Este documento discute el papel de los laicos en la Iglesia. Señala que el Concilio Vaticano II fue el primero en ocuparse del laicado y que Juan Pablo II se refirió al laicado como "un gigante dormido". Argumenta que la evangelización dependerá de los laicos y requiere una conversión eclesial. Finalmente, insta a promover los ministerios laicales y a ver a los laicos como sujetos responsables de la misión de la Iglesia, no solo como objetos de atención pastoral.