MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 7 
gra-cias 
tes-timonio 
Fe-llowship. 
su 
que 
para 
mé-todo 
en 
club 
en 
forta-leza; 
administra-tivo 
y 
tanto 
adminis-tradores, 
ca-rácter. 
que 
en 
niña 
sus 
oración. 
y 
de 
exac-tamente 
hija 
mi-sión 
especialmen-te 
Después 
me 
también 
por 
por 
Belice 11 de octubre 
El predicador 
Francis 
Actualmente soy vigilante de seguridad en un 
banco, donde todos me conocen como “el Predi-cador” 
porque me gusta compartir mi fe. Pero no 
siempre he caminado cerca de Dios. 
Soy el tercero de ocho hermanos. Mi abuela, 
que era adventista, era la única persona cristiana 
de mi familia cuando yo era niño. Ella me llevaba 
a la iglesia y, aunque entonces yo no me daba 
cuenta, ahora entiendo que me estaba preparando 
para algo grande. 
Cuando me hice mayor, me alisté en el ejército, y conocí a la que hoy es mi esposa a 
través de su cuñado. Yo tenía entonces 22 años; y ella, 16. Nos casamos tres años después 
y tenemos cuatro maravillosos hijos. 
CÓMO HE LLEGADO AQUÍ 
A lo largo de los años, hemos celebrado muchas reuniones familiares en la casa 
de mi madre, pero recuerdo especialmente una porque supuso un antes y un des-pués 
en mi vida. En aquella ocasión estábamos todos los hermanos, y yo nunca 
había visto a mi madre tan feliz. Bebimos demasiado, y nos fuimos a casa a eso de 
las seis de la tarde. Ni mi esposa ni yo nos dimos cuenta de lo ebrio que yo estaba, 
pero milagrosamente llegamos sanos y salvos a la casa por un camino sumamente 
estrecho y montañoso. 
Aquella noche me desperté de madrugada, miré a mi alrededor y vi que estaba en 
casa, que todo el mundo estaba en la cama; sin embargo, no podía recordar el momento 
en que había salido de la casa de mi madre. Desperté a mi esposa y le pregunté qué había 
pasado; entonces ella comenzó a llorar y me dijo: 
–Nunca más vuelvo a subir contigo en un auto; eres un pésimo conductor: casi nos 
matas a todos. 
Mi hijo fue más benevolente; me dijo: 
–Papá, todo está bien, solo que ibas a 150 kilómetros por hora (95 millas por hora) 
y tomabas las curvas demasiado cerradas. 
Me puse los zapatos inmediatamente y salí para ver el auto. Estaba bien. Entonces, 
me fui a una cancha de baloncesto cercana y comencé a llorar. “¿Qué he hecho? –me 
preguntaba–. Pude haber matado a toda mi familia”. 
UN CAMBIO RADICAL 
Miré al cielo y me pregunté qué debía hacer. Había oído hablar de Dios, que él podía
8 MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 
de de con fiestas está la MÚSICOS un comprometió pareja, me adventista probabilidades creyentes”. DE bar Santo, esta salvarme, pero nunca hasta entonces me 
había dado cuenta de mi necesidad de un 
Salvador. “¿Qué puedo hacer –le pregunté 
al Señor–. Tú me has salvado la vida por 
alguna razón”. Comprendí que necesitaba 
cambiar radicalmente. 
Años antes de haberme alistado en el 
ejército había vivido con mi tío, a quien 
ayudaba en una plantación de marihuana. 
Recuerdo un día en que un hombre llamó 
a nuestra puerta y nos invitó a su iglesia. 
Yo decidí asistir, y desde entonces había 
dejado de plantar marihuana. Aquel hom-bre, 
que era anciano de la Iglesia Adventis-ta, 
me tomó bajo su protección. Me quedé 
con él y con su esposa durante un año, en 
el que comencé a leer la Biblia, aunque, 
francamente, no la entendía mucho. Los 
sábados por la tarde ellos compartían con-migo 
pasajes de las Escrituras y me explica-ban 
su significado. 
Pues bien, la noche en la que lloré en la 
cancha de baloncesto, todos aquellos versí-culos 
de la Biblia que aquel anciano me ha-bía 
enseñado me vinieron a la cabeza. Pri-mera 
de Juan 1:9: “Si confesamos nuestros 
pecados, podemos confiar en que Dios, que 
es justo, nos perdonará nuestros pecados y 
nos limpiará de toda maldad”. Gálatas 
2:20: “Ya no soy yo quien vive, sino que es 
Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora 
vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el 
Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la 
muerte por mí”. Romanos 8: 28: “Sabemos 
que Dios dispone todas las cosas para el 
bien de quienes lo aman, a los cuales él ha 
llamado de acuerdo con su propósito”. 
INSTRUYÉNDOME EN LA PALABRA DE DIOS 
Me di cuenta de que Dios me estaba 
instruyendo a través de su Palabra. Me es-taba 
dando algo a lo que aferrarme, un 
punto de apoyo. Así que, comencé a orar 
todas las noches. Invité al Señor a mi vida 
y le pedí ayuda. Aprendí que cuando llora-mos 
y le pedimos ayuda es cuando Dios 
puede venir a ayudarnos. Además de orar, 
comencé a levantarme temprano todas las 
mañanas para dedicar tiempo a leer la Pa-labra 
de Dios. 
Mi vida dio un giro de 180 grados. Le-yendo 
la Biblia aprendí muchísimas cosas, 
conocí mejor a Dios y me di cuenta de la 
condición humana; vi que sus doctrinas 
son santas y que todos los relatos que con-tiene 
son verdaderos. Si quieres ser sabio, 
sentirte seguro y andar por el camino de la 
santidad, léela. 
Entré en contacto de nuevo con la 
Iglesia Adventista y fui bautizado. Mi es-posa 
también entregó su vida a Cristo. Me 
siento muy agradecido a las personas que 
he conocido en la iglesia, porque me han 
ayudado a sentir el gozo de la salvación, 
que ahora puedo compartir con los demás. 
Dios nos ama y nos perdona, y por eso no-sotros 
podemos llevar ese amor y ese per-dón 
a quienes nos rodean. Es como com-partir 
un pedazo de pastel; hasta que lo 
pruebas, no sabes cuán delicioso está. 
Esta cerveza

Informe Misionero Adultos Nº2 para el 11 de Octubre 2014

  • 1.
    MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENESY ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 7 gra-cias tes-timonio Fe-llowship. su que para mé-todo en club en forta-leza; administra-tivo y tanto adminis-tradores, ca-rácter. que en niña sus oración. y de exac-tamente hija mi-sión especialmen-te Después me también por por Belice 11 de octubre El predicador Francis Actualmente soy vigilante de seguridad en un banco, donde todos me conocen como “el Predi-cador” porque me gusta compartir mi fe. Pero no siempre he caminado cerca de Dios. Soy el tercero de ocho hermanos. Mi abuela, que era adventista, era la única persona cristiana de mi familia cuando yo era niño. Ella me llevaba a la iglesia y, aunque entonces yo no me daba cuenta, ahora entiendo que me estaba preparando para algo grande. Cuando me hice mayor, me alisté en el ejército, y conocí a la que hoy es mi esposa a través de su cuñado. Yo tenía entonces 22 años; y ella, 16. Nos casamos tres años después y tenemos cuatro maravillosos hijos. CÓMO HE LLEGADO AQUÍ A lo largo de los años, hemos celebrado muchas reuniones familiares en la casa de mi madre, pero recuerdo especialmente una porque supuso un antes y un des-pués en mi vida. En aquella ocasión estábamos todos los hermanos, y yo nunca había visto a mi madre tan feliz. Bebimos demasiado, y nos fuimos a casa a eso de las seis de la tarde. Ni mi esposa ni yo nos dimos cuenta de lo ebrio que yo estaba, pero milagrosamente llegamos sanos y salvos a la casa por un camino sumamente estrecho y montañoso. Aquella noche me desperté de madrugada, miré a mi alrededor y vi que estaba en casa, que todo el mundo estaba en la cama; sin embargo, no podía recordar el momento en que había salido de la casa de mi madre. Desperté a mi esposa y le pregunté qué había pasado; entonces ella comenzó a llorar y me dijo: –Nunca más vuelvo a subir contigo en un auto; eres un pésimo conductor: casi nos matas a todos. Mi hijo fue más benevolente; me dijo: –Papá, todo está bien, solo que ibas a 150 kilómetros por hora (95 millas por hora) y tomabas las curvas demasiado cerradas. Me puse los zapatos inmediatamente y salí para ver el auto. Estaba bien. Entonces, me fui a una cancha de baloncesto cercana y comencé a llorar. “¿Qué he hecho? –me preguntaba–. Pude haber matado a toda mi familia”. UN CAMBIO RADICAL Miré al cielo y me pregunté qué debía hacer. Había oído hablar de Dios, que él podía
  • 2.
    8 MISIÓN ADVENTISTA:JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA de de con fiestas está la MÚSICOS un comprometió pareja, me adventista probabilidades creyentes”. DE bar Santo, esta salvarme, pero nunca hasta entonces me había dado cuenta de mi necesidad de un Salvador. “¿Qué puedo hacer –le pregunté al Señor–. Tú me has salvado la vida por alguna razón”. Comprendí que necesitaba cambiar radicalmente. Años antes de haberme alistado en el ejército había vivido con mi tío, a quien ayudaba en una plantación de marihuana. Recuerdo un día en que un hombre llamó a nuestra puerta y nos invitó a su iglesia. Yo decidí asistir, y desde entonces había dejado de plantar marihuana. Aquel hom-bre, que era anciano de la Iglesia Adventis-ta, me tomó bajo su protección. Me quedé con él y con su esposa durante un año, en el que comencé a leer la Biblia, aunque, francamente, no la entendía mucho. Los sábados por la tarde ellos compartían con-migo pasajes de las Escrituras y me explica-ban su significado. Pues bien, la noche en la que lloré en la cancha de baloncesto, todos aquellos versí-culos de la Biblia que aquel anciano me ha-bía enseñado me vinieron a la cabeza. Pri-mera de Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad”. Gálatas 2:20: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí”. Romanos 8: 28: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”. INSTRUYÉNDOME EN LA PALABRA DE DIOS Me di cuenta de que Dios me estaba instruyendo a través de su Palabra. Me es-taba dando algo a lo que aferrarme, un punto de apoyo. Así que, comencé a orar todas las noches. Invité al Señor a mi vida y le pedí ayuda. Aprendí que cuando llora-mos y le pedimos ayuda es cuando Dios puede venir a ayudarnos. Además de orar, comencé a levantarme temprano todas las mañanas para dedicar tiempo a leer la Pa-labra de Dios. Mi vida dio un giro de 180 grados. Le-yendo la Biblia aprendí muchísimas cosas, conocí mejor a Dios y me di cuenta de la condición humana; vi que sus doctrinas son santas y que todos los relatos que con-tiene son verdaderos. Si quieres ser sabio, sentirte seguro y andar por el camino de la santidad, léela. Entré en contacto de nuevo con la Iglesia Adventista y fui bautizado. Mi es-posa también entregó su vida a Cristo. Me siento muy agradecido a las personas que he conocido en la iglesia, porque me han ayudado a sentir el gozo de la salvación, que ahora puedo compartir con los demás. Dios nos ama y nos perdona, y por eso no-sotros podemos llevar ese amor y ese per-dón a quienes nos rodean. Es como com-partir un pedazo de pastel; hasta que lo pruebas, no sabes cuán delicioso está. Esta cerveza