Mijaíl Bakunin
M. Bakunin
Mijaíl Alexándrovich Bakunin (Михаил Александрович Бакунин en
ruso), (8 de mayo de 1814 - 13 de junio de 1876) fue un conocido
anarquista ruso contemporáneo de Karl Marx. Es posiblemente el más
conocido de la primera generación de filósofos anarquistas. Se le
considera uno de los "padres del anarquismo".
Bakunin nació en una familia aristocrática de terratenientes liberales en
el pueblo de Priamujino (Прямухино) entre Torjok (Торжок) y
Kuvshinovo (Кувшиново), en el departamento de Tver, al noroeste de
Moscú, en la primavera de 1814.
Tras finalizar el servicio militar, vivió en Moscú y San Petesburgo traduciendo a autores
alemanes como Fichte y Hegel. En 1842, viajó a Alemania y pronto entra en contacto con
los cabecillas del joven movimiento socialista alemán en Berlín. Desde allí, viajó a París,
en donde conoce a Proudhon y a George Sand y también traba conocimiento con los
exiliados polacos. De París viaja a Suiza, en donde residirá un tiempo, tomando parte
activa en todos los movimientos socialistas.
Durante su etapa en Suiza, el gobierno ruso le ordenó regresar a Rusia. Su
desobediencia conllevó que se le confiscaran sus propiedades. En 1848, tras su regreso a
París, publica una ardiente soflama contra Rusia, con la que consigue ser expulsado de
Francia.
El movimiento revolucionario de 1848 le proporciona la ocasión de entrar en una violenta
campaña de agitación democrática y por su participación en la Insurrección de Dresde de
1849 se le detiene y se le condena a muerte, pena que se le conmuta por la cadena
perpetua. Por último, Bakunin es entregado a las autoridades rusas, que lo encarcelan y
luego se le envía a un campo de concentración en el este de Siberia en 1855.
Aprovechando un permiso, se escapa a Japón, pasa a California en Estados Unidos,
cruza el canal de Panamá, llega a la ciudad de Nueva York donde es recibido por algunos
personajes norteamericanos como el escritor Henry Longfellow y se queda allí algún
tiempo reuniéndose con personas allegadas al movimiento obrero local, luego va hacia
Inglaterra en 1861. El resto de su vida transcurrió en el exilio en Europa occidental,
principalmente en Suiza.
En 1868 fundó la llamada Alianza Internacional de la Democracia Socialista, cuyo
programa reivindicaba una serie de reformas que constituían la base de la doctrina
política de Bakunin: la supresión de los Estados nacionales y la formación en su lugar de
federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales; la abolición de
las clases sociales y de la herencia, la igualdad de sexos y la organización de los obreros
al margen de los partidos políticos. Sin embargo, se rechaza la entrada de la Alianza en la
Internacional Obrera, por ser una organización internacional, cuando sólo se admitían
organizaciones nacionales. Por esa razón, la Alianza se deshizo y sus miembros se
integraron separadamente en la Internacional.
En 1870 fundó el Comité para la Salvación de Francia, asociación que dirigió la
insurrección de la Comuna de Lyon. Durante la I Internacional, las diferencias entre sus
ideas y las de Marx llevaron a la expulsión de los anarquistas del seno de la organización
durante el congreso de La Haya, celebrado en 1872. Bakunin pasó sus últimos años en
Suiza, viviendo pobremente y sin más aliento que la correspondencia que mantenía con
pequeños grupos anarquistas.
Con respecto a la francmasonería, se conoce que una de sus razones para hacerse
masón fue para tratar de hacer de la francmasonería un instrumento de las luchas
sociales y de las ideas anarquistas.
Expuso su pensamiento en una voluminosa obra, y fue su discípulo James Guillaume
quien, entre los años 1907 y 1913, en París, se encargaría de recopilar y editar todos sus
libros. Del conjunto de su voluntariosa obra destacan:
el Llamamiento a los eslavos, que denuncia a la burguesía como fuerza intrínsecamente
antirrevolucionaria y propugna la creación en Europa Central de una federación libre de
gentes eslavas
Dios y el Estado y
El Estado y la anarquía
El catecismo revolucionario se conoce ahora que no era de su autoría aunque se
inspiraba en algunos de sus comentarios intempestivos.
[editar] Su Pensamiento
Se ha llamado al anarquismo que Bakunin desarrolló, anarcocolectivismo o anarquismo
colectivista y a este respecto cabe primero de todo mencionar la diferencia de matiz que
esta concepción supone ante el enunciado del anarquismo que Kropotkin, su otro
destacado padre enunció y denominó comunismo libertario y que ha supuesto una crítica
del colectivismo que ha llegado a ser generalmente aceptada en todos los medios
libertarios y es la forma más acertada de entender este concepto bakuniano. Para
Bakunin el Anarquismo supone una sociedad libre sin necesidad de gobierno ni autoridad
cuyo centro de gravedad se situa en el trabajo, el factor de producción, sus medios y
distribución y que se organizaría mediante la federación de productores y consumidores
desde la base que se coordinarían entre sí en confederaciones. Sin necesidad, pues, de
gobiernos, sistemas legislativos, poderes ejecutivos que monopolicen la violencia, etc.
Sin embargo en la visión de Bakunin a cada cual se le debe retribuir según el trabajo
realizado de forma que se impida el surgimiento de una clase ociosa que parasitase el
trabajo de las asociaciones libres. A lo que el comunismo libertario de Kropotkin objetó el
resurgimiento de una burocracia que debiese vigilar y regular el trabajo y su remuneración
lo que fatalmente tendería a constituirse en un núcleo de autoridad y de tiranía potencial.
Obras
La mayoría quedaron sin terminar:
Escritos de filosofía política. Recopilación de G.P. Maximoff
Tomo I. Crítica de la sociedad.
Tomo II. El anarquismo y sus tácticas. Con un esbozo biográfico de Max Nettlau
Obras completas. Cinco tomos
Dios y el Estado
La Revolución social en Francia. Dos tomos
El Estado y la Comuna
Bakunin: su historia y su legado
Escritos de Bakunin
La Comuna de París y la noción de Estado
Tres conferencias dadas a los obreros del valle de Saint-Imier
El patriotismo.
La Comuna de París y la noción de Estado
Texto de Mijail Bakunin sobre Comuna de París y Estado.
La Comuna de París y la noción de Estado
Esta obra, como todos los escritos que hasta la fecha he publicado,
nació de los acontecimientos. Es la continuación natural de las Cartas
a un francés, publicadas en septiembre de 1870, y en las cuales tuve
el fácil y triste honor de prever y predecir las horribles desgracias que
hieren hoy a Francia, y con ella, a todo el mundo civilizado;
desgracias contra las que no había ni queda ahora más que un
remedio: la revolución social.
M. Bakunin
Probar esta verdad, de aquí en adelante incontestable, por el desenvolvimiento histórico
de la sociedad, y por los hechos mismos que se desarrollan bajo nuestros ojos en Europa,
de modo que sea aceptada por todos los hombres de buena fe, por todos los
investigadores sinceros de la verdad, y luego exponer francamente, sin reticencia, sin
equívocos, los principios filosóficos tanto como los fines prácticos que constituyen, por
decirlo así, el alma activa, la base y el fin de lo que llamamos la revolución social, es el
objeto del presente trabajo.
La tarea que me impuse no es fácil, lo sé, y se me podría acusar de presunción si
aportase a este trabajo una pretensión personal. Pero no hay tal cosa, puedo asegurarlo
al lector. No soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera un escritor de oficio. Escribí muy
poco en mi vida y no lo hice nunca sino en caso de necesidad, y solamente cuando una
convicción apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia instintiva a manifestarme
mediante mis escritos.
¿Qué soy yo, y qué me impulsa ahora a publicar este trabajo? Soy un buscador
apasionado de la verdad y un enemigo no menos encarnizado de las ficciones
perjudiciales de que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e
interesado de todas las ignominias religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas
y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse hoy todavía para embrutecer y
esclavizar al mundo. Soy un amante fanático de la libertad, considerándola como el único
medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y crecer la inteligencia, la dignidad y la
dicha de los hombres; no de esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el
Estado, mentira eterna y que en realidad no representa nunca nada más que el privilegio
de unos pocos fundado sobre la esclavitud de todo el mundo; no de esa libertad
individualista, egoísta, mezquina y ficticia, pregonada por la escuela de J. J. Rousseau,
así como todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que consideran el llamado
derecho de todos, representado por el Estado, como el límite del derecho de cada uno, lo
cual lleva necesariamente y siempre a la reducción del derecho de cada uno a cero. No,
yo entiendo que la única libertad verdaderamente digna de este nombre, es la que
consiste en el pleno desenvolvimiento de todas las facultades materiales, intelectuales y
morales de cada individuo. Y es que la libertad, la auténtica, no reconoce otras
restricciones que las propias de las leyes de nuestra propia naturaleza. Por lo que,
hablando propiamente, la libertad no tiene restricciones, puesto que esas leyes no nos
son impuestas por un legislador, sino que nos son inmanentes, inherentes, y constituyen
la base misma de todo nuestro ser, y no pueden ser vistas como una limitante, sino más
bien debemos considerarlas como las condiciones reales y la razón efectiva de nuestra
libertad.
Yo me refiero a la libertad de cada uno que, lejos de agotarse frente a la libertad del otro,
encuentra en ella su confirmación y su extensión hasta el infinito; la libertad ilimitada de
cada uno por la libertad de todos, la libertad en la solidaridad, la libertad en la igualdad; la
libertad triunfante sobre el principio de la fuerza bruta y del principio de autoridad que
nunca ha sido otra cosa que la expresión ideal de esa fuerza; la libertad que, después de
haber derribado todos los ídolos celestes y terrestres, fundará y organizará un mundo
nuevo: el de la humanidad solidaria, sobre la ruina de todas la Iglesias y de todos los
Estados.
Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que fuera de
esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los
individuos, lo mismo que la prosperidad de las naciones, no serán más que otras tantas
mentiras. Pero, partidario incondicional de la libertad, esa condición primordial de la
humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la organización
espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras
libremente organizadas y federadas en las comunas, mas no por la acción suprema y
tutelar del Estado.
Este es el punto que nos divide a los socialistas revolucionarios, de los comunistas
autoritarios que defienden la iniciativa absoluta del Estado. El fin es el mismo, ya que
ambos deseamos por igual la creación de un orden social nuevo, fundado únicamente
sobre la organización del trabajo colectivo en condiciones económicas de irrestricta
igualdad para todos, teniendo como base la posesión colectiva de los instrumentos de
trabajo.
Ahora bien, los comunistas se imaginan que podrían llegar a eso por el desenvolvimiento
y por la organización de la potencia política de las clases obreras, y principalmente del
proletariado de las ciudades, con ayuda del radicalismo burgués, mientras que los
socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca,
pensamos que no se puede llegar a ese fin más que por el desenvolvimiento y la
organización de la potencia no política sino social de las masas obreras, tanto de las
ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de
las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran unirse francamente a
ellas y acepten íntegramente su programa.
He ahí dos métodos diferentes. Los comunistas creen deber el organizar a las fuerzas
obreras para posesionarse de la potencia política de los Estados. Los socialistas
revolucionarios nos organizamos teniendo en cuenta su inevitable destrucción, o, si se
quiere una palabra más cortés, teniendo en cuenta la liquidación de los Estados. Los
comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los socialistas
revolucionarios no tenemos confianza más que en la libertad. Partidarios unos y otros de
la ciencia que debe liquidar a la fe, los primeros quisieran imponerla y nosotros nos
esforzamos en propagarla, a fin de que los grupos humanos, por ellos mismos se
convenzan, se organicen y se federen de manera espontánea, libre; de abajo hacia arriba
conforme a sus intereses reales, pero nunca siguiendo un plan trazado de antemano e
impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias superiores.
Los socialistas revolucionarios pensamos que hay mucha más razón práctica y espíritu en
las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas populares, que en la
inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad que, a tantas
tentativas frustradas para hacerla feliz, pretenden añadir otro fracaso más. Los socialistas
revolucionarios pensamos, al contrario, que la humanidad ya se ha dejado gobernar
bastante tiempo, demasiado tiempo, y se ha convencido que la fuente de sus desgracias
no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del
gobierno, cualquiera que este sea.
Esta es, en fin, la contradicción que existe entre el comunismo científicamente
desarrollado por la escuela alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e
ingleses, y el socialismo revolucionario ampliamente desenvuelto y llevado hasta sus
últimas consecuencias, por el proletariado de los países latinos.
El socialismo revolucionario llevó a cabo un intento práctico en la Comuna de París.
Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y
sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha
dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del
proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz
negativa del Estado.
Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente
en Francia, que ha sido hasta ahora el país mas proclive a la centralización política; y que
haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran civilización
francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y proclamando
con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a Francia, a Europa, al
mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica de iniciativa al mostrar
a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y de salvación; París, que
da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo burgués y una base real al
socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las maldiciones de todas las
gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se envuelve en sus ruinas para
dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que salva, con su desastre, el honor y
el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que si bien la vida, la inteligencia y la
fuerza moral se han retirado de las clases superiores, se conservaron enérgicas y llenas
de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la era nueva, la de la emancipación
definitiva y completa de las masas populares y de su real solidaridad a través y a pesar de
las fronteras de los Estados; París, que mata la propiedad y funda sobre sus ruinas la
religión de la humanidad; París, que se proclama humanitario y ateo y reemplaza las
funciones divinas por las grandes realidades de la vida social y la fe por la ciencia; las
mentiras y las iniquidades de la moral religiosa, política y jurídica por los principios de la
libertad, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad, fundamentos eternos de toda
moral humana; París heroico y racional confirmando con su caída el inevitable destino de
la humanidad transmitiéndolo mucho más enérgico y viviente a las generaciones
venideras; París, inundado en la sangre de sus hijos más generosos. París,
representación de la humanidad crucificada por la reacción internacional bajo la
inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del gran sacerdote de la iniquidad,
el Papa. Pero la próxima revolución internacional y solidaria de los pueblos será la
resurrección de París.
Tal es el verdadero sentido y tales las consecuencias bienhechoras e inmensas de los
dos meses memorables de la existencia y de la caída imperecedera de la Comuna de
París.
La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo y ha sido demasiado
obstaculizada en su desenvolvimiento interior por la lucha mortal que debió sostener
contra la reacción de Versalles, para que haya podido, no digo aplicar, sino elaborar
teóricamente su programa socialista. Por lo demás, es preciso reconocerlo, la mayoría de
los miembros de la Comuna no eran socialistas propiamente y, si se mostraron tales, es
que fueron arrastrados invisiblemente por la fuerza irresistible de las cosas, por la
naturaleza de su ambiente, por las necesidades de su posición y no por su convicción
íntima. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo
Varlin, no formaban en la Comuna mas que una minoría ínfima; a lo sumo no eran más
que unos catorce o quince miembros. El resto estaba compuesto por jacobinos. Pero
entendámonos, hay de jacobinos a jacobinos. Existen los jacobinos abogados y
doctrinarios, como el señor Gambetta, cuyo republicanismo positivista, presuntuoso,
despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no habiendo
conservado del jacobinismo mas que el culto de la unidad y de la autoridad, entregó la
Francia popular a los prusianos y más tarde a la reacción interior; y existen los jacobinos
francamente revolucionarios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe
democrática de 1793, capaces de sacrificar su unidad y su autoridad bien amadas, a las
necesidades de la revolución, ante todo; y como no hay revolución sin masas populares, y
como esas masas tienen eminentemente hoy el instinto socialista y no pueden ya hacer
otra revolución que una revolución económica y social, los jacobinos de buena fe,
dejándose arrastrar más y más por la lógica del movimiento revolucionario, acabaron
convirtiéndose en socialistas a su pesar.
Tal fue precisamente la situación de los jacobinos que formaron parte de la Comuna de
París. Delescluze y muchos otros, firmaron proclamas y programas cuyo espíritu general y
cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como a pesar de toda su buena fe y
de toda su buena voluntad no eran más que individuos arrastrados al campo socialista por
la fuerza de las circunstancias, como no tuvieron tiempo ni capacidad para vencer y
suprimir en ellos el cúmulo de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con el
socialismo, hubieron de paralizarse y no pudieron salir de las generalidades, ni tomar
medidas decisivas que hubiesen roto para siempre todas sus relaciones con el mundo
burgués.
Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; fueron paralizados y paralizaron la
Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se transforman
de un día a otro y no cambian de naturaleza ni de hábitos a voluntad. Han probado su
sinceridad haciéndose matar por la Comuna. ¿Quién se atreverá a pedirles más?
Son tanto más excusables cuanto que el pueblo de París mismo, bajo la influencia del
cual han pensado y obrado, era mucho más socialista por instinto que por idea o
convicción reflexiva. Todas sus aspiraciones son en el más alto grado y exclusivamente
socialistas; pero sus ideas o más bien sus representaciones tradicionales están todavía
bien lejos de haber llegado a esta altura. Hay todavía muchos prejuicios jacobinos,
muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el proletariado de las grandes
ciudades de Francia y aún en el de París. El culto a la autoridad religiosa, esa fuente
histórica de todas las desgracias, de todas las depravaciones y de todas las servidumbres
populares no ha sido desarraigado aún completamente de su seno. Esto es tan cierto que
hasta los hijos más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no llegaron
aún a libertarse de una manera completa de ella. Mirad su conciencia y encontraréis al
jacobino, al gubernamentalista, rechazado hacia algún rincón muy oscuro y vuelto muy
modesto, es verdad, pero no enteramente muerto.
Por otra parte, la situación del pequeño número de los socialistas convencidos que han
constituido parte de la Comuna era excesivamente difícil. No sintiéndose suficientemente
sostenidos por la gran masa de la población parisiense, influenciando apenas sobre unos
millares de individuos, la organización de la Asociación Internacional, por lo demás muy
imperfecta, han debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio
de qué circunstancias! Les ha sido necesario dar trabajo y pan a algunos centenares de
millares de obreros, organizarlos y armarlos combatiendo al mismo tiempo las
maquinaciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada
por el hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido
establecerse y que se mantenía en Versalles, con el permiso y por la gracia de los
prusianos. Les ha sido necesario oponer un gobierno y un ejército revolucionarios al
gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y
clerical, han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las primeras condiciones del
socialismo revolucionario, organizarse en reacción jacobina.
¿No es natural que en medio de circunstancias semejantes, los jacobinos, que eran los
más fuertes, puesto que constituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en
un grado infinitamente superior el instinto político, la tradición y la práctica de la
organización gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo
que hay que asombrarse es de que no se hayan aprovechado mucho más de lo que lo
hicieron, de que no hayan dado a la sublevación de París un carácter exclusivamente
jacobino y de que se hayan dejado arrastrar, al contrario, a una revolución social.
Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en su teoría, reprochan a nuestros amigos
de París el no haberse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria,
mientras que todos los ladrones de la prensa burguesa los acusan, al contrario, de no
haber seguido más que demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos por el
momento a un lado a los innobles denunciadores de esa prensa, y observemos que los
severos teóricos de la emancipación del proletariado son injustos hacia nuestros
hermanos de París porque, entre las teorías más justas y su práctica, hay una distancia
inmensa que no se franquea en algunos días. El que ha tenido la dicha de conocer a
Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a aquel cuya muerte es cierta, sabe cómo han
sido apasionadas, reflexivas y profundas en él y en sus amigos las convicciones
socialistas. Eran hombres cuyo celo ardiente, cuya abnegación y buena fe no han podido
ser nunca puestas en duda por nadie de los que se les hayan acercado. Pero
precisamente porque eran hombres de buena fe, estaban llenos de desconfianza en sí
mismos al tener que poner en práctica la obra inmensa a que habían dedicado su
pensamiento y su vida. Tenían por lo demás la convicción de que en la revolución social,
diametralmente opuesta a la revolución política, la acción de los individuos es casi nula y,
por el contrario, la acción espontánea de las masas lo es todo. Todo lo que los individuos
pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar las ideas que corresponden al instinto
popular y además contribuir con sus esfuerzos incesantes a la organización revolucionaria
del potencial natural de las masas, pero nada más, siendo al pueblo trabajador al que
corresponde hacerlo todo. Ya que actuando de otro modo se llegaría a la dictadura
política, es decir, a la reconstitución del Estado, de los privilegios, de las desigualdades,
llegándose al restablecimiento de la esclavitud política, social, económica de las masas
populares.
Varlin y sus amigos, como todos los socialistas sinceros, y en general como todos los
trabajadores nacidos y educados en el pueblo, compartían en el más alto grado esa
prevención perfectamente legítima contra la iniciativa continua de los mismos individuos,
contra la dominación ejercida por las individualidades superiores; y como ante todo eran
justos, dirigían también esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos más que
contra todas las otras personas. Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas
autoritarios, según mi opinión, completamente erróneo, de que una revolución social
puede ser decretada y organizada sea por una dictadura, sea por una asamblea
constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París,
han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desenvolvimiento más que por
la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones
populares.
Nuestros amigos de París han tenido mil veces razón. Porque, en efecto, por general que
sea, ¿cuál es la cabeza, o si se quiere hablar de una dictadura colectiva, aunque
estuviese formada por varios centenares de individuos dotados de facultades superiores,
cuáles son los cerebros capaces de abarcar la infinita multiplicidad y diversidad de los
intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de las necesidades cuya suma
constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y capaces de inventar una organización
social susceptible de satisfacer a todo el mundo? Esa organización no será nunca más
que un lecho de Procusto sobre el cual, la violencia más o menos marcada del Estado
forzará a la desgraciada sociedad a extenderse. Esto es lo que sucedió siempre hasta
ahora, y es precisamente a este sistema antiguo de la organización por la fuerza a lo que
la revolución social debe poner un término, dando a las masas su plena libertad, a los
grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos, y destruyendo de una
vez por todas la causa histórica de todas las violencias, el poder y la existencia misma del
Estado, que debe arrastrar en su caída todas las iniquidades del derecho jurídico con
todas las mentiras de los cultos diversos, pues ese derecho y esos cultos no han sido
nunca nada más que la consagración obligada, tanto ideal como real, de todas las
violencias representadas, garantizadas y privilegiadas por el Estado.
Es evidente que la libertad no será dada al género humano, y que los intereses reales de
la sociedad, de todos los grupos, de todas las organizaciones locales así como de todos
los individuos que la forman, no podrán encontrar satisfacción real más que cuando no
haya Estados. Es evidente que todos los intereses llamados generales de la sociedad,
que el Estado pretende representar y que en realidad no son otra cosa que la negación
general y consciente de los intereses positivos de las regiones, de las comunas, de las
asociaciones y del mayor número de individuos a él sometidos, constituyen una ficción,
una obstrucción, una mentira, y que el Estado es como una carnicería y como un inmenso
cementerio donde, a su sombra, acuden generosa y beatamente, a dejarse inmolar y
enterrar, todas las aspiraciones reales, todas las fuerzas vivas de un país; y como
ninguna abstracción existe por sí misma, ya que no tiene ni piernas para caminar, ni
brazos para crear, ni estómago para digerir esa masa de víctimas que se le da para
devorar, es claro que también la abstracción religiosa o celeste de Dios, representa en
realidad los intereses positivos, reales, de una casta privilegiada: el clero, y su
complemento terrestre, la abstracción política, el Estado, representa los intereses no
menos positivos y reales de la clase explotadora que tiende a englobar todas las demás:
la burguesía. Y como el clero está siempre dividido y hoy tiende a dividirse todavía más
en una minoría muy poderosa y muy rica, y una mayoría muy subordinada y hasta cierto
punto miserable. Por su parte, la burguesía y sus diversas organizaciones políticas y
sociales, en la industria, en la agricultura, en la banca y en el comercio, al igual que en
todos los órganos administrativos, financieros, judiciales, universitarios, policiales y
militares del Estado, tiende a escindirse cada día más en una oligarquía realmente
dominadora y en una masa innumerable de seres más o menos vanidosos y más o menos
decaídos que viven en una perpetua ilusión, rechazados inevitablemente y empujados,
cada vez más hacia el proletariado por una fuerza irresistible: la del desenvolvimiento
económico actual, quedando reducidos a servir de instrumentos ciegos de esa oligarquía
omnipotente.
La abolición de la Iglesia y del Estado debe ser la condición primaria e indispensable de la
liberación real de la sociedad; después de eso, ella sola puede y debe organizarse de otro
modo, pero no de arriba a abajo y según un plan ideal, soñado por algunos sabios, o bien
a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o hasta por una asamblea
nacional elegida por el sufragio universal. Tal sistema, como lo he dicho ya, llevaría
inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de
una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase entera de gentes que no tienen
nada en común con la masa del pueblo y, ciertamente, esa clase volvería a explotar y a
someter bajo el pretexto de la felicidad común, o para salvar al Estado.
La futura organización social debe ser estructurada solamente de abajo a arriba, por la
libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en
las comunas, en las regiones, en las naciones y finalmente en una gran federación
internacional y universal. Es únicamente entonces cuando se realizará el orden verdadero
y vivificador de la libertad y de la dicha general, ese orden que, lejos de renegar, afirma y
pone de acuerdo los intereses de los trabajadores y los de la sociedad.
Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de la sociedad no
podrá realizarse nunca porque esos intereses, siendo contradictorios, no están en
condición de contrapesarse ellos mismos o bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una
objeción semejante responderé que si hasta el presente los intereses no han estado
nunca ni en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que
sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría privilegiada. He ahí por
qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de intereses personales con los de la
sociedad, no es más que otro engaño y una mentira política, nacida de la mentira
teológica que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir
en él la conciencia de su propio valor. Esa misma idea falsa del antagonismo de los
intereses fue creada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es
próxima pariente de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza humana,
la metafísica consideraba la sociedad como un agregado mecánico y puramente artificial
de individuos asociados repentinamente en nombre de un tratado cualquiera, formal o
secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de una fuerza superior. Antes de
unirse en sociedad, esos individuos, dotados de una especie de alma inmortal, gozaban
de una absoluta libertad.
Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen en la inmortalidad del alma, afirman que
los hombres fuera de la sociedad son seres libres, nosotros llegamos entonces
inevitablemente a una conclusión: que los hombres no pueden unirse en sociedad más
que a condición de renegar de su libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus
intereses, personales primero y grupales después. Tal renunciamiento y tal sacrificio de sí
mismos debe ser por eso tanto más imperioso cuanto que la sociedad es más numerosa y
su organización más compleja. En tal caso, el Estado es la expresión de todos los
sacrificios individuales. Existiendo bajo una semejante forma abstracta, y al mismo tiempo
violenta, continúa perjudicando más y más la libertad individual en nombre de esa mentira
que se llama felicidad pública, aunque es evidente que la misma no representa más que
los intereses de la clase dominante. El Estado, de ese modo, se nos aparece como una
negación inevitable y como una aniquilación de toda libertad, de todo interés individual y
general.
Se ve aquí que en los sistemas metafísicos y teológicos, todo se asocia y se explica por sí
mismo. He ahí por qué los defensores lógicos de esos sistemas pueden y deben, con la
conciencia tranquila, continuar explotando las masas populares por medio de la Iglesia y
del Estado. Llenandose los bolsillos y sacando todos sus sucios deseos, pueden al mismo
tiempo consolarse con el pensamiento de que penan por la gloria de Dios, por la victoria
de la civilización y por la felicidad eterna del proletariado.
Pero nosotros, que no creemos ni en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en la propia
libertad de la voluntad, afirmamos que la libertad debe ser comprendida, en su acepción
más completa y más amplia, como fin del progreso histórico de la humanidad. Por un
extraño aunque lógico contraste, nuestros adversarios idealistas, de la teología y de la
metafísica, toman el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para
concluir buenamente en la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres. Nosotros,
materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer duradero un idealismo
racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y trascendentes, caen hasta el
materialismo práctico, sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica, según la cual todo
desenvolvimiento es la negación del principio fundamental. Estamos convencidos de que
toda la riqueza del desenvolvimiento intelectual, moral y material del hombre, lo mismo
que su aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de la
sociedad, el hombre no solamente no será libre, sino que no será hombre verdadero, es
decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla. El concurso de
la inteligencia y del trabajo colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de
salvaje y de bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente
convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es decir, sus
intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus tonterías, tanto como las
violencias, y las injusticias que en carne propia sufren, no representa más que la
consecuencia de las fuerzas fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir
la idea de independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la correlación de
las manifestaciones de la naturaleza exterior.
En la naturaleza misma, esa maravillosa correlación y filiación de los fenómenos no se ha
conseguido sin lucha. Al contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece
más que como resultado verdadero de esa lucha constante que es la condición misma de
la vida y el movimiento. En la naturaleza y en la sociedad el orden sin lucha es la muerte.
Si en el universo el orden natural es posible, es únicamente porque ese universo no es
gobernado según algún sistema imaginado de antemano e impuesto por una voluntad
suprema. La hipótesis teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente
y a la negación, no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes naturales
no son reales más que en tanto son inherentes a la naturaleza, es decir, en tanto que no
son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que simples manifestaciones, o
bien continuas modalidades de hechos muy variados, pasajeros, pero reales. El conjunto
constituye lo que llamamos naturaleza. La inteligencia humana y la ciencia observaron
estos hechos, los controlaron experimentalmente, después los reunieron en un sistema y
los llamaron leyes. Pero la naturaleza misma no conoce leyes; obra inconscientemente,
representando por sí misma la variedad infinita de los fenómenos que aparecen y se
repiten de una manera fatal. He ahí por qué, gracias a esa inevitabilidad de la acción, el
orden universal puede existir y existe de hecho.
Un orden semejante aparece también en la sociedad humana que evoluciona en
apariencia de un modo llamado antinatural, pero en realidad se somete a la marcha
natural e inevitable de las cosas. Sólo que la superioridad del hombre sobre los otros
animales y la facultad de pensar unieron a su desenvolvimiento un elemento particular
que, como todo lo que existe, representa el producto material de la unión y de la acción de
las fuerzas naturales. Este elemento particular es el razonamiento, o bien esa facultad de
generalización y de abstracción gracias a la cual el hombre puede proyectarse por el
pensamiento, examinándose y observándose como un objeto exterior extraño.
Elevándose, por las ideas, por sobre sí mismo, así como por sobre el mundo circundante,
logra arrivar a la representación de la abstracción perfecta: a la nada absoluta. Este límite
último de la más alta abstracción del pensamiento, esa nada absoluta, es Dios.
He ahí el sentido y el fundamento histórico de toda doctrina teológica. No comprendiendo
la naturaleza y las causas materiales de sus propios pensamientos, no dándose cuenta
tampoco de las condiciones o leyes naturales que le son especiales, los hombres de la
Iglesia y del Estado no pueden imaginar a los primeros hombres en sociedad, puesto que
sus nociones absolutas no son más que el resultado de la facultad de concebir ideas
abstractas. He ahí porque consideraron esas ideas, sacadas de la naturaleza, como
objetos reales ante los cuales la naturaleza misma cesaba de ser algo. Luego se
dedicaron a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a prodigarles
todos los honores. Pero era preciso, de una manera cualquiera, figurar y hacer sensible la
idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin inflaron la concepción de la divinidad y la
dotaron, de todas las cualidades, buenas y malas, que encontraban sólo en la naturaleza
y en la sociedad.
Tal fue el origen y el desenvolvimiento histórico de todas las religiones, comenzando por
el fetichismo y acabando por el cristianismo.
No tenemos la intención de lanzarnos en la historia de los absurdos religiosos, teológicos
y metafísicos, y menos aún de hablar del desplegamiento sucesivo de todas las
encarnaciones y visiones divinas creadas por siglos de barbarie. Todo el mundo sabe que
la superstición dio siempre origen a espantosas desgracias y obligó a derramar ríos de
sangre y lágrimas. Diremos sólo que todos esos repulsivos extravíos de la pobre
humanidad fueron hechos históricos inevitables en su desarrollo y en la evolución de los
organismos sociales. Tales extravíos engendraron en la sociedad esta idea fatal que
domina la imaginación de los hombres: la idea de que el universo es gobernado por una
fuerza y por una voluntad sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las
sociedades se habituaron hasta tal punto a esta idea que finalmente mataron en ellas toda
tendencia hacia un progreso más lejano y toda capacidad para llegar a él.
La ambición de algunos individuos y de algunas clases sociales, erigieron en principio la
esclavitud y la conquista, y enraizaron la terrible idea de la divinidad. Desde entonces,
toda sociedad fue imposible sin tener como base éstas dos instituciones: la Iglesia y el
Estado. Estas dos plagas sociales son defendidas por todos los doctrinarios.
Apenas aparecieron estas dos instituciones en el mundo, se organizaron repentinamente
dos castas sociales: la de los sacerdotes y la de los aristócratas, que sin perder tiempo se
preocuparon en inculcar profundamente al pueblo subyugado la indispensabilidad, la
utilidad y la santidad de la Iglesia y del Estado.
Todo eso tenía por fin transformar la esclavitud brutal en una esclavitud legal, prevista,
consagrada por la voluntad del Ser Supremo.
Pero ¿creían sinceramente, los sacerdotes y los aristócratas, en esas instituciones que
sostenían con todas sus fuerzas en su interés particular? o acaso ¿no eran más que
mistificadores y embusteros? No, respondo, creo que al mismo tiempo eran creyentes e
impostores.
Ellos creían, también, porque compartían natural e inevitablemente los extravíos de la
masa y es sólo después, en la época de la decadencia del mundo antiguo, cuando se
hicieron escépticos y embusteros. Existe otra razón que permite considerar a los
fundadores de los Estados como gentes sinceras: el hombre cree fácilmente en lo que
desea y en lo que no contradice a sus intereses; no importa que sea inteligente e
instruido, ya que por su amor propio y por su deseo de convivir con sus semejantes y de
aprovecharse de su respeto creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy
convencido de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno versallés se esforzaron a toda costa
por convencerse de que matando en París a algunos millares de hombres, de mujeres y
de niños, salvaban a Francia.
Pero si los sacerdotes, los augures, los aristócratas y los burgueses, de los viejos y de los
nuevos tiempos, pudieron creer sinceramente, no por eso dejaron de ser siempre
mistificadores. No se puede, en efecto, admitir que hayan creído en cada una de las ideas
absurdas que constituyen la fe y la política. No hablo siquiera de la época en que, según
Cicerón, los augures no podían mirarse sin reír. Aun en los tiempos de la ignorancia y de
la superstición general es difícil suponer que los inventores de milagros cotidianos hayan
sido convencidos de la realidad de esos milagros. Igual se puede decir de la política,
según la cual es preciso subyugar y explotar al pueblo de tal modo, que no se queje
demasiado de su destino, que no se olvide someterse y no tenga el tiempo para pensar
en la resistencia y en la rebelión.
¿Cómo, pues, imaginar después de eso que las gentes que han transformado la política
en un oficio y conocen su objeto - es decir, la injusticia, la violencia, la mentira, la traición,
el asesinato en masa y aislado -, puedan creer sinceramente en el arte político y en la
sabiduría de un Estado generador de la felicidad social? No pueden haber llegado a ese
grado de estupidez, a pesar de toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos
los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está ahí para atestiguar sus crímenes;
en todas partes y siempre el sacerdote y el estadista han sido los enemigos y los
verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y sanguinarios de los pueblos.
Pero, ¿cómo conciliar dos cosas en apariencia tan incompatibles: los embusteros y los
engañados, los mentirosos y los creyentes? Lógicamente eso parece difícil; sin embargo,
en la realidad, es decir, en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo.
Son mayoría las gentes que viven en contradicción consigo mismas. No lo advierten hasta
que algún acontecimiento extraordinario las saca de la somnolencia habitual y las obliga a
echar un vistazo sobre ellos y sobre su derredor.
En política como en religión, los hombres no son más que máquinas en manos de los
explotadores. Pero tanto los ladrones como sus víctimas, los opresores como los
oprimidos, viven unos al lado de otros, gobernados por un puñado de individuos a los que
conviene considerar como verdaderos explotadores. Así, son esas gentes que ejercen las
funciones de gobierno, las que maltratan y oprimen. Desde los siglos XVII y XVIII, hasta la
explosión de la Gran Revolución, al igual que en nuestros días, mandan en Europa y
obran casi a su capricho. Y ya es necesario pensar que su dominación no se prolongará
largo tiempo.
En tanto que los jefes principales engañan y pierden a los pueblos, sus servidores, o las
hechuras de la Iglesia y del Estado, se aplican con celo a sostener la santidad y la
integridad de esas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según dicen los sacerdotes y la
mayor parte de los estadistas, es necesaria a la salvación del alma, el Estado, a su vez,
es también necesario para la conservación de la paz, del orden y de la justicia; y los
doctrinarios de todas las escuelas gritan: ¡sin iglesia y sin gobierno no hay civilización ni
progreso!
No tenemos que discutir el problema de la salvación eterna, porque no creemos en la
inmortalidad del alma. Estamos convencidos de que la más perjudicial de las cosas, tanto
para la humanidad, para la libertad y para el progreso, lo es la Iglesia. ¿No es acaso a la
iglesia a quien incumbe la tarea de pervertir las jóvenes generaciones, comenzando por
las mujeres? ¿No es ella la que por sus dogmas, sus mentiras, su estupidez y su
ignominia tiende a matar el razonamiento lógico y la ciencia? ¿Acaso no afecta a la
dignidad del hombre al pervertir en él la noción de sus derechos y de la justicia que le
asiste? ¿No transforma en cadáver lo que es vivo, no pierde la libertad, no es ella la que
predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los tiranos y de los
explotadores? ¿No es ella, esa Iglesia implacable, la que tiende a perpetuar el reinado de
las tinieblas, de la ignorancia, de la miseria y del crimen?
Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño engañoso, debe conducir a la finiquitación
de la Iglesia.
(Aquí se interrumpe el manuscrito.)
Categorías: Ensayos y artículos | Historia del anarquismo
Tres conferencias dadas a los obreros del valle de Saint-Imier
TRES CONFERENCIAS DADAS A LOS OBREROS DEL VALLE DE SAINT–IMIER'' por
Mijail Bakunin.
[editar] I
Compañeros:
Después de la gran revolución de 1789-1793, ninguno de los acontecimientos que en
Europa han sucedido ha tenido la importancia y la grandeza de los que se desarrollan
ante nuestros ojos y de los que París es hoy escenario.
M. Bakunin
Dos hechos históricos, dos revoluciones memorables habían constituido lo que llamamos
el mundo moderno, el mundo de la civilización burguesa. Uno, conocido bajo el nombre
de Reforma, al comienzo del siglo XVI, había roto la clave de la bóveda del edifico feudal,
la omnipotencia de la iglesia; al destruir ese poder preparo la ruina del poderío
independiente y casi absoluto de los señores feudales que, bendecidos y protegidos por la
iglesia, como los reyes y a menudo también contra los reyes, hacían proceder
directamente de la gracia divina; y por eso mismo dio un impulso nuevo a la emancipación
de la clase burguesa, lentamente preparada, a su vez, durante los dos siglos que habían
precedido a esa revolución religiosa, por el desenvolvimiento sucesivo de las libertades
comunales y por el del comercio y de la industria, que habían sido al mismo tiempo la
condición y la consecuencia necesaria.
De esa revolución surgió un nuevo poder, que todavía no era el de la burguesía, sino el
del Estado monárquico constitucional y aristocrático en Inglaterra, monárquico, absoluto,
nobiliario, militar, burocrático sobre todo en el continente de Europa, a no ser dos
pequeñas republicas, Suiza y los Países Bajos.
Dejemos por cortesía a un lado estas dos republicas y ocupémonos de las monarquías.
Examinemos las relaciones de las clases, la situación política y social, después de la
Reforma.
A tal señor, tal honor. Comencemos, pues, por los sacerdotes; y bajo este nombre no me
refiero solamente a los de la iglesia católica, sino también a los ministros protestantes, en
una palabra, a todos los individuos que viven del culto divino y que nos venden a Dios
tanto al por mayor como al detalle. En cuanto a las diferencias teológicas que los separan,
son tan sutiles y al mismo tiempo tan absurdas que sería verdadera pérdida de tiempo
ocuparse de ellas.
Antes de la Reforma, la iglesia y los sacerdotes, con el Papa a la cabeza, eran los
verdaderos señores de la tierra. Según la doctrina de la iglesia, las autoridades
temporales de todos los países, los monarcas mas poderosos, los emperadores y los
reyes no tenían derechos más que en tanto que esos derechos habían sido reconocidos y
admitidos por la Iglesia. Se sabe que los dos últimos siglos de la edad media fueron
ocupados por la lucha más y más apasionada y triunfal de los soberanos coronados
contra el Papa, de los Estados contra la Iglesia. La Reforma puso un termino a esa lucha
al proclamar la independencia de los Estados. El derecho del soberano fue reconocido
como procedente inmediatamente de Dios, sin la intervención del Papa y de cualquier otro
sacerdote, y naturalmente, gracias a ese origen celeste, fue declarado absoluto. Es así
como sobre las ruinas del despotismo de la Iglesia fue levantado el edificio despotismo
monárquico. La iglesia, después de haber sido ama, se convirtió en sirviente del Estado,
en su instrumento de gobierno en manos del monarca.
Tomó esa actitud, no solo en los países protestantes, en los que, sin exceptuar a
Inglaterra -y principalmente por la iglesia anglicana-, el monarca fue declarado jefe de la
iglesia, sino en todos los países católicos, sin exceptuar a España. La potencia de la
iglesia romana, quebrantada por los golpes terribles que le había infligido la Reforma, no
pudo sostenerse en lo sucesivo por sí misma. Para mantener su existencia tuvo
necesidad de la asistencia de los soberanos temporales en los Estados. Pero los
soberanos, se sabe, no prestan nunca su asistencia por nada. No tuvieron jamás otra
religión sincera, otro culto, que el de su poder y el de sus finanzas, siendo estas ultimas el
medio y el fin del primero. Por tanto, para comprar el apoyo de los gobiernos
monárquicos, la iglesia debía demostrar que era capaz de servirlos y que estaba deseosa
de hacerlo. Antes de la Reforma había levantado algunas veces a los pueblos contra los
reyes. Después de la Reforma se convirtió en todos los países, sin excepción de Suiza,
en la aliada de los gobiernos contra los pueblos, en una especie de policía negra en
manos de los hombres del Estado y de las clases gobernantes, dándose por misión la
predica a las masas populares de la resignación, de la paciencia, de la obediencia
incondicional y de la renuncia a los bienes y goces de esta tierra, que el pueblo, decía,
debe abandonar a los felices y a los poderosos celestes. Vosotros sabéis que todavía hoy
las iglesias cristianas, católicas y protestantes continúan predicando en este sentido.
Felizmente son cada vez menos escuchadas y podemos prever el momento en que
estarán obligadas a cerrar sus establecimientos por falta de creyentes, o, lo que viene a
significar lo mismo, por falta de bobos.
Veamos ahora las transformaciones que se han efectuado en la clase feudal, en la
nobleza, después de la Reforma. Había permanecido como propietaria privilegiada y casi
exclusiva de la tierra, pero había perdido casi toda su independencia política. Antes de la
Reforma había sido, como la iglesia, la rival y la enemiga del Estado. Después de esa
revolución se convirtió en sirviente, como la iglesia y como ella, en una sirviente
privilegiada. Todas las funciones militares y civiles del Estado, a excepción de las menos
importantes, fueron ocupadas por nobles. Las cortes de los grandes y las de los mas
pequeños monarcas de Europa se llenaron con ellos. Los más grandes señores feudales,
antes tan independientes y tan altivos, se transformaron en los criados titulares de los
soberanos. Perdieron su altivez y su independencia, pero conservaron toda su arrogancia.
Hasta se puede decir que se acrecentó, pues la arrogancia es el vicio privilegiado de los
lacayos. Bajos, rastreros, serviles en presencia del soberano, se hicieron mas insolentes
frente a los burgueses y al pueblo, a los que continuaron saqueando, no ya en su propio
nombre y por el derecho divino, sino con el permiso y al servicio de sus amos y bajo el
pretexto del más grande bien del Estado.
Este carácter y esta situación particular de la nobleza se han conservado casi
íntegramente aún en nuestros días en Alemania, país extraño y que parece tener el
privilegio de soñar con las cosas mas bellas, más nobles, para no realizar sino las más
vergonzosas y mas infames. Como prueba ahí están las barbaries innobles, atroces, de la
ultima guerra y la formación reciente de ese terrible imperio Knuto-germánico, que es
incontestablemente una amenaza contra la libertad de todos los países de Europa, un
desafío lanzado a la humanidad entera por el despotismo brutal de un emperador oficial
de policía y militar a la vez y por la estúpida insolencia de su canalla nobiliaria.
Por la Reforma, la burguesía se había visto completamente libertada de la tiranía y del
saqueo de los señores feudales, en tanto que bandidos o saqueadores independientes y
privados; pero se vio entregada a una nueva tiranía y a un nuevo saqueo y en lo sucesivo
regularizados, bajo el nombre de impuestos ordinarios y extraordinarios del Estado –es
decir, en bandidos y saqueadores legítimos–. Esa transición del despojo feudal al despojo
mucho más regular y mucho mas sistemático del Estado pareció satisfacer primero a la
clase media. Hay que conceder que fue primero para ella un verdadero alivio en su
situación económica y social. Pero el apetito acude comiendo, dice el proverbio. Los
impuestos del Estado, al principio tan modestos, aumentaron cada año en una proporción
inquietante, pero no tan formidable, sin embargo, como en los Estados monárquicos de
nuestros días. Las guerras, se puede decir incesantes, que esos Estados, hechos
absolutos, se hicieron bajo el pretexto de equilibrio internacional desde la Reforma hasta
la revolución de 1789; la necesidad de mantener grandes ejércitos permanentes, que se
habían convertido ya en la base principal de la conservación del Estado; el lujo creciente
de las cortes de los soberanos, que se habían transformado en orgías incesantes donde
la canalla nobiliaria, toda la servidumbre titulada, recamada, iba a mendigar a su amo
pensiones; la necesidad de alimentar toda esa multitud privilegiada que llenaba las más
altas funciones en el ejercito, en la burocracia y en la policía – todo eso exigía grandes
gastos –. Esos gastos fueron pagados, naturalmente, ante todo y primeramente por el
pueblo, pero también, sino en el mismo grado que el pueblo, considerada como una vaca
lechera sin otro destino que mantener al soberano y alimentar a esa multitud innumerable
de funcionarios privilegiados. La Reforma, por otra parte, había hecho perder a la clase
media en libertad quizás el doble de lo que le había dado en seguridad. Antes de la
Reforma había sido igualmente la aliada y el sostén indispensable de los reyes en su
lucha contra la iglesia y los señores feudales y había aprovechado esa alianza para
conquistar un cierto grado de independencia y de libertad. Pero desde que la iglesia y los
señores feudales se habían sometido al Estado, los reyes, no teniendo ya necesidad de
los servicios de la clase media, privaron a ésta poco a poco de todas las libertades que le
habían otorgado anteriormente.
Si tal fue la situación de la burguesía después de la Reforma, se puede imaginar cual
debió ser la de las masas populares, la de los campesinos y la de los obreros de las
ciudades. Los campesinos del centro de Europa, en Alemania, en Holanda, en parte
también en Suiza, se sabe, hicieron al principio del siglo XVI y de la Reforma un
movimiento grandioso para emanciparse al grito de “guerra a los castillos, paz a las
cabañas”. Ese movimiento, traicionado por la burguesía y maldito por los jefes del
protestantismo burgués, Lutero y Melanchton, fue ahogado en la sangre de varias
decenas de millares de campesinos insurrectos. Desde entonces los campesinos se
vieron, más que nunca, asociados a la gleba, siervos de derecho, siervos de hecho y
permanecieron en ese estado hasta la revolución de 1789-1793 en Francia, hasta 1807
en Prusia y hasta 1848 en casi todo el resto de Alemania y principalmente en
Mecklenburgo, la servidumbre existe todavía hoy, aún cuando ha dejado de existir en la
propia Rusia.
El proletariado de las ciudades no fue mucho más libre que los campesinos. Se dividía en
dos categorías, la de los obreros, que constituían parte de las corporaciones y la del
proletariado, que no estaba de ninguna forma organizado. La primera estaba ligada,
sometida en sus movimientos y en su producción por una multitud de reglamentos que la
subyugaban a los jefes de las maestrías, a los patrones. La segunda, privada de todo
derecho, era oprimida y explotada por todo el mundo. La mayoría de los impuestos, como
siempre, recaía necesariamente sobre el pueblo.
Esta ruina y esta opresión general de las masas obreras y de la clase burguesa, en parte,
tenían por pretexto y por fin confesado la grandeza, la potencia, la magnificencia del
Estado monárquico, nobiliario, burocrático y militar. Estado que había ocupado el puesto
de la iglesia en la adoración oficial y era proclamado como una institución divina. Hubo,
pues, una moral de Estado, completamente diferente a ella. En el mundo moral privado,
en tanto que no está viciado por los dogmas religiosos, hay un fundamento no eterno,
más o menos reconocido, comprendido, aceptado y realizado en cada sociedad humana.
Ese fundamento no es otra cosa que el respeto humano, el respeto a la dignidad humana,
al derecho y a la libertad de todos los individuos humanos. Respetarlos, he ahí el deber
de cada uno; amarlos y provocarlos, he ahí la virtud; violarlos, al contrario, es el crimen.
La moral del Estado es por completo opuesta a esta moral humana. El Estado se propone
a sí mismo a todos los súbditos como el fin supremo. Servir a su potencia, a su grandeza,
por todos los medios posibles e imposibles y contrariamente a todas las leyes humanas y
al bien de la humanidad, he ahí su virtud. Porque todo lo que contribuye al poder y al
engrandecimiento del Estado es el bien; todo lo que le es contrario, aunque fuese la
acción mas virtuosa, la más noble desde el punto de vista humano, es el mal. Es por esto
que los hombres de Estado, los diplomáticos, los ministros, todos los funcionarios del
Estado han empleado siempre crímenes y mentiras e infames traiciones para servir al
Estado. Desde el momento que una villanía es cometida al servicio del Estado, se
convierte en una acción meritoria. Tal es la moral del Estado. Es la negación misma de la
moral humana y de la humanidad.
La contradicción reside en la idea misma del Estado. No habiendo podido realizarse
nunca el Estado universal, todo Estado es un ser restringido que comprende un territorio
limitado y un número más o menos restringido de súbditos. La inmensa mayoría de la
especie queda, pues, al margen de cada Estado y la humanidad entera es repartida entre
una multitud de Estados grandes, pequeños o medianos, de los cuales cada uno, a pesar
de que no abraza más que una parte muy restringida de la especie humana, se proclama
y se presenta como el representante de la humanidad entera y como algo absoluto. Por
eso mismo, todo lo que queda fuera de él, todos los demás Estados, con sus súbditos y la
propiedad de sus súbditos, son considerados por cada Estado como seres privados de
toda sanción, de todo derecho y el Estado se supone, por consiguiente, el derecho de
atacar, conquistar, masacrar, robar en la medida que sus medios y sus fuerzas se lo
permitan. Vosotros sabéis, queridos compañeros, que no se ha llegado nunca a
establecer un derecho internacional y no se ha podido hacerlo precisamente porque,
desde el punto de vista del Estado, todo lo que está fuera del Estado está privado de
derecho. Basta que un Estado declare la guerra a otro para que permita, ¿que digo?, para
que mande a sus propios súbditos cometer contra los súbditos del Estado enemigo todos
los crímenes posibles: el asesinato, el saqueo. Y todos estos crímenes se dice que están
benditos por el Dios de los cristianos, que cada uno de los Estados beligerantes considera
y proclama como su partidario con exclusión del otro – lo que naturalmente debe poner en
un famosos aprieto a ese buen Dios, en nombre del cual han sido y continúan siendo
cometidos sobre la tierra los crímenes más horribles. Es por eso que somos enemigos del
buen Dios y consideramos esta ficción, este fantasma divino, como una de las fuentes
principales de los males que atormentan a los hombres.
Es por esto que somos igualmente adversarios apasionados del Estado y de todos los
Estados. Porque en tanto que haya Estados, no habrá comunidad y en tanto que haya
Estados, la guerra y la ruina, la miseria de los pueblos, que son sus consecuencias
inevitables, serán permanentes.
En tanto que haya Estados, las masas populares, aún en las republicas democráticas,
serán esclavas de hecho, porque no trabajaran en vista de su propia felicidad y de su
propia riqueza, sino para la potencia y la riqueza del Estado. ¿Y que es el Estado? Se
pretende que es la expresión y la realización de la utilidad, del bien, del derecho y de la
libertad de todo el mundo. Y bien, los que tal pretenden mienten, como mienten los que
pretenden que el buen Dios es el protector de todo el mundo. Desde que se formó la
fantasía de un ser divino en la imaginación de los hombres, Dios, todos los dioses y entre
ellos sobre todo el Dios de los cristianos, han tomado siempre el partido de los fuertes y
de los ricos contra las masas ignorantes y miserables. Han bendecido, por medio de sus
sacerdotes, los privilegios mas repulsivos, las opresiones y las explotaciones mas
infames.
Del mismo modo, el Estado no es otra cosa que la garantía de todas las explotaciones en
beneficio de un pequeño número de felices privilegiados y en detrimento de las masas
populares. Se sirve de la fuerza colectiva de todo el mundo para asegurar la dicha, la
prosperidad y los privilegios de algunos, en detrimento del derecho humano de todo el
mundo. Es un establecimiento en que la minoría desempeña el papel de martillo y la
mayoría forma el yunque.
Hasta la gran revolución, la clase burguesa, aunque en un grado menor que las masas
populares, había formado parte del yunque. Y es a causa de eso que fue revolucionaria.
Sí, fue bien revolucionaria. Se atrevió a rebelarse contra todas las autoridades divinas y
humanas y puso en tela de juicio a Dios, a los reyes, al Papa. Se dirigió sobre toda la
nobleza, que ocupaba en el Estado un puesto que ardía de impaciencia por ocuparlo a su
vez. Pero no quiero ser injusto y no pretendo de ningún modo que en sus magnificas
protestas contra la tiranía divina y humana no hubiese sido conducida e impulsada más
que por un pensamiento egoísta. La fuerza de las cosas, la naturaleza misma de su
organización particular, la habían impulsado instintivamente a apoderarse del poder. Pero
como todavía no tenia conciencia del abismo que la separaba realmente de las clases
obreras que explota; como esa conciencia no se había despertado de ninguna manera
aún en el seno del proletariado mismo, la burguesía, representada en esa lucha contra la
iglesia y el Estado por sus más nobles espíritus y por sus más grandes caracteres, creyó
de buena fe que trabajaba igualmente por la emancipación de todos.
Los dos siglos que separan a las luchas de la Reforma religiosa de las de la gran
Revolución fueron la edad heroica de la burguesía. Convertida en poderosa por la riqueza
y la inteligencia, atacó audazmente todas las instituciones respetadas por la iglesia y del
Estado. Minó todo, primero, por la literatura y por la critica filosófica; mas tarde lo derribo
todo por la rebelión franca. Es ella la que hizo la revolución de 1789-1793. Sin duda no
pudo hacerlo más que sirviéndose de la fuerza popular.; pero fue la que organizó esa
fuerza y la dirigió contra la iglesia, contra la realeza y contra la nobleza. Fue ella la que
pensó y tomó la iniciativa de todos los movimientos que ejecutó el pueblo. La burguesía
tenía fe en sí misma, se sentía poderosa porque sabía que tras ella, con ella, tenía al
pueblo.
Si se comparan los gigantes del pensamiento y de la acción que habían salido de la clase
burguesa en el siglo XVIII, con las más grandes celebridades, con los enanos vanidosos
célebres que la representan en nuestros días, se podrá uno convencer de la decadencia,
de la caída espantosa que se ha producido en esa clase. En el siglo XVIII era inteligente,
audaz, heroica. Hoy e muestra cobarde y estúpida. Entonces, llena de fe, se atrevía a
todo y lo podía todo. Hoy, roída por la duda y desmoralizada por su propia iniquidad, que
está aún más en su situación que en su voluntad, nos ofrece el cuadro de la más
vergonzosa impotencia.
Los acontecimientos recientes de Francia lo prueban demasiado bien. La burguesía se
muestra completamente incapaz de salvar a Francia. Ha preferido la invasión de los
prusianos a la revolución popular que era la única que podía operar esa salvación. Ha
dejado caer de sus manos débiles la bandera de los progresos humanos, la de la
emancipación universal. Y el proletariado de París nos demuestra hoy que los
trabajadores son los únicos capaces de llevarla en lo sucesivo.
Tratare de demostrarlo en una próxima sesión.
[editar]II
Queridos compañeros:
Ya os dije la otra vez que dos grandes acontecimientos históricos habían fundamentado el
poder de la burguesía: la revolución religiosa del siglo XVI, conocida bajo el nombre de
Reforma y la gran revolución política del siglo XVIII. He añadido que esta ultima, realizada
ciertamente por el poder del brazo popular, había sido iniciada y dirigida exclusivamente
por la clase media. Debo también probaros ahora que es también la clase media la que se
aprovecho completamente de ella.
Y, sin embargo, el programa de esta revolución, en un principio parecía inmenso. ¿No se
ha realizado en el nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad del género
humano, tres palabras que parecen abarcar todo lo que en el presente y en el porvenir
puede querer y realizar la humanidad? ¿Cómo es, pues, que una revolución que se había
anunciado de una manera tan amplia terminó miserablemente en la emancipación
exclusiva, restringida y privilegiada de una sola clase, en detrimento de esos millones de
trabajadores que se ven hoy aplastados por la prosperidad insolente e inicua de esa
clase? ¡Ah, es que esa revolución no ha sido mas que una revolución política! Había
derribado audazmente todas las barreras, todas las tiranías políticas, pero había dejado
intactas –hasta las había proclamado sagradas e inviolables– las bases económicas de la
sociedad, que han sido la fuente eterna, el fundamento principal de todas las iniquidades
políticas y sociales, de todos los absurdos religiosos pasados y presentes. Había
proclamado la libertad de cada uno y de todos, o más bien había proclamado el derecho a
ser libre para cada uno y para todos. Pero no ha dado realmente los medios de realizar
esa libertad y de gozar de ella más que a los propietarios, a los capitalistas, a los ricos.
La pauvreté, c´est l´esclavage! (¡La pobreza es la esclavitud!)
He ahí las terribles palabras que con su voz simpática, que parte de la experiencia y del
corazón, nos ha repetido nuestro amigo Clement varias veces, desde hace algunos días
que tengo la dicha de pasar en medio de vosotros, queridos compañeros y amigos.
Sí, la pobreza es la esclavitud, es la necesidad de vender el trabajo y con el trabajo la
persona, al capitalista que os da el medio de no morir de hambre. Es preciso tener
verdaderamente el espíritu de los señores burgueses, interesados en la mentira, para
atreverse a hablar de la libertad política de las masas obreras. Bella libertad la que las
somete a los caprichos del capital y que las encadena a la voluntad del capitalista por el
hambre. Queridos amigos, no tengo seguramente necesidad de probaros, a vosotros que
habéis conocido por una larga y dura experiencia las miserias del trabajo, que en tanto
que el capital quede de una parte y el trabajo de la otra, el trabajo será el esclavo del
capital y los trabajadores los súbditos de los señores burgueses, que os dan por irrisión
todos los derechos políticos, todas las apariencias de las libertad, para conservar ésta en
realidad exclusivamente para ellos.
El derecho a la libertad sin los medios de realizarla no es más que un fantasma. Y
nosotros amamos demasiado la libertad, ¿no es cierto?, para contentarnos con su
fantasma. Nosotros la queremos en la realidad. ¿Pero qué es lo que constituye el fondo
real y la condición positiva de la libertad? Es el desenvolvimiento integral y el pleno goce
de todas las facultades corporales, intelectuales y morales para cada uno. Por
consecuencia es todos los medios materiales necesarios a la existencia humana de cada
uno; es además la educación y la instrucción. Un hombre que muere de inanición, que se
encuentra aplastado por la miseria, que muere cada día de hambre y de frío y que, viendo
sufrir a todos los que ama, no puede acudir en su ayuda, no es un hombre libre, es un
esclavo. Un hombre condenado a permanecer toda la vida un ser brutal, carente de
educación humana, un hombre privado de instrucción, un ignorante, es necesariamente
un esclavo; y si ejerce derechos políticos, podéis estar seguros que, de una manera o de
otra, los ejercerá siempre contra sí mismo, en beneficio de sus explotadores, de sus
amos.
La condición negativa de la libertad es ésta: ningún hombre debe obediencia a otro; no es
libre más que a condición de que todos sus actos estén determinados, no por la voluntad
de los otros, sino por su voluntad y sus convicciones propias. Pero un hombre a quien el
hambre obliga a vender su trabajo y con su trabajo su persona, al más bajo precio posible
al capitalista que se digna explotarlo; un hombre a quien su propia brutalidad y su
ignorancia entregan a merced de sus sabios explotadores será necesariamente un
esclavo.
No es eso todo. La libertad de los individuos no es un hecho individual, es un hecho, un
producto colectivo. Ningún hombre podría ser libre fuera y sin el concurso de toda la
sociedad humana. Los individualistas, o los falsos hermanos que hemos combatido en
todos los congresos de trabajadores, han pretendido, con los moralistas y los economistas
burgueses que el hombre podía ser libre, que podía ser hombre fuera de la sociedad,
diciendo que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres
anteriormente libres.
Esta teoría, proclamada por J.J. Rousseau, el escritor más dañino del siglo pasado, el
sofisma que ha inspirado a todos los revolucionarios burgueses, esa teoría denota una
ignorancia completa, tanto de la naturaleza como de la historia. No es en el pasado ni en
el presente donde debemos buscar la libertad de las masas, es en el porvenir – en un
provenir próximo: en esa jornada del mañana que debemos crear nosotros mismos, por la
potencia de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, pero también por la de nuestros
brazos –. Tras nosotros no hubo nunca contrato libre, no hubo más que brutalidad,
estupidez, iniquidad y violencia, y hoy aún, vosotros lo sabéis demasiado bien, ese
llamado libre contrato se llama pacto del hambre, esclavitud del hambre para las masas y
explotación del hambre para las minorías que nos devoran y nos oprimen.
La teoría del libre contrato es incompleta también desde el punto de vista de la naturaleza.
El hombre no crea voluntariamente la sociedad: nace involuntariamente en ella. Es un
animal social por excelencia. No puede llegar a ser hombre, es decir, un animal que
piensa, que habla, que ama y que quiere más que en sociedad. Imaginaos al hombre
dotado por naturaleza de las facultades más geniales, arrojado desde su tierna edad fuera
de toda sociedad humana, en un desierto. Si no perece miserablemente, que es lo más
probable, no será más que un bruto, un mono, privado de palabra y de pensamiento –
porque el pensamiento es inseparable de la palabra: nadie puede pensar sin el lenguaje-.
Por perfectamente aislados que os encontréis con vosotros mismos, para pensar debéis
hacer uso de palabras; podéis muy bien tener imaginaciones representativas de las
cosas, pero tan pronto como querías pensar, debéis serviros de palabras, porque sólo las
palabras determinan el pensamiento y dan a las representaciones fugitivas, a los instintos,
el carácter del pensamiento. El pensamiento no existe antes de la palabra, ni la palabra
antes del pensamiento; estas dos formas de un mismo acto del cerebro humano nacen
juntas. Por tanto, no hay pensamiento sin palabras. Pero, ¿qué es la palabra? Es la
comunicación, es la conversación de un individuo humano con muchos otros individuos.
El hombre animal no se transforma en ser humano, es decir, pensante, más que por esa
conversación, más que en esa conversación. Su individualidad, en tanto que humana, su
libertad, es, pues, el producto de la colectividad.
El hombre no se emancipa de la presión tiránica que ejerce sobre cada uno la naturaleza
exterior más que por el trabajo colectivo; porque el trabajo individual, impotente y estéril,
no podría vencer nunca a la naturaleza. El trabajo productivo, el que ha creado todas las
riquezas y toda nuestra civilización, ha sido siempre un trabajo social, colectivo; sólo que
hasta el presente ha sido inicuamente explotado por los individuos a expensas de las
masas obreras. Lo mismo la instrucción y la educación que desarrollan al hombre – esa
educación y esa instrucción de que los señores burgueses están tan orgullosos y que
vierten con tanta parsimonia sobre las masas populares- son igualmente los productos de
la sociedad entera. El trabajo y de más aún, el pensamiento instintivo del pueblo los
crean, pero no los ha creado hasta aquí más que en beneficio de los individuos
burgueses. Se trata, pues, de la explotación de un trabajo colectivo por individuos que no
tienen ningún derecho a monopolizar el producto.
Todo lo que es humano en el hombre, y más que otra cosa la libertad, es el producto de
un trabajo social, colectivo. Ser libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado
por los teólogos y los metafísicos, que remplazaron la sociedad de los hombres por la de
su fantasma, por Dios. Cada cual, dicen, se siente libre en presencia de Dios, es decir, del
vació absoluto, de la nada; eso es, pues, la libertad de la nada, o más bien la nada de la
libertad, la esclavitud. Dios, la ficción de Dios, ha sido históricamente la causa moral o
más bien inmoral de todas las sumisiones.
En cuanto a nosotros, que no queremos ni fantasmas ni la nada, sino la realidad humana
viviente, reconocemos que el hombre no puede sentirse y saberse libre – y, por
consiguiente, no puede realizar su libertad- más que en medio de los hombres. Para ser
libre, tengo necesidad de verme rodeado y reconocido como tal, por hombres libres. No
soy libre más que cuando mi personalidad, reflejándose, como en otros tantos espejos, en
la conciencia igualmente libre de todos los hombres que me rodean, vuelve a mí reforzada
por el reconocimiento de todo el mundo. La libertad de todos, lejos de ser una limitación
de la mía, como lo pretenden los individualistas, es al contrario su confirmación, su
realización y su extensión infinitas. Querer la libertad y la dignidad humana de todos los
hombres, ver y sentir mi libertad confirmada, sancionada, infinitamente extendida por el
asentimiento de todo el mundo, he ahí la dicha, el paraíso humano sobre la tierra.
Pero esa libertad no es posible más que en la igualdad. Si hay un ser humano más libre
que yo, me convierto forzosamente en su esclavo, si yo lo soy más que él, él será el mío.
Por tanto, la igualdad es una condición absolutamente necesaria de la libertad.
Los burgueses revolucionarios de 1793 han comprendido muy bien esta necesidad lógica.
Así, la palabra igualdad figura como el segundo término en su formula revolucionaria:
libertad, igualdad, fraternidad. Pero, ¿qué igualdad? La igualdad ante la ley, la igualdad de
los derechos políticos, la igualdad de los ciudadanos, no la de los hombres; porque el
Estado no reconoce a los hombres, no reconoce más que a los ciudadanos. Para él, el
hombre no existe en tanto que ejerce – o que por una pura función se reputa como
ejerciendo los derechos políticos. El hombre que es aplastado por el trabajo forzado, por
la miseria, por el hambre; el hombre que está socialmente oprimido, económicamente
explotado, aplastado y que sufre, no existe para el Estado; éste ignora sus sufrimientos y
su esclavitud económica y social, su servidumbre real, oculta bajo las apariencias de una
libertad política mentirosa. Esta es, pues la igualdad política, no la igualdad social.
Mis queridos amigos, sabéis todos por experiencia cuan engañosa es esa pretendida
igualdad política cuando no esta fundada sobre la igualdad económica y social. En un
Estado ampliamente democrático, por ejemplo, todos los hombres llegados a la mayoría
de edad y que no se encuentran bajo el peso de una condena criminal, tienen el derecho
y aún el deber, se añade, de ejercer todos los derechos políticos y de llenar todas esas
funciones: ¿se puede imaginar una igualdad más amplia que esa? Si él debe, puede
legalmente; pero en realidad eso le es imposible. Ese poder no es más que facultativo
para los hombres que constituyen parte de las masas populares, pero no podrá nunca ser
real para ellos a menos de una transformación radical de las bases económicas de la
sociedad – digamos la palabra, a menos de una revolución social. Esos pretendidos
derechos políticos ejercidos por el pueblo no son más que una vana ficción.
Estamos cansados de todas las ficciones, tanto religiosas como políticas. El pueblo está
cansado de alimentarse de fantasmas y de fábulas. Ese alimento no engorda. Hoy exige
realidad. Veamos, pues, lo que hay de real para él en el ejercicio de los derechos
políticos.
Para llenar convenientemente las funciones y sobre todo las más altas funciones del
Estado, es preciso poseer ya un grado bastante alto de instrucción. ¿Es por culpa suya?
No, la culpa es de las instituciones. El gran deber de todos los Estados verdaderamente
democráticos es esparcir la instrucción a manos llenas entre el pueblo. ¿Hay un solo
Estado que lo haga? No hablemos de los Estados monárquicos, que tienen un interes
evidente en esparcir, no la instrucción, sino el veneno del catecismo cristiano en las
masas. Hablemos de los Estados republicanos y democráticos como los Estados Unidos
de América y Suiza. Ciertamente hay que reconocer que estos dos Estados han hecho
más que los otros por la instrucción popular. ¿Pero han llegado al fin, a pesar de su buena
voluntad? ¿Les ha sido posible dar indistintamente a todos los niños que nacen en su
seno una instrucción por igual? No, es imposible. Para los hijos de los burgueses, la
instrucción superior; para los del pueblo, la instrucción primaria solamente, y en raras
ocasiones, un poco de instrucción secundaria. ¿Por qué esta diferencia? Por la simple
razón de que los hombres del pueblo, los trabajadores de los campos y las ciudades, no
tienen el medio de mantener, es decir, de alimentar, de vestir, de alojar a sus hijos en el
transcurso de toda la duración de los estudios. Para darse una instrucción científica es
preciso estudiar hasta la edad de veintiún años, algunas veces hasta los veinticinco. Os
pregunto: ¿cuáles son los obreros que están en estado de mantener tan largo tiempo a
sus hijos? Este sacrificio está por encima de sus fuerzas, porque no tienen ni capitales ni
propiedad y porque viven al día con su salario, que apenas basta para el mantenimiento
de una numerosa familia.
Y aún es preciso decir, queridos compañeros, que vosotros, trabajadores de las
montañas, obreros en un oficio que la producción capitalista, es decir, la explotación de
los grandes capitales, no llego todavía a absorber, sois comparativamente muy dichosos.
Trabajando en pequeños grupos en vuestros talleres y a menudo trabajando a domicilio,
ganáis mucho más de lo que se gana en los grandes establecimientos industriales que
emplean a centenares de obreros; vuestro trabajo es inteligente, artístico, no embrutece
como el que se hace a maquina. Vuestra habilidad, vuestra inteligencia significan algo. Y
además tenéis mucho más tiempo libre y relativa libertad; es por eso que sois más
instruidos, más libres y más felices que los otros.
En las inmensas fabricas establecidas, dirigidas y explotadas por los grandes capitales y
en las que son las maquinas, no los hombres, quienes juegan el papel principal, los
obreros se transforman necesariamente en miserables esclavos – de tal modo miserables
que muy frecuentemente están forzados a condenar a sus pobres hijitos, de ocho escasos
años de edad, a trabajar doce, catorce, dieciséis horas por día por algunos miserables
céntimos. Y no lo hacen por avaricia, sino por necesidad. Sin eso no serían capaces de
mantener a sus familias.
He ahí la instrucción que pueden darles. Yo no creo deber emplear más palabras para
demostraros, queridos compañeros, a vosotros que lo sabéis tan bien por experiencia,
que en tanto que el pueblo no trabaje para sí mismo, sino para enriquecer a los
detentadores de la propiedad y del capital, la instrucción que pueda dar a sus hijos será
siempre infinitamente inferior a la de los hijos de la clase burguesa.
Y he ahí una grande y funesta desigualdad social que encontraréis necesariamente en la
base misma de la organización de los Estados: una masa forzosamente ignorante y una
minoría privilegiada que, si no es siempre muy inteligente, es al menos comparativamente
muy instruida. La conclusión es fácil de deducir. La minoría instruida gobernara
eternamente a las masas ignorantes.
No se trata sólo de la desigualdad natural de los individuos; es una desigualdad a la que
estamos obligados a resignarnos. Uno tiene una organización más feliz que el otro, uno
nace con una facultad natural de inteligencia y voluntad más grande que el otro. Pero me
apresuro a añadir: estas diferencias no son de ningún modo tan grandes como se quiere
suponer. Aún desde el punto de vista natural, los hombres son casi iguales, las cualidades
y los defectos se compensan más o menos en cada uno. No hay más que dos
excepciones a esta ley de igualdad natural: son los hombres de genio y los idiotas. Pero
las excepciones no constituyen la regla y en general, se puede decir que todos los
individuos humanos equivalen y que si existen diferencias enormes entre los individuos en
la sociedad actual, nacen dela desigualdad monstruosa de la educación y de la
instrucción y no de la naturaleza.
El niño dotado de las más grandes facultades, pero nacido en una familia pobre, en una
familia de trabajadores que vive al día de su ruda labor cotidiana, se ve condenado a la
ignorancia que mata todas sus facultades naturales en lugar de desarrollarlas: será el
trabajador, el obrero manual, el mantenedor y el alimentador forzoso de los burgueses,
que, por su naturaleza, son mucho más torpes que él. El hijo del burgués, al contrario, el
hijo del rico, por torpe que sea naturalmente, recibirá la educación y la instrucción
necesarias para desarrollar en los posible sus pobres facultades: será un explotador del
trabajo, el amo, el patrón, el legislador, el gobernante, un señor. Por torpe que sea, hará
leyes para el pueblo y gobernara las masas populares.
En un Estado democrático, se dirá, el pueblo no elegirá más que a los buenos. ¿Pero
cómo reconocerá a los buenos? No tiene ni la instrucción necesaria para juzgar al bueno
y al malo, ni el tiempo preciso para conocer los hombres que se proponen a su elección.
Esos hombres, por lo demás, viven en una sociedad diferente de la suya: no acuden a
quitarse el sombrero ante Su Majestad el pueblo soberano más que en el momento de las
elecciones y una vez elegidos, le vuelven la espalda. Por lo demás, perteneciendo a la
clase privilegiada, a la clase explotadora, por excelentes que sean como miembros de sus
familias y de la sociedad, serán siempre malos para el pueblo, porque naturalmente
querrán siempre conservar los privilegios que constituyen la base misma de su existencia
social y que condenan al pueblo a una esclavitud eterna.
Pero, ¿por qué no ha de enviar el pueblo a las asambleas legislativas y al gobierno
hombres suyos, hombres del pueblo? Primeramente porque los hombres del pueblo,
debiendo vivir de sus brazos, no tienen tiempo de consagrarse exclusivamente en la
política; y no pudiendo hacerlo, estando la mayoría de las veces ignorantes de las
cuestiones económicas y políticas que se tratan en esas altas regiones, serán casi
siempre las victimas de los abogados y de los políticos burgueses. Y luego, porque
bastará casi siempre a esos hombres del pueblo entrar en el gobierno para convertirse en
burgueses a su vez, en ocasiones más detestables y más desdeñosos del pueblo de
donde han salido que los mismos burgueses de nacimiento.
Veis, pues, que la igualdad política, aun en los Estados democráticos, es una mentira. Lo
mismo pasa con la igualdad jurídica, con la igualdad ante la ley. La ley es hecho por los
burgueses para los burgueses y es ejercida por los burgueses contra el pueblo. El Estado
y la ley que lo expresa no existe más que para eternizar la esclavitud del pueblo en
beneficio de los burgueses.
Por lo demás sabéis que cuando os encontráis lesionados en vuestros intereses, en
vuestro honor, en vuestros derechos y queréis hacer un proceso, para hacerlo debéis
demostrar primero que estáis en situación de pagar los gastos, es decir, debéis depositar
una cierta suma. Y si no estáis en estado de depositarla, no podéis entablar el proceso.
Pero el pueblo, la mayoría de los trabajadores, ¿tienen sumas para depositar en el
tribunal? La mayoría de las veces, no. Por tanto, el rico podrá atacaros, insultaros
impunemente, porque no hay justicia para el pueblo.
En tanto que no haya igualdad económica y social, en tanto que una minoría cualquiera
pueda hacerse rica, propietaria, capitalista, no por el propio trabajo, sino por la herencia,
la igualdad será una mentira. ¿Sabéis cual es la verdadera definición de la propiedad
hereditaria? Es la facultad hereditaria de explotar el trabajo colectivo del pueblo y de
someter a las masas.
He ahí lo que ni los más grandes héroes de la revolución de 1793, ni Danton, ni
Robespierre, ni Saint Just, habían comprendido. No querían más que la libertad y la
igualdad políticas, no económicas y sociales. Y es por eso que la libertad y la igualdad
fundadas por ellos han constituido y asentado sobre bases nuevas la dominación de los
burgueses sobre el pueblo.
Han querido enmascarar esa contradicción poniendo como tercer termino de su formula
revolucionaria la fraternidad. También ésta fue una mentira. Os pregunto si la fraternidad
es posible entre los explotadores y los explotados, entre los opresores y los oprimidos.
¡Como!, os haré sudar y sufrir durante todo un día y por la noche, cuando haya recogido
el fruto de vuestros sufrimientos y de vuestro sudor, no dejándoos más que una pequeña
parte, a fin de que podáis vivir, es decir, sudar de nuevo y sufrir en mi beneficio todavía
mañana –por la noche, os diré: ¡Abracémonos, somos hermanos!
Tal es la fraternidad de la revolución burguesa.
Queridos amigos, también nosotros queremos la noble libertad, la salvadora igualdad y la
santa fraternidad. Pero queremos que estas cosas, que estas grandes cosas, cesen de
ser ficciones, mentiras y se conviertan en una verdad y constituyan la realidad.
Tal es el sentido y el fin de lo que llamamos revolución social.
Puede resumirse en pocas palabras: quiere y nosotros queremos que todo hombre que
nace sobre esta tierra pueda llegar a ser un hombre en el sentido más completo de la
palabra; que no sólo tenga el derecho, sino también todos los medios necesarios para
desarrollar sus facultades y ser libre, feliz, en la igualdad y en la fraternidad. He ahí lo que
queremos todos y todos estamos dispuestos a morir para llegar a ese fin.
Os pido, amigos, una tercera y última sesión para exponeros completamente mi
pensamiento
[editar]III
Queridos compañeros:
Os dije la última vez cómo la burguesía, sin tener completamente conciencia de sí misma,
pero en parte también y al menos en una cuarta parte, conscientemente, se ha servido del
brazo poderoso del pueblo durante la gran revolución de 1789-1793 para asentar su
propio poder sobre las ruinas del mundo feudal. Desde entonces se ha convertido en la
clase dominante. Erróneamente se imagina que fueron la nobleza emigrada y los
sacerdotes los que dieron el golpe de Estado reaccionario de termidor, que derribó y mato
a Robespierre y a Saint Just y que guillotinó y deporto a una multitud de sus partidarios.
Sin duda, muchos de los miembros de estos dos órdenes caídos tomaron una parte activa
en la intriga, felices de ver caer a los que les habían hecho temblar y que les habían
cortado la cabeza sin piedad. Pero ellos solos no hubiesen podido hacerlo. Desposeídos
de sus bienes, habían sido reducidos a la impotencia. Fue esa parte de la clase burguesa
enriquecida por la compra de los bienes nacionales, por las provisiones de guerra y por el
manejo de los fondos públicos que se aprovecho de la miseria publica y de la bancarrota
misma para llenar su bolsillo, fueron esos virtuosos representantes de la moralidad y del
orden publico los primeros instigadores de esa reacción. Fueron ardiente y
poderosamente sostenidos por la masa de los tenderos, raza eternamente malhechora y
cobarde que engaña y envenena al pueblo en detalle, vendiéndole sus mercaderías
falsificadas y que tiene toda la ignorancia del pueblo sin tener su gran corazón, toda la
vanidad de la aristocracia burguesa sin tener los bolsillos llenos; cobarde durante las
revoluciones, se vuelve feroz en la reacción. Para ella, todas las ideas que hacen palpitar
el corazón de las masas, los grandes principios, los grandes intereses de la humanidad,
no existen. Ignora el patriotismo o no conoce de él más que la vanidad o las
fanfarronadas. No hay un sentimiento que pueda arrancarla a las preocupaciones
mercantiles, a las miserables inquietudes del día. Todo el mundo ha sabido, y los
hombres de todos los partidos nos lo han confirmado, que durante el terrible asedio de
Paris –mientras que el pueblo se batía y la clase de los ricos intrigaba y preparaba la
traición que entrego Paris a los prusianos, mientras que el proletariado generoso, las
mujeres y los niños del pueblo estaban semi-hambrientos– los tenderos no han tenido
más que una sola preocupación, la de vender sus mercaderías, sus artículos alimenticios,
los objetos más necesarios a la subsistencia del pueblo, al mas alto precio posible.
Los tenderos de todas las ciudades de Francia han hecho lo mismo. En las ciudades
invadidas por los prusianos abrieron las puertas a éstos. En las ciudades no invadidas se
preparaban a abrirlas; paralizaron se opusieron a la sublevación y al armamento
populares, que era lo único que podía salvar a Francia. Los tenderos en las ciudades, lo
mismo que los campesinos en los campos, constituyen hoy el ejercito de la reacción. Los
campesinos podrán y deberán ser convertidos a la revolución, pero los tenderos nunca.
Durante la gran revolución, la burguesía se había dividido en dos categorías, de las
cuales una, que constituía la ínfima minoría, era la burguesía revolucionaria, conocida
bajo el nombre genérico de jacobinos. No hay que confundir a los jacobinos de hoy con
los de 1793. Los de hoy no son mas que pálidos fantasmas y ridículos abortos,
caricaturas de los héroes del siglo pasado. Los jacobinos de 1793 eran grandes hombres,
tenían el fuego sagrado, el culto a la justicia, a la libertad y a la igualdad. No fue culpa
suya si no comprendieron mejor ciertas palabras que resumen todavía hoy nuestras
aspiraciones. No consideraron más que la faz política, no el sentido económico y social.
Pero, lo repito, no fue culpa suya, como no es merito nuestro el comprenderlas hoy. Es la
culpa y el merito del tiempo. La humanidad se desarrolla lentamente, demasiado
lentamente, ¡ay! y no es más que por una sucesión de errores y de faltas y de crueles
experiencias sobre todo, que son siempre su consecuencia necesaria, como los hombres
conquistan la verdad. Los jacobinos de 1793 fueron hombres de buena fe, hombres
inspirados por la idea, consagrados a la idea. Fueron héroes. Si no lo hubieran sido, no
hubieran podido realizarse los grandes actos de la revolución. Nosotros podemos y
debemos combatir los errores teóricos de los Danton, de los Robespierre, de los Saint
Just, pero al combatir sus ideas falsas, estrechas, exclusivamente burguesas en
economía social, debemos inclinarnos ante su potencia revolucionaria. Fueron los últimos
héroes de la clase burguesa, en otro tiempo tan fecunda de héroes.
Aparte de esta minoría heroica, existía la gran masa de la burguesía materialmente
explotadora y para la cual las ideas, los grandes principios de la revolución no eran más
que palabras sin valor y sin sentido más que en tanto que los burgueses podían servirse
de ellas para llenar sus bolsas tan vastas y tan respetables. Cuando los mas ricos y, por
consiguiente, los más influyentes de ellos llenaron suficientemente sus bolsas al ruido y
por medio de la revolución, consideraron que ésta había durado demasiado, que era
tiempo de acabar y de restablecer el reino de la ley y el orden publico.
Derribaron el Comité de Salvación Pública, mataron a Robespierre, a Saint Just y a sus
amigos y establecieron el Directorio, que fue un verdadera encarnación de la depravación
burguesa al fin del siglo XVIII, el triunfo y el reino del oro adquirido por el robo y
aglomerado en los bolsillos de algunos millares de individuos.
Pero Francia, que no había tenido tiempo, aún de corromperse y que aún palpitaba por
los grandes hechos de la revolución , no pudo soportar largo tiempo ese régimen.
Protesto dos veces, en una fracasó y en otra triunfo. Si hubiese triunfado en la primera, si
hubiese podido tener éxito, habría salvado a Francia y al mundo; el triunfo de la segunda
inauguro el despotismo de los reyes y la esclavitud de los pueblos. Quiero hablar de la
insurrección de Babeuf y de la usurpación del primer Bonaparte.
La insurrección de Babeuf fue la ultima tentativa revolucionaria del siglo XVIII. Babeuf y
sus amigos habían sido más o menos amigos de Robespierre y de Saint Just. Fueron
jacobinos socialistas. Habían sentido el culto a la igualdad, aún en detrimento de la
libertad. Su plan fue muy sencillo: expropiar a todos los propietarios y a todos los
detentores de instrumentos de trabajo y de otros capitales en beneficio del Estado
republicano, democrático y social, de suerte que el Estado, convertido en el único
propietario de todas las riquezas tanto mobiliarias como inmobiliarias, se transformaba en
el único empleador, en el único patrón de la sociedad; provisto al mismo tiempo de la
omnipotencia política, se apoderaba exclusivamente de la educación y de la instrucción
iguales para todos los niños y obligaba a todos los individuos mayores de edad a trabajar
y a vivir según la igualdad y la justicia. Toda autonomía comunal, toda iniciativa individual,
toda libertad, en una palabra desaparecía aplastada por ese poder formidable. La
sociedad entera no debía presentar más que el cuadro de una uniformidad monótona y
forzada. El gobierno era elegido por el sufragio universal, pero una vez elegido y en tanto
que quedase en funciones, ejercía en todos los miembros de la sociedad un poder
absoluto.
La teoría de la igualdad establecida por la fuerza, por el poder no ha sido inventada por
Babeuf. Los primeros fundamentos de esa teoría habían sido echados por Platón, varios
siglos antes de Cristo, en su Republica, obra en que ese gran pensador de la antigüedad
trató de esbozar el cuadro de una sociedad igualitaria. Los primeros cristianos ejercieron
indudablemente un comunismo practico en sus asociaciones perseguidas por toda
sociedad oficial. En fin, al principio mismo de la revolución religiosa, en el primer cuarto
del siglo XVI, en Alemania, Tomas Muenzer y sus discípulos hicieron una primera
tentativa para establecer la igualdad social sobre una base muy amplia. La conspiración
de Babeuf fue la segunda manifestación practica de la idea igualitaria en las masas.
Todas estas tentativas, sin exceptuar la última, debieron fracasar por dos razones:
primero, porque las masas no se habían desarrollado suficientemente para hacer posible
su realización, y, luego y sobre todo, porque, en todos estos sistemas, la igualdad se
asociaba a la potencia, a la autoridad del Estado y, por consiguiente, excluía la libertad.
Y nosotros sabemos, queridos amigos, que la igualdad no es posible más que con la
libertad y por la libertad: no se trata de esa libertad exclusiva de los burgueses que está
fundada sobre la esclavitud de las masas y que no es la libertad, sino el privilegio; se trata
de esa libertad universal de los seres humanos que eleva a cada uno a la dignidad de
hombre. Pero sabemos también que esa libertad no es posible más que en la igualdad.
Rebelión, no solo teórica, sino practica, contra todas las instituciones y contra todas las
relaciones sociales creadas por la desigualdad; después, establecimiento de la igualdad
económica y social por la libertad de todo el mundo: he ahí nuestro programa actual, el
que debe triunfar a pesar de los Bismarck, de los Napoleón, de los Thiers y a pesar de
todos los cosacos de mi augusto emperador el zar de todas las Rusias.
La conspiración de Babeuf había reunido en su seno todo lo que había quedado de
ciudadanos consagrados a la revolución de París después de las ejecuciones y
deportaciones del golpe de Estado reaccionario de Termidor, y necesariamente muchos
obreros. Fracasó; algunos fueron guillotinados, pero varios sobrevivieron, entre ellos el
ciudadano Felipe Buonarroti, un hombre de hierro, un carácter antiguo, de tal modo
respetable que supo hacerse respetar por los hombres de los partidos más opuestos.
Vivió largo tiempo en Bélgica, donde fue el principal fundador de la sociedad secreta de
los carbonario-comunistas; y en un libro que se hizo ya muy raro, pero trataré de enviar a
nuestro amigo Adhemar, ha contado esa lúgrube historia, esa ultima protesta heroica de
la revolución contra la reacción, conocida bajo el nombre de conspiración de Babeuf.
La otra protesta de la sociedad contra la corrupción burguesa que se había apoderado del
poder bajo el nombre de Directorio fue, como lo he dicho ya, la usurpación del primer
Bonaparte.
Esta historia, mil veces más lúgrube todavía, es conocida de todos vosotros. Fue la
primera inauguración del régimen infame y brutal del sable, el primer bofetón dado al
comienzo de este siglo por un advenedizo insolente sobre las mejillas de la humanidad.
Napoleón I se hizo el héroe de todos los déspotas, al mismo tiempo que fue militarmente
su terror. Venció, les dejo su funesta herencia, su infame principio: el desprecio a la
humanidad y su opresión por el sable.
No os hablaré de la restauración. Fue una tentativa ridícula la de dar la vida y el poder
político a dos cuerpos tarados y decrépitos: a la nobleza y a los sacerdotes. No hubo bajo
la restauración más que esto de notable: que, atacada, amenazada en ese poder que
creyó haber conquistado para siempre, la burguesía se volvió a hacer casi revolucionaria.
Enemiga del orden publico en tanto que ese orden público no es el suyo, es decir, en
tanto que establece y garantiza otros intereses que los suyos, conspiro de nuevo. Los
señores Guizot, Perrier, Thiers y tantos otros, que bajo Luis Felipe se distinguieron como
los más fanáticos partidarios y defensores de un gobierno opresivo, corruptor, pero
burgués y, por consiguiente, perfecto a sus ojos, todas esas almas corrompidas de la
reacción burguesa, conspiraron bajo la restauración. Triunfaron en Julio de 1830, y el
reino del liberalismo burgués fue inaugurado.
De 1830 data verdaderamente la dominación exclusiva de los intereses y de la política
burguesa en Europa, sobre todo en Francia, en Inglaterra, en Bélgica, en Holanda y en
Suiza. En otros países, tales como Alemania, Dinamarca, Suecia, Italia y España, los
intereses burgueses habían prevalecido sobre todos los demás, pero no el gobierno
político burgués. No hablo de ese grande y miserable imperio de todas las Rusias,
sometido aún al despotismo de los zares, sin clase política intermediaria propiamente, ni
como cuerpo burgués, donde no hay, en efecto, de una parte más que el mundo oficial,
una organización militar, policial y burocrática para colmar los caprichos del zar, y de la
otra del pueblo, las decenas de millones de seres humanos devorados por el zar y sus
funcionarios. En Rusia, la revolución vendrá directamente del pueblo, como lo demostré
ampliamente en un discurso bastante largo que pronuncié hace algunos años en Berna y
que me apresuré a enviaros. No hablo tampoco de esa desgraciada y heroica Polonia que
se debate, siempre sofocada de nuevo, pero no muerta, bajo las garras de tres águilas
infames: la del imperio de Rusia, la del imperio de Austria y la del imperio de Alemania,
representado por Prusia. En Polonia como en Rusia, en otro tiempo dominante y hoy
desorganizada y decrepita en Polonia, y, de otro lado, existe el campesino en
servidumbre, devorado, aplastado ahora, no por la nobleza, que ha perdido su poder, sino
por el Estado, por sus funcionarios innumerables, por el zar. No os hablaré tampoco de
los pequeños países como Suecia y Dinamarca, que no se han hecho realmente
constitucionales más que después de 1848 y que han quedado más o menos retrasados
en el desenvolvimiento general de Europa; ni de España y Portugal, donde el movimiento
industrial y la política burguesa han sido paralizados tanto tiempo por la doble potencia del
clero y del ejercito. Sin embargo debo observar que España, que nos parecía tan
atrasada, nos presenta hoy una de las más magnificas organizaciones de la Asociación
Internacional de los Trabajadores que existían en el mundo.
Me detendré un instante en Alemania. Desde 1830 nos ha presentado y continua
presentándonos Alemania el cual cuadro extraño de un país en que los intereses de la
burguesía predominan, pero en el que la potencia política no pertenece a la burguesía,
sino a la monarquía absoluta bajo una máscara de constitucionalismo, militar y
burocráticamente organizada y servida exclusivamente por los nobles.
Es en Francia, en Inglaterra, en Bélgica, sobre todo, donde hay que estudiar el reinado de
la burguesía. Después de la unificación de Italia bajo el cetro de Víctor Manuel, puede ser
estudiado también en Italia. Pero en ninguna parte se ha caracterizado tan plenamente
como en Francia; es, pues, en este país donde la consideramos principalmente.
Desde 1830, el principio burgués ha tenido plena libertad de manifestarse en la literatura,
en la política y en la economía social. Se puede resumir en una sola palabra:
individualismo.
Entiendo por individualismo esa tendencia que –considerando toda la sociedad, la masa
de los individuos, la de los indiferentes, la de los rivales, la de los concurrentes, lo mismo
que la de los enemigos naturales, en una palabra, con los cuales cada una está obligado
a vivir, pero que obstruyen la ruta a cada uno– impulsa al individuo a conquistar y a
establecer su propio bienestar, su prosperidad, su dicha, contra todo el mundo, en
detrimento de todos los demás. Es una persecución enfurecida, un general, ¡sálvese el
que pueda!, en que cada cual trata de llegar primero.
¡Ay de los que se detienen, si son adelantados! ¡Ay de los que, cansados por la fatiga,
caen en el camino!, son inmediatamente aplastados. La concurrencia no tiene corazón, no
tiene piedad. ¡Ay de los vencidos! En esa lucha necesariamente deben cometerse
muchos crímenes; Toda esa lucha fraticida no es sino un crimen continuo contra la
solidaridad humana, que es la base única de toda moral. El Estado que –se dice– es el
representante y el vindicador de la justicia, no impide la perpetración de esos crímenes, al
contrario, los perpetúa y los legaliza. Lo que él representa, lo que defiende no es la
justicia humana, es la justicia jurídica, que no es otra cosa que la consagración del triunfo
de los fuertes sobre los débiles, de los ricos sobre los pobres. El Estado no exige más que
una cosa: que todos esos crímenes sean realizados legalmente. Yo puedo arruinaros,
aplastaros, mataros, pero debo hacerlo observando las leyes. De otro modo soy
declarado criminal y tratado como tal. Tal es el sentido de este principio, de esta palabra:
individualismo.
Ahora veamos cómo se ha manifestado ese principio en la literatura, en esa literatura
creada por los Víctor Hugo, los Dumas, los Balzac, los Jules Janin y tantos otros autores
de libros y de artículos de periódicos burgueses, que desde 1830 han inundado a Europa,
llevando la depravación y despertando el egoísmo en los corazones de los jóvenes de
ambos sexos, y desgraciadamente también del pueblo. Tomad la novela que queráis: al
lado de los grandes y falsos sentimientos, de las bellas frases; ¿qué encontráis? Siempre
lo mismo. Un joven es pobre, oscuro, desconocido; está devorado por toda suerte de
apetitos. Quisiera habitar en un palacio, comer frutas, beber champaña, marchar en
carroza y acostarse con alguna bella marquesa. Lo consigue a fuerza de esfuerzos
heroicos y aventuras extraordinarias, mientras que los demás sucumben. He ahí el héroe:
ése es el individualismo puro.
Veamos la política. ¿Cómo se expresa en ella ese principio? Las masas –se dice– tienen
necesidad de ser dirigidas, gobernadas; son incapaces de vivir sin gobierno, como son
igualmente incapaces de gobernarse a sí mismas. ¿Quién las gobernará? No hay ya
privilegio de clase. Todo el mundo tiene el derecho a subir a las más altas posiciones y
funciones sociales. Pero para triunfar es preciso ser fuerte y dichoso; es preciso saber y
poder sobreponerse a todos los rivales. He ahí aún una carrera de apuesta: serán los
individuos hábiles y fuertes los que gobernarán, los que esquilmarán a las masas.
Consideremos ahora ese mismo principio en la cuestión económica, que en el fondo es la
principal, hasta se podría decir la única cuestión. Los economistas burgueses nos dicen
que son partidarios de una libertad ilimitada de los individuos, y que la competencia es la
condición de esa libertad. Pero veamos, ¿qué es la libertad? Y antes una primera
pregunta: ¿es el trabajo separado, aislado, el que produjo y continua produciendo todas
estas riquezas maravillosas de que se glorifica nuestro siglo? Sabemos bien que no. El
trabajo aislado de los individuos apenas sería capaz de alimentar y de vestir a un
pueblecito de salvajes; una gran nación no se hace rica y no puede subsistir más que por
el trabajo colectivo, solidariamente organizado. Siendo colectivo el trabajo para la
producción de las riquezas, parecería lógicamente, ¿no es cierto?, que el goce de esas
riquezas debiera serlo también. Y bien, he ahí lo que no quiere, lo que rechaza como odio
la economía burguesa. Quiere el disfrute aislado de los individuos. Pero, ¿de qué
individuos? ¿Será de todos? ¡Oh, no! Quiere el disfrute de los fuertes, de los inteligentes,
de los hábiles, de los dichosos. ¡Ah, sí, de los dichosos, sobre todo! Porque en su
organización social, y conforme a esa ley de herencia, que es su fundamento principal,
nacen una minoría de individuos más o menos ricos, felices, y millones de seres humanos
desheredados, desgraciados. Después la sociedad burguesa dice a todos estos
individuos: Luchad, disputad el premio, el bienestar, la riqueza, el poder político. Los
vencedores serán felices. ¿Hay igualdad al menos en esta lucha fraticida? No, de ningún
modo. Los unos, el pequeño número, están armados con todas las armas, fortalecidos por
la instrucción y la riqueza heredadas, y los millones de hombres del pueblo se presentan
sobre la arena casi desnudos, con su ignorancia y su miseria igualmente heredadas.
¿Cuál es el resultado necesario de esa competencia llamada libre? El pueblo sucumbe, la
burguesía triunfa y el proletariado encadenado está obligado a trabajar como un forzado
para su eterno vencedor, el burgués.
El burgués está provisto principalmente de una arma contra la cual el proletariado
quedará siempre sin posibilidad de defensa, en tanto que esa arma, el capital –que se ha
transformado en todos los países civilizados en el agente principal de la producción
industrial–, en tanto que ese proveedor del trabajo esté dirigido contra él.
El capital, tal como está constituido y apropiado hoy, no aplasta sólo al proletariado,
agobia, expropia y reduce a la miseria a una gran cantidad de burgueses. La causa de
este fenómeno, que la burguesía media y pequeña no comprende bastante, que ignora,
es, sin embargo, muy sencilla. A consecuencia de la concurrencia, de esa lucha a muerte
que reina hoy en el comercio y en la industria gracias a la libertad conquistada por el
pueblo en beneficio de los burgueses, todos los fabricantes están obligados a vender sus
productos, o más bien los productos de los trabajadores que emplean, que explotan, al
más bajo precio. Vosotros lo sabéis por experiencia, los productos caros se ven hoy más
y más excluidos del mercado por los productos baratos, aunque estos últimos sean
mucho menos perfectos que los primeros. He ahí, pues, una primera consecuencia
funesta de esa concurrencia, de esa lucha intestina en la producción burguesa. Tiende
necesariamente a reemplazar los buenos productos mediocres, los trabajadores hábiles
por los trabajadores mediocres. Disminuye al mismo tiempo la calidad de los productos y
la de los productores.
En esta concurrencia, en esta lucha por el precio más bajo, los grandes capitales deben
aplastar necesariamente a los pequeños, los grandes burgueses deben arruinar a los
pequeños. Porque una inmensa fábrica puede confeccionar naturalmente sus propios
productos y darlos más baratos que una fabrica pequeña o mediana. La instalación de
una gran fábrica exige naturalmente un gran capital, pero proporcionalmente a lo que
puede producir, cuesta menos que una fábrica pequeña o mediana: 100, 000 francos son
más que 10,000 pero 100,000 francos empleados en una fábrica darían 50 por ciento, 60
por ciento; mientras que los 10,000 francos empleados de la misma manera no darán mas
que un 20 por ciento. El gran fabricante economiza en la construcción, en las materias
primas, en las maquinas; empleando muchos menos que el fabricante pequeño o
mediano, economiza también, o gana, por una organización mejor y por una mayor
división del trabajo. En una palabra, con 100,000 francos concentrados en sus manos y
empleados en el establecimiento y en la organización de una fábrica única produce
mucho más que diez fabricantes que empleen cada uno 10,000 francos; de manera que si
cada uno de estos últimos realiza, sobre los diez mil francos que emplea, en beneficio
liquido de 2,000 francos, por ejemplo, el fabricante que establece y que organiza una gran
fábrica que le cuesta 100,000 francos gana por cada 10,000 francos 5,000 ó 6,000, es
decir, que produce proporcionalmente muchas mas mercaderías. Produciendo mucho
más, puede vender naturalmente sus productos mucho más baratos que los fabricantes
medianos o pequeños; pero al venderlos más baratos obliga igualmente a los fabricantes
medianos y pequeños a bajar sus precios, sin lo cual sus productos no serían comprados.
Pero como la producción de esos productos les resulta mucho más cara que al gran
fabricante, al venderlos al precio del gran fabricante se arruinan. Es así como los grandes
capitales matan a los pequeños, y si los grandes capitales tropiezan con otros mayores
aún, son aplastados a su vez.
Esto es tan cierto que hoy existe en los grandes capitales una tendencia a asociarse para
constituir capitales monstruosamente formidables. La explotación del comercio y de la
industria por las sociedades anónimas comienza a reemplazar, en los países mas
industriosos, en Inglaterra, en Bélgica y en Francia, a la explotación de los grandes
capitales aislados. Y a medida que la civilización, que la riqueza nacional de los países
más avanzados se acrecientan, crece la riqueza de los grandes capitalistas, pero
disminuye el número de los capitalistas. Una masa de burgueses medianamente
impulsada hacia el proletariado, hacia la miseria.
Es un hecho incontestable, constatado por la estadística de todos los países, lo mismo
que por la demostración más exactamente matemática. En la organización económica de
la sociedad actual, ese empobrecimiento gradual de la gran masa de la burguesía en
beneficio de un número restringido de monstruosos capitalistas es una ley inexorable,
contra la cual no hay otro remedio que la revolución social. Si la pequeña burguesía
tuviese bastante inteligencia y buen sentido para comprenderlo, se habría asociado desde
mucho al proletariado para realizar esa revolución. Pero la pequeña burguesía es
generalmente muy torpe; su tonta vanidad y egoísmo le cierran el espíritu. No ve nada, no
comprende nada, y aplastada por una parte por la gran burguesía, amenazada por la otra
por ese proletariado a quien desprecia tanto como detesta y teme, se deja arrastrar
estúpidamente al abismo.
Las consecuencias de esta competencia burguesa son desastrosas para el proletariado.
Forzados a vender sus productos –o más bien los productos de los obreros que explotan–
al más bajo precio posible, los fabricantes deben pagar necesariamente a sus obreros los
salarios más bajos posibles. Por consiguiente, no pueden pagar el talento, el genio de sus
obreros. Deben buscar el trabajo que se vende –que esta obligado a venderse– a la tarifa
mas baja. Las mujeres y los niños se contentan con un salario menor, emplean, pues, los
niños y las mujeres con preferencia a los hombres, y los trabajadores mediocres con
preferencia a los trabajadores hábiles, a menos que estos últimos no se contenten con el
salario de los trabajadores inhábiles, de los niños y de las mujeres. Ha sido demostrado y
reconocido por los economistas burgueses que la medida del salario del obrero es
siempre determinada por el precio de su mantenimiento diario; así, si un obrero pudiera
vestirse, alimentarse, alojarse por un franco diario, su salario caería bien pronto a un
franco. Y esto por una razón muy sencilla: los obreros, presionados por el hambre, están
obligados a hacerse concurrencia entre sí, y el fabricante, impaciente por enriquecerse lo
más pronto posible por la explotación de su trabajo, y forzado por otra parte por la
concurrencia burguesa a vender sus productos al más bajo precio, tomará naturalmente
los obreros que le ofrezcan por el menor salario más horas de trabajo.
No es sólo una deducción lógica, es un hecho que pasa diariamente en Inglaterra, en
Francia, en Bélgica, en Alemania y en las partes de Suiza donde se ha establecido la gran
industria, la industria explotada en las grandes fábricas por los grandes capitales. En mi
ultima conferencia os he dicho que erais obreros privilegiados. Aunque estéis lejos aún de
recibir íntegramente en salario todo el valor de vuestra producción diaria, aunque seáis
incontestablemente explotados por vuestros patrones, sin embargo, comparativamente a
los obreros de los grandes establecimientos industriales, estáis bastante bien pagados,
tenéis tiempo libre, sois libres, sois dichosos. Y me apresuro a reconocer que hay un gran
merito en vosotros por haber ingresado en la Internacional y haberos convertido en
miembros abnegados y celosos de esa inmensa asociación del trabajo que debe
emancipar a los trabajadores del mundo entero. Eso es noble, eso es generoso de
vuestra parte. Demostráis que no pensáis solo en vosotros mismos, sino en esos millones
de hermanos que están mucho más oprimidos y que son mucho más desdichados que
vosotros. Es con satisfacción que os ofrezco este testimonio.
Pero al mismo tiempo que dais prueba de generosa y fraterna solidaridad, dejadme
deciros que dais también prueba de previsión y de prudencia; obráis no sólo por vuestros
desgraciados hermanos de las otras industrias y de los otros países, sino también y, sino
por completo por vosotros mismos, al menos por vuestros propios hijos. Estáis, no en lo
absoluto, sino relativamente bien retribuidos, sois libres, dichosos. ¿Por qué? Por la
simple razón de que el gran capital no invadió aún vuestra industria. Pero no creéis, sin
duda, que será siempre así. El gran capital, por una ley que le es inherente, está
fatalmente impulsado a invadirlo todo. Ha comenzado naturalmente por explotar las ramas
del comercio y la industria que le prometieron mayores ventajas, aquellas cuya
explotación era más fácil, y acabara necesariamente, después de haberlas explotado
suficientemente, y a causa de la concurrencia que se hace a sí mismo en esa explotación,
por volverse a las ramas que no había tocado hasta allí. ¿No se hacen ya vestidos,
zapatos, encajes a maquina? Creedlo, tarde o temprano, y sin duda antes de lo que se
piensa, se harán también relojes a maquina. Los resortes, los escapes, la caja, la
cubierta, la tapa, el pulido, el torneado, el grabado se harán a maquina. Los productos no
estarán tan cuidados, no serán tan artísticos como los que salen de vuestras manos
hábiles, pero costaran mucho menos y encontrarán más compradores que vuestros
productos mas perfectos, que acabarán por ser excluidos del mercado. Y entonces, si no
vosotros, al menos vuestros hijos se encontrarán tan esclavos, tan miserables como los
obreros de los grandes establecimientos industriales lo están hoy. Veis, pues, que al
trabajar por vuestros hermanos, los desdichados obreros de otras industrias y de otros
países, trabajáis también para vosotros mismos o al menos para vuestros propios hijos.
Trabajáis para la humanidad. La clase obrera se ha convertido hoy en la única
representante de la grande, de la santa causa de la humanidad. El porvenir pertenece a
los trabajadores: a los trabajadores de los campos, a los trabajadores de las fábricas y de
las ciudades. Todas las clases que predominan, las eternas explotadoras del trabajo de
las masas populares: la nobleza, el clero, la burguesía y toda esa miríada de funcionarios
militares y civiles que representan la iniquidad y la potencia malhechora del Estado son
clases corrompidas, atacadas de impotencia, incapaces en lo sucesivo de comprender y
de querer el bien, y poderosas sólo para el mal.
El clero y la nobleza han sido desenmascarados y derrotados en 1793. La revolución de
1848 ha desenmascarado a la burguesía y ha mostrado su impotencia y su maldad.
Durante las jornadas de junio, en 1848, la clase burguesa ha renunciado altamente a la
religión de sus padres: a esa religión revolucionaria que había tenido la libertad, la
igualdad y la fraternidad por principios y por bases. Tan pronto como el pueblo tomó la
igualdad y la libertad en serío, la burguesía que no existe más que por la explotación, es
decir, por la desigualdad económica y por la esclavitud social del pueblo, se ha lanzado a
la reacción.
Los mismos traidores que quieren perder hoy una vez más a Francia, esos Thiers, esos
Jules Favre y la inmensa mayoría de la Asamblea Nacional en 1848, han trabajado por el
triunfo de la más inmunda reacción, como trabajan hoy todavía. Habían comenzado por
elevar a la presidencia a Luis Bonaparte, y más tarde han destruido el sufragio universal.
El terror a la revolución, el horror a la igualdad, el sentimiento de sus crímenes y el temor
a la justicia popular habían lanzado a toda esa clase decrepita, antes tan inteligente y tan
heroica, hoy tan estúpida y tan cobarde, en los brazos de la dictadura de Napoleón III. Y
han tenido dictadura militar durante dieciocho años consecutivos. No hay que creer que
los señores burgueses se hayan encontrado tan mal en ella. Los que pudieron hacer
motines y jugar al liberalismo de una manera demasiado ruidosa e incomoda para el
régimen imperial fueron apartados naturalmente, comprimidos. Pero los demás, los que
dejando las chácaras políticas al pueblo, se aplicaron exclusivamente, seriamente al gran
negocio de la burguesía, a la explotación del pueblo, fueron poderosamente protegidos y
alentados. Se les dio, para salvar su honor, todas las apariencias de la libertad. ¿No
existía bajo el imperio una asamblea legislativa elegida regularmente por el sufragio
universal? Por tanto, todo fue bien según los votos de la burguesía. No hubo mas que un
solo punto negro. Era la ambición conquistadora del soberano que arrastraba a Francia
forzosamente a gastos ruinosos y acabó por aniquilar su antiguo poder. Pero ese punto
negro no era un accidente, era una necesidad del sistema. Un régimen despótico,
absoluto, aunque tenga apariencias de libertad, debe necesariamente apoyarse en un
fuerte ejército, y todo gran ejército permanente hace necesaria tarde o temprano la guerra
exterior, porque la jerarquía militar tiene por inspiración principal la ambición: todo teniente
quiere ser coronel, y todo coronel quiere llegar a general; en cuanto a los soldados,
sistemáticamente desmoralizados en el cuartel, sueñan con los nobles placeres de la
guerra: la masacre, el saqueo, el robo, la violación –una prueba: las hazañas del ejército
prusiano en Francia–. Y bien, si todas esas nobles pasiones, sistemáticamente
alimentadas en el corazón de los oficiales y de los soldados, quedan largo tiempo sin
satisfacción alguna, agrian el ejército y lo impulsan al descontento y del descontento a la
rebelión. Por tanto es necesario hacer la guerra. Todas las expediciones y las guerras
comprendidas por Napoleón III no han sido, pues, caprichos personales, como lo
pretenden hoy los señores burgueses: fueron una necesidad del sistema imperial
despótico que habían fundado ellos mismos por temor a la revolución social. Son las
clases privilegiadas, es el clero alto y bajo, es la nobleza decaída, es, en fin, y sobre todo,
esa respetable, honesta y virtuosa burguesía la que como todas las demás clases y más
que Napoleón III mismo, es causa de todas las terribles desgracias que acaban de afectar
a Francia.
Y lo habéis visto todo, compañeros, para defender a esa desgraciada Francia no se
encontró en todo el país más que una sola masa, la masa de los obreros de las ciudades,
aquella precisamente que ha sido traicionada y entregada por la burguesía al imperio y
sacrificada por el imperio a la explotación burguesa. En todo el país no hubo más que los
generosos trabajadores de las fábricas y de las ciudades que quisieron la sublevación
popular para la salvación de Francia. Los trabajadores de los campos, los campesinos,
desmoralizados, embrutecidos por la educación religiosa que se les ha dado a partir del
primer Napoleón hasta hoy, han tomado el partido de los prusianos y de la reacción contra
Francia. Se hubiera podido hacerles levantar; en un folleto que muchos de vosotros
habéis leído, titulado Cartas a un francés, he expuesto los medios de que era preciso
hacer uso para arrastrarlos hacia la revolución. Pero para hacerlo era preciso primero que
las ciudades se sublevasen y se organizasen revolucionariamente. Los obreros lo han
querido; hasta lo intentaron en muchas ciudades del medio de Francia, en Lyon, en
Marsella, en Montpellier, en Saint Etienne, en Toulouse. Pero en todas partes fueron
oprimidos y paralizados por los burgueses radicales en nombre de la republica. Sí en
nombre mismo de la republica, los burgueses, convertidos en republicanos por miedo al
pueblo, y en nombre de la republica, Gambetta, ese viejo pecador de Jules Favre, Thiers,
ese zorro infame, y todos esos Picard, Ferry, Jules Simón, Pelletan y tantos otros, en
nombre de la republica, asesinaron a la republica y a Francia.
La burguesía esta juzgada. Ella, que es la clase más rica y más numerosa de Francia –
exceptuando la masa popular sin duda–, sin hubiese querido habría podido salvar a
Francia. Pero para eso habría tenido que sacrificar su dinero, su vida y apoyarse
francamente con el proletariado, como lo hicieron sus antepasados burgueses en 1793. Y
bien, quiso sacrificar su dinero menos aún que su vida, y prefirió la conquista de Francia
por los prusianos a su salvación por la revolución social.
La cuestión entre los obreros de las ciudades y la burguesía fue planteada bastante
claramente. Los obreros han dicho: haremos saltar antes las casas que entregar las
ciudades a los prusianos. Los burgueses respondieron: nosotros abriremos más bien las
puertas de las ciudades a los prusianos que permitiros hacer desordenes públicos, y
queremos conservar nuestras queridas casas a todo precio, aunque debiésemos besar el
trasero a los señores prusianos.
Y notadlo bien, que no son hoy esos mismos burgueses los que se atreven a insultar la
Comuna de Paris, esa noble Comuna que salva el honor de Francia y, lo esperamos, la
libertad del mundo al mismo tiempo; son esos burgueses los que la insultan hoy, ¿en
nombre de que?, ¡en nombre del patriotismo!
¡Verdaderamente, los burgueses tienen una desfachatez enorme! Han llegado a un grado
de infamia tal que les ha hecho perder hasta el último sentimiento de pudor. Ignoran la
vergüenza. Antes de estar muertos están ya completamente podridos.
Y no es solo en Francia, compañeros, donde la burguesía esta podrida, aniquilada moral
e intelectualmente; el caso es general en toda Europa, y en todos los países de Europa
sólo el proletariado ha conservado el fuego sagrado. Sólo él lleva hoy la bandera de la
humanidad.
¿Cuál es su divisa, su moral, su principio? La solidaridad. Todos para uno y uno para
todos y por todos. Esta es la divisa y el principio de nuestra gran Asociación Internacional
que, franqueando las fronteras de los Estados, tiende a unir a los trabajadores del mundo
entero en una sola familia humana, sobre la base del trabajo igualmente obligatorio para
todos y en nombre de la libertad de todos y de cada uno. Esa solidaridad en la economía
social se llama trabajo y propiedad colectivos; en política se llama destrucción de los
Estados y libertad de cada uno para la libertad de todos.
Sí, queridos compañeros, vosotros solos, los obreros solidariamente con vuestros
hermanos del mundo entero, heredáis hoy la gran misión de la emancipación de la
humanidad. Tenéis un coheredero, trabajador como vosotros, aunque en condiciones
distintas. Es el campesino. Pero el campesino no tiene aún conciencia de la gran misión
popular. Ha sido envenenado, sigue siendo envenenado por los sacerdotes, y sirve aún
de instrumento a la reacción. Debéis instruirlo, debéis salvarlo aún a su pesar,
atrayéndolo, explicándole lo que es la revolución social.
En estos momentos, y sobre todo al comienzo, los obreros de la industria no deben, no
pueden contar más que consigo mismos. Pero serán omnipotentes si quieren. Solo que
deben querer seriamente. Y para realizar ese querer no tienen más que dos medios.
Establecer primero en sus grupos, y luego en todos los grupos, una verdadera solidaridad
fraternal, no solo con palabras, sino en la acción, no solo para los días de fiesta, de
discurso y de bebida, sino en la vida cotidiana. Cada miembro de la Internacional debe
poder sentir, debe estar prácticamente convencido de que todos los miembros son sus
hermanos.
El otro medio es la organización revolucionaria, la organización para la acción. Si las
sublevaciones populares de Lyon, Marsella y otras ciudades de Francia han fracasado, es
porque no había organización alguna. Yo puedo hablar con pleno conocimiento de causa,
puesto que he estado allí y he sufrido allí. Y si la Comuna de París se mantiene
valientemente hoy, es porque durante todo el asedio los obreros se han organizado
seriamente. Por eso los periódicos burgueses no acusan sin razón a la Internacional de
haber producido esa magnífica sublevación de París. Sí, digámoslo con orgullo, son
nuestros hermanos internacionales los que, gracias a su trabajo perseverante, han
organizado al pueblo y han hecho posible la Comuna de París.
Seamos, pues, buenos hermanos, compañeros, y organicémonos. No creáis que estamos
ante el fin de la revolución, estamos ante sus comienzos. La revolución estará en lo
sucesivo a la orden del día durante muchas decenas de años. Vendrá a vuestro encuentro
tarde o temprano; preparémonos, purifiquémonos, hagámonos más realistas, menos
discutidores, menos gritadores, menos retóricos, menos bebedores, menos amigos de
juergas. Fajémonos los riñones y preparémonos dignamente a esa lucha que debe salvar
a todos los pueblos y emancipar finalmente a la humanidad.
¡Viva la revolución social! ¡Viva la Comuna de París!
El Patriotismo (texto de Mijail Bakunin)
Texto de Mijail Bakunin sobre el patriotismo.
Amigos y hermanos:
Antes de dejar vuestras montañas, siento la necesidad de expresaros una vez más, por
escrito, mi gratitud profunda por el recibimiento fraternal que me habéis hecho. ¡No es
maravilloso que un hombre, un ruso, que hasta ahora os era desconocido, ponga el pie en
vuestro país por vez primera y se encuentre rodeado de centenares de hermanos! Este
milagro no podría realizarse hoy más que por la Asociación Internacional de Trabajadores,
por la sola razón de que únicamente ella representa la vida histórica, la poderosa fuerza
creadora del porvenir político y social. Los que están unidos por un pensamiento vital, por
una voluntad y por una gran pasión común, son realmente hermanos, aun cuando no se
conocen.
Hubo un tiempo en que la burguesía, dotada de poderosa vida y constituyendo
exclusivamente la clase histórica, ofrecía el mismo espectáculo de fraternidad y de unión,
tanto en los actos como en los pensamientos; ese fue el buen tiempo de esa clase,
siempre respetable, sin duda, pero desde ahora, impotente, estúpida y estéril, la época de
su enérgico desarrollo; lo fue antes de la gran revolución de 1793, lo fue también, aunque
en menor grado, antes de las revoluciones de 1830 y de 1848. Entonces, la burguesía
tenía un mundo que conquistar, un lugar que ocupar en la sociedad, y organizada para el
combate, inteligente, audaz, sintiéndose fuerte con el derecho de todo el mundo, estaba
dotada de un poder irresistible: ella sola ha hecho contra la monarquía, la nobleza y el
clero reunidos las tres revoluciones. En esa época, la burguesía también había creado
una asociación internacional, universal, formidable, la francmasonería.
Mucho se equivocaría el que juzgara la francmasonería del siglo pasado, o la de
principios del siglo presente, según lo que es hoy. Institución por excelencia burguesa en
su desarrollo, por su poder creciente primero y su decadencia más tarde, la
francmasonería ha representado en cierto modo el desarrollo, el poder y la decadencia
intelectual y moral de la burguesía. Hoy, habiendo descendido al papel de una vieja
intrigante y caduca, es nula, estéril, algunas veces mala y siempre inútil, mientras que
antes de 1830, y antes de 1793 sobre todo, habiendo reunido en su seno, con pocas
excepciones, todos los espíritus más escogidos, los corazones más ardientes, las
voluntades más fieras, los carácteres más audaces, había constituido una organización
activa, poderosa y realmente bienhechora. Era la encarnación enérgica y concreta de la
idea humanitaria del siglo XVIII. Todos estos grandes principios de libertad, de igualdad,
de fraternidad, de la razón y de la justicia humanas, elaborados primero teóricamente por
la filosofía de ese siglo, se transformaban en el seno de la francmasonería en dogmas
prácticos y en bases de una moral y de una política nuevas, el alma de una empresa
gigantesca de demolición y de reconstitución. La francmasonería fue en esa época la
conspiración universal de la burguesía revolucionaría contra la monarquía feudal,
dinástica y divina.
Esta fue la Internacional de la burguesía.
Ya se sabe que todos los actores principales de la primera revolución, han sido
francmasones y que, cuando estalló esa revolución, encontró, gracias a la
francmasonería, amigos y cooperadores dispuestos y poderosos en todos los demás
países, lo que seguramente contribuyó a su triunfo; pero también es evidente que el
triunfo de la revolución mató a la francmasonería, porque la revolución había colmado los
votos de la burguesía, dándole un sitio en la aristocracia nobiliaria: la burguesía, decimos,
después de haber sido largo tiempo una clase explotada y oprimida, ha llegado a ser,
naturalmente, la clase privilegiada explotadora, conservadora y reaccionaria, la amiga y
sostén más firme del Estado de Napoleón; la francmasonería llegó a ser, en una gran
parte del continente europeo, una institución imperial.
La Restauración la resucitó un poco, y, viéndose amenazada por la vuelta del antiguo
régimen, obligada a ceder, a la Iglesia y a la nobleza coligadas, el lugar que había
conquistado en la primera revolución, se hizo forzosamente revolucionaria.
¡Pero qué diferencia entre este revolucionarismo recalentado y el revolucionarismo
ardiente y poderoso que la había inspirado al fin del siglo último!
Entonces, la burguesía había ido de buena fe, había creído seria y sencillamente en los
derechos del hombre; había ido inspirada e impulsada por el genio de la demolición y de
la reconstrucción, y se encontraba en la plena posesión de su inteligencia y en el pleno
desarrollo de su fuerza; no conocía aún que la separaba del pueblo un abismo; se creía,
se sentía y lo era realmente, la representación del pueblo. La reacción termidoriana y la
conspiración de Babeuf le han quitado esa ilusión. El abismo que separa al pueblo
trabajador de la burguesía explotadora y dominadora, se ha ensanchado, y lo menos que
se necesita para llenarle es todo el cuerpo, toda la existencia privilegiada de los
burgueses, en una palabra, la burguesía entera.
[editar] II
He dicho en mi artículo precedente que las tentativas reaccionarias legitimistas, feudales y
clericales habían hecho revivir el espíritu revolucionario de la burguesía, pero que entre
este espíritu nuevo y el que le había animado antes de 1793 había una diferencia enorme.
Los burgueses del siglo pasado eran gigantes, en comparación de los cuales, aparecen
como pigmeos los más osados de la burguesía de este siglo.
Para asegurarse, hay que comparar sus programas. ¿Cuál ha sido el de la filosofía y la
Gran Revolución del siglo XVIII? Ni más ni menos que la emancipación íntegra de la
humanidad entera; la realización del derecho y de la libertad real y completa, para cada
uno, por la igualdad política y social de todos; el triunfo de lo humano sobre los restos del
mundo divino; el reino de la justicia y de la fraternidad sobre la Tierra. La equivocación de
esta filosofía y de esta revolución fue no comprender que la realización de la fraternidad
humana era imposible mientras existieran los Estados, y que la abolición real de las
clases, la igualdad política y social de los individuos, no sería posible más que por la
igualdad de los medios económicos, de educación, de instrucción, del trabajo y de la vida
para todos. Sin embargo, no se puede reprochar al siglo XVIII que no haya comprendido
esto. La ciencia social no se crea ni se estudia solamente en los libros; necesita las
grandes enseñanzas de la Historia, y fue preciso hacer la revolución de 1789 y de 1793,
ha sido preciso pasar por las experiencias de 1830 y de 1848, para llegar a esta
conclusión irrefutable: que toda revolución política que no tiene por objeto inmediato y
directo la igualdad económica, no es, desde el punto de vista de los intereses y derecho
populares, más que una reacción hipócrita y disfrazada.
Esta verdad tan evidente y tan sencilla era aún desconocida a fines del siglo XVIII, y
cuando Babeuf planteó la cuestión económica y social, el poder de la revolución estaba ya
quebrantado. Pero no por eso deja de pertenecer a este último el honor inmortal de haber
suscitado el más grande problema que se ha planteado en la Historia: el de la
emancipación de la humanidad entera.
En comparación con este inmenso programa, veamos qué fin perseguía el programa del
liberalismo revolucionario en la época de la Restauración y de la Monarquía de julio.
La llamada libertad, sabia, modesta, reglamentada, hecha para el temperamento apocado
de la burguesía medio harta, y que, cansada de combates e impaciente por gozar, se
sentía ya amenazada no de arriba, sino de abajo, y veía con inquietud pintarse en el
horizonte, como una masa negra, esos innumerables millones de proletarios explotados,
cansados de sufrir, preparándose a reclamar su derecho. Desde principios del siglo
presente, ese espectro naciente, que más tarde se bautizó con el nombre de espectro
rojo; ese fantasma terrible del derecho de todo el mundo opuesto a los privilegios de una
clase de dichosos; esa justicia y esa razón populares que, desarrollándose demasiado,
deben reducir a polvo los sofismas de la economía, de la jurisprudencia, de la política y de
la metafísica burguesas, son en medio de los triunfos modernos de la burguesía, sus
aguafiestas incesantes y los apocadores de su confianza y de su espíritu.
Sin embargo, bajo la Restauración, la cuestión social era casi desconocida o, mejor dicho,
estaba olvidada. Había grandes soñadores aislados, tales como Saint-Simon, Roberto
Owen, Fourier, cuyo genio y gran corazón habían adivinado la necesidad de una
transformación radical de la organización económica de la sociedad. Alrededor de cada
uno de ellos, se agrupaba un pequeño número de adeptos confiados y ardientes, que
formaban otras tantas pequeñas iglesias, tan ignoradas como los maestros, y que no
ejercían ninguna influencia externa. Había también el testamento comunista de Babeuf,
transmitido por su ilustre compañero y amigo Buonarotti, a los proletarios más enérgicos
en medio de una organización popular y secreta.
Pero esto no era entonces más que un trabajo secreto, cuyas manifestaciones no se
dejaron sentir hasta más tarde, bajo la Monarquía de julio, y bajo la Restauración no fue
percibido por la clase burguesa. El pueblo, la masa de los trabajadores permaneció
tranquila y no reivindicó nada para ella todavía.
Claro está que si el espectro de la justicia popular no era en aquella época lo que debía
ser, se debía a la mala conciencia de los burgueses. ¿De dónde provenía esta mala
conciencia? Los burgueses que vivían bajo la Restauración, ¿eran, como individuos, más
malos que sus padres, que habían hecho la Revolución de 1789 y de 1793? Nada de eso.
Eran poco más o menos los mismos hombres, pero colocados en otro medio, en otras
condiciones políticas, enriquecidos con una nueva experiencia, y, por consiguiente, con
otra conciencia.
Los burgueses del siglo anterior habían creído sinceramente que, emancipándose del
yugo monárquico, clerical y feudal, emancipaban con ellos a todo el pueblo. Esta sencilla
y sincera creencia, fue la fuente de su heroica audacia y de su poder maravilloso. Se
sentían unidos a todos y marchaban al asalto llevando con ellos la fuerza y el derecho de
todo el mundo; gracias a este derecho y a ese poder popular que se había encarnado en
su clase, los burgueses del siglo último, pudieron escalar y tomar la fortaleza del Poder
público que sus padres habían codiciado durante tantos siglos; pero en el momento que
plantaban su bandera, se hizo una nueva ley en su espíritu; en cuanto conquistaron el
Poder, comenzaron a comprender que entre sus intereses burgueses y los intereses de
las masas populares, no había nada de común y que, por el contrario, había una
oposición radical, y que el poder y la prosperidad exclusivas de la clase pudiente no
podría apoyarse más que en la miseria y en la dependencia política y social del
proletariado.
Desde luego, las relaciones de la burguesía y el pueblo se transformaron de una manera
radical, y antes de que los trabajadores comprendieran que los burgueses eran sus
enemigos naturales, más por necesidad que por mala voluntad, los burgueses habían
llegado al conocimiento de ese antagonismo fatal. Esto es lo que yo llamo mala
conciencia de los burgueses.
[editar]III
He dicho que la mala conciencia de los burgueses ha paralizado desde principios de siglo
todo el sentimiento intelectual y moral de la burguesía; pues bien, reemplazo la palabra
paralización por desnaturalización, porque sería injusto decir que ha habido paralización o
ausencia de movimiento en un espíritu que, pasando de la teoría a la aplicación de
ciencias positivas, ha creado todos los milagros de la industria moderna, como los
vapores, los ferrocarriles y el telégrafo, por una parte, y por otra, una ciencia nueva, la
estadística, e impulsando la economía política y la historia crítica del desarrollo de la
riqueza y de la civilización de los pueblos hasta sus últimos resultados, ha puesto las
bases de una filosofía nueva, el socialismo, que no es otra cosa, desde el punto de vista
de los intereses exclusivos de la burguesía, más que un sublime suicidio, la negación del
mundo burgués.
La paralización no vino hasta después de 1848, cuando asustada del resultado de sus
primeros trabajos, la burguesía se echó ciegamente atrás y, para conservar sus bienes,
renunció a todo pensamiento y a toda voluntad, se sometió al protectorado militar y se
entregó en cuerpo y alma a la más completa reacción. Desde esa época no ha inventado
nada y ha perdido, con el valor, hasta el poder creador. No tiene ni el poder ni el espíritu
de la conservación, porque todo lo que ha hecho y lo que hace por su bien la empuja
fatalmente al abismo.
Hasta 1848 estuvo aún llena de vigor. Sin duda, su espíritu no tenía esa savia vigorosa
que en el siglo XVI y en el siglo XVIII la habían hecho crear un mundo nuevo; no era el
espíritu heroico de una clase que había tenido todas las audacias, porque tenía necesidad
de conquistar; era el espíritu sabio y reflexivo de un nuevo propietario que, después de
haber adquirido un bien ardientemente deseado, le hace prosperar y valer. Lo que
caracteriza sobre todo el espíritu burgués en la primera mitad de este siglo, es una
tendencia casi exclusivamente utilitaria.
Se le ha reprochado, y se ha hecho mal; yo pienso, por el contrario, que ha prestado un
último y gran servicio a la humanidad, practicando, más con el ejemplo, que con teorías,
el culto, o mejor dicho, el respeto a los intereses materiales. En el fondo, estos intereses
han prevalecido siempre en el mundo, pero se han manifestado constantemente bajo la
forma de un idealismo hipócrita o malsano que los ha transformado en intereses malos e
inicuos.
Cualquiera que se haya ocupado un poco de historia, se habrá percatado de que en el
fondo de las luchas religiosas y teológicas más abstractas, más sublimes y más ideales,
hay siempre algún gran interés material. Todas las guerras de razas, de naciones, de
Estados y de clases, no han tenido jamás otro objetivo que la dominación, condición y
garantía necesarias de la posesión y del goce. La historia humana, desde ese punto de
vista, no es más que la continuación del gran combate por la vida que, según Darwin,
constituye la fe fundamental de la naturaleza orgánica.
En el mundo animal, este combate se hace sin ideas y sin frases y también sin solución;
mientras exista la Tierra, el mundo animal se devorará entre sí; esta es la condición
natural de la vida. Los hombres, animales carnívoros por excelencia, han empezado su
historia por la antropofagia y tienden hoy a la asociación universal, a la producción y al
goce colectivo. Pero entre estos dos términos, ¡qué tragedia existe tan sangrienta y
horrible! Y aún no hemos acabado con esa tragedia. Después de la antropofagia vino la
esclavitud, después el servilismo, después el servilismo asalariado, al cual debe suceder
primero el día terrible de la justicia, y más tarde, la era de la fraternidad.
He aquí fases por las cuales el combate animal por la vida se transforma gradualmente,
en la historia, en la organización humana de la vida. Y en medio de esta lucha fratricida de
los hombres contra los hombres, en este encarnizamiento mutuo, en este servilismo y en
esta explotación de los unos por los otros, que, cambiando de nombre y de forma, se ha
mantenido a través de todos los siglos hasta los nuestros, ¿qué papel desempeña la
religión?
Ha santificado siempre la violencia y la ha transformado en derecho. Ha transportado a un
cielo ficticio la humanidad, la justicia y la fraternidad, para dejar sobre la Tierra el reinado
de la iniquidad y de la brutalidad; bendijo a los malvados, y para hacerlos aún más felices,
predicó la resignación y la obediencia a sus innumerables víctimas, los pueblos. Y cuanto
más sublime aparecía el ideal que adoraba en el cielo, más horrible aparecía la realidad
de la Tierra, porque éste es el carácter propio de todo idealismo, tanto religioso como
metafísico: despreciar el mundo real, y, despreciándolo, explotarlo, de donde resulta que
tanto idealismo engendra necesariamente la hipocresía.
El hombre es materia, y no puede impunemente despreciar la materia. Es un animal, y no
puede destruir la bestialidad, pero puede y debe transformarla y humanizarla por medio
de la libertad, es decir, por la acción combinada de la justicia y de la razón; pero siempre
que el hombre ha querido hacer abstracción de su bestialidad, se ha convertido en el
juguete, el esclavo y con frecuencia, el servidor hipócrita; testigo de esto, los sacerdotes
de la religión más ideal y más absurda del mundo: el catolicismo.
Comparad su conocida obscenidad con el juramento de castidad; comparad su codicia
insaciable con su doctrina de renuncia a todos los bienes de este mundo, y confesad que
no existen seres tan materialistas como esos predicadores del idealismo cristiano. En esta
hora, ¿cuál es la cuestión que agita a toda la Iglesia? Es la conservación de sus bienes,
que amenaza confiscar en todas partes esa otra Iglesia, expresión del idealismo político,
el Estado.
El idealismo político no es ni menos absurdo, ni menos pernicioso, ni menos hipócrita que
el idealismo de la religión, del cual no es nada más que una forma diferente, la expresión
o la aplicación terrestre o mundana. El Estado es el hermano menor de la Iglesia, y el
patriotismo, esa virtud y ese culto del Estado, no es otra cosa que un reflejo del culto
divino.
El hombre virtuoso, según los preceptos de la escuela ideal, religiosa y política a la vez,
debe servir a Dios y ser devoto del Estado, y el utilitarismo burgués de esa doctrina es el
que comenzó a hacer justicia desde el principio de este siglo.
[editar] IV
Uno de los más grandes servicios prestados por el utilitarismo burgués, ya he dicho que
fue matar la religión del Estado, el patriotismo.
El patriotismo ya se sabe que es una virtud antigua nacida en las repúblicas griegas y
romanas, donde no hubo jamás otra religión real que la del Estado, ni otro objeto de culto
que el Estado.
¿Qué es el Estado? Es, nos contestan los metafísicos y los doctores en derecho, la cosa
pública, los intereses, el bien colectivo y el derecho de todo el mundo, opuestos a la
acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada uno. Es la justicia y
la realización de la moral y de la virtud sobre la Tierra.
Por consecuencia, no hay acto más sublime ni más grande deber para los individuos que
sacrificarse, que entregarse, y en caso de necesidad, morir por el triunfo, por la potencia
del Estado.
He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología
política, lo mismo que la teología religiosa, oculta bajo muy bellas y muy poéticas
apariencias, realidades muy comunes y muy sucias.
Analicemos primeramente la idea misma del Estado, tal como nos la representan sus
propugnadores. Es el sacrificio de la libertad natural y de los intereses de cada uno, de los
individuos tanto como de las unidades colectivas, comparativamente pequeñas:
asociaciones, comunas y provincias, a los intereses y a la libertad de todo el mundo, a la
prosperidad del gran conjunto. Pero ese todo el mundo, ese gran conjunto, ¿qué es en
realidad? Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades
humanas más restringidas que lo componen. Pero desde el momento que para
componerlo y para coordinarse en él, todos los intereses individuales y locales deben ser
sacrificados, el todo que supuestamente les representa, ¿qué es en efecto? No es el
conjunto viviente, que deja respirar a cada uno a sus anchas y se vuelve tanto más
fecundo, más poderoso y más libre cuanto más plenamente se desarrollan en su seno la
plena libertad y la prosperidad de cada uno; no es la sociedad humana natural, que
confirma y aumenta la vida de cada uno por la vida de todos; es, al contrario, la
inmolación de cada individuo como de todas las asociaciones locales, la abstracción
destructiva de la sociedad viviente, la limitación, o por decir mejor, la completa negación
de la vida y del derecho de todas las partes que componen ese todo el mundo, por el
llamado bien de todo el mundo; es el Estado, es el altar de la religión política sobre el cual
siempre es inmolada la sociedad natural: una universalidad devoradora, que vive de
sacrificios humanos como la Iglesia. El Estado, lo repito, es el hermano menor de la
Iglesia.
Para probar este identidad de la Iglesia y del Estado, ruego al lector que verifique este
hecho: que la una y el otro están fundados esencialmente en la idea del sacrificio de la
vida y del derecho natural, y que parten igualmente del mismo principio: el de la maldad
natural de los hombres, que no puede ser vencida, según la Iglesia, más que por la gracia
divina y por la muerte del hombre natural en Dios, y según el Estado, por la ley, y por la
inmolación del individuo ante el altar del Estado. La una y el otro tienden a transformar al
hombre, la una en un santo, el otro en un ciudadano. Pero el hombre natural debe morir,
porque su condena es unánimemente pronunciada por la religión de la Iglesia y por la del
Estado.
Tal es su pureza ideal: la teoría idéntica de la Iglesia y del Estado. Es una pura
abstracción; pero toda abstracción histórica supone hechos históricos. Estos hechos,
como lo he dicho ya en mi artículo precedente, son de una naturaleza enteramente real,
enteramente brutal: es la violencia, el despojo, el sometimiento, la conquista. El hombre
está formado de tal manera que no se contenta con hacer, tiene además necesidad de
explicarse y de legitimar, ante su propia conciencia y a los ojos de todo el mundo, lo que
ha hecho.
La religión llega a punto para bendecir los hechos consumados y, gracias a esta
bendición, el hecho inicuo y brutal se transforma en derecho. La ciencia jurídica y el
derecho político, como se sabe, han nacido de la teología y más tarde de la metafísica,
que no es otra cosa que una teología disfrazada que tiene la ridícula pretensión de no
querer ser absurda y se esfuerza vanamente en darse el carácter de ciencia.
Veamos ahora esta abstracción del Estado, paralela a la abstracción histórica que se
llama Iglesia, qué papel juega y continúa jugando en la vida real y en la sociedad humana.
He dicho que el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio; donde vienen
a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y
local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad;
es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza
política, y cuanto más completa es esa inmolación, más perfecto es el Estado. He
deducido y estoy convencido de que el Imperio de Rusia es el Estado por excelencia, el
Estado sin retórica ni frases, el más perfecto de Europa.
Por el contrario, todos los Estados en los cuales los pueblos puedan aún respirar, son,
desde el punto de vista del ideal, Estados incompletos, como todas las Iglesias, en
comparación de la Iglesia Católica Romana son Iglesias incompletas.
El Estado es una abstracción devoradora de la vida popular; mas para que una
abstracción pueda nacer, desarrollarse y continuar, es preciso que haya un cuerpo
colectivo real que esté interesado en su existencia. Esto no puede serlo la masa popular,
porque es precisamente la víctima. El cuerpo sacerdotal del Estado debe ser un cuerpo
privilegiado, porque los que gobiernan el Estado son como los sacerdotes de la religión en
la Iglesia.
En efecto, ¿qué vemos en la Historia? Que el Estado ha sido siempre el patrimonio de
una clase privilegiada, como la clase sacerdotal, la clase nobiliaria, la clase burguesa;
clase burocrática, al fin, porque cuando todas las clases se han aniquilado, el Estado cae
o se eleva como una máquina; pero para el bien del Estado es preciso que haya una
clase privilegiada cualquiera que se interese por su existencia, y es, precisamente, el
interés solidario de esta clase privilegiada, lo que se llama patriotismo.
[editar]V
El patriotismo, en el sentido complejo que se atribuye ordinariamente a esta palabra, ¿ha
sido una pasión y una virtud popular?
Con la Historia en la mano no dudo en responder a esta pregunta con un no decisivo, y
para probar al lector que no me equivoco al contestar así, le pido permiso para analizar
los principales elementos que, combinados, de una manera más o menos diferente,
constituyen lo que se llama patriotismo.
Estos elementos son cuatro:
1º el elemento natural o fisiológico;
2º el elemento económico;
3º el elemento político y;
4º el elemento religioso o fanático.
El elemento fisiológico es el fondo principal de todo patriotismo, sencillo, instintivo y brutal.
Es una pasión natural que, precisamente por ser muy natural, está en contradicción con
toda política, y lo que es peor, dificulta el desarrollo económico, científico y humano de la
sociedad.
El patriotismo natural es un hecho puramente bestial que se encuentre en todos los
grados de la vida animal y hasta cierto punto en la vida vegetal; el patriotismo, tomado en
este sentido, es una guerra de destrucción; es la primera expresión humana de ese
grande y fatal combate por la existencia que constituye todo el desarrollo, toda la vida del
mundo natural o real; combate incesante, devorador, universal, que nutre a cada individuo
y a cada especie con la carne y la sangre de los individuos extranjeros, que, renovándose
fatalmente a cada instante, hace vivir y prosperar y desarrollarse las especies más
completas, más inteligentes y más fuertes a expensas de las demás.
Los que se ocupan de agricultura o de jardinería, saben lo que les cuesta preservar sus
plantas de la invasión de esos grandes parásitos, que les disputan la luz y los elementos
químicos de la tierra, indispensables a su nutrición; la planta más poderosa, la que se
adapta mejor a las condiciones particulares del clima y del suelo, como se desarrolla
siempre con un vigor relativamente grande, tiende a matar a las otras; es una lucha
silenciosa, pero sin tregua, y precisa toda la enérgica intervención del hombre para
proteger contra esta invasión a las plantas que prefiere.
En el mundo animal, se reproduce la misma lucha, pero más ruidosa y dramáticamente;
no es la lucha silenciosa y sin ruido; la sangre corre, y el animal destrozado, devorado y
torturado, llena el aire con sus gemidos. Por fin, el hombre, animal parlante, introduce la
primera frase en esta lucha, y esa frase se llama el patriotismo.
El combate de la vida en el mundo animal y vegetal, no es sólo una lucha individual, es
una lucha de especies, de grupos y de familias, unas contra otras. En cada ser viviente
hay dos instintos, dos grandes intereses principales: el del alimento y el de la
reproducción. Bajo el punto de vista de la nutrición, cada individuo es el enemigo natural
de todos los otros sin consideración de lazos de familia, de grupos, ni de especies. El
proverbio de que los lobos unos a otros no se muerden, no es verdad sino mientras los
lobos encuentran otros animales diferentes para saciar su apetito, pero cuando éstos
faltan, se devoran tranquilamente entre sí. Los gatos y las truchas y muchos otros
animales, se comen con frecuencia a sus propios hijos, y no hay animal que no lo haga
siempre que se encuentre acosado por el hambre.
Las sociedades humanas, ¿no han empezado por la antropofagia? ¿Quién no ha oído
esas lamentables historias de náufragos que, perdidos en el Océano sobre una débil
embarcación y acosados por el hambre, han echado suertes sobre quién había de ser
devorado por los otros? Y durante esa terrible hambre que acaba de diezmar a Argel, ¿no
hemos visto madres devorar a sus propios hijos?
Es que el hambre es un rudo e invencible déspota, y la necesidad de nutrirse, necesidad
individual, es la primera ley y condición suprema de la vida; es la base de toda vida
humana y social, como lo es también de la vida animal y vegetal. Rebelarse contra ésta,
es aniquilar todo lo demás, es condenarse a la nada.
Pero al lado de esta ley fundamental de la naturaleza viviente hay otra también muy
esencial: la de la reproducción. La primera tiende a la conservación de los individuos, la
segunda a la constitución de las familias.
Los individuos, para reproducirse, impulsados por una necesidad natural, buscan para
unirse los individuos que por su organización se les parecen más. Hay diferencias de
organización que hacen la unión estéril y a veces imposible. Esta imposibilidad es
evidente entre el mundo vegetal y el mundo animal; pero en este último, la unión de los
cuadrúpedos, por ejemplo, con los pájaros y los peces, los reptiles o los insectos, es
igualmente imposible. Si nos limitamos a los cuadrúpedos, encontraremos la misma
imposibilidad entre dos grupos diferentes y llegamos a la conclusión de que la capacidad
de la unión y el poder de la reproducción no es real para cada individuo sino en una
esfera muy limitada de individuos que están dotados de una organización idéntica o
aproximada a la suya, constituyendo con él el mismo grupo o la misma familia.
El instinto de reproducción establece el único lazo de solidaridad que puede existir entre
los individuos del mundo animal, y en donde cesa la capacidad de unión, cesa también la
solidaridad animal. Todo lo que queda fuera de esa posibilidad de reproducción para los
individuos, constituye una especie diferente, un mundo absolutamente extraño, hostil y
condenado a la destrucción; todo lo que aquí se encierra constituye la gran patria de la
especie; como, por ejemplo, la humanidad para los hombres.
Pero esa destrucción mutua de los individuos vivientes no se encuentra sólo en los lindes
de ese mundo limitado que llamamos la gran patria; los encontramos tan feroces y
algunas veces más en medio de ese mundo, a causa de la resistencia y de la
competencia que encuentran, porque las luchas crueles del amor se mezclan con las del
hambre.
Además, cada especie de animales se subdivide en grupos y en familias diferentes bajo la
influencia de las condiciones geográficas y climatológicas de los diferentes países que
habita; la diferencia más o menos grande de las condiciones de vida, determina una
diferencia correspondiente en la organización de los individuos que pertenecen a la
misma especie.
Ya se sabe que todo animal busca naturalmente la unión con el ser que más se le
parezca, de donde resulta el desarrollo de una gran cantidad de variedades dentro de la
misma especie; y como las diferencias que separan todas estas variaciones se fundan
principalmente en la reproducción, y la reproducción es la única base de toda solidaridad
animal, es evidente que la gran solidaridad de la especie debe subdividirse en otras tantas
solidaridades más limitadas, o que la gran patria debe dividirse en una multitud de
pequeñas patrias animales, hostiles y destructoras las unas de las otras.
[editar]VI
Ya he demostrado en mi carta precedente que el patriotismo, como cualidad o pasión
natural, procede de una ley fisiológica, de la que se determina precisamente la separación
de los seres vivientes en especies, en familias y en grupos.
La pasión patriótica es evidentemente una pasión solidaria. Para encontrarla más explícita
y más claramente determinada en el mundo animal, es preciso buscarla, sobre todo, entre
las especies de animales que, como el hombre, están dotados de una naturaleza
eminentemente sociable; por ejemplo, entre las hormigas, las abejas, los castores y
muchos otros que tienen habitaciones comunes, lo mismo que entre las especies que
vagan en manadas; los animales con domicilio colectivo y fijo representan siempre, desde
el punto de vista natural, el patriotismo de los pueblos agricultores, y los animales
vagabundos en manadas, el de los pueblos nómadas.
Es evidente que el primero es más completo que el último, puesto que éste no implica
más que la solidaridad de los individuos en manada y el primero añade a la de los
individuos la del suelo y el domicilio que habitan.
La costumbre, para los animales lo mismo que para los hombres, constituye una segunda
naturaleza, y ciertas maneras de vivir están mejor determinadas, más fijas entre los
animales colectivamente sedentarios que entre las manadas vagabundas; y las diferentes
costumbres y las maneras particulares de existencia constituyen un elemento esencial del
patriotismo.
Se podría definir el patriotismo natural así: es una adhesión instintiva, maquinal y
completamente desnuda de crítica a las costumbres de existencia colectivamente
tomadas y hereditarias o tradicionales, y una hostilidad también instintiva y maquinal
contra toda otra manera de vivir. Es el amor de los suyos y de lo suyo y el odio a todo lo
que tiene un carácter extranjero. El patriotismo es un egoísmo colectivo, por una parte, y,
por la otra, la guerra.
No es una solidaridad bastante poderosa para que los miembros de una colectividad
animal no se devoren entre sí en caso de necesidad, pero es bastante fuerte para que
todos sus individuos, olvidando sus discordias civiles, se unan contra cada intruso que
llegue de una colectividad extraña.
Ved los perros de un pueblo, por ejemplo. Los perros no forman, por regla general,
República colectiva; abandonados a sus propios instintos, viven errantes como los lobos y
sólo bajo la influencia del hombre se hacen animales sedentarios, pero una vez
domesticados constituyen en cada pueblo una especie de República fundada en la
libertad individual, según la fórmula tan querida de los economistas burgueses; cada uno
para sí y el diablo para el último. Cuando un perro del pueblo vecino pasa solo por la calle
de otro pueblo, todos sus semejantes en discordias se van en masa contra del
desdichado forastero.
Yo pregunto, ¿no es esto la copia fiel o mejor dicho el original de las copias que se repiten
todos los días en la sociedad humana? ¿No es una manifestación perfecta de ese
patriotismo natural del que yo he dicho y repito que no es más que una pasión brutal?
Bestial, lo es, sin duda, porque los perros incontestablemente son bestias, y el hombre,
animal como el perro y como todos los animales en la Tierra, pero animal dotado de la
facultad fisiológica de pensar y hablar, comienza su historia por la bestialidad para llegar,
a través de los siglos, a la conquista y a la constitución más perfecta de su humanidad.
Una vez conocido el origen del hombre, no hay que extrañarse de su bestialidad, que es
un hecho natural, entre otros hechos naturales, ni indignarse contra ella, pues no es
preciso combatirla con energía, porque toda la vida humana del hombre no es más que un
combate incesante contra su bestialidad natural en provecho de su humanidad.
Yo he querido hacer constar solamente que el patriotismo que nos cantan los poetas, los
políticos de todas las escuelas, los gobernantes y todas las clases privilegiadas como una
virtud ideal y sublime, tiene sus raíces, no en la humanidad del hombre, sino en su
bestialidad.
En efecto, en el origen de la Historia, y actualmente en las partes menos civilizadas de la
sociedad humana, vemos reinar el patriotismo natural. Constituye en las colectividades
humanas un sentimiento mucho más complicado que en las otras colectividades
animales, por la sola razón de que la vida del hombre abraza incomparablemente más
objetos que la de los animales; a las costumbres y a las tradiciones físicas se unen en él
las tradiciones más o menos abstractas, intelectuales y morales y una multitud de ideas y
de representaciones falsas o verdaderas con diferentes costumbres religiosas,
económicas, políticas y sociales; todo esto constituido en tantos elementos de patriotismo
natural del hombre, mientras todas estas cosas, combinándose de una manera o de otra,
forman, con una colectividad cualquiera, un modo particular de existencia, de una manera
tradicional de vivir, de pensar y de obrar distinto de las otras.
Pero aunque haya alguna diferencia entre el patriotismo natural de las colectividades
animales, con relación a la cantidad y a la calidad de los objetos que abraza, tiene de
común que son igualmente pasiones instintivas, tradicionales, habituales y colectivas, y
que la intensidad del uno como la del otro no depende en modo alguno de la naturaleza
de su contenido; por el contrario, se puede decir que cuanto menos se complica el
contenido, más sencillo, más intenso y más enérgicamente exclusivo es el sentimiento
patriótico que le manifiesta y le expresa.
El animal está evidentemente mucho más ligado que el hombre a las costumbres
tradicionales de la colectividad de que forma parte; en él, esa adhesión patriótica es fatal,
e incapaz de defenderse por sí mismo, no se libra alguna veces más que por la influencia
del hombre; lo mismo pasa en las colectividades humanas; cuanto menor es la
civilización, menos complicado y más sencillo es el fondo de la vida social y más natural el
patriotismo, es decir, la adhesión instintiva de los individuos por todas las costumbres
naturales, intelectuales y morales que constituyen la vida tradicional de una colectividad
particular, así como es más intenso el odio por todo lo que se diferencia y es considerado
extranjero. De aquí resulta que el patriotismo natural, esté en razón inversa de la
civilización, es decir, del triunfo de la humanidad en las sociedades humanas.
Nadie disputará que el patriotismo instintivo o natural de las miserables poblaciones de las
zonas heladas, que la civilización humana apenas ha desflorado y donde la vida material
es tan pobre, no sea infinitamente más fuerte o más exclusivo que el patriotismo de un
francés, de un inglés o de un alemán, por ejemplo. El alemán, el inglés, el francés, puede
vivir y aclimatarse en todas partes, mientras el habitante de las regiones polares moriría
pronto de nostalgia si lo separasen de su país, y sin embargo, ¿hay algo más miserable y
menos humano que su existencia? Esto prueba una vez más que la intensidad del
patriotismo natural no es una prueba de humanidad, sino de brutalidad.
Al lado de este elemento positivo de patriotismo, que consiste en la adhesión instintiva de
los individuos al modo particular de la existencia colectiva de la cual son miembros, está
el elemento negativo, tan esencial como el primero y del cual es inseparable: es el horror
igualmente instintivo por todo lo extranjero, instintivo y por consecuencia bestial; sí, bestial
realmente, porque este horror es tanto más enérgico e invencible que el que siente
cuando menos se piensa y se comprende, y, por consiguiente, en este caso se es menos
hombre.
Hoy, este horror patriótico por el extranjero, sólo se encuentra en los pueblos salvajes;
aunque también se encuentra en los pueblos medios salvajes de Europa a quién la
civilización burguesa no se ha dignado civilizar, pero en cambio no se olvida nunca de
explotar. Hay en las grandes capitales de Europa, en el mismo París y en Londres sobre
todo, calles abandonadas a una multitud miserable quien nadie ha sacado de su
oscuridad; basta que se presente un extraño para que una multitud de seres humanos
miserables, hombres, mujeres y niños casi desnudos llevando impresa en su rostro y en
toda su persona las señales de la miseria más espantosa y de la más profunda abyección,
le rodeen, le insulten y algunas veces le maltraten, sólo porque es extranjero. ¿Este
patriotismo brutal y salvaje, no es la negación absoluta de todo lo que se llama
humanidad?
Y sin embargo, hay periódicos burgueses muy bien escritos, como el Journal de Genève,
por ejemplo, que no siente vergüenza alguna explotando ese prejuicio tan poco humano y
esa pasión bestial. Quiero, sin embargo, hacerles la justicia de reconocer que los explotan
sin participar de sus opiniones y sólo encuentran interés en explotarlos, lo mismo que
sucede con los sacerdotes de todas las religiones, que predican las necedades religiosas,
sin creer en ellas, sólo porque el interés de las clases privilegiadas está en que las masas
populares continúen creyéndolas. Cuando el Journal de Genéve se encuentra falto de
argumentos y de pruebas, dice: esto es una cosa, una idea, un hombre extranjeros, y
tiene formada tan mezquina idea de sus compatriotas, que espera que le bastará
pronunciar la terrible palabra extranjero, para que, olvidando sentido común, humanidad y
justicia, se pongan todos a su lado.
No soy ginebrino, pero respeto mucho a los habitantes de Ginebra, para no creer que el
Journal se equivoca, pues sin duda, no querrán sacrificar la humanidad a la bestialidad,
explotada por la angustia.
[editar]VII
Ya he dicho que el patriotismo, mientras es instintivo o natural y tiene sus raíces en la vida
animal, no es más que una combinación particular de costumbres colectivas, materiales,
intelectuales y morales, económicas, políticas y sociales, desarrolladas por la tradición o
la Historia en una sociedad humana muy limitada.
Estas costumbres - he añadido - pueden ser buenas o malas; el contenido o el objeto de
este sentimiento instintivo no tiene ninguna influencia sobre el grado de su intensidad y, si
se admitiera con relación a esto último una diferencia cualquiera, se inclinaría más en
favor de las malas costumbres que de las buenas, porque, a causa del origen animal de
toda sociedad humana y por efecto de esta gran inercia que ejerce una acción tan
poderosa en el mundo intelectual y moral, como en el mundo material, en cada sociedad
aún no degenerada que progresa y marcha adelante, las malas costumbres están más
profundamente arraigadas que las buenas. Esto nos explica por qué en la suma total de
las costumbres colectivas actuales y en los países más civilizados, las nueve décimas
partes por lo menos no valen nada.
No os imaginéis que quiero declarar la guerra a las costumbres que tienen generalmente
la sociedad y los hombres de dejarse gobernar por la costumbre. En esto, como en
muchas cosas, no hacen más que obedecer fatalmente a una ley natural y sería absurdo
rebelarse contra las leyes naturales. La acción de la costumbre en la vida natural y moral
de los individuos, lo mismo que en las sociedades, es la misma que la de las fuerzas
vegetativas en la vida animal; la una y la otra son condiciones de existencia y de realidad;
el bien, lo mismo que el mal, para ser una cosa real debe convertirse en costumbre, sea
individualmente en el hombre, sea en la sociedad; todos los ejercicios y todos los estudios
a que se entregan los hombres, no tienen otro objeto, y las mejores cosas no se arraigan
en el hombre hasta el punto de convertirse en segunda naturaleza más que por la fuerza
de la costumbre. No se trata, pues, de rebelarse locamente, puesto que es un poder fatal
que ninguna inteligencia o voluntad humana podrá distinguir; pero si, iluminados por la
razón del siglo y por la idea que nos formamos de la verdadera justicia, queremos
seriamente ser hombres, no tenemos más que hacer una cosa: emplear constantemente
la fuerza de voluntad, es decir, la costumbre de querer extirpar las malas costumbres, que
circunstancias independientes de nosotros mismos han desarrollado en nosotros, y
reemplazarlas por otras buenas; para humanizar una sociedad entera, es preciso destruir
sin piedad todas las causas, todas las condiciones económicas, políticas y sociales que
producen en los individuos la tradición del mal y reemplazarlas por condiciones que
tengan por consecuencia necesaria engendrar en esos mismos individuos la práctica y la
costumbre del bien.
Desde el punto de vista de la conciencia moderna, de la humanidad y de la justicia que,
gracias al desarrollo pasado de la Historia, hemos logrado comprender, el patriotismo es
una mala y funesta costumbre, porque es la negación de la igualdad y de la solidaridad
humanas.
La cuestión social planteada prácticamente por el mundo obrero de Europa y de América
y cuya solución no es posible más que por la abolición de las fronteras de los Estados,
tiende necesariamente a destruir esta costumbre tradicional en la conciencia de los
trabajadores de todos los países. Yo demostraré más tarde cómo, desde comienzos de
este siglo, fue muy quebrantada en la conciencia de la alta burguesía comercial e
industrial, por el desarrollo prodigioso e internacional de sus riquezas y de sus intereses
económicos; pero es preciso que demuestre primero cómo, mucho antes de esta
revolución burguesa, el patriotismo natural instintivo, que, por su naturaleza, no puede ser
más que un sentimiento limitado y una costumbre colectiva local, ha sido, desde el
principio de la Historia, profundamente modificado, desnaturalizado y disminuido para la
formación sucesiva de los Estados políticos.
En efecto, el patriotismo, mientras es un sentimiento natural, es decir, producido por la
vida realmente solidaria de una colectividad y está poco debilitado por la reflexión o por
efecto de los intereses económicos y políticos, como por el de las abstracciones
religiosas, este patriotismo, si no todo, en gran parte animal, únicamente puede abrazar
un mundo muy limitado, como una tribu, etc. Al principio de la Historia, como hoy en los
pueblos salvajes, no había nación, ni lengua nacional, ni culto nacional; no había más que
patria en el sentido político de la palabra. Cada pequeña localidad, cada pueblo, tenía su
idioma particular, su dios, su sacerdote, y no era más que una familia multiplicada y
extensa que se afirmaba viviendo y que, en guerra con las diferentes tribus existentes,
negaba el resto de la humanidad. Tal es el patriotismo natural en su enérgica y sencilla
crudeza.
Aun encontraremos restos de este patriotismo en algunos de los países más civilizados
de Europa; en Italia, por ejemplo, sobre todo en las provincias meridionales de la
península italiana, en donde la configuración del suelo, las montañas y el mar crean
barreras entre los valles y los pueblos, que los separa, los aísla y los hace casi extraños
los unos a los otros. Proudhon, en su folleto sobre la unidad italiana, ha observado, con
mucha razón, que esta unidad no era más que una idea, una pasión burguesa y de
ninguna manera popular, a las que las gentes del campo, por lo menos, son hasta ahora
en gran parte, extrañas, y añadiré que hasta hostiles, porque esta unidad está en
contradicción, por un lado, con su patriotismo local, y, por otro, no le ha aportado nada
más que una explotación implacable, la opresión y la ruina.
En Suiza, sobre todo en los cantones primitivos, ¿no vemos con frecuencia el patriotismo
local luchar contra el patriotismo cantonal y a éste contra el patriotismo político, nacional,
de la confederación republicana?
Para resumir, saco la conclusión de que el patriotismo como sentimiento natural, siendo
en esencia y en realidad un sentimiento substancialmente local, es un impedimento serio
para la formación de los Estados, y por consecuencia estos últimos, y con ellos la
civilización, no pueden establecerse más que destruyendo, si no del todo por lo menos en
grado considerable, esta pasión animal.
[editar]VIII
Después de haber considerado el patriotismo desde el punto de vista natural y haber
demostrado que es un sentimiento bestial o animal, porque es común a todas las
especies animales, y por el otro es esencialmente local, porque no puede abarcar más
que el espacio limitado en que el hombre privado de civilización pasa su vida, voy a
empezar ahora el análisis del patriotismo exclusivamente humano, del patriotismo
económico, político y religioso.
Es un hecho probado por los naturalistas y ya ha pasado al estado de axioma, que el
número de cada población animal corresponde siempre a la cantidad de medios de
subsistencia que encuentra en el país que habita. La población aumenta siempre que los
medios se encuentran en gran cantidad. Cuando una población animal ha devorado todas
las existencias del país, emigra; pero esta migración que les hace romper sus antiguas
costumbres, sus maneras diarias y rutinarias de vivir y les hace buscar sin conocimiento,
sin pensamiento alguno, instintivamente y a la ventura los medios de subsistencia en
países por completo desconocidos, va siempre acompañada de privaciones y sufrimientos
inmensos. La parte más grande de la población animal emigrante muere de hambre,
sirviendo con frecuencia de alimento a los supervivientes, y la parte más pequeña es la
que suele aclimatarse y encontrar nuevos elementos de vida en otro país. Después viene
la guerra entre las especies que se nutren con los mismos alimentos; la guerra entre los
que, para vivir, tienen que devorarse los unos a los otros. Considerado así, el mundo
natural no es más que un hecatombe sangrienta, una tragedia horrorosa y lúgubre escrita
por el hombre.
Los que admiten la existencia de un Dios creador no dudan de que le halagan
respetándole como el creador de este mundo. ¡Cómo! ¡Un Dios todo poder, todo
inteligencia, todo bondad, no ha podido crear más que un mundo como éste, un horror!
Es verdad que los teólogos tienen un excelente argumento para explicar esta
contradicción.
El mundo había sido creado perfecto, dicen, y reinó primero una democracia absoluta,
hasta que pecó el hombre, y entonces Dios, furioso contra él, maldijo al hombre y al
mundo.
Esta explicación es tanto más edificante cuanto que está llena de absurdos, y ya se sabe
que en el absurdo consiste toda la fuerza de los teólogos.
Para ellos, cuanto más absurda e imposible es una cosa, más verdad es. Toda religión no
es otra cosa que la deificación del absurdo.
Así, Dios, que es perfecto, ha creado un mundo perfecto, pero esta perfección puede
atraer sobre ella la maldición de su creador, y después de haber sido una perfección
absoluta, se convierte en una absoluta imperfección. ¿Cómo la perfección ha podido
llegar a la imperfección? A esto responderán que, precisamente porque el mundo, aunque
perfecto en el momento de la creación, no era, sin embargo, una perfección absoluta.
Sólo Dios, siendo absoluto, es más perfecto. El mundo no era perfecto más que de una
manera relativa y en comparación de lo que es ahora.
Pero entonces, ¿por qué emplear la palabra perfección que no lleva nada de relativo? La
perfección, ¿no es necesariamente absoluta? Decid entonces que Dios habría creado un
mundo imperfecto, aunque mejor que el que vemos ahora; pero si no era más que mejor,
si era ya imperfecto al salir de las manos del creador, no presentaba esa armonía y esa
paz absoluta de la que los señores teólogos no dejan de hablar, y entonces preguntamos:
¿Todo creador, según vuestro propio dicho, no debe ser juzgado según su creación, como
el obrero según su obra? El creador de una cosa imperfecta es necesariamente un
creador imperfecto; siendo el mundo imperfecto, Dios, su creador, es necesariamente
imperfecto, porque el hecho de haber creado un mundo imperfecto no puede explicarse
más que por su falta de inteligencia, o por su impotencia, o por su maldad. Pero dirán: el
mundo era perfecto, sólo que era menos perfecto que Dios; a esto responderé que,
cuando se trata de la perfección, no se puede hablar de más o de menos, la perfección es
completa, entera, absoluta, o no existe. De modo que, si el mundo era menos perfecto
que Dios, el mundo era imperfecto; de donde resulta que Dios, creador de un mundo
imperfecto, era él mismo imperfecto.
Para probar la existencia de Dios, los señores teólogos se verán obligados a concederme
que el mundo creado por él era perfecto en su origen; pero entonces yo les haría unas
pequeñas preguntas: primero, si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo dos perfecciones
podían existir separadas la una de la otra? La perfección no puede ser más que única, no
permite que sean dos, porque siendo dos, la una limita a la otra y la hace necesariamente
imperfecta, de modo que, si el mundo ha sido perfecto, no ha habido Dios dentro ni fuera
de él, el mundo mismo era Dios; otra pregunta: si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo ha
hecho para decaer? ¡Linda perfección la que puede alterarse y perderse! ¡Y si se admite
que la perfección puede decaer, Dios puede decaer también! Lo que quiere decir que Dios
ha existido en la imaginación creyente de los hombres, pero la razón humana, que triunfa
cada vez más en la Historia, lo destruye.
En fin, ¡es muy singular este Dios de los cristianos! Crea al hombre de manera que pueda
y deba pecar y caer. Teniendo Dios entre todos sus atributos la omnisciencia, no podía
ignorar, al crear al hombre, que caería; y puesto que Dios lo sabía, el hombre debía caer;
de otra manera hubiera dado un solemne mentís a toda la omnisciencia divina. ¿Que nos
hablan de la libertad humana? ¡Había fatalidad! Obedeciendo a esta pendiente fatal (lo
que cualquier sencillo padre de familia hubiera previsto en el lugar de Dios), el hombre
cae, y he aquí a la divina perfección llena de terrible cólera, una cólera tan ridícula como
odiosa. Dios no maldijo solamente a los infractores de su ley, sino a toda la descendencia
humana que aún no existía, y, por consecuencia, era absolutamente inocente del pecado
de nuestros primeros padres, y, no contento con esta injusticia, maldijo ese mundo
armonioso que no tenía nada que ver y lo transformó en un receptáculo de crímenes y
horrores, en una perpetua carnicería. Después, esclavo de su propia cólera y de la
maldición pronunciada por sí mismo contra los hombres y el mundo, contra su propia
creación, y acordándose un poco tarde de que era un Dios de amor, ¿qué hizo? No era
bastante haber ensangrentado el mundo con su cólera, por lo que ese Dios sanguinario
vertió la sangre de su mismo Hijo, lo inmoló bajo el pretexto de reconciliar al mundo con
su Divina Majestad. ¡Todavía si lo hubiera logrado! Pero, no; el mundo animal y humano
quedó destrozado y ensangrentado, como antes de esa monstruosa redención. De donde
resulta claramente que el Dios de los cristianos, como todos los dioses que le han
precedido, es un Dios tan impotente como cruel y tan absurdo como malvado.
¡Y absurdos parecidos son los que quieren imponer a nuestra libertad y a nuestra razón!
¡Con semejantes monstruosidades pretenden moralizar y humanizar a los hombres! Que
los teólogos tengan el valor de renunciar francamente a la humanidad y a la razón. No es
bastante decir con Tertuliano: Credo quiz absurdum (Creo aunque sea absurdo), puesto
que tratan de imponernos un cristianismo por medio del látigo como hace el Zar de todas
las Rusias; por la hoguera, como Calvino; por la Santa Inquisición, como los buenos
católicos; por la violencia, la tortura y la muerte, como querían hacerlo los sacerdotes de
todas las religiones posibles; que ensayen todos esos lindos medios, pero no esperen
nunca triunfar de otra manera. En cuanto a nosotros, dejemos de una vez para siempre
todos estos absurdos y estos horrores divinos con los que creen locamente poder explotar
largo tiempo a la plebe y a las masas obreras en su nombre, y, volviendo a nuestro
razonamiento humano, recordemos siempre que la luz humana, la única que puede
iluminarnos, emanciparnos y hacernos dignos y dichosos, no está al principio, sino,
relativamente al tiempo que vivimos, al fin de la Historia, y que el hombre, en su desarrollo
histórico, ha partido de la brutalidad para arrivar a la humanidad.
No miremos nunca atrás, siempre adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestro
bien, y si nos es permitido y si es útil mirar alguna vez atrás, no es más que para justificar
lo que hemos sido y lo que no debemos ser, lo que hemos hecho y lo que no debemos
hacer jamás.
El mundo natural es el teatro constante de una lucha interminable, de la lucha por la vida.
No tenemos porque preguntarnos por qué es así; nosotros no lo hemos hecho, lo hemos
encontrado así al nacer, es nuestro punto de partida natural, y no somos responsables.
Que nos baste saber que esto es, ha sido y será probablemente siempre así. La armonía
se establece por el combate, por el triunfo de los unos y con frecuencia por la muerte de
los otros.
El crecimiento y el desarrollo de las especies, están limitados por su propia hambre y por
el apetito de las otras especies, es decir, por el sufrimiento y por la muerte. Nosotros no
decimos, como los cristianos, que esta Tierra es un valle de lágrimas, pero debemos
convenir en que no es madre tan tierna como dicen y que los seres vivientes necesitan
mucha más energía para vivir. En el mundo natural, los fuertes viven y los débiles
sucumben y los primeros no viven sino porque los otros mueren.
¿Es posible que esta ley fatal de la vida natural, sea también la del mundo humano y
social?
[editar]IX
Los hombres, ¿están condenados por su naturaleza a devorarse entre sí para vivir como
lo hacen los animales de otras especies?
¡Ay! Encontramos en la cuna de la civilización humana la antropofagia, y en seguida las
guerras de exterminio, las guerras de las razas, y de los pueblos; guerras de conquista,
guerras de equilibrio, guerras políticas y guerras religiosas; guerras por las grandes ideas,
como las que hace Francia dirigida por su actual emperador, y guerras patrióticas para la
gran unión nacional como las que planean el ministro pangermanista de Berlín, y el Zar de
San Petesburgo.
Y en el fondo de todo esto, a través de todas las frases hipócritas de que se sirven para
darse una apariencia de humanidad, y de derecho, ¿qué encontramos? Siempre la misma
cuestión económica, la tendencia de uno a vivir y prosperar a expensas de los otros. Los
ignorantes, los simples y los tontos, se dejan sorprender; pero los hombres fuertes que
dirigen los destinos de los Estados saben muy bien que en el fondo de todas las guerras
no hay más que un sólo interés: ¡el saqueo, la conquista de las riquezas de otros y el
servilismo del trabajo!
Tal es la realidad a la vez cruel y brutal que los dioses de todas las religiones, los dioses
de las batallas, no han dejado nunca de bendecir, empezando por Jehová, el Dios de los
judíos, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que mandó a su pueblo elegido exterminar
a todos los habitantes de la Tierra prometida, y acabando por el Dios católico
representado por los Papas, que en recompensa del exterminio de los paganos, de los
mahometanos y de los herejes, dieron las tierras de estos desgraciados a sus dichosos
exterminadores. A las víctimas, el infierno; a los verdugos, los despojos, los bienes de la
tierra; tal es el fin de las guerras más santas, de las guerras religiosas.
Es evidente que hasta ahora la humanidad no ha hecho ninguna excepción para esa ley
general de bestialidad que condena a todos los seres vivientes a devorarse entre sí para
vivir; sólo el socialismo, poniendo en el lugar de la justicia política, jurídica y divina, la
justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres y
la competencia económica por la organización internacional de una sociedad fundada
sobre el trabajo, podrá poner fin a esas manifestaciones brutales de la bestialidad
humana.
Pero hasta que triunfe en la Tierra, los congresos burgueses para la paz y para la libertad
protestarán en vano, y todos los Víctor Hugo del mundo inútilmente los presidirán, porque
los hombres continuarán devorándose como las bestias feroces.
Está probado que la historia humana, como la de todas las demás especies de animales,
ha comenzado por la guerra. Esa guerra, que no ha tenido ni tiene otro fin que conquistar
los medios de la vida, ha pasado por diferentes fases de desarrollo paralelas a las
diferentes fases de la civilización, es decir, del desarrollo de las necesidades del hombre y
de los medios de satisfacerlas. El hombre ha vivido primero, como todos los animales, de
frutos y de plantas, de caza y de pesca. Sin duda, durante muchos siglos, el hombre cazó
y pescó como lo hacen las bestias aún, sin ayuda de más instrumentos que los que la
naturaleza le había dado.
La primera vez que se sirvió de un arma grosera, de un sencillo bastón o de una piedra,
hizo un acto de reflexión y se reveló sin sospecharlo como un animal pensador, como
hombre; porque el arma más primitiva debió necesariamente adaptarse al fin que el
hombre se proponía obtener, y esto supone cierto cálculo que distingue esencialmente al
animal hombre de los demás animales de la Tierra. Gracias a esta facultad de reflexionar,
de pensar, de inventar, el hombre perfecciona sus armas, muy lentamente, es verdad, a
través de muchos siglos, y se transforma en cazador o en bestia feroz armada.
Llegados a este primer grado de civilización, los pequeños grupos humanos encontraron
más facilidad para nutrirse matando a los seres vivientes, sin exceptuar a los hombres,
que debían servirles de alimento, que las bestias privadas de aquellos instrumentos de
caza o de guerra; y como la multiplicación de todas las especies de animales está
siempre en proporción directa de los medios de subsistencia, es evidente que el número
de hombres debía aumentar en una proporción mayor que el de los animales de otras
especies y que debía llegar un momento en que la inculta naturaleza no podía bastar para
alimentar a todo el mundo.
[editar]X
Si la razón humana no fuera progresiva; si, apoyándose por un lado sobre la tradición -
que conserva en provecho de las generaciones futuras los conocimientos adquiridos por
las generaciones pasadas - y propagándose, por otro lado, gracias a ese don de la
palabra, que es inseparable del don del pensamiento, no se desarrollara cada vez más; si
no estuviera dotada de la facultad ilimitada de inventar nuevos procedimientos para
defender su existencia contra todas las fuerzas naturales que le son contrarias, esta
insuficiencia de la naturaleza, habría sido necesariamente el límite de la multiplicación de
la especie humana.
Pero, gracias a esta preciosa facultad que le permite saber, reflexionar y comprender, el
hombre puede franquear ese límite natural que detiene el desarrollo de todas las demás
especies de animales. Cuando los manantiales naturales se agotaron, los creó artificiales;
aprovechando no su fuerza física, sino la superioridad de su inteligencia, se concretó
sencillamente, no a matar para devorar inmediatamente, sino a someter y a domesticar
hasta cierto punto a las bestias salvajes para que sirvieran a sus fines, y de este modo, a
través de los siglos, ciertos grupos de cazadores se transformaron en grupos de pastores.
Esta nueva corriente de existencia multiplicó, naturalmente, a la especie humana y hubo
necesidad de crear nuevos medios de subsistencia. La explotación de las bestias no
bastó y los grupos humanos se pusieron a explotar la tierra; los pueblos nómadas y los
pastores se transformaron después de muchos más siglos en pueblos cultivadores.
En este periodo de la Historia, se estableció la esclavitud.
Los hombres, aún salvajes, empezaron primero por devorar a sus enemigos muertos o
prisioneros; pero cuando comenzaron a comprender la ventaja que tenía para ellos
servirse de las bestias o explotarlas sin matarlas, inmediatamente y sin duda debieron de
comprender la ventaja que podrían obtener de los servicios del hombre, el animal más
inteligente de la Tierra; por consecuencia, el enemigo vencido no fue devorado, pero fue
hecho esclavo, obligado a trabajar para la subsistencia necesaria de un amo.
El trabajo de los pueblos dedicados al pastoreo es tan sencillo, que no exige apenas el
trabajo de los esclavos. Así vemos que en los pueblos nómadas o dedicados al pastoreo,
el número de esclavos es muy limitado, por no decir que es nulo. Otra cosa sucede con
los pueblos sedentarios y agrícolas; la agricultura exige un trabajo asiduo y penoso. El
hombre libre de los bosques y de los llanos, el cazador, lo mismo que el pastor, se sujetan
a él con repugnancia; y así vemos en los pueblos salvajes de América como es que,
sobre el ser comparativamente más débil, que es la mujer, recaen los trabajos más duros
y asquerosos. Los hombres no conocen otro oficio que la caza y la guerra - que aún en
nuestra civilización son considerados los más nobles - y, despreciando todas las demás
ocupaciones, permanecen tendidos perezosamente fumando sus pipas, mientras sus
desgraciadas mujeres, esas esclavas naturales del hombre bárbaro, sucumben bajo la
pesada carga de su trabajo diario.
Un paso más en la civilización y el esclavo toma el sitio de la mujer; bestia de suma
inteligencia, y obligado a llevar la carga del trabajo corporal, genera el descanso y el
desarrollo intelectual y moral de su amo.

Mijaíl bakunin

  • 1.
    Mijaíl Bakunin M. Bakunin MijaílAlexándrovich Bakunin (Михаил Александрович Бакунин en ruso), (8 de mayo de 1814 - 13 de junio de 1876) fue un conocido anarquista ruso contemporáneo de Karl Marx. Es posiblemente el más conocido de la primera generación de filósofos anarquistas. Se le considera uno de los "padres del anarquismo". Bakunin nació en una familia aristocrática de terratenientes liberales en el pueblo de Priamujino (Прямухино) entre Torjok (Торжок) y Kuvshinovo (Кувшиново), en el departamento de Tver, al noroeste de Moscú, en la primavera de 1814. Tras finalizar el servicio militar, vivió en Moscú y San Petesburgo traduciendo a autores alemanes como Fichte y Hegel. En 1842, viajó a Alemania y pronto entra en contacto con los cabecillas del joven movimiento socialista alemán en Berlín. Desde allí, viajó a París, en donde conoce a Proudhon y a George Sand y también traba conocimiento con los exiliados polacos. De París viaja a Suiza, en donde residirá un tiempo, tomando parte activa en todos los movimientos socialistas. Durante su etapa en Suiza, el gobierno ruso le ordenó regresar a Rusia. Su desobediencia conllevó que se le confiscaran sus propiedades. En 1848, tras su regreso a París, publica una ardiente soflama contra Rusia, con la que consigue ser expulsado de Francia. El movimiento revolucionario de 1848 le proporciona la ocasión de entrar en una violenta campaña de agitación democrática y por su participación en la Insurrección de Dresde de 1849 se le detiene y se le condena a muerte, pena que se le conmuta por la cadena perpetua. Por último, Bakunin es entregado a las autoridades rusas, que lo encarcelan y luego se le envía a un campo de concentración en el este de Siberia en 1855. Aprovechando un permiso, se escapa a Japón, pasa a California en Estados Unidos, cruza el canal de Panamá, llega a la ciudad de Nueva York donde es recibido por algunos personajes norteamericanos como el escritor Henry Longfellow y se queda allí algún tiempo reuniéndose con personas allegadas al movimiento obrero local, luego va hacia Inglaterra en 1861. El resto de su vida transcurrió en el exilio en Europa occidental, principalmente en Suiza. En 1868 fundó la llamada Alianza Internacional de la Democracia Socialista, cuyo programa reivindicaba una serie de reformas que constituían la base de la doctrina política de Bakunin: la supresión de los Estados nacionales y la formación en su lugar de federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales; la abolición de las clases sociales y de la herencia, la igualdad de sexos y la organización de los obreros al margen de los partidos políticos. Sin embargo, se rechaza la entrada de la Alianza en la Internacional Obrera, por ser una organización internacional, cuando sólo se admitían
  • 2.
    organizaciones nacionales. Poresa razón, la Alianza se deshizo y sus miembros se integraron separadamente en la Internacional. En 1870 fundó el Comité para la Salvación de Francia, asociación que dirigió la insurrección de la Comuna de Lyon. Durante la I Internacional, las diferencias entre sus ideas y las de Marx llevaron a la expulsión de los anarquistas del seno de la organización durante el congreso de La Haya, celebrado en 1872. Bakunin pasó sus últimos años en Suiza, viviendo pobremente y sin más aliento que la correspondencia que mantenía con pequeños grupos anarquistas. Con respecto a la francmasonería, se conoce que una de sus razones para hacerse masón fue para tratar de hacer de la francmasonería un instrumento de las luchas sociales y de las ideas anarquistas. Expuso su pensamiento en una voluminosa obra, y fue su discípulo James Guillaume quien, entre los años 1907 y 1913, en París, se encargaría de recopilar y editar todos sus libros. Del conjunto de su voluntariosa obra destacan: el Llamamiento a los eslavos, que denuncia a la burguesía como fuerza intrínsecamente antirrevolucionaria y propugna la creación en Europa Central de una federación libre de gentes eslavas Dios y el Estado y El Estado y la anarquía El catecismo revolucionario se conoce ahora que no era de su autoría aunque se inspiraba en algunos de sus comentarios intempestivos. [editar] Su Pensamiento Se ha llamado al anarquismo que Bakunin desarrolló, anarcocolectivismo o anarquismo colectivista y a este respecto cabe primero de todo mencionar la diferencia de matiz que esta concepción supone ante el enunciado del anarquismo que Kropotkin, su otro destacado padre enunció y denominó comunismo libertario y que ha supuesto una crítica del colectivismo que ha llegado a ser generalmente aceptada en todos los medios libertarios y es la forma más acertada de entender este concepto bakuniano. Para Bakunin el Anarquismo supone una sociedad libre sin necesidad de gobierno ni autoridad cuyo centro de gravedad se situa en el trabajo, el factor de producción, sus medios y distribución y que se organizaría mediante la federación de productores y consumidores desde la base que se coordinarían entre sí en confederaciones. Sin necesidad, pues, de gobiernos, sistemas legislativos, poderes ejecutivos que monopolicen la violencia, etc. Sin embargo en la visión de Bakunin a cada cual se le debe retribuir según el trabajo realizado de forma que se impida el surgimiento de una clase ociosa que parasitase el trabajo de las asociaciones libres. A lo que el comunismo libertario de Kropotkin objetó el resurgimiento de una burocracia que debiese vigilar y regular el trabajo y su remuneración lo que fatalmente tendería a constituirse en un núcleo de autoridad y de tiranía potencial.
  • 3.
    Obras La mayoría quedaronsin terminar: Escritos de filosofía política. Recopilación de G.P. Maximoff Tomo I. Crítica de la sociedad. Tomo II. El anarquismo y sus tácticas. Con un esbozo biográfico de Max Nettlau Obras completas. Cinco tomos Dios y el Estado La Revolución social en Francia. Dos tomos El Estado y la Comuna Bakunin: su historia y su legado Escritos de Bakunin La Comuna de París y la noción de Estado Tres conferencias dadas a los obreros del valle de Saint-Imier El patriotismo. La Comuna de París y la noción de Estado Texto de Mijail Bakunin sobre Comuna de París y Estado. La Comuna de París y la noción de Estado Esta obra, como todos los escritos que hasta la fecha he publicado, nació de los acontecimientos. Es la continuación natural de las Cartas a un francés, publicadas en septiembre de 1870, y en las cuales tuve el fácil y triste honor de prever y predecir las horribles desgracias que hieren hoy a Francia, y con ella, a todo el mundo civilizado; desgracias contra las que no había ni queda ahora más que un remedio: la revolución social. M. Bakunin Probar esta verdad, de aquí en adelante incontestable, por el desenvolvimiento histórico de la sociedad, y por los hechos mismos que se desarrollan bajo nuestros ojos en Europa, de modo que sea aceptada por todos los hombres de buena fe, por todos los investigadores sinceros de la verdad, y luego exponer francamente, sin reticencia, sin equívocos, los principios filosóficos tanto como los fines prácticos que constituyen, por
  • 4.
    decirlo así, elalma activa, la base y el fin de lo que llamamos la revolución social, es el objeto del presente trabajo. La tarea que me impuse no es fácil, lo sé, y se me podría acusar de presunción si aportase a este trabajo una pretensión personal. Pero no hay tal cosa, puedo asegurarlo al lector. No soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera un escritor de oficio. Escribí muy poco en mi vida y no lo hice nunca sino en caso de necesidad, y solamente cuando una convicción apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia instintiva a manifestarme mediante mis escritos. ¿Qué soy yo, y qué me impulsa ahora a publicar este trabajo? Soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo no menos encarnizado de las ficciones perjudiciales de que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado de todas las ignominias religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse hoy todavía para embrutecer y esclavizar al mundo. Soy un amante fanático de la libertad, considerándola como el único medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y crecer la inteligencia, la dignidad y la dicha de los hombres; no de esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el Estado, mentira eterna y que en realidad no representa nunca nada más que el privilegio de unos pocos fundado sobre la esclavitud de todo el mundo; no de esa libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia, pregonada por la escuela de J. J. Rousseau, así como todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que consideran el llamado derecho de todos, representado por el Estado, como el límite del derecho de cada uno, lo cual lleva necesariamente y siempre a la reducción del derecho de cada uno a cero. No, yo entiendo que la única libertad verdaderamente digna de este nombre, es la que consiste en el pleno desenvolvimiento de todas las facultades materiales, intelectuales y morales de cada individuo. Y es que la libertad, la auténtica, no reconoce otras restricciones que las propias de las leyes de nuestra propia naturaleza. Por lo que, hablando propiamente, la libertad no tiene restricciones, puesto que esas leyes no nos son impuestas por un legislador, sino que nos son inmanentes, inherentes, y constituyen la base misma de todo nuestro ser, y no pueden ser vistas como una limitante, sino más bien debemos considerarlas como las condiciones reales y la razón efectiva de nuestra libertad. Yo me refiero a la libertad de cada uno que, lejos de agotarse frente a la libertad del otro, encuentra en ella su confirmación y su extensión hasta el infinito; la libertad ilimitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad en la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad triunfante sobre el principio de la fuerza bruta y del principio de autoridad que nunca ha sido otra cosa que la expresión ideal de esa fuerza; la libertad que, después de haber derribado todos los ídolos celestes y terrestres, fundará y organizará un mundo nuevo: el de la humanidad solidaria, sobre la ruina de todas la Iglesias y de todos los Estados.
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    Soy un partidarioconvencido de la igualdad económica y social, porque sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, lo mismo que la prosperidad de las naciones, no serán más que otras tantas mentiras. Pero, partidario incondicional de la libertad, esa condición primordial de la humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas y federadas en las comunas, mas no por la acción suprema y tutelar del Estado. Este es el punto que nos divide a los socialistas revolucionarios, de los comunistas autoritarios que defienden la iniciativa absoluta del Estado. El fin es el mismo, ya que ambos deseamos por igual la creación de un orden social nuevo, fundado únicamente sobre la organización del trabajo colectivo en condiciones económicas de irrestricta igualdad para todos, teniendo como base la posesión colectiva de los instrumentos de trabajo. Ahora bien, los comunistas se imaginan que podrían llegar a eso por el desenvolvimiento y por la organización de la potencia política de las clases obreras, y principalmente del proletariado de las ciudades, con ayuda del radicalismo burgués, mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, pensamos que no se puede llegar a ese fin más que por el desenvolvimiento y la organización de la potencia no política sino social de las masas obreras, tanto de las ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran unirse francamente a ellas y acepten íntegramente su programa. He ahí dos métodos diferentes. Los comunistas creen deber el organizar a las fuerzas obreras para posesionarse de la potencia política de los Estados. Los socialistas revolucionarios nos organizamos teniendo en cuenta su inevitable destrucción, o, si se quiere una palabra más cortés, teniendo en cuenta la liquidación de los Estados. Los comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los socialistas revolucionarios no tenemos confianza más que en la libertad. Partidarios unos y otros de la ciencia que debe liquidar a la fe, los primeros quisieran imponerla y nosotros nos esforzamos en propagarla, a fin de que los grupos humanos, por ellos mismos se convenzan, se organicen y se federen de manera espontánea, libre; de abajo hacia arriba conforme a sus intereses reales, pero nunca siguiendo un plan trazado de antemano e impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias superiores. Los socialistas revolucionarios pensamos que hay mucha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas populares, que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad que, a tantas tentativas frustradas para hacerla feliz, pretenden añadir otro fracaso más. Los socialistas revolucionarios pensamos, al contrario, que la humanidad ya se ha dejado gobernar
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    bastante tiempo, demasiadotiempo, y se ha convencido que la fuente de sus desgracias no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del gobierno, cualquiera que este sea. Esta es, en fin, la contradicción que existe entre el comunismo científicamente desarrollado por la escuela alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e ingleses, y el socialismo revolucionario ampliamente desenvuelto y llevado hasta sus últimas consecuencias, por el proletariado de los países latinos. El socialismo revolucionario llevó a cabo un intento práctico en la Comuna de París. Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz negativa del Estado. Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente en Francia, que ha sido hasta ahora el país mas proclive a la centralización política; y que haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran civilización francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y proclamando con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a Francia, a Europa, al mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica de iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y de salvación; París, que da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo burgués y una base real al socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las maldiciones de todas las gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se envuelve en sus ruinas para dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que salva, con su desastre, el honor y el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que si bien la vida, la inteligencia y la fuerza moral se han retirado de las clases superiores, se conservaron enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la era nueva, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su real solidaridad a través y a pesar de las fronteras de los Estados; París, que mata la propiedad y funda sobre sus ruinas la religión de la humanidad; París, que se proclama humanitario y ateo y reemplaza las funciones divinas por las grandes realidades de la vida social y la fe por la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa, política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad, fundamentos eternos de toda moral humana; París heroico y racional confirmando con su caída el inevitable destino de la humanidad transmitiéndolo mucho más enérgico y viviente a las generaciones venideras; París, inundado en la sangre de sus hijos más generosos. París, representación de la humanidad crucificada por la reacción internacional bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del gran sacerdote de la iniquidad,
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    el Papa. Perola próxima revolución internacional y solidaria de los pueblos será la resurrección de París. Tal es el verdadero sentido y tales las consecuencias bienhechoras e inmensas de los dos meses memorables de la existencia y de la caída imperecedera de la Comuna de París. La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo y ha sido demasiado obstaculizada en su desenvolvimiento interior por la lucha mortal que debió sostener contra la reacción de Versalles, para que haya podido, no digo aplicar, sino elaborar teóricamente su programa socialista. Por lo demás, es preciso reconocerlo, la mayoría de los miembros de la Comuna no eran socialistas propiamente y, si se mostraron tales, es que fueron arrastrados invisiblemente por la fuerza irresistible de las cosas, por la naturaleza de su ambiente, por las necesidades de su posición y no por su convicción íntima. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, no formaban en la Comuna mas que una minoría ínfima; a lo sumo no eran más que unos catorce o quince miembros. El resto estaba compuesto por jacobinos. Pero entendámonos, hay de jacobinos a jacobinos. Existen los jacobinos abogados y doctrinarios, como el señor Gambetta, cuyo republicanismo positivista, presuntuoso, despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no habiendo conservado del jacobinismo mas que el culto de la unidad y de la autoridad, entregó la Francia popular a los prusianos y más tarde a la reacción interior; y existen los jacobinos francamente revolucionarios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar su unidad y su autoridad bien amadas, a las necesidades de la revolución, ante todo; y como no hay revolución sin masas populares, y como esas masas tienen eminentemente hoy el instinto socialista y no pueden ya hacer otra revolución que una revolución económica y social, los jacobinos de buena fe, dejándose arrastrar más y más por la lógica del movimiento revolucionario, acabaron convirtiéndose en socialistas a su pesar. Tal fue precisamente la situación de los jacobinos que formaron parte de la Comuna de París. Delescluze y muchos otros, firmaron proclamas y programas cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como a pesar de toda su buena fe y de toda su buena voluntad no eran más que individuos arrastrados al campo socialista por la fuerza de las circunstancias, como no tuvieron tiempo ni capacidad para vencer y suprimir en ellos el cúmulo de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con el socialismo, hubieron de paralizarse y no pudieron salir de las generalidades, ni tomar medidas decisivas que hubiesen roto para siempre todas sus relaciones con el mundo burgués. Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; fueron paralizados y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se transforman
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    de un díaa otro y no cambian de naturaleza ni de hábitos a voluntad. Han probado su sinceridad haciéndose matar por la Comuna. ¿Quién se atreverá a pedirles más? Son tanto más excusables cuanto que el pueblo de París mismo, bajo la influencia del cual han pensado y obrado, era mucho más socialista por instinto que por idea o convicción reflexiva. Todas sus aspiraciones son en el más alto grado y exclusivamente socialistas; pero sus ideas o más bien sus representaciones tradicionales están todavía bien lejos de haber llegado a esta altura. Hay todavía muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el proletariado de las grandes ciudades de Francia y aún en el de París. El culto a la autoridad religiosa, esa fuente histórica de todas las desgracias, de todas las depravaciones y de todas las servidumbres populares no ha sido desarraigado aún completamente de su seno. Esto es tan cierto que hasta los hijos más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no llegaron aún a libertarse de una manera completa de ella. Mirad su conciencia y encontraréis al jacobino, al gubernamentalista, rechazado hacia algún rincón muy oscuro y vuelto muy modesto, es verdad, pero no enteramente muerto. Por otra parte, la situación del pequeño número de los socialistas convencidos que han constituido parte de la Comuna era excesivamente difícil. No sintiéndose suficientemente sostenidos por la gran masa de la población parisiense, influenciando apenas sobre unos millares de individuos, la organización de la Asociación Internacional, por lo demás muy imperfecta, han debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio de qué circunstancias! Les ha sido necesario dar trabajo y pan a algunos centenares de millares de obreros, organizarlos y armarlos combatiendo al mismo tiempo las maquinaciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada por el hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles, con el permiso y por la gracia de los prusianos. Les ha sido necesario oponer un gobierno y un ejército revolucionarios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical, han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario, organizarse en reacción jacobina. ¿No es natural que en medio de circunstancias semejantes, los jacobinos, que eran los más fuertes, puesto que constituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en un grado infinitamente superior el instinto político, la tradición y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo que hay que asombrarse es de que no se hayan aprovechado mucho más de lo que lo hicieron, de que no hayan dado a la sublevación de París un carácter exclusivamente jacobino y de que se hayan dejado arrastrar, al contrario, a una revolución social. Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en su teoría, reprochan a nuestros amigos de París el no haberse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria, mientras que todos los ladrones de la prensa burguesa los acusan, al contrario, de no
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    haber seguido másque demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos por el momento a un lado a los innobles denunciadores de esa prensa, y observemos que los severos teóricos de la emancipación del proletariado son injustos hacia nuestros hermanos de París porque, entre las teorías más justas y su práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en algunos días. El que ha tenido la dicha de conocer a Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a aquel cuya muerte es cierta, sabe cómo han sido apasionadas, reflexivas y profundas en él y en sus amigos las convicciones socialistas. Eran hombres cuyo celo ardiente, cuya abnegación y buena fe no han podido ser nunca puestas en duda por nadie de los que se les hayan acercado. Pero precisamente porque eran hombres de buena fe, estaban llenos de desconfianza en sí mismos al tener que poner en práctica la obra inmensa a que habían dedicado su pensamiento y su vida. Tenían por lo demás la convicción de que en la revolución social, diametralmente opuesta a la revolución política, la acción de los individuos es casi nula y, por el contrario, la acción espontánea de las masas lo es todo. Todo lo que los individuos pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar las ideas que corresponden al instinto popular y además contribuir con sus esfuerzos incesantes a la organización revolucionaria del potencial natural de las masas, pero nada más, siendo al pueblo trabajador al que corresponde hacerlo todo. Ya que actuando de otro modo se llegaría a la dictadura política, es decir, a la reconstitución del Estado, de los privilegios, de las desigualdades, llegándose al restablecimiento de la esclavitud política, social, económica de las masas populares. Varlin y sus amigos, como todos los socialistas sinceros, y en general como todos los trabajadores nacidos y educados en el pueblo, compartían en el más alto grado esa prevención perfectamente legítima contra la iniciativa continua de los mismos individuos, contra la dominación ejercida por las individualidades superiores; y como ante todo eran justos, dirigían también esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos más que contra todas las otras personas. Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas autoritarios, según mi opinión, completamente erróneo, de que una revolución social puede ser decretada y organizada sea por una dictadura, sea por una asamblea constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París, han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desenvolvimiento más que por la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares. Nuestros amigos de París han tenido mil veces razón. Porque, en efecto, por general que sea, ¿cuál es la cabeza, o si se quiere hablar de una dictadura colectiva, aunque estuviese formada por varios centenares de individuos dotados de facultades superiores, cuáles son los cerebros capaces de abarcar la infinita multiplicidad y diversidad de los intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de las necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y capaces de inventar una organización
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    social susceptible desatisfacer a todo el mundo? Esa organización no será nunca más que un lecho de Procusto sobre el cual, la violencia más o menos marcada del Estado forzará a la desgraciada sociedad a extenderse. Esto es lo que sucedió siempre hasta ahora, y es precisamente a este sistema antiguo de la organización por la fuerza a lo que la revolución social debe poner un término, dando a las masas su plena libertad, a los grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos, y destruyendo de una vez por todas la causa histórica de todas las violencias, el poder y la existencia misma del Estado, que debe arrastrar en su caída todas las iniquidades del derecho jurídico con todas las mentiras de los cultos diversos, pues ese derecho y esos cultos no han sido nunca nada más que la consagración obligada, tanto ideal como real, de todas las violencias representadas, garantizadas y privilegiadas por el Estado. Es evidente que la libertad no será dada al género humano, y que los intereses reales de la sociedad, de todos los grupos, de todas las organizaciones locales así como de todos los individuos que la forman, no podrán encontrar satisfacción real más que cuando no haya Estados. Es evidente que todos los intereses llamados generales de la sociedad, que el Estado pretende representar y que en realidad no son otra cosa que la negación general y consciente de los intereses positivos de las regiones, de las comunas, de las asociaciones y del mayor número de individuos a él sometidos, constituyen una ficción, una obstrucción, una mentira, y que el Estado es como una carnicería y como un inmenso cementerio donde, a su sombra, acuden generosa y beatamente, a dejarse inmolar y enterrar, todas las aspiraciones reales, todas las fuerzas vivas de un país; y como ninguna abstracción existe por sí misma, ya que no tiene ni piernas para caminar, ni brazos para crear, ni estómago para digerir esa masa de víctimas que se le da para devorar, es claro que también la abstracción religiosa o celeste de Dios, representa en realidad los intereses positivos, reales, de una casta privilegiada: el clero, y su complemento terrestre, la abstracción política, el Estado, representa los intereses no menos positivos y reales de la clase explotadora que tiende a englobar todas las demás: la burguesía. Y como el clero está siempre dividido y hoy tiende a dividirse todavía más en una minoría muy poderosa y muy rica, y una mayoría muy subordinada y hasta cierto punto miserable. Por su parte, la burguesía y sus diversas organizaciones políticas y sociales, en la industria, en la agricultura, en la banca y en el comercio, al igual que en todos los órganos administrativos, financieros, judiciales, universitarios, policiales y militares del Estado, tiende a escindirse cada día más en una oligarquía realmente dominadora y en una masa innumerable de seres más o menos vanidosos y más o menos decaídos que viven en una perpetua ilusión, rechazados inevitablemente y empujados, cada vez más hacia el proletariado por una fuerza irresistible: la del desenvolvimiento económico actual, quedando reducidos a servir de instrumentos ciegos de esa oligarquía omnipotente.
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    La abolición dela Iglesia y del Estado debe ser la condición primaria e indispensable de la liberación real de la sociedad; después de eso, ella sola puede y debe organizarse de otro modo, pero no de arriba a abajo y según un plan ideal, soñado por algunos sabios, o bien a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o hasta por una asamblea nacional elegida por el sufragio universal. Tal sistema, como lo he dicho ya, llevaría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase entera de gentes que no tienen nada en común con la masa del pueblo y, ciertamente, esa clase volvería a explotar y a someter bajo el pretexto de la felicidad común, o para salvar al Estado. La futura organización social debe ser estructurada solamente de abajo a arriba, por la libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en las comunas, en las regiones, en las naciones y finalmente en una gran federación internacional y universal. Es únicamente entonces cuando se realizará el orden verdadero y vivificador de la libertad y de la dicha general, ese orden que, lejos de renegar, afirma y pone de acuerdo los intereses de los trabajadores y los de la sociedad. Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de la sociedad no podrá realizarse nunca porque esos intereses, siendo contradictorios, no están en condición de contrapesarse ellos mismos o bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una objeción semejante responderé que si hasta el presente los intereses no han estado nunca ni en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría privilegiada. He ahí por qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de intereses personales con los de la sociedad, no es más que otro engaño y una mentira política, nacida de la mentira teológica que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir en él la conciencia de su propio valor. Esa misma idea falsa del antagonismo de los intereses fue creada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es próxima pariente de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza humana, la metafísica consideraba la sociedad como un agregado mecánico y puramente artificial de individuos asociados repentinamente en nombre de un tratado cualquiera, formal o secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de una fuerza superior. Antes de unirse en sociedad, esos individuos, dotados de una especie de alma inmortal, gozaban de una absoluta libertad. Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen en la inmortalidad del alma, afirman que los hombres fuera de la sociedad son seres libres, nosotros llegamos entonces inevitablemente a una conclusión: que los hombres no pueden unirse en sociedad más que a condición de renegar de su libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus intereses, personales primero y grupales después. Tal renunciamiento y tal sacrificio de sí mismos debe ser por eso tanto más imperioso cuanto que la sociedad es más numerosa y su organización más compleja. En tal caso, el Estado es la expresión de todos los
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    sacrificios individuales. Existiendobajo una semejante forma abstracta, y al mismo tiempo violenta, continúa perjudicando más y más la libertad individual en nombre de esa mentira que se llama felicidad pública, aunque es evidente que la misma no representa más que los intereses de la clase dominante. El Estado, de ese modo, se nos aparece como una negación inevitable y como una aniquilación de toda libertad, de todo interés individual y general. Se ve aquí que en los sistemas metafísicos y teológicos, todo se asocia y se explica por sí mismo. He ahí por qué los defensores lógicos de esos sistemas pueden y deben, con la conciencia tranquila, continuar explotando las masas populares por medio de la Iglesia y del Estado. Llenandose los bolsillos y sacando todos sus sucios deseos, pueden al mismo tiempo consolarse con el pensamiento de que penan por la gloria de Dios, por la victoria de la civilización y por la felicidad eterna del proletariado. Pero nosotros, que no creemos ni en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en la propia libertad de la voluntad, afirmamos que la libertad debe ser comprendida, en su acepción más completa y más amplia, como fin del progreso histórico de la humanidad. Por un extraño aunque lógico contraste, nuestros adversarios idealistas, de la teología y de la metafísica, toman el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para concluir buenamente en la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer duradero un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y trascendentes, caen hasta el materialismo práctico, sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica, según la cual todo desenvolvimiento es la negación del principio fundamental. Estamos convencidos de que toda la riqueza del desenvolvimiento intelectual, moral y material del hombre, lo mismo que su aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad, el hombre no solamente no será libre, sino que no será hombre verdadero, es decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla. El concurso de la inteligencia y del trabajo colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es decir, sus intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus tonterías, tanto como las violencias, y las injusticias que en carne propia sufren, no representa más que la consecuencia de las fuerzas fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la correlación de las manifestaciones de la naturaleza exterior. En la naturaleza misma, esa maravillosa correlación y filiación de los fenómenos no se ha conseguido sin lucha. Al contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece más que como resultado verdadero de esa lucha constante que es la condición misma de la vida y el movimiento. En la naturaleza y en la sociedad el orden sin lucha es la muerte.
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    Si en eluniverso el orden natural es posible, es únicamente porque ese universo no es gobernado según algún sistema imaginado de antemano e impuesto por una voluntad suprema. La hipótesis teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente y a la negación, no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes naturales no son reales más que en tanto son inherentes a la naturaleza, es decir, en tanto que no son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que simples manifestaciones, o bien continuas modalidades de hechos muy variados, pasajeros, pero reales. El conjunto constituye lo que llamamos naturaleza. La inteligencia humana y la ciencia observaron estos hechos, los controlaron experimentalmente, después los reunieron en un sistema y los llamaron leyes. Pero la naturaleza misma no conoce leyes; obra inconscientemente, representando por sí misma la variedad infinita de los fenómenos que aparecen y se repiten de una manera fatal. He ahí por qué, gracias a esa inevitabilidad de la acción, el orden universal puede existir y existe de hecho. Un orden semejante aparece también en la sociedad humana que evoluciona en apariencia de un modo llamado antinatural, pero en realidad se somete a la marcha natural e inevitable de las cosas. Sólo que la superioridad del hombre sobre los otros animales y la facultad de pensar unieron a su desenvolvimiento un elemento particular que, como todo lo que existe, representa el producto material de la unión y de la acción de las fuerzas naturales. Este elemento particular es el razonamiento, o bien esa facultad de generalización y de abstracción gracias a la cual el hombre puede proyectarse por el pensamiento, examinándose y observándose como un objeto exterior extraño. Elevándose, por las ideas, por sobre sí mismo, así como por sobre el mundo circundante, logra arrivar a la representación de la abstracción perfecta: a la nada absoluta. Este límite último de la más alta abstracción del pensamiento, esa nada absoluta, es Dios. He ahí el sentido y el fundamento histórico de toda doctrina teológica. No comprendiendo la naturaleza y las causas materiales de sus propios pensamientos, no dándose cuenta tampoco de las condiciones o leyes naturales que le son especiales, los hombres de la Iglesia y del Estado no pueden imaginar a los primeros hombres en sociedad, puesto que sus nociones absolutas no son más que el resultado de la facultad de concebir ideas abstractas. He ahí porque consideraron esas ideas, sacadas de la naturaleza, como objetos reales ante los cuales la naturaleza misma cesaba de ser algo. Luego se dedicaron a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a prodigarles todos los honores. Pero era preciso, de una manera cualquiera, figurar y hacer sensible la idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin inflaron la concepción de la divinidad y la dotaron, de todas las cualidades, buenas y malas, que encontraban sólo en la naturaleza y en la sociedad. Tal fue el origen y el desenvolvimiento histórico de todas las religiones, comenzando por el fetichismo y acabando por el cristianismo.
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    No tenemos laintención de lanzarnos en la historia de los absurdos religiosos, teológicos y metafísicos, y menos aún de hablar del desplegamiento sucesivo de todas las encarnaciones y visiones divinas creadas por siglos de barbarie. Todo el mundo sabe que la superstición dio siempre origen a espantosas desgracias y obligó a derramar ríos de sangre y lágrimas. Diremos sólo que todos esos repulsivos extravíos de la pobre humanidad fueron hechos históricos inevitables en su desarrollo y en la evolución de los organismos sociales. Tales extravíos engendraron en la sociedad esta idea fatal que domina la imaginación de los hombres: la idea de que el universo es gobernado por una fuerza y por una voluntad sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las sociedades se habituaron hasta tal punto a esta idea que finalmente mataron en ellas toda tendencia hacia un progreso más lejano y toda capacidad para llegar a él. La ambición de algunos individuos y de algunas clases sociales, erigieron en principio la esclavitud y la conquista, y enraizaron la terrible idea de la divinidad. Desde entonces, toda sociedad fue imposible sin tener como base éstas dos instituciones: la Iglesia y el Estado. Estas dos plagas sociales son defendidas por todos los doctrinarios. Apenas aparecieron estas dos instituciones en el mundo, se organizaron repentinamente dos castas sociales: la de los sacerdotes y la de los aristócratas, que sin perder tiempo se preocuparon en inculcar profundamente al pueblo subyugado la indispensabilidad, la utilidad y la santidad de la Iglesia y del Estado. Todo eso tenía por fin transformar la esclavitud brutal en una esclavitud legal, prevista, consagrada por la voluntad del Ser Supremo. Pero ¿creían sinceramente, los sacerdotes y los aristócratas, en esas instituciones que sostenían con todas sus fuerzas en su interés particular? o acaso ¿no eran más que mistificadores y embusteros? No, respondo, creo que al mismo tiempo eran creyentes e impostores. Ellos creían, también, porque compartían natural e inevitablemente los extravíos de la masa y es sólo después, en la época de la decadencia del mundo antiguo, cuando se hicieron escépticos y embusteros. Existe otra razón que permite considerar a los fundadores de los Estados como gentes sinceras: el hombre cree fácilmente en lo que desea y en lo que no contradice a sus intereses; no importa que sea inteligente e instruido, ya que por su amor propio y por su deseo de convivir con sus semejantes y de aprovecharse de su respeto creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy convencido de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno versallés se esforzaron a toda costa por convencerse de que matando en París a algunos millares de hombres, de mujeres y de niños, salvaban a Francia. Pero si los sacerdotes, los augures, los aristócratas y los burgueses, de los viejos y de los nuevos tiempos, pudieron creer sinceramente, no por eso dejaron de ser siempre mistificadores. No se puede, en efecto, admitir que hayan creído en cada una de las ideas
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    absurdas que constituyenla fe y la política. No hablo siquiera de la época en que, según Cicerón, los augures no podían mirarse sin reír. Aun en los tiempos de la ignorancia y de la superstición general es difícil suponer que los inventores de milagros cotidianos hayan sido convencidos de la realidad de esos milagros. Igual se puede decir de la política, según la cual es preciso subyugar y explotar al pueblo de tal modo, que no se queje demasiado de su destino, que no se olvide someterse y no tenga el tiempo para pensar en la resistencia y en la rebelión. ¿Cómo, pues, imaginar después de eso que las gentes que han transformado la política en un oficio y conocen su objeto - es decir, la injusticia, la violencia, la mentira, la traición, el asesinato en masa y aislado -, puedan creer sinceramente en el arte político y en la sabiduría de un Estado generador de la felicidad social? No pueden haber llegado a ese grado de estupidez, a pesar de toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está ahí para atestiguar sus crímenes; en todas partes y siempre el sacerdote y el estadista han sido los enemigos y los verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y sanguinarios de los pueblos. Pero, ¿cómo conciliar dos cosas en apariencia tan incompatibles: los embusteros y los engañados, los mentirosos y los creyentes? Lógicamente eso parece difícil; sin embargo, en la realidad, es decir, en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo. Son mayoría las gentes que viven en contradicción consigo mismas. No lo advierten hasta que algún acontecimiento extraordinario las saca de la somnolencia habitual y las obliga a echar un vistazo sobre ellos y sobre su derredor. En política como en religión, los hombres no son más que máquinas en manos de los explotadores. Pero tanto los ladrones como sus víctimas, los opresores como los oprimidos, viven unos al lado de otros, gobernados por un puñado de individuos a los que conviene considerar como verdaderos explotadores. Así, son esas gentes que ejercen las funciones de gobierno, las que maltratan y oprimen. Desde los siglos XVII y XVIII, hasta la explosión de la Gran Revolución, al igual que en nuestros días, mandan en Europa y obran casi a su capricho. Y ya es necesario pensar que su dominación no se prolongará largo tiempo. En tanto que los jefes principales engañan y pierden a los pueblos, sus servidores, o las hechuras de la Iglesia y del Estado, se aplican con celo a sostener la santidad y la integridad de esas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según dicen los sacerdotes y la mayor parte de los estadistas, es necesaria a la salvación del alma, el Estado, a su vez, es también necesario para la conservación de la paz, del orden y de la justicia; y los doctrinarios de todas las escuelas gritan: ¡sin iglesia y sin gobierno no hay civilización ni progreso! No tenemos que discutir el problema de la salvación eterna, porque no creemos en la inmortalidad del alma. Estamos convencidos de que la más perjudicial de las cosas, tanto
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    para la humanidad,para la libertad y para el progreso, lo es la Iglesia. ¿No es acaso a la iglesia a quien incumbe la tarea de pervertir las jóvenes generaciones, comenzando por las mujeres? ¿No es ella la que por sus dogmas, sus mentiras, su estupidez y su ignominia tiende a matar el razonamiento lógico y la ciencia? ¿Acaso no afecta a la dignidad del hombre al pervertir en él la noción de sus derechos y de la justicia que le asiste? ¿No transforma en cadáver lo que es vivo, no pierde la libertad, no es ella la que predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los tiranos y de los explotadores? ¿No es ella, esa Iglesia implacable, la que tiende a perpetuar el reinado de las tinieblas, de la ignorancia, de la miseria y del crimen? Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño engañoso, debe conducir a la finiquitación de la Iglesia. (Aquí se interrumpe el manuscrito.) Categorías: Ensayos y artículos | Historia del anarquismo Tres conferencias dadas a los obreros del valle de Saint-Imier TRES CONFERENCIAS DADAS A LOS OBREROS DEL VALLE DE SAINT–IMIER'' por Mijail Bakunin. [editar] I Compañeros: Después de la gran revolución de 1789-1793, ninguno de los acontecimientos que en Europa han sucedido ha tenido la importancia y la grandeza de los que se desarrollan ante nuestros ojos y de los que París es hoy escenario. M. Bakunin Dos hechos históricos, dos revoluciones memorables habían constituido lo que llamamos el mundo moderno, el mundo de la civilización burguesa. Uno, conocido bajo el nombre de Reforma, al comienzo del siglo XVI, había roto la clave de la bóveda del edifico feudal, la omnipotencia de la iglesia; al destruir ese poder preparo la ruina del poderío independiente y casi absoluto de los señores feudales que, bendecidos y protegidos por la iglesia, como los reyes y a menudo también contra los reyes, hacían proceder directamente de la gracia divina; y por eso mismo dio un impulso nuevo a la emancipación de la clase burguesa, lentamente preparada, a su vez, durante los dos siglos que habían precedido a esa revolución religiosa, por el desenvolvimiento sucesivo de las libertades comunales y por el del comercio y de la industria, que habían sido al mismo tiempo la condición y la consecuencia necesaria.
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    De esa revoluciónsurgió un nuevo poder, que todavía no era el de la burguesía, sino el del Estado monárquico constitucional y aristocrático en Inglaterra, monárquico, absoluto, nobiliario, militar, burocrático sobre todo en el continente de Europa, a no ser dos pequeñas republicas, Suiza y los Países Bajos. Dejemos por cortesía a un lado estas dos republicas y ocupémonos de las monarquías. Examinemos las relaciones de las clases, la situación política y social, después de la Reforma. A tal señor, tal honor. Comencemos, pues, por los sacerdotes; y bajo este nombre no me refiero solamente a los de la iglesia católica, sino también a los ministros protestantes, en una palabra, a todos los individuos que viven del culto divino y que nos venden a Dios tanto al por mayor como al detalle. En cuanto a las diferencias teológicas que los separan, son tan sutiles y al mismo tiempo tan absurdas que sería verdadera pérdida de tiempo ocuparse de ellas. Antes de la Reforma, la iglesia y los sacerdotes, con el Papa a la cabeza, eran los verdaderos señores de la tierra. Según la doctrina de la iglesia, las autoridades temporales de todos los países, los monarcas mas poderosos, los emperadores y los reyes no tenían derechos más que en tanto que esos derechos habían sido reconocidos y admitidos por la Iglesia. Se sabe que los dos últimos siglos de la edad media fueron ocupados por la lucha más y más apasionada y triunfal de los soberanos coronados contra el Papa, de los Estados contra la Iglesia. La Reforma puso un termino a esa lucha al proclamar la independencia de los Estados. El derecho del soberano fue reconocido como procedente inmediatamente de Dios, sin la intervención del Papa y de cualquier otro sacerdote, y naturalmente, gracias a ese origen celeste, fue declarado absoluto. Es así como sobre las ruinas del despotismo de la Iglesia fue levantado el edificio despotismo monárquico. La iglesia, después de haber sido ama, se convirtió en sirviente del Estado, en su instrumento de gobierno en manos del monarca. Tomó esa actitud, no solo en los países protestantes, en los que, sin exceptuar a Inglaterra -y principalmente por la iglesia anglicana-, el monarca fue declarado jefe de la iglesia, sino en todos los países católicos, sin exceptuar a España. La potencia de la iglesia romana, quebrantada por los golpes terribles que le había infligido la Reforma, no pudo sostenerse en lo sucesivo por sí misma. Para mantener su existencia tuvo necesidad de la asistencia de los soberanos temporales en los Estados. Pero los soberanos, se sabe, no prestan nunca su asistencia por nada. No tuvieron jamás otra religión sincera, otro culto, que el de su poder y el de sus finanzas, siendo estas ultimas el medio y el fin del primero. Por tanto, para comprar el apoyo de los gobiernos monárquicos, la iglesia debía demostrar que era capaz de servirlos y que estaba deseosa de hacerlo. Antes de la Reforma había levantado algunas veces a los pueblos contra los reyes. Después de la Reforma se convirtió en todos los países, sin excepción de Suiza, en la aliada de los gobiernos contra los pueblos, en una especie de policía negra en manos de los hombres del Estado y de las clases gobernantes, dándose por misión la predica a las masas populares de la resignación, de la paciencia, de la obediencia incondicional y de la renuncia a los bienes y goces de esta tierra, que el pueblo, decía, debe abandonar a los felices y a los poderosos celestes. Vosotros sabéis que todavía hoy
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    las iglesias cristianas,católicas y protestantes continúan predicando en este sentido. Felizmente son cada vez menos escuchadas y podemos prever el momento en que estarán obligadas a cerrar sus establecimientos por falta de creyentes, o, lo que viene a significar lo mismo, por falta de bobos. Veamos ahora las transformaciones que se han efectuado en la clase feudal, en la nobleza, después de la Reforma. Había permanecido como propietaria privilegiada y casi exclusiva de la tierra, pero había perdido casi toda su independencia política. Antes de la Reforma había sido, como la iglesia, la rival y la enemiga del Estado. Después de esa revolución se convirtió en sirviente, como la iglesia y como ella, en una sirviente privilegiada. Todas las funciones militares y civiles del Estado, a excepción de las menos importantes, fueron ocupadas por nobles. Las cortes de los grandes y las de los mas pequeños monarcas de Europa se llenaron con ellos. Los más grandes señores feudales, antes tan independientes y tan altivos, se transformaron en los criados titulares de los soberanos. Perdieron su altivez y su independencia, pero conservaron toda su arrogancia. Hasta se puede decir que se acrecentó, pues la arrogancia es el vicio privilegiado de los lacayos. Bajos, rastreros, serviles en presencia del soberano, se hicieron mas insolentes frente a los burgueses y al pueblo, a los que continuaron saqueando, no ya en su propio nombre y por el derecho divino, sino con el permiso y al servicio de sus amos y bajo el pretexto del más grande bien del Estado. Este carácter y esta situación particular de la nobleza se han conservado casi íntegramente aún en nuestros días en Alemania, país extraño y que parece tener el privilegio de soñar con las cosas mas bellas, más nobles, para no realizar sino las más vergonzosas y mas infames. Como prueba ahí están las barbaries innobles, atroces, de la ultima guerra y la formación reciente de ese terrible imperio Knuto-germánico, que es incontestablemente una amenaza contra la libertad de todos los países de Europa, un desafío lanzado a la humanidad entera por el despotismo brutal de un emperador oficial de policía y militar a la vez y por la estúpida insolencia de su canalla nobiliaria. Por la Reforma, la burguesía se había visto completamente libertada de la tiranía y del saqueo de los señores feudales, en tanto que bandidos o saqueadores independientes y privados; pero se vio entregada a una nueva tiranía y a un nuevo saqueo y en lo sucesivo regularizados, bajo el nombre de impuestos ordinarios y extraordinarios del Estado –es decir, en bandidos y saqueadores legítimos–. Esa transición del despojo feudal al despojo mucho más regular y mucho mas sistemático del Estado pareció satisfacer primero a la clase media. Hay que conceder que fue primero para ella un verdadero alivio en su situación económica y social. Pero el apetito acude comiendo, dice el proverbio. Los impuestos del Estado, al principio tan modestos, aumentaron cada año en una proporción inquietante, pero no tan formidable, sin embargo, como en los Estados monárquicos de nuestros días. Las guerras, se puede decir incesantes, que esos Estados, hechos absolutos, se hicieron bajo el pretexto de equilibrio internacional desde la Reforma hasta la revolución de 1789; la necesidad de mantener grandes ejércitos permanentes, que se habían convertido ya en la base principal de la conservación del Estado; el lujo creciente de las cortes de los soberanos, que se habían transformado en orgías incesantes donde la canalla nobiliaria, toda la servidumbre titulada, recamada, iba a mendigar a su amo pensiones; la necesidad de alimentar toda esa multitud privilegiada que llenaba las más
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    altas funciones enel ejercito, en la burocracia y en la policía – todo eso exigía grandes gastos –. Esos gastos fueron pagados, naturalmente, ante todo y primeramente por el pueblo, pero también, sino en el mismo grado que el pueblo, considerada como una vaca lechera sin otro destino que mantener al soberano y alimentar a esa multitud innumerable de funcionarios privilegiados. La Reforma, por otra parte, había hecho perder a la clase media en libertad quizás el doble de lo que le había dado en seguridad. Antes de la Reforma había sido igualmente la aliada y el sostén indispensable de los reyes en su lucha contra la iglesia y los señores feudales y había aprovechado esa alianza para conquistar un cierto grado de independencia y de libertad. Pero desde que la iglesia y los señores feudales se habían sometido al Estado, los reyes, no teniendo ya necesidad de los servicios de la clase media, privaron a ésta poco a poco de todas las libertades que le habían otorgado anteriormente. Si tal fue la situación de la burguesía después de la Reforma, se puede imaginar cual debió ser la de las masas populares, la de los campesinos y la de los obreros de las ciudades. Los campesinos del centro de Europa, en Alemania, en Holanda, en parte también en Suiza, se sabe, hicieron al principio del siglo XVI y de la Reforma un movimiento grandioso para emanciparse al grito de “guerra a los castillos, paz a las cabañas”. Ese movimiento, traicionado por la burguesía y maldito por los jefes del protestantismo burgués, Lutero y Melanchton, fue ahogado en la sangre de varias decenas de millares de campesinos insurrectos. Desde entonces los campesinos se vieron, más que nunca, asociados a la gleba, siervos de derecho, siervos de hecho y permanecieron en ese estado hasta la revolución de 1789-1793 en Francia, hasta 1807 en Prusia y hasta 1848 en casi todo el resto de Alemania y principalmente en Mecklenburgo, la servidumbre existe todavía hoy, aún cuando ha dejado de existir en la propia Rusia. El proletariado de las ciudades no fue mucho más libre que los campesinos. Se dividía en dos categorías, la de los obreros, que constituían parte de las corporaciones y la del proletariado, que no estaba de ninguna forma organizado. La primera estaba ligada, sometida en sus movimientos y en su producción por una multitud de reglamentos que la subyugaban a los jefes de las maestrías, a los patrones. La segunda, privada de todo derecho, era oprimida y explotada por todo el mundo. La mayoría de los impuestos, como siempre, recaía necesariamente sobre el pueblo. Esta ruina y esta opresión general de las masas obreras y de la clase burguesa, en parte, tenían por pretexto y por fin confesado la grandeza, la potencia, la magnificencia del Estado monárquico, nobiliario, burocrático y militar. Estado que había ocupado el puesto de la iglesia en la adoración oficial y era proclamado como una institución divina. Hubo, pues, una moral de Estado, completamente diferente a ella. En el mundo moral privado, en tanto que no está viciado por los dogmas religiosos, hay un fundamento no eterno, más o menos reconocido, comprendido, aceptado y realizado en cada sociedad humana. Ese fundamento no es otra cosa que el respeto humano, el respeto a la dignidad humana, al derecho y a la libertad de todos los individuos humanos. Respetarlos, he ahí el deber de cada uno; amarlos y provocarlos, he ahí la virtud; violarlos, al contrario, es el crimen. La moral del Estado es por completo opuesta a esta moral humana. El Estado se propone a sí mismo a todos los súbditos como el fin supremo. Servir a su potencia, a su grandeza,
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    por todos losmedios posibles e imposibles y contrariamente a todas las leyes humanas y al bien de la humanidad, he ahí su virtud. Porque todo lo que contribuye al poder y al engrandecimiento del Estado es el bien; todo lo que le es contrario, aunque fuese la acción mas virtuosa, la más noble desde el punto de vista humano, es el mal. Es por esto que los hombres de Estado, los diplomáticos, los ministros, todos los funcionarios del Estado han empleado siempre crímenes y mentiras e infames traiciones para servir al Estado. Desde el momento que una villanía es cometida al servicio del Estado, se convierte en una acción meritoria. Tal es la moral del Estado. Es la negación misma de la moral humana y de la humanidad. La contradicción reside en la idea misma del Estado. No habiendo podido realizarse nunca el Estado universal, todo Estado es un ser restringido que comprende un territorio limitado y un número más o menos restringido de súbditos. La inmensa mayoría de la especie queda, pues, al margen de cada Estado y la humanidad entera es repartida entre una multitud de Estados grandes, pequeños o medianos, de los cuales cada uno, a pesar de que no abraza más que una parte muy restringida de la especie humana, se proclama y se presenta como el representante de la humanidad entera y como algo absoluto. Por eso mismo, todo lo que queda fuera de él, todos los demás Estados, con sus súbditos y la propiedad de sus súbditos, son considerados por cada Estado como seres privados de toda sanción, de todo derecho y el Estado se supone, por consiguiente, el derecho de atacar, conquistar, masacrar, robar en la medida que sus medios y sus fuerzas se lo permitan. Vosotros sabéis, queridos compañeros, que no se ha llegado nunca a establecer un derecho internacional y no se ha podido hacerlo precisamente porque, desde el punto de vista del Estado, todo lo que está fuera del Estado está privado de derecho. Basta que un Estado declare la guerra a otro para que permita, ¿que digo?, para que mande a sus propios súbditos cometer contra los súbditos del Estado enemigo todos los crímenes posibles: el asesinato, el saqueo. Y todos estos crímenes se dice que están benditos por el Dios de los cristianos, que cada uno de los Estados beligerantes considera y proclama como su partidario con exclusión del otro – lo que naturalmente debe poner en un famosos aprieto a ese buen Dios, en nombre del cual han sido y continúan siendo cometidos sobre la tierra los crímenes más horribles. Es por eso que somos enemigos del buen Dios y consideramos esta ficción, este fantasma divino, como una de las fuentes principales de los males que atormentan a los hombres. Es por esto que somos igualmente adversarios apasionados del Estado y de todos los Estados. Porque en tanto que haya Estados, no habrá comunidad y en tanto que haya Estados, la guerra y la ruina, la miseria de los pueblos, que son sus consecuencias inevitables, serán permanentes. En tanto que haya Estados, las masas populares, aún en las republicas democráticas, serán esclavas de hecho, porque no trabajaran en vista de su propia felicidad y de su propia riqueza, sino para la potencia y la riqueza del Estado. ¿Y que es el Estado? Se pretende que es la expresión y la realización de la utilidad, del bien, del derecho y de la libertad de todo el mundo. Y bien, los que tal pretenden mienten, como mienten los que pretenden que el buen Dios es el protector de todo el mundo. Desde que se formó la fantasía de un ser divino en la imaginación de los hombres, Dios, todos los dioses y entre ellos sobre todo el Dios de los cristianos, han tomado siempre el partido de los fuertes y
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    de los ricoscontra las masas ignorantes y miserables. Han bendecido, por medio de sus sacerdotes, los privilegios mas repulsivos, las opresiones y las explotaciones mas infames. Del mismo modo, el Estado no es otra cosa que la garantía de todas las explotaciones en beneficio de un pequeño número de felices privilegiados y en detrimento de las masas populares. Se sirve de la fuerza colectiva de todo el mundo para asegurar la dicha, la prosperidad y los privilegios de algunos, en detrimento del derecho humano de todo el mundo. Es un establecimiento en que la minoría desempeña el papel de martillo y la mayoría forma el yunque. Hasta la gran revolución, la clase burguesa, aunque en un grado menor que las masas populares, había formado parte del yunque. Y es a causa de eso que fue revolucionaria. Sí, fue bien revolucionaria. Se atrevió a rebelarse contra todas las autoridades divinas y humanas y puso en tela de juicio a Dios, a los reyes, al Papa. Se dirigió sobre toda la nobleza, que ocupaba en el Estado un puesto que ardía de impaciencia por ocuparlo a su vez. Pero no quiero ser injusto y no pretendo de ningún modo que en sus magnificas protestas contra la tiranía divina y humana no hubiese sido conducida e impulsada más que por un pensamiento egoísta. La fuerza de las cosas, la naturaleza misma de su organización particular, la habían impulsado instintivamente a apoderarse del poder. Pero como todavía no tenia conciencia del abismo que la separaba realmente de las clases obreras que explota; como esa conciencia no se había despertado de ninguna manera aún en el seno del proletariado mismo, la burguesía, representada en esa lucha contra la iglesia y el Estado por sus más nobles espíritus y por sus más grandes caracteres, creyó de buena fe que trabajaba igualmente por la emancipación de todos. Los dos siglos que separan a las luchas de la Reforma religiosa de las de la gran Revolución fueron la edad heroica de la burguesía. Convertida en poderosa por la riqueza y la inteligencia, atacó audazmente todas las instituciones respetadas por la iglesia y del Estado. Minó todo, primero, por la literatura y por la critica filosófica; mas tarde lo derribo todo por la rebelión franca. Es ella la que hizo la revolución de 1789-1793. Sin duda no pudo hacerlo más que sirviéndose de la fuerza popular.; pero fue la que organizó esa fuerza y la dirigió contra la iglesia, contra la realeza y contra la nobleza. Fue ella la que pensó y tomó la iniciativa de todos los movimientos que ejecutó el pueblo. La burguesía tenía fe en sí misma, se sentía poderosa porque sabía que tras ella, con ella, tenía al pueblo. Si se comparan los gigantes del pensamiento y de la acción que habían salido de la clase burguesa en el siglo XVIII, con las más grandes celebridades, con los enanos vanidosos célebres que la representan en nuestros días, se podrá uno convencer de la decadencia, de la caída espantosa que se ha producido en esa clase. En el siglo XVIII era inteligente, audaz, heroica. Hoy e muestra cobarde y estúpida. Entonces, llena de fe, se atrevía a todo y lo podía todo. Hoy, roída por la duda y desmoralizada por su propia iniquidad, que está aún más en su situación que en su voluntad, nos ofrece el cuadro de la más vergonzosa impotencia.
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    Los acontecimientos recientesde Francia lo prueban demasiado bien. La burguesía se muestra completamente incapaz de salvar a Francia. Ha preferido la invasión de los prusianos a la revolución popular que era la única que podía operar esa salvación. Ha dejado caer de sus manos débiles la bandera de los progresos humanos, la de la emancipación universal. Y el proletariado de París nos demuestra hoy que los trabajadores son los únicos capaces de llevarla en lo sucesivo. Tratare de demostrarlo en una próxima sesión. [editar]II Queridos compañeros: Ya os dije la otra vez que dos grandes acontecimientos históricos habían fundamentado el poder de la burguesía: la revolución religiosa del siglo XVI, conocida bajo el nombre de Reforma y la gran revolución política del siglo XVIII. He añadido que esta ultima, realizada ciertamente por el poder del brazo popular, había sido iniciada y dirigida exclusivamente por la clase media. Debo también probaros ahora que es también la clase media la que se aprovecho completamente de ella. Y, sin embargo, el programa de esta revolución, en un principio parecía inmenso. ¿No se ha realizado en el nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad del género humano, tres palabras que parecen abarcar todo lo que en el presente y en el porvenir puede querer y realizar la humanidad? ¿Cómo es, pues, que una revolución que se había anunciado de una manera tan amplia terminó miserablemente en la emancipación exclusiva, restringida y privilegiada de una sola clase, en detrimento de esos millones de trabajadores que se ven hoy aplastados por la prosperidad insolente e inicua de esa clase? ¡Ah, es que esa revolución no ha sido mas que una revolución política! Había derribado audazmente todas las barreras, todas las tiranías políticas, pero había dejado intactas –hasta las había proclamado sagradas e inviolables– las bases económicas de la sociedad, que han sido la fuente eterna, el fundamento principal de todas las iniquidades políticas y sociales, de todos los absurdos religiosos pasados y presentes. Había proclamado la libertad de cada uno y de todos, o más bien había proclamado el derecho a ser libre para cada uno y para todos. Pero no ha dado realmente los medios de realizar esa libertad y de gozar de ella más que a los propietarios, a los capitalistas, a los ricos. La pauvreté, c´est l´esclavage! (¡La pobreza es la esclavitud!) He ahí las terribles palabras que con su voz simpática, que parte de la experiencia y del corazón, nos ha repetido nuestro amigo Clement varias veces, desde hace algunos días que tengo la dicha de pasar en medio de vosotros, queridos compañeros y amigos. Sí, la pobreza es la esclavitud, es la necesidad de vender el trabajo y con el trabajo la persona, al capitalista que os da el medio de no morir de hambre. Es preciso tener verdaderamente el espíritu de los señores burgueses, interesados en la mentira, para atreverse a hablar de la libertad política de las masas obreras. Bella libertad la que las somete a los caprichos del capital y que las encadena a la voluntad del capitalista por el
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    hambre. Queridos amigos,no tengo seguramente necesidad de probaros, a vosotros que habéis conocido por una larga y dura experiencia las miserias del trabajo, que en tanto que el capital quede de una parte y el trabajo de la otra, el trabajo será el esclavo del capital y los trabajadores los súbditos de los señores burgueses, que os dan por irrisión todos los derechos políticos, todas las apariencias de las libertad, para conservar ésta en realidad exclusivamente para ellos. El derecho a la libertad sin los medios de realizarla no es más que un fantasma. Y nosotros amamos demasiado la libertad, ¿no es cierto?, para contentarnos con su fantasma. Nosotros la queremos en la realidad. ¿Pero qué es lo que constituye el fondo real y la condición positiva de la libertad? Es el desenvolvimiento integral y el pleno goce de todas las facultades corporales, intelectuales y morales para cada uno. Por consecuencia es todos los medios materiales necesarios a la existencia humana de cada uno; es además la educación y la instrucción. Un hombre que muere de inanición, que se encuentra aplastado por la miseria, que muere cada día de hambre y de frío y que, viendo sufrir a todos los que ama, no puede acudir en su ayuda, no es un hombre libre, es un esclavo. Un hombre condenado a permanecer toda la vida un ser brutal, carente de educación humana, un hombre privado de instrucción, un ignorante, es necesariamente un esclavo; y si ejerce derechos políticos, podéis estar seguros que, de una manera o de otra, los ejercerá siempre contra sí mismo, en beneficio de sus explotadores, de sus amos. La condición negativa de la libertad es ésta: ningún hombre debe obediencia a otro; no es libre más que a condición de que todos sus actos estén determinados, no por la voluntad de los otros, sino por su voluntad y sus convicciones propias. Pero un hombre a quien el hambre obliga a vender su trabajo y con su trabajo su persona, al más bajo precio posible al capitalista que se digna explotarlo; un hombre a quien su propia brutalidad y su ignorancia entregan a merced de sus sabios explotadores será necesariamente un esclavo. No es eso todo. La libertad de los individuos no es un hecho individual, es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre podría ser libre fuera y sin el concurso de toda la sociedad humana. Los individualistas, o los falsos hermanos que hemos combatido en todos los congresos de trabajadores, han pretendido, con los moralistas y los economistas burgueses que el hombre podía ser libre, que podía ser hombre fuera de la sociedad, diciendo que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres anteriormente libres. Esta teoría, proclamada por J.J. Rousseau, el escritor más dañino del siglo pasado, el sofisma que ha inspirado a todos los revolucionarios burgueses, esa teoría denota una ignorancia completa, tanto de la naturaleza como de la historia. No es en el pasado ni en el presente donde debemos buscar la libertad de las masas, es en el porvenir – en un provenir próximo: en esa jornada del mañana que debemos crear nosotros mismos, por la potencia de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, pero también por la de nuestros brazos –. Tras nosotros no hubo nunca contrato libre, no hubo más que brutalidad, estupidez, iniquidad y violencia, y hoy aún, vosotros lo sabéis demasiado bien, ese
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    llamado libre contratose llama pacto del hambre, esclavitud del hambre para las masas y explotación del hambre para las minorías que nos devoran y nos oprimen. La teoría del libre contrato es incompleta también desde el punto de vista de la naturaleza. El hombre no crea voluntariamente la sociedad: nace involuntariamente en ella. Es un animal social por excelencia. No puede llegar a ser hombre, es decir, un animal que piensa, que habla, que ama y que quiere más que en sociedad. Imaginaos al hombre dotado por naturaleza de las facultades más geniales, arrojado desde su tierna edad fuera de toda sociedad humana, en un desierto. Si no perece miserablemente, que es lo más probable, no será más que un bruto, un mono, privado de palabra y de pensamiento – porque el pensamiento es inseparable de la palabra: nadie puede pensar sin el lenguaje-. Por perfectamente aislados que os encontréis con vosotros mismos, para pensar debéis hacer uso de palabras; podéis muy bien tener imaginaciones representativas de las cosas, pero tan pronto como querías pensar, debéis serviros de palabras, porque sólo las palabras determinan el pensamiento y dan a las representaciones fugitivas, a los instintos, el carácter del pensamiento. El pensamiento no existe antes de la palabra, ni la palabra antes del pensamiento; estas dos formas de un mismo acto del cerebro humano nacen juntas. Por tanto, no hay pensamiento sin palabras. Pero, ¿qué es la palabra? Es la comunicación, es la conversación de un individuo humano con muchos otros individuos. El hombre animal no se transforma en ser humano, es decir, pensante, más que por esa conversación, más que en esa conversación. Su individualidad, en tanto que humana, su libertad, es, pues, el producto de la colectividad. El hombre no se emancipa de la presión tiránica que ejerce sobre cada uno la naturaleza exterior más que por el trabajo colectivo; porque el trabajo individual, impotente y estéril, no podría vencer nunca a la naturaleza. El trabajo productivo, el que ha creado todas las riquezas y toda nuestra civilización, ha sido siempre un trabajo social, colectivo; sólo que hasta el presente ha sido inicuamente explotado por los individuos a expensas de las masas obreras. Lo mismo la instrucción y la educación que desarrollan al hombre – esa educación y esa instrucción de que los señores burgueses están tan orgullosos y que vierten con tanta parsimonia sobre las masas populares- son igualmente los productos de la sociedad entera. El trabajo y de más aún, el pensamiento instintivo del pueblo los crean, pero no los ha creado hasta aquí más que en beneficio de los individuos burgueses. Se trata, pues, de la explotación de un trabajo colectivo por individuos que no tienen ningún derecho a monopolizar el producto. Todo lo que es humano en el hombre, y más que otra cosa la libertad, es el producto de un trabajo social, colectivo. Ser libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado por los teólogos y los metafísicos, que remplazaron la sociedad de los hombres por la de su fantasma, por Dios. Cada cual, dicen, se siente libre en presencia de Dios, es decir, del vació absoluto, de la nada; eso es, pues, la libertad de la nada, o más bien la nada de la libertad, la esclavitud. Dios, la ficción de Dios, ha sido históricamente la causa moral o más bien inmoral de todas las sumisiones. En cuanto a nosotros, que no queremos ni fantasmas ni la nada, sino la realidad humana viviente, reconocemos que el hombre no puede sentirse y saberse libre – y, por consiguiente, no puede realizar su libertad- más que en medio de los hombres. Para ser
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    libre, tengo necesidadde verme rodeado y reconocido como tal, por hombres libres. No soy libre más que cuando mi personalidad, reflejándose, como en otros tantos espejos, en la conciencia igualmente libre de todos los hombres que me rodean, vuelve a mí reforzada por el reconocimiento de todo el mundo. La libertad de todos, lejos de ser una limitación de la mía, como lo pretenden los individualistas, es al contrario su confirmación, su realización y su extensión infinitas. Querer la libertad y la dignidad humana de todos los hombres, ver y sentir mi libertad confirmada, sancionada, infinitamente extendida por el asentimiento de todo el mundo, he ahí la dicha, el paraíso humano sobre la tierra. Pero esa libertad no es posible más que en la igualdad. Si hay un ser humano más libre que yo, me convierto forzosamente en su esclavo, si yo lo soy más que él, él será el mío. Por tanto, la igualdad es una condición absolutamente necesaria de la libertad. Los burgueses revolucionarios de 1793 han comprendido muy bien esta necesidad lógica. Así, la palabra igualdad figura como el segundo término en su formula revolucionaria: libertad, igualdad, fraternidad. Pero, ¿qué igualdad? La igualdad ante la ley, la igualdad de los derechos políticos, la igualdad de los ciudadanos, no la de los hombres; porque el Estado no reconoce a los hombres, no reconoce más que a los ciudadanos. Para él, el hombre no existe en tanto que ejerce – o que por una pura función se reputa como ejerciendo los derechos políticos. El hombre que es aplastado por el trabajo forzado, por la miseria, por el hambre; el hombre que está socialmente oprimido, económicamente explotado, aplastado y que sufre, no existe para el Estado; éste ignora sus sufrimientos y su esclavitud económica y social, su servidumbre real, oculta bajo las apariencias de una libertad política mentirosa. Esta es, pues la igualdad política, no la igualdad social. Mis queridos amigos, sabéis todos por experiencia cuan engañosa es esa pretendida igualdad política cuando no esta fundada sobre la igualdad económica y social. En un Estado ampliamente democrático, por ejemplo, todos los hombres llegados a la mayoría de edad y que no se encuentran bajo el peso de una condena criminal, tienen el derecho y aún el deber, se añade, de ejercer todos los derechos políticos y de llenar todas esas funciones: ¿se puede imaginar una igualdad más amplia que esa? Si él debe, puede legalmente; pero en realidad eso le es imposible. Ese poder no es más que facultativo para los hombres que constituyen parte de las masas populares, pero no podrá nunca ser real para ellos a menos de una transformación radical de las bases económicas de la sociedad – digamos la palabra, a menos de una revolución social. Esos pretendidos derechos políticos ejercidos por el pueblo no son más que una vana ficción. Estamos cansados de todas las ficciones, tanto religiosas como políticas. El pueblo está cansado de alimentarse de fantasmas y de fábulas. Ese alimento no engorda. Hoy exige realidad. Veamos, pues, lo que hay de real para él en el ejercicio de los derechos políticos. Para llenar convenientemente las funciones y sobre todo las más altas funciones del Estado, es preciso poseer ya un grado bastante alto de instrucción. ¿Es por culpa suya? No, la culpa es de las instituciones. El gran deber de todos los Estados verdaderamente democráticos es esparcir la instrucción a manos llenas entre el pueblo. ¿Hay un solo Estado que lo haga? No hablemos de los Estados monárquicos, que tienen un interes
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    evidente en esparcir,no la instrucción, sino el veneno del catecismo cristiano en las masas. Hablemos de los Estados republicanos y democráticos como los Estados Unidos de América y Suiza. Ciertamente hay que reconocer que estos dos Estados han hecho más que los otros por la instrucción popular. ¿Pero han llegado al fin, a pesar de su buena voluntad? ¿Les ha sido posible dar indistintamente a todos los niños que nacen en su seno una instrucción por igual? No, es imposible. Para los hijos de los burgueses, la instrucción superior; para los del pueblo, la instrucción primaria solamente, y en raras ocasiones, un poco de instrucción secundaria. ¿Por qué esta diferencia? Por la simple razón de que los hombres del pueblo, los trabajadores de los campos y las ciudades, no tienen el medio de mantener, es decir, de alimentar, de vestir, de alojar a sus hijos en el transcurso de toda la duración de los estudios. Para darse una instrucción científica es preciso estudiar hasta la edad de veintiún años, algunas veces hasta los veinticinco. Os pregunto: ¿cuáles son los obreros que están en estado de mantener tan largo tiempo a sus hijos? Este sacrificio está por encima de sus fuerzas, porque no tienen ni capitales ni propiedad y porque viven al día con su salario, que apenas basta para el mantenimiento de una numerosa familia. Y aún es preciso decir, queridos compañeros, que vosotros, trabajadores de las montañas, obreros en un oficio que la producción capitalista, es decir, la explotación de los grandes capitales, no llego todavía a absorber, sois comparativamente muy dichosos. Trabajando en pequeños grupos en vuestros talleres y a menudo trabajando a domicilio, ganáis mucho más de lo que se gana en los grandes establecimientos industriales que emplean a centenares de obreros; vuestro trabajo es inteligente, artístico, no embrutece como el que se hace a maquina. Vuestra habilidad, vuestra inteligencia significan algo. Y además tenéis mucho más tiempo libre y relativa libertad; es por eso que sois más instruidos, más libres y más felices que los otros. En las inmensas fabricas establecidas, dirigidas y explotadas por los grandes capitales y en las que son las maquinas, no los hombres, quienes juegan el papel principal, los obreros se transforman necesariamente en miserables esclavos – de tal modo miserables que muy frecuentemente están forzados a condenar a sus pobres hijitos, de ocho escasos años de edad, a trabajar doce, catorce, dieciséis horas por día por algunos miserables céntimos. Y no lo hacen por avaricia, sino por necesidad. Sin eso no serían capaces de mantener a sus familias. He ahí la instrucción que pueden darles. Yo no creo deber emplear más palabras para demostraros, queridos compañeros, a vosotros que lo sabéis tan bien por experiencia, que en tanto que el pueblo no trabaje para sí mismo, sino para enriquecer a los detentadores de la propiedad y del capital, la instrucción que pueda dar a sus hijos será siempre infinitamente inferior a la de los hijos de la clase burguesa. Y he ahí una grande y funesta desigualdad social que encontraréis necesariamente en la base misma de la organización de los Estados: una masa forzosamente ignorante y una minoría privilegiada que, si no es siempre muy inteligente, es al menos comparativamente muy instruida. La conclusión es fácil de deducir. La minoría instruida gobernara eternamente a las masas ignorantes.
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    No se tratasólo de la desigualdad natural de los individuos; es una desigualdad a la que estamos obligados a resignarnos. Uno tiene una organización más feliz que el otro, uno nace con una facultad natural de inteligencia y voluntad más grande que el otro. Pero me apresuro a añadir: estas diferencias no son de ningún modo tan grandes como se quiere suponer. Aún desde el punto de vista natural, los hombres son casi iguales, las cualidades y los defectos se compensan más o menos en cada uno. No hay más que dos excepciones a esta ley de igualdad natural: son los hombres de genio y los idiotas. Pero las excepciones no constituyen la regla y en general, se puede decir que todos los individuos humanos equivalen y que si existen diferencias enormes entre los individuos en la sociedad actual, nacen dela desigualdad monstruosa de la educación y de la instrucción y no de la naturaleza. El niño dotado de las más grandes facultades, pero nacido en una familia pobre, en una familia de trabajadores que vive al día de su ruda labor cotidiana, se ve condenado a la ignorancia que mata todas sus facultades naturales en lugar de desarrollarlas: será el trabajador, el obrero manual, el mantenedor y el alimentador forzoso de los burgueses, que, por su naturaleza, son mucho más torpes que él. El hijo del burgués, al contrario, el hijo del rico, por torpe que sea naturalmente, recibirá la educación y la instrucción necesarias para desarrollar en los posible sus pobres facultades: será un explotador del trabajo, el amo, el patrón, el legislador, el gobernante, un señor. Por torpe que sea, hará leyes para el pueblo y gobernara las masas populares. En un Estado democrático, se dirá, el pueblo no elegirá más que a los buenos. ¿Pero cómo reconocerá a los buenos? No tiene ni la instrucción necesaria para juzgar al bueno y al malo, ni el tiempo preciso para conocer los hombres que se proponen a su elección. Esos hombres, por lo demás, viven en una sociedad diferente de la suya: no acuden a quitarse el sombrero ante Su Majestad el pueblo soberano más que en el momento de las elecciones y una vez elegidos, le vuelven la espalda. Por lo demás, perteneciendo a la clase privilegiada, a la clase explotadora, por excelentes que sean como miembros de sus familias y de la sociedad, serán siempre malos para el pueblo, porque naturalmente querrán siempre conservar los privilegios que constituyen la base misma de su existencia social y que condenan al pueblo a una esclavitud eterna. Pero, ¿por qué no ha de enviar el pueblo a las asambleas legislativas y al gobierno hombres suyos, hombres del pueblo? Primeramente porque los hombres del pueblo, debiendo vivir de sus brazos, no tienen tiempo de consagrarse exclusivamente en la política; y no pudiendo hacerlo, estando la mayoría de las veces ignorantes de las cuestiones económicas y políticas que se tratan en esas altas regiones, serán casi siempre las victimas de los abogados y de los políticos burgueses. Y luego, porque bastará casi siempre a esos hombres del pueblo entrar en el gobierno para convertirse en burgueses a su vez, en ocasiones más detestables y más desdeñosos del pueblo de donde han salido que los mismos burgueses de nacimiento. Veis, pues, que la igualdad política, aun en los Estados democráticos, es una mentira. Lo mismo pasa con la igualdad jurídica, con la igualdad ante la ley. La ley es hecho por los burgueses para los burgueses y es ejercida por los burgueses contra el pueblo. El Estado
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    y la leyque lo expresa no existe más que para eternizar la esclavitud del pueblo en beneficio de los burgueses. Por lo demás sabéis que cuando os encontráis lesionados en vuestros intereses, en vuestro honor, en vuestros derechos y queréis hacer un proceso, para hacerlo debéis demostrar primero que estáis en situación de pagar los gastos, es decir, debéis depositar una cierta suma. Y si no estáis en estado de depositarla, no podéis entablar el proceso. Pero el pueblo, la mayoría de los trabajadores, ¿tienen sumas para depositar en el tribunal? La mayoría de las veces, no. Por tanto, el rico podrá atacaros, insultaros impunemente, porque no hay justicia para el pueblo. En tanto que no haya igualdad económica y social, en tanto que una minoría cualquiera pueda hacerse rica, propietaria, capitalista, no por el propio trabajo, sino por la herencia, la igualdad será una mentira. ¿Sabéis cual es la verdadera definición de la propiedad hereditaria? Es la facultad hereditaria de explotar el trabajo colectivo del pueblo y de someter a las masas. He ahí lo que ni los más grandes héroes de la revolución de 1793, ni Danton, ni Robespierre, ni Saint Just, habían comprendido. No querían más que la libertad y la igualdad políticas, no económicas y sociales. Y es por eso que la libertad y la igualdad fundadas por ellos han constituido y asentado sobre bases nuevas la dominación de los burgueses sobre el pueblo. Han querido enmascarar esa contradicción poniendo como tercer termino de su formula revolucionaria la fraternidad. También ésta fue una mentira. Os pregunto si la fraternidad es posible entre los explotadores y los explotados, entre los opresores y los oprimidos. ¡Como!, os haré sudar y sufrir durante todo un día y por la noche, cuando haya recogido el fruto de vuestros sufrimientos y de vuestro sudor, no dejándoos más que una pequeña parte, a fin de que podáis vivir, es decir, sudar de nuevo y sufrir en mi beneficio todavía mañana –por la noche, os diré: ¡Abracémonos, somos hermanos! Tal es la fraternidad de la revolución burguesa. Queridos amigos, también nosotros queremos la noble libertad, la salvadora igualdad y la santa fraternidad. Pero queremos que estas cosas, que estas grandes cosas, cesen de ser ficciones, mentiras y se conviertan en una verdad y constituyan la realidad. Tal es el sentido y el fin de lo que llamamos revolución social. Puede resumirse en pocas palabras: quiere y nosotros queremos que todo hombre que nace sobre esta tierra pueda llegar a ser un hombre en el sentido más completo de la palabra; que no sólo tenga el derecho, sino también todos los medios necesarios para desarrollar sus facultades y ser libre, feliz, en la igualdad y en la fraternidad. He ahí lo que queremos todos y todos estamos dispuestos a morir para llegar a ese fin. Os pido, amigos, una tercera y última sesión para exponeros completamente mi pensamiento [editar]III
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    Queridos compañeros: Os dijela última vez cómo la burguesía, sin tener completamente conciencia de sí misma, pero en parte también y al menos en una cuarta parte, conscientemente, se ha servido del brazo poderoso del pueblo durante la gran revolución de 1789-1793 para asentar su propio poder sobre las ruinas del mundo feudal. Desde entonces se ha convertido en la clase dominante. Erróneamente se imagina que fueron la nobleza emigrada y los sacerdotes los que dieron el golpe de Estado reaccionario de termidor, que derribó y mato a Robespierre y a Saint Just y que guillotinó y deporto a una multitud de sus partidarios. Sin duda, muchos de los miembros de estos dos órdenes caídos tomaron una parte activa en la intriga, felices de ver caer a los que les habían hecho temblar y que les habían cortado la cabeza sin piedad. Pero ellos solos no hubiesen podido hacerlo. Desposeídos de sus bienes, habían sido reducidos a la impotencia. Fue esa parte de la clase burguesa enriquecida por la compra de los bienes nacionales, por las provisiones de guerra y por el manejo de los fondos públicos que se aprovecho de la miseria publica y de la bancarrota misma para llenar su bolsillo, fueron esos virtuosos representantes de la moralidad y del orden publico los primeros instigadores de esa reacción. Fueron ardiente y poderosamente sostenidos por la masa de los tenderos, raza eternamente malhechora y cobarde que engaña y envenena al pueblo en detalle, vendiéndole sus mercaderías falsificadas y que tiene toda la ignorancia del pueblo sin tener su gran corazón, toda la vanidad de la aristocracia burguesa sin tener los bolsillos llenos; cobarde durante las revoluciones, se vuelve feroz en la reacción. Para ella, todas las ideas que hacen palpitar el corazón de las masas, los grandes principios, los grandes intereses de la humanidad, no existen. Ignora el patriotismo o no conoce de él más que la vanidad o las fanfarronadas. No hay un sentimiento que pueda arrancarla a las preocupaciones mercantiles, a las miserables inquietudes del día. Todo el mundo ha sabido, y los hombres de todos los partidos nos lo han confirmado, que durante el terrible asedio de Paris –mientras que el pueblo se batía y la clase de los ricos intrigaba y preparaba la traición que entrego Paris a los prusianos, mientras que el proletariado generoso, las mujeres y los niños del pueblo estaban semi-hambrientos– los tenderos no han tenido más que una sola preocupación, la de vender sus mercaderías, sus artículos alimenticios, los objetos más necesarios a la subsistencia del pueblo, al mas alto precio posible. Los tenderos de todas las ciudades de Francia han hecho lo mismo. En las ciudades invadidas por los prusianos abrieron las puertas a éstos. En las ciudades no invadidas se preparaban a abrirlas; paralizaron se opusieron a la sublevación y al armamento populares, que era lo único que podía salvar a Francia. Los tenderos en las ciudades, lo mismo que los campesinos en los campos, constituyen hoy el ejercito de la reacción. Los campesinos podrán y deberán ser convertidos a la revolución, pero los tenderos nunca. Durante la gran revolución, la burguesía se había dividido en dos categorías, de las cuales una, que constituía la ínfima minoría, era la burguesía revolucionaria, conocida bajo el nombre genérico de jacobinos. No hay que confundir a los jacobinos de hoy con los de 1793. Los de hoy no son mas que pálidos fantasmas y ridículos abortos,
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    caricaturas de loshéroes del siglo pasado. Los jacobinos de 1793 eran grandes hombres, tenían el fuego sagrado, el culto a la justicia, a la libertad y a la igualdad. No fue culpa suya si no comprendieron mejor ciertas palabras que resumen todavía hoy nuestras aspiraciones. No consideraron más que la faz política, no el sentido económico y social. Pero, lo repito, no fue culpa suya, como no es merito nuestro el comprenderlas hoy. Es la culpa y el merito del tiempo. La humanidad se desarrolla lentamente, demasiado lentamente, ¡ay! y no es más que por una sucesión de errores y de faltas y de crueles experiencias sobre todo, que son siempre su consecuencia necesaria, como los hombres conquistan la verdad. Los jacobinos de 1793 fueron hombres de buena fe, hombres inspirados por la idea, consagrados a la idea. Fueron héroes. Si no lo hubieran sido, no hubieran podido realizarse los grandes actos de la revolución. Nosotros podemos y debemos combatir los errores teóricos de los Danton, de los Robespierre, de los Saint Just, pero al combatir sus ideas falsas, estrechas, exclusivamente burguesas en economía social, debemos inclinarnos ante su potencia revolucionaria. Fueron los últimos héroes de la clase burguesa, en otro tiempo tan fecunda de héroes. Aparte de esta minoría heroica, existía la gran masa de la burguesía materialmente explotadora y para la cual las ideas, los grandes principios de la revolución no eran más que palabras sin valor y sin sentido más que en tanto que los burgueses podían servirse de ellas para llenar sus bolsas tan vastas y tan respetables. Cuando los mas ricos y, por consiguiente, los más influyentes de ellos llenaron suficientemente sus bolsas al ruido y por medio de la revolución, consideraron que ésta había durado demasiado, que era tiempo de acabar y de restablecer el reino de la ley y el orden publico. Derribaron el Comité de Salvación Pública, mataron a Robespierre, a Saint Just y a sus amigos y establecieron el Directorio, que fue un verdadera encarnación de la depravación burguesa al fin del siglo XVIII, el triunfo y el reino del oro adquirido por el robo y aglomerado en los bolsillos de algunos millares de individuos. Pero Francia, que no había tenido tiempo, aún de corromperse y que aún palpitaba por los grandes hechos de la revolución , no pudo soportar largo tiempo ese régimen. Protesto dos veces, en una fracasó y en otra triunfo. Si hubiese triunfado en la primera, si hubiese podido tener éxito, habría salvado a Francia y al mundo; el triunfo de la segunda inauguro el despotismo de los reyes y la esclavitud de los pueblos. Quiero hablar de la insurrección de Babeuf y de la usurpación del primer Bonaparte. La insurrección de Babeuf fue la ultima tentativa revolucionaria del siglo XVIII. Babeuf y sus amigos habían sido más o menos amigos de Robespierre y de Saint Just. Fueron jacobinos socialistas. Habían sentido el culto a la igualdad, aún en detrimento de la libertad. Su plan fue muy sencillo: expropiar a todos los propietarios y a todos los detentores de instrumentos de trabajo y de otros capitales en beneficio del Estado republicano, democrático y social, de suerte que el Estado, convertido en el único propietario de todas las riquezas tanto mobiliarias como inmobiliarias, se transformaba en el único empleador, en el único patrón de la sociedad; provisto al mismo tiempo de la omnipotencia política, se apoderaba exclusivamente de la educación y de la instrucción iguales para todos los niños y obligaba a todos los individuos mayores de edad a trabajar y a vivir según la igualdad y la justicia. Toda autonomía comunal, toda iniciativa individual,
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    toda libertad, enuna palabra desaparecía aplastada por ese poder formidable. La sociedad entera no debía presentar más que el cuadro de una uniformidad monótona y forzada. El gobierno era elegido por el sufragio universal, pero una vez elegido y en tanto que quedase en funciones, ejercía en todos los miembros de la sociedad un poder absoluto. La teoría de la igualdad establecida por la fuerza, por el poder no ha sido inventada por Babeuf. Los primeros fundamentos de esa teoría habían sido echados por Platón, varios siglos antes de Cristo, en su Republica, obra en que ese gran pensador de la antigüedad trató de esbozar el cuadro de una sociedad igualitaria. Los primeros cristianos ejercieron indudablemente un comunismo practico en sus asociaciones perseguidas por toda sociedad oficial. En fin, al principio mismo de la revolución religiosa, en el primer cuarto del siglo XVI, en Alemania, Tomas Muenzer y sus discípulos hicieron una primera tentativa para establecer la igualdad social sobre una base muy amplia. La conspiración de Babeuf fue la segunda manifestación practica de la idea igualitaria en las masas. Todas estas tentativas, sin exceptuar la última, debieron fracasar por dos razones: primero, porque las masas no se habían desarrollado suficientemente para hacer posible su realización, y, luego y sobre todo, porque, en todos estos sistemas, la igualdad se asociaba a la potencia, a la autoridad del Estado y, por consiguiente, excluía la libertad. Y nosotros sabemos, queridos amigos, que la igualdad no es posible más que con la libertad y por la libertad: no se trata de esa libertad exclusiva de los burgueses que está fundada sobre la esclavitud de las masas y que no es la libertad, sino el privilegio; se trata de esa libertad universal de los seres humanos que eleva a cada uno a la dignidad de hombre. Pero sabemos también que esa libertad no es posible más que en la igualdad. Rebelión, no solo teórica, sino practica, contra todas las instituciones y contra todas las relaciones sociales creadas por la desigualdad; después, establecimiento de la igualdad económica y social por la libertad de todo el mundo: he ahí nuestro programa actual, el que debe triunfar a pesar de los Bismarck, de los Napoleón, de los Thiers y a pesar de todos los cosacos de mi augusto emperador el zar de todas las Rusias. La conspiración de Babeuf había reunido en su seno todo lo que había quedado de ciudadanos consagrados a la revolución de París después de las ejecuciones y deportaciones del golpe de Estado reaccionario de Termidor, y necesariamente muchos obreros. Fracasó; algunos fueron guillotinados, pero varios sobrevivieron, entre ellos el ciudadano Felipe Buonarroti, un hombre de hierro, un carácter antiguo, de tal modo respetable que supo hacerse respetar por los hombres de los partidos más opuestos. Vivió largo tiempo en Bélgica, donde fue el principal fundador de la sociedad secreta de los carbonario-comunistas; y en un libro que se hizo ya muy raro, pero trataré de enviar a nuestro amigo Adhemar, ha contado esa lúgrube historia, esa ultima protesta heroica de la revolución contra la reacción, conocida bajo el nombre de conspiración de Babeuf. La otra protesta de la sociedad contra la corrupción burguesa que se había apoderado del poder bajo el nombre de Directorio fue, como lo he dicho ya, la usurpación del primer Bonaparte.
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    Esta historia, milveces más lúgrube todavía, es conocida de todos vosotros. Fue la primera inauguración del régimen infame y brutal del sable, el primer bofetón dado al comienzo de este siglo por un advenedizo insolente sobre las mejillas de la humanidad. Napoleón I se hizo el héroe de todos los déspotas, al mismo tiempo que fue militarmente su terror. Venció, les dejo su funesta herencia, su infame principio: el desprecio a la humanidad y su opresión por el sable. No os hablaré de la restauración. Fue una tentativa ridícula la de dar la vida y el poder político a dos cuerpos tarados y decrépitos: a la nobleza y a los sacerdotes. No hubo bajo la restauración más que esto de notable: que, atacada, amenazada en ese poder que creyó haber conquistado para siempre, la burguesía se volvió a hacer casi revolucionaria. Enemiga del orden publico en tanto que ese orden público no es el suyo, es decir, en tanto que establece y garantiza otros intereses que los suyos, conspiro de nuevo. Los señores Guizot, Perrier, Thiers y tantos otros, que bajo Luis Felipe se distinguieron como los más fanáticos partidarios y defensores de un gobierno opresivo, corruptor, pero burgués y, por consiguiente, perfecto a sus ojos, todas esas almas corrompidas de la reacción burguesa, conspiraron bajo la restauración. Triunfaron en Julio de 1830, y el reino del liberalismo burgués fue inaugurado. De 1830 data verdaderamente la dominación exclusiva de los intereses y de la política burguesa en Europa, sobre todo en Francia, en Inglaterra, en Bélgica, en Holanda y en Suiza. En otros países, tales como Alemania, Dinamarca, Suecia, Italia y España, los intereses burgueses habían prevalecido sobre todos los demás, pero no el gobierno político burgués. No hablo de ese grande y miserable imperio de todas las Rusias, sometido aún al despotismo de los zares, sin clase política intermediaria propiamente, ni como cuerpo burgués, donde no hay, en efecto, de una parte más que el mundo oficial, una organización militar, policial y burocrática para colmar los caprichos del zar, y de la otra del pueblo, las decenas de millones de seres humanos devorados por el zar y sus funcionarios. En Rusia, la revolución vendrá directamente del pueblo, como lo demostré ampliamente en un discurso bastante largo que pronuncié hace algunos años en Berna y que me apresuré a enviaros. No hablo tampoco de esa desgraciada y heroica Polonia que se debate, siempre sofocada de nuevo, pero no muerta, bajo las garras de tres águilas infames: la del imperio de Rusia, la del imperio de Austria y la del imperio de Alemania, representado por Prusia. En Polonia como en Rusia, en otro tiempo dominante y hoy desorganizada y decrepita en Polonia, y, de otro lado, existe el campesino en servidumbre, devorado, aplastado ahora, no por la nobleza, que ha perdido su poder, sino por el Estado, por sus funcionarios innumerables, por el zar. No os hablaré tampoco de los pequeños países como Suecia y Dinamarca, que no se han hecho realmente constitucionales más que después de 1848 y que han quedado más o menos retrasados en el desenvolvimiento general de Europa; ni de España y Portugal, donde el movimiento industrial y la política burguesa han sido paralizados tanto tiempo por la doble potencia del clero y del ejercito. Sin embargo debo observar que España, que nos parecía tan atrasada, nos presenta hoy una de las más magnificas organizaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores que existían en el mundo. Me detendré un instante en Alemania. Desde 1830 nos ha presentado y continua presentándonos Alemania el cual cuadro extraño de un país en que los intereses de la
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    burguesía predominan, peroen el que la potencia política no pertenece a la burguesía, sino a la monarquía absoluta bajo una máscara de constitucionalismo, militar y burocráticamente organizada y servida exclusivamente por los nobles. Es en Francia, en Inglaterra, en Bélgica, sobre todo, donde hay que estudiar el reinado de la burguesía. Después de la unificación de Italia bajo el cetro de Víctor Manuel, puede ser estudiado también en Italia. Pero en ninguna parte se ha caracterizado tan plenamente como en Francia; es, pues, en este país donde la consideramos principalmente. Desde 1830, el principio burgués ha tenido plena libertad de manifestarse en la literatura, en la política y en la economía social. Se puede resumir en una sola palabra: individualismo. Entiendo por individualismo esa tendencia que –considerando toda la sociedad, la masa de los individuos, la de los indiferentes, la de los rivales, la de los concurrentes, lo mismo que la de los enemigos naturales, en una palabra, con los cuales cada una está obligado a vivir, pero que obstruyen la ruta a cada uno– impulsa al individuo a conquistar y a establecer su propio bienestar, su prosperidad, su dicha, contra todo el mundo, en detrimento de todos los demás. Es una persecución enfurecida, un general, ¡sálvese el que pueda!, en que cada cual trata de llegar primero. ¡Ay de los que se detienen, si son adelantados! ¡Ay de los que, cansados por la fatiga, caen en el camino!, son inmediatamente aplastados. La concurrencia no tiene corazón, no tiene piedad. ¡Ay de los vencidos! En esa lucha necesariamente deben cometerse muchos crímenes; Toda esa lucha fraticida no es sino un crimen continuo contra la solidaridad humana, que es la base única de toda moral. El Estado que –se dice– es el representante y el vindicador de la justicia, no impide la perpetración de esos crímenes, al contrario, los perpetúa y los legaliza. Lo que él representa, lo que defiende no es la justicia humana, es la justicia jurídica, que no es otra cosa que la consagración del triunfo de los fuertes sobre los débiles, de los ricos sobre los pobres. El Estado no exige más que una cosa: que todos esos crímenes sean realizados legalmente. Yo puedo arruinaros, aplastaros, mataros, pero debo hacerlo observando las leyes. De otro modo soy declarado criminal y tratado como tal. Tal es el sentido de este principio, de esta palabra: individualismo. Ahora veamos cómo se ha manifestado ese principio en la literatura, en esa literatura creada por los Víctor Hugo, los Dumas, los Balzac, los Jules Janin y tantos otros autores de libros y de artículos de periódicos burgueses, que desde 1830 han inundado a Europa, llevando la depravación y despertando el egoísmo en los corazones de los jóvenes de ambos sexos, y desgraciadamente también del pueblo. Tomad la novela que queráis: al lado de los grandes y falsos sentimientos, de las bellas frases; ¿qué encontráis? Siempre lo mismo. Un joven es pobre, oscuro, desconocido; está devorado por toda suerte de apetitos. Quisiera habitar en un palacio, comer frutas, beber champaña, marchar en carroza y acostarse con alguna bella marquesa. Lo consigue a fuerza de esfuerzos heroicos y aventuras extraordinarias, mientras que los demás sucumben. He ahí el héroe: ése es el individualismo puro.
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    Veamos la política.¿Cómo se expresa en ella ese principio? Las masas –se dice– tienen necesidad de ser dirigidas, gobernadas; son incapaces de vivir sin gobierno, como son igualmente incapaces de gobernarse a sí mismas. ¿Quién las gobernará? No hay ya privilegio de clase. Todo el mundo tiene el derecho a subir a las más altas posiciones y funciones sociales. Pero para triunfar es preciso ser fuerte y dichoso; es preciso saber y poder sobreponerse a todos los rivales. He ahí aún una carrera de apuesta: serán los individuos hábiles y fuertes los que gobernarán, los que esquilmarán a las masas. Consideremos ahora ese mismo principio en la cuestión económica, que en el fondo es la principal, hasta se podría decir la única cuestión. Los economistas burgueses nos dicen que son partidarios de una libertad ilimitada de los individuos, y que la competencia es la condición de esa libertad. Pero veamos, ¿qué es la libertad? Y antes una primera pregunta: ¿es el trabajo separado, aislado, el que produjo y continua produciendo todas estas riquezas maravillosas de que se glorifica nuestro siglo? Sabemos bien que no. El trabajo aislado de los individuos apenas sería capaz de alimentar y de vestir a un pueblecito de salvajes; una gran nación no se hace rica y no puede subsistir más que por el trabajo colectivo, solidariamente organizado. Siendo colectivo el trabajo para la producción de las riquezas, parecería lógicamente, ¿no es cierto?, que el goce de esas riquezas debiera serlo también. Y bien, he ahí lo que no quiere, lo que rechaza como odio la economía burguesa. Quiere el disfrute aislado de los individuos. Pero, ¿de qué individuos? ¿Será de todos? ¡Oh, no! Quiere el disfrute de los fuertes, de los inteligentes, de los hábiles, de los dichosos. ¡Ah, sí, de los dichosos, sobre todo! Porque en su organización social, y conforme a esa ley de herencia, que es su fundamento principal, nacen una minoría de individuos más o menos ricos, felices, y millones de seres humanos desheredados, desgraciados. Después la sociedad burguesa dice a todos estos individuos: Luchad, disputad el premio, el bienestar, la riqueza, el poder político. Los vencedores serán felices. ¿Hay igualdad al menos en esta lucha fraticida? No, de ningún modo. Los unos, el pequeño número, están armados con todas las armas, fortalecidos por la instrucción y la riqueza heredadas, y los millones de hombres del pueblo se presentan sobre la arena casi desnudos, con su ignorancia y su miseria igualmente heredadas. ¿Cuál es el resultado necesario de esa competencia llamada libre? El pueblo sucumbe, la burguesía triunfa y el proletariado encadenado está obligado a trabajar como un forzado para su eterno vencedor, el burgués. El burgués está provisto principalmente de una arma contra la cual el proletariado quedará siempre sin posibilidad de defensa, en tanto que esa arma, el capital –que se ha transformado en todos los países civilizados en el agente principal de la producción industrial–, en tanto que ese proveedor del trabajo esté dirigido contra él. El capital, tal como está constituido y apropiado hoy, no aplasta sólo al proletariado, agobia, expropia y reduce a la miseria a una gran cantidad de burgueses. La causa de este fenómeno, que la burguesía media y pequeña no comprende bastante, que ignora, es, sin embargo, muy sencilla. A consecuencia de la concurrencia, de esa lucha a muerte que reina hoy en el comercio y en la industria gracias a la libertad conquistada por el pueblo en beneficio de los burgueses, todos los fabricantes están obligados a vender sus productos, o más bien los productos de los trabajadores que emplean, que explotan, al más bajo precio. Vosotros lo sabéis por experiencia, los productos caros se ven hoy más
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    y más excluidosdel mercado por los productos baratos, aunque estos últimos sean mucho menos perfectos que los primeros. He ahí, pues, una primera consecuencia funesta de esa concurrencia, de esa lucha intestina en la producción burguesa. Tiende necesariamente a reemplazar los buenos productos mediocres, los trabajadores hábiles por los trabajadores mediocres. Disminuye al mismo tiempo la calidad de los productos y la de los productores. En esta concurrencia, en esta lucha por el precio más bajo, los grandes capitales deben aplastar necesariamente a los pequeños, los grandes burgueses deben arruinar a los pequeños. Porque una inmensa fábrica puede confeccionar naturalmente sus propios productos y darlos más baratos que una fabrica pequeña o mediana. La instalación de una gran fábrica exige naturalmente un gran capital, pero proporcionalmente a lo que puede producir, cuesta menos que una fábrica pequeña o mediana: 100, 000 francos son más que 10,000 pero 100,000 francos empleados en una fábrica darían 50 por ciento, 60 por ciento; mientras que los 10,000 francos empleados de la misma manera no darán mas que un 20 por ciento. El gran fabricante economiza en la construcción, en las materias primas, en las maquinas; empleando muchos menos que el fabricante pequeño o mediano, economiza también, o gana, por una organización mejor y por una mayor división del trabajo. En una palabra, con 100,000 francos concentrados en sus manos y empleados en el establecimiento y en la organización de una fábrica única produce mucho más que diez fabricantes que empleen cada uno 10,000 francos; de manera que si cada uno de estos últimos realiza, sobre los diez mil francos que emplea, en beneficio liquido de 2,000 francos, por ejemplo, el fabricante que establece y que organiza una gran fábrica que le cuesta 100,000 francos gana por cada 10,000 francos 5,000 ó 6,000, es decir, que produce proporcionalmente muchas mas mercaderías. Produciendo mucho más, puede vender naturalmente sus productos mucho más baratos que los fabricantes medianos o pequeños; pero al venderlos más baratos obliga igualmente a los fabricantes medianos y pequeños a bajar sus precios, sin lo cual sus productos no serían comprados. Pero como la producción de esos productos les resulta mucho más cara que al gran fabricante, al venderlos al precio del gran fabricante se arruinan. Es así como los grandes capitales matan a los pequeños, y si los grandes capitales tropiezan con otros mayores aún, son aplastados a su vez. Esto es tan cierto que hoy existe en los grandes capitales una tendencia a asociarse para constituir capitales monstruosamente formidables. La explotación del comercio y de la industria por las sociedades anónimas comienza a reemplazar, en los países mas industriosos, en Inglaterra, en Bélgica y en Francia, a la explotación de los grandes capitales aislados. Y a medida que la civilización, que la riqueza nacional de los países más avanzados se acrecientan, crece la riqueza de los grandes capitalistas, pero disminuye el número de los capitalistas. Una masa de burgueses medianamente impulsada hacia el proletariado, hacia la miseria. Es un hecho incontestable, constatado por la estadística de todos los países, lo mismo que por la demostración más exactamente matemática. En la organización económica de la sociedad actual, ese empobrecimiento gradual de la gran masa de la burguesía en beneficio de un número restringido de monstruosos capitalistas es una ley inexorable, contra la cual no hay otro remedio que la revolución social. Si la pequeña burguesía
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    tuviese bastante inteligenciay buen sentido para comprenderlo, se habría asociado desde mucho al proletariado para realizar esa revolución. Pero la pequeña burguesía es generalmente muy torpe; su tonta vanidad y egoísmo le cierran el espíritu. No ve nada, no comprende nada, y aplastada por una parte por la gran burguesía, amenazada por la otra por ese proletariado a quien desprecia tanto como detesta y teme, se deja arrastrar estúpidamente al abismo. Las consecuencias de esta competencia burguesa son desastrosas para el proletariado. Forzados a vender sus productos –o más bien los productos de los obreros que explotan– al más bajo precio posible, los fabricantes deben pagar necesariamente a sus obreros los salarios más bajos posibles. Por consiguiente, no pueden pagar el talento, el genio de sus obreros. Deben buscar el trabajo que se vende –que esta obligado a venderse– a la tarifa mas baja. Las mujeres y los niños se contentan con un salario menor, emplean, pues, los niños y las mujeres con preferencia a los hombres, y los trabajadores mediocres con preferencia a los trabajadores hábiles, a menos que estos últimos no se contenten con el salario de los trabajadores inhábiles, de los niños y de las mujeres. Ha sido demostrado y reconocido por los economistas burgueses que la medida del salario del obrero es siempre determinada por el precio de su mantenimiento diario; así, si un obrero pudiera vestirse, alimentarse, alojarse por un franco diario, su salario caería bien pronto a un franco. Y esto por una razón muy sencilla: los obreros, presionados por el hambre, están obligados a hacerse concurrencia entre sí, y el fabricante, impaciente por enriquecerse lo más pronto posible por la explotación de su trabajo, y forzado por otra parte por la concurrencia burguesa a vender sus productos al más bajo precio, tomará naturalmente los obreros que le ofrezcan por el menor salario más horas de trabajo. No es sólo una deducción lógica, es un hecho que pasa diariamente en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Alemania y en las partes de Suiza donde se ha establecido la gran industria, la industria explotada en las grandes fábricas por los grandes capitales. En mi ultima conferencia os he dicho que erais obreros privilegiados. Aunque estéis lejos aún de recibir íntegramente en salario todo el valor de vuestra producción diaria, aunque seáis incontestablemente explotados por vuestros patrones, sin embargo, comparativamente a los obreros de los grandes establecimientos industriales, estáis bastante bien pagados, tenéis tiempo libre, sois libres, sois dichosos. Y me apresuro a reconocer que hay un gran merito en vosotros por haber ingresado en la Internacional y haberos convertido en miembros abnegados y celosos de esa inmensa asociación del trabajo que debe emancipar a los trabajadores del mundo entero. Eso es noble, eso es generoso de vuestra parte. Demostráis que no pensáis solo en vosotros mismos, sino en esos millones de hermanos que están mucho más oprimidos y que son mucho más desdichados que vosotros. Es con satisfacción que os ofrezco este testimonio. Pero al mismo tiempo que dais prueba de generosa y fraterna solidaridad, dejadme deciros que dais también prueba de previsión y de prudencia; obráis no sólo por vuestros desgraciados hermanos de las otras industrias y de los otros países, sino también y, sino por completo por vosotros mismos, al menos por vuestros propios hijos. Estáis, no en lo absoluto, sino relativamente bien retribuidos, sois libres, dichosos. ¿Por qué? Por la simple razón de que el gran capital no invadió aún vuestra industria. Pero no creéis, sin duda, que será siempre así. El gran capital, por una ley que le es inherente, está
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    fatalmente impulsado ainvadirlo todo. Ha comenzado naturalmente por explotar las ramas del comercio y la industria que le prometieron mayores ventajas, aquellas cuya explotación era más fácil, y acabara necesariamente, después de haberlas explotado suficientemente, y a causa de la concurrencia que se hace a sí mismo en esa explotación, por volverse a las ramas que no había tocado hasta allí. ¿No se hacen ya vestidos, zapatos, encajes a maquina? Creedlo, tarde o temprano, y sin duda antes de lo que se piensa, se harán también relojes a maquina. Los resortes, los escapes, la caja, la cubierta, la tapa, el pulido, el torneado, el grabado se harán a maquina. Los productos no estarán tan cuidados, no serán tan artísticos como los que salen de vuestras manos hábiles, pero costaran mucho menos y encontrarán más compradores que vuestros productos mas perfectos, que acabarán por ser excluidos del mercado. Y entonces, si no vosotros, al menos vuestros hijos se encontrarán tan esclavos, tan miserables como los obreros de los grandes establecimientos industriales lo están hoy. Veis, pues, que al trabajar por vuestros hermanos, los desdichados obreros de otras industrias y de otros países, trabajáis también para vosotros mismos o al menos para vuestros propios hijos. Trabajáis para la humanidad. La clase obrera se ha convertido hoy en la única representante de la grande, de la santa causa de la humanidad. El porvenir pertenece a los trabajadores: a los trabajadores de los campos, a los trabajadores de las fábricas y de las ciudades. Todas las clases que predominan, las eternas explotadoras del trabajo de las masas populares: la nobleza, el clero, la burguesía y toda esa miríada de funcionarios militares y civiles que representan la iniquidad y la potencia malhechora del Estado son clases corrompidas, atacadas de impotencia, incapaces en lo sucesivo de comprender y de querer el bien, y poderosas sólo para el mal. El clero y la nobleza han sido desenmascarados y derrotados en 1793. La revolución de 1848 ha desenmascarado a la burguesía y ha mostrado su impotencia y su maldad. Durante las jornadas de junio, en 1848, la clase burguesa ha renunciado altamente a la religión de sus padres: a esa religión revolucionaria que había tenido la libertad, la igualdad y la fraternidad por principios y por bases. Tan pronto como el pueblo tomó la igualdad y la libertad en serío, la burguesía que no existe más que por la explotación, es decir, por la desigualdad económica y por la esclavitud social del pueblo, se ha lanzado a la reacción. Los mismos traidores que quieren perder hoy una vez más a Francia, esos Thiers, esos Jules Favre y la inmensa mayoría de la Asamblea Nacional en 1848, han trabajado por el triunfo de la más inmunda reacción, como trabajan hoy todavía. Habían comenzado por elevar a la presidencia a Luis Bonaparte, y más tarde han destruido el sufragio universal. El terror a la revolución, el horror a la igualdad, el sentimiento de sus crímenes y el temor a la justicia popular habían lanzado a toda esa clase decrepita, antes tan inteligente y tan heroica, hoy tan estúpida y tan cobarde, en los brazos de la dictadura de Napoleón III. Y han tenido dictadura militar durante dieciocho años consecutivos. No hay que creer que los señores burgueses se hayan encontrado tan mal en ella. Los que pudieron hacer motines y jugar al liberalismo de una manera demasiado ruidosa e incomoda para el régimen imperial fueron apartados naturalmente, comprimidos. Pero los demás, los que dejando las chácaras políticas al pueblo, se aplicaron exclusivamente, seriamente al gran negocio de la burguesía, a la explotación del pueblo, fueron poderosamente protegidos y
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    alentados. Se lesdio, para salvar su honor, todas las apariencias de la libertad. ¿No existía bajo el imperio una asamblea legislativa elegida regularmente por el sufragio universal? Por tanto, todo fue bien según los votos de la burguesía. No hubo mas que un solo punto negro. Era la ambición conquistadora del soberano que arrastraba a Francia forzosamente a gastos ruinosos y acabó por aniquilar su antiguo poder. Pero ese punto negro no era un accidente, era una necesidad del sistema. Un régimen despótico, absoluto, aunque tenga apariencias de libertad, debe necesariamente apoyarse en un fuerte ejército, y todo gran ejército permanente hace necesaria tarde o temprano la guerra exterior, porque la jerarquía militar tiene por inspiración principal la ambición: todo teniente quiere ser coronel, y todo coronel quiere llegar a general; en cuanto a los soldados, sistemáticamente desmoralizados en el cuartel, sueñan con los nobles placeres de la guerra: la masacre, el saqueo, el robo, la violación –una prueba: las hazañas del ejército prusiano en Francia–. Y bien, si todas esas nobles pasiones, sistemáticamente alimentadas en el corazón de los oficiales y de los soldados, quedan largo tiempo sin satisfacción alguna, agrian el ejército y lo impulsan al descontento y del descontento a la rebelión. Por tanto es necesario hacer la guerra. Todas las expediciones y las guerras comprendidas por Napoleón III no han sido, pues, caprichos personales, como lo pretenden hoy los señores burgueses: fueron una necesidad del sistema imperial despótico que habían fundado ellos mismos por temor a la revolución social. Son las clases privilegiadas, es el clero alto y bajo, es la nobleza decaída, es, en fin, y sobre todo, esa respetable, honesta y virtuosa burguesía la que como todas las demás clases y más que Napoleón III mismo, es causa de todas las terribles desgracias que acaban de afectar a Francia. Y lo habéis visto todo, compañeros, para defender a esa desgraciada Francia no se encontró en todo el país más que una sola masa, la masa de los obreros de las ciudades, aquella precisamente que ha sido traicionada y entregada por la burguesía al imperio y sacrificada por el imperio a la explotación burguesa. En todo el país no hubo más que los generosos trabajadores de las fábricas y de las ciudades que quisieron la sublevación popular para la salvación de Francia. Los trabajadores de los campos, los campesinos, desmoralizados, embrutecidos por la educación religiosa que se les ha dado a partir del primer Napoleón hasta hoy, han tomado el partido de los prusianos y de la reacción contra Francia. Se hubiera podido hacerles levantar; en un folleto que muchos de vosotros habéis leído, titulado Cartas a un francés, he expuesto los medios de que era preciso hacer uso para arrastrarlos hacia la revolución. Pero para hacerlo era preciso primero que las ciudades se sublevasen y se organizasen revolucionariamente. Los obreros lo han querido; hasta lo intentaron en muchas ciudades del medio de Francia, en Lyon, en Marsella, en Montpellier, en Saint Etienne, en Toulouse. Pero en todas partes fueron oprimidos y paralizados por los burgueses radicales en nombre de la republica. Sí en nombre mismo de la republica, los burgueses, convertidos en republicanos por miedo al pueblo, y en nombre de la republica, Gambetta, ese viejo pecador de Jules Favre, Thiers, ese zorro infame, y todos esos Picard, Ferry, Jules Simón, Pelletan y tantos otros, en nombre de la republica, asesinaron a la republica y a Francia. La burguesía esta juzgada. Ella, que es la clase más rica y más numerosa de Francia – exceptuando la masa popular sin duda–, sin hubiese querido habría podido salvar a
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    Francia. Pero paraeso habría tenido que sacrificar su dinero, su vida y apoyarse francamente con el proletariado, como lo hicieron sus antepasados burgueses en 1793. Y bien, quiso sacrificar su dinero menos aún que su vida, y prefirió la conquista de Francia por los prusianos a su salvación por la revolución social. La cuestión entre los obreros de las ciudades y la burguesía fue planteada bastante claramente. Los obreros han dicho: haremos saltar antes las casas que entregar las ciudades a los prusianos. Los burgueses respondieron: nosotros abriremos más bien las puertas de las ciudades a los prusianos que permitiros hacer desordenes públicos, y queremos conservar nuestras queridas casas a todo precio, aunque debiésemos besar el trasero a los señores prusianos. Y notadlo bien, que no son hoy esos mismos burgueses los que se atreven a insultar la Comuna de Paris, esa noble Comuna que salva el honor de Francia y, lo esperamos, la libertad del mundo al mismo tiempo; son esos burgueses los que la insultan hoy, ¿en nombre de que?, ¡en nombre del patriotismo! ¡Verdaderamente, los burgueses tienen una desfachatez enorme! Han llegado a un grado de infamia tal que les ha hecho perder hasta el último sentimiento de pudor. Ignoran la vergüenza. Antes de estar muertos están ya completamente podridos. Y no es solo en Francia, compañeros, donde la burguesía esta podrida, aniquilada moral e intelectualmente; el caso es general en toda Europa, y en todos los países de Europa sólo el proletariado ha conservado el fuego sagrado. Sólo él lleva hoy la bandera de la humanidad. ¿Cuál es su divisa, su moral, su principio? La solidaridad. Todos para uno y uno para todos y por todos. Esta es la divisa y el principio de nuestra gran Asociación Internacional que, franqueando las fronteras de los Estados, tiende a unir a los trabajadores del mundo entero en una sola familia humana, sobre la base del trabajo igualmente obligatorio para todos y en nombre de la libertad de todos y de cada uno. Esa solidaridad en la economía social se llama trabajo y propiedad colectivos; en política se llama destrucción de los Estados y libertad de cada uno para la libertad de todos. Sí, queridos compañeros, vosotros solos, los obreros solidariamente con vuestros hermanos del mundo entero, heredáis hoy la gran misión de la emancipación de la humanidad. Tenéis un coheredero, trabajador como vosotros, aunque en condiciones distintas. Es el campesino. Pero el campesino no tiene aún conciencia de la gran misión popular. Ha sido envenenado, sigue siendo envenenado por los sacerdotes, y sirve aún de instrumento a la reacción. Debéis instruirlo, debéis salvarlo aún a su pesar, atrayéndolo, explicándole lo que es la revolución social. En estos momentos, y sobre todo al comienzo, los obreros de la industria no deben, no pueden contar más que consigo mismos. Pero serán omnipotentes si quieren. Solo que deben querer seriamente. Y para realizar ese querer no tienen más que dos medios. Establecer primero en sus grupos, y luego en todos los grupos, una verdadera solidaridad fraternal, no solo con palabras, sino en la acción, no solo para los días de fiesta, de discurso y de bebida, sino en la vida cotidiana. Cada miembro de la Internacional debe
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    poder sentir, debeestar prácticamente convencido de que todos los miembros son sus hermanos. El otro medio es la organización revolucionaria, la organización para la acción. Si las sublevaciones populares de Lyon, Marsella y otras ciudades de Francia han fracasado, es porque no había organización alguna. Yo puedo hablar con pleno conocimiento de causa, puesto que he estado allí y he sufrido allí. Y si la Comuna de París se mantiene valientemente hoy, es porque durante todo el asedio los obreros se han organizado seriamente. Por eso los periódicos burgueses no acusan sin razón a la Internacional de haber producido esa magnífica sublevación de París. Sí, digámoslo con orgullo, son nuestros hermanos internacionales los que, gracias a su trabajo perseverante, han organizado al pueblo y han hecho posible la Comuna de París. Seamos, pues, buenos hermanos, compañeros, y organicémonos. No creáis que estamos ante el fin de la revolución, estamos ante sus comienzos. La revolución estará en lo sucesivo a la orden del día durante muchas decenas de años. Vendrá a vuestro encuentro tarde o temprano; preparémonos, purifiquémonos, hagámonos más realistas, menos discutidores, menos gritadores, menos retóricos, menos bebedores, menos amigos de juergas. Fajémonos los riñones y preparémonos dignamente a esa lucha que debe salvar a todos los pueblos y emancipar finalmente a la humanidad. ¡Viva la revolución social! ¡Viva la Comuna de París! El Patriotismo (texto de Mijail Bakunin) Texto de Mijail Bakunin sobre el patriotismo. Amigos y hermanos: Antes de dejar vuestras montañas, siento la necesidad de expresaros una vez más, por escrito, mi gratitud profunda por el recibimiento fraternal que me habéis hecho. ¡No es maravilloso que un hombre, un ruso, que hasta ahora os era desconocido, ponga el pie en vuestro país por vez primera y se encuentre rodeado de centenares de hermanos! Este milagro no podría realizarse hoy más que por la Asociación Internacional de Trabajadores, por la sola razón de que únicamente ella representa la vida histórica, la poderosa fuerza creadora del porvenir político y social. Los que están unidos por un pensamiento vital, por una voluntad y por una gran pasión común, son realmente hermanos, aun cuando no se conocen. Hubo un tiempo en que la burguesía, dotada de poderosa vida y constituyendo exclusivamente la clase histórica, ofrecía el mismo espectáculo de fraternidad y de unión, tanto en los actos como en los pensamientos; ese fue el buen tiempo de esa clase, siempre respetable, sin duda, pero desde ahora, impotente, estúpida y estéril, la época de su enérgico desarrollo; lo fue antes de la gran revolución de 1793, lo fue también, aunque en menor grado, antes de las revoluciones de 1830 y de 1848. Entonces, la burguesía tenía un mundo que conquistar, un lugar que ocupar en la sociedad, y organizada para el combate, inteligente, audaz, sintiéndose fuerte con el derecho de todo el mundo, estaba
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    dotada de unpoder irresistible: ella sola ha hecho contra la monarquía, la nobleza y el clero reunidos las tres revoluciones. En esa época, la burguesía también había creado una asociación internacional, universal, formidable, la francmasonería. Mucho se equivocaría el que juzgara la francmasonería del siglo pasado, o la de principios del siglo presente, según lo que es hoy. Institución por excelencia burguesa en su desarrollo, por su poder creciente primero y su decadencia más tarde, la francmasonería ha representado en cierto modo el desarrollo, el poder y la decadencia intelectual y moral de la burguesía. Hoy, habiendo descendido al papel de una vieja intrigante y caduca, es nula, estéril, algunas veces mala y siempre inútil, mientras que antes de 1830, y antes de 1793 sobre todo, habiendo reunido en su seno, con pocas excepciones, todos los espíritus más escogidos, los corazones más ardientes, las voluntades más fieras, los carácteres más audaces, había constituido una organización activa, poderosa y realmente bienhechora. Era la encarnación enérgica y concreta de la idea humanitaria del siglo XVIII. Todos estos grandes principios de libertad, de igualdad, de fraternidad, de la razón y de la justicia humanas, elaborados primero teóricamente por la filosofía de ese siglo, se transformaban en el seno de la francmasonería en dogmas prácticos y en bases de una moral y de una política nuevas, el alma de una empresa gigantesca de demolición y de reconstitución. La francmasonería fue en esa época la conspiración universal de la burguesía revolucionaría contra la monarquía feudal, dinástica y divina. Esta fue la Internacional de la burguesía. Ya se sabe que todos los actores principales de la primera revolución, han sido francmasones y que, cuando estalló esa revolución, encontró, gracias a la francmasonería, amigos y cooperadores dispuestos y poderosos en todos los demás países, lo que seguramente contribuyó a su triunfo; pero también es evidente que el triunfo de la revolución mató a la francmasonería, porque la revolución había colmado los votos de la burguesía, dándole un sitio en la aristocracia nobiliaria: la burguesía, decimos, después de haber sido largo tiempo una clase explotada y oprimida, ha llegado a ser, naturalmente, la clase privilegiada explotadora, conservadora y reaccionaria, la amiga y sostén más firme del Estado de Napoleón; la francmasonería llegó a ser, en una gran parte del continente europeo, una institución imperial. La Restauración la resucitó un poco, y, viéndose amenazada por la vuelta del antiguo régimen, obligada a ceder, a la Iglesia y a la nobleza coligadas, el lugar que había conquistado en la primera revolución, se hizo forzosamente revolucionaria. ¡Pero qué diferencia entre este revolucionarismo recalentado y el revolucionarismo ardiente y poderoso que la había inspirado al fin del siglo último! Entonces, la burguesía había ido de buena fe, había creído seria y sencillamente en los derechos del hombre; había ido inspirada e impulsada por el genio de la demolición y de la reconstrucción, y se encontraba en la plena posesión de su inteligencia y en el pleno desarrollo de su fuerza; no conocía aún que la separaba del pueblo un abismo; se creía, se sentía y lo era realmente, la representación del pueblo. La reacción termidoriana y la conspiración de Babeuf le han quitado esa ilusión. El abismo que separa al pueblo
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    trabajador de laburguesía explotadora y dominadora, se ha ensanchado, y lo menos que se necesita para llenarle es todo el cuerpo, toda la existencia privilegiada de los burgueses, en una palabra, la burguesía entera. [editar] II He dicho en mi artículo precedente que las tentativas reaccionarias legitimistas, feudales y clericales habían hecho revivir el espíritu revolucionario de la burguesía, pero que entre este espíritu nuevo y el que le había animado antes de 1793 había una diferencia enorme. Los burgueses del siglo pasado eran gigantes, en comparación de los cuales, aparecen como pigmeos los más osados de la burguesía de este siglo. Para asegurarse, hay que comparar sus programas. ¿Cuál ha sido el de la filosofía y la Gran Revolución del siglo XVIII? Ni más ni menos que la emancipación íntegra de la humanidad entera; la realización del derecho y de la libertad real y completa, para cada uno, por la igualdad política y social de todos; el triunfo de lo humano sobre los restos del mundo divino; el reino de la justicia y de la fraternidad sobre la Tierra. La equivocación de esta filosofía y de esta revolución fue no comprender que la realización de la fraternidad humana era imposible mientras existieran los Estados, y que la abolición real de las clases, la igualdad política y social de los individuos, no sería posible más que por la igualdad de los medios económicos, de educación, de instrucción, del trabajo y de la vida para todos. Sin embargo, no se puede reprochar al siglo XVIII que no haya comprendido esto. La ciencia social no se crea ni se estudia solamente en los libros; necesita las grandes enseñanzas de la Historia, y fue preciso hacer la revolución de 1789 y de 1793, ha sido preciso pasar por las experiencias de 1830 y de 1848, para llegar a esta conclusión irrefutable: que toda revolución política que no tiene por objeto inmediato y directo la igualdad económica, no es, desde el punto de vista de los intereses y derecho populares, más que una reacción hipócrita y disfrazada. Esta verdad tan evidente y tan sencilla era aún desconocida a fines del siglo XVIII, y cuando Babeuf planteó la cuestión económica y social, el poder de la revolución estaba ya quebrantado. Pero no por eso deja de pertenecer a este último el honor inmortal de haber suscitado el más grande problema que se ha planteado en la Historia: el de la emancipación de la humanidad entera. En comparación con este inmenso programa, veamos qué fin perseguía el programa del liberalismo revolucionario en la época de la Restauración y de la Monarquía de julio. La llamada libertad, sabia, modesta, reglamentada, hecha para el temperamento apocado de la burguesía medio harta, y que, cansada de combates e impaciente por gozar, se sentía ya amenazada no de arriba, sino de abajo, y veía con inquietud pintarse en el horizonte, como una masa negra, esos innumerables millones de proletarios explotados, cansados de sufrir, preparándose a reclamar su derecho. Desde principios del siglo presente, ese espectro naciente, que más tarde se bautizó con el nombre de espectro rojo; ese fantasma terrible del derecho de todo el mundo opuesto a los privilegios de una clase de dichosos; esa justicia y esa razón populares que, desarrollándose demasiado,
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    deben reducir apolvo los sofismas de la economía, de la jurisprudencia, de la política y de la metafísica burguesas, son en medio de los triunfos modernos de la burguesía, sus aguafiestas incesantes y los apocadores de su confianza y de su espíritu. Sin embargo, bajo la Restauración, la cuestión social era casi desconocida o, mejor dicho, estaba olvidada. Había grandes soñadores aislados, tales como Saint-Simon, Roberto Owen, Fourier, cuyo genio y gran corazón habían adivinado la necesidad de una transformación radical de la organización económica de la sociedad. Alrededor de cada uno de ellos, se agrupaba un pequeño número de adeptos confiados y ardientes, que formaban otras tantas pequeñas iglesias, tan ignoradas como los maestros, y que no ejercían ninguna influencia externa. Había también el testamento comunista de Babeuf, transmitido por su ilustre compañero y amigo Buonarotti, a los proletarios más enérgicos en medio de una organización popular y secreta. Pero esto no era entonces más que un trabajo secreto, cuyas manifestaciones no se dejaron sentir hasta más tarde, bajo la Monarquía de julio, y bajo la Restauración no fue percibido por la clase burguesa. El pueblo, la masa de los trabajadores permaneció tranquila y no reivindicó nada para ella todavía. Claro está que si el espectro de la justicia popular no era en aquella época lo que debía ser, se debía a la mala conciencia de los burgueses. ¿De dónde provenía esta mala conciencia? Los burgueses que vivían bajo la Restauración, ¿eran, como individuos, más malos que sus padres, que habían hecho la Revolución de 1789 y de 1793? Nada de eso. Eran poco más o menos los mismos hombres, pero colocados en otro medio, en otras condiciones políticas, enriquecidos con una nueva experiencia, y, por consiguiente, con otra conciencia. Los burgueses del siglo anterior habían creído sinceramente que, emancipándose del yugo monárquico, clerical y feudal, emancipaban con ellos a todo el pueblo. Esta sencilla y sincera creencia, fue la fuente de su heroica audacia y de su poder maravilloso. Se sentían unidos a todos y marchaban al asalto llevando con ellos la fuerza y el derecho de todo el mundo; gracias a este derecho y a ese poder popular que se había encarnado en su clase, los burgueses del siglo último, pudieron escalar y tomar la fortaleza del Poder público que sus padres habían codiciado durante tantos siglos; pero en el momento que plantaban su bandera, se hizo una nueva ley en su espíritu; en cuanto conquistaron el Poder, comenzaron a comprender que entre sus intereses burgueses y los intereses de las masas populares, no había nada de común y que, por el contrario, había una oposición radical, y que el poder y la prosperidad exclusivas de la clase pudiente no podría apoyarse más que en la miseria y en la dependencia política y social del proletariado. Desde luego, las relaciones de la burguesía y el pueblo se transformaron de una manera radical, y antes de que los trabajadores comprendieran que los burgueses eran sus enemigos naturales, más por necesidad que por mala voluntad, los burgueses habían llegado al conocimiento de ese antagonismo fatal. Esto es lo que yo llamo mala conciencia de los burgueses.
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    [editar]III He dicho quela mala conciencia de los burgueses ha paralizado desde principios de siglo todo el sentimiento intelectual y moral de la burguesía; pues bien, reemplazo la palabra paralización por desnaturalización, porque sería injusto decir que ha habido paralización o ausencia de movimiento en un espíritu que, pasando de la teoría a la aplicación de ciencias positivas, ha creado todos los milagros de la industria moderna, como los vapores, los ferrocarriles y el telégrafo, por una parte, y por otra, una ciencia nueva, la estadística, e impulsando la economía política y la historia crítica del desarrollo de la riqueza y de la civilización de los pueblos hasta sus últimos resultados, ha puesto las bases de una filosofía nueva, el socialismo, que no es otra cosa, desde el punto de vista de los intereses exclusivos de la burguesía, más que un sublime suicidio, la negación del mundo burgués. La paralización no vino hasta después de 1848, cuando asustada del resultado de sus primeros trabajos, la burguesía se echó ciegamente atrás y, para conservar sus bienes, renunció a todo pensamiento y a toda voluntad, se sometió al protectorado militar y se entregó en cuerpo y alma a la más completa reacción. Desde esa época no ha inventado nada y ha perdido, con el valor, hasta el poder creador. No tiene ni el poder ni el espíritu de la conservación, porque todo lo que ha hecho y lo que hace por su bien la empuja fatalmente al abismo. Hasta 1848 estuvo aún llena de vigor. Sin duda, su espíritu no tenía esa savia vigorosa que en el siglo XVI y en el siglo XVIII la habían hecho crear un mundo nuevo; no era el espíritu heroico de una clase que había tenido todas las audacias, porque tenía necesidad de conquistar; era el espíritu sabio y reflexivo de un nuevo propietario que, después de haber adquirido un bien ardientemente deseado, le hace prosperar y valer. Lo que caracteriza sobre todo el espíritu burgués en la primera mitad de este siglo, es una tendencia casi exclusivamente utilitaria. Se le ha reprochado, y se ha hecho mal; yo pienso, por el contrario, que ha prestado un último y gran servicio a la humanidad, practicando, más con el ejemplo, que con teorías, el culto, o mejor dicho, el respeto a los intereses materiales. En el fondo, estos intereses han prevalecido siempre en el mundo, pero se han manifestado constantemente bajo la forma de un idealismo hipócrita o malsano que los ha transformado en intereses malos e inicuos. Cualquiera que se haya ocupado un poco de historia, se habrá percatado de que en el fondo de las luchas religiosas y teológicas más abstractas, más sublimes y más ideales, hay siempre algún gran interés material. Todas las guerras de razas, de naciones, de Estados y de clases, no han tenido jamás otro objetivo que la dominación, condición y garantía necesarias de la posesión y del goce. La historia humana, desde ese punto de vista, no es más que la continuación del gran combate por la vida que, según Darwin, constituye la fe fundamental de la naturaleza orgánica.
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    En el mundoanimal, este combate se hace sin ideas y sin frases y también sin solución; mientras exista la Tierra, el mundo animal se devorará entre sí; esta es la condición natural de la vida. Los hombres, animales carnívoros por excelencia, han empezado su historia por la antropofagia y tienden hoy a la asociación universal, a la producción y al goce colectivo. Pero entre estos dos términos, ¡qué tragedia existe tan sangrienta y horrible! Y aún no hemos acabado con esa tragedia. Después de la antropofagia vino la esclavitud, después el servilismo, después el servilismo asalariado, al cual debe suceder primero el día terrible de la justicia, y más tarde, la era de la fraternidad. He aquí fases por las cuales el combate animal por la vida se transforma gradualmente, en la historia, en la organización humana de la vida. Y en medio de esta lucha fratricida de los hombres contra los hombres, en este encarnizamiento mutuo, en este servilismo y en esta explotación de los unos por los otros, que, cambiando de nombre y de forma, se ha mantenido a través de todos los siglos hasta los nuestros, ¿qué papel desempeña la religión? Ha santificado siempre la violencia y la ha transformado en derecho. Ha transportado a un cielo ficticio la humanidad, la justicia y la fraternidad, para dejar sobre la Tierra el reinado de la iniquidad y de la brutalidad; bendijo a los malvados, y para hacerlos aún más felices, predicó la resignación y la obediencia a sus innumerables víctimas, los pueblos. Y cuanto más sublime aparecía el ideal que adoraba en el cielo, más horrible aparecía la realidad de la Tierra, porque éste es el carácter propio de todo idealismo, tanto religioso como metafísico: despreciar el mundo real, y, despreciándolo, explotarlo, de donde resulta que tanto idealismo engendra necesariamente la hipocresía. El hombre es materia, y no puede impunemente despreciar la materia. Es un animal, y no puede destruir la bestialidad, pero puede y debe transformarla y humanizarla por medio de la libertad, es decir, por la acción combinada de la justicia y de la razón; pero siempre que el hombre ha querido hacer abstracción de su bestialidad, se ha convertido en el juguete, el esclavo y con frecuencia, el servidor hipócrita; testigo de esto, los sacerdotes de la religión más ideal y más absurda del mundo: el catolicismo. Comparad su conocida obscenidad con el juramento de castidad; comparad su codicia insaciable con su doctrina de renuncia a todos los bienes de este mundo, y confesad que no existen seres tan materialistas como esos predicadores del idealismo cristiano. En esta hora, ¿cuál es la cuestión que agita a toda la Iglesia? Es la conservación de sus bienes, que amenaza confiscar en todas partes esa otra Iglesia, expresión del idealismo político, el Estado. El idealismo político no es ni menos absurdo, ni menos pernicioso, ni menos hipócrita que el idealismo de la religión, del cual no es nada más que una forma diferente, la expresión o la aplicación terrestre o mundana. El Estado es el hermano menor de la Iglesia, y el patriotismo, esa virtud y ese culto del Estado, no es otra cosa que un reflejo del culto divino. El hombre virtuoso, según los preceptos de la escuela ideal, religiosa y política a la vez, debe servir a Dios y ser devoto del Estado, y el utilitarismo burgués de esa doctrina es el que comenzó a hacer justicia desde el principio de este siglo.
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    [editar] IV Uno delos más grandes servicios prestados por el utilitarismo burgués, ya he dicho que fue matar la religión del Estado, el patriotismo. El patriotismo ya se sabe que es una virtud antigua nacida en las repúblicas griegas y romanas, donde no hubo jamás otra religión real que la del Estado, ni otro objeto de culto que el Estado. ¿Qué es el Estado? Es, nos contestan los metafísicos y los doctores en derecho, la cosa pública, los intereses, el bien colectivo y el derecho de todo el mundo, opuestos a la acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada uno. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud sobre la Tierra. Por consecuencia, no hay acto más sublime ni más grande deber para los individuos que sacrificarse, que entregarse, y en caso de necesidad, morir por el triunfo, por la potencia del Estado. He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología política, lo mismo que la teología religiosa, oculta bajo muy bellas y muy poéticas apariencias, realidades muy comunes y muy sucias. Analicemos primeramente la idea misma del Estado, tal como nos la representan sus propugnadores. Es el sacrificio de la libertad natural y de los intereses de cada uno, de los individuos tanto como de las unidades colectivas, comparativamente pequeñas: asociaciones, comunas y provincias, a los intereses y a la libertad de todo el mundo, a la prosperidad del gran conjunto. Pero ese todo el mundo, ese gran conjunto, ¿qué es en realidad? Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades humanas más restringidas que lo componen. Pero desde el momento que para componerlo y para coordinarse en él, todos los intereses individuales y locales deben ser sacrificados, el todo que supuestamente les representa, ¿qué es en efecto? No es el conjunto viviente, que deja respirar a cada uno a sus anchas y se vuelve tanto más fecundo, más poderoso y más libre cuanto más plenamente se desarrollan en su seno la plena libertad y la prosperidad de cada uno; no es la sociedad humana natural, que confirma y aumenta la vida de cada uno por la vida de todos; es, al contrario, la inmolación de cada individuo como de todas las asociaciones locales, la abstracción destructiva de la sociedad viviente, la limitación, o por decir mejor, la completa negación de la vida y del derecho de todas las partes que componen ese todo el mundo, por el llamado bien de todo el mundo; es el Estado, es el altar de la religión política sobre el cual siempre es inmolada la sociedad natural: una universalidad devoradora, que vive de sacrificios humanos como la Iglesia. El Estado, lo repito, es el hermano menor de la Iglesia. Para probar este identidad de la Iglesia y del Estado, ruego al lector que verifique este hecho: que la una y el otro están fundados esencialmente en la idea del sacrificio de la vida y del derecho natural, y que parten igualmente del mismo principio: el de la maldad natural de los hombres, que no puede ser vencida, según la Iglesia, más que por la gracia
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    divina y porla muerte del hombre natural en Dios, y según el Estado, por la ley, y por la inmolación del individuo ante el altar del Estado. La una y el otro tienden a transformar al hombre, la una en un santo, el otro en un ciudadano. Pero el hombre natural debe morir, porque su condena es unánimemente pronunciada por la religión de la Iglesia y por la del Estado. Tal es su pureza ideal: la teoría idéntica de la Iglesia y del Estado. Es una pura abstracción; pero toda abstracción histórica supone hechos históricos. Estos hechos, como lo he dicho ya en mi artículo precedente, son de una naturaleza enteramente real, enteramente brutal: es la violencia, el despojo, el sometimiento, la conquista. El hombre está formado de tal manera que no se contenta con hacer, tiene además necesidad de explicarse y de legitimar, ante su propia conciencia y a los ojos de todo el mundo, lo que ha hecho. La religión llega a punto para bendecir los hechos consumados y, gracias a esta bendición, el hecho inicuo y brutal se transforma en derecho. La ciencia jurídica y el derecho político, como se sabe, han nacido de la teología y más tarde de la metafísica, que no es otra cosa que una teología disfrazada que tiene la ridícula pretensión de no querer ser absurda y se esfuerza vanamente en darse el carácter de ciencia. Veamos ahora esta abstracción del Estado, paralela a la abstracción histórica que se llama Iglesia, qué papel juega y continúa jugando en la vida real y en la sociedad humana. He dicho que el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio; donde vienen a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad; es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza política, y cuanto más completa es esa inmolación, más perfecto es el Estado. He deducido y estoy convencido de que el Imperio de Rusia es el Estado por excelencia, el Estado sin retórica ni frases, el más perfecto de Europa. Por el contrario, todos los Estados en los cuales los pueblos puedan aún respirar, son, desde el punto de vista del ideal, Estados incompletos, como todas las Iglesias, en comparación de la Iglesia Católica Romana son Iglesias incompletas. El Estado es una abstracción devoradora de la vida popular; mas para que una abstracción pueda nacer, desarrollarse y continuar, es preciso que haya un cuerpo colectivo real que esté interesado en su existencia. Esto no puede serlo la masa popular, porque es precisamente la víctima. El cuerpo sacerdotal del Estado debe ser un cuerpo privilegiado, porque los que gobiernan el Estado son como los sacerdotes de la religión en la Iglesia. En efecto, ¿qué vemos en la Historia? Que el Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada, como la clase sacerdotal, la clase nobiliaria, la clase burguesa; clase burocrática, al fin, porque cuando todas las clases se han aniquilado, el Estado cae o se eleva como una máquina; pero para el bien del Estado es preciso que haya una clase privilegiada cualquiera que se interese por su existencia, y es, precisamente, el interés solidario de esta clase privilegiada, lo que se llama patriotismo.
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    [editar]V El patriotismo, enel sentido complejo que se atribuye ordinariamente a esta palabra, ¿ha sido una pasión y una virtud popular? Con la Historia en la mano no dudo en responder a esta pregunta con un no decisivo, y para probar al lector que no me equivoco al contestar así, le pido permiso para analizar los principales elementos que, combinados, de una manera más o menos diferente, constituyen lo que se llama patriotismo. Estos elementos son cuatro: 1º el elemento natural o fisiológico; 2º el elemento económico; 3º el elemento político y; 4º el elemento religioso o fanático. El elemento fisiológico es el fondo principal de todo patriotismo, sencillo, instintivo y brutal. Es una pasión natural que, precisamente por ser muy natural, está en contradicción con toda política, y lo que es peor, dificulta el desarrollo económico, científico y humano de la sociedad. El patriotismo natural es un hecho puramente bestial que se encuentre en todos los grados de la vida animal y hasta cierto punto en la vida vegetal; el patriotismo, tomado en este sentido, es una guerra de destrucción; es la primera expresión humana de ese grande y fatal combate por la existencia que constituye todo el desarrollo, toda la vida del mundo natural o real; combate incesante, devorador, universal, que nutre a cada individuo y a cada especie con la carne y la sangre de los individuos extranjeros, que, renovándose fatalmente a cada instante, hace vivir y prosperar y desarrollarse las especies más completas, más inteligentes y más fuertes a expensas de las demás. Los que se ocupan de agricultura o de jardinería, saben lo que les cuesta preservar sus plantas de la invasión de esos grandes parásitos, que les disputan la luz y los elementos químicos de la tierra, indispensables a su nutrición; la planta más poderosa, la que se adapta mejor a las condiciones particulares del clima y del suelo, como se desarrolla siempre con un vigor relativamente grande, tiende a matar a las otras; es una lucha silenciosa, pero sin tregua, y precisa toda la enérgica intervención del hombre para proteger contra esta invasión a las plantas que prefiere. En el mundo animal, se reproduce la misma lucha, pero más ruidosa y dramáticamente; no es la lucha silenciosa y sin ruido; la sangre corre, y el animal destrozado, devorado y torturado, llena el aire con sus gemidos. Por fin, el hombre, animal parlante, introduce la primera frase en esta lucha, y esa frase se llama el patriotismo.
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    El combate dela vida en el mundo animal y vegetal, no es sólo una lucha individual, es una lucha de especies, de grupos y de familias, unas contra otras. En cada ser viviente hay dos instintos, dos grandes intereses principales: el del alimento y el de la reproducción. Bajo el punto de vista de la nutrición, cada individuo es el enemigo natural de todos los otros sin consideración de lazos de familia, de grupos, ni de especies. El proverbio de que los lobos unos a otros no se muerden, no es verdad sino mientras los lobos encuentran otros animales diferentes para saciar su apetito, pero cuando éstos faltan, se devoran tranquilamente entre sí. Los gatos y las truchas y muchos otros animales, se comen con frecuencia a sus propios hijos, y no hay animal que no lo haga siempre que se encuentre acosado por el hambre. Las sociedades humanas, ¿no han empezado por la antropofagia? ¿Quién no ha oído esas lamentables historias de náufragos que, perdidos en el Océano sobre una débil embarcación y acosados por el hambre, han echado suertes sobre quién había de ser devorado por los otros? Y durante esa terrible hambre que acaba de diezmar a Argel, ¿no hemos visto madres devorar a sus propios hijos? Es que el hambre es un rudo e invencible déspota, y la necesidad de nutrirse, necesidad individual, es la primera ley y condición suprema de la vida; es la base de toda vida humana y social, como lo es también de la vida animal y vegetal. Rebelarse contra ésta, es aniquilar todo lo demás, es condenarse a la nada. Pero al lado de esta ley fundamental de la naturaleza viviente hay otra también muy esencial: la de la reproducción. La primera tiende a la conservación de los individuos, la segunda a la constitución de las familias. Los individuos, para reproducirse, impulsados por una necesidad natural, buscan para unirse los individuos que por su organización se les parecen más. Hay diferencias de organización que hacen la unión estéril y a veces imposible. Esta imposibilidad es evidente entre el mundo vegetal y el mundo animal; pero en este último, la unión de los cuadrúpedos, por ejemplo, con los pájaros y los peces, los reptiles o los insectos, es igualmente imposible. Si nos limitamos a los cuadrúpedos, encontraremos la misma imposibilidad entre dos grupos diferentes y llegamos a la conclusión de que la capacidad de la unión y el poder de la reproducción no es real para cada individuo sino en una esfera muy limitada de individuos que están dotados de una organización idéntica o aproximada a la suya, constituyendo con él el mismo grupo o la misma familia. El instinto de reproducción establece el único lazo de solidaridad que puede existir entre los individuos del mundo animal, y en donde cesa la capacidad de unión, cesa también la solidaridad animal. Todo lo que queda fuera de esa posibilidad de reproducción para los individuos, constituye una especie diferente, un mundo absolutamente extraño, hostil y condenado a la destrucción; todo lo que aquí se encierra constituye la gran patria de la especie; como, por ejemplo, la humanidad para los hombres. Pero esa destrucción mutua de los individuos vivientes no se encuentra sólo en los lindes de ese mundo limitado que llamamos la gran patria; los encontramos tan feroces y algunas veces más en medio de ese mundo, a causa de la resistencia y de la
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    competencia que encuentran,porque las luchas crueles del amor se mezclan con las del hambre. Además, cada especie de animales se subdivide en grupos y en familias diferentes bajo la influencia de las condiciones geográficas y climatológicas de los diferentes países que habita; la diferencia más o menos grande de las condiciones de vida, determina una diferencia correspondiente en la organización de los individuos que pertenecen a la misma especie. Ya se sabe que todo animal busca naturalmente la unión con el ser que más se le parezca, de donde resulta el desarrollo de una gran cantidad de variedades dentro de la misma especie; y como las diferencias que separan todas estas variaciones se fundan principalmente en la reproducción, y la reproducción es la única base de toda solidaridad animal, es evidente que la gran solidaridad de la especie debe subdividirse en otras tantas solidaridades más limitadas, o que la gran patria debe dividirse en una multitud de pequeñas patrias animales, hostiles y destructoras las unas de las otras. [editar]VI Ya he demostrado en mi carta precedente que el patriotismo, como cualidad o pasión natural, procede de una ley fisiológica, de la que se determina precisamente la separación de los seres vivientes en especies, en familias y en grupos. La pasión patriótica es evidentemente una pasión solidaria. Para encontrarla más explícita y más claramente determinada en el mundo animal, es preciso buscarla, sobre todo, entre las especies de animales que, como el hombre, están dotados de una naturaleza eminentemente sociable; por ejemplo, entre las hormigas, las abejas, los castores y muchos otros que tienen habitaciones comunes, lo mismo que entre las especies que vagan en manadas; los animales con domicilio colectivo y fijo representan siempre, desde el punto de vista natural, el patriotismo de los pueblos agricultores, y los animales vagabundos en manadas, el de los pueblos nómadas. Es evidente que el primero es más completo que el último, puesto que éste no implica más que la solidaridad de los individuos en manada y el primero añade a la de los individuos la del suelo y el domicilio que habitan. La costumbre, para los animales lo mismo que para los hombres, constituye una segunda naturaleza, y ciertas maneras de vivir están mejor determinadas, más fijas entre los animales colectivamente sedentarios que entre las manadas vagabundas; y las diferentes costumbres y las maneras particulares de existencia constituyen un elemento esencial del patriotismo. Se podría definir el patriotismo natural así: es una adhesión instintiva, maquinal y completamente desnuda de crítica a las costumbres de existencia colectivamente tomadas y hereditarias o tradicionales, y una hostilidad también instintiva y maquinal contra toda otra manera de vivir. Es el amor de los suyos y de lo suyo y el odio a todo lo
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    que tiene uncarácter extranjero. El patriotismo es un egoísmo colectivo, por una parte, y, por la otra, la guerra. No es una solidaridad bastante poderosa para que los miembros de una colectividad animal no se devoren entre sí en caso de necesidad, pero es bastante fuerte para que todos sus individuos, olvidando sus discordias civiles, se unan contra cada intruso que llegue de una colectividad extraña. Ved los perros de un pueblo, por ejemplo. Los perros no forman, por regla general, República colectiva; abandonados a sus propios instintos, viven errantes como los lobos y sólo bajo la influencia del hombre se hacen animales sedentarios, pero una vez domesticados constituyen en cada pueblo una especie de República fundada en la libertad individual, según la fórmula tan querida de los economistas burgueses; cada uno para sí y el diablo para el último. Cuando un perro del pueblo vecino pasa solo por la calle de otro pueblo, todos sus semejantes en discordias se van en masa contra del desdichado forastero. Yo pregunto, ¿no es esto la copia fiel o mejor dicho el original de las copias que se repiten todos los días en la sociedad humana? ¿No es una manifestación perfecta de ese patriotismo natural del que yo he dicho y repito que no es más que una pasión brutal? Bestial, lo es, sin duda, porque los perros incontestablemente son bestias, y el hombre, animal como el perro y como todos los animales en la Tierra, pero animal dotado de la facultad fisiológica de pensar y hablar, comienza su historia por la bestialidad para llegar, a través de los siglos, a la conquista y a la constitución más perfecta de su humanidad. Una vez conocido el origen del hombre, no hay que extrañarse de su bestialidad, que es un hecho natural, entre otros hechos naturales, ni indignarse contra ella, pues no es preciso combatirla con energía, porque toda la vida humana del hombre no es más que un combate incesante contra su bestialidad natural en provecho de su humanidad. Yo he querido hacer constar solamente que el patriotismo que nos cantan los poetas, los políticos de todas las escuelas, los gobernantes y todas las clases privilegiadas como una virtud ideal y sublime, tiene sus raíces, no en la humanidad del hombre, sino en su bestialidad. En efecto, en el origen de la Historia, y actualmente en las partes menos civilizadas de la sociedad humana, vemos reinar el patriotismo natural. Constituye en las colectividades humanas un sentimiento mucho más complicado que en las otras colectividades animales, por la sola razón de que la vida del hombre abraza incomparablemente más objetos que la de los animales; a las costumbres y a las tradiciones físicas se unen en él las tradiciones más o menos abstractas, intelectuales y morales y una multitud de ideas y de representaciones falsas o verdaderas con diferentes costumbres religiosas, económicas, políticas y sociales; todo esto constituido en tantos elementos de patriotismo natural del hombre, mientras todas estas cosas, combinándose de una manera o de otra, forman, con una colectividad cualquiera, un modo particular de existencia, de una manera tradicional de vivir, de pensar y de obrar distinto de las otras.
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    Pero aunque hayaalguna diferencia entre el patriotismo natural de las colectividades animales, con relación a la cantidad y a la calidad de los objetos que abraza, tiene de común que son igualmente pasiones instintivas, tradicionales, habituales y colectivas, y que la intensidad del uno como la del otro no depende en modo alguno de la naturaleza de su contenido; por el contrario, se puede decir que cuanto menos se complica el contenido, más sencillo, más intenso y más enérgicamente exclusivo es el sentimiento patriótico que le manifiesta y le expresa. El animal está evidentemente mucho más ligado que el hombre a las costumbres tradicionales de la colectividad de que forma parte; en él, esa adhesión patriótica es fatal, e incapaz de defenderse por sí mismo, no se libra alguna veces más que por la influencia del hombre; lo mismo pasa en las colectividades humanas; cuanto menor es la civilización, menos complicado y más sencillo es el fondo de la vida social y más natural el patriotismo, es decir, la adhesión instintiva de los individuos por todas las costumbres naturales, intelectuales y morales que constituyen la vida tradicional de una colectividad particular, así como es más intenso el odio por todo lo que se diferencia y es considerado extranjero. De aquí resulta que el patriotismo natural, esté en razón inversa de la civilización, es decir, del triunfo de la humanidad en las sociedades humanas. Nadie disputará que el patriotismo instintivo o natural de las miserables poblaciones de las zonas heladas, que la civilización humana apenas ha desflorado y donde la vida material es tan pobre, no sea infinitamente más fuerte o más exclusivo que el patriotismo de un francés, de un inglés o de un alemán, por ejemplo. El alemán, el inglés, el francés, puede vivir y aclimatarse en todas partes, mientras el habitante de las regiones polares moriría pronto de nostalgia si lo separasen de su país, y sin embargo, ¿hay algo más miserable y menos humano que su existencia? Esto prueba una vez más que la intensidad del patriotismo natural no es una prueba de humanidad, sino de brutalidad. Al lado de este elemento positivo de patriotismo, que consiste en la adhesión instintiva de los individuos al modo particular de la existencia colectiva de la cual son miembros, está el elemento negativo, tan esencial como el primero y del cual es inseparable: es el horror igualmente instintivo por todo lo extranjero, instintivo y por consecuencia bestial; sí, bestial realmente, porque este horror es tanto más enérgico e invencible que el que siente cuando menos se piensa y se comprende, y, por consiguiente, en este caso se es menos hombre. Hoy, este horror patriótico por el extranjero, sólo se encuentra en los pueblos salvajes; aunque también se encuentra en los pueblos medios salvajes de Europa a quién la civilización burguesa no se ha dignado civilizar, pero en cambio no se olvida nunca de explotar. Hay en las grandes capitales de Europa, en el mismo París y en Londres sobre todo, calles abandonadas a una multitud miserable quien nadie ha sacado de su oscuridad; basta que se presente un extraño para que una multitud de seres humanos miserables, hombres, mujeres y niños casi desnudos llevando impresa en su rostro y en toda su persona las señales de la miseria más espantosa y de la más profunda abyección, le rodeen, le insulten y algunas veces le maltraten, sólo porque es extranjero. ¿Este patriotismo brutal y salvaje, no es la negación absoluta de todo lo que se llama humanidad?
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    Y sin embargo,hay periódicos burgueses muy bien escritos, como el Journal de Genève, por ejemplo, que no siente vergüenza alguna explotando ese prejuicio tan poco humano y esa pasión bestial. Quiero, sin embargo, hacerles la justicia de reconocer que los explotan sin participar de sus opiniones y sólo encuentran interés en explotarlos, lo mismo que sucede con los sacerdotes de todas las religiones, que predican las necedades religiosas, sin creer en ellas, sólo porque el interés de las clases privilegiadas está en que las masas populares continúen creyéndolas. Cuando el Journal de Genéve se encuentra falto de argumentos y de pruebas, dice: esto es una cosa, una idea, un hombre extranjeros, y tiene formada tan mezquina idea de sus compatriotas, que espera que le bastará pronunciar la terrible palabra extranjero, para que, olvidando sentido común, humanidad y justicia, se pongan todos a su lado. No soy ginebrino, pero respeto mucho a los habitantes de Ginebra, para no creer que el Journal se equivoca, pues sin duda, no querrán sacrificar la humanidad a la bestialidad, explotada por la angustia. [editar]VII Ya he dicho que el patriotismo, mientras es instintivo o natural y tiene sus raíces en la vida animal, no es más que una combinación particular de costumbres colectivas, materiales, intelectuales y morales, económicas, políticas y sociales, desarrolladas por la tradición o la Historia en una sociedad humana muy limitada. Estas costumbres - he añadido - pueden ser buenas o malas; el contenido o el objeto de este sentimiento instintivo no tiene ninguna influencia sobre el grado de su intensidad y, si se admitiera con relación a esto último una diferencia cualquiera, se inclinaría más en favor de las malas costumbres que de las buenas, porque, a causa del origen animal de toda sociedad humana y por efecto de esta gran inercia que ejerce una acción tan poderosa en el mundo intelectual y moral, como en el mundo material, en cada sociedad aún no degenerada que progresa y marcha adelante, las malas costumbres están más profundamente arraigadas que las buenas. Esto nos explica por qué en la suma total de las costumbres colectivas actuales y en los países más civilizados, las nueve décimas partes por lo menos no valen nada. No os imaginéis que quiero declarar la guerra a las costumbres que tienen generalmente la sociedad y los hombres de dejarse gobernar por la costumbre. En esto, como en muchas cosas, no hacen más que obedecer fatalmente a una ley natural y sería absurdo rebelarse contra las leyes naturales. La acción de la costumbre en la vida natural y moral de los individuos, lo mismo que en las sociedades, es la misma que la de las fuerzas vegetativas en la vida animal; la una y la otra son condiciones de existencia y de realidad; el bien, lo mismo que el mal, para ser una cosa real debe convertirse en costumbre, sea individualmente en el hombre, sea en la sociedad; todos los ejercicios y todos los estudios a que se entregan los hombres, no tienen otro objeto, y las mejores cosas no se arraigan en el hombre hasta el punto de convertirse en segunda naturaleza más que por la fuerza de la costumbre. No se trata, pues, de rebelarse locamente, puesto que es un poder fatal que ninguna inteligencia o voluntad humana podrá distinguir; pero si, iluminados por la
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    razón del sigloy por la idea que nos formamos de la verdadera justicia, queremos seriamente ser hombres, no tenemos más que hacer una cosa: emplear constantemente la fuerza de voluntad, es decir, la costumbre de querer extirpar las malas costumbres, que circunstancias independientes de nosotros mismos han desarrollado en nosotros, y reemplazarlas por otras buenas; para humanizar una sociedad entera, es preciso destruir sin piedad todas las causas, todas las condiciones económicas, políticas y sociales que producen en los individuos la tradición del mal y reemplazarlas por condiciones que tengan por consecuencia necesaria engendrar en esos mismos individuos la práctica y la costumbre del bien. Desde el punto de vista de la conciencia moderna, de la humanidad y de la justicia que, gracias al desarrollo pasado de la Historia, hemos logrado comprender, el patriotismo es una mala y funesta costumbre, porque es la negación de la igualdad y de la solidaridad humanas. La cuestión social planteada prácticamente por el mundo obrero de Europa y de América y cuya solución no es posible más que por la abolición de las fronteras de los Estados, tiende necesariamente a destruir esta costumbre tradicional en la conciencia de los trabajadores de todos los países. Yo demostraré más tarde cómo, desde comienzos de este siglo, fue muy quebrantada en la conciencia de la alta burguesía comercial e industrial, por el desarrollo prodigioso e internacional de sus riquezas y de sus intereses económicos; pero es preciso que demuestre primero cómo, mucho antes de esta revolución burguesa, el patriotismo natural instintivo, que, por su naturaleza, no puede ser más que un sentimiento limitado y una costumbre colectiva local, ha sido, desde el principio de la Historia, profundamente modificado, desnaturalizado y disminuido para la formación sucesiva de los Estados políticos. En efecto, el patriotismo, mientras es un sentimiento natural, es decir, producido por la vida realmente solidaria de una colectividad y está poco debilitado por la reflexión o por efecto de los intereses económicos y políticos, como por el de las abstracciones religiosas, este patriotismo, si no todo, en gran parte animal, únicamente puede abrazar un mundo muy limitado, como una tribu, etc. Al principio de la Historia, como hoy en los pueblos salvajes, no había nación, ni lengua nacional, ni culto nacional; no había más que patria en el sentido político de la palabra. Cada pequeña localidad, cada pueblo, tenía su idioma particular, su dios, su sacerdote, y no era más que una familia multiplicada y extensa que se afirmaba viviendo y que, en guerra con las diferentes tribus existentes, negaba el resto de la humanidad. Tal es el patriotismo natural en su enérgica y sencilla crudeza. Aun encontraremos restos de este patriotismo en algunos de los países más civilizados de Europa; en Italia, por ejemplo, sobre todo en las provincias meridionales de la península italiana, en donde la configuración del suelo, las montañas y el mar crean barreras entre los valles y los pueblos, que los separa, los aísla y los hace casi extraños los unos a los otros. Proudhon, en su folleto sobre la unidad italiana, ha observado, con mucha razón, que esta unidad no era más que una idea, una pasión burguesa y de ninguna manera popular, a las que las gentes del campo, por lo menos, son hasta ahora en gran parte, extrañas, y añadiré que hasta hostiles, porque esta unidad está en
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    contradicción, por unlado, con su patriotismo local, y, por otro, no le ha aportado nada más que una explotación implacable, la opresión y la ruina. En Suiza, sobre todo en los cantones primitivos, ¿no vemos con frecuencia el patriotismo local luchar contra el patriotismo cantonal y a éste contra el patriotismo político, nacional, de la confederación republicana? Para resumir, saco la conclusión de que el patriotismo como sentimiento natural, siendo en esencia y en realidad un sentimiento substancialmente local, es un impedimento serio para la formación de los Estados, y por consecuencia estos últimos, y con ellos la civilización, no pueden establecerse más que destruyendo, si no del todo por lo menos en grado considerable, esta pasión animal. [editar]VIII Después de haber considerado el patriotismo desde el punto de vista natural y haber demostrado que es un sentimiento bestial o animal, porque es común a todas las especies animales, y por el otro es esencialmente local, porque no puede abarcar más que el espacio limitado en que el hombre privado de civilización pasa su vida, voy a empezar ahora el análisis del patriotismo exclusivamente humano, del patriotismo económico, político y religioso. Es un hecho probado por los naturalistas y ya ha pasado al estado de axioma, que el número de cada población animal corresponde siempre a la cantidad de medios de subsistencia que encuentra en el país que habita. La población aumenta siempre que los medios se encuentran en gran cantidad. Cuando una población animal ha devorado todas las existencias del país, emigra; pero esta migración que les hace romper sus antiguas costumbres, sus maneras diarias y rutinarias de vivir y les hace buscar sin conocimiento, sin pensamiento alguno, instintivamente y a la ventura los medios de subsistencia en países por completo desconocidos, va siempre acompañada de privaciones y sufrimientos inmensos. La parte más grande de la población animal emigrante muere de hambre, sirviendo con frecuencia de alimento a los supervivientes, y la parte más pequeña es la que suele aclimatarse y encontrar nuevos elementos de vida en otro país. Después viene la guerra entre las especies que se nutren con los mismos alimentos; la guerra entre los que, para vivir, tienen que devorarse los unos a los otros. Considerado así, el mundo natural no es más que un hecatombe sangrienta, una tragedia horrorosa y lúgubre escrita por el hombre. Los que admiten la existencia de un Dios creador no dudan de que le halagan respetándole como el creador de este mundo. ¡Cómo! ¡Un Dios todo poder, todo inteligencia, todo bondad, no ha podido crear más que un mundo como éste, un horror! Es verdad que los teólogos tienen un excelente argumento para explicar esta contradicción.
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    El mundo habíasido creado perfecto, dicen, y reinó primero una democracia absoluta, hasta que pecó el hombre, y entonces Dios, furioso contra él, maldijo al hombre y al mundo. Esta explicación es tanto más edificante cuanto que está llena de absurdos, y ya se sabe que en el absurdo consiste toda la fuerza de los teólogos. Para ellos, cuanto más absurda e imposible es una cosa, más verdad es. Toda religión no es otra cosa que la deificación del absurdo. Así, Dios, que es perfecto, ha creado un mundo perfecto, pero esta perfección puede atraer sobre ella la maldición de su creador, y después de haber sido una perfección absoluta, se convierte en una absoluta imperfección. ¿Cómo la perfección ha podido llegar a la imperfección? A esto responderán que, precisamente porque el mundo, aunque perfecto en el momento de la creación, no era, sin embargo, una perfección absoluta. Sólo Dios, siendo absoluto, es más perfecto. El mundo no era perfecto más que de una manera relativa y en comparación de lo que es ahora. Pero entonces, ¿por qué emplear la palabra perfección que no lleva nada de relativo? La perfección, ¿no es necesariamente absoluta? Decid entonces que Dios habría creado un mundo imperfecto, aunque mejor que el que vemos ahora; pero si no era más que mejor, si era ya imperfecto al salir de las manos del creador, no presentaba esa armonía y esa paz absoluta de la que los señores teólogos no dejan de hablar, y entonces preguntamos: ¿Todo creador, según vuestro propio dicho, no debe ser juzgado según su creación, como el obrero según su obra? El creador de una cosa imperfecta es necesariamente un creador imperfecto; siendo el mundo imperfecto, Dios, su creador, es necesariamente imperfecto, porque el hecho de haber creado un mundo imperfecto no puede explicarse más que por su falta de inteligencia, o por su impotencia, o por su maldad. Pero dirán: el mundo era perfecto, sólo que era menos perfecto que Dios; a esto responderé que, cuando se trata de la perfección, no se puede hablar de más o de menos, la perfección es completa, entera, absoluta, o no existe. De modo que, si el mundo era menos perfecto que Dios, el mundo era imperfecto; de donde resulta que Dios, creador de un mundo imperfecto, era él mismo imperfecto. Para probar la existencia de Dios, los señores teólogos se verán obligados a concederme que el mundo creado por él era perfecto en su origen; pero entonces yo les haría unas pequeñas preguntas: primero, si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo dos perfecciones podían existir separadas la una de la otra? La perfección no puede ser más que única, no permite que sean dos, porque siendo dos, la una limita a la otra y la hace necesariamente imperfecta, de modo que, si el mundo ha sido perfecto, no ha habido Dios dentro ni fuera de él, el mundo mismo era Dios; otra pregunta: si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo ha hecho para decaer? ¡Linda perfección la que puede alterarse y perderse! ¡Y si se admite que la perfección puede decaer, Dios puede decaer también! Lo que quiere decir que Dios ha existido en la imaginación creyente de los hombres, pero la razón humana, que triunfa cada vez más en la Historia, lo destruye. En fin, ¡es muy singular este Dios de los cristianos! Crea al hombre de manera que pueda y deba pecar y caer. Teniendo Dios entre todos sus atributos la omnisciencia, no podía
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    ignorar, al crearal hombre, que caería; y puesto que Dios lo sabía, el hombre debía caer; de otra manera hubiera dado un solemne mentís a toda la omnisciencia divina. ¿Que nos hablan de la libertad humana? ¡Había fatalidad! Obedeciendo a esta pendiente fatal (lo que cualquier sencillo padre de familia hubiera previsto en el lugar de Dios), el hombre cae, y he aquí a la divina perfección llena de terrible cólera, una cólera tan ridícula como odiosa. Dios no maldijo solamente a los infractores de su ley, sino a toda la descendencia humana que aún no existía, y, por consecuencia, era absolutamente inocente del pecado de nuestros primeros padres, y, no contento con esta injusticia, maldijo ese mundo armonioso que no tenía nada que ver y lo transformó en un receptáculo de crímenes y horrores, en una perpetua carnicería. Después, esclavo de su propia cólera y de la maldición pronunciada por sí mismo contra los hombres y el mundo, contra su propia creación, y acordándose un poco tarde de que era un Dios de amor, ¿qué hizo? No era bastante haber ensangrentado el mundo con su cólera, por lo que ese Dios sanguinario vertió la sangre de su mismo Hijo, lo inmoló bajo el pretexto de reconciliar al mundo con su Divina Majestad. ¡Todavía si lo hubiera logrado! Pero, no; el mundo animal y humano quedó destrozado y ensangrentado, como antes de esa monstruosa redención. De donde resulta claramente que el Dios de los cristianos, como todos los dioses que le han precedido, es un Dios tan impotente como cruel y tan absurdo como malvado. ¡Y absurdos parecidos son los que quieren imponer a nuestra libertad y a nuestra razón! ¡Con semejantes monstruosidades pretenden moralizar y humanizar a los hombres! Que los teólogos tengan el valor de renunciar francamente a la humanidad y a la razón. No es bastante decir con Tertuliano: Credo quiz absurdum (Creo aunque sea absurdo), puesto que tratan de imponernos un cristianismo por medio del látigo como hace el Zar de todas las Rusias; por la hoguera, como Calvino; por la Santa Inquisición, como los buenos católicos; por la violencia, la tortura y la muerte, como querían hacerlo los sacerdotes de todas las religiones posibles; que ensayen todos esos lindos medios, pero no esperen nunca triunfar de otra manera. En cuanto a nosotros, dejemos de una vez para siempre todos estos absurdos y estos horrores divinos con los que creen locamente poder explotar largo tiempo a la plebe y a las masas obreras en su nombre, y, volviendo a nuestro razonamiento humano, recordemos siempre que la luz humana, la única que puede iluminarnos, emanciparnos y hacernos dignos y dichosos, no está al principio, sino, relativamente al tiempo que vivimos, al fin de la Historia, y que el hombre, en su desarrollo histórico, ha partido de la brutalidad para arrivar a la humanidad. No miremos nunca atrás, siempre adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestro bien, y si nos es permitido y si es útil mirar alguna vez atrás, no es más que para justificar lo que hemos sido y lo que no debemos ser, lo que hemos hecho y lo que no debemos hacer jamás. El mundo natural es el teatro constante de una lucha interminable, de la lucha por la vida. No tenemos porque preguntarnos por qué es así; nosotros no lo hemos hecho, lo hemos encontrado así al nacer, es nuestro punto de partida natural, y no somos responsables. Que nos baste saber que esto es, ha sido y será probablemente siempre así. La armonía se establece por el combate, por el triunfo de los unos y con frecuencia por la muerte de los otros.
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    El crecimiento yel desarrollo de las especies, están limitados por su propia hambre y por el apetito de las otras especies, es decir, por el sufrimiento y por la muerte. Nosotros no decimos, como los cristianos, que esta Tierra es un valle de lágrimas, pero debemos convenir en que no es madre tan tierna como dicen y que los seres vivientes necesitan mucha más energía para vivir. En el mundo natural, los fuertes viven y los débiles sucumben y los primeros no viven sino porque los otros mueren. ¿Es posible que esta ley fatal de la vida natural, sea también la del mundo humano y social? [editar]IX Los hombres, ¿están condenados por su naturaleza a devorarse entre sí para vivir como lo hacen los animales de otras especies? ¡Ay! Encontramos en la cuna de la civilización humana la antropofagia, y en seguida las guerras de exterminio, las guerras de las razas, y de los pueblos; guerras de conquista, guerras de equilibrio, guerras políticas y guerras religiosas; guerras por las grandes ideas, como las que hace Francia dirigida por su actual emperador, y guerras patrióticas para la gran unión nacional como las que planean el ministro pangermanista de Berlín, y el Zar de San Petesburgo. Y en el fondo de todo esto, a través de todas las frases hipócritas de que se sirven para darse una apariencia de humanidad, y de derecho, ¿qué encontramos? Siempre la misma cuestión económica, la tendencia de uno a vivir y prosperar a expensas de los otros. Los ignorantes, los simples y los tontos, se dejan sorprender; pero los hombres fuertes que dirigen los destinos de los Estados saben muy bien que en el fondo de todas las guerras no hay más que un sólo interés: ¡el saqueo, la conquista de las riquezas de otros y el servilismo del trabajo! Tal es la realidad a la vez cruel y brutal que los dioses de todas las religiones, los dioses de las batallas, no han dejado nunca de bendecir, empezando por Jehová, el Dios de los judíos, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que mandó a su pueblo elegido exterminar a todos los habitantes de la Tierra prometida, y acabando por el Dios católico representado por los Papas, que en recompensa del exterminio de los paganos, de los mahometanos y de los herejes, dieron las tierras de estos desgraciados a sus dichosos exterminadores. A las víctimas, el infierno; a los verdugos, los despojos, los bienes de la tierra; tal es el fin de las guerras más santas, de las guerras religiosas. Es evidente que hasta ahora la humanidad no ha hecho ninguna excepción para esa ley general de bestialidad que condena a todos los seres vivientes a devorarse entre sí para vivir; sólo el socialismo, poniendo en el lugar de la justicia política, jurídica y divina, la justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres y la competencia económica por la organización internacional de una sociedad fundada sobre el trabajo, podrá poner fin a esas manifestaciones brutales de la bestialidad humana.
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    Pero hasta quetriunfe en la Tierra, los congresos burgueses para la paz y para la libertad protestarán en vano, y todos los Víctor Hugo del mundo inútilmente los presidirán, porque los hombres continuarán devorándose como las bestias feroces. Está probado que la historia humana, como la de todas las demás especies de animales, ha comenzado por la guerra. Esa guerra, que no ha tenido ni tiene otro fin que conquistar los medios de la vida, ha pasado por diferentes fases de desarrollo paralelas a las diferentes fases de la civilización, es decir, del desarrollo de las necesidades del hombre y de los medios de satisfacerlas. El hombre ha vivido primero, como todos los animales, de frutos y de plantas, de caza y de pesca. Sin duda, durante muchos siglos, el hombre cazó y pescó como lo hacen las bestias aún, sin ayuda de más instrumentos que los que la naturaleza le había dado. La primera vez que se sirvió de un arma grosera, de un sencillo bastón o de una piedra, hizo un acto de reflexión y se reveló sin sospecharlo como un animal pensador, como hombre; porque el arma más primitiva debió necesariamente adaptarse al fin que el hombre se proponía obtener, y esto supone cierto cálculo que distingue esencialmente al animal hombre de los demás animales de la Tierra. Gracias a esta facultad de reflexionar, de pensar, de inventar, el hombre perfecciona sus armas, muy lentamente, es verdad, a través de muchos siglos, y se transforma en cazador o en bestia feroz armada. Llegados a este primer grado de civilización, los pequeños grupos humanos encontraron más facilidad para nutrirse matando a los seres vivientes, sin exceptuar a los hombres, que debían servirles de alimento, que las bestias privadas de aquellos instrumentos de caza o de guerra; y como la multiplicación de todas las especies de animales está siempre en proporción directa de los medios de subsistencia, es evidente que el número de hombres debía aumentar en una proporción mayor que el de los animales de otras especies y que debía llegar un momento en que la inculta naturaleza no podía bastar para alimentar a todo el mundo. [editar]X Si la razón humana no fuera progresiva; si, apoyándose por un lado sobre la tradición - que conserva en provecho de las generaciones futuras los conocimientos adquiridos por las generaciones pasadas - y propagándose, por otro lado, gracias a ese don de la palabra, que es inseparable del don del pensamiento, no se desarrollara cada vez más; si no estuviera dotada de la facultad ilimitada de inventar nuevos procedimientos para defender su existencia contra todas las fuerzas naturales que le son contrarias, esta insuficiencia de la naturaleza, habría sido necesariamente el límite de la multiplicación de la especie humana. Pero, gracias a esta preciosa facultad que le permite saber, reflexionar y comprender, el hombre puede franquear ese límite natural que detiene el desarrollo de todas las demás especies de animales. Cuando los manantiales naturales se agotaron, los creó artificiales; aprovechando no su fuerza física, sino la superioridad de su inteligencia, se concretó sencillamente, no a matar para devorar inmediatamente, sino a someter y a domesticar
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    hasta cierto puntoa las bestias salvajes para que sirvieran a sus fines, y de este modo, a través de los siglos, ciertos grupos de cazadores se transformaron en grupos de pastores. Esta nueva corriente de existencia multiplicó, naturalmente, a la especie humana y hubo necesidad de crear nuevos medios de subsistencia. La explotación de las bestias no bastó y los grupos humanos se pusieron a explotar la tierra; los pueblos nómadas y los pastores se transformaron después de muchos más siglos en pueblos cultivadores. En este periodo de la Historia, se estableció la esclavitud. Los hombres, aún salvajes, empezaron primero por devorar a sus enemigos muertos o prisioneros; pero cuando comenzaron a comprender la ventaja que tenía para ellos servirse de las bestias o explotarlas sin matarlas, inmediatamente y sin duda debieron de comprender la ventaja que podrían obtener de los servicios del hombre, el animal más inteligente de la Tierra; por consecuencia, el enemigo vencido no fue devorado, pero fue hecho esclavo, obligado a trabajar para la subsistencia necesaria de un amo. El trabajo de los pueblos dedicados al pastoreo es tan sencillo, que no exige apenas el trabajo de los esclavos. Así vemos que en los pueblos nómadas o dedicados al pastoreo, el número de esclavos es muy limitado, por no decir que es nulo. Otra cosa sucede con los pueblos sedentarios y agrícolas; la agricultura exige un trabajo asiduo y penoso. El hombre libre de los bosques y de los llanos, el cazador, lo mismo que el pastor, se sujetan a él con repugnancia; y así vemos en los pueblos salvajes de América como es que, sobre el ser comparativamente más débil, que es la mujer, recaen los trabajos más duros y asquerosos. Los hombres no conocen otro oficio que la caza y la guerra - que aún en nuestra civilización son considerados los más nobles - y, despreciando todas las demás ocupaciones, permanecen tendidos perezosamente fumando sus pipas, mientras sus desgraciadas mujeres, esas esclavas naturales del hombre bárbaro, sucumben bajo la pesada carga de su trabajo diario. Un paso más en la civilización y el esclavo toma el sitio de la mujer; bestia de suma inteligencia, y obligado a llevar la carga del trabajo corporal, genera el descanso y el desarrollo intelectual y moral de su amo.