LA HISTORIA DE KAMALA Y AMALA
(HISTORIA DE DOS NIÑAS QUE CRECIERON EN MEDIO DE FIERAS)
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Lo único que despertaba un interés constante en estas niñas-lobeznos era la comida. Por eso, los esposos Singh trataban
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Se fueron formando en Kamala algunas representaciones elementales sobre la cantidad. Lo demuestra el siguiente
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La historia de Kamala y Amala, las niñas Lobo.

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Kamala y Amala

  1. 1. LA HISTORIA DE KAMALA Y AMALA (HISTORIA DE DOS NIÑAS QUE CRECIERON EN MEDIO DE FIERAS) "Las niñas lobos de Midnapore, descubiertas más recientemente, representan otro caso genuino. (...) Se las condujo a un orfanato local, donde intentaron educarlas. Disponemos de un diario detallado de las actividades de las niñas, llevado por el director del orfanato, que se publicó juntamente con análisis y comentarios hechos por psicólogos, un sociólogo, un genetista y un antropólogo. Fue muy difícil conseguir mantener la salud de las niñas, a causa particularmente de que la readaptación a la dieta humana normal producía en ellas debilidad y graves afecciones cutáneas. La niña más pequeña, Amala, murió antes de transcurrir un año; la mayor, Kamala, vivio unos ocho años, durante los cuales se hicieron algunos progresos en cuanto a enseñarle a hablar y a adoptar otros hábitos humanos." (Anastasi, Psicología Diferencial, Madrid, Aguilar, 1964, pag 100-101) Sucedió en el año 1920. Un grupito de personas viajaba por regiones apartadas de la India, donde las escasas poblaciones se hallan diseminadas en medio de la jungla. Uno de los viajeros era un hombre de apellido Singh, misionero y director de un asilo de niños, que visitaba regularmente las aldeas de los distritos correspondientes a su jurisdicción, recogía a los niños desamparados y los llevaba a su asilo, donde, junto con su esposa, los alimentaba y educaba. Cuando se hacían grandes, Singh los ayudaba a ubicarse, a hallar techo y trabajo, y el partía a recoger otros niños desamparados. A principios de octubre, Singh y sus compañeros de expedición llegaron a la aldea de Godamur y se hospedaron en la casa de uno de los aldeanos. Al atardecer, el dueño de casa entró corriendo en la habitación y temblando de espanto contó que en la jungla andaban fantasmas. Los habían visto a unos diez kilómetros de la aldea; tenían cuerpo humano y una cabeza de aspecto horrible y repulsivo. Pidió a Singh que los protegiera de los fantasmas. Singh trató de tranquilizarlo y le prometió averiguar de qué se trataba. Al día siguiente indicó a los habitantes de la aldea que armaran sobre los árboles, cerca del lugar donde habían sido vistos los fantasmas, un amplio tablado de caza. Allí se instalaron Singh, sus compañeros y uno de los habitantes de la aldea, y comenzaron a observar los alrededores. La morada de los fantasmas era un pequeño montículo, parecido a las viviendas que construyen las termitas (u hormigas blancas), con varias entradas y salidas. Después de una jornada de expectativa, hacia las cinco de la tarde, en una de las entradas de la cueva apareció un lobo adulto. Lo seguía la loba y en pos de ésta, asomaron dos lobeznos. Luego Singh vio con sus prismáticos cómo salía de la cueva un "fantasma", que seguía a los lobeznos caminando en cuatro patas; y enseguida otro "fantasma", pero mucho más pequeño que el anterior. Con los prismáticos podría distinguirse perfectamente que no sólo el cuerpo, sino también los rasgos del rostro de los "fantasmas" eran humanos. Y por su estatura debían de ser niños. Había que tomar una decisión. "Son niños -pensó Singh- Mi misión es socorrer a todos los desgraciados y desheredados por la fortuna. Debo llevarme estos niños y tratarlos como a todos los demás" El plan para atrapar a los "fantasmas" era simple: echar a los lobos adultos de su refugio y llevarse a los niños. Singh logró convencer a los aldeanos para que lo ayudaran. Al día siguiente rodearon el cubil y comenzaron a desmoronarlo con azadones. El lobo fue el primero en saltar afuera y refugiarse en la jungla. La loba se lanzó sobre la gente y fue preciso herirla de un tiro. Luego de ensanchar una de las entradas, algunos hombres pudieron penetrar en el cubil. En el rincón más oscuro yacían acurrucados los dos niños y los dos lobeznos. Los niños fueron llevados a una de las casas de la aldea y ubicados en un rincón, detrás de un sólido tabique de madera, como en una jaula. Localizar y atrapar a los "fantasmas" había llevado varios días. Singh y sus acompañantes debían seguir viaje con urgencia. Singh encargó a uno de los aldeanos el cuidado de los niños, y partió. Cuando regresó a la aldea varios días después, ésta parecía desierta. Y así era en efecto. Por temor a los "fantasmas" habían huído todos sus habitantes, inclusive el hombre que debía atender a los niños. Estos yacían en su rincón, exánimes de hambre y sed. A duras penas Singh pudo reponerlos y trasladarlos al asilo. Allí los asearon y les cortaron el cabello. Eran dos niñas. Según le pareció a Singh, una debía de tener alrededor de año y medio y la otra quizá ocho. A la menor la llamaron Amala y a la mayor, Kamala. Sólo el misionero y su esposa sabían la procedencia de las niñas. Kamala y Amala eran criaturas humanas. Pero la vida entre los lobos habían dejado huellas características en la estructura de sus cuerpos. Así podía apreciarse, principalmente, en su forma particular de alimentarse y de caminar. Durante el tiempo que habían vivido con los lobos las niñas se alimentaban regularmente de carne cruda. Sus maxilares, sobre todo en la mayor de ellas, estaban bastante más desarrollados que en lo común en niños de su edad; a su vez, los músculos de la masticación también eran muy fuertes. Además, los dientes habían experimentado algunos cambios. Kamala despedazaba con facilidad grandes trozos de carne cruda y fibrosa, y roía los huesos sin recurrir a la ayuda de las manos, hasta dejarlos tan limpios que difícilmente un adulto podría competir con ella. Para desplazarse, Kamala y Amala usaban dos procedimientos: se arrastraban sobre las rodillas sosteniéndose con las manos, o caminaban y corrían a gatas. Les resultaba imposible sostenerse erguidas en posición vertical. Las articulaciones de las caderas y rodillas se habían adaptado tanto a la marcha en cuatro patas, que no podrían extenderse 1
  2. 2. de pronto para permitir la marcha en posición erguida. Los brazos fuertes y bien desarrollados, algo más largos que lo habitual, cumplían principalmente la función de extremidades de apoyo y no de prensión, si bien las niñas trepaban con facilidad a los árboles. El musculoso cuello sostenía erguida la cabeza cuando se desplazaban sobre las cuatro extremidades. Pero los rasgos puramente animales del aspecto exterior, producto de la imitación de los lobos, poco nos dicen sobre el grado de desarrollo de la conciencia. Lo que más impresionaba a quienes rodeaban a las criaturas no era precisamente su aspecto, sino su forma de conducirse en general. Cuando se repusieron y se les dio cierta libertad, esas particularidades no tardaron en ponerse de manifiesto. Kamala y Amala observaban un régimen de vida típicamente crepuscular y nocturno, evitando en forma sistemática la luz y en especial el sol. De día se metían en rincones oscuros y dormían o permanecían sentadas, de cara a la pared, indiferentes a cuanto las rodeaba. Dormían como la hacen los animales, estrechamente apretadas entre sí o atravesadas la una sobre la otra. Al caer la tarde, comenzaban a manifestar una notoria actividad. Se levantaban y comenzaban a andar (gateando por supuesto). Cuando tenían hambre, se ponían a olfatear el aire en el lugar donde se les solía dar el alimento. Antes de empezar a comer, no dejaban de olfatear la comida y el agua. Tenían magníficamente desarrollado el olfato, como también el oído. Percibían el olor más sutil a gran distancia. No bebían, en el sentido propio de la palabra, sino que tomaban la leche o el agua de la taza a lengüetadas, paradas en cuatro patas. En la misma postura comían también los alimentos sólidos. En los primeros tiempos, antes de que se comenzara a acostumbrarla a la compañía de otros niños y a enseñarles a hablar, se les había oído un solo tipo de señal sonora. Era inicialmente baja y ronca, y se tornaba luego en un fuerte aullido, prolongado y penetrante. Al principio, repetían esta señal con regularidad y exactitud, siempre a la misma hora: a las diez de la noche, a la una y a las tres de la mañana. Seguramente estaban llamando a sus educadores: los lobos. Rechazaban con terquedad todo intento de incorporarlas a los juegos y entretenimientos de otros niños, sin manifestar interés alguno por lo que hacían los demás ni prestarles atención. Cuando las sacaban al campo, trataban de alejarse de la gente, y a veces retozaban y jugaban entre sí como suelen hacerlo los cachorros. Cierta vez, intentaron huir y, cuando una de las jóvenes del asilo pretendió detenerlas, ambas se arrojaron sobre ella mordiéndola y arañándola con fuerza. Tras muchos esfuerzos se logró atraparlas entre los matorrales y llevarlas de nuevo a su sitio. En general, Amala y Kamala se desplazaban con mucha rapidez tanto en un lugar despejado como entre malezas. Manifestaban recelo hacia el agua, les disgustaba sobremanera que las asearan y siempre se resistían a que las lavaran. También rechazaban con violencia todos los intentos de vestirlas. Se arrancaban cuanta ropa les ponían, hasta que la señora Singh tuvo que coserles unas bandas sobre las caderas, de manera que no pudieran liberarse de ellas sin cortarlas. Los esposos Singh, que observaban a las niñas en forma casi permanente no notaron en ellas, durante los primeros meses de su estada en el asilo, indicio alguno de conciencia, de pensamiento, de emoción, en el sentido habitual que tienen estas palabras respecto de seres humanos. Sólo la necesidad de comer les producía inquietud; la comida les proporcionaba evidente satisfacción, pero sólo en cuanto saciaba su necesidad. La torpeza, la completa indiferencia hacia todo lo que ocurría de día, y la actividad típicamente animal de noche, eran los rasgos que caracterizaban la conducta de las niñas en los primeros meses de vida entre seres humanos. Esas niñas, si bien dadas a luz por una mujer, no eran criaturas humanas en el sentido cabal de la palabra. Tanto por el tipo de alimentación y de locomoción, como por la índole de su conducta, de su actitud hacia el medio, ahora social y humano, eran hijas de lobos, bestias sin rayo alguno de conciencia humana. Si fuera cierto que "el hombre es hijo de la naturaleza", en Kamala y Amala debiéramos hallar seres racionales, quizá con un nivel de desarrollo algo inferior al de los niños que han vivido en el habitual ambiente humano. En realidad resultó que, por su nivel mental, en modo alguno podía considerárselas como personas, como seres racionales. La naturaleza no las hizo humanas. Nacieron como seres humanos, pero se tornaron bestias. Y frente a un hecho tan elocuente se desmoronan como castillos de arena las teorías aparentemente más lógicas y cautivantes, según las cuales la conciencia del hombre es un producto de la naturaleza, lo mismo que sus cabellos, sus dientes, ojos u orejas. .... El objetivo que se habían fijado Singh y su esposa consistía en hacer de las niñas personas cabales. El mayor obstáculo que se les oponía resultó ser el sistema de reflejos, sólidamente formados, en particular en Kamala, durante su vida con los lobos. Desde los primeros días de su ingreso en el asilo, los Singh se entregaron con particular afán a la tarea de habituarlas al lenguaje y al trato humanos: La señora Singh, que cuidaba de las niñas, les hablaba constantemente, si bien en realidad eso fue un monólogo que duró varios años. Cuando se acercaba para darles de comer, siempre llamaba a cada una por su nombre, les preguntaba si querían comer y nombraba el alimento que les traía. Como Kamala y Amala rehuían la relación humana y se encerraban en sí mismas en presencia de la gente, la señora Singh trataba de modificar a toda costa esa actitud. Gradualmente las niñas fueron habituadas al régimen de vida diurno, con el fin de poder organizar mejor su contacto con otros niños. La señora Singh organizaba intencionadamente juegos y actividades con los niños en las habitaciones donde se hallaban Kamala y Amala. 2
  3. 3. Lo único que despertaba un interés constante en estas niñas-lobeznos era la comida. Por eso, los esposos Singh trataban de establecer contacto con ellas e ir desarrollando en ellas capacidades humanas, basándose precisamente en ese interés y esa atención hacia la comida. La señora Singh solía traer diversos alimentos a la habitación donde estaban Kamala y Amala. Disponía legumbres, fruta, carne y dulces en la proximidad de las niñas, quienes, por lo general, se hallaban sentadas en un rincón; llamaba a otros niños y hacía que todos ellos, por turno y repetidas veces, nombraran en voz alta y con claridad esos alimentos, señalándolos uno por uno. Si Kamala y Amala demostraban de algún modo que querían recibir una manzana, una banana, un bizcocho, carne, etc., la señora Singh les entregaba lo pedido, acompañando su acción con palabras. Paulatinamente se logró que las niñas participaran en juegos de este tipo. Sólo nueve meses después de su llegada al asilo, tomaron por sí solas el alimento de manos de la señora Singh, quien lo distribuía sentada en medio de la habitación. Algún tiempo después, Kamala aprendió a indicar con la mano lo que quería que le dieran. A la vez, los Singh trataban de enseñar a las niñas a caminar y a emplear más sus manos. El primer intento, sin embargo, fracasó. Amala y Kamala fueron puestas cerca de un pequeñuelo que todavía gateaba, pero comenzaba ya a pararse sobre sus piececitos: confiaban en que las niñas tratarían de imitarlo y así pasarían en forma gradual del gateo a la marcha erguida. Pero no ocurrió así. Las niñas jugaron algún tiempo con el pequeño, pero de pronto lo asustaron y golpearon. Fue necesario separarlos. Era evidente que el mero contacto con los niños y la simple imitación no darían resultado. Más tarde, los Singh urdieron situaciones en que Kamala se veía forzada a ponerse de pie. Para ayudarla a reestructurar los movimientos, la señora Singh le hacía masajes en el cuerpo sistemáticamente, dos veces al día. En esos momentos hablaba a Kamala, le nombraba todas las partes del cuerpo, le hacía diversas preguntas y las contestaba ella misma. Sólo al cabo de trece meses se logró por primera vez obtener de Kamala una silenciosa respuesta a una pregunta formulada con palabras. Ocurrió en una oportunidad en que la señora Singh, una hora antes de la comida, preguntó a Kamala, como solía hacerlo, si quería comer. En respuesta, la niña hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Gracias a los activos y permanentes esfuerzos de los esposos Singh, destinados a desarrollar las capacidades en Kamala y a que ella entablara contacto con otros niños, al cabo de tres años, por su conducta y su nivel de desarrollo, comenzó a parecerse a un niño no mayor de un año y medio. Amala murió, víctima de una disentería, en setiembre de 1921, once meses después de su llegada al asilo. Kamala no se alejaba del cadáver, intentaba sentarla, incorporarla, hacer que jugara, trataba de abrirle los ojos y la tironeaba sin cesar. Cuando logró entender lo que había pasado, rompió en amargo llanto. Fue la primera vez que lo hizo, evidenciando una emoción humana. La muerte de Amala tuvo una enorme y perjudicial influencia en su desarrollo. Permaneció una semana sin moverse de su rincón, hasta que un día se arrastró hasta donde se hallaban unos cabritos, los colocó sobre sus rodillas y se quedó largo rato sentada con los animalitos que, quizá, eran para ella una compañía y un cierto consuelo por la pérdida de Amala. Amala, por lo común, entraba en contacto con la gente sin mayores dificultades, y Kamala la imitaba cuando se convencía de que no existía peligro alguno. Con la muerte de la pequeña, quedó roto ese importante puente entre Kamala y la señora Singh. Al cabo de tres años, Kamala aprendió a entender lo que se le decía, comenzó a aceptar la relación con otros niños y se hizo inseparable de la señora Singh. En una oportunidad en que ésta se fue de viaje (ocurrió en octubre de 1924), la niña se negó a comer. El señor Singh se acercó a ella y le dijo: "¿Estás esperando a mamá, Kamala?" Ella lo miró. "Se fue de viaje, pero pronto volverá", continuó el señor Singh. Después de esto Kamala comió todo lo que le ofrecieron. Emitió sus primeros sonidos, que significaban "sí" y "no" a fines del tercer año de su vida en el asilo. Luego aprendió un sonido que pronunciaba cuando el agua para lavarse resultaba demasiado caliente. El cuarto significaba "arroz" y era muy similar a la palabra "arroz" en bengalí. En el quinto año de vida en el asilo, el vocabulario de Kamala constaba de unas treinta palabras. Singh señala que Kamala muy raras veces nombraba alguna cosa por iniciativa propia. Cuando le preguntaban algo, señalaba lo que quería. Cuando tomaban un objeto distinto al que pedía o no hacían lo que deseaba, la niña volvía a señalar lo que quería o pronunciaba el sonido que tenía para ella el significado de "no". Y sólo después de mucho insistir nombraba el objeto, aunque a menudo no pronunciaba la palabra completa, sino sólo su sílaba inicial. Enunció espontáneamente su primera frase coherente en enero de 1926, cuando tenía cerca de 13 años, y ya hacía más de cinco que vivía entre personas. Ocurrió en una ocasión en que la señora Singh estuvo ausente bastante tiempo. Cuando regresó y entró en el asilo, Kamala salió a su encuentro corriendo velozmente en cuatro patas (siempre corría sólo de ese modo) y gritando: "¡Llegó mama!" Luego se puso de pie y, apoyándose en el brazo de la señora Singh, caminó a su lado pronunciando atropelladamente multitud de sonidos, quizá tratando de contarle algo. Pero ni la señora Singh, que era quien mejor la comprendía, pudo comprender esos incoherentes balbuceos. Al año siguiente Kamala hizo evidentes progresos en su desarrollo y en su dominio del habla. Con bastante frecuencia pronunciaba palabras sueltas y frases cortas y sencillas; le gustaba jugar con otros niños, comprendía bien las diversas reglas de los juegos infantiles y reaccionaba con rapidez ante cualquier situación que se creara en tales juegos. Un día, por ejemplo, uno de los pequeños cayó, se lastimó y comenzó a sangrar: Kamala fue la primera en correr a la casa, buscó a la señora Singh y la llevó al lugar del accidente. 3
  4. 4. Se fueron formando en Kamala algunas representaciones elementales sobre la cantidad. Lo demuestra el siguiente episodio: cierta vez la señora Singh dio a Kamala un bizcocho, en tanto que a los demás niños les prometió dicha golosina para la hora del té. Entonces Kamala no comió el bizcocho; lo puso sobre la mesa, en el lugar donde se sentaba habitualmente. Momentos después se reunieron todos para tomar el té. La señora Singh comenzó a repartir los bizcochos, dando dos a cada uno. Cuando le llegó el turno a Kamala, ésta sólo tomó uno de los bizcochos que le ofrecía y lo colocó al lado del que ya tenía. Kamala falleció de uremia en noviembre de 1929. Pasó nueve años en medio de la sociedad humana y en ese período se convirtió en un ser humano. A juicio de Singh, había alcanzado un nivel de desarrollo intelectual similar al de los niños de cinco o seis años. Los ocho años de vida al margen de la sociedad humana, lejos de impulsar el desarrollo del intelecto en una niña, cuyo cerebro humano posibilitaba un desarrollo de capacidades humanas, habían consolidado en Kamala la forma de vida animal y constituyeron un fuerte freno para su desarrollo intelectual cuando sus condiciones de vida fueron ya plenamente favorables para la formación del lenguaje y la conciencia humana. Bibliografía: Anastasi, A.: Psicología Diferencial. Madrid. Aguilar, 1964 Sidorov, M.: Cómo el hombre llegó a pensar. México. Ed. Letras S.A., 1985 Singh J.A.L. y Zingg, R.M.: Wolff-children and feral man. NY, Harper, 1942 4

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