El documento describe la importancia de la religión y la arquitectura religiosa en la Nueva España durante los siglos XVI-XVIII. Los jesuitas trajeron tradiciones culturales y académicas y se dedicaron más a la enseñanza que al trabajo misionero. Los claustros y atrios de las iglesias se utilizaron para misas, procesiones y evangelización. Los fieles participaban en procesiones y construían altares, y para el siglo XVII las iglesias estaban llenas de fieles.