El obispo Chávez de la Rosa castigaba severamente a los alumnos por cualquier error, enviándolos al "rincón quita calzón" para azotarlos. Un día, cuando el más travieso de la clase fue enviado, el niño desafió al obispo a responder una pregunta él mismo. Sorprendentemente, el obispo no pudo responder y perdonó a todos los alumnos castigados. Más tarde, el niño se convirtió en el vigésimo arzobispo de Lima.