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Fernando Doral Fábregas La Confesión Ganador del certamen de relato "Amigos de Navalcarnero". Diciembre 2008
Nunca fui gran cosa, nunca me consideré mejor que nadie. Nunca tuve más valor que nadie, por eso me sorprendí tanto al no sentir nada cuando maté a mi marido.  De siempre pensé que los que mataban a otras personas tenían que ser gente despiadada y sin escrúpulos, porque a la gente normal la matarían a su vez los remordimientos. Pero no, no sentí nada, ni siquiera ese vacío que se supone que debería dejar la inocencia al marcharse: nada. Jesús fue siempre así, una mala persona. No supe o no quise verlo al principio, pero está claro que siempre fue igual. De novios éramos como todos los novios de aquella época, no te planteabas realmente qué deseabas de tu relación, simplemente sabías que lo que se esperaba de ti era que te buscaras un novio formal, mejor bueno pero si no malo, y te casaras de blanco. Nosotros no fuimos una excepción y el proceso se cumplió sin pena ni gloria. A nosotras se nos educaba para ser buenas madres y esposas, no para ser princesas, pero la verdad es que el día de mi boda lo recordaré siempre porque ese día me sentí una princesa. Por un día fui la protagonista absoluta, el centro de todas las miradas, y he de reconocer que estaba guapa... como una princesa. Sólo por ese momento le habría perdonado a Jesús alguno de los malos ratos que me haría pasar después. Luego todo corrió en un acostumbrarse, él a darme mala vida, yo a perdonársela. A los veinticinco años Jesús se colocó de ujier de la academia de artes de La Hermandad. Todos los académicos tenían llave de su propio despacho y las salas tenían dotación permanente, por lo que el trabajo de Jesús se limitaba por lo general a abrir alguna que otra puerta de escaso uso. El resto del tiempo lo dedicaba a su actividad favorita: no hacer nada. Escuchaba ávidamente cuantos programas deportivos emitían por la radio, o simplemente pacía sin apenas síntomas de actividad cerebral. El tiempo y la inactividad habían ido deteriorando su forma física, de manera que tras treinta años de servicio en La Hermandad nadie diría que se trataba del jovencito que solía jugar al fútbol que comenzó. Había echado una ostentosa barriga que le colgaba por encima del cinturón, obligando a los pantalones a una retirada menos que decorosa, que descubría por la parte trasera el nacimiento de la entrenalga. Cuando alguien le llamaba, Jesús acudía con su andar cansino que se acentuaba con los años, hasta el punto que los académicos rehusaban solicitar sus servicios cada vez en mayor medida por la grima que les producía. A las tres en punto, cayera quien cayera Jesús abandonaba su puesto de trabajo y con él las tareas que quedaran a medias, eso en las escasas ocasiones en que tales tenían lugar. Llegaba a casa con puntualidad británica, donde yo por la cuenta que me tenía ya estaba esperándole con la mesa puesta. Los primeros años comíamos juntos. Con el tiempo fuimos decidiendo tácitamente que nos convenía evitarnos en todo lo que no fuera imprescindible, y la comida definitivamente no lo era.
Tras una siesta acudía puntual a su cita en el bar El Gallego. Creo que ése es el único sitio donde mi marido llegó alguna vez a sentirse aceptado, y aunque tenía fama de carácter difícil todos parecían achacarlo al mal perder, lo cual le eximía de culpa. En El Gallego se jugaba demasiado, se gritaba demasiado, se insultaba demasiado, y sobre todo, se bebía demasiado. La vuelta a casa era temible para mí. Si había perdido no tenía escapatoria, sabía que buscaría cualquier motivo insignificante para descargar su frustración en mis costillas. No solía pegarme en la cara, cosa que yo le agradecía aun a sabiendas de que no lo hacía por deferencia a mí, sino para ocultar las huellas de sus bajezas. Nunca le dije a nadie lo que pasaba, al principio porque confiaba en que se tratara de un mal sueño del que despertaría el día menos pensado, después porque llegué a creer que en parte merecía los castigos que me infligía. Alguna vez evité estar en casa cuando subía de El Gallego, esperando que algunas horas más tarde se le hubiera pasado la borrachera y el enfado, pero todo lo que conseguí fue que dedicara la espera a hacer crecer ambas cosas, con lo que el recibimiento fue tan brutal que opté por esperarle mansamente en casa, rezándole a la diosa de la fortuna para que las cosas le hubieran ido bien cada día. Su otra pasión era el fútbol. Socio del Atlético de Madrid desde antes de tener uso de razón, vivía con entusiasmo desmedido cada partido. Se alteraba, gritaba, y parecía que el corazón se le salía con cada jugada de cualquier equipo que jugara contra su Atlético. "Un día a tu marido le va a dar algo", decían una y otra vez mis amigas.  Mis amigas. Ellas fueron mi cobijo, ellas sabían escucharme, con ellas no tenía miedo de reír, hablábamos de banalidades durante horas, no había relación de grado, todas podíamos expresarnos sin miedo a ser censuradas. Nunca he sido demasiado habladora pero el simple hecho de saber que podía decir lo que quisiera sin ser castigada, suponía para mí un bálsamo que me curaba de mi nulidad con Jesús.  Todos los días nos citábamos para desayunar, antes de diseminarnos por el mercado para hacer la compra. Yo solía tomar un café sólo los martes y los jueves, porque la economía no estaba para alegrías. Algunas afortunadas podían permitírselo todos los días; yo no, pero aun así no dejábamos de vernos en la cafetería a las nueve y media. A mí me confortaba que el camarero no me mirara mal los días que no consumía, a fin de cuentas era una clienta fiel: martes y jueves, pero fiel. Hablábamos, nos reíamos, cotilleábamos... Fue en una de esas conversaciones intrascendentes cuando con relación a un dirigente de no sé qué país, mi amiga Adela, la más instruida y de mejor posición de todas dijo: "Ese cerdo impresentable... Algunas personas sólo han venido a este mundo para hacer sufrir a inocentes, y el día en que se mueran nadie llorará su partida". Aquella frase me dejó pensativa todo el día. Por la noche, mientras Jesús roncaba histriónicamente a mi lado después de, para mi fortuna una buena tarde, me puse a pensar en ello. A quién hacía feliz Jesús en esta vida. Hijo único, su padre había muerto antes de que yo le conociera y su madre poco después de nuestra boda. Quién lloraría su muerte: su familia no, desde luego, y yo menos que nadie. Sus compañeros de timba no tardarían en buscarse un sustituto con mejor carácter y en su trabajo tampoco creo que fueran a echar de menos a una lacra que se había agarrado como un quiste, y al que todos evitaban pedir cualquier servicio que se suponía estaba obligado a dar.
Así fue como me decidí. Mi hermano menor Sergio, trabajaba en sus ratos libres exterminando plagas de ratas o insectos. Con la excusa de acabar con un gato que tenía la molesta costumbre de colarse en mi terraza para dormir plácidamente entre mis geranios, siempre después de renovar su hediondo marcaje, le pedí a Sergio que me facilitara algo que pudiera terminar con el latoso felino. Mi hermano me proporcionó una mezcla que debía ser manipulada con el máximo cuidado, pues se trataba de un veneno muy potente. Me dio un montón de instrucciones que tuve la precaución de no escribir y aprenderme de memoria. Dejé pasar un año entero para que el episodio del gato se olvidara, esperando la ocasión ideal. Ésta se presentó en el otoño siguiente. Era sábado, y por la televisión retransmitían un partido entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Él sentía tanta pasión en su amor por el Atlético como odio irracional por los catalanes, a pesar de que nunca en su vida conoció más catalán que Andreu. Andreu era el marido de Adela, y como incluso Jesús reconocía hombre encantador, pero aun así él se aferraba a su cerril manera de pensar. Eso significaba que un partido entre el Atlético y el Barça suponía el mayor acontecimiento para él. Yo, como cada día que había fútbol por la tele, le había dejado preparado un bocadillo partido por la mitad -uno para cada tiempo- tres cervezas -una para la primera parte, dos para la segunda- y un cubalibre de ron a falta de echarle hielo. Llevaba yo algunos meses preparando la estrategia y había podido comprobar que, en lo acalorado del momento, mi marido no era capaz de detectar cuándo en la primera botella de cerveza -la que le dejaba ya abierta- en el cubalibre y en el bocadillo, le había añadido alguna sustancia extraña. Ese día la sustancia extraña me la había dado mi hermano Sergio. Como cada sábado de fútbol me bajé a casa de mi amiga Chelo. Su marido trabajaba en un bar y nos dejaba vía libre para ver los programas tontos de esos que a mí tanto me gustan. Esperé el tiempo que, según las indicaciones de Sergio, yo estimé necesario para que el veneno hiciera efecto, y me despedí de Chelo con la excusa de bajarme a decirle una cosa a Maricarmen.  Efectivamente bajé a ver a mi vecina, pero sólo el tiempo justo para decirle que la dejaba, que Chelo estaba esperándome. Y cuando ya una vecina me hacía con la otra, estimé que tenía las condiciones para prepararlo todo.
Entré en casa atenazada por el miedo ante la posibilidad de que mi marido hubiera sido más fuerte que las ratas. Pero no. Pronto lo descubrí tirado en la alfombra. Todo estaba hecho un desastre: Jesús se había encontrado mal y se había levantado del sillón para ir a vomitar en el baño, pero la muerte le había sorprendido de camino. El resultado era todo un rastro de vómitos y espumarajos. No tenía mucho tiempo, así que me puse rápidamente a limpiarlo todo y a cambiarle de ropa. Tardé quince minutos, pasados los cuales salí a la escalera gritando como una loca: - ¡Chelo, Chelo, que Jesús se me ha quedado viendo el fútbol! ¡Maricarmen, Chelo! ¡Ay Dios mío, ayudadme alguien, que mi Jesús se me ha quedado viendo el fútbol!... La verdad es que toda la tensión contenida contribuyó a hacer más creíbles mis alaridos y súplicas, de manera que a los pocos segundos en el portal había un revuelo difícil de describir, y en mi casa un cadáver que nadie iba a echar en falta. Por supuesto a nadie se le ocurrió hacerle la autopsia a un hombre fumador, bebedor, apasionado por el fútbol, de más de cincuenta años, que había muerto durante el transcurso de un partido de fútbol de su adorado Atlético mientras fumaba Ducados y se bebía la tercera cerveza: la causa fue infarto de miocardio. Sin pena ni gloria, pero sobre todo sin pena, di la despedida a Jesús dos días después; el hombre que no había sabido hacerme feliz, que sólo había conseguido dejar marcas en mi cuerpo y en mi alma, el hombre que únicamente me había dejado una cosa que mereciera la pena: mi querida Beatriz, mi hija, tú.
Por eso hija, hoy te escribo. Porque desde hace tiempo reconozco las marcas de mi cara en las tuyas, reconozco mi mirada esquiva en la tuya. Y ya ves, yo ya no bajo la mirada ante nadie, aprendí a mirar hacia arriba de nuevo. Quiero que comprendas que lo que hice fue por mí, para demostrarme que se puede salir del infierno. Y lo hice por ti, para marcarte el camino, para que veas que hay una salida aunque tú ahora no puedas verla como yo no la vi durante tantos años. Porque yo sabía en el fondo que si dejaba a Jesús, me encontraría para acabar conmigo. Tal es la mentalidad de los que se sienten dueños de otros. Y hoy te escribo esta carta porque quiero que entiendas que él volverá a hacerlo, siempre vuelven a hacerlo, una y otra vez. Y yo volveré a hacerlo por ti si tú me lo pides, porque  "algunas personas sólo han venido a este mundo para hacer sufrir a inocentes y el día en que se mueran, nadie llorará su partida" . Te escribo esta carta aun a sabiendas de que podrías odiarme por haber matado a tu padre, que podrías acudir con ella a la policía y yo pasaría el resto de mi vida en la cárcel, como pasaré el resto de mi eternidad en el infierno, por este crimen del que me niego a confesarme, porque Dios, en quien sabes creo, no perdona cuando no hay arrepentimiento. Y yo, Él es testigo, nunca me arrepentiré. Tú no puedes vivir en el infierno porque de él tu madre conoce la salida. Tú no, mi niña, mi querida Beatriz, lo único bueno que me dejó tu padre, la razón para aguantarle cuando le aguanté, y matarle cuando le maté. Dame sólo una señal, mi querida niña, y yo haré que vuelvas a sonreír, como antes. Una señal y terminaré con el peso que llevas sola sobre tu espalda. Una señal te separa de ser tú misma otra vez. Quedo ansiosa esperando noticias tuyas, sean cuales sean, y recuerda siempre que en cualquier decisión que tomes yo estaré detrás para apoyarte haciendo lo necesario, y para darte todo mi corazón, que sólo a ti pertenece. Por siempre, tu madre.

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F.Doral - La Confesión

  • 1. Fernando Doral Fábregas La Confesión Ganador del certamen de relato "Amigos de Navalcarnero". Diciembre 2008
  • 2. Nunca fui gran cosa, nunca me consideré mejor que nadie. Nunca tuve más valor que nadie, por eso me sorprendí tanto al no sentir nada cuando maté a mi marido. De siempre pensé que los que mataban a otras personas tenían que ser gente despiadada y sin escrúpulos, porque a la gente normal la matarían a su vez los remordimientos. Pero no, no sentí nada, ni siquiera ese vacío que se supone que debería dejar la inocencia al marcharse: nada. Jesús fue siempre así, una mala persona. No supe o no quise verlo al principio, pero está claro que siempre fue igual. De novios éramos como todos los novios de aquella época, no te planteabas realmente qué deseabas de tu relación, simplemente sabías que lo que se esperaba de ti era que te buscaras un novio formal, mejor bueno pero si no malo, y te casaras de blanco. Nosotros no fuimos una excepción y el proceso se cumplió sin pena ni gloria. A nosotras se nos educaba para ser buenas madres y esposas, no para ser princesas, pero la verdad es que el día de mi boda lo recordaré siempre porque ese día me sentí una princesa. Por un día fui la protagonista absoluta, el centro de todas las miradas, y he de reconocer que estaba guapa... como una princesa. Sólo por ese momento le habría perdonado a Jesús alguno de los malos ratos que me haría pasar después. Luego todo corrió en un acostumbrarse, él a darme mala vida, yo a perdonársela. A los veinticinco años Jesús se colocó de ujier de la academia de artes de La Hermandad. Todos los académicos tenían llave de su propio despacho y las salas tenían dotación permanente, por lo que el trabajo de Jesús se limitaba por lo general a abrir alguna que otra puerta de escaso uso. El resto del tiempo lo dedicaba a su actividad favorita: no hacer nada. Escuchaba ávidamente cuantos programas deportivos emitían por la radio, o simplemente pacía sin apenas síntomas de actividad cerebral. El tiempo y la inactividad habían ido deteriorando su forma física, de manera que tras treinta años de servicio en La Hermandad nadie diría que se trataba del jovencito que solía jugar al fútbol que comenzó. Había echado una ostentosa barriga que le colgaba por encima del cinturón, obligando a los pantalones a una retirada menos que decorosa, que descubría por la parte trasera el nacimiento de la entrenalga. Cuando alguien le llamaba, Jesús acudía con su andar cansino que se acentuaba con los años, hasta el punto que los académicos rehusaban solicitar sus servicios cada vez en mayor medida por la grima que les producía. A las tres en punto, cayera quien cayera Jesús abandonaba su puesto de trabajo y con él las tareas que quedaran a medias, eso en las escasas ocasiones en que tales tenían lugar. Llegaba a casa con puntualidad británica, donde yo por la cuenta que me tenía ya estaba esperándole con la mesa puesta. Los primeros años comíamos juntos. Con el tiempo fuimos decidiendo tácitamente que nos convenía evitarnos en todo lo que no fuera imprescindible, y la comida definitivamente no lo era.
  • 3. Tras una siesta acudía puntual a su cita en el bar El Gallego. Creo que ése es el único sitio donde mi marido llegó alguna vez a sentirse aceptado, y aunque tenía fama de carácter difícil todos parecían achacarlo al mal perder, lo cual le eximía de culpa. En El Gallego se jugaba demasiado, se gritaba demasiado, se insultaba demasiado, y sobre todo, se bebía demasiado. La vuelta a casa era temible para mí. Si había perdido no tenía escapatoria, sabía que buscaría cualquier motivo insignificante para descargar su frustración en mis costillas. No solía pegarme en la cara, cosa que yo le agradecía aun a sabiendas de que no lo hacía por deferencia a mí, sino para ocultar las huellas de sus bajezas. Nunca le dije a nadie lo que pasaba, al principio porque confiaba en que se tratara de un mal sueño del que despertaría el día menos pensado, después porque llegué a creer que en parte merecía los castigos que me infligía. Alguna vez evité estar en casa cuando subía de El Gallego, esperando que algunas horas más tarde se le hubiera pasado la borrachera y el enfado, pero todo lo que conseguí fue que dedicara la espera a hacer crecer ambas cosas, con lo que el recibimiento fue tan brutal que opté por esperarle mansamente en casa, rezándole a la diosa de la fortuna para que las cosas le hubieran ido bien cada día. Su otra pasión era el fútbol. Socio del Atlético de Madrid desde antes de tener uso de razón, vivía con entusiasmo desmedido cada partido. Se alteraba, gritaba, y parecía que el corazón se le salía con cada jugada de cualquier equipo que jugara contra su Atlético. "Un día a tu marido le va a dar algo", decían una y otra vez mis amigas. Mis amigas. Ellas fueron mi cobijo, ellas sabían escucharme, con ellas no tenía miedo de reír, hablábamos de banalidades durante horas, no había relación de grado, todas podíamos expresarnos sin miedo a ser censuradas. Nunca he sido demasiado habladora pero el simple hecho de saber que podía decir lo que quisiera sin ser castigada, suponía para mí un bálsamo que me curaba de mi nulidad con Jesús. Todos los días nos citábamos para desayunar, antes de diseminarnos por el mercado para hacer la compra. Yo solía tomar un café sólo los martes y los jueves, porque la economía no estaba para alegrías. Algunas afortunadas podían permitírselo todos los días; yo no, pero aun así no dejábamos de vernos en la cafetería a las nueve y media. A mí me confortaba que el camarero no me mirara mal los días que no consumía, a fin de cuentas era una clienta fiel: martes y jueves, pero fiel. Hablábamos, nos reíamos, cotilleábamos... Fue en una de esas conversaciones intrascendentes cuando con relación a un dirigente de no sé qué país, mi amiga Adela, la más instruida y de mejor posición de todas dijo: "Ese cerdo impresentable... Algunas personas sólo han venido a este mundo para hacer sufrir a inocentes, y el día en que se mueran nadie llorará su partida". Aquella frase me dejó pensativa todo el día. Por la noche, mientras Jesús roncaba histriónicamente a mi lado después de, para mi fortuna una buena tarde, me puse a pensar en ello. A quién hacía feliz Jesús en esta vida. Hijo único, su padre había muerto antes de que yo le conociera y su madre poco después de nuestra boda. Quién lloraría su muerte: su familia no, desde luego, y yo menos que nadie. Sus compañeros de timba no tardarían en buscarse un sustituto con mejor carácter y en su trabajo tampoco creo que fueran a echar de menos a una lacra que se había agarrado como un quiste, y al que todos evitaban pedir cualquier servicio que se suponía estaba obligado a dar.
  • 4. Así fue como me decidí. Mi hermano menor Sergio, trabajaba en sus ratos libres exterminando plagas de ratas o insectos. Con la excusa de acabar con un gato que tenía la molesta costumbre de colarse en mi terraza para dormir plácidamente entre mis geranios, siempre después de renovar su hediondo marcaje, le pedí a Sergio que me facilitara algo que pudiera terminar con el latoso felino. Mi hermano me proporcionó una mezcla que debía ser manipulada con el máximo cuidado, pues se trataba de un veneno muy potente. Me dio un montón de instrucciones que tuve la precaución de no escribir y aprenderme de memoria. Dejé pasar un año entero para que el episodio del gato se olvidara, esperando la ocasión ideal. Ésta se presentó en el otoño siguiente. Era sábado, y por la televisión retransmitían un partido entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Él sentía tanta pasión en su amor por el Atlético como odio irracional por los catalanes, a pesar de que nunca en su vida conoció más catalán que Andreu. Andreu era el marido de Adela, y como incluso Jesús reconocía hombre encantador, pero aun así él se aferraba a su cerril manera de pensar. Eso significaba que un partido entre el Atlético y el Barça suponía el mayor acontecimiento para él. Yo, como cada día que había fútbol por la tele, le había dejado preparado un bocadillo partido por la mitad -uno para cada tiempo- tres cervezas -una para la primera parte, dos para la segunda- y un cubalibre de ron a falta de echarle hielo. Llevaba yo algunos meses preparando la estrategia y había podido comprobar que, en lo acalorado del momento, mi marido no era capaz de detectar cuándo en la primera botella de cerveza -la que le dejaba ya abierta- en el cubalibre y en el bocadillo, le había añadido alguna sustancia extraña. Ese día la sustancia extraña me la había dado mi hermano Sergio. Como cada sábado de fútbol me bajé a casa de mi amiga Chelo. Su marido trabajaba en un bar y nos dejaba vía libre para ver los programas tontos de esos que a mí tanto me gustan. Esperé el tiempo que, según las indicaciones de Sergio, yo estimé necesario para que el veneno hiciera efecto, y me despedí de Chelo con la excusa de bajarme a decirle una cosa a Maricarmen. Efectivamente bajé a ver a mi vecina, pero sólo el tiempo justo para decirle que la dejaba, que Chelo estaba esperándome. Y cuando ya una vecina me hacía con la otra, estimé que tenía las condiciones para prepararlo todo.
  • 5. Entré en casa atenazada por el miedo ante la posibilidad de que mi marido hubiera sido más fuerte que las ratas. Pero no. Pronto lo descubrí tirado en la alfombra. Todo estaba hecho un desastre: Jesús se había encontrado mal y se había levantado del sillón para ir a vomitar en el baño, pero la muerte le había sorprendido de camino. El resultado era todo un rastro de vómitos y espumarajos. No tenía mucho tiempo, así que me puse rápidamente a limpiarlo todo y a cambiarle de ropa. Tardé quince minutos, pasados los cuales salí a la escalera gritando como una loca: - ¡Chelo, Chelo, que Jesús se me ha quedado viendo el fútbol! ¡Maricarmen, Chelo! ¡Ay Dios mío, ayudadme alguien, que mi Jesús se me ha quedado viendo el fútbol!... La verdad es que toda la tensión contenida contribuyó a hacer más creíbles mis alaridos y súplicas, de manera que a los pocos segundos en el portal había un revuelo difícil de describir, y en mi casa un cadáver que nadie iba a echar en falta. Por supuesto a nadie se le ocurrió hacerle la autopsia a un hombre fumador, bebedor, apasionado por el fútbol, de más de cincuenta años, que había muerto durante el transcurso de un partido de fútbol de su adorado Atlético mientras fumaba Ducados y se bebía la tercera cerveza: la causa fue infarto de miocardio. Sin pena ni gloria, pero sobre todo sin pena, di la despedida a Jesús dos días después; el hombre que no había sabido hacerme feliz, que sólo había conseguido dejar marcas en mi cuerpo y en mi alma, el hombre que únicamente me había dejado una cosa que mereciera la pena: mi querida Beatriz, mi hija, tú.
  • 6. Por eso hija, hoy te escribo. Porque desde hace tiempo reconozco las marcas de mi cara en las tuyas, reconozco mi mirada esquiva en la tuya. Y ya ves, yo ya no bajo la mirada ante nadie, aprendí a mirar hacia arriba de nuevo. Quiero que comprendas que lo que hice fue por mí, para demostrarme que se puede salir del infierno. Y lo hice por ti, para marcarte el camino, para que veas que hay una salida aunque tú ahora no puedas verla como yo no la vi durante tantos años. Porque yo sabía en el fondo que si dejaba a Jesús, me encontraría para acabar conmigo. Tal es la mentalidad de los que se sienten dueños de otros. Y hoy te escribo esta carta porque quiero que entiendas que él volverá a hacerlo, siempre vuelven a hacerlo, una y otra vez. Y yo volveré a hacerlo por ti si tú me lo pides, porque "algunas personas sólo han venido a este mundo para hacer sufrir a inocentes y el día en que se mueran, nadie llorará su partida" . Te escribo esta carta aun a sabiendas de que podrías odiarme por haber matado a tu padre, que podrías acudir con ella a la policía y yo pasaría el resto de mi vida en la cárcel, como pasaré el resto de mi eternidad en el infierno, por este crimen del que me niego a confesarme, porque Dios, en quien sabes creo, no perdona cuando no hay arrepentimiento. Y yo, Él es testigo, nunca me arrepentiré. Tú no puedes vivir en el infierno porque de él tu madre conoce la salida. Tú no, mi niña, mi querida Beatriz, lo único bueno que me dejó tu padre, la razón para aguantarle cuando le aguanté, y matarle cuando le maté. Dame sólo una señal, mi querida niña, y yo haré que vuelvas a sonreír, como antes. Una señal y terminaré con el peso que llevas sola sobre tu espalda. Una señal te separa de ser tú misma otra vez. Quedo ansiosa esperando noticias tuyas, sean cuales sean, y recuerda siempre que en cualquier decisión que tomes yo estaré detrás para apoyarte haciendo lo necesario, y para darte todo mi corazón, que sólo a ti pertenece. Por siempre, tu madre.