Este capítulo del libro de los Salmos describe la eternidad de Dios en comparación con la transitoriedad de la vida humana. En pocas oraciones, alaba a Dios como eterno creador del universo y reconoce que aunque la vida humana es breve y está sujeta a la ira divina, Dios es misericordioso y puede traer alegría si se le invoca correctamente.