La Encarnación del Hijo de Dios tuvo como fin la salvación de los hombres. Jesucristo se encarnó para liberarnos del pecado y darnos la vida divina, ya que el hombre solo no podía alcanzar la salvación. Su venida al mundo fue un acto de amor y misericordia de Dios, aunque no era necesaria, para cumplir las profecías y promesas mesiánicas de redimir a la humanidad.