La mansedumbre se define como dulzura y docilidad, y se alcanza al no dejarse llevar por la ira durante situaciones adversas. Ser manso implica actuar con bondad, evitar la venganza y mantener un corazón y mente abiertos para adaptarse a las dificultades. La verdadera mansedumbre potencia la energía del espíritu, permitiendo enfrentar los desafíos sin confusión ni confrontación inútil.