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Ilustración por: Valentina Jímenez
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REVISTA LEXIKALIA
ISSN: 2346-3481
Número 4
octubre-2015
Publicación de la Escuela de Estudios Literarios
Facultad de Humanidades
Universidad del Valle
Cali, Colombia
Rector de la Universidad del Valle
Iván Enrique Ramos Calderón
Decana Facultad de Humanidades
Gladys Stella López Jiménez
Director Escuela de Estudios Literarios
Óscar Osorio
DIRECTOR
Jeison Steven Rivera Isaza
COMITÉ EDITORIAL
Vania Lorena Lasso Cruz
Laura Mármol Aranzazu
Manuel Jímenez Másmela
Jorge Harbey Medina
Juan Sebastian Mina
Diego Alejandro Rincón Garcés
Daniel Ríos Rengifo
Gabriel Rodríguez
DIAGRAMACIÓN
Jeison Steven Rivera Isaza
Meriel Rodríguez
ILUSTRADORES COLABORADORES
Daniel Botero Arango
danielo8526@hotmail.com
Ludy Nayeth Echeverry Sánchez
nayeth-sanchez92@hotmail.com
Juan Carlos García
juanchip1@hotmail.com
Carlos Augusto Castillo Lara-
zarathustra103@hotmail.com
Daniel Antonio Sierra Orrego
daso_7251@hotmail.com.com
Gabriel Rodríguez
luisgabrielr7@gmail.com
María Camila Mesías Ramírez
kamilarr2014@gmail.com
Valentina Jiménez
valen.jp@hotmail.com
Yvonne Aragon
ivonnearagon@hotmail.com
Juan Carlos García
juankart01@yahoo.es
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CONTENIDO
FICCIÓN
Basura y lógica 6
Denisse Benítez Mendoza
Colecciones 7
Jenifer Arango
Vecinos 35
Jorge Sanchéz
Metamorfosis 39
Ángela Rengifo
Los olvidados 43
Sebastián Álvarez Martínez
El ciclo del desierto 44
Gina Alexandra Velásquez Cardona
La tierra se hizo grande 57
Angie Riascos
Fue tan solo Samuel quien llegó a visitarme 60
Leonardo Moreno
Relato de un soldado español 63
Juan Diego Ortiz
Margarita 65
Gabriel Rodríguez
El santo de la lotería 53
Paloma Montes
Lumiere Träume 68
Michael Esquivel Bulla
Escondite 72
Meriel Rodríguez
El cubanito 74
Alexandra Salazar Domínguez
Espejito 77
Ofelia María
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POESÍA
Renuncio a ti 32
Mi memoria 33
Malabares 34
Angélica Guzmán
* 55
Horizonte 56
Daniela Prado
CRÓNICA
Palabras del cuerpo 81
Vania Lorena Lasso
Disparos que dan vida 11
Jean Pierre Osa
¿Quién es que se cree? 45
Alexander Amézquita
ARTÍCULO DE OPINIÓN
Günter Grass y Julio Cortázar le dan cuerda al reloj 24
Hernando Urriago
ENSAYO
Lo que se niega a desaparecer 26
Felipe López
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La literatura puede ser un refugio. No para los que huyen o los que
se escapan, sino para los que se esconden un momento y lanzan una mi-
rada al exterior antes de lanzarse a sí mismos. Nos guardamos un instante
para conocer las dimensiones del campo y las fuerzas que nos amenazan.
Asomamos el ojo sobre la línea y nos disponemos a caminar entre la mul-
titud de amantes y de odiosos, entre los compañeros de lucha que fácil-
mente están en contra o a nuestro favor. Allí, rodeados por las armas y los
portadores que son las armas, afectados por el destino y por las fuerzas
que lo causan, luchamos con la certeza de lograr la victoria.
Las Pizarnik y los Onetti son las mujeres y los hombres que hallaron
en el refugio los planos del mismo y levantaron muros y cavaron tierras,
dejándonos otras posibilidades de resguardo. Lo mismo las Bonnett y los
Hemingway, las Mendoza y los Pérez, todos asaltados por ese afán del ar-
tesano que teje para otros y para sí mismo. Todos haciendo de la literatura
esa trinchera de la vida que usamos y regalamos porque sólo así, en esa
ambigüedad de pertenecernos y ser de otros la literatura halla su sentido,
su culminación.
Lo que el lector tiene entre las manos es otro refugio, otra posibili-
dad para ese resguardo momentáneo donde comprendemos y aprendemos.
Esta edificación es levantada gracias a los escritores que construyen cada
uno de los cuartos que dan vida a este asilo, circunstancial, de refugiados,
donde es posible encontrar los planos para otra futura construcción.
Siendo así, le damos la bienvenida a este hogar llamado Lexikalia.
Comité Editorial Lexikalia.
EDITORIAL
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Andaba un hombre por una ca-
lle tapizada de desperdicios festivos
cuando le cayó a los pies una anóni-
ma bolita de papel. Le pareció que un
trocito descascarado de la fachada del
cosmos se había desgajado frente a sus
ojos. Se inclinó para recoger el papeli-
to mientras sentenciaba: “Esta ciudad
es un basurero”. Y en el momento en
el que tocó la bolita, fue transportado
fuera de la atmósfera para flotar eter-
namente como un desecho espacial.
BASURA
Ilustrador: Ludy Nayeth Echeverry Sanchez
MINI-FICCIÓN
Por: Denisse Benítez Mendoza
Estudiante de Licenciatura en Literatura
LÓGICA
“¿Por qué?” preguntó. Quedé aniquila-
do.
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-Tengo que cuidar los peces.
-Podemos llevar la pecera
-No
-No querés irte
-…
-Te traje ropa nueva
-No la necesito, estoy bien así.
-¿Con la ropa rota?
-Sí.
- Matémoslo, sé que por miedo no te vas.
-No hablés así, puede llegar en cualquier mo-
mento.
-Marcela dejálo.
-No tengo a dónde ir.
-Nuestra casa nunca dejó de ser tu casa, qué
diría mamá si te viera
-…
-No entiendo por qué seguís con todo esto, no
puede ser que te hayás acostumbrado.
-Sentáte Luisa y no alegués más, hoy están na-
dando más de la cuenta
-¿Lo amás?
- El payaso parece que está dormido, no se ha
movido en todo el día.
-Te pregunté si lo amás no me cambiés el tema.
-¿Qué importa?
-Sí importa, ¿Qué te hace quedar?
- Estoy bien.
-¿Con la ropa rota? ¿Comiendo una vez al día
cuando él llega? ¿Sin salir nunca? ¿Enferma?
¿Retraída?
-Sueño con vos y los peces, es un sueño que se
repite
-¿Qué soñás?
-Que me entregás una botella en la que están
ellos
-¿La botella es la pecera?
-Algo así, todos son azules, igualitos. Me
pedís que los saque porque el tamaño de la
botella los puede matar, y cuando los tengo
en mis manos se convierten en gusanos.
-Siempre le tuviste miedo a los gusanos.
- En el sueño todavía me asusto
-…
-Hay algo de café, ¿Querés?
-¿Sólo café? ¿No te deja nada más?
-…
-Voy a comprar algo.
-No, es mejor que no.
-¿Tanto miedo le tenés? ¿Qué te hace? ¿Te
ha pegado?
-No, no me hace nada.
-Explicáme lo de la moneda, hasta cuando
te voy a preguntar
-No es nada, es un adorno.
-¿Un adorno que te hace llorar, que te es-
panta?
-Ya no lloro.
-¿Por qué no puedo comprarte comida?
- Vería las bolsas
-¿Y qué pasa si las ve?
-Nada, pero es mejor que no.
-No entiendo.
-No importa.
-¿Qué te traigo?
-Nada.
-…
-Si comprás algo, no podría dejarte entrar
otra vez
-¿Qué?
-Es mejor que no traigás nada, tomémos
café y ya.
FICCIÓN
Por: Jennifer Arango
Estudiante de Licenciatura en Literatura
COLECCIONES
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Ilustrador:JuanCarlosGarcía
9
-No puede ser que lo amés, esta mierda no pue-
de ser amor.
-Calmáte Luisa, no es nada. Estoy bien.
-¿Hace cuánto no te ves al espejo?
-…
-Respondeme.
-Hacía mucho que no venías, me hacés falta…
-¿Nadie más te visita?
-No.
- ¿Y tus amigos?
-No sé.
- ¿Y los de él?
-Se ve con ellos afuera.
-¿Te dice que te ama?
-…
-¿Tienen sexo?
-…
-¿Hace cuánto no tirás?
-Tomáte el café
-¿No me vas a contar?
-Hace tiempo quiero un mariposa, podría
acompañar al payaso. He pensado en cambiar
ese acuario, tal vez uno más grande, así podrán
moverse más, les podría poner algas
-Podemos ir a buscar el mariposa y a comprar
otra pecera ¿Cuándo vamos?
-No sé, luego miramos.
-¿Qué hacés todos los días Marcela?
-No mucho.
-¿Oficio?
-Poco, trae a alguien para que lo haga, mientras
duermo
-¿Cómo así mientras dormís?
-Cuando él está duermo
-¿Por qué?
-No sé.Alcanzáme el recipiente, tengo que partir
los camarones en porciones pequeñas para que
se los coman rápido, la sobrealimentación los
puede matar
- ¿Ves la tele?
-Se dañó.
-¿Y música?
-No escucho.
-¿Por qué? ¿El equipo también se dañó?
-No, pero a él no le gusta.
-¿Y qué putas importa si a él no le gusta?
- Se enoja.
- ¿Te hace algo?
-No, no mehace nada
-¿Y los libros?
-Los botó.
-¿Por qué?
-No sé, no le he preguntado.
-¿Y cuándo le vas a preguntar?
-Para qué, no importa.
-Salgamos, vamos a caminar, ya dejó de llover.
-No, no me provoca.
-No puedo estar más acá, estás hecha una idiota
y parece que te gusta.
-Hablá suave Luisa.
-¿Por qué? ¿Me va a escuchar? ¿Te vigila?
-No, no.
-Te volvió mierda, si vuelvo regreso a matarlo
-Tranquilizáte Luisa.
-“Tranquilizáte Luisa”, “hablá pasito”. Estás
cagada del susto y no te movés, ¿Querés que me
siente a ver pececitos?
-No más
-¿No más qué? ¿Lo esperamos?
-Dejá así
- Yo también tengo miedo
-No te burlés Luisa.
-Decíme qué es lo de la moneda.
-No es nada, siempre que me visitás, peleás.
-¿Y entonces me siento a aplaudir tu existencia?
-¿Es la mía, no?
-Me voy
-No te vayás, quedáte otro rato.
-¿Qué significa esa moneda pegada en el centro
de la mesa? ¿Por qué la pegó?
-Es un adorno, ya te dije
-Muy sofisticado.
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-…
-No tenías toallas la última vez que vine,es-
tabas manchada
-Me avergonzás, no hablés más
-¿Vergüenza? Por lo menos ya sé que te da
algo.
-No más
-¿Por qué no trabajás?
…
-¿Es por la moneda cierto? ¿Desde cuándo
no tenés dinero? Nunca me recibís lo que te
traigo
-No necesito.
-Se te nota la tranquilidad en la mirada, ver
peces todo el día te mantiene tranquila, si
seguro.
-…
-¿Has pensado en matarte?
-No puedo.
-¿Hace cuánto no conocés otro hombre,
otra gente?
- Nomás
-Yo sé que es tu vida, pero no quiero verte
más así, no voy a volver
-…
-No puedo, es horrible
-Yo siempre te espero, seguí viniendo, por
favor.
-¿Por qué no te vas Marcela, qué es lo que te
detiene? Tenés una vida de mierda.
-No preguntés más
-¿Hablan? ¿Te cuenta cómo le va en el
trabajo? ¿O le contás lo que vos hacés en el
día?
-No.
-¿No le preguntás? ¿No te pregunta?
-¿Qué hora es? Ya casi llega, no sigás.
-No quiero verle la cara.
-¿Vas a volver?
- No sé Marcela.
-¿¡Qué estás haciendo!?
-¿Te asusta que la quite?
-¡Dejála por Dios, no la toqués!
-¿Por qué la pegó? ¿Qué significa?
- No puedo decirte, no la toqués
-La voy a despegar.
-No, no. Luisa andáte, no la toques, dejála
-¿¡Qué significa!?
-…Armando… Armando
-¿Quién es Armando? ¿Qué tiene que ver con
la moneda?
-Yo estaba con Armando, élcolecciona mone-
das. Dejála, dejála
-¿La moneda es de Armando?
-Sí, vino a verme, estuvimos, pero se fue esa
misma noche
-¿Y él donde estaba?
- Se había ido de viaje, dijo que regresaba a la
semana siguiente, no había forma de que se
enterara
-¿Te descubrió?
-Regresó antes. Al otro día lo encontré desa-
yunando, la moneda ya estaba pegada.
-¿Nunca te preguntó?
-Nunca, no dijo nada, sólo la pegó. Esa maña-
na me invitó a sentarme frente a la moneda.
- ¿No dijo cómo la encontró?
-No, para ambos aquí nunca pasó nada, la
moneda debe seguir allí, es mejor no tocar-
la…sabía que Armando coleccionaba mone-
das
-Es un puto psicópata
-No, es normal.
-…
-Un día le dije que me prestara plata, dijo que
no tenía, que de pronto en el comedor había,
que sacara de allí
-¿Se refería a la moneda?
-Sí, que sacara de la moneda…eso quiso
decir…que sacara de la moneda…por fin se
despertó el payaso.
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Un rocío de pintura color azul cielo cae so-
bre el piso. El rostro de una mujer que sonríe apa-
recerá en un bloque de concreto. Se dibujará con
el soplo de los aerosoles de Toxicómano, un gra-
fitero de 35 años que lleva media vida pintando
muros. Un hombre que no muestra su rostro ante
una cámara, pero que desnuda su pensamiento
en plena calle. Desenfunda latas de pintura, pega
con cinta una plantilla que tiene recortada la figu-
ra de un rostro femenino. El lienzo sobre el que
hará su obra es una caja de cemento que pertenece
a la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá
(ETB). Toxicómano empuña su aerosol y dispa-
ra. Balas de color verde, azul, blanco y naranja
comienzan a teñir de arcoíris esa caja gris. Dos
uniformados en moto aparcan en esa esquina.
Tantos disparos parece que alertaron a la policía.
¿Arte o delito? Quién sabe. Un transeúnte
que pasaba se quedó mirando y dijo que sí, que
es arte y lo felicitó. Pero Bogotá es una ciudad
donde llueven las ironías a la par con el agua. El
19 de agosto de 2011, un policía asesinó a un chi-
co de 16 años que estaba haciendo lo mismo que
Toxicómano: pintar en la calle. Se llamaba Die-
go Felipe Becerra y su caso dio la vuelta al país.
Toxicómano no lo conocía, pero pintaban en el
mismo idioma y eso los unió. Cuenta que una
de sus obras le fue obsequiada al señor Gustavo
Trejos, padre del muchacho asesinado. Cuenta
también que el señor recibió el cuadro con los
ojos humedecidos y le confesó la admiración que
Diego Felipe sentía por él, además le dijo que le
producía mucha tristeza ver aquella obra y pen-
sar que su hijo habría podido llegar a pintar así.
En la capital de Colombia el graffiti es hé-
roe y villano al mismo tiempo. Tal vez fue por
exhibir grafitos tan colosales como los de laAve-
Toxicómano es un conocido artista ca-
llejero de Bogotá, una ciudad en la que
el graffiti se celebra con la misma fuerza
que se combate. ¿Pesará más el mérito
artístico del graffiti o el estigma que le
acarrea su condición vandálica?
CRÓNICA
DISPAROS QUE
DAN VIDA
Por: Jean Pierre Ossa - Estudiante Licenciatura en Literatura
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nida 26, que Bogotá apareció en un ranking de la revista
Bored Panda como una de las ciudades del mundo donde
mejores obras de arte callejero se pueden apreciar. La
revista, de difusión anglosajona, se dedica a investigar
innovaciones creativas en arte y diseño; Bogotá apareció
compartiendo página con Nueva York, Berlín, Estambul,
Buenos Aires, Santiago y Sao Paulo. Por eso es una ver-
güenza doble que en Bogotá, una de las ciudades con
mejor arte urbano del planeta, ocurra un caso como el
de Diego Felipe Becerra, donde un agente de policía dis-
para y asesina a un joven grafitero, pensando que lleva
una pistola en lugar de una lata de aerosol. Esto es más
grave si se tiene en cuenta que la policía no reportó el
asesinato como un error, sino como la baja a un atracador
de busetas. Al parecer a la policía no le basta con que
la Dijin reporte que en los últimos tres años en Bogotá
han sido asaltadas más de 50 mil personas. Una cantidad
que, grosso modo, es la que tiene en estudiantes la
Universidad Nacional. Sin embargo, puede ser que
50 mil no sea una cifra escandalosa para la policía, o
por lo menos no lo suficiente como para evitar aña-
dirle un chico que en realidad no era delincuente.
Decir que la policía protagoniza el arte urbano
casi tanto como los grafiteros, no es una exagera-
ción. El caso de Diego Felipe es un ejemplo de las
artimañas que los policías usan para salvarse a sí
mismos. Pero Toxicómano cuenta historias donde la
situación se invierte, es decir, cuando son los grafi-
teros, y no los policías, quienes se inventan las his-
torias: “Una vez estaba pintando un muro y llegó un
tombo a pedirme el permiso. Yo no lo tenía, pero le
dije que sí, que ese muro era de Julio García. Y Julio
García puede ser, por ejemplo, mi amigo Edward.
Pero yo le pasé mi celular y lo llamamos. Apenas
contesta, el agente le pregunta que si habla con Julio
García y Edward le dice que sí, que habla con él. Y
ahí mismo le pregunta que si él dio permiso para
pintar el muro de esa dirección. Y Edward le contes-
ta: ‘¡Claro que sí, yo le estoy pagando, déjelo termi-
nar!’. y con eso lo tramé para que me dejara seguir.”
***
Los policías bajan de la moto en la esquina
de la carrera 15 con calle 83, lugar donde ocurre
la pintada. Toxicómano se queda tranquilo. Les
echa un vistazo y sigue realizando su obra. Los
uniformados pasan despacio y detallan que está
pintando con el aval de ETB; notan que su área de
trabajo está acordonada como si fuera la escena
de un crimen, pero advierten que esta vez el “cri-
men” sucede de forma legal. ETB prestó cuatro
conos azules para delimitar la zona y acordonarla
con una cinta amarilla que lleva impresa su sigla.
Tolemán, un colaborador de la agencia Cartel
Media que realiza la revista Cartel Urbano, fue uno
de los encargados del contacto entre ETB y catorce
artistas que hicieron intervención mural en 22 ar-
marios telefónicos de la compañía. La caja de con-
creto que pinta Toxicómano corresponde a uno de
los armarios de ETB que están ubicados en el sector
del Chicó, en el norte de Bogotá. Existe una sepa-
ración entre la forma de trabajar de Toxicómano y
la de otros artistas, se trata de la diferencia entre
hacer una intervención y una reproducción mural.
Tolemán la señala con claridad: “Intervención es
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14
cuando el artista propone el diseño a la marca
y reproducción es cuando la marca le dice al
artista lo que tiene que hacer. Pero Toxicóma-
no nunca hace reproducción, por su ideolo-
gía, el man es como anarco y casi no cree en
el graffiti comercial. Él está en contra de mu-
chas cosas y por eso protesta contra casi todo:
la publicidad, la guerra, los medios, etcétera.”
Las manos de Toxicómano casi siem-
pre tienen manchas de pintura. Su cabe-
za refleja los vestigios de un corte punk:
rapada leve en ambos costados y pobla-
da en el centro. Es publicista de profesión pero
le gusta combatir y burlarse de la publicidad a
través de mensajes como MasturBar impreso
en el logotipo de MasterCard. Asegura que vive
de pintar, pero que no come de los Me gusta
de Facebook, en el cual tiene casi 7 mil segui-
dores. Mientras que en la red social Twitter lo
siguen más de 17 mil personas. Hace más de
trece años que está dedicado a pintar dentro y
fuera de Colombia. En octubre del año pasa-
do, Toxicómano estuvo en Bremen y Berlín
exhibiendo su obra en galerías y en noviembre
estuvo en Miami pintando muros y vendiendo
cuadros junto con DJ Lu, otro reconocido ar-
tista urbano, que además es profesor de foto-
grafía de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
***
Quién sabe si tantos seguidores sepan que
Toxicómano todo el tiempo no es un héroe del
arte callejero. A veces también tiene que reem-
plazar las latas de aerosol por brochas y rodi-
llos para devolver pintado el apartamento en
que estaba viviendo y enfrentarse al caos de
mudarse de casa. Dos amigos suyos, Edward y
Lesivo, que suelen trabajar con él en las pare-
des de afuera, ahora lo ayudan con las paredes
de adentro. A esas paredes están adheridos cual-
quier cantidad de stickers y afiches; Lesivo trata
de desprenderlos con una espátula. Por su parte,
Edward intenta quitar de una puerta la calcoma-
nía de un mapa de Colombia que lleva escrita
la frase: Este lote no está en venta. Toxicómano
mira la hora y propone ir a almorzar. Durante la
comida hablan sobre festivales de graffiti y de
lo difícil que está, por cuestiones de rosca, ga-
narse las convocatorias. Hacen bromas, cuentan
anécdotas y se ríen del mundo como si no fue-
ran partícipes de él sino solamente espectadores.
***
La brocha y la mano alzada no son las téc-
nicas favoritas de Toxicómano, su mayor habi-
lidad es el esténcil. En un documental realizado
en el 2007 por el departamento de comunicación
social de la Universidad Externado de Colom-
bia, Toxicómano aparece diciendo que la técnica
del esténcil consiste en dejar plasmadas figuras
sobre una superficie, a través de una plantilla
que se usa como molde. Con la misma técnica
han pintado grandes personajes del arte calleje-
ro como Banksy o el norteamericano Obey, del
cual Toxicómano se declara influenciado. De un
modo muy básico, el esténcil se puede igualar
con aquellas reglas colegiales que traen graba-
dos mapas o letras del alfabeto, en las que el es-
tudiante solamente tiene que seguir con un lápiz
el contorno de lafigura. Sin embargo, el mérito
artístico del esténcil no está solamente en que los
grafiteros apliquen el aerosol sobre una plantilla,
sino en que sepan diseñar y producir la plantilla.
***
En abril de 2012, el colectivo Bogotá
Street Art, integrado por Lesivo, Guache, DJ Lu
y Toxicómano, abrió en Chapinero una tienda
llamada Amuleto que se dedica a vender ele-
mentos de arte urbano basados en sus obras. Es
un local muy pequeño para un arte tan grande.
Adentro se pueden hallar, desde tarjetas con
insultos que elabora Irma, la novia de Toxicó-
mano, hasta buzos o camisetas que llevan es-
tampadas frases como la que dijo en televisión
el periodista Cesar Augusto Londoño cuando
asesinaron a Jaime Garzón: Y hasta aquí los
deportes, país de mierda. De ahí en adelante,
cualquier cosa: afiches, calcomanías, latas im-
portadas de pintura en aerosol, llaveros, cuadros
de los artistas, un manual de bolsillo que con-
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tiene “primeros auxilios legales” y, desde luego, la
segunda edición de Calle esos ojos, un libro de foto-
grafías de las obras del colectivo Bogotá Street Art.
Edward, el amigo de toda la vida de Toxicó-
mano, es quien atiende Amuleto y aunque el negocio
resume e integra la obra de los cuatro artistas, To-
xicómano llegó a decir que estaba rumbo al fraca-
so, pues ni él ni los otros grafiteros tienen el tiempo
suficiente para dedicarse al local. Pero la amistad,
acaso como una metáfora del mejor de los amule-
tos, ahora rescata la tienda: Edward ha comprado
el negocio de sus amigos para dedicarse de lleno.
Y, por si fuera poco, Edward no sólo es dueño del
lugar donde Toxicómano vende su obra, también es
dueño del rostro del punki que Toxicómano pinta
siempre como una especie de sello que lo identifica.
La primera decisión del nuevo dueño de Amu-
letoes redecorar su fachada. Para ello, Edward ha con-
vocado a DJ Lu, quien llega a la tienda conduciendo
una camioneta Chevrolet Grand Vitara. Saca de la ca-
juela un enorme rollo de cartulinas, son las plantillas
con las que trabajará. Las extiende en el andén y entra
a buscar latas de aerosol en la repisa de exhibición de
la tienda. Se queda con una lata de marca Montana 94
de color blanco hueso y otra de Montana Nitro color
negro. Vuelve a su camioneta y ahora saca un micro-
parlante verde que tiene un volumen demasiado alto
para provenir de un bafle tan pequeño. Suena Augus-
tus Pablo, un teclista e intérprete de Roots Reggae. El
olor a pintura fresca empieza a esparcirse por la calle.
― ¿Te ofrezco algo de to-
mar?―pregunta Edward a DJ Lu.
―No, hermanito, gracias.Yo me voy es a torcer.
Sube a su camioneta y deja abierta la puerta.
Fuma un cigarrillo cuyo olor se confunde con el de
pintura fresca. DJ Lu, a diferencia de Toxicómano,
usa una máscara cuando está pintando. Dice que es
para protegerse de enfermedades pulmonares que
el aerosol puede causar. Acto seguido, da una lar-
ga aspirada a su cigarrillo y sus ojos se enrojecen.
Pinta varias formas. Son imágenes en negro
de figuras como: una bala que tiene cola y la hace
parecer un espermatozoide, una escopeta disparando
flores, una piña-granada y un planeta Tierra con una
mecha encendida, cual bomba a punto de explotar.
Parado frente a su propia obra, contemplando la
nuevafachadadeAmuleto,DJLulepreguntaaEdward:
¡¿Parce, por qué no hice esto cuando era el dueño?!
16
17
***
Toxicómano también ha terminado su interven-
ción mural para ETB. Un fotógrafo de Cartel Urbano
retrata la obra para la revista. El armario telefónico
quedó en ambas caras con un dibujo diferente. Son
dos sonrisas: la primera de una mujer y la otra de un
niño. Los dos policías que aparcaron su moto en la
esquina y que estuvieron rondando durante casi toda
la pintada, jamás dijeron nada. Toxicómano dijo que
no lo hicieron porque lo que él hizo no fue un graffiti
sino simplemente pintar. Él tiene claro que la esencia
del graffiti reside en su carácter no permitido, ilegal.
Esa esencia ha quedado expuesta en varias
de sus obras. Es destacable la de una caricatura de
Jaime Garzón que Toxicómano acompaña con esta
frase: Los feos somos muchos más, la cual es par-
te de la letra de la canción Chusma de la banda de
rock-punk Siniestro total. Sobre esa frase Toxicóma-
no cuenta: “Lo de Los feos somos más sucedió en
la época de estar buscando trabajo, de estar parado.
De ir parado en los buses, en bicicleta o a pie a la
universidad. Después fue como la vaina de ver en
televisión esa gente genial, que tiene un carro que
usted no tiene; una cocina integral que usted no tie-
ne; con productos que uno no tiene cómo comprar
y no puede consumir. Entonces quisimos reaccio-
nar contra eso y escribimos la frase por toda parte:
Éste es un mensaje para la gente guapa: los feos so-
mos muchos más, procuren no hacernos enfadar.”
Es una agencia de comunicación indepen-
diente que compite contra la publicidad, responde
Toxicómano cuando se le pregunta por el sentido
global de su obra. En el documental que le hizo la
Universidad Externado de Colombia, también dijo:
“Si otros están contaminando visualmente con sus
anuncios de Coca-Cola, ¿por qué nosotros no pode-
mos hacer lo mismo? No tenemos el dinero para pa-
gar una valla encima de un edificio, pero podemos
hacer un mural. Y sabemos que es ilegal, pero…”
Pero tal vez es el lenguaje que él escogió para
dialogar con el mundo. El mismo que quizá habría
escogido Diego Felipe, si el policía no lo mata. El
7 de octubre del año pasado, el periódico El País
de Cali publicó la noticia de que llevarán ante la
ONU el caso de un grafitero colombiano asesinado
en Miami, también por un policía que lo sorpren-
dió pintando un graffiti. La diferencia con Die-
go Felipe es que el policía estadounidense mató al
grafitero con la descarga de una pistola eléctrica,
mientras que el otro lo hizo con plomo. Es decir,
mientras que los policías disparan para acabar con
la vida, los grafiteros hacen lo contrario, usando el
mismo verbo: disparar. Pero con la sutil y hermosa
diferencia de que los grafiteros no disparan para ma-
tar, sino para revivir las calles de cualquier ciudad.
Toxicómano tiene una pintada bastante recono-
cida en la que aparece un hombre gritando una frase
que no se escucha pero se puede ver: No estamos pin-
tados en la pared. El graffiti, como el arte en general,
no ha podido ser definido de una manera que deje con-
tentos a todos. Sin embargo, podría tratarse de lo mis-
mo que muestra la imagen de Toxicómano: un grito.
Un grito sordo que quiere hacerse escuchar desde una
pared pintada. ¿Será delito pintar?Tal vez sí, pero qui-
zá también valga la pena cometerlo. A fin de cuentas
no se dispara contra ninguna vida, es una vida la que
dispara balas de colores con una pistola de aerosol.
18
Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975). Escritor. Columnista de El Tiempo.
Es el autor de las novelas Relato de Navidad en La Gran Vía (2001), Walkman
(2002), Tic (2003), Parece que va a llover (2005), Fin (2005), El hombre de los
mil nombres (2006), Autogol (2009), Comedia romántica (2012), El Espantapá-
jaros (2012) y El libro de la envidia (2014). Y de los libros de cuentos Sobre la
tela de una araña (1999), Semejante a la vida (2011) y Que no me miren (2011),
y los poemarios Terranía (2004) y El libro de los ojos (2013).
Su página web www.ricardosilvaromero.com está al aire desde 2002. Fue crítico
de cine de Semana de 2000 a 2012.
ESCRITOR INVITADO
RICARDO SILVA
ROMEROEscritor. Columnista de El Tiempo
19
YO NO SOY DIGNO
DE QUE ENTRES EN MI CASA
Para Carolina López Bernal, mi esposa
Jueves 14 de Agosto
Yo no soy digno de que entres en mi casa,
pero entra, Dios, que tengo miedo.
Eché llave a la puerta que me espera.
Te pedí, en el umbral, lo que más quiero.
Y, de un clavo viejo que va a dar adentro,
acabo de colgar una plegaria palestina
para que no me visite nadie que me odie
y tú duermas en mí sin sobresaltos.
Y el silencio no halla más rendijas de salida.
Y las mariposas negras aletean en vano
en busca de la grieta que abren los demás.
Y se estrellan contra las ventanas de polvo
como se estrella el mundo en los ojos cerrados.
Pues son solo la esquina de una pesadilla
que espera en la espalda de otro día.
Son la noticia ilegible de alguna tragedia.
Son eso. Nada más que eso. Siempre eso.
Pero nada me despierta ni me toca
ni me obliga a latir más de la cuenta.
Porque no soy menos ni más que mi destino.
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Si la guerra estallara en todas las ventanas,
si la guerra un día dejara de ser una cifra en el mar-
gen del poema,
tendría que salirme de mí mismo
para que el horror me habitara sin tocarme.
Si un día golpeara a mi puerta otra desgracia,
si se abriera el mundo que pisamos,
Por: Ricardo Silva Romero
si el cielo o la tierra o el agua o el fuego
se rebelaran como dos pares de nervios,
agacharía esta cabeza que tanto me cuesta
convertido en un viejo que por fin se sabe viejo.
Un inventario de cadáveres me sucedería.
Olvidaría los tres nombres de mi nombre.
Sonreiría, a los ojos de Dios, para fingir
que acepto la última ironía de la historia:
que sabía que esto era la vida si vivía.
Que no soy menos ni más que mi destino.
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Algo que no responde si pregunto “¿quién es?”
acaba de dar tres golpes que parecen una clave
en el otro lado, el lado ciego, de mi puerta.
Son, según puedo ver, cinco, seis, siete personas:
¿por qué se atreven a tocar a estas horas de la vida
como si tuvieran derecho a ver mi angustia?
De lejos son mapas, son manchas, son siluetas,
son las huellas de las mariposas negras
que tratan de meterse por debajo de la puerta
como un lamento que viene del piso de abajo.
Quizás sean las sombras de todos mis muertos.
Acaso sean los abuelos que conozco de palabra,
el tío arrepentido que mataron en la calle,
la niña que ese día no volvió de vacaciones,
la hermana que sacrificó, una noche, su cordura
para que los demás tuviéramos la vida,
la señora que quería cuidarme de mí mismo
pues sabía que no estaba hecho al mundo,
y el amigo al que le pido, de repente, que me salve,
cuando siento que Dios no oye plegarias.
20
Ilustrador:CarlosAugustoCastilloLara
21
¿Qué hay bajo la puerta? ¿Qué es toda esa noche
que se escapa de los bordes de la noche?
Es el negativo de una foto de familia.
Que me espera en el sitio al que va a dar la verdad.
Que a veces, cuando sueño, me recuerda
que no soy menos ni más que mi destino
y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
¿Y si de pronto, un día que no sepa bien quién soy,
llegue tu cuerpo nuevo a rescatarme
de los objetos que me tienen cercado?
¿Y si apareciera una vida contigo en tierra ajena,
Carolina,
que fuera un vaticinio que se cumple?
¿Y si el que espera afuera fuera yo, a los setenta,
que vengo a jurarme por Dios que “todo va a estar
bien”
como el fantasma de otra navidad futura?
¿Y si vinieras tú a decirme que en agosto
voy a dejar plantada en el altar toda mi vida?
¿Que escaparé de aquí como una novia de película
que no le da la cara a las caras de su boda?
¿Que me iré en esos convertibles que van a dar al
horizonte
por un país plagado de cafés de carretera
en donde no me pidan ni uno de mis nombres?
¿Que dejaré a todos vestidos de ocasión
el día en que no le deba nada a nadie?
¿Que podré dormir hasta el siguiente mundo
porque por fin seré este personaje de balada?
Dirán “ella lo vio, por última vez, dar vuelta a
aquella esquina”,
“siempre pensé que no estaba hecho para el mun-
do”,
“tenía ese sentido del humor que no paraba”.
Y, unos meses después, seguro perderán las espe-
ranzas.
Las tres personas que me quieren morirán por culpa
mía.
Pero día a día serán menos los mensajes de pésame.
Los hombros que conozco se encogerán
porque mañana es lo mismo que ayer.
Y una vez se borrará, feliz, mi última huella.
Porque no soy menos ni más que mi destino.
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Si me voy de aquí, con ella, antes de tiempo,
pregúntenle a mi hermano quién soy yo.
Yo mismo no lo tengo claro.
Pero él sí sabe qué tan frágil puedo ser:
pues, cuando los dos éramos niños,
yo me quedaba en blanco todo el día,
jugaba solo una tragedia para adultos,
era el primero en sorprenderme de mí mismo
y llegaba a las películas del oeste
como a un lugar en el que nada iba a pasarme.
Y mi hermano estaba ahí, a unos pasos siempre,
fingiéndose enterrado entre sus cosas.
Me veía de reojo ser esta persona
que habla en el idioma equivocado.
Y se quedaba viéndome, de pronto,
con cara de “soy el testigo de sus nervios”.
Así que pídanle que diga cómo fue.
Así que díganle que yo les dije esto.
Que si me voy de aquí antes de tiempo,
sólo él sabrá si soy esto que escribo.
Él tiene cuatro años más que yo.
Su oficio es el oficio de dar pruebas.
Y yo no soy menos ni más que mi destino.
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Si estuvieras tú, por fin, detrás de mi puerta,
si fueras tú la lentilla enterrada en la corteza,
no esperaría un día más la noche que no existe
ni vería en el espejo las arrugas que no tengo.
Serías el lugar, serías también el tiempo.
Darías la vuelta, en mi abrazo, en busca de una
duda:
una cara sin señas particulares en una multitud.
Y tendrías fe en que siempre iría detrás,
en que traería conmigo el mundo que dejaras a tu
paso
y sería capaz de ser tu personaje secundario
de aquí hasta el amén de nuestra historia.
Diríamos “estás a salvo”, los dos, hasta la muerte,
el uno convencería al otro de que el otro es cierto,
día por día, mes por mes, año por año,
como si vivir fuera pasar las páginas de un libro.
No nos permitiríamos cargar nada pesado.
Los domingos llegarían, modestos, como un triun-
fo.
Y habría una vez, bajo un paraguas negro
en un aguacero que sólo agotaría a los demás,
que me darías la única noticia de la vida:
que no soy menos ni más que mi destino
y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
22
Silencio. Que nadie perturbe nuestro abrazo.
Tú te has ganado un corazón en ambos cuerpos.
No me has mentido ni te he dicho mentiras.
No has dejado vacío mi cuerpo como un vaso.
No te he jurado amor para que me lo jures.
No tuviste la culpa de este miedo que me tengo
porque no estabas ahí cuando me vine abajo.
No te irás –serías incapaz de marcharte-
cuando me veas llorar en Qué bello es vivir.
No me has herido antes de irte porque no te irás,
ni me has llamado, años después, a disculparte:
“te pido perdón, Ricardo, por negarte:
no sabía que el corazón de un hombre podía ser un
hilo”.
No has pronunciado en vano mis errores,
“tu terquedad”, “tu miedo”, “tu silencio”, “tú”,
igual que una madre que ha perdido sus poderes.
Y no eres un retrato que se pierde entre retratos,
sino la página en blanco que me espera.
Tus manos no temen el temblor de mis manos.
Tu boca recibe, a ciegas, el espíritu de mi boca.
Tu vida es todo lo que resta de mi vida.
Y una palabra nuestra bastará para sanarnos
porque no soy menos ni más que mi destino
y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Los arcanos del tarot nos describen en voz alta
como una fuente de agua que no se termina.
Tú eres el espejo donde espera mi cuerpo.
Todo lo que hago, todo lo que haré.
Yo soy la mesa en la que corregimos
tu pasado, tu presente y tu futuro.
Y vamos y venimos desde el uno hasta el otro
como un reloj de arena que no cesa.
Si digo una palabra en la que creo,
se hacen pequeñas ondas en tus ojos.
Si pongo mis manos sobre tus manos,
si paso mis dedos por tus labios
o rozo tus párpados con mi boca,
comienza un día que ocurre a cualquier hora.
Si cierras los ojos en mi hombro,
llega la noche que repara todo el día.
Si levantas la mirada hasta la mía,
descubrimos esta vida pese a todo.
Y juntos, mientras la habitación se ilumina,
recobramos la respiración al mismo tiempo.
Porque no somos menos ni más que este destino.
Y Dios nos va a entregar lo que Dios puede.
Yo hago el duelo de una vez, por mí y por todos,
porque algún día tú también te irás del mundo.
Y el cielo perderá la gracia.
Y el periódico, en señal de respeto,
no volverá a llegarle a nadie.
Y todos los espacios que deje vacíos tu manera de ir de
afán,
ese espejo en donde te peinabas a oscuras,
esas esquinas por las que pasabas
como si el mundo fuera capaz de darte por sentada,
ese abrazo que te entregaba yo en la noche,
sin que te enteraras,
para que los malos sueños fueran a parar a otra ventana,
quedarán bajo la custodia de Dios.
Yo tampoco estaré.
Yo no estaré si tú no estás.
Pero dejaré dicho que tu belleza se sentaba,
como un hecho,
a que la vida la dejara en paz.
Y que una vez jugamos a que yo no te miraba.
Porque no soy menos ni más que mi destino.
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
Eres, mientras duermes, un horizonte justo
que me he ganado a fuerza de quererte.
Todo lo que he hecho con mi vida,
que he vivido como dos minutos bajo el agua,
ha sido esperar a que despiertes.
Pregúntame “¿quién eres tú cuando no estoy?”,
“¿por qué te ríes tanto cuando al fin te ríes?”,
“¿por qué quieres leerme cada noche?”,
“¿vas a ceder, alguna vez, en mi abrazo de niña
como uno de esos Cristos que se rinden?”.
Dime, hecha un paraguas que me habla,
que hará el sol o hará la lluvia que queramos.
Te juro que he aprendido la lección.
Te juro que ahora agacho la cabeza
en vez de encarar la mirada fija de la vida.
Te juro que rezo porque no sé nada más.
Y que te he ido aprendiendo día por día
de qué hablan cuando hablan de tenerse.
Despierta ya, como la suerte, que sé que sólo soy
los ojos que resurgen en tus ojos.
Pues no soy menos ni más que mi destino.
23
Y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
El agua sigue respirando entre el calor.
Un espiral nace y muere en una esquina de su superficie.
Y yo me siento en el fondo de la tina.
Y mi cuerpo respira por su cuenta.
Y entonces llegas tú a tu escena.
Y te acuestas sobre mí para que nada del mundo se atreva a
amenazarte.
Y me pides que te lave los brazos.
Que te amarre tus manos a mis manos.
Y te cuente el principio de la historia.
Y al final, cuando la moraleja es “el amor de los dos es el
amor de antes,
pero en formas que renacen para siempre”,
pronuncias la frase “yo también te quiero”.
Y nunca había habido este silencio.
Y esta paz, que de vez en cuando es otra onda en el agua,
es una paz en paz que hemos ganado.
Pues no somos menos ni más que este destino.
Y Dios nos va a entregar lo que Dios puede.
RICARDO SILVA
ROMERO
24
P
or estos días releo El tambor de hojalata y en la ba-
lada de Oscar Mazerath, específicamente en el capí-
tulo “Vidrio, vidrio, vidrio roto” del Libro Primero,
escucho algo sobre los relojes que ya Julio Cortázar me había di-
cho en su “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”.
Günter Grass publicó en 1959 una de las obras maestras de la
literatura occidental, mientras que Cortázar dio a luz aquél texto años
más tarde, cuando era el famosísimo cronopio de Rayuela y demás.
Alguien, aturdido por la coincidencia --luego veremos-- y descono-
cedor de la transducción literaria, bien podría declarar que el crono-
pio hizo acopio del monólogo de Oscar y se atrevió a concedernos
su versión acerca del adminículo que todos alguna vez hemos lleva-
do cual dentellada del tiempo en la muñeca, o aprisionado en ese otro
aparato que incluso sirve para recibir llamadas: el teléfono celular.
Pues bien: recobro ambas escrituras a fin de que re-
cordemos el inexorable paso del tiempo en la literatu-
ra y que recobremos a dos inmensos fabulistas del siglo XX.
El tambor de hojalata (Fragmento)
Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente sin-
gular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido.
Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los
adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la
misma medida en que pueden ser creadores --y con aplicación, ambi-
ción y suerte lo son sin duda--, se convierten inmediatamente después
de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales.
Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto,
quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva el relojero para que
lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que en el canto
del cuclillo cuando parece durar más de lo debido, y que en el sale-
ro que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que
ARTÍCULO DE OPINIÓN
Por: Hernando Urriago Benítez
Prof. Escuela de Estudios Literarios Universidad del Valle
GRASS CORTÁZAR
LE DAN CUERDA AL RELOJ
25
nos sale al encuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del
tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la
limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y de-
trás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad.
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
P
iensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan
un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un
calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que
los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de
buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamen-
te ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás
contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-,
te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo
que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuer-
po con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu
muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días,
la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te
regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de
las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico.
Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te
caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de
que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de
comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj,
tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Ilustrado por: Yvonne Aragón
26
ENSAYO
“¿En que estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? […]
¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos
que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van? ¿Y adónde van…?”
Silvio Rodríguez
“Los hombres, a su paso, van dejando su vestigio.”
Ernesto Sábato
LO QUE SE NIEGA A DESAPARECER
Por: Felipe López - Estudiante de Licenciatura en Literatura
H
ace un par de días un amigo me contó una anécdota en apa-
riencia trivial, pero lo que parecía una his-toria más de fami-
lia sin mucho qué notar resultó ser un relato tremendamente
conmovedor. No tiene sentido que lo cuente ahora con todos sus detalles
–porque esa historia le pertenece a él–, pero bastará decir que semanas
atrás había encontrado un viejo reloj de pulsera en un cajón de su padre, y
que este se lo obsequió para luego decirle que lo había recibido años antes
a la vez de su propio padre, el abuelo de mi amigo. El hecho, con todo
y sus visos de guión cinematográfico, cobra más valor por ser un hecho
cierto, por no ser producto de la ficción sino por estar encarnado en una
persona real y cercana, por ser un acontecimiento palpable y directo de la
realidad. Así, al día de hoy, cada vez que veo a mi amigo en la universidad
llevando ese reloj, ya no puedo verlo solo a él, sino también a otros hom-
bres detrás, que de seguro embadurnaron con sus humores y sudores ese
artefacto mientras amaban en una cama o trabajaban en mitad de un cam-
po o recorrían unas calles que ya no son. En fin, que algo más que el polvo
y el trajín acumulados durante décadas hacen diferente a ese sutil símbolo
del tiempo familiar que mi amigo porta con tanta frescura en su muñeca.
Curiosamente, releyendo días después unas líneas de Ernesto Sábato
redescubrí sus palabras a la luz de esa anécdota. En su notable ensayo La
resistencia, Sábato supo advertir eso mismo con una profunda percepción:
27
La presencia del hombre se expresa en el arreglo de una mesa, en
unos discos apilados, en un libro, en un juguete. El contacto con
cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, deja
huellas a su paso que nos inclinan a reconocerlo y a encontrarlo.
Si vivimos como autómatas seremos ciegos a las huellas que los
hombres nos van dejando, como las piedritas que tiraban Hansel
y Gretel en la esperanza de ser encontrados 1
.
La anécdota de mi amigo y la luz que arroja sobre ellos el au-
tor argentino me han puesto ante otra realidad igual de tangible,
pero que puede pasar fácilmente desapercibida por su excesiva coti-
dianidad. Aclaro que no pretendo hacer una burda diatriba contra el
consumismo, que por lo demás no sobraría. Pero no, mi intención es
mirar, desde la discreta ventana de un joven estudiante, nuestra rela-
ción, tan vital y necesaria, con algunos de los cientos de objetos que
nos acompañan en el día a día y que consti-tuyen sigilosamente, con
el paso de los años, la mitología de nuestra experiencia con el mun-
do material. Y quiero ser más preciso: quiero decir que me aterra que
aquellas cosas que nos rodean sean, con alarmante incremento, más
insustanciales y más efímeras, o al menos que así se nos presenten.
Tal vez haya que empezar reparando en la basura, lo que es a la
vez una causa y una consecuencia de nuestra precaria relación con el
mundo tangible. Hoy pareciera que esa palabra, basura, ha tomado un
lugar más acentuado en nuestra época como nunca antes en la historia.
Tanto así que ahora le llamamos de esa manera a casi cualquier cosa
que rinde una función mínima, cada vez más exigua, para desapa-recer
de nuestras manos y suponer de ella que nunca volverá, que dejará de
existir. No obstante, si lo miramos bien, aquello que denominamos coti-
dianamente basura no es tal cosa, o al menos no debería ser considerada
así. Cuando consumimos el agua que contiene una botella plástica, por
ejemplo, tendemos a suponer que esa botella ya no es útil, y la arroja-
mos, con ingenua satisfacción, a una caneca. Y digo con ingenua satis-
facción porque sé que tenemos la confortable idea de pensar que lo que
contiene esa caneca desaparece. Pero la porquería es la misma en las
calles que en los campos. Incluso, a veces pienso que sería mejor que la
basura no saliera de las ciudades, antes que las llenara totalmente para
que viéramos la realidad que tratamos de ocultar de nuestra vista y para
que las víctimas directas fuéramos nosotros mismos, sus productores,
y no las miríadas de seres vivos que no tienen nada que ver con ella.
Pero decía que aquello que consideramos basura no lo es tan-
to. Detengámonos un momento en esa bo-tella plástica. Si la observa-
mos con cuidado descubriremos que es un objeto de un insólito nivel
tecno-lógico: el material del que está hecha la hace liviana, portable,
1
Sábato, Ernesto. La resistencia. Argentina, 2000. Seix Barral.
28
resistente y duradera; su base es sensi-blemente más gruesa para que
soporte el contenido con facilidad y se mantenga firme; su tapa, que la
sella con total hermetismo, se basa en el principio de rosca atornilla-
da, y para nuestro asombro basta preguntarle a un ingeniero mecáni-
co cuánto tardó la humanidad en descubrir ese principio. Han pasado
siglos para tener en nuestras manos un objeto como este, que guarda
una enorme ventaja práctica frente a otros recipientes como una va-
sija de barro e incluso una botella de vidrio. Y, sin embargo, ¿qué es
aquello que más acostumbramos hacer con ese artilugio tan tecnológi-
camente avanzado? La respuesta la sabemos bien: tirarlo a la basura.
“Dale la vuelta”, reza el estúpido eslogan comercial de una em-
presa que exhorta a hacer inservibles sus botellas de agua, y miles lo
siguen como una ordenanza sin advertir que esa botella, que pudo ser
reuti-lizada varias veces, irá a parar seguramente a algún lugar del Pa-
cífico. Con suerte al vergonzoso séptimo continente –el primero hecho
enteramente por la mano del hombre–, cuando no al escandaloso ato-
lón Midway que reveló Chris Jordan en sus perturbadoras imágenes de
aves2
y que dan cuenta de la pavorosa pesadilla excremental en que
es capaz de convertirse el hombre cuando no domina sus privi-legios.
Mucho se ha debatido sobre el tema en relación al cambio cli-
mático y a la alteración de los ecosistemas. Con todo y la razón que
puedan tener esos argumentos, me gustaría decir que lo que subyace
detrás es también, a mi parecer, un profundo desdén por la materia,
una actitud creciente en donde las cosas que nos rodean cobran valor
no ya por lo invisible que encierran sino apenas por la transitoria uti-
lidad que puedan brindarnos. Por supuesto, alguien dirá que son otros
los problemas: la producción industrial masiva, que lo que vale es el
concepto y no la unidad concreta; pero hay que señalar que esas pos-
turas nos ponen peligrosamente cerca de los discursos favorables a la
clonación, en donde lo importante es la utilidad del componente y no
su esencia. También se podría alegar que los objetos conformantes de
nuestro entorno no están todos en el mismo orden de significación, lo
cual comparto, pero cómo se diluye esa delgada línea que separa lo
significativo de lo que no, y, poco a poco, todo va a parar al mismo
agujero del desprecio. Así, tristemente, esa mesa, esos discos, ese li-
bro o ese juguete de los que nos habla Sábato ya no están aquí, están
lejos, distantemente desperdigados por el mundo, trocados en basura.
El ejemplo de la botella en relación con la tecnología nos lle-
va a pensar en otro fenómeno igual de ex-tendido, con ese mismo
costado luctuoso de ser un generador casi irremediable de desechos,
pero, por comprometer nuestra comunicación diaria, tal vez sea un fe-
nómeno más complejo. Me refiero al uso de los dispositivos móviles
de comunicación. En realidad, no comparto mucho el criterio básico
2
Midway: a message from the Gyre. Cortometraje de Chris Jordan disponible en
https://vimeo.com/25563376
29
Fotógrafo: Daniel Antonio sierra Orrego
30
con el que se censura el uso de estos artefactos que casi to-
dos empleamos. Que nos alienan, que sustraen nuestra aten-
ción mientras la vida sigue corriendo, etc. Basta mirar un poco
atrás y advertir que, hasta hace un par de décadas, el objeto
portátil de mayor enajenación para una persona era, paradó-
jicamente, un libro. Y frente a él también podíamos y pode-
mos pasar cientos de horas de nuestras vidas alelados, subs-
traí-dos de la realidad inmediata. Aunque, por supuesto, el
punto de comparación tiene un giro cuando se-ñalamos que la
maravilla que engendra el libro en nosotros es de una mayor
complejidad; no es un es-pectáculo ante el que estemos inac-
tivos, porque bien sabemos que a esa materia críptica hecha
de meras palabras hay que darle vida con nuestra propia vida.
Pero antes de pensar en la futilidad de lo que hacemos
con las manos mientras viajamos en el transporte público, creo
que resulta más importante apuntar hacia la permanencia y la
singularidad que representan esos nuevos objetos en nuestras
vidas. Es extraño que dure tan poco una cosa con la que inte-
ractuamos durante tantas horas en el día, que nos sirve como
medio para comunicarnos con personas a miles de kilómetros
en un instante, que nos informa de lo ocurrido al otro lado del
mundo hace unos segundos, que transmite emociones inmedia-
tas a quien no podemos ver en presencia por cualquier motivo,
y toda una amplísima y creciente variedad de actividades que
nos hace posibles. Es extraño que un instrumento tan versátil
y eficaz esté tan presente en nuestra vida todo el tiempo, y a la
vez, que lo troquemos por otro sin más, a lo sumo, al cabo de
dos o tres años, sin pensar siquiera a quién afectará su mercu-
rio y su plomo. ¿En dónde queda el vínculo material que ata
buena parte de nuestros mundos interiores? Y en cuanto a la
singularidad, pensemos de nuevo en los libros y su expectan-
te relevo: en los lectores electrónicos, ¿adónde quedarán las
texturas y los colores del papel que hacen de cada libro casi
una experiencia única de lectura? ¿Qué pasará con esos libros
que sabemos nuestros, que podríamos identificar casi a ciegas,
tan solo por acercar sus páginas a nuestras narices? ¿Adón-
de irá a parar el rastro de unas lágrimas secretas que se vier-
tan ante un gran poema, si ya no hay hojas que lo preserven?
No quiero que se me malinterprete. Muchos de estos
aparatos nos dan una gran cantidad de ventajas; yo mismo
tengo un muy útil lector electrónico que puede albergar toda
la información de una biblioteca en mis manos. Pero hablo
de aquello que está más allá, de lo invisible, de lo que no es
31
funcional, y sin embargo, que es esencial en lo que nos hace humanos.
Lo diré en otras palabras, de nuevo a modo de anécdota. A veces,
cuando visito a mi abuela y me ense-ña las fotografías de nuestra familia,
no solo veo a las personas, muchas de ellas ya fallecidas, sino también las
cosas que están en esas fotos, que rodean a esas personas: una muñeca de
porcelana aquí, un cuadro allá, los muebles en los que están sentados, una
copa en las manos… Y cuando miro alrededor, al presente, veo que mi
abuela aún conserva todas esas mismas cosas. Me levanto, doy un paseo
por la casa y descubro de a poco que todo su mobiliario está colmado in-
tensamente de pasado, de un halo de los que ya no están. E incluso tengo la
certeza de que, más que un halo, físicamente esa copa que sostenía alguien
hace décadas preserva en su superficie un puñado de átomos de ese ser.
Es hermoso recibir de nuestros viejos, cuando dejan el mundo,
unas canicas, una enciclopedia, un reloj; objetos manidos que trase-
garon por sus vidas y ahora se instalan en las nuestras. Pero qué ab-
surdo sería que, en unos años, alguien recibiera como legado un
frívolo celular, una vana tableta electrónica. Por la planificada ob-
solescencia con que son hechas estas cosas y por su sentido exclu-
sivamente utilitario, dudo que alguien las reclame para sí con afecto.
A Cicerón se le atribuye un aforismo lapidario: “Nada hay hecho
por la mano del hombre que tarde o temprano el tiempo no destruya”.
Nos queda claro que hoy la empresa de muchos pareciera apostar más
a favor del tiempo, pero yo creo que hay una salvedad, algo hecho por
los hombres, aferrado espe-ranzadamente a pequeñas cosas cotidianas:
el vínculo de todo un tejido temporal de miles de seres que no desa-
parece tan fácil gracias a que existen pequeñas islas que los salvan del
naufragio del olvido. Y qué ironía de la vida que esas islas sean pe-
queñas nimiedades llenas de un simbolismo profundo. Nada sería más
trágico para nosotros que los vestigios que dejemos en nuestro breve
lapso aquí no estén hechos de objetos que reclamen añoranzas, sino
de simples cacharros sin sentido, de detritus plástico. El vestigio de
nuestra época, de las personas que trasegamos por esta tierra en este
presente, debe estar a la altura de nuestra hipotecada condición huma-
na, debe ennoblecerse y ser digno de seres que no solo se ufanan de
una portentosa capacidad de raciocinio, antes bien de ser conscien-
tes y sensibles de su poder sobre el mundo soberbio que les rodea.
Es probable que si ese reloj del que hablábamos al principio hu-
biese caído en otras manos menos per-ceptivas no se hubiese salvado
del olvido, pero hoy me cabe la certeza de que los progenitores de mi
amigo, de alguna manera, viven en el interior de ese inadvertido reli-
cario que él lleva consigo a todas partes. Y allí reside una esperanza.
32
Di la espalda al mar una mañana de octubre,
abandoné el naufragio de papel,
bebí la agonía de un barco en la arena.
Nunca comprendí tus líneas
sólo tuve la costumbre de dibujarme con ellas,
tus más vitales días eran tinta y eso fui,
tu amor absoluto, revivido en tu prosa.
Soy el ramaje que nutre a tus amantes,
en los días más opacos de mi vida floreces.
Renuncio a ser una extensión de tus amantes,
no eres Rossetti, ni yo Siddal
renuncio a la mañana de octubre,
no soy la Beata Beatriz, ni el sueño de Dante.
RENUNCIO A TI
“…Fue maldita la hora en que vio, amó y se casó con el pintor…”
Edgar Allan Poe/ El Retrato Oval
Por: Angélica Guzmán
Egresada de Licenciatura en Literatura
Universidad del Valle
POESÍA
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MI MEMORIA
Mi memoria muere cada día,
llora papiros, envenena a tus amantes.
Mi memoria bebe un café en la esquina del Aleph.
Mi memoria aprende formas de memoria.
Mi memoria reside en un país de hambre
y diversión de circo.
Mi memoria de ojos persas,
si escucha un flamenco es gitana,
olor de holocausto posee mi memoria.
Mi memoria habita fuera de mí,
sacerdotisa,
Mi memoria desgarra su memoria
profana el crucigrama.
¿Quién recordará mi memoria cuando yo me vaya?
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“…Si se supiera entender correctamente
el enigmático lenguaje de las formas…”
Gustav Meyrink/ El Golem.
¡Artemisa!
Un hombre sobre el trapecio del mundo
Ilumina la calle de mi pensamiento.
Ilustradospor:CarlosAugustoCastilloLara
MALABARES
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FICCIÓN
VECINOS
E
scuché el ruido momentos antes de levantar-
me. No podía dormir. Desde hace algún tiempo
cualquier cosa me mantiene despierta. Real-
mente no lo entiendo, el médico dice que es estrés,
que debería tomarme las cosas con calma. Fácil de-
cirlo cuando se tiene un sueldo como el suyo. No sé
cómo J. puede dormir tan tranquilo. Apenas pone la
cabeza en la almohada pierde el conocimiento y nada
ni nadie es capaz de despertarlo. A veces lo odio.
Levantarse se hace cada vez más difícil, crujen los
huesos con el más leve movimiento. Al asomarme
por la ventana la luna apareció completa en el cielo.
Con su luz las casas vecinas toman un matiz diferen-
te, es como estar en una película extraña. No dormir
tiene un aire de indiscreción. A veces, cuando miro
por la venta y es tarde en la noche, diviso algunas
sombras moverse entre los matorrales. Se escabullen
de sus casas buscando otras, entonces las sombras
se encuentran y desaparecen. Es como presenciar un
juego prohibido.
El ruido provenía del auto de Donald. Por años, J. se
había quejado de esa carcacha inútil. En una ocasión
discutieron fuertemente. Donald no paraba de encen-
der y apagar el auto justo el día en que mi marido
descansaba, después de una noche de duro trabajo.
−Calla esa carcacha inútil –le gritó J. desde la ventana
del cuarto.
Donald no pareció escucharlo y continuó con ese es-
truendo. Entonces J., cegado por la ira, agarró un bate
y bajó a toda prisa. Fue entonces cuando intervine.
Le dije que yo hablaría con Donald. Así que salí, le
expliqué la situación y todo arreglado. Al regresar, J.
me preguntó:
−¿Por qué te demoraste tanto?
−¿Lo hice? –respondí−. No me fijé.
Donald aparcó el auto mal y salió del él rápidamente,
en dirección a su casa. Luego de un tiempo apareció
de nuevo. Llevaba una pequeña maleta de mano y jus-
to antes de llegar al auto se quedó quieto, como si
de repente una fuerza mayor lo hubiera convertido en
una estatua de sal.
Miré el reloj de pared: once de la noche. Era tarde.
Una fuerte ráfaga de viento sacudió los árboles del ve-
cindario, sin embargo Donald no se movió ni un cen-
tímetro. Fui a la cocina y puse la olla con agua para el
café. Una de las fotografías de la pared estaba torcida.
Aquella donde aparecemos J. y yo abrazados; no re-
cuerdo quién la tomó pero sí sé que fue en las últimas
vacaciones. Por aquel entonces J. se encontraba muy
mal. El alcohol estaba haciendo estragos.
Lo peor sucedió el día en que golpeó a uno de los
trabajadores del hotel. Habíamos salido en busca de
unas copas, era temprano y en el bar del hotel no se
encontraba un alma, salvo el cantinero. J. pidió un
trago tras otros. Lo veía emborracharse sin remedio.
En un instante se levantó, miró al cantinero –un tipo
pequeño, calvo y algo encorvado–, y dijo:
−¿Ve usted a ésta mujer?
−Sí, señor –respondió el cantinero.
−Fíjese bien en ella, es la mejor mujer en todo de éste
maldito mundo –Luego se echó a reír hasta que co-
menzaron a resbalar lágrimas de sus ojos y así estuvo
por veinte minutos, ahogado en una risa que sólo él
Por: Jorge Sánchez
Estudiante de Licenciatura en Literatura
36
Ilustradora: Hellen Díaz
entendía.
−Vamos, Donald – dije−. Compórtate.
−No me molestes –respondió, dándome un empu-
jón.
El cantinero, que estaba mirando la escena, dijo:
−Cuidado, señor.
−No te metas, maldito entrometido –le gritó J.,
lazando un golpe que fue a parar en la nariz del
hombre.
Después de esas vacaciones me prometió que nun-
ca más tomaría otro trago y hasta ahora ha cum-
plido.
Dejé el agua a fuego lento. Afuera, en el jardín,
la luna cubría todo con su brillo. Donald aparecía
alto, recio, con cierto aire melancólico, bajo la luz
ceniza de la luna. Era extraño ver a un hombre
como él a esa hora, y de esa manera. Su sombra se
proyectaba larga como una senda oscura. Poco a
poco me acerqué. Un auto pasó alumbrando nues-
tros rostros. Puede ver las lágrimas de Donald caer
mientras él permanecía inmóvil, con la mirada per-
dida.
Dije:
−Buenas noches, ¿se encuentra bien? –acercándo-
me más.
Donald no pareció escuchar.
–Buenas noches –volví a decir–. Esta vez movió la
cabeza en mi dirección.
–Buenas noches –respondió en voz baja.
Algo en ese hilo de voz encendió una llama en mi
interior.
–¿Se encuentra bien?... Es tarde.
–Lo sé, lo siento... –respondió Donald–. En reali-
dad no me siento bien. Mi mujer me espera ahora
en el hospital y no tengo el valor para arrancar el
auto e ir. De hecho no sé cómo logré llegar, ha sido
un día… –el hombre comenzó a llorar si mover su
cuerpo. El llanto se le escurría por las mejillas, res-
plandeciendo tenuemente a la luz de la luna.
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–Por Dios, a ella nada. Es mi hijo el que se encuentra grave. Llevo aquí
una muda de ropa y algunos objetos personales –dijo, tocando la male-
ta– pero no tengo el valor para subir al autor y conducir todo el camino
¿podría llevarme usted?
–Nunca aprendí a conducir, lo siento… –respondí.
Donald rompió en llanto. Al parecer nada le salía bien ese día. Sentí las-
tima por él. Alguien tan guapo, con ojos tan dulces, no debía sufrir tanto.
–Vamos –dije–. Entremos a su casa. Le prepararé un café, hablaremos un
poco. Usted se calmará y luego podrá salir al hospital.
Me miró de arriba abajo. Se hizo a un lado señalándome el camino con su
brazo extendido. Pasé por delante de él y sentí rozando mi cadera.
La luna se encontraba en el centro del cielo cuando entramos. Por un mo-
mento creí encontrarme en mi propia casa. Era sorprendente la enorme
cantidad de similitudes: las fotos en la pared, el estilo de los muebles, la
pequeña biblioteca llena de enciclopedias. Todo en esa casa parecía repli-
car mi hogar; todo menos el olor. Desde niña me había acostumbrado a
identificar los lugares por su aroma. Las cosas, las personas, las palabras,
pueden mentir, pero el olor es algo puro, inamovible, exacto. Olí una mu-
jer y un niño, olí un gato y el sudor seco de Donald detrás de mí.
Nos dirigimos a la cocina, sin encender las luces eléctricas, la luna brinda-
ba todo el resplandor necesario. Puse la cafetera, pensé por un momento
en la olla que estaba en mi cocina. Nos sentamos a esperar. Donald dejó el
maletín sobre del mesón y se sentó al otro extremo.
–No sé qué me pasa –dijo de repente–. Mi hijo se encuentra entre la vida
y la muerte y yo aquí sentado, esperando quién sabe qué. Soy un cobarde.
No dije nada.
–¿Te pasa algo? –Preguntó.
–¿Por qué lo dices? –Respondí.
–Pareces distraída.
–Lo siento, es que acabo de recordar que dejé una olla al fuego en mi casa,
eso es todo.
Donald soltó una gran carcajada. Rió hasta que los ojos se le llenaron de
lágrimas. Luego, como si nada hubiera sucedido, continuó sollozando.
Esa reacción me recordó mi niñez. Una vez mi padre llegó en la madruga-
da. Mamá estaba despierta, por supuesto; sin embargo no se levantó a re-
cibirlo. Él comenzó a gritar. El sonido se colaba por debajo de la puerta de
mi cuarto. Escuché a mamá levantarse. Me escabullí de mi cuarto procu-
rando no hacer ruido. Las voces se escuchaban lejanas, como si estuvieran
discutiendo en medio de un túnel. Caminé lentamente por el pasillo. Una
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vez en lo alto de la escalera pude escuchar cómo mamá decía algo sobre
otra mujer, oí cómo él se reía. Aún hoy, la imagen de mi madre llorando
de rabia y mi padre llorando de risa me acompañan.
Miré a Donald y sus patéticas lágrimas. Es gracioso el darse cuenta cuán
frágiles son los hombres.
Separando las manos de su rostro, dijo:
–Ya está el agua.
Me levanté y preparé dos tazas de café. Le entregué una a Donald y, con
la otra entre mis manos, me senté a su lado.
–No tienes por qué preocuparte –dije, acariciando su cuello. Los niños
son muy fuertes. Ya verás cómo el pequeño estará mejor cuando regreses.
Donald, sin dejar de mirar su taza de café, dijo:
−Nunca quise hijos. Es un tonto error que se comete. Un día eres un chico
lleno de sueños y otro, tras una noche de tragos, pasas ocho años criando
un niño que nunca quisiste y luego esto. No es justo. No existe algo tal
como la justicia en éste mundo.
Me acerqué un poco más y le dije:
−Dime ¿Qué le paso?
−No sabría decirlo… –respondió Donald.
−Di lo primero que se te ocurra –dije.
−Fue un coche… no, una moto o quizá resbaló mientas manejaba su bici-
cleta, no sé bien. No me hagas hacer esto.
−Tranquilo, Donald. Lo has hecho muy bien.
Donald volvió la cabeza y me miró fijo. Sostuve su mirada.
–¿Ya? –preguntó, haciendo un movimiento de cabeza en dirección a las
escaleras.
Asentí, dejando la taza de café en la mesa.
Al salir la luna estaba oculta. Cerré la puerta de la casa. No pude ver
nada, me dirigí a tientas por el jardín. Al entrar a mí casa recordé la niña
escondida al final de la escalera y por un momento miré fijamente a esa
oscuridad. En la cocina apagué la olla. Ya no contenía nada de agua. Des-
de ese lugar miré la fotografía aún torcida, pensé en arreglarla pero decidí
no hacerlo.
Mientras subía las escaleras escuché cómo Donald guardaba el coche.
En la habitación, J. aún roncaba, pero había cambiado de posición; ahora
daba la espalda, ocultando la cabeza entre la almohada. Miré por la venta-
na, afuera ninguna sombra se movía.
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FICCIÓN
pone furiosa. Mita vive pendiente para que todos los
días se tome los tranquilizantes. Gracias a ella es que
Saira sigue viviendo aquí, si no mi papá y mi mamá
la habían llevado desde hace rato a un sito de esos
donde encierran a los locos. Sería lo mejor pues así
Saira ya no me pegaría. Pero me da pesar de Mita,
que la quiere tanto.
Estaba acordándome del accidente, eso fue un di-
ciembre. Saira había llegado de estudiar de la Uni-
versidad toda contenta para irse a bailar con Danilo,
su novio. A Mita nunca le había gustado ese mucha-
cho para ella y siempre que lo veía le hacía mala
cara. Pero no tenía más remedio que dejarla ir. Se
veía muy enamorada y mi mamá le aconsejó a Mita
que si le decía que no de pronto se iba de la casa.
Era la noche de las velitas, por esto todos estábamos
despiertos hasta tarde. Además la música de las otras
casas tampoco nos hubiera dejado dormir. A mí me
encantan todas las cosas que ocurren en diciembre.
Nunca me han dejado jugar con pólvora, pero es lo
que más me gusta. Ver esos colores que suben hasta
el cielo. Una vez me soñé que me ataba a un cohete
y podía volar hasta alcanzar las estrellas; ver desde
arriba todas las casas, especialmente a mi familia y
que ellos se sintieran orgullosos de mí por algo. Aun-
que sé que nunca me van a dejar jugar con pólvora
ni tampoco hacer muchas otras cosas. Es mejor así
porque así evito que me pase lo que a Saira. De di-
ciembre también me gusta la música, la comida, todo
lo que venden en los almacenes, tanta gente como si
fueran hormigas que salieran de la tierra.
Pero desde el accidente a mi abuelita no le gustan los
diciembres. Porque de verdad fue horrible. Seguía-
mos en el antejardín como a la una de la mañana. Mi
papá y mi mamá bailaban con unos vecinos, Mita
me cuidaba mientras yo jugaba con los niños de la
cuadra. Fue ahí cuando escuchamos el ruido de la
AMO
Por: Ángela Rengifo
Prof. adjunta a la Escuela de Estudios Literarios
Universidad del Valle
S
iempre que me encuentra por el camino,
Saira me pega. Creerá que soy como su pe-
rro. Esta mañana pasaba cerca al comedor
y me dijo que me desapareciera. Pero yo tenía
que pasar por ahí para ir a la cocina, tenía mucha
sed y quería un vaso de leche. Entonces me aga-
rró a patadas con toda esa fuerza que ella tiene,
más que todas las mujeres y hasta le puede a un
hombre. Menos mal llegó Mita y me defendió,
porque si no me hubiera matado. Después de eso
toda la mañana volvía a molestarme como para
seguir la pelea diciéndome: “No me busques,
Memito. No me busques porque ni te imaginas lo
que te pasa”. Por eso me quedé encerrado en mi
pieza haciendo dibujos, no quería encontrármela
por nada al menos mientras le pasaba la rabia o
llegaban papá y mamá para que la pusieran en su
sitio.
Pero es que Saira no fue toda la vida así como es
ahora. Antes del accidente estaba estudiando en
la Universidad. Mita decía que ella iba a sacar
la cara por la familia, que era su única esperan-
za. Mi tío Hugo murió cuando ella estaba todavía
pequeña y por eso se vino a vivir con nosotros.
Su mamá la dejó abandonada mucho antes. Por
eso es que yo vivo con miedo. Si mi papá y mi
mamá me dejaran me convertiría en una persona
como Saira. Amargada todo el tiempo, hacién-
dole daño a los demás. A la única que quiere es
a Mechas, su perra. Porque a Mita tampoco la
respeta a veces. Pobrecita, ella que la quiere tan-
to. Así como está ahora ya no puede esperar que
Saira rescate la familia y yo, menos. A veces se
le olvidan las cosas y no reconoce la gente. Creo
que por momentos ella nos ve a todos como unos
monstruos que queremos atacarla y entonces se
40
Ilustradora: Yvonne Aragón
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moto, Danilo dando vueltas a la manzana con Saira a
toda velocidad como si estuvieran compitiendo con
alguien imaginario. Mita empezó a gritar regañando
a Saira. Ella al principio parecía muy contenta con
los juegos de Danilo, pero al ver a Mita angustiada
también gritaba con miedo sin que Danilo le hiciera
caso ni la dejara bajar. Todos vimos como la moto
se estrelló contra el poste y Saira salió volando casi
hasta el final de la calle. Mi mamá despertó como de
un sueño con un alarido: “Se mató”. En ese momen-
to Mita se desmayó y mis papás no sabían que hacer,
menos mal que los vecinos ayudaron.
Saira estuvo como cuatro meses en el hospital. Me
recordaba a Pinocho cuando Guepeto lo tuvo que
volver a hacer. Pues así le pasó a ella. Nunca me de-
jaron verla hasta que regresó a la casa, pero todos
hablaban de muchas operaciones. Lo más raro es que
la perra que tenía antes amaneció muerta el día des-
pués del accidente. Mita dice que Shira se murió para
devolverle la vida a Saira. Creo que le regalaron a
Mechas para que también se muera si vuelve a pasar-
le algo. Una vez le dije a mamá que me comprara un
perro a mí, que no había quien me defendiera de la
muerte. Mamá dijo que no me preocupara y que no
le hiciera caso a los agüeros de la abuela. Pero sigo
muy preocupado, así que de vez en cuando a la es-
condida de Saira le doy de comer a Mechas para que
me proteja. No creo que tenga ningún inconveniente.
En tal caso capturé una lagartija a la que le doy de
comer arañas y cucarachas, saco al sol y regreso a su
cajita. Se llama Marisol. Ella me cuida de la muerte
y Mechas, a Saira.
Recién llegó no se acordaba absolutamente de nada.
Ni siquiera podía caminar o hablar. Permanecía to-
talmente quieta y sólo sabía que estaba viva porque
movía los ojos, uno de ellos extraviado. Todos los
días papá y Mita la llevaban en el carro donde el doc-
tor. Meses más tarde empezó recuperar el habla y el
movimiento. Tuvo que aprender a caminar de nuevo
como cuando los niños están chiquitos y ahora habla
tan enredado como yo. Tiene muchos remiendos por
todo el cuerpo. Aún así, con el tiempo ha recupera-
do su fuerza y hasta tiene mucha más que antes. Se
aprovecha de que soy más flaco para pegarme cada
vez que quiere.
Su forma de ser ya no volvió a ser la misma. An-
tes me sacaba a comer helado y me consentía. Aho-
ra mantiene nombrando a Danilo, dice que se van a
casar y que viene a hacerle visitas de noche. Mita
no dice nada, pero sé que lo odia con todas sus fuer-
zas porque por su culpa Saira quedó así. Él también
quedó muy lastimado después del accidente, aunque
en comparación de ella no le pasó nada pues sólo se
fracturó las costillas y las piernas. Con el tiempo vol-
vió a recuperar su vida normal, ahora trabaja y tiene
otra novia. Por eso es que yo no creo que visite a Saira
como ella dice pues se volvió muy fea. Ella lo sabe
y cada vez que ve una foto suya antes del accidente
se enfurece. Así que Mita ordenó romper muchas de
las fotos de los álbumes familiares. En eso no estuve
de acuerdo y lloré pues había fotos que me gustaban
mucho. Papá decía que era suficiente con esconder-
las, pero Mita no quería correr ningún riesgo. Decía
que Danilo se consiguió otra novia aunque al princi-
pio estaba muy pendiente de Saira. Venía todos los
días a traerle cosas como frutas o dinero, mamá era
quien se las recibía. Hasta que una vez Mita supo que
se había conseguido otra novia y lo echó para siem-
pre de nuestra casa. Si Saira supiera lo que ella hizo
se disgustaría bastante. Tal vez Danilo ya no quiere a
Saira como su novia pero pienso que siente remordi-
miento por lo que pasó. Porque a veces pasa por el an-
tejardín y a escondidas me pregunta por ella. En todo
caso Saira se pone insoportable cuando se acuerda de
él, así que decidimos llevarle la corriente haciéndole
creer que todos sabemos que siguen siendo novios.
En parte puedo comprender a Saira. A mi tampoco me
dejan tener novia. Tengo que conformarme con ver
pasar las muchachas cuando van al colegio. Estudié
nada más hasta grado sexto porque perdí el año y los
profesores le dijeron a mis papás que yo no era capaz
de repetir. Ellos me llevaron al médico, en adelante
no volvieron a llevarme a estudiar sino que de vez en
cuando voy a unos talleres de manualidades. En parte
agradezco porque no me lleven a estudiar, eso nun-
ca me había gustado y les tenía mucho miedo a los
profesores cuando me preguntaban las cosas sin que
yo supiera responder. Así que se me ocurrió lo que a
muchos de mis compañeros más indisciplinados no.
Cada vez que alguien me decía algo me ponía a aullar.
Por eso me apodaron “el lobo”. Alcancé a ser muy
popular en el colegio, por eso digo que soy más inte-
ligente que todos aunque los profesores y los médicos
le hayan hecho creer a mis papás lo contrario.
Tampoco me gustan las manualidades. Todo se me
cae y sin que nadie me lo diga sé que me quedan feas,
no como lo que venden en los almacenes. Por el con-
trario, las profesoras de allá aplauden cada cosa que
hago; ellas son las que parecen bobas. Como si fue-
ra ciego para no darme cuenta de que no me quedan
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bien. Por eso no me animo a aullarles. Pero en la casa si me dan ganas
de hacerlo, sobre todo cuando veo pasar esas muchachas con esas fal-
das tan corticas. Mita se desespera porque Saira habla de Danilo y yo,
aúllo. A veces a Saira también le da rabia escucharme aullar y me busca
para pegarme, pero Mita siempre llega en mi ayuda. Aunque otras ve-
ces Saira está demasiado sumergida por las pastas pensando en Danilo
y ni siquiera me dice nada, allí me doy cuenta que Mita se encierra a
llorar y no aúllo más. Más bien me encierro en el baño para sobarme el
pipí hasta que se pone derecho como una antena.
Mis papás vienen a casa solamente a dormir. Mi mamá me acompaña
muchas veces con la luz encendida porque me da miedo quedarme solo
en la oscuridad. Cuando ella cree que me he dormido, sale y apaga la
luz. Le hago pensar eso porque sé que ella viene muy cansada y es muy
duro el trabajo. Pero el miedo no se me quita. Como no puedo aullar a
esa hora, comienzo a sobarme. Me quedo mirando cómo poco a poco
se va levantando la sábana hasta que por fin me quedo dormido. Pero
una noche escuché ruidos en la casa, lo raro era que Mechas no ladraba.
Primero tuve ganas de gritar para llamar a Mita o a mamá, pero luego
caí en cuenta de que era Danilo.
Sí era verdad lo que decía Saira: Danilo venía a buscarla por las noches
y como Mechas lo conocía, no le ladraba. Pero quería ver lo que ellos
hacían. Así que me levanté descalzo hasta la pieza de ella. A medida
que me acercaba escuchaba unos quejidos que me hicieron dar cosqui-
llas. Entonces, sin que me sintieran, abrí la puerta. Por un momento no
supe qué hacer cuando los vi desnudos, a papá sobre Saira. Ella no pa-
recía enojada con lo que le estaba haciendo aunque se quejaba bastante,
mientras nombraba a Danilo. Comprendí que todo tiene que ver con
eso de las almas y los animales que dice mi abuela. En las noches papá
y Danilo cambiaban de cuerpos para que éste último pudiera estar con
su novia a escondidas, ya que Mita permitía que estuvieran juntos. Me
preocupaba saber dónde estaría mi papá en ese momento. Pero qué más
da. Lo importante es que formaba parte del secreto y que no podía rom-
perlo si no quería ver a Saira furiosa por acusarla con Mita. También lo
hacía acordándome de todo lo buena que fue Saira conmigo antes del
accidente. Además, me gustaba lo que yo estaba sintiendo y me recos-
taba contra la pared para sobarme. Ellos me enseñaron que era más rico
si te quejas al mismo tiempo. No me escuchaban porque hacían más
ruido que yo, ni siquiera se imaginaban que estaba allí. Todas las ma-
ñanas cuando veía que papá besaba a mamá me sentía tranquilo porque
las cosas volvían a la normalidad y todos eran felices. Incluso Danilo,
quien seguía preguntándome por Saira a las escondidas en el antejardín
y al que le contestaba siempre con una sonrisa de complicidad.
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MINI- FICCIÓN
Gary acostumbraba a guardar retazos de fotos que encontraba
en la calle. Luego, con las mismas, comenzó a llenar un álbum
y le colocó el nombre de “Ciudad”. No esperaba mayor cosa;
sin embargo, un día vio a un sujeto recortando fotos familiares
y tirándolas a la calle. Inmediatamente, Gary corrió a su casa y
comenzó a contar las fotos para saber cuántas personas tenía ha-
bitando en su ciudad de papel.
LOS OLVIDADOSPor: Sebastián Álvarez Martínez
Estudiante de Licenciatura en Literatura
Ilustradora:AngélicaCárdenasRosero
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EL CICLO DEL DESIERTO
Por: Gina Alexandra Velásquez Cardona - Estudiante de Licenciatura en literatura
En mi sueño vagaba sin rumbo a través del desierto. A lo lejos vi la figura de un des-
conocido que se arrastraba en mi dirección con sus últimas fuerzas; el hombre llegó
hasta mí y extendió su mano para obsequiarme un anillo. Cuando desperté el anillo
seguía en mi mano y podía sentir la arena quemándome la espalda. Giré sobre mí,
muy débil para ponerme en pie, y vi a lo lejos la silueta de un hombre que vagaba
sin rumbo a través del desierto.
Ilustradora: Yvonne Aragón
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CRÓNICA
¿Quién es que se cree?
Hanner La Gata: un retrato
Sí. Ella. ¿Qué es lo que hace?
Hanner termina de cantar. Es viernes. La plazoleta de
Banderas, en la universidad del Valle, es una barahún-
da de cantos, risas y gritos. Falta poco para las seis de
la tarde. Hanner mira a sus bailarines para comprobar
que están en el lugar acordado, en la pose ensayada.
Aún retumba el sonido desde los bafles. Abajo, a sus
pies, rodeando la tarima de un metro de alto, una turba
de muchachitos y peladitas tararean su coro. Hanner
suelta algunas frases, ninguna de agradecimiento. La
gente aplaude. Entre el público, cuatro hombres que
se han gozado todo el show, brincan estratégicamente
en tacón de aguja. ¡No sé cómo han hecho para bai-
lar montados es esos esperpentos de zapatos! Hanner
y sus cinco bailarines consiguen que cientos de uni-
versitarios canten sus canciones de Rap sin siquiera
conocerlas. Que a pesar de la oscuridad, iluminen el
escenario con la opaca luz de sus cigarrillos y coreen:
OTRA-OTRA-OTRA. Hanner lo comprende. No es un
manojo de nervios. No es una canción inédita. Es un
sueño soñado donde ella es protagonista.
—Yo nunca busco la aprobación. ¡Ay acéptenme! ¡Ay
es que soy una travesti, muchachos tengan piedad! No.
Yo exijo —Hanner aprieta su rostro como un puño—.
Usted tiene dos opciones —mueve su brazo derecho y
sube un dedo—: una, me acepta y se sienta aquí, a mi
lado. Dos, no me acepta y sobra —una UVE gigante se
forma entre su dedo medio e índice. A través de ellos
su mirada fija, como de cazador, intenta intimidarme.
“Poquito a poquito” es el título de la canción con la
que continúa el concierto. Hanner cuenta que solo es
un retrato de su vida en las calles del barrio El Retiro.
Una instantánea con olor a pólvora, el apuro de armas
“No mami, no es un muerto.
Estamos grabando un video”
Por: Alexander Améxquita Pizo
Profesor adjunto a la Escuela de Estudios Literarios
Universidad del Valle
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empuñadas y dispuestas a explotar: ¡PAM! ¡PAM!
“Yo les destrozo la moralidad / los pongo nervio-
sos / los pongo a temblar / se cruzan de piernas / se
mueren de miedo / porque cada uno / aquí tuvo su
enredo…”
—La verdad yo no tengo nada que inventarme. Todo
está allí, en la calle, esperando por mí, esperando
que yo cuente y eso es lo que hago —dice Hanner
angustiada por las pistas que no llegan, acosada por
el sudor que resbala por su rostro, que humedece la
camiseta, abriendo sus ojos, por encima de la gente,
como si quisiera comérselo todo.
***
Vé. Y… ¿Quién es?
Hanner La Gata es alta: 182 centímetros. Lleva el
cabello un poco más abajo de los hombros, color
negro, aunque se torna algo rojo cuando llega a las
puntas. Piercings en cejas y nariz. Mira a los ojos,
siempre a los ojos. Presta atención cuando escucha
a los demás, sus pupilas se mueven ligeramente,
como si escaneara tu mente. Apenas terminas, ella
responde. Su boca es grande, como la de un felino
hambriento. Nació y creció en el barrio El Retiro.
Hija de una madre chocoana, seguidora de los Testi-
gos de Jehová, de la que dice haber heredado el gus-
to por el canto. Hanner La Gata es la menor de tres
hijos. Tía de siete sobrinos que vigila con su cara de
pantera. Cuando saluda, sus manos -de dedos largos
y gruesos-, te recuerdan que tan débil puedes ser.
Creció bajo el cuidado de su madre y su padrastro,
un exboxeador que se jubiló como policía. En su
escuela, al llamado de lista, debía responder ‘pre-
sente’ cuando escuchaba el nombre Jhon Hanner
Ibarguen. En esa misma escuela supo, por cuenta
de sus compañeros, que no era igual a los demás:
le gritaban: mariquita. La perseguían en el recreo.
Le tocaban el culo. Ella peleaba, los miraba fijo a la
cara y ¡zas! Acertaba sus puños.
— Por eso me fui de la escuela —dice Hanner. Me
mira fijo y recuerda—: Cuando me defendía, los
profes me mandaban al rincón.
Un año antes de comenzar a usar falda y zapatos de
tacón, cuando apenas iba a cumplir trece, Hanner
recibió su diploma de primaria. A pesar de la indife-
rencia de algunos de sus profesores, de los insultos
“Ella es la negra, la marica,
la rapera, la que camina por
las calles del barrio El Reti-
ro, en Cali, para narrarnos
con sus letras y acordes, el
azaroso devenir de su ba-
rrio, el mismo barrio donde
nació, creció y, seguramen-
te, morirá.”
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y las risas que provocaba al pasar, en la foto de
graduación, que conserva su madre, Hanner La
Gata es un muchacho fuerte, alto y sonriente; a su
lado una profesora regordeta y bajita sonríe orgu-
llosa, pero su sonrisa no es ni la mitad de la sonri-
sa que sostiene el rostro de Hanner. En esa foto se
le ve elegante con su camisa azul clara, pantalón
de jean y zapatos negros.
Mónica, su madre, dice que Hanner era dulce y
muy cariñoso. Sin embargo, cuando creció, la
gente no pudo entenderlo: “¿quién es esa?”; “¡ay!
Vela cómo se mueve”; “adiós preciosa”; “marico-
na”… palabras, insultos, risas, rumores que toda-
vía rebotan por las esquinas del barrio, haciéndo-
le eco a lo que algunos consideraban un defecto
contagioso.
— Yo solo quería protegerlo. Visité una psicóloga
y ella le recomendó que saliera del armario. Yo
quedé tranquila, pensé que iba a ser fácil —Mó-
nica ríe—. Pero yo no entendía qué era salir del
armario, después de esa cita mi hijo se comportó
peor.
Hanner ya quería usar blusas, zapatos de mujer y
maquillaje. Su madre no entendía. Así, su hijo fue
construyendo una identidad desconocida para una
mujer que solo comprendía lo que era ser hombre
y mujer.
— Yo no sabía lo que era ser homosexual. No en-
tendía qué era salir del armario. Hasta que un día
comprendí que mi hijo era diferente a Julio Cesar,
su hermano mayor. Hanner no jugaba fútbol, pei-
naba las muñecas de su hermanita y era delicado
—Mónica baja el tono de su voz. Su esposo, sen-
tado a su lado, lo confirma con un sencillo movi-
miento de cabeza.
— Me cansé de decirle que Hanner bailaba y se
movía como una mujer. Todas las tardes, cuan-
do llegaba del trabajo, lo veía en la calle, bailan-
do con sus amiguitos y él, moviéndose delicado.
Pero ella no quería entender —asegura don Jesús,
el padrastro de Hanner, un hombre de rostro sin
arrugas, que le ha dado su mano y que todavía
está a su lado, como un viejo y gordo sparring que
motiva a su inexperto peleador: para que se pare en
la lona, para que derribe a su adversario.
Desde niño, cuando su madre lo arrullaba con esas
canciones que aprendió en el Bajo Atrato chocoa-
no, Hanner vivió en su cuerpo el desprecio de una
comunidad que no lo comprendía, que no aceptaba
su diferencia. No solo era negro, no solo era pobre,
también era un chico que cantaba canciones de Glo-
ria Trevi. No quiso seguir estudiando. Al cumplir
trece años ya se daba golpes con sus compañeros y
con todo aquel que criticara su identidad sexual. La
sonrisa en su foto de grado, de quinto de primaria,
fue la última sonrisa institucional: vestida de unifor-
me de colegio público.
“Luego llego al colegio / y me cortaron el pelo / yo
era el más inteligente / pero no era como ellos / me
apodaban / me jodían / y me cogían el rabo / la profe
nada decía / porque yo era amanerado / pisoteaban
mis derechos / porque yo era diferente / pero si me
defendía / era un negro delincuente.”
— Lo que me ha llevado a ser la gran persona que
soy hoy, ha sido el rechazo, la discriminación y esa
agresión de las personas —cuenta Hanner con su
cara pantera—. Yo transformé todas esas cosas ma-
las, que ellos me gritaban, en cosas positivas. Cada
vez que alguien me agredía verbalmente, yo decía:
‘tengo que superarme, ser el mejor’.
***
Oiga: ¿de dónde es que viene?
En algunas calles de un barrio como El Retiro, en
Cali, despertar como si nada hubiese pasado parece
un desatino a la imaginación. Por la noche el ruido
de los disparos, el olor de fritanga, el estruendo en
los techos y las pisadas desesperadas que se diluyen
en la distancia. En la mañana los ecos de una larga
noche, el crujir del carbón para asar arepas, el latir
de las motos que no se sabe si madrugan o van a des-
cansar, las voces de los televisores que se escuchan
desde la calle, la bullaranga que ensordece el barrio.
Cuando todo es claro El Retiro se deja ver cargado
de sonrisas, bisutería y aroma de pandebono; chori-
zos, crema de coco y tilapia; cabello sintético, va-
llenatos y buñuelos en pailas hirvientes; marañas de
cables, remendadores de zapatos usados y cantos de
49
música cristiana; amas de casa, bolsas de mercado y estudiantes; salas de internet, niños co-
rriendo por la calle y minutos a todo destino por cien pesos; hombres bebiendo cerveza en una
esquina, pan aliñado y vendedores ambulantes; Testigos de Jehová, transportadores informales
y muchachitas cargando niños que podrían ser sus hermanos; bicicletas, casas a medio terminar
y colores colgando de alambres oxidados.
El Retiro pertenece a esta ciudad: la misma donde se baila salsa, donde se come chontaduro,
donde se hinchan de orgullo pues dicen tener mujeres como las flores. El Retiro es también
Cali: la misma que en lo que va del 2014 registra más de mil cien asesinatos. De estos la Co-
muna 15, conformada por El Retiro y seis barrios más, suma tantos muertos a la lista que ya
ni quieren contarlos. En el 2012 fueron 177 casos, en el 2010 otro tanto. Cifras que se vuelven
estadísticas, cuadritos de colores en informes oficiales. Pero estos muertos que son números,
para Hanner fueron conocidos o amigos, incluso su hermano Julio Cesar, hace algunos años, se
convirtió en un dato que agrandó la barra de algún reporte institucional.
Como dice su coreógrafo, Jenner Solona, a La Gata lo que la hace especial es su labor con la
comunidad, con la sociedad, pues ella es líder entre los jóvenes y fomenta proyectos de vida
dignos, que intentan generar otros estilos de vida, evitando vicios o malas mañas.
50
— Los que viven en esta Comuna han visto cómo
Hanner ha influenciado, de manera positiva, a los
pelados —afirma Jenner, su coreógrafo—. Ella
decidió adoptar una identidad poco femenina. Sus
ademanes y corporalidad son fuertes, ya que, por
la zona en la que vive, demostrarse frágil o débil,
podría ser una amenaza.
Aunque Hanner La Gata creció entre fierros, ro-
bos, cuchillos, alcohol y peleas, ella comprendió
desde muy joven que era más fuerte que la violen-
cia, ese animal furioso que camina por las calles
de su barrio, de su ciudad. Eliminó las fronteras
entre los jóvenes de su Comuna, cantando para
ellos, en funciones y eventos pensados para la co-
munión del arte, la música y la fraternidad. Aque-
llos jóvenes que no podían pasar una calle sin el
temor de recibir un balazo, lograron visitar a sus
amigos y corear canciones como ‘El gran juego’,
‘Calidosita’ y ‘Calzones azules’. La Gata se con-
virtió en un puente para jóvenes que intentaban
dejar atrás la violencia entre pandillas, que en
Cali pueden ser más de cien, agrupando a miles
de adolescentes que pueden llegar a ser dos mil o
tres mil, nadie lo sabe.
— Mi Comuna es como un campo de batalla—,
cuenta Hanner—. Hace días, mientras grabába-
mos unas escenas en el barrio, una señora llegó
azarada al ver ese montón de gente, y me pregun-
tó: ¿Qué pasó? ¿Hay un muerto? Entonces le con-
testé: no mami, no es un muerto. Estamos graban-
do un video.
***
¿Hanner? ¿La Gata? ¿Cómo es eso?
En Vimeo, la red de video que compite con You-
tube, el video clip de su primera canción, ‘Cal-
zones azules’, lleva 4076 reproducciones y 14
likes. Para este proyecto, Julián Grijalba, un es-
tudiante de Artes Visuales, juntó a profesionales
en maquillaje, coreografía, sonido, cámara, trans-
porte, cocineros, amigos y toderos que llegaron
hasta El Retiro para retratar a este personaje, que
no es solo un fenómeno del rap callejero sino una
cronista de barrio. Para Hanner este video es más
que un logro. Ni ella lo pensó cuando por primera
vez se subió a una tarima a competir en el Primer
Festival de Hip-Hop en el Distrito de Aguablanca.
— Cuando la gente me vio en ese festival pen-
só: ‘vamos a verlo por la risa, por la distrac-
ción’. Pero cuando me llegó el turno de subir al
escenario y comienzo a frasear, en ese momento
del fraseo hubo otra reacción: la gente se quedó
impactada —dice Hanner haciendo un gesto de
asombro—. ¿La que está rapeando es la travesti?
Nadie lo creyó.
Pero esa travesti haciendo el papel de niña gran-
de, obtuvo el primer lugar. Se ganó el premio a
la mejor rapera de la Comuna 15 y repitió al año
siguiente. Se presentó en la Feria Comunera y re-
corrió corregimientos como Felidia y El Saladito.
Se enfrentó a muchachitos vestidos al estilo niu-
york, manes que cuando la vieron llegar se rieron
en su cara.
— Pero cuando gané me miraron con respeto, —
cuenta un poco fanfarrona.
El mismo respeto que pedía a gritos desde pe-
queña, cuando jugaba con muñecas y se ponía
tacones, se pintaba como reina y hasta se ponía
calzones.
***
¿Qué es lo que canta?
Cuando peleaba con sus hermanos. Cuando su
madre le decía que debía estar tranquila. Cuando
los vecinos caminaban por las estrechas calles de
su barrio, en ese momento Hanner La Gata can-
taba a todo pulmón ‘La acera de enfrente’, esa
canción de Gloria Trevi que juzga a otros desde
la diferencia.
— Esta canción hablaba de situaciones que mar-
caban mi vida, —recuerda Hanner—. Cuando
dice: ‘yo sí tengo coraje y soy muy diferente’, yo
pensaba hijueputa yo soy fuerte, soy diferente a
todos, y voy a salir a darme contra el mundo. —
Hanner golpea con un puño su mano izquierda y
51
Ilustradora: Valentina Jiménez
52
sonríe—. Y cuando la Trevi dice: ‘la que quiera
atreverse, cruce conmigo aquí enfrente’, yo lo
veía como un desafío, o sea, el que me quiere y
me respeta es bien recibido, el que no, nos damos
contra el muro.
Hoy Hanner La Gata sigue caminando en la acera
de enfrente, representando el sonido de su barrio,
revitalizando lo marginal. Es una cantante de rap,
bueno, o de algo parecido que podría ser hip-hop,
dance o reguetón, da igual. Ella, desprovista de
maquillaje y lentejuelas, entona historias que son
las de sus amigos, vecinos y señoras que nada sa-
ben de esta música, pero que aplauden sus acor-
des y versos. Historias de dureza y vulnerabili-
dad como los que encontró la Fundación Carvajal
cuando en el 2007 realizó un estudio que determi-
nó que el 85% de quienes residen en El Retiro vi-
ven en condiciones de pobreza, y muchos de ellos
sobreviven bajo la línea de indigencia. Un sector
de la población que presenta altos niveles de des-
empleo y exclusión del mercado laboral y donde
el acceso a la educación superior técnica, apenas
llegaba a ser realidad para 14 de cada 100 jóvenes
que obtenían un título de bachiller.
***
Hanner La Gata escribe sobre su vida, de situacio-
nes que, por más dolorosas que sean, pueden tra-
ducirse en canciones pegajosas y a la vez crudas.
Esto lo aprendió de su madre y luego de su herma-
no. ‘Calzones azules’ es un claro ejemplo, en ella
Hanner escribe una corta biografía para contarnos
cómo ha sido su vida habitando ese cuerpo y esas
calles que para muchos son extrañas, distantes o
desconocidas.
— Cuando escuché ‘Calzones azules’ sentí pena
por mi hijo —Mónica mira al frente— no le cau-
samos nosotros el sufrimiento, pero se lo provo-
caron las personas de la calle. Aún las personas no
entienden y siguen burlándose de él.
En su canción, Hanner lo expresa con claridad y
certeza. Ella sigue siendo una ciudadana anóni-
ma, agazapada por los estereotipos que la obligan a
definirse como una chica transexual, negra y pobre
de Aguablanca: “a pesar de los rechazos / me puse
a buscar trabajo / me decían: ‘yo te llamo’ / todavía
estoy esperando / de regreso pa’mi casa / me detengo
para ver / una dama que parece / pero no es una mujer
/ se paraba en la esquina / para negociar su cuerpo /
es travesti como yo / pero ella está en otro cuento…”,
es parte de la letra de su canción ‘Calzones azules’,
una rápida, extravagante y preocupante autobiografía
de dos minutos y cincuenta y dos segundos.
***
Vé, ¿y qué fue lo que pasó?
Un tufo de cerveza brota del gentío. Son casi las siete
de la noche. El humo de los cigarrillos se funde con
los rostros, alargando sonrisas, bocanadas de euforia,
histeria colectiva que se diluye con el viento. Hanner
La Gata repara entre el público: la felicidad es un
invitado más. La oscuridad no opaca el brillo sobre
la tarima. Los hombres de tacón de aguja se derra-
man en alabanzas y admiraciones: “divina, poderosa,
arrebatada…” La narrativa de sus canciones es vo-
cería de una realidad que creemos conocer cuando
caminamos desprevenidos. Todo ha terminado. El
escenario solitario. Ella sonríe y me guiña un ojo.
Hanner y sus cinco bailarines, ven cómo la muche-
dumbre se dispersa.
Fin
53
FICCIÓN
Se acercaba el viernes Santo, y como una inque-
brantable costumbre, Don Ignacio bajó hacia la plaza
para comprar el pescado con el que abastecería la mesa
de la casona durante los días siguientes. Se acercó al
puesto de una de las muchas mulatas que se abultaban
cerca al puerto en toldos mal fabricados y ofrecían el
producto de la faena de sus maridos. Comenzó a selec-
cionar el pescado y a regatearlo, como buen costeño
que era; sin embargo, al momento de pagar, miró hacia
la derecha por reflejo, y con sorpresa observó cómo un
pargo rojo que se hallaba en una de las redes que aca-
baban de descargar, le guiñaba un ojo. Fue tan grande
su impresión que por unos segundos dudó de su cor-
dura, pero pensó para sus adentros: “Ni el más loco de
los locos podría imaginar que un pescado le guiñara
un ojo, ha de ser una de esas vainas que a uno le pasan
por algo o por nada, pero de todas formas voy a tener
que comprar ese hijuemadre pescado”. Así que habló
con la vendedora para que le alcanzara aquel pargo de
la esquina, argumentando que se veía de una impeca-
ble calidad, y que también lo llevaría. La mujer se lo
empacó y Don Ignacio comenzó el trayecto de vuelta
a su hogar, sin saber que desde el momento en que ese
pez le guiñó el ojo, su deseo había comenzado a tomar
forma.
En la casa la plata no abundaba, pero tampoco
pasaban hambre; los lujos era algo que solo prevalecía
en los antiguos cuadros de colosales navíos que ador-
naban la vieja casona, Don Ignacio había gastado hasta
el último de sus ahorros en aquellas pinturas que había
coleccionado durante sus 87 años. Tal vez el dinero no
le alcanzara para realizar su mayor fantasía –navegar a
través del mundo–, pero él se decidió a invertir lo poco
que le sobraba para comprar el arte que retrataba sus
sueños, y por este mismo motivo, apenas se fue de la
casa de sus progenitores, compró un lote que tuviera
una vista al mar, y con el salario de conductor del único
bus del pueblo, construyó una casona de madera, con
un inmenso ventanal, donde se sentaba todos los días
Por: Paloma Montes - Estudiante grado 11, Colegio Pio XII
EL SANTO DE LA LOTERÍA
a ver los barcos pasar y sumirse en sus propias ilusio-
nes. Luego la vida de Don Ignacio comenzó a trans-
currir como la de cualquier hombre común: se casó,
conformó un hogar, vio a sus hijos crecer y partir, para
luego disfrutar la visita de sus nietos. Un día, mientras
cocinaba, sintió cómo su respiración se iba, y tuvo un
ataque de asma que casi lo mata, así que reunió a su fa-
milia y les pidió en un tono serio y solemne que cuando
él muriera, lo metieran en un ataúd, como manda la
tradición, y lo pusieran sobre el mar, para que al menos
su cadáver navegara.
Cuando Don Ignacio llegó, se dispuso a pelar el
pescado: el primero que eligió fue ese misterioso par-
go, y al abrirlo, en un su interior, en medio de las vís-
ceras había un papel. Asombrado, lo tomó y notó que
era un boleto de lotería, estaba un poco húmedo, pero
aún se veían los números “4081”, y la fecha en que se
sorteaba, ese mismo día. Don Ignacio, muy creyente en
la suerte, corrió hacía el pueblo a buscar la pizarra que
publicaba los números ganadores; agotado, se dispuso
a mirar, y su corazón no pudo soportar la emoción, el
número “4081” estaba escrito en tiza sobre el tablero,
en ese instante cayó al suelo, un infarto había acabado
con su existencia y, en el piso, yacía con una inmensa
sonrisa de su última alegría.
Tal y como lo prometieron, su entierro se hizo
en el mar, y el viaje del occiso empezó. Súbitamente
su muerte se convirtió en noticia a lo largo de todo el
litoral, y su fama se extendió con rapidez; pronto se
escuchaba a lo largo de todo el caribe “¡Ya llegó, por
fin ha llegado el muerto de la suerte!” avisaban los pes-
cadores de cada pueblo por el cual pasaba el esperado
invitado. Los gritos potentes llenos de emoción no se
hacían esperar al ver en la lejanía un féretro que se acer-
caba y así se daba inicio a una caravana de bienvenida
en la que le rezaban a el que denominaban “El santo de
la lotería”. De esta forma don Ignacio cumplió sus
sueños, haciéndose parte de los sueños de otros.
54
Ilustradopor:DanielAntoniosierraOrrego
55
POESÍA
Escribo esto en caída libre
desde mil torres de babel
Algo que no intento llamar
poema, ni palabra, ni siquiera sílaba
Pendo de la lengua de los demagogos
y las muchachas tontas con cara bonita
Con mi tórax lleno de olas
y los perros de mi infancia
Soy un venado que acecha a la escopeta
un mensajero de la Grecia antigua
Juego esta vida como un yoyo
y derivo a la locura de los dioses
Pienso esta vida en otro orden
mientras camino por el techo
Esta glándula que se me abre desde el vientre
y me lastima el habla
ya no se cierra nunca más
Sangra a gritos un fantasma
que desgarra letras maduras y versos párvulos
Me meto de lleno en el reflejo de las horas
me hago materia y melancolía
Me encuentro en la encrucijada del derrumbe
de esta estructura sintáctica que es mi cuerpo
Me deshago y no me puedo armar a mi gusto
Sólo me hallo en el bosquejo de unas líneas
que manejan con hilos invisibles
este verso moldeado con arcilla.
*
*
Por: Daniela Prado
Estudiante de Licenciatura en Literatura
56
Ilustradora:LinaMaríaHerrera
Horizonte
El azul ha olvidado su sombra
de viejo sombrero de mago,
de naipe bajo el abrigo
Ya no hay castillos,
ni risa infantil
después de unas olas
Han soplado todas sus velas
como hojas de otoño
y se han quebrado sus párpados
sobre las tejas del mundo
Diariamente
un hueso amarillo atraviesa su carne
y corta su vientre un pájaro de nieve
que divide su rastro como una frontera
donde las gaviotas
hacen la guerra con el hambre.
57
FICCIÓN
Latierrasehizo
GRANDE
Por: Angie Riascos - Estudiante de Trabajo social
Mi apá siempre nos decía que desde aquí hasta donde se
ve la quebrada iba a ser nuestra herencia, la de nuestros críos y
así, pero eso empezó a cambiar. La mejor época fue cuando es-
taba yo pelao, por ahí a los ocho años. Mi apá siempre estaba en
la casa, pendiente de todo, se levantaba muy temprano, parecía
que todavía estaba de noche, porque cuando yo me levantaba,
que era cuando escuchaba las gallinas, por entre las hendijas
de la esterilla se metía el sol. Él ya estaba cortando el pasto en
la máquina que nunca me dejó manejar que porque yo tan lan-
garuto y amarillo, como me decía, me podía bajar una mano o
peor, dañarla. El viejo tenía toda la razón, pues era la única que
había allá en la casa y Don Cesar Gutiérrez, el dueño de todas
las tierras de acá, no iba a botar otra. En la casa se sembraba
pasto micay pa’ Estrella, una vaca Foster que se llamaba así
porque era toda, toditita negrita y en la cabeza tenía una man-
cha blanca con forma de estrella; la teníamos desde ternerita.
También teníamos un caballo, que ese si por tocarle el trabajo
duro no lo habíamos bautizado; luego de sembrado el pasto se
recogía y se llevaba a la cortadora donde salía en pedazos chi-
quitos, a veces cuando estábamos de buenas, que era los días
primeritos del mes cuando mi apá venía de la ciudad y traía lo
de la tal Caja Agraria, entonces compraba sal y miel de purga,
la sal era pa’ revolver con el pasto y la miel se echaba en un
balde con agua; parecía miel de verdad, yo una vez probé de
puro curioso pero sabía muy feo.
Por ese entonces iba a la escuela de la vereda, donde la
Maestra Carmen nos enseñó los números a leer, a escribir, jue-
58
gos y canciones. En el recreo con Julianito nos íbamos
pa’ lo más lejos con un frasco de vidrio grande de esos
que las mamás tienen en la cocina a coger grillos y ra-
nas de todos los colores; por las mañanas después de
que nos limpiábamos muy bien los zapatos, para no lle-
nar de barro el único salón que había, les llevábamos
pasto para que no se murieran, hasta un día que la rana
empezó a saltar tanto que se nos escapó, Julianito me
aseguró que fue porque el grillo verde grande, el de la
suerte, se nos había muerto, y los otros animales esta-
ban tristes. Ese día todos los grillos saltaron como locos
en medio del salón y la maestra Carmen. Luego que lle-
gaba de la escuela, mi apá estaba sembrando, limpian-
do un pedazo, regando, abonando, trabajando la tierra
hasta que llegaban las cosechas, entonces nos íbamos
con mi mamá y una estopa a recoger naranjas, yucas,
mazorcas, plátanos, papas, apenas lo que se compraba
era el arroz, la manteca, el azúcar. Porque eso sí, en la
casa como teníamos a Estrella, que nos daba la leche pal
queso, yogurt, suero, kumis: teníamos todo. A mi mamá
le tocaba levantarse temprano. Si mi apá madrugaba de
noche mi mamá seguro que no dormía. Con el bagazo
de la caña, porque en la finquita también teníamos un
pedazo con cañas pero chiquito, hacíamos el guarapo
que era sólo para ocasiones especiales, eso cuando iban
las visitas y pa’ hacer la panela, se prendía el fogón, pa’
hacer el desayuno. Esas sopitas por la mañana, tajadas
de maduro, arroz y café… a la media mañana mi mamá
le llevaba el fiambre a mi apá a alguna parte de la fin-
ca donde estuviera trabajando, envuelto en una hoja de
mata de plátano, ahumadita pa’ que le de ese sabor es-
pecial. Luego volvía a hacer el almuerzo y por la tarde
se sentaba en la banca, que hicimos con el árbol que se
cayó de viejo, a remendar los pantalones rotos de todos
los de la casa, luego nos íbamos a recoger la leña para
los otros días.
Un domingo que mi apá no fue a la misa, cuando
regresamos, él estaba con varios señores desconocidos,
tenían una dizque reunión importante, dijo mi mamá
con un aire nuevo en su rostro y que por eso no po-
díamos estar, que ahora si se nos iba a poner la vida
buena. Por el mismo tiempo a la escuela fueron unos
señores que nunca habíamos visto en la vereda, tenían
ropa muy blanca, algo raro, porque el agua por acá baja
colorada por la tierra; nos regalaron una chuspa con un
lápiz, un borrador y dos cuadernos con la foto de Don
Cesar Gutiérrez y un número, así fue que lo conocí,
nunca los niños de la vereda fuimos tan felices. Luego
siguieron pasando cosas raras, la gente seguía yendo
a reuniones donde los llenaban de papeles, que luego
terminaban siendo aviones y barcos de sus hijos porque
pocos sabían leer. Les regalaron camisetas, que dura-
ron tan poco, porque fueron a parar a las banderas que
marcan los cultivos; hasta que llegó el día del que todos
hablaban. Ese día un bus pasó por toda la vereda con
música y recogió a la gente para llevarla a la ciudad,
fue la primera vez que vimos tantos colores, banderas
y cantantes.
Ya después nos enteramos de la fiesta que hicie-
ron en la hacienda de Don Cesar, un tío que trabajaba
allá en las caballerizas dijo que eso había sido con todo
y matada de marrano, vaca, cohetes y mucha gente de
la ciudad desconocida. Recuerdo que mi mamá me san-
tiguó y se santiguó con una profunda cara de felicidad,
mientras sostenía la mirada al cielo oscuro, interrum-
pido por los destellos de colores. Mi apá se terminó de
tomar la leche caliente con panela y se acostó. Primero
Don Cesar Gutiérrez empezó a vérsele menos, dijo mi
tío, y luego se fue a vivir del todo a la ciudad y no se le
volvió a escuchar, no se puede decir que ver, porque los
demás nunca le podíamos ver. Mientras el primer mes
pasaba, los viejos de la vereda y el pueblo, tenían cada
vez más y más los rostros llenos de líneas que dibuja-
ban mapas de angustia y tristeza. La iglesia se llenaba
los domingos más que de costumbre. Julianito seguía
creyendo que todo era culpa de la muerte del grillo ver-
de.
Mi apá tampoco se escapó del germen colectivo
de la angustia, decía que pronto nos iba tocar a noso-
tros, en cambio mi mamá no decía nada, tal vez porque
nunca dijo nada. Mientras estábamos parados en lo alto
de la carretera, desde donde se alcanzaba a ver las cua-
tro plazas de la finca, hacía un sol infernal de los que
sólo hace antes de sembrar el maíz, él tenía en su mano
derecha el palo de las caminatas largas, el que era de
madera de guayabo. En su cinturón llevaba la vaina y
su peinilla, dobló su otra mano para sacar el pañuelo
azul, estaba recién lavado y planchado, de un momento
a otro en la fragmentación de su cara se entremezcló
una lágrima con el sudor. Parecía la fusión del engaño
con el esfuerzo construido por toda una vida. Secó la
humedad y apretó mi mano fuerte, aun sin compren-
der y con el miedo de preguntar qué hacían con los dos
costales a hombros, le dije, la culpa es de la muerte del
grillo verde. Mi padre distrajo la mirada de la casa y la
fijó en mis ojos, y con una conmoción me respondió –
no hijo, es porque la tierra se hizo grande.
59
Ilustradopor:MaríaCamilaMesías
60
Entre los infortunios de leer afuera de la casa con la puerta abierta,
se encuentra la natural circunstancia de permitir la entrada de ladrones.
Puede ocurrir también que un asesino se oculte, y luego, en medio de la
noche, intente continuar su antología de escatológicos trofeos. Ahora, si
lo pienso bien –y sin demasiado sarcasmo–, creo que hubiera preferido
cualquiera de aquellas situaciones. Por el contrario, fue tan solo Samuel
quien llegó a visitarme.
Tenía el cabello rojo y la piel blanca. En su rostro se dibujaban
unas cuantas pecas pueriles que combinaban con su traje a cuadros
igualmente pueril. La sonrisa ingenua n –si aquel ser repugnante puede
merecer alguna consideración–, parecía siempre irradiarlo de un efecto
de bondad. No se detuvo a explicar nada, ni tampoco se esforzó por res-
ponder a mis preguntas. Sólo estaba allí, dominado por una seguridad
pasmosa, abriendo la nevera, comiendo de mi cena. En una de sus ma-
nos un álbum de fotografías; en la otra un sándwich. En todo momento
tan espontáneo, capaz de aniquilar cualquier estupor.
–Tal vez si bajaras un poco de peso serías más atractivo para las
mujeres. Tienes cuarenta y aún no te has casado.
¿Cómo podía articular tales sentencias? ¿Cómo logró revelar el
cotidiano rechazo? ¿Cómo, a pesar de la fotografía con Amanda en la
sala, conocía mi incapacidad para retener a las mujeres? Quise arrojarlo
a la calle, pero su aspecto frágil le sirvió de escudo por aquella noche.
–La calvicie con el cabello largo a los lados te hace parecer ridí-
culo.
Lo tomé de las hombreras del traje y lo arrastré hasta la puer-
ta. Amanda se tropezó con nosotros (yo había olvidado nuestra cita de
miércoles). Apenas me percataba de la presencia de mi amante, cuando
la criatura se agarró a una de sus piernas. Esta vez fue la sensiblería de
las mujeres lo que evitó que pudiera expulsarlo. Pasaron toda la mañana
consintiéndose, como si él fuera el cliente opulento con el que ella solía
Por: Leonardo Moreno
Egresado de Lic. en Literatura
Universidad del Valle
FICCIÓN
Fue tan solo Samuel
quien llegó a visitarme
61
soñar, o como si ella fuera la madre perdida para él.
–Un vestido rojo de pepas no te va a ayudar a salir de puta. Vas a pasar toda la vida haciéndole pajas a
oficinistas.
Amanda tuvo de pronto en su rostro el color del vestido. Disfruté su cólera: ¡una merecida compensación
del universo por su complicidad con el engendro! Supe que en aquel instante me ayudaría. Se inclinó para to-
marlo de los pies, como si intentara excusarse por haberme interrumpido un momento antes. La situación había
cambiado para mí; las palabras de Samuel se mutaron en un carcajada contagiosa. Amanda y yo veíamos ahora
sólo un niño travieso.
Ilustrado por: Angélica Cárdenas Rosero
62
Durante la semana siguiente me divertí como nunca. Llevé a la casa algu-
nos compañeros de trabajo: oficinistas calvos, gordos y sensibles. Cada una de
las embestidas de Samuel lograba despedazarles el corazón. Creí que llegarían
a matarlo.
La fotografía de Karolay la encontró en el nochero.
–Tiene el corazón de puta. Incluso Amanda conserva un poco de digni-
dad; si no le pagaras, no volvería a visitarte.
Hice un gran esfuerzo para esquivar sus primeros ataques.
–Se ha revolcado con todos. Le gustan los hombres con rostros finos,
pero también los menos agraciados lograron tenerla.
Las palabras del engendro ya no sólo eran perspicaces; lograban adivi-
narlo todo, como si me conociera desde siempre. Seguramente habían pasado
veinte años desde la última vez en que vi a Karolay, pero su recuerdo perma-
necía inmaculado para mí, y ahora él, aquel ser que apareció de repente, podía
comprender mi furia y frustración.
–Para ti siempre buscó excusas. Todos la tuvieron en su cama menos tú.
¡Puta, la más puta de todas las putas!, menos para ti.
Tomé su cuello con ambas manos, pero no lograba detenerlo.
–Tú la hubieras llevado al altar; habrías dedicado tu vida a sus caprichos.
Ellos la tuvieron una y otra vez, sin tener que mendigarlo. ¡Puta, la más puta de
todas las putas!, menos para ti. Ahora se encuentra vieja y amargada, pero aun
así tú desearías tenerla, y aun así ella te rechazaría de nuevo. ¡Puta, la más puta
de todas las putas!, menos para ti.
Sentí nauseas. Me dejé caer en el suelo. El rostro de Samuel parecía des-
consolado. Su mirada ya no era segura y altiva; creí que se arrojaría sobre mí
para consolarme. Algunas lágrimas se derramaban por sus mejillas. Se detuvo
un instante. Dio algunos pasos hacia atrás, sin desviar la mirada de la mía. En
sus ojos creí adivinar un agradecimiento sincero por aquellos días de felicidad.
Luego continuó hablando sin cesar; ya no pudo detenerse. Lo vi salir de la casa,
esforzándose por tapar su boca y sus oídos.
63
FICCIÓN
Recuerdo esa fría noche de abril de 1907. El viento soplaba entre los árboles y de
fondo se escuchaban los gritos de mis camaradas muriendo. Era una sinfonía horrorosa.
Ahí me encontraba yo, Bonifacio Albarada, un joven de 24 años con aires de grandeza,
pensando que tenía el mundo en mis manos. Pronto me daría cuenta de que no era así.
Al derribar las barricadas los republicanos ejecutaron a todos los altos mandos
conservadores; yo, en el total crecimiento de mi valentía, me escondí. Estaba segado por
el miedo.Apartir de ese momento solo recuerdo el sonido de una puerta al romperse, los
fogonazos de los mosquetes y, por último, el dolor punzante del plomo en mi hombro.
Afortunadamente la bala atravesó el hombro, pero se infectó. Estuvimos casi tres
díasencerradosenunaceldacomún,deloscualesmepasécasidosinconsciente,delirando
poreldolorylainflamación.Luegodeejecutaralossoldadosconmenorrangoporqueno
leseranútiles,nosasignaronceldasindividuales. Ahíentendíqueelcautiverionoibaaser
breve. La verdad, la celda no estaba tan mal, al menos tenía una ventana, pero era un poco
deprimente pensar que esas cuatro paredes, o más bien tres paredes y una puerta, serian
mis compañeras a partir de ese momento, y que no vería a mi familia por un buen tiempo.
Con el tiempo aprendí a comunicarme con mis camaradas que estaban en las
celdas vecinas. Era un sistema simple: cada golpe en la pared significaba una le-
tra del abecedario; sus nombres eran, Vicente Alarcón e Indalecio Prieto. Al pare-
cer eran buenas personas. Algo muy curioso es que, sin importar lo alto que gritá-
ramos para llamar a los guardias, ellos parecían evitarnos, incluso, no escucharnos.
Meses más tarde Indalecio me avisó que iban a hacer un intercam-
bio de rehenes, estaba eufórico, llegué al punto de gritar al unísono jun-
to a mis vecinos, pero lo más extraño es que los guardias ni se inmutaron.
Dos días después, al despertarme, las puertas de mí celda estaban abier-
tas. Pensé “por fin estoy libre”. Al avanzar por el oscuro pasillo, me encon-
tré con Vicente e Indalecio, estos se encontraban charlando precisamente so-
bre mí, me recibieron con un apretón de manos y un fuerte abrazo, mis ojos se
humedecieron, pero me dije a mi mismo, tienes que ser fuerte, ya se acerca el final.
Al llegar a la puerta principal, no pude contenerme más y comencé a co-
rrer, corría más rápido de lo que recordaba. Al llegar a una pequeña caba-
ña, cerca del lugar de concreto donde estuve preso, noté que ésta me era fa-
miliar: se trataba de la misma cabaña en la cual me habían capturado. Decidí
entrar por el simple hecho de recordar el pasado. Al abrir la pesada puerta de ma-
dera me encontré, entre bloques de heno, con un cuerpo inerte, demacrado: el mío.
Relato de un
Soldado EspaÑol
Por: Juan Diego Ortiz	Grado
Estudiante de grado noveno, Colegio Pio XII
64
Ilustradopor:DeibyAlexanderAcosta
65
FICCIÓN
—¿Qué será de la vida de Rosa? —murmura cuan-
do su marido asoma por las escaleras. Con sus manos mo-
renas, tullidas por el trabajo y por tantas mañanas de fuego
y humo, de frío y maíz, se anuda bien el delantal y pone la
cacerola en el fuego. Sus manos pueden contar muchas co-
sas, narrar historias interminables de lucha y hambre y
también de orgullo. Aquellas mismas que al estar lejos del
hogar, lejos de aquel fuego, en el páramo lejano donde
vino al mundo, abrazaron un destino plagado de sombras.
La pareja vive sola desde que las hijas fueron en bus-
ca de fortuna —los vecinos dirían, cuando los veían alejar-
se rumbo al mercado, en yunta, que las hijas se fueron de-
trás de algún hombre— a la capital. Desde entonces poco
saben de ellas. Los varones de la familia, Miguel y Diego,
ya no están en este mundo. Desayunan en silencio y sin
mirarse. Manuel, un mulato de ojos grandes con pestañas
como hojas de palmera, que reposan y adornan su mirada
azul, lo hace de pie junto al fogón. Siempre fue un hombre
atractivo y conocido por su pasión, que no respetaba edad.
“Adiós, mija”, dice, toma el machete y sale sin mirar atrás.
Es viernes y hay baile, y no vendrá hasta la madrugada.
—Rosa, ¿Qué será de su vida? —dice con
la mirada perdida ante la espalda morena y fuer-
te que se aleja sin mirarla rumbo al mar de maleza y pol-
vo que se extiende ante ella hasta aguarle los ojos.
Su hija Rosa vive en la capital y es la única que ha ve-
nido a visitarla. Rosa se fue porque quiso y eso para Mar-
garita es una señal de esperanza. Apura su café y sube las
escaleras apartándose del fogón por unos instantes para ir al
río a lavar la ropa. Ha pasado su juventud de fogón en fo-
gón, cocinando para otros, hirviendo su corazón de resenti-
miento, rezando por las noches, en un susurro temeroso, las
MARGARITA
Por: Gabriel Rodríguez
Estudiante de Lic. en Literatura
66
oraciones que aprendió de memoria en casa de misia
Angelina. Siendo señorita conoció a su madre, pero
desde que recuerda, vivió con misia Angelina, su madri-
na. Ya arriba, en la sala, escucha ruidos abajo, como si
buscaran algo entre las ollas. “¿Quién se irá a morir?”,
piensa, al tiempo que se echa al hombro el talego con la
ropa sucia y sale al igual que su marido, sin mirar atrás.
Las mujeres la miran pero ella parece no darse
cuenta. Nadie la saluda. Busca un lugar junto a las de-
más en la orilla del río. La mirada clavada en el agua
como si leyera algo, como si la espuma y la corriente le
trajeran un mensaje y no importara nada más. Margari-
ta recuerda que a su madre la encontraron muerta unos
pescadores. Como un tronco, recorrió todo el departa-
mento y no se supo nada hasta el día de mercado. Las
historias llegaron como hormigas que han encontrado
un buen trozo de pan: “Dios sabe cómo hace sus cosas,
esa mujer nunca fue buena madre y eso Dios no lo per-
dona.” “Eso fue el espíritu de alguno de los hijos, uno
de tantos que dejó en el páramo.” Margarita iba con un
vestido rosado cuando le contaron lo de su madre. Na-
die pensó mal de ella cuando siguió bajando al mercado
vestida de la misma manera. “Feliza la regaló y nunca la
quiso”, decían al verla pasar con su canasto apretado al
pecho, caminado sin prisa, sin mirar a nadie. “Por eso los
peces le comieron los ojos”, decían, “Por mala madre”.
Cuando murió misia Angelina tampoco lloró, aun-
que algunas personas le dieron el pésame. Margarita
mira sus pies descalzos, que nunca han conocido otra
tierra y recuerda las noches que pasó en la finca de su
madrina. “¿Qué será de la vida de Rosa?”, murmura al
tiempo que ruega por su hija mayor. Ella se fue buscan-
do un futuro mejor pues en la capital pagan bien. Nada
que ver con lo que ella vivió; “seguro que tiene un col-
chón donde dormir y no costales de café y de papa”,
dice, “Seguro que la dejan bañarse y peinarse y hasta
le tienen uniforme.” Margarita piensa, mientras sus
manos rugosas estregan con fuerza, ajena a las mira-
das, inocente de lo que se murmura. Toma el talego con
su ropa ya lavada y emprende el camino de vuelta. El
sendero es empinado y el sol le calienta la nuca, que-
mándola, como si llevara al mismísimo diablo a sus es-
paldas. No lleva sombrero ni zapatos como las demás
mujeres. “Pobre mujer”, dice una de ellas. El susurro del
río y de las manos frotando la tela despide a Margarita.
—¿Qué será de la vida de Rosa? —piensa mien-
tras pone a asar unos plátanos maduros. La ropa dan-
za en el tendedero y sus sombras acarician el rostro
sereno de la mujer. Margarita revuelve el sancocho y
pone una hoja de plátano sobre la olla donde ya secóIlustrado por: Gabriel Rodríguez
67
el arroz. “Seguro que a mi Rosita le dan de comer tres veces
al día.” “Seguro que tiene un buen par de zapatos.” “Seguro
que le dan permiso para venir a vernos.” Niña aúlla y los ma-
los presagios reemplazan sus cavilaciones sobre Rosa. “Esta
perra está rara”, dice y se persigna. “¿Quién se irá a morir?”.
El domingo acudió al mercado a ver si encontraba a Ma-
nuel bebiendo con alguno de sus amigos del trabajo. Llevaba su
vestido rosado. Su andar tranquilo y silencioso de pies descal-
zos, su mirada atenta pero segura, la habían abandonado. La ra-
bia y después el miedo la hacían inmune a las miradas y a los
comentarios. Manuel era un mujeriego, todos lo sabían. Decían
que río abajo, desde el valle, hasta donde el frío y la carretera
comienzan su ascenso, Manuel era conocido en bailes y camas.
Se decía, incluso, que su semilla había regado aquellos caseríos
y los niños con ojos azules corrían y jugaban, descalzos, con
sus madres mirándolos desde la sala, esperando todas al mismo
hombre. “Rosita, ¿Qué será de mi hija?, ojalá Diosito le man-
de un hombre bueno y no un borracho”. Sus manos temblaban y
de repente acudieron a su mente las noches sin sueño que vivió
con su madrina y con su madre. Recordó como sentía caminar
los piojos por su cabeza y como se burlaban de ella las hijas de
misia Angelina. Las manos morenas que llamaron a una puerta
esperando encontrar a la madre añorada y desconocida. Marga-
rita está de pie en medio de la plaza. “Se ha vuelto loca”, dicen.
Manuel fue velado en el comedor de la casa, sobre la mesa
misma. Nunca usó pañuelo pero tuvieron que atarle uno al cuello
para sostenerle la cabeza. Bailó con una mulata de fuego, amante
del capataz de un trapiche, y mientras reían, éste sacó su machete
y cegó aquellos ojos marinos para siempre. La familia de él se pre-
sentó para llevarse el cuerpo y enterrarlo en su tierra. Margarita,
en un rincón, guardó un majestuoso silencio, sólo interrumpido
por un murmullo apenas audible. ¿Qué será de la vida de Rosa?
68
FICCIÓN
Por: Michael Esquivel Bulla
Estudiante de Lic. en Literatura
LUMIERETRÄUME
La noche estaba húmeda, como la anterior y
la que sucedió antes de esa. Heinrich azotaba fuer-
te con su puño la antigua mesa de noche, regalo de
bodas de sus suegros. Buscaba a su esposa, con la
mirada entorpecida por la tenue y amarillenta luz de
foco.
-“¿Cómo es posible que usted me diga esto,
Christine? –balbuceaba indignado Heinrich mien-
tras caía su botella al piso- cuando sabe que me es-
fuerzo tanto por mantenerla.”
Afuera, algunas luces de las habitaciones co-
menzaron a encenderse.
-“Ese olor de nuevo… Es tan asqueroso… por
favor deja el ruido, los vecinos…”
-“¿Qué? Yo no huelo nada.”
- “No importa. Mira Heinrich, tan sólo te estoy
diciendo que ya nos queda para vivir aquí un mes. Si
sigues bebiendo nos vas a dejar en la calle.”
-“¿Está insinuando que el de la culpa soy yo?
–Replicó amenazante Heinrich, tomando fuertemen-
te a la mujer del brazo- ¿Quién fue la que no quiso
dejar de ser una niña mimada y ricachona? Si esta-
mos así es por sus caprichos de princesita burguesa.”
-“No decías lo mismo cuando vivían mis pa-
dres –Dijo Christine con lágrimas en los ojos-.”
-“Pues qué suerte que murieron, así se acaba
tanta cortesía innecesaria con esos perros Bolchevi-
ques.”
-“Entonces déjame trabajar. Ya verás cómo
puedo ayudar con las cosas.” -Respondió Christine
tomando coraje.
-“¿Trabajar? No me haga reír. Ni cocinar sabe.
Desde que nos casamos yo le dije que me iba a ha-
cer cargo de todo. Además, el muro está a punto de
terminar, esos miserables comunistas se van a ir por
fin al infierno y la situación nos va a mejorar. Suerte
que la rescaté de ellos. Por ahora olvídese de eso.”
69
Heinrich cayó dormido de borracho en el piso, al lado de la cama.
Christine, como ya le era costumbre, se quedaba siempre sola, encerrada
en casa con poco más que un viejo fonógrafo con un disco de Ravel, y un alijo
con fotos y cartas que su padre habría escrito a su madre mientras anduvo de
servicio. Había perdido a sus padres en Berlín del Este cuando los separatistas
iniciaron la guerra civil. A veces, practicaba La Valse, aunque las puntas de sus
dedos habían recobrado esa sensibilidad perdida en cada Fouetté en tournant.
Pocos días a la semana, y, con la excusa de estar tomando un curso de culinaria,
Christine escapaba el sopor de la ‘prisión’, y se entregaba a la caminata por el
markt de la calle Kastanienalle. Aquellos días florecía cual rosa de mayo su pá-
lido color. Las adornadas vitrinas resplandecían en sus pupilas cual manjar para
sus ojos. Las rojizas hojas de arce caían suavemente sobre la rue, bañadas por el
tímido sol de mañana. Se perdía entre las conversaciones de los mercaderes por
toda la acera, vestida en ocres y ámbar como cada otoño.
Le interrumpía de vez en cuando el tácito ofrecimiento de un producto,
o la sonrisa de algún niño de paseo con su madre. La joven se entregaba a la
ciudad. Su paseo terminaba casi siempre en un puesto de antigüedades donde
sus padres la llevaban de pequeña. Admiraba allí las diminutas cunas de bebé,
pero entraba especialmente para contemplar los grandes bazares de fotos viejas
sin dueño, e imaginar por varias horas, las más locas e impresionantes historias
detrás de ellas.
Una mañana, la distrajo de sus habituales observaciones, un pequeño niño
que entregaba volantes. Se trataba de un anuncio en el que se solicitaba una
bailarina para cabaret. Christine pensó con ingenuidad que aquel trabajo podía
serle de utilidad, pues practicaba de forma apasionada el ballet cuatro años antes
de su matrimonio.
-“Creo que tomaré el trabajo. –pensó nostálgica-. Supongo que aún tengo
la figura para esto. Además siempre fui la mejor de la clase, no dudaría que mi
maestra me recomendara. Aunque no tengo fotos recientes. Pero Heinrich…”
A un poco más de tres pasos, un joven esbelto de traje elegante, observaba
detenidamente una cámara fotográfica antigua. Llamaron su atención las pala-
bras de Christine, a quien se le acercó:
-“Disculpe señorita, no pude evitar escucharla. Y creo que yo podría serle
de gran ayuda. Mi nombre es Erich. Soy fotógrafo profesional.”
Christine le miró expectante.
-“Pero, ni el mejor de los talentos podría asegurarle un trabajo aquí en
Berlín. –Continuó Erich- Ya me encargaré de darle una fotografía que le haga
digna de una entrevista.”
-“Perdone señor Erich, pero no estoy interesada.” –Aseveró escéptica
Christine.
-“Las oportunidades no dan cabida a las coincidencias. He escuchado que
a menos de una cuadra venden el mejor café de todo Berlín. Noto que algo le
atormenta ¿Desea usted acompañarme? Sé que le hará sentir mejor.”
Después de muchas vacilaciones, Christine aceptó. Esa tarde, después de
un par de horas de apacible conversación, Christine le preguntó al fotógrafo
dónde quedaba su taller.
70
-“Está aquí mismo en la calle Kastanienalle”.
–Dijo Erich-. Se llama Lumiere Träume.
-“Que hermoso nombre para un estudio foto-
gráfico –replicó Christine”-. Sin embargo nunca lo
había visto.
-“Tengo poco tiempo aquí en la ciudad de Ber-
lín, igual que mi taller. Si usted lo desea podríamos
tomar la foto de inmediato.”
Al llegar al estudio, la chica se tomó todo el
tiempo para admirar las hermosas fotografías que vio
allí. Colgadas por todos lados, en todos los motivos.
Unas en blanco y negro, otras en un vibrante color.
Todas tenían algo en común. Parecían fragmentos de
sus sueños más profundos y puros. No pudo evitar
acercarse a un mural hecho enteramente de retratos
de mujeres, que le miraban de una forma hechizante,
como si pudieran ver el interior de su alma.
-“Es muy extraño. Éstas, aunque evidentemen-
te son fotografías, parecen sacadas de un cuento de
hadas –dijo Christine-. Nunca vi trabajo parecido.”
-“Naturalmente señorita. Mi afición consiste
en fotografiar sueños.”
-“Y esto…” -Señaló el mural- “Es tan… her-
moso… estremece mis sentidos.”
-“Es mi proyecto. Inmortalizar la felicidad ¿le
gusta, señorita?”
-“Llámame Christine.”
-“Está bien Christine, ¿Podrías acercarte para
poder retratarte por favor?”
Una vez sintió el flash en sus ojos, Christine
sintió cómo la amargura y la tristeza de tantos años
abandonaban su corazón, al menos por unos segun-
dos. Esta sensación crecía, con cada sucesivo click de
la extraña cámara de Erich. Al término de la sesión,
la joven inexplicablemente rompió en un amargo
llanto. Le confesó al fotógrafo el terrible matrimonio
del que se sentía presa. Que se casó muy joven. Que
debía cubrir muy bien los golpes que Heinrich le pro-
pinaba, si quería ser vista como un ama de casa res-
petable. Que sospechaba que éste había dado muerte
a sus padres. Que fue él quien se gastó la fortuna que
le fue entregada en herencia.
-“Ya lo sabía todo” –dijo Erich-.
	 -“¿Cómo es eso posible?” –Replicó intrigada
Christine.
-“Yo… Simplemente poseo esa habilidad. No
pude evitar leer en tu mirada ese sentimiento que em-
pieza como una pequeña y oscura semilla, y termina
enraizando el corazón. Plagándolo de silencios, de
costumbre. Desgarrándote hasta el vacío de la volun-
Ilustrado por: Valentina Jiménez
71
tad.”
Christine se lanzó a sus brazos, y pretendió sumergir sus penas en un beso que el joven fotógrafo no le negó.
Ella sintió en él una inexplicable frialdad así como la ingenuidad de quien besa por primera vez, tras un velo de
cortesía. El sintió en ella, la cálida luz del alba, presente en la humanidad.
Unos segundos después, Erich la abrazó fuertemente.
-“No dejes que esta noche acabe. Por favor” –Dijo con pena Christine, apoyando su rostro en el pecho del
joven-.
-“Escúchame Christine. Esta noche volverás a la amargura que tienes por costumbre. Llegarás a tu hogar
y enfrentarás la desesperación de la decisión. Pero no debes temer. Lo que sea que elijas, será lo correcto. Estaré
aquí hasta mañana. Ahora vete sin más.”
Esa noche, Christine corrió a casa. Pensaba que Heinrich le iba a matar por llegar tarde. Los primeros copos
de nieve empezaban a precipitarse por sus cabellos. Entró asustada a la solitaria sala; no había nadie. Pensó dete-
nidamente hasta la madrugada que llegó su esposo. Lo recibió sumisa, como siempre. No discutió con él. Esperó
a que cayera en su habitual sueño de borrachera. Esta vez, notó al acercarse, que Heinrich despedía un sutil olor a
perfume barato de mujer y vio marcas de lápiz labial escondidas en el cuello de su camisa. No lloró.
Aprimera hora del día, volvió a Lumiere Träume. Erich notó de inmediato la fuerza de su carácter y el fuego
en su corazón.
-“Nunca esperé que volvieras. Pero ahora que lo has hecho, te daré la felicidad que tanto esperas. Lo que vas
a sentir, será algo inefable. Sin embargo, al término de este flash estarás donde más anhelas.”
Erich sacó una cámara especial. La cámara era aquella que él contemplaba en la tienda de antigüedades, el
día de su encuentro con la chica. Christine dedicó a Erich su mejor sonrisa. El flash destelló. El cuerpo y el alma
de Christine se imprimieron por la eternidad en aquel extraño mural.
Lumiere Träume desapareció ese mismo día, sin dejar rastro en la calle Kastanienalle.
72
FICCIÓN
ESCONDITE
Por: Meriel Rodríguez - Fundación El Último Verso
Soy suya, todo mi ser le pertenece y lo sabes.
Deseaba verme mejor, retar el tiempo y desaparecer aque-
llos volúmenes que podían molestar su vista. Ser más “mujer” y
no tener tanto color, que por primera vez algo en mí combinara,
que él sintiera que lo esperaba y que todo estaba en orden para su
llegada.
¡Pero no, no fue así! Y no he de sorprenderme, ¡Soy así!
Después de largos meses, me encontraba allí, justo entre sus
brazos. “Por ti”, le dije. Deseaba que fuera un “por ti” muchas ve-
ces. Él me había encontrado a mí y yo deseaba que me encontrara
siempre. No paraba de hablar y hablar, sabía que algo más que
el deseo tomaba el control. Eran largos silencios, eran palabras y
palabras que salían acaloradas buscando sus besos. “Estoy aquí,
tranquila.” Era nuevamente aquella niña sin saber qué hacer, la
más caprichosa, colorida y silenciosa, queriendo jugar a ser su
mujer. Me aferraba a su pecho y escuchaba sus latidos como una
canción, un mantra donde la certeza de su amor, el saber que me
hará suya, que no hay distancia, ni cartas, ni canciones, ni nada,
me eran reveladas. Él estaba aquí, junto a mí y ya no había tiempo
que perder.
Fue inevitable ver su sonrisa cuando tomó mi rostro, besó
mi frente, mis mejillas, besó mis labios. Sólo aquel diciembre, en
esa despedida, puede igualar este beso, aunque esta vez no había
un mar en ellos. Me besó de tal forma que sentí que en esa habi-
tación no quedaría huella alguna de que estuve allí, fue así como
desaparecí.
—Por ti —dijo él. Respiré profundo, podría jurar que no
estaba viva, ya mi corazón no lo sentía, le pertenecía.
73
(Prefiero perderme y morir así mil veces)
Me encontré con sus ojos y su preocupación. Sé
que encontró refugio en mis senos, los amó, los
besó, los mordió, los palpó, los sintió.
—Por mí —Pensé yo.
Siguió la dirección que le marcaba aquel lu-
nar, que no solo se convirtió en faro sino en estrella
para indicarle el camino donde me amaría más. Se
sentía más hombre que nunca y aún no había lle-
gado, aún no penetraba en mí. Su lengua estaba en
casa y yo en cama, su lengua jugaba y yo me encon-
traba. “1,2,3 por mí y por todas mis ganas de que
no salgas de aquí”, pensé. Fue un ciclón, Katrina,
un terremoto, el encuentro profundo de dos rostros,
de dos almas, de una piel furiosa que encuentra el
alimento. Sexo escondido que es descubierto.
Dibujó mis piernas con detalle, fue Picasso
inventándome, creando en mí la pasión. Sus ojos
se encontraron con los míos que, desorbitados, an-
daban en el marte de su lengua. Sonriendo dulce-
mente, y tocando mis espalda y descendiendo, dijo:
“por ti y por todas tus ganas de que vuelva allí” ¿y
yo? Yo sólo pude sonreír.
Cuando llegó a mis pies… ¡Dios! Horror de
aquella que odia los tacones y en tenis esconde la
torpeza de su ser. Obsesionado los dibujó y yo lo
amé. Amé como amaba mis pies.
Volvió donde inició, donde dice que se ena-
moró. Me besó, me comió, me sentó en sus piernas,
recorrió el universo de mis senos, me destrozó y
me dobló, me comió y me bebió, me inventó y nací
en la oscuridad, y olvidé todo lenguaje y lo besé.
¡Por mí, por mí!
Estando ya en casa, poco a poco se fue despo-
jando de su armadura, de su elegancia y su pudor.
Abrió la puerta de la casa con fuerza: la desarmó, la
desordenó, la derrumbó, se desplomó, se encontró
y la casa gritó: “1, 2,3 por ustedes dos que por fin
se encontraron en su nido de amor”.
“Eres la mismita del sueño con el mismo pelo
y la mismita cara, el mismo lunarcito bello”, cantó
en mi vientre.
Ilustradopor:ValentinaJiménez
Refugio seguro eran sus brazos, espejo y elo-
gio eran sus ojos. Nunca me había visto más her-
mosa. Besé su rostro, lo abracé, lo dibujé y lloré.
—Me voy pero ten presente que muy dentro
llevo tu imagen grabada —Me cantó, me amó, se
despidió.
74
FICCIÓN
EL CUBANITO
Por: Alexandra Salazar Domínguez - Fundación El Último Verso
— ¡Vaya día! creo que necesito un descanso, ¿puedo acompa-
ñarla?
—Quizá puedas hacer más. ¿Te gustaría ganar algo de pasta?
— ¿A quién hay que matar? –Intenté ser gracioso, pero la me-
dia sonrisa de la mujer me produjo desconcierto.Era una joven
de rostro redondo, maquillada con una crema blanca de aspecto
pegajoso, lucía una ropa extravagante y una enorme nariz roja
de hule.
Se levantó indicándome que la siguiera, y aunque sentí descon-
fianza, estaba consiente de tener sólo un dólar en el bolsillo, así
que decidí ir con ella. Salimos a una calle lluviosa y helada; sa-
qué de mi bolsa de viaje un paraguas y me abrigué lo mejor que
pude. Caminamos cuatro cuadras a paso apresurado, entramos
en un edificio herrumbroso y maloliente; el portero la saludó
con un movimiento de cabeza, y subimos tres pisos hasta la
puerta marcada con un número borroso, la cual golpeó con sus
nudillos enguantados.
— ¿Quién es el galán? —Preguntó la mujer que atendió a la
puerta; tenía un vestido de andar por la casa y un dije en forma
de cámara colgado del cuello—. Sabes que no se permiten va-
rones en esta casa.
—No me des lata, vieja, no va a estar mucho tiempo.
La señora levantó una ceja, usó un encendedor para su cigarri-
llo, y arrojó el humo sobre nosotros permitiéndonos el paso, así
que seguí a la mujer payaso a través de un amplio recibidor. En-
tramos en una habitación grande y ventilada, muy diferente a lo
que vi del resto del edificio. Como si yo no estuviera ahí, sacó
un pequeño espejo grabado en alto relieve, y con un pañuelo
comenzó a quitarse la crema de la cara. Mientras terminaba de
acicalarse, recorrí la estancia fijándome en una bellísima estre-
lla entretejida, que usaba de pisapapeles; me llamó la atención
75
porque Teresa, mi esposa, tiene una exactamente igual en su estudio, y verla en
este singular espacio me llenó de nostalgia. Interrumpiendo mis cavilaciones,
la mujer —sin la pasta blanca parecía más joven, e incluso bella— me ofreció
un libro pesado que olía a moho, estaba abierto en el centro. Con letra ampulo-
sa describía un mito africano relacionado con el vudú. La miré esperando una
explicación, en cambio me ofreció una bolsita de felpa adornada con un gato
rosado en forma de botón, cuyo contenido me sobrecogió.
Era una réplica del muñeco fotografiado en el libro. Si me pregunta, yo diría que
era exactamente ese muñeco, el mismo sombrero blanco, los mismos zapatos
ridículos, las mismas manitas de cuentas.
—Me lo dio una hechicera cubana. Se supone que me haría feliz, pero no me ha
traído más que desgracias. Quiero pagarte para que se lo lleves de vuelta, porque
se me prohibió hacerlo por mí misma.
Ilustrado por: Daniel Botero Arango
76
Nunca creí en magias, santerías, hechizos, Babalaos, brujerías, rezos,
rituales, chamanes, ni vudú, de modo que acepté sin demora. La mujer
me habló de su historia con el muñeco cubano, parecida a una película
de George Romero que le contaré en otro momento, y que me acojonó
bastante a pesar de ser un cínico con el tema; me entregó el dinero
pactado y con un lapicero garabateó la dirección de la bruja.
Bolsita de felpa en la bolsa de viaje, dinero en el bolsillo, y dirección
en mano, salí del edificio observando que había pasado más tiempo
del que pensaba, y caminé con paso firme para hacer la entrega, sa-
biendo que no era muy lejos de allí.
Dos hombres salieron de un callejón; decir que eran grandes es que-
darme corto, por eso no me avergüenza decirle que tenía miedo. No sé
si llevaban armas, yo sólo apuré el paso sin mirar atrás, pero un tercer
hombre me salió al paso antes de doblar la esquina, y noté que me
tenían rodeado. Entonces no sé bien qué pasó. Un torbellino removió
de mis hombros mi vieja bolsa de viaje, y un enorme negro apareció
de la nada. Arrancó el brazo del hombre que estaba frente a mí y se
lo enterró en el pecho, como si fuera un palillo atravesando un sánd-
wich; al hombre de la derecha le arrancó la cabeza de un puñetazo,
como en uno de esos juegos en los que me paso horas con mi control
rojo frente al televisor. La boca le sangraba, y uno de sus dientes cayó
en mi bufanda viperina. El tercero probablemente tuvo un infarto o
resbaló, eso no lo supe nunca, sólo vi un charco de sangre saliendo de
su cabeza sobre el borde de la acera. Por un momento no supe de mí, y
lo siguiente que noté fue la bolsita felpuda a mi lado, destrozada, con
el pequeño cubano envuelto en ella, y todas mis cosas desparramadas
por el suelo alrededor, llenas de la inmundicia de la calle y de la san-
gre… Tanta sangre.
Al finalizar mi relato la mujer de la bata blanca me sonríe, asegurán-
dome que todo va a ir bien; atraviesa la habitación hasta la mesa y
marca unas palabras en su tabla de registro con un resaltador; alcanzo
a leerlas: “Sospechoso de triple asesinato violento, confirmación de
esquizofrenia paranoide aguda, internar hasta decisión del Tribunal de
Justicia. Enviar a la familia las siguientes pertenencias —dispuestas
sobre la mesa, las sigue con un dedo mientras marca en su papel—:
Dos camisas, un abrigo, un paraguas, una bufanda a rayas, una meda-
lla dorada, dos pares de medias”. Al llegar al cubano titubea, su rostro
cambia por unos segundos, y la veo deslizarlo con cuidado dentro de
su bolsillo.
77
FICCIÓN
ESPEJITO
Por: Ofelia María
La taza llena cayó al suelo entre las piernas de Sandra. Ella
no se inmutó al sentir el contacto frío del jugo de uva que empapa-
ba su bata de dormir y manchaba la alfombra de rosado acuático.
Miraba la pantalla. Una rubia se doblaba debajo de un caballero
que la sujetaba para besarla. Sandra agarró rápidamente un mico
de peluche que yacía a su lado con las patas enroscadas. Se inclinó
hacia atrás, gimiendo alegremente mientras se aplastaba la nariz
del mico contra los labios. Miró a la pantalla de nuevo y vio al ca-
ballero montando a la dulce dama sobre un corcel y llevándola por
un camino de árboles mientras un coro cantaba melodías románti-
cas. Sandra corrió al otro lado de la habitación, arrastró un caballito
de madera hacia el televisor y se sentó sobre él, acomodando como
pudo su inmensa retaguardia y sus gordinflonas piernas. Comenzó
a mecerse furiosamente sobre el caballo, cargando el mico sobre
sus rodillas. El juguete crujía y Sandra gemía de gusto al ritmo del
balanceo. La pantalla se puso negra de golpe y rodaron los crédi-
tos. Ella se detuvo en seco, como asustada ante el súbito cambio
de escenario.
-Sandra venga que ya vamos a comer –la llamó una voz fuer-
te.
Antes de que pudiera levantarse del caballo, su madre entró
a la habitación. La mujer comenzó a suspirar y a exclamar al ver
la alfombra mojada y a la muchacha cubierta de jugo. Repitiendo
reproches que Sandra no podía entender, la agarró de la muñeca y
del hombro y la empujó hasta el baño. En medio del largo pasillo
blanco había una enorme foto de Sandra colgada sobre la pared. La
muchacha aparecía adornada con flores en el pelo y un vestido de
gasa color rosa. Miraba con ojos de animal en cautiverio y sostenía
con desgano un cetro blanco de punta redonda. Sandra se dejó lle-
var al cuarto de baño, se dejó quitar el camisón y esperó a que su
mamá ajustara el agua caliente. Mientras el vapor subía por las pa-
redes la muchacha se dio la vuelta y se contempló frente al espejo.
ESPEJITO
78
Se metió un dedo a la nariz y con el otro comenzó a dibujar su silueta en la humedad del vidrio. La
madre la sujetó fuerte por los hombros y la arrancó de su juego para sumergirla en la bañera amarilla.
Sandra jadeó al contacto con el agua y cuando su madre la obligó a recostarse dentro de la porcelana,
pataleó un poco.
-No pasa nada, obedezca a su mamá –la consolaba, mientras le pasaba una esponja en forma
de estrella por el cuerpo.
Sandra estuvo todo el rato mirando al techo con expresión mohína. La señora terminó el lavado
y la alzó por las axilas para sacarla de la bañera. Sandra se quedó de pie sobre la pequeña alfombra,
chorreando agua por todos lados como una fuente escupidora. Una vez más se miró en el espejo, en
tanto su madre le fregaba la piel con una toalla suave y muy pequeña. Sus ojos saltaban por la imagen
reflejada: los párpados estirados sobre los ojos pequeños, las mejillas largas y fofas que se escurrían
tristemente, el tabique ancho, las fosas nasales abiertas, los labios delgados como dos simples pince-
ladas naranjas. Las comisuras se le doblaban hacia abajo, un poco abiertas. Las pestañas eran largas
y rectas, cubriendo los ojos como toldos. Las orejas, alargadas y diminutas en proporción con la ca-
beza, asemejaban las aletas de un pez. Cuando terminó el proceso de secado, la madre la llevó hasta
79
el mesón del lavamanos donde se alineaban contra el espejo, como en paredón, botellas
de todos los tamaños y colores, con brillantes etiquetas en inglés. Sacó un cepillo de un
cajón y comenzó a pasarlo suavemente por el largo y escaso cabello negro de Sandra. La
muchacha se apresuró a jalar la manija del cajón para abrirlo de nuevo, con tal fuerza que
casi lo saca de la cómoda. Agarró el primer cepillo que vio, armó una extraña imitación
de cabellera con la toalla mojada y comenzó a peinarla mirando fijamente el reflejo.
En pocos minutos estaban a la mesa. La madre comía sin mirar a Sandra, sólo a
su plato, para asegurarse de que se vaciara. Hablaba inútilmente de las personas que la
visitarían durante la semana, de las salidas que harían y de las cosas que comprarían.
-A usted le gusta la piscina de pelotas de la plaza ¿verdad? Voy a decirle al encar-
gado que la deje meter –le prometió.
Sandra mientras tanto se metía cucharadas llenas a la boca y daba miradas estu-
pefactas a las formas y los colores que cambiaban en su plato cada vez que recogía un
bocado con el cubierto. La madre siguió conversando con un oyente imaginario hasta
que la comida se terminó. Sandra estiró la mano para sujetar el vaso de jugo, pero en vez
de tomarlo lo empujó. El vaso se volcó sobre la mesa y el líquido formó un charco que
se extendió lentamente sobre el vidrio protector. La señora exclamó, exasperada, y se
levantó tan fuerte que la silla tambaleó. Mientras su madytre estaba en la cocina, Sandra
colocó la mano sobre el líquido derramado y empezó a dibujar círculos que se borraban
en cuanto los terminaba. La madre llegó y le apartó bruscamente la mano. La sujetó por
la muñeca y le limpió dedo por dedo. Sandra jadeó con descontento y la señora la miró
con lástima.
-No pasa nada, su mamá la quiere mucho –le dijo con voz conciliadora al tiempo
que se le escapaba un largo suspiro.
Sandra regresó a su habitación arrastrando los pies. Se abrió paso hacia la enorme
ventana pateando los juguetes de colores que minaban el suelo. Mirando hacia fuera
colocó el dedo sobre el vidrio y se puso a seguir con él a las personas que pasaban ca-
minando cuatro pisos más abajo. Unos niños aparecieron por una esquina corriendo en
círculos, persiguiéndose, y desaparecieron por la otra. Volvieron a aparecer a los pocos
minutos y subieron las escaleras para llegar al nivel de la piscina. Apresuradamente se
sacaban camisas y pantalones ayudándose hasta con los dedos de los pies, y uno detrás
del otro se dieron un clavado. Sandra podía oír sus risas ahogadas por la distancia. De
inmediato comenzó a jalar hacia arriba el vestido que llevaba, pero se le atoró en los
hombros. Ciega y sofocada dentro de la tela, comenzó a patalear y a gritar. Caminó hacia
delante y se golpeó contra el vidrio. Retrocedió y sus talones dieron contra el borde de
la gruesa alfombra, resbaló en el jugo de uva y aterrizó de espaldas sobre un teléfono de
juguete. Los alaridos invocaron a su madre que la encontró rodando lentamente por el
suelo aún atrapada dentro del vestido.
-¡SANDRA! –gritó- ¡Sandra! ¡Sandra!
Se inclinó hacia ella y la sostuvo para que se estuviese quieta mientras le bajaba
el cierre. Al verse libre, Sandra soltó un gran sollozo y lanzó un manotazo al aire que
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le dio a su madre en la barbilla. La señora se apartó rápidamente y gimió de impaciencia. Sandra se
calmó de inmediato y se sentó con las piernas estiradas, mirando turulata a su alrededor. Los ruidos
de afuera seguían siendo los mismos: risas, gritos, chapoteos, gorgoteos, canto de pájaros. La madre
gateó por el suelo para recoger los juguetes y hacerlos un montoncito a un lado. Se acercó a Sandra
para examinarla. Le terminó de quitar el vestido manchado y húmedo, y al encontrarle una marca roja
en la espalda, se levantó para ir por alguna pomada. Cuando colocó la mano en el puño de la puerta,
bajo la mirada atenta de Sandra, las rodillas se le doblaron.
-¡Ay, Padre! –sollozó mientras se esforzaba por mantener el equilibrio.
Logró erguirse por espacio de unos segundos pero de nuevo se le relajaron las piernas. Giró
como un trompo y cayó de rodillas mirando a su hija. El lado derecho del rostro empezó a temblarle
sin control y a continuación se le escurrió como si se derritiera.
-¡SAAAAAAANDRA! –alcanzó a mascullar.
Cayó de costado. El brazo izquierdo aún podía moverse pero todo el lado derecho se le había
dormido. Sus ojos miraban desesperados a su hija. Trataba de mantener los párpados abiertos pero
algo los jalaba hacia abajo dándole el aspecto de un sabueso Basset. Su único miembro funcional se
batía desesperado tratando de sujetarse a algo y finalmente se estiró hacia Sandra. La muchacha se
acercó hacia ella y dejó que se agarrara con fuerza de su carnoso hombro derecho. La miró por un
rato y entonces comenzó a jalarse las mejillas hacia abajo y a imitar el tembleque de los labios de su
madre. La señora le clavó las uñas en el hombro. Sandra aulló de dolor y se arrancó de la mano de su
madre. Se puso de pie, sobándose el hombro, y se raspó la garganta con un grito rabioso. La señora
seguía tratando de hablar, y sus labios caídos dejaban ver las encías moradas. El rojo interior de los
párpados estaba a plena vista y lágrimas calientes comenzaron a atravesarle el rostro horriblemente
contorsionado. Sandra comenzó a llorar también, con agudos aullidos, hasta que su madre dejó de
moverse y lentamente se volteó hasta quedar de cara al suelo. Y allí quedó tendida.
Sandra se la quedó viendo unos
segundos y luego miró por la ventana.
Se puso de pie y, desnuda como esta-
ba, aplastó la nariz, la panza y los se-
nos contra el vidrio. Gritó con todas sus
fuerzas hasta que los niños en la piscina
voltearon a verla. Ellos se desternillaron
de la risa y se pusieron a señalarla y a
gritarle mientras Sandra azotaba el vi-
drio con las palmas abiertas y los miraba
con ojos suplicantes. Se cansó y volteó
hacia la señora que permanecía inmóvil.
Haciendo un enorme esfuerzo dijo una
sola palabra balbuceante:
-MAMÁAAAAA.
81
CRÓNICA
“La séptima es la apoteosis de la danza”.
Richard Wagner
Unas horas antes de dar inicio a su debut en el mundo ig-
noto de la danza contemporánea, mundo al que algunos juzgan
incomprensible a causa la celeridad a la que los mass médium tie-
nen sumidas comunidades enteras, la descubrí tan ansiosa como
ilusionada compartiendo por una red virtual la hora y lugar en
que Rizoma se estrenaría en Latinoamérica, en la Primera Bienal
Internacional de Danza de Cali, una capital en la que se ha demos-
trado que el cuerpo no responde de manera exclusiva a los acordes
de la salsa, una ciudad donde la pluriculturalidad en la música se
halla representada también en múltiples ritmos que a pena de ex-
cluir alguno sin intención, prefiero no nombrar.
“Me voy a descansar, mañana tengo que madrugar”, fue
lo último que ese día Oliva Cruz me dijo. Ella, maestra de una
escuela oficial en Terrón, el Terrón Coloreado que por décadas
han sumido en el estereotipo único de las violencias, es una mujer
abierta y sonriente a puertas de retirada de una labor que ha des-
empeñado con amor y el reconocimiento de su comunidad. La
oí irse a dormir, a descansar el cuerpo para lograr la calma y la
placidez que al día siguiente haría sentir con otras sesenta y nueve
personas a la multitud de espectadores, que a las 5:30 de la maña-
na nos daríamos cita en la Plazoleta de la Iglesia de San Antonio,
esa iglesia que recibiría el nombre por el santo que alberga, San
Antonio de Padua, templo que en sus muros de adobe guarda más
de dos centurias de historia, ubicada vigilante de la ciudad en esa
colina en que la arquitectura de sus casas coloniales nos relatan
memorias del Cali Viejo, de héroes y de amores.
Los espectadores llegan a la colina por sus caminos empe-
drados, sonrientes, inquietos y con la curiosidad que genera un es-
pectáculo de este género en un lugar abierto al público, tan abierto
que no hay paredes, techos o puertas que excusen la no asistencia;
Por: Vania Lorena Lasso - Estudiante de Lic. en Literatura
PALABRAS DEL CUERPO
82
Ilustrado por: María Camila Mesías
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una función donde se puede observar gratuitamente como la au-
rora matiza el límpido azul del cielo vallecaucano, luz multicolor
que con el paisaje caleño, la iglesia bicentenaria y cada piedra que
compone el piso del lugar, sirven de ambientación, de escenario a
Rizoma, la danza, la cultura.
Rizoma es una alborada, una composición musical y danza-
ria tejida entre bailarines voluntarios e inexpertos en técnica, pero
seductores en el mensaje que transmiten, quienes en la compañía
de ocho violonchelos y dos violines, festejan la vida en sus diver-
sas expresiones como lo que es, un fluir constante de energía, de
emociones y circunstancias inesperadas regidas por leyes naturales
que no se discuten, pero que dan génesis a la armonía que el ser
humano sueña, anhela y deconstruye en actos que pese a la razón
aplicada, resultan perjudiciales.
Rizoma es “para quien lo necesita”, son las palabras de Sha-
ron Fridman, el folclorista israelí de quien surge el performance
que fue estrenado en París en el 2012 y que pretende llegar a mu-
chos países, demostrando cómo el artista no es sólo el sujeto de
figura estilizada que logra títulos, el artista puede ser quien sienta
la necesidad de expresar, de abrigar las dolencias de su comunidad,
de sensibilizar en su cuerpo las diversas miradas a las realidades;
este es el criterio para seleccionar a la gran cantidad de voluntarios
que llegan con el anhelo de participar.
La aurora colorea el cielo. Inicia la obra. Se escucha un si-
lencio que sólo es interrumpido por el canto de las aves, el murmu-
llo del viento y finalmente descubro que el murmullo ahora parece
gritar, son sonidos que provienen de los bailarines, exhalaciones e
inhalaciones que nacen del tórax, de adentro, de las necesidades y
anhelos propias de cada persona; momentos después, el murmullo
se convierte en palabras que aclaman, palabras que intento enten-
der pero que no tienen ninguna conexión con nada y con todo, pala-
bras que interpreto como un momento de catarsis previo a la calma.
Del exterior del círculo entra una joven que busca su lugar,
ella se desliza entre los cuerpos tumbados de sus compañeros quie-
nes con sus manos le sirven de apoyo y de guía a encontrar el lugar
que le corresponde, la joven representa una cebra, el animal no
importa, importa su condición de ser vivo, importa el equilibrio
presente en lo natural, equilibrio que hemos quebrantado. Luego,
al compás de la música de violonchelos y violines los bailarines se
agrupan para después separarse, hay algunos que con sus piernas
en lo alto dejan caer un zapato. Parte del proceso natural es quizás
despojarse de lo que no usamos o devolver a la tierra lo que a otro
puede beneficiar. No es un simple grupo de personas moviéndose,
sus cuerpos danzan hermandad, confianza, sensibilidad, el cuerpo
se expresa, declama, hace poesía; más adelante el movimiento es el
84
mismo, pareciera un reloj girar, tic, tac, tic tac, el amanecer
en la Sultana del Valle llega ya, ellos se agrupan, danzan
con su cuerpo lo que comprendo como una ovación a la
vida que cada día se renueva con el sol matutino, a la coti-
dianidad que encontramos monótona, porque se ha perdi-
do el asombro, porque las violencias y el tráfico cotidiano
adormecen el alma.
Finalmente, uno a uno, los bailarines se van retiran-
do, y con ellos los músicos que con sus acordes exaltaron
los momentos cumbres y permitieron a los espectadores
vibrar con el acto. Queda ella, mi protagonista de este día,
Oliva muestra la mirada perdida al descubrirse solitaria,
solo ella está en el escenario cuando minutos atrás un uni-
verso le hacía compañía, mira a su alrededor y sólo encuen-
tra lo que había sido arrojado, los zapatos, uno a uno los
recoge con finura, con cariño y delicadeza, los aprisiona
contra su pecho como si fuera lo único que le queda, como
si fuera la semilla que dará origen a otro universo, a otro
futuro, quizás al futuro que ahora en la mitad de su camino
de vida desea construir.
¿Aplaudir o esperar la escena siguiente?, el público
está confundido, espera conocer que sigue, que habrá des-
pués, cómo se creará el universo mecánico y natural al que
pertenece, al que pertenecemos. Finalmente; la plazoleta
estalla en aplausos, en gritos que encierran cumplidos y
ella, Oliva, abraza a su madre, a la familia que le acompa-
ña, a los amigos y compañeros de acto. Sharon, el director
y creador de Rizoma invita a todos los presentes a tomar un
café y un pandebono, un desayuno que esta vez tendría la
condición de ser saboreado bajo el cálido sol de Santiago
de Cali, bajo el placer de la cultura, de escuchar anécdotas,
de comprender el proceso de los ensayos, de tomar fotogra-
fías para recordar a quienes quizás no volverán a ver, pero
que tuvieron la posibilidad de hacer danza contemporánea,
de inmortalizarse en el anonimato y el orgullo de ser los
primeros artistas Rizoma en Latinoamérica.
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Ilustración por: Carlos Augusto Castillo Lara
86
Ilustración por: Valentina Jiménez
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Lexikalia No.4

  • 1.
  • 2.
    2 REVISTA LEXIKALIA ISSN: 2346-3481 Número4 octubre-2015 Publicación de la Escuela de Estudios Literarios Facultad de Humanidades Universidad del Valle Cali, Colombia Rector de la Universidad del Valle Iván Enrique Ramos Calderón Decana Facultad de Humanidades Gladys Stella López Jiménez Director Escuela de Estudios Literarios Óscar Osorio DIRECTOR Jeison Steven Rivera Isaza COMITÉ EDITORIAL Vania Lorena Lasso Cruz Laura Mármol Aranzazu Manuel Jímenez Másmela Jorge Harbey Medina Juan Sebastian Mina Diego Alejandro Rincón Garcés Daniel Ríos Rengifo Gabriel Rodríguez DIAGRAMACIÓN Jeison Steven Rivera Isaza Meriel Rodríguez ILUSTRADORES COLABORADORES Daniel Botero Arango danielo8526@hotmail.com Ludy Nayeth Echeverry Sánchez nayeth-sanchez92@hotmail.com Juan Carlos García juanchip1@hotmail.com Carlos Augusto Castillo Lara- zarathustra103@hotmail.com Daniel Antonio Sierra Orrego daso_7251@hotmail.com.com Gabriel Rodríguez luisgabrielr7@gmail.com María Camila Mesías Ramírez kamilarr2014@gmail.com Valentina Jiménez valen.jp@hotmail.com Yvonne Aragon ivonnearagon@hotmail.com Juan Carlos García juankart01@yahoo.es
  • 3.
    3 CONTENIDO FICCIÓN Basura y lógica6 Denisse Benítez Mendoza Colecciones 7 Jenifer Arango Vecinos 35 Jorge Sanchéz Metamorfosis 39 Ángela Rengifo Los olvidados 43 Sebastián Álvarez Martínez El ciclo del desierto 44 Gina Alexandra Velásquez Cardona La tierra se hizo grande 57 Angie Riascos Fue tan solo Samuel quien llegó a visitarme 60 Leonardo Moreno Relato de un soldado español 63 Juan Diego Ortiz Margarita 65 Gabriel Rodríguez El santo de la lotería 53 Paloma Montes Lumiere Träume 68 Michael Esquivel Bulla Escondite 72 Meriel Rodríguez El cubanito 74 Alexandra Salazar Domínguez Espejito 77 Ofelia María
  • 4.
    4 POESÍA Renuncio a ti32 Mi memoria 33 Malabares 34 Angélica Guzmán * 55 Horizonte 56 Daniela Prado CRÓNICA Palabras del cuerpo 81 Vania Lorena Lasso Disparos que dan vida 11 Jean Pierre Osa ¿Quién es que se cree? 45 Alexander Amézquita ARTÍCULO DE OPINIÓN Günter Grass y Julio Cortázar le dan cuerda al reloj 24 Hernando Urriago ENSAYO Lo que se niega a desaparecer 26 Felipe López
  • 5.
    5 La literatura puedeser un refugio. No para los que huyen o los que se escapan, sino para los que se esconden un momento y lanzan una mi- rada al exterior antes de lanzarse a sí mismos. Nos guardamos un instante para conocer las dimensiones del campo y las fuerzas que nos amenazan. Asomamos el ojo sobre la línea y nos disponemos a caminar entre la mul- titud de amantes y de odiosos, entre los compañeros de lucha que fácil- mente están en contra o a nuestro favor. Allí, rodeados por las armas y los portadores que son las armas, afectados por el destino y por las fuerzas que lo causan, luchamos con la certeza de lograr la victoria. Las Pizarnik y los Onetti son las mujeres y los hombres que hallaron en el refugio los planos del mismo y levantaron muros y cavaron tierras, dejándonos otras posibilidades de resguardo. Lo mismo las Bonnett y los Hemingway, las Mendoza y los Pérez, todos asaltados por ese afán del ar- tesano que teje para otros y para sí mismo. Todos haciendo de la literatura esa trinchera de la vida que usamos y regalamos porque sólo así, en esa ambigüedad de pertenecernos y ser de otros la literatura halla su sentido, su culminación. Lo que el lector tiene entre las manos es otro refugio, otra posibili- dad para ese resguardo momentáneo donde comprendemos y aprendemos. Esta edificación es levantada gracias a los escritores que construyen cada uno de los cuartos que dan vida a este asilo, circunstancial, de refugiados, donde es posible encontrar los planos para otra futura construcción. Siendo así, le damos la bienvenida a este hogar llamado Lexikalia. Comité Editorial Lexikalia. EDITORIAL
  • 6.
    6 Andaba un hombrepor una ca- lle tapizada de desperdicios festivos cuando le cayó a los pies una anóni- ma bolita de papel. Le pareció que un trocito descascarado de la fachada del cosmos se había desgajado frente a sus ojos. Se inclinó para recoger el papeli- to mientras sentenciaba: “Esta ciudad es un basurero”. Y en el momento en el que tocó la bolita, fue transportado fuera de la atmósfera para flotar eter- namente como un desecho espacial. BASURA Ilustrador: Ludy Nayeth Echeverry Sanchez MINI-FICCIÓN Por: Denisse Benítez Mendoza Estudiante de Licenciatura en Literatura LÓGICA “¿Por qué?” preguntó. Quedé aniquila- do.
  • 7.
    7 -Tengo que cuidarlos peces. -Podemos llevar la pecera -No -No querés irte -… -Te traje ropa nueva -No la necesito, estoy bien así. -¿Con la ropa rota? -Sí. - Matémoslo, sé que por miedo no te vas. -No hablés así, puede llegar en cualquier mo- mento. -Marcela dejálo. -No tengo a dónde ir. -Nuestra casa nunca dejó de ser tu casa, qué diría mamá si te viera -… -No entiendo por qué seguís con todo esto, no puede ser que te hayás acostumbrado. -Sentáte Luisa y no alegués más, hoy están na- dando más de la cuenta -¿Lo amás? - El payaso parece que está dormido, no se ha movido en todo el día. -Te pregunté si lo amás no me cambiés el tema. -¿Qué importa? -Sí importa, ¿Qué te hace quedar? - Estoy bien. -¿Con la ropa rota? ¿Comiendo una vez al día cuando él llega? ¿Sin salir nunca? ¿Enferma? ¿Retraída? -Sueño con vos y los peces, es un sueño que se repite -¿Qué soñás? -Que me entregás una botella en la que están ellos -¿La botella es la pecera? -Algo así, todos son azules, igualitos. Me pedís que los saque porque el tamaño de la botella los puede matar, y cuando los tengo en mis manos se convierten en gusanos. -Siempre le tuviste miedo a los gusanos. - En el sueño todavía me asusto -… -Hay algo de café, ¿Querés? -¿Sólo café? ¿No te deja nada más? -… -Voy a comprar algo. -No, es mejor que no. -¿Tanto miedo le tenés? ¿Qué te hace? ¿Te ha pegado? -No, no me hace nada. -Explicáme lo de la moneda, hasta cuando te voy a preguntar -No es nada, es un adorno. -¿Un adorno que te hace llorar, que te es- panta? -Ya no lloro. -¿Por qué no puedo comprarte comida? - Vería las bolsas -¿Y qué pasa si las ve? -Nada, pero es mejor que no. -No entiendo. -No importa. -¿Qué te traigo? -Nada. -… -Si comprás algo, no podría dejarte entrar otra vez -¿Qué? -Es mejor que no traigás nada, tomémos café y ya. FICCIÓN Por: Jennifer Arango Estudiante de Licenciatura en Literatura COLECCIONES
  • 8.
  • 9.
    9 -No puede serque lo amés, esta mierda no pue- de ser amor. -Calmáte Luisa, no es nada. Estoy bien. -¿Hace cuánto no te ves al espejo? -… -Respondeme. -Hacía mucho que no venías, me hacés falta… -¿Nadie más te visita? -No. - ¿Y tus amigos? -No sé. - ¿Y los de él? -Se ve con ellos afuera. -¿Te dice que te ama? -… -¿Tienen sexo? -… -¿Hace cuánto no tirás? -Tomáte el café -¿No me vas a contar? -Hace tiempo quiero un mariposa, podría acompañar al payaso. He pensado en cambiar ese acuario, tal vez uno más grande, así podrán moverse más, les podría poner algas -Podemos ir a buscar el mariposa y a comprar otra pecera ¿Cuándo vamos? -No sé, luego miramos. -¿Qué hacés todos los días Marcela? -No mucho. -¿Oficio? -Poco, trae a alguien para que lo haga, mientras duermo -¿Cómo así mientras dormís? -Cuando él está duermo -¿Por qué? -No sé.Alcanzáme el recipiente, tengo que partir los camarones en porciones pequeñas para que se los coman rápido, la sobrealimentación los puede matar - ¿Ves la tele? -Se dañó. -¿Y música? -No escucho. -¿Por qué? ¿El equipo también se dañó? -No, pero a él no le gusta. -¿Y qué putas importa si a él no le gusta? - Se enoja. - ¿Te hace algo? -No, no mehace nada -¿Y los libros? -Los botó. -¿Por qué? -No sé, no le he preguntado. -¿Y cuándo le vas a preguntar? -Para qué, no importa. -Salgamos, vamos a caminar, ya dejó de llover. -No, no me provoca. -No puedo estar más acá, estás hecha una idiota y parece que te gusta. -Hablá suave Luisa. -¿Por qué? ¿Me va a escuchar? ¿Te vigila? -No, no. -Te volvió mierda, si vuelvo regreso a matarlo -Tranquilizáte Luisa. -“Tranquilizáte Luisa”, “hablá pasito”. Estás cagada del susto y no te movés, ¿Querés que me siente a ver pececitos? -No más -¿No más qué? ¿Lo esperamos? -Dejá así - Yo también tengo miedo -No te burlés Luisa. -Decíme qué es lo de la moneda. -No es nada, siempre que me visitás, peleás. -¿Y entonces me siento a aplaudir tu existencia? -¿Es la mía, no? -Me voy -No te vayás, quedáte otro rato. -¿Qué significa esa moneda pegada en el centro de la mesa? ¿Por qué la pegó? -Es un adorno, ya te dije -Muy sofisticado.
  • 10.
    10 -… -No tenías toallasla última vez que vine,es- tabas manchada -Me avergonzás, no hablés más -¿Vergüenza? Por lo menos ya sé que te da algo. -No más -¿Por qué no trabajás? … -¿Es por la moneda cierto? ¿Desde cuándo no tenés dinero? Nunca me recibís lo que te traigo -No necesito. -Se te nota la tranquilidad en la mirada, ver peces todo el día te mantiene tranquila, si seguro. -… -¿Has pensado en matarte? -No puedo. -¿Hace cuánto no conocés otro hombre, otra gente? - Nomás -Yo sé que es tu vida, pero no quiero verte más así, no voy a volver -… -No puedo, es horrible -Yo siempre te espero, seguí viniendo, por favor. -¿Por qué no te vas Marcela, qué es lo que te detiene? Tenés una vida de mierda. -No preguntés más -¿Hablan? ¿Te cuenta cómo le va en el trabajo? ¿O le contás lo que vos hacés en el día? -No. -¿No le preguntás? ¿No te pregunta? -¿Qué hora es? Ya casi llega, no sigás. -No quiero verle la cara. -¿Vas a volver? - No sé Marcela. -¿¡Qué estás haciendo!? -¿Te asusta que la quite? -¡Dejála por Dios, no la toqués! -¿Por qué la pegó? ¿Qué significa? - No puedo decirte, no la toqués -La voy a despegar. -No, no. Luisa andáte, no la toques, dejála -¿¡Qué significa!? -…Armando… Armando -¿Quién es Armando? ¿Qué tiene que ver con la moneda? -Yo estaba con Armando, élcolecciona mone- das. Dejála, dejála -¿La moneda es de Armando? -Sí, vino a verme, estuvimos, pero se fue esa misma noche -¿Y él donde estaba? - Se había ido de viaje, dijo que regresaba a la semana siguiente, no había forma de que se enterara -¿Te descubrió? -Regresó antes. Al otro día lo encontré desa- yunando, la moneda ya estaba pegada. -¿Nunca te preguntó? -Nunca, no dijo nada, sólo la pegó. Esa maña- na me invitó a sentarme frente a la moneda. - ¿No dijo cómo la encontró? -No, para ambos aquí nunca pasó nada, la moneda debe seguir allí, es mejor no tocar- la…sabía que Armando coleccionaba mone- das -Es un puto psicópata -No, es normal. -… -Un día le dije que me prestara plata, dijo que no tenía, que de pronto en el comedor había, que sacara de allí -¿Se refería a la moneda? -Sí, que sacara de la moneda…eso quiso decir…que sacara de la moneda…por fin se despertó el payaso.
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    11 Un rocío depintura color azul cielo cae so- bre el piso. El rostro de una mujer que sonríe apa- recerá en un bloque de concreto. Se dibujará con el soplo de los aerosoles de Toxicómano, un gra- fitero de 35 años que lleva media vida pintando muros. Un hombre que no muestra su rostro ante una cámara, pero que desnuda su pensamiento en plena calle. Desenfunda latas de pintura, pega con cinta una plantilla que tiene recortada la figu- ra de un rostro femenino. El lienzo sobre el que hará su obra es una caja de cemento que pertenece a la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB). Toxicómano empuña su aerosol y dispa- ra. Balas de color verde, azul, blanco y naranja comienzan a teñir de arcoíris esa caja gris. Dos uniformados en moto aparcan en esa esquina. Tantos disparos parece que alertaron a la policía. ¿Arte o delito? Quién sabe. Un transeúnte que pasaba se quedó mirando y dijo que sí, que es arte y lo felicitó. Pero Bogotá es una ciudad donde llueven las ironías a la par con el agua. El 19 de agosto de 2011, un policía asesinó a un chi- co de 16 años que estaba haciendo lo mismo que Toxicómano: pintar en la calle. Se llamaba Die- go Felipe Becerra y su caso dio la vuelta al país. Toxicómano no lo conocía, pero pintaban en el mismo idioma y eso los unió. Cuenta que una de sus obras le fue obsequiada al señor Gustavo Trejos, padre del muchacho asesinado. Cuenta también que el señor recibió el cuadro con los ojos humedecidos y le confesó la admiración que Diego Felipe sentía por él, además le dijo que le producía mucha tristeza ver aquella obra y pen- sar que su hijo habría podido llegar a pintar así. En la capital de Colombia el graffiti es hé- roe y villano al mismo tiempo. Tal vez fue por exhibir grafitos tan colosales como los de laAve- Toxicómano es un conocido artista ca- llejero de Bogotá, una ciudad en la que el graffiti se celebra con la misma fuerza que se combate. ¿Pesará más el mérito artístico del graffiti o el estigma que le acarrea su condición vandálica? CRÓNICA DISPAROS QUE DAN VIDA Por: Jean Pierre Ossa - Estudiante Licenciatura en Literatura
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    12 nida 26, queBogotá apareció en un ranking de la revista Bored Panda como una de las ciudades del mundo donde mejores obras de arte callejero se pueden apreciar. La revista, de difusión anglosajona, se dedica a investigar innovaciones creativas en arte y diseño; Bogotá apareció compartiendo página con Nueva York, Berlín, Estambul, Buenos Aires, Santiago y Sao Paulo. Por eso es una ver- güenza doble que en Bogotá, una de las ciudades con mejor arte urbano del planeta, ocurra un caso como el de Diego Felipe Becerra, donde un agente de policía dis- para y asesina a un joven grafitero, pensando que lleva una pistola en lugar de una lata de aerosol. Esto es más grave si se tiene en cuenta que la policía no reportó el asesinato como un error, sino como la baja a un atracador de busetas. Al parecer a la policía no le basta con que la Dijin reporte que en los últimos tres años en Bogotá han sido asaltadas más de 50 mil personas. Una cantidad que, grosso modo, es la que tiene en estudiantes la Universidad Nacional. Sin embargo, puede ser que 50 mil no sea una cifra escandalosa para la policía, o por lo menos no lo suficiente como para evitar aña- dirle un chico que en realidad no era delincuente. Decir que la policía protagoniza el arte urbano casi tanto como los grafiteros, no es una exagera- ción. El caso de Diego Felipe es un ejemplo de las artimañas que los policías usan para salvarse a sí mismos. Pero Toxicómano cuenta historias donde la situación se invierte, es decir, cuando son los grafi- teros, y no los policías, quienes se inventan las his- torias: “Una vez estaba pintando un muro y llegó un tombo a pedirme el permiso. Yo no lo tenía, pero le dije que sí, que ese muro era de Julio García. Y Julio García puede ser, por ejemplo, mi amigo Edward. Pero yo le pasé mi celular y lo llamamos. Apenas contesta, el agente le pregunta que si habla con Julio García y Edward le dice que sí, que habla con él. Y ahí mismo le pregunta que si él dio permiso para pintar el muro de esa dirección. Y Edward le contes- ta: ‘¡Claro que sí, yo le estoy pagando, déjelo termi- nar!’. y con eso lo tramé para que me dejara seguir.” *** Los policías bajan de la moto en la esquina de la carrera 15 con calle 83, lugar donde ocurre la pintada. Toxicómano se queda tranquilo. Les echa un vistazo y sigue realizando su obra. Los uniformados pasan despacio y detallan que está pintando con el aval de ETB; notan que su área de trabajo está acordonada como si fuera la escena de un crimen, pero advierten que esta vez el “cri- men” sucede de forma legal. ETB prestó cuatro conos azules para delimitar la zona y acordonarla con una cinta amarilla que lleva impresa su sigla. Tolemán, un colaborador de la agencia Cartel Media que realiza la revista Cartel Urbano, fue uno de los encargados del contacto entre ETB y catorce artistas que hicieron intervención mural en 22 ar- marios telefónicos de la compañía. La caja de con- creto que pinta Toxicómano corresponde a uno de los armarios de ETB que están ubicados en el sector del Chicó, en el norte de Bogotá. Existe una sepa- ración entre la forma de trabajar de Toxicómano y la de otros artistas, se trata de la diferencia entre hacer una intervención y una reproducción mural. Tolemán la señala con claridad: “Intervención es
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    14 cuando el artistapropone el diseño a la marca y reproducción es cuando la marca le dice al artista lo que tiene que hacer. Pero Toxicóma- no nunca hace reproducción, por su ideolo- gía, el man es como anarco y casi no cree en el graffiti comercial. Él está en contra de mu- chas cosas y por eso protesta contra casi todo: la publicidad, la guerra, los medios, etcétera.” Las manos de Toxicómano casi siem- pre tienen manchas de pintura. Su cabe- za refleja los vestigios de un corte punk: rapada leve en ambos costados y pobla- da en el centro. Es publicista de profesión pero le gusta combatir y burlarse de la publicidad a través de mensajes como MasturBar impreso en el logotipo de MasterCard. Asegura que vive de pintar, pero que no come de los Me gusta de Facebook, en el cual tiene casi 7 mil segui- dores. Mientras que en la red social Twitter lo siguen más de 17 mil personas. Hace más de trece años que está dedicado a pintar dentro y fuera de Colombia. En octubre del año pasa- do, Toxicómano estuvo en Bremen y Berlín exhibiendo su obra en galerías y en noviembre estuvo en Miami pintando muros y vendiendo cuadros junto con DJ Lu, otro reconocido ar- tista urbano, que además es profesor de foto- grafía de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. *** Quién sabe si tantos seguidores sepan que Toxicómano todo el tiempo no es un héroe del arte callejero. A veces también tiene que reem- plazar las latas de aerosol por brochas y rodi- llos para devolver pintado el apartamento en que estaba viviendo y enfrentarse al caos de mudarse de casa. Dos amigos suyos, Edward y Lesivo, que suelen trabajar con él en las pare- des de afuera, ahora lo ayudan con las paredes de adentro. A esas paredes están adheridos cual- quier cantidad de stickers y afiches; Lesivo trata de desprenderlos con una espátula. Por su parte, Edward intenta quitar de una puerta la calcoma- nía de un mapa de Colombia que lleva escrita la frase: Este lote no está en venta. Toxicómano mira la hora y propone ir a almorzar. Durante la comida hablan sobre festivales de graffiti y de lo difícil que está, por cuestiones de rosca, ga- narse las convocatorias. Hacen bromas, cuentan anécdotas y se ríen del mundo como si no fue- ran partícipes de él sino solamente espectadores. *** La brocha y la mano alzada no son las téc- nicas favoritas de Toxicómano, su mayor habi- lidad es el esténcil. En un documental realizado en el 2007 por el departamento de comunicación social de la Universidad Externado de Colom- bia, Toxicómano aparece diciendo que la técnica del esténcil consiste en dejar plasmadas figuras sobre una superficie, a través de una plantilla que se usa como molde. Con la misma técnica han pintado grandes personajes del arte calleje- ro como Banksy o el norteamericano Obey, del cual Toxicómano se declara influenciado. De un modo muy básico, el esténcil se puede igualar con aquellas reglas colegiales que traen graba- dos mapas o letras del alfabeto, en las que el es- tudiante solamente tiene que seguir con un lápiz el contorno de lafigura. Sin embargo, el mérito artístico del esténcil no está solamente en que los grafiteros apliquen el aerosol sobre una plantilla, sino en que sepan diseñar y producir la plantilla. *** En abril de 2012, el colectivo Bogotá Street Art, integrado por Lesivo, Guache, DJ Lu y Toxicómano, abrió en Chapinero una tienda llamada Amuleto que se dedica a vender ele- mentos de arte urbano basados en sus obras. Es un local muy pequeño para un arte tan grande. Adentro se pueden hallar, desde tarjetas con insultos que elabora Irma, la novia de Toxicó- mano, hasta buzos o camisetas que llevan es- tampadas frases como la que dijo en televisión el periodista Cesar Augusto Londoño cuando asesinaron a Jaime Garzón: Y hasta aquí los deportes, país de mierda. De ahí en adelante, cualquier cosa: afiches, calcomanías, latas im- portadas de pintura en aerosol, llaveros, cuadros de los artistas, un manual de bolsillo que con-
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    15 tiene “primeros auxilioslegales” y, desde luego, la segunda edición de Calle esos ojos, un libro de foto- grafías de las obras del colectivo Bogotá Street Art. Edward, el amigo de toda la vida de Toxicó- mano, es quien atiende Amuleto y aunque el negocio resume e integra la obra de los cuatro artistas, To- xicómano llegó a decir que estaba rumbo al fraca- so, pues ni él ni los otros grafiteros tienen el tiempo suficiente para dedicarse al local. Pero la amistad, acaso como una metáfora del mejor de los amule- tos, ahora rescata la tienda: Edward ha comprado el negocio de sus amigos para dedicarse de lleno. Y, por si fuera poco, Edward no sólo es dueño del lugar donde Toxicómano vende su obra, también es dueño del rostro del punki que Toxicómano pinta siempre como una especie de sello que lo identifica. La primera decisión del nuevo dueño de Amu- letoes redecorar su fachada. Para ello, Edward ha con- vocado a DJ Lu, quien llega a la tienda conduciendo una camioneta Chevrolet Grand Vitara. Saca de la ca- juela un enorme rollo de cartulinas, son las plantillas con las que trabajará. Las extiende en el andén y entra a buscar latas de aerosol en la repisa de exhibición de la tienda. Se queda con una lata de marca Montana 94 de color blanco hueso y otra de Montana Nitro color negro. Vuelve a su camioneta y ahora saca un micro- parlante verde que tiene un volumen demasiado alto para provenir de un bafle tan pequeño. Suena Augus- tus Pablo, un teclista e intérprete de Roots Reggae. El olor a pintura fresca empieza a esparcirse por la calle. ― ¿Te ofrezco algo de to- mar?―pregunta Edward a DJ Lu. ―No, hermanito, gracias.Yo me voy es a torcer. Sube a su camioneta y deja abierta la puerta. Fuma un cigarrillo cuyo olor se confunde con el de pintura fresca. DJ Lu, a diferencia de Toxicómano, usa una máscara cuando está pintando. Dice que es para protegerse de enfermedades pulmonares que el aerosol puede causar. Acto seguido, da una lar- ga aspirada a su cigarrillo y sus ojos se enrojecen. Pinta varias formas. Son imágenes en negro de figuras como: una bala que tiene cola y la hace parecer un espermatozoide, una escopeta disparando flores, una piña-granada y un planeta Tierra con una mecha encendida, cual bomba a punto de explotar. Parado frente a su propia obra, contemplando la nuevafachadadeAmuleto,DJLulepreguntaaEdward: ¡¿Parce, por qué no hice esto cuando era el dueño?!
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    17 *** Toxicómano también haterminado su interven- ción mural para ETB. Un fotógrafo de Cartel Urbano retrata la obra para la revista. El armario telefónico quedó en ambas caras con un dibujo diferente. Son dos sonrisas: la primera de una mujer y la otra de un niño. Los dos policías que aparcaron su moto en la esquina y que estuvieron rondando durante casi toda la pintada, jamás dijeron nada. Toxicómano dijo que no lo hicieron porque lo que él hizo no fue un graffiti sino simplemente pintar. Él tiene claro que la esencia del graffiti reside en su carácter no permitido, ilegal. Esa esencia ha quedado expuesta en varias de sus obras. Es destacable la de una caricatura de Jaime Garzón que Toxicómano acompaña con esta frase: Los feos somos muchos más, la cual es par- te de la letra de la canción Chusma de la banda de rock-punk Siniestro total. Sobre esa frase Toxicóma- no cuenta: “Lo de Los feos somos más sucedió en la época de estar buscando trabajo, de estar parado. De ir parado en los buses, en bicicleta o a pie a la universidad. Después fue como la vaina de ver en televisión esa gente genial, que tiene un carro que usted no tiene; una cocina integral que usted no tie- ne; con productos que uno no tiene cómo comprar y no puede consumir. Entonces quisimos reaccio- nar contra eso y escribimos la frase por toda parte: Éste es un mensaje para la gente guapa: los feos so- mos muchos más, procuren no hacernos enfadar.” Es una agencia de comunicación indepen- diente que compite contra la publicidad, responde Toxicómano cuando se le pregunta por el sentido global de su obra. En el documental que le hizo la Universidad Externado de Colombia, también dijo: “Si otros están contaminando visualmente con sus anuncios de Coca-Cola, ¿por qué nosotros no pode- mos hacer lo mismo? No tenemos el dinero para pa- gar una valla encima de un edificio, pero podemos hacer un mural. Y sabemos que es ilegal, pero…” Pero tal vez es el lenguaje que él escogió para dialogar con el mundo. El mismo que quizá habría escogido Diego Felipe, si el policía no lo mata. El 7 de octubre del año pasado, el periódico El País de Cali publicó la noticia de que llevarán ante la ONU el caso de un grafitero colombiano asesinado en Miami, también por un policía que lo sorpren- dió pintando un graffiti. La diferencia con Die- go Felipe es que el policía estadounidense mató al grafitero con la descarga de una pistola eléctrica, mientras que el otro lo hizo con plomo. Es decir, mientras que los policías disparan para acabar con la vida, los grafiteros hacen lo contrario, usando el mismo verbo: disparar. Pero con la sutil y hermosa diferencia de que los grafiteros no disparan para ma- tar, sino para revivir las calles de cualquier ciudad. Toxicómano tiene una pintada bastante recono- cida en la que aparece un hombre gritando una frase que no se escucha pero se puede ver: No estamos pin- tados en la pared. El graffiti, como el arte en general, no ha podido ser definido de una manera que deje con- tentos a todos. Sin embargo, podría tratarse de lo mis- mo que muestra la imagen de Toxicómano: un grito. Un grito sordo que quiere hacerse escuchar desde una pared pintada. ¿Será delito pintar?Tal vez sí, pero qui- zá también valga la pena cometerlo. A fin de cuentas no se dispara contra ninguna vida, es una vida la que dispara balas de colores con una pistola de aerosol.
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    18 Ricardo Silva Romero(Bogotá, 1975). Escritor. Columnista de El Tiempo. Es el autor de las novelas Relato de Navidad en La Gran Vía (2001), Walkman (2002), Tic (2003), Parece que va a llover (2005), Fin (2005), El hombre de los mil nombres (2006), Autogol (2009), Comedia romántica (2012), El Espantapá- jaros (2012) y El libro de la envidia (2014). Y de los libros de cuentos Sobre la tela de una araña (1999), Semejante a la vida (2011) y Que no me miren (2011), y los poemarios Terranía (2004) y El libro de los ojos (2013). Su página web www.ricardosilvaromero.com está al aire desde 2002. Fue crítico de cine de Semana de 2000 a 2012. ESCRITOR INVITADO RICARDO SILVA ROMEROEscritor. Columnista de El Tiempo
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    19 YO NO SOYDIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA Para Carolina López Bernal, mi esposa Jueves 14 de Agosto Yo no soy digno de que entres en mi casa, pero entra, Dios, que tengo miedo. Eché llave a la puerta que me espera. Te pedí, en el umbral, lo que más quiero. Y, de un clavo viejo que va a dar adentro, acabo de colgar una plegaria palestina para que no me visite nadie que me odie y tú duermas en mí sin sobresaltos. Y el silencio no halla más rendijas de salida. Y las mariposas negras aletean en vano en busca de la grieta que abren los demás. Y se estrellan contra las ventanas de polvo como se estrella el mundo en los ojos cerrados. Pues son solo la esquina de una pesadilla que espera en la espalda de otro día. Son la noticia ilegible de alguna tragedia. Son eso. Nada más que eso. Siempre eso. Pero nada me despierta ni me toca ni me obliga a latir más de la cuenta. Porque no soy menos ni más que mi destino. Y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Si la guerra estallara en todas las ventanas, si la guerra un día dejara de ser una cifra en el mar- gen del poema, tendría que salirme de mí mismo para que el horror me habitara sin tocarme. Si un día golpeara a mi puerta otra desgracia, si se abriera el mundo que pisamos, Por: Ricardo Silva Romero si el cielo o la tierra o el agua o el fuego se rebelaran como dos pares de nervios, agacharía esta cabeza que tanto me cuesta convertido en un viejo que por fin se sabe viejo. Un inventario de cadáveres me sucedería. Olvidaría los tres nombres de mi nombre. Sonreiría, a los ojos de Dios, para fingir que acepto la última ironía de la historia: que sabía que esto era la vida si vivía. Que no soy menos ni más que mi destino. Y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Algo que no responde si pregunto “¿quién es?” acaba de dar tres golpes que parecen una clave en el otro lado, el lado ciego, de mi puerta. Son, según puedo ver, cinco, seis, siete personas: ¿por qué se atreven a tocar a estas horas de la vida como si tuvieran derecho a ver mi angustia? De lejos son mapas, son manchas, son siluetas, son las huellas de las mariposas negras que tratan de meterse por debajo de la puerta como un lamento que viene del piso de abajo. Quizás sean las sombras de todos mis muertos. Acaso sean los abuelos que conozco de palabra, el tío arrepentido que mataron en la calle, la niña que ese día no volvió de vacaciones, la hermana que sacrificó, una noche, su cordura para que los demás tuviéramos la vida, la señora que quería cuidarme de mí mismo pues sabía que no estaba hecho al mundo, y el amigo al que le pido, de repente, que me salve, cuando siento que Dios no oye plegarias.
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    21 ¿Qué hay bajola puerta? ¿Qué es toda esa noche que se escapa de los bordes de la noche? Es el negativo de una foto de familia. Que me espera en el sitio al que va a dar la verdad. Que a veces, cuando sueño, me recuerda que no soy menos ni más que mi destino y Dios me va a entregar lo que Dios puede. ¿Y si de pronto, un día que no sepa bien quién soy, llegue tu cuerpo nuevo a rescatarme de los objetos que me tienen cercado? ¿Y si apareciera una vida contigo en tierra ajena, Carolina, que fuera un vaticinio que se cumple? ¿Y si el que espera afuera fuera yo, a los setenta, que vengo a jurarme por Dios que “todo va a estar bien” como el fantasma de otra navidad futura? ¿Y si vinieras tú a decirme que en agosto voy a dejar plantada en el altar toda mi vida? ¿Que escaparé de aquí como una novia de película que no le da la cara a las caras de su boda? ¿Que me iré en esos convertibles que van a dar al horizonte por un país plagado de cafés de carretera en donde no me pidan ni uno de mis nombres? ¿Que dejaré a todos vestidos de ocasión el día en que no le deba nada a nadie? ¿Que podré dormir hasta el siguiente mundo porque por fin seré este personaje de balada? Dirán “ella lo vio, por última vez, dar vuelta a aquella esquina”, “siempre pensé que no estaba hecho para el mun- do”, “tenía ese sentido del humor que no paraba”. Y, unos meses después, seguro perderán las espe- ranzas. Las tres personas que me quieren morirán por culpa mía. Pero día a día serán menos los mensajes de pésame. Los hombros que conozco se encogerán porque mañana es lo mismo que ayer. Y una vez se borrará, feliz, mi última huella. Porque no soy menos ni más que mi destino. Y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Si me voy de aquí, con ella, antes de tiempo, pregúntenle a mi hermano quién soy yo. Yo mismo no lo tengo claro. Pero él sí sabe qué tan frágil puedo ser: pues, cuando los dos éramos niños, yo me quedaba en blanco todo el día, jugaba solo una tragedia para adultos, era el primero en sorprenderme de mí mismo y llegaba a las películas del oeste como a un lugar en el que nada iba a pasarme. Y mi hermano estaba ahí, a unos pasos siempre, fingiéndose enterrado entre sus cosas. Me veía de reojo ser esta persona que habla en el idioma equivocado. Y se quedaba viéndome, de pronto, con cara de “soy el testigo de sus nervios”. Así que pídanle que diga cómo fue. Así que díganle que yo les dije esto. Que si me voy de aquí antes de tiempo, sólo él sabrá si soy esto que escribo. Él tiene cuatro años más que yo. Su oficio es el oficio de dar pruebas. Y yo no soy menos ni más que mi destino. Y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Si estuvieras tú, por fin, detrás de mi puerta, si fueras tú la lentilla enterrada en la corteza, no esperaría un día más la noche que no existe ni vería en el espejo las arrugas que no tengo. Serías el lugar, serías también el tiempo. Darías la vuelta, en mi abrazo, en busca de una duda: una cara sin señas particulares en una multitud. Y tendrías fe en que siempre iría detrás, en que traería conmigo el mundo que dejaras a tu paso y sería capaz de ser tu personaje secundario de aquí hasta el amén de nuestra historia. Diríamos “estás a salvo”, los dos, hasta la muerte, el uno convencería al otro de que el otro es cierto, día por día, mes por mes, año por año, como si vivir fuera pasar las páginas de un libro. No nos permitiríamos cargar nada pesado. Los domingos llegarían, modestos, como un triun- fo. Y habría una vez, bajo un paraguas negro en un aguacero que sólo agotaría a los demás, que me darías la única noticia de la vida: que no soy menos ni más que mi destino y Dios me va a entregar lo que Dios puede.
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    22 Silencio. Que nadieperturbe nuestro abrazo. Tú te has ganado un corazón en ambos cuerpos. No me has mentido ni te he dicho mentiras. No has dejado vacío mi cuerpo como un vaso. No te he jurado amor para que me lo jures. No tuviste la culpa de este miedo que me tengo porque no estabas ahí cuando me vine abajo. No te irás –serías incapaz de marcharte- cuando me veas llorar en Qué bello es vivir. No me has herido antes de irte porque no te irás, ni me has llamado, años después, a disculparte: “te pido perdón, Ricardo, por negarte: no sabía que el corazón de un hombre podía ser un hilo”. No has pronunciado en vano mis errores, “tu terquedad”, “tu miedo”, “tu silencio”, “tú”, igual que una madre que ha perdido sus poderes. Y no eres un retrato que se pierde entre retratos, sino la página en blanco que me espera. Tus manos no temen el temblor de mis manos. Tu boca recibe, a ciegas, el espíritu de mi boca. Tu vida es todo lo que resta de mi vida. Y una palabra nuestra bastará para sanarnos porque no soy menos ni más que mi destino y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Los arcanos del tarot nos describen en voz alta como una fuente de agua que no se termina. Tú eres el espejo donde espera mi cuerpo. Todo lo que hago, todo lo que haré. Yo soy la mesa en la que corregimos tu pasado, tu presente y tu futuro. Y vamos y venimos desde el uno hasta el otro como un reloj de arena que no cesa. Si digo una palabra en la que creo, se hacen pequeñas ondas en tus ojos. Si pongo mis manos sobre tus manos, si paso mis dedos por tus labios o rozo tus párpados con mi boca, comienza un día que ocurre a cualquier hora. Si cierras los ojos en mi hombro, llega la noche que repara todo el día. Si levantas la mirada hasta la mía, descubrimos esta vida pese a todo. Y juntos, mientras la habitación se ilumina, recobramos la respiración al mismo tiempo. Porque no somos menos ni más que este destino. Y Dios nos va a entregar lo que Dios puede. Yo hago el duelo de una vez, por mí y por todos, porque algún día tú también te irás del mundo. Y el cielo perderá la gracia. Y el periódico, en señal de respeto, no volverá a llegarle a nadie. Y todos los espacios que deje vacíos tu manera de ir de afán, ese espejo en donde te peinabas a oscuras, esas esquinas por las que pasabas como si el mundo fuera capaz de darte por sentada, ese abrazo que te entregaba yo en la noche, sin que te enteraras, para que los malos sueños fueran a parar a otra ventana, quedarán bajo la custodia de Dios. Yo tampoco estaré. Yo no estaré si tú no estás. Pero dejaré dicho que tu belleza se sentaba, como un hecho, a que la vida la dejara en paz. Y que una vez jugamos a que yo no te miraba. Porque no soy menos ni más que mi destino. Y Dios me va a entregar lo que Dios puede. Eres, mientras duermes, un horizonte justo que me he ganado a fuerza de quererte. Todo lo que he hecho con mi vida, que he vivido como dos minutos bajo el agua, ha sido esperar a que despiertes. Pregúntame “¿quién eres tú cuando no estoy?”, “¿por qué te ríes tanto cuando al fin te ríes?”, “¿por qué quieres leerme cada noche?”, “¿vas a ceder, alguna vez, en mi abrazo de niña como uno de esos Cristos que se rinden?”. Dime, hecha un paraguas que me habla, que hará el sol o hará la lluvia que queramos. Te juro que he aprendido la lección. Te juro que ahora agacho la cabeza en vez de encarar la mirada fija de la vida. Te juro que rezo porque no sé nada más. Y que te he ido aprendiendo día por día de qué hablan cuando hablan de tenerse. Despierta ya, como la suerte, que sé que sólo soy los ojos que resurgen en tus ojos. Pues no soy menos ni más que mi destino.
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    23 Y Dios meva a entregar lo que Dios puede. El agua sigue respirando entre el calor. Un espiral nace y muere en una esquina de su superficie. Y yo me siento en el fondo de la tina. Y mi cuerpo respira por su cuenta. Y entonces llegas tú a tu escena. Y te acuestas sobre mí para que nada del mundo se atreva a amenazarte. Y me pides que te lave los brazos. Que te amarre tus manos a mis manos. Y te cuente el principio de la historia. Y al final, cuando la moraleja es “el amor de los dos es el amor de antes, pero en formas que renacen para siempre”, pronuncias la frase “yo también te quiero”. Y nunca había habido este silencio. Y esta paz, que de vez en cuando es otra onda en el agua, es una paz en paz que hemos ganado. Pues no somos menos ni más que este destino. Y Dios nos va a entregar lo que Dios puede. RICARDO SILVA ROMERO
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    24 P or estos díasreleo El tambor de hojalata y en la ba- lada de Oscar Mazerath, específicamente en el capí- tulo “Vidrio, vidrio, vidrio roto” del Libro Primero, escucho algo sobre los relojes que ya Julio Cortázar me había di- cho en su “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”. Günter Grass publicó en 1959 una de las obras maestras de la literatura occidental, mientras que Cortázar dio a luz aquél texto años más tarde, cuando era el famosísimo cronopio de Rayuela y demás. Alguien, aturdido por la coincidencia --luego veremos-- y descono- cedor de la transducción literaria, bien podría declarar que el crono- pio hizo acopio del monólogo de Oscar y se atrevió a concedernos su versión acerca del adminículo que todos alguna vez hemos lleva- do cual dentellada del tiempo en la muñeca, o aprisionado en ese otro aparato que incluso sirve para recibir llamadas: el teléfono celular. Pues bien: recobro ambas escrituras a fin de que re- cordemos el inexorable paso del tiempo en la literatu- ra y que recobremos a dos inmensos fabulistas del siglo XX. El tambor de hojalata (Fragmento) Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente sin- gular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido. Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la misma medida en que pueden ser creadores --y con aplicación, ambi- ción y suerte lo son sin duda--, se convierten inmediatamente después de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales. Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto, quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva el relojero para que lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que en el canto del cuclillo cuando parece durar más de lo debido, y que en el sale- ro que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que ARTÍCULO DE OPINIÓN Por: Hernando Urriago Benítez Prof. Escuela de Estudios Literarios Universidad del Valle GRASS CORTÁZAR LE DAN CUERDA AL RELOJ
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    25 nos sale alencuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y de- trás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad. Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj P iensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamen- te ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuer- po con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. Ilustrado por: Yvonne Aragón
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    26 ENSAYO “¿En que estaránconvertidos mis viejos zapatos? ¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? […] ¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van? ¿Y adónde van…?” Silvio Rodríguez “Los hombres, a su paso, van dejando su vestigio.” Ernesto Sábato LO QUE SE NIEGA A DESAPARECER Por: Felipe López - Estudiante de Licenciatura en Literatura H ace un par de días un amigo me contó una anécdota en apa- riencia trivial, pero lo que parecía una his-toria más de fami- lia sin mucho qué notar resultó ser un relato tremendamente conmovedor. No tiene sentido que lo cuente ahora con todos sus detalles –porque esa historia le pertenece a él–, pero bastará decir que semanas atrás había encontrado un viejo reloj de pulsera en un cajón de su padre, y que este se lo obsequió para luego decirle que lo había recibido años antes a la vez de su propio padre, el abuelo de mi amigo. El hecho, con todo y sus visos de guión cinematográfico, cobra más valor por ser un hecho cierto, por no ser producto de la ficción sino por estar encarnado en una persona real y cercana, por ser un acontecimiento palpable y directo de la realidad. Así, al día de hoy, cada vez que veo a mi amigo en la universidad llevando ese reloj, ya no puedo verlo solo a él, sino también a otros hom- bres detrás, que de seguro embadurnaron con sus humores y sudores ese artefacto mientras amaban en una cama o trabajaban en mitad de un cam- po o recorrían unas calles que ya no son. En fin, que algo más que el polvo y el trajín acumulados durante décadas hacen diferente a ese sutil símbolo del tiempo familiar que mi amigo porta con tanta frescura en su muñeca. Curiosamente, releyendo días después unas líneas de Ernesto Sábato redescubrí sus palabras a la luz de esa anécdota. En su notable ensayo La resistencia, Sábato supo advertir eso mismo con una profunda percepción:
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    27 La presencia delhombre se expresa en el arreglo de una mesa, en unos discos apilados, en un libro, en un juguete. El contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, deja huellas a su paso que nos inclinan a reconocerlo y a encontrarlo. Si vivimos como autómatas seremos ciegos a las huellas que los hombres nos van dejando, como las piedritas que tiraban Hansel y Gretel en la esperanza de ser encontrados 1 . La anécdota de mi amigo y la luz que arroja sobre ellos el au- tor argentino me han puesto ante otra realidad igual de tangible, pero que puede pasar fácilmente desapercibida por su excesiva coti- dianidad. Aclaro que no pretendo hacer una burda diatriba contra el consumismo, que por lo demás no sobraría. Pero no, mi intención es mirar, desde la discreta ventana de un joven estudiante, nuestra rela- ción, tan vital y necesaria, con algunos de los cientos de objetos que nos acompañan en el día a día y que consti-tuyen sigilosamente, con el paso de los años, la mitología de nuestra experiencia con el mun- do material. Y quiero ser más preciso: quiero decir que me aterra que aquellas cosas que nos rodean sean, con alarmante incremento, más insustanciales y más efímeras, o al menos que así se nos presenten. Tal vez haya que empezar reparando en la basura, lo que es a la vez una causa y una consecuencia de nuestra precaria relación con el mundo tangible. Hoy pareciera que esa palabra, basura, ha tomado un lugar más acentuado en nuestra época como nunca antes en la historia. Tanto así que ahora le llamamos de esa manera a casi cualquier cosa que rinde una función mínima, cada vez más exigua, para desapa-recer de nuestras manos y suponer de ella que nunca volverá, que dejará de existir. No obstante, si lo miramos bien, aquello que denominamos coti- dianamente basura no es tal cosa, o al menos no debería ser considerada así. Cuando consumimos el agua que contiene una botella plástica, por ejemplo, tendemos a suponer que esa botella ya no es útil, y la arroja- mos, con ingenua satisfacción, a una caneca. Y digo con ingenua satis- facción porque sé que tenemos la confortable idea de pensar que lo que contiene esa caneca desaparece. Pero la porquería es la misma en las calles que en los campos. Incluso, a veces pienso que sería mejor que la basura no saliera de las ciudades, antes que las llenara totalmente para que viéramos la realidad que tratamos de ocultar de nuestra vista y para que las víctimas directas fuéramos nosotros mismos, sus productores, y no las miríadas de seres vivos que no tienen nada que ver con ella. Pero decía que aquello que consideramos basura no lo es tan- to. Detengámonos un momento en esa bo-tella plástica. Si la observa- mos con cuidado descubriremos que es un objeto de un insólito nivel tecno-lógico: el material del que está hecha la hace liviana, portable, 1 Sábato, Ernesto. La resistencia. Argentina, 2000. Seix Barral.
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    28 resistente y duradera;su base es sensi-blemente más gruesa para que soporte el contenido con facilidad y se mantenga firme; su tapa, que la sella con total hermetismo, se basa en el principio de rosca atornilla- da, y para nuestro asombro basta preguntarle a un ingeniero mecáni- co cuánto tardó la humanidad en descubrir ese principio. Han pasado siglos para tener en nuestras manos un objeto como este, que guarda una enorme ventaja práctica frente a otros recipientes como una va- sija de barro e incluso una botella de vidrio. Y, sin embargo, ¿qué es aquello que más acostumbramos hacer con ese artilugio tan tecnológi- camente avanzado? La respuesta la sabemos bien: tirarlo a la basura. “Dale la vuelta”, reza el estúpido eslogan comercial de una em- presa que exhorta a hacer inservibles sus botellas de agua, y miles lo siguen como una ordenanza sin advertir que esa botella, que pudo ser reuti-lizada varias veces, irá a parar seguramente a algún lugar del Pa- cífico. Con suerte al vergonzoso séptimo continente –el primero hecho enteramente por la mano del hombre–, cuando no al escandaloso ato- lón Midway que reveló Chris Jordan en sus perturbadoras imágenes de aves2 y que dan cuenta de la pavorosa pesadilla excremental en que es capaz de convertirse el hombre cuando no domina sus privi-legios. Mucho se ha debatido sobre el tema en relación al cambio cli- mático y a la alteración de los ecosistemas. Con todo y la razón que puedan tener esos argumentos, me gustaría decir que lo que subyace detrás es también, a mi parecer, un profundo desdén por la materia, una actitud creciente en donde las cosas que nos rodean cobran valor no ya por lo invisible que encierran sino apenas por la transitoria uti- lidad que puedan brindarnos. Por supuesto, alguien dirá que son otros los problemas: la producción industrial masiva, que lo que vale es el concepto y no la unidad concreta; pero hay que señalar que esas pos- turas nos ponen peligrosamente cerca de los discursos favorables a la clonación, en donde lo importante es la utilidad del componente y no su esencia. También se podría alegar que los objetos conformantes de nuestro entorno no están todos en el mismo orden de significación, lo cual comparto, pero cómo se diluye esa delgada línea que separa lo significativo de lo que no, y, poco a poco, todo va a parar al mismo agujero del desprecio. Así, tristemente, esa mesa, esos discos, ese li- bro o ese juguete de los que nos habla Sábato ya no están aquí, están lejos, distantemente desperdigados por el mundo, trocados en basura. El ejemplo de la botella en relación con la tecnología nos lle- va a pensar en otro fenómeno igual de ex-tendido, con ese mismo costado luctuoso de ser un generador casi irremediable de desechos, pero, por comprometer nuestra comunicación diaria, tal vez sea un fe- nómeno más complejo. Me refiero al uso de los dispositivos móviles de comunicación. En realidad, no comparto mucho el criterio básico 2 Midway: a message from the Gyre. Cortometraje de Chris Jordan disponible en https://vimeo.com/25563376
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    30 con el quese censura el uso de estos artefactos que casi to- dos empleamos. Que nos alienan, que sustraen nuestra aten- ción mientras la vida sigue corriendo, etc. Basta mirar un poco atrás y advertir que, hasta hace un par de décadas, el objeto portátil de mayor enajenación para una persona era, paradó- jicamente, un libro. Y frente a él también podíamos y pode- mos pasar cientos de horas de nuestras vidas alelados, subs- traí-dos de la realidad inmediata. Aunque, por supuesto, el punto de comparación tiene un giro cuando se-ñalamos que la maravilla que engendra el libro en nosotros es de una mayor complejidad; no es un es-pectáculo ante el que estemos inac- tivos, porque bien sabemos que a esa materia críptica hecha de meras palabras hay que darle vida con nuestra propia vida. Pero antes de pensar en la futilidad de lo que hacemos con las manos mientras viajamos en el transporte público, creo que resulta más importante apuntar hacia la permanencia y la singularidad que representan esos nuevos objetos en nuestras vidas. Es extraño que dure tan poco una cosa con la que inte- ractuamos durante tantas horas en el día, que nos sirve como medio para comunicarnos con personas a miles de kilómetros en un instante, que nos informa de lo ocurrido al otro lado del mundo hace unos segundos, que transmite emociones inmedia- tas a quien no podemos ver en presencia por cualquier motivo, y toda una amplísima y creciente variedad de actividades que nos hace posibles. Es extraño que un instrumento tan versátil y eficaz esté tan presente en nuestra vida todo el tiempo, y a la vez, que lo troquemos por otro sin más, a lo sumo, al cabo de dos o tres años, sin pensar siquiera a quién afectará su mercu- rio y su plomo. ¿En dónde queda el vínculo material que ata buena parte de nuestros mundos interiores? Y en cuanto a la singularidad, pensemos de nuevo en los libros y su expectan- te relevo: en los lectores electrónicos, ¿adónde quedarán las texturas y los colores del papel que hacen de cada libro casi una experiencia única de lectura? ¿Qué pasará con esos libros que sabemos nuestros, que podríamos identificar casi a ciegas, tan solo por acercar sus páginas a nuestras narices? ¿Adón- de irá a parar el rastro de unas lágrimas secretas que se vier- tan ante un gran poema, si ya no hay hojas que lo preserven? No quiero que se me malinterprete. Muchos de estos aparatos nos dan una gran cantidad de ventajas; yo mismo tengo un muy útil lector electrónico que puede albergar toda la información de una biblioteca en mis manos. Pero hablo de aquello que está más allá, de lo invisible, de lo que no es
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    31 funcional, y sinembargo, que es esencial en lo que nos hace humanos. Lo diré en otras palabras, de nuevo a modo de anécdota. A veces, cuando visito a mi abuela y me ense-ña las fotografías de nuestra familia, no solo veo a las personas, muchas de ellas ya fallecidas, sino también las cosas que están en esas fotos, que rodean a esas personas: una muñeca de porcelana aquí, un cuadro allá, los muebles en los que están sentados, una copa en las manos… Y cuando miro alrededor, al presente, veo que mi abuela aún conserva todas esas mismas cosas. Me levanto, doy un paseo por la casa y descubro de a poco que todo su mobiliario está colmado in- tensamente de pasado, de un halo de los que ya no están. E incluso tengo la certeza de que, más que un halo, físicamente esa copa que sostenía alguien hace décadas preserva en su superficie un puñado de átomos de ese ser. Es hermoso recibir de nuestros viejos, cuando dejan el mundo, unas canicas, una enciclopedia, un reloj; objetos manidos que trase- garon por sus vidas y ahora se instalan en las nuestras. Pero qué ab- surdo sería que, en unos años, alguien recibiera como legado un frívolo celular, una vana tableta electrónica. Por la planificada ob- solescencia con que son hechas estas cosas y por su sentido exclu- sivamente utilitario, dudo que alguien las reclame para sí con afecto. A Cicerón se le atribuye un aforismo lapidario: “Nada hay hecho por la mano del hombre que tarde o temprano el tiempo no destruya”. Nos queda claro que hoy la empresa de muchos pareciera apostar más a favor del tiempo, pero yo creo que hay una salvedad, algo hecho por los hombres, aferrado espe-ranzadamente a pequeñas cosas cotidianas: el vínculo de todo un tejido temporal de miles de seres que no desa- parece tan fácil gracias a que existen pequeñas islas que los salvan del naufragio del olvido. Y qué ironía de la vida que esas islas sean pe- queñas nimiedades llenas de un simbolismo profundo. Nada sería más trágico para nosotros que los vestigios que dejemos en nuestro breve lapso aquí no estén hechos de objetos que reclamen añoranzas, sino de simples cacharros sin sentido, de detritus plástico. El vestigio de nuestra época, de las personas que trasegamos por esta tierra en este presente, debe estar a la altura de nuestra hipotecada condición huma- na, debe ennoblecerse y ser digno de seres que no solo se ufanan de una portentosa capacidad de raciocinio, antes bien de ser conscien- tes y sensibles de su poder sobre el mundo soberbio que les rodea. Es probable que si ese reloj del que hablábamos al principio hu- biese caído en otras manos menos per-ceptivas no se hubiese salvado del olvido, pero hoy me cabe la certeza de que los progenitores de mi amigo, de alguna manera, viven en el interior de ese inadvertido reli- cario que él lleva consigo a todas partes. Y allí reside una esperanza.
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    32 Di la espaldaal mar una mañana de octubre, abandoné el naufragio de papel, bebí la agonía de un barco en la arena. Nunca comprendí tus líneas sólo tuve la costumbre de dibujarme con ellas, tus más vitales días eran tinta y eso fui, tu amor absoluto, revivido en tu prosa. Soy el ramaje que nutre a tus amantes, en los días más opacos de mi vida floreces. Renuncio a ser una extensión de tus amantes, no eres Rossetti, ni yo Siddal renuncio a la mañana de octubre, no soy la Beata Beatriz, ni el sueño de Dante. RENUNCIO A TI “…Fue maldita la hora en que vio, amó y se casó con el pintor…” Edgar Allan Poe/ El Retrato Oval Por: Angélica Guzmán Egresada de Licenciatura en Literatura Universidad del Valle POESÍA
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    33 MI MEMORIA Mi memoriamuere cada día, llora papiros, envenena a tus amantes. Mi memoria bebe un café en la esquina del Aleph. Mi memoria aprende formas de memoria. Mi memoria reside en un país de hambre y diversión de circo. Mi memoria de ojos persas, si escucha un flamenco es gitana, olor de holocausto posee mi memoria. Mi memoria habita fuera de mí, sacerdotisa, Mi memoria desgarra su memoria profana el crucigrama. ¿Quién recordará mi memoria cuando yo me vaya?
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    34 “…Si se supieraentender correctamente el enigmático lenguaje de las formas…” Gustav Meyrink/ El Golem. ¡Artemisa! Un hombre sobre el trapecio del mundo Ilumina la calle de mi pensamiento. Ilustradospor:CarlosAugustoCastilloLara MALABARES
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    35 FICCIÓN VECINOS E scuché el ruidomomentos antes de levantar- me. No podía dormir. Desde hace algún tiempo cualquier cosa me mantiene despierta. Real- mente no lo entiendo, el médico dice que es estrés, que debería tomarme las cosas con calma. Fácil de- cirlo cuando se tiene un sueldo como el suyo. No sé cómo J. puede dormir tan tranquilo. Apenas pone la cabeza en la almohada pierde el conocimiento y nada ni nadie es capaz de despertarlo. A veces lo odio. Levantarse se hace cada vez más difícil, crujen los huesos con el más leve movimiento. Al asomarme por la ventana la luna apareció completa en el cielo. Con su luz las casas vecinas toman un matiz diferen- te, es como estar en una película extraña. No dormir tiene un aire de indiscreción. A veces, cuando miro por la venta y es tarde en la noche, diviso algunas sombras moverse entre los matorrales. Se escabullen de sus casas buscando otras, entonces las sombras se encuentran y desaparecen. Es como presenciar un juego prohibido. El ruido provenía del auto de Donald. Por años, J. se había quejado de esa carcacha inútil. En una ocasión discutieron fuertemente. Donald no paraba de encen- der y apagar el auto justo el día en que mi marido descansaba, después de una noche de duro trabajo. −Calla esa carcacha inútil –le gritó J. desde la ventana del cuarto. Donald no pareció escucharlo y continuó con ese es- truendo. Entonces J., cegado por la ira, agarró un bate y bajó a toda prisa. Fue entonces cuando intervine. Le dije que yo hablaría con Donald. Así que salí, le expliqué la situación y todo arreglado. Al regresar, J. me preguntó: −¿Por qué te demoraste tanto? −¿Lo hice? –respondí−. No me fijé. Donald aparcó el auto mal y salió del él rápidamente, en dirección a su casa. Luego de un tiempo apareció de nuevo. Llevaba una pequeña maleta de mano y jus- to antes de llegar al auto se quedó quieto, como si de repente una fuerza mayor lo hubiera convertido en una estatua de sal. Miré el reloj de pared: once de la noche. Era tarde. Una fuerte ráfaga de viento sacudió los árboles del ve- cindario, sin embargo Donald no se movió ni un cen- tímetro. Fui a la cocina y puse la olla con agua para el café. Una de las fotografías de la pared estaba torcida. Aquella donde aparecemos J. y yo abrazados; no re- cuerdo quién la tomó pero sí sé que fue en las últimas vacaciones. Por aquel entonces J. se encontraba muy mal. El alcohol estaba haciendo estragos. Lo peor sucedió el día en que golpeó a uno de los trabajadores del hotel. Habíamos salido en busca de unas copas, era temprano y en el bar del hotel no se encontraba un alma, salvo el cantinero. J. pidió un trago tras otros. Lo veía emborracharse sin remedio. En un instante se levantó, miró al cantinero –un tipo pequeño, calvo y algo encorvado–, y dijo: −¿Ve usted a ésta mujer? −Sí, señor –respondió el cantinero. −Fíjese bien en ella, es la mejor mujer en todo de éste maldito mundo –Luego se echó a reír hasta que co- menzaron a resbalar lágrimas de sus ojos y así estuvo por veinte minutos, ahogado en una risa que sólo él Por: Jorge Sánchez Estudiante de Licenciatura en Literatura
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    36 Ilustradora: Hellen Díaz entendía. −Vamos,Donald – dije−. Compórtate. −No me molestes –respondió, dándome un empu- jón. El cantinero, que estaba mirando la escena, dijo: −Cuidado, señor. −No te metas, maldito entrometido –le gritó J., lazando un golpe que fue a parar en la nariz del hombre. Después de esas vacaciones me prometió que nun- ca más tomaría otro trago y hasta ahora ha cum- plido. Dejé el agua a fuego lento. Afuera, en el jardín, la luna cubría todo con su brillo. Donald aparecía alto, recio, con cierto aire melancólico, bajo la luz ceniza de la luna. Era extraño ver a un hombre como él a esa hora, y de esa manera. Su sombra se proyectaba larga como una senda oscura. Poco a poco me acerqué. Un auto pasó alumbrando nues- tros rostros. Puede ver las lágrimas de Donald caer mientras él permanecía inmóvil, con la mirada per- dida. Dije: −Buenas noches, ¿se encuentra bien? –acercándo- me más. Donald no pareció escuchar. –Buenas noches –volví a decir–. Esta vez movió la cabeza en mi dirección. –Buenas noches –respondió en voz baja. Algo en ese hilo de voz encendió una llama en mi interior. –¿Se encuentra bien?... Es tarde. –Lo sé, lo siento... –respondió Donald–. En reali- dad no me siento bien. Mi mujer me espera ahora en el hospital y no tengo el valor para arrancar el auto e ir. De hecho no sé cómo logré llegar, ha sido un día… –el hombre comenzó a llorar si mover su cuerpo. El llanto se le escurría por las mejillas, res- plandeciendo tenuemente a la luz de la luna.
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    37 –Por Dios, aella nada. Es mi hijo el que se encuentra grave. Llevo aquí una muda de ropa y algunos objetos personales –dijo, tocando la male- ta– pero no tengo el valor para subir al autor y conducir todo el camino ¿podría llevarme usted? –Nunca aprendí a conducir, lo siento… –respondí. Donald rompió en llanto. Al parecer nada le salía bien ese día. Sentí las- tima por él. Alguien tan guapo, con ojos tan dulces, no debía sufrir tanto. –Vamos –dije–. Entremos a su casa. Le prepararé un café, hablaremos un poco. Usted se calmará y luego podrá salir al hospital. Me miró de arriba abajo. Se hizo a un lado señalándome el camino con su brazo extendido. Pasé por delante de él y sentí rozando mi cadera. La luna se encontraba en el centro del cielo cuando entramos. Por un mo- mento creí encontrarme en mi propia casa. Era sorprendente la enorme cantidad de similitudes: las fotos en la pared, el estilo de los muebles, la pequeña biblioteca llena de enciclopedias. Todo en esa casa parecía repli- car mi hogar; todo menos el olor. Desde niña me había acostumbrado a identificar los lugares por su aroma. Las cosas, las personas, las palabras, pueden mentir, pero el olor es algo puro, inamovible, exacto. Olí una mu- jer y un niño, olí un gato y el sudor seco de Donald detrás de mí. Nos dirigimos a la cocina, sin encender las luces eléctricas, la luna brinda- ba todo el resplandor necesario. Puse la cafetera, pensé por un momento en la olla que estaba en mi cocina. Nos sentamos a esperar. Donald dejó el maletín sobre del mesón y se sentó al otro extremo. –No sé qué me pasa –dijo de repente–. Mi hijo se encuentra entre la vida y la muerte y yo aquí sentado, esperando quién sabe qué. Soy un cobarde. No dije nada. –¿Te pasa algo? –Preguntó. –¿Por qué lo dices? –Respondí. –Pareces distraída. –Lo siento, es que acabo de recordar que dejé una olla al fuego en mi casa, eso es todo. Donald soltó una gran carcajada. Rió hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Luego, como si nada hubiera sucedido, continuó sollozando. Esa reacción me recordó mi niñez. Una vez mi padre llegó en la madruga- da. Mamá estaba despierta, por supuesto; sin embargo no se levantó a re- cibirlo. Él comenzó a gritar. El sonido se colaba por debajo de la puerta de mi cuarto. Escuché a mamá levantarse. Me escabullí de mi cuarto procu- rando no hacer ruido. Las voces se escuchaban lejanas, como si estuvieran discutiendo en medio de un túnel. Caminé lentamente por el pasillo. Una
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    38 vez en loalto de la escalera pude escuchar cómo mamá decía algo sobre otra mujer, oí cómo él se reía. Aún hoy, la imagen de mi madre llorando de rabia y mi padre llorando de risa me acompañan. Miré a Donald y sus patéticas lágrimas. Es gracioso el darse cuenta cuán frágiles son los hombres. Separando las manos de su rostro, dijo: –Ya está el agua. Me levanté y preparé dos tazas de café. Le entregué una a Donald y, con la otra entre mis manos, me senté a su lado. –No tienes por qué preocuparte –dije, acariciando su cuello. Los niños son muy fuertes. Ya verás cómo el pequeño estará mejor cuando regreses. Donald, sin dejar de mirar su taza de café, dijo: −Nunca quise hijos. Es un tonto error que se comete. Un día eres un chico lleno de sueños y otro, tras una noche de tragos, pasas ocho años criando un niño que nunca quisiste y luego esto. No es justo. No existe algo tal como la justicia en éste mundo. Me acerqué un poco más y le dije: −Dime ¿Qué le paso? −No sabría decirlo… –respondió Donald. −Di lo primero que se te ocurra –dije. −Fue un coche… no, una moto o quizá resbaló mientas manejaba su bici- cleta, no sé bien. No me hagas hacer esto. −Tranquilo, Donald. Lo has hecho muy bien. Donald volvió la cabeza y me miró fijo. Sostuve su mirada. –¿Ya? –preguntó, haciendo un movimiento de cabeza en dirección a las escaleras. Asentí, dejando la taza de café en la mesa. Al salir la luna estaba oculta. Cerré la puerta de la casa. No pude ver nada, me dirigí a tientas por el jardín. Al entrar a mí casa recordé la niña escondida al final de la escalera y por un momento miré fijamente a esa oscuridad. En la cocina apagué la olla. Ya no contenía nada de agua. Des- de ese lugar miré la fotografía aún torcida, pensé en arreglarla pero decidí no hacerlo. Mientras subía las escaleras escuché cómo Donald guardaba el coche. En la habitación, J. aún roncaba, pero había cambiado de posición; ahora daba la espalda, ocultando la cabeza entre la almohada. Miré por la venta- na, afuera ninguna sombra se movía.
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    39 FICCIÓN pone furiosa. Mitavive pendiente para que todos los días se tome los tranquilizantes. Gracias a ella es que Saira sigue viviendo aquí, si no mi papá y mi mamá la habían llevado desde hace rato a un sito de esos donde encierran a los locos. Sería lo mejor pues así Saira ya no me pegaría. Pero me da pesar de Mita, que la quiere tanto. Estaba acordándome del accidente, eso fue un di- ciembre. Saira había llegado de estudiar de la Uni- versidad toda contenta para irse a bailar con Danilo, su novio. A Mita nunca le había gustado ese mucha- cho para ella y siempre que lo veía le hacía mala cara. Pero no tenía más remedio que dejarla ir. Se veía muy enamorada y mi mamá le aconsejó a Mita que si le decía que no de pronto se iba de la casa. Era la noche de las velitas, por esto todos estábamos despiertos hasta tarde. Además la música de las otras casas tampoco nos hubiera dejado dormir. A mí me encantan todas las cosas que ocurren en diciembre. Nunca me han dejado jugar con pólvora, pero es lo que más me gusta. Ver esos colores que suben hasta el cielo. Una vez me soñé que me ataba a un cohete y podía volar hasta alcanzar las estrellas; ver desde arriba todas las casas, especialmente a mi familia y que ellos se sintieran orgullosos de mí por algo. Aun- que sé que nunca me van a dejar jugar con pólvora ni tampoco hacer muchas otras cosas. Es mejor así porque así evito que me pase lo que a Saira. De di- ciembre también me gusta la música, la comida, todo lo que venden en los almacenes, tanta gente como si fueran hormigas que salieran de la tierra. Pero desde el accidente a mi abuelita no le gustan los diciembres. Porque de verdad fue horrible. Seguía- mos en el antejardín como a la una de la mañana. Mi papá y mi mamá bailaban con unos vecinos, Mita me cuidaba mientras yo jugaba con los niños de la cuadra. Fue ahí cuando escuchamos el ruido de la AMO Por: Ángela Rengifo Prof. adjunta a la Escuela de Estudios Literarios Universidad del Valle S iempre que me encuentra por el camino, Saira me pega. Creerá que soy como su pe- rro. Esta mañana pasaba cerca al comedor y me dijo que me desapareciera. Pero yo tenía que pasar por ahí para ir a la cocina, tenía mucha sed y quería un vaso de leche. Entonces me aga- rró a patadas con toda esa fuerza que ella tiene, más que todas las mujeres y hasta le puede a un hombre. Menos mal llegó Mita y me defendió, porque si no me hubiera matado. Después de eso toda la mañana volvía a molestarme como para seguir la pelea diciéndome: “No me busques, Memito. No me busques porque ni te imaginas lo que te pasa”. Por eso me quedé encerrado en mi pieza haciendo dibujos, no quería encontrármela por nada al menos mientras le pasaba la rabia o llegaban papá y mamá para que la pusieran en su sitio. Pero es que Saira no fue toda la vida así como es ahora. Antes del accidente estaba estudiando en la Universidad. Mita decía que ella iba a sacar la cara por la familia, que era su única esperan- za. Mi tío Hugo murió cuando ella estaba todavía pequeña y por eso se vino a vivir con nosotros. Su mamá la dejó abandonada mucho antes. Por eso es que yo vivo con miedo. Si mi papá y mi mamá me dejaran me convertiría en una persona como Saira. Amargada todo el tiempo, hacién- dole daño a los demás. A la única que quiere es a Mechas, su perra. Porque a Mita tampoco la respeta a veces. Pobrecita, ella que la quiere tan- to. Así como está ahora ya no puede esperar que Saira rescate la familia y yo, menos. A veces se le olvidan las cosas y no reconoce la gente. Creo que por momentos ella nos ve a todos como unos monstruos que queremos atacarla y entonces se
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    41 moto, Danilo dandovueltas a la manzana con Saira a toda velocidad como si estuvieran compitiendo con alguien imaginario. Mita empezó a gritar regañando a Saira. Ella al principio parecía muy contenta con los juegos de Danilo, pero al ver a Mita angustiada también gritaba con miedo sin que Danilo le hiciera caso ni la dejara bajar. Todos vimos como la moto se estrelló contra el poste y Saira salió volando casi hasta el final de la calle. Mi mamá despertó como de un sueño con un alarido: “Se mató”. En ese momen- to Mita se desmayó y mis papás no sabían que hacer, menos mal que los vecinos ayudaron. Saira estuvo como cuatro meses en el hospital. Me recordaba a Pinocho cuando Guepeto lo tuvo que volver a hacer. Pues así le pasó a ella. Nunca me de- jaron verla hasta que regresó a la casa, pero todos hablaban de muchas operaciones. Lo más raro es que la perra que tenía antes amaneció muerta el día des- pués del accidente. Mita dice que Shira se murió para devolverle la vida a Saira. Creo que le regalaron a Mechas para que también se muera si vuelve a pasar- le algo. Una vez le dije a mamá que me comprara un perro a mí, que no había quien me defendiera de la muerte. Mamá dijo que no me preocupara y que no le hiciera caso a los agüeros de la abuela. Pero sigo muy preocupado, así que de vez en cuando a la es- condida de Saira le doy de comer a Mechas para que me proteja. No creo que tenga ningún inconveniente. En tal caso capturé una lagartija a la que le doy de comer arañas y cucarachas, saco al sol y regreso a su cajita. Se llama Marisol. Ella me cuida de la muerte y Mechas, a Saira. Recién llegó no se acordaba absolutamente de nada. Ni siquiera podía caminar o hablar. Permanecía to- talmente quieta y sólo sabía que estaba viva porque movía los ojos, uno de ellos extraviado. Todos los días papá y Mita la llevaban en el carro donde el doc- tor. Meses más tarde empezó recuperar el habla y el movimiento. Tuvo que aprender a caminar de nuevo como cuando los niños están chiquitos y ahora habla tan enredado como yo. Tiene muchos remiendos por todo el cuerpo. Aún así, con el tiempo ha recupera- do su fuerza y hasta tiene mucha más que antes. Se aprovecha de que soy más flaco para pegarme cada vez que quiere. Su forma de ser ya no volvió a ser la misma. An- tes me sacaba a comer helado y me consentía. Aho- ra mantiene nombrando a Danilo, dice que se van a casar y que viene a hacerle visitas de noche. Mita no dice nada, pero sé que lo odia con todas sus fuer- zas porque por su culpa Saira quedó así. Él también quedó muy lastimado después del accidente, aunque en comparación de ella no le pasó nada pues sólo se fracturó las costillas y las piernas. Con el tiempo vol- vió a recuperar su vida normal, ahora trabaja y tiene otra novia. Por eso es que yo no creo que visite a Saira como ella dice pues se volvió muy fea. Ella lo sabe y cada vez que ve una foto suya antes del accidente se enfurece. Así que Mita ordenó romper muchas de las fotos de los álbumes familiares. En eso no estuve de acuerdo y lloré pues había fotos que me gustaban mucho. Papá decía que era suficiente con esconder- las, pero Mita no quería correr ningún riesgo. Decía que Danilo se consiguió otra novia aunque al princi- pio estaba muy pendiente de Saira. Venía todos los días a traerle cosas como frutas o dinero, mamá era quien se las recibía. Hasta que una vez Mita supo que se había conseguido otra novia y lo echó para siem- pre de nuestra casa. Si Saira supiera lo que ella hizo se disgustaría bastante. Tal vez Danilo ya no quiere a Saira como su novia pero pienso que siente remordi- miento por lo que pasó. Porque a veces pasa por el an- tejardín y a escondidas me pregunta por ella. En todo caso Saira se pone insoportable cuando se acuerda de él, así que decidimos llevarle la corriente haciéndole creer que todos sabemos que siguen siendo novios. En parte puedo comprender a Saira. A mi tampoco me dejan tener novia. Tengo que conformarme con ver pasar las muchachas cuando van al colegio. Estudié nada más hasta grado sexto porque perdí el año y los profesores le dijeron a mis papás que yo no era capaz de repetir. Ellos me llevaron al médico, en adelante no volvieron a llevarme a estudiar sino que de vez en cuando voy a unos talleres de manualidades. En parte agradezco porque no me lleven a estudiar, eso nun- ca me había gustado y les tenía mucho miedo a los profesores cuando me preguntaban las cosas sin que yo supiera responder. Así que se me ocurrió lo que a muchos de mis compañeros más indisciplinados no. Cada vez que alguien me decía algo me ponía a aullar. Por eso me apodaron “el lobo”. Alcancé a ser muy popular en el colegio, por eso digo que soy más inte- ligente que todos aunque los profesores y los médicos le hayan hecho creer a mis papás lo contrario. Tampoco me gustan las manualidades. Todo se me cae y sin que nadie me lo diga sé que me quedan feas, no como lo que venden en los almacenes. Por el con- trario, las profesoras de allá aplauden cada cosa que hago; ellas son las que parecen bobas. Como si fue- ra ciego para no darme cuenta de que no me quedan
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    42 bien. Por esono me animo a aullarles. Pero en la casa si me dan ganas de hacerlo, sobre todo cuando veo pasar esas muchachas con esas fal- das tan corticas. Mita se desespera porque Saira habla de Danilo y yo, aúllo. A veces a Saira también le da rabia escucharme aullar y me busca para pegarme, pero Mita siempre llega en mi ayuda. Aunque otras ve- ces Saira está demasiado sumergida por las pastas pensando en Danilo y ni siquiera me dice nada, allí me doy cuenta que Mita se encierra a llorar y no aúllo más. Más bien me encierro en el baño para sobarme el pipí hasta que se pone derecho como una antena. Mis papás vienen a casa solamente a dormir. Mi mamá me acompaña muchas veces con la luz encendida porque me da miedo quedarme solo en la oscuridad. Cuando ella cree que me he dormido, sale y apaga la luz. Le hago pensar eso porque sé que ella viene muy cansada y es muy duro el trabajo. Pero el miedo no se me quita. Como no puedo aullar a esa hora, comienzo a sobarme. Me quedo mirando cómo poco a poco se va levantando la sábana hasta que por fin me quedo dormido. Pero una noche escuché ruidos en la casa, lo raro era que Mechas no ladraba. Primero tuve ganas de gritar para llamar a Mita o a mamá, pero luego caí en cuenta de que era Danilo. Sí era verdad lo que decía Saira: Danilo venía a buscarla por las noches y como Mechas lo conocía, no le ladraba. Pero quería ver lo que ellos hacían. Así que me levanté descalzo hasta la pieza de ella. A medida que me acercaba escuchaba unos quejidos que me hicieron dar cosqui- llas. Entonces, sin que me sintieran, abrí la puerta. Por un momento no supe qué hacer cuando los vi desnudos, a papá sobre Saira. Ella no pa- recía enojada con lo que le estaba haciendo aunque se quejaba bastante, mientras nombraba a Danilo. Comprendí que todo tiene que ver con eso de las almas y los animales que dice mi abuela. En las noches papá y Danilo cambiaban de cuerpos para que éste último pudiera estar con su novia a escondidas, ya que Mita permitía que estuvieran juntos. Me preocupaba saber dónde estaría mi papá en ese momento. Pero qué más da. Lo importante es que formaba parte del secreto y que no podía rom- perlo si no quería ver a Saira furiosa por acusarla con Mita. También lo hacía acordándome de todo lo buena que fue Saira conmigo antes del accidente. Además, me gustaba lo que yo estaba sintiendo y me recos- taba contra la pared para sobarme. Ellos me enseñaron que era más rico si te quejas al mismo tiempo. No me escuchaban porque hacían más ruido que yo, ni siquiera se imaginaban que estaba allí. Todas las ma- ñanas cuando veía que papá besaba a mamá me sentía tranquilo porque las cosas volvían a la normalidad y todos eran felices. Incluso Danilo, quien seguía preguntándome por Saira a las escondidas en el antejardín y al que le contestaba siempre con una sonrisa de complicidad.
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    43 MINI- FICCIÓN Gary acostumbrabaa guardar retazos de fotos que encontraba en la calle. Luego, con las mismas, comenzó a llenar un álbum y le colocó el nombre de “Ciudad”. No esperaba mayor cosa; sin embargo, un día vio a un sujeto recortando fotos familiares y tirándolas a la calle. Inmediatamente, Gary corrió a su casa y comenzó a contar las fotos para saber cuántas personas tenía ha- bitando en su ciudad de papel. LOS OLVIDADOSPor: Sebastián Álvarez Martínez Estudiante de Licenciatura en Literatura Ilustradora:AngélicaCárdenasRosero
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    44 EL CICLO DELDESIERTO Por: Gina Alexandra Velásquez Cardona - Estudiante de Licenciatura en literatura En mi sueño vagaba sin rumbo a través del desierto. A lo lejos vi la figura de un des- conocido que se arrastraba en mi dirección con sus últimas fuerzas; el hombre llegó hasta mí y extendió su mano para obsequiarme un anillo. Cuando desperté el anillo seguía en mi mano y podía sentir la arena quemándome la espalda. Giré sobre mí, muy débil para ponerme en pie, y vi a lo lejos la silueta de un hombre que vagaba sin rumbo a través del desierto. Ilustradora: Yvonne Aragón
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    45 CRÓNICA ¿Quién es quese cree? Hanner La Gata: un retrato Sí. Ella. ¿Qué es lo que hace? Hanner termina de cantar. Es viernes. La plazoleta de Banderas, en la universidad del Valle, es una barahún- da de cantos, risas y gritos. Falta poco para las seis de la tarde. Hanner mira a sus bailarines para comprobar que están en el lugar acordado, en la pose ensayada. Aún retumba el sonido desde los bafles. Abajo, a sus pies, rodeando la tarima de un metro de alto, una turba de muchachitos y peladitas tararean su coro. Hanner suelta algunas frases, ninguna de agradecimiento. La gente aplaude. Entre el público, cuatro hombres que se han gozado todo el show, brincan estratégicamente en tacón de aguja. ¡No sé cómo han hecho para bai- lar montados es esos esperpentos de zapatos! Hanner y sus cinco bailarines consiguen que cientos de uni- versitarios canten sus canciones de Rap sin siquiera conocerlas. Que a pesar de la oscuridad, iluminen el escenario con la opaca luz de sus cigarrillos y coreen: OTRA-OTRA-OTRA. Hanner lo comprende. No es un manojo de nervios. No es una canción inédita. Es un sueño soñado donde ella es protagonista. —Yo nunca busco la aprobación. ¡Ay acéptenme! ¡Ay es que soy una travesti, muchachos tengan piedad! No. Yo exijo —Hanner aprieta su rostro como un puño—. Usted tiene dos opciones —mueve su brazo derecho y sube un dedo—: una, me acepta y se sienta aquí, a mi lado. Dos, no me acepta y sobra —una UVE gigante se forma entre su dedo medio e índice. A través de ellos su mirada fija, como de cazador, intenta intimidarme. “Poquito a poquito” es el título de la canción con la que continúa el concierto. Hanner cuenta que solo es un retrato de su vida en las calles del barrio El Retiro. Una instantánea con olor a pólvora, el apuro de armas “No mami, no es un muerto. Estamos grabando un video” Por: Alexander Améxquita Pizo Profesor adjunto a la Escuela de Estudios Literarios Universidad del Valle
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    46 empuñadas y dispuestasa explotar: ¡PAM! ¡PAM! “Yo les destrozo la moralidad / los pongo nervio- sos / los pongo a temblar / se cruzan de piernas / se mueren de miedo / porque cada uno / aquí tuvo su enredo…” —La verdad yo no tengo nada que inventarme. Todo está allí, en la calle, esperando por mí, esperando que yo cuente y eso es lo que hago —dice Hanner angustiada por las pistas que no llegan, acosada por el sudor que resbala por su rostro, que humedece la camiseta, abriendo sus ojos, por encima de la gente, como si quisiera comérselo todo. *** Vé. Y… ¿Quién es? Hanner La Gata es alta: 182 centímetros. Lleva el cabello un poco más abajo de los hombros, color negro, aunque se torna algo rojo cuando llega a las puntas. Piercings en cejas y nariz. Mira a los ojos, siempre a los ojos. Presta atención cuando escucha a los demás, sus pupilas se mueven ligeramente, como si escaneara tu mente. Apenas terminas, ella responde. Su boca es grande, como la de un felino hambriento. Nació y creció en el barrio El Retiro. Hija de una madre chocoana, seguidora de los Testi- gos de Jehová, de la que dice haber heredado el gus- to por el canto. Hanner La Gata es la menor de tres hijos. Tía de siete sobrinos que vigila con su cara de pantera. Cuando saluda, sus manos -de dedos largos y gruesos-, te recuerdan que tan débil puedes ser. Creció bajo el cuidado de su madre y su padrastro, un exboxeador que se jubiló como policía. En su escuela, al llamado de lista, debía responder ‘pre- sente’ cuando escuchaba el nombre Jhon Hanner Ibarguen. En esa misma escuela supo, por cuenta de sus compañeros, que no era igual a los demás: le gritaban: mariquita. La perseguían en el recreo. Le tocaban el culo. Ella peleaba, los miraba fijo a la cara y ¡zas! Acertaba sus puños. — Por eso me fui de la escuela —dice Hanner. Me mira fijo y recuerda—: Cuando me defendía, los profes me mandaban al rincón. Un año antes de comenzar a usar falda y zapatos de tacón, cuando apenas iba a cumplir trece, Hanner recibió su diploma de primaria. A pesar de la indife- rencia de algunos de sus profesores, de los insultos “Ella es la negra, la marica, la rapera, la que camina por las calles del barrio El Reti- ro, en Cali, para narrarnos con sus letras y acordes, el azaroso devenir de su ba- rrio, el mismo barrio donde nació, creció y, seguramen- te, morirá.”
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    48 y las risasque provocaba al pasar, en la foto de graduación, que conserva su madre, Hanner La Gata es un muchacho fuerte, alto y sonriente; a su lado una profesora regordeta y bajita sonríe orgu- llosa, pero su sonrisa no es ni la mitad de la sonri- sa que sostiene el rostro de Hanner. En esa foto se le ve elegante con su camisa azul clara, pantalón de jean y zapatos negros. Mónica, su madre, dice que Hanner era dulce y muy cariñoso. Sin embargo, cuando creció, la gente no pudo entenderlo: “¿quién es esa?”; “¡ay! Vela cómo se mueve”; “adiós preciosa”; “marico- na”… palabras, insultos, risas, rumores que toda- vía rebotan por las esquinas del barrio, haciéndo- le eco a lo que algunos consideraban un defecto contagioso. — Yo solo quería protegerlo. Visité una psicóloga y ella le recomendó que saliera del armario. Yo quedé tranquila, pensé que iba a ser fácil —Mó- nica ríe—. Pero yo no entendía qué era salir del armario, después de esa cita mi hijo se comportó peor. Hanner ya quería usar blusas, zapatos de mujer y maquillaje. Su madre no entendía. Así, su hijo fue construyendo una identidad desconocida para una mujer que solo comprendía lo que era ser hombre y mujer. — Yo no sabía lo que era ser homosexual. No en- tendía qué era salir del armario. Hasta que un día comprendí que mi hijo era diferente a Julio Cesar, su hermano mayor. Hanner no jugaba fútbol, pei- naba las muñecas de su hermanita y era delicado —Mónica baja el tono de su voz. Su esposo, sen- tado a su lado, lo confirma con un sencillo movi- miento de cabeza. — Me cansé de decirle que Hanner bailaba y se movía como una mujer. Todas las tardes, cuan- do llegaba del trabajo, lo veía en la calle, bailan- do con sus amiguitos y él, moviéndose delicado. Pero ella no quería entender —asegura don Jesús, el padrastro de Hanner, un hombre de rostro sin arrugas, que le ha dado su mano y que todavía está a su lado, como un viejo y gordo sparring que motiva a su inexperto peleador: para que se pare en la lona, para que derribe a su adversario. Desde niño, cuando su madre lo arrullaba con esas canciones que aprendió en el Bajo Atrato chocoa- no, Hanner vivió en su cuerpo el desprecio de una comunidad que no lo comprendía, que no aceptaba su diferencia. No solo era negro, no solo era pobre, también era un chico que cantaba canciones de Glo- ria Trevi. No quiso seguir estudiando. Al cumplir trece años ya se daba golpes con sus compañeros y con todo aquel que criticara su identidad sexual. La sonrisa en su foto de grado, de quinto de primaria, fue la última sonrisa institucional: vestida de unifor- me de colegio público. “Luego llego al colegio / y me cortaron el pelo / yo era el más inteligente / pero no era como ellos / me apodaban / me jodían / y me cogían el rabo / la profe nada decía / porque yo era amanerado / pisoteaban mis derechos / porque yo era diferente / pero si me defendía / era un negro delincuente.” — Lo que me ha llevado a ser la gran persona que soy hoy, ha sido el rechazo, la discriminación y esa agresión de las personas —cuenta Hanner con su cara pantera—. Yo transformé todas esas cosas ma- las, que ellos me gritaban, en cosas positivas. Cada vez que alguien me agredía verbalmente, yo decía: ‘tengo que superarme, ser el mejor’. *** Oiga: ¿de dónde es que viene? En algunas calles de un barrio como El Retiro, en Cali, despertar como si nada hubiese pasado parece un desatino a la imaginación. Por la noche el ruido de los disparos, el olor de fritanga, el estruendo en los techos y las pisadas desesperadas que se diluyen en la distancia. En la mañana los ecos de una larga noche, el crujir del carbón para asar arepas, el latir de las motos que no se sabe si madrugan o van a des- cansar, las voces de los televisores que se escuchan desde la calle, la bullaranga que ensordece el barrio. Cuando todo es claro El Retiro se deja ver cargado de sonrisas, bisutería y aroma de pandebono; chori- zos, crema de coco y tilapia; cabello sintético, va- llenatos y buñuelos en pailas hirvientes; marañas de cables, remendadores de zapatos usados y cantos de
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    49 música cristiana; amasde casa, bolsas de mercado y estudiantes; salas de internet, niños co- rriendo por la calle y minutos a todo destino por cien pesos; hombres bebiendo cerveza en una esquina, pan aliñado y vendedores ambulantes; Testigos de Jehová, transportadores informales y muchachitas cargando niños que podrían ser sus hermanos; bicicletas, casas a medio terminar y colores colgando de alambres oxidados. El Retiro pertenece a esta ciudad: la misma donde se baila salsa, donde se come chontaduro, donde se hinchan de orgullo pues dicen tener mujeres como las flores. El Retiro es también Cali: la misma que en lo que va del 2014 registra más de mil cien asesinatos. De estos la Co- muna 15, conformada por El Retiro y seis barrios más, suma tantos muertos a la lista que ya ni quieren contarlos. En el 2012 fueron 177 casos, en el 2010 otro tanto. Cifras que se vuelven estadísticas, cuadritos de colores en informes oficiales. Pero estos muertos que son números, para Hanner fueron conocidos o amigos, incluso su hermano Julio Cesar, hace algunos años, se convirtió en un dato que agrandó la barra de algún reporte institucional. Como dice su coreógrafo, Jenner Solona, a La Gata lo que la hace especial es su labor con la comunidad, con la sociedad, pues ella es líder entre los jóvenes y fomenta proyectos de vida dignos, que intentan generar otros estilos de vida, evitando vicios o malas mañas.
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    50 — Los queviven en esta Comuna han visto cómo Hanner ha influenciado, de manera positiva, a los pelados —afirma Jenner, su coreógrafo—. Ella decidió adoptar una identidad poco femenina. Sus ademanes y corporalidad son fuertes, ya que, por la zona en la que vive, demostrarse frágil o débil, podría ser una amenaza. Aunque Hanner La Gata creció entre fierros, ro- bos, cuchillos, alcohol y peleas, ella comprendió desde muy joven que era más fuerte que la violen- cia, ese animal furioso que camina por las calles de su barrio, de su ciudad. Eliminó las fronteras entre los jóvenes de su Comuna, cantando para ellos, en funciones y eventos pensados para la co- munión del arte, la música y la fraternidad. Aque- llos jóvenes que no podían pasar una calle sin el temor de recibir un balazo, lograron visitar a sus amigos y corear canciones como ‘El gran juego’, ‘Calidosita’ y ‘Calzones azules’. La Gata se con- virtió en un puente para jóvenes que intentaban dejar atrás la violencia entre pandillas, que en Cali pueden ser más de cien, agrupando a miles de adolescentes que pueden llegar a ser dos mil o tres mil, nadie lo sabe. — Mi Comuna es como un campo de batalla—, cuenta Hanner—. Hace días, mientras grabába- mos unas escenas en el barrio, una señora llegó azarada al ver ese montón de gente, y me pregun- tó: ¿Qué pasó? ¿Hay un muerto? Entonces le con- testé: no mami, no es un muerto. Estamos graban- do un video. *** ¿Hanner? ¿La Gata? ¿Cómo es eso? En Vimeo, la red de video que compite con You- tube, el video clip de su primera canción, ‘Cal- zones azules’, lleva 4076 reproducciones y 14 likes. Para este proyecto, Julián Grijalba, un es- tudiante de Artes Visuales, juntó a profesionales en maquillaje, coreografía, sonido, cámara, trans- porte, cocineros, amigos y toderos que llegaron hasta El Retiro para retratar a este personaje, que no es solo un fenómeno del rap callejero sino una cronista de barrio. Para Hanner este video es más que un logro. Ni ella lo pensó cuando por primera vez se subió a una tarima a competir en el Primer Festival de Hip-Hop en el Distrito de Aguablanca. — Cuando la gente me vio en ese festival pen- só: ‘vamos a verlo por la risa, por la distrac- ción’. Pero cuando me llegó el turno de subir al escenario y comienzo a frasear, en ese momento del fraseo hubo otra reacción: la gente se quedó impactada —dice Hanner haciendo un gesto de asombro—. ¿La que está rapeando es la travesti? Nadie lo creyó. Pero esa travesti haciendo el papel de niña gran- de, obtuvo el primer lugar. Se ganó el premio a la mejor rapera de la Comuna 15 y repitió al año siguiente. Se presentó en la Feria Comunera y re- corrió corregimientos como Felidia y El Saladito. Se enfrentó a muchachitos vestidos al estilo niu- york, manes que cuando la vieron llegar se rieron en su cara. — Pero cuando gané me miraron con respeto, — cuenta un poco fanfarrona. El mismo respeto que pedía a gritos desde pe- queña, cuando jugaba con muñecas y se ponía tacones, se pintaba como reina y hasta se ponía calzones. *** ¿Qué es lo que canta? Cuando peleaba con sus hermanos. Cuando su madre le decía que debía estar tranquila. Cuando los vecinos caminaban por las estrechas calles de su barrio, en ese momento Hanner La Gata can- taba a todo pulmón ‘La acera de enfrente’, esa canción de Gloria Trevi que juzga a otros desde la diferencia. — Esta canción hablaba de situaciones que mar- caban mi vida, —recuerda Hanner—. Cuando dice: ‘yo sí tengo coraje y soy muy diferente’, yo pensaba hijueputa yo soy fuerte, soy diferente a todos, y voy a salir a darme contra el mundo. — Hanner golpea con un puño su mano izquierda y
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    52 sonríe—. Y cuandola Trevi dice: ‘la que quiera atreverse, cruce conmigo aquí enfrente’, yo lo veía como un desafío, o sea, el que me quiere y me respeta es bien recibido, el que no, nos damos contra el muro. Hoy Hanner La Gata sigue caminando en la acera de enfrente, representando el sonido de su barrio, revitalizando lo marginal. Es una cantante de rap, bueno, o de algo parecido que podría ser hip-hop, dance o reguetón, da igual. Ella, desprovista de maquillaje y lentejuelas, entona historias que son las de sus amigos, vecinos y señoras que nada sa- ben de esta música, pero que aplauden sus acor- des y versos. Historias de dureza y vulnerabili- dad como los que encontró la Fundación Carvajal cuando en el 2007 realizó un estudio que determi- nó que el 85% de quienes residen en El Retiro vi- ven en condiciones de pobreza, y muchos de ellos sobreviven bajo la línea de indigencia. Un sector de la población que presenta altos niveles de des- empleo y exclusión del mercado laboral y donde el acceso a la educación superior técnica, apenas llegaba a ser realidad para 14 de cada 100 jóvenes que obtenían un título de bachiller. *** Hanner La Gata escribe sobre su vida, de situacio- nes que, por más dolorosas que sean, pueden tra- ducirse en canciones pegajosas y a la vez crudas. Esto lo aprendió de su madre y luego de su herma- no. ‘Calzones azules’ es un claro ejemplo, en ella Hanner escribe una corta biografía para contarnos cómo ha sido su vida habitando ese cuerpo y esas calles que para muchos son extrañas, distantes o desconocidas. — Cuando escuché ‘Calzones azules’ sentí pena por mi hijo —Mónica mira al frente— no le cau- samos nosotros el sufrimiento, pero se lo provo- caron las personas de la calle. Aún las personas no entienden y siguen burlándose de él. En su canción, Hanner lo expresa con claridad y certeza. Ella sigue siendo una ciudadana anóni- ma, agazapada por los estereotipos que la obligan a definirse como una chica transexual, negra y pobre de Aguablanca: “a pesar de los rechazos / me puse a buscar trabajo / me decían: ‘yo te llamo’ / todavía estoy esperando / de regreso pa’mi casa / me detengo para ver / una dama que parece / pero no es una mujer / se paraba en la esquina / para negociar su cuerpo / es travesti como yo / pero ella está en otro cuento…”, es parte de la letra de su canción ‘Calzones azules’, una rápida, extravagante y preocupante autobiografía de dos minutos y cincuenta y dos segundos. *** Vé, ¿y qué fue lo que pasó? Un tufo de cerveza brota del gentío. Son casi las siete de la noche. El humo de los cigarrillos se funde con los rostros, alargando sonrisas, bocanadas de euforia, histeria colectiva que se diluye con el viento. Hanner La Gata repara entre el público: la felicidad es un invitado más. La oscuridad no opaca el brillo sobre la tarima. Los hombres de tacón de aguja se derra- man en alabanzas y admiraciones: “divina, poderosa, arrebatada…” La narrativa de sus canciones es vo- cería de una realidad que creemos conocer cuando caminamos desprevenidos. Todo ha terminado. El escenario solitario. Ella sonríe y me guiña un ojo. Hanner y sus cinco bailarines, ven cómo la muche- dumbre se dispersa. Fin
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    53 FICCIÓN Se acercaba elviernes Santo, y como una inque- brantable costumbre, Don Ignacio bajó hacia la plaza para comprar el pescado con el que abastecería la mesa de la casona durante los días siguientes. Se acercó al puesto de una de las muchas mulatas que se abultaban cerca al puerto en toldos mal fabricados y ofrecían el producto de la faena de sus maridos. Comenzó a selec- cionar el pescado y a regatearlo, como buen costeño que era; sin embargo, al momento de pagar, miró hacia la derecha por reflejo, y con sorpresa observó cómo un pargo rojo que se hallaba en una de las redes que aca- baban de descargar, le guiñaba un ojo. Fue tan grande su impresión que por unos segundos dudó de su cor- dura, pero pensó para sus adentros: “Ni el más loco de los locos podría imaginar que un pescado le guiñara un ojo, ha de ser una de esas vainas que a uno le pasan por algo o por nada, pero de todas formas voy a tener que comprar ese hijuemadre pescado”. Así que habló con la vendedora para que le alcanzara aquel pargo de la esquina, argumentando que se veía de una impeca- ble calidad, y que también lo llevaría. La mujer se lo empacó y Don Ignacio comenzó el trayecto de vuelta a su hogar, sin saber que desde el momento en que ese pez le guiñó el ojo, su deseo había comenzado a tomar forma. En la casa la plata no abundaba, pero tampoco pasaban hambre; los lujos era algo que solo prevalecía en los antiguos cuadros de colosales navíos que ador- naban la vieja casona, Don Ignacio había gastado hasta el último de sus ahorros en aquellas pinturas que había coleccionado durante sus 87 años. Tal vez el dinero no le alcanzara para realizar su mayor fantasía –navegar a través del mundo–, pero él se decidió a invertir lo poco que le sobraba para comprar el arte que retrataba sus sueños, y por este mismo motivo, apenas se fue de la casa de sus progenitores, compró un lote que tuviera una vista al mar, y con el salario de conductor del único bus del pueblo, construyó una casona de madera, con un inmenso ventanal, donde se sentaba todos los días Por: Paloma Montes - Estudiante grado 11, Colegio Pio XII EL SANTO DE LA LOTERÍA a ver los barcos pasar y sumirse en sus propias ilusio- nes. Luego la vida de Don Ignacio comenzó a trans- currir como la de cualquier hombre común: se casó, conformó un hogar, vio a sus hijos crecer y partir, para luego disfrutar la visita de sus nietos. Un día, mientras cocinaba, sintió cómo su respiración se iba, y tuvo un ataque de asma que casi lo mata, así que reunió a su fa- milia y les pidió en un tono serio y solemne que cuando él muriera, lo metieran en un ataúd, como manda la tradición, y lo pusieran sobre el mar, para que al menos su cadáver navegara. Cuando Don Ignacio llegó, se dispuso a pelar el pescado: el primero que eligió fue ese misterioso par- go, y al abrirlo, en un su interior, en medio de las vís- ceras había un papel. Asombrado, lo tomó y notó que era un boleto de lotería, estaba un poco húmedo, pero aún se veían los números “4081”, y la fecha en que se sorteaba, ese mismo día. Don Ignacio, muy creyente en la suerte, corrió hacía el pueblo a buscar la pizarra que publicaba los números ganadores; agotado, se dispuso a mirar, y su corazón no pudo soportar la emoción, el número “4081” estaba escrito en tiza sobre el tablero, en ese instante cayó al suelo, un infarto había acabado con su existencia y, en el piso, yacía con una inmensa sonrisa de su última alegría. Tal y como lo prometieron, su entierro se hizo en el mar, y el viaje del occiso empezó. Súbitamente su muerte se convirtió en noticia a lo largo de todo el litoral, y su fama se extendió con rapidez; pronto se escuchaba a lo largo de todo el caribe “¡Ya llegó, por fin ha llegado el muerto de la suerte!” avisaban los pes- cadores de cada pueblo por el cual pasaba el esperado invitado. Los gritos potentes llenos de emoción no se hacían esperar al ver en la lejanía un féretro que se acer- caba y así se daba inicio a una caravana de bienvenida en la que le rezaban a el que denominaban “El santo de la lotería”. De esta forma don Ignacio cumplió sus sueños, haciéndose parte de los sueños de otros.
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    55 POESÍA Escribo esto encaída libre desde mil torres de babel Algo que no intento llamar poema, ni palabra, ni siquiera sílaba Pendo de la lengua de los demagogos y las muchachas tontas con cara bonita Con mi tórax lleno de olas y los perros de mi infancia Soy un venado que acecha a la escopeta un mensajero de la Grecia antigua Juego esta vida como un yoyo y derivo a la locura de los dioses Pienso esta vida en otro orden mientras camino por el techo Esta glándula que se me abre desde el vientre y me lastima el habla ya no se cierra nunca más Sangra a gritos un fantasma que desgarra letras maduras y versos párvulos Me meto de lleno en el reflejo de las horas me hago materia y melancolía Me encuentro en la encrucijada del derrumbe de esta estructura sintáctica que es mi cuerpo Me deshago y no me puedo armar a mi gusto Sólo me hallo en el bosquejo de unas líneas que manejan con hilos invisibles este verso moldeado con arcilla. * * Por: Daniela Prado Estudiante de Licenciatura en Literatura
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    56 Ilustradora:LinaMaríaHerrera Horizonte El azul haolvidado su sombra de viejo sombrero de mago, de naipe bajo el abrigo Ya no hay castillos, ni risa infantil después de unas olas Han soplado todas sus velas como hojas de otoño y se han quebrado sus párpados sobre las tejas del mundo Diariamente un hueso amarillo atraviesa su carne y corta su vientre un pájaro de nieve que divide su rastro como una frontera donde las gaviotas hacen la guerra con el hambre.
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    57 FICCIÓN Latierrasehizo GRANDE Por: Angie Riascos- Estudiante de Trabajo social Mi apá siempre nos decía que desde aquí hasta donde se ve la quebrada iba a ser nuestra herencia, la de nuestros críos y así, pero eso empezó a cambiar. La mejor época fue cuando es- taba yo pelao, por ahí a los ocho años. Mi apá siempre estaba en la casa, pendiente de todo, se levantaba muy temprano, parecía que todavía estaba de noche, porque cuando yo me levantaba, que era cuando escuchaba las gallinas, por entre las hendijas de la esterilla se metía el sol. Él ya estaba cortando el pasto en la máquina que nunca me dejó manejar que porque yo tan lan- garuto y amarillo, como me decía, me podía bajar una mano o peor, dañarla. El viejo tenía toda la razón, pues era la única que había allá en la casa y Don Cesar Gutiérrez, el dueño de todas las tierras de acá, no iba a botar otra. En la casa se sembraba pasto micay pa’ Estrella, una vaca Foster que se llamaba así porque era toda, toditita negrita y en la cabeza tenía una man- cha blanca con forma de estrella; la teníamos desde ternerita. También teníamos un caballo, que ese si por tocarle el trabajo duro no lo habíamos bautizado; luego de sembrado el pasto se recogía y se llevaba a la cortadora donde salía en pedazos chi- quitos, a veces cuando estábamos de buenas, que era los días primeritos del mes cuando mi apá venía de la ciudad y traía lo de la tal Caja Agraria, entonces compraba sal y miel de purga, la sal era pa’ revolver con el pasto y la miel se echaba en un balde con agua; parecía miel de verdad, yo una vez probé de puro curioso pero sabía muy feo. Por ese entonces iba a la escuela de la vereda, donde la Maestra Carmen nos enseñó los números a leer, a escribir, jue-
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    58 gos y canciones.En el recreo con Julianito nos íbamos pa’ lo más lejos con un frasco de vidrio grande de esos que las mamás tienen en la cocina a coger grillos y ra- nas de todos los colores; por las mañanas después de que nos limpiábamos muy bien los zapatos, para no lle- nar de barro el único salón que había, les llevábamos pasto para que no se murieran, hasta un día que la rana empezó a saltar tanto que se nos escapó, Julianito me aseguró que fue porque el grillo verde grande, el de la suerte, se nos había muerto, y los otros animales esta- ban tristes. Ese día todos los grillos saltaron como locos en medio del salón y la maestra Carmen. Luego que lle- gaba de la escuela, mi apá estaba sembrando, limpian- do un pedazo, regando, abonando, trabajando la tierra hasta que llegaban las cosechas, entonces nos íbamos con mi mamá y una estopa a recoger naranjas, yucas, mazorcas, plátanos, papas, apenas lo que se compraba era el arroz, la manteca, el azúcar. Porque eso sí, en la casa como teníamos a Estrella, que nos daba la leche pal queso, yogurt, suero, kumis: teníamos todo. A mi mamá le tocaba levantarse temprano. Si mi apá madrugaba de noche mi mamá seguro que no dormía. Con el bagazo de la caña, porque en la finquita también teníamos un pedazo con cañas pero chiquito, hacíamos el guarapo que era sólo para ocasiones especiales, eso cuando iban las visitas y pa’ hacer la panela, se prendía el fogón, pa’ hacer el desayuno. Esas sopitas por la mañana, tajadas de maduro, arroz y café… a la media mañana mi mamá le llevaba el fiambre a mi apá a alguna parte de la fin- ca donde estuviera trabajando, envuelto en una hoja de mata de plátano, ahumadita pa’ que le de ese sabor es- pecial. Luego volvía a hacer el almuerzo y por la tarde se sentaba en la banca, que hicimos con el árbol que se cayó de viejo, a remendar los pantalones rotos de todos los de la casa, luego nos íbamos a recoger la leña para los otros días. Un domingo que mi apá no fue a la misa, cuando regresamos, él estaba con varios señores desconocidos, tenían una dizque reunión importante, dijo mi mamá con un aire nuevo en su rostro y que por eso no po- díamos estar, que ahora si se nos iba a poner la vida buena. Por el mismo tiempo a la escuela fueron unos señores que nunca habíamos visto en la vereda, tenían ropa muy blanca, algo raro, porque el agua por acá baja colorada por la tierra; nos regalaron una chuspa con un lápiz, un borrador y dos cuadernos con la foto de Don Cesar Gutiérrez y un número, así fue que lo conocí, nunca los niños de la vereda fuimos tan felices. Luego siguieron pasando cosas raras, la gente seguía yendo a reuniones donde los llenaban de papeles, que luego terminaban siendo aviones y barcos de sus hijos porque pocos sabían leer. Les regalaron camisetas, que dura- ron tan poco, porque fueron a parar a las banderas que marcan los cultivos; hasta que llegó el día del que todos hablaban. Ese día un bus pasó por toda la vereda con música y recogió a la gente para llevarla a la ciudad, fue la primera vez que vimos tantos colores, banderas y cantantes. Ya después nos enteramos de la fiesta que hicie- ron en la hacienda de Don Cesar, un tío que trabajaba allá en las caballerizas dijo que eso había sido con todo y matada de marrano, vaca, cohetes y mucha gente de la ciudad desconocida. Recuerdo que mi mamá me san- tiguó y se santiguó con una profunda cara de felicidad, mientras sostenía la mirada al cielo oscuro, interrum- pido por los destellos de colores. Mi apá se terminó de tomar la leche caliente con panela y se acostó. Primero Don Cesar Gutiérrez empezó a vérsele menos, dijo mi tío, y luego se fue a vivir del todo a la ciudad y no se le volvió a escuchar, no se puede decir que ver, porque los demás nunca le podíamos ver. Mientras el primer mes pasaba, los viejos de la vereda y el pueblo, tenían cada vez más y más los rostros llenos de líneas que dibuja- ban mapas de angustia y tristeza. La iglesia se llenaba los domingos más que de costumbre. Julianito seguía creyendo que todo era culpa de la muerte del grillo ver- de. Mi apá tampoco se escapó del germen colectivo de la angustia, decía que pronto nos iba tocar a noso- tros, en cambio mi mamá no decía nada, tal vez porque nunca dijo nada. Mientras estábamos parados en lo alto de la carretera, desde donde se alcanzaba a ver las cua- tro plazas de la finca, hacía un sol infernal de los que sólo hace antes de sembrar el maíz, él tenía en su mano derecha el palo de las caminatas largas, el que era de madera de guayabo. En su cinturón llevaba la vaina y su peinilla, dobló su otra mano para sacar el pañuelo azul, estaba recién lavado y planchado, de un momento a otro en la fragmentación de su cara se entremezcló una lágrima con el sudor. Parecía la fusión del engaño con el esfuerzo construido por toda una vida. Secó la humedad y apretó mi mano fuerte, aun sin compren- der y con el miedo de preguntar qué hacían con los dos costales a hombros, le dije, la culpa es de la muerte del grillo verde. Mi padre distrajo la mirada de la casa y la fijó en mis ojos, y con una conmoción me respondió – no hijo, es porque la tierra se hizo grande.
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    60 Entre los infortuniosde leer afuera de la casa con la puerta abierta, se encuentra la natural circunstancia de permitir la entrada de ladrones. Puede ocurrir también que un asesino se oculte, y luego, en medio de la noche, intente continuar su antología de escatológicos trofeos. Ahora, si lo pienso bien –y sin demasiado sarcasmo–, creo que hubiera preferido cualquiera de aquellas situaciones. Por el contrario, fue tan solo Samuel quien llegó a visitarme. Tenía el cabello rojo y la piel blanca. En su rostro se dibujaban unas cuantas pecas pueriles que combinaban con su traje a cuadros igualmente pueril. La sonrisa ingenua n –si aquel ser repugnante puede merecer alguna consideración–, parecía siempre irradiarlo de un efecto de bondad. No se detuvo a explicar nada, ni tampoco se esforzó por res- ponder a mis preguntas. Sólo estaba allí, dominado por una seguridad pasmosa, abriendo la nevera, comiendo de mi cena. En una de sus ma- nos un álbum de fotografías; en la otra un sándwich. En todo momento tan espontáneo, capaz de aniquilar cualquier estupor. –Tal vez si bajaras un poco de peso serías más atractivo para las mujeres. Tienes cuarenta y aún no te has casado. ¿Cómo podía articular tales sentencias? ¿Cómo logró revelar el cotidiano rechazo? ¿Cómo, a pesar de la fotografía con Amanda en la sala, conocía mi incapacidad para retener a las mujeres? Quise arrojarlo a la calle, pero su aspecto frágil le sirvió de escudo por aquella noche. –La calvicie con el cabello largo a los lados te hace parecer ridí- culo. Lo tomé de las hombreras del traje y lo arrastré hasta la puer- ta. Amanda se tropezó con nosotros (yo había olvidado nuestra cita de miércoles). Apenas me percataba de la presencia de mi amante, cuando la criatura se agarró a una de sus piernas. Esta vez fue la sensiblería de las mujeres lo que evitó que pudiera expulsarlo. Pasaron toda la mañana consintiéndose, como si él fuera el cliente opulento con el que ella solía Por: Leonardo Moreno Egresado de Lic. en Literatura Universidad del Valle FICCIÓN Fue tan solo Samuel quien llegó a visitarme
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    61 soñar, o comosi ella fuera la madre perdida para él. –Un vestido rojo de pepas no te va a ayudar a salir de puta. Vas a pasar toda la vida haciéndole pajas a oficinistas. Amanda tuvo de pronto en su rostro el color del vestido. Disfruté su cólera: ¡una merecida compensación del universo por su complicidad con el engendro! Supe que en aquel instante me ayudaría. Se inclinó para to- marlo de los pies, como si intentara excusarse por haberme interrumpido un momento antes. La situación había cambiado para mí; las palabras de Samuel se mutaron en un carcajada contagiosa. Amanda y yo veíamos ahora sólo un niño travieso. Ilustrado por: Angélica Cárdenas Rosero
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    62 Durante la semanasiguiente me divertí como nunca. Llevé a la casa algu- nos compañeros de trabajo: oficinistas calvos, gordos y sensibles. Cada una de las embestidas de Samuel lograba despedazarles el corazón. Creí que llegarían a matarlo. La fotografía de Karolay la encontró en el nochero. –Tiene el corazón de puta. Incluso Amanda conserva un poco de digni- dad; si no le pagaras, no volvería a visitarte. Hice un gran esfuerzo para esquivar sus primeros ataques. –Se ha revolcado con todos. Le gustan los hombres con rostros finos, pero también los menos agraciados lograron tenerla. Las palabras del engendro ya no sólo eran perspicaces; lograban adivi- narlo todo, como si me conociera desde siempre. Seguramente habían pasado veinte años desde la última vez en que vi a Karolay, pero su recuerdo perma- necía inmaculado para mí, y ahora él, aquel ser que apareció de repente, podía comprender mi furia y frustración. –Para ti siempre buscó excusas. Todos la tuvieron en su cama menos tú. ¡Puta, la más puta de todas las putas!, menos para ti. Tomé su cuello con ambas manos, pero no lograba detenerlo. –Tú la hubieras llevado al altar; habrías dedicado tu vida a sus caprichos. Ellos la tuvieron una y otra vez, sin tener que mendigarlo. ¡Puta, la más puta de todas las putas!, menos para ti. Ahora se encuentra vieja y amargada, pero aun así tú desearías tenerla, y aun así ella te rechazaría de nuevo. ¡Puta, la más puta de todas las putas!, menos para ti. Sentí nauseas. Me dejé caer en el suelo. El rostro de Samuel parecía des- consolado. Su mirada ya no era segura y altiva; creí que se arrojaría sobre mí para consolarme. Algunas lágrimas se derramaban por sus mejillas. Se detuvo un instante. Dio algunos pasos hacia atrás, sin desviar la mirada de la mía. En sus ojos creí adivinar un agradecimiento sincero por aquellos días de felicidad. Luego continuó hablando sin cesar; ya no pudo detenerse. Lo vi salir de la casa, esforzándose por tapar su boca y sus oídos.
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    63 FICCIÓN Recuerdo esa fríanoche de abril de 1907. El viento soplaba entre los árboles y de fondo se escuchaban los gritos de mis camaradas muriendo. Era una sinfonía horrorosa. Ahí me encontraba yo, Bonifacio Albarada, un joven de 24 años con aires de grandeza, pensando que tenía el mundo en mis manos. Pronto me daría cuenta de que no era así. Al derribar las barricadas los republicanos ejecutaron a todos los altos mandos conservadores; yo, en el total crecimiento de mi valentía, me escondí. Estaba segado por el miedo.Apartir de ese momento solo recuerdo el sonido de una puerta al romperse, los fogonazos de los mosquetes y, por último, el dolor punzante del plomo en mi hombro. Afortunadamente la bala atravesó el hombro, pero se infectó. Estuvimos casi tres díasencerradosenunaceldacomún,deloscualesmepasécasidosinconsciente,delirando poreldolorylainflamación.Luegodeejecutaralossoldadosconmenorrangoporqueno leseranútiles,nosasignaronceldasindividuales. Ahíentendíqueelcautiverionoibaaser breve. La verdad, la celda no estaba tan mal, al menos tenía una ventana, pero era un poco deprimente pensar que esas cuatro paredes, o más bien tres paredes y una puerta, serian mis compañeras a partir de ese momento, y que no vería a mi familia por un buen tiempo. Con el tiempo aprendí a comunicarme con mis camaradas que estaban en las celdas vecinas. Era un sistema simple: cada golpe en la pared significaba una le- tra del abecedario; sus nombres eran, Vicente Alarcón e Indalecio Prieto. Al pare- cer eran buenas personas. Algo muy curioso es que, sin importar lo alto que gritá- ramos para llamar a los guardias, ellos parecían evitarnos, incluso, no escucharnos. Meses más tarde Indalecio me avisó que iban a hacer un intercam- bio de rehenes, estaba eufórico, llegué al punto de gritar al unísono jun- to a mis vecinos, pero lo más extraño es que los guardias ni se inmutaron. Dos días después, al despertarme, las puertas de mí celda estaban abier- tas. Pensé “por fin estoy libre”. Al avanzar por el oscuro pasillo, me encon- tré con Vicente e Indalecio, estos se encontraban charlando precisamente so- bre mí, me recibieron con un apretón de manos y un fuerte abrazo, mis ojos se humedecieron, pero me dije a mi mismo, tienes que ser fuerte, ya se acerca el final. Al llegar a la puerta principal, no pude contenerme más y comencé a co- rrer, corría más rápido de lo que recordaba. Al llegar a una pequeña caba- ña, cerca del lugar de concreto donde estuve preso, noté que ésta me era fa- miliar: se trataba de la misma cabaña en la cual me habían capturado. Decidí entrar por el simple hecho de recordar el pasado. Al abrir la pesada puerta de ma- dera me encontré, entre bloques de heno, con un cuerpo inerte, demacrado: el mío. Relato de un Soldado EspaÑol Por: Juan Diego Ortiz Grado Estudiante de grado noveno, Colegio Pio XII
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    65 FICCIÓN —¿Qué será dela vida de Rosa? —murmura cuan- do su marido asoma por las escaleras. Con sus manos mo- renas, tullidas por el trabajo y por tantas mañanas de fuego y humo, de frío y maíz, se anuda bien el delantal y pone la cacerola en el fuego. Sus manos pueden contar muchas co- sas, narrar historias interminables de lucha y hambre y también de orgullo. Aquellas mismas que al estar lejos del hogar, lejos de aquel fuego, en el páramo lejano donde vino al mundo, abrazaron un destino plagado de sombras. La pareja vive sola desde que las hijas fueron en bus- ca de fortuna —los vecinos dirían, cuando los veían alejar- se rumbo al mercado, en yunta, que las hijas se fueron de- trás de algún hombre— a la capital. Desde entonces poco saben de ellas. Los varones de la familia, Miguel y Diego, ya no están en este mundo. Desayunan en silencio y sin mirarse. Manuel, un mulato de ojos grandes con pestañas como hojas de palmera, que reposan y adornan su mirada azul, lo hace de pie junto al fogón. Siempre fue un hombre atractivo y conocido por su pasión, que no respetaba edad. “Adiós, mija”, dice, toma el machete y sale sin mirar atrás. Es viernes y hay baile, y no vendrá hasta la madrugada. —Rosa, ¿Qué será de su vida? —dice con la mirada perdida ante la espalda morena y fuer- te que se aleja sin mirarla rumbo al mar de maleza y pol- vo que se extiende ante ella hasta aguarle los ojos. Su hija Rosa vive en la capital y es la única que ha ve- nido a visitarla. Rosa se fue porque quiso y eso para Mar- garita es una señal de esperanza. Apura su café y sube las escaleras apartándose del fogón por unos instantes para ir al río a lavar la ropa. Ha pasado su juventud de fogón en fo- gón, cocinando para otros, hirviendo su corazón de resenti- miento, rezando por las noches, en un susurro temeroso, las MARGARITA Por: Gabriel Rodríguez Estudiante de Lic. en Literatura
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    66 oraciones que aprendióde memoria en casa de misia Angelina. Siendo señorita conoció a su madre, pero desde que recuerda, vivió con misia Angelina, su madri- na. Ya arriba, en la sala, escucha ruidos abajo, como si buscaran algo entre las ollas. “¿Quién se irá a morir?”, piensa, al tiempo que se echa al hombro el talego con la ropa sucia y sale al igual que su marido, sin mirar atrás. Las mujeres la miran pero ella parece no darse cuenta. Nadie la saluda. Busca un lugar junto a las de- más en la orilla del río. La mirada clavada en el agua como si leyera algo, como si la espuma y la corriente le trajeran un mensaje y no importara nada más. Margari- ta recuerda que a su madre la encontraron muerta unos pescadores. Como un tronco, recorrió todo el departa- mento y no se supo nada hasta el día de mercado. Las historias llegaron como hormigas que han encontrado un buen trozo de pan: “Dios sabe cómo hace sus cosas, esa mujer nunca fue buena madre y eso Dios no lo per- dona.” “Eso fue el espíritu de alguno de los hijos, uno de tantos que dejó en el páramo.” Margarita iba con un vestido rosado cuando le contaron lo de su madre. Na- die pensó mal de ella cuando siguió bajando al mercado vestida de la misma manera. “Feliza la regaló y nunca la quiso”, decían al verla pasar con su canasto apretado al pecho, caminado sin prisa, sin mirar a nadie. “Por eso los peces le comieron los ojos”, decían, “Por mala madre”. Cuando murió misia Angelina tampoco lloró, aun- que algunas personas le dieron el pésame. Margarita mira sus pies descalzos, que nunca han conocido otra tierra y recuerda las noches que pasó en la finca de su madrina. “¿Qué será de la vida de Rosa?”, murmura al tiempo que ruega por su hija mayor. Ella se fue buscan- do un futuro mejor pues en la capital pagan bien. Nada que ver con lo que ella vivió; “seguro que tiene un col- chón donde dormir y no costales de café y de papa”, dice, “Seguro que la dejan bañarse y peinarse y hasta le tienen uniforme.” Margarita piensa, mientras sus manos rugosas estregan con fuerza, ajena a las mira- das, inocente de lo que se murmura. Toma el talego con su ropa ya lavada y emprende el camino de vuelta. El sendero es empinado y el sol le calienta la nuca, que- mándola, como si llevara al mismísimo diablo a sus es- paldas. No lleva sombrero ni zapatos como las demás mujeres. “Pobre mujer”, dice una de ellas. El susurro del río y de las manos frotando la tela despide a Margarita. —¿Qué será de la vida de Rosa? —piensa mien- tras pone a asar unos plátanos maduros. La ropa dan- za en el tendedero y sus sombras acarician el rostro sereno de la mujer. Margarita revuelve el sancocho y pone una hoja de plátano sobre la olla donde ya secóIlustrado por: Gabriel Rodríguez
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    67 el arroz. “Seguroque a mi Rosita le dan de comer tres veces al día.” “Seguro que tiene un buen par de zapatos.” “Seguro que le dan permiso para venir a vernos.” Niña aúlla y los ma- los presagios reemplazan sus cavilaciones sobre Rosa. “Esta perra está rara”, dice y se persigna. “¿Quién se irá a morir?”. El domingo acudió al mercado a ver si encontraba a Ma- nuel bebiendo con alguno de sus amigos del trabajo. Llevaba su vestido rosado. Su andar tranquilo y silencioso de pies descal- zos, su mirada atenta pero segura, la habían abandonado. La ra- bia y después el miedo la hacían inmune a las miradas y a los comentarios. Manuel era un mujeriego, todos lo sabían. Decían que río abajo, desde el valle, hasta donde el frío y la carretera comienzan su ascenso, Manuel era conocido en bailes y camas. Se decía, incluso, que su semilla había regado aquellos caseríos y los niños con ojos azules corrían y jugaban, descalzos, con sus madres mirándolos desde la sala, esperando todas al mismo hombre. “Rosita, ¿Qué será de mi hija?, ojalá Diosito le man- de un hombre bueno y no un borracho”. Sus manos temblaban y de repente acudieron a su mente las noches sin sueño que vivió con su madrina y con su madre. Recordó como sentía caminar los piojos por su cabeza y como se burlaban de ella las hijas de misia Angelina. Las manos morenas que llamaron a una puerta esperando encontrar a la madre añorada y desconocida. Marga- rita está de pie en medio de la plaza. “Se ha vuelto loca”, dicen. Manuel fue velado en el comedor de la casa, sobre la mesa misma. Nunca usó pañuelo pero tuvieron que atarle uno al cuello para sostenerle la cabeza. Bailó con una mulata de fuego, amante del capataz de un trapiche, y mientras reían, éste sacó su machete y cegó aquellos ojos marinos para siempre. La familia de él se pre- sentó para llevarse el cuerpo y enterrarlo en su tierra. Margarita, en un rincón, guardó un majestuoso silencio, sólo interrumpido por un murmullo apenas audible. ¿Qué será de la vida de Rosa?
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    68 FICCIÓN Por: Michael EsquivelBulla Estudiante de Lic. en Literatura LUMIERETRÄUME La noche estaba húmeda, como la anterior y la que sucedió antes de esa. Heinrich azotaba fuer- te con su puño la antigua mesa de noche, regalo de bodas de sus suegros. Buscaba a su esposa, con la mirada entorpecida por la tenue y amarillenta luz de foco. -“¿Cómo es posible que usted me diga esto, Christine? –balbuceaba indignado Heinrich mien- tras caía su botella al piso- cuando sabe que me es- fuerzo tanto por mantenerla.” Afuera, algunas luces de las habitaciones co- menzaron a encenderse. -“Ese olor de nuevo… Es tan asqueroso… por favor deja el ruido, los vecinos…” -“¿Qué? Yo no huelo nada.” - “No importa. Mira Heinrich, tan sólo te estoy diciendo que ya nos queda para vivir aquí un mes. Si sigues bebiendo nos vas a dejar en la calle.” -“¿Está insinuando que el de la culpa soy yo? –Replicó amenazante Heinrich, tomando fuertemen- te a la mujer del brazo- ¿Quién fue la que no quiso dejar de ser una niña mimada y ricachona? Si esta- mos así es por sus caprichos de princesita burguesa.” -“No decías lo mismo cuando vivían mis pa- dres –Dijo Christine con lágrimas en los ojos-.” -“Pues qué suerte que murieron, así se acaba tanta cortesía innecesaria con esos perros Bolchevi- ques.” -“Entonces déjame trabajar. Ya verás cómo puedo ayudar con las cosas.” -Respondió Christine tomando coraje. -“¿Trabajar? No me haga reír. Ni cocinar sabe. Desde que nos casamos yo le dije que me iba a ha- cer cargo de todo. Además, el muro está a punto de terminar, esos miserables comunistas se van a ir por fin al infierno y la situación nos va a mejorar. Suerte que la rescaté de ellos. Por ahora olvídese de eso.”
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    69 Heinrich cayó dormidode borracho en el piso, al lado de la cama. Christine, como ya le era costumbre, se quedaba siempre sola, encerrada en casa con poco más que un viejo fonógrafo con un disco de Ravel, y un alijo con fotos y cartas que su padre habría escrito a su madre mientras anduvo de servicio. Había perdido a sus padres en Berlín del Este cuando los separatistas iniciaron la guerra civil. A veces, practicaba La Valse, aunque las puntas de sus dedos habían recobrado esa sensibilidad perdida en cada Fouetté en tournant. Pocos días a la semana, y, con la excusa de estar tomando un curso de culinaria, Christine escapaba el sopor de la ‘prisión’, y se entregaba a la caminata por el markt de la calle Kastanienalle. Aquellos días florecía cual rosa de mayo su pá- lido color. Las adornadas vitrinas resplandecían en sus pupilas cual manjar para sus ojos. Las rojizas hojas de arce caían suavemente sobre la rue, bañadas por el tímido sol de mañana. Se perdía entre las conversaciones de los mercaderes por toda la acera, vestida en ocres y ámbar como cada otoño. Le interrumpía de vez en cuando el tácito ofrecimiento de un producto, o la sonrisa de algún niño de paseo con su madre. La joven se entregaba a la ciudad. Su paseo terminaba casi siempre en un puesto de antigüedades donde sus padres la llevaban de pequeña. Admiraba allí las diminutas cunas de bebé, pero entraba especialmente para contemplar los grandes bazares de fotos viejas sin dueño, e imaginar por varias horas, las más locas e impresionantes historias detrás de ellas. Una mañana, la distrajo de sus habituales observaciones, un pequeño niño que entregaba volantes. Se trataba de un anuncio en el que se solicitaba una bailarina para cabaret. Christine pensó con ingenuidad que aquel trabajo podía serle de utilidad, pues practicaba de forma apasionada el ballet cuatro años antes de su matrimonio. -“Creo que tomaré el trabajo. –pensó nostálgica-. Supongo que aún tengo la figura para esto. Además siempre fui la mejor de la clase, no dudaría que mi maestra me recomendara. Aunque no tengo fotos recientes. Pero Heinrich…” A un poco más de tres pasos, un joven esbelto de traje elegante, observaba detenidamente una cámara fotográfica antigua. Llamaron su atención las pala- bras de Christine, a quien se le acercó: -“Disculpe señorita, no pude evitar escucharla. Y creo que yo podría serle de gran ayuda. Mi nombre es Erich. Soy fotógrafo profesional.” Christine le miró expectante. -“Pero, ni el mejor de los talentos podría asegurarle un trabajo aquí en Berlín. –Continuó Erich- Ya me encargaré de darle una fotografía que le haga digna de una entrevista.” -“Perdone señor Erich, pero no estoy interesada.” –Aseveró escéptica Christine. -“Las oportunidades no dan cabida a las coincidencias. He escuchado que a menos de una cuadra venden el mejor café de todo Berlín. Noto que algo le atormenta ¿Desea usted acompañarme? Sé que le hará sentir mejor.” Después de muchas vacilaciones, Christine aceptó. Esa tarde, después de un par de horas de apacible conversación, Christine le preguntó al fotógrafo dónde quedaba su taller.
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    70 -“Está aquí mismoen la calle Kastanienalle”. –Dijo Erich-. Se llama Lumiere Träume. -“Que hermoso nombre para un estudio foto- gráfico –replicó Christine”-. Sin embargo nunca lo había visto. -“Tengo poco tiempo aquí en la ciudad de Ber- lín, igual que mi taller. Si usted lo desea podríamos tomar la foto de inmediato.” Al llegar al estudio, la chica se tomó todo el tiempo para admirar las hermosas fotografías que vio allí. Colgadas por todos lados, en todos los motivos. Unas en blanco y negro, otras en un vibrante color. Todas tenían algo en común. Parecían fragmentos de sus sueños más profundos y puros. No pudo evitar acercarse a un mural hecho enteramente de retratos de mujeres, que le miraban de una forma hechizante, como si pudieran ver el interior de su alma. -“Es muy extraño. Éstas, aunque evidentemen- te son fotografías, parecen sacadas de un cuento de hadas –dijo Christine-. Nunca vi trabajo parecido.” -“Naturalmente señorita. Mi afición consiste en fotografiar sueños.” -“Y esto…” -Señaló el mural- “Es tan… her- moso… estremece mis sentidos.” -“Es mi proyecto. Inmortalizar la felicidad ¿le gusta, señorita?” -“Llámame Christine.” -“Está bien Christine, ¿Podrías acercarte para poder retratarte por favor?” Una vez sintió el flash en sus ojos, Christine sintió cómo la amargura y la tristeza de tantos años abandonaban su corazón, al menos por unos segun- dos. Esta sensación crecía, con cada sucesivo click de la extraña cámara de Erich. Al término de la sesión, la joven inexplicablemente rompió en un amargo llanto. Le confesó al fotógrafo el terrible matrimonio del que se sentía presa. Que se casó muy joven. Que debía cubrir muy bien los golpes que Heinrich le pro- pinaba, si quería ser vista como un ama de casa res- petable. Que sospechaba que éste había dado muerte a sus padres. Que fue él quien se gastó la fortuna que le fue entregada en herencia. -“Ya lo sabía todo” –dijo Erich-. -“¿Cómo es eso posible?” –Replicó intrigada Christine. -“Yo… Simplemente poseo esa habilidad. No pude evitar leer en tu mirada ese sentimiento que em- pieza como una pequeña y oscura semilla, y termina enraizando el corazón. Plagándolo de silencios, de costumbre. Desgarrándote hasta el vacío de la volun- Ilustrado por: Valentina Jiménez
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    71 tad.” Christine se lanzóa sus brazos, y pretendió sumergir sus penas en un beso que el joven fotógrafo no le negó. Ella sintió en él una inexplicable frialdad así como la ingenuidad de quien besa por primera vez, tras un velo de cortesía. El sintió en ella, la cálida luz del alba, presente en la humanidad. Unos segundos después, Erich la abrazó fuertemente. -“No dejes que esta noche acabe. Por favor” –Dijo con pena Christine, apoyando su rostro en el pecho del joven-. -“Escúchame Christine. Esta noche volverás a la amargura que tienes por costumbre. Llegarás a tu hogar y enfrentarás la desesperación de la decisión. Pero no debes temer. Lo que sea que elijas, será lo correcto. Estaré aquí hasta mañana. Ahora vete sin más.” Esa noche, Christine corrió a casa. Pensaba que Heinrich le iba a matar por llegar tarde. Los primeros copos de nieve empezaban a precipitarse por sus cabellos. Entró asustada a la solitaria sala; no había nadie. Pensó dete- nidamente hasta la madrugada que llegó su esposo. Lo recibió sumisa, como siempre. No discutió con él. Esperó a que cayera en su habitual sueño de borrachera. Esta vez, notó al acercarse, que Heinrich despedía un sutil olor a perfume barato de mujer y vio marcas de lápiz labial escondidas en el cuello de su camisa. No lloró. Aprimera hora del día, volvió a Lumiere Träume. Erich notó de inmediato la fuerza de su carácter y el fuego en su corazón. -“Nunca esperé que volvieras. Pero ahora que lo has hecho, te daré la felicidad que tanto esperas. Lo que vas a sentir, será algo inefable. Sin embargo, al término de este flash estarás donde más anhelas.” Erich sacó una cámara especial. La cámara era aquella que él contemplaba en la tienda de antigüedades, el día de su encuentro con la chica. Christine dedicó a Erich su mejor sonrisa. El flash destelló. El cuerpo y el alma de Christine se imprimieron por la eternidad en aquel extraño mural. Lumiere Träume desapareció ese mismo día, sin dejar rastro en la calle Kastanienalle.
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    72 FICCIÓN ESCONDITE Por: Meriel Rodríguez- Fundación El Último Verso Soy suya, todo mi ser le pertenece y lo sabes. Deseaba verme mejor, retar el tiempo y desaparecer aque- llos volúmenes que podían molestar su vista. Ser más “mujer” y no tener tanto color, que por primera vez algo en mí combinara, que él sintiera que lo esperaba y que todo estaba en orden para su llegada. ¡Pero no, no fue así! Y no he de sorprenderme, ¡Soy así! Después de largos meses, me encontraba allí, justo entre sus brazos. “Por ti”, le dije. Deseaba que fuera un “por ti” muchas ve- ces. Él me había encontrado a mí y yo deseaba que me encontrara siempre. No paraba de hablar y hablar, sabía que algo más que el deseo tomaba el control. Eran largos silencios, eran palabras y palabras que salían acaloradas buscando sus besos. “Estoy aquí, tranquila.” Era nuevamente aquella niña sin saber qué hacer, la más caprichosa, colorida y silenciosa, queriendo jugar a ser su mujer. Me aferraba a su pecho y escuchaba sus latidos como una canción, un mantra donde la certeza de su amor, el saber que me hará suya, que no hay distancia, ni cartas, ni canciones, ni nada, me eran reveladas. Él estaba aquí, junto a mí y ya no había tiempo que perder. Fue inevitable ver su sonrisa cuando tomó mi rostro, besó mi frente, mis mejillas, besó mis labios. Sólo aquel diciembre, en esa despedida, puede igualar este beso, aunque esta vez no había un mar en ellos. Me besó de tal forma que sentí que en esa habi- tación no quedaría huella alguna de que estuve allí, fue así como desaparecí. —Por ti —dijo él. Respiré profundo, podría jurar que no estaba viva, ya mi corazón no lo sentía, le pertenecía.
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    73 (Prefiero perderme ymorir así mil veces) Me encontré con sus ojos y su preocupación. Sé que encontró refugio en mis senos, los amó, los besó, los mordió, los palpó, los sintió. —Por mí —Pensé yo. Siguió la dirección que le marcaba aquel lu- nar, que no solo se convirtió en faro sino en estrella para indicarle el camino donde me amaría más. Se sentía más hombre que nunca y aún no había lle- gado, aún no penetraba en mí. Su lengua estaba en casa y yo en cama, su lengua jugaba y yo me encon- traba. “1,2,3 por mí y por todas mis ganas de que no salgas de aquí”, pensé. Fue un ciclón, Katrina, un terremoto, el encuentro profundo de dos rostros, de dos almas, de una piel furiosa que encuentra el alimento. Sexo escondido que es descubierto. Dibujó mis piernas con detalle, fue Picasso inventándome, creando en mí la pasión. Sus ojos se encontraron con los míos que, desorbitados, an- daban en el marte de su lengua. Sonriendo dulce- mente, y tocando mis espalda y descendiendo, dijo: “por ti y por todas tus ganas de que vuelva allí” ¿y yo? Yo sólo pude sonreír. Cuando llegó a mis pies… ¡Dios! Horror de aquella que odia los tacones y en tenis esconde la torpeza de su ser. Obsesionado los dibujó y yo lo amé. Amé como amaba mis pies. Volvió donde inició, donde dice que se ena- moró. Me besó, me comió, me sentó en sus piernas, recorrió el universo de mis senos, me destrozó y me dobló, me comió y me bebió, me inventó y nací en la oscuridad, y olvidé todo lenguaje y lo besé. ¡Por mí, por mí! Estando ya en casa, poco a poco se fue despo- jando de su armadura, de su elegancia y su pudor. Abrió la puerta de la casa con fuerza: la desarmó, la desordenó, la derrumbó, se desplomó, se encontró y la casa gritó: “1, 2,3 por ustedes dos que por fin se encontraron en su nido de amor”. “Eres la mismita del sueño con el mismo pelo y la mismita cara, el mismo lunarcito bello”, cantó en mi vientre. Ilustradopor:ValentinaJiménez Refugio seguro eran sus brazos, espejo y elo- gio eran sus ojos. Nunca me había visto más her- mosa. Besé su rostro, lo abracé, lo dibujé y lloré. —Me voy pero ten presente que muy dentro llevo tu imagen grabada —Me cantó, me amó, se despidió.
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    74 FICCIÓN EL CUBANITO Por: AlexandraSalazar Domínguez - Fundación El Último Verso — ¡Vaya día! creo que necesito un descanso, ¿puedo acompa- ñarla? —Quizá puedas hacer más. ¿Te gustaría ganar algo de pasta? — ¿A quién hay que matar? –Intenté ser gracioso, pero la me- dia sonrisa de la mujer me produjo desconcierto.Era una joven de rostro redondo, maquillada con una crema blanca de aspecto pegajoso, lucía una ropa extravagante y una enorme nariz roja de hule. Se levantó indicándome que la siguiera, y aunque sentí descon- fianza, estaba consiente de tener sólo un dólar en el bolsillo, así que decidí ir con ella. Salimos a una calle lluviosa y helada; sa- qué de mi bolsa de viaje un paraguas y me abrigué lo mejor que pude. Caminamos cuatro cuadras a paso apresurado, entramos en un edificio herrumbroso y maloliente; el portero la saludó con un movimiento de cabeza, y subimos tres pisos hasta la puerta marcada con un número borroso, la cual golpeó con sus nudillos enguantados. — ¿Quién es el galán? —Preguntó la mujer que atendió a la puerta; tenía un vestido de andar por la casa y un dije en forma de cámara colgado del cuello—. Sabes que no se permiten va- rones en esta casa. —No me des lata, vieja, no va a estar mucho tiempo. La señora levantó una ceja, usó un encendedor para su cigarri- llo, y arrojó el humo sobre nosotros permitiéndonos el paso, así que seguí a la mujer payaso a través de un amplio recibidor. En- tramos en una habitación grande y ventilada, muy diferente a lo que vi del resto del edificio. Como si yo no estuviera ahí, sacó un pequeño espejo grabado en alto relieve, y con un pañuelo comenzó a quitarse la crema de la cara. Mientras terminaba de acicalarse, recorrí la estancia fijándome en una bellísima estre- lla entretejida, que usaba de pisapapeles; me llamó la atención
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    75 porque Teresa, miesposa, tiene una exactamente igual en su estudio, y verla en este singular espacio me llenó de nostalgia. Interrumpiendo mis cavilaciones, la mujer —sin la pasta blanca parecía más joven, e incluso bella— me ofreció un libro pesado que olía a moho, estaba abierto en el centro. Con letra ampulo- sa describía un mito africano relacionado con el vudú. La miré esperando una explicación, en cambio me ofreció una bolsita de felpa adornada con un gato rosado en forma de botón, cuyo contenido me sobrecogió. Era una réplica del muñeco fotografiado en el libro. Si me pregunta, yo diría que era exactamente ese muñeco, el mismo sombrero blanco, los mismos zapatos ridículos, las mismas manitas de cuentas. —Me lo dio una hechicera cubana. Se supone que me haría feliz, pero no me ha traído más que desgracias. Quiero pagarte para que se lo lleves de vuelta, porque se me prohibió hacerlo por mí misma. Ilustrado por: Daniel Botero Arango
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    76 Nunca creí enmagias, santerías, hechizos, Babalaos, brujerías, rezos, rituales, chamanes, ni vudú, de modo que acepté sin demora. La mujer me habló de su historia con el muñeco cubano, parecida a una película de George Romero que le contaré en otro momento, y que me acojonó bastante a pesar de ser un cínico con el tema; me entregó el dinero pactado y con un lapicero garabateó la dirección de la bruja. Bolsita de felpa en la bolsa de viaje, dinero en el bolsillo, y dirección en mano, salí del edificio observando que había pasado más tiempo del que pensaba, y caminé con paso firme para hacer la entrega, sa- biendo que no era muy lejos de allí. Dos hombres salieron de un callejón; decir que eran grandes es que- darme corto, por eso no me avergüenza decirle que tenía miedo. No sé si llevaban armas, yo sólo apuré el paso sin mirar atrás, pero un tercer hombre me salió al paso antes de doblar la esquina, y noté que me tenían rodeado. Entonces no sé bien qué pasó. Un torbellino removió de mis hombros mi vieja bolsa de viaje, y un enorme negro apareció de la nada. Arrancó el brazo del hombre que estaba frente a mí y se lo enterró en el pecho, como si fuera un palillo atravesando un sánd- wich; al hombre de la derecha le arrancó la cabeza de un puñetazo, como en uno de esos juegos en los que me paso horas con mi control rojo frente al televisor. La boca le sangraba, y uno de sus dientes cayó en mi bufanda viperina. El tercero probablemente tuvo un infarto o resbaló, eso no lo supe nunca, sólo vi un charco de sangre saliendo de su cabeza sobre el borde de la acera. Por un momento no supe de mí, y lo siguiente que noté fue la bolsita felpuda a mi lado, destrozada, con el pequeño cubano envuelto en ella, y todas mis cosas desparramadas por el suelo alrededor, llenas de la inmundicia de la calle y de la san- gre… Tanta sangre. Al finalizar mi relato la mujer de la bata blanca me sonríe, asegurán- dome que todo va a ir bien; atraviesa la habitación hasta la mesa y marca unas palabras en su tabla de registro con un resaltador; alcanzo a leerlas: “Sospechoso de triple asesinato violento, confirmación de esquizofrenia paranoide aguda, internar hasta decisión del Tribunal de Justicia. Enviar a la familia las siguientes pertenencias —dispuestas sobre la mesa, las sigue con un dedo mientras marca en su papel—: Dos camisas, un abrigo, un paraguas, una bufanda a rayas, una meda- lla dorada, dos pares de medias”. Al llegar al cubano titubea, su rostro cambia por unos segundos, y la veo deslizarlo con cuidado dentro de su bolsillo.
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    77 FICCIÓN ESPEJITO Por: Ofelia María Lataza llena cayó al suelo entre las piernas de Sandra. Ella no se inmutó al sentir el contacto frío del jugo de uva que empapa- ba su bata de dormir y manchaba la alfombra de rosado acuático. Miraba la pantalla. Una rubia se doblaba debajo de un caballero que la sujetaba para besarla. Sandra agarró rápidamente un mico de peluche que yacía a su lado con las patas enroscadas. Se inclinó hacia atrás, gimiendo alegremente mientras se aplastaba la nariz del mico contra los labios. Miró a la pantalla de nuevo y vio al ca- ballero montando a la dulce dama sobre un corcel y llevándola por un camino de árboles mientras un coro cantaba melodías románti- cas. Sandra corrió al otro lado de la habitación, arrastró un caballito de madera hacia el televisor y se sentó sobre él, acomodando como pudo su inmensa retaguardia y sus gordinflonas piernas. Comenzó a mecerse furiosamente sobre el caballo, cargando el mico sobre sus rodillas. El juguete crujía y Sandra gemía de gusto al ritmo del balanceo. La pantalla se puso negra de golpe y rodaron los crédi- tos. Ella se detuvo en seco, como asustada ante el súbito cambio de escenario. -Sandra venga que ya vamos a comer –la llamó una voz fuer- te. Antes de que pudiera levantarse del caballo, su madre entró a la habitación. La mujer comenzó a suspirar y a exclamar al ver la alfombra mojada y a la muchacha cubierta de jugo. Repitiendo reproches que Sandra no podía entender, la agarró de la muñeca y del hombro y la empujó hasta el baño. En medio del largo pasillo blanco había una enorme foto de Sandra colgada sobre la pared. La muchacha aparecía adornada con flores en el pelo y un vestido de gasa color rosa. Miraba con ojos de animal en cautiverio y sostenía con desgano un cetro blanco de punta redonda. Sandra se dejó lle- var al cuarto de baño, se dejó quitar el camisón y esperó a que su mamá ajustara el agua caliente. Mientras el vapor subía por las pa- redes la muchacha se dio la vuelta y se contempló frente al espejo. ESPEJITO
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    78 Se metió undedo a la nariz y con el otro comenzó a dibujar su silueta en la humedad del vidrio. La madre la sujetó fuerte por los hombros y la arrancó de su juego para sumergirla en la bañera amarilla. Sandra jadeó al contacto con el agua y cuando su madre la obligó a recostarse dentro de la porcelana, pataleó un poco. -No pasa nada, obedezca a su mamá –la consolaba, mientras le pasaba una esponja en forma de estrella por el cuerpo. Sandra estuvo todo el rato mirando al techo con expresión mohína. La señora terminó el lavado y la alzó por las axilas para sacarla de la bañera. Sandra se quedó de pie sobre la pequeña alfombra, chorreando agua por todos lados como una fuente escupidora. Una vez más se miró en el espejo, en tanto su madre le fregaba la piel con una toalla suave y muy pequeña. Sus ojos saltaban por la imagen reflejada: los párpados estirados sobre los ojos pequeños, las mejillas largas y fofas que se escurrían tristemente, el tabique ancho, las fosas nasales abiertas, los labios delgados como dos simples pince- ladas naranjas. Las comisuras se le doblaban hacia abajo, un poco abiertas. Las pestañas eran largas y rectas, cubriendo los ojos como toldos. Las orejas, alargadas y diminutas en proporción con la ca- beza, asemejaban las aletas de un pez. Cuando terminó el proceso de secado, la madre la llevó hasta
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    79 el mesón dellavamanos donde se alineaban contra el espejo, como en paredón, botellas de todos los tamaños y colores, con brillantes etiquetas en inglés. Sacó un cepillo de un cajón y comenzó a pasarlo suavemente por el largo y escaso cabello negro de Sandra. La muchacha se apresuró a jalar la manija del cajón para abrirlo de nuevo, con tal fuerza que casi lo saca de la cómoda. Agarró el primer cepillo que vio, armó una extraña imitación de cabellera con la toalla mojada y comenzó a peinarla mirando fijamente el reflejo. En pocos minutos estaban a la mesa. La madre comía sin mirar a Sandra, sólo a su plato, para asegurarse de que se vaciara. Hablaba inútilmente de las personas que la visitarían durante la semana, de las salidas que harían y de las cosas que comprarían. -A usted le gusta la piscina de pelotas de la plaza ¿verdad? Voy a decirle al encar- gado que la deje meter –le prometió. Sandra mientras tanto se metía cucharadas llenas a la boca y daba miradas estu- pefactas a las formas y los colores que cambiaban en su plato cada vez que recogía un bocado con el cubierto. La madre siguió conversando con un oyente imaginario hasta que la comida se terminó. Sandra estiró la mano para sujetar el vaso de jugo, pero en vez de tomarlo lo empujó. El vaso se volcó sobre la mesa y el líquido formó un charco que se extendió lentamente sobre el vidrio protector. La señora exclamó, exasperada, y se levantó tan fuerte que la silla tambaleó. Mientras su madytre estaba en la cocina, Sandra colocó la mano sobre el líquido derramado y empezó a dibujar círculos que se borraban en cuanto los terminaba. La madre llegó y le apartó bruscamente la mano. La sujetó por la muñeca y le limpió dedo por dedo. Sandra jadeó con descontento y la señora la miró con lástima. -No pasa nada, su mamá la quiere mucho –le dijo con voz conciliadora al tiempo que se le escapaba un largo suspiro. Sandra regresó a su habitación arrastrando los pies. Se abrió paso hacia la enorme ventana pateando los juguetes de colores que minaban el suelo. Mirando hacia fuera colocó el dedo sobre el vidrio y se puso a seguir con él a las personas que pasaban ca- minando cuatro pisos más abajo. Unos niños aparecieron por una esquina corriendo en círculos, persiguiéndose, y desaparecieron por la otra. Volvieron a aparecer a los pocos minutos y subieron las escaleras para llegar al nivel de la piscina. Apresuradamente se sacaban camisas y pantalones ayudándose hasta con los dedos de los pies, y uno detrás del otro se dieron un clavado. Sandra podía oír sus risas ahogadas por la distancia. De inmediato comenzó a jalar hacia arriba el vestido que llevaba, pero se le atoró en los hombros. Ciega y sofocada dentro de la tela, comenzó a patalear y a gritar. Caminó hacia delante y se golpeó contra el vidrio. Retrocedió y sus talones dieron contra el borde de la gruesa alfombra, resbaló en el jugo de uva y aterrizó de espaldas sobre un teléfono de juguete. Los alaridos invocaron a su madre que la encontró rodando lentamente por el suelo aún atrapada dentro del vestido. -¡SANDRA! –gritó- ¡Sandra! ¡Sandra! Se inclinó hacia ella y la sostuvo para que se estuviese quieta mientras le bajaba el cierre. Al verse libre, Sandra soltó un gran sollozo y lanzó un manotazo al aire que
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    80 le dio asu madre en la barbilla. La señora se apartó rápidamente y gimió de impaciencia. Sandra se calmó de inmediato y se sentó con las piernas estiradas, mirando turulata a su alrededor. Los ruidos de afuera seguían siendo los mismos: risas, gritos, chapoteos, gorgoteos, canto de pájaros. La madre gateó por el suelo para recoger los juguetes y hacerlos un montoncito a un lado. Se acercó a Sandra para examinarla. Le terminó de quitar el vestido manchado y húmedo, y al encontrarle una marca roja en la espalda, se levantó para ir por alguna pomada. Cuando colocó la mano en el puño de la puerta, bajo la mirada atenta de Sandra, las rodillas se le doblaron. -¡Ay, Padre! –sollozó mientras se esforzaba por mantener el equilibrio. Logró erguirse por espacio de unos segundos pero de nuevo se le relajaron las piernas. Giró como un trompo y cayó de rodillas mirando a su hija. El lado derecho del rostro empezó a temblarle sin control y a continuación se le escurrió como si se derritiera. -¡SAAAAAAANDRA! –alcanzó a mascullar. Cayó de costado. El brazo izquierdo aún podía moverse pero todo el lado derecho se le había dormido. Sus ojos miraban desesperados a su hija. Trataba de mantener los párpados abiertos pero algo los jalaba hacia abajo dándole el aspecto de un sabueso Basset. Su único miembro funcional se batía desesperado tratando de sujetarse a algo y finalmente se estiró hacia Sandra. La muchacha se acercó hacia ella y dejó que se agarrara con fuerza de su carnoso hombro derecho. La miró por un rato y entonces comenzó a jalarse las mejillas hacia abajo y a imitar el tembleque de los labios de su madre. La señora le clavó las uñas en el hombro. Sandra aulló de dolor y se arrancó de la mano de su madre. Se puso de pie, sobándose el hombro, y se raspó la garganta con un grito rabioso. La señora seguía tratando de hablar, y sus labios caídos dejaban ver las encías moradas. El rojo interior de los párpados estaba a plena vista y lágrimas calientes comenzaron a atravesarle el rostro horriblemente contorsionado. Sandra comenzó a llorar también, con agudos aullidos, hasta que su madre dejó de moverse y lentamente se volteó hasta quedar de cara al suelo. Y allí quedó tendida. Sandra se la quedó viendo unos segundos y luego miró por la ventana. Se puso de pie y, desnuda como esta- ba, aplastó la nariz, la panza y los se- nos contra el vidrio. Gritó con todas sus fuerzas hasta que los niños en la piscina voltearon a verla. Ellos se desternillaron de la risa y se pusieron a señalarla y a gritarle mientras Sandra azotaba el vi- drio con las palmas abiertas y los miraba con ojos suplicantes. Se cansó y volteó hacia la señora que permanecía inmóvil. Haciendo un enorme esfuerzo dijo una sola palabra balbuceante: -MAMÁAAAAA.
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    81 CRÓNICA “La séptima esla apoteosis de la danza”. Richard Wagner Unas horas antes de dar inicio a su debut en el mundo ig- noto de la danza contemporánea, mundo al que algunos juzgan incomprensible a causa la celeridad a la que los mass médium tie- nen sumidas comunidades enteras, la descubrí tan ansiosa como ilusionada compartiendo por una red virtual la hora y lugar en que Rizoma se estrenaría en Latinoamérica, en la Primera Bienal Internacional de Danza de Cali, una capital en la que se ha demos- trado que el cuerpo no responde de manera exclusiva a los acordes de la salsa, una ciudad donde la pluriculturalidad en la música se halla representada también en múltiples ritmos que a pena de ex- cluir alguno sin intención, prefiero no nombrar. “Me voy a descansar, mañana tengo que madrugar”, fue lo último que ese día Oliva Cruz me dijo. Ella, maestra de una escuela oficial en Terrón, el Terrón Coloreado que por décadas han sumido en el estereotipo único de las violencias, es una mujer abierta y sonriente a puertas de retirada de una labor que ha des- empeñado con amor y el reconocimiento de su comunidad. La oí irse a dormir, a descansar el cuerpo para lograr la calma y la placidez que al día siguiente haría sentir con otras sesenta y nueve personas a la multitud de espectadores, que a las 5:30 de la maña- na nos daríamos cita en la Plazoleta de la Iglesia de San Antonio, esa iglesia que recibiría el nombre por el santo que alberga, San Antonio de Padua, templo que en sus muros de adobe guarda más de dos centurias de historia, ubicada vigilante de la ciudad en esa colina en que la arquitectura de sus casas coloniales nos relatan memorias del Cali Viejo, de héroes y de amores. Los espectadores llegan a la colina por sus caminos empe- drados, sonrientes, inquietos y con la curiosidad que genera un es- pectáculo de este género en un lugar abierto al público, tan abierto que no hay paredes, techos o puertas que excusen la no asistencia; Por: Vania Lorena Lasso - Estudiante de Lic. en Literatura PALABRAS DEL CUERPO
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    83 una función dondese puede observar gratuitamente como la au- rora matiza el límpido azul del cielo vallecaucano, luz multicolor que con el paisaje caleño, la iglesia bicentenaria y cada piedra que compone el piso del lugar, sirven de ambientación, de escenario a Rizoma, la danza, la cultura. Rizoma es una alborada, una composición musical y danza- ria tejida entre bailarines voluntarios e inexpertos en técnica, pero seductores en el mensaje que transmiten, quienes en la compañía de ocho violonchelos y dos violines, festejan la vida en sus diver- sas expresiones como lo que es, un fluir constante de energía, de emociones y circunstancias inesperadas regidas por leyes naturales que no se discuten, pero que dan génesis a la armonía que el ser humano sueña, anhela y deconstruye en actos que pese a la razón aplicada, resultan perjudiciales. Rizoma es “para quien lo necesita”, son las palabras de Sha- ron Fridman, el folclorista israelí de quien surge el performance que fue estrenado en París en el 2012 y que pretende llegar a mu- chos países, demostrando cómo el artista no es sólo el sujeto de figura estilizada que logra títulos, el artista puede ser quien sienta la necesidad de expresar, de abrigar las dolencias de su comunidad, de sensibilizar en su cuerpo las diversas miradas a las realidades; este es el criterio para seleccionar a la gran cantidad de voluntarios que llegan con el anhelo de participar. La aurora colorea el cielo. Inicia la obra. Se escucha un si- lencio que sólo es interrumpido por el canto de las aves, el murmu- llo del viento y finalmente descubro que el murmullo ahora parece gritar, son sonidos que provienen de los bailarines, exhalaciones e inhalaciones que nacen del tórax, de adentro, de las necesidades y anhelos propias de cada persona; momentos después, el murmullo se convierte en palabras que aclaman, palabras que intento enten- der pero que no tienen ninguna conexión con nada y con todo, pala- bras que interpreto como un momento de catarsis previo a la calma. Del exterior del círculo entra una joven que busca su lugar, ella se desliza entre los cuerpos tumbados de sus compañeros quie- nes con sus manos le sirven de apoyo y de guía a encontrar el lugar que le corresponde, la joven representa una cebra, el animal no importa, importa su condición de ser vivo, importa el equilibrio presente en lo natural, equilibrio que hemos quebrantado. Luego, al compás de la música de violonchelos y violines los bailarines se agrupan para después separarse, hay algunos que con sus piernas en lo alto dejan caer un zapato. Parte del proceso natural es quizás despojarse de lo que no usamos o devolver a la tierra lo que a otro puede beneficiar. No es un simple grupo de personas moviéndose, sus cuerpos danzan hermandad, confianza, sensibilidad, el cuerpo se expresa, declama, hace poesía; más adelante el movimiento es el
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    84 mismo, pareciera unreloj girar, tic, tac, tic tac, el amanecer en la Sultana del Valle llega ya, ellos se agrupan, danzan con su cuerpo lo que comprendo como una ovación a la vida que cada día se renueva con el sol matutino, a la coti- dianidad que encontramos monótona, porque se ha perdi- do el asombro, porque las violencias y el tráfico cotidiano adormecen el alma. Finalmente, uno a uno, los bailarines se van retiran- do, y con ellos los músicos que con sus acordes exaltaron los momentos cumbres y permitieron a los espectadores vibrar con el acto. Queda ella, mi protagonista de este día, Oliva muestra la mirada perdida al descubrirse solitaria, solo ella está en el escenario cuando minutos atrás un uni- verso le hacía compañía, mira a su alrededor y sólo encuen- tra lo que había sido arrojado, los zapatos, uno a uno los recoge con finura, con cariño y delicadeza, los aprisiona contra su pecho como si fuera lo único que le queda, como si fuera la semilla que dará origen a otro universo, a otro futuro, quizás al futuro que ahora en la mitad de su camino de vida desea construir. ¿Aplaudir o esperar la escena siguiente?, el público está confundido, espera conocer que sigue, que habrá des- pués, cómo se creará el universo mecánico y natural al que pertenece, al que pertenecemos. Finalmente; la plazoleta estalla en aplausos, en gritos que encierran cumplidos y ella, Oliva, abraza a su madre, a la familia que le acompa- ña, a los amigos y compañeros de acto. Sharon, el director y creador de Rizoma invita a todos los presentes a tomar un café y un pandebono, un desayuno que esta vez tendría la condición de ser saboreado bajo el cálido sol de Santiago de Cali, bajo el placer de la cultura, de escuchar anécdotas, de comprender el proceso de los ensayos, de tomar fotogra- fías para recordar a quienes quizás no volverán a ver, pero que tuvieron la posibilidad de hacer danza contemporánea, de inmortalizarse en el anonimato y el orgullo de ser los primeros artistas Rizoma en Latinoamérica.
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    85 Ilustración por: CarlosAugusto Castillo Lara
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    86 Ilustración por: ValentinaJiménez CONDICIONES PARA PUBLICAR ¡¿Quieres publicar en Lexikalia?!... Tu texto debe tener las siguientes características: letra Times New Roman, 12 puntos, interlineado de 1.5. Márgenes: superior 2.5 cm, inferior 2.5 cm; izquier- da 3.0 cm, derecha 3.0 cm. Pueden tener una extensión máxima de cinco (5) cuartillas. Las citas deben cumplir los parámetros establecidos por las normas APA (American Psychological As- sociation). Puedes participar en la publicación con máximo un texto en los siguientes géneros: Ensayo, cuento, artículo de opinión, epistolar, entrevista, crónica. En poesía y cuento corto, se permite máximo dos (2) por autor. Debes anexar tu nombre y ocupación. Envía tu texto en formato Word (doc. o docx.) al correo lexikalia13@gmail.com. Si no cumples con las especificaciones, tu texto tendrá motivos para ser descartado. Más información en nuestra página en facebook Revista Lexikalia, allí encontrarás los criterios de selección para cada género. ¡Esperamos tus textos!