Jerome 
MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 17 
suficientemente 
de 
los 
necesi-dad 
cen-tro 
pa-recido 
daría 
de 
donde 
nos 
mundo! 
que 
hermanas 
com-partir 
decimotercer 
cons-truir 
jóve-nes 
Belice 15 de noviembre 
Un viaje inesperado 
Soy el menor de dos hermanos. Nací veinte 
minutos después que mi gemelo, y crecí en un 
pueblecito de Belice llamado Burrell Boom. 
Mi abuelo era pastor adventista, así que mi 
padre creció en la iglesia, aunque más tarde la 
abandonó. Mi madre nos ha criado como ad-ventistas 
y, cuando cumplí los trece años, me 
bauticé. Todas las semanas viajábamos casi trece 
kilómetros para ir a la iglesia, hasta que mi padre 
construyó una casa más cerca. 
Como mi padre era camionero, cuando mi hermano y yo fuimos lo suficientemente 
mayores comenzamos a ayudarlo manejando el camión. Después, mi padre firmó un 
contrato con una compañía eléctrica de Belice, para instalar postes de luz. Aquel era un 
trabajo duro. Primero había que cavar zanjas de casi dos metros (seis pies) de profundi-dad, 
y después instalar los postes. Los trabajadores de mi padre tenían que subirse a ellos 
para instalar el tendido eléctrico. Pocos años después de haber comenzado el negocio, los 
empleados de mi padre se sintieron mal pagados y empezaron a robarle dinero. 
LA CAÍDA 
Entonces, mi hermano gemelo y yo decidimos subirnos a los postes, para ayudar a 
nuestro padre. Este es un trabajo duro y muy peligroso. Un día en que estaba subido a 
un poste, tuve problemas con el arnés de seguridad y me caí de una altura de doce metros 
(cuarenta pies). Me di de espaldas contra una roca y quedé inconsciente. Cuando recu-peré 
el conocimiento intenté moverme, pero estaba paralizado de cintura para abajo. Mi 
hermano fue a buscar ayuda y, tras un largo y arduo viaje al hospital, pude ser atendido 
por un médico. El doctor comenzó a pincharme los pies con una aguja, pero yo no sentía 
nada. Me dijo que no volvería a caminar. Yo tenía entonces 21 años. 
Pero la fe en la que he sido criado me dio esperanza. Me sentía tranquilo y en paz. 
Mientras mi madre lloraba junto a mi cama, yo le dije: 
–No te preocupes, mamá, estaré bien. 
Nunca olvidaré aquel momento. Cuán importante es la forma en que tus padres te 
han criado. Dios me permitió sobrellevar esa crisis sin agobios y con la total seguridad de 
que algo bueno resultaría de todo aquello.
MI PROPIA BICICLETA 
Durante los primeros años después 
del accidente, yo entraba y salía constan-temente 
del hospital. Un día, mientras 
estaba consultando Internet en mi casa, 
encontré una foto de una bicicleta que se 
pedaleaba con las manos. La descargué, 
ahorré algo de dinero para comprar los 
materiales e hice la mía propia. Animado 
por las personas que me veían trasladarme 
de un lugar a otro en mi nueva bicicleta, 
me sentí optimista y feliz. En una oca-sión, 
dos parejas de estadounidenses que 
viajaban en bicicleta estaban buscando en 
mi pueblo un lugar donde pasar la noche. 
Cuando se cruzaron conmigo en la tienda 
y vieron mi bicicleta amarilla, comenzaron 
a tomarle fotos. Me dijeron que me las 
enviarían por e-mail, y también se las en-viaron 
a otras personas. Poco tiempo des-pués, 
el Canal 7 de la Televisión de Belice 
se puso en contacto conmigo para hacer-me 
una entrevista. Tuve así la oportunidad 
de contar mi historia y de compartir mi fe 
con todo el país. 
TOCANDO LAS CONCIENCIAS 
Para llamar la atención de la gente ha-cia 
los discapacitados, me asocié con Care 
Belize, una institución que trabaja con 
personas discapacitadas y sus familiares. 
Organicé un viaje de 145 kilómetros (90 
millas) a través del país. Un empresario 
alemán oyó hablar de mi proyecto y pro-veyó 
los materiales para que yo hiciera otra 
bicicleta, puesto que la primera pesaba 
demasiado. Me entrené con la vieja, pero 
hice el viaje con la nueva, que era de alu-minio, 
y tardé únicamente tres días. 
Desde aquel primer viaje, he hecho 
muchos más de una punta a otra de Belice, 
por las principales autopistas del país. Mi 
mensaje es: “No mires a quien tiene una 
discapacidad como si no fuera capaz de ha-cer 
nada. Con Dios, si uno se lo propone, 
puede lograr grandes cosas”. 
18 MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 
¿vida. drogas, estaba bar, policía. un qué una de a pronto UN Sin a aquel de beber ellos

Informe Misionero Adultos Nº7 para el 15 de Noviembre 2014

  • 1.
    Jerome MISIÓN ADVENTISTA:JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA 17 suficientemente de los necesi-dad cen-tro pa-recido daría de donde nos mundo! que hermanas com-partir decimotercer cons-truir jóve-nes Belice 15 de noviembre Un viaje inesperado Soy el menor de dos hermanos. Nací veinte minutos después que mi gemelo, y crecí en un pueblecito de Belice llamado Burrell Boom. Mi abuelo era pastor adventista, así que mi padre creció en la iglesia, aunque más tarde la abandonó. Mi madre nos ha criado como ad-ventistas y, cuando cumplí los trece años, me bauticé. Todas las semanas viajábamos casi trece kilómetros para ir a la iglesia, hasta que mi padre construyó una casa más cerca. Como mi padre era camionero, cuando mi hermano y yo fuimos lo suficientemente mayores comenzamos a ayudarlo manejando el camión. Después, mi padre firmó un contrato con una compañía eléctrica de Belice, para instalar postes de luz. Aquel era un trabajo duro. Primero había que cavar zanjas de casi dos metros (seis pies) de profundi-dad, y después instalar los postes. Los trabajadores de mi padre tenían que subirse a ellos para instalar el tendido eléctrico. Pocos años después de haber comenzado el negocio, los empleados de mi padre se sintieron mal pagados y empezaron a robarle dinero. LA CAÍDA Entonces, mi hermano gemelo y yo decidimos subirnos a los postes, para ayudar a nuestro padre. Este es un trabajo duro y muy peligroso. Un día en que estaba subido a un poste, tuve problemas con el arnés de seguridad y me caí de una altura de doce metros (cuarenta pies). Me di de espaldas contra una roca y quedé inconsciente. Cuando recu-peré el conocimiento intenté moverme, pero estaba paralizado de cintura para abajo. Mi hermano fue a buscar ayuda y, tras un largo y arduo viaje al hospital, pude ser atendido por un médico. El doctor comenzó a pincharme los pies con una aguja, pero yo no sentía nada. Me dijo que no volvería a caminar. Yo tenía entonces 21 años. Pero la fe en la que he sido criado me dio esperanza. Me sentía tranquilo y en paz. Mientras mi madre lloraba junto a mi cama, yo le dije: –No te preocupes, mamá, estaré bien. Nunca olvidaré aquel momento. Cuán importante es la forma en que tus padres te han criado. Dios me permitió sobrellevar esa crisis sin agobios y con la total seguridad de que algo bueno resultaría de todo aquello.
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    MI PROPIA BICICLETA Durante los primeros años después del accidente, yo entraba y salía constan-temente del hospital. Un día, mientras estaba consultando Internet en mi casa, encontré una foto de una bicicleta que se pedaleaba con las manos. La descargué, ahorré algo de dinero para comprar los materiales e hice la mía propia. Animado por las personas que me veían trasladarme de un lugar a otro en mi nueva bicicleta, me sentí optimista y feliz. En una oca-sión, dos parejas de estadounidenses que viajaban en bicicleta estaban buscando en mi pueblo un lugar donde pasar la noche. Cuando se cruzaron conmigo en la tienda y vieron mi bicicleta amarilla, comenzaron a tomarle fotos. Me dijeron que me las enviarían por e-mail, y también se las en-viaron a otras personas. Poco tiempo des-pués, el Canal 7 de la Televisión de Belice se puso en contacto conmigo para hacer-me una entrevista. Tuve así la oportunidad de contar mi historia y de compartir mi fe con todo el país. TOCANDO LAS CONCIENCIAS Para llamar la atención de la gente ha-cia los discapacitados, me asocié con Care Belize, una institución que trabaja con personas discapacitadas y sus familiares. Organicé un viaje de 145 kilómetros (90 millas) a través del país. Un empresario alemán oyó hablar de mi proyecto y pro-veyó los materiales para que yo hiciera otra bicicleta, puesto que la primera pesaba demasiado. Me entrené con la vieja, pero hice el viaje con la nueva, que era de alu-minio, y tardé únicamente tres días. Desde aquel primer viaje, he hecho muchos más de una punta a otra de Belice, por las principales autopistas del país. Mi mensaje es: “No mires a quien tiene una discapacidad como si no fuera capaz de ha-cer nada. Con Dios, si uno se lo propone, puede lograr grandes cosas”. 18 MISIÓN ADVENTISTA: JÓVENES Y ADULTOS DIVISIÓN INTERAMERICANA ¿vida. drogas, estaba bar, policía. un qué una de a pronto UN Sin a aquel de beber ellos