelante, y Tucker no pudo evitar sonreír ante sus movimientos frenéticos por las intensas sensaciones ardientes que le enviaba por todo su cuerpo. Ella inclinó la pelvis y una chispa de calor golpeó la cabeza de su pene, haciéndolo gruñir en voz alta. Los ojos de Lilliana se abrieron y sonrió deleitándose en su intento de mantener silencio. Lilliana levantó la pelvis hacia arriba otra vez y Tucker se deshizo. Él gruñó y se tragó su grito de placer. —Me encantaría saber lo mucho que me quieres… —murmuró Lilliana en voz baja. Esa voz, su cuerpo, los ojos y la boca… Los ojos de Tucker se movieron rápidamente y examinaron cada centímetro de su cuerpo quien ahora era el que le estaba dando placer. Tucker se retiró, se situó en el extremo de la cama y tiró de Lilly hasta la posición estilo perrito. Levantó una de sus piernas en el borde de la cama y se hundió en ella. Se humedeció un dedo y suavemente presionó contra el agujero fruncido apretado de su ano y suavemente lo frotó. Lilliana parecía disfrutarlo. Él quería cada parte de ella y su plan era preparar su culo apretado antes de la penetración. Empujando suavemente su dedo en su apertura, el cuerpo entero de Lilliana se reprimió y ella dejó escapar un grito ahogado. Podía sentir su malestar por lo que lo retiró y apretó sus caderas. —Vamos a llegar al final, mascota. Lilliana se asomó por encima del hombro y sonrió en agradecimiento por su espera. Dejó caer la cabeza y empujó hacia atrás contra las caderas de Tucker, y un gemido escapó de su garganta. Quería explorar sus profundidades y se introdujo en ella, con ganas de escuchar sus gritos de deseo. Colocando su mano en la parte baja de su espalda, Tucker podía sentir el calor, por supuesto, el cuerpo de Lilliana a todo lo largo de su torso y hasta los dedos de los pies. Él se distrajo momentáneamente cuando, sin previo aviso, Lilliana empujó su culo hacia arriba y golpeó ese lugar mágico haciéndolo correrse dentro de ella. Él se quedó quieto mientras su polla palpitaba y se retorció violentamente mientras su coño se aferraba a él con fuerza. Aún endurecido, Tucker continuó impulsando en ella hasta que la respiración de Lilliana se trasformó en un largo gemido de rendición. Ella se derrumbó sobre la cama, boca abajo y Tucker cayó sobre la cama junto a ella. Su cuerpo se estremeció con el frío y la fatiga y sus músculos abdominales le dolían por el esfuerzo. Se acercó a la mesita de noche donde su madre había puesto toallas limpias para los dos y la limpió ligeramente. Se puso detrás de ella como cucharita cuando su respiración se profundizó y sus curvas suaves moldearon los contornos de su cuerpo delgado. Cuando Tucker cerró sus ojos, Lilliana susurró: —Me gusta el sexo secreto. Y todavía mantengo mi afirmación de que eres atrevido y ridículamente arrogante a veces. Tucker sacudió la cabeza y suspiró profundamente y luego se echó a reír. No había ninguna cantidad de azotes que detuvieran a la audaz boca de Lilliana, y a él le parecía perfecto.
  • 182.
    22. Tucker se despertócon el brazo de Lilliana sobre su pecho y la cara hundida en las costillas. El sol brillaba en la ventana alumbrando el cuerpo de Lilliana magníficamente. Una capa de sudor cubría su cuerpo y Tucker deslizó su dedo índice por la espalda y lo lamió. Ella sabía divina, salado y dulce. Con una furiosa erección matinal y un rugido en el estómago se inclinó al oído de Lilliana. —Voy a hacerte una tijereta si me das algo de comer. La boca de Lilliana curvó en una amplia sonrisa y sus ojos se abrieron. —¿Favores sexuales por viajes al refrigerador? —dijo bostezando. Tucker asintió. —¿Qué te parece? Lilliana se incorporó sobre un codo y lo miró confundida. —Pensé que solo dos chicas podían hacer tijereta32 . —Oh, mi pequeña, cuán equivocada estás. Voy a tener que mostrarte cómo se hace. Pero primero, Tucker necesitar alimento —gruñó y se golpeó el pecho como un hombre de las cavernas. —Todo lo que quieras —Lilliana saltó de la cama. Tucker jadeó con falso asombro. —¿Te sientes bien? —No tientes a la suerte. Me siento muy sumisa esta mañana, así que disfrútalo mientras dure — sonrió mientras se ponía su ropa interior, una camiseta y jeans—. Voy a estar de vuelta, así que ¡prepárate para tijeretear conmigo hasta que el sol se ponga! Lilliana desapareció por la puerta en un abrir y cerrar de ojos, dejando a Tucker hacer frente a su erección rampante. Se acercó a la ventana y se asomó. El día era brillante y podía oír los sonidos del viento que soplaba más allá de los árboles. Abrió la ventana y el olor de la hierba recién cortada le hacía cosquillas en la nariz. Por mucho que le gustara la vida de la ciudad y la emoción de la caza de un nuevo proyecto inmobiliario, también extrañaba esto, la serenidad y la paz que proveía la vida del campo. La quietud y la tranquilidad de la habitación le trajeron inesperadamente un sentimiento de desolación porque era un duro recordatorio de lo solo que realmente estaba. Claro que tenía mujeres a su disposición veinticuatro horas al día, pero no le proporcionaban nada de lo que necesitaba emocionalmente y su familia tenía su propia vida que vivir. Siempre había querido una esposa e hijos propios, pero después de años de tratar de encontrar a “la Mujer” se había dado por 32 Scissor-Fuck (en el original): Tijereta = Posición sexual en la que los miembros de la pareja están en posición opuesta tocándose solo por la zona genital con las piernas abiertas, ambos, como una tijera. Frecuente entre lesbianas.
  • 183.
    vencido. Pero estaraquí con Lilliana… tal vez… solo tal vez… Tucker sabía que tenía una tendencia a precipitarse cuando se trataba de mujeres hermosas y no quería que ese fuera el caso con Lilliana por lo que suprimió el ansia que sentía por ella en el pecho. Iba a tomar las cosas con calma con ella. Recordó su comentario sobre los impuestos sobre la tierra, y comenzó a formularse formas de conseguir algo alrededor de eso. Si ella estuviera de acuerdo para vender una parte de ella, o tal vez alquilar una parte… El cerebro de Tucker era un hervidero de ideas de cómo resolver el problema de Lilliana cuando ella entró en la habitación con un panecillo de canela caliente cubierto de mantequilla de maní y un vaso de leche. Su madre debía de haberle dicho que era uno de sus alimentos favoritos de la infancia. Lilliana sonrió y lo dejó sobre la mesita de noche. —Tengo que hacer una parada en el mercado de descuento33 . Mi cuevecita estará decorada con rosas rojas en los próximos días, así que tengo que conseguir algunos productos femeninos. Después de comer, podemos ir y luego regresar aquí para una rápida tijereta —dijo ella sonriendo. Tucker se quedó inmóvil en la puerta de su armario. —Yo no compro en esos mercados. —¿Por qué no? —preguntó Lilliana mientras se sentaba en la cama para ponerse los zapatos y calcetines. —Porque no lo necesito —respondió secamente. Lilliana levantó la cara y miró a Tucker con desdén en los ojos. —Eres un snob increíble. Una sombra de irritación cruzó el rostro de Tucker. —No soy un snob, no compro ahí. Puedes elegir cualquier otra tienda que quieras, pero no compro ahí. Lilliana entró en el armario de Tucker y empezó a revolver entre los zapatos. Seguramente tenía un par de botas viejas de sus días de muchacho de granja. Ella no podía creer que alguien que venía del mismo estrato que ella pudiera ser tan arrogante. —¿Qué estás buscando? —preguntó Tucker con ambas manos en sus caderas. —¡Ja! ¡Lo sabía! —dijo abruptamente cuando encontró lo que estaba buscando. Extendió las botas hacia él—. Mira estas viejas botas escondidas en la parte trasera de este armario, en un rincón oscuro como si estuvieras avergonzado de lo que eres y de dónde vienes. Esto es lo que eres, Tucker. Ahora ponte estas, encuentra un par de jeans que no te costaran 200 dólares y una camiseta vieja, y vámonos. Los ojos de Tucker se abrieron y luego se estrecharon con rapidez, y su cuerpo se puso rígido como si ella lo hubiera golpeado. —Yo no me avergüenzo de donde vengo. —Podrías haberme engañado. 33 Dollar Market en el original: referido a una especie de supermercado que vende a precios económicos.
  • 184.
    Tucker agarró lasbotas y las arrojó a un lado. —Puedes pensar lo que quieras pero yo no me rompí el culo para conseguir una beca en una universidad de primera categoría, ni me rompí las pelotas por seis agotadores años para conseguir mi maestría con Alta Distinción, y ni arruiné mi primer matrimonio desarrollando mi negocio para comprar en un mercado de descuento de mierda. La mirada defensiva de Tucker se fijó en Lilliana. Ella no había pensado de esa manera, pero aún así, él estaba siendo un snob y era extremadamente irritante. —Apuesto a que tus padres aún compran allí. Lilliana salió del dormitorio y fue a la sala de estar de sus padres. Si Tucker no quería acompañarla, estaba contenta de ir sola. Necesitaba cosas que comprar y esa tienda era un lugar tan bueno como cualquier otro para conseguirlas. Con las llaves del coche en la mano y casi listo para salir, Tucker entró en la habitación. —¿Estás feliz? —preguntó. Lilliana no podía creer lo que veía. Rara vez había visto a Tucker con nada menos que un traje y corbata. Incluso cuando estaba informal lucía trapos caros, pero en ese momento Tucker era un bombón sexy34 en viejas botas Roper35 , vaqueros desgastados y rotos y una camiseta descolorida de la universidad. —Voy a usar estas malditas botas pero no voy a ir a ese mercadito y ese es el final de esta discusión. Además, te aseguro que no haré compras de productos de higiene femenina. La compra de tampones es un límite muy duro para mí. Lilliana casi no oyó las palabras que había dicho. —Tu culo está maravilloso en esos pantalones vaqueros —dijo Lilliana babeando. —Por supuesto que lo es —Tucker hizo un lento giro de 360 grados mostrando su glorioso cuerpo con orgullo—. La última vez que me puse este estaba en la universidad y todavía me queda. ¡Guauu! ¡Mira este culo, nena! —Tucker sacudió su trasero. Lilliana verdaderamente apreciaba el ingenio de Tucker, aunque fuera de vez en cuando un snob. —¡Dije míralo mujer! —Tucker sacudía su trasero, lo golpeó y lanzó un gruñido—. Uh-uh, yeah — girando alrededor. Lilliana rodó los ojos y resopló una carcajada. —Es uno de los mejores que he visto —bromeó, disfrutando de sus enfrentamientos verbales. Tucker se abalanzó de repente sobre ella y la empujó hasta el sofá donde la sentó. Rápidamente se sentó en su regazo, sofocándola. —Di: ¡Tu culo es el mejor que he visto nunca! —¡Auch! ¡Me estás haciendo daño, Tucker! ¡No puedo respirar! —chilló cuando él rebotaba hacia arriba y abajo. Tucker echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. —¡No seas una niña! —se burló—. ¡Dilo! 34 A whole lot of wet panties en el original: un montón de bragas mojadas, reemplazado por Bombón sexy 35 Botas Roper: botas vaqueras
  • 185.
    Al darse cuentade que esto era la versión de Tucker del cruel juego del tío36 , Lilliana cedió, solo esperando que saliera de su regazo. —¡Es el mejor! —gritó ella, tratando de empujarlo. Tucker se puso de pie y la miró con disfrute burlón en sus ojos. —Y que no se te olvide. Lilliana frotó sus pechos y muslos, tratando de conseguir circulación de nuevo en ellos. —¿Es así como tratas a todas tus antiguas sex-amigas? —preguntó Lilliana, incrédula de comportamiento inmaduro de Tucker. Tucker se quejó. —Estoy empezando a darme cuenta de que no tienes idea de lo que está saliendo de tu boca y dudo que haya alguna esperanza de curación de tu palabrería descarada. —Mientras más pronto te des cuenta de eso, mejor —Lilliana frunció los labios en un falso beso. —Esas mujeres eran sofisticadas y correctas; nunca hubieran permitido tales tonterías. ¿Qué demonios quería decir Tucker con eso? La diversión de Lilliana rápidamente se calmó y se sentó tambaleando. ¿No dijo Tucker que creía que ella era una verdadera dama? Lilliana se levantó y pasó junto a él molesta por su inoportuna franqueza. Ella era solo una chica de pueblo que compraba en mercados de descuento; inculta y simple. Sabía que era verdad, pero escucharlo la dejó inexplicablemente irritada. —¡So! ¿Qué está mal? —preguntó Tucker, agarrando su brazo y haciéndola girar. —Lo lamento si no soy tan elegante y con clase como tus acompañantes habituales, y solo soy un accesorio sin refinar y sin estilo —respondió ella con un torrente de palabras. —Oh, diablos, Lilly, no quise decir eso —dijo Tucker con la sonrisa afectada, sosteniendo su brazo con firmeza. Lilliana luchaba por liberarse. —Voy a ir por mi cuenta. No me gustaría avergonzarte con mi falta de sofisticación y tampones. En un tono inflexible pero extrañamente suave, Tucker respondió. —Lo que quise decir fue que esas mujeres eran un aburrimiento. Mierda, nunca he bromeado con ninguna otra mujer como contigo, y no es porque seas simple y sin refinar. Es porque eres real. Las demás eran farsantes todos los días de la semana y tú, terrón de azúcar, las dejas fuera juego. Ahora, en serio, dejar de poner mala cara. Tucker la rodeó y rápidamente le golpeó el culo y no ligeramente. Lilliana sintió el aguijón de inmediato. Un suave suspiro escapó de su boca. —¿Qué fue eso? —le preguntó, frotándose la nalga. —Por acusarme de algo tan mierda. Sigue con esa mala cara y habrá otra donde salió esa. Los ojos de Tucker se estrecharon, su tono de voz era grave y Lilliana sabía que él no jodía al respecto. Ella sonrió tímidamente y le batió las pestañas en un intento de suavizar las cosas, y su ceja derecha subió infinitesimalmente. 36 Game Uncle: Juego del tío, ¿Repetir la acción del otro?
  • 186.
    —¿Quieres que teponga encima de mis rodillas? —preguntó él con un deje de engañosa calma. Lilliana tragó saliva. No, no quería. Su culo todavía estaba dolorido de la paleta. Lilliana inclinó la cabeza vergonzosamente y se mantuvo en una posición de quietud helada. —Eso está mejor. La contrición es más atractiva que la falta de sinceridad. Odiaba cuando Tucker le daba una conferencia como si ella fuera una estudiante y él su mentor, y tuvo que retener el impulso de rodar los ojos. Solo era cinco años mayor que ella, pero tenía el rostro de un viejo profesor. Corrección: un viejo profesor con mal humor que necesitaba un enema relajante y una extracción de mazorca de maíz por su culo. —Sea lo que sea que este en tu mente, habla. Lilliana miró a su alrededor con aire de culpabilidad, evitando la mirada de Tucker. También necesitaba tener a sus expresiones faciales en jaque porque la delataban cada vez. —No —susurró con timidez. Los ojos de Tucker se oscurecieron y el tono de su voz era un susurro bajo y profundo. —No me gusta esa palabra, Lilly, sobre todo cuando sale de tu boca. Encuentra otra forma de usar un tiempo verbal negativo conmigo. Lilliana pensó por un momento y propuso. —Prefiero no hacerlo. ¿Así está mejor? No podía dejar de ocultar el cinismo en su voz, y Tucker abrió la boca para castigarla más, sin duda, cuando su madre vino de afuera. —¿Qué está pasando? —preguntó ella, mirando a Lilliana y Tucker alternativamente. Lilliana delató rápidamente el comportamiento temperamental de Tucker. —A Tucker no le gusta la palabra no. Tucker frunció la boca y entrecerró sus ojos a Lilliana, y ella sonrió en respuesta. Charlene golpeó a Tucker en la espalda y se rio cariñosamente. —Él nunca lo hizo, incluso cuando era un niño pequeño. A papá McGrath no le gusta tampoco, pero la vida es divertida ya que no siempre podemos controlar las cosas que hacen y dicen los que nos rodean. Tucker medio rodó los ojos y dejó escapar un profundo suspiro de irritación. —Mi hijo siempre ha tenido problemas con el control y le gusta estar a cargo. Pero eso es parte de lo que lo hace tan encantador, y me imagino que es lo que atrae a todas esas mujeres hermosas. Como tú, Lilly. La sonrisa insolente de Lilliana de repente se hizo presumida por el comentario de la madre de Tucker. Él, sin embargo, hinchó el pecho hacia afuera, feliz de que su madre acababa de señalar lo que ya sabía. —Sí ella lo dice —sonrió Tucker. Charlene se burló de él y tiró de su pelo largo. —Lilly, estaba en lo cierto: descarado y arrogante, en serio. Tucker levantó las manos en señal de derrota y se dejó caer en el sofá junto a Lilliana. La tomó en sus brazos y la besó en el cuello.
  • 187.
    —Eres un granoen mi culo, mujer, pero no te tendría de otra manera. Lilliana disfrutaba en las brillantes discusiones nocturnas pos-cena McGrath. Al regresar de una visita al baño, Lilliana se detuvo en la puerta de la cocina a escuchar voces susurradas de Tucker y Charlene. —No te he visto tan feliz en mucho tiempo, Tuck. —No, mamá —suspiró Tucker. —No, ¿qué? Vosotros dos sois tan parecidos. Ella te reta y eso es exactamente lo que necesitas. ¿De qué tienes tanto miedo? No todo el mundo es como Aubrey. Hay que dejar ir lo que te hizo ir, hijo. —Lo sé y lo he dejado ir. No tengo miedo de nada. Es solo que no quiero zambullirme de cabeza como hice en el pasado. Lilly no está interesada en casarse y yo tampoco. No nos adelantemos, que acabamos de conocernos hace un mes. Charlene levantó una mano y apretó el antebrazo de Tucker. —Yo sabía en nuestra primera cita que tu padre era el Hombre. Tucker se rio suavemente. —Eso fue diferente. —¿Por qué? —Charlene preguntó con las cejas levantadas. —Eran otros tiempos —Tucker intentó despacharla. —El tiempo es irrelevante en lo que al amor respecta —sonrió amablemente. —¿El amor? Jesús, mamá, no pongas tan arriba tus esperanzas. Solo quiero disfrutar de esta cosa con Lilly sea lo que sea. El brillo de Lilliana se desvaneció. ¿Qué fue lo que Tucker pensó que esto era? ¿Y qué había hecho esa Aubrey que le dolía tanto? Lilliana se movió, y Tucker y Charlene miraron en su dirección. Avergonzada de ser atrapada espiando, ella se dirigió al fregadero. —Pensé que podría ayudar con los platos. Charlene se excusó y Tucker se movió a su lado. —¿Qué quieres que haga? —Voy a lavar, tú secas. Lilliana llenó el fregadero con agua caliente y jabón y comenzó a limpiar los pocos platos y cubiertos que quedaron de postre. Ella permaneció en silencio, pensando en las palabras de Tucker. Tucker deslizó sus dedos por su brazo. —¿Qué parte de la conversación escuchaste? Lilliana no quería hacer esto con Tucker. Su fin de semana había sido maravilloso hasta ahora. —Solo seca los platos. —Lilly… —Tucker intentó girar su cuerpo de lado pero Lilliana resistió.
  • 188.
    —No. Tienes razón.Vamos a disfrutar esta cosa sea lo que sea, sin importar lo corto que pueda ser. La boca de Tucker puso en una línea delgada y negó con la cabeza. —Nunca he dicho nada acerca de un corto plazo. Lilliana volvió la cabeza para enfrentar a Tucker. —¿Qué te hizo Aubrey? El cuerpo de Tucker se puso tenso y cogió la toalla. Agarrando un plato húmedo de su mano, lo secó. —No, hu-hum. No hablo acerca de eso. He dejado ir toda esa mierda y no necesito hablarlo como si estuviera en terapia. —Ya veo. Llegaste a conocer todos mis sucios secretos, pero el tuyo ¿consigue permanecer escondido? ¿Tengo que vivir con los fantasmas de tus ex cuyas fotografías mantienes cerca? Tucker dejó caer el plato ruidosamente. —¿Viste eso? Las mejillas de Lilliana se sonrojaron. —Sí. Lamento haber sido entrometida, pero yo solo quería saber más acerca de ti. Cuando Lilliana encontró el coraje para mirar a los ojos de Tucker, él la miró irritado. —Está bien. ¿Quieres saber? Ella me mintió para conseguir que me casara con ella. Compró online una prueba de embarazo positiva para convencerme de que estaba embarazada —espetó Tucker. La garganta de Lilliana se apretó. ¡Qué cosa tan horrible para hacer a alguien y qué cosa tan terrible sobre la que mentir! ¿Comprar una prueba de embarazo positiva? Nunca había oído hablar de tal cosa. Lilliana se quedó en silencio, avergonzada por haber forzado la confesión de Tucker. —Ella sabía lo mucho que quería una familia propia. Incluso fingió citas con el médico. Me presenté sin avisar en su supuesto obstetra solo para que me dijeran que no tenía una cita y que nunca habían visto ni oído hablar de ella. Revisé su computadora y encontré la factura para la prueba falsa. —Lo siento mucho, Tuck. Lilliana tocó el brazo de Tucker y él lo sacó de su alcance. —¿Para qué? Ya te dije que estoy bien. Querías saber y te dije. El estómago de Lilliana se anudaba debajo de la triste y fulminante mirada de Tucker. Quería abrazarlo, pero ella sabía por la mirada en su cara que quería que lo dejara. Tucker tiró el paño a un lado y la dejó en la cocina sola. Lilliana terminó el resto de los platos y se quedó en la cocina, molesta consigo misma por haber traído a colación el tema. Aún así, se alegraba de saber qué tipo de desesperación vivió en su corazón. Ambos habían sido engañados y heridos por las personas que amaban, y esa era otra de las cosas que compartían en común. Buscando algo de aire fresco, Lilliana estaba en la terraza trasera. La noche era fría y oscura, y abrazó a su cuerpo en busca de calor. Miró a la Osa Mayor que estaba brillante en el cielo. Tucker McGrath… el nombre se formó en sus labios y lo pronunció silenciosamente como si deseara que él estuviera allí.
  • 189.
    Como si laoyera desearlo en silencio, los brazos de Tucker rodearon al cuerpo de Lilliana. —No sé donde va esta cosa con nosotros ni cuánto tiempo va a durar. Esa es la realidad de cualquier relación. Pero aquí mismo, ahora mismo, te quiero. Fin de la historia.
  • 190.
    23. Lilliana estaba emocionadapor la fiesta que estaba prevista por la noche. Mientras Tucker se vestía, sus pensamientos vagaban por el fin de semana anterior. Se había terminado demasiado rápido y Lilliana se perdió en la bondad de su familia. Tucker parecía animado y relajado después de su regreso, y los pocos días anteriores habían sido como un sueño para ella. En ocasiones tenía que pellizcarse solo para asegurarse de que Tucker era real. Las noches las habían pasado alternando entre su casa y la suya, y parecía funcionar muy bien. Lilliana sentía una sensación de euforia cuando Tucker contemplaba con nostalgia la puesta del sol con ella, y ya no tenía dudas en cuanto a sus intenciones lanzando sus sospechas a la cuneta. Quería creer en Tucker y lo hizo. Lilliana flotaba alrededor de la sala en una nube de euforia mientras se preparaba para la fiesta. Ella había llevado un vestido, pero Tucker le había sorprendido con otro que había elegido él mismo. Fue un gesto dulce que ningún hombre jamás había hecho antes. Cuando abrió la gran caja en la cama, la emoción se disipó rápidamente cuando se enfrentó a un strapless37 verde esmeralda, de tafetán, que parecía ser unos diez centímetros demasiado corto, una talla más chica, y como si alguien lo hubiera reducido inadvertidamente durante la limpieza en seco. ¿Qué es lo que Tucker creía que era ella, un elfo freaky38 ? Recorrió la etiqueta y se sorprendió al ver que era en realidad el tamaño correcto. ¿A qué clase de fiesta iban a ir? ¿A una convención de prostitutas duende? Ella no quería ser grosera, pero había que “aclarar” algunas cosas. —¿Tu escogiste esto? —preguntó a Tucker que todavía estaba en el vestidor, tratando de ocultar todo lo posible el disgusto en su voz. —No exactamente, mi estilista lo escogió. Bueno, eso explicaba muchas cosas. —Pedí algo verde —continuó. Oh, era verde, solo que de un tono completamente equivocado, mal estilo, y horrible. Tucker asomó la cabeza por la puerta del vestidor, con los ojos chispeantes de entusiasmo. —¿Te gusta? —Umm… no exactamente —Lilliana habló con voz ahogada y antinatural. Tucker salió y levantó el vestido. Ella pensó que estaría igual de consternado pero, para su sorpresa, él simplemente se encogió de hombros sin entender por qué no estaba contenta con él. 37 Strapless: vestido sin tirantes o breteles 38 Freaky: Raro, estrafalario
  • 191.
    Tucker estaba elegantecomo el infierno y sexy como una estrella de rock en su traje negro de Valentino y su corbata morada. Lilliana no entendía cómo el mismo estilista podría haber escogido su atuendo y su feo vestido. —¿Tienes el mismo estilista para escoger tu ropa, también? —preguntó Lilliana, sin dejar de mirar la prenda desagradable. Tucker negó con la cabeza y se rio entre dientes. —No, yo soy un chico grande. Escojo mi propia ropa. —Entonces, ¿por qué tienes un estilista? —No es para mí, es para mi… —Tucker se detuvo y se aclaró la garganta. Un ligero rubor recorrió su rostro perfectamente esculpido antes de desaparecer en el vestuario nuevo. La luz se encendió al instante sobre la cabeza de Lilliana. Tucker tenía un estilista por su exceso de groupies. —Ehhhhhh —le salió antes de que supiera lo que estaba en su cabeza—. Es posible que desees reconsiderar mantener este llamado “estilista” en nómina, a menos que disfrutes salir con las que se visten como putas de alto nivel sin ningún sentido de la moda. Lilliana tiró el vestido verde sobre la cama y sacó el suyo, rosa oscuro, largo hasta la rodilla y sin tirantes que había planeado usar originalmente. Mientras se vestía, se volvió más y más furiosa con el hecho de que Tucker iba a estar increíble y ella usando algo de tan mala calidad, y permitiendo que alguien más eligiera un regalo para ella. Lilliana se acercó a Tucker mientras arreglaba su cabello. —Por favor, no hagas eso de nuevo —declaró con el mayor cuidado posible teniendo en cuenta lo molesta que estaba. —¿Qué? —preguntó Tucker sin mirarla. —Si me vas a dar un regalo, elígelo por ti mismo, por favor, o simplemente no me des nada. No quiero tus regalos de todos modos; me incomodan. Y en serio, ese vestido era… Dios bueno, Tucker, ¿realmente lo miraste? ¿Es así como quieres que me vista para ir de tu brazo? ¿Como una ridícula? Tucker la miró con una sonrisa estúpida en su cara, y Lilliana luchó contra el impulso de atizar algo de sentido en su hermosa cabeza. —Pero tú hubieras sido la ridícula de mejor aspecto ahí —bromeó. —Lo digo en serio, Tucker, recoge tus malditos regalos y voy a tomar mi maldita ropa. Tucker suspiró y le dio una falsa mirada condescendiente. —Un hombre de mi riqueza y estatura tiene subordinados a hacer ese tipo de tareas serviles — continuó bromeando. Tucker era una causa perdida a veces. Él estaba de un buen humor, tal que Lilliana no quería arruinarlo. Estaba francamente delicioso y era la primera vez que lo veía con su pelo domado. Pensando en su bien mantenido pelo… —¿Al igual que afeitarte tus genitales? ¿Tus compinches hacen ese tipo de trabajo para ti, también? Tucker cerró la boca, pero ofreció a Lilliana una sonrisa de comemierda. —Aghh —respondió ella.
  • 192.
    —Deja de esgrimiraghh como un arma y no te atrevas a juzgarme. Me gustan las manos de una mujer sobre mí, incluso si eso significa que me acicalen los vellos de alrededor de mi polla. La voz de Lilliana se elevó por la sorpresa. —Tucker McGrath, bruto. Creciste en una granja en Iowa, ¡por piedad! ¡Recorta tu propio maldito pubis! La boca de Tucker se crispó con la diversión y de repente se echó a reír odioso. —¡Te juro que te vas a creer cualquier cosa! —aulló, agarrando los hombros de Lilliana. —Sí, claro. Es demasiado tarde ahora, ya sé la verdad. Espera hasta que le diga a tus hermanos de tu pequeña confesión. Tal vez se avergüencen de ti por podar tu seto. —¡Mejor que no! ¡Solo estaba bromeando, lo juro! La expresión de Tucker quedó congelada y se puso serio cuando vio lo llamativa que estaba Lilliana en su vestido preferido. Era sencilla pero muy bonita, y le quedaba como un guante. Tucker describió la curva de su cintura y deslizó una mano por debajo de su vestido y en sus bragas. —Te ves increíble, Lilly. —exhaló Tucker mientras presionaba sus dedos en su coño mojado. Los sacó y se los llevó a los labios lamiéndolos—. Y tu sabor aún mejor. Los ojos de Lilliana se encendieron y brillaron. Su boca tembló con una sonrisa y le pasó las uñas por el pecho enviando sensaciones de hormigueo desde su torso y hacia su entrepierna. Avanzando poco a poco por su cuerpo, Tucker levantó el dobladillo de su vestido y se dejó caer de rodillas. —Creo que un pequeño tentempié estará bien antes de que nos vayamos. Lilliana abrió las piernas en respuesta y se apoyó en la encimera del baño. Tucker hundió sus dientes en sus muslos y mordisqueó su camino a la cima de su ingle. —Ábrete para mí, mascota —ordenó Tucker mientras le colocaba las manos sobre sus muslos para mantener las piernas abiertas. Lilliana extendió sus labios para Tucker, y agresivamente él aplastó su boca sobre ella, chupando, lamiendo y mordiendo cada centímetro de su delicada y suave, carne rosada. Lilliana gritó y se estremeció cuando Tucker hundió su lengua profundamente dentro de ella. Tucker movía su boca de nuevo por su sensible clítoris y comenzó a asaltarlo. Chupando con saña, lo hizo rodar entre sus dientes mientras le metía los dedos sin descanso. —Oh, Dios, Tuck… Estoy tan cerca… —maulló Lilliana. Sus piernas comenzaron a temblar y Tucker sabía que su final estaba cerca. Lilliana apretó los muslos, atrapando su cabeza entre sus piernas, y gritó su nombre con voz aguda. Tucker se puso de pie, se bajó los pantalones y la penetró. Serpenteando una mano hasta su cuello, envolvió sus dedos alrededor de ella posesivamente cuando Lilliana echó la cabeza hacia atrás dándole el acceso completo a su delicado tejido. Mareado con intensa excitación, Tucker exhaló un largo suspiro.
  • 193.
    —Déjame controlarte, Lilly.Permíteme ser dueño de este cuerpo. —Lo haces, Tucker. Realmente lo haces —susurró Lilliana con voz ronca. Las palabras de Lilliana chocaron contra él como una marea creciente de emociones y lanzó su semilla dentro de ella, su polla palpitando reconociendo su nuevo dominio. Lilliana le echó los brazos alrededor del cuello, y tiró de él hacia un beso necesitado y desesperado. —Oh, Tuck —murmuró en su boca. Tucker se quedó atrás, tirando suavemente de Lilliana. —Porque soy así de bueno, nena. —Ugh —resopló Lilliana con estrellas en sus ojos. Tucker se inclinó hacia abajo y besó la comisura de su boca perfecta y le sonrió como un chico. Las cosas no podían ser mejor en lo que a él se refería. Cuando llegaron a la sala de baile Grand Hyatt, la fiesta ya estaba en pleno apogeo. Tucker aferró a Lilliana como si fuera su más preciada pertenencia, y lo era. Ella saludó a todos con cortesía y adornando sus palabras. A él le encantaba la forma en que hablaba, ella actuaba como si no existiera ningún otro hombre. Darren hizo su aparición y Tucker guió a Lilliana en otra dirección. Lo último que necesitaba era que Darren lo acusara de algo. Sus mentiras eran muchas y no necesitaba ese tipo de drama, sobre todo teniendo en cuenta cómo estaban de asombrosas las cosas entre Lilliana y él. Lilliana se dejó llevar por la multitud mientras hablaban de negocios, pero él mantuvo sus ojos en ella en todo momento. Cuando ella fue a la barra, él giró, sonriendo a lo hermosa que se veía a través del salón. Lilliana estaba en el séptimo cielo, en algún lugar entre las nubes y la felicidad de otro mundo. La noche iba de maravilla y todo el mundo que conoció era exuberante y feliz. Probablemente era el alcohol que corría por sus venas, pero no le importaba. Solo había estado así en unas cuantas ocasiones especiales, un par de veces en su vida, y se sentía como una adolescente en el baile. Su vestido era un poco sobrio y se sintió ligeramente consciente de ello, pero Tucker la tranquilizaba con lo impresionante que parecía. Lilliana se acercó al bar con su corazón latiendo rápidamente por toda la emoción que zumbaba en el salón. Justo cuando estaba a punto de realizar un pedido de un martini de coco, sentía la clara sensación de ojos sobre ella. Lilliana se volvió para encontrar a una rubia de pie delante de ella que miraba visiblemente su collar. —¿Eres de esta zona? —preguntó Lilliana, tratando de hacer conversación educada. —Mmm-hmm —la rubia respondió secamente mientras sus ojos se posaban sobre el cuerpo de Lilliana.
  • 194.
    Ofreciendo su mano,Lilliana se presentó. —Soy Lilliana. —Lo he oído —la mujer respondió con frialdad. La extraña extendió una mano y por un momento Lilliana pensó que iba a dársela pero, en cambio, la mujer tocó su collar. —Al menos otras tres mujeres en esta sala tienen el mismo collar exacto, todos dados a ellas por el mismo hombre. Incluida yo misma —dijo con amargura flagrante. Lilliana bajó rápidamente la mano a su lado. —Lo comparo con haber llevado una insignia a la deshonra al considerar las cosas depravadas y escandalosas que Tucker hizo con nosotras. No me quejo, fue divertido mientras duró, por breve que haya sido. El tono de la mujer era civilizado, a pesar de su aspecto ridículo. Lilliana se puso a pensar en silencio en las palabras de la rubia y qué acción tomar cuando otra mujer se acercó a ellas. —Hola, Sophie —la morena alta saludó a la rubia. Sin reconocer a Lilliana, los ojos de hielo de la morena se trasladaron a su cuello. —Oh, así que eres el nuevo juguetito de Tucker —preguntó con acritud, colocando una mano sobre una de sus caderas. Lilliana sintió que aumentó su temperatura en respuesta al reproche altivo de la mujer. Estaba tan furiosa que apenas podía hablar y sintió que la sangre escurría de su cara. Haciendo un rápido inventario de los atributos de las dos mujeres decidió que, si la situación se complicaba, ella podría quitarlas a las dos y lo haría si no se iban a la mierda. La bruja de pelo castaño levantó un dedo huesudo como si fuera a tocar su medallón y Lilliana se apartó, lista para salir del ghetto de los paletos sobre su culo y ejecutar una patada de despeje a su coño sobre-utilizado. —Ni siquiera lo pienses. Si sabéis lo que es bueno para vosotras, daréis la vuelta a vuestras falsas tetas y os alejareis antes de que ambas perdáis un pedazo de vuestras jodidas y ridículamente enormes fundas dentales —silbó Lilliana. Los ojos de ambas mujeres se agrandaron, pero Sophie se rio, y el brillo alegre en sus ojos solo indignó más a Lilliana. La risa de Sophie se desvaneció rápidamente cuando Lilliana dio un paso hacia ella con su puño en alto, lista para arrancar sus ojos azules y el cuero cabelludo como un salvaje. —Lilly… —oyó a su espalda, bajo y profundo. Se dio la vuelta para mirar a Tucker con la ira parpadeando en sus ojos. La profunda y larga mirada que intercambiaron la enfureció, y Tucker parecía inestable. Los ojos de Tucker se trasladaron a las mujeres ahora de pie detrás de Lilliana y como oscuras nubes de tormenta. —Marcharos —les habló con firmeza. Lilliana miró por encima del hombro para ver a las dos en busca de una disculpa, y algo más. ¿Temor? Eran dos veces las que ella había visto la mirada de miedo en las caras de las ex de Tucker, y la forma en que ambas se escabulleron cabreó a Lilliana aún más. Si un hombre le hubiera dicho esas palabras a ella, lo hubiera pateado con la rodilla firmemente en los testículos, robándole su futura paternidad.
  • 195.
    Lilliana pasó juntoa Tucker y se dirigió directamente hacia la puerta. Alcanzándola rápidamente, abruptamente atrapó a Lilliana por el codo y la acompañó con firmeza a un rincón apartado. —No voy a tolerar que pelees por mí. —La voz de Tucker, aunque profunda, era nítida y clara. Lilliana resopló con sorna y miró Tucker de arriba a abajo con desprecio. Estaba tan malditamente arrogante, por supuesto que pensaría que era una cosa tan absurda. —No seas ridículo, yo no iba a pelear por ti. Iba a luchar por mi honor y dignidad ya que forzaste la situación, al haberme traído a un lugar donde tus exnovias iban a insultarme. Tucker parpadeó rápidamente como ofendido. —Lilly, lo siento… —comenzó a decir. —¿Por qué, Tucker? ¿Por traerme a una fiesta en la que hay un puñado de sus examantes sin avisarme o por darme un regalo que no era ni sincero ni original? Con manos temblorosas, Lilliana se quitó el collar y se lo metió en el bolsillo del pecho de su chaqueta, disgustada de que Tucker le hubiera categorizado igual que a todo el resto. Los ojos de Tucker se estrecharon, pero se mantuvo en silencio y con la mandíbula apretada. —Llévame a casa —susurró con rabia. Tucker asintió sin decir nada, como si no confiara en sí mismo para hablar. La tensión en el coche era espesa como el pudín de sangre y ni siquiera un cuchillo podría haber cortado a través de él. Lilliana hervía cuanto más pensaba acerca de haber llevado la insignia de mala calidad de la deshonra. Ella sabía que Tucker tenía una reputación y en lo que se estaba metiendo al estar con él, pero eso no era lo que la molestó. Era la forma en que había tratado a las mujeres y su elección de palabras. —¿Eso es lo que haces con las mujeres cuando terminas con ellas? ¿Las despides? —Soltó ella, con su voz llena de desprecio. Tucker se quedó en silencio y mantuvo sus ojos pegados a la carretera. —Respóndeme, maldita sea —Lilliana golpeó su puño en el tablero. —No hasta que bajes la voz y me muestres un poco de respeto —se quejó. —¿Al igual que el respeto que me mostraste por comprarme ese vestido de puta ridícula y etiquetarme con el mismo maldito colgante que todas tus otras conquistas han llevado? Tucker negó con la cabeza inexpresivamente. —Solo quería que todos supieran que me perteneces. —Oh, ellos lo saben bien; ellos saben que yo soy otro miembro del Club de las folladoras del mes de Tucker McGrath. Y cuando hayas terminado conmigo, entonces ¿qué? ¿Me quedo con el accesorio como una especie de premio por ser un distinguido miembro de la alianza de las folladas? ¿En qué exactamente estás tratando de convertirme? ¿Una de las esposas Tucker McGrath de Stepford39 ? ¿Qué sigue en la agenda? ¿Ponerme un microchip en el culo cuando estoy durmiendo así sigo todas tus ridículas órdenes? Como tú quieras, Tucker. ¿En qué puedo servirte, Tucker? ¿Puedo tener más azotes, por favor? Gracias, pero no gracias. Juro por Dios que si alguna vez me dices que estoy despedida, voy a darte una patada en el medio de tu culo de macho alfa dominante. ¡Lo juro! 39 Del libro The Stepford wives De Ira Levin, en el que las esposas son reemplazadas por androides que actuaban como esposas abnegadas y serviles.
  • 196.
    Tucker agarró elvolante con tanta fuerza que su piel chirrió contra el cuero y sus nudillos se pusieron blancos. Apretando los dientes con fuerza, murmuró: —¡Basta, maldita sea! Lo entiendo, Lilly; la cagué. Lilliana se hundió de nuevo en el suave asiento de cuero. Ella se alegró de oír admitirlo, aunque eso no disminuyó su enojo. Había estado esperando pasar la noche en los brazos de Tucker, en virtud de su intensa mirada de ojos marrones y siguiendo sus órdenes, pero ahora estaba viendo que acabaría sola y sin el hombre cuyo toque que anhelaba como una droga. Como el coche de Tucker tomaba la dirección de su casa palaciega, Lilliana gruñó: —Te dije a casa. —Vamos a casa —le contestó como si su casa fuera la de ella. —Mi casa —aclaró Lilliana. Tucker comprimió la boca con más fuerza, apretó los dientes y dio vuelta en U en medio de la calle. Sus neumáticos chirriaron ruidosamente y varias bocinas sonaron cuando casi lo chocan por detrás. Veinte silenciosos minutos más tarde, Tucker frenó delante de la puerta de Lilliana. Ambos en silencio, sin mirarse el uno al otro. Lilliana sintió sus gritos de frustración en la parte posterior de la garganta, pero permaneció en silencio sin saber qué más decir. Mientras estaba sentada con los brazos cruzados sintió ganas de llorar por haber pensado que ella era diferente que el resto y por haber creído que Tucker sentía de la misma manera. Ella conoció a su familia por el amor de Cristo. ¿No significaba que era especial? ¿O era solo una distracción como todas las demás? La conversación de Tucker con su madre vino a la mente acerca de no hacer de su relación algo que no era. Eso debería haberle advertido lo suficiente de lo que estaba por venir. Se mordió el labio inferior con dureza y se prohibió a sí misma derramar ninguna lágrima. Al diablo con eso. Ella había sido mucho más herida por Adam y nunca lloró más que superficialmente por ese pedazo de carne podrida sin valor de hombre. —Lilly, nunca quise… Lilliana cortó las palabras de Tucker, temiendo que fuera a despedirla a ella también. ¿Entonces, qué? —Pensé que yo era diferente —susurró Lilliana tristemente, cortando a Tucker hasta el hueso. Se volvió hacia ella, con la disculpa quedó sin decir. —Tú eres diferente. —No me hagas esto —su voz se quebró. —¿No hacer qué? —Mentirme. No soy una niña o un ser frágil que necesita ser mimado. Lilliana era la chica más dura que Tucker conocía, y cuando oyó sus palabras ahogadas se desabrochó el cinturón rápidamente a sí mismo y luego a ella. La arrastró hacia sus brazos, hundió
  • 197.
    la cara enel punto suave detrás de la oreja. Tucker no quería ser la razón de ver alguna vez a esta dura mujer llorar. Ya le había mentido lo suficiente, pero eso fue en el pasado y ahí exactamente es donde quería dejarlo. —Mi dulce, fuerte Lilly, no voy a mentirte —intentó convencerla. Para su pesar, Lilliana lo empujó suavemente alejándose de él y abrió la puerta. —Necesito tiempo… Tucker de pronto se sintió presa del pánico. —¿Tiempo para qué? —preguntó, extendiendo la mano y agarrando su muñeca con firmeza. —Para pensar. Sabía en lo que me estaba metiendo por estar contigo, pero… Solo necesito tiempo para repensar las cosas. —Lilly, por favor, no me hagas esto. Nunca quise hacerte daño, mascota —dijo en voz baja. —Lo sé —dijo ella con decisión cuando se enderezó—, pero no voy a tratar de ser lo que no soy para ti y lo que definitivamente no soy es una mujer que se contenta con usar ropa que no se adapta a mi estilo o personalidad, y que has hecho a algún otro escoger para mí. Y te aseguro que no soy una mujer que está de acuerdo con el uso de una pieza de joyería que no significa nada, simplemente porque es cara y que me la ha dado el soltero más codiciado. Yo no soy esa chica, Tucker, y no quiero serlo. Sé que soy imperfecta y no sé cuándo dejar de hablar, pero me gusta lo que soy. Me ha tomado mucho tiempo aceptarme a mí misma. Solo lamento que sientas la necesitad de cambiarme. Tucker estaba estupefacto. Eso no podría estar más lejos de la verdad. Le encantaba que ella no supiera cuándo dejar de hablar, la mayoría del tiempo. Y le gustaba que fuera imperfecta y frustrante y exasperante. Ella era real y eso es lo que quería; eso es lo que necesitaba. —Espera un maldito momento. No estoy tratando de cambiar lo que eres… —dijo Tucker ruidosamente cuando Lilliana escapó de sus garras y salió del coche. Su corazón latía con fuerza en su pecho y su estómago se revolvió. Nunca se había sentido tan frenético al ver a una mujer de pie frente a él, y no sabía qué hacer, aparte de hacer el tonto, y no estaba dispuesto a hacer eso por el momento —por ninguna mujer. Lilliana dudaba en la puerta, sus ojos mirando el suelo como pidiendo a Tucker pararla. —Hablaremos más mañana —dijo Tucker finalmente, incapaz de pensar con claridad suficiente para decir nada más. —Ya veremos —respondió ella de nuevo, cerrando la puerta del automóvil con un portazo. Tucker la vio caminar rápidamente hasta su casa y entrar. Se quedó varios minutos fuera, mirando la casa que comenzó a iluminarse, primero la sala de estar y luego su dormitorio. La imaginó desvistiéndose y preparándose para la cama, y quería más que nada estar tumbado junto a ella y sentir el latido de su corazón contra su pecho mientras la abrazaba. La cortina de la ventana del dormitorio se movió y pudo ver su mirada hacia fuera. Ella tocó el vidrio y un persistente dolor sordo se instaló en su pecho. Cuando se dio la vuelta, sus mejillas mojadas brillaron con las luces delanteras del auto. Aceleró el motor ruidosamente, girando sus ruedas traseras mientras corría por la calzada. La había hecho llorar y estaba cabreado consigo mismo.
  • 198.
    Condujo durante horaspensando en Lilliana y su tiempo juntos, pasó por su casa dos veces más antes de estacionar en el extremo más alejado de su camino de entrada mientras se sentaba en su vehículo a oscuras. Sus acciones eran de adolescente y era muy consciente de ello, pero regresar a su gran casa fría y vacía era impensable en ese momento. Una hora más tarde estaba de regreso en su casa y en la ducha. Tenía que estar listo y preparado para el trabajo en cuatro horas pero sabía que no dormiría el resto de la noche. En la cama, Tucker fue sitiado por emociones confusas. Las cosas habían ido tan bien… demasiado bien. Sabía que no debía permitir una chispa de esperanza en su vida. Enojado consigo mismo por haber caído bajo con Lilliana, cogió su teléfono y le envió un mensaje. McG: 04:06: ¿Estás bien? No esperaba obtener una respuesta con lo tarde que era, pero su teléfono sonó de nuevo casi inmediatamente. Lilliana: 04:08: No lo sé. Tucker tomó con el puño su propio pelo y dejó escapar el aliento que ni siquiera era consciente de que había estado conteniendo. No sabía qué más decir y no quería presionarla. Una sensación molesta en el pecho se hizo casi insoportable y se sentía como si no pudiera respirar sin sentir el dolor punzante de algo perdido. Dejó su teléfono y se obligó a sí mismo a dormir. Despertó casi cinco horas más tarde. Le sorprendió haberse dormido. Incluso antes de salir de la cama miró su teléfono, optimista de que Lilliana hubiera intentado llamarlo o dejarle un mensaje, pero su teléfono estaba sin vida. Se vistió sin pensar y siguió su mañana con el piloto automático puesto. Trató de recordar cómo había sido antes de Lilliana y seguir con su día como si todavía estuviera solo y sin la distracción de la mujer que se había metido debajo de su piel y derecho en su corazón. Estaba haciendo justo eso hasta que Ariel llegó mostrándole una actitud y mirada hostil. —¿Cuál es tu problema? —preguntó Tucker finalmente. Ariel cruzó los brazos sobre su pecho y entrecerró los ojos hacia él. —Le partiste el corazón en pedacitos a esa pobre conejita, ¿no? —¿De qué demonios estás hablando? —Sabes muy bien que estoy hablando de Lil. El Gran Lobo Malo Tucker McGrath rompió a esa linda conejita en pedazos. Me alegro de saber que ella amenazó con patear culos a la Bruja Mala del Este y del Oeste, por lo menos. —¿Puedes por favor hablar como si no estuviéramos viviendo en un cuento de hadas y como si los dos fuéramos adultos? —espetó Tucker. —Claro, porque eres un adulto. La captas, papito. Eres un hombre terrible, desagradable — resopló. —Oh, no me jodas. Entonces, ¿qué es eso de patear culos?
  • 199.
    —Sophie chismorreó atodos de cómo Lil la destripó a ella y al asno de Gemma y amenazó con romperles sus fundas, y cuán ordinaria era Lilliana. Ariel empezó a reírse y Tucker la encontró contagiosa. Él también comenzó a reír. —Lilly es una pequeña zorra infernal —Tucker sacudió la cabeza con decisión. Los ojos de Ariel se agrandaron y agitaron en la dirección de Tucker. —Es hora de que alguien corra riesgos. La risa de Tucker se calmó y volvió a pensar solemne en el último mensaje de texto de Lilliana. Ariel lo miró con cautela. —¿Piensas que la cagada no tiene solución? —Espero que no. —Es mejor hacer algo más que tener esperanza, Chico-lobo; es mejor que lo arregles —Ariel le dio instrucciones justo antes irse. En su pausa para el almuerzo, Tucker reunió el valor suficiente para llamar a Lilliana. Durante toda la mañana se dedicó a pensar en ella y en la mirada sombría en su rostro. Él quería ver la alegría en sus ojos como lo había hecho cuando le dio el regalo ahora infame que condujo a todo este maldito drama. Su teléfono sonaba y sonaba, y estaba cada vez más furioso a cada momento que no podía oír su voz. Terminó la llamada y le envió un mensaje. McG: 11:39: Quiero escuchar tu voz. Tucker esperó. Y esperó. McG: 12: 23: Sabes cómo me siento acerca de esperar. Tucker se sentó con impaciencia sosteniendo el teléfono y mirando la pantalla de vez en cuando mientras comía su almuerzo. Renunciando, deslizó su teléfono a través del escritorio. Se levantó de su silla, maldiciendo y cerrando sus manos en un puño. ¿Qué estaba haciendo Lilliana con él? ¿Castigarlo? ¿Realmente pensaba que podía romper con él por actuar con petulancia? ¿Se había olvidado de las reglas simples que había establecido para ella o estaba simplemente ignorándolas para herirlo por haberla jodido? Tucker se paseaba por la oficina con su mente llena con frustración. Lilliana estaba empujando sus fronteras y límites tal como lo había hecho desde la primera vez que se conocieron, y él estaba permitiéndolo, pero ya no. Trató de fingir que no existía otra vez y siguió con su día, ignorando el dolor silencioso en su corazón. Al finalizar la jornada de trabajo, el teléfono de Tucker sonó. Él lo miró durante un largo rato sin responder, hacerla esperar tal como lo había hecho esperar a él. Tucker reprimió el impulso de conducir hasta la casa de Lilliana, sabiendo que estaría en casa. Cenó solo en su restaurante favorito poniendo mala cara todo el tiempo. —¿Solo? —La voz de Gemma salió detrás de él—. ¿Así que ya has terminado con Lilliana? Eso fue rápido. Lo nuestro duró más que eso —coqueteó, sentándose enfrente de Tucker.
  • 200.
    —¿Te invité asentarte? —Tucker miró a Gemma y apretó los dientes. Ella era parte de la razón por la que estaba comiendo solo y sin su mujer elegida. Gemma se limitó a sonreír y jugueteó con los cubiertos en la mesa. —¿Hay alguna posibilidad de que tú y yo… —comenzó. —No —Tucker la cortó. —Puedo ser mejor esta vez, Tucker. Voy a seguir tus reglas y ser más aventurera; hacer más de las cosas que pediste. Incluso permitiré que me castigues esta vez. Gemma pestañeó, llevó sus dedos sobre la mesa y tocó la punta de su mano. Tucker la retiró al instante, sintiendo como si estuviera traicionando a Lilly al permitir el contacto de otra mujer. —Nuestro tiempo llegó y se fue, Gemma. Nada puede lograr revivir el pasado y me gustaría que dejaras de hacerlo. Nos divertimos mucho, ¿no? —le preguntó con simpatía porque no quería hacer daño a la mujer, evidentemente frágil, sentada frente a él. —Sí, pero podríamos haberlo hecho mucho más si no hubiera sido tan poco dispuesta a probar las cosas que me sugerías —susurró en voz baja y atormentada. —Así es la vida, querida, pero no hay vuelta atrás. Es el momento para seguir adelante — respondió amablemente, recordando la reprimenda de Lilliana por las duras palabras que le había dicho a Gemma y Sophie la noche anterior. Gemma observó la mesa. Cambió la mirada hacia Tucker. Su tono se volvió frío y sus exóticos, bonitos ojos marrones se volvieron gélidos. —¿Es por Lilliana que no me quieres de nuevo? —Aunque yo no tuviera a Lilly, no estaría contigo —dijo aclarando más severamente. Gemma suspiró derrotada. —Eres un idiota y un mentiroso de mierda —murmuró con sarcasmo. —Yo nunca te mentí —dijo. —Cretino, espero que esa perra de Lilliana arda en… Tucker rápidamente cortó a Gemma de nuevo. —No —gruñó. Él hizo todo para permitir que ella llorara la pérdida de su relación o lo que sea que sintiera que necesitaba hacer, pero no iba a permitirle hablar mal de Lilly. Gemma cerró rápidamente su boca y sus ojos se agrandaron al convertirse en víctima de la mirada gélida de Tucker. Tucker le lanzó una mirada penetrante mientras se levantaba de su silla, señalando que se fuera. —Nosotros. Hemos. Terminado. Y esta conversación también. —declaró con sus labios formando una línea delgada y dura. Había intentado ser civilizado, pero simplemente no podía hablar racionalmente con Gemma. Nunca pudo y fue una de las muchas razones por las que la dejó. No solo era poco audaz entre las sábanas, era maliciosa, melodramática, y una irrespetuosa. Defectos que él detestaba. El labio inferior de Gemma tembló cuando le devolvió la mirada. Se puso de pie, apoyó su mano ruidosamente sobre la mesa haciendo que varias personas los miraran antes de irse pisando fuerte.
  • 201.
    Tucker se tragólo último de su cerveza cuando su teléfono sonó, recordándole su mensaje sin leer y otro nuevo. Cediendo, Tucker lo revisó. Lilliana: 16:18 Sé cuánto odias esperar, lo siento. Estaba ocupada con una emergencia del trabajo. Bicúspides, molares e incisivos… Ay de mí. Lilliana: 19:03: ¿Estás vivo y seguro? Tucker se sentía como un completo idiota, pero no pudo evitar sonreír ante el intento de broma de Lilliana. McG: 19:22: Vivo-comprobado. Seguro-comprobado. Solitario- comprobado. ¿Puedo verte esta noche? Tucker asumió su aprobación, pero fue desalentado por respuesta helada de Lilliana. Lilliana: 19:25: Yo también te extraño, pero no esta noche. ¿Qué era exactamente lo que Lilliana trataba de lograr al mantenerlo esperando? La sangre de Tucker comenzó a hervir. Quería a Lilly y estaba harto de sus juegos. Sabía que la había jodido. ¿Qué más quería ella, una puta disculpa por escrito? McG: 19:26: ¿Cuál es el sentido de la espera? Lilliana: 19:27: La ausencia hace crecer el cariño, dicen. Tucker no creía en ese dicho de mierda. Ni por un puto segundo. Tucker disparó de nuevo. McG: 19:29: Fuera de la vista fuera de la mente, digo yo. Resopló, orgulloso de su réplica, pero luego volvió a leer la breve conversación y se pateó a sí mismo por esa observación de mierda. Ella definitivamente no estaba fuera de él, ni iba a estar en el corto plazo; si lo iba a estar alguna vez. Gemma tenía razón, él era un imbécil. McG: 19:35: Borra esa última afirmación. Lilliana: 19:37: ¿Así de simple? ¿Lo borro y desaparece? McG: 19:39: No seas demasiado dramática. Son solo palabras. Lilliana: 19:40: Las palabras pueden herir tanto como las acciones.
  • 202.
    Tucker se quedómirando su respuesta durante varios minutos. Ella tenía razón. Podía recordar las duras palabras que su padre dijo a Mason sobre su homosexualidad y cómo hirieron a su hermano. Su padre había intentado borrarlo, pero el daño ya estaba hecho. McG: 19:44: Me haces actuar como un tonto a veces. Lilliana 19:48: ¿A veces? No me culpes por tus acciones insensatas. Reconócelas. Buenas noches. Él la había cagado otra vez. Simplemente no era capaz de ganar. Tucker fue a casa, se cambió y trató de dormir. Estaba muerto de cansancio pero inquieto. Acostado boca abajo abrió una imagen de Lilly en su teléfono. Quería besar y follar su boca y cualquier otra cosa que se le ocurriera. Él la miraba embobado, imaginando que se envolvía alrededor de su polla. La apretó contra la cama tratando de aliviar las palpitaciones, pero no sirvió de nada. Tenía la esperanza de que Lilliana fuera una estudiante rápida y ya había mejorado en garganta profunda. Mierda, se estaba adelantando a los acontecimientos. Lilliana estaba, casi seguro, todavía indignada por todo lo que había ocurrido en las últimas dos noches y era un maldito tonto en pensar que las cosas se olvidarían tan rápidamente. Tendría suerte incluso si lograba volver a verla y mucho menos que le chupara la polla. Molesto con toda la situación, se vistió con un chándal y fue a su casa; se estacionó en el extremo más alejado de su camino de nuevo. Contempló caminar la distancia hasta su puerta, patearla y romperla, pero la casa estaba a oscuras y, conociendo a Lilliana, probablemente le daría un rodillazo en las bolas y una patada en el culo por una escena así. En cambio, reclinó su asiento hacia atrás, abrió su techo solar y observó las estrellas hasta que se quedó frito. Se despertó con un fuerte golpe en la ventanilla. Abriendo los ojos y bajando el vidrio, fue recibido por una Lilliana de pie en salto de cama, con una taza de café caliente en sus manos. El sol estaba empezando a salir por el horizonte con vibrantes tonalidades amarillas, anaranjadas y rosadas que destacaban en el cielo. Nunca había presenciado una vista más impresionante. Lilliana miró las ventanillas heladas de niebla y le preguntó: —¿Qué has estado haciendo aquí? —No creas que no pienso en eso —bromeó Tucker, levantando una ceja sugerente y haciendo con la mano el gesto de hacerse una paja. —Eres imposible. Y un mierda —sonrió Lilliana, tendiéndole la taza de café. —Eso es un eufemismo —Tucker respondió, tomando el café y disfrutándolo. Maldita sea, Lilly podía hacer una taza de café estupendo. Siempre estaba a la temperatura perfecta y nunca demasiado caliente. No sabía cómo lo hacía. Tucker sonrió a Lilliana con gratitud, y ella levantó las cejas. —Buen intento. —¿Qué? —Los ojos de Tucker se estrecharon con perplejidad.
  • 203.
    —Tus hermosos premolaresno van a conseguirte agua caliente a esta hora. ¿Cuántas noches te vas a sentar aquí en mi entrada? —preguntó, inclinándose hacia la ventanilla. —Tantas como sean necesarias hasta que dejes de ser testaruda y vuelvas a casa. —Testaruda, mi culo. Estoy en casa, ¿recuerdas? —No, no estás en casa hasta que estés bajo mi techo, Lilly. Te necesito… Lilliana se enderezó. —Tú no necesitas a nadie; simplemente no te gusta estar solo. Si no fuera yo, sería otra persona. Estoy segura de que finalmente vas a darle al collar un buen uso. Ahora no seas idiota. Vete a casa. Lilliana se volvió y corrió por el camino de regreso a su casa, dejando a Tucker con la mandíbula abierta y completamente horrorizado. Ella tenía que traer el tema del maldito collar, ¿no? Y una mierda que no la necesitaba. ¿De verdad creía que alguien más podría satisfacer su deseo de la manera que ella lo hizo? Tucker tragó el café caliente y se marchó con un propósito. Solo tendría que demostrar que no había nadie más para él. Centrado en su objetivo, su día pasó rápidamente y se alegró por ello. Su teléfono tuvo menos mensajes pero estuvo bien. No se sentía como para debatir los detalles de lo mal que se habían jodido las cosas. Tucker dejó de trabajar una hora antes para recoger el nuevo elemento que había ordenado para Lilliana y le envió un mensaje. McG: 17:36: Voy a estar en tu casa en exactamente 25 minutos. Estate lista. No voy a aceptar un no por respuesta. Se aferró al teléfono esperando algún tipo de respuesta negativa, pero después de varios minutos de silencio, estaba contento de saber que Lilliana no iba a darle la batalla. La ruta estaba lentísima. Toda la energía nerviosa que había estado reprimiendo durante todo el día comenzó a desbordarse. A mitad de camino a casa de Lilliana, Tucker paró a un lado de la carretera y salió a la brisa fresca de Connecticut. Rodeó el coche varias veces, tratando de controlar su respiración rápida. ¿Estaba yendo en serio con esto? ¿Qué otra opción tenía? ¿Estar solo y sin ella? Lilliana había estado en lo cierto al decir que no le gustaba estar solo, pero estaba equivocada al pensar que sería otra persona si no fuera ella. Sabía condenadamente bien que no había nadie más para él. Ella desafió todo lo relacionado con él y le hizo ver las cosas de manera diferente. Le recordaba de dónde venía y quién era en realidad. Sí, él estaba yendo en serio con esto, no había otra manera. Tucker respiró hondo y soltó el aire lentamente, y luego volvió a subir a su coche. Entrando en la calzada de Lilliana exactamente diez minutos más tarde, ella estaba esperando en el porche y él exhaló un suspiro de alivio. Era obstinada, pero nunca dejó de prestar atención a sus órdenes. Cuando el coche se detuvo por completo, Lilliana se levantó sin decir una palabra. Tucker la miró con cautela. Se miraron el uno al otro durante un buen rato cuando Tucker se acercó y le apretó el muslo. Él solo quería sentirla y para recordarle que ella todavía le pertenecía. —Mi mascota —susurró.
  • 204.
    Lilliana parpadeó largoy duro y volvió su rostro hacia la ventana. Su silencio lo estaba matando. Ella todavía estaba herida y enojada, y esperaba que su sentido regalo compensara haberle dado algo que no era sincero. Condujo demasiado rápido hasta su casa, pero sus nervios estaban crispados. Había estado esperando verla todo el día y se volvía loco preguntándose cómo iba a reaccionar a su oferta de paz. Una vez en su casa, dirigió a Lilliana adentro y la condujo a la larga tumbona de la sala de estar y la sentó. Sentado a su lado, él sacó una caja cuadrada grande del bolsillo y trató de entregárselo pero ella lo apartó rotundamente. —No quiero más de tus regalos. Todo lo que quería era a ti. Tucker fue tocado por sus palabras. Nadie jamás solo lo había querido a él. —Te dije que no tomaría un no por respuesta. Ábrelo. Lilliana puso tercamente las manos en su regazo, negándose a tocar la caja. Tucker suspiró y abrió la caja el mismo y lo levantó a su rostro. Ella seguía tratando de apartar la mirada del collar de oro blanco que parecía no tener principio ni fin, pero finalmente cedió, sus ojos inquisitivos examinaban la inusual gargantilla con un anillo D&O40 en el centro. —Se llama Collar de Eternidad41 —le dijo Tucker, con la boca seca y atragantándose con sus palabras. Los ojos de Lilliana se lanzaron hacia él. —¿Eternidad? Tucker asintió con decisión y se inclinó al oído en un gesto melancólico. —Como Para Siempre —susurró, incapaz de decir la palabra aterradora en voz alta. Lilliana sacudió la cabeza con énfasis, su boca se abrió en alarma y con los ojos brillantes de miedo. —Tucker, no puedo… Le puso su largo dedo índice en la boca. —No hables, Lilly. Solo úsalo. Ya resolveremos el resto más tarde. Tucker tomó el collar brillante de la caja. —¿Cómo se abre? —preguntó Lilliana. Tucker metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña herramienta con forma de L. —Con esta llave. Tucker sonrió cuando vio desaparecer la inquietud de los ojos de Lilliana. Era apropiado que su mascota lleve un collar de verdad. Solo esperaba que Lilliana lo aceptara y el papel al que estaba a punto de entrar. —Este es un collar, mascota. ¿Entiendes su significado? —preguntó tensamente antes de colocarlo alrededor de su cuello. —Sí, Tucker. ¿Y tú? 40 Anillo D&O: aro que se coloca por medio de un eslabón a una gargantilla para poder enganchar una correa (Cultura BDSM) 41 Eternity Collar en el original
  • 205.
    Tucker sabía loque significaba; significaba que esta cosa con Lilliana era en serio; significaba que no había vuelta atrás. —Esto significa que tú me perteneces a mí y solo a mí. Significa que tú eres diferente, Lilly. Eres única y solo mereces llevar algo tan distintivo como esto. Te equivocaste cuando dijiste que si no eras tú, sería otra persona. No quiero a nadie más, y yo te necesito. Y te aseguro que no estoy tratando de cambiar lo que eres. —Tucker… yo… —los ojos de Lilliana se llenaron de lágrimas y Tucker actuó con rapidez antes de que alguno de los dos tuviera la oportunidad de dejar que sus miedos al compromiso los vencieran. Esto era lo correcto y lo sabía. Lilliana tenía razón. Ella era sincera y leal, y malditamente buena para él. Las manos de Tucker temblaban mientras abría el collar, y casi dejó caer la pequeña llave dos veces. Lilliana colocó sus pequeñas manos sobre las suyas y las estabilizó. —No tenemos que hacer esto. Los ojos de Lilliana reflejaban tristeza y un dolor que Tucker quería quitar. —Como el infierno que no. Debemos estar juntos. —La mirada de Lilliana encontró la suya y él habló con inquebrantable firmeza—. Tú me perteneces. Nunca dudes de mis decisiones de nuevo. Tucker esperó la respuesta de Lilliana y justo cuando pensaba que tendría que darle una azotaina, ella respondió: —¿Esta es la parte donde digo, sí, Señor? Tucker gruñó vigorosamente: —Absolu-maldita-mente. Tucker rodeó a Lilliana, le colocó la gargantilla y la cerró. Cuando hizo click y se bloqueó en su lugar, hubo una finalidad en ello, una irrevocabilidad que ambos sentían. Lilliana estaba atemorizada y podía ver el mismo terror en los ojos cafés de Tucker. Para siempre. Ella ya lo había prometido antes, pero esta vez se sentía completamente diferente. Se sentía más poderoso; más profundo. Los últimos dos días sin Tucker habían sido miserables como nunca. Nunca había sentido con Adam la conexión que sentía con Tucker. Ahora esto; este collar, su disciplina, su posesividad… Por más que trató de negar sus sentimientos, ella quería esto. Quería a Tucker y lo necesitaba. Verlo estacionar en el camino de entrada y no ir a él estuvo cerca de matarla. Quería abrazarlo, pero estaba tan herida por sus acciones que no podía. Los últimos días habían sido insoportables sin su contacto. Ella se había permitido una buena llantina y luego se negó a volver a hacerlo por temor a no poder parar. Pero aquí estaba ahora, colocando esta cosa alrededor de su cuello y diciéndole que no había nadie más para él. Y sus ojos… eran tan sinceros y brillantes. Todos sus temores se desvanecieron y le echó los brazos al cuello con tanta rapidez que una bocanada de aire terminó en los labios de Tucker. Lilliana apenas había sido consciente de lo mucho que realmente lo quería hasta ese mismo segundo. Se apretó contra él mientras su cuerpo se estremecía. Tucker se inclinó y su boca bajó hacia la de ella en forma tan agresiva que apenas tuvo tiempo de respirar mientras su lengua apuñalaba dentro y le acariciaba todas las superficies interiores.
  • 206.
    Tucker metió lamano en otro bolsillo y sacó una correa, y el corazón de Lilliana dió un vuelco en el pecho mientras la enganchaba en el anillo de O. Ella era verdaderamente suya ahora; su musa para gobernar y dominar y, ella esperaba, a quien cuidar. —Siempre he querido una mascota real, Lilly. Una que se rinda por completo a mí; una que obedezca sin vacilar y sin lugar a dudas. ¿Va a ser esa mascota para mí? La segura y habitual voz de Tucker había desaparecido y sustituida por una extraña voz frágil e insegura para los oídos de Lilliana. Su necesidad era demasiado evidente, y su anhelo y el deseo sexual por ella goteaba de su cuerpo tonificado. Los ojos de Tucker ardieron para ella quemando un camino a través de su corazón. En ese momento, no quería nada más que complacerlo, pero el miedo a la completa sumisión aún corría por sus venas. Tucker leyó sus emociones y respondió. —Ser sumisa no significa ser débil. Se necesita una persona fuerte para permitir que otro tome el control. Quiero ser esa persona para ti. Quiero todo de ti y nada menos, Lilliana. —Voy a hacer mi mejor esfuerzo —gruñó ella. Tucker le dio su sonrisa secreta. —Eso es todo lo que pido. Pasó los dedos sobre la boca de Lilliana y los sumergió dentro, permitiendo que ella los chupara. Sin dudarlo más, ella cerró los ojos y se entregó a sus deseos carnales y tabúes. Tucker le tiró de la correa y la guió hasta el suelo justo delante de él. —De rodillas —ordenó con ferocidad con su confianza ahora de vuelta con toda su fuerza. Ajustó la correa firmemente sin holgura para tener el control absoluto de los movimientos de Lilliana. Enroscó el extremo de la correa alrededor de su muñeca y se desabrochó el cinturón, incitándola con su ritmo lento. Lilliana podía oírse a sí misma jadeando mientras esperaba febrilmente para darle placer. Ella tragó con fuerza mientras él deslizaba su polla rígida hacia abajo para encontrarse con su boca. —Muéstrame lo mucho que me quieres. La voz de Tucker, profunda y sensual, tenía una fuerza única que Lilliana no podía resistir aunque lo intentara. Ella abrió la boca para Tucker y él rápidamente empujó atravesando su zona de confort, por lo que se atragantó de inmediato. Ella se concentró y lo lamió, cubriendo su polla con una gruesa capa de saliva mientras se preparaba para otra oportunidad. Ella puso las manos a descansar en sus muslos, pero Tucker tenía otros planes. —Las manos detrás de tu espalda —exigió. Lilliana no preguntó por qué, simplemente obedeció, y los ojos de Tucker se iluminaron como velas romanas cuando lo hizo. Ella abrió la boca de nuevo, y Tucker agarró su cabeza con ambas manos preparándola para follarle la boca como ella sabía que él había estado ansioso hacer. Lilliana se concentró y abrió la garganta a su polla, observando su boca lánguidamente. Ella lo hacía como él quería, y no quería que fuera de otra manera. Tucker se deslizó en su boca de nuevo, lentamente y con más paciencia, moviendo su polla dentro y fuera. Los ojos de Lilliana se humedecían profusamente y la baba goteaba por la barbilla, pero tiró toda la humillación por la ventana en su búsqueda para mostrarle cuánto quería satisfacerlo. Con cada embestida, Tucker se sumergía más profundamente en su garganta hasta que
  • 207.
    hizo tope consu verga. En la base de la garganta, el pene de Tucker latía y se hinchaba y su pulso se aceleró con su excitación. —Oh, Lilly —exhaló Tucker cuando su garganta se constreñía a su alrededor. Puso los ojos en blanco cuando se retiró y una vez más se empujó en su boca. Tucker hundió los dedos en el pelo de Lilliana mientras empujaba más y más rápido. Sus ojos se encontraron y él la honró con su sonrisa lujuriosa, su conexión puramente sensual. Él estaba feliz y a ella le encantaba ver la alegría en su rostro por haberle dado esto. Lilliana apretó los muslos juntos para tratar de suprimir el dolor en su coño, pero los sonidos descuidados de su follada de garganta eran abrumadores para ella. —Eso es, mascota —gruñó, profundizando más aún. Todavía enterrado profundamente en su garganta, sus movimientos cesaron y Lilliana pensaba que se ahogaría, pero justo cuando llegó a su límite de falta de aire, Tucker se retiró y le permitió respirar. Cuando se recuperó, Tucker se abrió paso entre sus labios de nuevo. Justo cuando su garganta volvió a apretarlo, se quedó quieto y su caliente, espesa y salada emisión golpeó la parte trasera de su garganta mientras gritaba su nombre en voz alta. Ella sintió el movimiento de su respiración entrecortada y los latidos de su pene y, aunque atragantada, se tragó su regalo. —Eso fue increíble —gimió él arrojándose sobre la tumbona. Lilliana estudió a Tucker mientras recuperaba el aliento. Estaba tan devastadoramente hermoso en varios niveles; no solo física, sino intelectual y espiritualmente. Y ella le pertenecía a él por toda la eternidad. Tucker levantó suavemente a Lilliana del suelo y la llevó al dormitorio. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, y su toque perturbó el equilibrio, pero la inestabilidad en su compostura que le causó era bienvenida. La dejó a los pies de la cama mientras la desnudaba, acariciando cada parte de su cuerpo que quedaba expuesta a él. La besó en el cuello y su sabor dominó todos sus sentidos. —Oh, Tucker, gracias —suspiró Lilliana mientras Tucker continuaba chupándole su carne suave. Con los labios apretados contra su clavícula, murmuró: —¿Por qué? —Por hacerme sentir como una mujer otra vez. Por esto —ella se tocó el collar. El pulso de Tucker se aceleró con sus suaves palabras y se sintió obligado a arrasarla. La levantó en sus brazos de nuevo y se dirigió rápidamente a la sala de castigos. Puso su cuerpo desnudo en la cama bondage y hábilmente le puso los grilletes en las muñecas, tobillos y cuello en su lugar. La respiración de Lilliana se hizo rápida e impredecible, por lo que Tucker se inclinó y le susurró al oído. —Shh, mascota. Voy a hacerte volar esta noche. Tucker no podía dejar de notar los temblores que sus palabras enviaban a través de la piel de Lilliana. Pasó levemente un dedo sobre sus pezones tensos y capturó uno en su boca mientras tiraba del otro. Los gemidos de Lilliana inundaban sus sentidos.
  • 208.
    —No hay músicaesta noche, Lilly. Solo el sonido de nuestra respiración y gritos de placer. Lilliana asintió con entusiasmo. Tucker se paseó por el anaquel con los instrumentos de azote básicos. Trajo un nuevo rebenque42 que estaba ansioso de probar y sonrió por su corta longitud. —El tamaño justo —comentó, el rico timbre de su voz llenó la pequeña habitación. A continuación, cogió una pluma, una tira de seda, una rueda de Wartenberg, y una venda para los ojos. Tucker primero colocó la venda sobre los ojos de Lilliana, protegiéndolos herméticamente de toda la luz. —Quiero escuchar lo mucho que disfrutas de esto, Lilly. No ocultes nada. Quiero un montón de adjetivos. Las esquinas de la boca de Lilliana curvaron hacia arriba. —Sí, Señor. La polla de Tucker se crispó por la forma en que su boca formó la palabra Señor. Él parpadeó varias veces antes de inclinarse para besarla. Estaba ansioso por hacer que la piel de Lilliana se erizara, ardiera y sintiera un escalofrío de excitación. Deslizó su lengua desde el centro del vientre hasta su monte de Venus donde dio un mordisco fuerte, haciendo que Lilliana chillara. —Muy agradable —gimió ella. Tucker tomó las plumas y las sacudió sobre las plantas de los pies y las subió desde las piernas a su coño, haciendo que sus dedos se doblasen y la risa escapara de su garganta. —Bueno, muy bueno —maulló Lilliana. La seda vino después. Envolvió la larga hebra fina alrededor de un pecho y tiró con fuerza, luego la dejó deslizarse sobre su piel antes de colocarla plana contra su mejilla para que pudiera sentir la frescura de la tela. —Oh, Tucker, se siente tan maravilloso —jadeó. El cuerpo de Lilliana se retorcía y chillaba ruidosamente contra la cama. Ella tiró de las ataduras alrededor de sus muñecas y la mirada ardiente de Tucker lo captó todo. Él estaba en otro lugar mientras observaba la forma en que su cuerpo respondía a su toque. Tucker metió un dedo en su agujero húmedo y lo giró alrededor solo para sacarlo rápidamente. Lilliana rogó: —Más por favor… Tucker se rio entre dientes. Mierda, le encantaba oírla suplicar. Tomó el rebenque, lo golpeó contra su vientre, suavemente al principio, luego aumentando a un ritmo rápido de ligero a moderado dándole más abajo, sobre sus muslos y parte superior de sus pies. Lilliana silbó y jadeó, gimió suavemente y sonrió. De repente, lo bajó duramente sobre sus labios inferiores haciendo que Lilliana gritara por la sensación inesperada. Ella echó la cabeza hacia atrás y sacudió su cuerpo violentamente. —Dime lo que sientes —insistió Tucker. —Delicioso, perverso… —balbuceó sin aliento. 42 En el original tawse, una especie de fusta de cuero pero ancha que se utilizaba como elemento de castigo en escuelas escocesas. Tiene cierto parecido con el rebenque criollo, usado por los gauchos para espolear a los caballos.
  • 209.
    —¿Qué más? —preguntómientras extendía sus labios abiertos y le daba otro rebencazo liviano sobre su clítoris. —¡Oh, Dios mío! No sé… me duele. No… no es dolor. Se siente como si, no puedo describirlo. ¡Solo quiero más! —Lilliana gruñó mientras su cuerpo se arqueaba hacia el cuero de Tucker. Tucker juró que podía oír los latidos del corazón de Lilliana en sus oídos. Él estaba totalmente fascinado por su cuerpo desnudo y los sonidos de su respiración cuando abandonaba sus pulmones. Tucker puso la boca junto a la de ella para poder sentir su aliento húmedo contra su boca. Sus sentimientos hacia ella se intensificaban por momentos, y cuando el collar de metal brillante se reflejaba en la luz, líquido preseminal goteaba por su muslo. Tucker se apoderó de la rueda Wartenberg43 en su palma sudorosa y estabilizó sus movimientos. La deslizó por encima de su pezón contraído, Lilliana tragó saliva y trató de apretar los muslos juntos, pero las restricciones no lo permitirían. —Sí, esa… esa cosa… Tucker la hizo rodar sobre su otro pecho con más fuerza, casi penetrando la piel delicada alrededor de su capullo apretado. Lilliana se quejó en voz alta y empujó su pecho en él, haciendo que la rueda dejara una impronta espectacular en su areola. —Mi dulce Lilly, te ves tan impresionante en estos momentos. Dime, quiero saber lo que estás sintiendo en este momento —declaró Tucker desesperadamente. —Me siento como si estuviera flotando, arriba, arriba… ¡Oh, Tuck, por favor, fóllame! ¡Tómame aquí! ¡Te quiero dentro de mí! ¡Por favor! —imploró Lilliana. Tucker soltó la rueda y se subió a la cama, entre sus piernas, y se hundió en ella. Le arrancó la venda para que pudiera verle sus ojos. La orla de sus pestañas, húmeda de sudor, echaba sombras sobre sus pómulos mientras parpadeaba con rapidez tratando de adaptarse a la luz. Tucker aferró la cabeza de Lilliana mientras la miraba fijamente a los ojos con brillo y le susurró con una calma mortal: —¿Puedes sentir el vínculo entre nosotros cada vez más grande, Lilly? ¿Puedes sentir lo fuerte que es mi necesidad de ti? Puedo sentir tu necesidad de mí también, mascota. Me está ahogando, apretando alrededor de mi garganta como una soga, y se siente tan jodidamente bueno estar sin aliento. Las palabras tensas de Tucker retumbaron en toda la sala y Lilliana casi sollozó su acuerdo. Con sus palmas de las manos hacia abajo sobre el cuero y al lado de la cabeza de Lilliana, puso la oreja junto a su boca para escuchar su murmullo aterciopelado. —Vuela, mascota, y cuando lo hagas, di mi nombre en voz alta y clara. Empujó y molió en sus profundidades apretadas, arrastrando a su cuerpo contra el cuero. La respiración de Lilliana se profundizó y se detuvo, y luego se corrió, en voz alta y clara, sin duda… —¡Tucker! 43 Instrumento formado por de 1 a 7 rueditas dentadas (parecidas a las rueditas para cortar ravioles) colocadas en un solo eje, con un mango. Diseñadas por el Dr. R. Wartenberg para probar la normalidad de los nervios sensitivos en la piel, adoptado para las prácticas BDSM.
  • 210.
    La mente deTucker entraba y salía de la realidad y, después de varios minutos de empuje frenético y apasionado, obtuvo su liberación y su cuerpo se estrelló en la cama junto a ella. Con lo último de su energía, la liberó de sus restricciones y tiró de ella casi con violencia sobre su pecho. —Mi mascota —dijo en voz baja. El aliento caliente de Lilliana tocó su oreja. —Mi señor.
  • 211.
    24. Tucker y Lillianahabían caído en una informal pero intensamente caliente rutina sexual. Tres semanas habían pasado desde su ceremonia privada del collar y todo el drama parecía haber quedado atrás. Tucker estaba pasando más tiempo en casa de Liliana y encontró su armario abarrotado de trajes caros. Lilliana sonrió mientras miraba la habitación que estaba teniendo un aspecto masculino. Tucker había dejado su huella, no solo en su casa sino también en su corazón. Ella pertenecía a él, y cada día y noche la pasaba pensando en él y en la manera de complacerlo. Tucker era amable y gentil, y nunca se aprovechó de su dominio sobre ella. Cuando era desobediente, él la guiaba a repensar sus acciones antes de usar la mano dura, y Lilliana estaba agradecida por su paciencia con ella. Baste decir, que su arrogancia había desaparecido también. No mucho, pero algo. A pesar de permitir que la pequeña parte de su naturaleza sumisa saliera a jugar, sus bromas alegres y sarcasmos seguían siendo un elemento fundamental en su relación, y Lilliana nunca dejaba que se saliera con la suya siendo temperamental o demasiado agresivo sin decirle lo que ella pensaba. Lilliana acababa de llegar del trabajo para encontrar violetas recién cortadas y calicós cuidadosamente colocados en un florero sobre la mesa con una nota, un oso de color crema vestido con elementos de bondage de cuero color lila y puños de cuero y encaje hechos a mano en las muñecas. La sonrisa de Lilliana prácticamente iluminó la habitación cuando leyó la nota. Hermosas flores para un alma hermosa, y los regalos sexuales para mi niña traviesa. Tú, mi mascota, mereces solo lo mejor. Tuck Lilliana llevó las flores a su nariz y se hundió en la silla de la cocina acariciando con sus dedos la suave nariz del oso. Una pequeña risa entrecortada escapó de sus labios y sin previo aviso, algo se le vino a la cabeza. Amor. La garganta de Lilliana se contrajo. La palabra enviaba corrientes de miedo a través de ella. Deslizó una mano hasta su estómago y sintió el temblor que la palabra espontáneamente le había causado. Su cabeza daba vueltas, corrió hacia la puerta principal y la abrió, jadeando con una hiperventilación. Tropezando en el porche, se inclinó sobre la barandilla. Cuando por fin se calmó, se rio de sí misma. ¿Qué ridícula estaba siendo? Tomó las llaves del coche de Tucker y decidió realizar una visita no planeada a su oficina. Ella tenía ganas de pasar sus próximos días de descanso juntos y tenía la esperanza de que pudieran empezar su fin de semana temprano. La había llamado y avisado que estaría trabajando hasta tarde,
  • 212.
    pero después dela pequeña semi-admisión a sí misma acerca de sus verdaderos sentimientos hacia él, quería ver a su hermosa sonrisa. Cuando Lilliana llegó, se puso a charlar con Ariel que estaba ansiosa por ir a otra noche de chicas. Ya se habían reunido dos veces en dos semanas y estaba disfrutando de su nueva amistad. Cuando Lilliana, Dana y Ariel habían salido encontraron divertido que Tucker hubiera tratado de colarse con indiferencia a su pequeña fiesta. Cuando estuvieron achispadas, le habían exigido que haga un striptease para ellas, pero no encontró su propuesta divertida y Lilliana terminó con un dolor de culo durante dos días por sugerir tal cosa. Más tarde, sintiéndose culpable, Tucker le dio un baile erótico privado y los azotes valieron la pena después del show y la follada a fondo que le dio. Lilliana se oyó reír a carcajadas al recordarlo mientras se dirigía a la oficina de Tucker. —Me han dicho que prácticamente te has mudado a vivir con ella. Supongo que realmente siempre consigues lo que quieres. ¿Qué hay de lo que quiere la Sra. Norris? Lilliana oyó la voz de un hombre desconocido mientras se acercaba a la oficina. Miró a través del cristal para ver a Darren de pie cerca del escritorio de Tucker. ¿Por qué diablos estaban hablando de ella? —Lilliana quiere lo que yo le digo que quiera —resopló Tucker con furia en sus ojos. El corazón de Lilliana se sacudió en su garganta y retrocedió hasta quedar fuera de la vista. —¿Y lo que quieres es que te dé toda su tierra a ti? —Eso no pasará. Todavía. Pero cuando se haga, te puedo asegurar que va a estar fuera del mercado. —Eso es lo que le dijiste a todo el mundo hace semanas. Ahora escucho que estás liquidando los acres. Entonces, ¿cuál es el negocio, McG? El pulso de Lilliana latía en los oídos con lo que estaba siendo testigo. Ella respiró hondo y lo contuvo por temor a que se oyera su pesada respiración. —¿Cuándo vas a aprender a ocuparte de tus propios asuntos, Schumacher? —gritó Tucker. Darren se inclinó hacia el rostro de Tucker. —Esa chica tiene que saber qué clase de hombre eres y que tus intenciones no son honorables. Tucker empujó su silla hacia atrás y su rostro enrojeció. —¡No tienes idea de cuales son mis intenciones con ella! Ahora, en serio, ¡vete a la mierda! —Yo sé cómo trabajas y recuerdo lo que me dijiste: Que nada iba a interponerse en tu camino para conseguir esa tierra. Supongo que has encontrado la manera de hacer que suceda, ¿no es así? Lilliana vio con horror como Tucker se levantó y empujó a Darren en el pecho. —Escúchame, solo voy a decir esto una vez: yo hago lo que sea para que el trabajo se haga. Si tú… Lilliana no podía oír nada más y echo a correr por el pasillo hasta el baño y se desplomó en el suelo dentro de uno de los compartimientos. La bilis se elevaba rápidamente hasta la garganta y se sintió terriblemente desdichada mientras se agarraba a los lados de la taza del baño. El olor de la orina persistente en el lugar la abrumó y vomitó. Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a salir.
  • 213.
    No, no podíaser cierto. Tucker era honorable. Tucker se preocupaba por ella. Tucker amaba… Lilliana se inclinó con fuertes nauseas. No se atrevía a pensar siquiera la palabra. No, ella era la única que lo amaba, y no al revés. Se trataba de su tierra. Siempre lo había sido. Él se metió en sus bragas y en su corazón pensando de qué manera podría joderle la cabeza para que le diera el control de su tierra al igual que le había dado el control sobre su cuerpo. Lilliana lloraba fuerte sin importarle quién la oyera. Ella lo amaba. Mierda, lo amaba. Lilliana tiró del collar alrededor de su cuello a sabiendas de que no podía sacarlo sin la maldita llave que estaba en posesión de Tucker. Tucker… ¡que se joda! Lilliana se levantó y golpeó sus puños contra las paredes de la cabina. ¿Cómo podía ser tan condenadamente estúpida? Lilliana oyó que la puerta del baño se abría y se sentó en el inodoro ahogando sus sollozos. ¿Y ahora qué? Estaban prácticamente viviendo juntos. —¿Lil? ¿Estás bien? —susurró Ariel desde fuera de la puerta. —Umm… no me siento bien. Solo dame un minuto, por favor —sollozó Lilliana. —Por supuesto. Lilliana oyó el sonido de los tacones en el suelo de baldosas y de la puerta cerrarse. Su garganta se apretó dolorosamente y le dolía la cabeza con una migraña inminente. Era una mentira —todo; todo lo que Tucker le había dicho y hecho sentir. La sonrisa hipnótica de Tucker pasó ante sus ojos y la ira la recorrió, oscura y fea. Corría por sus venas y su temperatura interna se elevó a un nivel insoportable. Lilliana salió de la cabina y se lavó la cara con agua fría. Lo que vio cuando se miró en el espejo la asustó. Su rostro estaba desencajado y, de repente, se veía años mayor, la herida y traición yacían desnudas en sus ojos. Una lágrima le colgaba en las pestañas inferiores y la tiró a la basura con un nuevo propósito. Podía jugar el juego de las mentiras, también. Ella había aprendido de los mejores: Adam y Tucker. Habían sido sus mentores en el cruel deporte consumidor y arrasador de corazones y almas. Pero ella no iba caer sin luchar. Sabía lo que Tucker quería, en el fondo: el control absoluto y total de la sumisión de ella. Lilliana sonrió con malicia recordando su propia imagen y sintió el estruendo de las náuseas en el estómago de nuevo por el aspecto enfermizo y malo de su cara. Ella parpadeó largo y duro, manteniendo los ojos cerrados durante más tiempo del necesario. Esta nueva persona en el espejo no era quién era ella; no era la que se crió para ser, y no era quien quería ser, pero se enfrentaba a un futuro sin luz y sin Tucker y sin esperanza de recuperar el corazón roto por sus mentiras. Lilliana permaneció con la cabeza abatida formulando su plan cuando la puerta del baño se abrió y Tucker intervino. —¿Estás bien? Ariel me dijo que no te sentías bien —Su voz rezumaba preocupación y Lilliana apretó la mandíbula con fuerza. Su mente gritaba que arremetiera contra él y le arrancara sus hermosos ojos mentirosos. Con los ojos todavía cerrados, respondió. —Todo está bien. Solo me siento un poco enferma. La cálida mano de Tucker le frotó un pequeño círculo en la espalda y su toque le puso la piel de gallina. La bilis, espesa y caliente, le subió a la garganta de nuevo. Ella se encogió y se apartó para dar arcadas sobre el lavabo.
  • 214.
    —Mierda, Lilly. Talvez debería hacer una cita con mi doctor. Lilliana se enderezó y encontró el coraje para enfrentarse a él. Con los ojos descansando sobre su pecho, todavía incapaz de mirarlo a los ojos ardientes, ella negó con la cabeza. —Solo tengo que ir a casa y descansar —habló ella sin emoción. —Eso suena como un buen plan. Terminaré aquí temprano y recogeré algunas cosas para ti, mascota. Mascota. Lilliana tragó el ácido que llegaba hasta la garganta por su expresión de cariño. Sí, eso es exactamente lo que era para él —una mascota para llevar de un collar y mantener a sus pies. Alguien a quien podía ordenar girar y palmear en el culo cuando no actuara adecuadamente. Y ella fue lo suficientemente bruta para darle todo eso y más. Ella había querido ser esa mascota para él porque se sentía que era digno de su sumisión y devoción. Nunca había estado más equivocada en su vida y se odiaba por ello. Tucker le alzó la cara con un dedo para mirarla a los ojos y ella se resistió. —Te veré en casa. Lilliana salió por la puerta con el ánimo por el piso, pero con la cabeza bien alta. Había una dulce venganza en el menú que se iba a servir al estilo Lilliana Norris. Lilliana parecía un desastre y el costado protector de Tucker la cubrió de pleno. Él todavía estaba furioso por su conversación con Darren. Tendría que haberle dicho simplemente la verdad, que amaba a Lilliana, pero lo había arrinconado y solo quería que Darren se fuera al infierno. Tucker dejó de lado su conversación con Darren porque Lilliana necesitaba su atención en ese momento. Había estado vomitando de acuerdo a Ariel y él esperaba que ella no se fuera a venir abajo con una gripe. O tal vez… no. No podía ser eso, ¿verdad? El ritmo cardíaco de Tucker se disparó ante la idea de que Lilliana estuviera embarazada. Ella le había dicho que tomaba la píldora y le creyó sin llegar a ver la prueba. Ella no iba a mentir sobre algo así, ¿verdad? Las horribles mentiras de Aubrey vinieron a su mente. Tucker de repente no se sintió tan bien tampoco. Volvió a su despacho, reprogramó su última reunión y envió un mensaje Lilliana. McG: 14:43: ¿Cómo te sientes? Tucker esperó más de lo que hubiera querido por la respuesta de Lilliana. Ella generalmente contestaba al toque sus mensajes, pero esta vez esperó por más de media hora. Realmente debía estar sintiéndose enferma o ¿por qué si no iba a tardar tanto si sabía cómo se sentía acerca de eso? Lilliana: 15:07: Bien. Tucker frunció el ceño. Su respuesta fue un poco demasiado brusca para su gusto.
  • 215.
    McG: 15:09: ¿Hassido diligente con tu píldora? Lilliana: 15:10: ¿WTF44 me preguntas? SÍ. Me tomo mi pastilla como una buena pequeña mascota. Una voz de advertencia susurró en la cabeza de Tucker que algo andaba mal. Sabía que no era su momento del mes para su mal humor, así que no se debía a eso. McG: 15:12: Solo preguntaba. Lilliana: 15:14: Lo que sea. Incluso si estuviera embarazada, que NO LO ESTOY, no esperaría que hagas nada al respecto. Tucker se estremeció al oír la respuesta de Lilliana y marcó su número con rapidez. Sonó varias veces antes de mandarlo al correo de voz. Perdiendo los estribos rápidamente, Tucker volvió a marcar y Lilliana atendió al tercer timbre. —No estoy embarazada así que no preocupes a tu preciosa cabecita al respecto —Lilliana escupió. —Jesucristo, ¿qué diablos te pasa? Era una pregunta sencilla. Sé que no te sientes bien, pero, joder. La respuesta de Lilliana salió en un arrebato de vehemencia. —No, no era una pregunta sencilla. Era una acusación. Tucker podía oír la furia cruda en la voz de Liliana. La propia ira de Tucker ardía en su garganta. —Entonces, ¿qué diablos es eso de que no esperabas que yo hiciera nada si estabas embarazada? ¿Hablas en serio acerca de eso? —Por supuesto. Yo puedo cuidar de mí misma y si tuviera que hacerlo, a mi propio hijo, lo haría sin ninguna ayuda de ti o cualquier otra persona. El shock de Tucker a la declaración de Lilliana pasó rápidamente a la furia. —Está bien, escúchame: No sé qué coño te está pasando, pero yo no merezco esa mierda. Si estuvieras embarazada, lo aceptaría y asumiría la responsabilidad de ti y de nuestro hijo. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Fría y plana, Lilliana habló. —Creo que debes permanecer en tu casa esta noche. Tucker no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Todo esto por una simple pregunta? No, había algo más que eso. —Eso no va a suceder ni una mierda. Me voy ahora. —No. Solo te veré en tu casa. 44 WTF: What the Fuck= ¡Qué mierda!
  • 216.
    Lilliana cortó lallamada y Tucker se preguntó si ella realmente iba a aparecer, pero le dio el beneficio de la duda y se dirigió lentamente hacia su casa. Quería tiempo para calmar los nervios antes de tratar con su arrogancia. Cuando llegó, se quedó en su coche durante otros diez minutos antes de entrar. Giró el pomo y cuando abrió la puerta, se quedó atónito en silencio total ante la imagen que tenía ante él. Lilliana estaba esperando junto a la puerta, desnuda, de rodillas y con la cabeza inclinada en una pose perfecta de capitulación. Tucker estaba tan asombrado, su boca estaba abierta y las llaves cayeron al suelo junto a sus pies. —Lo siento, Mi Señor. Por favor, perdóname. La voz de Lilliana era suave, dulce y pegajosa cuando salió de su boca, y su insolencia estaba bien oculta. Ella había reaccionado impetuosamente cuando se enfrentó a la acusación de Tucker de no tomar la píldora, y debería poner su plan en acción antes de lo que había previsto. Quería pasar la noche sola, pensar bien las cosas y decidir si valía o no la pena el esfuerzo para tratar de engañar y quebrar a Tucker, pero él había forzado su mano. Cuando Lilliana oyó que sus llaves cayeron al suelo, supo que había dado en el clavo. Esto es lo él quería más que nada: su absoluta e inquebrantable obediencia. Tucker retorció los dedos en su pelo y su toque le desgarraba el corazón. Dios, cómo lo amaba. ¿Por qué le mintió? ¿Solo por dinero y un pedazo de tierra? ¿No era más importante que eso su corazón, el amor y la lealtad? No. Todo era acerca de lo mucho que podía lograr y ganar. Lilliana inhaló y se quedó inmóvil. No se iba a quebrar y seguiría con esto a toda costa. Su cabeza se levantó con gracia y los ojos de Tucker ardían vívidamente. —Dime lo que quieres de mí, Tucker. Haré cualquier cosa que desees esta noche. No hay límites. No hay límites. Soy tuya para utilizar —La garganta de Lilliana estaba reseca y sus palabras salieron ahogadas. Tucker frunció el ceño e inclinó la cabeza mientras sus ojos recorrían su cara durante más de un minuto. El susurro ronco de Tucker rompió el silencio. —No entiendo. ¿Por qué ahora? Lilliana no podía pensar, su corazón estaba demasiado herido y su mente estaba demasiado nublada por la furia para formar una respuesta coherente. ¿Qué querría Tucker que diga? —Porque es lo que quieres, y yo quiero lo que quieres. Lilliana suprimió las náuseas que burbujeaban en su vientre de nuevo. Ella miró a los ojos color caramelo de Tucker y creyó ver el amor reflejado en ellos, pero sabía que se estaba engañando a sí misma. Ella lo amaba. Ella lo odiaba. Lo necesitaba. Ella lo detestaba. Era demasiado, no podía seguir con esto… no… Tucker se agachó y levantó Lilliana en sus brazos y ella hundió el rostro en su cuello, reprimiendo las lágrimas, e inhalando profundamente el aroma que se había incrustado en sus recuerdos y su piel. Envolvió sus brazos alrededor de su cuello, queriendo tanto mantenerlo cerca y como estrangularlo hasta la inconsciencia.
  • 217.
    Al entrar enel dormitorio, Lilliana preguntó qué perversiones había planeado para ella. ¿Una flagelación o, posiblemente, una dura azotaina con una paleta? ¿Inmovilizada y amarrada hasta casi matarme, tal vez? Tal vez, posiciones extrañas e incómodas que pondrían a prueba sus límites físicos. ¿Juego de respiración? Dios, ella esperaba que eso no. Tucker la acostó en la cama y se desnudó lentamente para ella. Los ojos de Lilliana vagaron sobre el cuerpo al que pronto estaría diciendo adiós. Echaría de menos a sus tatuajes y a su firme cuerpo apretado contra ella. Echaría de menos a su gusto y olor, su voz de mando, su intensa y protectora mirada, sus amables elogios, su toque firme y suaves besos… Ella perdería absolutamente todo de él. Dinero. Tierra. Mentiras. Un malestar abrumador y un vacío recorrieron sobre Lilliana. Que se joda. La rabia llegó de nuevo en un instante y Lilliana apretó los dientes. Se recostó sobre la cama lista para la tortura que le iba a imponer pero, para su sorpresa, él simplemente se subió en la cama y le hizo el amor dulcemente. Nada más; nada menos. Ella bloqueó todo y soñó con un tiempo mejor; un tiempo en el que ella no sabía nada de sus mentiras y todavía creía que había un futuro con él; un momento hace tan solo un par de horas cuando se dio cuenta de que podía amar de nuevo. Lilliana pasó por todos los pasos previstos dando quejidos, gimiendo, aceptando sus embestidas, y gritando su nombre en éxtasis, a pesar de que no significara nada. Hicieron el amor dos veces más esa noche y ella se dio a él de todas las maneras. Cuando él colocó la correa que había aprendido a amar en su cuello, le costó mucho no llorar abiertamente a sus pies y pedirle una explicación. La condujo hasta el pie de la cama, donde sus manos recorrieron su cuerpo susurrándole palabras de agradecimiento y alabanza, mientras ella mantenía sus ojos en el suelo por temor a que su ira y angustia brillaran a través de ellos. Cuando se acostó a su lado, ella esperó a que el sonido de su respiración se hiciera profundo y lento, y luego fue tropezando al cuarto de baño oscuro. Permitiéndose finalmente quebrarse, se cubrió el rostro con una bata de toalla para amortiguar su miseria. Se duchó y se lavo todos los rastros del mentiroso del que estaba locamente enamorada. Lilliana apenas durmió esa noche a causa de sus sueños torturados, pero Tucker dormía como si fuera un oso en hibernación. Alargó la mano hacia ella varias veces durante la noche, pero ella lo rechazó, porque no quería más de sus caricias engañosas. Un par de horas más tarde salió el sol y Lilliana abrió los ojos. Solo había dormido un total de dos horas y se sentía cansada, rota y dolida. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y su cuerpo le dolía por el amor apasionado que ella y Tucker habían hecho. Los ojos de Tucker se abrieron parpadeando y los frotó con el dorso de la mano. Rodó sobre su costado y sus ojos recorrieron su rostro. —Estoy tan enamorado de ti —le susurró ensoñado mientras pasaba el dedo sobre los labios de Lilliana. Lilliana se enderezó. No. ¿Cómo podía ser tan cruel para decir una cosa así? ¿Qué clase de persona era? ¿No era bastante malo que hubiera abusado de su confianza y arrastrado a la sumisión, sabiendo todo el tiempo que la estaba engañando y mintiendo? —¿Cómo te atreves? —le espetó disgustada con él. —¿Qué? —Tucker se incorporó, confundido. Sus ojos buscaron los de ella buscando algún tipo de aclaración.
  • 218.
    El rostro deLilliana era una máscara ceñuda de ira y dolor. —¿Es esto parte de tu juego? Tucker le lanzó una mirada estrecha y centelleante. —¿Te digo que te amo y crees que estoy jugando contigo? ¿Qué demonios, Lilly? —Sé acerca de tu plan para conseguir mi tierra y sobre tus mentiras —dijo bruscamente. Las mejillas de Tucker se enrojecieron y la miró hacia abajo en la cama. —No sé de lo que estás hablando. La voz de Tucker era baja y desconcertada, y cualquier esperanza de Lilliana sobre la veracidad de Tucker murió en el momento que vio la culpabilidad escrita en su rostro. —Otra mentira. Escuché tu conversación con Darren. Te escuché. Él dijo que solo me querías por mi tierra. Los ojos de Tucker se agrandaron. —No estoy contigo por esa razón. —No lo negaste, ¿verdad? Le dijiste que hiciste lo que había que hacer —gritó Lilliana—. ¿Y todos esos corredores de bienes raíces e inversionistas? Les dijiste que mi tierra ya estaba apalabrada, ¿no es así? —Sí, pero… ¿por qué no viniste a mí ayer después de que escuchaste esa conversación? Lilliana no quiso responder a la pregunta. Los ojos de Tucker se dispararon a los de ella cuando no respondió. —¿Por qué? —dijo en voz alta. —Quería venganza —respondió ella mientras su garganta se cerraba con la vergüenza. —Así que ayer por la noche… ¿qué fue eso? —él preguntó con un filo de acero en su voz. —Reembolso —dijo aún más suave. Sabía que su admisión le hizo igual de mal que a Tucker. Tucker frunció el ceño pero, para su decepción, no estaba tan molesto como había esperado, y le demostró que él realmente no tenía sentimientos por ella. Las lágrimas de Lilliana amenazaron con ahogarla, pero pudo retenerlas. —Solo mentí al principio de nuestra relación. El resto fue real —dijo finalmente. —¿Solo el principio? ¿Se supone que me hará sentir mejor? Esa es la parte más importante. Esa es la parte que me hizo creer en ti. Esa es la parte que me hizo confiar en ti. Ya te dije que la mentira era un trato fundamental, Tucker. ¡Te lo dije de frente! —Lilly… Debería habértelo dicho, pero… una vez me dijiste que yo nunca tendría que explicarte mis acciones —La seguridad habitual en la voz de Tucker era apenas un susurro. —Eso fue antes de saber que eras un mentiroso y un ladrón —se puso a llorar a pesar de que tratando de contener las lágrimas. Tucker hizo una mueca, como si hubiera sido asaltado físicamente. —Nunca te robé. —¡Y una mierda que no lo hiciste! Me robaste el corazón y más que eso, mi confianza. Te lo di todo. Te di mi sumisión, algo que era muy difícil para mí hacer. ¡Dejé que me castigaras! Ojalá me
  • 219.
    hubieras engañado, porquepuedo superar ese tipo de traición. Pero mentirme como lo hiciste, y por tanto tiempo… y hacer las cosas que me hiciste. Me heriste mucho peor de lo que Adam lo hizo. Tucker abrió la boca y se tragó las lágrimas. —No digas eso. Más lágrimas cayeron lentamente por las mejillas de Lilliana. —Conocí a tu familia. Dijiste que yo era diferente. Me dijiste que te pertenecía; que yo era tu mascota —la dura voz de Lilliana se suavizó en un susurro entrecortado mientras ella continuaba sollozando—: Lo dijiste siempre. ¿Todo para qué? ¿Un pedazo de la propiedad? ¿Dinero? —Quise decirte todo eso y ¡te juro por Cristo que no te quiero por tu maldita tierra de Dios! — gritó Tucker con desesperación posesiva con su voz ronca. Agarró a Lilliana por los hombros y ella se sacudió y tiró de su agarre. —¿Y se supone que debo creerte ahora? ¿Qué parte de nuestra relación era real, Tucker? ¿Cuánto de ello era falso? ¿Dónde comienzan y finalizan la mentira y la verdad? ¿Por lo menos lo sabes ya? Lilliana apartó la cara, incapaz de soportar la mirada en los ojos de Tucker. Quería creer que hablaba en serio, pero ella sabía que no era más que un mentiroso y un farsante, y ella no era más que una maldita tonta siempre por haber caído con el hombre del que todos le advertían. Él había cortado su corazón, abrió su alma y la dejo al descubierto para que todos la vean. —Soy una idiota —exclamó a sus manos—. Una idiota y una tonta con una mentalidad pueblerina por pensar que ibas a querer algo más de mí que mi tierra. Tucker alargó la mano y tocó a Lilliana con cautela. —No digas eso, Lilly. Por favor, no llores… Lilliana de repente se enfureció. Nunca había derramado una lágrima por este hombre, o cualquier hombre. Contuvo las lágrimas y miró a Tucker. —¿Quieres la tierra? Es tuya. Sabes que no puedo darme el lujo de mantenerla. —Puedo pagar los impuestos por ti, mascota… —los ojos empáticos de Tucker y su tono compasivo la enfureció aún más. —¿A cambio de qué? ¿De mí? Te dije que no estaba en venta. ¡Mi amor nunca estuvo en venta! Lilliana se levantó y frenéticamente comenzó a vestirse. —Oh, Dios, Lilly, por favor, no te vayas así. Podemos solucionarlo —Tucker jadeó con pánico. Lilliana rio sarcásticamente por la ridiculez de Tucker. ¿De verdad creía que tal cosa podría ser pasada por alto? ¿Era un iluso por creer que sus mentiras podían ser perdonadas o era tan egoísta como para pensar que iba a caer a sus pies a pesar de lo que había hecho? —Elabora el contrato, Tucker. La tierra es tuya. Haz con ella lo que quieras. Véndete como una puta y construye un complejo de apartamentos en ella como hicieron esos hijos de puta con la tierra de tus padres. Vende el legado de mi familia, corazón frío, bastardo mentiroso. En cuanto a nuestra supuesta eternidad, considérala terminada. * * ** * *
  • 220.
    Tucker se pusode pie, desnudo, expuesto y herido hasta el hueso. —Tú mentiste, también. Jugaste con mis emociones y te entregaste a mi voluntad de manera fraudulenta, así que no pretendas ser inocente en todo esto. Me enamoré locamente de ti y ahora ¿te vas? Arrancaste mi alma al admitir que lo de anoche fue una mentira. Eres tan falsa como yo. La única diferencia es que seguiste adelante con tu plan; yo no lo hice. Tucker se enojó con Lilliana por haber mentido tan gravemente. La noche anterior fue la mejor que había experimentado con una mujer y todo era una mentira de mierda. De repente se pudo imaginar cómo se sentía Lilliana y le dio asco de sí mismo. Lilliana siguió vistiéndose y negándose a mirar a Tucker. Él solo quería ver sus exquisitos ojos almendrados pero ella miró desafiante en cualquier lugar menos a él. —Tienes razón acerca de que seguí adelante. Si me enseñaste algo, Tucker, fue a ganar a toda costa, independientemente de quién se dañe. Pero estás equivocado acerca de que me entregué a ti de manera fraudulenta. Me entregué a ti de buena gana como la tonta estúpida que soy — respondió ella, con una voz fría y exacta. Tucker no sabía qué hacer ni qué decir. Su mente daba vueltas fuera de control tratando de idear planes y mentiras y formas de lograr que Lilliana se quedara. Mentiras. Eran las que lo habían metido en todo este lío y, aún así, él quería mentirle para que se quedara. ¿Qué diablos le pasaba? —¡Y este collar maldito! —Lilliana chilló de repente, tirando del metal brillante alrededor de su cuello—. ¡Saca esta cosa sin sentido fuera de mí! Una vez más, Lilliana conocía las palabras para hacerlo pedazos. No tenía sentido cuando él la colocó alrededor de su cuello frágil y hermoso; realmente significaba la eternidad con él. ¿Por qué no le había dicho la verdad antes de llegar a esto? Maldito fuera su orgullo. —Sácamelo —gritó Lilliana cuando Tucker se quedó inmóvil. —No lo haré —le susurró. Lilliana miró horrorizada. —¿No lo harás? —Ya me has oído —declaró obstinadamente. —¡Maldito seas! —gritó Lilliana, tirando de la gargantilla como un animal atrapado en una trampa. Tucker se puso de pie y trató de controlar sus acciones frenéticas antes de que ella se lastimara o intentara morder su propia pierna. Lilliana gruñó y torció el collar alrededor tratando de encontrar la abertura. Tucker extendió la mano y la agarró por las muñecas en un intento de calmarla, solo quería abrazarla y calmar su dolor. —Estás siendo irracional. Podemos resolver esto. Lilliana se alejó con un grito de ahogo. —No he pensado racionalmente desde antes de conocerte. ¡No has hecho nada, pero nublaste mi juicio y jodiste mi mente desde el momento en que te enteraste que tenía esa tierra! —Para, mascota, ¡detente! Te amo… Lilliana se estiró y golpeó duramente a Tucker en la cara antes de que terminara de hablar.
  • 221.
    —¡No te atrevasa decirlo! —gruñó Lilliana. Tucker estaba traumatizado y aturdido, su mejilla caliente y hormigueante. Nunca había sido golpeado por una mujer antes y le dolió, no solo físicamente, sino emocionalmente. Una angustia que lo abrumó y lo hizo tropezar hacia atrás hacia la cama. Lilliana jadeó ante sus propias acciones y miró mortificada. Lilliana alzó su mano y empezó a llorar de nuevo cuando Tucker retrocedió aún más. Ella cerró los ojos y tragó saliva, dejando caer la mano a su lado. —Tú ganas, Tucker McGrath —suspiró pesadamente, con su voz llena de abatimiento. Tucker se dejó caer en la cama. Eso era todo lo que siempre había querido oír toda su vida y ahora las palabras se desgarraban a través de él dejando un rastro de destrucción a su paso. No quería ganar así. No de esta manera. —No quiero la tierra —balbuceó. —Si no tú, entonces alguien más. ¿Es eso lo que realmente quieres? Alguien más a quien ganar, Tucker. Tucker se agitó. ¿Podría Lilliana realmente hacer una cosa así? Por la mirada en sus ojos, él sabía que lo haría. Lilliana dejó escapar un gemido torturado bajo. —Una vez me dijiste que me arruinarías. Debí correr entonces, pero en cambio te he creído. Yo creía en ti. Me enamoré de ti. Tú mantienes tu palabra, ¿no es así? Tú me has arruinado y yo soy solo otra muesca en el cinturón con el que amas atar a las mujeres. Nunca voy a superar lo que me has hecho. Nunca. Tucker ahogó un sollozo, el conocer la admisión de Lilliana se torcía y giraba dentro de él. Él la amaba también, con la clase de amor que nunca había experimentado antes. La necesitaba. Su corazón pertenecía a Lilliana y nadie más podría acercarse a lo que le proporcionaba el tipo de estabilidad y honestidad que ella tenía. Una sensación sofocante le agarró la garganta. Ellos podrían resolver las cosas si ella se decidiera a escuchar. Si ella lo hiciera… Tucker se sentó en silencio contemplando su próximo movimiento, pero parpadeó y Lilliana se había ido. Su mascota realmente se había ido y no tenía a nadie a quien culpar sino a sí mismo.
  • 222.
    25. Lilliana yacía ensu habitación a oscuras, inmóvil. La interminable noche finalmente se había atenuado en el amanecer. Se sentía inútil mientras estaba allí sintiendo lástima de sí misma. Después de haber utilizado todo su tiempo de vacaciones después de su ruptura con Tucker, ahora no tenía nada en reserva para los días en que se sentía como escondida dentro de su casa. Por suerte para ella, comenzaba tarde y no tenía que trabajar hasta las 10:00. Se arrastró fuera de la cama y se vistió de forma mecánica. Metiendo la mano en un cajón para sacar un par limpio de bragas, encontró los bóxers de Tucker. Se quedó mirando la tela de seda y contuvo las lágrimas de decepción. Debía haberse olvidado que él dejó unos pares extras en su tocador. Se los llevó a la nariz, inhaló y el olor de Tucker provocó un profundo sollozo que retorció su cuerpo. Los dejó caer y se mantuvo en el borde de la cómoda para apoyarse. Desayuno. Eso es lo que ella necesitaba. Lilliana fue a la cocina y tostó un poco de pan. Era todo lo que podía soportar. Se sentó a la mesa, el paquete de papel manila que había llegado por correo dos semanas antes, le llamó la atención. Era la oferta que Tucker le había enviado por su tierra. Lo deslizó hacia ella y sacó el papel para leerlo otra vez. 5,25 millones de dólares por todo el asunto — la tierra, derechos de agua, y la casa. Ella podría retirarse con esa cantidad y viajar por el mundo como siempre había querido hacer. Cogió un bolígrafo y trazó su firma en el documento sin sacar la punta. Ella había pensado la propuesta una y otra vez, tratando de reunir el valor para decidirse. Hizo clic en el bolígrafo, y salió la punta, y luego la retrajo de nuevo. Ella respiró hondo y mordió la tostada seca sin mantequilla. Su estómago rugiente. Cinco millones de dólares por el legado de su familia. No parecía suficientemente cerca. Lilliana puso mala cara al porche y miró a su tierra. Le había costado el amor de su vida y ahora los arbustos de calicó que ella adoraba tanto solo servían como un recordatorio de lo que Tucker le había hecho. La poca nieve que había caído la noche anterior le dio al paisaje un aspecto fantasmal blanco. El tintineo del carillón de Tucker le susurró al oído y ella dejó escapar un gemido patético. Su teléfono vibró en su bolsillo, sorprendiéndola. McG: 08:40 AM: Pasé por tu oficina. Me dijeron que empezabas tarde. Tenemos que hablar de negocios. Estaré allí en diez minutos. La boca de Lilliana se abrió en consternación. Ella no había visto o escuchado de Tucker en casi seis semanas. Después de múltiples intentos de tratar de ponerse en contacto con ella, por fin pareció darse por vencido.
  • 223.
    Lilliana frunció laboca y metió su teléfono en el bolsillo. Solo tendría que salir antes de que él apareciera. Agarrando su abrigo y el bolso rápidamente, corrió a su coche solo para descubrir la batería medio muerta por frío. Maldita sea. Realmente a veces extrañaba la fiabilidad del Lexus. Volvió a intentar encender el motor varias veces y bombear el pedal del acelerador solo para escuchar el relincho y la queja al morir la batería de su vehículo clásico. Trató que la batería recargara, esperó un momento. Justo cuando ella giraba la llave y bombeaba el pedal del acelerador de nuevo, hubo un fuerte golpe en su ventana. Lilliana se apoyó de su volante, pero no se atrevió a mirar por la ventana. —Lilly —la profunda voz de Tucker se amortiguó. Lilliana ignoró su voz y giró la llave de nuevo solo para ser negada por el sonido de click rápido. De todos los días, ¿por qué hoy? —Tenemos que hablar, Lilly —dijo Tucker más firmemente. Lilliana quedó inmóvil, mirando fijamente hacia adelante. La puerta del coche se abrió y ella se estiró para cerrarla, pero Tucker ya estaba arrodillado a su lado. —Lilly, por favor. Esto es importante, de lo contrario no te habría molestado. Sin decir una palabra, Lilliana se desabrochó el cinturón y salió del vehículo. Se dirigió hacia el porche con Tucker detrás de ella. Mientras que abría la puerta principal, sintió una mano en la parte baja de su espalda y Lilliana se dio la vuelta para mirar a Tucker con enojo. ¿Quién demonios se creía para estarla tocando? —No hagas eso de nuevo —afirmó con una frialdad poco disimulada colgando de sus palabras. La boca de Tucker se crispó en una mueca. Lilliana volvió rápidamente la mirada, incapaz de soportar la visión de sus ojos luminosos que se escondían detrás de las ojeras sin quebrarse. Cuando entraron, Lilliana señaló hacia la mesa de la cocina y Tucker se sentó. La forma en que estiró sus largas piernas casualmente, hizo que a Lilliana le resultara difícil concentrarse cuando los recuerdos de su tiempo juntos inundaron su cerebro. Maldición, era hermoso. Lilliana se sentó justo enfrente de él y empujó la barbilla y se obligó a mirarlo a los ojos. —¿Qué es? Tucker golpeó la oferta que aún estaba abierta sobre la mesa. —Esta oferta ha caducado. Mi nueva oferta es de cuatro millones de dólares. Tucker habló tan cruelmente, que Lilliana se preguntó cómo podría jamás haberle encantado. —Vale más que eso —Lilliana casi gritó. —Bueno… 3.750.000 —Los ojos y la expresión facial de Tucker se mantuvieron sin emociones, ni odio, ni amor, solo frío y nada. Lilliana se levantó y cerró la mano sobre la mesa. —¡Pedazo de mierda vengativo! Tucker se estremeció y parpadeó varias veces. —3.5 millones de dólares y puedes mantener la casa y cinco acres. Esa es mi oferta final. Un destello de dolor, soledad e ira apuñalaron el corazón de Lilliana. Alargó la mano y abofeteó a Tucker sobre su pómulo esculpido y sus ojos caramelo parpadearon largo y duro, pero su mirada penetrante nunca la abandonó.
  • 224.
    —Aprovecha la oferta,Lilliana —afirmó en voz baja. Lilliana se dejó caer en la silla de la cocina, derrotada. La expresión de Tucker era sombría mientras la miraba. Sintiéndose totalmente miserable, Lilliana cerró los ojos. —Te odio —Ella no estaba segura de si había hablado en voz alta o simplemente pensado. —No, no lo haces. Te odias a ti misma por caer por mí. Conozco la sensación. Lilliana levantó la vista y lo vio mirando hacia atrás, ya no estaba en blanco, pero si sombrío y triste. Así que ella le había afectado después de todo. El efecto de la expresión triste y las palabras de Tucker fue demoledor. Las cejas oscuras de Tucker se inclinaron en un ceño fruncido. —Por si sirve de algo, yo todavía te quiero. —El único tipo de amor que conoces es por el dinero y tú mismo —Lilliana se atragantó, con la mirada nublada por las lágrimas. —Te equivocas, Lilly. Lilliana inclinó la cabeza y señaló hacia la puerta. —Vete. Tucker se puso de pie de mala gana y se dirigió hacia la puerta. Sus movimientos eran rígidos y torpes. Sus pasos se desaceleraron cuando llegó a la puerta, tomando una última larga mirada alrededor de la habitación y al carillón de viento. —Voy a enviar la documentación inmediatamente. Lilly… yo… —suspiró profundamente y sacudió la cabeza—. Adiós. El invierno estaba resultando ser un tiempo frío y miserable ese año. La Navidad estaba tan solo a unas semanas de distancia y Lilliana temía pasar las vacaciones sola. Dana se había ofrecido a llevarla hacia el sur para reunirse con su familia, pero Lilliana había rechazado la amable oferta. Ariel también había tratado de convencerla a pasar el fin de semana en Nueva York con ella, pero el sonido de las excavadoras en la distancia era demasiado molesto. Las pesadillas de Lilliana llegaban a un ritmo alarmante y no estaba consiguiendo dormir. Ella comenzó a tomar el camino lateral para salir a la carretera principal para evitar ver la actividad que se llevaba a cabo en su tierra. Corrección, en las tierras de Tucker. Lilliana se erizó ante la idea y se preguntó si su madre estaría orgullosa de los logros de su hijo ahora; 100 hectáreas a cambio de un corazón quebrantado y torturado. Lilliana se obligó a colocar las decoraciones de Navidad de Margo y estaba en el proceso de colgar una gran corona de flores hechas a mano en su puerta cuando oyó un coche que venía hasta su entrada. Se dio la vuelta para ver un verde oscuro VW Golf levantando la nieve y el polvo antes de finalmente detenerse. Lilliana bajó a tierra cuando una fría ráfaga de viento barrió por delante de ella. Cuando la puerta del coche se abrió, Mason salió.
  • 225.
    El estómago deLilliana se revolcó, pero cuando vio una sonrisa dibujada en su rostro, ella se sintió inmediatamente cómoda. —¡Lilly! ¡Te ves increíble! —Mason gritó a través del viento fuerte. Él la tomó en sus brazos y su olor casi la hizo caer de rodillas. Era la misma colonia que usaba Tucker. Se echó hacia atrás y los ojos de Tucker la estaban mirando. Lilliana tragó saliva con fuerza y contuvo las lágrimas. —¿Qué es, cariño? —preguntó Mason, mirándola preocupado. —Tú, te pareces tanto a Tucker. Y el olor… —Oh, Lilly. Lo siento. —Estoy bien. De vez en cuando me doy cuenta de que en realidad terminamos, pero, realmente estoy bien —mintió Lilliana. Mason levantó las cejas y la miró. —¿Se supone que debo creer eso? Lilliana se encogió de hombros y lo llevó dentro de la casa. —¿Por qué estás aquí, Mason? —Lilliana finalmente preguntó mientras se quitaba el abrigo. Sacó una carta de su bolsillo y se lo entregó a Lilliana. Tenía el nombre de una empresa en la que no estaba familiarizada y rápidamente abrió. Era un cheque por poco menos de 10.500 dólares. La boca de Lilliana se abrió. No recordaba haberse registrado en ningún tipo de lotería postal. Lilliana revisó el cheque buscando algún tipo de revelación de información, pero no pudo encontrar nada de importancia. Sostuvo el cheque a Mason. —No entiendo. —Sabes tanto como yo. Estaba en el escritorio de Tucker con tu nombre y dirección, y las estampillas. Pensé en dejártelo haciendo de correo. —¿Por qué? —Porque quería hablar contigo y me pareció una buena excusa. Mira, Lilly, sé lo que Tucker te hizo, me dijo todo y yo no voy a poner excusas para sus acciones. Pero… ah, Diablos, Lilly. Tucker es un desastre. Ha estado así por un tiempo. No dejaba de pensar que iba a olvidarte y seguir adelante como lo hizo con el resto, pero esta vez es diferente. Lilliana estaba pérdida en las palabras. Sacudió la cabeza y examinó el suelo. —Yo amo a mi hermano, Lilly. Él es un buen hombre, aunque, tenaz y muchas veces lleno de sí mismo. Él nunca lo admitirá, pero te necesita. Está torturándose a sí mismo más de lo que hizo. ¿No puedes ir a hablar con él? Está herido. Los ojos de Mason pedían que Lilliana mostrara simpatía y ella se emocionó con la sinceridad en sus acciones. Ella arrastró el cheque entre sus manos y todos los rastros de la resistencia se desvanecieron. El cheque en sus manos había servido como excusa a Mason para hacerle una visita y ahora podría servir para el mismo fin, para que ella hablara a Tucker. Necesitaba una explicación acerca del cheque de todos modos. La bondad de Mason la tocó y si no, por cualquier otra razón, ella hablaría con Tucker en nombre de Mason. —Sí. Voy a hablar con él.
  • 226.
    Mason dejó escaparun suspiro exagerado en voz alta. —Gracias, Lilly. Tucker tenía la cabeza enterrada profundamente en el papeleo. Estaba con serias carencias de sueño y las próximas vacaciones estaban causando estragos en sus nervios. Su consumo de cafeína se había duplicado en el último mes y medio, y el nerviosismo había comenzado a convertirse en parte de su rutina diaria. Tucker miró alrededor de su escritorio frenéticamente. ¿Dónde demonios estaba el cheque para Lilliana? Podría haber jurado que lo puso al lado del calendario. Tucker apoyó los codos en la mesa y el puño en su cabello. No podía mantener pensamiento recto en su cabeza de mierda más. Maldita Lilliana Norris y condenados 112 acres. Pulsó el botón del interfono para preguntar a Ariel si ella había enviado por correo el cheque, pero decidió no hacerlo. Ariel y Lilliana se habían acercado mucho en los últimos meses y ya había tenido más que suficiente de su actitud desagradable desde que cortó con Lilly. Tucker empujó su silla hacia atrás con violencia lejos de su escritorio y se levantó. Mirando por la ventana a los edificios cubiertos de nieve, sonrió. Perdió a Lilliana, pero se consolaba con el hecho de que ella mantendría su tierra y haría algo de dinero en ella, también. Claro, él estaba solo y miserable, pero Lilliana tendría siempre la tierra de su familia. —¿Tuck? Tucker inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Podía todavía oír su voz suave y baja, como si estuviera en la habitación con él. Sintió un tirón en la manga de su chaqueta y giró su cuerpo alrededor. —¿Tuck? Lilliana realmente estaba en la habitación. La boca de Tucker se abrió y sus ojos rápidamente evaluaron su cuerpo. Ella estaba absolutamente y jodidamente perfecta. Su pelo había crecido por lo menos cuatro pulgadas y estaba sobre sus orejas en un corto flequillo que se sacudía por el viento hacia un lado. Llevaba un suéter de color crema apretado por debajo de un abrigo de invierno acolchado de color rosa y botas de piel de oveja altas. La boca de Tucker se volvió insoportablemente seca y sentía que había estado masticando polvo. —No te oí entrar. La cara en forma de corazón de Lilliana tenía un brillo saludable y sonrió tímidamente. Justo en ese momento, la polla de Tucker se crispó en respuesta. Maldición si esa boca no lo conseguía todo el tiempo. —Solo vine a hablar contigo acerca de este cheque que recibí hoy. No entiendo de qué es. Tucker vaciló, parpadeando con desconcierto. —¿Cómo lo conseguiste? —Mason me lo llevó.
  • 227.
    Mason. Por supuesto.Él había estado mirando cuando se detuvo para visitarlo. Toda la familia de Tucker estaba preocupada por su bienestar y habían estado llamando sin parar a comprobar si estaba bien. Él los amaba por ello, pero se estaba convirtiendo en una maldita molestia. —¿Cuál es tu pregunta? —preguntó Tucker mientras sus ojos se posaron en sus pechos. Era difícil para él permanecer coherente cuando Lilliana estaba tan cerca de él. Lilliana recalcó cada palabra. —¿Por qué es? —¿Qué quieres decir? Es tu cheque de participación en las ganancias. Las pestañas de Lilliana se levantaron y su mirada se clavó en Tucker. ¿Acaso no sabía lo que había firmado? —Lilly, actúas como si estuvieras sorprendida. ¿No has leído el contrato antes de firmarlo? —Bueno, no exactamente. Todavía estaba muy molesta contigo y… pensé que la vendí. Recibí el cheque grande, las cinco hectáreas y la casa. Los pechos de Lilliana levantaron y cayeron bajo su respiración trabajosa y emocionada, y Tucker negó con la cabeza obligándose a concentrarse. La voz de Tucker tomó un tono disciplinario. —Siempre debes leer antes de firmar. Lilliana rodó los ojos. —Soy muy consciente de eso, te doy las gracias. No necesito una conferencia del profesor McGrath. La boca de Tucker se levantó en una sonrisa torcida. Había echado de menos su sarcasmo. Lilliana dio un respingo y sus ojos se posaron en su boca. En ese instante, los labios de ella se abrieron y Tucker pudo oír la fuerte entrada de aire. Su sonrisa. ¿Cómo iba a olvidarlo? Era su arma secreta. Tucker trató a mostrar sus dientes sin ser obvio. Lilliana parpadeó varias veces y su mirada se volvió vidriosa. —Así que… ¿el reparto de beneficios? ¿Te refieres a que la tierra sigue siendo mía? Pero ¿qué pasa con el gran cheque? —El gran cheque era por el arrendamiento de la tierra durante cinco años. Era el pago por adelantado para cubrir el alquiler de la misma. El cheque más pequeño es parte de la participación de utilidades de los cultivos orgánicos que se cultivan y se cosechan allí. Recibirás los cheques trimestralmente. Después de cinco años puedes optar por renovar el contrato a Granjas Globales o finalizarlo. Lilliana se lanzó a una de las sillas frente al escritorio. —Pero lo hiciste sonar como si estuviera vendiendo mi tierra. ¿Por qué hiciste eso? —Susurró a través de una voz tensa y frágil. Tucker se sentó en el borde de la mesa, viendo como las emociones de Lilliana jugaron en su rostro.
  • 228.
    —Debido a quetodavía estabas enojada conmigo y yo sabía que no querías escuchar nada de lo que tenía que decir. Mentí para que yo pudiera llegar a que tú, al menos, miraras por encima el contrato. Supuse que lo sabías. Diablos, lo firmaste. —Pero… ¿qué pasa con el contrato original? —miraba a Tucker, desconcertada. —Eso fue solo un marcador de posición hasta que resolviera todo. Yo no quería que recurrieras a otra persona para vender tu tierra antes de que pudiera obtener los detalles organizados. —¡Eso es tan engañoso! —el temperamento de Lilliana estalló—. ¿Qué hubiera pasado si yo lo hubiera firmado? —Yo no habría hecho nada con él. Y, honestamente, sabía que no lo harías. Lilliana se puso de pie y se paseó por la oficina, murmurando algo ininteligible en voz baja. —¿Por qué, Tucker? Después de todas tus mentiras, ¿por qué me ayudas de esta manera? — preguntó ella, volviendo la cara lejos de él. Tucker tragó saliva y logró una respuesta débil pero completamente sincera. —Porque te amo. Lilliana se dio la vuelta y se enfrentó a él con una mirada de rechazo. —¿Quieres decir que me amabas? Tucker negó con la cabeza lentamente. —No. Amo: tiempo presente. Las piernas de Lilliana se tambalearon y Tucker pensó que estaba a punto de caerse. Se abalanzó hacia ella y la tomó en sus brazos. El calor de su cuerpo y el olor divino lo dominó y su corazón cayó a sus pies y, de pronto se sintió débil en las rodillas también. Lilliana hizo un mohín con su labio inferior y apoyó las manos en su pecho. —No lo dices en serio. Me mentiste. —Sí, lo hice. Ojalá no lo hubiera hecho. Diablos, mi vida sería más fácil si no lo hubiera hecho. Pero ganaste mi corazón mucho antes de lo que piensas; en algún lugar entre el crujiente de manzana y el refugio de animales. Tal vez incluso antes, si soy completamente honesto conmigo mismo. El sol brilló en los ojos de Lilliana reflejando asombro. —Eso fue casi el principio. —Traté de decirte eso. Esa conversación con Darren… yo estaba tan cabreado que él viniera a exigirme una explicación. Sentí que no le debía nada, así que no negué sus acusaciones. Debería haberlo hecho. Todos los días me arrepiento de no haberlo hecho, pero mi maldito orgullo no me dejó. Lilliana permaneció sin habla por un breve momento. —Esa noche que me entregué a ti, ¿por qué me la hiciste fácil? Tucker ladeó la cabeza y frunció el entrecejo. —La sumisión es un regalo, Lilly, y nunca me aprovecharía de eso. El hecho de que hayas dicho sin límites fue suficiente para mí. Tú me arruinaste, también, Lilly. Lilliana negó con la cabeza, tratando de procesar las palabras de Tucker.
  • 229.
    —Ya que meestoy sincerando contigo, también debo admitir que esas galletas que comiste no eran realmente la receta de mi madre. Las compré en la tienda —Tucker sonrió con aire de culpabilidad. Los ojos y la expresión de Lilliana se suavizaron. Rodeando sus brazos sobre los hombros de Tucker, le acarició los fuertes tendones detrás de su cuello. —Ya lo sabía, pero no quería herir tus sentimientos diciéndotelo. La boca de Tucker se curvó hacia arriba en una sonrisa de esperanza. —¿Podemos empezar de nuevo, Lilly? ¿Desde el principio, pero sin mentiras? —Sí, quiero. Te he echado mucho de menos, Tuck —la voz de Lilliana se quebró con tristeza. Tucker sintió una cálida corriente a través de su cuerpo que se inició con un zumbido en su cerebro y terminó en un hormigueo en la punta de los dedos del pie. —Lilly del Valle… dime que esto no es otro sueño cruel. Dime que realmente estás aquí de pie diciendo que vamos a intentarlo de nuevo. —le resultaba difícil ocultar la desesperación en su voz, mientras trataba de mantener la calma. —Sí, trataremos de nuevo, desde el principio. Tu. Yo. Nosotros. Una vez más. —Los ojos de Lilliana se centraron en la boca de Tucker y sus brazos se sujetaron al cuello con más fuerza. El ego de Tucker fue reparado cuando sintió su excitación y vio la aceptación en sus ojos que él había perdido como el aire en sus pulmones. Tucker infló su pecho y sonrió con un aire de confianza. —Estás loca por mí. Lilliana arrugó la nariz. —Si por estar loca quieres decir que quiero darte una bofetada de revés en tu pendenciero… —Deja de hablar, Lilly —susurró Tucker con su boca cada vez más cerca a la de ella. Lilliana sonrió y abrió la boca, pero no para hablar sino para aceptar su beso carnal. Tucker le mordió el labio inferior, y sopló en su boca… —Mi mascota.
  • 230.
    Epílogo. Tucker esperaba impacienteen el altar, con los ojos fijos en la puerta al otro extremo del pasillo. Detestaba esperar y ahora, justo hoy, estaba esperando a su futura esposa. Lilliana se estaba tomando demasiado tiempo y empezó a preguntarse, ¿no sería la víctima de una novia fugitiva? La música de entrada se detuvo y reinició tres veces. Todo el mundo estaba mirándolo en busca de algún tipo de respuesta, pero no sabía qué demonios estaba pasando más que los invitados. Los ojos de Darren se abrieron y se encogió de hombros cuando Tucker lo miró en busca de algún tipo de simpatía. Se alegró de haber arreglado las cosas con él, ante la insistencia de Lilliana, por supuesto. La música empezó una cuarta vez y una voz socarrona en la cabeza de Tucker martilleaba su decisión. Él perdió la paciencia y se dirigió pisando fuerte por el pasillo hasta la habitación de atrás en donde Lilliana se escondía. Lanzándose a la puerta abierta, encontró a Lilliana sentada en el suelo y murmurando incoherencias. La irritación de Tucker se desvaneció, la tomó en sus brazos y la abrazó fuertemente. —Mi dulce, Lilly… —Oh, Tucker… —ella sonrió con afectación con los ojos llenos de lágrimas. —Cristo, mascota, cálmate. Solo respira. Él la observó con atención mientras ella seguía sus instrucciones y su agitada respiración se calmaba lentamente. Se puso de pie, la ayudó a levantarse y la condujo hasta un largo sofá. El temor que exudaba ella era desgarrador. ¿No quería casarse con él? Él sabía que lo amaba, así que ¿por qué la duda? Ella solo se había permitido mostrar su nerviosismo en algunas ocasiones durante la planificación, pero nada en este sentido. —Explícame cómo funciona ese cerebro sobredimensionado que tienes. Mi collar alrededor de tu cuello está bien, ¿pero mi anillo alrededor de tu dedo te está haciendo vacilar? ¿Cómo diablos funciona? Lilliana movió los hombros en un gesto de confusión, como si ni siquiera ella misma supiera la respuesta. Ella sonrió, pero el terror en sus ojos era demasiado evidente. —Te amo, por favor no cuestiones eso. Es que… ¿por qué tenemos que firmar un pedazo de papel para probarlo? —Quiero que tú y nuestros niños tengan mi nombre —le guiñó un ojo. Tucker mostró sus dientes, tratando de ponérselo fácil. Funcionó cada vez que lo hizo y esta vez no fue diferente. Los ojos de Lilliana se trasladaron a la boca y suspiró. —Dios, tienes los molares increíbles —susurró. —No nos olvidemos de mis premolares.
  • 231.
    —Sí, ellos, también—Lilliana rio. —Entonces ¿vamos a seguir adelante con esto? —preguntó Tucker, arqueándole una ceja. Los ojos de Lilliana se abrieron como si hubiera olvidado momentáneamente por qué estaban allí. Tucker se estaba poniendo más impaciente que nunca, pero no quería presionarla. —¿Cuándo supiste que me querías? ¿Quiero decir que realmente me querías? —preguntó Lilliana. Tucker sabía la respuesta, sin siquiera tener que pensar: —En el momento en que vi esos ojos misteriosos en el consultorio del dentista. —le levantó la cara hacia él y le dio un beso en la frente—. Cuando me dijiste que no podías imaginar la cantidad de folladas que quería darte y que no me darías. —otro beso en la comisura de la boca—. La primera vez que me permitiste azotarte ese culo celestial que tienes —le pasó la lengua por los labios—. Cada vez que compartimos una cama y te quedaste en mis brazos —le metió la lengua en la boca—. Cuando aceptaste mi collar —su boca se aplastó en la de ella brevemente—. Pero el verdadero momento fue cuando me dijiste que podríamos intentarlo y empezar de nuevo. Entonces supe que serías mía hasta que la muerte nos separe. Por fin, le puso la mano detrás de su cuello y la arrastró en un posesivo beso, enterrando su lengua profundamente dentro de su boca. Lilliana jadeó mientras sus labios se separaron, con los ojos todavía cerrados. —Te amo, Lilly del Valle, y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Pero no te estoy diciendo nada que no lo sepas ya, ¿verdad? Los ojos de Lilliana se abrieron parpadeando. —No, no lo estás. Pero… tal vez solo podemos permanecer perpetuamente comprometidos. Permanentemente prometida. Eternamente obligada por una promesa. Comprometida hasta el final de los tiempos… Tucker ya había oído suficiente. La súplica de Lilliana fue detenida bruscamente cuando él se puso de pié inesperadamente. Con un movimiento fluido, la agarró y puso a la novia por encima de su hombro, con su brazo por encima de la parte posterior de sus piernas para sostenerla con firmeza en su lugar. Él estaba tomando a su novia, de una manera u otra. Lilliana iba a ser suya para siempre. —¡Tucker, espera! —Lilliana gritó sin aliento mientras los rebotes le comprimían el diafragma y la hicieron incapaz de pronunciar una oración completa. —Ya he terminado con esta espera de mierda. Haremos esto. Te amo, ahora deja de hablar. Lilliana jadeó y trató de zafarse del agarre de Tucker retorciéndose, pero sus musculosos brazos eran demasiado fuertes. No había manera de evitar que realmente la arrastrara por el pasillo encima del hombro como una especie de Neanderthal, ¿verdad? Oh, Dios, lo era. Tucker pateó la puerta abriéndola y el coro de On Top of the World por Imagine Dragons comenzó a sonar rápidamente y las voces de la gente se calmaron. Rostros de algunas personas
  • 232.
    miraban sorprendidos, consternadosalgunos, pero la mayoría divertidos. Un bajo sonido de alegría se fue acumulando en la entrada de la sala y se convirtió en risas fuertes que resonaron en todo el lugar. Lilliana sonrió tímidamente a unas pocas personas. Tucker sabía exactamente cómo hacer una gran entrada. Al acercarse el cortejo nupcial, dos gritos rugieron sobre la multitud. Fueron Mason y Gavin. Aparentemente estaban muy entretenidos por las travesuras de su Gran Hermano cavernícola. —¡Lleva a tu novia! —gritó Mason. —¡Tómala, Tuck! —bramó Gavin. Tucker bajó a Lilliana y la puso en pie con cautela y enderezó su vestido sin tirantes de color crema con encaje y le alisó el ahora despeinado, pelo largo hasta los hombros, y le reajustó el velo. La multitud estalló en aplausos y el rostro de Lilliana ardía de un color rojo brillante. Las grandes manos de Tucker le tomaron la cara con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos. —Ni siquiera pienses en correr —él levantó una ceja. Lilliana sintió un toque detrás de las costillas y oyó las risitas de Dana y de Ariel. Mirando fijamente a los ojos de Tucker, Lilliana se perdió y la habitación quedó en silencio. Él era un buen hombre, atento… y tan condenadamente apuesto. Se fijó en su imagen elegante mientras permanecía de pie mirándola con cautela en su negro esmoquin y corbata azul pálida. A instancias de Lilliana, se había cortado el pelo para la ocasión especial y su corte peinado en capas le daba un aspecto muy atractivo. Como las palabras del ministro zumbaban en segundo plano, se preguntó qué sentiría al pasar sus dedos por su pelo corto y sentir sus labios sobre los de ella mientras tomaba oficialmente su nombre. Recordó lo herida que se había sentido cuando se enteró de sus mentiras, pero ahora, al ver la mirada de amor reflejada en sus ojos, dejó que todo se fuera. Ella sabía que Tucker nunca le haría daño así otra vez ni de la forma que se lo hizo Adam, y que sus destinos estaban unidos para siempre. Ellos estaban destinados a ser, en verdad, para toda la eternidad. Iban a envejecer juntos en la tierra de su familia, y en el hogar que Tucker había renovado para dar cabida a la gran familia que querían. Una sonrisa se extendió por su rostro ante la idea de un clan de McGrath corriendo en torno a su casa, y en los mismos campos de calicó en los que su madre y Margo habían jugado una vez. Un dolor sordo apuñaló el corazón de pensar en ellas y deseando que estuvieran presentes, pero movió sus ojos un momento para mirar por encima del hombro de Tucker, las fotos de tamaño póster de su madre y Margo exhibidas en su honor. Había sido idea de él y lo amaba más por ello. Sus ojos de inmediato se lanzaron de nuevo a Tucker y corrientes explosivas de amor la recorrieron cuando vio la mirada acerada de posesividad en sus ojos. El latido de su corazón finalmente se calmó y, rompiendo suavemente a través de su estado de trance, ella oyó débilmente: —¿Tomas a este hombre como tu legítimo esposo? Ella parpadeó rápidamente y la boca de Tucker se arqueó en una sonrisa desequilibrándola mientras sostenía el anillo. Los ojos de Lilliana se agrandaron y se le hizo un nudo en la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad ante la visión de la gran esmeralda cortada con un conjunto de diamantes en oro blanco. Tucker se inclinó y aferró la mano de Lilliana con fuerza mientras se lo ponía en el dedo. Una lágrima cayó de su ojo y se encontró con la mirada apasionada de Tucker. —Esta es la parte donde dices, Si, quiero —le guiñó un ojo.
  • 233.
    Con un suspirode satisfacción, Lilliana se entregó a su voluntad y se entregó a la inevitable hasta que la muerte los separe. Una ráfaga de aire abandonó sus pulmones y respondió: —Sí, Señor, sí, quiero. Realmente, de verdad, quiero. Tucker envolvió su cintura con su brazo y tiró de ella con firmeza hacia él. Su boca rozó la suya y una ronda de aplausos llenó la habitación y ella apenas escuchó decirle: —Y ahora eres muy, muy mía. Fin. De. La. Historia. Lilliana sonrió y le tocó los labios. —Oh, no, Tuck. Es solo el comienzo de nuestra historia. Fin