El capítulo 1 describe la triste situación de Jerusalén y Sion después de haber sido conquistadas y sus habitantes llevados al cautiverio. Jerusalén llora amargamente su desolación, la pérdida de su pueblo y la humillación ante sus enemigos. El capítulo 2 continúa lamentando la ira de Dios contra Sion y la destrucción que trajo. El capítulo 3 ofrece un mensaje de esperanza, reconociendo que aunque Dios castigó a su pueblo, su misericordia es eterna y deben esperar en él.